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                  <text>LA PLUMA
"ta que se lleva el
.
triste coraz6!! pesa menos que una pap
lidad enemiga, su
.
·-edos
viento.
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foDdO un paisaje lummoso, con "'.m
_
La tragedia de Tuvach.e tieneyllordel do y en el paisaje un pueblec1dto, eu
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arboledas tup1das, on a
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d l héroe Esta co:1ta a sopu1an~!i~ientos colectivos ?etermina? lai
:ondens~do en notaciones
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bnam~nl
M. A.
esenc1a etes,• Ls:~r~ fuerte, veridico, claro.

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Calvo: Literatu,·a cz,bana. Ensayos
Libros recibidos.-:José Mana Char:d~i uez: Dias de la Regen-cia: Re:1w-criticos. Biblioteca Cal(eJa,-JC.F[ia~c~E de torbea Lemmi: /,os mil _ano~ de
d de lo ue fué. Bibhoteca _a eia.
H Car enter: La vida de los 11:sec os.
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F;'j:·h:tr::tion~:~
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le~-Libreria y Editorial Rivadenefr~, ~ .f;eigado: El Poema tri1mfal; Par~s,
5
a· fea Madrid, Suarez, 1 9 22
. • de Lemuel La Connaissance, Pans,
f~2 i, 0.-W. de L. Milosz: f.aver:;tfs:?e di Levante.' Padova, Zannoni, ,921.1922 -Raymondo Raymdond.
·sta"o,- Ça Ira• Amberes, 1921.
·
. 1.,' Appel u conqzti u,
Leén Chenoy.
, - Le Pro rés Civiq1,e, Paris. - La
Revistas. - Mercure de h·an~e, l~aEnps~qtte Paris~ Vida Nuest,·a, BuRe_nos
,
La RevueRueerton·o Amencano,
• .
San J osé de Costa 1ca.
Connaissance, Pans.Aires -Athenaeum, Zaragoza.-L ep . Paris -Cidtura Venezolana, Caracas.ü c',-apouillot, Paris.-Be/JeM e:" ~~eo -Cuba Contempordnea, La B:aba~--:Die Aktion, BeAr!in.-RRego:::~ edo:r~:,1F~r~ara.-Espana y AménL·caa, ~o~~·Ro:a~
Bab l Buenos ues.,.
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Madrid.-The
mes.eB,1'lbao .- L' Art Libre.
. pBruselaf~yaMrd,
's indice a n'd.-Cosmd"olis
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La Nouvelle Revue Françtus!, ..~nd.-:-d - L;s Marges, Paris. - P_,·isma, oar1s. de
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Living Age, "'os on.·;de BeJtrique Bruselas.-Los Nuevo~, opn 's -La Revue de
Signaux de .,-r~nce e ,
Th' rse Bruselas.-lntenttons,. an .
J' Amérique latine, Par~s.-tb 'Y P;ris -Le Maglia, Bolorua,
Genève, Ginebra-Feu:Jles i res,
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A~O III.

1

MADRID, ABRIL 1922

LOS A UT ORES

[I

NUM. 25.

'

(r)

mundo de la 11ecesidad y el mundo de la libertad.-Permitidme, senoras y sefiores, a guisa de exordio, unas palabras,
que me ayuden a adaptarme al medio. Si no lo consiguiese
-y temo mucho que no-, que mi sinceridad me granjee
Yuestra tolerancia.
Dice el refran que «cada uno habla de la feria, segûn le va en ella».
Yo, por muy mal que me vaya, os juro que hablaré con admiraci6n de
este certamen industrial. La feria de muestras es ella misma la muestra
mejor, la muestra mas evidente, no tanto de loque ya es y de loque ya
ha conseguido esta ciudad magnifica, dina mica y discordante, sino de lo
que se propane ser y conseguir en lo venidero; la muestra, no tanto de
los hechos y victorias pasados, cuanto del deseo de avance y perfecci6n;
mas que la muestra de las obras, es la muestra del espiritu que anima a
esta ciudad. Pues bien, este espiritu, que lo es todo, puesto que sin idea,
sin espiritu, no hay nada quellegue a ser materialmente; este espiritu es
lo unico que no puede mostrarse en una instalaci6n, en un stand espeL

(1) En la Feria de .Muestras de Barcelona se ha dado una serie de conferencias acerca de la industria del libro. El Sr. Pérez de Ayala habl6 de clos
autores&gt;, que también soa parte eu el pleito. El tema, y los puntos de vista del
Sr. Ayala poseen interés dur&lt;1dero; no obstante, los roismos peri6dicos que
dieron cabales noticias telegraficas de las otras conferencias, nada han dicho
de ésta.
1 93

�LA PLUMA

"

cial, dondc cl cspcctador lo toque con las manos y lo vea con los ojos,
como los dcmas objetos de la industria, porque el espiritu es intangible
c invisible, es inmatcrial, no consiente ser dividido en particulas, es inconcrcto, esta cxcnto de la tirania de los sentidos.
La industria pertenece al mundo de la necesidad y de la posibilidad.
El espiritu constituye el mundo de la arbitrariedad y de la imposibilidad; pues, en cuanto una cosa es posible, ya cae bajo la industria y el
cspiritu enuncia un nuevo imposible, un nuevo estimulo de la acci6n.
Por lo tanto, todo lo tocante a la industria es claro, es sencillo, es limitado, es comprensible; lo tocante al espiritu, es vago, genérico, caprichoso, sin limites. En este ambiente industrial, donde otros conferenciantes han disertado sobre hechos definidos y claros, me han invitado
a que represente la funci6n del espiritu, en el caso singular de la industria del libro; al autor.
Perdonad mis obligadas arbitrariedades; esto es, mi inadaptaci6n al
medio. No aspiro a que de mis palabras se extraiga una enseiianza; s6lo
que por su virtud flote una emoci6n, un ansia hacia el espiritu. Y basta
de exordio.
Los autores y las licencias poéticas.-Quisiera tratar con sobriedad y
prccisi6n absolutas este tema: «Nué papel juega, qué direcci6n imprime,
qué necesidad satisface el autor dentro de la varia y compleja industria
del libro~ Desde luego se advierte que el papelero juega importante papel, y el impresor imprime nuevas direcciones a la industria, puesto que
imprime nuevos libros, aunque éstos, muchas veces, sean nuevas tonterias, para las cuales la inteligencia humana acredita una espontaneidad
milenaria e inexaustible; y, fioalmente, el editor satisface seiialadisimas y respetabilisimas necesidades, asi ajeoas como propias, tanto publicas cuanto privadas. Papelero, impresor, editor-sio jerarquias y en
orden parejo-, constituyen, dicho sea sin animo irreverente, la santisima trinidad de la industria del libro. tQué representa el autor ante esta
santisima trinidad?
Sucede con el autor lo propio que con las licencias poéticas. Y ahora
os diré lo que sucede con las licencias poéticas. Teodoro de Banville, en

LA PLUMA
su «Pequeno tratado de la poesia francesa~, hinche todo un capitulo
con la tcoria de las licencias poéticas. 1Un capitulo admirable! Diffcilmente se ha escrito nada tan sobrio y tan preciso como este capitulo
acerca de las lice~cias poéticas ... Se reduce el capitulo a dos (micas palabras. Hé~as aqm: «No existen.~ Las licencias poéticas no existen. Pues,
de la prop1a suerte, en la industria del libro, el autor... no existe.
. Con é~to, yo podria dar por concluida mi disertaci6n, en ]a tranquihdad de Haber tratado el tema con predsi6n y sobriedad absolutas. Sabedlo: _en cuant~ autor, no existo, sino de una manera imaginaria y
pote~c1~. _En m1 personalidad de autor incluyo a todos los demas autor~s h_1s~amco~; ~esde la fementida invenci6n de la imprenta . Los autores
h1spamcos ex1st1remos, Uegaremos a existir, pero todavia no existimos.
La ec~nom~a y l~ a~torùiad.-Hablo del autor, no en su aspecto de
c~ea~or hterano o c1,ent1fico, que es como existir, por si mismo y para
s~ m1sm~, en el pais de ~a cuarta dimension, fuera del espacio y del
tie~po, smo del autor coniugado con su medio, en sus funciones de rclac1on, en sus dimensiones mensurables, en sus aspectas cotizables· en
suma, en lo social, lo industrial y lo econ6mico. Un instante de aten~i6n
reflexi va b:5ta pa:a co~prob~r 0uestro aserto. En lo ccon6mico: ningun
aut_or espa~ol-fiiaos bien, mnguno-, ha podido vivir de sus Jibros. En
lo mdustnal: el autor es todavia un articulo de comercio mas no un
comercia~t~ (digo «comerciante» en el mas noble sentido: compatible
con la acti_v1~ad creadora, y _también coadyuvante y necesario para ella).
En lo social. lo caractenst1co del autor debiera ser la autoridad. como
que _esta p~labra _no significa otra cosa; autoridad, cualidad d; autor.
tQue autondad d1sfruta un autor en Esparia? Aqui, se Hama autoridad
a un polizonte, pero jamas a un autor: como jamas se Hama autor sino
al autor de un delito. Cuando en sociedad se alude a un autor in crene
re, susdt_ase una anfibologia sobremanera enfadosa para lo~ qu~ no
somas mas que autores de libros; ya que la mayoria de las gentes supo
nen que se trata del autor de un atentado. Corno, por economia de
vocablos, h~ de proseguir hablando de autores a secas, os suplico que no
sobrentenda1s autores de atentados, a no ser en una acepci6n muy trasla-

�LA PLUMA
ticia, esto es, autores de atentados artisticos y cientificos; y en este caso,
abominad del crimen y compadeced al criminal. Y cuando, de aqui en
adelante, diga «autoridad», entended cualidad de autor.
Repito: en la industria esparïola del libro el autor no existe sino
potencialmente, como realidad futura . Esta inexistencia temporal del
autor es una etapa transitoria en el desarrollo de la industria del libro.
En otros paises ya se ha recorrido esa etapa. En Espaiia se recorrera también. Entretanto, paciencia y esperanza.
Jmprmta ·versus autor.-Hist6ricamente, la aparici6n del libro como
objeto industrial determin6 la desaparici6n del autor. Estudiemos este
curioso fen6meno.
La matriz donde se engendr6 esa pavorosa y maravillosa criatura del
mundo moderno, que se llama el libro, fué la imprenta. Todavia menudea, en el léxico del arte de imprimir, la expresi6n «matrices del
libro». La imprenta y su primogénito el libro usurparon al punto toda
autoridad intelectual, con exclusion del autor. A la autoridad intelectual del autor se sobrepuso la autoridad fetichista, la superstici6n diriamos, de la letra de molde. El autor hubo de convertirse en cortesano y
servidor del libro. Fué quebrantada la natural subordinaci6n del libro y
el autor; en vez de someterse el libro al autor, el autor cay6 bajo el despotismo del libro. El libro surgi6, desde luego, como un scr sustantivo,
como una finalidad en si mismo. El libro era lo primordial, lo esencial;
cl autor, un elemento secundario, cuando no supérfluo. El autor necesitaba del Jibro, mas no el libro del autor; luego el autor debia ser el que
se rindiese y humillase. Todo esto parece il6gico y disparatado (1).
Sin embargo, asi fué (y asi es aun, en Esparïa). Fué y es, por raz6n
de la 16gica mas incontrovertible y realista; la fatalidad de las circunstancias. Y si no, examinemos el razonamiento fatalista que la realidad
impone. Se dira: «No es 16gico otorgar al libro categoria primordial
sobre el autor, ya que muchos siglos antes de haber libros hubo, conti(1) Autor, am:tor, eti!Dol6gicame_nte, es el que h~ce una_cosa. El autor ha
sido y serâ siemqre el que hace el hbro, que no el ed1tor, cl 1mpresor y el pa_pelero.

LA PLU ~I A
nuamente, sin interrupci6n, autores; lucgo lo primordial es el autor
que pudo valerse sin imprenta y sin libros, en tanto el libro no se pued~
vaJer sin autor.» jAyl Esta circunstancia del gran acopio de autores (y la
mayor parte de ellos, insuperables) anteriores al advenimiento del libro
junto con la pasmosa facilidad para reproducir sus obras artificiosamen~
te y sin t~sa, mediante la imprenta, fueron la causa causante de que los
autores v1vos, los de carne y hueso, pardieran de pronto la autoridad .
Claro que el_ li?ro, entonces como ahora, necesitaba de au tores; pero,
dc~de su nac1m1coto como industria, el libro, 16gica y econ6micamente,
fue a coger s~s aut~rcs ~ntre los muertos, consagrados y gratuitos, que
no entre los v1vos, d1scutibles y costosos. Veis que es natural que el libro
busque la autoridad cierta con predilecci6n sobre la autoridad du dosa.
La gran mayoria de libros publicados en los primeros tiempos de la im~renta fueron de obras antiguas o sobre materias tratadas ya por los ant1guos.
~cputo per~ectamente i_ustificado y loable que un editor se nicgue a
pubhcar mis hbros, fundandosc en que todavia no ha publicado los
libros clasicos; de griegos y latinos, de nacionales y extranjeros, si bien
~o suele ser ésta la justificaci6n de su negativa. Y reputo asirnismo justtficado, aunque no tan loablc, que los editores, habiendo a mano •iiejos
autorcs gratuitos y autores extranjeros, asequibles por una bicoca de derechos de traducci6n, cuando no gratuitos también, repugnen paoar a
los autor~s vivos nacionales, a no ser una mezquina pitanza, y ést/a titulo grac10so, como sacrificio y como dadiva. Con la aparici6n del libro
desapareci6, desde luego, el autor vivo como origen legîtimo de autori~
dad, y brotaron tres factores esenciales, concurrentes en la manufactura
del libro: el papelero, el impresor y el corredor-editor o librero-. No
e_s de extraiiar que algunos autores vivos, ignorantes de que este evangeho de la santisima trinidad del Jibro -papelero, impresor, editor-, es
transitorio, o impacientes, porque la transitoriedad se prolorga demasiado, maldigan la invenci6n de la imprenta, la consideren como una ca{da, y descsperen de ser redimidos jamas. La imrrenta fué el pecado original. Antes de él se exticnde la era del paraiso terrenal para los autores.

196
1 97

�LA PLUMA

I'

1,

pmo no mirar bacia la tttrospectiva edad paradisiaca con ojos melanc6licos y coruon amargo?
LI, 011"1ritltu fal,•wsa.-Tracemos un sucinto pergenio hist6rico de
la autoridad, es decir, de las sucesivas vicisitudes que han experimentado los autores.
En un principio, el autor no cscribia sobre papel deleznable, sino
sobre la eterna turquesa del cielo. Su instrumento era la palabra oral.
Lu palabras del autor volaban entre el aire fluido, como aves dulces Y
ligeras. Por eso Homero aiiadio a las palabras el epiteto de aladas: .r.aa
TTapoavta. No alumbrandose la palabra sobr~ el papcl, tampoco ~taba
destinada a imprimirsc en el papel. Alumbrabase en un corazon e 1ba a
imprimirsc en la plasticidad de otros corazoncs.
,
(Los antiguos suponfan-muy sagazmente-que cl ~orazon e~ la ~de
de la inteligencia y de la memoria, por cnde del lenguaJe. Salomon d1ce:
Cor sapimlts eruditt os ejus, el coraz6n del sabio amaes~rara su lengua.
En Jas lenguas hebrea y arabe hay, al parecer, el mod1smo de «pensar
con el corazon». Quinto Ennio sostenia que «tenia tres corazones», porque hablaba tres lenguas. En varios idiomas modernos subsiste la locuci6n de «aprendcr de coraz6n»; ltudier par coeur, to learn by keart, como
sin6nimo de encerrar en la memoria.)
Alumbrada en un corazon e impresa en otros corazones, la palabra
no se reproducia a golpes de manivela o a vueltas de volante, como siglos después con Ja imprenta, ni se manif~staba, !~erte ya, en el sarc6fago de un libro. Alentaba con el soplo vivo e?1_1t1do de l~s p~Jmones
~ntonces, a la respiraci6n se Je llamaba «espmtu»-, art1culabase en
una lengua, humeda y vivicnte, y en unos Jabios, rojos por el fucgo de
la vida. y asi, las aladas palabras que el autor habia creado en su coraz6n iban muchas veces a anidar en una boca de mujer; un libro, cuyas
hojas son hojas de rosa.
Fué Ja época semidivina del autor. El autor era el aeda, el bardo, el
vate; mas que sacerdote, profeta. Hasta el legislador se Je supeditaba,
solicitandole que tradujese en verso Jas Jeyes, que de otra suerte permanecerian ignoradas e incumplidas. Esta época , casi fabulosa, de
1 C)8

LA PLUMA
la supremacia del autor, concluye con la invenci6n de la escritura.
El aulor grdfico y û a11tor ora/.-La cscritura acarrea una divisi6n de
podercs y de jurisdiccioncs en la autoridad, quiero decir, en la actividad
de los autores. De un lado el autor que sabe escribir y escribe para los
que saben leer; de otro lado, el autor que no sabe cscribir y se produce
oralmente para los que no saben lcer. (La clasc de los autorcs que no
saben cscribir subsiste, y con gran cxuberancia, en nucstros d{as.) La
divisi6n de autoridad, en esta segunda época, implic6 una divisi6n de
la masa sobre la cual se ejerciesc la autoridad, esto es, una scparaci6n
de publicos, y en consecuencia una disminuci6n de autoridad. El publico de los autores que sabian escribir, por fuerza era tan selecto y exigcnte como poco numeroso. Y el publico de los autores que no sabian escribir era por fuerza tan numeroso como poco educado y mal parado de
fortuna. El autor que no sabia escribir, desdenado de los selectos y exigentes, perdi6 la autoridad para con su propio publico también; la plebe
no podia pedirle que la adoctrinase, puesto que era hombre sin doctrina, sino que la divirticse y Jisonjease, por donde no le cra licito crear
nuevas palabras sutiles, antes bien, servirse unicamente de las palabras
comunisimas y cotidianas que la plebe corrompia y sin cesar dcformaba. Asi, el autor que no sabia escribir se vi6 compelido a emplear un
instrumento de escasa resistencia y extrcmadamente cambiante, mudadizo; el sermo vulgaris o idioma vulgar con que mas tarde se formaron
nuestras lenguas romances.
Horacio y Mecenas.- Por su parte, el autor que sabia escribir no podia sustentar autoridad sobre la plebe, puesto que no era entendido por
ella. Faltandole este sustento de la autoridad debi6 de faltarle asimismo
el propio sustento. pues &lt;de qué iba a vivir? Y en este punto fué cuando,
en la historia de la autoridad, se produjo la asistencia mas fecunda, la
asistencia inexcusable, para toda cultura delicada en inmarcesible; aludo
al mecenismo. Puesto que la palabra proviene del calor generoso con
que Mecenas incub6 a Horacio, que el propio poeta hable por nosotros.
Horacio dedic6 varias odas a Mecenas. La primera de su primer libro de
Odas esta dedicada a Mecenas. Comienza:

�•

LA PLU \I A

LA PLL'MA
Maectnas, atnvis tdilt regibus,
0 et pr,u:sidium, et du/ce lkcus mmm.
«;\\ecenas, descendiente de abuelos de realeza, tu eres mi itpoyo y mi
dulce gloria.» Corno quicn dicc: «Sin ti, l\\eccnas, yo no setia Horacio.»
En la oda XVII del libro segundo, Horacio, adidninJo~c inmortal,
exclama:

NM ego paurtrttm

Sangm"s paren/11111, 110n rgo, quem t'tJttzs,
Dilecte .ilaemlttt, obiho,
«Aunque vastago de padres humildes, no dcsapurcccré, dilecto i\\cccnas, puesto que me has acogido en tu casa» (1). 0 seâ, que manumitiJo
Horacio de las neccsidades de la vida matcrial, gracias a . 1cccnas, goz6
la libcrtad de advocarse plenariamente a pr0&lt;.lucir obras inmortales.
Este estado de libcrt:·d de espiritu )' de libcraci6n ccon6mi..:a - cl ocio
meditativo-, es cl clima psico16gïco en que gcrmina la cultura durade-

ra y el arte incorruptible (2).
No otra cosa significa cl meccnismo si no es asistcncia a là llbcraci6n
ccon6mica del autor con que pro.::urarle la libertad de espiritu. El autOr
cscrupuloso no se aviene a brin Jar pa~·,o innumerabh: a la voracidad del
vulgo, ni menos se rcbaja a propiciar cl mal gusto de la plcbe; en definitiva, no vive del pucblo, vi,·e de , \eccnas. Sin Mecenas no hay lloracio; son dos términos corrclativos.
(1) En e~ta rni~ma oth, Horacio v.1ticinl\ lo~ uernpo~ f.ituri,;imos e:1 que
hasta Rsp~na (lo mism l que o~ros p·H:b o, birba ·o3) lie~'\ a rnstrnirse, ll,ber
peritlls. Estamo;; lejos tnd,wia del cu·uplirnientn del vaticmio,
(2) Odo no es vagancia, ni rn•no c:ctra,agancia Ocio e~ coocentraci6::i.
Co 1ce11traciun e~ lo o;,·1e~to a evap r.1ciô, E\·apo aciôn es 1:i e,,cl 1vitud a lo;;
rèq 1::ri!ll1ento, e.'derno;, rnnmen l 1eos, de amuientc. YI Clt.11·/11 ·et1i116 que
el ·ul~ 1 ,costumbra lh1mar rli traid, al llflil1°lre rn i, atento, estn e , al (!Jt' e ta
c~nc::utra1\ &gt; ett si mism,. Y bace mu:h'l, ii H, c:·1 11na d• m primera;; obras,
con un I pe,11eiia variante d'! 1~ o~;ervaci6n de Ct.Jrln, escdb(, viviendo en
In 11l 1terra, que lo, in •leses pHan pnr e,c:tr,tvagantc~. precbamcntc porque
nu":1ca cictr:wa~an, ante:1 bie.1, se c rn1foœ11 at•nt&lt;n a u norm1 intim o inclinaci,Sn, si11 c11id ,rse del cfecto qu • pro,\u,;en. D. lltigud de Unam,mo, con iterncion, caracleristica suya. ha de;;arrollnJo cl retruéca:10 - de palabras y cte

Tanto monta dec1·r Jo mecé mcocomo
.
lo
h Dos
· c,mrdos
T ,i /or ,wt1m!'s..
orac1ano.
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Horac10
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resume
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a os autores: uno
«suar a tu o ra urante d1cz anos )" al cabo de ellos .
, . d b •
b'". J • l
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1uzg:1ras s1 e es
pu ,11:ar :t», e otro, «od1a al vulgo profano y aléjate de él» Calma v
noblcza.
•
• z " • ~La e~cuelâ de la. perfccci6n
. es cl ocio · Record a d que ·escuela es
~o. i,ne::ia _Y que en ~r1ego quiere dccir «ocio». Sin ocio econ6mico
&lt;como
de
. d as en
l 1 · segu,r
d . los conseios
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, .Horacio? Si vives de tus obras. cot1za
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,c mo pcrsua ,ras al cst6ma,To
" que en csc plazo
· • nad a b rcv' suspenda
sus d cmandas '! aprcmios&gt; y si el vulgo te da de co
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elevarte sobre cl vulgo?
mer ,como podras

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pensamiento puro, o füosofia, la ciencia ura. cl ar
prol1Jas gcst.1ciones del ocio. Scntimos que somo; dioscs ca'tdc puro, s~n
ba p
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or, s1, no )a creador de hteratura, cienda v filosofia sino t b',
c~cad~r d~ pueblos. puesto que para que cxis~ un puebio en ::t;~~
h1stont:o1y transccndcnte,
. conc1en. .
c·
. . es mcncster' sin duda , que h ava una
ia popu ar, pero, pnncapalmentc,.quc esta conciencia populars~ ramiconcept,,s- que resultn de intravaaar
.
ch&lt;&gt;,, c.,;pontaneamente ha van percib'd
ytxtr,,~agar: Lo proh.tble es que 0111•
1
a quicn narlie ni nada ·1. &lt;listrae d
&lt;• a,antin_,rnias del cdistraido,, que cs
que es el que no \'h"a e:rtrn de,~ · e 51~5 pensam,cr.tos, Y ciel •r-.xtra\•agaute•,
.
b
•
• 1 prop10.
0 ciofecuodo=·onccntrncio
Duque
d,. i\!Uan lÎnto 1 • n,• act'i,·1'dad absorbcnte y tensa. Por encnr!!o del
taha sioo la cabJa de
la Ccna en el refcctorio de la Cartujn. No faldittc; al convento; encHarnlibis~s:ron ~rcs .m_e 5 i::s. Llf"_gaha Leonarclo todoq los
trc horn . cruz ,do de braz s· '
a~ am10, _contemplnha d fre co por dos o
que. Replic6 Leonardo· • ~ ;,'.~:n e ,n ~ar pmcclada. Qucj6se cl Prior al Du5
da-1. Tres meses llevo t~Rbaja;do
l ~r•or_&lt;]UC no trabajo en la cabeza de Ju•
f I ra artista hol~az.,n liaero me t!n ~ a, SUI llcertar con lo q~e 11uiero. Si vo
Prior, que ln tiene dd~na-:. redorn~t11
~nfo matlo C?n _coptar l_:i cabeza del
Pcnsemos r-n . 'cwton, t11mbado o ga_op1:.1 que en m1 V)da be v1sto,•
Cac un:i manzan:i pero nri c
al pie cle un ;hbol. oc10,;o, reconccntrado
I ,~elo; cae a plom_o C? el c~ntro insondable
del espiritu de X~wtoo.
JJt la le,• de la ra\'Ïtaci,
. r.1 • a~por una erav1tac16n evidcnte; ,, Newton
yt ncta és un si~bolo. un umver,,nl. F.sto podra sc r una leyenda; pero esta le-

f1~~:t:!o

err

corn'~\~

201
200

�LA PLUMA
fique y reciba su savia de una concienciauniversal; que tal es la cultura
o autoridad suprema del pensamiento, la c_ien~ia y e~ arte ~~ros.
.
La escritura-todos los pueblos han atnbu1do su 10venc1on a un d1os
nacional-, provoc6 esta separaci6n y aparente divergcncia entre la autoridad cuita-sobre los escogidos y gobernantes-y la autoridad vulgar
sobre el pueblo-; literatura erudita y literatura popular. Digo aparentc
divergencia, como entre la ramazon de un arbol y su tronco.
El drbol de la cienâa.-Si resqucbrajamos la cascarilla de las palabras y les arrancamos su meollo secreto, se nos mostrara con limpidez
esta verdad. De tres maneras denominaban los latinos a las coleccioncs
de obras eruditas: caudex, o codex, (de aqui, c6dice), lt'ber, (libro), y volumen. Pues bien; codex significa tronco del arbol; liber, la pelicula que separa la corteza de la albura, en el tronco; y también significa libre, alusi6n al postulado de libertad de espiritu para la cultura, y volumen, lo
que gira y se envuelve sobre si mismo, como la corteza; una reconcentraci6n material. Lo popular deriva de populus, que significa tanto pueblo como alamo, ya que en esta especie de arbol el tronco se prolonga
hasta la cima y las hojuelas, mellizas, caedizas y garrulas, simbolo de la
plebe, rodean el tronco casi desde la base, nutriéndosc de él.
El orto de los pueblos.-Esta separaci6n de la autoridad cuita y la au_
toridad popular se extiende todo a lo largo de la Edad Media, sin excluir la reciproca transfusion de jugos y energias, como en la iH1agen
del arbol. El arbol se mantiene tanto del sentido de la tierra, o sea, lo
universal, a través del tronco, como de la atm6sfera local, del aire pa_
trio, a través de las hojas; guarda una vida profunda, constante, sin mudanzas y se exterioriza por sus hojas en un ciclo vital de juventud, madurez, ancianidad y muerte simuladas, segun las estaciones y cambios
del cielo nativo.
No de otra suerte, la autoridad cuita (el tronco) infunde, temporal
mente, conciencia universal en la autoridad popular (ramas y hojas), y
temporalmente de ella recibe conciencia nacional e hist6rica.
En Espaiia, estas dos autoridades se decian, «saber de clerecia» la
culta, «saber de juglaria» la popular.
202

LA PLUMA
En la autoridad crudita, el alma del pucblo hablaba con voz univcrsal; en la popular, el alma universal hablaba con voz del pueblo. El
mecenismo continuaba siendo el angel guardian de la autoridad erudita;
la plebe, el proveedor de la autoridad popular. Si no la cra fabulosa, de
autoridad exclusiva y superna, al menos la era paridisiaca, ya que la
esencia del paraiso se cifraba en cl ocio.
Los primeros libros impresos.-Hasta que un teut6n o un holandés
-cual, no se conoce de cierto-, invent6 la imprenta; y los autores, a
causa de aquella 16gica fatalista de las circunstancias, que anteriormente
hemos puntualizado, fueron expelidos del paraiso.
A raiz del nuevo descubrimiento, los bibli6filos, o amadores de libros,
rcchazaban con disgusto los libros impresos, por su fealdad, en cotejo
con los preciosos manuscritos iluminados, fatigadas obras de arte, como
un cuadro o una escultura. Los emisarios del cardenal Besari6n, viendo
en casa de Constantino Lascaris el primer libro impreso, lo comentaron
as{, con risas: «Entre barbaros tenia que nacer la ocurrencia. Federico
de Urbino se hubiera avergonzado si poseyera un libro tan villano.i.
Aquellos libros villanos, los incunables, los estimamos hoy como joyas.
Ello es que, en lugâr del autor vivo, paso la letra de molde a ser
depositaria de la sapiencia clasica. A esto se debi6 que el reducido publico de cultos se congraciase con el libro impreso. Fijar6nse asi, hallandose todavia embrionaria, las dos normas cardinales de la industria del
libro: hacer libros buenos y hacer libros bellos. El editor de entonces
era artista y autor. Los mejores libros eran los libros clasicos; por donde,
los autores vivos que aspiraban a crear obras puras, obras perduraderas,
engendradas en el ocio y la libertad de espiritu, observaron estar mas
menesterosos que nunca del mecenismo. (De aqui en adelante, no podemos por menos de indicar el paralelo y contraste entre Espafia y los
demas paises occidentales.)
Mece11ismo aqui y aculld.-En otros paises, el mecenismo se prorrog6
Yhasta se condujo con mayor liberalidad. En Espafia degener6 en caridad desderiosa, que debia obtenerse por mendiguez servil. Horacio se
dirigia a Mecenas de par a par. Las dedicatorias y suplicatorios pordio
203

�LA PLU .\I A

LA PI..; U ~\ A
seros de Cervantes y Lope a diversos mecenas nos mueven a iracundia
todavfa; y no contra Ios autores, ciertamente. Lope fué utilizado c~mo
rufian, por el duque de Sessa., jHe aqui el predicamento que la a~stocracia de Ios Austrias otorgaba a la autoridad cuita; la sola autondad
valedera, en ûltimo c:ttremo!
El mecenismo escala el vértice del sumo esplendor desde el siglo xvu
hasta fines del wm. Cartesio, .Molière, Voltaire, D'Alemb&amp;t, Goethe, Y
otros ociosos e ilustres meèlitabundos, ora son enaltecidos y revercnciados por el Estado, ora son favorecidos con largueza a fin de que ~ogrcn
la plcnitud de su obra. El Estado, a la saz6n, era uu rey. A~ontec1a c~to
fucra de Espaiia. En Espaifa hubo un conato de mecemsm_o co~ l~s
ministros de Carlos III, educados en los principios cultos y enc1cloped1stas de Francia. Fué la ocasi6n ûnica en que la J\fajestad hispanica se
rode6 de nombres en Ios cuales la conciencia popular se inscribfa en _el
esquema de la conciencia universal. Fué también, cuando en Espana
liubo mcjorcs imprcsorcs y editorcs.
.
L.z rewluciJ11 polit/ca.-Cabalgando los siglos x,111 ~- .x•~• se ve~1fica11
casi sincr6nicamente la rernluci6n politica y la re,·oluc1on industnal.
La revoluci6n politica agrava al pronto la crisi~ ~c aut?:id~d, pro1~0vida por la invcnci6n de la imprenta. La re,·0Iuc1on po!tt1ca instauro el
docrma de la soberan/a popular. Este dogma establece que la voluntad
de Jos mas debe pre~alecer; lo cual es incontrovertible. La voluntad de
mavor Yolumen prevalece siemprc a la larga; es un hecho de naturale~
qu~ fué trasplantado al texto de la ley. Pero, cl dogn!a de la sobera~.,a
popular 110 cabe predicarlo sino de la conducta colectiva, de la relac1on
mcramentc politica de unos ciudadanos con otros. No o_bs1'.3nte lo cual,
el pueblo, en la embriaguez del triunfo, se arrog6 todo hnaie de so~eraria, incluso la autoridad, que atai'ie, como ya hemos e:,cpuesto, al~' al~raci6n permanente y uni,·er:;al sobre el pcnsamicn:~ puro: _la c1enc'.~
pura y cl arte puro. Por eso he dicho que la rc,·oluc1on poltt1ca agra, o
la crisis de autoridad.
Ante este menoscabo de la autoridad legitima, algunos autores reaccionaron con agresi6n. Schiller cscribi6, en su Wal/rstd11: «Stimmen soi/
:?04

wan w,ïgen und nidzt :..ïhlm», Ios votos deben pesarse y no con tarse. Y
Carlyle: « Y do not bdz'ez·e that st,1/c ca11 las/ in whir!t Jcsus and Judm
haz·e equat weig!tt in p11b'i'° {if/tJZrJ», no creo que pueda perseverar un
estado en que el voto de Jcsus y el de Judas tcngan cl mismo peso en Ja
cosa pûblica (1). Aquellas palabras de Schiller v de Carlvle no desvirtûan en lo mas minimo el dogma de la soberania popular. Los votos son
expresion de la rnluntad y no del entendimiento. Un voto no es un
;iucio, sino un drseo, un acto presunto. En cuanto deseo expreso, el ,·oto
de Judas, politicamente, pesa tanto como el de Jesus, y, si la mayoria
vota con Judas, saldra Judas con su ,·oluntad, como acaeci6 en Judea,
en los ticmpos de Tibcrio, y acaecera en todas partes y tiempos, de lo
cual no tienc Ja culpa la sociedad humana, que es como la han hecho.
Claro que no se puede decrctar por vota.:i6n la distancia que hay de la
tierra a la luna, ni el mérito de la Jliada, ni la certidumbre de la filosofia de Kant; pcro. para averiguar Io que el pueblo quiere no hay mas
camino que pedirlc el voto.
He aqui la formula exacta de la division de poderes: el pucblo posee
soberania, cuyo instrumento es la voluntad y cuya realizaci6n es el acto
momentaneo, pero no posee autoridad, cuyo instrumento es el entendi-

(•?

Un espaiiol muy simp.itico, muy m.irchoso y muy sesudo. en nada
semeiante. aunque cordobéQ, a los muiiidores y politicastros cordobeses de
ho~aiio; Séneca, en su • Vita Beata•• escribe: Itafjue id eve11it, fJUOd in com1tiis, in
fJUtbus_ eos f_aclos jJraetores iidem fjtll fecere mirantt,r, fJtlUm se mo/Jilis favor circumegü. Eadem p,·o/Jamus, tadem rtjJrehendimus; /,ic txilus tsl omnis judicii, ifl
9uo secumdum jJ/ures dalur; •ocurre en los comicios que los mismes ciudadanos
que han nombrado con su voto a los pretores se maravillan de habcrlos elegi?o cuando, mas adelante, el favor les es contrario. Reprobamos entonces las
m1smas cosas que habîamos aprobado. Tal es la consecuencia de todo juicio
por mayoria.• Lo que dice Séneca es certisimo, cuando en un maçistrado se
busca un favorc-cc::dor, en vez de designarle como mandadero o «mmistro• de
la voluntad general. En el mismo tratado de «Vita Beata., Stncca emplea la
palabra «ministro• en el sentido del que sirve a la n.esa. Eso deben ser los
gobernantcs respecto del pueblo; pero son lo contrario. De los tratados de Séncca hay una traducci6n castellana del siglo xvu, por el licenciado Navarrete,
por cierto deplorable, de exactitud y de lcnguaje.
205

�LA PLUMA
miento y cuya realizaci6n es la obra impercccdera. Esto, en lo tocante a
la revoluci6n politica.
La revolucion industrial.-Pasemos a la revoluci6n industrial. Esta
revoluci6n, como la otra, la politica, se ofrece en la realidad eomo un
grado de plenitud; la producci6n copiosa. En rigor, no hay industria
hasta el siglo x1x. De ordinario, no entendemos por industria sino la industria mecanica, la producci6n copiosa. La producci6n copiosa implica dos 6rdenes de necesidades contrapuestas; a un cabo, los factores de
producci6n; al otro cabo, los factores de consumo, el mercado. La ley
fondamental de la industria es la ley del mercado.
Los factores de producci6n de la industria del libro son el pape!, la
imprenta y el agente que los reune y liga, o sea, el editor. El autor, digo
el autor vivo, el de carne y hueso, estani incluido o no en la producci6n
del libro segun lo condicione la ley del mercado. cCual es esta ley? Buscar consumidores que absorban la producci6n copiosa, satisfaciéndoles
la necesidad o el gusto.
Comparemos, a este respecto, lo de Espaiia con lo de fuera.
Espaiia y el Cong-o .-En otros paises, la revoluci6n politica indujo a
una usurpaci6n de autoridad por parte del pueblo, el cual quiso arrogarse la facultad de fallar en materias de cultura superior. Mas, como alli
el pueblo anhelaba instruirse y, con ahinco correspondiente, el Estado
se esforzaba en instruirlo, fué agrandandose el perimetro del publico
culto o apetente de cultura. No son pocos los paises occidentales de donde se ha desterrado el analfabetismo. La industria del libro, en esas naciones, dispuso a seguida del mercado mas seguro y pr6spero, el que
responde a la satisfacci6n de una necesidad. Ademas, el Estado allf practic6 el mecenismo, ya por medio de la retribuci6n u homenaje a un autor distinguido, ya por medio de sus corporaciones de cultura (Escuelas
superiores, Bibliotecas publicas, Publicaciones oficiales, Academias), inculcando en el publico de juicio liviano o vacilante criterios de selecci6n
y sentimientos de respeto con que diferenciar y acatar la autoridad auténtica. La industria del libro, en esas naciones, junto con el otro mer-

LA PLUMA
cado de la necesidad, fué condicionada por el mercado del bucn gusto,
y entrambos se confuodieron.
Ahora ccual es la ley del mercado en Espaiia? Un agudo amigo mio
decia: a primera lvista parece que un bazar de ropas hechas en el Congo
seria un negocio incalculable, ya que todos los congoleses van desnudos,
solo que los congoleses van desnudos porque el calor les obliga al sucinto taparrabos, y las unicas prendas europeas que han adoptado son los
puiios postizos y el sombrero de copa.
Nuestro mercado de libros guarda, en lo intelectual, notoria semejanza con el mercado del Congo, en lo indumentario. A primera vista
parece que en Espaiia habra tantos que ambicionen poder leer como
analfabetos hay, y son en proporci6n abrumadora; y tantos que ambicionen cultivarse cuantos se cchan de ver incultos, y son casi todo cl
resto de los habitantes. 1Qué buen negocio la industria de libros .. .1
Pero iay! los desnudos de espiritu no se ruborizan de su dcsnudez, porque nadie les ha sugerido el pudor; y Ios que alardean de ir vestidos no
adquieren del vcstuario intclectual otras prendas que el somero taparrabos, los puiios postizos y el sombrero de copa. (1)
Saber ker y sabcr escribir: su proces,1 so.dal.-Hoy ya no se concibe el
hombre que no sabe leer; por cso se ha extinguido el specimen del autor
oral, que no sabia escribir. Las frases de «no sabcr leer» y «no saber escribir» han perdido en las lenguas cuita~ modernas su sentido literai y
arcaico; no significan ignorancia de un automatismo infantil con que
trazar vocablos y descifrar vocablos, sino la falta de discernimiento para
desentraiiar el valor de lo que se lee, y de pericia para comunicar con
precisi6n o emotividad loque se piensa y sicnte.
El publico que no sabia lecr atraves6 varios tramos, en el decurso de
los siglos. 1\lientras la escritura manuscrita y enrevesada, no se molest6
en aprender a leer. Después de la imprenta, con sus nitidas letras, apren(1) Se ha vuelto, al fin y al cabo, al sentido que comenzaron a dar al vocablo los antiguos autores eruditos. Leer viene de Lego, legere, verbo que significa cscoger, selcccionar, interpretar.
207

206

�LA PL lJ ~I A
dio lentamente a deletrear; y fué el tramo del fetichismo de la letra de
molde. La rcvoluci6n politica trajo la democracia de la rroducci6n libresca; la ciencia vulgar o seudociencia, la literatura de plazuela. Y fué
el imperio transitorio del editor mercachifle y ·del pûblico ensoberbecido e irreverente, que aunque sabia Jeer por lo automatico en puridad no
sabia leer todavia. Por ultimo, la propaganda de la instrucci6n y el mecenismo del Estado dieron fin, en esas naciones, del pûblico que no sabia leer. En esas naciones el mercado es, si no culto, apetente de cultura gcnuina. Los autores de mas mérito suclen ser los de mas pûblico.
Puedc aplicarseles indistintamente un criterio econ6mico o un criteriointelectual; los primeros, scgûn un criterio, se afirman con autenticidad
casi siempre como los primeros, segûn cl otro critcrio. Estos primeros
autores son en vcrdad cl tronco, soporte y apoyatura del pueblo, y a través de ellos la conciencia nacional habla con acento univcrsal.
La lcy dd mercado en Espaiia.-Pero cstamos en Espaiia. La ley del
mercado editorial la promulga cl pûblico de lcctores. El pûblico hispanico atravicsa cl pcnûltimo tramo de los antes descritos; es el pûblico
democratico-dem6crata de la cicncia y de la literatura-que en puridad
no sabe leer, aunque automaticamente pucdc deletrear. Las mercaderias
que satisfagan la neccsidad y el gusto de este mercado debcran ser la
scudociencia y la scudoliteratura; pornografia literaria y pornografia
cientifica. Los au tores para este pûblico, aun cuando se exterioricen mcdiantc la escritura automatica, son ni mas ni menos que los autores de
antaiio que no sabian escribir, puesto que no crcan nada propio, sino
que dcvuelven lo que les ha llcgado de oidas, si bien aquellos viejos autores iletrados solian cstar atentos a la voz de la autoridad crudita, en
tanto los de ahora se vanaglorian en mcnospreciarla. Por eso - como
declaré en los preliminares-los autores genuinos, aquellos que se afanan en dotar de concicncia uni versai el alma nacional de estos dias, los
creadores de pura ciencia y de arte puro, no cxisten en Espaiia sino potencialmente; como los obispos 1iz pa,tibus, obispos sin di6cesis, son autores sin pûblico. La autoridad espaiiola esta destroncada. Pero-se me
objetara-, eexisten siquiera esos autores in partibus, autores genuinos?
208

LA PLUMA
Respondo que si; tantos y tan cxcelentes como en los ticmpos mas fecundos de la cultura espaiiola, solo que en cierta medida son autores
frustad~s ~or la adversidad del medio y la ausencia de mecenismo, dir~o e md1rccto. De dos maneras se frustran los grandes autores en Espana, y una sola es la causa del daiio.
Sobre/)roduccùhz v penodùmo.-Causa del daiio , la ausenc·a
d e mecc.
1
msmo; en otras palabras, la esclavitud econ6mica que impidc el ocio
crea~or. Las ~os maneras de frustraci6n; una, la sobreproducci6n, producc16n ~x~es1va y atropellada; otra, el periodismo. A un autor que no
sabe esc~1bir, o loque es Jo mic;mo, un autor de mucho pûblico, Je bastan ~ed1a docena de obras, y tal vez una sola, para manumitirse ccon6n6'.111camcnte. El autor de conciencia-de doble conciencia; nacional y
umversal-ha de_ compensar la exigüidad del rendimiento de cada obra
con 1~ abundanc1a de obras, y el desvio de la fama con la insistencia en
corteJarla. Pero la soluci6n mas pr6xima, cuando no la mas forzosa del
problema,econ6mico, se la proporciona al autor el periodismo. Èn la
uymda aurea .s~ cucnta de dragones y tarascas acogidos en la vecindad
bosco~ de las c1udades apacibles; alimenta.hanse habitualmente de criaturas sil:estrcs; mas, a fin de evitar su colera y estragos, la ciudad deb{a
en oca~1ones entregarlcs como tributo, a que los devorase una hermosa v1rgcn o un principe heredcro. La prensa peri6dica, a ,:eces devora excel~ntes ingenios, frustandolos para obras de mayor y mas d'urader~ autonda~. Y mcnos mal. Es de esta suerte la Prensa, noya inofensiva,
smo ben~fic10~a. (\\Tells preficre que le llamen periodista en vez de artista, n~vehsta, intelcctual.) La gran tarasca de nuestra sociedad es la otra
especie d~ prcn~,. que s: alimenta de rateras sabandijas; esa prensa para
la cual Bismarck 1nvcnto «cl fondo de reptiles».
!al es la situaci6n de la industria del libro en Espaiia, por lo que
atane a los au tores. La dura lcy del mercado no tolera conculcaciones·
es una ley de broncc.
'
Los e?itores espaiioles, no pocos de cllos-justo es proclamarlo-procu~an SUJetarse a las d~s n~rmas cardinales que, ya desde su puericia,
gu,aron los pasos del hbro 1mpreso; hacer libros bellos y hacer libros

�LA PLUMA
buenos. En cuanto a la pulcritud y decoro formai del libro, muchos
libros espanoles emparejan, si no aventajan, a los de cualquiera otra
parte. En cuanto al contenido, el editor no goza sino de un margen angosto de libre arbitrio; lo que rige es la ley del mercado. (Para Musset, tres cosas habia sobre todo absurdas: un combate sin una charanga,
un viaje sin un libro, una vida sin un amor. En los trenes espanoles, por
milagro se ve un viajero con un libro, como no sea un clérigo, signandose al salir de cada estaci6n y mascullando el breviario.)
Terapéutlca.-~Quién derogara la ley presente del mercado? ~Quién
promulgara una ley mas justa y mas conveniente? Insistimos que la crisis de autoridad es efecto de una sola causa: la ausencia de mecenismo.
Y el mecenismo, modernamente, es funci6n casi privativa del Estado.
Hay desde luego el mecenismo mas indirecto y de consuoo el mas
provechoso y eficaz. Consiste en desterrar el analfabetismo y, a este prop6sito, en formar maestros modernos, no de esos que ensenen a leer y
escribir automaticamente, sino hombres cabales, con amor y retioa para
lo uoiversal. En este mecenismo.no es verosimil acci6n sucedanea privada; si el Estado no lo ejerce nadie ni nada pueden sustituirlo.
Hay, después, otro mecenismo oficial menos indirecto: el que se
practica a través de las corporaciones de cultura, las academias, por
ejemplo. Practicar este mecenismo no puede ser otra cosa que seleccio.
nar con justeza y honradez. En Espaiia no se practica.
La Real Academia Espanola.-Hablaré de la Academia de la lengua.
· Los mas respetados escritores contemporaneos, las autoridades ciertas,
no tienen asiento en aquel recinto. La Academia de la lengua otorga peri6dicamente algunos premios literarios. (No tengo para qué disimular
que algunas de mis obras han jugado con desdicha en los concursos
académicos.) El dictamen académico en estos certamenes se ajusta - seguo confesi6n de los mismos pupilos y parasitos de la Academia-a la
finalidad mas incongruente con el concepto que presidi6 en la creaci6n
de este instituto. La idea fué, defender la autoridad erudita frente al
despego u hostilidad del vulgo que no sabe leer. Pues bien; la Academia confiesa que no premia sino aquellas obras que todo el mundo pue210

LA PLUMA
de lee~; las obras de quienes no saben escribir
.
,
' para quienes no saben
1
arte es como la ciencia y la reiigi~~~r~tn~s { ~: coleg!ala~ (1~. P~ro ~l
teologfa que la que todo el mu d
d
u iera mas c1enc1a 01 mas
cia ni habrfa teologia· las Aca/ ~ pu~ e ~fiomprender, no habria cien,
em1as c1ent1 cas se compond , d
camue1as y prestidioitadores y el C l .
nan e salug~r de Cardenale:. Nuestr~ Acade:~!1~:~am~:o, de monaguillo~, en
sacnstia El
.
gua es una espec1e de
dentro de aq:re~:nz;:;/;: h1~pa~otarlanrs rendimos culto, no se halla
de los muros, en las lapid~ssdmo _e otlrod ado de la pared, por defuera
.
e marmo onde-muertos
1
' b d
Ysepu tos por
1os sacnstanes de la Academia- t,
Valdés, Garcilaso Cervantes es anJra a os los nombres de Hita, Ios
serian (por cultos'
' Queve o, Ios cuales, de vivir ahora no
d
dependientes) ni ~ie:b:~:aa~:;::nf~i h~tern o~os, por_li~res, po/ intranjeros que juzguen por la e
. , s 01 prem1os academ1cos. Los exconcepto de la autoridad y del xpres10~ oficial, formaran el mas triste
(En la Academia en lu
pensam1e~to espaifoles de nuestros dias.
camilla, debieran est~r tod:;~ de los ~m1gac~os de_ u?a tertulia cursi de
catalanes, portugueses- y lo osdgrlabn es es&lt;;=r~tor~s ibericos-castellanos,
.
,
s e eroamenca iunto co l h"
.
tas extran1eros notables E
.
'
n os 1spa01shizo.)
. n otros tiempos, algo de esto se intent6 y se

leer; hteratura de analfabetos d

Colofôn.-En conclus·· l
•,
·
del libro quizas sea sufic~~~~e a ~~~tecc10n econ6n_iica_a Ios industriales
pec.to editorial Para compef p l poscer un artilug10 precario de as1
·
1r, en e coso de los mercad
·
es, con la industria extran ·era del Iib
. os mternaciona_
arancel· hace fa1ta el J
.
roE, no es sufic1ente la protecci6n
rni1zaelvestido
'de pulcritud pero
mecemsmo. l libro extra ·
.
t b' ,
niero se arro1a a la
libros, por muy pulcra~ente qu:m ien armado de au_toridad. Nuestros
vayan arreados, daran en tierra, si no
(r) Caso pasmoso ver que la A d . . .
de Mesa: un autor que' no pueden le~: ;m1a d1st10gue una obra de D. Enrique
mayor parte de los académicos M h odos. Que no pueden leer todos ni la
· uc o menos, cntenderlo.
'
211

�LA PLUMA
blanden las t'micas armas adecuadas a estos torncos: la lanza de Minerva y las flechas de Apolo.

Esto es todo loque tiene que decir un autor, en un ambiente industrial.
AJ retirarme, despliego n:i bandera; paciencia y esperanza.

RAMÔN PÉREZ DE AYALA.

POEMA DE LA SENSUALIDAD PUERIL
I
(;sa palabra
como un ciprés
alla en la sombra de mutuo secreto.

.la piedad de mis manos
tendida hacia tu pena delirante.
- 'Ganta blancura marchitada
en el éxtasis rojo-.
/tl.ué sumiso el espfritu
a la /atalidad de aquel momento/
('lin naufragio de aimas.)
.Ca inmaculada desventura
de tus diez y ocho estrellas deshojadas
mancha mis manos todavia.
'Gu blanca primavera
se hizo luto en un beso.
ltl.ué escarcha de purezas
se deshelo en mis dedos?
/ eomo temblo el ciprés de esa palabra
alla-en la sombra de nuestro secretol
213

�LA PLUMA

LA PLUMA
II
(;[ reflorecimiento de los éxtasis.
-/llesucitar de amor-.
{fM.iedo de crimen
circulo por tus ojos).

•

'J/a el azahar de tus sueiios
se ha secado en mi boca.
efe ha doblado tu amor en la ternura
de una sonrisa
hacia lo irremediable.

1

'JI después
has mirado tu infancia
-ya floridacomo el primer vestido largo.
l ll

"G'e posel rezandote
como al 9foe fM.arfa.
euerpo de tus jardines.
-/t1.ué blancura de ritos
en la profanacion santificada
por la piedad de mis palabrasl;/(ondura temerosa
de manantial de lagrimas.
1Como /foré fundido a la inefable
tortura de tu infancial
'G'us gasas de pureza se perdieron
214

por el camino aquel de la caricias
rasgadas en las cruces de mis besos.
!Pontifo,ué tu pena
con los armiiios del silencio.

IV
$esucitada en mi
de aquella muerle breve
de caricias.

tt1.ué beso te mato
como a una rosa?
C:Vuelta del loco éxtasis
a la cordial cordura
;eomo nacias en mis brazos
tatuacla de sollozosl
-!Posesion inefable de aquel dia-.
fln/ancia ya quemo.da
de realidades mias.
!fuse una cruz de besos de ternura
sobre las cicatrices
del rosai deshojado
de tu inocencia antigua.
V

{;/ sueiio
dulce trine!
para viajar contigo.
'JI la sombra de aquella realidad
a pleno cielo el alma.
215

�LA PLUMA

.J:os luceros temblando
-huevecillos de plata de la fNoche-.
C(;us ojos- ya marchitos de pecadocomo violetas prof,nadas.
.J:as carreteras blancas de tus brazos
tendidas a mis besos caminantes.

.

{;l alma carcomida
de una extrana tristeza
hecha de amor y de piedad inmensos.

.

(/eomo viajé en aquella noche blanca
por el paisaje de tu carne
en el tren de tu infancia!)
ER~ESTO LÔPEZ PARRA

216

EL JARDIN DE LOS FRAILES
XI
haber maltratado mis sentimientos al descubrir, en las
soledades de la celda, la tibieza del coraz6n delante del
estimulo piadoso. Tan recio solia ser el tiro de esos afec,
tos, que bastaron para llevarse tras de si los apetitos divergentes de mi vida y absorber en uno todo erotismo y las quimeras nobles. Despacio, perdieron su virtud. Firme como nunca en las
creencias, no entendi al pronto por qué me emocionaban menos, y
anduve buscândole remedio a la frialdad de la pasi6n. Culpa nueva
se me antojaba la algidez; en su engaiio, la conciencia se acusaba de
descreimiento. Apegado a la unidad interior, aun ganândola por rutas
tormentosas, me apetecia recaer en el deleite casi mortal del acto de
abnegaci6n, que es llevar de grado al suplicio, en el ara del misterio
impasible, la voluntad de poseer profundamente la vida. Ese acabamiento repetido, esa postraci6n, frutos de un ejercicio donde se
amaestra la actividad total del espiritu, suplian por otras efusiones y
me dejaban el contento de no ignorar nada de mi. Cuando la unidad
vino a romperse, y la llama, por barruntar otros cebos, vag6 desprendida del tema religioso que hasta alli estuvo entreteniéndo!a, crei
perderlo todo: la caridad y la fe. Quise perdurar en el amor furibun-

(1

REO

217

�LA PLUMA

.

.

do, y me acribillé a espolazos. Hurgué en el_ ?rigen de la pasi6n m~rtecina: ido el espantc, ninguna contemplac1on me sac6 de la apaba.
Remonté el surco de los afios, agité mis memorias: los amantes refrescan con las suyas los apetitos estragados. Repasé por el trance de
la conversi6n, por las ansias posteriores, y me entemecia mi corta
ventura, que tan temprano me sac6 de la impiedad inocente. Me engan6 esa emoci6n viciosa: pensando restaurar en su empleo ~a p~janza original, devoradora de experiencias, me fui con el baJO aliciente de La conmiseraci6n de mi mismo, a echarme en el regazo de
la degradaci6n sentimental.
_ .
Me propuse ser algo en religi6n cabalmente al.apag~rse m1 ac_ttvidad espontanea, punto en que, cohibida la intehgenc1a, la conv1cci6n era mas honda y el entusiasmo cedia. No me propuse ser martir ni santo ni siquiera fraile o devoto, pero acompasar los sentimientos co~ las creencias. Si mi sobresalto de ne6fito se calm6 al
aprisionarlo la doctrina, que organiza lo sobrenatural y lo resume en
nociones al alcance de la mente, tampoco iba a soportar una verdad
rigurosa, aspera, donde no hallase esparcimiento la vena sensible.
Pugnaba por regir mi inspiraci6n e in~oducir cierto orden voluntario, poco patente, que deja a las emoc10nes levantarse y revolotea:,
pero atandoles un hilo en la patita; y cuando, al parecer,_~an_ mas
sueltas, la sagacidad las ha cazado y las expresa. A ese eqmlibno n_o
supe llegar. Veia la disociaci6n presente, y si no acerté co~ el mohvo, menos con el remedio; en el fondo, apuros del aprendiz en sus
tanteos. Aspiraba a concluir una obra que no por relegarse. en . los
limbos de la vida secreta dejaba de aparecer de bulto ante mis OJOS.
Consistia en impregnar de amor las creencias, y si me avasallaban
sin yo quererlo, trajéranme al menos la paz y, placiéndose en ellas,
arribasen a colmo las inclinaciones generosas del animo. Trenzar las
ideas con el sentimiento motor no me fué posible, como si escribien2 18

LA PLUMA
do este libro no acudieran a rellenar su trama los vocablos expresivos pertenecientes. La marea levantada de improviso por la revelaci6n del mas alla, en lugar de echarse, como antes, sobre mi y anegarme, refluia. Quise correr tras ella. Aceché su retorno. Solicité
ocasiones-fuera de las que incluia adrede el hora1io conventualen el roce de alguna sensaci6n propicia, que en granjear la complicidad del mundo exterior para sonsacar al animo su querencia recondita, cualquiera, desde nifio, es babil. La celda curaba de suscitar mis
soliloquios. Los cuatro muros que en las horas de sol me aislaban
del colegio, después de anochecido cobraban levedad y cierto género
de imaginada transparencia, como si la materia se atenuase, e iban
reculando hasta el confin del silencio, dejandome en el centro de un
ambito frio, solo. Entonces nada habia fuera de mi. La celda, abolidos sus limites, era tan vasta como el mundo, y el mundo estaba
muerto. Es indecible la acerbidad de este gusto: sentirse unico-principio Y fin-y afrontar la verdad pura, la verdad absoluta, confundida con uno mismo; uno mismo es toda la verdad. La idea de aniquilamiento entraba en mi al punto: queria zozobrar en el silencio.
Suspensa la atenci6n, me zambullia en ese agua insondable, que me
arrojaba como el mar devuelve los cuerpos... El tronco de luz amarilla
reanudaba la cadena de mis sensaciones. Por incapacidad de deslimitarme y perecer, volvia en demanda de voces amigables que rompiesen esta soledad interior. En vano. La invenci6n y los deseos, la
fronda viciosa en que solia perderme, se frustraban. En abstrayendo
las representaciones carnales, la reflexi6n s6lo encontraba el vacio
del. alma: seca, agostada toda, rasa. Vergüenza me daba la esterilidad ,
tra1da por las luces nuevas de la mente, ensenada ya a tasar en su
precio justo los fines de la vida. ~C6mo podia ser que nada me conmoviese? Pues asi era. El alma como un secarral, y vigilante sobre
ella, una atenci6n agudisima, en acecho del mas leve temblor. Ingrato
:z19

�LA PLUMA

LA PLUMA
es guardar una vina vandimiada. El hastio de esa quietud me inducia a buscar el parasismo en las plegarias, y no sabiendo inventarlas, en las plegarias de encargo, ofrecidas por el repertorio de rezos.
De haber tenido medios propios de expresi6n, a borbotones hubiesen manado de mis labios, no suplicas, improperios. Proferia, atenido
a la pauta de un librito, jaculatorias blanduchas, estomagantes, de
tantos ayes y suspirillos como traian: querellas no inflamadas por la
emoci6n de nadie. Pero en el libro, un pasaje desgarrador-el unico:
una oraci6n en la mue1'le, tan inverosimil como cruel-impetraba misericordia acoplando sus antifonas a los pasos de la agonia, escandidos lentamente. El cuerpo iba muriéndose poquito a poco en el
curso de las preces, y asistia uno al apagamiento de los sentidos
como a la extinci6n de un arbol de p6l\·ora. Al apagarse cada bengala de esas, reaparecia mas urgente la suplica, acercandose la obscuridad postrera. La plegaria horrible no dejaba de estremecerme con
repeluznos de miedo, entreverado de amor hacia el tercer enemigo
del alma, pues el rezo mismo obligaba a considerarlo aherrojado por
la mue1'le, y fuerza era despedirse de él y de sus promesas. Me arredraba en el umbral de la contemplaci6n prohibida.
Advierto en esc prop6sito descaminado de rescatar el amor aviva
fuerza, el yerro de un espiritu toda,·ia informe, pidiendo a la religi6n
complacencias sensuales incomunicables. Del hechizo inmediato de
la iglesia me habia evadido pronto. Los juegos de la luz y de la musica, el incienso y otras suavidades del altar, no me trajeron sacicdad alguna; donde muchos caen en arrobamiento y, por el deleite de
la vista o del olfato, suben al empireo, yo me mantuve 1ehacio, escatimando la atenci6n al lenguaje de la liturgia, que ya me habia inoculado por sorpresa emociones sospechosas, turbulentas, poco placenteras. En la afici6n de los sentidos, mejor p:ibulo era el campo. Un
dia de sol, las formas de los montes, la sonoridad de la Herreda, no
220

me forzaban
a concluir en nada·, no me amenazaba lo nat ura1con 10.
.
tenc1ones ~egu.ndas, y acab6 por derrotar a las sensaciones macera~:~ en la igles1~. Mas tarde, topé con esa insuficiencia del fervor reho1oso-anduv1ese
refrenado •" ùoméstico, o s,·qu·era
brav1O-para
.
Il
1
. ev~rme al punto donde el ânimo, fuera de si, aspira a disolverse,
se d1suelve
a veces, en otro aliento de mas ampt·io giro;
.
y
t d
pasmo ya
gus a. o en la invenci6n de lo bello natural, por el corte momentâneo
e~_ la msoportab~~ continuidad de mi presencia. Al contrario, la religion _me constrema; me apretujaba contra el centro moral de mi per~ona, todos los dardos centrifugos los metia en un cingulo d
.
ib· . 1 • • i
e acero,
a e:.cu p1elll orne, jCOn qué cincel inclemente!, y me dotaba de limites cada _vez mas disti nto.., y sensibles. La religion me oponia no s6lo
d~mas ~ersonas, pero al Universo. Ya no estaba esbozado en
, _Y s,endo. 1_nsop~r~able la cârcel, queria romperla, divagar fuera.
C_asos de union estatica con lo divino pululaban en las lecturas relig,osas Y en los ejemplo:. puestos por los fraile!:i. Ese vuelo en alas
del -~mo~·• pre,~iado co~ el oh·ido, con la suspension del pensamiento, tlba a ne;..:.,trseme, s1 cstaba advertido del rebullicio del corazôn en
columbnu~do la enseiia religiosa? Entonces probé una y mil Yeces a
dar ese bn?co, como tengo dicho. Fui el explorador mas atolondrado
de los carrunos misticos. No adelanté un paso, ni me alcé del suelo
una pulgada. Tamana ambici6n de sublimarse no se ha visto pagada
nunca
• ·t servidumbre a lo presente
I
. con mas ~mante
y contiguo. De
esos_ fracasos saha la percepci6n aguzada, mas capaz y alerta1 y los
senhdos, mas voraces. Si era en la celda nae quedaba el resto de las
horas mmovi
· · ·1 , d elante de los libros, filtrando
' , gota a gota la represa
enorme del tiempo. El tafüdo del reloj del Monasterio al caer las
ocho• levantaba _a 1 co1eg1O
· de su sepulcro. Portazos, voces,
'
paso de
gentes. La atenc16n se distendia. jA cuantas esperas ~ngustiosas no
habran puesto fin aquellas campanadas!

:/as

221

�LA PLUMA

.

.

Los frailes, haciéndome buen cristiano, no pudieron contagiarme
la tercera virtud, la mas entrafiable. Una sola poseia cabal. Nombré
caridad a ciertos sentimientos de rara bajeza. La ternura, la efusi6n
de convertido fueron, no mas, espanto de bestezuela acoquinada por
la evidencia de su infortunio. Me posey6 la emoci6n del riesgo; el
eaoismo
asustadizo di6 suelta a su temblor. Domado el alboroto .prio
mero, qued6me una verdad fria grabada en la mente, y troqué la mspiraci6n interna por la disciplina recibida de fuera. No mas alzamiento explosivo de los afectos, pero una pauta angosta para encajonar la vida, sin aquiescencia libre. La verdad religiosa me subyugaba-por raz6n de autoridad y del consenso ajeno-con el vigor de
las verdades practicas sacadas de la observaci6n persona!. También
era verdad que arrojandome por la ventana me estrellaria, o que me
ahogaria si me tiraba al estanque; fuera insensatez no atemperar a
tales verdades la conducta. Me someti, renca la voluntad, a contrapelo del gusto. La inteligencia, esclava; las pasiones, segadas en verde; observante, por prudencia humana: tal fué mi arte. Aceptar el
credo por molicie, me sabia a corrupci6n. De ahi mi aborrecimiento
de las amplificaciones sentimentales y de las digresiones poéticas de
algunos libros edificantes. En el refectorio, viniendo del silencio de
la celda, acaso me tocaba leer desde el pulpito unas paginas de El
Genio del Cristianismo (sin René), cuando no eran de Fabiola, o, caso
peor, de Las ruinas de mi convento. Tolerables los romanos de Wiseman, por caer de nuevas en esas evocaciones pintorescas, Paxot, el
lacrimoso, me daba nauseas, y mucha fatiga, como rodeo sin término, la amenidad de Chateaubriand. Las campanas... ; el peregrino que
retorna a su aldea y halla rejuvenecido a su padre ... ; la elegancia de
las ruinas...
jSi se hubiera tratado de esol... Placentero arbitrio: iPedirles
inspiraci6n cat6Jica a los roblesl Chateaubriand se quedaba lejos

LA PLU l\[ A
del foco de la creencia, y de su ha.lito, candente como el solano que
asura las mieses.
La escisi6n se consum6; vivi a lo hip6crita, administrandome la
seguridad falsa de haber extirpado lo inconfesable. En ese punto tan
b~jo, de la depresi6n, no es posible estimarse menos. Faita valor ~ara
m1rar cara a cara los designios solapados que se van superponiendo
y mezclando, y acaba uno por no saber d6nde esta la mentira ni la
verdad. E~ vivir en una suspension cuaresmal harto triste, y prepararse no se a qué: acaso a perdurar en la timidez, en la reserva. Pero
la insinuaci6n primaveral, el simple descuido de ser joven 1Jeo-an
irres~stibles. ~n el refugio vespertino de la basilica-el altar ~in p~m~
pa, sm devoc16n el alma-, el llamamiento atronador del coro rebota
en las b6vedas; nos doblega. El puro azul asoma en Jas vidrieras
altas de la cupula. &lt;Qué sugiere? &lt;No es mejor renunciar, que hagan
de nuestras vidas a su antojo, estar en paz siempre ...?
Al salir de la basilica, por deprisa que fuésemos, el azul, sorbido
por la noche, ya no estaba.

l\lANUEL AZANA
( Contirmard.)

222

223

�LA PLUMA

EL NOVELIST A
tNOVELARIO)
( CONTINUACIÔN)

"

il

L

..

X

1 puertas con miedo, porque
no~elista
s1emptar_e
detras
de lasabna
puertas
es n alis personai·es de novela esperandEo. toda oscuridad en las escaleras sobre todo, hday
n
,
En los cuartos e
ar umentosde
novela en' gran numero.

los baûles tam~ién.
. d una de mis novelas-deda a la som--Yo puedo hacerte personaJe { l' 1 aso
braque pasaba o al engendro que n\s:C;~ir ~ue ·busca a sus criat_uras,
Miraba a su alrededor como u
Yo las encuentro y com1enzo
aunque, como/1 deda, «~~s ~~;J!dc;:i;y auténticos ... Desde el principio
a contar con el as como se
• ·
verdaderas».
hasta el fin , mis novelas fan~ast1c~td~d que le habia hecho producir inSin embargo
e suhgbr~n
numerables
novedlas,
a ia v:~~s°q~e se' quedaba parado. Eso es loque
mas le hacia sufrir..
.
. , del mundo esta parada-se decia, y no
-Esta tarde la imagmac10n d 1 ar le dejabà solo en las arenas de
odia continuar, una resaca atroz e m
. .
fas playas desecadas.
. d
·ado la pluma y eso hace art1fic10Otro dia era porque ~~ ve1a emas1
'
sa y endeble la imagmac1on. .
la mesa el cepillo de la ropa, v al
Otras veces es que_le f??man sob~! cepillo se quedaba defraudado e
ira escribir con toda ilus10n y ver
224

irresoluto. No hay nada como un cepillo para secar y acabar con la ilusi6n de escribir.
-jYa me ha matado la tarde!-se decia con desolaci6n, y llamaba. a
la criada para rogarla que no le colocase mas el cepillo encima de la
mesa; pero 1a criada se rnlvia a olvidar del mandato y de nuevo trepaba
por la mesa el cepillo, que borraba toda la inspiraci6n y hacia infecunda
una larga tarde.
Cuando el no\'elista Yeia el dia con clarividencia, ya no era novelista.
«1Hoy no soy novelista! ïHoy no puedo ser novelistal», se decia Andrés, y se paseaba por enmedio de las gentes sin novela, que pasaban por
el dia generalmente limpio y sin novefas, estornudando de monotonia y
de mediocridad.
Hasta le parecia extrarîo al novelista en esos dias imposiblcs de novelar, que existiesen las novelas ya escritas y que se pudiesen leer en esos
dfas incapaces. Por lo menos le parecia que carecerian de interés, que
habria que tirarlas al suelo para que se quedasen derrengadas sobre el pavimento como escobas de pape!.
«En estos dias-pensaba Andrés-comienzan sus novelas los que no
son novelistas ... En estos dias se perpetran las novelas para los concursos.»
«Hay que saber no coger la pluma los dias gue no son novelables.»
Eran para él &lt;lias de mericnda y de cervecena, en los que vefa seres
tan apartados de Ja novela como los que tienen un cancer en la nariz y
Jlevan
el pafiuelo de seda ncgra que les tapa el agujero de la chatunguerfa fatal.
Él, que nunca merendaba, porque a esa hora es un cargo de concicncia cargar el espfritu, que debe estar agil y en ayunas en los novelistas,
entraba en los sitios en que meriendan los que ganan mucho dinero o
constantes dinerillos sueltos o se comen el dinero de sus padres.
Al principio, cuando no era el novclista consumado que era ahora,
habia incurrido en el defecto de escribir muchas pasinas los dfas no novelables, y asi, aun después de muchos afios, quedaban deslucidas, tristes, con una luz sin sol, aquellas paginas escritas los dias imposibles.
Eran como los roeles blancos de las vacunas y de las cicatrices que quedan en las carnes.
Los dias no novelables veia las cosas que hay colgadas en las perchas,
le resultaban muy visibles los cubiertos, Je daban dentera los platos, oia
Jas colleras de los caballos con insoportable insistencia, le abrumaban los
anuncios de los balcones y de las vallas; veia las mofiigas rubias de los caballos, que se le pasaban desapercibidas otros dfas, y en los balcones
22

s

�LA PLUMA
LA PLUMA

vcia solo criadas, criadas asomadas o criadas haciendo la limpieza y
asustando a toda la callc con sus arricsgados ejercicios, como si tuviesen
red debajo.
Los dias no novelables es cuando descubria en la ciudad lapidas que
nunca habia visto, y cso que habia pasado por aquellas calles y mirad()
aquellas fachadas numerosas veces. Eran por lo visto los dias para ver
todo lo superficial, los dias en que las miradas no pasan de las verjas al
pasar junto a los jardines.
El mundo quedaba convertido los dias no novelables en un mundo
en que se vive y se muere, nada mas. escuetamente solo en eso.
Necesitaba Andrés esos dias balanes de oxigeno para poder pasar el
dia, y cerraba todas las puertas con violencia sin querer y sentia frio en
todas las habitaciones.
Los dias no novelables eran dias sin correo, dias en que se acordaban
de él acreedores que tenian las cuentas dormidas hacia mucha tiempo,
dias en que encontraba el olor a humedad que tenia el lavabo y en que
pensaba que debia tener comprado un nicha para cuando se muriese.

Xl
Es el retorno de ediciones lo que seiiala para el novelista el camino ya
bccho y la construcci6n de la casita en el rinc6n sosegado, en el retira.
Sin embargo, Andrés veia novelas tan nuevas, entraba en dramas tan
interesantes, veia ambientes tan inexplorados, que seguia ardorosamente
hacia nuevos desenlaces, estudiando ·cada dia nuevas vecindades de personajes, nuevos ensafiamientos, nuevas incomprensiones, nuevos enfermas.
Las noches cran interminables y fecundas.
Andrés no conoda ya la mafiana, siempre rechazaba las fiestas, las
citas o las comilonas en la mafiana.
-La mafiana es bobalicona y su sol es el que da los costipados, es el
que se agarra a ia garganta como un tabaco salvaje-decia el novelista.
La maiiana se pasaba sin él siempre.
-Pero cso va a dar una gran monotonia a sus obras futuras, llenas
s6lo de personajes de la tarcfe y de la noche. También hay personajes intercsantes en la maiiana.
-Permitame usted que le diga que los personajes de la mafiana solo
son intcrcsantes a la noche.
A Andrés le iba muy bien sin ver la mafiana, a la que tenia tanto
micdo como a una vara verde. La mafiana luda con los ojos en blanco

Jejos de éJ, que solo daba sus co .
mos, pues el propagar ese odio an:J~a~ontra Ja ";taiiana a los mas intimayor de los descalabros a Ja ma t 'blndpodr1~ JJevar al mundo al
-En la maiiana el m~nd0
ern e e sus tnrporalidades.
bJanco ripolin.
es eSlartalado Y esta pintado como de
-No sea usted exager d
E
_
mejor.
.
a o... n 1a manana todo se ve mas daro y

d

-Mentira ... En la maiiana todo
tada de una falsa y absurda da 'd dse ve con una oscura simplicidad doEn 1
n a ···
-Anodadoarnaana adquiere el apetito de la vida.
manana con su esp ta
d
volve~ de misa ... Los cristales me at ec cuIo e _gentes gue parecen
do sntos de destel!o ... Yo amo hast!can en la manana, _dehrantes, dancua,ada, end_urecida, guisada...
el alba ... La man ana es un alba
-La manana refrcsca la mente.
-Con la frescura inutil a la inteli e .
.
quedamos frescos como las lechugas d ncha y a la imaginaci6n nos
-La manana esta llena de la
e a_s ~e~tas, nada mas.
'
-Si es verdad: esta llena de c~er~~~ mas _d1stmguida de la ciudad.
~ue ~alen a mejorar su tisis. 1Con decirac~s msoportables l de elegantcs
ommgos p~r la maiiana!
q e todas las mananas parecen
-CLallmanana esta Bena de ilusiones
- a e usted por Dios ·La
.d . .
vagas ilusiones a lo ma's . l'-- ma_nana e, ilus1ones! Enganosas falaces
l h
... La mana na esta He
d
'
'
gués,
ombre se sien te mas orega .
na e un desengaiio bur- .a man-ana conv1•da a tod i,
no que nunca ....
S1
·
p
o...
-- PUJas... ero de un modo b 1 •
d~ la manana produce el sentido co~n,a ' macabado, estupido ... La luz
d1as verdes y a las calabazas....
un como ayuda a crecer a las ju-Nada, que no nos pod
mafiaNa.
emos poner de acuerdo en eso de apreciar la
- unca... Figurese que todo lo , .
tbols en la ~aiiana, y mis obras ha~ sfdtg~~ccor~tde
losl de mas estan escri1 as en
emos mas.
a noche... ;-{0 ha-

s:

1

le

~I defensor de la mafiana un
lenc10, en5urrufi6 e hizo coU:o u/obo quemado con Andrés, guard6 siamante de la mafiana des ué a arra con sus guantes amariJJos de
El novelista se qu~c!6 urf os/e levant~, se despi~i6 y se march6.
novelas ~doleciesen de tener p~ca~ perpleJO. «~Podna suceder que sus
«Manana mismo
d"
1 mananas?»
-se IJO-sa dré por la maiiana ... Quiero volver a

�LA PLU,\tA

LA PLUMA
ver la manana.
•• No creo que sea diferente a la que me supongo, pero
bueno es repasarla.». .
la maiiana. Le escocian los ojos
y a la maiiana s1om~nte .sa1·,
1~ .P0r
de la luz y tenia seca1a ima,g111ac1on. bajo el frio. Ellas, como con la toHacia frio y todos parec1an rus~f cuello subido y bufanda. Todo ,e~quilla Iiada al cuello, y ellosf,
on pocas rayitas sobre el fondo llVltaba como grabado al ajua u:r e, c
do del papel de hilo ~e a mand~~·lbaniles,-se decia.
«Las maiianas estan llenas . d q~e Bevan un paraguas al brazo
Pasaban las mucha~~as atontma as,
como la cana del martmo Il ~ccld~oo~~~mo nunca, como muiiecos re«Se ven los sargentos y os so
los chicos.»
cortables de lo~ papeles de s:&gt;l~:~:/~~~ no sabe d6nde esta la Plazuela
«Por la manana pasa ese or la Inclusa también.»
.
de los Carros o q_ue preg~nltal p d alfombras que sacuden unas forag1·Oh I la manana esta ena e
«i
.,
1 r d
la cabeza.»
das con un panue o ia o a d 1 aiiana es mas antigua.»
«En la callc_ ~ayor es don e ~ m
ue le oscureciala vista corn? no
Andrés siguio repasando l_a 0:1anana,atuantos dias quedaba abumdo!
podia oscurecérsela 1a luz drt1ftal.ta~aiiana a la maiiana. Todo res~lNo le qucdaron gan?s e s,a i_r o ra en todo hab/a aires de Sanatono,
taba de una adolescenc1a es~up1fa1 y1 d ·glesia con muchos funerales.
de patio de Instituto, de atr~o c enca e ~ana
El sentido comun era impenos~ en la ~ea~ueh:en de misa con ganas de
Sc vc a Jas ins? portables s~~or~s \n poco. Todo cl mundo, duranmetcrse con los cnados y de _c me i;~r
..
te la maiiana, fisgon~a en vcz de m r r~ asado la maiiana, se promet10
El novelista, ind1gnado de ha~e t irse los burouescs plct6ricos que
no volvcr a salir a ella para no encon r
t&gt;
brillan v esplendcn.
d'd y lanzado en la manana colgado
No volveria a encontrarse pcr: i o
de la luz como un mu~eco de h1l:t - didura a la maiiana en que acaA lo mas se asomana un rato e;na que suele decir a Jas cosas que
baba su trabajo de la noche, esa noc e
aba·o·
se han queèado dorm_idas en el cu~rto ~~ osl v~y a ver dcntro de poco
-Dormid ... dorm1d un rato mas, q dar el desayuno de un poco de
despertar y lc_vantaros; que yo os voy a
luz de la manana...
- a bobalicona agria, es completamente
y abrir las maderas a la manan
'
inutil para el novelista.

cot

..

u:r

228

XII
Andrés seguia escondiéndose hasta de si mismo en su otra casa de la
calle del Sotillo, donde compon(a la otra novela, la segunda de las dos
que siempre ten{a entre manos.
«LA CRJADA» estaba pr6xima al polo de su fin. Micaela seguia su peregrinaci6n de casa en casa, buscando la de la felicidad, y pasaba por
las tristezas de salir tarde, de ver morir al seiior el mismo dia que habfa
entrado en esa casa y de estar con la compaiiera triste, tristisima, que
no sabe d6nde ir cuando llega el domingo que la toca.
Andrés acercaba a la criada al peligro del estallido del dep6sito del
baiio, accrcando su heroicidad a la de los héroes del Macht'chaco, todos
escaldados ror la explosion de la caldera. Andrés pint6 el caso de la que
se quema a preparar el ~~uamis y la cera para limpiar los suelos.
La peregrinaci6n de 1Vlicaela por las casas de Madrid era incesante, y
entraba en casa del cura hip6crita con lentes ahumados que la echaba
mano a los posteriores carrillos y en casa de la virtuosa que tenia el gusto
de matar de hambre a las criadas.
Sin parar tiraba de las asas de su baul-Ias fieras asas que la cortaban las manos-, guiandolo hacia cl descansillo de la escalera, depositandolo sobre su madera enarenada, mientras el mozo ven/a por él.
1Cuantas vcces la ayudaba la compaiiera a llevarlo a la otra casa, quedando en las manos sufrientes y quemadas por la lejia la huella de las
asas afiJadas, como huellas de martirio por caridad, como Jas Jlagas del
Salvador!
En la novela habia parrafos que la daban mayor realidad:

«i llabrd nota mds viva de la realidad que el lavatorio de los piafos J'
los ~•asos?
Reg11rgilan las tazas y los vasos. Los plalos y todo suena como dentaduras, .!frandes dentaduras que chocasen los dzenles.
Toda la realùiad de la casa se concentraba a esa hora en la casa para
oir, para no dormùse tan pr,mto, para vel.:zr un ralo mds.
Solo en la cocz'na se oian las ûllimas t'ntermitenctas del dia, sus ûltimos
sobresaltos, su ûltùna musica.
Corren las fuentes,y no se oye nada. Se olvidan de todo. El •gua de lJ.
fuente les ayuda a olvidar.
Cua11do cierran la fuenle todo se apaga, todo se stfencia, y /)or temt'r a
ese silendo en que se chapucean las ma11os como ranas en Los barre,ios, vuelven a harer correr la fuenle.

�LA PLUMA
Gran ruida el del agua cornente, iran virtud, tes Irae -ruido de sus sllios dt divtrsiôn, de Fuente de la Te;a, de la Fuente del Bern&gt;.»

Andrés scntia en la calle pobre, con el pensamiento puesto en las
pobres criadas, toda su tragedia, aunque las vcia entrar en pleno ataque
âe coqueteria en la tienda âe ultramarinos de enfrente.
Apuntaba siempre con referencia a las companeras de Micaela o de
la misma Micaela, sus rasgos conmovedores: c6mo tienen la facultad de
despertarse a la hora temprana que se las manda que se despierten, para
llamar al que se va de viaje, su abnegaci6n para querer a Paquito, el
niiio del que fueron nineras y que les tiraba del pelo con crueldad de
chino; la sobreposici6n de las borrachas, cumpliendo su deber en plena
borrachera, deiplegando una fuerza servil asustante, especiando los
guisos y manejando el afilado y gran cuchillo, conteniéndose, reduciendo
esa propension al crimen que tienen los cuchillos con la borrachera; su
enternecedora manera de convertir en tiestos las latas de conservas y
regarlos y cuidar las florecillas que nacen en ellos como quien cuida
unas flores de jardin.
El novelista desenlazaba la novela hedionda de los seiiores, las seiioras y las senoritas de cada casa en que estaba Micaela, anadiendo detalles de realidad a su novela realista hasta el deliquio: «Sonaban sus
suelas nuevas como si todo el entarimado crujiese y se cimbrease ... »
«traia la falda a medio desabrochar, que es como se queda después de
los bailes en las praderas ...» «eran aficionadas sobre todo a los falsos
rubies rodeados de falsos brillantes... » «guardaba todas las cosas viejas,
sobre todo cajitas, cajita5 de boda, estampas, una cosa rota a la que eubren la herida con una cinta rosa. 1Qué 0 ran dicha la de los d,as que
arre~laba su baull « ... » 1C0mo asustan a1os criados los sucesos de los
periodicos! Cua ndo llegan a las pescaderias o a las carnicerias donde el
carnicero, mientras comenta el crimen, parece quelo rcconstituye dando
hachazos en la cabeza de cordero para sacarle los sesos, es que el crimen
es de los que les hacen clientela del establecimiento, porque se quedan
encantados de lo bien que se comenta alli el crimen .»
Aparecian en la novela casas de portales distintos, portales con portero de larga levita, portales con portera miedosa de mono hecho con
una trcnza sutilîsima y que se ocultaba para corner avergonzada de que
la viesen comerse aquel pedacito de pan que era su pobre cena, portales
en cuya portcria, siempre sola, se quedaban dos gatos negros sobre la
mesa cubierta de hule, dos gatos negros que parecian ju~ar a la brisca
sobre la mesa con el hule color madera y con el dibujo Cie las vetas de

LA PLUMA
m~dera, que es el tipo de las mesas de los verdaderos jugadores de
b nsca.
La casa del ~erïor Golard consigui6, gracias a la ins iraci6n de la
pluma del no~ehsta en aquel cuarto misterioso de la calle del Sotillo'
u~a granbsord1dez que daba escalofrios a toda la novela, con su recibim1ento o scuro, de farol que apagaba las falabras y los estos de
banco con fondo de arc6n y que era corn~ e asiento del trfnvfa, 'ïnmfiln
y teatro de tod? lo que sucede en los pas11los, de Ja vida ue va murien~
do en las galenas, _en Jas rotondas, en la propia antesala.q
. «De casa del_ senor Golard se mcJ.n·hô aquella f.2rde e,z que la mandaron
ba1ar a ta cstacûJn una maleta tan pesada que la hubiera derr,"n .J.
plttamente.»
~ :gauu com1 Por fin l1eg6. el novelista a los capitulos del desenlace asentandola en
a fc~sa que hab1a supu~sto ella de la felicidad, pero en J~ que habia de
su nr 1a mayor desgrac1a.
;su ~·arne de_poros etrrados, produ.fo en Andrés, hi.fo, la calentura sensu~ , y supo arrwconarla en el cuarto de los bau/es y preparar sobre el
rzuL e;,or':le y_negro como las grandes camas de ébano, la boda perentoria
na e stlencz~ y perfumada por Los pebeleros de la naftalùta.
Aquetlo, mas_que nada, por et momento quedo convertùio en un acto
jl por aquella primera vez, Andrés, hijo, sintio et derecho a amedref:tarkl
~!'bmerosas veces, ddndola et pdnico de la sei'iora de cabellos anses e i·ra de
w a contra la vida.
"'
la Se rep:tia sin dar_Le impo?"lanâa el acto sordido con pdnù:o lambién de
;ompant:a, que, st se hubtese enterado, habda proclamada la Fa/ta a t,
toua la veczndad.
I'
nt
Et seiionfo Andrés creia conqulsta suya la de Mù:aeta, la pobre Micaela, que
dta_, p_or descansar de la persecucion, se habia entregado por fin.
p ero t~n za smttô ~l an_~elo ùtconfundzote que el provocaba
ue tan bie~
cçzo_cQta f°n su resp!raczon:, ahogada por la obscuridad del cu~r~o de los baâs. ~yu a_marga tnjidelidad, pero como ta merecia y no podia castitTar/at
c' quzên era? Bra su padre.
"''
·
. Aque(Lo le hizo dar u~a v~lte,:eta muy rara a su C()razon. Era un conjlzcto P~ltagud.o, .azmque srn d_zgn_zdad. Era el verdadero co11jllcto sordzâo en
que la tncestuoszdad mds ba;a tune tu&lt;rar.
Su padre falta~a al hi.fa con su in~âada, y al mt'smo tt'empo la consagraiba ylla f~;develz1(ta en su madre, en su ·m adrastra, daranda con sucia purpur na a tn1 ., dad.
Aquetta es~~na e~z el pasz'llo s_ilencioso, en el que sôlo ét se daba cuenta
de todo, le dl!.JO rela;ado, vulganzado, mediocrizado, desgualdrafado. La

u;/,

230
231

�LA PLUMA
historia de la rata hzmzana en su es:eua mas tipica de a_l~anlartlla_do, en
los claustros obscuros de los pastllos y los cuarlos de servtao de la casa, le
rebajtJ la vida.
•,
,•
.J l
·
·Con qué innoble afdn la busco! Después que se ron~tzo satteron ue s1len~'o, y ella volvùJ a la hipocresia de la faenl!' y la kzzo con:fesar la ve1·güenza del enga1io, que elll! justi.fico con un ~r_zste «110 /te temdo mds 1emedio» que acababa de hundtr .,n el pcor serv,ltsmo a la dadnra del placer
fiertivo y al mismo placer.
.
.
jAh, pero no acabo ahi la historia y las frecz~entaczones, aho:a con m~yores peli![ros, pues otra mano, la ma120 que podia buscar lo mis;no, podta
empujar la puer/a, que, entornada, solo parecia 110 ocultar nada.»

OBJECIONES
EL LE6N, DON QUIJOTE Y EL LEONERO

RAMÔN GÔMEZ DE LA SERNA
(Se continuard.)

232

~scâ~dalo m~vido por la visita ~e Unamuno al Palacio Real es
lisoniero en c1erlo modo para el m1smo Unamuno, eu cuanto prueba la autoridad de su campafia. El publico, receloso o frivolo, por
lo comun, le- habî11 tomado profnndamente en serio. Este es buen
siotoma. Prirnero, porque dcscubri- una capacidad de coufianza, una Ja,·gueza en
el crédito, que apenas podîamos sospechar: tan amargada por los desengaiios
suele mostrarse la que llaman opiniôn publica. Segundo, porque Unamuno habia captado el aseutimicnto de la masa en méritos de su prestigio intelectual.
La reputaciôn sôlida de Unamuno se funda en una gra1J obra literaria que
la mayoda de sus hoy chasqueados partidarios desconoce. En esa reputaci6n,
consagrada y, pudiéramos decir, respaldada por un corto numcro de genles, ha
consistido la fuerza de Unamuno en su empefio de debelar la dinastia. Nadie
pFctendera que Unamuno engrosaba sus hues tes de asalto contra Palacio por la
fuerza de los argumentos ni la novedad de sus tesis politicas. Tampoco le ha
valido su pregonada independencia. La honestidad persona! no decide del
triunfo de un caudillo. Demagogos que son granujas notorios andan por ah{
haciéndose temer y, por ende, corromper. Otros hombres, de tan honesta vida
como la de Unamuno, y con mas fuerte posid6n doctrinal, han perecido arrinconados, sin que nadie escuchase sus mon6logos. Unamuno, al descender a la
agresion virulenta, al ataque persona! que todo lo eropequefiece, se ha impuesto a la atenciôn espafiola porque metia en ese jueg0 la autoridad de su imponente tigura, labrada por cierto eR una vocaci6n que esta a mil leguas del oficio
de libf'lista. Que Ull poeta, un filôsofo, un gran literato pueda, dando en prenda
111 admiraciôn un poco supersticiosa, distante, que en Espafia se granjea con
esas profesiones, acaudillar a los descontentos y devolvcr ocasionalmente cierL

233

�LA PLUMA

..

.

.

ta eficacia aparente a las armas desacreditadas por otras manos, es cosa notable, que nadie ha de llevar a mal. Pero es también confusionismo, donde se
arriesga lo que no debe ponerse en litigio. De tal confusiôn. del uso inhabil
que Unamuno ha hecho de aquel poder, viene, a juicio mio, lo lastimoso de
este paso. Unamuno se niega a scr politico sectario; es su derecho (aunque no
entiendo c6mo podrâ ser un corifeo no tocado de sectarismo); pero venia siéndolo, porque sectario ha de ser el vocero de resentimientos exaspcrados. El
publico, que no le pedia lecciones de filosofia de la historia, le Hama resellado
Unamuno invoca su libertad de pensador independiente. Es admirable que·
Unamuno no advierta la incongruencia entre sus respuestas y las preguntas de
sus amigos.
En la campaiia de Unamuno era esencial el tono. Con el accnto expresaba
Unamuno lo,que ya no cabia en bt virtud cxpresiva directa de los vocablos.
Sacaba su idea de los modos normales de difusi6n de una propaganda politica,
y planteaba el caso en términos de urgencia, de inminente de~eolace, en cse
punto en que todos los razonamientos estan ya hechos, todos los discursos son
inutiles, y el animo debe esforzarse a la acci6n. Desde los tiempos de Costa
no habfamos oido igual rebato. Pero las adjuraciones de Costa se dirigian al
pueblo espaiiol para traerlo al bueu camino. Costa soltaba cataratas de impro.
perios, rugia, pero sus lagrimas ardientes caian sobre el pueblo mismo; luchaba con el monstruo a brazo partido; era uo titan generoso, pero bien se veia
que iba a perecer; invoc.1ba la violencia, las operaciones quirurgicas, pero
q uerîa operar en el cuerpo social; si las campafias de Costa bubiesen podido
ser mas eficaces, el res~ltado hubiera sido un levantamicnto de la ciudadania.
Las adjuraciones de Unamuno van a una persona sola, y aunque le sigue el
clamor publico, la multitud no es protagonista, pasa al rango de coro; Unamuno impropera a un hombre, personalmente, y en su casta, en su sangre; Unamuno no diluye su enojo en raudales de palabras; cada una va suelta, certeramente, como guijarro bien lanzado, a dar en el blaoco; a Unamuno el auditorio le sirve para producir el eco, pe ro lo que le importa sobre todo es «el
otro•; son dos en pugna: «hablo aqui para que me oiga Él&gt;, decia en el Ateoeo; se parece a Luzbel, que no resignâodose con el destronamieuto, ameoaza
al Hacedor para que le restituya en su antiguo aprecio. Unamuno habla de
castigos, de violencias ioeludibles; mas no para aplicarlos sobre el cuerpo corrompido de la naci6o: augura el rayo (truculenta rnetafora) sobre el cuerpo
real. En esa campaiia, la personificaci6n de la culpa y la de la viodicta me han
234

LA PLUMA
parecido excesivas. Dejandose me ter en daozas electoralcs Una u
d ...
v t
,
,
m no JJO.
• o ar po~ m1 es votar directamente contra el rey,. Es un error. Se vota contra un rég1men, contra un sistema, contra una instituci6o; 00 se vota personalmeute contra un rey; persooalmeote, contra un rey cuJpabJe, se arroja una
bomba, ~o las papeletas del sufragio. Eso de vota.r es una liza conveociooal,
u.na csgnma con espadas romas, doode no puede desfogarse el ardor vindicat_1vo. Cuaodo un r~~ graba su efigie en la conciencia popuJar con rasgos de
hraoo, surgen reg1c1das, que no elcctores.
Menester es advertir loque se crea con las palabras. Unamuno con el tooo
Y la personi6caci6o de agravios y culpa, habla creado un movimie,nto. Iba po;
una ruta que.' estando como esta muy trillada, todos saben a donde lleva; 00 le
f~Jtaba séqu~to. Pero las acciooes tienen su dialéctica, tao rigurosa como el
d1scurso rac1onal. En un debate de priocipios no se le tolerana
• a nao1e
· · r!:'sponder ~ una observaci6n 16gica con una pirueta. A Unamuno Je reprochan boy
sus segu1d~res el haberse salido, sin raz6n plausible cooocida, de Jas lioeas en
que se hab1a puesto a justar. Verdad es que su acci6n, por reducirse a machacar en el mismo clavo, brindaba con pocas esperaozas de progreso· pero en
fin, alguna salida airosa po~ia tener. Un ma! chusco (nunca faltao), al ~aber ~ue
Unamuno entraba en Palac10, exclam6: cVa a coronar su obra civica: boy asu~e el pape! _de Jacobo Clemente.» Terrible 16gica. Pero nosotros no le discern1mos a nad1e ese encargo'. y a ~namuno menos, porque 00 Je iocumbe, y porque _desea_mos que nos v1va mtl aiios. En su puesto, 00 le quedaba mas que
scguir, a nesgo de ~ansarse, machacando hasta que el obstaculo desapareciera
de ~lgun modo; o s1 otra c_onvicci6n germin;;ba en su espîritu, proclamarla, y
dec1r_ en qué puoto ~ab1a errado; presentarse ante el publico, después del
emoc1onante careo reg10, o relapso o convertido. Solo declar6 esto: ,Para decir
la verdad no es precise poner motes a nadie.&gt; ïSi, si! Pero también eso era
ver~ad antes, Y •l~s ~~tes, (en rigor, el tono) eran esenciales. iD6Dde, pues,
esta el yerr~? ëEn mfitg1r desde lejos una aflicci6n, como quien cump!e un deber, ~ en enJugarl~, ~uando. se tieoe dclante, quejândose, a la persona iastimada. Unamuno, c1ru1ano, v1endo llorar aJ paciente, arroja la laoceta y le :iplica
uoa cataplasma.
He oido Y leido las e~plicaciones del resbal6o de Unamuno propul!stas por
algu~as personas de m1 respeto. CuaJquiera seria aceptable si se tratara de
expltcar un fen6meno oatural; pero a Unamuno, coofrootado con su acto 00
se le ha pedido que lo explique, sino que lo justifique. Por ser necesario j~sti335

�LA PLUMA

LA PLU ~1 A

ficarlo como acto de hombre, es posible la critica. El rigor en la conducta no
es palabra vana.Lo que el vulgo llama cconsecuencia• no consiste, entediéndolo d~rechame11te, en decir o hacer las mismas cosas siempre, sino en Jlevar
de acuerdo los actos c-011 loque esta implicado en las premis;;s de nuestro modo
de hacer. ~i el acuerdo se rompe, justificadamente, serâ que motivos nuevos
alteran las premisas de la conducta. A Unamuno se le pcdia que los mostrnra;
no habiéndolos, o no siendo conocidos, se dice que cl acto de Unamuno es
arbitrario, sin justificaci6n. Explicarlo por el caracter singular del protagonista, es peligroso, si se omitc que los arrebatos del tempcramento no bastan por
disculpa. Guardémonos de acreditar la sospccha de que el intclectual es ur,
hombre con quicn no pucdc contarsc para nada. Si Unamuno ha incurrido en
el enojo publico porque un acto suyo, cngastado en la vida social, parcce en
desacuerdo con sus ideas, guardémonos de introducir-con la mira de probar
que el hombre ha obrado, como siempre, de acucrdo consigo mismo-una
licencia de peasamicnto intolerable. Uaa cosa es la libcrtad formai de la inte·
ligencia y otra el fin que la csclaviza. No piensa uao lo que quicrc. La intcligencia no es una cabra Joca, ni una facultad deportiva. No vamos a convertir la
inteligencia en abogado picapleitos, defcnsor dt" todos los arrechuchos del
carâcter, ni a emplearla en demoler la hombrîa. Concitar las pasiones d~ la
muchedumbre, azuzarla, manejarla, puede scr obra digna, donde se sac1c el
prurito de creaci6n y resida un goce estético. El iatclectual que abandona la
especulaci6n pura y, cediendo al tentador, echa por camioos tan fragosos, debe
advertir, no que se disminuye (esa es su gcnerosidad, su sacrificio), pero que
tu comcrcio cc.n el publico es ya distinto, otra la disciplina. Su principal deber
con los sccuaces es la fidelidad al convenio que los junt6. Es un estrago lamentable romperlo injustificadamente. No vale encararse después con el publico,
alegando la libertad del pensador, y decir en substancia: •lQuci se figuraban
ustcdes?, Porque los oyentcs, con un sombrerazo de respeto, podrian contesar: •jDispense usted, seiior: le habiamos creîdo por su palabra!•
El carâcter de Unamuno esta impregnado de quijotismo. La csencia del
quijotismo acaso no se.1 el amor de la justicia sino el afân de conquistar etcrno
nombre y fama. La aventura regia de Unamuno pudo mirarse, en todo caso,
como el principio de una gran quijotada: iba a encontrarse con el le6n. El prestigio del valor puro es tan violento, que estaban suspensos de admiraci6n los
mismos que desaprobaban la cmbestida: cl discrcto caballero de la Mancha, Y
cl cscudcro, que ticrnbla por su persona. Si éstos le molcjan, es que no ha sos·

tcnido su pape! cl héroe. :N'i el lc6n tampoco. El leon de Don Quijote era un
fiero_ le6~, un le6n soberbio, traido del dcsierto. Y al ver a Don Quijote-dice
la h1stona- &lt;el gencroso le6n, ruas comedido que arrogante, no hacieudo
caao de niiicr_ias ni de ~'.avatas, después de habcr mirado a una y otra parte,
~omo se ha d1cho, volv10 las cspaldas y enseii6 sus traseras partes a Don QuiJOte, Y con gran flcma y remaoso se volvi6 a echar en la jaula•. Desdicha de
Unamuno ha sido no tropezar con un le6n de igual temple. Su Ie6n no tienc
orgullo; en lugar de cnscnarle sus trascras partes, ha hecho como hombre Jastiruado: ensenarle los verdugones. Héroe y fiera se han pucs:o a departir gravemente. Ahora, Unamuno no podda aplicar a su aventura lt-onesca, con Je6n
humanizado, la glosa que escribi6 para la aventura de Don Quijote: c:'-io, el
le6n no podia ni debia burlarse de Don Quijote, pues no era hombre sino le6n,
y las fieras naturales, como no tienen estragada la voluntad por pecado origi•
nal alguno, jamas se burlan. Los animales son enteramente serios v enteramente sim:eros, sin que en ellos quepa socarroneria ni malicia. Los· animales
no son bachilleres, ni por SalaHianca ni por ninguna otra parte, porque les
basta lo que la Naturaleza les da,. Si t:I le6n, humanizado, puede burlarse,
jqué no reira el leonèro! Los leoneros se rien cuando un héroc hace la triste
figura.
No escondo mi despecho; diré, si no e;; exceso, mi rabia. Unamuno querra
creer en la sinceridad de mi despecho, como crev6 fundadamente en mi simpatia. Si ahora se revuell'e contrn los disidente;, fustigandolos, saqucme del
.ala1de. No le pido que sea republicano, o monarquico, no pretendo conferirle
un pend6n. Ni soy politicastro, sentimental, histérico, jugador, revolucionario
sin conteoido, ni cstoy adscrito a mentidero alguno. En la charca de Madrid,
Y fuera àe ella, pululan las gentes capaces de medir el alcance de las palabras
de Unamuno y su dcsinterés (&lt;para qujén, si no, escribîa?), asi como cl cstrago
que causa, si desentona. lQué testimonio d,~ considcraci6n superior po&lt;lemos
ofrccer a un hombre, que no sca el de publicar, si llcga el caso, nuestro diseotimiento? jCuantos quisicran suscitar una oposici6n de esc géncro, e impresiooarnos con actitudes que nos dejan indifcrcntes! Aplace Unamuno su pesadum•
brc para cl d{a que sus amigos le mircn con displicencia. &lt;O los espaiiol es
eminentcs son tan sobcrbios, que no pueden oîr la contradicci6n mas !cal sin
achacarle al contradictor scntimicntos ruines? No, don Miguel. Sc puedc decir
la vcrdad sin poner motcs. Tambiéo oirla.
CARDENIO

237

236

.,

�LA PLU ~1 A

LA DOCTRINA DE FREUD EN LOS PUEBLOS

actividad psicoanalista, apaciguada durante la guerra, ha adquirido nuevos brios, y al fin ha logr~do_ uno d~ sus mâs intensos
dcseos: Ja conquista de Francia. La 10d1fcrcnc1a que durante un
..,
periodo de ccrca de trcinta afios mostr6 este pueblo por la doctrina del psiquiatra vienés Sigmund Freud ha sido molivo _de gran a'.°argura
utor que en diverses ocasioncs ha intcntado cxphcarla med1ante su
para su •
,
b. d
Id ·
ingeniosa mctodologia psicoanalitica. Hoy todo parccc ha ber ca~ 1a
Ya c~intt'rés primcro ha sucedido cl cntusiasmo dcsbord;.nte. «Cet h1v~r-c1 sera, 1c
le uain~, la saison Freud• cscril.&gt;ia a principios del aiio en La 1'_our,t/k Her,ue
Pra'l,;aise Jules Romains: • Rn los salenes-prosigue cl citado cscnlor francéscomicnzan a haci·r ruido Jas tendencias re/irimidas, y las !&lt;ciioras rcficren su ultimo :1uciio con la cspcranza de encontrar un intérprctc audaz que las dcs~ubr.1 toda clasc de abominaciones.• Los hombres de lctras utilizan la técn1ca
ps;rnanalista para sus investigacioncs criticas o se inspiran en Freud, llcvando
inc:uso al tcalro productos gcnuinamcntc Creudianos, con_io Lenorma'.1d en_ su
rcc1cn...- tU rioes, rcprc·~,.ntado con éxito por P1tocff en Pans
.
.
d rama lJe m. ~.-,r
tcmcntc. )1arccl Proust, el concienzudo narrador de la tJila sexua/is ~c c1crta
clnsc de la sociedad francesa, ha sido objcto de un cstudio pscudofreud1sta poco
afortunado. Paul Bourget compu~o no ha mucho un cucnto a bast. del concepto
frt&gt;udiano de c/a lzu{da a /a mfermedad». En fin, raro es cl dia que el nom~re ~c
Freud no aparccc en alguna rc\·ista litcraria unido-no sabcmos por que mtslcrio del inconsciente-al del fisico Eim;tcin.
J.a doctrina de Freud o cjsicoandlitis• data del aii'J 1893, y ~us fundament~s
se hallan en la publicaci6n de Breuer y Freud: Ue/Jer ün ;syclmchen .1/echamsmus lzvslerisclzer Plziinomem. Durantc este tiempo la fccunda labor ~e Freud Y
de su· nutridisima escucla ha formado una copiosa biblio~rafia pubh~da en va·0. idioma!!l-alemân e inglés principalmeute-en rev1stas espec1ales Y en
nûmero de peri6dicos de carâcter gcneral. Los discip_ulos de ~reud no se
ban mantcnido dcntro de una severa ortodoxia psicoanahuca, y vanos de cllos
han crcado nucvas cscuelas, de las cualcs ban brotado a !lu vcz o~ras mâs recientes, discutiendo entre si acrcmentc dctcrminados puntos co~s1dcrados_ por
algunos como dogmas freudiaoos intangibles, engeodrândose el c1sma en la 1gle-

Il

.

.

,._

LATINOS

o:

(1,,

;~a:

1ia freudiana casi dcsde su fundaci6n, como apuntaba un sagu critico italiano.
Todo este intenso movimiento iotelectual creado en torno de Freud apcnas ha
repcrcutido en los pucblos latioos, doode fucra de un reducido grupo de proCcsiooales-médicos y psic61ogos-, que adoptaron 11nte la doctrina psicoanalista una posici6o critica advcrsa, a veccs dcspiadada e injusta, el resto dd pûblico cultivado no se ha intercsado por la doctrina de Freud hasta ahora, que
casi repenlinameote sicntc ilimitada admiraci6o por ella.
Aigu nos autorcs franceses culpan de la antcrior indifercnci:t a los prC&gt;fe!'ÏO·
nales de la psicologCa, y scmeramcnte apuntan, como Albert Thibaudct, que
csôlo los médicos han dado brcvcs noticias dt"l p icoanâlisis, pcro la litcratura
dogmâtica y breve de los médicos es una cosa. y la psicologia es otra ,. Ta: afirmaci6n es injusta por lo que a la doctrina de Freud se refiere, porque pr&lt;:cisamente de Francia ha salido uno de los rcsûmcncs mas completos dd i-,ii-011nalisis publicado har:i unos ocho aiios por Regi~ J Besnard, y que ha servi do para
ioiciar a gran nûmcro de médicos y no méd1cos de Francia y de Espana. l.ibro
ignorado por cuantos se ocupan ahora del psicoanâlisis en Francia, que como
Jules Romains escribcn: «Nuestros especiabstas. nuestros i11formad1,re~ de calidad, nuestros sabios, hoy como ayn, ,.e enteran dcmasiadn lentamentt• de lo
que pasa fuera de nosotros.• Xo debe ohidar~e que Francfa atra,·it'Sa actualmentc una dur?. crisis psiquiatrica, y hombres como Pierre ~Iaric, nenr61ogo
cminentc, no se recatan para dccir que cl pnis no cuer.ta. dcsi;radadamcr.te,
ma,; que con 1mos cuantos psiquiâtras de tcrtcra lila iocapaœ:. de rcprt-se11tar
a la psiquiatri.i francesa, de tan prcclaro abolcl'lgo, y como cl médico profesional no cra el mâs apropiado para abordar el psico1malisis, ,iendo lo~ médicos
los adecuados propagadorcs en pro o en contra de la doctrina, nada de extrano
tiene no llcgara al pûblico laico a sn dcbido tiempo. como ha ocurrido en otros
paises, América del Norte o Italia, por ejemplo. Y este hecho que, a juicio nuestro, es la causa principal del rctraso de la Jlcgada de Freud, retraso que a tantos indigna, es fâcil de comprobar en las revistas francesas profesionales, ricas
co contcnido ncurol6gico, pero de escaso vaîor psiquiâtrico y psicoapatol6gico.
Es peligroso, en nucstro sentir, que los iotroductorcs del psicoanalisis no scan
profcsionalcs, porque es presumible que aun el publico mâs cultivado vaya al
psicoanâlisis impulsado por un desco malsano, purament~ sexual, scmejante al
de las sciioras de los saloncs franccscs a que aludc Jules Romains, y su entusiasmo no signifiquc la aceptaci6n seria y meditlda de la doctrina, sino mero
csnobismo, y cl éxito de Freud en Francia sea tao cfimero como taotas otras
239

�LA PLUMA

..
,.
.,1

•

manifestaciones atrevidas del espiritu bumano. Claro es que este fen6meno se
ha dado anteriormente en otros paises y su peligro ha sido cquiparado-quitâs
de un modo algo hiperb6lico-al que implicitamente llcvan consigo todas las
doctrinas misticas o p~eudomisticas: el espiritismo, la cChristian Science•, etc.
(Ch. K. Mills.)
El desarrollo del psicoanalisis ha sido, ciertamente, leuto. Los libros de
Freud aparecidos desde el aiio 1893 hasta el 1905, Studien über IIysterie (1895),
IJie 1'raumdeutung ( 1900), Die Psychopato!ogie des A!ltagslebens ( 1904), Der Witz
und seine Bezielnmg zum Unwebmsten (1905) no lograron despertar la atenci6n
general en el grado que dada la calidad de la doctrina era de esperar. Segun
Isserlin (vie psyckoanal_vtische 1.Vetllode Freuds. Zeitschr. f. d. ges. Neurol. u·
Psycb. Bd. 1, p. 52-80) fueron los intentos de la escuela de Zurich para afirmar
la doctrina de Freud con el auxilio de la prueba de las asociacioncs los que
provocaron una intensa resonancia, a partir de la cual se inici6 una gran corriente literaria en pro y en contra de Fre ud. Oentro del campo de la l\Iedicina
no ha habido, en estos ultirnos tiempos, docti·ina que baya creado tantas discusiones y encendido t&gt;l apasionamiento de partidarios y censores con ta! fuerza
como d psicoanalisis. Junto a los que parangonan a Freud con Newton y hasta
con Jesus, se alzan otros negandole todo valor y calificandole de mercader de la
Medicina y curandero. Fadl es para unos y otros recoger en la doctrina argumentos favorables, ya que al lado de concepciones geniales de gran sutileza
existen numerosos bechos, grotescos y arbitrarios. Freud mismo reconoce (véase cl pr61ogo de la cuarta edici6n de Drei Abluwdlugen zur Sexualtheorie, 1920)
que la parte sexual de su doctrina encucntra mas oposici6n que aqucllos otros
conceptos de la misma, puramente psicol6gicos: represi6n, conflictos, inconsciente, etc. Y recuerda a los que le censuran cuao pr6ximo se halla el amplio
concepto de la sexualidad psicoanaHtica del Eros del divino Plat0n. El valor
extraordi11ario que concede Freud a la vida sexual considerâ.ndola como un
compor.ente esencial de la vidd psiquica normal es innegable, pcro a la su conocida frase c En la vida sexual normal la neurosis es imposible• puede responderse con Isserlin: cEn la oeurosis es imposil:,le una vida sexual normal&gt; ,
La cdtica moderoa del psicoanalisis repite los mismos argumentos que a su comienzo y son idénticos los anaternas lanzados contra ella. En una discusi6n reciente a prop6sito de la ponencia de Charles K. llfills, Some theoretical nnd some
praclicaJ aspects ofps;•chanalysis en la cAmcrican Neurological Associatioll• se
ban evidenciado las tendcncias mas opuestas; asi McCurdy cxplica la _)Opula-

LA PLU \1 A
ridad del psicoanâlisis por el interés porn o r ·r d
llins afirma que el psicoanal' . . .
g a ico e la doctrina, mientras Co•
•
ISJ!; es una forma d el
I
•
prmc1pal es el exterminio d e 1
_
. .
neop atonismo y su obJ'eto
• a moi a 1 cnstrnna
. ·!)Or l'i
.,. Alh entusiasmo despertado •aho ra en F◄ ranc1a
•
, ..
auos ace, en ltalia una fuert . .·
.
· psicoanalt:;1s pr 'cedi6
,
.
e &lt;i&gt;n tente ant1freudi,.,t · · .· .
'
!l"as linos y sut1Ies psinuiatras it· 1'
'
,
. a, m1c1ad,t por uno d,. los
.
-,
a ianos, c, pro,e•·or I
s1do, hasta ahon,, superada en 11 • u'
. ,
.ugaro, cuya c,itica 110 h.t
I' 1 d
.
m.,un pais. Con gr,1n in«c 010
.
. .,
iza a octnna freudiana en su l'b
L
.
.
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Y preci,1011 ana1 ro
'
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.
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/ artua,,ta, Firenze
cPa Il
.
ca 11ewz slorta e net
·
' 1917·
ra egar a ser ps1coanalist
·
mca espedfica del método freud;a
u .
.. a-escnbe -basta la téc.
•
• n O, 1 ac11 de adqumr
ps1co16g1ca, y una excursion por los •a d
. n poco de rntuici611
,
,, grn os textos del
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cos d tas de un hombre des--nv ltO
mae~ ro acen en po · · ne
un perfecto ex J d
.
Es una cucaiia para charlatanes q d
p ora or del incon~ciente d.
.
· ue esean tener la r
en11er cri.&gt; y resumc la doctrina d F
d ,
.
e iqueta de :111a ci,.ncia
• .
.
e reu as,: c f~l pla
c1p1os del umverso no es m~s
cer, uoo de lo,; &lt;los l&gt;ri n; '
" que PIacer sexual· el l· ,. . _
..
e'I la onto&lt;&gt;énes,s v en la fi lo ,
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.c agu 1i p-,t,. de mas ,·alor dl'n!ro de lad
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y um ·e, d,. provechosa s
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ana itica mas fuerza ~,w.-sriva qt1e I• .
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·' . _es meci,ante sus cnticas.
informati vo se ocupar0n de l· d t .
p coanill1s1s. Desde na pnnto de vista
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n nuu;t111 pa,:s c I doctor Gad ,
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h t.rmo 1• ce la 1u11rosis e11
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1909 · 0 r Prtll y Ga~sel (la l f
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ps1coanalista excepto T afor ,
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ong1na es a la ca~u,stica
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0

.

�LA PLUMA

L .-\ . P L ü \ 1 A
ses y hagan furor entre nuestros hombres de letras y profesionales de la p5i•
quiatria los comp'ejos reprimidos y la libido freudiana.
Durante estos pasados dîas se ha puesto a la venta el primer volum~n de la
serie de obras completas de Freud, que la editorial cBiblioteca Nueva• ~e propone publicar. Ha elegido para él la Psicojalologia de la vida cotidiana. 0/vidos.
Eq:Jivocaeiones. Torpezas. Supersticitmes y Errores. ver5i6n castellana de Luis L6pez Ballesteros y de Torres con un pr61ogo de Ortega y Gasset. En este libro
aparece el ingenio de Freud y de alguno de sus secuaces en todo su esplendor,
Todo él se balla dedicado al analisis de los errores y olvidos de la vida diaria·
cuyo idéntico mecanismo se explica mediante el concepto de la represi6n
(Verdrangung).
•
Algunos ejemplos bastaran para conocer el mecanismn de la producci6n de
esas pequeiias alteraciones que constituyea la llamada por Freud psicopatologia d•' l.i vida diari.i: cUn sefior de edad madura se cas6 con una mucbacba muy
joven y decidiô no salir de viaje el mismo dia, sino pasar la noche de boclas en
un hotel de la ciudad. Apenas lleg6 a 6ste, advirti6 asustado que no llevab:i la
cartera, en la que habîa metido el diuero destinado al viaje de bodas ,. que,
po1· lo tanto, la debia haber perdido o dejaJo olvidada en algun lado. Por fortuna, pudo a611 telefonear .i su criado, el cual hal16 l.l cartera en un bolsillo del
traje que habia llevado cl novio en la ceremonia y cambiado luego por uno de
viaje, y fué en seguida al hotei, entregandosela al recién casado que tan desprovisto de 111edios entraba en la vida matrimooiill. En la noche de bodas permaneci6 tambiéo, como él ya lo temia, dtspro11islo de 111edios• ( pagina 273,
acto:i fallidos). «Un caba!lero hablaba con una seiiora joven, cuyo marido habia
fallecido poco tiempo antes. Después de darla el pésame, aiiadi6: «Encontrara
usted un consuelo dedicandese (widmen) abora por completo a sus hijos.• Pero,
abrigando un pensamiento reprimido referente a otro di:.tinto consuelo existente para su interlocutor~, esto es, que siendo una joveo y bella viudJ (Witwe),
no tardaria en gozar de nuevas alegrias sex11ales, confundi6 los sonidos de las
palabras widmen (dedicar) y lhtwe (viuda) y dijo widwen en su Crase de consuelo.• (Pag. 94, Equivocaciones orales.) h;terminable seria la lista de ejemplos
relacivos a olvido de nombre propios, de palabras extra!ljeras, de nombres y
frases, al anâiisis de recuerdos infantiles encubridores, equivocaciones orales,
en la lectura y escritura, que forman los sucesivos capitulos del libro . La traducciôn, fiel y cuidadosa, merece toda clase de elogios en algunos pasajes extraordinariamente difkiles por los jucgos de palabras complicados que forman
242

parte de los casos relatado
----d
.
' s, Y sobre todo
. 1
.
1
:~aJ~s;os sin equivalente en castella~:1 ~n1;;:11cismo fn·udiano, plagado
U
I e estas palabras de dificil traduc. ·o l ,erto del traductor t·s colon so o reparo hcmos de hacer al d'
c1 n a palabra orioinal
~s'uerzo, digno de éxito, y es el habere '.tor,_ que en nada merm; .-1 \;alor des
nol la doctrina f, eudiana la ps·
escog1do para µresenta r al µ,Dl.
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en '.':r los numerosos e·e
del psicoanâlisis. Hubiese s id e ~a P?r conocid;i la totafidâd de
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o p1efenble empezar por e·e I
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g, s1gu1endo el orden cronol6 .
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~u~a es. Un criterio opuesto sustenta Ort g,c~ de la aparici6n de la~ obr~s o1 iyubado por la amenidad del l'b
D
ega) Gasset en el pn.il,,ao , . ,
1 ro.
Freud no
•
.
e todos mod
., 'qu,zas sub•
,
con Jf'tenc16n proselitista sino
. os era neccsario tradudr a
'
para
cumplir un d e b er de cultura
T anto se ha dic:h ° en contra de Freud
·
pu 1os, que seria sumarse a 1 • • • •
' me 1uso por alguoos de
, . .. ,
formador de J
. a lnJustic,a general no rero
sus ex d1~c1a moderna µsiq • t . .
- nocer e11 Fn: d
te psicol6 ·
uia na, miciador de 11
•
u un lra11smatismo g;caH~n esta clase de estudios, ahogados ~a :;u~•a d1recci611 puram~ngica de 1- a_ i~orri_ythologie que llama Jaspers- ~sa reuù en un estéril so.., . a ps1quiatna, a Freud se debe ,. la
. a nueva n:acci6n psiwlô.. ' .
mayor parte de la. .
.
q u1atncas modernas en l ,,
en apariencb, a 61 d b e p~.coana!ts1s han sido concebidas '. s tscuelas ps,.
sic
.
e en gran JJ&lt;1rte de sus co
, } .,unque .ilejadas
P. oanahsmo ortodoxo a J.is nov1'e1·m
.
nceptos fund;&lt;mt·ntalt:s l'erc d .1
1rnb
~ as conc:e ·
··
• e
B
obra ;:; y adlgunos otros 1a distancia es enor::ones de Ja~µ'. rs, Kr&lt;'ts~hmer,
reu .
• aun,1ue tcn c1c-rt1&gt; 111 1
Eoc o Sean
-speremos que en Es hada los Pr b kmas
.
: p~n~ l;1s obras de Freud de .
ps1coloa
cos
,.
sp,erten e,' ,. nt1· rés méd •
O
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.
.
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Y psicopatolôgicos d ,
·
1co
, pe10 ev1temos que motiven e .
esde un punto de ,·ist
la fiebre fn:udista y sus frutos a
nt1e nuestos profesi ,uales ,, afic•o ., a
halla J
•
umenten el ca d I d ,
.
J
'
nauas
p agada la ltteratura ps1·coa na 1·1sta.
u a c arb1trarie&lt;ladcs de que se

c:r

1.!

JOSÉ M. SACRISTAN

�LA f&gt; 1. U 1\1 A

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LETRAS ALEMAN AS

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RENÉ SCHICKELÉ

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eneraci6n que se propuso aproYechar
Schickelé persomfica la g
·1
s cuva rebeli6n comenz6 a
.
h h por los escn ore
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las conqmstas ec as
. '6 entre el radicalismo de
.
ca la trans1c1 n
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P rincipios del !'&lt;1glo. Mar
·1 todo de los expres10111sl • t to de trastorna1 o
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.. , 1 tradicional se acerca al
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mucb-0 de la compos1c10
'
tas. Por cu1darse
·ento a los st'gnndos.
. . \'d d de su peusam1
.
primero; por la ongma i a
.
.
en una fue rz:i, inconsciente acaso,
-\1 hahlar de !&gt;li trndicionahsmo, p1enso
··t
reposado y grave. Schicke. . .is audaces un 11 mo
.
d,
q ue. impone a sus tentattvas
m . .
- del exprèSionismo hac1a lo anec o. t 1· . &lt;l•·s1·1 •c1ones
l in
Il! pa rece haber prev1s o .,s . .
' bati6. Sin ser austero, se opo·1e a ot
tien V caprichoso. De ante_-nano J.,s ~ '.11 ~ 1te es decir, SU1)erficirtl - comu se
·
·
d1vcrt1dn• soiam, 1 •
· · · 'd d v
loque sea «uo111to• o •
T
as que nada, la rnsmc,·11 a , •
. f Il de o"1st•&gt;-. eme, m
' ca
opondria a c:.ialqu1er ., a . ,,,
. ·va por arbitraria y audaz que par~~,' .
si :,dmite fkilmente cualqu1er ti-ntat1d· ,dero del artista. condena sin rem1s10,1
• es
cuaado responde a l tempr ram&lt;"nto ver a l'd &lt;l o un defèct i; en to d o caso,
,
p recerâ e~to Lrna cua t a
los juegos fnvolos. d
desdei\arse.
un rasgo del caracter que no pued~
t ·a alemaua cierta maoera de humor.
.
d 'd en la litera ut,
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Schickelé ha mtro uc1 o
. 'bTd ù en las Hneas, que sus co1egas m
una levedad de imageoes y una flex1 ' , a Pero seda error grave negar a las
j6vent~ h1n empleado desr~és ~on ~:r~::o.cualidades robustîsimas de pensabras que se p resentan baJO e,e d
,
. . propia de un autor fecundo.
orrnen
. to v_ de esti lo' y la amplitud de comprens:on

œ

&amp;:d

24-1

Heinrich Mann se fué a Italia a uuscar en la tierr. clasica de la civilizaci6n
latina, ejemplos valiosos y sustancia europea. René Schickelé, alsaciano, hijo
de francesa, resume, por herencia y por cultura, dos razas. Asi pudo ver mas
facilmente que Mann los defectos del realismo aleman; y su nefasto reflc·jo, su
tragica invasion en todos los érde11es. Y si ha introducido un poco de libcrla.d
en el rigor de los razonamientos, si ha preconizado y realizado un arte desprovi-to de tendencias didacticas f moralizantes-del que abusaban incluso aigunos escritores apreciables, fué por reacci6n espontanea de todo su ser contra
Jos m~rcos rfgidos que le brindab1u. En realidad, aunque no haya conseguido
eliminar todas las flaquezas cspedficamente germanicas, ha obligado al pensamiento aleman a cohabitar con los conceptos ex:tranjeros. De esa suerte, Schickelé ha dado un paso mas en f"l camino que Mann habfa empezado a trazar
para los expresionistas; apoyados en los couceptos, traidos de fuera, que
Schickelé propone, podran juzgar con mas tino la tradici6n de su p,1is y derrocarla con brio.
La actividad literaria de Schickelé es muy vasta. Evocaré primero su producci6n dramatica. Su obra mejor es también la mas conocida: Hans im ,\clmalztnloch, en la que ha puesto en escena, bajo las especies de un personaje de
gran fuerza vital, la psicologia del alsaciano, descontento siempre, batallador
por gusto, pero leal y de buen coraz6n. Esa comedia, acogida por diez teatros
alemanes, tuvo en Berlîo mas de cien represi-ntaciones. Scbickelé la escribi6
con plena alegria y sin proponerse la objetivaci6n del tema; constitu_ve una autobiogrdfia intelectual y sentimental, realzada por una clarividencia generosa,
rara.
Am Glockentt,rm es uoa obra de infinitos mati~s; me atreve:-ia a decir que
ese es su mayor defecto. Tan delicada es, y tanto abundan las medias tintas,
que le falta vital idad dramatica. Las positivas cualidades escénicas de Hans
;,,. Schnackenloch, de saparecen en la otra obra, concebida como un poema, y
que por carecer del relieve indispensable ao puede impresionar a las multitudes.
En fin, en Die Neue Kerle, los mercachiflt:s son objeto de una satira mordaz;
la obra divierte mucho leida, pero en las tablas no tendria acaso el equilibrio
suficiente y la trama resultarfa endeble.
Scbickelé dramaturgo es una creaci6o relativami-nte recieote. Cuando escribi6 Hans im Sclmackenloch, hacia ya quince ai\os que babia pubEcado sus primeros poemas, y diez desde la aparici6n de su pri~nera novela. Estoy conveo-

�LA PLUMA

LA PLUMA

• a sus p oemas y a sus libros
cido de que el porvenir otorgara mas importanc,a

de prosa que a sus obras de t~tro.

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11,;uales de os r,oe a •
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, · d" os po r su vu 1gan
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tranq ui los, q ue parcc,a n in ,gu ·1•·d
Aleman ia una mbion ia ua\ a la que
S h' kelé ha cump ' o en
"
b
los hom res. c ,c
. .
b . hav cic::rtos pa isajes poéticos y noVildrac ha euro ,lida en Fra·1c1a, t"n am os
.
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se parl"cen como hermanos.
taciont•s sent111wn a e:; que
. l"b . d~ madurez e n Wnss und
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" •0 l) c todo e·1 su:; 1 ro:;
·
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·
Esa misi61 ' cu·u•&gt;
~ r
de hs mci· ores de su tiempo,
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•·
1 ·cciSn de poemas, v una
R· • q c s ~u meior co c
.
1 ay~ mnstrado, desdc sus primeros p a&lt;'n D•r /,tihw.1d1e. Pero bueno e:, que i,
, •
Y
•
·f rzo ,, -;, 1 certidnmbre estct1c.1.
c;o~. 1'1 . , ,d i,1 tic :;u e-, ,1~
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•·t· do de ·d.- la g•1er ra aca, v q ue forma•
L , . rso q 1e :1 &gt;Uv 1c.1
:; ·
·
G.-an µoeta. o:., . . ,
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rrJ'"'
son nuevo tcstimonio de su ternu•
ran µronto un n •1evo librn, Die 1)/(
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0 tes n&lt;J.1i1) tic su gcmo.
r;1, de su fo e rza. un nuev
. ,
·tituven su obra de pmsador
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volurnenes
que
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A pesar d
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~h ma~ importanc1a to av1a.
.
tient&gt;n, a m1 parccer, mu . a , d
• 1 " i;ortas, brind rn, con \.15 etapas p nnTrc~ novtl.i5, y dos tomo~ c no\ e 11.
•
•
••
1 rCliu!llCII d-- su ps1colog1a.
cipnlt:S de su cv' 1ucion, e
~.
. cuahdades de una tentativ.1 apa•
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•• Dr,· F,·emde, po,ee 1a»
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La prinw1·,1 nov ,a,
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de un lihro de princ1p1antc.
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·
•
Ca,·o a µlomo, Je o ,1 o,
.
o · Ak 1·011• El- ex11re::-ionismo daba en·
'
1 f 1 t • 1 e s,1 rcv1sta ze
c6, otr-1 vez, e,1 . o, con i
I d'
1 br1ro11 1, fortuna de aquella nove.
,
. tn 1s sJ,; pa a tn ·s 1
,
t on&lt;:&lt;!5 sus prt.n •ro:. s '
.
.
padones subjt:ti,as, vema
. se ita-w prunera-co•1 p cOCll
la , 'l te por e,t~.• e
.
decir 6 tunumentc) coma ln primera voz dt? su
a r~vel11r~e t~rd11m ente t1L.1 a
p
1 é.
Paul Mcrkd, no es co·
P d d ·r-e q••• de de enton e:, su l ioe, '
conc1erlo. ,1e • ec1 ~
1
.. l h1st6rico de esc libro, sin atcnuar
nocido solo t"n los ècniculo,, tlo11d,· e pip~ .
.
. en Ids &gt;mbra su, defectos.
su!'&gt; cu111id.1drs, deJ~ u11 poi:o
. Fr; 1111Jin Lo, escrita c11 Francia, y que pone
No s,1ccd,· o mas no co,
eaventurn sentim;,nl11I, muy estudi,,da y
en csce ia, b 'J &gt; b ap1 i ·nci t ' e ,

j)/;'":n&lt;l

muy div('rtida, ambientcs muy variados de l Todo- Pari&lt;1. F:ste libro, publicado
algunos anos dcspués de Der F,·unde, tu vo not:ib le r•·sonn ncia, y :,igue siendo,
a juicio de muchos e scritorcs alemanes, la obra mae~tra de Schickclé. Rn ella ,
la pcnetraci6n de la mentalidad occiden t~! llcga a s,1 maxima violenda, y cl
autor acaba de defi nir su papel. Jovial, rebosanll" de ingenio, conci~o. escrito en
un le nguajc cuya armo nia no puede por mem,~ de imprc,,ionar, c:;1• libro, fo er a ya del cinon expresionisb. ha te nido u1w influencia profunda en el de.,arrollo intelect ual de su gcneracion.
E n tin, citaré tan solo Bm~al, 1er Fr,111mtrôrler. la oo,·ela mas solida de
todas las de Schickelé, la m~s h1,mori,tic;1, y los delicio,o~ cuentos, donde se
revela toda la amplitud c:e su talento: Trl111p:,pp 111id .!fanasse y ,lfii.ickm. La
independencia moral y 111 libertad cle ac-nto que i,i1scen esos libros, prueban
que cl autor ha reconq11 istadr1 la armonia y la tranquilidad.
Las exageracioncs de la novcla expresionista no habran sido inûti!cs, po rqu e la reforma de :\l;rnn y de Schickelé no hab ia dado quiia todos sus frutos,
no habria ac~so ~ido duradcra, ~i la rehelio,1 no huhiesc destruido hasta la rai;i;
de l mal que amenazab.1 de mucrtc a l.1 literat11r.. .ilcmann. El equilibno es estable cuando en él concluyen excesos ~uce,,ivos y contradictorios. Paro la obra
d e Schrckelé c.-s mas perfec:ta y mas ~imp-iti.:;,, dentro de la reacci6n mitigada
que rcpresenta, q ue la mayor pute de los cscritos P.Xpresionistas. Y los mismos q ue re prochan al autor el caractcr anedotico de su Fre:mdin f,o, esta.a
conformes e n considerar Bmkal i:omo una de las novelas mas robustas de nuestro tic mpo.
Hay q ue cita r todavia h&gt;s t res libros de ensnyos, para la historia de est&lt;!
comienzo de siglo, q ue Schickclé public6 sucesivan1entc: antes de la guerra,
&amp; kreie au/ dem Boulevard; durante la guerra: Die Genfer Reise, y después de
ella: Wir wollen 11ichl sterbm, donde eeta'l reunidos su célebre Neunte Normnber, s u Pariser Htise y su meditacion A11.f d. Har/m11nnswtilerkop/.
En Schreie au/ &lt;km Bouir1Jard cstan reunidas Jas cr6nicas principales de las
que e nvi6, durante un,t estancia de die.t y ocho mcses en Paris, a un p eri6dico
de Strasburgo. Son, en conjunto, un balance de la Francia de antes de la guerra, mas que en s,1s detalles, en la atmosfora gencral. Algunas de ellas parecen
casi profética:., y prueban la extraordinaria inteligencia de su autor; citaré, por
ejcmplo, .-1 E11sav:, sobre un potliicl}: Bri,m /, y cl Diario de Jas Eleccionu de 1910,
donde hay un retrato cruel de Miltcrand.
Der Gmfer Heise es el relato del viaje de Schickelé a Ginebra d;.irantc la

�LA PLUMA
, sa1·6
a'lligc,s, antest de retig uerra· un d1:i
I d e Bc·rna' donde vivirt cou algunos
.
su
'U
·11 f é a vbitar los circulos iuteruac1ona1es, corn pues os en
rarse a ttwi • Y u
- ,
·11 dèl [ago Leman Li mayor parle por refugiado~ fr,111ceses, que v1V1an a_ori as
. "d
. ;.b
. .
•s pero 'a menudo de srngular clanv1 d'
enc,a, ' ro
bro am •go miusto
a vec-;.,
1
.
• , de f ..~ -v llamamienlo.
Lo enten
d e comh:ite 'y de ùoctnna,
pro f es,on
,
. 1eron ma
b 6,
. .
los mismos que deb1a11 estar u01dos, se
n
0 110 u1;1ero:1
en t em,'erlo· Fntrc
~
bl a "d
.
Y··so1ircvino
.
el
un abismo.
. a rmisticio• sin que la cohesi6n se haya resta ec1 o
e ntre los ultimos europeo_s.
•
. , Schickelé se apresur6 a volDcsde los primero,, ch1spnos de 1a revo1uc1O11, ,
. y corno
. , a Berlin • donde estuvo muy mezclado, aunque
er a Alema111a
- solo
v
' ;il mov1m1en
• · t o, O ma's bien ' a la tentativa de renovac1 6 n poectador
f c~~o esp .
' u Nmnte November ha contado sus esperanzas y sus su nhtica y social. R~ s .
.,
. 0 d. a Schickelé se alboroz6 en los primeros
:~:~::·~~:~;:~:c:~:;:~~;~ g~: 1: ::v~luci6n. Pero s_e opuso a

,
.. 1

lo_s_;:ce:~: :x~

las in cohe encias que fatal mente _siguieron-y_qlue s1embp::ss:~ul1; extrema izï
l· . y disanstado po1 os arre a
plosi6n ~e la _co era p~pn a~~mo ;r las resistencias tragicas de la derecha, se
q nierda rnsat1sfecha, tanto
P
, t de est 1vo e n Fran1
. . E fi algunos meses mas ar
v~lvi6
desespte
ra~o-;
Sp:~z:.do:ua~~ntarse
y reanudar el contacto, de don de sacia, en un cor o v1a1 ,
Ji6 su Pariser Reise.
.
,
que.
. • de René Schickelé sobre la historia contemporanea,
Los test,mom~~
.
.
aicos mas valiosos de n11esdaran entre los dvcumentos rntelectuales ~ ps1co16". .
. . la calidad de su
.
é ··t
ropio nos perru1te aprec1a1 meJOI
tra época. St su m t • o p
. 1
. ersalidad de su cultura y 1~ iucidez
alma, tci:upoco nec.-sitan otro espeJO a umv
ardiente de su espiritu.

PAUL COLIN

LIBRO S y· REV IST AS
Francisc o A. de Icaza.- Cancionero de la vida ltonda y de la emocidn /u::itiva.-1\Iadrid.

Alcaoz6 Icaza de joven los ultimos tiempos del impcrio poético de Campoam:Jr, y de Campoamor y de Bécquer hay no poco en sus versos: cierlo humorismo claro, manifiesto en sucintas antitesis, dt&gt;I pri mero; cierto lirismo germanico que en Becquer se natura liz6 andaluz. Pero Icaza, que p:&gt;r americano
estaba mas capacitado que los poetas espaiiole~ sus coetaneos para pcnetrarse
del espiritu europeo que habia de renovar nuestra lirica con el transito de un
siglo a otro, y como diplomatico corri6 de cortc:: en corte, y como sagaz erudito y lino critico habia de fogra r la consideracion de que goza entre las gentes
de letras, no es un rezagado, ni su poesia, reunida ahora en un c.1 ncionero donde caben de sus primeros versos a los mas recientes, puede clasificarse dentro
de 11na escuela, ni menos de una moda. Que por no ser de ningun moœento,
es de todos los t iempos.
La preocupaci6n estética, la contempiaci6n artistica de la naturaleza que
conslituyeron la principal aportaci6n, en puoto a los temas poéticos, de los
que siguiendo mas o menos a Rubén Dario iniciaron la revoluci6o modernisla,
o moderoa, no es nunca en los versos de Icaza mas que pretexto o fondo sobre
que destacar la imagea de su melancolfa. Delicado y circunspecto, cuida siempre de ,,elar el dolor propio, con gracia ir6nica, sin alardes ui excesos. Seguro
de ~r. gusta ae cantar sus emociones en ese que se ha dado en llamar, adaptandolo de la técnica musical, tono 11uno,·, tao pr11pio de la poesia lirica:
cTarnbiéo el alma tiene lejanias;
hay en la gradaci6n de lo pasado
una linea en que penas y alegrfas
tocan en el confia de lo soiiado:
también el alma tiene lejanias.»
No pretende hacer sentir al lector ningun eJtremecimiento nuevo, sino recorda ri.- cuanto baya sentido s inceramente. El dolor, el olvido, el amor, la muer-

�LA PLUMA
te, no son en los versos de Icaza abstracciones o cajas de resonancia, sin contenido propio. Son imagenes quintaeser,ciadas, purificadas, lîricas en suir.a, de
su peregrinaci6n µor el mundo. Sus dolores, sus olvidos, sus amores, la sombra misma de la muerte estan adscritos en su me moria a panoramas reales.
Sus sueiios estan tejidos con el hilo de s u propia vida:
«Nuestra vida no es vida, s ino cl instante intenso
que sacude la carne como rayo o ccntella,
que ilumina el espfritu como lumbre de estrella
o lo quema y lo esparce como grano de incienso•
Y cen ando el libro:

•Simbolo de mi vida
sera mi coraz6n una zarza florida•
Jean no es poeta divino al modo clasico, sino humano, y tampoco demasiado-realista, ve rista ni feo-, mas simple me nte humano, al alcance de los
sentidos y a la altura de nuestro coraz6n.

A. He-rnandcz Cata.-Una mata mujer.-Novelas.-Editorial Mundo La lino
Madrid.
«La preferencia de las novelas exteosas al cuento, constituye uoo de los
muchos contraseotidos de esta época de las pildoras de Berthelot y de los peri6dicos de cuarenta paginas•, dice el autor de Una ma/a muje•· en la oreve
nota de introducci6n a los pr6logos de Los frutos acidos, Lns siete pecados !' La
votuntad de Dios, reproducidos al frente de esta nueva colecci6n de cuentos.
iQuiere decir con ello Hernandez Cata que la coucisi6n en el arte de noYelar sea imp rescindible en toda obra modcrna? Si n duda que no. La t~ndencia a
la concepci6n dclica patente en Romain Rolland o en Prou;;t, en Valle-Ioc:lan o
en Baroja, no es menos caracterîstica del siglo, ni menos meritoria que la producci6n posterior a Maupassant en el género fijado por él con normas irreductibles, de que puede ~er excelenûsima muestra e n la literatura espaiiola contemporanea !a Luz de domim;o, de Pérez de Ayala. He rnândez Cata s6lo renieg?,
pu,-s, del prnrito editorial de hacer novelas y mâs novelas de un n(tmero de pa~inas determinado, sin que ninguo a necesidad de expansion del novelista justifique su lato sidad.
Y no porque Cala propenda naturalmente a la sobriedad de estilo. Harto se
ecba de vc:r, por el contrario, la limitaci6n que se impone constriiiéndose al
caso novelesco, en un solo contraste esencial. No obstante la brevedad del relato, se advierte luego la afici6n a razonar los sentimientos divagando !'obre
ellos, el affo psicol61(ÏCo, mas propio del novelista que del cuentista, la insistencia locuaz sobre el detalle caracterîstico, y. sobre todo, la e11.presi6n mctaf6rica constante, hasta la arbitrariedad a vt&gt;u:s.

LA PLUMA
Aunque de varia iospiraci6n todos 1
compo~en acertadamente un libro en q~: ~uentos ~~unidos en Una malamujer
me, est graduada en diferentes matkes de ~ em~c100, en cierto modo uniforco, ~le tan c_ru_e~ repeleote a los sentidos cas· n_ m1smo tono doloroso, sarcastique m1c:1a y titula el vol
J s1empre.
~Ascension» , cuyas primicias ha~~~~a~~aJ~tral casa,, «El fantasma,, son con
1 es para nue3tro gusto•
s ectores de LA PLUMA, los IDeJO·
' .

* * *
Vicente Pereda.- La Rida! a .h a

.Mucha fuerza ha de hacer l
g.
.-Novela en cuatro jornadas.
corn~ .:1 de Pereda, p ongo ao~angre en los heredero_s de un nombre literari
l~~~t-eton, que es en los mas d~ eu~~:~~
ellos a?qu1e ~e :ealidad elpeso de t~
ya1 a falta de concienci~ propia. En la i~o sentir]?, t0p1co facil e n que apou_n esfuerzo cada vez mas patente por Jibe /a de Vicente Pereda se ,id vierte
sm _pe~ar p~r elJo de inscnsato desamo/ :i:;-~er~e-la ::lorio~a tiranîa pat&lt;:rna,
eJ cam1no, s1empre a la vera del
. e u;o Poema a La ffidtz!ga Fea
briendo nuevos horiz'lntes por ent~ei5u padrc_; abri~ Pûit1s arriba, rn descu~
En La Hida/1ra Fea 1
.
r a montana nallva.
b•i
o·
a acc16 n noveJesca e t
ye il mantener la curiosidad del lect l ", ra por muy poco, s1 bien contri~rca en que_se condensa el pretexto ;:raa
melodramâtic.:a o folletiq•ie _const1tu_ve i:l eje espiritual de la
e I Jtogo tntre el amor y el inte' &lt;J.unt~namente los contornos human
nove a. ?vel,_1 en que su autor diJ.i e
10
ne,'., "' incluso empaiia de artificiales 11~~:ie ~ P~~"o.na1es que: en ella intervfepa1a poder con entera libertad ar, . a~ e.! p~1sa1e rcal que los cncuadra
p ersonific;1das &lt;·n Ja bid 1 , J
tistica d1scurnr acerca de la,. abstra .
,
~lat
a ga uana en cl apue5 t 0 R 3 f
·
cc1ones
.Y en Io,sdos servidores al m~rae•i
aeJ, en el prudente don
1as1ca en ;su conccpcioo La H.'d / .
~on.il y académi1.:o, que acent6a la in,t/ g_a_ F~a esta escrita en tin estilo imper
c ~ ficc!6n i_&gt;or él crcados, a eniele _nc10~ e su autor 'de reducir los liere;
d1ap,Ho11, ~11~ cla~oscuro ni vtrism qu1La_s, ~Justa~~s en su lenguaje a un mismo
lee de un tiron .
o. a 1ntenc1on no es mala , y la novela se

!t

r:-~rsa

'r

· ~t

*

C. R. C.

* *

Joseph
Conrad.-E n, l'
,·
,arge des maries-T· d
c1oues de la •Nouvt'lle Revue Françai;e•.

Id

.

uc1 6 n de G. Jean -Aubry. Edi-

A~nquc Joseph Conrad pa:;e enlre
h
, .
todav1a Reioo Uoido de la Gran Bretaîi~'Ilu~ ,os cnbcos y gentes de letras del
tuai e~ leniua inglesa-su ori en olaco ~ rand~ como ~l prime,r escritor acmar.e rnglt:s-, y aunquc el gé7iero"no;, ,, H? autonza sufic1entemente para Jlapara d le~tor continental, Joseph Con1~~stico ~ue cultiva ~cade grnn trlract1~·0
buen apet1to de nuestros traductores y d'nt o p~drece haber_ desp(!rtado aun el
e J ore:; e traducc10nes.

�LA PLUMA

..•
l

En Francia, en carnbio, comienza a faire trott, y una pléyade de escritores,
dirigida por André Gide, emprenden en la Nottvdle Revue Française !a traduc ci6n de las obras completas de Conrad.
Tres volumenes de Conrad aparecieron en la edici6r. rnencionada antes del
que ahora presenta traducido par nuestro colaborador y amigo .\l. G. Jean-Aubry: Le Typhon, traducido par Gide; la Folie-A/maye , pJr Mme. SéligmannLui, y .Sntts les yeux d'Occident por Philippe Nec!. El acfual volumen, cuarto de
la colecci6a, se campe ne de cuatro narraciones cortas, que escritas en distintas épocas (la 6.ltima en enero de 1914), estan unidas entre sf por el paisaje
de las costas marinas, ambiente que Conrad husca con frecuencia como fonda
sobre el cual se mueven sus figuras. La obra original apareci6 en la casa
J. M. Dent de Londres, en 1915, co11 el titulo de Within tke Ttdes, y ahora aoarece prologada por una sustanciosa «nota del autor• (destinada a la colecci6n
de sus obras completas, emprendida por el editor Heinemann el aiio pasado),
que par mostrar el modo de reacci6n de un escritor ante la crftica profesional,
tiene un interés grande, con la particularidad de que las tranquilas respuestas
con que el autor se defiende de las observaciones cdticas, pareciendo perfectamente justas, apenas desvirtuan la justicia de aquellas otras observaciones.
Pueden servir de ejemplo las referentes al primer cuento, el mas importante
del vol11men: Le planteur de A-falata, donde se aceptan coll la misma facilidad
el punto de vista del critico o el del propio a.itor, que considera a su narraci6n
como cla casi realizaci6n de su intenta de hacer una oosa muy dificil•, a saber:
,un ensayo de descripci6n y de narraci6n en torno de una situaci6n psico16gica dada,; prop6sito de un género sin duda diHci.l, pero al que no me parecen
muy ajenos los ;iutores y lectores contin.entales. El carâcter de los otros tres
cuentos es mas facilmente narrati 10, de una fuerza de color y de una justeza
en la pincelada notorias. En L'Associi, la estampa brumosa y sôrdida de los
barrios bajos mari nos, tenebrosidad que parece penetrar en las aimas de los
personajes que se mueven en este ambieate siniestro. En A Cauu des dollars,
el paisaje cambia radicalmente, trasladandonos desde los suburbios lolldinenses a los arrecifes luminosos y pesti!elltes de una Polinesia infestada de ladrones y asesinos, de una espontaneidad tan natural en sus crimelles, como el bacilo con que inocentemente nos inocula el mosquito habitante de sus putridas
charcas calielltes.
Otro cuento: L'Auberge des deux sorcières, tiene, para el lector espaô.ol, el
atractivo de desarrollarse en lluestro territorio. El paisaje es una Asturias humecta y sombria, poblada de facinerosos y de guerrilleros, en la inseguridad
temerosa de los primeras aiios del siglo pasado. Si la psicologîa puede parecer
110 poco forzada y no muy en consonancia con las gentes asturicas-Conrad parece mover mas bien unos personajes de un italianismo a lo Sparafucile-,
y aun cuando algun otro personaje pueda haber sido sugerido mas bien por al
~uno de los cuaC:ros cc'lstellanos• de Zuloaga, Conrad, en cambio, esta mucha mejor informado de nuestros gestus y modismos que el resta de los espafioli5tas al uso. No se le ha de exigir uoa documentaci6n impertillente Cil un
simple ,cuento de miedo,, narrado, por lo demas, con una facilidad y limpieza

L A P L t.; i\l A
de pluma muy notables· pcro no de·a d
.
fiol el hecho de que el ~rgunlento dJe 5 e ser tcurhioso para Ull observador espa.
u cuen o ava sida ·
·. d
ces~ ~ue tuvo lugarcerca de Napoles alreded d. 1 é mspua o por un_sulo situa.
'
or e a poca en que el escntor
Digamos, pai-.i. final, que el estilo perfecl d J
pluma, llana y f.icilmente cursiva ued
o c a prosa de Jean-Aubry v su
tanto como para los escritores de' cfsca i~1dpoalsadr por_ m~delo para traductores,
e e na1rac1one-s.
Ad, S.

* * *
Alfredo Pimenta.-0 livro das chymeras.-Portugalia-Ed1·to
I. b
Alf d O p·
ra.-J1s oa 19•2
re
imenta, cuyas cr6nicas de Letr p .
' • ·

gustar nuestros lt'ctorcs, tie11e en su pais t as . o, 1;gue~as han e-mpezado ya a
~oeta Hrico ante todo, como bue n ortu u~:a signi. cact~n n~ta•1_1ente definida.
t1do estético, o mejor, esteticista ~lustr~da ,dtrab~Ja 5!-1 msp1rac16r. en un senA,·te, Cartas a um Estlzeta u tiv,·o• .,
·t octrmarrameote en Palavros de
t t d
·
uas mvi as e variadas
ex o e comeotar la actualidad
literaria
.
'"•ozas, eo que, 50 pn!saje, nos muestra la ,•ocaci6n firme de s'II ~ a_rt1Sli~a, 0 e? uoa impresi6n de paie] cuita de la Belleza pura Pese a s
antmo, 3 Jeno Siempre a cuanto no sea
pade~ca por ello su pei so~alidad lite~-:/~;o~~s;;\d~ 1i~~ependencia, y sin que
denc1a europea que, coma reaccion co t ' 1 c1 c a~1 carie dentro de la tenm_iento lir!co que determina el ~uge
1:~ !i nbattralismo. provoc6 el_ renaciD Annunzio, la boga de Oscar \Vilde , n I m O IS tas fr~llcese5, :1 tnunfo de
Eugenio de Castro, de Rubén Da rio •d~ ta1i3s Iletr:s espa~olas, _la infiuencia de
de los poetas catalanes.
'
e- ne 11 Y el a1slam1ento voluotado
0 Jivro das ch,;mtras, recenti5imo Cil 1
. d
.,
, .
mellta, afirma su-desasimiento de tod
a ~10 ucc1on poettca de Alfredo Pitario o de relaci6n inmediata con la a~t~o!~q~e/iueda tener un aspecto utilinar sus sentimieolos de cuantas sulile a t a;
poeta se complace en adorq11e sencillaroente los expresan Porq 11\armo01:1~ pue:&lt;:n sugerirle las palabras
51
combinaciohes métricas que d~co
• eso_ , ate aJo el artificio de rimas v
pautas clasicas, la poesfa de O iiv,:a;aco~ cie~to bar;o9uismo! sin alterar la-s
0
saudoso, esellcialmente portugués q s
as, Ull mhmo deJo melanc6lico,
del poeta:
• ue ava ora Y caracteriza la sigoificaci6n

d:

Y't'

•E se O meo coraçao vive isolado
";baodonado coraçao magoado,
'
Neste tumulto de um viver sem fe
Que importa aos outras o que s~nha o seote?
E 5 &lt;: e!Je sonha mysteriozamente
Dec1frar- lhe o misterio, para q~ê?•
Pocas veces como en ,Pa13
.
~? d
.
egoista. Casi siem re r fl
que_• esnud a Simplementc su desengaiio
torturada gracia l~ no~t:lo~areqeunec_ubn: con elegante elocuencia, no exenta de
,
"'
1nsp1ra su canto:

�LA PLUMA

LA PLU .\1 A
de selecci6o •cdtica-que toda gra n ernpresa debe at 'b ·
d

• Doidamente mordi os teus labios vermelhos...
De repentl' me vi nos tcus olhos turvados,
Corno na agoa mysterioza de uns espelhos
Onde cstivessem meus desejos retratados!•

·ci h _

El prop6sito de O tivro das chyme, as, qite, para consola{ao das proprias saudades, e para perpetu,:içao de in riantes transcendenlafs Alfredo Pimenta escreveo.
q11a11do, tendo descido da torre do seu orgulho, entrava na cathedra! magnijlca da
sua humildade, es mâs ret6rico que sincero. Por mâs qut&gt; el poeta quiera descender de la Torre da lituzao, tîtulo harto expresivo de su primer libro (1912),
por mucho que quiera desnudar su Alma ajoe/hada (1914), propende siempre a
la molicie de O lir.&gt;ro das sympltonias morbidas (1921). Y as,, en •A ultima pagina• de estas Chymeras su resignada humildad continua mostrando, en el deseo
incumplido, el orgullo del Hrico habitante de la turris eburoea:
• E a vida que ja live e aquella q11e hei de ter,
A vida que se occulta "" aquella que se escreve,
Estâ toda na areia a descer, a descer,
Na ampulheta da vida, ii:sensivel e leve.
A areia fina desce.. E a descer corn e!la,
e corn ella a descer, pra nao subir jamais,
A rr.inha vida vai. sern eu poder prendei-a
Na muzica e na côr de versos immortais!•

..
)

*

\1

* *

Don Rafael Calleja nos envfa el numero del Mercurio, de Barcelona. que
inserta su conferencia sobre «El editor&gt;, segunda del ciclo organizado en la capital catalana por la Câmara Oficial del Libro. La coofcrencia del Sr. Calleja
hab/a suscitado, a rafz de la publicaci6n de un extract&lt;J de ella en un pcri6dico
de Madrid, algunos comentarios desfavorables FI Sr. Calleja quierr defender
al editor d~ 10s cargos que acostumbra dirigirlc el escritor, su rendido enemigo Aduce el Sr. Calleja, en justa vindicaci6n de su clase, fa.cil copia de ejemplos hist6ricos, de Aldo 1\lanucio a Çalmann-Levy. •Los prirncros impn:soreseditores eran, antes que industriales-dice- , verdaderos sabios; y no escatimaban el g.:sto ni el e:,fuerzo parn que los productos del nuevo arte por ellos
cultivado lueran bellos y excelentes. Tenîao el culto de sn profesi6u, de la que
se consideraban ministros; y tanto cuidaban del arte, olvidados del provecho
propio, que muchos acabaron en la ruina.,
Muy cierto. Ahora bien: los ultimos editores, entre los cuales esta la Sociedad (15 millones de pesetas) de que es gerente D. Rafael Calleja, son antes
industriales que sabios, y nada tendrîamos que opooer a uoa vocaci6n que
tanto podîa servir a la nuestra, si no escatimaran el gasto y el esfuerzo para
que sui productos fuesen bellos y excelentes. En la division del trabajo neresaria para la vida literaria de un pueblo, cumple al editor, no tanto una labor
2 54

1?·

* * *
-Cow,ôpolis, bajo la direcci6n de H
,
men~f' y acrece la importancia de las ::1:tndez _C,1ta, se transforma rnatc-rial0 3
5
&lt;;?otrnua la J,ublicaci6n de un ensavo de G ~
- En el num, ro dt· abri!
0a11d a .l,faJJurca; el mismo numero -c 11 • a 11 e
lomar: El vrajt dt Geor e
~o, po~mas de Ruiz de la Serna, nota~ d~e;eR:1den1as,,uria novela dt Korolet
.endano del mt&gt;s, etc.
· eye:s, D1ez Canedo, y otros, C.i-En la Rn•ut tte Ge11eve (febrero) S· 1 . d . d .
.
yo sobrt- Pin Haroja: «Curiosa triloaÎa· ~/a, 01 ~ Mad~r1aga publica un ensa1
creador d,; Silvestre Pdradox· se t·"
· Pa:· dops e~ este autor clt• triiogfas
•
.
'
· n 1menta 1 s111 amo.1
h'1
,
t ura, rac10
,iahsta anirnado de un odio vcrdad ..
• •arc_ :t-u~open.• sin cuiras. Se ha propuesto como meta ideal l d e1:!me11te relig1n,;o cuntra ïo,- cutandole el refinamiento de la cul tu ra I a ev?c''?" entera a la verdad. Pero lalpoético. qu, ,on las tres condic·
'_a co~t111u1dacl filos61l,:a )' el ~,'11timiento
sint~tica dt: la vida, este inflexib;;1~~1a~l~~1al, m~nt!I, estética. de tod,1 dsiéin
plac1611 plen11 de su Dama V tiene ue
o de _l,t \; erdacl no logr,, i., contemen las encrucijadas de la vida.•
q
contentai se con e1itreverla, acr1i y allâ,
-Hermes
(marzo)·· «D • Rani6n -11arn
, del V li r 1 ·
·
M~délnaga:
•D. Ram6o :\fada del v·all 'r Jâ a_ c ne an•, por Salrndor de
qu1z~ el mas rico en sentido musical e e~c f n es entre los poetas e:spaiioles
poesia se debe en buena parte al .
yd
orma. El encanto especial de su
d
·
Jueao e acuerdo
.· ·,
enc1as ya observadas en la poesîa gall _
. Y opo:sic1011 entre dos tenv~oa popula r, rica en em.Jcion ,,. ritmo /~~/nh~ua Y que_ se d,1n en él-nna
m1entos forrnales del aenio &lt;:xouisito
afi_c16n consciente por los refinapoesîa d(' Valle Jnclan~ el Hric,o pu ular e r~~l!Cla... Los tres elementos de la
co. constituyen también sus novelfs N~ e ;~1crrefinado y el épico drarnâtibos géneros. trataodose de un artist~ ~a e_s a~i ~arcar la fronter.t entre arnco en la n,trraci6n. Valle Inclân
f n imagrnatJvo en lo poético, ta11 poétioaria que todos vivimos-o al
e~to, rehusa _to_da ate1!ciô11 a la vida rutilas _calles aburguesadas de nuestras poitc~mos v1nr. De ignal modo que por
anttcuada figura, la manga vac' d
p b ac1ooes rnodernas, pasea su alti va y
ta e su razo manco, las !argas barbas frailunas

?f~

C. R. C.

.t

n_ent~ y eshgado de toda preocupaciôn a·en1 a
. n u1r a un Jurado perma~1en~1as-que obedezca a sus austos I' ca Jri
la 1:teratura, a las artes, a las
hzac16n de los valore!' literariis dis ,
c os p_e1sonales, CO'llo la comerciaoas competentes.
cerni os con cierto eclecticismo por perso;Cree nuestro amigo Calleja merecer d,
,
.
zas que cita de Anatole France a C l
e ralgun escntor espaüol las alaban.
.
a
mann,evy&gt;
D
Ar
d p
po ng,1 por nove11sta venerable tiene 1
man o alacio Valdés. ,
p J d ,
.
,
a pa1a b ra · ·
or o em"s, bien podemos los .
.
.
t&gt;mplaz~r a Rey y a Roque a cuentf~~1~ces, ahora qut: cs rnoda en polllica
algun. dia
Rafael Calleja se haaa acreed ut~as ~ransacc1ones conliar en que
no~ p1dc sm n,otivo.
"
or a ap auso Y a la gratitud qu&lt;: hoy

d-

di:~10:

.

�ANO 111.

MADRID, MAYO 1922

NÛ.M. 24.

EL JARDIN DE LOS FRAILES

•1œJ•cf•
'

XII

con frase acerada el Padre Miguelez: •No es necesario
que el Septentri6n los lance; jlos barbaros estan en Espafia!»

Debo al Escorial-a sus escuelas-eJ apresto necesario para entender esa maxima, impregnada de espafiolismo, y recibirJa en espiritu y verdad; y a la percepci6n cabal de su sentido
-decadencia del estado glorioso preexistente-, una timidez egoista, un recelo, que me impedian avanzar por la ruta abierta a mis sentimientos espafiolisimos. Me atollaba sin saberlo en un desbarajuste
raro; la pasi6n nacional, encandilada por muchos cebos, queria encabritarse y a!zaba la cerviz soberbia: puro goce de dar suelta al orgullo y henchir con su viento el énfasis, la hipérbole y otras capacidades donde asiste el desenfreno. El animo se Ianzaba en taI orgia por
engreirse a sus anchas una vez siquiera: éraie permitida toda licencia, en raz6n del objeto sublime. Pero buscaba saciedad apacible, que
no martirios nuevos. Al desmandarse, la pasi6n nacional embestia
2 57

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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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