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•

LA PLUMA

�i\..
«J:a pluma es la que asegura castillos, coronas, reyes

VOLUMEN QUINTO

y la que sustenta leyes.»

MADRID
I 9 2 2
\

�.·

AÑO ID.

1

MADRID, JULIO 1922

CARA DE PLATA

1

NÚM. 26.

4t, COMEDIA

BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN
DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA PRIMERA
ESCENA PRIMERA
ALEGRES ALBORES. Luengas brañas comunales, en los Montes de Lantaño. Sobre el roquedo la ruina de un castillo,y en el verde
regazo, las Arcas de Bradomín. Acampa una tropa de clzalanes, al abrigo de aquellas piedras insignes-Manuel Tovio, Manuel Fonseca, Pedro Abuin, Ramiro de Bealo y Sebastián de Xogas-. A la redonda,
los caballos se esparcen mordiendo la yerba sagrada de las célticas mámoas.
PEDRO ABUIN

Ganados de Lantaño, siempre tuvieron paso por Lantañón.
IMPRENTA ARTÍSTICA DE SÁEZ HERMANOS.
NORTE, '.ll. MADRID. TELÉFONO

17-65 J.

RAMIRO DE BEALO

Hoy se lo nie¡an.

s

�LA PLUMA
LA P L U ~1 A
VOCES LEJANAS

PEDRO ABIJIN

¿Qué se ofrece?

Eso aún hemos de ventilarlo.
RAMIRO DE IJEALO

No te metas a pleitos, con hombre de almenas.

PEDRO ABUIN

En Lantañón parece ser que ahora sacan el fuero de negar el
paso a los que transitan para la feria de Viana. ¿Estáis conformes
en ello?
EL VIEJO DE CURES

PEDRO ABUIN

¡Casta de soberbios! El fuero que tienen, pronto lo perdían si todos nos juntásemos. ¡No es más tirano el fuero del ;Rey!
SEBASTIÁN DE XOGAS
1

¡Si hay ley!
PEDRO ABUIN

¡No la hay! Ni ley ni poder para negarnos camino, tiene el viejo
Montenegro.

Ya hubo reyes que acabaron ahorcados.
RAMIRO DE BEALO

En otr&amp;s tierras.
¡Montenegrosl ¡Negros de corazón!
PEDRO ABUIN

A esa casta de renegados la hemos de ver sin pan y sin tejas.

¡Más altos adarves se hundieron!
MASCF.L TOVIO

Pero en el ínterin se nos priva el paso por el dominio de Lantañón. ¡Tanto son parciales los días presentes!
POR LOS CAMINOS DEL MONTE van clzalanes y feriantes,
tn desgranadas hileras. Los rk Cures y Tras Cures, los de Taveiros 'Y
los de Nigran. Trasponiendo las célticas lomas, entre picasy gritos, cornea una punta rk vacas. Las voces de los clzalanes y el ladrido de los
perros_prolongan un épico verso, en los cri.-tales matinales.
PEDRO ABUIN

6

¡Mucho aventuras!
SEBASTIÁN DE XOGAS

MA.l\UF.L FONSECA

¡Alto, compañeros!

EL VIEJO DE CURES

Tanto no juego, pero habría que deliberarlo. Conforme al texto
de los pasados, nos debe servidumbre el dominio de Lantañón. Eso
conforme al texto de nuestros mayores.
RAMIRO DE BEALO

El vinculero ganó el pleito que tenía con los alcaldes.
PEDRO ABUIN

¡Fué mal sentenciado! Y todos a una puestos en la de pasar, nos
reímos de papeles.
EL VIEJO DE CURES

Donde hay sentencia de juez, mala o buena, tuerta o derecha, le
toca perder al rebelde. ¡Siempre lo he visto en los años que tengo!
PEDRO ADUIN

Con sentencia o sin sentencia, no tiene poder contra todos el
viejo Montenegro. ¡Esa es la mía!
1

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL VIEJO DE CURES

Arrogancias, nunca ganaron pleitos.

UN PASTOR, escotero y remot{} sobre una peña, asiste al concilio
Jzacimdo círculos con el hierro cúl cayado en los líquenes milenos del
roquedo.
EL PASTOR

SEBASTIÁN DE XOGAS

(Qué cuentas son las vuestras? ¿Llevar el ganado por la barca?
EL VIEJO DE CURES

Acercarnos a las puertas del pazo, y pedirle su venia al vinculero.

La idea vuestra, ya otros la pusieron en obra. ¿Y qué sacaron?
jÜir malos textos! Yo fuí con buenas palabras. ¿Y qué saqué? ¡Escarnios! Me oyó tirándose de las barbas, y acabó con que fuese a pe,dírselo la parienta.

PEDRO ABUL"{

¡Es mucha la soberbia que tiene!

MANUEL FONSECA

¡Con ella en la cama sentenciaba el pleito!

EL VIEJO DE CURES

Pues nos allá vamos con ese concierto, y a ser vos conformes,
podemos ir todos, que más fuerza hacemos.
PEDRO ABUIN

EL PASTOR

¡No sentenciase su fin!
RAMIRO DE BEALO

Es el fuero que tiene.

¿Y si se niega, qué procede?
EL VIEJO DE CURES

Esperar una mudanza de su genio. Tú propones juntarnos para
la rebeldía. ¡Así es! Yo para las mediaciones que transigen guerras.
¡Quién tuvo razón, lo diga el tiempo!

EL PASTOR

Pues llévale la vaca de tu corte.
PEDRO ABUIN

Ya se la había llevado.
RAMIRO DE BEALO

RAMIRO DE BEALO

Con ir allá, nada se nos pierde.
MANUEL TOVIO

Si lo atrapamos en la hora renegada, nos echa con rayos y centellas.
PEDRO ABUIN

Si mala palabra me dice, mala palabra respondo.

Un rayo que os parta.
PEDRO ABUIN

¿Qué resolución tomamos, compañeros? La mía es meter el gana&lt;io por los arcos . Pero habíamos de ser todos a una; si como dicen,
hubo ya tiempos donde fueron quemadas las casas de torre, pudieran volver tales tiempos.
EL PASTOR

LA VOZ llEL VIEJO

¡Con ese dictamen no vengas allá!
8

Vamos y no lo demoremos, que está solo en la cueva el lobo cano.
9

�LA PLU.MA

LA P L U l\l A
PEDRO ABUIN

¿Qué respondéis los feriantes? ¿Nos juntamos para hacer valer
nuestro derecho?
EL VIEJO DE CURES

Tengo una carga de años, y os confirmo que más ganaremos con
palabras cristianas que con acciones rebeldes.
PEDRO ABUIN

PEDRO ABUJN

¡Montenegro, emplazado quedas!
EL TROPEL DE CHALANES parte en cabalgada., y el pastor
en lo alto de la peñ_a, silueteado sobre el cielo, los despide con un grito,
agitando los brazos.
EL PASTOR

¡No hay otra guerra que quemarle los campos!

Los de ese dictamen que vayan delante y hablen primero.
EL VIEJO DE CURES

¡AmJn! Sin concordia entre altos y bajos, el mundo no se gobierna.
VOCES DE LOS FERIANTES

¡Too! ¡Marelal ¡Tooo! ¡Bermella!
MANUEL FONSECA

ESCENA SEGUNDA
El PAZO DE LANTAÑÓN-Luces matinales-. Sobre el atrio

de limoneros, la arcada. de tma solalla, con escalera de piedra. Sabe/ita
está en lo alto, de pechos al arambol, rubia de mieles, el cabello en dos
trenzas, el hábito de Nazareno. En el lindero del atrio clamorea una
ringla de mujerucas con frutos y tenderetes.

Esperemos a ver lo que saca Quinto de Cures.
RAMIRO DP: BEALO

El no, ya lo lleva.
!:L PASTOR

Sacará lo que otros sacaron.
PEDRO ABUIN

¡Sacará voces y denuestos!
SEBASTIÁN DE XOGAS

¡Atención pido! De ir a un levante tiempo tenemos. Y para mi:
discurso, nos 0uadra dejar cualquier querella hasta pasado el Corpus
de Viana. Busquemos, ahora, h vida en la feria, sin contratiempos,
que a la vuelta lugar hay de abanderarnos contra la sentencia del
vinculero.
ro

CLAMOR DE LAS MUJERUCAS

¿Es verdad que se quitó el paso? ¡Miren que es mucho el arrodeo!.
¡Madre de Dios! ¡Madre de Dios! ¡Con el camino tan largo que traemos! ¡Madre Bendita! ¡Que venimos de muy distante! ¡Más aniba de
San Quinto de Cures!
LAS MUYER UCAS se apartan para dejar paso a un jinete, mancebo muy gentil que, cercado de galgos y perdi((ueros, entra al galope.Basculada. con gritos y espa1itos, cestos torcidos sobre las cofias, manos
aspadas protegiendo los tenderetes-. Don Miguel Montenegro, el hermoso segundón, salta de la silla y ata el caballo a una artrolla empotrada.
en el muro. Por stt buena gracia, los suyos y los ajenos le dicen Carade Plata.
11

�LA PLUMA
LA PLUMA

CARA DE PLATA
CLAMOR DE LAS MUJERUCAS

¡Don Miguelito, déjenos pasar! ¡Tenga compasión, Señor Carita de
Plata! ¡Que venimos de la fin del mundo! ¡Tenga buen corazón!

Mi madre te espera.
SABELITA

¿Por qué no me manda ir? Yo bien lo deseo.
CARA DE PLATA

UNA BOLICHERA

¡Téngalo de plata como la cara hermosa, Señor Caballero!
CARA DE PLATA

¿Ahora que yo he venido?
SABELITA

No comiences.

¡Pasad con mil demonios!

CARA DE PLATA

LA BOLICHERA

Ayúdame a ver qué tiene este cadelo, pues viene cojo.

¡Viva el Señor Carita de Plata!
CARA DE PLATA

SABELITA

Si entró por las tojeras, será alguna espina.

¿Cuándo me lo das, pichona?
LA BOLICHERA

Cuando ponga la cara seria.
CLAMOR DE LAS MUJERUCAS

¡Dios le florezca! ¡Dios le florezca!
LA RINGLA DE MUYERUCAS penetra en el atrio, y pasa el
gran arco con escudo y cadenas. Sabe/ita deja oir el ceceo cautarín de
su voz, y sobre las piedras viejas de la solana, entre el verde de los limoneros, se enciende la nota morada y dramática del hábito Nazareno.

CARA DE PLATA

¡Ven aquí, Carabel!
EL CAN SE ACERCA con un brazuelo en el aire, y el hermoso·
segundón lo vuelca mirá•uiote las pezuñas. Sabe/ita está a su vera, arrodi.Llada sobre las losas, risueña y atenta.
SABELITA

¡No te clave los dientes!
CARA DE PLATA

Ya verías tú de curarme.
SABELITA

SABELITA

No soy cirujana.

¿Cómo queda la madrina?
CARA Di PLATA

Rezando el trisagio. ¿Y tú, cuándo vuelves allá?
SABELITA

Cuando el padrino lo ordene.
f2

CARA DE P LATA mete el puño en la boca del alano, que g ime
ostigado, pero sin morderle. Sabe/ita le mira fijamente, los oj os ing enuos.
y fran,eos como los de una niña.
13

�LA P L U l\1 A

LA PLUMA
S.\BELITA

¡No tienes los cabales!

CARA DE PLATA

Será otro hablar, a la luz de la luna.
CARA DE PLATA

¡Muerde Carabell

SABELITA

¡Eres tú muy lunático!
SABELITA

¡El animal, discierne más que túl

CARA DE PLATA

¿No me quieres, Isabel?

CARA DE PLATA

¡Pues que siga con la espina!
CARA DE PLATA salta en pie, con gentil y violento alarde. Tze,ne el cabello de oro, los ojos de alegre verde, la uariz de águila imperial.
SABELITA

SABELITA

Al modo tuyo, no.
CARA DE PLATA

Pues no me quieres.
SABELITA

Eso será.
CARA DE PLATA

¡Alienado!
CARA DE PLATA

Esta noche te deshago la cama.

Ponme tú cuerdo.

SABELITA
SABELITA

¡Qué falto estás de sentido!

¿Con qué yerbas?

CARA DE PLATA
CARA DE PLATA

Con palabras.
SABELITA

No soy saludadora.

SABELITA

1No seas pirata!
CARA DE PLATA

SABELITA ARRODILLADA al pie del can, sobre el suelo de
piedra, se aja11a por sacarle la espina que time clavada en el brazuelo·
El hermoso segun&lt;Un vuelve a su lado.
CARA DE PLATA

Esta noche tengo que hablarte, Isabel.
SABELITA

¿Y no es hablar lo que estamos haciendo?
14

¿Me abrirás la puerta?

Si la encuentro cerrada, cuenta que la derribo.
SABELITA

JBárbarol
CARA DE PLATA

¡Cuando me veas aparecer, no grites!
SABELITA

¡Pero para ti no hay honestidad!

�LA PLUMA

LA PLUMA
CARA DE PLATA

CARA DE PLATA

¿Y qué sucedería, si esta ~oche entrase en tu alcoba?
SABELITA

¡Cómo te gusta cavilar en el pecado! Y no me das miedo, Carita:.
de Plata... Pero si me quieres, quiéreme honesta.
DON :JUAN MANUEL MONTENEGRO, con la escopeta y d
galgo, rufo y madrugador, aparece por el huerto de frutales, y se para
en la cancela. Es un hida/¡[o mujeriego y despótico, hospitalario y violento, rey suevo en su pazo de Lantañón.

Lo tendré presente.
DON YU.4N MANUEL le mira con enojo risueño, Jiente por aquel
hijo una afección indzt/f(ente y ruda. El gentil mancebo está en pie delante de sn padre, la boca serill y un alegre ímpetu en el verde cristal
de los ojos. Pronto y liberal se arranca y besa la m,mo del viejo que
le acaricia la cabeza.
EL CABALLERO

¿Queda en buena salud tu madre?
Sí, ~eñor.

EL CABALLERO

Cara de Plata, deja la buena compañía, y ven a rendir tu cuenta.
Ayer te esperaba. ¡Muy largo se ha vuelto el camino de Flavial

¿Qué hace?

CARA DE PLATA

CARA DI PLATA

EL CABALLERO

¡Aquí me tiene abandonado!

EL CABALLERO

CARA DE PLATA

De algo parecido se duele mi madre allá en Viana.
EL CABALLERO

Son sus romances. ¿Y ahora sepamos qué historia es esa con que
me ha venido Pedro Rey?
CARA DE PLATA

CARA DE PLATA

Se le fué al río una vaca brava, y me tiré a salvársela.

Nadie está libre de una tentación.

EL CABALLERO

EL CABALLERO

Pues si eres tentado, procura ganar, y si pierdes no te aparezcas
ante mis ojos.
16

EL CABALLERO

Lo de siempre: Novenas.

Tuve el caballo con un torzón.
Mandé en tu busca, para hacer en el monte recuento del ganado,
y poner el hierro a los novillos del año. Tus hermanos allá están.
El ganado más lucido hay que bajarlo a la feria de Viana. Irás con
tus hermanos mayores, que ellos están caídos en picardías de chalanes ... Pero el dinero lo guardas tú. Espero que no te lo juegues
como suelen hacer los otros Barrabases.

CARA DE PLATA

No son esas mis noticias. Parece ser que tú has montado sobre
la vaca, y que contigo encima se sumergió y tragó tanta agua, que
ha muerto bajo el puente.
11

�LA PLUMA

LA P L U:-\ A
CARA DE I-LATA

CARA DE PLATA

No ha muerto. Está para morir.

Padre, yo aquello que hago, bueno o malo, lo hago sin consejo.

EL CABALLERO

,1

Pedro Rey pretende que yo Je pague la res. Ya le he dicho que
me la traiga viva o muerta. Quiero proponerle un cambio.
CARA DE PLATA

Le roba a usted el dinero. Cuando yo me tiré al río, la vaca estaba ahogándose. No se la pague usted.
EL CABALLERO

No hablé de pagársela. Quiero proponerle un cambio: Que me
deje la res, y cargue contigo. ¿Te parece bien?
CARA DE PLATA

Yo soy un hijo obediente.

EL CABALLERO

Pues ahora, sube al monte, y cumple con arreglo a mis órdenes.
CARA DE PLATA

Amén.
EL HERMOSO SEGUNDÓN desata el caballo, ijtte piafa atado
~n la sombra del rudo arco de piedra, cabalga de u,z salto y sale algalope, bajo la mirada orgullosa del viejo genitor. E11 lo alto de la solana,
rubia como una espiga, infantil y risueña, está la akijada del vinculero.
CARA DE PLATA

¡Adiós, Isabel!
SABELITA

¡Que tengas sentido, Carita de Plata!

EL CABALLERO

Hablemos en veras. ¡Yo querría que tú fueses un caballero que
correspondiese en todo a las obligaciones de su sangre!
CARA DE PLATA

EL CABALLERO

¿Te enamora mi rapaz?
SABELITA

Son ventoleras.
EL CAB/.LLERO

Ya correspondo, padre.

¿De qué te hablaba?
SABELITA

EL CABALLERO

Tus hermanos te pervierten, con sus malos ejemplos. Escú!:hame. No te pido que seas un santo; caua edad reclama lo suyo; pero
no olvides las obligaciones de tu sangre, como hacen los otros perversos.
EL VIEYO LINAYUDO acabó de kablar co1t un gran suspiro,
los brazos sobre los hombros del mancebo. ·
18

¿Cuándo?
EL CABALLERO

Hace un momento.
SABELITA

¡Ya ni recuerdo de qué me hablaba!
EL CABALLERO

¿Y lo que tú le respondistes, tampoco?

�LA PLUMA

LA PLUMA
SABELITA

Yo no le escuché.
•L CABALLERO

No eres tú para él.
SABELITA.

Tampoco Jo pretendo.
EL CABALLERO

Tú eres para más.
SABELITA

F\JSO NEGRO

¡Tomporrontón! ¡Se juntó una tropa de hirmandinos! ¡Tomporrontón! ¡Para acá viene! ¡La torre entre todos nos han de quemar! ¡Tomporrotónl
FUSO NEGRO ESCAPA. Una nalga negruzca le palpita entre
girones de remiendos. ¡ Tomporrontón! De pronto se vuelve,y comienza a
bailar, trenzando las piernas. ¡ Tomporrontónl

Yo soy para llorar muchas penas.
ESCENA SEGUNDA

EL CAUALLERO

¿Quién puede dártelas?
SABELlTA

Quien lo da todo.
EL CABALLERO

Cuando se es joven, no hay penas. A mí todas me acudieron de
viejo... ¡Y no caigas con mi rapaz!
SABt:LITA

Si no le escucho, padrino.
EL CABALLERO

ENTRE LUGAR DE CONDES Y LUGAR DE FREYRES,
el Pazo de Lantaiión.-Brañas, castañares, agros de pmz.-Lugar de
Condes en el abrigo de la iglesia,y cavado en el monte Lugar tJe Freyres.
La Puente de Lantai'ión, reina en medio: A un lado y otro son orgullosas entradas, arcos barrocos con escudos J' cadenas. Por los pretiles, en
los claros ojos de la ma,iana, se estrecha una punta de vacas, con el sol
en las astas. Y contra el sol, rostro al mo,zte, 1 1iene al galope Cara de
Plata. Le saluda pl(l,Centera la voz del viejo de Cures.

¡Como yo tuviese diez años menos!
SABELlTA

Yo no los quería, diez años menos.
EL CABALLERO

1Yo sí! Para hacerte levantar los ojos. ¡Maldita costumbre de
monja, tenerlos siempre por tierra!
EN EL LINDERO DEL ATRIO, aulla con tuertos visajes, u1z
mendigo úlunado:-Aqud Fuso Negro, roto, grúi11,do y cismático, que
lleno de guijarros el bonete, corría los caminos entre Lugar de Condes y
Lugar de Reyes.
20

EL VIEJO DE CURES

¡Galán Vinculero! ¿Es verdad que al presente está privado el
tránsito?
CARA DE

PLATA

Es verdad.
EL VIEJO DE CURES

~Y hemos de llevar el ganado por la vuelta del río, y pasar la
barca, al ir y al volver de esta gran feria de Viana?
CARA DE PLATA

Así es la sentencia.
21

�LA PLUMA

LA P L U i\1 A
EL VIEJO DE CURES

A duras leyes, jueces clementes, dice el saber de los antiguos.

por la vuelta._¡Así es! Pero aquel jinete que viene trotando, no quedará sin paso.
CARA IJE PLATA

CARA DE PLATA

Mi padre se cansó de ser clemente.

Viejo de Cures, ¿cuándo has visto esos malos ejemplos en la sangre de Montenegro?

EL VIEJO VE CURES

¡A lo menos fuéranos permitido el tránsito para estas ferias anuales del Corpus! ¡A lo menos fuéranos eso concedido, que según luces.
de curiales, es lo que vinieron gozando los pasados!
CARA DE PLATA

Eso os daba mi padre, y fuisteis al pleito.

.

)

EL VIEJO DE CURES

Los de Cures no fuimos. En ese referente está engañado el Señor
Mayorazgo. Yo soy allí el árbol de más años. Contando los hijos y
nietos casados, suben de treinta las puertas donde puedt: morar
Quinto Pío. ¡Así es! Y por más señalado, Quinto de Cures. Cristiano
viejo, aun cuando en los días presente~, no se reconoce diferencia entre nuevos y viejos. ¡Así es! Hoy no queda por esta tierra otro judío,
que el inglés de los Evangelios.-Pues era aquel decir, que no pleiteamos los de Cures.
CARA DE PLATA

Pero fuisteis de testigos falsos.

EL Vl!:JO DE CURES

El mismo rey, ante otros reyes baja la espada.
CARA DE PLATA

Viejo de Cures, si no pasan los que caminan a pie, no pasarán los
que vienen a caballo.
EL Vli;JO DE CURES

¡Así cumplía!
CARA DE PLATA

Y así es la doctrina de mi padre.
EL VIEJO DE CURES

¡Amén! Nieves paternas para el hijo espejos. ¡Así es! Y grillos de
bronce sus mandamientos.
EL VlEYO DE CURES, con la 1,ara tn alto, hace retroceder el
tropel d1 sus v,zcas, que entrechoca las cuernas, entornad, por las voces .Y las picas de tantos hijos y nietos. Y aquel negro jinete que sobre el
sol llega trotando, es e/ Abad de San C/eme11te de Lanta,ión.

CLAMOR DE LOS VAQUEROS

¡Está mal informado! ¡No somos de esa-condición! ¡Le inclinaron
en contra las orejas!

CARA DE PLATA

¡Señor Abad, tuerza el caballo!

EL VIEJO DE CURES

¡Sangre de Montenegro; el tránsito a todos nunca podrá quitarser
Es la costumbre del tiempo de los viejos, y las costumbres hacen la
ley . Los de Cures no seremos rebeldes, y de hoy más caminaremos
22

EL ABAD

¿Pues qué ocurre?
CARA DE PLATA

Señor Abad, que no hay vereda.

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

¡Joven Absalón, no me detengas con chanzas, que "ºY apremiado
para encaminar un alma en Lugar de Freyres.

EL ABAD

¡En nombre de Dios, desvíate del camino!
CARA I&gt;E Pl,ATA

CARA DE PLATA

;Ko puedo!

¡Ojalá fueran chanzas!
¡Mal vino tienes!
¡~o lo he catado!'

EL
EL ABAIJ

CARA DE PLATA
CARA DE PLATA

Hoy me santiguó con el rabo.
EL

EL AllAO

AllAD

En Lantañón guardais una paloma de mis palomas. ¡Ténlo
presente!

jApártate, y déjame camino!
¡Ko puedo!

ABAU

¡En ti est;i revestido Satan:b!

CARA DE PLATA

EL ABAD

CARA DE PLATA

¡No lo había olvidado!
EL

¡Considera, bárbaro, la afrenta que haces a mi tonsura!

ABAD

¡Iré por ella!
CARA DE PLAT A

No es afrenta, sino justicia que debo a Quinto de Cures.
EL VIEJO DE CURES

Quinto de Cures no desconoce que todas las \'aras se rinden nnte
el Justo Juez.
CAR.\ DE PLATA

¡Si no pasan los que vienen a pie, no deben pasar los que \'ienen
a caballo!
EL

AllAD

Don Quijote, deja las burlas para otra hora, que la muerte no
espera.
CARA Di,; PLATA

Pues habrá que romperle una pata.
24

CARA DF. PLATA

¡Ya lo sé!
F:L ARAD

¡Excomulgadol

T:L ABAD VUELVE GRUPAS.y ponerspuelas. Sobre los roqrudos, ágiles siluetas p,1sfo1 iles gritan ogita,zdo los brazos,)' esparcidor reb,11ins pf1cen entorno: Voces y ladridos se prolo11ga1t y encadenan por la
qne!mrda.
VOCES REMOTAS

¡Es camino del Rey! ¡El paso es libre! ¡Libre e3 el paso! ¡~o hay
ley que lo cierre!
CARA DE PLATA

¡Venid a ganarlo!

�LA PLUMA

LAPJ.,UMA
VOCES REMOTAS

MAR MÍO, MAR DE TODOS..•

¿Quién lo defiende?
CAR~ DI PLATA

¡Satanás!

txar mio, mar de todo.
LA VOZ DEL VIEJO

¡Negro Soberano!
CARA DI PLATA

Viejo de Cures, por rendirte justicia mis amores pierdo. ¡Un rayo
te parta!
LA VOZ DEL VIEJO

¡Monten~o soberbi(), con hacerte las cruces te pago!
(Continuará.)

los mios, mar ile amor g de múterio;
flOZ eficaz para los corazones
que aiwn del mañana... fMar eterno:
encarcelado dentr.o de yo mismo
aog hacia ti para liórarte, lejos...
&amp;tán, hermano, llenos los C(llllinos;
no hag más silencio aqul, que mi silencio...
¡ 'JI el cotidiano laborar estéril
par:a morir al fin, como otro ha muerto/
Sgual el pan que agu, un pan mendigo
-¡el dulce pan crútiuno que fué nuestrolSgual dolor sobre to. tilas... siempre
un corazón extraño, escondedero
de múerabk condici6n urbana.
¡g el hombre que lo lleva, sin terterlol
g un ¡adiós/ en la calle, g una sombra
sobre el hogar•.. g un !Dios más aiejo
que nunca paa g lo detiene todo
ante el espanto de mis ojos ciegos...
1&amp;1 mucho gal-t;°odas las horas oienen
como una hora nada más. &amp;l nuevo
camino es más antiguo g más amargo
que el camino de agu••.l -(!Dónde utd el 'Giempo,
el 'Giempo que anda g se lo llew, todo,
amor, dolor g penaamiento...?
ALONSO QUISADA.

�LA PLUMA

LA GRAN CORRIDA DE TOROS
empresa arrendataria de la Plaza de Toros de Madrid iba a
empezar la temporada con una corrida sin parangón en la
historia taurómaca. Los seis espadas de mayor renombre, matarían cada uno un toro, después de ser lidiado por sus
cuadrillas. Los toros de las más reputadas ganaderías, fueron cuidadosamente seleccionados por los expertos; tras tientas concienzudas y de discusiones interminables en los periódicos, se llegó a separar seis reses impecables: fuerza, peso, finura de remos y de astas. La fotografía de
las fieras publicada en las revistas produjo asombro y orgullo. Jamás la
ganadería brava española pudo presentar en el redondel de una plaza
nada tan perfecto. Ni los criadores ingleses de razas especializadas de caballos de carrera, o de ganado de carne, habían llegado a la suprema
selección, demostrada por aquellos seis cornúpetos, maravillosamente
organizados para la lidia. Era para sentirse orgulloso de ser español. Los
doscientos años de inteligentes cruzamientos entre toros y vacas de distinta raza, habían producido aquel excelente resultado; de lo que secolegía que, en otros doscientos años de cruzamientos, entre hombres y
mujeres de diferentes castas, podría mejorarse el tipo humano español,
que en la actualidad es un poco esmirriado. Lo que más sorprendió fué
la estampa del toro «Pelotero», de un criador navarro. ,\fagnífico ejemplar, que a la ligereza navarra, añadía la musculatura castellana y labravura andaluza. El éxito de Navarra fué un argumento más para los nacionalistas de aquella provincia, que sacaron a colación inmediatamente
A

28

a don Sancho Séptimo, el Fuerte, en la batalla de las Navas de Tolosa►
Pero los salamanquinos, que también tenían su toro entre los escogidos,
abrieron una suscripción regional para regalar una moña de honor a su
«Cardenal», así se llamaba el toro, y uno de los periódicos salió al paso
de las alharacas navarras, demostrando que en la batalla de las Navas,
los leoneses apretaron contra los africanos más en firme que nadie y que
estaban dispuestos a probar que en la actualidad no desmerecían de sus
antepasados medioevales y que si el chorizo de Pamplona es bueno, mejores son los de Candelario.
..
Los andaluces tomaron a guasa la discusión, porque es lo que d1¡0
Perico González en la calle de la Sierpe:
-Para qué tomarse un zofocón. Donde ezté un Miura que se quiten
toos.
El cartel anunciador de la magna fiesta fué encargado al más gran
cartelista de .Madrid, que hizo una obra maestra de cubismo, llenando
dos metros cuadrados de papel, de cartabones y rectángulos de diferentes colores, tan fuertes, que el que lo miraba se exponía a sufrir una oftalmía.
El cartel fué convenientemente expuesto en las estaciones de ferrocarril, en las fon Jas, en los quioscos de necesidad de to, la España y del
Mediodía de Francia.
Como el cartel era obra esencialmente decorativa, y el artista no
quiso prostituirlo con letreros, fué preciso imprimir un _anuncio supl~mentario, indicando los nombres de los toreros, el precio de los localidades y las demás condiciones del espectáculo.
Este programa, colocado debajo de la obra cubista y publicado en
toda la Prensa, produjo en la afición taurómaca verdadero estupor.
Decía el anuncio que, de las trece mil trece localidades que contiene
la Plaza de Toros de Madrid, no se pondrían a la venta más que la mitad más una. A precios fabulosos, eso sí; un miserable e incómodo
asiento de sol costaría cien pesetas, impuesto comprendido, y una barrera del tendido uno vendría a valer quinientas pesetas.
Las seis mil quinientas seis localidades restantes serían regaladas a
29

�LA PLUMA
}os aficionados a los toros que demostraran ser dignos de tan s~ñalada
distinción.
Para obtener una entrada gratuita, especificaba el cartel la lista de
las condiciones necesarias, tan metódicamente enumeradas, que ponían
de manifiesto que el redactor de aquella especie de reglamento conocía
lo que puede caracterizar al verdadero aficionado
En primer lugar, tenían derecho a una barrera todos los matadores
de toros y de novillos, los ganaderos de reses bravas, los empresarios,
los contratistas de caballos y los revisteros de los periódicos. Ocuparían
localidades gratuitas los abonados a seis temporadas de corridas de Madrid y d_e provincias. Los satélites de los grandes soles tauromáquicos,
esos amigos que van apresurados a comprarles una cajetilla. Banderilleros, peones, cacheteros y picadores irían al tendido por derecho propio,
reservando para los monosabios las localidades de arriba. Asimismo los
distinguidos coleccionistas de billetes de toros y de carteles, los que conservan cabezas disecadas de cornúpetos célebres y forman panoplias con
banderillas, estoques y monteras, eran los elegidos para ocupar la meseta del toril y las delanteras en la puerta de arrastre.
Al final del programa había una nota que produjo estupefacción en
todas partes; era incomprensible el motivo de semejante medida, que
quitaba a la fiesta parte de su encanto.
Quedaba terminantemente prohibida la entrada a las mujeres
Muchas camareras, carniceras, chicas de vida alegre y cómicas de
bajo vuelo protestaron airadamente.
Por que ¿qué se podía oponer a los argumentos de Patro la Rubia,
.cuando en el bar de la Florida, terciada la servilleta al hombro y los bra.zos en jarras, demostró a los parroquianos que ella era más torera que
nadie? ¿Qué méritos tenía el tío gordo de los anillos que tomaba café
con el Perico (alias el Rana), un roña incapaz de marcarse propinas mayores de diez céntimos y que jamás pagó una con.,w,iti al novillero, al
lado de ella, de Patrocinio Olmedillo, que el invierno pasado le había
.desempeñado la capa para que el Rana no anduviera por la calle de Sevilla con su bastón de alcayata por todo abrigo? «Pues el tío ganguero,
30

LA PLUMA
con el pretexto de poseer una colección de billetes de corridas célebres,
a las que a lo mejor no ha ido, tiene gratis su tendido del dos, y yo me
hago la santísima y me tengo que contentar con ver a tJda esa patulea
de gorrones tan satisfechos irse a los toros».
Amaranto y Perla, el célebre revistero, protestó contra aquella injusta
decisión. Don Arsenio López de Agudín, que se firmaba Devaneos, arremetió contra los organizadores de la fiesta; pero reclamaciones, campañas periodísticas, intervenciones del altas esferas, todo fué vano. La
misteriosa empresa publicó un suelto oficioso ratificando su disposición,
y únicamente cuando Filomena Sánchez, llamada la Chanuca en círculos bastantes viciosos, anunció que ella, o mejor dicho, su amigo en el
presente, se gastaría quinientas, mil, dos mil pesetas en una entra_~ª• y
que presenciaría la corrida vestida de hombre, la empresa respon~10 diciendo en un entrefilete que los acomodadores de la plaza no se iban a
convertir en matronas para enterarse del sexo de los concurrentes, y que
las damas que deseasen presenciar la Gran Corrida fueran disfrazadas
si era su gusto, pero que la empresa no asumía responsabilidad por lo
que pudiera ocurrir.
.
. .
Otra de las cláusulas del programa que produ¡o enorme curiosidad
fué la señalada con el número cuatro. Decía literalmente. «Después de
la lidia del tercer toro, se dará comienzo una ceremonia que jamás fué
presenciada en ninguna plaza. Este espectáculo, de emoción innenarrable, únicamente puede compararse a los que se han desarrollado en los
campos de batalla de la guerra europea, y en menor escala durante algunos días del verano del año 1921 en el Rif. Este número dejllrá plenamente satisfechos a los que honren con su presencia la Plaza de Toros de
Madrid en día tan señalado, y producirá inmensa, trascendental y radical transformación en la vida de la nación española.»
Durante tres meses se discutió, se apostó, acerca de lo que el miste1-ioso párrafo quería decir. Quien, quiso adivinar un combate d~ gladiadores utilizando a algunos soldados que durante la guerra perdieron las
ganas de trabajar y adquirieron la afición de derra~ar sangr~humana. Sí,
indudablemente eran gentes rechazadas del Tercio extran¡ero, que ha31

�LA PL U ,\l A
bían pretendido ponerse en condiciones de matar moritos por el solo
gusto de hacerlo y que no fueron admitidos en los banderines de enganche.
Esta idea no prosperó, y más partidarios tuvo quien aseguró haber
visto en los corrales de la plaza un aeroplano de alas rojas y gualdas,
desde el cual un aviador, gaditano por más señas, clavaría rejones al
toro, y después de pasarle de muleta con el timón de profundidad, le
propinaría una estocada a vuela pies.
Un gran diario de Chicago envió a H. l. J. K. Shmith S. P. Q. R. de
Kalamazoo, Michigan, U. U. S. S., acreditado reportero, a España, con
un talonario de cheques para sobornar al secretario de la empresa y poder cablegrafiar al rotativo algo sensacional; pero los dólares del yankee produjeron tan poco efecto como los encantos de Paqui la Retrechera, que se entregó con armas y bagajes al emµr..:,,.iriJ para satisfacer su
curiosidad; aceptó el gracioso donativo pero no soltó prenda.
De toda España, de Méjico, del i\lediodía de Francia, llegaban las
solicitudes de billetes, acompaii.adas con pliegos v documentos demostrativos de la afición taurómaca de los peticionari~s.
Los revendedores de billetes, constituidos en sociedad, quisieron adquirir de golpe todas las localidades vendibles, pero el factotum de un
noble y aprovechado político español, que había vislumbrado el negocio
de la reventa, se les adelantó y se quedó con todo el billetaje.
Quince días antes de la fecha señalada para la corrida, una grada
de ciento cincuenta pesetas se vendía a cuatrocientas, y se adquiría con
cierta dificultad. Una semana después, habían alcanzado los billetes un
sobreprecio de tresdentos noventa y nueve con nueve décimas por ciento, y en la calle de Alcalá, desde la Puerta del Sol hasta la calle de Peligros, se estableció una bolsa de contratación, con su corro de tendidos,
su parquet de talanqueras, sus zurupetos, sus alzas, bajas, pánicos y entusiasmos. Quien se arruinó, quien se hizo rico.
El bolsín formado en la plaza de la Cebada influía formidablemente
en los precios, y sus cotizaciones eran inmediatamente telefoneadas a
Barcelona, a Sevilla, a Valencia, a Nimes y a Bayona.
32

LA PLUMA
L' Echo de Paris editaba artículos rabiosos, tratando de demostrar
que La Grande Course de Madrid tenían menos importancia:que los mojicones recibidos por Car¡:-cntier en América, y achacaba a intrigas alemanas aquel entusiasmo, mientras Le Temps, más sesudo, se lamentaba
de que el Mediodía de Francia mandara a España unos cuatro millones
de francos para cambiarlos, con un cincuenta por ciento de pérdida, por
biiletes de toros.
En cambio D'Annunzio envió a hl Astro unas líneas abogando porque el León Español y la Loba Romana se aparearan para engendrar el
Fénix del latinismo. Era un tanto difícil, zoológicamente considerada,
la producción de un ave semejante, por el cruzamiento de dos cuadrúpedos, pero un poeta no se para en pequeñeces.
La víspera de la corrida no se podía vivir en i\ladrid, tal era el gentío
que inundaba la calles, callejuelas, plazas y plazuelas y sitios reservados
que tiene la capital de las Españas. Cuatro filas de coches y autos corrían
desde la Puerta del Sol a la Plaza de Toros. Gracias a las disposiciones
del jefe del Orden Público, el barullo y la confusión, que ya eran grandes, se hicieron enormes; unas cuantas viejas y hasta dos docenas de
chiquillos fueron aplastados bajo los neumáticos, demostrando hasta la
saciedad que la culpa de los atropellos está siempre en los atropellados.
La muchedumbre, ávida de bullanga, se apelotonaba alrededor del
circo taurino; se establecieron aguaduchos, puestos de vinos y licores,
barracas de tablas y lona, donde se tocaba el organillo, la guitarra y se
bailaba a todo trapo y se jugaba a la ruleta.
La algarabía era inaudita en aquella improvisada verbena, subían en
el aire polvoriento olores de aceite frito, de pescado, de aguardiente, de
humanidad sudorosa, el vaho de los caballos -y la pestilencia.de los
motores de gasolina, eran la tónica y la dominante en Ja armonía de
aromas.
Al hacerse de noche. los señoritos automovilistas lanzaban los cegadores rayos de los focos sobre la multitud, que les increpaba a grito herido, pero los espormanes, con el retemblar del escape libre, no oían, o
no querían oír, los improperios y las alusiones a sus mamás que les de.
III

33

�LA PLUMA

LA PLUMA
dicaba la iracunda canalla; pasaban y repasaban trincados al volante, el
sombrero hasta las cejas, mirando por encima del radiador.
Cada farol del alumbrado público tenía alrededor de la luz un halo
sangriento, en el que se vislumbraba la figura gesticulante de algún golfo encaramado en un árbol.
Toda la noche permaneció el gentío en aquellas cercanías, y allí le
sorprendió el amanecer, cuando el sol, como una sartén de cobre, se levantó por encima de los horizontes alcarreños.
Durante la mañana, la furia especulativa de los bolsistas de la calle
de Alcalá llegó al paroxismo.
-¡Mil! ¡Mil quinientas! ¡Dos mil pesetasl-gritaba un caballero gordo con aspecto de chulo elegante, en el centro de un grupo de revendedores, también gordos, con vitola de presidiarios.
-¿Dos mil quinientas?-clamó una voz.
-Hecho-respondió el gordo achulapado, y sacando su cartera, cambió tres billetes de Banco por un papelito azul, en el que un banderillero muy mal dibujado se alzaba sobre las puntas de los pies, para clavar
los rehiletes en la a final de la palabra barrera.
El vendedor entregó su billete, agarró los del Banco de España y
desapareció. El billete que había vendido era falso. El estafador corrió
por la calle de Peligros, subió por la Gran Vía y torció por la calle de
Hortaleza. Entró en un estanco lotería a comprar un paquete de puros y
un décimo de Navidad, y puso el billete de quinientas pesetas sobre el
mostrador. La estanquera se caló las gafas, cogió el billete, lo miró, lo
remiró al trasluz y dijo con deje galaico:
- Paréceme falso ...
El estafador sintió una desgana atroz en el plexo solar, y poniendo
los otros dos billetes sobre el mostrador, preguntó balbuceando:
-¿Y éstos también son malos?
La estanquera sobó los papeles y respondió con tranquilidad:
- También parécenme malitus.
Después salió a la puerta y llamó al guardia, que bostezaba en la
-puerta de la taberna de enfrente.

-Oiga, Pedru, venga, porque este golfante queríame estafar.
El guardia penetró en el estanco, y agarrando al estafador estafado,
se lo llevó a empellones hacia la Comisaría, mientras la estanquera, sin
perder su calma, murmuraba:
-Golfu, canalla, sinvergüenza.

* * *
-¡Eh, a la plaza! ¡A la plazal ¡Una peseta a la plaza!
Voceaban los mayorales de los grandes ómnibus, enfilados a lo largo del Ministerio de Hacienda. Los tranvías, repletos de gente, aturdían
al pretender abrirse paso a fuerza de campanadas, y los aullidos, berreos
y pitos de los autos se mezclaba en horrible cacofonía con el tableteo de
ametralladora de las motocicletas, que llevaban cuatro, cinco, seis aficionados en racimo, retrepados sobre el side-car. Los viejos pencos de
los coches de punto galopaban azotados por el cochero, ahíto de Valdepeñas, y las prehistóricas diligencias, que tanto tiempo estuvieron
arrumbadas desde sus antiguos viajes a Arganda y Colmenar y a las estaciones, retemblaban con sus ventanillas desportilladas y sus herrajes
desvencijados al rodar sobre los adoquines desiguales. Sus caballos, con
la mezquina guedeja de crin al viento, las narices humeantes y el belfo
ensangrentado a la tirantez de la brida, chascaban las herraduras al galopar y con el estertor de sus pechos oprimidos por el collerón, sus costillas salientes y la grupa repujada por la osamenta de las ancas, semejaban los caballos del Apocalipsis de Alberto Durero.
La Cibeles, tan tranquila y tan guapa, desde su trono arrastrado por
leones, miraba con sus ojos sin pupila la avalancha de carruajes, de caballos que bajaba por la calle, encauzada por las márgenes de curiosos
apelmazados en las aceras.
Los grandes camiones atiborrados de carne humana presidían el estrépito con el zumbido de su ronco motor. Los pesados armatostes se in35

34

�LA PLUMA
clinaban al ceñirse a las curvas y toda la tripulación de aficionados parecía venirse al suelo.
De vez en cuando un auto acharolado, destellante como una joya,
pasaba silencioso, rápido entre la turba de coches más pesados que ascendían hacia la Puerta de Alcalá. Todos los que iban a la fiesta, se volvían a mirar al afortunado mortal que llevaba a uno de los matadores a
su lado y treinta mil duros convertidos en vehículo bajo su persona, pero
éste, desdeñando las miradas envidiosas, atendía a la dirección, y su
compañero, el célebre Tomillares, cubierto con el capote de paseo, oro
y joyante seda, saludaba a los conocidos con gallardo ademán, mientras
el chau/feur, repantigado en el asiento de atrás, demostraba confianza en
la destreza del señorito.
Pero en aquellos momentos, todos los que iban a presenciar la gran
corrida, llevando su billete cuidadosamente guardado, formaba una verdadera aristocracia ante los desdichados que, alargando el cuello, les
veían pasar desde las aceras.
A la apretada fila de coches que marchaba por la izquierda de la calle
se unió otra fila de coches vacíos que volvía en sentido contrario. Galopaban frenéticos los caballos, los autos sorteaban rápidos los obstáculos,
metiéndose en los claros en que apenas podían pasar, rozando sus aletas
con las patas de los caballos y con las ruedas. Los conductores se insultaban, se amenazaban con la tralla. Un ómnibus de estación y una jardinera de treinta asientos regateaban en competencia para alcanzar a los
rezagados. El ómnibus llevaba cinco mulas burreñas llenas de moños y
borlas rojas y verdes. Las cinco bestias, cruzadas.por el látigo, galopaban,
el hocico al viento. De la jardinera tiraban cuatro caballos blancos, desecho del ejército, huesudos y fuertes, que al restallido de la tralla encorvaron el cuello y se precipitaron en esfuerzo desesperado. El cochero
-digno de guiar una cuadriga en el circo de Delfos- , sereno, plantado
sobre sus viejas alpargatas, rígidas las piernas bajo la pana de sus pantalones remendados, sostenía firme en la mano izquierda la brida; en Ja
derecha empuñaba la tralla. La gorrilla echada a la nuca, la colilla pegada al labio, una greña negra bailaba sobre la frente, y del rojo pañuelo

L-A PLUMA
anudado al cuello flotaban flameantes dos puntas como dardos de llama
de un soplete.
-¡Hiá, hiá, hiá!-gritaban los cocheros.
Hubo un momento en que las cinco burreñas se pusieron al par de los
caballos. La mirada de los rivales se cruzó amenazadora, pero en la cuesta
arriba, desde el Prado, la jardinera consiguió colocarse delante y subió
hasta la calle de Sevilla. Allí, los aficionados rezagados tomaron por
asalto el coche, brincando al interior por encima de las ruedas, del cochero, de las caballerías.
Ya no fueron quedando en la calle más que paseantes y curiosos que
bajaban lentamente hacia el Prado para presenciar la ~lida de los toros.
Las terrazas de los cafés, antes rellenas de consumidores, quedaron
desiertas.
.
Por el centro de la calle pasó volando hacia la plaza un automóvil
rojo rubí; en él iba la hermosa entre las 1hermosas de mala _v!da y costumbres, la sin par Chanuca, vestida de majo de Jerez, calanes de felpa
negra, que avaloraba la rutilante crencha rubia; la pechera de la aleandora rizada se abombaba sobre el pecho turgente, el marsellés color corinto con ribetes y coderas negras. Un enorme galgo bla,nco asom~ba su
hocico afilado por el borde del coche. La Chanuca queria_ p:oporc1onarse el placer de una entrada sensacional en la plaza, y perc1b1r el murmullo de la multitud al saltar del estribo, cuando la gente forma cola, se
apiña para pasar entre esos cajones colocados en las puertas del cir~o, en
los que los empleados arrojan los trozos de papel cortados. Y quena entrar sin esperar, atropellándolo todo, por guapa, y por chulapa, y por
que sí.
y así fué, porque cuando la Chanuca se acercó se hizo _un cla~o a su
alrededor, y los cocheros quedaron con la boca abierta~ sm_ ~ast1gar ~l
jamelgo, y los naranjeros dejaron de gritar, y los guardias c1v1~es ~a ~1raron bajo el tricornio y se retorcieron el mostacho, terror de sm~1cal1stas. Un vendedor de agua reventó el botijo contra el suelo gntando
«¡Vaya calor!», a lo que eontestó un tranviero: «¡Vaya_ caldo!», y los dos
se quedaron tan satisfechos de su ingenio y de su gracia.

36
37

�,

LA PLUMA

LA P L U :\1 A

L_a Chanuca entró en su palco. Antes de sentarse, apoyada en la barand11Ja, pa~eó su mirada po_r todo el redondel. Sonaron aplausos, oles,
para la ~a~~1ana que se hab1a atrevido a presentarse solita, riéndose de
I_a~ proh1b1c1o?es de la Empresa. Ella fingió que no se percataba de su
exito y coloc~ en el pasamano su manta jerezana abigarrada de rojo,
verde y amarillo, con fleco de madroños y guindas de mil colores.
* * *
El inmenso anillo negro y monótono rodeaba el redondel de
•.
.
arena.
o a 1a un sitio vac10: miles y miles de americanas negras miles . ·
1 d
b
•
,
} mies
·
. e som. reros oscuros sobre las cabezas. La prohibicio'n de q ue asistieran mu1eres
quitaba
el
colorido
que
los
tra1·es
mantillas
y
aba
·
.
.
,
nicos
dan ord manamente
a la fiesta.

N h b'

Una enorme me_la_ncolía flotaba sobre el círculo silencioso, que contrastaba con el bull1c10 de la multitud apiñada al exterior. Dos, tres frases de un c_husco no consiguieron romper la expectación silenciosa de
los trece mil espectadores.
_Los co~cejales y diputados aparecieron en el palco presidencial. El
~nor p~es1dente, de gran levita y sombrero de copa, fué recibido con ind1fe~enc1a. Todo el mundo clavaba los ojos en el portalón de Ja derecha,
&lt;letras del cual se preparaba la cuadrilla. Los matadores se ceñían los capote~ ~e paseo, los piqueros vacilaban sobre los caballos destinados al
suplicio, y las mulillas de arrastre cascabeleaban, sacudiendo los coll _
rones llenos de moñas, cintajos y banderolas.
e
El ~lgua~il, caracoleando con su jaca andaluza, se acercó al palco de
la pres1den_c1a a repr~entar la mogiganga de la petición de permiso.
El pre~1dente arro16 la llave con tal acierto, que cayó sobre Ja cabeza
de un afic10na~o ~e la barrera. Afortunadamente, la llave no se rompió.
'-!nos cuant~s s1lb1dos, algunas risotadas, y entregaron la llave al alguacil, que partió dando corvetas hacia la :puerta del chiquero; después,
38

en gallarda arrancada, fué a colocarse en el portalón de la cuadrilla.
El presidente dió la señal, y los lidiadores, de seis en frente, aparecieron en la arena a la esplendorosa luz del sol.
No había música, no sonaban los alegres sones del pasodoble flamenco que el alegre banderillero se complace en mar~r mientras los matadores marchan a contratiempo.
'
Se decía que la Empresa no había tenido más remedio que destinar
las localidades que solía ocupar la música del Hospicio a determidados
personajes que a toda costa quisieron asistir a la corrida. Gentes ricas,
poderosas, influyentes, acostumbradas a no pagar nunca nada, empleados del Municipio y de los Ministerios, diputados a Cortes y senadores
vitalicios.
La penosa impresión se trocó en curiosidad al adelantarse los lidiadores. Allí estaban los ídolos, los que sabían sobreponerse al horrible miedo que sobrecoge al pisar la arena, los que aguantaban el prurito de tragar saliva y el temblorcillo de las piernas.
En el sitio de honor, vestido de corinto y oro, la capa ceñida al enjuto cuerpo, marchaba Pedro Tomillo, alias el Tomillares; a su lado,
Teodoro Calderón, el de Alcalá de Guadaira, alto, fuerte, con su aspecto
de emperador romano, vestía de carmín y plata. José María Rodríguez
deTriana, de amaranto y oro, desmedrado, feucho. Andaba con torpeza.
Sus músculos atravesados repetidas veces por el cuerno, no adquirían
flexibilidad hasta que la lidia fuera avanzada. El cordobés Rafael Almodóvar, agitanado, estrecho de caderas como una figura egipcia, vestía de luto: su amante, Soleá, la de Alora, había muerto una semana
antes. Sucumbió de amor, según unos; según otros, de un estacazo dado
por el mismo Rafael al encontrarla en amoroso coloquio con Perico de
Gloria, alias el Formal, alias Castaña Gorda, picador de la cuadrilla.
El quinto espada era Florencio, llamado el Argüelles, porque era hijo
de un baulero del barrio de Argüelles de Madrid, y el sexto matador, Vicente Macip, de Valencia, se distinguía por cierto aspecto de clérigo bien
tratado. Su terno acero y oro se ceñía dem_asiado al vientre y a las recias
posaderas.
39

�LA PLUMA
Detrás venían los banderilleros más célebres: el Tostao, el Caracolito

el Ardura, Montanchez, el Pili, Alonso, el Chilla, Ordóñez el de Peña~
~or, el Saliva, Vinagre y Rodriguillo de Carmona, flor y nata de lo~ valientes capeando y poniendo banderillas en la mismísima cruz, cuando
no en el rabo. La patrulla de varilargueros, encajados en las sillas vaqueras, caminaba al tardo paso de sus entecas cabaloaduras y detrás
l os monosa b'10s, pantalones azules, gorros y blusas rojas,
:, aspecto
' de piratas.
Las mulas de arrastre, impacientes, bravías, pateaban, apenas domadas por los mocetones que se colgaban del bocado.
Los sesenta lidiadores se espaciaron en el centro de la plaza para llega_r en colum~a de honor bajo el palco presidencial y saludaron, como a
Cesar los gladiadores antiguos, al concejal enlevitado verdadero César
del distinguido gremio de leñas y carbones, que resp~ndió a su saludo
con toda la gallardía de que es capaz un asturiano avezado en su juventud a llev~r sobre el hombro espuertas de cisco y de cok del gas.
Despues, los _toreros fueron arrojando sus capotes de paseo a los espectadores de pnmera fila para que los colocaran extendidos sobre la roja
tablazón de la barrera.
.

La Chanuca tuvo la gloria de colocar la capa de Rafael Almodóvar
pasamanos del palco. Más de uno
rabi~ de env1d1_a al comprender lo que aquello significaba, y deseó que
el pnmer cornupeto entablara relaciones intimas con las entrañas del torero por intermedio de sus cuernos.
Los_lidiadores sobrantes saltaron la barrera, liaron sus pitillos y desde
el callejón entablaron conversaciones con los conocidos.
-¿Qué es eso, Joaquinillo? ¿Qué nos preparais ustedes?
-Pues no lo sé; mardito si nos han dicho ná ...
-¡Eh, tú, torerazo! ¿Se puede saber, si se puede saber, de qué se
trata?
-¿Eso del aeroplano?
-Como no venga por el qire, lo que es en el corral.. .
-A ver si es una mandanga ...

JUº:? a la m~~ta jerezana, sobre el

40

LA P L U i'.\l A
-¿Es verdad que el Charlot, el verdadero, va a atorear de verdad?
-Pa mi que le hemos visto yo y el señor Fulgencio paseándose por
la calle de Sevilla con Paco el Sastre.
-Pues no sabemos nada.
Sonó el clarín y se abrió el chiquero. Un hermoso animal corpulento
y fino apareció en el redondel, entró despacio en la gran media luna de
sombra que dividía el circulo de arena.
Era negro, y la divisa roja clavada en la cruz se destacaba sobre la
piel de tuciopelo. Los inteligentes se relamieron de gusto.
-¡Vaya moruchol-exclamó Juanillón el carpintero-. ¡Eso es clase
y lo demás jonjaba!
-Como que habemos ido a escogerlo menda y la Comisión-respon,dió el señor Manuel.
-- Pa ponerlo en un fanal.
-¡Mañífico, remarcable!-aseguró monsieur Grandidon, el comigionista de gomas higiénicas desde su delantera de grada.
_
-¡Bravo togo!-le respondió monsieur de Petit Gris, que había abandonado su comercio mercería de la calle de La Tourne broche de Marsella en manos de madame Petit Gris para presenciar la grande course de
taureaux de Madrid.
El toro divisó a los picadores de tanda y dió un respingo, vaciló, escarbó la arena, un espasmo recorrió su piel y derecho, furioso, se precipitó contra el jinete, que le esperaba inclinado hacia adelante, el cuerpo
firme sobre los estribos, el astil sujeto bajo el brazo.
La pelota que guarnece el hierro se aplastó en el morrillo del toro, al
mismo tiempo que el asta se hundía en el pecho del caballo, cuyo cuerpo se dobló comprimido contra la barrera. Desplomáronse bestia y jinete, y el toro, desdeñando al enemigo caído, se lanzó frenético de rabia y de dolor sobre el segundo picador, y enganchando al caballo por
bajo del brazuelo lo arrojó destripado.
El caballo alzó la dolorida cabeza, noble como la de un mártir; pero
una terrible cornada en el cuello le tendió exánime sobre la arena ensangrentada.

•

�I.A PLUMA

LA P L U ~1:\
Mientras sonaba el alarido d
·
Pedro Tomillo empapó al toro :ne~~~~'.asmo y de bravura del público,.
clavados en tierra, los brazos altos f . igeros vuelos de su capa, los pies:
tia !eroz del lugar peligroso para' et~i~aodc:r a~~c:, apartandj o a la bessabios que le
d b
, Y para os monohombre 1 ~yu a an a.1e:antarse. Al contraste de la tranquilidad del
y a ciega acomet1V1dad del toro estalló en el a·
1
aplausos, de gritos de entusiasmo:
'
ire una sa va de
-!Olé lo~ tíos con entrañas!-exdamó el Pequeño de A h 1
-¡Pero s1 eso no es ná!
ra a .
-Usted lo haría mejor.
-¡Pa chasco que no!
-¡Que se calle ése!
-No me da la gana.
-¡Al corral!
ahora~;~;:

!~:~~~~re/:n~~~:r:/:1fe~!o~~mingo en Carabanchel, y

cio!ls.pubhco se iba calentando. La corrida prometía grandes emo-

..

ñafl~l t~ro tomó¡ ocho varas, mató cinco caballos; el Tostao y el de Per c ava_ron os pares de reglamento.
El Tom11lares, después de un brindi
..
nost' arrojó la montera y se fué al toro ~¡~::;:ng~~ac:e ~:e VYO~·ecavren os pases de muleta ceñidos y
'fi
d . .
va orestocada colosal.
magm cos; ernbo al enemigo con una
-Esa estocada es contraria-sentenció el Manolo lla d
, ma o por mal
nombre el Malhuele.
sosl~~~n;raria, atrav~sada q~~drá usted decir-respondió mirándole deY_ - n Ru~c'.to, m~ond1c10nal entusiasta de Almodóvar.
-¡~so es ch1pen!-di¡o otro.
-N1 contraria, ni atravesada ni hi ,
.
ciego para no ver que es una . ' .. c dplen, m nada. Se necesita estar
U
·
rmga¡1ta e antera.
lo que
42

::et/::::s,C:~~~:1; ~;;:~ª~~/~:;~~

Y cinco sobre ropas; pere&gt;

A pesar de las distintas opiniones, el Tomillares cortó la oreja y dió
dos vueltas al ruedo, recogiendo un montón de cigarros peninsulares,
que si los llega a fumar, sucumbe. La reseña de su faena fué telegrafiada inmediatamente, y el espada ordenó a su mozo de estoques que pusiera el parte de siempre a sus amigos, redactado en estos términos~
«Yo, superior. Lós demás, regulares; ganado, regular.» Claró es que los
demás espadas no habían toreado cuando se poma el telegrama; peroeso no le hace.
El segundo toro no dió todo el juego del primero. En realidad, a los
únicos que satisfizo un poco, fué a los aficionados a lo que antes se llamaba hule, es decir, a los buenos corazones a quienes agrada que en las.
corridas haya tan siquiera un par de cornadas en carne humana. El toro,
descuadernó a un picador, y enganchó por la pantorrilla a un banderillero, sin más consecuencia que la de rajarle la media de seda y todo el
paquete muscular desde la corva hasta el talón. Total: unas veinte o
treinta puntadas con catgut.
Teodoro, el de Alcalá de Guadaira, despachó al toro con dos medias
estocadas y un descabello a pulso. Faena vulgar que no añadía gloria y
prez al célebre matador. Éste, sin embárgo, ordenó al Parguela, su mozo
de estoques, que cablegrafiara a sus amigos un parte redactado así: «Yo,
superior; los demás, medianos; ganado, ídem».
El público, a medida que transcurría la fiesta, se impacientaba. En
los tendidos de sol se pegaron tres o cuatro veces de bofetadas, y monsieur Grandindon llamó cocu a monsieur Petitgris, porque se permitió
decir que el Tomillares había cambiado su primitiva profesión de limpiabotas por la de torero para entrar en el gran mundo, y todos sabían
que Pedro Tomillo se hizo matador de toros, porque así se lo exigió,.
delante del Señor del Gran Poder, la célebre cantaora Camisona, de la
que Tomillares estaba profundamente enamorado.
-Romances; castillos en España-respondió el comerciante con
desdén.
La lidia del tercer toro pasó casi desapercibida, y cuando las mulas
arrastraron a los tres caballos despanzurrados y al cornúpeto, la multi~3

..

�LA PLUMA

LA PLUMA
tud permaneció muda, inmóvil, esperando el gran espectáculo anuncia&lt;io en los carteles.

Por fin, se desprendió el hule y apareció una plata~orma ~ireular dehierro y sobre ella seis ametralladoras giratorias de diez canones cada

El zumbido de las gentes de fuera llegaba como el roncar de un mar
lejano. Los toreros se retiraron al callejón, los areneros alisaron el piso,
y el redondel quedó desierto.
Los trece mil trece espectadores, anhelantes, vieron que el portalón
&lt;le entrada se abría lentamente.

una.
·
Los hombres enlutados, inclinados sob re 1a mira,
em puñaban las.

* * *

'1

Ocho caballos negros, con gualdrapas y jaeces negros, arrastraban
un carruaje tapado con un hule. A los lados de aquel carro, marchaban
seis hombres enlutados. Eran personajes extraños aquellos desgarbados
tipos, vestidos con largos levitones, cubiertos con sombreros de copa.
Los dos primeros, sostenían las bridas en sus manos enguantadas. Sus
caras pálidas, que ribeteaban barbuchas pajizas, tenían algo de asiático:
pómulos salientes, levemente teñidos con la roseta de los ... uberculosos;
ojos oblicuos, cubiertos con gafas; a juzgar por su semejanza, eran hermanos gemelos. Los dos siguientes parecían judíos, con sus narices lar.gas y caídas, su perilla puntiaguda y su tez amarillenta, y los dos últimos, corpulentos, atezados, barbudos, llevaban encasquetados sus sombreros de alas curvas sobre la melena cortada bajo las orejas.
La extraña comitiva llegó al centro de la plaza con precisión matemática.
Uno de los caballeros se metió bajo el toldo de hule, y el carro descendió medio metro y quedó fijo en el suelo. Las cuatro ruedas se des_
prendieron y los ocho caballos, obedeciendo a un silbido, trotaron y
-desaparecieron en el portalón.
Los enlutados, abandonando en la arena sus sombreros, se metieron
.a gatas bajo el hule y anduvieron arreglando algo.
El público empezaba a tomar la escena a chacota; sonaron silbidos,
-risotadas.
44

manivelas.
de cada arma coSonó un grito seco de orden, y los diez canones
menzaron a disparar contra el público.
.
Un enorme alarido subió al cielo. Las ametralladoras enfilar~n pn~
meramente a las puertas, que pronto quedaron atascadas de cadaveres,
después, cubriendo con la rá.faga de proyectiles desde el alero de la plaza hasta la barrera, giraron lentamente.
Las o-entes rodaban heridas, muertas, por los escalones de los tendidos AJ.aunos locos de terror, sin poder escapar por las puertas ~e los
palco; saltaba~ por encima de la barandilla, y eran caza~os al v~e º:
un' monosabio sacó su navaja y corrió agachado hacia ~a maquma
infernal que escupía fuego; el ametrallador lo enfiló y el valiente monosabio fué empujado hacia atrás por el huracá~ de acero que le atravesaba, hasta que cayó hecho un guiñapo sangriento en la are?~·
y el giro fatal continuaba destrozando a los grupos fugitivos, desgranándolos, en cabezas destrozadas, brazos Y piernas ª,rran~ados.
La hermosa Chanuca, con el costado abierto, dorm1a ca,da sobre 1a
capa bermeja del torero, no el sueño del amor, el sue_ño de la muer~e,
Y aquel palco como todos los demás, destilaba cua¡arones de san0 re
sobre grupos 'informes de c haquetas, pant a1o nes y sombreros acumulados bajo las gradas.
•• d 1
Las cuadrillas de los toreros habían sucumbido en el call~1on e ª
barrera acribillada a balazos, convertida en mo~tones de astillas. .
E n ~¡ enorme anillo de la plaza reinaba la quietud y el augusto mis, d'1sparando hasta
terio de la muerte; pero los sesenta cañones segu1an
que las municiones se consumieron.
El sol iluminaba la atroz carnicería; un vaho espeso de sangre ~ entrañas desgarradas subía hasta la bandera española que flameaba airosa
al viento de la tarde.
45

�LA PLUMA

LA PLUMA

Los seis hombres enlutados cambiaron algunas palabras en ruso, y
''. Sacando cada uno una pistola, se levantaron la tapa de los sesos.

DE UN EJÉRCITO CONTRA MOROS

* * *
.Después de este acontecimiento, ya no hubo corridas de toros.
RICARDO BAROJA

YO, A MI CUERPO
¿:Por qué no te he de amar, cuerpo en que vivo?;
¿por qué con humildad no he de quererte,
si en ti fui niño, y en ti arribo,
viejo, a las tristes playas de la muerte?

"Gu pecho ha sollozado compasivo
por mi, en los rudos golpes de mi suerte;
ha jadeado con mi sed, lJ altivo
con mi ambición Latió cuando era fuerte.

'JI hoy te rindes al fin, pobre materia,
extenuada de angustia y de miseriá.
¿ffor qué no te he de amar? ¿tlué seré el día
que tú dejes de ser? ¡ :Pro/undo arcano/
&lt;Sólo sé que en tus hombros hice mía
mi cruz, mi parte en el dolor humano.

D.

RlVERO

las causas por qué nación tan animosa, tan
aparejada a sufrir trabajos, tan puésta en el punto de lealtad, tan vam, de sus honras (que no es en la guerra ta par'
te de menos importancia), obrase en ésta al contrario de su
valentía y valor, truje a la memoria numerosos ejércitos disciplinados Y
reputados en que yo me hallé, guiados por el emperador don Carlos,
uno tú. los mayores capitanes que hubo en muchos siglos; otros por el
rey Francisco de Francia, su émulo,y hombre de no menos ánimo y e:rperiencia. Ninguno más armado, más disciplinado, más czunplido en
todas sus partes, más plática, abundado de dinero, de vituallas, de artillería, de munición, de sold,ldos particulares, de gente aventurera ae
c,1rte, de cabezas, capitanes y oficiales, me parece haber visto ni oido decir que el ejército que Don Felipe II, rey de España, su hijo, tuvo contra Enrique JI de Francia, hij"o de Francisco, sobre Durlan, en defensión dP los estados de Flandes, cuando hizo la paz tan nombrada por el
mundo, de que salió la restitución del duque Filiberto de Saboya; negocio tan desconfiado: como por el contrario, ninguno lze visto hecho ta11 a
remiendos, tan desordenado, tan cortamente proveído, y con tanto desperdiciamiento _11 pérdida de tiempo y dinero; los soldados iguales en
miedo, en codicia, e,i poca perseverancia y ninguna disciplina. Las causas pienso haber sido comenzarse la guerra en tiempos del marqués de
Mondéjar con gente concejil aventurera, a quien la codicia, el robo, la
flaqueza y las pocas armas que se persuadieron de los enemigos al principio, convidó a salir de sus casas cuasi sin orden de cabezas o banderas: tenían sus lugares cerca; con cualquier presa tornaban a ellos; salían nuevos a la guerra, estaban nuevos, volvían nuevos. Mas el ti.empo
.que el marqués de Mondéjar, hombre de ánimo y diligencia, que conocía

[I

ONSIDERANDO yo

47

�LA PLUMA
las condiciones de los amigos y enemigos, anduvo pegado con ellos a las
manos, en toda hora, en todo lugar, por medio de los h?mbres particulares que le seguían, estuvieron estas faltas e•1eztbiertas. Pero despu!s
que los enemigos se repartieron, aconteciero1t desgracias por dontú quedaron desarmados los nuestros y armados ellos; comunicábase el miedo
de unos en otros; que como sea ti vicio más perjudicial en la guerra, así
el más contagioso: no se repartían las presas en común; era de cada U1UJ
lo que tomaba, como tal lo guardaba; lucían con ello sin unió,,, sin respondencia; dejábanse matar abrazados o cargados con el robo, y donde
no le esperaban, o no salían, o en salimdo ton, 1ban a casa; guerra de
montmia, poca previsión, menos aparejo /)ara ella, dormir en tierra, no
beber vino, las pagas en vitualla, tocar poco di11ero o ningullo: cesando la
codicia del interese, cesaba el sufrir trabajo;pobres, hambrientos, impacientts, adolecían, morí,m, o huyéndose los mataban; cualquier partido destos escogían por más ventajoso que durar en la guerra ouwdo no traían·
la gana11cia entre las manos. De los capitanes, algunos, cansadn ya de
mandar, reprender, castigar, sufrir sus soldados, se daban a las mismas
costumbres de la ffente, y tales eran los campos que della se ;ímtaba1t.
Pero también hubo algunos hombres en:re los que vinieron enviados p or
las ciudades, a quien la vergüenza y la hidalguía era freno. También
lt1 gente enviada por los seizores, escogida, igual, disciplinada, y la que
particularmente venía a servir con sus manos, movidos por obligación
de virtudy deseo de acreditar sus personas, animosa, obediente, presente a cualquier peligro: tantos capitanes o soldados como personas; y en
fin autores y ministros de la victoria. Los soldldos y personas de Granada todos aprobaron para ser loados. No parecerá filosofía sin provecho para lo porvenir esta mi consideración verdadera, aunque experimentada con daño y costa nuestra.
DI!:GO HURTADO DE MENDOZA.

ALMANZOR
os hombres de mi generación habíamos esperado-esperanza
huera-vernos libres de la morería. i\letido en su arca de
tres llaves el cadáver del Cid; tachado de apócrifo el testamento de Isabel la Católica; en decade~cia el orientali~mo
romántico, lícito era el regocijo de pensar que el afncano no volvena a
entorpecer el discurso natural de nuestras vid~s, ni a embarull~rnos ,el
trabajo, ni a corrompernos el gusto, como solla e~ estos doce siglos _ul
timos. ¡Al Rastro las cimitarras, los alfanjes, los an~files;. donde podna~
adquirirlos a bajo precio los rimadores ve:bosos! No mas almala'.as ~1
almaizares, ni marlotas y alquiceles; no mas sultanas sensuales, m mas
Leilas d~ ojazos profundos, ni otros ripios sarracenos. Tras de los bandidos v arrieros iríase el moro imaginario que los cursis ven aún vagando en ia plaza de cada pueblo andaluz: el moro caballe~esco, sentimental, tañedor (el moro de Irving), que exhala ternezas al pie de un to~reón;
v el moro sediento de sangre, fanático islamita, con que atemonzan a
;us ovejas los obispos belicosos. No más cruza?as: no más triunfos sobre
la media luna; acabáronse los arrebatos, la gntena, las membranzas de
las Navas y del Salado. Aunque el Estrecho-nos decíamos-sea brev
reparo, por pronto que la furia españ~la resucite y qu~ramos pas~r alla
nuestros pendones, ya los moros usaran chaquet y perilla y tendran escuelas laicas. Quedaremos una vez más lastimados en nuestro derecho,
ejecutados en la honra; pero la epopeya de la reconquista-con este su

7

IV

49

�LA PL U :-.1 A
LA PLUMA
reato dañino-habrá concluído. No oyendo el galopar de la morisma,
pensábamos que, al fin, podría hacerse en la península algo serio: labrar, fabricar, leer en buenos libros, allanar las cuestas, cultivar con
curiosidad los jardines... Esta guerra que venimos haciendo en l\larruecos, más larga ya que ninguna campaña de la reconquista, más sangrienta que cualquier gran victoria cristiana de aquella edad y que muchas juntas, más desgastadora de haciendas que la reconquista en pleno,
descubre la condición inacabable de nuestra epopeya cristiano-bélica;
habrán de ponerle apéndices cada quinquenio, cada decenio, para archivar las memorias de las proezas cumplidas, como se los ponen al repertorio de Alcubilla, donde se archiva el fas y el jus, el fruto de la inspiración de las covachuelas hispánicas. Es lo debido; una minerva rige
armas y leyes.
Si este es mi destino de español, pienso que no lo hay más negro.
Creíamos desembocar en el siglo xx, y nos vuelven a uno de aquellos
que nada tuvieron de dorados, poniendo en armas la frontera contra los
moros. Eso basta. Hoy, los moros son nuestros amos. Lo primero, porque al eaemigo st! le otorga siempre un poder incalculable en teniéndolo por tal, con romper la paz y disponerse a guerreado; poder no sólo
físico, pendiente del albur en las batallas, pero moral, que obra sobre
las mentes y deja al ánimo obseso. Los españoles nos arruinaremos si
los moros quieren, haremos infinitas locuras, porque les hemos entregado el resorte de nuestra conducta; tienen en su mano la mortificación
de nuestro orgullo; pueden infligirnos sin salir de su breñal humillaciones crueles; cubrirnos de ridículo. Lo segundo, porque España venía
curándose despacio de la infección muslímica, y soltaba el veneno a
fuerza de privarse, como se abstiene el morfinómano procurando su salud. Todavía el régimen era laxo, reciente. Hacía falta más rigor en la
nutrición mental, expurgar la fantasía, buscar el aire tónico del Norte;
extremar la defensa, brutalmente, hasta que el organismo perdiese la
memoria de ese vicio y pudiésemos entrar en las mezquitas sin emoción
histórica, con tanta naturalidad como en la barbería, y hablar de los almohades con el displicente gusto que pondríamos en disertar de los es50

·qui males. 1'0 estábamos curados. Todavía fulguraba sobre nuestro horizonte la ;Jfedz"a Luna. (De hallarme limpio del veneno no se me habría
-ocurrido esa imagen.) Con un pinchazo, recaemos en' la dañada afición
que iba perdiéndose; el morbo musulmán recupera su virulencia. Poner
en curso sangriento la frontera contra moros, es abrir la fuente mal cerrada: _el organismo español retrocede a la edad en que ese manantial
berme¡o, perenne, era la condición de su vida. Las cuestiones los sentimientos, los presagios, la armazón política, lo que nos preocu~a O conmue\·e, torna a ser medieval, com«&gt; en los siglos en que guerrear con los
moros era la rueda catalina de nuestra economía.
;\ledievales los sentimientos. Tratamos a muchos españoles que se
han rehecho un alma del siglo décimo y odian a los infieles como fueron odiados en tiempo de Almanzor. Admirable privileoio de España.
Nº •
D
. mgun eu'.o~eo, aunque imbuido de cultura clásica, llegará a compart1_r l_os sentimientos locales de un ateniense o de un romano; podrá imagm~:selos,. describirlos como se los imagina, mas no podrá odiar con
pas;on ~ac1onal a Xerjes ni a Alarico. Apurándolo más, ¿que europeo
esta co~1do_ en una_ misma onda sentimental con sus compatriotas de
~ace mil anos? Quiere decirse que no son ya compatriotas; el lazo de la
t~~rra se _suelta solo, y todos los muertos no nos emocionan; la compas1~n nac10nal se deslíe en sentimientos más generales, vagos, de humamdad, de curiosidad, o en puro goce estético, en cuanto sin salir del
país se pasa de una civilización a otra. El español, se exceptúa. Le cumple la virtud de desposarse con las antigüedades de esta tierra, de prest~rles su apellido a cierra ojos. ¿Por qué ha de ser Numancia presea nac10nal, un timbre de gloria equiparado a Zaragoza o Gerona? Toda España es antinumantina. Debemos España a la destrucción de las Numancias-sonadas o no-por el romano. No se advierte que es profanar
el idioma de Cicerón emplearlo en alabanzas de los bárbaros. ¿O ya nos
despagamos de ser latinos?
«Enojada estaba Roma con ese pueblo soriano», canta el romance.
Roma, a quien llamamos madre, nos libró, con su enojo, del peligro
berberisco. He llegado a ver las estatuas de los últimos numantinos (me
51

�LA PLUMA
LA P L U \1 A
regocija que fuesen los últimos): un hombre peludo se degüella; una
mujer-no mal formada-con el hijo muerto sobre las rodillas, se apresta a ingerir un bebedizo. El exterminio de esa horda me asegura que no
corre por mis venas gota de su sangre. Si el español entiende tan mal lo
que debe a su origen, y odia un momento a Roma por fraternizar atolondradamente con el numantino, no es milagro que se zambulla en lo
más negro de la Edad Media, sienta a lo mesnadero de un Bermudo,
de un Ordoño, en cuanto las guerras del moro le reavivan ciertas pasiones oscuramente adormiladas en su alma. Tal convecino adocenado nos
saluda en la calle, que lleva dentro un conmilitón de Mauregato; en el
horizonte de diez, de doce siglos, no halla otro árbol donde ahorcarse.
El tipo no es del pueblo, sino de español mediano, que ha recibido instrucción general, patrañosa, y le tolera algunos deslices a la imaginación, cebándola en los recuerdos del bachillerato. Suele vivir adscrito a
profesión sedentaria; aprecia que una ciudad esté «amurallada»; se desquita de la aridez de su monogamia fingiéndose la desenfrenada lascivia
de los harenes; se persuade que también él sería poeta si por deber no
mantuviese aherrojada a la fantasía. Es patriota; cayendo de bruces en
los desengaños, que no puede negarlos, se recobra y dice: «Pero la raza
es sana; y muy inteligente. La más inteligente de Europa.» En suma:
es tan recio y duradero como el muro ciclopeo de Tarragona. Están al
unísono con ese tipo: el rentista, si ha leído a Villoslada, y los deportes
no le han vuelto tarumba; el erudito local, conocedor del punto de la
muralla (derruida hace quinientos años) que aportillaron las huestes de
Alfonso VI. 0e otras gentes sospechosas-caballeros de las Órdenes,
académicos de la Historia- nada digo, porque no los he observado de
cerca. Así, el primer fruto de la guerra nacional contra los moros es restaurar los entes más viejos, arrancar del alma a los españoles toda una
edad, y encenderlos en la misma pasión que los míticos guerrilleros de la
caverna astúrica-la misma por su objeto, su expresión, y los modos de
saciarse que propone.
Medieval la armazón política. La vida española recae en el ínterin
donde estuvo empantanada ocho centurias; igual ceguera: obstinarse en

derribar una puerta abierta; codicia tamaña: quitarles tierras a los moros por «haber más hacienda» y repartir mercedes a los ladrones; descuartizamiento de la potencia pública, único paladión de pobres, por los
oligarcas desmandados que la emplean en el gran despojo. Que sean los
Ricos-homes o las sociedades anónimas quienes trasquilen al pueblo; que
sea el oligarca Don Lope Díaz, o el Señor de Cameros, o Don Juan: el
Tuerto, u otro bandido de gran solar, o el gerente de un banco, de una
compañía minera o ferroviaria, y sus mesnadas en las Corte~, síguese la
misma procesión del dinero: se estruja al cristiano-al humilde, no al
poderoso-, para costear las armas y los brazos que han de someter al
moro; disípanse los acostamientos; cuando llama el rey, no le acuden, o
mal, y tarde. Entonces, como ahora. Y tales han acudido a veces, que
mejor les estuviera no ir. Vasto latrocinio, chantage desaforado viene
siendo para España la guerra contra los moros, desde antes de Covadonga; y no han robado más los que allanan una choza, saquean un aduar:
«El mayor ladrón-dice Quevedo-no es el que hurta porque no tiene,
sino el que teniendo da mucho, por hurtar más.» El desvalido, el ignorante, o el que posee un talento y pretende hacerlo valer, habrán de perdonar por este siglo, y por el próximo, si la morisma no se rinde. Lo
que presta la nación al individuo, el auxilio de vivir socialmente, se pierde en esta guerra, hoy por modo más estúpido que en el siglo décimo,
pues lo aventuramos en disputar con mayores bárbaros que nosotros. No
me conviene depender en lo más mínimo de la razón o sinrazón de un
puñado de berberiscos cerriles. Si los españoles lo mirasen bien, de vergüenza y de rabia romperían el hechizo que los tiene alelados, y verían
que es poco estimar a España restituir al moro su rango antiguo, otorgarle sobre nosotros tanto poder como de enemigo hereditario. Debieran
levantar a más la soberbia. No apellidar causa nacional a empresa donde
sólo puede haber manteamientos, pedradas y estacazos, empresa guardada para Sancho, ayudado desde lejos por el caballero «con advertimientos y consejos saludables». Mirar en la calidad del enemigo, y si hemos
de tenerlo, buscar alguno que nos honre. O crearse un enemigo de igual
condición, o sufrir la que el enemigo nos imponga. Francia tiene el suyo.
53

l

�LA P L U ~I A

LA PLlJMA
Dicen maliciosamente que Francia muda de enemigo hereditario cada
veinte años; pero va de Inglaterra a Alemania, de Alemania a Inglaterra,
y si quisiéramos nosotros entrar en turno, habríamos de instituir-hermanos y todo-un poder económico y militar que la amenazase; Francia no se estima en menos. Ni Alemania, que tiene el odio portátil. Y el
inglés no se declara enemigo hereditario del zulú ni del birmano a quie~·
oprime. Tal el enemigo, tal la enseñanza, o el contagio. Francia ha adelantado en la química y en la mecánica; no se consolará por eso de la
guerra, pero algo sabe hacer mejor, o de nuevas, que antes no hacía.
Cosa que los españoles hayan aprendido en Marruecos, no se conoce
ninguna: como no sea cortar cabezas de moros y mostrarlas en las tabernas, o enviar a la Península bajo sobre dedos y orejas berberíes. Cúlpese a sí propio si aún anda embarazado en compañías que le degradan;·
si desperdicia el seguro que le ofrecía el mar, apartándolo, por fin, del
poder islamita derruido; si en vez de irse cara al mundo en que siempre
debió asistir, mira al Atlas, captado por el funesto prestigio que desde siglos le atrae,

* * *
Mirando en el bullicio de Marruecos, la inútil mortandad, los destrozos, la ineptitud, el sonrojo público, nadie pensará que en África esté
escribiéndose un apéndice de la ilustre epopeya de ocho siglos; fué otra
la calidad de los hechos-se dirá-; otros eran los modos; menos fangoso el manantial de la gloria. Si en trescientos o cuatrocientos años.
nuestra entrada en el Rif no provee de metáforas altisonantes a los retóricos que nos sucedan(«... la enseña roja y gualda se paseaba triunfadora por la 9lanicie de Zeluán!»), o no sirve de pretexto para incursiones nueva~(« ... nuestros antepasados introdujeron en el Rif la civilización cristiana!»), será que el caletre español se haya recompuesto; pero
la materia histórica que amasamos en el Rif, contra aquella opinión superficial, es la de siempre. Los términos, en armas y gobierno, con que
los cristianos de España entran a guerrear a los moros son, en substancia, siglo tras siglo, invariables.:Adviértase que al español moderno, oído.
54

el proceso de la reconquista, sólo le queda en la memoria una explicación polémica fraguada por la propaganda; al valerse d~ ~que! ,·ocablo,
no maneja un caudal de hechos, sino un concepto pol1t1co. La reconquista, si en algún modo nos determina, no es_ tanto por rechazo ~e los
sucesos sobrevenidos en esa edad, como amarrandonos al razonamiento
con que la explican. Toda guerra, para ser bien ente~d_ida, erige u na
oficina de propaganda. Las dilatadas guerras entre cnst1~n_os y moros
por el dominio de la península, suscitaron en el_ campo cristiano una.legión propagandista descomunal; ocupaba la cated:a de San Pedro) el
púlpito de la más pobre aldea; el alcázar, el h_osp1tal,
~om·ento; el
pretorio y la catedral. ¿Adónde iría el hombre s1mp(e, el 1d1ota, q~e _no
blandiesen sobre él un hisopo o una lanza, exhortandole o conmmandole a pelear, e inculcándole por qué peleaba? Pero nadie es tan ingenuo que confunda la guerra, los móviles de los potentados que_la_encienden las razones del hombre vulgar para someterse a los padec1m1entos y ex¡orsiones, con la figura levantada sobre la guerra pa_ra inscribirla
en la historia. De la explicación aducida por los propagandistas del plan
cristiano, poco caso se ha de hacer (salvo en lo que a su pesar confiesan), sobre todo si fueron testigos presenciales: los testigos ven lo q~e
creen· lo demás, no entienden. Peor si detentan el mando. La fuent: ultima; que acudiríamos para trazar la crónica de nuestra ?uerra en A!rica serían las arengas de los generales o los partes del G3b1erno; vald nan
como re-::urso desesperado, por no perderlo toJo y guardar algu_na memoria de los acontecimientos: como si de un reino desaparecido nos
quedase una estela en un desierto. La propaganda del plan cri~tiano en
la reconquista puso al servicio de la historia, por modo e~clus1vo, ~artes oficiales, arengas ~ prelados o grandes señores, comunicados rcg10s.
Que nuestra entrada en el Rif parezca, cumplidos los ~ie~pos, tan
o)oriosa como el hecho del Salado o de Granada, se antoiara supuesto
inverosímil; peor: chocarrero. ¿Es acaso menos estrafalario someterse,
siglo tras siglo, al patrón explicativo de nuestra historia, p~es~o por los
bárbaros? ¿Se puede comulgar con mayores ruedas de molino. El concepto político de la reconquista surgió en la edad de más espe~a barba-

e!

55

�LA P L U \l.-\
ríe conocida en la península desde la caída de Numancia; seres montaraces, crédulos, lo adoptaron. Cortos de entendimiento; largos de
manos; las tragaderas, anchas. Si hoy un corresponsal nos mandase
a decir que había visto los acorazados de la escuadra anclados en los
picos del Gurugú, o que las nubes llovían sobre Melilla riquísimo aceite, podríamos dudar si era un mentecato o un bromista, pero no creerlo. Las remotas noticias de la reconquista no son más serias; las explicaciones tocantes con el origen, vienen de autores creyentes en las en carnaciones del diablo. Se imaginaban que el demonio, en cuerpo de
hombre, iba por los riscos de Sierra Morena tocando un tamboril. cantándole coplas a Almanzor. ¡Necia diablura! ¿Para quién iba a cantar en
la sierra el pobre diablo? De chico, tales fa.ntasías me impresionaban vivamente, y también yo creía ver a un diablo viejo, negro y cornudo,
brincar entre los jarales, profiriendo con voz cascada: «En Calatañazor,
Almanzor perdió el tambor. ¡P]án! ¡Rataplán! En Calatañazor, Almanzor perdió el tambor!» Y esto era muy triste; la voz del diablo no tenía
ecos; nadie le oía en aquellos cerros candentes, desiertos, que yo me
imaginaba; el diablo parecía desconcertado, corrido de su mal suceso,
y se iba a pordiosear, lamentable. En rigor, al diablo no debe achacársele tontunas_. Perdió la capacidad de amar, no el entendimiento angélico. No es fornicador, ni borracho, pero soberbio y envidioso; le conoce mal quien le pinta necio. Si Dios creó al hombre a su semejanza,
el hombre crea, también a semejanza suya, al diablo de las apariciones;
cuando es imbécil, a su creador se lo debe. Concluyo de la estupidez
del diablo en Sierra Morena la modorra de quien lo trajo, y que eran
mentecatos o farsantes los autores gravísimos que con tal cuidado lo ingieren en sus textos; sus demás opiniones y cuentos quedan, con eso,
daiiados. Pensará algún moderno que no pueden correr sobre Melilla
tan gruesas fábulas, de aguzado que tenemos el sentido crítico. Es según
la materia. Si al corresponsal de marras se le apareciese el diablo, el público se burlar/a, en efecto, hallando excesivo el anacronismo. Tolera
otros: si ve a un fraile arengar en lo más recio de la batalla, blandiendo
un crucifijo, espectáculo desusado, a lo que creo, desde la toma de Orán,
56

LA PLU;\1A
.nadie se espanta. Es el primer paso, el segundo sería ~ue al corresponsal se le apareciese el apóstol Santiago, con peto y qu1xotes, encasq~etado, fulminando ]a terrible espada, subido en el caballo blanco, o b1e?
uniformado a la in"lesa-que sería más tJlerable-: guerrera de kaki,
correaje avellana, p~ismáticos en bandolera y un junquillo coi: mango
de cordobán. Al punto, muchos lo creerían. Millones de_ e~~anoles ?º
podrían quebrantar el dicho del corresponsal con u~~ ob¡ec10n_ de pnncipio; los que impetran del omnímodo poder dm~o _el tnunf~ de
nuestras armas, alabarían a Dios. Tenemos, pues, en Afnca lo ne1,;esario, falta lo que debe faltar, para que la entrada de los cristianos e~ Morería resplandezca mañana con tanto brillo com? l_a cruzada_ nacional•
No es tan descaminado poner en los altares de Afnca a Santiago Matamoros. Lo que es yo, concentraría la Guardia civil en ~ierra Morena
para vigilar las apariciones del diablo, y que le tomase~ ¡uramento de
decir verdad si voceaba un triunfo nuevo. Comprendenase entonces el
emblema de A:lmanzor, vencido por el apóstol Santiago en una batal:a
que no se dió.
CARDEN JO.

57

�L.-\ P L U 11 A
por sus opinioneE y las de sus lectores, sino apartándome de toda preocupación.
política, con toda mi paciencia y mi atención.
Puesto que hoy no puede ya hablarse de él más que en tiempo pasado,.
puesto que pertenece a la historia, como dicen en los discursos ollciales, permítaseme alzar la voz y decir qué hombre era este y el por que de mi afc:cción.

* * *

CRÓNICAS LITERARIAS
ALEMANIA

m

l.THRNAu.-Nadie se admire al verme introducir la figura de·
Walter Rathenau en eshs crónicas. Podría defender su presencia
arguyendo con las cinco o seis obras que ha escrito, pero sin desconocer su valor e importancia, no quiero ocultar bajo una excusa
q 1 e sería casi un pretexto la determinación de no esclavizarme al rigor de un
epígrafe, dt&gt; una rúbrka. Walter Rathenau se substrae a las clasificaciones y definiciones. Pertenecía a todos los órdenes en que nuestra atención y nues,ra
simpatía se reparten: literato, economista, filósofo, aficionado en arte, y hasta
hombre de Estado. Era uno de los espíritus más grandes, no sólo de su país,
pero de su tiempo, uno de los hombres que simbolizaban la persistencia y la
defensa europeas. El Occidente extremo y, en particular, Francia, no han visto
en él más que al ministro, e incluso si se esforzaban en proclamar sus méritos
no le: d iferenciaban del batallón de hombres políticos entre quienes vivía al fin
de su carrera. Hace dos años no le conocían ni de nombre, y probablemente
dentro de otros dos lo habrán olvidado. Sin embargo, en él se encarna un momento del pensamiento europeo.
.\le es grato hablar en esta Revista, de donde está excluída la política, de un
hombre a quien tuve felizmente ocasión de tratar durante diez años. de un hombre a quien conc,cí antes de la guerra, época en la cual, si alguien le hubiese predicho su destino, habría contestado con un encogimiento de hombros. Quisiera
diseñar su retrato, no como lo hao hecho los periodistas arrastrados por el tum.ilto de la información cotidiaoa y tiranizados, incluso inconscientemente.
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La notoriedad europea de \Valter Rathenau había nacido en Cannes, ya que
no en Génova, porque sus misiones eo Londres y sus primeras armas en política apenas revelaron su nombre más que a los iniciados en los juegos de la diplomacia, o a los que van siguiéndolos con ardor. Su notoriedad en Alemaoia
era, claro está, más antigua, pero no hacía mucho tiempo que había .-lcanzado a
todas las clases de la población. Walter Rathenau era el caballo que, recomendado con discrección a los apostantes por boletines dignos de crédito, acababa
de destacarse del grupo de sus competidores y de tomar la delantera a favor
de una curva.
Había publicado antes de la guerra varios libros que descubrían la penetración de su intelígencia y su temible cultura-libros de tendencias filosóficas
pero en los que desempeñaban pJpel importante la sociología. la economía política y la historia-. Ninguno de ellos había reclutado vasta clientela de lectores. Su forma literaria, su concepción, y la confusión de géneros, rebelde a todas las reglas de la crítica y de la ciencia alemanas, los hacían 5ospechosos a los
ojos de los especialistas; al paso que, por su inevitablt: aridez, eran en demasía
pesados para el públ;co. D·masiado diiettante para unos, dem1siado sabio•
para otrc-s, se inmovilizaba en el cuadro restringido de algunas amistades.
En las esferas oficiales le mantenían aparte y en observación. Porque la influencia de los negocios y de los grupos fin~ncieros que podía manejar le hacía,
más temible que su crédito personal: la A. E. G. (Allgemeiue Elecktricitat Gesdlschaft), por sí sola, convertía a \Valter Rathenau en uno de los grandeis señores del capitalismo alemán.
Durante la guerra, tuviéronle en cuarentena, coofinado en funciones accesorias: sus teorías democráticas y europeas, pedestal de su triunfo en 1921, eran
conocidas de todos, así como su hostilidad a los Hohenzollern; por otro lado,.
su mutismo y su recelo, más aún que su fortuna y su plan de vida, le apartaban de las minorías socialistas y revolucionadas e incluso del radicalismo burgués, es decir, de todos los grupos en que prendía la oposición. No desempeñó
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�LA P L U ~l :\
,papel alguno en los acontecimientos de 19181 y al año siguiente Jlamó un poco
la atención dando a :uz dos libritos, uno de ellos acerca, o más bien contra el
último emperador. Hasta 1920 los hechos no se pusieron a favorecer su marcha: en el momento de convertirse la joven república en juguete de las facciones políticas, y bajo su máscara, de los grandes trustr industriales, Rathenau
fué ascendiendo, con opon~r las fuerzas financieras que dirigía a las empresas
y a las ideas de Hugo Stinnes.
Hay muchos puntos de semejanza entre Hugo Stir,nes y Walter Rathenau
Pero también muchos puntos desemejantes. Por una parte, la vida, y el contraste de los mismos acontecimientos sobre intereses idénticos, les imbuyeron
preocupaciones iguales y les impusieron idénticas actitudes. Por otra parte, sus
caracteres individuales eran opuestos en casi todos los órdenes, y en modo
completamente favorable a Rathenau. Hugo Stinnes no tiene otro valor ni otro
prestigio que los de su dinero, mientras que Rathenau tenía todas las cualidades
Y_ todos los defectos necesarios para ser un hombre de amplísimo vuelo, y para
simbolizar, a ojos C:e quienes gustan de las clasificaciones y de los símbolos, el
hombre moderno: mente aguda, voluntad ardorosa, indiferencia completa ante
las objeciones de la moral, facultad de no considerar a los individuos, cuando
no a los pueblos, y a sus tradiciones, cuando no a sus patrimonios, más que
como fichas en un tablern, subordinación de los medios al hn. supresión completa del factor Sentimental en la economía general del individuo.
, Esto e_s sin duda lo que en Ratheriau nos llamaba más la atención y nos hacia experimentar la sorpresa y la seguridad que nos infunden ciertas obras de
Frank \Vedekind y la obra de Car! Sternheim. Sorpresa más intensa, porque el
&lt;lominio del escritor, por grande que sea, nunca es tan tiránico como el del
hombre &lt;ie acción. Harto se ve el daño que las supervivencias románticas han
causado en tres generaciones, y los esfuer:os que la n11estra acumula de~de
hace veinte años para zafarse. Pero en este caso nos hallamos bruscamente delante del exceso contrario: exceso de cerebralidad y conceotraeión de toda la
vida interior en las figuras y fórmulas de una geometría implacable. Espectáculo más conturbador quizá, y seguramente más misterioso que el del sentimentalismo romántico. Testimonio de fuerza, pero de una fuerza casi monstruosa y
co,1tra naturaleza.
Los hombres como Walter Ratheoau, que suprimen toda ternura-•en e
sentido más amplio de este vocablo-y que llegan a menudo a templar e inclu:so a suprimir todo~ los odios, tienen sobre sus contemporáneos una ventaja
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LA I' L U :'-.l A
inapreciable; no llevan a cuestas bagaje al¡¡uno, y gozan de una preciosa líber· ·
tad de movimientos. Me imagino que esa ventaja estará ampliamente compensada por otro lado, y que cesa medalla-como decía M. Prud'homme-debe tener varios reversos por lo menos•. Pero oo trato de hacer aquí un curso de
psicología general; quiero simplemente not.ir lo que facilitó a \Valter Rathenau el acceso al poder.
Supresión del factor sentimental: e11 e l fondo, conviene confesar que esto ,
es de lo más inquietante. Cierto que en ese dique temeroso había algunas fil.
traciones. Un amigo que conoció a Ratbenau hace veinticinco años, cuando su
padre y los amigos de su padre le rode aban de una desconfianza entreverada
de compasión y le tenían sujeto, incluso dentro de la A. E. G.. me contaba recientemente que en esa época no era insensible a cierta vaga sentimentalidad
de orde11 histórico: la época de la reina Luisa le atraía por modo singular, Y no ,
podía contener cierta emoción cwando pensaba, por ejemplo, que el escritorio
de su uso había sido. un siglo antes, de aquella princesa legendaria. Pero estas
puerilidades, que no están lejos de recrearme como una bocanada de aire fresco, eran nada al compararlas con el mecanismo formidable que presidía en la
vida intelectual de Wllter Rathenau. Y a pesar de su progenie israelita-peligrosa sería desestimar su impo rtancia-ese mecanismo le mantenía brntalmen-te apartado de todos los hombres cuyas cúleras, rencillas, y demás pasiones,
veía conjugarse o entrechocarse alrededor.
Walter Rathenau estaba dotado de una inteligencia cruel. Todo iba a parar
a ella o &lt;lf' ella se alimentaba. Incluso sus goces estético5, que apenas nacidos
le servían para cebar sus experiencias, sus paradojas, sus fantasías. Si le gustaban Renoir, Cézanne. Van Gogb, Beethoven, lo que más le divertía era descubrir y desmenuzar sus procedimientos técnicos, y embromaba a sus amigos
manchando lienzos y escribiendo trozos de sonatas y de sinfonías imitados con
tanta fidelidad, que su facultad de asimilación causaba estupor.
A su inteligencia debía la agudeza extraordinaria de su sentido crítico. No
llegaré a decir que Wa iter Rathenau fuese ante todo un hombre de oposición,
pero lo cierto es que tenía más de censor, a lo Maximiliano Harden, por quien
no ocultaba sus simpatías, que de hombre de Estado. Algunos responderán que
la tragedia de Max:miliano Harden c0nsiste precisamente en verse encerrado,
por la caída de Bismarck, en un papel negativo, siendo así que le estaba reservado ace~tar cosas grandes en la esfera de las realizaciones. Pero yo nocomparto ese parecer, ni ~sa indulgencia, acerca del vicio libelista que, desde
61

�LA P L U l\J A
hace treinta años, pero sobre todo desde 1914, se agota en perseguir la gloria
por todos los cami1.os, ea todas direcciones.
\Valter Ratheaau era demasiado audaz y cultivado para ser un grande hombre de Estado. Y por el contrario, le faltaban ductilidad, tradiciones, destreza
política. Es el único oficio a que no supo adaptarse nunca-sin duda porque lo
despreciaba-. Para político profesional le faltaba todo, y creo que Jo echaba
·&lt;ie ver: durante su vida entera se mantuvo cuidadosamente apartado de la cocina parlamentaria, donde .Matías Erzberger era singular. Y al paso que prose,guía la realización de sus vastos proyectos y trazaba líneas nuevas en el rompecabezas europeo, permanecía sin defensa contra las conjuras de los pasillos,
que eran capaces de arrancarle de golpe todo su poder.
NI) es infecunda la comparación entre Rathenau y Erzberger; como individuos, la_s ventajas están de parte del primero; pero como hombres públicos, el
favorecido es el segundo. Es lícito creer que si Erzberger no se hubiese aplicado a la liquidación de la guerra, y si hubiese emprendido como Rathenau la
construcción de un edificio nuevo con materiales de desecho, habríalo acertado ~el mismo modo. Porque las circunstancias han ayudado a Rathenau: lo que
en tiempos de Fehrenbach o de von Simon:- hubiera parecido imposible, esa t s.
pecie de nuevo Dranr nach Osten que empuja a Alemania hacia Rusia, de quien
antes se temían catástrofes sin cuento, se antoja hoy, incluso a los reaccionarios, la única tabla de salvación. Rathenau ha cCJnseguido la victoria de R ipa.
llo sobre el Occident:!-Extremo, y podía gloriarse de ello; pero Erzl,er&lt;1er hubiera tenido que ganar esa vicroria contra Alemania misma y el Reichst:g, y el
cas,, hubiese sido más difícil.
En Rapall0 todas las opiniones alemanas vinieron a coincidir. Ea las froater~s del ~eich n? hubo más que un ·:encido: Hugo Stinnes. Ese tratado. que
abna a la mdustna alemana el mercado ruso, le privaba, en eíecto, de su clientela de descontentos, y revestía a su adversario del prestigio que ambicionaba
sí. ~stoy seguro, además, de que Rathenau, al combinar su golpe, oo perd10 de vista esa primera consecuencia de su victoria.
Con ella terminaba brillantemente, y en el vasto campo internacional, que
le era grato, lo que constituía al parecer la primera parle de su carrera. Fué,
por desgracia, el término definitivo.
Los que le han asesinado, cegados por el odio polícico y por las máximas
del aa,ti~emitismo que azota en Alemania con intensidad trágica, han suprimido al un1co hombre capaz de sostener un papel de primera línea en el Gobier-

P~:ª

62

LA PLUMA
cuando la derrota ha impuesto a su país lo que he llamado en otro sitio
cdesgermanizacióa•. Porque, a riesgo de dejarme llevar por las ilusiones extremo-occidentales, diré que Walter Rathenau era a mi parecer el mejor guía
que pudiéramos desear a Alemania en la imposibilidad de su política tradicional. Su inteligencia le habría preservado de mnchas errores y tentaciones, y sus
teorías, le habrían apartado de los compadrazgos de clase con que nos abruman
los Hugo Stinaes de todos los países.
No se juzgue, pues, erróneamente el alcance verdadero de las reservas que
he formulado respecto de la capacidad política de Walter Rathenau. No es que
temiese que un nietzscheano como él, pagado de la Voluntad de Poderío y de
la Transmutación de Valores, fuese débil para llevar a término su cometido.
Lo que temía era que resultase demasiado fuerte para librarse de las trampas
y añagazas que irían poniéndole al paso. El exceso de fuerza es tan peligroso
como la debilidad, así para el hombre que lo padece como para la causa que
defiende; el presidente Caillaux: lo sabe a su costa. Y no puedo por menos de
considerar que toda la inteligencia de Rathenau no ha bastado para desarmar la
pasión de los asesinos de Erzberger ni la paciencia emponzoñada de sus rivales, y que ea su desprecio de las crisis sentimentales no ha pensado ea protegerse ni ea proteger su obra contra ninguno de esos dos riesgos.

'110,

l

PAuL CouN.

TEATROS
AS COMPAÑÍAS DK LA LKGUA.-Hasta hace pocos años la vida teatral
española se reducía a los principales escenarios de Madrid. Fuera
,
de ellos. no gozaba de la menor consideración cuanto se representaba sin el marchamo de los revisteros y el público madrileños,
ni sin su refrendo prosperaba artísticamente actor alguno. Las excursiones por
provincias de las mejores compañías de la corte, tenían un prestigio muy superior al de la gloria local, discernida en ocasiones a tal o cual histrión y rarísima vez acatada fuera de su ambiente propio. Cómicos hubo populares en Sevilla, pongo por caso, y aun por toda Andalucía, que no lograron el aplauso no
ya de Madrid, mas de cualquier otro público que no el suyo habitualmente;
como si, en efecto, su arte respondiera por modo especial a cierta sensibilidad
característica de sus admiradores, reveladora de las diferencias étnicas que

�LA PLUMA

LA PLUMA
suelen animar a unos contra otros españoles, faltos de una educación con sentido nacional y humano.
Tenían entonces las compañías del Español, de la Comedia, de Lara, una
estabilidad inconmovible y, bien que regidas por empresas particulares, paredan traducir en cierto modo, adaptándola a la realidad madrileña, la burocracia de los teatros oficiales franceses. Pocas veces se interrumpía el turno de
antigüedad para dar entrada en e! escalafór. del personal de los teatros al simple mérito artístico. Por otra parte, el estreno de una obra nueva, la consagración, por el éxito, de un autor dramático, eran acontecimientos cuya solemnidad se fraguaba ~n círculos y corrillos; para trascender a provincias, ur.a vez
obtenido el beneplácito de l\ladrid. Esta disciplina riguro~a procedía de las
enseñanzas y métodos implantados por Emilio :\lario, de quien fueron discípulos eminentes en el arte de adaptación al medio, la Guerrero y Díaz de
Mendoza.
A principios de siglo, la inmigración de Enrique Borrás suscitó un cambiobrusco en las normas que eran entonces habituales e,1 el teatro de la Comedia
Borrás tenía una personalidad y, sobre todo, una manera de explotarla, muy
semejante a la de algunos actores itali,1nos, que acostumbran correr su patria
de p,mta a cabo, la América después, y el muudo toao, sin más bagaje que
unas cuantas obras en que el protagonista declama un aria. trágica casi siempre, coreada por su compañía, obras cuya repetida aceptación dote los varios
públicos está asegurada por el prestigio del divo.
Borrás no se aclimató a los usos madrileños, pronto vió su incompatibilidad con el sistema de compañías estables a base de unos cuantos estrenos
cada tem¡&gt;orada, e imitando con acierto la vagabundez trashumante de los actores itali:rnos, formó la suya con escaso repertorio de dramas de los llamados
de:' costumbres populares, traducidos del catalán casi todos, y añadiéndole luego
N Alcalde de Zalamea, y El Abuelo, de Gald6s, de que ha hecho una interpretación muy aceptable, se dió a correr las provincias.
El matrimonio Guerrero-Mendoza menudeó más cada vez sus viajes a la
América española, donde em;iezó a estrenar, a modo de ensayo general con
todo, incluso público, las obras con que intentaba luego ante el de Maddd descubrir el anhelado sustituto de Echegaray, su mejor oroveedor de un tiempo.
Ello quitó importancia a la tradición dd estreno en la corte. Margarita Xirgu,
ErneitO Vilches después, por no citar sino a los que dentro de un mismo criterio comercial representan diferentes .nodalidades artísticas, hiciéronse tam-

t

bién un repertorio propio, 3decuado a su capacidad y a la ley económica del
mínimo esfuerzo. Surgían al mismo tiempo compañías casi exclusivamente
provincianas, como la de Antonia Plana, cuya breve estancia en Madrid les
servía de reclamo para sus negocios de fuera, harto más fructíferos, y con repertorio copioso en que tienen cabida los estrenos más aplaudidos en la temporada; extensiva a los teatros de provincias, antaño abiertos tan sólo esporádicamente, en época de f.-rias, Carnaval y tal cual fiesta señalada.
La circunstancia de haber coincidido nuestro paso por una capital de tercer
orden con la actuación en su kalro de !a compañía de 11orano, actor más alejado cada vez de los escenarios dt Madrid, nos mueve a referir a tal campaña algunas consideracioues de orden general acerca de los cómieos de la legua de ahora . N'o es :llorano de los directores artísticos que transigen con las imposicioms
del público en punto al gusto que ha de presidir en el 1·epertorio, o de los que,
a cuenta de tales imposiciones supuestas, se adelantan vertiginosamente por el
camino de la barbarie en que está a punto de naufragar la escena cómica. En
realidad, es dificilísimo, si no imposible, probar esa dependencia de la taquilla, con que se escudan, exculpando sus malas artes, c.tsi todos los empresarios. Puestos en lo peor, podremo5 admitir que el mal gusto imperante sea un
resultado fatal del concurso de empresarios, cómicos y público; nunca p("cado
imputable exclusivamente a la masa anónima que paga para divertirse. Morano no transige, repetimos, y, lo que es más, hace gala de luchar, a grito herido,
ya que no a brazo partido, en defensa de los fueros-o que él cree talea-del
arte dramático. En la capital de tercer orden donde nos ha hecho coincidir la
suerte, recordábase este año antes de la presentación de la compañía, la hazaña
con que su director interrumpió, en su anterior incursión por el mismo escenario, un pasaje de Set'iora Ama, la conocida comedia de Benavente. Parece ser
que el público de aquella noche aciaga, protestó, más o menos ruidosamente,
pero siempre ea uso de un derecho que estim1tmos indiscutible, determinada
frase, o el gesto y ademán determinados con que el propio Morano la subraya
en un alarde de realismo erótico. A lo cual, deteniéndose un punto en el desempeño de su papel y revolviéndose airado en la realidad, dijo, encarándose
con los espectadores, estas palabras u otras semejantes: «La culpa me la tengo yo por representar margaritas,.
En abono de la moderación de público de tal manera maltratado, dice no ya
el que Morano y su compañía hayan podido volver al mismo escenario, sino el
que éste ni la sala padecieran entonces menoscabo ni deterioro.

V

�LA P L U \l A

LA PLUMA

Tiene, pues, ;\lorano un criterio artístico que considera superior al de su
público habitual. que ha de ser, por necesidades del neg_ocio económico, ~I de
pueblos y ciudades situados sobre la lín_ea del ferro~a:nl, ent:e dos cap1t~Ie_s
de temporada teatral de más importancia. El except1c1sm? casi absoluto, 111~1lista a que propende nuestra escasa fe de hombres del siglo, no nos per:~11te
aventurar la posibilidad intangible de otras normas estéticas que !as relativas
al tiempo y al ambiente en que vivimos. fiemos de atribuir al criterio ar~íst'.c"
de Moraoo, por ejemplo, cierta correspondencia con los gustos de otro publico
que no ante el cual le hemos visto representar úl.~imameute en_ compañía dé su
fami\id.-No menos de tres hijos, de ellos, dos, h11as1 y muy hadas por cierto,
lleva consigo este actor, batiendo el recordp1teroal a qJe se entregan la s primeras figuras de la escena española-. Su reiterada ause ncia de lo: t~atros madrileños, el escaso provecho logrndo en todos los órdenes en sus ultunas tt m¡,oradas de la Princesa y el Centro, muestran que no es ta~poc_o d púb iico, tenido por más refinado, de la villa y corte, aquel cuyas ex1ge~cias se c?•11pag1naa mejor con los propósitos de Morano. ¿Habremos
colegir que c_stan és~os
tan por encima del medio ambiente español, que su misma excelencia retr.11ga
al común de las gentes a prestarles aquiescencia ni atención?
_
Un dato tenemos, sin embargo, a que asimos nuestra esperanza de no ver
aureolada su fortaleza artística con la soledad de que se precia el héro,'. i1&gt;seniano de Un enemigo del pueblo, nunca representad&lt;&gt; poi' 1'1oraao. No todo:; los
públicos se le manifiestan indiferente¡; o rehacios como los de Madrid y Zamora. y si bien la mayor demanda y consiguiente competencia de las empre,as de
provincias le obliga a pasear de ceca en meca sus engendros dramáticos. ,ie~e
i\Iorano una a manera de sede propia en Barcelona, donde representa con mas
frecuencia v continuidad que en el resto de España.
He aquí· un hecho que tiene su significación. 1&lt;:1 que hoy por hoy tenga más
adeptos en Barcelona que Borrás o la Xirgu, que 011.n perdido en prestigio localista, y quizá ea conciencia artística, lo que hayan ganado al &lt;to:nar las alas
del castellano&gt;, como su pequeño compatriota Eugenio D'Ors, determina bil!n
a las claras la situación artística de ~lorano, cuyas condiciones se adaptan a 111a1avilla a la economía-material y espiritua!-del teatro en Barcelona. ¿11.'o ha
siclo siempre característico de la capital cataia'.la el espectáculo de traducción,
,::rosso modo, de cuanto más exteriormente repre:;eata a nuéstros ojos el «espíritu europeo?•
Tal el que Morano nos ofrece en sus programas. Lialos no más el ingenuo

d:

66

t

:y al punto prestará con la intención la adhesión que ea ellos se le reclama:
Shakespeare, Calderón, Turguenief, Ga!dós, l\Iirbeau, y, entre los más modernos españoles, Lópe:r: Pinillos, ¿no son nombres que parecen revelar desde luego ese amor al verdadero arte dramático, que en vano pedimos un día y otro a
cómicos y empresarios cuantos, de puro aficionados al teatro, hemos dejado de
ir al que se esti;a en todos?
No hay, sin embargo, ea tan eclética variedad esa unidad de criterio artístico que a primera vista, con su solo anuncio, se presupone ea el actor que
ofrece interpretar el Shylock y el Pedro Crespo, el león de Albrit y el Léchat.
Ya el hecho de que un director de escena se permita invocar la gloria clásica
de un autor para defender la representación de sus obras, contra la posible
falta de respeto por parte del público a tal consagración previa, denota intolerable doblez. La ~niversalidad de toda gran obra se computa no por la supersticiosa adoración que su nombre suscite, mas por sus hondas raíces humanas,
ca¡:¡aces. a través de la distancia que los siglos, o los montes y mares que separan i,n s.1 manera de ser accidental. a unos de otros contemporáneos, de hacer
reverdecer en el ánimo de los espectadores, o del lector, la pasión puriñcadora
de nuestras miserias cotidianas. El señor Moraao supone que sio su advertencia de que se va a representar una obra maestra, el público no toleraría El mercader de Venecia, tomándolo como cosa de poco más o menos, bueno para en tretener a niños y militares sin graduación.
Es posible que el señor l\lorano, y quienes le han precedido en tal método
de incubar el fetichismo de la gran obra y el autor clásico, no andeu muy lejos
de la verdad al considerar como buen público de Shakespeare el más popular,
es decir, el que no suele asistir a sus abonos. El que, por darse la obra en día
festivo, vi yo solazarse con Shylock el judÍ&lt;', no era ciertamente el que a diario
ocupaba no más de unos cuantos palco~ y butacas del amplio teatro provinciano. Era el público sin graduacitf11,. Y en tanto lvs &lt;"spíritu~ avisados de la pequeña capital celebraban sobremanera el prólogo ridículo ea que i\lorario exculpa la candidez del poema dramático q11e va a tener el honor de representar,
d anriteatr &gt; y el gallinero seguían interesados las peripecias de Ja farsa. Quienes necesitan soslayar su admiración a Shakespearc, acogiéndose oo más a Sil
filosofía //rica, sin abandonarse al simple goce de la fábula, so;i incapaces de
co:nprenderlo.

Muy cierto que de la tragedia al mdodrama media un paso. El que da Morano en cuantas obras interpret~, ora reduciendo la noble angustia del Abuelo

�LA PLUMA
galdosiano a la intriga, pretexto de la tragedia, ya refundiendo doblemente,.
con simplificarlas a dos o tres contrastes efectistas, las representaciones de
Calderón y Shakespeare, desbordantes de vida en los origioalc:s del EJ Alcalde
y Et Mercader, o pretendiendo adaptar a un ambiente de falso asturianismo,
con praviana y todo cantada entre bastidores, El pan ajeno, de Turguenief.
Un drama le hemos visto a Morano, que no tuvimos ocasión de ver cuando
su estreno en Madrid: Et caudal de los hi.fos, de L6pez Pinillos 1 en que por proceder el dramaturgo con notoria ingenuidad, cobra condición artística la simple emoción melodramática que Morano imprime en general a todo su repertorio. El caudal de los lujos, concebido melodramáticamente, es decir, para probar en el transcurso de la acción teatral una fatalidad reducida al absurdo de
su mismo planteamiento arbitrario, se desarrolla con lógica inflexible y va adquiriendo casta de naturaleza humana, conforme reaccionan violentamente acto.
por acto y escena por escena, los personajes del drama unos contra otros, salvando su responsabilidad, de suerte que no podamos en nuestro ánimo admirar exclusivamente al hiroe y condenar sin remisión al traidor.
Y, sin duda por contener El caudal de los /,i_jos una aleación de intereses morales y materiales del autor, que Je obligaron a forzar la invenci6n·y procurar
justificar dignamente ante sí mismo la necesidad de soliviantar los nervios de
los espectadores, el último drama de Pinillos inicia una solución posible del
desvío que actualmente se advierte entre los profesionales del teatro y el público español.
La fruición con que el de la misma Zamora, que en serie de abono protestó las crudezas, o que tales le parecieron 1 de Señora Ama, asiste a las representaciones anuales de La Pasión de Nuestro Señor, al Tenorio, o con que aplaude
emocionadamente al Alcalde contra el capitán ¿no revela una conciencia !&gt;Ocial
tan viva. por lo menos, como la que acusa el éxito de Muñoz Seca, de Linares.
Riv1.S, del raquelismo en las v.irietés.l Producto todo arte, por la ley económic?..
de la oferta y la demanda, de la colaboración entre el artista y el público, cuanto más el arte dramático, renegu e mos de Jos dogmas absolutos, y huyamos de
las malas compañías, qut: todo lo pervierten.
UN CRÍTICO INCIPIENTE,

LIBROS Y REVISTAS
R. Blanco Fombona.-El Conquistador Español del siglo X VJ.-Ensayo de
interpretación.-Editorial Mundo Latino, Madrid.
El conquistador de la América española no es un santo, como han querido
·pintarle los propugaadores del dogma de. la historia inmaculada de España; no
es tampoco un bandido, cual afirman sus detractores. Es simplemente un pro-dueto heroico de la España del gran siglo. Sus cualidades excelsas, sus aberraciones, no les son peculiares, sino del ambiente en que habían nacido y criádosc.
Conforme a esta hipótesis, de sen~ido común, pero que era necesario sentar, ahora que reverdecen en congresos, exposiciones y embajadas las tradicionales mentiras del mútuo trato hispanoam('ricano, Blanco Fombona ha planteado con inequívoca rudeza la antigua y siempre nueva cuestión de la conquista española de América.
Analiza el escritor venezolano los caracteres fundamentales de España, pa1entes en sus ~antos, en sus capitanes, en sus reyes; la arrogancia, el espíritu
filosófico, el factor religioso, la dureza de la raza, son temas de otros tantos capítu los, que preceden a la revisión panorámica de la incapacidad administrativa del reino, desde Alfonso X, hasta el cumplimiento de la unidad nadona) con
Isabel y Fernando, a través, luego, de la gloria falaz de Carlos V y Felipe II, y
con sus sucesores Habsburgos y Barbones, para terminar en la tremenda liquidación colonial del 98. Presenta después el escenario sobre que se destaca la
figura del conquistador aventurero, especie de condottiero nutrido fuertemente
de la savia española de la época: ignorancia, religiosidad, heroismo dinámico,
a que pone cebo la fiebre amarilla, el Dorado sueño de los quiméricos países,
cuya realidad antes que desengañar avivaba la imaginación.
No se trata de un estudio erudilo. Ya en la carta a Gabriel Alomar qut&gt; sirve de prólogo al libro, se disculpa Fombona justificando el desorden con que
fué escrito. Se trata de una vindicación apasionada. Más que historia del conquistador español, es trágica defensa de la crueldad española en América. Por
-encima de toda otra consideración, pese a la serenidad europea, en el más alto
-sentido de la palabra, con que pretende sustraerse a su condición de venezo-

69

�LA

LA . PLUM,\

PLUl\IA

«Abro mi freule al lado de los vientos.
A:argo mis ojos al lado de las sombras.
Hundo mi corazón en el costado del amor.
Tiemblo y canto.
La boca está caliente de gritos y de sangre.
¡Ah, qué días más duros para estar de pie!
¡Ah, qué cansancio enorme sobre los hombros!
¡Cómo pesan las noch-!s del mundo
en los grandes espacios que nos hacen los ojos!•

lano, de americano, de españoi, y pensar como un hombre como todo un hombre, se advierte la traged_ia personal de quien, como Blan~o Fombona, no puede contemplar especulativamente la historia de España eo América, porque le
duele, no ya eo el alma, en las heridas de la propia carne.
. Por eso, sin qu 7 este libro tenga en su composición aparente, ni eo los motivos que han mo:,r1do a su autor a escribirlo, afinidad alguna con el magnífico
Facundo de Sarmiento-de que ha hecho una nueva edición recientemente la
Editorial-América que él mismo dirige-. corre por sus páginas algo de la mis!11ª tremen.da e_mocióo, la misma calidez de polémica.:la misma sed de venganza
1~e_al, que 1nsp1ró al desterrado argentino. en tiempos del tirano Rosas, aquel
vml aceuto, cuyos ecos parecen revivir un punto en las palabras de este perseguido de la justicia que manda hacer el tirano Gómez de Venezuela.

* *

No sé si será atribuir demasiaaa significación al hecho de que los PoemtZS del
Hombre estén editados, y muy b~liamentc, eo Montevideo. Pero es lo cierto que

*

Carlos Sabat Brcasty.-Poemas del Hombre.-Montevideo, MCMXXI.
No os asuste la aparente prosopopeya del libro. Su autor es ua poeta. Para
nosotros, nue, o. Creemos que lo sea, eo efecto. Nuevo y moderno· pero tan
antiguo como la poesía.
'
Más que una serie de poemas, constituyen los de este libro uo poema lírico,
sin armazón novelesca alguna, dividido en tres partes, netamente señaladas en
la división que el propio poeta establece: «Libro de la voluntad» «Libro delcorazón», «Libro del Tiempo«, en qu~ se resumen grav~mente la; dos primeras.
. Todo él e~tá ~scnto en. versos hbres o blancos, cada uno con su ritmo propio y su medida mdepend1ente, salvo rara vez, de la del verso siguiente, y más
rara vez aún componieado una estrofa de acentos regulares. La metáfora sust~tuye siempre a la expresión ~irecta del sentir del poeta; pero, y de ahí sumérito, nunca la metáfora es capnchosa, sino que, trasunto de no concepto, concreta la vaguedad del sentimieuto eo alusiones materiales cargadas de sentido,
espiritual.
•¡Hermano!
¡H..-rmaoo inmenso!
Contémplarne esta enérgica locura
y la pokncia elástica con que me rompo en músicas.•
.. . .
.
.

t

nos ~ugiere ciertas consideraciones, que corroboran la de que goza el Uruguay
en la República uoiver5al de las artes y las ciencias con relación a sus bernrnnas del continente americano. Tienen. en efecto, los uruguayos fama de más
cultos. Y, si, aparte las naturales condiciones poéticas, nos interesan los poemas de Sabat Ercasty, es, a oo dudar, por su sabor euroµeo del momento actual, en que parecen conden-sarse virtudes que el gran Walt \Vhitman alumbró
como propiamente americanas, que adquieren consistencia tradicional en Verhaeren, o esplendor barroco en iJ'An:111ozio, que en la lírica post-simbolista
francesa toman incremento y desarrol:o, y que ahora arraigac, como antes en el
corazón-con el Romanticismo y sus hijos-, en el puro intelecto.
Añadamos que tal modernidad es sin menoscabo de la nobleza de la lengua
española, ni alardes, por el contrario, de academicismo trasnochado .

*

*

*

~armen d.~ Burgos (Colombine).-Et Retorno.-Novela espiritista. (B11~ada
en hechos reales.)-Lusitania Editora, Limitada.-Lisboa.
Creemos haber apuntado ya, con motivo de Los An.icuarios, novela inmediatamente anterior a la que nos ocupa en la copiosa lista de obras de Carmen
de Burgos, cómo destaca entre sus notorias cualidades de escritora, la de periodista, que ha ejercido muy principalmente. Pero hemos de hacer una salve
dad aclaratoria: oo obstante el incremento de la prensa periódica, suele tenerse
en cosa de poco más o menos la condición de periodista. No es justo en modo
alguno, por más que expliquen t¡¡I recelo ,ouchos malos ejemplos que el periódico nos ofrece obstinadamente cada mañana y cada tarde. No es menos noble
el periodismo moderno que ]¡¡ crónica antigua, pongo por género literario. Es
menester. eso sí, que sea bueno, que tenga calidad artística. Colombine es buen
períodi-t,.
Los estudios espiritistas suscitan cada vez más apasionado entusiasmo. No
poco ha cootribuído ¡¡ ello en estos últimos tiempos la labor divulgadora de
Maeterlinck, poetizando con singular encanto la sucinta relación de los fenómenos registrados desde mediados del pasado siglo. Otros nombres ilustres colaboran en la misma obra. Richet y Flammarion, acaban de publicar sendos libros

. . . . ... .. . .. . .. . . . . ........................ .
••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••• ♦ •••••

«Sí, corazón,
innumerables cantos,
como de mar,
me lle~ao
desde tu carne joven.&gt;

...................................................
.. . . . ...... ...................................... .
70

71

1

�LA PLUMA

LA PLü\lA
interesantísimos. La novela de Colombine nos lleaa con'gran oportunidad. ¿No
es la oportunidad la primera condición periodísti~a?
'
El Retorno gana luego nuestra atención Su autor observa una imparcialidad
a prueba de toda solici~a~ión en pro o contra de los sucesos que refiere. No dej~
transpai:entarse su op111_1ón personal. Atribúyaselos la significación que cada
l.ua_'. ~st1me más conveniente a la razón, al sentimiento propio, a la educación
rec1b1da: es lo cierto que se comprueban de continuo fenómenos extrnordin·1rios ~in suj~ción a _las leyes norm':'les del mundo en c¡ue vivimos. ¿Superchería~?
No. ,Sugestiones sm trascendencia real? Tan maravillosas en todo caso como su
existencia efectiva. Que no hayamos descubierto la Causa, no quiere decir nada.
~or &lt;;&gt;tra parte, ¿tal reacción espiritualista en el conc.-pto humano del mundo,
1mp!•~ª. total desacuerdo con el materialismo del siglo pasado' De ningún modo
Espirlt)Stas hay_que afirman la unidad aosoluta del Universo, que no admiten
la ~ualidad clásica: cuerpo y alma, materia y ~spíritu, mal y bien. Todo es rna•
tena No ~a la lu_z, el alma es susceptible de ser apreciada en peso y medida.
Colombme, ha inventado una tran:ia sencillí,;ima y natural. en que inserta algu~os_ so~~rendentes relatos de fenomen.)S de telep1tíJ, de adivinación, de matenalizac1on, acompañados de la evolución del prosélito, desde la desconfianza
a la fe, y aún a la locura en casos. El Retorno, su:namente at,activo como no'."~]~, e~_sobre tod? selectísima crónica de un movimiento social, y excelente
1~1~1ac1o_n de ultenores lecturas y estudios psíquicos. El ambiente de la novela,
v1v!do _sm duda por el autor en el propio marco en que está encuadrada, la estación mveroal de Estoril, pintore:;co remedo de Niza, en los alrededores de Lisboa, Je presta mayor interés y evidencia.

* •

*

*

José M:i.ri Chacón y C:1.lvo.-Ema11os de Lite•·atum Cub.ina.-:\IC:l{XXII
Editorial Saturnino Calleja, Madrid.·

'

Cnatr~J _estudios acerca de «Los orígenes d:- la poesía cubana•, los e Romances Trnd1c10nales», «Getrudis Gómez de Avellaneda• v «fosé :\iarí~ Heredia&gt;,
constituven el volumen editado recientemente en la Primera Serie de la Bibiiote.:a Calleja, con «¡uc continú:t Ch,,c6n v Calvo sus interesantísimos ensa, o-;
críticos de la literatura de su p;,ís.
·
. No obstante 1:i.s di~tintas circ•1nstancia; que h~yan dado motivo a los trabaJOS que huy apare..:en reunido, por primera vez, dé tal modo t·~tán &lt;'t1c1de 1ados en_el pensamiento del a!.!tor. que más arecen &lt;liferc,n,.•s capílnlos de 1111
vasto libro, que simple~ ~rtíc11lo_s o c,mferencia,. Ya en la Antología de poel:is
c,ubanos, de que _gustos1s1mos dimos cuenta no ha mucho a los lectores de L.\
f LUM.\, se l)atent1zaba excelentemente la artbtica labor de invm,:ión. llevada a
cabo por Chacón )'Calvo, al descubrir, por l,is nrocedimientos modernos de la
crítica histórica, el caráctf"r n,1cional de la po~sía cubrna. Estos ensavos de
ahor.i, que no son, sin embugo, de fecha reciente, acusan la serena p:-"nbid1d
con q,,' su autor investig,1 1 deduce, concuerda, explicando con su criterio libre
de todo prejuici,1 nacionalista, l:is señales dcrtas porque va desarrol lándose, a

72

medida que se despierta el sentimiento de independencia en Cuba, un espíritu
literario peculiar de la isla.
cEI método con que habrá de escribirse la Historia de la Literatura Cubana, no podrá ser otro que el comparativo-dice-. Ha pasado la época en que
·se consideraba la obra artística como fruto exclusivo de la fantasía individual:
hoy todo se ve como en una íntima y estrecha cadena en la que los factores sociales modifican las tendencias primeras del artista y donde se distinguen elementos de las más varias procedencias. Y ta comparación habrá de establecerse principa!mente con la I iteratura española, ya que la nuestra participa, en
muchas de sus ~artes, de los mismos caracteres que aquella, y atraviesa por
análogas vicisitudes.•
Así, pues, lo mismo cuando habla del Espejo de Paciencia, crónica, más que
poema, de Silvestre de Balboa, cque es hasta ahora la muestra más antigua de
la poesía en Cuba» (1608), que cuando transcribe las variantes a los romances
tradicionales españoles, introducidas en las versiones cubanas, o al evocar el
ánimo patriota latente en las mejores líricas de la Avellaneda, y mostrar por
último en Heredia «Poeta de la naturaleza, poeta civil• ce! sentimiento de la
patria y su sentido de liumanidad• que constituyen «la esencia de su arte•,
Chacón y Calvo lo hace buscando antecedentes inmediatos en la literatura de
la metrópoli. En ese sentido, si no lo fuera además por la particularísima perspicacia con que sitúa la figura del poeta de Cuba por excelencia, el estudio sobre José María Heredia es modelo del géuero de ensayos que nuestro amigo se
propone, en que el soplo sentimental de la simpatía parece animar el vigor de
la investigación científica.

* *

Luis H. Hldalgo.-Et Poema Triunfa/.-París, 1921.
El autor, americano, por lo que se infiere, y muy joven, por lo que se ve en
el retrato inserto al frente del poema, cuenta ya con J¡, adhesión , según la carta
impresa, que lo a.:ompaña, «del presidente Millerand, de M. Bérard. ministro
de Instrucción pública, del vicerrector de la Sorbona, en fin, con la del gran
poeta Jean Suberville, autor del hermoso poema, sobre el mismo tema, coronado por la Academia Francesa•.
Al frente de El Poem,1 Triunfal, dedicado a la victoria oficial consagrada en
el monumento , tantas veces profan,1do ya, del sold:tdo desconocido. al pie del
Arco de la Estrella, pone el poeta estas palabras de Briand: &lt; ••. no subimos a la
tribuna para que se admire la donosura de nuestro ingenio, la ,ublimidad de
nuest.-o estilo, sino para emocionar y convencer. Somos servidores, no de la
sintaxis, sino del sentido común.•
Y, luego, el Sr. H. Hidalgo dice, ya por su cuenta:
Desconocido Dios de la Epcpeya,
que al mundo coronó con su estrella,
yo vengo con mi pobre musa,
cuando ya rota está ta escaramuza,

73

�LA PLUMA

L :\ P L U l\l :\
v t&gt;l mundo se e:,;/iende en calma
como una grande ¡alma,
a traerte! mi canto hechicero,
mi canto mu'/ smaro, .
pon.JU&lt;:: e,:, oijo humilde de la raza
que tu recuerdo eternamente abraza.
Y «sf por espacio de doscientos setenta y cinco versos, impresos en buen
pa¡&gt;d Nos hemn, limitado a subrayar.

* * *
Adela .~arion Adam.-Platón. Sus ideales morales .v políticJs. -Traducción

dd inglés ¡)Or J. ;\lenéndez Arranz. Editorial S,lturnino Calleja, Madrid.
Tienen, ante todo, los .\!anuales Calleja, de que es muestra escogida el librito que nos ocupa, sobre sus congéneres, la presentación pulcra. cuidada,
:itradiva. El original inglés de esta correcta traducció11 e«pañola, forma parte
dt· l,1 colección de «;\lanuales Cambridge: de Ciencia y Literatura•. La autora,
profesora distinguidísima de los colegios de .Newnham y Girton de Cambridge
ha conse~uido plenamente el objeto que su editor Je propuso, según ella misma advierte en el prefacio: hacer cuna exposición clara e inteligente a la mayorfa de las gentes de cuanto Platón produjo en la esfora política y moral.&gt;
~&lt;&gt; obstante la t •ndencia de les últimos eruditos ea l a. materia a considerar
la filo~ofía platónica como merl\ exposición d&lt;:"l pensamie11to socrático, a nn ser
en los diálngos del últimn período, Misstres Marión Adam. prefiere adscribirse
a la opinión antig·1a según la cual, el pensamiento de Platón. ampliamente expuPsto en sus mejores obras, representa el descubrimiento de su propia mentalidad.
Conforme a ese plan. sucintamente, pero con singulares agudeza y claridad,.
partiendo del resumen de la Ética y Política griegas antes de Sócrat"!s, y ex•
poniendo luego las doctrinas socráticas. apunta en sus rasgos esenciales, Sl'ña-lanclo los jalones de su desarrollo, las ideas de Platón, culminantes, desde el
punto &lt;le vista que hoy llamaríamos social, o de filosofía práctica, en la utopía
de L,i Repttb!ica.
Lr,s capítulo~ r&lt;"ferentes a la importancia que Platón atribuye a Ja educación, y al, por decirlo así, comunismo platónico, son especialmente suge~tivos,.
y carn~terísticos de la intención que la autora y el editor de los :\!anuales llev;,n, no cle hacer un libro de erudición a la violeta, .;inn de reducción a las neCf"sid:icles de la vida contemporánea de cuanto la filosofía platónica tiene de·
nonna fundamental para conducirse en la vida, conforme a un orden noble de
lit acción gobernada por el pem,amiento.

Mario Puccinl.-Dove e iJ peccato

* * *

e Dio.- Romanzo.

F. Campitelli, Editore,
Foligno.
•Es la novela de nuestra angustia más próxima y menos advertida. No se,

74

puede volver ya a Cristo y a la Iglesia, porque el reino del espíritu no está. en
abstract,&gt;, fuera del hombre, sino vivos en el hombre v en la carne. Hov no se
puede. no ya creer, ni pens~r siquiera, en una religión estática, sin pecados;
porque sólo más allá del mal y del pecado, están el bien y la virtud. Dios no
está e,1 la inmovilidad, sino .:u nuestras luchas de cada día más penosas y pesadas y en nuestra ansia desesperada de vivir.&gt;
He aquí, en pocas palabr;;s, del propio autor sin dnda, el propósito de la
nueva novela de ~fario Puccini, paladinamente expuesto, a modo de reclamo
editorial, sobre la cubierta de Dove e il pecato e Dio, que acaba de ver la luz en
Italia. Encar~ados por el director de la Editorial-América, de traducir al espa•
ñol la .'.iltima obra del colaborador italiano de LA PLUM.)., remitimos el dar un
apunte crítico de ln novela a la fecha próxima de su publicación entre nosotros.
Dedicada a la memoria del maestro, muerto recien.:emente, Giovani Verga,
Oo,,e ¿ il peccato t! Dio revela ese punto de madurez del escritor nato, en que
los problemas de c1Jnciencia individuales adquieren trascendencia colectiva, al
resumir en las páginas de un libro de entretenimiento, con la emoción personal, con la experiencia propia aliada a la invención novelesca, un momento
histó1ico.
Añadid a la misma oportunidad circunstancial que pudo prestar sinaularísimo atractivo, y la boga coasiguiente, a 11 Santo de Fogazzaro, cierta p;o pensión voluntaria a comprobar la verdad más que a sublimarla en un misti cismo
¡¡ospechoso, como lo fué sin duda el aparato espiritual e.e la doctrina modernista; sustituid por esa misma verdad, el prurito de conversiones estupefacientes, como la recentísima de Papini-para anunciar su Vita dt Cristo-a imitación de la actitud a la última moda católica, de ala unos escrito res franci::s es
contemporáneos; y tendréis ill mente un somero av.~1ce de la :iianificación que
Mario Puccini ha logrado imbuir a su interesantísima novela. "'

* *

*

Raymond ~chwab.-La conqutle de la 7oie.-Lcs Cabiers Verts, pnblié:,
sous la direction de Daniel Halévy, París.-Librairie Grasset,

1922.

De cuantas publicaciones animan el mercado literario de París desoués de
la guara. una de las más interesantes es la cokcción de ~es Cahiers Verls, en
que parece revivir, en mucha parte, el espíritu que alentó en los célehres Ci·
hiers de la Quinzaine, de Peguy, donde cohboró con éxito Daniel Halévy.
. ~a co11quete de la Joie es un libro de poesía. Poesía en prosa e himno a i mov1m1ento• en que se canta cla curiosidad fi::cunda del espíritu y de los sentidos,-según anota el prologuista-, por alusiones simbólicas, ma,; •con una
percepció!1 aguda de l_o real y de lo inmediato. La exactitud de sus imágenes
más atrevidas lo atestigua. Aunque su espíritu raya lejos, sus ojos so: apoderan
vigorosamente del.as formas.•
El príncipe, despierto a la voz del padre, se dispone a correr el mundo de
los sentidos, el mundo de los deseos, el mundo de la buena fe. hasta la conquista suprema de'. Amor. La «Semana de las Tentaciones&gt;, la «Semana de los,

75

�L.-\ P L U l\l A

LA P L U l\J A

·Conocimientos•, la •Semana &lt;le la sed•, la ,Semana &lt;le las buenas voluntade!&gt;
condúcenle a la conquista de la Alegría.
Y con él va el lector seducido por el encanto de unas palabras, al mismo
tiempo misteriosas y precisas, en que cada imagen, de un realismo crudo, directo, tallado en la propia visión, o en la experiencia del tacto, o del olfato,
•o del oído sensible a la música latente en los ruidos todos de la vida, o del paladar. suscita una emoción alada, que, desprendiéndose poco a poco de las sensaciones carnales, se pierdt: en el deliquio.
En las páginas de La conquile de la Joie parece fraguarse un decidido pro
pósito de conciliar la expresión sensitiva de las cosas, según e!. gnsto decadente del simbolismo baudeleriano, con la tendencia a reconstruir idealmente, por
el predominio intelectual, la imagen artística del mundo. Literatura de litera·-tura. Pern buena.

* * *
•Raimo:ido RRymondi.-Verso il So/e di Levante.-Padova. Riccardo Zannoni, 1921,
e Verso il Sol di Levante
Che dire mai vorrá?
Preludin d' avvenire
O di caducita?

E chi losa!
• • • • ••• •• • •• • ••• ••• , •••• &gt;

¿Qué quiere decir •Hacia el Sol de Levante? ¡Quién sabe!, ¿Ha querido el
Sr. Raymondi, cansado de tanto esfuerzo como hace la poesía moderna por
sutilizar cada vez más las sensaciones. volver la mirada a !~ antigu1 simplicidad? De tudas suertes, es una sencillez la de sus versos no exenta de cierto
111a11ierismo, de cierto prurito de inocencia que denotd la picardí~ del siglo.
Compone Verw it So/e di Levante, un ramillete de epigramas graciosos, cuyo
lirismo, con un dejo a lo i\letastasio y algl'.u toque de prosaísmo poético, un
poco a la manera francesa que dió el éxito, en pleno d'annunzianismo barroco,
.al malogrado Guido Gozzano, muéstrase siempre velado por la sonriente sátira
y el tono de dómine amable, característico dtl fabulista nato.

C. R. C.

* * *
Et ldOVIMlENTO JOVBII EN U LITERATURA NEERLANl)BSA CONTl!MPOPÁNEA: En LB
D1sQUK VBRT, (junio), F. Chasalle y C. Kelk escriben: «Holanda no posee más
,que fra~mcntos de una literatura; no exbte literatura holandesa, como uu todo
histórico. En nuestro desenvolvimit:nto artístico hay puntos culminantes, que
·no están ligados entre sí por una serie ininterrumpida de portadores de la tra•
-dición, como ocurre en la historia artística de todos los grandes pueblos. Nues76

tro de3envolvimientc; artístico no sigue en su curso un concepto fijo, cuya dirección se determina por el espíritu del tiempo. Ese desenvolvimiento se efectúa a empujones, y adopta sucesivamente, por transiciones bruscas, las fases
diversas de las literaturas de los pueblos vecinos.
Casi todos los holandeses conocemos cuatro idiomas, lo que nos permite conocer inmediatamente la !iteratura de otros pueblos cultivados. Nuestros act;&gt;ntecimientos literarios son el reflejo fiel de lo que ya ha pasado en otra parte, e
incluso desde bastante tiempo, porqe una de nuestras características étnicas
es cierta lentitud, nacida de J;, prudencia. Cuando un renacimiento se produce,
conserva por lo general su actualidad durante mucho tiempo. La consecuencia
es la formación de una especie de argot artístico, la desoladora repeticiÓ!l de
cietas formas.
El movimiento secundario que hacia 1880 reno\·ó nuestra literatura tuvo por
jefe a Willen Kloos, tan pagado de sus creaciones erótico-líricas, que para él y ·
sus discípulos no existe casi nada, fuera del lirismo. La resaca de ese movimiento aún se siente en nuestros días. Además de los partidarios inmediatos
de Kloos. que aún publican, como Van Eeden, Boeken (en la poesía), está la pléyade de sus discípulos, como Jules Schürman y Bastiaanse. fiele~ a las fórmulas
de Kloos, aunque en ellos la poesía erótica haya cedido el puesto a la poesía
naturalista. Albert Verwey, que comenzó en partidario de Klo,:,s, se abrió pronto un camino propio y agrupó en t,orno una escuela de jóvenes. Boutens procede de Verwey más que de los naturalistas, aunque con personalidad propia.
A todos ellos puede reprochárseles que su poesía es liten:tura, porque se han
habituado a sentir en literatos .
Otra corriente que se manifestó más tarde y que en parte es paralela de la
anterior, es la de la poesía colectivitit?., cuyo representante principal es actualmente Henriette Roland Holts. A su lado se coloca Herman Gorter. También
hay aquí alguna figura más o menos aislada, como Adama van Scheltema, que
trató de generalizar la p ..rticularidad del poema por el tono .o el contenido populares. Esta corriente se cuajó pronto en formas convencionales y en una
tendencia a lo cerebral.
Doesburgh !la hecho notar que en Holanda, donde la pintura es futurista en
extremo, la literatura revela un carácter opuesto. Esto es típico y natural en
nuestra literaturn; así la encontramos en todas las épocas, de suerte que podemos considerar ese carácter retrospectivo como una tatalidad, de la que no se
librará nunca. Los procedimientos renovados qlle han permitido, en las litera•
turas extranjeras, crear valores nuevos, se han aplicado tambien en la nuestra,
pero sin resultado favorable. El único a quien le han valido de algo es J. K. Bonset, pero no ha acertado a manejar bien un material exótico, y se ha desviado
de la pujanza plástica, verdaderamente grande, que poseía.
Los poetas j6venes holandeses de quien depende el porvenir de la poesía
neerlandesa, pretenden aplicar, conjuntamente, procedimientos tradicionales,
renovados y nuevos, para la realización de sus concepciones incógnitas, nacidas
de una visión nueva. Con esto renuncian acaso al rango de jefes, pero se libran
del peligro de un?. excentricidad tendenciosa, que no les es natural, y se reser-

77

�LA P L U 1\1 A

LA P L ü ~! .\
van el merito de introducir en Holanda y de imponer lo bueno de las literaturas extr:mjeras, principalmente de la francesa. Continúan las tradiciones de
Verlaine, de Baudelaire, de Rimbaud. Entre los poetas cuya obra refleja esa
tendencia citaremos a Hermao van den Bergh, M. Nijhoff, J. Slauerhof; Hendrik
de Vries es de un natural más germánico.
En cuanto a la prosa, se admite generalmente que del movimiento literario
llamado «movimiento del So• nació una prosa neerlandensa. Es cierto que a
partir de esa fecha han aparecido muchas obras caracterizadas por un estilo y
lln •género positivo• en el arte de la descripción y de la observación; de donde
ha podido venir la idea de una pro5a que nos asegurase un valor nacional. En
realidad, las propiedades del nuevo arte estaban también tomadas del Extranjero. Creíase poder salir, con ayuda del estilo nuevo, del atolladero del estilo
precedente, llamado iróoicamenle •estilo de los pastores•. Pero un levantamiento contra los pastores no S!gnificaba todavía una insurrección contra el espíritu burgués, prudente, cauteloso de Holanda, que era la verdadera fuente
del malestar de nuestra literatura. Las simoles características del entusiasmo
espontáneo en que aparecieron las primeras obras, se convirtieron en un prncedimiento más. Surgieron nuevos clichés. los del género estilístico. Nos propusieron por ejemplo a Flaubert, olvidando que la significación de Flaubert
ccnsiste en lo que ha realiz11do con ayuda de csu estilo,. En lugar de un estilo
se produjo un calambre estilístico. El estilo se hizo completamente antinatural,
en cuanto la crítica se opuso a lo que se antojaba «lugares comur.es•. No es
raro, pues, que nuestra novela no pudiese sostener la compdración con la novela extranjera.
Ea !JUestros prosadores jóvenes germina la aspiración de liberar el idioma.
Hemos visto evolucionar la novela naturalista de Querido hacia la novela psicológica de Karel \Vasch, y cambiarse la plástica lingüística en cerebralidad
lingüística. Ahora se p:-ttende que la lengua sea simplemente una metáfora, y
no un todo ,compuesto• de vocablos y líneas. c,m un elemento de «estilo•, ni
tampt,co una apariencia e xterna, de forma;; bellas. pt&gt;ro. como lo formula en su
manifiesto la revista de j,,venes Het Gellj, la libcraci6n del hom"re frentt&gt; a Jo
infinito. mediante el precipitado de la obra primitiva y de los sentimientos primitivos en el fondo del vo !it1bli111inal. l~sa «realidad• será estudiada. mucho
más &lt;¡ue los llamados «tr-ozo&lt;; de vida• en la prosa del So, en relación con los
aspectos y formas ,•xteriores de la vida, inc,&gt;,porado en personajes y situa•
ciones.

* * *
-A PROPÓSITO nE J. K. HuYSMANS. En L\ CONNAISSANCK (mayo-junio), termina el ensayo de;\[. Aubault de la Haulte Chambre. acerca de su mae,tro y amigo, el autor de Ld Ba!: •Doctor ea ciencias litúrgicas y místicas, fué un gran
iniciador. Cargado d(' infinitas lecturas, tenía el don de asimila, se maravillosamente lo que había leído. Guiado por doctos maestros. formado en su disciplina, los igualó si no los sobrepujó. Mística divina y diabólica, liturgia, ascetismo,
exég..-sis, hermenéutica, hagiografía, todo lo poseyó en gr;ido eminente. Se mo7S

vía con h&lt;&gt;lgura eu las cuestiones má-1 árcluas del orden espiritual, y más de
una vez asombró a hombres versados e'l materias como esas, que piden un tacto exquisito. No se abandonó, por vana curiosidad, a conocimientos que le
atrajeran o cautivasen; su ciencia, según el consejo de Bossuet, se encaminó
por entero a amar. Su conversión no fué el caso de un alma curiosa v dilettante que busca sensaciones inéditas; fué ve1·dadera, no se desmintió j'.¡¡ un momeDto. Me atrevo a decir que Huysmans fué un santo eo el sentico teoló~ico
de la palabra. Cuando sobrevino el padecimiento, que fué extremado, hasta el
punto· de que no pu,.de pensar~e sin temblar en los esterto1·es que acompañaron su agonía de tres semanas. se mostró fnerte, resignado, tranquilo, considerando que revivía la pasión de su santa, y se vió que si había hecho literatura con los místicos, entonces hacía, también con ellos, ejercicio de santidad.
Murió, como Fran,;;ois Coppée, de un cáncer bucal, ocasionado poc el abuso dr:l
cigarrillo; "10 de otra cosa. En 1904 su médico le llamó la ateoción sobre el peligro que corría fumando demasiado. Intentó reaccionar, pero no lo consiguió.
Aún estoy viéndole macerar el tahaco en la jofaina para quitarle la nicotina,
extenderlo después en unos periódicos y ponerlo a secar en el horno de la cocina, y fumarlo así, para engañar las ganas; pero eso le duraba un día, todo lo
más; al cabo. no pudiendo resistir, volvía a los cigarrillos de tabaco verdadero,
que tanto le daiiaban.•

*
-PELIGROS

O&amp;

* *

UNA POÚTICA CONSECUl!NTE.-En el número de julio de la

N. R. F., M. Jacques Riviere. dbcurriendo en términos crencrales acercad,· la
política francesa actual, escribe: •Nos conducimos como~¡ la política fuese ún imente •cosa m&lt;'ntale•. Gastamos una actividad desusada en imponer a lo r eal
una forma que visiblemente repele. Nos falta en absoluto la percepción de las
resistencias. Acepta mes lo irremediable en lo más cruel y repulsivo que tiene,
en la muerte de 1 1n millón seiscientos mil compatriotas, pero no se no, ocurre
pensar que también puede haber algo de irremedial,le en las cosas soi&gt;re que
reca•:n nuestns decisiones. Continuamos echando por delante los artículos de
nuestro derecho, como un rebaño al que quisiéramos hacer trepar por una pared.
No vemos salvación más que en el cumplimiento de aquello que concebimos
claramente. Es menester que los principios admitidos y refrendados un día por
el !lrnndo a instancias nuestras, arrojen, andando el tiempo, y a plazo fijo. los
frutos que esperábamos.
.
En general. todos los franceses sentimos un afán terrible de ten,:r evidentemente razón, quiero decir: de tal manera que admita demostración. Nada más
peligroso. Porque una opinión nueva y fecunda es una opinión poco sólida todavía, que puede re.:ibir el asalto de cantidad de Mgumentos y ser q11ebrantada por ellos. No qu.-remos ..:orrer el peligro de que un razonamiento nos ponga en un aprieto. De suerte que instintivamente nos apartamos de toda concepción aventurada, es decir, creadora.
Esa rnaoera de repliegue sobre nuestra propia mente me inquieta; contra él
79

�f

LA PLUMA
estoy, y eo él veo el peligro más grave que corremos en la hora actual. De antemano estamos dP. acuerdo, y únicamente, con lo que prolonga nuestros pen-·
samientos, nuestra inclinación, nuestros deseos. Al parecer, ya no sospechamos que el mundo puede tener sus caprichos, contra los que carecemos de defensa. Y, sobre todo, sus leyes, que nos convendría penetrar.
Nos contentan aquellas injusticia5 de que µodemos probar que somos víctimas. Sólo nos interesa ponerlas en evidencia; en lugar de reflexionar y de
trabajar.
.
.
¡Dónde y cuándo se ha visto re~o:npensada 1~ virtud? ¿En qué momento las
naciones se han mostrado agradecidas? ¿Por que aparentamos creer en toda
una pseudo-moral intt:rnacional, cuando somos realistas y t'Scépticos en demasía para haber incurrido jamás en la tontería de alimentar esa ilusión?
Pero nos es menester tener razón; es menester que los demás carguen con
el yerro: es menester, que en lugar del mundo exbtente, donde nos hallamos
a disgusto, se organice otro en nu_estro cerebro, en el que c.cupare!11~s el puesto mejor; si no puede ser el de triunfadores. por lo menos el d~ v1ctunas.
Todo esto, simplemente humano, carecería de gravedad, s1 no pasáramos
adelante, si nuestra inteligencia y nuestra industiia no e-;,tuvicran, a lo que parece, agotándose en esa representación falsa.•

AÑ'O III.

1

MADRID, AGOSTO 1922

NÚM. 27.

~ COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN

CARA DE PLATA

DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA PRIMERA&lt; &gt;
1

ESCENA CUARTA
EL ABAD DE LANTAÑÓN con escolta de chalanes y boyeros, entrapo,· la verde quintana de su iglesia,y ante elportón de la rectoral descabalga. Bias de Miguez, el sacristán, acude a tenerleel bridon de la montura. Tumulto de voces quiebra el verde y aldeano silencio. El tonsurado
esquivo y sin /tablar palabra, se mete por las puertas de la sacristía. Negro, zancudo, angosto, desaparece en la tiniebla de arcones y santos viejos. A poco retorna, y en el quicio de la puerta hace disimulo de no mirar a los chalanes, atento al tempero. Disputa d tr&lt;'pel de feriantes, y
se mueven las picas mtre (fritos y gestos. De pronto, sobre el patín de
la rectoral, aparece 1ma dueñ,1 pilonga, muy halduda, que co11 la rueca
m la cinta tuerce el huso y escupe en el dedo. Es Doña Yeromita, la hermana del Abad.
(1)

VI

Véase

LA PLUMA

de jnlio, 1922.
81

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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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