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LA PLUMA
estoy, y eo él veo el peligro más grave que corremos en la hora actual. De antemano estamos dP. acuerdo, y únicamente, con lo que prolonga nuestros pen-·
samientos, nuestra inclinación, nuestros deseos. Al parecer, ya no sospechamos que el mundo puede tener sus caprichos, contra los que carecemos de defensa. Y, sobre todo, sus leyes, que nos convendría penetrar.
Nos contentan aquellas injusticia5 de que µodemos probar que somos víctimas. Sólo nos interesa ponerlas en evidencia; en lugar de reflexionar y de
trabajar.
.
.
¡Dónde y cuándo se ha visto re~o:npensada 1~ virtud? ¿En qué momento las
naciones se han mostrado agradecidas? ¿Por que aparentamos creer en toda
una pseudo-moral intt:rnacional, cuando somos realistas y t'Scépticos en demasía para haber incurrido jamás en la tontería de alimentar esa ilusión?
Pero nos es menester tener razón; es menester que los demás carguen con
el yerro: es menester, que en lugar del mundo exbtente, donde nos hallamos
a disgusto, se organice otro en nu_estro cerebro, en el que c.cupare!11~s el puesto mejor; si no puede ser el de triunfadores. por lo menos el d~ v1ctunas.
Todo esto, simplemente humano, carecería de gravedad, s1 no pasáramos
adelante, si nuestra inteligencia y nuestra industiia no e-;,tuvicran, a lo que parece, agotándose en esa representación falsa.•

AÑ'O III.

1

MADRID, AGOSTO 1922

NÚM. 27.

~ COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN

CARA DE PLATA

DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA PRIMERA&lt; &gt;
1

ESCENA CUARTA
EL ABAD DE LANTAÑÓN con escolta de chalanes y boyeros, entrapo,· la verde quintana de su iglesia,y ante elportón de la rectoral descabalga. Bias de Miguez, el sacristán, acude a tenerleel bridon de la montura. Tumulto de voces quiebra el verde y aldeano silencio. El tonsurado
esquivo y sin /tablar palabra, se mete por las puertas de la sacristía. Negro, zancudo, angosto, desaparece en la tiniebla de arcones y santos viejos. A poco retorna, y en el quicio de la puerta hace disimulo de no mirar a los chalanes, atento al tempero. Disputa d tr&lt;'pel de feriantes, y
se mueven las picas mtre (fritos y gestos. De pronto, sobre el patín de
la rectoral, aparece 1ma dueñ,1 pilonga, muy halduda, que co11 la rueca
m la cinta tuerce el huso y escupe en el dedo. Es Doña Yeromita, la hermana del Abad.
(1)

VI

Véase

LA PLUMA

de jnlio, 1922.
81

�LA PL U .\1 A

LA PLUMA
DOÑA JERO:\IITA

¡Jesús, con las voces! ¡Pues aunque estuvieseis a la puerta de un
ventorrillo! ¡No hableis todos a una, selváticos! ¡Hermano, ponga paz!

MANUEL TOVIO

Lo heredarán nuestros hijos.
DOÑA JEROMITA

EL ABAD

¿Cómo ha mediado el Abad?

No me sale del bonete.
DOF!A JEROMITA

MANUEL TOVIO

EL ABAD

El Señor Carita de Plata le negó la vereda, cuando iba a encomendar un alma.

¡Ave María!

¡Mi tonsura ha sido ultrajada por un carajuelo!

DOÑA JEROMITA

DOÑA JEROMITA

¡Qué sacrilegio! ¿Y vosotros aquí que buscais?

¡Jesús, mil veces!
EL ABAD vuelve a entrarse por la puerta de la sacristía. Bias
de Miguez le sigue sonando las llaves de la iglesia. Doña Yeromita, con
la rueca m la cintura y los brazos en aspa, baja la escalera del patín.

PEDRO ABUIN

La cabeza que nos acaudille.
DOÑA JEROMITA

DOÑA JEROMITA

No hableis todos a una. ¡Ay, Dios, que me entere! ¿Con quién
tuvo mi hermano ese mal encuentro?

¿A mi hermano?
PEDRO ABUIN

Justamente. ¡No es otro mi clamor!

SEBASTIÁN DE XOGAS

Con un hijo del Mayorazgo.
DOÑA JEROMITA

¡Si aún somos parentela!
PEDRO ABUI~

En Lantañón no saben de parentescos. Allí todo es fuero y
altanería.
DOÑA JEROMITA

¿Es que volveis a cuestionar el pa~o por los arcos? ¡Cuándo tendrá fin ese pleito!
82

SEBASTIÁN DE XOGAS

Y el nuestro por el igual. No eres tú el solo. Tú eres uno como
los más, y no te pongas el primero. El clamor de todos es tener por
cabeza a nuestro Abad.
EL ABAD, negro y escueto, se aparece en la puerta de la sacristía,
con el breviario entre las manos. La tropa de chalanes y boyeros queda
silenciosa esperando que hable, y la dueña pilonga con la rueca en la
cinta y el huso bailándole al flarzco, se espanta en el ruedo del halda,
los brazos abiertos, aspadas las manos.

�LA PLUMA
DOÑA JEROMITA

LA PLUMA

¡Por el padre, pongo en la lumbre las manos! No me extrañaría
de los otros bigardotes, pero sí de Carita de Plata. Ya sabe cómo
anda enamorado.

EL ABAD

¿Qué esperais?
SEBASTIÁN DE XOGAS

EL ABAD

Su resolución esperamos.

¡Alma de Lucifer!
EL ABAD

DOÑA JEROMITA

Y yo espero a saber si sostiene la mala acción del hijo, el viejo
Montenegro.

De cierto que estaba bebido.
EL ABAD

DOÑA JEROMITA

¡Si como iba a encomendar un alma, hubiera llevado el Santolio!

¡Ay, hermano, para este sofoco le hará bien sangrarse! ¿Por la Virgen, diga, cómo ocurrió ese desavio?

DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil veces!

EL ABAD

EL ABAD

¿Qué preguntas, si estás enterada?

¡Condenado! ¡Irremisiblemente condenado!

DOÑA JEROMITA

SEBASTlÁN DE XOGAS

¡Jesús mil veces! ¿Y ha sido con Carita de Plata?
EL ABAD

¡Casta de soberbios!
PEDRO ABUIN

;

Con ese Luzbel.

La fama de lejos les viene. ¡Montenegros! ¡Negros corazones!
DOÑA JEROMITA

MANUEL TOVIO

¡Estaría alumbrado!

¡Negras almas!
PEDRO ABUIN

EL ABAD

¡Maldita casta de lobos!
DOÑA JEROMITA

¡Ay, hermano, no la reniegue, que aún nos alcanza una gota de
esa sangre! ¡Recuerde que demora nuestra sobrina bajo las tejas de
Lantañónl ¡Que allí la criaron!
EL ABAD

Pues la sacaré de esa cueva. Si el padre autoriza la violencia del
hijo, romperé para siempre las amistades.
84

.,

¡Señor Abad, póngase como es ley de justicia a la cabeza de sus
feligreses!
EL ABAD

Ya os he dicho que espero.
SEBASTIÁN DE XOGAS

Viene a significarse que su consejo es la prudencia.

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

EL ABAD

Me la arranco.

Yo espero, espero, espero.

DOÑA JEROMITA

SEBASTIÁN DE XOGAS

Y a todos nos conviene ese parigual, en tanto transcun-en estas
grandes ferias de Viana. Después se verá.
PEDRO ABUIN

Todo es visto. Hay qt1e meter los ganados por Lantañón. ¡Hay
que meterlvs y venga lo que venga!
SEBASTIÁN DE XOGAS

Pedro Abuin, no hay cordura donde falta prudencia. cCuál viene

Muera el cuento.
EL ABAD

Jeromita, saca un jarro de vino para que estos amigos se refresquen. Yo voy a rezar mi breviario.
EL ABAD se quitó el bonete, signóse de prisa, y paseando a la
sombra del muro, comenzo el rezo canó11ico. La tropa dt chalanes se reparte por el murete de la quintana, eu espera del jarro de mosto. Era famoso el vino de la Rectoral.

a ser el consejo de nuestro Abad?

ESCENA QUINTA

EL ABAD

Yo no he dado ningún consejo. Cada uno es libre de reclamar
como mejor le cuadre, por la mala o por la buena. Yo en el ínterin
espero.
RAMIRO DE BEALO

El Señor Mayorazgo, si le rogamos, mudará de idea. Hay que esperar una virazón de su genio.
DOÑA JEROMITA

Pues id a verle.
PEDRO ABUIN

Otros fueron y solamente sacaron malos textos.

EL ATRIO DE LIMONEROS en el Pazo de lantañón. Doña
Jeromita aparece sobre un borriquillo con jamugas, saltante al trolt
titiritero, bien repartido por los bastes el vuelo de su falda de o,gandí,
y el manto con alfileres. Bias de Míguez, el sacristán, que viene como
espolique, azota el anca del borriqz,illo con una vara de verde avella110.
Entran por el gran arco con escudos y cadenas. La dudza pilonga descabalga en un poyo, tapándose las canillas, y el sacristán, con los brazos abiertos, está atento, sin tocarla, respetando aquella honesta pulcritud de abadesa.
DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil v_eces!

EL ABAD

Pues yo iré y no me los dirá.

EL SACRISTÁN

¡Solamente falta que nos echen los perros!

SEBASTIÁN DE XOGAS

Por levantado que sea, tiene que respetar la corona.
86

DOÑA JEROMITA

¡No me sobresaltes!

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL SACRISTÁN

Pues otra cosa no sacamos, Doña Jeromita.
DOÑA JEROMITA

I!:!, SACRISTÁN

Ni por malas ni por buenas entrega a la paloma el Mayorazgo.
¡Como a hija la tiene!

Eso ha de verse.

DOÑA JEROMITA
ET, SACRISTÁN

Hay que considerar que venimos dos O\'ejas contra un lobo. ¡Dos
cativas ovejas!
DOÑA JERO~f!TA

No me quites ánimo, con esos romances.

La ley me ampara.
EL SACRISTÁN

Se ríe de leyes el viejo Montenegro.
DOÑA JEROMITA

¡Jesús mil veces!

EL SACRISTÁN
. 1

Este era pleito para el Señor Abad.
DOÑA JEROMITA

Son genios iguales mi hermano y el Mayorazgo.

S ABEL!TA aparece por la sombra de los limoneros: Canta la
nota popular y dramática del hábito morado, en la penumbra verde.
Tiene la niiza esa expresión triste que tienen las dalias en los flore ros.
Viendo a la dueña pilonga, corre a ella.

EL SACRISTÁN

¡Pues mismamente! A un fiero, otro fiero.

SABELITA

¿Ocurre algo, mi tía?

DOÑA JEROMITA

De un acaloro entre hombres, hasta puede sobrevenir un patíbulo.
Si hoy viene mi hermano, se pierde.
EL SACRISTÁN

DOÑA JEROMITA

¿Nada sabes?
SABELITA

¡Nada!

¡Si así se considera!. ..

DOÑA JEROMITA
DOÑA JERO!IUTA

Te mandé un aviso.

Yo creo que me oirá el viejo Montenegro.
EL S-.CRISTÁN

Para mi cuenta era m~jor no haber venido, y esperar una virazón.

SABELITA

Pues no ha llegado.
DOÑA JEROMITA

Vengo para llevarte. Disponte.

DORA JrnOMITA

Pero en el ínterin no puedo dejar a mi sob~ina bajo estas tejas.
88

SABELITA

¿Qué sucede?
89

�LA PLUMA

LA PLUMA
DOÑA JEROMITA

A tu tío, cuando iba a encomendar un alma, se le opuso como un
ángel rebelde el malvado Carita de Plata.
SABELITA

SABELITA

Escuche mi tía: No se entreviste con el padrino.
DOÑA JBROMITA

¿Qué recelas?

¡Santísimo Señor!

SABELITA
DOÑA JEROMITA

Vuélvase a la Rectoral.

Y vengo para llevarte.

DOÑA JEROMITA

SABELITA

Y tú conmigo.

¿Mi padrino lo sabe?

SABELITA
DOÑA JEROMITA

Tenga espera, mi tía. ¡No me lleve!

Si lo sabe y lo consiente, vamos a ponerlo de manifiesto.
SABELITA

¿El tío cómo queda?

DORA JEROMITA

¡Ya estás llorando! ¡Guardas a los tuyos menos ley que a estos
lobos!

DOÑA JEROMITA

Hubo precisión desangrarlo.

SABEJ,ITA

¡Me criaron!
DOÑA JEROMITA

SABELITA

¡Ay, Dios! ¿Y me llevan para siempre?

¡Rebélate contra tu sangre! ¡Quédate!

DOÑA JEROM1TA

Para siempre i;erá, si tu padrino no contralleva la mala acción de
ese Barrabás.
SABELITA

SABELITA

¡No me rebelo!
DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil veces! ¡Seca esas lágrimas, no quiero verlas!

¡Cara de Plata!. .. ¡Vena de loco! ¡Alma de trueno!
SABELITA
DO?lA JEROMITA

¡Un condenado!

Acaso ... No sé ... Cara de Plata, si yo le hablase ... Porque él no
es malo.

SABELITA

No es malo, aunque lo parece.

DOÑA JERÓMITA

¡Perverso!

DOÑA JEROMITA

¡Un réprobo!

SABELITA

¿Pero cómo le hablo?

�LA PLUMA
LA PLUMA

DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil veces! ¿Responde, niña, qué media entre vosotros?
DOÑA JEROMITA

SABELITA

¡Nada!
DOÑA JEROMITA

..

¿Sin fundamento?
SABELITA

Sin fundamento.

¿No es tu cortejo?
SABELITA

DOÑA JEROMITA

DOÑA JEROMITA

¡Hazle la cruz, niña! ;Hazle para siempre la cruz a ese malvado!
y lo que tengas en el corazón sepúltalo bajo siete estados de tierra,
Disponte a seguirme.

SABELITA

SABELITA

¡Inventos!
¿Lo jurarías?
¿Para qué me pregunta, si luego no me cree?

Ay, mi tía, tenga espera.

DOÑA JEROMITA

¿Y el propósito de mediar con ese descomulgado, qué representa?

DOÑA JEROMITA

1Y tú miramiento!
SABELITA

iABELITA

Todo puede arreglarse.

Una idea que me acudió.

DOÑA JEROMITA

DOÑA JEROMITA

A eso vengo. ¿Dónde mora tu padrino?

Tendrá algún fundamento.

SABELITA
SABELITA

¡Ay, mi tía, no le hable, no le vea!

Que desagraviase al tío.

DOÑA JEROMITA

DOÑA JEROl\lITA

¿Qué temes?

¿Esa esperanza tienes?

SABELITA

SABELITA

¡Su genio altivo!

No sé.

DOÑA JEROMJTA
DOÑA JEROMITA

¡No me sobresaltes!

¿Tanto es tu influjo sobre ese Satanás?
SABELITA

¡Pobre de mí! Me acudió esa idea.
92

SABELITA

¡Mi padrino es un rey!
DOÑA JEROMITA

Pues yo seré una reina. Me veré con ese lobo cano, para saber
si ampara la mala acción de su lobezno.
93

�LA PLUMA

LA PLUMA
DOÑA JEROMITA

SADELITA

¡Ay, mi tía, si esté por llevarme, lléveme sin que me vea! ¡Sin que
lo sepa!
DOÑA JEROMITA

¡Entrometimientos, Bias!
EL SACRISTÁN

¡Ay, que me rachan la ropa los canes!

¡Jesús, mil veces! ¡Pronto mudaste! ¡Declara tu recelo!
SABELITA

DOÑA JEROI\IITA

Por tener el pico largo.

¡Pudiera oponerse!

EL SACRISTÁN
DOÑA JEROMITA

¡La ley me ampara! Me veré con tu padrino, y a sus palabras
corresponderán mis procederes.
SABELITA

¡Quise evitar una guerra civil! ¡Ay, que la ropa los canes me
rachan!
SABELITA

¡Suéltele, padrino, que está espantado!

¡El padrino!

EL SACRISTÁN
D.:&gt;ÑA JEROMITA

¡Ay, mi ropa rachada!
EL CABALLERO

Déjale llegar.
SABELITA

¡Calla, maldito, que aún no te llegan a las carnes!

No cuestione, mi tía.

DOÑA JEROMITA
DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil veces!

Ponte a mi vera.

EL SACRISTÁN

¡Más me duele la ropa que las carnes!

EL MAYORAZGO, que salía por la puerta de su torre, se ka detenido en la gran sombra de piedra. Bias de Miguez, el sacristán, salta
y gime alflanco del linajudo, que le prende de una reja con mofa feudal, cercad() de perdigueros y galgos.

EL CABALLERO

Eres un filósofo.
J:L SACRISTÁN

¡Un pobre desamparado!

EL CABALLERO

Este zorro viejo me ha traído una embajada.

EL éABALLERO

Entra en la cocina, y ampárate con un jarro de vino.

EL SACRISTÁN

¡Por tu santo servicio lo hice, Jesús Crucificado!
94

EL SACRISTÁN

¡Ay, mi ropa rachada!
95

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL SACRISTÁN, renqueando, éntrase por el enlosado zaguán,y
en la sombra sonora del arco, ríe, con su ruda risa feudal, el viejo
Montenegru.
DOÑA JEROMITA .

¡Qué genio fanático!
EL CABALLERO

¿Cómo queda mi amigo el cl_érigo?

EL CABALLERO

¡Conforme! Pero este no puedo darlo.
DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil veces! ¿Quiere decirse que sostiene la heregía de su
rapaz?
EL CABALLERO

Estoy obligado.
DOÑA JEROMITA

DOÑA JEROMITA

Con arrebato de sangre, pienso que lo sabe.
EL CABALLERO

¿Sabe bien lo que hizo?
EL CABALLERO

Y lo lamento.

Siempre ha sido en la mesa un templario.
11
1

DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil veces! Otra causa motiva su achaque, y es el oprobio
que Je hizo un vástago de esta casa.

DOÑA JEROMITA

¿Entonces por qué lo sostiene, y rompe las amistades?
EL CABALLERO

¡Yo no las rompo! Pero tengo que llevar recta mi vara.

EL CABALLERO

DOÑA JEROMITA

Tarde o temprano habrá de doblarla.

Ya conozco ese pleito.

EL CABALLERO

DOÑA JEROMITA

No lo esperes. Conozco el propósito que traes. Sé a lo que vienes.

¿Y cómo lo sentencia)
EL CABALLERO

¡No puedo romper la vara de juez que me ha puesto en la mano
el Diablo!

DOÑA JEROMITA

¿Y qué dice?
EL CABALLERO

¡Nada!

DOÑA JEROMJTA

DOÑA JEROMITA

¡Algo dirá!

¡Jesús, mil veces!

EL CABALLERO

EL CABALLERO

No puedo dar ese mal ejemplo en mi casa.
DOÑA JEROMITA

Y da otros peores.

¡Nada!
DOÑA ]EROMIU

¡Jesú~, mil veces! ¿Qué encubre?
VII

96

97

�LA P L ü ~1 A

LA PLUMA
EL CABALLERO

¡Nada!

EL CABALLERO

¡Acaso! Acércate, ahijada.
DOÑA JEROMITA
DOÑA JEROMITA

¡No extrañará que le reclame la oveja de mi corte!
EL CABALLERO

Bésale la mano a tu padrino, y vamos caminando.

No lo extraño.

EL CABALLERO
DOÑA JEROMITA

¿No se opondrá a entregármela?

¡No llores, niña! Comprende que no puedo torcer mi vara.
SABELITA

EL CABALLERO

No la tuerza. ¡Adiós para siempre, padrino!

¡No me opongo!,
DOÑA JEROMITA

Puestas en discordia las familias, hasta por miramiento me
cumple reclamar la sobrina. ¿No lo estima de esa conformidad?

EL CABALLERO

Para siempre no. Tú volverás.
SABELITA

EL CABALLERO

¡Quién sabe!

¡Un rayo te parta!
DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil veces!

EL CABALLERO

¡Si Dios no lo quiere, lo querrá el Compadre Coronado!
SABELITA

¡Adi?s, piedras de Lantañónl
DOÑA JEROMITA

, .
'
¡Seca prontamente esas 1agnmas.
EL CABALLERO

No llores, niña. Tú volverás, que el tiempo es mudanza.

B LAS DE MI G U E Z sale por la puerta de la torre con unjarro de vino, borracho y bailando. La vieja pilonga se espanta en el ruedo
de su falda de organdí,y renueva la risa el viejo linajudo, mientras lzalaga blanda1nente la cabeza de la niña, que se arrodilla para besarle la
mano. E1i la penumbra verde de los limoneros, la nota morada es uit
grito dramático.

DOÑA JEROMITA

y muerte también.

FIN

DE LA JORNADA PRIMERA.

EL CABALnRO

También.
DOÑA Ji:ROMITA

Y castigo.
98

99

�L A PLUMA

CUATRO SONETOS
CONCEPTOS A UNA ZAGALA ARCÁDICA

l
1

:lJiáfana luz y claro pensamiento
el húmedo cristal de tus pupilas
difunde. Gl titilar de las esquilas
vesperales uniéndose a tu acento
reparte con la mansa voz del viento
el espíritu de las hipsipilas
celestes. .La invisible rueca en que hilas
tus sueños gi.ra en blando movimiento
sin que tus dedos-rosa y nácar- muevan
la virtud prodigi.osa que a tu mano
imprimieron las f/{,adas tus madrinas.
.La transparente· linfa en que se abrevan
tus líricos rebaños, el arcano
redil refleja al que gentil caminas.

1

ES TÍ O

.La verde pompa que no filtra el rayo
-ígneo dardo del sol que la ballesta
de la 91.urora dispara a la floresta
y con su luz enciende la de ;J,t,ayo,
;Junio dora, calígi.no desmayo
tropical vierte en f!ulio, y con que presta
brasas al rito virginal de CVestala verde pompa aquí fresco soslayo

me prepara en las líricas umbrías
donde con gusto mi razón navega
perdiéndose en soñadas armonías.
fMientras con su guadaña el tiempo siega
la cosecha inexhausta de los días,
y paso a paso 91.mor hasta mí llega.
INVOCACIÓN

cleñor ¿dó tu divino ser se esconde
que aún no me ha sido dado hallar tu huella?
¿Gn el Juego del sol? ¿Gn la alta estrella
lágrima de la noche? :lJíme dónde;
pues que vano ha de ser que ciego ronde
en torno al corazón de la doncella
o en derredor de toda cosa bella,
por ver si a mi oración tu eco responde.
fHaz que callado un punto el universo,
en la mística sombra en que me hundo
pueda yo ir modelando verso a verso
tu faz, &lt;Señor, copiada en el profundo
lago interior del alma, sin que el terso
cristal se empañe con el vaho del mundo.
IXSOMNIO

;J,t,ás negra oscuridad tiene la fNoche
hoy para mí. $oñando estoy despierto

�LA P L U 11 A

macabras pesadillas. 01 incierto
sobresalto sus muecas de fantoche
sonámbulo repite en el desierto
de mis cavilaciones. .Luego un coche
rueda fantasma por la calle. 01 broche
de mis cábalas tristes sigue abierto.
'Godo porque, la luna tras la lenta
nube que ayer fraguaba la tormenta
no pudiendo tender su argéntea alfombra,
sin reflejo me vi. Dtias ya trasciende
por el balcón el sol que el día enciende.
eon esa luz recobraré mi sombra.

c.

RIVAS CHERIF.

POSESIÓN
9l fMiguel &lt;Salvador y Carreras.

n

al descender del tren en el apeadero campesino . y ser estrechado por los recios brazos de mi tío Santiago. parecióme
descubrir en su semblante algunas huellas de preocupación
que venían a enturbiar la muy sincera y franca alegría que le
causaba mi visita. No pude menos de poner cierta secreta alarma en las
sacramentales preguntas de:
-¿Y en casa? ¿Cómo están la tía y Santiago?
-Bien ... Bien ... Como siempre ...
Mas después, por el camino, al subir en su ~cesto», al alegre trotecillo de las valientes jacas, cargadas de repiqucteadores cascabeles, la carreterilla que, entre sotos y pinares, prados y maizales, llevaba hasta la
quinta, cuyas blancas paredes brillaban en Jo alto de la colina entre las
redondas copas de los castaños, fué afianzándose cada vez más en mí la
idea de que a mi tío «le pasaba algo». Jamás lo había visto así. Había
no sé qué de forzado en las sonrisas que me dedicaba, en las palmaditas
que me daba en la rodilla de cuando en cuando, en sus expresiones de
contento porque tampoco aquel año dejara de ir a pasar en su compañía el día de su santo ... ¿Qué Je ocurriría? Enfermedad suya no debía
ser; jamás se le había visto tan fuerte y sano como desde que, dos años
antes, se había retirado de los negocios, traspasando en excelentes conA

103
102

�LA PLUMi°

~
~vivir
...,..u~~~~171r f.u~t1t..~yrobusta
~ajn_~ dí~ an~~ graaas a
~ í a venir la
preocupación.
uel mue
illo, hijo único del matrimonio, habíase
criado siempre, y sin saber por qué, con la salud más precaria. Apenas
era creíble que de semejantes padres hubiera podido originarse aquel
vástago débil, canijo, p ~ c~i,.~ ~ ~da suerte de males. Hacíase
querer por la dulzura de .G ciar!ctefy~ tonrisilla: espiritual y bondadosa que casi sin cesar iluminaba tristemente los delicados rasgos de sus
enferm~ facciones. ,t pesar_pe JU clara inteligencia, no había habido
m~de aedlca1tlbi ntíi~riftlue de estudios, con gran disgusto suyo,
y el buscar su fortalecimiento era el principal motivo que habían tenido
•• pacires, qa~lo adorabab,. p,ara :retira~ a '9i\fir en el campo.
El,«cat&lt;»&gt;: • detu\'ICJ ante la -puet1a del jardín, y mi tía, que debía
_,.. esiaclo acechamlo nuestra llegada, me recibió en sus brazos y me
eebrió de .btsos, rcle¡áadome la faz bal'iada en llamo. Hubiera debido sorprendeane aquelaneb,a~~n:persowa, aunque afectuosa, tan equilibrada
y dueña de sí, pero no me dejó reparar en ello algo inesperado que advertí entonces y que me dejó cuajado de estupor, sin que con palabras
ni caricias pudiera corresponder a las- ternezas de la buena señora. Por
lás'.llbiertu:ventanu de la Al~ arrancados al piano con indecible brío y
maesairía, l&gt;Nta\Jaw.a ~al• loll excelsos acordes de la Polonesa m fa,
cié Oaopin. Melómano apastonadfsimo, no había perdonado yo ocasión
en que oír a: IGs- mu grndei MÚSié?OS europeos; sin embargo, parecióme
amaa que jamó había ~hado nada semejante; aquel pianista, a
fuera de getnialtdácl,, lf1graba crear por segunda vez, infundiéndole un
catícta ~utamefitt ~gihill, ta tan traída y llevada Polonesa.
-~wa s? l!Quíén fdcli'-pregunté maravillado, pues en casa de
mis: áol s.le111pte hwbíarr sido todos absolutamente ajenos a la música.
--¿Qui4n ha idfJ ..m JEI hifto!
....JSánttagultef--exdmn@ ton un asombro aún mucho mayor.

-Como lo oyes.
-¡Pero si no puede ser, tía! Si a estas horas apenas habrá en el mua4P en~ quien pueda tocar esa Polousa de ese modo.
-Pues no es otro, sino él.
Y allí mismo, al pie de la ven.,_oa de donde surgía la cascada de sonidos, quitándose la palabra uno a otro, los dos buenos viejos fueron
dándome a conocer los antecedentes de aquel hecho que tanto me asombnba. Algunos días antes, Santiaguito, que acababa de cumplir los diez
y siete años y que jamás, ni en la cosa más pequeña, había dado el menor disgusto a sus padres, pretendió de pronto, y con una violencia
nunca en él conocida, que le compraran un piano. Fueron inútiles todos los razonamientos que para disuadirlo le presentaron. &lt;Qué iba a
hacer él con un piano si ni siquiera sabía cómo se ponían las manos en
el teclado ni tenía quien se lo enseñara? Con impaciencia '8da vez mayor aferróse tercamente a su idea, y en tal estado de excitación llegaron
a verlo, que, a la otra mañana, su padre, que jamás le había negado cosa
alguna, se fué a la ciudad e hizo que le enviaran, sin perder momento,
el primer piano que pudo encontrarse. Antes de la noche, ya estaba el
instrumento instalado en la sala. Entonces el muchacho, que todo el
día había esperado loco de impaciencia, sentóse ante él, y como si en
su vida no hubiera hecho otra cosa, con la mayor agilidad y dominio
había echado a volar sus manos por las teclas, tocando las cosas más enrevesadas. Mis tíos, aunque nada entendían, habíanse quedado estupefactos. Pero bien poco les duró la alegría: no hubo fuer7.U humanas que
arrancaran del piano a Santiaguito para llevarlo a cenar, y costó Dios y
ayuda que, cerca ya de la madrugada, dejara de tocar para irse a la cama.
Sin embargo, no bien fué de día estaba ya otra vez ante el piano; y desde entonces, casi sin _comer ni dormir, se pasaba días y noches tocan~
do... Iba a acabar consigo ... Y lo peor era que no encontraban manera
de dominarlo ... ¡Tan obediente y cariñoso antes!... Pues ahora se ponía
como una fiera si pretendían que se levantara del piano... Gritaba... Pataleaba... Casi había llegado a pegarle a su madre... ¡Y miraban de un
modo sus ojos! ... Digo, sus ojos... ¡Si no eran los suyos, Dios mío, si no
105

...

�LA PLUMA
eran los suyos!. .. Eran otros, ardientes y terribles, que sabe Dios de qué
modo hab/an venido a albergarse en sus cuencas.
Entre tanto, acabada la Polonesa, el pianista había acometido con
magistral bravura el San Franc:sco marchando scJbre l,1s ondas, de Listz.
-Ven, ven y lo veras-dijo la madre.
Entramos de puntillas en el gabinete inmediato a la sala, y pude
contemplarlo a través de la puerta de cristales. Si antes me había llenado de asombro el oirlo, casi fué mayor el pasmo que sentí ahora al mirarlo. ¿Qué había de mi primo, siempre tan dulce y modesto, en aquel
pianista, que, sacudía con soberbia su cabeza al compás de la música,
consciente de su poderío, y lanzaba terribles zarpazos al tembloroso
piano, tendido ante él como bestia recién domeñada, mientras la casa
entera se llenaba con la tempestad de armonías que nacían de aquella
lucha sobrehumana~ Ahora eran los acordes de la •..Jpasionata de Beethoven lo que brotaba majestuosamente de sus manos.
Al cabo de un rato, de contemplarlo, sin poder creer apenas lo que
percibían mis sentidos, reparé en que no tenía ante sí ningún libro de
música en el atrtl del piano.
-Pero ¿toca sin papel?
-¿De qué le serviría?-respondió el padre-. Jamás conoció ni
una nota.
-¿Cómo será posible? ¿Cómo será posible?-repetía yo cada vez más
maravillado, ya que las fuerzas de mi razón se consumían en vano por
comprender aquel hecho increíble, inexplicable, pero cierto-. Sólo
creyendo en milagros ...
-Sí-dijo la madre-; de Dios o del diablo.
Entramos en la sala en un momento en que el pianista había dejado
de tocar, y con aire de extremada fatiga se pasaba un pañuelo por el
sudoroso rostro. Apenas pareció saber quién era yo ni correspondió a
mi saludo.
-Deja, por Dios, ese maldito piano-imploró la madre-; sal con
nosotros al jardín y merendarás con tu primo.
-No, no; no puede ser, no puede ser-gruñó rudamente, y sin de106

LA P L U .\ l A
cir otra palabra, dejó caer las manos sobre el piano. de donde surgieron
con bárbaro esplendor los primeros sones del Carnaval de Schumann.
Sus pádres y yo, preocupadísimos, nos dejamos caer, al otro extremo de Ja habitación, en el sofá y las butacas. Yo estaba a cada momento más espantado. ¿Qué le había ocurrido al pobre muc~acho para que,
sin haber oído en toda su vida otra música que las canciones de la cocinera, pudiera tocar de repente con aquella mar~villosa perfección todo
el repertorio de un gran pianista? Además, parec1a en extremo alarmante su estado de salud. Su delgadez era ya esquelética, su color era el de
un cadáver, su cara ya LJ.O era más que lividez de ojeras en ~edio de las
que refulgían lúgubremente las encendidas brasas de unos o¡os, que no
parecían los suyos, como había dicho su madre. Weber venia ahora
detrás de Schumann.
Me levanté sin ruido e hice señas a los tíos para pasar al gabinete de
al lado.
-¿Cuántos días dicen ustedes que lleva de este 1:°ºd~?
-Hoy es el trece. El primero le trajimos el maldito piano.
-¿Y qué dice el médico?
-¡El médico!
.
.
-¿Pero no lo han llamado? Es urgentísimo. El pobre Sa~uagu1to
sufre una terrible excitación nerviosa. Hay que hacer todo lo posible para
calmarlo.
En seguida marchó el jardinero a la ciudad en busca del doctor. Nosotros nos dejamos estar en el gabinete, oyendo aquel poi:entoso to:ren~e
de música entre cuyas oleadas parecía irse a chorros la vida de la infehz
criatura. Todo Jo dominaba por igual: fugas de Bach, sonatas de Beethoven, valses y estudios de Chopin y de Listz, fantasías de Sc~u~ann,
rapsodias de Brahms, impresiones musicales de Debussy o Al_bemz, Borodine o Strawinsky. Cuanto surgía de sus dedos, por conocido y vulgar que fuera, cobraba misteriosamente un inefable prestigio d~ novedad, adquiría una trascendencia y vida nunca sosp~chada, volv1a. a tener aquel prístino y virginal encanto con que por primera ;ez hab1a sur:
gido en lo escondido del espíritu del artista que lo hab1a creado. M1
107

�LA P f, U :VI A
ánimo oscilaba entre el dolor y el entusiasmo: dolor por ver tan en pe-

:I
1

1J

ligro la razón y la existencia de aquel pobre niño que lo era todo para
sus padres; entusiasmo porque por primera vez en la vida me era revelado, como en su auténtica fuente, el arrebatador hechizo de la música,
en parangón con lo cual era sombra vana cuanto había logrado oír hasta
entonces.
Aún no eran las ocho cuando llegó el médico. Parecióle muy grave
la situación del enfermo y ordenó un enérgico tratamiento sedante.
Con mil trabajos logramos hacerle tragar unas pócimas que le recetó,
le dimos un baño tibio, lo acostamos.
Durmió pacíficamente toda la noche, la otra mañana, y aún seguía
durmiendo cuando llegó el médico por la tarde.
-¿Duerme aún? ¡Magnífico! No lo despierten por nada del mundo.
No creí que tan pronto hubiéramos podido triunfqr de un trastorno tan
violento.
Se fué dejándonos a todos algo más animados. El enfermo siguió
reposando con el sueño de un recién nacido el resto de la tarde y la
noche.
Serían las nueve de la siguiente mañana, estábamos aún desayunándonos en el comedor, cuando se nos presentó con su ropa de dormir, tal
como estaba en la cama. Tenía otra vez su dulce y bondadoso aire habitual y estaba pálido, flaco y decaído como si convaleciera de grave enfer
medad. Los padres se angustiaron mucho al verlo llegar así, pero él aseguró muy alegre que se encontraba mejor que nunca, me abrazó con
gran cariño, celebrando que también aquel año hubiera venido a hacerles mi acostumbrada visita. Comprendí que no recordaba haberme visto
antes.
Lo obligaron a que se vistiera, le sirvieron el desayuno, que tomó con
excelente apetito. Pasan .os después a la sala.
-¡Hombre! ¿Un piano?-exclamó palmoteando-. ¡Qué idea! Es lo
que más falta hacía en esta casa. Ahora verá usted, señor primo, qué
concierto Je doy. Un «recital», como creo que se dice ahora.
Sus padres y yo nos quedamos helados al verle levantar la tapa del
J08

LA P L U ~I A
piano, sentarse ante él. .. ¡Dios mío! ¿Cómo no se nos había ocurrido hacer llevar de allí aquel condenado instrumento?
-Fijaos bien -decía con gran regocijo, sin reparar en nuestras caras
de espanto-. Ni Paderewsky lo hace como yo.
Y con un dedo solo fué tocando torpemente: «No me mates, no me
mates ... »
Volvióse hacia nosotros, que estábamos pálidos y temblorosos, y exclamó con una gran carcajada:
-Veo que habéis enmudecido de entusiasmo. Si tanto os ha gustado, lo tocaré otra vez, pues aquí da fin todo mi repertorio. ¡Cuándo yo
decía que nada era tan necesario en esta casa como un piano!
RAMÓN MARlA TENP.l!IRO.

109

�PÁGINAS INACTUALES

EL CAUDILLO
(de 1Ql5 Vélez) era """ di los ~/eros #l4s vaúrosos ~I ~1111do, pw.liñ,dose co11tar_ mtre los 111ds ti/#r1s
dt Espana, 111tlusos tllJtUl/os t}tu tu1Jzeron #lás no,n/JradJa,
t01'l0 ti Cid, ti c"""4 Ftntá11 GonBálea, &amp;r11arrio dti Úlr·
jio, Y otros capitmus españoús m11y esclaret:idlJs. Esto lo &amp;O#fi,wd ti
e,nptr~&gt;r don Carlos V, 1'11estro seiíor, esta,,do en Cartagma de 1n11/ta
de A,jtl, y""14lt a IJesar las 111anos ti 111arqllls don Pedro, padre dtl
don Luis. dt quien alwra vatamos; y q,u l,alJilndole abrazado y levantado del s111/o donde estaba de rodillas, le dijo lo primero: «mar9uls,
/Jun, kijo tenlis,y óim podlis decir tJUI es u110 de los bumos de España:
asl lo Iza mostrado en todas las ocasioMts que se Iza !,a/lado co11migo.&gt; A
Jo Cllal respo11dió ti 111arquls don Pedro: «señor, yo y él estamos al ser'Vit:io tk 11utstra real y cesdrea Ma;estad /,asta la muerte.&gt; Tonidle ,.
abrasar ti emperador, dicieNio/e: «tal SI tune entendido tkJy de VOS.&gt;
..• E.r puts de saber tJM ,J smor &lt;Ion Luis na 1,omóre 111uy gmtil, de
rtcios y doblados miq,/Jrc, te1lia doee ¡alt111S ti( alto, tres de espalda
Y otros tres de pee!,,; forllido de /Jru'N y jÑrMaS, '4 pantorrilla gruesa
Y iien l,ecl,a a l ~ de su taHt, el vado et la pi,,_ delgado, de t,iJ
ma11era, 9ue j ~ p11do g(I.Star /Jot4 dt! cordobán j1t.rta, si "° fuese de
ga111ito de ~ s ; calzaba trece y 111/Ís putos de fe, y era tan bim
trabado, nluc/,o y d#ú, qw no st «Wa de wr s11 altura; el color mormo cetrino, los ojos grandes rasgados, Jo blanco dellos con algunas
foras de sangre, de espatela/JJe aspecto; usaba la baróa crecida y pei11ada, Y alcanzaba grandísimas fwrsas; cuando miraba mojado parece
que le salía fuego de los ojos; era súpito, valiente, deürminado, memigo
de 111mtiras; trataba bim a st,s criados, especial,,,enü a aquellos qw lo
merecwn; por poca ocasión tenía a un l,ombre preso 1Jti11te años, dándo-

11

J. 11111rqllls

110

l.A PLUMA

""'°'tabt,

/l ali# &lt;H aJIIU1"i c""""'1 11 lfll!iaba.
a ltls ,,.,os, ~111
,-.J diJaWr~; I"' lilsp,,ls 1M ~ el n,q¡.. lt.Jlff/N, tlt /p p1 J,s
Wla didlo, y lts Jt"4 p,rdó,,, dicil,u/,o: cg,w "° ,r11, flflis n, n . . .,,
ne, l.!,, edil, a le jada Jlrdw los limitts '414 raed,,.• Era grll#IÚ lw:,,,/ntt
¡, cahllo; ,uaba sitmprt la M"ida,y ;artda 111 las illa a /diascofin,11;
pada ves t¡#I mo,stúa l,acia al cúallo ün,b/ar y orinar; n,teodlt, l&gt;i•
t:.flalt¡uitr suerte de fre110; s11 vestido de ""'"14 erapardo y vtrde 7 wora(/IJ; las botas qw caluba "4óia,, de ser blancasy abiertas, a/Jrockadas con
ftwdones; era /arguísi.o gastador, y Unía cwtro despensas de gran 1sp111t4o, ,ma 111 Vl/16 el Blanco, otra en Vl/111 ti R14bio, otra en las. C,uvas y otra 11, Allzama; era 111uy sabio y discreto, eztrnnado m /Jurlasy
de costulllÓrt oir misa a la ,ma del dJa _v a las doce, tlt
wras;
Sfllt'lt q111 los capell~111s no II podla,,, sufrir; ccmda UNJ sola vt11 al día,
J IZ!flUIH' comida tra tal, que /Jastaria para satisfactr a ,uatro l,"'9./Jres,por l,a,nbrt que tuvustn; en la cowida "° bebía n,Js de ua vt11,
1llás tll}utlla buena, de 4gua y dt ww "-"Y tn,plado, JI esto al acaó,.
Negopaba de noclu,y así se ióa a dormir cuando los otros se leva11taóm,; andaóa sin,,pre co,, su capa cobijada a las espaldas, espada y dtJra
umdas,y esta era ta#IÓil• de nocl,e. Por el dia u ocupabapri11cipal11St11tt m tirar al blanco, ora co,,, escopeta, ora co,i ballesta, y m ,wrJo gmti/, si era verano, sit,,,pre sin gorra, y si inwr110, co• "" .ron,htro de 11111"/t ,-uy pespunteado. Era gran j11Stador y torna1'11; desltllbarazaóa con gran futr11a u,ui caña, de manera que si daba m la
adarga la aporli//ab11; muy amigo de lkvar ,ma pluwa peptia al lado,
.1 parecía n,uy /Jim a caballo, de tal suerte, que se conocúra mire cien
/,o,n/Jres; tenía de espaldas MtÚ /unnoso Vtr IJUI por dt/a1'11, y cllalUJo
salía a pie en com,pañía de otros sobresalía entre todos; tenimdo armados
ti cuello y cabeea pareda estr1111ada11W1te bim. Entre mil l,omóres que
se /zallara, sn,uja/Ja ur seiíor de todos ellos por la gra1Jtdad de supersona y ahidalgado talle. Estando ua wa ti# la 111arina acompañado de

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111

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1
11

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LA PLUMA

1'

1

mucha gente de a caballo y de a pu, saltó en tierra el capitá1t de una
galeota, _11 llegando adonde estaba t'l marqués, miró a todas partes, tanto a los de a pie como a los de a caball,1; y aunque entre unos y otros
lzabía hombres de mucha g,avedady buen asptcto, se fué al 1; arqttés y
le dJj{I: «tú eres el sáior de t11da esta gente», de lo cual se maravillaban
tod.os. Se halló muchas veces en escaramuzas y peleas con los turcos,y
en la batalla de Porman alanceó por su mano a más de cincuenta dellos; siempre tiraba el golpe de revés,y llevaba la lanza atada a la muñeca del brazo con un .rrrueso cordón de s,da verde; sus armas eran finísimas. Peleando una vez en Cartagena con los turcos, que vinieron
sobre ella más de dos mil, fué herido de un balazo en una espalda, quedando abollada el armadura y ,zo pasada, por ser muy firme. La lanza
que lkz.,aba era tal, que un criado suyo Izaría /zc1,1 tu en lit-varia al hombro, y el marqués la »zeneaba como si fuese un junco delgado. En la acción que decimos de Cartagena, tm renegado le conoció en la batalla, y
dijo en 'VOZ cl&lt;1ra, que todos oyeron: «aquí está el marqués, no podemos
saquear a Cartll(;ma.» Era tanta fa fama del marqués, que en el real
palacio de Arjel le tenían pintado, armado con una lznza en la mano,
y en la p1mta de la lanza clavada la cabeza de un turco; del mismo
modo le tienen retratad1 en Constantinopla, y así lo está también en
Cartagena en una sala de la casa de Nicolás Garrí; finalmente, el marqués erag,an señor y valeroso. Fué muy amigo de toda caza, y tenía
muchos perros y aves dr volatería; muy aficionado también a tener but1ws caballos. Cu,md, h,,bía de ir a monte aguardzba a que hiciese mal
tiempo, como que nevase, llouiese o hiciese grandes aires; y esto por hace, a sus gentes robustas, como él lo era.
1

GINÉS PÉREZ DE HITA.

1

~

I,
112

EL N O V E LISTA

&lt;i )

(NOVRLARIO )

XVI
·

la vuelta de Londres quiso Andrés conocer en París a Remy
Valey, el escritor de fama segura, al que vivía ahora la vida
que después se exhumaría hasta en sus menores detalles.
Así como su desconocimiento del inglés-«¡parece mentira!», dirán los aburridos novelistas que saben inglés-evitó
que buscase la manera de ver a Ardith Colmer, para ver a Remy Valey
tenía palabras, si no las más sutiles, para demostrarle que tenía espíritu
~uficiente, las bastantes para no estar silencioso.
Valey le recibió con sencillez. Aún podía gastar un poco de tiempo
en un amigo desconocido; aún vivía. ¡Cuánto más que un autógrafo era
aquel rato con el escritor de arte puro y cuya vida se agotaba por minutos!
Escribía Valey en una mesa de las que usan en los colegios los niños,
pupitre inclinado y asiento unido a la mesa, todo de pino claro y optimista.
Le había salido por mechones el pelo blanco, y eso le daba un terrible aspecto de más enfermo, de mitad joven y mitad viejo, sin que la
mezcla hubiese resultado bastante bien hecha.
Valey le trató con distinción porque encontró en Andrés una madurez muy parecida a la suya, si no con mechones blancos y negros, con
u n gris de miércoles de ceniza, bien cargada la mano del sacerdote en e
«pulveris reverteris~, noción justa de la muerte que, sin ofenderle, lle1
vaba Valey en su espíritu y pesaba y depuraba todos sus pensamientos(1)

VIII

Véase

LA PLUMA

de Junio,

1922.
113

�LA PLUMA
LA PLUMA

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1'

1

1

1

'I

c¿Será el que me plagia en el país vecino?», se-veía que pensaba con
benevolencia Valey.
.
. .
·
Andrés le dijo para evitar que creyera que era su d1sc1pulo en vez de
su admirador:
,
, .
. .
-Yo soy el escritflr más indígena de España .. . J\fas que cla~1co_ o 1m1tador solapado de los clásicos, indígena con todo lo que de anad1do por
el tiempo hay en eso y con la misma degeneración del tiempo que hay en
ello. Mi mejor novela se llama «Pueblo de adobes»
-¿Y qué es el adobe? ... -preguntó Valey subrayando la palabra,
ablandándola un poco, quitando a la panza de la be su fuerza de empuj~ El adobe-dijo Andrés Castilla-es algo m~~ duro qu~ la piedra y
que parece ser el prii:1er elemento de. c~nstruc~1on del p~1mer pueblo.
El ladrillo es algo mas amañado y mas mdustnoso ... Cream~ q_ue }?s
relieves asirios con ladrillos que hay en el museo me parecen 1m1tac10n
descarada de nuestro tiempo ...
-Pero, bueno, ¿e_l adob_e con q':1é está fabricado?
-Con tierra del no y pa¡a a medio cocer, preparada toscamente como
si fuese una masa de abono ...
-¿Pero eso puede ser alguna vez tan duro?
-Sí... Se endurece a medida que pasa el tiempo, y, sin embargo, se
deja rozar por él, le cede sus aristas y así nunca se pa~e, nunc~ ~e c~esta
más que el borde que se va all~nando ~ esa denudac1on, y as1 ¡amas se
quiebra la casa por la destrucción del t1em~o .. .
-Debe estar bien su novela. ¿Y ha escrito usted muchas?
-Veinticinco ...
Valey miró consterna?º a Andrés, y aur:ique ese era un pensamiento
raro en un francés, penso de pronto: «¿Y s1 este hombr~ fuese ~n gr~nde hombre semejante a mí?» Ningún escri~or de Fra1:c1a hubiera s1~0
capaz de ese pensa~iento, p~ro Valey tema esa sencillez que le hacia
escribir en un pupitre de chico.
«Todos estos muebles-pensaba Andrés-pasarán a un museo cuando Valey muera y todos querrán r~co~s.tru_ir, _da~ían todo por. r~construir la luz de esta tarde en esta hab1tac1on ms1gmficante ... ¡Que simple
.
..
.
es la vida y cómo la complica lo irreparable!»
-Yo soy el memorialista de una época, nada mas ... -d1¡0 despues
de una larga pausa Valey.
-No~le dijo Andrés-, usted es el creador de una época, su trasparentador, el que la devuelve_ el ton_o ino~ente y b_on?adoso, el tono sencillo que tiene ... Todo eso sm llonconena y sens1bhsmo.
114

. -Yo no hago más q':1e ver t~l cual es ~a luz que entra por ese balcon ... Es? es lo que destilo aqui todo el d1a-respondió Valey.
Se ve1a que para hacer pasar a Valey al porvenir habría que poder
c_onseryar un poco del aire d~ e~te cuarto que se estancaba en él con sat1sfacc1ón de que Valey no mmtiese, no lo enrareciese, no lo quisiera poblar con un diablo o con un Dios.
«¡E~criba, escriba. todos los pap~les q':1e pueda, gue el porvenir los
buscara todos con av1dez!»-le hubiera dicho Andres· pero le dió pena
ver cómo el escritor le contestaba con sus manos mort~les sobre la mesa
en actitud de sufrir la imposibilidad de hacer más.
'
«Yo 1:1-ismo-siguió pensando An~ré?-, qu~ corro sin parar sobre
las cuartillas, no puedo rebasar los limites ... ¡No se puede inundar el
mund_o de p~peles _con la firmé!: mejor y con el mejor espíritu! Se llena
de ho¡as otonalrs sm nada escrito, pero de hojas de Valev que estarían
tan bien ¡solo unas cuantas!, desoués de todo...
''
-¿Y cómo me encuentra usted ... ? ¿Era el que usted buscaba ... ?
¿Estos latidos mios que usted ha percibido en nuestras pausas son los
que usted añoró?
-Yo le conocía a usted de hace mucho tiempo: . . Es usted el que yo
esperaba, aunque con un tipo de irse a morir... Esa timidez que usted
tiene ya sé yo que no es por mí, es que siempre se está usted escabullendo de la garra que le quiere atrapar ... Se le ve a usted hacer ese gesto ...
Será lo que menos olvide de usted .. .
-Está bien observad_o ... Si, me hago el tímido, me intimido y me
escabullo, como usted dice, para que pase, para que no se fije en mí...
Nervioso el gran escritor frances, metía la cabeza entre sus hombros
y hacía un ~esto escurridizo ... Resultaba un poco cargado de espaldas,
como si se hubiese puesto la americana con la cruz de que coloaba y la
i,
llevase encima.
Siguieron hablando. Andrés observaba sin perder detalle a Valer, y
le..encontraba hum~no como ~n escarabajo, y se preguntaba: «¿Es el el
~1¡0 de los persona¡es de sus libros de extraños tipos, o son ellos sus hi¡os? De cualquier manera, es importante y no se sabe qué es lo que le
da más importancia, si ser el padre o el hijo».
-¿Y aquella española que hay en su obra «La escondida»?
•Existió ... La conocí en un tren y no me habló ni una palabra es
decir, sí, me dijo: «Muchas gracias».
'
-¿Y cómo ha podido con eso solo hacer una novela tan interesante
y en la que se hospeda tan para siempre esa mujer?
-Pues porque seguí su rastro ideal hasta dar con ella aquí, en mi

�LA

pi

"

PLUMA

LA P L U i\l A

propia habitación, que es donde hay que dar con las cosas, no en la
vida ... Todo está escondido aquí en este momento, todo ... Lo que es
menester es encontrarlo.
Después de esas palabras del gran escri~or y noveli~t~ francé~, Andrés se calló y mir? al_r~dedor _como con miedo s~~erst1c1oso. ¡Como, se
iba a llenar la habitac1on de bichos novelescos, si el y Valey se ponian
a buscar lo que indudablemente estaba!
.
.
Había que dejarle con el personaje que ya esperaba _sin .~uda su turno;
-Le dejo con todo lo que se esconde en esta hab1tac10n, que ya se
lo importante y lo mucho que es ...
- Le confesaré que me deja usted con mi último personaje, el hombrecito que gastaba en los puños unos gemelos azules de su padre, dos
gemelos con larga cadena entre el escudo y la muletilla, pues eran para
puños mucho más anchos ...
-¿Y cómo se titula la novela que prepara?
- «Cualquier cosa».
.
- ;Cómo?
-~&lt;Cualquier cosa». ~ecojo ren ella todas las confidencias y todas ,las
calumnias que sopla el aire ... No he rechazado nada de lo que he
a la inspiración. Se hallan mal unas cosas con otras y unos personaies
con otros.
Andrés se puso en pie y, apretando efusivamente la mano del novelista tan admirado. salió a la calle.
Su resumen era de miedo al sentir cómo se consumen las vidas inapreciables. Ya el gran Valey, cerca ~e la _h ora de c~n~r, atornillaría la
caperuza o capuchón de la plu_ma e~~1logra~ca, y de1ana para la, n~che,
para después de cenar, la cont1nuac1on ... 1'0 se lo perdonaba a s1 mismo
Andrés ... Quizá el hombre que usaba los _gemel?s de su p~dre y que se
destacaba en el dintel de la obra cuando el entro, no volviese o entrase
en la novela trasformado ... Sintió su responsabilidad, pero había visto al
escritor, del que Francia, después de no hacerle mucho caso, conservaría el orinal hasta con el último esputo.

º'?º

.1
11,

XVII
Al volver a su casa de Madrid lo primero que hizo el novelista fué
.
revisar sus papeles y romper numerosos proyec~os.
Fué una tarde de convalecencia en que le htzo estornudar vanas vece~ el ¡:iolvo de los legajos.
-¡Qué constipado estaba ya este original, qué enfermo!
Ante el original de X, que le había hecho soñar con una gran X en la
116

portada, cubriéndola casi por entero, tuvo una disputa consigo mismo
y con el señor X.

·

El señor X se resistía a ser ras~ado, y no decía más que:
-Espera un poco, que despues ya no tendrá remedio.
En X había encerrado al señor X de todas las novelas y lo había casado con la Marquesa de X, y habían tenido por hijos a la señorita X• y la señorita X•
En aquella novela había trazado una sátira humana, en que todas
las cosas figuraban con su valor propio en la novela; las mesillas de noche, por ejemplo, estaban llenas de sus cosas humanas: un pedazo de terrón, un tornillo de no se sabe qué cabeza, una cerilla y el tirador del
propio cajón, que siempre se arranca, más una punta del mármol de la
mesilla, que parece que en la ceguera de levantarse para servirse el
desayuno se la ha dado un pellizco creyendo que es la ensaimada, ¿o fué
en un hambre de pesadilla ...?
Así estaba de detallada aquella novela humorística en que X llegaba
a poseer una fisonomía inolvidable .
El novelista miró con tristeza su antiguo proyecto, pero odioso de X,
y como quien realiza una venganza, lo rasgó también.
No diillaban apenas los originales, y caían en el cesto como la cabeza del guillotinado en la cesta que la recoge ...
¡Qué tono más claro tenían algunas cosas! Habían sido agua, linfatismo agudo, períodos de adolescencia renovados de vez en cuando.
Milagro que un recelo íntimo hace que esos originales no se acaben.
A veces sólo los títulos le repugnaban ... «Tres mujeres». ¡Fuera! Ris,
ras y al cesto.
Otras veces le estomagaba el personaje. ¿Juan Renovales? ¿Por qué
todos los tipos guapos e insoportables se han de llamar Renovales? ¿Por
qué se le ocurrió a él también poner ese apellido?
Ris ... Ras.
«Lo Inolvidable». El novelista se paró ante las cuartillas de este original y las releyó. Estaba escrito en la época en que usaba tinta negra
en vez de tinta azul eléctrico y en que a veces cometía la sucia aberración
de escribir en lápiz. Tenía un recuerdo embalsamado y por eso quería
conservarlo. Durante un largo rato, mientras leía el original, que era
como una escritura vieja, dejó de romper papeles.

117

�LA PLUMA
LA PLUMA
LO INOLVIDABLE

«Se quedó sentada como un chicuelo y mirando hacia arriba, en el
testero de frente al diván ...
Su corazón se había se,,tado en su pecho, y descansaba de la primera
emoción de entrar.
Una luz velada velaba el ca11tior del primer momento.
En los primeros besos sin restallidos, t1pretujantes, sentimos lo sofocados que estábamos de emoción. Y apartamos los labios pa, a no altogarnos. Pué grato ver cómo estábamos idénticamente afanosos, y que, al
hablar, la emoción nos embargaba y nos coagulaba la sangre, perezosa
y feliz.
.
Después nos distrajimos de nuestro único deseo de besarnos, y ella
miró los objetos y yo se los e,iseñé uno a uno.
-Ves... Mira.
Pero en seguida. volvíamos como el niño, después de volver los ojos
atónitos a las cosas, vuelve a la teta; volvíamos a los labios y resistíamos en un beso lo que se puede resistir sin respiración, el corazón parado y anheloso .. .
-Lo ves..., lo ves... Y no querías.
Y ella, sin contestar, inició un nuevo beso, más largo, más clavado,
más mollar...
Le fuí a quitar el s11mbrero; pero tan encajado iba y tan mal lo intmté, que ella levantó los brazos para quitárselo. Ese acto de voluntad
de sus manos fué encantador y propiciatorio.
Con la cabeza libre, después de esponjar en el aire sus rizos con un
ligero flamear, me miró como una niña «desnudada&gt;, más que desnuda..
--Mira-pareció quererme decir-. Jl/írame más ín:ima, mírame
casera, como si ya fuese a vivir en tu casa para siempre... ¿Te defraudo?
Un beso en su cabeza, abriendo una boca que besar entre sus crenchas, fué la confirmación de la con.fianza y de la alegría.
Su cabeza se reveló más para el jue[JO y 6/ alborozo ágil.
-Muy bien, muy bien ... Muy guapa, muy guapa ...
¡Cuánta vuelta a la niñez, como a una niñez eterna en este momento!
Y la enlacépor la cintura y comenzamos a recorrtr el cuarto como
uS

un j,,rdín o como un palacio. Distr:~cias, d~stancias, lontc:,~a11zas había
frente a nosotros. Fué una e:rcttrsion Je bade, _e;a e:rcurszon _que se hace
en los valses, por ejempl(I, y que tan real zlu.sion de un camino largo y
precioso d,m.
·~
,
.
Un 111011zento la dejé sola como a un m110 para ver donde zha y para
verla con perspectii:a. Se acercó a u11 ntrato de mu;er.
-Sí, es la bailarina rusa.
- Qué bellos qfos tiene, ¿verdad? .
. .
.
.
En su con.fianza 110 había celos, smo clanvukncza. Los dos ad,mramos a la artista. Y la dt'jé que continuase viendo para verla _yo.
Me pareció más fina, más mi~il que en la ca!~e, de más bla11da. ~atería. Sus gestos de estar sola tenz~11 unu natur:1-lzdad que nunca habtan
tenido. El jersey que llevaba deba;o de ~u abrlf[O ,la moldeaba carnalmente, y por detrás sus caderas}' sus piernas teman contoneos suaves,
blanduras visibles y vivientes.
,
..
Y otra vez la contuve en mis brazos. Su cabeza tema una docilidad,
una flojedad, una coquetería infantil de caer de un lado y de ot~o_,_sobre
uno y otro hombro, sobre mi pee/to. Me e11dio~aba a_quella su~ziszon, me
endiosaba J' la endiosaba a ella con doble endzosam~e11to: _el mzo, que yo
quería perder en sus labios,y el suyo, que estaba 1.1wo e mzperecedero en
su encanto.
,
Y volvimos a se11tarn(ls en el divá11. Ya la acosté un poco sobre el,
y asi, declinante, supina, tendida, la c~11secución de _l~ gloria , .e~ vez de
u,, mito, como siempre me había pareado, me pareczo tan pro.runa, tan
ganada, tan conser;11ida, que comencé en zwa coiztradanza a detener la
ronsecución, a diferirla, a jugar con ella.
.
.
.
Nunca la había de ver J'ª tan cerca y tan misteriosa, y, sz~z embargo, verla mía, sabiclz y desvelada., sería visión de toda !ti ·mda. Y un
gran rato jid í11vertido en ret,1rdanzos el uno al otro con un gran placer
inzpacimte, despie, to, inmejorable.
, .
. .
Por jiu 111z bes,, fué nzás r:rigt'ltte que los &amp;más, mas ineszstzble, Y
come,:cé n de.,abrorhar su jersq p,,r su única ,1bertura m el_ hombro. _El
hombro fué como un seno descubierto, porq1~e ella, at sentzr~o al azre,,
puso m él toda su vida, .11t gracia, su .wiucczón, y lo 1edondeo J1_ lo elevo
más. ¡Bello hombro con la coquetería de la hombre, a de la camzsa! Realidad bmpia, i-isible, a11téntica,pnvada, castísima.
119

�,¡
LA PLUMA

..
"

. Y_tiré del ji:rs~y como de una camiseta, y m un rápido momento se
e~lzpso y re11p~1reczó de nuevo, nuü fina, más pueril, grariosísima, sonrwzdo ella misma de su frescura, de la jovia_lidad d, su desabillé.
El corsé, flojo, cedió sen1icialmmte y me resultó ,aro encontrar un
vimtre tan liso, tan pla110, tan menudu, tan in1.,t-rosím,l.
Era ta 11 cla,o el momento sin concupiscencia, si,, ardor. msi sin
des~o, qne rlfjl correr un ¡,oco el !iempo de aquel mod,1 séd1z,z/e, tranquzlo, jadfico.
Y la a~racé por la cintura viva y tierna sin mo11erme, 1111da11do e11
el arroyo, lzmpio y sill prof,mdidad, como si fuésemos dox hojitas lln•adaJ
pnr agu,zs sin violencia en un cauce ,1upe,jicial_v liso, sin tropiezos.
Ella era de una confo, midad que me i111uoz:ilizaba má, y me hacía
desear fa p_e,petuación de ese momento sobre otro cualquier,/ Era perder, cambzar zneparablemente el pasar más adela11te. El reloj interior
estaba callado. En lo alto, un espejo uos permitía perder los ojos m el
más alfa lejano en que deseábamos 1espi,ar. Pensábamos el uno en el
otro con tma abstracción zí11ica.
--Jf,e voy-dijo ella, para sentirse retenu:L.1; para desga, ,arme y
desgarrarse al hacer cruzar mire nosollos la idea de la sf'paracidn inevitable.
,Y mto11ces vi la posibilidad de un suaso subitáneo que hiciese imposible el 'lJOÍl erla a tener en tan gran intimidad.
_Desabroché su falda .Y se la quité como los pantalones a un niíio que
esta limo tÜ pertza y de un sutiio i11oce11te ?'a.1ó /)01 ella la falda con
presteza, sutilmente, con una gracia leve en que ",zo se notó la i11quietalfte _'V torpe fimción de desnudar, en qne la pesadez y la co,porabi!idad,
se revela•, J' hacen temer que se nztere demasiado dt nuestras pretensiones la bella medio do, mida en la suerte. Sobrtsaltar/a demasiado 1ería
depertarla y hacer que ya no sea dócil_y comt&gt; los 11iii,os desvelados y
m vez de dulce y apegada será cruel, podrá ur impertinmte.
. Prro no No ,re ha despertado, no se ha movido; me ha mirado 'lJertzra_lmente en esa perspectiva de ensueiio, ella acostada y ron la cabeza
ba;a y yo enfrente y colocado sobre ella.
U1t beso en los labios, y mientras, como el ladrón que distrae del
robo dd relnj al 1 obado, la busco la lazada, temiendo que esté deba/o de
ella, una cosa tan tlemenda en este caso co•no cuando en los baúles el
1

120

LA P L U ~1 A
nudo de la cuerda cae debajo v hay que levantarle.i, tan tremenda, porque habrá que levantarla, y eso hará violenta y esforzada una cosa que
debió se, tan sencilla, tan rápid,... Pero no: está a un lado y ha cedido
en see·túda, suavemente, como u,, milagro. Indudablemente ella lo ha
notado .Y a ella tambiéJ1 le ha sabido bien la agradable facilidad del lazo
al deshacerse.
Otro besa para premiar su consentimiento, y yci más rwdacia al descorrer el visillo de encaje.
¡Por cada momento de hacerme esperar cuánto ti•mpo alegre me regala! ¡Qué iutenso cada momento de estos...! ¡Cuánta ansiedad, cu.ánta
ima,rrinación, cuá,rto respiro m cada momentu de estos! El pecho se
ahoga en su propia profzmdidad.
Y nos abalanzamos sobre ella, consintiendo en cegarnos para t,1par
sus ojos, su pensrmúento. sus sienes y su, boca, y que no se articule en
ella esa vulgar frase de «esto es lo que os gusta a los lzombres», esa
frase que nos anonadaría, nos perdería, nos confundiría.
Entonces oí m,, inesperado J' nunca oído:
- ¡ Te quiero mue/to, mucho .. !
,
Ese «te quiero mNcho.,. sin la previa pregunta, que lo precede siempre, y que aunque no sea la que mueva la contestación se necesita lzacer
siempre, me halagó por sí solo como nunca. me anuló como trastornan
do et orden natural de nuestros diálogos.
-¡ Te quiero mucho!-aquello mt hizo perder la cabeza y rodar
por el «te quie,o» lzasta abismarme m el «muclzo». Holgaban todas las
palabras.
·
Un rato 110 hubo úleajija de lo que se realizaba. Un:1 clarividencia,
un estar metido en luz, un alargarse en blanduras extendidas, todo
seguido, todo lzorizontalme11te de oriente a poniente, toda esa realidad
del cielo de oriente a po11imte que hay a través de un día, realizándose
en el minuto lento, maestro, parado; 111z sill'nczo de hombre arómto ante
zm paisaje de valles fértiles y de arroyuelos dulces-el tren e11 lo
alto de w1 desfiladero-; un sentirse vivo en una wuerte dulce, e11 una
mzurte s,1!isfecha de sí misma, sin necesidad riel cielo nz de la turra,
sin necesidad de nada, aterrados de e.dar posados al fin, sin contusión,
después de atravesar y dejar el vado del resto de co,as, posados con
tanta fd,cidad, con tanta .rn,e, te, escapados a la ley monótona de toaos
121

�L.--\ PLUMA

LA PLUMA

,,
"

. 1

mo11iázdose y perdulos allá. desgraciados, inútiles, lejanos; zm perseguir por una senda pe,fumada una mariposa blanca; zm enternecerse,
mternecerse en un elemento puro, destilado, clmo, de un consuelo balsámico; un nadar en aguas dulc.·s y curativas de tod,1; un dormir la sim
sobre una almohada jreJCa sin problemas 1lÍ ecos; un asomarse a la luz
y al cielo del nadir desde el cenit, con todo el cielo del cenit sobre la
cabeza, dos cielos, los dos cielos con todas sus estrellas visibles de una
vez como nu11ca: un haberse escapado, estar en luinr li/,re con la libertad maxima, agazapado en el disimulo más perfecto, sin mqttieturJ; sin
persecució11, sin deber ... Y despuis de todo eso, de ese rato de músicas
penetrantes, de músicas e•rca111adas, después de «eso» el llegar al fin y
el volver co1t demasiadas nostalrias, sabido el camino y cercana la
puerta.
Ella sólo me había mirado sin pestañear, para no señala,· el paso
del tiempo, abstraída en mí, con sus dos ojos hondos como con abismos
muy dentro de ellos, agujereados hasta lo imposible, ptrforados como
esos de algu11as estatuas de bronce al que así dió una expre.11ón ettrna el
a1 tista que vació su pupila, que la descorricf, que la hizo tener esta mirada oscura y fulminante.
Nos separamos un momento para rez·elarnos 1mestro cansancio y
reconocernos J' nos d1111os un abrazo supremo, rápido, encarmzado, frío
y apasionado, tn que quisimos matarnos con todas 11uestras fuerzas en
un último a, ranque hr,ndo y aguijado.
De muvo adolescentes conzo 110 lo podíamos espera,. le sonreí alegre de encontrarla tan mña, mucho más niña que yo; las ji1Zas antenas,
los brazos y las píen.as vivos y redonditos, sin ser pavesas después del
renu11ciamiento a todo, después de haber cedido el alma y el cue,po por
la fortuna del momento 111Jtes... ¿No había habido un mommto en que
sentimos que quedaríamos como ez 1,•otos céreos y fríos ro~rados en la
iglesia de Dios, en cambio al bim que nos había concedido Dios? Un
sentimiento así quedó eu nosotros al dar sueitá a nuejt, a sa11gre 11 nziestra alma, al se11timos dominados por el descanso etano m una ,f1 adación de inquietud a se,emdad, 11 pasmo ab.,oluto.
No quise que se vistiese sola; todas las mujeres se 1-istm solas después.
Esta es una injusticia pavoroJa.

-

122

Estába111os satisfechos de todo. No esperábamos 11ada. Por no esperar no esNrábamos 1li voh:enzos a ver.

-De prisa, de prisa, dame el alfiler del cuello ...
El sombrero volvió a cubrir la mata de sus cabellos. Se puso el velo.
Resultaba chatilla y misteriosa bajo el velo. Vestida me parecía de 1mevo hipóa ita y me pareció temible que se me Jói•i~zse. [!it momento,
cuando la dí el bolsillo, estuve por retenerlo y no de;arla zr.
-Adiós, me voy ...-dijo ella.
.
Había variad,; un poco de voz. Su voz era la voz vestzd1, la voz que
puetk mentir, que puede ser indiferente, que puede hasta desconocemos,
esa voz que cuando una mujer se vuelve contra el hombre que la obtuvo
hace a veces que ese lzombre la mate.
.
La COfTÍ y la di un último !Jeso, un beso con el que quzse besar tvda
su úda, la de todos los días prózimos, por si se me escapaban, Y
se fué.
.
Me quedé de pie en el centro de 1nz des!aclzo. Todas la! lu~es encendidas, las del techo y las de la mesa. Sentza que este habza sido et momento mayor de nuestros amores.
.
.,
Sin embargo, aquellos días, ante~zores a[ _de la p~se¡zou, se me par_ecían ahora, pensándolo bien, los mas de.fimtzv~s. qmza porque no quzse
apurar su secreto, aunque se combaba hacza mz_por l,i_ czntura; pero me
satisfacía más probar sólo una_ a :'na las_ guz~zdas inagotables de sus
labios, las guindas sin hueso, cluquztas y sin aculez.
,
,
En la iluminación de mi cuarto había una melrmcolta que contemple
eztasiado. ¡Si se hubiese dejado algo! Y busqué una hue~la. On alfiler
de cabeza negra había quedado clav_ado en la pared: Siempre sobran
alfileres en el tocado de una mujer, siempre puede olvidarse Y regalarse
uno, sin que se desprenda nada de Sil tocado ... »
Hasta ahí levó el novelista, y después rasgó la novela; c~nservaba
aquella primerá parte un recuerdo vivo y auténtico, pero me¡or estab:3en e] alma que en aquel relato de cuader~o de hule. El des:nlace que~]
pensó siempre dar a su novela «Lo Inolv1dable» era el de com~ despues
de momentos en que volvió a encontrarse a Pilar y pudo realizarse d~
nuevo Jo inolvidable, nunca pudo volver a ser suya, n~rnca; ~e fus~ro
siempre la segunda vez. y sólo lo inolvz:dable de aquel primer dta de ¡uventud pudo permanecer en su memoria ...
123

�LA PLUMA

LA P L U ,\1 A
Rotas esas cuartill~s de «Lo Inol~idable», que tenían la semilla de lo
que ha pasado, Andres ya no tuvo piedad para muchos otros originales.
LA

MUJER HKRMOSA

Drama.

~Nada, fuera .. . Ya es sabido que hay un drama permanente de la
mu¡er hermosa, pero es como hijo qcl despecho y de la tontería abusar
de esa verdad. Que lo sufran los señoritos de largo cuello almidonado y
de botines c~aros, que caigan en ese drama, es una trampa que no hay
que descubnr.»
Era el novelis_ta como esas _má9.uinas de moler café por cuyo embude se e~ha el cafe y toda la maquina se complace en molerlo.
Hacia balance de ~uchos años. No quería ya sino una noticia escueta del proyecto que le interesaba. Había pasado por el último límite. Ya
sabía lo que _no se debía decir, odiaba el estilo de los cuadernos y de las
carta~ a papa, y_ todo aqu~l original tenía algo de eso.
Ris-Ras ... Ris-Ras... R1s-Ras .. .
Ris Ras ... Ris-Ras .. . Ris-Ras .. .
Ris-Ras ... Ris-Ras ... Ris-Ras .. .
Ris-Ras ... Ris-Ras... Ris-Ras .. .
Después se quedó triste, con las manos coloantes y como si hubiese
roto lo que le podía haber servido, lo que era fu ahorro.

1

1

XVIII
Andrés éomenzó ag~~lla noche_ la novela que aquellos días había
cst~do tramando. Escri~10 en su pnmera cuartilla el título, con su letra
de 1m_pre~t~, que despues de su gran costumbre de'escribir trazaba como
una hnot1p1a:
EL BIOl\1B0

Y con la pluma angulizó en la primera cuartilla el dibujo de un
biombo tosco e inquietante.
EL ESPEJO SOMBRfo

. 11

No sabíamos ninguno de los hermanos de dónde le había venido a
nuestro padre aquel biombo de laca morada .
124

E,a un regalo de Filipinas, un regalo suntugso, porque la laca tenía el bruiiido de los antiguos espejos pompeyanos. Se veía uno e11 él
con más gusto que en los espejos claros; pero al mismo tiempo parecíamos de una raza más osmra que se movia en una vida de destino más
oscuro.
«Alguna 1;ez aparecerá el señor que regaló el biombo-pensábamos-. Nuestro padre nos lo dirá en la co11zida:
-Ese que Iza estado e.) el que me regaló el biombo».
Pero nu1u1i llef[ó esa ocasió.,,,, y sólo yo escuché deh·ás del biombo
una terrible disputa entre mi padre y mi madre, que le Izada decir .a mi
padre a voz en cudlo: -¡ Y todo por ese maldito biombo!
El biombo tomó dtsde entonces para mí un sombrío sentido de selva
i11trincada y triste, e11 la que se podía pe, der u11 nii'zo. Sus flores eran
jlore.1 blancas y leclznsas de las que crecen al pie de los pinos de los bosques y sus japo11eses iban por la selva misteriosa entenebrecida por la
tormenta.
Por las rendijas del biombo de laca morada vi a mi padre tal cual
era, tal como 110 le reconocía ni cuando más cerca de él estaba, ni cuando le nbsenoaba de cerca J' ap,dado de la mano notaba cómo su barba
salía de Las mismas meiillas.
A través de las rendijas del biombo reconocí que mi padre era otro.
Mi padre era «1t11 señor», esa cosa vaga que expresamos cuando decimos «un se1ior».
De mirar a mi padre a través del biombo perdí la ilusión de ternura q11e le lzacía un ser vago, con tipo naz,1reno, casi sin tosquedad
huma11a. Por lzaberme parado a contemplar tt mi padre por las rendijas del biombo, peutí su mf)i1r .fisonomía, y _va m va110 la busqué siempre. Estaba rota.
El biombo .:e oponía entre un lado y otro de la ·vida. divirií1i la vida.
Volvía del colegio deridido y alegre, pero /zasta que no 1:olvia la esquina del biombo no lo estaba completamente.
-Es la joya de la casa-oúz yo que decían co11.1tante11unfe.
-¡Bonitu biombo!-repetían las gentes, y buscab,m algo así como el
trasunto de nuestra vida en los 1·ejl,ejos de la laca.
Tenían razón, y, sm saber lo que buscaban, buscaban eso. En todo
está escrito nuestro Desti1,o; pero, sobre todo, en los espejos y en lasco125

�LA P L U ,\l A
LA P L U ~1 A
sas sati11arlas y brillwtes. ¡Ptro cuá,tto ntcis /)rHfmcLwzente en las
cosaf satinad1s )' brillmzte1 qtt! rejl;jiz,z l,zs cosas y qut, además, son
osc11ra fl
A tr,111és dd biomb,1 se veí,z algo así como que l,z lzabitación es 1m
escenario del humbre para poco tiempo. Los primeros presentimientos
de muerte de mis p,1dres, fa primera vez que se me ocun ió fa ahsurda
idea de que podían morirse, fué vimdo la fu-, del utro lado, la habitació,t coma sitio ai.sladu, que se veía desde detrás del biombo.
Las seis Jzoj,1s, rl! wr 11e:;ror so1t1 ie,1te, parece que nos comprendían
en zma misma liistori I a 1ms fa /res, a mi y a mis tres hermanos. La
lzofa que me pertenecida mi t'ra la tercera, porque _110 era ti mayor.
¿Pero la tercer,z empezanio por qué !ador Si no se supiest que hay lenguas que se escriben de derecha a icquzerd1, se pndría sostener que era
fa tercera de la izquierda. Era desde lue:;o aquella en que J'º me miraba
con más preferencia y con la que siempre me SOllreÍ 1 misterioso, aunque lo que yo buscaba en su lago 11eg-rti era la constatación ,ü que «fJtaba allí-,,; pues de nÍlzos nos acoge la congoja de fo v.ig,1, la congoja. de
la inn:1ste11cia,
-¿E,·to;1...? ¿Estoy, verdad?-!e preg1111ta?a a la ltoja tt!rcera.
-Sí, hombre, si... Estás ... Y eres una siluet,z de .,,,mbra sobre el
balcón luminoso como tm espejo d,.z1 o.
-¡Papá!-gri:é desde detras del biombu mue/zas z,·ece,, como si tuviese u11 mal presentimiento o como si quisiera que se prniniese, qtte se
q~titase precipitadamente el bigote )' la barba de máscara o se los puszese.
-¡Papá! ¡Sé mi p,1pá!-le querLz yo decir COll aquel grito des-:arrado.
¡Cómo smtía yo que el biombo me separaba de mi p.,p,í!
La puert,z se abrí,1 d~ u,i golpe, me ecltaba sobre ella y era como si
desaparecitse. El biomb,, no: era 11ecesarzo jre;mr ln carrera y hacerse
cargo de la recomendación paternal de: «¡Cuidado, no lo 'ZJayáis a
tirar!» El pá,zico de tirt1r!o era ,ztro::, porque se /mózera roto y se hubieran despre11dido todas las figuras, deskech,xs como se desll!lce el ptdrisco de nácar en cuanto cae.
El biombo era para mí como u1z telón de la vida; t,mto ti! zm lado
como de otro había misterzo.

E1t aquellos momentos en que me decidía a robar algo a mi padre, el
biombo-me contemplaba, )' ademds de verme por fas rmdij'as, sacaba
Jotogr.zfías de mi acto m sur placas ne[!alivas.
La PrOl:irlmcia se escondía detrás del biombo, que dab,z a la alcoba
tn que dormía1t mis padres. Por lo mmos, al acostarse a la 11oclte, y
cuando hiciesen el resumen rvl día, entre las cosas que recontasen aparetería, sin saber cómo ni por qué, la falta que fa sombm tutelar de la
alcoba había visto pr,r /.,s rmdi;a, del biombo _v rnva delación había
depositado sobre las almohadas p·1ra cuaudo se acostasen.
-¿Le diremos algo?-.ie decían i11duda/,lemente mis padres.
-No-contestaba mi madre-,"º, porque él se arrepentirá y porque e1·tá bren que aprovec!umos wz anónimu del biombo.
Después de un,1s ,:acaciones que fui a pasar con unos tíos, al d.zr la
vuelta al biombo 11u mcantrl co11 que J'ª no estab,1 mi 11zt1dre. Si,t que
nadie me lo dijese me di rnenta de que ya no estaha mi madre. ;l1e bastó
1:er a mis tres hermamtos mu_y congregados alndedor de mi paih e-que
antes de aquello no couseN!Í,1 que se ¡ug,1se eu su mes,1-jztl{a1tdo cmz el
juego tnsu de la conv,ilecencia, con 1m juego de damas del que h,1/JÍlln
huído todas las damas como dam1H deshonestas ... ¿Cómo podían t'sfar
los tres com1alaientes? Era que había mwrto mi madre.
Las cosas 1,,agas que me habí.m lucho sospEclzar /,1 trirte noticia que
no se quiere erar, qued,110// comprobadas al dar fa ·vuelta al biombo;
antes de lo que me dije: .: Cuandu meta medio pe,fil entre el biombo y el
marco de la puerta lo sabré todo-,,.
En efecto, mi marire había muerto. Se quedó más renegrida la /znja
segwl(ia del biombo.
¡Pe,o qutd1ba su tlutíiol 1Vimtras mi padre durase, e/ bi11mbo se
defendí"; 110 se que,faba huérfano como uno de 1wsot1 os.
La ltisto, i.r de todos los días del idilio del padre _11 la madi e estaba
escrita m aqud biombo, que retmía las cosas como 110 lo retiene 1111 espejo. Mi pad•·e 1111rabade vez en cuando hacia el bzombo como .li mimadre e,1luviese detrás. cubierta por el bwmbo como en las e,;fermedades,
que pedía que skuiese cubriendo su c.zm,1, para 110 ?'er la luz d.e/ despacho y para que mi padre pudiese continuar traba¡ando.
-¿ Te molestan los niliosr-parecía que le ib,l a preguntar, aquella
pregunta que indefectiblemente era contestada por mi madre:
127

126

�LA PLUMA,

LA PLUMA
-.No, no me 1ttoüstat1; déjales qut jueguen alzí.
Una tía mía se había encargado de la casa para sustituir a mi madre. Era hermana de mi padre .Y no.r odgió mi padrr para ella mucho
rt'Speto, talllo respeto como por mi madre, cosa que 11,ereda, porque como oí a mi padre en com ersación con un amigo, c.elli:, que si-mio ta11
guapa ltabía rechazado todos los p,etmdie11tu,, se había w1?formado a
cuiíh1r dr sus h{jos-..
Se me Izada 1·aro 1,e1la 1-á:ir •n ,ruestra casa,y por laJ rt'lldtjas tkl
biombo 111e asomé a 1.;er lo que hacía. «Estaba generalmente a1struída,
pensando probablemente oz los pretendimtes que dejo e:.capan.
Después de va, ias miradas por la rendija, ducubri que mi tía era
una mujer, una mufer arroga,zte y fén ida de c,zrfles suaves. La observaba J'•l m1~y ,1. mmudo por las rendiji1s del biombo y me smtía muy
próximo a ella detrás d~ mi esco11d1te; el biombo la enfilaba como fachas
mis miradas y se las iba clavando con pu1tlería y audacia.
Detrás del bznmbo lltJCÍ O la emoción varomi 11ft día que lmi tía Je
cambiab,1 de ropas.1' se aliger,zba _v se quitaba h,1st,1 el corsépara poneru de bata.
Con qué dilicult,ui confesé aquel pecado, para el que creí que 110 h,1bía absolución.
-No vz,elrn a mirar det, ás de los b1t1111hos-me di/o el cun1-. Eso
es muy /to. Satanás se oculta tútrJs de los biomlJ'Js y obse,va desde ese
disimulado burladero a los hombres.
De aquel/,1 co11fesidn brotó en mí li, primer,, Uea del qu~ e,stá tletrás del biombo.
Y mi tía, que antes me baitaba, no quiso seguir haiiándome, y c11ando me Jaba el ¡,ar d,, calcetiner q1u se me liabh olvidad,1 meter, me los
daba por la rend~ja de la puerta, volviendo la cabeza.. Yo, :rill emb irgo,
no le habiafalt,.uto ai respeto de u,z ffl(Jdo voluntattu, smo que en la
i11co11ti11e11cia i11tvitable habÍil te11ido más 1 ubor que nunca.
II
QUIIDA INPR&amp;S.l. LA SIGUSDA HOJ.a.

El biombo seguía en mi casa t,m imperturbable como siempre. Yo_
había hecho la carrera y lzabía entrado con not,2s chistimbusc,mdo a mi
128

podre para ense,iárselas y tirando casi el bio»tbo por lo contento giu es-

taba d,, «haber salido blem.
El biombo estaba más awiotado, más sombrío. Se iba mruluratido.
Daba a lo:. balcones sin luz del mundo e:rti11to. Daba su ve11tanal a los
,cl,pses.
Un día armó mi padre zm gran escándalo porqu.e había desaparecido una mariposa de 11ácar:
,
-Eso ha sido al barrer, a no ser que uno de estos chicos se lo /zaya
llevado...
No me señalaba a mí, porque mi padre ya me consideraba el mayor;
pero yo comprendía que hacía un,1 injusticia con ,nis ltermanos, porque
atjutlla mariposa no la había,i cogido ellos, ¿para quét, sino que se había escapado ella, augurando una desgracia.
Mi padre se-puso enferma por aquellos dias, y no es para describir
la emoción con que yo bordeaba el biombo para ver cómo estaba. Yo que
sinnp,e he trnido la idea de que la muerte es una cosa precipitada y
atrabancada s, se q11iere, me daba cuenta de que aque/io e, a una de
esas cosas de dexenl11ce rápido y fuhninante.
Detrás dei bümibo reponía mi serenidad, y le ví por las rendí.fas
abatido, como el San F, a11cisco de Pedro de Mena, mirando ravernosamente el cielo.Cuando entraba yo se reponía. Sentía que era su lti.fo mayor el que_se d,zba más wenta de lo que pasaba e inte11taba engaiiarme.
éi b10mbo 110.1· ofrecía la distracción de sus flores de agua y de sus
jap(itteses. /{os aca,iciaba .Y nos serenaba La suavidt1d de la laca.
La muerte parecía que se iba ,z dettner frente al biombo, sin el trecl,o franco tú la puerta. Algo debía defe11túr al biombo del viento ag,,do de la muerte.
-El mldico-decía la criada aquellas tardes, y todos huíamos o
,ros sentábamos mejor al oir aquel anu11ci,1.
Generalme11te, como el doctor miraba por la puerta de la fria sal,1,
nos esco11diamos detrás del biombo,y los cuatro lterma11os, como pájaros
silenciosos en un árbol muy tupida, oí,zmos las palabras del médico, sus
preguntas, sus co,rsejos... ¡Qué cara ponla mi padre cuando el doctor se
agachaba pa, a auscultarle y se quedaba su rostro sin testigos/ ¡Era la
cara del agudo escepticismo y de la aguda esperanza/ Pedía a no sabía
quien que la auscultación fuese favorable.
IX
129

�LA PLUMA

LA PLUMA
Poco duró mi padre después de aquella huída de la mariposa del
biombo, muchos momentos solemnes tuvo d biombo, pero llegó al momento supremo cuando sirvió pa,a tapar la entrada de la capilla ar-

diente.
¿Quién le iba a decir que su biombo, el biombo que cubrió szt sueño,
iba a cubrir su muerte, y ya ael lado supo no podía ver nad,i y sólo tenía vista del !,ido en que estábamos nosotros, que de vez en cuando asomábamos la mirada por las rendijas, para ver sí los ci,·ios estaban derechos y no había peligro del fuegi,, qzu se aprovecha de que los muertos están muertos para incendiarles.
.
Ya el biombo estaba de luto riguroso, y s1t segunda hoja estaba escrita definitivamente, con todo el historial de mi pobre padre; quedaban
cuatro hojas vivas y atemorizadas.
No podía olvidar ya que por aquellas rendijas ·m iré con miedo
los temblores amarillos de la muerte y la cara de ahogado que tiene et
muerto.
Ya por las rendijas del biombo se vería siempre eso.
Le ornamentamos sus últimas horas de huesped en la caja con la visión optimista y reconcentrada del biombo. Le debió ser agradable tener
tl biombo a su alrededor.
Cuando hubo que entornarle para que saliese /,1 caja, se plegó c.on
tristeza y se inclinó hacia la pared c.omo sin fuerza para mantenerse de
pie.
El pobre biombo, el biombo que ya sabíamos menos quien se lo había
regalado a mi pobre padre, tenía ttn aspecto más tétrico y más enigmátictJ cuando volvimos desconsolados a casa y nos le encontramos ocultando a las visitas en la puerta dt' la sala para que pudiese ser discreto
nuestro no querer ver a nadie. Pasamos silenciosos por detrás del biombo, dejando quizá ·ver los pies como se ven por debajo de 1t11 telón mal
corrido.
A la nochf', lo primero que discutimos al hacer el reparto, fué el ver
quitn se quedaba con el biombo. Fué la primer disputa solemne.
-¡Si aún está el cuerpo de vz,estro padre calzente/-dijo la vieja sirviente m tono de reconvención, suponiendo un po, venir fratricida, que
es lo que da más razón a las prescripciones de las comadres.
«¡No saben mis hermanos lo que me llevo!»

'«Debíamos de habernos llevad
d
Una responsabilidad atroz se ; ca ~ _uno u~a hoja del biombo.&gt;
daba con el biombo.
nuncio en mz al pensar que me queUna nueva era se iba a afirmar en mí L
.
!odos aquellos días lo vitrilaba lo c~idaª fra del ~zombo.
r~vzUa. Daría importancia al cuar~ alto
ba co~o sz fuese una marza Las dos esquelas de defi . ,
que quena tomar. Nadie vehojas.
unczon que colgaban de sus dos primeras
En efecto, a los pocos días de
.
nos, me lo l!t:z•é a mi nueva cas'ay. sa!a, ~czendo l..z casa de mis herma·
,
.
• , Que serza sepuso l
l
,
at' ver e entrar! Por
deczrto
. a.,z ' medza habitacio',
·
zsea,nnconoyseacJz
1
med za a un lado y media a otro.
an o a ver el biombo,
Ya comenzaba el biombo a crear
d /"
de un l,1do la luz del otro la . b . esda ua u/ad adversaria que crea
mm rte.
'
Jvitz 'a, e zm lado la vida, del otro la
La nueva vida iba a comm"'ar Ahora
como u11 ser indt"e1v1.iente y l~ :d
-!º m~ encaraba con
la vida
'de
r
•
a vz a conmwo Hn de•e
•
i ue sposeidas debian sentirse mi
' .
:1,nsa nwguna.
s ~,obres hermanos, qué al aire y
qué wdefensos! Claro q11e l·z a. '
•
' .,ectzanza so o yo l p d'
atrmclzaba d~l otro lado del biombo.
a o z,i temer, pues se
_Ellos, mas por superstición que por liada
.b
.
neczdos, pero yo era el , .
,
' se z ª" a sentir desguarzmuo que me habza atrevirl
,1,
cada. E !los el ra JIO. yo toda l d ,
o a sorortar la tmbostadoras .»
· '
J
as emas cosas mortíferas y atormenta-

º

El novelista, que de un tirón h b,
pus~ a descansar, tirándose como u~ ,a trazado bestos d?s, caíptulos, se
su biombo, que también le m· b dmuerto so re un d1van y mirando
rendijas.
ira ª e perfil Y con sagacidad por sus
RAMÓN GóMEZ DE LA SERNA.

(Se co11túmará.)

�t

1

LA PLUMA
y apenas riza el viento la comba azul llanura:
¡todos los elementos con nuestro duelo están!

•.
II

EN LA TRANSMUTACIÓN DEL MAESTRO
TOMÁS MORALES

En el regazo ardiente de la ciudad dormida,
cuando sobre las cumbres se iba a poner el sol,
«han quebrado las parcas la hilaza de una vida,
prestigio de los dioses, de las Musas amor» .. ,

Y en el silencio inmenso del paraje nocturno,
entre chafar de hojas y aromas de rosales,
pasan, desafiando las iras de Saturno,
con el poeta~augusto, los dioses inmortales.

Frente a la mar Atlántica- bajel donde su gloria
ha de surcar las ondas de las Eternidades,

Se oyen sus claras voces vibrando entre el ramaje
de la amplia selva. Apolo comienza su cantar,
cuando el recinto invade, cual bárbáro homenaje,
la bronca sinfonía del júbilo del Mar.

donde un rumor perenne conserva la memoria

del hijo primogénito de las Divinidades;·murió el cantor amado del Bosque y de la Mari
C~lló la voz solemne del rapsoda divino
que supo entre las redes del sueño aprisionar

·I ,
1

el tesoro secreto del corazón marino!

'

1

Ante el dolor profundo, calle la lengua humana ..
-Nadie su voz levante frente a Alcides, dormido,
que cada nuevo día despertará mañana_
por continuar el arduo traba;o suspend1do ... -

11

1

1

'
1

Mirad cómo las cumbres silencian su amargura,
mientras que sus entrañas conmueve un huracán,
132

Frente al vital fracaso la Esperanza perdura ...
¡No ha muerto! Por un bosque lleno de rosas bellas,
cortejado de dioses adentró su figura
nimbada de una intensa fulguración de estrellas.

Pan a sus labios lleva la flauta cristalina;
su son llena los cuatro sentidos cardinales;
y hace temblar el alma pétrea de la colina
donde tienen su asiento los dioses patriarcales.
Y mientras Diana, bella, mirando al dios, suspira,
Apolo, arrebatado de lírica bravura,
tañe, como un mancebo, Ja melodiosa lira

¡tal, que se le creyera tocadó de locura!
Viola su canto el virgen silencio del boscaje;
sobre los cuatro vientos la novedad pregona;
dice su voz:-«Ha ·vuelto de su terreno viaje

el vástago heredero de mi imperial cotona.»133

�LA PLUMA

LA PLUMA
De pronto, suenan voces de gente que camina
al centro de la selva, donde el gentil cantor,
bajo la espesa fronda de milenaria encina,
tiene a la esquiva Diana prendida de su amor.

Marte el primero avanza; a sus bravas legiones

hace presentar armas ante el triunfal caudillo;
Eros trae un carcaj para los corazones,

y Vulcano su fragua, su yunque y su martillo.
Pomona porta un cesto de frutas olorosas,

¡Son los dioses! Se acercan con temeroso paso.
-¿Por quién rompen-preguntan-la perennal quietud?
-¿Hay algún astro nuevo temblando en el Ocaso?
--¿Es un nuevo secreto de eterna juventud/-

Ba,o preside el cuadro de sus vendimiadores,
que, «cubiertas con pámpanos las partes pudorosas»,
muestran los prietos frutos de sus viñas mejores.

Ceres hace el presente de sus trigales de oro;
Todos indagan; todos ven al Desconocido
curiosamente; alguno, de un vago modo, evoca

en él, la gentileza de un joven dios perdido,
que era alma de océano y corazón de roca.
Y Apolo dice:-«Triunfo de mi existir doliente,
ha vuelto el hijo pródigo a los paternos lares
de su excursión audaz por tierras de Occidente,
sobre las jadeantes espaldas de los mares.
Yo Je creí perdido; mas al Ocaso vino
teniendo una guirnalda de rosas en la mano,

1tuerte!, y encadenada la Gloria a su destino,
con el poder divino y el atletismo humano.
Por su retorno sea colmado de tributos,
frente a la mar que canta y al bosque que suspira,
y en tanto que se aportan los varios atributos
yo coloco en sus manos la gloria de mi Lira ... !

Minerva los secretos de su sabiduría,

Mercurio trae la bolsa que guarda su tesoro
y Momo la sonrisa de su eterna alegría .

¿Y Diana? ¡Nada ofrece! Absorta y distraída
en la contemplación del Bardo, deleitosa,
silencia; hasta que Apolo, con elocuencia ardida,
la mueve a que formule sus oferta ... Presurosa,

Diana reclama el cuerpo del joven dios humano:
siente su carne inquieta de comezón lasciva,

y ella, que es vencedora de Zeus soberano,
tiene el alma en el gesto del Rapsoda, cautiva.
Todos los ojos miran, extáticos, a Diana,

que al dios, en un acceso de voluptuosidad,
frenética y desnuda, ¡tal como una manzana
quiere entregarle el fruto de su virginidad!

Tal, cuando de la parte del Mar, Venus asoma
anunciada por suaves tonadas de Sirenas,

Dice, y su voz domina todas las voluntades.
Cada uno el presente de su atributo apresta,
y hay en los rostros graves de las Divinidades
un resplandor de llama y un júbilo de fiesta.
,34

que mientras ella asciende por la ondulada loma
tienden sus sonrosadas carnes en las arenas.

Los dioses se contemplan estupefactos: clama
1

35

�LA PLUMA

CRÓNICAS LITERARIAS

Diana la posesión viril del dios mancebo,
y se abraza a su cuerpo cuando Venus Je llama
y él adelanta el paso, a un desposorio nuevo ...
.••

La confusión se adueña del concurso divino .
Venus y Diana luchan. «Y en medio, el Dios; sereno ... ,.
Helios a rodar echa su carro matutino,
y Eolo a sus' violentos vientos, desata el freno ...
En la playa, Neptuno sobre su esquife, espera;
Sirenas y Tritones forman alegoría;
y mientras en la selva sigue la lucha fiera,
como un fastuoso manto que todo lo envolviera,
sobre la Mar se tiende la clámide del Día ...
FERNANDO GoNzÁLEZ.

BÉLGICA

m

es el país de las facciones políticas, y también de las faccio•
nes literarias, subdividas hasta lo infinito. Preténdese adornar
esta lucha de int~r~~~s~-:que tienen muy poco que ver, a veces,
con la vida intelectüa1___'..!có0 el nombre de &lt;rivalidades de escuela»,
o en modo más~anodino, &lt;torneos entre cenáculos•. En rigor, es
Un espectáculo tradicional en el país, y un símbolo del carácter nacional.
Un peco de historia literaria basta para demostrarlo. Sabido es que las le•
tras belgas no han comenzado, ya que no a ser florecientes, por lo menos a me•
recer un mín,iipo de ate1lción por parte del extranjero, hasta que en 1880 el
1
grupo llamado les Jeune•Belgit¡ues- hizo su aparición. Hasta entonces, la litera•
tura belga de lengua francesa estuvo monopofizada por unos cuantos buenos
viejos y académicos, cóndecorados, y, por añadidura, inofensivo!:i. Escribían
cantidad de versos de circunstancias, componían (preciso es emplear aquí la
ridícula palabreja) madrigales, frenos, odas interminable"s 1 y a veces, alguna tra•
gedia en cinco actos, rigurosamente clásica.
áGICA

El movimiento de los Jeune-Bdgü¡ues, que fué la rebelión de una juventud
dotada hasta cierto punto del sentido de lo ridículo, acabó con la raza de esos
bardos oficiales, y aunque no hubiese producido otra consecuencia, merecería
una parte de los elogios que los historiadores patentados de la literatura belga
les prodigan. Pero, en fiu, conviene notar el aspecto negativo de tal rebeldía,
y subrayar que gracias a ese carácter fué fecunda.
Los vencedores no se mantuvieron de acuerdo mucho tiempo, y pronto se
hallaron divididos en varios grupos rivales, hostiles y aun francamente enemigos. En el momento de edificar algo positivo, de realizar su victoria y oponer a las bromas de mal género del antiguo régimen 1rna estética nueva, sostenida por la efloresencia de las obras, el impulso se quebró, y los Jeune-Belgiques no volvleron a encontrarse con fuerzas hasta que sus jefes más calificados
los incitaron a destrozarse mutuam ente. Emile Verhaeren, a quien Ja propaganda nacionalista ha cogido después de muerto en las redes de su retórica,
se vió apartado, y tratado con el rigor y los sarcasmos de que son pródigos los
veinticinco años. Es manifiesto que los excelentes parnasianos que componian
el estado mayor ortodoxo-éste, discípulo respetuoso de Leconít! de Lisie y
de Heredia; aquél, imitador de Beaudelaire:; el de más allá, revoloteando desde los t'Ondeaux de Charles d'Orleans a los lieder de H. Heine-sentíanse des136
137

�LA PLUMA
asosegados por el ímpetu y el áspero lirismo del autor de F/aml,taux 11oirs.
Con perspicacia verdadera, vieron la fuerza de su genio, capaz de barrer sus
minúsculas reputaciones locales como barre el huracán las brizna&amp; de paja.
Después de muerto, en los innumerables discursos que en ceremonias incon•
tables han infligido I aus manes, se ha intentado avergonzar al.espírita •1F90•
que obligó a Verhaeren a buscar refugio#B oi\e:ttranjero; pero tenga\nos el 'fl•
lor de la historia, y restablezcamos la realidad de los hechos: la fuga de Verbae•
ren se debi6, no al espíritu •QCOCio• pe un país que no es más ni menos ,beocio• que los demás, sino a la campaña odiosa de todos sus •camaradas•.
Verhaeren había encontrado un refugio en el grupo formado en torno de
una revista, intitulada L'Arl Moderne, fundada por el dilettante y gran jurista
Edmond Picard. Después que Verbaeren se fué a Francia, el g.-upo de L'Art
Moderne siguió hostil a la Jeune-Belgique y continuó reclutando escritores y
artistas, no para realizar obra de creadores, sino para socavar y derruir lo que
los vecinos de enfrente intentaban levantar. Hay que reconocer, por lo demás,
que los Tecinos de enfrente estaban animados de iguales preocupaciones, y
que. sobre todo después de la muerte de Max Wallcr se acantona1 on en lo puramentt; negativo.
Esa rencilla condujo al resultado que fatalmente le esperaba: L'Art .lfoder"' se desvió de sus fines educativos. y por los recovecos de la polémica concluyó en una especie de periodismo, apenas de nivel superior y sensiblcmcutc
igual en moralidad a la prensa cotidiana; la Jeu,,e-Belgit¡ue periclitó, perdiendo
sangre y gloria, con todo su pasado, por cien heridas, y tras de haberse obstinado mucho tiempo, sus redactores tuvieron que suprimirla.
Pero acababa de llegar al primer término del escenario una generación nue.
va: contaban en ella Maurice Maeterlinck, el pobre Charles Van Lcrberghe, que
murió joven, después de dejarnos en La Chanso11 d'Eve la obra maestra de toda
la poesía simbolista, Henri Maubel, muerto también, y que ha dejado una obra
teatral curiosa. donde se halla en germen el teatro impresivo de Crommelynck,
y muchos otros. Les pareció indispensable crear una nueva revista v nació
Le Cot¡ Houg,. Con él nacieron e:spantosas discordias intestinas, lo des~~rraron,
lo desplumaron y en meaos de dos años lo asesinaron. l\laderlinck se desterraba; Maubel se recluía en una soledad que ya no había de abandonar, y sus
compañeros oscuros o merecedores de serlo, se repartieron en tres o cuatro
secciones que se fusilaron con saña.
Y de ahí no se ha pasado, salvo que antes de la guerra hubo en alguno5 mo138

LA PLUMA
meatos hasta cuarenta revistas, ostentando cuarenta programas, e invectivando
a cuanto pasaba a su alcance.
He trazado este breve bosquejo del movimiento centrífugo que desde la
cuna anima a la escuela literaria belga, porque no conociéndolo es imposible
comprender su pobreza crítica, su falsa pasión y el tenaz desequilibrio que le
ha impedido, por un lado. alcanzar efectiva fecundidad, y por otro, conceder a
lo que CD ella vale más el respeto y la simpatía que le hubiesen granjeado, mejor que sus clamores vanos, la atención de la Europa civilizada.
Falta de crítica: esto es lo que más sorprende, el chasco mayor. Si en uD
país donde haya critica alguien la moteja de inútil, que vaya a Bélgica y com•
pare la cohesión y robustez de las letras belgas de expresión flamenca durante
esos aflos de 1890 a 1goo, con la esterilidad de los círculos de expresión francesa, abandonados por los elementos buenos, y reducidos, en lo demás, 11 minúsculas querellas locales. En Flandes, un hombre, de quien puede decirse que
fué un genio de la crítica, Auguste Vermeylen, agrupaba todas las fuerzas activas en torno de la famosa revista Va11 Xu en Straks («De ~hora y de muy
pronto•). En Walonia o en Bruselas, ido Verhaeren, ido Maeterlinck, vínose a
caer por bajo de lo mediocre.
Falsa pasión. En una crónica precedente he hablado de la crisis regionalista
y sus peligros. De esto provienen directamente. Amezquindados, incapaces de
abordar el espectáculo de las cosas con el alma libre de angustias pequeñas y
de los pequeños apuros de la vida cotidiana, impotentes para ver, comprender
y restituir lo patético que hay escondido en todos los conflictos, en todas las
acciones y en todos los corazones, era Ídtal que esos escritores:se apegaran al
marco y decoración dentro de los que, la tradición, o mejor dicho, la rutina, situaba los accesos de pasión de los hombres del país. Sin contacto con «el muD·
do•, se concentraron en torno de la minúscula idea que se forjaban de csu
mundo•, y mezclando su modo de expresión con el de )os pintores, buscaron
también h1 truculencia de los tonos y la supremacía de uua vida ficticia pero estruendosa.
Desequilibrio. Para librarse de la trampa del falso tradicionali:,mo, cierto
número de jóvenes se arrojaron a todo correr por las avenidas que en la lite•
ratura abría la Francia nueva, y entonces, h;u:ia 1905, las letras belgas se convirtieron en el refugio cláeico de todos los cismos•, y para cada uno hubo un
profeta, apóstoles. catecúmenos, y una revista
Todavía hoy, hoy más que nunca, siguen la.; divisiones y subdivisiones hasta
139

�LA PLUMA
LA PLUMA

'·

lo infinito 1 y las excomuniones de una capilla para otra con sañudo encarnizamiento. Esta observación la hice pocos Oías ha, leyendo uno tras otro tres artículos publicados en París por unos jóvenes, por reclutas literarios, acerca de
e movimiento literario belga desde el armisticio•. En el primero, muy corto, se
sentaba el principio de que tan sólo la .rtradición jordaenesca» (en vano me pregunto qué tiene que ver Jordaens con el campo de las letras) permanecía realmente viva y merecía atención; el autor se dignaba hacer, no obstante, una excepción en favor de las novelas regionalistas de la parte walona del país, con
tal que lleven bien impreso el sello del terruño r:y huelan a heno segado&gt; (sic).
En el segundo, un poco más largo, se entonaban los loores de la fanta:;ía, y el
autor, que se refería abundantemente a las obras de Tristán Dereme, de Ibels,
e incluso (¡oh, actualidad!), de Jules Laforgue, restringía la literatura belga contemporánea a unos cuantos jóvenes acomodados que hacen versos como otros
van al dancing, y a sus imitaderes y discípulos, cuya fantasía se paga c0n dos
insomnios por página. En fin, en el tercer artículo, francamente largo, un discípulo belga de M. Francis Jammes «refutaba, todo lo que no fuese íntegramente"
cat6lico, ,idealista, y espiritualista.
«Eu este país piensan a bandadas,, decía Baude1aire de Bélgica. Es para
creer que el mal se ha agravado y que hoy piensan según ciertas categorías.
Viene a ser como un escrutinio por lista, cuyas consecuencias son más deplorables todavía que en política. Nadie se libra: cuando Max Elskamp 1 gran solitario, el mayor poeta de la persistencia simbolista, publica un libro, le atribuyen toda suerte de segundas intenciones, toda suerte de ambiciones escolásticas que le harían morir de miedo. Lo mis:no ocurre con todo lo verdaderamente grande, y con todos los que, poseyendo un genio libre, no pueden ser catalogados, ya se trate de Fernand Crommelynck, de André Bailloo, de Neel Doff,
de Marguerite Duterme, o de los jóvenes poetas Albert Valentin, René Verboom o Sébastien Dongrie. Por el contrario, si un M. Hubert Stiernet publica
un Roman du lonnetiet·, del que lo menos que puede decirse es que ya lo han
escrito antes trescientas veces en todas las lenguas, si un M. Franz Ilellens publica una novela de aventuras y negros dnnde se combinan más o menos agradablemente los dos c:artículos, que más salida tienen ahora en la librería fran cesa, si un M. Melot du Dy o uo .M. Paul Fierens publican, aquel, vergonzosos
pa, iicl,es de Laforgue, y éste una cuadrag@sima versión de las. Georgiques Cáretiesnes, no faltará, en este o en el otro rincón del circo literario, un alboroto de
entusiasmo premeditado, preconcebido.

El extranjero que una o dos veces, fiándose de tales entusiasmos, lleva su
curiosidad basta examinar las obras, se encuentra las ¡nás veces tan completamente chasqueado 1 que borra de la lista de sus preocupaciones la literatura
belga, y el puñado de escritores que obstinadamente se niegan a dejarse alistar bajo una enseña, se ven cada vez más faltos de apoyo y de lectores.
En general, no creo en los críticos que cada quince días descubren un VerJaine cuando no un Shakespeare. Hay elogios peligrosísimos, no sólo para quien
los recibe y para quien los tributa, sino para la escuela entera a que unos y
otros pertenecen. Por eso-dado mi propósito de defender esta escuela, es decir, a los hombres que le prestan, en mi opinión, su valor y relieve-, he creído
pertinente poner en guardia a los lectores de LA PLUMA que por ella se interesen, contra las consecuencias de los sectarismos cuadriculados, de los sectarismos por cuadrillas, cuya vitalidad se comprueba a cada momento. Provienen
generalmente de hombres cuyas obras y teorías sería superfluo conocer, siendo
necesario atravesarlas para encontrar más allá, en los caminos de la libertad,
algunos poetas para qnienes el dolor humano no es una máscara ni una actitud,
y que no confunden la alegría cou la pirueta y la pasión con la literatura.
P.AuL

FRANCIA
M. Francis Careo, uno de Jos buenos novelistas de la
generación joven, se ha manifestado con tres volúmenes publicados
arreo y por un gran premio de novela que le ha concedido la Academia Francesa.
Es,1 manifestación triple denota por lo meaos la actividad literaria de M. Fraacis Careo, que multiplica i-us esfuerzos en el teatro y en varios
géneros de novela. Au Coin des Rues, l' Homme Traqué, y /'Equipe son 1 por Jo demás, de la misma inspiración y pertenecen a la misma estética. Tampoco señalan un intento de renovación por parte del autor de Jesús la Cailie, y de nuevo
le encontramos como le conocimos siempre: aficionado a los rincones y luga•
res montmart,-ois del París Oloderno, pintor de la gente maleante de la capital,
cantor de chulos, golfas y asesino!-.
UCRSIVAM.ENTE,

141

(
140

Cout..

�LA PLUMA

LA PLUMA

El hampa entera desfila. esta vez como siempre, por las novelas de M. Francis Careo, y ofrecería poca novedad analizar esa m,rnera suya, próxima a las
de Bruand el cancionista, de Charles-Henry Hirsch y algún otro. Más interesante será acaso subrayar la originalidad de L' Homme Traqué, la más curiosa,
la más nueva, a mi parecer, de lds últimas producciones de M. Francis Careo
El interés de ese libro es puramente psicológico, y no tan sólo pintoresco.
El autor no se aplica a un estudio de costumbres, sino a un estudio de almas, a
un C!lso psicológico que ha situado en el mundo del hampa, pero que podía
haber analizado Jo mismo en otro medio. Es el caso de un asesino que, en cierto
modo, está como hechizado por un pseudo cómplice, que no ha participado en
el crimen por modo aiguno, pero que Jo ha visto, y con eso, viene a ser algo así
como uno de los actores del drama. La penetración lenta que van mostrando
esos dos seres, la manera como se descubren poco a poco, y se iluminan mutuamente el fondo del alma, no deja de recordar al Raskolnikoff de Cr-imen y
Castigo. El análisis es singularmente audaz, ccn efectos de luz y de claro oscuro que son de verdadero poeta.
Con esta cualidad última, M. Francis Careo realza los asuntos que trata, vulgares siempre, propios de un género esencialmente caduco. Y por eJla, sin
duda, la Academia Francesa Je ha otorgado una recompensa que suele reservar para una literatura mucho más anodina.

* *

*

M. Ad. Van Bever, uno de nuestros historiadores literarios más sagaces,
más laboriosos, acab'I de emprender una tarea grave, que había tent..do a muchos eruditos, pero delante de la cual todos habían reculado: se trata de publicar la correspondencia de Paul Verlaine. Conocida es la importancia de esa
correspondencia para comprender el alma del Pobre Lelian; esa confidencia
perpetua, simple, espiritual, de uno de los espíritus más asombrosos del pasado siglo, vale tanto como las más acabadas memorias, como las más extensas
confesiones.
No poseíamos_hasta ahora más que l~s famosas cartas citadas por Edmond
Lepelletier en su gran libro sobre el ~utor de Sagesse, y que las Leifres d' Angleterrf- el dr, Nnr-d enviadas a Emile Blémout, además de crecido número de cartas desperdigadas por revistas, periódicos, libros y hasta almanaques, al azar
del momento y de los recuerdos.
Era menester, ante todo, colegir esa enorme masa de misivas, ponerlas en
142

orden, revisarlas (porque muchas contenían errores de copia), en fin, completarlas con otras no menos abnndantes y considerables, porque Paul Verlaine
es uno de los ·e scritores franceses que más corresponsales han tenidc, y más
variados.
Ad. Van Bever ha comenzado ya esa tarea enorme, y acaba de publicar el
primer volumen de la correspondencia del autor de Jadis et Nagi,er-e. Comprende la serie de misivas, billetes, nótula~ dirigidos a Edmond Lepelletier, a
León Valade, a Paulet Malassis y a!Emile Blémout. Es un trozo capital para la
memoria del gran poeta, la llave indispensable para abrir aquel corazón magnánimo y dolorido. Notas, aclaraciones, una bibliografía impecable y muy estudiada otorgan a esta obra un rango superior en la crítica.
*

* *

¿Conoceis las críticas de André Billy? Entre los jóvenes, es de los más despiertos y seguros. Acaba de reunir, bajo el título pintoresco de La 111:tse aux
Bésicles, algunos artículos de los que regularmente publica en L'Oeuvre, y esto
nos brinda ocasión para fijar los rasgos de este crítico, periodista y nove\bta
excelente.
En lo físico, André Billy parece un americano, vestido con amplio gabán,
cuidadosamente rasurado, gruesos cristales con montura de concha a caballo
sobre la nariz, calzado con recios borceguíes de doble suela, que camina con
paso rápido al par que firme.
Por su talento, es periodista de raza, nervioso, enterado, crítico sagaz, dotado de la originalidad de no atenerse a las capillitas literarias, a las opiniones
de encargo, ni a los juicios determinados por consideraciones extrañas a la literatura, pero que se afana por descubrir el talento donde quiera que se encuentre y consigue hacerlo valer con unas cuantas frases.
André BiJly es sagaz, penetrante. Tiene también sus vi30S de humorista, y
posee una cultura real, sin la que no es posible la crítica.
La amplitud de espíritu de André Billy, su carencia de prejuicios, su deseo
sincero de otorg1r a todo talento bien intencionado el puesto conespondieate,
se descubren con sólo repasar la lista de autores analizados por él y a quienes
se refieren los estudios incluidos en La ,lfuse aux Bésicl,s. Desde Jea&lt;1 Giraudoux a Walt Whitman, pasando! por Colette, por La Fouchardiere por Julien
Benda, por Pierre Benoit y A bel Hermant, desfila por el libro una serie de figuras muy diversas, proc-:dentes de muy distintos orígenes, y cuya variedad sorI43

�1:

LA PLUMA

LA PLUMA

prende a quien no considera la asombrosa diversidad de nuestra literatura
contemporánea.
Libros como el de André Bi ly son los mejores guías a través de la Francia
actual. El autor ha dado cima a una buena obra y a un excelente trabajo literario.

• • •

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1

Charles Derennes no cesa de asombrarnos. Poeta, novelista, cofabor.ador de
la Vie Parisienne, que acierta a ser, cuando quiere, perspicaz analist~, enamorado de la mujer parisina 1 de la que ha hablado con pasión de amor, para iCr
sencillamente-que vale más-pintor de la Mujer, se aplica ti mpo h,1ce a un
trabajo singular. Pretende estudiar los animales, o cuando menos, ciertos animales, como ha estudiado a los héroes y heroínas de sus libros anteriores. Esa
galería se intitula Bestiario sentimental, donde había puesto ya la Vie de Grillon, y ahora La Chauve-Sourú.
El género no es enteramente nuevo, puesto que visiblemente está imitado
de Maeterlinck, pero puede engendrar obras notables cuando el autor, no limitándose a la observación paciente, lleva en sí un amante y un poeta.
Preciso es querer como amante a esos bichos para hablar de ellos como
poeta. Charles Derennes es lo uno y lo otro, y de ahí el hechizo de sus libros.
Como la Vie de Grilton, como será mañana la Sotilté des f?qurmis, La ChauveSou,-is es un estudio paciente donde no se sabe qué admirar más, si el método
del observador o la manera de genio que manifiesta para introducirse en el ser
observado, vivir en él y hacerle vivir a nuestros ojos.
Estos libros son muy bellos, y destacan noblemente en la literatura contemporánea; no nos cansaremos de recomendarlos. El porvenir destruii-á sin duda
-esµeré-moslo al menos-muchos valores de hoy, y podrá ser que coloque en
primera línea obras de este género, cinematografía literaria original e inesperada.

• • •

Poco tengo que decir del teatro esta vez. La conclusión de la temporada ha
sido lamcotablc para !os teatros del boulcvard, desde el punto de vista material. Los directores inculpan a los autor"s, los autores al público, el públko a
las obras, y a nuestro parecer aciertan. Nunca se han representado en los grandes teatros franceses obras tan medianas, en condiciones tan desfavorables
para el buen éxito .
144

Obras montadas a todo gasto, ccslrellas• pagadas a precios ridículamente
exagerados, localidades carísimas, diríase que todo está dispuesto para que la
obra fracas&lt;.&gt;. Y fracasa, en efecto, y a nadie debería sorprenderle.
Por fortuna, conservamos algunas esperanzas, Ciertas agrupaciones teatrales nos han dado a conocer autores y obras de mérito. Ya he mencionado algunos . A estos hay que añadir La Cliimere, dirigida por M. Gastan Baty, que ha
representado obras muy notables de Jean-Jacques Bernard y de Jean Schlumberger. ¡Ojalá. viva mucho tiempo La Chimdre, para bien de las letras fran cesas!

JUta

B&amp;R.UUT.

PORTUGAL
la exposición panorá.mica de la literatura portuguesa
contempo:ánea, llegamos ahora a los cronistas periodísticos, impresionistas del suceso del momento I comentaristas del - hecho
efímero.
Joao Costa es de los más interesantes cultivadores del género.
Su observación es sagaz, y la oportunidad de su comentario, flagrante. Antonio
Ferro y Affonso de Bragan~a son los más i6venes escritores notables en esta
manera. Albino Forjaz de Sampayo imprimió a su espíritu u.n giro artificialmente pesimista, y siguiendo esa línea compone sus crónicas.
Luiz da Camara Reys y Raul Proen~a representan la tendencia revolucionaria de la crónica, adaptándola a sus prevenciones político-sociales.
Joaquín Costa es un cronista lírico, revoloteando sobre los asuntos con levedad que cautiva.
Entre los cronistas teatrales, Augusto de Lacerda es el más equilibrado y
('} de más firmes puntos de vista. Merece ser notade entre los nuevos Armando
Ferreira.
Tenemos pocos ensayistas. Antonio Sergio y Manoel da Silva Gayo pertenecen a la estirpe que comenzó con el fallecido Moniz Barreta. Agostinno de
Campos cultiva especialmente los ensayos críticos de vulgarización¡ 100 notab les los que ha escrito al frente de cada volumen de la Antología, cuya p ublicación dirige.
ONTINUANDO

X

�LA 'p LUMA
Corta es la familia de nuestros novelistas contemporáneos. Manuel Ribeiro
y Aquilino Ribeiro, All:ierto de Souza Costa y Samuel Maia, cultivan con mayor
o menor acierto el género narrativo. En la novela histórica hay un maestro in-'
discutible, que a la emoción que sugiere alía excepcionales primores de forma:
Anthero de Figueiredo. En otros géneros de novela , Eduardo de Almeida, perdido, oh•idado en provincias, ha probado ya singulares dotes. Raul Brandao,
novelista del claroscuro, de lo sombrío goyesco, no tiene par dentro de su
manera.
Prosadores sin género definido, que trabajan la frase y las imágenes, Luiz
de Almeida Braga y Veiga Simoens.
De3pués de escrita mi crónica anterior se ha publicado un trabajo notabilísimo de crítica literaria, que coloca a su autor en una de aquellas categorías a
que me referí: el estudio sobre Bras García Mascarenhas del Profesor Antonio
de Vasconcellos.
Cultivan admirablemente la Historia Gama Barros, que se ha consagrado a
formar la Histo1·ia da attministrapao pública dm Portugal en los siglos xn a xv;
Fortunato de Almeida, a quien se debe la Historia da lgreja em Portugal, abundante repertorio de documentos de estudio; Antonio Baiao, Jordao de Freitas,
Joao de Meira, Abbade de Tagilde (muertos los dos últimos, pero tan próximos
a nosotros, que podemos considerarlos contemporáneos), Vieira Guimaraens,
Ludo de Azevedo y Thomas dé Vilhena.
Críticos especialistas de arte, Joaq11.im de Vasconcellos, nuestro único musicógrafo; Antonio Arroyo y José de Figueircdo.
Magistral evocador de figuras históricas es el Conde de Sabugoza, cuya monografía sobre· la reina Doña Leonor, mujer de Juan II, es un trabajo acabado.
La generación de hoy es pobre en ·escritores dramáticos. Carlos Selvagem.
,en la comedia dramática; Brun, en la farsa moderna; Julio Dantas. en el drama
semi-histórico, semi-bure-ués, y Augusto de Lacerda, en el teatro simb61ico, son
los nombres que se salvan de toda la caterva de revisteros sin gracia ni origi1
'
•
nalidad.
Hablemos ahora de las escritoras. Pocas son, pero brillantes. Vera de Luna
y Clarinha, Luiza Gra~de y Juana Emilia Taronca. en la prosa, son, cada 11na
en su génerÓ y en su manera personal, nombres que pai·a siempre quedarán
ligados a lá historia de la literatura portuguesa. Es justo destacar también el
nombre de Virginia de Castro Almeida, novelista regional, dueña de una forma
agradabilísima, determinada por las !I'ás laudables intuiciones. Blanca de G.
146

LA PLUMA

,,
Coll~~o, Virginia' Victorino, María de Carvalho, Domitilla de Carvalho, son la~
principales poetisas de nuestro tiempo, detrás de las que siguen otros nombres celebrados, como los de Fernanda de Quadros y Oliva Guerra.
Con esto queda hecha la exposición panorámi.:a del estado actual de la lit¿
ratura portuguesa. Podemos ahora entrar en el objeto preciso de estas crónicas, el compte ,·endu de la producción literaria de Portugai.

• • •
De los últimos libros publicados retengo algunos, pues si la cantidad es crecida no corresponde siempre a la calidad.
L~is Fernando Ta vares de Carvalho es un poeta joven que publica su primer libro, al que ha dado el título sugestivo de O Graal do meo encanto.
Es un ramo de poesías líricas en que se adoptan los ritmos más variados
para servir temas muy diversos. El poeta se aparta · de preocupaciones de escuel~. ?'.Quiere halla•: en su lira la cu~rda que mejor traduzca el lenguaje de su
sens1b1hdad. Transcnbo, porque lo rnernce, una de las páginas más lindas de
este libro:
cl\leo amor: ouve: Alguem que já do mundo
se foi, e que tu olhei no derradeiro
Instante; Alguem, de olhar sereno e fundo,
Como o luar p'las noites de janeiro;
Alguern q' o seo aprumo en vao recunrlo
E nelle advinho uro Santo e um Romeiro ...
Alguem, Amor, q' já deo brado ao mundo,
E que ha de dar ainda ao Ceo inteiro,
Disse: que no jardim onde nascera
A hi plantara a flor que o seduzio,
Q' flor tao bella nunca o ceo houvera
Mas nao a vira o Sol,-e nao florio ...
-Vai boj~ es tu a Flor que o Sol quizera,
E emfim sou cu o Sol que a flor nao vio!,

* * *
_Cha das ~inco es e! títu!o del libro de Carlota Serpa Pinto (C/arin/,a). Esta
seoora ~s h1Ja de Serpa Pmto, explorador de África, conocido en todo el mundo. Hasta ahora limitábase su actividad literaria a colaborar en algunos perió147

�11

'

LA PLUMA
picos, desde que se decidió a escribir para el público en Diario Nacional, órgano realista portugués.
Este libro, C/Ja das cinco, es un conjunto de crónicas inéditas, en que se hace
crítica leve, y a veces, enternecida 1 de los aspectos variados de la vida social
portuguesa. La sonrisa de Clarinha va siempre rodeada de una aureola de mal
disimulada tristeza, de melancolía mal encubierta. Puede aplicársele la amarga
expresión que Beaumarchais pone en boca de Fígaro: «Je me pressc de rire de
tout, de penr d'Ctre obligé d'en pleurer •
La ironía de Clariuha no lastima: es como eJ roce de las pluma de un abanico~ no llega a ser el pinchazo de un alfiler de oro.

• • •

'1

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Joao Amea1, a quien ya me referí cuando hablé de los críticos impresionistas, es también un novelista que vale. No hace mucho todavía que publicó
la novela 01/ws cinzentos, y su nombre reaparece en los escaparates de las librerías con otra novela, Nossa senko,·a da Mor/e. La primera indujo a la crítica
portugueba a aproximarlo, equivncadamente a mi entender, al novelista castellano Antonio de Hoyos y Vinent, que tuvo en Portugal fugaz notoriedad. Pero
entre el autor de El árbol genealógico y El pasado, sus dos mejores trabajos, en
mi opinión. y el autor de 01/ws cinzetztos hay gran distancia. Hoyos y Vinent recarga las tintas, nos da aguasfuertes; Joao Ameal es todo matices, medias lintas, crepúsculos.
Nossa senkora da Mor le es su mejor novela. En dos palabra.; se cuenta el
enredo. Rafael amó, en tiempos, a Elena. Después se casó con Magda. Hallándose ésta en un sanatorio, Rafael encuentra a Elena. Resucita !a pasión antigua,
y va dominá.ndolos por completo, cuando Elena, que tenía en Magda su mejor
amiga . llama a los dos para que la asistan en su óltima hora. La muerte colócase entre los dos ama[ltes, y renuncian, por amor de ella, al 11mor de sus corazones vivos. El enredo hace pensar un po~o, por el poder espiritual que ejerce
una muerte, en la no..-ela de Jean Louis Vaudoyer, Le dernür nndez-vous. Por
lo demás. son dos tragedias diferentes, y el estilo de Joao Ameal es enteramente suyo; más equilibrado, más armónico, más perfecto de imágenes en esta novela que en la primera. Joao Ameal, esencialmente pintor de escenarios, mueve
a sus personajes en un medio admirablemente dibujado, de curiosas tonalidades.

• • •

LA P L U ~1 A
Pai• lilaz, Desterro Azul, es el último libro de Affonso Lopes Viein. Este
poeta, ya regularmente conocido en España, posee una t·bra dilatada. Su primer libro, Para qul?, data de 1897. De todos, aquellos en que su arte se ha elevado más, son ese Pard ful? y el Ndufrago. Lopes Vieira, como muchos otros,
es víctima de la falta de sentido crítico de nuestro periodismo. Así va su nombre prendido a innegables trivialidades, que ciertamente no hubiese escrito de
permanecer indiferente a la fácil lisonja de una Prensa inepta. Dueño de genuinas cualidades líricas, las ha gastado lamentablemenie en manifestaciones sin
brillo. Es uno de nuestros buenos poetas contemporáneos; pero de los muchos
libros que publica, sólo algunas páginas merecen perdurar. Sus descuidos de
forma son patentes; y cuando la forma no sea todo en poesía, es mucho.
En este libro Paiz Jilaz, Desterro azul, hay esta cuarteta admirable:
O ceo era todo azul,
Como o teo sorriso é loiro,
Mas pra a balada de Tule
Faltavame a taca de airo.
Y hay también esta, que no sé si los lectores de esta Revista apreciarán en
toda su fealdad, pero que en portugués es horrible:
Vai partir a Embaixada!
Oiro, rubis, todo esplende!
Cada nao ernpave~ada,
Cada olho do Rezende!
Si Affonso Lopes Vieira escuchase menos a la badauderie indígena, y se
mantuviese inflexible en su línea, habiendo escrito tan bellos poemas como
Pa,·a qui? y el Ndufrago, no caería en los deslices que desde entonces acá caracterizan su obra.
AtFRBDO PnUNTA..

TEATROS
JONDO, BL BAJLX FLAMENCO y OTRAS VARU:DADKS.-Con ocasión
del primer concurso de cCante Jondo, en el Corpus de Granada
del pasado junio, han publicado sus organizadores un folleto i!us,
trador de los orígenes, valores musicales e influencia en el arte
musical europeo, del canto primitivo andaluz.
La adopción ~or la iglesia española del canto bizantino, basta el siglo once•
no en que fué introducida la liturgia romana propiamente dicha; la invasión

11

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~~MI~!• ~•~ni,q_qfm ~dllaa.4t, "tea,ria-. ietc:., lu 1111alca ao J11M111en

~~- c ; i q ~ ~ ~ del H1'4•/flllll,.
~ c:qb,u.,P&lt;mH!R'h~Qlq ~-tel._; el cimpleode,••..._. m-6dico
que rara ves trasp11a los lfmites de una sexta;
lleltaio~111i07
D~,M4, ~ ~ta, úel;!Je1JWMAte ~ • d a do • .,.,....,. lapa'k,r
e WiPr. d ~M dc;.¡it~i4tfP.IPlttíataliea ~PpNlioDOí,e arre1,atme ...
Fi488 &amp;&gt;Pt 1, f"t;rp ~IW,'liiva ~ ~ ; Nllt -.... y pitolt CDIJ que anima el
~ro aj°' "A'W~1 t.o&amp;-,ru, 1M, e l ~ ~ a,,adalee 4lel ...u J"""" que
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~ Q . . LJI' A~~c:icNJ•.AftllllldU J&gt;O( Gliw 4etuJDio~lacrcaci6u &amp; ciertoe
~{Qientos orqueatalci. c¡u.c "v-loraa au •l«lleJde 4le 11118 noche de ffft¡,
~ ea M4dri4• 7 1u ~C.pr~ bfjJlan~ 11¡0bn, la jota anp•ee•r-. La .ultra de
Ri"'8kJ-Ko~, BQrodio y 13al~(.c,t4Himisme nQldde De yitmos J mloripo ~paflolqa.
~ jipportap~ q11e la ioll1,1~ q~ baJa podido lljercet1Ja mdsica pepa•
lar an~lu&amp;a ~ t9s ~ea4ore1 4~ .ir~ muaiJ:f,I auso, es la que en loe mocleril•
fr•ccaca dctefmina ~94alid~ca e11etaclales, no ya meramente pintoreacas y
,cceaoriait. ~ 4D los pr~nt~ El Dl!llllffic:o eapaloliamo de la
de .Bi~J. por: *•plo, ~ mú dr-'tico qae prtpiamcnt, !lllllical, Ea ea.-..
el pa~tlaPlp C$J&gt;116ol está trad11ciclo • un leng11aje lfDiffraal. Mientras que De-

.-IJSi~

(l.•,...
151

�LA PLUMA
bussy y Ravel emplean, incluso en obras que rio están escritas con intención
española, modos, cadencias, enlaces de acordes, ritmos y aun giros melódicos
que revelan evidente parentesco con nuestra música natural. Sin duda porque
en d cante jondo, de igual suerte que en los cantos primitivos de Oriente, la
gama musical es consecuencia directa de la que podríamos llamar gama oral.
¿Xo llegan a suponer algunos que palabra y canto fueron en su origen una
misma cosa? Louis Lucas en su Acoustique N11uve!le dice del género enharmónico
cque es el primero que aparee-.: en el orden natural por imitación del canto de
las aves, del grito de los animales y de los infinitos ruidos de la materia.• De
Debussy a Stravinsky y los más avanzados exploradores del futuro musical
hay una evidente tendencia a retrotraer la mú~ica como tal género artístico a
la expresión de lo inefable por medios naturales, que implican una reacción
contra el academicismo clásico.
cEI empleo popular de la guitarra representa-dice el folleto suso citadodos valores musicales bien determinados: el rítmico exterior o inmediatamente perceptible, y el valor puramente tonal-harmónico. Los efectos armónicos
qu«- inconscientemente producen nuestros guitarristas, representan una de las
maravillas del arte natural. Claude Debussy fué t:l compositor a quien, en ciec
to modo, debemos la incorporación de esos valores a la música artística; su escritura armónica, su /ejido sonoro, dan fe de ello en no pocos casos. El ejemplo dado por Debussy tuvo inmediatas y brillantes consecuencias: la admirable Iberia de nuestro Isaac Albéniz cuent.i entre las más ilustres.,
Sobre todo, y esto es lo que más nos interesa del concurso de Granada, e1
e;cmplo de Debussy, de Albéniz y de los rusos, mueve a Manuel de Falla a
trabajar la inspiración propia en el venero aodal~z. El autor de el.a vida breve,, de •El amor brujo,, de las ,Noche~ en los jardines de España,, de e El
sombrero de tres picos• nos debe la grao tran~posición artística del ca,ztejondo.
Las fiestas flamencas en que han reverdecido fugazmente 1,,s laureles de los
vencedores de Granada, para solaz de los espectadores madrileños de Parisiana
y el teatro del Centro, suscitan de nuevo la cuestión batallona dd concurso. El
canfejondo, el baile popular andaluz, a palo seco, ¿pueden ser un espectácnlo artístico? Tienen, en todo caso, su sede propia en el tab!ao, han menester del coro
adecuado de concurrentes habituales al Burrero de Sevilla, escenario sui-generis
par:t el arte natural de los ce&gt;rtijos. La composición del cuadro gitano para ingleses visitante~ del Albaicín J!fdel Sacro Mor.te, «-s harto pobre. Del recientemente presentido en Parisiana, aparte la suge5tiJo del canto alternado con
152

LA PLUMA
que se acompaña el baile, y el estilo casticisimo de la vieja Triui la Maestra, especie de Sarah Bernhardt gitana, aprovechable en grado sumo para un director
artístico que quisiera montar una hanza de la Muerte, poco puede decirse si no
es que revela cierto retroceso a los tiempos del baile flamenco de zarzuela, an-'
teriores a Pastora Imperio. Conocemos, en este respecto, una explicación foédita de la transposición artística del baile de lablao al, que fué inimitable, de
la propia Pastora. Hace pocos años, el prime,o que bailó en el Real la compañía rusa de Diaghilef, obsequió la Imperio una tarde a sus colegas moscovitas
con una sesión íntima de sus danzas. Bolm, el primer bailarín, quiso saber, entusiasmado como estaba, si el arte de la sevillana genial era espontáneo, lo que
a un discípulo como él de la rigurosa Ac;idemia coreográfica de Petrogrado parecíale inverosímil, o aprendido con conciencia artística. Pastora Imperio se
limitó a contestarle en un francés ceceoso y pintoresco: «Ju,q1ld ,na mere on
dansait comme fª·• Y agitaba las manos, cual si tuviera los palillos, a la altura
no más del pecho. e.Ya mere fut la premi,!re qui fit comme fª· • Esto diciendo
alzó un brazo por encima de la cabeza, erguida sobre el busto soberano, teniendo el otro a la altura del talle y como protegiendo graciosamente el cuerpo, en
la actitud que tantos estragos ha hecho entre sus malas imitadoras, y ante la
que se extasiaba el discípulo de Fokio.
Las gitanillas del cuadro flamenco de PJrisiana bailan como tiples de género chico de hace veinte años. No ya Pastora o la Argentina; la Argentinita,
Nati la Bilbaína, o la bellísima lsabelita Ruiz, en quien culmina el mal gusto y
la técnica fácil en que degenera el baile español artístico, revelan un progreso
indudable en la pobreza de los escenarios de variedades.
Por lo que hace al cante, si el público percibe con suficiente capacidad el
mérito de uu guitarrista como Mootoya, propende siempre a entusiasmarse
con los alardes de virt•10sismo, ni más ni menos que en la ópera italiana o en
los conciertos de Price. Uno tras otro se le ofrecían en Parisiana el bueno y e1
mal ejemplo, el arte rudo, austero, evidente incluso a través de los insuficientes medios vocales de Bermúdez el viejo; y las florituras flamencas de Chacón,
cursi como un tenorioo, tolerable tan sólo en alguna chufla como •Los caracoles•. Chacón es al cante jondo, lo que Gallito y sus malos sucesores al toreo
rondeño, lo que la Argentioita a la Macarrona. Chacón procede de Juan Breva,
el canat"io mds sono,·o de tiempos del rey jaranero. Es la perfección de un arte
degenerado. Un arte popular hasta cierto punto. El caso del cNiño Caracol» entonando con estilo neto saetas y soleares, no es más general que
153

�LA PLUMA

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el de un Pepito Arriola, pongo por fenómeno artístico espo_ntáoeo. Arte natural lo ·namá. el autor del folleto del Concurso. Sus mapifcstacio1!CS tienen más
de rito que de tradici6n ingenua. propia de los demás cantos populares españoles. Su carácter individual, su dificultad técnica le diferencian ,esencial 1mente de la música popular. Es un arte reducido,_por ende, a la comprensión de
los iniciados. Sentir lo jon_do no es dable a todos los oídos ni a todos los
ánimos.
Un poeta, Manuel Machido, ha encontrado la fórmula artística en que tale~
elementos naturales se funden con el sentimiento lírico personal. Su último
lib ro, Cante !tondo, así lo revela. Un' mú;;ico como Falla puede realizar la misma fusión, coptinuando la interpretación personal de ~sa historia latente eo la
soleá, la liviana y el polo, hasta el misterio de la Jt'gttiriJa.
¿Qué otra solución puede tener si no la conservación in.tegral, en sµ eureza prístina, de los cantos andaluces? La degeneración fl~menca revela el
impulso cre~dor del artista mediocre. El cantaor de tabtao, produce la musiquilla de género chico, o el espectáculo deleznable del flamenqui:Smo de va,rie•
tés . El cante hondo puede ~ngendrar buena música española de c4rmlra. La
zambra gitana puede- se1· qÍigen de una excelente academia de baile andaluz de
gran espectá.culo. En cuanto al bolero clási¡:o, de que es el bailarín Ramírez
uno de los más genuinos representantes. contiene en cermen jududables posibilidades artísticas en su represe1Jtarión humorística de los más equívocos
instintos sensuales.
Bien muerto, pues, el tlamenquismo, viva la música española.
UN CRÍTICO lNClPIENTB .

11

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LIBROS Y REVISTAS
Adolio Rcyes.-EJ carro de asalto.-Gil Blas,-Renacirnicnto, Madrid.
cTodos los l1ombres hacen de su ilusión carro de asalto; pero sólo avanzan
los que aplastan a la multitud; los de los hombres fuertes, antiguamentl:" cubiertos de bronce, y hoy cubiertos de oro. Los carros ligeros, como no atropellan
ni hieren, son detenidos por la muchedumbre, que irritada de que la adelante
cosa tan vana, quebranta sus ruedas. Así, el que va en carro que no derriba, no
llega nunca a su feJicidad. Es necesario para el asalto un carro que apisone la
grava de Ja muchedumbre. Si no, todos los mutilados por las ruedas de oro, detendrán las ruedas de marfil para que el que sueña, también. como ellos, se
arrastre.•
Así se explica Gerardo, protagooist;i de la novela, pocas páginas antes de
declararse vencido, una vez .-desgarrado para siempre el velo de Maya de su
vida•.
Gerardo es malagueño. El autor de El ca,.,-o de asaJ/o, también. Si por algo
nos interesa especialmente señalar esta circunstaoci;i, no obstante la novela en
sus accidentes exceda el ambiente local de Mál;1ga la bella, es porqne su mayor
mérito sin duda reside en la evocación de un aspecto determinado de la vida
española contemporánea, peculiarmente maldgueño.
No queremos decir, entiéndase bien, que el novelista se haya propuesto la
pintura de un cuadro regional más o menos pintoresco; ni siquiera que la evocación sugerida sea el logro de una intención artlstica encaminada sobre todo a
determinar ese ambiente en nuestro mapa moral. Pero, consciente o no e·l autor. tal impresión 1nalagueña, nos hace esperar en obras futuras una aportación
decisiva en el mismo sentido.
Esa impresión, ese ambiente a que nos referimos, nada tiene que ver con
las luces y colores, ,propios de la acuarela o la fotografía literarifls. Nos referimos a Ja situación moral en que Et carro de asalto se inspira. Por Málaga ha
penetrado en la sangre española ese morbo decadente, que acaso no sería muy
aventurado JI amar Medite1 ráneo, ese abandono soñ0liento. de perezosa ciegan•
cia espiritual, de la Costa Azul, de la riviera italiana, de Nápoles y Capri. Digo
que ha penetrado en la sangre española, porque sus efectos no sóo los del cos155

�LA PLUMA
LA

PLUMA

mopolitismo errante, sino que por la frecuencia de cr1:1:ccs selectos entre ingleses y malagucñ.@,s, o viceversa, en los años en que el industrialismo naciente
atropellaba a cierta parte de la nobleza antigua, el mo1bo decadente que señalamos tiene en Málaga un desarrollo sui generis. El mismo cruce anglo-hispano
en Jerez, por ejemplo, ha dado finísima raza de caballos, de mujeres y de hombres de negocios. La mayor blandura malagueña débese quizá a que la inmigracióri británica lo fué principalmente de enfermos ricos-tuberculosos, hipersensibles.
Adolfo Reyes no pretende bucear en ese ambiente característico de la Málaga moderna. El ca,To de asalto es una novela sentimental, cuyos episodios
están siempre intervenidos en la narraci6n por el afán explicativo del autor,
desdoblado en la conciencia de sus personajes: Dos hombres de peso, un escultor, un poeta, una actriz, una enamorada que engaña su pasión pintando, en
derredor de i1na mujer falal y un hombre sin sentido. La acción transcurre
principalmente en Barcelona. Lo que nos gusta de ella, repetimos, es su especial acento malagueño.

* • •
R. Ba.eud.ía Abren. -Lu~. - Novela de costumbres choqueras. Barcelona,

1922.

La novela de costumbres, y más anunciada como tal, presupone la supeditación de todo propósito al de copiar del natural. lo más exactamente posible,
un escenario determinado. Las de Pereda, algunas de Palado Valdés y Blasco
lbáñez, las comedias de los hermanos Quintero, caen dentro de la literatura
costumbrista. ¿Por qué no las novelas contemporáneas de Galdós, ni las de Valera, pese al realismo de las unas o a la minuciosidad detallista de éstas? Por
su intención transcendente. Porque Valera y Galdós, corno ahora Valle-Inclán
y Baroja, y Azorfo, y Unamuno, y Pérez de Ayala, por caminos diversos, no se
limitan a copiar fielmente, sino que depuran, exaltan, crf"an con el barro de la
realidad un mundo c:,n espíritu propio. ¿Hemos de decir por eso qtte la literatura de costumbres es un género ir:iferiod Tanto valdría negar la calidad artf~tica del paisaje comparado con la pintura de figura, lo cual entra por los ojos
que no es cierto. Que no hace el nombre a la cosa, y sí el hacedor-mucho más
en .\rte, plástica o literaria.
¿Ha querido el autor de Luz pretextar una intriga novelesca para invitarno.; al viaje por Estuaria-Huelva-y sus alrededores? Así parece deducirse de
la frecuencia con que se interrumpe en el relato de los acontecimientos por él
inventados, para describir, para enumerar muchas veces, complaciéndose no
más en el recuento, las bellezas del campo y la ciudad, su transformación, de
la paz idílica al tumulto industrial, su pasado-evocación de las galeras de Colón-, su presente-materialismo pujante-, su ·porveoir rosado. Con todo, el
protagonista de la novela, que se llama Roberto, buen nombre de romántico
amador, hallándose en cierta ocasión acongojado, saca un libro del bolsillo y
empieza a leer: « ... esa linda producción, sin duda la mejor de Octavio Feuillct,
156

que se titula Le reman á'u-: jenne homme pauv1·e... Roberto DO leía, sino que saboreaba con fruición los bellos capítulos de esta novela, que es una verdadera
filigrana en su género.,
Este pasaje, que transcribimos a la letra, nos resuelve la duda que Ja lectura de Lus sugiere, respecto a la; intenciones del novelista, no ya al escribirla, al subtitularla novela de co.rt1'mbre.r. ¿Es que las de Estuaria son, en efecto,
nos decimos, tan puras y sencillas como las que nos revela el Sr. Buendía, no
obstante sus personajes vivan pasiones intensas? Roberto DOS da la respuesta
f:n el pasaje suso citado. Hombre de buena fe, vive en ese mundo donde triunfa la virtud y a los protagonistas los entierran con palma. Por lo demás, es achaque general c!.e novelas de costumbres el no pintar sino las mejores, sobre todo
si ello va en alabanza de aldea y tnenosprecio de corte. Las de Pereda, las de
Trueba, sírvanme de excelente ejemplo. Como más cercanas a la Luz del señor
Buendía, citaremos no más las de Fernán-Caballero, y hoy las del Sr. Muñoz y
Pavón, presbítero, muy difundidas merced al reclamo que de ellas se hace en
los confesonarios, especialmente en Andalucía.
Por otra parte, ¿cómo no estar conformes con la doctrina literaria ~entada
por el autor de Luz al retratar a Roberto el protagonista? eLos .rpo,·t.r y la literatura eran Sil~ dos grandes aficiones. Habí;¡ leído muchísimo, y conocía a fondo
los clásicos griegos y latinos. Los escritores del siglo de oro de nuestra literatura habían sido objeto de su particular atención, siendo sus autores predilectos Cervantes y San Juan de la Cruz. Sus gustos, cada día más refinados, en materia lite-raria le llevaron a la tentación de hacer muchos trabajos en prosa y
verso, algu[!OS bastante aceptables; pero dudoso siempre de sus propios méritos, jamás tuvo el valor de darlos a conocer por medio del libro o de la
Prensa.
,Manera. de proceder digna de loa, y que debería ser imitada por el sinnúmero de ignaras medianías que pululan en nuestros tiempos por el camíJO de
la literatura patria, con daño manifiesto de la misma, y que hacen mangas y capirotes de la gramática y destrozan el idioma.
•Detestaba cordialmente a los autores que, faltos de léxico propio, escriben
con pluma de ganso, empleando frases y aun oraciones enteras de los clásicos;
y también abominaba de aquellos otros enfáticos y pedantes que emplean de
modo desaforado y sin ton ni son adjetivos y nombres estn1falarios y rirnbombantes, rebuscados en el diccionario con una paciencia digna de mejor causa,
para demostrar asf una erudición de la que carecen en absoluto. A éstos los
llamaba, con mucha propiedad, ratones de biblioteca.
•A los neo-clásicos y ultra-modernistas los calificaba de sospec/10.ros, es decir, algo así como una especie de monedas clandestinas literarias.
&gt;Le gustaba que las ideas vertidas por los autores en suii obras fueran, si.no
nuevas, porque esto es difícil, por lo menos bien dichas y discretamente engalanadas.
• Y como la justicia bien administrada debe empezar por uno mismo, cuando repasaba lo que él había escrito y veía que aquellos: pensamientos no eran
suyos, sino que los había leído en autores antiguos o mod~rnos, tocaba retira1

57

�LA PLUMA

LA PLUMA
da y se dedicaba a guardar en su biblioteca las cuartillas de estos trabajos, que
habían de permanecer inéditos ... &gt;

• • •
Lula del Valle (Suly Veya): Floru A/arrkUas.-Pocsías.-Bit,liotcca Nuc•
v.t.-Editorial Athcuaeum.
Las clasificaciones hist6ric.ts, de cualquier orden, no responden exactamente a uaa i-ealidad delimitada en el tiempo con la nitidez que suponemos al con•
siderarla a distancia. La invasión de los bárbaros, la toma de Constantinopla
por los turcos, la Edad ,\lcdid, son conceptos a posteriori, desconocidos espccialmeute por algunos aut&lt;1res drotmáticos como aquel QUC hacia exclamar al
µrotagoni:::.ta de una de sus tragedias al final de un acto: e Partamos, pues, pan.
la gueru de los treinta años.,
Lo mismo sucede con las clasificacione, de la historia literaria. Siglo de Oro,
Romanticismo, Stmbolismo, Modernismo, Futurismo, son nombres que corresponden no más que rdativamcnte a un período de tiempo determinado. La inspiración de los poetas y el gusto de los lectores no cambian uniformemente y
a toque de corneta. Así, J.1,; Flores Af,irúiitas de Luis del Valle no pertenecen
a las 61_timas direcciones de la poesía española, a la zaga del movimiento europeo. N1 faltará quien arguya que la verdadera poesía nada tiene que ver con
las modas y los modos diferentes de expresión" Es posible que alguna vez, hablando corno se suele a la ligera, hayamos caid'J nosotros también en el error
de referirnos a la poesía verdadera e inmutable. Nada menos seguro. Una cosa
es el prurito insano de la novedad a toda cosca v otra el encastillarse en una
manera de sentir anticuada, por haber pasado ~- lugares comunes poéticos lo
que en un tiempo pudo deuotar una renovación de la sensibilidad literaria.
¿Hemos de negar por eso toda consideración a poetas como Luis del Valle,
cantores post-romántic0i, a tono sin duda con cierto número de lectores y quizá sobre todo de lectoras, que se nos antojan rezagados, pero que se complacen
en las antítesis, harto U.ciles ya a nuestro entender, de cLa cinta de seda&gt;,
«Una mentira más•, y cLa voz de la vida?• No por cierto.

• • •
Hu.berto Pérez. de la Os■a.-Pol,f"n/a.s.-(Poesías, 1915-1922). Madrid, 1922.
. P~etende el autor, en breve nota preliminar, tal variedad en punto a la insp1rac16n de los versos que componen su libro, que éste-a su entender-lo
constituyen dos más bien: el de su adolescencia y el de su juvectud. Antes y
después de: pecado, como si dijéramos.
. No creemos nosotros lo mismo. El artificio con que está dividido-Sones de
o~gano; En t~ clave;. Esquilas_; Afúsica inferi"r-responde mb que a una neccs1da_d: a una 1ntenc1ón preciosista. Polif,mías, en efecto, saivo dos-o tres compos1c1ones fin.tics, que denotan un propósito de expresión dinámica a la última

moda, corresponde exactamente al gust~ poético oc hace um:,s cuantos años,
cuando al sentimiento, sinc~ro o no, pero con pretensiones de parecerlo, sucedió en los líricos la contemplación estética. Hubo entonces un prurito de in·
genuidad, un retroceso a las emocione:1 sencillas-vitrale&lt;s góticos, perfume de
incienso, visiones monjiles-tao perversos como cualquier paraíso artificial.
Los poetas no transcribieron ya la realidad sino a través de una interpretación anterior, pictórica, musical, o musical y pictórica J un tit:mpo. La portada prerrafaelista dibujad 1. por el propio Pércz de la Ossa para Polifonías, las
ilustraciones del texto por Zamora, revelan esa intención. Lograda a veces ca
esta, páginas: con innegahle gracia poética.

• • •
0.-W. de L.-Milosz,-La Confessio,: de Lemuel. -La Connaissance, París, 1922.
Con el libro de 0.-W. de L.-Milosz, recibimos su tarjeta de Encargado de
Negocio,; de Lituania en Francia. Uno de los primeros pO~!'I'as, está dedicado
a Miss Natalie Clifford Uarney, otro, a Natalie. Miss Natalie Clifford Barney,
mantiene en la o,·il/a izquierda, el fuego sagrado de los salone-s literarios de
París. Esto del fuego sagrado no está pu&lt;""sto aqui a humo de pajas. Cuando me
fué dado visitar el salón literario de Mis:. Natalie Clifford Barney, 11dolecía la
capital de Francia, en plena crisis de la victorta. de falta de carbón con que alimentar las calefacciones centrales. Miss Natalie C\ifford Barney reducía su salón de la rue des Saiots-PCres a una habitación espaciosa del piso alto de su hotel1 de la que había hecho con excelente hmnour o bon4omie, alcoba, gabinete, comedor y despacho de trabajo, donde reunía a sus amigos, literatos y arlistas. un
día por semana, en torno a una gran chimenea reconfortante. Los amigos de :\liss
Natalie Clifford Barney son, principalmente, amigas. La que le:dió celebridad fué
la genial poetisa sáfica y suicida Renée Vivien. Remy de Gout montera también
asiduo concurrente al salón de l.liss Natalie Clifford Barney. Amigo de más
confianza que otros. entraba al salón atravesando a cualquier hora de! día o de
la noche, las habitaciones que yo ví refundidas en una. Así se desprende al
mt&gt;nos de las Lettres d l'Amazone que le dedicó. y a que ha respondido Miss
Natalie Clifford 8.1rney C•"ln sus Propos tlu!lr A11uzone, coleccionados en un
libro qut era reciente cuando su autora nos lo ofreció amable hace tres años.
)1iss Natalie Clifford Baroey tiene por ende esa encantadora ingenuidad
de \as mujeres de mundo. El día que asistimos a la reunión semanal en su salón, nos recibió deplorando nuestro retraso. Un poeta-¿el gran Paul Valery?acababa de salir de allí. Habfa estado hablando de un extraordinario lírico español. Un ma\larmeano. ¿Qué digo un m&lt;1l\armeano? ¡Un Mallarmé tal! Poeta
moderno, insistió Miss Natalie Ciifford Barncy, disculpando su olvido con la
dificultad de pronunciar los nombres españoles. Poeta moderno, y español de
España, no de América como Rubén Darid. Monsieur Salomón Reinach-a quien
miraba en vano Miss Natalie Clifford Barney repartiendo tazas de te-, no ha-

�LA PLUMA
bía p;1rado atención en el nombre ni en el descubrimiento del poeta ausente.
«Es algo así como Góra, Góra, pero tan difícil...», insistió Miss Natalie Clifford
Barney sacando fuerzas de su flaqueza de memoria.-¿Góngora?-aventuré-.
Cest fªl

La Confnsion de Lémuel, e~ un libro de pequeños poemas herÓ'léticos, precedidos de una epístola, a modo de prólogo simbólico, de un simbolismo
pseudo-filosófico, místico, e incidentalmente inspirado en motivos pe rsonales
a que se alude por confidencias sucesivas. ¿El señor O .-W. de L.-Milosz, es un
mallarmeano? Un mallarmeano de salón, en todo caso. Del salón. gongorino de
Miss Natalie Clifford Barncy. Lo más ínteres2nte para el crítico, y aun para el
dílettante, del libro del señor Milosz, es la sombra, el eco, la evocación-a través de la depuración occidental, francesa-del evidente espíritu eslavo que de
sus páginas trasciende.

• ••
Céline Arnauld.-Poin/ de mire.-PoCmes. Collection 11.Z, Jacques Povolozky
et Cie.-París.
Un retrato, al lápiz, de la auton, puesto al frente del librito, nos predispone en su favor. Más que por su hermosura, por el androginiomo gracioso que
sus facciones, su figura, su peinado, su traje, denotan. Es el suyo, sin duda, un
tipo muy de mujer moderna, cuyo mayor encanto está en la perversión inocente con que se produce y nos solicita. Es romántica. Romántica, todo Jo dernier
cri de la moda literaria que se quiera, pero lo es. Pretende sorprendernos con
el misterio, harto descubierto, de sus ojos, de su paso masculino, de. su humorismo lírico. Es inútil que nos diga cosas incongruentes, en versos estrafalarios , Va ve:;tida por un buen modisto, lee los últimos libros, sabe estar en la
sociedad de las gentes de letras de París. Su gracia exige cierta comprensión
del lector, e-s verdad. Pero ya, nos guste o no, lo comprendemos todo. Lo que
ella misma no sabe, se explica por el psicoanálisis.
11.Dans ce monde traitre rien
va trop vite ni trop tard
l'aspect des choses depend ,
du Poin.t áe Mire du regard,,
que pudiéramos decir, traduciendo libremente la profética kumorada relativista de nuestro Campoamor.
c. R. c.

160

A:'l'O Jll.

1

~!ADRID, SBPTIBMBRB 1922

NÚM. 28.

~ COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN

CARA DE PLATA

DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA SEGVNDA &lt;1&gt;
ESCENA PRIMERA
! ' !ANA DEL PRIOR: Fttévil/ad,señorío, como lo declaran
sus púdras insignes: Está llena de prestigio la ruda sonoridad tk sus
atrios y quintanas: Tient su. crónica tlt piedras sonoras: Candoroso romance de rapiñas feudales y banderas tk gremios rebeltks, frente a condes y mitrados. Viejas casonas, viejos linajes, pergaminos viejos, escudos marcos, pregonan las góticas fábulas de la Armería Galáica. ¡ Viana

dd Prior! Feria renombrada en la Octava dd Corpus. Nunca faltan
lusos y castellanos.-Un campo verde con robledo. Velarios.-Gentío. Ganados. Vistosos tendales. Portugueses talabartes, jalmas zamoranas,
pardas esta111e,ias. En las bayetas de los refajos canta1t amarillos, verdes y granas. El asul en las calzas, y en los recortes tkl sayo. Tentk( 1) V éase LA

XI

PLUMA.

de agosto, 1922.
161

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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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              <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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