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                  <text>LA PLUMA
Erguido, la cabeza un poco echada hacia atrás, entornados los _ojos para co~centrar la memoria, arrastrando la cadencia en el eco de la propia V()Z, con virtuosismo teatral, se complacía en su canto y en el entusiasmo amistoso con ~ue
le escuchábamos los demás. Los Poemas del Amor, de la Gloria y del Ma1• d1éronle rápido nombre, y en su patria chica la popularidad, consagrada poco ha
en un bronce conmemorativo de su efigie.
No nos volvimos a ver. Retirado él a su tierra canaria, el azar me alejó de
Madrid cuando dos años hace volvió Tomás Morales con otro libro, Las ~o~as
de Hércules, donde ya se definen, maduras, las excelentes facultades del lineo
que vimos ndcer cantando al Atlántico. La pompa'. la so~~ridad, el gigantism~
poético cuya expresión le seducía como una necesidad f1s1ca, cobraban en su:,
versos una emoción cálida, unida siempre en mi recuerdo al de la voz con que
le oí recitar los primeros.
..
.
Cuando 00 hace mucho algunos amigos comunes me dieron las malas noticias de su enfermedad, que ya presagiaban la muerte que hoy nos lo arreba~a,
mi ánimo se resistía a creerlas, no ya por esa defensa inconsciente que la s10razón suele oponer a la fatalidad, más porque en mi me~oria Tom~s Morales
rebosaba esa salud de su poesía, aquella salud de su amistad efu~1va ~ue le
dictó en la muerte de Fernando Fortún, mi compañero, una canción tnste Y
serena, hija del mismo sentimiento puro con que abor~ me consuelo, eaco~endándolos a los dos a cuantos amigos guard&lt;!n de los d1as e11 que vagamos Juntos la misma emoción tierna.

C. RIVAS CHERIF

~

AÑO U.

'

MADRID, OCTUBRE 1921

1

NÚM. 17.

LA HIJA DE CAROLÍ

[I

fábrica del señor Bañolas era tenida por.la más importante
de la comarca. A la hora del cierre salía por sus puertas un
verdadero río _humano que se r~partía_ en arroyuelos y ca'
nales por caminos, prados y ata¡os hacia el pueblo vecino y
los quinteros derramados en las cercanías.
Distaba la fábrica siete minutos escasos del pueblo, del que puede decirse que era el principal nutricio, ya que se había apoderado de todos
los brazos útiles, para ganarse en ella el pan más asegurada y regaladamente que roturando la tierra; porque la agricultura, practicada como
en tiempo de los romanos y por labradores pobres y atrasados, era, aparte de la fábrica, el único elemento de vida de la comarca.
La fábrica mantenía a sus expensas, y para servicio de los obreros,
médico, farmacia (regentáda por un practicante competente), casino y
cooperativa abundosamente provista de toda suerte de artículos. A causa
de su mucha proximidad al pueblo, no se había hecho la fábrica núcleo
central de la colonia, y por ello todos sus empleados, a excepción del subdirector o capataz de cuadras y el portero, residían en el pueblo, y por
no preocupar ni arruinar al señor rector se tenía generalmente cerrada la
capilla aneja al caserón de los señores, y por no matar igualmente de
hambre a los maestros públicos, los Bañolas habían construido y regajado al Municipio escuelas de nueva planta y habían adjuntado a los ti13

A

1 93

...

�LA PLUMA

LA PLUMA

b .
ero en realidad para diritulares con pretexto d; ali~er~~de~~~rio!l~~¿fesores que les habían pairles y habituarles mas a a
'
de los
~eciCedor~nd:l~efü~:¡"ca, pues,_ no secuvnedíaa~i:á~~t;~~~i~~~b~=~ía una
d endenc1as se
'
. b ¡ primeras cu1
heaijsif
e\~¡~di; Í~encdhai!~::-~á!di~fi~a/1~~ bu~;~
r
e l'1 un labra or qu
1
ta de maderas.
y la casita de aro '
d 1 sa·
a niña. La madre cuidaba .e a ca . '
Para dedicarse a la compraven
l'
. madre esposa y un
,
o a su oficio, segu1a
Caro i tenia h b. ~.do/
1 ab ricanta y tenia apeg 1 . - así que salió

~!~~!~!~fi~t!~

~ªend~º:t (áb~i~:, ~~n ~u~~~~p:~a~z!1ct~e~i~!~~~fa :nnb~!~ partido, fué
de la escuela, Y ~ pesar ,e · _
destinada tambien a 1~ fa~~l~d."a con un huertecillo ame~o, estab: ~~:da
La casita de Carolt, r{ºd de la gran huerta de los senore¡/ s ~l salir
da precisamentetal ºcri s!nderuelo divisorio .. Así,fi1:1ª1drceoc:no11:i, alud de
d ella por un es re
l
portalon o c1a '
.
d! la fabrica no lo_ hacían por e g:t1es mas a mano, atravesaban el patl~
los trabajadores, sino qu;, P~\~~ la puertecilla forana eltrat~anlaeduecentral, la huerta gran e, l''a acontecer que, al atravesar e pa io,
huertecillo y en, su lcasa.iodesde el balcón del comedor:
ña doña Menc1a, 1 ama a
'-¡Trinidad!
¡Señora!
ue darte un recado.
- Haz el favor de subir, que teh~-º \abían sido muy familiares en 1a
Porque los Carolí, de padres a IJOS
B - 1
d · · · en Barcelona Yentencastaa;~J;¡ de Carolí, que en _s':1 j_uvl~~tbald~~~ en la de los señor~s y
día en el arreg}o ~e u~a ~a~~~~~~~1:tar confituras y gol?sinas,aª1~:f~~~~
ayudaba a dona J;~~vierno, a colgar y descolgar cortl~;s irte, la nues·go la matanza del cerdo ... Pord
fábrica, era
y guardar la ropa
a oría de las obreras e a
asaba
sas tareas que trae con i 1

t

jtffJí~[~~~

1,

~hia;lt;p~i$i~~~j.dºÍifd:!d~fi~f
s1
d b,1 los d1spen ios e
maderas, lo e ª ª
ano en toda ocasión.
ños de difede la qu!!ltadyCdadl,IaNieves y el señorito, ~e llevaban ~gf/cn las horas
La h11a e aro i, - 'habían estado 1untos, no
renda, y ya desde pequenos
194

de los juegos y correrías, sino durante muchas comidas, y aun a veces
hasta en la cama. Porque, así como Nieves era una niña robusta, cabal,
de rostro encendido, sonriente y con apetito insaciable, Pascualillo era
flacucho , melindroso, añoradizo y desganado, y, como era hijo único y
la madre temblaba al sólo pensamiento de que se le pudiese morir, todo
se lo consentía.
-Trinidad-solía decir a la otra madre-: dí a la niña que suba;
veamos si viéndola comer a ella, nuestro posturillas traga alguna cosa ...
También algunas veces, al atardecer, enviaba alguna muchacha a
casa de Carolí con el mandado de que no esperasen a Nieves, porque el
niño tenía miedo del coc() y quería que se quedase a dormir con él.
Aquella estrecha intimidad de la primera infancia se fué prolongando,
con los cambios naturales. hasta que Pascualillo cumplió nue\'c años y
sus padres le enviaron a Barcelona, a casa de sus abuelos, para que empezase los estudios. Con todo, la separación fué breve, porque el niño
sintió una nostalgia tan grande que enfermó de palpitaciones y tuvieron
que volverle a la fábrica por una larga temporada.
Llegó cerca del mediodía, y después del alubión de las maternales caricias huyó locamente hacia la huerta a esperar a su amiguita. Cuando
la vió saltar la cerca, con el cestillo al brazo, de regreso de la escuela, se
escondió detrás del macizo de cipreses para darle un susto. Estaba pálido
de emoción y en el pecho le aleteaba el corazón como pajarillo recién
metido en la jaula. En cambio ella se acercaba del todo confiadita, colorada como uná manzana de San Juan, un viejo pañuelo de lana arrollado al cuello y un rizo de cabello sobre la ceja enhiesta. Al pasar lapalanca del reguero se detuvo a un lado; un desmoche había dejado escapar el agua, que allí formaba siempre un embalse encharcado, donde
crecían líquenes y se paseaban a empellones los tejedores de los riegos y
hasta en ciertas epocas cantaba una rana. Nieves se inclinó y después se
arrodilló sobre la palanca. Pascualillo le adivinó en seguida la intención:
con la manita hundida en el agua y los dedos encorvados tender un lazo
a los tejedores asustadizos, de Iar~as patas filamentosas ... Precisamente
aquello era lo que hacían cada d1a los dos juntos antes de que él mardiase a Barcelona...
El niño no pudo contenerse y salió de su escondrijo. Nieves oyó ruido y volvió la cabeza. Al ver a su compañerito, de pronto quedó inmóvil, como hechizada, pero reaccionó en seguida, y levantándose de rondón-con riesgo de que cayese al agua el pnmer lzoro, que se balanceó
al extremo de 1a palanca-corrió hacia él alocada. Se abrazaron estrechamente, y Pascualillo, que era de natural estremoso y efusivo, le llenó a
voleo, como un sembrador enloquecido, toda la cara de sonoros besos.
1 95

1.

�LA P L l7MA

LA PLUMA

,,

'I ,

J

-¿Cuándo has venido ... ? ¿Por qué has venido ...? ¿Qué aprendías: .. ?
Yo ya he pasado todos los carteles y el que es hablar... y ahora hago un
encaje para una almohada .. . ·
yo '?e añoraba ... J:igúrate ... Los ábuelos ~iven a_rriba, muy arr,iba, mas arnbá que el desvan de casa; hay que sub1r y ba1ar cada d1a mas
de treinta escalones. El médico dijo que me cansaba demasiado y que me
sacasen de Barceloná, y yo, cáda vez que él venía, suspiraba con más
fuerza para que me sacasen más pronto ...
Ella le miró, pasmada, con los ojos muy abiertos ...
-¿No te gustaba vivir en Barcelona?
-No ... ; Es una casa oscura . .. Para que al jilguero le dé el sol han de
sacarlo al balcón ... Y el abuelo siempre duerme y los lentes Je caen sobre el diario ... Y la abuela siempre grita con la muchacha ... Y la muchacha es sucia: cuando ha de probar el guiso sorbe de la cuchara, y
cuando me entra la leche lleva las manos untadas y se las friega ccn el
delantal.. . Ya ves ... Y las manos de la abuela son frías, y cuando se las
beso ella me da un golpe en los labios, así como quien no quiere... Pero
sí que quiere, ¿sábes? Y como es tan flaca me hace daño ... Ya ves .. .
Y, feliz con la libertad, la claridad y la compañía recobradas, el niño
olvidó pronto la pesadilla y el corazoncito atolondrado moderó por sí
mismo su ritmo ... hasta que, en la siguiente temporada, fué de nuevo
recluído en casa de los abuelos, y ya sin contemplaciones retenido hasta
final de curso para volver todavía más goloso de los besos de la amiga,
de deambular por la huerta, de revolcarse por los pajares de casa Carolí,
de partir en dos las lagartijas y de azuzar a la rana de la alberca ...
No hay que decir que Pascualillo y Nieves se quisieron pronto con
amor distinto del amor camaraderil de la niñez. A cada regrei,o, la interrumpida intimidad se anudaba con motivo distinto y gusto más
sabroso.
Ella iba ya a la fábrica y en sus formas de efebo se preludiaba la mujer futura. El cursaba en el Instituto, y los primeros presentimientos del
instinto y las primeras iniciaciones de los compañeros levantaron en su
precocidad de sensitivo ardoroso las malicias primeras y los primeros anhelos turbadores. Ya no gustaba de los juegos a pleno sol ni de la caza de
mariposas, ya no pellizcaba los racimos del parral ni vestía a los gatos ...
Prefería ocultarse a los ojos profanos, soñando despierto y citar a la amiga en la farmacia o detrás de la capilla, donde jamas se veía un alma. Ella
acudía a cualquier sitio que le indicaba el amigo con plena y tranquila
confianza. No era vanamente soñadora y no sabía aún lo que es la extrañeza de un calofrío en pleno día ni la delectación de contemplar las estrellas en la alta noche. En la fábrica trabajaba al lado de su madre; fue-

-Y

j

,·•

' 1

1

,1

'

196

ra de la fábrica, ayudaba a la abuel
y en l?s cortos instantes libres hacíaª parah3:hrender el manejo de la casa,
gadc I o, regaba las flores del huer
to, pemába el perro de lanas qu
~oga Mencía; en las veladas zur~~uÍ~s ~jra lequdña le había regalad;
a a 1ª. ropa. Pasaba las noches de
~e me~ e_ su padre y remensu camita de monja, blanca como u un_ s~en?, est1rad1lla y quietecita en
s!1 reposo ni un esguinze de visión n !1~10! sm que un sobresalto turbase
ndad compacta. Contra las pasividad~! ~rosa cruzas~ para ella la oscusana, contra su inocencia hermética
e su no:ma]1dad equilibrada y
sosl?echa, se estrellaron durante muclio ~f;~1a, limpia ?e angustia y de
de el para contaminarla con sus deliri
P&lt;? l:3-s maniobras equívocas
tor:'1os. Sin una comprensión
os,_para m¡ertarle sus íntimos trasestimulase al descenso el adokreparatona que allanase el camino que
por t?da suerte de timideces S~~eg!e se s_en~ía atado de pies y U:anos
~tenor, tenían en lá mejilla.aterciop~I!d:1/1ín cal~eados por el fuego
eces de los halagos fraternales.
e a mocita todas las candiCuando, al salir de la fabrica d .
'
la madre, que siempre le tenía trib _esp1stando la atención distraída de
farmacia solitaria y le encontraba a
prep~rad~, _corría Nieves hacia la
la cabeza con las dos manos
f; . musu_
o,_ pahdo y ojeroso, le cogía
como cuand? eran niños: ' y, estiva, acanctadora, le decía postinera,

ªJf

. -¿Qué tiene la hermosura de casa';) Q
tQu~ no ha merendado ... ?
· ¿ ue no se encuentra bien ... ?
El quería preocuparla contestand
·
románticas, reteniéndola or la cint~ con evas1_v;as, adoptando aptitudes
te~blores; pero era inútil'. Ella no est1~/ hac1en1ola temblar con sus
do impulso maternal le acariciaba y le
para subtil~zas,_ y con arrebatasu salud.
amonesta a mqu1eta tan sólo por
-¡Malo, más que malo r ·Mira
como te perjudicaf Tiene r-;;,óA t
que, no haber _merendado! ¡Tanto
cern,os sufrir. Vamos, qu; todaví~ :ii~:a.cuando dice que te gusta haEl porfiaba: «No quena moverse n
,
,
prefena estar allí con ella y decirle diuihquena comer, no tema apetito;
Per? ella se le escapaba de las manos /s cosas .. -~.
.
a l?~ cinco minutos con una rebanada d orno un pa¡aro esquivo y volvía
rac1on de longaniza. Ella misma lo
,e pandcor:i confitura o con una
en la boca.
partia pe acitos Y se los metía a él

ª

-Otro, rey ... Ya se acaba No
. , .
Quiero que te Jo comas tod;· E;tá'te°º; ~s mut1l que te opongas ...
contenta se va a poner doña .M , qu1edto y abre la boca . Qué
tan bueno.. .
enc1a cuan o le diga que has sido
1 97

�I.A PLUMA
Y le abrazaba, le acariciaba, le decía zalamerías ... las mismas que le
había dicho su madre a ella cuando era niña.
Pero cuando él cursó el cuarto año de bachillerato cambiaron lascosas. Nieves iba a cumplir los quince, y después de un estirón tremendo
(«se la ve crecer de día en día», se decían las gentes, maravilladas), quedó
convertida de niña que era en una real moza, bien plantada, de gallardísima prestancia, de continente al mismo tiempo reposado y desenvuelto, la fiel de una morenez transparente y clara, colorada en las mejillas
y en e lóbulo de las orejas, correctas y agraciadas las facciones, los ojos
grandes y llenos de serenidad, y el cabello castaño, rizoso y enmarañado
que, contra luz, la nimbaba de resplandores cobrizos ... En seguida tuvo
admiradores, y a poco, pretendientes ...
Finalizado el curso, al regresar de Barcelona, Pascual se quedó con la
boca abierta. En la primera entrevista, ella le dijo, esquivando con delicadeza un abrazo:
-¿No sabes? El Ximito, el hijo de la Birondona, me ha dicho que
me quiere y pretende que le prometa que, cuando seamos mayores, me
casaré con él. ..
Sintió Pascualillo que un resplandor flamíneo le envolvía. Después,
un desbordante río de lava le quemó el corazón ... En un minuto, el choque de la sorpresa de celos, de rabia, de deseo, convirtió al niño torturado y malicioso en un hombre hecho y derecho.
La miró, con una mirada nueva, hosca y amenazadora, una mirada
de macho en celo.
-¿Tú para el Ximito ... ? ¿Tú ...? ¡Dile que se acerque! ¡Ni para él ni
para ninguno... ! Tú has de ser mi mujer...
Y el abrazo viril, cabal, protector, con que selló sus palabras tuvo el
aire resuelto y solemne de una toma de posesión.
Aquel día se dieron cuenta exacta de que se querían y de que quedaban prometidos. En una de las charlas siguientes él señaló el límite del
noviazgo.
-El año que viene empiezo la carrera; cuando la termine, nos
casaremos.
Pero un día doña Menda vió, desde un balcón del comedor, que
Nieves y Pascual se despedían dándose la mano; frunció las cejas
y llamó a su hijo. Cuando le tuvo en su presencia, le amonestó severamente:
-He visto que haces carantoñas a Nieves de Carolí, tratándola co1:10
si fuese una señorita ... Haces mal; déjala en paz, que ya no es una cnatura, y esas mocitas en cuanto les dicen gue son bonitas se llenan de humo
la cabeza y Dios sabe lo que traman. Tu padre jamás se ha franqueado
198

LA PLUMA
con la,s obreras de la fábrica; para eso tiene el mayordomo; el sólo «buenos d1as» y «buenas tardes» y basta. Tú debes hacer lo mismo ...
Por ~u pa~te, Trinidad no tardó en decir a su hija:
_ -:-Mlfa, Nieves, •te~go ql:~ al7'Crlirte gue no v~yas si&lt;;mpre con el senorito, como cuando ¡ugabais al escondite. Ya se que tu eres un angelito de retablo que no pecas ni con el pensamiento. pero los grandullones
esos la _saben muy lar~a., y qui~n sabe lo_q_ue pensaría la gente de todo
esto m~s adelante; qmza_ lle&amp;anan ~ mah_c1ar que te lo consentimos y
aconseiamos por conveniencia propia. ¡Dios me perdone! ¡Que la chica
que se trata con los que ~o son de su brazo está en riesgo de ganar mala
fama y ¡ay de tu padre s1 se lo echaban en cara .. . !
El primer veneno había babeado su corazón, y la necesidad de disim~lar, al ocultarles el goz? profundo de la revelación, consiguió unirlos
mas estrechamente; y los JUramentos de mutua fidelidad remacharon la
cadena forjada por la Naturaleza.
En torno a Nieves crecía siempre el corro de cortejadores y cada vez
que su enamorado volvía di.! Barcelona hallaba uno nuevo. Ello le enfurecía extraordinariamente, tanto mas cuanto que no podía vengarse ni
desahogarse de otro modo que atormentándola a ella. Pero la hija del
Carolí era de una perfecta seriedad.
-¿No te he dicho que serías tú? Pues tú serás y nadie más. ¿Qué
quieres que me importen los demás hombres?
Y, consecuente con su formalidad, huía todo lo posible de acudir a
bailes y paseos, no coqueteaba con el mocerío y echaba de lado con buena traz~, pero resueltament~, toda p_roposición de matri!ll?nio .
. En estas, 1~ ab_uela q~edo paralitica, y como para Tnmdad ir a la fá.
bnca era media vida, Nieves quedó en la casa recoleta como una monjita. Los_ cortejadores, despechados, y los de~ás por solidaridad, empezaron a Juzgarla orgullosa y a apartarse de ella, afectando desdén. Después ~!guíen insinuó, que si no_ hacía caso de los obreros es porque pica~ª mas alto. Se refena al practicante de la farmacia, que siempre que ella
iba a buscar una medicina para la abuela le hacía las más extremadas
z~lema_s. Más tarde las comadres sospecharon, aunque sin ningún indic10 sólido que fundamentase la suposición, que quería pescar al maestro;
pues como no era de creer que una pieza como Nieves quisiese enclaustra~se o guedarse para vestir imágenes, no tenían otro remedio que atribmrle, vista su desgana de noviaz~o, algún oculto designio. Pero dos solas pers?~as no erraban la r~ntena: la madre y el médico.
. C)anvidente por natura listeza y observadora por amoroso interés,
Tnm~ad había seguido con temor la evolución sufrida por su hija, comprendiendo finalmente, con escondido dolor, que el instinto la había ad199

�LA PLUMA
vertido demasiado tarde los peligros que entrañaba la intimidad de su
Nteves con el señorito. Pero la pobre madre creía en una ilusión infundada de su hija y desconocía todas las secretas entrevistas, las mutuas
confesiones y promesas. Quien estaba mejor orientado era el médico, el
doctor Reguera.
Reguera era un hombre de unos treinta y cinco años, hijo de un
obrero tornero. La vanidad paternal, mal aconsejada, le había hecho ingresar en la Universidad y seguir con penas y fatigas una carrera empearada de suspensos y nutrida de humillaciones y fracasos más o menos
disimulados. Entre los compañeros se le tenía por estudiante de cortos
alcances y, además, desaplicado. Ello fué causa de que, ya licenciado, no
acertase a abrirse camino y tuviese que vivir a expensas de su padre.
Cuando éste murió, el joven Reguera se encontró en la calle y, como
suele decirse, con la boca abierta. Pasó entonces una época de grandes
dificultades, en la que, ni recurriendo a toda clase de expedientes, conseguía medrar decorosamente. Por fin, la casualidad de una influencia
le facilitó la entrada en la fábrica Bañolas. Consciente de sus facultades
y de sus defectos y cansado de sufrir privaciones, viendo el cielo abierto
con aquel cargo, se propuso conservarlo de por vida defendiéndolo, si
era preciso, ce1osamente, con dientes y uñas. Pero en este mundo de muñecos no siempre basta la voluntad, por fuerte que sea y por enérgicamente que se desarrolle. A los santos, aún con serlo, el diablo solía tenderles lazos para atraparles desprevenidos, y más de una vez, y a despecho de su santidad, los santos caían en elios. No hablemos, pues, de lo
que pasaría con los pobres pecadores. El lazo que había de tender Pedro
Botero al señor Reguera era la Nieves.
Ya se ha dicho que la vieja de casa Carolí había quedado paralítica y
que su nieta la cuidaba, mientras la nuera trabajaba en la fábrica. Una
vez por la mañana y otra por la tarde el señor Reguera iba a visitar a la
enferma; y como esto duró semanas y Nieves era una cabal mocita y el
señor Reguera, como todo mortal, tenía su alma en su almario, día llegó er. que el buen señor se sintió arrobado con dulcísimo arrobo.
Con todo y considerarse muy por encima de los obreros de la colonia, había claudicado, como los demás, ante el buen palmito y los gentiles andares de la hija de Carolí, y no sintiendo bastante aliento para
romper el hechizo, después de sostener una breve lucha consigo mismo,
se dió por vencido. No es que le ilusionase demasiadamente casarse con
una obrera, con una muchacha sencilla y sin pompa: en sus sueños de
hombre salido de la nada y de soltero definitivamente aplazado, había
revoloteado, en horas perdidas, la imagen imprecisa de alguna hija de
fabricante o de propietario conocido en la comarca, de alguna señorita
:ao o

L A P L U ,\1 A

&lt;le linaje y prosapia q e 1 •
,
de todo el mund
u 'a unirse a el, le aureolase y le remachase a o·os
Pero, súbitamen~~ e~et;bí~v~ esta1:1e~to tan fal tigosamente conquistado.
gen indeterminad;
d ncon r~ 0 con ~ sorpresa de que la imaIas celdas de su cer y vaga e los suenos se hab1a aclarado y definido en
cinita del caserón d~bÍis ~~~~~: trFzo,s fresc s Y atractivos de la !inda veconcertante para el señor Regu!~a ue aquj11!3- sorresa algo agria y desacuciador que se impuso a todo 1' pe~ol el imdpul so e~a tan violento y
Nieves bien valía
. s ~~ ca cu os e a vanidad.
decía, Carolí había c~~~hc!d~d1cac1on, tanto m~s cuanto que, según se
ya, con su negocio de maderas, algunos
picot\nes de pesetas.
Ciertamente no sería aquel
.
al fin y al cabo un tremendo diun casamiento de rango, pero tampoco,
rido que trepa;e hasta la mu· s_~arate. Ya que el Destino no había quedijo que no había más probl~: I eal dj ~s hueños, el señor Reguera se
él. No le desanimó el hecho d a que e e _acer trepar la obrera hasta
habían pretendido· sería co e aue ,ella hubiese rechazado a quienes la
mejor; pero tratándose de q:;I~n :::a'.ª~~pq~~ la muc~achla aspiraba a algo
esperar, otro ser/a el tono En co
'
. nor a !º o o que ella pocfía
pero como ella se fingies~ desen~~~~eanch,b/.senor Re~uera se ins~nuó,
seguro de he
' a o en seguida con clandad '
.. sería aceptado d e b uena oana
P ero la i¡a de Carolí entend, l i,
• d
no la tentaron las ofertas de su ·'ª as cosas e otro modo, y así como
de doctora.
s iguales, tampoco supo tentarla el rango
Su negativa fué delicada y prud t
d
.
tesía, pero también de firmeza d e~-~' 11 ena e agradecimientos y corEl 1'
y ec1s1on.
mucha~h!nh::taq~e~~a;~~;ji/if~~fs~~ó Y como estaba prendado de la
todo lo que ella quisiese poner~e un i ~na y otrabvez, ofreció esperar
d
os anos a prue a para ver si a ella
le nacía el amor u - '
todo fué inútil ptr~'u~º~-to a lealtad, declaraba no sentir por él. Pero
caso, el señor Re uera a;~~e~permaneció inconmovible. _Ante su frazón la gente del iuebl~· all '~ lf,1º y despechado, recapacitó. Tenía raducción en deducción · 1 ª 1ª fª~º ~nc~rrado. Fué saltando de dea los obreros? Era qu/;::t1:J¡~º~Ig~ mc~gmtaR¿~a doncellica rehusaba
d~e pica?Uba más ablto todavia ¿Quién h~1¡~/~~u1 ~ásu~~~i ql~emé1jº~i !re'~
0 ...
n nom re resp1andcc1ó
1
com o b d
'
en el cerebro del señor Re
o t&gt;r'.3- a o en caracteres de fuego
por la espalda. Estaban a gu1!3-·ln &lt;laque] instante un escalofrío le corrió
. me ta os e curso; hasta el verano no podría
salir d d1 d

ª la m~ra~rié~Jo::~~;~~ró~d~Ía~aec~~~l~e;f;st~J~~~~~ c;:;ie~~-Yta~:
201

�LA PLU\i\A

LA PLUMA

.
. l ido una inspiración de las suyas: «¿Por qué
aquí que un_ d1a le soplo ª1 1
e no se Je quería conceder por las
no conseguir por las ma as o qu

?

buenas?»
. .
'd.
en casa de Carolí no había otras
A la hora de la v1s1ta del me ic~ieves· la casita no tenía más que un
personas que la abuela encamada aurante ~¡ día era una casualidad que
vecino, y aún no muy cercano, y ·aJes or ue todo el mundo estaba en
pasase alguien po~'bq~cllosUn~ut~;de
enÍrar en casa de Carolí, el seel campo o en la ia nea... n llave' al ba'ar a recibirle Nieves, como
ñor Reguera cerró la puerla cohó enciJa trai~oramente, tratando de susolía, el señor Reguera se e ec_to aho ado se escapó de la garganta de la
jetarla entre sus brazos. U~. gn etirfo más vibrante por no alarmar a la
sorprendida, y no se atrev10 a re~
oco odia bajar a socorrerla. Lupobre vieja,. que_ al ~n al é~ª:r~nd~p resotiidos y sostenida ella por la
charon en s1lenc10, an
&gt;r
las fuerzas. Por hn pudo deshacer
ira v el pánico, que le centup ~ca~on con un supremo esfuerzo se desla ténaza de huefi~s qtr ~a
!on violencia. Rechazado, cayó en
embarazó del ru an a e1an n saco de arena mojada, mientras ella, co!1
tierra pesadamente, colo b en la puerta dando vuelta a la llave y hu1a
un salto de gamo, se_p an a a
se tarda en decirlo. Jadeante y desa la calle en menos t1emp~ del q1;1e vió en medio de la entrada al canamelenada, mientdras tf1"?:nt~!s~s)~itamente sobre un brazo y palpalrls.\11
lla como atonta o, e,
T
•endo que el azar llevase por a 1 m~slo y el codo ma~ratad&lt;?5°~~ a:~¡ estado volvió a entrar, y rí~ida {
gún cazador quepo
ver~ extendió el br;zo y señaló al vencido a
erguida como una i, emes1s
mo el azogue ... Con dolorosa conpuerta, duramente. El ~emblaba co t ándose arrastrándose llegó ~erca
tracción se P,uso de. rod11las, yb¡rrd! derrota humillación. Farfullo pede ella. Tema un aire lamenta e

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y

nosamente:
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do
Una mala hora ... ¡Perdóneme! ¡La
-No sé lo 1ue me a pasa ...
quiero t:i,nto, Nievesb... ! d , se oía el rechinar de sus dientes.
Tema la voz que ra ª Y .
im Jacable:
Ella repitió con mayor_dltivez y g~i~a a ~oner los pies en esta casa!
-¡Salga usted en segu1 a Y, 1:º v1;1 finito que acabó de desfigurarle
En un minuto, y con un pamco m bro 'todo lo que Je amenazaba:
las facci?1:es, vió él a~olpd;sl~ fáb~~;,er: miseria otra vez... Se humilló
•d · d
el descred1to, el despr O
¡ mencia
más y más... Juntó las manos p~
ºp~re el am~r de Dios ... ! ¡Estaba
- ·No me pierda, no me p1er ~: d
. '
'
! T ºª compas1on e m1 ....
loco ... se Jo 1uro... i enbd.ó lo que iba a suceder si echaba de su casa
También ella compren i

l~r

202

a ~que! hombre com,o a un perro y se propalaba lo que había pasado:
pn';I'lero un gran escandalo y un terrible trastorno para su madre; despues, la enferma sin asistencia; su padre, exasperado, pidiendo cuentas
a aquel mi_s~rable... Q':1ién sabe qué drama en acecho ...
Envolv10 en una mirada de profundo desprecio al hombre que tenia
ridículamente arrodillado a sus pies.
. -Me detengo por los demás, no por usted ... Repóngase, y cuando
m1 abuela no pueda reconocer nada, suba usted.
Fué hacia la escalera, pero él la cogió vivamente por las faldas.
-¡Nieves! ¡Nieves! Por la vida de los suyos, no me comprometa ...
No diga nada a nadie ... ¡Prométamelo! ¡Si usted habla cometeré un
desatino!
Estaba blanco como el marfil y lloraba como un niño; los sollozos le
ahogaban la voz.
La ofendida sintió una sombra de lástima.
-Levántese-murmuró secamente.
-¡Prométamelo Nieves ... ! ¡Soy un desgraciado ... ! ¡;-..;o me pierda!
-Callaré; pero de aquí en adelante no me dirija a solas la palabra.
En efecto; nadie tuvo noticia de lo que había sucedido y poco a poco
llegó el verano, y con él el unigénito Bañolas, que ya parecía todo un
hombre.
Reguera vigiló incansable y pront0 halló la certeza en miradas v sonrisas de que sus sospechas tenían fundamento.
·
Pascualillo y Nieves estaban en inteligencia, cuyo carácter y alcance
verdaderos no pudo determinar el rechazado celoso. ¡He ahí el obstáculo! Por aquel mocoso sin sustancia ni discernimiento que sólo pensaría
en divertirse, él, un hombre hecho y derecho, había sufrido el más terrible escarnio de su vida y, lo que era peor, había perdido la tranquilidad y la alegría presentes y futuras. Por el cerebro del señor Reguera no
cruzó la idea de que Pascual pudiese casarse con Nieves. Harto conocía
los gatuperios del mundo y que no siempre los Jugares donde se agabillan hombres y mujeres resultan escuelas de buenas costumbres. De más.
de un fabricante había oído decir que era señor feudal en sus dominios;
un señor feudal en pleno abuso de todos los malos usos medievales, y
pensó que el hijo de Bañolas empezaba a labrar el campo de sus futuras
hazañas. Don Pascual, según unanime opinión de las gentes, era y había
sido siempre de una moralidad perfecta, pero eso no quería decir que el
hijo no rompiese la tradición, volando por su cuenta; tal hacían prever,
por de pronto, los indicios. Y como aquel muchacho una hora u otra
tenía que reinar allí y llenarle a él Ja comedera, todo lo que hiciese bien
hecho estaría, para él , menos en aquel caso.
20¡

�LA PLUMA
LA PLUMA
Tratándose de su altiva adorada, el señor Reguera se sintió trastornado. El espectro del hambre en lejanía no fué bastante a contenerlo, ni le
sirvió de consuelo su aco~.odaticia filosofía. En el dilema de te~er q1;1e
resignarse o luchar, prefino la lucha con todas sus consecuencias. N)
podía atacar abiertamente, a la descarada, porque habría sido la derro, a
anticipada; pero obraría subterráneamente, como los topos. ¿Qué hacer?
¿Denunciar al padre severo el primerizo galanteo del retoño? ¿Estorbar
los planes de éste actuando como ángel custodio que vela por el buen
nombre de la casa? Esta fué su primera idea, perq en seguida renunció
a ella. Por mucha discreción que tuviese don Pascual, un día u otro tendría noticia su hijo de la denuncia; y como de la juventud es el porvenir
y las primeras ofensas no se perdonan, el señor Reguera podía tener por
seguro que en cuanto su rival mandase perdería él la plaza y a Nieves a
la vez. Después de meditarlo bien, decidió habérselas directamente con
el enemigo; así, por lo menos, podría saber de qué pie cojeaba y atacarle
con mayores esper~nzas de_ éxito_. .
.
.
Discurriendo como se rngemana, la casualidad vino a ofrecerle el
punto de apoyo que le faltaba. U,n día, volvfend~ de paseo, ~ogió una
caña y con el cortaplumas la pelo y espurgo pulidamente. Piensa que
pensarás en sus cosas, caminaba de instinto y sin darse cuenta de lo que
hacía. De repente dió un tropezón y la hojita de acero, resbalando sobre
la caña le hizo un corte en un dedo. Empezó a manar sangre de la herida y ~ada gota pesada y Jlena, al dar en tierra, se ~nvolvía ~n polvo del
camino y quedaba convertida en una a modo de bolita enhannada. Algunas de ellas eran tan perfectas que al herid? l~ hicieron pensar en píl~oras de farmacia. Estaba muy cerca de la fabnca, y al pensar «farmacia»
el señor Reguera atinó en que podría po_nerse ~n la hfrida, para restañar
la sangre, una pincelada de yodo. ~a tarmac1a tema ~res puertas: u_na
grande, que podríamos llamar, oficial, 9.u~ dab_a _al patio; otra pequena,
que se abría a una cuadra v~c1a de la fábnca v1e¡3:, y finalmente, la tercera comunicaba con una pieza de la casa, conocida con el nombre de
almacén de los cubos.
La puerta que comunicab~ c~rn l~ cuadra vacía, ª?ierta ~xclusivamente para ir de la casa a la fabrica sin atravesar el patio los d1as ~e lluvia, era una puertecilla vidriera q_ue_ se cerraba con (alleba y c,err?Jº· No
siendo en caso de accidente, nadie iba a la farmacia de la fabnca, por
servirse todo el mundo en la del pueblo , donde estaba el practicante; si
alguien iba, entraba siempre por la p~erta grande. A est~ circunsi_ancia
se debía que Pascualillo hubiese e~cog1do aquel lugar qmeto y olvidado
para sus entrevistas con Nieves. Esta, a ho:a ~e cerrar, pret~xtando la
necesidad de alguna compra, entraba en la fabrica para advertir a su ma204

d!e que volvies~ a su casa_ s~n. entretenerse, y P?r corredores y dependencias foco tr~ns1tados se dmg1a a la cuadra v~c1a, mientras él, atravesand? e almac_en de los cub?s, penetraba en la farmacia, y como nadie veía
m al _uno m al otro, hab1an podido guardar secretas hasta entonces sus
relaciones.
Pero aquel día, el señor Reguer~, po~ a~orrar camino, pasó también
por la _cuadra va~1a y, antes de abnr la v1dnera, mirando por casualidad
a trave~ de los cnstales verdosos y empañados, descubrió al fondo de la
f~rmac1a a la enamorada pareja, abstraída en íntima charla. Retrocedió
vivamente sin ser visto y fué a rociarse el dedo con alcohol.
. ~l día siguiente se hizo el encontradizo con Pascual, y cogiéndole familiarmente _por el bra~o! le propus? dar un paseo hasta la Fuente Nueva. El est~~1ante le m1~0 sorprendido, pero vió en la cara del médico
~na expres1on tai:i _pa~1cular de S?nri~nte y protectora confianza, que,
srn saber por que, mtngado, le s1guio mansamente. Hablaron durante
mucho rato.
El señor Reguera le contó, a modo de advertencia, su descubrimiento de la tarde anterior, y con su aparente lealtad provocó la confesión
deseada. Después, afectando una indul$encia discreta y cordial de hombre de mun~o, se c~rcioró ..~l detalJe del carácter que tenía aquel noviazgo; aconse¡o al nov10 que s1 quena mantenerlo oculto, mirase bien lo
que hacía; le hizo prometer formalmente que no diría a Nieves ni una
pala~ra de lo ,que habían hablado-por evitarle violencias, ya que teugo
que zr cada di:i a su casa, comprende-; y finalmente, se ofreció en todo
y para todo al futuro señor de aquel reino.
~~ prime'. paso estaba dado, y desde aquel día se vió a menudo a los
dos ¡ovenes 1r ¡untos de paseo por las afueras y, a pesar de la diferencia
de edades, establecerse entre ellos una estrecha intimidad. No es preciso
decir que el único y verdadero nudo de aquella intimidad era la amada
común. Pascual, gozoso de poderse entregar por entero a la confianza,
en plena efusión de su juventud vibrante y expansiva, hablaba al nuevo
amigo ex abundanfia cordis, no celando ni en lo más mínimo actos, propósitos, anhelos y fantasías. A su vez, el señor Reguera todo lo escuchaba con interés, lo aprobaba todo amablemente y, mientras tanto, manteniendo siempre a su amigo en una atmósfera de graduada adulación,
iba sembrando con tacto y destreza, hoy una, mañana otra, en aquel corazón que se le abría generoso y sin recelos, simientes de ideas y sentimientos que esperaba ver germinar y granar cuando fuese hora.
Nieves dijo un día con tristeza a su novio:
-Desengáñate; soy demasiado poco para ti y no querrán nunca que
nos casemos ...

1

.

.

'
'

�LA PLUMA

LA PLUMA

Pero Pascual protestó vivamente:
-Mi padre estima mucho al tuyo ... Y también él quiso casarse con
la mujer que le gustaba ...
Como ella sonriese con poca confianza, él solía añadir hoscamente,
con retenida energía:
-Además, si quisieran impedirlo, sería igual, porque prescindiría de
su consentimiento ...
-¡Oh, no! Reina Santísima-contestaba Nieves alarmada-. Quizá
te desheredarían, y no quiero que por mí pierdas lo que te pertenece...
-¿Qué me importan el dinero y la fábrica si para tenerlos he de renunciar a la felicidad? Tendré mi carrera y no necesitaré a nadie para
mantenerte.
Y una y otra vez le repetía que se quería casar en cuanto fuese ingeniero. Mientras tanto, sentía el atormentado deseo de los besos y abra- .
zos de la amada. Pero ésta, a medida que crecía, se mostraba más pudorosa y recatada.
Su honestidad no era hija del propósito, si no del temperamento.
Cada vez que el galán, despechado, se quejaba de la esquivez de ella al
señor Reguera, sentía éste desmayos de alegría y calofríos de voluptuosidad . Seguro ya por aquel lado, se atrevió a aconsejar, con sonrisita de
suficiencia:
-No haga usted caso ... Todas son iguales ... Cuando creen que las
quieren se hacen valer... Si no fuese usted tan joven, si demostrase más
frialdad, haciéndola comprender el favor que la otorga mirándola, sería
ella la que se humillaría... A las mujeres hay que saoer tratarlas ...
Y en tantas y tantas ocasiones se esbozó aquel criterio del señor Reguera, que finalmente empezó a desteñir sobre la rectitud ingénita del
enamorado. Los enfados y las trapacerías de los primeros años del bachillerato volvieron a ferturbar las entrevistas de la pareja, y los primeros nubarrones de ma presagio aparecieron en el cielo purísimo de su
amor.
-Si me quisieras, no me dirías que no ...
-Si me quisieras tú como debes quererme, serías el primero en desear que te lo dijese ...
Llegaron las elecciones legislativas y se resentó candidato un amigo
de don Pascual, frente al que presentaba e Gobierno de Madrid. La lucha andaba muy e9.,uilibrada entre los dos contrincantes y nadie habría
podido decir de que lado se inclinaría la balanza. En el peligro, el candidato pidió ayuda a don Pascual que, metiendo en la urna la fábrica
en peso, decidió en su favor la victoria. El nuevo diputado, agradecido,
después de jurar el cargo, quiso ir a dar las gracias públicamente a su

f

2 06

protector. En la fábric3: se levai:taron arcos de triunfo, se enguirnaldaron de flores las maqumas, salieron los obreros a recibir al ilustre visitante, cantando y vitoreándole ... Fué, en fin, una llegada triunfal.
N_o es que para el fabricante significase gran cosa el resultado de la
elec~1?n, pero era bondado~o con su~ o_breros y apro~ech'.'-ba siempre la
ocas10n para ofrecerles algun esparc1m1ento extraordmano que les hiciese m~nos pesa~o y monótono el trabajo cotidiano.
E~. d1puta~o vmo aco~pa~ado de su hija y de algunas personas más.
La h1¡a del diputado tema diez y ocho años, uno menos que Nieves, la
de Carolí. Era menuda, pequeña, rubia, bonita y delicada como una
miniatura del siglo xvm
En la mesa, como era natural, estuvo colocada al lado del hijo de la
casa. Era coqueta y pagada de sí misma, y durante toda la comida zalameó con su caballero, haciéndole prometer reiteradamente que, cuando
volviese a Barcelona, iría a visitarla.
P~scual, hasta entonces con el corazón enteramente preso en su amor
y casi ayuno de trato social, era extraordinariamente tímido con toda
mujer que no fuese la amada, y en aquel día solemne reprnsentó su papel
con tan poco lucimiento, que su madre se sintió casi avergonzada, y después, a solas, hasta se creyó en el caso de amonestarlo blandamente.
. -Te has de mostrar más suelto, hijo mío, y aprender a hacer cumplidos ... Más que estar en compañía de una señorita de la ciudad, parecía que ibas a confesar.
Por su parte, el señor Reguera también había observado, y las gazmoñerías de gatita de la barcelonesa le habían aclarado el entendimiento.
Ante su esperanza, resucitada, se abrió un inmenso campo de maniobras,
y comprendió todo el partido que podía sacar de aquel auxiliar. En
cuanto su amigo se puso al habla, le dijo así:
-¡Vamos, pollo, ha hecho usted una conquista!
Y alabó desmesuradamente la belleza de la forastera, sus aires distinguidos, su cultura y la gracia con que sabía decir hasta las cosas más
triviales.
Pascualillo, en el fondo, no dió ninsuna importancia a los elogios
del médico, y con todo, estuvo más displicente con su amiga, y observó
con sorpresa que los cabellos de Nieves eran más oscuros que los de la
hija del diputado, y que no reía tanto como ella.
El diputado olvidó en la fábrica su bastón, y el señor Regu'!ra dijo a
don Pascual que como él tenía que llegarse a Barcelona podría entregárs~lo. Se lo llevó, en efecto; y como en aquel momento no se hallase
el diputado en casa, el señor Reguera quiso saludar a la señorita. La
señorita vestía de blanco con cintas azul celeste; ya no parecía una mi207

�LA PI.UMA
niatura, sino una fina y airosa pastorcita de Watteau. El señor Reguera_
quedó prendado por cuenta ajena.
Hablaron de aquel día, y el señor Reguera hizo un brillante panegírico de Pascual, tal como lo había hecho para Pascual de la hija del di¡:&gt;Qtado. Aseguróle, además, que en la fábrica !a recordarían mucho.
Cuando el señor Reguera se retiraba, ella tomó de un vaso un ramo de
rosas magníficas y se lo entregó, diciéndole:
-Para la señora de Bañolas.
Y escogiendo una rosa pequeña y encendida como un corazón, añadió con leve rubor:
-Y ésta para mi vecino de mesa, como un recuerdo del día en que
nos conocimos,
De regreso en la fábrica buscó en seguida al hijo del patrono. Pascual quería ir a casa de Carolí (ahora ya no se veían en la farmacia,
tanto por el aviso del señor Reguera cuanto porque a ella no le era tan
fácil como antes dejar a la abuela, sino por las cercanías de la casa); pero
el señor Re~uera, quieras que no, se lo llevó a paseo, y poniéndole la
rosa en el o¡al le explicó, con todos los aditamentos pertinentes, todas
las maravillas de la pastorcita de Watteau.
-¡Oh, qué monada ... ! ¡Si usted la hubiese visto, .. ! En seguida me
ha preguntado por usted. Me parece que si usted quisiera, no tendría
más que alar~ar la mano. Ya lo vi claramente el primer día. ¡Qué lástima que este usted comprometido!-Y como hablando consigo mismo,.
añadió:-¡Esta sí que habría dado lustre a la casa Bañolas!
Hasta el día siguiente no vió Pascual a su novia, en el bosquecillo ,
cercano al río. Todavía llevaba la rosa en el ojal, y ella la advirtió en
seguida.
--;-¿Qué es esta rosa?
El, turbado, vaciló; habría dicho la verdad, pero le pareció que no
era del todo correcto decirla.
-Me la dió ayer el señor Reguera ...
Ella, sorprendida, le miró al fondo de los ojos; él bajó los párpados.
-LQué extraño! ¿El señor Reguera?
-Sí... De un ramo que trajo de Barcelona para mamá ...
Nieves era lista, y presintió vagamente algo de lo que pasaba. Su
frente, clara y pura, se tiñó con una veladura rosa, que era en ella señal
de que se había impresionado vivamente. Contestó tan solo:
-Ayer te estuve esperando toda la tarde ...
-Fui a paseo con el señor Reguera.
--;-¡Siempre el señor Reguera! Ya te dije que no fiases en él.
El miró, distraido, río allá.
208

L A PLUMA
-No sé por qué ...
,
. - ¡Porque tiene dos caras•-excla . N'
mo J '1eves con viveza; pero en seguida añadió, atenuando·-T·
gusta.
.
iene una manera de mirar que no me
-Antipatía que le tienes.
Hablaron de otras cosas Al de d.
por primera vez, le dijo en ~oz ba·!fe irse, ella, sonri ente, vergonz•sa
-Dame esta rosa
1 •1 1
Él se echó atrás ,-:Y a argo a mano hacia el ojal.
. -¿No ves que ~~~d~~:~:¡,'
fuera ~e tiro.
d
pnsa._
' I s1 asta manana-y se alejó deNieves quedó inmóvil corno u
na estatua, durante un minuto. Al
cruzar el margen sintió c;er
serenísima la noche, allá e~n~ ~~~a ~n su _mano. Miró a lo alto. Era
oro rebajado, la estreDa de'Ja tard JLnta, bnlla,ba, como una chispa de
era una lágrima.
e. a gota ca1da en la mano de Nieves

~Att 1r

* * *
Con el tiempo, las lloró abund
p
.
todo. :~o es que no la quisiera· h!~~s. ascuahl~o había cambiado del
pues.con sólo clavarle la mirad~ le hací~~mpí,fnd! ella_ que la quería,
quena como antes con aquella el 'd d em ar esvahdo; pero no la
lla ingenua dulzu;a de los pasado!rd. a 'Ahn aq?ella sencillez, con aqueellos algo forastero una influencia ias. . ora a muchacha sentía entre
que llenaba el amo~ de arrebatos de f~l~nd que lo en~en~bre~ía todo,
malas voluntades, inexplicables ~n b;t ª1 ,e~, de recnmmac10nes, de
ven~a», pensaba la pobre Nieves y
na og1ca ... «Es el otro que se
dec1Tselo todo al amado de ab : l 1 un~ y otra vez estuvo tentada de
detenía siempre el respeto a la ;~~~e~! OJOS hejfecbo al traidor; pero la
que podía ocurrir hasta el mismo s·1 que a ia echo, el temor a lo
dado hasta enton~es. En efecto·
enc10 sospechoso que había guarhabía convertido para ella en un ·c~p\mq~ elxc~sar adguel silencio, que se
y franca?
e impe 1 toda defensa airosa
l' d
Mientras tanto el veneno iba
corazón del amigo'.
cump ien su obra destructora en el
Pascual fluctuaba atormentado
b .
opu~stas. En realidad: al principio le yh sb!I' r~o, e_ntre dos corrientes
grac1~s y zalemas de la barcelonesa. Sen~·tn mq1!1ef1º muy poco las
prop10; pero su corazón enamorado c i ' eso s1, a agado su amor
del primer amor, seguía'fiel a la modeit~ tobdo el fpuego y !odo el empuje
J4
o rera. ero mas tarde... más

ó

ª

ª

°

209

.¡

�LA PLUMA
LA PLUMA
tarde, comprometido y casi arrastrado la~ p_rim.eras veces por el señor
Reguera tuvo que aceptar por fuerza las invitaciones del padre, acomañó a l~ familia a la mesa, al cine, en los paseos, y poco ! poco le plugo
~l frívolo hechizo de la nueva ami~uita. Acaso .no la quena con amor de
hombre a mujer; pero le ~ntreteni~ y_ le deleitaba de un modo absorbente su graciosa compañia. La senonta barcelonesa mandaba y ~e hacía obedecer siempre, como reina y s~ño~a entre vasallos, como si fuese
la clave central del universo, y con el hizo como con to~o el mundo?
ero tan oentilmente, entre risas y juegos, que él no pod1a, prote~ta~ ni
~ebelarse ~ontra la impuesta esclavitud; y lentamente se fue con:7irtiendo como todos los que la rodeaban, en dócil juguete de la capnchosa.
En' sus contados momentos de concentración, y sobre todo cada ve~ que
volvía de la fábrica, al mirar con sorpresa,_ como.ª una de~conoc1?a a
quien viese por primera vez a aquella criatura, insustancial y frivola
como un pa·arillo, que por gracia se quejaba siempre d~ dolor de c~beza
estómaoo de aburrimiento o de cáhsanc10, el estud1~nte
0 de dolor
sentía un gran vacío ~n' el alma y un vivísimo de~eo_ de huir. ?e alh, de
romper aquel extraño encantamiento, que parec1a irreal, h1¡~ de una
0 resóra fi uración de alguna pesadilla. Y, como un consuelo mesperad~ como !n filtro libertador de sus facultades secuestradas, como 1;1na
rá --~ga de aire fresco que le devolvía los sentidos, .surgían ante sus o¡os,
co~ súbito relieve, los rasgos bien amados de N1eyes, sus formas. opud
lentas ricas en salud y fortaleza; su austera, pero imponente, ma¡~sta
de Ju¿0 . y la sed de ella y el deseo de ella le abrasaban. En cam,bi~ al
ver de n~evo a la obrera en la realidad, algo de desencanto y _de intimo
marchitamiento se mezclaba a su alegria impulsiva y esrontanea.
Acostumbrado ya a los artificios y arruma~os de la cnatur~ que ~cab ba de dejar hallaba excesivamente desprovista de ellos a Ni~ves, ¡uzgándola exce~ivamente vulg~r en su ~encillez, falta de grac.ia e_n los
gestos, de conversación monotona! de ideas ~lementales y rutmana.s Y.:
al mismo tiempo, demasiado mu¡e:, de~asiado rey~renda,. roco msi
nuante y festiva demasiado dura e inflexible a la cahda caricia .de sus
dedos nerviosos: .. y el pajarillo ingrávido y minús~ulo, el cepo animado:
voluntarioso· y plañidero, revoloteaba en el ~spac10 y, p_asando) t~abpa
sando entre él y Ja amada, le enturbiaba la imagen de esta, la a e¡a a Y
a veces la repelía.
,
En el divorcio cada vez más acentuado, Mefist? terna la máyor parte
de culpa. Sutilmente, solapadamente, c?m.o un .".1ento ':dverso, empu:
jaba la débil nave a la deriva. Hoy una msmuac10n, mfnana un ~ons~
· 0 , asado mañana una broma, otro día una observac~on en apa~1e1_1cia
había ido transformando y suplantando gustos, ideas y sentimien-

Je

ttil,

tos del enamorado; había elevado en aquel espíritu fluctuante un solio
de magnificencia para la intrusa y había puesto despiadadamente de
manifiesto, mirándolas con cristal de aumento, cuando no creándolas
de raíz con cuatro pinceladas ridiculizantes, las deficiencias de la pobre
hija de Carolí, y finalmente había infiltrado en el corazón enamorado
desconfianzas, recelos, desdenes, vanidades, exigencias, altiveces ... , innumerables causas de discrepancia con la amada.
-¡Bah ... ! Si he de serle franco, siempre dudé un poco de estas locuras de las mujeres del pueblo por los señoritos. Sólo puede tenerse fe
en las pasiones cuando van de arriba abajo, o de tú a tu, es decir, cuand? no se va a ganar nada si no a igualar o a perder... Si se hubiese podido casar con la otra, entre el capital de us;ed y la influencia del suegro, ¿dónde habría llegado la casa Bañolas? El senador y usted diputado,
serían los amos del país. Se acabarían los obstáculos del Collet, que
siempre han sido el nubarrón de mal agüero para el porvenir de la fábrica, y con una carretera por mediodía y algo rectificado el trazado del
ferrocarril .en proyecto (que cuando se dispone de votos y dinero, en Madrid se consigue todo), Ia fábrica quedana en situación más ventajosa
que todas las demás y no tendría que temer nunca una competencia
formal. ..
-¡Por amor de Dios, Pascual, no sea tan inocente! ¿Cómo quiere
que no sea melindrosa si en la resistencia está su victoria? ¡Son de mucho cuidado estas santitas campesinas! Con su virtud inexpugnable,
mantienen ardiente el deseo del sihador y no se entregan si él no lo hace
primero, es decir, hasta que envía por delante a la fortaleza el acta matrimonial... ¡Ah! ¡Quisiera ver a nuestra Lucrecia, hoy tan altiva, el día
en que perdiese toda esperanza de ser la señora de Bañolas! Entonces,
como ya no le aprovediaría la virtud para nada, se daría prisa en venir
a ofrecerle ella misma lo que ahora le hace desear tanto. Y sí no, haga
usted la prueba: ¡cásese y ya me sabrá decir lo que ocurre ... !
Pascual ya había acabado la carrera, ya era ingeniero. Nieves conservaba todavía una última esperanza, aún quer(a hacerse la ilusión de creer
que se acercal?a el término de sus torturas. El siempre le había prometido que en cuanto acabase la carrera hablaría a sus padres de la boda.
Pasó un mes, pasaron dos y no les habló a sus padres ni a Nieves. En
cambio, voces volanderas, que no se sabía dónde habían pescado la
referencia, empezaron a propagar la noticia de que tenía relaciones formales en Barcelona. Pascual, estrechado por Nieves, lo negó, arisco y
malhumorado; pero doña Menda se mostró muy gozosa de la noticia,
Y el señor Reguera, sin poner nada en claro, parecía confirmarlo con
sonrisa de discreta inteligencia.

210
2 rI

�LA PLUMA
Un día que fué a Barcelona trajo al volver una gran noticia y ésta
absolutamente cierta. ¡Se estaba terminando la bandera! Este era asunto
ya lejano. Dijimos que los obreros habían ido a recibir al diputado, _antando; el diputado, por halagarles, les dijo que cantaban muy bien; ellos
le notificaron que estaban preparándose para formar un orfeón, y el diputado les prometió que si lo formaban les regalaría la bandera. Se organizó el orfeón y el diputado envió a decir que cumpliría su promesa, que
regalaría la bandera y que él mismo haría la entrega. A su vez, el señor
Bañolas declaró entonces ~ue cuando el diputado volviese a la fábrica
se celebraría una fiesta esplendida, más espléndida todavía que la pasada. El portador de todos aquellos mensajes era el médico, que reservaba,
hasta la hora oportuna, el gran secreto que todo aquello encerraba y que
era nada menos el de que ra bandera había sido bordada por las propias
manos de la hija del diputado. Tentada p)r la sólida posición de los
Bañolas y animada por el consentimiento tácito de su padre, la gatita
había trazado sus planes y tomado sus medidas; pero Pascual era de una
irresolución desesperante, y, a pesar de que todos los signos eran de que
la quería, nunca acababa de declararse. Era preciso, pues, estimularle
de cuando en cuando con golpes de efecto que le fuesen comprometiendo públicamente y le llevasen, como de la mano, al anhelado noviazgo. Lo de la bandera era uno de aquellos golpes. La gatita, haciendo
al señor Reguera confidente único de la sorpresa que preparaba, le suplicó que no dijese nada a nadie hasta el día de la fiesta. Pero una desgracia imprevista había de precipitar los acontecimientos. Un ataque de
embolia se llevó a doña Menda, en pocas horas, de este mundo.
El que había de ser día de alegría y de gozo lo fué de lágrimas y
duelos. El orfeón, que había de debutar con un canto alusivo para ir a
recibir al diputado y a su hija, ensayó a toda prisa composiciones adecuadas y debutó en los funerales de la patrona. También se estrenó la
bandera. La habían traído el donante y su hija, enlutados, y al hacer
entrega a los orfeonistas, atado al asta un gran lazo de gasa nepTa, la
doncella había estrechado efusivamente la mano de Pascual y hab1a silabeado con ternura:
-La he bordado pensando en usted y es la mejor corona que puedo
ofrecer, como testimonio de mis respetos, a la memoria de su pobre
mamá, que santa gloria haya.
Pascual, emocionado. turbios de lágrimas los ojos, no hallando palabras con qué contestar, se inclinó y le be;;ó la mano. La escena tenía
lugar en el gran patio de la fábrica, lleno de obreros y obreras. Entre
ellas, Trinidad y su hija. La primera sintió en su corazón un impulso
de alegría y dió gracias a Dios, porque Je pareció que empezaba la libe212

LA PLL"MA

ración de su hija· pero ésta ere ó ll d
tenebreció a sus' ojos· le fallalo lega .º el fin del mundo; todo se endiese el espectáculo. Mefisto ut as pierna~ en poco estuvo que no
la observaba a hurtadillas astuiam:~:de el ~uóc eo centr:1J de personajes
placencia.
e, sonn con sonnsa de cruel comEl diputado y su h ..·
la fam~ia! presidieron ~tct~~ri%~:~tio~n~~::dos coloalsi ya fuesen de
y con os tos empleados
de la fabnca. No se había cruzado un
y los _barceloneses y, con todo nadie ~gfabra ffrd~al entre l?s B~ñolas
la umón de las dos familias. '
o aque ia que era inminente
En el más oscuro rincón de la
·u
N·
blemente pálida con el as ect
cap1 a, . ieves, secos los ojos y terrifracaso de todas'sus ilusioies la
y ¿.ªClt~rno qule la procuraban. el
pensaba en doña Menda; pe~saba conª age 1ª que e part1a el corazon,
naza y venganza que no había de acab~~n.cor', con u~ impulso de amedespierto en aquel instante le dec 'a
1¡amas. Su i~stmto, del todo
en lo más íntimo, de todo Ío ue ha~re a mue~ta tenia la culpa~ allá,
que se aproximaban. Ella co:f la . a pasado y _d~ los aco~tec1m1entos
e1 interdicto; en ella sentí~ Pascu.f{{;:1era ":d~o~1c1ón, hab1a formuladó
bilidad de carácter no le había permitidcos1t1 n med~ctible que su decondescendencia de última hora hacia a rontar a tiempo, e1Ia, con su
y sancionado la traición Nieves no ed nuevo a~or, había justificado
aquelJ~. alma que se le h~bía mostrad~~n~~~~r-m un padrenuestro por
De¡o pasar un mes Con el pret t d l d g l.
de casa y esquivaba la~ entrevistas ex o e u~ o, Pascual no se movía
novia. Pero ella contaba todavía con su promesa. Decidida a acacin
cosas, Nieves le detuvo un día en el ;~tii uni3 ~ez con aqu~l ~stado de
le gran cosa que la vieran o que de¡·asen d a ª1 escarada, sm importar-Escucha , p ascual .. .
e ver a.
-NDispe1;1sa, Nieves ... En este momento ... mi padre
- 1 o; bien sabes que no te
d.
me espera ...
dart~ conmig? po~que me enga~is~~~ na te. Pero no te atreves a queEl proles.to,. ba¡a la cabeza, sin demasiado calor.
_¿A que v1_e,ne todo esto? ¡Te estás volviendo más rara'
N1eves sonno con amargura.
·
-¡No me lo niegues' ¿Imaoi
h
tus maniobras con la ot;a? o.nas que no me e dado cuenta de todas
- M_anías tuyas ... Tienes celos ... Eso es todo ...
-DNime que no tengo motivos para estar celosa
- ¡ aturalmente, mujer!
·
- ¡Júramelo!

r

,~~r::i

1

~t

�I . A PLUMA

L A PLUMA
Pascual vaciló; finalmente pronunció con esfuer.to:
-Te juro que ... , que no le he dicho nada.
.
-Entonces ... nada te impide cumplirme la palabra que me diste ...
Acabada la carrera, muerta ¡Dios la haya perdonado! tu mamá ...
-¡Nieves!
.
, .
-¡Infeliz! ¿Te figuras que no, compre~d1 que no me quena m_ me
hubiese querido nunca, y que. tu no ~en1~s valor l?~ra contrade_cirl~?
Pero ahora las cosas han cambiado. Tu mismo lo dipste: tu papa quiso dsarse a gusto y no impedirá que tú lo hagas también ...
Él bajó la cabeza:
-Naturalmente ... ; pero ahora ... , el lut~...
.
-Fijemos una fecha ... Dentro de un ano, ~entro de dos ... El d1a
que tú quieras; pero gue yo tenga alguna se_gundad ...
-Es imposible, Nieves. Las circunstancias ... , la ... la... . .
-Hasta aquí hemos lleiado, Pascual. Te ~e dado toda m1 Juventud,
todas mis esperanzas, y quiero saber para que te las he dad~...
.
Pascual se pasó la mano por la frente; sudaba de angustia. Despues
,
. .
tartamudeó:
-Tengo que completar mis estudios... Dentro de u_nos_d1as ... , qmza
mañana mismo ... , me iré a Alemania ... Después, a m1 regreso, podremos hablar... ·
Ella le miró atónita.
-¿A Alemania? ¡Nunca me habías hablado de semejante viaje ... !
¿Cuánto tiempo estarás allí?
Pascual vaciló nuevamente:
No sé... depende de ...
Nieves, resuelta, severa, irguiendo toda su estatura, le apoyó la mano
en el brazo y le interrumpió así:
-¡Basta, Pascual! No te molestes .. . Demasiado entiendo lo que te
sucede ... Te vas porque huyes de mí... No te atreves a faltar cara a cara
a la _palabra que me diste...
.
Sintió Pascual que se ' le agolpaba la sangre, tumultuosa, y Nieves,
violenta esperaba ávidamente con el alma asomada a sus pupilas.
.
«Si pierde las esperanzas, ella será la primera en irle a la zaga ... Y s1
no haga la prueba.. .»
'Al cruzarle por el cerebro el pensamient?, ruín, sel~ aplacó la sangre
repentinamente, se le vel0 la voz, se le enfno l~ expres_1ón.
- Ten cuidado. Piensa, Pascual, que me deias en libertad y que un
,
.
día puedes arrepentirte.
Nieves, aparentemente serena, hab1a pronunciado estas palabras lentamente, subrayándolas con firmeza.

r:speró tod~vía ... Vió que pascual agitaba los dedos espasmódicam~nte, como picado por la tarantula, pero no abrió los labios. Pasó un
f1?10uto,_ que en el orden_ espiritual,_ valió por unas semanas. El unigémto B_anol~s, en aquel mmuto, se v1ó en pleno Congreso, defendiendo
la rect1ficac1ón del trazado del ferrocarril. ..
Nieves le volvió la espalda, atravesó el patio y salió de la fábrica.
A lo~ cuatro días, Pascual marchaba a Alemania, dejando a su padre
desconsideradamente abandonado a todas las desolaciones de su viudedad.

* * *
Transcurrido cerca de un año, el padre escribió al hijo que debían
celebra~~e las mi~as del an~ve_rsario de doña Menda y que suponía que
el. su ~IJO, vendna para as1st1r a ellas. Le suplicaba que, al contestarle,
Je mamfestase lo que pensaba hacer después.
La imagen de Nieves, en actitud severa de Némesis, llenaba durante
toda la noche las sombras del desvelo a la vera del lecho del inoeniero.
Al día siguiente éste escribió a su padre: «Querido papá: De to8o corazón te echo de menos y espero con ansia ir a darte un abrazo y a
rezar contigo por el eterno reposo de la pobre mamá. Me preguntas qué
pienso hacer después. ¡Ay, papá! Me duele tener que dec1rtefo; pero es
forzoso que después vuelva aquí, porque estoy metido en unos experimentos interesantísimos que serán de gran provecho (al menos así Jo
esper~) para nuestra industria, pero que me ocuparán algunos meses
todav1a ... »

* * *
Llegó a la fábrica la noche antes de los funerales y, al salir de ellos,
habló de marcharse al día siguiente. Su padre entonces le dijo sin mirarle:
-Hijo mío, te ruego que esperes un par de días más ... Como me
sentía tan sólo y no quería perjudicarte en tus estudios, he resuelto volYer a casarme, y quisiera que fueses testigo en mi boda ...
Cuando el hijo, dolorosamente sorprendido, preguntó quién era la
elegida, el padre contestó evasivamente:
- Una antigua obrera de la fábrica ... Y salió de la habitación.
Al día si~uiente se celebró la boda, con sencillez y seriedad, en la capilla de la fabrica. Nadie había sospechado nada hasta aquel momento,
porque los trámites preliminares se cumplieron en la mayor reserva.
Asistieron tan solo las dos familias y actuaron de testigos, por parte de
don Pascual, su hijo y el señor Reguera. La novia, modesta y pudorosa,
no levantó los ojos del suelo durante toda la ceremonia. Ella fué la que

214
215

�LA PLUMA
rechazó par'.'- alcoba i:upcial 1~ suntuo~a que había p_ert~~ecido al matrimonio en vida de dona Menc1a, prefiriendo una habitacion clara y soleada del segundo piso. Esta alcoba estaba situada encima de la de Pascual,
y unas horas después, éste confesaba al médico que lo que más le había
hecho sufrir de todo había sido oir sobre su cabeza el ruido de los zapatos al caer en la alfombra.
* * *
Han pasado m_ás años. El_hijo de_Bañolas, terminados. sus ~studios en
Alemania se caso con la h1¡a del diputado, y ahora es el quien ostenta
la investidura del suegro y el que ha cons~guido la carretera ~e ~ediodía
y la rectificación del trazado del ferrocarril; pero el ferrocaml D10s sabe
cuando se construirá y los obstáculos del Collet siguen siendo la perpetua amenaza de la fábrica.
Cuando se casó, su padre quería ce~erle todo el primer piso de la
casa pero Pascual se opuso resueltamente, y con la excusa de que ahora
dirigiría él personalmente la fá~rica, alojó al subdirec~o~ e~ el pueblo y
se fué a vivir al chalet que aquel ocupaba. Gusta de v1v1r aislado, tanto
mas cuanto que su esposa, ,el pajarillo minúsculo, está ~uy delicada de
salud; tiene enfermo el estomago, y una cruenta operac10n en las entrañas la ha dejado estéril para toda la vida:.
._
En cambio, don Pascual tiene dos hi¡os como dos soles, u~ mno, y
una niña. Los domingos, cuando van a misa al pueblo, la mu¡er, _dandole filialmente el brazo a su marido, porque a don Pascual ya empiezan
a flaquearle las piernas, han de pa~ar ~ecesariamente por d~lante del
chalet del director, y desde el estudio, situado en la pla!1ta ba¡a, _do~de
pasa trabajando locamente todas las horas que no esta e1~ la fabnca,
Pascual no puede_ dejar de observar 9_ue el niño,_ su hermanito, se 1~ parece extraordinanamente y que la nrna es la misma estampa de Nieves
cuando iba a la escuela y corría y saltaba al margen de los regato~ de la
huerta. Entonces va al otro lado de la mesa y reanuda el tra~ªl? con
más furia que nunca. Y al verle tan atareado los obreros de la fabnca le
dicen afectuosamente:
,
-Ave María, señorito. Descanse un poco, que así como as1 1 tampoco se ha de llevar el dinero al otro mundo. ¿Y sabe lo que consigue con
trabajar tanto? Pues que a sus años parece usted más viejo que don Pascual.
h
En efecto, el hijo de Bañolas tiene todo el cabello blanco y e.1 rec o
se le hunde un poco más cada día. El padre, abotargado de su felicidad
es el único que no lo advierte.
VÍCTOR CATALÁ
Traducción de
216

RAFAEL MARQUINA

EL JARDÍN DE LOS FRAILES*
II
colegio de donde venía pasaba por bueno. Caserón prócer, _muros desplom_~dos, sobre el dintel armas en berroquena, suelo de guiJas en el zaguán, oscuras salas cuadrilongas, húmedas, a los haces del patio, ensombrecido
por la pompa rumorosa de tos laureles y los cinamomos. En el
estrado, a la diestra del Director, sucinta diputación del reino mineral, en un armario. Y a la mano siniestra, en cierta alacena, retortas
con telarañas, probetas y tubos de ensayo en sus espetéras, desportillados, y cantidad de tarros con substancias desusadas y temibles,
que de primera intención parecían cosa de botica. Profesor de física,
un médico, por venir de facultad contigua a las ciencias esperimentales; profesor de aritmética y geometría, un capitán retirado, ducho,
como militar, en ciencias exactas. Pasantes famélicos, irrisión de la
g ente menuda cuando exorables, o azote funesto si las cóleras fermentadas en el lapso de su vida les tomaban con arrebato la cabeza.
Las lecciones, por tandas; los estudios en común, y a voces, para
L

* Véase

LA P LUMA

de septiembre,

19 21.

217

�LA PLU:\·1 A

.! .

meter pcr los oídos en los desvanes de la memoria, a favor de un
raudal de sones cadenciosos, las materías de no fácil recordación.
Borrascas de lapos y cachetinas imbuían en los torpes la sintaxis del
latín: más lágrimas he visto correr sobre el texto de los Ccmentarios
que sangre vertió el propio César en el suelo de las Galias. Colegio
bueno: confusión de yoces, de torpezas, de resabios. En los Escolapios pegaban con vara; en el nuestro, quien más, atrapaba media
docena de correazos. «Dios castiga, pero sin palo»; tal es el introito
de la sabiduría infantil. Era patente que los maestros seglares se
acercaban más que los eclesiásticos al poder de Dios...
Aridez, turbulenta grosería en el colegio; lóbrega orfandad en
casa. Un espíritu tierno, como de niño, ambicioso de amor, empieza
luego a tejer un capullo donde encerrarse con lo mejor de su vida,
con todas esas apetencias, generosas o no, pero fervientes, que el
mundo desconoce o pisotea. En esa edad, por el corazón se vive, tan
.solo. ¿Qué me importaban a mí los romanos, ni la noción de lo sublime, ni las luchas del Pontificado con el Imperio? Heroísmo, el mío;
emociones, no la naturaleza exterior ni el estudio de los modelos,
sino el divagar por la selva del alma me las brindaba; y en secreto,
siempre. Los maestros preguntan de historia, de física, de agronomía...; pero de ese faberinto en que el mozo se aventura a tientas,
con pavor y codicia del misterio, nunca. Larva de funcionario, que
será por vocación padre de familia en cuanto se libre de quintas: así
reza e! cartel que a uno le cuelgan del pescuezo. Y entonces empieza
el amarse a sí mismo con monstruoso amor, macerado en la soledad,
y el zambullirse, culpable la conciencia, en el deleite de los ensueños. Porque toda la maleza que en tal sazón vamos viendo crecer Y
tupirse es sin duda el desorden, es el mal, es lo prohibido, lo vergonzoso y recóndito de que no se_ debe hablar. O acaso los _demás
no están dañados, y uno es el caso insólito: un monstruo. ¡Que fardo
ha creído uno llevar, o más bien ha llevado realmente sobre sí, en
218

I.A PLUMA
la que llaman edad dichosa! Menester es aceptarse; no hay opción.
i Pero aceptarse así, a escondidas, creyendo cometer un crimen, y asomarse con remordimiento y pavor a los veneros que en el fondo de
nuestra humanidad bullen y nos fascinan ... ! Cuanto me ha reconciliado con la vida: el amor o el arte, el afán de saber o la amistad el
apego a la acción por la acción misma y el estímulo de añadí; aI
mundo moral alguna criatura de mis manos no son sino las formas
en que ha buscado empleo y saciedad aquella pujanza juvenil que
enton_ces :ne puso miedo creyéndola ponzoñosa, y que todos, todos
parec1an ignorar, no sólo en mí, pero en el ser humano. Con más
cordura, sumiso al orden, la hubiera destruido. La defendí; fuí un
rebeldillo, un enemigo, prestando al orden la aquiescencia mínima.
Vivía para mí solo. Amaba mucho las cosas; casi nada a los prójim_os. Amaba las cosas en torno mío; amaba los o~jetos triviales de
m1 pertenencia, porque eran dóciles y. sugerentes y andaba en ellos
algo de mi persona. Amaba mis libros, y el aposento en que leía, y
su luz, su olor. Amaba la casa, tan temerosa en los anochecidos
rondada por las sombras de los muertos, llena, a mi parecer, del ec;
de ciertas voces extinguidas por siempre jamás. Y el patio, v un
conato de jardín entre estombros, donde las tardes de la canícula ,
apenas puesto el sol, atendía a los furiosos giros de los vencejos en
torno al chapitel del convento contiguo, a las campanadas del rosario, a las voces de las mujeres que iban a coger agua a la fuente del
Hospit~l, Y a otros rumores del pueblo desgarrado por la congoja
vespertma. Amaba poco a las personas. Se me antojaba hostil su
proceder. La más entrañable estaba casi tres cuartos de siglo dis-tante de mí. Pero iban otros héroes y heroínas de mi talla a una plazuela sepulcral, pegada a los muros de San Bernardo-cedros y tilos
entre acacias, y un estanque a rás del suelo ceñido de laureles
rosa- , que oyó, en las noches del verano, las efusiones de nuestro.
delirio.

�LA PLUMA

En noches tales me acostaba feliz. De pronto, desde la alcoba
tocante con la mía, me gritaban:
-¿Te has dormido?
-¡Aún no!
-¿Qué haces? Reza el Señor mío Jesucristo. ¡Si te murieras
ahora caerías en el infierno! ¡Arder, arder siempre! ¡Por toda la
eternidad ...!
Era pavoroso, ¡y tan injusto! Devoraba la injusticia, del mismo
sabor que mis lágrimas. Digo que paladeaba su amargura. Llevaba
el corazón henchido de orgullo: teniendo razón contra todos, era su
víctima.
-Tú vas a ir con los frailucos, nieto-me dijeron al acabarse
aquel verano.
Fué más grande la sorpresa que el disgusto. Frailes, yo no los
había visto. Alcalá fué en otros tiempos copioso vivero de insignes religiones. En los míos, era un pueblo secularizado, abundante en canónigos pobres y sin demasiado celo proselitista, adscritos a la nómina,
•que iban a ganarse el sueldo cantando en el coro de la Magistral: Deus
in adJutorium meum intende... como otros emplead&lt;•s iban a la Administración subalterna o al Archivo. Había capellanes de escopeta
y perro, o que imitaban al pie de la letra la vocación de los apóstoles pescando barbos en el Henares; curas de rebotica, y algunos
g oliardos. De los frailes quedaban los conventos, reducidos al cascarón, el nombre de los pagos más fértiles, que suyos fueron, y las
memorias, frescas aún, de sus luchas por el rey neto en la era fernandina. Para la gente moza, el fraile era un tipo corpulento, con
barba.e; y sayal, rasurado el cráneo, que lo mismo asestaba un trabuco
contra franceses que azuzaba a los voluntarios realistas contra los
-«negros». ¿Y una caterva tan brava abría escuelas? ¡Dura cárcel me
prometían! Pero el llanto era al de~prenderme del orbe estrecho en
220

~ PLUMA
que solía imperar dond f
tab
'
e uese a dar con m1·s h
a menos.
uesos me impor- _

Los parientes me diieron ad 10
'. rac10n
· · d el Ama2onas O "t· b
s como si emprend1era
• la explod
.
·
ira an a consolar
d
er, ilustre infortunio: «Es or t
.
me e aquel, a su entenagradecerás!»
p
u bien. ¡Cuando seas hombre lo
-¡Si tu abuelo levantara la cab
,
dose de la ejecutoria doceañista de e~a .... -murmuró uno, acordán. Llevé por ,·iático ósculos de mo ~1s mayores.
n3a. Me besó la provecta Supenora, quien con tanto taparse
y arroparse d b
asomada al marco redondo
I
a a a su faz pachucha
de la toca, no sé qué calidad~e e poní~n los cañones almidonado¡
dez. Las buenas madres me e ca:ne mdecente, de obscena desnudido en el pecho un corazón dsonre1an tie~namente. Mostraban prensino el tamiz de las cortinas be tra~o vomitando llamas. No su fuego
bres de púrpura. y con despe~~;:e~~ 'ttía en el locutoriq vislum~ .
en faltando yo unos mese
e as cosas, por parecerme que
.
s nunca volvería
1
aprendido cómo nos ve
a ver as (aún no había
d
nce su permanencia)
,
onde no tuve otra impresión el rim
, , amanec1 en El Escorial.
país de insólitas maanitudes Me p . ~~ d1a que la de entrar en un
las gafas hasta la fr;nte mir~nd rec1b10 el Padre Valdés, y alzándose
preguntó:
,
orne con los ojillos entornados, me
-Tú , e·por qu é est udias? ¿Por convicción?
~espondí con risas y encogimientos de h
..
a m1 celda, y luego me inco. é
ombros. Me deJe llevar
1
.
J por a cuatro bigardos
e patio oyendo contar histo .· d
.
que estaban en
luz granujiento, que escupía uas : muJ~res. El narrador era un andapor e colm11Jo y apestaba a yodoformo.

1

1

�LA PLUMA

LA PLUMA

III

i!

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·:l.

Hay que ser un bárbaro para complacerse en la camaradería estudiantil. Por punto general, entre escolares, los instintos bestiales salen al exterior en oleadas y, so pretexto de compañerismo, allanan
las barreras que, para hacer posible la vida en sociedad, erige la
educación. Una masa de estudiantes degenera velozmente en turba,
ligada por la bajeza común. Y todo hombre que no esté atacado de
futilidad incurable y aspire a formarse en el curso de la vida una
conciencia noble, no hace sino emanciparse de aquella necedad primaria, que cuando más es, no rebasa el nivel de la licencia chabacana y sin sentido. Muchas gentes acarician las memorias de sus años
estudiantiles, ponderan su dulzor y vuelven hacia ellos los ojos tiernamente, pensando que fueron la edad de oro de su vida. Es aberración del entendimiento, a no ser que los tales hayan arribado a situación más aflictiva, por ejemplo: a presidiarios, o rememoren en efecto la juventud que ya perdieron, sin discernir entre su esencia y los
accidentes pintorescos.
No tengo por qué alabar la sociedad del colegio. El fastidio de
tantas horas vacías devorado en común, la pesadumbre del encierro,
la privación de afectos suaves y el ver frustrados los gustos individuales por el rasero de la disciplina uniforme, añadían no sé qué
punto ácido a la mezcolanza de los modales e inclinaciones divergentes. Mundo en miniatura, gota de agua, donde era harto más difícil
que en la charca en que me ha tocado vivir el uso de estos lenitivos
contra la aspereza del trato humano: elección y soledad. Aislarse parecía sospechoso, o siquiera raro. Más lo parecían, por algunos escarmientos que hubo, las amistades particulares. Formábanse, con todo,
asociaciones limitadas que, en lo más sabroso y cordial de ellas, eran
222

secretas. Qué destino presidía en su nacimiento, yo no ¡0 sé. Afinid~des profundas y sólidas _n o serían, porque no he visto subsistir
mnguna fuera ~e los muros del colegio, y las amistades que conser~o desde tan leJos, no son sino amistades rehechas, injertas en el antiguo tronco, pero maduradas en otra sazón y tocadas con otro cont:aste. El brote de aquellas preferencias apasionadas era pues azanen~o; no ven~an determinadas por elección verdadera, ~ lo q~e se
poma en comun era un sentimentalismo caedizo y fátuo irritado 0
falta de empleo., Unían~e en piña cerrada un cabecilla' y dos O fre:
secuaces. :r¿ostrabanse Juntos en el billar, en el gimnasio y demás recreos. Hacian rancho aparte en los holgorios campestres cuando nos
lle:aban al Batá~ o a la ~uente de las Arenitas a come/ la paella de
re0 lamento.. Teman reuniones clandestinas en alguna celda, por la
tarde, para Jugar al monte y al tresillo y leér novelas, 0 bien, de raro
~n raro, por la noche, hasta las altas horas, sobre todo en el buen
t~~mpo, estándose de. codos e~ la ventana, en inocente contempla~10n, callad~s, para oir el concierto del álamo sonoro y del sapo flauti_s!a Y embr~agarse en el oreo voluptuoso de la Herrería. y a la funcron ~e suphr por la intimidad de que el colegio hacía tabla rasa, estas al~anzas acumulaban otra, puramente defensiva contra los desmanes aJenos.
La sociedad del colegio enseñaba a ser cauto. No había que fiar
mucho en los arranques compasivos de los mozalbetes; por añadidura, se.recriaba allí un enjambre de zánganos, de haraganes de café
(recluidos en El Escoriaf para tentar fortuna en los exámenes al ampar~ de_la supuesta ~nfluencia de los frailes), gente careada al vicio y
no limpia d~ baratena,_ que se alzaba con la prerrogativa de escoger
el hazm~rreir de_l coleg10. Proveían el cargo con ineptos, con tímidos,
con al~un afemmado o algún triste que anduviesen vagando entre
fil•as sm haber hallado cobijo amistoso. La Universidad le reconocía
por víctima; mas, con reírse de él a toda hora y mentarle con despre223

�✓

LA PLUMA
.
na rotección singular le amparaba~
cio, no dejaba de advertir q~e u fe los estudiantillos de poco más
cubriéndole contra las agresione_s
I
a pandilla de igual ca. M mferro o a o-un
o menos: era que cualquier a
. º con la limosna de una
.
d 1 · f 1· v le socornan
laña se apropiaban e m e iz - ta n silencio burlas, denuestos y,
tutela aparente a cambio de sopor ~ e . en tal servidumbre con.
1
,olpes Los mas ca1an
.
por descuido, a gunos g
.
. concertar entre iguales
d
f Ita de arrestos pai a
tra su volunta , por a
t
mentecatos a quienes hu.
· · Pero o ros
'
aquellas hgas de protecc10n. d 1
édicos aceptaban de grado
'd
en manos e os m
,
hieran debi o poner
- podían llevar por el abet
te que a sus anos
'
esa vida, la más tor uran
d t s del vicio y parecer uno
rrado gusto de hombrearse con los oc ore
.
nderaban en la sociedad del
de eJlos.
Estímulos de esta m~olelp repdo hombres avezados, no había.
. p
a echarnos as e
. .
colegio. ropensos
.
1 entajarse en expenenc1a semás cabal signo de hombna qu~ ~ e::ierro atenazaba la imagina1 c~legio brincaba animalxual. El erotismo exacerbado poi eb
. d 1 de todo otro ce o, y e
b
ción • apartán o a
.
• , de la carne alumbra a
b
La msurreccion
mente, azuzado por la rama.
d se tri·unfaba de ella: la con. · · cluso cuan
siempre aquel vivir, m
1 cha· Jo que nos atosigaba
. .
"b formando en esa u
,
ciencia rehg10sa se i a
.
"
as de relio-iosidad exaltada y
o·
1 1 s· y ciertas 1orm
no eran dudas teo oga e ,
.
d
se tuvo noticia no estaban, .
.
.
o tificaciones e que
. f 1
duras penitencias y m r
d 1 . . Casos de contagio u . d f mentos e UJtma.
en lo hondo, limpias e er
.
table que el de un madrileh • inguno mas no
minantes hubo mue os. n
d I 1 terra donde se había educado,
ñito de sangre azul, que llegó e ng a t ll~no y cándido como una
. 1 d
palabras en cas e
.
sin saber articu ar os
pocos días aprendió a emp aloma. Tenía diez y ocho anos. Eln másuyterne y a jactarse de la su'
b¡ f mar como e m
bo1Tacharse y a as e
E a una diversión oírle ensayar
evas costumbres. r
ciedad de sus nu .
ocabulario que iba adquiriendo.
.
con lengua estropaJosa el v .
. d el más gustoso remedio
El retiro en la celda debiera haber si o

°

224

LA PLUMA
contra los sentimientos desapacibles que la perenne convivencia de
tantos jovenzuelos no podía por menos de fomentar. Encerrarse entre la:, cuatro paredes era salir a otro mundo, y al recuperar la posesión tranquila de sí mismo, se alejaba infinitamente aquel en que uno
solía estar, como si el alma, agigantada de súbito, lo perdiese de vista.
Mas no todos, por de pronto, podían soportar la soledad. Algunos
hablaban con terror de las horas que por obligación habían de pasar
en la celda: el aislamiento durante el estudio, ya de noche, era para
los tales un suplicio. Se paseaban arriba y abajo en el aposento, como
fieras enjauladas, o leían en alta voz o canturreaban, porque al oírse
se creían más acompañados. Conocíamos además una disposición del
ánimo, una manera de tedio, específica del colegio, que en el aislamiento se enconaba, lejos de curarse. Era un descontento sin causa
aparente, un aborrecimiento de sí, donde venían a condensarse el cotidiano desplacer de la personalidad en ciernes y los chascos por
que ya se juzgaba acreedora de la vida. No nos apretaba la tristeza,
sino el furor, o entrábamos cuando menos en una predísposición a
la cólera muy peligrosa y pasábamos del abatimiento a la iracundia
por la ocasión más fútil. Entonces el colegio parecía solitario, frígido
y repelente como nunca. Entonces las personas parecían más encastilladas, más incomunicables.
Estos eran los accesos violentos de un mal que, atenuado, padecían iodos: la pesadumbre del tiempo. El tiempo nos aplastaba, y
como estaba tan vacío, era menester que llevásemos encima montañas de tiempo, masas de tiempo incalculables, para sentirnos así agobiados; hubiéramos querido volarlas, despedazarlas; hubiéramos querido asesinar el tiempo. Era nuestro enemigo, pues se interponía entre el momento presente y el indeciso mañana, en que la vida iba a
empezar a ser valiosa. El espíritu adquiría el hábito de no contar con
el instante que pasa y de proyectarse violentamente sobre el futuro,
sobre un futuro sin fecha ni nombre, que no tenía otro valor que el

�LA PLUMA
.
1 ho Todo en nuestra regla nos indude ser escapatoria abierta en e . y.
desden-able· en primer lugar,
unto de espera
·
,
cía a creernos en un p
1 . . suJ· etos hasta que fuese¡ 1 razón de aque vivir
el at,arato forma Y a
. ·dad en que yacía nuestro
d
, la absoluta oc10s1
mos hombres; y espues,
, ·1
·en pretenda que a un mozo
, .
1
. erá inveros1m1 a qui
. .
espmtu. El o paree . l induce con fi rme suavidad al recog1m1enl
la disciplina del co eg10 e
. t ·ormente menos dirigido.
t do nunca m en
,
.
to. Yo no me he e~con ra
ar el Ebro, en una barca sin remos nt
Iba, como Don QuiJote al surc
d spedazase. Todas las noches,
. . l
. no es mucho que se e
.
h
Jarcia a guna,
t •ábamos en 1a cap1·11a·' un fraile nos ex orantes de acostarnos, en I
. d
n·os y démosle gracias por
,
n la presencia e 1
. .
ás
taba: «¡Pongamon_o~ e '
haber tenido entonces el juicio m
los beneficios rec1b1do~.» De hubiera hecho en aquellos minutos
afilado y sobre todo mas atento,
. as
de meditación comprobaciones angusttos .

IV

_
C• oyó golpes débiles en
d . ·erno mi. companero
Una noche e mv1
. , d la cama· a medio vestir pasó a
t Se an-OJO e
'
un tabique de su cuar o.
p d M Halló al fraile incorporado en
la celda contigua. Era la del a re . t Sobre la colcha yacía un
el lecho, envuelto el tronco en una manl ad... .
. e
mustia el Padre e lJO.
d
libro abierto. . on voz .
edado frío leyendo y no pue o
-Socórrame, por D10s. Me he qu
desdoblarme.
.
ron al enfermero. Fray Marcelino,
.
1 Padre cobró un poco
Le ayudó a estirarse. Llama
.
d. ó con unas fnegas, y e
lucio y sonriente, acu l
No fué corta nuestra algadel calor que le negaba su pobre 'standgare.el mismo fraile nos contó su
1 d' ·guiente en ca e r '
1
zara cuando a ta si
. '
, ·1 fl
eza macilento de co or y
Era
en
efecto
de
mveros1m1
aqu
'
'
apuro.
,
226

LA PLUMA

de ánimo, y más de una vez creímos que moriría así, destruido por
clima tan rudo. La sonrisa amarga que de tarde en cuando se desperezaba por entre sus barbas densas de cuatro días, y aquel mirar de
carnero triste con que ácompañaba la relación de su penuria, le
hacían, más que lastimoso, repulsivo. Tenía un pronto desapacible,
ágrio quizá; antojábase hombre de rigor y esquinado; en el fondo
sólo era exánime. A este fraile en cecina llamábasele en el colegio «la
Pescada». No sé si vive o está muerto. Es probable que el ventarrón
de El Escorial lo haya arrebatado y se halle, nuevo Elías, vivo en
otra esfera.
Dos años arreo me tuvo este fraile bajo su laxa férula. El achaque
de sus dolencias servíale para escurrir el bulto como un estudiantillo
disipado. Todavía, al profesar el derecho canónico, el peso de su
reputación propia le obligaba a contenerse. Teníanle sus correligionarios en opinión de canonista de muchísimos quilates: nunca le oí
sino parvas glosas de un texto raquítico; pero era asiduo, y grave, y
bien se veía que había leído unos libros mucho más gruesos que
nuestros pobres libros. Premioso en el discurso, no más suelto de
lengua, al empezar a salirle de la boca los períodos, despacio, reptantes, entablillados con muletillas y apoyaturas, parecía como si se
le volviesen hacia adentro, y los mascullaba, tornando a proferirlos
entre náuseas, mientras movía la mano flaca que le colgaba con desmayo de la muñeca, como un trapo pendiente de un asta. Usaba sin
tino de los adverbios de modo: «El concilio de Nicea, que generalmente se celebró el año de tantos ... », solía decir. Entre su saber, incomunicable, · y nuestra desgana, quedaba una zona muerta que ninguno intentó salvar. Andábase por ella el Padre musitando cánones
con respeto, con unción, poseído de religioso temor ante una materia de tan augustas concomitancias.
Sellamos pacto de alianza con el fraile al curso siguiente, cuando
vino sin pensarlb a regentar otra cátedra. El pobre, al pisar terreno
227

�LA PLUMA

LA PLUMA
o supo dónde dar con sus huesos: se pasó a nuestro bando.
nuevo, n
des nombres·
Los simoníacos Prisciliano, Trento, Letrán... son gran
. '
ero la ley de Minas, las Diputaciones provi~ci~les, lo Co~tenc1oso,
p
de ue sólo se trata en las oficinas pubhcas. Un mismo asco
~:~::cibl~ nos unió, y, puesto que habíamos de correr juntos aq~~l,la
mala fortuna, resolvimos adoptar la postura m~ ~ómo_da: la decision
tácita fué que nos ocuparíamos del derecho adm1ms!rabvo tanto como
de las lluvias de antaño. Suspendimos el uso de baJar a las a~las, que
eran muv frías: el Padre nos convocaba en su celda, y haci:ndonos
t e~ torno de la mesa abría el libro de texto por el c~pitulo de
:::d: Los alumnos proseguíamos a media voz el coloquio comenzado ~n los pasillos, o lo abríamos gravemente, dejand~ caer . ~n los
silencios bien medidos alguna palabra dicha por la i_ntenc1on .del
.
d .aba de acudir al señuelo, y la conversación, al punto,
d d
f nción
fraile que no eJ
. '. or más de una hora. Nuestros temas, gra ua os en u
rev1v1a P
,. 1 ·
ección de
. .
de su oder aliciente, eran el tiempo, la pohbca, a m~urr
FT . p La historia anecdótica de El Escorial, las glonas agustuuan:;:~~ún cuentecillo o chuscada, traídos de Madrid por los esco·smos componían el picante sainete. Cuando, por raro caso,
1ares m1
,
f ,
· Sao-asta
. la lluvia ni el viento, ni la nieve, ni el ca1or o e1 no, m
º- ,
n~ C,
, ni Don Carlos ni los republicanos, ni «el companero
m anovas,
'
· t d en tierra
d,
Iglesias» ni otros cebos apetecibles daban con su vir u
nos bas~ba pronunciar, a manera de ensalmo, ª:~una palabra ~
t s· Rizal Polavieja Ymus; o bien: masones, pns1on~ros, autono
es a .
,
1 Padr~ se despabilara y clavándonos la mirada morla
mía para que e
. ? A
tec~a inquiriese. «¿Qué? ¿Pasa algo nuevo? ¿Qué d1c_en » veces,
cam ana que nos llamaba a comer rompía el coloquio.
~¿Tienen alguna dificultad en la lección de hoy?-preguntaba el
Padre.
-No señor; ninguna.
-En~onces, para mañana la siguiente.
228

Este maestro gélido gustaba de sacar al sol su pereza. A veces,
en los días de primavera precoz que suele traer febrero, nos llevaba
a pasar la hora de clase en el jardín de los frailes. Salíamos tras él
de la Universidad, como a hurtadillas, y por las galerías que cierran
la Lonja, del lado de los Alamillos, ganábamos la de Convalecientes
y luego el jardín. Íbamos desde la oquedad fría de nuestros corredores, desde la desnudez agria de las paredes blancas, desde los
ruidos tristes del Colegio, a bañamos en el aire azul en un ámbito vaporoso, sin límite, protegidos por el silencio flúido de uno de
los lugares deleitables del mundo, donde reina el egoísmo certero de
las lagartijas. Estos animalillos se dejaban difícilmente sorprender
por nuestra saña. Despatarradas en la barbacana, sobre el voluptuoso
lecho de líquenes viejos que vegetan en el granito, en.sintiéndonos
llegar se arrojaban de golpe a las madrigueras. Allí las íbamos a buscar, hurgando en los intersticios de los sillares. Algunas nos dejaban
entre los dedos su apéndice caudal; nuestra cultura era ya demasiado
fuerte para creer que los quiebros y meneos de los rabillos cercenados fuesen-como nos enseñaron en la infancia-maldiciones. El
hechizo del jardín a tales horas era un sosiego gozoso, una paz-paz
sin melancolía ni barruntos, paz toda en sazón y fluente-que nos
devolvía el alma a la externa quietud dominical, donde se mece en
la holgura q4e dejan las normas cotidianas abolidas. El sol reverberaba en las pizarras, en los cristal~s, en la haz del estanque: el lienzo
de granito, entre las dos torres, hiriente e impasible y sin fondo, por
lo común, se arropaba en una atmósfera más densa, suave, donde
temblaba la luz. Y en el aire, cargado del efluvio de los bojes, había
ya un esplendor, promesa del regocijo de la Pascua. ¡Qué bueno el
sol, metiéndose por las ventanas en las celdas de los frailucos, llevándoles tanta alegría y ésta paz! Uno asoma su bulto negro, estáse mirándonos muy quieto y de pronto ha desaparecido. Otro se ensaña
en arrancarle a un violín vagidos discordes. Estarán todos en sus
229

�LA PLUMA

celdas, quien leyendo o meditando, quien paseándose arriba y abajo
con el breviario registrado en la mano, farfullando el rezo. Y el Padre
Víctor, en la sala priora! estará enseñándoles Madrid a unos visitantes forasteros, con aquel catalejo puesto en un trípode. De pronto
una campana voltea, voltea dentro del monasterio. Los frailes salen
de sus celdas, siguen los claustros lóbregos, cruzan por el lucernario donde está una fuente que surte agua por cuatro caños en un
pilón de granito, y entran en el refectorio, tan frío, con relente a condumios. Nuestras horas son otras. Nos quedamos en el jardín. Me
gusta echarme en la barbacana, cara al cielo, con las manos bajo la
nuca, inmóvil por no despeñarme a la huerta. El hortelano sorrapea
el suelo, suelo blando, vahante; se oye el tíntineo de la azada al chocar en las pedrezuelas. La galería y el árbol, la torre y la montaña
periclitan; uno está como suspenso en el aire, y le sale al encuentro
la cigüeña, que se alza ensanchando sus giros y lleva en el pico leña
para rehacer su casa en la chimenea y en la garra un palitroque,
MANUEL AZAÑ'A
(Continuará.)

1

¡'I

''

MANANT·IALES EN LA RUTA
( LIBRO lNÉDITO)

DiNERO
. 9Jinero que yo no tengo,
dznero que tú tendrás·
ensueños que yo pose~
Y que tú no poseerás.
Un día nos moriremos
nos llevarán a enterrar: '
serán las fosas iguales
Y la tierra será igual.
cSe harán ceniza tus manos
las mías también se harán. '
las tuyas de gastar oro '
las mías de no gastar. '
cSerá polvo tu cabeza
'
la mía polvo será;
la tuya de pensar poco
Y la mía de pensar...

. ·¡

�LA PLUMA
I, A PLUMA

LA CARRETERA BLANCA
¡C:arrefera blanca de mi pueblo! ..Cenfo
caminar del coche por sus curvaturas;
carretera hecha para el sol y el viento
y para el olvido de mis amarguras.
'i/o siempre que viajo voy en el pescante
enfermo de sueños y misantropía,
can los ojos fijos en lo más distante,
buscando el camino del pró:&gt;.imo día.

·' .

'JI las horas pasan y

el coche camina;
en el mar navegan los blancos veleros,
el sol en los montes lejanos declina,
y mi alma siempre por otros senderos...

6s la carretera para mí un camino
por donde viajo con el corazón,
al par que en lo ignoto soy un peregrino
que lleva en sus alas la imaginación.
..Clenan la campiña árboles frutales,
bajo sus ramajes se escucha una voz,
y las amapolas entre los trigales
parecen las huellas de un delito atroz.
..Cadran los mastines de viejos pastores,
' y el alma recoge sus dulces ladridos
que para su amable ternura son flores,
rumores de fuentes y cantos de nidos.
¡Casas de la orilla de la carretera,
de techos bermejos y puertas cerradas,
tenéis el cariño de mi alma viajera
oculto en el polvo de vuestras fachadas!
¿fNo hay una muchacha bella y ruborosa
que se asome al marco de vuestras ventanas,
cuando es oro el cielo y es la tarde rosa
y en los corazones hay son de campanas?
232

J ¿e1,ué hviajero extraño la suerte ha tenido
.
ae escuc ar. un can t t ras esas vidrieras
en cd,yos cristales el polvo ha vencid. ,
a to as las brisas de las primaveras/

1

°

.¡
. ¡

pe~~;j :~l~l'7o!d~ 'Jeª'es~:squcaésmes &lt;f.~l año,
• dº
as VleJas
q ue e~ Sl·¡.encw
leen historias de antaño'
que aun guardan sus largas techumbres bermejas?
_. ....Cos caballos frotan arrastrando el
h
mls ojos se pierden en la lej ,
coc e,
los montes azules anuncian ¡~"':z~che
.Y en el alma brota la melancolía.
..Cos árboles verdes se quejan al viento
:¡mar fo~na _oscuro su azul cristalino; '
corazon ilembla, y mi pensamiento
recoge el encanto que hay en el camino ...

C A N TO S

DISPER S OS

CANSANCI O

_Yo me canso del camino ...
cSl~ embargo, hay que pensar
que amargo será el destino
del que no tiene camino
que andar...
AMOR

¡fNo se salvará mi vida
de esta dolencia fatal,
porqlfe es la mano homicida
la mlsma mano elegida
para que me cure el mal!

., .
' , I

'¡

'1

FERNANDO GONZÁLEZ
2 33

�LA PLUMA.

PÁGINAS INACTUALES

DEL ES PÍRITU DE CONQUISTA
un pueblo es naturalmente belicoso, la autoridad que
le domina no necesita de engaños para arrastrar!~ a lag;¿~
Atila mostraba con el dedo a los hunos que pa~te
==~do iban a devastar, y allá corrían, porque Atila :ra
,
d, su impulsión. Pero en nuestros dias,
mero representante y organo e
. l na y es sólo map cura a los pueblos venta;a a gu
como la guerra no ro
de . . t
la a1&gt;ología del sistema de
nantial de privaciones y de pa czmien os, . r
.
'l puede descansar en sofismas e imposturas.
conquista so o .
b donándose a proyectos gigantescos, se
Ningún Gobierno, aun a an
.
l
do La
atrevería a decir a su nación: «Marchemos a conquistar e munuis:~ del
. , le respondería con voz unánime: «No apetecemos la conq. l de
Pero hablaría de independencia nacional, de honor ~aciona .' ta
do de~r las fro'nteras, de intereses comerciales, de precauciones dzc ~
re
n la prevzszon,
.. , é·de qué más~·. No lo sé. Porque el vocabulario
das por
.
,
de la in1·usticia es inagotable.
fa lzipocresia Y
:;
.
.
. l • dependencia de una
b., . deHablaría de independencia nacional, como si. a zn
nación se viera comprometida porque otras naciones sean tam un zn

[l
:::º;,.

234

UANDO

pendientes. Hablaría de honor nacional, como si el honor nacional se
lastimase porque otras naciones conserven el suyo. Alegaría la necesidad
de redondear las.fronteras, como si tal doctrina, una vez admitida, no
extrañase de la tierra el reposo y la equidad; porque siempre es en el
exterior donde los Gobiernos quieren redondear sus fronteras. Ninguno
ha sacrificado, que se sepa, alguna porción de su territorio para dar al
resto mayor regularidad geométrica. Así, el redondear las fronteras, es
un sistema cuya base se destruye por sí misma, cuyos elementos se combaten entre sí y cuyo empleo, como sólo descansa en la expoliación t1e-'
los débiles, contagia de ilegitimidad la posesión de los fuertes.
Cualquier autoridad que quisiera acometer hoJ' conquistas extensas
veríase condenada a esa serie de vanos pretextos y de nzenriras escandalosas. Culpable sería, ciertamente, y no trataremds de atenuar su crimen; pero el crimen no consistir/a en los 11·7edios empleados: consistiría
en elegir voluntariamente u1ta situación que acarrea el empleo de tales
medios.
Tendría, pues, que hacer la autoridad, sobre las facultades intelectuales de la masa de sus súbditos, la misma labor que sobre las cualidades morales de la p~rción militar. Tendría que esforzarse por des.terrar toda lógica de la mente de los unos, como antes habría tratado de
ahogar los sentimientos de humanidad en el corazón de los otros; las
palabras perderían su sentido: el nombre de moderación presagiaría
violencia; el de justicia anunciaría iniquidad... , y sería tanto más corruptora esa hipocresía cuanto que nadie creería en ella, porque las mentiras
de la autoridad no son funestas solamente cuando extravían y engañan
a los pueblos: lo son igual cuando no los engañan.
Los súbditos que entreven la doblez y la perfidia en los de arriba, se
amoldan a la perfidia y a la doblez. Quz·en oye calificar de gran político
al Jefe que le gobierna, porque cada línea que publica es una impostura,
desea a su vez ser gran político en una esfera subalterna; la verdad le
parece simpleza, habilidad el fraude. Si antes mentía sólo por interés
,.
235,

,,

·.¡
'1
' 1

1

�LA PLUMA
mentirá en lo sucesivo por interés y por amor propio. Se envanecerá de
ser granuja; y si ese contagio entra en un pueblo esencialmente imitador, en un pueblo donde lo que más se teme es pasar por tonto, la moml
privada no tardará en perecer al nazifragar la moral pública.
...Si suponemos, no obstante, que todavía flotan vestigios de razón,
ello será, por ciertos respectos, un nuevo mal añadido a tantos otros. La
opresión tendrá que suplir por la insuficiencia del sofisma. Buscando.
cada cual el modo de sustraerse a la obligación de verter stt sangre en
expediciones cttya utilidad nadie Iza podido demostrarle, menester será
que la autoridad pague a una_ turba ávida, destinándola a quebrantar
la oposición general. Se verá entonces recompensar y fomentar el espionaje y la delación, eternos valedores de la fuerza cuando crea deberes y
delitos ficticios; se verá a, los esbirros, sueltos como dogos fieros, por ciudadts y campos, perseguir y encadenar a los fugitivos, inocentes a los
ojos de la moral y de la naturaleza; a una clase preparándose para todo
género de crímenes, por el hábito de violar las leyes; a otra clase familiarizándose con la infamia, por vivir del infortunio de sus semejantes; a los padres castigados por las culpas de sus hy·os; el interés de los
hijos divorciado así del de los padres; a las familias obligadas a escoger
entre reunirse para la resistencia o dividirse por la traición; el amor
paternal transformado en delito; la ternura filial tenida por rebeldía. Y
todas esas vejaciones vendrán impuestas, no para una defensa legítima,
sino para adquirir unos países lejanos, cuya posesión nada aiiade a la
prosperidad nacional, a menos que no se llame prosperidad nacional a
la vana nombradía de alg unos hombres y Stt funesta celebridad.
.. .A lgunos se admiran de que ciertas empresas, por maravillosas que
sean, no produzcan e,, nuestros días sensació11. Es que el buen sentido ck
los pueblos les advierte que tales cosas no se hacen en su servicio. Como
los jejes son los únicos que en ellas se gozan, se les hace cargar solos
con la reco1npensa. El interés por la victoria se concentra en la autoridad y sus criaturas. Se alza entre el Poder, agitado, y la mucludum236

4

LA PLUMA
bre, i~móvil, una barrera moral. El triunfo es un meteoro estéril; apenas_ si, por contemplarlo un momento, alzamos la cabeza; hasta nos
af!ig_e a veces, como aliciente ofrecido a los desvaríos. Lloramos por las
victimas, pero el fracaso es apetecible.
. Las naciones comerciales de la Europa moderna, industriosas, civilizadas, dueíias de un territorio lo bastante extenso para cubrir sus ne~esidades, y que mantienen con los demás pueblos relaciones cuya mera
mt~rrupció,z equii1ale a un desastre, nada tienen que esperar de las conquzstas. Una g uerra. inútil es, pues,· el atentado más grave que puede
co,,~eter hoy un Go~zerno: conmueve, sin compensación, las garantías
sociales; pone en peligro todo género de libertad; lastima tottos los intereses; conturba la seguridad; pesa sobre las fortunas; combina y autoriza
~odo_s_ los modos ck tiranía interior y exterior; introduce en las formas
;udiczales una rapidez destructiva de su santidad y de su fin; tiende a
representar a todo hombre a quien los agentes de la autoridad miren con
m_alos ojos, como cómplice del enemiro extranjero; deprava a las generaci_ones nuevas; divide al pueblo en dos partes, que mutuamente se desprecian Y pasan de btten grado del desprecio a la injusticia; prepara, con
las destrucciones pasadas, las futuras; compra, con los males presentes,
los ckl porvenir.
Es necesario repetir a menudo estas verdades; porque la autoridad,
en su desdin soberbio, las trata de paradojas, llamándolas lugares
comunes.
BENJAMÍN CONSTANT

·1

�-

LA PLUMA

---

otras dos obras de vasta envergadura, Euroja, y Chronik d. Begim, XX 7ah,·hunde,'ls, han dado a la prosa expresionista una textura menos seductora que
la de la prosa de Kasimir Edschmid, pero más sólida.

LETRAS ALEMANAS
CARL STERNHEIM
.
de «Letras alemanas, hablé de Gustav
mi precedente crónica
. ta Un hombre así se sus.
ensay1s •
0
Landauer-fil6logo, soc16log Y_ .ti ·160 rebasa los límites de
.ti ·6 y su s1g01 cae
..trae a toda clas1 cac1 n,
.
H blé de él porque representaba
"
d
a estética. ª
una escuela o e un
t
del genio alemán contempouoo de los aspectos más atrayehn e~ h hecho del crítico de Shat · t muerte ero1ca a
,
ráneo, y también por~ue su nsled la revolución, como Liebknecht es el s1me
el
Símbolo mtelectua
kespeare
. .

[I

N

1

bolo po 1tico.
d. del expresio:Hsmo,
, •
•
d e l que , en m1 primer
Quiero
reanudar hoy el estu 10 l'
generales características. Me proé
· · t o de
artículo ya me esforc en t ra zar las1 mease han levantado ese mov1m1en
'
recen a os qu
·
·o
pongo estudiar como se me
o haciéndolo entrar en el patn mo01
renovación literaria hasta el plano curiope ' meraciooes y las listas por orden
epuanan as enu
de Occidente. y como me r
?
t d1·ar sucesivame nte a los tres expreé t
cr6n1cas a es u
o·
de méritos, consagrar res
. C 1 Sternheim, novelista y dramaturg '
más grandes. ar
1
sionistas de la P urna
.
't'co y Franz Werfel, poeta.
Kasimir Edschmid, cuentista y en i '

* * *
.
la época de tan t eos, Pero también de victorias ay de
un
Carl Sternhe1m, en
.
mana contemporánea, ocup
1e
firma
la
hteratura
ª
¡
e
realizaciones en que se a
t
de vista· en el teatr0, para e qu ha
puesto primordial, desde_ ~os pun os d
ge~eradón; y en la novela, donde
escrito las obras más dec1s1vas, acaso, e su

Car! Sternheim es el tipo del «cerebral,. Se proclama a sí mismo el hombre
más inteligente de Alemania, y, como en todas sus paradojas, tampoco cu esta
se engaña. No creo que a Sternheim le hayan refutado nunca o cogido ea falta.
La pujanza y la obstinación de este hombre en tener razón son de una crueldad
implacable, y puede decirse de él, más que de ningún otro escritor, que posee
una «inteligencia terrible•.
Car! Steruheim, antes de la guerra, llevaba una vida europea. Gozando de
la libertad q ne le daba su fortuna, pasaba la vida iostru yéndose con los viajes,
o más bien, con residir en todos los países occidentales, e investigando minuciosamente la vida de las sociedades en sus diversos órdenes. La guerra le
sublevó, pero como era demasiado cínico y demasiado pesimista para convertirse en apóstol, se cnntent6 con oponer a la guerra su denegación personal, y
refugiado en Suiza, escribió libros densos, notables, donde se afirmaba la persistencia europea.
He dicho «densos,, y estoy tentado de escribir misteriosos. La estética de
la novela en Sternheim, su estilo y su lengua, son como para repeler a un extranjero; mientras que sus dramas, siempre de ex:tremada tensión, no ofrecen
al espectador motivo alguno de inquietud, sus novelas engendran pavor y recelo. Una anécdota pretende que Stendhal leía, antes de ponerse a escribir,
unos capítulos del Código civil, a fin de empaparse en su concisión y sequedad. Diríase que Sternheim sigue su ejemplo, usando, en bgar del Código, la
geometría de Euclides. Su pluma va trazando en las frases triángulos y rectángulos de aristas hirientes; cuanto pudiera desviarla se suprime o se destruye,
o queda rele.gado al final de las proposiciones; no s6lo se sacrifican los adjetivos, sino los verbos y los substantivos; todo se amolda a su fantasía y a su antojo, a la necesidad de su concisión.
Hablo aquí de Eu,·opa y de la Ch,•Mik, densas novelas en dos volúmenes,
donde, en el marco geográfico de Europa occide ntal, se desenvuelven todas
las peripecias y aventuras de la historia contemporánea. Un repaso de acaecimientos auténticos se entreteje con la novela propiamente dicha, pero siempre
prevalecen aquellos acaecimientos, y en torno de ellos Sternheim acierta a
postrar de hinojos la atención de sus lectores. Por !o demás, de sus libros no
se saca conclusión alguna: son meros testimonios, simples relatos, de gran
elevaci6n de miras y de rara claridad, pero sin fines apologéticos.

238
2 39

:1

�LA PLUMA
Desde hace un año Car! Sternheim ha publicado, para servir de contraste aesas obras tan recias, dos novelitas satíricas, la primera acerca de Berlín, la
segunda titulada F~irfax, que a mis ojos tienen más preciosa significación e
importancia que las precedentes.
Sob:e todo, me parece valioso Pair/ax, ya que Ber/ln no está exento de
cierto periodismo, de índole superior, en que d ingenio peca de fácil y de no
mucho relieve.
Pero no ocurre lo mismo con Fairfax; hay en él, incluso, una evolución ar tística, y la lengua es mucho más clara. Sin embargo, no creo que de eso pueda
inferirse que las concepciones del escritor se han modificado. Fairfax es una
obra de carácter muy especial: es un breve bosquejo, henchido de alusiones,
pero sobrio en los detalles, y que narra en forma casi esquemática el encuentro de la América de los multimillonarios y del Occidente en la agonía.
Sternheim, como si ansiara descansar tras el dilatado esfuerzo que viene
haciendo desde seis años a esta parte, se distrae con esta nouvelle, en la que
reaparecen la ferocidad crítica y el humor de sus comedias.
La Alemania nueva, como la de ayer, entie11de poco de humorismo, y el
capítulo de la sátira, en su literatura, se reduce a pocos nombres y a pocas
obras, de una importancia relativa. (Sólo hablo aquí, por supuesto, del siglo
xix, y más particularmente de la Alemania imperial). Ha acogido, pues, con
estupor mezclado con recelo ese Fai1fax inesperado, y hace en torno suyo mucho ruido, tanto más, cuanto que por la facilidad del texto no queda esta vez
limitada su posesión a un corto número de escritores o de curioso!&gt;.
l'.airfax ha ganado una fortuna fabricando municiones. Cuando la paz viene
a poner fin a su industria, trata en vano de acomodar ésta a aquélla. Al punto
se embarca para Europa, con su hija Daisy y un séquito abigarrado; visita luego-iba a decir oficialmente-Inglaterra, Bélgica, Francia, Suiza y Alemania.
Es imposible seguir a Stcrnheim y a Fairfax en todos los giros y revueltas
de sus aventuras. Se trata de una historia muy viva de color, donde se va ins~rtando la sátira del mercachifle internacional, del servilismo europeo ante el
dólar, y de la mentalidad que ante los apuros y el suicidio de Occidente ddatao los que nuestra candidez idealiza. El interés y el valor extraordinario de
este librito residen en la inteligencia con que el autor ha condensado en pocas
páginas los rasgos capitales de todas nuestras p~icologías europeas, añadiendo
las anécdotas bastantes para que el héroe despliegue ampliamente su carácter.
Para darse cuenta de la magnitud de la empresa a que ha dado cima Car!
240

.

LA PLUMA

Stcrnhcim
en este l"b
. de och t á .
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.
analizarlo. Desde el un
. en a p gmas, y de su críe .
cho nada tan cabal ~ to de vista técnico me pcrsuad:
cc16n, es menester
fuerte. La maestría ni-empleando una palabra maoose~~c el autor no ha hecreo q&lt;1c haya en Fr~~:i:upone (sin ostentarla insolcnteme=~e)pcr~ cla~a-más
dera grandeza la sob . d muchos hombres capaces de
es mli01ta, y no
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nove1a de aventuras sume
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de hoy pueden aún
~sor1entadas, un valor de eter11id d en la extravagan_
s· . .
aspirar.
a a que pocos libros
. • ius1sto de este modo e
.
c1onaJ valor y des
n Fairfax es lo primero a e
alemana. Pero no pu_és porque es una de las grandes n ausa de ese exccpp.'nn XX ')'ah·' ~lv1do, en provecho de Fair"ax E ovedades de la librería
11m11aerts que
.1 • ,
uropa ni Ja c.,'½
su psicología
'
, por 1a vastedad de su d
ronik d. Bemás . .
• son una especie de epo e a
esarrollo y h pujanza de
P• ec1osos de nuestro f
P Y ' Y quedarán entr.- lo d
dicho, hay e n esta b
iempo y de nuestra generac1·6 p. s ocumeutos
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v &lt;¡ue ha querido com .
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t·s una síntesis y
pensar cou su estilo hermético)
.
rnhe1m no niega
.
. una conclusión.
' mientras que Fairfax
Sin el"lbargo, por mucha ue
des obras, la prosa no se q se~ la admiración que merezcan
Car! Sternheim y el
r~, en m1 sentir, r.J título de glor·1
á tantas granE
'
porvemr se dete1 d á ás
ª m s decisivo d
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d ':- , pienso yo, ante su teatro
e
om ro! que representará esta é
e e md de su generación es d ..
iue más tarde se llamará el Ex:oca_ de_ concentración artística' cstaec1r'. ~l
1 chekh_ov y Andreieff, con Beroardr;~1:;•smo. Con Ibscn y Stri~dberg cr~::
os genios auténticos del teatro co t
y J. M. Synge, Sternheim es u' d
Sus dramas son
h
S
n emporáneo.
· no e
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mue os. u estilo care d ¡
c1 uc1 ca su prosa-ya lo he dichoce e a complicación voluntaria q
en marcos geométricos. No contc
ue
como sus novelas, las costumbr
la filosofía de los h b
es y la filosofía del siglo s· 1
mplan,
f.
om res. Su teatro n
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' mo as costumbres
h:~bcontemporánea; el asunto de lasº ::~ase~ mo~o. alguno ligado a la atmósY_
re con sus cualid1des y &lt;.lefectos et
ram hcas de Sternheim es el
•nu~lvo Moliere,, nombre que él ha recoa~~nos. Por eso han podido llamarle el
teatro de Sternhc·m
.
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1 es, sm
Las ·
embargo de J
•
r m_1smas preocupaciones Jo animan y e~ 1 a misma
casta qu&lt;- sus novelas
igcnc1a roe, como un ácido, cuanto t~ca 0:s u~o como en los otros, su inte~
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.
po¡a a sus persooajes de todos

i.;

241

·'

�LA PLUMA

LA PLUMA

í'

los oropeles, de todas las convenciones, e incluso de todas las tradiciones. Si
su estilo es como el esqueleto de la prosa alemana, la intriga de sus dramas
es como el esqueleto de la vida cotidiana, observada en todas sus caras. Domina de tal modo a sus personajes, penetra tan profundamente en sus pensamientos, en el remolino de sus sensaciones y de su conciencia, se apodera tan
completamente de sus secretos que juega sio riesgo con ellos y se interesa
sólo por el mecanismo de sus recíprocas reacciones. Sternheim destierra de
sus obras cuanto pudiera deleitar, conmover o interesar a lectores u oyentes
menos perspicaces que él. Pone lo esencial. Se limita a indicar los golpes más
que descargarlos. En las aventuras que muestra, los episodios se amontonan
como desnudos bloques de aristas vivas, y de una brutalidad soberana.
Sternheim, en la rebusca de los e cuerpos simples• de la psicología coincide
con Franz Werfel. Pero es el antípoda de Werfel en lo tocante al uso de sus
percepciones. Es un químico que lo ha reducido todo a fórmulas y que dosifica sus reactivos con precisión. Me atrevería a decir que la mayor desgracia
de Carl Sternheim es desconocer lo imprevisto.
Es imposible enunciar aquí los títulos de todas sus obras dramáticas. Es
im;&gt;osible establecer entre ellas 11na jerarquía repartil!ndolas por los peldaños
de una escala arbitraria. Los triunfos que hao conseguido no pueden servir de
criterio, porque una decena de ellas han dado la vuelta a los países de lengua
alemana, y a Escandinavia, Holanda, Suiza y Rusia-la mitad de Europa-, sin
valer tanto como otras mucho menos representadas.
Por eso sólo citaré tres: el Snob, Die Kassette, y 1913, como las más perfectas y las más indiscutibles de un catálogo ya importante. No contaré los asuntos ni las juzgaré. Una obra dramática de Sternheim ne es para contada, como
no lo es uoa operación matemática. Hay que leerla o seguirla en toda su amplitud, pero no se resume. Aborrezco demasiado las afirmaciones gratuitas
para criticar o analizar una obra de la que ninguno de mis lectores conoce
siquiera la trama. Me limito a señalar el Snob, Die Kassette y 1913 para cuando
el director de un teatro español se atreva a poner un drama de este autor
extraordinario, de quien el público de la Península no sabe nada, creo yo, o

ma_rco b:utal, de áugulos duros, el mecanismo
.
.
!andad implacable: allí está todo Diderot . Este m~camsmo gira con reguvana orquestación del francé
1
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n ra¡es vistosos, pelucas inmensas rojas o
ig O XVIII expresionista d d 1
'
na 1es se exaltasen a tonos violentos N h b'
: on e as modas tradiciodecoración faltaba· pero
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apuesto a que un espectador t
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-comprender una sola palabra del d" 'I
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.
ia ogo, ub1era podido se .
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gu1r y saborear, si
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,
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a a mas agregaré. Tan sólo diré que Car! Sternh..
teras de su país y enri . 'd
eim ha rebasado las froo
quec1 o ' en la novela Y en e 1 drama, el patrimonio-europeo.
0

P}.UL COLIN

muy poco.
Por mi parte, \a impresión más fuerte que he recibido con el teatro de
Sternheim se la debo a Die Marquise von A,·cis, obra adaptada de Diderot. Me
impresionó como demostración técnica y como disposición escénica. Todas las
cualidades de Sternheim y su terrible ingenio aparecen. La obra de Diderot
pierde su falso clasicismo y sus fioriture literarias: queda la méd_ula, el rígido
243
242

�LA PLUMA
Mercu,-y contra la obra de Mr. D. H. Lawrence de las de sus predecesores, a
principios del siglo xix, contra los adalides que, desconocidos por todos, laboraban por ilustrar aquella época. Unos y otros despliegan en sus escritos el
mismo odio instintivo que la mediocridad siente inevitablemente por el
genio.

LETRAS INGLESAS

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LA PLUMA no esperarán de mí que en
qu_e los lectores d~os triunfos o los fracasos de aquellos _auestos arbculos enumere
godo y cuya aspira.
su arte como un ne
tores ingleses que miran úbl" o lo que su público reclama. Para
ción principal es dar a su p
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h
más que recurrir a los
d" • opulentas no ay
saber lo que hacen estas me_ iama~, T les gentes prosperan por la publici., .
d " · s de gran circulac100. a
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·
penod1cos iano
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la hora presente e 11as se
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dad, y en Inga erra, a
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en casi to os os pen
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uchas de las m s emme
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.
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. . 1
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desdeñadas y en la oscuridad hasta año_s lde:p~/ K:ats en la Q~arterly Reeste propósito en _el trato que hace ~nUs11\:rs~ad de Oxford; y en el fracaso
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.
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Blake
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de sus contemporáneos para aprecia;.ª
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.
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1
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seme¡anza con o que
'
M • ·
n The Londondiatribas de nuestros acicalados poetastros en The at:on y e

~º\ -

244

Acaso pueda aplicarse a D. H. Lawrence el vocablo genio con más seguridad que a ningún otro autor inglés vivo. Es hombre de unos treinta y seis años,
hijo de un minero de carbón de Nottinghamshire, y comenzó su vida como
maestro en una escuela elemental, pero no tardó en descubrir que el empleo
no se avenía con su carácter y lo abandonó por la literatura. Desde el principio de su vida de escritor ha seguido una senda propia; su arte le absorbe, mas
no cu razón del cartc por el arte», sino porque el arte es expresión y su deseo
apasionado es expresar. Como a todos los místicos, incluso Blake, que hao empleado por vehículo la palabra, puede objetarse a Lawrence sus raptos de oscuridad. Es como un explorador, que va descubriendo un' continente desconocido, y a su vuelta halla difícil describir sus hallazgos por modo tal que todos
los entiendan. Su audacia para la investigación psicológica, y su implacable seguimiento de los instintos humanos hasta sus ocultos manantiales, le convierten, como es natural, en un escritor peligroso para los jóvenes y para cuantos
no han pensado nunca por cuenta propia. Y así como únicamente un nadador
robusto puede gustar la delicia de bañarse en mares alborotados, tan sólo
quien posea preparación mental adecuada puede embarcarse en el estudio de
las novelas y de la poesía de Lawrence. Es figura solitaria, original, animosa,
ligeramente siñiestra; el escritor inglés más significante de nuestra edad.
Les últimos doce meses serán memorables por la publicación de dos novelas importautes de Law, encc: The Lost Girl y Women in Love. La primera es
una producción relativamente ligera, que casi se ajusta al canon de la novela
popular; la última será acaso considerada, dentro de cincuenta años, como el
libro más importante que esta generación ha producido en inglés. El libro es,
como podía esperarse de su autor, peligrosor conturbador, curioso, brillante,
un tanto siniestro. Y como era también de prever, su aparición ha desatado
una tempestad de protestas en la «buena prensa• de Londres. Un 6rgano popular de nuestro cant nacional ha llegado a pedir que la policía decomise el
libro, igual que hace cinco años decombó otra novela de Lawrence, Tht KainÓcJW. ¡Así se ve perseguido todavía el pensamiento en un país que acaba de
salir de una guerra devastadora por la libertad humana!
Lawrence ha vivido en Italia estos últimos doce meses, en Taormina. Algu245

�LA PLUMA
nas de sus novelas, incluyendo Sóns 4nd Lovers, The R4inbow, y Women in
Love, creo qu.e están traduciéndose al alemán y pronto serán a.:cesibles a los
españoles que lean ese, idioma. Tales libros están de seguro entre los pocos
publicados recientemente en Inglaterra que tengan interés e importancia universales.
Otra noticia que también tiene interés para los lectores extranjeros es que
James Joyce-escritor irlandés de talento y originalidad considerables, cuya
prime ra novela: Portrait o/ the Artist 4S a young man, apareció hace un par de
años y fué aclamada por todos, excepto por la crítica académica-está a punto
de publicar su nuevo libro Ulysses. El libro, en edición limitada, aparecerá en
París, donde Joyce vive ahora. La mayor parte de Ulysses se ha publicado en
un periódico americano llamado 1 he Little Review y los editores de este papel
padecieron, con tal motivo, una persecución prolongada. No se ha encontrado
en Londres editor para el libro. Así ocurre que un libro esperado con ansia
por la fracción más inteligente del mundo literario inglés, tie ne que imprimirse y publicarse en el extranjero. La técnica de Joyce es en muchos modos tan
alarmante para un espíritu académico como la de Picasso o Archipenko, pero
e 1 vigor y la originalidad de sus percepciones están fuera de discusión.
Una aportación interesante al escasísimo caudal de la crític,a literaria inglesa independiente, sincera, libre de influencias sociales o comerciales, es el
reciente volumen de Ford Madox Hueffer: Thus to lievisit (Chapman and Hall).
Hueffer fu6 el fundador y primer editor de The English He'Diew. Poeta y novelista de acabada y brillante técnica, Hueffer ha consagrado su vida al servicio
de las letras inglesas sin propósito de medro personal o de triunfo económico.
En este su último libro escribe con generosidad y simpática comprensión
acerca de aquellos poetas ingleses modernos, en particular de los •imagists,,
que no han cortejado esa fácil popularidad que otros escritores, como
J. C. Squire, W. J. Turner, Edward Shanks, John Drinkwater y algunos más,
han obtenido con sus fáciles y mediocres ejercicios métricos.
Antes de terminar mencionaré los nombres de Wyndham Lewis, T. S. Eliot,
Osbert Sitwell, John Cournos, Walter de la Mare, Job.u Goned Fletcher, y Romer Wilson, quienes, con uno o dos más, producen obras que se distinguen
por su sinceridad y honradez de propósitos. En mi próximo artículo espero
poder dar una descripción detallada de la índole de sus actividades y de sus
designios.

DOUGLAS GOLDRlNG

LIBROS y REVISTAS
Pedro Prado,-A/sino.-Viñetas del autor. Casa edi· tori·a1
go de Chile,

MCMXX.

u•

«,nmerv

a&gt; Sa t·a
.
n1-

Te~~ constante de conferen~i~s y artículos hispanoamericanos es el desco noc1m1ento m?tuo e~ que v!v1~os americanos y españoles. Pero aún no
hemos conseguido la 1mprescmd1ble correspondencia entre los libre
d
aque~de y .ª~lende el ~tlántico, primer paso para lograr la tau deseada rc:snvi:
vencia espmtual. Y as1 sucede que el nombre de Pedro p d · ¡
·
nes nos es familiar por las revistas de Sud-1\mérica se nroas rºe'vmlc usoª qme. "6
.
·
•
e a como una
ap~nc1 n con este Alstno_, que le hace acreedor en nuestra literatura al Ju ar
senal,ado ya en la república d 7 las letras chilenas por los siete volúmenes gde
poesia,_ novela y ~nsa;yos publ~cados desde 1908.
es
t Alsmo
"d
b la· h1stona maravillosa de un niño andino • 01·eto de u na curand era
em_ a por ruia, q~e, arre~atado del deseo de volar, se queda curcuncho por
fea ¡oroba de la primera ~a1da. Mas, ¡oh prodigio!, la corcova vásele transforma_n~o en dos ª!~s de páiaro con 9-ue un día hiende al fin los aires. Obli ado
a v1v1r de la rapma en _competencia con zorros, gavilanes y ladronzuelos: lo:;
hombres le caza~, le alicortan, le :ºmeten a su bárbara incredulidad rimero
a bcruel
· 1au d o'
I
d después. •A/sino' que un día conoci"ó el placer, pVIO
· d explotación
e no ,e uz a una esnuda mofa sorprendida desde lo alto según s b - b
en ~¡- no, sabe después lo que es ~m~r, trágico sentimiento con ue ~et~:r:
el a11e al ver muerta a la dulce A~1ga~l, la hija del amo de la hacfenda d~nde
fué cazado. Huye, a los montes solltarH' S y enamorada de él la h"" d
· ·
·é t 1
1
•
.
· '
,
IJa e un v1eJO
leo ne
r 0 , v1 r ~ e en os_ OJOS ternble ponzoñ,a que una curandera, celosa de
las artes !11éd1cas del meto de la bruja, le suministra cual amoroso ñltro Als ·
no, recogida s_u voluntad de as~ensión, COJI!prende las voces todas de¡~ N;~
t ur aleza, y ca1do en su vuelo ciego al fondo de un barranco las aves le canta
Y ayuda~ , el agua de los arr_oyos lava sus heridas, las ~limañas le rot:
gen.· Alszna,
la luz · y abrasado ea ella, cae conver t·pd
d" al cabo, vuela hacia
.
I o en
c~m~as . 1_spersas por las bnsas del amanecer, fundidas para si
1
aire 1nv1s1ble y vagabundo.
empre en e
2

47

�.,
LA PLUMA
l"b.
ue el cuento de hadas, la novela de aventuTal la trama de e~te 1 to, en q sobre un fondo realista que le presta veras'. el_ poema al~gór~~~• ~~:~~;i~~• sugestiva y modernísi:na, donde el mito
"bTdad cobra las proporciones humanas con
ros1m1htud y ev1den ,
dásico,
adecuado.ª
que la agudeza
ps1con1~e~traJei°!~t~~
og,ca ~ .
lete~pla su fantasía y capta la atención del
lector, i1;1teresándole Y em~c~n:n~~ ~adenciosa hasta desbordarse como P?r
Escrito en una pro~a exu er n e¡cesivos a veces pero oportunos en algun
modo natural en amplios _versos,- 1 del diálogo ~ incluso ciertas violencias
capítulo líric_o-,, lo~ modisn~¡°s oca e~, si choc~n al pronto, suscitan luego
1
sintáxicas o 1mpropied~des e expr:s:~ 'caracterizan más, añadiéndole valor
un interis may?r, preci_sarnente p~lq_
historia de un héroe que del terruño
de representación, un hbro C?mo . Smoj e
ue todo se funde y aniquila.
I
patrio
se eleva
al puro
_espacdt?bu?iv~!f
p' r~p! poeta, que realzan la cuidada
Ornan
el tomo
graciosos
I u¡os
edición del texto y animan su grata lectura.

***
Luia y Agustín l\iillare_s ~ub as. - Do11a
• Juana.-Cuentos viejos. Las Palmas. Tipografía del cDiano•, 19 2 1.

_

.
1 moderna literatura espanola un lugar
Los hermanos Millares ocupa? en .ª t en ue ustosos viven retirados en
singularísimo. De una parte, el ai~lamten
ru qo ;iempre alerta, de jóvenes
su tierra canaria, rodea~os, eso si, tded~n tKcido desenaaño, que les mantiene
5
entusiastas, y su mode tla, no ~xen
saloncillos de ios teatros cortesano_s,
alejados de los corros, redac~ionesdy un día prestan a su actividad literana
donde se fraguan las r~put~c1one~lad: de t~da escoria profesional. De otra
el atnctivo de una ajiczon, mrnac d t tos años ya dedican sus horas mejoparte, empero, el fervor con que, _e an hasta con;eauir ese tipo tan original
res a escribir novelas, cuentos Y dt arnas, .. de q"/ es preciosa muestra el
. d t t pa,·a leer o cuento escenzc0 ,
fi
¡
y sobno e ea f'o
1 7 t. de la Escuela N ueva, les con ere a
Compañerito,
representado
I e
maestría
nunca
lograda porpor¡
e edJ
' desinteresado pero frívolo por lo

°

ª

~:;:e

general.
antísima. Escrita en un estilo suelto, cla1 . t
fJoña Juana es una nove a m er~s d d las rimeras páginas de que está
ro, limpio, sencillo'. el }~~to~
au~~r ~a rel~ción de una histor_ia ~er~aleyendo, y le pa~ece ou e ª
t bien encuadrada en el escenario 1s!eno,
dera: Tan sugestiva, ta1;1 humana,
de la matrona poseída de un amor JUVecaro a los hermanos Millares, es éSt
.
. eludible Doña Juana se mata
nil, y castigada por 1~ fa_t3:1id;,d con
:::ás por s~lvarse, con magnífi~o
con voluntad de sacrificio, pero, en ie
' . librarle a él de su presencia
,
1
ión de su amante que P0 1
"l
ego1smo, de a compas
d· d
derrocó la inverosímil torre de marn en
triste después de la enferme a que .
. lacable
que s~ espídtu mozo se defendía del tt~:~~iv~:papunte~ de tipos y paisajes
Completa? _el vo_lumen otros cuen de los i'.imeros &lt;Cómicos en las Palcanarios, not1c1as prn~orescaDs, c~mo la entre ft1os, para nuestro gusto, El desmas•, sumamente cunoeas. es acan

s~:td~f

ª:

!\1:~i~

248

1!

LA PLUMA
riscado, rápida impresión de un inglés excursionista recogido por los indí-genas en un barranco, que muere pronunciando vagas palabras que ellos no
entienden, y Lo invisible, historia de un hombre muerto de miedo, donde se
advierte de
aúnA,·aus.
la influencia. ya lejana, de Maeterlilick sobre los autores de La
herencia

***

Francls Jammes.-Nosario al sol.-Traducción del francés por Magda Donato.-Colección Conte!llporánea. Calpe.

Como dice muy justamente Enrique Díez-Canedo en el breve prólogo a Ro.sario al sol, Francis Jammes tiene en Francia un puesto entre los maestros seguidos por la juventud, con los Péguy, los Claudel, los Maurras y los Gide. Mucho se ha hablado, sobre todo después de la guerra, y las más veces sin venir a
qué, del renacimiento del espíritu religioso en Francia. La obra poética de
Fr,~ nci~ Jarnmes, y esP,ecialrnente esta novela, editada ahora en español por la
Editonal Calpe, justifican el mismo comentario manido. Los nombres susodi-ches aparecen, eu efecto, unidos a nuestra consideración por la misma voluntad de restaurar un estado religioso, francamente antirrevolucionario. El 01·den
·clásico francés en la política, en las artes, en la vida social, requieren la vuelta
al catolicismo, ya corno mera disciplina lógica sin el menor arraigo en h propia
fe Maurras-bien como doctrina estética-Claudel-. El misticismo de Péguy
halla las raices de una conciencia católica, pegando el oído y el corazón al suelo
natal. Gide, protestante, devuelve a la conciencia francesa la contribución del
hugonote. Francis Jammes quiere ser simple. Se convierte por entero a la fe
cristiana y no la encuentra, no, aureolada de artístico prestigio en las catedrales góticas o en la Biblia, mas en la fe del carbonero que cree en la Virgen de
Lourdes y en las estampitas piadosas.
. En Rosario al sol, siguiendo el plan de los quince misterios de la oración en
honor de la Virgen, inventa la inocente historia de una señorita de Marsella
que, poseída de la gracia de Dios, socorre al desvalido, ayudada por un benedictino sabio, bueno y prudente y un almirante devoto, renuncia al amor de un
joven marino y acaba metiéndose monja de la Caridad una vez vencido el demonio tentador en figura de concejal y de maestro laico, de los que enseñan
«los derechos del hombre• en vez del catecismo. Melodrama ejemplar, en tin,
cuya ñoñez a Jo padre Coloma e n Et primer baile, Pilatillo o Por un piojo apenas si se disimula bajo las sencillas galas poéticas con que el autor de las Geórgzcas cristianas traduce y ennoblece el estilo de los libros de devoción: El episodio de la negra Zezé trasciende al mejor Chateaubriand y revela en Francis
Jammes la misma inspiración de sus primeras visiones coloniales. La historia
del niño Pedrito y la hija del zapatero, en cambio, más que a los mártires del
cristianismo nos recuerda la infantil Pabio!a o ta lámpara del santuario, y con
ella nuestros peores días de reclusión colegial con los benditos frailes.
Magda Donato ha traducido Rosan·o al sol con la misma graciosa sencillez
con que escribe stts cuentos para niños, lo que le presta en español la ingenuidad tosca y alambicada a la par, que pretende el poeta francés. Si de aigo
peca la tradncción en algún pasaje es de exceso de fidelidad.

**

*

·.¡

�LA PLUMA
Alfonso Maseras.-A la deriva.-MCMXXI. A Cau Verdaguer, Llibreter. Barcelona.
Alegoría de la juventud. Marc;al Montllor, mozo catalán! enamorado de_ una
doncella de trenzas de oro, sale a correr ti mundo. Olvidado cl~ ~u primer
amor, en brazos de la exótica Hatty. conoce el placer; después, a~1s~1do p~r el
Mentor va entreviendo poco a poco la verdad. Y al volver a la tJe1 ra nativa,
le pare~e hallarla en la Dilecta, la mujer cabal, la esposa.
Los sucesos no aparecen encadenados ei:i un rel_ato ir.enudo. El lector ~escubre Ja trama novelesca a través de las 1lustrac1ones fil_o~óficas ?el protagonista, todas ellas fáciles y asequi~les, _exa~tadas por un hnsmo an1mad~r.
Corre a través del libro cierta rnsp1rac1ón dantesca._ que le pre~ta sab~r
tradicional dentro de la literatura catalana, y aun catalanista. Las me¡ores paginas son, sin duda, las que, e!l la primera parte, desc~iben. algunos ..i?p~ctos
pintorescos del ruralismo catalán, en que el poeta simboliza el sentimiento
patrio.
***
Manuel R. Alvarez Puente.-El navie,·o Más_ o L_a novel°: de la _materia.
J. Los signos.- Portada y exlibris de ~regor_10 y1ce~te, 1lustrac1ones de
Amando Suárez Couto.-Madrid, librena y editonal R1vadeneyra, 1921.

.

'..

El Más es la Vida; el Menos, la Muerte; ambos se reducen al Igual: el Silencio. Tales son los signos a que aju:,tan su danza arrebatada J~s ~umanas sombras que pueblan de fantasmas trágico-bufos el mundo cabahstico de la materia y el espíritu.
.
·Cuántas veces no se ha dicho que la novela era el poema épico de es_tos
tie~pos! Ahora bien, estos tiempos empi~zau ya a ser_aquéll~s._y: al novel_1st~
,iat,wal, simple relator de sucesos exteriores, al novelista p~•~~10go, exphc~
dor por lo menudo de los casos descubiertos por su agudo_ anahs1s de la cor'.d1ción humana, sucede el novelista lírico, el iotérprete sen'.1mental, paradóg1,co,
humorista arbitrario, del espectáculo; las más veces caótico, de todos los d1as.
Los signos, primera parte del tríptico El navie1·0, M~s o La novela; de lu mate,·ia no es una alegoría. Le faltan para ello esos termmos, conve01dos de anten'iano t:ntre el poeta y el lector, que la hacen com1;&gt;rens1ble y cla:·a. Le S?bran complicación, dinamismo, sinceridad desentendida de morale¡a. El primer capítulo, las primeras páginas ~obre todo, ~euotan en el autor la moder~
nísima inteoción de ennoblecer un mterés folletmesco, adoroán_dol~ coi~ exce
lente humorismo; después parece como si, abandonándose.a la 11;sp1ra_c1ón del
momento, se dejara el poeta arrebatar en alas de la verbos1dad_s1mbohsta, que
oscurece en fantástico delirio el ambiente real de la novela, ban~ndolo _en vaga
niebla, por entre cuyos girones van reapare~ien?'? ~n gestos 1mprec1sos los
héroes apasionados, objeto de las propias d1squis1c1ones ª. que d~ben d ser.
Al final, en una escena alucinante y fuerte, se recobra el hilo sutil I?ºr ~onde
el novelista ha de sacar en los dos tomos sucesivos el hilo de esta 1i:1stona.
No denota Manuel Alvarez Puente la sencil_Ja m~est~ía del esc~1tor cabal~
ciertc,. Mas tampoco la fácil rutina del aprendiz aphcad11lo. Su estilo tortura
250

LA PLUMA
do, trabajado, no por el af~n de la línea bella y el sonoro acierto, sino por el
e~fuerzo d_e expresar ~re_c1samente recónditos matices e insospechadas rela~1~;~~i~~~~~s y seut1m1entos, revela la conciencia del artista, tenaz eo un

**

*

Brckmann-Chatrian.-Hí'sto1·ia de un quinto de 1813. Calpe, Colección Universa!: t( Cné Benjamín.-Gaspar. Los Humoristas. Calpe. Traducidas por
Manuel Azaña.
•··· cada cual debe contar lo que ha visto por sí mismo; de ese modo el
mundo conocerá la verdad.» Así dice José, el quinto de 1813, inventado por
Erckmann-Chatrian. Entre él y su compatriota Gaspar, cuya verídica his- .
toria salió a luz en 1915, en plena invasión alemana, hay indudable fraternidad
espiritual, que la publicación en español, casi simultánea, de una y otra novela, como queriendo poner de relieve esa semejanza a través del tiempo, brinda a nuestra coosideración.
,
El héroe de Erckmann-Chatrian no cueota lo que ha visto, sino lo que sus
creadores han querido que viera. «Si las personas prudentes me dicen qm.. he
hecho bien escribiendo mi campaña de 1813, y que eso puede ilustrar a la juventud sobre la vanidad de la gloria militar y mostrarle que la verdadera dicha
sólo se encuentra en la paz, la libertad y el trabajo, entonces reanudaré el hilo
de los sucesos y os contaré Waterlóo.• Tal e-s su moraleja. En pleno segundo
Imperio, las novelas sentimentales de Erckmann-Chatrian, harto inocentes sin
duda para nosotros, harto iliterarias y cortadas por un mismo patrón melodr~ ·
mático, reflejaban sin embargo una conciencia nacional más apegada a la buena vida burguesa que a las arrebatadas aventuras imperialistas. Más fuertes,
más animados de pasión humana, los Episodios de Galdós están inspirados en
la misma cándida emocióo.
Gaspa,· inauguró la después dilatada serie de las novelas vividas de la última guerra, esa serie que en Francia tuvo su apogeo con El fuego, de Barlusse, .
que literariamente culmina tal vez eo la Vida de los Má,·tires, de Duhamel, y
de que son preciosa muestra el Clavel, de Werth. o Les croix de bois, de Dorgelés.
Gaspar pertf'nece a la quinta del co1·azón ligero, y tampoco cuenta todo Jo
que ha visto, o lo disimula con su gracia de parigot. Tierno, sentimental, di charachero, su historia apenas si tiene traducción posible. Lo mejor de ella es
el desenfado popular con que el novelista nos la refiere.
MaRuel Azaña ha dado a las dos traducciones la conveoiente versión caste- •
llana: simple e ingenua la de Erckmann-Chatrian; auimadísima la de René Benjamín, cuyo estilo pintoresco, los diálogos sobre todo, exige nn tino y discreción raros para aunar la fidelidad de la traducción con la correspondencia de·
giros y matices de un argo/ peculiarísimo .

�.....

LA PLUMA

LA PLUMA
Magallanes Monre.-Flori/egi·o.-Selección del autor. Prólogo de Pedro
Prado. El Convivio. San José de Costa Rica, 1921.

«LA VERÓNICA

Magallanes Moure goza eu América, no ya sólo en Chile, su patria, fama bien
ganada de poeta sincero. Bien ganada, porque sus versos traslucen la calma, h
serenidad, el apartamiento de toda alharaca con que el prologuista de su Fto, ilegio le retrata, entregado a la contemplación de la naturaleza, sumido en ella
para copiarla en el lienzo-Magallanes Moure es pintor-y ofrecernos la poesía limpia de que es delicada muestra esta selección de su obra.
Adviértese clara en los versos de Magallanes Moure la tendencia a limitar
los modos de expresión poética dentro de los términos fijados antes de la revolución literaria triunfadora con Rubén Darío. La regularidad métrica yacen-tual obedece más a las normas de los últimos románticos que a las de los primeros modernistas. Los motivos de su inF-piración, sobre todo en los temas esencialmente líricos, le sitúan un tanto a la zaga de nuestra manera de sentir. Pero
al cantar la esplendidez del paisaje nativo en que le complace extender la mirada y recoger el ánimo, los versos de Magallanes Moure logran la emoción
•comunicativa que por encima de los modos retóricos constituye el género poético en que todos se resumen, la poesía por excelencia.

***
Armando Zegrí.-,lfinerva la de glaucos ojos.-Santiago de Chile,

MCMXXI.

Una pequeña colección de •Historias breves y románticas•, semblanzas,
«Emociones y panoramas•, escogida sin duda de su labor periodística, componen este tomito efusivo, hiperbólico, juvenil. Semejante literatura adolece tal
vez del exceso de tópicos fin de siglo. El Arte, la Bohemia, Gómez Carrillo, Ra•childe, un Valle-Inclán no más que pintoresco, confundido con Carrere, Hoyos
y Vinent y Zamacois ... Bastan, con todo, para acreditar el temperamento de escritor de Armando Zegrí páginas como las dedicadas a Amado Nervo en el
primer aniversario de su muerte, evoc~ndo el fúntcbre cortejo naval. 9,ue
-siguió al cadáver del poeta des~e.Montev1deo a Ve_~acruz y el apar~t? militar
con que fué escoltado hasta rec1b1r sepultura en Mépco; y algunas pagmas sencillas, corno ias e Vistas de un viaje al Sur de Chile• o la rápida e Visión del lago
Llanq uihue.

*

lec~ura de _fina poe~ía contenida en el pequeño volumen de Alberto Guillén,
sutil y dehcado, baJo la máscara cínica que le place ostentar:

**

Alberto Guillén.-El libro de las parábolas.-Editorial Nosotros.-Deucalión.
-Prólogo de Ventura García Calderón. Segunda edición, 1921.
Este joven escritor peruano, ~ quien un recie1:1te li!&gt;ro d~ los llama~os de
«escándalo• ha dado cierta notoriedad en los corrillos hteranos de Madnd, publica ahora una colecci6n de agudas parábolas o reflexiones satíricas, impregnadas del lirismo ático que los ingleses llaman kumor, característico de un género cultivado por los fabulistas y poetas-filósofos_de to~os los tie~pos. ~lgúo
-botón de muestra servirá mejor que nuestras constderac10nes para mduc1r a la

• Ella guardó el pañuelo con la imagen como otros tantos recuerdos
de amor.
»EL SEGUNDÓN.

•-¡Este es el prirnero!-decían las criadas mostrando al segundón con quien
se holgaban.
»LAS ÜVKJAS

•-¡Qué hac~is?-Jes pre¡;untó una voz alzada en el camino del matadero.
•-¡N0s sacrificamos por un ideal!-respondieron las ovejas.
»EL ÜLVlDO-

•-¿Pero por qué no la olvidas?
•-Es que aún no he aprendido a saltar más allá de mi sombra-dijo el
amante.
•Los NIÑos.
•-¡Por qué rezan ustedes?
•-Es que aún somos muy pequeños-dijeron los niños temblorosos.•
Esa condición lírica de sus parábolas cínicas, de sus c1 íticas humoristas se
afir_ma po~ modo exc~l~n~e en Deucalión, coleccióI! de breves poemas, 0 °porme1or de~1r, poema d1v1d1do en breves cantos de catorce versos, que sin ajus•
ta~se al canon ~el soneto son co~&lt;? la reducción de su sonoridad y pompa a límite~ ~ás ~str~ctos, e~ que la mus1ca apenas si hace otra cosa que anotar con
prec1s1ón silábica el ntmo del pensamiento, sin calderones ni crescendos. Poema de un ~ar&lt;;isismo juvenil en gue el poeta se defiende con ingenuos alardes
de la mediocridad que por doqmer nos acecha. Una «Apolocría, en alejandrinos abre el libro y explica su inspiración:
.,
«Moraleja: el poeta echa sus versos al viento
arroja las estrellas, abre su pensamiento
'
para la siega de oro de los siglos. Sus rastros
bajo de sus sandalias florecen oro y a!&gt;tros.•

***

Manuel Oiaz Rodriguez.-Peregrina o El pozo encantado.-Novela de rústicos del valle de Caracas. Biblioteca Nueva, Madrid.
~o hay_ tal encantamiento, ni la trágica historia de Peregrina está tejida con
el hi.o sutil de_ l&lt;_&gt;s cuentos de hada~; pero su trama descubre las pasiones bravas, la superstición, el amor, el od10, que con la misma fuerza natural de las
tormentas del Avila arrastrase a los personajes de la novela. Novela verista,
d~tallada co~ el documento pintoresco en el ambiente rudo de Venezuela, susc1.ta en
ámmo d~l lector esa emoción sostenida por la curiosidad de un me
dio exótico, pec~har de las mejores italianas en el género regional y dialectal..
Y aun se advierten y saborean más directamente en los tres cuentos so-

e!

253

l
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�LA PLUMA

LA PLUMA

·-'bríos, valientes, inspirados en la terrible realidad del campo venezolano, que
cierran el volumen. las cualidades de novelista de Díaz-Rodriguez, escrito1·
cuyo seguro dominio de la prosa castellana le permite adaptar con sentido
moderno el amplio y rotundo período tradicional a las exigencias de un relato
siempre vivo, coloreado, dramático.

***
Fernando Gil Mariacal-Girones.-Madrid, imprenta de Juan Pueyo,

1921.

Girones estilizados del espíritu nacional. Cuentos, apólogos, tipos y paisajes, escenas picarescas, reflexiones de un liberal contemplativo sobre la realidad española. Los mismos ejemplos vivos que inspiraron, salvan&lt;lo los tiempos, las agudas lecciones morales del infante D. Juan Manuel o de D. José Cadalso. El anatema de Costa, templado por la gracia de Fígaro. Buen humor,
impersonal como el estilo con que el fiel editor de los papeles del coime de la
señora Natalia da entonación y empaque tradicionales a esta amena literatura
de ver y oir.

***
Autón P. Chejov.-.6/ ja,·dín de los cerezos.-Traducido del ruso por Saturnino Ximénez.-Colección Contemporánea, Calpe, 1920.
Después de los más grand~s nombres rusos, después de Tolstoi ):' D?stoiewsky, al lado del de Andre1ff, las novelas cortas, los cuentos de Cheiov invadían ya la Europa occidental cuando el éxito de algunos de sus d~amas,
como Tres hermanas o El jardin de los cerezos, en Inglaterra y en Francia, empieza a conquistar para su gloria el favor del público de los teatros. La versión
castellana de E!.lja,·dín de los cerezos no es la que de ordinario suele representarse, reducida de la novela original, escrita en diálogo y que ahora se nos
ofrece a los lectores españoles traducida con una fidelidad que, lejos de evitarnos, aumenta la confusión sentimental, los inexplicables vacíos, la ironía
de sconcertante, que la hacen irrepresentable sin refundiciones )'. retoques,
pero que contribuyen en mucha parte a aumentar el efecto patético de sus
-·escenas.
Una colección de rápidos apur.tes e historias brevísimas completan el volumen, característico de la manera sarcástica, despiadada, cruda en que resuelve artísticamente su visión de la vida a través del alma rusa uno de los
escritores prerrevolucionarios más sugestivos, atrayen~es, e in~pira_dos en ~l
santo fuego de la pasión atormentada con que nos hechiza el m1stenoso esp1ritu eslavo.

***
José Pablo Garnier.-A la sombra del amo1·.-San José de Costa Rica,

1921.

Al localismo, al regionalismo, al nacionalismo literarios, degenerados en el
-costumbrismo de exportación en ~os P?Íses posee~ores ~odavía de prime,·a. materia pintoresca corresponde en d1recc1ón contraria la literatura cosmopolita o
254

-de importación, por lo qne se adapta y da carta de naturaleza a modalidades
antes exóticas para el público a quien se dedican.
José Fabio Garoier, en ese sentido, cumple en Costa Rica con su drama A
la sombra del amor la misma misión histórica que nuestro Ben avente, por ejemplo-salvadas todas las distancias-, al traducir ea sus primeras obras de teatro el espíritu europeo culminante en los nombres de Ibsea, Tolstoi, Hauptmana
-0 D'Annuozio reducidos al fácil denominador común del Bulevar.
Historia trágica de una pasión culpable, cuya más pura expresi.Sn dramática
s~ rea_ionta a Sófocles y Euríp_ides, el autor de A la sombra del amor ha prefend_o situarla en el ambiente fnvolo de un hogar burgués de cualquier parte,
,quizá por lograr más eficazmente la comunicación con su público, que el dramaturgo se ha de proponer siempre de una manera más inmediata que el novelista.

:,
1

* **
Arturo Schnitzler.-Anatol y A la cacatúa verde.-Traducci6n del ale mán
por Trudy Graa y Luis Araquistain.-Colecciór. Contemporánea. Cal pe.
La boga de Schnitzler ea los teatros de Austria y de Alem-,1nia data de más
&lt;le veinte años. Muchos hace ya también que Antoiae representó con grao éxito en París A la cacatúa ve,·de, ahora traducida p~r primera vez al español. Después de la guerra la fama del autor de Anatol ha reverdecido al amparo, en mu- ·
.cha parte, de la prohibición de una de sus últimas obras por el Gobierno di!
Viena.
Vienés de nacimiento y de condición, en lo mejor de su obra se manifiesta
el anarquismo intelectual de la literatura nórdica, teñida de la fácil ironía por-que se hace asequible a los lectores y espectadores latinos. La gracia francesa
le cautiva y le atrae.
Anatol es el retrato en siete diálogos o escenas breves de un don Juan frívolo y sentimental frente a siete mujeres, sus amantes de un dia, de un año, de
un momento. Max, amigo y confidente de Anatol, le hace el juego escénico, y a
manera del payaso que descubre con las trampas sucesivas el falso prestigio
&lt;lel ilusionista de circo, subraya ante el público la moraleja que el autor se propone.
Con intención más honda, no obstante sn ligereza, más construido, pese a
su aparente disgregación, el Anatol de Schnitzler tiene mucho parecido con los
mejores diálogos de Jacinto Benavente: Despedida cruel, Sin que,·er, están inspirados en la misma ironía.
A la cacatúa ve,·de es un episodio pintoresco del 14 de julio de 1789, de gran
efecto dramático. A la taberna de Próspero, antiguo patrón de una compañía
cómica, acuden los nobles de París, ávidos de sensaciones fuertes, que los actores de Prós¡,ero fingen diariamente 1·elatando fantásticos robos y crímenes
truculentos. Aquella noche el pueblo toma la Bastilla, la revolución triunfa, y
el primer actor de A la cacatúa verde, que así se llama la taberna, seg_ún está contando cómo ha matado a un duque con quien su mujer le engañaba, aprende
que su deshonra es cierta. Entra el duque y le mata. El pueblo y una marquesa.
histérica gritan: , ¡Viva la libertad!,

I' '

�LA P L U .\1 A
La verdad y la mentira, la ficción teatral y el disimulo ladino componen
este melodrama artístico de un gran guiñol para niños, soldados sin graduación.
y... poetas.
La traducción, animadísima y fiel en todo momento, de Luis Araquistain y
su esposa, hace grata su lectura, que el púb!ico saboreará directamente a falta
de cómicos y empresarios con curiosidad e interés, no ya artístico, mercantil
incluso.
C. R. C.

***
Libros reclbldos.-Guillcrmo Jiménez: Constant:a, Caro Raggio, Madrid_
Manuel Ugarte: Poeslas completas, Mauci, Barcelona.-José María Delgado: 1 eatr, de ensueño. La Princesa Perla Clara, editorial Pegaso, Montevideo, 1921.Fernando Gil Mariscal: Rle, Madrid, 1918.-En Villabrav{a,¡novcla, Sáenz Calleja, Madrid.-Manuel Acosta: Soltera ... , novela Uruguaya, Editorial Pueyo, Madrid, 1921.-Félix Urabayco: La última cigüeña, Calpe, Madrid, 1921.-Han
Ryner: Les adisans de favenir, Ed. de 9a Ira, Eeckeren-Anvers, 1921.-0pere
Ct;mplete di Giovanni Verga: I Vinti. 1 MaJavoglia. Eva. JI mart'to di Elena. tres
volúmenes, Bemporad, Firenze, 1921.-R. Erdos: ll fio,·e della morte (Col. I mi~liori novellieri del mondo , Urbis, Roma.-Unamuno: Perché esser &amp;osi? (ídem
1dem), Urbis, Roma.-Tomás Hardy, La bien amada.-Scipion Sighele: Eva moden,a.-Emilio Clermont: Lau, a, Calpe, Colección Contemporánea, Madrid.

*

*

AÑO JL

i\...
I

MADRID, NOVIBMBRB 19Zl

1

NÚM. 18.

UNA NOCHE EN EL CEMENTERIO

m

tiempo que el cancerbero del cementerio de S M
tm me había
ofrecido abrirme el cemente.·
i ar110 en 1aannoche
.
y esc~g1 una_ noche de luna para pasearme por entre su~
muchos de ::ygons1~cos ~l'.preses, por las galerías que también sé y a
mqui mos conozco.
h
.
Estar en un cementerio en I
sobre el coche fúnebre y hab ~d nodc e sena como haber entrado
er s1 o e alguna manera muerto.
AC.ÍA

*

Revistas. - Mercure de ftrance, París. - Le Progrés Civi&lt;Jue, París. - La
Connaissance, París.-La Revue de I' Epoque, París.- Vida Nuestra, Buenos
Aires.-Atl1enaeum, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de.Costa Rica.
Le Crapouillot, París.-Belles Le/tres, París.-Cultura Venezolana, Caracas.Die Aktion, Berlín.-Pegaso, Montevid~o.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. -Por.sía ed .frie, F errara.-España y Amirica, Cádiz.-Hermes. Bilbao.- L' Art Libre. Brusclas.-9a Ira, Amberes.-La Ronda, Roma_
La Nouvelle Revue f1·an;aise, París.

* * *

~=

Cuando se abrió la verja .;;entí que
b.
inte~:inable, del ~araje traicionero, de t:a~:al~/¡~e:~~:.el jardín
.
que se ve1a es que las veredas de luna estaban vacías r
~~ª~/ se ala.rga_ban como internándose en la eternidad. Aun 'si~::
tan conocido el cementerio me pareció laberíntico
mos y lagunas de luna.
Y con abis17

t

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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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            <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753230&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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              <text>La Pluma, 1921, Año 2, Vol 3, No 17, Octubre</text>
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              <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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              <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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