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                  <text>LA PLUMA
Tia se ha quedado-al menos esa era su (iltima palabra-dofia Sofía Casanova.
El embajador-un ave rara entre nuestros diplomáticos, que se preocupaba inteligentemente de cada español que a él acudía-y yo, hicimos lo imposible por
convencerla de que saliese de Varsovia. Un automóvil tuvo a su disposición,
mientras centenares de pobres mujeres esperaban toda la noche a las puerta
de las agencias de viaje por ver si conseguían aún un billete&gt;.
La infanta doña Paz se quedó, pues, en Varsovia para poder contar lucio
en el A B C horrores bolcheviques.

-m
m
-Lo que ustedes oyen. Años ha, de paso Su Alteza en Salamanca para Alba

i

,1

'"1'i

...¡.
- 11

,.

de Tormes, donde a la sazón propugnaba la construcción de una basílica, obsequió a lo principalito de la población con un té literario. Una de las señoritas
invitadas, felicitándose con otra de la admiración que juntas- profesaban por
dofia Paz de Borbón, entonces colaboradora de La Correspondencia, insinuó:
-Escribe unos artículos preciosos, sobre todo los que firma con el pseudónimo cSofía C.,asanova•.
Por cierto que la señorita en cuestión, a quien en vano buscamos _pan
ofrecerle la crítica literaria en LA PLUMA, como le presentaran luego a un distinguido escritor, de tournle de feria por aquellos días con la Compañía Guerre•
ro Mendoza:
-¿Cómo?-exclamó ingenuamente-. ¿Don Gregorio Martí11.ez Sierra? ¡Y a
mí que me tenían dicho que era un pseudónimo de su señora!

Nosotros, no.-Ambos interesados nos han contado el caso en sendas cartas publicadas en los periódicos. La Internacional publicó una Balada de los /J,u.
nos burgueses, escrita por D. Pío Baroja, quien al saberla denunciada por el fis•
cal de Su Majestad solicitó de su amigo el Sr. Azorío que intercediera, dadas
sus relaciones con personajes influyentes, por ver de arreglar el asunto. Ello
es que el juez, oída declaración al Sr. Baroja, ha procesado al director de L,z
/nternacio11al, Sr. Nuñez de Arenas(!!!), quien, acostumbrado a padecer persc•
cución por la justicia en calidad de socialista, ha aceptado sin protesta el endoso
Pero el Sr. Baroja, soliviantado por uo justo comentario del semanario España, se confiesa cobarde (quizá por emular a otro amigo del Sr..Azorío, Mon
taigne, no por su cobardía glorioso, sino por filósofo), y aún dice que el señor
Nuiiez de Arenas no es un Cid...
El A B C manifiéstase conforme con el insigne escritor. Nosotros, no.

A1'i O l.

1·

MADRID, OCTUBRE 1920.

NÚM. 5.

la condena de Unamuno

S

se midiera el valor de los sucesos por la atención y el espacio
que les consagra la Prensa diaria, nos parecería, al recordar ahora la condena de Unamuno, que desenterrábamos un tema fabuloso.
Pero el le~tor sabe que la lesión inferida por aquel fallo al derecho
justo no se ha reparado, el escándalo perdura. ¿Y en qué ha de mostrarse más tenaz el escritor sino en la defensa de la libertad de escribir? No por franquicia profesional. Combate por un derecho que no
es sólo de su gremio, sino investido naturalmente a la conciencia
humana.
En España se disfruta virtualmente de cierto número de libertades: a condición de no usarlas. Así la de emitir el pensamiento. ¿Qué
importa proclamarla en una ley, si luego los intereses de una familia, de una corporación, de una compañía la aniquilan a fuerza de
definir como delitos todos los embates posibles de un juicio independiente? La condena de Unamuno descubre a los más distraídos lo
monstruoso de esa legalidad. Tan monstruosa, que no se atreverá a
llevar hasta el fin sus rigores. Tiraniza, pero se esconde si la opinión
I

193

rl
t1

:...

�LA PLUMA

.
1

general, más sensible que la ley, sirve a Unamuno de salvaguardia.
Lo deja para otra ocasión, para víctimas menos notorias. Mas la vejación subsi,c;te. Ni deja de ser cierto que unos jueces han marcado a
Unamuno para cliente del penal. Eso es abominab!e.
Nosottos no pedimos perdón para Unamuno. En un periódico
que publicaba el facsímil del autógrafo de un parricida, hemos leido
una reverente petición de indulto en pro de Unamuno. ¿Qué dejaremos para el parricida, la víspera del garrote reparador? Q1.üen sale
condenado de esta aventura es la ley. Quítenla. Pero la sentencia
debe quedar, por cualquier medio que se busque, soberanamente incumplida.

ltalía en 1920

A D. Ramón del Valle-Inclán.

,,

El aire está impregnado, en Italia, de acre aroma
de sangre humana. Un viento de social cataclismo
agita almas y fábricas. Es q;,_e la vieja_ Ro~a,
la vieja loba, muerde a su lttJO, el ~apztalwno.
Por Oriente, otra vez el evangelio asoma
como hace veinte sirlos asomó el cristianismo,
y otra vez esta tierra, en su mágica redom~,
futtde emoción y nfJrrna, la ley y el bolchevismo.
Aquí la vida Iza roto su _se~ular durez_a,
y sólo tiene como el Re1taczmzento, u,n dique
de gracia, perfecéi-ón, equilibrio y bellew.
.
Vos, don Ramón, que sois el primer botchevique,
y el último cristiano- que sois fuego y juste~aconsentidme que nuev~ tan buena os comunique.
Lu1s
Milán 26 de septiembre de 1920.
194

JORNADA TERCERA

LA PLUMA

En estos días Luis Araquistaio viaja por Italia. Desde allí le ha enviado a
D. Ramón del Valle-Inclán el soneto siguiente, que nosotros publicamos-sin
licencia del autor, merced a la complicidad amistosa del destinatario-porque
en él se condensa la emoción que los albores de la revolución italiana han suscitado en su espíritu:

,,,'

facsa y licencia de
la Reína Castiza ==

ARA.QUISTAIN.

oeCORAClOJi

e

ande(abeos con. algaeabía ~ de eefleíos. Consolas de
pan2.a ~ y ~n los mueos bailando una dama ~ (os
reteatos de la Oinastía~
~ Gean. ~otonda. Oos damas caducas ~ ag~upadas a(
pie del beaseeo ~ picotean con pico agoeeeo, ~ tembloe.Jsas las tueetas pelucas~
~

ESCENA PRIMERA

=

H

'ABLA una Dueña. Gesto de intriga, - la voz un leve rumor áivulga, =Y la otra Du,e,ia, bajo la liga, - con un remilgo
caza una pulga. ,-...

UNA DUEÑA.

¿Mulliste las almohadas y has hopado
bien el edredón?
1

9s

�LA PLUMA

ÜTRA DUEÑA.
UNA DUEÑA.
ÜTRA DUEÑA.
UNA DUEÑA.
OTRA DudA.

UNA DUEÑA.
ÜTR A })UEÑA .
UNA DUEÑ A.
OT.11A D uERA.
UNA DUEÑ A.
ÜTRA Dui,;R •\.

UKA Dm:ÑA.
ÜTRA DUEÑA.

..

UNA DmtÑA.

,

ÜTRA D UEÑA.
UNA D UEÑ A.
ÜTRA DUEÑA.

¿Está dispuesto el ponche? ¿Lo has cargado
de azúcar y ron?
¿Pusiste en la cama dos garrafas
por calientapiés?
¿Y dos vasos de agua? ¿Y unas gafas?
Hoy no es el marqués.
Tú sigues esa cuenta. Yo me pierdo.
Lleva apuntación.
¿Pero tú no lo fías al acuerdo?
¡Qué exageración!
¡Ya las luces del alba, y la Señora
sin dejarse ver!
¿Le habrá ocurrido algo?
La demora
me da que temer.
¡Y en la casa parece que hay jaleo!
¿Qué malicias tú?
Que aquel rufo del tufo y del manteo
demanda alhajú.
Quiere vender dos pliegos de aleluyas
con corona real.
¿Qué ha pedido?
¡Un millón!
¡Las cosas tuyas
me dejan mortal!
Yo presiento un escándalo.
¿De veras?
Tengo para mí
que el Rey Mambrú tramó con sus gateras
un atraco aquí.

LA PLUMA

C ÚBITA

U

bulla resuena; . . las madamas se hacen cruces - y hace su entrada en escena ... 111 Señora, entre dos luces. _

UNA DUEÑA.

LA SEÑORA.

¡Santo Dios! ¡Santo Fuerte! ¡La señora
con un almirez!
¡Qué mareo de luces! ¡Es traidora
la viña de Jerez!

~

ESCENA II

-:.=.

M

ARIMORENA de ganchete-=, con el majo de Lavapiés . . y el
señor don Gargarabete -=-e- aparecen dando traspiés. ~ Con
risa chispona conjuga._. la alegría del peleón-.:. la Señ~ra. Y es su
pechuga -=-e- hiperbólico acordeón. .:-=LA SEÑORA.
LAS DUEÑAS.
LA SEÑvRA.
LAS DUEÑAS.
LA SEÑORA.
LAS DUEÑAS.

LA SEMO.R.A.

DON GARGARÁBUE.

LA SEÑORA.

¡Cuánto me he divertido, bailando el agarrado!
¡Pero es posible! ¿Cómo? ¿Con quién?
Con un soldado.
¡Me convidó a buñuelos y copas de aguardiente!
¡Mañana se despierta General, de repente!
¡Me habló mal de la Reina! ¡Y del Rey, un espanto!
¡Qué infamia! ¡Qué insolencia!
¡Nunca me reí tanto!
Pues como era un cobista, me dijo: Barbiana,
tú eres la que debía ser nuestra Soberana.
¡Y marcó unos compases de la polka-habanera
entornando los ojos, que me dieron dentera!
Y don Gargarabete en un rincón, más soso,
dormitando...
Señora, porque estaba celoso.
Pasemos a mi alcoba, pues tengo humor reumático
y corre un gris más fino que un joven diplomático.
1 9T

�LA PLUMA
LA PLUMA

_. ESCENA III -=
'óLO quedan en la rotonda .-o el manolo y Marimorena. -=- Él
como un (falto hace la ronda. .:-e- Y ella ríe de la faena . . .

S

LUCERO DEL ALBA.

MARlMORl'.NA.
LUCERO DEL ALBA.
MARIMORENA.

Lucno

"

DEL ALBA.

MARIMOR1tNA.

LUCERO DJ:L ALBA.
MARIMORENA.

LUCERO DEL ALBA.
MARIMORENA.
LUCERO DEL ALBA.
MARIMORENA.

LUCERO DEL ALBA.
MARIMORENA.

LUCERO DEL ALBA.
MARIMORENA.

LUCERO DEL ALBA.
MARIMORENA.

¡Vaya que la comadre se trajo una faena
con aquel militar, de lo más macarena!
Y la que tú con mangue trajiste, no se diga.
Y ahora me alegro verte bueno. ¡Dios te maldiga!
¡Lucero, yo contigo espántome la murria!
Estuviste templada, igual que una bandurria.
¡Pues sí que me camelas!
¡Y te camelo un poco!
¡Vamos, mírame, niña!
¡Lucero, tú estás loco!
Con ser taa resalada, eres un caramelo.
Descifra esto que digo, que no es ningún camelo.
Agradezco, Lucero, tan finas alabanzas,
pero ahueca.
¡Gitana!
Acabaron las chanzas.
¡Ahueca!
No me voy, por menos de un abrazo.
¡Ahueca, mala sombra:
¡Me das el jicarazo!
En durmiendo la curda, se te pasa el berrinche.
¡Dame un beso, paloma!
¡Te lo daré por chinche!
Uno y no más, Lucero.
Con tal que sea muy largo.
Tú no me pongas prisa.
¡Tú no hagas un embargo!

ALE una Dueña de improviso -= y da en la puerta una espdntada ..:-. poniendo en las cejas el viso
temblón de su mano anugada . .:-=-

,S

LA

DUEÑA.

MARIMORENA.

LA DUEÑA.
MARIMORENA.

LA

DUEÑA.

LUCER0 DEL ALBA,

LA

DUEÑA.

LUCERO DEL ALBA.
LA DUEÑA.
LUCERO DEL ALBA,
MARIMORENA.
LA DUEÑA.
LUCERO DEL ALBA.

LA DUEÑA.
MARIMORENA.

=

¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡No he visto igual descaro!
¡Perdiste la cabezal
¿Dar un beso es tan raro?
¡Réplicas todavía!
Pregunto.
¿Tú no sabes
que al juntarse los picos hasta pecan las aves?
Y qué puede saber, si acá es una chiquilla.
Cuando menos, las máximas del Barón de la Andill a
¡Qué corrupción de tiempos y qué contaminados
los jóvenes de ahora! ¡Qué siglo de pecados!
Diez años fuí casada, y ese beso imprudente
no le di a mi marido. Le besaba en la frente.
¡Pero no son iguales todas las criaturas)
Pues que tengan recato, y que besen a obscuras.
Oye, Marimorena, yo no te predicaba
esa doctrina.
¡Cierto! Pero es una tan pava.
¡Qué ejemplo escandaloso en los mismos umbrales
de la cámara regia!
Somos dos criminales.
Pero usted nos perdona, señora doña Pepa,
y nos guarda el secreto para que no lo sepa
la Comadre.
¡Es posible que le diese un insulto
al saberlo!
¡Ay, mi madre, el Rey llega en tumulto
con toda la caterva de su tertulia!

�LA PLUMA
LA DUEÑA.
MARIMORENA.
LA DUEÑA.
MARIMORENA.

LA PLUMA
¡Cielos!
No falla, que a la Reina viene a pedirle celos.
Misia doña Pepa, hay tremolina en ciernes.
¿Si quiere entrar, qué hacemos?
Decirle que hoy es viernes.
~

CON

ESCENA IV-=-=-

=

su camarilla llega
el Rey. No falta ninguno: ,_. Don Tragatundas, el Tuno-.... con sus hábitos de pega,-=--=- Torroba con
su talega.-= El Intendente, la arisca-=, Infanta Doña Fraucisca y sus madamas chillonas-= con las mismas cucamonas= que en el·
juego de la brisca.

=

EL REY.
LA DUEÑA.

/ 1
..,, 1

Buenas noches, señoras damas.
Buenas las tenga el Rey mi Amo.
¿Qué os trae, Señor?
Las dulces llamas
de Himeneo, con su reclamo .
Abridme la alcoba.
LA DUEÑA.
¡Imposible!
MARIMORENA.
Hoy es viernes con abstinencia.
INFANTA FRAN'.CISCA. Lunes, niña.
MARIMORENA.
Me es muy sensible
oponerme a vuestra creencia,
y sosteneros lo contrario.
Hoy es viernes.
INFANTA FRANCISCA.
¡Qué disparate!
MARIMORENA.
Eso reza mi calendario.
DON TRAGATUMDAS. El calendario de un orate.
EL REY.
Est6y aquí con mi derecho.
de Rey Conso rte.
200

¡Celebrándolo!

MARIMORENA.

EL REY.

Y quiero llegar hasta el lecho

de la Reina.
¡Jesús qué escándalo!
¡Hoy es viernes!
¡Qué paparrucha!
Hoy es lunes.
LA DUEÑA.
¡Vaya un antojo!
MARIMORENA.
Hoy es viernes y está malucha
la Señora.
EL JOROBETA.
¡Mírame este ojo!
Abre la puerta de la alcoba
para que entre el Rey Consorte,
que al Rey sostiene la joroba
de Torroba.
LUCERO DEL ALBA.
¡Vaya un soporte!
Pues el peso de estos diateles
Sostiene el Lucero del Alba.
EL JOROBETA..
Lo celebro, que sus laureles
me voy a poner en la calva.
Luc.rno DEL ALBA. Sueña usted con la Lotería,
compadre.
EL JOROBETA.
Y acierto en los sueños.
LUCERO DEL ALBA. Usted tiene la fantasía
de todos los hombres pequeños.
LA DUEÑA.
MARIMORENA.
EL JOROBETA.

EL

-:-o

ESCENA V=

=

Gran Preboste acude
blandiendo su bastón,
elude ,_ el Rey tras un sillón. -=--::•

=y

la figura

EL GRAN PREBOSTE. Con este paso inverecundo
habéis colmado la ancha copa
201

�LA PLUMA

LA PLUMA

de mi paciencia. Todo el mundo
fuera de aquf. ¡Vaya una tropa!
Ved
que los pleitos se transigen
EL SOPÓN.
donde la gente oye razones,
y éste cortabais en su origen
para siempre, con dos millones
¿En
dónde vi tu catadura
EL GRAN PREBOSTE.
antes de ahora?
¡Qué pupila!
EL SOPÓN.
EL GRAN PREBOSTE. ¡Tú tenias la guilladura
de ser prelado de Manila!
Señor, reconozco mi yerro.
EL SOPÓN.
EL GRAN PREBOSTE. Lo vas a pagar en el palo.
Tened presente que en mi entierro
EL SOPÓN.
os hará la Prensa un regalo.
EL GRAN PREBOSTE. Yo me río de esa amenaza
encubierta. Con un plumazo,
a la Prensa pongo mordaza
y a las Cortes doy cerrojazo.
Si declaras en dónde escondes
las susodichas escrituras
eres libre. Si no, respondes
con la vida de tus diabluras.
EL SOPÓN.
Dejad tranquila la garrota,
que por romperme a mi la crisma
no adelantábais una jota
en la solución de este cisma
TRAGATUNDAS.
Señor Gran Preboste, los fueros
del Rey defiendo.
EL GRAN PREBOSTE,
¡Para chasco
que a mí me asustasen tus fieros,
Tragatundas, y tu charrascol
¿Qué pretende la Real Persona?

EL REY.

MARIMORENA.
EL REY.
MARIMORENA.
INFANTA FRANCISCA.
EL GRAN PREBOSTE.

EL REY.
EL GRAN PREBOSTE,
INFANTA FRANCISCA.

EL GRAN PREBuSTE.
EL REY.
EL JOROBETA.
EL GRAN PREBOSTE.
TRAGATUNDAS.
EL REY CONSORTE.
EL JOROBETA.
LUCERO DEL ALBA.

M

ETIENDO mano a la faja= escupe por el colmillo, - y el
muelle de la navaja,= ¡crac!, ¡crac!, canta como un grillo.=

EL JOROBETA.
202

•

Dar un escándalo esta noche,
porque estoy hasta la corona,
cansado de hacer el fantoche.
¡Abrid esa puerta!
¡Imposible!
¡He de entrar; estoy decidido!
No seais, Señor, irascible.
¿'{ sus títulos de marido?
Con un decreto en la Gaceta
mañana os declaro demente.
Vuestra pretensión indiscreta
me obliga imperativamente.
¿Por qué te mostraste avaro
para mis justas pretensiones?
¡Si no hay un cuarto!
¡Qué reparo!
Recarga las contribuciones.
No diseutas lo indiscutible
Me va faltando la paciencia.
¿Quién es ahora el irascible?
No lo puede negar vuecencia.
¡Qué colección de botarates!
¡Defendemos al Rey Consorte!
¡No consiento que los maltrates!
¡Habrá un escándalo en la Corte!
¡A quien Cristo se la depare,
que San Pedro se la bendiga!
Señor Jorobeta, repare
que no le pinche la barriga.

¡Será lástima que en la jeta

�LA PLUMA

LA PLUMA

le pinte a usted otro lucero!
LUCERO.
Usted, compadre, es un poeta.
EL JOJWBETA.
Y usted, compadre, un embustero.
EL REY CoNSOR.TE. ¡Ulpiano, no seas Quijote,
que con la sangre me desmayo!
INFANTA FRANCISCA. Ya desenfunda el chafarote
Tragatundas. ¡Qué Dos de Mayol

CON

simultáne~ !ªpateta,= como en un drama JaJ:~nés, -=-i:- se derrumban d Jorobeta
y el mam,lo del Avapzes. -=---

=

EL GRAN PREBOSTE. Se viene al suelo la Monarquía,
como ,ma vieja, de un patatús.
Vuestra celosa monomanía
tiene la culpa.
EL REY CONSORTE.
¡Jesús! ¡Jesús!

..

·'

Q

r

=

=

eJ

=

LA REINA.

¡Me despertasteis con el ruidv!
¿Qué es lo que ocurre?
Quiere pasar
a saludaros vuestro marido.
Ya oi los trinos de su cantar.
¿Y estos dos muertos?
¡Una desgracia!
¡Qué cosas pasan!
¡Un aire fuél
Para llevarlos a la farmacia,
ponlos derechos de un puntapié.

MARillfORE'&lt;A.

EL REY CONSORTE.

¿Entre dos muertos ahora, qué hacemos?
¡Quien daba coba se va de aquí!
TRAGA.TUNDAS.
Con los fusiles gobernaremos.
EL REY CONSORTE. Se necesita de un maniqul.

MARIMORENA.
REINA.
MARIMORENA.
LA REINA.
LA

C

=

=

ON los nudillos
tras de la puerta,
golpe de alerta ,:;c. pide
atención.
Marimorena
tose, pretende
que tenga el
duende~ contestación . .=-z.

=

=

¡Con nuestros gritos ya la Señora
se ha despertado!
EL REY CONSORTE.
¡Pobre de mi!
EL 1NTENDENTE.
De arrepentirse pasó la hora.
MARI MORENA.

204

~

ALE la Se1iora, con la papalina
puesta sobre un ojo, y da11do
gzei1i.:das.
Las fofas mantecas, tras la muselina ~ del
camisón blanco, tiemblan sonrosadas. -=--=,

UiEBRA el b11stón en la rodilla
y se filtra por un t~piz -=saludando a la camarilla
con el pulgar m la narzz. .a-:-

,

¡Ya no podemos salir de aquí
¿Y aqul qué hacemos?
T.1tAGATUNDAS.
Estar alerta,
y no movernos.
EL REY CONSORTE.
¡Válgame Dios!
Ya mi consorte tras de la puerta
está llamando con una tos.
Me pongo enfermo.
TRAGA.TUNDAS.
Si desertamos,
habremos hecho tan sólo el buey.
Quedad. Ahora somos los amos
y mis espuelas dictan la ley.
EL REY CoNSORT:1.

=

RESUCITADOS por la punta con una mueca cejijunta

EL JOROBETA.

=

del chapín de Marimorena
saltan los muertos en escena.

=
-=-i:-

Me resucito bajo la coba
205

�LA PLUMA

EL REY CONSORTE.
EL JOROBETA,
EL REY CONSORTI!.

LA REINA.

e

LUCERO DEL ALBA.

....

de tus pedales. ¡Vaya calor!
¡Con peteneras, vuelves, Torroba,
del otro mundo!
¡Cuestión de humor!
Esto me barre las telarañas.
Me habéis tomado por maniquí.
¡Marido mío de mis entrañas,
me congratulo de verte aquí!
La luz apago con el trabuco
como en el baile del Avapiés,
y desenredo con este truco
todos los hilos del entremés.

Apuntes
paea una qeogcafía musical
de eucopa.::1920.
1:1i

{(

LA VOZ DE UN CIEGO EN LA PLAZA:

¡Extraordinario a la Gaceta con el nombramiento del nuevo arzobispo
de Manila!

REGONES y campanas el alba simboliza, ~ aptJ;ga d~ ,·epe_nte
sus luces el gitiñol,
y en el reino de Babia de la Reina Castiza ~ meda por los te.fados la pelota del sol.

P

=

=

FIN DE LA FARSA

RAMON DBL V ALLB-INCLAN

206

RUSlA

N

o se pretendfrá que Rusia, que fué quien comenzó la revolución musical que hubo de renovar totalmente el ambiente, dando fin a la
hegemonía alemana, haya arreglado ya sus asuntos artísticos de manera que
sea fácil para el observ,idor trazar un cuadro de su estado presente y examinar su porve111r probable. Lo fácil es, sobrevenido un cambio, ver cual
era el sistema de ideas o de cosas que el cambio da por canceladas y, establecido su programa, definir la orientación que quiere seguirse. Pero estas
intenciones siguen luego cauces muy distintos de los proyectados, empiezan
a embarullarse las líneas de conducta trazadas en un principio con tanta claridad, surgtn tendenchs de todas clases y en todas direcciones y el final es
un conjunto perfectamente complejo, cuyo factor común es la voluntad de
cambio respecto al primer estado de cosas.
La reja del arado de Glinka y Dargomijski penetró muy profundamente en el suelo musical ruso. Los cinco artistas de la Koutchka no fueron
sino los primeros sembradores en ese terreno tan hondamente removido. Y
la colecta fué espléndida; ningún pafs de Europa puede oponer una más
rica consecuencia a una revolución artística; ni aun Alemania, que verificó
con Beethoven el más grande cambio de concepto estético que haya sufrido
arte alguno.
.
·
El estado musical en Rusia durante la épo:a de los &lt;cinco&gt; es de una
definición fácil: dos ramas, una cada vez más poblada, que era la de los nacionalistas innovadores. Otra, cada vez más escuálida: la de los occidenta207

�/
LA PLUMA

..... .

listas, en la cual, sin embargo, ~e daban brotes de una notable riq~eza; tal,
Tschaikowsky. Más tar_de, sobrevieQe la época de los contemponzadores:
gente de raíz vieja que acepta un barniz moderno y gentes de procedencia
Izquierdista que aceptan puestos oficiales y comienzan a pregonar el moderantismo.
Por haber aceptado Rimsky un puesto er. el Conservatorio de Petrogra.
do, comenzó a relajarse el fuerte espíritu de comunidad que unía a los cinco. Y sin embargo, aunque puedan discutirse ciertos escrúpulos técnicos
suyos y aunque sus óperas sean ya para el artista ruso actual un tipo
de música envejecida, pocos músicos han llegado al fin de su carrera con la
juventud de inspi_ración que dictó el Gallo de ~r~, obra que nos sirve de
partida para considerar el periodo actual de la mus1ca rusa.
Giasunof fué la hechura perfecta de ese eclecticismo á que aludíam os, y
traza un camino en el que se encuentran músicos capaces, pero cuya influencia nos parece exigua en el arte del siglo nuevo: Taneief, el gemelo de
Glasunof; Rebikof, que pretende un titulo de precursor por sus atrevimientos de escritura; Rachmaninof, Medtner, Tcherepnin, en quien se hace más
visible la nueva forma del antiguo «eclecticismo• a lo Tschaikowski; Grechaninof, cuyo eclecticismo tiene mayor percentaje de s¡mpatías • kutchkistas•· en fin otros varios, cuya personalidad no levanta del nivel medio.
Este art'ículo no es simplemente informativo. Así, pues, estos músicos,
más o menos notables, no entran en nuestra consideración, hoy, más que
que n o entraron en la papeleta pr\~era de estos Ap_untes. l~s nombres,
mucho más sobresalientes, de los mus1cos que en Francia se s1tuan entre los
fundadores de la Societé Nationale y los de la Societé lndependante, esto
es de Fauré, Saint Saens y Franck, hasta Debussy y R3vel.
' Nuestro objete-acaso convenga repetirlo-es, simplemente, 1:1 ~e trazar
el ambiente musical de la época de guerra, y ver, después, los mustcos que
comienzan la época nueva. Pocas son las ideas anteriores a 1914, que han
resistido al vendaval. Son las figuras que han podido resistirlo las que nos
interesan: la época nueva, la de la músic~ 1920, comienza con ellos Y de
ello!'" vienen los músicos de hoy, confiesen o no, les agrade o no, esa
genealogía.
.
.
Igor Strawinsky parece haber nacido del h~evo eng endra~o por el
Gallo de Oro. Ejemplo alquitarado de las mas puras . esencias_ rusas,
Strawinsky mira ansiosamente hacia Europa, donde es mas conocido que
en su propio país.
_.
.
Alejandro Scriabín pare.:e conc~ntrar en ~us am?1c1ones de pr?fundtd~d
todo lo que fué núcleo del arte omdental, e tnfundulo en su ardiente misticismo moscovita. Scriabin es el repatriado ,espiritual que vuelve a Rusia
cargado de ideas europeas.
208

LA PLUMA
Strawinsky y Scriabin, marcan los lfmites extremos del mapa musical
ruso. Poderosamente renovadores, son, cada uno en su puesto las más
altas fi_guras d~l arte ruso en la época guerrera. Pagano el uno: hasta la
barbane. Místico el otro, hasta la barbarie también. La desenfrenada sensualida~ ~n uno_, es ardiente continencia en el otro. Vuelca Strawinsky todos
los arcoms posibles en su orquesta. Scriabin se limita hasta una monocromía monástica.
En su inquietud por recónditas complejidades del espíritu, Scriabin se
entenebrece; su música se hace obscu ra de lenguaje, confusa en la intención
y negra de colorido. Resplandores rojizos al fondo· llamas sombrías
rosas negras, titula a sus obras, en busca siempre del éxtasis de la divin;
embriaguez prometeica.
Strawinsky, en cambio, como el príncipe de su cuento, salta alegre al
país de la fantasía. Pocas fantasías más ricas que la suya, pletórica de imágenes extraordinatias, de paisajes maravillosos, en una verbosidad inagotable, con un singular cuidado de la precisión y de la claridad, del t ono puro
del tra~o ~alien~e y decidido, de la expresión mordaz, aguda e incisiva. '
Scnabm sena a la Edad Media, lo que Strawinsky al Renacimiente.
¿Y no fué, precisamente, toda esa ideologíc1 y sentimentologfa medioeval
lo que la guerra arr~stró, para dejar más ciará la atmósfera? Apenas comenzó esta frontera ternble del mundo de ayer y del actual, Scriabin moría de
un envenenamiento de la sar,gre. Acaso sus ideás no fuesen más que un
síntoma. Y fué, en 1914, cuando el «Ruiseñor» de Strawinsky comenzó a
cantar sus trinos, nacidos en la flora exquisita de jardines lejanos.
*

*

*

Es solamente en el aspecto exterior de su música, esto es, en el colorido,
en las formas generales de su melodismo, de su instrumentación, en el
•corte» de su estilo, en Jo que Strawinsky muestra ser un discípulo de
Rlmsky. Pero el íntimo carácter de esas obras suyas, la estética que yace
en el fondo de ellas, le acerca más a Mussorgsky. Conforme el admirable
autor de «Petruchka» avanza en su carrera, más clara se hace en nuestro
concepto esa filia.:ión con el genio que escribió «Boris Godunoh. Las primeras obras de Strawinsky son, claramente, las de un discípulo del autor
de «El Gallo de Oro•; alguna de ellas está basada en las mismas leyendas
en las que su maestro halló fundamento para las suyas; a veces los personajes son los mismos de la pintoresca tradición popular; otras, hasta son
las mismas melodías, sacadas del común acervo. Pero después de La
Consagración de la Prímavera, de la segunda redacción de El Ruiseñor,
209

�LA P L U ~1 A

......

l1

-

LA PLUMA

de las piezas pequenas para teatro o para instrumentso, apenas qued~ .Y.ª
un lejano aire rimskiano para dejarnos ver, clara y desnuda, una sens1b11tdad pareja a la de Mussorgsky.
y aun, seguramente, es la personalidad de Modest~ Mussorgsky la más
grande más profunda y más intensa y a la vez la más ignorada, después de
Beetho~en. No llevó un arte ya maduro a la exalta_ción más brillante--:como
\Vagner hizo con el romanticismo post-beethovemano-, pero removió su_s
cimientos estéticos de una manera tan profunda como el autor de la Her_oica; con unas consecuencias menos inmediatas, porque su _obra estaba JeJos
de poseer la necesaria perfección técnica, y porque su¡¡ ideas corrían. ~or
cauces muy lejanos a los que seguían las grandes corrientes de la mus1ca
europea.
i
ta · d
Estamos mal acostumbrados, además, a j~zgar de 1a. mpor nc1a e un
artista por lo que consigue y no por Jo que sugiere; prefenmos una obra perfecta, aunque de una estética caduca-tal el wagnerismo~a un~ obra nue~a
que ensanche considerablemente el horizonte-tales Berltoz, L1szt, Chopm
mismo-. Los casos como el de 13eethoven y el de Debussy, 1enovadores y
perfectos, son poco abundantes.
.
.
.
Realismo y nacionalismo, a Jo que puede atiac!use otro factor. -~umonsmo, son los cimientos de Mussorgsky, ya preparados por Dar~?m11sky. ~stos tres datos, ¡han sido tan mal entendidos! Una fal~a c_oncepc1on ~el r~absmo mussorgskiano se extravió en el «verismo• a la 1taha~a; el nac1ona!!smo
de los Cinco, visto de un modo superficial, engendró lo •pintoresco• _regional
en que abunda la música espai'lola. En cuanto al humor, es una piedra de
toque para los espíritus: su finura o su grosería salta al punto.
Sólo después de comprender bien el alcance de las obras pequ~ftas de
Mussorgsky-el Cuarto de los niños, sobre todo-, es _c~ando com_1enza a
verse con claridad el arte moderno: verdad en la ex~res1on,_ naturalidad en
la manera expresiva, sinceridad en el acento, ause!'c,a d_e ltteratura-(¡qué
fácil es el reproche de quienes creen que la ausencia de )t~era~ura excluye la
imaginación, concediendo sólo el naturalism?l)-sl~~l1f1c~c1ón en los pr~cedimientos, desdén por los dogmas escolá~llc~s, ehm!n~~ón de superflut•
dades· en total una aspiración hacia la virgmahdad pnmtt1va.
E;, precisa:itente, Jo contrario de Scriabin y Jo !undamental ~e Strawinsky. Los jóvenes músicos de Francia no andan leJOS de esta tesis. Veamos si no, nuestra primera papeleta.
.
Tres razones alejan a Strawinsky del impresionismo fin de siglo: pnmera, su concepto de la limitación y del equilibrio e~ la f~r~a, adecuada armonfa de continente y contenido; esto es, un «souci• clas1co; _segunda, claridad, justeza y verdad-a veces elementalldad-e!l l~ ~xpres1ón: otra norma
clásica; tercera, fantasía y humor. Acaso este pnnc1p10 sea el más honda:zJ()~

mente clásico de los tres; pero nos ahorraremos hoy la impertinente exé¡es~;l vez el propio músico, hombre de agudo cultivo espiritual, definiría
esos tres principios diciendo que eran: el primero, clásico; el si:gundo, primitivo; el ttrcero, arcaico. Protéstese si se quiere. Ya volveremos sobre esto
en alguna ocasión.

** •
Strawinsky, que del nacionalismo «tradicional» de Et pájaro de fuego y
Petruchka pasó al nacionalismo •sustancial» de La consagración de la
Primavera, muestra en sus últimas obras un nacionalismo «elemental&gt;, es
decir, de las «esencias• que forman el carácter de un pueblo. No es otro el
nacionalismo de Mussorgsky o el de Beethoven o el de Debussy.
Los músicos que le siguen no podían caer en el «nacionalismo programlstico•, que siendo la conquista de los cinco es hoy tan antl::uado y trivial
como t-1 programa romántico de los «poemas sinfónicos». Añadamos como
inciso que solamente van en Espaf!a más allá de eso Manuel de Falla y Osear Esplá. De los músicos posteriores a Strawinsky, ninguno que yo sepa
puede llé,marse discípulo suyo. En rigor, alguno puede haberle sobrepasado en la agresiva exteriorización de sus inspiraciones; pero me parece que
nadie en su pafs ha aguzado más que él su sentido estético. La influencia de
Strawinsky se ejerce más en Francia, en Inglaterra, en Italia y en Espai'la
que en la misma Rusia. Los dos músicos jóvenes de Rusi~, Sergio Prokofief
y Nicolás Roslavetz, no han tenido aún tiempo de llegar a esa fina depuración del último Strawinsky, alquitaramiento que, como en Ravel, casi podía
llegar a considerarse como una cristalización académica, en su noble significado.
Hay aún en ellos ciertas confusiones, especialmente técnicas, de procedencia scriabiniana, ambiciones de trascendencia estética contrarias tanto a
Strawinsky como a los •seis• franceses; pero estas ambiciones no son nada
«literarias•, sino puramente musicales, acercándose en esto a Schoenberg y
a algunos italianos, que son tambien simpáticos a los jóvenes fran~eses. Esta
atracción, sensible en Roslavetz, no lo es apenas en Prokofief, cuyo furioso
anti-occcidentalismo corre parejas con su feroz vocabulario y lo agresivo de
sus modos de expresión. Este indómito autor de la Suite escita se une al
Strawinsky del Sacre du Primptemps, en cuanto a nacionalismo «sustancial&gt;. Y, sin embargo, acepta sin grandes protestas los bastidores europeos
de forma, como hicieron los músicos viejos de su país de los que antes se
habló.
Roslavetz prefiere los pequeftos moldes de la música de cámara. Partida -

,

211

�LA PLUMA
rio, al parecer, de un cierto impresionismo constructivo, su música no es tan
rebelde como la de Prokofief; pero en cambio, no tiene su poder rítmico, y
su poco agradable colorido no va suplido por lo enérgico de la expresión,
má!: bien incierta, nebulosa, tefiida de una incertidumbre mística y visionaria.
Algún escritor ruso considera a Nicolás Myaskowsky como representativo
de una «derecha&gt; moderna, y a Miguel Gniessin como el de una «izquierda&gt;
strawinskista. Lo poco que de ellos conocemos nos hace mirar con escasá
confianza esta opinión; más viejos ambos que los otros dos músicos mencionados nos parecen también mtlnos representativos de una tendencia «actual&gt;, contemporánea, 1920. Con mayor simpatía mirábamos a otro joven,
Stantchinsky, que murió apenas comenzó la guerra sin hacer más q11e promesas, aunque bien atractivas. Se nos habla de otro Nicolás Oboukov
(sus Poemes liturgiques han hecho que un critico f~ancés le considere como
una especie de «Dostoiewsky musical&gt;), como del verdadero producto
«post-guerre&gt;. Acaso lo sea.
Hemos hecho omisión de un sin fin de nombres de menor interés al que
Roslaveti y Prokofief presentan para las consideraciones que guían estos
Apuntes. A la hora en que los escri bimos nos parece ver claro que el músico nuevo de Rusia, posterior al vendaval guerrero, el músico de 1920 es
todavla lgor Strawinsky.

ADOLFO SALAZAR

CMlSC&lt;::LÁ)'i&lt;::A)

' ' 1920
(libco inédito)

''

I

JAmocl
las rosas son la misma rosa,
¡amor!, la únz"ca rosa;
y todo queda contenzao en ella,
breve imafen del mundo,
¡amor!, la únz"ca rosa .
TODAS

....

-

2

(la verdad y Gtiünewa(d)
LA pena te defó
sin alma, como muerta.
Y te caúte, iºngrávi~a y pesada, entre los brazos
de quien te lastimaba,
en una concesión total de vzaa y muertt.

212

�LA PLUMA

LA PLUMA

¿Qué flor marchita
más tristemente bella así, az"ucena
de carne exacta y leve, dulce nardo de este mundo,
entonces casi estrella de otro mundo;
nardo de entre dos mundos?
No cuerpo con el alma en ascensión,
sino alma caída de cuerpo celestial
parecías allí, en el suelo negro
-mal tenida ;or brazos
que no te comprendían - ,
¡lunar de luna errante
sobre la miserable escoria;
lunar de luna errante!

J
Canción
COJEREMOSflores

y nos las daremos.
Los ¡adi"ós! serán
-¡alegres/para al punto vernos:
¡Qué qui"etos los OJOS
en tos OJOS grandes!
Besos porque sí.
214

¡Si'fendol
Los divinos árboles.
De oro será el río,
si"empre, aunque anochezca.
Si vamos al delo
por algo,
diremos: ¡Espera!
4
¡JlfISERIA del iºnstante!

Pensé destrozar todo
el diºvi'no trabafo de tantos días puros
-de tantas horas solas,
de tantos máJi"cOs mi·nutos
y de tantos segundos innni"tos-;
desbaratar en un instante, ¡ay!,
por inúti"l, por feo, por absurdo,
el camino de fue.

Y echarme al barro
miserable y con#nuo ...

Y dí gopes a bellas JºYªs fráfiles,
y maldife el amor y la hermandad,
y me gustó comer, hablar, dormir ...

�LA PLUMA

LA PLUMA

5

estío

'

¡EL salto!
¡Qué gozo en las blancas piernas,
gradosos brazos!

IJ

Debafo, el agua.
¡Son flores;
flores del prado y la carne;
secretos, voces!

sobre mz"s manos sangrientas
y aplastadas de las moles
que tienen que separar,
que soportar, que rafar,
hasta sacar la sonrisa,
la floredlla, la estrella,
la lágri·ma, la üusión!

7

Anoebeeee
(Beisa y agua)

Corri·endo, el agua.
¡Son lunas;
henas del cuerpo y del delo,
mufer desnuda!

6

líbet?tadoe
¡(ON qué dz1/i,cultad, tz"empo,
te voy robando tus foyas
-¡tantas foyas, tantas!,tus silendos-entre carro
y grz"to, entre bailoteo
y luz agria!¡Cómo brülan
216

\

RIILLOS tenues, puros,
en lo oscuro corren
-red plata en lo azul-,
trayéndome flores ...
-¡Ay, el agua eterna,
por la #erra negra;
la infinz"ta brisa,
por la sombra fría!··· Trayéndome estrellas;
y estoy en lo oscuro,
como un árbol lúgubre
nutrido de mundos.
217

�LA PLUMA

LA PLUMA
8

el solo amigo
No me alcanzarás, amigo.
Llegarás ansi·oso, loco;
pero yo me habré ya ido.

,v

~.

qué espantoso vacio
todo lo que hayas de_¡ado
detrás, por venir conmigo!

¡Madre mía, tierra,
sé tú siempre ;oven,
y que yo me muera!
- Y tú, mt"entras, madre
mía, con más frescas
hofas en las piernas.-

-¡Y

¡Y qué lamentable abismo
todo to que yo haya puesto
enmedio, si·n culpa, amigo!No podrás quedarte, amigo..
Yo quizás volveré al mundo;
pero tú ya te habrás tao.

~,

__; ¡

1

"'"e1

9

·-1

Pcímaoeea total
¡MADRE mía, #erra,

otra vez más verde;
más plena, más bella!
- Y yo, mientras, hifo
tuyo, con más secas
hofas en las venas.218

y

IO ·

AL lado de mi cuerpo muerto,
m·Z: obra viva.
¡Oh día
de mi' vida completa
en la nada y el todo,
-la flor cerrada con la abZ:erta flor-;
el día del contento de alefarse,
por el contento de quedarse,
-de quedarse por ale_;arse-; el día
del dormi'rse gustoso,sabiéndolo,por si'empre,
tnejable dormt·rse maternal
de la cáscara vana y del capullo seco,
al lado del eterno fruto
y ta in/i,nita mariposa!
JUAN RAMÓN JIMBNBZ

�LA PLUMA

leteas italianas.

(t)

Oiscuvso pt?e(ímínae.

Q

quiera, de una ojeada comprensiva y sintética, abrazar los
varios fenómenos y diversas corrientes de la literatura italiana del
día, sin asomarse un momento al pasado, a fin de indagar, aunque
no sea sino aproximadamente, las causas psicológicas e históricas que han
influido sobre los escritores de hoy, llevará a cabo un esfuerzo estéril. E1
p asado próximo está por entero lleno de un nombre, que fué asimismo
fenómPno moral y psicológico de toda una generación: nombre y fenómeno que se llamaron d'Annunzio. Este escritor, durante. un periodo
de cerca de treinta años, ha tenido nuestra literatura sometida a su férula,
impidiendo a otros escritores originales y fuertes el contacto con el público, y, por tanto, la luz de la fama. No parezca esto absurdo. La producción
de d' Annunzio en los años que corren del go al grn fué tan continua y·
férvida, que el público, y no sólo el italiano, de nadie más que de él se
preocupó. Únicamente cuando su producción se debilitó, y las crónicas,
empezaron a abandonarle, se oyó alguna otra voz; y no siempre voces
nuevas, frescas, del momento.
UIEN

(1) Inaugura hoy LA PLUMA su colaboración extranjera con una crónica italiana de Mario Puccini.
En poco más de treinta años de edad, puede Mario Puccini presentar una
obra que tiene valor sustantivo. En espera del libro Essere o non essere, que
está a punto de publicar, hablan por él dos volúmenes recientes: La Vergine e
la Mondana, novela, e I Bn"vidi, cuentos y narraciones breves;; hay en ambos
páginas rpuy bien logradas, trasunto de existencias humanas directas, vistas y
vividas. Mas acaso en obras como Jioville, de 1914, o en los p,1isajes y cuadros
de guerra publicados en uno de los cuadernos de eLa Voce•, Come ho visto il
Friuli, aparezca mejor que en esos antes nombrados, libros de público, ante
todo, la sensibilidad refinada y moderna, en el pensamiento y en el e-stilo, de
220

La fama de Giovanni Pascoli, de Giovanni Verga, de Alfredo Panzini, de Luigi Pirandello, de Adolfo Albertozzi, puede decirse que es de
ayer; y tened en cuenta que los tales son contemporáneos de d' Annunzio,
o desde luego bastante más viejos que él. Giovanni Verga, por ejemplo, que
es nuestro más grande novelista vivo, ha cumplido en septiembre ochenta
años. Cierto que su fama es más antigua que la de d'Annunzio; pero sus.
obras más fuertes, e incluso las dos maestras: I Mala voglía y Mas/ro Don
Gesualdo salieron a la luz precisamente cuando se delineaba el fenómeno
d'Annunzio; de suerte que sólo algunos críticos y un público restringido se
dieron cuenta de que Verga, con aquellas dos novelas, se unía de pronto
a la gran tradición manzoniana, fuera de toda escuela o programa. Apagada un tanto la fama de d'Annunzio, o por mejor decir, una vez acallada un
tanto la curiosidad de críticos y lectores en torno al poeta de los Laudi y
al novelista del Fuoco, en la aclarada atmósfera de la república literaria
italiana, surgieron casi de pronto algunos de los escritores hasta entonces
en la sombra. Mas, como sucede en los momentos de rebusca, presto se
cayó del énfasis d'annunziano a melancólica pobreza de tonos y sonidos. Los
poetas que antes habían imitado a d'AnnuAzio, repitiendo sus defectos con
mucha modestia y sin originalidad, se acercaron a los poetas de FrdnCia y
de Bélgica, a las 1zón famosos, a Jammes, a Maeterlinck, a Rodembach. De
los cantos heroicos se pasó, sin tránsito lógico, a los humildes cantos de
las cosas pequeñas y modestas. Pascoli, poeta, encontraba en tanto imitadores y lectores; y en la prosa narrativa empezábanse a silabear los
nombres de AUredo Panzini, de Luigi Pirandello, de Adolfo Albertozzi
este escritor italiano. Foville es, con justicia, en opinión nuestra, el más celebrado de sus libros; novela en que el accidente y el episodio tienen menos significación que la resonancia de los más leves acontecimientos exteriores en el
alma del personaje central; la dolorosa agudeza de ks impresiones y el indeciso fluctuar del alma adolescente son expresadas por Puccini en páginas de
segura belleza.
Actualmente sigue con atención la literatura española en los cuadernos de
la Rivista d'Italia. Sus crónicas de LA PLUMA tendrán, por tanto, a más de su
importanci;, particular, el atractivo que ha de comunicarles un escritor que conoce las letras espaiiolas y sabe cuáles son las corrientes que hoy dominan en
nuestro espíritu.
E. D. C.

•

221

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LA PLUMA

..
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....
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-

LA PLUMA

y de Federico De Roberto. Ahora bien, unos cuantos años antes
de la guerra hubo un verdadero despertar artístico, por obra, sobre
todo, de una revista batalladora, La Voce, de Giuseppe Prezzolini.
Esta hoja, de apariencia modesta, surgía de las cenizas de una revista noble y luchadora también, el Leonardo, donde habíanse adiestrado escritores originales y de fuerza, como Papini, Soffici, Cecchi, Borgese, Jahier, el
propio Prezzolini. Las batallas de La Vc,ce quedarán en nuestra historia literaria como un índice de renovación de las conciencias. Muchas famas, y
no ciertamente la última la de d'Annunzio, fueron discutidas con severidad
y justicia, y se dieron a conocer, señalándose a la admiración de los jóvenes, muchos escritores hasta entonces obscuros. Como la revista estaba
hecha por jóvenes y a los jóvenes hablaba, su éxito fué enorme. Contribu•
yó indudablemente a mejorar el gusto del público y a dar a los jóvenes
en formación una dirección coherente con los tiempos. Desaparecieron
,como por encanto, o quedaron adocenados los escritores falsos, los imitadores de d'Annunzio, los novelistas de vena fácil, y la atención de los lectores inteligentes se volvió al grupo aquel que, por imprimirse la revista
en Florencia, se llamó florentino . Papini, antes ignorado o poco menos,
fué buscadisimo, y los nuevos libros que escribía o los de antaño reimpresos, encontraron lectores a millares; Soffici, Jahier, Prezzolini, obtuvieron
-en poco tiempo notoriedad y fama. Pero la eficacia de La Voce no sólo
reverberó sobre los escritores de quienes la revista emanaba, sino que diremos que benefició a todos los artistas nobles de Italia, y más que a na-die a Croce, a Di Giacomo, a Panzini, a Lucini, a Chiesa y otros escritores
honestos y olvidados. Los jóvenes en ;ría de formación sintieron en sus pulmones un aire que no era el mismo que al nacer habían respirado, y casi
.automáticamente se propusieron algún problema !erio, y no los últimos, el
estilo y el conocimiento de sí mismos.
Incluso aquellos que habían sido arrastrados por la verbosidad de Marinetti y aceptado las cláusulas que Marinetti imponía a los adeptos del
futurismo, renegaron los dogmas del ruidoso jefe futurista por un arte menos eléctrico y tonante, más de acuerdo con su temperamento. Comenza•
ron, en fin, en tal momento a tomar cuerpo los pocos escritores que hoy
222

•

cuentan algo. Había, es verdad, el caso Gozzano, poeta enfermo de
tuberculosis, que, en pleno d'annunzianismo, había cantado con arte finísimo _pequeñas cosas tristes de provincia; el caso Lucini, poeta enfermo
también, todo cerebro, que había reaccionado, puede decirse que por sí
solo, contra el d'annunzianismo, y el caso Cena, poeta sobrio encerrado en
u~a vis!ón ~lásica y fiel a los antiguos ritmos; pero potente ~n la concepción e icástico en el estilo; los más de los jóvenes, sin embargo, y de los
~u~ Y~ no lo eran, buscaban todavía un camino a fuerza de pruebas, de
1m1tac1ones, de calcos.
Tal el período de ante•guerr~, que pudiéramos decir, aunque de transición, felicísimo; porque cada día marcaba un nuevo descubrimiento. Cier•
to que d~spués muchos jóvenes de aquel tiempo murieron en la guerra 0
reaparecieron después muy cambiados; no obstante lo cual quedan de algunos el nombre y tal cual pequeñ.i joya. Palazzeschi, Serra, Govoni Linati, Onofri, Pea, Cecchi, Jahier, Baldini, Cardarelli, Cicognani, Rébora,
Ungaretti, Saba, De Robertis, Pancrazi, Moretti, Boine, Moscardelli, etcétera, quiénes en un campo, cuáles en otro, despertaron no pocas esperanzas e hicieron en verdad pensar que se acercaba para nosotros también
una hora dichosa. Pero del mismo modo que mató La Voce, la guerra dispersó estas fuerzas jóvenes y bien dispuestas. De todas suertes, ese período, si no ha dado a Italia un gran poeta y un verdadero gran prosista, ha
apagado el énfasis, que habla llegado a ser la expresión natural de quien
hacía versos o novelas. Y mientras que de la guerra volvían inmutables,
Y aun con nuevas fuerzas en cierto sentido, los Soffici, los J ahier, los Baldini, otros jóvenes se libertaban de la imitación y volvían a la prosa y a la
~oesía con una simplicidad de medios de expresión y de imágenes que
sin duda alguna indicaban un progreso sobre los balbuceos de la anteguerra.
Pero los beneficios de la guerra no paran aquí. Aquella necesidad de
honradez y de orgullo, aquella inquietud y aquella ansiosa rebusca de la
J&gt;elleza, se reflejaron, como era natural, en todas las expresiones del ingenio, y aun puede decirse que en todas las esferas de la cultura. Las casas
editoriales, antes cerradas en torno a los autores propios, y deaicadas a ·
223

�LA PLUMA

LA PLUMA

un comercio tranquilo y metódico años hacía, buscaron fuera de Italia y
en lejanas épocas obras dignas de ser conocidas por el público curioso; y
mientras Laterza, de Bari, se convertía en editor de Benedetto_C~oce _y
de algunas colecciones perfectas como el f:~rpus ~e ~os Scrltton d /taita,
los Jtiloso.fi antichí e moderní y los Classzcz stra~teri, y ~arabba, de Lanciano de colecciones fáciles y modernas, a módico precio, como los Antíchí ; moderní, Scrittori n,,strí y Cultura delfanima (dirigida po~ Borgese
la piimera, y por Papini las otras dos), en las cuales velan la luz ignoradas
obras de otras literaturas y de la nuestra, Treves, Bemporad, Sandron,
Barbéra, Lemonnier, Lattes, Formiggini, Ricciardi, todas las demás grandes casas editoriales que pareclan encerradas de cincuen~a años atrás en
un programa inmutable, despertaron_ publi,ca~do obras de Jóven~s y de extranjeros, y acogiendo con sincera s1mpatta, mcluso a los escntores más

.. ,◄

...

-

J

audaces.
· d
La guerra entretanto hacia aumentar aut~má~came_nte las tira as.
Mientras antes de la guerra el editor italiano no 1mpnmfa smo 1.000 ó todo
lo más 2 _000 ejemplares de un volumen, durante la guerra, y despu~ sobre todo, !as tiradas se elevaron a un mínimum de 3.000 y a un máXJmum
de 6.ooo, y los libreros afirmaron que nunca como entonces habla estado
tan buscado el libro.
Por desgracia esta avidez no siempre era noble. Leían más ~os jó~enes,
si; pero leían más también las mujeres, los des~cupados, q~1enes Jamás
habían abierto un Libro y ahora lo buscaban por simple necesidad de entretenerse· de suerte que, terminada La guerra, y aún dura, comenzaron a
prevalece: sobre los buenos escritores los med_iocres, los que halagan los
bajos instintos humanos y escriben novelas fáciles, de lectura agradable Y
ligera. Cierto que no toda la producción actual es de ese género; que
casas editoriales como La Voce, de Roma (nacida por obra d_e Pr_ez~oh~1
• as de Ja anti'gua revista)·' Vallecchi, de Florencia; R1cc1ardi,
sob re 1as cemz
ú
de Nápoles; Treves, Bemporad y otros de la vieja guardi~, que dan al P a.
blico obras de arte y sanas tentativas; pero no es menos cierto que la m •
yor parte de los lectores se nutre de malas novelas _Y. cu:ntos menos qu~
mediocres. Para un libro de Alfredo Panzini, de Lmg1 P1ran_dello, de
zia Deledda, de Federico de Roberto o de Adolfo Albertazz1, que es sie •

~ª!

?:

224

pre una obra de arte digna y seria, ¡cuántos volómenes de conocidos o ignorados manipuladores de drogas eróticas no ostentan los escaparatcal
Algunos jóvenes, seriamente dotados, reaccionan, y se comprende, contra
literatura tal, fácil y adocenada. Y hay UD Marino Morctti, prosista de
raza, con una visión modesta, pero sentida, de la vida; hay un Michele Saponaro, que en sus no•elas, todo sol, hace vivir a sus campesinos puglieses con vigorosa sensualidad agreste; hay un Guido da Verona, escritor
que imitaba en sus primeros ensayos a d'Annuazio y que ahora ha encontrado su drama en una nostálgica rebusca de mundos y horizontes lejanos, •
y habla un Federigo Tozzi (muerto en Roma a los treinta y siete año1)
musculoso, sólido, el prosista más robusto que ha tenido Italia después de
Verga, y otros que es inútil recordar puesto que tendremos ocasión de
encontrarlos en nuestras crónicas futuras.
Jóvenes serios y fuertes no faltan, en fin, y mientras los Panzini, los Pirandello, los Albertazzi, es decir, los ya célebres y que tienen un público
fie,, continúan imprimiendo uno o dos libros al año, los escritores de
treinta años trabajan febril e intensamente y superan muchas veces a los
viejos en productividad.
Giovanni Papini, que durante cuatro o cinco años ha sido el ídolo de
los jóvenes, calla desde hace algunos; pero corren voces de que su silencio preludia un trabajo ferviente, su obra maestra. Esa lit~ratura fácil y de
tono erótico a que hemos aludido, tiene por ahora su centro en Milán
tanto que algún critico que la combate culpa de toda esta enfermedad literaria a la gran ciudad lombarda, que enriquecida con la guerra tal vez alimenta natural e inconscientemente el cáncer del erotismo. Nosotros creemos, sin embargo, que el mal es más profundo y que está menos localizado, y que debe buscarse más que en una ciudad, en toda la nación, a la
desbandada aún en busca de un apoyo firme y moral. Roma, entretanto
da prueba, literariamente al menos, de mayor seriedad, y algunas casas edi:
toriales surgidas en la capital en estos últimos años, primera entre todas
la de Arnoldo Mondadori, que es al par tipógrafo de finísimo gusto, parecen contraponer la seriedad de su obra a la fácil labor de las casas edito•
riales milanesas. Entre estas últimas, ha adquirido mucho crédito y públi-

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co la Vitagliano, dirigida por Cavacchioli, poeta y autor dramático de ágil
ingenio. Pero todos estos fenómenos y tentativas, repetimos, son transitorios y de prueba; y, por lo demás, lo que importa es que de veras nazcan
el gran poeta y el gran prosista, que hoy por hoy no aparecen aún en el
horizonte. Hay en Roma una revista, La Ronda, que lucha a su vez por un
principio de sana reconstrucción. Sus tres o cuatro redactores no hacen
las primeras armas y todos tienen grandes dotes de ingenio y preparación;
pero si el retorno a las fuentes clásicas que los escritores de La Ronda
propugnan es laudable, no me lo parecen tanto las prosas y poesías de
estos poetas, que escriben con fidelidad y nitidez italianas, pero que tienen
muy poco o nada que decir. Son ingenios bien educados y despiertos,
pero con la sola excepción de Baldini acaso, esterilísimos. De todas suertes la tentativa de La Ronda es un fenómeno ·de este trabajoso momento
histórico que no hay que olvidar, porque representa el esfuerzo, en una
hora de obscuridad, por mantener viva, aunque no sea sino con medios
pobres, de poco aliento, la luz de la tradición. Todo consiste en ver si nace,
mañana o cuando sea, el poeta potente que refuerce esa luz y la levante
más en alto.

MARIO PUCCINI

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lA AJY(lStAO flRJY(e eJi lOS JY(ARes CAÓtlCOS

.Ea amistad, firme en los mares caóticos,
-ola indecisa entre ser y no ser,
vagos vientos de versátiles rumbos,
impulsores de velas simultáneas,
tropel de nubes en flúido tránsitoes un frágil esquife zozobrante
en las aguas precisas de los puertos.
JORGE GUILLEN

teAtROS
lnaugut?ación de tempoeada
en efecto, el espectáculo dentro del espectador? Bien puede ser que
haya algún aforismo cierto. La3 circunstancias concurren a evidenciarlo a nuestros ojos, por lo que hace a los teatros de Madrid. Volved la
vista atrás en cuanto alcanza vuestra memoria de los fastos teatrales y
convendréis conmigo en la fatal vulgaridad de afirmar la excelencia de cualquier tiempo pasado sobre los que ahorá, más que correr, se arrastran lánguidos. Un dilema se ofrece a nuestra consideración: o es mustio collado,
en verdad, lo que fué Itálica famosa, o los campos de soledad que Fabio
con dolor contempla no son sino la ruina del propio ánimo, mejor dispuesto antafio a distraerse con mentidas ilusiones. .,El caso es que la solemnidad ritual de que aparece rodeada en nuestro recuerdo la inauguración
de la temporada en los teatros ha perdido todo prestigio, y apenas si solicitan nuestra atención las falaces promesas que los carteles pregonan por
las vallas de los derribos .
No hace tantos afios que la apertura de la Comedia, precedida de profusos programas con la efigie fotográfica de la primera actriz coquetonamente apoyada en frágil góndola de boudoir, suscitaba nuestra avidez por
asistir a los estrenos en que había de seguir luchando con la indiferencia
del público pagano-profano-e\ autor que entonces significaba la europeización, por decirlo así, de la escena espaflola; europeización que consistía en imitar el amsiente bulevardero, favorable a las toi'lettes del modisto
Antoine, con que realzaba su natural encanto la susodicha primera actriz.
Hoy, clasificado ya aquel dramaturgo innovador en el primer puesto de
una escala de mutuas claudicaciones con su público actual, desaparecida o
punto menos aquella primera actriz, la inauguración de la Comedia ha ido
perdiendo poco a poco el ficticio empaque de que se envaftecia el circulo
STÁ,

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227

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estrecho de sus abonados, hasta perecer del todo a manos del Sr. Mufioz
Seca, principal proveedor de la casa.
Se me antoja, sin embargo, que en tal desmerecimiento hay alguna ventaja para el arte, por más que pueda parecer paradójico lo que digo. 8s
ésta: creían antes los Intérpretes del Sr. Benavente, ponio por caso, que
estaban representando comedias cuasi divinas en fuerza de humanas, lo que
no era cierto. Los cómicos condenados a aprenderse los papelones del seftor Muftoz Seca saben que aquéllo no tiene sentido común. Procedimiento
exclusivo para ir discerniendo cuáles son las obras buenas.
1 Y conste que, en punto a las llamadas astrakanadas, discrepamos de la
mayor pane de cuantos críticos y gacetilleros ilustran nuestro desayu~o
con referirnos el resultado del estreno de la noche antes. Es decir, de qmenes se pronuncian, ante las comedias del Sr. Muftoz Seca, en contra del
género grotesco. De una vez, y para siempre, nos complacemos en afirmar
que entre una atrocidad del autor de El rayo o un bombón empachoso,
mal oliente a perfumer~a barata, de los que con :a.moroso empefio co_nyugal
nos sirve con torpe insistencia el ~utor de Cancion de cuna, prefenmos la
producción del hijo predilecto del Puerto de Santa Maria. Claro que el seftor Mufloz Seca parece hallar un gusto especial en revolcarse en la barbarie
seftoritil que le ofrece el público de la Comedia. Pero la farsa es un género
literario siempre más digno que las ñofieces escritas pensando en los padres
de las hijas de familia.-Las hijas suelen tener un gusto más cerca del bueno cuanto más natural.
Es posible, pues, que el Sr. Escudero, que, en legitima defensa de sus
Intereses de taquilla, tan diver~os gé~eros ha ensayado en el.teat_ro de q_ue
es empresario, no haya procedido guiado de la menor conve~1e~c1a artística
al imprimir a la Comedia el carácter que lo disting-uia estás ultimas !emporadas. Pero había conseguido formar un cuadro de Compaflfa bufa cien veces mejor como escuela de actores, que las hechas ai manerismo verista propio de lo~ de Lara, feudo por derecho de conquista del Sr. Linares Rivas,
verdadero representante de la beocia espaflola contemporánea. El Sr. Escudero ha prescindido este afio de las primeras figuras de su Compaftia por
cuestiones de índole económica, en que toda la razón estaba de parte de los
actores. Ha contratado otros más jóvenes y ha ascendido merecidamente a
algunos como la seftorita Redondo, lindísima, graciosa, y que tal vez sea
de tas p~cas damas de que podría hacer una buena actriz un director artí~
tico que tuviera alguna idea de las posibilldades del teatro moderno. Lástt•
ma que, como es de temer, se malogren esas esperanzas con representar
comedias sin sentido.
No es fácil, por otra parte, ballar un director artístico que tal nombre

LA PLUMA
merezca. Desde que el Sr. Martfnez Sierra se dedicó de lleno al pingüe ofi.
do de mixtificador teatral, amparado ante el público tras el éxito de la excelente ingenua Catalina Bárcena, se ha puesto de m~ el que las CompHfas
se anuncien dirigidas por un literato. Apenas•si se aprecia resultado propicio para el arte. El pabellón, lejos de cubrir la mercancía, arrastrado por las
tablas se mancha, o se descolora cuando menos. Leed los carteles de la
temporada recién abierta. ¿Qué ofrecen, no ya de sugestivo, de meramente
decoroso?
Se ha descentralizado de pocos aflos a esta parte el arte dramático espaflol, en cuanto los teatros de provincia se ven más frecuentados por los
primeros actores y actrices que, erigidos en capitanes no bien oyen el pri•
mer aplauso de la claque en un muús, constituyen en torno suyo un eúnco
de aprendices y se lanzan a representar un repertorio trasnochado. Imitan
semejantes_Compafilas el procedimiento usual en las italianas que antafto
nos visitaban asiduamente de paso para América. Imitación que trae consigo, claro está, el defecto característico de aquellos cómicos: la propensión
a exagerar el tipo central del protagonista, en detrimento del conjunto escénico, sin que, por otra parte, nuestros actores sientan la misma neceslda&amp;
de renovar el repertorio, antes bien repitiéndolo precisamente en cuanto tiene de deleznable, sólo porque la maestría de un Novelli o de un Zacconi
ilustraron la representación de un Papá Lebonnard o de un Oswaldo.
Y no se me escandalice el lector al ver equiparados personajes taR dispares. El Oswaldo de Los espectros que representan nuestros cómicos adolece de la grave enfermedad con que lo deformó, ¿para siempre?, a nu~stros
ojos la genialidad de Ermete Zacconi. Tal como se hace desde que lo mterpretó este gran comediante, el drama de lbsen puede alternar en el cartel
con La carcajada, pongo por melodrama. El público, sometido al error de
los actores, no ve más que la imitación repugnante de una parálisis progresiva. Se siente sobrecogido como cuando en la calle se detiene a contemplar
los espasmos de un accidentado. Habrla una manera fácil de probar mi opinión. Bastaría repres~ntar la obra sin primer actor, con cualquier galán joven discreto, desempeftando, en cambio, una primera actriz el papel de la
madre. Tal vez el drama recobrara su virtud perdida.
En la confusión ayuna de todo criterio con que comienzan este año los
teatros de Madrid, presa los principales de Compa~las de paso, atenta~ tan
sólo a la seguridad de las buenas entradas del domingo por la tarde, sm la
menor preocupación por dar a su trabajo una dirección ordenada, obsérvase, no obstante, un curioso fenómeno: la coincidencia en querer honrar la
memoria artística de D. Benito Pérez Galdós-tan a duras penas soportado
por los directores artísticos y empresarios en vida del maestro-dando

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pomposamente el nombre de homenaje a la simple representación de aquellas de sus obras que menos necesitadas estaban de una revisión, bien porque el públko háyalas recibido siempre con aplauso entusiasta, ya porque significaban en su labor no tanto el punto culminante de su batalla con
los espectadores habituales de los teatros, como la propensión a condescender, en menoscabo de la propia personalidad, con ciertas prácticas viciosas
de la época. Ni Borrás, ni Morano, ni la sefiorita Palou han intentado una
representación cuidada de Realidad, de La fiera, de Alma y vida, atentos exclusiva y equivocadamente al lucimiento personal que supone el hacer los protagonistas de El abuelo, de Amor y Ciencia, de La de San Quintín. Hora es ya de que vayan enterándose los directores de que, no obstante la excelencia de los dramas y comedias de D. Benito Pérez Galdós sobre
los de su tiempo, en el mundo hay más, y, sobre todo, de que es sobremanera ridículo el jurar en vano por su glorioso nombre, y sacarlo, como el
cuerpo momificado del santo Patrón de Madrid, en abono de la propia holgazanerfa artística.
·
¿Cómo ha respondido el público a las insinceras solicitaciones que con
motivo de la inauguración del Centro, de la Princesa, de Eslava.se le han dirigido en sueltos de Contaduría y recensiones oficiosas? El público ¡e ha limitado a ir al teatro, sin más, pervertido por su afición a ver los cómicos,
no las obras, que en la constante feria provinciana que es ahora Madrid, se
sostienen en los carteles un número de veces más en relación con el censo
de forasteros que con su mérito literario, o con el gusto-de los espectadores. Sin embargo, menester es confesar el deprecio de la producción sentimental, de la alta comedia, como se decfa hace algunos afios, que se observa con la vuelta al teatro que en términos generales podemos llamar
romántico, clasificación que damos aquí en su sentUo más amplio, y que en
el repertorio qae estos días se hace, tanto lo representa el drama de Víctor
Hugo con que abrió sus puertas la Latina-tan favorable por su situación
a un ensayo de verdadero teatro popular-como el Don Alvaro, los amantes de Teruel, el Cyrano del Circo de Price, o las pellcultu habladas del Cómico. Refúgiase la comedia burguesa en Lara y el Infanta Isabel, campa la
opereta infecuada en el Reina Victoria y la Zarzuela y agoniza el género
chico en Apolo y los teatroa de barrio.
¿Será cosa de cantar unas honras por la eterna salvación del género chico? Sea. Pero con una condición, con la de que esté de veras muerto. En
pleno florecimiento del sainete lírico en Apolo, cuando había en el teatro de
lá calle de Alcalá una Com pafifa tan adecuada a las obras que se hacían en su
escenario, que sus primeras figuras fuera de aquel marco no han prosperado
artísticamente, la alta crítica discutía en serlo los engendros de D. José

LA PLUMA
Echeiaray, y menospreciaba los cuadritos de D. Carlo~ Arniches. Nos amenaza el peligro contrario. Es posible que de la Restauración a láfecha el mayor
precio de la literatura dramática espafiola esté en los pequeftos modelos de
o Ricardo de la Vega. Ahora bien; desde que el achabacanamiento d~I gén~ro inundó Espafia entera de chulos sensibleros exportados de Madnd en
piececitas de hora, de cuya sensibler!a ~ueda~ ¡~7! nefand~s rastros en boca
de tas tonadilleras al uso, dió esa publica opm10~ que se 1_mprovisa e~ las
redacciones de los periódicos en considerar el s~mete cas:tzo con la misma
actitud prosopopéyica que una novela de D. R1c~rdo Leo?, valga por E~paña tradicional, y combinado todo ello con las fiestas sat~etescas, las peinetas, las mantillas, el Goya de cuadro vivo, lo_ falsamente pmtore~co en fin,
se ha inventado una aureola absurda a un~ ltteratura! c~yo ménto era la
simplicidad, la gracia popular, el buen sentido de lo com1co..
Muy bien nos parece, por tanto, que ~I grupo de •Amigos de Vallelnclán&gt; que tiene anunciado para este invierno un ensayo de teatro docente, es decir, dirigido a intentar una restauración de la buena literat~ra ~n la
escena, se proponga comenzar sus tareas r~presentando ~r~ actos s1gmficatlvos de una estética modernísima, depuracton de un clas1c1smo generalmente ignorado como tal: La guarda cuidadosa, de Cervantes; el Manolo, de
D. Ramón de la Cruz; El hombre del destino, de B~rnard 5haw.
. .
La concisión, la brevedad son notas caracterfsttcas del actual mov1m1ento artlstico en todos los órdenes; un drama de Shakespeare ?ºs parece _más
una novela que una obra escénic~. De ~u~vo cobra oportuntdad la antigua
discusión entre clásicos y románticos, s1 bien los térmmo~ en q_ue antaflo se
apoyaba estén hoy subvertidos. Será menester tantear, ~tscerntr !?ara ver de
hallar la fórmula de colaboración entre el autor dra111:áttco, sus tntérpretes
y su público. Esa colaboración no puede producirse sm una buena ~oluntad
y una buena fe de que carecen los empresarios, los autores, los cómicos, los
espectadores de los teatros abiertos en Madrid.

UN CRITlCO INCIPIENTE

231

210

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LA PLUMA

Ofos gcises
Me place mt'rar tus ojos,
porque mirándolos, veo
pat'sajes entrt'steet'dos
bajo encapotados delos,
con horizontes lluviosos
y con árboles escuetos...
Me place ver tus pupilas,
porque son vivo reflejo
de las mañanas de norte
junto al escampado puerto,
mientras combaten las olas
desgarradas por el viento...
Como los de los 'lttarinos,
qtu Jaben mirar muy lej'os
y descubrir en las rutas
más distantes los veleros,
ius ojos, grt'ses,profundos,
absortos, ausentes, bellos,
parecen estar mirando
a la distancia, un ensueño...
Por eso adoro tus ojos;
y aunque no me quieran elfos,
he de contemplarlos siempn,
porque mirándolos, creo
atravesar los paises
que son mi amor y están lq"os;
porque mt'rando tus ojos
vimen a mt' pensamiento,

un las tempestades /oroas
M los cantdbricos puertos,
los ancl,os mares de Islandia
bajo el reposo de inflierno...

.MARIA BNRIQUBTA

tnciso
.Amo a tas mujeres con cara de chico,
de nervz"os modernos y at're comercial
(la que hace cake/a esa me es igz.al).
&amp;usto de las damas del cheque§ del éter,
las que nunca olvidan que siempre es un rato
(la gatita tímida, esa... para el gato).
Adoro a la Eva de sensorio equivoco
que al amor prefiere el turbio amorío
(las z'ntelectuales de los eztrav{os).
Las que ,;on la borla de sus ojos dt'cen
qui morbo es la clave de nuestro apetito
cuales los resortes de nuestrDs delt'tos.
La mujer lzt'stn'ónica maquülada y frívola
que sabe angustiarme y sabe embrujarme

y sabe reirme y sabe engañarme
y siendo honorable es cocotte y artista,
de nervz·os actuales y aire comerdal,
la que nunca olvida que siempre es un rato.
( La gatita tímida para Don Torcttalo.
LA que hace caketa para Don Vital.)

ANTONIO BSPINA GARCIA

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A. de la Sota.-Divagaciones de un transeunte.-Con pró)og~ de Joaquín ~e

•u

llBROS Y ReDIStAS
.J. Moreno Villa.-Velázquez, con 39 fotograbados.-Colección Popular de
Arte.-Calleja, Madrid.

_

Sincérase el autor de esta interesante monografía en las Breves consideraciones -/inale~ de haber seguido, en gracia a la idea divulgadora de los editores

..

.. 1

de la colección en que figura, el camino tradicional en estudios más extensos
;as líneas c~onológic~s trazadas por el Sr. Beruete (padre), del que le separa l¡
mterpretación estética.
¿Cómo resume la suya el poeta Moreno Villa, sutil exégeta de Velázquez?
Dos tipos hay de pintores, según Wickoff: los que buscan la Naturaleza, lascosas, y los que buscan las impresiones de las cosas (naturalismo e ilusionismo).
El proceso de Velázquez va del naturalismo al ilusionismo, de sus primeros bodegones, en que aprendió a dar carácter propio, material, a las cosas, a sus cuadros _de_ apogeo, e!l que proyecta como un realista y pinta como un ilusionista.
Siguiendo la vida y obra del pintor desde los estudios de sus maestros sevillan_os Herrera y Pacheco a su postrera elevación al cargo de aposentador de
Palacio, apunta Moreno Villa la influencia innegable que en el carácter flemático de "."elázquez ejercieron Italia, los Países Bajos y, directamente, no obst~nte el mdocto no sepa apreciarlo, el Greco. De Velázquez en adelante, todo
pintor, en vez de copiar la realidad, inventa un convencionalismo para dar la
impresión de lo que ve. Deducimos, pues, del ensayo de Moreno Villa que ese
punto de culminación del arte pictórico qqe señalan el retrato de Inocencio X,
o Las meninas, estriba en que resumen la composición clásica, a la que añade
Velázquez la pintura de la atmósfora.
Nos parecen discutibles algunos curiosos extremos de la teoría que Moreno Villa extrae de la contemplación del gran pintor español. Tal, por ejemplo,
la negación de cierto sentido irónico en el Esojo y el Menijo del Prado. Agudísima nos parece, en cambio, la observación relativa al estatismo de los Borra-

chos-cóacanal paralftica&gt;.

C.R. C.
2,94

• **

Zuazagoitia.- Ilustraciones de Aurelio Arteta. -Editorial Vasca. - Bilbao, 1920.
cSi yo acertara a dar a las cosas un aire importante, podía titular este ~r_ólogo cDe:cómo descubrí un humorista&gt;, nos dice D. Joaquín de Zuaza_go1ba.
cEsperemos que estas y otras muchas páginas-aún no escritas-de Aleian_dro
de la Sota sean con el tiempo como los pequeños anales de nuestra generación,
de esta generación unida, como pocas, eR un mismo amor hacia su pueblo Y en
un mismo deseo de su engrandecimiento espiritual.&gt;
Las crónicas recet::idas en las Divagaciones de un transeunte nos muestran a su autor como hombre joven, simpático, fino, de mundo, del verdadero
gran mundo. A través de sus páginas, veréis que no pr_etende deslumbraro?,
abrumaros ni imponer su gravedad sobre nuestro descuido. Mas ta_mp?co solicitará constantemente vuestra risa, ni el disloque de vuestra adm1rac1ón ante
paradojas, chistes, ocurrencias más o menos literarias. Es simplemente_ un observador amable de su pueblo, a la vuelta del extranjero. Un hombre b;en edu_cado, en toda la extensión de la palabra. Ni os dirá todo lo que sabe as1 de primera impresión, ni ocultará su afición por descubrir en las cosas m~nudas, en
la vida diaria d~ su pueblo, cierta trascendencia, apenas apuntada, Jamás traspuesta en exageradas hipérboles.
.
Adolece su estilo de localismo, inevitable acaso, pero aun eso le da c1crt&lt;&gt;
gracioso desgaire, que, lejos de irritarnos, nos seduce por su lige~eza. ~• lo que
es más, se advierte en todo el libro un sincero deseo por hallar hteraname~te
la fórmula, encontrada ya por el magnífico dibujante Arteta, cuyas ilustra~10nes, sobre todo la que acompaña a la dedicatoria, rev~lan esa p~rfecta unión
de la tradición clásica con la emoción del momento, mconfund1ble sello del
arte grande, del Arte simple.
c. R. c.

Eugenio D'Ors.-Glosas. Páginas del Glosario de Xenius (1906-1917).-Versióo
castellana de Alfonso Maseras.-Biblioteca Calleja.
Nada menos que cder Socrates des modernes SpanienS• cuenta el trad11;ctor
de estas Glosas, que llamó a Xe:iius un crít_i~o alemán; de «sumn~a d~ los tiempos nuevos&gt; parece que las calificó un cnhco francés. «En el 1ardm de Academo ha aparecido el prescriptor por excelencia, p~nsado_r y poeta a la vez,
moralista y rápsoda, constructor y conductor, a u!1- mismo tiempo, de un pueblorejuvenecido. Este prescriptor, este filósofo y artista, este constructo:. Y normalizador es nuestro Eugenio D'Ors•, dice su introductor al lector espanol, D. Alfonso Maseras.
Semejante ditirambo nos parece excesivo y desde luego induce a que el lector se prevenga en contra del libro. Eugenio D'Ors, ha hecho popular en Barcelona, desde las columnas de La Veu de Catalunya el seudónimo_ de Xenius,
con que ha firmado diariamente, durante algunos años, el GIDsari de que nos.
235

�LA PLUMA

LA PLUMA

....

ofrece ahora la Casa Calleja escogida muestra. El suceso cotidiano, la noticia literaria, el acontecimiento internacional, hallan en Xenius un comentador siempre agudo, justísimo a veces, y (l,rbitrario las más. Arbitrario se proclama el
propio Xenius en un sentido filos6fico. Las pretensiones filos6ficas de Eugenio
D'Ors son quizá el motivo de que la lectura de sus glosas no despierte entre él
y nosotros esa corriente de simpatia que precede a la captaci6n del lector por
parte del autor de un libro. No pretendemos discutir su sistema; es cosa que
DO Dos compete, ajenos como somos al cultivo científico de la filosofía. Pero
hay en la literatura de Xenius, pese a su deseo de universalidad, un sabor inconfundible, que para cuantos no han nacido en el Principado, le sitúa en su
verdadero lugar: el sabor catalanista. Ese sabor, al par que le confina dentro de
la Mancomunidad política en cuyo servicio, tan mal correspondido en fin de
cuentas, se han malgastado basta ahora los más puros anhelos de Eugenio
D'Ors, hace desmerecer su obra, en la cual se adviene esa desproporción entre la apariencia y el fondo, característica de muchas obras del separatismo, literario o no.
Por lo demás, ¿cómo no estar de acuerdo con la teoría clásica que Xenius
pregona en contra del sentimentalismo romántico? Es muy posible que en líneas ge.e.erales aceptemos su programa literario, ya que no su tono magistral.
Valdría la pena de estudiar comparativamente la influencia de Xenius en Cataluña y la del señor Ortega y Gasset en tierras de Castilla; influencias que no
sabemos si serán tan divergentes como la direcci6n respectiva de sus corüeos,
pues Xenius aspira a la serenidad clásica y el señor Ortega se anega en barroquismo.

c. R. c.
Strindberg.-Et viaje de Pedro, el afortunado. Traducido del sueco por Rafael
Mitjana.-Colección Grnnada. Jiménez Fraud, editor, Madrid.
La personalidad literaria de Strindberg es aún poco conocida entre nosotros. De sus numeresas obras, creo que es esta la primera que se traduce al
castellano. El viaje de Pedro, el afortunado, a través del mundo de sus deseos
para hacer la experiencia de la vida, llevado por el ímpetu de una juvenil generosidad, es ameno, interesante, satírico y tiene un desenlace moral. Resulta
pues, un viaje... entretenido. A pesar de t&lt;,&gt;dos los desengaños que el héroe sufre, la vida sigue llamando ardientemente a su corazón; y el mundo continúa
poblado para él de cosas maravillosas, llenas de ir6nicas significaciones, que
dialogan entre sí, animadas por una superabundancia de energía.
La belleza de la obra de Augusto Strindberg me parece que radica no sólo
en la espontaneidad y viveza del diálogo, ni en el sostenido movimiento de la
acci6n, rápido como el vuelo de la fantasía, sino en el espíritu que la informa,
optimista, de confianza en un más allá mejor. El caso de un hombre que pretende realizar la felicidad, individual o colectiva, y fracasa, y que encuentra su
salvación en sí mismo o en el amor, aunque lo último sea tan difícil como el
ll6

propio autor nos dice, es ciertamente un caso que ofrece poca novedad. Lo
que nos interesa de todo ello es la fácil resignaci6n con que el héroe acepta las
lecciones de la experiencia y el entusiasmo con que acomete nuevas aventuras, puesta en alto la espada de la esperanza, cuando aún no se ha repuesto de
los descalabros que acabara de padecer.
La traducción ha sido hecha por Mitjana con gran respeto al original, según se desprende de las r.otas que la acompañan en un castellano correcto y
sobrio. Un estudio literario de Strindberg la precede.
J.A.P.

*

* et*nofl•e temjs.-Un volumen. París, ChiLes amia de Proudhon.-Proudlwn

ron, 1920.
En los primeros años de este siglo las enseñanzas de Proudhon, eclipsadas
por la difusi6n del marxismo, recuperaron la atenci6n de algunos sociólogos y
economistas franceses considerables, y fueron «utilizadas• por antidem6cratas
militantes, venidos de campos opuestos. Se form6 un grupito de gentes (radicales, socialistas, sindicalistas) que tenían de común su amor a Proudhon, al
país y a su tiempo. Se constituy6 también un Ce,·cle Proudhon, donde algunos
teorizantes del sindicalismo revolucionario y los más notorios propagandistas
del nacionalismo integral colaboraban para extraer de los escritos de Proudbon
un sistema, o siquiera argumentos, cuando no diatribas contra la democracia,
Los trabajos de aquel Cercle nos han dejado, por lo menos, un volumen: Ca/ziers du Cercle Proudhon (París, Nouv. Lib. Nat., 1913). Los «amigos de Proudhon, , que pretenden servirse del espíritu proudhoniano para ayudar a la democracia francesa a reorganizarse, no para conducirla a renegar de sí misma,
han empreudido la publicación de una serie de monografías en que se estudia
el pensamiento del fil6sofo en función !le los problemas de reorganización social derivados de la guerra. En este volumen de que hablamos colaboran
MM. Augé-Laribé, Berthod, Bouglé, Guy-Grand, Harmel, W. Oualid, R. Picard,
G. Pirou y J. L. Puecb. El valor del orden político frente al econ6mico y profesional, la formación de una ideología de la tendencia revolucionaria, la enseñanza técnica y la organizaci6n del taller, el socialismo y los problemas agrario~, y otras cuestiones del día se ilustran en este librito con la aportación de
las doctrinas, planes y previsiones de Proudhon acerca de ellas. Nos han interesado especialmente el estudio de M. Pirou (Proudlzonisme et Marxisme), que
al revisar el pensamiento de Jaurés, tentativa de conciliaci6n entre Proudhon
y Marx, rehace con brevedad un capítulo de la historia de las ideas socialistas
en Francia antes de la guerra; el de M. Puech (Proudhon et la guerre), que restituye su sentido exacto a la filosofía de la guerra de Proudhon, de quien se
había intentado hacer un apóstol de la violencia, y el de M. Bouglé (Proudhon
fédéraliste), que admite como problable un ensayo de soluciones federativas
por reacción contra los resultados de la concentración política y econ6mica,
reprobadas por Proudhon. Nos placería ver restaurados en España los estudios
proudhonianos, puesto que el pensamiento de Proudhon habría de ocupar en
una historia de las ideas de nuestro país en el siglo xix un lugar importante,
M.A.
237

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LA PLUMA

Reviata de libros.-Enero- .11arzo rpzo.

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En el ambiente morbosamente antiliterario en que se asfixia la vida española, una revista como la que Luis Bello dirige con tan acertada orientación es
elemento de primera necesidad.
No obstante el retraso, ofrece este último número singular interés. Y de
entre la lucida colaboración crítica, destácase especialmente a la consicteraci6n
del lector un artículo, muy sugestivo, del propio Luis B~llo, sobre La n011el#I
rus• 1n España.
El tema es por demás atractivo. De las innumerables traducciones de que se
surte, con exceso, a nuestro entender, el actual mer,:ado de libros, las novelas
rusas llévanse la palma en el favor del público. Es natural que así~ea. Bastaría
la revolución social de Rusia para justificar tal curiosidad. Luis Bello atribuye
gran parte d1&gt;l éxito a lo que pudiéramos llamar el dinamismo iliterario de la
literatura rusa, a su aparente falta de composición, a su bárbaro naturalismo, o
ausencia de las cualidades clásicas de la novela francesa.
¿Hasta qué punto es esto cierto? Y, dado que lo sea, ¿hasta qué punto puede
,ser beneficioso? Se cierne sobre la literatura española un grave peligro, el del
hechizo eslavo, proverbial en todo el occidente- de Europa de tiempo atrás. Aficionados como solemos ser a tomar, cual vulgarmente se dice, el rábano por
las hojas, es de temer una reacción antiliteraria promovida por los :r.isrnos lite•
ratos, iafluídos tal vez del exceso de intelectualismo que en Francia, por ejem
plo, se observa, pero que en España ha de·tardar todavía muchos años en constituir un mal cuyo remedio sea la invocación a la barbarie.
Luis Bello no hace más que plantear, en esta primera parte de su articulo,
tan considerable problema. Creemos que es cosa de meditar las consecuencias
-de abrirnos incautamente a la invasión del caos rus6filo. ·
C.R. C.

'*

* '· *México y sus luchas internas. Bilbao,
Libros recibidos.-Luis F. Seoane:
1920.-Kahlil Gibran: El loco. Costa Rica, 1920. García Moage, Ed. «El Convivio,.-Alberto J. Ureta: Florilegio. ,Costa Rica, 1920. García Moage: Ed. «El
Convivio•. - Ricardo Fernández Guardia: La miniatura. Costa Rica, 1920.
García Monge, Ed.-K. Hamsun: Hambre. Madrid, 1920, «Editorial América•.E. Heine: Literatura alemana. ldem, íd.-W. Shakespeare: Ensuei,o de ur,a noche
de ve,·ano. Idem, íd.-E. ~escltanel: Las cortesanas griegas. ldem, (d.-D. F.
O'Leary: El Congreso Internacional de Panamá en I8Z6. ldem, (dem.-Vice~te
Lampérez. Los grandes monasterios espa,ioles. Colección Popular de Arte, Madrid,
Calleja.-Ramón Pérez de Ayala: Promete@, Luz de domingo, La caída de los
limones. Novelas poemáticas de la vida española. Biblioteca Calleja.
*

* *
Revlstas.-Hermes. Bilbao, septiemb1e.-Spanien.
Hamburgo, números t
y 3.-Hispania. París, junio.- Vida Nuestra. Buenos Aires, julio.-D1e Aktion
Berlín, septiembre.- Tlida. La Coruña, agosto.-España y América. Cádiz, sep·
tiembre.-España. Madrid.-.Revista de libros. Madrid, enero-marzo. -Pegaso.
Montevideo; julio.-Ariuitectura. Madrid, marzo.
2

238

Gacetilla.
Los preTlsores del poi:venir.-Se asegura que el Sr. Muñoz Seca, no
contento con inundar los esce11arios con las flores de su fecundo ingenio para
e dilatar el bazo• a las generaciones actuales, se ha precavido contra la esterilidad de la vejez. •Ahora que tengo talento-ha dicho a unos amigos suyos-escribiré treinta argumentos y los guardaré en un cajón, para hacer otras tantas
comedias cuando ya no se me ocurra ainguna intriga.• La anél"dota, aparte de
la amenaza que encierra, sirve para probar que el Sr. Muñoz Seca ha cceído
tener talento una yez en su vida.

***
Non voglio raggiouar niente di novo ...-Se va a dar en el Español La
Bofetada, de Novo y Colson. ¡Ahí nos las den todas! El director de la Academia
Española,deseoso de reverdecer los laureles de sus colegas, ha influ(do-dicenpara que esa obra se represente. Si el Sr. Novo, adelantándose al ejemplo del
Sr. Muiioz Seca, hubiese escrito hace treinta años dos docenas de comedias de
reserva, no estaría tan borrado de la memoria de los hombres. «He tenido doce
éxitos verdad en el teatro-dice el Sr. Novo en una página autobiográfica-;
pero sólo de una obra mía he logrado ver la rep1'ise•. Para disponernos a presenciar la de La Bofetada nos hemos acercado a un volumen en 4.º, de cerca
de 900 páginas, titulado Teatro de Novo y Colson, con prólogo del Sr. Fernández
de Bethencourt. El prologuista se disculpa con el lector en este estilo:
e Un muy sincero afecto, la fraternidad académica, una idea, por su parte, de
mis medios literarios, te lo aseguro, y por ti mismo lo verás, de todo punto superior a la realidad, parecen ser la razón única de esta sinrazón, que hace que
Teas al pie de este prólogo, o lo que result&lt;1re, el nombre de un modesto historiador... • Las razones que a juicio del prologuista justifican la publicación del
cTeatro• del Sr. Novo deben de ser las mismas que van a justificar la nprise
de La Bofetada: • ...los más de los que llenan de su producción nuestros teatros, en lo que les permiten y toleran franceses, belgas, italianos y hasta suecos y noruegos, o traducen descaradamente de los primeros, o piensan en francés y en francés hablan. La poesía nacional, no la remilgada, tísica, contrahecha y deforme de nuestro absurdo modernismo, apenas se refugia en tres o
cuatro, cuyos nombres simpáticos me cuesta mucho trabajo no estampar aquí
con todo el elogio que les es debido.• Tras el prólogo hemos leído La Bofetada. Es muy buen drama. En la imposibilidad de reproducirlo aquí todo, ofrecemos al lector, íntegra, la escena IX del acto I:
«MARQds.-¡Alberto!
ALBKRTO.-¡Padre!
MA11.GAIUTA.-¡Ah!
z39

�LA PLUMA

...
"l

l

~~ ¡·
. ")" ,1
►

1

¡

ALBERro.-¡Ellal&gt;
y un trozo de la escena X. Alberto, oficial de húsares, regresa de la guerra
carlista y describe una carga de caballería:
cALBERTo.-Mi puño vigoroso movió el acero como un relámpago lejos y
cerca, sin tregua ni piedad y en sangre tinto. La gente, acobardada, ensanchó
el cerco; lancé el caballo, y un jefe enemigo se interpuso. Empuñaba un sable
como yo; el furor le cegaba como a mí; sus ojos brillaban como los míos...
¡Plaza!, gritamos, ¡Plaza!, y nuestros aceros chocan y chispean prontos al quite.
De un tajo cercené su mano izquierda al par que él con su diestra armada deshizo la testuz de mi caballo.
MARQUÉS /muy agitado).-¡Caballos había muchos!
AtBERTo.-El mío me arrastró a tierra.
l'l!ARQUÉS (con ansiedad).-Pero un tigre salta.
ALBERTo.-¡Y salté como un tigre!&gt;
La crítica estuvo acorde al proclamar el triunfo del drama: •Todo el mundo
estaba conforme-escribía El hstandarte-en que la obra del Sr. Novo y Col•
son pertenecía a las que poseen el raro privilegio de acallar los gruñidos de
los descontentadizos, de los envidiosos•. Pero no lo estuvo al apreciar su tendencia: «El Sr. Novo y Colson-decía D. José de Laserna en Et Imparcial-no
fué anoche a plantear en el teatro Español ningún problema jurídico, ni sociológico, ni teológico, ni de ninguna clase, como viene siendo uso y costumbre
en estos últimos tiempos». Ea cambio, para el Sr. Ruiz Contreras: «Dos problemas tenebrosos perturban a todas horas nuestra sociedad, amenazando el
pedestal en que ésta se apoya: la familia. Estos dos problemas, enunciados
concisamente, se reducen a estas interrogaciones: Si el hombre duda, no ya del
amor de su mujer, sino de la concepción de su hijo, ¿cómo .se cerciora?, ¿cómo
castiga? Si el hombre, seguro de la concepción de su hijo, no fía en la pureza
de su mujer, ¿cómo se decide,, ¿cómo perdona? En uno y otro caso faltarán
siempre definitivas pruebas. El primero de estos problemas ha servido al s.e ñor
Novo para escribir un poema tan abundante de verdad y poesía que seduce y
convence.,
Nosotros deducimos que la importancia del drama del Sr. Novo estriba en
haber propuesto un medio de prueba (cuando menos sorprendente), para cerciorarse de la «concepción del hijo»: abofetearlo.

AÑO l.

1

l\'.IADRID, NOVIEMBRE 1920

NÚM. 6.

Apuntes y canciones.

I

f.lCay una mano de niño
dispersa en la tarde gris,
o en la tarde gris se borra
una acuarela infantil.
tJtoño tiene en el sueño
un iris de abril.
...no sueñes más, cazador
de escopeta y galgo.
'1/a quiebra el albor.
241

�</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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