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                  <text>LA PLUMA
apuro del hombre que ha perdido su yo. La gran víctima de la guerra eu A lemania es el individuo. Al volver de la guerra, perdido el hábito del silencio.
del coloquio íntimo y de una vida fundada en h duración individual, no sabían escuchar su alma, no podían reanudar una vida personal. El hombre queha perdido su yo, ¿es el prototipo de la generación presente? ¿O no es eso más.
que una apostasía pasajera, y el alma volverá de su destierro para ser 1Qás
humana que antes? Tal es el problema en que estriba el porvenir de la vida
del espíritu en Alemania.

Libros rccibldos--Juan de la Encina: Los maestros del arte moderno. Madrid, CaUeja.-G. IC Chesterton: Pequeña Historia de inglaterra, versión caste-

AÑ"O II.

llana de A. Reyes. Madrid, Calleja.-Calderón: Teat,·o. 1: Et Alcalde de Zaiamea.
La 'IJida es sueño. Et mágico prodigioso. El prínci¡e constante. Prólogo de J. Gómez Ocerín. Madrid, Calteja.-Lope de Vega: T,atro. 1: Peribáiie,: y el comendo:dorde Ocaña. Ltt est,·eila d, Se'IJilla. El castigo sin venran,:a. La dama boba. Prólo
go de A. Reyes. Madrid, Calleja.-Napoteón explicado ¡or si ,,,ismo. Memorial de
Santa Elena, por el ·Conde de las Cases. Tres volúmenes. Madrid, Calleja.Don Juan Manuel: El Conde Lucanor. Prólogo y notas de Sáochez Cantón. Madrid, Calleja.-Rubén J)ario en Costa Rica. Ediciones Sarmiento, cuadernos 1-¡
y 18; 1920. San José de Costa Rica.
Rev1stas.-España, Madrid. - Hermes, Bilbao, diciembre. - La R1mda,
Roma, agosto-septiembre.-Cuba Contemporánea, La Habana, noviembre y diciembre.-Pe~aso, l\1ontevideo, octubre.-Die Aktion, Berlín, núms. 49-50-51-52.
Esjaña y América, Cádiz, diciembre.-Re.flector, Madrid, dieiembre.-Escena,
Madrid.-Vida Nuettra, Buenos Aires.-Repertotio americano. Noviembre y
diciembre, 1930. San José de Costa Rica.

MADRID, PEDRERO 1921

NÚM. 9.

FEDRA
TRAGEDIA EN TRES ACTOS
ACT,O SEGUNDO

FIIJ)RA y EUSTAQUIA.

GACETILLA
¡Adiós, j11ventudl-Estos días anda retirándose de la escena (por lo menos de la escena peninsular) Rosario Pino. Mucho nos ha gustado siempre esta
actriz, representante-según hemos leído-de la feminidad en las tablas. (Por
lo visto, las demás actrices, o no son femeninas o representan la feminidad,
en otros sitios). Recordamos con fruición algunas muestras de su repertorio
que suenan, sobre poco más o menos, así:
-•~No hallais, querida mía, que la señora de Monsigny rebasa verdaderamente esta noche las conveniencias?
-¡Sí a fe! No sabría deciros en qué medid:1 me intriga su aparente enredo
con el señor de Trevoux.
-¿Quien es, después de todo, el señor de Trevoux con quien tanto se
mnestra?•
Y luego don José Laseroa escribía: «Es un plato de ternera sin ternera.
¡Excusez d" peuf• ¡Inolvidable tiempo!
64

EUSTAQUIA.
FEDRA.

EUSTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

5

Per~, hija mía, te veo enflaquecer, ir...
Muriendo, ama, muriendo. Esto no es vivir. No sé qué
hacer para defenderme.
Acude a la oración, hija, reza...
~o me brotan las oraciones libremente. Algunas vez he
mtentado rezar, pero se me resiste, pienso en otra cosa
en él, Y esto me parece sacrilegio ... No es posible no '
me faltan ganas de rezar...
' ···
Aunque sea sin ganas... Además, eso te distraerá...
~o, eso me enciende más ... Mira, ama, en estos últimos
tiempos, antes del día aquel, temiendo estallar al cabo
65

�LA PLUMA

EUSTAQUIA.
FEDRA.

EUSTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

EusTAQUIA .
FEDRA.

EusTAQUIA.
FEDRA.

· si con él me encontrase a solas, cada vez que a punto de
ello estaba santiguábame antes para que la santa señal
de la cruz me defendiese y apretaba contra mi pecho
esta santa medalla, la de mi madre, que me diste. Pero
un día, buscando ese estallido, deseando salir de una
vez de aquel infierno, dejé de santiguarme para tener
valor de declararme, pero aquel día estuve más encogida, más azarada; a cada momento sentía ganas de ir a
un rincón para santiguarme allí a hurtadillas ...
·
Por qué no lo hiciste ante él?
Habría sido tanto como declararme. Ko, no podía, y
echaba de menos la santa señal... ardíame la frente como
pidiéndomela ... me faltaba la cruz ...
Y era esa cruz que no tomaste sobre la frente la que te
protegía!
Más ahora? ahora nada sirve una vez roto el nudo de la
lengua ... Rezar... rezar... con estas cosas no sé ya si creo
o no ... Pero rezo, rezo a la Virgen Santísima de los Dolores ...
Reza a su hijo ...
A quién? al hijo? no! nol Desde que abrí mi pecho a él,
a Hipólito, quémanme sus miradas. Y él me las hurta y
me esquiva y ya no me besa. No le creí tan astuto como
para encubrir a su padre que no me besa ya como antes
me besaba.
Lo que yo me temo es que al cabo su padre se percate
de ello ...
Acaso sea lo mejor ...
Qué dices?
Que así no se puede vivir, ama. O se me rinde o se va
de casa; le echo de ella. Verás en cuanto le amenace.
Ahí val (a Hipólito, que pasa por elfondo.) Hipólitol (yendo hacia él.) Hipólito!

LA PLUMA

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

HIPÓLITO.
FEDRA.

EUSTAQUIA .
FEDRA.

EUSTAQUIA .
FEDRA.

HIPóLITO.
FEDRA.

. HIPóLJTO.

EUSTAQUIA.
FEDRA.

EUSTAQUIA.
FEDRA.

HlPóLJTO.

Fmu
HIPóLJTO.
FEDRA.

HIPóLITO.

66

(entrando.) Qué me quieres? acaba!
Tengo que hablar contigo a solas.
Pues habla y acaba.
No, pero a solas contigo.
A solas ya te he dicho que nol
(cogiéndole.) Sí, vete, ama vete!
Pero, hija...
'
Vete, si no doy voces, llamo a Pedro y se lo digo todo
todo...
'
Serias capaz?
Ahora soy capaz de todo. O hablamos a solas una vez
o me confieso a tu padre, Hipólito.
Pero para acabar?
Para acabar, sí! Vete, ama.
Váyase!
Me quedaré aquí fuera ...
Cómo? qué? en mi casa? es que se me trata como a
una...
Fedra?
Vete, ama, vete o será peor!
Váyase, ama, s_í, v~yase. Me basto y me sobro yo solo.
y men~s _mal si as1 se acaba de nna vez esto, porque no
es ya VlVlr. (Vase Eustaquia.)

FEDRA.

1:

HIPOuTo.

Bien, acaba!
Hipólito!
Qué, volvemos a empezar?
Sí, vuelvo! Mira que no como , que no d uermo, que no
67

�LA PLUMA
LA PLUMA

vivo, que tus ojos me queman, que muero de la sed de
tus besos, que esto es el suplicio de Tántalo... Por qué
no me besas como antes, Hipólito?
Y me lo preguntas, madre?
HIPÓLITO.
Así no puedo vivir...
FEDRA.
Ni yo tampoco! .
HIPÓLITO,
Lo ves? Y tenemos que vivir, vivir ante todo! Para algo
FEDRA.
somos jóvenes...
Y él viejo, no es así?
HIPóLITO.
No
le nombres, Hipólito!
FEDRA,
Sí, le nombraré, pues que su nombre es todavía para tí,
HIPÓLITO,
pobre madre, un conjuro. Pedro, tu marido, mi padre ...
Calla, calla! No puedo vivir, no vivo así, viéndote a diario, sintiéndote cerca de mí, bajo el mismo techo, de día
y de noche, respirando el aire mismo que respiras, tu
aliento. Desde que...
Pero cómo empezó esto, madre?
HIPÓLITO.
No empezó! Te quise siempre, desde antes de conocerFEDRA.
te, y luego que una vez casada te ví por vez primera, estalló ...
Los amores sanos no nacen sino como en el campo el
HIPóLJTO.
amanecer, poco a poco ...
No, poco a poco ya no! de una vez!
FEDRA.
Pues mira, me iré, pretextaré algo para un largo viaje y
HIPÓLITO.
en tanto te curarás.
No, no te irás, no quiero que te vayas, y no me cw·aré,
FEDRA.
no quiero curarme! Pero ... resistamos, sí, resistamos ...
tienes razón! Mas tus besos, Hipólito, tus besos! siquiera los de antes...
Aquellos no pueden volver; les arrancaste su inocencia!
HIPÓLITO.
Con que no, eh? con que no? Pues bien, oye y fíjate, mis
Fi:DRAúltimas palabras, las definitivas; óyelas y piensa bien en
ello. Tu padre ha debido de notar ya que no me besas;
tu padre ve mi demacración y mi desasosiego; tu padre
aunque se calla ha de sospechar ya algo, lo sospecha, y
se lo he de decir yo ... yo ... yo!
Qué vas a decirle?
HIPÓLITO.
61

FEDRA.

HIPóLlTO.
FEDRA.

HIPóLITO.

Que eres tú quien me solicita!
Fedra! Fedral
(arr_ogante.) S~, le diré que eres tú y esta casa se os convertirá en un mfiemo ya que no quieres sacarme de él
se lo diré!
···
Maldita seas! (vase.)

Faou.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.

PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO .
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.

Y

Paoa.o,

( que ha oído las últimas palabras de su hijo entrando)
Qué es eso, F~~ra? qué ha dicho? qué es lo 'que ha dicho nuestro h1Jo? callas? he oído bien? no te maldecía?
Vamos, Fedra, habla!
Querellas domésticas ...
No, no, no, .i:sas palabras en mi hijo tan comedido siempre, tan cannoso, tan dueño de sí... Desde el día aquel
en que le abordaste por lo de su casamiento observo entre vosotros dos yo no sé qué... parece rehuirte... ué
etrs ello?ilva?mos, habla! qué ocurre en esta casa antes ian
anqu a
(Fedra apoya la cabeza en el pecho de su marido y romhe
a sollozar.)
-r
Vamos, cálmate, hija mía...
(estremeciéndose.) Hija?
podrías serlo ... Vamos, cálmate! Dime qué es ello}
c t?-º él te maldecía así, él, mi Hipólito? y a tí que le·
qmeres tanto ... ?
Le quería...
Le querías ... y ahora?
Ahora...
Vamos, qué hay?
L~ que hay es que tu hijo ...
Mío? y tuyo ...!
Ojalá lo fuese!

s¿,

69

�LA PLUMA
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
P EDRO.

F EDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO .
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.

7•

Pues ...
Que no se siente ya hijo mío ...
Qué? te ha faltado al respeto?
Al respeto...
Vamos qué? acaba... me tienes en ascuas ...
Que tu'hijo es casi de mi edad misma... podría ser mi
hermano ... mi marido.
Qué? Habla claro, Fedra!
Más claro aún?
No, más claro no, sobra! Ahora se me aclaran las nieblas de estos días. Hay cosas que no deben decirse.
Pero es posible? vamos, dí!
Déjame, déjame!
f
Y tú, Fedra, tú?
Yo? es que puedes creer...
No, no quiero creer. .. y tú?
Figúrate lo que habr~ lu~~ado ... lo que lu_c,ho...
Oh mi hijo, mi propio hiJo! pero él tamb1en ha luchado.'.. lucha... sí, sí, qué es si no esa manía de la caza?
busca en ella el olvido de su pasión... pobrecillo! pero
dime, qué te ha dicho?
Decirme ... poca cosa... casi nada...
Oh no, no, no; son recelos tuyos, figuraciones, suspicacias ... quién sabe? vanidades de mujer!
Pedro!
No, no puede ser! no es!
Desgraciadamente sin poder ser es.
Y tú, Fedra, tú?
No te dije que lucho...
Pero por qué?
Es al fin tu hijo, mi hijo ...
Voy a llamarle y que se explique aquí, los tres cara a
cara...
Oh, no hagas esol
Cómo?
No, déjale!
(llamando.) Eh, también tú?

LA PLUMA
FEDRA.
PEDRO.

Llámale, pues (aparte.) Dame fuerzas, Virgen de los Dolores!
( a la criada que aparece.) Que venga Hipólito! Ahora se
pondrá todo en claro. Esto es horrible... no puede ser!

DICHOS E Hu&gt;ÓLITO.

PEDRO.

HIPÓLITO.
PEDRO.

HIPóLITO.
PEDRO.

HIPóLITO.
PEDRO.

HrPÓLITO.
FEDRA.

HrPóLITo.
FEDRA.
PEDRO.

HIPóLITO.
PEDRO.

HIPóLITO.
PEDRO.

HIPóLITO.

( Entra Hipólíto cabizbajo; Fedra se cubre primero la vista
con las manos, pero luego apoya la cara en las palmas y
se le queda mirando fijamente.)
Por qué maldecías a tu madre, hijo! callas? vamos, habla, por qué la maldecías?
Ella te lo dirá, no yo, padre.
Me lo ha dicho ...
Entonces ...
Y qué, no te defiendes? no lo niegas? confiesas, pues, tu
infame pasión?
·
Yo, padre, ni niego nada ni nada confieso.
Ah, con que además hipócrita? te creía todo menos eso;
en mi familia no los ha habido nunca ...
Y ella, por qué no habla ella?
Yo, Hipólito, he hablado, he dicho cuanto tenía que decir, a tí primero, a tu padre después. No he hablado
claro?
Sí, muy claro!
No te propuse la paz? Y tú te has empeñado en traer la
guerra, tú. Es la fatalidad, bien lo sé, pero ...
Es_to es mon~truoso, lo que aquí pasa. Debiste, hijo, lo
primero confiarte a mí, abrirme tu pecho ...
Perdón, padre, perdón!
Perdón? ha:y ~osas imperdonables! Y el perdón presupone arrepent1m1ento y penitencia!
Sufriré la que me impongas!
No podemos ya vivir los tres bajo un mismo techo.
Me iré de casa.
71

�LA PLUMA

LA PLUMA
F:&amp;DRA,
PEDRO.

FBDRA.

HIPÓLITO.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.

7.ª

Y qué dirá la gente?

Diga lo que quiera! Aunque la gente no sabrá nada, no
debe saber nada; esto ha de quedarse aquí, enterrado,
entre los tres... si no haría algo que no puede decirse!
Oh no, todo se arreglará ... !
Cosas hay sin arreglo...
Cómo? luego insistes? Vete, Fedra, déjanos solos!
Pedro, Pedro!
D0janos, he dicho.
Por Dios!
Déjanos! (vase Fedra.)

PEDRO.

PBDRO E HIPÓLITO,

PEDRO.

HIPóLITO.

HIPóLITO.
PEDRO.

HIP ÓLITO.
P.&amp;DRO.

HIPóLITO.
PEDRO.

(tras un breve silencio.) Pero hijo, Hipólito, cómo te has
atrevido a poner ojos ... ojos? y labios en tu madre? cómo
has osado revelarle nada? era esa tu caza? callas? vamos,
habla, ven acá, confíate a mí! Sí, sí! es una desgracia, lo
sé ... Qué? callas? no lo niegas? Oh, esto es horrible! Qué
has hecho, hijo, qué has hecho de la tranquilidad de tu
padre? y yo que la traje a casa sobre todo por tí, por tí,
hijo, para que tuvieses madre ...
Ojalá no la hubieses traído! Pero te juro, padre, que soy
inocente!
Inocente? inocente de qué? Luego Fedra miente? habla!
miente? luego ... ah! eso es acusarla!
Nunca, padre, nunca, nunca!
Inocente? Ah, sí, comprendo ... inocente ... claro! pues no
faltaba más! pero la inocente es ella ... ella!
Padre!
Vete y no volvamos a vemos; será lo mejor!
Padre ... antes de irme ...
(se adelanta a él y luego arredrándose.) No, no, no, me
quemarían la cara! No, vete! (Cúbrese la cara con las manos y solloza. Hipólito se va lentamente.)

Imposible! él, él, mi hijo, mi hijo único! Costó la vida a
su madre, a su pobre y santa madre! Aquellos primeros
años, cuando volvía yo a casa sobresaltado, imaginándome que le hubiese ocurrido algo y al llegar y encontrarle durmiendo tranquilame·n te en su cuna me inclinaba a pegar casi mi oído a su boca para sentirle respirar. .. sí, estaba vivo! Mi hijo, mi hijo único! Será un castigo por haberle dado madrastra? por no haber respetado mejor la memoria de su santa madre ... Pero ... me
sentía tan solo! No me bastaba él! Y por qué no le casé
con ella? Oh egoísta, egoísta! No tuve paciencia a que
me diese nietos, quise tener más hijos ... y de Fedra! no
le quise solo! Fué la carne, la carne maldita! Será esto
un castigo? J\ili hijo, mi propio hijo, mi hijo único!

8,ª
FE.DRA

FEDRA.
PEDRO.

F1mRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.

y

PBDRO.

(entrando) Qué, se fué?
Sí, se fué. Y aún juraba su inocencia!
Cómo? Se atrevió ...
A neg~r su fa!ta~. a acusarte? no! aún no ha llegado a eso; aun es m1 h130! Pero ven, Fedra mírame a los ojos
así! Es verdad eso?
'
'
Sí, eso es verdad!
Y tú, Fedra, tú?
Te he dicho que lucho ...
Pero por qué?
Por domar mi corazón de madre!
Y tú antes ... vamos, antes de esa declaración no te habías percatado de nada?
Hace tiempo ...
Y cómo no me lo dijiste?
Esperaba que el tiempo ... la lucha...
73

�LA PL'GMA

LA PLUMA
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.

FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.

PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.
PEDRO.
FEDRA.

Y sabiendo eso consentías que te besase, le besabas? ...
No ves que era echar leña al fuego ... ?
Sí, pero otra cosa habría sido provocar antes de tiempo ...
Antes de tiempo? Estas cosas deben ahogarse antes de
tiempo. Mi hijo, mi propio hijo! mi hijo único! Esto, Fedra, debe ser un castigo ...
Un castigo?
Un castigo, sí, por haberte traído a mi casa, por haber
querido tener de tí otros hijos, por no haber guardado
mejor la memoria de su madre, de su santa madre ...
Sí, yo tengo la culpa, yo!
Cómo? tú? tú tienes la culpa?
Sí, yo, por haber cedido a venir a tu hogar a cubrir el
hueco que dejó otra mejor que yo; yo, por no haberos
dejado solos a padre e hijo.
Quién tiene la culpa, Fedra, quién? El? tú? yo? quién
sabe de culpas? qué quieré decir culpa? qué es culpa, dír
(mirando al suelo.) No sé...
·
No sabes lo que es culpa? Fué la mujer, la mujer la que
introdujo la culpa en el mundo!
Pedro!
Alguien llega...
Marcelo, de seguro. Este llega siempre a destiempo y no
quiero ·verle ahora...
Por qué, Fedra? sabe algo? sospecha algo?
Me voy. Volveré así que se vaya (vase.)

PEDRO.
MARCJtLO.

PEDRO.

MARcELO.
PEDRO.
MARCELO.

PEDRO.

MARCELO.
PEDRO.
AllAR.cELO.

PEDRO.
MARcELO.
PEDRO.
MARCELO .
PEDRO.

MARCELO.
PEDRO.
PEDRO

MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.

74

y MAR.CELO.

Qué? _se ha salido Fedra?
Querías verla?
Como médico, a ver cómo sigue ...
Agitada ... ya ves ... disgustos ...
Sí, y en ella por constitución de herencia una neurocardíaca...

MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.

Y qué, dí, qué? cuando te ha hablado de sus dolencias ...
Yo no soy confesor, soy médico, Pedro.
Pero dime, tú eres mi mejor amigo, tú ... no es verdad?
tú eres como mi hermano...
Conzo, otra vez como ... Repórtate, Pedro, que no estás,
bueno hoy...
No, no lo estoy!
Se te conoce y estando así no se debe querer hablar de·
ciertas cosas ...
De qué cosas?
Qué sé yo... de cosas de familia ... íntimas ...
Pero tú sabes, tú ...
Yo sólo sé que estás, contra tu costumbre, fuera de tí,
que tu mujer anda fuera de sí también hace algún tiem-•
po y que tu hijo vive más dentro de sí que nunca; te
parece saber poco?
Pero no sabes más?
Ni debo. Y basta de esto. A otra cosa. ·
A otra cosa... a otra ... y entras y sales aquí como en tu.
casa... Oh, esta intimidad a medias...
Entonces me retiro ...
Que se yo ... pero no, ven, ven, te necesito, necesito
dentro alguien de fuera, oye. No estoy bueno, no! no sé·
lo q~e pasa en mi derredor. Lo sabes tú? pero cállalo,
eh? s1 lo sabes, cállalol cállalol que no lo sepa nadie ni
tú mismo! No, no sé lo que me digo. Hablemos de ~tra
cosa.
Sí, es lo mejor. E Hipólito?
~ipólito, otra cosa! Qué? qué sabes de Hipólito? Vamos,.
d1 1 qué sabes de él?
De_ tu hijo? De tu hijo apenas puedo saber cosa. No necesita de mis servicios.
Lo crees?
Pues no he de creerlo? Tu hijo está sano, enteramente
sano; es el único sano de la casa. Gracias al campo.
Y de la cabeza?
Perfectamente bien. Tu hijo es uno de los hombres más.
75

�LA PLUMA

LA PLUMA

PEDRO.
MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.

PEDRO.
MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.
PEDRO.
MARCELO.
PEDRO.
MARcELO.
PEDRO.
MARCELO.

equilibrados, más dueños de sí, más serenos, más sanos
que conozco. Pocos padres más afortunados que tú ...
Pues mira, Marcelo, tengo motivos para sospechar que
no anda bien de la cabeza.
Quien no anda bien de ella eres tú, y esa tu sospecha
me lo confirma.
Es que no sabes ...
.
Acaso quien no sepa eres tú...
Habla más claro, Marcelo, sin enigmas!
Enigmas los tuyos, Pedro. Y te dejo. Donde hay enigmas sobro yo; soy incompatible con la Esfinge. Te dejo.
He llegado en mal hora. Adiós.
No, no, quédate!
No me quedo; estorbo. Hasta pronto.
Y de esto, Marcelo, sabes, de esto ...
De qué?
De lo que no sabes, ni palabra, eh? ni palabra!
Pedro!
Si no ... si no ... en fin, no sé, vete! (tomándole la mano.)
No sabes nada, nada, nada...
Demasiado sé con no saber nada ...
Del enigma... ni palabra! Si no ...
Adiós! (vase.)

FEDRA

ROSA.
FEDRA.

RosA.
FEDRA.

RosA.
FEDRA.

ROSA.
FEDRA.

ROSA.
FEDRA.

ROSA.
FEDRA.

ROSA.
FEDRA.

10.ª

.PEDRO.

Que infierno! Sabrá algo? Sospechará algo? Pero no soy
yo, yo quien me delato? Habrá que negar a todo el mun.do la entrada en esta casa. Una cárcel... un sepulcro...
Que nadie lo sepa, que nadie lo sospeche ni barrunte,
que nadie lo adivine. El honor ante todo! (vase.)

ROSA.
FEDRA.

RosA.
FJ:DRA.

RosA.
FEDRA.
,FEDRA.

(entrando.) Ah, se han ido los dos! Qué es lo que he
hecho? Estaba loca, loca, no sé lo que me hago...

ROSA.
FEDRA.

y RosA.

( desde la puerta.) Señorita...
Entra, Rosa, entra. (aparte) Así no estaré sola... conmigo.
Querría decirle ...
Habla sin miedo, qué?
Como no ha vuelto a decirme nada de aquello ...
De qué? de qué no te he dicho? Vamos, habla!
Pero no se acuerda, señorita?
De qué es lo que no me acuerdo? anda, dí!
Pues ... de lo de amadrinar mi boda...
Aaah! sí, sí, dispensa, Rosa, es verdad! no me acordaba
ya de ello! Ya ves, con tantas cosas y con esta pobre
cabeza... Y bien, qué? persistís en ello, en que sea yo•
vuestra madrina?
Nosotros? Eso queremos saber, si sigue usted en ello ...
Yo? Pues mira, Rosa, no es por volverme atrás, no! no!
no! yo no soy de las que se vuelven atrás, no! lo entiendes? yo cuando digo una cosa la sostengo, sabes? sí, la
sostengo ...
Pero es que lo he puesto yo acaso en duda?
No, no, tú no lo has puesto en duda, no, tú no! Pues
bien, sí, seré si queréis la mad1ina de vuestra boda, pero
me parece que no os conviene ...
A nosotros?
No, no os conviene. Yo llevaría la mala suerte a vuestro matrimonio; serias infelices; yo tengo mala mano,
muy mala mano...
Aprensiones, señorita...
Desgraciadamente no!
Como me lo prometió ...
Es verdad, te lo prometí, pero desde entonces 8.cá...
Sí, ya he notado que la señorita se está volviendo otra .. _
Cómo? qué? qué es lo que has notado? díl

�LA PLUMA
ROSA,
FEDRA.

RosA.
FEDRA.

RosA.

Nada... nada...
dílo!
Vamos , dí , qué has notado?
. d' t
Por Dios, que me da mie o ....
Miedo? Yo? de qué? vamos, habla!
No, no, no se puede seguir más en esta casa.1 (huye.)
13.ª

FEDRA.

( que lzace ademán de seguir a Rosa, pe:o se detie1;e.) Bah!

or una criada! Estoy loca, lo,ca perdida. Yo misma me_
~elato. No se puede seguir as1; hay que acabar y acabar
de una vez y del todo. Tengo que ~elarles en paz y 9-uedarme en paz también yo ... en la umca paz para mt ya
pos1'ble... en la última paz , en la que no acaba, en la paz
eterna!

FIN DEL ACTO SEGUNDO

MIGUBL DE UNAMUNO

JULES LAFORGUE
sería buscar su nombre en los manuales que con la pretensión de enseñar literatura se atienen de ordinario a normas
oficiales y a las recompensas académicas. No obstante, acaso
nadie, ni el propio Stephane Mallarmé, ha influido tan profundamente en la generación francesa joven. Hace algunos años, cierto
poeta nuevo, escribía de alguien: • Era un joven como los demás; pero había leído mucho a Laforgue, y de eso siempre queda algo.&gt; Nada más
cierto: fácil es descubrir en un momento, entre los franceses jóvenes cultivados, a los que han leido a Laforgue y a los que no lo han leido. Hay
otros maestros más grandes, se puede discernir influencias más visibles;
ninguno de nosotros en Francia puede olvidar lo que debe a Baudelaire,
o a Verlaine, como a Balzaco a Flaubert; pero el gusto por Laforgue es un
sentimiento tan especial, penetra tan hondo en nuestro corazón, que no
le tenemos sólo admiración, e incluso quizá no sea admiración tanto como
ternura, donde las exigencias del corazón y de la mente al propio tiempo
se satisfacen.
Murió a los veintisiete años, dejándonos só lo tres volúmenes: uno de
poemas; el segundo, de cuentos, titulado Moralités legendaires, y el ter&lt;:er0, colección póstuma, que contiene cartas y fragmentos; pero aunque
se hayan leido una vez sola, ya no se olvidan nunca; y si se leen, se vuelve a ellos en busca de su gracia, fresca al par que penetrante como ninguna, en busca de un alma fraternal que ha conocido nuestros deseos,
ANO

79

•

�LA PLUMA

LA PLUMA
nuestros ensueños todos, y nuestras melanc')llas también, que el poder de
su genio inimitable magnifica.
1t
No oiréis jamás a nadie, a menos que esté desprovisto por comp e_ o
de tacto, afirmar ruidosamente su admiración por_~for_gue: no se::o;ª;~
d"das pero su obra entera implica tal d1screc1ón, un p
re a escon i
'
do que lo natural es imitar su actitud al hablar de él.
alma tan conmove r,
· d
A é
Su vida cabe en muy pocas palabras: nació, por casuahd~ ' en m rica del Sur, de una familia bretona, que, poco de~~ués, ~olv'.ó parae:s~::
blecerse en el Mediodía de Francia, en Tarbes: v1v1ó algun tiempo
l
ris muy oscu_ramente y cai;i en la miseria, trabajando sin descéandso ~n
~
'
•
t f é elegido lector de franc s e a m
tivarse: después, repentmamen e, u
. d 188&gt;
eratriz Au usta: pasó asl cuatro años en la corte de Alemama. e
~ 1886, y v;lvió a Paris, donde murió de tisis el 20 de agosto de 1887'
casi el dla de cumplir los veintisiete años.
No puede decirse que Jules Laforgue haya sido nuestro cmaestr_od•, no
.
.
ioguno le hemos conoc1 o, Y
sólo porque murió tan Joven, smo porque n
es para nosotros, sobre todo,fraternal.
. tó a los diez años de su muerte: sus obras hablan
Laforgue nos cooquis
Al
·mer pronto
sido publicadas en folletos rarísimos, por lo general.
pnl .
. t
d B udelaire· y de Ver ame, c1er o
descubrfase en sus obras un poco e a
d
Theocvirtuosismo•, una holgura y un giro de la mente que recuer an a
dore de Bainville (en sus Odes. Ftmambuksques), pero con un acento y

t

una {ronia tierna, exclusivamente suyos. .
.
diera paMás tarde un critico le comparó a Henn Heme: al pronto pu
recer exager~da la comparación: es más exacta de_lo que p~ie; peroe!
.
i de Reine es más seca y rechina más: tras la rronla de
o_r~ue p
iron a
d b
grado se expandma, pero
clbese la ternura de un corazón que e uen
que conoce harto los peligros que presentan las frases huecas del romanticismo exasperado.
· f ,
en otros momentos, coTenfa corazón ardiente e inteligencia na, y,
.
.
.
. t d c nsiste en esa alianza
azón frío y ardiente intehgenc1a: su geruo o o o
r
tu . hasta en sus burlas hay una profundidad desconcertante, y sus
fil:sóficas se bañan siempre en el sentimiento de la vida. Con ser

f:::
80

más idealista que nadie, tampoco nadie ha tenido más cabal sentido de
la realidad: lo expresó en un grito ya clásico: c¡Ohl ¡Qué cotidiana es la
vidal&gt;; si con esto padece, si aspira a metas eternas, la vida le alcanza y
le conmueve precisamente por lo que tiene de cotidiano. Nadie quizá, eo
Francia, ha padecido con tanta grandeza esa aspiril ~ión a lo infinito, y
ese discreto y profundo enternecimiento ante la vic.Ja efímera. Como dijo
en una de sus ceñidas sentencias, que con tal facilidad toman forma y
color de adagios: cEI hombre se agita y Todo le arrastra,&gt; Sus poemas
están por entero impregnados del sentimiento de la inutilidad de todo
esfuerzo humano, y al propio tiempo sabe que toda nuestra dignidad
existe cabalmente en la medida que desafiamos esa inutilidad, y obramos
y pensamos como si fuésemos eternos.
Ni aun en las rebeliones de su orgullo contra lo transitorio le abandona la ternura, profunda, verdadera como ninguna, por ser tan directa
y tan verdaderamente humana. Rehunde su propio corazón a fuerza de
burlas; pero siempre está dispue!&gt;to a socorrer el corazón de quienes sabe
que padecen su mismo mal. Ni en sus poemas ni en sus cuentos se hallará la sensibiliddad lacrimosa y literaria que debilitó la expresión de un
Musset, pongo por caso; su alma, tierna y joven, posee una firmeza estoica, pero de un estoicismo sonriente. Sabe padecer, y sabe hasta dónde
se puede padecer, cuando a las exigencias de la emoción se añade la
fiebre de una mente que lo mide todo en su valor verdadero; y así dijo:
•Se necesita, de tiempo en tiempo, una separación, una tristeza de estas,
para mantener en el corazón la suavidad de la infancia&gt;.
En los poemas, nota la forma más directa de su emoción; en este respecto casi puede decirse que cuanto ha escrito en verso es el brote primero de los pensamientos cuya expresión completa se encuentra en las

Moralftls ligmdaires.
De sus poemas, el grupo que lleva por título Les Complaintes, es único
en nuestra literatura: cada Compiaínte se explica por las otras, forman un
todo, y bajo su apariencia negligente, sarcástica y desmadejada, son, con
toda seguridad, los testimonios más puntuales, más profundamente verdaderos de un alma de francés joven y cultivado, de fines del pasado siglo_
6

8r

�LA PLUMA

LA PLUMA
En los poemas exhibe a veces un virtuosismo que el propio Theodore de Banville no rebasó; pero incluso ese virtuosismo le cansa, y se esfuerza por despojar al verso de todo atractivo externo para no conservar
más que ;,u esencia conmovedora, y esto le llevó a escribir sus últimos
poemas ea una espe-::ie de verso libre que, en ciertos casos, como en el

Solo de Lune, aún no ha sido rebasado.
El volumen en que recogió sus poemas, bastada para asegurarle la
inmortalidad; pero aquel joven de veintisiete años dotó a la literatura
francesa de una colección de cuentos, que por la seguridad, la personalidad, la resonancia del estilo, puede rivalizar con las obras más líricas dt:
Flaubert, o los cuentos mas bellos de Villiers de l'lsle Adam.
En la colección de las Moralills légmdaires, Jules Laforgue intentó (y
consiguió) mezclar dos tendencias contradictorias: la de la introspección
filosófica y la de la ironla sonriente más moderna. Son seis cuentos en
prosa: Hamlet ou lts suites de la plélé .filíalt; Le Miracle dts roses; úlzengrln,.fils de Parsifal; Saloml; Pan et la Syrinx; Persle et And1omlde, y
en una lengua maravillosa por la agilidad, la riqueza, el ritmo, los saltos
imprevistos y las súbitas salidas, evocó a través de esos personajes legendarios las obsesiones de un alma moderna.
Se ha dicho en cierta ocasión que su Hamltt era más Hamlet que el
auténtico: el monólogo que pone en su boca es, en efecto, de una penetración psicológica que no hubiese rechazado Shakespeare, si hubiera vivido en nuestro tiempo. ,Morir, yo, vamos; hablaremos de eso más tarde; tiempo tenemos. Morir, ya se sabe; se muere uno sin darse cuenta,
como se cae todas las noches en el sueño. No tiene uno conciencia del
transito del último pensamiento lúcido al sueño, al sincope, a la muerte.
Ya se sabe; pero no ser más, no estar más, no participar. No poder siquiera oprimir contra su corazón humano, una tarde cualquiera, la tristeza secular que cabe en un simple acorde del piano•.
En cada una de las Moralitls ltgendaires las sonoridades cambian,
pero el timbre es siempre el mismo: a pesar de la iron1a presente, el corazón asoma siempre la punta de la oreja, si cabe decirlo as1. Nunca insiste, ni pesa, todo es discreto; cómo sabe poner su leve pincelada hasta
82

en una simple descripción de paisaje· por eiemplo
et la Syrlnx:
'
'
• en este trozo de Pan
,El álamo, árbol tan distinguido que er
.
llorón, llora por el obscurP.cimiento d l ige su hora, tembló. y el sauce
ensombrece las lejanías y las c r
Le as aguas. La soledad inquieta
mas. as ranas van , em
y 1as estrellas no tardarán las estrell
..
pezar a cantar,
La
'
as no pueden tard
lectura de las obras de Lafor e s
ar.•
fácil, en el sentido de esa facilidad fn1m~;:~ en prosa o en verso, no es
obras hueras; pero aplicándose a 11
de la mayor parte de las
de re~exión, se descubre uo aspec:oº;a:eae:cuentra tan copiosa materia
nla lfnca peculiar dtl g . 1:
• g do, tan moderno de esa iroe010 rancés que ilumina n 61
1
actual, su ardiente escepticismo
.
o s o a a generación
1 tr d' .
Y s11 entusiasmo tacitu
.
a a ic16 n de la s~nsibilidad fr
.
rno, pero mcluso
Yo sé que todos los d
. ancesa, ~• puede decirse asf.
cerca de veinte años segu~ m1 g_en~rac1ón que leímos a Laforgue hará
•
•mos smt1éndonos al
1
conmovidos: por mi parte ya no 1 1
'
vo ver a él, fascinados
0 eo nunca sin
•
'
'
mo amigo con quien lo lela antaño
.
pensar en aquel carfsiª:'.go muerto en la guerra, y que en
los días terribles de la batalla d
de Laforgue hallaba la fuerza baet er un, tan sólo en las tiernas ironías
d
s ante para sosegar
•
os y su esplritu casi abrumad
sus nervios extenua.
o, como en uno de
a quienes, en noche de trá .
esos seres de elección
fd b
g1cas aventuras pode
fi
i um re de verle apaciguado
l
'
mos con ar, con la cerdura intolcráble.
' e corazón, abrasado aún por una quema-

°

V

G. JBAN-AUBRY

�LA PLUMA

III
Arribo.
La estancia en silencio
Descanso.

IV
El Dolor
(Pensamiento importuno en mi paz: dril y blanco)
Es dura escuela
Pero
El Reloj.
doctora
en la vida.
Ris-Ras de
persianas.

CONC ÉNTRICA
I
Mediodía
Melodía de candente mediodía .
Saetas de ascua de trigo amarillo.

I

V

•

Trigales rojos...
Veo ...
Ensueiio unánime
Apenas
Veo.

II
La casa bermeja
(oli'· Su parra ...
su patio ...)
Lejana.

r.
, ·¡
1.nmovi

No viene
No llego .
-Agua en jarrodel patio!
¡ Tumbarse desnudo en las losas mojadas
Debajo
de
uH-

toldo
s&lt;Jf#brio...

Vl

I

'Negaciones interiores
Que piden disculpa
Y parten!
Párpados entornados
Y sorda atención de nadie

ss

�LA PLUMA
_ Saetas de ascua de trigo amarillo Milodía de candente mediodía.

VII
Medwdía.

SI
Aquello
Estuvo en nada.
Un momento quizás Y• •·
Pero
En mí vmcitron egoísmos de hombre
y·en tí prejuicios de moral sensata.
Igual
. .
.
Aconteció siempre en mi historia
Con cuanto quise conseguir
Igual
¡A punto kttyóse cuanto a punto estaba.1
Para mt
Aquello y lo otro y esto
Siempre, siempre
.
Desvanecióse cuando a punto estaba.
Para mí
(¡Nunca ...!) tofÍQ
0kt Todo
¡Siempre

Estuvo en nada!
ANTONIO BSPINA GARCIA
86

EN TORNO A GANIVET
este Madrid no sabe uno jamás a qué carta quedarse en
el juego de las valoraciones literarias. El silencio envuelve
por igual a muertos y a vivos, o, peor aún, los envuelve
la alabanza pegajosa de los estúpidos, especie de engrudo
que deja al artista y a cuanto representa, inabordable e intocable. Cualquier pretexto es bueno para eximir a la inteligencia de la penosa y comprometida función de juzgar; penosa porque es esfuerzo, y comprometida
porque la opinión propia, si es libre y expresa, puede ahuyentar a una
clientela, o enojar al patcón, o frustrar la esperanza de un destino de seis
mil reales. A los grandes se les deja dormir en sus hornacinas por puro
respeto. No se nos ha olvidado que al morir Galdós opinó D. Antonio
Zozaya que !a pretensión de criticar la obra de D. Benito era empresa
superior a la inteligencia humana. A los menores se les dispensa el
amistoso favor de desdeñarlos. Madrid, tan conservador en todo, lo es
más que nada en literatura, por falta de discernimiento. Ante valores
coetáneos de los toros de Guisando, tenidos por actuales, todavía es de
ritual quitarse el sombrero; subsisten, como el buen paño que no se
vende en el fondo del arca, a fuerza de no usarlos. Acuñada uea reputación, no corre peligro de desgastarse nunca, por la sencilla razón de que
no circula. Muere un escritor. Pasarán años, lustros, siglos acaso: no se
observará que sus obras se reimpriman, ni que se le dediquen artículos o
libros, ni que se hable de él entre gente de letras, ni quedará ya rastro de
N

87

�LA PLUMA

LA PLUMA

.su influjo en la literatura viviente. «Este es un escritor olvidado»-dirá
para si el discreto-. Error. Un accidente basta para demostrarlo: si el azar
de una lectura, de un viaje, o una fogarada de patriotismo local encienden
un pec,ho ingénuo en admiración súbita, se apresura1a comunicar al público
su descubrimiento: trátase de vindicar una gloria perdida. A esa voz responden las ranas desde sus charcos. Resulta que todas las ranas de la
península venían infundiendo eu sus renacuajos ese mismo culto. Muévese iran estruendo. Así el ladrido de un can suscita en el silencio de la
noche el ladrar de los demás canes de la aldea. Alborotan hasta reventar.
Luego se abate sobre el escritor otra montaña de silencio, que puede
tener la densidad y la duración de la gran pirámide de Egipto.
De tales explosiones suele quedar memoria: una estatua, el nombre
de una calle, una lápida en gerundio. Si el héroe o genio no tomó la precaución de marcharse a la tierra sin dejar huella, está además expuestísisimo a que le zarandeen el esqueleto. En España, lo primero que se hace
-con los hombres ilustres es desenterrarlos. Del cadáver con pretens;ones
de celebridad que no ha sido «reivindicado• alguna vez, bien se puede
creer que usurpa su faina. La manía de la exhumación sopla por ráfagas,
como la del suiddio o la del desafío. Hace años, el Parnaso español pudo
meter que era llegado el día del juicio final: .no dejábamos a nadie yacer
tranquilo. Hubo un ir y venir de ataádes y un trasiego de huesos que
apestaba. Los poetas, siempre desvalidos, no se defienden. No así un
santo que hay en mi pueblo, hecho carne momia, en una caja de sándalo
y plata que huele muy bien-a santidad. Un obispo quiso traérselo a
Madrid, y el santo no lo consintió en manera alguna. Apenas la procesión
que se lo llevaba salía por las puertas del pueblo, se nubló el sol, comenzó a llover, se desbordó el río, y los fieles, gritando ¡ Milagro! 1Milagro!
obligaron a devolver el santo a su iglesia. A!&gt;egundó
obispo con otra
tentativa, y el santo volvió a llover y a tronar y a sacar el río de ma~e,
con lo que para siempre le dejaron en su capilla y en su cofre. Las glonas
de tejas abajo, menos bien en cour, no pueden desencadenar los elementos naturales sobre esas comisiones gestoras y juntas de centenario que,
con estilo de sub-comité electoral suburbano, hablan de «timbres• Y de

71

88

•florones», y se arrojan sobre los restos gloriosos para llevarlos de una
parte a otra, reprentando al vivo la fábula del asno cargado de reliquias...
En estos dfas que corren, la gloria póstuma de Ganivet padece un
recrudecimiento eruptivo. Se habla de él en algunas casas doctas; algún
periódico vocifera su nombre, no sin erratas, confundiéndolo insistentemente con Gavinet, el pensador hurdano, cuyas obras habremos de editar
a bajo precio, andando el tiempo, para qué lleguen al gran público; responden a tales clamores ecos de provincias remotas. Ganivet reaparece
con igual reputación que tuvo en los comienzos del siglo, cuando un
golpe de mano de la critica lo impuso audazmente a la devoción del público: la de inventor de España: apóstol y fundador de la patria espiritual
venidera. La persistencia de los lugares comunes que con periodicidad
mensurable se condensan en torno de Ganivet revelan, o que no se le
lee, o el desuso del juicio. Si este escritor estuviera tan presente en nuestro ánimo como suele afirmarse, la mente, al surcarlo, no lo respetaría
como a un fetiche. Creo .más bien que a Ganivet se le lee de joven, y
no se le echa de menos en la edad madura. Los que leyeron a Ganivet
hace veinte años y conservan el recuerdo de una impresión considerable
vuelvan a leerlo y a leerlo despacio, confrontándolo con las cuestion~
-serias que atacó: hallarán un caso personal interesante, una tragedia intelectua~, pero de su ob_ra se encontrarán a una distancia igual al progreso
cu111phdo por el espfntu del lector en punto a reflexión y orden y en el
-dominio de sus medios y de los problemas.
Ganivet es el tipo acabado del autodidacto, de cultura desordenada y
retrasad~, mente_ sin disciplina. Grande es la actividad de su espíritu;
lee'. medita; escnbe alguna vez. Todo lo va a poner en tela de juicio.
Quiere llegar a la «fuerza madre•, aislar «el eje diamantino alrededor del
cual giran los hechos del diario vivir», esculpir con sus manos su propia
alma. Pero si~mpre se nos aparece como abrumado y aterrado por los
problemas mismos, y escapándose de ellos mediante una pirueta. En el
fo~do,. ~s que solo le interesa su propia persona. La fugacidad de la vida,
la mutihdad del esfuerzo, ensombrecen su ánimo; impropera al Destino
89

�LA PLUMA
que no le permite escribir su nombre en la esfera celeste. No conoce la
ternura ni el amor, ni la naturaleza apacible. Su desesperación es sombrfa
y seca. Se resiste a aceptar la vida; y puesto que el vivir carece de objeto, le dará de su persona lo menos que pueda, encastillándose en su
fiera soledad. Es un bilioso, huraño; vive «requemado física y moralmente•; es misántropo y misógimo; en rigor, poco sensible: eso es lo que
le faltó para ser un gran artista.
Tal es Ganivet en el Epfstolario, breve colección de cartas que despiertan la maligna curiosidad de conocer no tanto las ulteriores epísto~as
del autor como las de su amigo y corresponsal Navarro Ledesma. Un biógrafo con más inteligencia y mejor gusto que Navarro, menos ofuscado
por la amistad, no tan propenso al énfasis espafiolista, más delicado Y
sutil, en suma, habría escrito en torno a Ganivet un libro magnífico probablemente; el hombre mismo, su ambición intelectual; su locura y su
muerte y aquel su sentimiento trágico del vado y de la insipidez de la
existen~ia son por sf solos temas fecundos; pero, tratados históricamente.
haciendo ~urgir a Ganivet del medio en que se crió y no se educó, hubiesen sido el germen de un libro que aún no existe y que acaso ya nadie lo
escriba: tan difícil es restituir el ánimo al punto crítico de fines de siglo.
Está por hacer el drama del español que, en el umbral de !a madurez.
cuando ya ha conseguido despojarse de los harapos con que vistieron su
inteligencia juvenil, entrevé su fracaso y descubre que no le restan medios ni tiempo para advenir a los órdenes superiores de la cultura. Tal
fué fntimamente el conflicto en que sucumbió Ganivet, victima de esta
época que no entendia ni entiende la pasión intelectual;. conflicto q u~ a
pocos perdona, del que unos se evaden arrojándose a ciegas en el histrionismo, y que otros devoran p.ua sí, con la triste certidumbre de haber marrado el blanco. Sólo no arriesgan nada los que, mejor orientados,
empeñan desde luego su talento, grande o chico, en las batallas del arribismo, donde no se pierde más que la vergüenza. En Ganivet, sobre la
desproporción entre los fines y los medios, hállase además una prevención hostil contra el ambiente europeo en que espiritual y físicamente
tenía que vivir sumergido. Él no lo dice. Acaso no se da cuenta. Con
90

LA PL U ~1 A
todo, cree uno verlo a dos dedos de considerar la civilización entera,
como una engañifa, y la historia de los pueblos cultos como una inmensa
mistificación. En esto es muy de su raza, donde pululan los hombres (sobremanera odiosos) a quien «no se la da nadie&gt;. Ganivet es demasiad°'
propenso a explicar los hechos históricos (los verdaderos y los imagina-dos) por pequeñas causas. Esa hostilidad, estrecha el encierro en que ya
él de por sf estaba puesto. No acertó a librarse. Si hubiera amado más,.
habría coqueteado menos y la salvación hubiese sido posible. Se excedióen aplicar por medida su existencia personal. Y cuando cree haber llegado al «eje diamantino•, abandona cabalmente toda veleidad critica, y
apacienta, en ¡,áginas de noble contextura, los sentimientos nacionaleshereditarios y las esperanzas españolas marchitas.
Navarro Ledesma, que no escribió la biografía posible de Gani vet (y,
perdió el tiempo en escribir la de Cervantes, libro nulo), proclamó desde
la tribuna del Ateneo la misión del autor del Jdearium: « ••• si existe una
España joven, robusta, pensadora, valiente y capaz de redimirse por los.
hechos y por las obras del espíritu, el alma de es a España debe identificarse con el alma de aquel Ganivet, el filósofo, el poeta, el patriota: el in-mortal&gt;. Cierto: un hombre inteligente no se encuentra todos los días, ni,
aun entre literatos; pero Ganivet fué mucho más que eso. Ganivet fué el
primer superhombre, precursor de la humanidad futura, tipo moral y
físico perfecto, con su pequeña cabeza y su sotabarba: c ... era un hombreúnico y señero, distinto y desligado en todo y por todo de los demásseres humanos: un eslabón roto de esta servil cadena que humanidad se
llama: era más, mucho más que el vulgar homo sapiens, codeado y des-preciado aquí y allá diariamente ... No creo desvariar afirmando que era,
mi amigo un extraño ser, precursor de razas futuras, en las que, por virtud de no sé qué misteriosas selecciones, llegarán a condensarse calidades
y partes meramente humanas con otras de tipos zoológicos más antiguos,
y más fuertes ... • Bien. La arenga de Navarro fué aclamada en el Ateneo.
Pasó entonces por el cenit la estrella de Ganivet y lograron sus escritos
relativa difusión. Su figura de profeta y sus ideas llegaban a tiempo. Ha-blando de España, era el único que hablaba de ella con amor y dolor sin91

�LA PLUMA
perder el recato; no agredía, no injuriaba; no se le vió retorcersefen bas•cas de iracundia fluente; sus esperanzas, y los juicios históricos en que las
fundaba, caían sobre el lacerado corazón español como bálsamo lenitivo.
De entre las confusas memorias que nos restan de tales años, sobresale la
actitud general de criticismo acerbo, petulante, tan poco informado y tao
miope como la gárrula oquedad españolista tronchaga por la guerra. El
pesimismo era un refugio de la yaoidad; una tabla de salvación personal.
A los españoles de entonces, tanto como el hecho mismo de su reciente
derrota, les avergonzaba el sentimiento de haber hecho el ridlculo. Les
·.gustaba recibir badilazos en los nudillos: Costa les llamaba brutos, puercos, eunucos, y se hundía el firmamento con los aplausos. Tal estado de
espíritu no podía durar mucho, y, en efecto, no duró: fué mudándose en
,cuanto expiraron sin catástrofe los plazos señalados por Costa, y en cuanto
los españoles se dieron de bruces contra este hecho: que el seguir siendo
un pueblo es una carga que no se dimite sin más ni más y cuando se
,quiere. Ciertos escritos absolutorios de Ganivet-radicalmente opuestos
a ese estado de ánimo-fueron muy bien recibidos. Al fin se hacia justi.,cia pc1r un hombre moderno, librepensador, y que (¡cómo no había de estar enterado!) escribía desde el extranjero. Fué sobre todo bien recibido
por los jóvenes posteriores al ciconoclastismo&gt;. Había surgido un nom·&lt;bre que poder alabar, al menos en público, sin' ponerse en ridlculo. ¡Qué
descanso para las pobres almas, fatigadas de ser maldicientes! ¡Qué gozo
poder abandonar una postura incómoda y aflojar los músculos faciales
-c~ntraidos por una mueca de altivez, de hosquedad perenne; y poder
olvidar la propia y abrumadora importancia para dar vado a los instintos
de probidad y bondad que pocos pierden en absoluto! La causa profunda
,de la exaltación de Ganivet al rango de guia y maestro de una España
venidera consiste acaso, más que en la substancia ideal de sus escritos,
en una coincidencia de problemas de juventud. Todo Ganivet es un afa,noso tanteo de la vocación. La España de hace veinte años, ioorieotada,
-empezaba por preguntarse qué podría hacer, y los jóvenes, sobre todo
los jóvenes, los que aún no sabían a qui gene-ración iban a pertenecer, se reivolvíao, como Ganivet se revolvió, en un enredijo de cuestiones previas.

LA PLUMA
uanivet-dice en alguna parte Uoamuno-hubiera rechazado el calificativo de intelectual. Era ante todo un hombre; un creador... Cierto;
pero_ aspiró a crear por el pensamiento, y a la energía, persistencia y profun~dad de ~u pensar sacrificó no pocos ornamentos de la vida. Quería,
ser mdepend1ente, como en todo, en la función mental. Pretendía elaborar nuevas ideas, o ensayaba combinaciones nuevas de ideas recibidas
Este es un mérito que debe tenérsele muy en cuenta, porque estamos e~·
España, donde (y sobre todo en su tiempo) el oficio de escritor público
no supone siquiera la posesión de las primeras letras, y menos todavía
del ~ábito de discurrir. Escritores de fama hemos conocido que, tras de
publicar una veintena de volúmenes, han podido llevarse la mano al cráneo dicie~do: ~¿Pará qué servirá esto que bulle dentro?» Achaque viejo,.
como sena fácil demostrar buceando en esa formidable Biblioteca de Rivadeneyra, a donde a todos nos gusta decir que vamos a aprender el castellano· L o umco
' · que puede hacer creer en el reverdecimiento probable
del esplritu español es el hecho manifiesto de haberse enriquecido el
caudal_ de ideas circulantes, la apetencia más viva de adquirirlas y el
afáo-rncluso indiscreto, pueril-de lucirlas. Pero Ganivet ,fué tan inde
d"
,&lt;
-·
p~n •ente como él se propuso y se figuraba ser? Su noble esf11erzo ¿se ha
VlS to recompensado por algo verdaderamente nuevo ni sobre t~do de
~uficient~ solidez? No lo creo. Le faltaba quizás técnica; de fijo le falt~ba
•~formación; cuando rehace 1~ fisonomla de España está preso de sugestiones emocionantes, pero deleznables; pretende resolver ciertos problemas cuyos simples d:itos sólo una crítica severa podrá algún día fijar.
J?e todos los escritos de Ganivet, el ldeariitm Español es el que más .
~os '.mporta por el momento. El Jdearium es un libro •inspirado,. Le
mspira el amor a España, el sentimiimto patriótico. Su móvil profundo es
1~ necesidad de no verse-en cuanto español-solo, perdido en la historia, Y e_1 cons1gu1ente
· ·
deseo de poner a salvo los valores que naufragaban ..
El senti~o general del ldearium es de reacción anticrítica; su espíritu, de
conformidad con la tradición, que es especiosa, y como siempre, saca del
mero hecho de haberse ido formando la razón mayor para subsistir e imponerse. Tal género de escritos rara vez evitan el peligro de alterar fr[93

Q2

..

�LA PLUMA
•volamente las representaciones históricas. Pueden estar bien como efusión lírica, pero entremeter el sentimentalismo vago en tratados de filosofia de la historia, si es bueno para consolarse de añoranzas, lleva en de,rechura a éonfundir una emoción con un juicio, y al amparo de un goce
estético pasan de contrabando, como verdades probadas, las imaginaciones del autor. En el ]dearíum, libro atrayente, entre otros motivos, por
el calor y la honrada intención con que está escrito, ese defecto es obvio,
así como la flaqueza y confusión del discurso. No siempre se sabe cuándo
,el autor expone y cuándo aprueba. Pasa con excesiva sencillez de la críitica al donaire. Pretende explicar demasiadas cosas a fuerza de alegorías,
y en lugar de poner al descubierto la raíz de un hecho, lo envuelve en
una paráfrasis, en algo superpuesto que coincide con su forma, pero sin
--declararla más. Su propensión a pararse en simples diferencias verbales
entre las cosas, o, por el contrario, a establecer meras analogías verbales
entre las cosas, es funesta. Sea ejemplo su •explicación&gt; de política insular, peninsular y continental, que nada explica; o bien: la prueba de
•que los españoles nunca hemos servido para la gran organización militar,
es que a nuestro general más ilustre sólo se le llama Gran Capitán ... (Entonces, cuando nuestros abuelos le llamaban a Napoleón el Capt"tán del
.siglo, &lt;qué entendía Ganivet? ¿Que era inepto para ascender a comandante?) Una idea fundamental del libro es la supuesta e virginidad• del espíritu español; ocurrencia fútil y sin sentido, figurada en la primera página
del libro con una alegoría extravagante y equivocada, y desenvuelta lue·go en esta forma: ha habido una España romana, una España visigoda,
,una España árabe, una España europea; &lt;por qué no ha de haber una
España española?-En definitiva, esa España virgen, o esa España por
,nacer, postulan las normas tradicionales: e Continuemos-dice-con nues~tro sistema tradicional que, malo o bueno, es el fin nuestro.• El programa nacional del porvenir «debe estar sustentado en los sillares de la tradición..., porque habiéndonos arruinado en defensa del catolicismo, no
cabría mayor afrenta que ser traidores a nuestros padres y añadir a la
,tristeza de un vencimiento, acaso transitorio, la humillación de someter,nos a las ideas de nuestros vencedores.&gt; No es esto un arranque arbitra94

LA PLUMA
rio; de las corrientes de ideas que ha combatido España durante tres y
más siglos, dice: «La Reforma no fué más que la manifestación de la rebeldia latente en espiritus que acaso no fueron nunca cristianos&gt;; y la
filosofía moderna, «desde Bacon acá... es de un valor ideal nulo.&gt; Como
el personaje de cierta novela que eón un «SÍ&gt; y un •no&gt; iba al fin del
mundo, Ganivet, con esas ideas, va hasta los confines de la historia. &lt;Qué
flOS está reservado a los españoles? «España debe intervenir a titulo de
nación católica en la cuestión romana, y a título de nación cristiana en
'la cuestión turca.&gt; La cuestión romana que nosotros tenemos que arreglar es la del poder temporal de los Papas. No es para asustarse; Ganivet
,cree que el poder espiritual vencerá a la potencia política establecida en
Roma.
En general, puede decirse que Ganivet no era un crítico demasiado
sagaz~ Las filosofías de D. Pedro Antonio de Alarcón le parecen cosa
buena; del criterio de D. Marcelino Menéadez y Pelayo en los Heterodo~os españoles, dice que es amplio y generoso; de doña Emilia Pardo Bazán piensa que no debió salir nunca de Marineda; Taine le parece un espiritu poco o nada francés; Velázquez es un genio «aislado•; el propio
Velázquez, y Goya, son genios ignorantes, no porque desconozcan las reglas, sino por carencia de reflexión técnica. Hombre de prevenciones
indomables, que le hadan rebotar con asco ante el solo enunciado de algunos problemas de nuestro tiempo: «El pueblo como organismo social
me da cien patadas en el estómago, porque me parece que es hasta u~
crimen que la gentuza se meta en cosa que no sea trabajar y divertirse...
Mucho amor, y mucho palo para los pequeños.• &lt;y las pobres mujeres?
•~l p_orvenir próximo de la cuestión femenina parece ser la gradual emancrpacrón, y con ella el rebajamiento del hombre y de la sociedad. y si
llega un día en que la mujer de carrera, hoy tolerable por ser uJt bicho
raro, se encuentre en todas partes..., habrá que suplicar a la Providencia
que caiga sobre nosotros otra nueva invasión de bárbaros y de bárbaras,
porque puestos en los extremos es preferible la barbarie a la ridiculez...
La civilización trae el rebajamiento, y el caso particular este de las mujeres nos lo patentiza•.
95

�LA PLUMA
Ganivet se ha confesado y retratado en sus obras. El progama del estudio que eseá pidiendo consiste en mostrar el tránsito de su exaltación
romántica de la personalidad y del concepto que tuvo de la voluntad a
los resultados capitales de las ideas que barajó: el despotismo político
ilustrado (La conquista del reino de Maya), la restauración del ideal his•
tórico español (Idearium), y la insurrección antisocial del individuo (Lo~
trabajos de Pío Ud). No es ya prematuro afirmar, aun sin conocer las
conclusione!l de ese estudio, que Ganivet, sea cualquiera la estimación en
que definitivamente se le tenga, debe decaer de su rango de apóstol de
la España futura: ni las aspiraciones que agitan a nuestro pueblo, ni las
ideas profesadas por demagogos y pensadores de :algún fuste vienen
de él.

PIEDRA BLANCA

f

CARDBNIO

ºr este tiempo /ué cuando a la 'Vuelta
una torpe ilusión desvanecida,
a¡eno al escarmiento, le dí suelta
de nuevo al alma y la salvé con 'Vida.
~

'G'u corazón, huido a donde /ragua
la soledad su triste encantamiento,
yerto y mudo yacía, como un agua
. . to
que se estremece al blanaiJo m ov1m1en
de. sonámbulas
ondas• 'Y ,uzmago
1 ,
b
s~n. sa er mi virtud; niño inocente
tzre la P_iedra y al romperse el lago
descubnmos un mund&lt;&gt;' di/erente.
U~ mundo cuyos límites no abarca
quzen educa su vista en la costumbre;
7

96

91

�LA PLUMA
LA PLUMA

un mundo como aquel a donde el 9lrca
patriarcal arribó, cuando la lumbre
del renacido sol secó la fria
mar desbordada, fforeció el capullo
de la rosa otra vez, y la armonía
pacífica fluyó en el tierno arrullo
de una paloma mensajera.

;}/ada
de cuanto en la luz vibra y el sonido
difunde, se le oculta a tu mirada
ni deja de tener eco en mi oído.
;Jlacen nuestras dos almas una sombra
sola, fundidas desde entonces, una
sombra en pena vagando por la al/ombra
de quimérica plata, que la luna
extiende a nuestros piés en los caminos.
'Y a los dos, para siempre de la mano,
leyendo en las estrellas, los divinos
designios se nos muestran y el arcano
de nuestra vida.
!Desde entonces, sueños
y realidades truecan su figura

ante tus ojos y los míos, dueños
de la razón y esclavos de locura:
(!Dueños de una razón sin otra norma
que el propio corazón -única piedra
filoso/al- 6sclavos de la /orma
simbólica del árbol con la hiedra.)
!Después el tiempo inexorable arranca
la flor de cada día ...
6 inconsciente
ante el enigma de esta piedra blanca
que evoca una e/émerides, la gente
tal vez no alcance a comprender y sienta
m_~edo del monstruo que le sale al paso,
hz¡o _de nuestro espíritu en que alienta
lln centauro con alas de pegaso.

A UNA MUSA VIVA
cSi, ya lo sé. .Ca !Primavera
rosas enciende en las mejillas,
per~ el tiempo no tiene espera,
veras las hojas amarillas.
99

�LA PLUMA
LA PLUMA

'Verás el campo mudo y yerto
con una mortaja de nieve,
tu corazón será un desierto,
pesadumbre tu gracia leve.
0sa luz tan clara y tan pura
en que viertes el pensamiento,
se perderá en la nada oscura,
tu voz no volará en el viento.
:Por más que le aprietes la venda·
a la f é que hace andar la noria.
¿Cómo quieres que no comprenda.
que la existencia es transitoria?
~e tornará opaco el color,
y flácido tu cutis terso,
se apagará con el amor
la música del universo.
.llegará un triste amanecer
que no oirás el gallo cantar.
- !De vivir alegre al no ser
hay muy poco trecho que andar~

-musgo mísero, que no yedraborrará cuanto te recuerde.
'Ven aqui, gocemos ahora,
por que no nos castigue !Dios,
de este sol que los montes dora.
{;l mundo es de nosotros dos.
{;l aire las nubes se lleva,
los torvos pesares se van,
abandónate y sé como {;va,
_yo seré el inocente 91.d.án.
'Grasciende la divina pauta
.Y el cielo se copia en la finfa.
Slaré de cañas una f[aut~.
cloy el sátiro, tú la ninfa.
.9 (1 suave son de este concierto

el cuerpo del alma se ayuda,
cuando de la siesta despierto
estás a mi lado desnuda.
-$e desgarra el último tul
irrumpe el sol, la vida empieza
'
pintada de verde y azul
renace la naturaleza.
•

.luego después, sobre la piedra
de tu tumba, una yerba verde
100

J

-

�LA PLUMA

LA PLUMA

'JI en líquido cristal fluye la /uente

ENDECHA
'Gus pasos no delatan ya mi huella
ni me alivia el andar tu blando peso,
falta en l~ música del mundo un beso ...
!Pero aún lloramos con la misma estrella.

SERENIDAD
91,cordes la razón y el sentimiento
el ánimo viril van ya templando
y responden sumísos a su mando,
el gesto, la actitud, el movimiento.
'[J{i gira veleidosa a cualquier viento
la veleta del alma; porque el cuando
y el cómo de las cosas, según ando
por la vida me muestran su elemento.
!De suerte que me tomá ese reposo
en que la luz divina se reparte
por la naturaleza indiferente.
102

el perenne concepto con que el arte
pone paz en la lid en que ardió el coso.

SOLEDAD
'Gráeme la soledad en sus horas lentas
los mudos ecos de un a/án diario
que en cien rotas memorias, el horario
marcan del tiempo en huellas incruentas.

'JI así, vano ha de

ser que luego mientas
románticos tormentos en tu almario,
espíritu s1,1,ti/ que al incendiario
corazón soliviantas con tus cuentas.
!Porque me he visto ya en el claro espejo
de esa razón serena que en un punto
ilumina el camino de los hombres,
y no he menester más de tu consejo,
!Dolor, que con 9/,mor vas siempre junto.
cSé que uno y otro sois tan solo nombres.
C. RIVAS CHBRIT
103

�LA PLUMA

TEATROS
W AGNERISMO
recuerdo no alcanza al estreno de La Walkyria en Madrid, que tantas veces hemos o ido referir con escándalo:
¡Aquellas representaciones en que el dir~ctor llevaba la orquesta con la partitura de piano en el atnll ¡Aquella traducción castellana-¿de Luis París?-que equiparaba el drama lírico de
Wagner a la ópera española, culminante como tal género en esta frase de
la Raquel de D. Tomás Bretón:
c¡Judías para rato hay en Toledo!,
¡Aquella resistencia de los abonados, que sólo ante la «Cabalgata• se
rendian ...1 Pero aún guardamos memoria del primer Sigfríed, que e~tonces se llamaba Slgfrído, y era el magnífico tenor Giuseppe Borgatti, en
quien Naturaleza y Arte daban espléndido mentís a la teori~, después tan
en boga, de que las óperas de Wagner, mal cantadas al estilo ale~án, estaban mejor que cantadas bien al estilo italiano. La interpretación d~
Borgatti, no superada en el Real de entonces acá, unía a 1~ má~ pura emt ·
sión de voz, propia del bel canto, la fuerza, la gracia, la animación dramática, en fin, de la escuela de Bayreuth.
•
Y, sobre todo, recordamos la que pudiéramos llamar cons.zgrac{ón del
Real al culto wagneriano con lá primera serie de la tetralogía completa
y el estreno de Tn·stdn e [seo, bajo la dirección de Walter Rabi y con
UESTRO

104

varios cantantes alemanes, algunos tan excelentes como la señora Gusalewitz. Entonces fué cuando el wagnerismo, como tal profesión de fe,
alcanzó el punto máximo de su desarrollo entre nosotros. Se generalizó
en el paraíso el uso de las guías temáticas, cuando no de la partitura
completa¡ se consideró irreverente la repetición tradicional de los trozos
hasta entonces inveteradamente interrumpidos por los ap)ausos de una
claque mal educada en debuts y despedt"clas de «divos,; decreció por modo
considerable la venta del argumento de la ópera a la puerta del teatro; y
hasta se constituyó una Sociedad wagneriana, que tuvo cierta prosperi-dad y no poca influencia en los eclécticos programas de la Banda Municipal. Aprendimos los neófitos a preparar debidamente el ánimo con
ayunos y penitencias (a que obligaban las horas, mal acordadas con las de
comer, de los espectáculos wagnerianos, y la dureza y estrechez de los
asientos desti nados en las alturas a los elegidos), y aun a hacer antes de
cada representación severo examen de conciencia. Bien es verdad que,
recién salidos del colegio, no nos parecían tan rígidas semejantes prácticas de religiosa comunión, a que jesuitas, agustinos o laicos de la Institudón Libre de Enseñanza nos tenían acostumbrados a los jóvenes. Únicamente los alumnos de los Institutos del Estado pudieron librarse de tales
nor_mas y resistir con cierto ingénit0 nietzscheanismo a la tentación wagnenana, merced a la indisciplina en que se habían enseñado.
No lo decimos a humo de pajas; estos livianos apuntes para una historia del wagnerismo en España, que brindamos al erudito acaparador de
datos, son exacto trasunto de nuestra experiencia personal. Hemos cono&lt;:ido al ingénito nietzscheano suso aludido. Era compañer0 nuestro en la
clase de «Teoría de la Literatura y de las Bellas Artes,, de la Universidad
Central. Y fué el único que se negó ter uinantemente a asistir con los demás a las representaciones wagnerianas. La preparación, a cuanto decia,
le había aburrido. Nosotros, inflamados del entusiasmo que el catedrático de la asignatura acertó a comunicarnos, no comprendíamos tanta ini.ensibilidad. La preparación se nos antojaba perfecta: Nos eacaminábamos los alumnos departiendo amigablemente con el profesor hacia las
primerílS frondas de la Moncloa, presididos sin duda por el romántico es105

�LA PLUMA
piritu de Rousseau, y logrado que habíamos el primer banco libre, el más
despierto de la clase abría la traducción de la Tetralogía, de venta a la.
sazón en la Contaduría del Real, y en medio del grupo que en derredor
suyo formábamos los demás, hasta seis u ocho, empezaba a leer:
«Acto segundo, Lugar abrupto. Aparece Brunilda en lo alto ?e una roca.
WoTAN
(Al pie, con escudo y lanza.) ¡Apresta tu corcel, virgen guerrera.
apresta tu corcell
.
BRUNILDA.
¡H6 hetoh6! ¡Ho, hotoh6! ¡Hotoh6!» (el lector asp~ra~a 1~ hache
fuertemente, pero no elevaba la voz con alardes h1Stn6n.:cos. antes bien, Ida con sobriedad y mesura). •1Aaay, háya1. ¡Aaay,
háyai...l•
Luego, en el teatro, guía en mano, comprobábamos con regocijo que
la austeridad del director alemán no nos escamoteaba ninguno de los largos parlamentos señalados en el libro c~n un asterisco-:--para eterno op:obio de la tradición ¡taliana que se atrev1a a cortar el hilo de las Parcas.
las discusiones familiares de Wotan y Fricka, o la relación del Viajero-,
y la comprobación de nuestra resistencia nos servia de descanso y nuevo
aliento para los actos sucesivos.
La guerra, que tanto ha influido en los destinos del mundo neutral.
en el que va incluido el sereno limbo de las Artes, ha trast~ocado órdenes y jerarquias, derrumbado imperios kolosales y descubierto muchas
fuentes cegadas. ~Que se ha hecho de nuestro wagnerismo?
La facilidad que en el desequilibrio económico de Europa hallan las
Empresas para proporcionarnos espectáculos inasequibles antes al público madrileño, nos ha deparado el poder asistir, no ya a unas cuantas representaciones de Wagner-perfectas en punto al estilo ~onvenient~ a
tales óperas y sobresalientes en lo que hace a la acabada mterp ·etac1ón
de algunos papeles principales, como los encome~dados a l~ ~eñora
Dahmen, al señor Kirchof y al señor Lattermann-, smo a la rev1s1ón de
nuestro wagnerismo de un tiempo, y deducir una enseñanza decisiva, que
bien pudiéramos condensar en este grito: ¡El wagnerismo ha muerto!
¡Viva la música de Wagnerl
De todo el aparato retórico, de toda la balumba pseudofilosófica, del
106

LA PL U ~l A
concepto grandioso cuya realización corona en Bayreuth el imperio germánico del arte, quedan una ópera magnifica, Trlstdn e /seo, algunos ac-tos de otras, modelos de expresión dramática por medio de la música, tal
cual escena sublime, y un mundo de cartón-piedra y oropel escénicos envuelto en el vapor de agua y las fogatillas con que se figura en el Real
cel fuego encantado•.
Por lo que hace a los espectadores, se ha llegado a una transacción,.
que hubiera parecido antaño imposible, entre el patw y la cazuela. Se
consienten y disculpan las estridencias de algunos ejecutantes; se permite
la admiración calurosa al protagonista, con menoscabo de la adhesión a~
conjunto indisoluble; se agradecen los cortes en la partitura, y ya no se
hace demasiado hincapié en las diferencias, antes fundamentales, entre la
gran ópera y el drama lírico, diferencias que no están tanto en la pretendida superioridad del argumento wagneriano sobre el libreto de Meyerbeer, cuanto en la dignidad artistica de una y otra música.
La experiencia hubiera sido cumplida si la Carmen cantada después
de la Tetralogía, justificara con una interpretación menos desmayada el
entusiasmo de Nietzsche por la posibilidad de una música medite"ánea,,.
melódica, sana, natural; y más todavía si en el repertorio del grupo francés se hubiese incluido el Pelkas et Melisande. As{ como así, la batalla
está empeñada ahora en el Circo de Price, en torno a Debussy. El público de la Quinta y La Revoltosa, de la Overtura de Tanhauser y La boda
de Luis Alonso, ha protestado la /ben.a del autor de L'apres midi d'unfaune. La culpa es del Sr. Pérez Casas, que acata la dirección del Circulo
de Bellas Artes en la confección de sus programas. Bien está que se proteja y estimule la produccióu art{stica nacional; no es la mejor manera
pretender sacar al glnero chico de las casillas donde yace. El señer Arbós,
a quien vimos dirigir un Concierto de música española el año pasado,
en la Ópera de Paris, pudiera decirnos si aquel público tan comprensivo
supo o no discernir entre el fárrago de Pows gitanos y demás colorines.
locales, la música, española si, pero música sobre todo, de Manuel
de Falla.
Pero los bailes rusos anuncian su vuelta a Madrid para la próxima,.
107

�LA PLUMA

LA PLUMA
primavera. El estreno de El sombrero de tres picos será digna señal de la
.colaboración española en la Sociedad Artistica de las Naciones.

FLORENCIO SÁNCHEZ
No para estrechar lazos, que de tan apretados ahogan a veces, sino
para representar comedias, ha venido a Madrid la Compañía Argeatina
de la señora Camila Quiroga. El éxito no ha podido ser más halagüeño .
Desde el primer dla la prensa batió palmas en su honor, y el público, un
tanto remiso en acudir, llenó el teatro en las últimas representaciones.
Bien que no hayamos podido asistir a todas, faltos de tiempo, harto
aprovechado por la Compañía en dar variedad al cartel, y nada sobrados
de plata con que pagar los elevados precios señalados a las localidadespues la D irección artlstica, con exagerado respeto sin duda a nuestra independencia crítica, no nos ha favorecido con ningún billete de los prodigados a los periódicos-, hemos conseguido formar juicio acerca del
teatro sudamericano-ya que no sin cierta preferencia por:los autores ar,gentinos, se nos han dado obras de algún escritor chileno y, las mejores,
de un uruguayo.
No era desconocido en España el nombre de Florencia Sánchez, e incluso José Tallavi había representado con poco éxito en el Español un
drama suyo, Los muertos. Ha sido, con todo, para nosotros una revelación,
y es de esperar que, visto el triunfo de Ba"anca abajo, alguno de nues·tros primeros actores lo incluya en su repertorio.
A nuestro entende.r, Ba"anca abajó es la obra maestra de su autor,
,cuya temprana muerte añade tan romántica simpatía a su figura. Los mis,mos elementos que componen en términos generales el resto de su teatro-de que hay escogida muestra en una reciente edición d@ la cEditorial Cervantes•, de Valencia-, lucha entre padres e hijos, la fa,alidad
-del medio ambiente, la enemiga entre el campo y la ciudad, el anárquico
pesimismo que la realidad le inspira, se concretan con simplicisima y
,grande fuerza dramática en Barranca abajo, donde el color local, la re1,producción exacta de tif,OS y paisajes, la viveza del diálogo, sólo sirven
1o8

de marco a un conflicto sentimental que, si circunscrito en su apariencia.
exterior a caracteres argentinos, alienta con una pasión humana que lo
hace universal. Hasta Florencio Sánchez, el teatro rioplatense bárbaramente popular en las primitivas pantomimas de circo gaucho, mera adaptación de los géneros inferiores del europeo en las primeras comedias na-cionales, podrá ser de costumbrts más o menos argentinas, pero no es
teatro. Después ...
Después, y por lo que hemos visto, es demast'ado teatro, en la peor
acepción de la palabra. Se parece harto al mal teatro de todas partes, y
especialmente al italiano. Las comedias de salón se parecen al teatro italiano imitado del francés. Cierto que, dicho sea en honor de los dramaturgos sudamericanos y contra la mal enteadida protección que se dignan,
dispensarles algunos críticos de la madre España, no pretenden seguir
las huellas de Calderón, Lope, ni Tirso. Ventajas de no tener tradiciones
arraigadas... en las columnas de los periódicos.
La Compañía de la señora Quiroga es buena. El conjunto que ofrece·
es muy superior al de cualquiera de las españolas. Interpreta acabadamente las obras de carácter popular. Se ve que los actores argentinosimitan el ejemplo de los italianos, y aún mejor diríamos que lo son. La
señora Mancini, los señores Escarsela, Acchiardi, Olarra y Fregues, la señorita Arnoedo, son cómicos de primer orden. La señora Quiroga, muy·
bella, los preside dignamente y, lo que es más, nunca sacrifica a su lucimiento personal el reparto de una obra, ni condiciona su representación,
la circunstancia de tener ella o no el primer papel.
Los actores argentinos han ido de Madrid a París. ,Alli verán cómo,
todo el arte teatral no está en el Boulevard ni en el Francés. Ni se arredren melancólicos ante los esfuerzos de Gémier por bajar del escenario
a la pista, de que sus antecesores argentinos desertaron. Verán que el
teatro más moderno, de tan realista o de tan idealista, no tiene decoraciones. Lo cual evita, por lo menos, el ponerlas malas.

UN CR1TICO INCIPIBNTB

�LA PLUMA

APUNTES PARA UN A GEOGRAFÍA
MUSICAL DE E-UROPA. 1920
IV INGLATERRA
de las cosas que parecen haber sido carac~erísticas de
Inglaterra, fué la fidelidad guardada a l~s pas1~nes que la
conquistaron del modo más rápido e 1m1:rev1sto. ~o~ lo
menos en arte, o, más por lo menos todav1~, en, mus1ca.
En este aspecto, Inglaterra tiene con Esp·~na mas. de un
punto común; pero en el plano de su modernida~ musical, 1~ ?1f~rencia es completa, porque mientras lo que caracteriza a la nac1on msu:
lar es su firme voluntad de tener un estilo moderno, entre nosot:os, s1
existe éste es bien a pesar de la pluralidad de gentes de) ,ofic10. No
hay que c¿ntar, claro está, co~ los «s_eniors» de la ~rofes1on: En ln.glaterra, tanto como en Espana, se dieron una mana especial para
erigir una falsa tradición a la que rodearon de todos los resp,etos Y,
como era falsa, daban el grato espectáculo de q?e ~ua nto mas acatamiento guardaban a sus formas exteriores, ma~ hndam~nte se les
escapaba el espíritu de la cosa. Si hoy pretendiese algmen qu~ el
modernismo tan activo despertado en Inglaterra ?es?e fecha re~ien\te, no es más que una repetición del fenómeno md1cado, podna teNA

m

11er apariencias de razón si, por fortuna, aquel país no contase con
.algunos músicos que, esta vez, hagan creer que se trata de algo de
más hondo arraigo.
Amorcitos ligeros de solterones a los que se guardó luego fidelidad perdurable. La vieja gran Bretaña: comenzaba a aburrirse de
sus músicos isabelinos, cuando llegó como un cometa de radiante
cabellera el exuberante Haendel, todo sonoro del más espléndido
italianismo operístico. Un siglo después, todavía reinaba sin rival en
los corazones más embebidos por el sentimentalismo de las «ballads»
cuando otro hermoso invasor, galantería llena de encajes los emborrachó con su perfumado marrasquino; Mendelssohn tenctría todavía
en Inglaterra una adoración muy estilo Nuevo Testamento, tanto
com_o Haendel lo f~~ al estilo del_ Viejo, si otro músico de las postrimenas del Romanticismo no hubiese aparecido por el Oriente rena110 con todas las exigencias del perfecto músico protestante.
La impersonalidad brahmsiana era, en efecto, la más perfecta hechura en que acomodar el espíritu musical inglés de fines de siglo.
'Toda la música victoriana parece la creación irremisible de un pastor
evangelista. Tschaikousky fué después su último estremecimiento.
Luego, pasa de un salto a la época moderna, en donde las más diversas tendencias conviven con los residuos tradicionales en una
amable e indiferente cortesía.
La fragmentación c!el credo actual se apodera de Inglaterra sin
haberle dado lugar a gustar de las efímeras irisaciones del simbolismo y del impresionismo. En música, simbolismo quiere decir estéti-0a, e impresionismo, técnica. Cualesquiera que sean las tendencias
de los novísimos compositores ingleses, hay en ellos menos intención del inte.riorismo peculiar de aquella estética, y menos luminosid_ad '! frescu_ra externa pr~pia de los materiales que utilizaba el impre-s1omsmo. S1 se busca que es lo que constituye el esqueleto de un
arte, esto es, el sistema orgánico que le hará tenerse en pié, se en•contrará que, naturalmente, es un principio constructivo, y será él
1~ que ~segure su ~liación con mucha mayor veracidad que sus manifestaciones exteriores. La herencia artística, como la fisiol~gica,
n? se obtiene por procedimientos circunstanciales, sino por filiación
directa. De aquí la conveniencia de los cruzamientos que en arte son
tan eficaces cuanto combatidos.
11 I

u,10

�LA PLUMA

'

1

LA PLUMA

Fuera de Eugene Goossens, que siendo el mus1co más ~onsiderable de la joven escuela inglesa, no es un inglés de raza, los demás
muestran en su sistema óseo demasiado homologismo con lo escolástico de su país para hacer sosP,echar que lo joven en ellos no es
más que sus treinta años. Diversos «ismos&gt; los caracterizan; pero en
ellos-como también en Italia y en España-esos matices, ¿son algo
más que veleidades? Vemos unos orientalismos puramente superficiales, unos modernismos «fin de siecle&gt;, unos nacionalismos que
andan informándose, indagando razones que presentar, y hay 1 final
irremediable, unos tradicionalismos que se remontan, como en todas
partes, a los tiempos heroicos del clave y la espineta.
Pues, con todo eso, la música contemporánea de Inglaterra tiene
un color propio, y no la aqueja ya aquella impersonalidad de sus antecesores. ¿Y en qué consiste? Pues en el fenómeno general que se
observa en toda la geografía musical europea, y que consiste en que
la gente nueva descubre lo que, !:iiendo tradicional er.. su país, lleva
en su fisiología, ¡;erfectamente asimilados, gérmenes de un exotismo
renovador.
Clara y lisamente: que su organismo artístico está «mejor alimentado&gt;. (Academia=cristalizacióo. Conservatorio=clorosis. Aquéllo significa parálisis; éstos, degeneración.)
Pero véase que una cosa muy importante diferencia el poder de
asimilación de los jóvenes músicos ingleses, consecuencia de su
buen deportismo, de las ifl\Ítaciones pasivas, exteriores y sedentarias de las viejas épocas a la moda de Haendel, etc., etc.
Nosotros pondríamos un nombre a esa función del excelente organismo de los jóvenes ingleses: «facultad de occidentalizau. En
efecto, ahora que se habla de un occidentalismo musical de creación
reciente, se ve que es la nueva escuela inglesa quien ha sido la iniciadora. No tenemos mucha simpatía nosotros por esa facultad, cuyos ingredientes son ciudad
sociedad. Algo gris, gasolina, gran
hotel y smocking a sus horas. Entre la facultad de asiaticismo de
los rusos, de mediterranismo de los franceses o la del expresionismo
actual de los alemanes, que consiste en encontrar la tripa de carnero
a través de la cuerda de violín, desde luego preferimos las dos de
en medio.
Si se me pre¡untase por algún ejemplo de lo más típico de: ese

occidentalismo, contestaría sin re
Lord Berners, profundamente disti~~~o mostrand? ~ &lt;?oossens y a
les-por lo demás-, y tan gran hom~reen sus ?tstmhvos personateur e~te otro; Goossens con su creciente d~~~2c10
aqttél, como ama1
• ª " n por la dureza y la
enérgica expresión de ¡0 pétreo y 10
se en puntas d e .:nstal
·
estallido d mticizo
. .
, Berners con su romperzadas en todas direcci¿nes.
e ns,1s cortantes como aristas, lanEllos, tanto como los músicos de tend
.
~han-Williams, nacionalistas como lrela enc1as_poéticas, como Vaunl Scott, u ori~ntalistas como Bantock-~~• o P!ntorescos éomo Cynos vamos aleJando demasiado de
\J no c1!amos más, porque
parse por la riqueza del color y la 192~)~d c0m1enzan a despreocupe~~liare_s a las primeras músicas ~:~c'f~' ad _del material sonoro.
Mus1cos ingleses de menor nombradí: g o, mixtura r~so-francesa.
más fieles a esos principios en cuy d , ~ero . muy estimables, son
do Scriabin y Schoenberg es
~ eca enc1a tal vez hayan influíBerners parece enfrascado ~n d~~~:~~s e atent~mente ~n las Islas.
do fórmulas casi algebráicas
F. xpres1ón musical, buscanGoossens busca en algo que ta;;:;,.:us ragmmts pkysiologiques, y
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di

ADOLFO SALAZAR

+

112

8

113

�LA PLUMA

BUSCANDO SU HUELLA
C:omo arriba
no le encuentro,
la escalera
bajo presto:
quizá le halle
en el huerto.
CVoy al banco,
voq al seto,
voy al pozo, b4jO el tilo
predilecto;
llamo y busco,
voy y 'Uengo,
más... en vano,
que en el huerto,
cual arriba,
nada veo...
C:omo manos invisibles
van los vientos
a su paso
sacudiendo
con gran furia
,14

los abetos.
..Clueven hojas
llueven pétalos ...
&amp;n el pozo verdinegro,
sacan agua:
sube el cubo y va gimiendo.
C:on angustia
voy y vengo;
por la verja
salgo y entro.
CVuelvo arriba...
Qrave y lento
el reloj
mide el tiempo...
..Cos salones,
en silencio,
se recogen
tras la sombra y el misterio.
'llna 9,tusa
alza el dedo

señalando
hacia el cielo...
'Godo solo
todo escue;o
como páramo,
cual desierto
'
como triste
cementerio...
cSalgo al punto
Y el extenso
corredor
atravieso.
&lt;Subo al alto ' mas t,10 mzsmo·
•
nada encuentro
.
.Ca veleta,
···
en extraño voltejeo,
hace burla
de mi duelo.
fe_or el largo caracol
szlba el viento
.Ca redonda ci:raboya
es un ojo que da miedo...
.Coca, bajo
los estrechos
escalones;
huyo luego
por los grandes
aposentos
silenciosos,
Y de nuevo,

-

angustiada,
corro al huerto.
.l:os
rincones escudrzno,
.J
touo exploro, toJ
uo veo·
la avenida
·
de los fresnos
el ruinoso cobertizo
.
donde duermen los cone¡os
e l estanque,
'
los senderos
los recodos.:.
¡fN~da encuentro/...
¡fNz sus pasos
hallo impresos
en la tierra!
¡fNi los ecos
de su voz
guarda el viento!
fJdo es todo,
nada espero;
han volado
los
gorriones
de los suen-os,.
•1
J
soto queuan
los recuerdos
como buhos
agoreros...
'Una lágrima rebelde
una lágrima de fuego:
rueda y cae
por el suelo

'

�LA PLUMA

-gruesa gota
que, sediento,
traga ansioso
el sendero.'Goca y entra
el temido sufrimiento...
'JI a su yugo, resignada,
tiendo el cuello...
,..fJunto al tilo
predilecto,
-ya sin hojas,
cual fatídico esqueleto,sobre el banco de madera,
caer dejo
el gran fardo
de mi cuerpo...

';}legra nube
cruza el cielo
cual un torvo
pensamiento,
cual presagio
de un gran duelo,
9,(,uere el sol;
hunde el viento
sus rencores en las ramas;
tiembla el seto,
y en el pozo
verdinegro
que los musgos
han envuelto,
la mohosa carretilla
lanza un grito lastimero...

MARIA BNRIQUBTA

116

LIBROS Y REVISTAS
Jnllo Camba.-La rana r,iajera.-•Calpe•, Madrid-Barcelona,

1920.

Al pie de la cubierta y frente al título de la casa editorial, se lee: Los humoristas. Est~ rana viajera figura, pues, clasificada por el coleccionista en un rango literario que la define ante el lector, para quien "l libro ha de ser, por la
etiqueta, cosa densa. Al crítico le quedan dos caminos para juzgarlo: Limitarse a la autoridad de las retóricas y decidir si está bien o mal según se ajuste o
no a los preceptos doctrinales del humorismo como tal género clásico-aprendido en las clases-, o deducir lo que es el humorismo de lo que los humoristas-con voluntad de tales-escriben. Nosotros preferimos este segundo criterio. Y con arreglo a él se nos muestra el humorismo, por arte de Julio Camba,
como amenísima manera literaria de decir en broma las cosas de sentido
común.
Julio Camba confiesa lisa y llanamente en las dos primeras págiuas, la
intención del libro: Hace ya algunos años, el director del periódico doude a la
sazón escribía, le mandó al extranjero. •Mis artículos de entonces-dice-,
como los que más tarde escribí desde otras capitales, tenían la pretensión de
estudiar experimentalmente el carácter nacional, pero el único sujeto de experimentación que había en ellos era yo mismo. Yo estoy en mis colecciones
de crónicas extranjeras como una rana que estuviese en un frasco de alcohol...
Y si lo que quería mi director era observar el efecto directo de la civilu:ación
europea sobre un español de nuestros días, ahí tiene el resultado: una serie
constante de movimientos absurdos y de ,.ctitudes grotescas. Ahora el poeta
vuelve a su tierra, es decir, la rana torna a la charca... ¿Cómo encontrará su
charca la rana viajera, después de una ausencia de tantos años?
•Mientras he estado ea el extranjero, yo he tenido un punto de referen.cia
para juzgar los hombres y las cosas: España. Pero esto era únicamente porque
yo soy español y no porque España me parezca la medida ideal de todos l?s
valores. Ahora, y para hablar de España, me falta este punto de referencia.
Forzosamente haré comparaciones con otros países. Y no sólo resultará que
España no puede ser un modelo para las otras gentes, sino que no sirve ape117

�LA P L U l\J A
LA PLUMA
nas para los mismos españoles. La rana encontrará su charca muy poco confortable.•
Continúa por lo tanto Camba la dirección moralista del grupo de escritores
conocidos en bloque por la «generación del 98•. Sólo que al tono elegiaco ha
sucedido la alegre ironía, y al énfasis serio, la simplicidad ligera. En el fondo
la intención satírica es la misma, y el mismo también el lírico egotismo de entonces, si bien disimulado cuidadosamente, con cierto pudor, que evita toda
expansión propiamente poética ¿Esta limitación preconcebida, puede llegar a
constituir un defecto por encallecimiento de la sensibilidad? En todo caso preferímoslo cien veces al exceso contrario.
Fino costumbrista, agudo observador de la realidad diaria en su aspecto
cómico, ha sabido Camba en sus crónicas de El Sol-de que son excelente
muestra las reunidas en este volumen-conferir a su obra una dignidad rarísima en la nefanda literatura de los periódicos, dignidad no tanto literaria cuanto de intención, por el espíritu liberal quP. anima sus divertidas moralejas en
las que siempre se advierte un sincero propósito antifilisteo.
Si por acaso el lector echa de ver en las sátiras de La rana viajera cierta
falta de imaginación, es decir, de esa voluntad de interpretación cómica del
mundo por la reducción de la realidad al absurdo, con que suele por lo general mostrarse el humo,- de los humorislas extranjeros, ello demuestra hasta qué
punto el humor de Camba se alimenta en la observación directa de la vida española, de suyo tan absurda y disparatada que háse\e de buscar el contr~ste
grotesco inventando paraísos, perfectamente terrestres en cualquier otro clima
espiritual.
.
Ha conseguido Camba una popularidad merecida y, lo que es más, _la ¡usta
apreciación ele su esfuerzo artístico púr huir de los dos grandes enemigos d~l
espíritu del escritor: la vulgaridad, en que se pierden los afanosos de glona
callejera, y la pedantería, en que se malogran los sedientos de lisonjas de corrillo. Habrá quien quiera confinarle en el género chico, diciéndol~ ~ue el género chico es el grande, y quien pretenda incitarle a hacer oposiciones a la
cátedra de Salmerón&gt;, valga el tópico anacrónico. Camba, que merced •a la
vis cómica nativa ha sabido ascender del periodismo a la literatura-aún hay
ciases-, nos debe, con o sin etiqueta de humorista, un libro nacido para tal, no
sólo la selección anual de sus crónicas, cuyo mayor precio a nuestros ojos está
en el sentimiento de unidad que las preside.
C. R. C.

•••
Ra~ón Gómez de la Serna.-El drama del palacio deskabitado.-EditorialAmérica, Madrid.
Reúae este volumen cinco poemas dramáticos en prosa, escritos hace ya
tiempo por su autor, e incluso publicados separadamente en ediciones juveniles, según dice la advertencia inserta a la mitad del libro, donde se cuentan
ade:nás algunas curiosas vicisitudes de tal cual de estos ensayos teatrales en

J18

su n~nnata vida escénica. ~o se induye_ el más interesante acaso, si no nos
enga°:a nuestro buen recue_rdo de su pnmera lectura, el titulado Un cuento de
1
Calle1a, recientemente reimpreso por la Editorial de este nombre· e
•
Beatriz, ~fortunada réplica a ~a Salomé de Osear Wilde, que con el adtE
El lunát1C11, nos parece lo me1or del tomo.
'
No quiere Gómez de la Se_rna que sus dr~mas formen parte de ese «es antoso Teat,:o para leen. ¿Cons1gu_e su propósito? A nuestro juicio, no. Un &amp;-ítico ext_ran1ero, grandemente aficionado a la producción de Gómez de la Se
le estima como uno de los mejores poetas españoles contemporáneos ri:1•
duda alguna, el gran temp7ramento literario de Ramón, como él gusta ll~a~~
se. a. sec~s, propende al hnsmo, y a~aso uua de las razones a que se debe su
o~~g1nahdad está_ en _la desproporci6n, el desequilibrio entre los temas ue
ehJe Y su expres1óu madecuada, voluntaria, conscientemente arbitraria. q
Adolecen, pues, su~ dral!1as de falta de vigor dramático, y, no ob4stante !&gt;U
b~eved~d, de ~x_ceso hterano, ?e poca concisión. Más que tales dramas son
divagaciones lineas en prosa dialogada.
'
Es verdad que la ma~or parte, si n_o todos, son obra de juventud, primeros
tanteos en que lo_ más digno de aprecio, cuando se publicaron, era su rebeldía
a las normas cornentes entonces; y si hoy no seducen desde luego al sim le
lector, como alguno_s trozos escogidos de la literatura posterior de Ram~n
son suipamente curiosos para el crítico, que ve esbozuse en ellos ¡¡,_ maner~
Yª tan acu_sada y personal de este escritor, sin duda el más literato de los jóvenes nacidos al mundo de las letras después de los que en la actualidad ostentan y aun detentan el nombre de maestros.
•~nevas carpeta~ con dramas esperan la hora propicia de un teatro que
necesite el repertorio del que no quiere ir al teatro.• A buen seguro, que por
~';1Y apartado del nu~stro que pueda ser cuenca el criterio artístico de Ramón
?!lle~ de la ~erna, siempre nos sorprendei-á con nuevas muestras de ese esp1ntu mdefin1ble que alimenta la obca del verdadero artista.
C.R. C.
• **

~~a~

Romain Ro,lland.-Clerambault. Histoire á'une conscience libre pendant la guerre.-Pans, Ollendorff, 1920.
í «Pa~a mí-dice Cl_erambault-es libre el hombre que puede desprenderse de
~ frop10, de sus pasiones, d e sus instintos ciegos y de los del medio y de los
e momento, n~ para obedecer a su razón, como suele decirse-la ;azón tal
co:;io la entendéis, es un engaño, es una pasión más endurecida intelect~ali:;'" a, Y por tanto fanatizada-, sino para tratar de ve~ por encim~ de las nubes
he J?Olvo que levant:1n los rebaños en el camino del presente, para abarcar el
d onzo~te, a fin de situar lo que sucede en el conjunto de las cosas y en el or~n umversal.:. para op~n~rse con plena conciencia [a las leyes del universo)
siuson ~ontrana~ a la fehcida? y al bien. Porque la libertad consiste en esto
q e e 1 ombre libre es por s1 solo una ley del universo, ley consciente, únic~
que está encargada de hacer contrapeso a la aplastante máquina ... • Cleram119

•

1

�LA PLUMA
bault adquiere penosamente esta idea-idea capital del libro-y la formula,
poniéndola como base de su polémica contra todos los que. sea rutina o cálculo, se dejan engullir por el calma multitudinaria•. ~ntes de hacer ese d~scubrimiento, Clerambault-poeta famoso, burgués feliz, no muy sobrado de rnteligencia-no era libre: no era libre en la paz, pues no se hab1a preguntado cuál
podría ser el valor verdadero de sus ideas generosas y vagas, ni de su creencia
en el advenimiento próximo de la fraternidad universal, confrontándolas con el
«conjunto de las cosas•; no era libre en la guerra, al comienzo, cuando apenas
repuesto del estupor que le produjo el derrumbamiento de sus ensueños, se
puso a cantar, confundido con la turba, «despersonalizado•, la guerra y la patria. La furibunda acometida que da a la patria, a la nación, cuando están en
guerra, no la dió contra el ficticio r~~oso anterior, bajo_el qu~ ~e escondía un
orden podrido, En el fondo, tan prisionero de la multitud v1v1a Clerambault
antes de la guerra, como al arrojarse al arroyo del boulevard, 3:ullando su patriotismo; pero en esa segunda postura. hundido _m,oral y m~tenalmt;~te en las
turbas, víctima del contagio, está lamentable y ridículo, ébno. Un h1~0 de Clerambault, Máximo, se alista voluntario. «Una oleada de alegría heroica arrastraba a su generación. ¡Hacía tanto tiem~o que aguardaba (yaº? se atrevía ª. esperarla) una ocasión de obrar y de sacrificarse!» Cua?do las n~gr_atas r~ahd~des de la guerra. sin quebrantar el ánimo firme, enfrian el ard1m1e~to Juvenil
de los primeros tiempos, y se inicia la divergencia de los combatientes con
los civiles en la apreciación del giro de la campaña, Máximo perece. Golpe
terrible, que despierta la conciencia de Clerambault. En rigor, era hombre 9.ue
había reflexionado poco. El infortunio, que a muchos les hace con~~er a Dios,
a Clerambault le cura de frivolidad. Pensando en la muerte del h1Jo, se pregunta: «¿Para qué? ¿Por quién? Era men':ster. al m_enos ~ersuadirse que por algo
grande y necesario.• Pero: «aunque tuv1ese1s vemte mil veces más razón_ en la
lucha, la razón ¿vale los sacrificios con que hay que pagarla?• La conclusión_ es
negativa. En la guerra, quienquiera que sea el victorioso, siempre es vencida
la Humanided. Y entonces, sobre el pobre Clerambault, se desploma esta verdad: el culpable del estrago, el culpable de aquel derroche de las energías juveniles de Europa, es él, y con él su generación, la de los hombres maduros,
que han ofrendado la sangre de sus hijos al ídolo patriótico, en que no creían;
ante los muertos se acusa, y les pide perdón. Es el momento en que _la conciencia de ClerambauJt cobra libertad; es come si adviniese a la dignidad de
hombre: «Todo el que es hombre de verdad-dice M. Rolland en el prólogodebe aprender a estar solo en medio de todos y a pensar sólo por todos, Y
caso necesario contra todos.• Clerambault lleva valientemente el. fardo de su
su libertad. H;cen falta almas como la suya: «por la sumisión cadavérica de las
iglesias, la intolerancia sofocante de las patrias, y el unitarismo _entontecedor
de los socialismos, volvemos a la vida gregaria.• ¿Y cuándo más mtolerante la
patria que en el trance peligroso de una guerra? Clerambault emprende contra la aberración del instinto patriótico, contra la inútil matanza, contra el heroísmo infecundo, una aventura desigual. No le basta que la luz se baga en su
alma: quiere desligar su responsabilidad e impedir que se pierdan todos; la
alternativa es clara: o dejar que el daño SI! cumpla, dejar que los demás se
120

LA PLUMA
pier?an, o arriesgar.;e a hacP.rles daño, a lastimar su fe, a granjearse su odio
por mtentar salvarlos. Clerambault acomete la gran quijotada. Publica su e Demanda de perdón a los. I?uertos•, un adi_6s a la patria que amó. «¡Patria! ¿Po.t
qué nos has hecho tra1c1ón?... P~tna vendida a los ricos, a los traficantes con
el ~lm~ y los cuerpos de l~s naciones... que te gozas en encender el celo san1:umano de los pueblos, diosa de presa, falso Cristo que revoloteas sobre la
mata!lza, con tus alas en cr_uz y garras de halcón. ¿Quién te arrancará de nuestro cielo?• ~lerambault se p~e~a la vida. La familia y los amigos le abandonan;
una campa°:ª de rr~nsa, dmg1da por su camarada más antiguo, Je denuncia
com? enemigo pú_bhco; encartado en un proceso «contra el gran complot derrotista•. un patriota frenético lo asesina.
Monsieur Roltand advierte desde el principio que este su libro no es una
novela. En efecto, es un libro de historia y de moral. Describe la repercusión
de la guerra en un espíritu honrado, since1:o y generoso, pantalla puesta por
el autor para proyectar sob_re ella los conflictos que agitaron la vida intelectual
Y, moral en_ cuanto se. ro~f)IÓ la paz _de Eu_ropa. El propio Clerambault apenas
si es un ca1ácter, un 10d1v1duo, un tipo. Cierto que padece .-o sus sentimien!OS personales, en su afecto de marido y de padre; pero eso, en realidad, nos
interesa poco, nos conmueve poco; se ve de sobra que eso no tiene más que
un valor figurado. En Cl_erambault se agita y sufre una conciencia que no siempre p_are_ct; encerrada, s1 puede decirse así, en los límites extrictos de una pers~na 1nd!v1d~al; creemos ve1 un alma enorme, difusa, prendida aquí y allá,
P r los ambitos del mundo, a las vidas torturadas de que es vocero Clerambault. Lo q11e nos importa en este poeta es el conflicto mismo que define y representa, Y en la medid_a que el conflicto se ha insinuado en nuestro espíritu.
El autor h~ye de reducir el tema a un caso dramático particular, y desde un
punto de vista de filósofo de Ja historia y de moralista juzga a Jos hombres en
l.a guerra, Y_ sus móviles, y el valor de las ideas que soÍían defender: el fallo es
condenatono.
Aunque no sea «Clerambault» un libro autobiog1·áfico las observaciones
:\1. Rolland ha podido_hacer a su propia costa desde 19'1 4 se hallan de seg_ 0 aprovechadas en la pintura de los desengaños y malandanzas porque atrav;er5a el apóstol del humanitarismo. Y también se saborea esa experieneia en
~ ~rm~nto á~ido qu': destilan muchas páginas, por las que desfila usa galería
e tipos (sab10s, escritores, políticos militantes, y gente! sin notoriedad: burgueses, soldados), en algunos de los cuales se aglutinan rasgos tan peculiares
ue nos tienta el maligno gusto de ponerles un nombre conocido El curso de
1&lt;Ios
' ·
·
b'1 est ª d os d e _ammo
porque ,·a pasando Clerambault no es ciertamente
autod ~gráfico. ~a id~a ~eueral del libro ha obligado al autor a suscitar en el alma
e persona1e principal todas las reacciones imaginables que podía producir la
iUCrra. Cada una de ellas, aislada, es verdad históricamente· quien más quien
menos,_ei~ nuestra corta experiencia personal, todos hemos podido comprobar
que existieron. Verlas pasar por un mismo sujeto ya es muy raro; el arre!)ato
bon ~ue el gran corazón de Cleramhault se va aohiriendo a ellas hace de este
re un ser descomunal. Así, tras el primer desengaño de s~s esperanzas
,pac cas, Clerambault se abraza al embeleco de la «guerra contra la guerra».

r

qi:

ºm

12(

�LA PLU.MA

LA P L U 11 A
•Quería persuadirse que aún podía aceptar el hecho de 1~ g~erra y participar
en él, sin renegar de su pacifismo de ayer, de su humamtansmo. de anteayer,
ni de su optimismo de siemprt-... Clerambault ccmeozab~ a ~abncarse una tesis, un ideal-absurdos-donde se acordaban los contrad1ctonos: la guerra contra la guerra, la guerra por la paz, por la paz eterna.• Esa fu~, durante las hos- .
tilidades la tésis oficial, y sirvió para lo que los no conformistas _b~n lla!11ado .
después pintorescamente e/e bourrage du cr4ne•; en ella no participó, cierto,
M. Rollaod, que desde el primer día se colocó cau-dessus de la melée• y emprt-ndió su resonante campaña por la unidad moral ~e Europa y l?s derechos
primordiales de la humanidad. Cabalmente, en este libro, coronamiento de sus
polémicas de esos dños, M. Rollan~ _fustiga a lo_s pens.1;dores conterráneos suyos que pusieron la Razón al serv1c10 de los odios nacionales. cEn l~s guerras
de hoy día, que engloban a pue~los entero~, se hace lev~ del pensamiento; tanto como los cañones, el pensamiento mata, mata el alma, mala más allá de l~s.
mares, más allá de los siglos..• A las insa~as de los pensadores de Al~mama
respondieron sin tardanza las extravagancias de los h~bladores de Pans y ~e
otras partes.• Clerambault ap:e~dió que Kant _conduc1a a Krupp, tr~gaba. sin
chistar los singulares descu~nm1~ntos_ de los mtelectuales d~ su pa1s, •pisoteando el arte, la ciencia, la 10tehgenc1a, el alma del otro pa1s, en el _decurso
de los siglos, trabajo de delirante mala fe, que negaba al pu~blo enemigo to~o
genio, y encontraba en sas títulos de gloria más excelsos el signo de su 1Dfam1a
actual.,
Las figuras secumlarias que rodean a Clerambault representan sendas respuestas personales ~l confl.icto implicad? e~ el hecho de la guern. ¿Qué v":le
en si la idea de patna, y basta dónde se 1ust1fican por ella los estragos (materiales y morales) de una guerra como esta? Y después: ¿Cómo se acomoda la ~onduct&amp; a la respuesta dada en lo íntimo de la conciencia? Muchos de esos. tipos
quedan descalificados moralmente. Todos se somet~n ": la norma pat:1ótica,
aunque por muy varios modos. Por de pronto .. • •_el 10st10_to de la pat_:-1a es ~l
único, acaso, que en las condicione_s a~tuales se hbra de a1a~s~ en la vida cotidiana. Los demás in.1tintos, las asp1rac.1ones naturales, el legitimo ~fán de amar
y de obrar, se veo, en la sociedad, ahogados, mutilados, constreñidos a pa:sar
por las horcas de las apostasías y de los compromisos. Y cuando el hombre, al
llegar a la mitad de su vida, se vuelve para n:iirarlos, ve que todos llevan en la
frente el sello de su derrota y de sus cobard1as; entonces, amarga la boca, s_e
avergUenza de ellos y de sí propio. Sólo, el instinto de la patria ha p~r~anec1:
do aparte, sin empleo, pero sin mácula. Y c_u~ndo resurge, resurge 1DV1olado,
el alma que lo abraza traslad~ a él su~ aa:ib1c1one~, sus a~o:es, sus deseos a~dientes traidonados por la vida. Med1c. siglo de vida oprimida toma el desquite.• Así Camus, el o.;uperpatriota, un bruto, un filisteo: •La horda en armas c?ntra el extranjt-ro... eograndr.ce a la muchedumbre de los que vegetan en la impotencia de un egoísmo anárquico; los sube al pi~o ~uperior del egoísmo org":nizado. Camus se despertó de pronto con el sentimiento de que por vez pnmera no estaba solo en el mundo.• Y a su lado, el periodista patriotero que de
escalón en escalón había llegado a mirar como sagrada no ya la patria, s_in&lt;? la
guerra; y entre los perspicaces, un sabio cobarde, que no obstante su intlm~

infidelidad a la patria, oficia de pontifical eu las sesiones imprecatorias de la•
Academia, y otros intelectuales, que (dos veces heroicos) aceptan con frialdad
un sacrificio estéril. Con ser tan reales sus sentimientos, no vemos que esos
tipos se muevan en .in medio donde haya aire y sol; falta una onda vital que
los envuelva a todos y los haga vibrar. Forman galería, mas no sociedad. Son.
piezas de museo, descritas y catalogadas a maravilla, dispersas en un ambiente
enrarecido, yerto. Ya se dice que el libro no es una novela. Aun como historia,
erraría quien pretendiera tomarlo por un ccuadro• de la conmoción moral provocada en Francia por la guerra. Había todo lo que M. Rolland cuenta. rero se
echa de menos algo. ¿El qué? No sabría decirlo; aca90 el perfume de las virtudr.:5 humildes, simplemente humanas, de la generosidad, del dolor sin palabras;
en fin, aquella atmósfera que no podía respirarse sin enternecimiento, y que,
trasladada al libro, bañaría a las figuras que por él pasan, haciendo que fuesen
su~ perfiles menos escuetos, menos hirientes, y creando una gradación de térmmos.
La moral de este libro, ,cuál es? ¿Qué uos propone? Con el c?so de Francia
por tema, Clerambault predica una lección universal. Nos muestra al hombre
arrastrado por fuerzas ciegas, por obscuros instintos idealizados; al hombre
víctima del Pensamiento. ¿Va a fulminar Clerambault desde el ápice de su indignación una sentencia condenatoria sobre todos esus pobres pueblos cuyasumisión le irrita y que tienen por santa una causa en cuanto les exige sacrificios cruentos? Clerambault es compasivo; el amor a los hombres desborda de
su corazón. cSe preguntaba si la ley de amor que sentía dentro de sí no estaría
hecha para otros mundo~ y otra humanidad.• Es además optimista. Llegó un
día en que •apartó los ojos del hecho irreparable de la guerra y de los muertos, para volven,e hacia los vivos y hacia el porvenir que está en nuestras ma"?'·• Cleram_bault a_o~ocia .e~ ~vangelio de una sociedad en que los grandes
dioses: ~~tna, Justicia, Familia, Derecho, se vean por lo menos decapitados
de ~u ~niaal mayúscula. Y que esta guerra, lejos de sumir a los jóvenes en el
pes1m1smo. IP.s abra el camino del porvenir: •Hechad la cuenta de estos duros
años; h~béis sufrido por la patria. tQué habéis ganado? Habéis descubierto la
fraternidad de los pueblos que se bateo. ¿Es pagarlo demasiado caro? Que uno
de los frutos de esta guerra de naciones, sea al menos la fusión de la espuma
de las clases, la unión de las dos juventudes, el mundo del trabajo manual y el
del pensamiento, que deben, completándose el uno al otro, renovar el futuro.•
_¡Cuántos q~e han padecido la crueldad de la guerra se rebelarán ct&gt; ntra la
!és1s de este hbro, se negarán a admitir que han hecho un sacrificio por una
idea vana, aunque grandiosa! Pero este país es líbre-dice soberbiamente Clerambault refiriéndose al suyo-cpo1·que siempre ha tenido y tendrá almas
como la mía, que se niegan a sufrir un yu~o que su conciencia repele.•
M. A.

***

Teatro Anti~uo Bspañot.-Nuevas ediciones de Lope de Vega, Vélez de
Guevara y Calderón.

. Ha_st_a hace veinte años puede decirse que no le era dado a un español emi•
tir op101ón alguna acerca d e nuestro teatro del siglo de rro, que no implicase·
123

122

�LA PLUMA
\

'LA PLUMA
.acatamiento al intangible dogma:de f~ nacional. Por entonces empezaron algu•
nos de los más significados náufragos ideales a arrojar por la borda el lastre
-de aquella tradición literaria cuyo ca~dal pretendía_n salvaguardar las. Academias. Data de poco tiempo la tendencia a una reacción, menos apoteótica o ca,tastrófica, en punto a líteratura, de las que h_asta aquí nos han g~iado.
.
Cierto que por lo que hace al teatro clásico, nada se ha reahzado escénicamente desde la restauración antaño de unas cuantas corneciias de Lope; Calde:rón, Tirso o Moreto, por la comP_a~ía Guerrero-M_eod~za, _con u!1 gusto que hoy
nos parece de todo punto inadm1s1ble. No ha habido s1qwera d1rect~r capaz de
.afrontar la representación íntegra de las obras cuyos títulos aprendimos a venerar de memoria en las aulas del bachillerato. Pero el lector no 9C ve tan constreñido como antes a los ingratos volúmenes de los Autores Españoles de Rivadeneyra, o a los menos asequibles aún de las ediciones académicas; y. si no
.hay todavía colecciones completas qu&lt;: sustituyan a aquellas y la~ meJ~ren,
·váose ya publicando con cierta regulandad, acelerada en estos filtJmos tiempos, nuevas vulgarizaciones de este tesoro, mítico hasta ahora para los más de
los españoles.
Tres tomos de teatro clásico, ordenados con diferente criterio cada cual Y
con rarísimo acierto todos tres, ofrece a nuestra consideración el Sr. Gómez
Ocerio. Coostituven el primero, El remedio en la desdicha y El mejor alcalde el
Lectu_ra
,rey (Lope de Vega: Comedias, I. «Clásicos castellanos•, edición de
1920) por él anotadas y prologadas en cola?o:ación con Ra~ón M. Tenre1ro.
Ateniéndose los prologuistas a los descubnm1eotos más recientes acerca de la
vida de Lope, y especialmente a la biografía ~e _Rennei;..y_ Castro, refieren a
grandes rasgos las andanzas del Fenix !~nen mbm~ relación, ~on su obra, Y
-destacan luecro en ponderado apunte cnnco las cualidades poeticas que prestan a su teatt~o el secular verdor con que se nos muestra frondoso. No es 81 r~medio en la desdicha de las comedias más famosas de su autor. Pero no ha movido a los coleccionadores al elegirla el menor afán erudito, sino, sin &lt;luda, el
deseo de restaurar en un rango preeminente, dentro de la jerarquí~ de las
•obras de Lope, una de las más acabadas. Que bastara, aparte los méntos comunes a sus hermanas el haber ea ella un carácter como el del moro celoso,
tan raro en el mundo trágico español, poblado ~e fautasma_s y ~ntelequ)as, de
dogmas y conceptos, pero escaso en personas vivas, para 1ustificar el 10terés
-que suscita a nuestros ojos. Por lo demás, af?r.tunados comentadores, se han
ilimitado Gómez Ocerin y Tenreiro en esta ed1c1ón, a anotar al margen _de las
. pá¡!;inas, aquellos pas~jes o palabras cuyo sentids oscuro o desusado dific~lta
la simple lectura del profano, y a señalar afortunadament~ las fuentes de _rnspiracióo del poeta, tan empapado siempre en el ali~nto nacional de las crónicas.
En otra edición clásica (Calderón: Teatro. Calleja, 1920) nos muestra Gómez
"Ocerin la disc,eccióo suma que le distingue de tantos e~uditosa la yio_let~ como
suelen corromper el propósito de estos libros que, dedicados al publico mdocto, no tienen otro propósito que el de d_a~ limpios textos, con breves prólogos
,en que cabe siempre, al par que la noticia elemental acerca del autor, alguna
fina consideración crítica. Se insertan en ese tomo ;Et alcalde de Zalamta, La
wida es sueño. El mágico prodigi11so y El príncipe constante, selecta muestra del

fª

1

1 1'

1

124

género trágico de Calderón en sus modalidades características. Dada nuestra,
natural propensión a confundir términos y perspectivas, no estaría de más intentar algún día cierta gradación razonada en la admiración que del ejemplo de
n!1estros cl_ásicos se_ deduc~. En el magnífico c~mino de perfección de la poesia dramática espanola, qu1z~s el mod~lo máxim~ es ese Alcalde en que se cifran por modo caba_l tantas virtudes dIBpersas e 10cluso desperdiciadas en laexuberancia. de_ nue~tra mejor época litera.ria. El punto de honor español cobra
aquí plena s1gn1ficac1ón humana y un senhdo de augusta serenidad, hasta entonces nunca logrado con verdadera eficacia literaria, y degenerado después.
en el mismo teatro de Calderón.
El rey en su imaginación, de Véle2 de Guevara, publicada en las ediciones
del Teatro Antigu~ Español, del _Centro de Estudios Históricos, completa con
otro modelo la sene qui", con diverso método y adecuadísima intención en
cada case, nos propone Gómez Ocerin. Aquí el rigor erudito, la simple exposici.ón_ d~cu~enta~a de un texto inédito muéstranos hasta qué punto, una sana
d!sc1phna hteran~ nunca ~enoscaba, antes b!e!l· realza la labor de investigac1ó~. Et rey en su imagznaetón, cuya fábula deliciosa tantas afinidades tiene con
vanas obras de- otros coetáneos de Vélez, señaladas detalladamente en una-.
n_ota del e_i,rég~ta, _es, dentro de los cánones por que se rige con harta poca vanedad la msp1rac1ón de nuestros grandes dramáticos, de una perfección técnica c?mparable a las comedias mejor compuestas del autor de Reinar después de
morir.
Otro volumen de Lope, con que inicia la colección de su teatro la Eeitorial
Calleja, reune Pe1·ibáiiez 'V el comendador de Ocaña La estrella de Sevilla Et castigo_sin vengan~~ La
~oba, p~o!ogado por Alfonso Reyes. La sen~-illez, la.
clandad, la agihs1ma d1sttoc1ón espmtual, peculiares de la literatura de nues-•
tJ:o colaborador, se mu~stran por modo notable en las breves pero jugosas pá•
gmas en que evoca la v~da del monst,·uo de la naturaleza jalonada por las pasiones amorosas_cuya realidad supo mate,·ializar-Lope no era el Dante-artísticamente en heroínas cuyo pseudónimo poético mal encubre su condición ver- &lt;Nl.dera. Un juicio, no por sucinto menos justo, determina el valor positivo que·
hoy J:&gt;ªr~ !1osotro~ puede tener la lectura de las obras en que mejor se declara·
la ag1tac1on exterior, el leve reposo, el desorden lírico, el gusto por la intriga.
novelesca, de la fuerza natural que fué Lope de Vega.

r

1ª~ª

C. R. C.

***
Jo■é. María de Cossío.-Epfstolas para amigos.-Imprenta y Librería de la,
Viuda de Montero, Valladolid, 1920.
·

Dest~adas efectivamente a los amigos a quienes van dirigidas estas epístola~ p~é~1cas, D:º_ha querido el autor _que trasciendan 11. los lectores sino en lim1tad1s1ma ed1c1ón fuera de co'?erc10. El mismo tema general presídelas a todas, saber, la alabanza de la vida campestre, lejos del bullicio ciudadano, tan
rep~tida desde que el mundo es mundo, o cuando menos desd-! que los poetag;,

ª.

12s

�LA P L U il A

LA PLUMA
~estudian retórica. Limpios, claros, correctos, estos versos de José Mada Cossío,
no logran sin embargo transmitirnos la emoción virgiliana que el autor pretende· y ello quizá se debe a que por huir de las modas efímeras del momento, se
atiene con exceso a las normas de un clasicismo un tanto de segunda mano.
.Parece como si cantara el campo por haber leído sus excelencias en el propio Virgilio si se quiere, mas no por haberlas sentido.
Al final dullese el poeta, en una ~omposi~ión así titulada, de no p_odcr. expresar sus sentimientos con la eficacia patética que él descara. Su s1ncendad
"lllaoifiéstasc en noble lucha con el exceso lírico a que suelen entregarse los
románticos degenerados. Pero una cosa ~s la contenc~ón digna y otra la poesía
-preceptiva, que cela con normas aprendidas la emoción personal.
Más que cantar la serena soledad de un. dolor-que_ el poeta 1:1º s~ _atreve a
afrontar Jiricamcnte-diríase que quiere distraer el ámmo con c¡ercic1os P?é"ticos, si desprovistos de personalidad, nutridos e~ cambio de ~i~rta_pcrfccc16u
académka rara en estos tiempos en que los colonncs de la ongmahdad suelen
a duras p¡nas encubrir la desnudez de la ignorancia.
C. R. C.

***

Ventora García Calderón. - Cantilenas. - Ediciones «América Latina•.
París, , 920.

De la musique ar,anl toute cJUJse.
tout le reste est lit terati,re.
Si fuera posible resumir un juicio en un epigrama, ninguno c_u~pliría mejor al último libro del señor García ~alderóo, que el que tr~nscnb1mos refundido de la poética verlcoiaoa. Música ante todo, y ~uy b1e':1 acord~da por
cierto son estas Cantilenas si nacidas al azar de ocasiones diversas, 10spiradas to0das por un mismo se~timiento lírico, m~y cáracterístico del ambic_nte
literario anterior a la guerra que tiene en Pans su Meca. Lo demás es litei!,t

ratura.
Pero el desenfado genial de Verlaine y el entusiasmo con que le hacen coro
los filisteos, pueden atribuir a tni opinión un equívoco q_ue imp~rta salvar. E'nteodámooos: será despreciable la literatura como matena poética, c_uando pretenda aparentar una cualidad distinta de la propia, por_ ejemplo, la mgenu~dad
natural; pero si el poeta lo que se propone es cantar sinceramente la_ rcahdad
de su vida, ¿qué v.,rdad, ni mucho menos qué belleza menoscaba ~a literatt,ra,
que no es simple técnica artística, sino una atmósfera mor.al, a¡ena muchas
veces a la profesión de e!:'cribir, y que no t~do el mu_º?º resiste~
Ventura García Calderón, peruano de ongen, pans1én de afición, poeta por
·temperamento, hubiera exhal3:do románti~amente generosos_ exces~s, a no
disciplinar la expansión del ánimo con el ngor de una expresión cefilda. Sus
versos no nos sorprenden tanto por el aliento qu_e los inspira, común a to~a
una época estética, cuanto por su d&lt;"coro,. su sobriedad, S? rotundez, la gracia
de su movimiento. Los poemas en prosa msertos ~n Ca~ttlenas muestran hasta
.qué punto la elocuencia americana, la ex:u~eranci~ nativa del ~utor, cobran
,plena eficacia expresiva ajustadas a la música del ntmo Y de la nma.
C. R. C.
126

Toledo.-En Les Marges (enero 1921), M. CamiJle Pitollet habla de la imperial ciudad. M. PitoJlet viene publicando en esa revista unas notas de viaj~
por España. en las que a la emoción contemplativa se mezclan los recuerdos
literarios. «¡Oh ciudad relicario, que abres de par en par a los delirios de la
imagin:tción las p~ertas de la _Historia ..:! Decir Toledo es erigir sobre el azul
heráldico de un ciclo de Casti\la las piedras rubias que corona el campanile
gótico de una catedral legendaria; pero es también desencadenar las ondas rumorosas de ese río donde bebieron los poetas del idilio y de la égloga, de la
epopeya y del auto sacramental; y es, en fin, revivir la espléndida época de
esos varones castellanos firmes y elegantes como las torres de sus palacios,
ouros como el t~~ple de sus espada~. Luego todas esas fantasmagorías se esfuman en una v1s1ón de Thcotocópuh... Como en un batir de alas, paSd entonces el alma española, y las palpitaciones de esta Patria que sólo aguarda, para
vo)ve! a ser grande a vers~ li~re de la incuria de algur:os malos pastores madnlenos, le clavan a uno, sm piedad, un momento a la d11ra roca donde, anonad1do, está soñando. ¡Oh Toledo, sombra de Jo que fuiste, musco silencioso
fría necrópolis adormecida&lt;?º la gloriosa vega y acunada por el rumor del Tajo:
a través ~e tus blancos molinos y tus verdes cigarrales, no eres más que una
e~peratnz muerta, C';1Yª momia rígida, sin diadema ni manto, yace en sepulcro
abierto, para que curioseen los filisteos y se delecteo los artistas. Pero tu alma
sig~e viviendo. Y vivirá siempre, en Arte y en Historia, reliquia eterna, trofeo
racial.•
Xenh1s en el infterno.-El propio M. Pitollet, hablando de letras catalanas, _nos cuenta en La Co11naissance (diciembre 1920) la abjuración del germanofihsmo, hecha desde Berlín, por un escritor barcelonés. «A nosotros-comenta M. P.-tales confesiones nos colman de profunda alegría. Y al consig·
narlas en estas páginas efímeras no podemos por menos de anotar el caso de
ese alambicado sofista de X1nius, que, en plena gue rra, tomó sobre sí-verdad
que, acaso, contra sus propios sentimientos y a través de mil reservas prudentes-la defensa de Alemania y de sus métodos... Hoy, Xenius, tras de salir,
dando portazos, de la Veu del poeta Carocr-aspirante (!oh Cataluña, vela tu
faz) a un consulado de España-, continúa sus glosas en el Día Gráfico, enemigo de la Llip regionalista. Pero ocurra Jo que quiera, no debería olvidarse jamás por nosotros que en el momento más crítico fué traidor a la latinidad. Pecado contra el Espíritu, que no se le perdonará... •
¿Guitarra?-En Aclion, suntuosa revista de vanguardia, Jean Coctcau inserta un poema en prosa, Le mauvais ooyageur, donde se habla de España; ,España, tinta de china y corrida de tinta roja. España, jaula de loros. España,
que besa a la muerte por debajo de la pierna. España, guitarra que recibe telegramas. España, persiana del cielo. España, abanico del mar!•
Libros reclbidos.-León Tolstoi: Caudillo Tártaro; versión de R. Cansinos-Assens. Madrid, Editorial América.-Jacioto Grau: La ,·etiención de :Judas.
Madrid, Editorial América.-Pedro Miguel Obligado: El ala de sombra, poesías.
(27

�LA PLUMA
Buenos Aires. Cooperativa Editorial Limitada, 1920.-R. Mesa Fuentes: Elogi1&gt;
de la Fiest• de ta Prima1Jera. Santiago de Chile, 1920.-Manud ugarte: Las esjOllláneas. Barcelona, Biblioteca Sopena.-José María Salaverría: Santa Teresa
de Yenh Enciclopedia, Madrid.-Pedro Prado: A/sino. Editorial •Minerva&gt;, Santiago de Chile.-Luis Araquistain: España en ,t crisol. :Editorial cMinerva&gt;,
Barcelona.
Revistas,-&amp;,aña, Madrid.-Belles-Lellres, París.-Cuba Contemporánea,
La Habana.-L:i Ronda, Roma.-La Gonnaissance, París.-EJ Espectador, Barcelona.-Letras, C6rdoba.-Yuoentud, Santiago de Chile.-Nos, Orense.-Arg-uitectura, Madrid.-Claridad, Santiago de Chile.- Vida /Vuestra, Buenos Aires.Reju·torio .Americano, San José de C. R.-Die A/ilion, Berlín.- Via Lióre, San
Jo~ de C. R.-Le Carnet-Crilig-ue, París.-España y América, Cádiz.-Mercure
de France, París.-Hermes, Bilbao.-Aclion, París.-Athenaeum, Zaragoza.-La
Lectura, Madrid-Le Progrt!s Cioig-ue, París.

AÑO 11.

.\IADRID, MARZO 1921

NúM. 10.

FEDRA

GACETILLA
Los chicos de la escuela... ultraísta.-Siguiendo la moda de Parísdel año pasado-unos cuantos jóvenes que pretenden ocupar las avanzadas
literarias, celebraron noches atrás la primera velada ultraísta. Pese a la excelente disposición de los espectadores, el espectáculo resultó sobremanera
lato. Sobr.S tiesura de ateneo provinciano y faltó, no digamos ya humour, sino
simple buen humor. Nosotros sólo sacamos en consecuencia que el señor Lasso
de la Vega no sabe francés, que el señor Paskiewiu-perfectamente caracterizado de polaco-no sabe español, y que ninguno de los demás lectort·s sabe

TRAGEDIA EN TRES ACTOS
ACTO TERCERO

dad4.
A la manera de... «Padre nuestro que estás en los cielos; santificado sea el
tu nombre, venga a nos el tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en
el cielo. El pan nuestro de cada día dánosle hoy, perdónanos nuestras deudas,
así como nosotros perdonamos a nuestros deudores y no nos dejes caer en la
tentación, más líbranos de mal, amén.

1

1.ª

F1,;DR.,, muy débil, casi moribunda, apoyándose eo el brazo de E
FEDRA.

VSTAQUU.

Por fin va a acabarse esta tortura'
· Llega la hora del
d escanso!
EusTAQUIA. p
FEDRA.
/ro, q~é ~a~ hecho, hija mía?
No podia vivir más no d' . .
~re e hijo enemistados p~r ia ~1v1r en este infi~mo;_pahto, sin mi Hipólito' M p h m1 y sobre todo sm Hipódrá a verme morir ·a dasa a orlabvendrá, no? Ahora venrme e eso de viático
l , 1t·
•
mo ... no. el primero' Ah .
d
... e u 1' uia?
así, Eustaq
.
o1 a ven rá a perdonarme, no es
EusTAQUIA. s·i, se le ha llamado y Pedr
.
y en vista de tu estado d .º6 en su f?ndo ansiando verle
, 1 su vema ...

128

129

•

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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>Imprenta Artística de Sáenz Hermanos</text>
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              <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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              <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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              <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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      <name>Antonio Espina</name>
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      <name>María Etiqueta</name>
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      <name>Miguel de Unamuno</name>
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