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                  <text>LA PLUMA
a ,las
atencl.ón SO"tenida
.
írancesas que /lconsagran
~.
• cosu
·
Entre las revistas
Ad ás de las crónicas
po1ibcas,
inespañolas se cuenta L'Europe_ No~v\tros ~:n buenas recensiones de cuanto
serta periódicamente 1!nª. revista e l
aquí se publica de algun interés.

**•
. .
arís) re resenta, en lo político y social.
El semanario Le P1·ogrés Civu¡ue (P uí Esp'tiia. Se halla, no obst3:nte su gran
un papel análogo al que representaba aq 11 mamiento a la generosidad de sus
difusión, en un apuro grave, y _hac~e~en ~il francos. La suscripción se cu~re
lectores, pidiéndoles un donatlvpo
, Civique cuantos atienden a las senas
b
leer Le rogres
.
pront_amente. .D e eén úblico planteadas hoy en Francia.
cuestiones de mter s p
. . 1R
.
dí . Lusitania Madrid, Ed1tona e11:s,
Libros recibidos: Rogeho Bl~e: i \o.-Mario 'puccini: Viva l'anarckta,
1920.-Canci~nero de amor..:.._~ª~~iam'e/ Vida de los mártires, trad. de Rafael
Bemporad-F1renze, 192 1.
•
Calle·a Madrid, Calleja, 1921.
J •
• •
, -La Connaissance, París.-N?s, Oren~e.es, Pans.
B
Ai.r·es -Re,.u·tono Amencano,
Revistas•• Belles-Lett1
.
v,·d
Nuest1·a
uenos
·
-r
E,,,, Ar uitectura, Madnd.- 1
Vía LibYe San José de C. R.- 5rana
sa! José de C. _R.-Die Aktion, Ber~~-París.-Le' Carnet-Critique, París.-Le
y América, Cádiz.-~eYcur~ de Fra~o~velle París.-La Revue de l' Epoque, PaProgrés Civique,. Pans,-;L EPdo_fe Sevilla ...'.....Atkenaeum, Zaragoza.-L;i Ronda,
rís.-Le Crapouillot, Pans.- gina,
Roma.

ª

,'

GACETILLA
&lt;Si Churruca hubiese derrotado a Nellion en Tra-

PeqtJ.eñas causa■...
d
fectos: ...yo ganaría ah ora tanto dinero como BerProducen ¡ran es e
nard Shaw•.
R. de Maeztu (El Sol, 5 de marzo).

falgar ... •

*

**

E n Madrid, y en ...-arlas expesiciones:
-Aaah....
-¿Eh?

.

.

-¡Hil ¡Hi! ¡H1!
-Oooohl
-¡Uh!

192

Algunos críticos de arte.

A.&amp;O II.

1

MAD RID , A B RIL 1921

NÚM. 11.

~

LOS CVERNOS
DE DON FRIOLERA

ESPERPENTO

SV AVTOR

DON RAMÓN DEL VA LLE-INCLÁN
PRÓL O G O
AS FERIAS DE SANTIAGO EL VERDE, en la raya
de Portugal. El corral de una posada, con entrar y salir de
gentes, tratos, ofertas y picardeo. En el arambol del corredor, dos figuras asomadas: Boinas azules, vasto entrecejo,
gozo contemplativo casí infantil y casi austero, todo acude a decir que
aquellas cabezas son vascongadas. Y así es lo cierto. El viejo rasurado,
expresión mínima y dulce de lego franciscano, es Don Manolito el Pintor: Su compañero, un espectro de •ntiparras y barbas, es el clérigo he193

�LA PLUMA

LA PLUMA
reje que ahorcó los hábitos en Oñate:-La malicia ha dejat:° en olvido
su nombre, para decirle Don Estrafalario-. Corren l!sp~na por conocerla, y divagan alguna vez proyectando un libro de dibtqos y comentos.

DON MANOLITO.

El tuno que lo lleva, no lo vende.
DON ESTRAFALARIO.

¿Se lo ha puesto usted en precio?

DON ESTRAFALARIO.

Qué ha hecho usted esta mañana Don Manolito_?_¡Tiene usted_ la
exp;esión del hombre que ha tenido una conversac1on con los angeles!
DON MANOLITO.

•Qué gran descubrimiento Don Estrafalario! ¡Un cuadro muy
mal~, con la emoción de Goya y del Greco!
¿Ese pintor no habrá pasado por la Escuela de Bellas Artes?
DON MANOLITO.

·Hace manos de seis dedos, y toda clase de diabluras con azul,
alb~yalde y amarillo!
DON ESTRAFALARIO.

¡Debe ser un genio!
DON MANOLITO,

¡Naturalmente! ¡Y se lo pagaba bien! ¡Le llegaba a tres duros!
DON ESTRAFALARIO.

En cinco puede ser que nos lo deje.
DON MANOLITO.

DON ESTRAFALARIO.

1,

DON MANOLITO.

._

¡Un bárbaro! ... ¡Da espanto(
DON ESTRAFALARIO.

¿Y dónde está ese cuadro, Don Manolito?

Vale ese dinero. ¡Hay un pecador que se ahorca, y un diablo que
ríe, como no los ha soñado Goya! ... Es la obra maestra de una pintura absurda. Un Orbaneja de genio. El diablo que saca la lengua y
guiña el ojo, es un prodigio. Se siente la carcajada. Resuena.
DON ESTRAFALARIO.

También a mí me ha preocupado la carantoña del diablo frente
al pecador. La verdad es que tenía otra idea de las risas infernales,
había pensado siempre que fuesen de desprecio, de un supremo desprecio, y no: Ese pintor absurdo me ha revelado que los pobres humanos le hacemos mucha gracia al Cornudo Monarca. ¡Ese Orbaneja
me ha llenado de dudas, Don Manolitol
DON MANOLITO.

DON MANOLITO.

Esta mañana apuró usted del frasco, Don Estrafalario. Está usted
algo calamucano.

DON ESTRAFALARIO.

DON ESTRAFALARIO.

Lo lleva un ciego.
Ya lo he visto.
J;&gt;ON MANOLITO.

¿Y qué?
DON ESTRAFALARIO.

Que si usted quiere lo compramos a medias.

¡Alma de Dios, para usted lo estoy siempre! ¿No comprende usted que si al diablo le hacemos gracia los pecadores, la consecuencia
es que se regocija con la Obra Divina?
DON MANOLITO.

En sus defectos, Don Estrafalario.
1 95

�LA PLUMA

LA PLUMA
DON ESTRAFALARIO.

¡Que cae usted en el error de Manes! La Obra D\vina está exenta
de defectos. No crea usted en la realidad de ese diablo q\le se interesa por el sainete humano, y se divierte como un tendero. Las lágrimas y la risa nacen de la contemplación de cosas parejas a nosotros
mismos, y el diablo es de naturaleza angélica. ¿Está usted conforme,
Don Manolito?
DON MANOLITO.

DON MANOLITO.

mu:7to~or qué sospecha usted que sea asi el recordar de los
DON ESTRAFALARIO.

Porque ya son inmortales Todo n t
.
un día pasaremos: Ese saber .iguala a~~~ ri ª11,e nace de saber que
la Revolución francesa.
om res mucho más que

Póogamelo usted más_claro, Don Estrafalario.
DON ESTRAFALARIO,

Los sentimentales que en los toros se duelen de la agonía de los
caballos, son incapaces para la emoción estética de la lidia: Su sensibilidad se revela pareja de la sensibilidad equina, y por caso de cerebración inconsciente, llegan a suponer para ellos una suerte igual
a la de aquellos rocines destripados. Si no supieran que guardan
treinta varas de morcillas en el arca del cenar, crea usted que no se
conmovían. ¿Por ventura los ha visto usted llorar cuando un barreno destripa una cantera?
DON J,lANOLITO.

¿Y usted supone que no se conmueven por estar más lejos sensitivamente de las rocas que de los caballos?

DON MANOLITO.

¡Usted, Don Estrafalario, quiere ser como Dios!
DON ESTRAFALARIO.

quisiera
.
SoyYo
como
aquelver
mieste
p ·mundo
t
' co0 1ª perpe~bva
de la otra ribera.
aneo e que usted conoció y
preguntarle el cacique• qué deseaba ser, contestó:
' Yo,
que
una vez, al
difunto.

EN EL CORRAL DE LA POSADA

..

s~ ha juntado un corro de feriantes -B . l , y al cob1JO del cor_r~dor,
dino revelan sus bultos los m - .
a;o a capa parda de un vze_;o !alar. El Bululú teclea un aire
un teatro rudime"!-.tario y popuy el acólito, rapaz lleno de malicias se
SZ:71J'tula zampoña,
ver los muñecos. Comienza la re1,re~ent,,,..;
,
a;o
a capa, para mo-r
.,..,.on.

;;:/;::itn

r:~/:O::ie f

l&gt;ON ESTRAFALARIO.

Así es. Y paralelamente ocurre lo mismo con las cosas que nos
regocijan: Reservamos nuestras burlas para aquello que nos es semejante.

EL BULULÚ.

¡Mi teniente Don Friolera, saque usted la cabeza de fuera!
VOZ DE FANTOCHE,

DON MANOLITO.

Hay que amar, Don Estrafalario: La risa y las lágrimas son los
caminos de Dios. Esa es mi estética, y la de usted.
DON ESTRAFALARIO.

La mía no. Mi estética es una superación del dolor y tle la risa,
como deben ser las conversaciones de los muertos, al contarse historias de los vivos.
1g6

Estoy de guardia en el cuartel.
EL BULULÚ.

. ¡Pícara guardia! La bolichera, mi Teniente
c1ende a usted a coronel.
Don Friolera, le asvoz DE FANTOCHE.
¡Mentira!
1 97

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL BULULÚ.

EL FANTOCHE.

¿En qué oficio trata?

No miente el Ciego Fidel.

EL BULULÚ.

El Fantoche, con los brazos aspados y el ros en la oreja, hace su
aparición sobre un hombro del compadre, que guiña el ojo cantando al
son cu la zampoña.

Bur'.os aceiteros conduce en reata, ganando dineros. Mi Teniente
Don Friolera, llame usted a la bolichera.

EL BULULÚ.

EL FANTOCHE,

¡A la jota jota, y más a la jota, que Santa Lilaila parió una marmota! ¡Y la marmota parió un escribano con pluma y tintero de
cuerno, en la mano! ¡Y el escribano parió un escribiente con pluma,
y tintero de cuerno en la frente!

·,Comparece, mujer deshonesta!
UN GRITO CHILLÓN.

¿Amor mío, por qué así me injurias?

EL FANTOCHE.

¡Calla renegado perro de Moisés! Tú buscas morir degollado por
mi cuchillo portugués.
EL BULULÚ.

¡So! No camine tan agudo, mi Teniente Don Friolera, y mate usted a la bolichera, si no se aviene con ser cornudo.

EL FANTOCHE.

• 1

.(

¡A este puñal pide respuesta!
EL GRITO CHILLÓN.

¡Amor mio, calma tus furias!

EL FANTOCHE.

d. Por el oro ~ombro del co1npadre, hace su aparición una moña, cara
e 1una Y pe o ae estopa: En el rodete una rosa de papel.

¡Repara Fidel que no soy su marido, y al no serlo no puedo ser
juez!

EL BULULÚ.

EL BULULÚ.

Pues será usted un cabrón consentido.
EL FANTOCHE.

Si la camisa de la bolichera huele a aceite, mátela usted.
LA MOfk

¡Ciego piojoso, no encismes a un hombre celoso!

Antes que eso le pico la nuez. ¿Quién mi honra escarnece?
EL BULULÚ.
EL BULULÚ.

EL FANTOCHE.

,. Si pringa de acei~e, dele usted mulé. Levántele usted el refajo
sa_quele_ usted el fal~on para fuera, y olisquee a qué huele el is a·o'
1ru Temente Don Friolera. ¿Mi teniente, qué dice el faldón?
p pJ '

EL BULUL(J.

EL FANTOCHE.

Pedro Mal-Casado.
¿Qué pena merece?
Morir degollado.
198

¡Válgame Dios, que soy un cabrón!
1 99

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL BULULÚ.

Dele usted, mi Teniente, baqueta. Zúrrela usted, mi tei:iente, el
pandero. Abrala usted con la bayoneta, en la pelleja un aguJero. ¡Mátela usted si huele a aceitero!

a la puerta. Del Burgo, Cabrejas, Medina y Valduero las cuatro parejas, con el aceitero!
'
EL FANTOCHE.

¡San Cristo que apuro!

LA MOÑA.

EL BULULÚ.

Vertióseme anoche el candil al meterme en los cob~rtores: ¡D_e
eso me huele el fogaril, no de an?ar en otros_ amores! ¡C1eg? maihroso, mira tú de no ser más cabron, y no encismes el corazon de un
enamorado celoso!

Al pié de la muerta, suene usted, mi Teniente un duro por ver
si despierta. ¿Mi Teniente, cómo responde?
'

EL BULULÚ.

¿Cómo responde? Con una higa, y el duro esconde bajo la liga.

¡Ande usted, mi Teniente, con ella! _¡Cósala usted con un puñal!
Tiene usted, por su buena estrella, vecma la raya de Portu~al.

EL FANTOCHE.

EL BULULÚ.

¿Mi Teniente, es alta la media?

EL FANTOCHE.

¡Me comeré en albondiguillas el tasajo de esa briboru., Y haré de
su sangre morcillas!

EL FANTOCHE

¡Si es alta la media! Media conejera.

EL BULULÚ.

Convide usted a la comilona.
LA MOÑA.

¡Derramas mi sangre inocente, crue~ enamorado! ¡No dict~ sentencia el hombre prudente, por murmurac10nes de un malvado.

EL BULULÚ.

¡Ole, la Trigedia de los Cuernos de Don Friolera!
Termina la_ repr~sentación_. Aire de fandango en la zampoña del Compadre. El acolito de;a el socaire de la capa, y da vuelta al corro, haciendo saltar cuatro personas en un platillo de peltre. En lo alto del mirador, las cabezas vascongadas sonríen ingenuamente.

EL FANTOCHE.

¡Muere, ingrata! ¡Guiña el ojo y estira la pata!
LA MOÑA.

¡Muerta soy! ¡El Teniente me mata!
El fantoche reparte tajos y cuchilladas con la cim~tarra de Otelo:
La corva hoja reluce terrible sobre la cabeza del compadre. La Moiia
cae soltando las horquillas, y enseñando las calcetas.
EL BULULÚ.

¡Mi Teniente, alerta, que con los fusiles están los civiles llamando
200

DON MANOLITO.

Parece teatro napolitano.
DON ESTRAFALARIO.

Pudiera acaso ser latino. Indudablemente la comprensión de este
hum_or y esta moral, no es de tradición castellana. Es portuguesa, y
~s cantabra, y tal vez de la montaña de Cataluña. Las otras regiones,
literariamente, no ~aben nada de estas burlas de cornudos, y este
don~so buen sentido, tan contratio al honor teatral y africano de
Castilla. Ese tabanque de muñecos sobre la espalda de un viejo pro201

�LA PLUMA

LA PLUMA
DON MANOLITO.

sero, para mí, es más sugestivo que todo el retórico teatro español.
Y no digo esto por amor a las formas populares de la literatura...
¡Ahí están las abominables coplas de Joselitol
DON MANOLITO.

Porque usted es anarquista.
DON ESTRAFALARIO.

¡Tal .vez!

A usted le gustan las del Espartero.
DON ESTRAFALARIO.

DON MANOLITO.

¿y de dónde nos vendrá la redención, Don Estrafalario?

Ciertamente.

DON ESTRAFALARIO.
DON MANOLITO.

Cada cual tiene el poeta que se merece.

Del Compadre Fidel ¡Don M
r
más que su Orbanejal .
ano ito, el retablo de ese. tuno, vale

DON ESTRA}'ALARIO.

1.

Esas coplas de toreros, asesinos y ladrone!", son periodismo
ramplón.
DON MANOLITO.

Usted, con ser tan sabio, las juzga por lectura, y de ahí no pasa.
¡Pero cuando se cantan con acompañamiento de guitarra, adquieren
una gran emoción! No rne negará usted, que el romance de ciego,
hiperbólico, truculento y sanguinario, es una forma popular.

DON MANOLITO.

¿Por qué?
DON ESTRAFALARIO.

Está más lleno de posibilidades.
DON MANOLITO.

No admito esa respuesta Don E t t
.
y no tiene derecho a responderme c~~a :lano. {!sted no es filósofo,
que hereje como Don· Mi
1d U
p dantenas. Usted no es más
'
gue e namuno.

DON ESTRAFALARIO.

Una forma popular judaica, como el honor calderoniano. La
crueldad y el dogmatismo del drama español, solamente se encuentra en la Biblia. La crueldad sespiriana, es magnífica, porque es
ciega con la grandeza de las fuerzas naturales. Shakspeare, es violento, pero no dogmático: Time la bárbara alegría de un cosaco
quemando aldeas, violando mujeres, degollando viejos inútiles. La
crueldad española, tiene toda la bárbara liturgia de los Autos de Fe.
Es fría y antipática. Nada más lejos de la furia ciega de los elementos, que Torquemada: Es una furia escolástica. Si nuestro teatro
tuviese el temblor de las fiestas de toros, sería magnífico: Si hubiese
sabido transportar esa violencia estética, sería un teatro heroico como
la !liada. A falta de eso, tiene toda la antipatía de los códigos, desde
la Constitución a la Gramática.
202

DON ESTRAFALARIO.

. ¡Adiós gracias! Pero alguna vez h
. ay que ser pedante, Don Manolito. El Compadre Fidel es s
fl"
upenor a yago Yago
d
a l
que con 1cto de celos quiere ve
. ·
, cuan o desata
espíritu _mucho más cuitivado sól~g~!~• ~entr_as q~e ese otro tuno,
a. e divertirse a costa de
Don Fnolera. Shaks eare ri '
zón de Otelo: Se des~obla en~~sc~~ el ~t~d~ de su corazón, el coraoro: Creador y criatura
son del mismo barro human E t o~ e
mento deja de considerar-e
n_ an o ese Bululú, ni un solo mode su tabanque. Tiene un: digu~1~~ºJ dpeor_z:at1:1raleza, a los muñecos
mmrg1ca.

r

L

DON MANOLITO

.

o que usted echaba de menos en el diablo de

ffil.

Or b aneJa.
.
203

�LA PLUMA
LA PLUMA
DON ESTRAFALARIO.

Cabalmente, alma de Dios.
DON MANOLITO.

¿Qué haría usted viendo ahorcarse a un pecador?
DON ESTRAFALARIO.

Pachequín. Ya me tenía la mosca en la oreja. Caer, no ha caído.
¡Friolera! Si supiese qué vainípedo escribió este papel, se lo comía.
Para algunos canallas no hay mujer honrada. Solicitaré el traslado
por si tiene algún fundamento esta infame calumnia: Cualquier ligereza, una imprudencia, las mujeres no reflexionan. ¡Pueblo de canallas! Yo no me divorcio por una denuncia anónima. ¡La desprecio!
l..oreta seguirá siendo mi compañera, el ángel de mi hogar. Nos casamos enamorados, y eso nunca se olvida. Matrimonio de ilusión.
Matrimonio de puro amor. ¡Friolera!

Espantarme las moscas con el rabo.
FIN DEL PRÓLOGO

ESCENA PRIMERA
E CABO ESTRIVEL Una ciudad emSAN FERNAND_O D
. tales de los miradores, el sol enpingorotada !obre canti~es. En los cr~a tur uesa del mar. A lo largo
ciende los mismos cab1tlleo~quebn¡aduras telámenes y chimeneas. En
de los muelles, un mecerse
ar ode . t'agarita del Resguardo. Olor
la punta, est remecz·da por bocanas
b
Olaire,de brea. Le vante firesco. El
de caña quemada. Olor de ta a,co. ;; barco de guerra. A la puerta
hi11ino inglés en las rn~zotas C.º1J:/: ca;~inero, y en el marco azul del
de la garita con el fusil tercia '
. 1 pipa del teniente Don Pasventanillo, el gorro de. c;tartel, uu:aº;;,:lra~raposa, cautelosa, ronda [a
cual Astete-Don Fn~ era ·
iedra y escapa agachada. La piegarita: Por el ventaniilo asesta una
Don Friolera lo recoje turulato,
dra trae atado un papel con un escrt o.
y espanta los ojos leyendo el papel.

.f

DON FRIOLERA.

·E to es un rayo a mis pies! ¡LoreTu mujer piedra de escánda!º· l ~ i fuese verdad tendría que
ta con sentencia de muerte! ¡Friolera. dS I En el Cuerpo de Carabinedegollarla! ¡Irremisibleme~te c~ntn~i;n será el carajuelo que le ha
ros, no hay cabrones. ¡Fnole;·
Afortunadamente no pasará
trastornado los cascos a esa u ar ... ueblo de canallas. Pero hay
de una vil calumnia: ~ste pueblo, es ~~I solivianta ese pendejo de
que andarse con pupila. A Loreta m

df ¡

204

SE ENTERNECE contemplando un guardapelo, colgante en la catima del reloj, suspira y t11fuge una lágrima. Pasa por su voz el trémolo de un sollozo, y se le arruga la voz, con las mismas arrugas que
la cara.
DON FRIOLERA.

¿Y si esta infamia fuese verdad? L~ mujer es frágil. ¿Quién le iba
con el soplo al teniente Capriles?... ¡Friolera! ¡Y era público que su
esposa le coronaba! No era un cabrón consentido. No lo era ... Se lo
achacaban. Y cuando lo supo mató como un héroe a la mujer, al
asistente y al gato. Amigos de toda la vida. Compañeros de campaña. Los dos con la Medalla de Joló. Estábamos llamados a una suerte pareja. El oficial pundonoroso, jamás perdona a la esposa adúltera. Es una barbaridad. Para muchos la es. Yo no la admito: A la mujer que sale mala, pena capital. El paisano, y el propio oficial retirado, en algunas ocasiones, muy contadas, pueden perdonar: Se dan
circunstancias: La mujer que violan contra su voluntad, la que atropellan acostada durmiendo, la mareada con alguna bebida: Solamente en estos casos admito yo la.caída de Loreta. Y en estos casos
tampoco podía perdonarla. Sirvo en activo. Pudiera hacerlo retirado
del servicio. ¡Friolera!
VUELVE A DELETREAR con las cejas torcidas sobre el papel:
Lo escudriña al trasluz, se lo pasa por la nariz, olfateando: Al cabo lo
pliega y esconde m elfondo de la petaca.
205

�LA PLUMA

LA !&gt;LUMA
DON FRIOLERA.

¡Mi mujer piedra de escándalo! El torcedor ya lo tengo. Si es verdad quisiera no haberlo sabido. Me reconozco un calzonazos. ¿Adónde voy yo con mis cincuenta y tres años averiados? ¡Una vida rota!
En qué poco está la felicidad, en que la mujer te salga cabra. ¡Qué
mal ángel, destruir con una denuncia anónima la paz conyugal! ¡Canallas! De buena gana quisiera atrapar una enfermedad y morirme
en tres días. ¡Soy un mandria! ¡A mis años andar a tiros!. .. ¿Y si cerrase los ojos para ese contrabando? ¿Y si resolviese no saber nada?
¡Este mundo es una solfa! ¿Qué culpa tiene el marido de que la mujer le salga rana? ¡Y no basta una honrosa separación! ¡Friolera! ¡Si
bastase!. .. La galería no se conforma con eso. El principio del honor
ordena matar. ¡Pim! ¡Pam! ¡Pum!. .. El mundo nunca se cansa de ver
títeres y agradece el espectáculo de valde. ¡Formulismos!... ¡Bastante
tiene con su pena el ciudadano que ve deshecha su casa! ¡Ya lo creo!
La mujer por un camino, el marido por otro, los hijos sin calor, desamparados. Y al sujeto en estas circunstancias, le piden que degüelle, y se satisfaga con sangre como si no tuviese otra cosa que rencor en el alma. ¡Friolera! Y todos somos unos botarates. Yo mataré
como el primero. ¡Friolera! Soy un militar español y no tengo derecho a filosofar como en Francia. ¡En el Cuerpo de Carabineros no
hay maridQs cabrones! ¡Friolera!
ACALORADO, SE QUITA EL GORRO y mete la cabeza por el
ventanillo, respirando en las ráfagas del mar. Los cuatro pelos de su
calva bailan un baile fatuo . En el fondo del muelle, sobre un grupo de
mujeres y rapaces bambolea la caja vacía de un muerto. Pachequín, el
barbero, que fué llamado para raparle las barbas, cojea detrás, pisándose una punta de la capa. Don Friolera, al verle, se recoge en la garita. Le tiembla el bigote como a lo.s gatos cuando estornudan.
DON FRIOLERA..

¡Era feliz sin saberlo, y ha venido ese pata coja a robarme la dicha!... Y acaso no... Racionalmente esta sospecha debo desechar!,.
,106

¿Qué fundamento tiene? ¡Ninguno! ¡El canalla que escribió el anónimo es el verdadero canalla! Si esa calumnia fuese verdad ateo como
soy, _falto de_ los cons_uelos religiosos, náufrago en la vid~... En estas
ocasiones, sm un amigo con quien manifestarse, y alguna creencia
el hombre lo pasa mal. ¡Amigo! ¡No hay amigos! ¡Tú eres un ejemplo, Juanito Pacheco!
·
Se recobra, cambia el gorro por el ros y sale de la garita. El carabinero de la puerta se cuadra, y el teniente le mira enigmático.
DON FRIOLERA.

¿Qué haría usted si le engañase su mujer, Cabo Alegría?
EL CARABINERO.

Mi teniente, matarla, como manda Dios.
( Continuará.)

�LA PLUMA

LA REALIDAD INVISIBLE
(1917-1919)

(LIBRO INÉDITO)
NOSTALIA

¡ESTA ansía de apurar
todo lo que se va;
de hacerlo permanente,
para irme de su siempre!

Abierto todo,
a ver si nos parecemos
a su cuerpo; a ver si somos
algo de .su alma, estando
entregados al espacio;
a ver si el gran infinito
nos echa un poco, invadiéndonos,
de nosotros; si morimos
un poco aquí; y allí, en él,
vivimos un poco.
¡Abierta
toda la casa, lo mismo
que si estuviera de cuerpo
presente, en la noche azul,
con nosotros como sangre,
con las estrellas por flores!
4

2

¡NUBE blanca,
ala rota-¿de quiénr:que no pudo llegar-¿a dóndd-

3
DEJAD las puertas abiertas,
esta noche, por si él
quiere, esta noche, venir,
que está muerto.

¡COSAS que me has de alumbrar
-vistas si'empre, sin ser vistas-;
cosas que tengo que ver
en ti, luz de cada día/

5
NUEVA VJDA
¡ALEGRIA que tienes tú por mí!
-¡Ay, tarde clara y buenal¡Otra vez a vivir!

�LA PLUMA
¡Atrás, atrás, atrás; a comenvzr_de nuevo;
jos, más lejos-yo abro, con mi~ brazos
en cruz, el mundo-, lejos el comienzo;
lejos, lejos, lejos el fin!

8
CANCIÓN; tú eres vida mía,
y vivirás, vivirás;
y las bocas que te canten,
cantarán eternidad.

¡La vida toda, nueva.mente, enmediol
¡Tú, de cristal, de alma!
¡Ay, carrera diáfana y feliz!

9

LA ofensa que me Izas lzecko
en el sueño, me sigue echando sombra
-como una nube estaciouadaen el día, sin fin.

6

SETIEMBRE
VOY a taparle a su carta
los p¡es, que esta noche kara
ya Jrü,, a la madrugada.

¡Ay, qué insistencia
tan triste; qué batalla
inmensa, sofocante, inestinguible,
en no sé qué de mí! Parece
que mi se~eto luclta, en mi ;nconsciencia,
con tu misteri,,;
¡que medio yo enterrado, lucha
con me~a tú que vuelas!

·7
MAR IDEAL
LOS dos vamos nadando
-agua de flores o de hierropor nuestras dobles vidas.

,

i .

'

\
10

-Yo,por la mía y por la tuya;
tú, por la tuya y por la mía.-

,.
De pronto, tú te ahogas en tu ola,
yo, en la mía; y, sumisas,
tu ola, sensitiva, me levanta,
te levanta la mía, pensativa.
210

VUELTA

ARBOL que trai~o en mí, como mi cUl'rpo,
del jardín; agua, alma;
¡qui música me hacéis allá en mi vida·
cómo soy melodía y ritmo y gracia
'
de ramas JI de ondas,

�LA PLUMA

LA PLUMA

de ondo.s y de ramas;
rcómo me abro, con vosotros, y me cierro,

cojie1ido el infinito,
y dejándolo ir-luces y al&lt;Zsl11

LA tierra se quedó en sombra;
granas, las nubes ardían;
y yo pensaba en la muerte,
que ha de partirnos un dia.
12

¡A Y, mañana, mañana,
que no lo seas sólo de la infancia;
mañana, lumbre p11,ra
de la madurez, nunca
ya relegada por la vida;
presente eterno, májica i;onquista!

puede ser mi eternidad,
¡quépoco tiempo más único!
y 14

i VID A mía, ardiente ámbito
que te dilatas, sin fin,
'
cada instante-corazón
que quisiera tener todo
..-.,,
dentro de su tierna carnepor cojer
'
en ti la libertad fúl_;ida
de tus flechas infinitas!

q

JUAN RAMÓN JIMBNBZ

!

'

- ¡Ay, luz de nuestra sombra,
echada de nosotros por la tarde,
con pureza de madre,
sobre el oculto prado de las rosas solas!13

LA OBRA
¡SÍ, para muy poco tiempo!
Mas, como cada minuto
212

213

�Shelley o en Verlaine, cuando un poeta es regocijado en su obra, de seguro que no es por mucho tiempo, y no tarda en buscar una compensación a esa sonrisa pasajera en oleadas de tristeza.
Sin embargo, un día nació un poeta feliz, precisamente en la época en
que los poetas eran más melancólicoll, más desesperados, en pleno mundo
moderno, y en el país mejor dotado de sentido crítico en el mundo: en
Francia. Fue Théodore de Banville.

UN POETA FELIZ

(I

.

-

s raro casi sin ejemplo, que un gran poeta sea feliz y que su
obra.exprese por modo exclusivo el deleite de vivir y los atr~ctivos del universo. La serenidad del propio Goethe y su aleJamelanmiento de tantos dolores no se sustraen tampoco a
colla que sazona toda la poesía humana, al menos en Europa. D1~e que
solo la melancolla y la tristeza, el dolor y la angustia son susceptibles de
expresión fuerte y de ese acento particular que presta a las palabras más
usuales la dignidad súbita y duradera del lirismo. No obst~nte, sabemos,
no sin vaguedad, que los poetas de Persia ponfan sus deleites en las flores en las caras bonitas y en las golosinas, pero la poesia persa la vemos
a t;avts de narradores y traductores que le han robado un poco su sabor,
y ni Ornar Khayam ni Hafiz tienen siempre alegre el corazón. Los gr~ndes poetas chinos, tan breves, parecen,_ por lo. que de ellos sabemoS, tm•
pregnados de amargura; ni los latinos m los griegos nos presentan el caso
de un poeta verdaderamente contento de la vida Y capaz de hallar en ~e
su contento un móvil de la inspiración; el propio Horacio se nos anto¡a
un solterón a veces satisfecho, a veces gruñón, más que un ser humano
halagado por la vida.
De ordinario, el pesimismo es la atmósfera de la gran poesía; ya la
busquemos en Dante O en Villón, en Shakspeare o en Camoens, en
214

!ª

Hoy, al parecer, está un poco olvidado, o al menos se le hace poco
caso; muy atenuada ya la gloria de Víctor Hugo y de Lamartine, y acrecida
la de Baudelaire y la de Verlaine, la fama de Théodore de Banville, que
tenla un poco de todos esos poetas, se ha obscurecido algo; pero tengamos por cierto que es una nube pasajera: el nombre de Banville y sus páginas mejores sobrevivirán mucho tiempo, mostrando el hechizo mayor y
lo más delicado que el genio poético francés ha visto nacer.
No era solo un poeta: era la poesía misma. Tenia el mágico don de
transmutar en belleza cuantos objetos tocaba, con una gracia, una vena,
una vivacidad sin par. Y en una época que contaba con dos poetas tan
abundantes y hábiles como Hugo y Gautier, lució muy a menudo tanta
holgura e ingenio como ellos.
Puede y debe decirse que en Francia, nadie, desde los orlgenes de la
literatura, ha dominado como Banville el instrumento de la poesía. Cierto
que Víctor Hugo tenia a su servicio un vocabulario inagotable; Gautier
pose(a el arte de dibujar los contornos con mano segura y armoniosa;
• Verlaine acertó, divinamente, a dar a las palabras de uso diario una acepción lírica; pero ni el mismo Villon, antaño, ni el inimitable La Fontaine en el siglo xvu, ni Vigny, ni Musset, ni nadie en nuestro tiempo ha
desplegado un «virtuosismo, par~jo del de Banville sin caer jamás en el
mal gusto ni en las amplificaciones h'l:eras.
En Banville, todo es encantador: el hombre, sus pensamientos, sus imágenes, su apreciación del mundo, de las cosas y de la gente. No es que
viviese, como suele decirse, en las nubes; conoda muy bien lo bueno y lo
malo, los defectos y los vicios de su época, pero tenía el don extraordi:115

�LA PLUMA
I

1

•

nario de evadirse, a su antojo, a una región todo armonla, claridad, belleza.
Murió hace unos veinte años, tras una vida dilatada, que el amor al
arte llenó por entero. Conoció el triunfo siendo muy joven, pues no tenla
diez y nueve años cuando publicó sus primero~ poemas, que e~an ya perfectos y personales. En Francia no se ha conoc1do un don poético tan precoz. De ordinario, los primeros versos de un poeta, aunque lu~go haya de
ser grande, se resienten de su admiración por otros poetas. C1ert~ que en
los primeros versos de Banville hay un poco de Hugo y de Gaut1er, pero
hay mucho más del propio Banville.
.
.
Los volúmenes Can·atides y Stalact{tts, primeros que pubhcó, son de
inspiración abundante y perfecta; y tras de mostrar en esos poer:ias la amplitud de un lirismo que tomaba los temas en la antigüedad, ~":1so pro~ar
de qué manera sabia extraer ese lirismo de escenas muy fam1hares,. contemporáneas; de qué manera podla encerrar en un verso representac1~nes
divertidlsimas, incluso chocarreras, caricaturas muy finas,_Y ere? un hbro
único, Odes Funambuksques, donde la raca ingeniosid~d ae la n~a, de la
imagen y del ritmo llega a tan alto punto, que no tiene semeJante en
Francia.
iHabéis visto algu&amp;a Vf'Z uno de esos prestidigitadores que t~man u:
sombrero y un huevo, cascan el huevo en el sombrero y emp1e~an d
pronto a sacar de él un conejo vivo, unas flores, unas banderas, kilómetros de cinta, cohetes chispeantes, y le devuelven luego el sombrero a su
dueño como si todo aquello fuese cosa naturalisima y al alcance de ~uaL
quiera? La poesía de Banville en las Odu Funambulesques es del mis~?
orden: espiritual, sorprendente, siempre seductora, perfumada, exqutst·
ta. Si toma un objeto, un tema tan moderno como el sombrero de que
se vale el prestidigitador, saca de él flores, cohetes brillantes, pero no
flores imitadas, flores de papel o de trapo, sino flores de verdad, suaves,
olorosas.
Por prendado que estuviese de las bellas formas griegas? no l? estab~
menos del punzante aguijón del espiritu moderno; le hubiese sido fácil
abandonar sus pensamientos al hechizo de las formas y de los paisajes he·
:n6

LA PLUMA
lénicos, por los que alimentaba intima afición; pero amaba, ante todo, la
vida. Cierta frase suya es significativa: cuando en la muerte de Baudelaire tomó la palabra para rendir el postrer tributo al gran poeta, tan menospreciado en vida, le alabó sobremanera por haber aceptado al hombre
moderno en su plenitud; también Banville aceptó plenamente al hombre
moderno, no según Baudelaire, que penetró en lo más recóndito de nuestras inquietudes o de nuestras aspiraciones, pero con el afán de mostrar
su insospechado atractivo. Bien se vió cuando a Théodore de Banville se
le ocurrió cultivar el periodismo, no fugazmente, sino durante mucho
tiempo, y más por gusto que por necesidad; raro, suntuoso periodismo. Se
ignora por qué inimitables vias, lograba siempre sacar de cualquier tema
chorros de chispas, y envolverlo en los mágicos colores de su ingenio.
Portentoso era su don verbal: cuantos le conocieron proclaman que en
Francia, donde los buenos conversadores no faltan, nadie ha igualado su
deliciosa vena, inexhausta, sorprendente.
Poetizó cuanto iba tocando, y el dia que se le ocurrió escribir para el
teatro, lo hizo con la misma fortuna. De todo el teatro poético francés del
siglo XIX, sus obras serán probablemente lo único que quede, ya sean en
prosa, cómo Grlngoire, ya en verso, como Le Baúer, Ftorlse, Les Fourberies de Nerlne, Socrate et sa femme, o Le Beau Leandre. Es al verso
francés, en el teatro, lo que Marivaux y Musset son en la prosa. Teatro
de ensueño, donde nadie ha acertado como él, incluso cuando sus rivales
han sido el Verlaine de les Uns et les Autres, o el Rostand de /,es Romanesques o de Cyrano.
En:prosa escribió cuentos, en demasía olvidados, y crónicas, donde parece conservarse el eco se su palabra. En poesia, mostró mejor que nadie
la infinita ductilidad de la lengua y de la métrica francesas; cultivó todos
los géneros, empleó todas las formas, hasta las más extrictas: sonetos, baladas, rondeles, letrillas; las vivificó y renovó, tratándolas, incluso las más
dificiles e ingratas, como quien juega.
Ostenta la frescura, la ingenuidad de los poetas franceses del siglo xv1
Y toda su habilidad técnica; su gracia, su elegante abandono se parecen a
los de La Fontaine; y nunca le falta el acento moderno, los modos de ser
217

�LA PLUMA
y de expresarse propios de un espíritu cuya vida terrestre ha transcurrido
en la segunda mitad del pasado siglo. Seguramente es una de las figuras
más amables de todo el arte francés, y con justicia le dedicó cierto día un
escritor inglés un libro suyo con estas palabras: «a una de las almas más
exquisitas que han santificado nunca la humanidad•. A través de toda su
poesía o de su prosa, circula el aire, resplandece ·el sol, las formas se mueven armoniosamente, y el corazón se hinche de amor, de esperanza y de
alegria, de alegría profunda, exaltada, segura. La poesla de Thédore de
Banville es una poesía de paraíso terrenal.

G. JBAN-AUBRY

AMANECER
( Descripción y glosa.)

flrio de puñal
g color de acero.
'JI soledad:
sombra de lo quieto.
(:De lo que vive quieto,
sin saber si está muerto
sin sentirse viviendo.) '

!Primeramente,
del profundo miedo,
nace un temblor
--g no del viento-.
fNace un temblor
en el árbol escueto
Y en la superficie
de mi cuerpo.
efe estremecen los gallos
lúbricos g los pe"os
guardianes, g los pájarros
cazurros.
, :n8

�'
LA PLU~A

LA PLUMA

A LA PUESTA DEL SOL
.Cuego,
la columnita blanca
del fogón tempranero,
vacila, y se derrumba
para siempre en el viento.
{;l temblor
es lo primero. ..
.Cos niños
no pueden saberlo,
no deben saberlo, ·
pero si las madres
y los viejos
y los libros sagrados
de los pueblos.
!Por esto dormimos
hasta luego.
{;s preferible
irrumpir en un mundo lleno
de esplendores, y canto y fuerza,
en triunfo completo
del día,
que salir inquieto,
medrosico
y jorobado de miedo.

'

I

... 'JI «l irse,
abro sin órbitas
los ojos. CIJeo
la gloria póstuma
y pienso:
Cf;odo y todos
así se fueron,
más allá de los montes,
más allá de mi pensamiento.
Cf;al vez sepan
que yo quedo
en esta limpia, gigante azotea,
sin luz y pronto sin cielo.
11

/;l chapitel de un campanario,
duro pico recto
en el delirio escarlata,
del adiós postrero
fija mi vista
y mi sentimiento.
cSin dogmas,
pero con mandamientos,
llevamos nuestra cruz
de cara al cielo.
221

�LA PLUMA

LA I&gt;L UMA
111

euando el oro es sangre,
un verdor inmenso,
transparente, sigue
su vuelo,
y se remonta
en azul intenso.
9lllí la estrella:
el primer lucero,
húmedo,
tierno,
adorable.
eomprendo
los románticos
excesos.

'

'

1

1

IV

Sajo mi azotea,
en la masa negra del pueblo,
surgen estrellas
de aires siniestros.
$Pavorosos,
quietos,
amarillos
puntos de entierro.
'Godavía
flota en el viento
el pañuelo claro
del viajero
222

por encima
de los montes fronteros.
¿$ecordará sus chopos
y el apacible huerto?
V

'1/a son miles las bellas
viuditas del cielo.
Lloran, a ritmo
perfecto,
sin destruir
la belleza del universo.
¡eJ.ué lejanas,
en todo secreto,
de la sorda
luminaria del pueblo/
¡CVivir con ellas,
lejos, lejos,
en el mar düatado,
en el doble /imamentol
VI

eomienzan todos
los motivos del miedo.
&amp;l más cobarde,
el ladrido del perro.
VII

.Cos álamos templan
sus ramas al viento
223 t

�LA J?LUMA
que nace, que fliene
de noche a paseo .
.Cos álamos barren
0 crean los sueños.
VIII

¿:Por donde vas ya,
viajero?
¿t;stás en el mar,
0 en un país feo,
sin fiestas, sin, flores,
sin felices, corazones nuevos?
¡5Dime tu dicha,
l;rrante y l;ternol
IX

;/{ace frío.
eorre más viento.
!Bajo, al querer
de mi cuarto libresco.
9l manejar
espectros.
CVete con !Dios,
tú, viajero.
CVoy a seguir
educando a estos pequeños
que quedan conmigo.
9l estos
alborotados, pero fieles
pensamientos.

X
PosTRACI ÓN .

¿91, qué seguir
en el engaño viejo?
¿:Por qué decir
que el sol es viajero?
¿9,t,entiré también
al pensar que se fueron
madre, hermana, novia,
juventud y ardores primeros?
¿Wo seré yo
quien se aleja de ellos?
CVivo,
en efecto,
bajo la techumbre
de un hogar nuevo.
CVivo,
en efecto,
bajo el dosel
de un ideal nuevo.
CVivo,
en efecto,
bajo la inminencia
de un cambio perpetuo.
cSigo mi órbita,
huyendo
de los cariños
que me quieren sujeto.

I

�LA PLUMA
'Godos vivimos
huyéndonos.
.Ea vida es
la careta del miedo.
eada hora
es un crepúsculo nuevo.
eada hombre, cada cosa,

UN MANIFIESTO Y DOS POEMAS

un viajero,
, b 't
or salvar su or z a,
que,
. .l. te o maltrecho.
huyeptrzun,an

J. MORBNO VILLA

rEYI rGUERRILLEROSJ
Super jiu/mina Baóyloni1...

9

la margen del río he levantado mi tienda. Viviré solo;
cazaré por el día, y a la tarde, mientras se enciende la
Jumbre,
miraré reflejarse en el agua el sol poniente. El
'
.
a1resuave se llevará en lo alto la alta trenza del humo y
esperaré el momento en que brota la llama, música de la hoguera,
sola música en el silencio.
¡Ey! 1Guerrilleros!
Por el rfo veré pasar lentas las balsas, confiadas del mar; tal vez
lejanamente, cuando hrille la estrella, cantará un remero.
¡Eyl ¡Guerrilleros!
A la orilla del camino he dejado mi hatillo. Voy a cortar la flor
campestre y la hoja olorosa. Me mirará la moza que airea el heno y
gozaré su nuca entre sus trenzas reidoras; por taparle la boca he sentido el relámpago de sus labios y el corazón de su lengua entre mis
dedos.
'
¡Ey! ¡Guerrilleros!
Baj0 el álamo gigante brota un arroyo y hace al escondite travesuras bajo los berros.
¡Ey! ¡Guerrilleros!

�LA PLUMA
solo mi hatillo a la
t - voy a su. b.u.. -Subiré
·
'
é ·
A lo alto de la mon ana
1 de sendero: Buscar m1
t áspero sin sena
é1
espalda, ante mí el mon e b .. ,' paso entre los brezos, rec:petar a
·
camino entre la fron d a, me a ruée I · il\o que fuma una pipa
ante
fin a trama de la araña y saludar ª1 gr I del c·1elo veré la gloria del
. . f erte e azu
'
d
su puerta. Arriba respirare u
\ante como los soldados e
1 daré al mar tremo
sol en su ocaso y sa u
.
. voz se oirá a lo lejos.
Jerges. Gritaré con voz recia y m1
¡Eyl ¡Guerrilleros!
. tan profundamente t que
. si ·Vamos a reir
·Eyl ·,Soldados solitano 1
•
o s1· fuese corazón od o
1 •
os a reir com
1 V
nos temblarán las piernas. i am . .
or amor de lo eterno, por
' p r amor de lo v1e10, p
nuestro cuerpo. 1 o
d lo bello'
O or amor e
·
•
1
1
amor de o nuev , P
¡Ey!........ ¡Guerril1eros.
•

los arbrid vuestros peeh osI Iffsparad
l
.
·Soltad vuestras flechas, a
t ·ella para vuestro ojal,
1
d I
cosl Cortad una es L
• t
Je
cabuces, desperta os e
.
de mi amada. Con la Vía Lác ea
Yo arranco Orion para el lazo . é sus ojos y oleré el clavel de su
haré un chal y al través suyo mirar 11 Nuestro gozo es tan ser'io que
risa. ¡¡Mucho cuidado con las b::::~¡s montañas y las sacudiremo~
d a miedo a las gentes. Abrazard . ve Arrancaremos unos rayos a,
l · dos e me •
· ·
hasta qued11.r todos sa pica
h Nos envolveremos en un g1ron
sol y nos los clavaremos en el ~:~ o~ofundamente nuestras pierna;;
1 Y hundiremos en el suelo
p
d
azu
do por el otro la o.
. d'
que romperemos el mun. d d tú estás.-Ni tú tampoco. N1 na ie.
-Pero yo no iré hacia on e
l t. y el de más allá.
.
d alerta y a la tuya e o to
Contestarás a m1 voz e
t
ará al mundo entero.
cadena que a ron
1
Formaremos una
¡Ey! ¡Eyl ¡Ey! ¡Guerrilleros
to de la meditación. RespetaPLRO a la tarde llegará el momend_ á tu frente como yo,-lejos
•¡
· Hun 1r s
•
remos el momento del s1 enc10.
1
da cumplir su función teade mí-en el suelo, para que el so pue
228

L:A PLUMA
tra! y envolverte con su sinfonía de órgano. Luego, calladamente, recogerás tus sandalias, descansarás a la linde del sendero, te pondrás
en la oreja la flor campestre y en la boca la ramita de romero. Levantarás tu tienda al borde del río, te sentarás sobre las piernas cruzadas para ver correr el agua entre los áloes, salpicada del último
suspiro del sol, y mientras llega el instante de que brote la llama mirarás al humo calmoso perderse en la más alta claridad.
1

Surtidor.

,

SEÑALES

Quisiera ser como la brisa que pasó por prádos de violetas para
llegar hasta ti, pero mi alma es de vendaval. Déjate transportar por
mi arrebato. Acurrúcate entre mis brazos y al través del tumulto de
las nubes en que se enredan azorado$ .los luceros adolescentes te
lle,·aré al paí&lt;; que nunca has soñado. Te llevaré con vuelo furtivoal paraíso del que me arrojó mi fantasía. ¡No tiembles por la lengua
flameante! Di bajito el conjuro y mi corazón abrirá temblando sus
puertas.
T

.

***
Cuando Jos árboles se embozaron en su secreto y las- flores del
prado envolvieron su chal por la cabeza, a la hora en que el grillo
e:hó su cítara a la espalda, ·:olviendo quedo a su cabaña, cuando el
cuclillo se durmió cansado de cantar en vano y la urraca hizo el último ruido con su vuelo negro-¡ay!, así es mi canción-¡cu-cul¡cu-cl!!, tiernai perenne, monótona y sin esperanza-, todo se oculta
entonces y el silencio cae a plomo del cielo. ,
t
l
¡Sal tú, luna míal Estallaré en un brote hasta tu altura y los mil
espejos de mis brazos te copiarán infinita. Todo yo seré uno y mil,
-mil angustias en un solo deseo-y las mil lunas de mis lágrimas
caerán con una música inefable en la estremecida negrura en que
0

229

�LA PLUMA
LA PLUMA

otras mil lunas te esperan. Mis deseos se fundirán en mis recuerdos
y aún temblantes huirán en. el ~orbo del, r~moli~o para que de nuevo los lance mi corazón hacia h en una ultima s1stole.

•••

en un trémolo inmenso y mi canto es en él un sordo sollozo repetido.
Pan contempla ávidamente sus cuernos rizados al refrescar en
mí sus belfos jadeantes. Mi alma inagotable se evapora en el silencio
abrasado. A lo lejos una flauta apagada me ofrece el duo imposible.

"

Todo amanecerá en una sonrisa sonrosada. Yo canté desde por
la noche. Llego al claror de la aurora después de cantar ~n vano l~
noche entera. ¡Dame mientras dura tu mañana ~l b~nefic10 del olv~lio! Déjame despertar contigo, primavera; en mis cristales van a mirarse todas tus flores.

*•*
Mi alma es clara y tumultuosa. Mira al través de ella, Y para ti
abrirá el arco iris su abanico.
Trazará para ti su espléndida aureola, y tú en el centro, cruzad~
las piernas, perdidos los ojos en el cielo pr~fun_do par~cerás una_d1. · d d de Oriente. y O llevaré hasta ti mis nzos tremulos,~nsas
:~n~ ):grimas-para besar tu vestido. Te ~antaré mi vida palpitante;
te llevaré en el hueco de mis manos m1 corazón, puro b_orboteo.
Bajo tus pies abriré mi cor0la cristalina, te ofreceré todo m1 ser en
extrema reverencia y las palomas tornasol picotearán los granos de
colores que estallan en mis supremas volutas.

* *•

1~:

Refrescará mi húmeda esencia el ardor del paisaje griego. Los
abrasados olivos de mi esfuerzo ocultan el terror pa~ida. Ruedan
ojos chispeantes. Gimen con sordina los deseos excitados al olor __
la carne desnuda. Esplendores carnales relampaguean en el espeJlS•
mo lejano de donde brotan los ardores de la tierra en la lenta d~nza
de su remolino. De la axila de Afrodita brota una perla. Todo vibra

El Arquero.

.

(

.

Por ser hoy el día de la primavera toma tu arco, arquéro · divino,
y vámonos a disparar al sol las flechas de n~estros deseos. Hinquemos en tierra la rodilla. Demos al aire el pecho. ¡Ese b~azo hacia
atrás! Gime doblándose el arco, y todo mi cuerpo, en una tensión
extrema, saltaría igual que la saeta.
1Ey! ¡Bien tirado, tirador! ¡Mira cómo zumba la cuerda!-¡Tu flecha va a quebrar un rayo al soll-Tras de ella saltaré en una curva genial y mi parábola me hará caer al a!:iombro de otros mundos.
¡Cómo resplandece tu cara! El sol no tiene llamas tan bellas como
tu cabellera enloquecida; el relámpago de tus ojos rinde a hts más
atrevidas flechas. ¡Calla! 1Callal Tus palabras se me clavarían en la
carne, Sebastián tembloroso; pero t~das flor,ecerían, de tal modo al
llegar a mi alma que la primavera misma tendría envidia. ¡Primavera!
Para nada quiero vivrr sino para tu gloria. Ten mi cuerpo mismo si
mi podredumbre puede servirte tanto co~o la de un mendigo; pero
deja que mi jugo más puro engalane el sendero por donde pasan los
pies que no cambiaría por tus flores.

***

r &lt; r ,. ,

l

1

Todo mi arco reverdece a tu aliento, y la cuerda se distiende en
una laxitud perfu nada. Pero, ¿dónde han volado mis flechas? Por
sus plumas ha pasado el estremecimiento de la vida nueva y han
escapado en busca de presa. ¡Eh! 1Cuidado, flechas mías! ¡Moderad
2 31

�LA PLUMA
el ímpet1,1l Recordad vuestra agudeza. Sois demasiado duras para el
beso, y será mortal vuestra caricia.-¡No importa! ¡Dejadlas! Quieren
el corazón palpitante.-(¡Ambiciosasl ¡Yo me quedaré en el paisaje
soñado, redondas colinas, vallecito para mi reposo!).-

•••
¡Ahl ¡Qué descanso, el de en tu pecho! Sólo tú te me abres cuando todas las puertas se me cierran. Mis brazos están rotos y mi arco
se cae de mis manos. Déjame, Diana, que me pierda en su noche y
sienta renacer mi vida al ritmo suave de su vientre tibio.

Como el bordón de mi arco, así es mi expresión, honda y grave.
Le clavaré en la tierra y haré de él un arpt eólica qua llegará hasta
las estrellas. Abril, tus brisas le harán sonar en lentos rumores de caricia. Tus furias c.iesatadas, pasión, le harán vibrar hasta temblar la
tierra.
El aire entero llevará por el óltimo escondrijo el eco de mi canto
-monótono y profundo-y a su arrullo colgaré mi arco del pico de
una estrella, balancín que mecerá mi ensueño. No tengas miedo de
la altura. Dame la mano, te subiré hasta mí. En un abrazo silencioso
y est1·echo veremos en lo hondo pasar los mundos envueltos en tristezas. Nos llegarán sus suspiros en un temblor ligero, veremos el
brillar de sus ojos cuando miren a la altura, y el vientecillo amigo
nos traerá en homenaje el eroma de la primavera.

ADOLFO SALAZAR
21

marzo

1921.

J

. Para 1z: viento fuerte,

•••
11
1

EMOCIONES PEREGRINAS

viento dtl mar y viento de la tierra,
-camarada de nuestro pensamientotodas mis ilusiones y mis penas,
en un cantar amargo
que tenga miel en la garganta a,·e
:t na.
lI

La carne se tleslzace
,
Y la noche es tierna. ·
Tú lle.gas al 1tmbral en busca -1
,
,,, za,
yo, voy buscando a mi alma en ,as
; t1nu
. . b;,as
euando llegues a mí
·
seré polvo entre el polvo de /,a t urra;
.
,
cuando yo 1/e~ue al alma qzu me guia
ya habrán muerto en la noclte las tstrt!las.

�LA PLUMA

LA PLUMA
ll l

Sobre el mar esta noche
se ha perdido soñando el Pensamiento.

-¿De dónde viene?-el alma me z'nterroga.
Yo le pregunto: -¿Qué eres? y el Silendo
murmura: -¡No te importa/

¿Ha perdido su ruta
o ha encontrado el camino verdaderg?
Su retorno a la playa
lo anunciarán el mar y los luceros,
con un silencio hondo,
y un derramar de lumbre por los cielos...
O habrá bsrrasca sobre el agua, y sombra...
y sombra... y sombra, en el espacio inmenso .. .
Según la buena o mala
nueva que traiga el alma en su regreso ...

Mi alma es esta noche
un ánfora de sueños y de estrellas.
Hasta el final de toda ambición mía
cada sueño me lleva,
y las estrellas de oro son caminos
por donde el alma va hacia Dios, abierta ...
V

Hay una barca azul que ahora navega
por el sereno mar de mi memoria.
¿Adónde va? ¡Quz·én sabe!
234

VI

Mas todo, hermana mía,
será para nosotros como un sueño.
Se perderán los árboles de oro
y hurtará Dios al sol los claros fuegos
para encender las lámparas astrales;
y se hundirá en la nt'ebla el pensarm'ento ...
y acaso algún lucero nos sorprenda
a media noche hablando con el vi'ento ...
Vl I

Y he de llegar un día
hasta tu hogar pidiéndote posada;
yo que te he dado el cobre que posees
para evitar la ruina de tu casa...
¡Bien sé que en el camino de la vida
algún ladrón ha de robarme el alma...!

FERNANDO GONZALBZ
Isla de Gra~ Canaria, I92I.
23,5

�LA PLUMA ¡
guste de _ta!es representaciones, y aficionado
arte, tan Injustamente venid
yo sobremanera a ese
o a menos en la
'd
..
ch as gentes cultas hirió pa f I
cons1 erac1on de mu,
r tcu armente mi at
'ó
¡os espectáculos que
en los t t
enc1 n la torpeza de
.
ea ros de la villa
t
·
se. Sm duda influyó no
.
y cor e suelen ofrecerpoco en m1 opinión el
]a temporada teatral de p . 1
recuerdo reciente de
an , rnn fecunda en d' r
compendio de los mejores pro ósit
l ver idas enseñanzas,
Y Norteamérica.
p
os en ese respe~to, de toda Europa

EL TEATRO
DE LA ESCUELA NUEVA

m

un año por este tiempo, regresaba yo de pasar unos
meses en París. Sólo quien pudiera ver entonces el renacimiento tumultuoso de la capital del mundo a la
vida pacífica, se dará cuenta de la triste estupefacción
que en ánimo sensible como el mío hahía de causar el regreso a esta
corte de la Mancha que es \fadrid, donde toda quietud tiene inconmovible asiento. No me importa arrostrar, a fuer de sincero, la posible confusión con tantos e!epañoles con pensión de ida y vuelta a
quienes no quisiera parecerme. La sensación fué como de caer de un
sueño a un pozo.
Poco a poco fuí discerniendo en aquella primera impresión, que
al principio se me antojaha algo así como una parada sorda en una
marcha acelerada y sonora, los molivos de mi disgusto. Que no derivaba precisamente del desacuerdo entre la realidad que aquí se me
ofrecía y un vago ideal inasequible, sino de la simple comparación
de un ambiente propicio a todos los entusiasmos con la sequedad
agostadora de este en que naufragan las más fáciles esperanzas.
Espejo de costumbres el teatro, y no tan solo por las que en los
escenarios se representan, mas por las que significa el que el público
ACE

236

Entonces y con denodado atr . .
ev1m1ento se me ocurrió la idea de
fundar un teatro que no f
uera uno más.
y menos que nada un teatro artístico
Pero entendámonos.
.
Nacidos los teatros llamados de t
mática de la injusta tira . d
ar t. del deseo de libertar la drama e empresar10s ¡
abuso que de tal calificac'ó
h
y ogreros, el uso y el
i n se
a hecho d
. t te, ha derivado su concepto · t·
. e vem e anos a esta par¡
pns mo a cierta acep · ·
¡
a cua1 tanto vale decir teatro t· t·
c10n vu gar, ::.egún
d d .
•
ar ts ico como ab 'd
e uc,r erróneamente la cal'd·
'
urn o, en fuerza de
1 '1d d e una
· ·
represent · ·
razon mversa del gusto del . bl'
Co
ac10n escénica en
pu ico.
sa que s b
.
verd a d' nunca es eficaz.
o re no ser siempre
.
Procede el error de la persistencia en
cuya boga ha malogrado ta t .
. esa fe estética o esteticista
1
,
.
n os ingenios que
tica la obra de un esp,·r·t
.
'
ve en a creación artís1 u superior as
'bl
selecto de la humanidad
1
' equ1 e tan solo a un grupo
temporáneos, desligada dee~ ed que ap~nas cabe alguno de sus cond d
o a emoción social
.
es e luego para el gran p. bf'
E
, e mcomprensible
vado semejante dogma a s~s •c_olt.. stablecida así la jerarquía y Ilet
u imas consecuen ·
1
an e un espejo sería dechado d ,
c1as, e monólogo
excelencia, tan só.!o superable :~eneros teatrales y arte cumbre por
go propio.
p la muda contem , Jación del ombli237

�LA PLúMA
.
ex eriencias más fructíferas en punto a
los nombres que ilustran las
De otra parte, incluso las ~
. t t I de que son pionurs
.
d lecen a mi ver de c1errenovación ea ra '
de
la
moderna
escena,
a
o
.
d
.
mejores tenlativas
. 1 de la representación rahace al fin esencia
.
1
ta confusión en o que
I de obtener la mayor comunión
ede ser otro que e
é .
mática. Que no pu
t d s Ahora bien el verismo ese mposible entre autores y espec a ~~e .b
esa c~n sus detalles de
co que ha dado lugar a la come,_1~ urgeuno' es lo mismo que sim·t '6 naturlf. is,a-qu
propiedad y su rec1 ac1 n
. . - tanto como la fantas:a decoratribuído al desequilibrio
ple y a veces es todo lo contt ano h '
ás modernos an con
'
t
áf ca de todos los países, y
tiva de los tea ros m
. . . 'd
la producc1on ram 1
..
d ¡
que se observa en
l
del comercio espmtual e
mucho más en el nuestro, tan -~bª. z~~\a subversión del buen orden
mundo. Se origina ese desequ1 , no 'ó dramática la preponderan..
. e en la representac1 n
teatral, que reqmer
t . . de los actores y el serv1c10 escia del texto sobre la interpre ac1on 1 t se vale para comunicarse
"ó
·
esivos de qut: e au or
cénico, medios expr
fi es exclusivos de la acc1 n
• .
0 en modo alguno n
con el publico, per
6 . s más atentos a explotar
La . disciplina de los c mico '
l
representable.
m
. .
• turales que a atemperarlas a os
el fácil éxito de sus cond1c1o~e::1 n_~ d de 'papeles exige; la necesidiferentes caracteres que la d1~ers1 a l des decorativos y mojigan11
te de encubrir con a ar
dad, por o tra par ' .
ue suelen escribirse para re egas la pobreza literaria de las obras g da tras temporada, alimentan
nar los carteles de novedades tempora
.
el mal y corrompen el gusto. .
ede ser obra de unos
·ó que se impone no pu
.
Pero la restaurac1 n
' rt I de exquisitez, a mndel teatro, a t u o
.
pocos, ni se trata de, excluir
. . rime con su benepláciguna categoría de pubhco.
ta las salas madnlenas, imp
f
El que recuen
h" tó . al éxito de los dramaturgos y
to cierto carácter de sanción ts ~,ca
bres de Jacinto Benavente,
cómicos en boga. En ese respecto os nom
238

LA PLUMA
los Hermanos Quintero, Carlos Arniches, María Guerrero y Fernando Mendoza, Lara y Loreto Prado, significan algo con lo que se podrá estar o no enteramente conforme, pero que revelan direcciones
artísticas creadoras cuando menos de modalidades adecuadas, no
siempre sin lucha, a una clase media de espectadores perfectamente
definida.
La producción dramática española, posterior al Tenorio-y hasta

el Tenorio desde los últimos clásicos del gran siglo apenas hay más
jalones en la rota tradición que Moratín y el Don Alvaro-, adolece,
sin embargo, de falta de carácter, no ya porque rehuya los temas
calderonianos, grotescamente degenerados en Echegaray, pongo por
caso, sino por su irrealidad representativa, no obstante la invención
de la fotografía y su influencia en la literatura. Y quizá por esa misma influencia, un tanto nefasta con sus pretensiones de supeditar el
arte en general a la instantánea sin composición, es decir, sin concepto general que resuma, explique y de tina en tipos genéricos, en personajes, las personas, y en dramas los acontecimientos cotidianos
cuya fatalidad escapa al simple observador.
Durante el último tercio de siglo y en los primeros aiíos de éste,
Galdós, y en la actualidad Valle-lnclán y Unamuno, se esfuerzan,
por distintos derroteros, con intenciones manifiestamente dispares,
en reanudar la representación dramática de la vida española en el
teatro, con cierto conceptismo harto más tradicional que los mejores
intentos de continuar la tradición en sus formas literarias exteriores.
Mas hay entre ellos y el público un valladar casi infranqueable, que
cómicos y empresarios defienden con absurdo denuedo. No quiere
esto decir que sus obras constituyan, a mi juicio, indiscutibles cánones. Pero ya el hecho de que no supediten su inspiración al criterio agarbanzado de empresarios y cómicos, ni desdeñen tampoco la
colaboración del espectador, antes bien, la estimulen incluso irritán239

�tA PLUMA
dola, denota una inquietud mucho más atractiva para el buen aficionado que la fácil transigencia en que se frustran algunos temperamentos sensibles, pero flacos y sin resistencia contra la adversidad,
o en que hallan escandaloso acomodo otros, desfachatados simuladores de toda nobleza arüstica y social.
No se me oculta, pues, desde un principio, la dificultad de conseguir mi propósito, toda vez que es menester no tanto renovar los
procedimientos escénicos al use,, en sus detalles más llamativos a
primera vista, siquier no conciernan a la esencia de la representación, como sus normas fundamentales. Es decir, que fundar un teatro nuevo significa constituir una cooperativa espiritual, en que
autores, cómicos y público, mas que la complacencia en un espectáculo perfectamente realizado, se propongan la contemplación en
cada ensayo de un ideal, inacabable de tan vivo.
La primera experiencia intentada no pudo ser más halagüeña. Ya
en distintas ocasiones habíame invitado mi amigo Manuel Núñez de
Arenas, presidente de la Escuela Nueva, a constituir una sociedad
dramática que representase las obras del teatr@ moderno extranjero,
tan insistentemente desdeñadas por los empresarios. La circunstancia de celebrarse a principios del pasado verano el Congreso General de la Unión de Trabajadores, nos sirvió de aliciente. En pocos
días se improvisó, con unos cuantos muchachos, de buena voluntad
todos y con excelentes dotes escénicos algunos, una representación
en el Teatro Español de Un enemigo del pueblo. El éxito clamoroso de
la prueba, me convenció de que podíamos contar con un elemento
sin cuya buena fé todo empeño sería inútil: el público. El público,
que arrebatado por la acción del drama, intervenía con ingenua simplicidad en favor del héroe ibseniano, cuya pasión de hombre fuerte
triunfaba de todo prejuicio político en el ánimo de una masa de espectadores socialistas.

LA PLúMA
Aquella noche pusimos la primera piedra del Teatro de la Escuela Nueva. No todo el mundo sabe la labor que la Escuela Nueva se
propone. Ni es esta ocasión de dirimir una cuestión ?e.límite~..He de
hacer con todo, una salvedad. Presidida por un soc1ahsta m1htante,
la Es~uela Nueva no es, sin embargo, un partido político, ni menos
una añagaza encubridora de proselitismos inconfesables .. Sus fin_e~,
eminentemente sociales, sí, tienden a borrar en la cvmumdad espmtual del trabajo esa diferencia absurda que separa 1&amp; l~bor del ob~ero
manual de la del intelectual, sin exigir a uno y otro mnguna abdicación de la personalidad, sin que esa mutua inteligencia signifique la
menor participación en una acción ajena a la obra pura del pensamiento. La mayoría de los socios de la Escuela Nueva no somos socialistas y lo que es más, los hay individualistas exaltados. El teatro
de la Escuela Nueva, por ende, goza de absoluta autonomía artística
y administrativa dentro de la agrupación, y si hemos querido de~orar con nombre tal nuestro propósito, es porque, aparte la debida
conmemoración del éxito a que debe su nacimiento, y la simpática
trascendencia que de tales títulos se deduce, por lo que significan de
aprendizaje y de juventud, nuestra creencia de _que e~ t~atro es ante
todo una acción social y por ello la suma expresión artisbca, nos mueve a preferir el beneficiarnos de su influjo-semejante en algún respecto de su intención a la Sociedad Fabiana de L&lt;,ndres, ~u.ya cabeza más visible desde el continente es Bernard Shaw-e mJertar en
ella nuestra actividad de la manera más adecuada ·a nuestro gusto,
antes que suscitar nuevos apartadijos tan sólo diferenciados por la
sutileza de un nombre sin obra.
No sólo tuvo Un enemigo del pueblo un éxito de buen público.
Había entre él no pocas personas de calidad que supieron prever, a
través de la imperfección inevitable del improvisado ensayo, las posibilidades de una continuidad menos azarosa. Don Ramón del Valle-

�LA PLUMA
Inclán y el poeta Luis G. Bilbao, incansable perseguidor del ocio
ajeno, soliviantaron de nuevo en las amistosas veladas veraniegas de
nuestro círculo, mis aficiones teatrales, y al amparo de la revista España, y con graciosa intervención conminatoria de Díez-Canedo, surgió otra vez en el horizonte la inconsútil arboladura de mi teatro
tantasma.
Ya en vías de realización el proyecto, bajoJ la dirección augusta
del propio autor de las Comtaias bárbaras, interrumpiéronlo ciertas
dificultades económicas, con que nuestro optimismo no contaba, y la
obligada ausencia de Valle-lnclán, retenido por la molicie familiar en
,
su casal gallego. Pronto, sin embargo, recibieron nuestros súbitos
ímpetus y desmayos un impulso definitivo en pro de una realización
inmediata de tales quiméricos afanes. Y si ahora la idea toma cuerpo
y se afirma en una realidad prometedora de mejores esperanzas, débese a la deliciosa terquedad de una mujer-apenas si lo es todavía-cuyo talento literario, de tan varonil humorismo, augura ya
para sus muchos lectores las singulares gracias cuya exuberancia ha
de hallar adecuada expansión en la escena. He nombrado a Magda
Donato, verdadera musa de carne y hueso, insospechada negación
viviente del feminismo de penúltima moda de nuestras ridículas,
¡ayl, por lo general nada preciosas, estampa de la simpatía, e infatigable trabajadora. Nada serían nuestras mejores intenciones sin su
risueña voluntad.
Otro poeta, fiel a la belleza inmaculada, nos brindó desde luego
su concurso entusiasta. Y el nombre de Juan Ramón Jiménez figura
ya entre los beneméritos creyentes de esta fé a cierra ojos en un teatro nuevo.
El Ateneo, representado en el secretario de su Junta de Gobierno D. Victoriano García Martí, y especialmente D. Andrés González
Blanco, en nombre de la Sección de Literatura, nos prestaron desde
242

LA PLUMA

::1

luego benévolo apoyo y
. h
o emos podido anunciar un abono
cuatro primeras funcio~es
co que colmaba la sala de' la :a11:nsayo obtuvo por parte del póbli~
La representación del drama d S del Pr~do, cordialísima acogid
a.
. e, ynge Ymetes hacia el m ar, d e cuya
ttraducción por Juan Ram ó n Junene
a a nuestros lectores , y d e esa pequz y- su esposa hemos dado cuenLa
guarda cuidadosa sir . .
ena maravilla cervantina q
'
nuevo
'
v10, cuando men
ue es
f
. ' con espectadores más peli
os, para experimentar de
/ncJones teatrales al uso la pruebgrosos, por más avezados a las
. lo; es d~cir, la posibilida~ de hall· a logra~a _con Un enemigo delpueJuez. y sirvió para que, con Ma dJr un pubhco colaborador más que
~a~~ec~n y Fernando Bilbao al!o d~~nato, apuntaran ya Francisco
c1 n an de conseguir de
o mucho que el estudio
sus naturales condiciones có .
y la
partiéronse los demá!:
ca
d ,
· papeles de acto
micas. Rem mara e~1a, Asunción Ruiz Medran res y tra~oyistas en fraternal
- tlte, Pepita Serrano, Adela M o, cuya ~rac1a infantil tanto r nores Benito Pui
y ercedes Barno mis a .
p o
timo y . '
g, Luz, Cano Coloma Alb' 1
m1gos los sepnmero Augusto Ferná
,
10 ' rtega, Xammar ól
comparsa y pintor cuy
ndez, alternativamente galán ó' Y_ . •
os apunte d
.
c mico
ya la orientación simplis~a e~c:~:hvos tan acertadament:
ueva.
f
respecto del Teatro d 1

O

~:: 1:1:º~
e·

e a

um~lenos agradecer a la Prensa
q~e ha visto en nuestro intento ta
la d~f~r_entisima atención con
apenas sugería. Crítico ha ha::~s pos1b1hdades que nuestro ene a Correspondencia de Esp ~
o como el Sr. Aznar Navarro
cuenta de la representación det;; que ha puesto a contribución ~
~cerca ~e la e!iicuela de arte dramát~;oeo, algunas apreciaciones mías
que es. el Teatro del v·1euxolomb1er
de París· SonroJ'árame
_
empeno de ju!,tificar la pobrez d, a no advertir en la cita el piadoso
la vastedad de nuestros deseo: ;o:~:s;os primeros resultados con
orrás, el Sr. Alsina, el señor

:ª-'1

2 43

1

�-RoWa14.Aogel Vegue, Andrenio, los críticos anónimos de El RetafJlo y El Tie,,,po, los fotógrafos de La Tribuna y Hoy, han contribuido
a difundir la buena nueva de nuestra intención, disimulando las muchas faltas de nuestra impericia de bisoños. Gracias les sean dadas,
y con ellos a Luis Araquistain, que desde las columnas de La Voz
nos ha animado a tomar ejemplo de los actores argentinos, nuestros
huéspedes, y entre bastidores del Teatro de la Escuela Nueva nos

presta su ayuda.
Pero qúiero que todo el mundo advierta en nuestro propósito,
-90bre cualquier linaje de consideraciones, el decidido buen humor
que nos anima, y que esperamos nos libre por siempre jamás del terrible estrago de la pedanteria. Amén.

C. RIVAS CHBRIP
X

o

SIMETRf AS
1

fMi alma vibrando en mis 'Versos.
'Y la tuya con ellos vibra.

6~ las aguas dormidas de un estanque
mi alma se duplica.
11

!Por el fNorte
la tormenta,
por el 6ste
la galerna.

'Y la 'Vida en la rosa de los 'Vientos
jugada a La ruleta.
11 I
e 1',;oda., laa CNaa údfraa., ao,r
wtelodioaaa. 'G'odal lot eoau pn:r
fartda. .a• eanto.•
Cutn.a..

flormas de infinitas melodías
trazan las dormidas golondrinas.
¿Cuándo os lanzaré, notas aladas,
de los telegráficos pentágramas?
VALBNnN ANDRBS ALVARBZ

�"IRIS"

LIBROS Y REVISTAS

{;[ rayo de sol
busca
mi sentimiento,
y quiere
que yo cante
a los
siete
colores
que en su seno
reposan y esperan
la
gota
de
agua
'Y no puedo siquiera
cantar
su
luz
blanca
y
diáfana.

Mario Pnccinl.-Viva l'anarckia-Romanzo di un r,iaggiatore in ;oe.r/a.-Bcm-

v.1 .

9

JOSB DB BBNITO

..

pórad, Fire nze.
No es propiamente una novela, aunque así su autor lo subtitule, el filtimo
libro de nuestro colaborador italiano. No hay en él trama, intriga, ni apenas
acción que guíe al lector a través del alegato que Mario Puccini se propone en
cerca de cuatrocientas páginas de nutridísima prosa, cálida, colorida, animada
de esa vivacidad característica de sus crónicas de LA PLUMA, subsistentes
incluso a pesar de la' traducciún, siempre desteñidora del estilo. Casi sin ficción
alguna, con la menor cantidad de elementos imaginativos, el alegato nos lleva
derechamente a la moraleja de la conclusión. Que viene a ser esta, en fin de
cuentas: Desquiciado el mundo por la tremenda convulsión de la guerra y trocados los valores morales sobre que se sustentaba el compromiso social en qnc
florecía el progreso humano, bienvenida sea la anarquía definitiva, la destrucción del orden actual en que perecen degeneradas las normas de una civilización caduca. Porque del caos resurgirá el orden nuevo y la vida recobrará su
sentido.
Ahora bien, con innegable acierto crítico, ha huído Mario Puccini de hacer
semejante generalización en términos abstractos,.sino que la ha referido a su
país y, más estrictamente aún, ha planteado el problema con toda la sinceridad
que su espíritu de hombre de letras lo siente; es decir, reduciendo su vaste&lt;!ad
a las proporciones inmediatas de su conciencia de italiano, para quien el tumulto y confusión actuales significan una solución de continuidad en la tradición profundamente humanista de su patria.
No es tampoco cosa, sin embargo, de adoptar posturas trágicas ni ademanes exagerados. Para llegar más derechamente al ánimo del lector y ganarlo
con la evidencia, no es menester un tratado de pura didáctica, de doctrina escueta; rehuyendo, pues, otro señuelo novelesco que el del título, se puede exponer el panorama espiritual de Italia después de la guerra tal como lo ve un
hombre de buena fé. Así ha hecho Puccini.
Su viaggiatore in poesia no es un &amp;oñador divagante por mundos fantásticos;
es un comisionista literario que va recorriendo las principales ciudades de Italia para ofrecer a los libreros y a los lectores la mercancía de un editor que

•

247

�· LA PLUMA

LA PLUMA
quiere restaurar con la lectura de los clásicos el principio edu~ativ?, rebajado ahora basta el extremo que significa,1 los escaparates de las hbrenas llenos
de cubiertas procaces, fácil incentivo del gusto perver~o.
El tal comisionista recorre de punta a punta la penrnsula, p~dece Y se conmueve ante la agitación social subve, lidora, justifica en su ám~o los desmanes del desvalido babia con el profesor, con el lego, con el artista, con el pa•
triarca de las let;as. De la ruina de sus mejores esperanzas ~e salva la m.is
fructífera. El ¡viva la anarquía! de este espfrilu sut_il, de este ánimo ponderado
que es Mario Puccini, no es el grito de deses~erac16n, que nos sacud~, de. los
grandes tétricos rusos anteriores a la revolución; es el a)erta, sarcásh~o Sl se
quiere, pero seguro y confiado, de quien se siente nutrido de la savia de un
clasicismo renovado de generación ~n generación.
.
Libro eminentemente representativo de la _hora actual, resume ~t~a ~anarckia Jas mejores cualidades de su autor, e°; quien s~ .t~m~lan Y equihbi ani las
modernas experiencias literarias de ese crisol de c1v1hzac1ones que es Ital a.
c. R. c.

• **
Carlos Pereyra.-La obra de España en América.-Biblioteca Nueva, Madrid,
11

Este nuevo libro del Sr. Pereyra es un intento de sistematización históri~a
de la obra de conquista y colonización de América por los españo_les; es decir,
que no se dirige tanto a esclarecer tal o cual episodio poco conocido de aquella secular cadena de proezas o a rememorar entre alabanzas las que todos
general
.
creemos conocer, como a ordenarlas en e 1 marco d e una expl1. cación
mi'
declarando cuáles fueron los datos esenciales (geográficos, étnicos, econó •
cos) que los conquistadores y colonizadores tuvieron que barajar Y las fuerz:s
profundas que actuaron permanentemente en aquella al parecer desordena
empresa así como el aprovechamiento inteligente de esos dat_os Y fuerzas por
las cabez'as directoras de la conquista y colonización. El criteno con que e 1 s~ñor Pereyra utiliza las noticias que ha reunido es irreprochabl~: cLa tendenc~a
del autor-escribe en el prólogo-es esencialmente_ ~rítica. Esllma que una ª •
miración indiscreta daña tanto o más que una hoshltdad cerrada, sobre todo
cuando lo que se busca no es defensa de causas, sino descubrimiento de verdades. Convertir leyendas negras en leyendas blancas es tan ilegítimo como
contrario. Y en los tiempos de fineza analítica que alcanzamos, puede ser m s
temible para los que escribeo sobre asuntos históricos verse conde!iado_s por
una son.risa que por una franca desaprobación•. Si el estudio de la h1sto~1a. colonial americana suscita a la postre en el ánimo del Sr. Pereyra un senti~uen
to admirativo por la obra de España, no es-podríamos decir remedan
e
humor a veces acerbo del Sr. Pereyra-no es culpa suya: la grandeza de esa
obra se impone por sí sola. e Esos sentimientos no existían en el au~or _antes
de comenzar sus estudios y como le fueron sugeridos por vía tan mdir_ecta
que muchos de ellos naci~ron revisando afirmaciones autiespañolas de his!0 •
riadores a quienes consideraba en posesión de la verdad, tienen toda la deSlO·
teresada pureza de su origen intelectual&gt;.

ª

lº

° 1

, ..a

•

La economía del libro del Sr. Pereyra es una comparación de la obra colonizadora de España con la de los anglo-sajones. El fallo del autor es favorable
a los españoles. Ni nuestras conquistas en América «fueron obra de la miseria
desesperada de aventureros famélicos que buscaban enganche en las gradas de
Sevilla», ni los colonos ingleses eran puros apóstoles de la libertad y de la tolerancia, comlil se ha supuesto. El oro, te fabuleux ,nétal, era un señuelo, pero
no fué jamás el nervio de la conquista: la explotación agrícola y ganadera prestd la base permanente y sólida sobre que se asentó el dominio español, e hizo
posible la continuación de aquellas empresas, concebidas algunas con percepción genial del futuro y realizad..1s v consolidadas las más con una especie de
•empirismo organizador» de muéha fuerza, que no dejaba de medir y aprovechar, aunque no lo hubiese aprendido en cátedras ni libros, el valor de los
recursos disponibles. Introdujeron los españoles en América la civilización de
su tiempo; ya se sabe. Además, el continente descubierto y conquistado por
ellos fué objeto de estudios desinteresados, de investigaciones científicas, y los
trabajos de los españoles en América, sobre todo en el orden de las ciencias
naturales, aportaron una contribución valiosa a la cultura universal. Pero entre la magnitud de aquella obra, que el Sr. Pereyra califica con justicia de colosal, y sus resultados postrimeros, la desproporción es manifiesta. Ni la colonización robusteció, que digamos, el cuerpo político español, ni prosiguió con
la pujanza que mostraba en las primeras décadas, ni l,s creaciones de España
en América parece que tuvieron el arraigo y el vigor necesarios para afianzar
su normal crecimiento. ¿Por qué causas? El Sr. Pereyra señala dos: una insuper~ble, por ser de orden natural, la configuración geográfica de América, que
dispersó la acción de los españoles, estorbando la concentración del esfuerzo'.
y otra de mal gobierno: la desastrada política naval y comercial de. la Corona,
que con el sistema de privilegios, sin enriquecer el Tesoro, apartó de la espansión económica en América y de la defensa del imperio colonial a la masa
de la nación.
El Sr. Pereyra ha pensado y escrito su libro con la infatigable preocupación del prestigio histórico de E spaña, tanto más de agradecer cuanto que
el Sr. Pereyra no es español de nacimiento , 3unque lo sea de raza. Tan lo es de
raza, que el más fino español, puesto a redorar los blasones de la patria, difícilmente le aventajaría en celo. Esa capacidad de desposarse sin reservas con
una causa española, de emocionarse ante nuestro pasado (aunque en ciertos
aspectos, por ejemplo, en lo tocante a la rivalidad con los anglo-sajones, el
tema del Sr. Pereyra está más vivo y patente para los americanos que para los
españoles) es un brote amablfl: de nuestra sensibilidad nacional t\ue retoña
transplantada en otras tierras. El autor no llevará a mal, con todo, que hagamos algunas salvedades frente a ciertas apreciaciones suyas, tales como las
relatiyas al influjo de la expulsión de los jesuitas en la pérdida de] imperio
ooh:~mal, al verdadero papel de la Inquisición y a la intolerancia española.
~m1gos y detractores del Santo Oficio han vertido en polémicas estériles más
tinta que sangre de herejes vertió la propia Inquisición; sólo que la tinta es
menos costosa. Y el definitivo valor de algunas de esas posiciones lo muestra
el hecho de que, tras de prevenirnos mucho contra el anacronismo, lo más
'49

�LA PLUMA

LA PLUMA

•

fuerte que suelen decir (y acaso probar) los que se chacen'cargo de la diferencia de tiempos•, es que los estragos de la Inquisición no fueron tantos en número como se supone. Así el Sr. Pereyra, que tiene en este punto predecesores españoles ilustrísimos. Más que nada, el Sr. Pcrcyra toca el tema pera delllOStrar que si los españoles fueron caigo• intolerantes y crueles, no lo fueron
menos sus rivales y detractores los anglo-sajones. Quizá. Es un relativo con•
suelo para el amor propio .nacional pensar que todos hemos escrito muy but:·
nos capítulos en la historia tic la barbarie. En nuestro tiempo prosperan forro.is
de cipresión y de bárbara tiranía que escandalizarán a otras generaciones. Lo
que no está permitido es aferrarse en formas de intolerancia retrasadas con
relación al espíritu predominante en cada época.
En general, cuanto uno lee tocante a la declinacién de España en América,
no deja de suscita» en el ánimo un desencanto melancólico; no por ver frustradas antiguas ambiciones de predominio, con las que uno nada tiene ya que
ver, sino por el despilfarro de las ener&amp;ías y capacidades de un~ raza prócer,
que !.e extenuó sin recompensa proporcionada. Y a este propósito, hurgando
en tales historias, descubro, y confieso humi~demente, mi incapacidad para
elevarme al codio histórico,; no puedo aborrecer al inglés por las piraterías
del Drake. Ni es posible aceptar ningún discurso sobre la decadencia española que pretenda explicarla por la envidia de los otros pueblos conjurados para
pet"dernos, como no sea en el sentido profundo de la advertencia del poeta:
... Colón pasó los godos
Al ignorado cerco de esta bola.
Y es más fácil, ¡oh España!, ca muchos modos,
Que lo que a todos les quitaste sola,
Te pued;,n a tí sola quitar todos.

M. A.

•••
8ergio Yuly evich Wltte.-Mánorias.-Vcrsión castellana de M. Domenge.
Dos volúmenes. Madrid, Calleja, 1921.
Los hombres y las cosas de Rusia están desde hace años en el plano de la
actualidad candente, con lo que nada ha salido perdiendo nuestra ilustración
particular. Antes, muy pocos hubieran podido dedr de Rusia más que el personaje de Gogol: cRusia es un inmenso imperio•, salvo los jóvenes que por
abrazar la profesión de cónsules profundizaban, si puede decirse así, en la ¡,te'!•
grafía política elemental. La revolución ha concluido de encadenar la cunos1dad y las preocupaciones del mundo a los fastos rusos, y no habrá hoy persona algo leída que no haya empleado la mente en esta operación: esbozar una
explicación de aquel cataclismo fundándola en el estado moral deJ pueblo
ruso, revelado en su literatura. Que la atención de nuestro público está, como
en todas partes, vuelta hacia Rusia, se prueba por la frecuencia relativa con
qui: aparecen libros de autores rusos o tocantes a Rusia. ¡Grande ha debido de
ser la conmoción, para repercutir sensiblemente en la bibliografía española!
Estas 1lle111orias del conde \Vitte tienen importancia. No diremos que sean

,50

un ?ibro csensaciona\., en el sentido de que revele algún secreto capaz de cambiar la ~p:e~iación (lUe hasta ahor~ se.haya hecho de ~iertos personajes y sucesos h1stoncos: el proceso del zarismo se ha substanciado a plena luz, los testimonios pululan, y la causa está fallada. Pero el libro, abrumadora acu~ación
contra d régimen imperial y sus hombres, es de gran fuerza por dos razones:
por el punto de vista conservaaor y la calidad del personaje ql!e lo ha escrito,
y P&lt;?r pr_esentar ordenados, ensartándolos en et hilo de la política interna de
Rusia, htlo que durante años tuvo entre los dedos el autor, los hechos culmi·
naates en el cuarto de siglo que precedió a la gran guerra, y los móvilt-s usuales de una Corte, dt' un Gobierno, de una casta, que c.;xplican plenamente las
catástrofes ulteriores, cuando no las justifican. Witte es uno de esos estadistas
reformadores por instinto de conservación, que suelen aparecer en todos los
pueblos cuando uc régimen secular fatalmente se desquicia. Dotados de mejores cluces•, de más talento o de más calor humanitario que 111 gencrnlidad de
los hombres de su misma extracción, e incapaces por •tra parte de ponerse
sin reservas al servicio del porvenir, que en su t·sencir, ks repul(na, pretenden, por 1~ común en balde, s~crificar la mayor p:,rte de la carga con tal de llevar el 11av10 a puerto. Su destmo es desagradar a todos v frac.is ~r. Sus frn:-tra&lt;los pl~ne~ ~irven, ulteriorme~te. para ~liment.ir en_ los ingenuos ele idl-as sanas la 1lus1on de que tales o cuales calastrofcs pud1crcm evitarse con un ¡.,oco
de cordurn, sin perder por ello los buenos frutos de una gran reforma. Aquel
fracaso suele ser merecido, y esta ilusión no pasa de ser tal, porque ótr'a cosa,
en trances como esos en que la~ almas crujen, sería-lección inmoral-el tt'iunf~ de la_ h~bili~~d, de las componendas y de las frías combinaciones del empinsmo sm esp1ntu.
Memorias del género de las de Witte pn..tenden casi ~iempre persuadirnos
qu~ el auto_r, aunque él no 1,, declare, es un grande hombre. En el caso de
~1tte, esa 1mpres1ón es más fuerte, porque, colocado en una posición interme~16, y ~ás _atento_ en su coudu~ta a la oportunidad fogaz que al vigor de una
1deolog1a bien articulada, necesita defrnderse haciendo fuego por las dos bandas. Sin disimul~r su desprecio por los revoiucionarios, desnuda, moralmente,
a la caterva oficial de la Santa Rusia. y es más sañude con los Emperadon·s,
los grandes duques, y los generales, que con los caGecillas del terrorismo; al
fin, é~tos le hicieron menoli daño que los palaciegos. Y la verdad es que el
hombre que pretende haber tenido siempre razón solo, contra tocios sus contempor_áneos, altos y bajos, \·erdugos y víctimas, no abriga mediana opinión de
su mérito.
De origen noble, conservador por temperamento leal a la dinastía, Witte
~ropugn6 una política de concesiones graduales y de moderado con5titucionahsmo. Ya en los comienzo'i de su carrera «la opinión pública estaba envenenada por el espíritu de lib1ralismo, que, en esencia, es enemigo de todos aquello~ que se destacan a causa de su posición o su riqueza; de aquél espíritu que
amma a las muchr-dumbres revolucionarias y que, años más tarde, fué respons~blcs del re1;&gt;u_gnante asesinat? d_e un emperador tan grande como Alejandro Ir.. Participó en las organ1zac1oncs secretas para la represión del terroris2,1

�•

LA PLUMA

LA PLUMA

Teatro Selecto Centemporáueo.- Biblioteca Nueva, Madrid.
mo. «Los revolucionarios-decía en una carta-deben ser combatidos con sus
propias armas, particularmente por me~io de. una orga!1ización secreta que
tuviera por objeto contestar a cada mamfestac1on terronsta coc un co_ntragolpe de igual naturaleza&gt;. Pero le disgustó el modo que tenía .d~ funcionar
asociación («La Santa Hermandad»), llena de _«gentuza an:b1c1osa&gt;. Propu~o
que en el periódico oficial se pu~licara la r:lac1ó~ dC; sus m1em,bros, Pai:ª qu~,
por miedo a los terroristas se dieran de baJa los 1nsmceros; as1 ese purificana
)a organización,. No Je hicÍeron caso, y se marchó. Witte tení~ una idea grandiosa del porvenir de Rusia, fundado en la paz, en la e~plotac1ón de los recu~sos naturales del Imperio y en el afianwmiento de la l~b7rtad de los camp_es1nos mediante la propiedad individual del su~lo. Fué n¡m1stro de Ferrocarriles,
reorganizador de la Hacienda J?ública, neg?c1ador_ a~ortunado de la paz con. los
japoneses, y presidente del pnmer ConseJO de mm!s~os de la Rusia cons~1tucional en los días críticos de 19051 cuando se orgamzo en Petrogrado el pnmer
Soviet. Fracasada su política de conciliació_n entre el ~artido ~e)a &lt;;=o~te Y los
constitucionalistas, Witte se retiró del Gobierno y casi de la_ vida publica_.
Al referir su intervención personal en las grandes cu~sbones_que agitaron
a Rusia en los últimos treinta años, ya fuese~ de orde~ 1nfernac1onal (expansión en Oriente y guerra con el Japón, mane¡os del Kaiser alemán antes Y ?espués de la Conferencia de Algeciras, contratación de los grande_s empré?tlt?s•
etcétera), ya de orden ioter~or (proyecto~ d&lt;: re~ormas, pe~secuc1o~es de Jud1os
y terroristas, bárbara reacción de Stolypm, mtr~gas pala~mas), y.71tte traza un
retrato poco lisonjero de la Rusia _prepote~te; s1_n excepción c~s1, todos aquellos personajes, desde el zar al último f1mc1onano, ~on una g~v11la de locos, fanáticos, aventureros, ineptos y simples canall~s, ávidos ~e millones, Y mancha•
dos de crímenes. Un capítulo en~ero es~á dedicado_ a Nic?lás. ll; «_su carácter
-dice-es esencialmente femenmo; es mcapaz de Jugar hmp10 y siempre busca medios clandestinos· no tolera a su lado a nadie que le aventaje en tal_ento;
era partidario de una política agresiva»; la ~arina era uoa m~jer histénc~ Y
desequilibrada con fuerza de carácter suficiente para contagiarle su estado
morboso. DesfÚan por estas páginas tip~s de vaudev_ill~ y siniestrosyajarracos;
así Stolypin, en cuya época «la pena capital se convirtió en un as~smat? cometido por las autoridades gubernamentales•. Toda esta parte del libro tiene un
interés patente para el lector español.
.
. . .
El Sr. Domenge ha traducido e,stas J!fem~rzas de la ed1c1ón m~lesa.1:a tra•
ducción no está mal. Nos parecena meJor s1 el traductor se hubiera suJetado
menos a la sintaxis del idioma de que traduce. Pued: que sea erróneo_ nuestro
criterio, per(I esa sujeción, sin añadir nada a la fide_hdad, mengua el vigor expresivo del texto castellano. Con te.do, .e~ta traducción es clara; _no es ~na de
esas traducciones que es menester «ad1vmar&gt; a atr~vés de una _mebla v1sc?sa.
Nos permitiríamos señalar, a riesgo de pecar de exigentes _(¡quién estará !1bre
de estos pecadillos?) algunos descuidos: como e Cuartel Jat!no• por «Barno la~
tino»; «billones de rublos•, por miltiar1s, y otro m~y ext~ano (pág. 127. vol. ,1).
«Inasmuch nuestro ministro de Negocios Extran¡eros, ignoró... etc.&gt;. Cre1a
mos que i,;asmucl, era un adverbio.
M.A.

!ª

De muy pocos años a la fecha se ha producido en la librería española un
evidente cambio en el criterio general porque se regía nuestro comercio de
libros. De una parte, ha surgido la editorial planteada en gran escala, con cierto burocratismo germanoyanqui, si no adaptado aún a las .realidades del mercado hispanoamericano, grandemer,te prometedor para lo futuro; o bien se
han transformado en un sentido más propiamente literario do! 41ue fué origen de su fortuna, algunas casas ya muy prósperas antaño. De otra parte,
se ha presentado en nuestro horizo11te, todavía tan limitado, el editor co,1sciente, rarísimaJavis hasta ahora por estos incultos yermos. La cColección Granada», del Sr. Jiménez Fraud, y la •Biblioteca Nueva», del Sr. Ruu Castillo,
revelan en ese respecto un progreso innegaale en nuestro ambiente, tan ingrato por lo común a toda tentativa de orden espiritual.
Una nueva serie inaugura ahora el Sr. Ruiz Castillo con cuatro pequeños
volúmenes de teatro, escogida muestra de la dramaturgia europea poco conocida todavía en España. Dos dramas de Andreief: La vida del nombre y Hacia
las estrellas, otro de Galworsthy: La l,uelga, y otro de Bjornson Bjornsterne:
Laboremus, respectivamente traducidas por Tasio, Luis Araquistain y Enrique
Díez-Canedo, denetan en el Sr. Ruiz Castillo la persistencia en esa varia yacertada elección característica de sus ediciones anteriores. Distanciados en el
tiempo, en el espíritu que los engendró, en el clima social que los ha producido, aparecen los cuatro volúmenes unidos ante nuestra consideración por un
nexo en cierto modo común: el de la inquietud desagradable que desde luego
su lectura nos produce. Inquietud y desagrado que, sin embargo, solicitan en
nuestra atención muy diferente curim,idad en cada caso.
Quizá, no obstante lo manido del tópico, pueda volver a ser lícito, a propósito del Labonmus de Bjornson, el habhr de las brumas nórdicas de que tanto
se abusó por estas latitudes, con mucha menos justicia, allá por los años en
que empezamos por 'iquí a entrever a Ibsen. Sin que por esta vez nos sea dado
achacar nuestra relativa incomprensión a esa vaga niebla en que los malos
traductores solían dejar el sentido original de aquella sobras de suyo difíciles,
por extrañas a nuestro temperamento. Enrique Díez-Canedo une a su conocimiento de lenguas extranjeras el mucho más raro del habla castellana, con lo
cual y su buen gusto y excelente juicio, reduce a las posibilidades del nuestro
cuantos problemas lo sean tan solo de expresión. Pero él mismo señala en su
prólogo a Laboremus la característica distintiva de Bjornson con respecto a
lbsen, que hace de la condkión eminentemente noruega de aquel, la cualidad
de su_ boga exótica. en tanto que éste nos conmueve más por hombre que por
noruego. La moral e incluso el procedimiento artístico de Laboremus se nos
~tojan ya un tanto caducos. Lo cual no quiere decir que no creamos necesario Y hasta imprescindible para nuestra curiosidad su lectura, como provechos(sima la reacción que en nuestro ánimo produce.
• De muy otro orden es el desasosiego que los dos dramas de Andreief despiertan en nuestra conciencia. Y no porque nos sacuda el arn:bato de que nos
sentimos arrastrados casi siempre en la gran literatura rusa. Antes bien, el
253

�LA PLUMA

malestar que nos invade leyendo La vida del luJmj re Y, J!acia las estreltas, se
origina, a nuestro juicio, del desacuerdo entr~ el sentimiento del autor, que
parece querer hallar en el occiden,talismo s~ci~l de Europ~ _un descanso a sus
torme ntos de místico eslavo, y nuestro sentimiento, prop1c10 a _abras_arse e.n
esa gran hoguera espiritual de Rusia. En uno ";( otro drama, la misma rnge~UI•
dad con que se afrontan sin la menor to~tuos1dad pla~entera ! los sentidos
teatrales, los problemas vitales por esencia, nos a~gustia y agobia, más que sobrecogernos ni ganarnos por el terror o la compasión .
La lluelga, título español de La lucha, de ~al_w_orsthy, nos ofrece otra
ocasión de comprobar, con ciertas salv~dades, un JWCto análogo al que la comparación de Bjornson e Ibsen u:is sugiere. Galworsthy pu~ue representar a
nuestros ojos el polo espiritualmente opuesto a su compatriota Bernard Shaw.
Las comedias desagradables de éste nunca lo son sino por voluntad querel_lante
de su autor, que no consigue irritarnos _con s~s sorpresas de tan aguda hteratura. La lluelga, en cambio, retrata la vida m1_sma con harta verdad, ~o. nos
ahorra ninguna de las vicisitudes de la_ co~ed1a humana tal_ y como adiano se
nos ofrece en las columnas de los penód1cos. Sobre 9.-u ~ nmguna uu~va aportación significa, en punto a visión del natural y cons1gu1ente ~oraJeJa, al clasicismo ibseniano de que :;e nutre el teatro e~ropeo C?~temporaneo.
De desear sería, con todo, que su influencia benef1c1ara de algún modo al
nuestro estéril y caduco. Bienvenido el aire saludable que nos llega por estas
ventaniÜas y respiraderos que el Sr. Ruiz Castillo abre a todos los vientos de
Europa.
C. R. C.

Libros recib idos.-Alberto Masfen:er: Pensamientos y formas. Notas de
viaje. García Monge, San José de Costa R.ica, 1921. Manuel González Zele~oo
(Magon): La propia. Segunda edición. García Mooge, San José de Cost_a Rica,
19 21.-Jorge Rodembach: La ciuda_d d~ las aguas pmerta~. Novela_. Versión c~stcllana de R. Cansinos-Assens. Editonal América, Madnd.-Enn9-ue F~denco
Aroiel: Diario intimo, tomo segundo y ú.ltimo. Traducción de Mana Ennqueta.
Editorial América, Madrid.-Obras de Remy de ~0~1 mont: Una noche e~ el Luxemburgv. Traducción de J. ~ómez de la _Serna. Biblioteca Nu~va_, Madnd.-E/
sueño de una mujer. Traducción de J. Gomez. de la Sern_a, Biblioteca Nuev:a,
Madrid. -Georges Duhdmel: Vida de los márttres. Tradución de Rafael CalleJª·
Calleja, Madrid.
R~vistas.-Hermes, Bil':laa.-Letras, Córdoba.-Athenaeum, Zaragoza~Pá¡;ina, Sevilla.-España y Amirica, Cádiz.- \ os, Orer:,se.-Reperforio Am~ncano,
San José de Costa Rica.- Vida Nuestra, Buenos A ires. -Claridad, Santiago de
Chile.-Cuba contemporánea. La Habana.-Die A.ktion, Berlín. -Le Crapouillot,
París.- Le Progrés Civique, París.-La Revue de l'Epoque,, París.-Me,·cure de
France, París.-La Connaissance, París.-Belles-Letfl•es, Pans.-La Ronda, Roma
l'he Atlantic Monthly, Boston.-Cultura Venezolana, Caracas.
Z$4

LA PLUMA

•

GACETILLA
La voz del pasado, o vejamen de la generación del 98,-De fijo
que ustedes no leen la Gaceta. Bien. Nosotros tampoco. Pero hay hombres
para todo: un amigo nuestro que emplea sus ocios en cerner la prosa oficial
con la maligna y casi siempre fallida esperanza de hallar entre esa ganga un
grano de oro, nos envía un número del periódico del Gobierno (12 de febrero
de 1921) que pronto será una joya bibliográfica. ¿Dónde diablos ha ido a refugiarse la amenidad? Se trata de un dictamen eyaculado por la Academia Española apropósito de la adquisici6n de las obras de Tamayo para las Bibliotecas
públicas. Cumplimos el deber de copiar unos trozos de esa pieza de crítica literaria descomu~al, para instrucción del lector y en prueba del respeto que
nos merece el cnteno de los encargados de velar por la observancia de las
tradiciones que nos legaron nuestros mayores majaderos. Acerca de la paternidad de la obi'a tenemos fuertes dudas, no obstante la firma que lleva al pie;
¡está probado q11e lo que no se le ocurre a un académico, se le ocurre a otro!
Ea todo caso, la Academia ha prohijado el fruto de ese vientre anónimo.
El informante empieza triscando en el pradecillo de la ironía: «... como de
lo escueto del texto burocrático sólo resultara que un Sr. D. Joaquín Tamayo,
solicitaba la adquisición para las Bibliotecas públicas de las obras escénicas de
un tal&gt; D. Manuel Tamayo y Baus, creímos probable una coincidencia de
nombres y apellidos, y que se trataría de una modesta tentativa literaria, necesitada del apoyo moral de esta Corporación... • Pero no; se trataba del propio
autor del Drama Nuevo (¿cómo lo habrán sabido?), y la Corporación sa pregunta escandalizada: «Pues si las obras de D. Manuel Tamayo no pudieran honrar las Biblotecas españolas, ¿cuáles serían dignas de preferencia?&gt; En efecto,
¿cuáles? De seguro que no las de Novo y Colson. «Convendremos-prosigueen que la pregunta (alude a la que le kace el seño,· ministro) pueda ser efecto de
tramitación reglamentaria deferente para esta dependencia de la superioridad,
y no de _lamentable desco~sideración hacia el gran dramaturgo.• Convenido.
¿Qué opma la «dependencia de la superioridad,? Opina que «... lo solicitado...
es urgente en esta época de inundación y turbia literatura y de premeditado
de~acato contra los viejos escritores... La juventud modernista, necesariamente iconoclasta, ya que agota sus entusiasmos en la propia estimación, finge no
conocerle, después de saquearle, y le ultraja para eludir riesgos de competencia, po_rque es más fácil silbar al catedrático que aprer.der la asignatura.• Luego, el_rnfor~ante da_ un sallo atrás y escribe: «La labor esquisita del ingenio
p~rec~ó lesiva a los mtereses del pelotón de torpes, y el tribunal supremo de
ah.manas del Parnaso que despertaron al ruido del aplauso popular decretó
pnmero la flagelación y escarnio del escritor, y como este aún alentase, fué
condenado por la conspiracióu del silencio a la pena de muerte en vida (na/mente, la pena de muerte... en mue,·te debe de hacer muy poca impnsión); al destierro en pobladtl (¿po,· qué nor); a la incomunicación con su patria; al aislamiento
en el vacío o en ambiente deletéreo; porque los gases asfixiantes no son moder_na invención teutónica (jte veo, ge,·manófllo.?; ya en España la envidia literana había enseñado a envenenar el aire.•

�LA PLUMA
cEn el año de 1898 (At¡uf comienza el v,jamen de la gtneracidn del 98), afortunado y fecundo creador de superhombres, favorecidos con el prodigio de la
literatura infusa, y fundadores de una España nueva para su uso particular, se
exarcebó la crisis a la vez artística y social por la repentina irrupción en el
genio (¿será en et gremior) de compositores dramáticos, de mil o dos mil jóvenes, hasta entonces dedicadc,s a otras labores de su sexo, y que fijas las miradas de águila sobre las contadurías, reclamaron vacantes de ingenio dramático
bien retribuído y exigieron en tumulto el total programa de solidaridad y reivindicación obrera: igualdad de jornal, prohibición del destajo, obturación de
bocas inútiles, vía libre basta las cumbres del Parnaso y rebaja de edades para
el pase a la reserva de dramaturgos a fin de •refrescar las escalas,; y esto lo
han conseguido porque todos están frescos.,
Ya se conoce que esos dos mil jóvenes eran unos perdis; y, claro, &lt;qué iban
a hacer? Pues una barbaridad como esta: •Creyeron suficiente alzarse de puntillas (nunca l,a sido suficiente alzarse de puntillas) y estirar los brazos (¿para
clavar banderillast) para llegar con la punta de la pluma a dC'nde la de Tamayo trazó el surco luminoso, que no ven los ciegos de entendimiento ni los que
cierran los ojos por no admirar, y ante cuyos resplandores no tiene sombras
ni máculas la pureza artística, ni la Ciencia enigmas ni secretos, y cansados de
aquel martirio (el de estar de puntillas), inverso del de Don Quijote (que estarla de manos, por lo visto), reputaron más cómodo que el excelso poema dr&amp;·
mático descendiera a la altura de cualquier transeunto.,
(¡Hum! ¿Qué pretenderá hacer aquí ahora ese transeunte? Nada bueno, probablemente) ¿Y cómo se pone a su altura el poema dramático? Véase: cAI
efecto, prohibieron la forma poética, •ya llamada a desaparecer»; la tésis fundamental, el argumento ingenioso, la acción, la pasión, la emoción, el efecto
escénico, el estilo noble, el concepto profundo y la frase primorosa calificada
de latiguillos y embelecos cursis para engañar al inocente espectador; y con lo
poco que quedaba de lo que fué literatura, fabricaron el llamado arte •sincero,, que si lo fuese habría de declarar vencida su parva elocuencia por la pantomimo muda del cinematógrafo.• (¡Ah! Ya sabemos a dónde iba el transeunte:
al cine.) cEn esta que el pobre grande hombre !!amó e desdichada patria nuestra,
tan pródiga en coronas de laurel hasta para los que fueron del comercio de esta
corte, y en la que dentro de poco no podremos dar un paso sin tropezar con estatuas pre:naturas, al mismo tiempo que aguantamos a los eriginales, no ha habido un azulejo barato para inscribir el nombre del que es gloria nacional y orgullo de la R. A. E... ,
La Academia aprueba el •preinserto dictamen,, y D. Emilio Cotarelo, secretario de la cdependencia de la superioridad•, se lo comunica al director de
Bellas Artes. El cual se habrá quedado sin respiración. También nosotros. Pasado el primer susto, solicitamos de la Academia que eleve una estatua, aunque sea de las prematuras, al autor del informe, e inscriba su nombre en un
baldosín, que siemprl" costará menos que un azulejo, por barat~ que sea, y lo
ponga a la altura de cualquier transeunte... , 1para q.ie no tenga que alzarse de
puntillas cuando lo h&amp;ya menester!
256

r

1

I

MA DRID, MAYO 1921

1

NúM. 12. :

LOS CVERNOS
DE DON FRIOLERA
ESPERPENTO
SV A VTOR
DON RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN
ESCENA SEGUNDA
COSTANILLA DE SANTIAGO EL

.

Puerto.-Casas encaladas
t
.
VERDE, subiendo del
Pacheco, Pachequín el B~/bea zos florido~, morunos canceles.-:Juanito
ro, cuarenton coio y
· udo
torera y kepis azul raso-uea l
.•
:;
narzg , con capa
'
o
a guz.arra sentado ba · l • l
cotorra, chillón y cromático D ~ L
i_¡o e Jau ote de la
ae una c
.
. ona oreta, la señora tenienta, en la re a
asa fronteriza, se prende zm clavel en el rodete.
':l
PACHEQUfN.

17

Una jaca terciopelo,
Un trab_uco y un puñal...
A tus pies, gachona mía
Pongo todo mi caudal. '

�</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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            <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753230&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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              <text>La Pluma, 1921, Año 2, Vol 2, No 11, Abril</text>
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              <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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              <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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