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                  <text>LA PLUMA
Libros recibidos: V. García Calderón: En la veróena de Madrid. Amúica
Latina, París, 1920.-Giuseppe Manfroni: Sulia soglia del Vafica1UJ (1870-1901),
Volumen l. 1870-1878. Bologoa, Nicola Zanichelli, ed.-Gioo Damerini: A-,r di
Venezia. Bologna, Zanichelli, 1920.-Giannino Omero Gallo: Le Oasi del Dolore tII, III). Bologna, Zanichelli.-Giuseppe de Lorenzo: M,rale Budd!,ista. Bologna, Zanichelli.-Arturo Issel: Fra le neóbie del passato. Bolo~na, Zanichelli.Concetto Pettinato: I)ora 1·ossa. Bologna, Zanichelli.-Antomno Anile: Ne/la
scienr.a e nella vita. Bologna, Zanichelli.
Revistas: La Lectura, Madrid, agosto.-Arquitectura, Madrid, abril.-Hermes, Bilbao, octubre.- Vida l\fuestra, Buenos Aires, agosto y septiembre.-España, Madrid.-E.11aña y América, Cádiz, octubre.

AÑO I.

1

MADRID, DICIBMBRB 1920

Gacetilla.
Tradncciones.-Puestos a traducirlo todo, lSe debe traducir también
el nombre propio y el apellido del autor• de la obra trucidada? Vemos anunciadas traducciones de las obras de Carlos Maurras, Arna/do Benett, Renato Benjamín, Salvador Giacomo... Esperamos que, no tardando, se traducirán las tragedias de Pedro Corneja y Juan Raiz, el Novum Organum, del canciller Lord
Tocino; las fábulas del cbuenhombre• Lafuente, los laracteres, de Juan del
Brezo; el Gil Bias, de Renato El Formal; las obras selectas de Juan Estuardo
Molino; las de Juan Pablo Juez, y tantas otras poco conocidas hasta ahora. lmit~mos a madame Emitie Le Brun, que más de una vez ha citado a Anatolio
Fran:ia.

• **
De la influencia del clima en la resolución de loa enredos escénicos.-Ingente es la figura literaria del Sr. Linares Rivas; coloso de la dramdturgia española, tiene un pie en la ribera de la comedia chistosa y otro en
los bravos riscos de la tragedia, rústica o urbana.
A este último pie le brotó, años ha, una Garra. Hasta entonces nos había
deleitado (moviendo sin tregua el otro) con esas comedias en que todos los
personajes, tontos, al parecer, se toman el pelo mutuamente: «Tu padre vino a
Madrid arreando mulos.&gt;-«Peor hubiese sido que los mulos le arreasen a él.&gt;
Si la calidad de este diálogo erá insuperable, el Sr. Linares logró al menos encontrar para su Gan·a un conflicto hondísimo: la lucha, en el corazón de un
bígamo, entre el amor y las leyes. Cuando La Garra se representó en el Uruguay, que es país adelantado, el bígamo se m~rchaba con_ 1~ segunda mujer, la
amada; cuando se representó en Eslan, el b1gamo se su1c1daba, pero un cura
le daba la ahsolución; y al representarse en la Princesa, ¡qué hubiera dicho el
abono!, se mataba sin que le absolviese nadie.
Dícese que hay otra versión de la obra, apropiada al público de Compostela. El lector adivinará con qué gusto vamos a comparar los rugidos de Cristobalón en Lara con los que ensaya Borrás para espectorar esa tragedia en el
Odeón.
288

Peeegeínación.
1
bn momento crepuscular
pensé cantar una canción
en que toda ia esencia mía
se exprimiría por mi voz:
predicaciones de cSan :Pablo
o lamentaciones de ;Job,
de versículos evangélicos
o preceptos de &lt;:Salomón
¡0h 9Jiosl
¿ff{acia qué vago C:ompostela
iba go en peregrinación?
¿C:on C/Jalle-fJnclán g con cSan f/?oque,

NÚM. 7.

�LA PLUMA
adónde íbamos, 6eitor?
¿'JI el perrillo que nos .eguía
no sería, acaso, un león?

LA PLUMA

11

!lbam&lt;M sig,,.iendo una vasta
muchedumbre de todos los
puntos del mundo, que llegaba
a la gran peregrinación.
&amp;ra una noche negra, negra,
porque se había muerto el clol.
fNos entendíamos con gestos
porque se había muerto la voz.
$.einaba en todo una espantosa
y profunda desolación.
¡t)h !Dios!

¿'Y adónde íbamos aquellos
de aquella larga procesión
donde no se hablaba ni oía
ni se sentía la impresión
de estar en la vida carnal
y si en el reinado del/ ay I
y en la perpetuidad del ¡oh/
¡tJh, ;i)iosl

290

.Cas torres de ia catedral
aparecieron. .Cas divinas
horas de la mañana pura,
las sedas de la madrugada
st1ludaron nuestra llegada
con campanas y golondrinas.
¡tJh, !Dios/
;Jamás hablamos visto
envuelto en oro y albor,
emperador de aire y de mar,
sino aquel '8eñor ;Jesucristo
sobre la custodia del '8ol,
/oh, !Dios/,
para te querer y te amar.
C:Visión fué de los peregrinos,
mas brotaron todas las flores
en roca dura o campo magro,
y por los prodigios divinos,
tuvimos pájaros cantores
cantando el verso del milagro.
:Por la calle de los difuntos
vi a Wietzsche l/ :JCeine en sangre tintos,·

�J

LA PLUMA
parecía que estaban juntos
¡e iban por caminos distintosi

•••
.Ca ruta tenía su fin.

'JI dividimos un pan duro
en el rincón de un quicio obscuro,
con el fMarqués de $radomm.

LA PLUMA

t;l perfume que nace de tu sustancia propia
unge los palpitantes senos de la floresta,
!J la estación que ríe bajo su luz de fiesta
hace tus gracias suyas y tus sonrisas copia.
!Pues al paso de 9lora la 'Gierra se conmueoe
y con formas de oro, de púrpura, de nieve,
de azul, la maravilla de su misterio expresa;

así, llena de música, la selva melancólica,
traduce por el canto de la flauta bucólica
lo que arde, lo que aspira, lo que ama y lo que besa.
fMaravilloso champiñón decorativo
que floreciste tantas funciones sanguinarias
en las luchas carlistas, y que por ser tan varias
tus formas, te conviertes en tiara del esquivo;

RUBBNDAIUO

hacia adelante, o hacia atrás, casco, aureola,
ya redondez de hongo, o arista de peñasco,
9ll ponerte en mi testa, me siento un poco vasco,
ya f!parraguirre, o bien 'llnamuno, o .Coyola.

floca.
9l tus pies 'Griptolemo, déa, su cornucopia
vierte, mientras tus manos alzan sobre la testa
encrespada de oro la simbólica cesta
en donde el f!ris mágico sus riquezas acopia.

293

�edad de oeo

LA PLUMA

(Jiiatoñetas de niños de toda, clase. y pa~a)

dijo el castellanito: cPor el duro, voy a traerle al señor cinco grillos
de lolii buenos... »

(1913=1920)

2

GuadaHama

Clib•o inédito)

(Madrid)

el geiUo ,~al

•Qtt
'

1

(Madriá)

angustia el grill? aq~~I de aqu~ljunio raro-junio cóncavo
Y profundo-, alh encuna de ffi1 ventana abierta, tan dentro
de mi soledad, como un cascabelón en el mismo centro ir:iterior de mi oído! Mi sueño era un infiriito de pesadilla y sobresalto:
era todo el cielo negro de verano, hecho monótono goterón sonoro
Y pesado, de estrella de plomo y eternidad de sombra; el mar inmenso de betún nubiano, condensado en una breve ola terrible y ahogante, que, en cada rítmico golpe, me atragantaba; era el mundo en
concentración, que descansaba sobre mis sesos auditivos, preso yo
por la cabeza-¡qué tirones!-de él.
_ ... Por fin, no pude más; y le dije al niño del portero, dueño del
grillo real, que si me lo quería vender; que le daría un duro o dos
.
o cmco,
lo que él quisiera; con la idea de llevarme el acerado 'anima-'
lito oscuro al Retiro y hÓspedarlo entre la yerba más distante.
El ch~quillo abrió unos ojazos enormes, asombrados, que a mí
me parecieron dos grillotes melancólicos, de honda música triste,
creyendo yo que se le convertían en pena, con mi pregunta.
¡No, gracias al dios del silencio, existente, parapií, aquel día! Me
29•

torrecilla de la Prosperidad, mísera, y los pardos chopucos invernales del Canalillo, se cortan hoy sobre un cielo sucio, vagamente estriado de verdes, telón acuoso del Guadarrama.
Marylin, de pronto, ha arrastrado a Walusia a una ventana, y,
encaramándola un momento, le ha dicho: «Walusia, mira, hoy no
hay Sierra. Se la han llevado esta noche los ladrones.»
W alusia alza sus vivos ojitos negros a los míos, abre sus braci. llos gordos, encolchonados de triples mangas que se le han subido,
sofocándola, y al fin se echa sobre mí, llorando desconsolada, como
si sucediese una cosa horrible: «¡Hoy no hay Sierra, Juan Ramón;
hoy no hay Sierra!»
3
el desmonte
(Madrid)

L

I

A

niño está sentado-¿desde cuándo?-en la húmeda arena dura,
esperando no sé a quién que lo ha dejado allí sin valimiento¿esa mujer del mantón blanco a cuadros marrones, oculta casi en el
desmonte, con un guardia civil?-. En la esplanada sucia, como la
mujer y el guardia no están, están solo el niño chico y la tuna· grande, que nace opaca y friolenta-octubre-, deslumbrada del crepúsculo, tras la torre de la Guindalera.
Un momento, el niño, en la volubilidad de su mirar, ve la lunaluna, tunera, cascabelera-, y, echando la cabeza atrás, le tiende
L

E

2 9S

�LA PLUMA

LA PLUMA
cuanto puede sus bracitos. Luego, el cansancio se le une &amp;I olvido·
Y mira un bichillo que pasa, se queda oyendo una corneta desento~
~acta que raja tristonamente el ocaso de dramáticas fajas, o se entretiene en recorrer con su dedo el charquito que, como un filtro sin
llave, acaba de dejar bajo sí.
...Llora un_ poco, pero también se olvida y se cansa del llanto; y
otra vez, perdidos los ojos arriba, le tiende sus bracitos, en un peq~eño esf~erzo inmenso y desesperado, a la luna, que va ennochec1endo, brillante ya y definida, toda la alta soledad.
. 4

(Madrid)
s invierno, y está siempre con su mantoncillo de pico, cuarta
parte, cortado, de uno de mujer, tapándose con él la boca. Graciosísima, la niña. Su cabecilla redonda, peinada lisa-cierto esmero
¿de quién?-, y su tieso rabito trenzado con una cinta blanca al fin
me recuerdan la luna llena con una estrella cerca-que a su vez me'
recuerdan un barrilete nocturno, con un farol en la punta de la cola
=¡qué misterios, cuando pequeños!Ya me conoce, y sus ojitos nuevos y alegremente tristes me ven
venir, y me sonríen, desde todos los lejos de estas calles. Yo, en vez
de darle el dinero que ~a al bolsillo colilloso del hombre borrado de
la esquina, la llevo a una panadería o a una confitería y le compro
algo que le guste; y ella se viene conmigo paseando y contándome
cosas, hastaJtue se come del todo lo que sea.
Creo que se siente defendida por mí. Sin duda, se figura, confusamente, que su padre de la esquina es hombre de no sabe qué grandes derechos-El Tío de la Lista, Ravachol, El Destripador de mu296-

5
la matiposa
(Madrid)
la asturiana polaquita, buscando, como siempre-los ojos
verdes saltados contra el suelo, ávidas las cargadas manitas
· rojas, sorbiendo distraída su nariz-, buscando por la tierra cristalitos,
bichillos, palitroques, ¿qué?, se ha encontrado una mariposa blanca
medio muerta, al pie de un chopo. La ha cojido, limpiándose las ma- ·
nos en el delantal, con la inocencia de una delicadeza virjen que
«quiere ser&gt; delicada, y, corriendo, la ha puesto sobre una gran marARYLfN,

la mendiguiUa

E

jeres, La Mano negra, El Verdugo, alguien trájico y estraño, destacado en entrevistos crepúsculos matutinos y vespertinos de telarañosos suburbios bajos, con desnudeces y tizonadas; de lo que ella ha
oído aquí y allá, y no une ni entiende-; y si le anda cerca, la
niña me dice, disimulando contra mi abrigo: «Señorito, tenga usté
mucho cuidao, que está ahí mi pare, y no quiere que yo coma dulses.&gt;

M

garita:
«Ahí. Para que se muera a gusto.&gt;
Las manos a la espalda, nerviosamente entrecojidas por los dedos, sacando la barriguilla, caída la cabeza, ha buscado con sus ojos
marinos mis ojos, segura, sin pensarlo, de haber hecho una cosa
grande, merecedora de mí.
Un momento después, olvidados los dos, un punto, de la mariposa, 1a mariposa no estaba ya en la margarita. ¿Se la había comido
un pájaro? ¿Había revivido al impulso de la flor movida por la brisa? ¿Se la llevó el aire a la corriente próxima? ¿O se había evaporado
sencillamente, como de rocío, en una asunción milagrosa, desde el
alma de la flor, por el cielo radiante del entretiempo?

�LA PLUMA
Marylín, cuya sombra alargaba por el cerro el sol bajo-campo
.agriverde, con cerca agrirroja de ladrillo-, me miraba sorprendida,.
diciéndome con las manos inquietas lo que no podía ni sabía decirme con la boca. Su esplicación era más cierta por no ser nada, y►
por no ser nada, la convencía y me convencía.

Caegos
I

y6

el

fNo tienes perdón.

«perlodi&amp;ta&gt;

(Madrid)
que, con la noche de la calle mal alumbrada, apeEs nastan semenudo
ve. Le sale a uno de cualquier parte, de uno mismo casi,.
y me clava en el brazo un periódico que a él lo tapa.
Grita entonado, el papel ya bajo el brazo, las manos eri los hondos bolsillos de su chaquetón de otro: «¡La Corres, con la muerte deGallitooo!»
«¡Chiiico!», le riñe la hermana, algo mayor que él, abriendo la.
ventanilla de su casita encendida y abrigada del puesto; «¡que eso
no eees, que eso era hace cuatro dilias!»
Él se va derechito y empinado a ella, y: «¡Tú! ¡que hace cuatro
día; pero si lo sé, si es pa vendé, boba!»
Da media vuelta, y con un lastimoso contoneo torero militar de
sus poquedades y miserias, mirándose la sombra que le saca una farola de gas-verdelimón en la maraña cobriza de un arbolucho aún
seco, que hospeda a la media luna-, se dice, oyéndose él sólo
«¡Soy má chulo yo!»

JUAN RAMÓN JIMBNBZ

{;l 9l,rcángel de la balanza,
considera menguado al hombre
que la ocasión desampara.
'Yo no sé qué mosca de oro
/ascinó tu alerta mirada;
go no sé por qué te dormiste
cuando la ocasión alboraba.
'Yo no sé como no sintieron
tus manos-proas de esperanzael encontronazo divino
que hace posibles las hazañas.
l;n el CValle de ;fosa/at,
el 9l,rcángel-la acción sagradate rechazará por inválido
con un ademán de su espada.

-

�L A PL U MA

. .. ...
V

[Pues el momento vino a ti
con todo lo que tú soñaras,
y lo deiaste patinar
y hündirse dé nüevó -en·¡a nada.

:for 9lmistad quiero deci.r descanso,
acog~dor albergue, hospedería,
burladero interino de la lucha.
Cualquier otro concepto me fastidia.

II
VI

6n el trance resbaladizo

'Vas derramando tu vida
en un sinsentido ameno,
como las nubes
por el cielo.
'Y después vendrán las llantinas,
el remordimiento cruel;
nube cargada
quiere llover.

pude ver que tu mano era
de yeso {río.
9l mi vacilación angustiosa,
que duró minutos o siglos,
tu mano, en vez de acudir,
quedó plegada a tu egoísmo.
¡!Descuida! 'Ya no se ·tocan
nuestras manos ni en el infinito.

J. MORBNO VILLA

III

¿'Y para qué la petulancia,
cuando sabes que yo te admiro
sin !cáscára?
IV

Cepos pusiste en mi senda nocturna;
yo los colmé de flores y agua pura.

.

'

�LA PLUMA

el

vte,o
Cuento teat,a(.

E

el Sabina!, pueblo del interior, distante muchas leguas de la costa,
tienen los hermanos Isidro y Matías Sosa una 'tienda en la que se
vende de todo, comestible_s, bebidas, telas, quincalla, granos... Los
•negocios no andan bien. En peor situación que su hermano está Matlas,
el cual, cargado de hijos y de deudas, vive en un pago cercano al pueblo.
En éste, en la plaza única y en la misma casa en que se halla la tien•&lt;la, vive Isidro con su suegro el señor Alejo, su mujer CarÍnita y su
hija Lola.
N

• ••

Habitación baja de la casa de Isidro. En el fondo un alto paredón, en
·el cual se abre a la derecha la ancha puerta que da a la plaza y a la iz. quierda una ventana.
A poca distancia de la puerta y en sentido perpendicular a la pared
•del fondo, se encuentra el mostrador, ancho y tosco, que divide la escena
en dos partes desiguales; a la derecha, el espacio destinado al público que
entra a comprar, y a la izquierda, otro espacio, convertido en almacén y
atestado de fardos, cajas, toneles... En los rincones, montones de maíz,
trigo, habas ... A la izquierda, las habitadones de la familia. En el primer .
piso viven Isidro, su mujer y su hija.
Hay en ese piso una galería exterior, de la que parte una escalera angosta, por la que se baja a la tienda. En una habitación del piso bajo
,duerme el Sr. Alejo.
-302

*•*

Es el dla del Patrono del pueblo, en pleno invierno. A las seis de la
mailana es aún noche cerrada.
Las campanadas lentas del alba y, poco después,el golpear de los cascos de varias caballerlas en el empedrado de la plaza.
.
•. d d
Fuertes porrazos en la portada. Una voz ronca y enérgica gnta es e
afuera:
-¡Isidro!
(Los cristales de las ventanas ~ue ~ao a la galerla se iluminan. Una voz aguda de muJer gnta:)
- ¿Quién es?
MATÍAS.
¡Pazl ¿Eres tú, hermana Carmen?
CARMEN.
Ya voy, hermano Mattas.
MATÍAS.
¿Qué hace Isidro!
.
CARMEN.
Ya va. Se está acabando de vesttr •
.
¡Cuerno con el gaodull Bajen pronto a abnr, que hace un
MATÍAS.
frío de todos los demonios.
CARMEN.
1Volando, hermano Matíasl
.
l en
(Al cabo de un rato aparece en la galería Isidro, faro
mano. Grita desde arriba, mirando a la plaza por una
ventana:)
¿Hermano Matías?
MATÍAS •
1Presentel
ISIDRO.
¿Cómo te ha ido?
d
Ya te lo diré, hombre. Baja de una vez y abre esa con eMATÍAS.

ISIDRO.
MATÍAS.
ISIDRO.
MATiAS.
ISIDRO.
MATfAS.

nada puerta.
. d ¡
tó )
(Isidro baja; quita los barrotes y cerrojos e por o.
1Bueoas y santas nos dé Dios, hermano Matlasl
Buenos, hermano Isidro.
¿Qué tal te ha ido!
Regular.
.
¿A qué hora saliste de la ciudad?
subir
Daban las Animas cuando las bestias empezaban a
303

�LA PLUMA

ISIDRO.
MATÍA.S.

MATÍAS.

ISIDRO.
MATÍAS.

ISIDRO.
MATfAS.

la cuesta de San Nicolás. El condenado maltés no pudo
d~spacharme antes, porque la quincalla la tenía aún sobre.
el muelle.
¿Traes los percales, los mantones, la loza, los calderos?
De todo viene un poco. Empecemos ¡,or el encomienzo (al
arriero). Ea, señor Suárez, a descargar. Y abra mucho el
ojo, 110 me rompa nada, si no quiere que yo le rompa a
usted una pata. Encomience por la yegua. Tú, enciende
de una vez la farola. Me·da rabia de tropezar con tanto
chisme, que no vale dos pesetas.
(Isidro enciende la farola, que cuelga de una viga, encima
del mostrador; el arriero entra y sale.)
Pues, como te iba diciendo, salimos de la ciudad a las
ocho de la noche, y como ahora son las seis de la mañana,
más o menos, resulta que me traigo en los huesos mis
diez horas de caminata. Suerte que la noche estaba clarísima, con mucha estrella. U nicamente en el paso de La
Plata tuvimos algo que sentir... Cuidado, señor Suárez,
atienda: ese bulto ~n el rincón... Bien... Se presentó neblina, y como había llovido la tarde de antes, resbalaba el
piso como si lo hubieran fregado con jabón. Por cierto
que estuve a dos dedos de ir a tomar la mañana al otro
barrio, como el otro que dice.
¡Jesús! ¿Cómo fué eso, hermano Matfas?
Pues si; en lo más amargo de la cuesta, resbaló la yegua
que yo llevaba de cabestro, y por un milagro no fuimos a
juntar nuestros huesos, los míos tan aperreados como los
de ella, en el fondo del barranco.
¡Perra vida!
y todo por cuatro cuartos, jinojo; por salir del apuro de
hoy pa entrar en el de (mañana. ¡Ay, hermano Isidro! Si
tú me hubieras hecho caso, a estas horas estaríamos en

LA PLUMA

ISIDRO.
MATiAS.

ISIDRO.
MATÍAS.
ISIDRO.
MATÍAS.

ISIDRO.

MATÍAS.

ISIDRO.
MATfAS.

Cuba o en Buenos Aires, a paleando los pesos, en vez de
arrastrar esta miserable vida de ratones, entre sustos y
amarguras.
Escucha ... ¿Y el pagaré?
Por ese lado, menos mal. Tenemos ocho días por delante.
No pude conseguir más del condenado Procurador. Si a
los ocho días no le pagamos por lo menos dos años de
intereses, vendrá la ejecución, el embargo... La curia se
comerá la tienda, y esta casa que fué de nuestros viejos.
1Y nos dejarán en la calle, a pedir una limosna, hermano
Matfasl
No seas gallina, hermano Isidro. Aún nos quedan algunas
cartas que jugar. Por lo pronto, el día de hoy es nuestro.
¡Hombre! ¿El día de hoy...?
El día de hoy es nuestro, este día de la fiesta del Señor
San Sebastián, Patrono de la Villa del Sabina!. Verás
cómo en la venta de hoy sacaremos para pagar los intereses y aun algo del príncipal al maldecido Carranza.
Eso estarla bien, si no fuera la competencia, como el
otro que dice. Pero no cuentas con Santiago el Largo, con
ese infernal jorobeta, que ayer tarde publicaba por todo
el pueblo una rebaja del veinte por ciento sobre los artículos de quincalla, esos mismos que has traído de la ciu•
dad, exponiendo tu pelleja.
¿El jorobeta? Dale memorias. Ese no abrirá su tienda en
todo el día. Si quiere jeringarnos, tendrá que esperar a la
feria del año que viene.
¿Qué me dice, hermano Matias?
Hermano Isidro: pongo en su conocimiento, que en la
asomada de los Pájaros, alli donde la vereda hace una
vuelta, ¿sabes?, casi a la vista de Aregayeda, en el tramo
más angosto y más peinado-que· da frío de mirar pa
305

�LA PLUMA

LA PLUMA

ISIDRO.
MATIAS.

ISIDRO.
MATIAS.

lsIDRO,

MAl'IAS.

lsIDRO.

MATIAS.

lsrnRo.
MATÍAS.

ISIDRO.
MATIA.S.

306

bajo-, hay ahora cerrando el paso, un peñasco más gordo y más pesado que la Catedral.
¡Jesús, hermano Matiasl
Yo mismo lo puse alli, cen estas manos cQmO tenazas que
heredé del viejo Matías Sosa. ¿Qué te habías figurado? Yo
mismo lo arranqué de la ladera y lo arrastré volteando
hasta el camino, arriesgando esta perra vida que no vale
cuatro cuartos.
Resulta, pues...
Resulta que el pas:&gt; de la Plata está cerrado. Los arrieros de· Santiago el Largo tendrán que dar la vuelta grande
por Verdejuelos. No llegarán al Sabina! antes de las dos
de la tarde. Somos los dueños del mercado, co~o el otro
que dice. Venderemos al precio que nos dé la gana. Hun·
diremos al jorobeta.
Y •.• ¿no habremos gravado nuestra conciencia, hermano
Matías?
(Ríe.)
Acuérdate de lo que padre nos decía: ¡Antes que nada,
muchachos, a portarse bien!
¡Portarse bien! Eso lo pudo decir el viejo, que tuvo siem·
pre una suerte loca en sus compras y en su labranza; pero
nosotros, pobres diablos, arruinados, sin una perra, en la
última encavadura, ¿qué otro remedio nos queda sino robar como todo el mundo?
¡Qué cosas tienes, hermano Matías!
Sí, como todo el mundo. No me vuelvo atrás.
(Tentado de risa, querieftdo contenerla.) Es gracioso, muy
gracioso. Conque todos ladrones, ¿hi?
El robo, hermano Isidro, es tan natural como la respiración. Robamos sin sentirlo, sin darnos cuenta. La vida es

ISIDRO.
MATÍAS.

ISIDRO.

un paseo con las manos metidas en los bolsillos de los
demás.
Yo robo, tú robas, ¡¡hi, hi!!
Aquél roba. Todos robamos.
¡¡¡Hi, hi, hil!!

* **
LOLA.

ISIDRO.
MATÍAS.
LOLA.
MATÍAS.

Lou..
MATÍAS.

SUÁREZ.

MATiAS.

ISIDRO.

(Bajan_do la escalera con la tacita de café para el ab el )
No gnten, no griten, que va-i a despertar a papá
PD~dre, écheme la bendición. Buenos y santos tío Mat~~:·
1Os te haga una santa.
'
·
¿(onq~e al señor Alejo le llevan el café a la cama?
También se lo llevarán a usted cuando te
h
años cc,mo él.
nga oc enta

l1 ~-

Lo dudo. Primero, porque no llegaré a ellos y segundo
p?rque, aunque llegare, me figuro que no habrá hijo n:
met~ que me alcance una taza de sustancia.
No diga eso, tío Matías. Un padre es un padre.
(Incomodado con el arriero.) 1Señor Suárez, señor de la
p_achorra, guárdese ese pasito moderado para l
s1ón
. aa bpr_oce. ddel Santísimo Corpus! 1Vivo • vivo! Q mero
nr la
tlen a al ?olpe de las siete, desde que empiecen a repicar.
Don Matias, más no puedo hacer, créame. Me esto cayendo de pura debilidad ...; atiénteme las manos /verá
que las tengo como el yelo...
.
Hable cl~ro, señor mio. Necesita combustible, ¿verdad?
A_ ~er, Isidro, saca el ron; pero no el bautizado, no· el leg1hmo de Jamaica.
'
(Beben. Grito agudísimo y ruido de loza que cae y se rompe en el cuarto del abuelo.)
¡Misericordia! ¿Qué es eso?

�LA PLUMA
LA PLUMA
Condenada chiquilla, &lt;QUé te pasa?
(Bajando
la escalera, como una loca.) ¡Madre a moro.sal
CARMEN.
¡Mi niña! ¿Qué tiene mi niña?
(Saliendo del cuarto, despavorida.) ¡El abuelol
Lou.
¡Ay,
mi padrito de mi alma!
CARMEN,
¡Espere.
madre; no entre ahora, por Dios! ¡Espere!
Lou.
¡Confesión,
confe1ión!
.
ÚRMEN,
¡Callen,
condenadas
mujeres,
ordinarias,
gritonas!
Ba10,
MATÍAS.
muy bajo, que va a enterarse la vecindad. Ven acá, Lola,
¿qué pasa?
Entré ... a llevarle el café al abuelo ... Todo estaba oscuro ...
Lou.
Le llamo ... No me contesta •.. Me figuré que estaba dormido... Le tiro por una mano ... ¡Ay, que la tenía yelada
como el granizo.. .! ¡Ay, que está muertito, créame, señor
padre; créame, señora madre!
¡Muerto sin confesión!
.
¡Quietos todos! Nadie resuelle... Vista hace fe ... Yo les
MATÍAS.
diré a ustedes lo que pasa... Mucho silencie... (Enciende
una cerilla y entra en el cuarto del abuelo. Si~encio m~droso. Al cabo de un instante sale. Las dos mu1eres e Isidro le rodean, ansiosos.)
KUJER'lS B Isrn. ¿Qué hay? ¿Qué ha pasado? ¿Qué tiene el v~ejo?
Bajito, caramba, bajito. Pues ... nada ... no tiene compostuMA'IiAS.
ra ... Se fué con Dios.
(Llorando a gritos.) ¡Ay mi padrito! ¡¡Ay mi abuelito de
ARM.
Y
Lo
LA.
C
mi alma y de mi corazón!!
.
¡Silencio, escandalosas, ordinarias, mal criadas...! :'a1s. a
MATfAS.
despertar a toda la vecindad. (Brutalmente.) ¡S1lenc10,
IstoRO.

rayol
Matías habla bien. Más que lagrimas y suspiros, aprovechará al difunto un padre nuestro por el ánima •
Eso es. Rica idea. Vayan, vayan mis niñas a rezar un pa-

•

SUÁREl •

M.lTIAS.

SuAREZ.

MAT!AS.
ISIDRO.

MATIAS.
ISIDRO.

MATlAS.

drenuestro por el ánima... Adentro, no tengáis miedo. Yo
dejé encendida la vela... Adentro, adentro. (Entran las
dos mujeres en el cuarto del abuelo.)
(Muy atento.) Yo, por servirles, podrla ir por el cura.
Usted ajunta las caballerías y se marcha volando pa la
cuadra, ¿sabe? Y si yo llego a saber que el señor Suárez
le cuenta a alguna persona, quien quiera que sea, lo que
aqul ha pasado, es a saber, que el tío Alejo ha fallecido,
usted me conoce, señor Suárez, usted conoce a Matías
Sosa, el del Sabina!, pues le juro por la salvación de mi
ánima que donde quiera que le coja le parto el espinazo,
¡Cuidado con eso, señor don Matfas; cuidado con eso!
Usted no me conoce. Por el rigor yo no voy a ninguna
parte. Por el bien, un niño me lleva por delante con una
caña ... Ya sé que usted me lo pide con polltica, con muchísima política. Por eso yo le digo al señor Sosa que
Fortunato Suárez no despegará la boca para mentar al
señor Alejo; y si le preguntan que si ha muerto, dirá que
e.s vivo ... Usted no me conoce, señor don Matías. Por el
rigor, yo .. .
Bueno, hombre, bueno. Andando.
(Sale Suárez.)
¿Has visto qué fatalidad? Es tonterfa empeñarse, desengáñate. No hay más remedio que bajar la cabeza y canfor~
marse con la desgracia.
No me vengas con gallinerías. ¡La desgracia! ¿Qué mayor
desgracia que ser un gandul, sin coraje ni voluntad?
¿Pero qué quieres hacer, hermano !.latías? Con un cadáver dentro de la casa, ¿cómo es posible abrir el establecimiento? Quedarfamos sin dignidad, deshonrados, como
el otro que dice, a los ojos del público.
Entonces, tte conformas con perder el día de hoy, la oca309

�LA PLUMA

ISIDRO.
~ATIAS.

i.SIDRO.
MATIAS.

IsIDRO.

MATIAS.

ISIDRO.
MATIAS.

sión de la feria, la venta segura, el precio que nos dé la
gana, sin competencia?
¡Hay un cadáver dentro de la casa, señor!
¡Y de aquí a ocho días habrá dos, porque cadáveres, cuerpos putrefactos, comidos de cuervos, son los hombres
arruinados, sin una peseta, a quien todo el mundo da con
la punta del piel
Pero hay que cumplir con la sociedad, hermano; hay que
hacer el duelo.
¿y quién te dice que no se haga? Pero se hará a su tiempo; por ejemplo, a las dos de la tarde, cuando hayamos
concluído nuestras operaciones.
Pero el cadáver, hermano Matías. ¿No sabes que la gente
está acostumbr~da a ver todos los días al viejo, sentadito
junto a aquella ventana? Si hoy publicamos que no sale
por estar malo, los vecinos querrán entrar a acompañarle,
a darle un rato de conYersación. Y si entran, hermano
Matías, excuso decirte; si entran y le ven tendido como
un leño en aquella cama y nosotros tan frescos despachando detrás del mostradór, excuso decirte, hermano Matías,
cómo quedaremos. Quedaremos como un trapo, como ...
Asl seria si no vieran al viejo; pero como le verán, hermano Isidro, como le verán sentado allí, junto a la ventana, como todos los días.
¿Qué dices, hermano Matías? ¿En qué piensas, por Dios
vivo?
¿Te has figurado que Matías Sosa, este hermano tuyo que
anoché mismo le ha visto dos veces la cara a la Muerte
en el paso de la Plata, va a retroceder ahora por estúpidas consideraciones a un cuerpo sin vida, a un pedazo de
palo, cuando se trata del pan de sus ocho hijos? Tú no
me conoces. Mírame bien, hermano lsidro. Yo no soy un

.,

ISIDRO.
MATIAS.

l

ISIDRO.
MATIAS.

IsiDRO.

MATIAS,

IslDRO.

MATIAS.

ISIDRO.
MATIAS.

CARMEN.

ISIDRO.

hombre, soy una fiera capaz de derramar la sangre del
prójimo y la mía.
Sosiégate, hermano, no te acalores, no te precipites.
Acabemos de una vez. Dentro de poco saldrá el sol y empezarán los repiques... Ya se siente el rebullicio de la
gente en la plaza. ¡Qué feria vamos a tener! Haremos
doscientos pesos, trescientos quizá, rescataremos el pagaré, nos salvaremos de Carranza y de la Curia. ¡Animo,.
hermano Isidro! Entre los dos cargaremos al viejo y le
pondremos, allí, vuelto de espaldas en aquel sillón.
¡Jesús mío!
Al verle tranquilo, envuelto en su capa, la gente se ·figurará que está dormido.
Las manos me tiemblan, hermano Matías. Las gotas de
sudor me caen de la frente ... ¿Ves? Yo no sirvo para estas cosas.
¡Miserable gallina! ¡Quita! Lo haré yo solo.
No, no, espera, yo te ayudaré. El Señor me perdone ...
Pero escucha ... , ¿y Carmen? ¿Te figuras tú que Carmen
consentirá que le toquen el cuerpo sagrado de su padre?
¿Quién lleva los pantalones, ella o tú?
Pero señor, de todos modos hay que contar con ella,
como principal interesada que es en el cadáver.
Conformes. Pero, ¡vivo, vivo! Mucho tiempo hemos perdido ya.
(Isidro, desde la puerta de la alcoba, llama a su mujer.
Salen madre e hija. Diálogo en voz baja entre Isidro y
Carmen. Protestas y gestos de horror de ella: exclamaciones sofocadas.)
·
(Rompiendo a gritar.) ¡Jesús me valga! ¡Mi padre, los restos sacratísimos de mi padre! ¿Estás en tu juicio?
Espera, mujer, no te sofoques. Si no se trata de perj11di31 1

310

�LA PLUMA

CARMl!N.

MATIAS.
CARMEN.

MATIAS.

ISIDRO.
MATIAS.

ISIDRO.

CARMEN.

MATIAS.

CARMl!N.
MATIAS.

31:?

cario en nada ..• La cuestión e~ tenerle de cuerpo presente, como el otro que dice, un par de horas ... ¿A él qué le
importa? Más bien se alegrará de hacei-nos un favor.
Eso no es cosa tuya. Tú no eres capaz de eso. La ocurrencia debe de ser de tu hermano Matías, que nunca ha
creído en el ánima, ni en la justicia de nuestro Padre celestial.
Sí, señor¡,; la ocurrencia es mía, y como yo lo mando no
hay más remedio que obedecer.
Pues te equivocas. Primero me matan que dejarte manipular el santísimo difunto.
Pero, condenada mujer, ¿no comprendes que ese cuerpo
ya no sirve para nada, que es como un pedrusco, como
un pedazo de palo?
Eso, un pedazo de palo, que ni siente ni padece. Lo mismo que yo te decía, mujer.
¿Prefieres, mujer estúpida, verte arrastrada _por esos sue•
los, echada de esta casa por el granuja de Carranza, que
te rematen hasta la camisa y andar errante por esos campos con un palo y unas alforjas, pidiendo limosma, pasando hambres y vergüenzas?
Espera, hermano Matías. No la sofoques. Ya verás cómo
acaba por comprender la razón.
¿Y el pecado? ¿Tú no cuentas con el pecado grandísimo
que vamos a echar sobre nuestra conciencia?
Ea, bastante tiempo hemos aguantado tus majaderias. Se
me acabó la paciencia. ¡Sus! ¡Largo de aquí!
¡Her¡nano Matías, por caridad divinal
¡Largo de aquil
(Carmen sube lentamente la escalera. La chiquilla la sigue, sollozando. Matías, desde abajo, les impone silencio.)

LA PLUMA
CARM:SK.

LOLILLA.

MATus.:
CARMEN.

Lou.
MATIAS.
CARMEN.

LOLA.
MATIAS.

lsIDRO.

MATU.S.

Ism:ito.
MATIAS.
ISIDRO.
MATIAS.

lsIDRO
MATIAS.

¡Ay, Redentor mío! ¡Ay, Madre amorosa, qué dolor tan
agudo!
¡Hi, hil
¡Cállense, cállense!
¡Ay, qué corona de espinas! ¡Ay, qué hiel y vinagre! ¡Ay,
qué callejón de la Amargura!
¡Hi, hi, hil
¡¡Cállensell
¡Ay mi padre, ay mi padritol ¡Un alma tan buena, tan devota de la Santísima Virgen y del glorioso patriarca San
José!
¡Hi, hi, hil
11Cállensell
(El llanto de las mujeres se aleja. Ya no se oye.)
Ea, ya estamos libres. ¡Jinojo, vaya unos trabajos! ¡Triste
cosa tener que ganar las miserables perras con el sudor
del cuerpo y las amarguras del alma! En fin, ¿qué hemos
de hacer? Vamos, hermano Isidro, a la obra ... ¿Qué es eso?
¿Qué te pasa? Estás temblando...
No lo puedo remediar. El corazón se me encoge cuando
pienso que lo tengo que tocar con mis manos. ¡Ay, hermano Matfas, qué paso tan fuerte!
¿Conque le tienes miedo a los muertos?
No lo puedo remediar.
¡Idiota! ¿Tú crees que los muertos viven?
¿Qué sé yo?
Pues si viven, no están muertos . Entendámonos. Una
cosa u otra. De modo que tú... ¿te quedas en tierra?
(Casi llorando.) No puedo, hermano Matías; no puedo.
los brazos se me parten.
Quita, hombre, quita; da vergüenza... ¡Iré yo sotol No
necesito de til rNo necesitó de nadie!
313

�LA PLUMA

LA PLUMA

MATIAS.

ISIDRO.
MATIAS,
ISIDRO.

MATIAS.

IsIDlilO.
MATIAS.
ISIDRO,
MATIAS.

IsmBo.

MATIAS.
314

(Entra solo en el cuarto del abuelo. Al salir, marcha pe~
sadamente, con la cabeza erguida, jadeante, llevando en
brazos el cadáver, envuelto en una capa.)
¡Vivo, hombre, vivo! ¡Pon el sillón de espaldas a la puerta .. .! Así... ¡Ea, ya está!
(El cadáver queda sentado· en el sillón, de espaldas al
público; sólo se ve la €abeza blanca, apoyada en el respaldo. Matías se deja ca.er sobre un fardo. Respira con
trabajo.)
¿Qué tienes, hc&gt;rmano Matías?
¡Qué he de tener! ¿Te parece poco todo esto?
Tienes razón. Tú eres muy fuerte, pero no eres de hierro. Debes estar rendido. ¿Quieres tumbarte un ratito en
mi cama? ¿Vamos arriba?
¿Dormir yo ahora, cuando va a empezar la batalla? Esta
noche dormiré, si puedo. ¿Sabes lo que me pide el cuerpo? ¡Ron! ¡Venga ron! Echate una copa, que· bien la necesitas. Tienes la misma color que el difunto ... ¡Buen par
de gallinas estamos!
(Beben. Pasa algún tiempo.)
¿Oyes? ¡La señal...!
¿La señal? ¿No serán tus oídos?
No sé; me pareció oír muy claro el golpe del esquilón.
¡Espera, espera un poco .. .!
(Ambos atienden. Golpes débiles, agudos, espaciados de}
esquilón.)
¡Sí, es éll ¡La señal! ¡Ahora la campana...! ¡Benditos repiques,· que alegran y refrescan el alma!
(Los golpes de la campaña, lentos y acompasados al principio, se precipitan luego, se confunden en resonante algarabía. Estallido de cohetes.)
¡Te acabaste al fin, noche de perros, maldecida noche de .

MATIAS.

EL

GENTIO.

MATIAS.

horror y pesadilla! ¡Ya no tengo miedol ¡El padre Sol está
ahí fuera, llamando a la puerta, metiendo por las rendijas-.
monedas de cinco duros! ¡A la obra, hermano Isidro!'
¡Abre el portón de par en par, que entre el padre Sol!
¡Que entre todo el mundo!
(Isidrn abre el portón, Penetra en la tienda, con el sol deL
amanecer, una oleada de gente; hombres que vociferan y
cantan, mujeres que ríen, chiquillos que tocan trompetillas y tambores.)
(Frenético, medio borracho, golpeando con una pesa eL
mostrador.) ¡Adelante, señores míos! ¡Vengan todos a
honrar la casa de Matías Sosa, la primera tienda de la
villa del Sabina!! ¡Aquí encontraréis toda clase de artículos, nacionales y extranjeros, de todas las partes del universo mundo; comestibles y bebidas, lanas y sederías, pañuelos y mantones, quincalla y perfumería! ¡Alto! ¡Esperen un poco! ¡¡La religión siempre por delante!! ¡Caballe-ros, digan todos conmigo: nViva nuestro Patrono San
Sebastián!I
¡¡¡Vivalll
(Isidro se acerca tímidamente al mostrador, protestando
con el gesto contra el escándalo.)
Sí, sí, por D ios; tienes razón; ya no me acordaba ... (Vociferando.) ¡Vean ustedes si en esta familia hay honradez,
si hay ... caridad! ¡¡¡Si hay cristianismolll ¡Mientras loshijos se desloman trabajando, el viejo duerme tranquilamente en ur. sillón!
(Voces en el público, unas que preguntan, otras que con-testan.)
-¿Está dormido?
-Sí, está dormido .
-Dormido ... dormido ... dormido ...

�LA PLUMA
(Las voces, los cantos se atenúan, degeneran en murmullo, que poco a poco se apaga... El silencio se.extiende, se
prolonga indefinidamente...)

Melodías líeicas

..
1

LUIS Y AGUSTlN MlLLARBS

1'

)

Calendat?ío.

jiooiembte.
ffor la /R.eal Orden Otoñal
se declara el frío oficial

la magia del ritmo
!Dama cuarentona
-u hombre de prebendacuándo, el ritmo va
mula canonesa;
cuándo, cabo fino
de ágil hacanea
-trote menudo
y corta crencha.
&lt;:Jh !Dios, que el milagro del ritmo ya esdivertida invención de veras.
'Y ley del vivir. 'Y del triunfar.
!Porque es, entre todas, saber la senda.
'Y entre las mil lucecitas del cielo,
formar la nuestra.

y la poesía sentimental.

C:aen las hojas y los nidos,
los árboles se han declarado
en huelga de brazos caídos.
fllnimas, campaneo tétrico;
las golondrinas se marcharon
(caducaba su kilométrico).

'Y cuando anda el vivir en trastorno
y está como a golpe de ruleta,
saber ponerse en el color
en que la 9ortuna parará su rueda.

C/;odos hablamos del Ocaso
de que la vida es un fracaso

y referimos nuestro caso.

Dicta Ca (foa

F. VlGHl .
...-s 16

1

'Verso mío, has de tener
la alegría triun/al de 9Jeethoven;

�LA PLUMA

y ha de ser, tu canción,

ebrio trovar de ruiseñores.
61 maestro del ritmo que riges,
f ué el riachuelo, sierpe saltarina,
bajo la ventana de la alcoba
en que, infante, ensoñabas tu vida.

'Y f ué tu maestro la senda

,l

Apuntes
paea una qeogcafía musical
de eucopa.=1920.
&lt;-.&gt;)

por las brañas y los lentiscos,
en que ibas, ausente y poseso,
hilando el copo de estos linos.

'Y la golondrina que chiaba eufórica,
divirtiéndose en saltos mortales,
cuando rosa y o,o· venía el alba,
cuando oro y rosa se iba la tarde.

'Y la fina aguja del chopo
-lama, buril y estiloque dibujaba por las estrellas
sobre el cielo sus Jeroglíficos.

***
-'Y habéis de tener, mis versos, la honda
fluidez del canto gregoriano:
que a la carreta cargada de mies
no le va el ritmo del tren rápido.
LUIS G. BILBAO

in
líAllA
razones de tiempo, las que establecen el aspecto del mapa
en las geografías artísticas! Madre de todos, Italia hubiera comenzado, en otro siglo, una serie de papeletas!análoga a esta. Hoy, va
exactamente detrás de Francia y de Rusia. Y con fruto esto, aunque esté
todavía un poco verde y áspero al mordi9Co, mientras que lo parvo de su
cultivo alemán apenas produjo una cosecha débil, incolora y blanducha.
Saludemos el desfile de los buenos esplritus que prepararon el terre•
no-Sgambati, Martucci, Alfano-; pero no hacemos aquí historia retrospectiva. Para combatir la degenerada actitud de dentro de casa, llamaron
a las virtudes del vecino, que, al trasplantarlas, se llenan de veneno. Se
cegaron voluntariamente al luminoso camino del estilo-la intensa esencia de su raza-, tuvieron veleidades germánicas, que pasaron en seguida,
y las cuales esgrimían como arma contra los que derrochaban en malos
pasos la rica herencia tradicional y, en resumen, hubo un espacio temporal de incertidumbre, de decaimiento y de desorientación, hasta que llega•
ron los ecos de las músicas de Rusia y de Francia.
Júbilo general y rebato de corazones a voleo. Cada cual agarró un
trozo de la túnica salvadora, y armaron la más jovial algarada. La Italia
musical de nuestros días es el árbol lleno de pájaros, en el que cada uno
-canta su propia alegría por haber encontrado lo «nuevo&gt;.
Diferencia en esto de España, de casi todos los países musicales, en
ROFUNDAS

P

319

�LA PLUMA
LA PLUMA
general; mientras que el periodo tr~nsit_orio, ~l que media ~ntre el w3:gnerismo hasta el despertar de la conciencia nacional, es sensiblemente igual
al seguido en España. El wagnerismo no empapó del mismo modo a Inglaterra, que seguía con sus adoraciones mendelssohnbrahmistas; a nosotros, si; pero despertamos al mundo nuevo con menos alegría que los
italianos, que se recobran como después de un mal sueño disipado.
Unos países son, esencialmente, sinfónicos, aun cuando miren hacia el
teatro. Otros, como Italia, son, sustantivamente teatrales, aun pensando
en hacer música de cconcierto&gt;. Las primeras impresiones del arte ruso.
sirvieron en Italia para colorear, con algún matiz de novedad, a la
música de escenario. El realismo de Mussorgski producía una impresión
grave entre los pocos que lo conocían, los cuales lo ocultaban con un cuidado que parecería gracioso si no fuese ignorante; este afán de ocultar
ocurrió también entre nosotros.
Entendido a medias, el realismo del autor de cBoris&gt; conducía al
verz'smo. Contra él-esto es, contra lo exótico en el arte teatral italianose alzaron los músicos de la estirpe nueva, porque, además, ese teatralismo sensacional condensaba todos los vicios de la decadencia italiana, mal
encubiertos por un traje que preteudía estar a la mod~, y porque por ~ntre ellos no circulaba más que una sangre corrompida y un propósito
de engañar al incauto con sw espantajos sentimentales.
En este sentido, el &lt;verismo&gt; es_ un 3:traco estético al público d~ ~?ntos· del mismo modo que el sensacionahsmo de Strauss lo es al pubuco
de Íistos. Arte de pícaros, en una palabra; aquél, con la ~anzúa de la. melodía en lo blanco de los ojos; este otro, por sus momgotes grand1filosofista s.
.
En un ambiente tal, con las emanaciones mefiticas del pantano vensta
y las de la cloaca-máxima straussiana, se comprende que la pureza de
intenciones del simbolismo francés o la fresca sangre sonora de los rusos
apareciesen como efluvios de un paraíso encantado.
Algunos de los- primeros ':11ús~cos ~el crin~vamento&gt; hablan incluso
estudiado en Alemania, y sentido Juveniles veleidades ~or Bru~kner y p~r
Mahler; pero Francia, con su ~orizon~e claro a lo Puv1s, les htzo sacudir
las sandalias y acogerse al s~ave ambiente del te~plo nuevo. Luego, la
irrupción de Strawinsky les tnfl.amó con un neofit1smo ~•~no de generoso
entusiasmo. Alguno de los nuevos proclamó que la mus1ca empezaba el
día del estreno de Le sacre du Printemps.
.
.
Nunca se vió un trompeteo más entusiasta, llamada al cammo recién
abierto. Y con·el desprecio de los operistas y el asombro de los demás,
320

un g~po de ardit{ comenzó a trabajar en Italia, apenas sospechados de
los mismos que los habían hecho nacer, y apenas sostenidos por la fe ni
el aliento de nadie.
Hoy mismo, de~~ués de Pizzetti, de Casella, de Malipiero, de Castelnuovo, de Tomassiru, el cuerpo general de opinión en Alemania O ea
Francia, en Inglaterra o en España o aun en la misma Italia no cree de
un modo convencido en la autenticidad de la joven música italiana. Veremos despu~s que esto mismo ocurre respecto de los nuevos compositores germán~cos. A lo qu_e _menos se acostumbra el público es a que un
pueblo cambie en su tradición o la haga evolucionar. Parecería tan raro
hace unos pocos añ?s qu~~er convencer de que Francia, por ejemplo, no
era sólo Gounod-Saiot-Saens-Massenet, y Alemania no Beethoven-Schumann-Wagner, como que Italia no era tampoco Bellini-Verdi-Puccini. y
otro tanto al afirmar que habla una floración musical tan nueva como rica
en ese país, o en Inglaterra o en Espafta.
Nada menos pertinente que hablar de &lt;escuelas&gt; en esas tierras asi
como tampoco en la nueva Alemania. Entre los jóvenes italianos ap~nas
ha)'. otros rasgos co~~nes que los del temperamento o los que dan la seme1anza de las cond1c10nes que los han lanzado a la lid. Hay un cgrupo&gt;
-la escasa docen~ de n~mbres que todos los días repetimos (1)-, pero
no otra cosa. La diferencia de temperamentos, de intenciones, de sensi•
bilidad y aun de procedimientvs (dentro de la generalidad de lineas que
su genealogía les da), es mayor que la semejanza de sus rasgos comunes.
J?efinense éstos como sensuali~ad palpitant~ y ~lerta; viveza de imaginación, de concepto, de percepción y de reahzac1ón; agudeza de intuición
y claridad sintética, un amor por la expresividad de la disonancia y una
limpieza de línea con una acentuación sui glnerls en el modelado, que es
tradición permanente en el arte italiano. Una cosa son todos: italianos
hasta la médula; brotes de un árbol tradicional, cuyas ralees se extienden
~n lo má~ hondo de l_a historia, con sus ventajas consiguientes y con sus
mconvementes también; un arte todo en el aire y en el rayo de sol· un
arte_ todo en el brillo de ojos y en el cascabeleo del oído. Pero ¡qué gran
motivo éste! ¡Qué verdadero su impulso a la creación! Lejos de las inconfesables gestaciones del verismo y de la ciénaga sensaciomi.lista.
Esos músicos italianos son e puros&gt;. He aquí su principal valor. Lo
que les mueve no es la baja palpitación grosera de los post-románticos
sinfónicos u operistas.
'
(1) Véase la nota bibliográfica sobre el libro de G. M. Gatti en este número.
321

�LA PLUMA

lo

Y, por
menos, hoy es esa condición su más alta ventaja. Su obra
no puede aspirar a otros cumplidos mas que por lo limpio y bello de sus
orlgencs. Ahora que, para ser obra verdaderamente, le falta aún mucho
camino. No dudo yo de la vitalidad de la tendencia; por eso creo que la
obra vendrá. Hoy estamos todavia en los propileos. Algunos, Casella,
Malipiero, parecen ser las primeras concreciones estelares de la nebulosa. Pero todo en ella es movimiento y evolución material. Es tan fina la
sensibilidad de un Mario Castelnuovo, tan !frico el dramatismo de Pizzetti, Malipiero está tan deslumbrado por la iridiscente palpitación de la
disonancia, Casella tiene un temple tan fuerte y tán noble; todos ellos,
Davico, Santóliquido, Victorio Gui, Perrachio, Alaleona, Balilla-Pratella,
tienen tan rica vena y tan aguda vibracióR, que la obra no se hará esperar. Sin duda se está ya formando. Mucho de lo ya hecho integrará ese
corpus total necesario. Hoja3 tiernas, de su abundancia nacerá la opulencia del bosque nuevo.
.
Hasta entonces contentémonos con el jardín.

ADOLFO SALAZAR

t
l

t

La co.s tu m bce

E

ec~ _de socieda.d ~ue pregonaba el regreso y consiguiente instalac1on de los senores de Serrano en su hotel del banio de Argüelles, había suscitado de nuevo la maledicencia madrileña en torno a las segundas nupcias del joven ez ministro conservador:
-¡Casarse sin guardar luto siquiera a la otra pobrel
-¡Tirar así una carrera política por la ventanal Porque esas cosas se pagan, ¡vaya si se paganl
-¡Darle madrastra a la niña!
-¡ Y qué madrastra!
-¡Si los hombres de talento hacen a lo mejor cada cosa! ¿Qué
necesidad tenía de casarse con ella?
-¡Pchs! ¡Vaya usted a saber! Quizá todo sea cuestión de costumbre.
Tal vez no estuviera muy lejos de lo cierto el caracterizado senador que tan experimentada opinión aducía.
Viudo de aquel modelo de esposas
L

«cristiana, amable, cariñosa y seria•
322

323

�LA PLUMA

LA PLUMA

que, como el cantor de estas rancias virtudes, era del campo de Salamanca, donde poseía pingües heredades, César Serrano, apenas
transcurrido el novenario, volvió a sentir la comezón de tomar
estado.
En lo que influyó no poco el consejo de la mujer que había arrebatado a la legítima la sobremesa de la cena diaria, transcurridos que
fueron los cinco años primeros de los diez que estuvo casado.
-Mira, César-le dijo-, tengo miedo. Lo que oyes. Míedo de
qua te me vayas. Ya ves tú lo que son las cosas ... Ahora que se ha
}levado Dios a la otra pobre ... Y es que me has dicho tantas veces
que yo era tu libertad, 9.ue al verte libre tengo ~iedo. C~ate. Cásate
para que yo esté otra vez segura de que necesitas de mt. De tu mujer nunca tendré celos.
.
Entonces, desafiando la unánime oposición de deudos y correhgionarios, se casó con ella.
Hicieron el viaje de novios imaginándose que lo eran, y por mejor ayudar al ánimo a recobrar ciertos virginales :~ntimiento; que
yacían dormidos en el recuerdo. A la vuelta, la fam1ha enarbolo desde luego bandera de paz-tal significó a sus ojos el blanco pañuelo
con que les saludó desde el andén la niña, huésped de la abuela durante la paterna luna de miel.

***

Sentados en el sofá como estaban, echóseles la noche encima.
-¿Estás contenta?
. .
Ella, por toda respuesta, se le quedó mirando, luego mclmó ruborosa la cabeza y así permaneció un instante, fijos los ojos en el ca324

lado del delantalillo, cuyas puntas tenía graciosamente cogidas con
cuatro dedos.
-¿Estás contenta? Di.
Tomándole la barbilla con cariñoso imperio, le obligó a levantar
la vista.
-¿Lloras?-Y le besó calladamente los párpados.
.
-¡Tonto!-replicó ella desprendiéndose de sus brazos; y limpiándose el dulce llanto con el pañuelo de su marido, devolvióselo
luego al bolsillo superior de la americana, de modo que asomara dos
puntas coquetas-. ¡Que si estoy contenta! ¡Pues podía no!
-¿De veras, Churrunga?-Esto cogiéndole ávidamente las manos, a la vez que buscaba en sus ojos la verdad de tan tierno halago.
-Te voy a pedir... una cosa-le interrumpió.
E intentó disimular con mentido carraspeo la emoción que su
voz delataba.
-¿Qué quieres?
-A ver si vas a creer que se trata de algo importante...
-Me asustas ... ¡Habla!
-¡Qué bobada!
-¡Acaba de una vez, mujer, no me tengas así!
-¡Ay qué gracia! Pero tontín ...
El afán de restarle importancia al favor, aumentaba el recelo del
marido.
-¡Por algo se me antojaba a mí que no estabas satisfecha del todo!
-¡Eso sí que no, César...! Quería decirte simplemente que ... ,
¡pero no te enfades! Queria decirte que no me llames ya Churrunga.
Él echóse un poco atrás, sin dejar de mirarla, y se limitó a contestar pausadamente:
-Ya.
-¡No creas que es por mí! ¿Que por quién? Al pronto, parece
32 5

�LA PLUMA

LA PLUMA
una simpleza. Es... por ti. Piensa que soy ... tu mujer. Y, sobre todo,
que tengo que ser una segunda madre para tu hija.
Se hizo un silencio. Duró lo que el eco dél reloj de cuco al dar
las nueve.
-¿En qué piensas?
-En que... ya no eres, no puedes ser Churrunga; pero te iba tan
bien. ¿Cómo te voy a llamar ahora?
-¡Ay qué gracia! ¡Como si yo no tuviera nombre cristiano! ¡Y
poco bonito que es!
-Pues... ¡sí que es verdad! Mira que no haber caído... Rosa.
Rosita.
Al conjuro de aquel nombre parecia como si los apasionados sentimientos de antaño se le trocaran en los propios del ánimo matrimonial.
La niña no cenó aparte como en casa de la abuela, sino con ellos,
para que se acostumbrara a no ser huroncilla.
-Es muy mona; se parece toda a su madre.
Y así diciendo, cogióle de la mano la madrastra para llevarla a
acostar ella misma.
Luego de bien arropadita le dió un beso en la frente, y volvió al
comedor.
Su marido, e~ zapatillas, bostezaba ante La Correspondencia.
-¿Qué haces ahí? ¿No sales? ¿Y por qué? ¡Tienes que salir! ¡No
faltaba más! ¡Nada de sacrificar costumbres! En los años que hace
que te conozco, no has dejado de salir una sola noche de tu casa.
Le obligó a calzarse de nuevo, le ayudó a ponerse gabán y sombrero le dió un beso en la mejilla y, empujándole a la puerta, permane~ió luego en el rellano hasta verle desaparecer escalera abajo.

126

***

.

1

11

l

Echó a andar como sonámbulo. Cansado de vagar por calles y
callejas, despertó al ruido de las palmadas que él mismo daba, inconscientemente, ante un portal.
Abrióse en esto el balcón de un entresuelo, cuya vista érale también familiar, y oyó una voz femenina que decía apresurada:
-No llames al sereno. Ya baja la chica a abrirte.
Se pasó la mano por los ojos. Entró.
En el oscuro recibimiento le salió una mujer al paso:
-Creí que no volvías más.
Y como penetró resuelto, seg uiale ella corredor adelante dándole
quejas:
-No tengo un perro. ¡Hasta el casero me ha mandado un recadito! Gracias a que los porteros son buena gente y han hecho
que me fiaran en los ultramarinos, que si no... ¿A ti te parece n
medio regular? ¡Dos meses sin dar señales de vida! ¿Pero te has
quedao mudo? ¿O es que pintan morros? ¡Pues di que sólo eso faltaba?
A su grito de asombro, cuando estuvieron a la luz del gabinete,
respondió risueño el intruso:
-No soy un apache; no se asuste.
-El caso es que a primera vista...; pero, ¿quién es usted?
-¿Qué más da? Ya nos conoceremos... Por lo pronto, no se preocupe de esos piquillos que dice deber, ni se acuerde de ese perdido.
-Pero... ¿quién?
Y le miraba entre espantada y curiosa, engolosinada con la aventura. La•criada, que atisbaba con recelo desde el pasillo, cuando le
vió echar mano a la cartera se retiró discreta a la cocina.
- No vaya usted a creer tampoco que estoy de remate. Apuesto
a que vamos a ser muy buenos amigos. Yo no quiero nada. Nada
327

�LA PLUMA
más que libertad. Un poquito de libertad ... de tapadillo. Después de
cenar... todas las noches ... la libertad ... Churrunga.
Estaba ganada.
-¡Ay qué paso más chusco! ¡Y vaya un nombre que me pone!
~Que, ¿no te gusta? Ya verás qué bonito suena.
-Más que el mío desde luego.
-¿Cómo te llamas?
-¡Anda! ¿Y a usted qué le importa?
-Es verdad, Churrunga, es verdad.
Y se dieron las manos.

~

1

Teatcos. .
«pigmalión.&gt;

C. RIVAS CHERIF

Shaw, detenido años ha ea la Ciudad Lineal-diez o doce van
transcurridos desde la representación de Mrs. Warren's professíon
con el título de 1 rata de blanca¡ (I) en el Teatro Artístico que alli
dirigía el señor Miquis-, ha vuelto a entrar en España por San Sebastián
,este verano, y en Madrid por el Pasadizo de San Ginés. Coincidiendo con
el estreno de Pigmalión, la empresa de Eslava ha publicado en los periódicos una nota oficiosa dando cuenta de la representación en un teatro de
Londres de una comedia de la firma Martínez Sierra. La noticia alimentó
en nuestro ánimo cierta falaz esperanza: la de que semejante intercambio
no fuese tan sólo efecto de un azar casual, sino de un propósito general
beneficiosísimo para el público madrilef\o. Pero nuestra ilusión se desvaneció, no más vimos levantarse el telón en la comedia de Bernard Shaw,
y aun antes, al salir el propio señor Martínez Sierra a leernos, a telón corrido, unas cuartillas explicativas del alcance y significación de la obra
que se iba a representar. El empresario de Eslava, cubriéndose con la
pinta, nos advertía que el Pigmaü'ón era, como todas las de su autor, una
comedia inverosí'11til, escrita para un público-el inglés-que, muy realista en la vida, gusta, al revés del nuestro según el exégeta, de la inverosiERNARD

B

lMP ROMPTU
CVamos a cantar sin copla,
vamos a cantar por cantar,
como el viento cuando sopla
por el encinar.
· 'jj vamos a hacer de manera
que para decir su intención
cante cada. cual lo que quiera,
mas todos a un son.

1
'Í

329

�LA PLUMA
militud en el teatro. Cuentan que uno de los primeros actores más aplaudidos por la claqut y de que más se ufanan los gacetilleros, decía, resu.
miendo en sucinta opinión la que P{gmalt"ón le merecfa, que en España..
tenemos 25 autorea dramáticos como Bernard Shaw. Quien no haya
visto la representación de Eslava juzgará excesivo el número. Nosotros►
sin embargo, nos atreveriamos.desde luego a contar hasta tres, y claro que►
entre ellas, a la firma Martínez Sierra. Ya sea :efecto del expurgo
del tradu.c tor, ya de la dirección artística al dar a la obra el tono con que
ha sido representada, es lo cierto que de la gracia c,riginal dei Pigmalión
apenas si queda otra cosa que la liviandad caracteristica de las comedias.
de Benavente, de Linares o de la firma Martinez Sierra. A ello ha contribuido no poco la int~rpretación, adaptad-i a las condiciones de la señora
Bárcena, sugestiva en extremo, pero cuya acusada personalidad tan repetidamente perjudica a los varios caracteres que le están encomendados
en el reparto de las obras. Llámese Desdémona, Margarita Gautier o Nora,
siempre es Catalina. Nosotros casi preferiríamos que Naturaleza no hubiera dotado a la señora Bárcena de tan delicado metal de voz, voz para
dar el sí de las níñas, cuya ingem1idad teatral cuadraría tan bien a su temperamento.

UN CR1T1CO INCIPIBNTB

330

I',
t

l tBROS Y REOtSt~S
Ramóa

Meaé■ des

Ptd&amp;l.-E.rJudios liJ1rario1.-Atcnca. S. E.-Madrid.

Tanto se ha abusado en estos últimos tiempos del dictado encomiástico de
maestro, atribuyéndolo con vano halago y sin sentido, ora a quien le quedaba,
mucho todavía por aprender, ya a quien de poder enseñar algo diera malísima·,
ejemplaridad a los supuestos discípulos, que es menester, en casos como el presente, llamar la atención del lector sobre la justicia y conciencia con que lapa-Jabra se empica. D. Ramón Menéndez Pidal lo merece sin que semejante título,
Je acarree la enojosa compañia de cuantos lo detentan una temporada, según
Jo impone la moda pasajera de una generación, en el caso más favorable, cuando no de un corrillo.
Heredero de cierta preeminencia magistral, de que había hecho un trono su
glorioso antecesor, ha sabido depurar, reducir a proporciones científicas, el legado espiritual de Meoéndez y I'elayo, cuya leyenda amenazaba, en boca del
vulgo, arruinar la obra fecunda del historiador literario. Meoéndez y Pelayo era•
unfenómt1'o, declarado vo~ pojuli monumento nacional. Había que reaccionarcontra la maravilla, sacrificándola en aras de la sana razón. Desprovista de todo
oropel, mantiénesc incólume la memoria del gran escritor a través de la obra
del crítico, profusa, desordenada , excesiva, discutible en su magnificencia. Menéndez Pida! personifica ese criterio clásico que ha sido menester para encau- zar dentro del sistema europeo, digámoslo así, de la crítica literaria, el caudal de
la erudición española. Criterio que implica tanto el rigor en los métodos de investigación cuanto el estudio de la literatura desde un punto de vista propia-•
mente literario, espiritual, no sujeto tao sólo al tecnicismo de la papeleta que ·
mata.
Tal la enseñanza que se despr ende de estos Estudios, leídos por su autor·
en recepciones a cadémicas o publicados en diferente s revistas de 19 02 a la fecha; trabajos que, no obstante aparecer coleccionados modestamente sin otro.,
orden que el cronológico, no son ensayos nacidos al azar, hijos de la ocasión,
sin más nexo entre sí que el de la pluma que los ha escrito, mas que responden.,
331

�LA PLUMA

LA PLUMA
.:a una unidad de concepto, que trasciende al lector sugiriéndole la serena

al ~errar el l_ibro se i:os_ antoja ronca de so2tener el mismo tono agudo de la
pnmera págma a la ult~m~.. Adolece principalmente, a nuestro juicio, la obra
entera d_el deseo_pec11har_1s1mo en las ~scritoras de dar una impresión de fuerza varonil. La senora ~spma descubre su feminilidad en la invención, allí donde para más rea(zar_ 1~ tremenda fatalidad del sino adverso mezcla inoportunam~nte el drama_1,nd~v1dual a la tragedia colectiva, drama por otra parte tan dilwdo en la _d&lt;::cr1pc1_ón del fondo, que no capta nuestro interés.
Esta op~mon der!va de una discrepancia fundamental t&gt;ntre el gusto artístico de la_ senora !tsprna y _el nuestro. Digamos en holocausto a la verdad que la,
razón, _s1 es el publico _quien la da, parece estar de su parle, pues que en el
poco tiempo transcurndo desde la salida de El metal de los muertos está ya a
punto de agotarse la primera edición.

gra-

vedad intelectual que en tales páginas alienta.
Presídelas, sin duda, en punto a su importancia, el estudio sobre La Crtftli,ca general, al que sigue en nuestra preferencia el discurso acerca de La j&gt;rimitiva poesía Hrica española con que inauguró D. Ramón Meuéndez Pida! el pasado año el prirnero;deJsu presidencia del Ateneo. Muéstrase en todos ellos, aun
en los que _;¡retenden ser sólo apuntes o notas breves de ternas apenas esbozados, el mismo sentido general, que s11.be recrear a la luz de hoy día los fundamentos de un espíritu español, persistente en la literatura castellana.

C. R. C.

•••

c.

·Concha Espina.-El ,mtal dz los muertos. Novela.-Gil Bias. Madrid, 1920.
Al criterio absu.rdo de la r:nayor parte de los editores y libreros españoles,
atentos, al parecer, al sistema de venta preconizado en el inveterado refrán del
buen_ paño encerrado en el arca, ha sucedido de algún tiempo a esta parte el
prunto de anunciar a la norteamericana, es de cir, con exagerada despropor
-ción entre la mercancía que al público se ofrece y su calidad. No es esta la
única concomitancia que el lector, a poco curioso que sea, observará entre la
última novela de la señora Espina y los procedimientos artísticos y editoriales
-de que suele valerse al escribir y publicar las suyas otro de nuestros primeros
escritores, según la fama ambirnuodial, el Sr. Blasco Ibáñez. Tengan o no que
-ver semejant~s nclamos con el mérito literario de las obras así expuestas a la
pública conside ración, revela n en todo caso un afán mercantil digno de respeto, ya que la indife rencia o la falta de información adecuada del común de
los lectores exculpan el exceso ditirámbico.
Et metal de los muertos es una novela-llamémosla así pues que tal nombre
le da su autora- sumamente interesante en cuanto al propósito. Creemos que
ila señora Espina ha intentado romper la monótona liviandad del ambiente
con una obra cuya gravedad correspondiera con épica grande za a la crisis sodal del mundo. Que el alegato puede St&gt;r considerado obra de arte, es cosa
palmaria aun antes de Zola, y a partir de él según ciertas reglas todavía no subvertidas en su género. La trágica cuestión de Ríotinto es de por sí tan apa!&gt;ionante, que incluso a través de las informacioces p eriodísticas impresiona a
todo ánimo sensible. ¿A qué obedece, pues, que su lectura en las páginas de Et
metal de los muertos no suscite en el nuestro esa emoción expiatoria propia de
las grandes obras? (que no son siemp re las más voluminosas). En nuestro en·tender, a que la novela no está lograda.
Pese a la precisión detallista con que la señora Espina acumula cuantos términos técnicos le ha podido proporcionar el estudio documentado del lugar de
la acción, y quizá precisamente por ese exceso, int:xpresivo para el profa•no, se confunde el lector, un tanto abrumado por el esfuerzo de la autora, que
332

R.

c.

***
Mario Pu~cini.-Essere o non essere. Racconti.-Edizioni A. Mondadori.Rorna.
;

!,a interesantísima crónica con que ha inaugurado Mario Puccini su colaboración, ~n LA PL_mu basta µara dar, a través de la imparcialidad informativa
del cntico, un_a idea clara del propósito literario que anima al autor de Essere
o non essere, dignamente presentado ya a nuestros lectores por Enrique DíezCanedo. La lectura de los tres cuentos que componen el volumen nos confir~an e?- es": idea, que juzgamos de provechosa ejemplaridad en el desconcierto.
litera.no reinante. La hermandad hispano-italiana es, por otra parte, tan indudable,_que todo fenómeno social, cuanto más literario, tiene para nosotros doble ahc1e1:1te po~ el solo hecho de producirse en un país tan afín al nuestro.
. ¿Qué mtenc16n revela Mario Puccini en medio del desaforado lirismo futuns~a qu_e ~a sucedido, juntamente con la nueva disgregación dialectal de laumdad italiana, al genial D'Annunzio? La de volver al natural. No haya equívocos. Pero tampoco m_ayores sobresaltos. Esa vuel~a. al natural ¿puede significar
nunca ya la aceptación del 11aturalismo como d1v1sa? No; el mero hecho de
propo~er como modelo al octogenario Verga no implica en el homenaje al
autor_ ilustre de l.avalle~·ía rusticana la consagración de la teoría ve,-ista, que
constituye a nuestros OJOS el peso mu•rto de su literatura. La elección de tal
maestro_ sign_ifica la co_ndenación del énfa~is d'annunziano y del desbarajuste
del mannettismo. Es simplemente un llamamiento a la honradez literaria.
Pero ~n los tres cuentos que integran Bssere o non essere-Kitorno al mondo,.
G_aratten, L_a veritá-hay además un humorismo de tan buen temple, quiero decir tan cermdo a través de ese criterio sutil hecho en fuerza de buenas letras
que ello solo basta para hallar en su lectura el reposo deleitable de que est~
faltas cuantas solicitaciones suelen hacernos los libros, monótonos en su mons-truosa inconexión, que nos brindan los escaparates de la •ueva Europa.
33J

/

�•

LA PLUMA

LA PLUMA
Tenemos noticias de que algún editor es_p~ñol piens~ publicar, no tardando,
Ja traducción de este último libro de Pucc101. La elecc1on nos parece lo más
.acertada.
C.R.C.

*

**

&gt;Guido M. Gatti.-Musicisli moderni d'/lalia e di fuori.-Pizzi

&amp;: C. Editori,

Bologna, 19,0.I
El nombre que encabeza e sta colección de artículos críticos es_ e l que ea
.Italia significa lo más claro y más intelige?te , a la par 51ue lo_ meior informado~
de entre los escritores musica les de su pa1s. Y este pa1s, Ita ha , es uno de lo
,más afortunados en posee r escritores de esta índole: Fausto Tonefra?ca,
Giovvanni Bastiauelli, Domenico Alaleona, entre_otros, SI? contar los mús1_cos
mismos que impulsan el movimiento de renovación, el «nnovamen_to• ~usical
, ue dió cuerpo a )a «Sozieta Italiana de Musica ~oderna~ y a la simpática reiista .Ars nova. Casella, Pizzetti, l\falipiero y el ag1ta~o _Bahlla Pratella defienden
, con la pluma los ideales que dictan sus obras de mus1ca.
.
.
Estudiar éstas de acuerdo con esas ideas estéticas y defio,1~ .la persooah?~d
de c;ida uno de esos músicos es lo que Guido M. Gatti,_el c11t1co de
Critica .
6tusicale, de Florencia, de otras revistas milanesas y director de It Piano Porte
. ~a de las más interesantes revistas m?dernas: de la cual hablare':°o.s enCe~a
sección), intenta en su serie de estudios pubhcados por la casa p¡zz1 &amp; • e
, Bolonia.
.
l"b
nueve·
Los músicos italianos de los que Gatti se ocupa ea su 1. ro son
. •
.Franco Alfano, Alfredo Casella, Mario Castelnuovo-Te~esco, Vmzem:o _Dan~o,
Vittorio Gui, G. Francesco Malipiero, Luigi Perrachio, lldebrando P1zzettt Y
,F. Balilla Pratella. Se ve que todos ellos pertenecen . al gr~1po moderno &lt;;1e su
aís y que el e~critor no ha pretendido un_a _ordenación 01 por ~d:ides 01 por
-~iscutibles categorías. Fraternidad y cord1ahdad ~on las c_arac_tensbcas de e~e
ru O ue no cuida de otras consideraciones smo de 1r directamente ~ a
'. ~on~uiJa de su arte y a tirar fuerte de las orejas del o,·ecdziante, el auditor
neutro y pasivo.
1 ¡·b ·t d Guido
Ocho esbidios sobre músicos extranjeros completan e I no e
•Gatti. Son todos ellos los que más interesan en el momen~o actual a ~d~s los
entusiastas por el nuevo arte musical: Emmanuel Cha~ne~, ~laude . e ussy,
Eugene Goossens, Gabriel Grovlez, Jobo Ireland, Enk Sat1e, Cyril Scott Y
,{)éodat de Severac.
.
d d fi ·
personaEl juicio crítico de ese escritor y su _rápida manera e e mr un~ erle traelidad hace que se le siga con el mayor mterés y mueve el deseo ~e _e Es lá
li ando de,músicos como Strawinsky, Bartok, Falla, Schoenbery, Scnabrn
P .

1:ª

i.

Guillermo d• Torre.-Manifiesto oertical.
De entre los jóvenes que con más ardimiento preconizan la conversión del
~undo litera~io ~ la va~a fe cat~lica que i~radian las numerosas capillas futu!"l~tas, expresiomstas, sm:~ul!ane1stas, dada1stas, ultraístas y creacionistas, diseminadas por el ~undo, d1st10guese en Madrid por su fervor apostólico Guillermo ~e Torre, asiduo colaborador de la revista Grecia. Ha publicado ahora un
mamfi~:t? exornado co? grabados en ma_dera de la señorita Borges, manifiesto
de facilísima comprensión, pese a los sistemáticos detractores de las nuevas
fórmulas, aunque no de fácil lectura por la rigurosa disciplina esdrújula a que
el Sr. Torre somete su estilo. Y sólo hemos de oponer un reparo a la novedad
del P:~pósito que M_ani_fiesto ver~ical exalta: la de su arcaísmo. Porque, aun
transigiendo con atnbuir un sentido figurado a tan ardua posición, ¿cómo no
ver las afinidades retóricas de semejante teoría con alguna de las metáforas
más coreadas estos últimos aiíos, verbigracia, la de una España vertebrada y en
pie? Y en último término, ¿no podría un especialista descubrir en el r,erticalism,
del Sr. Torre antiquísimos vestigios de la mística pasión de San Simeón Estilita?
C. R. C.

•••

Corpus Barga.-Parfs-Madrid.-Un viaje en el año r9.-Madrid, 19w.
Algunos amigos de Corpus Barga han editado en lindo· volumen, fuera del
-comercio, las crónicas en que antaño refirió su viaje aéreo de París a Madrid
con el aviador francés De Romanet. Por gracia especial de su autor, un hombre
raro en el mejor sentir,., de la palabra, nos ha cabido en suerte uno de esos curiosos ejemplares.
Ya la verdad que merecían el ser coleccionados aquellos artículos en que
el simple lector hallará grande complacencia, el bibliófilo avara satisfacción en
poseerlos, y e5pecialísimo interés el historiador literario; pues que tal viaJe representa la prlmera y preciosa tentativa en lengua española por describir ade~ua_d~mente, sin corrección, pero con propiedad aérea-no a ras de tierra-, el
incipiente vuelo del hombre.

....

C. R. C.

Libros recibidos: Maeztu, Unamuno, Campion, Baroja, Mourlane: Del espíritu de los r,ascos. Biblioteca de Hermes, vol. l. Bilbao, 1920.-Rafael Calzad11:
La ~alria de Colón. Buenos Aires, Roldán, 1920.-Manuel Ugarte: Cueutos de la
Pampa. Madrid, Calpe, 1920,-Luis del Valle: Emociones. Zaragoza, Editorial
Athenacum, 1920.-E. Mazorriaga: Platón el Divino. Estudio preliminar a la
traducción directa de sus «Diálogos». Tomo l. Madrid, Biblioteca Clásica, 1920.
335

. 334

�LA PLUMA
Ramón Menéndez Pida!: Un aspecto. en la elabo,-arit/n del Quijote. Discurso leído
en el Ateneo. Madrid, 1920.-Christian Roeber: Poemas. Biblioteca Poética, número 1. Septiembre, 1920. Buenos Aires. Valentín de J:'edro: Kimas de pasión.
1
Madrid, 1920.
Revistas: España, Madrid.-Spanien, nÚf!l 4, Hamburgo.-La Lec/u,-a, noviembre, Madrid.-He,-mes, noviembre, Bilbao.-Nos, núm. 1, octubre, Orense.-Die Aktion, 47-48, Berlin.-Vida, núm. 3, La Coruña.-España y América,
noviembre, Cádíz.

Gacetilla.
Azorin de Tarascón.-:-Ha estado a pique de perderse para 'los fastos de
la energía española la gesta de Azorín en París. Agradezcamos el desenfado con
que el propio Azorín nos cuenta en El Sol sus proezas. En 19:8, Azorín se fué
a la guerra. No en viaje colectivo y segu,-o: «Fuí a París solo, silenciosamente,
sin reclamos de Prensa, en los momentos de más angustia para la hermosa
ciudad: en la primavera de 1918. Los alemanes habían avanzado hasta ChateauThierry; salía a bandadas la gente en los trenes; el formidable cañón de largo
alcance lanzaba, cronométricamente, por el día sus proyectiles¡ los aviones
dejaban caer durante la noche sus bombas. En mi cuartito del hotel (jamais
on ne se se,-ait cru devant la demeure d' un ké,-os ...) en estas horas trágicas, en el
silencio de la gran ciudad(... mais quand on entrait, coquin de so,-t...!), leí al
divino Racine, al divino Cervantes(... un komme était assis, devant le gué,-idon).&gt;
Caro ha podido costarle a España el irrefrenado ardimiento de Azorín: afrontar, solo, el bombardeo de un cañón, que para ser el primero que oía tronar no
era un «pequeño cañón&gt;, como antaño hubiera podido creerse, sino un cañón ..así de grande!, y, lo que es peor, ¡cronométrico! ¿Qué harán Pepita, Rosita,
Carmelita, D. Antonio, D. Fabián, D . Andrés y de.más entes azorioescos al
saber el peligro que ha corrido su epónimo? Pero una duda nos asalta. ¿Estaba
realmente solo Azorín? ¿No le acompañaban siquiera el comandante Bravida,
Costecalde el armero, Bezuquet el boticario? Porque estos eran sus camaradas
de aventuras, según cuenta la historia: L'int,-épide Azorín kabitait alo,-s, á l'entrie de la flille, la troiriéme maison á main gaucke su1· le ckemin d'Á'llignon...

PIN DEL VOLUMEN 1

•

���</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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            <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753230&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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              <text>La Pluma, 1920, Año 1, Vol 1, No 7, Diciembre</text>
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              <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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              <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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