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                  <text>LA PLUMA
bruileur s. Son instrumentos de música absolutamente nuevos, con timbre nue vo
y timbre modificable a voluntad. Para tocarlos se mueve con la mano izquierda uua palanca que resbala por un plano donde están ind icadas las notas, mientras se da vueltas a una manivela con la mano derecha. Algunos bruiteurs, en
Jugar de manivela, tienen un botón eléctrico. He per feccionado y realizado 29
bruiteurs; 3 ululadores (bajo-medio-agudo); 3 gruñidores (ídem); 3 crepi tadores
(ídem); 3 chirriadores (ídem); 3 zumbadores (ídem); 3 bor botadores (ídem); 2 estalladores (bajo y medio); 4 graznadores (bajo-medio-agudo-sobre-agudo); 4 susurradores (ídem); un sibilador. &gt;
Bien. Se necesita una palabra castellana equivaknte a bruiteur. ¿Quién tiene
alguna que proponer ?

AÑO JI.

MADRID, A GOSTO 1921

***
Libros recib idos.-José-Fabio Garnier: A la sombra det Amo,·. San José •
de Costa Rica, 1921,-Ernesto Reoau: Páginas escogí.das; traducción de Cornelio Hispano; El Convivio, San José de Costa Rica, 1921.-Antooio Gallego y
Burin: Ganivet. Granada, 192 1.-Cartasde Bolíva,· (1823- 1824-1825) 1 cou notas
de R. Blanco Fombona. Editorial A mérica, Madrid, 1921.-Ramóo Gómez de
la Serna: El Doctor inverosímil, Publicaciones Atenea, Madrid, 1921.-Teixeira
d e Pascoaes: Tierra Proltibida; Francis Jammes; Del toque de alba al toque de
o,·ación. Madrid, Cal pe, Los Poetas.-Courteline: Los súiores chupatintas; Julio
Camba: La ,·ana viajera; Arnold-Bennet: El matador de Cinco Villas; Enten·ado
en vida; René Benjamín: Gaspar; Madrid. Cal pe, Los Humoristas.-J uan Giraudoux: La escuela de tos indiferentes; Annie Vivanti: Los devo.-adores; Enrique
Mann: Diana; Tomás Mano: La muerte en Venecia; Antón P. Chejov: Et Jardín
de tos cerez(&gt;s; Marcelo Proust: Por el camino de Swann; Madrid, Cal pe, Colección
Contemporáuea.-Daniel Ruzo: Así ha cantado la Naturaleza; Lima, 1920; Madrigales; Lima, 1921.- A. Hernández Catá: La voluntad de Dios. Novela (Alej andro Pueyo, editor XCMXXI). -Enrique Barbusse: El resplandor en el abismo.
Traducción y estudio preliminar de Quintiliano Sald aña (Rafael Caro Raggio.
editor, Madrid).-Rafael Lozano: La alondra encandilada, 1916-1921. Prólogo de
Luis G. Urbina (Biblioteca Ariel, Madrid).-Federico G. Lorca: L ibro de Poemas (1 92 1, imprenta de Maroto, Madrid).
Revistas. - Mercure de h·ance, París. - Le P,·ogrés Civique, París. - La
Connaissance, París.-La Revue de l' Epoque, París.- Vida Nuest1·a, Buenos
Aires.-Athenaeum, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le C1·apouillot, París.- Belles Lettr.s, París.-Cuttu,·a Venezolana, Caracas.Die Aktion, Berlín.-Pegaso, Montevideo.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. ~ Poesía ed .irte, Ferrara.-España y América, Cádiz.-He1·mes. Bilbao.- L' Art Libre. Bruselas.-9a fra, Amberes.-Página, Sevilla.Studium, Lima.
·

1

NÚM. 15.

~

LOS CVERNOS
DE DON FRIO L ERA

ESPERPENTO ~ SV A VTOR

DON RAM'ÓN DEL VALLE-INCLÁN
ESCENA U N DÉCIMA
f!OCHE ESTRELLADA. Fragancia serena. Un huerto ae n,iran;os y cla·veles, con el claro de luna sobre la tapia. Cantan los grillos
: s: apag~n las luces de algunas ventanas. :Juanito Pacheco, encaramaun arbol, acecha una ré_ja vecina, que, en las jirondas de t
huerto' p ermanece z•¡umznada.
.
Doña Loreta, con peinador lleno de l o ro
sale a la ·
l
,
azos,
_ re¡a, Y e galan saca la figura sobre la copa del árbol, neuro
0
Y torcido como un espanta-pájaros.
DOÑA LOJI ETA

¡Pachequín!

s

�LA PLUMA

/-

-

r

L A PLUMA

PACHEQUÍN

¡Prenda adorada!

DOÑA LORE'rA

Lleva una faca.

1

DOÑA LORETA_

Pues el sujeto que me
aceitar un pistolón.

PACHEQUÍN

¿Te llegó mi mensaje?

-----

) 0

l

ill

¡

PACHEQUÍN

,_

¡Qué c~mpromisol

•

- ¡Estoy volada! A mí poco me importa morir, pero me sobrecogepensar que- peligra la vida de un sujeto de las circunstancias de usted, Paehequín,
PACHEQUÍN

Así-habla el amor! Por lo demás, un- hombre es como otro, y
1
servidgrcito no le teme al teniente . ._,, ...__,.,

,....

DOÑA LORETA

mu:~~:~

· ,, • · " ,.. ,

1

"·

1

,

, , , ., PACHEQUÍN

digo yo 10 que

1 J\.·

LORET~

'· Morir, .~o me in;iport~..
"' '· ·

~

1lJ1o11,

1

DORA

DOÑA LORETA

),¡""U U

~visó''cte' andar con ,.cª\ tY1.~ ,,Y1 ~~ vtsto

~~ .diJ·~;o~

•

~n .'.~ie;ta,,~oasiófü

1
•

L~ ·v,ida-es:

D'o'Ñ'f ' í:.oRÉTÁ ·
Cuando hay felicidad, Pachequín. -", , ... ... ,., ...... ,. _., ..,.

r

PÁcHtQbiN
Tu felicidad es ser mi compañera. ., ...,. ~, .. "" ,. , ......... .,

PACHEQUÍN

¡Yo soy alicantino!
.._... . .
,11· ..
'

l

,. •
- - \.. - ::.. :...

iioNh -eRE!f'A

¡Ay Pachequín,. qué negra estrella! Si tomó una resolución dematarfios· llf cúníp1itá, ~ muyiemoscr. '-.../ · · •-• / ·
· '-.../ '--

1:

li,·,,¡
''.!i·.

PACHEQUÍN

Yo, donde le vea venir frente a mí,

•

le.madrugo':' -

n'ójNÁ \.,LoMTA
1

, ,, No püedo 'abanaoñar mí ooligaéi6ñ' dé éspo~á. 'y madre: , ,
·&gt;-• 1 u•

...,.,

J

J

1

,i1 l 1 , u

PAGHEQUÍN·

voci!!f quiere decir que al cb'nsidera:trtté -'celtr~p@drd'o"tne 'equi1

' d l . t , l ,.J

I

I

l

¡

DOÑA LORETA

,, .
...,,J
,•
Use
t d necesita una mujer sin córrípió;;{ls~s': '";. .,,..
..Ji...1~ ... J..1 1 ·

DOÑA LORETA

· - · · -·

f. l .J I ,l.t l

Y se pierdé ústed, Pachequín.
PACHE9UÍN,

PACHEQUÍN
• _•

. . , ••

J .

PACHEQUÍN

¡O de un tiro traidor.. .!
66

a

. 1 ) 1 U,,. 1

,.,,. \HJ

DOÑA LORETA

¡Mi honra nos separa(
- ..... J~,J

¡Mi destino es morir degollada!

¡

¡Loretita, todo nos une!

Nada me.importa, si salvo la vida de.1,Jna e~posa !Uártir.
DOÑA LORETA

.J ~

~-

...

. .. ,_ ... , ... .

' , , , , , , ,.,

, .... i

&gt;

&lt;,Y la vida?
D.OÑA LORE'.!A

·'-~1Prefrero•la--honfa•a--todo!-, .,,...

VI I

, " "•·"' '

;

�(

LA PLUMA

LA PLUMA
PACHEQUÍN

PACHEQUÍN

¡Muéstralo!

¡Mujer extraordinaria!

DOÑA LORETA

DOÑA LORETA

.

Como debo de ser.
'

•

¿Y tú sabes a lo que te obligas? ¿Por ventura, lo sabes? 1·Una mu-

Jer es una carga muy grande!

PACHEQUÍN
l

Pero mi corazón enamorado no puede consenti_r que una_esposa
modelo sufra pena que no merece. Si ese honi15\félld%ili.énte· sé' sÁtisface con beberse mí sangre, mé avistaré1 con él. ¡Se la ofreceré en holocausto, a cambio de salvarte!

¡Una mujer, si media amor, es un peso muy dulce!
\

DOÑA LORETA

Luego sentirías el empalago.

DOÑA LORETA

¡Yo soy quien debe morir!

PACHEQUÍN

., ') 1

u1•r u'.)

PACHEQUÍN

¡Me calumnias!

PACHEQUÍN

DOÑA LORETA

Morir o matar, a mí me sale por nada.

¡Tu desvío sería para mí una puñalada traidora!

DOÑA LORETA

¿Y no vernos más? ¡Ay, Pache~uín esas no son palabras de un
hombre q1,1e ama!

PACHEQUÍN

Juan Pacheco, no da esas puñaladas.

PACHEQUÍN

DOÑA LORETA

Lo son de un hombre desesperado.

¿No tendrás ese descarte conmigo?
,/

DOÑA LORETA

¡Tirano, no me sobresaltes! ¿Qué pretendes?

PACHEQUÍN

l

'T

¡Pídeme el juramento q?e te satisfaga!

PACHEQUÍN

Que mires de salvar tu vida.
DOÑA LORETA

DOÑA LORETA

_¡Tir~no! ¡Manifiesta claramente el sacrificio que preten~es de esta
muJer ciega!
_

¡Dame tú el remedio!

PACHEQUÍN
PACHEQWN

¿Acaso no está manifiesto? ¡Pídele alas al amor! ¡Deja ese calabozo, deja esas tinieblas!

¡Que me sigas!
DOÑA LORETA

¡Nos veremos perseguidos!

DOÑA LORETA

Calla. ¿Qué hombre eres tú? ¡Si me amas, calla! ,¡l,fo me ofusquesl
¡Soy una débil mujer enamorada 1
68

69

�LA ' PLUMA

LA PLU'M-'A

PlC~QÚ.íN

1

1

. PACHEQUÍN

,,

¡Te conduciré al fin del .mundo! Lejos de aquí pasaremos por
casados.
. , ,,, r ,•,
t

t 1'. \

:.

.

¡Tormento!
DOÑA ' WRETA

t11

¡Tirano!

DONA LORETA
0

¡Tentador, mira mis lágrimas, ya que mirar i{o''sab~s e~ rili corazónl ¡Juan Pacheco, soy madre, no pretendas que abandone al ser
de mis entrañ3;5t , ,.,, , ,,
.,,.
,,., , , ,

i&gt;Ácm:Qútrt' ' '

Doña Loreta, suspira llei/ándiüe !lis manos a las, sien~s y , ef,galán
la abraza por el talle, bizcanPJ, ?'n. ojo s,qbre los perijólló:r déi peinador,
...,• ,,, , · .. , , .
por guipar en la vasta amplitud de los senqs.

Concédeme_ ~iquiera v~niruna -hora a mi casa. Cumple la promesa que me h1c1ste. ¡Lorebta, has l}:OC.eo~:füiq il fuego .de ,1,m.,volcán
en mi existencia!
¡La cabeza se me vuela!

DOÑA "CORETA

'

¡Si te sigo me pierdo para siempre!
t

¡No te retendré!'

1

••

t

,' , ' , ,PA~J:l;E9m~

,. ,,

.. '

DOÑA ,J.ORETA

Ni me harás tuya.

'

, PACHEQUÍN'

, '

DOÑA LORETA
PACHEQUÍN .,

¡Arrebato de sangre, confusión de nervios, Loretital
DOÑA LORETA

\

¡Tendré que sangrarme!

..

DOÑA LORETA

'

¡Ay, Pachequín, tú conseguirás p~rderm'el

,, "1 "1

'

J 1 ..,_

.

1'

'

••

~ ••

,.

'

,

,

,

• , . ~ACJ:IEQl!Í,N . , , . , ,

¡Vida mía, me entra un escalofrío de P.ensar _q ue t~ pinchen la
vena! ·· ·
·

PACHEQUÍN

'' ' ¡Ccmcédéme- rn·gracia que te pido! ..

DOÑA LORETA
1

'

••

'

DOflA . ,LOR~TA

¡Me pedirías la vida y no sabría negártela!
La tarasca se retira de la reja y sale al IJ,uer,o. Se,,anuncia sobre la
arena del sendero, con rumor de enaguas almidonadas. El galán, negro
y zancudo, salta del árbol a la tapia tunera, y de la tapia al kuer~.
Cae, abriendo las aspas de los brazos.
70

1

¡Casi no te veo!

..

'

'

,,

Por la fuerza no apetezco yo eosa,ninguna. ¡Recuerda mis procederes cuando te tuve en mis b~azq?! . Baja , al hu~rto, po1,1cédeme, al
menos, hablarte con las manos enlazadas.
'•

'""

1

¡Zaragatero!
PACHEQUÍN

¡Negrona!
pOÑA )',ORETA

¡Me pierdes!
PACHEQUÍN

..

¡Fea!
DOÑA LORETA

¡Déjeme usted, Pachequín!
71

�...
LA lLUMA

LA P L UMA
DOÑA LORETA

PACHEQUÍN

¡No puedo!
DOÑA LORETA

¡La niña se ha despertado y llora de miedo! ¿No la oyes, tirano?
¿No te conmueve?
PACHEQUÍN

¡Pero usted está siempre dispuesto!
PACHEQUÍN

¡Naturalmentel
DOÑA LORETA

¡Qué hombre!
PACHEQUÍN

¡El propio para tus fuegos!

¡Vida mía, temí una tragedia! ¡Ya estaba con el revólver en la
mano!
DOÑA LORETA

¡Tú me perderás!
PACHEQUÍN

¡Si me amas, sígueme!
DOÑA LORETA

DOÑA LORETA

¡Se engaña usted, Pachequín! Yo soy una mujer apática. Déjeme
usted seguir mi suerte. Somos en el querer muy opuestos.
PACHEQUÍN

•I

¡Calla... ! ¡Pasos en la casa y abrir y cerrar de puertas! ¡Estamos
perdidos!
ESPANTO Y ASPAVIENTOS: Se desprende del abrazo amoroso y pone atención a los ventalles del huerto. Pachequín, de reojo,
mide la tapia y tiende la oreja con el mismo gesto palpitante que Doña
Loreta.

¡Es fruto de tus entrañas y no puedo menos de _conmoverme!
DOÑA LORETA

¿Y quieres que por seguirte desgarre mi corazón de madre?
PACHEQUÍN

Loretita, no es caso de conflicto entre opuestos deberes. Este
nudo gordiano lo corto yo con mi navaja barbera. Tú me sigues y
ese ángel nos acompaña, Loreta. Ve a por tu hija. ¡Tendrá en mí un
padre, como si fuese huérfana!
DOÑA LORETA

Hombre funesto, ¿sabes a lo que te comprometes?
PACHEQUÍN

PACHEQUÍN

Me parece que ha sido un sobresalto inmotivado.

¡No me hables más! ¡Madre atormentada, ve a por tu hija!
DOÑA LORETA

DOÑA LORETA

¡Seré tu sierva!

¡Calla!
PACHEQUÍN

¡No oigo nada!
72

1

PACHEQUÍN

¡Me enciendes en una llama!
DOÑA LORETA

1

¿No te conmueve el Uanto de ese ángel?

PACHEQUÍN

¡Corre!
73

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O

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'1

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1

LA PLUMA
1

',,nr•rVuetoif,, ,., (\" ' ,' .,·,r,

DONA' L6Íú!TA

1 ~".'"fl l l ( l ' )

' &lt;&gt;·,,\" ., ,,'11• •·,"'"•:.•"'' ,. . ,,

n,&gt;

r---·,., ,. . ,.

jAMONA, REPOLLUDf1.,·•Y " 6ACHONA, con mucho bullerótti'le--de 'las'fa'tdas,vtoda ,meneos;·se,aieJa ,ptJr,e,l,muk-ro muris;a:J; ·blanco
de luna y fragante de albahaca y claveles. Pachequín,fi~chado soórier,Ja
pata coja, negro y torcido, abre"las dspa's de los b,;a_zos, ha.fo el nq~turno
d ¡
, ·,')'- ·t"'\r• rt," ,·,
e uceros.
,11,. ,,,._11t•,, ,,
1 •

'",n''''"'',·"

f!.Jf• rt • P

I\N,

p• 1

DON FRIOLERA

, ,,.,

,,.,

1

¡Vengué mi honra! ¡Pelones!•¡.Villa de cabrones! ¡Un militar no es
un paisano! ¡Pin, pan, pun! ¡No me ti~bla a mí el pulso! ¡},lecha
justicia me presento a mi coroneü
"'' · "' · ., ' ,,. " ,,., ,., ' .
Dispara el pistolón, y con un grito· l9sfantoches lunsro.s,de la, tapÚ
se ®blan sobre el otro hue:r}q..,/J.o_ña,,,foreta reaparece, los pelos de
punta, los brazos levantados.

· :• ·

PACHEQUÍN

¡San Antonio, si no we' h~~,d~d~ '~'~posa como es debido, me das
una digna compañera.. .! Te'1o ··agrlidézcó'.'igctal,"füvimY A'.ntof)io, y
solamente te pido en esta ho.r~..&amp;aJµcky que no me falte trabajo. En
ad~lante tendré que mantener dos bocas más. ¡Son obligaciones de
casaoo!'"¡Mí'rá'rñé 'cóm'ó' 'tlíl' casadl:1, 'Divino• Antonio!•¡Me hago el 'cargo
de una familia a bandonada~ i~T.~?,erya gü vida de malos sucesos, donde se ci.ientan. los acaloramientos de un hombre bárbaro ...!

¡Pantera!
NU,EVAMENTE
SE ~DERRUMBA.
Algunas estrellas se escon~
1
, •" • ( \
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11'

•.

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1

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\

I

,

I

l

\

~ asU¡Stadas. En su bufarda, como una lechuza, acecha Do'ña Tadea

ys,t alffa co,n ~na arenga 'embar~lidda'el Jantocn; ·d~' Otelo: .
'1, 1

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·•··

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'1

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•

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t' •••t,,

• '

DON FRIOLERA

CLARO MORISCO DE .LA ,LUNA, senderillo perfumado dt
~ verbena,J;en la .'!fl,O.'fi-(1; ~S??-'lf'*-1-. e1!. ,los br_azos., s?f~t:.~: ~1!,rg_e, ~C!,.,tc:,(asca.
·•Pa€hequm , abre . el compás. desigual ,de , l,q.s zanc(ZS. ;:, .4orr,e, f!- su.m·
'"cuentro.
PACHEQUÍN ' •

" ' . '') 11'1 • '" "' 1·,

,'' f

Yo te descargo del dulce peso.
.,,.,..,., "' DÓÑIÍ. " 10:RETA ,,''

¡Gracias!

·,a

Al CÁ'MBJO 'DE BRAZOS,
moña pon~ los gritos en·la luna.
El raptor, negro y torcido¡ esoala la tapia. Encaramado, alarga una
mano al urpentón de la tarasca. Don Friolera, dan® ·traspiés,irrumpt
en el huerto, los pantalones fotrosos, el ros sobre una oreja,, en la mano
.
)
un pistolón.

..

;

'

74

¡V~ngué mi honra! ¡Pelo~~s! ,¡.VÚl¡ de cabrones! LlJP JUiliqt.r no es
un paisano!
, , . ,. . , ...
f I

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1

o

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f

ESCE'N·A ·ÚL TIMA
,,

..

r,

, •

SALA ~AjA CON REjAS. Esfr,r[flt;-5 ~ /tf-n.co1 U,nr¡z_, ma1Jtpara
verde. Lega;os sobre la mesa, y sobre el sillón, con funda, el retrato del
Rey Niño. El Coronel, Don Pa'ndtó Léúnela, con las gafas de oro en la
punta de la nariz, llora enternecido leyendo elfo'lletín de ,La Época. La
Coronela, en corséy falda blfJerq,_,.,e,sclf-~1a la lectnra un poco -más consolada. Se abre la mampara. Aparece el Teniente. .Don. Fr.iole.ra, ,resuena un grito y se cubre el escote con las manos Doña Pepita la Coronela.
[

1 L, , ,., ,r ,.

t

..,

1

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• ,

75

�LA P'LUMA

LA PLUMA
DON FRIOLERA

EL COROnL

'

,ilnsolente!

.

No, mi coronel.
\J

EL CORONEL

DOÑA PEPITA

¿Qué permiso tiene usted?

¡Cierre usted los ojos, Don' Friolera!

1

,

DON FRIOLERA

EL CORONEL

No tengo permiso, mi coronel.

¡Cúbrete con el periódico, Pepita!

EL CORONEL

DON FRIOLERA

¡Pues a su puesto!

¡Hay sangre en mis manos!

DON FRIOLERA

Tengo, urgentemente, que hablar a vuecencia.

DOÑA PEPITA

¡Cierre usted los ojos, so pelma!

EL CORONEL

EL CORONEL APARTA el sillón, ;y sale al centro de la sala
luciendo las zapatillas de terciopelo, bordadas.por su señora. Abierto el
compás de las piernas, y un dedo alzado, se encara con Don Friolera.

¡Teniente Astete, vuelva usted a su puestó y solicite con arregló
a ordenanza! ¡Y espere usted un arresto]
DON FRIOLERA

¡Envíeme vuecencia a prisiones, mi coronel! ¡Vengo a entregarme! ¡La sangre del adulterio ha corrido a raudales! ¡Friolera! ¡Visto
el uniforme del Cuerpo de Carabineros!

EL CORONEL

¡Cuádrese usted!
DON FRIOLERA

2IJ

¡A la orden, mi coronel!

EL CORONEL

¡Que usted deshonra con el feo vicio de la borrachera!
EL CORONEL

)

DON FRIOLERA

¿Quién es usted?

¡Gotean sangre mis manos!

DON FRIOLERA

Te11iente Astete, mi &lt;;oronel.

El:. CORONEL

¡i\o la veo!
EL CORONEL

¿Con destino en la Ciudadela?
DON FRIOLERA

Así es, mi coronel.
EL CORONEL

¿Ha sido usted llamado?
76

DOÑ'A PEPITA

\

¡Es un hablar figurado, Pancho!
EJ CORONEL DIRIGE LOS 0'70S a la puerta de escb.pe,
CÚJnde se esconde la Coronela, que enseña un hombro desnudo, y encubre el resto del escote con La Época.
77

�LA PLUMA

LA .. PLUM A
~L CORONEL
• • , .. , .. . • , . 1 ... .

¡Retírate, Pepita!

¡Tu~~o!

DOí-tA PEPITA

¿A quién mató usted? ¡Dígalo usted de una vez, pelmazo!

•• ~-.

•

••••• ~ ' ••• '

DOÑA Pi;PlT.\ , ,. . . . . . , . , ,
•

DON.

· ·· ' · ' '

FRÍOLERA. .....,., .... . . .

•

\

J

l. . .. . . . . . . . .. '' "

¡Desde teniente a general, en todos los grados debe morir la esposa que falta a sus deberes!
·
·

DON FRIOLERA

.

¡Maté a mi señora, por adúltera!

l

,/

DOÑA PEPITA

¡Papanatas!

LA CORONELA

¡Qué horror! ¿No tenían ustedes hijos?

ARROYA EL PERIÓDICO AL ):ENTRO

DON' °FRÍOLÉRA
Una huérfana riós 'quéaá: Me 'la féprésénW ·a:ttora: abrazada· al cadáver, y el corazón me duele. ,EL padr.e, ya lo ve usted, camino de
pristoq!;l~. mil!~~s; la m_a~r_e, ~º:~l, con un~ ?ala en la sien.

:t;· ia ;al; ;

desaparece con un remangue, batiendo la púirta. El Coronet' tose, 'se cala
las gafas y abre el compás de sus e/ti.ne/as bordadas, •alzando·y · ria¡imdo
un ded&lt;i. El fantoche del teniente, rígido. y cuadrado, la mano en ·la visera del ros, parece atender con la nariz.
··~-

•

..

,,

~-.

•

••

•

••

•

• •

.,,

., . ~

#

••••

1 -

.t.

DOÑA •PEPITA •u .... ,
-EI.: ' CORONEL

¿Tú crees esa historia, Pancho?,. . ,

¡Qué barbatidad ·ha hecho-usted?,

•EL COR-0NEL ,

~

'Empieio a creerla.""" ·· · .,. ·

DON FRIOLERA

'·

¡Lavé mi honor!

..

.

)

..

... ·. ..

.,

~

EL CORONEL

¿No ves la ,Papalina que se'ga!:;1:a? · ·
••• ,,.,,~_,, t,.,__, ,

\.1..-,

,.,..

¿No son absurdos del vino?,. , , ,
11'\IJ

EL CORONEL

,., , . ,l , 1

,. ., '••- ooN' "'FRTOL'ERA ' ' ' , ...
j

DOÑA PEPITA

¡Pepita, te retiras o te recatas mejor con el periódico!- ' "' · ' ,
L

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DOÑA, p_¡¡&gt;JU_ ,

Si se ve algo, que lo lleven a la plaza.
J ~..

.. . '1i1ei1rat'er ., •·
78

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EL CORONEL
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¿Está usted sin haberlo catadof .,., , .. w

1:1,,•. G(l, tGNEL

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EL CORONEL

¡Espera!

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¡No, mi coronel!

¡Retírate, Pepita?

JI

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~ ... w • ......... ..... •

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.v.·-- ... ,..y
Beb1, d espues,
para olvidar
vengo a entregárme'. ... ,,, .. ,., ·.
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1 \J,.,-#.,ll~

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¡.~, V • , / __.. ,
DON FRIOLERA

.... '

J

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V

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.

EL CORONEL

Teniente Astete, si su declaración es ~e;dad·, h~ ·p;-~~édido usted
como un caballero. Excuso decirle 'qtte· está interesado en salvarle el
hon~•del-Guer-po,,1Wmese.-usted ,ese.habano!
79

�LA . PLUMA

LA PLUMA

DOÍVA PEPITA IRRUMPE en la sala, sofocada, co~ abanico y
J . l azos . .J,
ce derrumba en la mecedora, enseñando una liga.
b.ata ue
DOÑA PEPITA

DON FRIOLERA

¡Me estoy muriendo! ¿Podría pasar al Hospital?
¡Puede usted hacerlo!

.. 1
¡Qué drama! ¡No mató a la mujer! ¡Mató a la h 1,1a.
EL CORONEL

DON FRIOLERA

¡A la orden, mi coronel!

¿Ha oído usted, desgraciado?
DON

EL CORONEL

EL CORONEL
FRIOLERA

¡Sepúltate, alma, en los Infiernos!
EL CORONEL

Indudablemente ha perdido la cabeza. Explícate tú, Pepita: ¿Quién
te ha contado ese drama?

¡El asistente!

DOÑA PEPITA
J

Pepita, que le sirvan un va&amp;o de agua.
DON

FRIOLERA

• 1
,
.
ue yo! ·Maté a m1• muJer.
¡Asesinos! ¡Cabrones!_ ¡Mas c~~1~~~!1aq usted ~ue también se la
Mate usted a la suya, m1 corone .
,
pega! ¡Pin, pan, pun!
DOÑA PEPI1A

¡Idiota!
EL CORONEL

·Teniente Astete, ha perdido usted la cabeza!

1

DOÑA PEPI').'A

¡Pancho, imponle un correctivo!

J

EP Í LO G·o

!·

(
l

•-&gt;

LA PLAZA DEL MERCADO, en una ciudad blanca, dando
vista a la costa de África. El ciego pregona romances en la esquina de
un colmado, y las rapadas cabezas de los presos asoman en las rejas de
la cárcel. El perrillo del ciego alza la pata al arrimo de una valla de-

corada con desgarrados carteles, postrer recuerdo de las ferias, cuando
vino a llevarse los cuartos la María Guerrero.-«El Gran Galeoto».«La Pasionaría».-«Maria,,;a».-«El Nudo Gordiano».-«La Desequilibrada&gt;,

EL CORONEL

·Pepi·ta, la vida de un hijo es algo serio!

1

ROMANCE DEL CIEGO

DOÑO PEPITA

¡Qué crimen horrendo!
EL CORONEL

Teniente Astete, pase usted arrestado al cuarto de Banderas.
So

En San Fernando del Cabo,
perla marina de España,
residía un oficial
con dos cruces pensionadas,
81

�LA PLUMA

\

LA PLUMA
recompensa a sus servicio:
en guarnición y en c~mpana.
Sin escuchar el conseJO
de amigos que le apreciaban,
casó con una coqueta,
piedra imán de su desgracia.
Al cabo de poco tiempo
-el pecado mal se_ guardaun anónimo le advierte
que su esposa le engañaba.
Aquel oficial valiente,
mirando en lenguas su fama,
rasga el papel con_las uñas
como una fiera enJaulada,
y echando chispas los ojos,
vesubios de sangre humana,
en la cintura se esconde
un revólver de diez balas.
Esperando la ocasión
a su esposa festejaba,
disimulando con ella
porque no se recelara.
Al cabo de pocos días
supo que se entrevistaba
en casa de una alcahueta
de solteras y casadas.
Allí dirige los pasos,
- la puerta encuentra cerrada,
salta las tapias del huerto
la vuelta dando a la casa,
y oye pronunciar su nombre
entre risas y soflamas.
Sofocando un ronco grito,
propia pantera de Arabia,
en astillas, de los gonces,
hace saltar la ventana.
¡Sagrada Virgen Ma1ía,

la voz tiembla en la garganta
al narrar el espantoso
desenlace de este drama!
Aquel oficial valiente,
su revólver de diez balas
'
dispara ciego de ira
creyendo lavar la mancha
de su honor. ¡Ay, no sospecha
que la sangre derramaba
de su hija Manolita,
pues la madre se acompaña
de la niña, por hacer
salida disimulada.
¡Y el cortejo la tenía
al resguardo de la capa!
Cuando el valiente r,ficial
reconoce su desgracia,
con los ayes de su pecho
estremece la Alpujarra.
A la mujer y al querido
los degüella con su hacha;
las cabezas ruedan juntas,
de los pelos las agana,
y con ellos se presenta
al general de la plaza.
Tiene pena capital
el adulterio en España,
y el general Polavieja,
con arreglo a la Ordenanza
el pecho le condecora .. '
con una cruz pe.nsionada.
En los campos de Melilla
hoy prosigue sus hazañas;
él sólo mató cien moros
en una campal batalla.
Le proclaman nuevo Prim
las kabilas africanas,

�LA PLUMA

LA PLUMA

ridícula esa literatura jactanciosa, como si hubiese pasado bajo los
bigotes del Káiser?

y el que fué Don Friolera
en lenguas de la canalla,
oye su nombre sonar
en las lenguas de la Fama.
El Rey le elige ayudante,
la Reina le da una banda,
la Infanta doña Isabel
un alfiler de corbata,
y dan a luz su retrato
las revistas ilustradas.

DON MANOLITO

Indudablemente, en la literatura aparecemÓs como unos bárbaros
sanguinarios. Luego se nos trata, y se ve que somos unos borregos.
DON ESTRAFALARIO

¡Qué lejos de este vil romancero aquel paso ingénuo que hemos
visto en la raya de Portugal! ¡Qué lejos aquel sentido malicioso y
popular! ¿Recuerda usted lo que entonces le dije? ,
DON MANOLITO

•

T

TRAS UNA REJA DE LA CÁRCEL están asomados Don
Manolito y Don Estrafalario. Huelga decir que son huéspedes _de _la trt•
na, por sospechosos de poner bombas, y de haber lzecko mal de OJO a U1I

¡Me dijo usted tantas cosas!

burro en la Alpujarra.

¡Sólo pueden regenerarnos los muñecos del compadre Fidel!

DON ESTRAFALARIO

DON MANOLITO

DON ESTRAFALARIO

Este es el contagio, el vil contagio, que baja de la literatura al
pueblo.

¡Con decoraciones de Orbaneja! ¡Ya me acue(do!
DON ESTRAFALARIO

DON MANOLITO

Don Manolito, gástese usted una perra y compre el romance del
ciego.

Será de la mala literatura, Don Estrafalario.

DON MANOLITO

DON ESTRAFALARIO

¿Para qué?

Toda la literatura es mala.

DON ESTRAFALARIO

¡Para quemarlo!

DON MANOLITO

No me opongo.
DON ESTRAFALARIO

¡Aún no hemos salido de los libros de Caballerías!

FIN DE «LOS CVERNOS DE DON FRIOLERA:.

DON MANOLITO
.

¿Cree usted que no ha servido de nada Don

º'

t ?
UIJO e.
..

DON ESTRAFALARIO

,

Íe parece a usted
Ni Don Quijote, m. las -guerras coloniales. ;No
'
84

�L A PL t; MA

MOTIVOS DE LA NOCHE
MOTIVOS NUEVOS
ESPEJO DEL ALBA

f :·.ca mañana de nieve
.
·
de la sierra
no se hará mediodía.
-¡&lt;9hl plenitud negadani adornarán los cetros del crepúsculo
sus sienes blancas.

Gué honda melancolía
sobre la luna verde
del mar de tu distancia.
'Gus manos
albatros de mi tarde
volaban a mis playas.
9/,quella soledad de tu sonrisa
era una rosa huér/ana
bajo el rocío del silencio.

6stáfija
sobre aquel ondulado cielo verde
de la montaña.
eomo un sudario inmenso
de azucenas informes.

. 9Ytis besos
-golondrinas azules en tu airebebieron en la herida de tus sienes
la miel de rosa de tu sangre.

!Día de luna
bajo todos los días de sol.
$rilla en el luto de las noches
como un alba caída
y perenne.

- 'Gernura de penumbras
cerca de tus amargos manantiales- .
61 mar estaba inmóvil,
herido por la barca de la tarde.

�LA PLUMA

AMANECER DE CARNE
Slmanece en tu carne.
fNo es la mañana ahora

-es tu mañana-.

,
1:a luna se disipa
volada de tu /rente
como un beso.
'Un oro nuevo
en tus violetas deshojadas.
-¿tl.uién iluminó tu noche
con lámparas del alba?'Viene el día de ti
con su brisa prendida a tus cabellos
-cogollo blando de trigales nuevosy toda 'Gú
te amaneces de pronto
hecha cielo.
.Eas últimas estrellas de tu noche
se apagan en tus manos.
9lletean las sombras postreras
en tus párpados
y las alondras de tu risa
cantan al sol
que nace entre tus labios.
ERNESTO LÓPEZ-PARRA

DISPARATES
EL HUNDIMIENTO DE LA LOSA

n

o pasaba todas las noches por encima de una losa de esas que
guardan unos registros subterráneos de la luz eléctrica, ael
gas o del agua.
Algunos días me decía: «¡Si al15una vez eso estuviese inseguro y diese la vuelta!» Y esos d1as bordeaba la losa, como
algunos días bajo de la acera y salgo en medio de la calle por no pasar
bajo los andamios.
Noche tras noche pasaba sobre la losa floja, que sonaba a plataforma
de trenes y me ofrecía para alguna vez la caída en su fondo. Por hacerme el valiente bien sabía yo lo que me iba a suceder, y cuando ya tenía
un pie puesto dentro de la orla de la lápida me decía: «Ya tengo queponer el otro, porque si ahora se hundiese, ya de todos modos perdería el
equilibrio y caería en el fondo del agujero.»
Así llegó la noche fatal, en que puse el pie en la losa y caí dentro de
ella en una profunda oscuridad.
¿Dónde había caído?
Había caido en la red del agua.
Salí del agua, y viendo una puerta que giraba sobre sus goznes,
entré por allí en la habitación de los cuentos de niños, en la verdadera
habitación famosa, y me paseé por todos los salones, teniendo mucha
d_esconfianza por la espalda, por si me hacían algo los gnomos y los espíntus del misterio.
Estuve sentado en el Salón subterráneo de los Campadarios, en el
~ómodo diván de la habitación azul. ..
89

88

�LA PLUMA

LA PLUMA

Después se~tí voces, gritos de «¡agárrese, agárr~se!»; y viendo cómo
llegaba a mí la escala de fémures para est~s ocasiones,_ la escalera, de
cuerda y pautas para _l_os rapto~, me aiarre a, el~a, pudiendo en m I el
instinto de conservacion al instinto de lo fant:1~t1co.
Así era el subterráneo de los cuento,s de nmos aq~ella noche en que
se me fué la losa de la calle, que_parec1a dar a un registro de luz, de gas
y de agua.

EL PÉSAME

LA CARTA COMPROMETEDORA
U no de los placeres mayores del rey'· más grande q!-1e el de reinar, ~s
el de abrir los bargueños, y los «secretaires~&gt;, y lo_s baules, y los armantos y mandar subir de los sótanos los lega1os arrinconados.
'Este rey disfrutaba de ese placer con más encanto porque era un rey
muy inteligente. Cuando desligaba el lazo de los brama~tes ~~ oro gu&lt;;
cerraban los paquetes d~ ca~as da_ba ?n suspiro de. sat1sfacc101:1. ¡&lt;.¿ue
interesante novela! La h1stona, mas viva que en los hbros, se le iba apareciendo ingenua, como una novia que se ha carteado mucho con su
t
novio.
.
.
ó l
Este rey buscó en los más perdidos rincones y e~contr . os secre os
indecibles. Eso le enseñó, entre otras cosas, a repetir las mismas aventuras y a encontrar en el palacio las hu~llas d~ sus antepasados.
Las tardes del otoño eran las que mas dedicaba a aquella tarea ..
Una de esas tardes de otoño en que en el ocaso 1;arece que ~s!a la
regia majestad bajo palio de brocado de oro, encontro la carta mas 10esperada y más comprometedora.
.
Él no era hijo de su padre. Aquella era la carta en que quedaba evidente su ilegitimidad.
El rey la partió en pedacitos peq1;1eños dur.a nte do~ horas lar$as,
quebrándose algunas uñas en el traba10 , Despue~ que_mo los pedac1_t?s
e ueños y con las cenizas de la ca~ en el bol~1llo hizo una ~xcu~s10~
~s palacios, esparcidos por la nac10n, y _asomandose al balcon pnnc1pal de cada palacio arrojó un poco de cenizas. .
..
.
Cuando el último poquitín fué lanzado al viento volv10 al palacio de

f

la corte.
Tranquilo, y creyendo haber evapor~d o la I·dea d 7su I·1eg1·t·im1'dad ,. la_
rebelión ganó su reino, una voraz rebelión que broto en aquellas regio
nes en que él había aventado su carta. .
.
Como un rey ilegítimo tuvo que hmr y emigrar.
90

Erítram_os en la casa del viu~o mirán~?nos la corbata por si aun era
negra, temiendo que se nos hubiera destemdo o se nos hubiera olvidado
La antesala est:1ba más oscura ~on t;l luto, y el espejo resultaba un~
esq1:1ela de defunción. Ya no estar1a allt desde luego la que se había ido,
y, sin embargo, estaba en sus cuadros, en sus tapetitos en su loro en
todo.
'
'
-El señor está en el ~es_pacho-nos dijo la muchacha.
Entramos; estaba escnb1endo. Parecía estar componiendo la elegía a
la muerta.
-Si le interrumpo, me voy-le dije.
-;-No. Estaba contestando a un pésame. Habré escrito más de mil
y, sm embargo, eso me resulta muy difícil.
'
Sobre la mesita de en medio de la habitación tenia su sombrero de
copa,. !odo cubierto por el crespón. Parecía un tarjetero.
Dio la luz, y al verle no tuve más remedio que reírme.
-¡qon que tan desoladol-le dije sonriendo.
-S1, tan desolado.
, Nu~as visitas fueron entrando, y todas se sonreían al darle el
pesame.
Y es que estaba graciosisimo con el tipo que le había salido de viudo.
El cuello se l; quedaba muy alto, como ahooándole en medio de la
negrura. Tema guantes. Quería que le viése~os su disfraz de viudo.
Sacaba de v~~ en cuando un pañuelo negro para limpiarse los bigotes;
sacaba tamb1en muy a menudo un reloj para que viesemos que estaba
empavonado en negro.
Por todos co~rió una sonrisa con aquel pésame, el pésame de la broma y de la alegna.

LA ESTUCADA
En.una cama del hospital de las estucadas, que sólo existe en París,
se paso Genoveva la temporada obligada. Salió desconocida más hermosa .Y más hipócrita que nunca.
'
·
Mi_ró al mundo al salir como la que va a apoderarse de él de nuevo.
Parec1a amenazarle con el gesto que hizo con su mano .
. . Otra v~z se encontró su primer enamorado con la mujer que conoc10 en su ¡uventud, y rodó a sus pies como habiendo recibido un mazazo
~n la nuca .. Despertó en sus brazos mecido por un sueño mucho más
Joven _que el.
- Enrique-le decía ella-, soy la misma, que vuelve a quererte.
9'1

�LA PLUMA
LA PLUMA
Enrique, ya encanecido, aunque era mucho másJ·oven que ella cuando la conoció, ahora resultaba más viejo. Esa para ojale sorbía el seso.
Su fortuna la puso a nombre de ella para arrancársela a sus herederos
legítimos.
La estucada asistía con él a los palcos desde los que se mira a la sala
como si se mirase al fondo de un estanque en que se ahogan los de las
butacas. Los brillantes lucían con más fuerza sobre su descote palidísimo; pero su sonrisa era la que no luda ya. En la tirantez de su rostro
Enrique notaba esa extraña seriedad que no perturbaba ningún espectáculo por gracioso que fuese. Un poco comenzó a sospechar el antiguo
enamorado, chalado al presente de nuevo, qué pudiese ser aquel gesto
lleno de tirantez, y en la noche se acercó a él como si lo estudiase al
microscopio.
Notó que tenía la inflexibilidad de los rostros desmayados, en los
que atiranta la piel y la frente se estira como parche de tambor, pegada
a1 cráneo, redonda y hacia atrás como nunca 1o estuvo.
No podía sospechar lo que había hecho aquella mujer; pero un día
de gran crueldad, en que ella le recriminaba, la cogió, y llamándola mentirosa, la arrancó la careta del estuco.
La escena fué de un trágico sin precedente, de un trágico superior al
del mismo teatro griego.
La pobre mujer, orgullosa y cruel con careta, sin ella se encontró
horripilada, como si se desconociese y se supusiese, como si frente a ella
se abriese un espe;o clarividente.
.
Nunca se ha visto un gesto tan desesperado. El huyó y dejó caer al
suelo la careta de estuco, que se partió en pedazos.

AL SALIR DEL BANQUETE

►

1

,.

,

Los banquetes al medio día dejan una tarde inutilizada, destartalada, en la que no se sabe qué hacer.
No había tenido más remedio que ir a aquel homenaje; había estado
bien, pero qué tontísima era la tarde, a la que había i~o a parar más
vestido y retocado que de costumbre, con la sangre mas mezclada de
vino que las demás tardes ...
Siempre recordaba est?S días de ~anquete por la tarde como gra,n_des
jueves de colegial mayorcito, pero aun con algo de pavo en su espmtu.
Por lo menos me aparto de los amigos después de esos banquetes,
porque con amigos, encima, resulta mucho más desacertada y llena de
despropósitos.
92

Y~ solo _emprendo cualquier camino, y voy de nuevo acordándome
conmigo mismo. Otra vez a afinar el espíritu desafinado
me
. _E~ta tarde me sentí muy otro que otras tardes de b~nquete
dmg1 a _la calle de lo~ escapa~ates, cuando yo generalmente tirab~ hacia
los ¡ardu~es par~ sa~1arme mirando las hojas de los falsos plátanos y de
los castanos de md1as.
. Miré despectivamente un escaparate de antigüedades y me sorprendió pensar una cosa tan estúpida como que eran un asco las antigüedades.
Segu( la calle Y. me paré con obstinación ante un escaparate de objetos de E1bar. ¡Que raro que yo admire tanto los objetos de Eibarl ·Es
&lt;.
que estaré borracho?
No, ~orracho no estaba. Veía con ciaridad la luz y las gentes y la
perspectiva de la calle.
-Es usted monísima ... , pero que monísima-dije de pronto a una
muchacha ?e ~as _que son e.orno todas las muchachas, y por las que
nunca s~nt1 curiosidad. ¡Que raro ese piropo estúpido en mí!
_Sesm andando y me paré con arrobo ante un escaparate de flores
art1fi c1ales ...
. -¡C~m? i11;\tan la Naturaleza ~stos _artistas! ¡A lo que han llegado
) ª. en la 1~1tac10n de la rosal ¡Que bonitas hanan esas flores encima de
m1 mesa ....
Como si Y&lt;: mismo me hu~iese dado un tirón del brazo, llegándome
a hacerme dano con un pellizco, así me arranqué a ese escaparate
¿Pero es que me he vuelto idiota?
·
Seguí mi camino. Intentaba mi pensamiento al mirar las nubes,
hacer una poesía:
'
. ~as nubes, con su gran fantasía,
1m1tan el dragón y el cocodrilo.

Yo quería borrar en mi pensamiento ese anodino deseo de hacer
unos versos sobre las formas que toman las nubes.
-¡~ero a_ estas alturas con esol-me decía yo, queriéndome avergonzar y d1suad1r.
-¡Qué imaginación teng~ y_o esta tardel-volvía a pensar después de
u~~ pausa-, Tengo que escnb1r una novela en la que intervendrá una
mna provinciana y el diablo ...
. -¡Pero Ramónl-me volví a reprender a mi mismo sintiendo una
n~u5t:~-- ¿Será el nervio_gástrico que se me ha irritado rone en comumcac1on exalta~~ con m1 cabeza la mezquina inspiracion del vientre
abyecto?-me d1¡e

y

93

�LA PLUMA

LA PLUMA

,,

Otra vez hice una pausa en mis pensamientos chabacanos y tópicos,
entreteniéndome en mirar los tejados.
Mirando a lo alto vi a una joven asomada, y en seguida me puse a
pasear la calle.
Cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo me di un empujón
para que continuase el camino.
¡Pero yo convertido en ese hombre tan obcecado, de cabeza de hierro, que es el que pasea cualquier calle a cualquier muchacha! ¡Yo a esta
hora en la calle más concurrida, paseando como un silbante a una muchacha desconocida!
Seguí mi camino y me paré ante una librería. Allí mi imaginación se
puso a descansar en los libros de los otros.
-¡Qué bien escribe ese novelista mundano y exquisito, siempre con
su bastón de nácar!
-¡Qué bellos versos los de ese poeta de la academia!
La bandera arrebolada.

'

'

esta. ese ....1
Ya no pude más, y no me dejé concluir el pensamiento. Empujé yo
mismo la cabeza contra el cristal del escaparate, queriendo romperme
la cabeza ...
jMiserable de mí! ¡Traidor de mí mismo! Me era odioso por haber
podido incurrir en esas admiraciones .. .
Pero ¿estaré malo? ¿Qué pasaba en mí? No sentía el dolor de cabeza
pertinaz de las indigestiones, pero entré en la farmacia a comprar un
«sello de aspirina» y me metí en un café a tomar un te y a echar la cabeza hacia atrás en el diván y adormecer mi pensamiento de un cerebro defraudador ...
Busqué una rinconada de los divanes y, quitándome el sombrero,
me eche como en un rincón del tren al que se ha llegado rendido creyendo que se llegaba tarde.
Inmediatamente me sentí aliviado, y no por el reposo,• sino porque
mi cabeza se había refrescado nada más quitarme el sombrero.
Y al pensar en el sombrero con cierta rabia Jo miré, y al mirarlo noté
que ... no era el mío.
Lo volví y me asomé a sus adentros buscando sus iniciales.
Ya estaba explicado todo ...
No había mas que ver de quien era.
Bastaría transcribir las iniciales para que todo el mundo lo comprendiese, pero soy generoso y me las callo; aun sería lo bastante valiente
para decirlas.
-1·Qu éb.1en

94

Ese había sido todo el trastrueque d
. .d
de la tarde, y por eso había sido grot e mis i eas durante todo mi paseo
~re tod?, ~abía admirado frente al:~~~• atrabuncad~, ch~bacano y,
d tª~ate_ de la hbrena a las glonas academ1cas convencionales lle
Aunque me consf
ald°' ~as e at1gu11los ...
ipase s na sm sombrero, como higienista recalcitrante.
otr!sta misma noche se lo devolveré. ¡Lo que puede el sombrero de

LA LEY DE HERENCIA
Todos estaban preocupados con la d .. ,
dientes ~os que tenia que echar!
ent1c1on del niño. ¡Eran tantos
Hab1an comprado el mejor libro sobre 1 d ..
dad? turulatos. «¡No es posible que un . _a en~1c1ón, y se ~abían quede_c1an unos a otros, como si ellos . mno ec e ~otos dientes!», se
m1Smo tra~ce.
mismos no hubiesen pasqdo por el
-A mt es a quien más me han
t d 1
.
son~endo y enseñando su dentadu~~s/ o osl dientes-decía el padre
vanidad y que enseñaba en los
e oro, a ~entadura que era su
hasta en los dramas para que se lteat_ros con terrible descaro, riéndose
M.
a viesen.
- 1re usted, señora-decía su
d
dola el libro recién traducido señalma /e j cada nueva visita, enseñánLa _dentición del niño se 'resent:~ o _e esquema ~e la dentición.
anunciara una tormenta treJenda en :Íf:ble, calent~~1enta, como si se
los dolores su madre le frota las
,
o~do del n100. Para aminorar
mezcla de miel y cloruro de sodi~nNas/ºsJara~e de azafrán y con una
mendamente al niño las encías . a a. e ye1a que le dolia tan treria la tierra si le doliese un anfi(euatresólo podna compararse al que sufríAl t
d' d
o romano
d
ercer ta e un llanto interminabl sa1·ó l
!cntes, y cual no sería la sorpresa de toJ i adprime~~ punta de los
os cuan o se vio que era ¡un
dtente de oro!
~ llamó al dentista, que se qu dó
-d110-' hay que esperar».
e asombrado, y «por de pronto,
,Al poco tiempo le había salido d
estan lo bastante aclimatados en lato_ a una dentadura de oro, pues ya
que la ley de herencia ha podido v1a, _lo bastai:ite inducidos en ella,
-Enseña tus dientes Juanito pro ~cirse también en eso.
sus dientes de oro, de u~ oro juvenfiec1a sd ~arre, y Juanito enseñaba
-¡Es prodioioso es p d" . 1 :Ju~ a a uz a su boca.
los otros niños~ mu~rtos
e1g~?Jfa-:- ec1an los papás y las mamás de

d~

RAMÓN GOMEZ DE LA SERNA
95

�LA PLUMA

GRILLOS

MUESTRARIO DECADENTE
LA CASA
- me entretenía muchas veces en construirme una
pequeno,
casa.
, ul
a con mesas adosa•
Ya, con sillas ordenad~s en~1rconfJ¿d~me en medio, ~on
das una a otra, en. c~a ro. idiraba el exterior. Si en el 1armis juguetes y u_na s~hta, co~s
hormi as entre las flandín, me complacía e~ seguir e\1~? ten;0~~;~obre ef rosal. El so tan
tas y las flores, en tierra, y e e ~s
re aro de plantas o de ramas
grande se me aparecía, quebcons~u1:3-uun: hlrmiga, saliéndose de la ~la
para gozar tan solo el rever ero.
~1
s al unto la buscaba rab~olaboriosa, se adentr:3-ba_POr enre d~\~!ctel'fa Jmbién la hoja ~epud1aso, y la cazaba. y s1_ cata 1;1n_a or l dad Hasta que jugando y ¡ugando
ba obstinado en m1 dominio Y. so e d d dentro· «¡A casal~
caía la tarde, y mi madre me gntaba es eas abiertas bocas de las adelCaían las últimas gotas de sol _sobreu~ alimentasen los tallos y por
fas que se encendían como lucecitas q ombras hacíanse la cama bajo
ell~s el tronco y las raíces ocul~s. y las ban la casita en estrecha osculas plantas,· resbalaban hasta mi_, edcer~:dida la casita y que las sombras
ridad. Entonces, yo !l?raba, ,\vien dintro de la casa grande, desde don.
me perseguían tambien a m1 asta onótona, huía.
de mi madre me llamaba con voz m zas ara volver sobre mis_ paso~
Pero a veces, recuerdo, tuve fuer b plas ajuclas y las ho¡as ch1mientras un grillo se arrastraba J?Or so :e se~arar una mesa de otra,
rriando, y haciéndome ~udaz de i:ft}~~~s en tensión , par~ que descon las manos, con los pies, todasd
l s sombras y a los grillos de la
pedazada la casita no quedase na a a a
noche.
E

"

.

96

Los grillos saltaban y chirriaban; al principio, con la incertidumbre
de las gar15antas poco_avezadas, o_ roncas por un día de sueño; luego con
la cadeneta leve y delicada de quien, estupefacto, vuelve a abrir los ojos
a la vida.
Caía ~a no~he_ como si no tocas~ la tierra; y con todo, algún árbol, ya
adormecido, sintiéndola llegar, repicaba un alarma, y las vides emitían
un murmullo ronco, abandonándose como perdidas sobre las estacas
que las sostenían; y las hierbas un susurro; y las pajas, por el agujerito
capilar del tallo córtado, un lamento. Descendía la noche de lo alto de
la colina, acariciando las plantas, rozando barbechos desnudos y terreno
cultivado; tranquila y lene al incidir, mas decidida al dominio. Dóciles,
sus esclavas las sombras, se apoderaban poco a poco de los espacios circunstantes, siguiéndola en zig-za&amp; por el camino largo y tortuoso a través de la tierra. La voz de los grillos subía a 1a sazón menos füscorde; y
cuanto más vencía la noche las luces, más se comprendía la necesidad
en las gargantas jocundas de robustecer aquel canto, de calentarlo.
Hasta que al resplandecer las estrellas en lo alto, aquel tembloroso y
anheloso canto, se hizo triunfal, se trocó en coro, y murió la luz.

CAÍDAS
El sol, esta tarde, se abisma en el mar con trabajo. Grandes heridas
purpúreas en el cielo, pingüe de nubes, mientras el mar se encrespa de
chispas azafranadas, como cristal al que le brote en la superficie una
llama. Las nubes parecen contentas al sentirse hendidas por aquella luz
viva, que guiña, se retrae y vuelve, cada vez más ebria y desesperada. El
campo, que se separa de Ancona y sube despacito las colinas, se oscurece, como si le cayese de lo alto una capa enorme de plomo o de cobre,
y destila un verde duro, sin trémolos o esfumaturas. Se siente, allí donde alcanza la vi""' ., el enganche de las cosas a la tierra; no ya presión de
un color sobre ,tro; no ya empastes mórbidos y tenues, no ya afinidades, sino un todo sólido y áspero, que no tiembla, no se estremece, casi
sereno.
Desaparecido el sol, las nubes se persiguen a guisa de ondas, a las
que empuja el viento tenaz que conduce el reflujo. Carrera tranquila al
principio, luego casi fuga.
Después, un último guiño, y el sol desaparece. Rojas e hinchadas todavía, las nubes que quedan a flor de cielo sudan color, y poco a poco,
desbandándose, se encenizan.
7

"

�LA PLUMA

LA PLUMA
Mañana el alba las encontrará en su umbral deshechas y empobrecidas; y habrá de tocarlas varias veces antes de que resurjan de la repentina vejez que las ha consumido.
EL EMBERIZO
Al comenzar la siega del trébol, el emberizo se ponía nervioso. Al
alba se posaba en los álamos que elevaban una barrera en torno a nuestra casa de campo, y se asomaba de pronto, sembrando el aire de gritos
y sorpresas. Estaba en lo alto del cielo pocos minutos hacía, ¡y todas las
mañanas aquel juego de temblar pávido entre las ramas y asomar de repente! Como si quisiera dar miedo.
¡Y el emberizo ríe que te reirás tras de los setos que cercaban la casa
de campo! Pero aquella risa ahilábasele en primavera. Se le sentía andar
por entre las hierbas y moverlas allá abajo, en las lindes, donde la guadaña no inquietaba el aire con su rumor ni el hombre lo absorbía en el
respiro. Haf&gt;ía desaparecido aquella su viveza de febrero y marzo, que le
hacía reírsele la garganta de delicia a los primeros lengüetazos del sol
que lamían las plantas en sopor, que le arrastraba a vue1os caprichosos
y fulminantes, sin meta. El campesino había mandado a extenuarse
en el verde intenso del trébol el rosa de una falda mujeril; ¡y hubiera
sido una bella vista la de aquellos colores que se besaban, si no hubiese
resplandecido al sol la guadaña y empezado a segar resuelta!
¡Qué gritos los del emberizo a tal rumor! De ave herida o envenenada que no sabe qué camino emprender para desanidar los huevos; y ya
entrevé en el prado, ayer no mas pingüe de color, el pálido y lánguido
abandono
del heno.
Descubríase
algún nido, que el emberizo defendía hasta lo último,
enhiesto en el borde, agitando las alas, y que abandonaba desesperado y
chillón no bien perdía la esperanza de que aquel verde resurgiese ópimo.
El campesino no tocaba aquellos nidos.
Allí quedaban, entre las hierbas que seguían en pie levemente inclinadas, como quien espera un nuevo golpe y está convencido de que no
se salvará; pero alejado que se había fa guadaña, el emberizo no volvía.
Continuaba con su griterío, que se hacía cada vez más ronco; y el piqui•
llo se le hinchaba, palpitábal.e la lengua, las plumas de las alas y del
cuerpo se le erizaban como dispuestas a herir. 1ncluso torcidos los ojos
por encima del encorvado pico, revelando una repentina capacidad de
odio casi humana.
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resistido en ocasiones· pero el suf . .
ción de este o aquel placer fué ~f!ll~nto en que me tuvo a veces la privaOt!'35 veces al gozarlos. Es :nen as intenso asaz de la que experimenté
m1entos d~l bien, y responder afte{¡! ve_ces no dar escucha;a los llamaotros. Decir a la conciencia· «Eito er imp~lso que se despierta en nosnuestra vida, ya de por sí h~rto fla¿ a tus pies, te obedcz.:o» y quitar a
za. Ofonerse, y abatir cuando al
y apag:i,da, _gran parte de su belleque e espíritu impro~isa en su i~na voz mtenor lo exija, las barreras
~onde está lo justo; y nosotros e ensa. ~ luz del contraste mostrará
siempre con las mismas normasno bo~ s{nt1r_emos o_bligados a proceder
res. Hay horas en la vida huma y ªlº a egida de innumerables debegación, a lo contrario. Parecen h~r2~e conducen sensiblemente a la nea punto de detener nuestra precip'ta -~e locura; con todo, llegan quizá
o de mediocridad; y traen consi ~ ~n en un a i~mo: de buen sentido
somn~lenc1a y emperezamiento
que preceden a una comprensió g
n mayor y meior de nosotros mismos. ,

b

MARIO PUCCINI

LOS EXCESOS

Yo me abandono, en ciertos momentos, a excesos que, sin CID·
bargo, siento que repugnan a alguna parte de mi ser. Recuerdo haber
99
'

'

98

�LA PLUMA

.i

me asegura que se puede decir vieja tierra· a í
.
ra mido la insospechada hondura d
. • 1 m me sonaba a galicismo). Aho•&amp;uién iba a pensar-di¡'e-qu
le mis pa abras ante el cenotafio de Chapí·
. .
.
.
e a maestro no le se , d d
na ª o asistir a la inaugurac1ón de su tumba?, Me aterra d' .
· f
a 1vmar que est
de la mía. ¿No es doloroso ver có
.
oy as1s tendo a la excavación
mo mis detes se
h't
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roce tardío con las musas me ha
d
marc an sm empleo? El
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reve1a o de cuánto so
y
qutlo, Y ahora me devoran un ansia
Y capaz. o estaba tran.
, una comezón raras· q · ·
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1oses.
¿Por
qué
me
habéis
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.
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u1s1era saciarme. ¡Oh
1
d .
e¡a o con la miel en lo5 1 b' &gt;M'
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bárbaro! es la de Mel'b
. y
a 10s. 1 querella ¡oh
destmo
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¿ por un placer ta b
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'
•
. n r~ve as querido que
pierda el nombre y corona de vir enh ·F
I uera meJor, digo yo, no catarlo!
Yo soy de...
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FANTASIAS

AUTO DE LAS CORTES DE BURGOS,
O TRIPLE LLAVE AL SEPULCRO DEL CID
Y DIVINO ZANCARRÓN

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(Argumento: Habiéndose juntado en Burgos las personas más princ;pales del
reino, deciden desenterrar tos huesos del Cid y liacerles acatamiento. Sob1·eviene la
demanda del hueso de Babieca, con la graciosa disputa de los dos albéitares. Apaciguada la discordia, slgziese un coloquio apacible y vánse todos cantando y danzando.
lnt1·odúcese un arfouispo, c1m otros señores de muy gran estado. Y es de muy gus-

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tosa lección.)

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COMIENZA EL AUTO
(Entra Apal'icio, el burgalés de pró, con un haz de ramas verdes al hombro.)
EL BURGALÉS DR PRÓ: Cargado de laureles, que esta vez no son laureles, sino
quinas de Portugal, vuelvo a este augusto antro, donde ya puedo afrontar sin
son rojo la mirada inquisitiva de mis antecesores. Glorioso destino el mío; brillante final de carrera. Anteayer, puse, mensajero de Melpóneme, un ósculo
de paz en la mano sarmentosa de ,Sarah, la vetusta. AyPr, en el Retiro, fuí
nuncio de Euterpe, y le dije a la cabeza de Cbapí lo que se merecía. Hoy, entre Carracido y Altamira, he afrontado en Oporto al arrogante luso. La unión
ib~rica es un hecho; por lo menos, se unen las inteligencias que me ha tocado
presidir. ¡Minerva, eres mía! Formidable carga de gloria. (Deja el haz en el
suelo) . Sí: estoy satisfecho, pero triste. Llego ya al cabo de mis destinos. ¿Me
estaré sobreviviendo? Ya pronto dejaré de ser ministro. ¿Y a quién le diré que
soy de Burgo~ que ya no lo sepa? Yo soy de la vieja tierra de Burios'. .. (.Aiorín
100

·(Entra un ujier).
EL UJIKR: La Comisión defe nsora de los muertos ilustres desea ver a vuecencia.

ELes?
BURGALM DB PRÓ: ¡Qué extravagancia.
. , ¿Q U1én
.
gente
ataca a los muertos? ¿Qué
EL- UJIER'• Dieen que vuecencia los tiene citados

e1 senor arzobispo de Trajanópolis...

.,

para

h

oy... Viene con ellos

EL auRGALb DB PRÓ: Que pasen.
(Entra un Joven ele~ante
·a d,
eclenástico y cuatro señores e~1:f:':d:s. ~0=1·:obispo de 1 r~janópolis; detrás, otro
se prosterna, y besa el anillo pastoral.)
nsas, reverencias. EL BURGALÉS DE PRÓ
EL BURGALb DR PRÓ: ¿A qué debo...?
Et ARZOBISPO DR TRAJANÓPOUS' S' 1 . .
al joven), que es el vocal nato de. tolde slenor m101stro lo permite, aquí (señala
•
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as as Juntas de conm
•,
nanos gloriosos explicará el b' t
emorac1on de cente0 Je o que traemos...
Et BUR
'
. á. GALÉS DR PRÓ: (Para sí, desconfiado). Traen un objeto... (atto). Us1r
ted d
EL VOCAL NATO DR TODAS LAS }UNTAS DE C
•
sos: Nosotros somos excele tí .
, _ ONMEMORAOION DE CRNTIINAII.IOS GLOll.'iO·
de Hombres Ilustres'
n s1mo senor, el Comité Nacional de Exhumación
alguna importancia ~u: a:~::~:pon:i:os reivindi:ar todos los cadáveres de
dos por la Península L
. y
e me permite esta figura- desperdiga. a necesmad de tal org ·
.
prestado tan valiosos se . .
an1smo se deJaba sentir, J ha
Hasta hoy la conmem rv'.óc1os, que ya lo han declarado de utilidad pública
dáver se hacían
'
orac1
· y 1a busca correlativa del ca-·
un poco
1 n deDnuestras glonas
a azar. ebemos dar ll\ sensación de un pueblo conslQt

�LA PLUMA

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'· 111

ciente y celoso de su pasado. Vuecencia sabe-ya lo sabían los romano.s-quc
el subsuelo español es riquís~mo; riquísimo, pero inexplorado; pues bien: . yo
me arriesgo a decir que la principal riqueza de nuestro s~bs~elo .son los miles
de muertos ilustres, perdidos hoy para nuestro culto patn6tico; nqueza moral,
claro está, que bien explotada ha de reportar ópim~s fr~t?s ~el mismo ~orden.
Yo no soy fetichista, pero creo que por cada reliquia ~e1v10d1cad.a se ana~e un
remache a la armazón de la nacionalidad. Nuestra acc16n es múltiple: lo mismo
preparamos los centenarios resonantes, que las memorias de un modesto pres•
ti11;io local; pero siempre bajo la base de proveerles de muertos. En los c~ntc•
narios sin muerto hay un vicio de origen. ¿Por qué fracasó el centenano de
eervantes~ Por n~ haber restos del manco de Lepanto. Rodríguez Marín creyó
que todo se arreglaría con unas ediciones y unas co.plas de Gonzalo Cantó.
Absurdo ¿verdad? Un huesecillo roído hubiera entus1,1smado al pueblo. Tene·
mos un ;eso muerto: la rutina, la falta de organizació~. Por eso hemos em~ezado por crear un Cuerpo de desenterradores honoran9"s, que con unas nociones de arqueología y de historia van, por decirlo así, alumbrando tantos teso•
ros ocultos. Además, como yo he viajado, y he visto a los puercos (con perdón
de ustedes) hozar en el suelo del Perigo1d en busca de la trufa, he ~e~sado
crear una manada de hienas do mesticadas para el más pronto descubnm1ento
de los muertos. Estos animales, injustamente desacreditados hoy, como tantos
otros, por su falta de cultura, prestarán buenos servicios. Y par.a que vuecen·
cia se forme idea de los nuei;tros le diré que\' sin contar otros difuntos de poco
valor, hemos reivindicado el cadáver del Ultimo Abenc;erraje, para borr~r _d~
su prosapia Ja tilde de barbarie que hoy parece ponerk el pueblo; será re1vrn
dicación de cuenta para nuestro influjo en Marruecos. El cadáver del Rey Do~
Sebastián, que pens1 mos ofrecerle a la nación vecina en prenda de f1:ater~1·
dad; el cadáver del Rey Rodrigo, que no siempre ha de i;er un persona¡e tris•
temente célebre como la batalla del Guadalete. ¿Usted creerá que al Rey Ro·
drigo Jo metier~n en una fosa y qu:_ una culeb.ra ~e lo comió por ~o más
pecado había? Pues bien: el señor (senala al eclesiásti~o), ~ue es benefic.iado de
Calahorra y correspondiente de la Academia de la Historia, h~ destruido esa
leyenda. No se sabe por dónde había pecado m~s e~ Rey Rodrigo... ¿E~tonces? ,
Todo eso está en crisis. Así se ilumina una prov1nc1a, hasta hoy sombna, de la
historia patria. En fin: hemos enviado una Comisión al campo. de batalla de
Gravelinas para que busque el cadáver del soldado de los tercios de Flandes
desconocido... Tales son, señor ministro, nuestros trabajos del momento...

LA PLUMA
EL BUIGilÚ na Paó: La labor de ustedes es altamente patriótica, y seguramente el Gobierno de Su Majestad...
EL VOc.&amp;.L lfATO DB TODU LAS JUNTAS DB CONMBlld'.OllACIÓ!f DB Cl!NTBIUBIOS GLORIO·

505: Perdone el señor ministro: Voy ahora concretamente al objeto de nuestra

visita. Se acerca, como el señor ministro sabe, el centenario de la catedral de
Burgos (eJ m;nistro se inmuta), suceso de cuenta, pero frío como una cripta, si
este Comité, cumpliendo la misión que se ha impuesto, no hubiese aportado
el cadáver o 1.2s cadáveres que son menester para que las fiestas constituyan
un acto de afirmación patriótica. He aquí nuestros primeros acuerdos: declararnos en sesión permanente; reivindicar los cadáveres de Rodrigo de Vivar y
de Ximena, egregio matrimonio, padres putativos de esta Castilla, madre de
naciones; reivindicar también las reliquias de Fernando III, fundador de esa
catedral, la primera del mundo, y trasladar solemnemente todos esos restos al
insigne templo, cobijados por la gloriosa enseña roja y gualda. El ilustre purpurado que nos preside (se di'luye una sonriso por la fa,i oronda dd arzobispo)
aportará al homenaje las bendiciones de la Iglesia, Han enviado ya coronas: el
elemento joven del Círculo de la Unión Mercantil, los ex ministros liberales,
los moros notables de Frajana y otras muchas entidades aún más importantes.
Ahora queremos recabar el apoyo oficial, y le rogamos, señor ministro, que
húnre el espectáculo con su presencia y lleve la voz del Gobierno, pues da la
feliJ coincidencia de que el señor ministro es de Burgos...
EL BOII.GAÚS na Piló: ¡Cómo! Señores, sí; soy de Burgos, de esa vieja tierra ...
~Qu~ bonor tan grande, codearme ahora con mi ilustre conterráneo el Cid y su
distinguida esposa, modelo de madres... y de esposa;;...! iré y hablaré lo que
me salga del corasón. He dicho.
EL l'Oc.&amp;.L lUTO D11: TODAS LAS ]UlfTAS DB COlfNl!MOlU.CIÓlf DB CDTBll'AUOS C.LOaIO-

Pues queda conYenido, y ¡hasta Burgos! Vamos a continuar nuestra sesión
permanent«o en otra parte.
(Se muda el teatro. Baja el termtfmelro. Burgos. Salón elegantemente omueblado. EL AUOBISPO 011 Tu1uórous está en •Su muy rico escanno•, y a su lado, en
!ie, EL BUllG.U.Ú ns PRÓ. Slquit,. Sobre una mesa cubierta con paños de velludq
rojo, uu arf#ela, Cabe la mesa, tres médicos y dos 11eterinari11s. 'Iumuit, ,n la
IOI:

talle.)
EL BUllGilÚ na nó: (;,rora) ... En fin, señores, la emoción me ahoga. ¿Qué
mú puedo decir...?
E1. illOBJaPO 011 Tu1uópeua: (ioj,). ¡Nihil...!

�LA PLUMA
EL BURG.uás DB PIÓ: Este momento es el día más grande de mi vida, tan
grande como el cadáver que ahora van a abrir delante de nosotros; un cadáver
·tan grande, que si no existiera sería menester inventarlo, y bendigo a la Providencia que me ha permitido venir a cantar sobre sus cenizas. Porque, señores, y con esto termino, no olvidemos que el Cid, mi ilustre paisano, al ensanchar con sus batallas este clásico solar, y dejarlo muy bien vallado, se adelantó
prodigiosamente a su tiempo. Hey nos preocupa el ensanche de las poblaciones, pero el Cid se elevó más, y le preocupó y realizó el ensanche de las regiones ¡Y con qué medios, señores! ¡Con un triste caballo, que no debía de tener
siquiera mucho genio, si algo significa eso de Babieca! Gloria, pues, a nuestro
padre el Cid, que bien merecido tiene el reposo en nuestra catedral, alma de
Castilla, en esa catedral de la que sólo diré, con un vate de Quintanapalla, que
acabo de conocer:
Milagro eterno cincelado en piedra,
exuberante hiedra
que trepa por los muros del espacio
coronado de esbeltos chapiteles
bordados de caireles
se yergue al cielo medieval Palacio.
¡He dicho!
(Agitación. Espasmos. Palmadas.)
EL ARZOBISPO DE TRAJ&gt;.NÓPous: Ahora, señores, vamos a abrir esa urna. Procedamus in pace.
(Custodiados por la Policía, acércanse a ta urna tres randas, con llaves falsas
y palanqueta. Dispónense a forzada.)
U110 DEL SlfQ~HTo: ¿Qué iremos a ver?
OtRo Dl!L slfQmto: Estarán en los huesos.
UNO DIIL SlfQuxto: Dicen que Ximena era como un junco.
OTRO DEL slfQUito: Pues él debía de ser un bárbaro. A lo menos, así lo pinta
Sinesio Delgade en una de sus ingeniosas zarzuelas.
(Queda la urna boquiabierta.¡
EL .1.RZOBISPO DE TRAJANÓPous: (dando una gran voz.) ¡Ah!
Tonos: ¿Qué pasa?
EL ARZOBISPO DE TRAJAKÓPous: ¡Ah! ¡Coincidencia providencial! ¡Y no haberlo
notado antes! Yo soy valenciano, señores; el Cid conquistó a Valencia ... ¿No
ven ustedes el dedo de Dios? ¡Flectamus genua!
104

LA PLUMA
(Se prostérn;zn tod•s. Un pavor sobrenatural 6ate sus alas por el ámbito.)
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPous: Veamos ya lo que hay en la urna.
(Comienza la saca de los restos. Los médicos certifican que son restos humanos.
l,o primero que extraen es una ·carrera de dientes, menudos, iguales, sin caries,
ligeramente amarillos, adheridos a una encía ,·oja. Estupor.)
EL .lllZOBISPO DE TRAJANÓPous: ¿De quién puede ser esto? ¡Qué encía tan bien
conservada!
Mlfn1co 1 •0 : Debe de ser de Ximena.
Mlfnxco 2.0 : O los dientes de leche de su marido.
Mwxco 3.0 : Eso es una dentadura postiza. Los últimos que han revuelto
estos huesos la habrán dejado aquí como ex voto.
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPOus: ¡Siempre la explicación impía de la ciencia!
¡Y ésto?
(El ar,;obispo empuña un hueso disforme y lo eleva en alto. Pasmo.)
EL AltZOBISPO DE TRAJANÓPous: ¡El fémur del Cid!
Mifn1co 3.0 : Mejor fuera decir: un fémur del Cid; tendría dos.
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPOus: ¡Sagrada reliquia! ¡Mi corazón se derrite al
rontemplarte...! ¡Uy..., uy... , uy! (Estampa tres besos en el zancarrón.)
Mlfnxco 1.0 : Midiendo ese hueso, pudiéramos deducir la estatura de RodrigoEL ARZOBISPO DE TRAJANÓPous: Mídanlo.
(Los médicos miden et hueso, y se retiran kaciendo números. Ansiedad. úu silendo.)
MlfDxco 1.0 : A mí me salen siete metros cuarenta.
Mlfnxco 2.0 : A :ní no tanto.
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPOUS: Entonces, ¿era un gi'gante?
V11tBRINARIO 1.0 : Si el señor arzo'&gt;ispo y los demás señores lo permiten, yo
diré una palabra que podría ser aquí de provecho.
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPous: Dígala.
VBTBRINARIO 1.0 : Pues digo, eminentísimo sefior, que . todo esto me parece
una burla, o cosa de locos, y que es menester estar ciego para no ver que ese
hueso no es dd Cid, ni de ningún nacido de mujer, sino del caballo Babieca ...
VAllIAS •ocss: ¡Blasfemo! ¡Impío! ¡Mal patriota!
EL ARZOBISPO DE TRAJANÓPOUS (al veterinario z."): ¡Qué opina usted?
VIITIIINARIO 2.0 : Que es hueso de caballo.
EL BURGALlfs J&gt;E PRÓ: ¿Y por qué aseguran que es de Babieca?
Vn&amp;JUNAllIO 1.0 ; Como ustedes dicen que estos restos son del Cid, y no hay
105

�LA PLUMA

¡,1 ·1
1

..

duda en que este hueso es de caballq, suponemos que sea de Babieca, ,al que
enterrarían con su amo, por premio a su fidelidad.
EL BUllGAÚS Da PRÓ: Yo creo que no puede admitirse esa hipótesis atrc'ridísima.
EL ARZOBISPO Da TllAJ.UÓPOus: Non possumus.
VBTBllllfAlUO 2.0 : Pero, señores, (Ustedes creen que puede haber persona
ceo tal hueso?
EL ARZOBISPO DB TRAJAlll'ÓPous: Lo que resulta de todo esto es que el Cid era
un gigantazo. No es imposible. Aún hoy existen gigantes, y más los habría ca
aquellos tiempos caballerescos y de rudo batallar, en que las generaciones adquirían un desarrollo prematuro.
EL BURGAL:is DB PRÓ (a los médicos): ¿Qué dice la Facultad?
Los nss 1.do1cos: La Facultad dice que la ciencia no puede penetrar los
designios de Dios.
Et ARZOBISPO DB T11.AJA1'ÓPous: Pues acatémoslos, ya que están patentes. Y
váyanse 101 señores veterinarios a repasar sus tratados de albeitería, que por
esta vez han perdido el pleito.
V~t.alll.lllIO 1.0 : Nos vamos, pero no sin deciros: ¡A otro perro con ese
hueso!
Et ARZOBISPO na Tu1uóPOus: Y el sei)or beneficiado de Calahorra, &lt;qu~
opina?

11,

Et BBlll'BFicaDo DE CAuBoallA: Que este litigío no puede transigirs~. Dico
que es hueso del Cid, ya que no puede ser baci-yelmo.
Et ARZOBISPO Da TRAJANÓPOus: Señores, tenemos aquí los restos del CllJDpeador y debemos d ecir, parodiando la histórica frase; El Cid ha muerto. ¡Viva
el Cid!
Tonos: ¡¡¡Vivaaa!!l
'l
(7ocan cajas dentro.)
VARIAS vocas: &lt;Qué escucho?
Et ARZOBISPO: Es el Rey. El santo Rey Don Fernando, que llega desde Sevilla a honrar esta junta.
(Se muda el teatro y aparece Fernando Ill con cetro y corona ,,. ,unas alUltu
llevadas por los armados ile las cofrad{as ser,illanas. Músicas. A.cúimadones.)
EL RBY FEI.NAIIDO III: No sin fatigas he logrado evadirme del ataúd de cristal
d1,nde el mayor pedazo de mi cuerpo está, como Papús, y sometido a no menos riguroso ayuno, guardado. He recogido al paso cuantas reliquias de mi
Jo6

LA PLUMA
persona me fué dable encontrar, y aquí estoy casi en mi prístina entereza, con
ánimo de haceros merced. Y porque estas juntas acaben con bien para todos,
vengo en comprar el caballo Babieca, destinándolo a regenerar la sangre de
mis cuadras. He de restaurar el perdido esplendor de la raia caballuna española.
Et BURGALlfs DE PRÓ: Señor, para coror-amiento de esa obra te pedimos que
iosta11res la Fiesta d e la raza caballar pan-hispánica, en la que participen todos
los solípedos tle ambos continentes que hayan heredado el relincho de Babieca. Y que en el cerro más alto de Castilla se levante una estatua al caballo
simbólico que la ensanchó.
Et Rav FaRNANDO UI: Basta; yo lo otorgo. Y ahora puede el baile comen1ar.
( Vitares y cajas dentro.)
Piu111B11.A ENTRADA DEL BAILE. (Entran los diputados prwinciales con disfraces y
motes. En unos se lee: • Castellanismo•. En otros: •¡ Viva el les de acu~alivo!• En
otros: •¡ Ve/ay!• Hacen r,arias figuras y se colocan a los pies del rey.)
UNA voz (cantando):
Como el ser buen pátriota
vale dinero,
¡no sabes, patria mía,
lo que te quiero!

,
;

; .. ::

l .;

(Los diputados provinciales dam:an.)
SEGUNDA ENTRADA D&amp;L BAILE. (Entran los candnigos y los sacristanes, sin sotana, oestidos a la lurquesca, con guitarros y estandartes. En unos se lee: ,Espaiiolismo•. En otros: , Fiera hidalguía•. En ott-os: «¡ Viva la suegra de Don ]l.,drigo!•
Hacen sus #guras y se colocan a los pies del rey.)
Un voz (cantando).
Por un huesecillo tuyo
diera yo la salvación,
para roerlo a mis solas;
¡mira tú si es tentación!
Mas ¡ay! Ximena,
estás tan hecha polvo
que me da pena.
(Los carulnigos y los sacristanes danzan.)

La entrada del baile se repite';hasta que el arzobispo pide: ¡Tocino! ¡Tocino! Entran tpdos a dansar, y canta solo
107

'

~

�&lt;

LA PLUMA

en el Catálogo de Salvá con el número 19.091 (capicúa). El más lerdo (¿quién
es el más lerdo?) advierte que el final del auto, desde la aparición de Fernando III, está plagado de sinónimos voluntarios, y ha sido añadido por una mano
casi criminal, en fecha muy posterior a la de la composición general de esta
pieza, que se remoGta, por lo me11os, a la última década del siglo xvi. En
efecto, existe otra versión del Auto de las Cortes de Burgos, con muy diverso
final. Ya Tiraboschi lo apuntó así, después de reconocer un códice de la Ambrosiana. Debe de ser el mismo ejemplar estragadísimo que nosotros poseemos, y que, con riesgo de nuestra vida, acertamos a sustraer en un reciente
viaje de estudios por las Bibliotecas de Europa. En esta versión no se aparece
Don Fernando, sino la propia Doña Jimena, llevada de la mano por el abad de
Cardeña. Doña Jimena hace un planto en verso trocaico. Escrito con aquella
sana alegría y hermosa libertad, características de nuestros ingenios del siglo
de oro (a quienes la Inquisición, pese a sus supuestos rigores, no cohlbió en lo
más mínimo en la expresión de la belleza), no nos atrevemos a reproducirlo;
dadas nuestras costumbres farisáicas, parecería procaz y desvergonzadísimo.
Baste decir que al acabar el planto, todo2 los presentes van por turno a darle
a Doña Jimena un beso en el culito.-C.

EL Ru F'nftilDO III:

Tengo el tronco en Sevilla,
la diestra en Burgos,
la cabeza perdida,
y mis dos muslos
deshechos en reliquias
por esos mundos.
¡Suave Ximena!
¡Rodrigo duro,
que a Don Alfon pusiste
en tanto apuro!
Si a vosotros os dejan
entre algodones,
a salvo de curiosos
y de sobones,
el Lampérez, que todo lo restaura,
que me restaure a mí, 10 llamo a Maura!
Que me da empachos
dormir el sueño eterno
disperso en cachos,
y opino que el ser santo venerado
no es razón de yacer descabalado.
Y a la hispánica gente tan castiza
que a sus muertos ilustres descuartiza,
y entre arrobos y besos
nos adoba los huesos
a los difuntos de esplendente gloria,
¡decidle que me cisco yo en la historia!

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( Vánse u,dos dando a/a,-idos.)
FIN DEL AUTO

CARDENIO

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Nou.-Para esta edición hemos seguido el texto de un pliego del siglo XVII,
que perteneció al benemérito Sánchez, y que, encuadernado con otros, figura

ida

LA PLUMA

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�LA PLUMA
'8uprema
es la belleza

de la renunciación...
(/;tcétera.)

EL INSOMNIO DE UNA NOCHE DE VERA~O

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:Jnsomnio, asfixia, hormigueo.
¿Joy, noche estival, tu reo?

ENCARNACIONES
IGUALDAD

¡{)h ardor de febriles vahos,
como una ignición de caos,

/;splendor juvenil del ocaso:
aurora fatigada.

que me enroscan en anillos
largos soles amarillos I

CANTO A LA RENUNCIACIÓN

¿&lt;!ubre el mundo todavia
esa piel de mediodia,

( - 'Ya que tan bello acaso es
renunciar como poseer,
he de llamarla sólo amiga.)

tan llameante de luz
como el taurino testuz

¡t)h, amiga
dilectlsima I
(-¿fiasta medias de seda?me pregunta don ;Juan .
.Ea memoria, perpleja,
sus muertos desentierra.
-ffues no lo sé, don juan.)
¡f)h, amiga
dilec&amp;imal
110

-

que iza en sublime siniestro
los alamares del diestro?
' l

00 tacto siente amarillo
lo que ya sabe sin brillo,
la mirada escrutadora
de la tiniebla incolora.
11 l

�LA PLUMA
¿flor qué, almohada, tu albura
en gualdo se transfigura?
/ 'Gantos luceros me acota
de la azul huerta remota
1 ', ,

l'

LETRAS ALEMANAS

la oquedad de la ventana,
como pomposa hortelana I

GUSTAV LANDAUER

'jj me punzan las estrellas
con amarillas centellas..
'J/a que el ~ueño, sibarita,
no me socorre en mi cuita,

,., ..
-~

1

clamaré al CJJiento: ¡socorro!
y a la .!:luvia: ¡ay, socorro/,
que todo en la noche brilla
con calentura amarilla.
¡ay, amarilla, amarilla/
¡ay, amarilla, amarilla!,
en delirante bloqueo.
¿flor qué oh noche soy tu reo
sin culpa?

JORGE GUILLÉN

~
• l
112

Spartacus qued6 vencido en toda Alemania por los soldados
de Noske, y cuando las tropas del Orden tomaron Munich, se hizo
el c6mputo de lo~ muertos, que fué terrorífico. Desvanecíase el
recuerdo sangriento de la Commune ante la evidencia de la nueva
degollina, como se derrumbaba la guerra de 1870 ante la de 1914.
El trabajo cumplido era verdaderamente hermoso. Cuantos .en Alemania
representaban el partido de la libertad y de la emancipaci6n social, habían
desaparecido. Quedaba fundada la república de Hugo Stinnes y del general
Ludendorff.
Los que habían empleado su vida en luchar contra el imperio, después
contra la guerra, y nos tendieron la mano a nosotros, los irreductibles de Occidente, y defendieron con nosotros el honor y el espíritu europeos, no presenciaron esa inauguración. Fueron asesinados con Liebknecht y Rosa Luxerobourg, con Hugo Haase y Kurt Eisner. Quisiera hablar hoy de uno de los mártires más grandes de la Revoluci6n alemana, que fué también uno de los en •
sayistas más grandes de la Alemania contemporánea: Gustav Landauer.
Desde hace/ unas semanas se habla mucho de él en las revistas y en los
círculos del Reick, donde subsiste aun el liberalismo. La publicaci6n reciente
de dos libros p6stumos, ha revelado en efecto a multitud de gente la figura
verdadera de Landauer, letrado, sabio, dotado de un genio crítico notable y de
penetrante inteligencia.
Su participaci6n en la República de Munich, su muerte violenta, y el título
de una de sus primeras obras, le graugearon en efecto una reputaci6n de dinamitero rabioso, de político de modesta envergadura, pero de arobici6u desmesurada, y que se aplic6 siempre a suscitar disturbios para aprovecharse de
8
IIJ

(1

uANDO

�LA PLUMA
LA PLUMA
y Mística), y llega a esta conclusión, tajante como un dilema: el que duda de

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ellos. Sus asesinos tuvieron buen cuidado de dejar acreditarse e incluso
de propagar tales leyendas, valiéndose de ellas como de alegato defensivo
y casi como de excusa. Pero hoy empieza a cambiaL· la situación, y la ver•
dadera figura de Landauer comienza a imponerse a los ojos de los intelectuales.
Gustav Landauer, filósofo y filólogo, abordó antaño el socialismo con gene•
rosidad grande, y propagó sus principios como los de una religión nueva perfectamente saoa y equilibrada. En su mente lúcida, dominaba la evidencia de
la rota del capitalismo y de la quiebra de sus doctrinas. Con sencilla y animosa
probidad se aplicó a exponer las causas y las consecuencias de esta cr'.sis.
Tuvo discípulos, y muchos hombres pusieron en él su confianza. Y también
cuando después de la guerra, llegó el momento de pasar del orden abstracto
de las teorías al plano de la acción, muchos desconocidos se volvieron hacia
él. En la hora decisiva, Gustav Landauer, difiriendo en eso de la mayoría de
Jos «apóstoles de biblioteca•, no renegó de sus palabras y ocupó su puesto a
la calteza de los que había iluminado. Y en él estuvo hasta el día postrero, con
tranquilo e imperturbable heroísmo, y en él p,:rmaneció incluso entre los
obreros de las calles, cuando los jefes principales del movimiento huyeron ante
el ejército d e los vencedores. Permaneció en él porque no desertaba en el
momento de la derrota como no desertó en el momento del esfuerzo. Fué
preso, arrastrado hacia et norte de presidio en presidio, in~e~nado fi~almentc
en la fortaleza de Stadelheim, condenado a una pena de pns1ón relativamente
moderada, y muerto al siguiente día a culatazos, en el patio, por unos solda•
dos sin freno.
No quiero formular aquí mi juicio sobre la obra política de Landauer, ni
discutir Ja importancia y la grandeza de sus libros y de su ejemplo. He dicho
que la publicación reciente de dos obras suyas agita hoy los círculos intelec·
tuales de la Euro;&gt;a central. Quiero limitarme a esas dos obras, contentándome
con citar casi sin comentarios, los títulos de las que publicó en vida.
El co:Uienzo de su vida viril da testimonio de la inclinación mística de su
carácter. Azuzado por el afán de investigar lo absoluto, ávido ?e _P?der apo·
yarsc co una verdad más sólida que las verdades cuyos pnnc1p1os ~und~·
mentales exponen sin convincción cien maestros en ~ien cát:~~as de ~lllvcrs'.dad o en la~ páginas de cien libros, tropieza con la 1mprec1s1on, la mestabi•
lidad, los apuros del lenguaje, y se vuelve der Sprach.zweifler, el que duda d~I
lenguaje. Confiesa esa crisis en un escrito breve, Sprach und Mystik (LenguaJC
114

'

Jas palabras debe callarse definitivamente o salvarse en la acción.
Escogió el segundo camino. Y bien se ve así en qué disposición mental y
con qué deseos abordó los problemas sociales: como un sabio, o por mejor
decir, como un filósofo. Tras algunos ensayos, dió cabo rápidamente a una
obr.a considerable: Auf,·uf an So,ialismus (Llamamiento al socialismo). En ese
libro famoso, nada hay tocante a la política. Se halla en ella, por el contrario,
en un revoltijo asombroso de gravedad y de entusiasmo, una suerte de himno
a la gloria de la inteligencia. Landauer, en esa obra, da testimonio de su confianza absoluta en el poder del espíritu, de su maravillosa comprensión de todas
las necesidades y fuerzas sociales, y de una conmovedora ternura por la vida.
La idea central del libro es el deseo de equilibrar las masas y de expresar una
fórmula de armonía y de orden. Landauer se aproxima aquí a Tolstoi, y se
sostendrá, desde el punto de vista filosófico, muy cerca de él. Menos l\terato,
en la peor acepción de la palabra, pero animado de igual lirismo.
La segunda obra de grandes vuelos que publicó Laodauer, Reclunsc!taft
(Rendición de cuentas, o más bien «Balance•) tiene, si no el porte, a lo menos
el espíritu de una confesión. Es, por mejor decir, la historia de una duda y de
una evolución. Nota Landauer que la falta de solidaridad verdadera cnlle los
pueblos, incluso entre los partidos soci¡ilistas (¡trágica profecía!), amenaza la paz
del mundo. Y si ante esa certidumbre no abdica su magnífica y grande oposición al principio de la Defensa Nacional, proclama no obstante la necesidad,
«hasta para las naciones revolucionarias•, de ·permanecer armadas contra la
guerra. Como ha dicho bien Wilhelm Michel cera un compromiso heroico, no•
ción terrible para Landauer, ennoblecida por el dolor y por su generosa con•
ciencia, asolada por la contradicción fundamental del mundo».
No estaba resuelta la crisis de alma que revela Rech.ensckaft, cuando las
especulaciones intelectuales y el curso de las teorías viéronse cortados por el
cañón de Licja. Apenas lo oyó, Landauer se arrojó resueltamente en el parti•
do de la Revolución, que había de llevarlo al martirio. No se dejó cazar en el
lazo de la Uniún Sagrada, y en espera del derrumbamiento social que fatalmente tenía que seguir o acompañar al rebullicio de los militarismos, se atrinche•
ró en el estudio, con una independencia de ánimo y una elevación de miras a
las que hoy sus propios enemigos rinden tímidamente acatamiento; se apartó
del contagio político, y tomó a Shakespeare y a otros poetas, como Holderlín,
por objeto de sus ansiosas y lúcidas meditaciones.

�LA PLUMA
., Las dos obras póstumas que acaban oc publicarse y que arrojan-ya lo he
dicho al comienzo del a.-tículo~tan inesperada y espléndida luz sobre la bella
figura de Landauer, son precisamente el fruto de su.soledad,
En la bibliografía de Shakespeare, que comprende tantos títulos CO'I\,O las
de Goethe o de Dante, es dedr, los suficientes para poblar por sí sola una biblioteca inmensa, no creo que pueda hallarse una obra más importante, más
notable, más humana que la de Landauer.
Es de tenerse en cuenta que el libro se compúne de conferencias: acerca
de Shakespeare pronunciadas por el autor en Alemania durante la guerra. Tal
es el motivo de las re¡;¡eticiones y de tas amplificaciones accesorias que en ciertas páginas sorprenden al lector atento. Si Landauer en persoJ1a hubiese dirigido la publicación de -su Sllakespean, habría podado algunos pasajes, retocado
algunós capítulos, concentrado algunas ideas. Las manos piadosas que des¡,u6!
de la muerte de Landauer han registrado sus p a'peles, han respetado cuanto
escribió, y nadie pensará en hacerles cargo de ello.
Me place, además, la forma hablada del Shakespea,·e de Landauer. Se adapta a todos los ~iros del pensamiento del autor, y se mueve a compás de su afé
y de las fuerzas que le mueven. El estilo, animado, rápido, elegante, no se parece nada al estilo cíentifico, grato a los filólogos. Estilo de poeta, que no retrocede ante ninguna audacia y se lanza a toda suerte de interpretaciones, arrojándolas profusamente sobre el lector, atónito de ver tal abund~ncia, para lle•
vario en seguida, a través de la psicología de sus personajes a la psicología·
de Shakespeare, única que importa.
Landáuer hace de Shakespeare un hombre,' es decir, un conglomerado
--prodigioso-dé todas las cualidades, de todas las riquezas sentimentales, de
toda la pujanza cerebral y cordial imaginables. Imparcial, no ante la vida, sino
como la vida; no ante el espejo, sin0 como el espejo, que capta todo ló que por
0
delante de él pasa.
Gustav Lándaut:r, de quien pretenden hacer un sectarid y 'un tribuno de
baja estofa, acertó a seguir el ejemplo de Shakespeare, y a elevarse en pico•
guerra, cuando el dolor y la rebeldía le acuciában con mayor frenesí, por en•
cima de sus pasiones y sus doctrinas, para abarcar cuanto le pat'eció leal, grande
y admirable.
·
De Hamlet a Julio César, de Macbeth a Bruto, en todos los héroes descubre_
la raíz misma de su grandeza verdadera, y por qué lado honran y enn~blecen á
la Humanidad. La moral, que ·es convención y añaeaza; nb páralita' jam!s ·ni

16'

•

LA PLUMA
jaicio.. Ni se deja nunca desviar por cons1deraciones políticas de la tarea que
se ha
. impuesto. Por eso es Landauer el único coment?rista de Sh akespeare que
ha acertado a restituir al poeta su talla y su genio.
Esa obra gran~iosa que llena dos gruesos volúmenes, es !lin duda la obra
maestra del már~1r de Sta~elheim. Pero el libro recien~ísirtio ~que acaba de
aparecer-cole.cc16n ~e arti_culos de Landauer sobre múltiplés problemas filosóficos Y cuestiones literanás-con el título evocador Der ulerdende Mensclz,
(El _h~mbre en formación) merece no obsi:ate por más de un motivo llamar la
atención del lector, y puede decirse, sin temor de errar, que quedará como una
d~ las,_obr~s.~r:ticas más notables de la Alemania contemporán 11a.
· · .Í!!n _la primera parte aparecen reunidos unos ensayos ideoló~icos, que, como
nada tienen que ver uno.s_con otros, di~persan la simpatía del lector y le 'impiden c~ncentrar_ la atenc1on sobre un sistema unificado. No hay aquí rastro de
1~ solidez ~tlosofica de las obras de Landauer anteriores a la · guerra, pero
ci~os capitulos son como apéndices y complementos interesantes de sus obras
C8!)Itales, Y ponen el último trazo en la filosofía de Landauer. Los dos más importantes en este respecto son Setbstmo,·d der Yugend ( ,Suicidio de la juventud•) Y Zum Problem der Nation («Sobre el problema de la Nación.,)
La segunda parte me agrada más. Agrúpanse en ella bastantes artículos en
que Landa~e:. estudia un .hombre y su obra, y que, por comparaci6n. determinan la pos1c1on del escritor ante· e1 pensamiento europeo. Si el e5tudio sobre
T~lstoi cobra importancia particular por el parentesco moral que une, ya lo he
dicho, al autor de Auj'ruf an Socialismus con el de .Resurrección aprecio más
los es~udios sobre Holderlin, sobre Martín Buber, el gran autor judeo-aleman
de .quien me propongo hablar despacio en un artículo venidero, sobre Georg
Kaiser, dramaturgo expresionista, y sobre Strindberg. El fervor de Landauer
ante esos escritores, y la inteligencia con que analiza su aportación artística y
humana son un espectáculo raro.
El Shakespeare y Der werllende Mensclz han impresionado vivamente a muchos críticos Y artistas alemanes. Hoy se mide mejor lo que valía este hombre
Y 1~ pérdida que su muerte acarrea para el patrimonio cultural de su país.
Qwe~es no le conocieron personalmente-y no saben qué delicioso amigo y qué
magnifico pensadonera-se espantan ahora de haber dejado vegetar tanto tiempo ~n espíritu tan grande, y de haber despreciado sus llamamientos y sus profecias. Los que tal sienten relean el retrato de Bruto inserto en el estudio sobre
Julio César de Shakespeare, y descifrarán sin trabajo el misterio de Laudauer
117

�LA PLUMA
al leer estas palabras: «Era un hombre interior, pero que no hubiese consentido en guardar para la intimidad de una vida tranquila sus nobles aptitudes
mas que sabiendo que todos los hombres eran libres y felices. Era un político
que iba de la filosofía a la política,-de una filosofía íntimamente ligada a la
vida. No era lo bastante simple para pensar con el corazón, al contrario, descontento en la medida que la realidad de los hechos no confirmaba su pensamiento. Movíale una inclinación grave, mansa, pero irresistible. hacia la acción.,
El Gustav Landauer que la soldadesca asesinó en el patio de la prisión de
Stadelbeim, era el mismo filósofo, grave, manso, pero arrastrado irresistiblemente hacia la realización de su ideal.

PAUL COLIN

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' FIN DE TEMPORADA

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c?1110 esta tan ~a?ás,'no ·obsta~te el -~inríú·rn~ro de col:se?s cuy~
taquilla prospera mercea a la desmedida afición del publico ma. drileñó. Cerrados los teatros, ·apenas si queda memoria de los grandeJ éxitos registrados en ellos durante el ~ño." Ní una comedra
nueva de tantas como se h·a n estrenado. Ni un cómico cuyo trabajo, por lo excepcional, perdure en nuestro' recuerdo de unos cuantos meses:
Como más reciente, aún vibra tan solo el eco del reclamo que há acompañado
a ta· éntronización artística· de la señora Meller, patrocin.ada en su novena del
Español por las mismas Mafestades y Aitezas que antes honraban los espectáculos con -~ólo su asisténcía, sin otro linaje de recomend'a ciones· en él cartel.
Bien es verdad que de algún modo era menester corresponder a la fina diplomacia conº'q ue la señora M'"éller -a'nunciabá en· su triunfal t0urnée por'el extranjero éEI relicario,-delicado instrumento de penetración española en todos los
patios del mundo-como la canción' preferida de D. Alfonso XIII. La señora
Mellei: continúa siendo una excelente cancionista, con espeéialidad de ·ias canciones picarescas que en tiempos constituían para un público menos selecto,
pero sin duda más inteligente y sensible que el qúe ahora la aplaude,' el prin.
'cipal atractivo· de su arte frívolo, agradable y ligero, en modo alguno comparable, pese a la confusión que se empeñan en sembrar los sueltos' de contai:lur"ía y
los gacetiller06 de los periódicos, al de la Duse ~l al de Sa1'ah,
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..._la diví
:,,i fo"ra menos humá,
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LA PLUMA

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es decir, si no se viera sujeta a pasear el fantasma de c;u gloria por los cmusichalls• norteamericanos y los cines de Madrid.
Pero de confusiones vivimos. ¡Sabe nadie a qué atenerse respecto al teatro
de la Escuela Nueva. pongo por caso, en buena hora para sus intereses traído
y llevado de suspensión guhernativa en protesta periodística por obra y gracia
de un censor improvisado? Ni ¡c6mo ha de tener arrestos nadie para defender
en serio la libertad de la escena, cuando tan mal parada anda la de circular
por las calles y aun la de vivir y morirse c6mo y cuarrdo Dios manda? Ello es
que a cuenta de unos programas en que se anunciaban los prop6sitos del teatro de 1?. Rscuela Nuew-prop6sitos que constituyen su único haber artís·
tico-, el ffaníante director de Orden público que padecemos tuvo a bien
prohibir en d Español la representaci6n de La 'l!oz de la vida, comedia danesa
representada, al cabo, en el Ateneo sin escándalo de nadie y desencanto de
muchos. Poco Je ha sido dado, hasta' ,Ja, .,f~cha, cumplir al teatro de la Escuela
Nueva en pro del saneamiento del arte tlr-amátioo•español. RaRtante ha logrado
con poder comprobar la existencia, de un ·público capaz, de tan benévolo, de
no llamarse desde luego a engaño y -fiar al tiempo lo -que no puede improvisarse·
No podrán quejarse htñpoco los organizadores de estos primeros ensayos de
la actitud p;ira con ellos de los críticos. te,1trales1,·atentos tan s6Io alás buenas
intenciones de que el teatro de la Escuela Nueva está empedrado: Lástima
grande que las dilaciones a que ha ·obligado la· arbitrariedad de las autoridades
havan diferido la representaoi6n de La reina cas#za, de :Valle-lndán1 cuyo estreno significa ya algo más concreto de lc&gt;'l:ealizado hasta la fecha por la im provisada agrupaci6n.
El reclutamiento de c6micos ha de s·e r, sin duda, la mayor dificultad con
que ese naciente teatro tropiece. Los adores profesionales tienen, cuantlo menos, cierta soltura escénica, cie'rfas condiciones naturales qué la, ausencia de
dirección adecuada y la mala ' literdtura dramática a•cuyo servicio se les somete, juntamente con la carencia de v·e rdadero estímulo, acaban por malbaratar en fáciles éxitos. Si el Conservatorio•estuviese•regido pot ·las más ,elementales normas del sentido común, no sería tan ,ardu·o'Obtener cada-año-no grupo
de intérpretes discretos con que formar adecuados conjuntos. Pero el .C onservatorio es un centro, más que inútil, perjudic1a.J. No h.abíamos a.sistido nunca
a uno de los n~mados ejercicios con que se acostumbra cerrar los cursos académicos en aquella c:isa. El espectáculo que hemos tenido ocasi6n de presenciar h,ce ~lgunos días en su lindo teatro nos ha desengañado para siempre de

LA PLUMA
toda posibilidad de mejora de la enseñanza oficial del arte dramátice. De
cuatro señoritas que aspiraban a los honoríficos premios, una sola, Is~bel Barrón- no ha de tardar en serte familiar su nombre, espectador consci~nte:-,
demostró condiciones, si estimables siempre, verdaderamente ex~raordman.as
en aquel ambiente. La señorita Barr6n fué agraciada con un primer premio,
que en buena justicia no debi6 · tener segundo. Representó una escena de La
niña de Gómez Arias, de Calderón, y otra de Benavente. Momen~o_s ant:s. de
presentarse ante el tribunal examinador, la casualid~d nos pe rmitió asiSt~r. ª
una regocijada·escena entre bastid0res. Dos--catedráticos de·aqttel Centro, v~eJo
actor retirado uno de ellos y pizpireta matrona el otro, sin rival-seamos imparciales-en los papeles de criada ceceosa, comentaban con gr~n escándalo
de risas el atrevimiento de la señorita Barrón, que así, tan de pnme;as, º~~ba
afrontar un género.que ellos, en su Ja.rga vida esrénica, siempre habian ten~do
por caburrido y para literatos•, sin duda. Al cabo, el catedrático, compa~ecido
de la alumna, que no lo era suya, sino de la señorita Martos'. le aconsejó que
suprimiera la escena clásica, cuya elección ju1'gaba inconveniente, dado e~ descenocimiento que a, su entender, tendría el tribunal de semej ante comedia. Lo
presidía D. Jacinto He navente, en su calidad de delegado regio.
La señorita Barrón figura ya en el cuadro del teatro de la Escuela Nueva.
A poco que olvide lo que le han querido enseñar-sin gran em~eño,_ es verdad y ello facilitará su liberación-conseguirá ser una buena actnz. Tiene aptitudes naturales nada comunes, belleza física, voz deliciosamente timbrada,
sincera afición y raro buen gusto.
UN CRÍTICO INCIPIENTE

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curre a profundos prólogos pseudocientíficos, o ~e guarece, como el Sr. Mata en
sus Irresponsables, baio la autoridad de los técmr.os. .
.
. ·
La finalidad del autor de esta clase de producciones hteranas es meramente didáctica. Ciertos problemas de indudable transcendencia social necesitan salir del reducido ambiente del cu,·riculum técnico y ser ~xpuestos al público-a juicio del autor-no del modo descarnado y crudo habitual del hom~re
de ciencia, sino bajo el ropaje novelesco más o menos sazonad_o de truculencias.
El procedimiento nos parece equivocade,. Los problemas sociales ~ngendr~d~s
por las enfermedades mentales no rn avienen con esta clase de sistemas md1-

LIBROS y REVISTAS
Pedro Msta.-It-,-espoíisables.-Historias trágicas al margen d~ la locura y del
delito. Prólogo de A. Ossorio y Gallardo. Epílogo de E. Fernández Sanz. Madrid, Rivadeneyra, 1921.

·.1

El escritor español, generalmente, vive distanciado del movimiento psicológico y psiquiátrico y, fuera de alguna lectura casual, apenas se halla iniciado
en estas disciplinas. Esto, que quizá parezca sin importancia, es de indudable
valor cuando el escritor quiere hacer lite1·attffa psicojatológ.ica como el señor
Mata en ~us lr·responsables.
La literatura de este tipo exige una profundá y concienzuda labor preparatoria, y, aún en los raros casos en que alcanza gran perfección, difícilmente lo·
gra el resultado esperado por el autor. Ante todo requiere una cuidadosa elec•
ción de las fuentes: tarea de suma dificultad para el profano, que, forzosamente,
tiene que recurrir al auxilio de un consejero técnico, indispensable para su
orientación en la copiosa bibliografía de estas materias.
Fácilmente se comprende que la preocupación intelectual domiflante en el
autor sea la parte científica de su obra y a ella sacrifique la estructura íntegra
de la novela, aun a riesgo de la ulterior emoción estética del lector. De aquí
que, al ajustar el autor a determinada sistemática clínica la personalidad pisíqu•
ca de sus personajes. resulte ésta en extremo forzada. El dogma del realismo clí•
nico-defecto capital de esta clase de narraciones-.1kva consigo, i0'(1efectible·
mente, la creación de ciertos tipos que en el curso de la historia disertan am·
plia.mente sobre el tema psiquiátrico objeto de la novela para ilustración del
lector: demostrándole mediante citas eruditas los conceptos psiquiátricos en
litigio y atestiguando con textos autorizados la perfecta sintomatología del caso
descrito, temiendo, sin duda, tome el lector por producto de la imaginación
del autor el fruto de sus largas y meditadas lecturas. A esta clase de tipos per•
tenecen el arquitecto Panot de Les Demi-Fous, de Corday y el médico Garc~s
de La muchacha del Ideal .Rosales, del Sr. Mata. A veces, no satisfecho aún el
autor con las conferencias ténicas más o menos felices de estos personajes, re·
12:1!

rectos.

El problema de _la peligrosidad de cierto~ p~icó~atas, que en el año 1905
preocupara al novelista francés M. Corday, qmen _msp1rado por el profe~or Lasange escribió la novela Les Demi-Fous, es el mismo que el Sr. Mata mtenta
plant~ar en sus Irresponsables. Problema, dicho sea de paso, enfoca~o por el
Sr. Mata con criterio algo anticuado e influido por unos cuantos hbr4's que
apenas poséen hoy sino un valor histórico.
. . .
Los numerosos errores y equivocados conceptos ps1qu1átncos del autor son
absolutamente disculpables y en nada restan mérito a ~a par~e puramen!e artística de sus historias en consonancia con su manera hterana, ya conocida Y
juzgada por la crítica.
No creemos llegue el lector profano, a trav~s ~e 1~ tr~m~ ~oveleSCfi de las
historias del Sr. Mata, a sentir el problema ps1qu1átnco-Ju!1&lt;;11co manifestado
en ellas con la intensidad necesaria para formarse una opm1ón acerca de él.
El Sr. Mata acentúa demasiado el carácter delictivo de sus personajes y muy
posiblemente el lector extenderá esta rualidad. a c,uantos enfermos m«;:ntales
conozca y, sin pretenderlo, el autor habrá ~ontribmdo a fom;ntar el _,med? al
enfermo de la mente sobradamente extendido en nuestro pa1s y exttaordmariamente perjudicial para el progreso de la asistencia psiquiátrica. .
.
Altamente desconsoladora es la descripción de la fiesta en el Ma01com10 en
que transcurre la segund:i historia En legitima defensa. N3s ha recordado las
irónicas palabras que escribiera el profesor Weygaodt, anos_ hace, sobr~ otra
fiesta semejante, celebrada en honor de un grupo de ~ongres1stas e?'tranieros,
y cuyo remate apoteótico fué un castizo cuadro de ba!le flamenco, mterpretado por el elemento femenino de la parentela del director:
.
La lectura de En legítima defensa nos trae a la memona- 110 por se1:1e1anias artísticas cit&gt;rtamente-la exquisita novela de G. de Nerval, Aurelza, por
tratarse en eÚa de una autodescripción de la psicosis s_ufridd por el aut~r, comparable, mutatis mutandis, con el relato ~e.l enfermo M1_randa, que el senor Fernáodez Sanz, con benevolencia suma, cahf1ca de ma1·av1lloso fragmento de autoanálisis psicopatológico.
.
Tanto esta opinión que en modo alguno compartimos-com_o el co~seio_, que
más adelante da a los principiantes, de leer esta novela como tlus~racúJn literaria al capítulo de la Paranoia penecutoda ... para aclara; las andeces del texto
y como claro y ameno medio de comprender su evoluc16n, merecen algún comentario. En primer lugar debemos recordar, que en todo manual moderno de
l,!3

,. .. ·• .

�LA_ PLUMA

LK PLUMA
psiquiatría-citemos por_ ~jemplo un~ d~ los más reci~ntes, el del profesor
Bleuler, en ~u ~e~cera ed1c1ón-se comienza el estudio de la Paranoia. precisamente, transcnb1endo unas cuantas historias clínicas de ameno _y nada árido
texto.
. Con~iderar ':1n.a _producción puramente imaginativa modelo de autoanálisis
pszc~lógico es, a JU1c10 nuestro, bastante aventurado, por c11anto en ella todo es
fi~g1do Y en nada correspoode a la realidad objetiva y subjetiva vivida por el
. SUJeto creado por el autor. Wer ulbst erlebte-escribe el psicopatólogo Jaspersjindet am ehesten die treffende Schilderu:zg. El Sr. Mata, afortunadamente para él
no se hal!a. en las condicio?-~s exigida~ por la es~uela fenomenologista par~
autodescnb1r lo que no_ ha_v1v1do, a pesar de su gema! intuición. Podrán, claro
está! alc~nzar !as descnpc1ones de sus personajes patológicos la más alta perfección hterana; pero por muy de~a.rrollada que esté la capacidad endopatizante del Sr. Mata, Jamá~ podrá ser utt1_1za~le como documento cientifico para una
fJerstehende Psvchoiogze, la autodescnpc16n del personaje Miranda.
·
El Jemor de sobrepasar los límites de esta nota nos obliga a terminarla y
más aun, t;f de complicatla con técnicas consideraciones que nos colocarían
sobre el mvel de los personajéS"'de las historias del Sr. Mata cuya pedantería
hemos censurado.
"
,

**•

J.

M. S.

Ramón Gótnez de la Scrna.-EJ Doctor Inverosímil. ~Novela. Publicaciones
&lt;Atenea•.

·

¿_Una ?-ºvela? Es decir, lo que el lector entiende por tal, no tanto por las
clas1ficac1ones de los géneros literarios malamente aprendidas en el bachillerato, cuanto por la propia experiencia, ajena las más veces a los nombres de
los cenáculos, a las sutiles disquisicior:es de los litP-ratos, a las tertulias, críticas de los cafés. No! nC? es una novela. No urde @l autor en sus páginas una
trama en que la cunos1~ad del lector, suscitada por el interés de una historia
en qu_e choquen_ las pasiones humanas reducidas del ancho espacio y el tiempo
sucesivo de la vida real al volumen de un libro y a la duración de unas cuantas
lect~ras, que la emoción abrevia o suspende, se vea solicitada por el encadenamiento de los sucesos imaginados por el novelista con una lógica en cierto
D?odo fatal! el desen~a~e de los cuales provoca un alivio sentimental de la tensión padecida en el animo del lector. EJ Doctor Inverosímil, es uDa serie de
cuentos G más bien apólogos, cuya ejemplaridad resume y casi define la última
de_las &lt;~t.céteras finales&gt; que corroboran a manera de aforismos paradójicos
la 1ntenc1on de las historias anteriores: e Yo, por Jo menos, puedo decir lo que
aqu_e( doctor que decía: Entre mis manos pueden perder la .,,;da, ¡peru jamás 1/
esptritul•
L~s casos maravillosos de El Doctor lnf1erosímil son, en efecto, fantástica
gal_ena de sombras arrancadas de la v ida real, de Jo más real de la vida si se
quiere, sombras enfermas de cotidianismó de uso diario de costumbre ióvete·
rada, a las que el mago irónico que nos p;esenta Ramón Gómez de la Serná

cur¡¡, fovarial)le mente r.on una mis¡na receta de buen humor y de sentido coro-da, disimul¡¡do bajo la ~~travagancia más inofensiva, n! más ni meaos que los
especialistas famqsos y verosímiles que de la medicina viven.
Hay anécdotas como &lt;La luz amarilla&gt;, «El candado de letras&gt; o cLa sorpresa de la gráfica•, impresiones líricas como &lt;La burbuja• o «La pulmonía del
corazón•, caricaturas como «La desesperación del poeta• en que el humorismo
de Ramón Gómez de la Serna se afirma una vez más con ese carácter persona•
lísimo que le distingue entre los jóvenes &lt;"scritores españoles por su temperamento literario verdaderamente excepcional .
C.R.C.

Maria Bnrlqueta.-Sorpresas de la vida.-Novelas cortas. Biblioteca Nueva.
Madrid.
Una fiesta mundana; las gentes bailan, ríen, conversan; de pronto, alguien
da la noticia de que ha muerto una célebre bailarina; la noticia parece sobrecoger al marido de una hasta entonces mujer feliz; los celos amenazan acabar
en un momento con su dicha de tantos años; una VP.Z en su casa, de vuelta de la
fiesta, el marido confiesa a ,.u mujer el secreto que nunca le hubiera revelado;
aquella bailarina célebre y escandalosa era.... su hermana. Una gentil bordadora cuida afanosamente un tulipán todavía sin flor; dos vecinos se disputan sus
miradas; el del balcón de arriba es osado y dicharachero; el del bal~ón de abajo oculta calladamente su pasión; un buen día florece el tulipán; el vecino de
arriba lo obtiene al punto para el ojal de su americana; más he aquí que luego
la bordadora ve venir calle arriba al vecino tímido, ostentando en el ojal el tulipán de su tiesto; se lo ha encontrado en el arroyo y viene a devolvérselo a su
dueña creyendo que una racha de viento puede haberlo arrancado de su tallo;
la gentil bordadora se lo da en prenda de un amor insospechado.-Una enamorada se decide al cabo a envíar a su tierno cortejador las azucenas que tras una
espera de amorosa prueba han de ser señal cierta del logro de sus afanes; el
mensajero portador del florido presente sólo llega a tiempo de depositarlas al
pie de su féretro. Un rudo guardamonte piensa que no le falta para ser feliz
sino prender a la Muerte en el cepo que é l tiene siempre dispuesto para las
alimañas; así no podrá sorprenderle de improvisto; sus votos se cumplen, pero
la vigilancia que se ve obligado a montar noche y día porque no se escape su
presa agola sus fuerzas y al cabo la Muerte consigue soltarse de sus ligaduras
Y sumirle en la eterna noche.
Y así tantas otras sorpresas como la vida depara en ese mundo rosado en
que los hombres, si jóvenes, son mancebos apuestos; si viejos, ancianos venerables; si generosos, se ven luego recompensados, y si traidores, confundidos;
mundo en que las enamoradas son siempre puras doncellas; las mujeres livianas, románticas margaritas deshojadas y los rocines, corceles briosos. Ni vea
nadie en esta referencia el menor asomo de ironía. No deja de ser una de tantas vanidades la de ajustar los juicios literarios a un criterio atemperado a determinados preceptos críticos, según los cuales las no.velas clásicas, románticas,

us

12-4

...

�LA PLUMA
• 1

I

realistas, simbólicas, o meramente de folletín, son buenas en relación con el
tiempo en que fueron escritas, clasificación que da por supuesta cierta ortodoxia discernida en último término por el propio clasificador que las recomienda o vitupera. El informador literario, mucho más cuando su opinión versa sobre literatura propiamente recreativa, de puro entretenimiento, no ha de formular tanto una alabanza o una condenación, como exponer simplemente a la
consideración del lector que en él fía, el tono, la intención, el alcauce que el
autor se propuso para interesar al público a quien su obra va dirigida.
Con Jo que dicho se está el gusto que han de dar a tantas lectoras y lectores estas inocentes y placenteras Sorpresas de la vida, de María-Eoriqueta,
perfumadas a veces con el soplo poético de un Heine sin hiel, de un Andersen
sin lirismo, de un Feroán-Caballero, pongo por femenina sensibilid1d.

c. R. c.

.,
1

l

Federico G. Lorca.-Lió,·o de Poemas.-1921, Imprenta Maroto, Madrid .
No es desconocido el nombre de este joven poeta para los lectores de LA
PLUMA que ya han tenido ocasión de leer algunos de los poemas, que en este
primer libro de ese autor se incluyen. En las cPalabras de justificación, con
que se abre, ofréceoos Federico Lorca la imagen de sus días de adole~cencia y
juventud, páginas desordenadas, reflejo fiel de su corazón y de su espíritu impresionado por la vida palpitante, recién nacida para su mirada. «Sobre su incorrección. sobre su limitación segura, tendrá este libro la virtud entre otras
muchas que yo advierto, de recordarme en todo instante mi infancia apasionada correteando desnudo por las praderas de una vega sobre un fondo de
serranía,-dice muy acertadamente.
Más que un Libro de Poemas, se nos muestra la profusa selva de versos que
componen esta colección, como u11 solo Poema, o mejor aCrn extensísima Silva
de un solo aliento sentimental, entrecortado aquí y allá por tal cual respiro o
apoyatura irónicos, cuyo acento no rompe, sin embargo, la unidad de inspiración de este canto fluyente o inagotable. Apenas si se recuerda, una vez cerrado el grueso tomo, no ya 110 verso, mas la configuracióa definida de una sola
poesía. Pero el lecto1· se siente penetrado del intenso aroma romántico que
sus páginas exhalan, e incluso arrebatado por la liviana musa que de la primera a la última, trastrueca en lírico panteísmo el orden de las cosas en el
universo y el sentimiento que su contemplación pre.duce en el ánimo caótico
del joven poeta.
cTienen gotas de rocío
las alas del ruiseñor...
Un vago temblor de estrell¡ls

,'
126

. . . . . . . ... . . .. ... . ... .. .. ... . .

Hoy siento en el corazón

LA PLÚMA
Cazadores extrah1U11anos
Están cazando luceros
Ayer es lo marchito
Anteayer
es lo muerto

Mi beso era una ~ranada
profunda y abierta;
tu boca en rosa
de papel.
El fondo un campo de nieve
¡Oh qué dolor el tener
versos en la lejanía
' - de la pasión, y el cerebro
todo manchado de tinta!
El silencio redondo de la noche
sobre el pentágrama
del infinito.•
Poesía vaga en que los sentidos corporales prestan al espíritu las formas
espectrales de un mundo flotante en quimérica niebla cmtretejida con el hilo
de los sueños. No sería difícil hallar el árbol genealógico de este nuevo poeta,
tan e,tremecido y sensible, en la oscura selva de los románticos más delicuescentes, cuya savia injerta en nuestro suelo dió las líricas flores de un
Bécquer, y más tarde, por sutiles cultivos y destilaciones, las quintaesencias
de un Juan Ramón Jiménez.
C.R. C.

***
Valentin Andrés Alvarez,-Rejle;os.-Madrid. McltlXXI.-Editorial Galatea.
«Las cosas no son bellas en sí mismas, son bellas en reflejos. La belleza no
está nunca eo la ,·ealidad, sino en la virtualidad.-Puede ésta patentizarse de
dos modos: a). Viendo las cosas no como son, sino como efímeras cristalizaciones de todo lo que fueron y serán, lo cual existe en ellas de un mado virtt1al.
~). En expresar las cosas por imágenes (simetría perfecta entre la cosa y su
imagen virtual.)»
Añádase a este credo poético la afirmación de la pureza espiritual en razón
inversa de la distancia que separa la materia de nuestros sentidos.
la distancia purifica las cosas
y crea la belleza... ,

c ...

�LA PLUMA
Y no necesita más razones el nuevo poeta, ni ninguao, para justificar los motivos de su inspiración. La de Vafen'tín Andrés Alvar'ez es dara, precisa, gusta
de la brevedad, prefiere la serena armonía del tonó menor a la ronca voz y
la sonora pompa. La sencilla "filosofía de estos Reflejos no pretende en vano
suplantar los métodos propios de la disqubición cie~tífica;_ esencialIT?~nte poética, sus sentencias y aforismos no presup.o nen una mtenc1ón metaf1s1ca, pero
denuncian, eso sí, cierta disciplina lírica que templa el exceso sentimental con
la razón y presta cierta gracia musical a la lógica del universo.
Cuando se despreocupa, además, de toda consideración retórica, técnica, o
como quiera llamarse a ese prurito de explicar en cada composición el concepto que de la poesía se tiene, prurito de que adolecen por lo general los poetas
nuevos Valentín Andrés Alvarez escribe poemas como esta Canción de Primavera, c~yo mejor comentario es la simpática emoción que su lectura suscita:
«Un trocito de ·jardín
en la florida maceta,
y un poco de aire sonoro
en la jaula bullanguera .
Qué tristes débeis estar
trocitos de primavera,
arrancados sin piedad
de la florida floresta.
Qué tristes débeis estar
trocitos de primavera,
soñando en la libertad
de la fi.orida floresta.
Y nuestro amor (besos sólo),
trocito de primavera,
y nuestro ardor contenido
soñando con la floresta.
(pobre pájaro en la jaula,
pobre flor en la maceta)
sin gozar la libertad
de la dulce primav!ra.•

. 1
1
1

..

II

..

c. R. c.

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...

I 1 .....

MADRID, SBPTlB,_M_B_R_B_19_2_1_.I__Nú_M_._16_.-

EL ARTÍCULO QUE HIZO DORMIDO

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1

DISPARATES

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@Jlll"i&gt;

A:A'O II.

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-....:

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¡¡'!

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escritor se había ~evantado tai:_de. La noche anterior _había
estado hasta las diez de la manana de su hoy. Es decir, un
lío de horas, de tiempo y de sintaxis.
El escritor veía ya una especie de atardecer precoz, corno
·
si en su mañana hubiese un eclipse de sol. Se l:iabía levantado más tarde que ningún día; pero es que después de haber ultimado
otros trabal'os, no había querido dejar de hacer su artículo diario, el artículo que levaba todas las mañanas el «botones» a la portería del periódico.
Después de almorzar con lentas maneras, aprendiendo poco a poco
los movimientos de siempre, reponiéndose como el que resucita, leyó
los periódicos del día, que se da el caso sorprendente de que son nuevos,
enteramente nuevos cada día.
. -¡Parece mentiral-se decía el escritor ya tan avezado a los periódicos, cuando cada día abría los diarios y los veía nuevos, recientes,
originales. Es que tenía alma de escritor, de periodista, de enamorado,
es decir, de hombre que encuentra nueva cada día la mujer de todos
los días.
9

L

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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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              <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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              <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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      <name>Cardenio</name>
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      <name>Ernesto López Parra</name>
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      <name>Ramón del Valle Inclán</name>
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      <name>Ramón Gómez de la Serna</name>
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