<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<item xmlns="http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5" itemId="20390" public="1" featured="1" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance" xsi:schemaLocation="http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5 http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5/omeka-xml-5-0.xsd" uri="https://hemerotecadigital.uanl.mx/items/show/20390?output=omeka-xml" accessDate="2026-06-30T21:32:44-05:00">
  <fileContainer>
    <file fileId="16749">
      <src>https://hemerotecadigital.uanl.mx/files/original/441/20390/La_Pluma_1922_Vol_4_Ano_3_No_20_Enero.pdf</src>
      <authentication>48329870a4fa3fffbce5769327cb1797</authentication>
      <elementSetContainer>
        <elementSet elementSetId="4">
          <name>PDF Text</name>
          <description/>
          <elementContainer>
            <element elementId="56">
              <name>Text</name>
              <description/>
              <elementTextContainer>
                <elementText elementTextId="567970">
                  <text>��,-

8 J8 L 10 T E C A

C E N T RA
-L-·

U. A . N . L

i\_,
VOLUMEN CUARTO

MADRID

r 9

2

2

_

.l

..

�INDICE DEL VOLUMEN IV

1922
«.Ea pluma es la que asegura castillos, coronas, reyes
EN ERO A JUNIO

lJ la que sustenta leyes."

Paginas.

NUMERO 20 (BNERO)
Ram6n Pérez de Ayala: Apostillas y divagaciones: Nietzsche .. . .
Manuel Azafia: El jardin de Ios frailes. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
19
Alonso Quesada: Igualmente.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
33
Ram6n G6mez de la Serna: El novelista . ......... . ...... . ...
35
Paul Colin: Letras belgas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
49
Jules Bertaut: Letras francesas................... . ...... . ...
54
Libros: Luis y Agustin Millares: Companerilo.-Luis Araquis-~_..,,,_ ~
tain: Las columnas de Hércules.-Enrique Diez Canedo:Conversaciones Hterarias.-Alberto Insua: Un corazôn bttrlado.M. Gutiérrez Najera: Sus mejores poemas.-Revistas.. . . . .. .
59

NUMERO 21 (FBBRERO)
JMPRE NTA ARTiSTICA DE SÂEZ HEIIMANOS
NO.RTE.

21.

MADRJD. TELÉFONO

Ramôn Pérez de Ayala: Apostillas y divagaciones: Nietzsche . .. .
A. Hernandez Cata: Ascension.. . . . . . . . . . . . . .............. .

17-65 J .
Ill

�LA PLUMA

LA PLUMA

Paginas

P~ginas

Il

Juan José Domenchina: La corporeidad de lo abstracto ....... .
Ramon Gomez de la Serna: El novelista .................. .
Paul Colin: Letras alemanas ............. .. ................ .
Mario Puccini: Letras italianas........ ·................... • ..
Un critico incipiente: Teatros .. •. ... . .......................
Libros: Eugène Montfort: La Nt'iia Brmtta o el amor a los cuarenta a,iùs.-Alfred Storch: Aug-.1st Stri11dberg.-Roberto Levillier: La tt'enda de los espdos.-Migue1 Salvador y Carreras:
la Orquesia en Madrid. - Revistas. . ............ . ..... . . .

86

89
98
107
118

122

NUMBRO 22 (MARZO)

Manuel Azafia: El jardin de los frailes . ..... .. .......... . .. .
Francisco A. de fcaza: Poesias ...... ...... ....... . ..... • .. •
R. Sanchez Diaz: Un cuento en la oficina ......... . . . ....... .
Mario Puccini: El hombre del sombrero gris ................. .
R. Meza Fuentes: Poesia ... .. ... . .. .. ....... ... ......... .
Ramon Gomez de la Serna: El novelista. . . . . . . . . .......... .
Cardenio: Objeciones......... .. ............... . . ......... El paseante en Corte ... Castillo famoso .............. .. ..... .
Jules Bertaut: Letras francesas ........ . .................... .
Alfredo Pimenta: Letras portuguesas................. . .. . ... .
Un critico incipiente: Teatros................... ..... ... ... .
Libros: Eduardo Marquina: El deslino crud.-Ramoo Gomez de
Serna: la viuda btanca y negra. !Jt'sparates.-Carlos Reyles:
El embrujo de Sevilla.-José M." Chacon y Calvo: Las cien
mejores poesiascubanas.-Artemio de Valle Arizpe: Vt'das mt'lagrosas.-Ejemplo.-Paul Neuhugs: Poètes d'aujourd'lzui·.Louis Léon-Martin: Tuvache ou la 1rafédt'e pastorale .. .. .. .
IV

129

138
142

151
152
163
170
173
178 ,
180

186

NUMBRO 23 (ABRIL)
Ramon Pérez de Ayala: Los autores ...... · .. . ..... . ........ .
Ernesto Lopez Parra: Poema de la sensualidad pueril. . . .... .. .
Manuel Azafia: El jardin de los frailes ... . . . ......... .. ...... .
Ramon Gomez de la Serna: El novelista ............. . ..... . .
Cardenio: Objeciones ......... . . . ..... . .. .. . ... . ... . ..... . .
José M. Sacristan: La doctrina de Freud en los pueblos latinos ..
Paul Colin: Letras alemanas.. . . ..... .. ... .. ......... ... .. .
Libros: Francisco A. de Icaza: Canâones de la vzda lzonda y de
la emoci6n fugz'tz'va.-A. Hernandez Cata: U11a mala mujer.Vicente Pereda: La h{dalga fea.-Joseph Conrad: E11 margedes marées.-Alfredo Pimenta: 0 lt'vro das chymeras.-Revistas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ..... .... .. ... ...... .

NUMERO 24 (MA YO)
Manuel Azafia: El jardin de los frailes .... . .................. .
Ramon Gomez de la Serna: El novelista .. ..... . .......... .. .
Jorge Guillén : Encarnaciones ....... ......... . ............. .
Salvador de Madariaga: Paralelos angloespafioles............. .
Paul Colin: Letras belgas .............. . ................... .
Douglas Goldring: Letras inglesas ... . .................. .... .
Alfredo Pimenta: Letras portuguesas . .... ....... .. ........ . .
Libros: Mario Puccini: Racco11ti' cupi.-Ramon Gomez de la Serna. El Oran Hotel.-Gerardo Diego: hnagen.-Alfonso Reyes: Simpatias y diferencias.-Alberto Insua: Maravilla y La
Hfrl.-Ram6n Segura de la Garmilla: Poe/as espaiioles del siglo XX.-Jules Sllpervielle: Débarcadéres.- Colette: Cltiri . .
Revistas . .. . ...... . .. .... ........ ... . .................... .
Academias: Jules Romains; J. Ortega y Gasset ............ ·... .
Necrologia ........... . . ...... .. ... . ... ....... .... ........ .

�LA PLUMA
Pâginas

NUMERO ~5 (JUNIO)
Manuel Azaiia: El jardin de los frailes. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
C. de Rivas Cherif: Cifra de Prirnavera.......... . . . . . . . . . . . . .
Ricardo Baroja: La Exposicion Nacional de Bellas Artes. . . . . . .
Fray Antonio de Guevara: Los principes y los sabios .. ....... .
Ramon Gomez de la Serna: El novelista.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Félix Delgado: Canciones breves . ..... . .................. . ..
Fernando Gonzalez: Poesias...... . . . ................... . ....
Jules Bertaut: Letras francesas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Paul Colin: Letras alemanas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Libros: Ramon del Valle-lnclan: La Reina Casliza. - Carmen de
Burgos (Colombine): Los anticuarios.-Luis Fernandcz Ardavin: La derna inqut'etud.-G. K. Chesterton: Ellzombrequeful
jueves.-Adolfo Salazar: Andromeda.-Juan José Domenchina: Poesias escogidas.- -Nicolas Beauduin: L' Hom11te cosmogonique.- ]. Francos Rodriguez: los dias de la Regencia......
Revistas.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Academias: Gonzalo R. Lafora: Ensayo de interpretaci6n psicol6gica del cubismo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Gacetilla. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

321
332
336
341
344
360
361
362
367

371
378
381
382

�1

ANO Ill.

MADRID, ENERO 1922

NÛ.M. 20.

APOSTILLAS Y DIVAGACIONES (1)

BELLUM OMNIUM IN OMNES
vez, en la Engadina, una dama inglesa, delicada de salud, dijo a Nietzsche: '&lt;Tengo entendido, mister Nietzsche,
que es usted escritor. Me gustaria leer algunos de sus libros.» Y Nietzsche, que sabia que la dama era muy catolica,
respondi6 con dulzura: «No quiero que usted lea mis libros. Si loque
yo escribo es verdad, una mujer enfermiza como usted no tiene derecho
a vivir.»
Si algunas de las cosas que Nietzsche escribi6 fueran verdad, un hombre enfermizo corno él no tenia derecho a vivir. El seiior Icaza, en su encantador Iibrito «Nietzsche, Poeta», interroga y luego satisface la interrogaci6n: «~Qué habria sido de él, desde su mocedad enfermiza, hasta su
desesperada agon(a, si las virtudes que irnaginaba debilidades cristianas
no se hubieran ejercitado en su consuelo y auxilio? Segun sus teorias no
tuvo derecho a la vida; enferrno cr6nico, enajenado, furioso a veces, no
IERTA

ll m~~
~L

(r) Véase

LA PLUMA

de diciembre de

1921.

�LA PLUMA
debi6 perturbar con sus dolores la existencia tranquila y fuerte de los
sanos.»
Ciertamente; pero que Nietzsche, segun sus propios principios, no
tuvier;i derecho a la vida no quiere decir que estos principios sean falsos.
Este principio de que, en justicia, los incap~ces pa~a la vida no deb~n
~ .es tan viejo, cuando men_os, corn? el v1e10 ~faton'. que en su Republica ideal queria que por el 61en comun los rec1ennac1dos fuese~ c~1bactos y escogidos, no de otra suerte que el buen labrador separa la s1m1~nte
mas limpia para la sembradura venidera, y, que se matasen los defic1entes O deformes. Esto es lo acostumbrado entre agricultores y ganaderos.
Pero las mismas practicas sobre la especie humana nos parecerian crueles y monstruosas. Sin embargo, desde Platon hasta Nietzsche n~ ha ~a~tado quien replique que lo cruel y monstruoso es ~o_ndenar a la mfebc1dad y al dolor a un ser humano degencrado o debil ~ a su descendencia, consintiéndole que viva y se propague. Algunos leg1sladores contemporaneos, temerosos de estos dos_ e~t~~mos de cr~elda~, han o?tado_ por
una soluci6n ecléctica; la proh1b1c1on de las licencias matnmomales
entre individuos aquejados de ciertos morbos hereditarios. El problema,
rigurosamente expresado, se reduce a est?~ término~: has.ta qué ?~nto y
en qué medida deben aplicarse en la poltt1ca, la soc10l~~1a y la et_1ca l~s
postulados de la biologia. 0 loque es lo mismo: la ~olttica la so~10lo~1a
y la ética èno son otra cosa que trascripciones espec1ficas de la b1olog1a?
èCual fué la posiciôn de Nietzsche en este p~~blema? .
Con Lamarck, Nietzsche creia en la adaptac1on al med10 y ~n la, ~erencia de Ios caracteres adquiridos. Corno Spencer, fundamento su euca
en la biolooîa e insisti6 en la eliminaci6n de los inaptos y flojos. (Comentemos paso. Si la selecci6n natural, o sea que medi~~te la luch~
por la existencia el inapto y el flojo s~n ~li~in~dos automat1camente; s1
la selecci6n natural es un fen6meno b1olog1co inconcuso, entonce~ h_uelga introducir en la ética, como dictado prir:1or~ial, el deber de e~1m1~a~
a los inaptos y flojos, puesto que ellos por s1 m1smos desap~recera?. 'î s1
no desaparecen por si mismos, sino que es ~-e,nester estatmr un s1stema
politico especial para eliminarlos, esta cond1c1on demuestra que en la po-

:1

2

LA PLUMA
litica, la sociologla y la ética no rigen espontanea y necesariamenie ciertas leyes biolôgicas; o bien, ciertas interpretaciones que se reputan leyes
biol6gicas son falsas leyes). De los biôlogos Schmidt y Noegeli tomé la
idea del mimetismo para la moral: «asi como muchos animales, a fin de
disimularse de los enemigos, asumen el color del medio, as{ el hombre,
por miedo, adopta las opiniones morales de la muchedumbre». (Explicaciôn ingeniosa y sagaz, a modo de metafora. Pero, cuando se quiere
introducir en las ciencias morales el método de las ciencias naturales, el
empleo de la metafora, o es solo literatura y nada demuestra, o demuestra
que las ciencias morales y las naturales son irreductibles entre si).
Bajo la sugestiôn de Emerson y de los biôlogos Schneider y Rolph,
comenz6 a sustraer importancia a la influencia del medio y lleg6 a considerar como factor supremo en la evoluci6n «el deseo de poderio», o innato impulso al crecimiento, a expandirse, a ocupar mas espacio, a domeiiar y apropiar el contrario. Distingui6 entre amos y esclavos, segun la
diferente cantidad de energia en los diferentes hombres; y consecuentemente, entre la moral fuerte, creadora y ascendente de los primeros y la
moral defensiva, egoista, rebajadora de los segundos. El primer mandamiento de la moral de los fuertes: «vivid con riesgo», porque el riesgo
acrece la energia. Finalidad de la moral de los esclavos: «vivir seguros».
De aqui que la piedad es la virtud matriz de la moral de los esclavos; la
piedad, el acido de la energia.
En el terreno ético-biol6gico, tan brumoso y movedizo, la originalidad de Nietzsche (originalidad relativa, puesto que hallamos en Rolph
su génesis) estriba en seiialar la Jucha por la abundancia y la prosperidad
corno el principio evolutivo primario; los seres no luchan por el mero
existir sino por el poseer y dominar. En este punto concreto, Nietzsche
se enfrenta con Darwin y Malthus; pero coïncide con Darwin en reconocer la lucha y la guerra como permanentes necesidades biol6gicas y permanentes necesidades sociales. Las diferentes partes de nuestro cuerpo-segun Nietzsche-nuestros diversos pensamientos y sentimientos,
los miembros de la misma especie, y las diferentes especies, todos Iuchan
y guerrean entre si; todos luchan contra todo. i Voilai Hemos caido nue3

�LA PLUMA
vamente en la pura metafora, en la literatura. Si nos obstinamos en tratar la sociolog/a como una ciencia nat~ral, es m~nester que us~mos de
severidad y exactitud cientificas. Si yo 1uego al aiedrez co~ Tac1~, ~l~ro
que lucho con él, y aun libro una batalla, quizas po~ n~ces1dad b1olog1ca
y sociol6aica como quiere Nietzsche, Pero claro, as1m1smo, que esta lucha oues~ra ~o es, en estricto rigor cientifico, de la misma naturaleza
que la de dos bisontes en celo, o la de dos perros por un hueso, o la ~e franceses contra alemanes, 0 la del rojo con el azul, o la de un sostemdo con
un bemol, 0 la de la tierra y la luna, todos los cuales luch~n a su modo, se
oponen, se contrastan . Admitir, sin mas, la homogene1dad entre _estos
difereotes hechos, dado su parecido aparente, y sentar, con:pretens1on_es
cientificas, una ley comun, valdria tanto como declarar a:e al. murc1élago, por que vuela, y pez a la ballena por que nada. _L1teranamente,
metaf6ricamente, no es un disparate llamar ave al murc1~lago y pez a la
ballena· cientificamente es solemne disparate. ~Pretendé1s que la lucha
univers~l es una ley cientifica? Entonces retraigamos el honor de su ~es· ·ento al vulgo antiguo. El proverbio romano reza: Bellum omnium
cubnm1
b'
·
in omnes, guerra de todos contra todos. S6lo que este pro~er 10 en~1erra
un sentido moral, que no literai. iQue en efecto una partida de aiedrez
y la batalla de la Marne son hechos homogéneos y ~emuestran la necesidad biol6gica de la lucha? Entonces, si esta neces1dad se consuma lo
mismo con entrambos hechos, no hay para qué las luchas cruentas, y es
suficiente, cientificamente, que las guerras entre pueblos se resuelvan
con una partida de ajedrez.
Es simplemente absurdo identificar ~o _match de boxeo con la _dulce
incertidumbre del animo entre dos sent1m1entos. Que en el corazon del
hombre se pueden desatar luchas congojosas, ev_idente; pero est~ no
acusa la necesidad biol6aica de los conflictos sentimentales de caracter
traaico. y aun cuando e:ristiese esta necesidad, existe también en el hombr: una parte superbiol6gica, cuya ~isi6n se c_ïf~a en corre~ir y beneficiar las necesidades biol6gicas. El div1no y ommv1dente Platon no ~lcanz6 a ver la guerra como determinismo universal; antes al co~trano. E?
sus «Leyes», pronunciase contra la guerra entre estados, expomendo la s14

LA PLUMA
guiente ilaci6n dialéctica: «si admitiésemos la guerra entre estados la tendriamos que admitir entre ciudad y ciudad, y luego entre fami!ia y familia, entre individuo e individuo, y por ultimo, dentro del pecho del
individuo. Por ende, si la guerra y la conquista no forman el fin supremo
del estado, no debe otorgarsele a la bravura militar el puesto mas alto en
la jerarquia de las virtudes humanas.:o Nietzsche vuelto del revés.
El peligro de las metaforas es que cada cual las aprovecha a su guisa.
La biologia poética y metaf6rica de Nietzsche ha servido para que se le
presentase como ap6stol del imperialismo germanico y poco menos que
unico responsable de la ûltima guerra. Esto es caprichoso y ridiculo.
Oigamos a un autor francés de fuste: «Nletzsche pleurait sur la folie d'une
Europe qui versait a.flots le sang européen, comme les grecs versaient à
flots le sang grec, sacrifiant presque toujours les hommes de la culture la
plus haute. Il savait la responsabilité allemande dans le danger p ermanent
qui, par la mtlilaris:itio11 gemrafisée de l'Europe, pesait mr l'humanité;
et la provocante devise de L 'Allemagne au-dessus de tout, t'l l'avait aeclarée: le mot de rallùment le plus dmué de sens qu'ily ai't jamais eu au monde.» («Nietzsche, sa vie et sa pensée», por Ch. Andler. Cinco volumenes. En via de publicaci6n.)
Cerraremos estos someros comentarios con dos observaciones.
Cave biologiam .-jCuidado con la biologia! Lo menos malo que os
puede ocurrir por la aplicaci6n desmesurada de la biologia es caer en
ridiculo. En cuanto el hombre pertenece a la zoolog/a, como ejemplar,
miembro o dùiduum de una especie, ni mas ni menos que otrosanimales, en este aspecte el hombre es objeto de la biologia, como lo entendi6
Platon al exigir del estado el escrupulo biol6gico en la mejora y hermoseamiento de la raza. Pero, en cuanto el hombre es individuo (tizdividuum; noya una pequeiia division de un gran grupo, sino una unidad
indivisible),-en lo moral, en lo religioso, en lo politico, en lo estético,
el hombre es superbiol6gico y se rige par complejas leyes racionales y
sentimentales, desconocidas en el resto de la Naturaleza, donde imperan
leyes fisicas simples.
Dura. le:r, jicta. lex.-«S6lo los locos y los canallas se resignaran a vi-

s

�LA PLUMA
vir en un mundo darwiniano», exclama Bernard Shaw en su reciente
Iibro «Metabiological Pentateuch». Pero es que la dura ley de la guerra
universal no es ley biol6gica; es una ficci6n. Las ultimas observaciones
de la ciencia natural muestran que la Naturaleza no es competitiva, sino
cooperativa. (Recomiendo al lector un admirable libro q~e acaba de
aparecer: «Mountain and Moorland», del gran naturahsta Arthur
Thomson.)
Es curioso que la Naturaleza, a la cual imaginamos inagotable en la
creaci6n de formas innumeras y disparejas, apenas si dispone de unos
pocos esquemas sintéticos que se ajustan a tod~s. las series ~aralelas de
criaturas; esquemas susceptibles de representa~1_on e~ una ~or~ula matematica. No deja de ser pasmoso que las nov1S1mas mvest1gac1ones sobre la constituci6n de la materia, al descomponer el atomo en electrones hayan hallado que la particula minima de materia reproduce exacta~ente el esquema de un sistema planetario sideral, con un a manera
de sol céntrico, positivo, y varios al modo de planetas negativos que en
torno suyo giran. Y un sistema planetario no cabe que sirva de simbolo
de la disonancia y la lucha, sino de la armonia y el equilibrio.

LA A TMÔSFERA DE NIETZSCHE
El s{mbolo.-La hip6tesis.-La metdfora.-Nietzsche dilat6 los horizontes nebulosos del alma'humana erigiendo el simbolo formidable del
Superhombre mas lejos de la ultima linde de la inteligencia, alli donde
solo Jlega la fe voluntariosa, depués de haber quedado sin alientos en el
camino la blanda caridad y la d ulce esperanza.
Querer, sin suavidad ni esperanza egoistas, querer,-por amor a un simbolo, esto es, por amor a una realidad venidera que no sera nuestra realidad; be aqui el mensaje, be aqui la da.diva filantr6pica de Nietzsch;:. No
en agasajos de bienes de fortuna ni en buenas obras para con el proJlmO
se cifra la filantropia, sino en multiplicar el area del alma humana,
6

LA PLUMA
creando un mas alla, un hito remoto, un nuevo simbolo de la fe, qùe
exija formas inéditas de la voluntad, heroismos insospechados, fortaleza
inaudita ante las verdades terribles que orillan y jalonan la ruta hacia
aquel distante término.
Claro que de los simbolos se hace con frecuencia mal uso. No importa. Nietzsche ha infestado el mundo con una plaga de superhombres
diminutivos. No ha sido suya la culpa. Con proclamar como unico principio vital la ansiedad de dominio o împulso a ocupar mas espacio, con
fingirse inmoralista, duro, despiadado, agresivo, anticristiano, y, ultimamente, con trastocar los valores habituales, haciendo de lo bueno malo
y de lo malo bueno, al modo como se vuelve del revés un calcetin, catate
un individuo vulgar, cuando no inferior, creyendo, muy convencido, ser
un superhornbre.
Ya hemos indicado, en el ensayo anterior, que cientificamente la ansiedad de dominio no puede aceptarse como principio vital, ni la Jucha
universal y permanente como necesidad biol6gica. Estas dos expresiooes
no deben entenderse sioo en sentido metaf6rico, literario, moral. (Pascal
y la Rochefoucauld-que influyeron ootoriamente sobre Nietzsche-ha..bian ya dicho que el pecado original del hombre, su instioto profundo,
era la pasi6o de dominar, libido dominandi. Tratase en ellos de una simple observacion ética, sin ambiciones de universalidad cientifica). La
ciencia moderna nos muestra que la oaturaleza es una sociedad cooperativa, y no coso de riza y polémica. Ansiedad de dominio y guerra obligada, en cuanto expresiones metaf6ricas, extienden su penumbra sugestiva sobre un ancho hato de fen6menos diversos, y aun contradictorios,
que sumidos en esa niebla literaria o atm6sfera maternai parecen semejantes. La expresi6n metaf6rica, cuya esencia reside en la apütud para
confundir en una muchas cosas, no nos da un conocimiento pero si una
emocion de la realidad; no explica la realidad pero la anima y sensibiliza. Por muy coovencido que yo esté de que un arbol crece en virtuel
del principio vital que le cmpuja a querer ocupar mas espacio, continuo
sin penetrar el misterio biol6gico de su crecimiento, si bien al irnaginar ·
al arbol asi como poseido de una oscura ansiedad de grandeza y altane'1

�LA PLUMA

LA PLUMA
ria se transform3i para mi en un personaje patético. Po~ eso ha~ que
guardarse mucho de involucrar y envolver esas dos musas mcompat1bles:
la metafora y la ciencia.
.
,
Pero entre la ciencia y el simbolo existe mas que la mutua s1mpatla;
es el co~nubio cabal y consorcio inseparable. La ciencia no acierta a -:,ralerse por si, y en todo caso cede su representaci6n y l~ palabra al s1mbolo. Simbolos son el punto matematico, la linea, el pohgono_, la esfera,_ Y
todas las figuras de la geometrfa; simbolos son las c_onnotac1ones ?el_ al~
gebra; simbolos las formulas y diagrama~ de la fls1ca y ~e la qu1m1ca,
simbolos los tipos absolutos de las cienc1as naturales; s1mbolos los esquemas e ideas de las ciencias morales y poHticas; simbolos los conceptos y entelequias de las ciencias filos6ficas.
,
La metafora relaciona y confonde cosas heterogéneas, dandoles una
similitud sentimental. El simbolo, por el contrario, no es un modo de
ver y sentir realidades multiples sino que es en si ~ismo una_ rea~~dad de
orden ideal, hacia donde se afana, como a su beatttud o ~eahzac~o~ consumada la realidad contingente. Cada simbolo de por St es el vert1ce ~e
un gru~o de realidades fraternas. Por eso, el simbolo lejos de confundir
las cosas corno hace la metafora, las personaliza y depura. En este
aspecto ~n cuanto encarnaci6n individualizada de una realidad ideal, el
simbol~ es c6nyuge del arte, que le es amorosisima. Ya hemos hech?
bfgamo al simbolo; y es que lo rnismo en el Olimpo de los dioses helémcos que en el Helic6n de las normas ideales-y no otra. cosa era~ los
dioses sino incorporaci6n plastica de estas normas- no ngen los d1c~ados éticos y juddicos de nuestras sociedades rudimentarias. El ar~e, cnatura de temperamento sensual, esta siempre abrazad? ~on el s1mbolo.
Hasta el arte mas afecta a reproducir lo concreto y d1st1nto-el naturalismo, el impresionismo-esta impedida de manifestarse si no es a trav~s
del simbolo y en cada creaci6n individualizada asume trascendenc1a
universal. P~r muy fiel y escrupuloso que sea cl arte en la copia de la~
cosas materialcs, sensibles e hist6ricas, el producto de su esfuerzo, a~t
que esta concluso y nace a la vi_da, y~ no pertenece, al fuero de la r~al1dad contingente si no de la realtdad 1deal, es un s1mbolo. He aqu1, en
8

suma, el doble postulado del sim bolo; la no existencia real y la pura existencia como ideal.
Del connubio del simbolo y la ciencia no se engendran por fuerza simbolos. A veces el fruto es la hip6tesis. La hip6tesis esta entre la metafora
Y el simbolo. Tiene algo de metafora, puesto que confonde cosas heterogéneas; pero las confonde a sabiendas y con finalidad, por mejor explic~rlas que no ~or sentirlas mas intensamente. Esta la hip6tesis por enc1m~ de metafora, puesto que tiene algo de ciencia y algo de simbolo;
d_e c1enc1a, en cuanto se propone conocer la realidad contingente; de
s_,mbo!o, en cuanto persigue este conocimiento por referencia a una reahdad 1deal. Pero, ciencia y simbolo, en la hip6tesis, son conscièntemente
provisorios, instrumentales, pragmaticos, itinerantes, como la vela y e1
r~mo que cesan en su ministerio cuando, por ejemplo, la barca se cony1erte en lancha motora. La gravitaci6n universal, la conservaci6n de la
energfa, la evoluci6n; todas tres son hip6tesis. Pero, la ansiedad de poderfo c~mo unico p_rincipio vital y la fatalidad y permanencia de la guerra
c6sm1ca s~n ~etaforas_ nada mas. Ni explican la realidad, a no ser para
u_~ e~t:nd1m1ento d_el~1tante y poc_o exigente, ni han cumplido una miston 1ttnerante y practica en el penplo de la ciencia. Si Nietzsche no hub!era dejado de su genio especulativo otras prendas que aquellas dos me~fora~, no ~asarfa _a historia de la cultura sino como un escritor persp1caz, mgen10so, ongmal y sobremanera brillante. Pero Nietzsche ha sido
ademas uno de los pocos hombres del Sinai y del Tabor; ha formulado
una nueva ley y ha creado un nuevo sfmbolo. Y no un simbolo cientifico o un simbolo estético, sino un simbolo de la fe· un simbolo que
, de po~eer _la _eficacia de la ciencia y la belleza' del arte requiere'
ademas
c?n remoto e mes1st1ble llamamiento ideal todos los sentidos y potenc1as del ~om_bre; las fuerzas superabundantes y sombrias de su animalid;d, sus mstmtos sociales y éticos, sus inquietudes religiosas. Corno todo
simbolo pleno ha conquistado para Ios territorios del alma humana
vastas provincias de promisi6n, un reino venidero y maonifico cierto
.
I
b
'
aunque todav1a no ogrado, al cual se ha de lleoar mediante Ios mas s~veros sacrificios y actos de braveza.
b

:a

!a

9

�LA PLUMA
Ciertos nietzscheanos y superhombres se nos presentan, sin _darse
cuenta, como refutaci6n del simbolo del Superhombre, porque, s1endo
postulado de los simbolos la no existencia actual, si los superhombres
andan tan baratos, el Superhombre perderia su categoria de simbolo.
(Qué es, qué vale, definidamente, el simbolo del Superhombre?
El apelativo.-En la.evoluci6n ascendente de los seres organicos, el escal6n penultimo es el antropoide, o criatura semejante al hombre; el ultimo, hasta ahora, es el antropos, o sea el hombre. El ser intermedio Y
crepuscular, semimono y semihombre, que sefiala el transito entre lo
irracional v lo racional, no esta todavia fijado cientificamente, como no
esta deter~inada ninguna especie medianera o inmediatamente previ_a a
las especies existentes. Algunos descubrimientos palento16gicos de c1ertos huesecillos fragmentarios se ha querido que sirviesen para fanta~ear
varios tipos de postmono o prehombre. Pero, a la postre, estos t1pos
siempre han resultado o un mono de veras o un hombre del todo._La
fijaci6n de esa especie simiohumana es uno de los proble_mas de la c1encia. Con el paso de una especie a otra ocurre algo scme1ante como con
Jas puertas. Una puerta no puede estar sino cerrada o abierta; lo que se
Hama vulgarmente una puerta entreabierta es simplemente una puerta
abierta. Las especies Jas vemos diversificadas y finales cada u~a de ellas
en si mismà. La mutaci6n sucesiva entre una y otra se ha venficado en
el misterio, sin dejar testimonio ni vestigio. En esta difer~nciac~6n, acusada e inm6vil, de Jas especies (pues por mucho que nos mgememos no
cabe transformar la raza asnal en raza equina), caracterizaci6n constante que parece obedecer a un designio providencial, ~l m~do que un artesano de juguetes manufactura conforme patrones mvanables las figurillas bestiales de un arca de Noé; en este hecho curioso, que entra por
los sentidos, se fundan algunas personas poco imaginativas para ~ega.r
Ja evoluci6n. Pero, el principio de la evoluci6n es, hoy por hoy, c1ent1ficamente compulsorio. Pues, si la evoluci6n pros!gue ~u mar&lt;:8' ascendente, después del antropoide y el antropos se venficara el adv1e~to_ fatal del metrantopos, el mas alla y por encima del hombre. El sent1m1e~to mas apegado al coraz6n del hombre, el mas dificil de lustrar, el lat,10

LA PLUMA
do mas intimo y caricioso, consiste en considerarse centro del universo.
Todas las actividades humanas-arte, ciencia, moral, religi6n-estan sobradas de este sentimiento pegajoso, que el hombre rezuma, a pesar
suyo, del vaso -~oroso de su cor~_z6n. La ultima gran hip6tesis cient{fica,
la de la evoluc1on, estaba tamb1en empafiada de este sentimiento vanidoso Y mezquino. Todo se ha creado por evoluci6n· la vida ha venido
evolviéndose desde la papilla protoplasmica hasta 'el hombre; pero el
hombre es la pleamar de la vida. (Por qué?
(Por qué'., se pregunt6 Nietzsche. Todo «por qué» es un tragaluz
que se pract1ca sobre el infinito, la regi6n de los simbolos. Nietzsche se
asom~ y columbr6 s~ simbolo. A este simbolo tenia que imponerle un
apelativo. Y como Nietzsche era aleman le impuso un apelativo aleman,
«Uebermensch», que luego han traducido literalmente a todos los idiomas; superhombre, mrhomme, overman y superman, etc., etc. La palabra «uebermensch» aparece por primera vez en Alemania en una homiHa del afio 1688, claro que no en el sentido nietzscheano. Goethe emple~ también este vocablo, aunque tampoco en sentido nietzscheano, y
de el, probablemente, lo tom6 Nietzsche.
Esto en cuanto al apelativo. En cuanto a la idea del superhombre es
muy verosimil que Nietzsche la_ haya apropiado del fil6sofo Dübring,
que, en s~ obra El valor de la vida (1865), sugiere que la evoluci6n del
~om~r~ t1ende hacia un tipo mas eJevado y hcrmoso. Este precedente
1deolog1co no menoscaba la originalidad de Nietzsche. Lo que en el pred_e,cesor ~s una presunci6n, o una fria inferencia, en Nietzsche es convicc10n ard,_~nte, acto de fe, vision profética; en definitiva, apasionada
encarnac10n de un nuevo simbolo (1).
Et simbol~ literario.-Todo simbolo literario no puede por menos de
alz_a:se revesttdo con la apariencia plastica y corp6rea de una figura dramat1ca o novelesca. La perspicacia y pericia de Nietzsche en cuanto autor literario le hizo comprender que una figura dramatica, novelesca 0
(,)_ Posiblemente_ uno de los agentes que colaboraron en ,~ gestaci6n!::lrén en el apelahvo-del superhombre fué la idea emersoniana del Ove/.
Il

�LA PLUMA
LA PLUMA
épica, por ser de contornos y proporciones limitadas, aunque alcancen
la medida gigantesca, no puede servir de simbolo sino del presente y del
pasado perduradero. En cuanto una cosa toca su limite, se aquieta y estaciona, ya esta vaciada en el molde rigido del presente y del pasado. Lo
ûnico ilimitado e inagotable es lo porvenir. Y ~ietzsche queria que su
superhombre fuese cierto como el mafiana y como el mafiana incognito.
No podia, pues, cuajarlo en una corporeidad novelesca y dramatica.
Pero ya que no del superhombre, Nietzsche amaso la figura camai, convincente y patética de su nuncio o profeta; Zaratustra. Zaratustra evoca
el superhombre, persuade la certidumbre venidera del superhombre, lo
hace ver, palpar, sentir, no con los sentidos mortales, sino de manera
mas profunda, con el sentido de presencia propio de la fe religiosa.
El estilo literario de Nietzsche, siempre enjuto, nervioso e impaciente,
en Zaratustra se extiende con la magestad del volumen y la energia de un
gran viento. Contiene todos los timbres, todos los acentos, desde el alarido hâsta el sollozo. Todas las cosas se agitan bajo su pesadumbre ingravida. Arrastra consigo las aimas, como el torbellino dantesco.
Zaratustra es, desde luego, el libro de un escritor de raza y de un
poeta cierto, como Platon consideraba la poesia veraz; poesia urania,
poesia del entendimiento.
Un simbolo literario es susceptible de tantas interpretaciones subjetivas como sujetos lo arrostran. La Biblia, repertorio selvatico de simbolos
literarios-prescindo ahora de su valor religioso-no puede leerse sin comento ajeno o sin comentario propio. Es el simbolo literario, como el
mana del desierto, que cada cual le halla el gusto que apetece.
Otro tanto sucede con Zaratustra . Se ha utilizado como texto aristocratico; y no habria inconveniente en propagarle como texto democratico. Recordemos elipticamente la gesta de Zaratustra.
Zaratustra se retira a una cueva en la montafia. Ha huido el trato de
los hombres. No ha visto en ellos sino bajeza, cobardia, flojedâd. La humanidad padece una especie de colapso y agotamiento, tras de la tension
multimilenaria que ha sido menester para hacer las dos grandes jornadas
del verme al antropoide y del antropoide al hombre. Es la decadencia y
12

disoluci6n
.
. de. la. especie. ùe un lado , la mora I d ommante,
moral de esc1av?_s, iguahtana y rencorosa, impide y detiene la obra fecunda de la selecc1on
De otro lado ' la filosofia y la rel·1g1on
. . d escentran el espi· d natural.
h
ntu e1 ombre del de ber de su realizacion dolorosa en la tierra haci 1
e~peranza cgoista de la satisfacci6n ultraterrena y ultramortal La h a a
mdad se ha vuelto de espaldas al sentido de la tierra. y Za;atu t umaun largo rapto de meditaci6n ha columbrado el superhombre E~ ra, en
homb~e es el sentido de la tierra.» «El destino de la human·i;ad shup:cu~phrse en la misma tierra, no en el cielo.» «La vida es lo q
• a e
esta superandose.»
ue s1empre .
~n la cueva_ de Zaratustra se han acogido algunos ejemplares de hu;~mfad ~upenor. El pesimista desesperado, que suspira: todo es vania . osa os reyes _que han sabido abdicar. El sabio concienzudo, ue
h~ ~onsaorado ~u vida _a estudiar el cerebro de la sanguijuela. El hist~6n
v'.eJo, d: l~s mascaras mumerables, que a todos enga.iia, menos a si rop10_- El ultimo de los papas, que ha matado a Dios. El vagabundo voiuntano, asqu~do de sus semejantes. El escéptico, que es una sombra mas
~ue ~na reahdad. ~l esta~o de espiritu de estos hombres superiores es el
m~st10 y repugnanc1a de s1 propios, que les impele al ascetismo y al pesismo. Dcsgarrados los hombres superiores del resto de la h
"d d
·proseguira
· · esta
·
. retr6grado; renunciara a la vida.· seumam
t
su d ecl1ve
d" l a ,
e~ la nada? «Adelante-replica Zaratustra-paso a paso adelant:; :~a
a ent_r~ en la decadencia». La decadencia es como el otofio ue conduc:
sufrido invi~rno, umbral de la renaciente prim~;era. El vivo
b
e ombre supenor es el solo estimulo de superaci6n. Pero no es
as~nte q~e el hombre superior sufra en si mismo y sien ta repuanancia
O
en s1 prop10. Este sufrimiento es fuente de grandeza· pero
b
Hay q
f· d
,
, no asta
ue su nr_ e ser hombre, con vergüenza de poseer naturaleza hu:
ma~a. «Ihr le1det an euch; ihr littet noch nicht am Menschen » Este
ra o_ s1remo de pesimismo provoca en el hombre superior la exigencia
~ suic1_ arse _en loque tiene de hombre; el horizonte de su alma se ha
d1stend1do
.
"d mdagrosamente
. ..
' y mas alla de kl u, lt·ima 1·10d e, se pres1ente
con senti o de mv1S1ble presencia, el simbolo del superhombre. El hom~

~~t: ~c~J

13

�LA PLUMA

'1

bre superior se apercibe a ser una a modo de fibra prieta y tenaz, entrctejida con otras iguales, para formar la larga cuerda que salvando el
abismo, hondo y cenagoso, que hace la humanidad, sirva de punto de
sutura entre el antropoide, la ultima cumbre zool6gica, y el superhombre la inmediata cumbre de la vida.
Edades prolijas consumira la preparaci6n del superhombre. Entretanto, la sociedad habra de organizarse bajo la soberania de una cl_ase de
hombres superiores, cuya misi6n consistira, de una parte en esc1tar la
evoluci6n hacia el superhombrc, practicando de consuno la moral dura
de los fuertes y los dictados de la ciencia biol6gica, y de otra parte, m~ntener la disciplina y el orden en el resto de los hombres,.~ ue han nac1do
para trabajar, producir y obedecer, a los cuales ha de dep_rseles el regalo
de los ooces plebeyos y sensuales, asi como la perseveranc1a en la e~o{sta
fe reli;osa y en la cobarde moral consuetudi~aria de ~os cs~!avos, sin las
cuales les faltaria entereza para soportar la vida y res1gnac1on para obedecer.

.Art"stocracia y democracia.-El andamiajc social que Nietszche esbo-

za, como apoyatura para edificar el presunto superhombre, parece un
artificio de coostituci6o aristocratica.
Sin embargo ... Ya Arist6teles reconoci6 que por naturaleza un_o s
hombres nacen esclavos y otros seiiores (por naturaleza, que no por c1rcunstancias politicas), o lo que es lo mismo: hay hombres, la mayoria,
desposeidos intrlnsecamente de la aptitud para dirigirse, ni menos dirigir a los demas. Pero, del reconocimiento de esta ver~ad'. no se de~~ce
un corolario politico aristocratico. Precisamente el cnteno democrat1co
estriba en que dirijan Ios mejores, y para la consecuci6n de este fin el
procedimiento democratico propone una organizaci6n _de la soc~e_d~d en
donde sea posible que el hombre que nace con la aputud de dmgir, ya
sea de origen vil, ya de alcurnia preclara, llegue en efecto a dirigir; en
tanto por Jas constituciones aristocraticas dirige quien ha nacido en una
Jinea familiar de dirigentes, aunque esté desposeido de la aptitud para
dirigir. Claro que la constituci6n democratica supone que el gobierno es
por y para el demos (por el pueblo y para el pueblo); pero esto se inspira

LA

PLUMA

en el prop6sito de cultivar el pueblo como un vivero donde sin cesar se
renueve el caso favorable, el experimento raro de hombres nacidos para
gobernar con fruto.
En el esquema de Nietzsche cabe desglosar esas dos notas sustantivament~ dcmocraticas. Los ejemplares de humanidad superior que él ha
sclecc1onado no han nacido dirigentes por abolengo, sinoque provienen
del demos, a excepci6n de los dos reyes, que son hombres superiores por
haber dado fin a sendas aristocracias, puesto que habiendo nacido diri~eRtes, pe:o sin aptitud directiva, lo reconocen y abdican. Durante algun
t1empo, Nietzsche se incliné a exaltar como anticipaci6n del superhombre a Napole6n, cuya cuna fué popular. También Nietzsche veia en el
pueblo un como ~ivero vegetativo del hombre superior, y aJguna vez
e~pone su creenc1a de que el genio y el héroe surgen repentinamente en
v1rtud_ de una feliz casualidad, algo a la manera de las mutaciones' de
De Vries.
La de~ocracia es, h~s1:3'_ahora, la maxima garantia para el gobierno
de los meiores; es la pos1b1hdad de aristocracias auténticas, pero eflmera_s, puesto ~~e toda aristocracia permanente degenera . Es curioso que
~1etzsche ehg10 como rasgo del hombre para el mando la superioridad
t~telectual, Y a la vez deseaba una casta permanente de oobernantes
siendo asi que 1~ su~erioridad intelcctual no se trasmite po; herencia,
s?l~ment_e 1~ ~s10log1ca. He agui la confusion de Nietzsche. La superiondad fis1olog1ca no a~arrea la superioridad intelectual, ni viceversa.
El hombr~ ~ue_ ha nac1do para sefiorear es quiza hijo de siervos.:
. La reltg1ostdad del simbolo del superhombre.-La religiosidad de
Nietzs~h~ n_o e_s solo de sent!mie?to _Y de conducta, sino de gesto. Pese a
su an~1cnstianismo y su ant1clencal1smo, siempre hay en él algo de aplomo e m~emperancia sacerdotales. Llevaba en el redaiio enjundia de cuatro
generac10?es de clérigos. Hablando de los curas dice: ~i sangre es la
suya ~ q_u iero que la de ellos se honre en la mia.»
Mas importante que el gesto es la sustancia religiosa. El simbolo del
superhom~r~, como la~ mejores religiones y sistemas éticos, se afirma en
la fe metafis1ca. Pero s1 la religion es, en el espiritu, fe metaflsica, en la

si

�LA PLUMA

LA PLUMA
conducta de la vida es espiritu de sacrificio. Religiosidad activa y espiritu de sacrificio son inseparables. Todas las religiones han considerado
q1,1e seria estéril inducir a los hombres al sacrificio sin prometerles recompensa en la otra vida. La religiosidad activa es en la mayoria de los
hombres un esfuerzo interesado. Nietzsche intenta purificar cl sentimiento religioso. La fe en el superhombre es el sacrificio absoluto, sin esperanza de recompensa; el renunciamicnto completo a todos los deleites
que debilitan y rebajan la vida, de 1a cual no somos sino depositarios y
trasmisores; el ejercicio duro, cruel, despiadado de las virtudes difîciles
que robustecen y exaltan el impetu vital hacia el superhombre; una existencia de Jucha acerba y de riesgo expectante; y todo esto para que en
en el futuro futurisimo una criatura sobrehumana logre un estado de
&lt;licha colmada que nosotros no hemos de participar ni alcanzamos a
concebir.
Està mistica abnegaci6n es todavia mas acendrada que el arrebato de
amor divino expresado en el distico postremo del famoso soneto atribu,do, ya a Santa Teresa de Jesus, ya a San Francisco Xavier:
Aunque no hubiera cielo yo te amara,
y aunque no hubiera infierno te temiera.
La repetù:ion i't1deji11ida.-La convicci6n de la repetici6n indefinida,
expuesta en «Aurora», y la convicci6n del superhombre, tema de Zaratustra, son irreductibles, bien que Nietzsche se hiciese la ilusi6n de haberlas armonizado en el mismo libro de Zaratustra.
El proceso intelectual y sentimental de Nietzsche hasta figurarse que
habia hecho abrazarse aquellas dos convicciones adversarias es el

siguiente:
Nietzsche, como todo espiritu religioso, sentia terror ante la idea de
la muerte, del aniquilamiento completo. Timor est quod facit Deos, el
miedo es el que inventa los dioses.
Primera soluci6n: la estética. Bajo la influencia de Shopenhauer y
Wagner, Nietzsche, en «El origen de la tragedia», procura aliviar el horror de vivir-horror solamente, comentamos nosotros, cuando la vida

estâ embebecida en el horror de morir- a
.
.
.
raciocinante por mcdio de una fucrte ebri~da:es:st~do la '.nteligencia
propia: el arte. El mundo y la vid
. ' e _mo y olv1danza de si
estética.
a no tienen smo una justi-ficaci6n
Segundo estadio: la cicncia Siguicnd
E
.
Goethe, Nietzsche reconoce que. la natu l o a mped~cles, Hcraclito y
finalidad aigu na. Pero la pura fru1· . , rda eza no enc1erra en s{ misma
'd
c10n e conocer por co
d
senti o satisfactorio a la vida.
nocer a un
Tercer tramo: la exigencia de una final'd d
.
.
.
de que el tiempo es infinito y el
.
l'. ~ . La c1enc1a nos mforma
.
umverso 1m1tado Luea l
b.
c1ones posibles de los component d l
.
.
oo as corn madas. Luego todas las cosas ue s es e u01:1erso sera~ asimism~ limitatica e indefinidamente por [os si o~;d~aln s1~0 volveran a repe~~rse idéna Nietzsche de entusiasmo
dg
os s1glos. Esta revelac10n transe
pide una finalidad a la vida. y e espanto. Con desesperada esperanza,
b ~tapda fi?~l: la armonia por la creaci6n de una finalidad Si el h
re a e v1v1r su vida infinitas veces el hombre
.
.
om·
'
es mmortal Cada ve
q ue un h ombre rec1be
esta intuiciôn de inmo
z
repetici6n eterna es la hora del
d' d.
rta idad, traduc1da en la
'
me 10 1a para el gé
h
esta repetici6n eterna valdria tanto co
1
. nero umano. Pero
que esta vida es radicalmente un mal mo a etermdad del infierno, ya
No-replica Nietzsche
El h
b y la ~aturaleza carece de finalidad.
comprueba el superavit de las ~:bl:e s?er;or hace balance de su vida y
tes, y se extasia con la evidencia de ~ a egn~s -~b:e las p~nas deprimensuperior &lt;lice a la muerte: otra vez o~r:e~et1c1on mdefimda_. El hombre
de repetirse y volver a ser? Desde l~e o· ~z, otra -~ez. èSab1endo que ha
p_ara que se dé superavit en su vida ;s f:as tamb1e.n porque conoce que
s16n de superarse en este
rza que el haya hecho profetido a la vida, ha' Jumbrad:~;:~i:~ ~o:bre superior ha otorgado sendel h_ombre y la victoria suprema. o o e superhombre, que es el fin

r

Bien. Con todo, la repetici6n indefin.1d
l
sin armonizarse o el
•
.
a Ye superhombre continuan
.
umverso y 1a vida son un . I
ascendente, inâcabable en la
d dd
c1rcu o o son una curva
nove a
e su derrotcro. Si son un circulo
2

16

·.

17

�LA PLUMA
todo ha de re etirse, ,!por qué ha de situarse en el superho~bre y no
1 p leamar de la vida y la victoria suprema? y s1 no hay
en ~l homb~:: hombre sea el apice de la evoluci6n, èpor qué lo ha de
raz n para ombre no el supra superhombre, el post supra supe~homser el superh .
y ? y en tal caso adi6s la repetici6n indefimda.
bre y as1 suces1vamente
.,
N'.
h ha dilatado los horizonAce tamos-en conclus1on-que ietzsc e
,
p
ue ha creado un nuevo simbolo y con el una
tes del a1::!~:oa;afu~rza motriz del espiritu. Tan tu~u_ltuosa, ~u~ las
nu,eva y
"fica sin poder someterla a rend1m1ento practico.
mas de hlas veces ~e !:s1con no poca dificultad, exhibiendo ante los lecHasta a ora, vemm ,
.
fil, sofo y un hombre de cienNietzsche en estado gaseoso, un o
..
~~:~uu: caracterfstica es la propension acentuad_isima a volat1hzarse,
.y
diluirse en metaforas literarias. Era inexcusable, antes de
atom1zarse Y
.
t"ble-lo cual haremostrar el Nietzsche s6lido, cristalizado e mco~rup 1
6~
1
mos otro dia-que el lector se percata~e de l_a mebla o at: sera due ~
envuelve no de otra suerte que de viaJe la c1udad donde /mos e re
posar se ~os anuncia lo primero p_or un vaho denso y opa mo,

y

J

RAMÔN PÉREZ DE AYALA
(Continuarà).

EL /AR DIN DE LOS FRAILFS (i)
VII
de espaldas al jardin, en la baranda de la Galeria de
Convalecientes, el Padre V. decoraba con ruda prosodia
versos abundantes en aparecidos, cânticos penitenciales,
procesiones de esqueletos y otros arbitrios de ultratumba.
Lugarefio era, encendido de color, atlético; la voz cavernosa, el mirar
tranquilo, los modales poco adelantados en sus pretensiones de finura; el porte encogido, de mozo transplantado en sociedad mejor que
la suya, con cierta vergüenza honesta o quizâ despecho de verse
orondo en la flor de los afios, lejos del tipo de fraile macerado por
el ayuno. Su modestia soportaba con apuro el don de la salud rebosante y de las buenas carnes y hubiera preferido recatar esas gracias
excesivas que rompian el canon monâstico y eran piedra de escândalo-hip6crita escândalo-de los libertinos. Los colegiales le zaheiian con alusiones tocantes a la buc6lica; llamaradas de fuego le
abrasaban la faz, de por si ruborosa. Dolianle esas hurlas, no por
certeras sino por injustas, y se estorzaba en demostrar que no vivia
esclavo de su vientre. S6lo trataba de cosas graves. Parco en palabras, temeroso de comprometer su autoridad, las que decia decialas
ENTADO

(1) Véase L.a. PLoJU de septiembre, octubre y noviembre de 1921.

�LA PLUMA
puestos los ojos en el suelo, con el pudico embarazo de un nov1c10.
Sin la desenvoltura de algunos ni la llaneza de casi todos sus correligionarios, descollaba por timido, ya lo fuese de verdad, ya lo pareciese, no siéndolo, por el contraste entre su m6nita y lo que prometia su estampa: siempre creia uno estar viéndole arrojar los hâbitos
y acudir en mangas de camisa, con desaforados ademanes y voces,
a tirar a la barra en la plaza del pueblo, o, restituido a su aldea, en
la fuga de la trilla, arrear con blasfemias robustas a las mulas. Encen-âbase en tal corpacho un alma impresionable; en la saz6n que digo,
el Padre V., al recitar versos sepulcrales, traducia con medios de prestado sus emociones del momento. Sobrecogido de pavor vespertino,
elevaba los brazos, agitaba las manos, fruncia las cejas, violaba el
ritmo de los versos arrastrando las cadencias sonoras, pero no se
atrevia a levantar la voz. Aun nos asaltaban el sentido restos vagorosos del mundo •en trance de extinguirse. Del jardin q uedaba el aroma
de los bojes; del convento, el fulgor que exh14laban las celdas; del
estanque, un destello sin foco . .Sensaciones dislocadas, ténues, residuos del naufragio del dia en el mar del silencio. A tales horas, en
las cocinas del pueblo del Padre V., se habla de ajusticiados, de apariciones de muertos. De lo mismo trataba el fraile. Daba a su recitado
acento misterioso; al conjuro de su voz amortiguada, la fabrica de
San Lorenzo se poblaba de sudarios fosforecentes, de clamores del
purgatorio. Pero las animas que aducia el Padre eran de muchas
campanillas: animas de emperador, de reyes, de te61ogos... El padre
recitaba en la Galeria de Convalecientes el Miserere de Nûfiez de Arce.
El influjo de la noche, el del convento, la aprensi6n de la muerte,
desataban sus emociones y no pudiendo ya meterlas en los cauces de
aquellas consejas gustadas en la nifiez, se acogia a formas poéticas
mas altas, pertenecientes a su espiritu enriquecido por la clericatura.
El Padre V., con sentimientos tan simples, abundaba en la inter20

LA PLUMA
pretaci6n ~el Monasteri~ mas accesible, por venir urdida en ideas
que entend,amos muy bien: muerte expiaci6n etern,·dad N ·
d ·
'
,
... oc1ones
e estas tocaban tan _en lo intimo de nuestra vida y nos acompafiaban ya desde tanto hempo y tan de continuo, que no nos parecia haberlas adquirido siendo de alguna edad, sino con la existencia misma. Elias prestaban a nuestros pensamientos y acciones resonancias
profund~. Eil~s nos hacian entender la repercusi6n del acto persona! en lo mfimto. Sobre todo por la certeza del castigo la co · ·
d ·
.
,
nc1enc1a
,. a. vema _a ~~grudad mayor, temible, pues hallândonos, adolescentes
a~n, cas, mnos, con responsabilidad reducida ante el mundo, que en
md modos nos amparaba, en el fuero intimo era menester soportar
aquel_la voz_ tonante, que no sé de d6nde venia, y estar asi solo, sin
refugio pos1ble. La formaci6n de una conciencia culpable nos
cipab .
. . 1
emana, enveJecia e alma, adelantandonos en la vida mas de lo que
a~arentaba la_ edad; y nos consagraba internamente hombres. Cop,oso repertono de imagenes teniamos para representar la march ·te
del alma: reducianse todas al intento de figurar la ve·
t' z
Arrib
1 • •t
~ez prema ura.
_are espm u a sûbita madurez por la experiencia persona! de
la card~, ~aba espanto; fuera mejor desandar Io andado, detenerse en
J~ puer1c1a. jAhf jLa melancolia del mozo si se persuade que ha manc11lado el ampo de su vida! Imaginase haberla consumido en un instante; quédale por hijuela la pesadumbre de echar de menos Io que
pudo se~ y no fué; sufre la pena de sentirse, personalmente arrojado
del Para1so. Pero en la insinuaci6n de la culpa, signo de 'hombria,
cobrâbamos grandeza; mas de una vez, dejândome adoctrinar pensé·
ciC6mo puedo yo bacer tanto mal?&gt; Esta magnifica tentaci6o, me re~
ve~aba el red_ucto, inexpugnable por el castigo, donde aslsten el desqu1t~ y la fat'.gada glor!a del rebelde que se aferra en su dafio y nun: p1de perdon. Conoc,a yo muy bien el nûmero que tiene la sober1a en la tabla de los pecados capitales; conocia sus facciones. En
21

�LA PLUMA
LA PLUMA
viéndola asomar, me humillaba: cjSi eso puedes, no es por ti, es por
Éli&gt; Renunciaba a saber, y al exhortarme a acatar un poder infinito,
cerraba de grado los ojos, temiendo descubrir en el fondo del coraz6n fibras inquebrantables. A otros, la capacidad para el mal los enloquecia. Estaban como en carne viva; un soplo les hacia chillar. cDe
Judas a mi, iqué diferencia?-venia a decirme un triste, abrasado de
remordimientos-. jUn grano menos de desesperaci6n!&gt; Desesperado
y todo, vivia, sin osar fugarse por las puertas de la muerte, llevando
presente el suplicio irrescatable que le destinaban mas alla.
Hallé corazones cerrados a los terrores de la vida religiosa, no
s6lo entre los incrédulos, que eran pocos, y entre los creyentes tibios
(lo éramos casi todos), pero entre ciertos devotos que cumplian los
deberes mas impresionantes con fria puntualidad: aimas cuidadosas,
tranquilas porque estaban en regla y se creian inscritas en el pad~6n
de los elegidos. Los incrédulos no podian motivar seriamente su 1mpiedad; no conocian lo bastante el hebreo ni el griego, el siriaco ni el
arameano para criticar las fuentes de la tradici6n cristiana; su infidelidad, sin base filos6fica ni filol6gica, era espontanea, selvatica: «verdaderos paganos-decian los frailes-como si Cristo no hubiese v~nido aûn a padecer por ellos»; alguno, entre esos pocos, era sacnlego declarado, caso ejemplar, como la Providencia los escoge para
hacer en su cabeza escarmientos milagrosos. Las profanaciones de
que se jactaba producian mas extraiieza que escandalo; ta~ vez por
eso el milagro no se produjo, o por no desacreditar el Colegio; o porque otros, ardiendo en creencias vivas, rescataban sus desmanes. El
fervor religioso adquiria facilmente en nuestra edad y con nuestros
habitos, el giro de un padecimiento. Por de pronto, nadie lo apetecia.
A ninguno vi acogerse a las creencias en busca de reposo y de paz,
0 de consuelo. Fuese lento el contagio o fulminante, la actividad
religiosa procedia de una sorpresa de la sensibilidad, subyugada por
22

la evidencia aflictiva de las realidades de ultratumba. El poseido de
esta vision, echaba a su pesar por un sendero de ascuas, y se incorporaba a la caravana la!ftimosa que iba contando los pasos que la
acercaban a la boca del infierno. Sin escapatoria posible: rondaba el
pensamiento de la muerte, que a lanzazos metia en vereda a los fugitivos. El espanto tronaba en el umbral de nuestra vida religio,a:
miedo de la carne a las penas de sentido con que nos amenazaba el
azar imprevisible que iba a jugarse en nuestra ûltima bora. Lo que
es yo, para pensar en la muerte no tenia mâs signo que el perecimiento corporal, ya lo impregnase de dolor fisico, ya lo adornase voluptuosamente con candidas galas de victima resignada, que paladea
el sacrificio, y me gozase en merecer la conmiseraci6n ajena; dulce
anestesia contra un dolor imaginario. Mas nunca la muerte era acabamiento. Empezaba alli otro vivir, distinto del presente en dos modos: en carecer de libertad, en ser invariable. En este mundo sublular, mi albedrio iba a entrar a saco; con tener fijos en él los sentidos,
apenas presentia sus tesoros; descubrirlos era la promesa esencial de
esta vida. No asi en la otra. Y si nos representabamos la muerte a
fuerza de arrumbar imâgenes cadavéricas y apariencias lûgubres, de
la vida futura s6lo podiamos formar una perspectiva figurandonos
sus tormentos. El puro concepto de lo divino era inabordable. Dios,
en cuanto dejaba de ser el Sefior bondadoso, de barbas niveas, que
nos tuvo de su mano durante la infancia, se transmutaba en un tria.ngulo con un ojo en medio. Del Paraiso estaban desterradas las complacencias sensuales, aunque no lo estuviesen del infierno las privaciones y los desabrimientos del mismo orden. Lo mâs comprensible
de cuanto servia para fundar el deber religioso y que ponia en movimiento los mismos resortes que nos impulsaban en todos los momentos de la vida, era el miedo al dolor. Sobre él soplaba vigorosamente la palabra catequista.
23

�LA PLUMA
Quien se encendia en · esa pasi6n, hallaba en El Escorial cebo
para alimentarla. San Lorenzo: tabernaculo de la muerte, recordatorio de la agonia, yerta câmara de difuntos: oua~to en El Escorial es
mortuorio, pia recordaci6n, ofrenda y desagravio, entraba a pie llano
en el espiritu trabajado por iguales congojas. La pasi6n que lo levant6 era esa misma; entonces podia hablar de ella, describirla en
otra alma, como si me interrogaran acerca del sabor de mi sangre,
o acerca de la onda que corre densamente debajo de mi piel y mantiene el cuerpo transido de calor.
Con mas fantasia, hubiésemos demolido el monasterio para ordenar en otra forma sus piedras; hubiésemos hecho un obelisco, un tumulo. Variada la extructura, •~se perdia algo mientras subsistiese el
prop6sito? El valor de la obra se desleia en la intenci6n piadosa. Mas
pesaban el rey-fundador y el cuidado de su alma, que el arquitecto
y su genio. Destino regio, encararse con la muerte recomendado por
tan formidable mâquina, e instituir un colegio orante que siglo tras 1
siglo derrame sus preces sobre una fosa que nunca se cierra. Para
que su transito sea todos los dias actual y nos enternezca su dolor
patente. Creo haberle otorgado al triste rey, arrecido en la vastedad
de su gran iglesia, y a los muertos de su linaje que imploran con él
piedad de los fieles, la limosna de mi compasi6n. En la gloria del
grupo de Leone, oran sus bultos majestuosos, se prosternan con mesura; son de bronce, y los cirios arrancan a los mantos rayos de oro.
Pero en la haz de la basilica, en torno del tumulo negro, sus aimas
doloridas temblequean en la Hama de las hachas y exhalan suplicas
de paz. La liturgia funebre, que apenas se interrumpe, retrae las almas al momento en qui partieron del mundo, las evoca, diciéndoles
aquellos desolados improperios que oyeron por vez primera cuand_o
su cuerpo se acababa de enfriar. No reposan. Arrastran en las cav1dades del Escorial una vida endeble, interina, en espera del olvido
24 ,

LA PLUMA
eterno que tarda en Ilegar por el rango que tuvieron. Quitense los
cuerpos de esos anaqueles donde los tienen insepultos, y déseles
tierra, y en cuanto la tierra se los coma, se apaciguaran las aimas; y
que el cântico funeral en la basilica se apague.

VIII
El retorno puntual de la cigüefia nos valia la tarde de huelga que
con la Candelaria y San Blas inauguraba febrero. Corno sefial de
asueto, 1a llegada del ave s61o le cedia en importancia al dia de la
Purificaci6n, no al de San Blas, a quien de aiio en aiio se le respetaba
menos. Puedo decir que he visto desvanecerse una tradici6n escolar
pura. iSeria San Blas uno de esos santos, coetaneos del arte romanico, que, como San Millan, San Martin, San Facundo, tuvieron clientela hace ocho o diez siglos y hoy apenas si conservan alg una? c!Û
sera mas bien un santo de cabeza de partido, un prestigio local? Me
inclino a este parecer. San Blas fué un diosecillo rustico; un dios-limite entre heredades, erigido cabe un haza candeal, en tierra abierta
y reseca, y sin tacto con los humedos genios forestales; aspero, como
el cascabillo del trigo, y tozudo- de que es buen testimonio el proverbio. Los labriegos de teatro llamaronse Bras; y todo Blas se asfixia donde no llegue el relente del ajo cnido. En el Colegio, los nacidos en tien-as cereales, que es decir sin ensueiios, sabiarnos quién
fué San Blas, pero los cortesanos, los montafieses y los ribereiios del
mar ignoraban su virtud y hasta se reian de su nombre, de suerte
que los procuradores de su fiesta tradicional hablaban un lenguaje
que los demas no entendian. Yo era de los observantes , lo confieso.
Del pingüe patrimonio universitario de Alcala todavia formaba parte
principalisima en mi tiempo la festividad de San Blas, guardada en
todas las escuelas y co1egios, por herencia de las aulas. ildefonsinas;

�LA PLUMA
otros rastros menos profundos habran dejado tras de si. Los editores
de la Poliglota fueron a buscar ciencia lejos, pero en los usos se amoldaron el rito local. Instaurar la vacaci6n de San Blas en los claustros
alcalainos fué contagio dimanante de la gran villa de Meco, que a
simple vista levanta la mole de su iglesia al borde del alcor y se asoma al valle donde el Henares, decrépito, carraspea y dormita... En
Meco tuvo San Blas culto solemne y romeria, y de ella nos llegaba a
los mozalbetes alcalainos unas rosquillas corruscantes, de enrevesada
estructura, sacadas tal vez con mazo y escoplo de una tabla de pino
barnizada. Procediamos como si el santo fuese natural, quien sabe
si vecino, de aquella villa; yo tenia una representaci6n concreta del
personaje por una imagen suya venerada en casa de mi abuelo, imagen de talla en madera, embadurnada de almagre, rostro de simple,
cabellos lacios sobredorados, rozagante vestidura, y por pupilas dos
abalorios negros. La imagen me sirvi6 para persunificar las historias
sobrenaturales aprendidas en la niiiez y de blanco en mi rebeldia
cuando, sin ser gigantes, otros mocitos y yo hicimos la primera tentativa de escalar el cielo: fué que le horadamos al santo por el ombligo con una barrena, y le pegamos a los labios un cigarrillo de papel, y le vaciamos los ojos. Nos espant6 sobremanera ver el desacato
impune.
Febrero, pues comenzaba bajo auspicios tan pr6speros, era clemente: la cigüefia abria a picotazos un desgarr6n en el toldo parduzco
que nos velaba el cielo; prendidos en los riscos quedaban rebocillos
de bruma que marzo no tardaria en barrer. Gustosa paz la de esos
primeros dias de calma, dias que ya entretienen el paso y se demoran en el llano antes de morir, dejando al Escorial en la quietud sollozante de sus tardos crepusculos: los picachos sin su oro, las pizarras apagadas, la Herreria en sombra, mientras arde en la raya del
horizonte la pira bermeja del caserio de Madrid. Don Carnal Y dofia

LA PLUMA
Cuaresma disputabanse nuestras boras; mejor aun: libraban en nuestro coraz6n su batalla sin término. Cebo unico de nuestros ensuefios
era el remedo de los holgorios distantes; pero las fiestas del Colegio, tan pueriles, apenas podian servir de asidero. Cuantos se hallaban, a los quince afios, propensos a estar tristes sin motivo iban a
nau~raga: en el ~ficio de visperas, bora en que la basilica no~ recibia
con ms6lita suav1dad, Y, sin confortarnos, adulaba al animo atribulado por deseos sin nombre.

IX
De los solaces profanos que aportaba Carnaval, el mas relevante
el teatro, concesi6n al espiritu del siglo reiterada en otros dias de
marca; el santo del rector y la Conversi6n de San Agustin veian también alzarse el tinglado en la sala del billaro en el claustra bajo, que entances el :emp_lo de la musa aun no habia echado raices en el colegio.
S6lo un ano v1 conmemorar a Santa M6nica con toros embolados· dos
bec~rros de muerte lidiamos que, contra todas las previsiones, en ef~cto,
muneron; desastradamente, pero murieron. El suceso de la corrida
desaprob_ado por_ los frailes mas rigidos, no se repiti6. Por venir s~
sangre m estrépito, el teatro parecia in6cuo contra la disciplina; no
derogaba el ~rden. lTna laxitud gustosa sobrecogia por momentos a
los entromehdos en esas fiestas sin sabor, donde todo pasaba en
emblema Y por simil-decente, pero vana cautela contra los desmanes de la imaginaci6n. En este Saint-Cyr para donceles puesto
com_o el de la, Mainte?on devota, bajo un patronato egregi~, Carlo~
Armches suplia a Racme. No supimos de Esther ni de Athalie. fbamos
c?n el gusto callejero, que no se templa en lo sublime, porque en su
dia ~os fuese -~enos agrio el descenso al mundo donde nos destinaban
a bnllar. Rehicimos el repertorio de Apolo y otros teatros de su jaez.
era

�LA PLUMA
LA PLUMA
Sin retoques, apenas. Nos permitian simular en las tablas la difere~cia de sexos, franquicia nunca gozada por los impuberes del coleg10
de segunda ensefianza. Muchas veces vi a esos desventurados representar zarzuelas en boga; mudâbanse en hermanos los amantes y ~os
coloquios de amor en epistolas de dudoso sentido, repu_g?ante matez de que sacaba provecho burdamente nuestra mahcia. En la
sens
H b' .
l
«Universidad» no sufriamos tanto desdoro. a 1a Jovenzue ~s esbeltos y pizpiretos especialmente aptos para los _P~~eles de pnmera
tiple; y quien juntaba a la crasitud prec~z una d1cc1on re~osada, balla.base en potencia propincua de advenir a dama de caracter. Larecluta del coro haciase por leva de chillones. Metidos en el aula d:l
piano, tratâbase de concertar lo mejor posible el d~sacordado voceno
de tanta laringe virginal. El pianista era un estud1ante . ponteved~és,
zumbôn, sentimental, cacique de una pandilla de colegiales, a qmen
acertô a inocular la morrifia.galaica. Muchas tardes del curso, a:abadas las clases, daba pâbulo a su mansa tristeza arrancândole al pia~o,
hora tras hora, muîi.eiras y alboradas. Tres o cuatro de sus co~pmches le asistiamos en el rito. La mûsica lânguida y el acento queJumbroso de las canciones, que eran como unos lamentos y unos ayes,
nos metian el corazôn en un pufio. Mirâbamos por las rejas a la Lon·a ârida sola· venia del Monasterio el clamor de las campanas, su.1 ,
,
'
,
fragio por algûn rey podrido en los sôtanos; nos enternec1an anoranzas vagas. lAfioranzas de qué? De otros dias sin saciedad, de otras
prisiones, de otros deseos marchitos sin arribar a colmo ... 0 era ~~s
bien que el albedrio, agazapado en lo oscuro del alma, donde v1v1a
sumiso pero en rebeliôn latente, empollando la irrefrenable v~luntad
del desquite futuro, se quejaba, jNos prometiamos ser tan fehce_s en
saliendo de alli! y con abandonar a la coerciôn esterna del coleg10 lo
mâs de nuestra vida, sôlo viviamos, realmente, por los tesoros de ~-oberbia que acertâbamos a pone;;_e{l salvo en aquel figurado escondnJO.
28

-

No sé que dia entrô en el aula del piano el Padre Florencio. El
galleguito dejô de tocar y cantar. Todos se pusieron en pie. Yo leia
el Madrid Cchnico, junto a la ventana. El Padre Florencio me pidi6
el peri6dico y hojeândolo par6 la atenci6n en un articulo; apenas
leyô las primeras lineas, una sonrisa acerba le descubri6 los dientes
amarillos y grandes corno los de una mula y con safia rasg6 el papel
en cachitos, diciendo al despedazarlo: «1El sefior Sinesio ... ! jEl sen.or
Sinesio...!» Para un mozo que se creia superior al Padre Florencio, e
incluso (ya he mentado nuestra soberbia) al «sefior Sinesio», la humillaciôn fué terrible. Ademâs, me indujo a e1rnr; tardé algûn tiempo en descubrir que ese ingenio no era el vica1io de Satanas en la
tierra.
Maestro concertador era el Padre R., ahijado de Euterpe, de quien
recibi6 en la cuna un violin famoso. Muerto el Padre Arôstegui,
un vasco que por las hopalandas negras, la talla ingente, la sonrisa enigmâtica y el casco blanco de la pelambrera, se parecia a Merlin el encantador, rasurado, el Padre R. se alz6, por decirlo asi, con la
monarquia de la musica en el colegio. Era, en la ejecuci6n, poderoso
brazo. El violinista Monasterio nos visitô cierto dia. Reunidos en la
rectoral fraUes y alumnos, pedimosle que tocase alguna cos/l. Trajeron el violin del Padre R.; Monasterio nos regal6 con una pieza superferolitica: / Adids a la Alhambra!, que nos dej6 pasmados. (Algunos
frailes propalaban que Sarasate era mejor ejecutante por que tenia
los dedos muy largos, pero que Monasterio tocaba con mas sentimiento.J El maestro, al terminar, parecia sudoroso, y soltando el violin exclam6:
-jEs un violin de coracerol
El Padre R. sonreia, cortado. Era angelical, suave. Se le ha de ver
en el Empireo entre las Dominaciones y los Tronos, arrancar a brazo
partido de su violin... de hierro, los lâudes dei ·sefior.
29

�LA PLUMA

LA PLUMA
El Padre R. profesaba, principalmente, Derecho civil. Y el afio
que anduve gateando por esa robusta. rama del arbol de las ciencias
juridicas, el buen padre, en visperas de Carnaval, me administraba
dos veces al dia su magisterio; de manana, nos desojabamos sobre
los c6digos; por la tarde, nos ensefiaba de oido la musica de Los Africanistas. Mas numerosa caterva habia de amaestrar el Padre en los
ensayos de la zarzuela que en la lecci6n de Derecho; pero con harto
menos trabajo nos agenci6 en la escena laureles que se malograron
en el aula. A su curso asistiamos seis o siete veteranos supervivientes de aquella generaci6n que vi6 galopar a la yegua Peonza por el
ambito de la clase de metafisica. Ya. la vida del colegio no tenia para
nosotros secreto alguno. Afrontabamos los deberes y la agobiante
rutina de cada dia sin empacho ni alarma, sin premura, con el aplomo y el desembarazo pertenecientes a la madurez. Aunque tan mozos aun, en el orbe minusculo, escolar y frailuno, de nuestra vida,
hombres maduros éramos, en un todo al cabo de la calle. Desde
el primer dia, el Padre R. nos convoc6 en su celda. Sopesamos el
libro de texto. No tardé en advertir que a todos nos aguardaban
las mismas sorpresas. Naci6 entre el Padre y nosotros una suerte de
companerismo con que se templ6 el respeto, encendiéndose mas y
mas el primero y tierno afecto que por él sentiamos. Le quisimos
fraternalmente; era un hermano mayor, sesudo y bueno, enriscado
por las sendas escabrosas de la virtud y del estudio, mientras nosotros triscâbamos en los pradecillos de la holganza. Vivo en los modales, atropellado en el habla a causa de un conato de tartamudez,
era en la apariciencia brusco, mascara de su coraz6n mansisimo.
También nos queria entranablemente. Y aunque de tarde en tarde
arrojaba fogaradas de esa c6lera estéril, tan divertida, con que los
hombres mansuetos pretenden recuperar f uera de tiempo el predominio que se les escapa, harto se echaba de ver su desmaiia en el

enojo, movimiento desusado de su animo
solaba el enfadarse, como amarguisimo
qu~ le angustiaba y dede _su celda disipamos en charlas amis
. tosaslZ.la mayor
n tornopart
de lad mesa
mananas de un invierno . Yo em pIeaba el oc1O
. en d 1 t .e e las
cabeliera a la estatuilla de Schiller d I
are aJOS en la
cribanîa. Tesoros de pacienc1·a , e lp omo, encaramada en la esmonaca gastaron t
.
letreros y figuras el frente de 1a mesa. Quedaba mao ros en cubnr
de
.
el buen humor. En llegando a clase C r
rgen ampho para
alcayata descomunal y un
1' • so ia extraer del bolsillo una
mazo, y a clavaba donde 1
,
mano, fuese pared o estante ' cerco de 1a ventana . o m e vema
d 1 mas
. a
o.
uego
colgaba
gravemente
la
b
,
arco
e
b1omb L
mirabale mohino acabando
oma en la alcayata. El Padre R.
,
por encooerse de h b
.
'
llevé a clase una varita con la
d i:,l
om ros. Cierto dia
le. Me orden6 tirarla, y me ame!::6 eNa gubnad m~nera ~ebi de moles. l ,
· 0 0 e ec1. Volv16 a
me, vo v1 a no hacerle caso . Se puso en pie
. y ·é d
amenazarnecas me forz6 a soltar la vara arro·and I as1 n orne por las mucarretera. Al otro dia aparec1·m'
~ ~ a luego en pedazos a la
d
os con vanedad de
e polo, un machete
armas: un mazo
. cubano' un revolver• Nos sentamos
-éAd6nde vais con eso? ·
·
-Es para defensa de nuestros derechos padre s· .
1
,
. t vis pacem...
Esa vez-la (mica-nos arrOJ·o de case.
Por nuestra corta ventura, el tiempo corriend
nuestros estudios nos aboc6 1 fi al d ,
o mas veloz que
diente a la mayo/parte del texat nSeIl curso sin haberle hincado el
•
o. e a arm6 el pad L
nguar cuantos dias laborables restaban d. 'd"6 re. uego de avepaginas del libro no leidas au C, '1 iv1 t p~r su numero el de
cuatro paginas. A paso gimn«~t~.ud~o e a cada JOrnada treinta y
a.::, lCO
lffiOS con nu tr
esta, al parecer, meta inasequible· «Fin
es os caletres en
no sin vomitar a diario sobre la . d del tomo cuarto y ultimo»,
.
mesa e la celda ley
.
grrones, restos indigeribles de la bazofi a engulhda
. enes
Y
escohos
en
pocos minutos,

~Ji-

31

�LA PLUMA
y no sin que el fraile nos arrease también a diario con la misma
seiia: «Ya sabéis, j6venes: para maiiana, las treinta y cuatro paginas
siguientes.:t
En la lecci6n de musica, el Padre R. empuiiaba una batuta de pape!
y juntos echâbamos el bofe cantando al unisono la zarzuela de tanda.
Quienes habian visto la funci6n en Madrid, nos socorrian con advertimientos saludables. En un plazo w.mbién fatal era menester dejarlo
todo a punto. Una tarde cortamos el ensayo para asistir al entierr6
de un nifio que muri6 en el colegio de Alfonso XII. Llegamos ya
anochecido al Campo Santo; pusieron el ataud en el tumbillo y lo
destaparon. Vimos al colegial muerto, aterido en la caja. Bien cantado le dimos tierra, y a mas andar tomamos la vuelta de la Universidad, azuzados por el frio. Otra vez en torno del piano-no se podia
perder tiempo-nos pusimos a trabajar vorazmente; machacâbamos
con furia en un estribillo jacarandoso y nos sonaban en el oido desgarradores acentos. Nuestra musica se enzarzaba con la salmodia de
los curas. Repetiamos al borde de la fosa abierta de subito en el ëomedio de nuestras futiles diversiones, un cantar chocarrero, impregnado ya en desconsuelo para siempre, como ya para siempre el pobre muerto no iba a tener otra manera de representarse en nuestro
animo, sino los oficios de un ritmo bufo con sus memorias del Campo Santo y del viento que azotaba las tapias llevandose a tiras el
responso, y de una faz afilada, de una frente opaca bajo el remolino
de cabellos negros donde se habia helado el sudor, y del viso de
una pupila empaiiada, en la hendidura de los pârpados entreabiertos.
(Con linuard.)

32

MANUEL AZANA

IGUALMENTE
A PE DR O SA LI N AS

I
f/)e ~ronto senti un hastio infinito.
!Parec,a que de mi corazon ihan saliendo cal/es
calles
.
'
cS,
r rectas de una ciudad !enta y gns.
en ' un rumor trepidante en el /ondo del l
I las calles tirahan de mi corazon ...!
a ma...
'Y
esas
v
oces
de
pof.
l
•
.
d, l h
h
v o, esas pa p1faczones urhanas
e os om res de hongo y de baston
removian acremente, un pedazo de c~nciencia
que mantenia viva, el dolor...
&amp;t!i vida era una calle villana.
eÎobr~ un~ chimenea, se engarzaba un nubarron.
;}{ac,a
m1
corazon venian las cosas de la cal''te,
es
1,
as vu 'gares cosas sin explicacion
de un h~mbre que mete las manos en el bolsillo,
o que mira ref/exivo un reloj...
'Yo
,, .tenia dentro
. todos los relo'}·es a,Je la cal''te,
y ltego a ser mz corazon
como un bolsillo que tuviera manos
llenas de aburrimiento y de sudor...
33

�LA PL tJMA
.Ca calle sucia, como el plomo viejo,
hasta el fin de mi alma llego...
.Û,s hombres huian lentamente por ella,
llevandose un tiempo menguado d~ sol...
'Yvi que la muerte podia ser hastio;
acaso un hastio mayor...
.
I C(;odo se prolonga como cualqu~~r calle,
I
y esos hombres se mueren tambzen como yo...

EL NOVELIST A
(NOVELARIO)

Il
1tlué mal esta eso de la eternidadl
fNada nos queda para ella.
· 1,
CTJ
dolor
silencios
temblorosos,
y
suenos
sencrl
os,
e:t1,mor,
,
.
todo se pierde, al ser eterno, amrgo... .
P
.L,a
eternz'dad es una enorme mano abrerta,
f
.rsecad a Y 1·zsa· fNo hay un signo secreto para r.
d
/;ntras en ella y no se cierr~ nunca.
f}{asta calor de mano enemrga
. desconsoladamente, alli.
evocaras,
.Ca eternidad es un lienzo clavado
sobre la ultima mural/a del fin.
/;s un vulgar cartel con letras_ de s~mbra
. . «J:a eternidad esta aqui. ... ».
que d rcen.
'Y asi puedes saber, cual es el termrno
de Lo perecedero in/eliz,
y como es la llanura interminab~e
y como la eternidad has de se~trr:
solo los ojos en las letras infinztas
heladamente fijos ...
I .Ca eternidad es asi... l

ALONSO QUESADA
34

( CONTINUACION)

novelista siempre hab/a temido que se presentase alguno de
sus personajes, aquellos persooajes que no eran nadie en
particular-1pues no faltaba mas!-si no que eran tipos comunes, tipos que no habia accptado hasta que no se hab/a
dado cuenta de que cran tipos genéricos, tipos que se podia
encontrar uno en cualquier parte.
Ya hab/a llegado uno, el primero y no el mas esperado. Mas temia
que se presentase aquel feroz grandull6n de su novela «Fratricida».
'1Quién iba a decirle que aquel Alfredo, que ha.bfa colocado en plena
naturaleza para motivar fa descripci6n de las faenas y la vida de una Resinera llena del olor de sustancias del campo, iba a ser un tipo vivo y
hasta casado con la adwtera?
Iba a tencr que huir al extranjero para escapar a la venganza y a las
peticiones de dinero a que iban a someterle sus personajes.
AI llegarle la hora del éxito le habia llegado también la hora de la

Il

L

expiaci6n.

Por haber hecho lo que solo logra hacer un hombre entre millones
de millones, que es entretener a Ios otros por un pequeiio estipendio,
iba a ser vapuleado, insultado, discutido, malquerido.
Por depronto ten/a que pensar en colocar a Alfredo, utilizando sus
influencias. Habia regenerado a un hombre, le habla convencido, pero
tenla que ayudarle a vivir.
35

�LA PLUMA
LA PLUMA
V
A la caida de la tarde sali6 Andrés de su casa oficial y se fué a una de
las casas misterio~s y deshabita~~ _que teni8: en la ciuda~ y cuy~ direcci6n nadie conoc1a. Desde que s10t10 la vocac16n de novehsta hab1a comprendido que un verdadero novelista necesita encontrar las perspec_tivas
de la ciudad desde distintos sitios, llegando a ser de ese modo el m1smo
distinto novelista y distinto personaje del arte de_ novelar en distintos
cuartuchos con balc6n a otras luces y a otros bamos.
Ya tenia cuatro casas pobres-alguna aguardillada-en Madrid, casas
en cuyas mesas, siempre llenas de polvo, habia comcnzado novelas
~ti~as.
,
Habia conseguido el suefio de su juventud por fin y se escond1a en
aquellas casas con sonrisas de desaparecido. Cuando abria aguellas
puertas que daban al silencio y a la antesala sin perchero y se se~t•.a de_ntro de la casa abandonada que ha pasado la noche sola, se sent,a mexistente e inencontrable. Su mayor felicidad. Era como un muerto dentro
de cierta inmortalidad.
Huia asi de si mismo y de esa pesada muj~r que es la mo~otonia.
Ahora iba hacia la casa de la calle del Sot11lo, que le ponia enfrente
del horizonte del sol poniente, escorzandole un poco hacia el Guadarrama. Desde que era nifio habia sofiado asoma~e a aquellos_ balcones _de
la casita, pues realmente no cra una casa, smo una cas1ta aquel mmueble.
Era una casa que se elevaba sobre unos jardinillos en cuesta y sobresalia por lo alto de una tapia, como si se empinase en aquella altura para
ver. Tenia una cosa de chicuelo empinado en lo alto para ver la procesi6n.
Los dos balcones del novelista eran los mas bajos de la casa, de tal
manera, que si alguna vez hubiese perdido la Have, ~ubiera podi_do, sin
gran dificultad, entrar por el balc6n. En verano tenia algo su lampara
de las lamparas de los zap~teros ilumin~das en las eorterias o en esas
tiendas que, al no ser alqu1ladas por na~1e, S?~ alquiladas a los zapateros a precio de portal. E? el verano sub1an fac1lment_e a su mesa todas
las confidencias de la cal,e, se le colaban de rond6n, ,ban andando altas
como las sombras y caian en la trampa de sus cuartillas.
,
En el invierno era mas dificil la inspiraci6n, pero era mas pura, mas
cntranable, mas profunda. Todo estaba tamizado por los cristales de los
balcones.
Andrés Castilla iba despacio, dandose su i'.mico paseo del dia, cl paJ6

seo del almuerzo, cuando se encaraba de nuevo con la vida y caminaba
sofiando en su casita, en esa hora de las cuatro de la tarde en que el sol
esta ya purgado y el dia se ha posado y ha entrado en su diadurez.
S1empre al torcer la esquina de la calle del Sotillo miraba hada atras
como si temiese que le persiguiesen para adivinar donde iba. Temla ma~
que a un polida a un b16grafo.
La entrada en el portal de su casa modesta y destartalada le hacia dic~oso. «Ya est?Y fuera _del mundo», pensaba, y abria la mampara de
cnstales, separandose as1 de la calle, aislandose en la escalera pobretona
que adensaba la intimidad de los vecinos.
Saludaba a la portera con .~ucha corte~ia y subia la escalera, gozando su otra casa como con frmc16n de ser d1stinto.
Al meter la Bave por la cerradura sentia que los ladrones se dispersaban Y,saltaban las barreras de las ventanas, yéndose a todo escape.
Algo as1 ;Omo una espo_sa_ de clase !Ilodesta le salia a esperar.
~.ndr_es, d_ando un rap1do empu1on a la puerta, barria hacia dentro el
espmtu mqu1eto de la casa que, atraido por el ruido de la Bave se habia pegado 31 la mir!ll.a,, y cerraba con pnsa.
'
En segu1da se dmg1a al despacho, al que habia hecho unica pieza
habitada de la casa, y encendia la estufilla de oas.
Asomado a su maravilloso balcon se quedaia un rato extasiado en la
l~z del atardecer y en esas friolencias que se quedan atravesadas en el
c1elo, e~ remanso de congelaci6n.
Reah~dos todos esos gestos de siempre al entrar en aquella casa,
que pa_rec1a la del cura de la parroquia, el novelista se sent6 a su mesa.
All1 estaba la novela entre manos, la que le habia correspondido a
aquella sucursal, la que daba un ambiente especial a aquella habitaci6n
la que se titulaba
'
LA

CII. IADA

Ley6 las ultimas p~abras en q~e se habia quedado el otro dia, y desp~és se puso a pescar 1deas en las nberas del cielo. Pensaba en las pobres
cnadas, cuyas ,historia_s mi~erables y _conmovedoras llenaban aquella novela, que seguia las ~1sto~•~s ~e varias m_uchachas que habian pasado
por la casa del senor mqms1tonal, de la senora malvada y de los seiioritos
crueles. Ya estaba en el capitulo XVII. Se puso a escribir:
«Et novio tk_ MicaeLa paseaba por de/ante de la casa ltasta el dla que
no la tocaba saltr. Se ocullaba tklrds de ks &lt;i.rboles y miraba a los balco1tes
a los q'!e so~ se jJl4eden asomar Las sennras. Ella solo se podia asomar a
"n patio obscuro, en el que il no podia entrar. No tenfa esperanza de verla,
37

�LA PLUMA
JI, sin embargo, alli eJlaba. tDe qui seroiria que s~ pasease y q~ ~e stnll!st
mirado por todos los balconts, orultando la dirtccttin de sus o;os impacuntes con la visera de su gorra. muy ecliada sobrt ellosr
_
Estaba enloqutcido por la belleza de ,J1icaela, Y, con el tm~or a ws ~moritos crefa virrilarla y dejenderla asi. Solo algûn dta e'!Lre czento, Micaela
bajaba por e:a coJa qut se necesila m gentemmte, y càmbtando ûnas palabras
con Il, sub{a corriendo, porque ya sabia él como reganaban en aquella
Cà-Sa.

El novin de Micaela, despztis de aqueltos largos ratos en que tslaba de
planton, se iba. "Adonder A seguir un camino insipide, a espe:a_r el domingo que vùne, a mon·rse de trisleza, a sospeclzar, a quttit1rse tdiota sentada eu los bancos publicos.
Y mt"entras, era ima vergümza lo que suctdia ~n el fondo de la c~a. El
senorilo Fernande, el que tra mds ente/ con las crzadâs, esperaba a Mtca~la
en tl pasillo, obscuro y largo en la obscunâad, _como si se gozase as! de impunidad alacanda a la doncella en su promedto.
Micaela siempre r~petla aquellas /rases torpes que no la da ban /uerza:
«Quiero ir con la cabeza muy alta ...» «Siempre he llevado la cabeza levantada...» «No quiero que digan que soy una perdida». Pero todo aquell&lt;:•, sin gran esjiurzo m el ademdn, producia la burla de Fernando.~
adolescencia del seiïorito, el segundo que enLraba en el jervor se:1oual despues
de ll'!anuel, no perdonaba, no se conmovia, 110 aflojaba sus abrazos. Se ~enlia como si pasast el carro pesado de la carn_e _p_or encima d! los bornllos
de la calte, wt trepidar de toda la casa, un lttmteo de ws cnstoles,fen61ne_·
no qut producia solo La fiebre tkl sciionïo Fernando, emboscad&lt;, en el pasillo y oliendo el pelo grasicnto de Micaela con s~d sal7!aje.
.
Siempre pareria i·r a acabar la escena a satisfaccùJn, por fin; pno sumpre encontraba illicaela medio de escapar, o bien porque el sefiorito F~rnando se asurtaba porque habia oido que sonaba un ladn"llo desprenJtdo
que habla, en l.i revue/ta tkl pasillo, o bim porque eLla mcontraba manera
de desaszrse o resbalaba su cuerpo como el de uwz sirena.
Micaela, con los pelos alborolados, con la blusa salida, st repon{a antes
de mlrar en la cocina, pues temla a la vitja cocinera Amparo, que habla
pasado por aquellns mismos !rances, yendo a fetztr lzijos de varios sdioritus
y costdndala muclto dinero, muy bumos duros ganadas con el sudor de todo
su ser: el acudir a las casas misteriosas cuyos balcones cie, ran tiobles made~as y dobles cortinas, y cuyas paredes estdn engualadas pa,-a que no se
oigan los gnïos tk la que es «desembara7ada.,..
.
.
Micaela esta6a embelledda por sus o;eras, las o;eras que nadu tenta m
cumta que eran las oje1·as pavorosas del lrabajo.

LA PLUMA
Era penoso encontrar aquella hennosura en ima cn"ada zajia irredimt"ble, que creia en la honradez con firme dureza.
'
Mzcaela, despuls de aquellas escarmnuzas, se reponia con gran resig-nacion! J! como eso ocu~·rfa a la hcwa del anochecido, se ponia a aprender a
escnbzr con esa lmtrtud con qut aprend n los criados, echando toda la cabeza y todo el cuerpo sobre la me~a de la cocina.
Amparo era sorda y tenia esa jidelidad que da miedo en las criadas
sordas,pues cuando dan con sdioras solas,pueden ser tanfales que maten.
Las sordas son de una leallad cerrada.
~m/~10, como Iodas las t;iadas s~rdas, oettllabà su sordera y decia que
si, que si, a tod~ _Lo que no oza. Gracias a ese que si, que Ji, /ué admitida
ella y soif admtltdas Iodas las sordas e: pn·mer dia, cuando contes/an que
si, que st, a todo Lo que las pre1;1mtan si saben.
Amp11 ro /ué cr_iada de m,antilla los damiugos en una casa grande tk
gran portalon, «d1ez veces este», como ella decia a las doncellas para darlas una idea de atp,el hermoso perlai.
Amparo acariciabf! el ideal de vmder, cuando fuese mds vie_ja, tortas y
cacahu~ls en 1ma esqut1~a. lba a ganar polo y a comerpoco, pero La tentaba
aque! tdeal del puesteczto «de eso o de verduras»; por que iba a ser la
duena.
Amparo, durante su ;i,ve11tud, su/rio una estancia en la casa de maternidad-de ahi cse lziJo cochero que andaba por la vida-y fui ama. Amparo, cuanda J:cnsaba que algrmos amigos de la casa s~brian que habla sido
ama, que qutzds se acordaban de el/a por lzaberla vzsto en los jardines se
echaba a temblar. . .
'
Como era sord~ y apma~ podia conteslar_ a las doncellas, y Las dancelias estaban aburndas y teman que utar cosre,zd(, o leyendo un libro vivia
como sin compaiïia.
'
Aque!la ~oche m que Micaela fui mds prensad• y amasada que nunca
por el senonto Fernando, Amparo repasaba rns secretos viendo las araflas
negras_~l !mie, mientras Micaela creia aprenderpara stiiorzïa aprendùndo
a escrzbtr.
La codnera estaba emocionante, co11ctntrada, y ltabia en ella est escalo/rio de antes de cenar que tan intensammte de melancolia ataca a los nifios
de s 1ete a ocho aiïos que esperan en la cocina la llegada de sus papas que
llegardn a las nueve de la noche para unar.
'
. En ws b"!ncos vasares las tazas St estrechaban tmas con olras ~ daban
dtente con dtente.
En el bltcaro d_e una Lata se ergu{a el perejil, emperfJÏlando un poco /a
atmosfira, demas,ado blanca.
39

�LA PLUMA
LA PLUMA
Los muebles de pino, muy ~vados con estr~~~jo y arma , aummtaban

t~~f:%Z:li:: ~;:,~~z~:;}f

la d:tf::;0
0 b;;:::St:fe· callar de la! :/1nas,
ta11to, que se tscapan al mando de las sefioras sofas por demasta a ranquilidad. hora la cocina esta desanimada e incapaz. Ya esta lejôs la hora
~/ps:ede lleo-Jr el carbonero o el tendero, o en que suelen edstar un lar~
m q
. b l 'd d d l mundo en ese final del mun o, que es
rai~ en la coci:;;~~ ~;ilaala°:an~era o de 'ta antigua cn'ada y que ni siquiera
coczna, esas m l
- res ddndolas a veces dt'ez céntimos en la antesala.
dicen que pasen os s;noh b't J . cuando estuvo en casa del sefior Golard.
A nparo comenzu a a ar
1El sefior Golard siemprt me deda: «Amparo, cuando JO sfa v;e_;o,
tû ;;;tend1 ds que trab'ajar... Estaras al amor de la lumbre en e ga tntte .. :» El pobre murio...
.u- u·
l _. de la ultima
y;
do t mucho en unJ. casa-utJO mtcat a ,
- oh1ézopporuqeue ::i:;andaron llevar a la estacion, desconsideraaamenlt,
me m arc
d'
d'
una ran maleta, con la que no po ta na '!"'
!..,Qué dt cubiertos ~e pl'!'ta te11ia el senor Gol&lt;!-rd( h blando. El reloj

=

··

J:iet:~~

par':fi:t::lilsoqs;ames~t·sdm:~fp~;°:a~{p;:!Ez~s~!!/~;1;:;;e;i~1:s
que parecen e
. .
b ••
mento cocinil en el dia de znvierno.
,
-Vo afreir ya las patatas-dijo Amparo, y se levanto.
rmùJ
Mic/f1a echo ia cabeza sobre su brazo en Jonna de_ dngut JI seb~, a al:

iS~}:::~~:e~'fa'::v!:':ï:;:,,~~ !

0

f;e~sra::: :~ ;z::/::;1:da:'':t Casa de

f,:aje'J/. t d .fiamos M{caela-la decian los que quer{an levantarse ten;- n us e b . d' e ~e levantaba tan temprano, la llamaban y a
darla encargos estupidos, para dec:·rta cosas

{;:;:;,~::'~:!;::e ;J:a

que

lÊf:t!~lis~:~~~ :na pausa y se asom6 Îl~ah~~~hee~ L~:~~7~~1~f: i:
0

se

~~~~r:· ~i~1:

~esgr:~~edd;~~
~ir~ ~ri~{:~e la realidad; en qub la vida
e1~[:r/ gravita sobre e~os pobres encerrados, sobre esos po res cau-

:::1i;i:r~~:

avit~l:shi~: ;a;:fa

~~ :~~:~tdoÎ~: ~e~:~~ ~o:i f~:e~!:

sadQueria el novelista meter en su novela esta terrible impiedad que se

tiene con las mujeres que viven nuestra propia vida, que son como sus
hijas humilladas.
Queria pintar el drama sin retiro ni pension posible de esas vidas, su
porvenir menesteroso, y como un dia tienen v6mitos de sangre y nadie
las compadece. El cancer roe sus est6magos por causa de tantas digestiones agriadas por la diferencia de bora, por el recado enmedio de la comida, por el mandato subito. jCon qué ingratitud se Jas empuja al Hospital! ...
No recordaba haber visto una tragedia como la de Jas criadas, que
parecian llenar aquella casa del novelista, como si fuese la casa del pueblo de Jas criadas. Todas se acercaban a su mesa a hacerle alguna confidencia, a soplarle alguna habladuria al o{do.
El novelista con las manos en los bolsillos miraba las luces de la libertad, las luces de las calles por las que transitan libremente y se recrudecia en él el dolor de la mujer que sirve y veia con mas desengafio el
drama de la servidumbre.
EsJ de que e!Jas oigan su desahucio porque los comedores no estan
nunca Jo suficientemente cerrados cuando hablan de e!Jas, eso de que
siempre estén escuchando los insultos que les propinan en Jas salas y los
gabinetes porque los sefiores no tienen id~a de la medida de la voz, eso
clama al c1elo.
Quiza habda habido entre los antiguos progenitores del novelista
una criada sometida a todas esas rabiosas indirectas, perseguida ensafiadamente en el secreto privado de la vida, d onde no se armara nunca
una cuesti6n de compafierismo, porque es solo una sola la que sufre el
mal trato.
Le habia costado trabajo encauzar aquella novela improba, pero yâ
la tenia trazada. Bastaba con que su protagonista pasase por muchas
casas )'. viese la tragedia de las otras compafieras y sufriera su propia
tragedia.
La habia hecho entrar en la casa caritativa, don de todo el dia abre la
puerta a los paniaguados de la sefiora, la pobre criada vapuleada, la pobre desqraciada tratada con terrible injusticia.
Hab1a recogido esas opiniones duras con que los sefiores opinan que
son muy brutas y consideran que, si no quieren ese trato deberlan no ser
criadas. Asi resulta que los sefiores, loque hubieran querido, es que la
que sirviese y que se emporcase en la servilidad a un extrafio, fuese la
sedorita de talento esclarecido.
Lo que pintaba con mas asombro el novelista es como todas las mujeres y muchos hombres, tomaban parte en los complots contra los cria41

�LA PLUMA
dos, se ponian de acuerdo para zaherirlos, se aconsejaban ensaiiamiento
y si uno de ellos pedia protecciôn para la pobre sirv1enta, era como si se
disputasen una v1ctima, como si se la comiesen a pedazos y los mas voraces se disputaban sus muslos y contramuslos.
Merece ser maldecida la humanidad por ese ensaiiamiento con que
trata a la criada, la victima estrechada, acorralada, victimizada en contraste con todas las fiestas del hogar, todos sus carifios y sus aniversarios.
iy después esas pobres criadas sufren el contagio de todas las enfermedades del hogar de extrafios y tienen que trasegar toda la miseria de
la enfermedad y ayudar a salvar a la duefia chinchorrera y cruel!
El novelista se acordaba de esas noches en las casas sumidas en la
sombra, cuando los parientes ya no pueden siquiera quedarse a velar al
enfermo de humor maldito y la pobre criada mantiene la temperatura,
y desaho~a de sus agobios la vida que se corrompe en la enfermedad.
No so1amente después, sino en ese momento, la pobre criada es tratada con injusticia, con recelo, icomo si se la pagase demasiado lo que
la pobre hacel
Nadie comprendera sus derechos a la sisa, su derecbo a enO'afi.ar, su
necesidad de disculparse un poco en falso para no ser acribifiada por
los improperios. Nadie se da cuenta que los unicos margenes alegres de
su vida estan en loque sise, en lo que logre escamotear, en los ratos en
que se haga la perezosa. Si no, no tendr/à un minuto de dcscanso y su
retribuciôn seria tan escasa como siempre.
Esa virtud que piden a la pobre criada es algo inhumano y desnaturalizado.
Su Micaela buscaria la casa de la felicidad y de la cordura sin encontrarla. Solo los primeros dias recibirîa cierto buen trato en todas las casas; pero en seguida de nuevo las sospechas, las humillaciones, los abusas, los «no hace usted nada», «nada esta limpio~, y otros ~nada~ que
descomponian su esfuerzo por completo.
El novelista pensaba seiialar mucho las diferencias de las casas distintas porque pasaba: casas sôrdidas de la burguesia, la casa de la sefiora que esta pidiendo todo el dia agua caliente, la casa de la sefiora que
cree siempre que la han quitado todo lo que se la pierde y hace constantemente un recuento de las cosas de los baûles y los armarios, etcétera.
Andrés habia pintado ya muchas interiores de aquéllas con sus cocinas y sus comedores alegres o tristes, pues en eso estaba mas que en
nada la suerte de las criadas, en que la cocina y el comedor fùesen alegresjy luminosos. ïTerrible comedor aquel todo cubierto con bandejas
42

LA PLUMA

y·
platos
lamentables
.
con
las cifras
blancas!y aquel otro con cabezas de ctervo
Y relojes oscuros
El novelista habla procurado d 1
.
chillos en el comedor silencioso d3{ ~s sensaJ1ones del ruido de los eu1
ban cuando, Micaela los cogia p~ra c~Î:~rl~s ee:i_y aban y se entrecruzaSe quedo parado largo rato en lac
. d a m_esa.
luces de rata, del ba rrio pobre vi dngoJa e ~a cnada, mirando Jas
brazos. pens6: «Ten
ue de~i~ en a un_a cnada con una botella en
O
loque dan por el cas~o de una boifie se Iles p1de con, gran desconfianza
a Micaela ~era pores?»a Ye mayor escandalo que la armen
Por hmr del agob10 de la criad
.
.
ap~~6 el gas, tomô su abri o su a, como st se d1ese suelta y asueto,
saho a la calle y se fué a cfs/
sombrero, y antes de lo convenido,

°

VI
Lo que denuncia hasta la 'd . h
locura loque son las visitas d ev1 enc~a, asta la c~a~ividencia, hasta la
la tinica visita que habia Jlegad cuithdoÀes una v1s1~a a un usurero. Es
O
El novclista no ten/a mas r
a . acer !1~rés Casttlla.
en sus visitas, sintiendo comoe~:dth'quhv1s:r1los y era de verle sentado
ban por todos los sitios y cômo se is me ~s le
estrados le encontraun candi! e1;1 sus gabinetes.
curec1a a v1 a como iluminada por
No quena escogerles como
• L
didos con sus nubes escalfada/!rsonaie_s. e res,ultaban demasiado sôrde tertulia, durante el cual las J° ~os oJ°s. iema que hacerles un rato
se llenaba de suspiros la h~biuic~6/as rota an con dificultad y encima
~on tan usurarios-pensa ba A n d res-que
,
ros».
lanzan por m{ los suspi-

?J

El dinero se quedaba en la
Andrés no queria que viesen en
ellos.

r~rr .

d l
e ~suredro un ~a~go rato porque
os tnS t mtos e avanc1a que él veia en

El novelista se quedaba rendido
d
.
usureros; pero siempre, a través del y_negro espu~s de Jas visitas a los
porque sus nove]as no le daban l b t1empo, neces1taba recurrir a ellos
Ono de esos d ias de visita do asta~te para dese~tra_mparse.
una especie de colilla luminosa e c~~phdoi en la sahta iluminada con
pagar~ después d~ pagarle.
, no o que e usurero se quedaba con el

-&lt;y el pagare?-preguntô Andrés.

�LA PLUMA
LA PLUMA
-Ya no sirve para nada ... Usted comprendera que yo no voy a ir
contra usted ... Si me quedo con él, es por conservar su aut6grafo .. .
-Es que mi aut6grafo vale mas que lo que usted me ha prestado-respondi6 con orgullo Andrés.
-Es verdad-dijo con aplomo el usurero-tanto que yo le propondria un negoeio ... Yo le dada doscientas pesetas por cada carta en que
usted me pidiese dinero .. •
. .
• I d
El novelista con tristeza, pero con dec1s16n, acept6 el negoc10. n udablementc aq uello le habia dado ya buenas pesetas ~ su . u_surero, pero
mas valia no tener en cuenta eso, pues era un negoc10 ongmal que habia revelado al novelista el genio usurario de su usurero ...
-Ahora mismo le ruedo escribir d~s O tres Cartas.. · .
-No-respondi6 e usurero-neces1to que estén escntas en su pap~
usual, ese que tiene el membrete de bulto ... Hay que dadas autent1cidad ...
-Es que me hada falta algun dinero ahora-insisti6 ,Andrés,:
-Bueno ... Pues puedo darle doscientas por el pagare, y manana me
trae doce cartas pedigüeiias ... Pero que ~ean conmovedoras... leh .. .?
-Descuide-dijo el novelista-, haran llorar al que las compre.. .
Andrés sali6 alegre y confiad? ~e la visita sangrienta ?el_usurero. lba
a explotar él mismo, con gran c101smo, ese deseo del pubhco de coger
en renuncio a sus grandes hombre~_, de ten~r en _la mano la prueba de su
miseria y su necesidad «1Ah!-se d110 Andres-si esos reyes pobres que
no levantan cabeza comerciasen con sus cartas».
El novelista veia que loque iba a hacer era una burla a~arga que alguna vez se descubriria, porque, e~t~e otras cosas, no pod1an estar muy
esparcidas Jas cartas, y eso descubrm~ la trampa.
,
Se imaginaba el aire de confiden~1a con que el, u_surero J?ropo_n~r1a
sus cartas: ((una carta del gran novehsta don Andres .de Cast1lla p1d1endo dinera ... »
• d
d ·
Aquello le molestaba un poco. Idealmente sent1a eseos e mtervenir de gritar: ((Mentira ... Esa es una estratagema»; pero acallab'.'- aquel
grito de su dignidad, su excepticismo, y el que pensaba d~s~ubnr aiguna vez en sus memorias el secreto de aquellas cartas, conv1rt1éndolas en
sarcasticas cuando mas valor fuesen a tener... •
. .
_
((jMe he quedado con la posteridad!», s~ dec1a Andres nsu~no, encontrando en su paseo por la noche la alegna de !os fo~os eléctn~os y de
las ·oyerias, ante cuyos escapara!es pens?. que el hab!a descub1erto la
pieJra filosofal y el modo de fabncar el diamante, gracias a sus aut6grafos de miserable.

VII
El «Barrie de doiia Benita» estaba ya casi acabado. El novelista habi3: puntualizado hasta aquellas sombras en punta que alargaban las esqmnas, y era? como ~n adorno los dias de sol en que se desenvolvia la
novela y hab1a ennov1ado al sombrio Rafael con la divina hija del trapero.
Lo que mas le g~stab,a al nov:lista era c6mo sabia aquello a barrio de
las afuer'.'-5 de Madnd, como tenta el tono sequerizo de la tierra bajo el
sol formidable de agosto.
1:,a hija del trapero ~esultaba _al mismo tiempo una biznieta de doiia
Bem~, y eso la dab~ c1erto arra1go en la tierra, como si la perteneciese
una c1~dad, como s1 fuese la dueiia de la tierra basta la décima capa
geol6g1ca.
Cad~ dia resultaba ~as ~ella en el barrio prosaico, y movia sus caderas de gitana ~on un aire mas gentil.
El padr~, .s1empre lle~o de coiiac-deb{a tener en algun lado de su
cuerp?, qmza en el ombhgo, ese sello de relieve de la casa Domech-, se
dorm1a en las mecedoras de la antesala de la casa.
La madre, con unas batas de percal con el estampado de las colchas
se mo~traba con s~ cuerpo de payaso, pues se trasparentaba su bata y'
ademas se entreabna.
«Para esto tenemos este hotelito en el barrio de doiia Benita para
esto, para estar c6modos, porque si lo tuviese en la Castellana y~ seria
otra cosa.»
Qué de dispu~s ~on Raf3:el porque se queria llevar lo mejor de la
casa, aquella mu1erc1ta _con t1po de marmol desembalado de la tierra,
aquella morenaza ~on c1erto bozo gracioso sobre el labio.
Esta~a romantlzad~ por aquel ambiente. La habia pretendido el general ret1~ado del bam~ y hasta el ~ura de la_parroquia, que decia tener
muchas nquezas en su t1erra, la bab1a promet1do ahorcarloshabitos si ella
queria ~sarse con él. Habia sido la locura, el pensamiento del barrio
desgrac1~do, desde que se levantaba hasta que se acostaba. Nadie habia
conse~mdo nada; s6lo Rafael habia podido convencerla, y por eso habia
un odio ,concenti:ado contra aquel extranjero.
El numero _c1ento ochenta y nueve escribi6 el novelista en un rinc6n de ~a cuart1lla que iba a escribir, y después fué dando forma a su
pensam1ento de este modo:
«Todo ~l barrio d_e Dona Beni/a esta lleno de pequeiias torres que /,e dan

una gtan tmportancia .•. Cada lorre intenta 11nundaY tm ltidalro pobre.
45

44

�LA PLUMA
LA PLUMA
Se destacaba a lo lefos como un pueblo caido alll, como ese carro tktenido en medt'o del camt'no p(/rque se han caido un par de sus mulas.
Rafael se conmovia caqa vez mas ante aquel ct:,serio al que se le h~b{a~z
saltiio las ruedaJ y se habza quedado nlU, aunque tba a otrajJar!e, mas alla,
a ese terreno lo bastanle lejos de Madn'd, para formnr u1~ P!teblo prô&lt;pero.
Alli t'ba a estar una eternid'ld como estaba, pues la pro:nmzdad de Madrid
evitaba que fiuse un pucblo autoctono, y sôlo scrfa rrande cuando el lento
ensanche de Madrid por ese lado alcanzase al b'l rrto . . .
f-ra el intmto de un p11eb!o como formado por /o.~ np~os 'V cascotes ~ue
hab/an sido echados en aquel desmonte en el que habia aun el rumornatwq
de los carros trasegantes cuando se suelta,~ sus varas y hay ese desprendtmiento de tierri!f,S que pauce el de 1ma catastrofe.
.
El i·r a casarse con Rosario era como él sabîa muy bien quedarse en
aquel barn·o, no levantar mds cabeza, quedarse en el caserlo del fracaso,
volverse medio tefero medi·o muerlo de los que son enter.rados en los cementerios extraviaiios.
Eso si, tenia una ventaja que equ{valfa .a la del bi'enestar de la perfeccion en un mundo en que no podia consegmrse ese estado perfecto, .Vera la
ventoja de que metido en el barrio de Dona Benita podda ponerse todo !~ ,
feô y lo desgalichndo que quisiera, y Rosario se podrla estrc•pear loque qtttsiese y ha&lt;ta ennegrecerse por una sûbita enfermedad dtl c~bre.
Aqiul emparentnmimto ron traperos le suponia contagzarse de todas sus
lacras, de todas aquellas sarnas con que devez en cuando tenta que resquebrajarse stt pie!.
Rafael ya entraba en la casa :v sonreia al vn aquel jardi·~ctÏo que_ ni
era como fo" de la Prospcridad. Era un jardindto mds corraltllo que Jardin, con dridas vistas alrededor.
-Una vez-decia el t,,apero-me encontré un dedal de 01 o, que conserva
guardado para cuando Rosan·o se despose ...
- Y yo-decia la trapera-encontré una pulsera, que solo cuando se case
la dari...
. .,
Rosan·o no tenia verroenza de sus padres y los escuchaba extaszaaa.
Qut'zds los habla ùiea!iz~do al sentirse ta_n com~da en aquel ko!el rue tenfo
horas de una intimidad como la que pudtera dts/rular el me;or rzncon del
mundo.
h
..,_ l'''
Ra:f.iel conoda ya a muchas personajes del karrio .Y l~s abia temav a it
de tertulia. Hablaban como seres de otra especze, como !tpos de un plane/a
mds basto y completamente distinto.
.
-Yo fui gobernador de una t'sla de Filipinas y _Podia /Jefar a los indlgenas, y hasta a veces los mandaha matar...- Y reta aquel ltombre desd,entado, que olia a aceiïe .ù hfg~ de bacalao.

46

. - Yo era como la reina -decia su mujer, una vie/a horn.'ble a la que secaoa el sot de l,1 canlcula.
. -Yo ~10 hubiera ido alli... Yo no he quert'do perder ni un amanecer de
nu Madrut-decla el trapero.
Entre ;sos didlogos de las eternas visitas, Rafael preguntaba a su novia:
- Y tu. me querras mucho ...
-Yo estari st'e~pre abrazada a tu cuello... Colgarl de ti como /as enredaderas de la ver1a ...
Y Rafael se quedaba un rato con los ojos entornados, disfrutando la
voluptuostdacf de aquella propu_esta ... lbci a vender m alma a la pereza, a
la _voluptuoszdad, t:, fa abyecczôn. lba a. entregarse a to pùztoresco como
quten se queda a vzvtr en una jactoria le;ana.
'
No acababa de ser de esos hombres que aman las costumbres exdticas
se unen .a. una negra y ~e '"-'l';eren de disenteria encontrando 1:ncantos de defcompo~zcûJn en Stf propta d~senterla. El después de todo no se z'ba le os de
~adnd, )' cogena el tranvza del centro algunas veces para pasearse p:lor la
ctudad y pensar la que podrla haber sido ...
Hsta/;a tesuelto Rajael a rasarse con la hija del barrio de Do B ·i
con la bell~za ideal de aquella tribu perdida, no tan salvaje que:: n!;:.e~;
en tlla uniformes y sombreros de copa.
.
Lo ûnic~ que le pasaba es qzu no ncababa de comprender el alma de
aquella mu7er. Su belleza la comprendta, y ya sabia él por donde tendrfa
que entrarla; pe, o su alma no la entendia.
Muchas veces se q_uedaba mz'rando Rafael aquel color cmdo y blanco de
su roJtro muy ~nharz_nado, y p_~nsaba que aquel color se lo daba su atma
poniendo ttn 11zso de imperfecczon sobre su perfeccùJn, un viso que solo pod{a
comparars; en lo desagradable al que pone la p,cadura de las viruetas.
-1Que me ocultas?-la preffuntaba, por desconcertarla.
-Nada-contestaba ella secamente.
- 1Nunca._ te b1uc6 el ladron...? 1Nadie te dto un beso...? Juramelo ...
-Yo no Jttro "!ada-contestaba ella-. Y se quedaba rota la unt'on ue
se /ormaba en elJardin en (ftte habia mds canas para sostener flores que
fl:ore~, rstando la ~egad~ra_ hrada como un chiquillo que se ha cafdo e! el
Jardin de la _apatta, ~htqutllo al que 11adiP levanta...»
N

E!

novehsta cammaba con cautela hacia el capitulo en que descubria
la ac1aga verdad, que _hacia a aquella muchacha tan verdadera y tan
arre~ata~ora y tan muJer.
S1gu16 el nuevo capitulo, y comenz6:
«Aquel·a tarde Rafael busco la sombra del Café de la Verdad, mientras
se despertaban de la stesta los padres de Rosario, que tenian prohz'bùio que se
47

�LA PLUMA
abriese la verja a nadie dnrante la siesta, pues hab!an oldo el cencerro que
movfa la puerta al entreabrirse.
El Café de la Verdad ten:ia algo de sombra de caJedral, de sombra de
primitiva casa de baiïos, de sombra de andw confesionario. lin medio drl
sol qu, cubrla los a/rededores arcillando la tierra )' ddndola la ittnicia de
la canicula, aquel rejugio anclw y obscuro al que consolaban las mesas de
mdrmol y las l,zzas de porcelana, era de una exaltaciôn rejugi.inle aamirable.
Rafael percibiô los grupos de tentes con las posarùras, muy metidas en
los asienlos y ws cluzlecos mtreaburtos, )' escucho el 1 uido de las fichas del
domino, refrescanles salpiqueos que levantaban chispas de frescor en los violenlos golpes como los del aldabon y el pedernal.
El l afé habla sido regado como un jardin, hacilndole et mozo las filigranas de la vaiuica que saben luzcer las regaderas sabiaj, el gran rubriqueo en qne se simien enredosos nota, ios.
Rafa.,l buscô un rlncôn por el que se alcanzaba a ver ws rendijas de
vida que se veian por las penianas de made1a de las ventanas.
Poco a poco se fui trasluciendo el Cafl y destacd11dose ta sala. Los espejos, tapados con ws vews rosas con que se cubren las /ru/as en el verano
-Jqul bien les sien/an a ws alboricoques!-e1 an ws ûnicos adornos amortaja{Û)s de Las paredes.
Ra/ael esperaba alli, ponilndose rejrescanle bigote blanco de espuma al
dar sorbos a su bock de cerveza, la rubia cerveza contra las insolaciones.
De pronto, de la mesa del fon{Û) se lev,mto un muchacho y se acercô a
Rafael. Bra el pn'mero ffUe conocid Rafael en el barrio de Dofia Benita y
con el unico con qui'tn simpatizo desde el principio.
Se disculpo por ira interrumpir sus pensamienlos,pero queria hablar
con ll, «.hacfa tiempo que queria hablar con usted».
-1lnsislt usted en quererse casar con Rosan'o la del traperor-le preg,mt:j a boca de jarro, ddndole la perdigonada tanio en la cara como en el
corazôn, porque fui tma gran perdigomida en abamco, en embudo.

RAMÔN GÔMEZ DE LA SERNA
(Continuarâ.)

LETRAS BELGAS
~lgunos meses hablé ;qui del h
.
Qu1siera boy llamar sobre otros d:moso_ hbro de André Baillon.
gentes de Espaiia que se a
.
cscntorc.9 Ja atenci6n de las
.
pas1oncn a(m
pas16n que:: en esta cdad ta t
por cl dolor y por la vida
n o escasca El
·
•,
.
cuya reputaci6n esta mas firm
.
pnmero es una mu'er
~él~1ca,_ donde Ja mogigateda hip6crita y ~~ente ast-ntada en Francia qu;
IIlStituc1ones de la Iglcsia y del Estado· 1 ~ crror de la vcrdad son todavla
do, pocos conocen en Francia s,·qu· . alu o a Madame Necl Doff. Del seg
gun
•
1cra e nombr
unoa arhstas se han percatado de la
.
c, y en su pais, solamcnte al
amargura: es J.F. Elslander.
PUJ&amp;ma y de la sinceridad de su ir6aic~
Acx

e;

* * *

. En el punto y bora en que cl rcalismo s
.
nedades de la cadulteritis•, Madame .Necl e i•solvla ~a aaécdotas y en las vacru~l y generosa sobre las fueatcs ve d d
off arroi6 bruscamentc una luz
rac16n. Nacida en Holanda su ,· r
_r a eras del sufrimicnto y de la deses
Il
.
,
0tanc1a transe •,
peezas trag1cas-la palabra no es
.
urno entre las brumas y Jas b
1
• .
exces1va-de A
eesccnc1a vmo a Bélgica, donde trab6
.
mstcrdam. Al salir de la ado
•ci 1 •
conoc1mient
rcu os intclcctuales•. Mucho ticmpo e t
. o con los que suele llamarse
o b ra-de uaa conccatraci6n y de una ho s uvo sm
esc
"b
·
.
. ri ir, Y no acometi6 su
edad en que casi todos los literatos co ~ogcne1dad impresionaates-basta la
c~recer de fuerzas nuevas. En cuatro v:i':niaa si no a decaer, por lo menos a
CJ6n. Dos fueroa publicados antes d I
meocs se cncierra boy su produc
c a guerra ·• JOUrs
-:r
_, ramine
"'
4
ue
el de /)e Iresse49

�•

,
LA PLU :\JA

LA PLUMA
1 mltier se agraDda para producir
y Contes Farotlches. Los otros dos, CD que e d Keet1e y redeDtemeDte Keetye
novelas, después de la guerra: el aiio pasa o
'

...

trottin.
.
de los 6ltimos libros de Nec! Doff y del
No cmpleo a la hgera, al hablar
1
1 palabra mllier. ED cfecto, la
e se desenvue veD, a
.
marco, mas vasto, CD qu
t estuvieroD por mucho hempo en
'b'
1 geDiO de este au or
técnica de escn ir y e
medio de expresi6D, el francés, lengua que
conflicto. No solo empleaba, como
d
aso con las dificultades de compo.6
d pero tropezaba a ca a P
. . C
aprend1 ya tar e,
t 5 de un largo aprend1zaie, on
6lo
pueden
vencerse
ra
sici6D y de estilo que s
N 1 Doff emprendi6 la carrera de es.
•
que Madame ce
todo, la inexpenencia con
.
da llamarse cde j uventud• .
. d h ella en un hbro que pue
1
critor no ha deJa o u
.
tos en Comoedia que forman e
. •6 d s s pnmeros cuen
'
Desde la pubhcac1 D e u
h'zo DOtar por la concisién y el
o
· e el de Detresse, se 1
volumen 'Jours d e ,-amm
. . tos y la angu5tia en que se
·1 L
t:reza de los sent1m1en
equilibrio del esb o. a .osp ·
d
sin fausto que unicameDlC
templan, hallaron desde luego las pyala_bras ura~t: que Nec! Doff, satisfecba,
. 1
plenitud
vmo a resu
.
podian traduc1r os en su
. . b tal
se entretuvo en hacer expenml/ier s6hdo y ru , no
·
y con raz6n, de ese
.
l
·1 ecetas y recursos de que usan, sm
. .,_ •t
conqu1star as m1 r
·
mentos JDutl es para
. . . d .
perta y como temerosa, sm
sadores S1gu16 sien o mex
•
,
1
modestia, todos os pro
.
.
rdiente aspera y extrada. Ningun
falsas apariencias, sin mundana elegaDc1a-a
'
artista se lo reprocbara nuDca.

1
s lorias genuinas, acaso no baya
La literatura femenina, que cuent~ a gudnal ~ lo XX Un Dumcro imponeDte
L
b ·11 t que al com1enzo e s1g
·
C
sido nuDca m..s n an e
d lias pienso en Madame ot' en talento y algunas e e
h
d
de escritoras e oy •en
'
s aenios y el porvenir lo prolo menos tres son uno .,
•
lette-mucho ta1ento. P crO
d'
Selma Lagerlof; una
sotros· uDa escan JDava,
clamara COD mas fuerza que no
~ 1 d a que escribe en francés, Nec!
alemana, Elsa Lask:er-ScbUler, y UDa o an es '

Doff.
•
..
ara estudiar con detalles la carrera liNo dispongo aqw del s1l10 basta~te p
tema es 6nico· la situaci6n lasteraria de Nec! Doff y analiz:ar sus h.~~~• cuy: trata de reha~ilitar la prostitutimosa de la mujer coDtemporanea. Id ., ~bo' s
caso mas o menos interesan
sos ni de escn 1r un
ci6D a la manera d e 1os ru •
.6 "de Nec! Doff se coDCCDtra
'
· Phl' e La atenc1 n
te, al modo de ~harles-~ou1s, L tpp . ad la crisis fisica y moral que la acomen la adolesceDc1a; la ps1cologia de esa aled d' d
. auguran para durar toda la
"d b
cent e a se10
paiia,:y ciertas servi um res qu d 1 t
Ni propaganda social ni relato desvida, predomiDan en la voluntad e au or.

so

tinado a divertir; nada de lo que caracteriz:a, como dejo dicho, la decadeDcia
del naturalismo. Neel Doff produjo testimoDios humanqs, UDa documeDtaci6D,
en el n:ejor sentido de la palabra. No evoca, en el marco septentrional en que
pone sus libros, arrabales de Amsterdam, tugurios de Amberes, la psicologia
romaDtica y artificial ya delineada por doscientas novelas en cincueDta aiios;
sabe bablar del amor siD salacidad, del celo sin bestialidad, del trato sin indifercncia, y se percibe su apasionado respeto por el dolor ajeno.
Kee:ye trottin, que acaba de publicar, es su obra maestra y uno de los libros
mas grandes de nuestro tiempo. En él evoca (que no describe) la tentaci6n que
precede y acompaiia a la pubertad en las muchacbas. Keetye aprende a vivir
en la miseria de Amsterdam, con todas las tentaciones que una gran ciudad
brinda a una niiia, con Ios misterios de que la rodea y las decepciones que
acompaiian a sus descubrimientos, y con el afan de absoluto que la empuja
hasta el borde de la locura. Este libro, sin asoDto, y casi sin acci6n, ensancha
el area de la piedad.

•• •
J. F. Elslander, por su parte, como ha luchado y padecido tanto por la emancipaci6n de los espfritus, como sus libros doctrinales denotan una pasi6n tan
sincera, y sus novelas una clarividencia tan ir6nica, es naturalmente objeto de
enemistades y sospechas de todas suertes. Por desdicba, la hostilidad de unos
y la indiferencia de otros han concluido, gravitando sobre él dia tras dia, durante mas de treinta aiios, por suscitar en J. F. Elslander una especie de apatîa
o de indiferencia, ya que no de desanimo.
J. F. Elslander pertenece a ese género de revolucionarios que desprecian Ios
ademaDes roméfoticos, las conjuraciones y los motiaes,-Io que constituye el vado alarde de un movimieato. Siendo joven aun, comprendi6 la necesidad de
conquistas mas !entas, mas duraderai1, mas pâcientes y también mas decisivas,
y que no podra realinrse nada si no se libera el alma de los niiios de todas las
convenciones y opresiones sociales que vieDen a saturarla desde la edad m.is
tierna. Persigui6 con tenacidad la conquista de la escuela, la reforma de la ense!ianza, sin las que nada puede Jograrse. Su trabajo discreto. su abnegaci6n en
aras de UDa causa demasiado bella para que fuese gloriosa, dnraron veinte aiios,
Profesor en un arrabal de Bruselas, pudo corroborar por experiencias abuadantes sus teorias pedag6gicas, basadas en ,.1 respeto de la individualidad y en el

s1

�•

LA PLU .\ ! A

LA PLUMAI

1,

desenvolvimiento libre de los espirilus. No contento con obtener cada aiio resultados practicos notables, escribi6 un tratado sobre la Escuela Nueva, en c!os
volumenes, muy discutido en el extranjero y traducido a varias lenguas, que le
vali6 la simpatîa y la ad.niracion de todos los pedagogos. Elslandcr fué, entre
otros, el inspirador y el consejero de los esfuerzo.i y tanteos d~ Francisco Ferrer en Espaiia. Se hizo sospechoso en Bélgica por su propaganda y tuvo que
abandonar la enseiianza, en tanto que sus antig&lt;1os jefes organizaban, en torno
de su obra, un riguroso bloqueo iotelectual.
J. F. Elslander luch6 de esa suerte por una especie de misticismo, y porque
le sublevaba la estafa formidable de que son vktimas constantes e inocentes
el cerebro y el coraz6n de los niiios. Luch6 con la pasi6n y el desinterés de un
artista. Ya babia escrito varias novelas, y una de ellas, Pb.ques. de vivo color flamenco, le vali6, después de Eckoud y Lemonnier, los honores de un proceso.
Libre de las preocupaciooes cotidianas de la enseiianza, refugiado, merced al
apoyo fraternal de un amign, en el fondo de una vida nueva mas tranquila, escribi6 dos libros que se leeran mucho dentro de vcinte aiios, y parecerân entonces obras maestras en la literatura del paîs y en el estudio moral de su tiempo.
Esas dos novclas, antcriores a la guerra, Le iW:usée de M. Dleulafait y Parrain,
reb3san con su inteligente dtira los Hmites de las provincias del norte donde
ocurre la acci6n. Costumbres provincianas, tipos de laoradores riens, entreverados por la civili.zaci6n de las ciudades, pequeiios burguescs de cabeza de partido 1qué ticne que ver todo eso con el marco flamenco o brabanzôn! El triunfo
que la crltica francesa ha dispensado rccientementc a la traducci6n de una no•
vela del grao novelista de lcngua nccrlandesa, Cyrille Buysse, Le Bourriq11el,
es sin duda mcrccido; pcro mas digno hubiera sido de las obras de J.F. Elslandcr. En Buysse, la anécdota siguc sicndo cl fin o por lo mcnos, el objeto principal del rclato. En Elslandcr es solo un mcdio, y lo mas ,a mcnudo una diversion sccundaria. La ironîa no es supcrficial, pcnetra, por el contrario, basta dei.cubrir en el alma de cada pcrsonajc lc,s elementos de ctcrnidad que le ligan a
su clase y las dcformidadcs profundas que simbolizan su siglo. Nadie ha mancjado la satira con tanta maestria como los inglesPs; pcro Elslander es uu discîpulo nc:ntajado, cuya ironia no pcca jamas de mezquina. No llega en sus investigacioncs psicol6gicas al patetismo que arrebata en las de Ncel Dolf; pero ningun escritor bclga y poquisimos cscritorcs franccscs, ban accrtado a poner de
relicve el carâctcr francés con tan ta sutilcza y tinta se):uridad en lo c6mico.
J. F. Elslandcr sabc cscojcr, cquilibrar y componer, sabc sacrificar lo no cscn-

52

cial y dar a los cstudios de costumbres co f
de !incas que los cngrandccc.
' n usos muy a menudo, una scncillci
Después de Parrain no ha publicado ad S b
sonrisa, y oculta bajo un filos6fic . . n a. e a pucsto la mascara de una
'
o cm1smo un alma ardiente
.
d
de tcrnura y de c61era capaz sob t d '
, apas1ona a, capaz
'
•
re o o, de abnegaci6n H
d"d
supcrio r, magnifico en que ya I
b" .
• a asccn 1 o al piano
'
a am 1c16 n no existe e
1 1 r
cgoista; en que el afecto no es s
b
.
• n que a a egr a no es
r1bros con curiosidad rcspctuosa·ospec. , oso. Qu1za sabe que e1 porvcmr• 1ce ra sus
de letras, posible.
'qu1za no 1o crce. Porque es lo menos «h ombre

J. F. Elslander se vcnga de la injusticia de
.
obras ajenas contra la inco
.
que fué ob1eto defendiendo las
mprcns1 6 n la malicia c
d
sobre todo, tienen en él un am 1·g0 1 a1'
1 . .
ovencna oras; los pin tores
e Y c anv1dente.

* * *
Baillon, Elslander, Ncel Dolf: talcs son los
honran a su gcneraci6n.
que, dcsprcciados por Bélgica,

PAUL COLL~

53

�LA PLUMA

LETRAS FRANCESAS

m

'

han confirmado en gencral los pron6sticos que formulé aqui
acerca del premio Goncourt. Un alud de libros, aparici6n brusca
de novclas, acoso de los jueces litc rarios por los au~o~es, intrigas de toda cspccic, cabalas sin no!'.llbrc; el mes de d1c:1embre no
ha sido mas que una larga y lastimosa comedia ofrecida por los hombres de
li

letras a la galeria, que con cllo se divierte.
Pero al meoos, los verdaderos escritorcs, ihan sacado algun provecho de
esa publicidad cscandalosa? No es muy seguro. Sin embargo, si alguoos libros
medianos han alcanzado cl Jauro, otros han surgido que son los verdaderos
triunfadores, sobre los que hcmos de llamar la atenci6n del publico. Veamos
unos y otros.
Por de pronto, Batoua/a, de M. René Maran, que ha logrado el honor del
prcmio Goncourt. Lo menos que puedc decirse es que la obra es medio~re, de
una hechura, un estilo y una composici6n gastadîsimos hacc mucho tiempo
iTambiéo la Academia de los Diez ha querido acatar la moda, dirigida al prcsente hacia lo negro? &lt;Ha qucrido contribuir al encaprichamieato por cl arte
negro? (Sabido es que M. René Maran es un hermoso tipo de ncgroide.) La verdad, no se sabe. Pero el hecho de que csa asarnolca de cscritorcs baya preferido e sa obra informe a una obra co.no L'Epithalame, que no es ciertamentc
perfecta, pero que cncierra trozos cxcclcotes, o a La Cavalière Elsa, que descubre tan fuertc preocupaci6n de originalidad verdadera, es enteramente dcsconce rtante.
,Quiere esto decir que Batoua/a carezca de interés? No, por cierto; pero es

54

una especie de ensayo, sin profundidad, sobre el alma de los negros del Africa
ecuatorial, una serie de escenas colegidas del natural, sin enlace a parente, y
que no tienen ni el mérito de la novedad ai el de la frescura. !\f. René Maran
no ha buceade profundamentc en los corazoncs que pretcndia explorar; nos
da la impresi6n de lo superficial, casi de lo artificial. Ninguna emocion espontanea, nioguo grito brota verdadcramcnte del scr. Una especic de trabajo mct6dico, ejc cutado friamcotc por un obrero bastantc babil que conocc bien el
tajo y sabe sacar un objeto curioso. El tal Batoua/a es una cosilla de poto mas
o menos, casi nada.
&lt;He dicho que Epithalame, de M. Jacques Chardonne, sea una obra sin de fectos? Es demasiado larga, mal cornpuesta, llena de obscuridades y de chuecos•; pero desbordante de savia, escrita en una lengua muy curiosa, con un
mét~do muy particular y que dcscubrc una originalidad innegable. Libro de
reahsta, pcro de un realismo sin sequcdad, nutrido de jugos, que mas de una
vez ~ace_ pensar en la manera de L'Education sentimentale y de Dominique. Es
la h1stona de una pareja, parecida a tan tas otras, que poco a poco se desunc,
cuyo amor se deshace dia tras dia, eœpujado por las circunstancias, envenen~do por mil cos_as, inofensivas en si, pero que, en conjunto, constituyen un
d1solv~nte enérg1co. Notaci6n minuciosa de cicn cosillas superficiales, de mil
sensac1ones menudas, en que triunfa cl arte d~ M. Jacques Chardonne. Es Jibro
que de be leersc y que hara época.
La Cavalière Elsa, de M, Pierre Mac Orlan, denota las mismas cualidades
q_u_e ya conodamos eo el autor de L'Etoile Matutine, imaginaci6n brillante, afic100 a las aventuras, aguda pcrcepci6n de lo humaoo. Eo el fondo, cuando
M. Pierre Mac Orlan escribc, c incluso cuando se trata de uoa historia tencbrosa, siemprc habla un humorista. Esta vcz se trata de uoa verdadera epopeya, la epopcya del cjército bolchevique, que el novelista se imagina atravcsando ~uropa en son de conquista, mandado por un marimacho, la cavalière Elsa,
caricatura de Juana de Arco. Ya se adivina lo que la fantasia de Mac Orlan
puede sacar de csa premisa. El libro es movido, pintoresco, divertido casi
siempre.
En Le chateau sous les roses, de M. Pierre Villetard, tropczamos con un taJento,m~y dife rcntc. M Pierre Villetard proccdc de René de Boylesve; su novela ultima es una nucva prueba de s u filiaci6o litcraria: Delicadeza en el analisis, profundidad de la cmoci6n. Los pcrsonaj es de csas obras sutiles son
seres raros, pero no dcmasiado cxccpcionales. Son, por lo general, mujcrcs

�LA PLU~A
j6venes, o muchachas, o nii'los, seres muy cercanos a la 'laturaleza, en los que
vibra el instinto sobre todo. M. Pierre Villetard es excelente en las impresiones de frcscura, de pureza, de gracia sensible y lilial. Corno en su Maison des
sourires, cl medio obra poderosamenle sobre csas individualidadcs un poco
blandas, las transforma, las conduce al objeto de su destine: en Le ckateau sous
les roses, los csplcndores de la naturaleza mediterranea favoreccn la rcvelaci6n mutua de dos corazones que se buscaban.
Pero la conclusi6n de ta! literatura no es optimista. Corno en la obra de
René Boylesve, la mayor parte de esas aimas generosas sucumbcn bajo el peso
de sus emociones. Sensibles en demasia, padeccn mil muertes, o bien una fatsa piedad o un remordimiento cxagcrado las roc. Los escrupulos, como una
cnfermedad, acaban con ellas. Son historias bonitas que concluycn muy mal. ..
Las que nos cuenta M. Eugène Moutfort son de un artc mucho mas rcalista
y directe. Tres novclas cortas reuoidas bajo el tîtulo de Brelan ,na,·in, todas
tres sabrosas en extremo. Sc ha dicho que por la concentraci6n, haceo pensar
en cl Mérimée de la Venus d' Ille, y el dicho es bastantc exacto. En cada una
de esas breves historias, M. Eugène Montfort nos pinta el natnral con rasgos
cscuetos, dejandonos adivinar, detras de esa fachada, todo un muodo misterioso v desconocido. Uoa de esas historias ocurre en Palcrmo, otra en Barcelona, Îa ultima en Guernesey. Son muy adccuadas, por decirlo asî, al medio
que las rodca, y conceotrao en si el sabor de esas tierras. Son tres altos piotorescos de un viajero infatigable que es, al propio tiempo, uno de los mejores
oovclistas de hoy.
Al termioar esta rapida revista de las novelas buenas publicadas el mes
pasado en Francia, me qu~da por sci'lalar dos libros que dcben a la actualidad
parte de su interés. El uno se titula La Comedie Française, escrito por madame
Dussane, una de las asociadas jovenes de la Caso. de Molière. Corno ahora se
cclebra el tri-centenario del nacimieoto dd autor del 1'.fisalltkro_pe, la Comedia
Francesa atrac la cnriosidad del dîa, y puede hujcarse utilmente la obra de
Mme. Dussane. Es una de las mas concienzudas e intcresantes coosagradas a
la compaüia del ilustre Teatro, a los intérpretes;, a los au~ores y al aparato
cscénico. Mme. Dussane rcpasa la historia cotera de la Comedia Francesa,
desde Molière hasta nuestros dfas, con erudic16n s6lida y ligera a la vez, que
le honra.
E l otro libro es una reedici6n de la Vie de Pasteur, de M. Re!Ié ValleryRadot. Sabide es que este afio se celebrara en Francia el centeoario del naci-

LA PLUMA
micnto de Pasteur. Cuantos sicoten admiracioo por el grau sabio leeran con
provccbo csa historia de su vida, cscrita con sen cillez y conciencia. Un hombre como Pasteur no pcrtenece a una naci6n por modo cxclusivo: su genio lc.elcva al rango de los scres humanos superiores.

Abandoncmos esas alturas y volvamos a cnfaogaroos en cl tcatro contemporaneo. Entre las muchas obras que han aparecido en estos tiempos ultimos,
ha_y dos que ofrecen igual intcrés; ocurren, sobre poco mas o menos, en la
m1sma csfera, pero cstan escritas de modo muy diferente. Una es La Possession, de M. Henry Bataille. Otra es Cke,-ïe, sacada por Madame Colette de su
novcla de igual titulo, en colaboraci6n con M. Léopold Marchand.
La nucva obr:1 del autor de La Vierge folle no ha tenido lo que se Hama
buena Prcnsa. Le han rcprochado a M. Henry Bataille su realismo, su audacia, el subido color de su piotura y el atrevimiento de sus ideas. Tales reproches-merecidos en su mayor parte-no nos hacen mella, y mas rigurosa
cucnta le pediriamos al autor por habcr trazado uoa silueta mudable y borrosa
&lt;le la heroina, que por haber pintado con tanta crudeza el medio en que vive.
Tratandose, como se trata, del muodo de la galanteria, preciso es confesar
que cra dificil trazar un cuadro vcridico que fuese al propio tiempo inocent6n. Asî es que, cuaado vemos a una mujer vender a su propia hija como un
comerciante podrfa veoder una mercanda de lujo, s6lo a medias .:ios asombramos tcniendo prescnte que csa mujer fué en sus tiempos demi-mondaine. Esto
no lo ha hccho notar la cdtica, y es indispensable decirlo si queremos comprender bien la atm6sfera en que el autor ha colocado a sus personajes.
Por cl contrario, es, mas que moleste, irritante ver c6mo cl caractcr de la
h croma
'
camb'1a bruscamente de un acto a otro, sin que nada venga a preparar
una evoluci6n de esa e!&gt;pecie. Presentada en el acto primera como una mujcr
codiciosa de dinero, aparcce en el segundo sentimental y sensual, sacrificando
a la pasi6n su parvenir enlero. Cambios bruscos de humor que muestran hasta
qué punto la psicologia de es.. mujer esta mal definida. No podemos entrar
aqui en mas dctalles; nos limilamos a haccr constar la insuficiencia de un analisis tan rudimentario. Evidentemente, La Possession no quedarâ como una de
las obras mcjores de Henry Bataille.

57

�LA PLUMA
Sin tantas pretensiones, los tres actos de Colette y de Lé,,pold Marchand
han tenid" mejor éxito. La aovela de Colette es una de las mas deliciosas que
ha escrito. Hay en ella la amoralidad, el don de la vida, la percepci6n de l?
pintoresco que hacen de esta mujer de ktras extraordinaria uno de los pnmeros escritores de su tiempo.
Trasladada a la escena, la obra novelesca no ha perdido originalidad como
pudo temerse. Ese mundo de superior galanteria sigue siendo asombroso Y los
colores con que lo pinta igualmente vivos, y los persooajes sigueo moviéndose por la misma inconscieocia de animales j6venes sueltos por el vasto_ muo(lo. Es un estudio de costumbres estravagaote y veraz, que gaoa en reheve a
la luz de las caodilejas, obra de un escritor verdadero por lo que me place
meocionarlo aqui.
La comedia fraocesa s61o ha acertado a medias con Aimer, obra nueva de
Paul Gerald y, estudio de psicologîa muy fi.no, pero demasiado largo y de aoticu.ada hechura. Es uoa de las ionumerables obras que han salido del teatro de
Georges de Porto-Riche, en que el drama interior adquier~ 110 desarrollo en
verdad exagerado. Consignemos, de todos modos, que la obra, literariameote,
es bueoa y que ta encootrado un marco propio en la Casa de Molière.

,, ,

JULES BERTAUT

•

1

.

'

58

LIBROS y REVIST AS
LuJs y Ag11stin Millares.-Companeri/o.-Ediciooes dl" L.t PLU11LA.
La coofusi6n de géneros a aue propende la literatura moderna es uno de
los mayores males de que adolece; y su ultimo resultado, la superproducci6n.
-valga el barbarismo cinematogrâtico-de ca6ticas elucubraciones con que
solicitao las dotes adivinatorias del lector ciertos escritores cuya vaga aspiraci6n a la expresi6o babélica universal se manifiesta en hîbridos ensayos, predomioaotemeote lîricos por lo geoeral, sin suje ci611 a ninguna de cuant.as normas preceptivas puedeo deducirse de los modelos clâsicos de todos los tiem•
pos. No es este el caso de los hermanos Millares. Pero bueno es hacer la salvedad y fijar de antemaoo los términos de nuestra apreciaci6n, ya que su labor
literaria, en que son excelentes las dos obras que componen este volumen,
tiende a fundir los elemeotos propios de la narraci6u y del teatro en el cuento
dramâtico, realizado de una manera cabal en Compaiierilo y La ley de Dios.
No se trata de uno de tantos intentos del llamado reatr o para leer, en que la
forma dramâtica se reduce a la adopci6n de la tipografia mas adecuada al dia.logo, con lo cual disimula el autor su monologo ante el rnundo exlnior, cuya
proyecci6n impersonal se Je resiste. El cuento dramâtico de los !11illares participa del cuento y del drama sin detrimento de su composici6n, es decir, sin que
se advierta la soldadura que suele menoscabar el interés de toda novela tras- plantada al teatro, ni meoos la hinchaz6o exegética con que se preteode, a veces, aiiadir virtud literaria a las obras ~eatrales al editarlas para su lectun;. El
mayor precio de estos cueotos dramâticos es la cvideocia con que la intenci6n
del autor se muestra consustancial cou la forma empleada. Evideocia pareja de
la que constituye la fuerza, la importancia trasceodente de un Maupassant.
He aqui un nombre que ha de recordar, sin d uda, en iotimo elogio de los
Millares, quieo lea Compaiierito y La ley de Dios. Comparaci611 que, por otra
parte, podemos hacer hoy, libres de las preocupaciones circunstanciales anejas
al naturalismo en ;;us tiempos de cuution palpitante. Maupassant, Gald6s, conciliados en un sentido personalisimo de la rcalidad artistica, puedeo se rvir
de punto de partida al critico que quiera situar 16gicamente la produc-

�LA PLUMA

LA PLUMA

,ci6n de estos escritorcs canarios. Para quienes la patria nativa no es simple
pretexto de escenarios y tipos pintorescos, s(no como en el caso de un_ Salvatore Di Giacomo en Napoles, elfo11do necesar10 a las figuras por ellos anu~adas
de sentimientos universales, si, pero con caracter propio, por el que adqu1eren
una personalidad dramatica :nconfundible.

• * *
Luis Araqulstai n.-Las columnas de Hércules.-Farsa novelesca.-Mundo Latino, Madrid.
La actividad literaria de A:-aquistain empieza ya, por superabundancia, a
exceder de los limites del periodismo. El yole~i.sta polîtico bus_ca_ba en los
apologos y breves alegorias que realz.:.~ la rntenc_1on de algunas cron1cas suyas,
el escape literario que p_ara su ex~an~16n neces1taba, fuera del cau~e de los
acontecim ientos que obhgan al penod1sta a moverse en el piano ~s~ncto de la
actualidad. Las columnas de Hércules no es, con todo, una obra d1st1nta por su
.género de los articulos con que su autor ha conquistado dia_ tra~ dia la adhesion de sus muchos Jectores; antes bien, nos parece la culmrnac16n_ natural de
su producci6n anterior, ~I p~nto de transici6n del ,P~riodismo a la hteratura.
No ha forzado Araqu1starn su rnanera caractenst1ca al com~oner esta farsa
novele-sca. El subtitulo de Las columnas de Hércules es lo sufic1enternente exprcsivo y justo para que nadie se llame a eogaiio. ~ierto que dentro de !a novela, como tal clasificaci6n, puede moverse el escntor con gran holgura, per?
el tipo genérico de novela, determinado por l~s 01;&gt;ras maestras del pasad? _s1glo, impone, sin duda, ciertas reglas, en obed1encia a las cuales el novel1~ta,
cre ador de la ficci6o en que sus héroes actu.an, elude aparentemente toda ! esponsabilidad en los movimientos de }os personajes d?tados por él de conc1encia huma na y, por lo tanto, libre. As1, pues, ~l anuoc1ar. su novela corn~ ~na
farsa , Araquistain no prescinde, no, del espeJo stendhal1ano en 9ue refle1a1 l,a
vida, pero se vale de un espejo curvo, que deforma las figuras, v10lentando comicamente sus rasgos esenciales.
,
Prueba de lo consciente dd procedimiento, es el cap1tul? cent_ral de l': farsa, en que se hace una revisi6o fundamental de los valores _hterano~ espaooles
contcmporaneos. Nos parezca acertada o no la consecueoc1a deduc1da en cada
caso particular-completamente de nuestr&lt;? ~u.sto en l~ que_ a Unamuno, a Baroja, a Azorin se refiere, y no tanto en los 1u1c1os relat1vos ~ Gald6s y a Pérez
de Ayala-, es evidente que la piedra de toque de ~n novehs~a e ta e~ ,su ca7
pacid ad de objetivaci6n, de ser~no desapa~ionar.mento, de iust1fica~1on por
igual de sus propios personajes, sin que pueda pre1uzga~los al darles vida. Araquisbin sabe Jo que quiere hacer, y Las columnas de He!·cules no es una novela , sino farsa aleg6rica- pintada al fres co, mas que ~scnta-;-, en que la fund~d6n d e un gran diario, trasunto par6dico en el amb1ente p1caresco de Madrid

.'

1

de la Prensa industrial extranjera, le sirvc de pretexto para una disertaci6n

humoristica coronada por uaa risa cstent6rea, sana, purgativa de tauta miseria
y bajeza.
No es uoa novcla, aunque el lector la lea de punta a cabo como tal, y ha_sta
lleguc en el capitulo mas propiamente novelf'SCO a intcresarse por el de~tmo
amatorio de Hip6lita y Escudero, gracios{sima encarnaci6n del amor, el mterés y sus derivaciones psicol6gicas ultramodernas, y menos, una novela de clave. Facilmeote puede sustituirse con otros conocidîsimos, algunos nombres de
politicos y periodistas. No obstante, la generalizaci6n coascguida sfo esfucrzo
por el autor, pucde dar pabulo a que, segu.n lai, preferencias de cada cual, se
atribuyao determioados retratos a uno u otro tipo, sin que pierda por ello rcalidad la ç intura. Lo que le aiiade mérito artîstico.

. . ..

Enrique Die z-Can edo .-Conversaciones litera,·ias
América.

(I9I5-I920). -

Editorial-

El principal interés de estas cr6aicas de Diez-Canedo esta en el sanisimo,
prop6sito, exceJentemente logrado, de suponer en quien Jas l~a un ix:_terlocutor am igo, al cual, dandole por enterado de muchas cosas que ignora, u~s~ruye
por modo cl11r o y sucinto de cuanto le conviene saber en orden a las oprn10nes
literarias que circulao como moneda corriente, no siempre de ley.
Esta literatura de literatura procura un solaz que no todo el mundo C()mp rende. Requiérese para ello una afici6n a las buenas letras, ajena_ al -~enor
utilitarismo. En ocasiones semejante afici&lt;in prueba mejor que e! eierc1c!o. rie
cualquier actividad literaria profesional, la verdadera vocac1?n arhst1ca.
Ste ndhal presumfa de dilettante . Diez-Canedo, literato de profes16n, pone e_n
sus reporta/es literarios su pasi6n de poeta. Cosaque no consiste, como todav1a
puede haber vulgo que lo crea, en vivir en las nubes, sino en hallar luego la
justi.ficaci6n espiritual de cuanto el mundo material ofrece.
Nada mas lejos, sin embargo, de la intenci6o de nuestro amigo que el expre11ar sus juicios de una manl!ra apasionada. La serenidad, la mesur~, la correcci6n presiden sus aprecidciooes y juicios sobre sus semejantes los_ hteratos..
Hasta ta! punto procura esa ecuaoimidad, que incluso cuando elog1a parece
atenuar su eotusiasmo con implicita disculpa de la propia predilecci6n.
.
Ameovs siempre y ascquibles al leclor de tipo rnedio, estos artîculos, ms~irados por la ocasi6n per iodîstica, adquieren, rcunidos en volum_en, una cuahdad superior al descubrîrsenos por eotero la uoidad de peusam1ento que los
encadeoa. Y nuestra complacencia se reparte entre la admiracion al mentor y
c! agradecimiento por el digno recato con qne evita el tono doctrinal, caro a !os
santones de la crîtica.
Educado en la buena escuela franccsa de escribir bien a vuela pluma de lo
que se sabe proiundamentc, felicîsimo expositor, ya que no descubrido1·, de·

60
"61

' 1
'

'

�LA 'PLUMA

LA PLUMA

naevos mundos-(qué bay nuevo bajo el sol?-, sugiere Diez-Canedo en sus
Conversaciones /iterarias problemas (undamentales, latentes a veces en cuestiones sin trascendencia a primera vista. Todo ello como de pasada, sin hacer demasiado binc~pié, sin insistir en sus sencillas razones. Su indulgencia excesiva,
su capacidad de comprensi6n pan las cosas mas dispares, acaso lleven al ani.mo ciel lector cierto excepticismo nibilista. Quizas nos dejan insatisfecbos en
alguna ocasi6n la circunspecci6n y el comedimiento con que gana nuestra voluntad; quisiéramos verle asestar una estocada donde sei'iala un simple boto.nazo. Mas iquién nos dice que la mayor intensidad de nuestra emoci6n no fuera a costa del arte mismo? El Arte, simulacro ejemplar, purifica e idealiza el
duelo a muerte en el asdlto de arma&amp; incruento.

• • •
Alberto In1ua.-Vn cora:;on bur/ado.-Novela.-Rcnacimicnto, Madrid
En la lista, copiosa ya, de las novelas de Alberto lasl'.ia, Un cora:;on /Jur/ado
cumple la cvoluci6n iniciada en su prop6sito de novelista desde la publicaci6n
de El Ptlig,·o a la fecha. La cvoluci6n del autor de La mujer fdcil se manifiesta patente incluso en el titulo de uno de sus ultimos libros, De un m,mdo a otro.
Insua, parisiénse de elecci6n, ha experimentado un cambio decisivo en su manera literaria, influido por el espectaculo de la guerra en Francia. El cambi'&gt; profundo que ha visto en la vida francesa se nos antoja pura refracci6n del propio
sentir mas que rel\ejo de la realidad. Es lo cierto que si no en el estilo-y aûn
ahora échase de ver u,1 prurito de sencillez que antes no se advertia tan palma rio-en la elecci6n de temas y en el empei'io de disimular la pasi6n er6tica
en que cifraba el principal atractiv, de sus heroinas, se propone la conquista
del mercado literario de mny otra mdnera que antai'io.
No es Insua un escrilor independiente. Busca decididamente cl lector-y a
lectora. Actitud, no ya disculpable, sino legitima, sobre todo en el novelista
cuya producci6n, a menos de adolecer de exceso de lirismo. necesita la colaboraci6n del publico- . Lo cual no implica tampoco un sometimiento incondicional ni una abdicaci6n de la personalidad.
La Carmenchu de Un co,·asdn buriado es de carne y hueso. iQue su historia
-puede parece-rnos trivial? En ella veran la propia tantas desengalladas, que su
adhesi6n ha de resarcir con creces al novelista de todos nuestros reparos.

• • •
M. Gutiérre&amp; Najera.-Sus ,wjores poes/as.-Editorial América.
Blanco Fombona, editor y prologui.;ta de esta selecci6n de la obra poética
de Gutiérrez Najera, define breve y substancialmente la categoria literaria del
lirico mejicano, en el rango que le corresponde de u/liww ro,114ntico y precur-

sor 1111ulernisla. Popularisimo en loda la Amé .
_
vorito de las mujeres sin duda or los
nca espaaola, donde es poeta fa.
sentimientos faciles al' oido, es c!i desco:er~~sO en iue °!.âs se deja µevar de
bre ba transcendido del grupo de
f, . oci
en spana. Apenass1 su nomto literario hispano-americano
eSiona~es mas enterados del movimieny seis ai'ios, su influencia en 1~ nuevaope~~ 95d, aun no cumplidos los treinta
Rubén Darîo, es decisiva.
ca e que fué portavoz eminente
Pero el valor de sus poesîas para el (ibJ"
_
~be, es ~dependiente de esa considera~i6n •c~ es~anol que tan tarde las re1nterés aJeno a toda critica retrospectiva los . ~1st1nca. Podrfo haber perdido
po constituyeron lo mas llamativo des~ o rn _e_n os y alardes que en su tiem&lt;lad, llevada a términos de perfecci6 n
bra, rnt~ntos Y alardes cuya novevertida mis tarde en lu ar com6n
por sus contrnuadores preclaros y con-

M!:~

•M:~

lectores de hace veinticfnco aiios.
~~~~i~t!orprendernos boy ~omo a los
p_oeta que templa serenamente su animo en 1 ' Y es.J0 que n?s importa, el
s1ca, en fin, de las cOdas breves• en la
a expres1 a armomosa, clara, cla-eleglas romanticas, la gracia pimpante de~ ~uale,s ~ fm~etu sentimental de las
melancoHa l,umanista resistente a las mod gunn _anv1 lesco, se funden en una
'
as pasaJeras:
«jDeja por fin la solitaria playa
Y coronado de fragantes flores '
desca!°158 en la ba rquilla de las diosasl
iQué 1!11POrta _lo fugaz de los amores?
1Tamhién expiran j6venes las rosas!•

.............

•(Q,uién a tu.~~; ·;e•s·i~;~ ~; ·e·;~a·d~~~s
co~ v1nculos de amor el albeddo?
1UJ1 ses para oir a las sirenas
atabase en el mastil del navîo!•

C. R. C.

* * *
Bapalla.-Como deseibamos
t
•
canso, reanuda su publicaci6n ;u es e semanano, tr~s unos meses de de-sde esperar que el pûblico soilen e1v&lt;';, c~n nuevos bnos, a se-r loque fu~. Es
nuestros compaiieros de E.r11 g hsrn esmayo el esfuerzo, tan noble, de
•rana, que arto lo merecen.

* * *
Libro1 r e cibldo1.-Luis de la Jara· E
'

62

,,1.
M .
SrM,g~s; adnd, 19:u.-José Mas: Naa ea.- · Teresa Borragan: Los dioses fu-

rraçiones •isteriosas; Madrid Ed Gal t .

·

�LA PLUMA
. R · r- EstJaiia colonizadonz; Madrid, 192 1.-Saturos; Madrid, 1921._-~an~1do ~1ma . itorial América.-Fugimoto: En eJ pars:
loi: Cocod1·ilos y ,·u:~enore~, M~drt ~~ica -M Gutiérrez Nâjera: Sus mejp,-es
de !as geichas; Mad~-id, Ed1tor~l. m Juan· Ma;qués: Don Bartolomé Gall~rdo,
poeslas; Madrid, Ed1torl_al Am n~a.
Arturo Torres: En el encanta,mento~
nolicia desu ,,id~y escr:tos; Madnd,C19;1.- .- José Olivares: Poesias; Garcia
Ediciones Sarmiento, San José de . ë::1':~ado· Pasteur y Metclmikoff.-Lms
Monge y C.a, San Jo~é de_&lt;;:•~-, 192~-~ Bib:iotec~ del Repertorio Americano,
L6pez de Mesa: Orzentac,on :deo{!g;{a,
-Miguel de Unamuno: Sensaciones
Garda Monie,_ Ed.; San José de_ . ., /;:'..:....Roberto Brenes Meseu: El mis~ide Bilbao; Brt&gt;hoteca Her~es, B~ lba?: ~ la 1Jerdad· Biblioteca del Repertono,
cismo como instrumento de t1lfJ~Sit!(ac:oJn / d C R \
-E Montfort: B,·elan
921
Americano, Garda Monge, ed.; Sapa '?s Mi~noa:Ï-Lo~is Leon Martin: Tu1JaJi,farin• Bibliothèque des Marges, ans,
·
&amp;Ize, ou' la tragedie pas!orale; Paris, Grasset, 1921.

,,
'

p

,

Le Progrés Ci1Jique, Paris. -

ANO 111.

'

MADRID, FERRERO 1922

I

NUM. 21.

La

Revistas. - ~ercure de firance, I' ~s; -;;e Paris.- Vida Nuest,·a, Due_nos

Connaissance, Pans.-La Re1Jue de t f ~ n~ri&amp;ano San José de Costa Rica.
Aires.-Athenaeum, Zaragoza.-fe~er or;o 'si Cultu;·a Venezo!ana, Caracas.1
Le 1..,1·apouillot, ~aris.-Be!le\ et
~è~a Contemporanea, La Habana.IJie .Aktion, Ber!m--Pias~, ~/~;~;1F:~~ara -Espaiia,, América, Cadiz.-HerBabel Buenos Aires.- rorsia e ·
•
·
A b-La Ronda, Roma.
mes. Bilbao.- L' Art Li~1·e.PBr?selj~dic~a~.t~~id ~c::~6polis, Madrid.- 'l'ile
La No•,velle Reoue françaue, ans..
,
LifJmg Age, Boston.

APOSTILLAS Y DIVAGACIONES (r )

·~d

UN CRIBADO DE NIETZSCHE

œ

la propia suerte que cuando uno esta recién vacunado todos,
en virtudCde cierta ley arcana de malignidad c6smica, vienen
a darle palmaditas en el brazo, precisamente a la altura donde remuerden las gafas ampollas, asî también basta que uno
tcnga entre ceja y ceja una preocupaci6n para que cuanto escucha o lee
coïncida con la preocupaci6n y la alimente o refuerce. En estas «Apostillas y divagaciones», en torno a Nietzsche, que me sirven de ocasi6n,
dcsde hace algun tiempo, para sustentar un coloquio ideal con mis lectores, («Apostillas y divagaciones,, modestamente; anotadlo en vuestro
cuadernito de notas criticas), vengo insistiendo sobre la incompatibilidad
de la literatura con lo que no es literatura. 1Cuan facil es tomar como
filosofia o ciencia lo que no es sino literatura, y no de la mejor, puesto
que es literatura epicena e hibridal Este concepto esencial es ya viejo en
ml, como no ignoran quiencs han tenido la abnegaci6n de leer mis enE

..

(,)

Véaac LA Pu:nu de diciembre 19:11 y •nero 1922.

�</text>
                </elementText>
              </elementTextContainer>
            </element>
          </elementContainer>
        </elementSet>
      </elementSetContainer>
    </file>
  </fileContainer>
  <collection collectionId="441">
    <elementSetContainer>
      <elementSet elementSetId="1">
        <name>Dublin Core</name>
        <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
        <elementContainer>
          <element elementId="50">
            <name>Title</name>
            <description>A name given to the resource</description>
            <elementTextContainer>
              <elementText elementTextId="560786">
                <text>La Pluma</text>
              </elementText>
            </elementTextContainer>
          </element>
          <element elementId="41">
            <name>Description</name>
            <description>An account of the resource</description>
            <elementTextContainer>
              <elementText elementTextId="560787">
                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
              </elementText>
            </elementTextContainer>
          </element>
        </elementContainer>
      </elementSet>
    </elementSetContainer>
  </collection>
  <itemType itemTypeId="1">
    <name>Text</name>
    <description>A resource consisting primarily of words for reading. Examples include books, letters, dissertations, poems, newspapers, articles, archives of mailing lists. Note that facsimiles or images of texts are still of the genre Text.</description>
    <elementContainer>
      <element elementId="102">
        <name>Título Uniforme</name>
        <description/>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567447">
            <text>La Pluma</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="97">
        <name>Año de publicación</name>
        <description>El año cuando se publico</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567449">
            <text>1922</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="52">
        <name>Volumen</name>
        <description>Volumen de la revista</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567451">
            <text>4</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="54">
        <name>Número</name>
        <description>Número de la revista</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567452">
            <text>20</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="98">
        <name>Mes de publicación</name>
        <description>Mes cuando se publicó</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567453">
            <text>Enero</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="101">
        <name>Día</name>
        <description>Día del mes de la publicación</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567454">
            <text>1</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="100">
        <name>Periodicidad</name>
        <description>La periodicidad de la publicación (diaria, semanal, mensual, anual)</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567455">
            <text>Mensual</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="103">
        <name>Relación OPAC</name>
        <description/>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567471">
            <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753230&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
    </elementContainer>
  </itemType>
  <elementSetContainer>
    <elementSet elementSetId="1">
      <name>Dublin Core</name>
      <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
      <elementContainer>
        <element elementId="50">
          <name>Title</name>
          <description>A name given to the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567448">
              <text>La Pluma, 1922, Vol 4, Año 3, No 20, Enero</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="49">
          <name>Subject</name>
          <description>The topic of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567456">
              <text>Literatura</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="567457">
              <text>Letras</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="567458">
              <text>Poesía</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="567459">
              <text>Poemas</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="567460">
              <text>Ensayos</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="41">
          <name>Description</name>
          <description>An account of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567461">
              <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="45">
          <name>Publisher</name>
          <description>An entity responsible for making the resource available</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567462">
              <text>Imprenta Artística de Sáenz Hermanos</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="37">
          <name>Contributor</name>
          <description>An entity responsible for making contributions to the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567463">
              <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="567464">
              <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="40">
          <name>Date</name>
          <description>A point or period of time associated with an event in the lifecycle of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567465">
              <text>01/01/1922</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="51">
          <name>Type</name>
          <description>The nature or genre of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567466">
              <text>Revista</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="42">
          <name>Format</name>
          <description>The file format, physical medium, or dimensions of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567467">
              <text>text/pdf</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="43">
          <name>Identifier</name>
          <description>An unambiguous reference to the resource within a given context</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567468">
              <text>2020601</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="48">
          <name>Source</name>
          <description>A related resource from which the described resource is derived</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567469">
              <text>Fondo Alfonso Reyes</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="44">
          <name>Language</name>
          <description>A language of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567470">
              <text>spa</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="86">
          <name>Spatial Coverage</name>
          <description>Spatial characteristics of the resource.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567472">
              <text>Madrid, España </text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="68">
          <name>Access Rights</name>
          <description>Information about who can access the resource or an indication of its security status. Access Rights may include information regarding access or restrictions based on privacy, security, or other policies.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567473">
              <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="96">
          <name>Rights Holder</name>
          <description>A person or organization owning or managing rights over the resource.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567474">
              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
      </elementContainer>
    </elementSet>
  </elementSetContainer>
  <tagContainer>
    <tag tagId="36576">
      <name>Enrique Diez Canedo</name>
    </tag>
    <tag tagId="36577">
      <name>Manuel Azaña</name>
    </tag>
    <tag tagId="28400">
      <name>Pedro Salinas</name>
    </tag>
    <tag tagId="36607">
      <name>Ramón Gómez de la Serna</name>
    </tag>
  </tagContainer>
</item>
