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                  <text>LA PLUMA
Y no necesita más razones el nuevo poeta, ni ninguao, para justificar los motivos de su inspiración. La de Vafen'tín Andrés Alvar'ez es dara, precisa, gusta
de la brevedad, prefiere la serena armonía del tonó menor a la ronca voz y
la sonora pompa. La sencilla "filosofía de estos Reflejos no pretende en vano
suplantar los métodos propios de la disqubición cie~tífica;_ esencialIT?~nte poética, sus sentencias y aforismos no presup.o nen una mtenc1ón metaf1s1ca, pero
denuncian, eso sí, cierta disciplina lírica que templa el exceso sentimental con
la razón y presta cierta gracia musical a la lógica del universo.
Cuando se despreocupa, además, de toda consideración retórica, técnica, o
como quiera llamarse a ese prurito de explicar en cada composición el concepto que de la poesía se tiene, prurito de que adolecen por lo general los poetas
nuevos Valentín Andrés Alvarez escribe poemas como esta Canción de Primavera, c~yo mejor comentario es la simpática emoción que su lectura suscita:
«Un trocito de ·jardín
en la florida maceta,
y un poco de aire sonoro
en la jaula bullanguera .
Qué tristes débeis estar
trocitos de primavera,
arrancados sin piedad
de la florida floresta.
Qué tristes débeis estar
trocitos de primavera,
soñando en la libertad
de la fi.orida floresta.
Y nuestro amor (besos sólo),
trocito de primavera,
y nuestro ardor contenido
soñando con la floresta.
(pobre pájaro en la jaula,
pobre flor en la maceta)
sin gozar la libertad
de la dulce primav!ra.•

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c. R. c.

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MADRID, SBPTlB,_M_B_R_B_19_2_1_.I__Nú_M_._16_.-

EL ARTÍCULO QUE HIZO DORMIDO

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DISPARATES

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A:A'O II.

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escritor se había ~evantado tai:_de. La noche anterior _había
estado hasta las diez de la manana de su hoy. Es decir, un
lío de horas, de tiempo y de sintaxis.
El escritor veía ya una especie de atardecer precoz, corno
·
si en su mañana hubiese un eclipse de sol. Se l:iabía levantado más tarde que ningún día; pero es que después de haber ultimado
otros trabal'os, no había querido dejar de hacer su artículo diario, el artículo que levaba todas las mañanas el «botones» a la portería del periódico.
Después de almorzar con lentas maneras, aprendiendo poco a poco
los movimientos de siempre, reponiéndose como el que resucita, leyó
los periódicos del día, que se da el caso sorprendente de que son nuevos,
enteramente nuevos cada día.
. -¡Parece mentiral-se decía el escritor ya tan avezado a los periódicos, cuando cada día abría los diarios y los veía nuevos, recientes,
originales. Es que tenía alma de escritor, de periodista, de enamorado,
es decir, de hombre que encuentra nueva cada día la mujer de todos
los días.
9

L

�LA PLUMA

LA PLUMA
- Bueno, ¿y qué artículo envié yo ayer a mi periódico?-se preguntó
de repente, un p~co sobresaltado: Miraba a todos lados buscándole.
No daba con el en su m;mor!ª: to a aquel jarro azul ni junto a
No estaba ni en las estantenas, m ¡un
'
aquel cuadro, ,nijur~ nd~\u artículo de la noche anteri&lt;;Jr: ,¿Cómo
Estaba vac10 e a 1 ~a 1 . ·tando la imprenta, escnb10 en su
¿Qué mayuscu as, 1m1
f
P,rincipiaba?
? N d N podía dar con lo &lt;;iue uese.
.
.
titulo... a a. 0 . d
·ct
Mas rendido que nunca, sm a11ento
«Es que estaba _casi orm1
n cómo con los ojos apagados supo
ya» se dijo el escritor, pensan o e
gui~rse por las cuartill~s 11enas dhluz.Jmo el que quiere entender lo que
Recordaba haber m¡ra o mu~bo, ;scribiendo. Apurado, deseoso de
no entiende, lo gue otra mano i d tirando de su alma como de la
cabó el artículo sonambúlico
que saliese el articulo para a~ordarsde,
mano de un niño que no quiere an ar, a
er el periódico, y en cuanto lo oyó
que no ~abía sobre ~ué tra~aba.
{nqmeto, esperó. a nocl e paradv su oído más lejos que nunca-lo
vocear muy a lo le¡os-a canzan o
mandó comprar.
h a hecho estará en él-pensaba-, Y
«Ya es irreparable ... Lo que ªi b n su alma en la que había un
está ya en m~no~ ~e todos.·.» 0 ~ .ª
artículo ; 0 medio de la c~tamecanico rac1oc1mo cap_az dh b~nb~~i~ocado y dormido mucho, sahese
lepsia, y confiaba_ que bs1 bsl a i:;tiosa desparramada por todo el aruna pura errata maca a e, cu
'
tículo.
. , ct·
ano
abrió sus hojas con desgaPor fin, ya con el peno ico en 1a tmd Íos días No lo encontraba.
rrado gesto. Busca~a el epígrafe de o iiatro á i~as, como si pudiese
Quiso abrir sus ho¡_as ~n ts, o ?ª eSólo al ripfsar por terc_era. v~z el
esfoliar como una ~amma ~ calr ºº·se titulaba: «Hora de ¡ust1c1a ...»
periódico encontr~ su art_1cu o...
«¡Arrea!»-exclamo el escr~tor.
n zanoolotino de cerebro pesa«Ese escritor de la crapula, ese gra de ~e til ;&gt; leía el escritor
do como el de la, vaca, dedcadrne de Pt~!ªy apelliao d~l ;ludido. Así conasombrado, &lt;letras ~el '(er a ero nom
ante una inmensa imprudentinuaba todo el pe~1ód1c?· .
El escritor nervioso, md1gnado corno
se uedó con esa apacia, se dió un golp_e co?- la Jª~e:io~n;ili~~f:efus cu1ndo se les cuelfiª'
riencia de ml uedrt~ manc1u~fqiier sitio desemperchados del brazo que os
cuando se es e¡a en

d

r ·.

ª;

mor:·sacó de aquella postura que adoptó por no recriminarse y no pen-

sar más en el estropicio, la llamada del timbre. Abrieron y la muchacha
anunció: «Dos señores que habían dicho que tenían que ver irremisiblemente al señor.» El escritor.se dió cuenta de lo que aquéllo significaba, y cuando deda que «ahora mismo voy ... » se oyó de nuevo el
timbre.
-Vaya usted y diga a esos otros dos señores que indudablemente
han llamado, que pasen también y que me esperen en otro cuarto ...
Esta noche van a venir unas diez o doce parejas de caballeros... Vaya
usted pasándoles a todos a distinta habitación, y si coinciden demasiados, a los últimos que lleguen les pasa usted hasta a mi alcoba ...
En efecto, toda la noche estuvieron llegando caballeros en pareja y
el escritor a todos les contó el caso de su sueño. «Ahora bien, si ustedes o su representado insisten, yo estoy pronto a responder de mí, aun
habiendo cometido el atentado en ese estado de sueño». Nadie volvió y '
al día siguiente el escritor escribió un artículo de rectificación que titulaba: «El artículo que escribí dormido».

EL DISIMULADO BARBA AZUL
En el despacho del hombre de la barba de tenor, cuando el tenor se
maquilla para los papeles de mayor seducción varonil, esa barba puntiaguda, pretenciosa y falaz, que tan antipática es, todos eran libros hinchados, grandes tomos de lomo tirante, bruñido, duro, con morbidez
de talón de zapato nuevo.
En aquel despacho no entraba nadie. Sólo él se paseaba po~ entre
los libros de lomo grueso y burdo, en los que había pegadas etiquetas
en las que sólo había escrito un nombre de mujer:
Margarita Pares.
Carlota Bernálnez.
Carmen Román.
Julia Ucera.
Lolita Merode.
Patrocinio Ubierna.
Paulina Serós.
Etcétera, etcétera.
.
~ntre esas cuatro librerías que llegaban a la altura prudenc1a_l en que
pod1a coger un libro su mano, se pasaba sus horas ~e recordac~ón, sus
sobremesas peripatéticas que duraban desde la primera comida a la
última.
Su barba cana, insensiblemente cana, conservaba ya apenas las últi131

,

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LA . PLUMA
LA PLUMA

' 1

mas ~anchas del úlimo teñido. Se había dejado de teñir porque su barba te~uda e':1 contraste con su rostro pulido y envejecido, daba a su fisonom1a un tmte de esquela de defunción.
. Ya cansado, sin fu~~s para más, invertía su último interés en la
vida en c~nserv~r su d1s1mulo y en abrir de vez en cuando alguno de
aquellos hbr'!s simulados y repas~r historias que no había olvidado. Recordaba las vidas de aquellas muieres cuyo nombre aparecía en el lomo
del ~ibro c?mo nove!as que hubiese repasado con mucha frecuencia y
hubiese leido por primera vez con la luz de la mejor lámpara.
Porque este hombre de la barba de tenor deslucido había sido el maY?r barba azul d~l mundo e iba a morir impune, habiéndolo hecho muy
bien, con las cemzas de los cadáveres que fiabía quemado en la cocina
de su h?tel, guardados en aquellos librotes de lomo formidable con las
venas hmchadas.
Cada libro simulado de su biblioteca era un ataúd, limpio y breve,
de una de aquellas amadas que mató.
:-:-Ante ~odo 1~ clasificación ... No hay nada como una buena clasificac10n-soha decir en cualquier parte a propósito de cualquier cosa el
barba azul de los libros simulados.

YO SOY TU ESPOSA
Era la hora en que todos salían del teatro. Era la hora que es cuando
el esposo va más con su esposa. Pasaban en parejas aferradas.
~&lt;Y esta noche en que no va a quedar nada en la calle, yo solo», me
dec1a yo.
Iba hacia una amante que es algo más verdadero que una esposa,
algo _de ~o .que no queda e~ la es~osa; pero no tenía una esposa con la
que 1r s10t1endo la tragedia comun camino del piso adornado por el
Bazar de la Unión conyugal.
Cuando de pronto me vi cogido del brazo.
-Soy tu esposa-me dijo-. Vamos de prisita a casa.
Los letreros de las peluquerías que es lo que más se ve y se deletrea
cuando ,se va c~n ~~ esposa., se destacaban ante mí con claridad pasmosa. Tema veros1m1htud m1 esposa. Iba arropada en un cuellecito de
piel. ~e ~scondía en una mancha oscura c~mo una verdadera esposa.
Ademas pisaba so~re los ta}ones para dar mas verdad a su tipo.
-Bue~o: ¿y donde esta la casa?-pregunté yo, ya un poco cansado
de la cammata.
-Ya estamos ... Llama a Pepe ...-me dijo mi esposa.
132

Yo grité.
-¡Pepeeee!-reforzando con las tres cee de los serenos la e final de
Pepe.
El sereno vino y me dijo dándome la cerilla:
-Ya era hora de que viniese el señorito.
La larga cerilla del sereno daba una autenticidad innegable a la escena. Mi esposa era tan real, que proyectaba una gran sombra escalonada sobre la escalera.
Pero lo raro era gue yo encontraba cierta naturalidad en lo que estaba pasando. Suced1a tal como yo lo había previsto. Todo lo que sucede en el matrimonio; todo lo que hubiera sucedido en mi matrimonio.
Hasta tuve la coquetería matrimonial de cansarme en la escalera, de
ir despacio, dejando que ella subiese delante, sin ninguna impaciencia. ,
Sonó la campanilla de la casa, porque yo era un pobre marido de
casa con campanilla, y salió a abrir la criada parecida a la que me llevó
en brazos.
El recibimiento era el esperado, y un bastón que tuve alguna vez
estaba en el escopetero de los percheros.
Todo se realizó como se tenía que reálizar en un matrimonio al parecer antiguo.
-Bueno, hasta mañana-dije. yo, volviéndole la espalda, sin tocarla
apenas, después de darla un beso casi fuera de la mejilla.

EL ATROPELLO MÁXIMO
A eso de las nueve cogí el camino de mi casa como todos los días.

Iba a cenar. Llegué, la puerta se abrió con la facilidad de todos los días
y vi el comedor ya encendido.
Los siete cubiertos de mi familia brillaban con el frío de la vajilla
limpia y preparada. Sus brillos eran desoladores en la impaciencia de
vedes llegar a todos, pues ya a esta hora todos solían estar todos los días
congreg_ados en la mesa.
-¿(¿ué les habrá pasado?-me preguntaba mirando el ojo de buey
del comedor, blanco, lívido, con soñanza en sus horas.
-¿Han echado el periódico?-pregunté.
- Sí, tome-me dijo la doncella cogiéndolo de encima de una silla.
Yo lo extendí y cubrí con él los platos fríos como el hambre destartalada y vacía.
Me entretuve en unos versos, libé el poco jugo de una crónica, repasé
lo que había del extranjero, leí la sesión del Congreso, me manche en
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�LA PLU~I A
un anuncio de grasas para camiones, hasta que di con la sección titulada ~Los automóviles» y en la que se relataoan los atropellos.
Siempre voy a esa sección como con el temor de ver que he resultado yo mismo el atropellado.
No di un grito porque eso no pasa sino en las comedias y en las novel!s, ~ero produj_e ~n gran ruido de apretujamiento del papel, de empunam1ento del diario.
. ¡La_s . cinco perso?as de mi familia habían sido atropelladas en distinto sitio aquella misma tarde por automóviles diferentes!
¡Todos de pronóstico grave!

EL CALVOROTA
El periódico a través de los días es monótono aunque sea imprescindible. Los corresponsales dan generalmente las buenas noches o los
buenos días en esos telegramas que se reciben en rachas de cuatro.
Estába~os aquella_ noc~e tranquil~s. Algun~s compañeros recortaban cuartillas con minuciosa aplicación y nac1an un encaje de líneas
admirable.
El reloj tenía el son escéptico que tiene en las redacciones.
El conserje entró a avisar que un señor quería hablar con todos urgentemente.
-¿Con todos?
_:_sí, con todos ...
-Pues que pase-dijo el director.
Todos espera_mos ver pasar al señor que quería hablar con todos. Los
qu~ estaban)1ac1endo sus calados con las largas tijeras se quedaron perple¡os, las t1¡eras aun en sus dedos abiertas y como las orejas aguzadas
y atentas del conejo de la atención.
Una reluciente _calva apareció por entre la cortina de la puerta. Aquella cosa blanca, bnllante, pulidis1ma nos dió cierto pánico en el primer
momento. Parecía que la muerte venía por todos.
¡Ah! _Pero no; la calva de la vida tiene siempre carne encima, ~asa,
opulencia. La flacura de la calva de la muerte no tiene comparacion.
-Señores-dijo el calvo dirigiéndose a nosotros- : en la edición de
hoy ~an publicado ustedes una caricatura sobre los calvos que ya es de
una insolencia inaguantable ... Vengo a que uno de ustedes, el de más
pelo, se desafíe conmigo ... Ese anuncio-caricatura ha hecho reirse a mi
esposa de mí, ya sin poderse aguantar como me ha dicho ella después
de h_aber ll_orado al verme enfadado ... Durante quince años de matrimonio ha visto muchos anuncios contra la calvicie, muchos dibujos de
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contraste entre un hombre con pelo y otro sin él, hasta algunos chistes;
pero ninguno tan irresistible como éste ...
-Usted comprenderá- le dijo el director-que el responsable de esa
caricatura es el anunciante ... A nosotros se nos envía desde la administración el aviso de inserción y tenemos que insertarla.. .
-No han debido publicarla aunque se la enviasen ... Además, ustedes
comprenderán que un industrial que anuncia específicos para hacer crecer el pelo, es un estafador, .. Durante d iez años he estado yo usando
todos los que se han anunciado en los periódicos de Europa y he pescado con ellos un reúma cerebral terrible y yo creo que si me ha crecido
el pelo ha sido del revés hacia dentro en una horrorosa melena que me
llega hasta los talones, pero por dentro...
.
,
.
A todos nos daba risa aquel hombre, pero nadie se atrev1a a re1rse.
-Es inaguantable su caricatura de hoy ... En la oficina, en el círculo, en todos lados he notado la popularidad de su periódico Pºf co~o
me han mirado sonriéndose ... Yo necesito desafiarme con ... aquel-d1¡0
señalando al que más figura de poeta tenía, a Enrique, con el pelo crecido y rizoso ...
-Bueno: ¿y sus padri_nos?-preg~ntó Enrique... .
-Mis padrinos vendran ahora m1s1:10 ... Son dos amigos calvos ... I:Je
venido yo antes que ellos porque quena darles las razones que me :3-s1sten y discutir el principio ~e la ofensa contra la _que_yll: sabía yo que iban
ustedes a argüir ... Las cancaturas de los a_nuncios ulumos_ de ~e. específico ya me habían hecho temer que eso iba a llegar a lo madm1S1ble ...
Ya lo de: «¿De qué queso?», en que el mozo del res~urante, con un
queso en la mano, hace esa pregunta a dos «cocottes» ¡unto a la mesa
de un hombre perfectamente calvo, erad~ una burlonería que sólo estaría justificada en el caso de que no hubiese calvos en el mundo ...
El conserje interrumpió al gran calvo, anunciando dos señores.
-Son ellos-dijo el calvo-. Ahora somos ya esos tres calvos que
figuran en esa otra caricatura que también ha~ publicado muchas vec~
y que, inclinados sobre una mesa de billar, miran _a tentamente la posición dudosa de las bolas ... Nombre usted sus padnnos y despachemos
esta misma noche el asunto ...
Enrique me nombró a mí y a Lastras sus representantes, y pasamos
al despachito de recibir a hablar con los otros dos calvos. .
.
Estaba más iluminado que de costumbre el oscuro gabinete, gracias
a las dos calvas relucientes, calvas de hombres de mundo, grandes, estupendas, de un wattio por lo menos.
.
,
.
Se planteó el debate de la ofensa y no tuvimos mas remedio que
acceder. Sus calvas, llenas de dignidad, daban un gran empaque a sus
135

�LA PLUMA

LA PLUMA

palabras. No había derecho realmente a meterse con tan solemnes eminencias.
Se trató del arma a elegir.
-El sable usted comprenderá que no puede ser aceptado por un calvo-dijo uno de los padrinos-. Está en terribles condiciones de inferioridad, porque si le cae el sable sobre la calva puede muy bien abrirle la
cabeza de un modo insoldable, por no encontrar resistencia ninguna
en ella.
-Pues entonces la pistola tampoco-dije yo-, porque el blanco que
ofrece el calvo sería terrible ...
- Tampoco la pistola, y en vista de eso será la espada el arma de
combate ...
Todos los demás detalles se ultimaron y en la madrugada
salíamos en dos coches como un grupo de juerguistas camino de campo
del honor.
El espectáculo iba a ser interesante, pues se iba a dilucidar completamente en serio la más pesada de las bromas. ¡Lo que son los hombres!
En la carretera, a aquella hora, ni pájaros había. La luz del alba iba
a orientar las espadas hasta el corazón en una herida sutil, recta y segura.
Los dos adversarios frente a frente, hubo un incidente previo: el calvo, al quitarse el sombrero de copa, había aparecido como demasiado
desnudo para estar a la intemperie, como sin calzoncillos ni camiseta,
y nos había dicho sacando un gorrito negro de un bolsillo:
-Ustedes me permitirán que me cubra, ¿no?
Debatimos el caso y se lo consentimos.
Al verles dispuestos al asalto, tomó el pugilato el sentido de una lucha en que parecía que el calvo tratase de apoderarse del pelo de Enrique.
Se hicieron el saludo, un saludo sin etiqueta por parte del calvo por
estar cubierto mientras hacía ese saludo, que es el saludo más fino, más
puro, más digno, más limpio que se hacen los hombres.
Las tazas de las espadas comenzaron a sonar como timbres. Parecían
llamar a los guardas jurados o a la guardia civil.
Los padrinos del calvo, los dos calvos, seguían sin impasibilidad el
desafío y hacían gestos extraños y como imitativos con el bastón, pues
ellos también se sentían los ofendidos.
Por fin se oyó un grito y vimos caer a Enrique, atravesado de parte
a parte como si fuese mentira, como si hubiese llevado preparada esa
otra media espada que les sale a los «clowns» por la espalda cuando hacen que les clavan la espada que se enco~e.
.
Nuestro amigo había muerto instantáneamente y por eso el ¡adiós!

Iª

que habíamos creído oír llegó a nuestros oídos tarde, como retrasado,
como lanzado desde detrás áel horizonte.
Todos nos quitamos el sombrero como se µace en estos casos. Los
padrinos calvos y el mismo matador lucieron con gran compunción sus
calvas venerables, y como bajaban la cabeza, agobiados por la desgracia,
parecían sus calvas sus rostros informes, los rostros sin dibujar y sin
modelar...
Y en aquella gran seriedad de la hora y del suceso vimos lo milagroso, que las tres calvas se fueron cubriendo' de pelo, como si la muerte
del burlón melenudo hubiese compensado sobre el mismo terreno su
falta capilar. Al reconquistar el honor de sus cabezas por un acto así
habían conse0 uido restaurar el pelo perdido.
En vista ~el nuevo fin trágico en que se habían metido, la Naturaleza ejemplarizada les devolvió el pelo que les había tomado.

RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA

�LA PLUMA

EL JARDÍN DE LOS FRAILES
pr~mera vez _que oí hablar de los ~chlegel_fué en El Esconal de Arnba, una tarde de otono, hace ya veintitan
tos años. No eran pasto de la murmuración del vecindario de San Lorenzo: se hablaba de ellos en una sala baja,
.fría, donde un par de docenas de adolescentes, de codos en los pupitres de pino todavía pegajosos de barniz, sufríamos la iniciación
literaria. Encaramado en la tribuna, un fraile joven, quebrado de color, escuálido, de boca rasgada y dientes desiguales, nariz aguileña y
ojos saltones entreverados de sangre, daba suelta a su elocución caudalosa. De voz insegura, tan pronto ronquilla y velada como chillona
y metálica, entre gallos y rociadas de saliva, con el tropel de palabras
que le salía de la boca, se trompicaba. Era el Padre Blanco, uno de
los brotes más lozanos que há dado en nuestra época el añoso tronco
agustino. En el aula hostil, la luz cenizosa de noviembre pesaba en
los párpados. A tales horas ya nos rendía el cansancio cotidiano. Esforzábamos la atención para no sucumbir al tedio o al sueño. La lección del Padre Blanco era, no obstante, soportable como ninguna
porque hablaba de cosas inteligibles y amenas cuya inserción con
nuestra sensibilidad personal veíamos patente. Teníanle los suyos
por crítico literario de primer orden, y ponderaban su arremetida conA

. 1

1

¡!

138

tra Clarín, para los frailes arquetipo del impío. Dentro y fuera dé
clase era el Padre Blanco parlanchín y burlón. Los estudiantes le
llamábamos fray Sátira. Andaba casi a brincos; cada ademán, una
sacudida. Empezaba a toser; ardía en sus pupilas la calentura. Murió algunos años después, creo que en Jauja. Su Historia, que nunca
nos dieron a leer, no vale tanto como ¡;iensaban.
Nuestra preparación de bachilleres, si juzgo por la mía, era modesta. El que más, recitaba de coro páginas del Campillo. Yo había
cursado ese librito en mi colegio de Alcalá y conservaba en la memoría algunas de sus nociones más sólidas: «¿Qué son tropos? Formas
figuradas de hablar.» O bien: «Criticar es aplicar los juicios de la sana
razón a las obras literarias y artísticas.» Campillo fué uno de esos
catedráticos zumbones, amigos de e11sañarse con los alumnos haciendo chistes a su costa. Era exigente, y,· como decían, clerófobo; al
verle eri la comisión de exámenes, los alumnos del Colegio de segunda
enseñanza se helaban de espanto. Pero los frailes le amansaban a fuerza de comidas pantagruélicas y vino sin tasa. Tomábase Don Narciso
licencias increíbles:Una tarde, sentado en el ·tribunal, como le doliese
un callo, se quitó una bota, la puso sobre la mesa, extrajo del bolsillo
una navaja, y recortado un pedazo de cuero en· la parte que le laceraba, se calzó tan campante. Andando el tiempo, alcancé a Campillo en el Ateneo, donde tuvo apestosa fama. Era un andaluz procaz,
de ingenio pronto, fecundo en chocarrerías. En la biblioteca de la casa
hubo un ejemplar de La Regenta, famoso por las notas que Don Narciso le puso al margen. El ejemplar desapareció, ni sé si por decreto
de un bibliotecario pudibundo o porque algún bib!iómano curioso
lo haya guardado para sí. Dos hijos que Don Narciso tenía no heredaron la vocación literaria de su padre: tal vez los Reverendos Escolapios de Alcalá, a cuyas aulas fueron a cursar la segunda enseñanza,
suscitaron en ellos otras inclinaciones y se dedicaron a barristas.
Mis condiscípulos, sin tener más afición que yo, no estaban me 139

�LA PLUMA
LA PLUMA

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jor preparados. Ignoro si llevaría alguno en el coleto el mi:mo fárrago
de lecturas desordenadas que perturbó los albores de m1 adoles~encia. Sólo sé que estudiar leyes me parecía el suicidio de mi vocación.
El tiempo sólo a medias me ha desmentido. Las novelas de Veme, de
Reid, de Cooper, devoradas en la melancólica soledad de una c~sona
de pueblo, ensombrecida por tantas muertes, despertaron en mi_una
sed de aventuras furiosa. Amaba apasionadamente el mar. Son.aba
una vida errante. La primera vez que me asomé al Cantábrico Y vt un
barco de verdad, casi desfallecí de gozo. Me sucedía lo que a los niños de ahora les ocurre con el cine: ellos quieren ser Fantomas como
yo quise ser el capitán Nemo. Esa enfermedad se P8:5ó ~ronto; me
libré de ser pirata; no ha habido disciplina ni conveniencia capaces
de doblegarme a ser jurista. Leía, pues, sin previa censura..cuantos
libros de imaginación hallé guardados en la librería de .m1 abuelo:
Scott, Dumas, Sue, Chateaubriand, algo de Hugo, traducido:, Y ~us
secuaces españoles, los devoré· con manifiesto estrago de ~~ paz mterior. Recuerdo haber vivido entonces en un mundo prodigios~: De
esa prueba, que me sirvió para entender la locura de Don QuiJote,
salió encandilada mi afición precoz a leer de todo. El Padre Blanco
la conocía. Quiso enmendar mis gustos y me dió a leer a Pereda. Er.a
lectura lícita y la alternábamos con los folletines de Rocambole re~~bidos a escondidas. Dióme más adelante Pepita Jiménez. Me aburno
-Es natural-dijo el Padre-. Hay que estar muy versado en los
místicos españoles.
Fuera de esos regalillos, en punto a lecturas, nos tenían en seco.
Reducíase la historia literaria a las páginas del libro de texto, grueso
tomo, con nociones preliminares d~ estética, traducidas o ada?~adas
de Leveque: «La gota de rocío suspendida de los pétalos del hno, :l
puro y casto andar de la doncella, la inmensa masa del ?ceano agitada por la tempestad ... », decía el libro para empezar 3: mculcar.nos
la noción de lo bello. El Padre Blanco, oyéndonos decorar entre nso-

tadas tales sandeces, se impacientaba. El mismo Padre rigió aquel
año la cátedra de Historia de España. Leíamos la obra de Ortega y Rubio, bondadoso señor, enemigo irreconciliable de Felipe II. No he olvidado algunos rasgos de su estilo: «Felipe II desembarcó en Inglate1Ta, bebió cerveza, fué galante con las damas, y se
captó las simpatías de los ingleses.» Hablaba también de su «mano
de hierro». El libro tenía entonces dos tomos; ahora, muchos más. O
la materia o el saber del autor engrosaron con los años.
Para acabar de formarnos el espíritu estudiábamos un libro de
filosofía, parto de un profesor de Barcelona, almacenista de bacalao,
que en los ratos de ocio producía metafísica. Ortodoxia pura.
-Vamos a ver, jóvenes-inte1Togaba el fraile-. ¿Qué es la Verdad
de conocimiento?
-Adequatio intellectus et nl:'i-respondíamos con aplomo.
Nunca he vuelto a pisar te1Teno tan firme.
Cúpole iniciarnos en el tomismo al Padre C., montañés, de poca
talla, locuaz en demasía, un tantico suspicaz y marrullero. Voz aguda,
ojos claros, y en los labios finos, remuzgos fugaces de desdén o de
ira. Listo como el hambre, el único fraile «señorito», a lo que creo,
de seguro el más sociable. Tenía gracia para hablar a las señoras.
El Padre C. era mejor jinete que metafísico. Poseía el Colegio una
cuadra de seis u ocho caballos, picadero y guadarnés bastante bien
puestos. Algunos estudiantes tenían montura propia. Cuadra, picadero y guadarnés entraban en la superintendencia del · Padre C. Allí
pasaba los grandes ratos cabalgando en la Peonza, yeg ua alazana,
de pura sangre, nerviosa y fina, que a pocos se les podía confiar. Las
tardes de paseo montaba en la yegua, y calada la teja, remangados
los hábitos sobre el sillín, al viento la muceta y la cogulla, salia por
las puertas falsas seguido de los alumnos de equitación, soberbio en
el animal que se encabritaba, y se iban a galopar por las carreteras
de Guadarrama o de Valdemorillo.

�LA PLUMA
Comentarios sobre los méritos y gracias de la Peonza entreveraban (no siempre ha de estar el arco tenso, recomienda Esopo) la clase
de metafísica. La Peonza servía de comodín en la hermenéutica.
-Eso-explicaba el Padre-es como si pensásemos una Peonza
con ocho patas... ¿entienden? Eso... ¿entienden.. .? Es como si yo les
dijese: la Peonza es verde y amarilla...
El Padre C..quedábase a lo mejor absorto, de codos en la mesa y
el rostro entre las manos. No bastaba nuestra algazara para despabilarlo. Nos tiroteábamos con libros y boinas. Algunos encendían a
hurtadillas un cigarro, batiendo el aire con furia para disipar el humo.
Los días muy fríos, un pelirrojo del diablo solía bajar un frasquillo
de alcohol, y derramándolo en la tarima entre dos filas de bancos,
prendíalo fuego. Sus vecinos se apretujaban disputándose el sitio
para acercar a la llama los dedos ateridos.
MANUEL AZARA
( Continuará.)

ALEGORIA DE LA JU.VENTUD
I

cSobre el polvo, bajo el sol,
. zapatetas!
Gllos-los hombres ecuánimes
del mañana-bailotean.
II

¡9/,larida desgarrada!
(sin doncellez las doncellas)
galopan virilidades
de centauro por la selva.
III

.las hojas, bajo el estupro,
crujidoras, voci/eran.
143

�LA PLUMA

LA PLUMA

IV

'JI un recio trote de centauro anula

.La adúltera hace de potro,
y el /auno niño se adiestra.

el gutural quejido de la ex-virgen ...

V

ESTAMPA REMOTA

;Jugo tibio de las uiñas:
contorsión y zapateta!

cSobre el polvo luminosomeditativo, taciturno, 9ldán.

VI
;Juventud: salto, berrido,
lumbre, coito, risa, be/a I

.Cas cosas están sin nombre.
61 no los puede articular.
.Ca Creación es mito tierno,
sin realidad ni eternidad.

OTOÑO

¡!Palabra, lumbre/
-file tu verbo
ha de fluir la vida, 9ldán .
¿'JI la CVarona?sobre el césped
sonríe, acaso-¡ acasol--ya.

fMaciza realidad: desnudos sólidosenjutas ubres y caderas sobrias.
.fas lavanderas en el río angosto,
sus carnes ávidas, de miel, remojan.

·6s el otoño. .Los vendimiadores
con pámpanos jugosos se coronan.
6n sus desnudos cálidos, de bronce,
brinca la violación ruda y -gustosa.
,.'

'JI se agudiza en sus pulposos
pechos, bajo un sol sin cuajar
irónicamente la astucia:
pezón de la /eminidad.

Un relincho-evohé-restalla-/usta
de sol-sobre unos senos, que se erigen.
144

JUAN JOSÉ DOMECHINA

'º

145

�LA PLUMA
encubiertamente et muy apriesa; et de que comienzan a correr, corren et
roban tanta tierra, et sábenlo tan bien facer, que es grant maravilla,
que más tierra correrán et mayor daño farán et mayor cabalgada
ayuntarán doscientos homes de caballo moros que seiscientos de cristianos.

PÁGINAS JNACTUALES

GUERRAS ENTRE CRISTIANOS
y MOROS
uerras que son· entre los
. ..
. de I
infante, dz_¡IJ Julio,
as g
•
or razón
cristianos et los moros non vos fablé ';n~:n:~;:;:dores nin
o
.
l moros non caen en comarca
que os
ellos· mas pues quererles que vos en ello dzga
han guerra con
, de rado Señor infante, la guerra de
lo que ende sé, fac~rlo he muy . ~
.. también en la (J'uerra gue0
la de los cristianos,
•
los moros non es como
b t o son cercados o combatidos,
do cercan o com a en
.
rreackr, como cuan
el ·andar por el camino o
b l das et correduras, como
en las lides, en todo es muy departida la una
como en las ca a ga
el pqsar de la hueste, como
dafiáanla ellos muy maestramen. t . ca laguerraguerrea
.
l
de
manera
a o ra,
· da et nunca 1ievan
h tpasan con muy poca vzan ,
te, ca ellos andan mue o e , .
.
da uno va con su caballo,
.
de p. nin acemilas, smon ca
.
u
l .
de las otras gentes, que non ltevan
consigo gente también los senores como cua quiera.¡;
pasas o alguna fructa, e non
•
·
poco pan et J.gos 0
otra V1anda sznon muy
.
de uerbo et las sus armas
·
non adaragas
e r '
traen armadura ninguna sz
ft en et porque se tienen
l
,1,adas con que er ,
son azagayas que anzan, t~r
h
Et a la entrada entran muy
tan ligeramente pueden andar mue o...
Eí-lOR

;
~~

..

... Cuando han de combatir algunt lugar, comiénzanlo muy fuerte et
muy espantosamente; et cuando son combatidos, comiénzanse a defender
muy bien a grant maravilla; cuando vienen a la lid, vienen tan recios
et tan espantosamente, que son pocos los que non han ende muy grant
recelo; et si por sus pecados los cristianos toman miedo et non saben
sofrir el su roído et las sus_ voces, et muestran algún miedo o espanto, o
se comienzan a revolver et andar en derredor et metiéndose los unos por
los otros, o faciendo cualquier muestra o continente de miedo o espanto,
entiéndengelo ellos muy bien et danles tan grant priesa de voces et de
roido et deferidas, que non se saben poner consejo los cristianos; et si
por los sus pecados comienzan a volver las espaldas et a foir, non creades que non ha home que vos pudiere decir cuál manera han et cómo
facen grant mortandad et frant daño; et non creades que los cristianos,
de que una vez vuelven las espaldas, que nunca tornan nin tienen mientes para se defender.
Si home ha de cercar algún lugar [de moros] conviene que... ponga
muy buen recabdo en guardar los que fuere11 por leña o por paja, o por
yerba, et las recuas que trozieren las viandas para la hueste; ca siempre los moros se trabajan de facer daño en las tales gentes....Et si entraren descubiertamente por talar o quebrantar la tierra, desque fueren
en la tierra del recelo, deben ir muy bien acabdellados,-poniendo muy
buenos cabdiellos et muy buen recabdo en la delantera et en la zaga et
en las costaneras....Et la hueste que en esta manerafincase, en ninguna
guisa non debe andar de noche, et débense guardar cuanto pudieren de
Puertos et de estrechuras, porque non puede ir la gente acabdellada,
...Et si entraren por buscar lid, deben ir por el camino muy bien acab147

�LA PLUMA
de/lados et a pequeñas jornadas, et débense guardar, et non vayan por
tierra seca; ca si lo ficieren et los fallasen los moros lueñe del agua, podrían ser todos muy ligeramente perdidos et desbaratados; ca desque
grant gente de moros llegase a la hueste de los cristianos, non podría la
hueste de los cristianos andar, et si fuese el agua lejos, o morrían todos
de sed, o habrían de descabdellarse para ir al agua; et si una vegada
fuesen descabdellados, non ha cosa que les pudiese guardar de ser desbaratados et muertos; ca bien creed por cierto, como desuso es dicho,
que si los cristianos una vez se des~abdiellan et se desbaratan, que non
ha cosa que los pueda guardar de ser mal andantes.
... Pero sobre todas las cosas del mundo debe guardar que non fagan
aguijadas de pocas gentes, sinon cuando fueren todos en uno; ca una de
las cosas del'mundo con que los cristianos son más engañados, et por
qué pueden•ser desbaratados más aína, es si quieren andar al juego de
los moros o faciendo espolonadas a torna fuyc; ca óien creed que en
aquel juego matarían et desbaratarían cien! caballeros de moros a trecientos de cristianos, et ya muchas veces mu,has gentes et huestes de
cristianos fueron desbarata{J,(JS con estos engaños et maestrías de los
moros ..,,

DON JUAN MANUEL
Libro de los Estados.

'

!:

...

' 1

1.

.. ,

1,

.
148

1

FANTASÍAS

SI EL ALARBE TORNASE VENCEDOR

m

los notables en el zoco el Jemis. de Mazuza para deliberar
.
paces o guerra con España. Divididos en sendos grupos los patriotas, los prudentes y los derrotistas, hallaron que las razo es 1
fuerza no estaban repartidas por igual.
n Y ª
El Santón de la Puntilla, patriota proceroso, fustigó a los tímidos
con pa1ab ras candentes
-Desde hace veinte años lo vengo diciendo en todos los t
.1 h
tido en l Cá
d Ab
onos, o e repe- a
mara e
omelique y en estas Ju utas: abandonar la em res
Espana
• p
ª de
·
d sería
l traición cobarde a los destinos del Islam , y ll"S 1:&gt;,11 ranadelcon
~1-~ rt~ e_ os ~ueblos cultos. No nos engañemos acerca del pe:!gro ni de los sa\:nfic1os mevitables. Correrá sangre. Yo creo que no será ta t
·
• Esos
· •
n a como se dice
perros cnshanos son ladradores y asustadizos ,No los h
•
·
mil b t JI ? N
d
·&lt;
emos vencido en
a a as ¿ o tar aron ocho siglos en recuperar lo que les
·t
unos meses&gt; N d h
qm amos en
.
. . ¿ o es acemos en unas horas lo que ellos levantan en varios lust~o~'. Pero a•mque fuese grande la costa: ¿ha perdido nuestro pueblo la anti ua
vmltdad, que le hizo f~moso, y se ha mudado en rebaño de viejas histéri;as?
¿Y qué valen las penaltdades ante el porvenir grandioso que la conquista
depara? No podemos sustraernos a los designios de Dios· por algo nos nos
al borde de la Pemnsu
,
1a,. su sue1o, c1v1hzado
. ..
y fec1,1ndado por· el esfuerzo y lapuso
sang~e de n_uestros mayores, ha de volver al patrimonio de que nunca debió salir .
( 1 el e_cl~pse de nuestra grandeza, socavada, más que por las faltas propias por
ª envidia
· ·
'
tros
cle hY el odio ajenos,
b nos obligó a desamparar el fundo h"s
1 pamco,
nuesrec os no prescri en. Frente a ocho siglos de posesión, ¿es algo el tiemUNTÁRONSE

14,
1

':

�LA PLUMA
LA PLUMA
po que los perros cristianos llevan ladrando en ese solar? Nada. Si nos fuimos
de él, ¿no ha seguido la gente española gravitando en torno del Islam? ¿No dejamos huellas imborrables eo la vida, en el habla, en los usos, eo las artes de
ese 'pueblo? Sus templos ¿no fueron nuestros templos? Sus palacios ¿no fueron
los nuestros? ¿Y que han hecho ellos sino estragar y corromper lo que abandonamos perfecto y entero• Ningún otro pueblo tiene, paes, tantos títulos como
nosotros para encarrilar a los desvalidos españoles por la senda del trabajo civilizador. Volveremos allá, y al recuperar lo perdido, restauraremos en la Península uo emporio. Enseñaremos a los españoles la filosofía y la medicina, blasones de nuestra raza, y las artes útiles de la paz, que al marcharnos se hundieron. Quedará asegurada la independencia de este país: España no es para
nosotros una colonia, ni territorio de expansión: España es un litoral. Desde
el Besós hasta el Miño no podemos permitir que asiente su planta el extranjero. Y es hora de estorbar que el Sicambro imperioso, en demasía fuerte , nos
asedie por el Norte, como nos cerca por el Sur. ¡Guerra a los infieles! ¡Confiemos en el Dios de los ejércitos! ¡A las armas, a las armas!
Dió un 1·esoplido, y blandiendo la corva cimitarra, se sentó.
El bajá de las Tres Colas, jefe de los prudentes, era un espíritu sutil, perseverante en la inacción, tras de mucho ponderar con palabras circunspectas
el pro y el contra de las cosas. F,ntre sorbos_ de te y bocanadas de humo de ta-

.,,
1
1,

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baco, dijo su consejo.
-No rectifico mi oposición a la aventura de España. ¡España es un avispero! ¿Qué necesidad teníamos de hurgarlo si los mismos españoles, viniendo a
colonizar en nuestras costas, nos daban ocasión, de diez en diez años, para quitarles cuanto tenían y ganar honra y provecho sin esfuerzo? ¿Y no estarían mejor empleados en explotar las riquezas naturales de nuestra tierra el dinero y
los brazos que vamos a jugarnos en una expedición azarosa? La conquista de
España y el afianzamiento de nuestro dominio en el interior, no son tareas fáciles, pese al patriotismo huero. No están los españoles tan corrompidos ni
son tan débiles como se dice. Cierto, están atrasados: les faltan la agudeza
mental y la destreza técnica indispensables para m~nejar coñ bÓlgura y tino los
recursos de la industria moderna; pero no es~án aféminados; por su misma
rusticidad, y por la ingrata vida que llevan, son temibles si luchan a muerte.
Ni los más grandes capitanes lograron someter!C'S, ¿Quién n:: ha oído hablar de
los cántabros y astures? ¿O de Viriato? ¿O de Sagunto y Numanciá? Y nuestros
abuelos, ¿no se estrellaron también en Covadonga? Estas memorias heroicas,

fuertemente mezcladas con las tradiciones reli .
.
les desde la niñez. Los españoles se e
. g1osas, alimentan a los españoomumcaa con la D' · 'd d
mente que ningún otro .oueblo· Si' 1os hos t'1gamos mucho •vmi
á a más directaal Apóstol Santiaao
abatirse
sob
·e
.
.
•
ser
n capaces
de
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1 1a monsrna blandiendo l
d
, ver
para exterminarnos.
Por
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razo
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flam1gera,
nes Y muchas más q
d'
.
opuesto s1em,re a la aventura de Es pana.
- ·Lá
.
1
sttma
que no ue
s no h'igo,
• me he
iAh
. ora es tarde para retroceder!• Somos h ombres prud t e dme 1c1era caso!
p1os, -y hemos compartido las respons ab'l'd
en es, e psanos princi1 1 ad es del Gob·
spaoa, aunque nunca debiéramos h b 'd
. .
ierno. uestos ya en
E
Es lógico. ¡Lo exicren nuestro h
a er t o, es md1spensable continuar allí.
.,
ooor y nuestros comp
•
Retirándonos de España daría mos una prueba de impot
romisos
más solemnes•.
.
ante la Historia responsabilidades b.
d
.
encia, y contraeríamos
•,
ª turna oras nuestros d
d'
ped1nan cuenta del patrimonio malgastado Ad 1'
'
escen tentes nos
presas bélicas. La acción militar debe est .
ed~n.te, pues. Pero nada de eme~. Que los españoles mismos se convenza:r ;:~a iciona~a por la acci6n polític1ón y sean los primeros interesados
d s ventaias de nuestra penetra•
en ayu arla Abra
·
mos
arboles,
alumbremos
fuentes
vuel
·
mos
,
•
van 1os abrasados
té cammos,
·
d plantemsula a sonreír a sus moradores·' llevemos allá un poco d rmmos
· t' • e la Penmosles la tolerancia• bagamos, en fi n, mas
, fác1l
. más pi c et JUS 1c1a,. recordéespañoles nos acogerán con los brazos ab'tert os.• T a1 es amienseerat' su vida
. 1... y los ·
ro. En el atasco presente• no h ay smo
. t ornar un desquite
n1tr pa1a o futuca nuestro mermado prestigio ant 1
_
crue , que restablezEl m
.
e os espanoles y ante el mundo.
so del b~J-~o YK::dpo:~tee~edode los ~e:rotistas, :scuchaba de mal talante el discur'
reprimir su enoio por más t'iempo, le apedreó con
improperios:
-¡Mientes, hipócrita! ¡Mieutes perro' Tú ta b'é
.
y quieres engañarnos a todos. Pu~s sábc.l .
m 11 n estás sediento de gloria,
d
o. me a egro de la hecat b
. hagan en nosotro 1
. om
- 1 e, y . esd e ahora ber,digo cuantas degoll'mas
ellas viene
.
s os espano es, s1 con
que aborrezco.
. el derrumbamiento. del r é gimen
El b-1Já de las Tres Colas repuso con acento melífluo:
trofes¿,~:!~e~::~:e~:i::s~:ds: ~:::::~:tbiendo con fruición todas las catás-

_ II..v¡ va.E spana!!
- ¡¡Vivan
·
los

. .
cristianos!!- replicaron Kandor
os
patriotas
y
los
prudentes
se
a
.
Y
sus
amigos.
L
patearles el cráneo, montaron a cabal~roia;o; sobre los ~errotistas, y tras de
o y u ronse a predicar la guerra santa.

•

�,,

LA PLUMA
LA PLUMA
II
Cuenta el moro Rasis, el más fie l narrador de e stos suce sos, q ue a la sazón
era España uno de los países más felices del mundo. Europa. había perecido en
la última gran guerra por el derecho. Tronaba en Aquisgrán un emperador barbudo'. que apenas hacía caso de las pe nínsulas del Sur, limitándose a cobrarles
u~ tn_buto. La Sociedad de naciones, retirada en los archipiélagos de Micronesia, vivía en acecho del progreso de las madréporas, espe rando el M amiento
de un continente nuevo que pacificar. A favor del cataclismo, España rehizo,
por fin, su unidad moral: c¡No más Europa, no más europeizantes, todos alca•
rreños:• ~ste clamor, resumen de secretas aspiraciones, demasiado tiempo
comprimidas, acompañó al suplicio a los treinta y dos montenegrófilos que
~ropugna~an las novedades del extranjero. El patrimonio artístico de los espanoles subió de valor. Antes ya tenían varias •cosas primeras del mundo•. Ahora, devast~~a Europa, muchas más, sobre todo casullas y dedos de santos, que
era ~rand1s1mo consuelo. Se multiplicó de súbito el caudal de la nación. Llamados al t&gt;oder ciertos economistas respetuosos de las tradiciones seculares
implantaron de real orden el patrón calderilla, e instituyeron por unidad mo~
neta~ia la perra chica. La monarquía visigótica, fe udataria del e mperador de
Aquisgrán, acertó a poi:er a E spaña en las rod adas del carro de Recaredo. Instituciones ajadas por el tiempo recobraron su lozanía. Y la tarde que, en Getafe, sobre una colina, se reanudó la serie dé los concili0s de T oledo, el alma hispánica respiró, libre de las opresiones y de formidades que siglo tras siglo venía padeciendo.
. Sea~ cuales fueré n los ornamentos añadidos a ese cuadro por la imaginación oriental del moro Rasis, las líneas generales son ciertas, y veraces los retrat~s. : así dice el moro, que nadimdo en el piélago de su ve ntura, el primer
mov1m1ento de lo~ españole s al saber que los ejércitos africanos, copiosos
como_ las arenas del desierto, ·desembarcaban en Motril, Almuñecar, Bonanza
Y Tanfa, Y se abatían sobre Granada y Sevilla, fué de estupor.
-¡Traición! ¡Traición!-vociferaban por todas partes- . ¡Estamos vendidos!
-¿Quién manda las ho rdas african as?-profirió eon triple intención la Prensa bien orientada.
«El Gobierno-decía una nota oficiosa-cre e que no debe darse demasiada
importancia a las intenciones hostiles de los moros. Precisamente, en estos momentos, las autoridades fronterizas no cesan de recibir de los kaídes más importantes protestas de adhesión a España. El movimiento actual se atribuye a
15:i

elementos extraños, cuya pre sencia en las ho rdas africanas ha compr ob ado la
policía. Hay motivos para confiar e n 5u pronta capt ura.&gt;
La invasió n p rogresab a. Aeroplanos marroquíes llegaron sobre Daimiel, y
arrojaron proclamas. Se conmovió el p ueblo. El Gobierno acordó enviar r efuerzos. El Sr. Maura se atuvo a l a nota dada a la P rensa el 23 de abril de 1648, con
ocasió n del aniversario de Cervantes y de los sucesos de Cataluña. Los reformistas acordaron suspender los mítines anunciados. Reuniéronse las directivas de la Casa del Pueblo ... Eran síntomas h abituales de agitación violenta e n
el p a(s. Pasado el primer susto. imperó e l patriotismo. P or lo pronto, ocurrió
que las mujeres enronqu ecieron. Desde 1808, a cada congestión de patriotismo. las m ujeres se ponían roncas, y luego iban empujando cañones por las calles. Así levantaban el espíritu . El gran ministro declaró: «No estamos en mementos de hace r crítica negativa.• O bedientes, los hombres se dividieron en
dos bandos: unos se-liaron la ma nta a la cab eza; otros se quitaron la cabezada:
dos e mblemas del m ismo movim iento del espíritu. L a nación se alzó par a recibir al invasor: en un credo, los t úneles y p uentes de la península fueron volados co n dinamita. Cuanto podía caer en ma nos del enemigo: municiones,
abastos. armas, objetos d e arte o de lujo , fué arr ojado al mar, o a los ríos, o
dado a las llamas. ¡Con qué ardiente corazón lo rompían todo: las máquinas,
los útile s, las fábricas! ¡Qué descan so! ¡Cuántos q uebraderos de cabeza snprimidos! L a Academia de Bellas Artes recibió el encargo de r estaurar sin demora los castillos de tod a Españ a, y se arbitró dinero para construir muchos
más; el Clero, movilizado. b endecía la primera piedra de cada castillo nuevo.
Los p eriodistas hacía n pr odigios de estilo par a aludir , sin ofe nsa del pudor, a
la robusta masculinid ad de la r aza.
El mundo p ercibió q ue E spaña volvía a ser baluarte de l a Cristiandad, y
que al domeñar a la morisma, si la domeñab a, salvaría los r estos asaz maltre-•
chos de la cult ur a antigua. E l Papa predicó una cruzada. A quien muriese en
la guerra contra los moros se \e ofreció el magro aliciente de hal lar expedito
el camino del Paraíso. El E mp erante envió al Rey de España desde Aq uisgrán
la corona de Recesvinto y la espada de Suintil a, para ceñírselas el día d e l a
batalla. Una Comisión de !as Academias provenzales llegó a la corte; e n el b anquete de bienve nida, cant idad de emociones hasta entonces inefable s púd ieron
correr y e sparcirse p or los canales de la palabra. «No te ngo reparo en confe sar-dijo en el brindis un acadé mico conspicuo- qu e la artera propaganda de·
vuestros enemigos, enemigos hoy del género h umano, nos inculcó la ide a de
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53

�LA PLUMA

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que eráis el pueblo degradado y bárbaro, indolente, orgulloso, que a fuerza de
incuria perdi6 la hijuela espléndida recibida de sus mayores. Permitidme decido ahora que vuestra conducta pasmosa en el infortunio nos abre los ojos.
Sois un gran pueblo: país de místicos y de conquistadores, la patria de Teresa
de Avila y de Velázquez, de Cortés y de Cervantes ... Me siento orgulloso al
traeros el saludo fraternal de los pueblos latinos. En la dtfensa de esta causa,
no os faltará el apoyo de vuestros hermanos de raza, de esa raza latina, algo
menoscabada después de los cataclismos que afligen a Europa, pero en cuyo
genio seguimos confiando. ¿No declara nuestra conducta la sangre que nos corre por las venas? Somos imprevisores, a fuer de latinos. En eso, somos tan latinos como la propia Roma, que con su aturdimiento levant6 un imperio formidable. Las guerras nos cogen de sorpresa, y las invasiones; no tenemos armas,
ni soldados; nos arrojamos de cabeza sobre un enemigo más numeroso y fuerte; andamos, como suele decirse, de coronilla. Tales maneras, que un espíritu
superficial tomaría por síntomas indubitables de imbecilidad, a nosotros Y a
vosotros, nos enorgullecen: son los timbres de la raza. Somos imprevisóres porque somos improvisadores. Lo improvisamos todo: un soneto, una fortaleza,
un ferrocarril. Como Roma, nuestra madre. Ese acueducto de Segovia, ¿c6mo
se hizo? Pues así, de improviso, una tarde que el proc6rJsul necesitó agua de la
sierra. ¡Viva, pues, la raza latina, y confiemos en la victoria final!• Mostráronles, bajo juramento de guardar secreto, las fábricas de pertrechos militares.
En un convento, dos veces mayor que el Escorial, escuadras de frailes manipulaban trapos febrilmente. &lt;¿Qué fabrican aquíh-preguntaron los extranjeros. «Escapularios-respondi6 el guía. Hace dos semanas esto era un descampado. Ahora ya ve usted: veinticinco mil capuchinos producen mAs de doscientas toneladas de escapularios. El ministro tiene en e-studio ampliaciones
nuevas, y se llegará a producir trescientas toneladas. Todo improvisado ¿eh?
Salvo los capuchinos!• Pasáronles a otro inmueble, cedido por la mitra. «¿Y
1
aquí?&gt; cCajetillas. Sesenta mil por hora. Vean los gráficos de producción. Antes de diez días, esta sola fábrica podrá abastecer a los combatientes... Estornuden sin miedo; no hay peligro.&gt; Visitaron la cuenca fabril deLnoite. Las chimeneas humeantes, los chorros de llamas que se escapaban de las techumbres.
el estrépito de las forjas, el ir y venir de los trenes, el chirriar de las gruas
que viraban en el aire su b:azo metálico, cautivaron la admiraci6n de los ex·tranjeros. «¿Qué fabrican en esta zona?» «Medallas, exclusivamente. Es enorme el consumo, ya pueden suponerlo. Por fortuna, no estamos en situaci6n de
154

LA PLUMA
escatimarlas. La distribuci6n está asegurada, gracia~ a las señoras, que las llevan basta las mismas líneas de fuego.•
Mientras, se fué concentrando en Tierra de Campos la hueste cristiana.
Juntáronse basta ciento veinte mil jinetes y seiscientos mil peones, con dos mil
carros de guerra . El arzobispo de Tarragona mandaba el ala dt"recba con toda
la caballería. Alejandro Lerroux, preconizado Maestre de Santiago, gobernaba
el ala izquierda. En el centro iba el Cuartel Real con el Legado del Papa, que
vendía la bula de la Cruzada. Muchos dejaban de comprarla, confiando en que
a última hora la vendería a bajo precio. La hueste form6 un solo haz, que con
ser apretado, cubría la tierra desde Tordesillas a Valladolid. Est aban todos: los
tercios de Flandes, los soldados de Otumba y Lepanto, las Órdenes militares,
todos, todos; los almogávares, los catalanes y aragoneSe$ d e la expedici6n a
Oriente, en fin, todos; ios héroes del Brucb, los garrochistas, los lite rarios; ¡con
decir que estaban todos! ¡hasta los caballeros andantes! La hl¾este, sin ensanchar
filas, sali6 marchando: colmaba los valles, allanaba las cuestas, secaba los ríos,
dejaba los bosques y los sembrados mochos. La masa de gente, desarrollando
sobre el suelo sus oleadas, el vocerío de los guerreros, el ludir de las armas, ·
el fragor de los carros de asalto, los destellos del sol en las corazas y en la
joyante púrpura de los prelado!i, que caracoleaban en sus caba.llos enardeciendo a !a hueste con arengas belicosas, dejaban suspenso el ánimo-dice el
moro-, y el pecho mas templado arrecía de pavor. Al columbrar, coronada la
sierra, la planicie de los Carabancbeles, donde por agüeros ciertos se sabía que
iba a darse una batalla decisiva , los guerreros cayeron de hinojos, alabando a
Dios. El obispo de Si6n dijo la misa de campaña y pronunci6 una plática. Misa
y plática fueron repetidas por el cinema y el fon6grafo ante los Cuerpos. Renovados los cebos, afiladas y ajustadas las armas, ya se disponían a descender
al llano para extermirJar a la morisma, cuando los maestres, por tener de su
parte todas las probabilidades de ga1. ir mandaron alto hasta la llegada de don
Niceto el Antiguo, obispo de Coria, q oe venía al campo reventando caballos.
Dios verti6 sobre la cuna de Niceto los dones de la palabra, proveyéndole de
elocuci6n caudalosa, transparente y suave, como miel flúida, suerte de bálsamo
bien ligado con que hechizaba a los hombre-s y a los brutos, al feligrés piadoso,
a los pájaros del aire, a los peces de los ríos, Apostrofaba a los árboles, y las
hojas suspendían su temblor; invocaba a los arroyos, y las inquietas linfas aca.
liaban sus murmullos; las ovejuelas inocentes se olvidaban de pacer si la húmida
Eco les traía relieves de su palabra. Le nombraron predicador y precapelláu
1 55

�LA PLUMA

LA PLUMA
de Sus Altezas, y de la noche a la mañana salió proveído en la silla de Coria.
Sus émulos murmuraron, mas sin razón, porque era el último que sabía articular las palabras de un lenguaie armonioso, ya perdido, lenguaje que le enseñó
en la niñez un eremita de Córdoba. Por eso desde la juventud fué llamado el
Antiguo. Los españoles, sin penetrar el sentido cabal de sus arengas, bebían
los vientos por oírle; al son de las palabras, ciertos posos se les revolvían en el
alma y empezaban a gustar un desasosiego dulcísimo, premonitorio del deliquio, y en acabando, todo era aspavientos, vahídos y efusión de lágrimas.
Dicen, pues, que, llegado al campo, los maestres pusieron a Niceto el Antiguo
en unas andas, y en los ocho días con sus noches que duró la batalla no cesó de
esforzar a la hueste. Pociones confortativas y linimentos y unturas en los pulsos sosluvieron su cuerpo. Mas, al anochecer del octavo día, el Tirteo español
calló, la lira se le fué de las manos; la hueste, sin alientos, rompjó el combate,
y se durmió sobre las armas. Llegaron los moros al amparo de las tinieblas y
pasaron a cuchillo hasta el último. Niceto el Antiguo saltó sobre un caballo
desjaezado y galopó a campo traviesa, clamando:
-¡Cristianos! ¡Hemos perdido la batalla del Guaclalete!
Niceto el Antiguo creía que las batallas perdidas contra los moros se llama·
ban siempre del Guadalete. Por su lado, los caudillos dijeron en una nota:• Las
fuerzas si: b,o retirado a posiciones estra tégica s preparadas de antemano.• ¡Y
cómo si lo estaban de antemano! Eran las posiciones de Covadooga, ilustradas
por D. Pelayo.
I II

-Puntual relación nos has dado de todo, suave Cardeoio, y te lo agradecemos. Pero, dime aún: ¿tú no estuviste en la batalla? ¿Cómo vives entre moros?
¿Y por qué te empleas en oficio tan pob1 •.•?
El preguntante era D. Abraham So.Jm Toledano, que con otro sefardita
venia de Oriente a pedirle al Emir cerdobés la reapertura de las aljamas de
Andalucía.

•

1

,11

-No estuve en la batalla. No poseía ni poseo bien alguno sobre la tierra;
el auge y la caída de los imperio:; no me importan. Un día después de la rota
de los cristianos, leía yo tranquilo en mi aposento, cuando un buito enorme
apareció sobre el alféizar de la ventana: era un morazo casi negro. Yo sabía
que andaban saqueos y degollinas por la capital; pero, sin medios de eludir el
peli~ro, me estuve quieto. El morazo se entró en la habitación. Traí,1 las
156

ropas en desorden. en la diestra un alfanje ensangrentado, encendida de furor
la faz. Me trabó por un brazo y, revolviendo sobre su cabeza el truculento
alfanje, berreó:
-¡No hay m.ís Dios que Dios!
-¡Verdad palmarial-repuse-. No vale la pena de eac,Jlerizarse.
Se calmó un poco e hizo ademán como de marcharse. De súbito se enfureció de nuevo.
-¡Sólo Dios es vencedor!
-¡Todo lo más!-contesté sonriendo.
Le ganó mi maasedumbre y depuso el hierro.
-¿De modo que tú no eres tan bragado como tus compatriotas? ¿O no temes
dobla~ la cerviz bajo el yugo agareno?
Estas palabras despertaron mis sospechas: creí habérmelas con un mi stifidor. ¡Cómo! ¿Apenas llegado del Atlas y ya hablaba por tan rodeada manera y
elegantes tropos? ¡Qué morbo viruleato! El africano, porque lo era, comprendió sin trabajo mis deseos. Díjele que no tenía empeño alguno en ir a reconcomerme en Cangas, donde se instalaría la corte en espera de mejores tiempos,
y con tal de verme respetado ea el uso de mi religión viviría gustoso entre
los alarbes, para instruirme en su lengua y en sn saber. Trato hecho, harto
fácil de guardar, pues yo no tenía entonces otra religión que mi albedrío. El
morazo me llevJ ante un bajá y quedé recibido por muzárabe. Me consagré a
observar las costumbres de los invasores. Siguiendo de cerca al Emir, presencié la demolición del palacio de Carlos V y los preparativos para reconstruir la
Alhambra. Asistí a la reconsagración de la Mezquita d e Córdoba al culto de
Alá y a las muchas zambras con que b morería festejaba su retorno al maravilloso Andalus. En tanto, sobre el minúsculo reino de Asturias se cebaba el
infortunio. El rey reinante desapareció en la rota. No se libró batalla en Covadonga como se esperaba; pero al nuevo rey un oso lo despedazó. -Vinieron
algunos a sospechar si en tantas señales coincidentes no habría cierto misterio, cuando un anciano filólogo, que por la crudeza de los tiempos vivía en
la braña, alimentándose de las hierbas arrojadas por un filósofo que moraba
más arriba, tomó su báculo, bajó a la corte y muy etJ secreto murmuró algunas palabras al oído de los mayordomos.
-¡Filólogo!--le contestaron-. Si no dices verdad, date por muerto, que en
palacio no estamos de humor para escuchar desvaríos. Y si dices verdad, ¡ahl,
¡por qué no perecimos antes en la bataJla?
1 57

�LA PLUMA
-Verdad digo, y no quiero albricias por la nueva, que es triste, y a todos
nos envuelve la negrura del destino.
Llamaron a los sabios que se pudo encontrar y a muchos del extranjero.
Al legaron los pergaminos salvados de la catástrofe. Fregaron, rasparon palimpsestos. Tratáronlos por métodos modernos, y no dejaron pavesa sin escarme nar. La verdad se mostró sin rebozo. Desde que el anciano filólogo reveló su
idea venían a ordenarse en torno claramente los datos mal comprendidos
hasta allí. El colegio de sabios corroboró en secreto el descubrimiento. Secre to
terrible, que rompía los corazones! Ahora, ya se trasluce, para mayor desdicha.
Sabedlo, bue nos señores: el romancero no tiene fondo histórico alguno; el
romancero es una profecía. Los vates penetraron tan adentro en lo oscuro de
las inclinaciones de la raza, que eo lugar de las membraozas poéticas de sus gestas, fué uo pronóstico lo que nos legaron. Pasará como el romancero lo cuenta
si se propala que es vaticinio, pues no hay profecía que deje de cumplirse, y
vosotros los israelitas sois de ello insigne ejemplo, en cuanto el pueblo la
recibe por tal y la acata. Que se ha de propalar, es seguro. Los jayanes acertaron a robarles el secreto a los sabios, que pretendían guardarlo para sí,
entre iniciados, por no descarriar al pueblo con el cebo de la vanagloria. Eran
mansos de corazón, predicaban el recato, la mesura, el cultivo de la mente, el
amor al trabajo. Los jayanes los odiaban; descifrado el enigma los despreciaron, y iueron desacreditándolos con el pueblo hasta echarlos del país. En esto
reconoceréis a los jayanes: aventajada estatura, barbas frondosas, rostro pizmiento, modales fastuosos y verbo rotundo. Juran por lvs toros de Guisando;
de un mandoble tajan el Guadarrama; si sueltan un berrido, los torreones de
Ávila se bambolean. Con dificultad los cazan, porque van en manadas, nunca
sin armas. Si cobran alguno, suple muy bien las espensas: de la piel se hacen
tambores, de la mollera se saca corcho para cien tapones y de la tripa, obra de
tres o cuatro azumbres de un licor agrio, que se emplea como curtiente. Los
jayanes, fuera de sí de gozo, divulgan. las profecías. ¡Va a empezar la Reconquista! ¡Ocho siglos de gloria en la despe r¡sal ¿Y os admira, nobles señores,
que yo no esté allá con los míos? No queda lugar para los discretos. Aquí, a lo
menos estoy en mí tierra y me sustento en paz con el oficio en que me ha
s umido la desventura. Si otro día venís a honrar este tugurio os contaré mí
e ncumbramie nto y mí caída. Es increíble. Lo tomaréis a invención mía; pero,
¡ay!, nada más cierto. Basteos saber que por los días de la invasión, moraba
en Castilla un te rce ro o cuarto nieto de Muley Suleiman, emperador del Mo-

LA PLUMA
greb. Er~, por abolengo, Xerif, y podía usar almalafa verde, como genuino
de~cend1ente del Profeta. Llegaron los marroquíes, les abrió su castillo, díjoles
qutén era, y, tentado del demonio de la ambición, pidió sus derechos. No se
los negaron. Destronado su antecesor, asumió el título de Emir de las Españas; yo fuí nombrado Gran Visir, Adelantado del Mar y Condestable. Hice maravillas en el gobierno. Pero me acusaron de corromper la ley d el Profe ta; los
jayanes-también lo.s hay aquí-y los ulemas amenazaban al pueblo con las
iras ~e Alá por e~t'.'-1' el emírato en poder de un renegado. Nos derrocaron, y
la misma noche h1c1eron en los pacíficos cristianos que moraban en Córdoba
un estrago memorable. El Emir pudo escapar a los Estados Unidos donde
vive dando conferencias. A mí me dejaron libre, pero en la miseria. Engarzo
cuescos de aceituna para venderles rosarios a los cristianos y a los musulmaoes. A los cristianos que vienen a llorar sobre la tumba de sus mártires
les vendo rosarios mojados en agua del Jordán; a los mus\tlmaues que viene~
a lnarse los pies en el atrio de la mezquita, les vendo rosarios mojados en
agua del Zem-Zem. Esta e&amp; mi vida. Y no necesito más Boecio ni más Séneca
que repasar las memorias de mi corazón. Si otra cosa deseais, d ecidla.
-Sabemos ya cuanto queríamos, amigo. Al punto nos volve mos a Salónica
-respondió D. Abraham.
Y hechas unas zalemas, se fueron.

CARDENIO

�LA PLUMA
y cuando andan por la calle a solas
se les oye que van
tarareando Las corsarias
Y el fox-trot de todas las pianolas.

y ellos son el señorito monigote
con el sombrero hasta el cogote
que suele ir diciendo: «¡BrutalÍ
/ Qué estupendez!
¡Es una cosa así! ¡Bestial!»

ESTAMPAS DE MADRID

y tilas dicen a sus conquistas:
«Esta tarde te espero
al te de Molinero.
Pero iremos primero
a casa de las damas catequistas.
Luego vamos al cine
sé que irás. La pelkula
me han dicho que es ridícula,
pero que mucho dura
el rato en que está la sala oscura.
Y por la noche a Lara
que hay una cupletista'
que dicen que es artista
muy fina y muy moral.
No dejes de ir. ¡Es colosal!»
Con caras de besugo y de merluza
otra pareja de pollitos cruza.

LA CASTELLANA
Las estatuas de la Castellana
están allí de mala gana.
Y es justo que lo estén,
pues a cualquiera ha de aburrirle
ver tanta señorita chirle
y tanto pollo «bien».
Claro es que si esos señoritos,
en vez de ser unos chorlitos,
tuviesen algunas ideas
de buen gusto y de arte, .
en vez de sus ideas f átuas,
dirían que tambien a ellos
les molestaban esas estatuas
tan malas y tan Jeas
como en ninguna parte.
Pero son gentes que
leen el A B C
y las novelas pseudoliterarias,
y las divierten las comedias de astracán,

'I

', ,1

•'

-«¿No sigues con Lilír
-Yahe roto
con ella, y con Fifí.
-Me parece que haré
eso que has hecho tú,
con Bebé y con Nené;
pero ahora la Lelé

160

11

161

�LA PLUMA

LA PLUMA
uiere un perro Lulú.
lo que deseo es vender laGlm~tOY&gt;.
-Yo estoy tras de la orza,
una chica segu_nda .
en el Reina Victoria._
i Con una cara de pr!mal
Y, bueno, que se estima
iuual
que una animal.
Vamos, i brutal!
El caso es que me aburro.
¡Bueno!
Mañana hay un estreno,
habrá que ir a hacer el burro,
igual que la otra vez.»

y las estatuas están hartas
de tanta estupidez.
.
y de ver tanto ca:~ua;e de todo linaje.
de -ministros y ministras
ndes sofocos
y sufren l os gra
kan vuelto locos
al ver esos coches que se
y corren sin caballos.
y se quieren marchar,
y echar a andar'
dudan si dar el salto
{obre la pista del asfalto.
t ·¡·
Doña Isabel la Católica,
. conszguz
. ·ente también
o zca,
y por
k, apos
,
en
el
concurso
ípico,
tado
ha es
.
y con un gesto épico .
de reina siempre obedecida,
Gonzalo
l e manda a don
que siga tirando de lª brida

.11

.

''·

162

de la broncínea jaca,
que era sin duda una haca
nea.
Luego, el marqués del Duer~,
que se encuentra peor állí
que en la guerrera brecha,
le pregunta al que pasa primero
si tirando hacia la derecha
irá bien para Chamberí.
Después, el tribunicio don Emilio,
al verse entre unos bancos
adonde no se llega ni con zancos,
parece clamar pidiendo auxilio,
gritando a sus admiradores
con elocuente frenesí:
-«¡Ah, señores!
¡ Yo quiero que me saquen de aquít.
Y en lo alto de su candelero,
don Cristóbal, el gran Almirante
condenado al ludibrio
de un molesto equilibrio,
mirando siempre hacia adelante,
no se distrae,
porque sabe que si se mueve
se cae.
Y sólo extiende una mano
para ver si es que llueve
o nieva,
y debe abrir el paraguas
que en la otra, lleva.
PEDRO DE· RÉPIDE

�LA PLUMA

LETRAS ITALIANAS
MILÁN
. 1 s de las casas constru1'das en la ped istinguen las grandes 1au a
d 1 fábricas las calles rotas
B
b"meneas e as
'
,
1
riferia, las gallardas c i
del suburbio; Juego, be aqu1 que e
Ul, y allá por los huertos
"'ilán No se ven torres
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a estamos en 111
•
•
yy
.
1 alto de las aguias g6t ren Se detiene. bufando,«Madonmna&gt;
en o
ru. basílicas; e mcluso la
d
hablan todas las lenguas y
.
MºJán· don e se
.
al la italiana; donde residen _gran
.
Duomo ha desaparecido. 1 •
~:~:sd~~s dialectos del mundod per::~:~/u:stres editores de Italia. Se s1ent:
te de los escritores de mo a y d vida· la atmósfera misma parece meno
par anado al punto por este hervor e
;etra nos enciende, nos prf'para a
;nor! que en otras partes y, densa, néos p: se a~da; en Milán, no; en Milán se
ige
ll' Roma, en Florencia, en G nov ' bºé la literatura es aquí tan pocorrer. ~n
d por qué tarn 1 0
b ·ar secorre. y entonces se compér::n epocos los escritores que p~ensan eán
lefl. xi6n y por qu
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bre de re e
ra el momento pasajero, sino _para u ico desenvuelto, no sa·
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~:~;;6ng y b'aga' trabajar al cerebr~. !:~~u;I púb~ico anhelante encont~;r!r:
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. tas horas a sus escritores, sus p
omplace en señalar al amigo q
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. d d y que se c
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de que se envanece esta cm a - . ,- 1Duomo o la Galería. Porque es a
. ·as, como le ensenana e
llega de prov1nc1
164

ciudad, donde se mueve un mill6n de hombres, en el fondo es extraordinariamente provinciana y frívola, y se fija en las apariencias, el relumbr6n y las lentejuelas. El mundo milanés se reúne por entero a ciertas horas bajo el octógono
de la Galería; aquí, el buen milanés que ha estado haciendo números durante
todo el día, encuentra todas las noches al amigo o a los amigos: para beber. Hay
algo de alemán en esta costumbre del milanés; sobre todo porque, no obstante
su fortaleza y laboriosidad, carece en absoluto de la virtud de la renunciación.
En el trabajo, como en la diversi6n, el milanés es metódico; pero tan estrecha
y minuciosamente, que a veces incluso hace dudar de su inteligencia. Pero no:
el milanés es inteligente; a la manera un poco pesada de los alemanes, si se quiere, pero no se puede negar que e3 inteligente. En cuanto al arte, como quiera
que se le presente, no afina; de pintura y escultura compra lo que los periódicos le ensalzan; en el teatro, cuando tiene que escoger, prefiere siempre. la comedia o la ópera que ll Corriere della Sera (el Corriere, tout court) le ha alabado por la mañ:ina. Las grandes libreríae de la Galería con sus cartelones en
blanco y rojo le aconsejan mientras tanto el último libro que debe leer para
dormirse; y lo compra a cierra ojos, fiándose, más que del consejo del librero
(el librero, a su entender, siempre es interesado), del anuncio que más ruido
mete. El éxito de Guido Da Verona, novelista del cual se habla m11cho incluso
fuera de Italia, débese en gran parte a Milán, que halló inmediatamente en Da
Veroua el novelista adecuado. En efecto: incluso con sus defectos, Da Verona
representaba vivamente la ciudad en que mora hace tantos años, pobre de sensaciones y virtudes profundas, pero rica, ubérrima de esplendores aparentes,
entregada por entero a goces superficiales, materiales o estéticos, y poco reflexiva interiormente. Da Verona fué y es adorado por los milaneses; casi tanto
como una especialidad gastronómica de la ciudad rumorosa. Y lo que hay en él
de bueno-cierto vigor de representación, no siempre ayudado de Ja exp1·esión,
por desgracia, antes bien, licuada muchas veces en un estilo enfático e hinchado-, a Milán se lo debe ciertamente, que si no muy profunda, es, sin duda,
enérgica, animada, varia y, en sus dramas, complicada e incluso novelesca a veces. Pero Milán ha visto nacer en su recinto en estos últimos tiempos, y no sin
cierta curiosidad, incluso el futurismo de Marinetti. Al principio se rió; luego se
entregó a aquellos gritos y los discutió; al cabo, también el futurismo la ha dejado
indiferente. Mariuetti no soportaba el claro de luna; odiaba a las mujeres; pero
cantaba a Jas chimeneas humeantes y a los automóviles; en suma: había manera
de ir de acuerdo y entenderse. Al milanés le gustaban Jas mujeres guapas y le
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�LA PLUMA

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siguen gustando; e incluso el claro de luna, visto desde el parque, a través de
las grandes ramas de los árboles, tenía un cierto encanto; de modo que el desprecio tan ruidosamente manifestado le cosquilleó y le hizo reir; y corrió a divertirse al teatro con las famosas lecturas marinettianas; porque, si bien confusamente, Marinetti ofrecía al buen milanés sensaciones de vida intensa: mujeres, luna, automóviles, humo de chimeneas, aeroplauos, trepidación de motores, guerra y tiros: un batiburrillo de sensacionea curiosas y variadas que no
eran la sólita comedia en zapatillas de tal cual autor italiano. Era un empujón,
un puntapié, una bofetada quizá; pero bien servido, con drogas picantes, y, por
lo tanto, gustoso. Añádase a esto que, después de la lectura, a la salida del teatro, se podía asistir a algún pugilato entre Marinetti y sus críticos; pugilatos que
rompían la monotonía de última hora en los grandes puntos de reunión de la
Galería. Hoy ya no hay quien se acuerde de Marinetti: si pasa altanero por la
Galería, nadie se fija en él, y si publica un libro como estos días, L'alcova
d' acdaio (que aunque maquin!stico y como todas las obras de Marinetti henchido de imágenes barrocas y falsas, no es un mal libro), o si pronuncia un discurso político, no hay una rata (ni las más jóvenes) que le haga caso. Y es que el
futurismo, como tal movimiento razonable, rebasó las intenciones de sus mismos fundadores hasta convertirse en un juego o pasatiempo pueril.
Milán tiene, además, su poeta, del cual está orgullosa; y ¡ay de quien se lo
toca! Un poeta que tuvo, a la verdad, y tiene aún ahora, momentos de feliz
inspiración, pero que muchas veces se ha visto obligado por su misma ciudad
a elevar la voz y hablar de cosas que no sentía. En efecto, el bueno y querido
Bertacchi había nacido para hacernos gustar el sabor a un tiempo dulce y rudo
de sus montañas de Chiavenna; para hacernos vivir con él la atmósfera pura y
el encanto profundo de los Alpes que les dieron vida; mientras que por desgracia, Milán, cuando empezó a amarle, exigió de él en toda ocasión vocalizaciones o romanzas, pidiéndole en alta voz que entonase siempre alto, con voz
de barítono, él, Bertacchi, que había nacido para expresar suave y tristemente
las emociones sutiles de su alma delicada y buena. De ello derivó un enturbamiento; y la vena, forzada en torrente, no tuvo ya su natural li~pidez, y fué
perdiendo aquel timbre dulce que ayer nos gustaba, hasta concluir en un canto
roto, de garganta puramente, y estriado incluso de angustiosas desentonaciones. El editor y librero Baldini y Castoldi, cuyo gran escaparate lleno de libros
domina en la Galería, tiene siempre expuestas todas las obras de Bertacchi; y
las vende; pero cuando, como en estos días, hay un libro n~evo del poeta, en-

LA PLUMA
tonces el escaparate muéstrase por entero ~fano
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acer o oy s1 Gotta e · t
yuvase a la idea que intento daros d M'Iá e·
' n c1er o sentido, no coadsino de lvrea· con todo ha s b'd ~¡ i_ n. ierto que Gotta no es milanés
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mas en la manera de escribir, y ho se
• ~os o en sus pábitos de vida,
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yd pue~e, s10 ofenderle, llamarle milanés
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d e perfeccionamiento• que ad quiera,
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con que únicamente se pued
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listas el paso es breve En M~lá eglar ha gra!l arte. De Gotta a los demás nove:
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Hay el Barbusse y el Mann reprod "d
o os co ores y de toda catadura.
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d u
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a u evardero con Pit" ·¡¡· (C.
tma novela); hay el novelista 'dü'
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tgn i ocafna es su úl. h 1
1 ico, a agua de rosas, d uIz6 n hasta dar náuseas
Mic e e Saponaro (el cual t'iene por 1o demás
bT .
,
debemos lamentar ver d
d" .
no 1 is1mas condiciones de estilo, que
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esper 1c1adas y dilu,d
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cua _ro novelas, a cual más sensibleras d
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la ciudad negativa y el ca
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m¡:,o a onoso con
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campestres a saciedad) y tantos t . p '
ornamento de amores e idilios
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ª inu I para conducir O s conmigo
una o os casas editoriales d d
a la sede
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166

�LA PLUMA

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critor menos s6lito y monótono y oir al cabo algún acento que no parezca milanés, que huela, gracias a Dios,francamente a italiano-de la Italia de todos.
He aquí al editor Mondadori, ayer afincado en Roma y hoy, no sé por qué,
caído en Milán; el vivo e inquieto Mondadori, una de las fuerzas j6venes, verdaderamente j6venes de nuestras editoriales. En casa de Mondadori encontraremos a Umberto Fracchia, encontraremos a Ada Negri, encontraremos a
Panzini, tal vez. Umberto Fracchia, director de la casa editorial, está detrás de
una mesa, con el cigarrillo en los labios, y o;onríe. Este joven escritor que hace
diez años afiló sus primeras armas en la obra maestra de Cervantes, escribiendo algunas meditaciones deliciosas sobre Don Quijote, este lector y admirador
de españoles, de Salaverría a Pfrez de Ayala, es un artista exquisito y personalísimo. Su cPerduto amore• es una novela intrincada en que los efectos están buscados y obtenidos con una labor toda de atisbos estilísticos y un desprecio felicísimo de)a técnica y la trama sólitas. Pregnutado acerca de su opinión sobre la literatura italiana en general y la milanesa en particular (en obsequio a los editores, he de hacer lugar también a los autores de méritos puramente... comerciales) Fracchia ni parpadea ni mueve los labios. En sus ojos
permanece aquella sonrisa singular que vale más que un largo discurso. ¿Habrá, pues, que desesperar? Fracchia no desespera ni está exultante: lee, envía
a la imprenta, estipula contratos; y esa misma mecanicidad de trabajo, resta a
su fisonomía toda razón de regocijo o de queja. Pero él, pese a tantas lecturas
fastidiosas, trabaja, no ya en la crítica como en su juventud, sino en obras de
arte y narrativas, con una firmeza y una honestidad raras en Milán y rarísimas
en quien como él tiene a la mano cajistas e impre&lt;;ores. Sus pasiones literarias
son interiores, sus correrías a través de las diferentes literaturas (ha traducido en un hermoso italiano la obra maestra de Coster, La leyenda de Ulenspiegel) nadie puede decir adónde le llevan, es decir, a qué misteriosos parajes
del espíritu, en los cuales se mueve, danza, se expande, dejando en tanto cr~er
a quien le ve y le habla que está en Milán, muy próximo a la desoladora literatura de la ciudad que le alberga. Ha de proporcionarnos sorpresas nada
comunes, y han de dejar tanto más estupefacto al público en· cuanto
nunca ha dejado ni dejará vislumbrar nada de su vida interior, que debe de ser
deliciosa y dichosísima.
.
En casa de Mondadori encontraremos a Ada Negri, nue~tra poetisa más
célebre, que después de los versos er6ticos de «Il libro de Mara• (Treves,
Milán) se ha recogido por entero y gozosamente en un libro de escaso volu168

LA PLUMA
men, de amplia significación y denso de ideas: Stella Matutina (Mondadori
Milán). En esta prosa sin énfasis Ada Negri narra su vida lejana de muchacha.'
No se ha de creer que este libro de una poetisa es principalmente lírico. No·
Ada Negri ha sabido contener la onda de sus sensaciones lejanas y consumi;
dentro de sí toda su efervescencia. Las páginas de esta su humilde vida son
extraordinariamente sobrias, y por ello eficací;imas casi siempre. Un pequeño mundo aldeano; figuras insignificantes y modestas; una atmósfera estrecha
Y sofocante, y, con todo, un drama fuerte. También Panzini se ha acogido
ahora a la casa Mondadori; pero en vano buscaremos en la Signorina que ahora
nos ofrece el Panzini nobilísimo y grande de La lanterna di Diogene y de Santippe. La vena, o está cansada o turbia, y Panzini se nos presenta en sus detritus, ~asta parecernos casi frívolo. Puede darse que dependa de.nuestro gusto,
o meJor del hecho de habernos habituado Panziui a muestras harto más nobles; sin embargo, hubiera hecho bien en no abrumarnos en estos últimos
tiempos con tantas obras insiguificantes, que poc'.&gt; o nada nos recuerdan el
Panzini que amamos.
Y pasemos a la casa Treves. Encontraremos en la casa Treves otros grupos Y otros escritores, y antes que a nadie a G. A. Borgese, cuya Rubé continúa interesandó, combatida y alabada, a los círculos literarios de Italia. Ya
hemos ~xpresado nuestro pensamiento acerca de esta obra; pero si el Borgese
de Rube no nos 6 ust6, el Borgese de los Saggi criticz" sigue siendo para nosotros uno de los críticos más sólidos de la Península; y no quiere decir que,
aun no reconociéndole ingenio creador, no esperemos verlo algún día émulo
de Sainte-Beuve en la crítica literaria; también Sainte-Beuve escribió una
no~ela insignificante. Dícese q~e ahora Borgese está limando sus versos, y Dios
quiera que el poeta sea más feliz y más moderno que el novelista. Pero en la
casa Treves no está solo Borgese; otro crítico florece bajo las alas de la eminente editorial: Fernando Palazzi. Este joven comenzó traduciendo exquisitamente los Reisebt"lder de Reine, traducción que quedará entre las más bellas
de nuestra lengua; y también tradujo más tarde escritores griegos, franceses,
alemanes, hasta los Con/es drolatiqnes de Balzac (editor Formiggini), publicados en estos días, en los cuales respeta poco a Ba!zac, pero interpreta magistralmente el alma cinquecentesca de los personajes. Palazzi es un erudito de los
cinquecentistas, y en esta traducción el cinquecento del Masiní y del Doni res.
pira a pleno pulmón, en períodos tensos, henchidos, animadísimos. Escritor
elegante y rico corno pocos, es menester esperar que Palazzi encuentre pronto
169

,:

�LA PLUl\1A
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,
170

LA PLUMA
las provincias, lejanas incluso, en busca del editor o de la colocación en el
periódico. Y pululan las revistas de vanguardia y de retaguardia, de literatura
pura y de literatura amena. Guido Podrecca, un ex diputado muy ioteligeot e,
creó años ha II Primato, y todavía dura; llamando en derredor suyo a jóvenes
de ingenio y de talento: Sornaré, Titta Rosa, Pal~zzi, Savinio, lanzó como editor algunas obras importantes, entre las cuales una antología en dos volúmenes de Novellieri s¡,agnoli, en que colaboró Unamuno, y otras, corno una historia de la música, que dicen muy interesante. En Milán todo es empezar, y el
que ensaya una revista y la levanta, al mes de vida sueña en el libro, la casa
editorial y un escaparate de las ediciones propias en la Galería. Ettore Cozzaoi, catedrático de Spezia, vino a su vez a Milán con una revista muy elegante
y digna, no obstante estar escrita, como se usaba en tiemp!&gt;s de D'Aonuozio,
con mucha música de palabras, y también Cozzani creó en torno a esta revista,
L'Eroica, un movimiento de hombres y de intereses que se trocó, no tardando,
en casa editorial. Exteriorment~, los volúmenes de Cozzaoi (que es asimismo
buen poeta y narrador, no obstante hable siempre con tono antiguo y solemne)
son de lo más exquisito que haya podido dar la librería lombarda; pero en el
contenido están todos ellos más o menos atacados de la musicalidad exterior
de los daonuozianos. Buenos poetas y pulidos prositas, pero pobres, ¡ay!, de
inspiración verdadera, y cuando no, harto lamidos, harto cantarines, demasiado embebidos de delicia_s rítmicas a la antigua. Pues bien, por eso he querido hablaros de ello, para mostraros cómo en Milán, incluso una Eroica, eníática y todo, ha podido hacer fortuna y encontrar compradores y admiradores
a centenares. ¡Extraño pueblo el milanés, que va de la novela a ras del suelo,
pobre de contenido y débil de espina dorsal, a esta otra literatura tonante,
retórica, barroca, y que al mismo tiempo guste de una y otra! La verdad es
ésta: el milanés no tiene dotes de buen gusto, y quien le ciega o le encanta
(para lo cual sirve en mucha parte, tanto la cubierta linda y procaz, como el
anuncio editorial a lo Cozzani, siempre ruidoso y altisonante) puede sorprender su buena fe y fascinarle. ¡Simpático pueblo, tan rico de virtudes case ras y
laboriosas, tao tenaz en sus propósitos; pero tan provinciano y superficial
cuando se encuentra ante lo que no entiende!
Mejor que a L'Eroica, donde seríamos recibidos con un estrépito de tambores y trompetas, harto fragoroso para nuestros oídos tímidos y tranquilos,
haremos, antes de abandonar esta ciudad terrible, una escapada a casa del
editor Quintieri, que ya no es tal, sino Leonardo Potenza. Aquí encontraremos,

�LA PLUMA

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I;~.,...

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gracias a Dios, un poco de modestia y de vida pacifica; no nos parecerá que
estamos en Milán, a dos pasos de la gran estad6n del ferrocarril. En casa del
editor Potenza está Giacomino di Belsito, autor de muchos volúmenes de noTelas cortas sin pretensiones, pero nítidas y sinceras como el buen hablar italiano; y encontraremos, en fin, un mundo de antiguos conocidos: Stevenson,
Kipling, Wedek:ind, Dostoiewski, de los cuales se ha convertido Leonardo Potenza, de algún tiempo a esta parte, en editor concienzudo, escogiendo los
traductores entre los más eminentes conocedores de literatura extranjera que
Italia tiene: Spaini, Cecchi, Alvaro, la Pisaneschi, etc. El Sr. Potenza, gracias
a Dios, trabaja por algo más que una fama pasajera, y si bien los milaneses no
hacen cola a su puerta cartera en mano, espera poder un día u otro, ya que no
enriquecerse con los libros, imponer aquellos sus huéspedes al gusto de sus
conciudadanos. &lt;Será fácil? ¿Será dificil? Giacomo di Belsito, pertinaz especialista de Balzac y de Baudelaire asegura que los tiempos son propicios.
Y cae la tarde también en Milán. Se encienden por doquier lámparas eléctricas, tintinean los tranvías en las grandes plazas, salen a millares las mariposuelas callejeras a revolotear por los pórticos y la Galería.
Milán no cambia. La dejé ahora hace un año alegre y despreocupada, y tal
la encuentro, no obstante las luchas fascisto-socialistas que ensangrientan a
Italia, y no obstante la pobreza creciente de nuestra literatura.
Va uno andando, andando, andando; pasan ante los ojos las luces del Savioi, del Biffi, del Cova. Está uno en Vía Manzoni. La gente corre y se prepara
para el teatro. Carteles multicolores, con los mismos títulos de hace un año:
La dame dn chez Maxim, Et revisor, etc. El teatro pochadesco. Se asoma uno a
los cristales del Cova: mujercitas que beben ch~mpagne y hombres con calzones anchos que discuten. Son los literatos y pintores célebres.
Sigue uno andando, andando, andando. Vía Manzoni, luego la esquina de
Vía Mo1one y la plaza Belgioioso. ¡Gran silencio en la plaza Belgioioso! El palacete rojo de A\essandro Manzoni, a la luz del crepúsculo murienle, tiene cierto
resplandor. ¡Manzoni! ¿Don Alessandro, el de los Promessí Sposa Los la~ios
murmuran rítmicamente aquellas sílabas que parecen eclesiásticas, solemnes:
¡Manzoni! ¿Es que i\lanzoni era milanés? Milanés. Entonces se descubre uno, y
tal vez se arrodilla balbuciendo: •iAquél sí que era arte!•

MARIO PUCCINI

LETRAS FRANCESAS
M. LOUIS BERTRAND
&amp;SDB_ h_ace

un par de meses en Francia, como en otras
acllv1dad literaria está casi paralizada: el teatro y el J'bpartes, la
·No se á t b
,
1 ro vacan
~ lt' r I es a uena ocasion para distinguir entre las produccione~
'
u im~s :s de algún autor que nos parezca digno de estudio más
.
. detenido. El autor de que hoy queremos hablar n
. .
piante ni lo que se ha convenido en llamar
.
.
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~n escritor
veinte años de asidua labor literaria ha merecido Ese
ª1~m1rac16n que en
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•
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nove! 1sta es Loui B
ran , el vigoroso autor de La Cina, de ¡ Jnvassion • del .R•.va'• ""
_,_ Don J uans y erde
t an tas ot ras o b ras notables ' quien acaba dA- pu bl'1car, con el titulo
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de Le -¡¡,
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de
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ron eras, sobre todo cuando
a rontera se llama los Pirineos. Entre los escritores f racceses contero porá
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h pocos que pueda gustar me¡'or el alma espan-ol a, porque sé de•
pocos que ayan amado, comprendido y cantado a España como él s· d d
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pudiera aphc.arse también a Argelia y a o.·
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que
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con las razas mediterráneas.
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cSomos como los latinos, nuestros antepasados: sin saberlo, aspiramos a la
17¡

�LA PLUMA

LA PLUMA
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fuerza y a la voluptuosidad de 1 ... 'de los fardos? ¡Cómo luchan, como se
de los faquines doblegados por e pesot
I eso aplastante de la materia, la
.d des' Luchan con ra e P
.
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. . s primordiales que ya no
P renden en las rea l I a
¡ hombre! as m1sena
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conocemos--el ham re, ª
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- lo que debiéramos avergonzarnuestros antepasados! Nos volverán a ensenar

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de esos países de la uz. s ~
más tristes de Francia. Llanuras con rebomarcas más lluviosas, más fnas Y
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el
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algo como un edén, un pa1s qu1m
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•
t d se allí suavemen e Y
jará de sonar con en er
Louis Bertrand respira también fuerz:i, sauunca. Pero el natur~l ~orenés d~ lento tumultuoso, lo resonante le a.trae y
lud, apetencia de act1v1dad. Lo vio
y Marsella prodigiosos hormigueros
le fascina; ciudades como Barcelona, ;orno\ entusi~sman «En cualquier mo&lt;le hombres bajo el sol feroz, le ron han, d~ de Barcelo~a-, al punto encand d'a de noc e- ice
mento que se I1egue, e i O
. . t
'd d luminosa ,. Las incandes.
.
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dila la imag10ac16n por su ex r
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como los rayos del sol. El esencias de los globos eléctricos le transpor ao,
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De ah1 su fogos? ~mor
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h' las epopeyas literarias--en prosase concentra la actividad humana, e a i
que ha escrito maravillosamente.
1 Ruta africana, de la Ruta del Sur,
Le sang des rtues es la epopeya de a

que se mete por los desiertos, atrayente, engañosa, al par que devorador;i de
todas las energías del hombre.
La Cina es la epopeya de la muchedumbre meridional, turbulenta, la muchedumbre enteramente nueva de esos países jóvenes, la muchedumbre niño,
sin pensamiento ni discurso, dejándose llevar de grado por sus instintos.
Pépéte es la epopeya pintoresca del wanuja fatino, del mozo guapo, cuyo
vasto pecho y cuya saugre bullente se disputan las admiradoras.
Le Rival de Don :Juan es la epopeya del amor en el Sur de España, tórrido
y sensual, que abrasa a cuantos se acercan.
Le jardin de la mort es una manera de epopeya descriptiva de toda !\.rgeJia, dP.sde las costas hasta los arenales calcinados por un sol de fuego.
L'In'Oassion es la epopeya de los italianos, muriéndose de hambre y de miseria, que desembarcan por millares en las costas de Provenza.
En fin, Les 'Oilles d'or son también una epopeya descriptiva, !a de las ciudades de la Argelia romana, de las que sólo quedan ruinas grandiosas, pero qu~
el talento mágico del novelista acierta a evocar.

* * *
Tal es el primer aspecto de la fisonomía de Louis Bertrand. Ved ahora
otro: este novelista no es solamente un admirador del esfuerzo humano, visto
a la luz del sol mediterráneo, es un descriptivo de primer orden, que sabe
trasladar en vastos frescos los cuadros que sus ojos perciben. La sucesión de
sus obras no es más que una sucesión de grandes paisajes. Visiones del dedesierto, del mar azul, de la costa árida y abrupta de Africa, con la magia de
las montañas nevadas en la lejanía. Visiones de grandes ciudades: Argel, toda
blanca, destacándose sobre el implacable ultramar; Sevilla, rosada, con sus
agujas, sus calles angostas, sus palacios, su silencio; Marsella, trepidante de
trabajo y de energía, bajo un sol de plomo; Timegad, Djemila, Cartago, ruinas
majestuosas del pasado, tendidas en el oro tostado del desierto.
Todo ello visto de lejos, desde Jo alto, en panorama: Sevilla, vista desde
una torre, extendiendo su masa enorme por la llanura; Marsella, contemplada
desde Notre-Dame de la Garde, ciudad monstruosa, agazapada en la costa, que
mete en el mar sus malecones como brazos; Valencia, vista desde un balcón,
de noche, recostándose en la luz irreal, como luz de teatro, y sus jardines en
torno, •con el perfume de los jazmines y de las cabelleras femeninas, con los
1 75

..

�LA PLUMA
efluvios aromáticos de las palmeras y de los naranjos y el relente calenturiento
de los pantanos de las regiones húmedas• ...
Tal es el pintor. No persigue tanto el rasgo pintoresco cogido al vuelo, el
gesto traducido en el acto de pe1·cibirlo, no persigue tanto la manera del observador de costumbres como la del pintor de grandes frescos. Cuando escribe
una novela acerca de España, lo que pretende hacer es una síntesis del país y
del alma de los habitantes. Lo mismo cuando estudia el Orie-nte. Iguai procedimiento cuando describe ciudades muertas y civilizaciones desvanecidas.
Los personajes que pone en escena son representativos también, por el
mismo orden que los paisajes y los panoramas. En Le Sang des Races, Rafael,
que recorre el camino de Laghouat todo el año, simboliza la raza nueva nacida
en el crisol argelino de todas las fuerzas vivas del Mediterráneo. Pepcte, el bien
amado, no es un recuestador de mozas vulgar y sin escrúpulos: es el mancebo
guapo, fuerte y artero del Mediodía, tipo de toda una raza, expresión de un
país recalentado por el sol, de una vida desbordante y copiosa en demasía. En
L'lnvassion, Attilio, Cosmo, Emmanuel, son tipos italianos que sintetizan el esfuerzo de una raza. ·
La Galhego del Rival de Don Juan es una especie de tipo sobrehumano moviéndose en el escenario fascinador de Sevilla como la heroína de una función
de hadas. cBien plantada, co,no una estatua en su pedestal, se envolvió en los
pliegues amplio; del gran peinador de batista, y el torrente de encajes le caía
en un chorro hasta los pies, donde se abría en dos cálices diáfanos semejantes
a flores de loto invertidas.• Si danza, en ella danza toda la Mujer, si excita el
deseo, expresa todo el Deseo, suscita la pasión, y su persona ex:presa la Pasión
toda.
Ya se ve lo que es esa reconstitución de los países mediterráneos: una especie de fresco inmenso donde están pintados con pincelada larga y dramatiza-

LA PLUMA
va más
•
. . Je
. 1·os, y con iguales
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Tal es el esfuerzo últ'
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y se conocerá qué suerte de
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~~~::,::;:::~'.~~;;.A;~!~::;.i~::,~:;,:~:,'::;;,;:,:,'~;~~•:••t;::,~:;

tanta precisión como por
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i ia y la Mauritania antiguas' ·Qué . '. h v1a1e, en su compañía por la N
cuadro, reconstitufdo co n un f ragmento
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ud asta los confines del d es1~rtol
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en torno de esas ruin:t1:d:~:~;;::ao por,los si~losl ¡Y cómo ac~:r:::~~o~c~nr
poner los planos d'iversos de estos cuad-.¡uc
. ,as. bana ' y con qué arte sabe dis10s, pintados, una vez má~ 1 f
•• a rescol

***
. o·igámoslo en pocas palabras· L .

. . ou1s
Bcrtrand
es uno de 1os grandes novedlistas franceses de hoy. Ha resuelto
el
bl
pro c::ma difícil de ser al mi.
t'
e un realismo extremado y d
or~en, evoca las muchedumbreesus1'.1a annfon_ía casi clásica. Es anima~:ºsin1emd po
phcad a stn
· d ar impresión
.
· t a persona1· es de alma esde esf n con us16n y, pin
va · d
uerzo Ha t d •
comllenads e la_ belleza: belleza de la ener.gía h ra uc1do armoniosamente formas
za e la vida primitiva d .
umana y de los países d 1
•
la vida f' .
Y e ciertos instintos p
e a luz, belSlca como el de la vida m
. osee e1 ntmo del traba·o d
y grandeza admirables. Es un nov:~:~· y traspone_sus notaciones con se~urida~
a, es un artista.

JULES BERTAUT

dos, los gestos de los habitantes.
Una vida intensa se desprende de esos panoramas. La turbulenta algarabía
de una ciudad como Barcelona o Marsella, el fragor de civilización de esos
grandes puertos, el trabajo de los obreros, los traduce Louis Bertrand con una
amplitud, una magnificencia y una exactitud verdaderamente admirables. Se ve
la vida de esos hormigueros bajo el sol implacable, se escucha el estruecdo que
sube hasta los oídos del observador, percíbese el laborioso afán que no cesa
de ensordecernos.
Pero no se crea que el arte de Louis Bertrand se detiene en la materia viva:

177

�LA PL DMA

LETRAS BELGAS
A~DRÉ BAILLON
un nove l .is t a grande, muy
.
. . . Bélgica posee
. . los círculos ofioa,
ESD6 el armtst100,debie ra haber conmovido.ª a los círculos de
grande. El suce~o ratura- o por mejor decir, subrayado tanto
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178

Aunque apenas hace dos años que se ctió a r.onocer en las letras, ya hs.n pasado die.z desde que rebasó cla mitad del camino de la vida.. Su aspecto de
poeta romántico, reseco por el hambre y las privaciones, le envejece más hasta
parecer de alguna generación más antigua que la nuestra. Ha vivido al día cuarenta años, con el hambre poi compañera habitual y por horizonte lo desconocido. Se ha casado con una mujer que hubiese sido del gusto de Dostoiei&gt;ski
-una prostituta que se conservó pura y digna de un artista. Se la llevó consigo, y asociando sus miserias las han soportado mejor. Vino la guerra, y el caso
empeoró. Recluídos en Bruselas cincuenta y dos meses. Mendicidad, o poco
menos. Después, llegado el armisticio, un empleíllo en un p eriódico: secretario
nocturno; tenía que entrar en la oficina a las ocho de la noche y salir a las cua.
tro de la mañana. En ese oficio, y en el estado en que Baillon se hallaba al acabarse la guerra, se deja la piel e n menos de un a ño. Compre ndiéndolo así, lo
abandonó. Acababa de publicar su primer libro, ilfoi, t¡t1el9ue j&gt;art, que a todos
nos dejó desconcertados. Unos amigos le llamaron a París. Fué allá, y hoy, ea
dos miserables aposentos de la isla de San Luis, busc.a qué comer dos veces al
día escribiendo cuentos para los diarios, y busca sobre todo el vagar necesario
para completar su obra personal de gran escritor. Acaba de publicar una
nueva novela, L'Hist oire d'une .lfarie, que rompe los cuadros literarios para
mostrar la tremenda confesión de un hombre, con ánimo y fortaleza bastantes
para mirarsus
su vicios.
alma cara a cara y enumerar en voz alta todas sus tachas, sus
flaquezas,
Si admiro a Aadré Baillon con fervor que no quiero disimular, si le tengo
por uno de los escritores más grandes de nuestra generación, es precisamente
por haber cortado los puentes con la lite ratura, porque ha roto todos los atadcros y ha acertado a situar sus obras en el ¡.,lano mismo del dolor. Me placen
los libros escritos a tientas, en que un hombre "ª desc ubriendo su alma y su
corazón, y en la turba que le rodea va rlcscubriendo la sinceridad y el amor.
Temo las psicologías mundanas y las tesis sociales, y la novela que, con tono
doctoral y de e-buena educación•, me trae luces demasiado claras y dogmas
rancios, me es antipática.
En Baillon no hay nada de eso. Y pues es necesario, para contentar el espírih1 crítico, comparar y aproximar, diré que en él e ncuentro la sangre y la
médula de un Cbarles-LouisPhilippe, de un Jules Re na~d. de un Charles V ildrac,
y también de un Antón Chejov-ea fin, de todos los que han acertado a encontrar en la simplicidad de la vida un manantial de noble.za y de belleza. No es
179

�LA PLUMA
cuestión de a11untos, créanme. Si no, evocaría los nombres de Maupassant y d('
Huysmans. Pero sería traición a mi pensamiento, porque esa aproximación
vana recluiría otra vez en el redil de la cliteratura&gt;-en ('l sentid-:&gt; peor de la
palabra-al hombre que, con su obra, quiero sacar de allí. Al contrario, André
Baillon, con un rostro (ya lo he dicho), de romántico, como el de Gerard de
Nerval, destruye las persistencias románticas que euvenenan todavía el arte de
escribir, y, entre otros, los libros de Maupassant y de Huysmans. En lo que
dice o quiere decir no hay esfuerzo ni preocupación de escuela. Baillon ha
recuperado, porque vive intensamente, las virtudes de eterniddd o_ue enriquecen sus libros.
André Baillon no tiene más asu.1:0 que su propia vida y sus sensaciones
propias. La memoria le sirve de imaginación, y es fiel como unos ojos que siguieran las evoluciones y las peripecias todas de un suceso. 111oi, quelqt1e part
es el relato de una estada r,n el campo, donde residió algunos meses, poco
antes de la. guerra, en una choza perdida en la Campine, la región más pobre y
hosca de Bélgica, en la raya de Holanda. L' Hisloire d'1111e Made es la existencia de la mujer que encontró en una casa de mal vivir y a quien hizo su mujer
del modo más sencillo y, diría, más noble del mundo. El propio Baillon aparece
hacia la mitad del libro. Y se trata sin miramientos, con igual minuciosidad, sin
clamores ni confesiones histéricas, que pone en defender ante la sociedad
humana, a María la prostituta, simplemente con el relato de sus sufrimientos.
He dicho que al publicarse en una colección local-donde fué difícil de encontrar casi desde el primer día-.Moi, que/que part suscitó admiración. El libro
seduda al punto, por(lue, con mostrar la fisiología de una comarca y de sus
habitantes, se liberaba del regionalismo. Obra sencilla, cabal, humana, arrebataba la amistad d~ los lectores y los obligaba a desechar todas sus prevenciones.
Se ha dicho que la prueba de maestría de un escritor consiste en hacer un libro
s in introducir el resorte del amor. André Baillon logró más: escribía una novela
si1\ emplear el resorte de un asunto. Notas, observac.iones, reflexiones, y de vez
en cuando una anécdota, contada muy sencillamente, que dura seis páginas:
ahora se trata de comprar un perro, ahora de la salida para vender huevos en
el mercado. Y eso es todo.
Es todo, y con ello hace una obra de una abundancia. de un jugo, de una elocuencia incomparables. Camille Lemonoier habría hecho veinte libros con las
ideas, los cuadros, las situaciones, los dramas, los actores que desfilan por esa
reducida colección. Y para muchos otros escritores hubiese sido igual, pues si
180

LA PLUMA
t~mo por ejemplo a Lemonuier no es or
s100 porque vivió la vida de las re . p bque Je profese admiración particular
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. ó
g1ones elgas v les
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.
consagr muchos liaros y
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dad
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e arte consumado de
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ver a que no excluye el lirismo 1
.
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que ay en cada pág'
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es pmtorescas e inesperadas c
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aoa izada en sus manifestaciones má t· .
d_e todas las poblaciones rurales de t:d 1p1cas. J&gt;e~o al mismo tiempo es ¿a vida
s1stencias provincianas· y es tam,b'é
as las aldeas apartadas, de todas las per1 u, por uo larao c 't ¡
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ap1 u o sobre una abadía de
dc.-1 renunciamiento.
oso, a uerza de ser implacable, de la psicología

!

Tal psicología del reounciamien
.
•1farie, donde se entrecruzan las ,to _se ~alla de ouevo eo L'Htstoire d'une
ª ucrnac1ones .como l os h'I1 os de una red.
Cuando h
ace un mes se publicó (en P•rís
hubo en torno de ella un remo!· d •. ' ed. R1eder} esa novela admirable
100 e entusiasm
d d
'
se abordaba el libro con el de
.
o y e ecepciones. En general
seo mconfesado pero fi
d
'
.
de nuestro ase t· .
'
rme, e encontrar dentro
de 1as. )rndes
.
n 1m1ento v de
t
. .
'
campmo,s y a María la ho ·t 1
.
nues ro conoc1m1eoto al Bailloo
¡
•
1 e ana que Mo ·
suerte que, la primer.i lect
,, que que part nos enseñó a amar. De
l'Hi· .
ura, era un chasco.
. zstozre d'une Marie es un libro doloros
.
.
me importa poco y cuando b.
.
o. No digo triste porque el tema
d 1
•
a io un libro no
b. .
,
o oroso. En el curso de ciertas á .
am 1c1ono reir ni llorar. Pero es
que Charles Louis Philippe desp: t~mas ~eaparec~n !as grandes impresiones
ha multiplicado después Dol
r antano por pnmera vez y que Dostoievski
•
·
oroso porque es hu
h
mentira y del artificio-es d . .
mano asta la negación de la
U
ecir, sm componendas
.
na novela: esta palabra me sub!
dJlor y desesperación verdade;os evl~bcuando pretende designar un libro de
b . d
' un • ro tan poco .
. d
nea o, y tan cruel como éste U
imagina o, tan poco cfat
· na novela desd p ul B
ura por la que pasan al menos dos
'
e a
ourget, es una avenbailari~a de la Ópera y un fraile int;~ndesas y cuatro automóviles, o bien una
narrac160 de Baillon.
gente. E!l vano se busca todo eso en la
Charles Vildrac ha prologado L'Histofre d'une 11farie en rorma
''
poco feliz
181

...

�LA PLUMA

LA PLUMA
acaso. Dice, entre otras cosas, que el libro es una obra de grandes alientos,
cconstruída y conducida con amor•. Yo no creo que el libro haya sido «construído•; estoy, incluso, muy convencido de lo contrario. «Construído• quiere
decir maquinado, arreglado como un aparato de relojería, donde una rueda
mue\•e la contigua y un peso, al caer, tira de un resorte. Nada de esto hay en
L'Histofre tlune !.farie. Baillon ha seguido la curva de una vida sin preocuparse
de equilibrar los capítulos, de sostener el interés o de encadenarlos episodios.
Y si por milagro ha resuelto todos esos problemas, más que resultado de su talento de escritor es conclusión de su amor. Tampoco, por igual razón, puedo
aceptar que el relato sea «conducido• por el autor, pues veo claramente que el
autor va conducido por el relato.
El genio de Baillon estriba en haber sabido alzarse sobre el plano mismo
del drama que cuenta y en no haberlo traicionado poniéndolo en frases y en
palabras. No es que revele un «conocimiento profundo de la naturaleza humana•, sino un respeto profundo y una perspicacia rara. Por eso Vildrac ha
podido escribir-y en esto comulgo completamente con él-que «Baillon no
nece5ita largos comentarios ni rodeos psicológicos para explicar la acción•, y
que todo su poder reside en la manera, tierna o maliciosa, que tiene de presentarla.
Evidentemente, una disciplina tal, si puede decirse así, lleva aparejada una
libertad absoluta, casi amenazadora, frente a las restricciones que la moral burguesa pretende oponer a la franqueza de algunos hombres. Y André Baillou,
que huye de la pornografía de las descripciones y de las anécdotas picantes,
no oculta nada de los sentimientos que animan a sus personajes y no mitiga
ninguna confesión. De esa manera refuta la moral corriente, como la vida la
refuta a cada momento.
Mi amigo Charl~s Vildrac parece preocuparse mucho por explicar esa iude•
pendencia y por excusar a Bail\00 ante los ojos de quienes pudieran escandalizarse, cubriendo todas las aventuras de María con el velo de la simplicidad y
de la verdad. Trae a cuento el dicho de San Pablo: «Todo es puro para los puros,, alegando así circunstancias atenuantes. Lo deploro. A la cabeza de un Ji.
bro tan exento de toda couvención, de un libro tan orgulloso, diría yo, y tau
humano, no habría debido rcs?onder siquiera al espanto de los beatos. ¿Por
ventura no tiene Baillon a la mano una respuesta, si algún día le reprochan
algo? Podrá decir: «Esa vida de María la habéis permitido y no permitís que se
cuente; es una consecuencia de vuestra hipocresía y de la organización de vues1i2

tra sociedad; la tenéis ante los ojos be1 me· a de s
padecimientos de ayer y la angusti~ del m~ñ
angre, con el t~multo de sus
saber nada de su apuro.•
ana, pero no queréis conocerla ni

..,

Por Jo demás, L'Histoire d'une Marie ni es
.. • .
no admite que alguno de los dos partidos socia':: :e{uis1tor~a ni un alegat~,
cho, empleando adrede el vocablo: es un relato sine a anex1o~e. Ya lo he dimedias palabras. María •recibe de la 'd I b
brumas, s10 choques, sin
vi ª o ueno y lo malo s·
t
má s que una planta bañada d
, 10 con raerse
.
e so1 o azotada por el granizo E f, li
ciada sin grandes gestos. Lo trá ic
· s e z o desgra1 .
robusta desarma un poco al dol!n~ no a disturba, y parece que su aceptación
Hallamos aquí la imparcialidad soberana
I dó O
grandes, que imprime su sello e t d
de todos los artistas
' ga ar
1
puesto a medias en el libro o º. o as as grandes obras. Baillon, que se ha
resentar
.
• m_e¡or, que está medio enterrado en él, sabe re~echos
su papel ¡uzgándose srn flaqueza y sin ilusiones y abdicando ante los
hombre~u:o:up:sedrae !la ~?1~ipotedncia del novelista para revisar el corazón de l
a og1ca y e la teoría.
Por eso, con J~' Histoire d'une 1 'arie lib
. 1 bl
acaba de colocarse entre los ,
d '
ro imp aca e y sombrío, Baillon
mas gran es Afirmo que no me e b d ·1 .
e o e i us1ones
y que no me intoxica el hecho de que e l .aut
mismo país p
or Y yo seamos electores en un
~~:: ::e;~:!~~: ;:n~:et::::~r::í:ª::1!!:::;~:~;:

::~::~:º; !:;;:~::aq~=

lect~::::• ade_más, que una edición española próxima permita a la masa de los
. . .
preciar la grandeza y el heroísmo de André Baill
1\1
¡u1c10 respecto del libro y de mi crítica.
on. e someto a su
Y, ~~r lo demás, ::.i tuviese yo algún miedo de engan·arme,
la host
Jd d d
la indiferencia y
i, i a
e la Bélgica literaria frente a esos libros y este autor ya serían
para m1 prenda segura de su genio.

PAUL COLIN

,.

�LA PLUMA
Catalá, implacable plasmador de La !ladre Ballena, no son ta l vez sino dispersos ecos de una misma voz, cuya versión circunstancial a la literatura se
traduce ea páginas universales inspiradas de un intenso sentimiento local.

• ••

C. R. C .

Luis Peruández Adarvín: El hij'o.-Ediciones de LA PLUMA.-Madrid,

LIBROS y REVISTAS

~

'J:;.

,· ~~,...
"'

L

M, dre Ballena -Traducc1'6 n del catalán por Rafael

Víctor
(?ataláE.dici!nes ~e LA PLoNA ..Madrid, 1921.
Marquma.-

se•
• ta y traductor verac1•s·imo de La Mad,·e
• .Bal1ena,
d e v•
El entusrnsta
pro1ogu1s
. . . las cualidades caractensttcas
icñala tan acertad~¡nente, a nue~tro JU~ct~hora publicamos en castella?o a ~oc_o
tor Catalá, culm1~a!"tes en el hbro q con referir al lector a esas páginas hm1de su primera ed1c16n catalana_, ~ue_ f mativa mejor que intentando a~untar
nares cumpliríamos n~estra m1s16n_ ~~ ~;te de Víctor Catalá ha salvado, mf~nninguna nueva exégesis. En ~fe cto. 1 f !taba en su amaneramiento anterior•
diéndole la dign~dad s~stanc1al qu~ ~mª leando el mismo vocablo de Rafael
el género rn1·al1st~, ,digámoslo as1, dor )a ingenuidad ñoña o la ~osquedad _qu~
Marquina. Ha sustituido el falso can . • en tantos escenarios prntorescos 1m1pretendía representarla fuerz~ cal?pesmilar que anima los verdaderos rl1 amas
tados del natural, con 1~ conc1enc1a popo son universales en su esencia? La enrurales. ¿Es que las pasiones hrm;né~ ~a astucia y el espectáculo de la muer~e.
vidia la tentación, el amor y e m er '
lo mismo en una que otra clase e
en fi~. que todo lo corona, s~_darán, pu~s,mbres se disputen la gloria del triunla socied--id, allí d?nde dos n1nos o do,s d ~ valor con que se revelan co_n u_na
fo •Lo mismo? Cierto que no. Y 3&lt;JUt ~
fatales irremediables, los mstmp;e~isi6n, una ~itide~, una cland~~i~~1~c~\empla ~n la vida ciudadana, pero
tos que la conv1venc1a encubre,
1 almas inequívocas de estos paycque estallan con realidad aterradora en as
ses de Víctor Catalá.
t mediterráneo) Aun a trueque de en·Cuánto no se ha hablado de u_n ar e d' ·os estos ·cuentos de la mejor notra; en e l número ~e sus. ~escubrid~;e;on'ª;~I dict?do ~ quien implícitamente
velista española-si es_hc1to J:t~d a toda veleidad feminista-, denotan , una
renuncia con tan varoml pseu m!11o . de su autor con los más preclar~s
vez más. el innegable parentesc? ht&lt;:rar1~11i Ver a, creador de una Caval~ena
cultivadores del gener_o ~n Italia. G:•ov~ de ta~tas Novel/e napolitane, V1ctor
rustjcana, Sah•atore D1 Gtacomo, anima or
184

1 2 .
9 1

Si tuviéramos que clasificar estrictamente la obra poética de Adarvín, de
que es excelente muestra la colección de cuentos reunidos ahor:i por nosotros,
antes que valernos de ninguna distinción crítica, en si. sentido, si no más profesional, histórico, de la palabra, prefe-riríamos rf'mitir nuestro juicio a fa vaga
acepción popular, seg6n la cual, romanticismo significa muchas e-osas discernidas en puridad por clásicas, que tienen un sentido difícil de esclarecer en la
brevl"dad de una nota marginal, pero que luego suscita en el lector de novelas
una disposición de ánimo adecuada a la que Adarvín prPcipita después con «El
Hijo», «Las Madres•, «El Místico hace vida nueva», cLa madamina y el caballero•, etc.
Así. pues, si el tondo, ya romántico de suyo, sobre que se destacan los protagonistas de sus cuentos, ciudades viejas, casonas 16.gubres, parques estilizados, evocaciones pictóricas del tiempo pasado. o contrastes morbosos de la feria ciudadana en su aspecto más de suburbio, favorece el interés legendario de
la narración, Adarvín se compl11ce en ahilar, e;ipiritualizar, consumir las figuras
por él creadas l"D la llama oropia de una pasión en que el poeta parece quem11rse con sus criaturas. De suerte &lt;JUe les presta una calidad íntima que su
ánimo comparte. mientras oue por engrandec1&gt;rlas más a nuestros ojos las diluye en una atmósfera C:e lejanía que las hace ca!'i impalpables y hasta descubre a veces, tan fuerte es el claro de luna teatral que las alumbra, el hilo de los
sueños en que divagan más &lt;Jue viven.
Poeta y dramaturgo, Adarvín cuentista no se sustrae, deliberadamente, a
esa confusión expresiva con que ganan nuestro interés las tribulaciones de
Don Fernando Alonso Montemayor, Marta y Sacramento, «don Jesó.s el romántico», Doña Teresina v su Abelardo, el mísero Tuan Martín, la avisadísima Marcela, cuya fábula tiñe ·de rosa las sombras del libro, la enamorada Gloria, Amparo e Ignacio. Y el exceso. el amaneramiento recalcado con gracia, la sintaxis
alambicada muestran una vez más la pref1&gt;rencia del autor por todos aquellos
recursos que desde t"I momento que a él le sirven para caracterizar los elementos de que se vale y conseguir la emoción con que el lector se entrega, los justifica y anlora. En esta serie primera de nuestras ediciones corresp6ndele a.
Adarvín digno lugar de romántico novecentista.

• • •

C. R. C.

A. Hernández Catá. - La voluntad de Dios. - Novelas. - Alejandro Pueyo,
Ed.-NCMXXI.

El uso de los prólogos en que el autor declara desde luego su inten ción al
escribir el libro a que anteceden, ahorra al crítico gran parte de su trabajo en185

�LA PLUMA

LA PLUMA

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'

1

r·,.

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.
• 1

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caminado no tanto a juzgar de la bondad o demérito de i~s obras considerad~s
con riguroso criterio preceptivo, cuanto a il~strar su 7entido y preparar el ánimo clel lector no siempre benévolo, antes bie n, pr~d1spucst? por lo general a
· · más q~e la novedad el mismo deleite obtentdo anteriormente con otra
exigir,
'
·
· y 1a d'fi
l t
de su gusto. Esto explica
las modas hteran~s
11culta d con que
s:\~r;onen tantas obras maestras a _la estim_a~ión. pública, ganada luego p~ra
otras muchas harto mediocres, no bien la ongin~hdad de aquéllas se con~1e1 te
en el Juaar común asequible, en fuerza de repetido, a los le~tores más 1~ta~datarios: Atentos los escritores al logro de esa compe~etrac1ón con el publico, que constituye el éxito, especialmente de los ?ovehsta~, dr~ma~urgos Y en
eneral de los cultivadores de la literatura propiamente 1rnaginat1va, ?ue_le_o
fas más veces andar tanteando las preferencias de los lectores h~sta co1nc1_d1r
con' ese gusto a que ajustar el patrón idéntico para su producción suc~~1va.
Pocos son los que, como el Sr. Hernández Catá, busca_n al ~ar que 1~ satisfacción del vulgo anónimo, y por encima de ella, la satisfacción propia de vencer nueva dificultad, o cuando menos. la de proponérselo, en cada nueva novela publicada, en cada nueva comedia dada al teatro. .
..
En el prólogo de La volunta1_de Dios-.ci~ga fatal1dad-ma01f1esta claramente los motivos de su inspirac1on al escribir las tres novelas que com~onen
el volumen, unidas por un nudo gordiano, insoluble en tvdas tres: e! ?,dio. El
espectáculo de la guerra no ha sugerido al Sr. Her.~ández Catá la v1s1on apocalitica de los campos de batalla, ni _la contemplact&lt;:&gt;n en abstract&lt;;&gt; de la lucha
considerada a distancia, sin dolor; smo que ha suscitado en su ámmo la emoción, humana por excelencia, de la guerra desatad~ en el corazón de los hombres. Urdida \a intriga novelesca de las ~res ~ar:rac1on~s sobre un fondo carácterístico del ambiente atormentado de estos últi~os anos, más que_ a la anotación pintoresca atiende el novelista a la conciencia de sus person~¡es, subvertida O más bien suscitada en toda su perversa desnudez por el ahento devastador de la guerra.
'd'l'
De propósito ha evitado el Sr. Hernándcz Catá todo amoroso 1 1 10 que pudiera aliviar la hostilidad mutua con que se producen los hombres Y las ;:iu•
·eres creados por él del propio barro de que están hechos los de carne Y ue~o . Ha querido en esta ocasión más que distraer simplemente al le~tor, re?u•
ci~ a una conclusión pesimista su concepto d~ 1~. guerra,, º?tenido quizás
forzando un tanto el natural, mas nunca la veros1m1htud artishca, Y ~n todo
caso si excesivamente recargado de circunstancias agravantes, no sino por
mej¿r lograr la intención capital, la razón filos?fica que ~l autor se propu~t
Ni se crea por eso que olvidando los térmmos propios de la _novela, a
voluntad de Dios es otra cosa: El Sr. Hernández Catá se ha manten~do, no obstante el prejuicio inicial de la obra,_dentro de los límites del novelista. Lo que
constituye, sin duda, el mayor precio de su obra.
C. R. C.

Marcel Proust,-Por el camino de Swann.-Trad. de Pedro Salinas.-Calpe.
Madrid-Barcelona, 1920. Dos vols.
La concesión del premio Goncourt a una novela de Marce] Proust suscitó
antaño en París un pequeño escándalo de los muchos que, sin trascender gran
cosa de los círculos literarios, justifican la vitalidad de unas costumbres tan
ajenas a las nuestras, desentendidas en absoluto del comercio de las letras en
ese aspecto tan característico del arnbieute parisién. No es de creer, por lo tanto, que la traducción al español de Po,· el camino de Swann, con que se inicia la
serie en publicación, culminante en la laureada-A fombre des _jeune"s filles en
fteur-pueda influir perniciosamente sobre nuestra literatura en ciernes, con
el señuelo de la moda, falaz casi siempre, a que debe su boga la de Marce!
Proust. Só!o la avidez con que los lectores demandan novedadeg, que no bastan
a colmar sm duda los productores nacionales y los mejores extranjeros, explica la diligencia con que la editorial Calpe se ha apresurado a ofrecernos, en
una versión fidelísima, Por el camino de Swann, novela que no merecer'ía tampoco especial mención denigratoria, a no constituir, a nuestro entender, el tipo
de una manera de escribir y de concebir, si ya degenerada en el modelo, fácil
de imitar en sus peores defectos y deplorabilísima en sus com,ecuencias.
El narrador autobiógrafo de estas latas historias de Marce! Proust emplea
cerca de 400 páginas refiriendo al lector con psicológica perspicacia, no exenta
de atractivo e interés en muchas de ellas, las menudas incidencias cuyas relaciones más lejanas, y aun arbitrarias o superfluas las más veces, componen la
vida, según él mirjl atentamente en una dirección al salir de su casa-camino
de la del señor Swann- o en la dirección opuesta-por el lado de los Guermantes, nombres familiares a los cuales van adscritos los recuerdos que determinan en la imaginación del novelista los fondos inseparables de las personas
que en ellos se mueven con una fatalidad minuciosa, que no siempre se le
hace tan evidente al lector.
Literatura, en fin, ésta de Marce! Proust muy asequible a ese público pseudo-intelectual, más aficionado a comprobar la exquisitez de sus sentimientos y
opiniones en el cúmulo de nonadas en torno a las cuales busca el novelista
tres pies al gato, que a gustar la patética verdad de la obra de arte por excelencia. Literatura pseudo-lírica, pseudo-filosófico-humorista, pseudo-artística,
en fin, para esteticistas hechos de pronto.
La labor llevada a cabo por Pedro Salinas revela una depuración tan afinada, un dominio tal de los recursos del idioma a que traduce, una percepción
tan aguda de las sutilezas en que va, difícil cuanto trabajosamente, ensartada
la trama novelesca, toda interior y de diminuto mosaico. que ya se nos tarda
ver empleadas tales facultades poéticas en obra original, sin tacha de proustismo, valga por clzinerla literaria.

• **

C. R. C.

César Palcón.-Plantel de im,á/idos.-Novelas.-Editorial Pueyo. Madrid.

*. *

lt ► l.

18i

No falta quien, a cuenta de 11n hispanoamericanismo sin eficacia fuera de
las conmemoraciones oficiales de la independencia de las repúblicas transat•
18'7

�LA PLIJMA

'

LA PLUMA
lánticas, pretende negar una personalidad característica y perfectamente definida a la literatura americana. Ni quien ve en tal distinci6n neces~ria, más que
el reconocimiento de esa personalidad, una espi&gt;cie de colonismo. Ante un libr-o
como Plantel de inválidos, editado en España por un joven escritor peruano,
no podemos menos de afirmar de nuevo con gustó, nuestra preferencia por tal
literatura, que si busca la emoci6n universal, con la expresi6n de sentimientos
accesibles a toda clase de lectores. por muy lejos que vivan. e ignorantes, del
paisaje natural en que se inspira, no se oierde en mer¡¡s abstracciones sin evidencia, sino que adscrita a una realidad exótica para nuestra visión limitada,
busca no la relación pintoresca de ambientes desconocidos qne por sernos
ajenos susciten nuestra atención, mas la trascendencia puramente humana por
la que han de sernos simpáticos los per,onajes de ficci6n sacados de esa realidad. No hay, a la verdad. en ninguna de las cinco novelas que el Sr. Falc6n nos
ofrece en este volumen, ninguna intriga extraordinaria que suspendiéndonos
el juicio nos arrebate en alas de su fantasía, ni sentimos un estremecimiento
nuevo con su lectura. Es más, alguna de ellas: Mi hermana J(lcoba, por ejemplo,
nos recuerda con más precisión que las anteriores una emoci6n en cierto modo
semejante a la experimentada con otras lecturas, en este caso, Ali hermana Antonia. de Valle-lnclán. Nada, sin embargo, denota el plagio, tras de cuyo rastro
suelen andar tantos críticos afanosos de promover un escándalo fácil. Lo que
trae a nue5tra memoria el modelo citado no es tanto una semejanza ni coincidencia de trama novelesca, ni menos de escenario, como las afinidades nacidas
de una misma m,inera exaltadora de contemplar la vida. Referidos -los temas
sentimentales de que se nutren las fábulas de esta~ novelas a mo&lt;lalidades y
aspectos del Perú contemporáneo, el fanatismo ancestral, la inadaptación y el
fracaso de una juventud turbulenta, la envidia fraternal, el contraste grotesco
de la gloria pereced~ra y la mentira de una progenie falsa. adquieren una viveza. un dramatismo que la sobriedad, la violencia de un estilo rápido y crudo
nos presentan con relieve propio. Especialmente. «Sergio Toral• suscita un interés apasionado, de la misma calidad emotiva que Jo¡¡¡ cuentos rusos, cuya influencia se señala en todas las literaturas occidentales con un reverdecimiento
del ánimo angustioso palpitante en el romar.ticismo de un siglo ha.

*

* *

c. R. c.

Enrique Barbusse.-El Resplandor en el Abismo.-Traducci6n y estudio preliminar de Quintiliano Saldaña.-Rafael Caro Raggio, Editor. Madrid.
Con la novela de Barbusse Le feu, indecorosamente vertida al español con
el título de El.fuego en las trincheras, se inicia en la literatura francesa de la
guerra última la reacci6n en pro de la paz, basta 1917 oculta todavía bajo el
sentimiento patriótico de unos combatientes y la ilusión justiciera porque habían empuñado las armas los internacionalistas. El éxito enorme .d e Le /eu,
agmp6 f'n torno de su autor la protesta revolucionaria de los desengañados de
la victoria. La tevoluci6n rusa y la resistencia contra ella de la~ naciones vencedoras, acabó d e suscitar la adhesión sentimental a lós pi:oletarios !llOScovitas

,ss

de ':1u~hos intelectuales_, ávidos de h,allar en la conciencia popular un eco de
sus mt1~os afanes d~ libertad. Y as1 se constituy6 en París el grupo «Claridad,, Liga de S~ltdarzdad Intelectual para et lt'iunfo de la Causa Internacional
~n cuyo Comité central figura Blasco lbáñez en nombre de España-, subdiv1s1ble e_n tantas org,anizaciones nacio1iales como haga menester la propaganda
en los diferentes pa1ses, cm1 el lema general de cla Revolución en los espíritus,, fu_er~ de los cuadros polít, cos de los partidos socialistas, si bien &lt;lentro
del soc1alismo como doctrina, y de la Tercera Internacional como disciplina
inmediata.
·
.El Resplandor en el Abismo es un llamamiento a todos los hombres de buena
voluntad para edificar sobre las minas del mundo, cuyo fin tocamos, y asentado en la raz6n humana, el reino de la justicia social.
El Sr. Sald~ña ha traducido las cálidas páginas de Barbusse en un estilo vibrante, precediéndolas de un estudio esquemático sobre «La viua social en España,, hija, a su entender, en el dualismo que actualmente divide tanto al
mundo obrero_como al mundo intelectual, de la primitiva oposición histórica
entre celtas e iberos néI?adas y sedentarios, proletarios y burgueses.
.. •A??gadas ?ura-?te ~1glos-añade-bajo el peso dominador de la doble civihzac10n propietana, romaaogc-rrnana, Ja~remotas instituciones colectivistas
resurgen corno escritura primitiva del gran palimpsesto de la raza.&gt;
No:otros, que desde el primer momento nos adherimos al grupo cClarté•
de Pans, cua_ndo aún no estaba constituida la sección española, nos congratulamos muy smceramente de la revoluci6n operada en algunos espíritus, como
el Sr. Saldaña, adscritos pocos años hace a la ideología de la germanofilia española y del maurismo de cát~dra.
C.R:C.

***
Antonio Battistella.-La Republica di Venezia ne'suoi undid secolt di stor!·a.-Con prefazione di Antonio Fradeletto.-Venezia. Tip. Carlos Terran. XDCCCCXXI,
. Para celebrar la ~nauguraci6n del campanile de San Marcos resurgido de su
ruma, ~I 25 de abnl de 1912, tres importantes Asociaciones industriales de
Ve~ec1a, y en_ su _nombre un veneciano ilustre, Guiseppe Volpi, ofrecieron a
1~ ciudad l~ historia de sus fastos, qne hoy, redactada con noble entonaci6n y
digna sencillez al alcance, no ya del versado en estudios eruditos, mas del prof~no atento a toda obl'.a bella, nos ofrece el Municipio de Venecia, en espléndido v_olumen.
,
~~1!1gú!1 otro p~eblo, después del ro·mano, ha dejado tan profunda huella de
la ~1vtlizaci6n propia, memoria tan viva de su sabiduría política, ni ha contribuid? más a di~un_dir en los países adriáticos y en las playas todas de Levante,
las virtudes as1miladoras y educadoras de la gente latina&gt;, dice el historiador
de la República insigne.
. El _cual no ha querido tan sólo narrar con acento elegiaco las pasadas glonas, smo deducir de SIL virtud •l germe:i espiritual aportado a la consecuci6n
189

' ..

�LA PLUMA

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1

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LA PLUMA

de la grao patria italiana. Muy acertadamente señala a este intento el prologuista la continuidad tradicional que significan en la participación de Italia en
la guerra los resultados obtenidos de acuerdo con las miras seculares de la
República &lt;le Venecia: dominación del Adriático, reducción de la política de
la Casa de Austria y afianzamiento en tierra firme de los confines orientales.
Política derivada de la fatalidad histórica, inspirada en el sentimiento verdaderamente artístico de los destinos propios, dictados a la conducta ejemplar
de un pueblo excelso por esa compenetración armónica del ideal y la realidad
de que clásicamente se sustenta a través de los tiempos la grandeza de Italia.
C. R. C.

L'Art Libre.-La revista bruselesa L'ArtJ~ibre, que dirige nuestro colaborador Paul Colin, viene publicando El 'Diaje a Pads, de René Schickelt&gt; (observaciones en el mundo intelectual y moral parisino después del armisticio).
El capítulo III, que aparece en el número de septiembre, está dedicado a León
Werth. Tras de describir, valiéndose de sus obras, el estado de espíritu con que
los radicales franceses vistieron el uniforme, y de -r ehacer la histori'i de la decepción de cuantos se acogieron al lema de la &lt;guerra co1üra la guerra, ' Schickele establece naturalmente un paralelo entre las conclusiones a que llega
Werth y las de H. Barbusse: «Leon Werth estaba ya harto adelantado en su
desarrollo intelectual y político; hubiera podido hallar el lado heroico del
heroísmo y de la sujección. Mientras que Barbusse, solamente en el
transcurso de la guerra descubrió el socialismo. Antes, no le había concedido
más importancia que la necesaria para hablar de él en un café del boulevard.
Werth, criado en el socialismo, llevaba, cuando fué a ser soldado, conocimientos políticos que Barbusse no empezó a asimilarse hasta después de la guerra.
Cuando Werth, desembarazado hacía tiempo del lastre de las teorías, abandonó
la camaradería con !a muchedumbre para lanzarse al terre no del anarquismo
individualista, Barbusse abordaba precisamente el pacifismo. Por la diferencia
de condiciones, lo que representaba para Werth el hundimiento de la democracia social, Barbusse lo consideraba como advenimiento del socialismo. Mientras Barbusse veía la quiebra de los burgueses de la Tercera República, Werth
afirmaba: «El hombre más simple y el más fuerte, proletario, el ser humano,
ha dado en quiebra, sin más ni más... &gt; Que la guerra nacional-añade Schickele-vaya seguida de la guerra de clases, que Trotzky reemplace a Joffre, la
guerra sigue siendo la misma, es decir, el suicidio de la masa. Lo mismo que no
hay guerra justa o injusta, guerra defensiva u ofensiva, tampoco hay guerra capitalista o socialista: no hay más que la guerra, una e indivisible... •
En el mismo número, una información sobre el Teatro en Rusia soviética, y
artículos y crónicas de Colin, Bazalgette, etc.

•

*

* *

Índice.-Hemos recibido el primer número de esta revista, muy bien presentada, que trae, entre otras firmas, las de Azorín, Juan Ramón Jiménez, Diez•
Canedo, Ortega, Reyes, Salazar... Nos felicitamos de la aparición del colega,
deseándole tantos aciertos y prosperidades como quisiéramos para nosotros.
190

* * *
Revistas.-,ldercure de fl
p ,
L p
..
naissance, París.-La Revue ~ª;E~ ansp- , e 1~;;-es c,vique, París.-La ConAtlunaeum Zara
R.
. roque, . ans.- iaa Nuestra, Buenos Aires.Cra_fouillot, Parí~~ªBetler.r:::::; i::;;cª"é¿tt!ª~a
J,~sé d e CosCta Rica. -Le
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Aktion, Berlín -P,
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renezo1ana, aracas.-Die
bel Buenos A·.
egap,so, J ontev1deo.-Cuba Contemporánea, La Habana - ºa
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1res.- oes,a ed A,·te F
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· D, mes, Bilbao.-L' Art Libre B
,. e1¡:ar~.- spana Y Amer,ca, Cádiz.-Het"L N
• ruse1as.-ya ,ra Amberes --La R, d. R
..
a ouvelle Revue franfa{se, París.-Índice, M~drid.
.
on a, om ...-

TOMÁS MORALES
os conocimos hace doce o catorce años en aqu.ellas reuniones pintor~scas en casa del poeta yma~spesa, centro de tantos ocios juvenile~ de la que llaman vida literaria. Tomás Morales era fuerte, r~cio, Y aunque las proporciones de su figura y sus rasgos fiso. _
~óm1cos denotaban ese gigantismo larvado que suele caracterizar
al 1sleno canano, templábase su ·c ontinente de aquella expansión cordial q
con el sua;e ace_nto nativo le hacía tan simpático desde luego y tan amigo d~us~
P_ués. Hab1a venido a Madrid a estudiar Medicina. Una tarde nos sorprendió recitándonos unos versos:
« ••••••••••••••••••••• ' ••••••

Hombres de ojos azules y de fu~-r~~~ •tl¡á~i~~~
que arriban de países donde no luce el sol,
acaso de las nieblas de las islas británicas
o de las cenicientas radas de Nueva York.
• ••••••••••••.••••• ' • . •••••••••••••••••••• ,&gt;

�LA PLUMA
Erguido, la cabeza un poco echada hacia atrás, entornados los _ojos para co~centrar la memoria, arrastrando la cadencia en el eco de la propia V()Z, con virtuosismo teatral, se complacía en su canto y en el entusiasmo amistoso con ~ue
le escuchábamos los demás. Los Poemas del Amor, de la Gloria y del Ma1• d1éronle rápido nombre, y en su patria chica la popularidad, consagrada poco ha
en un bronce conmemorativo de su efigie.
No nos volvimos a ver. Retirado él a su tierra canaria, el azar me alejó de
Madrid cuando dos años hace volvió Tomás Morales con otro libro, Las ~o~as
de Hércules, donde ya se definen, maduras, las excelentes facultades del lineo
que vimos ndcer cantando al Atlántico. La pompa'. la so~~ridad, el gigantism~
poético cuya expresión le seducía como una necesidad f1s1ca, cobraban en su:,
versos una emoción cálida, unida siempre en mi recuerdo al de la voz con que
le oí recitar los primeros.
..
.
Cuando 00 hace mucho algunos amigos comunes me dieron las malas noticias de su enfermedad, que ya presagiaban la muerte que hoy nos lo arreba~a,
mi ánimo se resistía a creerlas, no ya por esa defensa inconsciente que la s10razón suele oponer a la fatalidad, más porque en mi me~oria Tom~s Morales
rebosaba esa salud de su poesía, aquella salud de su amistad efu~1va ~ue le
dictó en la muerte de Fernando Fortún, mi compañero, una canción tnste Y
serena, hija del mismo sentimiento puro con que abor~ me consuelo, eaco~endándolos a los dos a cuantos amigos guard&lt;!n de los d1as e11 que vagamos Juntos la misma emoción tierna.

C. RIVAS CHERIF

~

AÑO U.

'

MADRID, OCTUBRE 1921

1

NÚM. 17.

LA HIJA DE CAROLÍ

[I

fábrica del señor Bañolas era tenida por.la más importante
de la comarca. A la hora del cierre salía por sus puertas un
verdadero río _humano que se r~partía_ en arroyuelos y ca'
nales por caminos, prados y ata¡os hacia el pueblo vecino y
los quinteros derramados en las cercanías.
Distaba la fábrica siete minutos escasos del pueblo, del que puede decirse que era el principal nutricio, ya que se había apoderado de todos
los brazos útiles, para ganarse en ella el pan más asegurada y regaladamente que roturando la tierra; porque la agricultura, practicada como
en tiempo de los romanos y por labradores pobres y atrasados, era, aparte de la fábrica, el único elemento de vida de la comarca.
La fábrica mantenía a sus expensas, y para servicio de los obreros,
médico, farmacia (regentáda por un practicante competente), casino y
cooperativa abundosamente provista de toda suerte de artículos. A causa
de su mucha proximidad al pueblo, no se había hecho la fábrica núcleo
central de la colonia, y por ello todos sus empleados, a excepción del subdirector o capataz de cuadras y el portero, residían en el pueblo, y por
no preocupar ni arruinar al señor rector se tenía generalmente cerrada la
capilla aneja al caserón de los señores, y por no matar igualmente de
hambre a los maestros públicos, los Bañolas habían construido y regajado al Municipio escuelas de nueva planta y habían adjuntado a los ti13

A

1 93

...

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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>La Pluma, 1921, Año 2, Vol 3,  No 16, Septiembre</text>
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              <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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              <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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      <name>Juan José Domenchina</name>
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      <name>Ramón Gómez de la Serna</name>
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