<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<item xmlns="http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5" itemId="20290" public="1" featured="1" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance" xsi:schemaLocation="http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5 http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5/omeka-xml-5-0.xsd" uri="https://hemerotecadigital.uanl.mx/items/show/20290?output=omeka-xml" accessDate="2026-05-25T20:02:14-05:00">
  <fileContainer>
    <file fileId="16659">
      <src>https://hemerotecadigital.uanl.mx/files/original/433/20290/Lectura_Selecta_1919_No_3_Octubre_1ocr.pdf</src>
      <authentication>a2c57a4b55f34e5b1162b7103d615816</authentication>
      <elementSetContainer>
        <elementSet elementSetId="4">
          <name>PDF Text</name>
          <description/>
          <elementContainer>
            <element elementId="56">
              <name>Text</name>
              <description/>
              <elementTextContainer>
                <elementText elementTextId="564671">
                  <text>���LEOPOLDO LUGONES

LOS CABALLOS
DE .ABDERA
CUENTOS ESCOGIDOS

•

LECTURA SELECTA
MEXICO MCMXIX

��LEOPOLDO

LUGONES

LOS e,ABALLOS

DE

ABDERA

se las naturales exageraciones de toda pasión, hasta admitir caballos en la mesa.
Eran verdaderamente uotables corceles, pero bestias al fin. Otros dormían en cobertores de· biso;
algunos pesebres tenían frescos sencillos. pues no
pocos veterinarios i,JOstenían el gusto artístico de la
raza caballar, y el cementerio equino ostentaba en.
tre pompas burguesas, eiertamente recargadas, dos
o tres obras maestras. El templo más hermoso de
la ciudad estaba consagrado a Arió11, el caballo qué
Neptuno hizo salir de la tierra con un golpe de su
tridente; y creo que la moda de rematar las proas
en cabezas de caballo, tenga igual proveneneia;
siendo seguro, en todo caso, que los bajos relieves
hípicos fueron el ornamento más común de toda
aquella arquitectura. El monarca era quien se
mostraba más decidido por los corceles, llegando
basta tolerar a los suyos verdaderos crímenes que
los volvieron singularmente bravíos; de tal modo
que los nombres de Podargos y de Lampon fignrabau en fábulas sombrías; pues es del caso decir que
los caballos tenían nombres como personas.
Tan. amaestrados estaban aquellos animales, que
las bridas eran innecesarias, conservándolas únicamente como adornos, muy apreciadas desde luegG
por los mismos caballos. La palabra era el medio
usual de comunicación con ellos; observándose que
la libertad favorecía el desarrollo de sus buenas
condiciones¡ dejábanlos todo el tiempo no reque-

rido por la albarda o el arnés, en libertad de cru1.ar a sus anchas las magníficas praderas formadas en el suburbio, a la orilla del Kossínites, para
su wcreo y alimentación.
A són ele trompa los convocaban cuando era menester, y así para el trabajo como para el pienso
nan exactísimos. Rayaba en lo increíble su habilidad para toda clase de juegos de circo y hasta de
salón, su bravura en los combates, su discreción en
las ceremonias solemnes. Así, el hipódromo de Abdera 1anto como sus compañías de volatines; su
cabafüría acorazada de bronce y sus sepelios, habían alcanzado tal renombre, que de todas partes
acudía gente a admirarlos: mérito compartido por
igual entre domadores y corceles.
Aquella educación persistente, aquel forzado despliegue de condiciones, y, para decirlo todo en una
pdahra, aquella "humanización" de la raza equina,
il:an engendrando un fenómeno que los bistones
festejaban como otra gloria nacional. La inteligench de los caballos comenzaba a desarrollarse parrja con su conciencia, produciendo cosas anormale; que daba~ pábulo al comentario general.
Una yegua había exigido espejos en su pesebre,
atrancándolos con los dientes de la propia alcoba
pitronal y destruyendo a coces los de tres paineles
crnndo no. le hicieron el gusto. Concedido el caprielo, daba muestras de coquetería perfectamente visble.

6

7

�L E O P O L D O

LUGONES

Balios, el más bello potro de la comare;a, un
blanco, elegante y sentimental que tenía dos campañas militares r manifestaba regocijo ante el recitado de exámetros heroicos, acababa de mori~ de
amo~· por una dama. Era la mujer d&lt;' un general,
dueno del enamorado bruto, y por cierto no ocultaba el suceso. Hasta se creía que halagaba su vanidad, siendo esto muy natural, por otra parte, en
la ecuestre metrópoli.
Señalábasl" igualmente casos de infanticidio,
que, aumentando en forma alarmante, fué recesaria corregir con la presencia de Yiejas mula¡.; adoptivas; un gusto creciente por el pescado y por el
cáliamo, cuyas plantaciones saqueaban los animales; y Yarias rebeliones aisladas que hubo de rorregirse, siendo insuficiente el látigo, por rucdio
del hierro candente. Esto último foé en aumento.
pu.es el instinto de rebelión progresaba. a pesar e~
todo.
Los bistones, más encantados cada vez eon sis
caballos, no paraban mie'ntes en eso. Otros heclrn;
más significati,-os produjéronse de allí a poco. D,s
o tr{'s atala.ies habían hecho causa común contra m
carretero que azotaba su yegua rebelde. Los cab.llos resistíause cada vez más al enganche y al ;\~go, de tal modo que empezó a preferirse el asm.
Había animales que no aceptaban determinado ap•
ro; mas como pertenecían a los ricos, se defería a SI
8

LOS CABALLOS

DE

ABDERA

rebelión, comentándola mimosamente a título de
capricho.
lTn día los caballos no vinieron al són de la trompa, y fué menester constreñirlos por la fuerza ; pero los subsiguientes, no se reprodujo la rebelión.
Al fin ésta tuvo lugar cierta vez que la marea
cubrió la playa de pescado muerto, como solfa sucecln·. Los caballos se 11artaron de eso y Sl' los vió
reirt'f;ar al campo suburbano con lentitud sombría.
::\1Pdia noche era cuando estalló el singular conflicto.
De pronto un trueno sordo y persistente conmovió l'l ámbito de la ciudad. Era que todos los caballos se habían puesto en movimiento a la vez para
asaltarla; pero esto se supo luego, inadvertido al
priÍwipio en la sombra de la noche y la sorpresa
de lo inesperado.
Como las praderas de pastoreo quedaban entre
las mmallas, nada pudo contener la agresión; y,
aña&lt;li&lt;lo a esto el conocimiento miuncioso que los
animales tenían de los domicilios, ambas co,;;as acrecentaroll la catástrofe.
Noche memorable entre todas, sus horrores ~ólo
aparecieron cuando el día vino a ponerlos en evidencia, multiplicándolos aún.
Las puertas reventadas a coces yacían por el suelo. dando paso a feroces manadas que se sucedían.
casi sin interrupción. Había corrido sangre, pues
110 pocos vecinos cayeron aplastados bajo el casco
V

�L E O P O L D O

LúGONES

y los dientes de la banda, Pn cuyas filas causaron
estragos también las armas humauas.
Conmovida de tropeles, la ciudad obc;curecíase
con la polvareda que engendraban; y un extraño
tumulto formado por gritos de cólera o de dolor,
relinchos variados como palabras a los cuales mezclábase nno que otro doloroso rebuzno, y estampidos de coces sobre las puertas atacadas. unía su espanto al paYor visible de la catástrofe. Una especie
de terremoto incesante hacía Yibrar el . suelo con
el trote de la masa rebelde, exaltado a ratos como
en ráfaga huracanada por frenéticos tropeles sin
dirección y sin objeto; pues habiendo saqueado todos los plantíos de cáñamo, y hasta algunas bodegas que codiciaban aquellos co'rceles penertidCA.'l
por los refinamientos de la mesa, grupos de&gt; animales ebrios aceleraban la obra de destrucción. Y por
el lado del mar era imposible huir. Los caballos, conociendo la misión de las naves, cerraban C'l acceso
del puerto.
, Sólo la fortaleza permanecía incólume y empezabase a organizar en ella la resistencia. Por lo
proµto, se cubría de dardos a todo caballo que cruzaba por allí, y cuando caía cerca era arrastrado
al interior como vitualla.
'
Entre los Yecinos refugiados circulaban los más
extraños rumores. El primer ataque 110 fué sino nn
saqueo. Derribadas las puertas, las manadas intrnducíanse en las habitaciones, atentas sólo a las col10

LOS

CABALLOS

DE

ABDERA

&lt;Yaduras suntuosas con que intentaban revestirse,
: las joyas y objetos brillantrs. La oposición a sus
desi~nios fué lo que suscitó su furia.
Otros hablaban de monstruosos amores, de mujeres asaltadas y aplastadas en sus propios lechos con
ímpetu bestial; y hasta se señalaba una noble doncella que, sollozando, narraba entre dos crisis ,;u
percance : el despertar en la alcoba, a la media luz
de la lámpara, rozados sus labios por la innoble
geta de un potro negro que respingaba de place_r
el belfo. enseñando sn dentadura asquerosa; su gnto ele pavor ante aquella bestia convertida en fiera, con el rf'splandor humano y malévolo de i,us
ojos incendiados de lubricidad: el mar de sangre
con que la inundara al caer atraYesado por la f'Spada de un serYidor ...
Mencionábase varios asesinatos en que las yeguas se habían diYertido con saña femenil, despachurrando a mordiscos las víctimas. Los asnos habían sido exterminados, y las mulas subleváronse
también, pero con torpeza inconsciente, destruyendo. por destruir, y particularmente encarnizadas
contra lo~ perros.
El tronar de las carreras locas seguía estremeciendo la ciudad, y el fragor de los derrumbes iba
aumentando. Era urgente organizar una salida, por
más que el número y la fuerza ele los asaltantes la
hiciera singularmente peligrosa, si no se quería
11

�L E O P O L D O
abandonar la ciudad a la
ci6n.
~ hombres empezaron a armarse; mas pasado
el pnn:ie~ momen~o de licencia, los caballos habíandec1d1do a atacar también.
Un brusco silencio preeedi6 al asalto. Desde
fortaleza dintinguían el terrible ejército que se congregaba, ?º sin trabajo, en el hipódromo. Aquello
tardó vanas horas, pues cuando todo parecía d"
pue to, súbitos corcovos Y agudfsimos relinchos c:
ya causa era imposible discernir, desordenaban
profundamente las filas.
El sol declinaba ya, cuando . e produjo la primera carga. T ~ , f ué, si se permite la frase, más que
una demostrac1on, pues los animales se limitaron a
pasar corriendo frente a la fortaleza. En . bº
&lt;¡ueda
ºbºll
cam io,
r . ron acn 1 ados por las ·saetas de lo defensoDesde el más remoto extremo de la ciudad lan;áronse otra v~z, Y su choque contra la defensa
ué formidable . . La fortaleza retumbó entera bajo
aqu:lla tempe tad de cascos, y sus recia muralla
d6n~ quedaron, a decir verdad profundamente
trabaJada .
'
Sobrevino un rechazo, a l cual sucedió
. muy luego un nuevo ataque.
Los que, demolían eran caballos y mulos herrado que ca1an a docenas ; pero sus filas rráb
con e
·
·
ce
an e
ncarmzam1ento furioso, sin que la masa pare12

8 CABALLOS

DE .ABDERA

disminuir. Lo peor era que algunos habian
· do vestir 8118 bardas de combate en cuya
de acero se embotaban los dardos. Otros llejirones de tela vistola, otros collares; y pueen au mismo furor, ensayaban inesperados re-

De las murallas los eonoeian. ¡ Dinos, Aethon,
eo, Xanthos l Y ellÓS saludaban, relinchaban
oaamente, enarcaban la cola, cargando en
con fogosos respingos. Uno, UD jefe ciertate, irgui6se sobre BUS corvejones, camin6 aai
trecho, manoteando gallardamente al aire, como
danzara un marcial balisteo, contorneando el cuecon serpentina elegancia, hasta que UD dardo
le clavó en medio del pecho .•.
Entretanto, el ataque iba triunfando. Las muralaa empezaban a ceder. ·
St\bitamente una alarma paraliz6 a las bestias.
aas sobre otras, apoyándose en ancas y lomos,
garon sus cuellos hacia la alameda que bordeala margen del Kossmites; y los defensores, vol~dose hacia la misma dirección, contemplaron
tremendo espectáculo.
Dominando la arboleda negra, espantosa aobre el
¡Cielo de la tarde, una colosal cabeza de le6n mira• hacia la ciudad. Era una de esas fieras antedilunas cuyos ejemplares, cada vez mis raros, deftltaban, de tiempo en tiempo, los montea R6dope .
Kas nunca se había visto nada tan monstruoso,
18

�s~~

...

f;nfn'- lai W.

»-~Jr t ...... . ,. . . . liit

md •

..,,.._
~
- - - eeHDot.
t1iíaie
- ojoa
fra:o.elcloe.ante Ja 11111, D 1111a •

M1ito ie Ja briu 111 olor lmnio. Ima6vfl entn,
fíltll olft del -follaje, hft'l'IIIBfflle)a por el IOI

. . .to111ot... .a ....~ eñu, aldbue ~

. . . . . -.o -.no

de bloq,aw a 99 el
lllp, eont1mporA.ieo de Ju momdu, --1pi6

....... c1ivinicladea.

Y de npate eapes6 a andar, lento el
M.OC..tl-delafrondaquqpeeb.e
...., .. aliento de fnpa que iba IÍD dada •
111' eiadad -1116ndc. en nplo.
.. .-.r de .. ' - - predipa 'T de - . . _
ro, r. •lialloe &amp;blnadaa no reiimeron -□ejan
. . , , tdSn Un 16Io fmpeta laa anutr6 por la
J1t,a, en illNeisi6n a la l!aeehis, 1-1:uMh 1m
~ haraeú de arma y de..,--, pues M
. . . ~.tr&amp;VMdeluolal.
• llf fortalea 1'ehaaba el púieo. ¡Qaé podifu
eontn eemi,Jante enemigo t ¡Qué re-e de bl'Ollee
.Niltilfa S - 111Alldtblllal f ¡ ~ 111111'0 S - p.

proilfllol

Ja eabea 4el W- inacBaba ).U ~
cleUJLD-¡'J"RI lllnd'Dt .............
llaff piel,

reealtaban • peeho mer::,;int,
- - - tllq/PidM.
1le Ji11ert1N1. d6

~:.ne:;:..,
:n.uuo.

ll-6 Ja tal'lle:
-.•B6Nuleaqaellepl

de

1/l'úf•••

°'"'•••

711 • preferir el puado ri-,o (al

&amp;. - 111111 llllhs Olllltra beltliaa eiviUudaa} 11a
aJllllllel ni p a r a ~ 111111 nroot; eáando el 1118-tine 8'116 de la raeda.
K

11

r!ll■C
11

�LA LLUVIA DE FUEGO
EVOCACIÓN DE UN DESENCARNADO DE GOl\1ORRA

•

R

ECUERDO que era un día de sol hermoso,
lleno del hormigueo popular en las calles
atronadas de vehículos. Un día asaz cálido
y de tersura perfecta.
Desde mi terraza domini{ba una vasta confusión
de techos, vergeles salteados, un trozo de bahía
punzado de mástiles, la recta gris de una avenida ...
A _eso de las once cayeron las primeras chispas.
Una aquí, otra allá -partículas de cobre semejantes a las morcellas de un pábilo ; partículas de cobre incandescente que daban en el suelo con un ruidecito de arenas. El cielo seguía de igual limpidez; el nunor urbano no decrecía. Unicamente los
pájaros de mi pajarera, cesaron de cantar.
Casualmente lo había advertido, mirando hacia
el horizonte en un momento de abstracción. Primero creí en una ilusión óptica causada por mi
miopía. Tuve que esperar largo rato para ver
caer otra chispa, pues la luz solar anegábalas bas17
2

�L E O P O L D O
tante; pero el cobre ardía de tal modo, que se
tacaban asimismo. Una rapidilima vírgula de
go, y el golpeeito en la tierra. Asi a largos in
valos.
Debo confeaar que al comprobarlo, experim
té un ,·ago terror. Exploré el cielo en una a ·
sa ojeada. Persistía la limpidez. ¡ De dónde ve
aquel extraño ¡rranizo 1 ¡ Aquel cobre 1 ¡ Era e
bre! ...
Acababa de caer una chispa en mi terraza,
poeos pasos. Extendi la mano; era, a no caber d
da, un 11,'ránulo de cobre que tardó mucho en e
friarse. Por fortuna la brisa se levantaba, ineli
nando aquella lhn·ia singular hacia el lado opu
de mi terraza. Las chispas eran harto ralas, a
más. Podía creerse por momentos que aquello había ya cesado. No cesaba. Fno que otro, eso al,
pero caían siempre los temibles gránulos.
En fin, aquello no había de impedirme almor.
zar, pues era el mediodía. Bajé al comedor atraveaando el jardin, no sin cierto miedo de las chispas. Verdad es que el toldo, corrido para e'ritar
el sol, me resguardaba ...
... ¡ Me resguardaba I Alcé los ojos; pero un toldo tiene tantos poros, que nada pude descubrir.
En el comedor me · esperaba un almuerzo admirable; pues mi afortunado celibato sabia dos eo,
sas sobre todo: leer y comer. Excepto la biblioteca, el comedor rra mi orgullo. Abito de mujeres 7
18

LLl'VlA

DE

FUEl/0

poco gotoso, en punto a vicios amables nada _pomperar ya sino de la gula. Comia solo, 1D1enun esclavo me leía narraciones geográfica&amp;.
había podido comprender las comidas en
paiüa ; y si las mujeres me hastiaban, como he
o, ya comprenderéis que aborrecía a los hom(Diea años me separaban de mi última orgía!
e entonces entregado a mis jardines, a mi.a
a mis pájaros, faltábame tiempo para salir.
vez en las tardes muy calurosas, un paseo
)a orilla del lago. Me gustaba verlo, escamado de
al anochecer. pero esto era todo y pasaba meain frecuentarlo.
i. vasta ciudad libertina, era para mi un desierdonde se refugiaban mi.a placeres. Escaaos ami¡ breves visitas; largas horas de meaa ; lectumis peces, mis pájaros; una que otra noche tal
orquesta de ftautistaa, y dos o tres ataques de
•
1
por ano ...
'1'~a el honor de ser cousultado para los bantes, y por ahí figuraban, no sin elogio, dos o
salsas de mi invención. Esto me daba derecho
digo sin orgullo-- a un busto municipal, con
ta razón como a la compatriota que acababa de
tar un nue,·o beso.
Bntretanto mi esclavo lela. Leía narracion,,.. d•
y de ni~ve que comentaban admirablemente,
)a ya entrada siesta, el generoso frescor de las
19

�LUGONES

LEOPOLDO

ánforas. La lluvia de fuego había cesado quizá,
pues 1a servidumbre no daba muestras de notarla.
De pronto, el esclavo que atravesaba el jardín
con un nuevo plato, no pudo reprimir un grito.
Llegó, no obstante, a la mesa; pero acusando con
su lividez un dolor horrible. Tenía en su desnuda
espalda un agujerillo, en cuyo fondo sentíase chir'i-iar aún la chispa voraz que lo había abie-rto.
Ahogámosla en aceite, y fué enviado al lecho sin
que pudiera contener sus ayes.
Bruscamente acabó mi apetito, y aunque seguí
probando los platos para no desmoralizar a la servidumbre, aquélla se apresuró a corresponderme.
El incidente me había desconcertado.
Promediaba la siesta cuando subí nuevamente a
la terraza. El suelo estaba ya sembrado de gránulos de cobre; mas no parecía que la lluvia aumentara. Comenzaba a tranquilizarme, cuando una
nueva inquietud me sobrecogió. El silencio era absoluto. El tráfico estaba paralizado a causa del :fenómeno, sin duda. Ni un rumor en la ciudad. Sólo, de cuando en cuando, un vago murmullo de
viento sobre los árboles. Era también alarmante
la actitud de los pájaros. Habíanse apelotonado en
un rincón, casi unos sobre otros. Me dieron compasión y decidí abrirles la puerta. No quisieron salir; antes se recogieron más acongojados aún. Entonces comenzó a intimidarme la idea de un cataclismo.
20

L A.

DE

LLUVI A

Fr.:EGO

Sin ser grande mi erudición científica, sabí~ que
nadie mencionó jamás esas lluvias de cobre mca~deseente. ¡ Lluvias de cobre! En el aire no hay minas de cobre. Luego aquella limpidez del cielo, no
dejaba conjeturar su procedencia. Y lo alarmante
del fenómeno era esto. Las chispas venían de todas partes y de ninguna. Era la inmensid~d desmenuzándose invisiblemente en fuego. Ca1a del
firmamento el terrible cobre -pero el firmamento
permanecía impasible en su azul. Ganábame poco
8 poco una extraña congoja; pero, cosa rar~: hasta entonces no había pensado en huir. Esta idea se
mezcló con desagradables interrogaciones. i Huir!
¡Y mi mesa, mis libros, mis pájaros, mis _peces q~e
acababan precisamente de estrenar un v1ver~; ~s
jardines ya ennoblecidos de antigüedad -m1s cmcuenta años de placidez, en la dicha del presente,
en el descuido del mañana 1 . . •
¡,Huir?. . . y pensé con horror en mis po_8esiones ( que 110 conocía) del otro lado del desierto ;
con sus camelleros viYiendo en tiendas de lana negra ~ tomando por todo alimento leche cuajada,
trig; tostado, miel agria ...
Quedaba una fuga por el lago, corta f~ga después de todo, si en el lago como en el desierto,
gún era lógico, llovía cobre también; pues no VI·
niendo aquello de ningún foco Yisible, debía ser
general.
No obstante el vago terror que me alarmaba, de-

s:•

n

�LEOPOLDO

L U G O N

cíame todo eso claramente; lo discutía co
mismo, un poco enervado a la verdad por el 1
go digestivo de mi siesta consuetudinaria. Y
pués de todo, algo me decía que el fenómeno
iba a pasar de allí. Sin embargo, nada se pe
con hacer armar eI carro.
En ese momento llenó el aire una ,·uta vib
ción de campanas. Y casi junto con ella, adve
una cosa: ya no llovía cobre. El repique era
acción de gracias, coreada casi acto continuo
f'I murmullo habitual de la ciudad. Eata d
taba de su fugaz atonía, doblemente gárrula.
algunos barri011 hasta quemaban petardos.
Acodado al parapeto de la terraza. miraba
un desconocido bienestar solidario. la animaci
vespertina que era toda amor y lujo. El cielo
gula purisimo. Muchachos atanoaos, recogían
escudillas la granalla de cobre, que loa caldere
hablan empezado a comprar. Era todo lo que q
daba de la gran amenaza celeste.
Más numerosa que nunca, la gente de placer
loría las calles; y aun recuerdo que sonreí va
mente a un equívoco mancebo, cuya túnica
gida basta las caderas •!! un salto de bocacal
dejó ver sus piernas glabras, jaqueladas de ciu
Las cortesanas, con el seno desnudo según la n
va moda, y apuntalado en dealumbrante cosele
paseaban su indolencia sudando perfumes. U
Tiejo len6n, erguido en su carro, manejaba como
22

L 1, l l v / A

DE

J,'UEGO

una vela. una boja de estaño, que con apropintura• anunciaba amores monst':"ORos de
: ayuntamientos de lagartOR con e,snes: un
o 'f nna foca: una doncella cubierta por la dente pedrería de un pavo real. Bello ca":el, a
mla • v garantida la autenticidad de las piezas.
amaestrados por no sé qué hechicería
ra. y desequilibradoa con opio y con asafétida.
leruido por tre• jóvenes enmascaradas, ~asó un
amabilísimo, que dibujaba en los patios. con
oa de colores derramadOR al ritmo de una daneacmas secretas. También depilaba al oropite v sabía dorar las uñas.
Un ;e1&gt;&lt;onaje fofo. cuya condición de eunuco se
vinaba en su morbidez, pregonaba al són de
:;Jil6talOR ele bronce. cobertores ele un tejido singu• que producía el insomnio y el deseo. Cobertocuya alnlieión hablan pedido infructuosamenAt loa eiuclad•nos honrados. Pues mi ciuclad AAbía
...,r, Rabía ,ivir.
Al anochecer recibí dOR visitas que cenaron conJli¡o. Un condiscípulo jovial, matemático _cuy~ vi!111 desarreglada era el escándalo de la ~ienc1a, "!
• agricultor en~iquecido. La gente sent1a neces141d de visitarse después de aquellas chispas ele colillft. De ,·isitarse y de beber, pues ambos se reti~eompletament• borrachos. Yo hice una ráp1!ila salida. La ciudad, caprichosamente iluminada,
labia aprovechado la coyuntura para decretarse

¡~;

23

�LEOPOLDO

LfíGONES

LA

DE

LLUVIA

FUEGO

una noche de fiesta. En algunas cornisas, alumbraban perfumando, lámparas de incienso. Desde sus
balcones, las jóvenes burguesas, excesivamente ataviadas, se divertían en proyectar de un soplo a . lai
narices de los transeu.ntes distraídos, tripas pinti.rrajeadas y crepitantes de cascabeles. En cada tsquina se bailaba. De balcón a balcón cambiá.bansf'
flores y gatitos de dulce. El césped de los par~ues,
palpitaba de parejas ...
Regresé temprano y rendido. :Nunca me acogí
al lecho con más grata pesadez de sueño.
Desperté bañado en sudor, los ojos turbios, la
garganta. reseca. Había afuera un rumor da lluvia.
Buscando algo, me apoyé en la pared, t ·por mi
cuerpo corrió como un latigazo el escBlofrío del
miedo. La pared estaba caliente :_\" conmovida por
una sorda vibración. Casi no necesité abrir la ventana para darme cuenta de lo que ocurría.
La lluvia de cobre había vuelto, pero esta wz nutrida y compacta. Un caliginoso vabo sofocaba la
ciudad: un olor entre fosfatado y urinoso apestaba el aire. Por fortuna, mi casa estaba rodeada de
galerías y aquella lluvia no alcanzaba a las puertas.
Abrí la que daba al jardín. Los árboles PStaban
negros, ya sin follaje; el piso, rubierto de bojas
carbonizadas. El aire, rayado de vírgulas de fuego, era de una paralización mortal; y por entre
aquéllas, se divisaba el firmamento, siempre impasible, siempre celeste.

Llamé, llamé en vano. Penetré hasta los aposentos famularios. La servidumbre se había ido. Envueltas las piernas en un cobertor de biso, acorazándome espaldas y cabeza con u.na bafiadera de
metal que me aplastaba horriblemente, pude llegar
hasta las caballerizas. Los caballos habían desaparecido también. Y con una tranquilidad que
bacía honor a mis nervios, me dí cuenta tle que estaba perdido.
Afortunadamente el comedor se encontraba lleno de provisiones; su sótano, atestado de vi.nos.
Bajé a él. Conservaba todavía su frescura; hasta
&amp;U fondo no llegaba la vibración de la pesada lluvia, el eco de su ~rave crepitación. Bebí una botella, y luego rxtraje de la alacena secreta el pomo
de vino envenenado. 'fodos los que teníamos bodega poseíamos uno, aunque no lo usáramos ni tuviéramos convidados cargosos. Era un licor claro
e insípido, de efectos instantáneos.
Reanimado por el vino, examiné mi situación.
Era asaz sencilla. :No pudiendo huir, la muerte
me esperaba; pero con el veneno aquél, la muerte
me pertenecía. Y decidí ver eso todo lo posible,
pues era, a no dudarlo, un espectáculo singular.
¡lTna lluvia de cobre incandesc~nte ! ¡ La ciudad
en llamas! Yalía la pena.
Suhí a la terraza, pero no pude pasar de la
puerta que daba acceso a ella. Veía desde allí lo
bastante, sin embargo. Veía y escuchaba. La sole-

24

25

�LEOPOLDO

LUGOXES

LA

LLUVIA

DE

FUEGO

Percibíase claramente la combustible lluvia, en
trazos de cobre que vibraban como el cordaje innumerable de un arpa, y de cuando en cuando
~ezclábanse con el~a ligeras flámulas. Humaredas
negras anunciaban incendios aquí y allá.
Mis pájaros comenzaban a morir de sed v hube
de bajar hasta el aljibe para llevarles ag~1a. El
sótano comunicaba con aquel depósito, vasta cisterna que podia resistir mucho al fuego celeste;
mas por los conductos que del techo y de los patios
desembocaban allá, habíase deslizado algún cobre
Y el. agua tenía un gusto particular, entre natrón
Y orma, con tendencia a salarse. Bastóme levantar
l~s trampillas de mosaico que cerraban aquellas
v1as, para cortar a mí agua toda comunicación
con el exterior.
Esa tarde J' toda la noche fué horrendo el espec-

táeulo de la ciudad. Quemada en sus domicilios,
la gente huía despavorida para arderse en las calles, en la campiña desolada; y la población agonizó bárbaramente, con ayes y clamores de una
amplitud, de un horror, de una variedad estupendas. No hay nada tan sublime como la voz humana. El derrumbe de los edificios, la combustión de
tantas mercancías y efectos diversos, y más que
todo la incineración de tantos cuerpos, acabaron
por agregar al cataclismo el tormento ele su hedor
infernal. Al declinar el sol, el aire estaba casi negro de humo y de polvaredas. Las flámulas que
danzaban por la mañana entre el cobre pluvial,
eran ahora llamaradas siniestras. Empezó a soplar
un viento ardentísimo, denso, como alquitrán caliente. Parecía que se estuviese en un inmenso
horno sombrío. Cielo, tierra, aire, todo acababa.
No había más que tinieblas y fuego. ¡ Ah, el horror
de aquellas tinieblas que todo el fuego, el enorme
fuego de la ciudad ardida 110 alcanzaba a dominar; y aquel hedor de pingajos, de azufre, dE&gt; grasa cadavérica en el aire seco que hacía escupir sangre; y aquellos · clamores que no sé cómo no acababan nunca, aquellos clamores que cubrían el rumor del . incendio, más vasto que un huracá11.
aiuellos clamores en que aullaban, gemían. bramaban todas las bestias con un inefable pavor de
eternidad ...
Mi casa empezaba a arder.

26

27

dad era absoluta. La crepitación no se interrumpía sino por mio que otro ululato de perro O explosi~n anormal. El ambiente estaba rojo, ;. a su
traves, troneos, chimeneas, casas, blanqueaban con
una lividez tristísima. Los pocos árboles qu&lt;' conservaba_:1 follaje retorcíanse, negros, de un negro
de estano. La luz había decrecido un poco, no obstante de persistir la limpidez celeste. El horizonte
estaba,_ esto sí, mucho más cerca, y como ahogado
en.. cenizas. Sobre el lago flotaba un denso ,:apor,
que algo prevenía la extraordinaria sequedad del
aire.

�L E O P O L D O

LUG~lf

Bajé a la cisterna, sin haber
tonces mi presencia de ánimo, pero entera
erizado con todo aquel horror ; y al verme de p
to en esa obscuridad amiga, al amparo de la
cura, ante el silencio del agua subterránea, me
metió de pronto un miedo que no sentía -estoy
guro- desde cuarenta años atrás, el miedo ·
til de una presencia enemiga y difusa ; y me
g llorar, a llorar como un loco, a llorar de mi
allá en un rinc6n, sin rubor alguno.
No fué sino muy tarde, cuando al escuchar
derrumbe de un techo, se me ocurri6 apuntalar
puerta del sótano. Hícelo así con su propia
lera y algunos barrotes de la estantería, de
viéndome aquella defensa alguna tranquilidad;
porque hubiera de salvarme, sino por la ben'
influencia de la acción. Cayendo a cada insta
en modorras que entrecortaban funestas p
llas, pasé las horas. Continuamente oía der
bes allá cerca. Había encendido dos lámparas q
traje conmigo, para darme valor, pues la ciste
era asaz lóbrega. Hasta llegué a comer, bien q
sin apetito, los restos de un pastel. En cambio
bí mucha agua.
De repente mis lámparas empezaron a amo
guarse, y junto con eso el terror, el terror pa
.zante esta vez, me asaltó. Había gastado sin
nrtirlo toda mi luz, pues no tenía sino aque
18

LLUVI.A

DE

FUEGO

No advertí, al descender esa tarde, t&gt;n
todas conmigo.
luces decrecieron y se apagaron. Entonces
que la cisterna empezaba a llenarse con el
del incendio. .. o quedaba otro remedio que
; y luego, todo, todo era preferible a morir
o como una alimaña en su cueva.
duras penas conseguí alzar la tapa del sótano
los escombros del comedor cubrían. . . . .
• . Por segunda vez babia cesado la lluvta m. Pero la ciudad ya no existía. Techos, puerpn cantidad de muros, todas las torres, yaen ruinas. El silencio era colosal, un Vt&gt;rdasilencio de catástrofe. Cinco o seis gra~des
redas empinaban aún sus penachos; y baJo el
o que no se había enturbiado un ~o~ento, ~n
cuya crudeza azul certificaba_ mdüerenc1as
, la pobre ciudad, mi pobre ciudad, muerta,
para siempre, hedía como un verdadero ca8•

er.singularidad de la situación, lo e~orme del
meno y sin duda también el regoe1Jo de hae saÍvado único entre todos, cohibían mi doreemplaz~dolo por una curiosidad som~ría.
arco de mi zaguán había quedado en ~1e, Y
dome de las adarajas pude llegar a su cima.
0 quedaba un solo resto combustible y aquello
parecía mucho a un escorial. volcánico. _A tr:
en los parajes que la ceruza no cubrta, bri-

n

�,~ fOPOLDO

'
. . . ..- .. --.;.c1etaep,e1..wn
. . tl ledo clél Werto, napland..ra . . .
·. _. 4-....,. 11D anqal ele eobre. • i . m
-•lao&amp;ra-11911.iel.11eo,i......,"... de ... ec:cl ...._ - tormata.
du la que hl!fan -•tieniclo NIJ)lnble el
iuante el eateotimo. Bl Ni
In--,
114f11111r cdndacl . ers.;-lla a a,obiarme eon
JaNlcla cl9olae16n, eaando llaeia el lac1o c1el pu
J)lll'el"bf a bulto que ftlllba entre la ralna.
11P llcabÑ, y llabfame penibiclo oiertamen-, p

brilla•

- cUl'lcfa •

mf.

N9 ,..__ •«Jemtn aJa,mo de extraa,llep, y á'e;ando por el areo Yino a NPtane
·JPlro. Tratüue de 11D piloto, IAlvado COPIO
en 'ua 'bedep, pm, apulialeanclo a

1a propl,

rio. .A.llalla de •IOt6nele el arna y por ello

Aaeraraclo • eete l81peeto, - ~ • in
le. Toct.. 1- .llarooa ardieron, loa muellee, 1- el
~ ¡ y el lap llabfue vuelto •marro. AIIPlf
adT,rti que llaJll6..... 'a TIIII baja, DO - affli4
'ri ,-fp- por c¡u'- A leYADtar la mfa•
Of"'8e Pli bodep donde quedaban a6n dos doll
.... d e ~ altrnnoa qu.oa, todo el Yino ••.~
De repente Dotam.Ol' 1111a pohareda llaeia el lacl
c1el dlllierto. la PGhueda de una carrera. AJP4
na ;anida que timaban, qlliá, en -•ro, lea
J)lltHetu de ...... o de Seboim.

e•

•

L L . U VI ,t

I&gt;- I, ,

lf •

• . ti

to h ~ de M111uir ~ ...._._ eapectUnlo tan t11Dlaclor IGllio .,...__ · ·
1111 tropel de 1 - , lM . . . . .obhfirl: l E
1h1hrto, . - _.,,_, ,. la ei1ldíld a·•
twiw de Nd, enloqueeidcw de 1""1Mlfa,e
Ncl y no el llaabre era lo que Jea adu • ;
puuon junto a Deaobul IBl aclNttilw. tY.
•'116 eatado Tenfan I Nada ·eU• h!OIGíC,..
tan 16pbfflUJlte la
- eonio gatos - - . ndaeida i:- " · ••
Ul'Ollea la crin, lea ijal'el, en 4ellNiml de c6micoa a medio Telltir, coa ·1a fera
el rabo
y erilpado el de . _
que l117e, lu garru p v ~ , elion1 11do
-todo aquello deefa a la elal'AI - 1"1,
de IJorror llajo el uote oeleate, al utr ele Ju
ru enernu que no habfan eOIJletrl)ido -

.• ~e.

agudo

'lea.

illdaban loa

annidorea -

-

11D

denuf!I

ojoe, y bl"OHl19ente ~
.-n-era en b1J1C&amp; de otro dep61ito, a,otado tam; haata que aentúd- )MIi'. tiiitu ea temo
po,trero, eon el e,ileinado hoeieo a alto, la
11 vagoroaa-de deitolaoi6n y de eternidad, que,
• al cielo, eetoy llel'lll'O, Jllli[iúeme a ragir.
JAia 1. • • nada, ni el f'AtaeliRDO - - hm::or.a,
llet ~lamor de la eiudad moribmufa era taJt lorroeomo - llanto de bema eobte Ju ninaa.
oa rugjdoe tenfan WlA evicleneia de palabra.
O

en -

11

�·il•--

J 1771-lll q1Qá 'alle qft delGNI de
J -de c1eal-. a
di'1'lllidld 11'-n •
Aeinta de la heada a,repba a su
aaerte, él pavor de lo inoomprenaible. 8i
taN lo lllftO, el 101 eaotidiuo, el eielo
inieno t...ñar. ¡par q1t6 • udfan 1 JJOI'
ltabfa apa t. . . Y eueeieaclo de toda idea
lMNa loa •ofrmoa, 1111 llanor era
deeir, IÚII eapantoao. Bl U'lllllpOl1,e de 11t
eJnábalOI a eieri,. f t p Doei6n de
ute aquel cielo de donde había eatado
llu'ria infernal, y 1111 nigidoe pregmmbaD
- t e aleo a la tremoda que oaUNba
4-, ¡.Ali! ... rusidoa, lo tnieo de
• IIIJ8 ..-nabaD a6D aqaellaa iftu
ella: éúl oaemabaD el horrendo Nereto
c:M tnf.,; e6mo interpretaban m III dolor
Dl8dlable la eterna aoledad, el eterno ai'ileDllij

are-

.--.-d...

.

A:q~ no debía durar mueho. Bl metal

•

r•

ai .....,.._ . . . de la

hiri••

771161tiaa-,a1Rlen-,aro-de-

(lrfo,,éehar el apa de la elnerna en mi balo
; 7 deapuá de buaar hlttllmente 'QJl 1ft.
jab6D, darmdl a ella por la II lin■1a que
pan efeetnar n lill.¡,- na
ba - . , . el poao de .,._, 4118 me
un gran bieneetar, apeau turi.do por la
de la mu.ene.
agua ' - 7 la ohaenridad, me deTolriffllll
ffinpp,oaidadea de mi aiatenela de rieo que
de ecmehür. Bunclido iuta el nello, el
de la U:,pi- 1 chloe impnei6D de

. ..--de---.

afuera el lmnoú de faet!o. l'cn,n•1,,_ a eaer -.brGa, De la bodep DO llepaolo rumor. Pereil,f m - UD !dejo de Jla.
iJH entraban por la puerta del 16tuo, el . .
• tufo ~ . , • Llffé el pomo a mi■

cla&amp;9 empu6 a llover de nuev,o, mú
_.. ,-do que nunea.
Ba ~ Rbito deeeemo, aleenemoe a
qu 1- iftu • deab&amp;Ddaban bwando a •

Jo1--.hra■•
•
IJ"CUIOI a la bodep, DO aiD q1le D08
ru al¡1IIIU ehl■pu, 7 eompnndiendo que

nuevo oh!IJ)aff6D iba a

CODIUJDar

la ruina, me

, - , a ~hlir.
11

•

ll

�LA ESTATUA DE SAL

H

E aquí cómo refirió el peregrino la verdadera historia del monje Sosistrato:
Quien no ha pasado alguna vez por el mo1188terio de San Sabas, diga que no conoce la desolaei6n. Imaginaos un antiquísimo edificio situado sobre el J orclán, cuyas aguas saturadas de arena amarillenta, se deslizan ya casi agotadas hacia el mar
muerto, por entre bosquecillos de terebintos y manzanos de Sodoma. En toda aquella comarca no hay
más que una palmera cuya copa sobrepasa los muros del monasterio. Una soledad infinita, sólo turhda de tarde en tarde por el paso de algunos nólllades que trasladan sus re baños ; un silencio colou.l que parece bajar de las montañas cuya eminencia amuralla el horizonte. Cuando sonla el viento del desierto, llueve arena impalpablP ; cuando el
viento es del lago, todas las plantas quedan cubiertas de sal. El ocaso y la aurora se confunden en
lllla misma tristeza. Sólo aquellos que deben expiar
rtandes crímenes, arrostran semejantes soledades.
En el convento se puede oír misa y comulgar. Los
onjes, que no son ya más que cinco, y todos, por ·
35

�LEOPOLDO

L

U G O N
ESTATUA

lo menos, sexagenarios, ofrecen al peregrino
modesta colación de dátiles fritos. uvas, agua
río y, algunas veces, vino de palmera. Jamás ~al
del monasterio, aunque las tribus vecinas los respe-.
tan porque son buenos médicos. Cuando muere alguno le sepultan en las cue-vas que hay debajo a Ja
orilla del río, entre las rocas. En esas cuevas am.
dan ahora parejas de palomas azules, amigas dél
convento; antes, hace ya muchos año~, habital'OII
en ellas los primeros anacoretas, uno de los cual•
fué el monje Sosistrato cuya historia he pro
tido contaros. Ayúdeme Nuestra Señora del Carmelo y vosotros escuchad con atención. Lo que vait
a oir, me lo refirió, palabra por palabra, el hermantPorfirio, que ahora está sepultado en una de 1cuevas de San Sabas, donde acabó su santa vida t
los ochenta años,en la virtud y la penitencia. Dios
le haya acogido en su gracia. Amén.
Sosistrato era un monje armenio, que había r&amp;,
i;uelto pasar su vida en la soledad con varios jóvenes compañeros suyos de Yida mundana, recién.
convertidos a la religión del Crucificado. Perten&amp;cía, pues, a la fuerte raza de los estilitas. Despuél
de largo vagar por el desierto, encontraron un dfl
las cavernas de que os he hablado y se instalarmi'
en ellas. El agua del Jordán, los frutos de UIII'
pequeña hortaliza que cultivaban en común b&amp;ltaban para llenar sus necesidades. Pasaban lo~ díaí
orando Y meditando. De aquellas grutas surgían
36

D E

·s

A L

nmnas de plegarias, que contenían con su esrzo la vacilante bó,eda de los cielos próxima a
~plomarse sobre los pecados del mundo. El sacri' o de aquellos desterrados, que ofrecían diariaEJte la maceración de sus carnes y la pena de sus
os a la justa ira de Dios, para aplacarla, eYin muchas pestes, guerras y terremotos. Esto no
saben los impíos que ríen con ligereza de las pe• ncias de los cenobitas. Y sin embargo, los sacri(Íéios y oraciones de los justos son las claves del
ijJ!ho del universo.
A1: cabo de treinta años de austeridad y silencio,
&amp;aistrato y sus compañeros habían alcanzado la
antidad. El demonio, vencido, aullaba de impotenBa bajo el pie de los santos monjes. Estos fueron
abando sus vidas uno tras otro, hasta que al fin
~trato se quedó solo. Estaba muy viejo, muy petueñito. Se había vuelto casi transparente. Oraba
lrrodillado quince horas diarias, y tenía revelaciofles. Dos palomas amigas, traíanle cada tarde alinnos granos de granada y se los daban a comer
ton el pico. Nada más que de eso vivía. En cambio,
~)fa bien como un jazminero por 1a tarde. Cada año,
él viernes doloroso, encontraba al despertar, en la
aabecera de su lecho de ramas, una copa de oro
a de vino y un pan con cuyas especies comulga' absorbiéndose en éxtasis inefables. Jamás se le
oeurrió pensar de dónde vendría aquello, pues bien
atbía que el señor Jesús puede hacerlo. Y aguar37

�LE 0-P O L DO

LUGONEB

&lt;laudo con unción perfecta el día de su ascensión 1
la bienaventuranza, continuaba soportando sus añoe,
Desde hacía más de cincuenta, ningún caminanft
había pasado por allí.
Pero una mañana, mientras el monje rezaba con
sus palomas, éstas, asustadas de pronto, echaron 1
volar, abandonándole. Un peregrino acababa de llegar a la entrada de la caverna. Sosistrato, después
de s~lu~a le con santas palabras, le invitó a repo.
sar, rndrnandole un cántaro de agua fresca. El desconocido bebió con ansia como si estuviese anonadado de fatiga; y después de consumir un puñado
de frutas secas que extrajo de su alforja oró en
compañía del monje.
'
Transcurrieron siete días. El caminante refirió
su peregrinación desde Cesárea a las orillas del mar
Muerto, terminando la narración con una historia
que preocupó a Sosistrato.
-He visto los cadáveres de las ciudades malditas, dijo una noche a su huésped; he mirado humear el mar como una hornalla, y he contempla•
do lleno de espanto a la mujer de sal, la castigada esposa de Lot. La mujer está viva hermano
mío, Y yo la he escuchado gemir, y la h~ visto sudar al sol del mediodía.
-Cosa parecida cuenta Juvencus en su tratado
"De Sodoma ", dijo en voz baja Sosistrato.
-Sí, conozco el pasaje, añadió el peregrino. .Al·
go más definitivo hay en él todavía; y de ello re-

7

36

l

A

ESTATUA

D E

S A L

sulta qne ]a esposa de Lot ha seguido siendo, fitñológicamente, mujer. Yo he pensado que sería
obra de caridad libertarla de su condena ...
-Es la justicia de Dios, exclamó el solitario.
-¿No vino Cristo a redimir también con su sacriftcio ]os pecados del antiguo mundo ?-replic6 suar~mente el viajero, que parecía docto en letras sag-raHas. t.Acaso el bautismo no lava igualmente el IH~&lt;'a~o contra la Ley que el pecado contra el Evangelio? ...
Después de estas palabras, ambos se entregaron
al sueño. Fué aquella la última noche que pasaron
juntos . .Al siguiente día el desconocido partió, llevando consigo la bendición de Sosistrato, y no necesito deciros que, a pesar de sus buenas apariencias, aquel fingido peregrino era Satanás en persona.
-El proyecto del maligno fué sutil. Una preocupación tenaz asaltó desde aquella noche el espíritu del santo. ¡ Bautizar la estatua de sal, libertar
de su suplicio aquel espíritu encadenado! La caridad lo exigía. la razón argumentaba. En esta lucha transcurrieron meses, hasta que por fin el monje tuvo una visión. Un ángel se le apareció en sueños y le ordenó ejecutar el acto.
Sosistrato oró y ayunó tres días, y en la mañana
del cuarto, apoyándose en su bordón de acacia, tomó, costeando el Jordán, la senda del mar Muerto.
La jornada no era larga, pero sus pirrnas cansa39

�L E O P O L D O

L U G O N

das apenas podfan ~nerle. Al! marchó d
doa dfaa. Laa fieles palomas eontinuaban a ·

,1

Undole eomo de ordinario, y
rezaba mneho,
fundamente, pnea aquella resolución afligfa)e
eztremo. Por fin, cuando 111a pies iban a faltar
laa montañas ae abrieron y el lago apareeió.
Loa esqueletoa de laa eiudadea deatnúdas iban
eo a poeo deavaneeMndose. Algunas piedras
madu. era todo lo que reataba ya: trozos de a
hilerae de adobes carcomidos por la sal ,. eim
dbs en betún. . . El monje reparó apen.,; en
j~tet reatos, que proeuró evitar, a fin de que
pies no ae manchasen a su eontacto. De repente
do su viejo cuerpo tembló. Acababa de advertir
cia el sud. fuera ya de los escombros, en un
de laa montaiiaa deade el cual apenas se los perci
la ailueta de la estatua.
Bajo su manto petriJicado que el tiempo ha
roldo, era larga y fina como un fantasma. El
brillaba con límpida incandeaeencia, calcinando
roeu, _haciendo eapejear la capa salobre que cub
las hoJas de los terebintos. Aquellos arbustos,
la reverberación meridiana, parecían de plata.
el ci,lo no habla una sola nube. Las aguas ama
dormían en su earacterlstiea inmovilidad. C
el viento soplaba, podfa eaeucharse en ellas, d
los peregrinos, cómo ae lamentaban los ea
de las ciudades.
Sosistraio ae aproximó a
40

E S TA

T l' A

D E

S A L

dicho verdad. Una humedad tibia cubrfa au
Aquellos ojos blancos, aquellos labios blanban compietamente inmóviles bajo la inde la piedra, en el sueño de 8U8 siglos. Ni
·cio de vida salla de aquella roca. El sol la
ha con tenacidad implacable, siempre igual
hacia miles de años, y sin embargo, eaa efigie
viva, pueato que audaba ! Semejante sueiio
el miaterio de los espantos blblicos. La códe Jehová babia pasado sobre aquel ser, eaamal~ma de carne y .de peiiasco. ¡ No era•
•dad el intento de turbar ese suelio T ¡ No caepecado de la mujer maldita sobre el inaenque procuraba redimirla T. Despertar el misuna locura criminal, tal vez una tentación
infierno. Sosiatrato, lleno de congoja, ae arro• orar en la sombra de un bosquecillo ...
o se verificó el acto, no os lo voy 'I decir.
únicamente que cuando el agua sacramental
sobre la estatua, la sal ae diaolvi6 lentamente,
los ojos del solitario apareei6 una mujer, vieja
la eternidad, envuelta en andrajos terribles,
lh·idez de ceniza, flaca y tembloroea, llena
·glos. El monje que habla ,isto al demonio ain
o, sintió el pavor de aquella apariei6n. Era el
lo réprobo lo que se levantaba en ella. Eaos
vieron la combustión de loe azufres llovidos
la cólera divina sobre la ignominia de las cin; esos andrajos estaban tejidos con el pelo

es

41

�L E O P O l [) O

ESTATUA

""°"

de los camellos de Lot;
pies bollaron
nizas del incendio del Ererno ! Y la espantoaa
jer le habló con su ,·oz antigua.
Ya no recordaba nada. 86l0 una vaga viaicSia
incendio, una sensación tenebrosa despertaba a
vista de aquel mar. Su alma estaba vestida de
fuaión. Habla dormido mucho, un sueño negro
el sepulcro. Sufría sin saber por qué, en aquella
mersión de p&lt;'ffadilla. Ese monje acababa de sal
Lo sentía. Era lo único claro en Bu visión
te. Y el mar. . • el incendio. . . la catáatrofe ..•
ciudades ardidas ... •todo aquello se desvaneofa
una clarovidente visión de muerte.-Iba a morir.
taba aalvada, pues. ¡ Y era el monje quien la
salvado!
•
Soaistrato temblaba, formidable. Una llama
ja incendiaba SUB pupilas. El pasado acababa
desvanecerae en él, como si el viento de fuego
hiera barrido su alma. Y sólo este convenci ·
ocupaba su conciencia: ¡fo mujer de Lat utaba
El sol descendía hacia las montañas. Púrpura
incendio manchaban el horizonte. Los días
coa .re,·h·ían en aquel aparato de llamaradas. Era
mo una resurrección del castigo, reflejándose
segunda vez sobre las aguas del lago amargo.
sistrato acababa de retroceder en los siglos.
cordaba. Habla sido actor en la catástrofe. Y
mujer. . . ¡ Esa mujer le era conocida 1 ·
Entonces un ansia espantosa le quemó las
42

DE

SAL

8u lengua habló, dirigiéndose a la espectral
'tada:
Knjer, respóndeme una sola palabra.
Habla . . . pregunta ...
_,Responderás'
¡
ble . me has salvado!
' na
'
ta brillaron como si en ellos
ojos del aDBCore
'
. h 1
resplandor
que incendia a as
coneen trase el
ta~s. dime
.
. t e cuando tu rostro se vol-MUJer,
qué Vl8
para mirar.

.

le rea ondió:
p
'
-Oh, no... p o_r Elohim' no qmeraa saberlo.
_. Dime qué V1Ste !
-~o. . . no. . . 1Seria el abismo 1
-Yo quiero el abismo.
-Ea la muert,,. • •
-¡ Dime qué viste 1
-No puedo ... ¡no quiero!
-Yo te he aalvado.
-No ... no ...
El sol acababa de ponerse.

Una voz anudada de angustia,.

-¡ Hab~

1

• ó Su voz parecía cubierta
La muJer se aproDm
.
. ba
.
aba,
ae orepuaculiza , agompol vo; se apag

d

do.

1

-¡ Por las cenizaa de tua pa rea ....

E~=:~ !aquel espectro aproximó su boca al oid

�LEOPOLDO

LUGONE/:J

do del cenobita, y dijo una palabra. Y Sosistrato
fulminado, anonadado, sin arrojar un grito, cayÓ
muerto. Roguemos a Dios por su alma.

FRANCESCA

e

.

ONOCILE en Forli, adonde había ido para visitar el famoso salón municipal decorado por
Rafael.
Era un estudiante italiano, perfecto en su género. La conversación sobrevino a propósito de un
dato sobre horarios de ferrocarril, que le pedí para
trasladarme a Rímini, la estación inmediata; pues
en mi programa de joven viajero, entraba, naturalmente, una visita a la patria de Francesca.
Con la más exquisita cortesía, pero también con
una franqueza encomiable, me declaró que era pobre y me ofreció en venta un documento-del cual
nunca había querido desprenderse,-un pergamino
del siglo XIII, en el cual pretendía darse la verdadera historia del célebre episodio. Ni por miseria,
ni por interés, habríase desprendido jamás del documento; pero creía tener conmigo deberes 11 de
confraternidad", y, además, le era simpático. Mi
fervor por la antigua heroína, que él compartía
con mayor fuego, ciertamente, entraba también
por mucho en la transacción
Adquirí el palimsesto sin gran entusiasmo, poco
45

�L E O P O L D O

dado como soy a las inve tigaciones .hist6ricas;
mas apenas lo tuve en mi poder, cambié de tal modo a u respecto, que la hora escasa concedida en
mi itinerario para salvar los cuarenta kilómetros
medianeros entre Forli y Rímini, se transform6 en
una semana e~tera. Quiero decir 9ue permanecí
siete días en Forli.
La lectura del documento habría sido en extrt'mo
difícil sin la ayuda de mi amigo fortuito: pero éste e lo sabía de memoria, casi como una tradición
de familia, pues pertenecía a la suya desde una remota antigüedad.
Cuanta duda pudo caberme sobre la autenticidad di' aquel pergamino, qued6 dt&gt;svanecida ante
su minucio. a inspección. Esto fué lo que me tomó
más tiempo.
El documento está en latín, caligrafiado con esas
bellas y fuertes g6ticas tan características del siglo
XIII; y que, no obstante un avanzado deterioro, on
bastante legibles, gracias a la cabal individualización
de cadn letra en el encadenamiento de los ren~done , y a la anchura de lo espacios intermedios entre ésto . Hasta se halla legalizado por un '' signum
tabellionis," ciertamente muy complicado con sus
nueve lazadas, y perteneciente al notario Balzarino
de Cervis. Su data es el 12 de junio de 1292.
Si descifrar las letras no era del todo fácil, la lectura del texto resultaba pesadi~ima, por las innumerable abreviaturas y signos convencionales, que

"ª

R

A

N

e

E

s

o

A

brían hecho indispensable la colaboración de un
eógrafo, a no encontrarse allí su ant~guo dueño
o una clave tradicional; pero e a m1 mas abreturas y signos eran preciosos, por otra parte,
mo prueba de autenticidad.
Había entre ellos datos concluyentes. La &lt;&gt; atrada por una línea oblicua que baja de derecha
izquierda significando cum, signo peculiar de los
timos añ~s del siglo XIII, al comienzo del cual,
í como en los anteriores y en lo sucesivos; tuvo
ra. forma : el 2, coronado por una b, a manera
e exponente algebraico, (2h) significando d,~, y agre¡rnndo con su pre encia un dat~ mas,
uesto que las cifras arábigas no se generalizaron
n Europa hasta el siglo XIII; el 7, represen~do
r una A 11in travesaño, como para marcar die~
ición. la palabra &lt;'or¡,111.1 abreviada en su pr1n
'
9
l
mera sílaba y coronada por un 9 (t\or ) Y e vocablo fratribt(S abreviado en .ftbz con un_ ª sup~rpuesta a la_; y una i a la t; amén ~e d1v~rsos signos que omito .• •o quiero olvidar: sm embargo, las
Iniciales de la heroína, aquella J, y aquella R tan
earacteristica también en su parecido con las PP
manuscritas de nuestra caligrafía, salvo el trave1año que laii corta .
. Existen, además. en la margen del texto, a ma-.
nera de apostilla, dos escudos; un? en for~a de aneha almendra. característico también del siglo XIII
1 el otro romboidal, es decir, blasón de dama, sal47

�L E O P O L D O
vo exeepciones rarísimas como las de algunos
conti; pero los Visconti eran lombardos, y eu
época de mi documento, recién conquistaban la
beranía milanesa. Además, los blasones en cu
ti6n se hallan acolados, lo que indica unión c
yugal. Desgraciadamente, su campo no conserva
no partículas informes de la,s piezas y colores
ráldicos.
Lo que dice el documento es imposible de ser
ducido sin desventaja para el lector, pues u
do latín perjudica, desde luego, al interés con
retórica curial, sin contar la sequedad del cono
to. Haré, en consecuencia, una traducción ~n
bre como me plazca, poniendo el original a d"
sici6n de los escrupulosos, con cuyo fin lo he
positado en nuestra Biblioteca Nacional, donde p
de verse a las horas de práctica.
Comienza en estos términos que, como se ve
contradicen al Dante, a Boccaccio y al falso
c.accio, quiene3 coinciden en afirmar la cona
ción del adulterio.
Jamás hubo otra relación que una "exal
amistad'' entre Paolo y Francesca. Aun .sus
nos estuvieron exentas de culpa, y sus labios
tuvieron otra que la de estremecerse y palid
en la dulce angustia de la pasión inconfesa.
El autor dice haber tenido esta comldencia
marido mismo, cuyo amigo afirma que fué.
Francesca tenía dieciséis años (la historia ea
48

R

A

N

e

E

s

e

A

·da) cuando la desposaron con Giovanni Mala- •
, como certificación de la paz concluida entre
Polenta de Rávena y los Malatesta de Rímini.
esposo, contrahecho y feo, envió a su hermaPaolo para que se casara por poder suyo, no atredose a presentarse en persona ante la joven, en
visión de un desengaño fatal y del rechazo con·ente.
Hallábase Francesea en una ventana del palacio
riego, cuando entró al patio de honor la cabalnupcial; y una dama de su séquito, equivocatambién, ·o sobornada quizá por el futuro esposeñal6le a Paolo como al que iba a ser su efeco dueño.
De este error provino la tragedia.
Paolo era bello y joven; culto en letras, tanto
o valeroso caballero:; cortés hasta el rendi•ento y alegre hasta la jovialidad; todo lo con.o de su hermano, cuya sombría astucia rayaba
cruE&gt;ldad, y cuya desgracia física había dado en
torvo pesimismo que es patrimonio de los conhechos con talento.
La joven se desposó, así engañada; y conducida
fué al castillo conyugal, el esposo verdadero
con elJa la primera noche sin dejarse ver, pues
bía entrado a la alcoba en la obscuridad.
reía que, consumado el matrimonio, la altiv~
la dama sería la mejor custodia de sus derechos
esposo, y no se equivocaba ,en ello, por cierto;
41
4

�LEOPOLDO

L U Q O

p.ero el aeto demueatra eoa eJaridad, ui la
..., de na pa.aqpnea, como el frio oüculo flU

&amp;lacerias poma.
Bl d ~ del d ~ fué horri1,Je..
ea fAcil eolegir, para la joven deapoaad&amp;; 7
ooao en¡endr6 desprecio 7 odio haeia el •
ul abUIU&amp; de su bll8Da fe virginal, aereoi6
el amor la simpatfa que por el otro habfa em

• naeer
¡Oúuta 7 eón avos diferencia, en ef
1.te la eurioaa ansiedad del breve noviu&amp;'o,
feeJaa hasta el deleite eon la pre,otam6D cW
prometido¡ el regoeijado orgullo del d.eapcJIOl'j
la pompa religiosa 7 el esplendor DlUD
parejamente reakaban la gallardfa del
7 aquel deapertai- ea loa bruoa del mLons•
,a primer mirada de eapoao amnent6 ya
ultraje de 1lD&amp; deawoo:6anr.a el eruel llnpe
811 fatalidad l
Uno, 11'11 todo reeuerdoe de dieha entre •
atiafaoei6a juv~ de belleza inmolada en
ru; el otro, sólo tiranfa del deber
· •
p!o innoble, fealdad eobarde.
o tenú¡ Jlláa que un rugo de grandea,.
el miedo que Dllpiraba; miedo que en tnílla
JO

deber, euatocliaban au honra como doa
Ftanceaea eai,er.aba uf a encontrar, en
caso de la diclaa legitillla, la dulzura prohi ·
infiemo.

.

A

N

e

E

(J

111 tona ,rima era, qlle la rebelión ele 1ot .eorno dejaba culmne con nieves de reaiglaaPaolo era el rayo de sol que recordaba, únimarchitoe phppolloa.
~ primero, como un peligro, 111 diaereeión
veneido 1u deaconfiauaa, hasta .ubstituir
una fratenüdad melane61iea lu repulsiones del
fingido desdén.
•
eeaca, en su misantropía que la in~ba a
!edad, despu&amp;i de todo grande en el castillo, no
a guato sino eon él; pero s6lo 1e veiaa a la
~el sol, en túito eollffJÚO de no eneontrane
la DOChe.
ovanni, ocupado en estudioa t6cticos quenoa libre-llenaban na horas a medias eon
ia nada advertfa, al parecer; pero loa joro~ tan cel8808 eomo pervenoa, y a, aabienloa jóvenes se amaban, divertíaae en ver- ·
decer. Aquel peligroso juego le -atrafa como
emoción a la vez lancinante y deliciosa, por
que al !in estuviese previsto como una obra de
L
hOl'l'eDdo beso cruzaba a veeea, mgiriendo
ionea por entre aquella tortura de la dignidel 'amor eomo un refinumento del infiereso llevaba diez añoa, eaa perversidad, fordoae de tiempo y de sombra, como el vino.
tras se eontuviesen, aentfaae vengado por la
a de 811 continencia; en caso eontran"o, en
11

�LEOPOLDO

lúGONES

la muerte fatal, aquella muerte CAÍ:-A que el canto
V del poema rememora, adjetivándola con el nombre del círculo infernal mencionado por el XXXIT,
como para mejor expresar su amargura única en lo
anómalo del epíteto. Así habían pasado diez años.
l,7traheroísmos y deberes, el amor hizo al fin su
obra. La misma sencillez de relaciones entre esposa y cuñado, creó una intimidad aun acrecida por
la frecuencia de verse.
Paolo se ingeniaba de todos modos para hacer a
aquella juyentud más llcyadera su clausura en castillo tan lóbrego; y su exquisita cortesía, tanto como su grave ternura, denetían hasta las heces el
corazón de aquella mujer, en quien los refina1nientos, todavía bizantinos de su ciudad nata], habían
profrmdizado sensibilidades.
~o alcanzaba a perder en la ruda prueba su gus1o por las S(.'derías suntuosas, por las joyas y el marfil; y es de creer que en su dulce molicie r11trara
no- poco el espíritu de aquel legendario malvasía,
t1ue consolaba la decadencia de los Andrónicos, sus
contemporáneos, inmortalizando la sombría pequeñez de la helénica Monembasia. Magias de Bizancio, que el viento conducía a través del Adriático
familiar; filtros ele Bizancio diluídos en su sangre
antigua; pompas de Bizancio aún coetáneas en el
lujo y en el arte, predisponíanla ciertamente al
amor; a aquel amor más deseado en lo extremo de
· su crueldad.
52

F

R

A

e

E

s

e

A

Paolo era diestro en componer enigmas, que el
gusto de la época había elevado a un rango superior de literatura, empleándolos hasta en la correspondencia secreta y en las diYisas del blasón. Su única falta consistía en usar, para los que componía a
Francesca, el único doble tema de su hermosura Y
del amor.
Los primeros pasos fueron tímidos, disimulando
la intención en la vaguedad. El pergamino recuer- ·
da uno de aquellos juegos, cuya solución consistente en una palabra que tuviese sentido, recta o
inversamente leida, daba la soluci6n en legna-a11gel.
Cita igualmente uno, al que llama "la cruz de
amor,'' así dispuesto :
ECATE

J\"'EMEA
AMORE
FURIE
ThIE:NE
O este otro, en palabras angulares, que pueden

ser Mdas lo mismo de izquierda a derecha, que dr
arl'iba a abajo, y en el cual se prrci!::a más el balbuceo del amor:
AMAI

MIME
AMOR
IERI
53

�LEOPOI,DQ

LUGONES

O este último, del mismo carácter, y que el documento llama un enigma en V:

ANIME
AMARO

CUORE
Pero vengamos a la tragedia.
Habían llegado para Francesca los veintiséis
años, la segunda primavera del amor, grave y ardorosa como un estío. Su decenio de padecer, clamapor una hora de dicha; y en la tristeza que la
Juyentud trae consigo al definirse, y que es como el
adiós amigo a la aturdida adolescencia, habíanla
a;;altado miedos de morir sin gustar una vez siquiera el ósculo redentor de toda su vida tan injustamente negra.
Aquel otoño habíalos fraternizado más en largas
lecturas, que eran vidas de santos sangrientas de
heroísmos y singularizadas por geografías monstmosas; pero un día, aciago día, el malvado cuvos
diez años de goce infemal exigían por fin rl dt,;enJace de la sangre, puso al alcance de sus penas la
p,ala11te colección del No,·ELLINo.
i-Cuántas lPycron de aquellas cien narraciones
halladas por ahí, al ar.ar, eu una alacena? Quizá pocns, desde que tanto llc~ó a turbarlos la de Lanzarote del Lago.
Pué en e] baleón que abría sobre el poniente la

?ª

54

F

R

A

N

a

E

s

a

A

alcoba de la castellana, durante un crepúsculo cuya divina tenuidad rosa empezaba a espolvorear,
como una tibia escarcha, la vislumbre de la luna.
Desde aquel piso, que era el segundo, se dominaba todo el paisaje condensado como un borrón de
tinta bajo la luz lunar. Las densas cortinas obligábanlos a unirse mucho para aprovechar el esca80 vano abierto sobre el cielo. Juntos en el diván,
el libro unía sus rodillas y aproximaba sus rostros
hasta producir ese rozamiento de cabellos, cuya vaguedad eléctrica inicia el vértigo de la tentación.
Sus pi~s casi se toeaban, compartiendo el esca bel.
Sobre la inmensa chimenea, una licorera bizantina
que acababa de regalarlos con el delicioso licor de
Zara, despedía en la sombra de la habitación el florido aroma de las guindas de Dalmacia.
Ya no leían; y así pasaron muchas horas, con las
manos tan heladas sobre el libro, que poco a poco
se les fué congelando toda la carne. Sólo allá adentro, con grandes golpes sordos, los corazones seguían viviendo en una sombría intensidad de crimen. Y tantas horas pasaron, que la hma acabó por
bañarlos con su luz.
Galeoto fué el libro ... -dice el poeta-. ¡ Oh, no,
Dios mío ! Fué el astro.
Miráronse entonces; y lo que había en sus ojos
no era delicia, sino dolor. Algo tan distante del beso, que en ello cabía la eternidad. El alma de la joven asomábasc a sus ojos deshecha en llanto como
55

�LEOPOLDO

LUGONES

una blanca nube que se vuelve lluvia al fresco de la
tarde. ¡ Y aquellos ojos, oh, aquellos ojos negros
como dos golondrinas tle la Pasión, qué sacrificios
de ternura abismaban en el heroísmo de su silencio! ¡ Ay, vosotros los q_ue sólo en la dicha habéis
amado, envidiad la tortura de esos amantes qué,
en el crepúsculo llorado por las esquilas, gozaban,
padeciendo de amor, toda la poesía de las tardes
amorosas, difundida en penas de navegantes, de ausentes y de sentimentales peregrinos, como en el
canto VIII del Purgatorio:
Era giá l 'ora che volge 'l disío
A 'naviganti, e 'nteneriace íl cuore
Lo di ch 'lian detto a' dolci amici a Dio¡
E che lo nuovo peregrin d 'amore
Punge, se ode aquilla di lantano
Cl1e paia'l gíorno pianger che si muore.

Pálidos hasta la muerte, la luna aguzaba todavía su palidez con una desoladora convicción de
eternidad; y cuando el llanto desbordó en gotas vivas-lo único que vivía en ellos-sobre sus roanos,
comprendieron que las palabras, los besos, la posesión misma, eran nada como afirmación de amor,
ante la dicha de haber llorado juntos.
La luna seguía su obra, su obra de blancura y
de redención, más allá del deber y de la vida ...
l:na sombra emergió de la trasaleoba, manchó
fugazmente el pavimento de lozas blancas y ne56

F

R

A

N

e

E

s

e

Á

gras, se escabulló por la puertecilla que daba acceso al piso, y por él a la torre. Era el enano del
castillo.
Malatesta se hallaba en la torre por no sé qué
consulta de astrología; pero todo lo abandonó, descendiendo la escalera interior hasta la planta donde estaba la alcoba de la castellana; hasta debió
correr para llegar a tiempo, pues era la pieza más
distante de la torre.
El éxtasis duraba aún; pero los ojos, secos ahora brillaban como astros de condenación con toda
la ' ponzoña narcótica de la luna. Aquella palidez
desencajada tenía el hielo inconmovible de la fatalidad, y una pureza absoluta como la muerte, los
aislaba en la excepción de la vida.
Materialmente no habían pecado, pues ni a tocarse llegaron, ni a hablarse siquiera; pero el esposo 'UÍÓ en sus ojos el adulterio con tan vertiginosa claridad, con tal col!-Sentimiento de rebelión y de
delito, que les partió el corazón sin vacilar 1lll ápice. Y el pergamino le halla razón a fe mía.

57

�DOS ILUSTRES LUNATICOS
O LA DIVERGENCIA UNIVERSAL

DRAMATIS PERSONAE:

H. (desconocido, al parecer escandinavo.)
Q. (desconocido, al parecer español.)
Andén desierto ele uua estación de ferrocarril, a las onee de 1a noche. Luna llena al exterior. Silencio completo.
· Luz roja de semáforo a lo lejos. Bagajes confusamente

amontonados por los rincones.
H. es un rubio bajo y lampiño, tirando a obeso, pero singu1armente distinguido . Viste un desgarbado traje negro
y sus zapatos de charol chillan mucho. Lleva un junco de
puño orfebrado que haee jugar vertiginosamente entre los
dedos. Fuma cigarrillos turcos que enciende uno sobre otro.
Un tic le frunce a cada instante la comisura izquierda del
labio y el ojo del mismo lado. Tiene las manos muy blancas¡ no (la tres pasos sin mirarse las uñas. Camina lantando miradas furtivas a los bagajes. De cuando en cuando vuélvese bruscamente, lanza w1 chillido de rata a la
vacía penumbra, corno si hubiese alguien allí; después proaigue su marcha haciendo un nuevo molinete con el bastón.
Q. gallardea un talante alto y enjuto¡ una cara aguilefia, puro hueso¡ hay en él algo a la vez de militar y de
universitario. Su traje gris le sienta roftl; es casi ridículo, pero no vulgar ni descuidado. Trátase a todas luces de
una altiva miseria que , se respeta. Este baee el efecto de
la reserva leal, tanto como el otro causa una impresión de

59

�L E O P O L D O

L UG O.,\.ES

charlatán sospechoso. Van uno al lado del otro; pero ae
advierte que no conYe1·san sino para matar el tiempo.
Cuando llegue el treu, no tomarán el mismo coche. Tamr,oco se han visto nunca. Q. sabe que su interlocutor se
llama H. porque al llegar traia en la mano . una maleta con
esta inicial. H. l1a visto, por su parte, que el otro tiene su
pañuelo marcado con una Q.
·

ESCENA PRIMERA.
H.-Parece que hay huelga general y que el servicio está enteramente interrumpido. No correrá un
solo tren durante toda la semana.
Q.-Locura es, entonces, haber venido.
H.-Más locos son los obreros que se declararon
en huelga. Los pobres diablos no saben historia.
Ignoran que la primera huelga general fué la retirada del pueblo romano al Monte Aventino.
Q.-Los obreros hacen bien en luchar por el triunfo de la justicia. Dos o tres mil años no son tiempo excesivo para conquistar tanto bien. Hércules
llegó al confín de la Tierra, buscando el Jardín
de las Hespérides. Una montaña le estorbaba el
paso Y, poniendo sus manos en dos cerros, la abrió,
dando entrada al mar como se abre, trozándola por
los cuernos, la cabeza cocida de un carnero.
H.-Bello lenguaje; pero no ignoráis que Hércules fué un personaje fabuloso.
Q.-Para los espíritus menguados, fué siempre
fábula el ideal.
60

DOS

ILUSTRES

LUNA 1'100S

H--(volviéndose bruscamente y saludando con su junquillo
la sombra).--:N'o sé si lo decís por mí; pero os adYil'r-

to que no acostumbro comer carnero con los dedos.
Vuestra metáfora me resulta un tanto brusca.
Q.-Aunque no me es desconocido el juego del tenedor en las mesas de los reyes. he gustado con más
frecuencia la colación del pobre. Desde la baya del
eremita al pan del trabajador, duro e ingrato como
la gleba, mi paladar co~oce bien el sabor de las
. Cuaresmas.
H.-Os aseguro que tenéis mal gusto. Por mi parte, compadezco al desdichado, ciertamente. Quiero
la igualdad, pero en la higiene, en la cultura y en
el bienestar: la iguadad hacia arriba. Mientras ello
resulte un imposible, me quedo en mi superioridad.
¿ Para qué necesitamos nuevas cruces, si un solo
Cristo asumió todas las culpas del género humano 1
Q.-Es condición de la virtud indignarse ante
la iniquidad, y correr a impedirla o castigarla. sin
reparar en lo que ha de sobrevenir. ¡ Pobre de la
justiGia vilipendiada, si su socorro dependiera de
un razonamiento irreprochable o del desarrollo de
un teorema! En cuanto a mí, no deseo ni la igualdad, ni nuevas leyes, ni mejores filosofías. Solamente no puedo ver padecer al débil. M:i corazón
se subleva, y pongo sin tasa al rescate de su felicidad, mi dolor y mi peligrt&gt;. Poco importa que esto sea con la ley o contra la ley. La justicia es, con
61

�LEOPOLDO

L

U G O RE -S

frecuencia, víctima de las leyes. Tampoco sabría
detenerme ante el mismo absurdo. Pero cada monstruo que me abortara en fantasmagoría, cada empresa vana que consumiera mi esfuerzo, fueran a
la vez incentivos para empeñarme eontra la amarga
realidad. t,Por qué halláis mal que luchen a costa
,de su hambre estos trabajadores? &amp;No es el hambre
un precio de ideal como la sangre y como el llanto T
H.-Poseéís una elocuencia prestigiosa que me
habría arrebatado a los veinte años, cuando creía.
en los pájaros y en las doncellas.
Q.-Os estimaría que no dierais alcance despectivo a vuestras palabras sobre las doncellas y los
pájaros.
H.-De ningún modo. Los pájaros tienen el mismo paso (da una corridita ornitológica sobre las puntas de
los pies) que las doncellas; y las doncellas tienen
tanto seso como los pájaros. Pero vuelvo a nuestro tema. Los obreros nada lograrán con la violencia. Os advierto, entre paréntesis, que no soy propietario. Los obreros . deben conformarse con las leyes: aprovechar sus franquicias, -elegir sus diputados, apoderarse del Parlamento, cometer algunas extravagancias para despistar a los ricos, como volverse ministros, por ejemplo, y después apretarles
-crac-el tragadero. . . si es ql1e no prefieren tornarse ricos a su vez. Es un sistema.
Q.-Cn sistema abominable. Pareeéisme, a la verdad, un tanto socialista.
62

D OS

I L U S TRES

L UN A TIC O. S

H.-No lo niego; pero a mi Yez os he notado
un poco anarquista.
Q.-N o os ocultaré mis preferencias en taJ f&gt;eUtido. Amé siempre al paladín; y no sé por qué ::rnhelo de justicia desatentada, por qué anormal coraje de combatir uno solo contra huestes enteras,
por qué sombría generosidad de muerte inevitable, en la Inisma obra de la vida que otros gozarán
mejor, sin perjuicio de seguir llamando ..;rimen a la
benéfica crueldad, hallo semejanzas profundas entre los caballeros de la espada y los de la bomba.
Los grandes justicieros que asumen en sí mismos
el duro lote del porvenir humano, son como esas
abejas de otoño que amontonan a golpes de aguijón la comida futura de una prole que no han de
ver. Matan para el bien de la v-ida que sienten germinar en su muerte próxima, arañas y larvas: como
quien dice tiranos e inútiles, quizá inocentes, siempre detestables. Ellas carecen, entretanto, de boca ; no pueden. gustar siquiera una gota de miel. Sus
únic,os atributos son el amor y el aguijón. Su obra
de porvenir finca en la muerte, qu&lt;: al fin es el único camino de la inmortalidad.
H.-6Sois espiritualista?
Q.-En efecto; ¡,y vos?
H.-Materialista. Dejé de creer en el alma cuando me volví incrédulo del amor. (Estremécese con
violencia.).

Q.-¡, Tenéis frío 1
63

�L•0P0l,D0
11.-No¡ p....,¡..-te. • una PNIM!11114Íi
- - , ai queriia, y - la ea- aquel e6he
A Ja ida me pareee un elefante, y a la
hall-.
Q.-(opute). Bita , _ DO d
(alto). Ea mi eofre de viaje. Su color y 111
1:ienen, en efecto, algo de paquidenao.
B.-Ha;r aofrea -ndinavea que pareee
- · (Vaeln .. Hl&gt;"i 4&lt;.I :,)• • aingular, e6mo
eupan eatu e-. Bltaa e-. que uno
n en el oomemo con loa es,eetroa. NotariÜI
- , euando vo;r a pronunciar tal o cual
•l ojo bquierdo ae me mete por equivocaei6a
de la naris. Ea una curioaa diaeordaneia. Bl
de la "erre" me baee vibrar Ju uiiu. 1
qué ehillan tanto mis zapatoa,
Q.-No, por cierto.
B.-BII una moda hm,pra. La he adop

n -rdarme aiempre de que debo pouer I
en el mismo medio de Ju baldoau, 9in piar
junturas. Xanfa que tiene, naturalm
nombn prieo16gico.

-

COJ&gt;- • lo lejoo el relluao ele u-•&gt;·
. 1Ah, el maldito jument.o laútieo I Creo
arranearfa Ju orejas con gran placer, a , - bondad eapeoffiea.
Q.-Yo aao a loa amoa. Son pacientes :r
Su rebuzno diatante, en Ju noches ela~

.,.... ...................... .
JhupHo..

.. ,_ ..... ,.... +•••.-.•
Oü1Jc1dli1 ID

aaet

ll.-,Oll,BO.Qifilale . . .

_a....._ ......

Romm-seeJeate;,-..rl

_y_ _ . , . _ _....., . . . . . . . . .
CriÑallf, . . w;,-.•lli•Wble,lattt.

n.. üi eNe
el-.
u a-.abq,hladt 1

-Dlr&amp;, ........
"Perfidia" ea
pt«lweleriaea.
=lst

h

.. 11 " - ..

r

H

1

1 1).

· delatma La..._lallllela.Pa•eriaua-uuinjcnelabornolla.N6
OOIDO

delle praaedll 11

tifa clwalllfl qae • lNia &amp;E 11,. 'tnlll1 •
la-rida.S-&amp;quela-,re•
naja d• fa11N141, .,._. 11 IIIHIM 1111 ......

Noeaqaede:ra.,_,__, Rlst.-laBwfacl, 1111toneee, 11&gt; demnoll. • el •l~.Bll_U......._.la.,_..
Al d•bJI• la rudll, mtla a heJi4!uh el
..,.... _,.....), ..
).

■ 11

que..,_,.

lll--..-.-..

ltülu - alg6D •
• Freeu1111tad leí1 11d•e1 ...piritlilla.;
:r --,.dltle - e1 - t ,Grr t o, ...,..
111' malo

•

a-.

•

�DOS
LEOPOLDO

f.

[I(}

la manía de silbar vivamf'ntC' cnando Yayáis de noche por sitios solitario-,, Y cierto frío i;ltcrmitcnte
en la. espina dorsal. Pero los cs-peetros dan buenos
co11SeJ0S. Co11ocen la filosofía de la vida. llablal\
como los parientes fallecidos.
Poco a poco os vais :,intiendo un tanto contradjctorio. Cometéis extnwagancias por d placer &lt;le
cometcrl~s. Ya habéis visto lo que me pasa. }lis zapatos chillones Y mis molinetes, son estúpidos; pero ~~y agradables. Son también impc&gt;rahrns categoricos;
,
p
. formas de razonar un ta11to a·n&lt;&gt;rsas.
ero el imperio d&lt;' la razón es tan efectivo en ella:,;
como en la lógica de Aristótf'l&lt;'s.
Luego, os entra. el :fastidio de todo lo que ama y
de todo lo que vive. "Cna individualidad estupei.l.da se_ desarrolla en vuestro ser. Habéis comenzado
r?mp1endo espejos o manchando tapicas con los
p~es llenos de lodo. Luego matáis fríamente de un
pistoletazo
la oreja a vuestra yegua favorita ..
L~ego quere1s algo mejor. Ya estáis a punto. Causáis, entonces, algún mal irreparable a vuestra madre o a vuestra mujer.
Q.-¡ Caballero!
H.-¡ Eh, qué clia blos ! Dejadme concluir. Habéis
d~ saber que yo he amado. Amé a una muchacha rub1~ Y poética; una especie de celestial aguamarina.
Dabale por el canto Y por la costura ; no desdeñaba los cleportrs ; pedaleaba gallardamente en bicicleta. A la verdad, era nn tanto insípida, como la

:?

• 66

ILUSTRES

LUNATIOOS

01YES

perdiz sin cscabecbr. Pero yo la quería con una
pureza tan grande, que me hrlaba las manos. Gustábame pasar largas horas, recostada la cara en sus
rodillas, mirando el horizonte que entonces queda
a niYel con 1mrstras pupilas. Ella doblaba gentilmente la cabeza con una domesticidad dr prima que
aún no sabe. 'l'enía la barbilla imperiosa; lo;; ojos
llenos de un azul juyenil e ignorante, cuando se
los miraba bien abierto;-;; pero habitnalmentc entornábalos soñadOl' desclén. La nariz, con un ligerísimo respingo. La boca un tanto grande, pero todaYÍa sin el más ligero desborde dr ese carmfa vir~inal qlll' mancha los labios sabedores del amor, corno l'l vino a una copa rn que se ha bebido. Eran.
quizá, un poco altos y fü\cos -sus pómulos. Pei11ábasr mny uÍPll. con sólo dos ondas irregulares y flojas de su rubio cabdlo. Lle--vaba siempre descubierta la nuca, rxagrránÜo su desnudez con una incli,nación de lectura. Esta era toua sn coquetería. ¡\O
:-;r distinguían r-;ns st•nos bajo la blusa. Sus manos y
sus -pies Nan más bien larios. La falda "trotteuse ·' dejaba acfürinar sus piernas delgadas y alti,·as de 11adadora. Pues la natación constituía su
r11canto. La natación con prligro de la vida. Prohibiéronselo en ya110. Iba al río con pretexto de coger -violetas y ortigas para adornar su sombrero· de
sol.
Dejé de ai:narla cuando descubrí que pertenecía
a la infame raza de las mujrres. No sé bien si mu67

�!f
..

o
1 ··· 1 e.

1

1

Jr s:s

¡. 't1 i

!.

S:

0

j

S

1 · 1 '4t

f

li"

'a:· Ir 1

El :

e:,"

!:.

.... ,c:i Q, e:,"
o -.,..t:1-•CD1¡'",.0,

Q,

0

.

e,
~
i~

gr

•

s

.

-

=- e g l a: 1

¡ tf. ·¡. fi.-if ¡ !s J -1 ~

=r = a º

a..FJI i

2

i1

3

=·
s- ~ ~ t ¡ J' • 8
tr¡lrr~l=
= t:l!•d Ir

ii,.

3

CD

¡¡¡·

1!.

1-

=-... t

S' ..SI

l'o

ir.

.1:1. .

!

1te:Ja!.
i - ;.
= · m~-r .. ~
l'''i1•s
[a m-t .. ;-~-- 1, s¡.-t - ,--t ·]i
.f· ,~-: s r .··1
f.1. ...
e.·' · •·i
•r .- ! .f ;,. ,t; i J t' ;.fª ~
-• Í ~ ~ Í e ! Í. . . f !.f f i

j¡;:J¡!;J-!f
iitrt:i.S&gt;~~
'0ª· ·j¡.:..;¡4f:'ff.-·1!
1s-r:_

- ..

8

,. '4t

~.I

~

:

1,·!tffff!I
~1Ji!fiflJi1~
:t,.11~~,l~ii~ti ,.;,.i¡lftl

I!. i

1

•

r· JI

Í

a

·~

• •

1-¡

ª..'·. 't. .[.;ª. rs;, i'.
...f 11.. ·1s. .J..'.c ¡·.·e..~
'·['u
I !t 1-~ J1= · 1 ." it 11
ff .il· -~l 1

1:

2

ª.. ¡.;
. i
.E

g

~ 1 ;-

Q

tll

e::,

1::t,H!fld1.t¡.!f iHl rf('if-.,. · •
feJan
i-•tir- g-r .... f i . 1 1
a.
1
El°~~,1~:a1,!!
rl~ft•~ ~•,oit ~
J
1 t[ ~hf ••,t&amp; .
· =u;.r1J~f .1 1.hi! 1
. a e!. f' ¡, J¡i. .. ! h i ' 1 1 o t 1
•
,,.
-r1~
!i1f-,i!·
1J.·
_
f
Hd;!t f.1 · ..
lgtll=: e-l'e fa1tffiªtª¡#•lthf•-l"'
~,1 .f:;lf~..;Ír iJf¡.iitf.J lffjl¡¡j 1. ~. ·
&amp;:s.
a
!_
f

�L .E O P O L D O

L

U G

Vuestros propósitos sobre la mujer, son ci&lt;&gt;rti.1t111nt.c'!
intolerables; y no más que por reduciros a la decisión de las armas, os digo que tomo a la luna por
doncella desamparada y que no permitiré a su respecto ninguna insolencia.
H.- ( encogiéndose con un tirita miento enfermizo).
No desconoceréis, caballero, que os he tolerado a
• mi vez muchas impertinencias. La medida está
colmada. La luna es una calabaza vacía y nada mú.
Sé bien que quien escupe al cielo, cáele la saliva
en la cara. Pero tengo la boca llena como un ma~
món que echa los dientes, y veo allá un cartel que
dice: "Es prohibido · escupir en el suelo." (Quégramática!) .Así, pues, oh luna, buena pieza, toma .
(escupe hacia la luna), toma (escupe nue,·amente). toma

'

ÍNDICE
Págs.

J,AS FUBRZAS ltXTRAÑAS

Lluvia de Fuego..................... . . . . . . . . . . . . . . .
Estatua de Sal.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

5
17
35

( escupe por tercera vez).

Mis señas, caballero.
Caballero, las mías.
Q.-(Miranclo la cartulina con asombro.) j El Príncipe
Hamlet!
H.-(leyen,lo con interés). j Alonso Quijano !
Q.-(sacando su tarjeta).
H.-(haciendo lo propio).

LUNA.RIO S)tNTIMRNTAJ,

Francesca ....................... .
Dos Ilustres Lunáticos ........... .

ESCENA SEGUNDA.
DON QUIJOTE alzando los ojos lmeia su interlocutor, ad•
vierte que ha desaparecido.
HAMLRT, bnscanclo con uua mirada a don Quijote, nota
que ya no está.
El lector se da cuenta, a su vez, de que don Quijote 1
IIamlet han desaparecido.

70
71

45
. ....•......

59

���</text>
                </elementText>
              </elementTextContainer>
            </element>
          </elementContainer>
        </elementSet>
      </elementSetContainer>
    </file>
  </fileContainer>
  <collection collectionId="433">
    <elementSetContainer>
      <elementSet elementSetId="1">
        <name>Dublin Core</name>
        <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
        <elementContainer>
          <element elementId="50">
            <name>Title</name>
            <description>A name given to the resource</description>
            <elementTextContainer>
              <elementText elementTextId="560770">
                <text>Lectura Selecta : Revista quincenal de divulgación literaria</text>
              </elementText>
            </elementTextContainer>
          </element>
          <element elementId="41">
            <name>Description</name>
            <description>An account of the resource</description>
            <elementTextContainer>
              <elementText elementTextId="560771">
                <text>Lectura Selecta : Revista quincenal de divulgación literaria, Escuela Tipográfica Salesiana y publicada por F. González Guerrero y Fernando Leal, a principios del Siglo XX.</text>
              </elementText>
            </elementTextContainer>
          </element>
        </elementContainer>
      </elementSet>
    </elementSetContainer>
  </collection>
  <itemType itemTypeId="1">
    <name>Text</name>
    <description>A resource consisting primarily of words for reading. Examples include books, letters, dissertations, poems, newspapers, articles, archives of mailing lists. Note that facsimiles or images of texts are still of the genre Text.</description>
    <elementContainer>
      <element elementId="102">
        <name>Título Uniforme</name>
        <description/>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="564578">
            <text>Lectura Selecta : Revista quincenal de divulgación literaria</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="97">
        <name>Año de publicación</name>
        <description>El año cuando se publico</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="564580">
            <text>1919</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="54">
        <name>Número</name>
        <description>Número de la revista</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="564581">
            <text>3</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="98">
        <name>Mes de publicación</name>
        <description>Mes cuando se publicó</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="564582">
            <text>Octubre</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="101">
        <name>Día</name>
        <description>Día del mes de la publicación</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="564583">
            <text>1</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="100">
        <name>Periodicidad</name>
        <description>La periodicidad de la publicación (diaria, semanal, mensual, anual)</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="564584">
            <text>Quincenal</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="103">
        <name>Relación OPAC</name>
        <description/>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="564598">
            <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaBasica&amp;bibId=1752132&amp;biblioteca=0&amp;fb=&amp;fm=&amp;isbn=</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
    </elementContainer>
  </itemType>
  <elementSetContainer>
    <elementSet elementSetId="1">
      <name>Dublin Core</name>
      <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
      <elementContainer>
        <element elementId="50">
          <name>Title</name>
          <description>A name given to the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="564579">
              <text>Lectura Selecta : Revista quincenal de divulgación literaria, 1919, No 3, Octubre 1</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="49">
          <name>Subject</name>
          <description>The topic of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="564585">
              <text>Cuentos</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="564586">
              <text>Literatura</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="564587">
              <text>Letras</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="41">
          <name>Description</name>
          <description>An account of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="564588">
              <text>Lectura Selecta : Revista quincenal de divulgación literaria, Escuela Tipográfica Salesiana y punlicada por F. González Guerrero y Fernando Leal, a principios del Siglo XX.</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="45">
          <name>Publisher</name>
          <description>An entity responsible for making the resource available</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="564589">
              <text>Escuela Tipográfica Salesiana</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="37">
          <name>Contributor</name>
          <description>An entity responsible for making contributions to the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="564590">
              <text>González Guerrero, Francisco, 1877-</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="564591">
              <text>Leal, Fernando</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="40">
          <name>Date</name>
          <description>A point or period of time associated with an event in the lifecycle of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="564592">
              <text>01/10/1919</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="51">
          <name>Type</name>
          <description>The nature or genre of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="564593">
              <text>Revista</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="42">
          <name>Format</name>
          <description>The file format, physical medium, or dimensions of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="564594">
              <text>text/pdf</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="43">
          <name>Identifier</name>
          <description>An unambiguous reference to the resource within a given context</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="564595">
              <text>2020374</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="48">
          <name>Source</name>
          <description>A related resource from which the described resource is derived</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="564596">
              <text>Fondo Alfonso Reyes</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="44">
          <name>Language</name>
          <description>A language of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="564597">
              <text>spa</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="86">
          <name>Spatial Coverage</name>
          <description>Spatial characteristics of the resource.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="564599">
              <text>México, D.F.</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="68">
          <name>Access Rights</name>
          <description>Information about who can access the resource or an indication of its security status. Access Rights may include information regarding access or restrictions based on privacy, security, or other policies.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="564600">
              <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="96">
          <name>Rights Holder</name>
          <description>A person or organization owning or managing rights over the resource.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="564601">
              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
      </elementContainer>
    </elementSet>
  </elementSetContainer>
  <tagContainer>
    <tag tagId="295">
      <name>Cuentos</name>
    </tag>
    <tag tagId="32858">
      <name>Leopoldo Lugones</name>
    </tag>
    <tag tagId="36529">
      <name>Modernismo argentino</name>
    </tag>
    <tag tagId="98">
      <name>Teatro</name>
    </tag>
  </tagContainer>
</item>
