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                  <text>MADRID
:~c.-,_ ,Ún'J ~-1¡211a ,:Ji·
,l. 1:;0·;'I OY.O, .l r ,

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ÍNDICE DEL VOLUMEN III" ~

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11

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1

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92J

1 1A

I

JULIO A DICIEMBRE

.,_.fa pluma es la que asegura castillos, coronas, reyes
y la que sustenta leyes.~

Páginas.

e~ NúM.ERo u c.1uL10)
Ramón del Valle-Inclán: Los cuernos de Don Friolera ........ .
Ramón Gómez de la Serna: Disparates..... . .. ~ ..... . .. . .... .
\
Pedro d·e· Répide: Estampas de Madrid ....... . ... . ....... . .. .
Jules Bertaut: Letras francesas... . . . . . . . . . . . . . . . ..... . ... . .
Mario Puccini: Letras italianas .. : . ........... . .. . . . ... . .. . . .
Libros y ·Revistas:· Miguel de Unamuno: Tres novelas' e_jemplaresr
J' un prólogo. El Cristo de Velázquez.-Juan José Domenchina: Del p oema eterno. Las i·nterrogaciones del sílencío.-Alberto Guilléri: La lt"nterna de Diógenes.- -Federico Schlegel:
Lucznda.-Francis de Miomandre: Le PavtÍlon du ·Manda j-ín.
•
,
e
Del sonido-ruido y su instrumental. . ... .. . ............ . .. .
\

u

IMPRENTA ARTÍSTICA DE SÁEZ !IERMANOS
NORTE, 21 . MADRID. TELÉFONO

17-65 J.

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.ul

u,

r.M- .1.

NúMBRO 15 (AGOSTO)

1

(

· . \ .no:;

Ramón del Valle-Inclán: Los cuernos de Don Friolera ........ .
Ernesto López Parra: Motivos nuevos.... .• ....• ;,, ... . ...... ~·.

65
86

�I •

LA PLUMA

LA PLUMA

Páginas.

89
96

Ramón Gómez. de la Serna:· Dis¡:,arates ....... .'. . ........... : .
Mario Puccini: Muestrario decadente. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Cardenio: Auto de las Cortes de.Burgos .. . .. . . . .. ·r . • . . . . . . .
Jorge Guillén: Encarnaciones...............................
Paul Colín: ·Letras alemanas.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Un critico incipiente: Teatros ............... : . . . . . . . . . . . . . .
Libros y R~vistas: Pedro Mata: lrresponsables.-Ramón Gómez
de la Serna: El Doctor in'lJerosimi'l.-Maria Enriqúeta: Sorpresas de la vida.-Federico G. Lorca: Libro de Poemas.Vale.n tín Andrés Álvarez: Reflejos... . .....................

,

100

110
113
119

122

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NÚMBRO 16 (SBP'.&amp;IBMBRB)
~

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Ramon Gomez de la Serna: Disparates.............. , . . . . . . . .
129
·
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V 1
Manuel Azaña: El jardín de los frailes . . .. .. . . .. :., -~-- . . . . . . . • .
138
Juan José Domenchina: Poesías . . ........... .. ........•.... :
143Don Juan Manuel: Guerras entre cristianÓs y moros. . . . . . . . . . .
146
Cardenio: Si el alarbe tornase vencedor ............ . ......... · 149
Pedro de Répidé: Estampas de Madrid ....... ~J• .'"! :•... ... ~....
160
Mario Puccini:
Létras
italian·
a
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....
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.
.
.
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.....
164
.
\
Jules Bertaut: Letras francesas..... .. ................. ........
173
1
Paul Colín: Letras belgas ............ . . .' .· . ... . . ... ·. . .. . • • • •
178
Libros y Revistas: Víctor Catalá: ·z:;a M~dre Ballena.-Luis Fer- .
nández Ardavín: El Hi.fo.-A. Hernahdez Catá: La voluntad · •
de Dios.-Marcel Proust: Por el cami'no de Swan.-César Falcón: Plantel de inválidós.-Enrique Barbussé: El resplandor
en el abúmo.-Antonio Battistella: La Repúblíca di Venezia
ne' suoi undü:i secolt' dí storia.- Revistas. . . . . • . . . . . . . . . . . . .
184
Necrología: Tomás Morales ..... ....... ~- .. • ... :. . .........
191
IV

Páginu.

NÚ.MBRO 17 (OCTUBRB)
Víctor Catalá: La hija de Carolí...... . ........... . •.........
Manuel Azaña: El jardín de.los frailes . .. ...... .'..... . .... . .
f:ernando González: Poesías ... . ......... .. ... . . .... . .:.. , .. .
B. Constant: Del espíritu de conquista... . . .. ..... : .. : ...•. . .
Paul Colín: Letras alemanas... . . . . ... . . .. ........ . . . .... . .
Dou glas Goldring: Letras inglesas ........................ . . .
Libros y Revistas: Pedro Prado: A lsino.-Luis y Agustín J\1illares: Doña Juana.-Francis Jammes: Rosario al sol.-Alfonso
Maseras: A la derzva.-Manuel R. Álvarez Puente: El naviero
Más -o La novela de la materia. l. Los szgnos.-ErckmanaChatrian: Historia de un quinto en .18z3.- R . Benja mín: Gaspar.-Magallanes Moure: Flori'legio.-Armando Zegrí: Máze,:va la de glaucos o.fos.-Alberto Guillén: El libro de las parábolas.-Manuel Díaz Rodríguez: Peregn'na, " el p ozo encantado.-Fernando Gil Mariscal: Girones.-Ant6n P. ·chejov:
Eljardín de los cerezos. José Fabio Garnier: A la sombra del
amor.-Arturo Schnitzler: .iJ.natol y A la ca;atúa verde ..... .

193 .
217
231
2 34
,238

244

r
. .J

NÚMBRO 18 (NOVIBMBRB)
Ramón Gómez de la Serna: Una noche en el cementerio...... .
2 57
Manuel Azaña: El jardín de los frailes .. . .. . .. . .. . ......... . .
264
C. Rivas Cherif: Alcor . . ..... . ...... . . .. .. .. . . ........ . ... .
2 74
Luis y Agustín Millares: La ley de Dios . . .. . . ... , . . ........ . . 278
Antonio Pérez: De un curioso guantero . ............. ; . . .... .
3o4
Luis Araquistáin: En torno a «Don Juan de E~paña» ......... .
306
Jules Bertaut: Letras francesas .. . ............. . ..... . ... . .. .
312
Libros y Revistas: Ramón M.ª Tenreiro: El loco amor.-J. Moreno Villa: Patrañas.-Manuel Ugarte: Poesías completas.Guillermo Jiménez: Constanza . . . . . . ...... . ... . .... .. ... .
317
V

�LA ?LUMA
Páginas.

NÚMBRO 19 (DICIBMBRB)
Ramón Pérez de Ayala: Apostillas y divagaciones: Niet'zsch~ ....1
Francisco A. de Icaza: Paisajes vistos y paisajes de'ensue:ño ...~.. .
Ramón Gómez de la Serna: El novelista. . . ..... , .:: ..... .'.. ~.
... . . . . . . . . . . . . . . .·e. . . . . . . . . . . . . . . . . .r . . .
, en Me¡1co.
Va11e-I ne1an
Paul Colin: Letras alemanas ........ . .. . ..... : .. .t_ • • • • • • • • • •
Mario Puccini: Letras italianas......... ... !1• ~ ••••• :-. . : . • • • • •
Douglas Goldring: Letras inglesas............ .. .........
Un crítico incipiente: Teatros: Hechi~o eslayo y estilo españ&lt;:&gt; •
Libros y Revistas: Francisco A. de kaza: Nz'etzsche, poeta.-C. R, .
vas Cherif: Un camarada más.-S. González Anaya: l:!,l castz'Llo de írds ,_v no volv'erás.-Daniel Ruzo: Así ha cantado la
Naturaleza.-Paolo Monelli: Le s_rarpe al scle.-Jean GaltierBoissiere: Lot'n de la nfftette............ . ,.... .. ... ·,·......
..

J

.

J21

337
342

357
359
365
371
379

379

�AÑ O II.

1

~lADRID, JULIO 1921

1

NÚM. 14.

~

LOS CVERNOS
DE DON FRIOLERA

ESPERP ENTO ~ SV A VTOR
DON RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN
ESCENA OCTAVA
UNA SALA CON MIRADORES QUE avistan la marina. Sobre la como/a, grandes caracoles S01lQros y conchas perleras. El espejo
bajo un tul. En las paredes, papel con kioscos de Mandarines, escali1tatas y esquifes, lagos azules entre adormideras La sierpe de mz acordeóll, al pie de la consola. En la cristalera del mirador, toman cafe y
discuten tres seiiores oficiales: Levitines azules, pantalones potrosos, calvas !u.cientes, un feliz aspecto de relojeros. Conduce la discusión Don L auro Rovirosa, que tiene un ojo d~ cristal,y cuando·lzabla, solamente mueve
un lado de la cara. r..s teniente veterano graduado de capitán. Los otros

�LA PLUMA

LA PLUMA
!.
.1

dos, muy diversos de aspecto entre sí, son, sin embargo, de un parecido
obsesionante, como acontece con esas parejas matrimoniales, de viejos un
poco ridículos. Don Gabino Campero, filarmónico y orondo, está en el
grupo de los gatos. Don Mateo Cardona, con sus ojos saltones, y su
boca de oreja a ore¡a, m el de las ranas.
EL TENIENTE ROVIROSA

Para formar juicio, hay que fiscalizar los hechos. Se trata de condenar a un compañero de armas, a un hermano que podríamos decir.
Acaso nos veamos en la obligación de formular una sentencia dura,
P,ero justa. Comienzo por advertir a mis queridos compañeros que
me pronuncio contra todos los sentimentalismos.
EL TENIENTE CAMPERO

¡En absoluto conforme! Advirtiendo que la justicia, no excluye la

me adornase la frente S h
militares ·
· e abla, sin record
han salido de la clase d/~r¿~=-l~
~ejo~es cabezas
poleón, pi:~~1!:,re
...
• 1 nm, p1stolo! ¡Na-

·S

I

EL TENIENTE CARDONA

' oo. Napoleón era procedente de la Acad em1a
. de Artillena.
,
.

EL TENIENTE CAMPERO

,Puede ser' Pero el
cedía
de la cl;se de tropa,
general
Morillo
que le dió en 1~ cresta, pro,
y había
sido mozo
en un mohno.

·C
EL TENIENTE ROVIROSA
orno el rey de Nápoles, el,famoso general Murat!

.1

T

EL TENIENTE CAMPERO

engo leído alguna cosa de
te. ¡Napoleón le tenía m1·edo.'
ese general. Un general muy valien-

1 .

clemencia.

EL TENIENTE CARDONA

EL TENIENTE CARDONA

Hay que obligarle a pedir la absoluta. El Ejército no quiere ca-

¡Tanto como eso, teniente Campero!

brones.

•
EL TENIENTE ROVIROSA

¡Evidente!

ET, n:NIENTE CARDONA

DON LAURO RUBRICA con un gesto tan terrible, que se le salta el ojo de cristal. De un zarpazo, lo recoje rodante y trompicante en
el mármol del velador, y se lo incrusta en la órbita.
EL TENIENTE CARDONA

Se trata del honor de todos los oficiales, puesto en entredicho
por un teniente cuchara.
EL TENIENTE CAMPERO

¡Protesto! El cuartel es tan escuela de pundonor como las Academias. Yo, procedo de la clase de tropa, y no toleraría que mi señora
2

EL TENIENTE CAMPERO

Viene en la Historia.
No la he leído.
,

EL TENIENTE ROVIROSA

A m,, personalmente ' los f·1anceses me empalagan.
EL TENIENTE CARDONA

Demasiados cumplimientos.
EL TENIENTE ROVIROSA

Pero hay que. reconocerles valentía. ¡Por algo son
nosotrps.
latinos, como

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL TENIENTE CARDONA

ENTE ROVIROSA

Desde que hay mundo, los españoles les hemos pegado. siemwe
a los gabachos .
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la perfección el tagalo!

' EL TENIENTE ROVIROSA

IENTE CARDONA

¡Y es natural! ¡Y se explica! ¡Y se compi:ende perfectam·enfe_! Nosotros somos moros y latinos. Los primeros soldados, según Lord
Wéllington. ¡Un inglés! '.. ; '\... ¡ f' • l .
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EL TENIENTE CAMPERO ~ •
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A mi parecer, lo que más tenemos es sangre mora. Seºvé en los
ataques a la bayoneta:, , :•
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ENTE CARDONA

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DON LAURÓ ROVJROSA alza y baja una ceja, 1d mano puesta sobre el ojo de cristal, por si ocurre que se le antoje dispararse.
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EL TENIENTE ROVIROSA

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¡Evidente! Somos muchas sangres, pero prepondera la africana.
Siempre nos han miradó con envidia otros pueblos, y hemos tenido
lluvia de invas9res. ' Pero todos, al cab.o de llevar algún tiempo viviendo bajo este hermoso sol, acabaron por hacerse españoles.

NTE CARDONA

ra mí un páraíso. Cinco años sin un
ervarme ~e. comer, beber, y lo que

EL TENIENTE CARDONA
ENTE CAMPERO

Lo que está ocurriendo actualmente con los ingleses de Gibraltar

on muy aceptables!

EL TENIENTE CAMPERO

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Y en Man-uecos. Allí no se oye hablar mas que árabe y español.

11

baño, les ponía una camisa de nipis,

EL TENIENTE CARDONA

¿Tagalo, no?

fSTREMECE íos cristales del mirasobre las barbas, la panza se infla con
; el velador las tazas del café, salta el
·u ojo de cristal el teniente Don Lauro

EL TENIENTE CAMPERO

Algún moro del interior. Ya casi va perdido.
EL TENIENTE CARDONA

Yo había aprendido alguna cosa de tagalo en Joló. Ya lo llevo
olvidado: Tanbú, que quiere decir puta. Nital budila: Hijo de mala
madre. Bede tuki pan pan bata: Voy 'a romperte los cuernos!
4

-- --¡Aun de alegría me crispo al recordar su tesoro!
ENTE CARDONA

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�LA PLUMA

LA PLUMA
EL TENIENTE CARDONA

EL TENIENTE ROVIROSA

Desde que hay mundo, los españoles les hemos pegado siem~re
a los gabachos.
EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE CARDONA

¡Y es natural! ¡Y se explica! ¡Y se compi:ende perfectamente_! Nosotros somos moros y latinos. Los pri_meros soldados, según Lord
1
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Wéllington. ¡Un inglés!
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A mi parecer, lo que más tenemos es sangre mora. Se· vé en los
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¡Lo más indispensable para la vida!

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EL TENIENTE ROVIROSA

¡Evidente! A mí se me ha olvidado lo poco que sabía, e hice toda
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EL TENIENTE CARDONA

Yo he pasado cinco años en Joló. ¡Los mejores de mi vida!
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¡Evidente! Somos muchas sangres, pero prepondera la africana.
Siempre nos han mirado con envidia otros pueblos, y hemos tenido
lluvia de invas9res. · Pero todos, al cab.o de llevar algún tiempo viviendo bajo este hermoso sol, acabaron por hacerse españoles.
EL TENIENTE CARDONA

Lo que está ocurriendo actualmente con los ingleses de Gibraltar
EL TENIENTE CAMPERO

Y en Marruecos. Allí no se oye hablar mas que árabe y español.
EL TENIENTE CARDONA

¿Tagalo, no?
EL TENIENTE CAMPERO

Algún moro del interior. Ya casi va perdido.
EL TENIENTE CARDONA

Yo había aprendido alguna cosa de tagalo en Joló. Ya lo llevo
olvidado: Tanbú, que quiere decir puta. Nital budila: Hijo de mala
madre. Bede tuki pan pan bata: Voy a romperte los cuernos!

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EL TENU:NTE CARDONA

¡Aun de alegría me crispo al recordar su tesoro!
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LA PLUMA
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EL TENIENTE CARDONA

EL TENIENTE ROVIROSA

Desde que hay mundo, los españoles les hem~s pegado sieml!re
a los gabachos.

¡Al parecer, posee usted a la perfección el tagalo!

EL TENIENTE ROVIROSA
EL TENIENTE CARDONA

¡Y es natural! ¡Y se explica! ¡Y se comp.i:ende perfectamenfel Nosotros somos moros y latinos. Los primeros soldados, según· Lord
Wéllington. ¡Un inglés!
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A mi parec~r, lo que más tenemos es sangre mora'. Se: vé en Jos
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¡Lo más indispensable para la vida!
EL TENIENTE ROVJROSA

¡Evidente! A mí se me ha olvidado lo poco que sabía, e hice toda
la campaña de Mindanao.
EL TENIENTE CARDONA

DON LAURO RO V/ROSA a/::ay baja una ceja, la' mauo p uesta sobre el oj o de cristal, p or si ocurre que se le antoje disp ararse.
• ) . E L TENIENTE &gt;R OVIROSA

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¡Evidente! Somos muchas sangres, pero prepondera la africana.
Siempre nos han mirado con envidia otros pueblos, y hemos tenido
lluvia de invas9res. Pero todos, al cabo de llevar algún tiempo viviendo bajo este hermoso sol, acabaron por hacerse españoles.
EL TENI ENTE CARDONA

Yo he pasado cinco años en Joló. ¡Los mejores de mi vida!
EL TENIENTE ROVIROSA

No todos podemos decir lo mismo. Mindanao, tiene para mí mal
recuerdo: Enviudé, y he perdido el ojo derecho, de la picadura de un
mosquito.
EL TENIENTE CARDONA

La isla de Joló, ha sido para mí un páráíso. Cinco años sin un
mal dolor de cabeza, y sin reservarme ~e comer, beber, y lo que
cuelga.
EL TENIENTE CAMPERO

Lo que está ocurriendo actualmente con los ingleses de Gibraltar

¡Las Batas de quince años, son muy aceptables!

EL TENIENTE CAMPERO

EL TENIENTE CARDONA

Y en Marruecos. Allí no se oye hablar mas que ára be y español.
¿Tagalo, no?

EL TENIENTE CARDONA
EL TENIENTE CAMPERO

Algún moro del interior. Ya casi va perdido.
EL TE NIENTE CARDONA

Yo había aprendido alguna cosa de tagalo en Joló. Ya lo llevo
olvidado: Tanbú, que quiere decir puta. Nital budila: Hijo de mala
madre. Bede tuki pan pan bata: Voy a romperte los cuernos!
4
1

¡De primera! Yo las daba un baño, les ponía una camisa de nipis,
y como si fuesen prin'cesas.
SU RISA TRIUNFAL ESTREMECE los crístales del mirador, la ceniza del cigarro vuela sobre las barbas, la panza se infla con
rm regoctfo saturnal. Bailan en el velador las tazas del café, salta el
canario en la j aula, y se sujeta su ojo de cristal el teniente Don Lauro
Rovirosa.
EL TENIENTE CARDONA
l

il

¡Aun de alegría me crispo al recordar su tesoro!

s.

�LA PLUMA
LA PLUMA
EL TENIENTE CARDONA
EL TENIENTE ROVIROSA

Permítanme ustedes que les recuerde el objetivo que aquí nos
reúne. Un primordial deber, nos impone velar por el decoro de la familia militar, como ha dicho en cierta ocasión el heroico general Martínez Campos·. Procedamos sin sentimentalismos, castiguemos el deshonor, exoneremos de la familia militar al compañero sin, sin, sin...
EL TENIENTE CARDONA

Posturitas de gallina.

¿Qué retiro le queda?
EL TENIENTE ROVIROSA

¡El máximo! No se muere de hambre. Todavía junta al retiro, dos
pensionadas.
EL TENIENTE CARDONA

¡No hay como esos pipis para tener suerte! Este cura no tiene ni
una pensionada. Y ha servido en Joló, en Cuba y en Africa.
EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE ROVIROSA

La frase no es muy parlamentaria.
EL TENIENTE CARDONA

¿Queda o no queda admitida?

Pero usted ha estado siempre en oficinas.
EL TENIENTE CARDONA

Porque tengo buena letra. ¡No me haga usted de reír!
EL TENIENTE R0VIROSA

EL TENIENTE CAMPERO

Admitida. No nos ruborizamos.

Usted poco ha salido a campaña.
EL TENIENTE CARDONA

EL TENIENTE ROVIROSA

Meditemos un instante y puesta la mano sobre la conciencia, dictemos un fallo justo. El apuntamiento reza así:

¿Es que solamente se ganan las cruces en campaña? ¡El Rey tiene
todas las condecoraciones, y no ha estado nunca en campaña!
EL TENIENTE CAMPERO

EL TENIENTE CARDONA

Prescindamos del cartapacio.

¡Ha estado en maniobras!
EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE CAMPERO

¡Conforme!
EL TENIENTE ROVIROSA

La cuestión está situada entre estos dos conceptos que llamaremos de justicia y de gracia. Primero: ¿Al teniente Don Pascual Astete y Bargas, se le expulsa de las filas pronunciando sentencia un
Tribunal de Honor? Segundo: ¿Se le llama ,y amonesta y commina,
de un cierto modo confidencial, para que solicite la absoluta? Yo creo
haber declarado que me pronuncio contra todos los sentimentalismos
6

No es cuestión del Rey. El Rey es un símbolo, una representación de todas las glorias del Ejército. Pero nos hemos salido de la
cuestión, sin haber llegado a un acuerdo. Recapitulemos. ¿Se commina privadamente al supradicho oficial para que solicite el retiro? ¿Le
exoneramos públicamente, constituídos en Tribunal de Honor?
EL TENIENTE CARDONA

Propongo que se le llame, y cada uno de nosotros, le atice un capón. ¿Es que vamos a tomar en serio . los cuernos de Don Friolera?
7

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL TENIENTE CARDONA

EL TENIENTE ROVIROSA

Yo creo que sí. Oigamos sin embargo lo que opina el teniente
Campero.
EL TENIENTE CAMPERO

¡Partamos a la guerra de los Treinta Años!

ESCENA NOVENA

Es muy duro sentenciar sin apelación.
EL TENIENTE ROVIROSA

Nuestro fallo iría en consulta a la Superioridad.
EL TENIENTE CAMPERO

La justicia no excluye la clemencia.
EL TENIENTE ROVIROSA

¡Evidente! ¿Quieren ustedes delegar en mí, para que visite al teniente Don Pascual Astete?
EL TENIENTE CAR.DONA

EL HUERTO DE DON FRIOLERA, a la puesta del sol.-La
tapia rosada, los nara1~jos de esmaltes profundos, el fruto de oro. La
estrell~ de una alberca entre azulejos.-Bajo la luz verdosa del emparrado, medita la sombra de Don Friolera: Parches en las sienes, babuclzas moras, bragas azules de un uniforme viejo, y jubón amarillo de
Jranela. El teniente aparece sentado en un banquillo de campamento, tiene a la ni1ia cabalgada y la contmipla con ojos vidriados y lánguidos
de perro cansino. Mano/ita lleva el pelo sujeto por un arillo de coralina,
las medias caídas y las cintas de las alpargatas sueltas. Tiene el aire
triste, la tristeza absurda de esas muñecas emigradas en los desvanes.

Por mí, delegado.
MANOLITA
EL TENIENTE CAMPERO

Por mí, tal y tal.

¡Papitolín, procura distraerte!

L •t

DON FRIOLERA
EL TENIENTE ROVIROSA

Profundamente agradecido a la confianza ·depositada en mí, creo
que procede reunirnos esta noche. Yo traeré un borrador del acta, y
si ustedes están conformes, la firmaremos.

¡No pu._edo! Tu tierna edad te dicta esas palabras. 'Serás mujer y
comprenderás lo que entre tu .padre •y tu_ madre ahora se pasa. Tu
padre, el que te dió el ser, no tiene honra, monina. La prenda más
estimada, más que la hacienda, más que la vida!. .. ¡Friolera!

EL TENIENTE CAMPERO

MANOLITA

Hay que pagar el café.

¡Papitolín, no tengas malas ideas!

EL TENIENTE ROVIROSA

Yo soy huésped en la casa, y los convido a ustedes.

L os tus estan en pie: Se abotonan los lev#ines, se ciñen las espadas, se ladean el ros mirándose de reojo en el espejo de la consola.
8

oo:,;

FRIOLERA

¡Me quemo en su infierno!
M.\NOLITA

jPapitolín, alégrate!

'

�L,A PLUM A

LA PLUMA
DON FRIOLERA

¡No puedo!
MANOLITA

MANOLITA, REPENTINAMENTE COMPUN GIDA, besa
la mejilla del viejo, que le acaricia la cabeza, y suspira, arrugado ef
pergamino del rostro con una mueca desconsolada.

¡Ríete! ;
DON
DON FRIOLERA

¡'
; i

¡No puedo!

FRIOLERA

¡Lástima que seas tan niña!
MANOLITA

1
MANOLITA

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¡Porque no quieres!

·1

¡Ya seré grande!
DON FRIOLERA

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DON FRIOLERA

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,.
I' 11

•,, 1

Yo no lo veré.

¡Porque no tengo honor!

MANOLITA

MANOLITA

¡Si tal!

¿Papitolín, te traigo la guitarra para distraerte?
DON FRIOLERA

DON FRIOLERA

¿Tú no sabes que me he muerto esta noche?
MANOqTA

¡Para llorar mis penas!

¡Te vas a volver loco, papitolin!
MANO LITA TRAE LA GUITARRA, Don Friolera la templa
con gesto lacrimatorio, que le estremece el bigote mal teñido. Los ojos.
de perro, vidriados y mortecinos, se alelan mirando a la niña.
DON

FRIOLERA

DON FRIOLERA

¡Ya lo estoy!
MANOLITA

Con la guitarra ~e distraes.
DON FRIOLERA

¡Eres la clavellina de mi existencia!

¡Se acabó el mundo para este viejo!
MANOLITA
MANOLITA

¡Papitolín, cuánto te quiero!

Toca «El Contrabandista&gt;.
DON FRIOLERA

¡Friolera!
10

DON

Veré si puedo.

FRIOLERA

�,

_ LA PLUMA

LA PLUMA
DON FRIOLERA RECORRE LA GUITARRA con una falseta, y rasguea el acompañamiento de una copla, que canta con voz que- ,
brada, y jiponcios de mucho estilo.
·
;, "f·
COPLA DE DON FRIOLERA

¡Ya se acabó mi ventura!
¡Ya se acabó mi consuelo!
¡Ya no tengo quien me diga
ojitos de terciopelo!

mente ocurren entre_familias de ciertos sujetos que vienen rodando
la vida... Me~gues y Dengues y Perendengues. , . · ,
FRESCA Y POMPOSA, CON peinador de muchos lazos, la escoba en lá 1nano, y un clavel en el rodete, la señora tenienta asoma ett
el huerto.
DOÑA LORETA

¿Qué picotea usted, Doña Tadea?
DOÑA TADEA

En una buharda, por encima de los tejados, aparece la cabeza pelona
de Doña T adea Calderón.

'
Primero, son las buenas tardes, señora tenienta.
DOÑA LORETA

DOÑA TADEA

Después del tiberio nocturno, ahora esta juelga. ¡Tien~ usted a
todo el vecindario escandalizado, señor teniente!
DON FRÍOl:.ERA

'·

Para usted serán buenas.
DOÑA TADEA

Y para usted, pu~s tiene el bien de la sa!ud.

¿Que pide el honrado y cabrón vecindario, Doña Tadea?

0EA

DOÑA L OR ETA

0

DOÑA TA

Para mí, son muy negras.

Para poner tachas, no es usted el más competente, Don Vihuela!
MANOLITA

I

¡Cotillona!

DOÑ A TADEA

¡La compadezco!

,..
DOÑA TADEA

¡Mocosa! Con los ejemplos que recibes no puedes tener otra
-crianza!
DON ~'RIOLERA

A usted, la cazo yo de un tiro, como a un gorrión ¡Friolera!
DOÑA TADEA

Yo, saco la cara por mi pueblo. Adulterios y licencias, acá sola-

MANOLITA

¡Cotillona!
DOÑA TADEA

¡Déle usted un revés a esa moña! ¡Edúquela usted, señora
tenienta!
DOÑA LORETA ·

Disimule usted, Doña Tadea.
13

, 2

�LA PLUMA

LA PLUMA
DON

~'RIOLERA

¡:--liños y locos pregonan verdades!
DOÑA TADEA

DOÑA T ADEA CALDERÓN, cierra de golpe el ventano, la te-t'tienta éntrase a la casa con un remangue, y el teniente rasguea la guitarra con repique de los dedos en la madera.

¡Chiflado! ¿Es conducta a la noche querer matar a la mujer, y
.ahora esta juelga?

COPLA DE DON FRIOLERA

Una bruja al acostarse
se dió sebo a los bigotes,
y apareció a la mañana
comida de los ratones

DOÑA LORETA

Déjele usted, que se distraiga de su tema.
DOÑA TADEA

¡Así le deje el mundo!
DON FRIOLERA

¿Halla usted la guitarra desafinada? Voy a templarla, para can-tarJa a usted una petenera.

DOÑA TADEA ABRE REPENTINAMENTE el venta1io, al
.final de la copla, y aparece con un guitarrillo, el petjil aguzado, los ojos
encendidosy redondos, de pajarraco. Rasguea y canta con voz de clueca.
COPLA DE DOÑA TADEA

DOÑA TADEA

¡Cuatro cuernos del toro!
¡Cuatro del ciervo!
¡Cuatro de mi vecino!
¡Son doce cuernos! .

¡Insolente!
DON ~'RIOLERA

Ya me saltó la prima.
DOÑA LORETA

Mira si puedes empalmarla, Pascual.
DON FRIOLERA

Voy a verlo. No tiene muy buen avío.

MANO LITA CORRE POR EL HUERTO llenando el delantal
de naranjas podres, y vuelve al lado de su padre. Don Friolera deia la
guitarra sobre el banquillo, y pone en el ventano el blanco de un ¡ Pin!
JPan! ¡Pun! Doña Tadea aparece y desaparece.

DOÑA LORETA
DOÑA TADEA

¡Son dos reales!
DON FRIOLERA

¡Grosero!

Ya lo sé, Loreta.

DON FRIOLERA
DOÑA TADEA

¡Pin!

¡Al cabo, son ustedes gente que viene ,rodando!

DOÑA TADEA.

{Papanatas!

�LA PLUMA

LA PLUM A
DON füHO f,ERA

DON FRIOLERA

¡Pan!
DOÑA TADEA

¡Buey!
DON FRIOLERA '

¡Pun!

···

ESCENA DÉCIMA

LA GARJTA DE LOS CARABINEROS en la punta del 11tuelle,
siempre batida por la bocana de aire. Noche de_ luceros en el recuadro
del ventanillo. Un fondo divino de oro azul para los aspavientos de un
fantoche. Don Friolera se pasea. Tras de su sombra, va y viene el perrillo. Don Friolera mece la cabeza con mucho compás. De pronto se
detiene y cruzando las manos a la espalda, hinca la mirada en el ángulo
de sus botas donde juega Merlín.

¡Era feliz! ¡Friolera! ¡Indudablemente era feliz sin haberme enterado! ¡Friolera! ¡Friolera! ¡Friolera! El mundo es engaño y apariencia:
Se enteran los mirones, y uno no se entera: ¡Ni de lo bueno ni de lo
malo!... ¡Uno nunca se entera! Yo me quejaba de mi suerte, y nada
me faltaba. Todo lo tenía dentro de mi jaula! ¿Cuándo me entero?
¡Cuando todo lo pierdo! ¡Cuando nada de aquello me resta! Estas
tras~adas no pueden ser obra de Dios. Al que las sufre, no puede
pedirle que colabore con el Papa. ¡Friolera! Este tinglado lo gobierna
el Infierno. Dios no podría consentir estos dolores: :Ni Dios ni
ninguna persona de conciencia. ¡Friolera! ¡Todo lo tení~ y no te~go
nada! ¿Qué iba ganando con dejarme 'corito el Padre Eterno? Le est~y dando vueltas, y e~te cisma n o es obra de ninguna cabeza supen or: Puede ser que Dios y Satanás se laven las manos. Toda esta
tragedia, la armó Doña Tadea Calderón. Con una palabra me echó
al cuello la serpiente de los celos. ¡Maldita sea!
ENTRA UNA RÁFAGA DB VIENTO marino,y se arrebatan
las hojas del calendario, colgado en un ángulo. La llama del quinqut
se abre en dos cuernos. En la puerta, con la mano ante el ojo de cristal
está el teniente Rovirosa.

DON FRIOLERA

EL TENil:NTE ROVIROSA

¡Vamos a ver! ¿No puedes estarte quieto un momento con la borlita del rabo?

¡Buenas noches, Pascual!
DON FRIOLERA

Merlín bosteza, y entre los colmillos alarga la lengua blanca, cámo
si se consultase de sus males. Don Friolera le aparta con un signo estrambótico de sabio maniático. El perrillo se levanta en dos patas, y
hace una escala de ladridos en la segunda octava. Una gracia que le
mseñó la tenienta. Don Friolera siente el alma cubierta de recuerdos: El
canario, la gata, la niña, la esco~a de Doña L'oreta. El guitarreo desafinado de Pachequín. El perfil de bruja de Doña Tadea.
16

¡Buenas!
EL TENlffNTE ROVIROSA

¿Muerde ese perrillo?
DON FRIOLERA

No tiene esa costumbre.
2

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE ROVIROSA

Sin embargo, podría usted llamarle.

.t--io puede usted contestar en esa forma a mi requerimiento.

DON FRIOLERA
DON FRIOLERA

No hay inconveniente. ¡Ven acá Merlín!

Pues así contesto.

DON FRIOLERA, DÁ PALMADAS en una silla. Merlín, se
encarama de ztll salto, y moviendo la borla del rabo, se acomoda.

·-

EL TENIENTE ROVIROSA

Pascual, sea usted razonable.

EL TEJ\IENTE ROVIROSA

DON FRIOLERA •

Me trae un enojoso asunto.
DON FRIOLERA

1
/

EL TENIENTE ROVIROSA

.!,,o adivino.
EL TENIENTE ROVIROSA

Mi visita tiene un carácter a la vez privado y oficial. Un hombre
de ciencia le llamaría anfibio. Yo no lo soy, y tampoco me creo autorizado para emplear esos términos.
DON FRIOLERA

¿Quiere usted sentarse? Deja esa silla Merlín.
EL TE::-IIENTE ROVIROSA

Estoy más tranquilo conque la ocupe el perrito.
DON FRIOLERA

¡Bueno!

Se expone usted a que los oficiales adoptemos una resolución
muy seria.
DON

FRIOLERA

Pueden ustedes cantarme el gori-gori.
EL TENIENTE ROVIROSA

No adelantemos los sucesos. En la reunión de oficiales, se ha
acordado que usted solicite el retiro.
DON FRIOLERA

¿Y por qué? ¿Porque no tengo honor?
EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE ROVIROSA

Teniente Astete, un tribunal compuesto de oficiales, me comisio0
na para conocer los antecedentes del enojoso contratiempo ocurrido
entre usted, y su señora.
DON FRIOLERA

He resuelto no hablar de ese asunto.
18

No quiero.

Sobre nuestras decisiones no puedo admitir controversia.
DON FRIOLERA

Mi5 cuernos no son una excepción en la milicia.
EL TENIENTE ROVIROSA

Respete usted el honor privado de nuestra gloriosa oficialidad.
19

�LA PLUMA
LA PLUMA
EL TENIENTE ROVIROSA

DON FRIOLERA

Ningún militar está libre de que su ~eñora le engañe: ¡Friolera! En
ese respecto, el fuero no hace diferencia de la gente paisana.
EL TENIENTE ROV1ROSA

Real y verdaderamente, se impone un acto de demencia.
DON FRIOLERA

¡Y lo tendré!

¡Evidente! ¡Pero se impone no tolerarlo!
DON FRIOLERA

¿Y sabe usted mi intención oculta? ¡Pin! ¡Pan! ¡Pun!

EL TENIENTE ROVIROSA

¡Chóquela usted, Pascual! Deploro que ese granuja no sea un caballero, porque me da el corazón que le hubiera usted pasado de
parte a parte.

EL TENIENTE ROVIROSA

No sea usted guillado y solicite el retiro.

DON FRIOLERA

¡Friolera!

DON FRIOLERA

¿Usted qué haría en mis circunstancias?
EL TENIENTE ROVIROSA

Si contestase a esa pregunta, contraería una gran responsabilidad.

EL TENIENTE ROVIROSA

Para mi, los desafíos representan un adelanto en las costumbres
sociales. Otros opinan lo contrario, y los condenan como supervivencia del feudalismo. ¡Pero Alemania, pueblo de una superior cultura, sostiene en sus costumbres el duelo! ¡Para usted la desgracia ha
sido la mala elección por parte de su señora!

DON FRIOLERA
DON FRIOLERA

¿Usted lavaría su honor?

Le cegó ese pendejo.

EL TENIENTE ROVIROSA

¡Evidentel

¡Evidente!
DON FRIOLERA

¿Con sangre?

DON FRIOLERA

Mañana recibirá usted las dos cabezas.
EL TENIENTE ROVIROSA

¡Evidente!
DON FRIOLERA ·

Mañana recibirá usted en su casa, d~s cabezas ensangrentadas.
20

EL TENIENTE ROVIROSA

EL TENIENTE ROVIROSA

¡Déme usted un abrazo Pascual! ¡Pulso firme! ¡Animo sereno! El
Tribunal de Honor, fiado en la palabra de usted, suspenderá toda
decisión.
21

�LA PLUMA
DON

FRIOLERA

Hágale usted presente mi gratitud.
EL TENIENTE ROVIROSA

Será usted complacido en tan honroso deseo.
DON FRIOLERA

Si hoy tengo perdida la estimación de mis queridos compañeros,
e_spero que pronto me la devolverán.

DISPARATES

EL TENIENTE ROVIROSA

Yo también lo espero.

EL VAGÓN DESPERTADOR

DON FRIOLERA

¡Pin! ¡Pan! ¡Pun!

MERLÍN ENDEREZA LAS ORE'_JAS,y de un salto se arroja a
la puerta de la garita, desatado en ladridos, terrible la borla del rabo.
Don Friolera gesticula ajeno a los ladridos del faldero, y está, con una
mano en el ojo de cristal, y otra en el puño de la espada, el teniente Don
Lauro Rovirosa.
(Coni:luirá.)

22

n

o siempre había pensado que sólo con una especie de asociación de ideas, con una aplz'cación, con un modo nuevo de
ordenar las cosas estaría resuelto el invento que se podría
llamar del VAGÓN DESPERTADOR.
El despertador en mi mesilla porque no había nadie que me
llamas~ en esa casa en que trabajo y en que no tengo ni servidumbre, he
pensado' mucho en ese aprovechamiento de los despertadores para realizar ciertos viajes.
En efecto, esa sensación de viajar que provoca el despertador, ese
golpeteo de un tren expreso, interminable, que no para en las estaciones, me hizo por fin encontrar la manera de viajar los viajes más extensos y circulares.
He conseguido que provoque el paisaje de tal modo el despertador,
que no hay medio de diferenciarlo del paisaje natural, de todos los paisajes que he visto a través de mis viajes. Enteramente lo mismo con todos los detalles de luz, de matices; hasta cuando viajo por Suiza, los
mismos timbres en las estaciones, aquellas campanas timbrológicas.
Puedo decirlo ya. He conseguido ordenar el despertador con los viajes. No podré decir cómo lo he conseguido, pero lo he conseguido. Me
aproveché para ello de la unión del espacio y del tiempo.
Todas las noches-es decir, todas fas mañanas porque yo me acuesto a las siete y media de la mañana-pido billetes para un nuevo viaje,
y me voy en el tren rápido de lujo del despertador. Le doy cuerda a las
dos llaves, le pongo a las dos y media de la tarde, le desembrago el tim23

�'I
'

.LA PLUMA

LA PLUMA

bre que el día anterior contuve con la manivela que tiene para el timbre y me acuesto y me duermo, es decir, entro en mi reservado del sueño, en ese vagón en cuya portezuela cuelga el RESERVADO que indigna a
.,
.
los demás viajeros.
Así ahora cuando oioo una conversacion sobre automóviles y me
marean con las nuevas afarcas, y el uno me dice como si lo que tuviese
fuese un niño:
-Yo tengo un «Bebé» ...
Y el otro me dice como si se tratase de otro rorro:
- Y o tengo un Rol-Roicce ...
Yo digo:
-Y yo tengo un despertador.

EL DEGÜELLEN DE LAS ALABARDAS
Los alabarderos son los soldados que cortan más el aire con sus
vueltas y medias vueltas.
Es algo de una gran elegancia como todos los sol?ados que llevan
alabardas, desde los que sirven al Papa hasta los que sirven a los Reres;
giran sobre sus talones y sus alabardas hacen una curva cortante y limpia como el sol.
.
Sin embargo, era de teme~ _lo que po,r fi_n ha sucedido.
Era un día de gran proces10n y de publico congre0 ado en las calles.
Los alabarderos pasaban por la calle concurrida y al dar la vuelta en la
esquina en que se congregaba un grupo numero~~ de gentes, ras, za~, .
zis las alabardas cortaron con el lado de afilad1sima hacha en media
lu~a, las cabezas de todo el grupo: «Cinco señor~s, seis ~ujeres del pueblo, quince. soldados, dos curas, diez caballeros bien vestidos, doce ob'.eros, y cinco niños de los que tenían en brazos sus madres para que viesen pasar la tropa».
Día de luto fué el día en que d\eron esa vuelta fatal, &lt;:ortante, cercenadora, elegante como la del cuchillo cuando corta el platano, los alabarderos de la reina.
Todas las cabezas cortadas con fantástica precisión cayeron a un lado
y los cuerpos por un momento se quedara~ en pi~ y en haz como esos
maniquíes que también sir,i cabeza presencian la tiesta de la calle en las
afueras de la gran sastrena.

EL TIMBRE
Sonó el timbre en mi oído insistente, inacabable, como si hubiese
puesto el dedo en el botón co; tal fuerza que se hubiesen quedado en
24

contacto interminable las dos rodajas; las dos mondaduras de cobre de
la almeja sonora.
Estuve por gritar, llamando a mi criada: «¡Pero, María; que están
llamando hace una hora! ¿No oyes?»
Toda la casa, todo el mundo debía de estar oyendo el timbrazo que
•era como un calambre de la casa.
.
- ¡Que pase! ¡Que le abran!-dijc cerrando los ojos con fuerza, como
s i fuese a ver así el fondo oscuro de la habitación y la puerta a que llamaban y por la que alguien debía aparecer.
En la penumbra de mi cabeza, como abriéndose y prolongándose
·una rendija, apareció un dintel iluminado y apareció la sombra blanca.
Entonces me despedí de la vida y me MORÍ.
¡Ah! Pero al fin se calló el timbre,inaguantable que amenazaba con
trn horror mayor que el de la muerte, si no se callaba en seguida.

LA SEÑAL PARA LOS AUTOS
Este atentador contra la vida de los demás fué uno de los mayores
malvados de la Humanidad. Se colocan en primer término de la criminalidad a los regicidas; pero eso no acaba de estar bien pensado. Claro
que si se tratase de hacer la formación para el día final con todos los
.que fueron ejecutados por la justicia, los jefes, los cabos gastadores, los
que abrirían filas en ese escuadrón de muertos serían los regicidas.
Este malvado se quiso divertir aunque no fuese más que un solo d ía
en la vuelta aquella de la carretera.
Siempre se había dicho: «¿Y si yo quitase esa señal que orienta a los
.automóviles al dar vuelta?» «¿Quitarla?-se había respondido a sí mismo-. No. Porque les chocaría a los conductores encontrar punto tan
estratégico sin señal ninguna. Quitarla, no; pero sustituirla ... »
Durante mucho tiempo estuvo tentado de darse tamaño espectáculo
-sustituiría'la S, que señala la revuelta, y pondría en su lugar la V de
los simples ángulos de la carretera-. Así, al no hacer la S ce~-rada que
hacía allí el camino, se lanzarían por el extremo de la V al abismo 9.ue,
terrible, insondable, con sus peñas despeñadas en el fondo, se abna a
.ambos lados de la S, pues sólo si el automóvil hacía su trazo muy ceñido
podía evitar la caída.
Lo patolóaico en él pedía saciarse en la desgracia, en algo rumbosamente catastrófic~. Aquella violencia cerebral, aquella excitació~ de los
nervios, aquellas contenciones de sangre coagulada en algunos rincones
&lt;le su ser, le hacían pensar en Jo mismo. Su arrebato era enteramente car25

�LA PLUMA
LA P L U l\l .\
nal, incrustación de la naturaleza en el fondo volitivo de su ser. ¿Qué
iba a hacer él?
Por fin, inducido por el deseo de algo c¡uecalmase su frenética soledad
en e! ~ue_blo, v:irió el c~rtel_ del «R .. A. C.» y puso en su lugar el que
hab1a 1m1tado el con m1stenoso cmdado. Lo hizo muy de mañana porque quería ver caer en el abismo desde el primer automóvil al último.
En efecto; la primera víctima fué el primero que pasó rápido, expreso; aprovechando esa hora en que los caminos están despejados, vió fa V
y tomó la curva, como si sólo fuese una, haciendo el rizo breve que
piensa desrizarse en cuanto se pase el ángulo, redoblando la velocidad
inmediatamente después de «arrelantida» al hacer la curva. Con eran
velocidad se hundió en el abismo como en las películas, como si fuese
falsa la caída.
Escondido entre las matas de la vuelta, observando el sitio por donde
habían de desembocar los que fuesen cayendo en la trampa, observó
con alegría cómo era de ingenioso su cambio de letra.
Cincuenta, ciento, ciento cincuenta, doscientos, doscientos cincuenta, trescientos ... en una rápida progresión fueron descalabrándose en el
abismo; ni un «¡ay!» ni nada salían del fondo perdido del barranco.
El cazador de automóviles estaba satisfecho. La caza resultaba espléndida. Pensaba que no tuviese fin, pero del fondo del abismo brotaba
un coro de brama de automóvil, de relinchos, de rumor extraño-pues
los motores seguían vivos-, y el primer hombre que pasó en un burro,
se asomó al abismo y fué a buscar a la Guardia civil. Entonces el malvado huyó atemorizado.

EL CONEJO DE LAS ANTÍPODAS
Aquel cazador era un observador del campo y de la Naturaleza más
que un cazador. Había recorrido toda la tierra y había disparado sus escopetas en distintos mundos, en el nuevo y en el viejo mundo.
preciaba de gran observador y aprendió la botánica, entre otras
c1eI?c1as, par~ poder llamar por sus ~ombres las hierbas del campo y
decir de_la pieza. cobrada: «Estaba ¡unto a una planta de genciana», o
«la perdiz asomo su cabeza por entre la adrenalia espfrosa.»
-Voy leyendo el campo-decía el ilustre cazador-. Para mí no hay
planta que no merezca ser observada ... Es innumerable el campo, y no
hay cosa más divertida y que deje la imaginación más descansada que
ir viendo el mazorral que cubre los campos.
Hombre rico, suntuoso, de gustos refinados, de originalidades que se
podía pagar, usaba cartuchos con perdigón de plata. Son mucho más

. S:

z6

ligeros y matan mejor-decía él, y siempre ~ñadía co~o coletilla de su
orgullo-: ¡Mire que no habérseles ocumdo esto m a los rey~! El
mundo es un gran tacaño, y por eso no puede inventar cosas.
Un día que le acompañaba por el magnífico coto de caza, en el que
sólo cazaba él, vió de pronto un conejo que le sorprendió con un género
de sorpresa que no era la del cazador.
-¿Qué le pasa?-le pre0 unté temiendo que viese otra cosa.
-¿Ve aquel conejo ...? Pues aquel conejo me _ha hecho burla, 1~
misma burla que me hace ahora, en la Patagoma ... No me guerra
creer usted, pero es cierto ... Con sus orejas, con su hocico de viejo, me
ha sonreído como hoy, otra vez... Así como está ahora de plantado se
me plantó entonces, y también entonces como ahora ... Y después de la
última palabra, el cazador se echó la •escopeta a la cara y descargó para
asegurar la pieza los dos cartuchos de su escopeta.
- ... Como ahora-siguió en seguida el párrafo interrumpido por
el cazador-, disparé mi escopeta so ore el animal, pero se me escapó ...
El perro esta vez había topado con el conejo burlón, de hocico de
viejo muy afeitado-sólo los pelos oscuros estaban crecidos-, y nos
lo traía.
El gran cazador tomó el conejo en sus manos y Jo examinó. Aún estaba caliente como el pan recién salido del horno.
-¡Ah! Es magnífico ... Este es aquel sin duda .. . Aquí tiene las cicatrices de aquel disparo ... Después, con una navaja le abrió las cicatrices
y comprobó que, en efecto, en el fondo de ellas había perdigones de
plata, y de los grandes, de los que gastaba en la época de sus cacerías en
Pataoonia. Me los enseñó en silencio.
?stábamos admirados; el paisaje, el bosque, se había complicado.
Parecía que en la Naturaleza hay más secretos designios y juegos más
importantes de lo que parece. La conejera que hizo aquel conejo atravesaba la tierra, y se abría desde el principio al final de la tierra. El hurón
se perdería en la larga catacumba y no Je volveríamos a ver si le introdu¡ésemos en esa gruta inmensa, inacabable, verdadera perforación del
terráqueo.

LA MANO DEL ROB.\JOYERÍAS
Los escaparates de las joyerías son como teatros de las joyas, con su
telón de terciopelo al fondo y sus candilejas y todo .
Esos terciopelos gris perla negra de las joyerías hacen resaltar las joyas y son como su traje corporativo.
.
Pasando frente a esos escaparates me he quedado mirando lo que
vale una cruz pectoral de obispo, y cómo son de claros y de rosas alguz7

�'LA PLGMA

L A PLU i\JA

nos brillantes. Estando parado frente a esos escaparates he visto de
pronto aparecer la mano que alcanza la joya que una señora ha visto
del otro lado del escaparate, y que ya ahora, del derecho, es posible que
no le guste.
Es misterioso, delicado, lleno de puntería el gesto del manipulador
de las joyas, que casi sin que se le vea mirar el par de pendientes que
busca, los alcanza en seguida y los coge como el finiquitudo que pinza
los lentes.
Una tarde, frente a una de esas joyerías con escaparate de terciopelo,
vi la misma escena de la mano sino que completamente diferente. Aquella no era la mano del dueño, sino la mano del ladrón. No se apresuraba
aquella mano, no es que hubiese vendido con gran glotonena la joya,
no, nada de eso; la mano era delicada, de dedos blancos y largos, de
gestos de araña, lento y distinguido; ¿por qué me pareció la mano
del ladrón?
Pues, sencillamente; porque en su palidez y en su afrodisismo al
pinzar las joyas, estaba claro que era la mano del ladrón.
No se veta al hombre que movía aquella mano; pero ella, muy aplicada, iba cazando las mejores joyas de la tienda.
Confieso que fué un gran espectáculo el haber visto al ladrón operar
con limpieza, con mangas y puños intachables, con las manos muy cuidadas por la manicura y las uñas discretas, limpias, pareciendo mentira
que fuesen las de un ladrón.
Tan seguro estuve desde el primer momento de que aquella era la
mano del ladrón, aunque hiciese los gestos del propietario, que avisé a
la pareja de guardias y entramos en la tienda. El ladrón huyó y vimos
que estaban en tierra, con algodones en las narices, los verdaderos propietarios.

ella en busca de esa araña que se ha visto en el techo. A veces se enredaba en las ropas d_e la cama y caía en ella como un niño que juega en
la cama de sus papas.
_Com? el explorador llevaba cecina de Burgos y jamón de Avilés, su
resistencia era ya e~ aq~ellas latitudes mucho mayor que la de los ex-ploradores que ha b1an ido antes.
Como estimulan:e del e~tómago y para aprovechar lo que a ningún
explorador _se le hab1a o~umdo aprovechar, llevaba una heladora con la
que se fabricaban los !11ªs estupendos y exquisitos helados.
El expl?rador ten_1a espe~,!-nzas ~e descubrir el Polo. ¡Ah, es que
como el fno de Madrid ui: d1a de fno, no hay ninguno en el mundo!~~vuelto_ en su capa e?panola avan~ba con sus compañeros de expedicion, obl_1gados a segmrle, porque como Hernán Cortés había cometido
la brutalidad de quemar las naves.
. Por fin un día, en la clara mañana nevada del Polo, gritó como Co-lon cua~do gritó_ «Tierra ... !» «... El _Polo! ¡El Polo!»
¿Que hab1a visto~ ¿Por q_u~ babia lanzado ese grito tan seguro?
~n lo alto ~el horizonte visible y como se destacan en los caminos de
13: Sierra }os cipos que señalan la_ c:;irretera cu~ndo se pierden entre la
meve, as1 se destacaba una especie de agudo e mterminable obelisco de
algo más ~uro que la piedra.
-¡El e1e del mundo! ¡El remate del eje del eje del mundo! ·Estamos
en el poloí
1
. Sacó fo_tografías, hizo ondear la bandera en el eje del mundo y volvieron _hacia las orillas por _ver si encontraban un barco danés que les.
devolviese a Europa, ans10sos de contar la maravilla en la Puerta
del Sol.

EL EXPLORADOR DEL POLO

LAS LÁMPARAS

El explorador del Polo había encontrado las señales de los puntos
que hab1an alcanzado los otros exploradores, y como quien arranca de
una bandeja de dulces la banderita que la remata, así fué variando su
banderita española, siempre avanzando, avanzando, más de lo que había avanzado nadie, porque había una ler secreta por la que hasta que
no fuese un español el que descubriese e Polo, el Polo no sería descubierto.
«Aquí estuvimos el día tantos de tantos de tantos», había escrito en
algunas de las grandes moles de hielo.
El exrlorador ponía la huella de sus zapatos en la inmensa sábana.
Le parec1a andar por encima de una gran cama hecha, corriendo por

. ~abí3: estado en un sitio lleno de lámparas, en la probatura de la
ilummación eléctrica en el Teatro mayor del mundo próximo a inaugurarse.
'
Los conmutadores habían encendido varias veces parte y todo el
alu~brado. Cada vez era como si nuevas lámparas cayesen sobre mí y
me mundasen.
Si_)'.º h~biese teni~o que decir cuántas lámparas había visto, siempre dma seis veces mas de las que había visto. Las lámparas tengo observado que ~eja~ su huevo de caviar, en el fondo del alma, tantas ve~es como se ilumman.
Si en aquel teatro había un millón de lámparas. yo diría siete millones.

28

�LA' P L U,\\ A
Era prodigioso el efecto de luces.
-Nunca estarán todas encendidas ... Porque cuando sea de día en
la escena estará oscuro el teatro-decía el director de luminarias-. Sólo
los días de gran gala se aproximará un poco el Teatro a esta iluminación que han visto ustedes esta noche.
Yo en los momentos más espléndidos de luz cerraba los ojos como
si me estuviesen retratando al magnesio, dándome una gran exposición.
Cuando me fui hacia casa, el recuerdo de la gran iluminación quemaba mi frente. La ciudad con sus tiendas y sus calles iluminadas me
resultaba muy oscura.
Al llegar a casa estaba enfermo y llamé al médico.
-«Está lleno de lámparas-dijo el Doctor-y no sé cómo se las voy
a poder sacar de la cabeza ... Tiene una indigestión de lámparas. Esto
se le irá quitando poco a poco».
Y en efecto, se me fué poco a poco; pero durante mucho tiempo yo
"Veía al cerrar los ojos un teatro de la Opera radiante, embombecido.

RAMÓN GóMEZ DE LA SERNA

ESTAMPAS DE MADRID
LA CASA HOSPITALARIA
La fachada
dqnde hay dos
balcones con la persiana echada,
parece un vivero de ostras.
Tal está llena de costras
como para que la mandén a San Yuan de Dios .
En los balcones
hay un tiesto de albahaca
que compró en la verbena la Paca,
y otros con claveles reventones,
y una enredadera,
y un rosal.
No hay luz en el portal,
y en la escalera,
donde ya triunfa el pellizco,
no hay mas que un farol bizco
que tiene muy turbio el cristal.
Entran parejas misteriosas
con actitudes sospechosas.

.JO

31

�LA PLUMA
LA P L UM A
Luego a ratos se ve
a una astrosa mandadera
que va con una astrosa cafetera
al tupi por café.

'

¡

Y sale a eso de la una,
mirando a todas partes con miedo
de una mirada inoporttma,
don Homobono, enriquecido
vendiendo género podrido
en su tienda de la calle de Toledo

Y ante el portal hospitalario
con dos guardias de Seguridad,
en nombre de la sociedad,
por el honrado vecindario
vela la grave autoridad.

EL QUIOSCO MÁS NECESARIO
En la plazuela hay un ttmplete
más bien extraño palacete
con las paredes de cristal
y su recinto extraordinario,
como en un culto legendario
guarda severa una vestal,

Y sale a eso de las tres
uno que parece un picador,
y es
un respetable coadjutor
de la parroquia de San Ginés.
Arriba riñe la Cacharra,
porque para un apuro
de honor, la pide un duro
su, novio, que es el chulo más macarra.

Que se ha llamado doña Paca,
y ahora es la señora Francirca,
o siempre fué la señá Prisca,
y en el palacio de la opaca
pared de vidrio ~speso
y apagado,
dentro de un cuchitril imposible
vela por el ful'go sagrado
de un culto i1Zl'xtinguible.

Y del pasillo entre las vueltas
se escuchan frases sueltas:
-¡Nos Iza «pringao» este tío canalla!
-Mira mi cuerpo, ¿es que está por.hor
-¿No tiene usted otra toalla?
-¡Ag-ua caliente para el ocho!

32

Y ante ella pasan los cortejos
de unas gentes sin fin.
¡ Oh, palacetes de Pontejos
y Antón Martín!
¡ Oh, cristalinos palacetes
que entre el tumulto de la ciudad
como en pacifico remanso
ofrecéis vuestros gabinetes
para la meditacíón y el descanso
rnando son de más necesidad!

Abajo en la calle, en la acera
de enfrente,
prepara el matutino aguardiente
7uana la tabernera,
mientras departe con su amigo
el sereno, que lleva
el farol en la barriga
como un lu.minoso ombligo
3

33

�LA PL UM A
LA PLUMA
Penetra toda apresurada
" con la faz congestionada
opulentísima matrona.
Y cuando cae en el sitial
hay un desbordamiento carnal
.,-obre la cerámica poltrona.

Breve tiempo los fieles están
en aquella santa mansión.
Lleg an. Hacen su oración
ferviente.
Y se van .

Pero la dama ya no tiene
su faz en congestión,
y se oye un ¡ah! de satisfacción,
como si ante la penitencia
se descargara su conciencia
de una terrible confesión.

Y se renuevan continuamente.
A veces
hay quien prolonga su devoción,
y quzen espera impaciente,
a que se vaya
el penitente impenitente.

Y en todas las celdas la oración
es igual,
como en el coro de una catedral
citando el cabildo canta
a las horas de la digestión,
y se dice una jaculatoria
del venerable Gargantúa
a la feliz memoria.
Y de un gran órgano invisible
en continuada sinfonía
se escucha alli
la más extraña armonía
que junta en una melodía
al grave «do» y agudo «sfa.
Y estando
siempre humeando
un pebetero inmenso,
existe una constante
y odorante
tufarada de incienso,

Entonces, la diaconisa
que guarda aquella catedral
le dice al fiel que tiene prisa'.
al fin y al cabo,
su frase ritual
mostrándole la capilla lustral:
-«¿Lo quiere usted con lavabo?»
i Oh triste oficio fementido
de la guard_iana! Esa mujer,
que es preciso que los demás hayan comido
para que ella pueda comer.

EN TORNO A MbYANO
Cuando saca la señá Noche
su mantón
de crespón
negro,
y el aderezo de azabache
empieza una sinfonía apdche

34

_;5

�LA PLUMA

LA PLUMA
con su andante y con su allegro,
en muchos parajes de la ciudad.
Entonces es aquel momento
que entre el Botánico_y F omento
en medio de la oscuridad
que cuida, el buen Ayuntamiento
empieza cierto movimiento
de una especial actividad.
Basta que en .;omóras se sumerja·
aquel lugar de soledades,
para que así como en su casa
se quedan otras damas, pasa .
que aquí se quedan en su ver;a
recibiendo p. sus amistades,
la Pelambrera, y la Cohete,
la Moñoaltrote, y la Pebete,
.
y otras malabaristas
de lo más hábil que la corte tiene,
que hacen la vida al aire libre
como mandan los higienistas
aunque digan los rigoristas
que andan a malas con la lzigiene.
Y al comenzar la recepción
con singular animación,
quedando en sitio secundario
sus chulos administradores,
por si es el caso necesario
.
de que a algún pelma estrafalarzct
le hagan ellos los honores
del salón.
Y sabe la clientela toda
de las señoras de esta sala,
que los sábados son días de moda,
y los domingos hay vermú de gala.

¡Oh, las noches sabáticas!
¡Sombrías lupercales
de las fiestas drolátictis
de las chupajornales!
Y los domingos por la tarde,
al volver de los merenderos
cuando en sus pértigas ya ~rde
la, mecha de los faroleros.
Van a rendir a este senado
un homenaje afectuoso, ·
que no por ser apresurado
es menos férvido y copiostJ.
Jlfozos de pueblos comarcanos
que han venido a pasar el día,.
y estando ya calamocanos
sin_ un exceso de equipaje'
quieren volver a su viaje
por la estación del Medio día.

'l.

Y ved qué tremenda ironía
la de las burlas del destino.
Pues quiso un extraño sino
que esas fiestas de misterio
presídalas un hombre serio.
Y allí está don Claudio Moyano,
renovador del Magisterio
haciendo un gesto con la :nano,
tal vez efecto del ambiente
,en que se ve constantemente.
Y hará muy mal si se resiente
de que en nocturna contradanza
nada se oculte ante su vista
. siempre
.
'
.quien
fué un especialista
.en las cuestiones de enseñanza.
37

�LA PLU ,\1 A
LA PLU MA

LóS BANCOS PROPICIOS
LOS BANCOS TRAIDORES
Delante del Museo,
en el Paseo
del Prado,
liay unos bancos excepcionales.
Bajos, de gran anchura,
y, salvo la blandura,
parecen camas matrimoniales.
Se ve que, indudablemente,
están kechos para la figura yacente.
Y en las confusas saturnales
del paraíso de las furcias,
sirven como lechos nupciales
para toda clase de nupcias.
Ba;o de la arboleda
conviénense las voluntades
y sillanse las amistades,
con breve frase y voz muy queda,
que dice sus abracadabras
en un lenguaje «crúo».
Y viene la romanza o más bien duo,
sin palabras.
Luego, por no marcliarse a secas
tras el coloquio pistonudo,
despídense con un saludo
que es muy puente de Vallecas.
Y presidiendo aquel diabólico
aquelarre, como un simbólico
dardo que apunta a la región del rayo~
cerca de allí, atrevido
el aire rasga erguido
el obelisco del Dos de Ma;,o.

Hay unos bancos en Rosales
que por la situación
de su excelente orientación,
parecen hechos especiales
para las pláticas más confidencia/es.
Delante, el panorama agreste
del Parque del Oeste,
y la Casa de Campo,y la llanura
de las tierras de pan llevar
co1ifin que en la noche figura
que es el horizonte del mar.
Y en esos bancos sobre el río,
que están como enfrente del vacío,
van a decirse sus quejas
fas más románticas parejas
borrando allí todo desvío.
El farol público no alumbra,
y en tan amables ocasiones
hacen sus reconciliaciones
en la más discreta penumbra.
Y tan a oscuras y callados
que a no escaparse mt cuchicheo,
no se dirá que están poblados,
todos los baucos ael paseo.
Pero a La humana confianza
zozobrar hace en la bonanza
lo inesperado más cruel.
Nadie ve allí que en el momento
mas convincente del amor,
tiene e,qrente a Carabanc/zel,

�LA PLUMA
Carabanchel un campa-mento,
y en el campamento un reflector.
Que se dirige ímpertinente
con luz muy rápida y potente
a descubrir unos secretos,
que se tenían por discretos
en la tiniebla más decente.
Y aunque el fulgor se aleje y vague,
acaba con las confidencias
que antes que la luz se apague
sus postrimeros resplandores,
ya apagó todas las mayare!
y más ardientes vehemencias.

J

PEDRO DE RÉPIDE

LETRAS FRANCESAS
temporada literaria francesa ha concluido como empezó, sin
que un nombre grande o una obra sobresaliente hayan venido
a insinuarse en la atención del público cultivado - al menos
en lo tocante al libro, pues en lo relativo al teatro la situación
es muy distinta, como al momento veremos.
En los últimos meses ha habido abundantes conmemoraciones de cin cuentenarios y centenarios, reimpresiones, y gran copia de volúmenes
nuevos lanzados al mercado, una actividad literaria más intensa de día en
día, pero pocas obras notables. Es evidente que el azar manda mucho en
estas materias, y hace que en la misma fecha aparezcan bruscamente
obras que a menudo difieren harto en el fondo y en la forma, pero dignas
de nota por algún motivo. Sin cercenar nada de esos caprichos del destino, pueden hacerse dos observaciones que a nuestro entender caracteri~an la producción literaria actual de Francia.
Es la primera, que la literatura de guerra parece haber dicho su última palabra y que, salvo alg1mas excepciones cada vez más raras, nos hemos desembarazado para siempre de la montaña de narraciones, diarios y
t"ecuerdos de combatientes llenos de buena voluntad, pero muy a menudo
más valientes en el campo de batalla que talentudos con la pluma en la
mano. Es la segunda, que el cataclismo mundial que acabamos de sufrir
no ha variado nada las direcciones de la literatura francesa: nos hallamos
ante los mismos autores, las mismas tendencias, las mismas teorías. Sólo
•que muchos de esos autores y de esas teorías nos parecen envejecidos
precozmente. Efecto propio de la guerra es el de intensificar cuanto toca,
en todos los órdenes: en éste ha causado también un desgaste prematuro.
Nos percatamos de ello cada vez mejor a medida que reaparecen las
A.

41

40

�LA PLUMA

LA PLUMA

obras de aquellos que más preciábamos antaño. Lo menos que podemosdecir es que no se han renovado mucho.

***
Dejamos dicho que la literatura de guerra está en la agonía. Sin em- J
bargo aún da suelta a tal cual estertor. La última manifestación de este
géner~ es por ahora Le bouchu de Verdu1: , de M. L~uis Dumu_r. Los p~riódicos han contado el proceso que ese hbro ha venido a suscitar. Lou1s
Dumur, al pintar el cuartel-general del Kronprinz, citó los nombres de al-gunas de las queridas del hijo de Guillermo II. ~na de ellas se enfadó, y
llevó a los tribunales a nuestro colega, que ha sido condenado a la pena
mínima es decir a un franco de indemnización de perjuicios. Es de e, perar que' el ridicuio proceso no haga más que ~celerar la ven~a d_e la obra:
de M. Louis Dumur, que es excelente. Conocida es la conc1enc1a del autor de JVach Parú!, el cuidado escrupuloso con que compulsa y escoge
los documentos, su deseo de no afirmar a la ligera, y _los testimonios de
toda especie de que se rodea. Desde ese punto de vista, Le b~ucher de
Verdun en nada cede a su libro precedente: es un documento vivo y característico del estado de ánimo del ejército alemán en cierta época de la
guerra. Hay una reunión del gran estado mayor, un retrato de Guil~ermo II, croquis de la vida del Kronprinz en Stenay, notas_s?bre su sé9-utto~
que son de primer orden. La trama del libro, bastante tnv1al, gustara menos, pero la pintura de caracteres salva lo demás. Le houcher de Verdun
es, en suma, uno de los buenos libros de -~stos últimos meses.
.
Otro tanto diríamos de la última novela de M. Gastan Chérau, ValentznePacquault si el autor hubiese tenido el valor de acortar su obra, de condensarla, ~mputándole la última parte. La prolijidad es el extravío habitual
de M. Gasten Chérau. Ya pudo apreciarse así en Champí-Tortu, esa obra
casi maestra, a la que le sobran cien páginas. Y ahora se agrav_a en Valentine Pacquault. Libro severo, rígido y taciturno, como la vida de la
provinda en que transcurre, libro triste y apasionado. ~- Ga~to~ Chérau
ha querido pintarnos la existencia monótona de un matnmomo J_ov~n en
una ciudad pequeña con guarnición, y los eternos figurones provmc1anos,
sus ínfimas distracciones, sus chismes, su pavorosa ociosidad, .Y e_l alma
no comprendida de una Bovary que acaba por caer en la prostitución, El
asunto sólo podía salvarse por la intensidad de lo pintoresco y por la variedad de los acaecimientos psicológicos: menester es confesar que la monotonía prepondera con demasiada frecuencia. _El medio ha abr1;1mado al
novelista, como a veces sucede. Pero no se olvidará en mucho tiempo el
arte probo y sincero con que M. Gastan Chérau ha burilado los personajes. J

Sabido es que nada de lo que escribe Mme. Colette es indiferente. El
nuevo libro que nos da, intitulado Dans la joule, se reduce a una compi-lación de impresiones, pero de calidad superior. U na sesión en la Cáma ra, una revista en Longchamps, una tarde de elecciones, la mutitud en un
cementerio, tales son algunos de los motivos a propósito de los que se
pone a vibrar. Son migajas literarias, si se quiere, pero no hay relieve de
esta mes&lt;} que sea desdeñable.
La aparición de un nuevo libro de M. Pierre Benoit, Le Lac Sall, h a
reanudado toda suerte de polémicas, antiguas y nuevas, sobre la novela
de aventuras. Ya se sabe que cada obra de este novelista hábil tiene el
don de apasionar al público. Por añadidura, un artículo de M. Marcel
P,evost inserto en la Rez,ue de France y escrito a propósito d · una narra-•
ción que publica esa revista: l'Assassinat de M. Fualdés, ha vuelto a po ner el asunto en tela de juicio. ¿La novela de aventuras, es o no un género literario? ¿Es razonable cultivarlo? ¿Ha llegado, o más bien ha vueltola hora de su desarrollo? Porque toda esa gente que con tal vigor discute
parece olvidar que ese género tan francés no ha dejado nunca de ser·
bienquisto entre nosotros desde los libros de caballería, y que hace cien,
años se hallaba en plena prosperidad...
Todas esas cuestiones, y diez más del mismo orden, correrán la suertecomún a todas las discusiones teóricas: serán vanas si no suscitan obras,.
que son lo único que puede tenerse. en cuenta, y lo único que puede aducirse en definitiva.
¿Quién negará que M. Pierre Benoit es un novelista habilísimo? Hasta
la lentitud misma de sus preparativos le favorece, y nadie ignora, porotra parte, que es excelente en el empleo de h, narración directa para,
captar la atención del lector y apoderarse de él enteramente. Una novela
suya está urdida eomo una obra de Scribe o de Sardou, y :sobre poco
más o menos, compuesta de la misma manera-con toda la distancia que ·
separa el teatro de la novela. Su imaginación parece ser también de igual
calidad que la de aquellos dos «virtuosos• de la escena. No es imaginación
densa, desbordante, infatigable. No maneja conjuntos vastos. Es ingeniosa, fértil en detalles, rebuscada, casi sabia. Es en esencia la imaginación,
de un hombre de biblioteca, de un investigador por papeletas, de un manipulador de documentos escritos, la imaginación que pudiera manifestar
un historiador de la literatura, por ejemplo, que se hubiese impuesto la
tarea de reconstituir una época dada.
Una imaginación de esa índole n~cesita estar sostenida, apuntalada
por los documentos de los archivos, no se lanza a galopar a través del'
tiempo, sigue con toda docilidad las sendas trilladas, e ignora lo que es..

42

,

43

�LA PLUMA
vagabundear a campo traviesa. En rigor, si M. Pierre Benoit quisiera, podrla llenar de notas y de referencias el piso bajo de sus novelas, y estoy
seguro de que ninguno de sus lectores se asombraría.
Su obra última no5 transporta al país de los mormones. Alli encontramos la oposición de la mentalidad católica y de la mentalidad protestan.te, una linda muchacha de quien se prenda secretamente un pobre jesuita, un carácter duro de mormón sectario qne reduce a la muchacha, la
reduce a esclavitud y la encadena para siempre a orillas del lago Salado,
-mientras que el jesuíta, desesperado, huye y se mata. Sobre todo esto,
una especie de fatalidad amorosa que crea una atmósfera como la de l'AtJantíde y Koenigsmark.
De propósito coloco al lado del nombre de Pierre Benoit el de Emite
Magne, y cuanto acabamos de escribir acerca de la imaginación del autor
del lac Salé podría aplicarse a la del autor de Scarron et son milt"eu, de
Madame de Vt'lledieu, de Voiture, y de tantas otras picantes narraciones
acerca del siglo XVII francés. Sólo que Emile Magne no es un novelista,
~ino historiador literario que adereza lo mejor que puede para nuestro esparcimiento las historias que le suministran los personajes ilustres u oscuros del gran siglo. Pero ya se comprende que entre ambas maneras,
.sólo hay una simple diferencia de grado, nn de naturaleza.
Leed la :Joyeusefeunesse de Tallemant des Réaux, que acaba de publicar, y veréis si no es un prodigioso ensayo de reconstitución de un siglo,
demasiado conocido por la fachada, por sus lnfulas y por sus virtudes, y
no lo bastante por sus interioridades y en sus bajos. Emile Magne es un
-evocador asombroso de una época, y !'.U veracidad es absoluta. Y ahí están las notas que recargan sus trabajos, para dar testimonio de su labor
'Y de su afán de veracidad. El autor de Scarron et son mílieu se ha convertido en uno de nuestros historiadores literarios más not.:&gt;rios, y de los
menos afiliados a la crítica literaria oficial y universitaria.

•• •

Al revés que el libro, el teatro, e n Francia, parece despertarse de su
letargo y orientarse hacia nuevos horizontes, hasta donde lo permiten,
.al menos, los obstáculos fo rmidables de todo género que los autores dramáticos viejos oponen al paso de los jóvenes.
Desde este punto de vista puede decirse que la temporada que acaba
-de concluir, ha sido fecunda en promesas para lo futuro. En tres teatros
por lo menos: l'Oezwre, le Vieux Colombíer, le Theátre Montaigne-Gémt'er,
-se han revelado obras y autores nuevos, se han manifestado nuevas maneras de sentir y de expresarse.
·
En pocos meses, l'Oeuvre, gracias a la a,;tividad incansable de M. Lu44

LA PLUMA
gné Poe se lra convertido en uno de los primeros teatros de Parfs por la
calidad de las obras que en él se representan. Le Cocu Magnifique, de
Crommelynkc, fué una verdadera revelación. !,a Couronne de carton y Le
Pedzeur d'ombres, de Jean Sarment, han añadido dos nuevas sorpresas a
la primera. En le Víeux Colombier han continuado la tarea ~el año anterior, y La Dauphine de Frani;;ois Porchér ha alcanzado éxito no menor·
que le Paquebot 7 enacity o Le Testament du Pere Leleu.
En fin 1 en la Comedie Montaigne, Gémier, con las obras de Lenormand, ha logrado el triunfo de un arte un poco mórbido, pero de brillante originalidad.
.
.
, .
A todas esas manifestaciones, ya muy tnteresantes por s1 m1sm_as,. se·
suman los espectáculos de los teatros ~a coté&gt;, como el de los Esctzolters
y el Nouveau Thédtre Libre, habiéndonos revelado este t.ltimo una obra
de Jean-Jacques Bernard sencillamente admirable.
Para ser completo, tendría que añadir a esa lista de obras todas lasque M. Jacques Hébertot ha puesto en el Grand Théatre des Cham~s
Elysées, algunas de las cuales señalan ya una época en el campo de la hteratura y de la música.
,
Ese teatro admirable uno de los más hermosos de Pans, está un poco
abandonado por el público en razón de su emplazamie~to, un tanto excéntrico. Hasta ahora h:,bían fracasado todas las tentativas hechas para
llevar gente a él. Tan sólo M. Jacques Hébertot ha llegado a realizar el
milagro de tener buenas entradas. e n el T~é_atre des Champs Elysées,
merced a su tenacidad, su constancia, su hab1hdad. Verdad es que no ha
escatimado el trabajo ni los recursos de la imaginación. Nos ha revelado
los bailes suecos ha dado asilo a los bailes rusos, ha ofrecido la escena a
todas las manife;taciones dadalstas y futuristas, ha llegado incluso a poner una tragedia. A fuerza de convocar a los críticos a estrenos frecuentes, de hacer hablar de él en la prensa, ha conseguido imponerlo ..
Puede esperarse mucho de las iniciativas de M. Jacques Hébertot, cuya
empresa teatral es una especie de laboratorio del que acaso salgan tentativas muy intertsantes y audac~s.
. .
.
Diversos síntomas nos permiten, pues, perc1b1r una renovación te~tral
en Francia. Cierto que hasta ahora no hemos visto una personalidad
fuerte, a la manera de Antoine, que acierte a ~grupa~ todas esas buenasvoluntades dispersas. Pero acaso sea menos necesaria que en la_ época
del naturalismo. La armazón vieja del antiguo teatro está carco~1da, se
derrumbará por si sola, y entrevemos ya la falange de autores Jóvenes.
que levante la escena nueva.
JULES BERTAUT

�LA PLUMA

LETRAS ITALIANAS
tiene una geografía literaria asaz curiosa. No sucede entre nosotros como en Francia, donde, con excepción de la
Provenza, que permanece aparte y en contados casos desem-,
boca en la capital, las provincias todas se vierten en París.
Entre nosotros, y creo haber hahlado ya de ello otra vez, aun•
que de pasada, la Italia literaria tiene muchas capitales y cada cual con
carácter y sello propios. Hablaremos hoy de estos varios climas espirituales, intentando poner de relieve los beneficios y desventajas de estos cli·mas. Y empezamos por la capital, por Roma.
Antaño, Roma era, literariamente hablando, asaz frívola. Se contentaba
-con una literatura entre de imitaci-• n y de reflejo, mundana, alegre y
&lt;i'annunziana. Sus novelas ostentaban títulos exóticos y encontraban en
·toda la península admiradores y lectores. Pero ahora no es así. Los editores de entonces han desaparecido, y los pocos que todavía imprimen
libros en Roma se dedican a las obras de cultura o traducen de otras lenguas, como Formiggini, Nardecchia, Ausonia, la Urbs, Bardi; etc.; este
último, propietario de la &lt;Librería di Scienze e Lettere•, es de ayer tan
sólo, por ejemplo; pero tiene tradición literaria y tipográfica en aquella
.antigua e Tipografía del Senato•, de la cual desciende, y que cuenta en su
historia, por no deoir más, la publicación de las Opere, de Correnti, y de
la Summa 1heologi"ca, de Santo Tomás de Aquino.
Sardi no es el más célebre de los editores romanos; pero él es quien
·publica ahora una obra de gran importancia literaria y filosófica: Voci del
·mío tempo, de Adriano Tilgher. ¿Quién es Adriano Tilgher? No se puede
definir esta personalidad italiana de hoy en pocas palabras. Por lo demás,
Tilgher representa, con pocos más en Roma, el renovado espíritu de la
--capital, tal como es ahora, y hablando de él nos parecerá esclarecer me-

U

46

TALIA

jor el. sentido espi_ritual y artistico de la vida romana, y demostrar además
que ~1 hoy se advierte en este centro de vida italiana y cosmopolita cierta
hmpt':z,a y frescura, déb~_se en parte a la presencia en primer término, a
la acc1on_\uego, de 101 Jovenes que, como Tilgher, tienen una superior
preparac10n moral y cultural? despr?vistos en absoluto de aquel arribismo
descarado, 9-u~ coodu10 a pnmera !mea a los novelistas y cuentistas naci•dos del penod,smo. Por lo demás, incluso el periodismo se ha aprovechado de estos elementos; y tal vez por ello se ha conseguido no sin esfoerzo, es cierto, la depuración del ambiente.
'
. Cuando se piensa que un Emilio Cecchi (de quien ya os he hablado)
tI~ne en nu~~tra !ribu:1-a (diario ~uy i~portante de la noche) la sección
iiJa_de la cnhc~ hterana, y un Adnano T1lgher en el Tempo (diario de la
~anan~) _la critica teatral, aunque haya en los demás periódicos de la capital cnticos teatrales y literarios de segundo orden, éstos deben sentirse
m~ómo~o~, y ~e todas suertes, no pesan excesivamente sobre la pública opinión. :rilgher ha entrado en el periodismo ya maduro, y después
~e haber pubhcado dos obras fundamentales de pensamiento y de estética, Arte, conoscenza e realtd (Bocca-Torino), Teoria del praumatismo
tras~ende'_'ltale (Bocca-Torino). Nacido en Nápoles, que de Vic~ a Croce
ha sido siempre un centro esencialmente filosófico, llega a Roma en plena
~uerra y al punto atrae sobre sí la atención del público culto con sus articulo!. densos, claros, llenos de ideas.
El público romano, e incluso el italiano, está poco habituado a este
l(énero de artículos y prefiere, por desgracia, la retórica bien cocinada a
las verd~des netas y ~o?c~sa~. Pero Til~her insiste, y, acabada la guerra,
su estudio sobre la cns1s itahana se extiende a una revisión de valores
menos local; y, en d~finitiva, toda la crisis del mundo es estudiada por él
e?,º un ~náhsts despiadado y rígido, tras del cual se entrevé una preparacion soc10lógica y filosófica profunda. De los hec hos morales a los estéticos, el paso f~é ~reve. _Recibió del 1 empo el encargo de hacer la crítica
teatral, que eJ;rc1ó y eJerce ~on una agudeza y una serenidad muy raras
e_n ~ues~ro pa1s, y que sólo tienen par e n lo~ análisis críticos de Cecchi,
51_b~en este parta de otros conceptos y tenga una estética esencialmente
,dislmta. ~r lo demás, la posición de Tilgher está contenida en límites
menos ng1dos que la del otro; porque Tilgher estudia todos los problemas ~umanos, como verdadero filósofo, y pasa con extraordinaria inteliiencia de un estudio sobre Marx a un perfil literario· sin salir se entiende
de sus p,ost uIa d os estét1cos,
·
· b lemente definidos
'
' Lineament{'
dí
admira
en sus
f!~tetica. Tres volúmenes suyos han salido en estos días, uno de íadole
P?httc~: La crisi mondíale e saggí crz"ticai sul ma1-xísmo e socíalz'smo (Zacichelh-Bologna), y dos literario-filosóficos: Fílosofi antichi (Athanor-

f

47

�LA PLUMA

LA PLUMA
Todi) e Voci del tempo (Librería di Scienze e Lettere, Roma), tres obras
diversas en apariencia, pero en realidad estrechamente consanguineas, y,
lo que es más, consecuentes, en las cuales Tilgher esclarece con finísimo
análisis los varios problemas del pensamiento y de la vida: desde los referentes a la decadencia de la burguesía, a aquellos otros en que con lúcidos perfiles examina a algunas personalidades literarias de hoy, o filosóficas de la antigüedad, con una lógica densa y un estilo singularmeate claro
y preciso. La obra de arte es un estado de ánimo-ha dicho en su!l LineammH di estetica-; gustar una obra de arte no es únicamente ver con
los ojos del artista un objeto existente fue1a de nosotros, y aprehenderlo
como individual; es la -individualización misma del espíritu, es decir, la
eclosión del yo como vida, no como vida universal, sino como esta o
aquella manifestación de vida; es una extensión de nuestra experiencia
vital, nuestra actualidad de vida; es el vivir inmediatamente formas dt;
vida nunca gozadas ni gustadas antes. En suma: su estética presupone en
el crítico una posibilidad emotiva, y, además, un estado de fervor, y dirla11 ,os de ascensión. Esta animación interior da precisamente al crítico Tilgher una fisonomía, que ahora lo caracteriza ya entre todos los demás,
incluso Croce. Pero también es gustado Tilgher de los no filósofos y de
los profanos, porque no muestra en sus ensayos los movimientos y sobresaltos de su espíritu cuando se acerca al artista, sino que da sin más los
últimos resultados de su emoción; últimos, y estoy por decir destilados.
Esta claridad para consigo mismo y para con los demás es su fuerza, y
constituye, en último análisis, su originalidad. La palabra de Tilgher no
ha caído en el vado, como no ha caído tampoco por lo demás la de Cec•
chi, la de Cardarelli y otros neoclásicos que trabajan en Roma. Pero mientras en Cardarelli y sus colegas de La Ronda, la necesidad aguda y sincera de claridad formal-negadas las salidas al exterior y toda simpatiase ha gastado en un proceso excesivo de análisis interno, harto estrecho
y amargo, en Cecchi, en Baldini, en LavarC6e, y en algún otro, asumía
aspectos más cordiales; y por ello les era más beneficioso, interiormente
se entiende. No aprovechaba en definitiva a los neoclásicos de La Ronda,
como no les aprovecha ahora el trabajo de rebusca, en cuanto les falta
precisamente ese punto de relación con la realidad concreta, que los verdaderos clásicos no descuidaron, antes bien, se abandonaron a ella dulce
y suavemente... Pero el caso es que incluso los neoclásicos han ayudado a
Roma, queriéndolo o no, a tener el carácter que hoy ostenta, de ciudad
literaria pensativa y laboriosa que reacciona por todos los medios contra
las malas corrientes que vienen del Septentrión ...
El Septentrión es Milán. Porque Turin, la antigua capital del Piamonte, está pobre de editores, y esos pocos, equilibrados, serios, casi
48

sok •unes
• ,111 Lattts la Sten ¡ U
.
· Hay un p asav1;,,
~1 pmnero se ha entregado por ent;
. , a tet, un Chiantore· pero
im¡,0rtantísima •Classici Launi&gt; a i _ru ~ósus oolecciones, entre eÍlas la
da
, m1tac1
r:
. ",..or Carlo p asca!, uno de nuestros
más n. de
. la Teub ner ,amosa,
dirigistendo editor de algunos escritores sort . ms1gnes filólogos. Lattes sigue
~oslnrico Thovez, una de las más b~1f:~ºJ y callados; y primero entre toac1do en Saboya, de madre de ori en
guras de nuestra vida literaria.
a_hora no más que un libro de verso! ll;:~añoJ, Thovez ha impreso hasta
tiempo fué muy discutido y alabad¿ E
un ado/eJi:enza, que en su
•cuando amor dicta•, que odia la ré~Ia! e verdadero esc~itor que habla
que de raro en raro se presenta con un v ~ y las congregaciones literarias,
neceen la sombra; pero en una sombra o _umen. Por eso su figura permato del bajo teatro no llega a él· y aunq~;e~1t~•b1~ las más nobles. E l tumulª. su C?Sta, todos sienten su pr~sencia y 1~ pu icono 1~ recuerde ni hable
s1lenc10 que ya duraba dos lustros Th &lt; r~spe~a~. Anos ha, luego de un
una obra de crítica, l l pastore ilgreg.ovez lmpnm16 en el editor Ricciardi
maba de nuevo a los problem~s literafi: a zampogna, en la que se asorando otra vez os valores de la 'lt· J de_ toda su gem.:ración consideltt,ro fué t
.
u ima poes1a de Card
. p'
C.
ex ra0rdmariamente leído y d' t' d ,
ucc1 a a::.coli El
d arducci, a D'Annunzio y a Paseo!'
iscu I o, porque Thovez negaba a
ose &lt;·n su demostración a aquello~ gran parte de sus méritos, adbiriéntas, _poetas unh·ersales; de los Gri que {ran, s~gún él, verdaderos poepágmas aguda&lt;; y profundas y beegcohs_ad edopard1. Libro nobilísimo con
rara
n 1 op e una pasió
.· vez se encuentran en oti'as críticas
, . n Y un ardor' que
cierto punto, en cuanto Thove . t . b ero ta1 cnhca sólo lo era hasta
de sus_ juicios, sus propios ro~i1;meant~ a escl~recer, ante todo a través
más bien autobiográfica y c:Si lírica ~ m;rnos, y, por lo tanto, era obra
rnen de crítica de arte ll v
lo . e, nos da ahora Lattes un voluen:imismado. Thovez 'es
t del~a pittura,.libro también egoístico y
tan? en ll pastore, el
e
c o, pintor adem~s de poeta, y como anvanos elementos de jfJ'cfogq~;~ zi?npog-na reunta con ávida pasión los
rna~ propios, así hoy en ll vang:lo1ª/J!ºepst_~J para res?lver los proble~o ~rnos y los no modernos intores a i u,:a. estudia, a través de los
!enl~1blCe de su personalidad, ~iminandi~olª\ ultimas escuelas, el centro
e a. on todo, no cbstante su
¡
s e em~n.tos que no respondan
toca a la sensibilidad de muchos e~o sn_10, esta actividad no es ta:i cerrada·
~has de un orden amplio. Esto depe:r:tta pbolémicas y resuelve proble~
ovez es un homb
.
n e, so re tod o, del hecho de
como él la revisión
!~Fo:~~\eCualq~ier otro que hubiese intent~~~
~11 parcialidad no obtendrí
b conocidos ya, es decir, con su pasión y
que Tho vez, 'acaso porquea,aªello
uen
seguro
adhesió
cont
.
~ ª.Jguna;de mientras
n'buya' 1a mgemos1dad
la expo-

t1ª

e'

e:1~f:

l!

4

49

�LA PLUMA

LA PLUMA

.
.
'
.
lectores y secuaces; y no está' muy lej~no
sición y una cierta iroma, ue~: Italia sea conocido y admirado.' yrec1sael dia. creo yo, en que fuer: .
tigación es esencial y exqmsitamente
mente porque su anhelo e m~es apaz de transmitir vibraciones a los
moderno, y aunque reco~centra o, c
espíritus de cualquier pa1s.
1 ho obre de pensamiento más d:gno de
Turín reconoce en Tho:eza \ue~ seguro, ciudad ¡0 suficientem~nte
cuantos posee, pero no e '
.
nios menores, pero más relucienblufft'sta para lanzar ~on_tra T~o~e{si~!~ilidad, ya que Milán es más muntes. En Milán 3uc~dena tal co
b' &lt; de la fama que les ofrece, ~na
&lt;lana y pide a los intelect?al~s, a cam/ ~ta casi una participación activa
continua exhibición de s1 m•~mos,dy 1ª etrópoli Viven en Turin otros
m de quien
·
en los paseos y ext en·o r ambiente
. F e . aelli
ya he habla d o en
insignes escritores 'j peasado~~:· ªi~cc¡. Luigi Ambrosiní, uno de los
otra ocasión, que tiene por e l or ªv. e que ha pasado de la critica y el
jóvenes más geniales de ~a ~u~rta º\'1 brazo derecho del señor Giolítti;
cuento a la política, convirt1 o ?se _en f ma ue recientemente ha publiArnaldo Cipolla, periodista de limpia
s
aventuras muy curiosas y
cado, en casa de Bemporad, dos ~ovel~Airone· Arturo Foá, poeta recoanímadas, La cometa su;; mumz:;:r:eret) peri~dista brillante y caústico;
gido y solít~rio;·Ettore. arro:i7elminettí e' Carola Prosperi! robusta e inélla· y r.ri' ticos y escritores de buen
las dos escntoras Amaha G1;1,,
lá
'd
estetizante aqu
,
·
·
cisiva ésta, ngu1 a y G' li Mario Sobrero (autor asimismo de ammanombre, como Lorenzo ig ,
el momento no recuerdo. Pero a
dos cuentos y novelas) Y. ~tr~s
toda vez que estos elementos no
Turín, rep~to, le faltll: v1 a. rn e
cad~ uno de ellos produce se~ún el
están fundidos y reumdos, smo q d
. l'ibertad Los editores mismos
.
to con indepen enc1a y
.
.
d .
prop10.temperamen , .
asan del libro de poesía al hbro e c1~nde la cmdad son, ecléct1co,sl p L
ás personales son Bocea, esenc1alcia, del de filolog1a .al fi_loso co. ~!nm ue ermanece fiel al libro de domente filosófico y cientifico, y la S d, q anpdo en cuando acoge obras de
'6 h' tó ·ca y solamente e cu
n
.J' p,
cumentac1 n is n .'
á
d' •Ó'.l completa de las rrose ut asprosa o óe poesía (reciente est 1a e 1c1 .

f

d~

(~\ri:1
:e

carella, el glorioso_ p~e~a ro~t~:s~~i representa verdaderamen_te, ro~ lo
Pero hay una c1,u a en a
·t l aunque no de extraordmana imque hace a la poes:a, un ce~tro v1 ª1, y. 1·a ciudad ducal de los Estes.
vie de la Jnaugurazione
.
.J ll
. h omogé neo · Es .Ferrara
portancia,
. , . ' aoeta
u.e
a P.'rlDesde que Govoni, el seni51~i1~::~tfcio por la crítica y reconocido com?
mavera, que es ferrarés, u
ezó a formar en la ciudad em1•
el más cálido de _los p_oetas de hoy, s~o~:Jores y artistas, asaz insigne, el
liana un centro hterano de poetasb, p d Govoni y luego, poco a poco, la
cual comenzó por propugnar la o ra e
'

50

de otros menos personales que Govoni, pero sin duda bien dotados de
temperamento lírico. Tuvieron al punto, y tienen todavía su Casa Editorial, qu~ dirigida por Alberto ~eppi (uno ~e los mejores del grupo) creó
una '.e~ista, .Pvesza ed_A_rte, baJo la dirección de G1useppe Ravegnani, y
publico, delicada y ongrnalmente presentadas, las novelas y colecciones
versos más esc?gidas de cuantas se iban produciendo en Ferrara o por
Jóvenes de otras Cllldades, con tal de que estuvieran entonadas conforme
al tipo _de a~te en que Govoni habíase propuesto el primero; pero, bien
e?tend1do, cada cua_l con l_as p_rp pias personalidad y vena. Neppi, por
ejemplo, en su novela Aquzla bzanca, revela un principio de orientación
hacia las formas clásicas, manteníéndose,' sin embargo, en una atmósfera
de orden romántico. Porque Govoni es un romántico moderno rico de
fosp!ración, d~tadísímo de se n~imiento, pero falto de freno artís;ico y de
medida. Nepp1 está entre los primeros que saldrán de la técnica del joven
maestro, y me parece que su preparácíón y sus intenciones le llevarán
lejos. No poGiría decir tanto de otros, a unque me parezca, no obstante,
a~usada la fisonomía lírica de un Fiumi, que en il1ussole canta con exquisita dulzura y abandono los amores livianos de las modistas por las afueras de su Verona, y la de Ravegnani, que en Sinfoniale, sí bien con cierto
confuso panismo, canta a toda voz las llanuras de su región, y en las nov~las, ~n. fin, y e,n alg~nos cuentos de Mario Sandd, ioven p resentado po r
L1ppannt, todavia desigual e n cuanto al estilo, pero po r lo que hace a la
inspiración, cálido e imaginativo. L os demás, excepto Valera, que es óptimo poeta, pero de o tro to no e inspiración, a quien pubiíca, no comprendo por qué, la misma C«sa, los demás son jóvenes no maduros; no
obstante se advierta en ellos que la disciplina im puesta por los jefes del
grupo pueda un d ía mejorarlos y guiarlos tal vez al arte.
De todas suertes, este esfuerzo de una ciudad que, en un país como el
nu~stro, desi_g11al e indiferente, intenta reunir los trabajos de stis hijos
me1ores hacia un arte noble y digno, es sim pático y laudal,le; y aunque
los resultados no fueran mañana extraordinarios, no se puede por menos
d~ admirar las intenciones de los que disciplinaron y guiaron el movimiento.
Nápoles permanece aparte; parece como si allí, donde el cielo es tan
puro y los cantos del pueblo tan inmediatos, la vida literaria no tuviese
necesidad de discipli na. También se t rabaja en Nápoles, pero como en
Turío, en Génova, en Bolonia o en Venecia: poetas y prosistas aislados,
cada uno en su mundo, y celoso de ese mundo; y del mismo modo que
hay en G~nova un B~rato ?º• c uentista agudo y sutil;o un Lipparini y un
Alb~rtazz1 en Boloma, asi en Nápoles hay un Braceo, un di Giacomo, 1111
Bov10, que producen por cuenta propia y casi no se conocen uno a P li "·

?e

51

�LA PLUMA
LA PLUMA
tEditores? Está Ricciardi, verdadero 3:migo de los literat~s y ~e la poesía,
que ha publicado toda la obra de D_, G_iacomo y ahora 1mpnme u1~ estudio critico sobre este poeta de Lu1gg1 Russo, en el cual se estudia con
singular a~udeza el desarrollo caracteristic? de esa Jlrica imaginativa y
melancólica; Ricciardi, que de nuestros ed1tor~s es de los pocos q~e han
res)tetado siempre la tradición tipográfica d~l hbro en nue:tro pa1s, con
una austeridad señoril que jamás se ha rendido en tantos anos, mcluso a
costa de perder público. Hombres nuevvs no se ven en Nápoles, a no ser
algun joven, preso aún en el ¡,eriodismo, como_ Emilio S~ag)ione, mente
lúcida y clara; o Russo mismo, autor del estudio so~re D1 Giacomo y de
otro sobre Verga. Pero pocos, d_e to~as maneras, y d1sper~os.
En Bolonia sucede lo propio; y Junto a una figura viva, _como la ~e
Mario Missiroli, que ha dirigido hasta ayer ll Resto del Carltno y ~u?h-.
cado en dos obras, La polemica líberale (Zanichelli-Bologna) e Opimont
(Voce-Firenze) sus articulos y sus consideracion~s pollticas, pocos_ °:1ás
veo: Pancrazi critico de temperamento, pero parcial, y en cuanto a v1s1ón
de problema;, hano co~centrado y dif~cil! Gallo, pr?sista s~lido que e~grime con mucha vivacidad en los dianos, y en quien conf10 el cumyhmiento de las promesas que nos ha hec_h ? en su Oasl d~l _do0re, _reumen do en una obra orgánica su feliz expreswidad y su ~xqmsit~ trama; Aldo
Valori, que se ha revelado durante la guer~a agudisimo analista de hechos
sociales .y morales, y Tonelli, en fin, de quien hablaré más &amp;delante.
Sicilia fermenta continuamente. Esa tierra nobilísima y fértil, que ha
dado un Verga, un De Roberto, un Pirandello, parece ~star siempre dormitando, pero de cuando en cuando manda al contmente su voz o un
escritor.
Ayer eran los supracitados; hoy, por doquier s_e vuel~~ ~ª- vista! se encuentra, en Roma o donde sea, un joven que, nacido en , ic1ha, se impone
a la atención del mundo literari0 italiano; y ora es Rosso di San Secando,
de quien os he h~blado, ya Nino Sa~ar_ese, poeta que trabajosamente
viene desembarazándose de toda escona hterana y cultural en una rebusca
pura del pensamiento y del estilo propios. Allá abajo, además, en Palermoy Catania, está el horno, y los jóvenes empiezan a prepararse desde muchachos con periódicos, revistas y revistillas. ¡Cuántas revistas na~en y
mueren en Sicilial Años lleva ya resistiendo un folleto m~nsual de literatura ll Giornale dell'lsola letterario, redactado, por un Joven poeta de
vivo' ingenio, Giuseppe Villaroel, y en é_l colaboran lo~ mejor~s escritores
de Sicilia: G. A. Cesáreo, Enrico Cardtle, G. E. Nucc10, critico poeta el
primero, cdtit.,o el segundo, novelista delic~dísimo el t~rcero. Ap_anadus
viven otros, entre los cuales el noble. Eugenio Donadom, septentrional de
nacimiento, pero siciliano de adopción, al cual se deben versos, prosas,
52

estudios criticas de primer orden. Eugenio Donadon,i está escondido en
Messina,_ en cuya Universida~ prof~sa y no tiene una fama nacional; pero
cuenta cierta~ente entre los ingemos más respetados de la generación
post-carducciana. Sus versos, de factura nítida y diamantina, están como
muy poc?s de otros, entreverados de u~ sentimentalismo cálido, aunque
melan,cóh~o; una novela suya, ll Sifdart~,. obtuvo años ha gran acogida y
todavia tiene lectores: y su estudio cntlco sobre Foscolo voluminoso
documentado, edi!ado hace tie_mpo por Sandron, es una d~ las más po:
tentes reconstrucciones de la vida y de la poesía foscoliana1,; y es, en fin,
de estos días otra potente obra suya en dos volúmenes acerca del Tasso
(editor Battistelli), donde las ondulaciones dramáticas de aquel ánimo
doloroso son sorprendidas e ilustradas no tanto bajo el aspecto literario,
c_uaiüo c?n la comprensión d~ las repercusiones en la vida cultural y polit1ca; un hbro, en suma, que sintetiza todo un periodo histórico literario de
nuestro país con una claridad y una fuerza que le dan la solidez de
una novela más que el aspecto y el movimiento de una obra critica. Y, a
1~ :':rdad, Dona?oni es de los pocos críticos nuestros que tiene en si posib1)1dades artfs~icas con las cuales poder iluminar y vivificar sus investiga~10nes de crítico. Recuerda en este sentido a Arturo Graf, ya muerto, a
quien, por lo demás, supera en sentimiento.
Y hétenos, antes de llegar a los muros de la terrible Milán en Florencia, la ciudad que antes de la guerra daba el tono a Italia, y' que ahora,
la guerra acabada, ha perdido toda su fuerza de acción, y aislada se agota
en tentativas tímidas y mediocres.
En Florencia está Papini, es verdad; pero el Papini batallador y maestro ha muerto con la guerra, de la cual, a más de no participar en cuerpo,
ha permanecido ausente también en espíritu. Conocida es su actitud reciente: su conv_ersi~n, c?mo dicen; pero respecto a los fines del arte y de
la mor~l, su Vita di Cristo no. nos interesa, como no nos interesaron ya
en su tiempo los artículos ant1católicos, anticristianos e intervencionistas
que escribia en Lacerba e incluso recogfa en volumen. Papini sigue siendo
para nosotro~ el ~ismo a quien hablamos juzgado ya en esta revista antes
de leer su Vtt~ dt Cristo, ortodoxa e inteligentísima: un gran talento, ca•
paz de encapricharse por las aventuras más curiosas, pero en cuanto a
conciencia y humanidad, estéril e infecundo.
Sus discípulos producen poco, y aunque permanezcan fieles al propio
pasado no nos parece que cumplan las promesas de un tiempo, aquellas
promesas que Serra, critico muerto, tan caro a nosotros, recogió y animó
con su ~uro aliento hasta hacernos, en efecto, esperar de Soffici, de Palazzesch1 y de algún otro la obra maestra. No nos han dado ellos la obra
maestra; y tened en cuenta que, en punto a los fines del arte, eran los
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�LA PLUMA
-- - -- -

LA PLUMA
más preparados y dotados, Soffici sobre todo, que tien~ como poeta de
pequeños motivos una perso~al!dad acusada _Y reconosc1blc, y como_ hombre una conciencia recta e 1tahana. Pues bien; más que de Soffic1 o de
Papini esperamos obras verdaderamente representativas, de otros de
aquella ciudad-de Jahier, por ejemplo, o de Cicognani-, no obstante
nos parezca que este último malgaste harto sus innegables facultades de
observador en juegos más que psicológicos, folklorísticos. La •Casa Vallecchi&gt; acompaña fiel a estos sus autores, por el mundo, con una tenacidad y una nobleza que, editorialmente hablando, tienen algo de heroico.
Otro tanto hace cLa Voce• con sus autores, sobre todo por medio de esa
inolvidable colección de / Quaderni della Voce, en la cual Prezzolini, ese
estu pendo propulsor de artistas y de nombres, recoge siempre cuanto se
destaca en el restringido ambiente de nuestra vida literaria y espiritual.
Otras casas editoriales de esa ciudad producen también. Las antiguas
Leroonnier y Barbera han intentado rejuvenecerse en estos últimos tiempos; la primera creando una colección para las jóvenes italianas, Per piu
vedere, de noble presentación y elección, y otra de traducciones, Poeti e
prosato-n· moderni; la segunda, rejuveneciendo bajo la dirección de Sodini
su colección Diamante, en tie111pos dirigida y cuidada por Carducci. Battistelli, encerrado en su retiro del Gelsomino, mezcla traducciones del castellano y del inglés, obras originales, ensayos críticos y obras de exégesis
histórica y bibliográfica, mientras Bemporad sigue a su paso ecléctico alternando con las novelas la política y la historia. Más acusado, y en cierto
sentido más representativo en punto a la vida espiritual florentina, que no
tiene significación hoy, , s Sansoni, editor sobrio y contenido, que se fía
de pocos autores nuevos y prefiere siempre los clásicos a los modernos.
Admirable presentación con la que ofrece sus obras, las cuales son, ya de
critica, bien antológicas, como 1 pro.filie Caratteri, de Ermenegildo Pistelli, o la antología A raccolta, del viejo Ferdinando Martini, el prosista
'llás sano de la vieja generación, o Jl melíJgrano, de Alfredo Panzini, antología en que el fino humorista ha recogido las más bellas páginas italianas de todos los siglos. Continúa imprimiéndose en Florencia la ya célebre hoja literaria It Marzocco, dirigida por Orvieto, aunque no ha sabido
rejuvenecerse y suénales a los jóvenes como una campana fija. Sobreviven
en esa hoja que, de jóvenes todos amamos, los antiguos críticos Gargano,
Raina y otros; pero estuvo inspirado Orvieto cu1ndo, ai morir Rabizzani,
eligió como crítico de la prosa narrativa a Luigi Tonelli, joven oue era y
es dignlsimu artista. De Tonelli quisiera hablar largo, porque más que
por su crítica, llana, benévola, pero singularmente sagaz, cuenta por su
fisonomia moral, que le lleva a indagaciones, muchas veces insondables,
de los más angustiosos problemas modernos. Ha estudiado uno de estos

problemas en el volumen L'aníma e il tempo. Stazioní spiritualí di un
combatl~~ile, estudio, a f~erza de intu~ciones, del alma de un hombre en la
gu~rr~, ,1b_ro q_ue ~e adv1er~e producido por un critico, a quien socorre
fehc_is,ma 10sp1ra~16n a~tlst!ca. Tonelli narra reflexivamente, y su estilo,
habituado a la 10vestigac1ón, acom paña, o por mejor decir, se adhieie
perfectamente a los hechos y a los momen~os psicológicos a que se acerca, hasta conmo~er al lector, y no superficialmente por cierto.
Y de Florencia no tendria más que decir, si no es que difícilmente nos
co~v~nceremos ?e que no es ya la ciudad que ayer no más nos enseñaba
a v1v1r y a ~stud1ar. Queda a un lado con todos sus autores y editores
como ~na ciudad menor, y creo que en vano esperaremos del Amo un
?uevo impulso con afanes más sólidos y concretos de los que hoy trabaJan a los Jóven~s. ~n efecto, los jóvenes ya no correo como nosotros antaño a Florenc11, smo que desde su provincia, abarrotada de cuartillas la
n:ialeta, afluyen todos a Milán, la capital que atrae con sus tentáculos de
nqueza y despre_ocupación ... ¡Milán! Mas cuando llego a mi vez, y siento
el ol~r de las chimeneas h:iimeantes ~ prima alba y diviso de lejos la «Mad?nmna» de la catedral, pierdo también mi natural buen sentido y me olvido de _grado de que soy ~n literato. Porque Milán, literariamente es una
Babel, cierto; pero como ciudad, Milán es la única de toda Italia e~ la que
verdaderamente se ve vivir, y en que se vive. Y así, yo también me dejo
arrebat~r de la magia de la acción, que tal vez es preferible-~quién podrá dec1rlo?-:a tantas afanosas especulaciones e incluso a nuestros más
tenaces trabaJOS en pró de un arte nuevo y duradero ..
MARIO PUCCINI

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54

,

�LA PLUMA

LIBROS Y REVISTAS
Miguel de Unamuno.-Tres Novelas Ejemplares J Un Prólo~o (Colección
Contemporánea. Calpe).-Et Cri"sto d&amp; Velázquez. Poema. (Calpe. Los Poetas. )
Dos de las tres novelas que componen el primero de estos volúmenes habían sido publicadas ya por su autor con algún lapso de tiempo de por medio
en una colección popular. La tercera que ahora completa el tomo les da, con
el prólogo que define terrninant.!mente el propósito de su autor, una significación precisa que alivia sobremanera la tarea del informador literario. Son
ejemplares estas novelas no tanto porque de ellas se deduzca intención moral
alguna-viene a decirnos don_ Miguel d~ Unamuno-,_ c_t~anto por la lección estética que se proponen. Lección resumida en la conc1s10n, como norma general eliminatoria del detalle, característico del arte realista, al que Unamuno
opone su realismo, en el cual las personas creadas por el novelista lo son por
entero, es decir, proceden del mundo exterior sólo eu cuanto su manera de
comportarse en la vida suscita en el novelista una reacción creadora que les
presta un espíritu que ellas mismas ignoran poseer y de que tal vez no están
dotadas. De ese modo don Miguel de Unamuno, lejos de objetivarse en la lucha de las pasiones ajenas y presenciar el desarrollo fatal de su creación conforme a la misma lógica inexorable porque se rige la vida humana a los ojos
de Dios, imbuye el propio espíritu a los personajes de su m undo de ficción,
sometiéndolos a todos y cada uno a la experiencia de su conciencia, subjetivándolos, metiéndoselos dentro de sí, y no tanto purgando sus respectivas
pasiones como prestándoles él su ánimo personalísimo.
·
Esto en cuanto a la teoría. El lector, •que sin otra preocupación crítica que
la de solazarse con un libro de entretenimiento coja estas novela:;, hará bien,
para nuestro gusto, en empezar por la que figura la última ,e n esta edición y
fué escrita la primera. «Nada menos que todo un hombre• es un magnífico
cuento, donde la fuerza del relato apenas si deja lugar para que el lector suspicaz descubra la técnica que el autor emplea en conseguir la emoción del público. ,El Marqués de Lumbría» ya deja entrever, por cierta insistencia-no
por voluntaria menos forzada- en diseca~· la narración, el amaneramiento que
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,en «Dos madres• se manifiesta patente, dominando el relato y estorbando la
compenetración del público con los personajes de la novela. De «El Marqués
de Lumbrfa• subsi~t~ con más fuerza no ya l_a historia ejem plar que el autor
!)OS presenta con ng1dos trazos, pero el ambiente verdaderamente trágico, fatal, en que las figuras se mueven como sombras y quimeras de pesadilla. En
•Dos madres» nuestra atención se pierde sin asidero ni reparo aaradable en
el dédalo de sentimientos morbosos que el autor acumula en torn~ a una obsesión angustiosa: el anhele&gt; de maternidad de una mujer infecunda.
No est~mos mu}'. seguros, sin embargo, de que nuestro disgusto dependa
-de_ pura d1screpa?c1a de concepto, de una diferencia teórica. ¿Cómo si nó explicarnos el deleite con que nos olvidamos de toda consideración crítica leyendo &lt;Nada menos que t?do un hombre•_, !1acid~ de_la misma voluntad creadora que sus hermanas? B ien que, la cond1c1ón esencial del artista e s esa de
produci r _Ja emoción ,ajena, y el propio don Migu_el de Unamuno asegura ha-ber escnto este _prologo de sus novelas autob10gráficas después, es decir,
~orno consecuencia y no como precepto anterior que a sí propio hubiérase
1mp~esto. Tal nos pa_rece s~~- la buena d~ctrin,a. Ahora que, se nos antoja, con
prur~to tal v~z ~xces1vo e h!JO acaso del 111teres coa que hemos seguido la produc~1~n del m_s1gne maestro de Salamdnca, que don Miguel de Unamuno si no
.escnb1ó el prologo antes de «El marqués de Lumbría, y ,Dos madres•, se impuso cuando m enos a modo de disciplina la obligación de escribir esas dos
no~elas ~~ya ejemplar_idad trabajosa ~e fu_é dictada erróneamente por la justa
satisfacc1on con que viera pagado el 10sp1rado esfuerzo que guió su pluma al
-credr «Nada menos que todo un hombre».

* **
. Al mismo tiempo que las Tres novelas y 1,n Prólogo ha publicado la editonal Calpe f'l Cristo de Velázquez, poema cuyas primicias gustamos hace ya
algunos años en una lectura.incompleta que de él hizo don Miguel de Unamuno, eo el Ateneo, cuando aún no estaba terminado. No es ciertamente El C,-is.fo de Velázquez uno de tantos libros de versos como se public1tn al cabo del
año,_y no sólo por la calidad de la poesía, que muestra poquísimas conco.nil~~c1as con 1~ moderna escuela-de Rubén Darío a la fecha, valga la demarcac1on en ~érmm?s gen~rales-, sino por la cantidad, la densidad, el peso que la
caractenzan, d1ferenc1ándola desde luego de esa brevedad y ligereza, exteriores cuando menos, comunes a la varia inspiración de los poetas que cuentan
actualmente en lengua española.
No se puede decir que Et C1·isto de Vetázquez atraiga y subyugue desde
luego ta atención del lector que no se haya propuesto de antemano la tarea
de leer. e_l poema. No men_os de ~uatro mil endecasílabos lo componen, sin
otro ahv10 acentual en el n tm0 u111forme y grave, que la medida defectuosa
de 2lgun os versos, que el poeta no ha querido corregir, a conciencia sin duda
p~r no ceder de fa fut:rza, y a un dire mos mejor de la dureza expresiva, abandc:
nando~e al halago de la música. El sentido del poema, por Jo demás, es claro
Y preciso. En el Cristo pi11tado por don Diego de Silva Velázquez, ve e l poeta
d trasunto artístico de la divinidad hecha carne mortal y como la transfusión

57

�LA PLUMA
LA PLUMA
.
1 . mo clásico al espíritu cristiano. Don Mide la serenidad apoltnea de\ beden1~ Cristo de Velázquez baila una relacié12 cague! de Uoamuno, c?nte~p an
e d d revelada en el Antiguo y Nuevo Testólica entre su propio án1_mo y a ':erbóª11·ca a su entender del espíritu espa, castiza que le
' sirve d e as1"der0 ,
tamento, a t ra vés .de e-;a imagen s1mt d" ión
ñol. y por mejor mse~ta_rse e°se!tab:~z:~ del Dios-Hombre, cuyo divino miscanta en conceptos m1st1c?s 1~ . t d artística del pintor español por exceterio hace patente a sus o¡os a v1r u
leocia.
. . . en tao acabada representación de ese
Porque ll~d_a falte, ª ?~e str~~~~~~~tismo del poeta muéstrasenos como ullespíritu trad1c10,na_l, el ngido ~ ,
a herencia espiritual parece habe~ rereflejo de los m1st1cos ~e~ero ::n~~ ~~~resentativo de nuestra España qu1mécibido ese hombre ver a era
l . rse y ensimismada se ahoga, que se llama
rica, zozobrante, que pugna por sa va
don Miguel de Unamuno.
C. R. C.

¡°

•••

bi

Juan José Domen;

¡°ª;¡

Del Poema Eterno.- Con palabras iniciales de
drid -Las Inten·ogaciones del Sile11cio. .

Ramón_Pérez ~e ya a, . ª
· u prologuista-es como alto y encnstalad0,
«Este hbro-d1ce del pr~mero s
rosadas primicias de una aurora.• y a
ventanal en donde se espe¡anó la~ slo~esvío que la atención pública roaoifiescontinuacióo se duele, ~º':1 ~az ~• \ias que tan felicísimas ei,peranzas encieta por toda clase de_pnm1c1as 1•sera ue ~ escribir nc,s mueve, luego de leíd?srrao en alguna ocasión, como, e ta q José Domeochina poeta nuevo, es decir.
los dos libritos que nos e_nvt Juaf estos.vo,úmenes de reciente publicación.
joven y original. N~ _son c1er amen e - ero dónde está la crítica? No todos
El silencio de 1~ critica acerca del~l~:rids de la1 o cual café-disculpa n?cstra
los lectores frecuentan las mesas.' e ha an visto en LA PLUMA las poes1as reignorancia y ~uestro retraso. Qu1eb':1es
ertirán desde luego cuan justificada
cientemente msertas de Domenc ma, a v
es nuestra queja.
,
vo oeta ensaya no es adecuada al gusto
Cierto que 1~ p~~s1a qu; estet ~u~ue ~costumbran improvisar los zagueros
de la fácil mus1qu1l a ~en unen a
. te anos Menos aún se compagina con
del mo~imi:~to moderni,st~óde hn~~~:•:i kaik,ii;mo y otras minucias poé~icas de
la pred1lecc1on de los.mas vene h" se propone expresar con armómca proúltima hora. La poes1a de. om:~c 11:~pectáculo del muntio y las reflexioneporción la correspond_enc1a ~n ie e . á enes no a areceo simplemente ex1
que en el ánimo p roJ?!º s~s.:~!:J;;3!1 :C,e1a ror la oc~sión lirica, sino entendipuestas en una re1ac100 msr.
.
ntimientos
das en un concepto jerár9uico del ideas s~oa dedicat"oria su admiración por
No en vano Domenchma proc ama
Pérez de Aya la.
.
dimienlo pueda degenerar en alam·
1
Hay, es ciar~, el peh_gro de que ~si:~~efavorabilísimo presagio el propósito
bicado conceptism_o. Pa, ª1 t1~_estro gtrón de la penúltima revista extranjera.
de Domenchrna, a¡eno a
imo pa
C. R. C.

J

b

in

Alberto Gulllén.-La linterna de Diógenes.-.Editorial América, Madrid.
El autor de este libro ha dado cima a una proeza de reporterismo escandaloso: tras de interrogar a treinta y tantos escritores, y de hacerles hablar de
sus obras y de las obras de sus émulos, que es, en conjunto, como abrir los
veneros inagotables de la maledicencia y de la vanidad, imprime en un volumen las confidencias recibidas-bajo promesa o con encargo de secreto, las
más de ellas-, mostrando al grao público algunas interioridades bastante sucias del mundillo literario madrileño. ¡Vaya una diablura! Con tal libro, el señor Guillén dará más que hablar en ciertos corros y grangeará no menor número de enemigos que si hubiese escrito una novela excelente. La mayoría de los
ingenios interrogados por el Sr. Guillén, en efecto. no ha podido resistir la pícara comezón de desollar al prójimo; muchos se han desatado en juicios que
no hubiesen proferido de haber entrevisto que'se iban a publicar. Y ahora que
el Sr. Guill~n descorre de pronto el telón y los vemos a torlos juntos, diciendounos de otros las mismas cosas y haciendo casi los mismos gestos, el cuadro,
es regocijante y triste a la vez. Por su parte, el Sr. Guillén, que no es lerdo y
sabe mover la pluma con agilidad, traza de sus interlocutores-de sus víctimas, iba a decir-retratos malignamente recargados, o los so1 prende en la.
postura que menos puede favorecer al modelo. El Sr. Guillén conocía qué provisión de ridículo puede hacerse explotando la malquerencia mutua de los.
profesionales-más enconada y más r isible cuanto más bajos-y la explota con
desenfado y despreocupación notables, excesivos en ocasiones, y con gracia.
Confieso que muchas páginas de este libro me han hecho reír a pesar mío, --r
no por negarme a coodescellder con el propósito satírico del autor, sino porque hubiese preferido que ciertas personas mirasen más por su opinión.
No se pretenderá que tomemos este libro por un «examen• del estado presente de la literatura española. Para tal txamen, aunque su res11ltado hubiese
de ser extenderle al ingenio español la partida de defunción, mejor que consultar a los autores es consultar las obras. Y es deseable que el Sr. Guillén.,
por poco que le importen la&amp; cosas de España, emplee algún día su sagacidad
en demostrar impersonalmente sus preferencias literarias. Lo que buscaba
esta vez era un hombre, un corazón •para exprimirlo en su boca•; y como no
lo encuentra, apaga, asqueadc, su linterna. En t&gt;l fondo, ¿puede admitirse que
ese desencanto es lo que determina el fallo adverso que el Sr. Guillén arroja.
sobre nuestra producción literaria actual? Permítasenos creer que no. El ridículo que el Sr. Guillén hace recaer sobre casi todos sus interpelados, mana
de la desproporción entre las pretensiones y la realidad, entre las promesas y
los frutos, entre la bambolla o el r.ngreimiento de muchos y la endeblez de suobra. Todo el artificio del libro consiste en mostrar esa desproporción, no con
un juicio formulado directamente por el autor, sino con el testimonio de los
poetas y escritores mismos, citándolos a declarar, y, por decirlo así, careánd?los: dejad que los cántaros se estrellen contra los cántaros, parece haberse
dicho el Sr. Guillén. Pero no ha llevado el sistema hasta el fin. Se lo han impedido sus gustos personales. Cuando se halla ante un escritor de importancia.
Y talento verdaderos, o que se le antoja tal (y sus preferencias, dicho sea de
paso, se parecen algo a las nuestras), el Sr. Guillén, sin perder su desenfado~

* • *

58

•

59

�LA PLUMA

LA PLUMA

se guarda los dardos mortíferos, y a pesar de cuanto le hayan podido contar,
es respetuoso y hasta acimirativo. Conserva los libros que esos escritores le
regalan, al paso que, amablemente, vf'nde los que le han dado los demás, procurándose con el precio, según confiesa, cuarenta y cuatro reales de placer. En
suma: nos parece que el Sr. Guillén buscaba en realidad un escritor, y como
encuentra dos. ac~so tres, podemos darnos por satisfechos, aun aceptada la
.salvedad de que nmguno tenga valor «eterno•.
Es innegable la oportunidad del escarmiento (virtud de la sátira) implicado
en el libro del Sr. Guillén, a condición de no sacar las cosas de quicio. (Jue
,poetas y literatos se desuellen vivos, no es nuevo, ni privativo de los escritores, ni característico de los de Madrid, ni señal cierta de decadencia, ni en
último término, es cosa que empañe el valor de la obra del maldiciente. «Ninguno es tan necio que alabe el Quijote», escribió Lope, movido del rencor. Por
añadidura, cuando el Sr. Guilléo llegue a conocer a fondo a sus colegas españoles, verá que, si muchos son fútiles J parlanchines, pocos tienen verdadera
mala intención. Si participan en el infantilismo que aqueja a nuestro pueblo,
y andan por ahí algunos engreidillos con sus descubrimientos, es, más que nada,
por falta de mundo; pero son buenos, y muy campechanos, demasiado campechanos, y quien pretende ser satánico pasa los mayores trabajos del mundo,
porque esta vida que llevamos en Madrid, tan sana y tranquila, tan sin quebraderos de cabeza, es el antídoto de la corrupción, de la perversidad. Lo ver, daderameate feo es el vicio de disimular la opinión íntima, alabando en público
lo que en privado se zahiere. Quisiera disculpar ese extravío como prevención
nec:s~ria para vivir en este pueblo tan chico (la cortedad del Jugar es dispensa
caoomca); pero no lo bago, para abundar en el propósito moralizador del
Sr Guillén. Grato sería ver a todos los hijos de Apolo, aun a los más desbere--Oados, amoldarse al tipo de «hombría cabal• descrito con tan elegantes palabras
por Pérez de Ayala en el prólogo de La lintu-na de Diógenes. Pero el hombre
-ea?al (l' honni!te. ~01:11ne, el cortesano cum_rlido), ha sido siempre un ejemplar
mas raro, más d1fic1l de ballar que un artista verdadero, y muchos, colmados
de tal_entos por_ k&gt;S ~ioses, si acertaron~ parir obras_ durables, no pasaron de
-ser, sm afectación, simples canallas. As1, pues, ese tipo de hombría cabal, más
que una norma de vida a?equible, viene a ser un norte por que deben gobernarse todos: y es tal su virtud, que del puro esfuerzo de buscarlo ya nace una
-contención, una disciplina.
M.A.
***
Federico Schlegel.-Lucinda, novela. Traducción de José Moreno Villa. Dos
tomos. (Ediciones de LA PLUMA, serie 1).
«En su significación de manifiesto o programa es como tiene valor este
libro,-d ice de Lucinda Jorge Brandés ea el suyo Principales corrientes en la
lite1·atzwa del siglo diecinueve-. cSu idea central es la de proclamar la unidad
y armonía de la vida, que en la pasión amorosa más clara y comprensiblem_e~te s_e procla_ma, dando una expresión sensual a la emoción espiritual y es_,p 1ntuahzando el placer.&gt; Su fundamente es, pues, la doctrina romántica de la
60

•

iden}idad de la vida y l_a poesía. En L Ncinda se encierran en germen todas las
teonas _d~senvueltas_ e ilustradas más tarde con ejemplos en la historia del
romanbc1smo., El oc10, la anarquía moral, el goce de los sentidos, constituyen,
su credo filosofico.
Pero no nos ha movido a publicar ahora por primera vez en español la exl:aña novela d e Schle&amp;el consideración alguna de orden puramente histórico,.
srno su correspondenc1:1 coa el momento por que actualmente atraviesa el
mu_ado, correspondencia acertadamente señalada por el traductor en el breve
prologo con que justifica sus preferencias de un tiempo por esta novela desconcertante y descon.éertada.
!,ucinda no es tanto l! historia de un amor ea sus menudos detalles y anrcdóbcos_ porme~or'?~• cmd,a~osarnente_ anota.dos- conforme a un orden lógico,
C?mo la transcnpc1on ".er!d1ca, real, mmed1at~, confusa, de una pasión padecida por_ el_ autor, con~titu1do en centro del umverso, en cuanto su instinto,.
sus seottm1~nt~s, su v1?a personal es la única experiencia en que se fundan
sus determmac10ne~, a¡enas a toda ley que no sean las de su egoísmo.
. •L:na de las pésimas costumbres en que Julio (protagonista de la novela
b1?grafica d~ su _autor) destrozaba su bravía juventud era el h acer de Faraón
ba¡o la apanenc1a de la más violenta pasión, y, sin embargo, andar distraído y
ª?seot~; ~venturarlo todo en un momento de calor, y, una vez pasado, desv~arse 1~d1fe1:ente. Un amor sin objeto prendía en él y destrozaba su interior.
Srn oficio y ~10 finalidad se lanzaba sobre las cosas y los hombres como quien
busca con, miedo algo_ de d?nde pende toda su felicida¿. Todo lograba atraerle;
nada alcanzaba su sat1sfacc1ón. Su mayor encanto cifrabalo en el trato humano
d~J género 9-ue fuese, y siemp1e que se hastiaba volvía de nuevo a los aturdimientos soc1!les. En realidad, desconocía por completo a las mujeres, a pesar-de haber ten~do trato con ellas desde muy temprano. En cambio, los muchachos que teman puntos de contacto con él acogíalos :on férvido cariño y con
u? verda~e:o arranque de amistad. Prefería, a la manera que un cazador brav10, prec_1~1t~rse pronto y valie,1te en la rápida vertiente, a través de la vida,.
9ue mart!nzarse lentamente con la precaución.• En cuanto a Lucinda, era «una
¡oven artista que, corno él, reverenciaba la belleza con pasión y parecía amar
la sole~ad y 1~ oat11;ra~~za tanto como él. Teuía una decidida incliuación por lo
romántico y él ~e smtio tocado por esta semejanza, aunque luego descubrió
otra más. También era de los que no viven en el mundo vulgar, sino en otrofigurado y pensado por sí misma. Sólo lo que amaba y honraba en su corazón
era real;, lo demás, nada; y distinguía bien lo que tiene un valor positivo. Además ha~1a roto con audaz decisión todos los lazos y reparos, y vivía libre e in dependiente por completo.•
~a publ!cadón de Lucinda en 1797 suscitó en Alemania un gran escáudalo.
La mmo~ahdad _de q~e su aut~r alard~aba como principio general, le atrajo la,
per~ecuc_1ón social mas encarmzada, viéndose privado incluso del derecho de
res1denc1a en algunas ciudades, cuya hipócrita virtud sentíase alarmada con
solo su paso. En Lucinda retrató Schlegel a una mujer excepcional, Dorotea
Mendelssohn, cas:i~a por razon~s familiares con el i:&gt;anquero Veit, divorciada
del cual fuése a v1v1r con Federico Scblegel a Jena. Escritora a su vez, personi61

�LA PLUMA

LA PLCMA
iica en su novela Florentino al compañero de su vida, de quien era musa viva,
y aun más que inspiradora, colabondora amorosísima. Junto a ella, cruza por
las páginas de Lucinda la imagen de otra mujer, directamente trasladada del
panorama de la romántica sociedad alemana de entonces, Carolina Michaelis,
viuda de un cierto doctor Bohmer, casada despl!é3 con Augusto Guillermo
Scblegel y divorciada de él más tarde para casarse nuevamente con Schelling,
matrimonios estos dos últimos que la hicieron figura principalísima del movimiento literario-filosófico que en derredor suyo se desenvolvía con arrolladora
,-pujanza. Carolina, así conocida por su solo nombre de pila, después de la publicación con t al título de su epistolario, vivió en relación con Goethe, Herder,
Fichte, Hegel. Tieck, Schleimacher y Handenberg, por el tiempo de la gran
intimidad de Goethe con la joven escuela. Al protagonista de Lucinda, la aparición de aquella mujer, •naturalmente iínica, tocó su espíritu de un modo
total y en el centro. Era capaz en una misma hora de fingir la ingenuidad más
,&lt;:órnica con toda la soltura y la distinción de una actriz formada, y de leer una
poesía sublime con la dignidad ai-rebatadora de una canción vacía de arte. Y,
·si11 embargo, precisamente esta µiujer demostraba en toda solemne ocasión
valor y fuerza hasta el asombro; desde este elevado punto de vista, además,
-era desde donde ella jnzgaba la valía de los homb1·es.&gt;
La traducción de Lucinda entraña especialísimas dificultades, dado su estilo
.arbitrario, conceptuoso, ora arrebatado de lírico énfasis más propio de la
poesía, ya henchido de filosófica petulancia, o rebajado a expresar observaciones nacidas de un sentimental,smo caprichoso y las más de las veces sin otro
.atadero que el de la conciencia extravagantP del autor. Moreno Villa ha res•
petado, aun a trueque de la oscuridad de algunos pasajes, la forma alambicada,
rebelde, modernísima en su misma desintegración, del original, al que ha pres·
tado con la fidelidad del traductor probo la gracia de una versión verdadera•mente poética.
c. R. c.

*

*

*

:Francis de Miomandre.-Le Pavillon du Mandarin. (París, Emile-Paul freres. Editores. 1921.)
Con el título vago e insospechable de Le Pavillon du Mandarin ese escritor
.ágil y diverso que es Francis de Miomandre publica una colección de artículos
quP. han debido de resumir, acá y allá, horas de entusiastas lecturas. En la dorada_ atmósfera apacible de un pabellón chinesco, rico en colores y de perfil
grac10so, el refinado mandarín hace pasar ante su fantasía la varia perspectiva
de las páginas-paisajes.
Paisajes de todo tiempo y de todas las tierras, descritos con tan viva imaginación y tan fácil discurso, con tan convincente cordialidad, que son, cada
uno, invitación al viaje por las páginas impresas.
. La poesía mística en Persia, Víctor Segalén y lU espiritu de China, El pensa•
,mento de la América latina, son relatos de una curiosidad llena de atractivos.
·y al lado de la Réverie sur un réve111· con que Miomandre evoca al botánico gi62

nebri~o que en sus p~seos solitarios.hacía poemas cuando creía disecar plan~as, y ¡unto a las _gras10sas conlide_nc1as de Miomandre acerca de su gusto por

Stendhal y su anhpatla por el bey!ismo se encuentran los comentarios llenos de
·un fuego prose_litista so?re_ la poesía de O. W. _Milosz o sobre Edmond Jaloux:
y los comentar~os más hm1dos, pero más profundos, acaso, sobre Paul Valery
.)'. sob1e Jean G1raudoux que_ son, probablemente, los-mejores ensayos de este
hbro, tan~o com? el esplén~1do estudio sobre Rémy de Gourmont.
Franr1s de M1omandre tiene por España un fervoroso sentimiento. Sus generosos bocetos sobre Cervantes en Francia y la unive rsal influencia de Don
'Quijote sobre el espíritu francés; su ardiente cántico de alabanzas a don Luis
de Góngora_, cuxos paralelismos con Mallarmé están tanto mejor trazados
c~anto qu~ m_evttables; sus art~culos sobre Enrique Rodó y sobre las conmovidas_ «Reliquias•, de José G~rcia Calderón, s~c otras tantas razones que haría n
de ~1om~ndre _un ·,1ombre d1g~o de ser retenido por el lector español si sus
méritos l1te'.anos tan sobresalientes en sus ensayos críticos como en su ya
·ª?undante lista de novelas no le hiciese sobradamente acreedor a la admira-c1ón ?e _u~ público que se la tributa ya comenzando a leerle traducido a su
propio idioma.
Otres ensayos como el que trata de las pequeñas piezas teatrales de Duranty, ese ~M?liere en. miniatura» y las páginas dedicadas a la crítica de Edgar
Poe son, as1m1sJ?o, muy notables. No e,e ~omún una colección de artículos que
al enconti:-arlos ¡u~tos, ~espués de la rap1da lectura en las revistas, produzca
u_na Sf"me¡ante sahsfacc1ón, afirmando por su simple convivencia una personalidad notable .
Ad. S.

***
. Del sonido-ruido y su instrumental.-Años hace que los músicÓs futunstas metían ruido en Milán. Ahora aparecen con estruendo en París donde
ac~ban de dar, bajo la dirección del maestro Antonio Russolo, un c¿ncierto
·•e¡ecutado entre las vocifera.~i~mes de la parte tradicionalista del público•. En
~uestro excelente co.lega pansm? La. Revue del' Ept_Jque, Luigi Russolo, hermao del maestro, exphc~ las _mod1ficai:1ones q~e ha mtroducido en la orquesta
para adaptarla a las exigencias de la nueva musica. «La evolución de la música
-que s~ acerca al so_n~do-ruido, es paralela a la multiplicación creciente de la~
máqu!nas que part1c1pan en el trabajo humano. Junto al ruido variado de las
: áqui~as el s~nido puro, P?r su peq~eñ~z y monotonía, no suscita ya emoción.
..1 somdo mu~1cal es demasiado restnng1do en cuanto a la variedad y a la cantidad de los hm~res: No se?ª am~liado hasta ahora el número de timbres por-que no se conoc1a bien la diferencia que separa el sonido del ruido. Creíase que
~ra eno:me y profunda. Es mínima. ~n realidad, no es más que una diferencia
cantidad en el número de armómcas que acompañan al sonido fundamenta· E~as armónicas son más en el ruido que en el sonido. Había que crear,
pu_es, 1nstrumentos construidos de modo que cada uno diese el timbre de un
~ ido, con la posibilidad de modificar el tono, con todas las variaciones diatónicas Y cromáticas. Esto lo he realizado yo-dice Luigi Russolo-con mis

1

6J

�LA PLUMA
bruileur s. Son instrumentos de música absolutamente nuevos, con timbre nue vo
y timbre modificable a voluntad. Para tocarlos se mueve con la mano izquierda uua palanca que resbala por un plano donde están ind icadas las notas, mientras se da vueltas a una manivela con la mano derecha. Algunos bruiteurs, en
Jugar de manivela, tienen un botón eléctrico. He per feccionado y realizado 29
bruiteurs; 3 ululadores (bajo-medio-agudo); 3 gruñidores (ídem); 3 crepi tadores
(ídem); 3 chirriadores (ídem); 3 zumbadores (ídem); 3 bor botadores (ídem); 2 estalladores (bajo y medio); 4 graznadores (bajo-medio-agudo-sobre-agudo); 4 susurradores (ídem); un sibilador. &gt;
Bien. Se necesita una palabra castellana equivaknte a bruiteur. ¿Quién tiene
alguna que proponer ?

AÑO JI.

MADRID, A GOSTO 1921

***
Libros recib idos.-José-Fabio Garnier: A la sombra det Amo,·. San José •
de Costa Rica, 1921,-Ernesto Reoau: Páginas escogí.das; traducción de Cornelio Hispano; El Convivio, San José de Costa Rica, 1921.-Antooio Gallego y
Burin: Ganivet. Granada, 192 1.-Cartasde Bolíva,· (1823- 1824-1825) 1 cou notas
de R. Blanco Fombona. Editorial A mérica, Madrid, 1921.-Ramóo Gómez de
la Serna: El Doctor inverosímil, Publicaciones Atenea, Madrid, 1921.-Teixeira
d e Pascoaes: Tierra Proltibida; Francis Jammes; Del toque de alba al toque de
o,·ación. Madrid, Cal pe, Los Poetas.-Courteline: Los súiores chupatintas; Julio
Camba: La ,·ana viajera; Arnold-Bennet: El matador de Cinco Villas; Enten·ado
en vida; René Benjamín: Gaspar; Madrid. Cal pe, Los Humoristas.-J uan Giraudoux: La escuela de tos indiferentes; Annie Vivanti: Los devo.-adores; Enrique
Mann: Diana; Tomás Mano: La muerte en Venecia; Antón P. Chejov: Et Jardín
de tos cerez(&gt;s; Marcelo Proust: Por el camino de Swann; Madrid, Cal pe, Colección
Contemporáuea.-Daniel Ruzo: Así ha cantado la Naturaleza; Lima, 1920; Madrigales; Lima, 1921.- A. Hernández Catá: La voluntad de Dios. Novela (Alej andro Pueyo, editor XCMXXI). -Enrique Barbusse: El resplandor en el abismo.
Traducción y estudio preliminar de Quintiliano Sald aña (Rafael Caro Raggio.
editor, Madrid).-Rafael Lozano: La alondra encandilada, 1916-1921. Prólogo de
Luis G. Urbina (Biblioteca Ariel, Madrid).-Federico G. Lorca: L ibro de Poemas (1 92 1, imprenta de Maroto, Madrid).
Revistas. - Mercure de h·ance, París. - Le P,·ogrés Civique, París. - La
Connaissance, París.-La Revue de l' Epoque, París.- Vida Nuest1·a, Buenos
Aires.-Athenaeum, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le C1·apouillot, París.- Belles Lettr.s, París.-Cuttu,·a Venezolana, Caracas.Die Aktion, Berlín.-Pegaso, Montevideo.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. ~ Poesía ed .irte, Ferrara.-España y América, Cádiz.-He1·mes. Bilbao.- L' Art Libre. Bruselas.-9a fra, Amberes.-Página, Sevilla.Studium, Lima.
·

1

NÚM. 15.

~

LOS CVERNOS
DE DON FRIO L ERA

ESPERPENTO ~ SV A VTOR

DON RAM'ÓN DEL VALLE-INCLÁN
ESCENA U N DÉCIMA
f!OCHE ESTRELLADA. Fragancia serena. Un huerto ae n,iran;os y cla·veles, con el claro de luna sobre la tapia. Cantan los grillos
: s: apag~n las luces de algunas ventanas. :Juanito Pacheco, encaramaun arbol, acecha una ré_ja vecina, que, en las jirondas de t
huerto' p ermanece z•¡umznada.
.
Doña Loreta, con peinador lleno de l o ro
sale a la ·
l
,
azos,
_ re¡a, Y e galan saca la figura sobre la copa del árbol, neuro
0
Y torcido como un espanta-pájaros.
DOÑA LOJI ETA

¡Pachequín!

s

�</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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            <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753230&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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              <text>La Pluma, 1921, Año 2, Vol 3,  No 14, Julio</text>
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              <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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              <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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      <name>Los cuernos de don Friolera</name>
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