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1

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ALBERro.-¡Ellal&gt;
y un trozo de la escena X. Alberto, oficial de húsares, regresa de la guerra
carlista y describe una carga de caballería:
cALBERTo.-Mi puño vigoroso movió el acero como un relámpago lejos y
cerca, sin tregua ni piedad y en sangre tinto. La gente, acobardada, ensanchó
el cerco; lancé el caballo, y un jefe enemigo se interpuso. Empuñaba un sable
como yo; el furor le cegaba como a mí; sus ojos brillaban como los míos...
¡Plaza!, gritamos, ¡Plaza!, y nuestros aceros chocan y chispean prontos al quite.
De un tajo cercené su mano izquierda al par que él con su diestra armada deshizo la testuz de mi caballo.
MARQUÉS /muy agitado).-¡Caballos había muchos!
AtBERTo.-El mío me arrastró a tierra.
l'l!ARQUÉS (con ansiedad).-Pero un tigre salta.
ALBERTo.-¡Y salté como un tigre!&gt;
La crítica estuvo acorde al proclamar el triunfo del drama: •Todo el mundo
estaba conforme-escribía El hstandarte-en que la obra del Sr. Novo y Col•
son pertenecía a las que poseen el raro privilegio de acallar los gruñidos de
los descontentadizos, de los envidiosos•. Pero no lo estuvo al apreciar su tendencia: «El Sr. Novo y Colson-decía D. José de Laserna en Et Imparcial-no
fué anoche a plantear en el teatro Español ningún problema jurídico, ni sociológico, ni teológico, ni de ninguna clase, como viene siendo uso y costumbre
en estos últimos tiempos». Ea cambio, para el Sr. Ruiz Contreras: «Dos problemas tenebrosos perturban a todas horas nuestra sociedad, amenazando el
pedestal en que ésta se apoya: la familia. Estos dos problemas, enunciados
concisamente, se reducen a estas interrogaciones: Si el hombre duda, no ya del
amor de su mujer, sino de la concepción de su hijo, ¿cómo .se cerciora?, ¿cómo
castiga? Si el hombre, seguro de la concepción de su hijo, no fía en la pureza
de su mujer, ¿cómo se decide,, ¿cómo perdona? En uno y otro caso faltarán
siempre definitivas pruebas. El primero de estos problemas ha servido al s.e ñor
Novo para escribir un poema tan abundante de verdad y poesía que seduce y
convence.,
Nosotros deducimos que la importancia del drama del Sr. Novo estriba en
haber propuesto un medio de prueba (cuando menos sorprendente), para cerciorarse de la «concepción del hijo»: abofetearlo.

AÑO l.

1

l\'.IADRID, NOVIEMBRE 1920

NÚM. 6.

Apuntes y canciones.

I

f.lCay una mano de niño
dispersa en la tarde gris,
o en la tarde gris se borra
una acuarela infantil.
tJtoño tiene en el sueño
un iris de abril.
...no sueñes más, cazador
de escopeta y galgo.
'1/a quiebra el albor.
241

�LA PLUMA

II

'lf es una mañana
tan coloradita

como una manzana.

1

Prosper Mérimée nació el 27 de
septiembre de I803 , en Par{s,y murió en Cannes, el 23 de septiembre
de I870.

II I

0n el lagar, rojo vivo;
agua en la pera madura,
oro en los chopos del rfo.

IV
¡fMas... ya seca tos,
y las hojas negras
en el ventarrón/
V

{Jolpes de martillo
en la negra nave, .
la del galón amarillo;
y en los aros de un tonel
jocundo y panzón
para el vino nuevo
de tu corazón.

ANTONIO MACHADO

A

de verdad, no es posible; pero bien se alcanza que merece
algo más que estimación.Nada suyo nos inflama, y por mucho apego
que se tenga a nuestros autores excelentes, se puede muy bien no pensar
para nada en él, durante meses, a despecho de Carmen. Si por ventura
le hacemos objeto de nuestra atención, ya no nos deja en mucho tiempo.
Los recuerdos de su persona, tanto como la lectura de sus obras, diluyen una especie de irritación en nuestra curiosidad vivísima: no se llega
fácilmente a penetrar sus razones de ser; acontece incluso que no se le des- ··
cubre ninguna. Si nos esforzamos en aprehenderlo del todo, por alguna
parte se nos va, y el verle escaparse así, escurriéndose de nuestras manos,
nos colma de mal humor.
Parece que lleva máscara: quien le examine se convence de ello, y
busca por donde irá a asomar, como suele decirse, la punta de la oreja;
pero no se advierte rareza alguna en ella ni en la barba: la máscara
tiene tanta naturalidad que muy bien pudiera ser, al fin y al cabo, su mismo rostro. A veces se asoma a él una expresión en que, al parecer, su
corazón se refleja: cree uno haber sorprendido la intriga, tocar al 5n un
nudo; nada de eso: la trama es tan tupida que todas nuestras presunciones se disipan ante la superficie, sin perforarla.
MARLE

(1) M. G. Jean-Aubry nos favorece con este artículo, que se publica, al mismo tiempo que en LA Pwiu, en varias revistas extranjeras.
243

I

�LA PLUMA

-

A punto de cansarse de buscar, se aparta uno de tal hombre; pero
cabalmente su inmovilidad es lo que nos hace volver a él; sobre todo,
porque percibimos que no la finge, y que la reserva, e incluso el encogimitnto, le son tan naturales como pueden serlo a tantos otros la indiscreción y las efusiones.

.u
ti

I

**•
Hijo de un pintor académico, cuyo padre habla sido intendente, y de
una institutriz irreligiosa, viva, seca, a ratos pintora, le transmitió el uno
su espíritu ordenado, la prudencia normanda, la otra el odio a los curas,
cierto don para las réplicas, y la inveterada propensión a no poder enternecerse; ambos, la facultad de ver claro, de mirar con precisión, y esa
pertinacia particular, que ni los grandes ni el pueblo tienen, y que nunca
h a sido en Francia la virtud menor de los burgueses. Añádase aún la rigidez de hábitos, la tiránica puntualidad y la sumisión a los trastos caseros
que lo más a menudo convierten a un hijo de familia en un solterón
ocsde sus veinte años, y aún cuando se decida a casarse.
Sin embargo, cuida su espíritu y su vestir, con esmer9 elegante, aplica
su obstinación al saber, y acierta a dar a su prudencia el precio de las
amistades más firmes.
Esa elegancia corrige la excesiva rigidez que en otro caso hubiera
tenido su porte; no llega al cdandysmo• de un Delacroix o de un Eugenio
Sue; ni en el esplendor de la ju 'i'entud, adoptó aires de león; no muestra aquella «hermosura diabólica• que arrebataba en el joven Musset.
Esbelta es su apostura, pero se echa de menos en él la belleza del rostro,
la elevación del pensamiento y la dist\nción natural que realzaban la
alcurnia hidalga de Lamartine o de Vigny al rango de la primera nobleza.
Su vestir no tiene la elegancia intermitente del de Balzac, ni la extremada
a veces, a menudo dudosa, y siempre conquistadora de Beyle; es elegancia habitual, mesurada, sin ningún esplendor llamativo, y tan distante de
las exageraciones de la moda como de los usos rancios.
Un poco rígido siempre, no por eso parece militar; desde la juventad
244

LA PLUMA

despliega más bien un género de soltura semi-circunspecto propio de los
secretarios de Embajada que ya han dejado por los salones, con sus primeras ansias, sus primeros desaciertos. Hubiera podido vestir, sin parecer
ridículo, uniforme militar; llevó sin esfuerzo, sin creer en ellas, la casaca de
senador, la de académico; lo mismo hubiera llevado la de ministro, si hubiese amado o despreciado a los hombres lo bastante para pretender dirigirlos.
De la misma índole es la elegancia de su espíritu. Es su preocupación
cotidiana, y de recia estofa; nada le debe a la ambición, ni al afán de brillar. Si su certero golpe de vista o cierta acritud de su natural, han podido
hacer a menudo de Mérimée un hombre chispeante y valerle más de un
buen ~~• sirviéronle de distracción momentánea, más que de regocijo,
y su vida entera se nutrió del gusto de aprender para sí mismo. Supo latín, griego viejo, griego moderno, inglés, ruso y español, sin que a ello le
compeliese más obligación que la de su curiosidad.
De lo que sabe quiere saberlo todo, y no ve inconveniente en ignorar,
de lo que ignora, todo; si algo disimula, más es la extensión de su saber
que la de su ignorancia, disposición harto rara en el mayor número, en
unos tiempos en que cada maestro de escuela empezaba a creerse más sabio que Aristóteles, y tantos minúsculos ingenios se ponían a esparcir.
obligadamente, esa mitad de nada que constituye sus conocimientos.
En su espíritu, por bien provisto que esté y refinada que sea su elegancia, pone la misma discreción que en su vestir. No se le verá ostentar sus
dotes, ni, de espaldas a la chimenea, asumir con gracia remilgada el papel
de hombre diserto; dialoga recatadamente en el hueco de una puerta o en
uno de los rincones del salón, desde donde, de vez en cuando, dispara, alzando o bajando la mira y el tono, un dardo veloz y agrio. Son las flechas
que estrictamente necesita para proteger su retiro.
Por conservar siempre fría la cabeza, guarda en sus relaciones tanta serenidad de juicio como en sus burlas; no sufrió decepciones sino en la medida en que a veces se le antojó algo más que amistad; de la amistad, en
cambio, gustó casi todos los aspectos, no quizá los más amables; de fijo
los más segaros. No es vasto el número de sus amigos, pero todos de lo ·
2-45

�LA PLUMA
LA PLUMA

u
ti

más honorable y de provechoso trato, Víctor Jacquemont o Henry Beyle,
Jean-Jacques Ampere o Panizzi, o Turguenief.
Impone respeto a todos, basta a quienes le quieren poco, tratados por él
sin miramientos; incluso le agradecen su sinceridad, porque no le mueve
la envidia, ni la esperanza de recibir nada en cambio. Da lo que le place,
sin esperar ni pedir cosa al~una; sabe hacer un favor, gunde o chico, y
hacerlo con discreción. Si a veces se enoja, aún más contra si propio que
contra los prójimos, es que también se juzga con claridad y mide su capacidad lo mismo que la ajena. Su extremada carencia de entusiasmos e ilusiones, presta a su trato una igualdad perfecta que hubiese sido harto insulsa si no la hubiesen salvimentado los recursos y gracias de su saber.
Por lo demás, aunque su idea de los hombres es tan pobre, no llega a aborrecerlos; gusta un placer perverso midiendo sus defectos, y sabiendo de
antemano a lo que as{ se expone, resígnase a pedirles sólo distracción
para su aburrimiento. &lt;Por qué habrla de huir de los hombres? Ama el retiro, como todas las cosas, con moderación.
Exterior, modales, lenguaje, juicio, saber, sentimientos: por donde se
le mire es ccortesano cumplido•: mas no enteramente en el sentido antiguo. Víctor Cousín, que le trató, pero que era de esos filósofos de quienes Pascal ha dicho que no ven exactamente lo que tienen ante si, ha declarado que Mérimée era un ccaballero&gt;. Eso es, cabalmente, lo que no
fué, lo que le falta, lo que no puede alcanzar para que su figura sea grande o conmovedora, y nos arranque algo más que estimación.
Es, no un caballero, sino un «gentleman•; no por defecto de linaje,
que otros sin mejor abolengo: acertaron a ennoblecerse basta ese punto.
Para ser caballero hay que sumar a la distinción de la cuna o del ingenio,
la adhesión firme a una creencia, y hallarse pronto a darlo todo por ella,
incluso la vida; ya sea, como el cruzado, por el rescate de un sepulcro,
ya, si se trata de un ateo, en honor del amor, o por puro amor del honor.
El caballero puede, si se le antoja, ser anticuado, ignorante, incluso
insolente a ratos: el levantado corazón y los graciosos modales compensan las faltas; en este punto, acaso más que en otro alguno, es cierto que
la fe salva. Sin esa vasta fe, aunque se tenga toda la cortesania del siglo,
246

no se pasa de gentleman. Es el antiguo «cumplido cortesano• que viste a
la moda de Londres, y acepta los convencionalismos, los usos, el sastre
de fama y la tiesura; no importa haber nacido en París o en Manchester:
caballeros, Sbelley o Byron, pero tan sólo gentleman un Guizot o un Mérimée. En comparación del caballero, el gentleman es siempre un poco mezquino y escaso, se le ve muy tasado el paño, y que nunca olvida que es
imprudente gastar demasiado, inconveniente perder demasiado. El gentleman no ignora la cotización de los valores mundanales; su mengua es no
tener por verdaderos los que no están sujetos a medida, y poner respeto
en demasía allí donde fuera menester amor.

***
Nacido en el albor del siglo, un año después que Víctor Hugo, nace
para la literatura en el momento de florecer el romanticismo, hacia el que
ninguna de sus dotes naturales le inclinaba: puede incluso decirse qUie
todas le alejaban de él, excepto su afición al colorido y su don dramáti
co. ¡Pero cómo gradúa sus colores más sombríos, frente a las intemperan
cias de Dumas, padre, y de Hugol Y cuando más vivamente brilla, no va
a dar ni en la blancura de las palideces lamartinianas ni el abigarramiento
improvisado de las Orientales. Sin embargo, sabe mejor que nadie el partido que puede sacarse de lo exótico como trampantojo, y en el certamen
de imaginaciones pintoreicas en que rivalizan los románticos, les gana a
todos la partida, fabricando en unas semanas, sin salir de Parls, una supuesta colección de retratos, de impresiones y de poemas dálmatas; la
Guzla, con la que se dejaron engañar, entre otros, Goethe y Puchkin.
Hubiera, pues, podido cultivar la falsificación con más fortuna que la
cultivaron muchos otros: e, incapaz de experimentarlos, ostentar sentimientos descomunales, desencadenados, salvajes, a pesar de la cortedad
de su aliento y de la flaqueza de su pecho. Parece que si lo ensayó, fué
sólo para demostrar la facilidad del juego; y, siguiendo su inclinación más
cierta, cuando toca los grandes sentimientos, no es para inflarlos, sino,
todo lo contrario, para mondarlos hasta el hueso.

��LA PLUMA

LA PLUMA
corazón de las jovenzuelas educandas del convento; lo mismo que en
todo Le Carrosse du Saínt-Sacrement.
En l' Occasíon, la atmósfera del convento en La Habana, los estragos
que causa fray Eugenio el confesor, las rivalidades y las pasiones de aquellas niñas españolas, sus pudores y sus audacias, se evocan con tan fina
pincelada y tanta gracia que puede colocarse a la Mariquita de Mérimée
entre la Marianne de Marivaux y la Clara d' Ellebeusse de M. Francis
Jámmes. Por su parte, Le Carrosse es una obra maestra; merced a una de
esas ironías que no faltan en la historia literaria, el joven dramaturgo sólo
acertó de veras en una comedia, ágil y ligera como ninguna. Tanto acertó, que es de lamentar que no llevase más adelante la aventura, pues, entre
las tétricas rocas fingidas de su obra dramática y las piedras estériles de
sus documentos históricos, ese sainete brotó como flor hechicera, inesperada y solitaria.
Le Carrosse du Saint-Sacrement enlaza Les :feux de l'Amour et du
Hasard a ll ne fautjurer de 1 íen: la obra está llevada como jugando, tan
pronto sueltas las riendas, tan pronto tirantes; el secreto de este acierto
de Mérimée es que se atrevió a dejar e11 libertad aquel ingenio que tenía,
vivo y malicioso, fácil para acudir a sus labios, pero que parece haberse
ahogado, de ordinario, en su tintero.
Alguien ha tenido recientemente la ocurrencia de volver a representar
esta obrita, fracasada antaño en el Francés merced a los silbidos de espectadores demasiado presurosos en salir a la defensa de la religión, que suponían ultrajada. Asombro han producido su frescura, sus cualidades mil:
intriga ingeniosa, verdad en el acento de los personajes y sus oposiciones.
Desde la torpeza del secretario Martínez hasta la amorosa credulidad del
virrey, desde la cólera refrenada del licenciado y la untuosa benevolencia
de monseñor hasta la maulería de la Périchole, insinuante, desenvuelta,
humilde o arrogante, todo es seducción, hechizo y fantasía. ¡Por qué no
habrá escrito más a menudo con tan buena tinta! Allí queda lo mejor de
su juventud, del tiempo en que aún le parecía que ante la malignidad de
las mujeres, mejor es sonreír que lamentarse.
Al alejarse de la juventud, su mente apenas percibió en las maulas fe-

meninas otra cosa que los aspectos más sombríos, y empleó precisamente
lo mejor de su talent(• en pintar, con negros colores, a las mujeres, al mismo tiempo que deseaba verlas a su alrededor en grupo lo más numeroso
posible.

***
No le guardaban rencor. Muchas tuvo por amigas; las amaba asumanera, con interés, sin amor, como a niños temibles: se complacía en las
menudas atenciones, era muy obsequioso, pero se mantenía sobre aviso.
A decir verdad, le daban mied.:&gt;; siempre conservó algo de hijo único,
formal, que por temor al desenfreno no se atreve a dormir fuera de casa,
que se retira, empero, lo bastante tarde para regalarse con un poco de
licencia, aunque siempre lo bastante temprano para poder dar un beso a
su madre. Se empeña en pasar un poco por calavera; eso siempre seduce
bastante a las mujeres; pero no tiene gusto, ni salud, ni valor para serlo,
El miedo al engaño le retiene, y el temor a los arrebatos, temor burgués. Visita a las mujeres en su casa, pero sin morar jamás ~n ell~, Y en
cuanto a recibirlas en la suya, el solterón no lo tolera. Se las 1Dgema para
serles desagradable en la justa medida necesaria, a fin de desalentarlas en
sus veleidades de dominación: y como otros afectan ser amables, él fingía el
mal humor para estar a cubierto de sus ataques y atraerse algunos favores.
Más de veinte años se entregó a ese comercio en sus Letres d une Inconnue. Despliega juntamente la seducción y la firmeza necesarias
ret~nerlas. Las trata como a niños indómitos; ellas le tratan como a mno mimado. En ese juego se pasa la vida.
Muchos hombres cuando no las desprecian por ello, alaban a las mujeres por haberl.es a~ado, y los otros se alaban de haberlas amado. Mérimée se inclina poco a la loanza, y a la loanza propia menos que a la de
nadie: quizá, en el fondo, no tenía de qué alabarse, y su ~usto era demasiado certero para no percibir esa mediocridad. Las muJeres que hayan
podido entregársele, han debido de hacerlo por tiempo bastant~ breve
-salvo en la correspondencia-, como algunas se entregan al médico o al
confesor, por despecho, ociosidad, perversidad, necesidad, lástima, o . in-

Pª~:

251

�LA PLUMA

-

cluso camaradería, mas no por pasión o amor. Tiene la discreción profesional d,:I médico y del confesor: por añadidura, no sería propio de un
gentleman hacer gala en sus dichos o en sus libros de sus conquistas: ade
más, sus preámbulos, sus prudencias, eran harto suficientes para infundir
sin tardaoza en sus conquistas la idea de la amistad en lugar de la del
amor. Con las mujeres jugaba a quién engaña a quién, como con las literaturas extranjeras y los monumentos históricos; ¡pero con mucho menos
acierto! Están más vivas, son menos frías, y a menudo, su ardimiento se
fatigaba muy pronto de no poder encandilar su natural refractario.
Si es verdad-dicen que no, pero el caso entra en sus maneras-que
Sainte-Beuvc, viendo a George Sand desasosegada por su temperamento y
sin saber a quién ofrecérselo, le procuró a Mérimée, el hipocritón debió de
regocijarse mucho, a solas, con el caso, hasta bastante tiempo después de
sucedido. Nos imaginamos aJoseph Delorme, entre bonachón y apicarado,
guiñando un ojo y relamiéndose de gusto, al término, desde luego previsto, de aquella asombrosa conjunción: era el encuentro, sin ceremonia, de
Don Juan y de Cleopatra, o quizá, más sencillamente, el de la carpa y la
liebre. A la mañana siguiente la dama bajaba de cuatro en cuatro la escalera
de Mérimée, sosteniéndose la falda y llevándose el papel, los cigarros, las
plumas y el tintero que trajera consigo; apenas en su casa, escribió a su
•proveedor&gt; quejándose del envío. La verdad: aquello no le cuadraba.
&lt;Cómo era posible que se mostrase dispuesto a contentarla, sin poner en
ello al menos un poco de éxtasis? Los más ardientes entusiasmos se deshacían en espuma contra semejante iceberg; los arrebatos más fogosos no
podian derretir sus témpanos. George Sand no pudo aguantar la mirada
inquisitiva que no parecía sorprenderse de nada, ni al hombre cuya mesurada solicitud descifraba a una persona como si fuese una inscripción.
En fin, para decirlo todo, George Sand no buscaba sino holgarse con él, y
pase que fuera hasta en público, pues habría de saberse por sus libros,
pero no sobre una mesa de operaciones.
A Mérimée no le gustaban las hembras doctas: supo tenerlas aún a mayor distancia que a las demás. Se esquivaba con facilidad: no por falta de
seducciones: si su rostro no las tenla, su espíritu poseía muchos atracti252

LA PLUMA

1

t

vos, y en el trance de la muerte todavía suscitó pasiones. Gustaba de
exhibir cierto cinismo de expresión, un cinismo elegante, que no desagrada a las mujeres, pero por mucho que se aventurase no iba a ciegas: en
eso era como ciertas audaces vírgenes inglesas, que siempre sabeo hasta
dónde llegan.
Mérimée siempre teme perder la cabeza, sabe muy bien que es lo más
valioso de su persona.
De palabra o en sus escritos se las da de valentón, de incrédulo, de
perverso; diríase que se dispone a poner por obra el espiritu implacable
de Les líaisons dangereuses; pero se detiene en el tocador, todo lo más llega
basta el umbral de la alcoba: adora estar entre mujeres, con dificultad
prescinde de su compañía; pero, tocante a su amor, prefiere reducirlo a
materia de conversación, y, ya encanecido, se le ve seguir siendo con la
mayor naturalidad puntual secretario, taimado en su galantería, de la corte
de amor de S'.-lint-Cloud.
. Hay hombres que no se casan para poder hablar bien de las mujeres,
como hay otros que sólQ se casan para decir o pensar mal de ellas. Mérimée, que no tuvo motivos de queja de las mujeres, se atrinchera en la recámara de su celibato, donde, con fría tinta y aguzada pluma, narra una y
otra vez la perfidia del eterno femenino: la mujer implacable, a quien
mueve, no la pasión ni los sentidos, sino la malignidad pura, el demonio
de la perversidad, el atractivo del mal causado por gusto, una especie de
desinterés satánico, cuya suprema flor brilla en Carmen; este cuento es el
fruto postrero de su imaginación misógina y el más célebre de todos.
Sin embargo, en esa galerla de mujeres inicuas que va de Madame de
T rouville a Carmen no son las figuras sombrías las que mejor sostendrán
su nombre: casi nadie lee Carmen, remitiéndose a la ópera de Bizet, que
la deformó más de la cuenta; la Périchole y Colomba, que sólo son maliciosas y atrevidas, se leerán mucho más tiempo.
No se ha engañado la opinión que mira en Colomba el mayor titulo de
gloria de Mérin,ée. Mateo Falcone, L'Enlévemmt de la Redoitie, L'Abbe
Aubain son obritas maestras; pero la grandeza sencilla de Colomba es más
rara. Sin contar que merced a Co!omba adquirió el mérito de incorporar
253

�LA PLUMA

LA PLUMA

u

de golpe toda la Córcega a los dominios literarios franceses, y transcurridos ochenta años aún la conserva para s{ solo. Mérimée realizó en esa
obra un magno esfuerzo de imaginación: doscientas cincuenta páginas de
invención son un aliento desusado para quien, de ordinario, se afana por
ser breve. Cierto, aun en Colomba, habría mucho que reprender: el joven
Ors Antonio es de una insulsez desesperante, y su enamorada inglesa,
Miss Lydia, no pasa de ser un fantoche que va de la sequedad a la tontería; allí hay bandidos un tantico letrados, un paisaje harto inconsistente;
pero la figura de Colomba todo lo anima y vivifica, y se olvidan los defectos: tiene la grandeza de una idea fija, una belleza casi antigua, algo que
es al mismo tiempo vasto y limitado, a la vez insólito y clásico.

**

*

El gran esfuerzo de Colomba parece haberle agotado: en los cinco
años siguientes no escribió mas que tres cuentos-verdad que uno de
ellos es Carmen-. Después, el autor se acaba; ya no había de escribir
mas que aburridos estudios históricos, fríos dictámenes académicos, y algunas traducciones excelentes. A los cuarenta y tres aiíos, cierra su vena,
que parecía al comienzo abundante y fácil. Cietto que ya es inspector de
monumentos históricos, es de la Academia francesa, y de la de Inscripciones y Bellas Letras; pudiera creerse que sólo había cultivado las letras
por ganar esa inmortalidad provisional; pero Mérimée era de esos espíritus que desean honores no más que para palpar su vanidad. La verdad es
que su juventud no había sido sino lumbre de paja, y que la última chispa se había extinguido antes de tiempo. La animación, la burla y la malicia juveniles fueron enfriándose con extremada prontitud. Al perder la
mayor parte de sus gustos, sólo le quedó su natural: su natural se inclinaba al orden, y sus gustos a las libertades.
Educado en la observancia de las r{gidas normas burguesas, siE transgresores le inspiran irresistible afecto: el aventurero, el paria, los gita·
nos, los bandíttl, son los héroes gratos a su corazón. Empezó, a sus
veinte años, por un lromwel, antes que Víctor Hugo; el tema estaba en
254

el ambiente literario¡ Balzac empezó también por ahí. AtJn puede achacarse la culpa de esa elección al romanticismo; pero más adelante no es
romanticismo ni pura casualidad, si escoge, para pintarlos, a los ladrones
y gitanos de España, a D. Juan y Enrique de Guisa, a los bandidos corsos, o a Don Quijote, a Catilina o al falso Demetrio, a todos los que, por
motivos plausibles o no, o simplemente por gusto, rompen con las leyes y
el Poder. De igual modo, en tiempos más cercanos, se le vió acoger bien
el golpe de Estado, y no desaprobar a Napoleón III sino en los días del
Imperio liberal.
En el fondo, conocedor de sus cortas fuerzas y de su escasa inclinación a la violencia, lo que le gusta es contemplar, mentalmente, la fuerza
y la violencia ajenas. Ser gentleman le ahoga; harto le gustaría verse salteador de caminos, pero salteador con buenos modales, por supuesto,
pues no es de su agrado la fuerza bruta, y no tiene ni pizca de militar. Lo
que le place es esa violencia mesurada que piden los preparativos de un
complot, realzada, si el caso llega, por la generosidad: su héroe, como
para otros muchos espíritus de la época, criados entre los excesos de energía de los ejércitos napoleónicos y la etiqueta arcaica &lt;le la corte de los
borbones, es el bandido hombre de mundo, que mantiene la observancia
de la urbanidad en medio de su desprecio de las convenciones; pero su
héroe no es Zampa, ni Fra Diavolo; no es el bandido pico de oro que recita una perorata a la entrada de un valle que lleva ca la libertad de las
montañas•, o exhibe ante cualquier recién llegado la franqueza jovial de
don César de Bazán: su héroe es hombre de pocas palabras, sin familiaridad ni rudeza, posee el temple flexible del acero castellano, la galana altaneria del hidalgo.
Bien se percibe todo lo que le llevaba hacia España: pudo imitar el
alma dálmata, comprender a Inglaterra mejor que hombre alguno de su
tiempo, inaugurar la Córcega, y, uno de los primeros, llegarse, a través
de Gogol, Puchkín y Turguenief, a la híbrida fermentación rusa; su patria
de letras es España. Antes de su primer contacto la comprendió y la
amó, y sus Lettres d'Espagne, de 1830, están, hoy todavía, colmadas de
verdad y de hechizos. Sin trabajo percibió cuanto España encierra de in255

�LA PLUMA

LA PLUMA
tenso y comedido: era conforme a su corazón: era la proyección viviente
de cuanto hubiese querido y no osaba ser.
Al alcance de ese calor, su juventud aletargada se animaba de nuevo.
El marco español le ronda desde antes de su primer viaje, de su primer
libro. Durante los veinte años que se ocupa en obras de imaginación, no
cesa de recurrir a España: fueron sucesivamente los estudios sobre Don
Quijote y Cervantes, La, Famílle de Carvajal, La, Perle de Tolede, Lettres
a'Bspagne, Le Musée de Madrid, Les Ames du Purgatoíre, Carmen y
L'Húto{re de Don Pedre r.w, roí de Castt"lle.
Cuando se !e acabó el gusto de escribir y no le quedó más que el hábito; cuando el último ardor de su espíritu hubo pasado, y el cronista
mató en él al cuentista, España no le prestó ya la inspiración deseable: el
intenso ardor del alma castellana o andaluza dej, de encandilar su yerto espíritu; se contentó, en punto a cosas españolas, con lo aportado por
su imperial amiga Eugenia de Montijo, y ya no vió de España, a través
de las brumas del recuerdo, sino lo que puede verse desde Biarritz,
adonde iba con la corte imperial. Por la fuerza con que lo español le posee
se mide la vivacidad de.la imaginación de Mérimée: es la piedra de toque
de su espíritu: cuando ya no le conmueva, su obra ha concluído; en adelante no hará más que trabajos.
Todavía durante veinte años esos trabajos, crónicas de historia, traducciones, dictámenes de arquitectura, servirán para distraer el aburrimiento de su natural apagado. Su gusto por lo verdadero le había in clinado siempre hacia la historia. Antes que Vitet, antes del Cz'nq-Mars, de
Vigny, de la Catheríne de Médícis, de Balzac, de Notre Dame de Parzs, de
Les troís mousquetazres, adelantándose a los imitadores de Walter Scott,
escribió La :facqueríe y la Chront'que du régne de Charles IX Aunque escritas en la primavera de su vida, y en una de sus épocas mejores, son
obras fastidiosas: aún peor fué Don Pedre, una vez pasada la juventud.
Sabido es que Mérimée no tenía ni la acritud candente de un Saint-Simon, ni la calurosa fuerza de resurrección de un Michelet: escribía meras
crónicas, a las que necesariameate les faltaba el haberlas vivido.
Por respetable que sea, y a pesar de su abundancia y del interés que
256

\

en algunos lugares presenta toda esa parte de su obra, sólo para Mérimée fué qe algún precio, pues con ella cumplía sus deberes de inspector
de mr.inumentos históricos, o mejor aún, mataba el tiempo: porque encontraba menos aburridos los unos que el otro. Cumplió sus funciones a conciencia, con honradez, con buen gusto, como lo hada todo;
sin duda ha librado de la ruina más de un monumento antiguo; pero de
toda la tinta que en eso gastó, la única que aún nos parece fresca es la
de las traducciones del ruso, y la del precioso folleto sobre Stendhal.
Al hi&gt;blar de Beyle, Mérimée no evocaba solamente al autor de la
Chartreuse, sino los años de su propia juventud, el tiempo lejano ya en
que veía a Beyle en casa de los Stapfer, de Delecluze o de la condesa de
Teba: en que, novel en la carrera de escritor, escuchaba con avidez al ex
oficial de dragones y ex comisario de víveres, que había estado en Italia,
Alemania, Moscú, y visto a Napoleón, y que de todo ello no sacaba grandilocuencia alguna, sino anécdotas escuetas y vivas, agudezas, paradojas
e historias de mujeres. Acertó a descubrir un espíritu asombroso donde
tantos otros no veían sino a un hombre gordo y bajo, algo fátuo, que cortejaba a las señoras.
Comprendió a Stendhal y amó a Beyle. •Pocos hombres-ha dichome han agradado más, y no hay ninguno cuya amistad haya sido para mi
de mayor precio.» Baste eso para reservar a Mérimée una hornacina en la
capilla stendhaliana. Pero se ha querido decir que le debe a Beyle casi
todo: eso es ir un poco lejos, es, incluso, errar el camino; el apodo de
Sten.ihal flaco, que se ha dado a Mérimée, por mucha gracia que tenga, es
injusto. Se ha pretendido que Stendhal le había enseñado mil cosas a Mérimée, y, ante todo, la manera de ver; pero la visión de un escritor es precisamente lo que no se le puede enseñar, es tan suya como su cuerpo; esas
maneras de injertos o de transfusiones no existen más que en la imaginación de los que creen que uno se fabrica a voluntad, y que el natural obedece a los programas. Tiene de común con Stendhal su volterianismo y
su afán de ver claro: fuera de eso, las divergencias son más que las semejanzas. Stendhal es un buen muchacho ingenuo que quiere echárselas de
disoluto; en Mérimée hay más de la mitad de un libertino que a toda cos257

�LA PLUMA

m guarda las maneras de un gentleman. Stendhal es todo imaginación,
primer 'DOVimiento, generosidad cordial; es siempre amigable, ~ propensión a darse a todos no se agota: después razona, traza planes, sienta reglas, decreta cómo se seduce a una mujer, y llegado el m~ment?,
apenas si se atreve a hablarle, no sabe cómo estar, es ardiente e tnhAb'.l,
ingenioso, delicioso, dice lo que hay que decir y lo que ~e. ~ebe call~; .stn
embargo, entre cada dos impulsos del corazón, no hay 1u1c10 más_lucido
que el suyo. Mérimée carece de primeros movimientos, o más bien son
retráctiles; su propensión a economizar le impide entrega~se. Stendhal se
lamenta d~ la necedad de su tiempo, se asusta de los esp1as a cada paso,
maldice la ruindad de las mujeres, pero sabe hallar en todas partes cebo
para su interés, su indiscreción o su pasión; en fin de cuentas, no hay en
el mundo lugar donde no se divierta; porque Beyle le divierte a Stendhal
hasta lo infinito. Mérimée se aburre de Mérimée.

.l.

•••
No es un aburrimiento trágico, un aburrimiento literario a lo Chateaubriand rugiente a lo Flaubert, o rechinante como el de Baudelaire, es un
'
·
· · oto
aburrimiento
que se arrastra y que se conserva bien,
un a b urnmie
cuya acritud no llega jamás a ser cólera, un aburrimiento que ~u~stra e~e
género de paciencia y esa urbanidad constante que sólo la mdiferencia
puede dar.
Su inc!tferencia, cada vez mayor, acrece su pulcritud primera. Entre la
turba de pequeños ambiciosos que se afanan por adular al Em?e:ador, 0
tratan de ganar algún empleo lisonjeándole o atacándole, ~énmee sabe
devolver al César lo que César le ofrece, y se contenta con distraer lo mejor que sabe a la emperatriz, a quien sigue mirando un poco como en ~tros
tiempos, cuando, siendo niña, la llevaba a la pastelería; la emperatriz le
compensa ahora los pasteles de antaño. Quizá es el único que en aquella
Corte dice verdaderame~te lo que piensa. Se le ve ir y venir, con su porte
siempre rígido, pulcro en el atavío, pero conforme a una moda lig:ramente
atrasada que hace sonreír a los jóvenes, a quienes ni siquiera mira, Y_ cuyas mejores obras le parecen, erradamente, muy ridiculas. Se le ve ir Y
258

venir, puntual, con paso firme, sin premura; los que encuentra a su paso
no le quieren: saben que tiene su opinión y que apenas les hace caso, pero
le estiman, con todo, y envidian su cortesacía, su firme adhesión a los
amigos; saben que ha escrito, con estilo ieco y preciso, media docena de
cuentos que durarán más que muchas obras orgullosas. Las mujeres, de
quienes ha dicho tanto mal, halagan a cual mejor su espirit11al incredulidad. Mérimée corresponde con menudas atenciones.
Va al Instituto, al Senado, a las Tullerías, con el mismo andar correcto
con el mismo porte rígido, sin premura... De súbito, todo se desmoron~
en torno suyo, el Imperio se derrumba, Francia es puesta a sangre y fuego. Huyen los que le querían, y en favorecerlos emplea su postrer esfuerzo._ Quebrantado, llévanle a Cannes, para curarle. ¡Qué sol podrá ya rearumarlol Está al cabo de todo, incluso del escepticismo. Senador, académico, familiar de los grandes, muere sin que le hagan caso, y quien se
había complacido en el variado espectáculo de la maulería de las mujeres
ardientes y osadas, se extingue en los castos y serviciales brazos de dos
viejas solteronas inglesas.

G. JEAN-AUBRY
Agosto-Septiembre,

1

1920.

�· LA PLUMA

la cabalgada del nooicio

LA PLUMA

1
.,

Estoy montado en el caballito,
el caballo que corre, el caballo que vuela, porque es dt cartón•
Atraviesa el Océano como un submarino,
como un submarino con alas navega debajo del mar,
y luego recorre el espacio
y sube a la Luna y baja a la Tierra, porque es de cartón ...
Hoy no cabalgo en mi mula,
la mula que mata al jinete y es ella inmortal
(cuidado caballo la mu?a cocea).
De la mula desciendo un instante,
monté el caballito, y volando voy ya;
mas tengo temor,
como soy un novicio no puedo librarme
de caer al abismo del sentido vulgar.
Pero el caballito la intención presupone-y ampara;
¡oh la sacra intención!,
y corre el caballo y vuela el caballo, por que es de cartón.
Y el volar del caballo es una melodía
de silencio, y es un color que no tienen palabras.
(Los colorts del Iris sí tienen palabras).
Y vuelo y vuelo en mi caballito de cartón
¡Oh el encanto aviatorio del vuelo primero,
en un aeroplano que es un caballo de cartón
y que está separado de ta mula,
de la mula vieja, inmortal y de mal olor... !
Pero tengo que volver a montar esa muJa,
y además soy fotógrafo.

Me esperan mi mula y mi fotografía.
hn mi fotografía hago retratos al minuto
subido sobre la :mula, que de vez en cuando me arrea una coz.
Me esperan mi mula y mi fotografía.
Ya volveré otro rato, caballito, ¡adiós!

Una cot?cida de tocos ·

...

Suena el clarín que nadie oye,y sale e/ toro.
El toro par-ece un perro y un eiefante;
tiene siete cuernos que no son cuernos;
los cuernos del toro canz·no y elefantino son navajas.
Acomete,y asoma el bandullo de un torero,
otro torero l uego con las tripas fuera.
Todos los toreros dejan su sangre en el ruedo.
Suena otra vez el clarín que nadie oye.
Mi caballo de cartón va a matar a/ toro·
le da pases naturales con una muleta in~isib/e.
Los siete cuernos, que son siete navajas, están ineficaces.
El toro muere de un soplo de mi caballo de cartón.
Nadie aplaude. No gusta el espectáculo.
Pero mis palmadas resuenan como una ovación.

NILO FABRA

260
261

�LA PLUMA

c~6nicas
de "la Dame de Cceu~".
Otoño.
primeras músicas, las primeras tardes, todavia sin fuego,
ante un rescoldo de amistad interrumpida por un veraneo -lento,
aliviado tan sólo por unas cartas que comenzaban siempre asi:
«Hija, me aburro enormemente.&gt;
Las últimas hojas de los tisicos y de los poetas. «Dentro de poco no
ha de quedar ninguna•, nos decimos al ver sacudidos los árboles por uno
de estos días de racha, en que lluvia y viento se disputan el señorío de
las calles desapacibles. Pero las hay tan tenaces, tan resistentes, que se
pegan a la rama y duran, y duran, como esperanzas de hogar pobre. Cuando las echamos de menos, ya verdea la masa arbórea del parque vecino.
«Acompáñame a casa de la modista... • • Vamos juntas al concierto de
Sauer... &gt; «Te espero mañana a tomar el te... &gt; Tal es la sustancia de las
esquelitas que van llegando en la bandeja ..• • Ven a callejear conmigo ... &gt;
¡Callejear! Ser un elemento más de la muchedumbre que se apretuja,
de seis a ocho, en unos cuantos metros de acera, ante los escaparates deslumbradores, las vallas de los derribos, la curiosidad momentánea y el
lento alud infranqueable de los coches que bajan y suben por el arroyo.
Pensar que nunca hubo en Madrid tanta gente como ahora, como en estos
días, como en este momento, en que todos salen a verse, a reconocerse, a
escudriñarse con los ojos, para volver a una larga indiferencia.
Porque seremos muchos; pero somos siempre los mismos. Anteayer

O

262

TOÑO... Las

nos reuniamos veinte personas en un salón. La tetera servia de contrapunto a las conversaciones. Ayer, diez y ocho de las veinte, mas dos desconocidas, nuevas presentaciones, apellido que nunca se entiende la primera vez, llenábamos un reducido local de exposición. Hoy, los mismos,
hemos cambiado saludos y sonrisas de palco a butaca ea un estreno. Mañana comeremos juntos los más en casa de uno de nosotros. Pasado mañana nos vemos en un baile o en un funeral; si buscamos un paseo solitario, a todos se les habrá ocurrido pasear a solas por el mismo sitio; nunca
hablamos de la muerte; pero, cuando nos llegue la hora, segura estoy de
que todos iremos a parar al mismo patio.
Grata es la compañia, en algunos momentos; deliciosa, muchas veces,
la conversación; pero ver siempre, oir siempre, hacer siempre lo mis:no,
es un suplicio dantesco. ~Qué leyes de atracción invencible forman estos
grupos de sociedad? Por mucho tiempo los huimos, pero el día en que un
diente de la rueda nos coge, toda nuestra carne se va tras él sin remedio.
Esto se nos habla olvidado, en la dispersión veraniega, a los que no
fuimos arrastrados tan fuertemente que sólo cambiásemos de lugar la costumbre. Ya está aquí el otoño a decirnos que no hay evasión. Los que
hablan del retorno eterno dicen verdad. ¡Quién pudiera salir hacia la eterna f11gal
Bajemos el tono. Ya está a.qui todo el mundo. Hay que contestar a tantas preguntas...
Nada, hija. Yo acabé por meterme en un monte de la provincia de
Avila, tocando a Extremadura, y sólo hice vida animal. Ni labores, ni libros, ni cartas apenas. Sólo contar cinco kilómetros de ida y otros cinco
de vuelta, por la carretera, o subir a un pico, y volver derrengados, pretexto para descansar una semana enterita. Cuando no pude más, volvf ami piso de la calle de Goya, y no salí más que por la mañana. ¡Unas pan
za.das de leer! He descubierto a madame de Stael y a Juana de lbarbourou, a Emily Dickinson y a Magda Donato, a George Sand y a ... Alfredo
de Musset. ~No habrá firmado el uno los libros de la otra, y al contrario?
Te sonrfes de mis descubrimientos. No sé por qué. Tal vez porque lo
viejo te parece ya muy conocido y lo demás un camelo; pero te aseguro
263

�.......................______ ......

LA PLUMA

.... . r-

que no. Tal vez porque me ves entrar denodadamente por los caminos del'
feminismo-por lo menos en cuanto a lecturas-; ¡tú que leíste a Samuel
Butler desde que te enteraste de una opinión suya: la de que el autor de
la Odisea era una mujer! Este s[ que es descubrimiento ... Ahora acabo de
recibir un nuevo tomo de Marcel Proust; ya tengo lectura para todo el invierno.
Y nada más, hija m[a, nada más. Las murmuraciones y los escandalillos, tú me los traes. Si aqu[ no quedaba nadie... ¡Ahl, ¿el salón de otoño?
Pues mira; eso que te dije antes del aburrimiento de verse los mismos
en todas partes sucede allí con los cuadros. Parecen los mismos que habla en primavera y que el verano les ha sentado mal. Hay una sala bolchevique tan arrebolada como yo cuando volvía a mi casa después de haber estado unas horas al sol, en el monte, los prim-eros días. No lo entiendo, ni lo _entenderé, mientras no nos decidamos, mujeres y hombres, a dejar estos tonos mortecinos de nuestro vestir, resto de pasadas edades
ascéticas. Me encanta una &lt;maternidad• de Vázquez Diaz. Quieren convertirme al solanismo, y creo que los cuadros de Solana están bien; a mí
me han convencido de la necesidad absoluta e impres~indible de los museos. Yo no tendría un cuadro as[ en mi casa, aunque te digo que me parecen bien. Hay, en otra sala sin vientos de revolución, dos retratos de
Miguel Angel del Pino, que sí, que me gustan: voy a ver si quiere retratarme antes de que se vuelva como Benedito.

LA DA.MB DB CCBUR

r

J

..........

._.Cinematógeafo.

1

..
l.-Lu2..
Al principio nada fué.
Ni el agua para en ella el pez.
Ni la rama del árbol para la f aiigada
ala delpá;aro.
Ni la fórmuta impresa para casos de duelo.
Ni la sonrisa en la faz de la niña.
Al principio nada fué.
Sólo la tela blanca,
y en la tela blanca nada.
Por todo el aire clamaba,
muda, enorme,
la ansz'edad de la mirada.
Y Di"os movió su diútra
y puso en modón la palanca.
Saltó el mundo todo entero
con su bri"nco primeva/.
La tela rectangular
le opr1:mz'ó en normas severas,
le organz'zó bruscamente

�LA PLUMA

LA PLUMA

C()n dos líneas verticales,
eon dos líneas kfJrizontales.
-La cabelléra suelta al vi"entoy en el tefer y el aestefer
· · · · ···
de la tela del senHmiento.
Y el primer día de la creación,
se levantó de su rincón
y vino a asomarse a la tela:
en la mano diestra llevaba
el primer corazón del hombre, ·
que era el último corazón.

tl.--Oscuridad.
El arco voltaico de.fa
desparramarse su alma,
y lo entenebrece todo
la luz, madre de t-inieblas.
Ha vuelto la tela blanca.
Pero ya es otra; se hizo
tela maravillosa.
Entre hz"lo e hz"lo de su trama
está encerrada toda cosa,
y guarda, avara,
et mundo entero perdido.
Y todas las almas sz"enten

su curso como de estrellas
que flivieron en ,ya/fes flfJridos de ta tierra.
Y el caos tomó ante los OJOS
todas las formas /ami'lzares:
la dulzura de la colina,
la dnta de los bulevares,
la mirada llena de inquz·na
de los traidfJres de melodrama,
y la ondulación de la cola
del perro ne! a su amo.
El hombre tuerto sintz"ó
tjue su OJO de crz"stal iba a quebrarse
a la embestt"da de tantas visiones,
En el fondo gritaba un erudito
«¿Y la palabra, y la palabra?&gt;
Y todos los esfuerzos del mundo,
la fuerza lograda y gastada,
las máquinas maravz"llosas
para fJolar, para correr,
para amar, para aborrecer,
se pusieron a funcionar.
El primer día de la creación
humillado, pobre y vencido,
se marchó a llorar a un rincón.
Pero ya el instinto acechaba
en los OJOS de la muj'ttr

�LA PLUMA

y besaron labios humanos.
Ahora vueltas al espado

1
j

extratm-enaJ,
siguen rodando hasta el día
que el destz'no astral las torne
a acercar al mundo puro
de la tela blanca.

PEDRO SALINAS

los ttabajos del ()ombee...
i:os trabajos del hombre grandes en sí son éstos:
coger leche en vasijas de madera;
coger espigas punzantes y tiesas;
guardar vacas al lado de las frescas choperas;
sangrar los abedules en los bosques;
retorcer mimbres junto al vivo arroyo;
clavar y remendar zapatos viejos
junto al hogar oscuro, junto a un gato sarnoso,
junto a un mirlo que duerme y unos niños que juegan;
tejer, alzando un ruido retumbante,
cuando, a la media noche, cantan agrios los grillos;
hacer el pan, hacer el vino;
sembrar en el jardín ajos y coles;
recoger huevos tibios.
FRA,;NCIS JAMMBS
(Del libro D, I' ,A,.g/lus d, /'.Aube a I' .A1'gll"s dt Soir, próxim&lt;&gt; a publicarse, traducido por E. D!ez•
Canedo.)
~

68

Peoposiciones sobte el Hai::k.ai

A

salir til bazar literario la última novedad-flor exquisita del jardín
japonés-, se descubre que, más o menos sospechadamente, esa
flor se daba también en nuestros climas.
,Pero era el mismo su perfume, penetrante tanto como sutil? Si la arabesca geometría de su aspecto simulaba un reflejo ficticio, por entre la fina
traba de sus hojas no se enreda igual aroma.
Cultivemos, pues, la variedad nueva. Nuestro invernadero occidental
puede hacerla crecer de una manera insospechada.
L

**

*

Desde el primer momento, los franceses, al practicar el Hai-Kai, han
soslayado la identidad métrica; realmente, para la poesía actual una simple novedad silábica no podía tener atractivos demasiado fuertes. Es el nú ·
cleo poético encerrado en el Hai-Kai, su concepto de una forma leve y re.
donda-en la agudez de sus puntas estrelladas-, menuda a tent"r dans la
main y ágil como un éter, el motivo principal para la sugestión. Gota
transparente, el rayo se quiebra en ella luciendo sus siete colores: sea ésta
su estética; un puntillismo de sensaciont&gt;s que construya la imagen en e}
fondo de la intuición.

***
No se trata de reproducir una forma exótica característica, sino que,
penetrado su principio, pueda servir para sujetar alguno de los vivos des~&amp;9

�LA PLUMA

LA PLUMA
tellos que se escapall por los intersticios de la poesía occidental. Hay en
el Hai-Kai algo de la vibración estelar; palpitante, claro, inmediato... y remoto.
Nace el Hai-Kai a flor de agua; burbuja irisada y vertiginosa, vuela por
el azul, breve espejo universal, y al instante aprecia el ánimo que nos separa de él una distancia infran9ueable.

•••
La armonía vocal interesa más en el Hai-Kai europeo que su construcción métrica. Su brevedad no tolera una repetición silábica; aun la asonancia es ya redundante: que la eufonía resulte de la armónica variedad sonora de la silaba. Ninguna sensación podrá darse dos vec;es en un HaiKai; tampoco, acaso, en una serie de ellos enlazados por un principio íntimo. Cada palabra, como cada sílaba, debe poseer una virtud propia y
distinta, pincelada de un matiz puro y limpio. Libre y redonda en su individualidad, cada una está sometida a la necesidad de la anterior, dictando la ley a la que sigue, necesidad .e n que se encuentra la libertad su- ·

prema.

***

En la pulsera de Hai-Kai es análogo el principio.

•••

El titulo es como la llave de su esencia secreta. Hoy se da sólo titulo a
cada grupo de Hai-Kai. Pero se podría, en rigor, aclarar con ese rayo a
cada uno; enganche de luz que seria como la vértebra de la serie, dejando
a cada Hai-Kai una libre indiferencia para s.1s compañeros.

** *
Una gota de ironía, a veces, daría su sazón. Pero el lirismo del HaiKai proviene de la atmósfera en que se mueve, herencia del tono musical
de que ha brotado.

•**

iSe me perdonará por buscar un preludio en esta lira nueva?

***

Aaciu ea la calle ·desierta
Fria claridad perfwnada

Loa _..,lal!lt6■ lleaee.de triw

tnterioc
Flores sobre la mesa
El blanco mantel se ofrece
Abre la risa de tus labios

encuentro
Furtivo sobresalto transparente
Ya estás en la sazón armoniosa
No me ha olvidado tu mirada

El mar a través de las hojas
Arpegios de velas lejanas
Te has disuelto toda en el sol

Oíafe
El humo se enreda en el paisaje encharcado
Un árbol seco sobre los lívidos desgarrones fugaces
Tibio dormitar junto a tu cuerpo

Cotidianamente
Las dos Sol-Ventas
Gris Vaivenes Cocido

Nº4

ADOLFO SALAZAR

�LA PLUMA

1

J

... castillo famoso.

t

i

ADRID, apenas habitable

el resto del año, me place en octubre-si la
otoñada es benigna y nos regala, tras las tormentas de septiembre,
remedo de abril, con días suaves, de luz tranquila, propicios al devaneo ambulativo. Sólo en otoño está Madrid en su ser. Mayo florido, es
un mes cargante, sin más día pintoresco qúe el día 2, en que los milicianos,
barruntando a Murat, plantan sus tiendas y emplazan un cañón al pie del.
Obelisco, y cruzan el fusil ante el peatón asustadizo, diciéndole con voz
grave: c¡Atrás, paisano... !&gt; La primavera, cuando la hay, tiene en Madrid
demasiada sazón. Le sobran sugestiones violentas;_sus promesas parecen
amenazas. Es desmedida, como la pasión de los que matan por amor. -En
primavera, llena el ámbito madrileño la toreria-. En verano, ya se sabe que
Madrid no existe. Lo devora el sol. Los madrileños emigran, o revientan
como las chicharras el día mismo de Santiago (cornadas en la capea de
Vicálvaro, puñaladas en la corrida de Alcalá); redúce~e la vida de los que
permanecen a las funciones vegetativas; triunfa en la calle, a su modo, el
pueblo menestral; comilonas nocturnas sobre el asfalto abrasador de las
glorietas, tertulias a lo largo de 1~ aceras, música de voz y guitarra a la
puerta de la taberna; fuera de eso quedan la miseria triste, las pretensiones abortadas de unos pocos, y los señoritos que a las altas horas pasan
en manuela por la calle de Alcalá, de vuélta de las verbenas, haciendo
la vida del hombre malo. El otoño devuelve a la villa su equilibrio, y a
nuestro ánimo el reposo. En otoño, los m¡¡drileños están de mejor humor;
su semblante parece menos hostil, menos agresivo su mirar. Acaso el oto-

M

•

I

\

ilo nos exime de una vida estricta~ente mbana; Madrid es me.nos riguroso, pocque le necesitamos menos. Conta¡los son los dfas cleme~tes; Madrid
traspone. el telón brumoso de las Awmas, y se arroja en el invierno. La
urbe nos atenaza de mil modos, lc,s humores se destemplan, se articulan
gestos de violencia sin objeto ni fruto. Violem:ia exacerbada en los modales. Violencia en la expresión de los gustos: hay conciertos que parecen
sesiones patrióticas del Congreso. Violencia en las opiniones: el autor de
este melodrama es un Sófocles, este grotesco rimador, un Lope de Vega•
Llena el ambiente madrileño la politiquería. Madrid fatiga el telégrafo con
las vanidades de los tiburones parlamentarios. Llegada la primavera, le
entregan la antorcha al torero.
El Madrid antiguo me lo imagino siempre con luz de otoño: para el
caso, Madrid se abisma en la antigüedad cada ayer; todo lo más, cuando
el recuerdo personal se borra. La villa vive al dfa, no deja rastro apenas,
no se defiende contra el tiempo. Nada evoca menos que Madrid. Ha devanado sus siglos en silencio; lleva a cuestas un pasado sin fechas, sin perspectiva ni relieve. Su luz ha debido de ser esta luz de octubre, que pone
olvido del mundo y torna amable la vida mientras se toma el sol; pero
también parece que la vida misma se apaga cuando la luz se va. Madrid
venia. a ser un personaje harto desvencijado, con menos años que achaques y más pretensiones que talegas, retirado en sus tierras, divirtiéndose
con poco en sus holgorios caseros, sensato hasta aborrecer las aventuras,
campechano y servicial ,pero mal provisto para visitas de cumplido; en
fin, chombre de recato, de los de en mi casa me como, y otras hidalguías
celosas, cartujo de alojamiento, atusado de visitas, calvo de amigas&gt;. Tenía una solana para los días despejados del invierno, 1ma huerta para explayarse en verano, las noches de más calor se aventuraba a bajar al soto
y a una alameda al borde del rlo.
Madrid, hidalgo perezoso, rural como quien más, vivía de las tierras,
suyas o ajenas, y de lo que le daba un pequeño comercio que habla puesto a nombre de un pariente pobre trafdo de provincias. Pero a fuer de señorito, no habla visto nunca el campo. Sfrvale su fealdad de disculpa.
Para hallar algún deleite en la visión de esas tierras calmas, de ~os yesa273

�LA PLUMA
res, de esas lomas áridas que asedian a Madrid por las tres cuartas partes
de su perímetro, hay que ser algo poeta o un •mucho usurero. Los lugares amenos de esto, vallecitos carpetanos son del rey: Madrid, para no
ahogarse de polvo en los espartales de San Bias o en los altos de Maudes, tenia que meterse en un café o hacer la revolución. Y de hecho, la
conquista del Retiro, 6nico ccampo» que los madrileños han sabido gozar en medio siglo, quizás es el legado más valioso, sin duda el más durable, de aquella cEspaña con honra• parida por la álgarada de Septiembre.
¡Y hubo que derribar para eso un trono.centenario!
Desde el Retiro ha vuelto la villa a dirigir una mirada desdeñosa a los
andurriales de Vallecas, ya de antiguo aborrecidos. En estos años, Madrid
ha oido hablar del paisaje castellano, del horizonte castellano; el tema de la
meseta y sus hechizos, entronizado por dos o tres buenos poetas, ha degenerado en muletilla de juegos florales; Madrid se ha resistido a tomarlo demasiado en serio. c¿El horizonte castellano?-se dijo-¡Veámosloh Y en
el paseo de coches alzó un tabladillo-como un mozo travieso que arrima
una mesa a la pared y sobre la mesa pone una silla y se encarama a lo
alto-pará asomarse por encima de las tapias del Retiro. «¡Ah! ¿Es esa la
conmovedora parda gleba, el sayal franciscano, la tierra madreh-exclamó, cegado por las nubes de polvo que levantaba un regimiento de artillería al avanzar fieramente por el camino viejo de Vicálvaro. Y no ha
vuelto más. Al mirador del Retiro se asoman algunas extranjeras pazguatas que fundan un sistema de historia española en la desolación del Cerro
de la Plata y el provinciano a quien, por tanda, le corresponde ofr y «ver•
que el Cerro de los Ángeles es, en efcto, el cen.tro de España.
El paseante, madrileño ni poeta ni usurero, egoísta tan sólo, propenso
a la contemplación, se angustia al trasponer los chopos que bordean los
altos del canalillo. Virtud de la luz de otoño alumbrando estos collados,
es mostrar desnuda su paz lúgubre. Yo no he visto nada más triste que esas
cuestas lustrosas, de visos leonados-el estfo ha curtido los rastrojos-con
un asilo, un hospital, un convento de ladrillo flamante, agrio, en lo alto; o
que esos arrabales donde los hoteles alternan con los muladares. Madrid
lucha aquí con el desierto, pero con poco gusto de embellecerse la vida;

L

aw~ • •

'Jµpidoa,

~~---

_

pi:aÚras y uemes,
perdidos? T,
• ladol!e ..Madrid, al pie de lá Moncl09, lmá ugett-.
¡aeliciosos, qae hMt: años vimos arribcados, ~ 1•

vie1
1fsimos, para ensayar elí ~ terreno un c n l t i ~ .
• qae
Carlos III defendió durante sus últimos años la vida de un árbol del camino del Pardo. Y el Rey le deda: •Cu~ndo yo muera, ¿quién te salvará,
pobre arbolito?» Aquel rey beato y de pocos alcances era, por lo visto, un
sentimental, y ya presentía el adveñiníiento- &lt;ti!l t~cnico desalmado que
esgrime su suficiencia contra la amenidad y la fantasía.

EL PASEANTE EN CORTE

Soneto blaneo.

1

rRima con esta paz la paz del alma
-vesperlt'no crepúsculo en el campo,
remanso s{lencíoso en la conáenciao es que el mundo su luz de mi la tomar
rEs la verdad esto que ven niis ojos
-las cosas señaladas con mi nombre
cada cual con su peso y su medidao mi mirada crea el Universo?
Una interrogaáón más en la sombta,
un salto para el vuelo en el vacío, ·
sin que por eso una respuesta ,:lara
ni un apoyo en el aire nunca encuentre.
Tal esta sed que lenta me consume
:¡ tk vago itkal sólo se abreva.
C. RIVAS CHBRIP
275

274

\

�LA PLUMA

del ama y el cura
(la gente murmara).

l

l

:&gt;(\

!Perr"8 con fXll'laTUX1$

guardan chivas blancas
y reses tudttncas
de robustas ancas. o'X\,

reew

en Ceroeca.

!Recuas de animales
potrancas lechales
toros sementales
médicos rurales.

CA la moUMta dct Cenmmuda.l

aT

~

v.:
flerias de Ceruera
en la !Primavera;
gente bullanguera

por la ca"etera.

1 Ol9ft0

9{,[ sol matutino
despierta el camino
y canta un albino
sonoro molino.

~.\'

.fa moza galana
sueña en la ventana
del molino. {}rana
la espiga temprana.
,- '!i

q¡
276

H

!Pasó con presura
la cabalgadura

·,

Un carrero-tralla !.t U ffi. )
que al aire restalla-.
!Detrás la canalla
que vende quincalla.
f.Mendiaos
tiñosos,·
ó
mineros ruidosos;
pernianos, colosos
cazadores de osos.
~ozos de la raga
de !IJurgos; de 9/,maya,
pico que atalaya
Castilla y CJJizcaya.
277

�LA- PLUMA

/ !Blanca molinera/
por la carretera
suena la pandera
g el amor espera•
.Se abre la primera
flor de !Primavera.

teatros.

..

FRANCISCO VIGID

el• Tenorio•.

D

de difuntos. Elevan las campanas su voz antigua sobre el sordo,
distante rumor del tráfago ciudadano. Difundido en el aire, grato aunque pobre tufillo de castañas asadas-¡cuántas, calentitas, cuántas!- Puebla el inmenso cementerio peripatética muchedumbre. Pasan
las gentes deletreando los epitafios inexpresivos. Memorias lapidadas.
Las menos tienen estatua; y esa, yacente. Sólo una se yergue en tan ruinosa desolación. ¿Piedra viva o espiritu tallado en mármol? ¿La corona que
le ciñe la frente es aquel lauro oficial de un tiempo? No, renuévalo todos
los años el sentimiento popular. Estamos ante la efigie de Zorrilla, poeta
nacional.
No venimos a desafiar su fantasma convidándole a cena impla. Descanse en paz gloriosa. Que no descienda de su pedestal, que no recobre
su figura pintoresca, que no vuelva a arrastrar la ralda capa romántica por
el polvo de la picardia española. El españolismo con que lo vemos no es
ese de juegos florales y fiestas de raza enclenque. El Dios de Don :Juan
Tenorio le ha salvado para siempre de las miserias terrenas.
Por única vez en el año tienen 10s fastos teatrales una significación
trascendental, un sentido de rito religioso. Avivemos esa llama, no se extinga el resplandor de tan sagrado fuego. Todas las demás representaciones que dia tras dia se suceden con mentida variedad, adolecen de vaIA

e(

·mueo
.Alto es el muro que orilla mi camino, y su
tksnudez rectilínta st prolonga hasta lo infinito.
Lo mciende el sol como tnorme hoguera, to· blanquea
la luna como sepulcro.~ 1if, e:•
De dla, de noche,pesado, inflexible, oigo detrds
del muro tu paso.
SI que estás allf, que me buscas, me quieres,pálido
con la palidez marmórea de la última vez que te vi.
SI que estds ahí; mas no encuentro puerta que
abrir, nipuedo forzarlo con brecha.
Paralela a tu paso camincJ sin ofr más sin
. mds que ese recl,amo único; '
seguir
esperando encontrarte al fin, mirarte dichosa a la
cara, desma_Jar dlchosa en tu ptcho.
Pero el fin cada vez mds se al,Ja, y en mi no hay ~a
fibra que no estl cansada;
y al otro lado del muro, tu paso se escande a
martillazos en el :atir de 11tls arterias.

ADA NBGRl
(Trad. E. D. C.t

279

�LA PLU1,1A

I¡,\ PLUMA

etas-, Vamo11 al teatro por distrw' el ecio o el ltdio de un «abajo "1A 11,•
tria. y-,n01tlatigado el ánie . - esNpi. . risa o sent'-ie.-a\ism&lt;&gt; -f
f-,OS •lto. De vez en &lt;:_uant&amp;, al cual pelledi8ta 6n_ge n o • ~ ~ -~

•ffO t:

~ arU4co i clama con vo~• - - - •
la creación de'1fn teA.lr1
nacional. Algún diputado recoge platónicamente en el Congreso la idea
quimérica, y dos o tres cómicos viejos se aprestan luego con harta premura a hacer valer sus derechos de antigüedad en el futuro escalafón de actores patn·os.
No es eso. No ha de serlo. ¿Puede haber en España un teatro nacional, popular? ¿Qué pautas tradicionales, qué leyendas, qué mitos lo sustentarían? .Sólo el Don Jua,t Tenorio de Zorrilla resume en estos tiempos las
cualidades propias del teatro, del teatro español.
Gallardo y calavera, Don Juan es el .mismísimo demonio; satánica fatalidad le empuja. Y en una frase se sintetiza el drama: c-úusticia por
doña Inésl-¡Pero no contra do"1 Juanl• El jurado popular de tres generaciones ha sabido hacer esa justicia. Magnifica y consoladora tragedia de
la redención por el amor.
·
Hasta ahora la representación ritual del Tenorio ha conservado su virtud, pese a las profanaciones burlescas, no ciertamente del vulgo más indocto, con que la leyenda ha pasado al dominio público. cConvendría ir
pensando ya en restaurar el prestigio escénico del Don :Juan de Zorrilla?
Mientras ha habido actores educados en la manera romántica de D. Pedro
Delgado, mientras, mal que bien, han sobrevivido los tipos de doña Inés,
del Comendador, de Brfgida, de Ciutti con el empaque tradicional" que los
caracteriza a ojos del pueblo, el Tenorio ha sido a modo de misterio
litúrgico. Pero no hay ahora actor capaz de representar dignamente el protagonista. A los mejores les falta. la prestancia personal, el decoro caballeresco; los que más se precian de guardadores de una tradición, que nada
tiene que ver con la que nosotros preconizamos sino en aquello que por
deleznable y caedizo la frustra, son tan defectuosos de facultades, tan entecos de cuerpo, que justifican sobradamente la impresión que hace pocas
tardes, en el Español, recibía un pequeño espectador al lado mio, según
colegí de esta pregunta a su padre, viendo la escena del primer acto en•
280

tre el raquítico don Juan y et €oaeadador. tonante baria: «cPor qué le
,..W. ae hombre a e• _.o?&gt;
··
..\ttotado, ,-es.. et fW.6--5nw.lemente rc¡...;.niico, cde qu~ nuevos mo•os
~ representaciS. •,_~"!' )!.-,,~"Falta aú en el teatro español contemporánlo e sentido estétleo, fáltales a los atrectores de escena
la visión critica, el concepto de la plástica moderna. Las dos partes en que
el drama de Zorrilla se divide muestran bien a las claras esa diferenciación esencialmente española, tan caracterjgtica de algunos grandc,s pintores, entre 1a primera apariencia de las cosas materiales y su espiritualización en la parte supPrior del cuadro. Amor profano y amor divino, pecado
y contrición postrera, picardía y misticismo, muerte y transfiguración.
cSe ha representado nunca hasta ahora el Tenorio destacando tan poético
contraste? De esa manera se disimularía, corrigiéndolo sin enmendar una
tilde al autor, el vicio que en nuestro sentir desvirtúa la fuerza de la tragedia: la persistencia de la figura de Don Juan, después de muerto, con la
misma consistencia carnal que en los actos anteriores, sin el tránsito de
su ánima en pena, desde que el capitán to mató a la puerta de su casa
hasta que entra en la gloria asistido por el espíritu de doña Inés.
Hemos dicho que la representación anual del Tenorio tiene una tras•
cendencia popular de que nuestro teatro carece-fuera de ciertas reliquias
de fiestas religiosas, como la Pasión, de Elche, la Semana Santa de Sevilla,
o la procesión de tos endemoniados, de Jaca-. ¿Quiere esto decir que la
posible restauración del teatro español deba, a nuestro juicio, seguir una
tendencia puramente literaria, es decir, inspirada en temas ajenos a la realidad actual, preñada de futuro? No. Que a tener Don :Juan un hijo, tal
vez éste desafiara a Dios muy de otra suerte que cautivando novicias.

UN CRÍTICO INCIPIBNTB

�LA PLUMA
mental a la novela, se desprende de la posición ideal en que el autor se coloca,
al contemplar la vida desde el vértice de los cincuenta años. Hay aquí una visi6o panorámica, limitada y ordenadora del mundo de nuestros sentimientos a
la que se afi.ade una agridulce sensación de renunciamiento. Y por esta puerta,
no me parece avcnturadQ afirmarlo, Baroja descubre una perspectiva cristiana
de la vida.
·

•••

llBROS Y ReOtS!AS
Pío Baroja.-La sensualidad pet"f!ertida (novela).-R. Caro Raggio, editor.
Madrid.
La historia de Luis Murguia, cque no es un literato, ni siquiera un dilettanti
de la literatura, sino un curioso, un aficionado a la psicología, un crítico de una
i.ociedad vieja, arcaica y rutinaria&gt;, y que pretende dar en su biografía cuna
impresión exacta de la sociedad española de a fines del &amp;iglo XIX y principios
del xx:•. es una historia interesante, algo melancólica y bastante superficial.
Nuestro héroe nace en Cádiz,_por casualidad, se queda huérfano en edad temprana, le llevan a un colegio de Barcelona, se traslada después a Arnazábal y a
Mota del Ebro, estudia en Villazar y en Valladolid, se establece en Madrid,
donde ensaya sus fuerzas para luchar en la vida; sin saber qué hacer, va a París y vuelve desilusionado completamente y sin haberse enterado de lo que
París es; hace vida de provincias, regresa de nuevo a Madrid, encuentra un modesto pasar, viaja por España comisionado por un chamarilero; vuelve a París,
tiene una aventura amorosa con cierta rusa que le hace traición ... hasta que,
por último, perdido en tales andanzas lo mejor de su vida, se establece otra vez
en su país de adopción, situado seguramente a orillas del Bidaso.t, donde es de
suponer que terminarán sus días escribiendo a ratos perdidos y en otros momentos cultivando su pequeña huerta de Itzea, si no recuerdo mal.
Ni una sola emoción fuerte, ni una sola sacudida violenta conmueve esta
existencia sencilla, primitiva y vasca. Una niñez triste, ya descrita en otras ocasiones, sirve de fondo a una vida de pequeños sucesos descoloridos que, a pesar de todo, nos interesan por hallarse próximos a nosotros y porque se quiebran en planos sentimentales exactos, al parecer.
Baroja abandona en su nueva obra el camino inseguro de las divagaciones
filosóficas y nos ofrece estos que él denomina Ensayos amorosos de un hombre
ingenuo en una époea de decadencia, que se leen con fruición. Novela formada
con recuerdos propios, presenta un doble interés en sí misma, y aparte de lo
que signifique en la evolución literaria de su autor: uno, el principal, a nuestro
juicio, es el que presta al relato cierta cordialidad o efusión que iluQ1ina como
una luz dorada y suave ciertas páginas de la obra. El otro, que da unidad senti282

J. A. P.

AHonao Reyea.-E/ plano oblicuo (cuentos y diálogos). -Madrid, octubre de

1920.

La personalidad de Alfons~ Reyes nos sugiere la respuesta a una pregunta
que acaso nadie ha formulado todavía, con estar en la conciencia de todo crítico; es esta: El descubrimiento del Nuevo Mundo literario, sintetizado en términos generales en el viaje y la conquista de Rubén Darío, ¿qué continuidad ha
tenido en las relaciones hispanoamericanas de estos últimos veinte años? Rubén Darío significa la participación española en el concierto europeo, participación cuyos últimos vestigio¡; habían desaparecido al cerrarse el romanticismo
como tal escuela. Ahora bien, ¿qué hay del Pirineo para arriba en el m_apamundi literario, aparte el caos revolucionario? Hay ... todo lo demds; es decir, la
literatura por la literatura, tendencia eminentemente francesa y que acaso
pueda constituir un peligro de degeneración intelectualista; pero que en España,
y hoy por hoy, es el único refugio de todo ánimo libre. Libre, se entiende, de
la contaminación grosera de un medio ambiente torpe, como lo es en el que se
aboga nuestra literatura contemporánea.
Esa tendencia intelectual es la que, adornada del más fino humorismo, representa Alfonso Reyes, escritor en quien se cumplen verdaderam~nte las afinidades electivas hispanoamericanas, tan gastadas en las salvas ofic1ales.
Distingue a Alfonso Reyes entre los cultivadores de nuestras 17tras una
ecuanimidad rarísima, no ya en sus hermanos del Continente-tan diferentes,
pero caracterizados a nuestros ojos con ciertos rasgos hipe1 bó~icos col!1unes-,
sino en los españoles de hoy, mel'lguados herederos de la castiza sobnedad_de
espíritu. En este _plano oblicuo nos ofrece la realidad sutilizada en una eX:pre_s1ón
literaria, sujeta, sí, al rigor filológico, pero en el que las papeletas científicas
vuelan, convertidas en pajaritas, en alas del arte.
En las J&lt;ejúblicas del Joconusco (ilfemorias de un súbfli~o alemdn), cuento qu~
llena las páginas centrales del volumen, nos par7ce as1~1smo el ce!1tro esp1ntual del libro, el punto ea que convergen su sentido clásico, su gracia moderna,
su medio tono tan digno y sugestivo, irradiaotes hacia las últimas modas y los
últimos modos de la l:&gt;uena sociedad literaria.
Si literario en demasía se te hace, lector, El plano oblicuo, en que Alfonso
Reyes te propone las cosas todas, esto es, ordenadas en una perspectiva de
alusiones que se escapan a veces a tu ignorancia, ¿es justo achacar a defecto
suyo tu falta de gusto por las buenas letras?

C. R. C.

�LA PLUMA

LA PLUMA

S. R. C~Jd:-Ckác~aras de_cef~.-(Pensamientos, Anécdotas y Confidencias).
Madnd, 1mp. y hb. de N1colas Moya, 1920.
c':,o que los franceses llaman ~d _1,-iste edad de los lul.o1, podría calificuse
tamb1én ~ edad de los ,:etrat~s. _Proxuna debe estar tu muerte cuando tus am~
gos y admll"adores te piden tns1s~ntemente el busto. Ap.resúrate a complacer~
les antes que t~ ,cabeza, que com1;nza a desecarse, se convierta en calavera.&gt;
Ye. co_n ocas1on d_el retra~o al oleo que uno de nuestros primeros pintores
está haciendo de CaJlll, hab1amos offio comentar ea alguna tertuli"a 1·t
·
·
"6
1 b"ól
. .
1 erana,
esa m15.ma._preocupac1. n que e I ogo ms1gae corrobora en la reflexión suso
trans~nta. Tal pe!1sam1ento 1 pr~side con serena gravedad, a1Jenas ·d isimulada
por cierto hum?nsmo me_l~ncóhco, pese a la rudeza aparente con que a veces
s 7 expresa, las mteresantis1mas _páginas de las Clzáckaras de caji, en que el sabio emplea sus mal llamados ocios.
. 1:'ocas l~cturas tan apasionantes como ésta, no tanto por la novedad, el &lt;\trevun1ento n1,Ja manera de exponer pensamientos, anécdotas y confidenciag1 vúlgares. las n_ias vec;s. en fuerza ~e huma~s, como porque' en ella se descubre
·con ~mcenda_d ,trag1ca, el dolorido senh: de uno de los pocos homb,es cuyo
he~01smo ~ot1d1ano resplandece ya con.mm.aculada gloria en la desolación. d panola. Tuste consuelo el que de estas 1rón1cas chácharas se desprende, consi~
deraad? la soleda~ a que un Caja! se ve condenado en el yermo espiritual de
su patria. ~oble eiemplo e; de su vida-que la vejez aureola de un nimbo clásico-consc1_entemente pred1~ado en la severa admonición fi nal del libro:
•··· Un ¡_oven pnede ?~cirio todo;_tiempo habrá de rectificar ignorancias,
err~res o ligerezas.~~ v1e¡o debe aspirar a ser reflexivo y grave, pues le falta•
rá tiempo para escnb1r su fe de erratas.
Si las f11:erzas JlO flaq11eaa demasiado, lo más cómodo y socialmente loable
para el _anciano e 7 continuar y desarrollar _la obra iniciada en la juventud. y si
se considera déb_il ~ agotado pa~a la función creadora, escriba sus recuerdos,
c_ontando a sus d1sc1pulos y admiradores, para ejemplar enseñanza, cómo realizó la ardua empresa que le condujo al éxito y a la fama.&gt;
c. R. c.
***

rá cae año de Revista-dice el Sr. Cossío-como el documento más precioso,
auperior sin duda a los Estudios literarios, y aun a estos mismos Estudios de
Literatu,-a y A,-te, para penetrar en los orígenes de la personalidad de don
Francisco, porque allí aparecen ya definidos y tensos, no algunos sino todos
los hilos rectores con que se ha tejido el opulento tapiz de su labor intelectual
y de su vida. Tres son los más fuertes: el espíritu filosófico, la acción social
educadora, y la multiplicidad de intereses o inextinguible curiosidad, que le
mantuvo en perenne vibración, y permitiéndole renovarse cada día, le otorgó
graciosamente el don de aquella eterna actualidad en que siempre viviera.&gt;
Finísimo crítico, no se engañaba ciertamente D. Francisco al considerar tales artículos de su mocedad, «tan sólo como hijos de ese afán que el espíritu
siente por representarse sus propias ideas e impresiones, segwi los acontecimientos de la vida van solicitando su atención, y promoviendo en él un círculo
de reflexiones desordenad.:.s e incompletas&gt;. Al lector desapasionado de hoy
le asaltan repetidamente, leyendo las páginas literarias, o filosóficas, o de pedagogía, que nos quedan del Sócrates sin Platón que fué D. Francisco Giner, esta
reflexión amarga: ¡Malaventurado país, y tiempos desgraciados estos en que un
hombre tal, ha tenido que sacrificar, quizá, su propia obra en aras de una labor
social-de simple roturación del baldío patrio!
Quedan sus discípulos, se me dirá. Cierto, mas no con ellos el impulso vivificador del maestro, cuya virtud no estaba tanto en la profesión de un sistema
determinado, como en el propio ánimo generoso, disperso en un trabajo sin
emulación en foerza de humilde. Y no será la menos inquietante, la consideración del escaso resultado obtenido por la Institución Libre de Enseñanza,
como vivero de artistas y literatos. ¿No será, acaso, muestra palmaria del fracaso de una educación integral, el verla reducida, en sus frutos artísticos, a
cierto dilettantismo, que mal encabre con severa frialdad protestante, la simple
ausencia de catolicismo?
Y entiéndase aquí catolicismo, en su acepción más universal, ajena a toda
confesión religiosa.
c. R. c.

Prancls~o Giner.-Obras completas, III.-Estudios de Literatura y Arte.-

• ••

Madrid, 1919.

Jblien Tienot.-Un demi-siecle de Musique Franfaise.-F. Alean, Paris, 1919

. En la serie ?e l~s obras de D. Francisco Giner, que sus discípulos publican
p1ados~mente, mcluyese abora e~tos Estu1ios de Lite,·atura y A,·te, editados
por pnmera vez en 1876, colecc160 de arhculos «escritos en su mayor parte
p_oco después de los veinte años , edad en que no es dado a la medianía producir sazonados frutos•: según decí~ entonces su propio autor.
Por demás sugestiva es la sucmta referencia que D. Manuel B. Cossío, co•
labor~d◊r de D. Francisco de por vida en la obra de la Institución Libre de
Ensenanza, hace, en el prólogo de este tercer volumen de la Revista Meridio•
nal, A&lt;: qt"~ada, en que los primeros artículos de Gine~ vieron la luz. •Queda•
284

1

La colección de historia, biografía y estética musical que publica el célebre ·
editor de ·filosofía contemporánea Félix Alean, reanudó sus trabajos apenas
empezó a despuntar la paz por el horizonte. Nada más oportuno q ue continuar
esas publicaciones con una que abarcase en una ojeada general la música francesa comprendida entre las dos guerras: la primera, clarín que hizo despertar el ánimo nacionalista de los músicos franceses, mientras que la segunda los
encontraba ya en la plenitud de la sinfonía.
JuJien Tiersot, abundante tratadista en materia de musicología, dedicó permanentemente su actividad al estudio de la música de su país. Sus libros sobre
la Historia de la Canción popular en Francia y sus colecciones de cantos re285

�LA PLUMA

LA PLUMA
gionales y de viejas melodías son indispensables para el estudiante del folklore; al tiempo mismo sus trabajos históricos sobre Ronsard y la m&lt;isica de su
época, Rouget de l'Isle y su vida, la música durante la revolución francesa,
13erlioz y la sociedad de su tiempo, gozan de una reputación bien cimentada,
mientras que sus Musiques f,ittoresques y sus Notes d'etl,nograp!,ie musicale son
de lo más valioso en este género, tan atractivo como poco cultivado.
Su nuevo libro goza de una cualidad general a esta biblioteca musical: una
rara ecuanimidad y amplitud de espíritu que se traduce por la claridad en la
visión y el desapasionamiento en los juicios.
Recorrer la historia de la música francesa contemporánea desde su resurgimiento al año siguiente de la guerra franco-prusiana, al fundarse la Sociétl
Nationale de Musit¡ue, y llegar hasta las últimas consecuencias de la Socilté
Musicale lndependante, sabiendo analizar con la misma simpatía y tranquilidad
de ánimo al viejo Saint-Sal!ns o a Mauricio Ravel, es un mérito de que pocos
podríamos alardear.
Cincuenta años de vida musical significan un período decisivo en la historia
&lt;ie este arte. No es posible hoy desconocer las flaquezas de los fundadores de
la Nacional, ni negar las virtudes de los músicos posteriores a 1900; pero sí es
justo reconocer a éstos como los creadores del más espléndido jardín musical de Francia, y no lo sería el olvidar que aquellos viejos músicos fueron quienes prepararon el terreno y que aun realizaron muy bellas conquistas. ·
Monsieur Tiersot divide su libro en trece capítulos. Su enumeración hará
ver con qué orden recorre este fértil período de la historia musical: Antes
de 1870, los supervivientes.-1871, la fundación de la Sociedad Nacional y Héctor Berlioz.-Bizet.-La generación de 1871.-Saint-Sal!ns, Lalo y sus contemporáneos.-César Franck.-D'Indy y la escuela franckista.-Gabriel Fauré y la
escuela de Saint-Sal!ns.-El conservatorio.-Bruneau y Charpentier.-Claudio
Debussy.-La joven generación.
Pocos estudios más serenos sobre Debussy y los jóvenes existen en Francia
que los del Sr. Tiersot, a pesar de no ser un entusiasta sin reservaa; y es digno
de señalarse el que para ese autor no haya pasado inadvertido el intenso interés del más joven sector musical español por las nuevas manifestaciones del
arte francés.
Una extensa bibliografía aumenta el valor de este volumen.-S.

"

..

Paul Landormy.-Bral,ms.-F. Alean, París, 1920.
A la obra anteriormente reseñada de Tiersot sigue un estudio crítico-biográfico de uno de los músicos alemanes más desdeñado, considerado como el
caso típico de la opacidad germánica. Jobannes Brahms, que ha provocado los
entusiasmos más irrazonados junto a la denigración más despiadada, necesitaba
un estudio como el actual, en el que un perfecto equilibrio de ánimo y la más
justa medida crítica saben ponderar los tan desiguales niveles existentes en la
obra de ese músico.

Paul Landormy es tan conocido entre musicólogos como entre filósofos, repartida su actividad entre ambas disciplinas, y, compositor ademís, sabe ver
cor;,. claridad en la regron en que se mueven las intuiciones y la voluntad inconcreta de los creadores.
.
El estudio de Landormy está dividido en cuatro partes, en las cuales la segunda y cuarta comentan a las otras dos, la 1Jida; el l,om/Jre; la o/Jra; el a,·tista.
Ese capítulo en que el autor describe con tan sutil análisis al «hombre• aclara
singularmente al que critica al «artista•. El ánimo blando, sentimental, enemigo
de violencias y de brusquedades-temperamento de sedentario-explica bien
la excelencia de Brahms a los géneros menores, su «romanticismo de pequeña
envergadura, sentimentalidad burguesa que se contenta con algunas fantasías
al claro de luna y con un pesimismo sin protesta•. Su falta de energía para
crear formas nuevas ni aún para rebelarse contra las antiguas, en una época de
plena revolución, le lleva a contemplar con mirada fría los monumentos clásicos que pretende insensatamente imitar. Así llena esos anchos bastidores de
sustancia inerte o gro!.'era, por turno, según se cree inspirado por sentimientos
poéticos o entu~iásticos.
Saber evitar esas pretenciosas obras en las que Brahms fracasa, pero buscarle en la agradable penumbra de sus obras menores, es lo que Landormy aconseja
con claro razonamiento.-S.

"

..

Carl Van Vecbten.-Tt,e Mu¡ic of Spain (preface and notes of Pedro G. Morales).-Kegan Paul, Londres, 1920.
La Biblioteca de Música y Músicos, de los editores Kegan Paul, Trench
Trubner &amp; C.º, de Londres, contiene obras del mayor interés, entre las que los
estudios crítico-biográficos se unen a los trabajos de divulgación y a las exposiciones históricas.
EÍ último volumen publicado del Sr. Van Vechten, sobre la música en
España, participa de esa triple índole. Se comprenderá, pues, que en unas 160
páginas, s6lo puede contemplarse el arte musical español en muy rápido desfile.
El interés de Inglaterra por la música española crece cada día; un libro bastánte completo en su información y que acoge por igual todos los géneros musicales, desde la danza más popular a las obras &lt;;le más refinado arte, pt1ede, a
falta de trabajos más detallados, servir bien de introducción, pero hace desear
que se le vea pronto sustituido por otros más detallados y puntuales.
El prólogo de Pedro García Morales presta una utilidad grande a ese libro,
ciñendo su materia un tanto disuelta y ajustándola a un principio de unidad
crítica. La falta de valoración de las categorías, sen~ible en el Sr. Van Vechten,
se remedia así, en todo lo posible, por razón de la excelente información y del
seguro juicio crítico de García Morales, que no se olvida de señalar los ú ltimos
acontecimientos-no por ser los últimos los menos significativos de nuestra
vida musical.-S.
·

�LA PLUMA
Libros recibidos: V. García Calderón: En la veróena de Madrid. Amúica
Latina, París, 1920.-Giuseppe Manfroni: Sulia soglia del Vafica1UJ (1870-1901),
Volumen l. 1870-1878. Bologoa, Nicola Zanichelli, ed.-Gioo Damerini: A-,r di
Venezia. Bologna, Zanichelli, 1920.-Giannino Omero Gallo: Le Oasi del Dolore tII, III). Bologna, Zanichelli.-Giuseppe de Lorenzo: M,rale Budd!,ista. Bologna, Zanichelli.-Arturo Issel: Fra le neóbie del passato. Bolo~na, Zanichelli.Concetto Pettinato: I)ora 1·ossa. Bologna, Zanichelli.-Antomno Anile: Ne/la
scienr.a e nella vita. Bologna, Zanichelli.
Revistas: La Lectura, Madrid, agosto.-Arquitectura, Madrid, abril.-Hermes, Bilbao, octubre.- Vida l\fuestra, Buenos Aires, agosto y septiembre.-España, Madrid.-E.11aña y América, Cádiz, octubre.

AÑO I.

1

MADRID, DICIBMBRB 1920

Gacetilla.
Tradncciones.-Puestos a traducirlo todo, lSe debe traducir también
el nombre propio y el apellido del autor• de la obra trucidada? Vemos anunciadas traducciones de las obras de Carlos Maurras, Arna/do Benett, Renato Benjamín, Salvador Giacomo... Esperamos que, no tardando, se traducirán las tragedias de Pedro Corneja y Juan Raiz, el Novum Organum, del canciller Lord
Tocino; las fábulas del cbuenhombre• Lafuente, los laracteres, de Juan del
Brezo; el Gil Bias, de Renato El Formal; las obras selectas de Juan Estuardo
Molino; las de Juan Pablo Juez, y tantas otras poco conocidas hasta ahora. lmit~mos a madame Emitie Le Brun, que más de una vez ha citado a Anatolio
Fran:ia.

• **
De la influencia del clima en la resolución de loa enredos escénicos.-Ingente es la figura literaria del Sr. Linares Rivas; coloso de la dramdturgia española, tiene un pie en la ribera de la comedia chistosa y otro en
los bravos riscos de la tragedia, rústica o urbana.
A este último pie le brotó, años ha, una Garra. Hasta entonces nos había
deleitado (moviendo sin tregua el otro) con esas comedias en que todos los
personajes, tontos, al parecer, se toman el pelo mutuamente: «Tu padre vino a
Madrid arreando mulos.&gt;-«Peor hubiese sido que los mulos le arreasen a él.&gt;
Si la calidad de este diálogo erá insuperable, el Sr. Linares logró al menos encontrar para su Gan·a un conflicto hondísimo: la lucha, en el corazón de un
bígamo, entre el amor y las leyes. Cuando La Garra se representó en el Uruguay, que es país adelantado, el bígamo se m~rchaba con_ 1~ segunda mujer, la
amada; cuando se representó en Eslan, el b1gamo se su1c1daba, pero un cura
le daba la ahsolución; y al representarse en la Princesa, ¡qué hubiera dicho el
abono!, se mataba sin que le absolviese nadie.
Dícese que hay otra versión de la obra, apropiada al público de Compostela. El lector adivinará con qué gusto vamos a comparar los rugidos de Cristobalón en Lara con los que ensaya Borrás para espectorar esa tragedia en el
Odeón.
288

Peeegeínación.
1
bn momento crepuscular
pensé cantar una canción
en que toda ia esencia mía
se exprimiría por mi voz:
predicaciones de cSan :Pablo
o lamentaciones de ;Job,
de versículos evangélicos
o preceptos de &lt;:Salomón
¡0h 9Jiosl
¿ff{acia qué vago C:ompostela
iba go en peregrinación?
¿C:on C/Jalle-fJnclán g con cSan f/?oque,

NÚM. 7.

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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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