<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<item xmlns="http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5" itemId="20389" public="1" featured="1" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance" xsi:schemaLocation="http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5 http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5/omeka-xml-5-0.xsd" uri="https://hemerotecadigital.uanl.mx/items/show/20389?output=omeka-xml" accessDate="2026-05-18T06:44:45-05:00">
  <fileContainer>
    <file fileId="16878">
      <src>https://hemerotecadigital.uanl.mx/files/original/441/20389/La_Pluma_1921_Vol_3_Ano_2_No_19_Diciembre_n.pdf</src>
      <authentication>5ff8ce8d8bd33a19eee3f11df538223f</authentication>
      <elementSetContainer>
        <elementSet elementSetId="4">
          <name>PDF Text</name>
          <description/>
          <elementContainer>
            <element elementId="56">
              <name>Text</name>
              <description/>
              <elementTextContainer>
                <elementText elementTextId="570578">
                  <text>•

•
LA PLUMA

la manera de expresarlos es lo que distingue al artista del am11teur. Comprobamos nuestra opinión en una estrofa del poema cLa barca•, el mejor de la
colección para nuestro gusto:
cFué en el dormido lago,
cuyas aguas el Sol tiñó de fuego.
Al caer el crepúsculo
se detuvo la barca sin barquero,
y en d lino silencio de la tarde,
que amparaba el latir de los ensueños,
ciilundiendo sus círculos de gloria
vagó la flor inmaterial del beso•,
donde no ya la sinceridad del sentimie nto, sino la sencilla gracia con que ~e
manifie,;ta, le prestan emoción poética. El señor Ugarte, como poeta, más que
contemporáneo de Dado, parece un precursor en que la sensibilidad de los.
últimos románticos esp;irioles, te mplada por el cultivo de la a,1títe~is campo•
amorioa de Uoloras y Huml)radas, acusara no pocos atis bos del grau sacudimiento que renovó la lírica española con los inspirados injertos aportados por
el gran americano.
c. R. c.

*

*

*

Guillermo Jlménez.-Constanza. - Rafael Caro Raggio, editor, Madrid.
Xo e s novela, cue nt0, memorias, ni biografía, sino limpia, clara. suave evocación de una figura q uerida, cuyos rasgos acusados por la muerte, perduran
nimbados del halo inmaterial del recuerdo puro. El escritor no narra, no nos
pone en antecedentes, contempla una sombra amada, y ni a cantar se atreve.
Diríase r¡ne por rehuír todo artificio, se complace en rememorar en voz queda
los divinos instantes de l simple paso de una madre por la conciencia de su
hijo. Ctmstanza. más que un retrato, es una tierna elegia en cernida prosa, un
breve poema, en estrofas sin elocuencia ni pompa, cuyo ritmo no se vierte en
música extt'rior alguna.
C. R. C.

* * *

Revistas. - Mercu,-e de Prance, París. - Le Progrés Civir¡ue, París. - La
Connaissa11ce, París.-La Ret•ue de J' Epoque, París.- Vida Nuestra, Buenos
Aires.-Athenaeum, Zaragoza.-Ret,ertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le Cmpouillot, París.-Bell~s Lettru, París.-Cultura Venezolana, Caracas.Die Akiion, Berlín.-Pegaso, Montevideoo.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. -Porsía ed .irle, Ferrara.-España _~ América, Cádiz.-Het·mes. Bil bao.- L' Art L i,)n. Bruselas.-('a Ira, Amberes.-La Ronda, Roma.
La Nouvelle Revue franyaise, París.-Índice, Madrid.
320

AÑO II.

1

MADRID, IHCIBMBRB 1921

NÚM. 19.

APOSTILLAS Y DIVAGACIONES

LA MÁSCARA DE NIETZSCHE
Los tórculos matritenses acaban de dar cuerpo a
una obrilla, si discreta en el porte, terrible en el ánima. Son, en efecto, los libros no del todo desemejantes a los hombres, pues al cabo, metido un hombre en la alquitara y extraída su entelequia, epitome u lwmúnculus, este último producto, llámese
como se quiera, tomará la forma de un libro. De
aquí el parecido entre hombres y libros. Ved en
.
.
. s~ma, la distinción capital de hombre a homb~e y
de libro a li~ro, identidad a la vez de libros y hombres; de un lado,
hombres Y libros que no se valen por sí, sino que han menester de
~poyo Y c~o~dinación con los demás; hombres sociales y rebañegos,
libros de b1bhoteca, de colección o de serie; hombres de gran talante y
321

.

'

�LA PLUMA
l"bros de rica encuadernac10n.
. , y 1ueg0 ' hombres independienaparato, l
.
.
d.
de cabecera.
tes,D..
solitarios;
hbr~s
mdepen
i~ntesB,
C,
espiando de reo¡o a ru to·· «Desconfiad de los hombres
, n &gt;. Desconfi anza a dm1·rativa ante la energía latente
.
. i¡o esar,
pálidos y que no ne · ➔
•
d
· , a Robesp1erre
uiso insinuar M1rabeau cuan o vio
'
y fatal. Es lo que~
bl a de desconocidos: «Ese hombre
entre
una la~am
~rle.sconocido todav1a,
•· ·
· · muy
e¡os » Aes1, tamb1ºe'n , hay libros cenceños
aceitunado
y
ce¡i¡unto
ira
.
y cejijuntos, apenas notonos, pero. t ernºbles de energía y de influjo inminente.
fi
d béis adquirir es ante la falacia vaMas el linaje de descon anza q~e -~ ele al esté;il proselitismo, malnidosa, que a tantos deslumbra y es I p . o y fungible Esta es buena
,
•d
capital tan mezqum
·
.
. d
dº rio siente necesidad de actitugastando as1 la vi a, ese
sentencia de Nietzsche: «Quie¡
orh u;bres solemnes o pintorescos.~
des, no es franco. Guardaos . e_ os o .

t

Cuidado, tambi~n, 7°n las edicioen~::a~~:~des y humanidad, solía di~
Un maestro m?Je_s, maestro dando en los claustros universitarios. Si
vertirse con sus dis~1pulos ~oqu:ioún rofesor de los profundos y pomp
or ventura aparec1a a la vista¡ b
p , a su pollada con esta expreb · no y a egre recog1a
.
'
h.. m'os que viene un tonto.~
posos, el maestro, emg
sión: «Pongámonos s:rios un lilnst~-~t~s e~oqsue ~l hondo sentir de humaSólo los necios desdenan aque os i r
l , li · n gambetas alegres.
nidad busca acaso a gun a vi~de ble arco y terrible, que acaban de
Este libro, menudo y consi era_ ' p se llama· «Nietzsche, poeta.
lanzar
F
·.
A de Icaza exal mundo los tórculos matritenses,
,.
El • ,
te es D. ranc1sco .
•
(Interpretaciones lmcas).» i~ter~::to en el sobrio enunciar, fondo y
hondo sent1 y
1 olumen está arbitrado con seperimentado
l 1,en· el Tº
ográficamente e v
..
forma de a mea. ip
'
ºde la industria y dihvera elegancia, como todas las ob;s ;n q~-J~;s~ampea la máscara de
gencia del Sr. Ica_za. En e~ :ent~~ e ; ~:p~ción, de sugestión y de tenNietzsche; esa mascara trag1ca,d en~ e1 que nos sugiere imágenes y
tación, que no_ nos_ can~amos e ::r::t~ienta a flotar de aquí y acullá
correspondencias sm numero, Y q
. un mar que hace
con el pensámiento, como arrastrados por un mar,
322

LA PLUMA
bronco son de martillos. Esa nariz eslava, casi tártara . .. Así debió de ser
la de Atila, jefe de hordas violentas. Lo que guiaba a Atila, nómada y
raudo, en sus expediciones largas y certeras, no era el intelecto, sino el
instinto; una sutil cualidad orgánica, un olfato maravilloso, modo de
inteligencia inferior, pero más segura, que poseen algunos animales superiores; aquel peregrino olfato de Atila, que se gozaba en todas las
esencias de la tierra: las del amor y las de 1a muerte. Por exaltar la ebriedad del vino, como vigoroso acto vital, (el divino Platón, en «Las Leyes»,
encarece esta virtud del vino), bebía en un cráneo, y era como una resurrección pausada y deliciosa, heroica y brutal, en que los pulsos de la
vida se aceleraban por la sensación de la muerte; un misticismo salvaje
y robusto. Ese mismo misticismo, robusto y salvaje, impele la dinámica
interior de la obra entera de Nietzsche, y, en cuanto misticismo, el órgano
para percibirlo es más bien el olfato que el intelecto; un olfato desencarnado, de orden espiritual. La razón física de las substancias odoríferas es su extrema aptitud para disgregarse en partículas y la singular
perduración y voluntad de adherencia de estas partículas con cuanto
tocan. Dícese que un grano de almizcle perfuma durante siglos. La obra
de Nietzsche está atomizada en infinitas partículas minúsculas: aforismos. Más que discernirla, la aspiramos. Nos circunda y penetra como
una atmósfera. Quien se acerca a ella, permanece embalsamado de
Nietzsche; en las yemas de los dedos se le han fijado los aromosos átomos, y el pan que come le sabe a Nietzsche. He ahí un riesgo: marearse, obsesionarse, misticificarse y mixtificarse. Es tanta la paridad del fenómeno místico con la fruición olfativa cuanto se puede observar en el
empleo ritual de sahumerios e inciensos en todas las ~iturgias religiosas
y prácticas mágicas o supersticiosas con que provocar esa violenta y
honda sensación de vida que con tantas denominaciones se ha designado: éxtasis, trance, arrobo, deliquio, trasporte, frenesí. .. El contacto
con Nietzsche deja un sabor en nuestro pan y le otorga un nuevo valor
alimenticio. ¿Cuál es aquel sabor? ¿Cuál el valor? En Jo tocante al primero, anotado queda ya: un misticismo salvaje y robusto, una desatentada ebriedad de Ja vida, ebriedad estimulada por e] regusto de la muer323

1

11,

'!

�LA PLUMA

LA PLUMA

te; es como un vino generoso bebido en la oq~eda~ de ~n cráneo. ~er-

cenemos, suprimamos el último vestigio de la mt~hgencia especulativa,
a fin de enardecer las potencias elementales de la vida: la_ salud'.!ª f~e~a
y el coraje; porque la vida es, ~n_te todo, una mera ~amfest~c10n b10l~:
gica. y este es el valor alimenticio de la obra de N1etzsche, es un ah
mento intensivo del Yo zoológico. Siempre, aun para lanzarse, con ~quel
garbo suyo sublime y grotesco, a las cumbres de la visión profética, Y
cósmica, Nietzsche cuidó bien de afianzar los ~ies en la pur~ z~ologia.
Aunque tímido y enfermo, Nietzsche estaba amma~o co~o mngun _otro
hombre histórico de la más saludable y fecunda ammahdad, la animalidad en su modo inmanente de operar, o sea fuerza _propulsora y creadora de la vida en su perdurable evolución; tendencia a transcender Y
superar los tipos ya logrados. A esta fuerza ciega, ~i~tzsche la dotó de
conciencia humana y la cuaguló en un símbolo poetic_o: el Superhom~esti:1os t~rrenos del
bre. Nadie como Nietzsche mostró tanta fe en
hombre. Es el precursor de la Eugenésica, la ciencia pnmord1al del porvenir.
Atila se deleitaba no sólo con el husmillo de la muerte-tenue y ambigua emanación entre sulfúrea y alcohólica, un poco emborracha~te,
envuelta con el aroma del vino-, mas ta~bién_ con. l_os perfumes delicados y voluptuosos, de flor o de mujer. Su imag1_nac10n era sob:ema:1era
corpórea tiránica y activa; no hay brecha tan directa para henr ~a 1ma.
·· '
el olfato Atila el melancólico y turbulento Atila, era
. l E l
gmac1on com 0
·
'
.
esclavo de un sueño; mejor, un ensueño; meior, u~ idea . n ontananza y sin el ministerio sensual de la mirada, se hab1a ~n~morado de H_o' · lá hermana del emperador de Bizancio, Valentiniano III. El hirnona,
·
·c no de oro y
suto hombre de la estepa quería desposar un . precioso i º.
esmalte, arquetipo de hermosura decadentista. Y_como ~lla en el_ campamento un emisario llegase conduciendo la aquiescencia de la princesa
bizantina y algunas prendas de amor que retenían aún el p~rfume de su
nerv10so caballo,
duen-a ' el ba'rbaro ' dilatando las fosas nasales como
.
A .
fi uro
aspiró el aroma enervante, hasta que cayó en párox1smo. s1 me g
yo a Atila.

:ºs

Volved ahora los ojos a Nietzsche, a la obra de Nietzsche, y observar~is _el feliz ayuntamiento de la barbarie vigorosa, en el fondo, y el prec~osismo decadente, en la forma; la osadía del propósito y la afectación y
:itm? ~el ademán; es el guerrero infatigable, apasionado por la princesa
mmov1l; es-aprovechando palabras de Nietzsche, que el Sr. Icaza trascribe en el proemio de su librito-el amor feroz del hombre del Norte
a las dulces tierras del Mediodía. Nietzsche prefería vivir en el Sur de
Europa; la Costa azul, la Engadina, Italia. Juzgándose a sí propio y a
su pensamiento como un desinfectante contra el microbio de la decadencia, cultiva y perfecciona un estilo ultradecadente, colmado de toda
suerte de emociones y artificios estéticos («mi estilo, decía, es una danza
y un juego de simetrías, un saltar y burlar estas simetrías. Llega hasta
la elección de vocales». Citado por el Sr. Icaza); y el estilo lo aprendió
en los escritores de Francia, la Bizancio de nuestros días. También Atila
se detuvo e hizo reverente genuflexión frente a Santa Genoveva, a las
puertas de París.
Atila tenía al lado del lecho dos poetas que le recitasen y cantasen.
Para Nietzsche, poesía y música eran dos hechizos que le embargaban.
Y ese ceño de la máscara de Nietzsche ... El ceño doliente y pueril
del alma asiática, ante el misterio del Universo. En los frunces del ceño
se insinúan caracteres legibles: «cómo se ha de soportar el dolor del vivir; he aquí el problema».
La frente, ¡oh!, la frente de esta máscara belicosa, triste y sensitiva,
es del todo europea.
Pero los cabellos ... Ese agresivo, combado y copioso bigote de huno ..
Escondidos los labios bajo su bóveda, nace el verbo como la voz de los
oráculos: en la sombra. Y ese copete evasivo, indebidamente cercenado,
que circunda frente y sienes, le desearíamos ondula.ndo al aire en cabellera, a la usanza de los escitas, ágiles arqueros y jinetes, que peleaban huyendo y producían heridas envenenadas.
Atila, azote de Dios. Nietzsche, azote de Dios ¡Oh, candidez!

,.

'.
1

1

�LA PLUMA
LA PLUMA

NIETZSCHE EN UNA CÁSCARA DE NUEZ
I
ANTES DE LA RUPTURA CON WAGNER
Siempre he considerado la función del periodista, y de! ~scritor e_n
general, como la de un órgano social formad~ para el maxi_mo y mas
intenso rendimiento del tiempo y aprovechamiento del espac10. Lo que
ante todo se ha de exigir a este órgano, como obligación, o lo que él
mismo ha de exigirse, como deber, es probidád y claridad; que sea fidedigno y útil. Yo, de ordinario, me aplico a desentrañar y señore.ar asuntos que acaso en un principio no me interesab_an y aun ~e rep_eha~: porque sé que a la sociedad le preocupan o apas_ionan,_ y mi. obb?a~10n de
escritor público, a la cual nadie me ha empupdo, smo mi_arb1tno, consiste señaladamente en que sacrifique mi tiempo en estudiarlos ~ luego
sacarlos a luz de manera sucinta y auténtica, de suerte que los diversos
y multiformes órganos sociales, atareado ca~a ~ual en ~u función adecuada hallen economía de tiempo en el sacnfic10 del m,o, como yo economi;o el mío por el sacrificio del de ellos. Merced a est~ división _e intercambio de esfuerzos, cuando quiero viajar en ferrocarril-maravillosa
economía del tiempo y retracción del espacio-:-no se me po~e en el
trance de que yo invente la locomotora de nuevo, ni que fabnqu~ los
carruajes, ni siquiera que conduzca el tren. No de ~tro modo, pienso
que los lectores tienen ·derecho a pedirnos a los escritores que les proporcionemos ocasión de viajar el país de las ideas con la mayor economía de espacio y tiempo. Un lector tiene derecho a enterarse d~ todo
Nietzsche sin necesidad de leer todo Nietzsche y cuanto se ha escnto sobre Nietzsche, como tiene derecho a preocuparse e inf?rmarse d,e lo_ que
sucede en el Japón sin necesidad de dar la mano al M1ka~~- As1 ~o ~magino; por lo cual-aprovechando esfuerzos an_t,eriores y el 1ti~er~no ideal
del Ecce Hamo-, voy a ensayar la comprens1on (de compnm1r Y com-

prender) de la obra y vida de Nietzsche en el escaso ámbito de una cáscara.de nuez. Mi empeño, al menos, no será tan inútil y extravagante
como el de aquel benedictino que quiso copiar la Biblia en un grano de
arroz.
. Existen en Alemania muchas familias de oriundez eslava, con apellidos eslavos que, al aclimatarse, han padecido ligera deformación. Uno
de estos apellidos es «Nizky», adjetivo checo que significa «hombre hu~ilde». Este adjetivo se transforma en las siguientes variaciones de apeJhdos alemanes: Nitzky, Nitzschky, Nitzschke y Nietzsche.
Nietzsche decía descender de los condes polacos de Nietzki, y alguna
vez se le oyó: «Un conde Nietzk.i no puede mentir». Lo positivo es que
este apologista de la aristocracia se llamaba, paradójicamente, «el hombre humilde». Como, paradójicamente, este impugnador del ideal cristiano descendía de tres generaciones de pastores protestantes por ambas
ramas. Y es que la vida y el pensamiento de Nietzsche es una sucesión
de reacciones violentas contra el propio destino. Nace Federico Nietzsche
el r5 de octubre de 184-4 en la casa rectoral de Roecken. C~mplía los
cuatro años cuando su padre rueda por unas escaleras, se vuelve medio
loco y muere al año siguiente. Este suceso causa indeleble impresión en
Nietzsche. La viuda del reverendo se traslada al vecino Naumburg, ciudad ceñuda, formalista y medieval, fondo ajustado al temperamento
grave y triste del niño. Sueña con llegar a ser un cura. Sus compañeros
de escuela le apodan «el cura~. Cierto día que llueve a torrentes, la mad:e, que asomad~ a la ventana espera anhelosa, le ve venir sin abrigo
ni paraguas, caminando despacioso, con la dignidad de un arzobispo.
A los reproches maternales, responde lastimado: «Las ordenanzas prohi~cn que los niños, al salir de la escuela, vayan corriendo por las calles~.
~l, que luego había de sentir agresiva comezón frente a toda ley o autondad consagradas. Y él, andando el tiempo, misogino y antifeminista,
se educa entre faldas, pegado a su madre y a su hermana, de donde Adquiere para siempre tres modalidades enfermizas: sensibilidad extremada, prurito de introspección e irrefrenable emocionalidad con la música

326

327

�LA PLUMA

LA PLUMA

y la poesía. Es un niño precoz. A los diez años compone motetes; a los
doce, poemas y dramas.
A los catorce años entra en la Escuela Superior de Pforta, famosa
porque de ella salieron Novalis, Schlegel y Fichte. Allí ~o~duce vida ~elancólica y aislada. Traza un diario de sus ideas y sentim'.e_ntos; curioso
testimonio del prematuro y anormal desarrollo de su esp,lf_1tu. Habla en
estas notas de los tres períodos o estadios de su obra poet1ca (a los catorce años); del tiempo, que pasa como la rosa de otoño (es_to con ocasión de su cumpleaños), y, lo más extraordinario, que comienza a pe~der la fe de sus mayores. Permanece seis años en el internado. La~ calificaciones de sus estudios le declaran sobresaliente en sagrada escritura,
alemán y latín, notable en griego, regular en matemáticas.
En septiembre de 1864 ingresa en la Universidad d~ Bona. Reh~~e
los jolgorios y zambras de los estudiantes. Distrae sus º:10s con la mus1ca, lo cual le vale el remoquete de «Herr Gluck». Estudia con ardor filolooía
pero pierde la fe enteramente y se consagra a la filoloº y teolooía·
b
,
.
gía, que va a estudiar más a fondo, después de un ~ño de per~anenc_ia
en Bona a la Universidad de Lipsia, en donde se dilata dos anos, asistiendo a'ios cursos de Curtius, Tischendorf y Ritschl. Este último se
afecciona por Nietzsche e influye en la trayectoria ulterior de su carrera.
D~sde la Escuela Superior de Píorta, Nietzsche padecía, de los oj~s.
Ahora se ha quedado sobremanera miope. Le requieren as1
un ano
de servicio militar, en 1867, con gran repugnancia por su parte. Muy
pronto comienza a sentir la fruición soldadesc~ y_la apetencia bel_icosa.
Le enorgullece ser el mejor caballista de su reg1m1ento. En un acc1de~te
de equitación se le dislaceran los músculos pectorales y es declarad? '._nútil. Vuelve a Lipsia, con Ritschl, que le inculca el amor a la ~~tiguedad. Por este tiempo, Nietzsche cae bajo el hechizo de la mus1ca de
Wagner.
.
.
~or consejo de Ritschl, el claustro de la Universidad de Basilea &lt;lesiona a Nietzsche profesor de filología clásica, con 3.000 pesetas de sueld~; tiene veinticuatro años, y aún "'tlo se ha recibido de doctor. En mayo

Pª:ª

328

&lt;le 1869 pronuncia en Basilea su discurso inaugural, sobre Homero y la
filología clásica.
En agosto del mismo año, escribe a un amigo: «He conocido a un
hombre que personifica como nadie lo que Shopenhauer llama el genio.
Tan absoluto idealismo prevalece en él, tan profundo y estimulante humanismo, tan elevada seriedad de vida, que a su lado experimento la
proximidad de algo divino.» Se trata de Wagner, del cual, en 1888,
había de escribir: «habilidosa serpiente de cascabel, decadente típico».
Wagner vivía, cuando Nietzsche le conoció, en Tribschen, cerca de Lucerna.
En la guerra francoprusiana de 1870, Nietzsche sirve de voluntario
como enfermero. Contrae disentería y difteria. Mal curado, vuelve a Basilea y recae con neuralgias, insomnios, perturbaciones de la vista y de
1a digestión. Va a convalecer dos meses en Lugano, primera avanzada
haciá las dulces tierras del Mediodía. Por este tiempo aparece «El nacimiento de la tragedia», obra en loor de Waoner e inspirada en la filosofía shopenhaueriana. He aquí la tesis central: «La existencia y el mundo
no c~be justificarlos síno como un fenómeno estético. Sólo el arte proporc10na al hombre aquel imprescindible velo de ilusión que se exige
para obrar, pues el verdadero conocimiento del horror y el absurdo de
la existencia mata la acción». Nietzsche opone las dos culturas griegas
pre y postsocrática. La presocrática, ebria de sus mitos y sus cantos dionisiacos, fué fuerte, cruel y grande; la postsocrática, impía, racionalista,
anémica, floja. La cultura de nuestros días es semejante a la postsocrática-en dictamen de Nietzsche-, y no habrá salvación para el mundo
sino en la música de Wagner. En esta obra, Nietzsche emplea los dos
términos dionisiaco y apolíneo -lo dinámico y lo estático, pasión y juicio, materia y forma, fuerza y gracia-, de que luego tanto habían de
.abusar los escritores que escriben con vocabulario ajeno y los pensadores que piensan con cerebro prestado.
«El nacimiento de la tragedia» (1872) fué un libro acogido con indiferencia, salvo dos excepciones: una, Wagner, claro está; otra, un profesor de Bona, que lo definió como «pura insensatez». Nietzsche se sin-

�LA PLUMA
LA P L U ;1 :\

tió desalentado. De aquí en adelante, la vida de Nietzsche es la vida
de sus obras.
Pensamientos 1:rtmzporá11eos (o i'nlemj)tslivos).-Entre 1873 y 1876,
Nietzsche publica cuatro largos ensayos, rotulados «Pensamientos extemporáneos».
El primero, «David Strauss, el confesor y el escritor», es una diatriba
contra aquel popular librepensador y la vana petulancia de los profesores alemanes después de la guerra del 70, a los cuales les pone el mote
de «filisteos de la cultura».
El segundo, «Uso y abu~o de la historia», es otra diatriba contra los
profesores de historia y su fetichista manera de entender esta disciplina.
«Hemos de servirnos de la historia sólo en cuanto la historia sirve para
la vida, porque, valorizando su estudio más allá de cierto límite, se mutila y se degrada la vida. El sentido histórico, llevado a sus últimas consecuencias lógicas, mata la raíz del futuro, ya que destruye las ilusiones
y disipa de en torno a las cosas existentes la atmósfera de que han menester para vivir.»
El tercero, «Shopenhauer, educador», enaltece a este filósofo como
el más grande, el tipo y dechado del hombre futuro, y ataca a los filósofos universitarios a sueldo.
El cuarto, «Wagner en Bayreuth», es otro ditirambo. «Bayreuth significa, no el descubrimiento de un nuevo arte, sino del Arte mismo.
Nadie ha escrito el alemán como Wagner, salvo Goethe. Ningún artista
del pasado ha recibido tan extensa porción de genio.»

II
LA TRAYECTORIA DE LA LOCURA
En una ocasión, Wagner dijo a Nietzsche: «Cásese usted, y luego
viaje». Si Nietzsche hubiera seguido el consejo, ¿qué hubiera resultado;
un Nietzsche más grande o un Nietzsche disminuido? Satisfágase cada
cual especulando a su sabor.
Poco después de las navidades de 1875, convaleciente Nietzsche de
330

otra recaída en su salud física, cae en amor con una señorita holandesa.
a quien pide la mano; y padece un desdén.
A fines de 1876, Wagner agradece a Nietzsche el cuarto pensamiento
inactual, con estas palabras satisfechas: «Su libro es remendo». Y se
inicia la disatisfacción de Nietzsche consigo mismo y con los demás. Advierte que en la opinión ajena es un significado wagnerista; él aspira a
que la ajena opinión sea nietzscheana. Va a Bayreuth a presenciar y juzgar la plasmación sensual de la idea wagneriana, y sufre un desencanto.
Esta es la reacción más violenta contra si mismo. Mutila, sacrifica y consume su propio pasado intelectual, y piensa hallarse como un recienacido. Un Finis, un lncipit. Concluye el soñador dionisiaco; comienza el
pensador apolíneo. Abdica del arte y la metafísica; se entrega a la ciencia y a la investigación. En esta crisis, enferma de nuevo; camina hacia
Nápoles, en compañía de dos amigos, para un año de sosiego. ¡Cada vez
más hacia el Mediodía, en busca del claro y seguro pensar!
Humano, demasiado humano.-La claudicante salud le impide a
Nietzsche, desde ahora, escribir con continuidad. El aforismo será ya
su vehículo favorito de _expresión. «Los aforismos, dice, son como las
cimas de una cordillera. El camino más corto es saltar de pico a pico,
si bien para esto hace falta largas piernas y ser robusto y alto.» Nosotros.
diríamos que los aforismos son las botas de siete leguas.
En mayo de 1878 aparece el primer volumen de «Humano, demasiado
humano», colectánea de más de seiscientos aforismos. Wagner y los wagneristas condenan o ignoran el libro. Antes, Nietzsche menospreciaba a
Sócrates; en este libro, le encarece. «Señal de alta cultura-escribe-estimar en más las pequeñas verdades humildes, obtenidas mediante castigado método, que no los deslumbrantes y entusiastas errores que nacen de los pueblos y las edades metafísicos.» Flecha de escita, enderezada a Wagner.
Hay en este primer volumen una parte, sagacisima, dedicada a «El
alma de artistas y autores».
El segundo volumen del libro aparece en dos partes, 1879 y 1880; se
compone de más de setecientos aforismos. Continúa la apología de Só331

�LA PLUM A
-crates y cuanto el heleno representa: racionalismo, duda metódica, ironía, libertad de espíritu. «Llegará el momento en que los hombres leerán las Memorabilia de Sócrates más que la Biblia.» «No debemos dejarnos quemar por nuestras opiniones, porque, al cabo, no podemos estar
.absolutamente seguros de nada. Pero debemos dejarnos quemar por el
derecho de pensar libremente y cambiar de pensamiento.»
La cabeza y el estómago cada vez le atormentan más. En 1879 se ve
forzado a renunciar su profesorado. Se instala en Saint-Moritz. Al final
-de este año, sus dolores son insufribles. En la primavera siguiente, halla
algún alivio en Venecia. Divide después su tiempo entre Alemania , Suiza
e Italia. A la mañana, pasea largamente sobre los acantilados de la costa.
Bajo el sol ardoroso, se tiende, inmóvil, como lagarto, y sueña y piensa.
El cuaderno de notas es su compañero. En Génova, a causa de las jaquecas persistentes, suele yacer en un sofá, a obscuras. Los vecinos piensa;&gt;que la pobreza le obliga a la obscuridad, y le ofrecen algunas velas. El
.les explica la razón; pero no le creen, y le llaman «il Santo».
A urora (1881).-Es la aurora de su nuevo pensamiento. Se esboza su
enemiga al cristianismo y su confiatJ.za en la ciencia. «Las piedras anguJares de los nuevos ideales sólo las pueden proporcionar la biología y la
medicina.» Discípulo de Empédocles, Heráclito y Goethe, Nietzs&lt;:_he contempla la Naturaleza sin pedirle una finalidad o propósito. En las cumbres de Sils-Maria, a muchos miles de pies de nivel sobre los hombres y
las cosas, se le hace pa' ente, llenándole de temblor, la vieja intuición
,griega: la repetición indefinida. El universo se compone de átomos limitados; luego las combinaciones, aunque prolijas, son limitadas. Todo
vuelve a suceder del mismo modo: el día de hoy, este instante, estas
líneas; tú, lector, bien que sea a la vuelta de miles de millones de siglos.
El gay saber (1882).- La visión de la repetición indefinida es para
Nietzsche como un anonadamiento. Oye, por ventura, a la sazón la ópera
Carmen, de Bizet, y reacciona en un modo jovial y optimista, cuya ex-•
presión es este libro. Carmen es superior ¡a todo Wagner, exclama.
Late en los limbos penumbrosos de la imaginación de Nietzsche la carne
.embrionaria del Superhombre. Cita por primera vez a Z~rat~stra.
332

LA PLUMA
Así habló Zaratustra.-En 1882, en Roma y Sicilia, después de otrod~sengaño amoroso, Nietzsche compc:;ne esta obra, una de las más origmales del pensamiento moderno. Nietzsche la declaró «el libro más
profundo Yla dádiva más rica que jamás haya sido brindada a los hombres» .. El libro es la profecía y la persuasión del Superhombre. «Os
adoctrino-dice el profeta-en el Superhombre. El hombre es un ser
que tiene que acarrear la propia superación. Todos los seres hasta el
hombre,_han pr?d~cido otros seres más allá de ellos mismos'. ¿Es que·
os figura1s const1tmr la pleamar del gran océano de la vida y antes preferís _retraeros~ la bestia que superar el hombre? El Superhombre es el
sentido de la tle:r~.» La natur~leza ya tiene, para Nietzsche, un sentido,
un fin, un propos1to. La doctrina del Superhombre es la biología, trans-porta~a al t~rreno_ de la lógica. El libro cayó en el vacío, al pronto.
"':ªsalla dtf bzen y del mal (1886).-Lo publica Nietzsche por cuenta
propia, no habiendo hallado editor. Los aforismos de la sección titulada
«¿Qué es noble?» son, ciertamente, ennoblecedores. Persiste en su en~ono co?tra los filósofos pedantes y las vaciedades pomposas. En este
ltb~o, Nietzsche se muestra supernacionalista y aboga por unos Estados·
U~1dos de Europa, como antes Mazzini y Wells al presente. (Anótenloqmenes'. de mala ~e, han presentado a Nietzsche como evangelista del
germamsmo agresivo.) Contiénense varios análisis psicológicos, muy pe-netrantes, del carácter de los diversos pueblos europeos.
El deseo de potenda.-Es un ensayo de sistema en que Nietzsche se
esfu~rza en vano, por deficiencias de salud, entre 1883 y 1889. Lleva el
subtitulo: «Conato de transvaluación de todos los valores». Intenta demostrar que «el deseo de potencia» es el principio vital, que no «la Ju-cha por la existencia». La ofensiva Nietzsche la emprende ahora contra
el socialismo, «tiranía de los más ruines y menos inteligentes». La obra
permaneció cm boceto.
. Ge:z:alo~ia de la moral (1887).-Las nociones de Bien y Mal no son
prmc1p1os inmanentes de la conciencia moral-según Nietzsche-, sino.
falsos conceptos, elaborados penosamente, a manera de broqueles, por los
cobardes y los flacos, a fin de defenderse en la vida. El libro se escribió:'.333

.,

.
·,,

(

1
'
.,

¡

(

�LA PLUMA
LA PLUMA

-como réplica a un crítico suizo, que había c~asificad~ «~~s allá del ?ien
y del mal» de «texto de anarquía». En el pr~logo se i~smuan los primeros síntomas de la perturbación megalomamaca de Nietzsche, a la ~ual
sirve de pábulo la gran admiración que por este tiempo le declaran Hipólito Taine y Jorge Brandes.
.
Los últimos libros y li'belos (1888).-Nietzsche empeora; pierde el sue,ño. Los altos centros cerebrales comienzan a disociársele. Se le va extremando la mecralomanía. Escribe a Miss Meysenbug: «He dado ~ la humanidad el libro más profundo. Soy el espíritu más independie,nte de
Europa y el único escritor alemán». Junto con ~s~o alca~za_ la mas fiera
elocuencia en la diatriba y se disuelve en un delmo de hil~nd~d, formas
de la predemencia. Manifestaciones de este estado de conciencia so~: _«El
caso Wagner», donde pone de manifiesto que Wagner no es un mus~co,
sino un farsante; «El crepúsculo de los ídolos», en que N~et~sche reparte
tajos a diestro y siniestro, con jovial ala~r!~ad, y «El An~i~nsto&gt;;, contr~
el sentimiento cristiano, «la gran maldic10n, la pervers10n mas entra
ñada y enorme, el más bajo instinto de resentimiento contra todo lo
noble y alto».
, ·.
Ecce Homo (1888).-He aquí el hombre, pintado por _si mismo._ Es ~l
último libro de Nietzsche; una autobiografía, o lo que es 1g~al, la historia
de sus libros. Los capítulos llevan estos epígrafes: «Por que soy tan raz~nable», «Por qué soy tan inteligente», «Por qué escribo libros tan a_dmirables», etc'., etc. En el curso de la lectura tropezamos _con confesione~
como estas: «Heine y yo somos los dos más grandes artistas alemane~»,
-«he realizado obras innumerables de la más alta jerarquía, que nadie,
hoy en día, puede realizar»; «tomar uno de mis libros en su~ manos, ~s
el mayor honor que puede recibir un hombre»; «antes de m1, no habia
psicología».
En enero de 1889, Nietzsche pierde la razón del todo. Se e~ha a la
calle, derramando oro y gritando: «Soy el rey de Italia. Sed felices. Soy
Dios».
. .
Murió de pulmonía en Weimar, a 25 de agost? d~ 1900. S~ sacnfi~io
al pensamiento y a la verdad fué más que el sacnfic10 de la vida; fue el
334

s~c~ificio de_ la razón. No erraban los inocentes vecinos de Génova, ape11'.dandole «11 Santo». Por su vida pura, apasionada y dolorosa, bien pu-diera pasar al santoral, con doble corona: Nietzsche, virgen y mártir.
. Colofón.-¿Es Nietzsche un filósofo? En el sentido académico, no.
N1 e~ el sentido tradicional y clásico; esto es, que no ha resuelto ni pretendido resolver los tres grandes enigmas de la caverna platónica: el ¿de
dónde?, el ¿por qué? y el ¿adónde?
.T~mpoco la filosofía de Bergson es un sistema que intente aprisionar
la ult~ma naturaleza d~l universo. Como quiera que, a juicio de Bergson,
el umverso no es un sistema completo de realidad, sino que está en continua mudanza, se infiere que el valor y la convicción de una filosofía
~o ~epen?,en de su irrefutabilidad lógica, antes bien, de la realidad y
s1gmficac1on de unos pocos y simples hecho.s de conciencia hacia los cuales dirige nuestra atención.
Para Nietzsche, «los verdaderos filósofos son ordenadores y legisladores frente al tiempo en que viven». Son, por tanto, fraternos con los poetas. Nietzsche es un poeta-filósofo.
He aquí, sumariamente, los pocos y simples hechos de realidad y de
conciencia hacia los cuales dirige nuestra atención y voluntad:
1. El mundo es amoral, sin meta ni propósito. Es un fenómeno artístico que se repetirá eternamente.
2. La humanidad, hasta el presente, tampoco se ha fijado una meta.
Sin embargo, una meta definida es un valor artístico que acrecentará el
poderío del hombre. Esta meta es el Superhombre, una especie zoológica superior al hombre.
3. Toda reli?ió_n y sistema moral o político que es hostil a la vida y
retrasa el advemm1ento del Superhombre, debe ser abolida. Sólo lamoral de los fuertes, nacidos para mandar, es compatible con los fines inmanentes de la vida.
4. El cristianismo, con su moral de esclavos, es el más terrible enemigo de la vida. El cristianismo impide los beneficios de la selección
natural.
5. La meta próxima y provisional, puesto que el Superhombre será
335

�LA PLUMA
sólo la alegría del remoto futuro, consiste en procurar una casta de hombres superiores que serán la transición hacia el Superhombre.
6. Las medidas inmediatas en esta política de mejoramiento e incubación del hombre superior son las siguientes: revisión de las leyes actuales del matrimonio, ed~cación adecuada, constitución de los Estados.
Unidos de Europa y aniquilación del cristianismo.

RAMÓN PÉREZ DE AYALA
(ConHnuará)

PAISAJES VISTOS y PAISAJES
DE ENSUEÑO e,)
IMAGEN y COPIA

¡C:on qué sobrios colores
fNaturaleza pinta
sus paisajes mejores!
..Ca mancha verde, el prado;
una azulada tinta,
el cielo, el monte, el río;
unos puntos, las /lores.
¡C:on qué sobrios colores
fNaturaleza pinta!
. 'Yo en copiarla me empeño
sm técnica distinta;
sólo añado el ensueño,
mi personal ensueño.
:n

(1)

Del libro en prensa Cancionero de la vida honda

11

d. ,

.

e ,a emoct'ón .fugitiva.
337

�LA PLUMA
LA PLUMA

RINCÓN DE PARQUE

Un grupo del cisne Y .Ceda,
tras la marmórea explanada
del jardín. Una vereda
y un rincón envuelto en bruma
irisada,
donde el agua alegre rueda,
en artificio de espuma
y con crujidos de seda,
desatada ...
.Ca vista con/usa queda
y no sabe, deslumbrada,
en la penumbra argentada
donde todo se di/uma,
si el blanco cisne es de pluma,
si es de mármol la cascada,
0 va a pasar arrastrada,
deshecha en espuma,
.Ceda.
PARQUE ABANDO N ADO

'Y las hojas menudas, gráciles hasta ~ntonces
y esponjadas cual plumas al soplo matinal,
338

tomaron el matiz dorado de los bronces
debatiéndose rígidas contra el viento otoñal.
'Y el agua de la /uente,
hoy bruñido cristal,
ayer era el penacho, borbotante y parlero,
que lanzaba a los aires del caracol guerrero
como nota estridente,
inflando las mejillas, el /auno de metal.
Por los desportillados y musgosos pretiles
del /angoso canal
trepan hierbas manchadas como piel de reptiles,
entre las que se mecen los cálices abiertos
de unas /lores enormes del color de los muertos,
Rores de la tristeza del paisaje otoñal.

A

PLENO SOL
ALDEA A NDALUZA
Sensación del camino.

!De toda tu belleza en mi sólo perdura,
entre el deslumbramiento de la intensa blancura
de la cal luminosa que tus muros enjarra,
la queja de una copla que los aires desgarra;
y en el calcinamiento de la estéril llanura,
aquel rincón de paz, oasis de /rescura,
339

�LA PLUMA

LA PLUMA

erdido en la planicie donde el sol achicharra
• l .
y sus crótalos roncos repica a cigarra.

P

y

allí, visto de paso, bajo el verde cancel
de las tupidas hojas que forman el do~el
que lo entona y ajusta el marco del dintel,
aquel rostro moreno del mi~ador aq~el,
con los ojos de pena y los labios de "!iel,
y toda 91.ndalucía reconcentrada en el.
ALEGRÍA CASTELLANA

!Domingo, cielo azul. .las vetustas_ c~llejas
en la gloria del día parecen menos vie¡as.
cSobre el gris de los muros resaltan los colores
de cintas, gallardetes y guirnaldas de flores.
(;l júbilo estruendoso en los aires estalla
en repique y cohetes, y la ciudad que call~
largos meses, se alegra un instante y _se viste
el disfraz de alegría clamorosa del triste.
Un bullicio lejano . .la procesión que llega:
el pífano gangoso de la gaita gallega,
el tamboril cansado, la chillona charanga,
a cuyo son grotesco brinca la mojiganga.

'JI, al pasar el tumulto

de abigarradas notas,
con lento caminar devotos y devotas,
340

en la torre voltea de nuevo la campana
g va entrando el cortejo en la iglesia leiana.
9l, la plaza los mozos emprenden el camino
al hombro la alegría en la bota de vino.
JfJ.uién habla de pesares, quién habla de pobreza:
todo es luz en el alma y en la natu,alezal

fllog las ropas de gala salieron de la arquilla,
g las peinas más altas g la mejor mantilla.
'Un coche de toreros cruza la callejuela
g hay un sol diminuto en cada lentejuela...
'

.los que fueron gozosos, ya retornan borrachos;
las madres, fatigadas, cargan a los muchachos.
• 'Ya volvió la tristeza. ¡C:uán fugaz la alegria/
¡:Penitencias de un año por locura de un día/
FRANCISCO A. DE ICAZA

.

�LA PLUMA

EL NOVELISTA
(NOVELARIO)
I
novelista Andrés Castilla oía en su despacho su reloj de
pared y el reloj de bolsillo, que acostumbr~b~ a poner sobre la mesa, porque el otro quedaba demasiad? ~n la penum bra para ver la. hora _tan~s veces y tan rap1damente
como lo requería su 1mpac1enc1a. .
,
«¿Es que pueden ser los dos tiempos el ~msmo?», se paro a pensar el novelista.
•
d d
d
·
_ Se diría, realmente, que el tiempo del relo¡ gran e e p_are ,era mas
ausado, más pesado, mas lento, un tiempo qu~ no le ~nve¡ece,na nunca
~emasiado mientras el reloj rápido, con mord1sconena d_e rat?n para el
tiemp_o co~ goteo instante más que instantáneo, le enve¡ecena proJ°tº;
«Nd es la misma clase de tiempo el del uno y el del otro», conc U)'.O
el novelista, mirando un retrato par~ distraerse de aquella competencia
con que parecían luchar los dos relo¡es.
-a1
«Realmente escribo menos cuartillas en el t~empo que sen a este
reloj de bolsill~ que en el que señala el otro... Solo que del otro me o!vido y eso hac~ que me emperece; y con éste ~elante, corro, me ¡rec1pito,' veo que hace un rato eran d?s horas J?ªS temprano que a ora»,
acabó por dictaminar, dentro de s1, el novelista. .
.
.
Andrés miró de nuevo al retrato, buscando en el un cam:10 re pbnmiento· ero un reloj por un oído y otro por el otro, le da an a ta a;:a del ti~ipo, con aquella desigualdad que no acababa de ponerse en
razón
· ' d e a t au'd ,
El.reloj hondo, en el que sonaba un eco y una repercus10n
L

'
l

11

parecía rendido, irse a caer, completamente exhausto, llevado por el otro
a una carrera desi$ual, en que se jugaba todo su amor propio, emulado
por el reloj juvenil, chiquitm, de un níquel optimista y jovial.
-¡Espera! ¡Espera! ¡Que me canso! ¡Que ya no puedo más-parecía
decirle el otro reloj, cachazudo, de gran corazón humano.
«Vamos, que esta noche no puedo trabajar oyendo los dos relojes»,
se dijo el novelista. Y guardó el reloj de níquel en el chaleco, que estaba
embozado en la americana de salir, entrambos colgados de la percha de
la alcoba.
.
Parecía que ni aun así se iba a callar el reloj parlanchín, cosedor,
pespunteador del tiempo; pero se calló tanto, que pareció como si el novelista le hubiese retorcido el pescuezo.
«¿Quizás he sido demasiado cruel con él?», pensaba el novelista,
como si hubiese encerrado en un cuarto obscuro al niño parlanchín y
alborotador.
El otro reloj parecía decir ya: «¡Por fin! Ya puedo seguir mi paso pasito asnal». En efecto, se podría creer que había reducido su marcha y
que, al fin, andaba con su paso normal y con cierta cojera voluptuosa,
que era lo que causaba ese atraso de cinco minutos con que aparecía todos los días por la mañana.
El novelista, ya tranquilo, se puso a corregir la segunda edición de
La Apasúmada, que quería aumentar y mejorar.
Había escrito aquella novela hacía cinco años, en momentos de entusiasmo con una mujer, que después había descubierto que no era apasionada ni leal.
La novela era una novela de amor y «La Apasionada» le había mentido más que ninguna mujer; pero ¿cómo corregir en pruebas toda la novela, que tanto había gustado al público? ¿Cómo variar todo el sentido
de la obra y echar patas arriba toda la composición?
Andrés tenía repugnancia de hacer eso; pero, al mismo tiempo, tenía
un gran deseo de ser sincero, apabullante, vengativo.
«-El caso es-pensaba- que el público espera ya mi personaje, tal
como fué concebido, y que nadie me perdonaría la modificación del personaje ... Tal vez, entonces, perdiese todo lo que he ganado como novelista a través del tiempo ...»
El novelista sonre1a al leer sus pruebas y las iba poniendo unas sobre
otras, metiendo un gran ruido, como si le pusiese de muy mal humor
esa tarea.
Asunción, la heroína de la novela, era completamente falsa. Estaba
él engañado, y engañó a los lectores cuando la escribió. ¿Cómo permitir
que en una edición de más de cinco mil ejemplares apareciese de nuevo,

34:1

343

�LA PLUMA
haciendo más víctimas, preparándose para provocar nuevas pasiones,
pues ya habían entrado en la malicia de la vida nuevas generaciones que
no conocían su «Apasionada»?
~Bailaba el vals de la camisa, en que la mujer Hene bastante de jaca de
circo-decía el libro-, y"el pobre Ernesto bailaba con eLta ese vals abyecto
de las trasparencias, el vals en que el hombre pierde la cabeza.»
El novelista añadió:
«la mujer que baila este vals es la mujer canalla de los bailes de máscaras, la que, cuando a última hora el bastonero se duerme, baila con todos
en loca vorágine, convir!t"éndose todos los caballeros en ruleta de esa única
bailari·na en camlsá.
Ernesto, def{O, como ayudante de le gimnasta que le llevaría siempre
óor los circos, se dúpuso a gastar su vida por ella, ya que tenía ese margen
de posibüíaades:»
El novelista se 'contuvo. Iba a estropear la novela; no podía denigrar
a la «Apasionada». Su éxito había sido precisamente el del engaño; y
todos los lectores se casaron con ella, y todos se casarían de nuevo con
ella, y si no se casaban por las notas de desengaño que tuviese la novela, tirarían la segunda edición por los balcones de las casas y por las
ventanillas de los trenes.
Asunción se había ido con aquel absurdo personaje, que gastó en ella
el dinero de su mujer y de sus negocios de contrabandista; aquel pobre
desErraciado, de pantalones caídos, sórdido hasta lo imposible. Pero él
no podía dar ese desenlace a la novela; tenía que respetar aquel entusiasmo en que se desenvolvía, exaltando a aquella muier amiga de dar
besos en vez de decir palabras; porque, como ella dec1a: «Las palabras
son una mentira§ no dan nada... En cambio, los besos lo dan todo, ji cada
uno es una palabra verdadera que no admite duda,.
-¡Qué palabras más falsas!-se dijo el novelista- . Y dispuesto a no
discutir más con su personaje, abandonó la pretensión que tenía de corregir segundas ediciones, borró lo que había escrito al margen de las
pruebas, y escribió al impresor: «Corrija las pruebas con respecto a la
primera edición».
Después encerró las pruebas de «Apasionada» en el gran sobre color
barquillo, y se quedó pensando en Asunción.
«Ahora, ya no tien~ importancia_ lo que piens~, porque ~o voy a trasgredir la novela, metiendo en ella nmguno de mis pensamientos... Pero
Asunción, qué gran fracaso mío fué ... Está tan lejos de mí, como el recuerdo de ese libro... Pero ella está más joven que el libro ... »
Hacía pocos días que la había visto pasar, y Je pareció más alta, aun344

LA PLUMA
que siempre aquellas ro1·ec
1
guiñoso.
es en ª cara la daban un tipo ordinario y sanIba envuelta en un gran abá d .
serpiente interminable y le~-- n e/iel~s, como en las vueltas de la
merece que te haya ;ustituídi con, os OJOS: «Ya ves que el calorcillo
había para ella en el abán 1
a aparentando todo el mimo que
&lt;i_e que las melosidad~s de foes
verdadero an:iante ya, convencida
res son parecidas y muy momentaneas. Ya a aquella mu ·er h b.
ser amado por ella, habla qu! 1~ªc6ue arrancarla el gabá~ de pieles para
como con el nuevo dra ón Con I ar con el_ fuerte ego1smo del gabán
envolvente, iba dando
g~bán 1!cbra metida dentr? del gran cuello
esos que tanta importancia daba
cuando se los prodioó a él.
«¡_La Apasionada9», se decía And ,
. .
. :es &lt;;on encendida mdignación. Pero
.acallo en su pensamiento Ja
1 t
s recnmmac10nes como · t ·
~~ ores recogiesen teJepáticamente sud d. ,
. s1 em1ese que los
c10n, de ~a novela con frialdad.
es en y acogiesen la segunda edi. El mismo no debía recurrir al segu d
smo quedarse en aquellos días de su n momento de, aquella. mujer,
cuando le esperaba mirando por la Jª~j n, cuan~o fue Ja apas10nada,
al hermanito jacarandoso
u h m_. a entreabierta, cuando temían
esposa del tío rico- cuand6 1! ~
vive a costa del dinero de ]a vieja
-que ahora sale en el ~uiomóvil de
llorabj reclai:nando su honor, la
Volvió a sacar las ruebas del/ b 1Jª con ª ~;:trnga en ]a bigotera.
masiado, pero meter f¡ unas
o re, proi:net1end?se no corregir denovela. Iban a ser nuev~s reofi~abrfs qu~ d1dsen mas modernidad a ]a
él mismo por quien Jo haciaº s ª1 a m~Jer espreciable, pero era por
las palabras «desvanecedora&gt;; y«~; ;.s primeras pruebas que leyó añadió
«trasminaD&gt;, «radiosa», «aurina» ~&lt;c~~~da», «broflados~&gt;, «plenilunar»,
«Esto es más parecido a una ~ueva i os~;&gt;, «en orec1da», etc., etc.
Andrés; pero seguía leyendo:
pas10n, que a otra cosa», se dijo
«-¿ Y por qué has hecho eso en el t t ~ Y. h
.
-Lo haría mil veces... En la obsc:~-;l:i· i ª as visto q~é escándalo!
drama, necesité darte ese beso S b . t d, d de la sala, apasionada por el
mujer, y se ag:uantaban, y su; -~u;e;:r :C
abandono _de aquella
otro ... Yo quise quedarme contigo y que t 0 d lo n . e ellos y se iban con el
Andrés seguía Ja 1 t
, .
os supzesen .. .»
.
acordaba bien.
ec ura con rap1do caminar. De todo aqueUo, se
«-Quiero quedarme sin pasúJn par •
si tem,ese ír a morir.»
sumpre...-decía ella, y era como

d.

\i:nsbu

f1

.g

tºJªr

:~!;:~~ª 1

ª

.. -~-..:..re·q~z~~~-q~;;e~-~d~.-..· j,¡; dzjt~~~

;~~-~-;ciz~~-;º~;s-.:_~~¡;ti~ ~¡¿;;
345

�LA PLUMA

J,A PLUMA,
y Ernesto temía que aquella mujer quúz"est hacer de él un mí~ticfsmo de
ella misma por sí misma. No podía corresponder a aquella pastón desusada, y tenía miedo; le data miedo del descontento de la mujer apasionada.&gt;&gt;

· ··;&lt;:..:._Q~;~-~ ·¡¡;~~-~~~·s·; p~~;j,;;·pe~~·;~ p~~i6~ ~~;d~: y°i!,;~;st~ ·;ei;

·¡~
falsa que es la pasión, y le parecía que aquella mu;er se burlaba de él. La
miraba con recelo; pero ella jugaba con su cabeza; la abrazaba como quien
da besos a un muñeco de cabeza desartz'culada.»
El novelista añadió este párrafo:
«Alguna vez le parect'ó que le habt'a arrancado la cabeza, que se la había
sacado de su wyuntura, que había pa_sado eso p01: ese des~o de pasar a lo
grotesro 11 a lo ruinoso, desde lo apasionado que tune lt; vida.»,
,
«¡Cuidado que tiene abrazos esta obra!», se dec,a Andres. Y segu\a
las peripecias de aquel amor absorbente, desesperado, en que ella beb1a
su sangre y que tan falso final tenía huyendo de ella por lo «apasionada» cuándo lo que acabó pasando es que como ella era «apasionada&gt;&gt; de
pur~ falsa, y todos sus deseos de agotar su pa~ión eran deseos de agotarle a él para correr a agotar el mundo, se fue al fin con otro,
Ni el primer día de su pasión debió gozar aquella mujer, que aparentaba el goce insaciable, el deseo de morir exangüe.
«¡La Apasionada!» Y el novelista tenía toda la repugnancia de su
obra pasada y hasta sintió el deseo de renegar de toda su obra del pasado, como e;os curas renegados que, al fin, se arrepienten de haber
ahorcado sus hábitos ...
Seguía leyendo la novela como un extraño, .Y seguía pensando:
«¡Cómo engañó a mi inoenuidad con su exuberancia! El secreto de ella
es que no encontró nmi'ca fondo a su pasión, y como no encontraba
fondo nunca, quería forzar el mundo y las fuerzas hu11;anas,. en su desesperación de no encontrar el fondo que el hombre, mas resignado gui;
la mujer, encuentra muchas veces, cree encontrar much_as veces ... ¿Que
creería que era la vida y qué era el ~la~er? ... ¿Es pos1~le que creyese
que en el fondo del matraz de la matnz iba a quedarcua¡ado el secr~to
filosofal...? Sí ... Algo de eso había ... Quería conseguir hecha, petnficada, tallada, la piedra preciosa del placer... Hoy y~ debe ~star convencida que si algo puede quedar del placer es un gaban de pieles, un bolsillo, una comilona ... ¡Y a qué poco la debe saber eso, por no haber
.
conseguido la resignación en la pasión!»
Aquellos márgenes para los insultos, p~ra los pellizcos, para_ todo,
que le ofrecían las pruebas co~o una tentac1ó,n mal\S?ª• cuando s1,n modificar toda la novela no pod1a hacer eso y solo pod1a ponerla mas pul·
seras y cintillos, eran una tentación vana.

Otr:i- vez volvió a meter I~ novela en el sobre color barquillo. cada
v~z mas tostado , y engomo la lengüeta del sobre cerrándolo
siempre.
,
para
. Quería reaccionar contra aquella tentación, que había disipado el
tiempo de su tarde en la labor más estéril del mundo. «He podido hacer
otra novela esta t!rde», se dijo, ensanchando el tiempo hasta donde lo
ensancha el engano.
relojes, en,tonces, e!Dprendieron de nuevo su batalla aquel def ,Los
sa1w
d_el que era el el padnno, y Andrés siguió escribiendo s~ nueva nove a, tltu 1ada «El bamo de Doña Benita».

I,I
An~rés escribía su «Barrio de Doña Benita» deprisa, como albañil
que qm~re poner la ban?era en el tejado. No parecía sino que se hacía
casita en aquel ba_mo, en el que estaban retirados los espiritistas y
luna
os traperos, y que se iba a retirar a vivir allí.
«Apartado tle Madr:z'd aquel ban"io por barrancos úzsubsanables tenía
un e'!canto de cmunteno en las afueras, dcementerio vivo y lleno de 'comadrerias.
. "T:7ivfan coroneles 1etirad.os, contratistas de Pompas Fúnebres, verdugoJ7ubzlados y, sobre todo, traperos, numerosos traperos enriqueet'dos.
En las casas de lf!s traperos,_aquellos perros que t'l,an detrás del carro,
de_ la basura, desgrenados, con virutas entre el pelo, se dan ahora una o-ran
0
vida, pero ladran a todos los transeuntes.
. r.1Quzi!n h~bía st'do Doña Benita para dar nombre al barrio? Doña Benita fué la vruda de u" gran lechero de Madrid, cuyas vacas blancas llenaban los valle! de los_ alrededores, como si se hnbíesen llenado de cachelos
den~os, como sz un'! nada de algo espeso y de color rancio se moi,iese con
lentztzui de masa vzva_. Doña !3enita, cuando murz'ó su esposo, le hizo una
sepultura de gr~n lu;o, cc1t duz grandes fm oles, y compró los terrenos de
su actual barrio, haciendo construir sus primeras casas con ese redondel
grande en lo alto-que hoy ha quedado vacío y como un monóculo del cieloporque pensab'! que to~as tuviesen reloj.
'
Dona Benita quena fundar su rez'nado frente a la lnfanta Doña Carlota_,Íc.ue en_tonres_gozaba de una gran simpatía entre el pueblo. Mu:fer sín
socu, ad, sin amistades, JI temiendo &lt;¡tte ta robasen una noche, fundó un
barno pa, a definderse con sus vednos.
¡Cuántas veces pronunciarían a su lado el nombre de Doña Benita! ¡Aún-

346
34'l

�LA PLUMA

LA PLUMA

.hay ecos de aquellos Doñas Benitas, esparddos por las ~mies agradecídas
que Las
la rodeaban!
.
las alquüaba
"'rimeras treinta
casas que construvó
~ '
t d t por treinta J'
r
a·
t'
·d y de buenor an ece en es.
.cuarenta reales a gentes is
as , casas al;·ededor de aquellas treinta,
Después se fueron constr11yen o mferederos subitron todos los hoteles e
después se murió poña Benita, y sus . de la caritativa Doña Bent'ta, que
hiáeron sentír mas a todos _la n_os:!lgz~ visz'ta de su diócesis al pasear por
era como el obispo del barrio, szemr:e e
l
levanta su Excelencia
.el pueblo. Hasta levantaba esepol1;J,;1 d:~:t/];ees~U: Doña Benita, como les
,con sus manteos largos Y arra!t,:a ' ólo titne el milt'tar que arrastra
daba a los obispos' el prestigio que s

ingud

el sable.
id I tú D - Benita el que no tenía ninEra tl p_eor bar~iolde_ J1jfr etrariaº::S tapias 'como corralillos de un
a-1ín porvenir, el que a /{"n a mos
-~iestruífo puebw de e"!'zgbant~s'.. tú Madrid z·ba aüruien como buscan10 las
Asz como a Los ~bos a_rrzo, ,
dído enco:trar nunca, empkandose
ideas y las perspectivas que no habza p_o iba nadie y por eso sus vecinos,
en un detectz:vismo id~al, a aq;;_e~ba:;rz~1/:aban con gran odio a los que lts
cuando haczan un vzaJe ª, ª rz ' na vz·uda de mirada enconada Y
.acompañaban en ~l ;¡-anvza.b Al ve;r:ona en ese tranvía número 56 se
•aviesa' aun parecien o muy uenad
del barrio de Doña Benita.
podía sospechcr que era un_a po~l~ orf otro lado del mundo y tenía la igltE l barrio de Doña Benita es a a a
. . e z·o extraño como conceaído
sia llena de lechuzas,!º qual ya era un /rtvzt !clavado en la trasvida.¿ Es
.a un siti"o de otros pazsa1es y de º'Jf~c_j/;::::s alrededores? No, aun siendo
.que hay siquiera una lechuza en a
.,,
un animal tan vulga:.
i d
meditativo muchacho vestido de
Sólo f!afidael, bu~z Jtovbe~ez;:x¡; :U~h~rla:Jcter que tenía aquel barrz·o, J hasta
V d d
luto habza escu zer o t
1
.habia tomado ~ajé eDn el_ C
~e u!~:b~n ya el extranjero, y tn el cafeEn el barrio de ona , enz ª
sas m voz alta, protestando de
Jucho «LJ\ VERDAD» ~an tod~:- ~~i~iese dar víabüidad a la protesta
-las autoridades de Ma, n 'zmo . debía saber lo que se pensaba en el
y hal:er que ll:gase ª. ozdos
quien
.
l barrio pues cuando al atardectr
./Jarrto de Dona Benita.
Rafael no volvía t:l bar.w st'o 1ºr e i ato Rafael volvía porque había
tornaba hacia Madrid, afronta : ehase:nds g~apa del mundo en el jardín
descubierto una tarde ª. la mue ac %abía vuelto a ver más.
.de uno de aquellos hotelztos, y no lah .. d l t a"ero cuya vida adornaba
Era indudablemente, la blanca 1Jª e r r '
..el interior del hotel como la más bont'ta caja de conchas.»

f

_34&amp;

1fé

z

El novelista se paró al llegar a la aparición de ella por entre los barrotes de la verja, junto al columpio en que había jugado indudablemente de pequeña y con el jardín lleno de geránios rojos, con los que
parecía haberse fabricado la blusa que llevaba, como se hace una blusa
de punto.
Andrés veía el barrio tan vivamente, que se sentó a descansar en una
piedra de la calle. Su despacho estaba muy obscuro, pues la luz del no-velista no debe esparcirse mucho por la habitación.
El novelista estaba en ese momento que, siendo el más claro y verdadero de la novela, ane 0 a en su propia realidad y hace pararse a ver,
aprovechando la intensi~d de las miradas, con ruín egoísmo de tran- seunte, olvidando la pluma.
Andrés veía las casas hechas con basura, con un armadijo de polvo
y agua, y desolaba sus miradas, el ver aquellos monóculos que remataban las casas, aquellos cercos en_los frontis en que iban a ir los relojes y ·
que gracias a la Providencia no fueron, pues de haber estado las calles
de todo el pueblo llenas de relojes, Dios le hubiera puesto al mundo la
multa expiatoria de la confósión del tiempo lo único que no está con-fundido en los distintos pueblos. Aquellos remates vacíos que el novelista
veía en lo alto de las casas, como los más vanos frontones, le daban
la sensación de cuencas de muerto que mirasen a los cielos .
Cada vez le parecía al novelista que estaba más asentado en su necesidad de escribir aquella novela del Barrio de Doña Benita, edificado, más·
que sobre la tierra, sobre un falso montículo, hecho de lo que tiró todo
el pasado a la que entonces fué la sima más lejana de las afueras. Sobre
el más ancho vertedero estaba construído aquel caserío, de una realidad
desesperáda, cruda, atroz, sobre la que lucía como una luna muy trans- .
parente y de óvalo muy pequeño, el rostro de la hija del trapero.
i,I

I II

¡Jj

' ,:i .

El novelista no recibía casi nunca a nadie; pero aquel crítico, que se ·
pasaba de sagaz, desconcertó ~ la criada, que le salió _a abrir, dicié~do!a
que había visto luz en el balcon del despacho, y gracias a eso consiguió•
entrar ...
-Querido amigo-le ~ijo Andrés-, me alegro de ".erlo; p~ro le
podré dedicar muy poco tiempo ... Tengo una tarde de mspirac1ón, y
quiero aprovecharla ...
-Me voy en seguida; pero no quería dejar de estar un rato con usted ... Por eso he recurrido a decir a su criada que había luz en el balcón,.
349

'•

,I'

�LA PLUMA
• me ha dejado pasar, porque no h~y nada qu~ más útil sea para vencer
'fa resistencia de las criadas que decirlas algo sm precedentes, algo ? lo
que no las hay? hecho cont~star nadie ... Seguramente usted le tiene
.
.
-dicho que no deie pasar a nadie...
-Sí-contestó Andrés-, le tengo dicho eso; pero, lo que usted dice,
para el que ale~a un nuevo pretexto no hay consigna _que _valga....
.
-¿Y ademas tendrá, fuera de eso, dos o tres P:edilec~10nes? La. f!11ª
recibe a todos los rubios que van a verme, y también r~c~be a los m1htares ... Lo de los rubios, no lo confiesa; pero lo de l,os militares, me lo ha
llegado a decir: «Ya lo sabe el señor, yo no podre negar~e nunca a un
oficial». Y es que su anterior amo, con el que estuvo qumce años, era
un militar ...
-La mía-dijo el novelista-recibe a todo el que venga con sombrero de copa y a los curas ... ¡Y qué_ t;abajo me ha cost::ido que no
reciba a los que quieren pasar para escnb1rme algo, para deJ_arme escritas dos letras ... Antes los pasaba a todos y se atracaban de libros... ,
Después el crítico hab}ó de la última novela de Andrés, que no hab1a
.,gustado mucho.
.
-Yo no me explico por qué no ha _gustado t:1nto como la antenor,
•Y hasta ha habido alguien, el calumniador de siempre, que ha hablado
.
'
,.d' e decad enc1a....
..
.
El crítico guardó silencio un rato; preparaba ~u frase c;1_t1ca; tema ya
un pensamiento para su crítica, de esos _pensamiento~ cnt!cos que p_or
recabar su originalidad sacrifican a su D10s. ¿Le habna sahdo la gemalidad a expensas de la obra o a exp~n~as de su ii:ge~io y de su ideal?
-¿Quiere usted que Je diga lo umco que perp~~1ca la :1 nov~~a?
-Venga-dijo el novel~sta. -- \ entonces, el cnt1co sut1_l le d!JO a An.drés la única cosa que explicaba como aquella novela tan mteresante no
había oustado:
.
.
.
-&amp; porque nos~ fuma en ~oda_la_ novela... Nadie enciende ~n c1oarrillo ni por casualidad ... Es 1rres1st1ble una novela de cuatrocientas
páginas en que no se fuma, en que no se d\ce es? que hace des_cansar la
tensión del público y que bast:3-_ q1:1e el. escritor diga de cualqmer personaje: «sacó su petaca y repart10 c1garnllos entre todos los que le escu,chaban».
,
• 1
El crítico se enteró de lo que prep~raba Andres, y _despues, a yer
que el novelista cerraba el libro del balcon corno para evitar que algu~en
más recurriese a la estratagema de la luz en el despacho, se levanto Y
:se fué.
.
..
.
El novelista ya solo llamó a 1~ criada y ~a d110: .
-Mire, nunca me pase a nadie ... , a nadie ... Y s1 alguna vez la dicen,
_350

LA PLUMA

\

como hoy, que ten$º luz encendida en el despacho, dígale que es que
usted la _!-la _ence~d1d? porque estaba limpiando... ·
-Senonto,. ¡hi:np1ando con los balcones cerrados!
-No ... En 1~v1erno, les puede decir que estaba encendiendo la estufy ... Ahora vayase, y nada de explicaciones; que me escriba el que
qmera, que yo le contestaré.
Al ,que~a_rse, solo Andrés dió una vuelta a 1a llave de la cerradura,
despues, dmg!en~ose a}a cortina de la puerta que daba a la habitacióK
de al lado, la abnó y d110 a alguien que esperaba allí:
-Ya puedes pasar... Estoy solo ...
La Inspiración pasó y le abrazó, sentándose en el brazo del sillón.
-Levantate el velo, porque mis besos tropiezan siempre con alouna
0
mota y me_par~~e que no t~ doy ninguno en plena cara.
La Insp1rac1on se leva~to el velo de motas y apareció su rostro un
poco amoratado por ,el fno, encontrando Andrés en sus mejillas el sabor
a sal que las da el fno.
-¿Me traes alguna nueva novela?
. La Insp_ir~ción desató un rollo de papeles, de esos que hacen las mu¡eres, convu:t1endo en cosa de música toda documentación, y le dijo:
-Te tra1°o unos caracteres de hombre.
E!, sin cefos, porque se trat?ba .~e la Inspiración, que tenía que hacer
esa vida para poder ser la Insp1rac1on, la dijo:
-¡Ah, va~os! ¿Con los qu~ ~e las has pegado estos días ... r'
E!la, reve~tida de su gran d!g~udad de Inspiración, guardó silencio y
acabo de abnr su paquete, ded1candose a desabarquillar bien los papeles
enrollad~s. D~pués los puso a su vista sobre la carp'!ta.
f\_ndres l~yo en_ ellos largo rato, aunque cualquier lego en cosas del
espmtu hubiera dicho que?º leía nada, porque los papeles estaban com~etam~nte en 1:&gt;lanco~ _esenios con la tinta simpática de la Inspiración.
espues, Andres volv10 a arreglar las cuartillas y se puso a escribir en
ellas por u~ so!? lad_o, aunque el otro estaba también en blanco.
La I~sp1rac~on, siempre sentada en el ancho brazo del sillón, miraba
con sus 1mfertmentes de or~ lo que el _novelista escribía fijos sus ojos en
la _pared de fond_o, con es~r~tura de vidente, con la precipitación dormida de los medmms escnb1entes.
Sólo cuando dieron las nueve en un reloj de comedor más sonoro
que n_unca. Cuando sus ~oras resuenan en el estómago ;acío Andrés
pareció despertar, y volviendo a besar a la Inspiración, dijo: '
-Ya es hora de cenar; vete.
-Muy bien ... , !11UY bien ... Siempre lo mismo ... Los escritores
nunca me han convidado a cenar, ¿y después no queréis que me vaya
351

�LA PLUMA

LA PLUMA

con el que me convida? ¿Sabéis siquiera cuántas cenas de mujer tiene la
vida?.. .
·d
b
h b
y
La Inspiración, sobria en palabras, buscav1 as y usca om res
buscamujeres, porque el yicio la consume, se puso su velo de motas, y
con un gran tipo de pianista y de tra~posa, pero bella como una lo~a
bella, se fué con dignidad sin aquel atributo de papeles con que hab1a
llegado.
. , ir
..
Andrés la dió un beso sobre las motas, y 1a d e¡o
sm 1evant~rse, s1·n
salir a despedirla ... Sólo la dijo, para ahorrarla el falso empu¡ón que
tanto irrita:
,
1
-Primero da una vuelta a la llave, porque esta cerrada a puerta.
El novelista, cuando hubo salido ella, volvió a correr en sus cuartillas.
•
lt
•Cómo se iba a titular aquella Novela Corta, que ya tema resue a,
rafias a la visita de la del velo m?teado? Homb:e, por la novedad q~e
~lla había dado al asunto, se podna llamar «Cesarea~, en ~ez de «Tristeza infinita», que era como se titulaba. ¿Dónde habna podido encontrar
tan extraña figura la del velo mot~ado? _ . .
.
El novelista, para justificar el titulo, anad10 unas cuartillas a las que
llevaba hechas:
C ESÁREA

La habían puesto Cesárea porque la había te1ndo su madre después de
muerta &lt;rraáas a la operación cesárea...
Habían aprovechado que hubiese una Santa l(Ue llev~se el nombre del~
operación a que ella debió su vida aunque más bzen debzo llamarse Angeltta como su madre.
• í.fi
l
' Resuttaba, después de todo, que ~l~a llevaba un nombre c1entz co, e nom{ 1 III d 1
bre oloróso a yodoformo de la medtczna.» .
Des ués, el novelista siguió en la cuartilla 28, en el ~ap tu,º . e a
novelítf. •Ya había encontrado el por qué de aquella tristeza infinita en
una muc6acha de diecinueve años!
.
d'
«Cesárea se había casado con aquel 1?1-uchach~ que desde el pnmer 1a
pensó en la boda, como si se fuese a ~onr repentinamente antes de absorber
_
todo el encanto hermético de su novza. ,
Fermín no se explicaba por qué tema aquella gran smsatez una mu
chacha de diecinueve años.
,
La vigilaba. Estudiaba sus silendos como si los OY_ese. Comenzo a aprbnder a descifrar el silencio, a mirar lu que se entreveia por entre sus ca el/u;, a perse~ir su sombra.
352

r·Qué la habla pasado a Cesárea alguna vez que había ddado en ella
esa hu_ella de tristura, que hasta el día de la boda estuvo triste bajo sus abrazos, sin sorprenderse de lo que la sucedía, sin concederle esa palabra ingenua que después se recuerda siempre?
No habló, y soportó lo que parecía haber hecho con otro antes. Pero no·
al mz"smo t/empo, Lo demás respondió a la intangibilidad de Cesárea Itas/~
aquel momento.
fa~rmín Llegó a pensar, como con reproclze, que er,w esas las quieb as
que tiene e: casarse COf! una muchacha que ha vivido toda la vid• en 1un
pueblo y que por capricho de su padre, aquel señ,,r siempre enlutado esquinado, esquivo, viene a Madrid.
'
«-¿ !'ero no la quier_o yo, y el quererla no quiere decz"r que no puedo
q~erer sino que haya venzdo, y, por Jo tanto, no puedo defender que se hubiese quedado en el pueblo, porque en Vi1larudialeJ no la hubiera podido
conocer nunca?»-se preguntaba Fermín, con larga pregunta de recriminación_y con un enredoso lío sentz"mental.
- Y tl! pueblo, r•cómo es?-la preguntaba Fermín por hacerla hablar,
por ver st se la escapaba algo.
-Mt" pueblo es un pueblo obscuro-decla ella-; me parece ahora que
ya hace tres años que falto, que es uno de esos pueblos que h~y cerca del
Polo en_que son más los meses stn luz del día que los que la gozan ... Me
acongO.Ja el alma pens.ir que yo sería en aquella obscuridad algo asi como
una lamparilla en un pasillo...
-¿ Y es un pueblo grande./J
-Sí... Es muy pande; por eso es una vílla con catego,ía de ciudad...
Pero eso le hc:,ce mas desdú:hado... Porque son muchas vidas las que comparten la mis'f!Za _obs_cit;idad,,JY efº. en vez de disminuir la desgracia, la
aumenta... ¿ Dzsmznutra lo mas mznzmo la desgracia de lus que van a la
fosa común el que sean muchos los que caigan en la misma sima?
Fermfn míraba a Cesárea con pena, y se arrepentta cada vez más de
haber deseado que continuase en aquel sórdido pobláchón; pero en seguida
yá estaba de nuevo preguntándose qué es lo que hacía que en el mismo Madna la sáltese tipo tan trágito. ¿Por qué tenía aquellas patillas de d:1lor
ver~deras p~tillas de .flan:enca toca:dora de guitarra? Eran como dos pen:
samzentos tristes que cubr,an los cristales de aumento de las sienes, verdaderas claraboyas de la cabeza.
Aquellas palíllar de Cesárea eran como las cla,z,es contagiadas de tristez_a _de una mú~ica t? iste, algo asf de grave t¡omo la clave que comenzó escnbzendo Chopm en su marcha funebre, ya imbuida de toda la tristeza que
se le escapó después. Eran como dos signos de dolor, en vez de ser la cosa,
dotada de retrechera alegría, que hay en las demás patillas.»
23
353

l

�LA PLUMA

e:~~~;

.
uello bien a su desenlace. y a es:;ít~fos la obs1;5ió~
~:ia
El novelista hiz~au~i
taba visto:, exagt/do la infancia bonitilla de ~rea, cofaesa: cualquier
grave ~ab1a ta\:chará de un maestro qud esa~~s sino de viajes, de
ticulanzarf ~º!u amigo y confidente, ~no e id: de' irse a _Madrid, un
tarde que u uando su padre cumpliese su ·ta1 de Provincia».
P''/;'"''º!~~Úo que sólo espernba i, al~ ';:~el pobre maest&lt;O, po, 1ÍI

po f,'0:::,1n llega¡~

d~~ ié:

;~i-

c,:'fnfu!d1~~~~ más.celos t!';";,'':',; t~:,:\'::d~:

que llorara un dl oobrecillo sigue all1, y, sm e¡ mfrido de su me1or
llora ¡o.rque
'&lt;e F e'l en este momento a que e
eno estara
st
'&lt;¡Qu aJ
, . ltando!»
ne~rece la blancura
amiga 1
i/~:~licación de aquellafi.de~~~~ Yq~el~ncolica el padr , que
7 ...
Por , 1 d en una hora con
. d 1 eración cesarea
de Cesárea, se a . días olvidado que es la h1Ja e \~~esi nas y la amas,
le diráas~yern,o. casarla... Serásiempreas1... Y,o la hit de la operaPor eso no.quena yo No olvides, pues, nunca que es de iu madre, poro me la devuelves.. : dudablemente encarna el alma l madre. y vive la
ción cesárea gue 10 ue en esos partos se muere ~ ver ue su hija
q~e yo creer !1d~~~eciso heroico_de qalue la ~;:rsi la esca%ó, deseosa
h11a, porque s
ue ya no tiene ma, d
alma ¿Compreniba ª nace\ ~~erprt:~it6 no se c~rro~pa, l~ :s;~rmenuda, más seria
un alma mas v1e1a, mas
de que aque c .
d
d '.&gt; Por eso tiene
es,... .
d ue su cuerpo».
f rza secreta, reserva 3:,
que su JUVr~ ~1ntento de poder dar aquella u;ulimientos delicad1s1El novde is a 'aquella muchac~a de plataÍ ~i°ony se fué a cenar. Ya esreenca~3:
a, cuartillas de '&lt;Cesarea» a un a
mos deJO las
taba' planeado el asunto.

6~

l

IV

que Andr~
. •
1 hombre a la puerta del novelista,
h a verle.
Tema
Tanto ins1st1a a9.ue
odía creer con tanto derec o l médico que
salió para saber qmd~i5~fñor de la vecindad qr ~d~~~ ~o quiere redel caso 1~ urgenc1~e acuda a un caso grave, y e ro
vive abaJO para q
.
birle.
éd
ba?- le preguntó el novelista.
-¿Qu esea
cho No era cosa
-Yo soy
• ... _ y le señaló la puerta de su despa ·
-Pase
... ,..pase

LA PLUMA
de que en la antesala se pusiese a declarar aquel hombre el secreto de su
pretensión. El novelista, como hombre que ace~ta la imaginación, sabía
que aquel hombre podía estar unido a él por vmculos profundos, aunque insospechables ... Por eso no se atrevió a preguntar, por no hacerle
una pregunta
dijo
por fin: impertinente. Se le quedó mirando, y el hombre aquel
-No me conoce, aunque me debería conocer... Yo soy Alfredo, el
personaje de su novela da resina» ...
-¿Alfredo?
-Sí,
Alfredo,
aunque
no...
me llame así; por más que también estoy
en la
A, pues
yo soy
Alberto
-¿Y qué quiere usted, Alberto?
-No ... , no me llame Alberto ... Usted me puede llamar Alfredo ...
Yo se lo consiento sólo a usted ... A los del pueblo no les dejaba ... ¡Pocas
riñas que me ha costado que me lo llamasen! Y me he venido, porque
no podía seguir viviendo allí después de sus descubrimientos ...
esa mujer también heredó la resinera del mismo modo que
mi -¿Pero
protagonista?
-Sí, señor...
-¡Qué coincidencia ... !
-No es coincidencia, señor, sino que es un caso completo que ha
llegado a sus oídos, y usted lo ha propalado ... Yo no lo siento del todo•..
Me ha dado arranque su novela ... Me he separado de mi mujer, y aquí
estoy, .. «Bien dice usted que era vergonzoso vivir de aquellas heridas del
bosgue, de aquella savia de la tierra en que estaba enterrado el muerto ...
Viv1a él en su herencia, porque sólo se vive, como en el cuerpo, en la
propiedad ... Por eso el asesino no ha acabado de matar a su víctima
mientras goce de su dinero ... » Ya ve que me sé su novela bien ...
-Sí... Oyéndole, me parece que lo que he escrito es un drama, uno
de esos dramas que abofetean al público desde el principio al fin.
-Y es un
drama,
no tenga
aprendido
como
un drama
... usted duda... Mi mujer y yo nos lo hemos
-¿Y a qué viene usted aquí...?
-¿A qué .. .? A que usted me coloque ... Yo he dejado la Resinera, he
dejado a mi esposa, he dejado todo lo que no era mío; usted me lo ha
enseñado, pero no tengo nada... Esa oora le ha dado a usted, según sé,
mucho dinero; justo es que se acuerde de mí, y, o me dé un poco de ese
dinero, o me coloque en algún lado .. .
-Lo pensaré... Déjeme sus_ señas ... Voy a hacer todo lo que pued3: ...
-Dicen que esa es su me¡or obra... Por lo tanto, yo soy su me1or
personaje... No me puede tratar como a un cualquiera ...

354

3,;5

�LA PLUMA
. .
l l e no podría convencer de su inseñas y después de un rato de
El personaje de ~u vieJll:bnovÍ
1
1
e~stencia _real ante~1or a i ro, e
'
,
conversación se fue.
,
.da el caso de conciencia y comenzo
En el novelista se _pla~~eo en segi:: alfombra había hecho una vereda
a pasearse por la hab1tadc1on, e~ cd~ tanto insistir en ella, de tanto trazar
.
campestre, una vereda . e c_one¡o,
el meridiano de la hab1tac¡ón. . o· todos los bosques de pinos, lo misTodos los pueblos son o ~1sm ~l conflicto que se albergase en una
mo· pero cómo podía ser el m1si;rio
d. del bosque por verdadero
Resi~era, cuyo e~ificiópleva ;~t~r r-:S:a ~~ plena salud, en plena vida.
capricho nada mas.•• or P

ªdfó fu

1 l~

OBJECIONES

RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA
VALLE INCLÁN EN MÉJICOf Y EL
PATRIOTISMO PASADO POR AGUA

(Continuará.)

de honor de la República mejicana ha sido en estos meses Valle lnclán. Por una vez al menos, un pueblo americano que conmemora el suceso de su independencia, recibe a un representante español que no nos causa risa-, ni sonrojo. Incorporar cierta representación extraordinaria de España en un gran escritor, que además no postula mercedes desde el séquito de algún archimandrita del patriotismo ortodoxo, es mucha novedad, y arguye un desenfado inteligente que no
podría esperarse de quien manda. En efecto: No es España la que ha enviado
a Valle Inclán; es Méjico quien le ha llamado.
Gran silencio en la prensa de Madrid acerca del caso. Si el convidado hubiese sido un ministro zafio, o algún español del orden ecuestre, las agencias
fatigarían el telégrafo trasladándonos hasta los menores ruidos oficiales que el
personaje fuese emitiendo de uno en otro banquete. Del viaje de Valle lnclán,
lo primero que nos cuentan es la protesta de la colonia española en Méjico,
lastimada en su patriotismo por algunos pareceres de don Ramón; y un papel
madrileño le reprende por su falta de respeto a «ciertas instituciones que son
la encarnación más alta de la patria,.
Ni con los protestantes de allá ni con el censor de aquí y su risible fraseología estamos de acuerdo. ¿Va a resultar que los españoles emigrantes son
todavía más españoles que los asentados en la Península? ¿Que los viajes, la
U¿¡¡PJID

3.57

�LA PLUMA
presencia de otras razas, el trabajo, la disputa por la fortuna, sirven para quitarles a ciertos vocablos su significado concreto, terrible, y convertirlos en
formas hueras, capaces de recibir las ensoñaciones sentimentales que el apartamiento y la distancia suscitan? El españolismo, como quiera que 3parezca,
no e&amp; de ley, no puede resistir la prueba de la verdad ¿Y va a sofocarla invocando representaciones falsas, valores usurpados? Si tenemos alguna noción
de patria es la de una comunidad donde el trabajo manual y la inteligencia
desinteresada sean el contraste y la medida únicos, el aro por donde haya de
pasar cuanto aspire a ser socialmente digno de respeto. En lo que hoy se impone como patria, en el código del patriotismo militante, lo más es usurpación
y rebajamiento forzoso de aquéllos, matute y baratería, en que los valores primordiales resultan, en substancia, desfalcados. ¿Qué pretenden, pues, enseñarnos cuando a un español de rango que expresa su recto sentir le v_uelcan
encima una carretada de ripios patrióticos? Nadie puede hablar por España
c:on más dere&lt;;l).o que los intelectuales puros. Valle Inclán y los demás españoles de su categoría, son los verdaderos príncipes de España. Y nadie tiene,
fuera de ellos mismos, la representación de la España que se esfuerzan por ir
engrandeciendo. Si los españoles del lado de allá del mar no lo perciben así,
les bastaría darse una vuelta por la Península y contrastar con la realidad sus
imaginaciones. Y los que, llamándose tal vez intelectuales, vociferan aquí los
tópicos más nocivos, no dejan de asumir un papel triste por mucho que se
unten de sociología. cLo peor es-dice Feijóo-que aun aquellos que no sienten como vnlgares, hablan como vulgares. Este es efecto de la que llamamo&amp;
pasión nacional, hija legítima de la vanidad y la emulación.•

LETRAS ALEMANAS
no he hablado del teatro en mis crónicas, o s'ólo he hablado de
él incidentalmente. El teatro representa, no obstante, el primer
p~pel en la literatur~ alemana contemporánea, y con razón se ha
dicho que el teatro tiene en el Reich un valor social de primera
línea.

ÚN

Porque ha sabido herir a las masas y llevar sus repercusiones a todas las
clases de la población. La competencia del cine no ha podido estorbarlo, y no
creo_que tengamos un ejemplo tan perfecto de cómo el público se interesa
apasionadamente por una revolución literaria. Si el expresionismo ha movilizado las energías todas, los pensamientos y el entusiasmo del pueblo, a la propaganda hecha desde la escena se debe. La descentralización intelectual de
Alemania ha propagado copiosamente el esfuerzo hacia los cuatro puntos ca _
dinales. Fácil es notar la consecuencia: no es raro que a un mismo autor se ;e
represente_ a la vez en diez ciudades y en quince o veinte escenarios; no es raro
que una misma obra se represente en diez lugares distintos y con su·e "ó
d"
.
.
.
J c1 n a
1ez cntenos diferentes; no es raro, en fin, qwe quinientos periódicos consagre
un folietón al mismo drama en el decurso de un mes. Y todo eso, en la mas:
blanda de una multitud, es una levadura enérgica y fecunda.
. Francia,_ y, creo yo, España, igno~an por completo el teatro alemán. Apenas
si e~ conocido el nombr:. de We~ekind, y el de Max Reinhardt constituye en
Pans, en una conversac1on, un diploma de erudición europea.
Pero Frank Wedekind es ya un precursor, si no un antepasad:::, y Max
Reiohardt parece, entre los directores dP. escena de su país, un innovador
harto tímido. Verdad que es justo colocarle, junto a Antoine y Gordon Craig~
3H'

�LA PLUM A.

LA PLUMA
t:ntre los apóstoles de la reforma de la escena. Pero es un error resumir en su
nombre las tentativas qur: se han hecho en Alemania en esa dir.-cción. Rcinhardt
ha hecho mucho. Ha roto los moldes convencionales y loa marcos rígidos de la
interpretación realista. Ha innovado en todos los órdenes, devolviendo por
una parte, a las tragedias antiguas, a los dramas de Shakaspeare y a las obras
cc,ntemporáneas que podían soportar tanto peso, su carácter popular, y rehaciendo gracias a eso su cohesión; y por otra parle, aseguró la interpretación
preciosa y coloreada de las comedias. Ha tenido el don de descubrir y de formar grandes actores; de ellos hay que poner en primera línea a Alel'&lt;!nder
Moissi, nombre que preponderará en la historia del teatro del siglo xx, como
los de Mounet-Sully y de lrving preponderaron en la del siglo nx. Pero si
Max Reinhardt hubiera estado solo, no hubiera podido revolucionar profundamente la escena alemana. Y Max Reinhardt, cemo Antoine en Francia, es el
hombre de una generación que declina.

* * *
Hablaré en otra ocuión del repertorio y de los dramaturgos. Quisiera consagrar la crónica de hoy a estudiar la disposición de la escena, el arte del director, que en el teatro alemán es capital. A ojos de un francés, sobre: todo,
acostumbrado a los tradicionales salones polvorientos y a los jardines apolillados, esto es una verdadera revolución.
Es imposible resumir en unas líneas ni en unos párrafos las leyes nuevas
de la disposición escénica. Sería menester elaborar un código detalladísimo y
complicado, contradictorio a veces, si nos empeñásemos en compendiar
cuanto los directores de escena alemanes han realizado en los últimos diez
años.
Apuntaré aquí las tentativas más curiosas, procedentes de aspiraciones
unánimes. Hay en la orientación general cierta unanimidad innegable: la rebelión contra el realismo. Se deriva de las mismas causas que el gran movimiento
expresionista entero: la reacción violenta-en varias etapas, ciertamente, pero
de andadura rápida y sostenida-contra la estética realista que había sepultado en los abismos a la Alemania artística. Se vuelve a los clásicos senderos
del arte, de los que el superior de todos fué siempre la interpretación. El análisis, la fotografía y la miniatura quedan relegados, y el que más y el que menos trata de equilibrar los imperativos del corazón con las exigencias del cerebro.

Arte de interpretación. Ya se com
s ider.i.ble que en el teatro le cabe 1 prende, da_do ese c?ncepto, la parte condisposición de la escena
a a colaboración del director de escena. La
.
pasa a ser una verdadera
·,
nzontc se abre ante los
t .
orqucstac1on; un nuevo ho·
tt"la y cartón de las dec que_ es uvb1eron basta allí encerrados en los trastos de
oraciones urguesas Como e t d 1 ,
Juntad nueva va en contra de la
.
·,
n o os as ordenes, lavoactores un marco imitado d 1
se babia buscado hasta ahora dar a los
prolongar el esfuerzo del de a vt1 a real. Abandonado ese principio, trátase de
rama urgo.
La decoración no debe ya ere resent • .
crear una atmósfera Ai 1 1
~6
ar nada. Se le confiere la misión de
.
s a a acc1 n y le permite prod . 1 .
na. De ella puede dep d
ucrr a llllpresión pleen er, por tanto, el buen éxito de
b
cuando menos, consolidarlo, el dircct
una o ra, o puede,
y
or de escena comparte con el autor las
responsabilidades lnsist
·
amos en esto que es capital·
t
cercena cuanto puede la libertad del i
.
. • un au or, en Francia,
.
. d rector, consiente en hacer algunos cortes, pero le v· ·¡
y, lo más a m1;~:d~º:::;:~:ón ~muci_osa, le impone su modo de ver la obra
los teatros que, en ¡odas las ~i::aonac1oncs ~e la vo1. En Alemania, en todos
mático, el autor consiente
bd_des, se aplican a crear el nuevo estilo draen a icar sus poderes en manos de un especialista.
No se sale de su ofici
tan te: para el lnsunie:;n re~nocc la supre~_acía del director para todo lo rcsjanza del gremio de d" ~- e tal separac1on de poderes ha venido la pu·t é 1
irec ores, que, a su modo, también crean.
c1dar a gunos
de ellos·' pero an t es h e de detenerme un momento a hablar
&lt;le la
.
veces ~ac:rac1~n. Su carácter principal es la simplificación. Es cierto que a

~:ª·

en el 'Vieu;p~::~::;r/;t;:;:~~;!ero e\ raso es ~aro Y no s~ practica, co~o
ríos. He vis
.
' por a ausencia pura y simple de accesopico de cor:::!g;nas ~bras srn decoraciones propiamente dichas; pero el eme) d . . d
e co ores, acomodados a la acción de los cómicos probaba
es1gmo e poner un acompañamiento constante al texto
'
Muy a menudo la simplificación viene a ser Jo que llama:nos co
o que es cuando menos •
.
. . .,
,
n un vocaimpropio, cst1hzac10n. A veces se extrema la tendbl .
.
~nc1a, y cad~ ObJeto como cada gesto, conserva sólo un valor es uemático·
p enso, por eJcmplo, en la mise en scene de Hol/e ifeg- E de d G q K . '
en el Nouveau 1hédtre de Fraocfort de Main y ~n la ~e; del ~org a1ser
debida a Paul L b d
.
'
as, e mismo autor,
l' p
~g an • realizada en las tablas de la Freie Vo/ksbühne de
8
0n:u_n s_i~ llegar ª reducirla a fórmulas y a simples indicaciones, la
-0:;;:ci;:
ms1s e ya en los detalles ni en los ir.atices. Se aproxima a la

�LA PLUMA
. . .
retrocede ante ninguna audacia a fin de ro~per la_s
pintura expres1on1sta y no
.
. t6 .
El director de escena hene h.
les d• la notac16n pie nea.
. 1
reglas convencLOna
..,
abultándolos o reduciéndolos a su anto¡o, os
bcrtad completa para deformar, r la atención o que pretende sustraer a las
elementos sobre que desea llam~
1 que la de su instinto y la de su ?ermiradas, y no está sometido, a m_ s r;;t:ncias relativas. El ejemplo mejor en
cepci6n de los valores y de ,a~ imp
Francfort por Gustav Hartung al
. duda la interpretac16n dada en
esto es sm

GescMec/,t de Fritz von Unrub.
.
hayan llevado a los direc~ores de
e tales prcocupac1oncs
.
d
Se compren e qu a ores a lo que pret endo llamar la cdecorac16n decorad
escena y sus esta os m y
.
L
pierde en «fioriture• la dece¡ narraciones. o que
.
é dO t
tiva•. No más an e
as n
t
n el plano del arte plástico Y
f
a
Recupera
su
pues
o
e
.
ºd
ración lo gana en uerz ·
.
Tbrio de los tonos, ng1 ez d e
t aci6n de !meas, equ1 i
11
C
acepta sus leyes. onceo r
. d
destacados fuertemente: todo e o
erosos espacia os,
.
los planos, poco num
, º6
alor propio e independiente, a cond
!ver a la decorac1 n su v
. t
. se la
concurre a evo
. d . 'til y sin elocuencia, es c1er o, s1
vertirla en una obra de arte aphca a, m~. d ella constituye la belleza del
de CUdnto en umon e
•
t t
separa del con ex o Y
'
. a los accesorios todavía en uso en
drama, pero in,omparablemente superior
Occidente.
rt llenará pues un papel; ya lo be dicho.
La decoración, como obra de a e, 6 . é' t . ~vial aquélla siniestra otra,
.
. logia· será e mica s a, J
,
•
á 1
Tendrá también una ps1co
.
.
·a como un persona¡e. Dar e
.,]acial la de más allá. Tendrá importanc1la propd1e, Esquilo acompañará al dra.,
1 t 1• Como e coro
•
tono cuando se levante e e on.
.
verdaderos maestros en el
. .
él Algunos directores son
h
ma sin participar en ·
.
L pold Jessner entre otros, a
•
· es sugestivas: eo
arte de inventar decorac1on
kº d . e dentro de su sencillez, son
ejecutado algunas para obras de Wede in , qu •
verdaderos modelos.
.
d
la novedad grande también de la
Por aquí llegamos a la fuerza_ gran e,la S cabaron los trajes grisáceos,
Alemania· el co or. e ª
decoración moderna en
·
ñeº de nuestros almacenes
. t d y los muebles de rosa a l 0
y los árboles repm a os
•usto habla con sus colores.
c'6o habla y como es J
,
L d
de accesorios. a ecora i
,
, 1 decoración será triste o alegre, llamaPor ellos, más que por la~ lineas, ad
t ada por modo irrebatible. Los
S
'potencia queda emos r
d D'
tiva o neutra. u om01 .
,·ds de Car! Sternheim, obra imitada e ¡.
que han visto Die Ma,-quise oon A H' t
o olvidarán nunca la calidad
por Gustav ar ung, n
. 1
derot, puesta en escena
l"d d
da casi enfermiza, de Sternhe1m, a
del color en el teatro. La cerebra I a agu •

LA PLUM A1
acción, tensa hasta el extremo y de una precisión mecánica, la ironía discreta, .
pero formidable y las conclusiones cínicas ... todo eso la decoración y los tra-jes Jo destacan, o, por decir mejor, lo acompañan. Sobre grandes cortinas de
colores vivos, aquí anaranjado, allá violeta, se destacaba la acción crudamente:
como marionetas grandes, Jos actores llevaban trajes vistosos, inmensas pelucas bermejas o verdes, el atuendo de un siglo xvm expresionista, donde las
modas tradicionales Sf' alzasen a tonos violentos. No había allí más que e olor;.
puesto que faltaba la decoración. Con todo, un espectador extranjero, au nque
no supiese el idioma, hubiera podido seguir y saborear, si no los matices, al
menos el sentido de todo el drama.
El color. Dijérase que se había olvidado el partido que puede sacarse del
blanco y del negro empleados con prudencia en el arte decorativo. Los ar quitectos vieneses lo demostraron, y los directores alemanes los emplean en toda
ocasión. He citado las creaciones de Jessner para Wedeking. Pienso también
en las de Ludwig Berger para Paul Kornfeld, y en la inolvidable danza macabra inventada por Karlhdnz Martín para Wandlung de Ernst Toller.
Precisamente porque no está reducida a un clic!,é, que si resumiese todos
los tonos en blanco y negro caería en la arbitrariedad, no insisto más en la
apariencia de la decoración alemana, Diré tan sólo que vive. Se afana, ev oluciona, a veces se contradice, pero es a menudo creadora. Apasiona al público y
subyuga su atención. Se impone. Y cuando digo decoración, no me refiero solamente al telón de fondo, sino a los trajes y hasta a la mímica, a toda la disposición escénica, a cuanto depende del director y no es cosa del autor. y ·
para dar en conclusión una prueba negativa de la importancia de la decoración
y de la independencia necesaria del director frente al autor citaré el caso de
Oskar Kokoschka, Éste, que es uno de los más grandes pintores de la joven
A lemania, ha escrito varias obras dramáticas, de lenguaje difícil y técnica improvisada. Él mismo las ha puesto en escena, lia pintado las decoraciones y
dibujado los trajes; ha reemplazado al director, en suma. El año ;,asado vi representar Hiob en el Albertheater de Dresde, y esa experiencia me conven ció •.
Kokoschka ha concebido el Insunie,-ung de su obra como pintor, y la decoración, que carece de sencillez, no sostiene la intriga, no concentra la atención,.
no es marco de la acción. Debilita la una y dispersa las otras. Ha hecho por
decoración un cuadro que subvierte las reglas severas del arte decorativo. Y
al devolverle su independencia ha roto la unidad que un director mantiene·
a todo trance como firme base de &amp;u esfuerzo.

�LA PLUMA
Véase cómo he venido a citar en el curso de estas notas los nombres más
notorios del gremio de dirt'ctores. Pero uo voy a hacer una lista cab~l por o~den de médtos. No exagero si digo que hay. en el Reick más de doscientos directores oue trabajan en escenas a su cargo, y para ser justo habría que enu,merar aq~í sus creaciones principales.
. ..
Nombraré tan sólo a los que pueden ser considerados como jefes o 1n1c1a•dores de un movimiento. Así Berthold Vierkel, a quien calificaría de sim~olista si esa palabra significase aún algo; Otto Liebscher, que reina en Mum_ch,
y ha sabido sacar muchísimo partido de la línea, relega~do a seg_undo tér~ino
la preocupación del color, e imponiendo a los actores ciertas actitudes derivadas del baile· Ludwig Berger, cuyas creaciones en el Deutsches Theater, de
Berlín, señal~ron el apogeo del gusto sentimental en la disposició~ escénic~;
Gustav Hartung, que ha constituido en Darmstadt un centro de vida dramatica y que ha triunfado en veinte Inszenierung sucesivas, ent~e ellas las de las
obras de Sternheim, Unruh, Strindberg, Hamsun y Edschm1d; Paul Legband,
algunos de cuyas decoraciones geométricas son célebres; Richard Weicl:!.ert,
que, con blanco y negro, ha producido efectos asombrosos; Leopold Jessner Y
Karlheinz Martín, ya nombrados.

• * *
Esta breve lista de nombres y esas pocas notas bastarán, creo yo, para
mostrar que desde Max Reinhardt se ha andado mucho camino, contra lo que
suele creerse en Occidente.

PAUL COLIN

LETRAS ITALIANAS
GIOVANNI VERGA:
uBo un tiempo en que el nombre de un poeta llenaba Italia, poeta
al que .las crónicas cotidianas reservaban sus columnas de tercera
página, los salones mundanos el sillón de honor, e incluso las
masas p lebeyas, tan tímidas y dispersas, su curiosidad desmemoriada. La atmósfera nacional difundía, como y donde quiera que
hablase, el eco de su voz; y la vida de ciertos círculos se plasmaba o ritmaba
precisamente bajo su índice. En el teatro, en las modas, en los bailes, prevalecieron una morbidez sinuosa, una cadencia lenta y casi musical, cuya artifi-ciosidad se dejaba luego sentir; pero que respondían a la literatura del momento, estetizante y amanerado.
Todo gesto o palabra aparecieron cargados de significados ocultos y complejos, incluso los gestos más simples o las palabras más llanas, y en vano se
enmascararon con nombres nuevos y aun exóticos. El origen era siempre el
mismo.
Si algún joven escritor no se decidía, y tal vez por modestia, a doblar la rodilla ante el ara de este numen, un buen día se le veía, contrito a su vez, saltar,
el foso y pronunciar, aunque tímido, uc. hosanna. Eran tiempos en que a quien
no se comprometía de algún modo se le consideraba sospechoso, y necesitaba
una voluntad de hierro y mucha astucia quien quisiera mantenerse a toda ,
costa armado y en guardia en la roca de la desconfianza propia. El aire estaba,
de tal manera impregnado de él que, por doquier uno se volvía, le segÜia
aquel olor, y en vano se buscaba un rinconcito modesto donde recogerse y-

�·LA PLUMA

LA PLUMA

·,pensar seriamente en la educación de la_ sensibi!i~a~ propia. En voz baja Y en:tre amigos atrevíase uno a aventurar quizás un ¡uic10: el de ~ue tan decant_ado
arte no era en fin de cuentas, tan grande y duradero; pero mcluso los amigos
le miraban °a uno de reojo, y a espaldas se burlaban. Quien, el _día en que tropezando con el Malavoglia, de Verga, encendi_d o por aquella literatura, buscó
un hermano para compartir la alegría del descubrimiento, oyó que.le respo:dían que habrá sí al110 bueno en aquel libro; pero que tanta modestia d: pal bras y de estilo estaba
. del arte verd a d ero, grande, con mayuscula.
" muy le¡os
Quien otro día leyó «La Linterna de Diógenes,, de Pauzini, aunque le pareciera una vez más respirar un aire embalsamado de olores verdade_ramente
sanos y fresquísimos, aquél cía no osó comunicar su gloria a los demas Y continuó, en el silencio de su cuarto juvenil, preguntándose con treme~da pe:;
por qué nadie se, fijaba en estos libros sencillos que él amaba, Y si el err .
sería el suyo al pr~ferir alimentos frugales al pan de los ángeles, de su sensibilidad, o más bien de aquellos otres-todos, todos-, que gritaban a voz en
cuello las alabanzas del genio imaginero.

* * *
Pero ¡cómo cambian-y han pasado pocos años-los tiempos Y los gustos!
'No sabrí~mos ahora nosotros cómo reconstruir psicológicamente este pas~
brusco de los tiempos heroicos del danunzianismo imperante a los actuales,
porque si nos acercamos hoy de nuevo a D'Annunzio artista, (~I ?ombre de acción le amamos todos sin discusión), nos sentimos incluso irritados preguntándonos cómo tanta fiebre de palabras fervientes ha podido nunca, no ya
conmover y convencer, mas llamar sobre sí tan ardiente infatuación. Y entonces, tras esta pregunta nuestra, asoman esos libros simples Y fuertes ~ue ayer
leíamos temblorosos en nuestras vigilias juveniles; y Verga, el escritor adamantino y altivo, acusado de escribir mal, frente al otro que escribía demasiado bien, se eleva gigantesco.
.
Su prosa parece abandonada y pobre, y no hay otra, por el contrario, después de la de Manzoni. amartillada con tan audaz agudeza.
,
Fué el primero que tuvo el valor de renunciar a l~s ~squeinas del periodo
..habitual en los cuales se hubiera congelado su materia viva buscando la forma
precisa ~ segura que requería su visión de la vida. Esc;itor ~e quien se h_a
"1iablado y escrito mucho ya; pero que no ha encontrado aun quien revele m1.nuciosamenle sus asperísimos trabajos y afanosa vigilia.

Es su hora, por lo demás. Aclarada ya la atmósfera, no queda, ni en el gran
público, la grosera convicción de antaño: la de que era gran prosador sólo
quien se impusiera con expedientes literarios a alta tensión: y no importa sobre qué humanidad ni la manera de representarla. Y se leen hoy los libros de
Verga,hasta los primeros (los reedita tod~s Bemporad en una edición corregida
de nuevo por el autor), con manifiesto amor; y lo que cuenta más, se lee y se
respeta a los escritores jóvenes y no jóvenes, que no buscaron ni buscan el
aplauso de la muchedumbre, sino que maduran trabajosamente en tanteos dolorosos.
Ayer el que no era danunziano, dificilmente hallaba gracia con el lector; y
el éxito de algunos autores recientes (Da Verona, por ejetoplo) ayuda a hacernos comprender y entender los varios grados por los cuales el gusto del
público transitó, pudiéramos decir, antes de apartarse por completo del arte de
D'Annuncio. Cierto que Da Verona puede haber hallado favor por otras razones; pern, a mi parecer, no fueron ajenos al buen éxito incluso aquellos tonos
difusos de musicalismo estctizante que, en las primeras obras de Da Verona
sob1·e todo, relucen, por modo fastidioso. En suma, Da Verona era un
D'Annuncio más fácil y más comprensible; y el publico, con ese su desgracia·d o paladar, era natural que laego le festejase grandemente.
Pero la guerra refrescó el aire, y otras causas que sería largo int~ntar esponer aquí; de suerte que los jóvenes fueron los primero!&gt; en buscar algo menos
mórbido y más sustancioso, volviendo los ojos hacia un arte menos brillante,
pero más intenso y profundo. Y al fin fué hallado de nuevo Verga y otros tras
él: De Roberto, Panzini, Pirandello. Albertazzi, todos aquellos, en fin, que
en la atmósfera caliginosa de la época danunziana trabajaban oscuramente sin
,que nadie los escuchara.

Fué hallado ese nombre. Pero como a los lectores primerizos sonába!es
-confusamente con poca claridad (compadre Alfio y compadre Turiddu, con
música de Pieto Mascagni) fuéronle menester las crónicas de los periódicos, el
ruido gacetillero, en fín. Y ya, incluso el público ineducado, empieza a acer-carse menos superficialmente a Verga, en quien advierte al cabo virtudes clásicas de estilo y un fuerte psicólogo. Si; todavía figuran en la Biblioteca Amena
-oe los Hermanos Treves, y aún se leen: «Tigre reale&gt;, cEros, la «Storia di
una capinera,; pero hay quien ha cogido ya también el Malavoglia,, «Mastro
Don Gesualdo,, «Da! tuo al mío&gt;, «Vagabondaggio-&gt;. Son novelas y cuentos

�LA PLUMA
que no divierten: las pasiones se muestran, pudiera casi decirse que irrumpen,
con resignada violencia; los hombres que aparecen en ellas son gente de pocos
amores y sin artifir.io, las intrigas primitivas y no capciosas. Y, con todo, aun
no divirtiendo, aunque no se puedan leer deprisa, tales novelas conmueven.
La fortuna no ha estado muy solícita con estos libros, y quien quisiera podría
escribir un volumen sobre la suerte de Verga en estos últimos cuarenta años.
Críticos y no críticos han intentado mucha!&gt; clasificaciones de este escritor. ¡Y
porque el arte de Zola se imponía treinta años hace a los demás, alguien lo
bautizó verista: y lo llamó incluso jefe del verismo italiano! Los años han hecho
poco a poco justicia a tal arte, y del mismo modo que nadie recordaría hoy a
Feuillet, a propósito de las n0velas de la primera manera de Verga, ya no hay
quien se atreva a hablar de verismo a propósito de el Malavoglia&gt;. Verga ha
tenido la fortuna de vivir tanto que ha gozado de su rehabilitación. Su fatigosa
ascensión desde los juveniles cCarbonari della mootagna,, a través de la «Capinera• «Eros•, etc., hasta «I Malavoglia•, es rigurosamente coherente. No;
nada tienen que ver modas ni escuelas. Si acaso entra, aunque inconsciente,
el ansioso afán del artista, que, nacido en una época oscura, intenta unirse a
través de los elementos psicológicos que la vida le ofrece, a la tradición clásica. En sustancia, no se trata de un precoz. Es un hombre nacido en una provincia, y aunque dotado de singularísimas dotes de observación y de intuición,
su visión de la vida, apenas se asoma al mundo, es nece; ariamente estrecha.
La •Storia di una capinera•-dice muy bien Borgese-fué una experiencia;
pero una experiencia provechosa para el escritor, que tal vez-añadimos
nosotros-le era necesaria, Cierto que si Verga hubiese hallado el tema de la
capinera en edad más madura hubiérala desenvuelto muy de otro modo; pero
entonces era timidísimo: un provinciano. No, no es menester decir también
que era joven. Si su arte permanece durante algún tiempo sometido y restringido, más que al verdor del escritor debemos culpar al mundo en que vive. Y
no debemos maravillarnos si, raás tarde, y ya lejos de la isla, escribe otras novelas, donde sólo !'ara vez se advierte la uña que después grabará la historia
de los Malavoglia. No se abandona el hábito provinciano como la camisa seca
de un reptil muerto; se queda adherido, y aun cuando parezca que se ha desprendido, permanece y se deja sentir. La precocidad no era, pues, como he
dicho, una dote de Verga. Es tan ágil observador como lento creador. El problema del arte además le interesa tarde, cuando es ya un hombre hecho y · el
cabello empieza a blanquearle, Antes de ese día obedece a su naturaleza, que

l: quiere n~rrador sin asomarse al pasado histó .·
.
s1n estudi3r a fondo sus med'
. . . 11co de la literatura y también
b
ios Y sus pos1b1hdades C
b
S
. orno lodos los precoces
usca su camino a fuerza de p
rue as. e ensaya y
d
,
t en t a reconocerse y halla ·s
son ea escribiendo· in.
1 e, an d ando entre los ho se
b
.
'
nes que le parece::: ricas de relieve S t
.
m res y pmtando las pasiopor otra parte, el mismo mundo . us ~ntahvas no disgustan al público y
en que vive no est' h b.
' '
l
a tas; aq~él mundo es incierto, débil, laxo. y él
a . a _1tuado a pruebas más
ha padecido la fuerza de co
, provmc1ano ea el fondo no
y como el apl
'
bl an d amente al trabaJ·o r: -nocerse,
.
•
auso no le falta, se dedica
1
aci , no se considera
·
parte de la obra de Verga y 0
1
•
, ' no tiene crisis. La primera
•
me a explico as1 No
hempos, como quieren algunos artist
f.
es, en suma, en aquellos
é x1·to, smo
·
•
por causas externas del
por su misma ID
d a menos. uQrte
~
f t
. .
anera e ser provmciana
l
.
,
ac o e tnc1erto (sin permitirle dT .
. • que e detiene estupe1
sación.
1 ic1 es y estudiadas rebuscas) ante la senLuego vino Ja crisis. y acaso no se advirf, J
..
vertido la preparación Po
d ,
10 a cns1s como no se había adr
eso.
ecia
yo,
su
camio
·
beado. Por Jo demás quie
.
'
o es coherente y casi sila'
n quiera puede encon °
•
nores de Verga las de 1
.•
,rar, tnc1uso en las obras met
a p11mera manera si bi
f uerte psicóloo-o' y escritor
del
1
'
en an sólo aquí y allá al
.,
as nove as de la madu
El
.
'
.
cntor,. cuando no hay precocidad absoluta ha d
rez.
cammo de un esha tenido, aunque· menos visibles q
'
e te~er sus etapas; y Verga las
ue en otros escritores.

* * *
Alguien hará un día el examen crítico de la r
cuenta años, y cuando después d M'
.
iteratura de los últimos cin.
•
e anzon1 tenaa que b
.
ne t a virtud italiana un creado d h b '
"
uscar un prosista de
.
.
'
r e om res verdaderos (C d
.f é
prosista hterado) habrá de d t
ar ucc1 u un gran
.
'
e enerse a toda costa en V .
V
.
o no verismo, reafirmó los esf
d
eiga. erga, verismo
uerzos e toda una ge
., .
.
.
que esta generación ha vivido ea
d' d
neracwn, Y s1 se piensa
da, pero moralmente mezq .
me 10. ~ una época políticamente afortunauma, es cosa de felicitarse
¡
podido, a la distancia tan sólo de al
d
.
con a raza, pues que ha
gunos
ecemos
encont
d
Verga otro gran novelista Cie t
,
rar e nuevo en
·
r O que no es el caso de
con el otro, primeramente r orque h
.d
parangonar hoy el uno
en fin, con su educación y su sensib:l~d:~c1 eºn::.ép~cas diferentes, y cada cual,
hasta hacerla per'fecta y divina· el t
,
. Jec1endo el uno sobre una obra
24
,
o ro, más d1sp~rso, por razones fáciles de
369

�LA PLUMA
mee.ester construir, no
de tiempos y de modas; pero, donde era
comprend er,
,
menos sabio arquitecto.
Federico Tozzi, muerto joven todav1a, no
La generación, fuera tal .vez :e ·d·da De Verga partieren, ciertamen~e, muarece poseer aún orientac1?n ec1 1 . los de los cincuenta años: P~rande~bos de los más nobles escritores ~e h;:Verga también el propio Tozz1 y esos
. . De Roberto, Albertazz1, y
ar hombres v caracteierta fuerza saben ere
llo, Panzm1,
otros rarísimos jóvenes que c~n e •
·ra al hombre; pero el hombre empes Hay en sustancia, quien todav1adm1 ·mpotencia y debilidad. Vencido, lo
re ·_ c·1d'o caricaturizado, visto en to ª. su I
u·1unfaba en l\lanzoni; pero
quene
,
.
·6
rist1ana que
• d
I hombre presume harto, no sien o
llamó Verga, y sin la res1gnac1 n e
ºdo-añaden los nuevos-porque ~
ºd d Así el vencido de ayer,
venc1
.
t en la 10 mens1 a •
•
. á
á que un átomo insign1fican e
ºdo hasta convertirse qu1z sen
ro s
ºd' lo es dos veces venc1 '
f o que
!,ajo la máscara del n icu '
ducirse puro y simple, a un ip
un concepto abstracto o un sofisma, o re . do p~r el viento de la vida que sotodos los hombres resume; ~I cual, e~~:~:ro como carabela en mar de borrasla burlón se bambolea a diestro y sin
. ore basta que los hombres no
~a y hast~ que el concepto de la vid; no ~:) en ~\aún ideal más alto que los
cr~an un poco más intensa y pro::v:mi~:ología) "el arte será por fuerza un
actuales (y creen tal vez una
sarcasmo y un guiño.
MARIO PUCCINI

LETRAS INGLESAS
E estima en Inglaterra que a fines de noviembre llega la tempora•
da de más actividad editorial en todo el año. Pero e! actual ha
s'.d~ una triste cx~epción. Las li~tas de obras nuevas ~on cortas y
s10 mterés; y los libreros se queJan, porque su negocio anda más
flojo que nunca . Una especie de sopor parece haber caído, no sólo sobre
el impulso creador de nuestros novelista!! y pottas, pero también sobre los editores, los críticos y el público que lee... Nos hallamos quizás ahora en lo más
recio de la ola. Pronto el amortiguamiento actual cederá tal vez a un resurgimiento de la vena poética y del fuego imaginativo, como sucedió hace un siglo,
después del esquilmo causado por la guerra napoleónica. En todo caso es una
eventualidad que debe desearse ardientemente.
Entre las noticias literarias de estos dos últimos meses, la que más esperanzas hace concebir es el anunciv de varios libros nuevos de Mr. D. H . Lawrence,
acerca de cuya obra en general escribí con cierta extensión en mi crónica anterior. Míster Lawrence se encuentra evidentemente en Italia muy a gusto, porque durante el pasado año ha sobrellevado una tarea prodigiosa. Su editor americano, Mr. Thomas Seltzer, de New York, anuncia ahora una novela nueva llamada Aaron's Rod, un volumen de poemas titulado Tortoises, y un volumen de
notas de viajes por Italia llamado Sea anti Sardinia, del que se han publicado
algunos capítulos en el Dial, de New York. Esos tres libros no se han publicado aún en Inglaterra, donde son esperados con ansia.
La actual generación de autores británicos y americanos parece mostrar aptitud especial para escribir libros de viajes literarios. En un tiempo en que el
arte de novelar anda algo achacoso, y no goza de mejor salud la poesía, quizá

371

�LA PLUMA

LA PLUMA
sea natural que los escritores de talento se vuelvan hacia una forma de expre-

sión donde sólo tienen que atenerse a las reglas que ellos inventen. Míster
P. B. Cunninghame G1aham, que ya ha publicado cosas admirables sobre la
América española, acaba de dar un libro excelente sobre Colombia, llamado
Ca,-tagena of the Indies; !\fr. H. M. Tomliuson, después de un libro sobre el Amazonas, titulado The Sea and tke Jungle, ha publicado un voh.men acerca del Támesis, con el título de Lonion' s Ri'IJer. Debemos a Mr. Joseph Hergesheimer. el
novelista americano, un libro lleno de color y de bellezas sobre San Cl"i1tó/Jat
tk la Habana: también ha tenido muy but'n éxito el admirable libro del llorado
Gcorge Calderón Tahili; y en la pasada quincena ha aparecido una nueva colección de ensayos de viaje por Italia, de Mr. Norman Douglas, que lleva el curioso título de Alone. Míster Douglas es, sin duda, una de las figuras más interesantes en la literatura inglesa contemporánea. Su carrera ha sido variada y
romántica: hombre de negocios, diplomático, músico, viajero, erudito y arqueólogo. Ha vivido en Rusia, en Austria, en Africa, en Italia-y acaso en otros
muchos países-, y su conocimiento de los idiomas es asombroso. Tendrá ahora
unos cincuenta y cinco años, pero s61o hace doce, próximamente, que empezó
a escribir, apareciendo trabajos suyos en los primeros números de 1,~e Englisk
Reriiew, dirigida en aquella sazón por Ford Msdox Hueffer. Míster Douglas vive
permanentemente en Italia, y es desconocido en los corrillos literarios de Londres: pero su obra posee una distinción poco común y el círculo de sus lectores, en Inglaterra y en América, se ensancha rápidamente.
No menos escasa en libros de mérito sobresaliente se ha mostrado la temporada que corre, si se mira a las obras de pura imaginación. Las dos obras
nuevas más interesantes en esta clase son un volumen de Mr. W. Somersct
Maugham, narraciones breves (fruto de un reciente viaje por los mares del Sur),
titulado 1 he Tremóling o/ a Leal, y un librito curioso llamado Crome yellow, de
Mr. Aldous Huxley, distinguidísimo poeta de la generación más joven. Crome
yellow no raya nunca en lo sublime; pero, siguiendo la manera de Thomas Love
Peacock, su autor satiriza con mucho ingenio tipos y ridiculeces modernos. El
más fino gusto y un depurado saber informan este libro, abundante en admirables descripciones.
De la moderna poesía inglesa, he de decir que aún se halla, en mucha parte, en manos de Jitterateurs de profesión, que no cultivan las musas por modo
enteramente desinteresado. Todavía en Londres las damas buscan con interés
para sus recepcione&amp; un joven poeta que esté de moda, y al poeta mismo le
372

gusta lucirse en bailes y tertulias De 1
.
os ~ocos cuya inspiración es de naturaleza elevada apenas se babi
d'
a, Y como sus libros n
e itorcs andan reacios las má d 1
o se venden con rapidez los
'
s e as veces p
f
•
a 1uz. Mr. Harold Monro, propietario de &lt;Th~ para a rontar el riesgo de sacarlos
Poetry Chaphook ha prestad
. .
oetry Bookshop• y t&gt;ditor de Tfb
'
o un scrv1c10 a Ja lit
.
.
uenas poesías de esos escritores i'nt
eratura imprimiendo muchas
fi
•
cresantes aunq
•
uenc1a provechosa es la publicac·6 d
,
ue poco leidos; y otra in1 n e una antol •
regentada por Miss Edith Sitwell Wi"L l .
og1a anual llamada Wheels
.
· ·•
· nee s tiene ca ·
'
ncion es grata, aunque no fuese más ue
. r~z revo1uc1onario, y su apade sus dos hermanos Osbert y S h q por Incluir la obra de Miss Sitwell .,
v •
.
ac everell Sitw 11
J
arias
revistas
y algunos cmarr
.
e · d
.
,.=nes»
consagr
1
·
aparecido reaentemente y otros tá
a os a arte moderno han
b
es u en camin E d
'
astaote para estimular a los escr1'tor
. o. s e esperar que vivan lo
d cscu b nr
· talentos nuevos E tr
esáY artistas
que
•
.
merecen estimulo y para
·
· n e 1os m s 10te
g1da por Austin Spare el arti la .
resantes se cuenta cJrorm• diricJra~fare•, cGargoyle• ; cBrooms•· E~~n::::t~ c~n. el poet~ W. H. Davies;
escntores americanos residentes
R
a dmge y edita un grupo de
publican. Es un experimento . t en oma, _Y en esta ciudad la escriben y la
'é
m ercsante de mter
•
.
.
nac1ona1ismo práctico Tam
b i n se anuncia para un futuro pr6x1mo
una
·t r
•
na/, en la que es de suponer que el 'd ¡·
rev1s a iteraria llamada Germi1 ea 1smo revol ·
.
·
Juventud europea encuentre su expresi6 . 1
uc1onano que inspira a la
la paz de Versallcs, nuestros escr1'tor
n mg esa. Durante la guerra, y desde
M H
es avanzados c
f1
r. • G. Wells, han sido parcos en d
•
• uyo Pº podemos ver en
.
cmas1a para enard
nes J6 vencs. No hemos producido t d •
.
ecer a 1as gencracio1 d T
o av1a un lienn Ba b
ªº
·
enemos,
no
obstante
G
r
ussc, un Romain Ro1
' en eorge Bernard Sh
compararse justamente a Anat0 I F
aw, una figura que puede
e rance Mr Sh
t'
3nos; pero su obra ha perdido poc d
. . .
~w tene sesenta y cinco
de su tiempo, más jóven que los ;áse_~u antiguo vigor. Aún está a la cabeza
dor, sin miedo, intelectualmente
. J. vcnes de nosotros, activo, provoca.6
, Y s1rv1endo de fue l ·
-c1 n a todos los que como Willia BI k d
n e magolable de inspira'
m a e, escan edifi
¡ N
en e ¡ suelo verde y jocundo de I I t
car e a ucvaJerusalen
ng a erra•. La represe t '6
.
med ia de Mr. Shaw cHeart/Jrealc ,cr0
h .
n aci n de la gran co.
use• a sido el ú ·
. .
tra l de importancia en esta tempo d ,
n1co acontcc1m1ento teara a.

=

=•

DOUGLAS GOLDRING

J7.3

�LA PLUMA

T E AT R OS

·
·
·
111

HECHIZO ESLAVO Y ESTILO ESPAÑOL

e · pnnc1p10 era el verbo· Pero a la postre hemos venido a descubrir la excelencia del mutismo, o, cuando más, de la ono:1atopeya.
Las ígneas lenguas del espíritu inspirador no son ya srno ~uegos
"'
de artificio de que se tocan, a modo de aureola, nuestros ~as e:.
óstoles de la buena nueva artística. Sépase, porque nadie se é
pmgo_rotados ap
ue aludo por modo especial a D. José Ortega Y_ Gasset,
l'd d de espectador y alosador de las últimas vaa cavilar en vano, q
t
say-i sta en su ca 1 a
"
.
.
.
emrnen e en .
'convertido a las teorías fu turistas del Sr. Marmettl.
riedades escénicas,
t .
es'onado
por el gustosísimo espectáculo del
1
•
J é o tega y Gasse 1mpr
Don os
r .
a~ rimeras representaciones en París reverdec1ecabaret del Murczllago, cuy p 1 b ·¡ s rusos ha publicado no ha mucho en
. 1
d ntaño por os a1 e
,
.
ron el éxito og:a .ª
. d 1 s . óvenes vocados al arte a no escnEl Sol un estudio lineo, conmman o a o _J tar más cuadros, modelar estatuas
•
-&lt;
1 s dramas o poemas, a no pm
.
,
.
editados a l¿,s nuevas normas escémcas,
b1r m..,s nove a ,
1
ni pautar armonizad:~:b~~~: ::~t~~:~?to que no sea mero pretexto para com-de las que debe pro
.
entremezcladas de danzas, canciones lindas, y
binar unas cuantas pantomimas,
l't
. tra~cendental con que suelen
r:n todo caso, tal fcual f?lletón, gd~nero - \ e~::1oel balcón del folletín, por don) ar los grandes rotativos, en ias sena a
'
.
co g
b
la literatura los lectores mgénuos.
de en tiempo~ se asoma an : O te a ha tenido Juego la debida cuanto irremeEl Uamam1ento de D. Jos
r ~
s·
. mpre dispuesta a aprovechardiable consecuencia: La firma Martmez ierra, s1e
N

?

cualquier coyuntura favorable al marchamo artístico de su industria, se ha apresurado a justificar su último atentado al buen gusto y a la moral profe3ional,
incluyendo en el programa de ese burdo plagio que titula «Linterna mágica,
algunos trozos escogidos del ensayo del Sr. Ortega. Terrible penitencia la de
este joven maestro de maestros, si se ha visto, sentado en una butaca de Eslava, enfrentado con su propia obra, tan presto desencadenada sobre el escenario del Pasadizo. Terrible, pero proporcionada a su culpa, de que hasta la fecha
no ha pretendido ~ximirse eludiendo toda responsabilidad en el engendro.
Hétenos, pues, salidos de Málaga para entrar en Malagón. Libres definitivamente del género chico de D. Miguel Echegaray. del género grande de D. José
Echegaray, del género ínfimo de la Bella Monterde, la firma Martínez Sierra,
al amparo de la frontera espiritual que nos separa del mundo artístico civilizado, pervierte, envilece, rebaja y achabacana-cursi hasta en sus crímenescuanto en la variedad del teatro contemporáneo ofrecen de sugestivo y aleccionador las escenas extranjeras.
La mala fe y la rapacidad de la firma Martínez Sierra, la buena voluntad
con que yerra D. José Ortega y Gasset, tienen algunos puntos de coincidencia
indudable: En uno y otro se adviertt insensibilidad s1nte las obras de arte, incapacidad de creación, frivolidad liviana o barroca-perniciosísirno prurito de
halagar al público más insensato, el de las damas que presumen de exquisitez,
buscándole tres piés al gato de la chica; es decir, dándoselo por liebre y, lo
que es peor, con azúcar, como se usa melificar en Alemania el asado, que
no la .filosofía.
Hubiera cómpetencia, siquiera fuese comercial, cuanto más en el orden artístico, y ni la firma Martínez Sierra se atrevería a enarbolar como bandera las
etiquetas de su farmacia teatral, ni D. José Ortega a erigir en principios estéticos universales su propia limitación.
La razón fundamental que D. José Ortega aduce en el susodicho estudio,
en contra de la representación de las grandes obras dramáticas y en pro de las
variedades como exclusivo género escénico, se ha visto desmentida a la luz
de la linterna para andar por casa de la firma Martínez Sierra. Es preferibledice D. José Ortega-un espectáculo que satisfaga a los sentidos, como el del
M11rciélago, al de una ohra de Shakespeare, por malos cómicos: ¡Jóvenes imberbes, que en vuestros aíios tiernos dirigís al templo de Apolo vuestros pasos, no más perder t&gt;I tiempo ni las otras unidades; viva la bagatela artística!
Ahora bien-se le ocurre a cualquiera, viendo las mojigangas perpetradas por

�LA PLUMA

LA PLUMA

.
. Sh k
a e ha menester buenos cómicos, ¿cuála firma Martínez Sierra-, SI
a esp;.: delt'ai·te? Don José Orte ga es, pues,
les no necesitará la moderna comme '.
ieza a hacer en todos
, t'
del hechizo eslavo que tan senos estragos emp .
.
v1c ima
l za a del movimiento europeo, que
los órdenes. Empieza entre n~sotros, a a .us~oso eli ro mundial, le c/1arme
de antiguo son tópicos expres1vr°s
italiants
denuncian en los ojos
slave, it fascino slavo _con q~e rance
temblor e iléptico de un Dosabismáticos de las mu¡eres iusas, en el ~r~n
I r ~e el ya famoso Co:o
toyewski, en el fuego sagrado de esda mus1ca p:p:: ~u~ dos conciertos de la
Ukranio acaba de revelarnos en to a su purez •

de:::;

1!

Sociedad Filarmónica.
,
cuya dilucidación no es fácil
Conceptos son estos que envuelven eqluivocos uándo términos antagónicos,
.
.
t A t
uro y arte popu ar son, c
de pnmer rnten o. r e P
. .
.
a Los directores del
.
, el cnteno de quien 1os emµ 1e •
cuándo correlativos, segun
. '6 de canciones tradicio•
Coro Ukranio dicen haber.se limitado a la _armt o:~~a~~r: Ukranio produce, nada
, La emoción que un conc1er o
d
nales e su pa1s.
•
·t d
todo ánimo sensible por esas
·
b
con la susc1 a a en
tiene que ver, sm em argo,
.
.
natural en pleno campo o a la
1
t ·das1 oídas de improviso, a1
'
•
mismas cop as Y on~
't'
Los elementos natur¡¡les que conronda de amadores de un pueblo pnmd1 ivo.
t'tu'dos re~resentados de algún
t .
esi6n directa han e ser sus t i
'
-r
curren en es a impr
'
y
, del arte de los directores de¡
modo, una vez trasplantados a un tea~ro. aqui_ de su música popular en la
Coro Ukraoio, para conservar la prec1~sa etsenc1~e técnica de selección de vo. .6
t' t'
Es una labor emrnen emen
,
traspos1c1 n ar 1s ica.
. . .
d
•
do acento característico del
1 • to de d1sc1phna e 1 apaswna
ces, de acop am1en ,
. . , de baratiJ' a con que suele
t · de ·l a improv1sac1on
•
1
t;:~s~a::~ :iª~:~hizo de e:;t~s espectáculos arrancados de su am·

:::::~:::::s

:1

biente propio~ por :~edn;: ::r~::r::º!~1c~~:eficio de un arte español, con es?
¿Qué ensenanza P
é ·
d ¡ gran arte ruso
0
píritu propio, de estas excelentes ~=n:!:::.:~~ ::s ;:~i:~:~:s, e harto más fácilLa respuesta se hallará tal vez en
.
ntados Años hace que
mente que en las deslabazadas imitaciones y calcflos apu 1 Niña de los Peido orden y tablados ame ncos a
corre por escena-; d e segun
.
.,
· falsedad ;Hasta qué
r
,
t ' tico sin contammac1on u1
·,
nes verdadero 1enomeno ª 1 is
·
, . · os como Falla
'
1
t /¡ ndo cuvo secreto buscan mu~1c
'
punto es popular o no e can e·.º
ti. de ese tesoro que encierran unas
conscientes de la tr~s.cen~enc1a ª:/:n~: tocadores de guitarra, y se transmicuantas gargantas pnvilegiadas, Y ~,
. ? La Niña de los Peines
ten unos pocos elegidos, de generac10n en generac16 n

¡.

representa ciertamente un misterio lírico que apenas entrevén los críticos y
estéticos, pero que tiene cimentación propiamente artística en una técnica, harto estricta y hermética para el profano.
Ese punto de fusión entre el llamado arte popular y el Arte puro, es decir,
.a un tiempo elemental y trascendente, inspirado y sabio, castizo y universal,

!6gralo hoy con sus danzas clásicas una artista ejemplar, La Argentina, que luchando bravamente contra la indiferencia o el aplauso desmedido de públicos
y revisteros torpes, ha sabido ir depurand~ con un instinto maravilloso, servido por unas facultades naturales espléndidas, ese concepto del estilo español
en que tan obstinadamente se pierden el empresario y el metafísico.
Viéndola bailar acompañada a la guitarra, asáltanos la misma reflexión que
las coplas andaluzas de la Niña de los Peines sugieren, acerca de la posibilidad
-o no de discernir el elemento popular y la composición crítica en tales manifestaciones de un arte nacional. Sólo que, en los bailes de la Argentina, es patente la conciencia artística, limitada en la extraordinaria cantaora a una perfección técnica donde la inspiración personal apenas tiene valor.
Es decir, que cuanto nos seduce y emociona en las coplas de la Niña, es del
acervo común, espíritu todo lo puro que se qi;iera, pero interpretado de una
manera ritual tan académica como pueda serlo una canción napolitana a través
de lasftoritu,·e del bel canto. Quien estime aventurada esta suposición, no tiene
sino considerar el error de perspectiva en que se funda la aseveración contraria. Nuestro desconocimiento de la técnica abstrusa del cante hondo, no implica
la inexistencia de unas reglas tan rigurosas como las del canto llano.
La Niña de los Peines, perfecta intérprete de un género de arte popular,
ino inventa nada. La Agentina crea del baile flamenco una categoría artística,
&lt;iifícil de clasificar exactamente en la plástica o en la dramática. No obstante
lo cual, por virtud de su temperamento adiestrado en la experiencia, nunca
sus interpretaciones adolecen de la confusión a que deben en mucha parte su
fama algunas célebres bailarinas extranjeras, de que puede ser prototipo Isa-dora Duncan.

No nos cumple analizar ahora, sí tan solo señalar someramente, los recursos de que la Argentina se vale para conseguir el máximo efecto artístico. La
bata andaluza y el pañolillo de talle con que compone de una manera sobria
la ~ejor figura de sus creaciones, evoca con harta mayor 41ficacia qne la más
cabal reproducción arqueológica, la gracia de las tanagras clásicas; el peso, el
ritmo grave, la seguridad del cuerpo retemblando en contun~ente taconeo so-

�LA PLUMA
1 a crótalos marcan la diferencia capital entre el
. gravidez angélica de la academia
bre las tablas, al compás de_ 1)
al
'
1
concepto tradicional del baile and _udz y ~óm la cualidad sui ueneris que hace
b toda otra cons1 erac1 n,
0
francesa. Pero so re
, .
ostos de las variedades al uso, es el
exceder a la Argentina de _los hm1te~ang que sin subvertir los elementos
grado de expresión femenma, sensbu ' ¡con ó 'esencial no ya del baile esáfi o descu re a raz n
'
propios del arte coreogr c • .
• .
sino del baile pura y simplepaño! o flamenco en sus modalidades bp1cas,
mente.
1 entienden del todo, se sienten
De ahí el por qué los públi~os que nN~ a York sin que los críticos hayan
•d
s illa o en ueva
.,
arrebatados en Ma d n • en ev '
.
. de una artista cuyos méritos
.
r
1d ente Ja exce1enc1a
acertado a explicar cump am
d'ción con ¡05 fáciles trucos de
I
nada tienen que ver con el/asticl1e, ~on a :~~e~tes 'directores artísticos, imbaja eslofa, que el mercan~1hsmo de os se 1
pone a la admiración p6bhca.

UN CRÍTICO INCIPIENTE

LIBROS y REVISTAS
Francisco A. de lcaza.-Nietzsche, poeta (l11terj&gt;retacio1tes liricas).-Mad rid.
c ... estos versos míos-advierte el autor de Nietzsche, j&gt;oeta, en las Palabras
Preliminans del nuevo volumen de su Aniolog(a crílirn áe poetas exlra11.ferosno pueden llamarse estrictamente traducción, en el se ntido vulgar de la palabra: «Mi estilo-decía Nietzsche-es una danza, un juego de simetrías de todas
clases y un saltar y burlar estas mismas simetrías. !.lega hasta la elección de
vocales.• La obra de un poeta de ese género, lacónico, profundo, y artífice del
verbo, y que se expresa en lengua de índole tan distinta a nuestra lengua, es
intraducible; como no se haga labor personal, en la que coincidan el sentido,
el sentimiento y, si se puede, la forma de expresión rítmica, sin apegarse a la
verbal. Ese ha sido mi intento al trasladar al castellano los mejores \·ersos de
Nietzsche-o por lo meaos los que yo tengo por tales ... &gt;
No huelgan ciertamente estas salvedades con que el agudo sentido crítico del
señor lcaza ofrece a la consideración de sus lectores la primorosa versión de
los más escogidos frutos poéticos de Nietzsche. Écbase de ver ea las pocas traducciones que entre la balumba de ellas pueden solicitar la atención del aficionado a las buenas letras, un excesivo prurito de fidelidad, las más veces erróneo. Con lo cual, lejos de conseguirse la debida adecuación entre el espíritu
del autor traducido y su expresión española, se produce en torno de la obra
traducida una atmésfcra neblinosa, donde su interés esencial aparece sustituido por un exotismo pintoresco, en el caso más favorable.
La traducción de un poeta es sobremanera difícil. Cuando el poeta es perfecto, como Nietzsche, en su condición de filósofo lírico, la dificultad sube de
punto. El Sr. lcaza la vence con la rara maestría que este librito pregona, porque en todo momento le llevaron la mano esa serena crítica que tan armoniosamente compone su obra poética, ese cálido acento que presta singularísima
animación a sus estudios literarios.
Los pequeños poemas, de quintaesenciada poesía, reunidos en la interpretación española de lcaza, requerían, sin duda, para llegar directamente a nosotros, esa transfusión lírica, operada con un criterio opuesto al de los diseca-

379

�LA PLUMA

LA PLUMA

.
• d fid r d d las más veces err6·
nado a las buenas letras, un ~x:c~siv? prun~o :e C~~ ª ;mor pretendió hacer
0
neas• de N~e/zs~he, poeta, la lt~1~:~1~:1c:liei{to trágic¿ resumido, entre cabriopoes1a
lapida na,
la qduaes e~ !st:ºseutencia Para todos los cread&lt;Jres, del poedesplantes
y phara
umo¡-a
las,

ta alemán:
«El mundo no se está quedo;
a la noche sig11e e! día:.
si el yo quiero suena bien, el yo puedo
suena mejor todavía.•

C. R.C.

• • •
C. Rivas Cherif--!m camarada má.r.-Ediciones de L• PLUMA.
·t dulce v bucólica en ciertos pasaHe aquí una novela pulcramente escn :~ vacilado ante ningún esfuerzo, y
jes, fuerte y áspera en otros. ~u autor no habilidades de hombre de letras nos
con delectación de am?ieurfm stqu~ con ·ngenio que sabe triunfar con soltura
va mostrando las múltiples_ a~e as e su i
en t"l diálogo y en la descnpc1ón. l f . ·sta con una solución antifeminista.
Un camarada más es una nove a em11~1 ··· 11ector or propia cuenta, y a
La moraleja que de ella s_e deduce la ob~en:o~a En la prendici6n de toda vobuen seguro que no d&gt;:!prá mal sabor e elem~nto dramático que se transluntad enérgica hay s1e~pre un d~ºfae~~~~ntad marcha del error a la verd~d.
forma en elemento cómico cuan . .
, ·t en añador parece que preside
Un oculto destino irónico, un -:ahgno esp~~~~per!das revelaciones, con su imla acción de esta n~v~la. La v1 a, c~n sus t ue se com lace en ir trazando ~l
previsidad, como dma Bergson,_ d1¡é~ase q c dcrles ei más pequeño espacio
camino que siguen los persona¡cs, s1n c~ns eU1a tras otra, van dcsaparecienneutro donde puedan des_arrol~ar sus t~o;~~y d¡'scípulos adquiriendo singular
do las ilusiones peda~ógicas e maes r
uedando a~í pura y diáfana, como
energía la atm6sfera vital donde m~c-t(~( gen~il camarada universitario), al
el aire después de _la !orme!1~ª-- sp1r:ri" re manifestada de modo contund_enreconocer la supe~1ondad fis1~adde¡' ~o obpa;a convertirse en una realid~d viva,
te,. deja de ser un ideal ~ema;~: ;ar;~~ansformarse en una mujer, n? igual a
de¡a de ser «un cam~ra ª m .·
or su cultura y por su arro¡o.
las demás mujeres, smo supe1 ior a e 11i3s
Rº as Chcrif son verdaderamente
Los primeros capítulos de l! nove a elo ~: determinado círculo, de nordeliciosos y causa~án no, ~~que~o ~c~na~:cen inspirados. Ciertos detalles c~mas tal vez demasiado ng1 as, on e .
ºón a la obra sobradamente mov1micos, tomados del natural, prestan ~01m:c1 sorprenden'tes, a los que no tiene
da ya _pdodr edxec:~~d~~ :~ea~~i;º;a~~~ea~!~ºun! novela interesante.
neces1 a
J. A. P.

l:

SE

J

• * •
3So

S. González Anaya. - El cas/illo ~ irás y no volverás. - Novela. Editorial
Pueyo. Madrid, 19::- 1.

Salvador González Auaya ha escrito otra novela andaluza. Después de Rebelión y de La Sangre de Abe/, la última obra de: González Anaya es un nuevo,
intento de aprehender esa rt"alidad de innumerables aspectos y matices, que
todavía no ha logrado una definición satisfactoria, llamada Andalucía . A primera vista pudiera creerse que la novela de González Ana ya no tiene de andaluza más que el fondo, la serie de paisajes y costumbres· que el autor nos describe con cierta prolijidad; pero a poco que se reflexione, será forzoso reconocer que la acción, por el modo de tratarla-sup&lt;·rficial, sensual, hiperbólicamente-es, asimismo, hasta sus raíces, andall1za, y especialmente malagueña.
Un inconfundib!e matiz local domina toda la obra, ann cuando lo pintoresco
queda en absoluto excluido de &lt;:"lla. Nada hay aquí que recuerde las Escenas
de El Solita,·io ni los personajes de Arturo Reyes; nada d.: bandidos, ni de ·
mozas juncales, ni de sangrientas riñas, ni de majos, ni de toreros: no es una
Andalucía pasada, Jitcrariamenle pasada también, la que González Anaya nos
describe: es la Andalucía actual y media, tal como la vive la mayoría de sus
habitantes. Se comprende así que las dificultadt"S con que ha tenido que luc.har el autor sean considerables, por lo cual su intento es digno de alabanza.
No corre por camino trillado, sino que pretende abrirlo.
El estilo adolece de evidentes descuídos, incomprensibles desde luego en
un escritor que no es novel. La crítica ha hecho ya presa en ellos, con sobrada
saña, a mi juicio, ya que el dominio de la técnica es resultado de la aplicación
o la constancia, sin que podamos atribuir, sólo por ello, a quien lo posca, cua-lidades estrictam~ntc literarias.

J.
*

A. P.

* *

Daniel Ruzo.-dsí /,a can/ado la Naturaleza.-Paisa.fes ~ estas tierras.Lima, 1920.

Daniel Ruzo, nos dice su prologuista el ilustre escritor peruano Dr. Prado
y Ugarteche, fué proclamado poeta de la juventud en los Juegos Florales de
Lima en 1918. ¿Hay todavía quien no sepa a qué atenerse respecto a la poesía
de juegos florales? La poesía de juegos florales constituye, sin duda, un género
inferior, o, en todo caso, un género inadecuado para la emoción sincera, que
no es, contra lo que se acostumbra decir, la que se expresa con metáforas y
tropos sancionados por las retóricas escolares, sino la más difícil de expresar,
por lo mismo que ba de reflejar la emoción personal, distinta, ante la vida inmutable. Pese al prejuicio con que desde luego emprendemos la lectura de un
poeta premiado, los versos de Daniel Ruzo nos gustan. Claros, abiertos, sin
novedad alguna en su estructura-todas las poesías de la colección están compuestas en el endecasílabo asonantado tradicional-rehuyendo intencionadamente la sutileza de expresión y de sentimiento ante el paisaje, ostentan
cierta inmaculada simplicidad, que nos los hace desde luego gratos. Su limpi3S1

�LA PLUMA

LA PLUMA
·
c·a cobra en la blanca extensión del libro, sin sombras
dez serena, su 1lnaoccueanl1"d1¡d que le hace valer y por la que, en definitiva nos
ni claroscuro,
«Las estrellas huyeron,
empieza a amanecer, y siento frío.•
«Amanece; tibiezas y dulzuras
han bajado a besar el fresno grande.&gt;
«La lluvia cenicienta y perezosa .
ha dejado en las tierJas su cansanc10.•
«Luz, divina y alada,
.
a ti saludan los primeros trmos.&gt;

gana:

~~;~-~b~s!~~~~n: !e;;~:

0

5

sui,;~%1fó ni~!:c~~:O~!~~Z1;e~ s~b~ii~:~~~s~ii~:\~~~
templación sin pensamiento:
«Vivir plácidamente
sin pensar en la vida;
leyendo claros versos que retr~ten
como las aguas pur:is y tranquilas,
los árboles del campo
en su tristeza, .. &gt; _

ha de afinar s.i n duda, la expresión de sensaciones y motivos, hart~l \ftfr~rso1
. nal~s~~~;
r~;:u~~afe!!i~~tt~~:a;::n~~d~~~:~~ees~~í~ e; gracia ~uy
0
~personales por el pintor José Sabogal.
C. R. C.

;fn1:J fa

iucionaria de la nueva Italia. Juntos trepamos a las cimas del Apenino próximo, y en alguna hostería montañesa. restaurados por el;vinillo consolador, recitamos tal vez los versos de Mallarmé que ahora presiden las últimas páginas
del libro:
«La plupart rala dans les defilés nocturnes
S'énivrant du bonheur de voir couler son sang,
O Mort le seul baiser au bouches taciturnes!,
Mas no se crea que Le scarpe al sote sólo tiene un sentido evocador para el
&lt;:ompañero de armas o el amigo lejano. Paolo Monelli es poeta y su libro no
podía ser un documento, o un alegato, sino un poema. La guerra se nos muestra en él en su verdad eterna, como un hecho humano, pero sin abstracciones
ni alegorías, en su realidad inmediata: L .. guerra, no ya europea, italiana, y
aún más, la guerra de mi amigo, el skiador, que concibe la vida como un es•
fuerzo sportivo y el sport como un ideal nutrido de clásica savia;lque contempla en el Alpe austriaco la barrera enemiga; que de tan humano no quiere sustraerse a un destino nacional; que se eleva sobre las contingencias, cantándo•
las en espiritualísima prosa y hondos versos de ritmo interior; que vive plenamente, en fin, la juventud que acaso no han tenido nunca los editores a quien
puede parecerles pasados de moda libros como Le scarpe al sote, tan significa•
tiv ,s y emocionantes para Faoro da Lamon, el contrabandista que pierde su
-0ficio si se ensancha la frontera»; para el borracho Turin; para la hetaira de
Padua a quien quizás no volverá a ver el poeta soldado. ( •¿Quién sabe?., se
pregunta en español); para mí, que experimento no sé qué extraña Eensaci6n
leyendo en esas dus palabras el recuerdo quizás involuntario de una camara&lt;lería estudiantil, que el tiempo pasado y los azares de la ausencia, decoran ya
con la nostalgia de la primavera, al granar sus primeros frutos.

c. R. c.

***
Paolo Monelli.-Le sca,-pe al sole.-Bologna, L. Capelli, editore, 192 1.
¡ ¡ · "fica morir en com.
«En la jerga de los alpinos pon&lt;:r los zapa~:r:a s~n' !~g~;ente italiano. ¿Un
:-bate.&gt; Le sca1-pe al sol~ etuna_crt1~a deenlta lecha de su publicación, que algu•
libro de guerra todav1a? n ano ac1a!
De todos modos, dice su autor
nos editores lo rechazaban ya por antifua_do. • dido en la grisura de la vida
en el breve prólogo, aún debe haber.ª gu•rl:• per ue vivió estos humildes años
burguesa o eremita en tal cual vallecillo ª pmo, q
ó h
hido de nostalgia
. b ·11
• glo1·ia v aún siente su coraz n ene
.
de guerra ,sm n C? Y sm
' ,
f damos entonces el viático del
l\ él ofrezco este llbro, buenamente_, como o re de nuestra mesa cordial.&gt;
vino y de las. caucione~ al huésped mes~e~~~ºde este libro con fingido desin•
Vano sena que ":/º mte1;1tase ac~sar iec\a Universidad de Bolonia, en años
. terés. Paolo Monelh fué mi compa~~7 dt os la vida goliárdica de la grassa
descuidados y plac~nteros_. Juntos is ru ª':1.
ar denso sutil, aromado
, ciudad «iosca, turnta•, animada de un esp1nt~, a~~r el dulce ~eneno del sette•
por la severidad de su docta y alust~rda
siglo por la conciencia reYo•
~centismo decadente, por el tumu to m us r
,

Ptf:iP~~'¡

38:1

Jean Galtier Boissiere.-Loin de la rifjlette.-París, Cres, MCMXXI.
La guerra no es sólo repulsiva, odiosa; tiene también su lado risible. En
cuanto el horror de las batallas desaparece de nuestra vista, la comicidad, en
que es tan abundante la vida militar, vuelve a fluir inagotablemente. Si el régimen de cuartel es fértil en situaciones disparatadas, por la aplicación ciega
a innumerables tipos, caracteres y casos divergentes, de unos reglamentós que
no están cortados a la medida de nadie, la vida en campaña ofrece por añadi•
dura a la observación del satírico y moralista ciertas formas de lo ridículo que
no prevalecen en tiempo de paz. M. Galtier Boissiere ha puesto a contribución
una parte de su experiencia de soldado para escribir Loin de la rifjlelte, y nos
da un «libro de guerra, del que lo más horrible de la guerra: bombardeos, ba•
tallas, padecimientos del soldado en las trincheras de primera línea, está au•
sente. Nos cuenta M. Galtier Boissiere las observaciones que hizo lejos del
fuego o del combate, en los campos de instrucción, en los depósitos: las simu•
laciones del valor, los recursos del miedo para P-squivar la ida al frente, ciertas
3133

�LA PLUMA
hechuras grotescas de la patriotería, el desbarajuste, los inverosímiles ti:opiezos de la jerarquía, son 1~. materia primera del relato, en el que van entremetidas algunas sabrosas aventuras de soldados de verdad, Pero el humor satírico de M. Galtier Boissicre, no se detiene en coleccionar anécdotas. Su libro es.
un libro contra la guerra; la intención última del autor es mostrar el~contraste
entre ciertos vocablos sonoros o ciértas recetas de bourrage des crdnes, y su
contenido. Es un documento más para añadirlo al proceso que los combatientes (únicos que pueden hablar dd caso con autoridad) han abierto contra la
guerra. Loi11 de la dfjlelte se lee de un tirón, y sabe a poco.
M. A.

* * *
Revistas. - Mercure de .Prance, París. - Le Progrés Civique, París. - La
Connaissance, París.-La Revue de l' Epoque, París.- Vida Nuestra, Buenos.
Aires.-Atlzenae1mz, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le Crapouiltot, París.-Belles Lettrts, París.-Cultura Venezolana, Caracas.Die Aktion, Berlín.-Pegaso, Montevid,.o.-Cuba Contemporánea, La Habana.Babel, Buenos Aires. -Porsla ed Arte, F errara.-España y América, Cádiz.-flermes. Bilbao.- L' Ari Libre. Brusela,s.-9a Ira, Amberes.-La Ronda, Roma.
La No•,velle Revue franfaise, París.-Jndice, Madrid.

F I N DEL VOLUMEN III

�</text>
                </elementText>
              </elementTextContainer>
            </element>
          </elementContainer>
        </elementSet>
      </elementSetContainer>
    </file>
  </fileContainer>
  <collection collectionId="441">
    <elementSetContainer>
      <elementSet elementSetId="1">
        <name>Dublin Core</name>
        <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
        <elementContainer>
          <element elementId="50">
            <name>Title</name>
            <description>A name given to the resource</description>
            <elementTextContainer>
              <elementText elementTextId="560786">
                <text>La Pluma</text>
              </elementText>
            </elementTextContainer>
          </element>
          <element elementId="41">
            <name>Description</name>
            <description>An account of the resource</description>
            <elementTextContainer>
              <elementText elementTextId="560787">
                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
              </elementText>
            </elementTextContainer>
          </element>
        </elementContainer>
      </elementSet>
    </elementSetContainer>
  </collection>
  <itemType itemTypeId="1">
    <name>Text</name>
    <description>A resource consisting primarily of words for reading. Examples include books, letters, dissertations, poems, newspapers, articles, archives of mailing lists. Note that facsimiles or images of texts are still of the genre Text.</description>
    <elementContainer>
      <element elementId="102">
        <name>Título Uniforme</name>
        <description/>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567419">
            <text>La Pluma</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="97">
        <name>Año de publicación</name>
        <description>El año cuando se publico</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567421">
            <text>1921</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="52">
        <name>Volumen</name>
        <description>Volumen de la revista</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567423">
            <text>3</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="54">
        <name>Número</name>
        <description>Número de la revista</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567424">
            <text>19</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="98">
        <name>Mes de publicación</name>
        <description>Mes cuando se publicó</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567425">
            <text>Diciembre</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="101">
        <name>Día</name>
        <description>Día del mes de la publicación</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567426">
            <text>1</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="100">
        <name>Periodicidad</name>
        <description>La periodicidad de la publicación (diaria, semanal, mensual, anual)</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567427">
            <text>Mensual</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="103">
        <name>Relación OPAC</name>
        <description/>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567443">
            <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753230&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
    </elementContainer>
  </itemType>
  <elementSetContainer>
    <elementSet elementSetId="1">
      <name>Dublin Core</name>
      <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
      <elementContainer>
        <element elementId="50">
          <name>Title</name>
          <description>A name given to the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567420">
              <text>La Pluma, 1921, Año 2, Vol 3, No 19, Diciembre</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="49">
          <name>Subject</name>
          <description>The topic of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567428">
              <text>Literatura</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="567429">
              <text>Letras</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="567430">
              <text>Poesía</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="567431">
              <text>Poemas</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="567432">
              <text>Ensayos</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="41">
          <name>Description</name>
          <description>An account of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567433">
              <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="45">
          <name>Publisher</name>
          <description>An entity responsible for making the resource available</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567434">
              <text>Imprenta Artística de Sáenz Hermanos</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="37">
          <name>Contributor</name>
          <description>An entity responsible for making contributions to the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567435">
              <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="567436">
              <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="40">
          <name>Date</name>
          <description>A point or period of time associated with an event in the lifecycle of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567437">
              <text>01/12/1921</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="51">
          <name>Type</name>
          <description>The nature or genre of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567438">
              <text>Revista</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="42">
          <name>Format</name>
          <description>The file format, physical medium, or dimensions of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567439">
              <text>text/pdf</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="43">
          <name>Identifier</name>
          <description>An unambiguous reference to the resource within a given context</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567440">
              <text>2020442</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="48">
          <name>Source</name>
          <description>A related resource from which the described resource is derived</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567441">
              <text>Fondo Alfonso Reyes</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="44">
          <name>Language</name>
          <description>A language of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567442">
              <text>spa</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="86">
          <name>Spatial Coverage</name>
          <description>Spatial characteristics of the resource.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567444">
              <text>Madrid, España </text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="68">
          <name>Access Rights</name>
          <description>Information about who can access the resource or an indication of its security status. Access Rights may include information regarding access or restrictions based on privacy, security, or other policies.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567445">
              <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="96">
          <name>Rights Holder</name>
          <description>A person or organization owning or managing rights over the resource.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567446">
              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
      </elementContainer>
    </elementSet>
  </elementSetContainer>
  <tagContainer>
    <tag tagId="36614">
      <name>Letras alemanas</name>
    </tag>
    <tag tagId="36605">
      <name>Letras Italianas</name>
    </tag>
    <tag tagId="3588">
      <name>Libros y revistas</name>
    </tag>
    <tag tagId="7229">
      <name>Méjico</name>
    </tag>
    <tag tagId="36607">
      <name>Ramón Gómez de la Serna</name>
    </tag>
    <tag tagId="36580">
      <name>Ramón Pérez de Ayala</name>
    </tag>
  </tagContainer>
</item>
