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                  <text>��I
SlSL.IOiECA

CENTRAL

U.A.N.L

VOLUMEN PRIMf&lt;.RO

I 1J

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MADRID
I

9 2 O

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1

-

ÍNDICE DEL VOLUMEN I

1920
coronas, reyes
«.Ca pluma es la que asegura castillos,
y la que sustenta leyes.&gt;

IMPRENTA ARTISTICA, DE SÁ.EZ HEJI.MANOS
NORTE, 21 , MADRID : TELÉFONO

17-65 J.

NOMBRO 1.0 (JUNIO)
Dos palabras que no están de más .....•......................
Enrique Dlez~Canedo: Madrid, poesías . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Manuel Azaña: A las puertas del otro mundo. . . . . . . . • . . . . . . . . . .
Pedro Salinas: Voz de jugar, poc:sfas.. ..... .. ............... ..
Adolfo Salazar: Apuntes para una geografía musical de Europa:
l. Francia....... . . • . . . . . • . . . . . . . . • . . • . . . . . . • • . . . . . . . . . .
La Dame de Cceur. Crónicas de..............................
El paseante en Corte: ...castillo famoso. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
~ - Alfonso Reyes: América.... . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Libros y Revistas: Ramón del Valle lnclán: Et pasajero. Farsa de
la Enamorada del Rey.-Luis Bello: Ensayos e imag{nadones
sobre Madrid.-Ramón Pérez de Ayala: las Mdscaras.-Manuel Azaña: Estudios de política franctsa contempordnea.-Renner (A.) y Castro (A.): Vida de Lope de Vega. -Paul-Louis Couchoud: Sages et polles d'Asie..............................
Gacetilla ..... • ...•. • .. , .....•. , • . . . . • . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

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n¡

�LA PLUMA

LA PLUMA

NOMBRO 2.0 (JULIO)
Alfonso Reyes: El abanico de Mlle. Mallarmé., . , , • , • •: , • • • · • · · ·
C. Rivas Cherif: Alegoría de Narciso, o El mundo visto por un
agujero ...............••.....•... •, •, • • • • • • · · · · · • · · • · · •
Ramón Pérez de Ayala: La cendolilla que danza, poesía.,••••••••
G. Borrow: El camino de Finisterre, ...•......•. • • , • • • • • • · • · · •
La Dame de Cceur: Crónicas de .....••....... , • • • • • • • · • • · · · · •
El paseante en Corte: ... castillo famoso ... , ...•. •., • • • • • • • •. · ·. ·: ·
Manuel Azaña: El espíritu público en Francia durante el arm1st1cio.
Libros y Revistas: Pío Baroja: Divagaciones sobre la cultura. La
caverna del kumorismo.-Eugenio d'Ors: La Bien plantada.Rafael Calleja: Rusia. Espejo saludable para uso de ~o~res :Y efe
rlcos.-Auguste Breal: Velázquez . . Luis N ueda: De n_ius1ca. Epts•
tolario de un melómano.-Ernest Newman: A Musicce Motley.Danie1J. Mason: Contemporar§ Composers. - Camille Mauclair: Les keros de l' Orckestre.-A. O&amp;sorio: El alma dt ta toga.
Gacetilla .....•• , ..........•.•........... • • , • • · · · • • · · · · · ·: ·

NUMBRO 3.0 (AGOSTO)
Ramón del Valle Inclán: Farsa y licencia de la Reina Castilcl. Jornada 1.ª•••••••••••••••••.••••••• • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • •
C. Rivas Cherif: Divagación a la luz de las candilejas...•..... •••
Miguel de Unamuno: Polvo de otoño, poesías ..•... ,,.,••,••• • •
Adolfo Salazar: Guía musical de América ...... , • , , • , • • • • • • • • • ·
La Dame de Cceur. Crónicas de ..•.....•••.... , . • , • • , • , • • • · · •
G. Lipparini: Las violetas, poesia .......•••... , • , • • , • • • , • • · • • ·
Alfonso Reyes: América .........•............ , , , • • , • • • • • • · · ·
Jorge Guillén: Poemas de circunstancias prosáicas.... , • • •, • •, • • •

49

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58
6o

Libros y Revistas: Ramón del Valle Inclán: Divinas palabras.Ramiro de Maeztu: la crlsi.r del Humanismo.-J. Maynar Key•
nes: Tke economlc consequmces o/ tke peace.-León Felipe: Versos y oraciones de caminante.-Martinez Corbalán: Caminos.Luis Fernández Ardavin: Ld.minas de folletit. y de múal--Re
vistas .•.•..••.•..•• , •. , , • • • • • • • • • · · • · · • · · · · · • · · • · · · · · · ·

137

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78

NUMBRO 4.0 (SBPTIBMBRB)

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99

I

Ramón del Valle lnclán: Farsa y licencia de la Reina Castiza. Jor•
nada 2. ª ..........•.....................•.•........ , ...
Francisco A. de Icaza: Versos de I1ietzsche .• . ......•..........
Manuel Azaña: Jorge Borrow y la Biblia en España. . ........... .
El paseante en Corte: ...castillo famoso ••.•.•.••.•.............
Antonio Espina: Don Cacique, poesla.. . . •. . ...••... .. . . ... . ..
Libros y Revistas: R. Blanco Fombona: Dramas minímos.-Valery
Larbaud: Poltes espagnols et kispano-americains contemporains.
Cla11dio de la Torre: La huella perdt"da.-Manuel Ugarte: El
porvenir de la América española.-Manuel Conrotte: La intervención de España en la independencia de los Estados Unidos
de Amlríca.-Tomás Morales: Las rosas de Hércules . ....... .
Gacetilla ................•......•.•......................•.

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191

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ll3
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NOMBRO 5.0 (OCTUBRB)

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IJ6

La condena de Unamuno ..••..••.•.••..•••...•.....••..... ,. .

193
Luis Araquistain: Italia _e n 1920, poe~ía.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 194
Ramón del Valle Inclán: Farsa y licencia de la Reina Castiza. Jornada 3.• . .•....................... , ....._.............. .
195
V

IV

I

�LA PLUMA

LA PLUMA

Adolfo Salazar: Apuntes para una geografia musical de Europa.
II. Rusia ..•...•..•..•.•.....•.••.•••••.•...............
Juan Ramón Jiménez: 1920, poesías ......••..•.....•.•...••...
Mario Puccini: Letras italianas .•..........••..•.•.•.••.•...•.
Jorge Guillén: La amistad firme en los mares caóticos, poesfa.....
Un critico incipiente: Teatros ....•...••••.••••••.....•...•...
Maria Enriqueta: Ojos grises, poesla ••.••.••.•.•..•.....••....
Antonio Espina: Inciso, poesla. . • • . . • • • . • . . • . • . . . . . • . . ..... .
Libros y Revistas: J. Moreno Villa: Vtlázqtuz.-A. de la Sota: Divagadones de un tranuuntt.-Eugenio d'0rs: Glosas.-Strindberg: El viaje de Pedro, el afortunadc.-Les amis de Proudhon:
Proudhon et not,e tnnps.-Revistas ..•.•......•..•••..•....
Gacetilla ... , ....••...............•..•..•..•.••....•.......

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282
288

NOMBRO 7.0 (DICIB.MBRB)
Rubén Darfo: Versos inéditos•.•...•.....••........•.•.......

NUMBRO 6.0 (NOVIB.MBRB)
Antonio Machado: Apuntes y canciones .......•....••...•.....
G. Jean-Aubry: Mérimée.......•..........•..•......•........
Nilo Fabra, poeslas .•.••.......•..•...•.......•.•........•.
La Dame de Creur: Crónicas de ...•.......••...•.......•.....
Pedro Salinas: Onematógrafo, poesías • . . . . . . • • • . • . . • . . . . . . . . .
Francis Jammes: Los trabajos del hombre, poesía . . • . . . . . . . . . . .
Adolfo Salazar: Proposiciones sobre el Hai-Kai............ . . . . .
El paseante en Corte: .,.castillo famoso.. . • . . . . • • . • . . . . . . . . . . . .
C. Rivas Cherif: Soneto blanco...............................
Francisco Vighi: Ferias en Cervera, poesla.....................
Ada Negri: El muro, poesia................ . . . . • • . • . . . . • . • . • .
Un critico incipiente. Teatro , ..•........•.......•. , . . • . . . . . .
Libros y Revistas: Pfo Baroja: La sensualidad pervertida.-Alfonso
Reyes: El plano ohlicuo.-S. R. Caja!: Chácharas de café.-Fran•
a

dsco Giner: Ohras completas. -Julien Tiersot: Un demi·-s{ecle
dt Musique FraníaÚe.-Paul: Landomry ,Brahms.-Carl van
Vechten: Tht mu.{ic o/ Spain ............................. .
Gacetilla..•.•......•.•.••.........•....•............•......

J. R. Jiménez: Edad de oro ................................. .
J. Moreno Villa: Cargos, poeslas............................. .
L. y A. Millares: El Viejo........•.•........•...............•
E. Vighi: Calendario, poes!a ..••.....•....•........•..•..•..
L. G. Bilbao: Melodlas lfricas................................ .
A. Salazar: Apuntes para una geografla musical de Europa. 1920.
ll. Italia .............................................. .
C. Rivas Cherif: La costumbre .............................. .
X. Improntu ..•................... .'..........•.............
Un crlttco incipiente: Teatros. PigmaHón ..•......•......•.....
Libros y Revistas . ......................................... .
Gacetilla.•.•.•..•....•.........•......•......... l.......•..

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279

m

�AJl.o l.

11

Madrid, Ja.aio 1920.

l

ERRATAS

Oos pa(abeas que
no están de más.

.

~d~ subsanarse a tiempo, apaPor un e1Tor de aJuste, que no p .
e· matógrafo&gt; págil
de Pedro Salmas, e me
'
rece trastrocado e poema
t h que intercalar entre los
nas 26~ 268.º Pdaeralalep;gtl?n:º~~c~~:~ ~os ª;ersos de la página 267, a
versos 2. y 3.
,
partir del 3.0 , y quedará así:
.
con dos líneas horizontales.
y el caos tomó ante los ojos

!

etcétera.
á ·
68·
Tras el 2.º verso de la página 267, cóntinúa en la p gma z .
que vivieron en valles floridos de la tierra
y besaron labios lzumanos.

Página 275 soneto blanco: 6.o verso d.t ce·. las cosas señaladas C01I
'
. l
as señaladas con un nombre.
mi nombre. Debe dectr: as::e· fiormar lo nuestro. Debe decir: buscar
Página 3171 verso 14
·
lo nuestro.
TI.U

periódico, que hoy por vez primera, desconocido lector&gt;
llega a tus manos, apenas te dará en su forma actual el bosquejo de nuestras esperanzas sin límites; pero quisiéramos
que desde ahora se defendiese ante ti con algo más que la buena voluntad de sus fundadores.
Mientras fué sólo un designio, pábulo de nuestra fantasía doproyectistas, lo adornábamos con todas las perfecciones imaginables
y nos parecía muy bueno; por haber distraído unas horas nuestro
tedio y habernos hecho reir de gozo alguna vez pensando en et inesperado suceso de su nacimiento, nos es caro. Al arrojarlo, por decreto de nuestra providencia, a los embates del mundo, se emancipa~
toma puesto en la vida pública, y en cierta medida ya no nos perteaece; pero antes de echarlo a volar, clavámosle este cartel, para qu•
STE

,.

�LA PLUMA
todos sepan qué criatura es ésta y lo que se esconde bajo su titule,
y cuáles fines nos han movido a extraerla de la nada. Si después se
tuerce o descarría, la culpa será suya, no de sus primeros hacedores,
que se acogen, como es propio de su papel divino, a un augusto misterio y no darán más explicaciones sobre su obra.
LA PLUMA será un refugio donde la vocación literaria pueda vivir e11
la plenitud de su independencia, sin transigir con el ambiente; agrupará en torno suyo un corto número de escritores que, sin constituir
escuela o capilla aparte, están unidos por su hostilidad a los agentes
de corrupción del gusto y propenden a encontrarse dentro del mismo giro del pensamiento contemporáneo; romperá el silencio, astuto
-0 bárbaro, en que la producción literaria languidece; las letras, proscritas de casi todas partes por los empresarios, alimentarán estos coloquios, donde no se dará al olvido ningún esfuerzo personal que
nazca de aspiraciones nobles y se presente con el decoro formal indispensable para merecer la atención de inteligencias cultivadas.
LA PLUMA no es otra torre de marfil, como se usaban-de alquiler la•
había-hace años; léijos de eso, sueña con adquirir una difusión proporcional al ímpetu de que nace. Si LA PLUMA vive, la unidad de s11
obra será más que aparente y mostrará esa faceta de la sensibilidad
española actual, que, al adopt:u el modo literario, enfrena los retozos
del temperamento y ve en la sobriedad, pureza de lineas y claridad,
los estigmas inconfundibles de la obra del talento acendrado por la
disciplina.

MADRl
Quietud, pereza, sol; la vi.da
se paró de repente.
Las
. voces, como de otro mundo·,
t-rreal, pasa un tren por el puente.
Un organillo, y otro, y otro,
mezclan su alegría extraurbana
Pobres porfiados, no cefan
'
en su petición chabacana.
Uno Y una al fin se deciden
como de limosna, sin gana.

y otros después: a todos los mece
la musiquitla embaidora.
Con el ri'tmo de las pare.fas
da vueltas, st"n huir, la hora.
Altá lefos, en el horizonte
ólanca y azul, la Sierras; evapora.

�LA PLUMA

Sttena"o... Luego, dando tum!Hs,
pasa un simón desveneqado.

LA PLUMA

BRONCA

\
l.,

Espesas, como el vino tinto,
como los naipes resobados,
como el puñetazo en la mesa,
resonaron las palabrotas.
Y tembló el mechero de gas,
y en los frascos medio vados
del anaquel, y en el cinc sucio
del mostrador, y hasta en el negro
eafón lleno de calderilla,
se contestaron sordamente
el soez insulto y el golpe.
Pero todo los repelía.
Saltó la puerta, se hizo añicos
un vidrio, se lanzó a la calle
todo el grupo forcefeando.
Voces, blasfemias, y, prudente,
¿a curi·osidad en la acera: ·
trasnochador~s, prostitutas.
Unos arrastran al más dócil.
Al otro, despet"nado, terco,
un borracho, con voz pastosa,
le dice frases que no escucha.
Vuelven los dos a la taberna.
La calle, otra vez sol#aria.

~1eoo
Arrabal de la canalla.
Mis pasos; no hay otro ruido.
Un /aro/junto a una valla
trémulo, solo, perdido.
Corta el sz"/encz·o la tralla
de un pavoroso silbido...
Me detengo, estremecido...
La nocht, siniestra, calla.

BNRIQUB DIBZ-CANBDO

s

�LA PLUMA

A las puet?tas del oteo mundo.

I

vejez del prof~sor Benedicto, do la ~acuitad de Cie_ncias,
babia sido labonosa, setena como su vida entera. Un noclaro, de sesgo curso, de márgenes llanas, tal le parecía, al volver la vista atrás, el medio siglo ofrecido a su vocación docente. La
falta de peripecias no le inducía a lamentar la brevedad del camino,
tan corto en la perspectiva: habíalo medido paso a paso y gustado
el sabor de cada minuto merced a la insaciable voracidad de su pensar. En el umbral del último sueño, Benedicto iO persuadía de no
haber rehusado a su inteligencia en tiempo, cebo ni ejercicio, cuanto
pudo darle sin hartura, y estaba contento. Gozó su espíritu de libertad
precoz: una madurez temprana le eximió del arrebato, desquite de la
juventud, que se anticipa al ser; la disciplina sofocó las llamas de la
fantasía, horno de su vida interior; una ·prevención taimada, reliquia de su progenie rural, le mantuvo distante de los émulos. Emancipado de la ambición y del amor, túvose por el hombre más independiente del mundo. Su libertad interior le permitió arribar a la
contemplación y reducir toda su actividad al juicio. Estaba contento
y no le remordía el despilfarro de la vida porque había asistido at
paso de la realidad, externa e interna, como al de un raudal sobro el
que el entendimiento vigila y medita.

'

A.

Benedicto se insertó con lealtad en la vida , de su tiempo. Benetlicto era leal, pero no ingenuo; la lealtad no excluye la cautela. Fundó
■na familia, desempeñaba un cargo público, y cumplió siempre con
parsimonia los deberes, a veces enojosos, nacidos de su nombradía.
Pensaba poco bien de las personas, sin inquina: la capacidad deconcebir una Humanidad mejor no le ensombreció el carácter, ni se
nlió de su propia excelencia para ceñirse las ínfulas de conductor
de pueblos ni de escultor de almas. Conducíase a veces con timidez
siempre con reserva. Su obra maestra era el silencio, asilo de su dis:
ereción, creado por su voluntad tenacisima, que poco a poco dominó
1 apagó las explosiones de ira con que de joven acogía los renuevos
de la estupidez verbosa, pululante en torno suyo. Menos tardó en
conocer su falta de originalidad: equel talento vasto y rápido, certero
no ~bía inventar. Benedicto no se descoyuntó, ni se embadurnó par¡
fingir lo que no era; por pura decencia se libró del histrionismo. Encerr~do_en sus límites, ~ada dejó dentro.de ellos sin explorar. Y así
habt~ visto pasar los a~os, sin prisa ni susto, indiferente a los signos
exteriores con que el tiempo va contando la rapidez de su andadura.
La vejez, limpit1. Y ágil, ya tan dilatada, habíale traído en recompensa-pensaba Benedicto sonriendo-un descubrimiento inesperado:
en contra de las prevenciones juveniles y de la edad viril se ufanaba
do vivir una vida valiosa.
'
. Toda España conocía de nombre al profesor, pero muy pocos sabian a qué atenerse respecto de su persona. Cultivaba una ciencia
abstrusa, _s~n provecho actual ni clientela de discípulos y aficionados
que le hiciesen coro. Su nombre no servía p~ra exhibirlo en hilera
eon otras glorias del país al evaluar la aportación española a la cultur~ europea. Benedicto era popular por motivos aj:mos a la sabi•u~1a. Recordábas~ que había estado en las Cortes de 1869 a 1873
•~hado a un partido antiborbónico, no se sabía cuál; la Restauración le apartó de la política y \'Í vió I uengos años en la obscuridad

•

•

�LA PLUMA
sin más ocupación que la cátedra y los libros. No iba a misa; en la
Universidad y en la Academia votaba siempre con la oposición; teníasele por hombre muy de la izquierda. Al morir los caudillos de la
Revolución y de la República, la figura del profesor Benedicto comenzó a iluminarse y a ocupar la atención, como resto venerable de mejores días. Él no alteró su vida ni consintió en salir de su soledad
gustosa; pero en la presidencia honoraria de todos los Comités de
reorganización posibles leíase su nombre; los manifiestos renovadores
carecían de autoridad si no los suscribía Benedicto; los jóvenes aprendieron a venerarlo en el Ateneo al oir contar los fastos de la casa, y
los periódicos liberales moderados comenzaron a discernirte el título
de «insigne república». Benedicto no entendía bien lo que eso quería
decir, ni tampoco el mote de «maestro de maestros, que sus enemigos le arrojaban al disponerse a fallarle al respeto; pero dejaba hacer,
abroquelado en su indiferencia por las cosas ajenas a su vocación,
hostil a cuanto no pudiera remozar sus ideas o su ingenio. Su silencio parecía amenazador, o astuto, o profundo. Los hombres de orden, no oyéndole gritar, se hartaban de llamarle sensato. En la Academia solían decirle: «Si lodos fueran como usted, ya podíamos
aceptar sus ideas.» Benedicto, alarmado, trataba de adivinar cómo
parecería él a los demás para merecer tamaño elogio.
Nadie sabía si la vida del profosor era decente o pecaminosa, nadie sabía si Benedicto era ladrón, incendiario, estuprador o sodomita;
pero como no se le había visto cometer ninguna de las pequeñas
ruindades que en la vida pública van consagrando a tantos hombres
al odio, al desprecio o a la mofa de los demás, una admiración humillante dominaba a casi todos; la virtud de Benedicto pareció sobrehumana; los informadores políticos escribían: el austero profesor. Tan
sólo los hombres ebrios de ideal pero sedientos de soluciones concretas le zaherían: «¡Es un hombre puro; pero es un ideólogo!» Era,
en fin, Benedicto una especie de mito, un símbolo tanto más venerado
1

LA PLUMA
cuanto más vetusto; como el sol y la lluvia doran las piedras, así la
.admiración y las injurias de los hombres le habían por igual cubierto
de prestigio. Ni siquiera era seguro que para muchos fuese un hombre vivo.
Una noche la muerte le salió al través del camino y sin pedirle
licencia se le puso al lado. Benedicto, viejo y todo, no la esperaba
todavía; nunca la había visto tan de cerca, y la miró dudoso antes
de reconocerla, mientras su corazón, soliviantado por la incertidumbre, quería·escapársele del pecho. Iba por Recoletos oon mucha pausa,
atento a la delicia de la noche, noche de la recién nacida primavera
-de milagrosa dulzura, oreada por el húmedo aliento de los campos:
En los claros del cielo, de azul transparente, límpido, ardían pocas es1rellas. Mirábalo Benedicto, y su alma, al contristarse de súbito, exhaló sobre la belleza del mundo un vaho de lágrimas, porque había
entrevisto la inminencia de la despedida. Sintió en su cuerpo la mor-dedura de un accidente amer.azador; tal vez aquello no sería nada;
pero antes de apelar a los recursos defensivos de que podía echar
mano en su apuro, sudó y se angustió, atosigado por el pavor de la
-carne, como una bestezuela en la agonía: tuvo la evidencia dolorosa
&lt;1~ su fin próximo, Y como si lo leyese en caracteres de metal, cuyas
anstas se le clavaban en el cerebro, vió que aquel mal inexcusable
era el mal absoluto, sin enmienda ni desquite, y que los arbitrios a
-que los demás, Y acaso también él, pobre hombre, acudirían para su
consuelo, no eran sino engañosos afeites y lenitivos para ar.1inorar la
feal~ad Y aspereza del trance. Sondeó el abismo que la razón no podía
medir; saboreó:la amargura de aquel daño infinito; padeció en un segundo la tristeza de toda la eternidad en que iba a no ser. La sombra
volcaba sobre Benedicto un silencio frío, denso, tan grave, que el profesor dobló la cerviz y siguió andando en su insólita compañía.
A poco se serenó con un esfuerzo que le hubiera enorgullecide
menos de haber visto cobijada en lo profundo de su alma la espe-

•

�LA PLUMA
ranza de errar en el pronóstico. La dudafué su reírigerio bienhechor. Eo
la noche jocunda, de tan amorosa ternura, los negros pensamient~s sedeshacían como el humo: el dolor parecía abolido, la muerte una idea
anacrónica. Benedicto, riéndose de su pánico, se dejó _contaminar por
la infantil frivolidad del mundo y aguzó los sentidos. Sóplaba el viento,
en frescas bocanadas, trayendo olores campesinos, olor a yerba jugosa a tierra mojada. En el cielo bogaban nubes negras, espesas, bajas, de bordes plateados por la luz de l~ invisible luna. Barrunta~do
la lluvia, el pecho se dilataba cgn el ahento de la noche. Benedictorespiraba a pulmón lleno, se golpeaba el tórax con la palma de la
mano, pisaba recio. Llegó a su casa cuando las primera~ gotas de
lluvia se enterraban en el suelo polvoriento. Tan confiado iba, que searriesoó a la prueba de subir a pie, y echó escaleras arriba con paso
ligero~ sonriendo de su calaverada: Cerca ya de su piso,_el terror, más.
que el agotamiento físico, le paraltzó. Su corazón trabaJaba como un
fuelle roto; le pareció sentir inflársele las venas, en las que pugnaba.
por abrirse paso con punzantes latidos la sangre embalsada-. «¡E_stoy
deshecho-pensó-, estoy deshecho!&gt; Subió casi a gatas, poqm~o a
poco, los últimos peldaño~, estupefacto con el éxito d~ su tentativa.
El profesor rehusó por mucho tiempo darse a pa~bdo. Cuando la
esperanza no fué posible, Benedicto se amputó heroicamente el a~etitn de vivir, sin improperar a la vida ni al mundo ni cerrar los OJOS
a su hermosura. No fué rápida la amputación, ni menos, placentera.
La ruina fulminante de su cuerpo le irritaba, como la deserción de
unas fuerzas auxiliares, hasta alli serviles. Sus hábitos éranle cada
vez más caros y se aferraba en cultivarlos, aun los muy penosos.
Cumplía con ostentación sus deberes oficiales. Se dispus~ a ~o~mar
en los tribunales de la Universidad, e intrigó como un prmc1pianteambiciosuelo para que el Gobierno le enviase a cuchichear con otros.
sabios recónditos en cierto Congreso de Copenhague. Otra embestida del miedo le decidió a consultar con el médico.

LA Pi..UMA
En un día suspenso, ap1tcible, salió de su casa a la hora habitual
J bajó a la Castellana. Anduvo despacio, deleitándose en la súbita

aparición de los jardines. Aunque ya corría mayo no los había visto
tan frondosos y exuberantes como ese día. Creyó verlos por vez pri-mera en el momento de plenitud de su nueva vida. Era un milagro.te la luz. Nubarrones obscuros, preñados de agua, estaban suspendidos en el cielo, velado por celajes blanquecinos. Una luz igual, sin
reflejos, sin brillo, sin fuego, hacía valer con suavidad las líneas y
tonos de los segundos términos. Sobre las fachadas innobles de )as.
casas, a lo largo de las calles, r~bosando de las verjas o en los parques opulentos, los árboles se enseñoreaban del ámbito, desalojado.
por el sol deslumbrador. Las masas de verdura adquirían un valor
inusitado. Sus formas temblorosas, ufanas, lanzadas en el aire, se esponjaban en reposo. Benedicto apacentó sus ojos atónitos, dejando
escapar de sus labios exclamaciones de contento; parecíale no haber
gozado nunca un placer sensual tan puro; pero en su ánimo, traba-jado ya por la tristeza, trasminaba una emoción suave, una dulce congoja, muy semejante a la gratitud. Veíase como nunca en las cosas
que amaba: eran su imagen, casi su obra, donde se le aparecía su vida,
concreta. En esta elevación de amor, proyectaba sobre el infinito por-.enir el haz luminoso del entendimiento, y al pensar el mundo sinil, se desolaba.
Benedicto creyó siempre muy en serio vivir transido de humanismo; pero esa comunión terminaba en la muerte; su próximo fin manifestaba los límites de su don de simpatía. Su acabamiento persona) era la extinción del placentero fenómeno que llamamos realidad
exterior. Benedicto podía concebir el mundo sin él, pero no a él sin
el mundo. Sin temores ni esperanzas, aferrábase a lo que daba testimonio de su propia vida. En su emoción ante las cosas descubría
ahora un fuerte caudal de amor de sí mismo, y empezó a creer que
llabia vivido mucho menos encastillado y remoto de lo que siempre,

�LA PLUMA
',i&gt;ensó. Reconocerlo así, era de su parte, un acto grande de humildad.
Desahuciado por el médico, Benedicto halló que su hábito de ne
rebasar con el deseo la realidad, cautelosa prevención de su egoísmo,
exigía de él por una vez un esfuerzo ímprobo; pensó que ese sacrificio réscataba con creces las pequeñas fruiciones solapadas que la abstención Je granjeó en su vida. Lo cumplió a ojos cerrados, como quien
•pasa un brebaje; en fin de cuentas, lo que hacía era disminuir su dolor. Su enfermedad era una cárcel, o más bien la capilla de un reo,
de la que se fugaba por la imaginación. Esas evasiones le alegraban;
pero luego moría mil muertes, y Benedicto, como Juan Jacobo, quería
morir una sola vez. La soledad del verano le fué propicia. Cuando al
reanudarse el curso se supo en la Universidad que Benedicto no pro,fesaría más, los que habían de ser sus alumnos se alegr!lron, porque
era meticuloso, preguntón y, como un dómine antiguo, obligaba a
empollar.
.
.
Benedicto había dado el paso más dificil al aceptar su mmedlata
-destrucción; en las disposiciones que tomó luego y en las palabras
•que dijo para prevenir d desorden en su familia y templar su dol?r
y el de sus amigos, puso una serenidad fría, como si fuese de cor~on
duro y seco. Su mujer, muy devota, se escandalizaba de aquella lmpasibilidad, que le parecía simplemente pagana; sus hijas lloraban a
~scondidas; sus amigos visitábanle rara vez, por no alarmarle; pera
nadie dudaba de la proximidad de su fin, del que Benedicto no volvió a hablar ni permitía que le hablasen, para evitar todo riesgo do
,enternecerse y de parecer sentimental.
.
Un periódico salió cierta mañana «con la gravedad del sabio B~nedicto&gt;; el gran público se tonvirtió en espectador de aquella ag~nía. Que su enfermedad postrera y su muerte ascendieran con celen-dad a la categoría de sucesos públicos, contrariaba la displicencia del
profesor. Benedicto creía tener bastante con la desgracia de morirse,
y no podía pensar sin repugnancia en la curioiidad frívola de las gen12

LA PLUMA.
tes que peñoraba con millones de ojos los muros de su casa. Postraclo ·en un sillón, miraba Benedicto a través de los cristales declinar el
sol de cada día de invierno y desteñirse las nubes rojas del poniente
en el azul blanquecino del cielo. Una similituJ fácil presentábase a su
espíritu, y gustaba de estar solo, en silencio, para contar con melancolía los últimos latidos de su corazón y decir adiós a la vida, amable
aón como una esperanza antigua que no hubiese llevado fruto. La esposa de Benedicto no pudo ni quiso respetar el recato del moribundo. Sacó primero de la curiosidad pública una manera de consuelo
.
'
persuadiéndose que el mundo no había hecho hasta entonces cabal
aprecio de los méritos de su marido; pero la notoriedad del trance
agravó en el ánimo de la esposa el sentimiento de su responsabilidad ..
La muerte de Benedicto podía ser un ejemplo, y aunque sabía bien a
qué atenerse respecto de la irreligión del catedrático, era pecado no,.
esperar, Y pecado también no hacer todo lo posible para evitar al roer.os un escándalo. Mucho pensó y maquinó la buena señora; al recordar que Benedicto tenía amistad con un cura, correspondiente de
la Academia a que el profesor pertenecía, le hizo venir y con pocos
preámbulos le introdujo en la alcoba. Benedicto le sonrió y con el
cesto le invitó a sentarse. Parecía que le aguardaba.
_-Yo no quería venir, qwerido maestro-prorrumpió el cura-;.
me1or dicho, me hubiera privado del gusto de venir para no alarmarle sin motivo. Estos hábitos nuestros, cuando entran en casa de un
enfermo, parece que anuncian un peligro inminent~, y causan miedo;.
tal_es el mu.ndo. Pero mi deseo de hablarle era tan vivo, y aquellos
senores se mteresan tanto por usted, que me ·he decidido. Usted no.
es un hombre vulgar con el que hayan de tomarse muy en cuenta esas
preocupaciones, ¿verdad?
. -Ha hecho usted bien en venir, si era su gusto-repuso Bened~ct_o-, Y ~i mujer ha hecho mejor rompiendo la consigna de no recibir a n1d1e. Será tal vez lo último que yo haga en obsequio de us--

•s

�LA PLUMA
ted ... Para saber lo que tengo encima y lo que me espera, no aguarda·ba, es claro, la venida de usted; me basta con el médico y con míi
-observaciones propias. Yo no había previsto conexión algu~a entre
.mi muerte y la presencia de usted aquí; si usted no me lo dice ... nt,
hubiera caído en ello.
-¡Oh alma serena! Si yo no fuese cristiano y además sacerd~te,
tendría que admirar la tranquilidad de usted. El mundo aplaudirá,
porque ve en ello valentía y orgullo, pero yo no ap~ueb_o, ami~o mí~.
Ese desprecio por la vida es el resultado de la sab1duna; es_a 1m~as1bilidad ante la muerte es fruto de la irreHgión. Sólo la creenc1~ ~n
:Dios podría estremecer y caldear su alm~, aprisi~~ada en un esto1c1smo rígido, casi extrahumano; la creencia derrehna su corazón e~durecido cuando se acercase ese instante de comparecer ante su Juez,
•que hace temblar a los más justos.
.
..
.
-·Entra usted en materia sin rodeos! ¡Muy b1en!-d1Jo Benedicto rie~do-. Evíteme usted una polémica tardía. Si tiene usted un
fuego comunicable, abráseme, yo no me opongo, pero no me as~sto
•un argumento. y 0 no quiero defenderme, nunca me he _defendido;
no tengo sistema, no tengo ideas sobre el otro . mun~o °,1 sobre ~¡
destino. Sólo sé lo que encuentro al explorar m1 conc1enc1a:·· Per~iame usted que le rectifique en un punto: yo no dt:sprecio la v1da
ni estoy impasible ante la muerte...
.
.
,
-¿Teme usted el más allá? ¿Lo desconocido? ¿Temena usted ... •
Dios?
-¿Temer? ¡No! Hubiese querido vivir aún ~lgo más; no estoy
cansado, no he concluido... La vejez me ha ensenado a gustar el valor de la vida; hoy la encuentro más bella que nunca. ¿Cóm? s~rá
sin mí después de muerto? Desde el fondo de un cuarto sohtano,
entre papeles y libros, puede uno insertarse en la trama del ~mndo
con más vigor que sus apasionados dominadores. El ~estmo, la
Naturaleza, el Dios de usted, ¡quien sea!, son crueles conmigo Y coa

LA PLUMA
tantos otros que quisieran y merecerían vivir. Doblo la cabeza ante
la necesidad y de su mismo rigor inevitable extraigo la calma; no
tengo dolor, ni rebeldía, ni conformidad; tengo tristeza... La muerte
misma no es nada. Después de mi hora, bien sé que no me tentarán
las cosas que dejo aquí.
-Voy a rezar por usted y por mí; rezaré por los dos. Yo tengo ese
fuego que usted dice, porque tengo fe; si no acierto a comunicárselo a usted es que soy un gran pecador. ¡Sí!, yo tengo fe en Dios, en
Jesús vivo, que nos juzgará a todos, a usted también; conozco su justicia infinita y su misericordia, que ni a usted ni a mí nos abandonará si se lo pedimos de coraz9n. Usted no cree: ¡yo rezaré por los
dos! Abandone usted, amigo mío, esa pteocupación por las cosas tenenales que le ciega a usted. Si en su vida-vida retirada, tranquila,
:austera, según el mundo-no encuentra usted caídas graves, si ha
c~mplido usted incluso con lo que su conciencia racional Je pide,
piense que su deuda para con Dios no está pagada...
-¿Mi conciencia? Verá usted. Mi conciencia de nada me acusa ·oh
.
'¡
•
no me mire usted así!, ni me condena, porque no es un juez ... Es
una crónica donde se empalman los fastos de mi vida. Me miro en ella
Y veo cómo fui, cómo soy; es como una cinta que va arrollándose por
-una de sus puntas. Ni sé quién la puso en marcha ni cuándo se romperá. Mis gestos van pintados a lo largo de ella. Unos me parecen
plausibles, otro~ ridículos, feos. A Jo más que llego es a desear que
algunos no hubiesen existido; pero ¿acusarme?· 1de qué por qué ante
'é ?
't
,
'
quin
_-Plausibles unos, feos los otros. ¿No está usted viendo ahí la acusac1ó~? ¿Y cómo pueden ser ungs plausibles, otros no, sin una regla
supenor que sirva de contraste, y cómo... ?
-Amigo mío-interrumpió Benedicto-, no se sofoque; si no, la
c?nversación dejará de ser gustosa para los dos. Yo le estoy describiendo a usted un sentimiento mío, que es así como yo se lo pinte,,

•s

�LA PLUMA

LA PLUMA
sin que de mi parte pueda ser de otra manera. Usted me quiere replicar con un raciocinio; es perder el tiempo. Ni la ocasión ni mi gusto
se prestan tampoco a eso. Sepa usted, además, que esa regla superior
de que habla, yo la poseo. Tengo una moral. Cuando le he dicho a
usted que unos actos míos me parecen feos, no lo he dicho a tontas
y a locas. La fealdad y la inmoralidad se confunden.
-¿Y cuál es su moral, si puede saberse?
-Sí, sí. Mi moral es... ¿cómo decir?, la moral del bien ajeno, la sumisión a lo que pide el grupo en que uno está enclavado: familia,
,iudad, nación; el sacrificio, la anulación de los apetitos e instintos
personales ante la regla del bien colectivo ...
-¿Una moral de sacrificio sin Dios? ¿Una moral que pretende
domar las pasiones sin ofrecer recompensas ni amenazar con el castigo? ¡Qué absurdo y qué fracaso, amigo mío! ¿En nombre de qué esa
sumisión, en qué aras ese sacrificio?
-En nombre y en las aras de nuestra condición humana, de la
cual nace esta aspirabilidad sin límites que nos entristece, per0 también nuestro orgullo noble. Somos la conciencia del Universo. Frente
a mí, la Humanidad es eterna. Mis actos valen si concurren a aumentar esa vida de la especie y amplían la inteligencia y la libertad.
-¡Palabras, pedantería, orgullo tan antiguo como el mundo! Afeites con que la impiedad quiere encubrir su rostro corrompido. Debajo
de esas fórmulas vanas, de las que Dios está ausel)te, ocultáis vuestro egoísmo, vuestros apetitos adorados.
.
-Amigo y señor-dijo Benedicto extendiendo un brazo hacia el
-cura-, yo le he tenido a usted siempre por hombre despierto Y de
buena fe. Más candoroso que inteligente, lo digo con sinceridad, pero
libre de la impertinencia proselitista, libre, sobre todo,de aquel abyecto fanatismo que niega al disidente toda rectitud, toda pulcritud Y el
honor. ¿Será usted un cura absolutista, un cura guerrillero, ca~~ de
edio, capaz de perseguir, refugiado hasta hoy en las matematicas?
1i

t,erá usted de aquellos que a un error de la inteligencia le atribuyen
por causa una perversión moral?
-¡Perdóneme usted, perdóneme usted! He sido orgulloso no he
tenido caridad. Yo soy el más pecador de los dos. ¿No quer:á Dios
servirse de mí para esta obra? ¡De rodillas le pido a usted perdón!
No con palabras, con mis lágrimas quiero volverle al sentimiento cristiano...; es mi deber... , es mi más vivo deseo. ¡Me pesa haber sidoduro'y violento al hablarle!
-¡Oh, o~! ¡Basta... í ¡Qué escena! ¿No ve usted que me altera, que·
me hace sufrir? ¿Para esto ha venido usted? ¡Qué ofensas ni qué perdón! Serénese. Me desagrada que nadie se rebaje o se humille ante
mí ni por _causa mía. Si yo no tengo fe, no es de usted la culpa.
~en~?1cto entornó los ojos, fatigado. El cura se rehizo un poco y
pros1gu10 con voz más grave:
-Si no tiene usted fe, ¿le pesa no tenerla? ¿No desearía creer?
-Nunca me he sorprendido la menor veleidad de ello.
-¿Y no ec~a usted de menos a Dios, un Dios de amor a quien
ofrecer ~us acc10nes buenas, y aun ese mismo dolor que ahora siente al deJar este mundo?

-Sinceramente, no lo echo de menos. La actitud de los incrédulos que van por el mundo lamentando su incredulidad y envidiando
su fe a los creyentes me parece una superchería necia.
~~etlexione u~ted siquiera en la posibilidad, nada más que en la
pos1bll~dad de e~mvocarse. Examine la posibilidad de que haya Dios,
Y un cielo! un mfierno... ¿Qué sería de usted? ¡Vamos! ¡Conteste!
-Habna hechv un malísimo negocio.
-~ntonces, ¿no cree usted que vale la pena de pensar en ello y
de excitarse a la f~ Y a la penitencia, ya que no por amor, por miedo?
-La prudencia más elemental lo aconseja así. Pero dígame: ¿es
que no tengo que hacer sino tomar un salvoconducto expedido por
usted?
2

'

�LA PLUMA
LA PLUMA
-Tomarlo, sí. ¡Habiénd0lo merecido! Confiese sus culpas y arrepiéntase de ellas.
-Confesarlas, fácil es. ¡Hasta donde mi memoria alcance! Arrepentirme, no sé si sabré. Cuando repaso los sucesos culminantes
de mi vida encuentro muchas cosas que quisiera no haber hecho,
por ejemplo: alguna vez me he quedado con bienes ajeno~. ¡Oh, no
crea usted en un hurto infantil, no! Antes de ser catedrático, ante~
de casarme, cuando yo era un misterio para los demás y
mt,
unos cuantos miles de pesetas del Tesoro público, que yo tema que
administrar en un destinillo, pasaron a mi bolsa. Mal hecho, ¿verdad,
Pues mire usted, sobre eso se funda mi vida entera: ese dinero ~e
permitió vivir independiente, viajar, tener buenos libros, esp~ra~ ano
tras año mi aqvenimiento a la cátedra ... Yo ~reo que he restituido a
la sociedad con mi trabajo aquel anticipo forzoso.
-iQué abismo de sorpresas es la vida! Usted tiene a su carg•
un hecho así, y está sereno.
-¿Un hecho así? ¡Y algunos otros que le sorprenderían a u~ted
más! Todos ellos 00 me han impedido ser un hombre honrado. Mt corazón no se ha corrompido, siempre quise ser mejor Y me esforcé
por serlo.
-Si sus fechorías llegan a divulgarse, habría dado usted en la
cárcel con su honradez; el mundo Je habría despreciado...
_
-Ya me lo figuraba yo; por eso tuve buen cuidado en ocultar~•
delito. Lo conseguí. Era hombre honrado, y la justicia ~edía que mis
faltas no me perdiesen. Los delitos de los hombres h_onrados-es decir, de los que no han roto el equilibrio de la morahdad en favor del
mal-deben quedar, y casi siempre quedan, en la sombra.
-¿ y su conciencia? ¿Y su moral del bien ajeno?
.
.
-Mi conciencia se limita a recordarme eso que hice a mis vemte
años. Si ojease un periódico de entonces, recordaría los sucesos que
más me llamaron la atención y reconstituiría una parte del mundo

Pª;ª

11

exterior en que viví, como rehago un poco de aquel muchacho ya
olvidado. Muy bien sabía yo entonces que lo hecho era malo; tal vez
mi inteligencia me lo hacía ver así; pero no luché, no me atormenté.
Medio siglo después, ¿quiere usted que me aflija por lo que hice? Si
hoy poseo una norma de conducta elevada es que he progresado;
he vivido en el estudio, en la meditación, soy casi otro hombre.
-Sea usted cristiano un segundo al menos; vea su miseria, mire
que está a punto de oír su sentencia y piense que será terrible. ¿No
siente haber ofendido a Dios,
-¿Dios? ¡Desconocido!
-¡Infeliz! ¿Quiere usted condenarse?
-De ninguna manera, ya se lo he dicho. Una eternidad de tormentos es un peso superior a la resignación y a la ironía. ¿Qué hacer?
Recorniéndeme usted, por si acaso, a las potencias celestiales.
-¡Haga un acto de fe, dígame que cree en Diosl
-¿Basta decir si, aunque por dentro no crea?
-¡Oh! Aprovéchese al menos del terror de la carne. ¿No sabe
usted que va a morir, que su fin está próximo, más próximo de le
que cree, que tal vez esta conversación es la última tabla que la misericordia de Dios le arroja para salvarle? La hora llega, es inminente
despertar en la otra vida, ¡y qué vida si es para padecer sin fin!
-Me asusta usted, sí; me asusta usted; creo que me hace sudar
de miedo. Sería un destino bárbaro el mio; pero no me enciende usted
la fe, no estoy contrito; y yo no me niego, yo estoy bien dispuesto.
¡Qué más quiero que no ir al infierno, si lo hay!
-Satanás habla por boca de usted.
-No lo crea; soy un hombre de buena fe. ¿Volverá usted otro día
a continuar su obra? Hoy estoy cansado, muy cansado.
-¿No quiere ·usted humillar su orgullo, pedir perdón para que yoie absuelva?
-Absuélvame si puede y quiere; yo no roo oponge.

,,

~

�LA PLUMA
-¡Dios mío, Dios mio! ¡Qué obstinación! Ofrézcame al m:nos
hasta que yo vuelva que pensará en estas cosas, que se esforzara en
tener buena voluntad, que deseará lo mejor para su alma y se pon- ·
drá en las manos de Dios.
-Lo que yo le ofrezco es no cortar el hilo de mis pensamientos.
Su rumbo no sé cuál será. Y ahora, hasta más ver. Escuche: como
hombre y como sacerdote, prométame una cosa: usted no entrará aquí
sino mientras pueda conversar conmigo.
-¿Cómo?
-Que si pierdo la cabeza o el habla o los movimientos, usted no
pondrá más aquí los pies. '¿Estarnos?
.
·-sea. ¡Que se cumpla la voluntad de Dios!
Después de llorar con la esposa la contumacia del incr~dulo, el
cura se retiró sin perder por completo la esperanza. Su candad era,
por decirlo así, belicosa; quería expugnar el corazón de Benedicto
como una fortaleza guarnecida por Satanás. Y una voz secreta, la voz
.de su celo cristiano, decíale que aquella obra la cumpliría él, instrumento, aunque indigno, de la bondad celestial. Pe~cibió señales_ del
an eJ·emplo que Dios quería hacer en la conversión de Benedicto;
gr uelta al redil iba a ser notoria, como su descarno.
. p or vias
. mis
. tesu V
.
" .•
· sas se esparció la noticia de que Benedicto habia pedido
no
. co01es1on.
e Ya le han metido un curángano en la alcoba&gt;, decian unos, rechinando los dientes, en lo que se conocía su espíritu _infernal.
c·Oh la muerte les baja a muchos los humos!», decían otros, con
1 de
' triunfo, como si en la conversión d el enemigo
.
. an el
sonrisa
v1er
desquite de una humillación antigua.
Al día siguiente un periódico católico aludió veladamente _al suceso: cConforta el ánimo pensar-decia-que, como ha escnt~ un
gran historiador de nuestra gloriosa literatura, muy pocos espanoles
mueren en la impenitencia.•
El cura se preparó con muchas meditaciones y rezos para el nue-

LA PLUMA
vo combate de aquel dia; en lo mejor de su piadoso ejercicio paróse
a considerar la hedionda miseria del corazón humano, aun en sujetos
de vida pulcra en apariencia, como su amigo. ¡El austero profesor era
ladrón! Había robado, y pretendía además explicar y justificar su
desafuero con razones al alcance de cualquier salteador. Comenzaba
a sentir el cura, ante la iniciada confesión de Benedicto, un fervor
compasivo, cuando una idea de inspiración diabólica se enseñoreó
de su mente. El profesor ¿habría mentido? Toda aquella historia del
robo, el glacial cinismo con que la contaba, ¿no serían embustes improvisados para burlarse de su furia apostólica? Al cura le repugné
la idea y empezó por desecharla; pero era impaciente y soberbio; en
la posible chanza de Benedicto vió un agravio person:il, según el
mundo, y se consideró en ridícula. Coligió todos los rasgos del carácter de su amigo que abonaban sus sospechas, y pronto fueron casi
certidumbre. Después de todo, el tal Benedicto, ¿no había sido siempre un egoísta desalmado, un zorro, un burlón frío, en quien se prolongaba «el último eco de la risa de Voltaire?» El cura concluyó por
indignarse, y se lanzó a la calle encaminándose a casa de su amigo,
resuelto a poner las cosas en claro. Benedicto le deparó el chasco
final. El profesor había muerto dos horas antes, !:in pedir nada ni h1tblar con nadie, llevándose el secreto de su austeridad. El cura sintió
derrumbarse su cólera; sobrecogido de pavor, rezó ante el cadáver.
No se habrá olvidado aún el alboroto de que fué ocasión el entierro de Benedicto. La Iglesia, ayudada por la familia, reclamaba s~
despojos; los librepensadores querían, por su parte, hacer propaganda con el muerto. La disputa, breve, fué intensa, tanto, que se pensó arreglarla incautándose el Gobierno del cadaver para enterrarlo
con pompa militar. Al fin, Benedicto era una gloria nacional. e El espíritu ecuánime del Presidente del Consejo-decía un periódicoaccederá seguramente a_lo propuesto, con lo que se daría además una
prueba del amplio criterio liberal del régimen.&gt; El testamento de Bo21

�LA PLUMA
nedicto zanjó la cuestión: «Prohibo que me vistan después de muerto-decía-; prohibo los honores de toda especie. Quiero que me
entierren en el cementerio civil, en un hoyo sin losa ni nombre.•
Así se hizo, una tarde de márzo en que el vendaval, duro como granito, arrastraba locamente por el cielo jirones de nubes. Los secuaces de Benedicto congregáronse a mHlares para tributarle el homenaje postrero. Los más acérrimos subieron al piso, se apoderaron del
ataúd, y sin admitir que lo cargasen en el carro, se dispusieron a
eumplir el rito a que están sujetos los hombres de tal categoría. Consiste en llevarlos a los lugares que más frecuentaron en vida para figurar el hecho de la separación material causada por la muerte. A Benedicto le pasaron por delante de la Universidad y de la Academia,
por delante del Ateneo y del Congreso. Este rito, probablemente
local, no implica ya ningún sacrificio sangriento: se ha perdido la
costumbre de degollar, para enterrarlos con el muerto ilustre, a un
cierto número de sus colegas, camaradas y conmilitones. El paseo por
Madrid es sólo fatigoso; aquella vez lo fué como nunca. El frío arrancaba lágrimas a los portadores del muerto. La muchedumbre fué aclarándose. Ya anochecía cuando el cortejo llegaba a la carretera de las
,ventas. ~ntonces se echó de menos el carro fúnebre que los entusiastas habían despedido casi con amenazas. Dejaron el ataúd en la
cuneta, refugiáronse algunos en los ventorros del camino, volviéronse los má&amp; a Madrid, y cuando pasó un coche fúnebre, de regreso
del cementerio, se consiguió que recogiese a Benedicto ~ lo llevase,
ya Roche cerrada, al depósito, donde lo dejaron tendido. Pero Madrid había visto en sus calles una manifestación grandiosa. «Pueblo que así honra a sus muertos-escribía el redactor de un periódi•o-se honra a si mismo.&gt; El redactor tenia-y en gran manera lo
admiraban por ello-el don de elevarse de lo particular a lo general, que es en esencia el don de la sabiduría.

MANUEL AZA~A

Esta 11,ocke se me ha hu1'dido
casti'/lo de naipes.
El juego era serio. Un
casti1/o de naipes puede
ser albergue bienhadado
por toda la viaa. ¿Acaso
110 ltay hombres (Jut ta/tan mármoles
y ponen pi·edras encima
de piedras, supremo arte
que llaman de arquitectura?
Yo iba poniendo los naipes
u110 al lado de otro, todos
trabados por voluntad
y no por su peso propio.
Pero el azar pudo más:
a/tí estdn las cartas todas
desparramadas, y dicen '
fut ellas son para jugar,
para ga,iar lo perdt''do
u,, víspera
1se

�LA PLUMA

y perder lo que se gana
otro día. Nada más.
Para deshacer y hacer
como las aguas del mar.
«¡Jugador, fzuga tu carta
seriamente, que ya está
preparándote un castillo
mefor que et tuyo, el azar.. .!
¡Si es que ganas...!»
Pero yo p1:enso en que tengo
mue/zas cosas que guardar.
Y mientras el alma oye
voz de fugar y dudar,
las dos manos
sobre los naipes se van
a salvarlo todo, y vuelven
a empezar.
PBDRO SALINAS

APUNtes
paca una geogcafía musical
de eucopa.
(1920)
- Trrrcrrrrrrrr...
-¡Ras! ¡Rasl
-Se ha déscorrido el telón. lQué se ve en el escenario?
-Un cielo limpio, una luz suave, unos arbolitos tiernos, un arroye
daro.
-¿Será un paisaje nuevo o una segunda parte de la misma~
-La escena se ha cambiado, el ambiente es otro, los personajes soa
gente bisoña. Todo es distinto. No se quiere proseguir más la comedia
vieja. Conceptos, creencias, sentimientos, voluntades, todo titme un norte
diferente; se ha mudado de orientación. Hay otros dioses en los altares y
son más armoniosos los sacrificios. El nuevo mundo es una isla alegre, luminosa y florida en medio de un mar pagano. No profundo, sino transparente. No grandioso, sino lleno de reflejos. El aire es tibio y perfumado.
Corazón liiero y vinos claros.

I

Francia.

.

En estos apuntes para una geo~afla musical de la Europa contemporánea, Francia se lleva la papeleta más extensa. Ayer se la hubiera lleva-

ª•

�LA PLUMA

1
1

LA PLUMA

do Rusia; antes Alemania, Italia, Francia otra vez en tiempos más viejos.
No ahora, sino antes de la tormenta, Francia se babia preparado ya para
el cambio; virtualmente lo habla realizado ya, pero sólo después del
estruendo es cuando esto se comprueba, cuando se ve que el arte nuevo ha
p erdido todo contacto con el de antes de la guerra.
La transformación se opera en Debussy. Nos basta detenernos en Debussy sin remontarnos más atrás. La revolución debussysta es la primera
fase del cambio. Vamos a ver cuáles son sus aspectos diferentes; esta primera parte, o sea el periodo debussysta, es una protesta de la sensibilidad.
Primero, contra el cobjeto•, esto es, el asunto tratado. Segundo, contra los
«medios•, esto es, los procedimientos para tratarlo. El asunto fué, pues,
en slntesis, una protesta de orden estético; la cosa protestada fué el almacén sentimental del romanticismo y la técnica alemana con que se expresaba.

**•
Con Debussy la música cambió de clima, de atmósfera, de perspectiva.
Otro paisaje y otro ambiente.
Después de Beethoven, la música adquirió un valor de 01'den ético totalmente distinto al que tuvo en tiempos de Mozart y, con más razó:i en
tiempos anteriores. En este nuevo aspecto, el arte musical llevaba una ganancia y una pérdida. Parecidamente a lo ocurrido con la pintura, el arte
se elevaba en «consideración&gt;, pero bajaba al mermar su función natural;
decoración, embellecimiento de la vida. La «pintura de museo• se emparejaba con la «música de concierto•. Ganaba diariamente en intensidad, en
intimidad, en agudeza; pero se hada especialidad de competentes. To.davla
en tiempos de Mozart y de Haydn el arte de salón era sensiblemente el arte de la calle: no había diferencias profundas; los compositores se diferenciaban sólo por la calidad de alma. La «sinfonía• fué el vehfculo de la transformación. En la «danza•, elemental de construcción, comenzaron a trastro•
carse los términos. Se dió sin cesar cada vez más importancia a la trama y
menos importancia al bordado. Nada eso que se llama el «tecnicismo&gt; por
los profanos y el «sinfonismo• por los profesionales. La música se hacia
~

llD arte

de mover el corazón (valga la frase) en vez de ser un arte de tren-

.zar los pies. Beethoven le dió patente de trascendencia; y luego todo el si--

glo XIX se cebó furiosamente con el pobre arte sonoro, al que hizo exclusivo intérprete de sus enervamientos y lo utilizó de alcahuete.
La reforma debussysta es de una incomparable depuración y dignidad.
~brió las ventanas, entró el sol y el aire claro. Su música fué una música,
sensual que reemplazó a la música sexual y a la música intelectual del siglo
caduco. Quería volver a ser, como en tiempos del clave, un arte ingenuo
J valedero por su estructura sonora. Todavía, sin embargo, estaba lleno
de petulancias del mil ochocientos. Es verdad que babia acercado la
música más a los nervios y a la sangre, más al juego divino y eternamente·
nuevo de los sentidos; pero lo hizo precisamente con el mismo procedimiento vicioso de los románticos: por especialización, no generalizando.
Es verdad que habla abierto las ventanas, pero eran las ventanas del museo. Hizo entrar la luz clara en el salón, pero no sacó al jardín la estatua..
Llevó el fauno y la tarde de julio al concierto, pero no consiguió desnudarnos y llevamos al paisaje griego.

. Al lado de_ Debussy, que es el agente transformador, el más grande·
agitador artlstico después de Beethoven, existen dos factores muy notables
en el proceso de la renovación musical francesa. Además del valor puramente particular de cada uno de ellos, tienen una importancia general y
es la de haber hecho continuar el movimiento, dentro de su mismo pals,.
cosa no ocurrida en otros, según se verá más lejos.
Probablemente esos dos músicos a quienes nos referimos no aceptarlan de buen grado este papel de colaboradores. Entiéndase bien que no
lo~ señalamos nosotros como colaboradores del debussysmo. Nada más
lejos: lo que entendemos es que por ellos dos continúa el movimiento de
reforma, el proceso de evolución, la transformación, en una palabra, aún,
no conseguida.
Uno de ellos-Mauricio Ravel-, porque no se considera influido por·
la técnica ni las ideas de Debussy-y a muy ju,;to título. El otro-Erik.
27

�LA PLUMA
LA PLUMA
Satie-, porque en cierto modo se considera un' precursor de Debussy.
Y aun el ver citados juntamente a ambos artistas parecerá a muchoa
cosa chocante. En efecto, objetivamente, sus obras son profundamente diferentes y el concepto respectivo sobre la •categoría• del arte también.
Para Ravel el arte es t odavía la superhombria: por caminos de perfección
se encuentra el Olimpo. Satie es un tipo de nihilista. ~Superioridad? Hace
una mueca y se sonríe. Pero ambos creen en la profunda necesidad de la
construcción y de la depuración de todo lo supérfluo. Sólo que en Ravel
la complicación •material&gt; es natural y en Satie su sencillez aparente es el
extracto de un complicado alambicamiento. En el límite, ambos representarían la cristalización pura e inmácula de un tipo: esto es, el academis1110
en su más elevado concepto. El aspecto burlesco de uno y otro, el frío
sarcasmo que sus obras aparentan es, en cambio, un trait-d'union menos
importante de lo que pudiera creerse; pn'meramente, porque la ironía en
que se mueve casi todo el arte actual es una resultante de su puntó de
vista respecto a la triple posición del creador sobre el arte (antes), como
realización (en) y respecto al público (después); segundamente, porque la
ironía en Ravel está in adjecto y en Satie in objecto. Ravel hace muy seriamente su broma. Satie toma muy irónicamente su seriedad.
La importancia de Ravel, como copartícipe de la transformación podría definirse: consagra la radicalidad en el procedimiento. Pero la de Satie es mucho mayor: prepara al cambio de concepto ético, defunción y lo
thace precisamente afirmando la sustancialidad del principio clásico. En
casi todos l,os dichos y los hechos de la más joven gente francesa hay el
,mismo doble anhelo: quüar importancia y equilibrar como k,s c/dsícos.
0

•••
Los últimos retoños del laurel francés son gente bisoña que se ha agrupado alrededor de Erik Satie. Se titulan los •nuevos jóvenes», o mú corrientemente los •seis&gt;. Tienen un portavoz: Juan Cocteau (1).
1( 1) Véase su op6sculo Le Cog el r Arleguin. Lo qu.e citamos entre comillu
pertenece a este librito tan rico de sentido.
28

,Qné harán los •seis,? Extremar las cualidades que ~encontramos en el
arte post-debussysta: llevar cada cosa hasta lo colindante con el absurdo.

Al criterio de libertad técnica oponen un no-euclidismo aún más radical,
por eso, por ir a lo más interno de la rali. A la pretendida ekvación de
pensamiento, una buscada trivialidad, un caire fácil&gt;, sin grandezas ficticias; las sonatas de Poulenc son el mejor ejemplo. No quieren comprar
•valores firmes•; esto lo consideran en un joven como una verdadera vergüenza. Ni tampoco debe ponérselos en la piedra de toque; •todo valor
que se prueba es un valor vulgar•. Esto lleva consigo un renunciamiento
a la historia. Es· verdad y es trabajo costoso. • Es duro el tener que negar,
sobre todo, las obras nobles. Pero toda afirmación profunda necesita una
negación profunda.•
•Nada de sueños; pero sobre todo, si te afeitas la cabeza no te dejes.
tupé para el domingo.• •No se trata de cambiar de traje. De cambiar de
piel es de lo que se trata.• No se preocupan de adoptar una actitud de
vanguardia meramente decorativa. Saben que hay que ir escalón por escalón, so pena de tener que volver a subir para bajarlos. Están donde deben estar; •si una obra parece avanzada sobre su época, es simplemente
porque la época retrasa,.
Hombres vivos y artistas póstumos, proclama Cocteau. Les interesa, sobre todo, este aspecto de la vida ligero, fácil, gracioso, divertido, al dfa,
•música a la medida del hombre. Nada de nubes, ni de olas, ni de acuariums, ni de ondinas, ni de perfumes nocturnos. Una música a ras de tierra es lo que precisa; una música de todos los días,. •No más músicas en
las que uno se deja flotar largamente; quiero que se me construya una
música en la que pueda vivir como en una casa.» Satíe respondió escribiendo su •Musique d'ameublemenb .
Si están ya lejos de Debussy es porque velan que el impresiQnismo no
era más que el •contrecoup• del romanticismo, los últimos rumores de la
tormenta. Y su música es aún de la que hay que escuchar con la cara
entre las manos. No. Una música de tal índole es todavía sospechosa. Lejos, lejos del teatro y del teatralismo. cEl teatro está siempre corrompido;.
el café-concierto a menudo es puro.» Conviene adoptar una cierta actitud
frlvola. ~Comienza la gente a reírse? Buena señal. cNo es que todo lo que
29

�LA PLUMA

' que l1J bello y nuevo excita
haga reir a la gente sea bello o nuevo, sino
, fatalmente la risa de la gente.•
.
En Darius Milhaud acaso el más granado de toda esta cosecha, aun
verde; en Francis PouÍenc, acaso el más frescamente jovial, el más puro
(su rapsodia negra es netamente bella, y los trozos de. pi~º.º y las sonatas
positivamente deliciosos); en Georges Amic, el .•~ás mc1~1vo, más agudo
y más perspicaz; en Mlle. Germaine Tailleferre-lmsmo pn":1avera_l, verde
·-tierno- en Luis Durey, en Honneger, hay además de sus mtenc1ones un
rico val~r •objetivo•. No creo que su obra pueda ser con,iderada como
un movimiento sin consecuenci~.
.
Ciertam,.nte no es cosa tormentosa al buen viejo estilo romántico: ea
cosa simple y sonriente. Viento suave que ondula el mar dorado. C~b•ado
•el sentido de la •importancia•, ésta no se hace ya en hondura stno en
superficie. Los •nuevos• aspiran a hacer del arte un objeto de t~d?s loa
dias, que 'ayude al agrado del momento y que contribuya al ah_v10 del
trabajo cotidiano. Si se permite el juego de palabras, su obra quiere s~r
, profundamente ligera, en contra del romántico, que no pasaba de ser ligeramente profundo.
ADOLFO SALAZAR
• 1

de "la Dame de Cozue".

II

Dame de C&lt;.r.ur está en Madrid. No la busque:1 ustedes en Parisiana, porque esa no es la verdadera, y porque podrfa saltarles otra
figura u otro color. Bien cerca la tienen: ella misma les sale al encuentro en estas columnas impresas, si no con el corazón en la mano, con
dos corazoncitos gemelos en sendas esquinas del naipe.
Estos dos corazones se los ha dado el azar, padre suyo muy respetado, si no del todo respetable, para que corra por la vida como cumple a
una señora de su alcurnia. La Dame de Creur, como Magdalena, ha amado
mucho; lo cual equivale a decir que ha sufride mucho. Pues, en una época
en que tuvo que hacer de mecanógrafa, cuando vivía en Londres y la llamaban Miss Proserpine Garnett, se ocupó, aprovechando raros momentos
de ocio, en clasificar amores y penas por orden rigurosamente alfabético,
y en guardar los unos en un corazón y las otras en el corazó n de la otra esquina. Pero nunca pidió a su musa-la Musa de la Mecanograffa, claro está,
A

U1tjiort

en- famore
t jJtr fodio una s&lt;Ulta,

porque amores y sufrimientos no llegaron a dejar semilla de odio en nin-guno de sus corazones: los dos están igualmente floridos.
Sin querer, y dejándose llevar por su alma, femenina al fin y a la postre, la Dame de Creur ha sido indiscreta. Ha faltado, para empezar, a
la elementalfsima discreción que manda callar lo propio y sólo hablar de lo
Jl

�LA PLUMA
ajeno. ¿Quién le mandaba a ella decir que ha sido mecanógrafa? ¿No la
hará desmerecer tal profesión en el concepto de las lectoras linajudas?
Para consolarse, no le queda otro camino que el de una nueva indiscreción. a expensas propias: recordar otros tiempos, más lejanos aún, por
desgracia, en que fué pajarita de ciudad y atendía por Mimí Pinson. Entonces le importaban poco cuna y linaje: lo que le hace sentirse orgullosa de
aquellos días,
ce n'estpas, on se l'ímagíne,
un manteau sur un écusson
fourré d' her•nt'ne.

Advierte ahora la Dame de Creur que desde entonces le ha quedadocostumbre de acompañar su trabajo·con cancioncillas en boga; sólo que,.
para andar entre literatos, gente asaz burlona, lo disimula citando a los.
poetas-en el buen sentido de la palabra. P«rdónesele esta debilidad en
gracia a la sencillez con que la confiesa.
Otro grave defecto tiene aún, y este sí que teme que no se lo han de·
tolerar las gentes graves de la revista: es charlatana hasta dejarlo de sobra.
No necesitará probarlo de manera más elocuente que con este primer articulo, en el cual ha dicho de si misma cosas que a nadie le i~portaba
saber, y no ha llegado, en cambio, a decir nada de lo que se proponía..
Achaquémoslo a falta de espacio, puesto que ya, como todos los escritores, y aunque no tenga ni la idea más remota del original acumulado en la
revista, sabe que con esa excusa siempre se acaba bien un articulo.
En los próximos hablará de cosas más sustanciosas, si Dios no lo remedia. Y cuando no halle a mano asunto de actualidad palpitante, le bastará
echarla a uno de sus dos cor:azoncitos, que no han dejado de palpitar, y
extraer un recuerdo de amor o de pena, con que, lectoras mías, os pongáis
soñadoras. Ya sabéis que están perfectamente clasificados. De lo que nunca os hablará, tenedlo por seguro, es de los bailes de Tórtola Valencia;.
tampoco de trapos, plumas y modas: eso es cosa de hombres.

LA DA..'113 DB CCBUR

•·· castillo famoso.

I

no me insp_ir~ una afición violenta. Si el amor propio de mis.
paisanos. no se 1mta, añad"iré que Madnd
. me parece . ó d
desapacible y en la ma
1nc mo o,
Madrid es un poblachón
I yor parte de sus lugares, chabacano y feo
ma construido en el que
b
•
pita!. Madrid se apelmaza e
'
se es oza una gran cal
n unas costanillas en u
d
b
o alto de unas colinas (yeso d V 11
, ..
nos er~um aderos, en.
justicia) y no se atreve a esp::cir: ecas,. guIJiu:os. puntiagudos, sol de
(Prado-Castellana), es como plaza dee,: saltr de s1 m1sm_o. Su gran Coso
a contemplarse; no le sirve ara ir p eblo, a la que baJa Madrid a verse►
tad (asila llamaron unos c:nce·a1~ ~arte a_lguna: la Avenida de la Liberotras avenidas madrileñas
1
~publtcanos) desemboca, igual que
, en un rastroJo Más de u
'lió d
d orosos se debate en la angostu d
.
n m1 n e cuerpos su. i r
ra e estas calles grit
in e ices bestezuelas que se hubiesen d .
,
a y se atropella, 1,:omo
En Madrid lo único es el sol La 1 . ~Jado coger en una jaula sin salida_
ria, y se abate sobre las co~s couz :~~ a~able descubre toda lacra y miselas aniquila. Por el sol es M d "dn a una, que las incendia, las funde
n una población
J
•
d eI eorpus: suspensión del ªtráf:
.
para ueves Santo O d(a.
dos desfiles... (y en las casas
tiendas cerradas, formaciones, pausafresca penumbra con las ,dqw as ya las esteras, está el comedor en
'
ma eras entornada h
nn de la Castellana). Mad "d
s, asta que las niñas vuelMadrid cambia menos de lon no ~e parece alegre, sino est111endoso.
3
que se piensa. Cierra los ojos, lector: lqUé
ADR_ID

ª:d

u

�LA PLUMA

LA PLUMA

1

1

ves al acordarte de la villa? La mole blanca de Palacio y unas torres y cú•
pulas bajas perfilándose en el azul, sobre las barrancadas amarillas que
bajan al rio y dominan el Paseo de Melancólicos. .
Basta lo dicho para saber que yo no soy madrlleiiista. El madrileñisroo es necedad importada de la periferia. Hace años, un catalán que le
vendla adoquines al Ayuntamiento, quiso ser concejal, y en sus carteles
electorales se tituló madrileñista. Era una idea de empresario; después la
han hecho suya algunas casas de juego. Pero sin que el madrileñismo me
ciegue, conozco que Madrid solicita al desocupado paseante con alicien •
tes muy gustosos. Primero, en Madrid no hay nada que hacer, ni adonde
ir, ni (para un madrileño) nada que _ver, porque no es cosa de llegarse
todos los días al Museo a preguntar si han cambiado de sitio Las Meninas. Segundo, Madrid es un pueblo sin historia. Una «vieja ciudad• histórica empieza por infundirme un recelo provisional que se torna en ale•
jamiento definitivo en cuanto la historia que revela es, como acontece,
apestosa de estupidez. En Madrid nunca ha pasado nada, porque hace
más de dos siglos que en Espafia no ocurre casi nada, } lo poco que ha
ocurrido ha sido en otros sitios. Toda la historia de Madrid son unos besamanos y unas intrigas de cámara y alcoba regias. Con las Mmwrias de
Mesonero, la Estafeta de Palado, y la colección de Crímenes cllebrts, se
conocen todas las fuentes de emoción de los madrileños durante siglo y
medio. Entre Madrid y una ciudad histórica, hay la misma diferencia de
calidad que entre la Píazza de San Marcos y la calle Ancha de San Bernardo. Reconozo que el no ser Madrid una «vieja ciudad prócer&gt; es acaso
el más elegante atractivo que para mi tiene este pueblo.
Como en él he de pasar la vida, quisiera verlo acomodado del todo a
la honesta moderación de mis gustos. Yo no voy al teatro. Desde que los
gorilas escriben comedias para los analfabetos, asistir a un teatro es ac•
ción vergonzosa de las que se abstienen las personas pulcras. No voy
tampoco a las tertulias, donde la amistad es rara y la camaraderia irrespetuosa. No cuento en la tribu de los melómanos ni en la de los taurófilos, ni soy casinista, peñlsta o ateneísta, y hace muchos años que por higiene corporal y mental me abstengo de aquellas frecuentaciones a las
que mi lozana juventud debió las más violentas efusiones sensuales, enO

J4

tr~veradas de sentimentalismo
miento que de mozo me
exasperado. {Aludo al pasmo
no duermo .
produdan las funciones de . l .
y arrobati
, o1 leo, o me resigno al fastidi d
. ig esta.) Las horas que
empo, o paseo solo por las caU
o e m1 hospedaje, si hace m
&lt;l~a en invierno, de noche casi sie: y los alrededores de este Madrid :~
gusto
pre en verano. Debo a tan tno,ens1vo
. " '.
M
d · una rara erudición en personas
b a nd, por lo menos al todo Madrid y cosas madrileñas. Conozco a todo
~es y la mayor parte de su historia que sale a la calle; s~ sus costun
m sospechan mi existencia pud' . ¡A cuántos millares de personas
•
;uya y demostrarles que nada h:;:::tcontarles ep_isodios secretos
ero a un paseante 1 .
o para la mirada d 1
las calles El
e importa sobre todo la di
. . e que callejea!
·
reposo de la . d
spos1c1ón y el as
serenidad del es ¡ .
nura a y la comodidad d l
.
pecto de
apacible. M d .dP ntu ~ue devanea, y permite
e_ os pies, labran la
.
a n necesita enmenda
.
n cammar con descuido
porte me haga sufrir menos
rse y me1orarse para que mi ú . d
L
d. .
·
meo ea con ictón irritable de los ma .
::~ :e;estral razonador y sentencio:1:::• ~¡ del señorito alalo como
a ~umor a un defecto de la RAZA· amfiesta. Pero yo no atribu
otro motivo seria comer! 1
, hablar de la RAZA
yo
valla en torn .
. e e terreno al señor Alta .
con ese u
Homb
o, yo atribuyo ese mal humor 1
mira, que ha puesto una
re no tuvo d d
ª empedrad s·
de posar los pies : : ;u:er:~r ~a cabeza, el hijo de Mad:d n10e!:ijo del

d;~:

;=:::~.·:·.:·.~"í:!:ff·,:¡,::~:..:'/;:,=:.:::~::::::;
m:~~~~:

ª:~:::;

~~se~::::~:: ~:::an mejore~
;~:0
:uese más el~t~:o~
al
. .
sas y 1os monument
marga más la vida
p _paso. M1 existencia callejera ha tra os ~ue a cada instante nos salen
c:::e~as~achadas «modernistas» en lan~:m: entre la aparición de las
iru,
e orreos, con la apertura de I G e
yor, y la terminación de la
. ortunada época de perverso
a ran Vfa a manera de e iso .
1~, albote, dei"m0 .;';;:
. orresponde a la é oca
o el «estilo español del .
rhccer la cupletista francC:a en qluoe enblo grotesco teatral empieza al siglo
ambra
b
s ta lados d A
apa' y aca a en la entronización d 1
. e c_tualidades y de la Ale a MaJa castiza de Goya, articulo

=•

~coocluye, pot hoy, co!:;~;;:::; ;•oce

35

�LA PLUMA
exportable, en el que ya no somos tributarios del extranjero. Esa •reintegración del gusto nacional en lo decorativo&gt; corresponde, por otro lado,
a un movimiento de ideas que va desde la desolada adjuración de lo español hace veinte años, a la xenofobia y patriotería incubadas por la
guerra.
..
.
Al atravesar por esas calles, el paseante se afhJe. Tantos pmáculos, coiomnillas y voladizos, tantas lineas rotas, tantos insultos a las leye_s de la
proporción, tamaña arbitrariedad, tal violencia, manti_enen el ámm? ~n
susto perpetuo y nos hacen saludar con alegría cualqwer caserón trivial
de la calle del Sacramento, que al menos no pretende torturar nuestro
gusto sometiéndolo a un canon indemostrable: Mad~d, ~n vías de_transformarse, es la capital del abandono, de la 1m?rov1sac1ón, de la mcongruencia; el paseante sería feliz si viese los· corr.ienz_os de_una era de moderación, en que el sentido critico, por recobrar su 1mpeno, refrenase l~s
ímpetus del genio frustrado y la audacia de los falsificadores, a caza de n-

1.-Para loa

...

amigo■

de Rub6n Darlo.

(Rubén Dario, Ejis/11/ario, con un estudio preliminar de Ventura García Calder6n. París, 1920, s.•,
73 páginas.-Biblioteca Latino-Americana, dirigida
por Hugo D. Barbagelata.)

., ,¡

eo• nueTOI.

BL PASBANTB BN CORTB
de prólogo al libro una traducción española del excelente artículo sobre Darlo que V entura García Calderón publicó en el M"curt &lt;k Franct del I de abril de 191.6. Hay cartas a Unamuno; entre
ellas, la célebre carta-célebre por tradición oral entre los amigos de Darío-con que contestó a cierta salida de mal humor del maestro de Salamanca, quien-si la tradición no engada-se dejó decir cierta vez que los
americanos traíamos las plumas debajo del sombrero. La carta de Darlo
comienza: •Le escribo a usted con una pluma que acabo de quitarme de
bajo el sombrero.&gt; Y acaba: • Usted es un espfritu director. Sus preocupaciones sobre los asuntos eternos y definitivos le obligan a la justicia y a la bondad. Sea, pues, justo y bueno.&gt; Hay también cartas a Julic,
Piquet, •Buen Samaritano de nuestro gran Rubén&gt;, escritas desde Mallorca, donde el poeta logró en sus últimos años-tan atormentados-algunas horas felices. Hay un fragmentQ de carta a Gómez Carrillo, que
Ventura dice publicar •no sin reservas mental~&gt;, por si Gómez Carrillo
hubiere colaborado con Daño al hacer la copia del fragmento. Hay algunu
cartas a Alberto Ghiraldo, que fué buen amigo del poeta. Finalmente, hay
1RvE

3f'

�LA PLUMA

I

1

1 1

11 1

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una carta a Piquet de Juan Sureda, escrita en Mallorca-enero de 1914-.
que se ha crefdo conveniente publicar a titulo de docqmento sobre la
vida que hacia el poeta en la isla. ¡Ayl A trayés de esa carta ingenua vemos a Darlo, una y otra vez, presa de lo que él mismo, con respetuoso
acatamiento del Hade, llamaba sus «crisis&gt;,
Puesto que no se ha retrocedido ante esto, bien pudo Ventura haber
recogido en el tomito unas cartas-sé yo que las posee-cambiadas entre Dario y Luis Carlos López, el originalísimo poeta colombiano, con
motivo de la colaboración de éste en el Mundial Magazine. Darlo se
puso solemne, y López lo despertó con gracia al sentidq del humorismo.
También sé yo de alguien que hubiera podido proporcionar interesantes
cartas de Dado a Amado Nervo, y acas0 acaso algunas dirigidas a otro
poeta mejicano que se refieren a un curioso incidente entre Dado y Salvador Rueda.
Según resulta de este pequeño epistolario, Darlo tuvo el propósito de
émprender, en América, al estallar la guerra, una cruzada por la paz, «que
es la única voluntad divina&gt;. Quería comenzar por los Estados Unidos,
«y el Méjico devastado por fraternales rencores&gt;. Las iuchas internas de
Méjico siempre le preocuparo'n como cosa propia. (En una carta a Piquet,
quejándose de sus males, dice: «A mf se me han declarado ya francamente Panchos Villa intestinos y riñones.&gt;)
Salvo algunas de las dirigiclas a Unamuno, las cartas son de carácter
francamente intimo. Se habla aquf de las «crisis», de los teóricos deleites del régimen de agua pura; de Francisca Sánchez y los ciento cincuenta francos que el poeta le obsequia para comprarse un abrigo; de las dificultades que nacen de la diferencia ~e caracteres, a pesar de catorce años
de unión; de enviar al chico a la escuela vecina... El libro sólo debe llegar
a manos de los amigos de Darío, para quienes parece destinado.
Días pasados he tenido ocasión de releer todas las cartas que nos quedan de Góngora. Salvando distancias, la nota fundamental de aquéllas se
repite en las cartas de Rubén Darlo: ¡La pobreza, la horrible inseguridad
económica, que es uno de los peores enemigos del almal «¡No tengo UD
reall»-exclama el poeta cordobés-. Y «¡No tengo un reall&gt;-contesta,
a través de los siglos, el poeta nicaragüeño-. Quién sabe qué pasa; que
38

LA PLUMA
no le pagan puntualmente los Guidos. «El Mundial no es mio-escribe a
Ghiraldo-. ¡Las cosas de siempre! Si yo hubiera tenido capital para esto,
estada muy rico dentro de poco ... &gt; Y más adelante: «... mi magazine Mundial. Digo mfo porque soy director. El negocio es para los capitalistas, ya
se sabe.» Y luego, lo de la Argentina no es seguro; ni siquiera lo de La
Ntu:ión, diario ,benemérito de las letras hispanas, que merece la gratitud
de tantos escritores. Verdad es que los libros producen dinero, sí; pero
· no para el autor, sino, como él mismo dice, e para este o el otro bandido». Y es que sólo queda una disyuntiva: o hacerse rico a toda costa,
como todos los que se hacen ricos, o acabar cuanto antes con el actual régimen del dinero: anular, neutralizar para siempre el problema económico.
Dejad pasar la noche de la cena
-¡oh Shakespeare pobre, y oh Cervantes manco!y la pasión del vulgo que condena.
Un gran Apocalipsis horas futuras llena:
Ya surgirá vuestro Pegaso blanco

II.-ijn memoria de José de Armas.
Ha muerto recientemente en la Habana, adonde habla sido llamado,
tras de varios af'los de ausencia, para dirigir un periódico, el escritor cubano José de Armas y Cárdenas-hermano de Augusto de Armas y Colón,
el de las Rimas bizantinas-, «Justo de Lara», por nomiy-e literario, y
Pepillo en la intimidad.
Pepillo foé huésped de Madrid durante mucho tiempo, y alguna vea
dió conferencias en el Ateneo sobre Shakespeare y Cervantes. Era muy
versado en literatura comparada de España e Inglaterra. Deja varios
libros de critica e historia literaria. A propósito de él, escribe José Maria
Chacón:
«Vivió Armas, durante los años de su niñez, en un impresionante ambiente polemista y luchador. Fué su padre un gran periodista, que ponía
el mismo ánimo de violencia y combate en las páginas polfticas, que mucho tiempo escribió para los principales diarios de la Habana y en el exa39

�LA PLUMA

'il

I'
1

men retórico de las poesías completamente inofensivas y completamente
-0lvidadas de López de Briñas.
&gt;Eran aquellos tiempos, en Cuba, de exaltación tribunicia: sus cualidades coinciden con las de la España de la Restauración. Armas, sin embargo, y como nuevo ejemplo de autodidactismo americano, realiza en ese
tiempo una obra de información segura, de espíritu sobrio, de critica mesurada y certera.
&gt;Su conferencia sobre Lope de Vega, sus páginas sobre La Doroúa, su
examen del falso Quijote, no fueron sólo una obra de utilidad critica, sino
la afirmación de una modalidad distintiva· en su pr:oducción, que es también singular característica en un selecto grupo de escritores cubanos:
la moderación, la clar,idad, el sentido preciso de la palabra adecuada .
Contra una aparente tendencia de las letras cubanas, que pudiéramos
designar con el pintoresco nombre de tropícalismo, estos escritores, dispares en el tiempo y en la obra realizada (Domingo del Monte, Nicolás
Heredia, José de Armas, Enrique José Varona ...), evitan todo matiz oratorio en su estilo, aspiran a una perfecta sencillez en la expresión, consiguen una justa correspondencia entre la idea y la palabra, dando a,i a su
obra un vivo sentido de claridad y armonía.
&gt;Armas, en su contrastada vida de escritor, fué depurando más y más
estas cualidades. Su excelente libro sobre Cervantes-obra divulgadera.
en gran parte, pero con capítulos muy personales y atrayentes-expresa
el momento de máyor perfección en este proceso. Y junto a las nobles
cualidades del estilo, en correspondencia con las notas más espirituales de
:la producción, hay en el escritor una curiosidad fecunda, un deseo fervoroso de contemplar con libertad la vida. En la lista de sus ensayos vere- ,
mos los temas más peregrinos para ser tratados por una pluma española
o americana: el Fausto de Marlowe, el diario de Samuel Pepys, el humorismo de Sterne. Ya, entonces, adquiere un pleno dominio de la lengua
inglesa, ejerce el periodismo en los l:stados Unidos, escribe largos años
en Tlze Sun, hace frecuentes viajes, como redactor del Herald, de Nueva
York, por América y Europa. (En uno de estos viajes, por su solo prestigio de periodista, consolidado en los Estados Unidos, salvó de una muerte
cierta a un presidente de Haitl, con su Consejo de ministros, sentenciados
40

1,

LA PLUMA
,a en juicio sumarísimo. Estos viajes, descritos con un sentido directo, en
la forma atractiva de conversación con el amigo a quien hacia tiempo no
veíamos, son unas de las páginas literarias más bellas, más llenas de intimidad que dejó Armas.)&gt;
Usted, amigo Diez-Canedo, recordará seguramente a Pepillo: solíamos
ir juntos a saludarlo. Vivía, casi desterrado, en un hotelito de la Guindalera. ~No es verdad que su trato era cautivador, y que no aparentaba los
muchos años que ya tenla, en aquella su complexión robusta de Júpiter
bondadoso? Se enteraba con el · mayor interés de los cvalores nuevos•, y
manifestaba sus opiniones con una sinceridad que no caía nunca en rude.za. No se adaptatia muy bien a la vida española._Sospecho que no llegó a
conocerla. Ya he dicho que vivla como desterrado, en destierro que compartía con él su hijo, el pintor; en destierro impuesto por los males de su
-esposa. La pobre señora padecía una enajenación mental que, a veces,
producía efectos exquisitos y encantadores. Su locura era la locura de la
.afabilidad, de la solicitud: le daba por ser maternal y hospitalaria con todo
-el mundo. Y como conservaba aún destellos de inteligencia, el resultado
-era tan hermoso que hacia preferir la locura a la cordura. Y el pobre Pepillo la contemplaba y llevaba con paciencia, con respeto, sin atreverse a
gustar de aquellos deliquios de bondad que no eran hijos de la razón: com~
se soporta un mal sagrado. La contemplaba y llevaba con paciencia ... pero
¡ya no podía escribir! Fuera de su obligatoria tarea como corresponsal del
New York, Herald, le resultaba muy dificil cultivar la viña del alma, amargad~ por el dolor y la ausencia. Además, una sorda enfermedad lo minaba.
Se pasaba los d[as en cama; en cama recibfa a los pocos amigos de su
confianza. Cuando se sentla muy solo, era frecuente que recibiera uno
alguna esquelita con una letra regular y clarísima, recordándole el caminG
de La Guindalera ... ¡Pobre Pepillo, tan superior y tan bueno, que viviend•
,en Madrid no vivla en Madrid, y teniendo una compañera amorosa no tenla
-compañera! Los hombres de su tiempo hablan muerto en gran parte. Y
cuando al fin, como Rip Van Winkle, regresó a su patria, fu~ sólo par•
-regr~sar a la patria de todos. Descanse en paz.

ALFONSO RBYBS
41

�LA PLUMA

1

vierte en su prédica ese tono de dómine fastidioso que acos~umbran algunos .
ensayistas a la violeta. El estilo limpio, claro, suavemente teñido de dulce ironía, nos gana, apenas abrimos el libro. Lo leemos sin sorpresa, pero sin reparo, no subyugados, mas sin desconfianza ni empacho. No es un maestro quien
nos habla; e~ un ami~
•
··C. R. C.

1

-

l t B RO S

1

11

'I

Y Re O t S t AS &lt;i&gt;

Ramón del Valle-lnc14n.-El Pasajero. Claves lírfras.
Farsa de la EnamfJT'ada del Rey.-Sociedad General de Librería, 1920.
•Este gran D. Ramón del Vallc-Inclán me inquicta,-~ijo el gran Darío-.
y la inquietud espiritual, el perpetuo afán de rcl!1ozam1ento, son a nucst~os.
ojos las virtudes cardinales de este a quien no vacilamos en ll~mar el más JO·
ven de los escritores españoles. Ved, si no, lectores de sus últu_nos poemas Y
de esta farsa en que la invención del Boceado cobra una gracia actual, una
estilización modernísima de las formas antiguas, ved cóm_o a ~- ~amó1;1 del
Valle-lnclán no le sirve la maestría adquirida en una expencnc1a htcrana_de
cinco lustros, sino de trampolín divino en que apoyar un salto, más parecido
cada vci: a uo vuelo.
C. R. C.

.

Ramón Pérez de Ayala.-Las Máscaras.-Vol. I y 11.-Biblioteca
Calleja.

,,,

Reúne Ramón Pérez de Ayala en estos dos tomos su labor de crítica teatral, dispersa en diferentes periódicos y revistas de 1910 a la fecha. Mas con
haber nacido sujetos a la actualidad de las representaciones que los sugirieron,
no adolecen estos ensayos de esa efímera liviandad característica de las usuales crtf,ricas de estrenos. Antes bien, cobran a ojos del lector la unidad de concepto con que fueron escritos, la norma estética a que se ajustan, su teórica,
compostura, en fin, cualidades difíciles de considerar a primera vista en la intermitencia con que vieron la lw: primera en la Prensa.
Pérez de Ayala es ua escritor clásico. Y no se quiere decir con esto que nos
limitemos a gustar en él un estilo cuya principal virtud, a nuestro entender,
reside en la graciosa ironía que templa su nabtral elocuencia. Es clásico. en
cuanto no traza rasgo su pluma, por muy al vuelo que improvise, que no obedezca a un criterio propio, sí, pero nunca caprichoso ni mudable a par del
viento que sopla. Porque nutrido de buenas letras, cultivado su temperamento castizo con saludable disciplina británica, propóncsc en su literatura miras.
universales y trascendentes.
C. R. C.

Luis Bello.-Ensayos e imaginaciones sobre Madrid.-Biblioteca
. Calleja.
Está dedicado el libro a D. Benito Pércz Galdós, patriarca de Madrid. Ocupan buena parte de él las páginas dedicad~s a c?n~idera_r el Madrid de 1º!"'
Benito. Apunta de nuevo Bello con ese mohvo la ms10uac1ón ~e _a~gunos cnhcos al juzgar la obra de Galdós a la hora de ~u !lluertc. El m~r,lemsmo, ¿ha restado universalidad a nuestro novelador del s1gloxor?En realidad, con estos ~enísimos Ensayos e imaginaciones no se propone su autor otra cosa q~c suscitaren el ánimo de los lectores la propia preocupación. ¿Cómo compagma el amor
filial por Madrid con la conciencia de ciudadano del. mundo? Has~a aquí la
villa y corte no ha hecho sino pugnar contra el frío aliento de la sierra .Y el
soplo asfixiante de la Mancha, que alternativamente la p:15man y calc1nan.
Bello predica optimista la cruzada civil contra esas dos Furias. Pero no se ad(1) Daremos cuenta en esta sección de todo¡¡ los libros de que se nos remitan dos ejemplares.
•42

Manuel Azaña.-Estudics de política francesa contemporánea. La,
política militar.-Madrid, 1919. Biblioteca Calleja.
Este libro, del que apenas se ha ocupado la crítica, es el primero de una
serie que, bajo los títulos específicos de: l. La politica militar; II. El:lai&amp;ismo,.
y lll. La organiuz&amp;ión del sufraKJo, ha de tratar temas básicos, alrededor de los,
cuales ha girado la política fram:csa de fines del pasado siglo y principios del
presente
El propósito del autor al publicarlo no ha sido, como él mismo nos dice,
•abordar ciertos temas rigurosamente militares tocantes a la preparación técnica de un ejército para la guerra: tratamos-añade-de p0lítica militar, comprendiendo en el vocablo polítka no sólo aquellos hechos que atañen por modo•
inmediato a la gobcrnaci6o, sino cuantos puedan revelarnos la opinión de un
país y las fluctuaciones del espíritu público&gt;. Tales fluctuaciones de la opinión
pública se ordenan en la obra que nos ocupa con relación a una sola medida:.
43 ,

�LA PLUMA
·1a política militar, y así, viene ést.t a ser el hilo conductor que guía al Sr. Au.!1a
en su excursión a través de la vida pública francesa de los últimos cincuenta
años. Pero si el propósito o plan del trabajo eli el que se indica, otras son tu
razones que el autor tiene para escribirlo, y en el prólogo que Jo encabezaadmirable programa político, pleno de energía y de modernidad-quedan perfectamente determinadas.
Entre las obras que la exaltación provocada por la pasada guerra y sus problemas concomitantes ha sugerido, ocupan lugar preferente, en mi opinión, el
libro de Ramiro de Maeztu, La crisis del humanismo y estos Estudios de pollti&amp;a
francesa, de Manuel Azaña. Una y otra obra son como la refracción que en dos
espíritus selectos sufrió todo el caudal de pensamientos y emociones que la
magna contienda suscitara. Mas en tanto que la obra de Maeztu es un ensayo de
,.fundamentar filosóficamente una teoría de derecho público, mostrando los nuevos aspectos que en él introduce el principio funcional, el libro de Azaña, es,
-en esencia, una obra de historia, llena de interesantes indagaciones literarias
y de finas observaciones acerca de la vida intelectual del pueblo francés. Y he
aquí otra de las coyunturas del trabajo del Sr. Azaña, tal vez la más importante de todas, desde el punto de vista político, sobre todo para nosotros los españoles, acostumbrados como estamos a que la gobernación de nuestro país siga
rumbos desconcertantes, coyuntura que articula el libro entero y le presta UD
interés verdaderamente dramático, vivo y humano; y es que su autor ha tratado, yo creo que con singular complacencia, de poner de relieve el nexo que
existe en Francia entre la política y la inteligencia, esa inteligencia y sensatez que tanto echamos de menos en la dirección y cuidado de nuestros asuntos
•comunes.
El propósito del Sr. Azaña ha sido, en efecto, •descubrir la conexión de loi
hechos notorios, resonantes en la vida cotidiana, con los impulsos inteligentes
·&lt;J.Ue aspiran a dirigirlos o a crearlos•. Pero cuando se logra establecer una relación de dependencia, aunque sólo sea a título hipotético, entre los impulsos
espirituales que determinan una acción y sus resultados prácticos, se hace
•obra de verdadera historia, y este es, repito que a mi juicio, el mérito principal y singularísimo de los Estudios de polftica francesa, en los cuales los hechos
quedan explicados por Jo que hay en el hombre de original y de creador, por
sus ideas y sentimientos, sin escamotear el drama que resulta del choque de
tales ideas con el elemento pasivo o neutro de la realidad o de la vida. Así, y
para decirlo de un modo quizá demasiado conciso, los hechos quedan explica.dos por los hombres, frente a esa otra interpretación de la hiMoria en la que
los hechos se explican por las cosas.
No siento el menor escrúpulo, antes al contrario, tengo verdadero gusto 'f
,satisfacción en declarar públicamente que no he leído libro alguno en estos
ftltimos años que me haya producido mayor inte~és }'. deleite qu~ la obra d_e
Azaña de que tratamos. A una cantidad extraordmana de mat~nales_ reum-dos para llegar a la determinación de los hechos y de sus causas inmediatas y
remotas, a una copiosa y variada lectura y un conocimiento p~ofundo de. la
-vida pública y privada de la Francia contemporánea, une este hbro un es~~
.admirable, índice de la exquisita sensibilidad de su autor, en el que la 1lenb1-

,.

¡,,

1'

1 '

44

11

¡,

LA PLUMA
lidad y la sencillez se combinan para producir un conjunto armonioso. Nada hay
en él de afectado, de barroco o deslumbrador. Es un libro francés, del mejor
francés, no ya por su asunto sino por su orden y proporción internos. El método y la claridad, esas dos virtudes cartesianas, lo presiden. Capítulos como
eLa restauración del optimismo•, o como •La teutomania y la guerra de 1870,,
o como •Reforma de la oficialidad: el espíritu militar,, están escritos con un
buen gusto, una sagacidad y una visión tan firme de las cosas, a que no estamos acostumbrados. Del mismo modo, el capítulo quinto, en el que se estudian y entresacan las opiniones antidemocráticas de Renán y Taiue, y las
nacionalistas de Barrés y Maurras, constituye el más feliz ensayo que conozco
de sistematización de las ideas de aquellos hombres, representantes de un extenso sector de la vida intelectual francesa.
Y junto a los análisis penetrantes y minuciosos, junto a las afortunadas reconstrucciones filosóficas, al lado de cuadros estadísticos y cifras de efectivo&amp;
'f reservas, el Sr. Aiaña va poniendo una velada y suave nota de ironía y de
buen humor, esa disposición espiritual, ya perdida, de los españoles de otras
épocas; porque, como el autor nos dice, •no hay que estar siempre a mal con la
frivolidad, pues es a veces una a:anera amable que tiene el talento de no darse importancia a sí mismo&gt;.

J. ÁLVAUZ PASTOR
Renner (A.), C. de la R. A. E., y Castro (A.), del Centro de Estudios Históricos: Vida.cu Lope cu Vega (1562-1635).-Madrid, 1919(12 pesetas).
Hay en la literatura española un alto monte inexplorado aún en toda su incente Y Pª".ºr.?sa mole: l_a obra de Lope de Vega. Su obra y su vida, aunque

los a~o~tec1m1entos más importantes de ésta, los más públicos, y también los
más 10timos, hayan hecho correr mucha tinta. En el siglo pasado, un erudito,
D. Cayctano Alberto de la Barrera, edificó, en las vertientes de aquella monta~a colosal! una imponente fábrica, poco menos intrincada y frond0sa que ella
m_1sma. Abnéndose _p~o en~re s_us macizos, apoyado en la lab&amp;r de otros estud10110s y en la pr?p1a 10vestigac16n, un norteamericano, Mr. Hugo A. Rennert,
lev~nt~. en la misma ladera, una mansión mb clara y ventilada, de accc-so.
fácil, ª!º secretos._ Esta obra, The Life of Lope de Vega, es la que se propuso .
~aducir D. Aménco Castro, acabando por refundirla, complementarla y precisar!~. Es ahora, en su versión castellana, mucho más cómoda y al gusto del
día, s10 _que le falte n~da sustancial; y todavía el Sr. Castro, en una parte suya
en totalidad, el apénd1ce B, ha añadido a la casa una glorieta o belvedere desde-·
donde se otean persp_ectivas y se descubren senderos y veredas. El que en
adel,ante baya de estudiar a Lope, deberá tener presente este libro, en que está
al d1a cuanto se sabe-y no es poco-de la vida del F enix de los Ingenios, y en
'l\le IC ap1U1tan, por obra del autor caatcllano, 1011 problemáll e11tético11 y Iitera45

�!1
111

LA PLUMA

LA PLUMA

'I'

.rios que su enorme producción suscita. Muchos habrá que quieran y deban
empezar por ahí a leer este buen libro.
E. D.-C.

Paul-Lui1 Couchoud.-Sages et Poetes d' Asie.-París, CalmanLevy.

¡

1

Y asf un centenar de hJikais en este sugestivo libro. El Halkai, estrofa de
tres versos-el segundo, de siete sílabas, los otros dos, de cinco-, son siempre, como se ve, apuntes gráficos de color y emoción populares, al alcance de
todos, y viene a representar la reacción frente a la poesía clásica y profesional. Como todo arte japonés, viene influyendo en Europa desde el siglo pasado. En España mismo podríamos citar algún influido.
Pero en Francia, durante la guerra, se ha cultivado mucho. Realmente, para
los momentos de emoción y peligro, nada se presta como el apunte, el /r.aikai.
·· Los otros capítulos del libro están destinados al ambiente japonés, al Japón
en armas y a Confucio. En todo rige un i-spíritu selecto y evocativo.
J.M. V.

No te hieles
-mamá ya no tiene dientesiarrito de agua.

-Rodó y sus críticos (Clarín, Valera, Rubén Darío, Jesús Castellanos,
Unamuno, Francisco García Calderón, Maria Eugenia Vaz Ferreira, V.
PérezPetit,MaxHenriquez Ureña,Ricardo Rojas, A. Gómez Restrepo, Pedro Prado, G. Zaldumbide, Alfonso Reyes, F. de Miomandre, C. Le Senne, C. de Castro). París, 1920, 8.0 , 348 páginas.-Biblioteca Latino-Americana dirigida por H. D. Barbagelata.
-Carmen Lira, Los cuentos de m{ Tía Panckita, San José ,te Costa
Rica, ediciones de J. Garcfa Monge, 19191 8.•, 16o páginas.
-Enrique González Martinez, Los cim mefores poemar de..., con un estudio preliminar de Manuel Toussaint, México, «Cultura&gt;, 1920, 8.º,
1 52 páginas.
-ldem, Jardines de Francia (traducción de poesías francesas), 2.a
edición, México, «Cultura&gt;, 1919. 8.•, 174 páginas.
-Rómulo Tovar, En el taller del platero, San José de Costa Rica, edición J. Garcia Monge, 1919, 8.°, 54 páginas.
-José Vasconcelos, Dívaraciones literarias, México, «Lectura Selecta&gt;, 19191 8. 0 , 100 páginas.
-Omar Kbayyam, Ruba~at, traducción en verso por José Castellot.
Prólogo de José Juan Tablada, Nueva York, 1919, 8.0 , 94 páginas,
-Artemio de Valle Arizpe, Ejemplo (novela). Dibujos de Roberto
Montenegro, Madrid, 1919, 8.•, 280 páginas.

El viento tendido
desordena las sabias rúbricas
de las gaviotas en el espacio.
Sobre una rama pelada
un cuervo tieso.
Fin de Otoño.

11

¡Olt, luna brillante!
¡Quisiera renacer
pino sobre una loma.

El autor, un discípulo de Anatole France. El libro me interesa especialmente por el capítulo titulado «Epigramas líricos del J~pón•, poemitas enanos, d_e
47 sílabas, que aun perdiendo mucho al ser traducidos, hacen su efi-cto. Poes1a
-discontinua, nada oratoria, ni explicativa, tal como la soñaba Mallarmé. Un
tanto insuficiente para el público latino, acostumbrado a vivir en el foro, llenándolo de ademanes y frases ampulosas. Aconsejaría su lectura a todo flOeta
español, sin embargo. No como diciéndole que nuestra poesía debe se: esto
-esto, es la poesía japonesa-, sino para que guste la belleza de l,a sobned~d,
y vea la perfecta armonía que reina en todas las cosas d,e un pa1~ con estilo
propio. Verá cómo se corresponden exactamente _la poe~1a y su p_mtura._Rara
vez los elementos visuales van mezclados con los 1deológ1cos: son unpres1ones
breves, y al mismo tiempo extensas, de la Naturaleza. El gran saber de los
orientales radica en la esquematización; así en la gotita de agua vemos reflejar·se el panorama y el carácter de todo el país.

¡Espanto!
He pisado en el cuarto
el peine de mi mujer muerta.

,\

Acosada por el joven,
la criada
traza una espiral.

Preñada de nueve meses
vientre adelante,
ella planta el arroz.
Al menor viento
las hojas tiemblan:
joven bambú.

,,.

Libros americanc,s

47

�,LA PLUMA

Gacetilla.
Parangón.-En Le Correspondan/ del 25 de enern de este año, M. Marius
André, hablando del lugar que corresponde a la obra de Gald6s en la literatura española, escribe: «La Prensa conservadora y cat61ica rindi6-con una sola
excepción, a lo que creo-un homenaje justo, al par que mesurado en sus reservas, a aquel que no obstante sus errores y sus faltas quedará en la historia
como una de las más grandes figuras de la literatura española. El homenaje iba
dirigido al talento del autor, a su dilatada existencia de obstinado trabajo, y
también a una sinceridad, a una probidad superiores a toda sospecha, a una dignidad, gracias a las cuales, aun en la época de sus peores extravíos, cuando
proveía de armas a los enemigos de la sociedad, de la familia y de la religión,
supo conservar la estimación personal y la amistad de un Antonio Maura.•
Cervantismo. - La idolatría cervantista y el culto católico se van contaminando bajo los auspicios de la R. A. E. Leemos en un peri6dico:
«Con motivo del aniversario de la muerte de Cervantes, se celebraron ayer
mañana en la iglesia de las Religiosas Trinitarias, donde yacen los restos del
glorioso alcalaino, solemnes exequias por las almas de cuantos escritores cultiyaron las Letras patrias.
En el centro del templo se elevaba un severo túmulo, que ostentaba en la cabecera, sobre un almohad6n de terciopelo negro, cuatro tomos de una de las
primeras ediciones de «El Quijote&gt;, rodeados de laureles.
Una Comisión del Cuerpo de Inválidos, formada por doce mancos, daban
guardia de honor al túmulo, en recuerdo del famoso Manco de Lepanto.
La presidencia del duelo la constituían: el director de la Academia Española, D. Antonio Maura; el ministro de Gracia y Justicia, Sr. Guarnica, en representación del Gobierno; el general Fidrich, por el Ejército; el censor de la Academia y el secretario.
Las Madres Trinitarias cantaron una misa de «Réquiem&gt;, en la que ofició un
fraile dominico, asistido por dos capellanes del convento.
Terminada la misa ocupó la sagrada cátedra el obispo de Vitoria, que pronunci6 una sentida oración fúnebre ensalzando la vida épica de Cervantes y su
maravillosa obra literaria.
Después se cantó un solemne responso y se di6 por terminado el acto reli¡ioso con que todos los años conmemora el aniversario de la muerte de Cernntes la Real Academia Espafiola.•
Palinodia-Esta Revista NO CUENTA CON u cou.Bouc1ó11 de D. Mariano de
Cávia, D. Jacinto Benavente, D. Pío Baroja, D. José Ortega y Gasset, D. Ricardo
Lc6n, D. Julio Camba, D. Eugenio D'Ors, D. José Martínez Ruiz (Azorín), la
condesa de Pardi&gt; Batán, ni, probablemente, con la de D. Gregorio Martínez
fil=a.
Imponiéndonos cuantiosos sacrificios, hemos adquirido la SC"11'idad de que
•• colaborará en LA PLUM.A.
DON JULIO SENADOR GÓMEZ

A:R'O J.

1

MADRID, JULIO 1920.

1

NúM. 2.

e( abanico de MUe. MaUaemé.

-~ , •,

A

~

ve_ces, deDtodo un jardín sólo conservamos las alas de una ma
nposa. e la hija de Stéphane M 11
,
conservamos ya el recuerdo d
b . a arme, apenas muerta, sólo
tro le ha dedicado el busto d e,su 8.. ª?1co. En la poesía que el maes,
e a senonta Malla ,
d' .
entre las curvas electrizadas
t
rme se a ivma, etéreo,
que raza en va· é
b .
retrato casi invisible y s , l
'
iv n , e I a amco. Es un
•
'
era e menos pereced • meJor aun, trazo en el aire N
ero. raya en el agua, o
neutraliza los símbolos del ; o p_arece hecho de palabras: el poeta
ideas como si llevara alas enerl1ogutaJle, saltando sobre las puntas de las
s a ones La po ,
.
bro que una brisa leve d .
.
es1a es casi un requieeJa caer en los oíd d
Pero circula por toda ella
1 .,
os e una dama inefable.
una pu sac10n anh J
d el abanico. El abanico, encandilad
e osa, como el agitarse
zalete, y crea poco a poc
t
o, revolotea sobre el ascua del brao, en orno a la da
.
·
te (¡y tan dinámico!) donde . 1 b
ma, un espacio envolven.
,
vis um ramos u
•
_
mecidos; la mano fina que merece
. . nos OJOS sonadores, adorto de aire; la comisur~ de la boca apns1onar un ala; el pecho sedienY, tal vez, en un parpadeo, el brazo

�</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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      <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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              <text>La Pluma, 1920, Año 1, Vol 1, No 1, Junio</text>
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              <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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              <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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