<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<item xmlns="http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5" itemId="20388" public="1" featured="1" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance" xsi:schemaLocation="http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5 http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5/omeka-xml-5-0.xsd" uri="https://hemerotecadigital.uanl.mx/items/show/20388?output=omeka-xml" accessDate="2026-06-10T21:32:23-05:00">
  <fileContainer>
    <file fileId="16747">
      <src>https://hemerotecadigital.uanl.mx/files/original/441/20388/La_Pluma_1921_Vol_3_Ano_2_No_18_Noviembre.pdf</src>
      <authentication>8d5c192e1f8dd211f5535d8ebf5fe609</authentication>
      <elementSetContainer>
        <elementSet elementSetId="4">
          <name>PDF Text</name>
          <description/>
          <elementContainer>
            <element elementId="56">
              <name>Text</name>
              <description/>
              <elementTextContainer>
                <elementText elementTextId="567968">
                  <text>LA P L U .\1 A
La verdad y la mentira, la ficción teatral y el disimulo ladino componen
este melodrama artístico de un gran guiñol para niños, soldados sin graduación.
y... poetas.
La traducción, animadísima y fiel en todo momento, de Luis Araquistain y
su esposa, hace grata su lectura, que el púb!ico saboreará directamente a falta
de cómicos y empresarios con curiosidad e interés, no ya artístico, mercantil
incluso.
C. R. C.

***
Libros reclbldos.-Guillcrmo Jiménez: Constant:a, Caro Raggio, Madrid_
Manuel Ugarte: Poeslas completas, Mauci, Barcelona.-José María Delgado: 1 eatr, de ensueño. La Princesa Perla Clara, editorial Pegaso, Montevideo, 1921.Fernando Gil Mariscal: Rle, Madrid, 1918.-En Villabrav{a,¡novcla, Sáenz Calleja, Madrid.-Manuel Acosta: Soltera ... , novela Uruguaya, Editorial Pueyo, Madrid, 1921.-Félix Urabayco: La última cigüeña, Calpe, Madrid, 1921.-Han
Ryner: Les adisans de favenir, Ed. de 9a Ira, Eeckeren-Anvers, 1921.-0pere
Ct;mplete di Giovanni Verga: I Vinti. 1 MaJavoglia. Eva. JI mart'to di Elena. tres
volúmenes, Bemporad, Firenze, 1921.-R. Erdos: ll fio,·e della morte (Col. I mi~liori novellieri del mondo , Urbis, Roma.-Unamuno: Perché esser &amp;osi? (ídem
1dem), Urbis, Roma.-Tomás Hardy, La bien amada.-Scipion Sighele: Eva moden,a.-Emilio Clermont: Lau, a, Calpe, Colección Contemporánea, Madrid.

*

*

AÑO JL

i\...
I

MADRID, NOVIBMBRB 19Zl

1

NÚM. 18.

UNA NOCHE EN EL CEMENTERIO

m

tiempo que el cancerbero del cementerio de S M
tm me había
ofrecido abrirme el cemente.·
i ar110 en 1aannoche
.
y esc~g1 una_ noche de luna para pasearme por entre su~
muchos de ::ygons1~cos ~l'.preses, por las galerías que también sé y a
mqui mos conozco.
h
.
Estar en un cementerio en I
sobre el coche fúnebre y hab ~d nodc e sena como haber entrado
er s1 o e alguna manera muerto.
AC.ÍA

*

Revistas. - Mercure de ftrance, París. - Le Progrés Civi&lt;Jue, París. - La
Connaissance, París.-La Revue de I' Epoque, París.- Vida Nuestra, Buenos
Aires.-Atl1enaeum, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de.Costa Rica.
Le Crapouillot, París.-Belles Le/tres, París.-Cultura Venezolana, Caracas.Die Aktion, Berlín.-Pegaso, Montevid~o.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. -Por.sía ed .frie, F errara.-España y Amirica, Cádiz.-Hermes. Bilbao.- L' Art Libre. Brusclas.-9a Ira, Amberes.-La Ronda, Roma_
La Nouvelle Revue f1·an;aise, París.

* * *

~=

Cuando se abrió la verja .;;entí que
b.
inte~:inable, del ~araje traicionero, de t:a~:al~/¡~e:~~:.el jardín
.
que se ve1a es que las veredas de luna estaban vacías r
~~ª~/ se ala.rga_ban como internándose en la eternidad. Aun 'si~::
tan conocido el cementerio me pareció laberíntico
mos y lagunas de luna.
Y con abis17

t

�LA PLUMA

LA PL U MA

,
1 o de grandes penitentes naza·11anas de Semana Santa
Los cipreses en la noche teman_ a g
1 procesiones sev1
renos de los que van en as
h, sobre la cara y sobre la cabeza.
con el puntiagudo y alto capuc on hacia abajo y se quedan sin tron. ·eses se alargan
En la noche los c1~1
una falda haldada.
o como si se cubriesen con
d los muertos retroceden, y
c Al internarme, tod os los fantasmas e ·etiran hacia sus l'im1·tes ,
muy en fi la , en grupo muy compacto, se i
.

Yo como un indiscreto he presenciado este juego de simpatía
entre las estrellas y el cementerio, pareciéndome que se comunicaban más, que se acercaban, llegando a posarse en los cipreses.
Los fuegos fatuos eran, más que fuegos de los muertos, ya
demasiado desustanciados para eso, estrellas familiarizadas con el
sitio por ser el que estaba más seguro de indiscreciones durante
la noche.

d' de nada, más aislado en el patio
dejan libre la plazoleta.,
.
Nunca he estado mas en me io

La sombra de los cipreses en la noche es más oscura, más betuminosa, más encapuchada.

de lo muerto.
t están así en los corrales del enc1ey veía también que sólo
Sólo los toros que van a ma ar
1 d que los maten. o
.
.
rro la noche antes a a ,e de todo entre esta noche y la de mi sacnhabía unas horas despues
.
ficación.
descansado, excepciona
·
1, tranqmTodo goza de un no ser
Iizador.
h
hay nada, smo
cosas en su sitio.
.
En el cementerio de noc e_ no
t ·a hora y sólo las yerbas se
dado como a mnguna o t
Todo está guar
temen los pasos.
desperezan, se sienten solas, ~o
n reflejos de cuadro en la pared
Los reflejos de las hornacinas so erosos en el pasillo de la casa
de la habitación oscm·a·, cuadros num
atestada de cuadros.
las galerías cubiertas y la sombra
Son más claustrales que nunca
encuentra en ellas su grato so:or~l~ementerio son estrellas muertas
Las estrellas que lucen so re e deshabitadas que es lo que más
con luz vívida, son mu~dos, c~sas e es el cementerio-esas _es~rellas
se parece a esta tierra sm nadie q~ de nadie- sobre este mmusculo
son cementerios a1egres , cementerios
fi . dad entre este mundo d e los muer-1
ementerio sin luz. Hay más a m
tre el mundo de los vivos y e
ctos y el mundo de las estrellas que en
.
de las estrellas.
J58

Aun bajo la luz de la luna no se ven los nombres de los nichos;
se ven confusamente los renglones que inscriben al mue1 to, y pueden ser todos los apellidos de todos los hombres.
No vemos la lectura y nos dedicamos a ver el conjunto, las
plazoletas, la línea de los tejados destacándose sobre el cielo, el
cielo otra vez como si fuese esta noche el firmamento superficie del
mar en que somos náufragos, alta superficie sobre la que van los
navíos.
Todas las tumbas son como camas tranquilas, más tranquilas que
por el día, pues tiene algo de oscura sala de hospital el cementerio.
Se comprende mejor la postura de los muertos. Son como tumbas acostadas sobre el césped. No son ni más ni menos que esas
tumbas, son como lápidas, como piedras acostadas.
La estatua yacente, en la noche de luna, era más la verdadera
muerta que siempre que la he visto de día. Esa insensibilidad de la
piedra es la de la muerte. Se ven los muñecos de barro seco que son
los muertos, que somos los muertos.
Con esta irresponsabilidad que voy adquiriendo ¿adónde voy a
llegar yo? A nada. No haré nada. Tengo idea de la responsabilidad
material que se adquiere en la vida y eso me hace quieto y tranquilo. Esa irresponsabilidad solo me hará más libre de pensamiento,
más sincero.
2 59

1

¡

�LA PLUMA

LA PLUMA

La noche en el cementerio se va quedando ha~ta sin mí y ha
y he dado voces de.
habido veces que me he pe1·d·do
I
¡Ramón! ¡Ramón!
d' d l noche y la soledad.
•
en me 10 e a .
el suelo de las galerías, parece como s1
Al pisar _un cristal rot~ e~ de su nicho para salir; pero en seguida
alguien hubiese roto -~l cnsta f ba· o la pisada los cristales rotos
se borra esa impres1on al sen rr J
.
'b
nos hubiese picado.
como s1 la v1 ora
. t
los nichos como prendas co1Las coronas están colga&lt;las JUn o a
gadas a los pies de la ~ama.
t de aeantilado junto al que se ha
Todo en la noche tiene aspee ob . la luna más espléndida, en
roto el alma el gran buque, y que ªJº d de la noche recuesta sus
•t d la gran ensena a
'
el recodo más bom o e
t es de peces recién pescacadáveres amontonados como los mon on
'
b 1 peñas de la costa.
.
dos y muertos so re as
t en el rincón más perdido
Están de cuerpo presente los muer os
de la costa.
t .
la noche están lejanísimos
Los últimos patios del cernen e~1od en y se pisa en la luna, sobre
al mundo, completamente al otr~ as ºae la misma luna. Se podría
las nieves lunares, sobre lo~ era_ ere 1 luna y que hemos cambiado
.
es la que ilumma a a
t.
decir que la ierra
,
l lt0 suspendida en los cielos,
·
1 tierra esta en
ª e, jamás pero con una uz
de residencia y a
,
t
1
como un cuerpo celeste mas muer o qu
,

°

. más prestada que nu~ca. 1
terio nocturnal se siente uno lejos
. En ese último patio de cerner,
1·ta .a en que merendar como
s en la pradera so 1 n
de todos 1os sereno
.. t de queso de Gruyer.
muertos el queso de la luna, una raJI :r todos lados.
Los conejos de la muerte huyen p
Los sudarios de luna están tendi~os a la luna.
Los cipreses están dormidos de pie.

Hay silencios caídos.
Hay trozos de sordera suma.
Lo que más vive so~ las entradas a otro patio, arcadas de sombra
que parecen que dan a una habitación más iluminada, a otro corralillo con mejor luna, con luna de muchas más bujías, con waltios con
la W más muyúscula de la noche, con un incendio de acetileno.
Como hace friíllo en la noche lunada y llena de las espumas del
mar eterno, sentimos ganas de descolgar nuestro gabán de los cipreses, esas grandes perchas de las enormes capa$ de la gran fábrica
de paños del cipresal, gran fábrica especialista en trajes de invierno
para los viejos de los asilos.
Los retratos duermen reclinados en el fondo de las vitrinas, más
recostados que nunca sobre las lápidas.
Todos los nichos, con su cristal y su marco, son como relojes
parados para siempre, relojes de comedor inútiles y empotrados en
la pared.
En la noche de luna, esos trechos en que se abre de vez en
cuando la pared seguida del cementerio, son trechos que dan a la
luz, son desgarraduras desgarradoras de la muralla, poternas de la
orilla lejana desde las que se ve la ciudad. ¡Qué lejos!
Los cardos secos nos arañan las piernas, a través de los pantalones, con sus uñas de diablos.
En las esquinas en sombra, en todos los esquinazos del cementerio, es donde se arrinconan los muertos más desgraciados, los más
arrinconados, aquellos a los que no les llega ni de día ni de noche
la atención de una mirada.
En el cuartel de los muertos el régimen de silencio es muy riguroso y en la noche no hay ni un vuelo ni el ruido de un muelle
de cama.
¡Ah! Pero lo milagroso, lo conmovedor, lo inverosímil, lo que
hace que nos demo~ con la cabeza en las paredes para co,mprenderlo,
Z6I

�LA PLUMA

LA PLUMA

es que los niños no lloren en la noche, no se despierten ya, duerman
de un tirón, hayan sido ahogados. ¡Niños embalados hacia el París
de donde vinieron.
¡Todos los niños están callados! La nodriza seca les ha cantado el:
Muere, ni1io, muere...

que da el sueño eterno. ¡Parece mentira que, no habiendo manera de
dormirlos nunca, alguien los haya dormido de ese modo absoluto!
Esparciendo miradas, cada vez más despavoridas de soledad por
los patios anfiteátricos, se ve lo que las paredes cargadas de muertos
tienen de gran biblioteca, de plúteos altos con libros en infolio y anchos como las grandes guías de las poblaciones de quince millones
de habitantes.
Con nuestra afición a lier y trabajar en la noche nos dan ganas
de dirigirnos a uno de los estantes, y sacando uno de esos grandes
librotes con la historia clínica de ese señor y con todos los detalles de
su existencia, colocarlo sobre cualquier atril, y tirando de la lámpara
de la luna, como de esas de corredera que penden de los techos y
que tienen un contrapeso con perdigones, leer hasta las veces en que
se echó una lavativa el biografiado, toda la historia de todos los instantes.
Esas imaginaciones extrañas acuden a nuestra mente en los patios
silenciosos. Aquello es mucho más amplio e intrincado de lo que
creíamos, de lo que hemos comprobado tantas veces por el día.
No sé por qué se me ocurre asociar la idea de un coto de caza a
estos boscajes cerrados y me parece como si estuviese lleno el paraje silvestre de los cartuchos vacíos, desperdicios de los tiros que
sirvieron para hacer cada víctima de las allí enterradas. Como fusilados contra aquellas tapias son todos los que reposan allí, a la sombra de toda ley impertinente, pues ni a través de los párpados tienen
262

e~e resol inaguantable que hasta el
siempre.
ciego

..

O

el que duerme ven

¡Paraje en el que quedarse como un lo
meditando siempre con el
.
co dando vueltas siempre,
,
pensamiento des vane .dO
I
avanzada del viejo cementerio(
ci en a soledad
Aquella estancia en la noche del ce
.
brarme a la noche de la muert
d d menteno me hizo acostume, Y es e entonces sé có
1a larga borrachera de sueño en I t·
mo va a ser
t
a ierra que no ve en 1 .
uraleza, en la noche igual que el día.
,
a ciega naRAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA

�LA PLUMA

EL JARDÍN DE LOS FRAILES

(1)

V

[I

rapto del espíritu en lo bello natural era un modo d:
arribar súbitamente a cierta felicidad donde c~saba 1
pugna entre la inclinación y la ley. Po~· vez pnmera el
antagonismo se resolvía en mi favor. Triunfaba de tod~
límite y al aprender a evadirme así de aquella vida estrecha, no cese
de al~bar el tesón con que había mantenido mis espe:anzas. ¿,Vendrían gentes al mundo con sobrada capacidad de sentir, no m~ ~e
ara uardarla incólume en alguna mazmorra y go~a:se sohtana~entegen ella, como el avaro recuenta sus riquezas estenles? La_ coerción externa, el comercio humano habían empezado a ~nsenar~e
.,
yo y a podar y mondar de sus brotes espontáneos mis
quien era
.
.
1
b' T s de com.
!sos Privación dolorosa, pero mterma; yo o sa ia. ra
impu la . enerosidad de mis sentimientos, tan bien medidos con las
L

!ª

~:;i::taci~nes bellas del mundo, y la cautela o ál_gidal ap_at~~ d~;o:
bárbaros lo que deduje no fué mi impotencia, smo a m tgm a
ajena A, otros les convendría asquivar el dolor a fuerza ~e es:ar
.et~s y proclamar unas máximas destiladas de la cobar~ia y os
~::eng~ños; mas yo no quería admitir que hablasen en m1 nombre
(1) Véase LA
26,4

PLUMA

de septiembre y octubre de 1921.

las conciencias escarmentadas. El auge de mi vida sentimental era
fenómeno nuevo. No pertenecía a ninguna experiencia anterior. Y esa
fuerza pura, aún inorientada, yo sabría emplearla con el fausto y la
dignidad pertenecientes a su grandeza y agotarla sin más norma que
mi arbitrio ... Pero antes sería menester sofocar las voces del miedo.
Decían tanto mal de mi demonio interior, que si me sorprendía a mí
mismo contemplándolo y deleitándome en sus promesas, el pavor me
congelaba la raíz del pelo, como si estuviese ya cautivo de un infortunio irrevocable. Eran de calidad vil los motivos que me determinaban, pues en último caso reducíanse a temer o no los resultados
que me trajese la conducta. La razón más persuasiva que el antagonista acertaba a insinuar en mi conciencia era la del «amargor de los
frutos de las pasiones», incitándome mansamente a precaver el chasco postrimero con no apartarme de la vida descansada en que consiste la ventura asequible. Mas no importa el sinsabor de los frutos,
sino alcanzarlos en sazón. Me repugnaba inmolar la vida al remordimiento. Y la renuncia, tan alabada, y el desvío cerca de las emociones proscritas, no me aportaban tampoco la sedación ni la paz que
me prometieran. Yo no tenía espíritu de sacrificio, ni humildad, ni
el don de lágrimas; no podía zambullirme en el deleite de mi abnegación, que es un modo de consuelo, ni admirar mi heroísmo y suputar el premio; la acritud del corazón me forzaba a ser sincero: mi
inhibición era el despego soberbioso de quien no se arriesga a sufrir
chafaduras en el amor propio. En estos coloquios recatados, que
abrieron, sin notarlo yo, el surco por donde ahora puedo remontar a
los albores de mi vida moral, solía prestar a mi contradictor interno
el asentimiento bastante para eximirme de su acoso; pero aunque no
la nombrase, llevaba yo bien guardada la certidumbre de que todas
estas cárceles se derrumbarían; y si aquel miedo infuso me dejaba,
la alarma venía a sobrecogerme ante el rápido discurso de las horas,
que pasaban sobre mí con levedad, sin dejar rastro.

�LA P L U ~1 A
LA PLUMA
•Qué sortile&lt;rio me echaban el aire y la luz para suspender mis
&lt;
~
º6
diálogos y elevar el alma a ese punto en que se borra~, la acepc1 n
de bien y de mal y los deseos? Virtud de la contemplac1on, que lleva
al aniquilamiento si la caricia en los sentidos nos hechiza_ Y el pábulo
del pensar, derretido, se evapora, dejándonos en una quietud transparente, sin contornos, deshecho el dualisn:io _vital d~ hombre Y mundo. En tal desleimiento de la persona cons1sba, a m1 entender, la sumidad de la vida; era, por el contrario, un modo de perderla, de
abolir la reflexión, de no parar los ojos en la histori~ de. ho~ bre_ ~ ue
empezaba a gravarse con dolor en la haz de la conc1enc1a. Narcottco
era, manantial de placeres puros, esto es, sin mezcla. Por goza1'.l?s
busqué cada vez más el tacto con la naturaleza. Pedíale la exa~ta~1on
sensual que me arrebatase al pasmo ya gustado. No la enc~ntre siempre sumisa a mis antojos. Se entre~aba_ cua~~o menos podia yo esperarlo. A vece..c:., las más, era inútil m1 solicitud. En vano ~aba yo
suelta al raudal emotivo que artificialmente acertaba a s~s~1tar: no
se producía aquella unión misteriosa. Er~ tanto c~mo a~anc,ar a una
estatua. Entonces mi capacidad amatona se atema pu1~mente a lo
concreto: ponderaba las formas, los colores, la prop~~·c1ón, los aromas, los sonidos, sin pasar a más. Y de esta contenc10?, d'.:! esa sobriedad, por las cuales fué asi cómo enumerando los ?bJetos_y sacándolos de la masa donde antes estaban empotrados, vmo el liberarme
de la pavorosa impresión de mi pequeñez con que el mun?º'. hasta
allí indiviso, me agobiaba. Me desembaracé de algunos senhm1ent?s,
incorporándolos en las cosas. Empecé a poblar el mund~ exterior
con engendros de la fantasía. Reiné sobre los seres, y d1:~use _de
ellos como de material para mis juegos, que no eran ya_de runo. Hice
solio de la ventana de mi celda, que daba a los Alam1llos, Y desde
allí fuí metiendo en las fuerzas naturales la intención de que ~ntes,
estúpidamente, carecían. Echaba sobre los cerros cogullas de m~bla'.
si estaba triste; apagaba los ruidos del mundo con mantas de meve,
266

1

dilataba los cóncavos cristales de la noche cuando era mayor mi
aliento; y si el mal humor me infundía propósitos malignos desataba
los vientos rabiosos, dejándolos noches y días enteros correr por las
pizarras y desgarrarse las fauces con los aullidos. Mi inspiración peor
deleitaba a las señoras, y más aún a las hijas de las señoras que a la
puesta del sol cruzaban por los Alamillos, de vuelta del Paseo de los
Pinos. Componía un cuadro con luz de ocaso, y brumas sutiles y
resplandor de lumbres de pastores, lejos, y humaredas densas enredadas en los árboles, y unas puntas de ovejas que volvían de la
Herrería al colgadizo de la huerta a dar de mamar a los recentales.
Olor de leñas quemadas, vaho de hojas en putrefacción, balidos lastimeros: todo estaba a punto.
·
-¿Os gusta?-decíales a las damiselas.
-¡Oh, sí! ¡Mucho! Y ponían lánguidamente los ojos en las ventanas del colegio. Pero a mí me cargaba su excesivo amaneramiento,
Y apenas las novias habían dado la última vuelta por el jardín, de
un empellón sumergía el cuadro en la tiniebla.
Por esos portillos empecé a salir de mí mismo, y tal es la deuda
más grave que tengo con El Escorial, o mejor, con su campo: en la
edad de ordenar por vez primera las emociones bellas, me sobrecogió
el paisaje. La obra humana, el Monasterio, quedaba aparte; ininteligible, no sé si diga hostil. O lo admirábamos a bulto, sin saber muy
bien por qué (acaso por su grandor), o veíamos una obra extravagante, cargada de intenciones anacrónicas, que no hacía presa en
nuestra sensibilidad ni acertábamos a explicar según los modos de
que nuestra razón iba aprendiendo el uso. Vislumbro el origen de
aquella tendencia a mirar el Monasterio como un error grandioso, no
sólo en que el intelecto, viniendo más tardío, era incapaz aún de
penetrar el secreto de esta obra, superior en dignidad-como del ingenio humano-a las obras naturales y de menos fácil acceso al espíritu que las sugestiones patéticas del pai~aje; pero además en el
267

•

�LA PL U\\ A

LA PLUMA

encargo de contemplar el monumento dentro de su representación
histórica, s¿breponiéndole un valor de orden moral, significante, que
postergaba su valor plástico. Pienso que así quedaba desconocido el
Monasterio, llevándonos a medirle por el mismo canon que la expedición de la Armada Invencible.
¿Pero qué hacer de esas experiencias mías, ni cómo emplear los
hallazgos, por mínimos que fuesen, fruto de mi actividad personal?
Yo no sabía si estaba enriqueciéndome o si, más bien, era el rico
ocioso que despilfarra sus tesoros. Lo mejor de mi vida no era sino
vagabundeo, holganza pura, indisciplina, visto que desde ese campo
donde solía merodear, al cercado de mis obligaciones no había tránsito prevenido. De cuantos deberes nos imponía el colegio, los únicos que prendían en realidades presentes en nuestro espíritu eran los
deberes religiosos, ya los acatásemos devotamente, penetrados de
temor cristiano, ya suscitasen en algún corazón rebelde angustias
mortales. Pero un hombre no tiene sólo el alma para jugársela a cara
o cruz con el demonio. Tan claro es esto, que aparentemente gastábamos lo más del día en trabajar por ornamentarla, salvo que, ese
trabajo carecía de conexión con la vida superior del espititu. Yo había
visto en el presidio de Alcalá a los penados tejiendo pleita. No puedo
representar mejor mi estado. Un ser sin cerebro, una máquina, hubieran dado cima a nuestras tareas con más puntualidad y no menos
brillantez que nosotros. De manera que para aligerar el trabajo maquinal, era útil enseñarse a hacer trampas.

VI
Declaro con rubor que fuí en El Escorial un alumno brillante.
Si me contase en el número de las personas que, a falta de mejores
títulos, o por perversión del estímulo de la simpatía, pretenden ele268

varse en el aprecio ajeno ponderando las dolencias que han padecido, no podría vanaglori:1rme de otra más grave que el envenenamiento característico del escolar aventajado. Me abstengo de hacerlo
por urbanidad y por no empeorar con una superchería el pecado
contra el buen gusto.
D~bí de p~re~er, siendo estudiante, un caso mortal: desparpajo,
prontitud, lucm~iento alegre. En las degollinas de fin de curso (clases entera~ sacrificadas por clerofobia del catedrático O por rigores
de un s~b10 de fama local, demasiado convencido de la importancia
de su asignatura), yo era de los dos o tres que se salvaban, y me salvaba con gloria. Mi ruta natural ya se columbraba desde aquellas tesis
que_ sostenía en nuestros certámenes, desde aquellas notas' excelentes.
~n Joven de provecho triunfa en la vida si, apenas salido de la Universidad, prom_ulga sendos folículos sobre el «Estado social de la mujer»
la «Necesidad de mejorar la aflictiva situación de las clases trabaJadoras»; ~-i asiste en un bufete conspicuo y granjea, sacando de penas a la h1Ja de algún mastuerzo, además de una entrada legítima en
el cercado de Venus, otros bienes-entre los que suele contarse una
manada de electores numerosa-, menos fugaces que los deleites severos del connubio. Por dónde iba, paso a paso, la ilación entre
nu_estra~ tareas de colegiales y esas cimas vertiginosas, yo no lo sabre decir, pues me senté en el comienzo del camino; pero quien
daba suelta a la ambición calculadora y se ponía a conjugar sus fines
~ sus ap~estos, tasaba al punto nuestros trabajos en su valor positihvo: la gimnasia del entendimiento, absorbiendo la ley de las Doce
Tablas, el_ ~ecreto de Graciano y diversas refutaciones del panteísmo, permiha escalar el solio de un cacigazgo rural; el matrimonio
de _ventaja, el mandato en Cortes, un ministerio, eran los grados siguientes ~ la licenciatura y al doctorado en una facultad que empezaba descifrando a Irnerio para terminar naturalmente al servicio de
Sagasta (entonces era Sagasta), con sólo sustituir valores iguales, a

!

269

�LA PLUMA
compás del progreso de nuestro espíritu. El cálculo se robustecía en
la contraprueba: fuera del adelanto en esa senda, nuestros conatos
no daban de sí maldita de Dios la cosa. Tal sería también mi destino; tal mi vocación presunta.
Si alguno de mis buenos maestros, en la esfera donde está, compara aquellas promesas y estos frutos, podrá decir que he malogrado sus desvelos, pues la inteligencia sirve, no para encontrar la verdad, sino para conducirse en la vida, y a mí me habían puesto desde
jovencillo en el carril de los triunfos. Cierto: les volví la espalda; desmentí los vaticinios más claros; abrasados fueron aquellos años, aventadas sus cenizas. Lo digo sin amargura, sin furor, no obstante el
peligro en que estuve, pues ahora sólo me place recordar que me
salvé. Salvarme fué, más que cordura, virtud de la indolencia. Porque escatimé el esfuerzo, la infección no pasó a mayores, a pesar de
los síntomas. No puedo alabarme siquiera de haber corrido una borrasca intelectual. Salí del colegio sin adquisición alguna; nada tenía
que abandonar ni que perder. Armas de cartón me habían dado para
un combate en que, por suerte mia, yo no estaba propenso a entrar;
las arrojé sin duelo, me encontré a mis anchas, no busqué para el
caso otras mejores. Dijeron que era descarrilar y que me perdía. Sea.
No he llegado a hombre de presa ni, cuando menos, a prohombre. Me
consuelo , pues mi fuerte ingenuidad me hubiese celado el espec...
táculo de mi encumbramiento. No habría sabido juzgarme, m vivir
desligado íntimamente de las cosas. No soy santo; ~i humorista, ni_,
creo yo, lo bastante canalla para no haberme entusiasmado con m1
propia obra. En el ápice del poderío, más aire me hubi~se ~ado a
Robespierre que a Marco Aurelio: hubiese tomado en seno mis gestas, sin prevenir resguardo para mirarlas del revés; ele;7a~o al rango
de portavoz cte vaciedades comunes, como me falta el c1mco despe~o
de los canallas (nada puedo regatearle al afán del momento}, habna
dado a luz un varón togado, con ínfulas de apóstol, y engañádome

LA PLUMA
a mí mismo por no engañar a sabiendas al prójimo. Cabalmente, ese
es el personaje que más detesto.
En mis triunfos fáciles no sé con certeza quién defraudaba a
quién: si yo al colegio, echando por el atajo de la memoria, que era
menor esfuerzo, o el colegio a mí, dejándome sobredorar metales inf~riores. Entonces creía yo ser el matutero. Por buen sabor que tuviese el descanso adquirido con engañifas, no dejaba de sentir e1
malestar de quien vive agobiado ineludiblemente por tareas ingratas, de las que se alivia un poquito desviando la atención. Conocí el suplicio de tener escindidos el trabajo y el cuidado; pocos
hay que más duelan. Fijar el ánimo por el trabajo mental y acompasarlo merced al esfuerzo sostenido no se alcanzaba nunca. En nuestro espíritu había un desequilibrio tormentoso. La atención se iba
de merodeo por los mundos imaginarios: también eso era cansado
insufic~ente, y venían la expectativa desasosegada, el deseo confus~
de sentar el pie, de hacer presa. Si el colegio nos parecía una suspensión temporal de la vida propia, debíase, más que nada, al sobreseimiento en la cultura de la inteligencia. Allí era el hacer que
hacía!Ilos, el dejarlo todo para mañana. Ko digo que anduviésemos
ansiosos
mendigando de los frailes el saber y nos afliaiera
quedar
.
o
msatisfechos. Cierto: un entendimiento activo, original, pujante, ha..
bría padecido con tal régimen privaciones análogas a las del lascivo
en abstinencia forzosa. Pero nosotros debíamos de ser perezosos en
demasía; nos resignábamos a estar a dieta. Esa conformidad casa muy
bien con el desasosiego que germinaba en el baldío del intelecto; no
lo destruye, lo corrobora. Nos faltaban, simplemente, estímulos serios. Pocos dejábamos de advertir la inanidad de nuestros conocimientos. La vida intelectual robusta no podría empezar justamente
hasta salir del colegio. Todo cuanto en él adquiríamos era para olvidarlo en el punto de llegar a hombres. Tantos programas y libros,
tantas clases, tantos exámenes no eran sino para ganar ciertas ha271

�LA PLUMA
LA PLUMA
bilidades de orangután domesticado, habilidades caedizas, de la&amp; que
nadie volvería a pedirnos cuenta en la vida. Esfuerzo que empleásemos
en adquirirlas, esfuerzo perdido. Nuestra inteligencia era menos pueril de lo que pensaban los frailes; afectábamos un candor, una docilidad de entendimiento que, en el fondo, no teníamos. Los frailes, sin
recatarse, estrechaban el campo que nuestra curiosidad, mejor estimulada, hubiera debido explorar... Había cosas que era malo, o peligrosamente inútil, o, cuando menos, prematuro saber. El toque estaba
en distinguir la ciencia falsa de la verdadera: una valla, erigida hace
veinte siglos, las dividía; del lado de acá, de nuestro lado, lucíu la
verdad, pronunciada de una vez para sien::pre; en el otro se amontonaban los errores tenebrosos. Lo más de la historia del pensamiento
humano quedaba a la parte de afuera. Y uno retrocedía, vagamente
conturbado, ante predestinación tan fuerte. Entreveíamos el fraude piadoso, y que al fin habíamos de hacer un descubrimiento
análogo al de que los niños no vienen de París; más: ya lo habíamos
descubierto; fingíamos no saberlo; y esa inocencia simulada, necesaria para llegar pacíficamente al cabo de nuestra ruta escolar, empezaba por corromper la fuente de la probidad intelectual, hacía sospechosa toda noción, minaba las bases del respeto al saber, era la causa
última de la desgana, del insondable descontento.
Aprendimos, como era debido, a refutar a Kant en cinco puntos, y
a Hegel, y a Comte, y a tantos más. Oponíamos a los asaltos del error
buenos reparos: « 1.0 , es contrario a las enseñanzas de la Iglesia...
2.0 , lleva derechamente a1 panteísmo ...~, y otras rodelas imperforables. El positivismo le disputaba al materialismo el calificativo de grosero. El panteísmo era repulsivo. ¡Lo que nos tenemos reído del
judío Spinozal Y el día en que el Padre profesor de Derecho Natural nos leyó, para escarmiento, unas líneas de Sanz del Río, quedamos bien impuestos del peligro que hay para la sana razón en apartarse del redil. A Hegel le reducíamos sañudamente a polvo. Tomá-

bamos ejemplo del catedrático de Madrid quien tras de e 1l ., t
'
,
xp icar una
ecc10n ocante al hegelianismo, decía el muy socarrón-. «y a que h emos aca b.a d o con Hegel...» Era el enemigo más temible• Lo prueba
H
que e1 mismo catedrático disparaba este argumento· «·Señ
fué
•
• ,
á
•
ores: egel
mon rquico ....1»; y si al Padre C. se le ocurria decir com
·
d'
¡ . H
.
.
,
o quien
ice a go. « eg~l, una de las mteltgencias más poderosas que se han
paseado por la tierra... », parecía una gran concesión
Más r_ebeldes que a la conservación de la doctri~a éramos a la
restauración
de los modos. En los certámenes había que di·scu mr
· por
-1 .
si ~gismos. Dos veces comparecí ante el colegio en pleno a sostener
tesis de encarg~. El Padre Blanco me confió la primera: «De la belleza co~o cuah~ad _su~asensible.» Sería entonces cuanct'o fundé mi
rep_utac10n. Al ~no siguiente nos pusimos a desenredar en público los
pleito~ de un ciudadano romano. Presenté mis conclusiones. El adversano _me asestó un silogismo violento. Sin rendirme, clamé:
-¡Niego la mayor!
-¿Cuál es la mayor?-replicó, desconcertado.
Aquella noche no discutimos más.
( Continuará.)

MANUEL AZARA

1

l

272

273

�ALCOR
6sta es eastilla. 61 horizonte,
cerrando la alta es/era,
define en derredor un pensamiento,
vasto descanso,
cumbre y remanso
del espíritu puro.
6sta es Castilla. 'Gi~rra y cielo.
6rrante la mirada
vaga en el denso mar. 'Y no descubre
/ronda ninguna verde
en que la luz se temple. ;]lasta que octubre
da con sus alas grises una sombra
gigante. &lt;Soledad.
6sta es Castilla. f}{ace los hombres
y los pierde.
.los pierde en la retórica
de que pletórica la ;Musa f}{ispana
se muestra aún arrogante.
Cante el mantenedor, cante el poeta
de los juegos de /eria provinciana
acordados la lira y el discurso
al /ácil tópico,
la vana pompa de los mitos oficiales.
'Yo cuando quiero /lores naturales
las cojo en el campo.
274

\

_)

LA PLUMA

fNo en éste al que la gracia
del prado ameno y variopinto,
del arroyuelo
sereno y claro la corriente limpia,
del valle perfumado
la regalada umbría,
;Madre fNaturaleza niega dura.
fNo en este yermo.
&lt;Sino en el campo
que labra mi deseo
día tras día,
regado por mis ojos
con las lágrimas vivas del recuerdo,
campo tan ancho como el mundo,
pero cerrado como un huerto,
campo todo florido
como un jardín edénico
desde que mi sentido
lo ha descubierto,
por la fragancia del corazón, dentro del pecho,
campo mio,
en tanto no haya muerto
la luz en mí, y con ella
la virtud de este verso:
flloy, en la eternidad del universo.
f}{oy, soy;
2

75

..

�LA PLUMA

en el presente
vivo en tanto que aliento;
ayer, mañana,
son sombras en el tiempo,
larvas,
espectros,
cosechas, siembras, hechas
con la solemnidad del mO'Uimiento
atávico,
con que ya usaba la hoz y el bieldo
el labrador de los campos góticos;
o con el ánimo moderno
del que en la máquina aprovecha
el esfuerzo
del cálculo,
para romper el suelo,
para vencer el aire,
para esquivar el trueno.
Vrlas en el fondo
todo es uno y lo mismo,
mañana y ayer son
abismo
a no ser la creación del pensamiento:
'Ver y entender
en el momento.
9l,bro los ojos, miro.

L A PLUMA

'Veo:
'Gierra de campos. eampos llanos.
&lt;Sobre los llanos un alcor.
6n el alcor hay un castillo,
ruina de un /eudo sin señor.
eastillo, no en el aire,
firme en el suelo,
baluarte que aún defiende,
enhiesto,
fantasmas, quimeras,
vagarosos ecos
de una voz sin tono.
'JI entiendo:
fNo la to"e
del homenaje sin acatamiento,
ni el suspiro
que entre sus muros finge el fliento,
me traen a este retiro,
a apoyar en la barba el pensamiento.
fNo el honor de una gloria pretérita,
ni de anticuario el goce enfermo,
mas el hacer mi morada interior
y contemplar desde el alcor
la nada.
C. RIVAS CHERIF

277

�LA PLUMA
Ano•10 C11Buios.-Su marido. Veintisiete año1. Teniente de Caballería. Se
casó porque la chica era rica y porque se le parecía a una cupl.-:tista
de quien fué el souteneur por mucho tiempo. Procura educarla en la
misma escuela.

LA LEY DE DI OS
DRAMATIS PERSONJE

La famllia López:
DoN Ju1J1 BAUTISTA LóPEz.-Sescnta y cinco años. Solterón. El público no le Ye
ni le oye, pero está siempre presente.
,
JUAN BAUTISTA GONZÁLEZ.-Un año. No habla, pero duerme Y se ne. . .
DoÑA lsABKL LóPKZ.-Sesenta aiios. Solterona. Es la santa de la fam1ha Y a la
que todos obedecen por su discreción y por su diocro.
.
DON FaucuNo LóP1z.-Cincucnta y cinco años. Un hombrote como un cast_~llo,
pero cobardón y fácil de lágrimas. Piensa constantemente en sus h11os,
sobre todo en Vcremundo, presuntos herederos de la fortuna d~ la familia. La adulación a su hermana Isabel determina todas sus accione~.
DoíiA FRANCISCA.-Cincucnta y dos años. Su esposa. Avara como su mando.
Muy fresca.
DoiíA Au11.o11.A L6Psz.-Cincucnta años. Casada. Sin hijos. Amargada por esta
circunstancia, pero tan codiciosa como sus hermanos.
.
Dox BBNioNo.-Cuarenta y cinco años. Médico que al llegar de titular a_l pueblo
hizo la cura de Aurorita y desde entonces sólo receta a los criados de
la familia. Su carácter tímido se acentuó más por miedo a su mujer Y
hermanos.
Tnasnu LóPKZ.-Veinticinco años. La &lt;iltima de los Lópcz, bonita, mimosa. ~u
marido concluyó de estropearle el juicio. La codicia de ella se desvia
hacia el afán de tener dinero para gastarlo.
278

1

¡
1

DOCTOR D. BBRNARDo Cuo.-Médico viejo. Practicón resignado. Un fondo de
honradez y bcccvolcncia. No puede beber una copa de vino sin dccla•
rarse anarquista.
DOCTOR ANORBTO.-Médico joven. Con talento y alguna petulancia. Aspira a la
clientela de su compañero. Pertenece a los adoradores d~ la piedra,
entendiendo por piedra el gesto que le haga medrar.
S&amp;io1t H111KST11.osA.-Notario cuco dispuesto a nadar en ríe, revuelto, pero guardando la ropa.
Do11 APARICio.-Párroco de Andux. Un gañán sin educ~ción. Ignorancia absoluta que le hace irresponsable de sus acciones. Cree que Dios está al
servicio de los ricos.
TfA CATAUNA.-Cincuenta aiios. Para ella el amo lo puede todo. Codiciosa,
amoral. Madre de
M.uiú o.u. Pnm.-Veinticinco afios. Madre de Juan Bautista el pequeiio. Una
sierva.
LuCAs.-Sacristán.
Sutaoo lit IUYOR.-Labrador.
ESCENARIO
Un salón rústico en casa de gente bien acomodada. Mesa, sillones, sillas. Dos
puertas en el fondo, a la gal~ría. Dos ventanas laterales con cristales. Todo
macizo, fuerte, hecho para la inmortalidad. Forman contraste algunos muebles modernistas de muy mal gusto. Imágenes de santos, cromos y un retrato al óleo del fundador de la dinastía, don Veremundo López, con leontina y bastón; la cabeza es muy p~quefía para los hombros y sobre todo
para las manos, que parecen dos racimos de plátanos. Hay un reloj que
no marca la hora para que no se estropee.

DR. CANo.-Resumen, amigo y colega: hemorragia cerebral, forma
apoplética, hemiplegía de origen central. Pronóstico: grave, gravísimo,
de toda gravedad (cambiando su voz doctoral pnr otra Jamt'lzar y francota). Amigo mío, hay que conformarse con la voluntad de Dios; su cu279

•

�LA PLUMA
ñado no llega a la madrugada. Creo no decirle nada nuevo con estas .Palabras; usted ha visto bien el caso y lo ha t~atad~ conforme~ ley. (::,igue
un largo silencio. Benigno, con la cabeza baJa , y lia11do maqumabnente un
dgarrillo.) ¿Se le ocurre algo nuevo, compañerito?
...
DR. AMORETO.-No; no, señor; estoy conforme con su opm1on de us-

ted. Pero ...
DR. CANO (con sonrisa malévola).-Diga, diga usted, joven. En medio

de todo, ustedes los recién llegados de los grandes centros científicos
pueden aportar otros datos, indicar otros agentes, para nosotros los practicones ofvidados o desconocidos.
DR. AMORETO.-Nada de eso, maestro. Era solamente añadir como un
dato más a la hermosa historia clínica por usted explicada. Sabe usted
las modernas orientaciones de los clínicos hacia la arterioesclerosis como
causa de las lesiones arteriales de origen central: nuestro enfermo tiene
todo el aspecto de un arterioesclerósico en período de hipertensía.
DR. CANo.-Cierto ... , cierto ...
DR. AMORETo.-Además, he oído decir, y si don Benigno me perdona
que lo repita ... , q~e sus co.stumbres ...
DR. CAN0.-C1erto ... , cierto ...
DR. AMORETo.-Parece que bebía ... ¡Oh, no! (respondfendo a un gulo
de don Benigno); no digo que fuese un borracho ... ; ademas, hombre mujeriego...
DR. CANo.-Cierto ... cierto ...
DR. AMORETo.-Añadamos, señores, la edad ...
BENIGNo.-Sesenta y cinco años.
DR. AMORno.-No es para morir de viejo ...
DR. CANO.-Cierto ... , cierto ...
DR: AMORETo.-Pero sumemos todas esas concausas, demos a cada
una la importancia etiológica gu_e tienen, y ente_nderemos con pa~mosa
claridad, con esa claridad mend1ana con que bnlla la verdad médica, el
origen del cuadro morboso actual.
DR. CANO (después de un silencio).- Ciertísimo, estimado colega.
(Otro silmclo.) Siga, siga usted.
.
.
.
DR. AMORETO (muy cortado).-Nada mas ... ; no tengo mas que decir...
DR. CANo.-Como usted ve, Benignito, la magnífica disertaci?n de
nuestro joven colega, el análisis tan hermosamente hecho de los ongenes
del mal, no ha de remediarlo.
BENIGNO (despuls de otro gran silenúo).- ¿Y qu~ creen ustedes ... ? Ustedes, príncipes de la medicina,. médicos de la capital...
.
DR. CANo.-Declino ... , declino ...
DR. ANORITo.-Y o también declino.
280

L A PL UMA
BENJGN? .-No; no, señores; yo, un pobre médico rural , les ha llamado
por ue as1 lo creo ...
R. CANo.-Bueno ... , bueno ... ; pase usted de laroo
... digo por mi
0
'
•
parte...
DR. AMORETO.-También por la mía .
BENIGNO.-¿Qué opinan ustedes de ... su inteligencia ... ?
·
DR. CANo.-¿De su inteligencia?
BENJGNo.- ¿Creen uste_des que ~e halla en disposición de testar?
_J?R. AMORETO (con rap1dez).-N1 pensarlo. Hay una completa obnubilac10n de todas las facultades ... El choque cerebral, la apopleoía... -1no
0
' ,:;
es esto, maestro?
. DR. CANo.-Diré a usted~s. Yo en mi larga práctica he visto casos
milagrosos. No creo que en este pueda darse tal contingencia.
DR. AMORETO.-¡Imposible!
DR. CANo.-Nada hay imposible, joven colega ... ; pero va he dicho a
usted que todas las probabilidades son de muerte...
•
'
BENIGNo.-De modo que en la actualidad ustedes no creen posible que
pueda testar...
DR. CANo.-Ni con intérprete, amigo mío.
. DR. AMORETo.- Piense usted que esta lesión radica en la circunvolución. frontal ascendente, en la parietal descendente, toda la zona Roland1ce.
DR. CANO.-Cierto. Toda la zona Rolandice ...

6

*

* *

AURORA (entrando precipitadamente). - ¡Ha hablado! ¡Ha llamado a
Isabel, y con los ojos ha pedido agua! Se ha bebido una copa ...
DR. CANO.-Ya les decía a ustedes, se dan casos ...
AuRORA.-Ven, Benigno ...
DR. CANo.-Vaya usted. Aquí aguardaremos.
D~. AMORETo.-Yo voy con usted; quisiera persuadirme del fenómeno.

FEUCIANO (mtrando).- lsabe1 , insiste en que suban pronto ...
Tooos (mmos Dr. Cano).-Vamos allá.

* * *
28

�LA PLUMA
LA PLt:MA

DR. CANo.-Aquí les aguardo. Don Feliciano me hará compañía.
FELICIANO. Sí; yo no puedo ver esas cosas. Desde hace tres días estoy
tan enfermo como mi pobre hermano.
DR. wNo.-Y usted, amigo mío, ¿oyó que el enfermo llamaba a
Jsabelita?
FELICIANO.-La verdad, yo no oí nada; pero las tres mujeres creyeron ... una dijo que sí, que había hablado, otra le preguntó si quería
agua, y entre las tres le pusieron el} los la~ios una co~a, y entre la que
tragó, y con la que se derramó, alla la vaciaron... No se ... , no sé... ; estoy
,
.
enfermo.
D1'. CANo.-Un caso de sugestión-. Y diga usted, amigo mio, ¿que
empeño tiene su cuñado en pre~ntar si el enfermo puede hacer testamento? ¿Es que pensaba en me¡orarle?
.
FELICIANo.-No, señor don Bernardo, es algo mas grave y que a todos
nos alcanza. Figúrese usted ...; pero hasta vergüenza me da de hablar de
estas cosas en este momento ... mi pobre hermano moribundo...
DR. CANO.-¡Ya, ya... 1Cosas de familia .. . , intereses mezclados ... ; no,
no insisto ...
FELICIANo.-No es ningún secreto. Aquí todo el mundo lo sabe ... ,
pues, un solterón ... , más de sesenta años, y además, ¿por qué ocultarlo??
por ser el más viejo de nosotros no alcanzó los buenos ~ie_mpos de mi
padre ... , su educación se resintió de eso ... , no pudo asis_tir a los col~gios ... y después ya no quiso; decía que para labrar la .tierra ya sabia
bastante y que lo demás era cosa de señoritos ... y se re1a de nosotros,
queriéndonos mucho; eso sí, nos quería m,ucho, sobre t?do a Isabel y a
mí... Isabel quiso amansarlo, pe~o él se ~e,a y no le hacia caso ... No salía del campo, siempre sobre la tierra, ~isputando por ~l ?g_ua o P?r los
abonos, vestido y calzado como un patan, fumando v1rgimo, bebiendo
ron y •gozando
con el trato de peones y gentuza. ¡Y un talento! ¡Y un
1
corazon.
•
1
DR. CANo.-Sí, sí, lo sé. Bastantes veces le he aten~ido en m1 consu ta. Siempre me recomendaba sus mayordomos, sus ¡o~naleros y ~salariados. Era uno de los fieles a mi vieja iglesia. No se de¡aba seducir por
los apóstoles nuevos.
.
FELICIANo.-Sí, señor don ~ernar10_, ste';llpre tuvo en ~~ted una fe
completa y ciega. Siempre dec1a: ~ed1co v1e¡o y zapato v1e¡o.» Para él
era un suplicio estrenar unas botas.
DR. CANo.-Tiene gracia.
FELICIANo.-¡Pobre hermano! ¡Era un talen~ol Y .v~a usted, aquí_ ~e
encerró en este caserón, lejos de poblado, y aqm ~a v1v~do en compama
de mi santa hermana Isabel, mientras nosotros disfrutábamos de todos

J

1

los goces de la sociedad. Él nos decía: 4&lt;0iviértanse; yo cultivo la hacienda que ha de ser de todos.» Siempre insistía en esto: en que su hacienda
era para sus hermanos. Y así trabajaba y así, roturando riscos y allanando laderas y comprando lotes de vecinos en apuro y construyendo represas y alumbrando aguas, llegó a formar esta posesión, lo mejor y más.
rico de la Isla. Usted la conoce como todos en esta tierra. Es una
bendición.
DR. CANo.-Valsendero. Da tantos plátanos como todo el resto de la
Vega. Don Juan Bautista era ... es... el agricultor de más ojo y más conocimiento que he conocido. ¡Qué lástima que esto se reparta, amigo
don Feliciano!
FELICt.lNo.-¡Qué vamos a hacerle! Si Juan Bautista pudiera expresar
su voluntad, de seguro que pensaría en mi santa hermana Isabel y en
mis hijos, pero...
DR. CANO.-¿No ha testado?
.
FELICIANo.-No señor, no ha testado. Hace tres días que hemos preguntado a todos los notarios, registrado los armarios todos, y nada ... ni
una nota.
DR. CANO.-Ahora me explico la pregunta de mi compañero y cuñado de usted, Benigno Santos. Temía que a última hora pudiese hacer
testamento.
FELICIANo.-¡Así fuera! En medio de todo mi hermana Aurora, su
mujer, no ha tenido hijos, ni probablemente los tendrá, y es probable
que andando el tiempo todo quedará en casa. Le estoy hablando con el
corazón en la mano; usted es como un confesor.
DR. CANo.-Cierto ... , cierto ... ¡Ah! ¡Ahora entiendo! Esta, su otra
hermana, la más joven ... , Teresina. . .
FELICIANo.-Es verdad, Teresina .. .
DR. CANo.-Pobre muchacha ... Una niña tan guapa, tan simpática,
una verdadera perla, y haber caído en manos de ese tenientillo que no
sale del salón de la ruleta. ¿Cómo usted y don Juan Bautista consintieron semejante adefesio?
.
.
.
FELICIANo.-Que quiere usted, amigo mio; era guapo, hablaba bien,
se metía por los ojos, luego el espadín, el uniforme ... , qué se yo ... Bastante me opuse y mi santa hermana Isabel también luchó, pero Juan
Bautista se reía de todo y decía: illéjalos hombre, que hagan su santísima voluntad ... », y la hicieron.
DR. wNo.-Esos sí que tienen hijos ...
FELJCIANO. - Uno cada año. Ese perro no la deja descansar ... y
eso que entra en su casa a las cuatro de la madrugada. Ya tienen tres.
hijos.

.

/

�LA PLUMA
DR. CANo.-Creo que le ha despotricado gran parte de su conveniencia ...
FELICIANo.-Sí; pero Juan Bautista la ha ido comprando o hipotecan-do y así vuelven las aguas perdidas a su cauce antiguo. Ahora mismo si
de ese pícaro se tratara solamente, quedaba la esperanza de recuperarla.
DR. CANo.-Cierto ... El sistema empleado por don Juan Bautista po.dría usted implantarlo .. .
FELICIANo.-Yo no ... , yo tengo muchos hijos ... , pero mi santa hermana Isabel lo haría, y al fin y al cabo, si no yo, mis hijos, Veremundo
sobre todo, que por llevar el nombre de mi padre tiene todas las simpatías de mi santa hermana, podrían reconstituir esta fortuna, volver a la
unidad primitiva, a realizar el sueño de mi padre, de aquel padre, hombre salido de la nada y que hizo todo esto ... ; esto, amigo mío, que empezó por esta casa humilde y unas tierras secas y que ha ido extendiéndose, aumentándose como una inundación de agua verde ... ¡Qué lástima y qué iniquidad! ¡Pensar que puedan partir la tierra, es como si me
partiesen el corazón, como si me arrancasen la carne ... !
DR. CANo.-Hay esperanza, amigo mío; su plan de usted ... , de su
santa hermana, me parece de éxito seguro ... ; ese tenientillo querrá dinero, dinero contante y sonante ... , un aeuro de ruleta y ya veo vendido
un cercado por poco más de nada ... ¡(¿ué sabe él del valor de la tierra!
FELlCIANo.-¡Verdad! ¡Verdad! Así, no es eso lo que nos amarga y
desespera; al fin y al cabo todo eso es posible, y si no lo fuera, Teresina
es sangre nuestra, y en ella y en los suyos quedaría. Eso es justo y es la
ley de l)ios y de los hombres... ; pero hay otra cosa ... , una verdadera injusticia, un sacrilegio inmundo ... Perdóneme, señor don Bernardo, que
hable así en esta hora, con mi hermano moribundo ... ¡Esto es asqueroso!
DR. CANO (levantdndose para atender a don Feliciano, que está muy conmovzdo).-Cálmese usted, amigo mío, está usted excitado, nervioso ... ,
las malas noches, el dolor ... , ¿no tiene usted un poco de éter, de tila ... ?
FELICIANo.-Tiene usted razón ... , me he estado conteniendo estos
días por mi santa hermana Isabel. .. y ahora estallo ... Ya· se va pasándo ... ¡Qué tonterías! ¡Un hombre como un castillo y llorar!
DR. CANo.-Llore usted, amigo mío, no hay desdoro en llorar ... , eso
es noble ...
FELICIANO (rompiendo de nuevo en llanto).-¿Pero puede darse mayor
desgracia? ¡Un hombre como Juan Bautista que nunca había querido
casarse, y cuidado si le habían salido proporciones ... ! Que nunc~ había
querido compromisos serios ... , que ... ¡Yo no digo que no tuy1ese sus
trapicheos como todo hombre ... , eso es muy natural. .. ! Pero siempre a
284

LA PL UM A
distancia, con decoro, respetando la casa y Ja presencia de mi santa herdaha, una he~mana que se ha quedado soltera sólo por cuidarle, .. desbe b ~ce tres anos ... , tres años ... , se h.a enamorado ... , pero, así, loco emo a o, como al q_ue le hacen un maleficio ... , y así será...
DR. CANo.-¡Ca1mese, amigo mío, cálmese, podrían oirle, venir!
. FEucrANo.-¡Le ha_n d_ado un filtro! ¡A sus años, después de una vida
eiemplar, con una ch1qml1a! ¡Ay, hermano hermano Dios te perdone
en esta hora!
'
'
. DR. CA~o.-Vaya, se acabó ... , no se hable más ... , viene su familia
m1 companero Am_oreto .. ,, no conviene que le vean así...
'
, FELICIAN_o.-¡T1ene _usted razón, amigo mío, pobre hermano ... ! (Lt-·
vantase secandose los o;os).
DR. CANo.-Así, tranquilo ...
FELICIANO (detem~ndose de pronto).-Tiene un hijo, señor don Bernardo, a los sesenta y cmco años.
·
DR. CANO (sin poderse contener).-¡Enhorabuenal

_DR. AMoRETo. -Desgraciadamente, ha sido una ilusión de las pobres
sen?ras. Un caso de sugestión colectiva; todas han creído o querido ver
y Olí...
DR. CANo.-Ya lo decía yo ...! era cosa imposible, ..
DR. AMORETo.--:-Hemo~ repetid~ la experiencia sin resultado alguno.
¿No ~s eso compa~ero? N1 un reflejo; abolición absoluta del ocular del
rotuliano, del Babmsky...
'
DR. CANO.-¿Tamb_ién el ~abinsky?
DR. AMORET0.-Ind1ferenc1a absoluta. Silencio completo
DR. CANo.-Señores, hay que conformarse con la volunt~d de Dios
FELICIANo-¿Dónde está Isabel?
···
BENIGNo.-Como siempre: en la alcoba junto al enfermo
FELICIANo.-¿Y tu mujer?
'
·
BE~I?No.-Aurora está en el comedor preparando el chocolate para
los med1cos.
(Fuera se siente rumor de caballos.)
FELICIANO (abrz~1;do una ventana).-No habían de faltar...
BENIGN0.-¿Qu1es es?
FELICIANo.-¿Quiénes habían de ser? Teresina y el marido JLes avisaste?
·~
BENIGNo.-Isab~l les avisó ... , dice que era necesario... , que sería una
falta muy grande, imperdonable.

�LA PLUMA

LA PLUMA

Isabel es una santa. Ahora va a ver ella ...
'-1
F ELICIANO.-Mi. h-mana
jY vDieneAn ªo~!~flo~S~í
R.

M

;:!:.L!;~~~~&lt;7~

DR. CANo.-Servidor ...
FELICIANo.-¿Quieres pasar, quieres verle?
CEBALLos.-Dicen que ha perdido el conocimiento ... (a un gesto de
los médicos.) Todo sea por Dios ... nosotros perdemos un padre .. era una
locura por Teresina y por los chicos ... Vamos a verle ... pero conste que
no te perdono, Feliciano ..
FELICIANo.-¿Otra vez?
CEBALLos.-Y cien ... Ya hablaremos. Benigno, ¿quieres encargarle a
un mozo que le dé un pienso a los caballos? Lo han ganado bien.

!~sji~~~~~n
... , son dos pájaros ... , viven can, b l

?:~~ri!::;~:~~J;ºad~;ar::.~

'~;:~~t;Jr:e1:::2~u-

tista ... ! (Abrazándodlaylllolra11)do.) Parece mentira que no me hayan aviTERESINA (con to a e ama · 1
_
,sado antes! y o no soy nadie ... ui:ia extrana ...
FELJCTANO.-¡Por Dios, Teresina .... l
BENIGNo.-Te hemos avisado...
,
C.
t '?
TERESINA.-Sí, hoy ... y la carta la llevo un peatón ... ¿ orno es a
·Cómo está... ? ¿~e ha muerto? .
..
.
-&lt; FELICIANO.-No lo permita Dios, h11a m1a ...

* * *

BENIGNo.-Pero está r;1uy_AalDi¿s mío, pobrecito Juan Bautista... , y
Bauveenra~· doJhes
don Bernardo; buenas noches, Amoparecia un ro blVoy!
e.••
, . '
reto . perdonen no les hab1a visto .. •
'
h
h mosa
-~ ···•
DR. CANo.-BueBnas noc es,h !r seño~~: ¿cómo están los pequeüos?
DR. AMoRETO.- uen~s noc e 'l siste~te No veía la hora de veTERESINA.-Los ~e. 1tado co~ e !nsamos .. ~e el auto no puede lle:nir... ¡ni un a,utomotl. de?A~:o~io se le o1urrió tomar dos caballos
_gar hasta aqui. Por ortuna, "do a paso de carga ... Perdóneme ... ¡Ah,
,del escuadron Y hemos vem
T~RESINA.

.Aurora!
,
·T sinal ·Nuestro pobre hermano!
AURORA (abrazandosele).h¡
un~ 'puñalada trapera. (Salen abraTERESINA.-Vamos,
esto
~t-Ay
zadas y llorosas.) ¡Me conocera ¡ , Virgen María! Yo, que era su niña

:d~

·preferida...
if,.
e y látigo) -Buenas noches, señores.
CEBALLOS (que en_tra con unfi":1:~ no tu ~s también, Benigno.
Tengo muchas qTue)as tuy~~•? ~l~~:a t;Joo :o la cabeza para ocuparme
FELJCIANO.-¿ u tambien.
t&gt;
·.d e etiquetas... . H b e ni ue se tratase de un perro! Nu~stro hermaCEBALLOS.-1 . ?m r '. q
aun ue ustedes no quieran.,.
no, ?Orque tamb1en e~ mi herma? O' A¿uérdate de lo que está paFELICIANO.-No digas tontenas ...
.sando...
CEBALLOs.-Bueno, ror es0 no sigo·' pero no lo olvido, ya hablaremos. ¡Hola, mediquillo.
.
.
. DR AMoRETo.-Salud, mi temente ...
CE~ALLOS (a Cano).-Beso a usted la mano.
286

1
1

( Después de un gran st"lenáo )
DR. AMORETo.-¿Qué hacemos, maestro? ¿Nos vamos?
DR. CANO. -Espere el joven colega. La jornada es larga, nocturna,
mitad a mulo y mitad en automóvil, y he oído hablar de chocolate. Yo
tengo un flaco por el chocolate, y aquí supongo que estará bien acompañado ...
DR. AMORETo.-¿Cuánto piensa usted cobrar, querido maestro?
DR. CANo.-Hay tiempo de hablar de eso. Siempre se cobra mejor a
la muerte del enfermo.
DR. AMoRETo.-Yo tenía mis escrúpulos, porque como el cuñado es
médico ...
DR. CANo.-Médico ... , médico ... Ese no es sino el marido de Aurorita; no ha hecho otra cura en su carrera: es un heredero.
DR. AMoRETo.-¡Mala lengua! El caso es que cobraremos.
Da. CANo.-¡Pues no faltaba más! ¿Cree usted que un hombre como
yo, con ocho hiJos, que ha trabajado treinta años y no ha conseguido
ahorrar para el descanso de la vejez, iba a desperdiciar estas pesetas por
consideraciones profesionales a un sujeto que tiene el diploma debajo de
la cama?
DR. AM&lt;&gt;RETo.-Vamos, maestro, no será tanto. Usted tiene fama de
guardar dinero. Es el médico más antiguo, el de más clientela, una institución.
DR. CANo.-Escuche usted, doctorcito, y sépalo y guárdelo: eri esta
tierra nadie se ha hecho rico con el trabajo profesional. Para ser rico es
necesario heredar como ése o robar como ... no me tire usted de la lengua ... (El otro ríe.)
BENIGNo.-El chocolate está preparado en el comedor.. , Vengan conmigo y yo les haré compañía, porque estas pobres mujeres no tienen cabeza para nada.

l

�1, A P L U ;\,I A
DR. CANO.-Es natural ... , no es necesario disculparlas.
DR. AMoRETo.-Además, con usted ...
BENIGNo.-Pasen ustedes.
( Después de un largo sz'lendo van entrando los mfrmbros de la famílía .)
FELICIANo.-Siéntense ... , siéntense ... , los médicos están en el comedor con Benigno. No vendrá. Es un asunto que hay que resolverl9 pronto ... ; si es que tiene solución .... yo no la veo ... ¿La ve usted, senor Henestrosa?
EL NoTARIO.-Muy difícil ... , muy difíql...
FELICIANo.-Usted, como notario, puede explicar la situación ...
EL NoTARIO.-Es muy fácil, facilísima. Don Juan Bauista es soltero ... ; no tiene ningún impedimento ... ; su fortuna está más sana que
una manzana ... ; no debe a nadie ... , a nadie... Hace tres años, por una
aberración inconcebible de su clara inteligencia y de su ... intachable
moralidad dió en tener relaciones con una muchacha, María del Pino
González ... De esto hace tres años, ¿no es eso?
FELICIANo.-Eso es.
EL NoTARIO. - Fruto de esos amores, en pugna con las leyes civiles y
religiosas, fué un hijo, un varón ...
AURORA.- Vaya usted a saber quién sería el padre.
FELICIANo.-¡Mujer!
DoÑA FRANCISCA.-¡CáJiate, Felicianol
FELICIANO.-Si yo no digo ...
.
.
.
AuRoRA,-Déjate de hipocresías y sigue._..
DoÑA FRANc1scA.-No, señor, eso no; mi mando no es un hipócrita.
CEBALLos.-Bueno ... , dejen eso ... Siga usted, señor.,. ¿cómo se llama? Henestrosa.
EL NoTARIO.-Han planteado ustedes, sin saberlo, el p~i!11er problema jurídico; ¿es realmente su hijo? Fundamento de la ~cc1on que ha de
entablar la madre por su propio impulso o por el conse10 de otros, que
en el caso que ya podemos Jlamar de autos ...
FELICIANO.-: j Un pleito!
AuRORA.-¡Un escándalo!
.
DoÑA FRANCISCA.- ¡Valsendero en poder de la cuna!
EL NoTARIO (mfrando a todos pór endma de las gafas).-Eso es ... ,
eso es...
CEBALLOs.-Pero ... ¿cómo se va a saber quién es el padre de la criatura? Me parece eso muy difícil. .. Si todos los chicos que andan_ o gatean por ahí sin padre c,onocido dan en la_ fl?r de _e~harnos_ encm~a la
pate_rnidad ¿quién podna estar seguro? Ni tu, Fehc1ano, m el mismo
Bemgno ...
288

LA PLUMA

1
1.

Au!oRA.-Deja tranguilo a don Benigno.
DoNA FRANCISCA.-Y a Feliciano ...
TERESINA.- ¡Cállate, pecado mortal...!
FELICIANo.-Al grano, al grano.
CEBALLoi..-Buen gra~o es éste que nos ha salido.
NoTARio.-Ustedes mismos entablan el pleito. ¿Es ese muchach ~
¿Cómo se llama?
Or ••.
FELICIANO (muy comptmgt"do).-Juan Bautista.
NoTARio.-¿Es Juan Bautista hijo de don Juan Bautista el nuestro?
TERESINA.-¡Pero en todo caso es un hijo natural!
Las MUJEREs.-¡Eso ... , eso! Un hijo del pecado.
NOTARIO:_(aplacando las voces).-Pues como ustedes reconocen eso
que es un hi¡o natural, ya no hay pleito ... ; se acabó...
···
TERESINA.-:-Eso ~e parecía ~ mí... Que Juan Bautista tuvo un hijo a
1os sesenta y cmco anos; pues s1 pudo, hizo muy bien. Hombre es no
afrenta as~ fama. ¿Que habla la gente? Que hable. Mas vie ·0 era
1
ham y patriarca me soy...
ra
FELICIANo.-No d~sparates, chiquilla; no es eso.
N~TARJO. -;-:- Perdoname, Teresina; demostrado que Juan Bautista
Gonzal~z es hi10, aunque natural, de don Juan Bautista López, su hermano, el es el heredero ... , toda su hacienda le corresponde toda
TERESINA.-jQué barbaridad! ·
···,
···
Au~ORA.-¡Pero eso n_o e~_la ley de Dios!
D_?NA FRANCISCA.-¡M1s h11os, los hijos de mi matrimonio, iguales a
un h110 natural, fruto del pecado!
AuRORA.-¿Y el Sacramento?
FELICIANo.-¡No vale la pena de ser honrado!
NoTARio.-Esa es la ley.
DoÑA FRANCISCA.-La ley de l?s impíos. Esa no es la ley de Dios.
NoTARio.-Es l~ ley de los Tribunales de justicia. De los jueces que
h an de dar la propiedad de Valsendero.
FE~ICIANo.-¡Vals~ndero, la tierra de nuestro padre, por él comprada
Y I;&gt;Or _el aum~ntada ... ¡Un~ cosa nuestra, nuestra, pasar de pronto a un
ch1qmllo nacido de casualidad, fuera de todo tiempo!
~O!ARI?._- Así es, a~nq~e les du~la a ustedes, aunque les parezca
una m¡ust1c1a y un sacrilegio. ( Un stlendo aterrador.)
CEBALLos.-Ese chiqui11o ha nacido con los tres entorchados.
_AuRoRA.-Eso no puede ser, aunque me lo diga el Presidente del
T nbunal Supremo.
FELI~IANo.-No nos volvamos locos ... Algo ha de hacerse para evitar
este escandalo y esta monstruosidad.

A1, .

�LA J&gt;LLJMA
LA PLUMA
NOTARIO -Ya usted lo sabe, amigo don Feliciano; se lo he dicho
desde mi ll;gada ... Yo veía un recurso ...
Tooos.-Hable, hable usted.
. .
NoTAR10.-No era cosa segura; el plei~o er~ siempre mmmente; P.:ro
nos daba una base, un cimiento_ par~ la d1scus1ón. Era obte1_1er del senor
don Juan Bautista una declaración ¡urada, un acta notanal solemne,
como todos los documentos otorgados en la hora de la muerte, en que
ex resase bajo juramento la circunstancia funda~ental de no ~~ber teniao hijos, y muy especial_mente ne_gase la p3:termdad de .. . su h1¡0 ... , de
ése ... , de Juan Bautista Lopez ... , digo, Fernandez.
AuRORA.-¿Y por qué no se ha hecho?
.
FELICIANo.-Hemos hecho cuanto hemos podido. Desde que ~enestrosa me indicó este recurso, díjome que, vista la gravedad y la importancia del documento, era conveniente...
NoTAR10.-Dije necesário...
.
,
FELICIANO.-Eso es.. , necesario que asist~es~l'I: ~orno testigos dos medicos de reputación que asegurasen que tema ¡uic10.
NoTAR!o.- Que el enfermo estaba en el uso completo de sus facultades intelectuales, eso es. (l'ausa desespera1a:J
DoÑA FRANCISCA.-¿Y qué dicen los med1cos?
FELICIANo.-Benigno, por mi encargo, les ha sondeado y contestan
que no ... , que no puede testar.
éd'
DoÑA FRANCISCA (con iro).-¿Y_ ~on Ber_~ardo Cano, nuestro m 1co
de toda la vida, el de toda la familia, tam_~1en?
,
.
FELICIANo.-También don Bernardo d1¡0 que no pod1a testar ni con
intérprete.
l ·
·
!
DoÑA FRANCISCA.-¡Ese no vuelve a poner e pie en m1 casa
FELICIANo.-¡Francisca, mujer!
CEBALLOs.- ¿Y mi médico Amoreto?
.
.
FELICIANO.-Lo mismo; ése habló de no se que vena tenemos en los
sesos y que se le ha roto a mi pobre hermano, y una cosa que llaman
la cásula .. .
NoTARio.-Esta es la situación.
FELICIANO (levantándose y mesándose los cabellos).-¡Ay, hermano 1
¡Ay, Juan Bautista!
•
l al d
DoÑA FRANCISCA. - ¡Cálmate, marido, cálmate! Pn~ero es a s u .
Te va a dar la sofocación, y si te da, ya puedes morirte, po~que don
Bernardo no te receta. ¡Ese, ni en la hora de la muerte! ¡N1 un purgante!
.
p
CEBALLOS (chasqueando inconscientemente el ldtrgo). - ero, vamos a
ver, vamos a ver; las cosas claras y el chocolate espeso.

BENIGNO (en la p,urfa).- Ya han concluido el chocolate. ¿Qué hago?
CEBALLOs. (c~n el lat1;0 levantadol.-¡Qué chiste, hombre!
Benigno, saca vino moscatel y bizcochos... Entreténun poco.
los AuRORA.-Mira,
CEBALLOs.-Emborráchalos si puedes.
BEN1gNo.-Bueno.
AuaoRA.-Háblales de medicina.
BEN1GN0.-Eso e,stamos haciendo. (Sale.)
TE,N1ENTE.-Dec1a que las cosas claras ... , claritas como el agua ... yo

~~-

,

NoTARio.-Eso eslo mejor. Claridad.
TENIENTE.-Usted, señor, .. , ¿cómo se llama? (A su mujer).
TERESINA.-Henestrosa.
,:'ENIENTE.-Usted, señor Henestrosa, ¿no podría prescindir de los
médicos?
NoTARIO.-¡Qué se ha figurado usted de mil
TENIEN~E.-¡A mí no me venga usted con arrogancias! Eso se hace
todos los d1as,
TERESINA.-1Por Dios, Antonio!
NoTARio.-Otr?s lo hará~, caballero; pero yo ...
F~LICIANo.-Cálmese, sepor Henestrosa. Nadie ha querido ofenderle.
El mismo Ceballor... , ¿no es verdad, Ceballos, que tú no has querido
ofenderle?
1:_ENIENTE.-De ninguna manera. Yo~~ he hecho sino preguntas, y
el s~nor se ha encrespado; y yo, como militar, no puedo permitir que
nadie ...
FELICIANo.-Pero si el señor Henestrosa no te ha ofendido.
AuRoRA.-No seas bruto ...
TERESINA.--Siéntate, hombre; tú no sirves para eso .. .
DOÑA FRANC1scA.-Nadie ha querido ofenderle ...
7'ENIENTE.-Bu_e~o... , bueno... , no seas melosa, estáte quieta (a su
1nu;er, que le acancza). Conste que no he dicho nada ...
. NoTAR10,--:Acepto esa explicación. Como si nada hubiese pasado ...
(tune un p_oqurt., de miedo '!L sable). ( Un silencio muy enojoso A/ fin Heneslrora ~tl{Ue). Yo,_ por m_1 parte, he hecho, en obseqmo a esta atribula?ª fa_m1ha, .ª quien qui~ro y respeto, cuanto estaca en mi poder...
(~zlenczo hosttl)... y algo mas ... ; casi me he comprometido, porque entiendo que _sobre las leyes humanas está. otra ley fundamental y eterna:
la ley de Dios...
FELICIANO (st'n poderse contmer).-Pero entonces, jinojo, si usted cree
que eso no es la verdad ... , la verdad ... !

�LA PLUMA

LA PLUMA '
DoÑA FRANCJSCA.-¡Y la justicia!
AuRORA.-¡Y lo decente!
TENIENTE.-¡Lo que yo decía!
TERESJNA.-¡Señor Henestrosa, apiádese de nosotros!
FELtCIANo.-¿Por qué no hace usted eso? (Todos hablan a la vis,

ltvanlándose.)
.
NoTARJO.~ilencio, señores, callen ... , escuchen ... , dé¡enme hablar..
FELICIANO.-¡Déjenle hablar ... ; callen, hermanos ... !¡
.
.
NoTARJo.-( Voz suav, d,spuls del tumulto.) Por eso, amigos m'.os y
clientes; por r~montarm~ del papel sellado a las tabla_s de.la otra ley, por
inter~retar mas que aplicar el texto du~&lt;;&gt; de la leg1slac1ón, por eso ~e
transigido y no he impuesto a la otorgoc1on. de esa acta que soy el ~nmero en considerar justa, pi.adosa, expresión de~ ~lma de ese po re
cue~o si pudiera hablar, mas que una sola cond1c1ón: la firma de dos
médicos al pie del documento ...
AuRORA.-Volvemos a lo mismo...
FELICIANo.-Eso es imposible; ya lo sabe usted ...
DoÑA FRANCISCA.-Nada adelantamos .._.
.
NoTARJO.-Pues yo no puedo hacer mas ... ; consigan uste~es 13: firma
de los dos médicos y asunto concluido ... (con voz de ª?'gustia, clttllona).
1Señores no pretenderán ustedes que me lleven a la carcell
DoÑ: FRANCISCA.-¡Por Dios!
FELICIANO.-¡Quién habla de la cárcel?
.
AuRoRA.-¡Somos todas personas honradas y ~emerosas de D10s1
TENIENTE.-¡Buena me la hizo don Juan Bautista!
TERESINA.-¡Calla, que es mi hermano!

• * *
BENIGNO .(en la puerta).-Los compañeros quieren despedirse. Es ya
muy tarde.
AuRORA.-¡Para lo que han hecho!
.
.
BENIGNo.-¡Cuidadol A don Bernardo se le ha subido el vino a la
cabeza.
h
· 'd
DoÑA FRANCISCA.-¡Es un borracho! Yo no sé cómo emos v1v1 o en
manos de ese hombre.
FELICIANo.-¡Más vale callar!
DoÑA FRANCISCA (a su marido).-Este notario no vuelve a otorgar una
escritura nuestra.
FELICIANO. -¡Cállate!

DR. CANO_ (muy tocuaz).-Señoras, señores: de nada servimos en este
~so; el cammo es largo y mañana hay que trabajar como todos los
d1as. Por eso nos v~mos ... ; el ~o.mpañero está enterado de cuanto hay
que h~cer y lo. hara con S}l penc1a acostumbrada ... Aurorita .. , mi señora don~ Franc1s~... , ¿que le pasa a usted ... ? Es verdad ... ; es un lance
muy tnste ... Ad1os, hermosa .. .
TERESINA.-Sí, hermosa ... Buena está la maja para tafetanes
BENIGNO (tímidamente).-¿Por qué no ve usted al enfermo a·~tes de
marcharse? Nada más que verle ...
DR. CAN?· -No hay inconveniente ... ; esa es mi obligación ... ¿Viene
usted conmigo, doctorcillo?
TERESINA.-Mire usted, Amoreto ... ; una pregunta ...
DR. CANo.-_Bueno, iré c&lt;;&gt;n Benigno...
.
(Entre et tenunlt JI su mu;er acaparan al 'f!Udico.)
AMORET?.-¿Han observado a mi compañero? El moscatel le ha hecho anarquista. Nada de bromas.
TERESINA.-Yo quiero que m1; haga usted un favor, un favor grande ... , grande ... , como desde aqm al cielo ...
AM:oRETo.-Vamos al cielo... , pero solos; éste se queda en el cuartel
con los caballos.
TERESINA.-Es&lt;;&gt; mismo ... ; v~rá uste~ ... ; es muy difícil de decir...
. TENIENTE.-Dé¡ate de tontenas ... ; mira, chico, necesitamos mi mu¡er y yo y mis chiquillos, los que tú has sacado al mundo ...
TERESINA. -Y los que sacará.
TENIENtE-Que nos sagues de un gran conflicto. Se trata de devolvernos... , ¿cuánto será, Teresina?
TERESINA. - Yo no s~... ; pero tal vez no baje de cincuenta mil duros.
. TENI;ENTE (con tos o;osfuera dtl casco).- Ya tú ves, están volando, y
tu s1 quieres, con un poco de buena voluntad, los atrapas y nos los pones en el bolsillo.
TERESINA.-Mi hermano se muere. Toda su fortuna, que es nuestra
nuC:itra, la he_rencia de n1:1_estra famil!a, ~a a parar a un chiquillo deseo:
noc1do, que dicen es ~.u h1¡0 ... un ch1qu~llo de una mujerzuela.
TENIENTE.-¡Un h1¡0 a los setenta y cmco años!
TER.ESINA.-¡Sabe Dios quién será C:l padre! Y todo esto se arregla si
usted firma una cosa· .. un papel..., di. ..
AMORETO.-·Despacio ... , despacio; pero ¿están ustedes en serio?
TENIENTE. -Y tan en serio. El notario está dispuesto a otorgar un
acta si ustedes declaran que ese bandido ...
TERESINA.¡Eso no se dice! ¡Es mi hermano!
TENIENTE. Que ese hermano está en sus cabales.

�LA PLUMA
LA PLUMA
TERESINA.-Nada más que una firma ... , una firmita ... , así.•.
AMORETo.-¡pero si eso no es posible!
TERESINA.-No diga usted que es imposible. Si mi hermano estuviera en su juicio lo haría. Puede usted creerme, lo haría.
AMORl!:TO.-¿Pero qué es lo que haría?
TERESINA. -Pues declarar que ese chiquillo no es suyo; que su herencia, la nuestra, la de la familia, es para nosotros... para quien debe ser...
No diga usted que no ... Así, así me gustan los amigos. ¡Viva mi médico!
DoÑA FRANCISCA (acudiendo con los otros).- ¡Gracias a Dios!
AuRoRA.-¿Será verdad?
L
AMORETO. -iPcro si yo no sé, si no he dicho nada!
TERESINA.-Lo ha dicho, lo ha dicho. ¡A callarse pronto!
TENlENTE.-jErcs un amigo!
TERESINA.Y Juego dirán ustedes que yo no sirvo para nada ... , que soy
una loca.
,
AMORETo.-Pero, espere usted, señora; déjeme pensar...
TERESINA. No se piensa. Señor Henestrosa, venga ese papel..., pronto ... ¿No lo tiene usted preparado?

* * *
(1 odo es movímt'enlo, alboroz".)
DR. CANO (seg·uído de Ben~g·no y aon Felidaffo).-¿Qué o~urre? ¿A usted también le han dado el atraco? Pero.. ¿estao locos? ¿Como se les ha
podido ocurrir que fuéramos capaces...?
TERESINA.-No venga usted a aguarnos la fiesta. Aquí no se ha~e sino
lo que yo digo. Amoreto está dispuesto. Henestrosa tiene eso escnto ya.
A firmar ... , a firmar ...
DR. CANO.-Tranquilícese usted, hermosa. Usted es una niña; usted
no sabe de esto; estas son cosas para tratarlas serenamente... Usted,
Amoreto, listed no firmará eso.. . ; no lo firmará, no, señor.
AMORETo.-¡Si yo no he dicho nada!
.
DR. CANO'.-Ya lo suponía yo. Y usted, Henestrosa, tampoco suscnbirá esa falsedad.
HENESTROSA.-Atiéndame usted, don Bernardo, Atiéndame usted . Yo
he dicho que si ustedes, los técnicos, me asegura~ que el señor don Juan
Bautista está en el uso perfecto de sus facultades mtelectuales ...
DR. CANo.-Eso es una cuquería ¡:,ara no perder la clientela. Usted
sabe, como yo, COJDO todos, que don Juan Bautista está como un tronco.

HENESTROSA.-No, no. Si ustedes afirman que no tiene capacidad legal, n? hay na~a de lo dicho ... Aquí está el acta, y la rompo. (Con tl
ademan, pe10 sm romperla.)
DR. CANo,-Rómpala, rómpala, y olvidemos todo eso. (El otro no la
rompe.)
TERESINA. P~r~ce !11entira; nunca_lo _creí en us_ted. ¡Mis hijos!
A~~oRA.-Ni siquiera por companensmo, sabiendo que mi marido
es medico.
BENIGNo.-¡Mujer!
DR. CANo.-¿Pero están locos?
DoÑA FRANCISCA.-Bien agradece la fidelidad que le hemos guardado ... , el dinero que le hemos dado.
FELICIAN0.-1Mujer!
DR; CAN~.-Eso no lo aguanto! ¡P~es no faltaba más! Yo soy el hombre ma~ pacifico ~e! mundo ... ; yo sere un pobre diablo ... ; yo sere un
desgrac.1a~o practico~ ... . ;_ lo que ustedes merecen. Quieren notabilidades, pnnc1pes de la c1enc1a por tres pesetas. Pero hacer una porquería ...
.TENIENTE.-¿Quién habla de _porquerías? Tenga usted en cuenta con
qmen habla y en la casa que esta.
FELICIANo.- Señores, señores ...
DR. CANo.-¡No le tengo miedo al sable! ¡A nada! ¡Pues no faltaba
más! Haber trabajado treinta años, rompiéndome el alma para sostener
o~ho m':1chachos, agua~tando las i~pertinencias de todo; y las porquer,as,. y siempre c9n la nsa en los labros, ¡de dientes a fuera, y los tengo
postizos!, con mas ganas de morder que de reir, para que ahora a última hora, vengan a proponerme una infamia...
'
TENIENTE, -Esas palabras se las traga usted.
T ERESINA.-¡Por Dios, Antonio!
FELICIANo.-¡Señores, señores!
LAs MUJEREs.-¡Qué escándalo!
. DR_. CANo.- ¡Que no m~ las trago, ea, ciue no me las trago! Es una
mfam1a eso que ustedes qmeren hacer ... Gente rica, que ni siquiera tienen la disculpa que podnamos tener nosotros ...
HENESTROSA.-No hable usted por mí.
A1110RETO.-Yo tampoco, maestro, me hago solidario ...
D1&lt;. CANo.-Peor para ustedes. Pues ... que podría yo tener!. .. la disculpa del dinero ... , de la vida dura ... , de los años... , de todas las miserias y de todo el dolor de la vida, la tentación de unos billetes· ganados
sin trabajar. ¡Vamos, hombre, vamos!
TERESJNA (/uriosa).-Usted es un envidioso ... Usted hace eso porque
no le he llamado como médido, sino a Amoreto .. .

29-4
2

95

'

'

�LA PLUMA

LA PLUMA

I

DR. C'I.NO.-(Queda en silencio como si fue1a a decir una cosa muy
gorda y después sigue.) No diga boberías, señora ...
TKRESINA.-¡Qué fino!
DoÑA FRANCISCA.-¡Groserote!
DR. CANo.-¡Es que me subleva pensar que ustedes imaginasen que
se me podía comprar!
FELJCIANO.-Pero si no es eso ... , no es eso ...
DP. CANo.-Yo no sé lo que pensaría si oyera estas cosas ~se pobre
hombre que está muriendo arriba solo, como un perro; pero sr pensara
como yo agarraba todo esto ... , todo esto que '.1 ustedes les p~rece su herencia legítima, una cosa sagrada ... , y casa, uerr~s, agua, dinero_, se ~o
daba a ese chiquillo, a esa pobre criatura que tra10 a esta perra vida ~m
pedirle permiso, antes q1;1e dejarlas caer en manos_ de gente q~e no tienen corazón ... , que no tienen corazón... , que no uenen corazon ...
FELICIANo.-¡Está loco! ¡Nunca hubiera creído esto en un hombre
como usted!
DoÑA FRANCISC'A.-¡En la casa de un moribundo!
AuRORA.-¡A una familia honrada!
.
A~10RET0.-¡No hagan ustedes caso, por Dios, es que se le ha subido
a la cabeza el vino moscatel...!
TKRl&gt;SINA.-¡Borracho! (Llora mny nerviosa.)
AMORETO (queriendo conciliar)..-1Sí, es eso! ¡Sí, es eso!,
DR. CANO (desde la puerta).-&lt;.¿_ue no tienen corazon. ¡Adiós... !
¡Adiós; .. !

* *

*

LA SRTA. IsABEL (apareciendo con el cura Aparicio. P,irecen d~s curas¡
ne1¡Yos, flacos).-¡Qué profa~a~ión es esta en la ~asa de un moribundo.
·No hay temor de Dios! ¡N1 piedad para sus cnaturas! (Habla en voz
~,ya, trz'ste, reservada; pero en el s~lenáo profundo que se hace a su prcsenda se oye como la voz dt un predicador.)
'Tooos.-·,Ay hermana Isabel...! ¡Si supieras lo que ha pasado ... , ese
'
•
,
1
don Bernardo ... , borracho ... , 1mp10 ....
FELICIANO.-¡Ay, mi santa hermana Isabel!
.
IsA»EL.-Vamos ... , cállense... , piensen en el ~obre Ju3:n Bautista,
que está luchando con las ansias de la muerte ... ¡S1 me ~ub1eran hecho
caso, nada de esto hubiera pasado! Pero ustedes, empenados_ en co~as
del mundo ... , médicos, escribanos ... ¡Estas son cosas de D10s y Dios
sólo las resuelve!
.
TENIENTE.-( Voz baja, entre dz'entes).-¡Fíate de Dios!
296

ISABEL (que pa_r~ce haber oído).-Hay que fiar en Dios sí señor. •No
es eso, don Apanc10?
'
~
Dor-. APARICIO.-(V~z tonante de gañá11).-¡Sí, señora hay que poner
toda la confianza en Dios!
'
IsABKL.-¡Feliciano!
FELJCIANO (acudiendo).-¿Qué quiere mi santa hermana Isabel?
. !sABEL.-~aga a ~s&lt;;&gt;s se~ores y que se vayan ... , estas son cosas de famrha, despues_ me d1ras el importe de la cuenta... , llévate a Benigno y ...
a ese... , al teniente ...
. FELICIANO.-Señores... ¿quieren ustedes seguirme? Tú también, Bemgno ... Tú también, Antonio ... vengan...
·
ISABEL.-¡Aurora!
AuRoRA.-¿Qué quieres?
. lsAB&amp;r..-;-Ve con nuestras hermanas a la alcoba del pobre Juan Bautista, a~rod1Iladas y rezando ... , no piensen en otra cosa .. ,
,
DONA FRANCIScA.-¡Eres una santa! (Todos salen, quedando la santa
J' el cura; p,irece que la casa es un cementerio, tan g, ande ts el süencio.)

* * *
lsABEL.-¿Cree usted que todo está arrcelado, _don Aparicio?
APAR!cro.-Todo ... , pues no faltaba mas ... ; dispuestos a cumplir la
ley de Dios ...
lsAB&amp;L.-Dígales que pasen. (E: cura sale,y elta por un viejo hábito de
or_'!_en arregla la habitación; cuando el cura mtra co~ las dos mú;eres y el
mno, Isa~el está sentada.) Entren, entren y siéntense.. .
TfA CATALINA.-Buenas noches tenga su merced .. .
MARfA DEL PINo.-Buenas noches, señora...
lsABEL.-Buenas noches ...
~YARICIO. · (Voz de mando.) A sentarse ... , no tengan miedo ... ; aquí
nadie se las va a comer...
CATALJNA.-Ya sabemos que el ama es muy buena ... ; siéntate, mi
hija.
lsABEL.-¿Ese es el niño?
PtNo.-Sí, señora; está dormido ...
CATALII\A.-No hace más que mamar y dormir...
lsABEL.-¿Qué edad tiene?
PINo.-Un año por la Naval...
CATALINA (descubriéndole).-Mírelo, señora; ¿no se le parece a su
padre?
APAR1c10.-¡Vamos al asunto!

'

.

�LA PLUMA

LA PLCMA

P1No.-El pobrecito se ha a~ustado .. •
1
CATALINA.-·,El señor cura tiene una voz....
ú
·¡ a·o)
. , d l)
D'os
lo haga un santo. ( n st en .
1
O
ISABEL (cubnen o , ,1
•
lpadre ?) •Y don Juan
Prno (muy bajo).-¿Y ... (Va a uecir: ¿y e
... e ...
Bautista?
,
.
· 1
lsABEL.-Muy mal está ... ¡Dios 1e prot~Jª:
D'
ue no tiene conocimiento.••
.
CATALINA.- icen q d , d . ? Parece que está dormido ...
lsABE1.-¿Quién lo ploh~!ª ec(Pino a"'n'eta al chico contra su seno,
CATALINA.-Como e 1¡0...
r

iºnstz'ntivamente.)
he dicho tía Catalina, que es necesario no habla~
APAR1c10.-Y~dle h'º
. ~o hay que estar jugando con el pecado ... ,
más de padres m e ~¡os ... ,
haga usted como ~u hiJª··;
_
ura . es cosa de la costumbre... ,
CATALINA.-Tiene razon, senor c
... ,
.
como don Juan Bautista siempre le llama~~~:~~~bres ... (Pausa lar1;a.
APARIC10.-Malas costum~res·:·• ma~a
estápendientesu oído de los
Fl padre e[ h'{jo duer~un. P.di_n,o
la puerta por donde se va
ruidos interiores; sus o;os se is raen
al dormitorio.) ,
,
?
lsABEL. - ¿Y tu estas conforme h dºcho lo que tiene que
CATALINA.-Sí, señora ... ; el senor cura nos a i

y

tzen~:rt'J·º/a

hacer.
.. la usted , t1'a Catalina ...., déjela que responda por sí
lsABEL.-Deie
misma.
.
s ue la señora te pregunta?
CATALINA.-Habla, mf uier ... ; ¿nto dJlo qque mande la señora. (l!.l cura
PINo.-YO estoy con orme con o

aprueba.)
y0
ando . yo soy tu ama, pero éstas
lsABEL.--- No, no es esdo.
no r:_n a lav~/la ropa ... Esto es otra cosa.
son cosas que se man an como ir
. ?
cosa de conciencia. ¿Qué te _dice a ti la conciencia.
. . ?·
CATALINA.-¡Responde, muier~
dí .1qué te dice 1a conciencia.
bl
V
lsABEL.- amos, , ,;
b b
tan bien que sabes ha ar, Y
CATALINA.-Parece que eres o a ... ,
ahora te callas...
.
h ºd muy mala .. que ha cometido
APAR1cro.-Pues le dice que a si ~
. '
pecado y que está siempre arrepentida.
lsABEL.-¿Es eso, Mari~ del P~no?_ a
.
·Pum (con la cakeza ba;1a).-S1i s~blrg~~ión de reparar la falta, de ev1lsABEL -Pues s1 es as1, tienes a
,
eso?
tar que pecado sea más grande y mas negro, ¿no es
.
PINo.-Sí, señora...
·

E~

ei"

lsABEL.-Tal vez se te habrá ocurrido, tal vez alguien te habrá dichogue ... ese niño tendría derechos a la fortuna de don Juan Bautista, mi
liermano .
CAT.~LINA.-Nunca faltan diablos tentadores ...
APAR1c10.-Lo que yo he dicho. Toda esa gentuza que viene brindando protección es por su interés de ellos ... , lo menos que ellos piensan es en favorecerla, sino meterla en líos de curié\s para hacer su agosto
y molestar a una familia honrada. ¿No te he dicho eso?
Prno.-Sí, señor.
faABEL.-¿Y qué has decidido? Porque tú eres la que tienes que decidir. (Pino, con /.os ojos dt'latados, mira hada la puerta donde agoniza
Yuan Bautista.) Vamos, mujer, responde ... ¿Qué te pasa?
PtNo.-¡Escuchenl ¿No oyen? (Efectivamente, se oye un murmullo lejano I tenue.)
IsABEL.-Son mis hermanos que rezan ... &lt;.,St"tencio... Ella también reza
en voz baja. El cura se levanta y rierra la puerta.) Amén ... Con que vamos a ver hija mía: ¿qué decides?
PINo.-Lo que usted mande, señora; lo que quiera ...
APAR1c10.-Es una buena muchacha ... , ya hemos hablado; yo he redactado la declaración ... (Sacando un plz'ego.)
IsABEL.-Es~ere, don Aparicio. No te aflijas ... ; vamos... , tú tienes
confianza en mi. ..
PINo (con toda el alma).-¡Oh, sí, señora!
CATALINA.-¡Sí, señora: su merced es una santa! ¡Don Juan Bautista
lo decía siempre!
IsABEL (un poco fuera de quício).-Hágame el favor, tía Catalina, de:
hablar lo menos posible, y sobre todo de no mentar a mi pobre hermano. Usted ha tenido más culpa que esa pobre muchacha ...
CATALINA.-¿Yo, señora?
lsABEL.-Usted, sí: si hubiera usted cuidado y aconsejado a su hija
no hubiera llegado a este caso...
,
.
CATALINA.-Señora, usted no conoc1a a don Juan Bautista. ¡Cualquiera le atajaba cuando se Je ponía en la cabeza un capricho!
APAR1c10.-Lo que fué, fué. Dios tenga misericordia de los pecadores.
IsABBL.-Tiene razón, señor cura. (Se recoge en silencio.) ¿Tú no
crees, verdad, María del Pino, que esta casa que fabricó mi padre y donde todos nosotros hemos nacido, y esos campos, y esos estanques, y
esas acequias, toda esta bendición de Valsendero pueda ser de tu hijo y
tuya?
Prno.-¡Oh, no, señora!

�LA PLUMA
lsABEL.-Aunque ese niño fuera de Juan Bautista ...
P1No.-¡Por la santísima Virgen del Pino, que lo es, señora!
CATALINA.-¡Su hijo .. . , de su propia sangre.. . ; mi hija es una mujer
formal!
ArAR1c10.-¡Silencio, silencio! ¿No he dicho que no se hable de ~so?
CATALINA.-Pues si dicen ...
APARIC10.-¡Silencio repito!
hABEL.-Pues... aunque lo fuese ... , es un hijo concebido en pecado
~orno las bestias ... , no es el hijo del matrimonio consagrado por la
Iglesia ...
ArARlcro.-Eso es.
lsABEL.-Nunca podrá aspirar al derecho divino que tienen los hijos
legítimos de heredar a sus padres.
APAR1c10.-Eso es.
lsABEL (con gran dureza).-Esta casa, esta hacienda, todo lo de mis
hermanos, que era antes de mis padres, pertenece a mi familia, a mí, a
mis hermanos, y a nuestra muerte pasará a sus hijos legítimos, y de ellos
a los nietos, de generación en generación. ( Un gran silencio.) ¿Estás conforme?
P,No (besando al chiqui'llo).-Sí, señora.
CATALINA.-Bueno ... ; pero me dijo el señor cura ...
lsABEL (con su voz natural).-Cállese usted, tía Catalina. Esta pobre
criatura no quedará abandonada; no, señor. Eso no sería cristiano ...
CATALINA.-¡Su merced es una santa!
lsABEL.-¿Cuánto me dijo usted, don Aparicio, que ... convenía entregar a esta muchacha?
·
APARrcro.-Yo creo ... , después de pensarlo bien ... , calculando en
conciencia ... , ¿qué le parece a usted de la casita que está a la vera del
camino Real, muy propia para posada, con el huertecito para cría de
-c erdos, y tres mil setecientas cincuenta pesetas?
CATALINA.- ¿Cuántos pesos son esas miles de pesetas?
APAa1c10.-Son mil pesos del país.
ISABEL (después de un 1;ran sílencio, midiendo las palabt-as).-¿N? les
convendría más, en vez de esa casa y ese huerto, tomar otras tres mil ~etecientas cincuenta pesetas ... , otros mil pesos? Siei:ito una repugnancia,
que no puedo remediar, al dedicar un pedazo de tierra a est~... asunto.
El dinero es de todo el mundo, pasa de mano en mano; la t1er~a es cosa
nuestra. (No habla para los presentes; habla para_ otros seres tqanos.) Es
nuestro cuerpo y nuestra alma; es como el apellido ... (y se calla). Bueno. ¿Qué te parece mi proposición? Dos mil pesos.
P1Ko.-Lo que madre quiera.
300

LA PLUMA
lsABEL.-¿Está conforme, Catalina?
CATALINA,-~¡ esa es _la voluntad de Dios y de la señora ...
, APAR1c,ro,-:-S1 es, mu1e~¡ es la voluntad de Dios. No hay que pensar
mas: ~qm esta ~a declarac10n. Voy a avisar a los dos testigos Lucas el
sacnstan y Santiago el mayor.
'
lsABEL.-Y yo, a traer el dinero.
CATALINA.-No se mo!cste su merced ... ; otro día ... ; hay confianza.. ►
Is~sEL.-No; ahora mismo. Esto debe terminarse esta noche.

* * *

1

j

, (Las do,_s mujeres, madre e hija _quedan solas. Por la puerta, que dejó
•~ter/a dona Isabel, se oye el rezo ÚJano de las mujeres que ayudan al moribundo. Las dos att'sban_ con o_jos,de espanto)
CATALINA (en voz baJ~).-¡Estan ;e;ando! ¿Se habrá muerto.. .? No me
parece ... Do_I? Juan Bautista se moma ~l salir la Jun~··· ~o te aflijas hija;
tooJ semos hi1os de l~ muer~e ... Dos mil _pesos... As1 están mejor las cosas: .. No llores, mu¡er... ; piensa en la criatura... ; le vas a dar de mamaralc1bar ... ¿Qué te pasa?
· P~No.-Tengo miedo, madre ... ; paece que voy a ver entrar a don Juan.
Bautista...
CAHLINA.~No seas tonta ... ; reza ... ; reza por su ánima ... (Las dos
rezan en voz baJa.)
ISABEL, (entrando ~omo una sombra,y cerrando la puerta, trae dos taleg~s con dznero).-As1 me gusta ... ; rezando ... ; es0 pacifica ... Aquí está el
dmero ... en duros .. . , en paquetes de quince ... ; vamos a contarlos.
_CATALINA.-¡Si no es preciso! Si su merced los contó bien contadoesta.
'
IsABEL.-No, las cosas como Dios manda. (Y sobre la mesa e.rtienae
los paquetes envueltos en papel _de estraza. /:!,tia y Catalina Los cuentan).
ArA~1cro (con los dos labnegos).-Aquí estamos, se habían dormid(}
en el pa1ar.
LucAs.-Buenas noches, mi señora doña Isabel. ..
IsAnEL (contando).- Buenas noches, Lucas.
SANTIAGo.-Buenas y santas, señora.
lsABEL.-¿Cómo está su mujer?
S.om.t.Go.-Siempre rabiando ...
IsABEL.-Todo sea por Dios. Siéntense. Ya saben que les agradezco
mucho la caridad que nos hacen ...
LucAs.-Es con voluntad ...
SANTIAGo.-Siempre estamos a lo que guste mandar su merced.
301

..

,

�LA PLUMA
lsABEL.-Lea usted, señor cura.
APA Rtcro.-Atiendan. Usted también, tía Catalina:
~En el lugar de Valsendero, a diez y seis de octubre de mil novecien»tos diez y seis, Y.ante mf, el cura P,árroco _d~ Andux, co~parece espo~»táneamente Mana del Pmo Gonzalez y Miron, soltera, h1¡a de Franc1s»co, ya difunto, y de Catalina, y después de juramento en forma,_ como
»católica apostólica, romana, de cuya gravedad le amonesto, y dice es»tar cnte~ada, declara: que cumpliendo deberes de conciencia, y en evi»tación de daños que puedan irroga~se a la sociedad y de pecado a -~u
»alma, que quiere para Dios que fue su ~reador,, confiesa que su ~1¡0
»Juan Bautista González, P?r ell3: recon?c1do, seg~n c?nsta e~ la partida
»bautismal de esta parroquia al hbro pnmero, foho ciento cinco, no ha
»sido habido de relaciones ilícitas con el señor don Juan Bautista López
»y Acebedo, con el cual declara, de hoy para. siempre y bajo la fe del
»juramento hecho, que n_unca tuvo otras rela~1~nes que las de una bue:
»na amistad y agradecimiento por favores rec1b1dos. Y entera~a por rn1
»de que esta declaración ha de_ ratific~~se_ ante el señor provisor de la
»Diócesis y por ante el notano ecles1ast1co, para que c9nste en todo
»tiempo, la afirma y aprueba en todas sus partes, no _hrmandola porque
»dice no saber. Hácelo a su nombre uno de los testigos rogados y lla»rnados al efecto, que lo son don ... y don._..» (.lf1tv, contento y muy fresco, esperando el aplauso de la concurrenci,i.) ¿Estan tod?s con~on:1es?
¡Corto y severo! Está todo y no sobra nada. ¿Le parece bien, rn1 senara
doña Isabel? ( f!.sta no responde sino con la.cabe~a, está contando el dinero
con Cataüna, que lo guarda.) ¿Y a usted, Catalina?
CATALINA (qtte no ha entendt"do) -Sí, señor; muy bien.
APAR1c10.-¿Y tú, niña?
Prno (con un arranque cívlco).-Mi hijo es don Juan Bautista. ¡Así
vea mi alma en el cielo!
lsABEL (se detz"ene, e úzstinli·vamente echa mano del di'tzero que está en
poder de la tía Catalzna).-¿Qué dices?
.
CATALINA.-¿Y quién te dice que no? ¿Quién lo sabrá t_Tie¡or que_ tu
madre? Pero eso no quita que hagas eso ... , eso que dice el senor
cura.
APARICio.-¿En qué quedarnos? ¿Están conformes o _no_ con lo _q_ue
.dice la declaración? ¡Aquí no estamos para aguantar capnch1tos de mna!
PINo.-Sí, señor cura, yo estoy conforme ... ; en eso es~a~?s ... , eso
es lo convenido ... ; pero yo quiero que ustedes sepan que m1 h1¡0 .. .
APAktc10.-¡Bah, bah, ba!1! Ya_lo sabemos. Nada, señores, a ~rmar.
Usted Lucas que escribe mas aprisa, ponga la antefirma: «por m1 y por
Ja decÍarante: no saber firmar». (Sig uiendo con la ústa, doña Isabel aflo302

LA PLUMA

1
1

1

1

\

1

_jala mano, y el dinero pasa a las de la tia CataHna.) Eso es· ahora su fir. ma, como usted acostumbra.
'
LucAs.-¿Está bien?
AP~1uc10.-Perfectamente. Ahora usted, Santiago ... , aquí.. ., vaya
.despacio ... , no se ponga nervioso. Eso es.
SANTIAGo.-Est?Y _sudando, _se~or cura; la fart.i. de costumbre.
. APAR1c10.-Esta bien ... , esta bien ... , la rúbrica ... , una raya... ; muy
b1en.
SANTIAGO.-¡Uf! (Soleando ll!pluma como un hierro candente.)
APAR_IC~o.-Ahora, yo. (Se sienta y firma como un juez, satisfecho de su
obra.) Frn1s coronat opus. (Levantándose.) La enhorabuena doña Isabel·
la enhorabuena, María del Pino.
'
'
IsABEL.-No me olvidaré de tu hijo. Críalo en el santo temor de Dios
y de los hombres.
CATALINA (Y!ºendo, con l~s dos bolsos m la mano).-Por fortuna, es
hom~re, y no tiene por que temerles. ¿No es verdad, mi hijo? (Los testz"gos rien serenamente.)
SANTIAGO (nºendo).-¡Mardita vieja!
FELICIANO (en la puerta, los brazos al cielo, voz de duelo).-¡Ay, mi
santa hermana _Isabel! ¡Nuestro pobre hermano Juan Bautista ha muerto!
IsABEL.-¡D1os lo ten~a en su gloria! (Se abrazan; después, lentamente,
d~~aparecen; los dos testztos se acercan a la puerta curiosamente. Madre e
ht7a se levantan con el niño en brazos; están Junto a la ventana, por donde
entra un rayo de tuna.)
CATALINA.-¿Lo ves? Se _ha mue_rto al salir la luna. (Aferrados sobre
.el pe~~o los dos ta_legos de dinero. Pino ha abrazado, llorando en süencio
al nino, que despierta.)
'
.t\P~R1c10.-Bu~no, váyanse. ¡Hola! Se ha despertado y se ríe. ¿De qué
se r~1ra este angelito_? Vaya, mujer, no llores ... ; ya ves como el chiquillo
sen~. Vaya, formahdad. Ahora a hacer una buena vida ... , a seguir el
&lt;:aromo que marca la ley de Dios.

LUIS Y AGUSTÍN MILLARES

303

�LA P L U ,\1 A

PÁGINAS INACTUALES

DE UN CURIOSO GUANTERO ...
le han caído a Vm. en gusto aquellas niñerías, yo le
quiero enviar con la primera ocasión dos docenas de pares de
guantes, la una para hombres, la otra para damas. Será cosa
rara enviar de Francia a España guantes; eso es lo que
busco: que se conozca que séyo enviar de donde vivo a otras partes en
lo mismo que piensan que allá poseen, ni lo quieren buscar ni conocer;
que ya se van haciendo las provincias casi todas a la imitación de la
China, que no estiman ni permiten admitir de Juera a nadie. No es donaire, señora, lo de los guantes, aunque haya sido invención mía; que tal
lindeza, tal blandura, tal color, tal olorcillo, tal nobleza de guantecillos
no se ha visto; que yo aseguro que desde el mayor hasta el menor los celebren, como niñería nunca se celebró. Pero advierta Vm. allá que no
son de mi pellejo, porque no les crezca la gana de desollarme más de lo
desollado. Suplico a Vm. dé dellos a aquellas personas que me aman,y
juren ellos si tiene Antonio Pérez buena elección en conocer pellejos de
otros, que del pellejo adentro no es mi sciencia. De las damas, yo aseguro que no falten gracias por la invención de los guantecillos, porque
UES

W

sin la novedad (m
del
d
del/ Ad: .
~y
gusto ellas) Las meresceri por la lindeza
os.h ¡¡ viertan. bien. los que se picasen del g ustO de
l os guantes que
·
no se za an en tas hendas, que no todos los saben hacer Ale ·andr;
aim para artijice de guantes busco yo Alejandros, los h~ce ~olo , que
e~ menester entrarle pidiendo guantes de Antonio Pérez s· . , y a::.n
ltp JI¡
¡
• t mi amo ree . os a ca~zara, yo creo que no usara de otros, porque son de a uel
olorczllo, y m~ores en la dulzura, salvo el Ouuante salvo di;uo el q
'
t
á
,
o ,
resPeco a guante e rey;!' que holgara con el guantero, porque era ran
persona• en buscar artífices
de lo que había menes~er
-ral h acen ¡os reyes
g
•
•·
• .1 ,
que quz~re~ ser reyes, y tal los que no lo quieren ser, según la obra a
que se inclinan; porque no hay artijice que obre sin instrumentos y lo
hor:z,bre: no so~ si~~ instrumentos, cada cual para cada cual efecto;;
asi decia no :e ~uzen, y yo lo refiero no sé dónde, que de la elección que
hacen los prmctpes de personas o instrumentos se ha de hacer el juicio
~l natural de. cada uno Y del fin que llenan; como también del parade10, por el cammo que cada uno sigue.
ANTONIO PÉREZ
Carta a doña Juana Coello, su mujer.

�LA PLUMA

T E A T R O S

EN TORNO A "DON JUAN DE ESPAÑA"
os mitos antiguos eran representaciones impersonales y colectivas. No se proyectaba en ellos, como el cuerpo en su sombra, el
alma del individuo, todavía indiferenciado y casi inconsciente de
·
su personalidad, sino la de los pueblos de quienes eran creación
y égida. Por eso al mundo contemporáneo le son extrañas las mitologías del Oriente y de la civilización grecorromana; las comprende en toda
su belleza simbólica el intelecto; pero no palpita a su contacto el corazón. Son
hermosas momias o fósiles de la mente, que la mente explica, pero que nada
dicen al sentimiento del hombre actual.
Los pueblos modernos han perdido la apetencia de divinidades colectivas.
El olimpo se ha quedado siu dioses. La última gran mitología ha sido el cristianismo, que es el mito de la divinidad absoluta sucumbiendo-como todos los
mitos de nuestra época, y ese es su punto de enlace con ellos-a una realidad
de valores relativos. El último pueblo que ha intentado revivir una mitología
racial del pasado es el pueblo germánico, el menos individualizado de los pueblos, levantándola de sa sarcófago al conjuro de la batuta de Wagner; pero
desvanecida la magia del primer momento, el público de nuestros días, en Alemania corno en el resto del mundo, comienza a ceder al tedio de esa resurrección de héroes y monstruos de una mitología sólo susceptible de movimientos
galvánicos.
El hombre moderno exige mitos individuales, representaciones, no de este
el
otro pueblo, sino del hombre en su eseucia, en sus últimos anhelos. Así
0
306

nace~ los mitos del Quijote, de Don Juan, del Doctor Fausto y toda la rica mitologia shakespereana. El número de creaciones mitológicas en la edad moderna es sorprendentemente reducido. Los héroes literarios son o demasiado loc~les o demasiado efímer?s, y pocos dejan rastro algo duradero de su paso,
bien sea porque la gestación de cada una de estas criaturas universales necesita de un laborioso proceso de siglos, para cuajar en una nueva síntesis artística
~el espíritu humano, bien sea porque la apetencia de ideales arquetípicos, de
tipos sobrehumanos o simbólicos, no tiene en el hombre y en la civilización de
nuestros días la agudeza que en otras épocas. Dijérase que el hombre contemporáneo no sueña ni crea nada grande porque le solicita y ocupa con exceso la
vida social mecanizada de que es prisionera y víctima la suya individual y org~ni~a. Es tan _tiránico el ritmo de la sociedad de nuestro tiempo, que no deja
s1qu1era espacio para detenerse a concebir la tragedia del hombre moderno.
Y, sin embargo, a falta de nuevos mitos, se trata de renovar los antiguos.
Este es el caso del Don Juan, que en el breve término de dos o tres años ha lo•
grado varias versiones escénicas y algunos nuevos ensayos de interpretación.
El fenómeno es tan curioso y expresivo, que bien merece un breve examen. ¿A
qué se debe este prolífico renacimiento de Don Juan, el cual, asi como el Cid
ganaba batallas después de muerto, renueva incesantemente sus conquistas
para el arte desde los infiernos, adonde lo condenó su creador originario? ¿Será
porque ninguna d~ las formas en que basta ahora ha encarnado posee ese contorno y hábito de universalidad que caracteriza a Don Quijote, a Hamlet y al
Fausto de Goethe, haciéndolos insuperables y aún inimitables? ¿O será porque
el Don Juan no es más que un mito histórico que necesita, por lo tanto, modificarse al compás de la historia y las mutaciones sociales? Dicho de otro modo:
¿Es una categoría humana eterna, sujeta a eterno conflicto, o está condicionada
por circut!stancias históricas que, si varían, la pueden también hacer variar y
acaso desaparecer un día como símbolo artístico? En esos interrogantes queda
formulado todo el pr&lt;!&gt;blerna del Don Juan.
La mayor parte de las creaciones del Don Juan tienen una raíz marcadamente histórica y están sometidas a condiciones de lugar y tiempo. Don Juan
es inicialmente un acto de rebeldía eontra las normas y costumbres de la Edad
Media, troqueladas en un sistema religioso que tiene por fundamento la concepción del pecado original y que siempre ha visto en el amor un sentimiento
pecaminoso. Don Juan es el hombre sensual del Renacimiento, el hombre que
quiere romper la densa red de obstáculos en que se debate lo espontáneo de
su naturaleza, sus instintos y sus emociones. Es el hermano meridional del
307

�LA PLUMA
Doctor Fausto, el otro gran insurgente contra la Edad Media. Sólo que Fausto
quiere ser libre en el pensamiento y en la vida; la suya es una rebeldía integral contra todos los límites espirituales y sociales del mundo que aspira a superar. Don Juan, en cambio, es un díscolo de poca o ninguna cabeza; el pensamiento no le estorba y no hay para él conflicto de la mente; es un hombre fisiológico y a lo sumo sentimental, y en este plano es dende Don Juan se entrega
a una anarquía sin freno. Su drama es el de un pagano quP. aspira al amor absoluto, infinito en sus variedades y accidentes, y cae en conflicto con un tipo
de sociedad en que el amor está regido severísimamente por una alianza im •
placable de la monogamia y el catolicismo; un deseo sin límites que busca la
materia donde realizarse en un mundo moral de muy limitadas posibilidades.
Se comprende que este amoralista hallara poca simpatía en su primer creador y e n los inmediatos imitadores, que toman partido contra Don Juan Y lo
arroj an a lo¿ infiernos en castigo a su perversidad, para alivio de tanto crimen
y tanto honor mancillado. Pero ya en Moliere, aunque siga la tradición de despedirle a los infiernos, bien se advierte en toda la obra una recóndita simp atía
por Don Juan frente a bs pretendidos fueros de una sociedad burlada, singularmente en las palabras finales que pone en boca de Sganarelle, rezumantes
de ironía. Dice así el acomodaticio sirviente: «¡Ah!, ¡mi soldada, mi soldada! He
aquí satisfecho a todo el mundo con su muerte. Cielo ofendido, leyes violadas,
muchachas seducidas, familias deshonradas, padres ultrajados, esposas dejadas
en mal lugar, maridos empujados al extremo: todo el mundo está conte nto;
sólo yo soy desgraciado. ¡Mi soldada, mi soldada, mi soldada!• Con esta conclusión humorística supera Moliere el concepto rnedioeval del Don Juan.
Conforme pasan los siglos, este conflicto del deseo con la sociedad se atenúa, y Don Juan desgas~a poco a poco su cot•1rno trágico. En ciertos países no
se concibe hoy el Don Juan de la tradición, y ha habido un dramaturgo, Bernard Shaw, que ha hecho en Hombre y superhombre, la caricatura del donjuanismo, presentando al nuevo Don Juan seducido y sojuzgado por una ~u~e~.
Acaso el mito futuro esté destinado a desenvolverse en Doña Juana. H1stoncarnente, el Don Juan tradicional no se comprende sino en la linde entr: la
Edad Media y la Moderna, Es inexplicable en Atenas o Roma, o en el Pans o
Berlín de nuestro tiempo, y mucho menos explicable en la Polinesia o cualquier otro país de costumbres sexuales poligámicas o promiscuas. En suma, el
mito de Don Juan, en tanto que conflicto del deseo ilimitado con socied_ades
que, por conveniencia o peculiaridad ética, lo limitan, no tiene valor umver308

LA PLUMA

\
1

sal ni eterno, y 00 pasarán muchos siglos sin que sea tan incompresible-salvo
bellezas particulares de forma-como los libros de caballería.
Pero hay otra interpretación del Don Juan que busca en este héroe no el
conflicto de su deseo con la sociedad circundante, sino de su deseo con Ja imposibilidad física o espiritual de darle plena i.atisfacción: es la comedia íntima
del donju3nismo. De esa limitación fisiológico-sentimental del deseo' ha hecho
Schnit.zler su Anatol, el «frívolo melancólico», corno él se denomina a sí mismo,
moderno Don Juan de medio ambiente fácil, demasiado fácil. Y de la limitación
espiritual del amor ha construido José Ortega y Gasset un tipo rle Don Juan
que acaso no corresponda a ninguna de las creaciones existentes: es algo así
como un Don Juan imaginario a quien mueve una especie de idea arquetípica
o platónica del amor, que deja un sedimento de desilusión y amargura al quedar corta de contenido, en su ilimitado molde, la realidad específica de cada
mujer. Como se ve, este Don Juan del exégeta español es un Don Juan algo
metafísico, y más bien se asemeja al Fausto germánico que al burlador de Sevilla. De todos modos, este Don Juan de desilusiones íntimas-deseo o ensueño sin límites fre1:te a limitadas posibilidades o a decepcionadoras realidades-es el único que puede servir de valor eterno de arte.
¿Cuá) es el Don Juan que busca esta renovada fermentación del mito? ¿Es
una reacción contra esa podre literaria que tiene por tema exclusivo el amor
medular sin conflicto externo ni interno? ¿Es un intento de idealización o dramatización de un tema que h¡, descendido a la mayor torpeza inartística? Dejemos por hoy a un lado las reencarnaciones de Don Juan en Francia y en Alemania, y atengámonos al Don J11an de fi.spaiia, del Sr. Martínez Sierra. ¿Qué no·
vedades de forma o concepción se incorporan en este resurgimiento de Don
Juan? La novedad más notoria es la de desenvolver la obra en una serie de escenas sin más nexo entre sí que la de te ner de común a Don Juan y su criado.
Esta novedad aparece tambien en d A11atot, de Scbnitzler, compuesto asimismo de siete escenas independientes y unidas por An atol, el prot~gonista, y algunas veces por su amigo Max, e ncarnación del sentido común. Análoga técnica usa el propio Scbnitzler en otra de sus obras, Reigen (Rueda), que ha sido
el escándalo literario de estos últimos años en los países de lengua alemana;
al escribir estas líneas se está viendo en Berlín un proceso por inmoralidad,
contra la obra, ¿Es involuntaria la coincidencia técnica del Sr. Martínez Sierra
con Schnitzlcr?
Fuera de eso, Don Juan de España pertenece a lo más viejo del teatro. Se
parece al Don Juan de Moliere en que ambos están escritos en prosa; pero ahí
309

�LA PLUMA
san las semejanzas. La segunda escena, que acontece en Flandes, cuando Don
Juan irrumpe por una ventana y se encuentra a poco con una muchacha de la
casa, recuerda el comienzo, que se inaugura de igual modo, de una comedia de
Beroard Shaw, Arms and tl,e man. Pero sería ocioso perder el tiempo rebuscando analogías e influencias. Lo importante del Don Juan del Sr. Martínez Sierra
es que no se parece a ningún otro Don Juan de ningún tiempo en algo crítica
mente muy considerable: en que no agrega nada personal, ni de forma ni de
concepto, al mito donjuanesco. El Don Juan del Sr. Martínez Sierra no es de
los que terminan yendo al infierno. Le acontece algo peor: se arrepiente y se
hace fraile, como cualquier pecador vulgar de los siglos medios. No tiene natla
de común con el Don Juan clásico ni con Fausto, que superan, sin derrota interior, el medievalismo. El Don Juan del Sr. Martínez Sierra cae al final en el
concepto teológico del amor, a pesar de las proclividades comunistas del firmante de la obra. No se aproxima a ningún Don Juan moderno, ni por la melancólica fatiga fisiológica ni por el desencanto espiritual; ni se emparenta con
ningún Don Juan clásico por el conflicto externo. Las escenas parecen o películas cinematográficas o vulgares melodramas. Sobre todo, la aparición intermitente de la Muerte es una gr0tesca artimaña a la cual no se le ve ningún sentido.
Pero lo que más sorprende es el arrepentimiento del inverosímil personaje. Se explica que se metiese fraile arrepentido de sus tiradas retóricas, que
son algo así como un saldo de todos los lugares comunes que vienen rodando
por la literatura española de estos últimos veinte años; no hay una frase origi na!, no hay una palabra sugestiva, no hay un pensamiento que merezca tal
nombre en toda la obra. Mas ¿cómo arrepentirse de que con tal pobreza mental y cordial y con tal misérrimo bagaje literario se le rindan mozas que, a juzgar por esa prueba, carecen de todo discernimiento y ambición amorosa? No es
suya la culpa, y si el Sr. Martínez ,Sierra no nos dijera, bajo su palabra, que su
Don Juan es un burlador terrible, no podríamos creerlo ateniéndonos sólo a su
discurso y compostura.
Una última observación: el tropiezo literario comienza en el propio título,
pues Don Juan de España es un cercenamiento, más que una dilatación, del
mito. Lo fascinante del Don Juan clásico es que, siendo de origen español, adquiere pronto carta de ciudadanía universal; como que es, según queda dicho ,
la representación amorosa del hombre del Renacimiento, hermano meridional
del Fausto. Pero al Sr. Martínez Sierra le enoja, por lo visto, que Don Juan se
haya universalizado y en su obra le archiespañoliza, haciéndole rezador, su310

LA PLUMA
persticioso y al final, fraile. Lastimosa manía esta de querer empequeñecer lo
que de por sí se ha hecho grande, para satisfacción nacionalista. Más le hubiera valido al Sr. Martínez Sierra crear un gran Don Juan, moderno y eterno, español y universal, en vez de esa alfeñicada, falsa y vacía criatura, que sólo puede mantene1 se en pie a fuerza de lindas bambalinas y sólidos, valiosos muebles. Pero a nosotros no nos interesan las representaciones escénicas en que
los protagonistas se llaman Decoración y Mobiliario. Para eso preferimos Yisitar una casa de comercio donde se puedan ver buellas exposiciones de ese
linaje de arte industrial.

LUIS ARAQUISTAIN

311

�LA PLUMA

LETRAS FRANCESAS
ha llegado octubre, no se ha producido todavia la floracicSn de
libros nuevos que en ,otros tiempos ~e observa~a ~n e~~a época del
año. Es que a buen numero de novelistas, la ad1ud1cac1on de los dos
premios anuales, el premio Goncourt y el premio de la Vie HeureuscFemina, que se verifica en diciembre, les hace retrasar la salida de
sus obras. No sólo temen que los Jurados los olviden, si los lanzan demasiado
pronto; organizan, además, mediante maquinaciones hábiles, ciertas maniobras
postrimeras; combinan las apariciones fulgurantes de las novelas, declaradas
obras maestras y arrojadas al mercado pocos días antes de la proclamación de
los prendados; en suma: es todo un sistema de maquinaciones que no tienen
que ver nada con la literatura y pertenecen sólo a la estrat&lt;"gia.
Dadas esas condiciones, es innecesario subrayar hasta qué punto los premios adjudicados con tal estruendo son nocivos para los autores y para la literatura en general. Falsean el gusto, desorientan las vocaciones, imponen al
público un determinado género, y , sobre todo, introducen en la zona de las
letras costumbres propias de la Bolsa o del •turf», en verdad deplorables.
Dicho esto, echemos una ojeada rápida a las primeras obras que aporta la
temporada.
Una de las más curiosas es una novela nueva de M. Maurice Renard, L'I-Jo111me truqué.
M. Maurice Renard es el único escritor francés que, en el género de la novela científica a lo Wells, ha conseguido imponer ciertas obras: Le Dr. Len:e,
sous-dieu, Le Voyage inmobile, y le Peril bleu son novelas aotab:es dentro de un
género cultivado, con harta frecuencia, por medianías.
·
uNQUE

312

Ya es sabido que la novela científica es una obra de imaginación pura, construída con elementt&gt;S tomados a las nociones científicas, pero falseando voluntariamente alg•1no de ellos. Ese error voluntario, ese toque del artista en la
realidad cie ntífica es lo que constituye la •novela• propiamente dicha y en lo
que consiste el atractivo y el misterio del relato.
Ejemplo: las nociones relativas al espacio, aplicadas al tiempo, permiten al
novelista imaginar una máquina que explore el tiempo corno se explora el espacio, marchando hacia atrás en lo pasado y hacia adelante en lo futuro, y tal
es La máquina exploradora del tiempo, de Wells.
Se comprende que con un poco de imaginación, de lógica, y con cierto ba-gage científico, los novelistas tienen reservado en ese género un campo de
explotación inmenso. Se comprende también que ese género haya i1acido ayer,
y por qué habiendo nacido tan tarde le aguarda una for,t una inmensd en este
siglo de vulgarización a todo trance.
M. Maurice Renard tenía las dotes necesarias para triunfar desde el primer
momento: mucha audacia en las facultades imaginativas, cierto sentido de lo
fantástico y una educación científica fuerte que le permitía no aventurarse a la
ligera. Sus obras están trabadas sólidamente, tienen cimientos resistentes y se
elevan con holgura en el cielo de la fantasía. Léase L'Homme truqué, y, junto
con un trabajo de preparación no disimulado por completo, se advertirá el
singular hechizo de esta asombrosa historia que hubiese hecho las delicias de
Edgard Poe. Imaginad que a un ser humano unos cirujanos le extirpan los
ojos, sustituyéndoselos con electroscopios, y ernpalmándole, por no sé qué
artilugio, el nervio óptico a los aparatos extrasensibles a ia electricidad.
¡Qué asombroso mundo, qué universo extraño se presenta de pronto ante
los cojos• del fenómeno! Ya no ve las formas de los seres ni de las r.osas, sino
las exhalaciones eléctricas que recorren el universo. Asiste a una insólita función de rayos multicolores, de cascada's de efluvios, de regueros violetas, rojos
o purpúreos, y surcos luminosos. Se abre ante él un universo encantado, una
inverosímil fantasía como no la inventaría el pintor más amante del color.
Ya se ve cuáeto partido puede sacar un poeta, un novelista, de semejante
premisa. El libro de M. Maurice Renard es uotable por la concepción y la ejecución.
En otro género de novela no debe omitirse la mención de La bouteil/e de
w/1isk1·, de M. René Bizet; el autor percibe muy bien lo f imoresco y la vida.
l\lás re stricciones habría que buscar a La dernie,-e aube1-ge, de M. Martial
i'iéchaud. g1 comienzo es notable. Se ha comparado sus páginas a los me-

. 1'

3 :3

l ,,,

'

�LA PLUMA

LA PLt:'MA

jores paisajes de le Curé de Village, de Balzac, y es verdad que hay en ellas escenas impresionantes por su grandeza y sobriedad. Pero después el novelista
se extravía, y nos extravía en un dédalo de aventuras más o menos novelescas,
que no pasa de ser una mala imitación del género Pierre Benoit.
Ese «último albergue, es el arrepentimiento de que habla Baudelaire:

orfebrería. En suma: quisiera vulgarizar la teoría de Ruskin, y no desperdicia.
ocasión de aplicar sus ideas. Se ve que está en acecho de cuanto ~e intenta eu
ese sentido. Su libro contiene, en resumen, cua!ltas innovaciones se han hecho
en ese orden, así como indicación de muchas más que podrían hacerse.

Et le repentir mtme (ok! la derniere a11berge!)...

Si los libros se emperezan estos dos últimos meses, no puede decirse lo
mismo de los teatros, si bien los espectáculos que hasta ahora nos han ofrecido•
son de calidad muy mediana.
La prensa se ha entusiasmado a propósito de La Gtoit"e, de M. Maurice
Rostand; el estreno fué un triunfo. No sabemos si el público ratificará ese juicio, pero por nuestra parte lo hallamos muy exagerado. La idea de un hijo.
abrumado por la gloria de su padre, y que no con&amp;_igue liberarse de la «sombra,
de lae estatua¡,, como dijo M. Georges Duhamel, ha sido tratada varias veces
por el propio M. Maurice Rostand. Diríase que le ronda. El desarrollo, en esta
obra, es mediocre. Son tres actos trasijados. reducidos a tres monólogos, corno
si dijéramos, una especie de Noche, de Musset, larguísima. No carecen de aliento poético y de vuelo; pero los versos recuerdan demasiado el género Edmond
Rostand, y suenan desagradablemente en el oído, co:no si fuesen de esos juegos.
ca la manera de ... • Esa imitación perpetua de la literatura palerna acaba por
lastimar.
El teatro del Vieux Colombier, que ordinariamente suele estar mejor inspirado, nos ha ofrecido un drama bastante vano y que recuerda la estética del
antiguo Teatro Libre. La Fraude pone en escena la vida de los contrabandistas
en los confines de Bélgica y Francia; hay e n ella tipos vigorosamente pintados,
pero la acción tira a melodrama trivial. La obra no contiene nada nuevo, nada
verdaderamente moderno.
La reprise de Amants, de M. Maurice Donnay, nos ha servido para comprobar que esta obra, muy bella, no ha envejecido. Oyéndola, se da uno cuenta
de la influencia que ha ejercido en los autores dramáticos franceses contemporáneos. Por tal motivo, es probable que Amants quede inscrit~ en los anales.
de la historia literaria. Ocupará un lugar análogo al de Amoureuse, de M. de
Porto-Riche, que condiciona todo el teatro de estos últimos veinticinco años.
Añadiré que la obra, en sí misma, es deliciosa, de ingenio parisino neto, puro
y certero.
En la Comedia Francesa se disponen a conmemorar el tricentenario del
natalicio de Moliere, representando todas sus obras, y han comenzado por les;

Se trata de un oficial que ha cometido un robo para seguir llevando una
vida muy poco edificante, y que va a su casa de familia, en provincias, solitaria, encantadora, a estafarles a su madre y a su tía cierta cantidad de dinero.
El contraste entre aquel gozador y lamorada silencios a donde se cobijandos
pobres corazones de mujer, es hábil y está bien tratado. M:· Martial Piéchud,
que ya estrenó una obra en el Odeón, no carece de facultades para la escena,
y conduce la novela con el saber de un hombre de teatro. Quizá va un poco lejos por ese camino, y haría bien en lo futuro restringiendo la acción en provecho de la psicología.
M. Ernest Seilliere, uno de nuestros críticos más enterados de cuanto atañe
al romanticismo y a sus orígenes, acaba de publicar un grueso volumen dedicado a Jean-Jacques Rousseau, estudiándolo en todos sus aspectos: filosófico,
clínico, romántico y novelesco. Cuanlos se interesan por la literatura francesa
del siglo xvm habran de leer este libro. En M. Emest Seilliere J:ay siempre
rastro del médico, del clínico, que discute un caso; pero el médico habla muy
bien, dice cosas muy justas y pronuncia un diagnóstico siempre muy inteligente.
En fin: he de hablar aún de Ull libro excelente de M. Léandre Vaillat, titulado Le décor de la vie.
M. Léandre Vaillat es, de nuestros jóvenes críticos de arte, uno de los más
modernos y más audaces. No se para en fórmulas rancias, aunque sabe, cuando
se presenta ocasión, juzgarlas y comprenderlas muy bien, como en el libro que
ha hecho sobre Perr11nea11 o el de La Societé du XVIII.ª siecle et Jes peintres. Se
especializa en lo tocante al arte decorativo moderno, y la serie de artículos
que publica en Le Temps sobre ese tema no es menos digna de nota que los
que escribe en l'lllustration.
Bajo el título evocador de Le dkor de la r,ie, ha estudiado sucesivamente
todo cuanto nuestro gusto y nuestras tendencias modernas podrían embellecer,
restaurar, renovar en la casa, en el libro, en el mueble, en la tapicería y en la
314

* * *

315-

1 '

�LA PLUMA
rackeux. Digan lo que quieran algunos periódicos, la obra ha sido admirablemente puesta y muy bien representada; pero ni los directQres ni los artistas
tienen la culpa de que Ju Far.keux, que era simplemente una revista, resulte
para la posteridad una obra aburrida, puesto que alude a sucesos y personajes
ahora desconocidos. Es una curiosidad literaria, no una obra. Consignemos, no
obstante, que la Comedia Francesa ha hecho muy bien en ponerla, y que ese
teatro está fundado precisamente, en paite, p11ra espectáculos de ese género.
El Teatro de i'Ueuvre, cuyo inteligente esfuerzo no será nunca bastante alabado, tras de darnos nuevamente los Acnedores, de Strindberg, nos da a conocer la Danza de muerte, del mismo autor. nunca repn~sentada en París. Fué
una verdadera revelación, y, digámoslo, un éxito muy bueno. Una vez más ~l
teatrito de M. Lugne-Po~ ha conseguido un triunfo. Es la sola escena, con la
del Vieux-Coiombier, donde un pensamiento nuevo puede encontrar cobijo e
intérpretes el arte nuevo.

JULES BERTAUT

LIBROS y REVISTAS
Ramón Maria Tenreiro.-EJ loco amor.-Ediciones de LA PLUMA.
No quisimos los editores de esta primera serie de novelas cortas v cuentos
~stablecer d~ antemano ~n criterio riguroso, al que hubieran de ate~per;ir el
mtento propio los novelistas, para lograr la unidad de tono conveniente a la
colección. Confirmando el propósito iniciado con nuestra Revista, espe-ráb~mos ob~ener la norma precepti_va de estas publicaciones, no de un prejuicio
académico, pero de una obra ejemplar. EJ loco amor, de Ramón Tenreiro, nos
justificará de hoy más ante el lector, mejor que toda la retórica que pudiéramos esgrimir en abono de nuestra tendencia.
Un impulso inconfundible caracteriza desde luego al poeta-lírico, dramático o novelisb-, cuyo temperamento creador le señala en el número rle los
e1egidos para interpretar, para expresar, genera!izándolo~. los sentimientos
humanos: la propensión a abordar los temas eternos. El amor v la muerte son
los motivos generadores de esta novela: el loco amor, •pariente de la llama.
que todo lo aniquila, cual ya cantaba el Arcipreste Juan Ruiz; la muerte, por
la que Tristán e Iseo perdieron el mundo y el mundo a ellos. Ahora bien. las
doctrinas, las escuelas, las reglas, los estilos literarios, redúcense, en último
término, a dos maneras de tratar eso5 grandes temas; una manera clásica en
que la disposición exterior, la trama, la intriga, el argumento, el escenario,
obedecen a un canon inmutable-mito, leyenda, historia-los personajes de la
fábula están definidos por los atributos que la tradición les confiere, y la fantasía del poeta se ha de ejercitar imaginando en tales abstracciones sentimien
tos actuales, es decir, dotándolas de una sensibilidad acorde con la del lector;
otra manera, romántica, por la que el poeta logra con la pintura viva de un
suceso trivial, o frívolo, o, cuando más, desusado en el ambiente vulgar en que
se produce, ciena transcendencia universal que lo equipara en significación a
un símbolo de epopeya. En este sentido, y no porque evoque ninguna época,
pintoresca por pasada, i ·l loco amor es una novela romántica.
No es Tenreiro un improvisado en la literatura, y mucho menos un improvisador. Movido de un vago afán de arte muy fin de siglo XIX, le tentó en años
317

�•
LA PLUMA
LA PLUMA
juveniles el estudio de la música, y a Alemania fué a tal intento. Presto ball6,
sin embargo, el camino propicio a su activida,j, y reduciér.dola a límites más
adecuados a su ·vocación natural, dióse por entero a asidua labor de crítica
literaria, completada con traducciones cuya variedad denota su ateoci6o alerta a las voc1;:s de fuera más sigoificativas-Fogazzaro, Jorgeosen, Hebbel-,
refundiciones, ediciones de clásicos españoles, y novelas cortas, culminantes
en Et loco amor, recién editado por nosotros. No es un improvisado ni un improvisador, y por ello su originalidad no da reflejos de talco ni últimos gritos.
Su procedimiento de novelar no se cifra en receta cocinada más o menos hábilmente, sino que responde por modo lógko, sin yiolencia, a la severa ed~~aci6n en que ha ido depurando el gusto personal, cimentado en un neoclas1c1smo goethiano, oreado por los V("udavales de las modernas revoluciones liter~rias e inconmovible a las asechanzas de los ecos de las modas. Su prosa, denvad~ del naturalismo cent,·a/ de la novela contemporánea, adapta fácilm1;:nte la
cadencia v el ritmo familiares al iector español a la expresión de los movimientos CÍel ánimo de sus personajes, cuya pasión fatal se justifica siempre por
sí misma, sin que haya menester el autor intervenir a disecarlos, antes bien,
dejándolos vivir y morir, víctimas de un destino implacable, a merced, no del
rayo de Júpiter, mas de los azares de una existencia labrada por oscuros heroísmos.
Los sentimientos, los instintos personificados en los protagonistas de El
loco amor no adolecen de esa inflexibilidad que las más veces suele suplantar
a la evidencia a cuenta del necesario sostenimiento de los caracteres en sus
rasgos esenci~les; ni menos del caprichoso ?esvarío cor. que los profesionales
de la novela psicológica tuercen, de tan ~utiles, el curso natural d~ la~ emo,ciones. Ramón Tenreiro nunca coarta la ltbertad de sus héroes con nmgun propósito moralizador o estético que prejuzgue, imprimiéndola un r~mbo arbi~rario la acción de la novela. Los más encontrados afectos se explican prec1same0nte por la sinrazón violenta que los resuelve C.Q__ sus contrarios; y así, el
odio del hijastro se trueca en el amor incestuoso_, y el puro beso maternal_. en
el abandono de la mujer al amante. La ponderación de element?s dramáticos,
el clarooscuro del fondo, la distribución de las figuras secundarias en la perspectiva general, van graduando el iot7rés en un crescendo apa~ion~do _hasta el
final trágico. Verdadero poeta, ha sabido _el autor ~ncauzar la,1o~p1rac1óo propia a la captación del lector, con tal espe¡o de la vida en la na gallega donde
el pueblo de Somonte se mira.

*••

C. R. C.

J. Moreno Villa.-Patra,ias.-Madrid, Caro Ragg{o, 1921,
:\Iás le cuadraría el título de Rarezas o Rincones oscuros, Las patrañas son
meras fantasías inverosímiles, ejercicio imaginativo de pastores: fábulas pastonineas. No se tome a p.-dantería tal observación, sino como báculo para llegar
al sentido de este librillo encantador.
Son trece relatos, trece teclas, cada una de las cuales suena a una p~sión ~
.a un anhelo. Hay notas suaves como en «La cama de plata• o «La mama deh-

cada•; las hay vi?lentas y recbinantes: •La noche de los malatos• o «La neutra•. Por todo el hbro corre un misa:.o propósito de hacer minería o excavación
sentime~tal, de entrar donde no llega la vista o la sensibilidad corriente. En
esas regiones del subsuelo humano hay también aire mal respirable y no se
sale de ellas muy contento. Así es de grave y silencioso el tono de estas Patrañas, que a veces rozan lo trágico.
Por sí ~ola esa cualidad no constit~iría un :asgo fuertemente original, ya
que, por e¡emplo, la novela rusa nos tiene habituados a caminar por sendas
mal trilladas del espíritu. Pero nuestro autor es español y tiene un estilo. A
través de esos dos cedazos, la sustancia cosmopolita que hoy vaga por todas
las literaturas se convierte aquí en fina materia personal.
Estimo española l_a preocupación ética, ª. veces atormentada, que brota de
a~guoos cuentos: «E'o1gma y clave,, «La bestia•, etc. Aunque se inicien audacias acá y allá. el fondo es de estameña. Una de las frases que más me dan el
temple del libro es ésta: «Tu amigo no nos ha hecho reír esta noche; pero se
ve que tiene estilo y bizarría en lo serio como en lo divertido.•
Y era verdad, aquello no lo hace más que un andaluz o un inaJés.
El estilo de Patrañas es siempre un bello planear. El autor se ~cerra a todo,
y cuando temeríamos una rozadura trivial, una sobria selección Je mantiene en
su sitio.
Lo más grato para quien lea con atención Patrañas es su desdén por lo sin
importancia. Y al encontrar al mismo tiempo un fuerte sabor a playa malagueña, es natural que miremos esta obra de Moreno como una revelación más
de lo que puede dar, sublimado, el espíritu andaluz.
AMÉRICO CASTRO

*

•

•

Manuel Ugarte.-Poesias Completas.-Barcelona, Casa Editorial Maucci.
Aunque el señor Ugarte en el prólogo de su libro insiste en diferenciar las
dos épocas correspondientes en su actividad poética a las Vendimias :faveniles,
publicadas ya en 1907, y a Los jardines ilusorios de ll.oy, la misma inspiración
corre de la primera página a la última, aun escritos los versos que componen
el volumen «en épocas diferentes, bajo estados de alma contradictorios&gt;. Cree
el señor Ugarte que •poesía es transparencia de alma, ingenuidad emotiva,
pureza sentimental&gt;, y que «la belleza no está en el verso, sioo en el alma,.
Estas vendimias juveniles no marcan en su vida literaria «más que un a colé.
En los tiempos de lucha porque atravesamos, el hombre se debe casi más a la
justicia y a la verdad, que al ensueño y a la belleza. Su arma es la prosa flexible y ágil.&gt; En cierto modo, pues, el señor Ugarte parece situarse en el mismo
punto de vista de los hombres de acción que en las postrimerías del siglo pasad? se preguntaban si la poesía estaba llamada a desaparecer. No quiere esto
decir que los versos del señor Ugarte no sean en todo momento fáciles, graciosos, ligeros, musicales. Fáltalcs a sus poemai,, a nuestro entender, un impulso inicial, la convicción de que las artes en general y la poética en particular no son sino problemas de expresión. No la pureza de los sentimientos, sino

318
3 19

�•

•
LA PLUMA

la manera de expresarlos es lo que distingue al artista del am11teur. Comprobamos nuestra opinión en una estrofa del poema cLa barca•, el mejor de la
colección para nuestro gusto:
cFué en el dormido lago,
cuyas aguas el Sol tiñó de fuego.
Al caer el crepúsculo
se detuvo la barca sin barquero,
y en d lino silencio de la tarde,
que amparaba el latir de los ensueños,
ciilundiendo sus círculos de gloria
vagó la flor inmaterial del beso•,
donde no ya la sinceridad del sentimie nto, sino la sencilla gracia con que ~e
manifie,;ta, le prestan emoción poética. El señor Ugarte, como poeta, más que
contemporáneo de Dado, parece un precursor en que la sensibilidad de los.
últimos románticos esp;irioles, te mplada por el cultivo de la a,1títe~is campo•
amorioa de Uoloras y Huml)radas, acusara no pocos atis bos del grau sacudimiento que renovó la lírica española con los inspirados injertos aportados por
el gran americano.
c. R. c.

*

*

*

Guillermo Jlménez.-Constanza. - Rafael Caro Raggio, editor, Madrid.
Xo e s novela, cue nt0, memorias, ni biografía, sino limpia, clara. suave evocación de una figura q uerida, cuyos rasgos acusados por la muerte, perduran
nimbados del halo inmaterial del recuerdo puro. El escritor no narra, no nos
pone en antecedentes, contempla una sombra amada, y ni a cantar se atreve.
Diríase r¡ne por rehuír todo artificio, se complace en rememorar en voz queda
los divinos instantes de l simple paso de una madre por la conciencia de su
hijo. Ctmstanza. más que un retrato, es una tierna elegia en cernida prosa, un
breve poema, en estrofas sin elocuencia ni pompa, cuyo ritmo no se vierte en
música extt'rior alguna.
C. R. C.

* * *

Revistas. - Mercu,-e de Prance, París. - Le Progrés Civir¡ue, París. - La
Connaissa11ce, París.-La Ret•ue de J' Epoque, París.- Vida Nuestra, Buenos
Aires.-Athenaeum, Zaragoza.-Ret,ertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le Cmpouillot, París.-Bell~s Lettru, París.-Cultura Venezolana, Caracas.Die Akiion, Berlín.-Pegaso, Montevideoo.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. -Porsía ed .irle, Ferrara.-España _~ América, Cádiz.-Het·mes. Bil bao.- L' Art L i,)n. Bruselas.-('a Ira, Amberes.-La Ronda, Roma.
La Nouvelle Revue franyaise, París.-Índice, Madrid.
320

AÑO II.

1

MADRID, IHCIBMBRB 1921

NÚM. 19.

APOSTILLAS Y DIVAGACIONES

LA MÁSCARA DE NIETZSCHE
Los tórculos matritenses acaban de dar cuerpo a
una obrilla, si discreta en el porte, terrible en el ánima. Son, en efecto, los libros no del todo desemejantes a los hombres, pues al cabo, metido un hombre en la alquitara y extraída su entelequia, epitome u lwmúnculus, este último producto, llámese
como se quiera, tomará la forma de un libro. De
aquí el parecido entre hombres y libros. Ved en
.
.
. s~ma, la distinción capital de hombre a homb~e y
de libro a li~ro, identidad a la vez de libros y hombres; de un lado,
hombres Y libros que no se valen por sí, sino que han menester de
~poyo Y c~o~dinación con los demás; hombres sociales y rebañegos,
libros de b1bhoteca, de colección o de serie; hombres de gran talante y
321

.

'

�</text>
                </elementText>
              </elementTextContainer>
            </element>
          </elementContainer>
        </elementSet>
      </elementSetContainer>
    </file>
  </fileContainer>
  <collection collectionId="441">
    <elementSetContainer>
      <elementSet elementSetId="1">
        <name>Dublin Core</name>
        <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
        <elementContainer>
          <element elementId="50">
            <name>Title</name>
            <description>A name given to the resource</description>
            <elementTextContainer>
              <elementText elementTextId="560786">
                <text>La Pluma</text>
              </elementText>
            </elementTextContainer>
          </element>
          <element elementId="41">
            <name>Description</name>
            <description>An account of the resource</description>
            <elementTextContainer>
              <elementText elementTextId="560787">
                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
              </elementText>
            </elementTextContainer>
          </element>
        </elementContainer>
      </elementSet>
    </elementSetContainer>
  </collection>
  <itemType itemTypeId="1">
    <name>Text</name>
    <description>A resource consisting primarily of words for reading. Examples include books, letters, dissertations, poems, newspapers, articles, archives of mailing lists. Note that facsimiles or images of texts are still of the genre Text.</description>
    <elementContainer>
      <element elementId="102">
        <name>Título Uniforme</name>
        <description/>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567391">
            <text>La Pluma</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="97">
        <name>Año de publicación</name>
        <description>El año cuando se publico</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567393">
            <text>1921</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="52">
        <name>Volumen</name>
        <description>Volumen de la revista</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567395">
            <text>3</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="54">
        <name>Número</name>
        <description>Número de la revista</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567396">
            <text>18</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="98">
        <name>Mes de publicación</name>
        <description>Mes cuando se publicó</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567397">
            <text>Noviembre</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="101">
        <name>Día</name>
        <description>Día del mes de la publicación</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567398">
            <text>1</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="100">
        <name>Periodicidad</name>
        <description>La periodicidad de la publicación (diaria, semanal, mensual, anual)</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567399">
            <text>Mensual</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="103">
        <name>Relación OPAC</name>
        <description/>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567415">
            <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753230&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
    </elementContainer>
  </itemType>
  <elementSetContainer>
    <elementSet elementSetId="1">
      <name>Dublin Core</name>
      <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
      <elementContainer>
        <element elementId="50">
          <name>Title</name>
          <description>A name given to the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567392">
              <text>La Pluma, 1921, Año 2, Vol 3, No 18, Noviembre</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="49">
          <name>Subject</name>
          <description>The topic of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567400">
              <text>Literatura</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="567401">
              <text>Letras</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="567402">
              <text>Poesía</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="567403">
              <text>Poemas</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="567404">
              <text>Ensayos</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="41">
          <name>Description</name>
          <description>An account of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567405">
              <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="45">
          <name>Publisher</name>
          <description>An entity responsible for making the resource available</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567406">
              <text>Imprenta Artística de Sáenz Hermanos</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="37">
          <name>Contributor</name>
          <description>An entity responsible for making contributions to the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567407">
              <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="567408">
              <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="40">
          <name>Date</name>
          <description>A point or period of time associated with an event in the lifecycle of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567409">
              <text>01/11/1921</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="51">
          <name>Type</name>
          <description>The nature or genre of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567410">
              <text>Revista</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="42">
          <name>Format</name>
          <description>The file format, physical medium, or dimensions of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567411">
              <text>text/pdf</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="43">
          <name>Identifier</name>
          <description>An unambiguous reference to the resource within a given context</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567412">
              <text>2020441</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="48">
          <name>Source</name>
          <description>A related resource from which the described resource is derived</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567413">
              <text>Fondo Alfonso Reyes</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="44">
          <name>Language</name>
          <description>A language of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567414">
              <text>spa</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="86">
          <name>Spatial Coverage</name>
          <description>Spatial characteristics of the resource.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567416">
              <text>Madrid, España </text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="68">
          <name>Access Rights</name>
          <description>Information about who can access the resource or an indication of its security status. Access Rights may include information regarding access or restrictions based on privacy, security, or other policies.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567417">
              <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="96">
          <name>Rights Holder</name>
          <description>A person or organization owning or managing rights over the resource.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567418">
              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
      </elementContainer>
    </elementSet>
  </elementSetContainer>
  <tagContainer>
    <tag tagId="36613">
      <name>Guillermo Jiménez</name>
    </tag>
    <tag tagId="36612">
      <name>La ley de dios</name>
    </tag>
    <tag tagId="36291">
      <name>Luis Araquistain</name>
    </tag>
    <tag tagId="36577">
      <name>Manuel Azaña</name>
    </tag>
    <tag tagId="36607">
      <name>Ramón Gómez de la Serna</name>
    </tag>
  </tagContainer>
</item>
