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                  <text>LA PLU ?Il A
dor y propulsor de instituciones musicales• como la Sociedad Nacional de Mu sica y la Orquesta Filarm6nica de Madrid, se ufana en la hoja de méritos alegados por sus presentadores al hacer su propuesta, de haber pertenecido a la
Rondalla Logroiiesa, con plaza de primer bandurria.
No ha becho, ciertamente, Miguel Salvador en su discurso un trabajo de
erudici6n, dado que portal suele enteoderse el mero acopio de datos y compulsas ajenos al interés del profano. Ha becho algo mis, y nada menos que la
historia general, suciota y amenisima, de la orquesta sinf6nica, a cuenta de la
que por derecho le compeUa bacer de la orquesta en Madrid y de sus vicisitu des en estos tiempos.
C. R. C.

* * *

R evue del' Amerique latine.-Hemos recibido los dos primeros numeros de esta rev1sta dirigida p..&gt;r el Sr. )farti,enche y en la que son redactoresjefes los Sres Lesca y Garda Calder6n (V). S,i programa e~ vasto y el cuadro
de colaboradores francese:; y americanos proporcionado, por el numero y ia
calidad, al programa. Seiialemos en el numero primero una cr6nica literaria
de Gonzalo Z2ldumbide. En el numero scgundo retenemos, por tocar directamente a Espaiia, el pr6logo de Charles Maurras (l es forces latines) al libro nuevo de Marius André, la fin de femfJire es;agnol en Amérique.
Aunque no tomamo!' demasiado en serio la filosofia politica de M. Maurras,
menester es preguntarse si el gran escritor ,se paga nuestra cabeza• (nuestra
pobre cabeza de celtîberos romanizados), cuando dice refiriéndose a Itali3, Espana y F rancia: cSu decadeucia se inici6 o se precip1t6 en el punto en q ue las
ideas revolucionarias se apoderaroo de su espiritu publico o de su gobierno•.
A no ser que M. Maurras demuestre (capaz es) que la época del Pad re Nitbard
fué el gran siglo de Espaiia.

*

,

* *

Llbros recibldos. -Carlos Reyles: Et embrujo de Sevi/la; Madrid, Calpe.Ram6n G6mez de la Serna: Disparates; Madrid, Calpe. - La viuda blanca y necra; Biblioteca )lueva. - Adolfo Sabzar: -tudrtfmeda; Cult ura, México, 1921. J. Moreno Villa: PatraittM; Madrid, Caro Raggio. - J uan José Domencbina: Del
poema eterno. Las interrogaâonlS dei silenâo (nueva edici6n); .\iadrid, 1922.
Revistas. - Mercure de France, Paris. - Le Progrés Civique, Paris. - La
Connaissance, Paris.-La Revue de I' Epoque, Pads.-Vida Nuestra, Buenos
Aires.- Atlzenaeum, Zaragoza.-Repertorio Americano, San José de Costa Rica.
Le Cra;oui//ol, Paris.-Be//es Lettres, Paris.-Cultura Venezola11a, Caracas.Die Aktion, BerHn.-Peg·aso, Montevidt"o.-Cuba Contem;oranea, La Habana.Babei, Buenos Aires. -Porst"a ed Arte, Ferrara.-Espana ·" América, Ca.diz.-Hermes. Bilbao.- L' Art Libre. Bruselas.-Ça Ira, Amberes.-La Ronda, Roma.
L a No•,velle Revue Franyaise, Paris.- /ndice. Madrid.-Cosmdjolis, Madr id.-71te
Living Age, Boston.--Espana, Madrid. - Les /,-larges, Paris. - Prisma, Paris.Signaux de France el de Belgique, Bruselas.-Los Nuevos, Montevideo.-Revue def .4.mén·que latine, Paris.-.Le Tliyrse, Bruselas.-lntentioris, Paris.

us

ANO III.

1

~lADRID, MARZO 1922

1

NOM. 22.

EL JARDIN DE LOS FRAILES

&lt;i&gt;

X
AS alla del espanto ' abordé en una trist
tada la primera turbulencia d 1
• eza gn~ve, desgas-

tidianos , dispuestos p
d e a pas16n en ejercicios co. .
ara esbra varia F é t
..
cermm1ento no sé s1· d"
l .
. u am b1en dis.
'
1ga as uc1a· d fï
m1 aprendizaje, pues vine a enfre
1
' e JO, un adelanto en
tocar en lo absoluto· ver e f . nar e abandono. Restafié el afan de
•
n narse la ge
•d
Aprendi q ue mi desbaraJ· uste
neros1 ad, me di6 lastima
_ .
se correspond'
·
muy aeeJas, disecadas ya articulad
. ta con otras experiencias,
de la vida me careasen co'
.
as en tdeas; como si en el hervor
t .
.
n mt esqueleto E fi
ra1an vtSos de desengafio· bd" b . n n, estos albores de paz
.
' a tca a u na pe d b
como s1 toda magnificen cta
,. me estuv1ese
.
d dsa um re grandiosa ,
esperanza, por mi flaqueza.
ve a a, en el temor y en la

(1) Véase LA PtuK.t. de ene ro de

1 9 2:1.

�LA PLUMA
No me precio de haber devotado en lo rdigioso una vida excepcional, pero si violenta en su cortedad, y prematura; toJavia no desdefiaba los juegos infanhles, curndo el susto de ver que me convertia me aterrô. Mi originalidad en lo religioso es poca, o nula. He ido
por donde el vulgo, y a remolque de las circunstancias, o digase de
otras pasiones, que acaso hayan vivido a expensas de mi capacidad
religiosa. Ni estoy muy instruido en esa esfera; si comparo el numero, la calidad de mis experiencias con los âmbitos sin fin que otros
exploran, conozco lo incompletas que son. La indolencia expectante
con que suelo mirar las cosas del rnundo, y que en todo me retiene,
quiza me ha privado en lo religioso de una estofa rica y tupida, dejân·
dome en desgarradora soledad para el combate con un dios persona!,
sin la presencia difusa de lo divino y su perenne auxilio, que otros
descnben. Por indolente, me arrebatô de sorp esa en su remolino
un delirio rehgioso, una manera de persecuciôn apasionada del mas
alla, y de preverlo en formas sensibles, sin poder evadirme de su
contemplaciôn ni de la angustia sofocante que el contemplarlo me
daba; esa pasi6n me golpe6, me machacô, tomândome sin defensa,
antes de saber yo siquiera que tal pasiôn existia ni cuales eran sus
sintomas ni su cebo.
Tenia yo en Alcalâ un confesor elegante, que me saludaba en el
confesionacio con palabras corteses, me daba tironcitos de orejas y
tras de gastar algunas cuchufletas, concluia por recomendarme qu~
al vol ver a casa besase las manos a mis mayores. iNo le habian quemado los labios con un ascua a este Jevital Ni se pudria por los yerros de los hombres. Lo que atase y desatase en la tierra seria, cuando mas, lazos de seda. Gracias a él no me ponian miedo las cosas de
iglesia. Adquiridas no sé cômo ni d6nde-entre faldas, acaso-las
nociones fundamentales, era capaz de repetirlas y de fijo las repetia
en siendo menester, pero no tenian sobre mi mas imperio que la
130

.

LA PLUMA

geograf1a
. 1 C~l.l:, VJ:,I •
f
•asiatica o la ü :,l U ,Jt:
a me~ona. Llegaron misiont!.s ai uebl gvJus; no hat,ian pa~ado de
alcalam1), vi111os entrar •·n
la sa I1 pde to.d.Estando en el gran c0',eg10
.
v
con sendos crucifijos en el pecho ~s ~1 io dos curas, dos jesuitas
con el director, a exhortarnos u~ . c_ ~se se puso en pie. Venia~
tarde; el director prometi6 por qtod:1st1e::.em~s. a, la misién aquella
ma~~r no la he cometido. Los mismos que as1shnamos. Tcmeridad
y v1g1laban nuestras lectura . o n t que nos prohibian salir solos
dond
I b
)
ue:, ros colo ·
e sop a a el vendaval de las mis·
~uios, nos dieron suelta
charnos. Estaba la Magistral tenebros:~nes, sm mirar que podia trondel _gran cardenal, guarnec1do de an , en las esquinas del sarc6fago
véncas llameaban en lo ait d p os de luto, cuatro luces c d
o e unas , r
a apa.~os ~legados, negros. No mas al
per igas, vestidas también de
las cap11las. La turba anhelosa s umbr~do, fuera de las lamparas en
~au~al caliente de las palabras ,e aplretupba al pie del pulpito. En el
Je mta
· ' en os acentos
t· ·
A
que nos habia exhonado en el c l .
pa et1cos, reconoci al
montonaba imagenes que al
t
o eg10. Predicaba del infierno
·
pun o se enc d'
·
. eo ian y fulguraban, como
qmen saca de una lenera h11ces de
lumbre. De las gradas de la cap1lla rn:arn~1entos para metcrlos en la
ceando: «jEso es menti· r R
yo1 se de!:-peô6 un pr6ii
l. .
ra.1&gt; epuesto de 1 .:
J mo voa incredulo; descargaba tajos de t. .
.. ,orpresa, el jesuita atac6
y al mont6n, ya que no era posible
. re honca tremebunda
•
' a todo e vento
sus denuestos, acallô los ··t .
acer punterio en lo oscuro Co
. .
gri os y sol'oz
d
. n
mont?. v1cto_rioso, cerniéndose sobre , oc; . e I_as _mujeres. y se reemoc1on m1sma D
.
el aud1tono impregnad d
mod
. e ptonto senli que tod
.
o e su
o persona(, y exclusivamente· e .
. o e:,o tba conmigo, por
secreta. Una mano saldria de 1 . t'· _1 Jesu1la vociforaba mi historia
bellos me Ievantaria en alto as
• j orne por los caara1n1eblas' y a.~·ien,
habl~ha. El horror venia sobr~ mi ~~ to_dos supieran de quién se
queria que fuese. Me resistia 10hl
go 1ba a descubrir que yo no
.
. 1 1 cerrar los ojos hubiese bastadol

s·

I3 l

�LA PLUMA

LA PLUMA
.
. e durar mas en la vida de entonces-lno era
Busqué _as1dero;_ qut ;&gt; No pude· rodé al precipicio; lo que no podria
aq~el\o irse mu~1en o. « Que Dios os toque en el coraz6nli., clamaba
deJar de haber s1do'. f~_é. 1
C
un vuelco de las entranas me
1 . 't No lo p1d10 en vano. on
e Jesu1 a.
If. . s que al volver a casa me escondi porque
deshice en tantas &lt;1gnma '
no advirti~sen las lhEuella~ ~e~~::~odevociones capt6 esa vena, y fué
El rég1men de scoua
d · ï d agres
,
1.
d6 la pasi6n, dejândola presentable y oc1 , e
sangrando a, car
.
d.
beato no me comia los santos,
te que era. Al converhrme, no ~ _en ue es'a llama y la resoluci6n del
.
·Qué mas orac10n q
m rezaba apenas. 1
mento actual sin esperar al
tregarse en e1 mo
,
alma implorante para en
.fi .
preces' Queria forzar el des.
.
averse con sacn c10s y
.
que s1gue ni prec
en la conciencia lo corrompido; y no putiuo, enmendarlo; esc~rd~~
sér nuevo caia en aborrecer
. d d de la aspirac10n a crear un
'
t
d1en o, es
.
raz6n por sus pasos con a.
L s frailes me vo1v1eron a 1a
'
al anuguo. o
.
miré en otros ejemplos; supe
licaron mis creenc1as; me
.
La
M
dos. e exp
. 1
congojas se desvanec1eron.
lo que podia esperar y temer, a g~na!&gt;confesiones los ayunos, las vi.
.
tantas misas rosarios,
,
as1stenc1a en
' . .
T da con la vida, como pargilias, me habituaron a la rehg1ôn rec~nc1 ia u medida y su término.
te de las costumbres que tiene su ;a, suella nifieria de la pureEfecto notable del hâbito fué_ curarme e adia mi 16gica destructora.
za absoluta, del rigor intrans1gent_e que pedia menos de querer moUna criatura visitada por la gracia, nobpo.
su busca como los
.
l
si la muerte no llega a, ir en
'
nrse al pun o, y
,
e los descabezasen. De ese pennifi.os martires de Alcala fue~on a qu d. , y el susto de un fraile
.
.
ugnancta por la me 1ama,
samiento vmo m1 rep
,
rado que preferia condenaroyéndome decir, con her01smo desespe r; lamento a confesar los
me desde ahora a ir todos los meses, ~or g 1
' .6n del mârmismos pecados. Entre el destina del reprobo y a vocac1 uede ca·
tir admiti la realidad humana de vivir a trancos, como se p
'
132

, •

1

yendo aqui para levantarse allâ; en fin, en un alma de nifio desp6tico, inexorable, se insinuaba la compasi6n. Mis creencias echaron
raiz; la sensibilidad se irrit6 menos. La mente adquiri6 la noci6n del
deber; perdi la intuici6n dolorosa de haber marrado mi destino. Tuve
mas ideas, menos amor. De dos estitos de apacentar almas que
conocîan los frailes-el uno terrorifico, opresor; calmante el otro-,
acabé por abrazarme con el segundo. «Todavia ayer-contaba en una
prédica el Padre Uncilla-, un moribundo me preguntaba entre estertores: 1Padrel 1Padrel iMe salvaré?» Asi corria el primer modo. El Padre Uncilla, que lo usaba, era baritono, buen mozo, de nobles facciones y ojos grandes, tranquilos. Con ser muy beni~no y apacible, en
poniéndose a catequizar se templaba en el rigorismo desesperante.
Algunos acentuaban con tal energia la dificultad de llegar salvos a la
otra banda, que nos persuadian, sin proponérselo, la desconfianza, y
gran desmayo. Modo sedante, el del Padre Valdés. Severo en demasia era el porte de este fraile, el mas afrailado y temido de cuantos
entendian en nuestro gobierno. Jamas fué familiar, ni comunicativo
siquiera; recuerdo su sonrisa como suceso notable por su rareza; sonreia de tarde en tarde, a su pesar, violentando su gravedad, y no tardaban sus facciones, poco graciosas, en absorber y secar el rocio de
la sonrisa. Era por ventura mas inteligente o tenîa mas experiencia
del coraz6n que sus cofrades. Riguroso en el aula y en los claustros,
dulcificabase en la capilla. No escaldaba las aimas con el terror, ni
las forzaba a optar entre el heroismo y la perdici6n; pedia buena voluntad, no mas; inculcaba le certidumbre de que el esfuerzo mas humilde no quedaria estéril y sin pago. Pese a su frialdad, rendiase a
la ternura delante de ciertas obras cumplidas por la religion. Un domingo de abril estabamos tres en el patio viendo los chorros gruesos
de la fuente subir y deshacerse en monos de plata, cuando el Padre
ValJés, que se paseaba leyendo en su breviario, se nos acerc6; ver33

�LA PLUMA

LA PLUMA

niamos de la capilla; el espiritu pudiera competir en fresca tersura y
novedad con el dia; el cuerpo estaba en la feliz desaz6n que engendra un apetito violento, a pique de saciarse: era inmineote la Hamada
para el desayuno.
-lHabéis confesado y comulgado?-nos pregunt6.
Contestamos que si, y estuvo un rato mirandonos. Clavandome
los ojos, me di6 un golpecito en la mejilla, y exclam6:
-&lt;Entonces, estas en gracia ... ?
Se le saltaron las lagrimas, y se alej6 sin aiiadir palabra, volviendespacio a sus rezos. Tras de esa efusi6n no me adheri mas que
antes a la persona del fraile, pero me aficioné a su templanza, que
me aliviaba del peso de lo irremediable, y del espanto. Si hasta alli
habia buscado en vaoo la reparaci6n descomunal que me restituyese
la paz, empecé a gustarla en cuanto me persuadi que nada se restituye ni se restaura. Hice buenas migas con esta miseria: soslayar la
tormenta en vez de arrostrarla, irme por caminos de travesia, acomo•
darme con deformidades morales, apartadas de la rectitud absoluta en
que consiste el deber. La etapa en que iba eotrando me parecia un
fraude, puesto que mis fuerzas debieran bastar para mas; y una fuga,
pues desoia las voces del destioo. Arrollé esos repro::hes. Estaba
rendido. Quise descansar en una paz de esclavo. Paz sin gloria, de
esperanzas humildes, profundamente afligida. Aun zumbaba la resaca de mi conversion precoz.
Entraba en la declinaci6n de una borrasca sentimental, puntn gustoso en que el ânimo, al recobrar la serenidad, se mira en la zozobra
que va huyendo y en la paz que apenas llega. y tasa con mas juicio
el propio valor, los vaivenes pasados. El hombre que exprime ese
zumo de la madurez se alegra en su sosiego apacible; se alegra con
rooderaci6n, porque ha aumentado su sabiduria. Con calma podia yo
mirar el espantable 11lhoroto de mi conversi6n; pero mi madu1ez era

sin humorismo. El lastre de las creencias pesaba demasiado M.1 _
· fuego fatuo, viento, nada. Mas no quedé
· libre
pa
s1·on pod'ia h aber s1do
al volver _al suelo. Esta aventura no se gan6 como la del Clavileiio,
con s6lo mtentarla. Proseguiria hasta el fin- pero el fi d6 d
taba?
'
n ~ n e es-

..
(Contùmard).

MA}-TUEL AZANA

�LA PLUMA

CANCIONERO DE LA VIDA HONDA
1

Y DE LA EMOCIÔN FUGITIVA &lt; )
LA EMOCIÔN FUGITIVA
/;n la red de mis canciones
tengo un ave: la emocion.
flue vue/va a los corazones
lo que fué del corazon;
que siempre en mis versos viva
en el ritmo prisionera;
que la emocion fugitiva
se tome imperecedera.

BLASÔN. A LA USANZA ANTIGUA
bs egida
g estandarte
de mi arte: vida;
de mi vida: arte.
/!De qué modo,
al hallarte,
ha/lé todo:
vida y artel

Ml PENA
'j/o digo «la pena mla»
y la canto de mil modos;
pero sé que mi alegrla
g mi pena es la de todos.
(1) En este libro recoge el Sr. Icaza sus composiciones inéditas, y otras no
coleccionadas hasta ahora.

CAMINO ARRIBA

'J;'a camino arriba el mozo
cantando esta caminera:
C:uando las penas son muchas,
al juntarse se consuelan.
.Clora el pobre sus fatigas,
aunque tiene quien lo quiera;
se duele el rico de amores,
pues no le quieren de veras.
cSin dinera y sin amor
todo es igual en la tierra.
C:uando las penas son muchas
al juntarse se consuelan.
ARTE POR EL ARTE
9lrte por el arte alumbra la estrella,
ignora que brilla, g luce y es bel/a.
9lrte por el arte &lt;ibrese la rosa,
y alegra y perfuma la rama espinosa.
'Y de su divino frescor inconsciente,
en el prado, oculta, barbota la fuente.
'Gu, de tu belleza siempre desdenosa
-a modo de estrella, de fuente y de rosacuando ésta perfuma y barbota aquélla,
y lejos, muy lejos, la otra destella,
tienes el encanto de sentirte hermosa
sin buscar la gloria de llamarte bel/a.

FRANCISCO A. DE ICAZA
137

�LA PLUMA

UN CUENTO EN LA OFICINA
(PAISAJE DE LA JUVENTUD)

yo era joven, casi un muchacho, trabajaba en el escritorio de una fabrica de mi pueblo.
La poblacion era muy pintoresca, en una alta planicie,
rodeada de grandes montafias y de caminos que iban al otro
lado de la divisoria. Las alamedas a la orilla del rio tenian una belleza
exquisita de soledad. Yo paseaba en los anocheceres, precisamente cuando los pocos paseantes del campo regresaban a los soportales de la villa.
Era el momento indeciso de llegar la noche loque tenia para mi corazon
una misteriosa belleza en las alamedas solitarias de aquel rio, y por alli
sofiaba yo los cuentos que escribia para el periodiquito de la localidad.
En la oflcina yo era el ultimo de los empleados, y tenia la obligacion
de acudir el primero y de salir el ultimo. Yo cerraba a la una y media y
subia la Have a la casa del propietario del negocio, que la tenia, maravillosa para mi entonces, en los dos pisos del inmueble que estaba en la
plaza de la villa romantica. Esto de ser el ultimo de los empleados, y ser,
a la vez, un joven aficionado a leer y escribir, me tenia el corazon un
poco entristecido: lo bastante precisamente para sostener la necesaria
tension poética de un joven que aspiraba a ser escritor. El ultimo puesto
en la oficina me obligaba a varios mcnesteres; voluntarios, unos, y de
mi cargo y responsabilidad, otros. Por ejemplo: yo salvaba en muchas

(1

138

UANDO

ocasiones a uno de los viejos ernpleados, que el pobre se emborrachaba
habitualmente y no podia cumplir muchos dias con su obligacion. Yo
era cl encargado de llevar notas y advcrtencias a la administracion de la
fabrica, adonde se iba cruzando el rio por un puente de madera, cerca
de un rnolino rodeado de sauces, de campo y de arroyuelos que bajaban
de la presa. En la fabrica veia la tragedia del trabajo infantil, pues ayudaban los chicos de trece y catorce afios en la tarea de producir objetos
de cristal. Esta vision de los nifios en el trabajo, en los dias de mucho
calor o en los dias de Jucha con la nieve en las calles, me enternecia
como si fuera el hermano mayor de aquellos obreritos...
En razon también de ser el ultimo empleado de la oficina, yo me
quedaba casi solo en ella desde las doce y media hasta cerca de las dos.
Los emplcados de mas categoria iban marchando poco a poco, y yo
aprovechaba aquella hora para escribir mis cuentos: realmente, yo acababa mi trabajo. y a veces el del pobre cmp!eado viejo v borracho, para
las once y media o las docc, v desde aquel momento me aplicaba disimuladamente a mi literatura. 0 leia, teniendo mucho cuidado de que
no me vicran, o cscribia en Jas vueltas de los sobres usados, como fingiendo operaciones matematicas. Todos mis cuentos de aquella época
fueron escritos asi.
Un dia publico el periodiquito un cuento que yo habia titulado Rl
prmsa papel""· Era cl prensa papeles una mano auténtica de mujer. Se
trata_ba de un médico, que de estudiante habia querido a una mujcrcita
~rec1osa, y que un d{a volvio a hallarla muerta en una mesa de autopsias. Corno las maoos de aquella novia le habian impresionado tan amorosamente, él corto una de aquellas manos bellisimas, la embalsamo
como un artista y la engarzo en oro, para tenerla en su mesa y verla y
acariciarla siempre.
El médico era viudo y vivia solo con un hijito. Un dia. cl niiio, recién
puesta la mano en prensa papeles sobre unas cartas que aquella misma mano habia escrito, corrio asustado llamando a su papa, porque la
mano habia hccho una acaricia al chiquitin ...
Sea porque yo hab/a puesto todo mi pobre arte en hacer el cuento,
1 39

�LA PLUMA
sea porque la descripci6n de aquella mano habia conmovido a todos de
un hondo sentimiento de belleza, el caso es que, en fin, dijeron algunos
seiiores que mi cuento era muy bonito; llegué a saber también que ciertas muchachas de la villa habian dicho que era un cuento encantador.
Era en los dias de julio, y habia Ilegado ya a casa de mi jefe uno de
sus hermanos con las dos hijas que tenia. Yo iba hacia la fabrica a llevar una nota de administraci6n, y en el puente de madera tuve que cruzar con aquella familia. Pensé pasar timidamente, casi inadvertido; pero
el hermano del jefe me detuvo, y me vi en medio de aquella familia distinguida, todo acobardado. Me dijeron:
-Es muy bonito el cuento de esta semana.
Me dieron la mano todos, saludândome, y bajo la sombra en que estabamos sobre el rio, la mano de la hija mayor vino hacia mi en un claro
de sol... Tenia yo diez y nueve aiios, ganaba muy pequeiio sueldo, vivia
como jefe de familia, entre mi madre y mis hermanos. Aquellos seiiores
habian conocido a mi padre, que se habia muerto en el trabajo de la oficina. Aquel puente, aquella fiibrica y aquel paisaje cran mi propia vida.
Se comprendera, pues, la gran emoci6n de aquel momento para un
pobre muchacho como yo. Salvo la muerte en casa, nunca he pasado
por una intensidad de vida interior como la de aquel dia entero.
Uno de los siguientes yo estaba en mi pupitre, a la una de la tarde,
leyendo ya en la soledad de la oficina. Me pareci6 haber o{do un ligero
rumor de pasitos en la escalera. Otro dia, en el mismo silencio, también
o{ un rumor que no parce/a de ser viviente, es decir, que daba mas bien
una impresi6n de sombra o de perfume, una sensaci6n de que habia
algo en torno, muy alado y sutil. La puerta de entrada a la oficina estaba a la izquierda de la escalera de la casa. Después, ya dentro del escritorio habia una mampara de madera, pintada de blanco, y una ventanilla para despachar el cajero. Al lado de la ventanilla habia una carpeta
negra, de piel, para firmar sobre ella. Yo trabajaba aquel dia con una
emoci6n de lâgrimas, en un cuento que se titulaba l!l cartcro, cuyo
asunto era la conmovedora emoci6n de un hermano mayor. Oi dar en
el reloj dr la plaza la una y media y me levanté para cerrar y subir la

LA PLUMA
llave. Al vol ver la cara vi que sobre la carpeta de la ventanilla del cajero
h_abia u~a mano maravillosa, como la del prensa papeles. Blanquisima,
sm ~haias, ~ue era c_omo yo elogiaba la di\'ina hcrmosura de aquella
mamta de m1 cuentec1Jlo. Engarzada en oro también, porque en la mufieca resplandec/a una pulsera ...
Fué un minuto de maravilloso ensuefio. Y yo vi claramente serenamente ,desapa~~cer en seguida la mano de sobre la carpeta negr~ de pie!;
y yo, 01, tamb1en ~laramente, el rumor alado y sutil, la impresi6n de que
hab1a cerca de m1 una sombra o un perfume que vivian.
Guardé mis cuartillas, o mejor dicho, mis sobres usados, con el nucvo cuento para el periodiquito; cerré, subi la Bave y }lamé, con no sé
qué csperanza, en la puerta.
-Va usted muy tarde a corner. cPor qué no cierra otro cmpleado la
oficina?
Y una manita resplandeciente, con muficca de oro, recogi6 la Bave,
como a la puerta de un palacio cncantado ...

R. SANCHEZ DÎAZ

�LA PLUMA
los médicos, las salas de operacioncs; en el que los hombres, a menos
que se les rompa algo de su mecanismo orgulloso, evitan entrar y hasta
enterarsc de que existe. Corno yo, que entraba en él por vez primera, y
en una cdad en la cual puedc causar asombro, en ultimo término, la
imagen alegrc de la vida, que noya la desconsolada.

* * *
EL HOMBRE DEL SOMBRERO GRIS

...
1

,,,,1

.
W

como si alguien hubiese dispucsto de prop6sito aquc:
llas luces con atenci6n y cuidado: sofoc~da la u~a por n~ se
qué velario que de color de sangre parec1a; la mas dcspab1lada, enmedio de la sala, precisamente al lado de la puerta, Y
otra en fin temblorosa y azulada, alla lejos, dondc blanqueaban las
ulti~as ca~as El techo de la sala parecia altisimo; pero mirandolo de
lejos, y con ayuda de aqûellas Juccs, haciase casi convexo, y diriase q~e
se apoyaba por entero en los tubos de las tres grandes cstufas, q~e nad1c
se hab/a acordado de encender. El aire era denso, pero no deletereo, Y a
no haberlo irrioado de cuando en cuando el olor del acido fénic? que
salia de alguna ~ama, o entraba por alguna puerta invisible, hub1érasc
dicho que era incluso puro aquel -~ire. Aun a~~es de entrar e? la sala
inmensa habia yo tenido la impres1on de un paiaro que se p:erde en
una nube espesa y negra en una hora de temporal, y no sabe donde p~dra ira parar, ni si aquella nube ticne margenes y limites. Incluso la mirada de los porteros se me antoj6 hip6crita y burlona, sobre todo ~uando
me abrieron la salida del patio donde se ven las puertas de las camaras
,·
· · pero que hasta una mano de
mortuorias: cerrad1s1mas
en apanenc1a,
nino podria hacer girar sobre sus gozncs. Un hospital: con las hermanas,
ARECÎA

Una vez bajas toda5 las luces, como si aquella penumbra les quitase
hasta el respiro, los tres enfermeros de guardia enccndieron una lamparilla, y, bajo sus rayos, se reunieron. Callaban, mirandose: uno, alto,
grueso y afeitado, con cabeza de toro; otro, tan rubio, que la cabellcra,
abundante y lisa, se Je convertia en blancuzca bajo aquellos rayos; el tcrcero, con enormes orejas, que le aplastaban y alargaban el rostro, mas
bien fuerte y duro. Los dos primeros sentaronse al cabo; pero el tcrcero
permaneci6 en pie ante la mesita, como si tuviese él solo, con aquellas
orejas, la obligaci6n de recibir las llamadas de los enfermos. Pero los
enfermos no llamaban. Sobre los alineados lechos buscaban los cuerpos,
fatigosamentc, una postura firme para dormir. y s6lo se oia la respiraci6n
afanosa de las gargantas mas pr6ximas y mas atormentadas. Pocos habian encontrado en seguida el sucrïo, y golosamente, celosamente, complacianse en él con pequerïos resopJidos que parecian gritos de gozo reprimidos. Alguno tosia y espectoraba, pero se comprendia que era mas por
distracrsc o hacer tiempo que por necesidad; mientras un enferrno de
epilepsia, llegado aquella misma noche, y ya sin conciencia, salia de
cuando en cuando con un grito ronco, como si con ello quisiera ayudar
a la sangre a hervir mas de prisa. Pero los tres enfermeros no escuchaban, y cuando uno de los tres, el afeitado y alto, abri6 un peri6dico, los
otros dos le rogaron que leyese tarnbién para ellos. Aquella voz baja,
pero igual, no podfa llegar rnuy lejos: con todo, se vi6 en seguida que
dorninaba todos los demas ruidos de la sala, y a nadie le gustaba. Chirriô de pronto la puerta; detras del biombo, los enfermos despiertos buscaron al punto la sombra del que entraba. Era una monja. Los enferme143

�LA PLUMA

lit•
1

LA PLUMA

·a como si tuviese alas, estaba ya a la mitad
ros de1·aron de leer; 1a monJ '
a Entonces el en. b
a de cama en cam •
de la sala, y se ~eshza a' presur~ss6lo el de las orejas !argas fué hacia la
fermero empezo a leer de nuevo, 1 p
aquel blanco y negro mal funmonja, con intenci6n de alcanzar a. ero
casi correr Se detuvieron
dido se le escapaba; tuvo que alargar ~! padso y s·n hablar. La moni·a, con
d 1 l · ti
miran ose 1
·
ambos ante la cama e ep1 ep co~ del habito, abria y cerraba los ojos;
las dos manos sepultas en las manoa~
d., una lampara sobre cl
c
se aparto y encen 10
pero cuando eI eniermero
.
ioui6 como si quisiese pegarle.
lecho, solt6 las manos a toda pnsa,_ y le s o 1'en•ermero se inclin6 so11
· parar m1entes en e
'
Pero no; se d etuvo, y, sm
b
Corno si el coloquio aquel
bre el enfermo, susurrandole algunas pala ras. la mano sobre la Have
.
~
.
0 ·ugaba en tanto con
le d1era celos, e1 en ermer 1 .
le daria la vuelta sin el consentide la luz; pero se comprend,a que no ,
1 ·o indic6 al hombre
0
miento de la monja. Al cabo, éSt a s; alz~, s~ : ; \ ; miraba embobado.
que apagase. Pero el otro no par~c,a en en e ' mientras la monja, hoUn grito del enfermo los estreme~6a:~~:
volvieron a encontrar,
rrorizada, echaba a correr, el otro p od
, no tendido sino enros,
t
ama don e yac1a,
'
poco despues, ante o ra c
' ..
movia la cabeza sobre la
cado, un hombre gordo y largu1s1ml o, qtueem1'dades golpeaba a veces
lanosa y con as ex r
.
almohada, una cabeza
'
.
aloo· como si tuv1e6
.
La
monia
1
e
susurr
o
,
sobre los pies de 1a cama.
. . nto tan convulso, que del
.
. 1 go con un mov1m1e
se m1edo, se ret1r6 ue '
. 1·no' a recogerla· pero
,
fl El enfermero se me 1
'
pie se le escapo una pant? a.
al d d uevo. En medio de la sala,
ella, mas agi! que él, hab,~se ya c ~ oEl~tno se ri6 pero remang6 las
se miraron, m~dos. El e~ ermer~~:1:do con los ojo~, quisiera reir_ de
aletas de la nanz, como s1, no p
. .
mas tranquilos y desp1eraquella suerte. Luego, siguieron la VlS~a, rer~ama de los enfermos, sin
tos, tanto que se asomaban apenas so re aïijo la monja se inclin6; el
arreglarlos ni interroga~los. A~te un c;uc1 éndose derecho hacia otras
enfermero, que la seguia, fing16 no ver o, y

una manta de lana amarilla, doblaba en cuatro; no se sabia si para buscar algo en ella o para echarsela encima. Por fin, se decidio, y abriéndola
cuan ancha era, se tapo los hombros y el pecho. Oianse, Iejanos a la saz6n, Ios pasos de la monja sobre el pavimento, y los del enfermero, mas
sonoros, menos cuidadosos; pero los enfermos no se preocupaban de
aquel ruido, ni del enfcrmero que se habia tapado, y buscaban, con trabajo y suspirando, una postura para dormir. Uno, de orejas tan rojas
que, sobre la almohada blanca, parecian completamente -negras, encendia un cigarrillo tras otro, con un ansia nerviosa que le hacia temblar de
pies a cabeza. Pero no suspiraba ni se fatigaba como su vecino, un viejo,
estrecho de hombros y todo derrengado, que subfa y bajaba del lecho,
sin decidirse a beber o a orinar: no se comprendia a qué. Y cuando se
echaba de nuevo, se enroscaba sobre la almohada, tropezando las mas
de las veces con las columnitas de la mesilla, que tintineaban con cierto
ritmo. Otro, pero a éste habia que mirarle de lejos, tan encerrado en la
sombra estaba, se quejaba con Ios brazos en alto, como si su aliento le
pareciese harto proximo y quisiera con aquellos gestos y sonidos alejarlo.
Y no era el ûnico que se Iamentaba. Cuanto mas avanzaba la noche, mas
avanzaba la inquietud y el desasosiego, con ronquidos y lamentos que
en la sala, vastisima, pero cerrada, se propagaban, graves y macabros.
La monja habia desaparecido (no se sabia por donde), y el enfermero
que la habla seguido en aquella visita, se habia quedado al fondo de la
sala, al pie de un altar. El enfermero afeitado, apoyada la barba en los
codos, dormitaba, mientras el rubio, con los ojos fijos en el techo, encendia y apagaba una pipa corta, la cual solo a largos intervalos echaba
humo. Sobre todos, sanos y enfermos, pesaba algo, pero no se sabia qué,
pues que el techo era abovedado, altisimos los ventanales, y las estufas,
aunque voluminosas, fuertemente plantadas en tierra.

camas de la sala.
h b' n acabado de leer, pero no apagaban
Los otros dos enfermeros a ';. d daba vueltas y mas vueltas a
las luces todavia. Uno, el alto y a e1ta o,

abria Ios ojos y pedia de beber. Le servia al punto, y aquella distraccion
me arrancaba de la helada somnolencia de la espera. Porque tambiéo yo

f::: le

1

1

• * *
El amigo a quien yo velaba dormia, y solo a veces movia la cabeza,

10

144

�LA PLUMA
aunque sano, esperaba con ansia la man.ana, que me parecia que .habia
de tardar todavia no sé cuantas horas, y naccr, no alla tras los cnstales
de las ventanas, sino del pavimento frio donde descansaban mis pies, o
de la silla de hierro en que me sentaba, empezando a calentarme levemente, primero las puntas de los pies, gélidas, y luego, poco ~- poco,
todo el cuerpo. El viejo derrengado continuaba subiendo y ba1andose
de la cama, con grandes suspiros; pero el de las orejas rojas, que antes
fumaba, dormia con los brazos enarcados y respirando fuerte.
Debia de haber pasado, mucho tiempo antes, la media noche, porque
el aire se habia hecho elastico y ligero, no ya pesado y enrarecido; Y
alla arriba, por la ventana que frente a ml tenia, veia alargarse. una estrella enorme, como si quisiera consumirse del todo en aquel iuego Y,
acabando en punta, meterse dentro. Ya fuese que el alba se apro~imara lcntamente, ya cl frio que me daba la impresi6n de tener los pies en
un lodazal o entre la nieve cuando empieza a deshacerse, lleg6 un momento en que no pude seguir sentado. Mi amigo respiraba tranquilo en
su suefio: los enfermeros no se preocupaban de mi; asi, pues, me levanté poco a poco y cautamente di unos pasos por la sala. Me pareci~ que
de pronto se callaban todos los ruidos, como si los enf:rmos tuv1eran
miedo de que oyera sus suspiros y quejas una persona v1va y sana, que
podia andar y moverse a su antojo. Incluso los enfermos que roncaban,
debilitaron temerosos, o tal me pareci6, el flujo y reflujo de su garganta. No me alejé mucho de la cHma de mi amigo; contando los pasos entre la orilla de su lccho y la estufa mas pr6xima, procurando no hacer
ruido e incluso contener la respiraci6n. Me encontré en un momento
dado ante el crucifijo que la monja habla saludado con una inclinaci6n, Y
mirandole, me maravillaron sus ojos, tan abiertos, que parecian risuenos. No tenia labios, de suerte que la boca monstruosa, bajo aquellos
ojos dilatados, parecia contraida en una mueca. Aparté de alli la vista,
pero me encontré ante un enfermo con las pupilas dilatadas y vitreas,
que me miraba fijamente, enemigo. Sus bigotes, de un rubio sucio, eran
tan hirsutos, que todo el rostro, flaco, descarnado, parecia, a su vez, punzante. «&lt;Qué quieres tû aqui?» parecia decirme, aunque su boca cerrada

LA PLUMA
ni aun aJ respiro se diria que daba paso. Volvi la cabeza confuso
.
d d 1
'pero
otros d os OJOS,
es e a cama frontera , se fii'aban en m,', em ergen t es d e
.
una cabeza ~1zaday de frente estrecha, que reluda por el mucho sudor.
. Me voJv, a acer~ar a Ja cama de mi amigo; pero también él tenia los
OJOS puestos en m1, y me observaba como si no me conociese &lt;•,Est,
"&gt;l
,
. " as
meior.», e pregunte con dulzura. Pero no me contestaba mante · d
s b
,
11
. d f ,
.
'
men o
a mira a na y reluc1ente. «1Quieres
beber&gt;., a-nad't. E'J 1n·
d'o 6re m1
. aque
,
...._
1c : _si, s1; pero cuando le alargué la cuchara escupi6 contrariado y me
parec16
que
·
d murmuraba: «&lt;Qué haces aquii'» y tras esta frase , una sonnsa entre
l · e hastio
. y de pena. Le acaricié la frente , Je sub'1 la col ch a;
pero é , sin camb1~~ de fisonomia, volvi6 a cerrar los ojos para dormir.
Un enferma
· len. romp10, en aquel rnomento en un golpe de tos, t an v10
to, que se mcorporo con el esfuerzo hasta mostrar incluso las piernas
~eludas y arqueadas. Asi, cubierto en el lecho, estuvo unos segundos,
mtentando deshacer el nudo que Je ahogaba, ayudandose con brazos,
hombros y cabeza. Pero como no Jo conseguia tuvo que acudir el enfermera, qu_e, dormitab~ al pie del altar, con un gran recipiente gris que
me parec10 que deb1a pesarle en las manos enormemente. El homb
,
, , 'd
re
que t 0s1a
se agarro av1 o a Ja vasija y bebi6 celosamente como un n· I
b'b '
p
mo
e ~ eron. ero,_ al beber, la garganta le borbollaba, mientras sus ojos
lacnmosos me mlfaban, me pareci6 que con ira.
El epilépti~o calla~a en su cama lejana; pero yo senti que también él,
a su vez, hab1a de ~ i r presto con un grito o un estremecimiento. En
e~ecto; como un pa1aro grande que da con Jas alas en un cristal, afanandose con el pico y ayudândose de las patas, el epiléptico empezaba
a moverse en la cama, resbalando los pies, las manos O no sé qué· de
pronto di6 tal alarido, que toda la sala se estremeci6. Pero el ala;ido
aque~ no conmovi6 en modo alguno a los enfermeros ni a los enfermas
desp1ertos, los cuales pareci6 como que se complacian en aquella nota
audaz Yd_:sentonada que habria arrancado a Ios sanos y convalecientes
de su sueno reparador.
El _ho_mbre, ayudado poco antes con el oxigeno, dormitaba, a la saz6o, Sl bien afanosan;iente; mas de improviso se arrodill6 de nucvo en
147

�LA PLUMA

LA PLUMA

..

la cama y como por llamar mejor al aliento que le faltaba, agitaba los
brazos en cruz. El enfermero de las orejas de soplillo corri6 otra vez con
el recipiente, pero el enfcrmo no lo querla, lo rechazaba. Su agitaci6n
era tan desesperada, que también los otros dos enfermeros se sobresaltaron, y, levantandose, acudieron. Uno de ellos, el rubio, dijo: «1Una inyecci6n, una inyecci6nl» Y luego, armado de gruesa jeringa salt6 sobre
él y echandole a la fuerza sobre la almohada, le punz6. El hombre pareci6 tranquilizarse, murmurando en voz baja palabras inconexas.
Luego tosi6 y rascândose miraba adonde yo estaba, como si yo fuera la
causa de su sufrimiento y quisiese reprocharmelo. Yo respondia timidamente a aquella mirada pero, de pronto, rnovido de no sé qué impulso,
me acerqué y murmuré a su oido: «Ahora estas mejor, ,!OO es verdad?»
Con dilatados ojos me miraba sin responder, pero una vez que los enfermeros se alejaron, me hizo sen.as de que me inclinase, a lo cual obedeciendo yo, se golpe6 el pecho y exclam6:
-1He aqui el hombre!

* * *
Ya no veia la estrella, que poco antes ardla tan viva a través de la ventana, empobrecida y enturbiada como por una neblina entre amarilla y
cenizosa, cuando en esto, el epiléptico empez6 a moverse y gritar de
nuevo, y esta vez con tal terquedad e insistencia, que los tres enfermeros tuvieron que alumbrarle con la lampara que estaba sobre su cama y
ayudarle todos tres con no sé qué manipulaciones e instrumentos. La sala
parecia participar en el sufrimiento del desgraciado, clareando en una
luz amarilla que parecia filtrarse por los muros, por el suelo o por las
blancas camas, y en vez de acallar, robustecer aquellos gritos. Aun sin
la lampara, y no se sabla c6mo sucedia aquello, veiase al enfermo r algunas caras y ciertos rincones que por la noche estaban en sombra; y
mas puertas; y hasta una alacena cerrada con cristales, especie de guardarropa alla en el fondo. Mirando a través de las ventanas, aquella ne-

blina
que. enturbiaba
la estrella no se mostraba ya d e un amanllo
• cem.
.
d
c1ento, smo e un verde timido como algo fugif
•
Hquido que Jentamente se deshaci~ hundiéndose en1:~ ~é :~mp~:~ente
Los enfermeros maniobraban aûn en torno a la ca
li qu aratro.
1 d .
.
ma aque a de 1a cual
por
o
emas,
no
sal,an
ya
loi
aullidos
de
antes
L
h
d"
• 1
· «J e an' matadol» '
IJe
entre
m1;
y
os
enfermos
que
se
asomaban
desd
. '
t st
·1
e sus camas con ros
ro ranqu1
os
y
compuestos
los
enfermos
tamb'.
d
b'
b
'
ien e 1an pensar lo que•
yo pensa a, porque, meditabundos y serios se mirab
~n enfermero, el rubio, fué de una carrera :i.i extremoa; ~nos a otros.
v1endo con unas angarilJas, se detuvo de nuevo ante la ~ ; sala_ y vollos otros dos enrollaban mantas levantaban
b . b
a, m1entras
·
J •
'
Y aia an una sabana
a bnan y vo v1an a ccrrar los brazos· Alzaron l as angan·11as de nuevo '
pero esta vez no fué uno s6lo. El de Jas orejas !argas y el afe't d
'
v~ro, habfanse re.,;ervado silenciosamente ta] cometid' .
, a o y se-

::~z ~:0:.~:;:ti::~~~o~·:0;01~::,i~~~}~~I:.:i~

:;~~;:~1
vac10: Un cuerpo humano envuelto en una sabana, hundia;e en l ~n e
. Miro, no comprendo; pero los ojos de los enfi
a on_a.
1
:ng~. ~on claridad, los ojos de los enfcrmos me ex;):~~• !u:u:~~~~0d ~
m ,en una voz que surge de un lecho lejano donde un h
. .
y gordo, con un rostro sin pelo de barba se to~ l
.
ombre 1oven
dos en?rmes ~uiiones vendados de blan~o, que d;cs/:':~~ a~pu~das,
que as1». y ne con risa gutural.
J r sin p1ernas

* ·•

*

~:C~:~~~!;

ioo
!en~;oan;; ;;~: ::c%~ra; ~o~ia. Tal v~z. aJguien _habla
curiosidad de seguir aquclla ca ·u
am1go, ~ero ~mza obedec1a a la
parecia osible
m1 a, por ver adonde iba y a qué. No me
da.ver, :que
;om~~e, antes vi_vo y estent6reo, fuese ya cabien y la sala no dab
. dquel ugar, prec1samente cuando se veia tan
a mie o a guno.

ab;_~~i~~:~

149

�....
LA PLUMA

LA PLUMA

•

1

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...,

tll

Los enfermeros bajaban cautos las escaleras y yo los seguia, pero
como un somimbulo, cual si a través de aquellos corredores y escaleras
no hubiese otro guia: el muerto en la sabana blanca. Y me maravillaba
que las puertas de los corredores no fucran también como, las blusas de
los enfermeros y la sabana, candidas, y la luz menos difusa y clara que
en la sala.
En un recodo de la escalera, topo con un hombre. Yo quiero seguir
al muerto, ver adônde va y para qué; pero el hombre me toca en lacspalda y me apostrofa. Los enfermeros han desaparecido ya con su carga, y el hombre me su jeta y me interroga febril: «,:Qué hay en esa sabana?» ,:Sé yo lo que hay en la sabana?
Si; lo sé muy bien; en la sabana hay un hombre, un muerto,
-,:Quiere usted dedrmelo? ,!Si o no?-insiste el hombre, casi llorando: -Mi hermano estaba gravisimo ayer noche.
A estas palabras me estremezco y le miro. El hombre es gordo y
orondo, y lleva puesto un sombrero gris que por milagro se le sostiene
en la cabeza; casi se le escapa.
-&lt;Quién es?-repite afanoso.
Le miro estupefacto; luego le digo (y no sé por qué se lo digo):
-,!Usted esta sano o enfermo?
El hombre mueve la cabeza, tiembla, balbucea, repite:
-,!Quién es? Digame, se lo ruego, si es él.
Pero yo me tiro a su cuello y vuelvo a preguntarle (no sé por qué se
lo pregunto):
-,:Esta usted sano o enfermo?
Se echa a un lado por escapar de mi y los ojos empiezan a Jlorarle,
la garganta le solloza:
-jPOr amor de Diosl iDigame si el muerto ése era un epiléptico!
Pero yo no le suelto, y cuando al fin se me escapa, baja las escaleras y vuelve la esquina atemorizado, yole sigo gritando:
-,:Esta usted sano o enfermo?
En la porteria le detienen a él y me detienen a mi. Tras una puerta
abierta en el patio, se entrevé una cosa blanca que se mueve: las anga-

rillas ~tan ap?yadas ~n la pared, vac!as. Aq?ellos porteros escépticos le
cncarmnan a el a la camara mortuona; a m1, pcrsuasivos y condcscendicntes a la puerta exterior.
Estoy en la calle y en una franJ·a de so1
.
bjanco; pero c~mo s1ento entre mis dedos algo que no es mio, que me
tortura, me miro ~as manos en _aquella Juz cegadora, y me sorprendo
con el sombrero gns de aquel senor, estrujado en el puiio.

MARIO PUCCINI

....,,m
..._,___

....~...... ■ftllfflfflll~11t1Ullll~1,_ _ _

1

CANTA MI CORAZÔN COMO UNA FUENTE ...
f.Mi çprazon (como mi verso) es claro:
ha/lé en mi sangre férvida el venero
en que ha de constelarse el desamparo
de la rubia mujer que ya no espero.
(fHada inefable que dora mis sueiios
con la dulzura de su cabellera
y que guard6 en sus pé1.1pados sedeiios
la vision ruda de mi primavera.)
Caen las lunas sobre mi tortura
con una igual indiferencia, /ria,
en el silencio de la noche oscura.
'Ya la he perdido (irremediablemente}
y ante el abismo de la lejania
canta mi coraz6n como una fuente ...

R. MEZA FUENTES

�LA PLU MA

~!

EL NO VELi ST A
(NO V ELA RIO )
( CONTINUACI6N)

II

,. œ ERO

entre todos los /aroles de la dudad, uno de ellos, el 185, es
Pi;i;\
el que ha de figurar en esta nove/a, plantado en el rincon de la
W
Calle del Murallon, esqztt'na a la del Trinquete, a la que las
gintes !!aman desde no hace mucho La del misterio.
El faro! 185 ocupa la esquina precisa de la calle, d~jando
apenas que pase una persona entre él y la pared. Enjabelga con su luz la
pared, desconclzada y sucia, frente a la que luce y traza un cuadro de luz a
sus pies, como proyeccion suya, en La que trazan sus radios los emplomes
de sus ladrillos.
Lo unù:o que le asusta al farol son los vientos que soplan por su esqu{na y que alli hacen un tiro atroz, habiendo dias en que han estado para
tt'r arle, aunque en esta ciudad de los madriles no hay viento que pueda tirar
a un )zombre ni· /1paf{.ir un faro! por mds que se revista de los mds terribles
aspectos de ciclon y hasta arranque un drbol, pues es mds fdcil desarraigar
un drbol,porque todo él ayuda a ser desarraigado, que tirar a un hombre
o apagar un f arol.
«Se creerdn que n,1 pasa ,zada en la noclze», pensaba el 185.
Aquel erà el paso para una casa misteriosa -v empers{anada, la casa de
hulspedes j!otante, la casa dispuesta para qur los huéspedes se mz·rasen a los
espejos.
Por alli daban la vuelta JI se paraban un momento bajo el 185. Elfaro~
dicharaclu10, ducho en esas /ides, les anim aba, injlu{a en ellos, sin que ni
152

un~ otro st acaba.ren de e1tlerar de qufln habia sido el soplo divino de la
dectsion.
El nûmero 1~5_generalmenle estaba_ de mds, mirdndose en uno de los
cristales de su vttnna como e11 un espe;o, y soplando el fuego ùzterior que
le abrasa~a por los redondelt'tos que habla en su tubo, verdade, os agujeros
de la nartz del faro!.
A hora,estaba un poco descuidado. El farolero cada vez venia menos por
Il _'V se le tba ~a'.tando a la forera, a la garrrclza mtfo1 dicho, atmque resultaba tar: vtstble por el punto estratégico que ocupaba, que en seguida
habla un mspector que lo denuncinba.
Yi; hacia Hempo que no tenfa aquel tubo de 1·epuesto que an/es siempre
dormza al lado de stt lu~ enhiesta, como sustilutz'vo en caso de desgracia.
co"!o elemento de salvacùJn para no jJasar u11a noche entera a oscuras. jQué
dntmo § qui to1tjianza le daba el tubo de repues/of Y se daba el caso de que
estando tan a la mano el t~bo nad{e lo habia robado mmca. La peor a-ente
respl'la losfaro:es de las czudades clvilzzadas, y los Ladrones lfJ robanbtodo
menos alfarol.
Era rico con el tubo que tenia de mds, pero ahora se le pasaban tem/)or'!das mu_y !argas con el tu~o quebrado o alnzenado por la ruptura. 1Gractas que tenfa gran prtsencza de dnz'mo!
. E_l 185 no 11eia desde stt sùio mds que obo farol, el nûme,·o 63, de otro
drstnt~, porque la acera_ de~far~l 185 errz del distrito mimero 5,y en la que
e,nergza ~/ 63 era del t1;zslnto numero 4, acabando en el/a la jurùdiccù}n de
la aulondad del barno.
-Pertenecemos a disfnla re/lûblzca-se habian didto en broma muchas
veces los /aroles a través de la noche.
- S i hay escdndalo en tu acera z'rdn a una comisarla, y si es en la mia
{rdn a otra.. .
·
- El que esté dispuesto a cometer una fechorîa debe pensar qui autoridad le correspon:-fe... El «M~'ri» mmca p_ega las bofetadas a la Anlonz"a en
la ace,:a tu_ya, s:7;0 en la. 1ma; porque st va a mz· comisaria, elJitez es mds
asequtble a una 1njluencza.
-:,Qui rabia le d~ al_sere':o Borza cuando tiene que Si!r él el que lleve a
las ben_tes a la comzs_aria nmnero 4,po1-que es la rnds le.fana dt! ba,·rio ...
Para él, todos los ~rimenes Si! comelerian en la acera dt! d,:rtrito 5 .,1· 110
fr?les~asm los vectnos, y tod, porque es de la que le coue 11tds cerca la comtsana.
b
As{ charlaban en ùttenninable dtarla los dos farolu:
-(' Y esos.rl-le prepw1taba elfaro/ m,11w·o 63 al 185
-Esos... P ues hàlia el reposo...
·
1

53

�I
LA PLUMA

,.
•

-jCom~ la empu.fa él!
.
.
. .
-La capa se ha lzccho para mipu.1ar a las 11t1t_Jeres y para diszmular el
empuje...
..
Hn los silmcios cantaban los dos pobres /aroles ffUOJ1ras y otras compo_siciones menores y recatadas que se laizzaban mutuamente para darse ammo, para quebrar los hùlos de la noche.
.
,
De n11evo una pare_ja se paro en su esqutrta, alli donde todos ~e sentian
entre bastidores de la escena y no se atrevian a pasar al proscemo.
-Mt'ra, Jfanuel; no puedo...
,
-Pero, mu.fer, después de habtr llegad() hasta aqui...
El faro! nûnzero 18, conoda ya mucho aq_u~l argumenta de &lt;~haber ll~gado hasta alti», que para todos era algo decwvo cuando no podia ser mas
trivial.
,,
.L
El jarol nûmero 185 dio 11~s luz a su mechero, que era como e, sonre,a
1 daba optimismo a los indectsos.
-Después de todo, un dia tenia que suceder; (por qué no ha de ur antes que después?
-Si... Pero esta noche parece que puede haber alguna desgracia ... Es
hoy sdbado, el dia de las borraclzeras y de la polt'cia ...
- No seas tonta ... A esta hora, no...
.
-si· apagases el farol... Pero puede haber asomado alguzen a los balcones de esas casas.
.
El faro! insistia con su luz por lo ba_jo, demostrdndole que_nc_i~ze querria
reron(Jet1la porque la noclze era jria y estaba llena de impaszbtltdad.
«Como son estas mu.feres-pensaba el faro! - ; se creen que su caso es
un caso ûnico, es el caso del mundo y de todas_ las estrellas.»
.
.Ella temblaba a los pies del farol como ba;o la cruz del calvano. Nun~a
se la olvidaria aquella escena y el farol quedaria_ graba~o en su memorza
como un atributo de su destina en la hora culmmanfe. sin aprecfar que lo
que la decùii'o aquella noche fueron las mdximas del farol... . .
«( Pero no véis que en l,! s~ledad de la ca{le se puede deczdzr: lo qu~ se
quùra? Considerad que sois libres, y gozad ltbremente vuestra lzbertad.»
«Todo lo que esta iltemi'nado por un farol comn yo en ta noche, goza de
su independencia, y para fortalecerse se da esa ducha de luz de gas que
brota de mi.»
El 1 85 les vid por fin comenzar ese paso de p1•oc~s1:1n, que reanud~ _su
marcha en silencio, dejando de lzablar de todos, dmgzendose en de.fimtwa
al sitio seiialadv, jcompletamente desenfada&lt;fos!
,
,
Le emocionaba al r85 ese 1nome~1to v veia lo alemorz_zada qu~ ibn rlla.
empi~jada por el Jwmbro de su novto. Ya aquello no tema rnnedzo, y el 185

LA PLUMA
se sonrefa d.e ver cdmo lo irremediable no era casi una cosa importante ni
grave, sino aquella ansiosa excursion camino de la posada en que no se
pide dinero nada mds que par el desperdicio de una hora, )1 no se necesitan
papeles m· equipa.fes, y no i·mpera la dura ley de «por lo menos quznce dias
obhgados».
El 185 ecluf su bendi'cton a Los qzu se ale.fa/Jan hasta la puer/a de cristales opacos, en la que ha siâo suprimùia la portera para que sea la casa
de la felicidad.»
El novelista se detuvo en su novela. El farol ya estaba situado. Ahora, a _bus~arle personajes que logren hacer variada la acci6n sin romper
su m1steno.
Las noches sucesivas se dedic6 a seguir a los faroles, a perseguir sus
luces.
«Se podia decir que les ptetendo, que les busco las vueltas, que compruebo con los numeros colgados de su visera el numero importantisimo
de algo ... Parecen vendedores de décimos con el décimo en la gorra, y
a,los que yo voy buscando como si uno me hubiese dado una participaci6n que me hubiese tocado.»
. Andrés buscaba_ en l_os faroles que veia, el secreto cordial que se pres1ente en ellos, la h1stona que ocultan, loque vieron, aquel momento en
que vieron escapar al ladr6n con el reloj de un transeunte, llevandosele
por la cadena como el que se lleva un perrito que se niega a andar, o
a aquel en que vieron robar una cartera a un seiior y se qued6 desconccrtado, mas que nada porque se le habian llevado la cédula, las tarjetas, los papelitos de tafetan, todo eso 9ue si alguna vez se tuvo tiempo
de comprar ya no podra ser reconstru,do en la nueva cartera .
~ndrés se di6 durante varios &lt;lias, largos paseos por los arrabales de
la crndad buscando faroles pintorescos, intercsado por que resultase
bien aquella novela que era cl secreto tema de concurso que tenia clavado e~ su memoria desde hacia mucho tiempo.
. 1Que gran novela se puede hacer contando bien con el gran personaJe sobrehumano de la nochel
El novelista sentia pensamientos subitos bajo la luz de ciertos faroles y sacaba su cuaderno de apuntes y apuntaba clarividencias que pareda haberle inspirado el Espiritu Santo.
«Desdc luego, el farol es algo muy serio e independiente que no da
su luz para nadie, qu~ ~e irritaria con el que se creyesc dueiio de su exuberanc1a de luz--escnb,a en su cuaderno de Jas argollas jpobres hojas de
papel tan frias y retenidas por esos llaveros de los papelillos del verdadero cuaderno norteamericano!»
1 55

�LA PLUMA
Andrés encontr6 faroles que le estudiaron a él mas que él a ellos y l_e
Jlenaron de curiosidad, pues no hay nada que haga a~olecer de e~e v_1cio, que cree con mas viveza las luces de la expectac16n, qu~ d~ mas
aires de videncia al enfarolado y que le haga buscar una apanenc1a en
la kermesse de cada faro! aloo asi como la presencia de nuevas Virgenes
de Lourdes, tanto que el '«erffarolado» es como un lu_natico.
El novelista estaba empefiado en aquel comprom1s0 de honor y sentia dentro de si encandilado con tanta luz como un farol. el faro! de la
inspiraci6n. En su alma cbmo si fuese una calle, le habia salido un
faro!, un verdadero farol.' en que se apretab~ y se cefiia la verdad del
faro!. En esas noches, perdido por las c~lles mas an,~ostas. q_ue a veces era
la primera vez que encontraba y recorna. encontro farole~ mtensos como
no lo eran los de las principales plazas, faroles desconoc1dos, de alta cabeza faroles como Job faroles con intenci6n de dar un revuelo y faroles ~emorialistas para ~l pensamiento, pues ayudaban a aclarar una idea
y a escribir un preambulo.
.
El novelista obsesionado por la novela del farol 185, tuvo que deiar
cornenzado el r:ianuscrito para mejor ocasi6n, porque si no le iba a corner la neurastenia.
El novclista, cortada en esc punto la novcla del faro] 185, ~e dcdic6
a terminar «El barrio de doiia Benita». Ya estaba al final. Hab1a casado
a Rafael, habia pintado la esccna divertida ~c la boda v habia dcscrito
con emoci6n la inquictante cscena de la pn~~ra Soledad en la _alcoba
vestida de volantes, como la alcoba para la h11a del rey de Ios gitanos.
La pasi6n en aquel capitulo lleg6 a su desespe_r~ci6n plac~ntera y cr1:e~.
pues Rafael, que estuvo por preguntar, po_r ex1g1r, observo con d_ramattca pasi6n c6mo aquella mujer tenia un m1edo abnegado al enganarle, al
no poderse confesar. Disfrut6 de esa congoja. 1Cuantas veces estuvo ella
para confesarle la verdad y él para exigirsela aquella noche! Pe~o lo~ dos
entraron silenciosos en el engafio, sobre todo Rafael, que s~nt1a el msano deseo de beberlo todos los dias en la boca de su esposa.
El novelista habia pintado las es~enas de la veci_ndad en, el ~arrio de
Jas covachuelas y de la inclemenc1a, en cuya vida hab1a c1erto encanto inimitable. Se veia a los recién casados pasear por el pueblo, y Rafael observaba con los dientcs apretados, pero sintiendo el brazo turgido
de su esposa enlazado a su brazo, c6mo les miraban al rasar los q~e _sabian Jo del hermano. Y siempre estaba Rafael en el momento de ex1g1rle
la verdad y nunca se atrevia. Asi, en esa incertid~~bre y a}t~rnando con
otras peripecias, habia llegado la novela a sus ult1mas paginas, al momento en que va a llegar de nuevo el hermano.

LA PLUMA
«:,)C:ttia Rc:,fael-escribùJ el no7:el~sta-que la lzabia encontrado m pleno
crec1mwzto, szempre en pLeno crect1mento, porque Rosario cada vez era mas
(}j)ulenta. mas 11wjer, y er,1 mris oscuro su pela.
la muj.:r se habi,i ezallado tanto en elLa, que se iba volviendu la duena
de aquel ,wdurrit;I, la p_rov~cadora de aquel pueblo, JI todos pasaban por
delanle de la verya del yardm por ver/a sentada y coszendu en media de él
con frescura de jiœnte.
·
'
Rafael, Jiempre con ojos de lzaber donnidu nzuclzo, la vigilaba con temor
de algo, pu~s su esposa era et!da i 1ez 111ds mufer y tenia unos szlenàos y
unas rejleztones que le alemon:::,aba1t.
~;1Qmza soy yo po:o hombre pa;a, ellal», se preguntaba Rafael. Y le
ltac~a jlaquear l~ pregunta; era lo umco que Le hacia jlaquear, porque Rosario era demasiada muyer y en las tardes sosegadas de v,:rano ltenaba el
jardin con su perjitme.
Szempre en traje de casa, Rafael ya tenia el alma vestida de traje de
casa, es decir, apocada, temerosa, casera.
_Veia Rafael, con jntensa_s mù-adas_de ho?nbre de_ la otra orilla, que
en/Je el barrzo de Dona Bemta )' .1-Iadrid habia un abtsmo alg-o asi como
un rio de luna y de / ferra, jmo profundo comtJ un gran bà~ranco.
jPero habia tan gran encanto en que le tratase con dufzura aquella gran
bestia bLanca con voz un poco machuna!
Sus am{gos fueron a verte algun domingo, aquellos ami(f"os que habian
conjiado en Il y le habfan querzdo lzacer el politico de todos, ;l representante
del grupo, el hombre de los cargos y de los ézitos. Cuand" t"ban a verle mataba en honor de ellos un :onejo y Lo mandaba paner con arroz, y se emborraclzaba un poco al sentzrse encanlado de vzvir.
Después de aquelLas cenas Le de/aban media adonnilado v se zôan riendo
de -~1tS Sllfg'l'IJS, y se ibm; todos alg-o enamorados d~ aquella mujer que par~cza la estatua del v~s!tbul" sobre la que daba La tuna y /zacia La que volvzan la cabeza al retzrarse por en media de los campos.
. «,Pobre !, a/ael! i Esta atado a unos cvlla,·es de criral! •, se decian, no
St?z _ner/,z env,dza, al pensar en Rosario, que se al/zajaba, en cuanto z·ban
vwlas, con sus dnco vue/tas dt co, al rustù:o, leiioso, que en conjunto /enia
algo de car/mzca.
P,isaban silendosamente los di:ls durmiendo todos la siesta en el hotel
del colmnpio_ ocioso, buscando Rafael por la casa en sombra el rastro de
ca11ela y amzzcle a que _olia ella, su duefia, la mzqer coma loca que callaba
su locura, que n_o la de_Jaba trasparentar ni trasludr, pero en la que ezistia
coma una especze de locura latente, revelada sobre todo por su actitud desde
ltacia un aiio a esta parte.
'
'

�LA PLUMA

LA PLUMA

•
.l
la preO'tl.11/abà
altr1mas
veces
Rafatl.
-JMe quunsr1,t,·
d
r ;,
-~Qui preguntasl 1,No ves que estoy casa a con tgo ....

_!&lt;!en qui ca;/las lta;tor miro lasflons ... Siento el dia ... Me jtimto
-En nada ... nago a or 1
11ivir.
' h blaba Rafael tra con los padres. Estaba Pr:smado
Con quienes mas_ a
,
. , le pudiesen llenar toda una vzda.
de que las conversaczones mas tnvta s_ s de s•1. sueoro era la de dirigir
• l
de las preocupaaone
'
1&gt;
Por e;enzp o, huna_ l b icones altos, y siempre convtnaban a prop6sz1o
las enredaderas acta os a
de eso:
,
eountaba todaslas mafianas cuando le veia '!._
-1Que, no subenr-le pr ,,, d l
l bramante de cuyo lazo no sesabza
rar del ronzal a las flores' atan o as a
'
c6mo u desprendian.
do las oblt'go mucho se me rompen ... &lt;Qtté
-No ... Se me escapan, y cuan
strdr
.
d de s
-Que son timtdas efas enre ad, ra . ·ronia y seguia guia11do a las mEl suegro callaba, sin co;zJ;~z
s:s~ma1 s; ·a su aicoba alla arriba,
redaderas, que la fll:e no qu d
uellos viejos esposos atmrdos, monstruoquizd porno v_er e ;un~arsz
~dbula vestidos con esos trajes blancos O a
sos con su tzpo de anima es. e J'
fi'b las
list~s con que st vis/en los anmzales de as a u .
,J
•
Rct•-f.aell h a de las con.fiuenczas a 'J'
,
-Mira-le re1;etta ~iempre ex , a o:e cuando entraba por la calle de
no pasaré rato mas /eliz en tnz a:f:a q cami110 de la Puerta del Sol.. : l!..raFuencarral, a la~ cinco de la; de La cù1dad, sus primeros conqmstadomos, como los
7':J;~e!;!da e,~ una tata de petr6leo, y alguna vez
res... Tu mam p.
ponia preczosa con la basura.
llevamos a Rosario, que st . l b l
;, pre!Flmlaba con sorna Rafael.

e:;

d

l

~rz;f;1/a,

- / Y l~ rec1~ia la gente ;nbi~: f~~:::~do au~ ... Todos menos nosotros
-Cast nadte... No se a
_
Daban ,,.anas de cantar la Marperdian esas horas santlas de ll~!lem~~aq1:i·~~itraban ~ ltevarse alegremente el
sellesa... Eramos como os nzu t r
.
toro muerto...
' R ,f l- me acuerdo de sus alegres borriqu_illos,
-Me aet1erdo-decuz_ a1ae -'
hi uillos que van al colegio.
que se daban u11a gran tmlportancz,a, clo1.tn1~a,~er~ cuando Ra/ael enconlraba.
-deda a e=emen e e
r
.
- E so ... eso
t,·
d.. l n muchas ocasiones como un gran
una imagen fehz, llegando ahpe tr efie e· ,1.JMe la regalasr 1,Me dejas que
fiwor eztando le !{Ustaba mue o una ras . ·,
10 la dig&lt;;t fambtënr» bi p
motej a Iodes los del pueblo: «La poco
El VteJO tr~pero_d,sa aE/,~!rbaranda-» «La espul~d-». De algunos 11UJpelo», «La mono cat O'», «
'

tes no sabia dar explicaà6n y ten{an Ioda la estulticia de las palabras crerzdas como la maleza.
. La trapeni se embon·aclzaba en la os,U;ridad de la alcoba y estaba casi
s1cmprc dormzda. El gran respeto que tema al yerno, de dase supen·or no
la dljaba salir de su lzabùaci6n.
.
'
Sù:mpre est,1ba11 lzablando mal de las vecinas, y sobre todo la habfa tomado con dos mucltachrzs a las que llamaban •las decenles» y cuyos novios
s.ilt,1ban las tapias de nodze y se acostaban con el/as.
Rafael escuc/zaba; buscaba la tragedùz, que crecia en el fonda de su muier, y esperaba no sabia que.
CAPITULO XXIl

El sol de agosto soplaba como un so/.dador de vidriero sobre el Bardo
de Doiia Benüa.
Todos huian hacia el f 011do de las casas y se quedaban las alcobas sin
componer, perezosas, con las aljombnll.1s sobre la ba!austrada.
A la ta,:de,. las que ~e as{'m~ban tentan aûn los rizos cogidos con pape/es, como si asi mantuvtesen mas despe1ado el rostro en medio del sojoco
del dia.
No se jJodia ir a Madrid, y si se iba se llegaba lleno de polvo, un polvo
que no se tba de_las botas awzque fuesen de charol y azmque se llevase w el
bolsillo elpaiiolito del aseo con el que sacudirlas como criado de sus p1-opias
botas.
A_ veces los moradores del bar1:o de Dofia Benita se paseaban por otros
barnos tan pobres como éL, escogtendo mucho la Prosperidad; pero veian
que hasta aquellas andurnàleros eran mds distinguidos, pues po1 las venta11as se vei,zn Las arias de retratos de los que han estudiado una carrera.
Rafael se paseaba muclzo solo al atardecer mirando a los balcones de
Iodas las casas que vela en medto del campo. Parecia buscar las huellas de
un _crimen, el rostro de un criminal, la situe/a de una mujer que se le escap6.
Veza en el marco de una ventana ùz gran lupa del vil!JO que s6ld asi puede
leer el peri6dico, y a través de un baLc6n, ba;o una cama y echada sobre e!La
coma sz'fuese medzo hombre, una americana oscura.
Veia esas gallinas listas que se suben a los drboles que mt'ran al fo11do
de las habitacùmes y desde los que es jdczl lanzarse a los balausb•es de /,os
balcones,y los que acuden a la Üamada de uua campanilla.
Los niiios estaban juera de si y salian de todos Lados, de debajo de los
muebl~s, de l~s car.ros y como de los agujeros que se abrian en la tierra.
f..t:,s nzfias mismas eran bruscas y desgarradas, sùmdo niiias que tiraban
pudras con la mana zurda.
Alg-unos chicos cogian cisco de laj carbonerias y ponian cosas graves
1 59

�..
LA PLUMA

LA PLUMA

d , a las p'f!rsonas mayor'f!s que eran inen las parede!, co~as que hac{an
esto le mataba.&gt; Con aquel cisco q~e
sultad.i,s: «St cogzese al que
las c/ucas y Lo tiraban para que las 11t11je•
robaban, manchaban los tra1ed,s el
l de la catie y los portales y Las balres Lo pisasen J manchasen to o e sue o

u!~:

'!a~

dosas de s_us cas~s...
, d
escarlatina subita, pues eslaba'H conParecia que tban a morirse i! uzt
caderias para robar un poco de
(Testionados, calurosos' y bud,scaban s
sto a sal que tenlan los peduzos
lzelo para chuparlo, pasan o por aque ou
de hielo que conservaban el pesca10 fresco.durante las que él pensaba e,z ia
En una de aquellas t~rdes ca u1 osas lu anar lleno de Luna, se entero
noche de 'f!-osario, como si su caç;.{~i!S:u:c:rl;al camino, de que /zabia Ile
por la cnada de su rasa, que sa I
i .
tTado
el
hermano
que
la
sefioritla
teniC!
en
un rodeo para lleg w lo
0
Ra/ael no se apresur6 a vo ver, smo q

/;s

~~:/s~:-

1 •

mds tarde posible a casa., l
L hacla pensar en aque/la cosa lejana _y
La traffedia de l?.os~no, o qu~ a l . •dfn es ue sabia que ib., a volseria en que pensaba mzentras cyosia e11be,1a1,m,o'~Aci~irio y qui::;a por entre
sa ia co
,.
,
b
Peraba · no
ver rendijas
su hermano
Y lo esesos
. tos pensaba que era mds Jzom re que
las
de todds
pensamten
Rafael...
flema espesa imposible de tragar, que
Encontrô Rafael en su boca una
6· «Tod;s creen que yo no estoy en
n o habla sentido nunca en su boca J pens · • ·
v
virn.ïaré con cone
lo
su"'one
szqmera... L,0 o
ll
el secreto... Ella sobre t od o no s
r e tendré ue matarle. .. Porque e a
di!scendencia hasta la hora fadtaf,
to suce~ido ... Tendré que matarle
i!Sta muy hermosa y él no fJo ra o vt a_~
a él... y si ella me insulta, a ella tmnbwÎi/~ con miedo y repug11a11cia a l..z
Por fin se decidi6 a entra~ en ca~a. ,1
l iban a pr,sentar al hermane-ra sonriente y llena de inorencta con que e

7 ffI

mano.
. a leg,e,
, llena de una impudica franqueza, le presenEn ejecto; Rosario,
tô al
her'J!lano.
.
A qm, est,
-Mira
... nura...
a ... Este es mi niarido ... y tri, Rafael, aqu{
tzenes a m i hermano Fernan~o.
i:l l
ludo Habia desprecio tamEl herma1:o, con derto odhato tntenzdo;+:ch:tez porque sabla que Rafatl
bién en su mzrada y todo Lo c a con e'J.
'
no se podria imagina; lad.verdad. ll ha1·as pasiones y todas aquellas com·Alll y Ra•fael veza to as aque as 'J • •
1:F.az
1
':f'
.
•
·
'
nzmo an~• •
plicidades, claras, sin tapit.JO, sin_ el mas mi la hora fatal, la hora en qUI!
i Ah, pero él tenta que ser el '1/:i,?"tp'f!
ima(1'inar que volviese mmca
no /zabia pensaJo,porque no se
ia
o

::J:

160

el hennano! Aquel cinismo le harfa fuerle, sigiloso, certero. Lajlema mds
espesa de su vida le hacfa flematico.
Hubo una gran cena, y aun a trueque de que el con~jo saliese duro, y
sin /mer en CtJe?z!a que el arroz no estaba bien de noche, se comzo un gran
arroz con co~o.
Los padres, con su innobleza dislmulada de slempre, se iban metiendo
en la borrachera a propôsito de «la vuelta del hl.fo prodi.gio», como decia la
madre, en vez de decir prodigo.
Rosan'o tmfa la maldad humana encendùla, y como estaba permitida
una gran alegria, apmas se envolvia en la hlpocresia. Su adulteno por eso
en vez de tener esa blancura mate de los adulterios brlltaba con destellos
irresistibles ...
Rafael que antes de cenar habia subido un momento a su cuarto, sentfa en ttn bolsillo el peso del revolver, ddndole ese peso cierta tranquilidad
en la Ci!na desvergonzada.
Fenzando delataba a la famllia, revelando la .familia dt gitanos que
era. Era un verdadero gdano de ojos osados y drt boca de zorro. Conlaba
sus aventuras en Am&amp;ica como un domador y de vez en cuando se daba
golpes en los bolszllos del clzaleco para declr:
-1Aqui ha)' plata! jAqu{ hay plata!
Para terctar en la conversaci6n Rafael se propuso azuzar su ensaiïamiento provocando con preguntas en aparienda simples conli!stacz'ones
irritantes:
-( Y c6mo encuentras a Rosan'o?
-/Hermosa, mds hermosa que mmca.. !
Ra/ael sonno con una extraiïa. sonrisa fn'olenta al oir aquello y mi·ro
a Rosario esperando que el/a le dedicase el rubor que la mzyer propia dedica al marido cuando alaban su belleza, pero Rosario sin mz'ramientos
ante la supuesta ignoranda de Rafael, se qued6 mirando a Fernando...
&amp;Jlo le congratulaba a Rafael el peso del revolver y aquel rejrescante
contac/o del acero con la pierna.
-.rAsi es que vienes a quedarte aqui?
-Si me dqais, aqui me nzoriré...
-.r Y donde le habéis puesto la alcoba?
-La. alcoba de un sollero debe estar lo mas leJos de los casados-repuso él-. Dormiré en el sobrado... Cuando me fui me cansé de oi·r las ratas
de los grandes barcos, y nze he acostumbrado a ellas...
~ acabô la cena. Los padres beodos y dormidos se fueron a la cama
cas, sin despedt'rse. Rafael anst'oso de contener la tragedia aunque fuesl!
solo una noche mds, se quiso llevar a Rosario, pi!ro ésta le d(jo:

�LA PLUMA
-Yo me quetÙJ a air mas aventuras de mi hermanüo ... Seis anos que
no le 'lleia ... Tû. puedes acostarte...
Rafael reprimio el desquiciamiento de su expresion, :y conteniéndose
dio la mana a FemantÙJ :y toco con un carifloso bofeton la m,;'üla de su
esposa diciéndola:
-Tu,
hasta
Después
saHoluego
a la...antesala oscur_a a la que daba la cortina de facos,
aque!la cortina de peluqueria qut deJaba ver Lo que sucedia en la habitacion
ilmninada aunque ocultaba por completo a la oscura, y como si temiese vet
avanztir mas los ac~ntecimientos apunto bien sobre Il :y disparo sin temblut
de pulsa, con la desviacion de alto a bajo irreprz·mi'ble, hirllndole en el
vientre cuando hubiera queri'do herirle en el corazon.
La escena resultaba clariviâente desde detrds de la cor#na de flecos 1
vio c6mo él se llevaba la mana al vientre y ella aterron:zada miraba el teton Rafael,
de ftecos.como no querlendo air md.s palabms, d{sparo de nuevo sobre Il
y lel!,'lla
quitoentonces
el sufrimiento.
salio al reciblmünto, pasando por entre los fiecos de la
cortina coma las balas que habian penetrado en el comedor, y al encontrar-

se con Rafael le grito:
-;Cobardel Era mâs hombre que tû ...
EntonceJ Rafael busco bien el pecho de Rosario J disparo, dùparo kas/a
que viendo agotatÙJ el revolver la dio con la culata en La cabeza.
Pllf

Como siempre que escribia FIN en las cuartillas, el novelista se sentla
dispuesto a convidarse a lo que fuese preciso. Puso al FIN un cierre de
adorno, una contera de filigrana y se dispuso a salir a la calle. Huia asi
de Rosario y Fernando, que se desangraban sobre la alfombra del despa•
cho, y en cuyos vientres la autopsia encontraria el arroz con conejo de la

...
h

cena de bienvenida.

(Continuard).

RAMÔN GÔMEZ DE LA SERNA

OBJECIONES
I. - PREMIOS y CASTIGOS

ID

.
eu d evoc1'6n seatimos por los prem1os
·
•
. ando menos. No suscitan nin ,
literanos. Son inutiles
c16n, y si la estimulan ento gun talento; no estimulan la p-od '
1 fi
•
nces son
1
· uc: n del lucro, es detestabl&lt;" Una d 7a os del todo. Escribir con
da pobreza f'aas que hay e_n Espaâa es es~e aband:n:s pocas cosas bien ordenagrandioso de ll~ue el esc~1tor, si es de ley, vive. S610' aest~ soled~d, esta recluitras y
gar a la lrnde de la vejez teniend
~u1 es pos1ble el oraullo
preguntarse 6
o escntas al
b
1
puras no son c
c. mo se proveera a la necesidad d gu~as obras maes.
arrera, chasqu
e manana L 1
amb1ciones futiles del arribi
~au - pr_eciso es reconocerlo con . as etras
optar entre
.
smo, hay un rnstante e
gozo - las
algo mas
su conc1encia profesiona1 y la hO1 ~ :-ue _el escritor tiene qUfi
que un pasar inci -t
gui a, qu1en debe a
El escritor deb
e1 o, suele haber transi .d
su plu!Ila
estar flaco co e,I pues, ser pobre; s6lo el pobre p g~ o con su conciencia
gran poet; am7;, ::;;~~s, y cazar agilmente sus ca:es. ~t::c!~nrado.
Deb;
1
la virtud del a
. - que, por cierto no esta
or, afirma un
.
yuao. V1rtud
.
'
muy gordo-d b
gr1llos de toda
.
que manhene inc61ume 1
.
e e pos&lt;"er
aa6nima el vul serv1dumbre, empezando por la que . a vocac16n y sierra los
S I
go comprador.
impone con su limosna
OCA

. ue e alabarse (ic6mo no .
tiempo!) la independencia qu~ s1 en ello se reconoce el espfritu de
argu.eza de su
.
goza modernamente 1
.
nuestro
p 6bltco. Exentos del
e escntor viviendo de 1
l
c a ora
.
mecenazgo
.
.
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t h se:op:;a~
1 ltb~rlad del autor, sino la calid:~ ~~~:1:n~1a, loQqu_e se resienquicre
o a o menos en alabanzas
o ras. uien protege
• o en halagos a su vanidad o a s~

�LA PLUMA
ioclinaci6o. La posibilidad de reproducir sin término, con infimo gasto, el mismo producto, aplicada a las obras de la literatura (o sea, el menester de edici6n
traosformado en gran industria) erige en Mecenas al consumidor. Mecenas mas
imperioso, mas corruptor que los antiguos. Mas imperio~o, porque su paladar
es menos fioo; mas corruptor, porque brinda coo mayor paga. Cervantes no
quiso ir de lector de espaôol al colegio que fundaba cel grande emperador de la
China• por no perder el sustento del Conde de Lemos; y no se le da un ardite
de que Avellaneda le arrebate cou su libro la ganancia, mientras dos pdncipes
le mantengan. cViva el gi:an Conde de Lemos... , vivame la suma caridad del
ilustrisimo de Tolecio ... • exclama el grande ho:nore pobre (no sé si desdei'lado
o desdeôoso de la que llaman fortuna). Esos vivas me afligen. Mas, al fin, aque!los principes 110 acosabao a Cervaotes, no le obligaban a escribir una novela
cada mes, ni le incitaban a escribirla poniéodole ante los ojos mootecillos de
oro. Su iiberalidad vaHa mas, justamente por ser m6dica. No as! este Mecenaa
moderoo, uoico, numeroso, iosaciable. No es capaz de deleitarse frecuentaodo
una misma obra acabada; es tan grosero, que s6lo la impresi6n de novedad le
emociona; piensa que bajo cada titulo reciente, el autor se rehace; pide - y si
no, no paga - obras nuevas o que se lo parezcan, y casi siempre las obtiene,
recibiendo por tales las repeticiones de una misma obra con diferente aliôo. A
Cervantes le hubiese pedido un Quijote con cincuenta partes, y doscientas novelas cortas. Asl trat6 a Lope, quien, como bntos autores modernos, se dej6
au pare idolatrar por el vulgo a fuerza de a1 rojarle cientos y cientos de obras
abortadas. Lo mejor sera redimirse del mecenazgo del pr6cer y del mecenazgo
del vulgo. El parang6n es Juan Jacobo. «Je n'ai jamais craint que le pain vînt à
me manquer, et au pis aller je sais comment on s'en passe.• (Aquel llor6n tenla
la virtud del ayuno). •Je n' engagerai jamais aucune portion de ma liberté, ni
pour ma subsistance, ni pour celle de personne. Je veux travailll"r, mais à ma
fantaisie, et même ne rien faire quand il me plaira, sans que personne le
trouve mauvais, hors mon estomac.» Pensaba ganarse la vida copiando papeles
de musica, por mantener su huraôa libertad.
Si se ha de proteger la obra del esplritu como mercaderia vendible, parece
s6lida, al pronto, la teoria del certamen y de los premios. Tratase de buscar
valedores para el mérito, valedores cerca del publico, que recomienden a su
atenci6n un libro empujandolo a la celebridad. Se exalta la voz de la critica, y
de murmurante que suele ser, adquiere repentinamente el timbre de un dari•
nazo. Arduo sera juzgar en los certâmenes donde no se tira a elegir, entre va•

LA PLUMA
rias; una obra dcsprcndida enteramente del .
.
ponderar eu alidades morales o fac lt d .
ingemo que la concibi6, sino a
u a es mmancntes en J ·
en 1os certamenes para premiar cl t 1
.
como sucede
a ento o 1a v1rtud
·Qe suieto,
'é
gmerd èQué es un talento sin obras info
T .
· &lt; ui n es talentudo in
afroote el ridiculo de presentarse ' t rm~, 1 1m1tado, sin faz humana? A quien
an e un iurado d' ·
taleoto, mas talento que nadie•
t d
ic1endo: «Yo tengo mucho
h b-'
.
· Y pre en a devenaar 'l d
.
a nan de aphcarle el famoso invent0 de d on Arturo
., S m1· o E os mil pesetas '
que no es una maquina • como pud·1era creerse· es u
tona, 'J .Tairnttfmetrq
.
•
tootos de los que no lo son· un mét d
. . . n ar e para d1shnguir a los
•
'
O o,0s1sequ1ere un
d'
receta igual para graduar la virtud C6
' expe iente. No existe
Espaiiola o de la de Ciencias l\Io 1·
mo se_ l~s arreghn los académicos de la
ra es - adm1mstrad
d •
para sopesar la honesti&lt;lad y la pr b'd d
.
ores e c1crtos premios _
•.
o 1 a relat1vas de Jo5
.
yo qu11,1era saber; a qué pruebas 1
aspirantes, es Jo que
•
.
.
os someten en q é t
.
mcurnr; y s1 es Pic6n el abogado del d' bl
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u entac1ooes los hacen
defendida entereza de alguna dam
. ia o cuando se va a fallar sobre la bien
a, o s1 acaso es Cota 1 ~.
tades que proponpo se allanan ~i se ad'
.
re o, o .,faura... Las dificul.
•
·
1scer01r no eot
.
c1as, s100 rntre obras, v no cual d 11
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re capac1dades O poten.
·
e e as serâ buena ete
.
meior de las que concurreo D' ,
rnamente, smo eu.il cs la
.
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Rprec1ar la diferencia de los,mérit
. , . aveza as a leer Iibros pueden
. ,
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os con mm1mas p b b'l'd
•
ro a 11 ades de errar. Se
d ·ma •ma 1. Juntense los acadé m,cos
para coronar u
1
p10 t1ernpo con ese fin treiota y seis se- ·t
~a nove a, y j untense a1 pronon as curs1s y t · t
.
.
rem a y se1s cocineras
y e9 aeguro que las tres asambleas vend â
nns, la juota de acaclémicus no dejara d r ." a op1~ar como una sola. Por lo me~
ca a las senoritas cursis y la q
d c ir prclilJaado la novela que enloquez.
.
·
ue ,:svel a la
·
.
rnveroslmilcs-no sazonado siquierd
1~ _coc,neras. E;iemplo de fallos
del prernio Fastenrath Present,•s
pol r a mahc1a-es la adjudicaci6n ultima
b 1
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._ rez • e Ayala y Mir6 , d-'
d.ns ban desahuciado. Su5 jueces ta h
m su as1~tenc1a no hubiese tenido.
fc Jas dos unicas obras conside;~bl n, onrados_ como ne~io~. repelen ac buena
vcz mas la popularidad guiada por es ~ulel pod1an prcm1:ir. y abi tenemos una
La I
un ,a o estulto
s etras se han engrandecido tanto en 1
..
fre mccenazgo de antiguo estilo nie tâ ha soc1edad, que el escritor no suilu~a.r su nombre protegiendo' in e:io: ; ora los princi~s rouy solicitos en
public1clad, pues no va a mantene g d 1 .. or2oso es que el escritor corteje la
tar la vcna Iiteraria como una
rsed c aire que sopla. Negro destino explo
Oc la
vena e mine 1
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desastrada situaci6n en q
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ra para que otros medren y gocen.
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�LA PLUMA

LA PLUMA

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-bajo el oropel de la nombradia-el trabajo que llaman intelectual; acaso participe como otro ninguno, pues debiendo competir en la plaza publica por mejorar de paga, el vulgo encuentra que el ingeoio produce por juego y que le
basta con el aplauso. Apeoas es de esperar que la fortuna tenga seso alguo dia,
y derrame sus dooes sobre quieo los apetece mas, que no es el avariento o el
luchador ambicioso, sino el hombre cultivado y de imaginaci6o fertil que sabe
medir el poderio del dioero con la fastuosidad de sus proyectos; ni sobre quien
los merece mas, que no es el operario, ni el inveotor, ni el capitan de industria, sino cl poeta, unico en eograndecer la vida. Corno la fortuoa es ciega, el
irgeoio no sera jamas bastante independieote en esta sociedad para no ccuoerciar con sus obras. Fiemos en la prepoteocia del trabajo manual, m6dulo de la
sociedad futura, para restaurar el espiritu en su perdida libertad, con solo
substraerlo a la ley de la oferta y de la demanda. cL' independance que j' entends-vuelve a decir Juan Jacobo-n' est pas celle du-travail; je veux bien gagner mon pain, j' y trouve du plaisir: mais je ne veux être assujetti à aucun
autre devoir, si je puis., Eso es. Una sociedad reor~anizada, donde no se despilfarren las energias como ahora, podria colmar la apetencia Hpica de Rousseau, que es liberarse prontameote de la deuda social y ganar, con el sustento,
tanta provisi6n de soledad y de asueto como el espiritu sea capaz de ir consu•
mieodo. Dos, tres boras de trabajo maoual cada dia, colaborar en la producci6n; pagada esa deuda, salir del taller y zambullirse en las realidades de la
vida persona! inédita: c6mo podra compararse esa situaci6o, digna, apacible,
con la que depara la sociedad de nuestro tiempo a los zarandeados iogeoios,
tratandolos como caballos de carreras, o premiaodo, no su taleoto probado,
sioo las maôas de comisionista, de bistri6o o de zurupeto que puedan teoer.
Sin abordar en las costas de Utopia, es creible que la desamortizaci6n de la
imprenta, tra(da por el progreso de la mecanica, disipara la tentaci6n mas fuerte que boy encalabrioa a los escritores: la de eooegrecer papi.'! por cueota ajena. Quieo primero se percat6 de los dinerales que pueden ganarse comprando
masas de pape! blaoco para revenderlo a los particulares, cortado, plegado î
cosido en porciones pequeiias, tras de estampar en todas las caras de cada
porci6n unas lineas, fué un geoio. Entre Copérnico y Col6n debieran pooerlo,
como un ep6nimo del mundo moderno. Aquel genio, sus secuaces. y sus contiouadores inventaron el oficio de escritor, incluido hasta .;bora entre los nece •
sarios para la gran industria de manipulaci6n del pape!, ode refinaci6o del pa•
pel, que asi podemos llamarla, pues la empresa editorial es semejante a la re•
166

finerla de azucar o de petr6leo en que desbasta una primera materia bruta y le
aôade cierta cualidad que antes no tenia. El empresario paga la mauo de obra
del escritor con poco dioero a cambio de no tasarle la vanidad. Permitele enredarse en una metafora y que vaya diciendo: «Esta ôbra es mîa.&gt; El escritor,
de!ira. Tan suya es como del cajista o del emplanador. El dîa que, tras la encuadernaci6n mecanica, y del marcador automatico, y otros perfeccionamientos, venga un artilugio que baga el trabajo del escritor con mas baratura, verân
qué parte les cabe en la industria de producci6n de libros. Parte minima, como
es justo. No es para escandalizarse como me escandalicé yo cuando un editor,
mostrandome un libro, me decia: •&lt;Qué ha puesto aquf Baroja, después de
todo? El original. Yo lo restante, que es mucho mas.&gt; Hoy no me escandalizo;
el editor tenia ra26n. En la industria que transforma el pape! en libros, se habla de letras, de ciencias, de cultura, como en la de producci6n de especificos
se habla de la salud; aiiagazas del fabricante. Persiguen al pûblico para darle
Lo que no le tienta, ni le sienta. Mucbos no se creerian enfermos de este y del
otro mal. si no anunciaran los especificos que los curan; ni comprarfan libros,
usurpando la condici6n de lectores, si la oferta editorial no los aturdiese. La
industria del libro, que ha creado el oficio de escritor, tiene que inventar el
gran publico, para dar salida a sus productos. Pero entre el escritor, que prod uce, Y el publico que consume, no hay, mirado eR su vastedad comuoicaci6n posible; el gran publico es una categoria comercial. De cien l~ctores, no:enta y nueve son poco interesantes; gente cuya opini6n y cuya emoci6o nada
tmportan, aunque seau cabalruente esos que se imaginau recibir por modo directo Y persona! las confidencias del artista, como si bubiese creado para ellos,
por cuidar de sus almas de cantaro. El autor desprecia a la masa de sus lectores presuntos, y no se cuidaria de ver llegar un libro a su. mar&gt;os si no fuese
por veoderlo; pero mas le importa vender que ser Jeido. Esta posici6n falsa,
corrnptora, desaparece ;;.nulando la industria del libro con la desantortizaci6n
de la imprenta. Ya hay maquioas que reproducen escritas la palabra bablada.
cuanto ~e dé con el modo d~ multiplicar, con igual sencillez las pruebas, pora uno t&gt;d1tar~e en casa, y el hbro perdera el valor comercial que boy se le
da po~ los capitales y los brazos que se juntan para fabricarlo. Hace falta una
mâq~ma que sea para la edici6n lo que la motocicleta para los transportes en
~~~un. Ya no hab'.a que retribuir a la empresa. Sera este el primer esca16n. El
ttmo es el trabaJO ma nuai forzoso. Desaparecerâ t&gt;l oficio de escritor· solo
cuaodo viva de la labor de i;us manos, el ingenio habrâ dejado de,ser prole,tario.

!"

�LA PLUMA

',1

LA PLUMA

No todos los oficios coovieoen por igual a las aimas sensibles. No debera
escoge~se oficio mal olieote, ni que obligue a esfuerzos penosos ni a sufrir las
intemperies. El de albaiiil no sera nunca oficio bueoo para intelectuales, ni el
de forjador o el de pocero. Pero hay oficios muy honrados y muy limpios que
no rompeo el equilibrio de los humores ni cortan con violeocia el curso del
peosar: carpiotero de taller, tornero, tejedor... Anulado el valor comercial del
Jibro, los certameoes ni los premios que abora se usa'!'! no son posibles. Y cuando los baya, serein cootiendas desinteresadas, sin otro botio que una corona de
laure!. Pero en la sociedad futura, barto mas exigente que la nuestra en pu'.lto
a moral social, si no babra bueco para el escritor jornalero, tampoco hallarân
merced el poetastro, el literato mixtificador, el prosista rumboso; un tribunal
terrible pesarâ el alma de los ioge.nios y dara a cada uno su merecido, sea premio O castigo, porque si esta mal premiar a quieo no se debe, mas escandalo
es dejar impune a quien se ha gaoado la pena con su esfuerzo. 1Qué alivio sentirâ la conciencia! Corno si boy se publicara eu la Gaceta: cle ha sido otorgado
el gran premio de literatura a Don Ramon del Valle-Iocl~n. Reconciliado _in
a,·tfculo mortis con la Academia Espaôola, ha sufrido la ultima pena el novehsta republicano Don Vicente Blasco Ibaiiez.• Pura justicia distributiva.
II. -QUINTANA, EN LA INFAUSTA
REMOCIÔN DE SUS HUESOS :: :: ::
No bay duda: desenterrar a los mucrtos es pasi6n nacional. &lt;Qué incentivos
secretes ticnen para el cspaôol los borrores de ultratumba que no se satisfacc
con ponderarlos a solas y ha de ir a escarbar en los cementerios a c2da momento? &lt;Vocaci6n de scpultureros, rcalismo abyecto, necrofagia? De todo bay
en esa mania. Aqui la hemos denunciado mâs de una vez. Avisamos a toda persona notoria que procure morirse a hurtadillas y enterrarse con nombre supuesto si quiere reposar en paz; de otro modo, iran a cribarle las cenizas cuando menos lo espere. Nadie estâ libre. Quien hasta ahora no se ha dejado deseoterrar, como Cervantc.s, incurre en Calta. 1Ah, si el esqueleto del Manco pa•
reciese! 1Qué embriaguez! 1Cuantas prucesiones y carrozas, qué pro:usi6n _de
reliquias, c6mo nos revolcariamos en la fosa abierta, poseidos de funa patn6tica sepulcral! Mientras la Providencia no nos favorezca con la invenci6n del
«inmortal cadaver• que ecbo de menos, fuerza es consolarse removiendo otros
no tan importantes. Hoy les ha tocade el turno a Quintana, al general San
Miguel, a Ortega y Frlas y a uoa caotante. Los fautores de traslados cargan a
168

granel. Debemos a la preosa diaria preciosas noticias del suceso; ésta, entre
otras: «Los cad.iveres se encontraban en estado de momificaci6n, pudiendo distinguirse e~ el del geoeral Evaristo San Miguel la banda de Carlos III y el fajin.,
1Estas alhaJas vegetan en las momias? cAnuncian el «estado de momificaci6n,?
1Acaso lo previenen? No sabe uno qué pensar... Y esta otra noticia: cEn tres
arquetas que apenas componîan un afaud para cuerpo mayor iban los huesos
de los tres hombres... • T riste mezquindac!: no darles uoa arqueta donde puedan
al meoos estirar las piernas. Habra aprendido Quintana, pues sac6 de sus tumbas
a los reyes ~el Escorial, que es malo inquietar a los difuntos, y c6mo aplican
la ley del Tali6.i. También, por no ser menos que los reyes de su poem 11 , ha
proferido, al reaparecer momentaoeamente sobre la tierra, un discurso que no
es nuevo: •La lihertad--les ba repetido a sus deseoterrarlores, como si resumi~ra ~us calladas meditaciones de difunto-, es para mi un objeto de acci6n y
de mstmto, y no de argumente y de doctriaa: y cuando la veo poner en el alambique de la metafisica me temo al instante que va a convertirse en bumo. p0 .
dran en buen bora otras teorias politicas ser mas utiles en tiempos ordinarios,
estar mas bien digeridas, mâs sabiamente concertadas: yo aqui no se lo disputa. Pero dispooer mejor el ânimo para adquirir la libertad cuando se aspira a
ella, para defenderla cuando se posee y para recobrarla cuar:do se ha perdido.
eso es muy dudoso que lo hayan hecho ni que puedan barerlo jamas. y no se
engaôen los espaiioles: la cuesti6n primera, la principal, la de si han de ser Ji.
bri&gt;s o no, estâ p0r resolver todavia. V.erdad es que han adquirido algunos derechos poHticos, pero estos derechos son muy nuevos y no han echado raices.
Por consig11iente, han de ser atacados Rin cesar, y si no se atiende a su dcfc nsa
con _decisi6n Y constancia, seran al fin miserablemente atropellados. El esta do
de hbertad es un estado continuo de vigilaricia y frecuentemente di&gt; combate.
Asi, su~ adversarios, c~nsidernndo aisladamente la agitaci6n de las µasiones y
el confiicto de los part1dos que acompai'ian a la lil:&gt;ertad. dicen que no es otra
cosaque una arena sangrienta de gladiadores eocarnizados. Este espectkulo,
a la verdad. no es agradable; pero bay otro mucbo mâs repugnante todJvia y
es el de Polifemo en sn cueva devoraodo uno tras otro a los compai'ieros •de
~lises.• Dijo'. Y tras de rogar que le reservasen la palabn: para deotro de un
siglo, se volv16 a su arqueta, d ejaadose llevar al cementerio nuevo entre un capitan eeneral Y los directores de Carabineros y de la Guardia Civil. Polifemo
no asisti6.

CARDENIO

�•' '•·

•r

.!

LA PLUMA

CASTILLO FAM O SO
rnejor, desde boy, cavern a famosa. Madrid es una ciudad prebist6rica, cavernaria. Un sabio nos lo dice, y yo lo creo. Mas: me lo
estaba dan do el coraz6n. Siempre que escribo algo de lo mucho bue. no que pienso de Madrid, trabajo me cuesta celar esta convicci6n
profunda: Madrid es un pueblo del pedodo protoneolitico; el oso
del escudo rememora al primer ocu pante de los cubiles madrilenos, a un convecino de nuestros remotos abuelos. La dencia, al suscribir tardiamente mis
vaticinios, me autoriza para salir a la calle con un hacha de pedernal al hombro, ernblema de madrileiiismo. Estoy muy contento. «En aquella época decia a:6os ha «l ·se:6or Salillas en una lecci6n profesada en el Ateneo-a la
rnano del hombre le naci6 un dien te: el b&amp;cha de piedra, el diente manual.»
(Cafo debi6 de presentir esa imagea desquijarrante y la realiz6,armando su
rnano fraticida con una mandfbula multidentada). Ese hombre, no sabiamos
quién era, niqué se propooia con llevar un diente en el puiio; ni, menos aun,
qué extravfo del impulso emigratorio le trajo a encastar en estas barranqueras,
entre Alcorc6n y Vallecas, donde ta ntos han estado y estan que preferirîan no
baberlas visto. Pero ya lo sabemos: ese hombre fué madrileiio como nadie; mas
que San Isidro, y que los majos de Goya; mas que los personajes de La Verbena; vino a cosa becha, a fundar Madrid, y nos leg6 el parangon eterno del
madrilenismo. Ese hallazgo prolonga el surco del casticismo en el tiempo: el
hombre paleolitico que, aspit-ando a estar en pie, se puso en cuclillas en el soto
del l\lanzanares, esboz6 la actitud en que se reconoœ todavia la condici6n ma,
drilefia, é:omo· se viene reconociendo a través de los sigles.
170

Débese el descubrimiento a don Elias Tormo, catedratico si los bay, erudito
de marca. Un peri6dico lo anunci6 en estas términos: «Historia de Madrid. Madrid en la época paleolitica.• •jQué disparate! -me dije - , ,No es Madrid una
persona de la Historia? ,C6mo hacer la historia de nadie antes de haber existido? En tal caso, si a mi se me ocurriera escribir la biografia del sefior Torrno,
podria hablar del oxigeno, del azoe y del carbono, porque and an combinados en
la materia de su cuerpo fisico. • Mas, prosiguiendo en la Jectura del peri6dico,
pronto reconoci la frivolidad de ese discurso mio. No s6lo existia Madrid en el
periodo protoneolitico: existian tarnbién Vallecas y Getafe; sus caracteres, y su
ocupaci6n continua, eran, al parecer, los mismos que boy. «Los hombres paleoHticos- dice el seiior Tormo-encontraron el pedernal en cerros inmediatos a
Madrid, en Almodovar y en Vallecas.&gt; Iban, pues, a buscar pedernales a Vallecas, como vamos a buscar alli el yeso para hacer este Madrid, de quien tornara
nombre nuestra época, llamandose del yeso vaciado. «Las caracteristicas del
hombre que primera mente habit6 Madrid - sigue diciendo el seiior Torrno debieron ser frente aplastada, las cejas arqueadas. y no tenia barba ni menton.&gt;
No era guapo el primer habitante de Madrid; ni escribia muy bien. que digamos; la verdad es que mucbos en nuestros &lt;lias no le sacan ventaja. Y tu, l!'ctor, a.:-quea, como nuestros antepasados, las cejas, que es admiraci6n o Sllsto, y
rascate la barba o el menton (pues, al fin, ya los tenemos), que el rascarse esa
parte es signa de recela dubitativo, y atiende: •Por esqueletos encontrados se
ha podido observar que su posici6n en pie era imperfecta ... • (Es el habito de
permanecer en cudillas. ,Y no esta hoy media Madrid en la misma postura, en
plena calle, a cualquier bora del dia?) «Era, sin embargo, fuerte y grueso, aunque no de uoa estatura crecida.• (Corno hoy: la vida sedentaria, las féculas. la
mucha agua que bebemos, engordan). •Era, desde luego, hombre poco inteligente, pero conocia el fuego.• (El seiior Tormo coloca unos adverbios que
espantan. (Poco inteligente, desde luego? ,Sin poder ser de otro modo? Esa ley
subsiste. Apuesto que los mas de los madrileiios son hoy en dia poco inteligentes y cooocen el fuego). Tales seiias bastan para afirmar la identidad étnica y
politica de Madrid desde la aparici6n del hombre sobre la tierra, en la edad
cuaternaria, precisamente •a la bora del paleolitico inferion. (Por c.:ierto, no sé
a gué correspondera en ouestra ed~d esa «honu. No se concibe que el criado
no~ diga: •1Sefior: es la bora del paleoHtico!•)
Las semejanzas prosiguen. c F.:s dificil reconstruir J;, historia de los primera~
habitantés de .Madrid, porque ha_y verdaderas laguoas.• (Si, si: mas que lagunas,

�LA PLUMA •

..

m11rcs). •Hay épocas en las que indiscutiblcmcnte Madrid careda de habitimtes., Esto es muy raro. Madrid estaba ya hecho, pues de no cxistir no hubiera
pQdido carccer de algo, ni, por t anto, carcccr de habitantes. Tenia la armaz6n
fisica: cavernas tiradas a corckl, derrnmbaderos libres, y monumentos arquitect6nicos de algun valor. Pc:ro estaba dcsierto. Los habitantes se hab/an ido.
Ahora también se van muchos en verano, pero lo raro es que se hubiesen ido
lodos, -dejèindolo deshabitado. La soluci6n del enigma es gratisima para nuestro
orgullo: los madrileîios se fueron todos a ~•er una exposici6n internacional de
pintura. El sei'ior Tormo Jo da a en tender: • Una de esas épocas en que Madrid
estaba deshabitado fué seguramente aquella en que en el Sur de Francia y en
el Norte de Esparia aparecia la industria pict6rica, que tienc su manifestaci6n
m.i.s intercsantc en la cue,·a de "..ltamira.• (Va en aqu • lla época el nombre de
Altamira scrvia para allanar los Pi,ineos. Por la magia del artc, los lazos se
estrecharon entre dos pucblos que presentian su latinisme, y, por ende, su
hermandad).
AIJ(unos reparos pnndrcmos a las conclusioncs del sei'ior Tormo: cEntramos
en esta edad (la del bronce) sin haber encontrado en Madrid ninguna manifestacion que &lt;lé scfiales de estar habitado Madrid., En primer lugar, no; el profcsor Salillas, ya mentado, de quien aprendimos a discurrir por esta ,;cnda:
•Planta es la de un edificio, planta es 111 que se adhiere al suelo, planta es la de
los pics; plantilla la de los empleados de un ministerio..., etc.,, tiene capacidad
sobrada para demnstrar que en la edad dt'! broncc se fund6 la callc de Latoneros, y que la llamada •gente del broncc, es la reliquia de un clan de forjadores establec-ido en Madrid desde aouc-lla edad. En segundo lugar, el seiior
Tormo se cnntradice: cS61o encontramos un monolito a la altura de Getafe.,
Tampoco ahora enc-ontr1mos mèis; el monolito se ,,e desde el Retiro, y no hace
rnucho que los jefrs de las tribus carpetanas lo inauguraron. Sin embargo, Madrid e~t:i pobladisimo. 1Por qué, pues, no habia de estarlo cuando cl otro monolito de Getafc, el primero, se lcvant6 para mcmoria de la dedicaci6n del pais
a las divinidades ibéricas? cS6lo cnconlramos un monolito a la altura de Getafe-obscrva el serior Tormo-, pero sin ningun val or fo ndamental., Es cierto:
no vale nada.
El sciior Tormo habla después de la cerèimica de la estaci6n de Ciempoiuelos. Pero en esa estaci6n no quiero cntrar- aunque conozco al jefc. He roto Y"'
demasiados cacharros.

EL PASEANTE EN CORTE

L_E TRAS FRANCES A S
es g rato seilalar este mes a los lectorcs de LA Punu una de las
novelas francesas mas hermosa publicadas en estos ultimos arios
L' Ajjel de la Roule, de M. Edouard Estaunié
'
L~s que siguen c~n atenci6n cl esfuerzo tenaz y d iscreto que ese
. , escntor excelentc rmde, laboriosamente, sin prisa fcbril, sin estr ~endo r~d1culo, no se asombran al verle conquistar poco a poco un pucsto e n
pnm_era hnea. ~esdc Un simple, y sobre todo desde L' Empreinte, primera de
sus hbros que h1zo aigu.a ruido, Edouard Estaunié, sin ensancbar su manera,
la ba ahondado, la ha complicado a su placer. Se ha dcsarrollado en profund idad, no en anchur~, ~e ha curado de cicrta sequedad, de cierta tiesura que
menoscabab,rn la v1tahùaJ de SJs obras. Ha adquirido ductilidad, conservando
el orden, el gusto por la peripecia violenta, el don de urdir bien el drama.
:\Us de una vez se ha comparado a Edouard Estaunié con Balzac; bay, en
efecto, en el autor de Les clwses voient una pujanza innegable, oculta en el
alma de los person;ijes princip,iles, que se desencad~na v,olcntamente al llegar la ace-ion a cierto punto. Hay, ademas, la enormc importancia concedida a
los mil detalles, a los mil matices de la palabra o del acto qut" el novelista
agranda de una manera formidable, mostnindonos el rechazo de esas menudencias inli~it~s en el alma de los persouajes. Y hay, en lin, una especie de conver~;nc1a de les efcctoi en un fin unico, que es la escena mas palpitante de la
acc10n.
B

Por todos esos rasgos, las obras de Edonard Estaunié resultan Jaboriosameutc urdid_as, de aspeclo un tanto severo, pero emocionantes a mèis no poder
Y cuyas cuahdades excelentcs son la pujanza y la profundidad psico16gica.

�LA PLUMA

LA PLUMA
· t erés, L' Ap,•el
En esa serie de producciones de tan e1evad o rn
. r de la Route
.
·o'n Es una historia contada por tres persona1es que han sido
no es una excepc1 •
.
t de
testigos del mismo drama, pero del que cada uno ha v1sto solo ~na ::;ae~onsuerte ue el escenario no aparece por co.npleto a nuestros o!os ~
cluir es! triple relato. La acci6n ocurre en provincia~, e~ una anb~uad~1~da~a~:
·a pone en movimiento unas almas de provmc1anos, gen e 1s1mu .
F ranci , Y
. d
I
bra Un ch1sue esconde en su coraz6n pasiones que van crec1en o en a som .
.
q
ada y las fuerzas ciegas del destino se desencadenan, produc1endo
pazo, un n
,
la catastrofe.
. .
.
Melle Loumer provmc1aoa
1oven,
se encuent ra coa un tal René de la Gi'
ue va a casarse con
1 ·dière que vive en Semur desde hace pocos meses, y q
.
a1
'hacha de la aristocracia local. Una vhü6n rapida en aquel encuent_1
una mue
.
d
una pas1011
basta para encender en el coraz6n virgen, ans10so dP. con enarse,
d
•
t' · a y es causa del drama que va a desarrollarse. Antes que per cr
v10 1en 1s1m ,
· se de unos
ara siempre al que ama, Ja joven proviociana no vac11a en servir
~o6nimos para deshacer la boda de René y para comprometerlo en un asun_to
de tan mal cariz que Je obliga a huir de Semur. Pero con esta ~eogaoza nr,~ \~l coraz6n del amado; al contrario, lo pierde para s1empre, Y_ .P e
cupera e
t . emord1m1euLoumer, perdidas las esperanzas, sepulta en un conven o su r

?•

to y su desesperaci6n.
.
1J"bro
Este aoalisis seco no basta para dar idca de la rica substanc1a en que e 1 .
~ amasado Edouard Estaunié escudriiia hasta lo mas hondo cada personaJe
es14
•
tes mas remodel drama, y analiza y diseca sus acciooes hasta en su:, compooen
.
.
Es como si nos mostrase particularmente &lt;:ada rueda de una maquma bien
l 0 S•
y hermoso·
nos biciese contemplarla en marcha. El 1·b
1 ro es mu
regu1a da Y
·
rse con un
La colecci6n francesa de estud ios extranjeros acaba de enriquece
É
volumen de M. Léandre Vaillat acerc:. del poeta indo Rabindran~th Tagor~. :
libro es de actualidad. En Francia poseemos muy pocos estudios acerca de
Oriente y del Extremo-Oriente, y escasos documentos sob:e los ~utores contemporaneos de aquellas literaturas. En particular, no te01amos 111ngu~a obra
sobre el admirable Tagore, uno de los mal&gt; grandes poetas de todos los tiemp~s.
M. Léandre Vaillat nos cuenta la historia de la juventud del _poeta, que ~1ene a ser un poema d I·1 a t ad o, vivido en un paîs .de hadas; analtza sus poes1as,
D _
hablandonos del hombre y del artista, dos seres wseparables en Tagore. e:
ués nos da algunos detalles sobre la Escuela de Calcuta y so~re _el mov1~iento joveo-oriental que va adquiriendo proporciones extraordmanas por la

atracci6n que ejcrce en nosotros, occidentales. «Muchos escritores de mi generaci6n-dice M. Léandre Vaillat-se han cansado de ciertos ha.bitos perezosos
en que se adormeda nuestro sentido de observaci6n. La guerra, que hemos
visto de cerca, nos deja asqueados para siempre de la elocuencia, del lirismo
verbal, de toda SPnsaci6n que no es sentida, de toda idea no vivida; nos ha
abierto los ojos en cuanto al materialism!&gt; repugnante y mecanico donde esta
en peligro de naufragar la civilizaci9n oc.cidental; nos ha enseiiado a temer las
amenazas que pesan sobre la inteligencia y la sensibilidad humanas. Estamos
como gentes despistadas, perdidas, mirando si en el mundo sumido en la obscuridad, no surge por alguna parte una luz que nos guie. Creo q11.e esa luz
brilla por la-parte de oriente... Al vol ver los ojos a la lndia, no haremos mas
que seguir una costumbre milenaria, el ritmo eterno de Jas antiguas emigraciones humanas y religiosas. Al estudiar el poeta indo Rabindranath Tagore,
no hago mas que escuchar las voces que el Oriente, en ciertas épocas, de siglo
en siglo, nos deja oir, mediante sus iniciados y profetas.&gt;
Esa pagina del prefacio es harto caracteristica de un estado de animo muy
extendido en Francia en el momento aclual para dejar de citarla y de incitar
al publico a que la medite. Todo el libro vale la pena de meditarlo, por la novedad que aporta en el momento presente.
M. Henri Duvernois acaba de publicar una nueva colecci6n de cuentos, La
tune de fiel, donde persisten Jas cualidades de observaci6n, de sensibilidad dolorida y de ingenio que ese escritor delicioso prodiga en todo cuanto firma.
Puede afirmarse que M. Henri Duvernois ha llegado a ponerse en primera linea
entre los cuentistas franceses, sacando mucha ventaja a sus competidores principales. Desde Guy de Maupassant no se habfa revelado ningun cuentista de
vena tan francesa y tan parisina. M. Henri Duvernois es mas parisino que galo,
sin duda; pero es inas sensible que el autor de Mademoiselle Fiji. Muy a menudo hace pensar en Alfonso Daudet; leed, para convenceros, sus libros de
cuentos.
En el géoero hist6rico, el libro bueoo del mes pasado es una simple reedici6n de la Vie de Monsieur Dug·uay 1,·ouin, écnïe de sa main, publicada por Henri Malo en la Cotlei:tion des chefs d'œuvre mécconus. La obrita es impresionante por
la sobriedad, la robustez del estilo, la darldàd; Ahora que nos inundan las ;:iseudo novelas de aventuras, es deleitoso hallar en Jn libro de antaiio paginas de
tao elevado tono y de forma tan discreta. No hay èngaiiifa ni trampa, iY gué maravilloso es su taiiido grave, entreverado de emoci6n...l

* * *

�LA PLUMA

LA PLUMA
La ridfcula propagaoda en favor de los premios literarios teoîa que llegar a
su conclusiéo natural: la negativa de los escritores a mezclarse en esos maoejos electorales. Con pocos cüas de intervalo, la Societé des gens ae let11·es Y f Association de la Critique litteroire hao protestado contra la manera de traosform a.r
una recompensa en uoa verdadera empresa comercial. L'Association de ~a ~ntique Jitterairt no se ha limitado a una simple protes~a: llevando sus ~en,ttm1entos al ultimo extremo, ha decidido suprimir el prem10 anual que atnbwa a una
obra de crîtica.
Es de !:imeotar esa decisi6n , ya que los criticos no disfrutao tantas ven ta jas como los aovelistas, eo puoto a rendimieotos de los libros, premios Y otros
beneficios. Pero la decisi6n se imponîa a titulo de ejemplo, y ya ha empezarlo
I'

a producir frutos.
.
Lo mejor, 0 , mas bieo, lo menos malo que puede esperarse de los pre0110s
litPrarios, es que, a fuerza de multiplicarse, crezcan en numero, ?e ta! ~uertc,
que ellos solos se anulea. En estos momentos, constituyeo el pehgro mas grave que amenaza a la literatura francesa y a la cducaci6n del publico.

* * *
El teatro ha atendido principalmente, desde hace dos meses, a las fiestas d el
tricentenario de Molière, cuya resonancia rnundial es conocida. Esta vez, la Comedia Fraacesa s6lo alabanzas merece, por el modo de presentar las obras
principales del teatro molieresco. Preciso es destacar la representaci6n_ de
/'Ecoles des f emmes y la de la Cr itique de l' Ecole des f emmes, por la interpretac16n;
seiialar el es fuerzo, iotd igentc en extre mo , que ha presidido en la prese11laci6n nueva de Les Fourberies de S capin, con decoracio11es de un italianis mo
asombroso, y ponderar el cuidado coo que han puesto el ;1isanthrop,, Tartuf-

..

La gran curiosidad del momento, después de las representaciones de Molière, son las que Pitoëff y su compafiîa vieoen dando en la Comédie des
Champs Elysées. Conocida es la osadia de su repertorio y la influencia profunda que ha ejercido en el extranjero, sobre todo en Suiza, eo Ginebra. Esta vez
nos ha traîdo a Paris una obra nueva de Lcnormand, Le Mangeur de ,·èves cosa
m~y notable, inspirada en las leorfas de Freud; pone en escena una espe~ie de
ps1c6logo que va alumbrando en los sujetes cuanto de inconsciente llevan en
e! fondo de si; Y a sn lado una mujer, tipo curioso-desempeiiado a la perfecc16n por madame Pitoëff-, que si en otros tiempos practicaba la virtud1 ha
descubierto, bajo la inftuencia del psic61ogo, su vocaci6n verdadera, que es robar, Y que va estigmatizando la acci6n del Mangeur de rêves a medida que se
desenvuelve, haciendo un pape] un poco parecido al del buf6n româotico. La
obra, muy bien presentada, e interpretada superiormente, ha causado una impresi6n profuoda.
Por el ceotrario, Ubu-Roi, que ha vuelto a representarse en el teatro de
!'Oeuvre, ha parecido anacr6nico y sio gran interés. Seguramente es Ja u.ltima
que se poodr~ esa farsa. René Faucbois, que ha encontrado, para caractenzar a Ubu, una stlueta asombrosa, interpreta maravillosamente esta obra, ya
pasada por completo.

v:z

JULES BERTAUT

fe y t'Avare.
Le Misanthrope ha teoido otras dos ioterpretaciones muy curiosas. En el
teatro del Vieux Colombier, M. Copeau nos ha mostrado llll Alceste doloroso,
pero que se deja llevar de un noble arrebato ante las cobardîas, pequefias Y
grandes, de la vida. Eo el teatro Edouard VII, M. Lucien Guitry oos. ha dado
un Alceste doloroso también, pero tan metido en sr, tan lento en sus 1mpulsos,
que ciertos parlamentos resultaban ioverosimiles. Evidentemente, hay una verdad que no consiste en oioguna de esas dos interpretaciones. Serîa menester
para el caso un actor de genio que nos hiciera refr y Jlorar sin sa\irse del tono
de la comedia molieresca.
Il

177

�LA PLUMA

LETRAS PORTUGUESAS
. er estudio de una serie que destino a las paginas de L.&amp;
est e pnm
•
, •
1 a b cîa
PLUMA, permitaseme hacer, como el ?oeta-mus1co a em n a
ara sus obras, una especie de prelud10.
.
p La literatura portuguesa es deficientemente conoc1_da en el
tranjero no s6lo por la poca importancia que el ex~a~iero conce ~
.
'
. ais• ero, ademas, por el desconoc1m1ento genera
a Jas co~as valiosas de m1 p '1 p
do padece Tenemos escritores, en prosa y
tuguesa que e mun
·
.
de la lengua por
f
é
• lés en aleman sedan umversa1•
en verso, que si escribiesen en ranc s, en rng O
'
·dos y admirados.
mente conoc1 .
.
y nuestra Jengua posee recurt
ortuguesa es muy nca,
Porque 1~ ht~ra ura pta d se a efectos mueicales y pict6ricos, notables por
sos extraordrnanos, pres n
deza y el relieve.
.
L
a
1
a grau
basta ho 'siempre ha seguido, m"s o menos, un
1·a10
Aunque desde
el
s
0
xn
.
y
penin
·
sular
galaico-castellana,
• t ·, extranJera (provenza1,
,
determinada onen ac1_on .
1 . 1
. espaiiola en el siglo xvn; france• 1
v- Jtahana en e s1g o XVI,
•
en los s1g .os x.u a x. f• anco germana
'
en e1 xix), la verdad es que la Jiteratura
1
sa, en el s1g xvm, ; d emotivo.' tematico, absolutamente portugués, que la
portuguesa bene un on o
. os (principalmente en los siglos XVII y icVI11),
caracteriza. Si algunas veces copia;
la adaptaci6n nuevas formas, nu~m uchas otras veces adaptamos, y amos con
d stinos a nuestra belleza.
.
vos colores, nuevos e
1
D o· iz y nuestros poetas de los canc10Nuestro:.t~:::::;;addeo:u:s;;:lit:r:tu~:. ~ien nuestros, por el sentimiento
neros, son, .
lidades ue atribuian a los temas de sus troque manifestaban y por Jas moda .
q
d terminadas por la infl.uencia
vas. Las poesias liricas de Camoëns, aunque e

II

N

E:-

°

?

178

formai italiana, tradujeron una sentimentalidad enteramente portuguesa. Y a
nuestro Garret, si el romanticismo se le impuso, llev6le también a buscar de
preferencia en la tradici6n nacional la enjundia de sus concepciones. iY boy?
La literatura portuguesa de boy ref!eja el estado de anarquia en que se encuentra Europa. Las corrientes mas contrarias la atraviesau, las aspiraciones
mas opuestas, los destiuos mas diversos. Romantica en el fondo, como rornântico es el pensamiento europeo contemporâneo, aparece, dentro de ese estado
de espfritu general, con multiples facetas. Pero no acompafian los poetas a los
prosadorcs. En éstos hay una tendencia genérica a un nco-nacionalismo. En los
poetas puede decirse que el modernisrno equilibra el neo-nacionalismo. .E:ça
de Queir6s, disdpulo de Balzac, de Flaubert y Zola, no ha becbo escuela duradera, y su influencia naturaJista es hoy casi uula. Guerra Juuqueiro, disdpulo
de Victor Hugo, tuvo un prestigio efimero, mâs polîtico que artîstico.
La literatura portuguesa de boy vacila ante Jas f6rmulas que puedc adoptar,
o porque niuguua de ellas le agrada eutcramente, o porque los escritores no se
sieuten con fuerzas para hombrearse con los consagrados.
En los eôcritores uuevos hay iufl.ujo del modernismo. Sin dejarse Jlevar por
las cxageraciones de las corrientes que cabeu dentro de la designaci6n lata de
futurismo, tratau, no obstante, de aprovechar la secousse que cl futurismo da a
las manifestacioues literarias del tiempo presentc. Sou, ademas, continuadores
de los escritores de antaiio, que aprovechaban, sin copiarlos, los procesos que
nos llegaban de Europa, ya partiesen de Petrarca o de G6ngora, ya de Goethe
o de Hugo. La poesfa, esencialmente lirica, s6lo excepcionalmeute épica en el
siglo XVI, adquiere con Eugenio de Castro modalidades bellas que eu nada le
cedeu a la poesîa franccsa de los Viellé-Griffiu, de los Montesquiou-Fezensac,
de los Regnier. La prosa, que con Eça de Queir6s alcanz6 uua fase de esplendor, posee hoy ejcmplares que se codeau con los Huysmans y los Lorrain.
El simbolismo es una f!or cultivada hoy naturalmeute en la literatura portuguesa. Y el decadentismo es una atm6sfera forzosamente respirada hoy por los
litcratos portugueses. Hay un géncro en que nuestra deficiencia es manifiesta:
el teatro. Los dramaturgos portugJeses de hoy son pocos y malos. Pero en la
poesîa, en la novela, en la cr6nica, en la critica, en el ensayo hist6rico o filos6fico, la literatura portuguesa de boy es rica y notable.

ALFREDO PIMENTA
1 79

�LA PLUMA
personalidad, elevada no mas que a la altura de los proscenios del entresuelo,
un interés directe en la empresa de Madame Pièrat. Pongamos la verdad en su
punto:

TEATROS
I.-DE LA COMEDIA FRANCESA
veces una compaîiia extranjera ha conseguid? en Madrid
el éxito econ6mico de Madame Pièrat en sus rec1ente: representaciones de la Princesa. Del rey abajo, cuantos antano daban
decoro aristocratico a los abonos de moda, se han a_presurado
a llenar espléndidamente la sala d onde a diario se p1erden los
ecos angustiosos de doiia Maria Guerrero llorando los infortunios que s~ele_n
caberle en los melodramas que representa. No pretendam?s, con todo, atnbmr
el pingüe resultado de la excursi6n artistica de Madam~ P1èrat a sus solos méritos de actriz, que son muchos, al interés que baya pod1do des~ertar s~ repertorio, escogido con cierte buen sentido de la armonia en la vanedad'. ~~ en manera alguna al prestigio de Monsieur Lugné-Poe, je~e de la expedicwn, c~ya
maestrîa en los negocios extranjeros del arte dramahco francés n~ ha podido
brillar en esta ocasi6n con el esplendor caracteristico de su pequeno gran teatro de fOeuvre. Lugné-Poe, introductor en Francia de Ibsen Y Crom~el!nck,
en una labor incesantemente renovada durante cinco lustras, se ha h_mit~~o
ahora a servir los intereses diplomaticos de su pais, poniendo a contnbucwn
su conocimiento de los gustos teatrales del publico que podia acceder a u_n espectaculo planteado en los términos que lo ha sido el de las representac1ones
de Madame Pièrat socia de la Comedia Francesa.
Cherchez /a fet~me, pues, 0 mas claro: lQuién es ella? Si bien en este c~so
fuera mas exacto rehacer la frase y decir Ckerchez fkomme. El rumor pubhco
durante los entreactos, y aun durante los actos harto zumb6n, ha hecho un
secreto a voces de la que secreta corda de boca en boca, atribuyendo a una

[I

·..

180

OCAS

Madame Pièrat, actriz distinguidîsima, si no genial, habia menester refren·
dar sus éxitos de la Comedia Francesa con el aplauso de un p6.blico extranjero, capaz de pagar en buena rnoneda, y cuyo beneplacito pudiera servir en estos momentos de aliciente para la conquista ulterior del Dorado sudamericano.
Madame Pièrat esta muy bien relacionada con un ex presidente del Consejo
francés, amigo a su vez del embajador de l rey de Esp a:iia en Paris. Una indicaci6n del rey a su corte palatina podîa decidir favorablemenle el resultado de
una empresa acometida, por lo demas, con la mayor economia de elernentos
escénicos. He abi la raziSn principal del triunfo de Madame Pièrat en sus ocho
r epresentaciones.
Librémonos muy bien, por otra parte, de negar todo valor artistico a tan
sugestiva re presentante de la Comedia Francesa. Acertadisima intérprete del
tealro de amor, cuyo mejor ejemplo es, sin duda, la Amoureuse de Porto-Riche.
ha querido Madame Pièrat, es piga ndo en los papeles de su repertorio que mas
se prestan a destacar del conjunto la figura de la primera actriz, seiiaJar cierto
car.acter inconfundible que patentiza la continuidad del espfritu francés-cuyo
musaico pante6n es el teatro oficial de la Comedia-, pese al tono difereote
que a través de los tiempos imprimen las diversas escuelas a obras tan dispares cuanto representativas de su época como Fedra, La Pf'incesa Jorge, Monna
Vanna y La marcha nupcial.
No obstante las excelencias de la actriz y el gusto de su publico en Madrid
hayan coincidido j ustamente en la re presentaci6n de Les Marionettes de Wolf,
Madame Pièrat ha demostrado su respeto a la tradici6n ·que en uni6n de sus
consocios le esta encomendado guardar, coronando su visita a nuestra corte
con el espectkulo de la Fedra de Racine.
Aceptando como buena la raz6n fondamental aducida por Stendhal en su
Racine tt Shakespeare, en defensa del teatro romantico contra el neocla;ico
francés-«Rien ne ressemble moins que nous au marquis couverts d'habits
brodés et de grandes perruques noires, coO.tant mille écus, qui jugèrent,
vers 1760, les pièces de Racine et de Molière•- babria motivo sobrado para
considerar l6gicamente como publico mas apto para entender uoa tragedia adecuada a los gustos de los marqueses empelucados de la Corte del rey Sol, el
de los cortesanos del 6.nico descendiente de Luis XIV que aun conserva su

�LA PLUMA
reino temporal. Y asi, el cuadro edificante de la real familia espaôo!~ pr'e sidiendo la selecta reuni6n de la Princesa la noehe de Fed1·a, podria borrar el recuerdo no muy remoto de las fotografias qu,. rlenotaban cierta grave complacencia regia en las astracanadas de Muiioz Seca.
Apresurémonos a disuadir al lector benévolo de toda deducci6n favorable
en ta! sentido. A los abonados de Madame Pièrat no se les alcanz6 de la Fed1·a
otra cosaque el patetismo con que la actriz subray6 dramâticamente los pasajes mas apasionados de la obra, pero en modo alguno eoteodi6 sus cantables,
ni mucho meoos su significaci6n estética.
Racine y Shakespeare evidencian, en efecto, la antitesis entre la pura elocuencia y el movimiento escéoico en la expresi6n dramatica. Con Shakespeare
estao los grandes poetas dramaticos espaîioles. Hablar ahora, sin embargo, de
teatro fraocés y teatro espaîiol como términos opuestos, es un tanto arbitrario.
Mejor seria generalizar con referencia a los diferentes publicos, seguo la escala de las desigualdades sociales, y hacer la comparaci6n cou un criterio inter·
nacional. Dentro de la clasificaci6n de !eatt-o neoc!asico cabrâo entonces con el
nombre de Racine, el de Ibsen, el de Bernard Shaw, el de Benavente, es decir,
el teatro de camara, regia o simplemeote burguesa, el teatro Hrico, en que la
declamaci6n, en verso o en prosa, en grandes tù·adas o en dia.logo rapido, prepondera sobre la acci6n dramatic11. Corresponde ra, por lo tauto, el dictado de
1·omantico al Uatro popular, el de Shakespeare, el de Lope, el de Tolstoï, el de
Decourcclles, el del autor del Don Àtvaro y el del autor del Cyrano, aquél, en
suma-aparte su mérito literario-, en que el movimiento determioa la representaci6n dramâtica.
E..1 gusto del pueblo se satisface m.is con Shakespeare, con el Don Juan 'Ienorio, con una pelicul de episodios, que con la Fed1·a de Racine, propia para intelectuales. Repasemos no mas los bueoos éxitos del aîio teatral en Madrid, tan
malo para la generalidad de las empresas. Un teatro popular, el de Fuencarra 1,
se ha mantenido exclusivamente con oora&lt;; del repertorio romaotico: Del Alcalde de Zalamea y Los Amantes de Teruel, o Un drama nuevo, a 1ierra Baja,
La carcajada y La dama de las camelias. La temporada de Eslava se ha salvado
bajo la advocaci6n romântica de Santa Isabel de Ce,·es. Rata de hotel, pelicula
dialogada, ha defendido el cartel del Rey Alfonso. El Espa.fiol, apenai:' sin obra
oueva, ha llegado a puerto, con Zorrilla, Calderon, Tirso, VP.lez de Guevara y
Hartzenbusch.
Madame Piéral interpreta a Racine con buen i.entido ecléctico, en que la

LA PLUMA
primitiva tradici6o rigida con que se hacia la tragedia en Francia, antes de Floridor, que inici6 la recitaci6n moderoa, muéstrase corregida, sin perder la linea
clasica ni el tono digno, con el fuego realista, que exige cualquier publico
hoy dia.
El conjunto fué deficientîsimo; los demas iotérpretes de Fedra, incluso remendaban de improviso los alejandrinos que su mala memoria dejaba cojos, o
se saltaban versos liodamente sin que el concurso lo advirtiera. La decoraci6o,
puro estüo hall del Palace, muy del gusto del abooo, es decir, pésima.
Il.-LOLA MEMBRIVES
Desde el primer adi6s de Rosario Pino al arte dramatico, adi6s tacito y auo
quizâs tan inconsciente como sus reiteradas despedidas posteriores, desde la
deserci6n de Rosario Pino del escenario de la Comedia, no habia vuelto a hallar Jacinto Benavente la actriz adecuada a su teatro. Nada sigoificao en contra
de esta verdad palmaria los aciertos excepcionales de la Guerrero en La Malquerida; de la Bân:ena, en La !osa de los szteiios; de la Xirgu, en Una Seiiora, y
hasta de la Coben.a, en Seiiora Ama. Mientras los Quinteros lograban, no ya intérpretes felices para sus obras, sino la formaci6o, en los teatros de género
chico, y en el Lara de antaôo, de c6micos a la medida de sus saioetes, de sus
comedias, de sus entremeses; mientras la firma Martinez Sierra se alzaba con
un teatro defendido por una ingenua agraciadîsima, e incluso Linares Rivas, o
un Sassone, podian darse por satisfechos en punto a la colaboracion necesaria
entre autores y actores para dar vida escénica a uua obra propiamente teatral,
Benavente repartia en va.no las suyas, sin en&lt;:ontrar una actriz capaz de prestar
evidencia completa a sus concepciones dramaticas. Rasta la reaparici6n triunfal de Lola Membrives.
Hace ya algunos aiios, siendo muy joven la Membrives, consigui6 destacar
en el escenario de Apolo, consagrado al sainete chulo y al melodrama compri1nido, su personalidad artistica, acusada en aquella breve actuaci6n con un fino
sentido de lo ex6tico, con una fantasia del mejor gusto, en La contrata, de los
Qui'ntero, que ella estren6; en El pe1·ro chico, en Et parat'so de los nit"ios, uoo de
cuyos principales personajes estiliz6, con una gracia a manera de parlante Co
pelia. Después de larga temporada en la Argentioa, volvi6 a Madrid por poco
tiempo, revelandose como tonadillera en suma fiesta del Ateneo. De regreso otra vez en Buenos Aires, iniciô su conversi6n de la zarzuela a la comedia,

�LA PLUMA

..

•

con un intento de teatro criollo, en que vi6 luego la estrecha limitaci6n que}
.
su afao artîstico impoofa esténlmeote,
Y abord an do, por fin , el género dram...b eve temporada que ha constltico moderne, se 06s presenta en Lara en una r . .
twdo el mejor éxito de los teatros de Madrid este mvierno.
d
L
La iott:rpretaci6n de El mat que nos ,.a,cen
Y R osas de oto1io oos ha «-scu_ •
bierto en Lola Membrives un tipo de actriz desusado en la escena espanola,
dende no faltan temperameotos precoces, intuiciones felicîsiRlas, gracias naturales O aprendidas inspiraci6n a veces, donosura, iogeoio travieso, facultades
emioentemente d:amaticas de raro en raro, pero doode siempre se ec~a de
menos en los c6micos la cualidad que es en Lola Membrives excelente: la mteligencia.
De ahi que nos parezca provechosîsimo el consorcio Membrives-Beoavente,
colaboraci6n circuostancial con vistas a una excursi6n por la América Espaiiola, que esperamos se consolide y arraigue despu~ e~ un lea_tro madril:ôo.
Si a las primeras comedias de Benavente en que la 1ro01a esen~1al to_m~ s1e~re una apariencia ligera, situado el autor desde un punto de v1sta com1co, fn:olo incluso eo los efectos dramaticos, coovenÎ&lt;\ el arte intuitive de Rosario
Pino, las producciones benaventinas de la ultima época necesitan una ~ctr'.z de
talento, una atriz comprensiva que sepa dar al natural el tooo de reflexi6n mterior que el autor se propone, y animar eo realidad ~os cooceptos so~re que
discurre, planteando paulatioamente eo los personaies de sus comed1as ~roblemas las mas de las veces resueltos de antemano liricameote, en la conc1encia del dramaturge.
La seiiora Membrives, arrogante de figura, expresiva, elegante en el vestir,
sobria en la dicci6o, sirve en todo momento el personaje que representa, sin
sacrificar el conjunto de la representaci6o a la facilidad del lucimiento persona! en otras esceoas que aquellas en que culmine la gradaci6n dramatica concebida por el autor. Hoy por boy oo teoemos en los esceoarios espaiioles ninguoa
aclriz de los merecimientGs de Lola Membrives, ni cuya modalidad artistica se
acomode mejor que la suya a la interpretaci6n del teatro con que Jacinto Benavente adapta a las conveoiencias del publico espaiiol - comprendido naturalmente el bispanoamericano - el espfritu de la comedia moderna, que ilustran
en Europa los dramaturgos posteriores a Dumas hijo, de Ibsen a D'Annunzio,
de Hauptman a Daunnay, de Chejov a Schnitzler, de Oscar Wilde a Bernard
Shaw.
y aun demuestra la seiiora Membrives la exuberancia de su temperamento

LA PLUMA
de actriz en otro aspecto muy interesante y atractivo: como cancionista. Con
mas voz desde Iuego que todas las artistas en boga del género de variedades,
con buena escuela, mas r.antante de lieder que cupletista, si bien se dedique
con preferencia en sus fines de fiesta a la canci6n ligera, oyéndola y viéndola
dramatizar las tonadas argentinas que constituyen lo mejor de su reperlorio
lfrico, acude a nuestra memoria el recuerdo de Ivette Guilbert, maestra que
fué en ese arte no bien clasificado, nacido en el cabaret, triunfante en el musichall y que en nada desmerece, con intérpretes como Lola Membrives, del concierto de camara.

III.-UN ESCENÔGRAFO
Mucha lastima ha sido que por aprernios de la organizaci6n azarosa de tales
espectaculos, la fiesta celebrada en el teatro del Centro a beneficio de los rusos
hambrientos no tuviera cierto seotido arllstico, que lejos de restar interés a la
fuoci6n la bubiese dado cil caracter de que estuvo Calta. No ha de achacarse, pues,
a incomprensi6n del publico la iodiferencia con que recibi6, entre otros numeros de un p rograma anodino y larguîsimo, la representaci6n· malamente
improvisada de Una 1,merte alegre, arlequ inada de Nicolas Evreinov, uno de
Ios propulsores del teatro artistico de Moscu.
Hubo, sin embargo, en dicha representaci6n una oovedad: el decorado y
los trajes del pintor polaco Wladyslaw Jahl, en que los ten.as tradicionales de
la'farsa italiana, Colombina, Pierrot y Arlequfo, estilizados con elementos populares rusos, sobre un fondo de arlequinesca composici6n moderna, interpretaban con aguda visi6n el prop6sito del autor, situando la obra en el ambiente
de humorismo e irrealidad de que no supieron penetrarse igualmente los actores que tomaron sobre si el empeiio de hacer t nll muerte alegre casi sin
ensayos.
Wladyslaw Jahl une, por loque se ve, a un sentido del arte &lt;lecorativo verdaderamente teatral, la comprensi6n justa de lo que debe ser la decoraci6n,
elemento expresivo en que se fuodan arm6nicamente todos los demas de la
_representaciôn escénica. Wladyslaw Jahl no tiene todavia teatro en que trabaJar. Qué mas prueba de la incapacidad de los empresarios que reclaman para sI
en los sueltos de contaduria la exclusiva del arte en el teatro.

UN CRiTICO INCIPIENTE
185

�LA PLUMA
a si propio vestido de gris en una do las paginas mas sugestivas de esta novela, que bien pudiera haberse llamado de otro curioso impertinente.
Una mujer y un hombre luchaa en •vano, solicitados por humanisimas pasiones, que ni aun ayudados del Destine saben vencer, porqu&lt;' sobre ese Destine altruista hay una fuerza incontrnstable que todo lo avasalla y encauza. no
con las da.ras linfas en que beben los poetas, mas por donde corre turbulenta
la vida.
Los cuentos hreves, Salvadortfn, extraiia y alucinaote evocaci6n de una Andalucia malsana. y La paz de Ve11ecia, moraleja casi sin fabula del mundo viejo,
el mundo nuevo y el amor triunfante, cierran el volumen.

LIBROS Y REVIST AS

* * *
Ram6n Gomez de la Serna.-Disparates.-Calpe.-La viuda blanca y negra,
novela.-Biblioteca Nueva.

Eduardo Marquina,-El destino cruel.-Ediciones de LA PLUMA.
.
.
. d Ed
do Marquina poeta lirico, drama
La triple personahdad hterana e d :c~6n un interés 'particuladsimo. Hay
t~rgo y novelista, pr~sta a toda s~r~:~euteatro, en sus narraciones novelescas,
s1empre en sus p~esias, e~ sus o
as netamente definida a veces, a sucomo una aspirac16n, no Sie~pr~ vag1ti: en el espectador, una emoci6n lirigerir en d lector una ernoci n _ram
' .
ro ios de cada aénero, antes
1
ca; no porque confond~ lo~.té~t"1 nos ~~rhe:i~~!r)dopcono·etar la idea al &lt;iarle
bien, sin_ f'X~C;derse de os im1 ~sen
·ando un esca e al espiritu libre, un
expansion !inca~ forma teatral, pero de{ que deter!inan Ja clasificaci6n de
mas alla, i:redu~tible a ills norfrras_des~ue ~~ a las leyes de la Hrica, la novela o
una obra hterana, por su con orm1 a o

•,.

el drama.
en nuestras ediciones
Esta cualidad apuntada ya por noso tros al aparecer
.
'
"fié
t te en El destzno crue1.
Agua en cisterna, rnam stase pa eln 1 . er capîtu.lo sobre todo, demuestra
Ya la primera parte de la nove a, e pnm
J 1· terés del lector,
la maestrîa del hombre de tea~ 1·o en Susot~~ ~~:d;rl~~fp°a1:s ;ersonajes de la
pic.indole con la presentaci6 n azarosa
I
de captar al lecficci6n. Si hubiéramos d_e buscar _un a_ntece~ent: eno/ ;;a:i~!lista sobre el cator para forzarle ~ segmr las l?enpec1as esnons:~~lai cierta coincidencia de proiiamazo de la reahdad, n~ vacilar~mos .
el comienzo de FI destine c1·uel
cedimiento entre el scg~ido pAolr ~rqum~l e:Scandalo por ejemplo. Salvadas,
el de D. Pedro Antonio de arcon en .
'
·
a ue Marynaturalmente todas Jas distancias en el tiempo "/ en eAI esp acio, Y q
·
t t omo en d1latar 1arc6 n.
quina se esfuerza en condens_a~- a~. 0 âe a templar de suave ironîa la cruda
Por otra parte, el poeta hnco . ien
be ederas de Celestina, pero mas
realidad que en forma de dos m~Jerona~- . r Gald6s-acaba por vencer al
pr6ximas parientas de algunos tipos ~e rneJor
rador de la fabula, se pinta
mismîsimo Destina, que, tomando cue1po en e nar
186

No ha mucho le oimos a un admirador de G6mez de la Serna, en una tertulia de café: cCierto que Ram6n tiene un defecto que le hace desmerecer no
poco: el de escribir cuauto se le ocurre, publicar cuanto escribe y regalar cuanto publica .• 1Es ello verdad?
En primer término, caso de que lo sea como por las muestras parece verosimil, nunca la!es exuberancia y liberalidad constituidan defecto, sino exceso, pecado que lejos de ~gravarse cou la reincidencia y el escandalo, pueden
abrir al pecador Jas puertas de la misma gloria de que gozan otros «moustruos
de la naturaleza». Y en segundo lugar, 110 nos parece justo medir con rasero
al guno a quien se esfuerza de continuo en pasa,- de la raya en que, so capa de
acatamiento a las reglas de la buena educaci6n literaria, se detieneo, faltos de
aliento en realidad, m11chos espiritus mediocres.
Sin descanso ni fatiga produce Ram6n G6mez de la Serna diariameo te cuartilJas y mas cuartillas, que luego de solicitar la atenci6n del publico, letrado,
curioso, o indiferente y remibo, en revistas y peri6dicos, nos ofrece coleccionadas en sendos volumenes, cuya aparici6n aventaja en regularidad a algunas
publicaciones con caracter de gacetas literarias-en punto al cronometrismo
de la hora ojicial de Europa que pretenden fijar-. Rara vez viene solo un libro
de G6rnez de la Serna. Pudiéramos decir, parodiando sus greguerîas, que «el
critico encargado de participar a los lectores tan fausta nueva, cumple en cierto modo la misi6n del redactor encargado en los peri6dicos de comentar esa
noticia extraord inaria de la mujer fccunda que cada nueve meses nos sorprende con un nuevo parto triple o cuadruple•.
Bromas aparte, puede tal vez reprocharsele a G6mez de la Serna la insistencia, no obstante su multiple labor literaria, en no pulsar sino una misma
cuerda de su sensibilidad, culminante en la manera, tan persona!, de sus greguerias de siempre, de sus Disparates de ahora, preciosa muestra de la fioura
de humorismo, semejaute al del gran humorista Charles Chaplin, incluso en el

�LA PLUMA

LA PLUMA

sentimiento lfrico que carre por debajo de su inspiraci6n desbordada en gracias truculentas. Mas Nuién nos dice que esa in sistencia 110 encubre un afan
de perfecci6n que se nos escapa en la improvisaci6n a que se obliga o a que
se abandona?
Sobre que repasando sus obras anteriores écbase de ver la evoluci6n, que
no se advierte de un libro a otro, cada uno de los cuales es reedici6n espiritual
del anterior, pero si en el conjuoto de su l~bor de quince aiios a la fecha. Nosotros que en alguna ocasi6n le bernas requerido a que c0111pusiera mas, deteniéndose en el camino del ingenio a c/r.orro suelto, que intentara aprovechar
esa poderosa imagioaci6n derrochada en tan deliciosas y admirables quisicosas con que nos sorprende, divierte y emociona, que orientara su esfuerzo en
suma a la invenci6n de nuevas relaciones entre los suce, os que constituyen
una novela, vemos ya patente ese esfuerzo en sus ultimas producciooes, de
que son precioso ejemplo, la que enriquece, actualmente en curso de publicaci6o, las pâgioas de LA PLoMA, y La viuàa blanca y ttegra.
Apenas hay, sio embargo, trama novelesca en esta disecci6o minuciosa de
un amor vulgar que Ram6n descrihe con la pausa, el humer, el estilo p eculiar
que le distingue. Pero ya la atenci6o coocentrada sobre dos protagonistas de
un solo tema, etl'rno en sus incidencia!, en sus contrastes d&lt;; luz f de sombra,
muestra el prop6sito en el aovelista de serlo verdaderamentè, con todos los
incoovenientes que puedao salir al paso de su imaginaci6o, torturada par un
concepto de reducci6n de la vida al absurdo, en que reside su modernidad, y
en definitiva la fuerza con que cooquista a sus lcctores.

* * *

Cela e5da1ola conte mporânea estâ ta! vez en Las Âuuilas de L6
on to o o cual, denota El embrujo de &amp;villa
d o C
pez Pinillos.
tor persooalfsimo y un novelista maduro·
en
arl~s Reyles un escricasi siemprc, hecho y derecbo.
' coma sue e dec1rse, abusivamente
El sefior Reyles escribe muy bien el
t 11
•
valor de las palabras, no fuerla la atenci~as i3J°o, ttene co?cieocia clara del
taxis capricbosa, y si alguna vez nos arec: e ector some,tiéndole a uoa sinnarfa aligeraodo el autor la pauta dei a.rra que la e&lt;:onom~a de la novela gagracia de buena lev literaria de un esiîlo fo, !los bene s1empre gauados la
elementos plasticos aparecen con ri
prOJ?lamente narrativo, en que los
verbal, abuodante, câlida, col~reada.gurosa l6g1ca, supeditados a la expresi6n
Corno novelista posee el seîior R~yles
1
·
~uar el mterés dramâtico y sorprender co~o:1 :~c= en_te con~1ci6n: la de gr~!1br~ por lo prooto el encadeoamiento oatural decl so 1mpr~v1sto, que desequ1Jushfica luego por la misma fatalidad a ue ob
os antenores! pe:o q~e se
por el novelista. La puiialada trapera di la ba~~:i~: t~d: la acc160 m~ag10ad~
enamorada, par salvar al que odia, vale or toda la a ombre de_ qu1en esta
mente recargada al final con demasiadai
. . novela, acaso 1ooecesariapurgativa a la confesi6o pûblica de la pec:~prnc1ones que no aiiaden emoci6n
Pero no vale solo 1:1 embrujo de Sevi/la ora. 1
.
diestrameote traoscrita Lo que me· 0
porta capitula novelesco o esce11a
seiior Reyles ha sabido paner de rili~v~os parece es la maestria con que el
1:1e~tal, ese delirio hiperestésico del tabta!s~ ?1oos:uosa exacerbaci~o senti.Sevilla, esa complacencia dolorosa en el a~o e rue o, de la Semana Santa de
dad y la ficci6n aparecen iovolucradas· y confruyd&lt;:od la rnue:te en que la reali0 1 as apas1ooadamente.

°~

J

Carlos Reyles.-El embrujo de Sevi/la, oovela.-Calpe.
Hay en la visi6o de Sevilla del seiior Reyles pasi6n de turista sensible a las
emociones de lo ex6tico, ese ;,unto de vista del extranjero descubridor, a través de un mon6culo de lente curva. del bechiz0 esp~iiol encarnado defioitivameote en la Ctirmen de Merimée y Bizet. El mismo afan prolijo que el autor de
El embru;o de Sevi/la ha puesto en verificar de una manera tlcnica sus primeras apuotes impresionistas, el alarde que hace ante el lector de sus conocimientos flamencos, la minuciosidad en que se corn place al describir los sagrados ritos del cante joodo o de la tauromaquia, demuestran su iohibici6n espiritual del espectaculo que fa protagonista de la novela contempla desde lo alto
de la Giralda.
Hay en la bi&lt;.toria de los amores del seiiorito torero y la bailarina de 1'l
embrujo de Sevilla, la sangre, la voluptuosidad y la muerte de los cuadros vivos
que acert6 a escribir sobre motivas espaiioles Maurice Barrès; hay un nuevo
trasunto, mas directo, de la Andalucia pintoresca de La femm• et le pantin de
Pierre Louys; hay la docume ntaci6n, mas cieotifica, valga la palabrn, menas
farragosa y periodistica, de que se sirvi6 malamenle Blasco lbâiiez para su
Sangre y Arena; hay toques de crudo realismo cuyo solo aotecedente en la 00188

* * *
José Maria Ch1tc6ny
Calvo. -L as cten
.
.
•
me;ores J&gt;oesfas cubanas.-Madrid.

Editorial Reus, ,

922

No se ha limitado el afortunaclisimo colectO r d
tresacar con exquisito gusto adoroa dol
e es~e c~nt6n modela a eomejores composiciooes de l~s poetas°esp~s-~fn ~o~as b~ograficas y cr.iticas, las
en Cuba. Ha hecho mucbo mas: ha descubi:rtesl e per,1odo romantico nacidos
Era empeiio oada fa.cil y que ha llevado a o a poesia cubana.
lento y discreci6n singular :le que ha sab'do ~abohel Sr.! Chac6n con el lino tamuestra en sus eosayos literarios de vari~ én::o asta a fecha tan cumplida
Poroue era menester senalar e l
g,
·
.
Manuei'de Zequeira a Juliân del Cn ~s poes1as selecc,onadas en este toma, de
redia, de la Avellaneda de 7.:enea as~ yrt~ené L6pez, a través del tonaote Henacional, que aparte la pasi6n poilïcaa et' Y p!~&lt;:1do el Mul~to, un sentimiento
fondo oatural del paisaje de la isla re;elas:ar ~1~ po~. l~ hbertad patria o cl
to cubanos. Y es loque halo rado'sob .
un numo inca con color y acen«Zorrillismo y tropicalismog son-dic~.:_~~~uf.admdeote
el ~r. Chac6n y C~lvo.
a I a es, mahces de una m1sma

�LA PLUMA

LA PLUMA

actitud espiritual. Por eso aquella tradici6n literaria arraig6 tan firmemente
entre nosotros, y puede decirse que apareci6 cou Francisco Orgaz, aiios antes
de que el poeta de la Alhambra la divulgast' con sus viajes memorables por
gran parte de la América e:spaiiola. El zorrillismo es lo verbal que simula lo
Hrico, lo mel6dico, que predomina sobre toda idea y toda emoci6n ... Los poetas simplemente versistas no llegan sino al tropicalismo zorrillista; los poetas
que han tenido algo que decirnos, que han visto luces distantes o sentido ocuttas e insinuantes voces, que han cantado, aunque fuese una sola vez, porque
todo el espfritu aspiraba y exigia las aladas palabras, llegan a la visi6n plena
del alma tropical...•
Ad vertir ese dejo cubano en la bélica trompa de los coetaneos y continuadores de D. Juao Nicasio Gallégo, o en la ada ptaci6n de los suspirillos germdnicos de Becquer a la lira tropical, es cosa que ya puede lograr cualquier ofdo,
una vez hecha la selecci6n de este muestrario poético, con el seguro tacto, la
voluntad inspiradora de un espfritu tan sabio como el del escoliasta de Las
cien mejo,·es poeslas cubanas.

* * *
Artemio de Valle Arlzpe: Ejemplo. - Madrid. Aào MCMXIX; Vidas
milagrosas.-i\fadrid, MCXXI.
Dos maneras hay de considerar e l pasado: como una ruina, cuyos ecos solo
repetiran ya nuestra voz, si enmedio de ella damos al aire elegiaco lamento
( cEstos, Fabio, jay dolor!, que ves ahora-campos de soledad, mustio colladofueron un tiempo Italica famosa• ), y ta! es la disposici6n de las gentes que no
creen en espiritus ni trasgos; o abandonandose por entero a la emoci6n que
las reliquias antiguas despiertan en el animo sensible, hasta que la propia voz
se impresiont-, y hable por boca del evocador el espfritu evocado.
Cierto que no tendra para oosotros interés alguoo esta segunda evocaci6n
o remedo simplemente verbal dt&gt; una época cuya memoria vive en la nuestra
por los monumentos literarios o artfaticos que de ella nos quedan, si el escritor de ahora se limita no mas a imitar formas arcaicas, vacfas de sentido propio. Pero hay un grado de contemphci6n est~tica, es decir, moderna, y este es
el caso de D. Artemio de VaIJe Arizpe en los dos preciosos libros que nos regala-deliciosamente ornado el uno con dibujos de Roberto Montenegro-, en
que la voz y el acento aotiguo se tifien de una ernoci6u directa y personril, cuyo
mismo artificio y engolamiento descubren cierto humorismo purificador.
Valle Arizpe, escritor mejicano, se siente atraido por las somhras del pasado colonial de su patria nativa, y con graciosa deiaci6n de la libertad de pensamiento conquistada por sus antece.sores iomediatos, se complace en fingir
historias y milagros de una lPyenda espaàola de supersticiones, estilizadas a la
mayor gloria dt1 D. Ramiro el de Larreta.

• * *

P,uù Neuhuys.-Poètes d'aujour d'hui. L'on"entation actuelle de la cons,·ience
lyri9ue,-cÇa lra,, Anvers, 1922.
1Hay, ~na or,ientaci6n defioida en las diversas manifestaciones de la oesfa
moder111s1ma? Jau] Neuhuys, afirma que si en su librito P.oetas -'e ho 1 p ·
tac .,
t / d, l
· · , •
'
"' '.Y ,a o,·un_i~n ac ua e a ~onczenc1a lirtca, publicado eo las atractivas y cuidadisimas
e_d1c1ones ~t' la rev1sta Ça ira de Amberes propulsora de Ja re O
••
é
bca postenor al simbolismo.
'
n vacion po Obse_rva e~ seàor Neuhuys en la aparente incoherencia, en la anar ufa del
muodo hterano, un esfuerzo comun por concentrar la expresi6n Hrica qma d
a_cuerdo con la reali~ad d~ loque se han propuesto los poetas de t~dos s1o!
tJe~pos. Esa ex1;&gt;res16n d1recta de la realidad se obtiene en la Jirica actual reduc1end? a tér!moos meramente enumerativos Jas relaciones , or seme· a'nza
fonsegu1das has~a _ahora en~e las cosas clasificadas en categorî.is. Lo cual dab~
uga~ a la repart1c16n del umverso en temas poéticos y temas prosaicos a r
nom!a resuelt~ en la concieocia del poeta moderno, para quien 00 ha ' dfr::
r~~cias de cahda? en la materia objeto de su poesfa, y sî s6lo valores d~ relah_v1dad con relac16n al absurdo absoluto, nuevo caos de que ha de s
·
virtud del Verbo, el nuevo mundo libre
urgir, en
_De Guillaume ~pollinaire a Paul VaJ~ry, a través del grupo de Jules Ro~uarns, Duham~l, Vildrac, y ~I de los dada{stas mas significados, traza Paul Neuys una resena de la poes1a francesa moderna, en que la brevedad y la a udeza no i_uenoscaba? l_a claridad_ de su opinion, afirmativa de una concien~ia
por d1fusa en multiples ma01festaciones, sin norma de escuela propiament~
tn~
a , menos patente en su unanimidad.

C. R. C.

* *

*

Louis Léon-Martin.-Tuvache ou la t,·a[fédie pastorale._ Paris, Grasset.
1:'u_vache era un camptsino de cortos alcances, que -1ceptaba el destino con
segun las reglas, y vivfa feliz, ernparedado entre cuatro ideas· •Yo
bs~m,Si6~,.
_,en qu1s1era .• •No se puede.• cTrabajemos., ,Tengo hamb
T
h.
smcero; leal a sus instintos, no comprendia al abandonarse ;\~losuvlac e era
cusion adve I•sa d
t
h ,
'
, a repera
e_ sus ac os, _a 11. "ndose_ corno sie;r.pre se hallaba propicio a
~ nars~ con trabaJo el pan cotid1a110, csm rencor y sin hip6tesis•. Todo Jo que
o poJ1 a gobe!narse por esa norma ni resolverse en esa actitud sumisa era
pa~a
uvache 10excrutable. Asi, ~u~ndo el mundo-una aldehuela riberefi~ del
0
!ra-,
que un momento le acanc16 y exalt6, Je volvi6 después Ja ('Spalda y
111
.;
stt6 luego, le persigui6, empujaudole a la desesperaci6n y a la muer'ce
uvac e no se da cuenta cabal del por qué de la borrasca eu que erece nid~
~a fterza-fue se dese~cadena ~ontra él, y que lo ]leva fatalmente reali~ar su
es ~n~. uvache hub1era pod1do salvarse si llega a tener, a tiem O un oco
~,s,mulo; ~ero en su moUera, no cabia ningu.n artificio. Verle a~i indefrnso
r g1camente 1ndefenso, suscita una emoci6n pura, bien lograda: contra la fata:

t

11

f

�LA PLUMA
"ta que se lleva el
.
triste coraz6!! pesa menos que una pap
lidad enemiga, su
.
·-edos
viento.
.
foDdO un paisaje lummoso, con "'.m
_
La tragedia de Tuvach.e tieneyllordel do y en el paisaje un pueblec1dto, eu
.
arboledas tup1das, on a
'
d l héroe Esta co:1ta a sopu1an~!i~ientos colectivos ?etermina? lai
:ondens~do en notaciones
yo~ m
.
atetismo, sm cromos, e e
'
bnam~nl
M. A.
esenc1a etes,• Ls:~r~ fuerte, veridico, claro.

su:~~~

,
Calvo: Literatu,·a cz,bana. Ensayos
Libros recibidos.-:José Mana Char:d~i uez: Dias de la Regen-cia: Re:1w-criticos. Biblioteca Cal(eJa,-JC.F[ia~c~E de torbea Lemmi: /,os mil _ano~ de
d de lo ue fué. Bibhoteca _a eia.
H Car enter: La vida de los 11:sec os.
0

{!en~

:i:~u;t:s caJit· \t:!nY~~a~;

1

F;'j:·h:tr::tion~:~
::.::~~tT!'iftlai~
le~-Libreria y Editorial Rivadenefr~, ~ .f;eigado: El Poema tri1mfal; Par~s,
5
a· fea Madrid, Suarez, 1 9 22
. • de Lemuel La Connaissance, Pans,
f~2 i, 0.-W. de L. Milosz: f.aver:;tfs:?e di Levante.' Padova, Zannoni, ,921.1922 -Raymondo Raymdond.
·sta"o,- Ça Ira• Amberes, 1921.
·
. 1.,' Appel u conqzti u,
Leén Chenoy.
, - Le Pro rés Civiq1,e, Paris. - La
Revistas. - Mercure de h·an~e, l~aEnps~qtte Paris~ Vida Nuest,·a, BuRe_nos
,
La RevueRueerton·o Amencano,
• .
San J osé de Costa 1ca.
Connaissance, Pans.Aires -Athenaeum, Zaragoza.-L ep . Paris -Cidtura Venezolana, Caracas.ü c',-apouillot, Paris.-Be/JeM e:" ~~eo -Cuba Contempordnea, La B:aba~--:Die Aktion, BeAr!in.-RRego:::~ edo:r~:,1F~r~ara.-Espana y AménL·caa, ~o~~·Ro:a~
Bab l Buenos ues.,.
r l a Amberes..n.,
'
Madrid.-The
mes.eB,1'lbao .- L' Art Libre.
. pBruselaf~yaMrd,
's indice a n'd.-Cosmd"olis
'f
' .
p ,
La Nouvelle Revue Françtus!, ..~nd.-:-d - L;s Marges, Paris. - P_,·isma, oar1s. de
B t
Espana, iua n •
M tevideo -.n.evue
Living Age, "'os on.·;de BeJtrique Bruselas.-Los Nuevo~, opn 's -La Revue de
Signaux de .,-r~nce e ,
Th' rse Bruselas.-lntenttons,. an .
J' Amérique latine, Par~s.-tb 'Y P;ris -Le Maglia, Bolorua,
Genève, Ginebra-Feu:Jles i res,
.

•-ë ~;_

1:,·

'

i,

A~O III.

1

MADRID, ABRIL 1922

LOS A UT ORES

[I

NUM. 25.

'

(r)

mundo de la 11ecesidad y el mundo de la libertad.-Permitidme, senoras y sefiores, a guisa de exordio, unas palabras,
que me ayuden a adaptarme al medio. Si no lo consiguiese
-y temo mucho que no-, que mi sinceridad me granjee
Yuestra tolerancia.
Dice el refran que «cada uno habla de la feria, segûn le va en ella».
Yo, por muy mal que me vaya, os juro que hablaré con admiraci6n de
este certamen industrial. La feria de muestras es ella misma la muestra
mejor, la muestra mas evidente, no tanto de loque ya es y de loque ya
ha conseguido esta ciudad magnifica, dina mica y discordante, sino de lo
que se propane ser y conseguir en lo venidero; la muestra, no tanto de
los hechos y victorias pasados, cuanto del deseo de avance y perfecci6n;
mas que la muestra de las obras, es la muestra del espiritu que anima a
esta ciudad. Pues bien, este espiritu, que lo es todo, puesto que sin idea,
sin espiritu, no hay nada quellegue a ser materialmente; este espiritu es
lo unico que no puede mostrarse en una instalaci6n, en un stand espeL

(1) En la Feria de .Muestras de Barcelona se ha dado una serie de conferencias acerca de la industria del libro. El Sr. Pérez de Ayala habl6 de clos
autores&gt;, que también soa parte eu el pleito. El tema, y los puntos de vista del
Sr. Ayala poseen interés dur&lt;1dero; no obstante, los roismos peri6dicos que
dieron cabales noticias telegraficas de las otras conferencias, nada han dicho
de ésta.
1 93

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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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