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                  <text>,LA PLUMA

Gacetilla.
Parangón.-En Le Correspondan/ del 25 de enern de este año, M. Marius
André, hablando del lugar que corresponde a la obra de Gald6s en la literatura española, escribe: «La Prensa conservadora y cat61ica rindi6-con una sola
excepción, a lo que creo-un homenaje justo, al par que mesurado en sus reservas, a aquel que no obstante sus errores y sus faltas quedará en la historia
como una de las más grandes figuras de la literatura española. El homenaje iba
dirigido al talento del autor, a su dilatada existencia de obstinado trabajo, y
también a una sinceridad, a una probidad superiores a toda sospecha, a una dignidad, gracias a las cuales, aun en la época de sus peores extravíos, cuando
proveía de armas a los enemigos de la sociedad, de la familia y de la religión,
supo conservar la estimación personal y la amistad de un Antonio Maura.•
Cervantismo. - La idolatría cervantista y el culto católico se van contaminando bajo los auspicios de la R. A. E. Leemos en un peri6dico:
«Con motivo del aniversario de la muerte de Cervantes, se celebraron ayer
mañana en la iglesia de las Religiosas Trinitarias, donde yacen los restos del
glorioso alcalaino, solemnes exequias por las almas de cuantos escritores cultiyaron las Letras patrias.
En el centro del templo se elevaba un severo túmulo, que ostentaba en la cabecera, sobre un almohad6n de terciopelo negro, cuatro tomos de una de las
primeras ediciones de «El Quijote&gt;, rodeados de laureles.
Una Comisión del Cuerpo de Inválidos, formada por doce mancos, daban
guardia de honor al túmulo, en recuerdo del famoso Manco de Lepanto.
La presidencia del duelo la constituían: el director de la Academia Española, D. Antonio Maura; el ministro de Gracia y Justicia, Sr. Guarnica, en representación del Gobierno; el general Fidrich, por el Ejército; el censor de la Academia y el secretario.
Las Madres Trinitarias cantaron una misa de «Réquiem&gt;, en la que ofició un
fraile dominico, asistido por dos capellanes del convento.
Terminada la misa ocupó la sagrada cátedra el obispo de Vitoria, que pronunci6 una sentida oración fúnebre ensalzando la vida épica de Cervantes y su
maravillosa obra literaria.
Después se cantó un solemne responso y se di6 por terminado el acto reli¡ioso con que todos los años conmemora el aniversario de la muerte de Cernntes la Real Academia Espafiola.•
Palinodia-Esta Revista NO CUENTA CON u cou.Bouc1ó11 de D. Mariano de
Cávia, D. Jacinto Benavente, D. Pío Baroja, D. José Ortega y Gasset, D. Ricardo
Lc6n, D. Julio Camba, D. Eugenio D'Ors, D. José Martínez Ruiz (Azorín), la
condesa de Pardi&gt; Batán, ni, probablemente, con la de D. Gregorio Martínez
fil=a.
Imponiéndonos cuantiosos sacrificios, hemos adquirido la SC"11'idad de que
•• colaborará en LA PLUM.A.
DON JULIO SENADOR GÓMEZ

A:R'O J.

1

MADRID, JULIO 1920.

1

NúM. 2.

e( abanico de MUe. MaUaemé.

-~ , •,

A

~

ve_ces, deDtodo un jardín sólo conservamos las alas de una ma
nposa. e la hija de Stéphane M 11
,
conservamos ya el recuerdo d
b . a arme, apenas muerta, sólo
tro le ha dedicado el busto d e,su 8.. ª?1co. En la poesía que el maes,
e a senonta Malla ,
d' .
entre las curvas electrizadas
t
rme se a ivma, etéreo,
que raza en va· é
b .
retrato casi invisible y s , l
'
iv n , e I a amco. Es un
•
'
era e menos pereced • meJor aun, trazo en el aire N
ero. raya en el agua, o
neutraliza los símbolos del ; o p_arece hecho de palabras: el poeta
ideas como si llevara alas enerl1ogutaJle, saltando sobre las puntas de las
s a ones La po ,
.
bro que una brisa leve d .
.
es1a es casi un requieeJa caer en los oíd d
Pero circula por toda ella
1 .,
os e una dama inefable.
una pu sac10n anh J
d el abanico. El abanico, encandilad
e osa, como el agitarse
zalete, y crea poco a poc
t
o, revolotea sobre el ascua del brao, en orno a la da
.
·
te (¡y tan dinámico!) donde . 1 b
ma, un espacio envolven.
,
vis um ramos u
•
_
mecidos; la mano fina que merece
. . nos OJOS sonadores, adorto de aire; la comisur~ de la boca apns1onar un ala; el pecho sedienY, tal vez, en un parpadeo, el brazo

�I'
1
11

11
I

LA PLUMA

LA PLUMA

1

blanco. El «país• (¿crepúsculo de rosa y oro quizá?), como el abanico
aletea, se borra. Del varillaje sólo queda un vago relámpago. Y
creemos escuchar, a modo de madrigal, el ris-ras del abanico, cuando
se deja caer en vuelo blanco.
La poesía de Mallarmé, tan recóndita como se quiera, nos aparece,
4esde luego, dotada de cierta innegable «belleza fisicu-primera condición que debiera exigirse siempre a los versos. La traducción en
prosa, tan literal como lo consienta la índole del idioma, nos permitirá «entender&gt; todo lo que haya que entender: trazar la línea de las
oraciones, y fijar la escena dramática que hay en todo poema (escena
dramática: escenario, personaje y acción). La segunda traducciónrítmica-nos acercará más al calor emocional, que no viene sólo de
«entendeu. La idea original, redibujada, irá entrando más en nuestros hábitos de expresión poética, merced a las infidelidades ligeras
que aquí-como en todo-son indispensables a la verdadera fidelidad. Así, además de entender, podremos gustar. Finalmente, la tercer
traducción procura crear de nuevo la poesía de Mallarmé, sujetándo·
se a la ley severa de su estrofa, con una equivalencia que esté más
allá de la literal. Algo perderemos de camino (lo que va de cparadis
farouche• a «huraña ventura&gt;), y no es extraño: ya saben los técnicos cuánto cuesta reducir a nueve sílabas castellanas las ocho sílabas
francesas. No me jacto de perfección; me conformo con saber que aspiro a la perfección.
I
O reveuse, pour que je plonge
au pur délice saos chemii:1,
sache, par un subtil mensonge,
garder mon aile dans ta main.

U_ne frakheur de crépuscule
a chaque battement
dont
le
co
·
. recule
l'h .
up pnsonnier
onzon délicatement.
te v1ent

Vertige! voici que frissonne ,
l'espac
.
e comme un grand baiser
qw, fou de naitre pour
ne peut . 'lli .
personne,
Jat r m s'apaiser.
ai S~ns-~u le paradis farouche

ns, qu un rire enseveli
se couler du coin de ta b
h
au r, d d ,
ouc e
on e I unanime pli?

Le sceptre d es n. vages roses
stagnants sur les soirs d'or
,
ce blanc vol fermé
, ce I est,
contre le feu d' bque tu poses
un racelet.

n
Oh soñadora para
en la pura deJi~·1 . que !º me sumerja
ª sin cammo
sabe, por una suti"I mentira
.
,
guardar mi ala en tu mano.'
te

~=

frescura de crepúsculo
-.,a a cada compás
cuyo golpe prisionero hace
el horizonte d 1· d
retroceder
e ica amente.
¡Vértigo! He aqu(
el espacio como
que se estremece
un gran beso

50
51

�LA PLUMA

LA PLUMA

que, loco de nacer para nadie,
no puede estallar ni apaciguarse.
¿Sientes el paralso feroz,
lo mismo que una risa enterrada,
fluir del ángulo de tu boca
il fondo del pliegue unánime?
El cetro de las riberas rosa
estancado sobre las tardes de oro, éste lo es,
este blanco vuelo cerrado que tú dejas posarse
contra el fuego de un brazalete.

III
Oh, soñadora, para hundirme
en la pura delicia sin senda,
aprende, con sutil error,
a guardar mi ala en tu mano.
Una frescura de crepúsculo
te llega, entre palpitaciones,
cuyo latir opreso ahuyenta
delicadamente el horizonte.
¡Oh vértigo! Ya se estremece
el espacio como un gran beso
que, loco de nacer en vano,
ni estalla al fin ni se apacigua.
¿Sientes el fiero paraíso,
como una risa subterránea,
fluir del rincón de tu boca
hasta el fondo del pfü·gue unánime:

He aquí el cetro de las playas rosas

suspensas en tardes de oro:
¡vuelo blanco que cierras y posas
junto al fuego de tu brazalete!

IV
Oh soñadora, para hundirme
en delicioso vuelo arcano
quieras-sutil error-asi:me
del ala, cogida en tu mano.
Hay frescor de ocaso en la lenta
pulsación Y, al preso latido
delicadamente se ahuyenta'
el horizonte estremecido.
¡Oh vértigo! Ya, tembloroso
el espacio un beso parece
,
que,
loco de nacer ocioso,
.
ni estalla ni se desvanece.
¿No sieni.es la huraña ventura
-y sorda como risa exánime-

que mana de la comisura
de tu labio hasta el pliegue unánime?
¡Oh cetro de la tarde rosa
que, en oro quieto, reverbera:
~!aneo vuelo que al fin se posa
Junto al ascua de la pulsera!

ALFONSO RBYBS

�LA PLUMA
-¡Pero si tienes todavía pegado el cascarón! ¡Qué has de saber
1

ú, infelizl ¡Si no has visto el mundo por un agujero!

1

Luego había un agujero para ver el mundo.
1

'

II

1

11 1

111

Alegoeía de }iaeeíso o el
mundo oísto poe un agujeeo.
1

.
llamaba doña Prudeucia.
abuela de Narciso se
·¡¡ Porque la buena señora ciEl nomb_re 1~ cudat::n~;:~ª:n:~ cuantos refranes y máxifraba su expenenc1a e
mas tormento de su nieto:
. - s hablan , cuando las gallinas mean.&gt;
«'1os nmo
«Cuando seas padre, comerás huevo.&gt;
hay ropa tendida.&gt;
«Callarse, que
d
casi siempre en menoscabo de
y otras advertencias por e1 or en,
. o «de los mayores en
. 'dad de Narciso1 naturalmente enem1g
.
1a CUflOSI
•

L

A

edad, saber y gobierno&gt;.
b. a su abuela se lo debe.
· Narciso es hoy un sa 10•
t d
Con o o, s1
·. to día sus imberbes dereEllo fué que defendiendo el nmfio _c1erde la vida sin esos limites
,
ti · ción en los bene c10s
chos a la par c1pa
ducación absurda, doña Pruarbitrarios de edad, inventados por ~na e
dencia le replicó con sorna compasiva:
54
1 .

A Narciso se le ocurrió en seguida que, pues el mundo era tan
ancho y los árboles estorbaban la contemplación del panorama, sin
duda el agujero a que su abuela se refería había de estar en alto.
La torre de la iglesia tenía cuatro ojos abiertos a los cuatro puntos cardinales. Se captó la voluntad del hijo del sacristán, valiéndose
como señuelo, por disimular su ambición, de los nidos que colgaban
del alero del campanarie, y una mañana de primavera hicieron «novillos&gt; a la escuela y se aventuraron por la retorcida escalera, fría y
oscura, que daba acceso a las campanas.
Una vez arriba, quedóse Narciso suspenso, prendida el alma en
aquella atmósfera azul y verde del cielo y del campo. Del mundo subía un rumor confuso en que triunfaban los gritos agudos de las golondrinas volanderas.
Allí estaba el mundo entero ante sus ojos. De un lado cerrábanlo
altas montañas, que se entraban por las nubes, sosteniendo el firma_
mento, de otra parte daba en el mar conf~ndido a lo lejos con el cíe_
lo en un beso azul; por la falda de los montes abajo corrían cien
arroyos de plata viva, reunidns al pie en un ancho río que, partien·
do la tierra en dos, vertíase al cabo en el mar.
Ya iba Narciso a cantar victoria. Cuando l!egó en esto a su oído el
eco distante de otras campanas cuya voz casi se perdió en el aire.
~1irando entonces hacia el lugar ile donde el eco procedía., acertó
a ver en lo más alto de la sierra que limitaba el horizonte terrestre
otra torre más elevada que la de su pueblo.

�LA PLUMA
LA PLUMA
Pasaron los años. Narciso, ya mozo, pudo comprobar desde aqueya torre serrana que el mundo de su niñez no era sino el angosto
valle natal, y que del otro lado de la cordillera, anchos campos y vastas ciudades perdíanse bajo la niebla que el alta torre rompía.

. Los carabin~ros leyeron en el pasaporte el nembre de Ja fugitiva:
Irene. Y la deJaron pasar el puente. Narciso le ofreció su automóvil.
V

III

'I'

Andando andando, Narciso, dueño de sí (que ya no tenia abuela), llegó otro buen día a la entrada de una caverna. Se metió de rondón por ella y siguió a través de una galería cada vez más estrecha
y oscura, hasta que, aguzada la luz que de fuera llegaba en sutilísimo hilo que apenas si horadaba la tiniebla, Narciso tuvo que volver
pasos atrás.
En el pueblo vecino contrató un zapador, por ver de abrir en las
entrañas de aquel monte la boca opuesta a la caverna, el agujero en
fin, por donde columbrar la variada extensión del mundo.
_
Pronto no bastaron dos zapadores, ni tres, ni ciento. La berra,
cada vez más dura y negra, resistíase al asalariado ahinco del ejército de minadores.
Así descubrió Narciso su mina de carbón.

IV

Tan~o bailaron_ Irene Y Narciso al compás del último vals tzigano
Y del pn~er rag-ttme de jazz-band en el hall del Gran Neutral-Hotel,
que los romeros levantaron los puños en alto.
Al des~ertar de un nuevo día, Irene se marchó, portadora de una
rama de oltvo, a reinar católicamente entre los príncipes cristianos.
VI

Narciso tomó el primer billete Cook de la nueva era.
Hasta llegar a una ciudad
t
- .
.
, cuya es ampa prod1g1osa conocía por
las taq~tas postales. Venecia contemplaba su morbosa hermosura en
el espeJo de la laguna.
1

Y .ª c~bo, Na_rci~o, como se asomara al pozo del gran patio ducal
t
con dtS raida cunos1dad de turista, luego sintió que le tomaba el
alma la fría sirena que en su fondo duerme. Absorto en la lejana luz
q~e del ~gua muda fluía, acertó a ver en el hondo agujero sus propias puptlas.
Así descubrió Narciso el mundo de su abuela.

Narciso se compró un Roll-Royce para acortar el tiempo.
Y un mal día, al llegar a un puente, cerráronle el paso los carabineros. Del otro lado del río fronterizo, venía corriendo, destrenzado
el cabello, una mujer, cuya túnica color de bandera, empujada por
furioso vendaval, ajustábasele al cuerpo en pliegues contrarios a
ritmo de la Victoria de Samotracia.
56

C. RIVAS CHBRIF

~

57

�1

1

"1
1

LA PLUMA

Oeesos oiejos.
(De un libro en prepat?ación.J

r ··-

"'J:,. •.;.

•..... ' ........................- · - - ... -~ ,.;v- •

la cendolilla que dan~a
Eres cándida y perversa,
llena de gracia pri'mz'tiva,
llena de grada natural,
llena de gracia z'rreflexz"va.
Eres como una brisa salitrosa
y atemperada que desde ta mar
viene y pasa riendo sobre la tz"erra seca,
que eso es mi alma.
.Sabes de las malicias, sin haberlas gustado,
adormeces los ofos lúbricamente;
toda entera palpz'tas, como una llama:
y eres fría y no sientes latir la carne,
esa carne que yo deseo.
A tu gracia espontánea de anz'rnal foven
¿quién le ha enseñado el gesto torpe, lascivo?
¿Por qué no te sonríes, como los ángeles,
con tu boca divina, que yo he besado,
yo solamente... sin que tú me besaras?

' 1
!

1
111

1

1 '1
1
1

1

1

' 1

Te adoro; yo te adoro, virgenci'ta
insensible y alada.
Te adoro por tu alacridad maravillosa
'
cuando en torno mío giras,
cuando en torno mío danzas
-como ante un sultán viefo una esclava
enamorada de un, pastor ausente-,
cuando brincas con pies rítmicos
alocadamente,
ebria de la danza
ebria de ti misma,
con las nariátlas rosadas tremantes
al aire los brazos como al.as·
el incipiente seno, fadeante ...
luego te apoyas en mí y tu alz'ento me halaga.
¡Oh, cómo te amo cuando en torno mío gzras y danzas,
Y me envuelves de anz'malidad z'nocente
Y como que me abres los sentidos a los días remotos
del padre Adán Y las selvas intactas:
la primera salida del sol
)

)

)

...

)

)

)

el mullz'do de la yerba tierna, infantil,
por donde volaban las prz'meras mariposas
que Dios crió Y luego te había de dar por pensamientos•
1910

RAMON PBRBZ DB AYALA

58
59&gt;

�LA Pi-UMA
Sabía yo que mis caballos nu servían en modo alguno para ir a Finisterre, porque los caminos y sendas corrían por barrancos pedregosos, por

el camino de Finistecee. '

1
'

L

a Padrón al caer la tarde, de vuelta de Pontevedra y de ~igo.
Tenía el propósito de enviar a mi criado con .l~s. c~ballos a ~an~ago
y alquilar un guía que me llevase a Finisterre. D1f1c1l m~ .serla Justifica~
con alguna razón plausible el ardiente deseo que tenia de ~ISltar e~te lugar,
pero recordaba que el año anterior me babia librado casi por milagro de
naufragar y perecer en los peñascales que bordean aquel punto extremo
del Viejo Mundo, y pensé que llevar el Evangelio a un_lugar ta~ apartado
y agreste sería acaso una peregrinación acepta a los OJOS d,e m1 Hacedor.
Verdad es que sólo me restaba un ejemplar de los que hab1~ llevado con~
migo en esta última etapa; pero tal reflexión, lejos de desa~1marme en mt
proyecto, produjo el efecto contrario: consideré que el S~nor, desde que
se reveló al hombre, se había servido siempre para cumphr la~ a:iás ~andes obras de medios insuficientes en apariencia, y pensé que el umco eJemplar restante podría por sí solo causar tanto bien com~ los otros cuatro
mil novecientos noventa y nueve de la edición de Madnd.
LEGUÉ

1

'

1

.
Giménez
Fraud, editor
(1) A punto de pnbhcarse
en la co1ecc1'6n GRANADA
ofrecemos
a nuestros
lectola
primera
versión
caste!la~a
dde
T
l~b
E
Bl~LE
~e~:gAINe
Borrow
de
cuyas
andanzas
-r es un capítulo car actensttco e 1 1 ro .e
,
,
por la Península hablaremos en el próximo numero.

ásr,eras y empinadas montañas; resolví, pues, dejarlos atrás con Antonio,
a quien tampoco quería yo exponer a las penalidades de un viaje como
aquel. Sin pérdida de tiempo mandé buscar un alquilador y le expliqué
mis intenciones. Díjome que tenía a mi disposició'l una excelente jaca de
montaña y que él en persona me acompañaría; pero al propio tiempo aña- .
dió que el viaje era terrible para hombres y bestias, y esperaba que se lo
pagase con largueza. Consentí en darle cuanto me pidió; pero con la expresa condición de acompañarme él en persona, como me había ofrecido,
pues no tenía yo gana de internarme en las montañas con el último bigardo del pueblo que se le antojase buscar, y que sería muy capaz de jugarme una mala pasada. Replicó con la frase que los españoles usan invariablemente para desvanecer la desconfianza o la duda: «No tenga usted cui- .
dado, yo mismo iré.&gt; Arregladas así las cosas satisfactoriamente, a mi parecer, tomé una cena ligera y me retiré a dormir.
Había yo eacargado al alquilador que me llamase a las tres de la mañana siguiente; pero no apareció hasta las cinco; supongo que se dormiría, .
pues eso fué lo que me ocurrió también a mí. Me levanté de un brinco;
me vestí; puse unas cuantas cosas en la maleta, sin olvidar el Testamento
que pensaba regalar a los habitantes de Finisterre, y luego salí, encontrando a mi amigo el alquilador, que tenía por las riendas la jaca en que había
yo de hacer la excursión. Era un animalito muy bueno, fuerte y sano, al
parecer, sin un solo pelo blanco en todo su cuerpo, negro como las alas.
del cuervo.
Detrás permanecía en pie un bípedo de singularísima catadura, en
quien por el momento no puse atención, pero del que he de contar mucho en lo sucesivo.
Pregunté al alquílador si estaba todo listo, y obtenida respuesta afirmativa, me despedí de Antonio, puse en marcha la jaca y con paso vivo.
salimos del pueblo, tomando al principio el camino de Santiago. El tipo
aquel de quien he hablado antes venía pegado a nosotros; pregunté al al-quitador quién era y por qué motivo nos seguía, a lo cual respondió que •

60

61

�1
1

1

LA PLUMA

,,

1,

1

1

,,
1

1

era un criado suyo y que nos acompañaría un rato para volverse luego.
Continuamos a buen paso, hasta llegar a menos de un cuarto de milla del
convento de la Esclav#ud, un poco más allá del cual, según me habían dicho, tendríamos que dejar el camino real; en tal punto, el alquz"lador se
detuvo bruscamente, y al instante todos hicimos alto. Pregunté la razón de
la parada, y no obtuve respuesta. El alquilador tenía los ojos clavados en
el suelo y contaba, al parecer, con intenso cuidado, las huellas de las va&lt;:as, mulas y caballos estampadas en el polvo de la carretera. Repeti mi
pregunta con voz más fuerte, cuando, después de una larga pausa, alzó un
poco los ojos, aunque sin mirarme a la can,, y dijo que creía que yo estaba en la idea de que me iba a acompañar hasta Finisterre, y que, si era así,
lo sentía mucho, por ser cosa imposible de cumplir, pues ignoraba completamente el camino, y además era incapaz de hacer un viaje tan largo
por tan mal terreno, no siendo ya el hombre que antaño había sido, y que
él estaba comprometido a llevar aquel mismo día a Pontevedra a un caballero que le aguardaba.
-Pero-continuó-como me gusta quedar siempre &lt;;orno un caballero
con todo el mundo, he tomado mis medidas para no dejarle a usted plantado. He hecho un ajuste con este individuo-añadió señalando al tipo
raro-para que le acompañe. Es de toda confianza y conoce muy bien el
camino de Finisterre, pues ha ido allá muchas veces con esta misma jaca
que usted monta. Además será un buen compañero de viaje, porque habla
•francés e inglés muy bien, y ha recorrido todo el mundo.
El hombre cesó al cabo de hablar; su engaño, desvergüenza y villanía
me produjeron tal efecto, que pasó algún_ tiempo antes de poder hallar una
•respuesta. Le reproché en términos muy duros su falta de palabra y le
dije que se me pasaban muy buenas ganas de volver al instante al pueblo
y denunciarle al alcalde para que le castigase a toda costa. A esto replicó:
-Señor caballero, con hacer eso no se encontrará usted más cerca de
,Finisterre, adonde tiene tantas ganas de ir. Siga mi consejo: meta espuela
a la jaca, porque, como usted ve, se hace tarde, y hay doce leguas largas
a Corcubión, donde pasará usted la noche; y desde allí a Finisterre, tam1poco es grano de anís. Con este hombre no tenga usted cuídado: es el me62

LA PLUMA
jor guía de Galicia, habla inglés y francés, y le servirá de agradable compañia.
Ya entonces había yo reflexionado que con volver a Padrón sólo conseguiría gastar tiempo, y que el intento de hacer castigar al individuo
aquel no me reportaría ventaja alguna; además, como me parecía un tunante :n toda la extensión de la palabra, tan buena era la compañía de
cualquier otra persona como la suya. Manifesté, pues, mi resolución de
segui~ a~elante, le diJe que se volviera, y le conjuré por Dios a que se
arrep~ntlese de sus culpas. Vencedor en este punto, pensó sacar nuevas
ventaJas; se colocó a una vara delante de la jaca, y me dijo que el precio
que yo me había comprometido a pagar por el alquiler de la jaca (todo
lo que me pidió, dicho sea de paso) era muy poco, y que antes de continuar había de prometerle dos duros más, pues sin duda estaba loco 0
boi:racho al hacer el t~ato conmigo. La cólera me dominó por completo,
Y sm pararme a reflexionar metí espuelas a la jaca, que le derribó en el
P?lvo ~ le pasó p_or enc_i~a. A cien varas de distancia volví la cabeza y le
VI en_ pie en el mismo sitio; el sombrero caído en el suelo, y que sin dejar
d: m1rarnos se santiguaba con mucha devoción. Su criado, o Jo que fuese,
leJos de socorrer a su principal, en cuanto la jaca se movió echó a correr
a .su lado, sin proferir palabra, 01· h acer otro comentano
· que golpearse
vigoro~mente u~ muslo con la mano derecha. No tardamos en pasar de
Esclavitud, Y un ln~tante después volvimos a la izquierda, metiéndonos
por ~n sendero desigual Y pedregoso que llevaba a unos maizales Pasamos Junto ª varios caseríos, Y llegamos, al fin, a una cañada cuya~ laderas estaban cubiertas de bl
'
.
ro es enanos, y que descendía suavemente hasta un nachuelo obscuro somb d
,
rea o por los árboles, que atravesamos por
u~ tosco puent~cillo. Ya entonces había tenido tiempo de examinar detem damente de pies cabeza a mi singular compañero. Su estatura estíráo ose todo lo posible quizá h b'
11
'
d
'
u tera egado a cinco pies y una pulgaª• pero el hombre tenía ciert t d ·
habla dotado de in
a en e~c1a a encorvarse. La Naturaleza le
que entre la . mensa cabeza, ponténdosela a ras de los hombros, por•
cuello A
t:zas q~e entraron en su composición faltó, por lo visto, un
.
a os se alanceaban unos brazos largos y musculosos. Era,

ª

lo:

63

�LA PLUMA

LA PLUMA

·i :

1

61" d como la de un atleta. Sus.
en conjunto, de armazón tan fuer!e
~ :u rostro, largo, largo, hubiera
P iernas eran cortas, pero muy gi e '
t o humano a no haber la
t
me1·anza con un ros r
,
.
guardado cierta remo a se
do su sitio natural a la nanz,
hos o1· os parados usurpa
b
boca tuerta y los anc
, de tres prendas: som rero
. . • 'bl Su vestido se compoma
que era casi mv1s1 e.
d I
ie1·0 y andrajoso; una esped
a y angosto e a as, v
'6
portugués, ancho e cop
b d Quise trabar conversac1 n
lzones de tela ur a.
é
cie de camisa, y unos ca
·¡ dor me había dicho, le pregunt en
con él, y, recordando lo que el alqu1 ª1 fi . de guía Al oirme volvió los
b . d ·empre en e o c10
.
6
inglés si babia tra aJa o ~1 .
clavándomelos en el rostro solt
ojos ~acia mí c?,n expresión s~~!~~:~ :res veces por encima de su cabeuna nsotada, d10 un salto y p
,
e babia entend'd
1 o,. r epetí fa pregunta en francés,
za. Comprend1 que no m
1 . el salto y las palmadas. Al cabo, en
y me respondió de nuevo con a nsa,

'

' 1

1

l.¡¡,
1 11

'

'

1

1

mal español, dijo:
de Dios y le entenderé a usted,
h bl n español por amor
,
Oí 1
-Mi amo, a e e
'
d prometerle otra cosa.
0
Y mejor aún si habla en gallego; no lpue o embustero de la tierra, y le
'lado
.
pero
es
e
mayor
lq
que le decía el a uz
r, al rometerle que le acompañaría. A su serengañó a usted en eso, como p
l hora dejé el profundo mar y
vicio estoy por mis pecados; que en ma
me dediqué a guía.
.
de oficio y que había pasado
de Padrón marinero
,
1 .
Me contó que era
'
d
-ola· sirviendo en el a, v1rte de su vida en la Escua ra espan ' la mayor pa
d la América espanola.
sitó Cuba y otras muchas p~rtes ~ d"
usted que yo sería un buen
-Cuando mi amo-contmuó- ed llJO ~ . verdad que ha salido de
. . 1 d" la verda , a umca
d
compañero de v1a1e, e lJO
11
. Finisterre se habrá uste
. ucbo antes de egar
su boca en un mes, ~
1 amo haya venido con usted; m1 amo
alegrado de que el cnado, y no e
,
d
do y yo soy como uste ve.
es muy torpe y muy pesa , 1
l ió a reirse a carcajadas y a pa1Dió dos o tres saltos morta es, vo v

ª

•

motear.
continuó-que ayer vine de La
-Seguramente no se figura usted- 11
os a Padrón a las dos de
•
uy buena carga· egam
h
Coruña con esa Jaca y m
.
' o estamos dispuestos a acer
la madrugada, y, a pesar de eso, la Jaca y y
64

este nuevo viaje. Como dice mi amo, no tenga usted cuidado; nadie ha tenido queja de la jaca ni de mi.
Hablando de esa suerte recorrimos un buen trecho del camino, por
terreno pintoresco, hasta llegar a una aldea muy linda en la falda de una

montaña.

-Este pueblo-dijo el guía-se llama Los Ángeles, porque su iglesia
la hicieron los ángeles hace ya mucho tiempo; debajo de ella pusieron
una barra de oro traída del Cielo, y que había servido de viga en la propia casa de Dios. Va por debajo de tierra desde aquí hasta la catedral de
Compostela.
Atravesamos el pueblo, que, según me dijo también el guía, tenía unos
baños muy visitados por los santiagueses. Torcimos hacia el Noroeste,
dando la vuelta a una montaña que alzaba majestuosamente sobre nuestras cabezas su cumbre coronada de peñascos desnudos; a nuestra derecha, en otra orilla de un valle espacioso, corría una elevada cadena de
montañas, que iba a enlazarse con las del Norte de Santiago. En la cima
de esa cadena alzábanse unas torres almenadas, llamadas de Altamira, al
decir de mi guía, restos de un antiguo castillo, ya en ruinas, que fué en
otro tiempo la residencia principal que los condes de ese titulo tenían en
la provincia. Volviendo después hacia el Oeste, no tardamos en encontrarnos al pie de un puerto muy empinado y escabroso, que conducía a
uaa región más alta. La subida nos costó cerca de media hora, y las dificultades del terreno eran tales, que más de una vez me alegré de haber
dejado nuestros caballos y de montar aquella intrépida jaquita; acostumbrada a los caminos, trepaba con mucho ánimo. y nos puso al fin, sin
daño, en lo alto de la subida.
Allí entramos en una choza gallega para reponer nuestras fuerzas y las
del caballo. El cuadrúpedo comió un poco de maíz, y los dos bípedos nos
regalamos con /n-oa } aguardíente, servidos por una mujer que encontramos en la choza. Salí fuera unos minutos a observar el aspecto del país,
Y al volver encontré al guía profundamente dormido en el banco donde
le dejé. Estaba sentado, muy tieso, con la espalda apoyada en la pared y
las piernall colgando a unas tres pulgadas del suelo, porque eran dema-

s

�LA PLUMA
él Cinco minutos lo menos estuve contemplansiado cortas para llegar a .
.
l de la muerte. Su rostro
f ndo y tranqmlo como e
.
do su reposo, tan pro u
fi
omías de santos y monJes que
h esas singulares son
me recordaba mue o
.
d los muros de los conventos en
tr en las hornacmas e
bl t
a veces se encuen an
. 1 b de vitalidad en su sem an e,
ruinas. No babia ni el _m_ás ~ge;~¡;;: ;:re~:r de piedra, tan informe y tan
que por el color y la ngtde p d
. d de Icolmkill que han desafiado
de esas cabezas e pie ra
,
e
tosco como una
.
Mirándole estuve hasta que empece as nlas intemperies de doce siglos.
ºd
d' haber huído de aquella malensando que la v1 a po ta
l n
tir cierta alarma, p
dí on fuerza por un hombro, y e trecha y extenuada máquina. L~ sacu cb do y luego los cerró. Durante
tó abrió los OJOS asom ra ,
,
d
tamente se esper ,
ºd . dóndé estaba. Le di voces
o con toda ev1 eoc1a,
unos momentos no sup ,
, d
·endo en luoar de llevarme
urmi
,
"'
b
P reguntándole s1• pensaba pasarse el dia
b l piernas arrebató el som rero
l .
se dejó caer so re as
,
.
a Finisterre; a o1rme,
r ó por la puerta corriendo y gnque yacía en la mesa, y en el acto sa 1
tando:
,
en un
-Sí, si, ya me acuerdo; s1game,
cap1ºtán , y le llevaré a Finisterre
vuelo.
.
todo correr la misma dirección que anLe seguí con la vista y tomó a
M vas a dejar aquí con la
e
tes traíamos-. Es pera-le grité-·' espera.
t ¿ Espera-.
Pero no volVI.ó l
1
J•aca? Espera; aún no hemos pagado e gas
to se perdió de vista. La
. h os
cabeza ni un instante, y en menos de ua
l mmu
h
comenzó a dar relmc
rincón
de
a
e
oza,
J·aca atada al pesebre en un
. de un modo extrano.
'
terroríficos,
a manotear y a erizar la cola Y 1a cnn
!ara
·
?
1
al ue temi que se estrangu
Tanto tiraba de ram , q
d qué significa todo esto
.
,
1 é ¿dónde anda uste Y
1
- Mu1er!-exc am - ,
·n t bién, y aunque recorn 1a
Pero la huéspeda había desaparec1 o am
obtuve respuesta.
choza dando fuertes voces, no
.
l s tirones que daba al ramal
Continuaban los relinchos de la ¡aca, y o
e ran cada vez más fuertes.
. do sobre la mesa una
~
ºté y arro1an
1
-¿Estoy rodeado de _ocos.-~n:rle el bocado, pero no lo consepesela desaté el caballo e tntenté p ó 1 . a a tirar hacia la puerta,
gui. Apenas solté el ramal comenz a 1ac

º:

66

ª

LA PLUMA
a despecho de cuantos esfuerzos hice para impedirlo.-Si te escapas
-dije -mi situación va a ser divertida.-Pero todo tiene remedio; de un
brinco monté en la silla, y un instante después el animalito me llevaba, en
repido galope, por un camino que supuse sería el de Finisterre.
La situación, divertida para el lector, era para mí bastante apurada.
Hallábame a lomos de un caballo fogoso, sin medio alguno de gobernarlo,
a todo correr por un camino peligroso y desconocido. No parecía ni rastro
del gula, ni encontré a nadie a quien pedir noticias. La verdad es que,
dado caso de alcanzar a un pasajero o de cruzarme con él, apenas habría
tenido tiempo de dirigirle la palabra: tan veloz era la carrera del caballo.
c¿Estará este animal enseñado a estas cosas?-pensaba yo-. ¿Me llevará
a una cueva de ladrones, que me corten el cuello? ¿No hace más que seguir por instinto a su amo?» No tardé en desechar ambas suposiciones.
La velocidad de la jaca amenguó; al parecer, había perdido el camino.
Miró en torno con inquietud; al cabo llegó a un arenal, pegó el hocico al
suelo, y de pronto se tumbó, revolcándose de una manera verdaderamente caballuna. No me hice daño, y al instante aproveché la ocasión para
ponerle el bocado, que antes llevaba colgado del pescuezo. Volví a montar y me puse a buscar el camino.
No tardé en encontrarlo, y seguí adelante. El camino iba por un yermo poblado de brezos y tojos y sembrado de pedruscos. El sol, ya muy
alto, calentaba de firme. Encontré alguna gente, hombres y mujeres, que
me miraba sorprendida, maravillándose, probablemente, de que una persona como yo anduviese sin gula por tales sitios. Pregunté a dos mujeres
si habían visto a mi guía; pero no me entendieron o no quisieron entenderme, Y después de cambiar entre sí unas pocas palabras en uno de los
cien dialectos de Galicia, siguieron su camino. Luego de atravesar el
descampado, llegué de improviso a un convento al borde de un profundo
barranco, por cuyo fondo corría un rumoroso arroyo.
. El lugar era bello y pintoresco; espesas arboledas poblaban las vertientes del barranco; del otro lado surgía una montaña alta y obscura. El
convento, muy capaz, parecía abandonad~. Pasé junto a él, y al instante
llegué a una aldea, tan desierta, por las muestras, pues no hallé ser vivien67

�LA PLUMA
LA PLUMA
te, m siquiera un perro que me saludara con sus ladridos. Me detuve en
una fuente de piedra, que vertfa sus aguas en una pila. Sentada en la pila,
con los brazos cafdos y los ojos clavados en la montaña vecina, estaba una
figura humana, que aún se presenta frecuentemente a mi fantasla, sobre
todo cuando duermo y me oprime una pesadilla: era mi fugitivo gula.
Yo.-Buenos dfas tenga usted, caballero. El tiempo está caluroso, y ese
agua exquisita convida a beberla. Tentado estoy de apearme y regalarme
con un trago.
EL GUfA.-Su merced no puede hacer mejor cosa. Hace mucho calor,
en efecto; lo mejor es que beba un poco de agua. También yo acabo de
beber. Pero le aconsejo que no dé agua al caballo, está jadeante y muy
sudado.
Yo.-Ya puede estarlo. He venido galopando lo menos dos leguas en
busca de un individuo que se comprometió a llevarme a Finisterre, pero
que me ha abandonado de la manera más exrraña del mundo: tanto, que
he llegado a creer que era un bandido, no un hombre honrado. ¿No le ha
visto usted, por casualidad?
EL GUfA.-¿Qué señas tiene?
Yo.-Bajo, grueso, muy parecido a usted, giboso y, con perdón de usted, muy feo.
EL GUfA.-¡Ja, jal Le conozco. Hemos venido corriendo juntos hasta la
fuente, y aquí me dejó. Caballero, ese hombr1t no es un ladrón; si algo es•
es un nuveiro, un hombre que anda por las n ,bes, y que, a veces, un soplo de viento se lo lleva. Si alguna vez vuelve usted a viajar con ese hombre, no le permita beber más de una copa de anis cada vez; de lo contrario, se subirá a las nubes, le dejará a usted y andará por ahi corriendo
hasta que dé con un arroyo, o pegue con la cabeza en una fuente; entonces, con un trago, vuelve a ser lo que era. ¿De manera, señor, que va usted a Finisterre? Pues vea usted qué rareza: un caballero !muy parecido a
usted me ajustó esta mañana para que le llevara allí también; pero se me
ha perdido en el camino. Me parece lo mejor que continuemos juntos hasta que encuentre usted a su gula y yo a mi amo.
Podian ser las dos de la tarde cuando llegamos a un puente, largo y
68

~inoso, muy antiguo al parecer, llamado, según el guia, puente de D
onso. ~travesaba una ensenada, o más bien una rfa, por ue el m on
estaba leJos; a nuestra derecha quedaba la pequeña ciudad ~ N
ar no
-Cuando at_ravesemo~ el puente, capitán-di" 0 el uf _::. oya.
a país desconocido, porque yo no he pasado nun~a d gNa , llegare~~s
terre, no sólo no he estado allf
. . . e oya, Y de Fm1s•
preguntado a dos o tres
nunca, pero nt siquiera he oído hablar. He
personas, desde que nos pus·
saben tanto como yo. Sin embargo bien . d
imos en camino, y
es seguir hasta Corcubión a u ' .
mira o todo, creo que lo mejor
,
nas cmco leguas de aquf d d
.
antes
de
cerrar
la
noch
.
d
,
a
on
e
quizá
11eguemos
.
e si amos con el cam·
quien nos gule; porque, como ya le h d" h
mo o encontramos
soluto.
e •c o, yo lo desconozco en ab. -~n buenas manos he caído-res ondl- C
Jor es ir a Corcubión y allf qu· á
p
. reo, en efecto, que lo me'
tz sepamos algo d F" ·
tre un gula que nos lleve.
e imsterre y se encuenEntonces, con nuevos brincos
b .
pido, deteniéndose a veces en
y ; ; nolas, echó a andar con paso ráformes, supongo yo aunqu
una e za con el propósito de adquirir in,
e apenas entendí una palab d 1 .
Y
sus
interlocutores
hablab
ra e a Jerga en que
él
an.
A poco llegamos a un terreno por demás a rest
mos y bajamos barrancos· vad
g
e y montuoso. Subi'
eamos arroyos y nos a ñ
1
manos en las zarzas, deteniéndonos a v
,
ra amos a cara y las
que había cosecha abundante p
e~es a coger moras silvestres, de
despacio. La jaca iba detrás d. 1 orí cammo tan duro avanzábamos muy
en el hombro con el hocico
gu, a, tan pegada a él, que casi le tocaba
.
.
pa1s era cada vez má á
que de1amos atrás un mor
.
s greste, y una vez
molino estaba en el fo dmod, ya no v_imos rastro de vivienda humana. El
n . e h una
hondonada, som breada por grandes
'
árboIes, y sus ruedas, al girar,
acfan un ruid tr·
.-¿Llegaremos a Corcubión esta n
o iste y monótono.
salir del valle, nos encont
oche?-pregunté al gula cuando al
ramos en un descamp d . lf .
'
L GUIA.-No· no pod
a o sm m1tes, al parecer
1E
'
emos, y este desea
d
.
so va a ponerse en seguida e
mpa o no me gusta nada. El
remos a la Estmka.
'y ntonces, como haya niebla, nos encontra-

;I

°

69

�LA PLUMA
LA PLUMA

1 .

1

'¡
'1

Yo.-¿Qué es eso de la Estadea?
EL GufA.-¡Qué es eso de la Estadea! ¿Me pregunta mi amo qué es
la Estadi'nha? No me he encontrado a la lfstadz'nha más que una vez, y
fué en un sitio como éste. Iba yo con unas mujeres, y se levantó una niebla muy espesa. De pronto empezaron a brillar encima de nosotros, entre
la niebla, muchas luces; había lo menos mil. Se oyó un chillido tremendo,
y las mujeres se cayeron al suelo, gritando: ¡Estadea, Est~a! Yo también me caí y gritaba: ¡Estadinha! ¡Estadinha! La Estadea son las almas
de los muertos que andan encima de la niebla con luces en las manos. Con
franqueza, mi amo, si encontramos a las almas, me escapo y no paro de
correr hasta tirarme de cabeza al mar. Esta noche ya no llegamos a Corcubión; mi única esperanza es que encontremos por aquí una choza donde
podamos defendernos de la Bstadt"nha.
La noche se nos echó encima antes de atravesar el despoblado; pero
no hubo niebla, con gran contento de mi guía, y un pico de luna alumbraba parcialmente nuestros pasos. Estábamos, sin embargo, en una situación muy triste: aquel era el páramo más desolado de la provincia más
agreste de España, ignorábamos el camino y apenas si sabíamos adónde
íbamos. porque el guía me dijo repetidas veces que no creía en la existencia de un pueblo llamado Finisterre, que sería, todo lo más, alguna montaña
solitaria señalada en el mapa. Si me ponía a reflexionar sobre el carácter
de mi guía, no encontraba grandes motivos de tranquilidad ni de aliento;
en el caso más favorable, era evidentemente un hombre medio tonto, SU•
jeto, por confesión propia, a ciertos paroxismos que no se diferenciaban
e!'!encialmente de la locura. Su insensata huida de cerca de tres leguas,
aquella misma mañana, sin causa aparente para ello, y últimamente su
loco y supersticioso temor de encontrar a las almas de los muertos en el
despoblado, caso en el que se proponía, según me dijo, abandonarme y
correr en busca del mar, me impresionaron fuertemente. Pensé también
en la posibilidad de que no estuviésemos en el camino de Finisterre ni en
el de Corcubión, y resolví acogerme a la primera choza que encontrásemos, para no correr el riesgo de rodar a un precipicio y rompernos la
nuca. Pero no se veía cabaña alguna; el despoblado parecía intermina-

ble, y por él anduvimos hasta que se puso la luna, dejándonos en casi
total obscuridad.
Al cabo llegamos al pie de una cuesta muy escarpada, a la cual subía
un agrio sendero.
-¿Será este nuestro camino?-pregunté al guía.
-No nos queda otro, capitán-respondió el hombre-. Subiremos, y
cuando estemos arriba veremos el mar, si es que está cerca.
Eché pie a tierra, porque subir a caballo por tal sendero en plena
obscuridad hubiese sido locura. Trepamos en hilera: primero, el guía; detrás, la jaca, con el hocico pegado, como de costumbre, al hombro de su
amo, a quien quería apasionadamente, y yo a retaguardia, agarrado con
la mano izquierda a la cola del caballo. Dimos muchos traspiés y más de
una caída; cierta vez rodamos todos por la falda del cerro. A los veinte
minutos llegamos a la cima; miramos en torno, pero no vimos el mar; un
páramo obscuro, apenas entrevisto, se extendía, al parecer, por todos
lados.
-Vamos a tener que acampar aquí hasta mañana-dije yo.
De pronto mi guia me tomó una mano.
-Allf hay lume, senhor-decla-; allf hay lume.
Miré en la dirección que me indicaba, y después de esforzarme un
r~to, me pareció ver a cierta distancia, muy por bajo de nosotros, un débil resplandor.
-Eso es luml'-exclamó el guía-, y procede de la chimenea de una

choza.

A la bajada del cerro vagamos sin rumbo no poco tiempo, hasta que
nos encontramos en medio de seis o siete chozas negras.
-Llama a la puerta de una cualquiera-dije al guía-y pregunta si
pueden darnos asilo por esta noche.
Así lo hizo, Y al instante apareció un hombre con una tea encendida
en la mano.
-¿Puede usted guarecer a un cabalhet"ro contra la noche y la estadeaJ
-preguntó el guía.
-Sí puedo, gracias a Dios-dijo el hombre.

�11

LA PLUMA

,,

I ¡

1'

l.

1

,,

Era de figura atlética; no llevaba zapatos ni medias, y, en conjunto, le
encontré muy parecido a los campesinos de los pantanos de Munster.
-Hagan el favor de entrar, caballeros; podemos acemodarlos a ustedes y también a la cabalgadura.
La choza donde entramos estaba dividida en tres compartimientos; en
el primero había yerba, en el segundo estaban las vacas y en el tercero la
familia, compuesta del padre y la madre del hombre que nos babia abierto y de su mujer e hijos.
- Usted es catalán, señor caballero, y va a buscar a sus paisanos de
Corcubión-dijo el hombre en regular español-. ¡Ah! Ustedes los catalanes son buena gente y tienen muy buenos establecimientos en las costas
gallegas; la lástima es que se llevan todo el dinero fuera del país.
No tengo, en cualquier circunstancia, el menor inconveniente en pasar por catalán; en aquel caso más bien me alegré de que una gente tan
salvaje creyera que yo tenía en las vecindades amigos poderosos y compatriotas que estaban, acaso, aguardándome. Favorecí, pues, su error, y
empecé a hablar, con fuerte acento catalán, de la pesca en Galicia y del
impuesto sobre la sal, El guía me miró ua momento con expresiói:i singular, entre seria y burlona; sin embargo, no dijo nada; se dió un palmetazo
en el muslo, como de costumbre, y pegó tal brinco que casi dió en el techo con su risible cabezota. Preguntando, supe que aún faltaban dos
leguas hasta Corcubión, y que el camino, por cerros y páramos, era
difícil.
Nuestro huésped nos preguntó si teníamos hambre; le respondimos que
sí, y trajo una docena de huevos y un poco de tocino. Mientras se aderezaba la cena, mi guía sostuvo con la familia una 13:rga conversación; pero
como hablaban en gallego no pude entenderlos. Creo que principalmente
se referían a brujas y hechicerías, porque nombraban mucho la estadea.
Después de la cena pregunté dónde podría descansar; el huésped me señaló una trampilla en el techo, diciendo que encima había un desván a
propósito para dormir, y en él encontraría paja limpia. Por pura curiosidad
pregunté si no habla en la choza ninguna cama.
-No-replicó el hombre-; ni las hay hasta Corcubión. Yo nunca me
72

LA tPL UMA
he acostado en cama, ni nadie de mi familia; dormimos en el suelo O en
la paja con el ganado.
Como viajero experto me abstuve de lamentarlo; subí por una escalera al desván, bastante ancho y casi vacío; puse la capa por almohada y
me tend( en las tablas, prefiriéndolas por más de un motivo a la paja. Durante un buen rato estuve oyendo a la gente aquella hablar en gallego, y
~ntre los intersticios del piso vefa los resplandores de la lumbre. Las voces se extinguieron poco a poco; el fuego se fué apagando y dejé de verlo. Me adormecí, desperté, me adormecí de nuevo, y caí por último en
profundo sueño, del que sólo desperté al segundo canto del gallo.

G.BORROW.
(Traducci611 de Manuel ~aiía.)

73

�LA PLUMA
1

l1

desprende un amigo, tendiendo la mano, a hablar de todo menos de
arte. Lo mismo que la Exposición Nacional.

11

I'
1
1

1

1

* *

Ceónicas

1

'

1,

de "la Dame de Cozue".

Para verla hemos tenido que volver otros días. La Dame de Creur
no ha perdido aún todas sus ilusiones. Todavía se figura que lamaravilla está acechando detrás de una puerta, y que sólo aguarda a que
la busquemos para mostrarse. ¡Ay! ¡Malogrado optimismo, expuesto
sin cesar a los golpes más rudosl
Cn «amigo del arte»-en el pequeño sentida de la palabra-,.
acompaña a la Dame de Creur.

Sa(ón.

E inauguró

1,

I

1

'

1

1

1

S

-Enséñeme usted lo esencial de la Exposición, lo indiscutible, lo
nuevo.

1

lo que llaman Exposición Nacional de -~ellas Artes
el 1.º de junio. En los jardines, todas y todos, se apmaban frent~
a las escalinatas inaccesibles aún para resolver, cada cual
s1,
una seria duda: ¿Está el Rey más pálido? ¿Está más delg~d:i. la Rema?
Cuando aparecieron en el pórtico, entre uniformes y levitas, Y desfiló la tropa, y resbalaron hasta el pie del palacio los charolados ~~tomóviles, ya la duda estaba resuelta, Poco después t~dos se precipitaban al asalto de las salas francas, dejando sola, banada en la verde
luz de las frondas, con raros manchones de sol en el cuerpo, a la Serenidad de Ciará que no se atrevía a seguir al público.
Un primer vi~tazo a las salas justifica plenamente 1~ actitud ~e la
diosa. Cierto que hay allí, visibles desde la entrada, mas c~mpaneras
suyas; pero sin duda las conoce bien y lo demás no le mteresa. A
nosotros, francamente, tampoco. Buscamos, entre la muchedumbre,
una sonrisa de amiga, una toilette, no un cuadro: a veces, por entre
dos cabezas, asoma un lienzo espantoso; pero ya, por fortuna, del
todo Madrid que se apretuja, sudoroso y risueño, entre los cuadros, se
74

Pº:

Él vacila un poco y se para delante de un Julio Moisés, un retrato
. de mujer joven, con ciertas pretensiones de elegancia. La Dame de
Creur ha debido hacer una mueca, porque su acompañante ha pasado de prisa a otro asunto. Ahora están los dos ante Za Senda, de·
Alcalá Galiano:

-A usted como mujer le interesará esto.
¿Como mujer? ¿Qué idea de la mujer tiene mi encopetado amigo?
A una mujer pueden interesarle las monjas, y hasta puede ser monja
ella misma, cosa imposible para un hombre, fuera de los cuentos de
Lafontaine (1).Pero ¿éstas.. .? ¡Ni pintadas! Es decir, ni aunque estuvieran bien pintadas. Esas monjas, ese mar, esa fantasmagoría de lu:c
que no parece sino el gabinete iluminado por bombillas rojas de las
casas cursis, no son de este mundo. Más de pintor hubiera sido el baño
de las monjas. Pero, para un asunto así, hay que tentarse la ropa... y
quitársela al modelo.
El acompañante quiere mostrarnos un Huidobro que nos rubori(1) ¡Qué horror de cita! ¿Qué pensarán de mí los eruditos? Dése por retirada.
75,

�LA PLUMA

111

,

1¡: 1

¡ 11

11

1

1

11

1
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1

1

¡,

.za, a pesar de que estamos curada (así en singular) curada de espanto, y huimos, no tan de prisa como de otra sala, para imitar a la S11!0mé, que, en el fondo de ella, huye para ocultar una cabeza que ha robado, o quizá para que no vean 'iUS malas formas.
Hemos sonreído a unas criaturac; cte Hermoso que nos enseñan
los dientes, nos han atraido como en una tienda de chamarilero los
•. cacharros talavereños, los encajes de Lagartera, de Ramón de Zubiaurre, y en un gran Vázquez Díaz se ha encendido de repente a
nuestros ojos el arabesco de llama del San Mauricio de Teotocópuli;
sólo que aquí es una llama de alcohol, muy tenue. Pero éste es un
pintor. Si sus toreros no bastaran, véase un retrato de mujer, metido
en un rincón por el clarividente Jurado. Un retrato superior a casi todos los del concurso, al de Piñole, a la Madre de Grosso, a los de Zaragoza. Algún Llorens, algún Frau, algún Gómez Alarcón, algún Meifrén (sin que se enteren mis amigos, que no me lo perdonarían nunca) me atraen. ¿Y los Solanas? Si el ~amigo del arte• me dejara verlos
bien, yo los preferiría a toda la Exposición ... Pero me lleva ante unos
paisajes que le extasían y le hacen abrir mucho la boca: Regoyos.
.¿Regoyos? Migajas de Regoyos, honradas ahora por los mismos que
le colgaban, vivo, en la sala del crimen.
Pregunto:
-¿Y los maestros?
He ahí a Chicharro, distinto esta vez de su manera habitual, me
-dicen. A mí me parece que si Dolor no fuese de Chicharro merecería
serlo; y me parece con su mesa rústica y sus enlutadas figuras de
pueblo, tan artificioso como el tríptico de Armida. Ahí está Rusiñol,
con un paisaje, para no hacernos olvidar sus lienzos en que la Naturaleza se quedaba encantada, y Mir, con obras de menos quilates que
otras veces, bastantes, sin embargo, para sorprender al que no le conozca. Y nadie más...

LA PLUMA
Los maestros ya no van a las Exposiciones, o van por compromiso, o por la medalla de honor. En la Exposición de este año hay obras
estimables: faltan los diez o doce cuadros que hacen una Exposición
y a cuya sombra los mediocres parece que ganan.
Comparada con la pintura, la escultura es aún más mezquina. Ciará es imponente; el torso de Inurria me ruboriza; los otros... ¡Hace
tanto calor y está tan lejos y va tan poca gente al palacio de cristal!

***
-Una eximia escritora-no hemos de nombrarla-fué, hace años
elegida para la presidencia de una sección liter~ria en cierta doctt
casa que tampoco mencionaremos. Cuéntase que, reunidos por ella
en su morada particular, los individuos que formaban la sección detuviéronse a contemplar un busto de la dama, hecho tiempo atrás' por
un artista de renombre.
. L~ eximia escritora, dirigiéndose a uno de sus compañeros de sec
ción, llustre autor dramático, y mirando complacida la obra de arte
le preguntó:
'
-¿Verdad que entonces era yo muy hermosa?
El autor de Canción de cuna-ya dijimos que no nombraríamos a
nadie-, un poco azorado, contestó:
-Señora, y todavía...
En esta Expos1c10n
· · · Nac10nal
·
1 las Artes parecen formular una pre- guata análoga:
-¿Verdad que todavía somos bellas?
La Dame de Creur se azora y no sabe qué contestar.

LA DAME DB CCBUR

.76
177

1 1

�LA PLUMA

... castillo famoso.

M

está sin hacer porque lo hemos pensado po~o. M~drid crece en libertad, como zarza al borde de un camtno. S1 pensásemos más en él , Madrid seria una proyección de nuestro espíritu; a
fuerza de explicarnos Madrid unos y otros, acabaríamos por crearlo. Lo
contrario sucede hoy; cuantos aceptan el Madrid carreteril y polv iriento
que la espontaneidad desenfrenada va formando, y pretenden extraer de
la pobreza triste de lo pintoresco madrileño un valor duradero, se encierran, con abnegación poco envidiable, en una perspectiva no más amplia
que el horizonte de la calle de Tudescos y llevan a su esplritu, por todo
fermento, un puñado de broza municipal. El apetito de una mente activa
es sobreponerse al medio que la rodea, y transformarlo, adaptándolo a su
norma.. Mi ambición, es claro, no llega a tanto: la indolencia me retiene,
y el alma de déspota constructor que llevo dentro, dormita. Pero si yo
pudiese derribar Madrid (sin exceptuar la fachada del Hospicio, ¡qué diablo!) y, cediendo al insinuante Tentador, me comprometiese a reedifi-:arlo
en tres días, no iba á formarlo a imagen y semejanza de un concejal. Sin
ofensa de nadie, el alma de un concejal es el último arquetipo a que uno
quisiera acudir. La mente crea, por decirlo así, la realidad, y el concejal es un ser increado que se inserta en ella sin que nadie le llame y, por
,añadidura, la administra.
AL&gt;RID

11

78

Años hace, hablaba yo con un edil no del todo mal intencionado. Le
conocí de vista mucho tiempo antes de su advenimiento a la concejalía: corpacho musculoso, poca alz.ida, bigotes foscos y mofletes colorados. Vestido con una blusilla a rayas azules, y liado a la cintura un mandil
/ verde, cruzaba a diario por mi calle a la misma hora, de vuelta del matadero. Acompañábale un camarada y llevaban al hombro uno5 dornajos,
llenos, al parecer, de las sustancias innombrables de que hacían provisión para su casquería. Avanzaban con andar solemne, echando a compás
los remos protegidos por gruesos zapatones, y departían en un castellano
cazcarrioso, difícil de reconocer bajo aquella prosodia de la periferia. Pasado algún tiempo, le vi una noche en el palco municipal del Español:
más gordo, con piedras preciosas en los dedos, raya hasta el cogote y
mostachos corniveletos, mal domados por las tenacillas. Era cacique electorero, miembro de no sé qué partido histórico y primera vara del Municipio. Pasaba por ser un tipo madrileñisimo y él se lo creía. Ante todo,
estaba por Goya, y con ferocidad de hiena pugnaba por desenterrar el
cuerpo del pintor para llevarlo a la rnargen del rio, donde, a su parecer,
se pudriría más a gusto, arrullándole el sueño los pianos de la Bombilla.
Era entusiasta de la BANDA MUNICIPAL, cuando aún nos la envidiaba
el extranjero, y todos los veranos, durante la época de su mando, organizaba por Santilgo un desfile de la e histórica guardi I amarilla., tropel de
bigardos que daba escolta a una procesión de barrio, ofreciéndonos un
trasunto emocionante de nuestras vetustas glorias. En cuanto me aventuré a decirle que 1~ verbenaa son fiestas horrendas, tan faltas de amenidad como sobrada~ de aceite frito, se enfadó y me echó el fallo, llamán•
dome intelectual, con lo que me di por muerto en su aprecio. A pesar de
este fracaso, podría rehacerse Madrid metiendo en el cerebro de sus cachicanes lo que otros han pensado. Ninguna imposibilidad racional se
opone a ello. Si el filósofo animaba una estatua acercándole una rosa a la
nariz, podría probarse a poner un entendimiento concejil al alcance de
una idea; por mucho que digan, acaso le hiciera tanto efecto como al
bloque de mármol la fragancia de la flor. La dificultad nace del número.
Tan enteco y desmedrado está Madrid que no es capaz de digerir y asi79

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LA PLUMA

LA PLUMA
milacse el aluvión irrestañable de seros «primarios• que de todos los ámbitos de la Península viene sobre él y le pasa por encima. «Todos los días
entra un tonto por la puerta de San Vicente•, se decia antaño; esa estadística, establecida acaso por un timador, me parece fraudulenta; pero
aun siendo exacta, Madrid no tiene solera bastante para ennoblecei; al
tonto que viene por la puerta de San Vicente ni a los que entran por las
otras puertas. Madrid no es un hogar prei.tigioso. Es un parador. O si se
quiere, un campamento donde lai. generaciones se suceden como caravanas, y cada una encuentra por todo legado de las precedentes los tres
cantos ahumados en que se pone a hervir el put:hero.
Si no existe una idea de Madrid es que la villa ha sido corte y no capital. La función propia de la capital consiste en elaborar una cultura radiante. Madrid no lo hace. Es una capital frustrada como la idea política
a que debe su raniº· La destinaron a ciudad federal de las Españas, y en
lugar de presidir la integración de un imperio no hizo sino registrar hundimientos de escuadras y pérdidas de reinos. No conoció los tiempos de
esplendor. Carecía de fuerza propia, al revés de aquellas repiblicas de
mercaderes que arribaban a la cultura superior ahítas de riqueza. No tuvo
tampoco un tirano de gran estilo, de esos que sacian su amor a la yloria
levantando monumentos. Iba a ser emporio de dos mundos y quedó reducido a sede de una dinastía de locos, albergue de millares de frailes,
donde pululaban unos burgueses famélicos a quienes se permitía vivir
en casuchas inmundas emparedadas entre los conventos y los palacios
de la grandeza. El pueblo siempre ha estado ausente de la historia de
Madrid, salvo para gritar de hambre; y salvo también aquel día, madrileño como ninguno, en que se sublevó al saber que le ral?taban un infante que por casualidad era imbécil. Madrid, macerado por la pobreza
y aislado del mundo, no ha conocido más gloria ni diversión que las pompas regias. Tres siglos se ha pasado comentando los saraos palatinos,
los bailes de la grandeza y los entierros, corridas y bodas reales.
Madrid, extasiado ante las carrozas de los reyes, admiraba el esplendor
luiscatorceno de los arneses con orgullo apenas velado por una sonrisa
de superioridad benévola, como si alabase con ligereza elegante blasones
So

propios. Y ahora que la corte se ~ierde cada vez más en la baraunda de
la villa en auge, nos cuesta trabaJo captar la admiración y el respeto de
las tribus alcarreñas.
Pero el caso es que España necesita un Madrid Part1·endo de
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de Espana,
~ Ma d n·d se obtiene
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por pura deducción· Co
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drid participa de la perennidad de una idea que t l.
mo desrgmo,
a vez nunca se reahce.

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BL PASBANTB BN CORTE

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�LA PLUMA

el espícitu público en fcan::
cía ducante el atmistícío.
1.-Rawn de una ac.titud peesonaL

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no pretendo que desde hoy se tome por defi~it~v~ mi punto
de vista, creo que se puede hablar del año d~l ar~1st1c10 como de
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lar por que ha pasado la conc1enc1a francesa, y del
l\ln momento smgu
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más leJ·os. El tiempo que media entre e 1n e as
que cada dia está
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tifiicación de la paz es una etapa de mcertt um re y
host1hda es Y a ra
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1 . d No era ya la guerra; pero la sociedad movilizada para la e ensa
::1t~dÍa volver a sus antiguos quicios con
misma pron~itud que los
dej!, ni era tampoco posible que los combatientes, ya estuviesen ena~decidos por la victoria, 0 exasperados por las penalidades de la· campana, o
• lemente deseosos de soltar la pesadumbre de las armas, se acomodasimp
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roo
ran de buenas a primeras al blando descuido de la v1 a c1v1. arec~ co
de
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.
111• entre e ¡ momento el.e abandonar la trinchera y el de zambulhrse
nuevo en la oficina O en el taller hubiese habido una parad~, un s1lenc10
solemne, en que el espíritu público, recogido sobre sl mismo, esperó.
Subsistía la tensión de las almas; los pechos se hablan esforzado tanto
UNQUE

.1ª

que albergaban naturalmente la esperanza en una paz de grandeza moral
equivalente el sacrificio cumplido en la guerra. La opinión pública se cebaba de ilusiones y proy!ctos: el pais, salvado de la destrucción con tanta gloria (ignorábase aún a cuanta costa) iba a inaugurar una vida grandiosa. Germinaba el deseo de renovarse; más que deseo, era la convicción
de la ne~sidad de inventar. Todo tendria que ser nuevo: la economía, la
democracia, la universidad, el arte, el ejército; todo nuevo, y muy francés;
decíase que la nación, por salir depurada de aquel trance, y luego de hacer un leal examen de conciencia, iba a consagrarse, al amparo de garantfas razonables y con el apoyo mural y material de sus aliados, a enmendar yerros antiguos y a restañar la sangre de sus heridas.
El mundo nuevo engendrado por los diplomáticos tardaba en nacer; y
al irritarse las primeras esperanzas insatisfechas se acentuaba la impresión de vivir en lo interino y provisional. La lentitud y el sigilo de las
negociaciones, el prestigio intacto aún de ciertos hombres, a cuya sombra se agrupaban ya intereses bastardos que pretendían alzarse con la representación del interés general, y el incansable celo de la censura, manten:an en suspenso el juicio público. Los tópicos de la guerra subsistian,
y aunque eran inútiles o falaces, casi nadie echaba de menos otros. La
gente se dejaba gobernar por consignas caducas: unión sagrada, silencio,
aplazamiento de las discordias políticas; durante un año, la acción de los
directores de Francia ha consistido en aplazar la discusión de los problemas planteados por la paz. Al despertar de una pesadilla de cuatro años,
la gente mostraba un buen humor y una conformidad inverosímiles. Cada
cual a su manera se puso a crecuperar el tiempo perdido,: o trabajando
o divirtiéndose. El ansia de innovar no era menor que la avidez de goces;
asl fué de fascinador el espectáculo de la capital en esos meses. Nunca
ha sido París más olvidadizo y jubiloso. Un himno a la vida parcela levantarse de entre las ruinas; costaba trabajo descubrir, bajo la máscara risueña, la fatiga y el aplanamiento verdaderos.
Si se quiere dar a la interinidad que representa el año 1919 su significación propia, debe ser mirada como el tiempo que le ha hecho falta al
espirito nacional para percibir, entre las alegrias y los bienes de la paz,
83

�LA PLUMA
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el costo de la guerra. El terrible contenido de la paz, es decir, el problcde rehacer un país arruinado y exangüe, ha tardado en revelarse a la
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conciencia francesa tanto como tardó la guerra misma en ap~rec rsele en todá su magnitud. Mas por fatigada o distraída que estuviese la
atenc1·ón pu'blica , se ha visto al fin compelida a echar ciertas
. cuentas;
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. hoy
.
·
&lt;Yn"ra
en
Francia
la
pesadumbre
de
la
carga.
La
msmuac1ón
se
ya nad 1e 1.,, v
•
•
•
ha ido haciendo poco a poco, por cammos muy diversos, ya que la sen~1bilídad para una misma cuestión es diferente según la _zona de la ~oc1edad que observemos. Desde la_ comprobació~ de~ despilfarro de vidas !
.
s hasta Ja del fracaso de ciertos valores 1mphcados
en la causa
antib1ene
.
.
.
alemana, pasando por la incomodidad actual de la vida, por las 10ext~1~ables dificultades económicas y por las amarguras y reveses de la pohuca
interna y exterior, no hay ahora ninguna consecuencia de
guerra que
no h aya Producido ya su máximo efecto en el ánimo..colectivo. Yo no he
hablado con ningún francés que no vea en las cond1c10nes de la paz un
chasco penoso. El sentir general ha ido moviéndose des~e la co~fiaoza
al desengaño. Si la unión de todos los franceses se cambió en untó~ de
todos los buenos franceses, hasta declarar «fuera de la ley de_ la nación»
a los proletarios intransigentes, la preven_ción contra lo_ extranJero ha paado a ser manifiesta hostilidad. El entusiasmo por el aliado generoso (en:usiasmo momentáneamente superior a las irreductibles diferencias de los.
caracteres nacionales) y la frialdad, entre burl?na y recelosa,_ con el neutral, son ahora aversión y desprecio. Las dificultades crecientes, al socavar la confianza y difundir la inquietud, hao incub~do un hu~or quebradizo, pesaroso, no limpio de encono. Quien descnba los cammos por
donde tal mudanza se ha operado, habrá escrito, en cuanto afecta a la
opinión francesa, la historia del armisticio.
.
El solo intento de esbozarla pone ante el curioso un caudal de hech~s
tan. fecundo en enseñanzas, que al escoger para estas notas lo~ más capitales me he visto en un apuro del que no sé si he logrado sahr. Trátase..
en suma , de sorprender el momento en que el país recobra
. la libertad para
.
uzgar y somete a discusión el azote de la guerra con ánimo de descubnr
~uién se lo ha impuesto y por qué motivos, o de parangonar los estragos

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1 1

1

•

84

LA PLUMA
materiales y morales causados por la guerra con el principio que obliga a
participar en ella &amp;in consultar la conciencia individual, o de sopesar los
frutos obtenidos de tan terrible trabajo, aun habiéndolo aceptado con
mansedumbre o con gusto. Por desacordes que estén las respuestas que
cada cual obtenga, y por intrincados que sean los numerosos problemas
de orden histórico, o económico, o politico, que al liquidarse la guerra se
- plantean, la preocupación mayor es de orden moral. Se trata de valorar la
guerra. El hombre-en este caso el francés-, rebelde a su destino, interroga al ídolo que le devora. Escogeré, pues, ante todo, un cierto número
de testimonios, ya sean juicios proferidos directamente sobre la guerra,
ya estén formulados por modo indirecto en obras de imaginación. Es ajeno
a mi propósito examinar la influencia de la guerra en la literatura; las novelas y comedias en que se estudia los conflictos morales por aquélla suscitados, obras compuestas bajo la impresión de los sucesos por quienes los
han visto y sufrido, tienen valor excepcional en esa galería de testimonios;
sólo por ello las citaré aquí. Igual motivo nos lleva a hacer el alarde de
ciertas cuestiones de orden político, cuyo fondo es, en definitiva, una apreciación de la guerra, propuesta, no por un observador solitario, sino por
masas en movimiento.
No estoy seguro de que a todos interese tanto como a mí esta cuestión,
que además de su importancia intrínseca me solicita con la emoción retrospectiva del camino recorrido para proponérmela. Pero no voy a asociar a
nadie por capricho a un mero episodio de una biografía intelect11al.
¿Adónde nos ha llevado la guerra? ¿Qué ha destruído en nosotros? Estas
son cuestiones de interés general. Las devastaciones más terribles no son
acaso las que se ven en los campos de batalla, sino los estragos en los espíritus, que no se podrá reparar. La observación del caso en Francia es el
medio de abarcar una cuestión que importa a todos, aislándola en un campo de experimentación local. No es la primera vez que procedo asi. El
examen de la sociedad española contemporánPa me ha llevado, como a
muchos, al de otra u otras sociedades europeas más robustas y activas.
En las cuestiones de orden moral y práctico, en las que la persona que
observa es a la vez actor y espectador, conviene buscar los lugares en que
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1

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la razón pueda ejercer con frialdad su función crítka para que el deber de
probidad intelectual no se quebrante en provecho de otros apetitos, también nobles, que nos estimulan a la acción. De las diferentes vocaciones
que pueden ofrecerse en la vida, yo preferiría siempre aquella que más
en derechura me llevase a ser con plenitud hombre de mi tiempo, es decir a incorporar a mi vida personal todos los problemas que agitan el
m:dio social en que me muevo. Es más dificil de lo que parece conseguir•
lo. El desdén, la timidez, pueden despistarnos. Hay que confundirse y dejarse confundir; hay que aceptar de antemano las limita~iones que e~a
sumisión impone. Si la romería pasa por el llano, prefiero 1r en la romena
a epilogar sobre ella desde un otero; prefiero ir en la procesión a repi.car
en la torre. Puestos a considerar las cosas de España, lo que más me importa es determinar bien mis relaciones personales con el medio; ?radúo
los sucesos que me circundan en lo que valen como pábulo de mis apetitos. La confluencia de la vida intelectual, puramente interior, con la vida
social y exterior, hecha entre todos, es el torbellino donde uno quisiera
estar siempre, como en el foco donde se condensan todas las actividades.
La síntesis formidable en que la idea es una pasión y los conceptos banderas, quisiera verla realizada en cada minuto. Si el deber es discur~ir con
pulcriturl y ahinco, paréceme que en el orden de la acción lo heroico es
proceder como un sectario, conocidas de antemano las relatividades Y con
la resolución de agotarlas. El riesgo es aminorarse hasta perder de vista
el punto de partida y deformamos engañándonos a nosotros mismos. Pero
en las cuestiones de orden político, en cuanto la razón se aplica a ob11ervar lo que al corazón no le interesa, el placer intelectual puro arriba sin
obstáculos al primer plano. Observar un medio con el que no est'á uno ligado por ningún interés personal, en busca de una verdad o de una información, cualquiera que sea el fruto que pueda dar, es un ejercicio indispensable para que el equilibrio no se rompa; ejercicio que he practicado
por instinto en más de ur.a ocasión.
Nacido en pafs llano, cuando por vez primera, siendo niño aún, estuve
en país montañoso, lo que aprendí a conocer no fué tanto la montaña
como la llanura. Al comparar la sociedad española con cualquier sociedad
86

LA PLUMA
europea robusta, que viva plenamente en el fragor de la vida contemporánea, lo que se descubre es el tardo paso de nuestro pueblo, aspeado,
rezagado, divagador; y el contraste entre el destino normal de un español
y el de otro europeo, nos enseña que la prerrogativa que gozamos o el
permiso que nos tomamos para zigzaguear, dispersándonos sin esfuerzo
por entre las mallas de una sociedad sin cohesión ni disciplina, no es
compensación suficiente del fracaso cierto de nuestras vidas.
El azar, tanto como mi gusto personal, me llevó años hace a tomar la
sociedad política francesa como pantalla sobre la que proyectar la silueta
española, y ver qué tal parecía. En aquel tiempo Francia vivía según ciertas normas que eran la trasposición de la ideologia que uno fraguaba cuando, puesta la vista en España, se entregaba al placer de rectificar lo tradicional por lo racional. Parecía el ámbito donde sin menoscabo del fondo
peculiar de la nación, más hueco se abría a 'lo universal humano. La autoridad concedida al espíritu critico placía a la soberbia intelectual. Reconociamos en tales normas algunas de esas verdades que uno acepta a fuer
de hombre y por las que, intransigente y violento, quisiera combatir como
español. La pasión que a todos nos mueve en cuanto nos vemos implicados en los problemas nacionales y la atrac•ción irresistible de una verdad,
superior a las contingencias locales, juntaban así sus fuerzas. La oposición
de intereses en política se transforma en un fanatismo espléndido cuando
se combina con el desprecio hacia el hombre a quien vemos sumidv en
un yerro intelectual.
Al preguntarnos ahora lo que ha devastado la guerra en el espíritu
francés, queremos averiguar lo que permanece en pie de aquella ideologia, no sólo en Francia, sino en nosotros; cuál era su fuerza de resistencia
y hasta qué punto han cambiado, no sólo el pensamiento, sino nuestra capacidad de entusiasmo y nuestros móviles de acción.

87

�LA PLUMA

Pío Batoja.- Lti caverna del humoris1M, Madrid, 1919.-Rafael
Caro Raggio, editor.

ltBROS y ReOtStAS
Pío Baroja.-Divagacio1tes Jobre la cu/tura.-Madrid, Caro Raggio, 1920.

Una conferencia leída en Bilbao y convertida en opúsculo por el editor. A
muchos literatos desencanta la Ciltuna fase de Barnja; yo no puedo considerarla sin emoción. E\'idcntcmcntc se viene preparando de tiempo atrás. Sorprende a muchos este deseo de conocer y buscar en campos ajenos al arte, propios
de la filosofía; pero, ¿no les sorprende que en estos ensayos ideológicos, el lenguaje sea positivamente el más apto que pndiéramos soñar para la conducción
del pensamiento? El literato, en Baroja, venía trabajando ya de antiguo, sin
darse cuenta tal vez, su prosa didáctica (muy lejana, sin embargo, del lenguaje
científico). Una p1osa clara y recta, sin anfibologías; e,1 cierto modo clásica,
puesto que no emplea mas que lo necesario para tocar la inteligencia o la sensibilidad.
Este opúsculo y el libro anterior La caverna del humorismo, se apoyan en dos
interrogaciones: ¿qué es :a cultura?, ¿qué es el humorismo? Parte de preguntas
como los filósofos; pero en el libro, por estar más cerca tod:wía de sus producciones lit&lt;!rarias, anda vacilando entre lo arbitrario y lo serio, mientras en el
opúsculo se encara con la pregunta severamente. ¿Viene de aquí el desencanto
-de alg~mos? Baroja, en efecto, tira por la borda la última taracea, el último sistema ornam~ntal. Ya la teníamos libre de todo convencionalismo retórico; pero
le quedaba la pirueta intelectual, el pensamiento giratorio y divertido. ¿Hace.
bien?, ¿hace mal? No creo necesarias estas preguntas. Baroja cambia. Sigamos
a ver lo que anda y lo que re:;bte. Lo interesante es la inquietud que con ello
revela. Por de pronto, acomete con brío juvenil los problemas que debieron
abordar ya los técnicos o documentados. Acaso no tuvieran interés sus aportaciones en un país extranjero-lo cual sería grave desde el criterio de universalidad-; pero en España tan remolona, ¿quién duda que camina sobre tierra
virgen?

J.

M. V.

En la dedicatoria a una joven lectora, excúsase Baroja de no poder ofrecerle
Falerno ni Cécubo guardado en cántaros sabbos, y sí sólo una bebida fantasista
más agria que d~lce y con más esp~ma que alcohol, elaborada por él mism~
con los frutos ácidos de su huerta. Smcérase después con un joven literato.
«Todos los escritores-dice-tenemos un ciclo parecido y vamos, tarde o temprano, a pasar por el mismo signo del zodiaco. Yo ya he pasado por el de la
novela, el del cuento, el de la crónica y el de la autobiografía. Ahora estoy en
el de las teorías estéticas.•
. Para expo~erlas se vale. de una ficción literaria sin intriga novelesca. Vanos cxcurs1omstas a las_ rcg1?i1e~ ;&gt;ola~es_ e_ntre los cuales el doctor Guezurtegui,
profesor a~~egado a la 1mag1nana Umvcrs1dad de Lezo, sorprendidos al rcgre•
s? de su v1aJe por J~ guerra, son internados en un c~mpo inglés de concentración. Descubren alh cerca la caverna de Humour-pomt, y con las conferencias
que dan otros profesores tudescos, compañeros suyos de amable cautiveria
Y sus i~pres_iones personales, e~vía el doctor Guezurtcgui sus comunicacione~
a la Umvers1dad de Lezo, escritas en los respaldos de las facturas del hotel.
en los prospectos de las sombrererías o los music-halls.
f:a caverna de Humour-point, confortabilísima, con calefacción central, con•
vertida en musco del humorismo, está comprendida, con el antro de Trophonius,
el antro de Baco, la caverna de Platón y la cueva de Zuaarramurdi en la espc1cología espiritual.
"
'
Al doctor Guezurtegui le parece que en el fondo de toda obra humana no
h~)'. sino egotismo y ~istema. Y se le antoja absurdo que sabiéndose cosas lejan1~1mas de astronomia, no sepamos qué es el humorismo. El doctor Guezurtc•
gu, n_o se sa~isface_ con las teorías de Bergson y de Kant acerca de lo cómico y
el ongen p~1cológ1co de Ja_ risa. De lo cual deduce que e hay que marchar, pues,
a la casua!1da~, tomar la idea del humorismo en bloque y llevarla de la dere~ha a la 1zqu1er?a, empujándola, y_ a ver si, a medida que se avanza en esta
taiea, v!n _apareciendo puntos de vista nuevos•, método que él mismo reconoce pnm1ttvo y malo, pero al cual impresionismo se entrega a falta de agarradero mejor.
. ;stima el catedráti_co in~enta?o por Baroja que el humorismo da, más que
nm.,un_a
otr_a for~a l1terana, la impresión de algo temperamental. Y así, cada
1
hu~ onsta literario le hace el efecto de una isla, sin comunicación con sus se
1~eJantes. De ~onde_ tenemos la isla de Shakespeare, la isla de Cervantes, la
s_la d_e Rabela1s, _la isla de Juan Pablo y la isla dt• Dickens. No dicen el doctor
n! .su mtérpr~te s1 en ese vago mapa tales islas constit,1yen al menos un archip1t:lago estético o moral.
El h~morismo para Guczurte¡:ni es un arte de contrastes violentos, un arte
suhvc-rsivo de los valoreg hum auos. •La tesis está c:n d humorismo· la antítesis
en el romanticismo; la ~ínte;.is en el humorismo. »
'

�LA PLUMA
Por otra parte, cel humorismo es improvisaci6n, la ret6rica es tradición. La
una aspira al orden por la sujeción, el otro al orden por la anarquía.&gt;

Al cerrar el libro, el lector ingenuo acaba por hacer suya la opiai6n que Baroja atribuye a su protagonista¡ es decir, que ccomo no tenemos un acuerdo definitivo para el uso de las palabras- o por lo menos, pensamos nosotros,
para el modo de usarlas el doctor Guezurtegui-ni un diccionario de conceptos
exactos y bien determinados, todas nuestras nociones son :mixtas y confusas.•
c. R. c.

Eugenio D'Ors.-l.a Bien plantada dé Xenius.-Traducción del
catalán por Rafael 1farquina.-Colección Universal Calpe. MadridBarcelona, xcxxx.
La Colección Universal inaugurada por la Compañía Anónima Calpe en julio
de 1919, con amplio criterio de divulgación popular, quizá desmedido, pero
plausible y alentador, inserta en el número 176 de los 20 correspondientes al
mes de marzo, La Bien plantada de Xenius.
Hace ya algunos años que este censayo teórico sobre la filosofía de la catalanidad• vió la luz paulatinamente en los Glosari que su autor publicaba en
La Veu de Catalunya. Suscitó entonces el interés de los círculos lite,·arios.
y a l decir de Ors en el prólogo a esta segunda edición castellana, pasó
luego a desordenar las mentes de algunas mujeres que con el delirio de
creerse la Bien plantada se albergan hoy en algún manicomio de Cataluña.
No se decidía, pues, Eugenio D'Ors a reeditar su obra. temeroso de contribuir
con ella a envenenar el ambiente. De 1912 acá no se había reimpreso. Si ahora
consiente en ello, es por creer que ha empezado a mejorarse ya e l gusto catalán. •perdido antes entre las abominaciones de un arte radicalmente reñido
con Jo clásico y con la simplicidad•, y que en esa mejora puede haber influido
algo la Bien Plantada.
¿Quién es la Bien Plantada, que tanto preocupó antaño a los habituales lectores de los Glosari, de Xenius?
La Bien Plantada es un arquetipo de mujer catalana, mide un metro ochenta y cinco de altura, viste a la moda holgada- del verano de 1911 1 tiene buen
apetito, es dormilona, poco dada al rubor, callada, y de tan distraída, casi sonámbula; no Je importan los hombres, pero le gustaría tener criaturas que fuesen suyas; llega, de improviso a veranear con su familia en un pueblecito de
la costa. Se llama Teresa, nombre lleno de gracia cuando se pronuncia a lamanera de los catalanes, «nombre simbólico, ardiente, amarillo, áspero• en Castilla, pero que adquiere otro sabor en la tierra del Sr. Ors, cun sabor a un mismo tiempo dulce y casero, caliente y sustancioso como el de la torta azucarada•.
Teresa es la segunda de tres hermanas. «La razón humana-dice Xeniushalla un profundo placer en distribuir cada una de las realidades que contempla, en tres partes ordenadas. Así tenemos: Esparta, Atenas, Macedonia- Es-

LA PLUMA
quilo, S6fo?es, Eurípi~es-..-~.-y Florencia, Roma, Venecia- ...y en la vida
v~get~l, _primavera, esho, otono», etc. Y Teresa siete amigas, nó.mero que «tamb!én satisfac7 a la razón&gt; ~ semejanza del número tres y sus múltiplos, que pres1?en la gracia ~e la Beatnz dantesca de la Vita Nor)(i. «La Bien Plantada: a la
G1oconda: La Gwconda: a Botticelli•.
En resumidas cuentas, Teresa tiene un novio y acaba por casarse con él.
«La Anécdota devora la Categoría.• Porque la bien Plantada era un símbolo de
la raza cat~l~na. La Bi~n Plantada, _com? alguna prima espiritual suya del otro
lado del P1rineo-Xenrns no nos dice s1 el padre de Teresa es algo pariente
de la madr~ de Colette Baudoche-! ~s como un árbol, raices en tierra y raices en el cielo-las ramas-. cLa d1vma carne en que está fabricada Teresa
bebe la noble savia de todos los muertos de su raza, que·es la nuestra, y d~
su cultura,.
•
_Se casa, en fin, la Bien Plantada, y asciende' a la gloria de las puras entelequia_s. _Se casa _con un _buen moz~, y al perderse en la vida cuotidiana, cobra
meridiana claridad a OJOS de Xemus, que al pensar en ella piensa en la danza
de la sardana, en_ Ampurias, en la escultura de Ciará, en el Canto Espiritual de
Marag~l, en el Liceo ~e Barcelona, en los grandes Trabajadores, capitanes de
Industria, y en el Presidente de la Generalidad, es decir, Repó.blica de la gentes de Cataluña.
. Eugenio D'Ors, dimitido recientemente de la Dirección de Instrucción Pó.b!1ca de la Ma~comunidad catalana, ha publicado hace un mes en La Jnterna&amp;tonal de Madrid una carta al subsecretario francés M. Emmanuel Brousse renegando, con ocasión de la visita de Joffre a Barcelona del catalanismo ofi~ial
opuesto al suyo, que no qu iere saber nada de catalane~ contra castellufos po r ~
que el suyo es el de Pí, el de Maragall, el de Arago.
'
C. R. C.

Rafael Calleja. - Rusia. füpejo saludable para uso de pobres y de
ricos. Madnd, 1920.-Biblioteca Calleja.
_Este libro es el primero de su autor, copropietario de una de las casas editonales ~spañolas más antiguas y fuertes. En el título, araciosamente literario
Y s~es~1vo, m~éstr~s~ ya la prindpal virtud del texto: ia sinceridad.
.
~biérale sido facll al Sr. CalleJa, como hacen otros empresarios de concienc~a me.nos escrupulosa, unirse con voz de falsf"te al coro de alabanzas revolu~ionanas en loor de los soviets de Rusia. Podía por el contrario haberse
acogido. C6 mo_d ame!l t e al seguro beneplácito de los conservadores
'
a •ultranza,
0 afil_iarse hteranamente a la Acción Ciudadana Pero el Sr Calleja es un ese,~
~mtu hbera_I, ~an consciente y organizado, en su caÍidad de bu~gués, como puea serlo _el ultimo de sus obreros, un hombre de buena fe.
«Considero tan justas-dice-las leyes que rigen la vida industrial, tan a decuadas a la naturaleza humana, tan beneficiosas para el interés común, que mi

�LA PLUMA
LA PLUMA

cVeláz~e~ pinta lo que ve, )?ero escoge lo que le gusta en lo que ve y sabe

10 que pue .e 10tentar reproducir¡ es uno de los secretos de su genio

visi6rt del problema social y de sus soluciones consiste en aplicar esas leyes
industriales a toda la vida social; que no será, o será siempre una lucha por
la vida, un predominio del más fuerte.•
Pero la fuerza cuyo predominio afirma el Sr. Calleja, no es la del ciego despotismo. Antes bien, el valimiento del vencedor en un régimen de nonesta
concurrencia.
Avaloran el ensayo del Sr. Calleja los apéndices que lo ilustran, en apoyo
de su opini6n. Complétalo el curioso esbozo de progrnma reformista, que cierra cumplidamente las 500 páginas del texto.
Lo afean cierta prosopopeya y esforzada altisonancia que en algunos pasajes entorpece su fácil lectura, tanto como en otros un mal disimulado desaliño
con apariencias de sencillez. Pero defectos son éstos de primerizo. No es el estilo literario cosa que se improvise, sino que requiere aprendizaje duro. Tiempo sobrado tiene por delante el Sr. Calleja para adquirir la maestría que hoy
le falta, pero que el lector ve suplida con cualidades harto raras, como son la
.ingenuidad, la valentía, la probidad, en fin, de que hace gala el joven autor de
Rusia. Espejo saludable.

C. R. C.

Auguste Bréal.- Velázquez.-Avec huit phototypies et un fac-simiJe.-París.-Edition George Crés et C.ª-xcx,x.

1

·•

La primera edici6n de este ensayo se publicó en inglés hace quince años.
'Había sido escrita a la vuelta del primer viaje de su autor a España. Al cabo
de diez años de estancia en Sevilla ha variado un tanto la impresión que:en
tonces le produjo la contemplación de la obra de Velázquez. Prefiere dejar, sin
embargo, sus anotaciones tal y como las escribiera a la sazón. El libro no pretende ser sino una invitación al viaje.
Cuenta M. Bréal en el prefacio una anécdota sabrnsa y por demás significativa. Todos los datos que le han servido para su estudio están tomados de Steveosoo, de Beruete y, sobre todo, del Diego Ve!ázquez y su siglo, publicado p&lt;;&gt;r
Car!Justi, en Bonn, en 1888, cuyas novecientas páginas de texto han contnbuído no poco a la boga europea del pintor espaijol. Ahora:bien, como M. Bréal
sintiera ciertas dudas acerca de la autenticidad de un Diario de Velázquez extractado por el erudito alemán, pregunt6le a éste reiteradafueote referencias
detalladas de tan curioso hallazgo. Al cabo, Justi confes6 que se trataba de una
composición suya ;obre documentos de la época, sin otro propósito que el de
seguir el ejemplo pe los histo1 iadores romanos y de su imitador Macaulay.
Muy otro es el procedimiento de M. Bréal. Doscientas páginas de clara prosa bástanle para trazar una preciosa introducción a la pintura de Velázquez.
cDisc 1tían-dice-cierto día dos críticos acerca del arte de la pintura, ante Corot, que les escuchaba con respeto y asombro. Quitóse, al cabo, la pipa de la
boca y dijo suavemente: La pintura no es una cosa tan complicada como ustedes dicen. Y se puso a pintar.
92

&gt;~~os. o¡os mai:avillosos, abiertos ante un país de luz.• Tal es la ·definición
que e pintor sevillano da este pintor francés.
C. R. C.

Luis Nueda.-De música. Epistolario de un melómano. Madrid,
1920.

ner~~ libro ~ifícil ~e co~entar con una noticia bibliográfica: pertenece al é1
ción en~r:º~~i~~e:: ~ eP1stolar en el que.llega pronto a hacerse difícil ]a distYn1
creencias del autor d 1u\pro~ne Y quién es el que rebate las teonas o las
1 ro. ay, desde luego, un tono general y es, con la
admiración total ha .
cosas y las ideas I cm ág~r y su ob~a, una simpatía también general por las
de •libelos, a Josa em~~s. o ~~nta, sm embargo, que no Je permita calificar
No es
. ~os hb,os de Nietzsche contra aquel gran dramaturgo musical·
un exc 1us1v1sta aunque no tema s J0 ¡ S N d
tra «interesantís·
'
er , e r. ue a, Y por eso eocuento nada vulgan
•i;u_ybellas¿, •muy originales•, •reveladoras de un talenky Rimsk R
r as ~ gmas de ebussy, de Strauss, de Borodin, de Strawins1
ge~io y el~~lea;e • "tch pero no pue~e por ellas modificar su opinión sobre el
por excelencia~~ que_ ace que cons!dere a Wágner como el •genio musical
Nueda. Todo eli' o m1smdo que D. Juho C~sares, que prologa el libro del señor
•bello y lo subt razon~ º. en vanos cap1tulos, en los que distingue entre lo
creadora» y la ~me»Ít d sc1erne ac~rca de _la ~emoci6n estéti~•. la •facultad
H
. • acu a cqmprens1va musical».
juicioi ::;~ libro de_l Sr. Nueda una cualidad esencial: el entusiasmo. Si sus
que se fea conn no stabs~acteréa algunos, la virtud simpática de su literatura hace
gus o e 10 er s su obra.

\vi

~1t;tt•

s.
Brnest Newman.-A Musical Motley.-London. John Lane.

1920.

Muy pocas de las obras qu
bl ·
, .
verdadero sentid d
be se pu .1can sobre mus1ca son •obras» en el
fondo y la raz6 o e 1a pa1a ra. Son libros en la .forma, y periodismo en el
la m6~ica y la dffi~~t~g~ra:ente, la ~alta de ?º concepto. estético general de
pio de unidad .
a
e. acer un libro &amp;~X:1~meote crítico y con un princilector general s; q~e ese hbro no resulte d1fic1l, pesado o sin interés para el
libros que habie s c ~ro ?ue .e~ Espafia este elector general, no existe para
el del Sr. Newm~ns°E reI a tus1ca, ~unque sea.de un modo fácil y variado como
ba creído n
. · . n _ng aterra 51• Y en cantidad abundante. Por eso el autor
ae trata sol=~esa{'od¡ustificar el ~arácter misceláneo de su libro advirti~ndo que
que su carácte:ºg: e ~na tcáoldecfinc1~n de_ artículos de periódicos diarios, r.on lo
ncra ea
e ido: ligereza y brevedad. De cincuenta artícu93

�LA PLUMA

LA PLUMA
los se compone esta colección, algunos en serie, como los que tratan del •pequeño poema musical,, los tres muy ingeniosos sobre •T~e elastic l~~uage•,
la «Música sin sentido común• y el ensayo sobre •Colocación en su s1t10•, de
los clásicos.
Newman es uno de los escritores sobre música más agudos y más perspicaces de su país. Su estilo es incisivo, rápido y seguro. Ve las cosas inmediatamente y atina siempre cou su lado flaco. Un ¡::olpe certero_ y desp~és un c~mentario irónico. Ha pasado el tiempo de la literatura musical dulcmea al estilo de Mauclair. Hoy el crítico tiene forzosamente que ser mordaz; le invitan a
ello tres cosas: la psicología de los compositores, siempre elemental aunque
quiere parecer complicada; el len~uaje de la ,ºb:ª• osci!ante entre_ la ~andidez
o la pretensión, y, por fin, el púbhco, este pubhco musical, con su mstmto para
escoger con toda exactitud la posición más desacertada.

s.

Daniel J. Mason.-Contemporary Composers.-New-York.-The

;

1

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!
1

1

!,,,

"'

Macmillan Company.
Este libro no es absolutamente reciente. Su «copyright» data de 1918, pero
como hasta ahora no ha llegado por nuestras longitudes ni se ha visto antes de
ahora su anuncio por los periódicos americanos, podemo~ dar cueuta de é) co~o
nuevo. En rigor, su novedad no es tampoco mucha: consiste en una recopilación
de artículos de revista que viene a completar la serie de obras en las que Mason recorre la historia del arte musical. Después de «Ileetboven and bis forerunners•, de «Tbe Romantic Composers• y «From Grieg_ to Brahms,, el volumen actual presenta a las figuras contemporáneas más sa!tentes: Strauss, Elgar,
Debussy y D'Indy, según el oraen seguido por el autor, que prece_de a sus ~ocetos crítico-bio&lt;1ráficos con un ensayo sobre cDemocracy and Mus1c• y termina
su libro con un :rtículo informativo sobre la música en la América del Norte.
Mason no es un «ecléctico•, felizmente para él, pero no es un intransigente,
felizmente para nosotros, que no participamos en sus entusiasm~s por Strauss,
Elgar y D'Indy. Ese escritor pertenece a la clase «mesurada• que mvoca el erespeto para las ideas ajenas• en compensación a su suave desdén para a9uellos a
los cuales son sus propias ideas las «ajenas,. En todo caso, se lee con mterés y
no sin cierto provecho. No deja de tener puntos de vista acertados y una buena
ponderación de valores, que es, en resumen, la base de la crítica.

s.

Camile Mauclair.-Les kéros tk l'Orchestre.-París, Fischbacher,
1919.

Con este título aparece un volumen parejo a aquel de la • Religión de la
Música• que, hace algunos años, constituyó un casi Nuevo festamento de los
aficionados. Ahora, ambos volúmenes llevan el título general de «Ensayos sobre la emoción musical&gt;. Es la misma literatura blanda, cálida, confidente, muy
94

para e) _u!o instit';1cionist~ y de estudiantes residentP.s. Camile Mauclair fundó
esta religión musical, ~ap1lla de 1~ otra religión de la belleza ruskiniana; pero
los santos que Mauc_la1r revercwc1a ~an sufrido un rudo golpe después de la
gu~rra. «No~ posso 10 cantar comm 10 soleva•, y el autor nos advierte que el
ruido del canón ha asustado al Hada. Si ahora publica recuerdos del tiempo
pasado, laud~s en aquellos m_ismos tonos que en su volumen primero, adviertt
que es en calidad de bomenaJe sobre la tumba de los genios, que en otro tiempo fueron el encanto de una tarde de conciertos.
. _Tales ecos de lo pasado son aún esa literatura convencional y ya desprestigiada ~or su exceso. •Escuchando la Novena•, ,La misa en re mayon, •Beethoven f Miguel Ang~h, «Al margen de J. S. Bach,. Ante las tumbas de Schumann
d~ Liszt, de _Chopm, de Pugno... «Un pcu de trop•, todo esto. Pero está muy
bien ese articulo sobre Gluck, músico checo, y es curioso otro sobre Karsavina
Y Mallarmé, per? DO aseguraríamos que les complaciese a ella ni a él.
Ya estaban ~ien en 1908 los artículos de un recelo antiwagneriano. Hoy noson más que evi_dentes. El gran pedan_tón de Baryeuth ha pasado a la gloria con
Meyerbeer,Berhoz y los de~ásteatrahstas románticos. Sic transit... , La de Wág.ner, para muchos, es todav1a un artículo de fe.

s.
A. Ossorio.-E/ alma de la toe-a.-Madrid, Pueyo,

1920.

h La Universidad_ no forma científicamente al alumno. La Facultad de Dere~o~m•a~Ylroduce smo v~gos, rebeldes, destructores, anarquizantes y hueros. La
los ab n de~ hombre Viene después.• Para contrihuir a ella, el autor ofrece a
.
og~dos Jóvenes el fruto de su ya dilatada esperiencia en punto «a la func~6n social_del _abogado, sus tribulaciones de conciencia, sus múltiples y heterogAbneas obligacwnes, la coordinaci6n de sus deberes a veces antaaónicos» es el que dema nd ª JUS
· t·1c1a
· an t e 1os T nbunales
·
·
"su consejo
·
d ogado
y dispensa
Ior ~oral tanto como
técnico, en los conflictos de intereses y de pasione~
sabre parti_cl!lares. Rl norte del abogado no ha de ser la ley, sino la justicia, y
er perc~?irla en cada caso es la suprema maestría. El Sr. Ossorio habla de
una sensac,on d.e .JUS
· t· ·
·
.
.
.
definid
teta, ~specie de revelación interior, que por no estar bien
á ti ª s¡ par_ece demasiado a la corazonada vulgar o al ojo clínico del médico
~~ \ ~- venguado que la justicia está de su parte, debe el abogado servirla
«h: 0 os 1os !ecursos que le sugiera su ingenio al manejar los textos legales:
deb~ que ser~ir_ el fin bueno aunque sea con los medios malos.• El abogado
u hé confi;~ unicamente en la fuerza interior; no ha de ser solo un docto sino
n roe.
cuadro que sirve de fondo a este parangón es desconsolado; y re::an~estro ánimo l?s posos de una aversión antigua. El Sr. Ossorio
Sal/suele ~ nza por la Magistrat~ra, que no es tan incapaz como dicen: «en cada
pañol a n/ber _más de un m~gistrado que atienda y discurra.• El letrado esd
pe 5 lee, el Sr. Ossono le aconseja que se gaste cuando menos diez
couros anufles en literatura. En lo económico, los abogad~s DO pueden l~char
mo exp otados frente a los explotadores; no pertenecen a una ni otra casta·

e!/ª

::v:

.

9S

�LA PLUMA
hay en sus filas proletarios subyugados y patronos abusivos. «Se comprende la
sindicación de aquéllos contra éstos; pero la de todos juntos, ¿contra quién?•
El libro es muy personal, escrito con brioso desenfado, a veces excesivo; no
h,.biera perdido nada con filtrar un poco más ciertas ideas, como en Jo relativo
a la especialización en las «profesiones científicas•; ¿y qué significa aquello del
«doctrinarismo que siembra la duda y el sensualismo que perturba nuestra
moral?•
M. A.

*

* *1920), Jules Romains inserta una nota
En la Nouvelle Revue Fran;aise (abril
acerca del «movimiento de los espíritus• en Cataluña. No pretende atraer las
reflexiones ni la simpatía del lector sobre la situación política del Principado,
ya que los franceses se han afanado durante un siglo en descubrir naciones
oprimidas y no es seguro que los resultados hayan sido buenos. El nacionalismo catalán, además, no es una doctrina de catástrofe; los catalanes no preparan metódicamente una guerra civil; piensan que una civilización elevada y armoniosa es un arma poco menos eficaz que la artillería. Veneran su poesía y su
lengua. Un pueblo ignorado, negado, se agrupa en torno de su centro espiritual
y comprueba su razón de existir ai contacto de su poesía. La nueva Cataluña
ha sido fundada por los libros. Una antología francesa de la poesía catalana
mostraría al lecter francés que la concepción corriente del carácter español,
aun despojada de ciertos rasgos de burda composicion, evidentemente falsos,
no puede aplicarse a los catalanes. La amistad intelectual de Francia y Cataluña se recomienda, además, porque en la obra de reconstrucción que ha de
hacerse en Europa para equilibrar u11a gran civilización intelectual, debe Francia buscar con cuidado a los que por sus dotes naturales y sus aspiraciones espontáneas son sus colaboradores inmediatos. Los catalanes poseen buen sentido, optimismo, gusto por la vida, sin el énfasis ni la ligereza meridionales,
justamente odiadas por los hombres del Norte. l'ero no es seguro que sean in vulnerables a las malas intluencia&amp; que puedan corromperlos.

Gacetilla.

1,

Gracias sean dadaa.-A todos los colegas que han acogido con palabras
corteses el nacimiento de LA PLUMA. Muy ruborizada, porque es jovencita, LA
Purra promete acentuar sus cualidades, y, ya que no pueda suprimirlos del
todo, promete al menos cambiar de defectos, que es también un modo de mejorar.
Nos place haber hallado en Castrovido, qur. nos dedicó en El Pafs un saludo tan inteligente y cordial. un coadyuvante para nuestra campaña de urbanismo madrileño. Llamado a colaborar en un diario más joven aún que LA
PLUMA, Castrovido abre una sección con el mismo título que la de nuestro Paseante en Corte. ¡Muy bienl Espernmos que dentro de poco todos los periódicos
reconoce~án a la estética de la villa la importancia que nosotros le hemos dado.
96

AÑO J.

1

MADRID, AGOSTO 1920.

NÚ.M. 3,

Fansa Y licencia de
(a

Reina Casti~a :: ~
APOSTILlÓN

~ovte tsabeUna. ~ Befa Setembvina. ~ i:;at?sa de
muneC05 •'--'J•i.a
M~rtctososecos~delossemanaeios
.
~.

eevo(ucion:irios ~ la Gotda, la flaca Y ec ~
Blas.• ~
Mt musa
.
.
b
d moderna ~ enat?ca la pierna,~
se( cim
va,
se
on.
ula,
_
se
comba
se
ac"u(a
.
•
,
lJ
~ con
e t?tngot?vango .._. titmico del tango ~ Y t?eeoge la
falda dettás. ~
PeRSOJ'iAJes
Re·la Reina. ~
· e{ Re"
.. eonso,t e. ~ lucel!o, JY[anolo, compadl!e de {a
ma.
~ JY[a11i=JY[o11ena, Aaafata. ~ e1 e,an Preboste -.. Un f
7
· -.IU U::
97

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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>La Pluma, 1920, Año 1, Vol 1, No 2, Julio</text>
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              <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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              <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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              <text>01/07/1920</text>
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              <text>Fondo Alfonso Reyes</text>
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              <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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      <name>Alegoría de Narciso</name>
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      <name>Alfonso Reyes</name>
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      <name>Manuel Azaña</name>
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      <name>Ramón Pérez de Ayala</name>
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