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                  <text>LA PLUMA
bía p;1rado atención en el nombre ni en el descubrimiento del poeta ausente.
«Es algo así como Góra, Góra, pero tan difícil...», insistió Miss Natalie Clifford
Barney sacando fuerzas de su flaqueza de memoria.-¿Góngora?-aventuré-.
Cest fªl

La Confnsion de Lémuel, e~ un libro de pequeños poemas herÓ'léticos, precedidos de una epístola, a modo de prólogo simbólico, de un simbolismo
pseudo-filosófico, místico, e incidentalmente inspirado en motivos pe rsonales
a que se alude por confidencias sucesivas. ¿El señor O .-W. de L.-Milosz, es un
mallarmeano? Un mallarmeano de salón, en todo caso. Del salón. gongorino de
Miss Natalie Clifford Barncy. Lo más ínteres2nte para el crítico, y aun para el
dílettante, del libro del señor Milosz, es la sombra, el eco, la evocación-a través de la depuración occidental, francesa-del evidente espíritu eslavo que de
sus páginas trasciende.

• ••
Céline Arnauld.-Poin/ de mire.-PoCmes. Collection 11.Z, Jacques Povolozky
et Cie.-París.
Un retrato, al lápiz, de la auton, puesto al frente del librito, nos predispone en su favor. Más que por su hermosura, por el androginiomo gracioso que
sus facciones, su figura, su peinado, su traje, denotan. Es el suyo, sin duda, un
tipo muy de mujer moderna, cuyo mayor encanto está en la perversión inocente con que se produce y nos solicita. Es romántica. Romántica, todo Jo dernier
cri de la moda literaria que se quiera, pero lo es. Pretende sorprendernos con
el misterio, harto descubierto, de sus ojos, de su paso masculino, de. su humorismo lírico. Es inútil que nos diga cosas incongruentes, en versos estrafalarios , Va ve:;tida por un buen modisto, lee los últimos libros, sabe estar en la
sociedad de las gentes de letras de París. Su gracia exige cierta comprensión
del lector, e-s verdad. Pero ya, nos guste o no, lo comprendemos todo. Lo que
ella misma no sabe, se explica por el psicoanálisis.
11.Dans ce monde traitre rien
va trop vite ni trop tard
l'aspect des choses depend ,
du Poin.t áe Mire du regard,,
que pudiéramos decir, traduciendo libremente la profética kumorada relativista de nuestro Campoamor.
c. R. c.

160

A:'l'O Jll.

1

~!ADRID, SBPTIBMBRB 1922

NÚM. 28.

~ COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN

CARA DE PLATA

DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA SEGVNDA &lt;1&gt;
ESCENA PRIMERA
! ' !ANA DEL PRIOR: Fttévil/ad,señorío, como lo declaran
sus púdras insignes: Está llena de prestigio la ruda sonoridad tk sus
atrios y quintanas: Tient su. crónica tlt piedras sonoras: Candoroso romance de rapiñas feudales y banderas tk gremios rebeltks, frente a condes y mitrados. Viejas casonas, viejos linajes, pergaminos viejos, escudos marcos, pregonan las góticas fábulas de la Armería Galáica. ¡ Viana

dd Prior! Feria renombrada en la Octava dd Corpus. Nunca faltan
lusos y castellanos.-Un campo verde con robledo. Velarios.-Gentío. Ganados. Vistosos tendales. Portugueses talabartes, jalmas zamoranas,
pardas esta111e,ias. En las bayetas de los refajos canta1t amarillos, verdes y granas. El asul en las calzas, y en los recortes tkl sayo. Tentk( 1) V éase LA

XI

PLUMA.

de agosto, 1922.
161

�LA P L U ~I A
LA PLUMA
PICHONA LA BISBISERA

r,tes de espejillos, navajas J' sartales, fulgen al sol, y bajan en dos
carreros por la cuesta tnlosada con prosapia romana, )' aun traspone11
ti arco qut comunica la iglesia dt un convt,zto y u.,, palacio. Bajo gr1111,-

¡Agua de rosas para los ojos! ¡Petaquillas del presidio de Ceuta!
¡A la rueda del biribís, que a todos contenta! ¡Amigos, ya desconocéis a Pichona la Bisbisera! ¡A cuarto la suerte! ¡A cartiño rabelo!

des parasoles, tienen el tabanque tunos y buhone,os que el barato_¡• la
suerte pregonan 1 y con arte !(i!ana engat!an a los mara·vitlados aldeanos. Ciegos y lazariiio.'i cantan sus romances.

EL CIEGO DE GONDAR

¡Se cansa la boca de cantar! ¡Se cansa el pie de bailar! ¡Se cansa
el hombre de picar en la misma mujer! ¡Y los ojos nunca cansos en
su aquel de mirar y contemplar!

UN PREGÓN

¡El Ciprianillo! ¡Libro para toda casa y personal

.1 11

OTRO

¡Sanguijuelas de la Limia! ¡Sanguijuelas!
OTRO

¡El zamorano! ¡Lienzos y mantas!
EL MARAGATO

SO.VORA DE FEUDú Y ESPUELA una tropa de s1is jinetes,
galanes achalanados, mtra por la quintana y a la puerta del mesón
/Úscabalga. Son Cara de Plata y sus lunJZanos, Don Pedro, Don Rou1tdo, Don Mauro, Don Gonzalo y Don Farruquiño, el 1nt1zor de los
stis, qut luce tricornio y btca,perdurabits dir:isa,; de los colegialts tn el
seminario de Via11a del Prior. Con las varas golp,an la puerta,)' reclaman al mtsontro. Acude la coima.

¡Mal rayo te parta, Lucero!
LA COIMA

PICHONA LA BISBISERA

¡A cuarto la suerte' ¡Rosarios, naipes, verduguillos, alfileres! ¡A
cuarto rabelo 1

¿Qué se ofrece?
CARA OE PLATA

Apronta un jarro.
FRENTE AL MESÓN, un labriego, cetrino y endrino, co1t
hábito de e, mita,lo, salmodia la confesión de su vida, si ahora penitente, antes disipada. Pecado, sangre y candor de milagro.

LA COIMA

¿Del Rivero, o de la tierra?
DON 1-EDRJTO

EL PENITENTE

¡Mirad aquí el ejemplo de un calificado pecador, que por señales
y presagios fué amonestado para que se apartase de la vida de juego
y mujeres!

Sea moro, y sea del infierno.
LA

Todo él es moro.

COIMA

�LA PLUMA

LA PLUMA
DON

FUSO NEGRO

MAURO

El mundo está para acabarse. ¡Talmente finalizando! ¿Para qué
mudar de costumbres y echarse nuevos cargos? ¡Pero me hacían
obispol Hay pocos teólogos, y los pocos que hay, amancebados.

¡Un jarro de cada cual, Marela!
LA COIM,\

Don Mauro falló el pleito.

EL CIEGO DE GONDAR

DON ROSENDO

¡Se cansa la boca de comer! ¡Se cansa el cuerpo de dormirl Solamente los ojos no son cansos en su aquel de mirar.

Sobra el de la tierra donde está el Rivero.
:EL

MARAGATO

DON MAURO MONTENEGRO, un gigar,te btrmtjo y
atrabiliario, salt dtl mtsÓlt contando dinuos. Para abravar su figura
st concitrtan, pica vaqutra, ,spuela.r y galgos.

¡Buenos mostos, en Castilla!

1¡

DON PEORITO

A los mostos castellanos, los mata el gusto a la corambre.
DON FARRUQUIÑO

EL MARAGATO

¡Hay juego dentro?

No lo cuento yo como tacha.

DON

DON FARRUQUJÑO

Cada vino reclama su sacramento. Rueda blanco, propio para
acompañar una tortilla de chorizos. Espadeiro de Salnés, bueno para
refrescar en el monte, o en un, romería o en un juego de bolos.
¡Sardinas asadas! Rivero de Avia para las empanadas de lamprea y
las magras de Lugo. Cada vino tiene su correspondencia en la vida,
igual que todas las cosas. El mundo es armonia y concierto pitagórico. ¡Y nadie me rebata, si no está ordenado de teóloaol.

MAURO

Un burlote.
CARA. DE PLATA

¿Quién tira?
DON

MAURO

El abad de Lantañón.
CARA DE PLATA

~

Voy a coparle.
CARA DE PLATA

¡Cómo se conoce que andas entre abades!
FU SO NEGRO, con su m edia sotana /,ecl,a jirones, al sol una
nalga Y d bonete lleno de t;1ú¡'arros, blasfema y dogmatiza en el atrio
tu la iglesia.

DON

MAURO

Tú le has hecho vol ver del camino, pero no le harás tirar una
sota cargada.
CARA DE PLATA

Voy a coparle.

�LA PLUMA
LA PLUMA
DON FARRUQUIÑO

Es un taumaturgo barajando.

mundo. Me junté con malas. compañías. Llevé el juego fullero por
las ferias, y con una mujer de mala vida pasé mis escándalos . ¡Por
muchos caminos fui llamado! ¡Por muchos signos amonestado!
EL MARAGATO

EL MARAGATO

Juega leal, pero la suerte le favorece.

¡Anda, aparenta cuentos, que con la industria del hábito holgazaneas, y de engaños vives como el Real Gobierno!

DON FARRUQWIÑO
EL PENITENTE

Tira siempre la descargada con dialéctica escolástica.
DON PEDRITO

Hago penitencia por mi salvación.
CARA DE PLATA

Supiera Teología como sabe amarrarlas ...
EL MARAGATO

¿De qué eres reo?
EL PENITENTE

No lo he visto, y estuve reparándole como barajaba.

De muerte. ¡Peor que Caín\ ¡Tuve el hacha suspendida sobre la
CARA DE PLATA

cabeza de mi padre 1

¡Voy a coparle!

CARA DE PLATA

DON PEDRJTO

Todos levantamos una parte. Es dinero de mi padre.

¿Mataste a tu padre?
EL PENITENTE

PICHONA LA BISBISERA

Señor Carita de Plata, mérqueme alguna cosa. Esta gargantilla,
que no le faltará a quien regalarla.
CARA DE PLATA

Para ti es, y no te la pago .

Espantado de verme, cay&lt;&gt; fulminado. ¡Maté a mi padre con el
aire del hacha! ¡Bastó mi saña para matarle! Me criaron mis padres
con el vicio del hijo único, donde fué la mayor causa de mi perdición. Salí a mozo desenfrenado.
CARA DE PLATA

CON LA S TA ZA S dtl vino m la mano, pm,tra m el mesón la tropa dt Montmeg-ro. Cara dt Plata queda un momento suspensu
m la puerta, oyendo al mozo pmitent, y al Maragato.
EL PENITENTE

Del Demonio revestido, dejé la casa de mis padres y salí a correr
166

¿Cómo te llamas?
EL PENITENTE

Maldito me llamo. Mala intención. Mal pensamiento. Negro infierno. Reo de Satanás.
167

�LA PLUMA
LA PLUMA
CARA DE PLATA

ESCENA SEGVNDA

¡Embustero!
GRACIOSO m ,! tÚsngravio, deja u11a moneda de plata en la
ma110 del po, diosero, al tiempo que la palabra en ,l aire. Y mira por el
mesón con gmtiles paso.&lt;, llevándose al hombro las jalmas d,t caballo.
PICHONA LA BISlHSERA

Ese que ahora entró, tampoco está libre de matar a su padre. Miran los dos a una misma mujer.

UN HUERTO CON PARRAL, A ESPALDAS DE LA
VENTA . Tragi11antes chalanrs _y ,ufos clérigos. en una rinconada,
tiran al naipe, tl juego clásico de las ferias españolas, gallos Y albures.
que dict11 los doctos.
EL ABAD DE LANTAÑÓN

¡As en puerta!
EL INDIANO

Horita, quebró juego. Se daban judías.
FUSO NEGRO

UN CHALÁN

Celos con rabia a la puerta de la casa. Matas a tu padre y libras
del verdugo. ¡Touporroutóul Ese sí que es milagro del Diablo. ¿Tenéis conocimiento? ¡Bueno! ¿Te saludas con ese sujeto? Ahora está
publicado su gobierno sobre el mundo. El clero lo pasará mal, y las
putas beatas, todas en camisa, irán a una hoguera.
EL MARAGATO

¡No he visto eso!
DON FARRUQUIÑO

¿Quién tenía el corte?
PEDRO ABUIN

Yo lo tenía. ¿Qué se ofrece?
DON FARRUQUIÑO

¡Si no repelan al Diablo!
¡Benditas tus manos!
FUSO

NEGRO

,Sabes quién soy? ¿Los estudios que tengo? ¿Te pones conmigo?
¡No te pongas que saldrás perdiendo! ¡Todo anda mal! El mundo
visto es como está descaminado. Entre un viernes y un martes se
escachiza en mil pedazos.

PEDRO ABUIN

¿Gana usted?
DON FARRUQUIÑO

¡Indulgencias!
EL ABAD, lento y socarrón, apila los dineros, pei11a tl naipe Y lo
pone al corle. Do" Mauro tiende m brazo de gigante, y el clerigote

161

queda. con la mano sobre las cartas.
169

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

Lo tiene pedido el Capellán de Lesón .

EL ABAD

No respondo a preguntas impertinentes.

EL CAPELLÁN

Se lo cedo a Don Mauro.
EL INDIANO

¡Qué jueguecito, ché! ¡Recién quebró con el Rey! ¡Cabrón!

EL ABAD habla oscuro, entornando los ojos. Tiene vuelta sobre el tapete la baraja, y encima cruzadas las dos manos. Cara dt Plata
sonríe, rubio y btllo, .:,poyado tn la pica vaquera, al hombro las.fa/mas
cantándole alegres.

EL VIEJO DE CURES

Ya lo dijo el refranero: Con maricones y putas no te metas a
disputas. Por sota y rey nunca jures, ni tu dinero aventures.
D O N M A U R O, soberbw y callado, asesta los ojos sobre ,l
naipe y juega su dinero ,n un rey. El Abad, acastillado y enjuto, la
nariz torcida, la boca dibujada como una boca de pitdra, corre la pinta
y oficia dramático .Y lento.

CARA DE PLATA.

¡Señor Abad, con lo que yo le quiero!
EL ABAD

¡Tengo los ejemplos!
CARA DE PLATA

Dígalo, el venir a dejarle las vacas paternas. Treinta onzas portuguesas.

DON MAURO
EL ABAD

Me quedo a la luna, si ese rey me falla.
Estás demente.
DON FARR UQUIÑO

CARA DE PLATA

¡Que te falla!
DON MAURO

Quiero que tenga usted de mí un buen recuerdo.

Pues en él voy.

EL ABAD

CARA DE PLATA

¿Qué hay en el monte, señor Abad?

170

CARA DE PLATA

EL ABAD

¡Va usted a ganarme las treinta portuguesas? Yo se las juego.

CARA DE PLATA

A UD A Z Y AL E GR E, ti hermoso segundón arra.fa sobre la
mesa una bolsa sonora de oro. El tonsurado la sopesa.

¡Desalmado!
¿A cuánto sube?

¡Desalmado!

171

�LA

PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

DON MAURO

CARA DE PLATA

Recuerda al oráculo de Cures: Con maricones y putas no te meas a disputas.

¿Están aquí?
Contarlas puede.
1

CARA DE PLATA

EL ABAD

Allá veremos.

No te admito la jugada. Tienes la leche en los labios.

1

CARA DE PLATA

EL A.BAD

Aún estás a tiempo de retirarte.

No es la edad lo que se tercia,
EL ABAD

DON FARRUQUIÑO

¡Cátalo visto! El rey de copas.

¡Réprobo!

CARA DE PLATA
CARA DE PLATA

Esa maldita baraja no tiene más que reyes.

Tire usted.

EL ABAD
EL ABAD

Advertido estabas. No dirás que te robo los dineros.

Voy a complacerte.

DON MAURO
CARA DE PLATA

Las treinta onzas en la doble, matando la pinta de espadas.
DON MAURO

Mi carta es el rey.
EL ABAD

¡Juego! Rey en puerta.
EL lNDJANO

Quien eso dice soy yo. Tiene usted la baraja amarrada y tira
el pego.

EL RO y O G l GANTE levanta 1~ bolsa dt las trti11ta p,rtugutsas, y la rueda dt jugadores se apasiona y revuelve: Titnt un
acento dramático, una ruda corrtsp01ukncia de voces y ademanes. El
tonsurado saca un pistolón. Cara dt Plata st inttrpont y arrebata a su
htrmano la bolsa.

Estaba oyéndonos el pendejo.
CARA DE PLATA

Palo de espadas. No pierdo ni gano. Sigo en iguales, jugando el
blanquillo.

CARA DE PLATA

Ganó el Abad.
DON MAURO

Con trampa.

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

Goliat, que te abraso.
DON MAURO

¡Tahur!
EL ABAD

¡Judas!
DON MAURO ,estalla .,u vara. El fogonazo de vn tiro, cha-

.,,

fl

ramu&amp;cas, olor de pólvora, ladridos, denuestos, espantos. Don Jl,fauro

pelea }ar desasirse entre clerigotes y chalanes que le ac011sejan y traban. El Abad, can la sotana rata y la pistola h1tm,ante, caminando de
espalda, pega con la puerta del huerto y escapa. Repentinamente se
aclara el tropel. Cara tk Plata tzene en la frente el rasguño rojo de
una bala, y todo un lado del rostro, negro del fogonazo . Se lava con
vino, y sus hermanos, con sorda brama, /tacen rueda mirándole.

PAISAJE
C,stío. eluema el sol. C,l aire duerme.
fNace la tarde, muerta de pereza.
93ajo la espesa copa de un castaño
un pobre can escuálido bosteza.
cSe oye zumbar un moscardón. C,l burro
de la noria tropieza a cada paso.
C,l campo está amarillo, pardo, verde.
{;l cielo es de un divino azul de raso .
f!{ay una calma eterna en cada hoja,
en cada florecilla de la linde.
Gl gañán ha dejado la faena.
Los párpados entorna ... fl{,[ fin, se rinde.
eluietud. .Silencio. cSoledad. .;1l Nlos,
tiembla una hoja, pía un pajarillo.
flnesperada y amorosamente,
pasa y nos besa un fresco vientecillo.

ANTE LAS CUARTILLAS
;JU fin, suave cuartilla inmaculada,
a profanar me atrevo tu blancura.
elsado so,¡, si bien de prematura
no puede mi osadía ser tildada.

'j/a con la vista, de leer, cansada,
y con la vida, de luchar, madura,
y con el alma, de sufrir, tronchada,
quiero que seas tú mi sepultura.
1

75

�LA PLUMA

LA PLUMA
Gn ti, en efecto, enterraré las penas
de que mis horas idas están llenas,
mi ardiente sed de eternidad y amor.

'Y, cuando ya no sepa qué contarte,
dareme al rezo, y volaré a otra parte,
donde todo, tal vez, será mejor.
ADOLFO RUBIO

Cluiero ser cómico,
hacer reír y llorar al mundo,
ser héroe y cobarde.

'Godos los hombres en uno,
como :Dios.
:Dios solo hace ya papeles de barba.
Gl humor herpético sale a la cara.
Gl humor lírico va por dentro.
Gl verdadero culto no tiene signos exteriores,
bombo, platillos ni campanas.

FACECIAS
'Godo está verde: tus ojos, la tierra
la esperanza de que repintan la puerta oscura de la taberna.

9f. los muertos les cierran media puerta.
¿.Son todos tuertos?
5Cuelga de brazos caídos.
'Un mundo todo de mancos.

EL A~!ISTAD

-'Yate ideal en figura de corazón.
fNo es velero a todos los vientos ni navega a todo vapor.
fM.atrícula particular y amarras en seguro puerto.
.Co tripulan solo dos hombres sin más carga ni pasajeros.
fNo es pirata como el 9l.mor ni en el cabo de los 'Gormen/os
se pierde.
Gnarbola pabellón cándido . .Cleva el casco pintado de verde.

:Místicos ojos al cielo
ven pajaritos sin cola.
:Mamola.
9'uego de niños.
'Y de monjas .

c.

RIVAS CHERIF.

.Suspiro: bostezo puesto en verso .
.Son rimas fáciles las ya aprendidas
fM.ujeres conocidas
las que el deseo sabe de memoria.
!Por miles cuenta vírgenes la 5Cistoria.

.,

XII
1'¡6

'77

�LA PLUMA

a Fulano. Si es en las letras, el color local no Jo percibo; Jo vistoso me
irrita; y en los modos de tratar el lenguaje, pongo al escritor que acerca
nuevamente dos vocablos desgastados, y saca de ellos un acorde también
nuevo, delante del que va volcando en la senda trillada del estilo, palabras como pedruscos, para que tropecemos, y caigamos de bruces, y se
nos acuerde Jo que hemos leído .
Que mis observaciones acerca de los curas sean, cuando más las ha•
bría menester, pocas, viene de esa tendencia descrita, que no me ha de-

LOS CURAS OPRIMIDOS

jado escudriñar la huella de cada profesión en el carácter humano, o las
variantes de la probada zafiedad general, según los oficios . Se me ha
atrampado la vena de Jo cómico. A dos pasos estoy del aborrecimiento
de Alceste. Con que sea ingrato el comercio sociali me sobra: no tengo

observado poco las costumbres de los curas, digo los modos de vivir determinados por el orden sacerdotal, en que
consiste el papel de cura. Defecto es de m1 sagacidad, que
usta más de Jo general, y de generalizar con cualquier motivo que de ;sparcirse en Jo ameno, en Jo especial, o en Jo pmto~esc~.
El detecto es ave en un siglo de documentación y de rarezas, on_ e
luce más el fi~ero' que el raciocinio; pero es mejor abundar en es.tas,~E

~~~:¡:;::~;;::

ltj:t::;i~::;r:~:~~!~~:n: 1::i:::0~!J:i~~it:s,1~~t::~
1 b oaría mil libertades particulares. Tirama inexorable, porq
~:r:; J:so~~~n del temperamento, sino rigorismo extremado de Ia ~~:::
ligencia, ofendida de no ver las cosas gobernarse por Jo que m_am 6 bien
d d Me place Jo que se razona, refinendolo a un canon_
:;:::::~:t::;~: : 0 j0 que vale sólo por su fecha, o por sus facdciones s111r·¡
n· ensarlo Prefiero levantar hoy un ,scurso so re
~::;~ ~:~~e:e~!~' se~ ~rró~eo.", al ac~rreo de materialesd Pª~:i:'\i°:~'.
más dichoso, discurra manana en m,lpuesto. De! :::. ;boles 'cerrada
,. D 1
·or re alo es una llanura no muy opu enta, con u
~or afguna barrera natural en el extremo donde alcanzan _los o¡os . a ~o
mundo moral, como estoy exhausto de compasión, me importa, Je

por qué dividir en dos manadas, una para los clérigos, otra para los laicos, a tanta pécora como me aflige con su cacumen estrecho y sus intenciones podridas. Faltándome preparación especial, se tachará de frívolo este parecer, parecer vago, de simple aficionado: que no pueden ser
los curas gente oprimida . El clérigo irredento es invención nueva, contraria a las promesas del bautismo, a lo que nos enseñaron en la cuna, a
nuestra experiencia, por truncada que brote, y a los fines de la vocación
de cura . «Este hábito es una libertad~, decía un gran misionero, no ins-

crito en nómina ni amedrentado por el peso de la cruz. Ya no Jo es.
Ufanos porque entienden de curas, pintan algunos a la clerecfa encadenas, o igualan al clérigo con el soldado, el presidiario u otros tipos sujetos a una autoridad que no rinda cuentas. Leo el escrito de un capitular
reverendo. donde se llama (¡a buena hora, señor ilustre!) a los espíritus
liberales del país en auxilio del clero oprimido. Los sacerdotes ya no se
sienten libres en su hábito. Van camino de formar una de esas clases su-

fridas que impetran mercedes del Estado. Los partidos extremistas, si
perseveran en la cordura española, que manda no suscitar recelos, no

espantar a las fuerzas sanas, acabarán por tomarlos bajo su protección.
El levantamiento general de presbíteros, daría a la revolución en ciernes
una faz original, y tal vez fuese la prenda del buen éxito. Pero esto es lo
exterior. Si la opresión es cierta, psicológicamente, y los curas lo sienten

sumo, lo que conviene al mayor número, o a todos, no le que le cump
'79
178

�LA PLUMA
LA PLUMA
así, 0 no son lo que dicen, o no son como deben. Me niego a ir en socorro de las sotanas cautivas.

El cura que primeramente conocí, era capellán de ladrones. ~onde
otros correligionarios suyos, más sufridos, conllevaban capellamas de
monjas, oyéndolas suspirar, plañir, diciéndoles una m1S1ta despa•
ciosa, una plática gazmoña, tomándoles por regalo. un chocolate c~n
agua, el cura de mi amistad servía las querencias rehg10sas de lo~ huespedes del presidio. Misa sucinta, al vuelo, que los galeotes?º ped1an floreos· confesión por los mandamientos, en víspera del domingo In Albts;
y en' caso de muerte, exhortaciones a la conformidad, proferidas con la
más llana franqueza, por este tenor: que si les iba mal en el otro mundo,
peor que en presidio, con tanta habichuela podrida y tanto verdascaz~,
no podría ser. Confortadas las almas, "_'i amigo el capellán asum1a
el hábito, el porte y el lenguaje de su pasion dommante. Era _pescador.
De ]as fangosas entrañas del río sabía sacar, _contra todo presagio razonable, fuesen cualesquiera el tiempo y la sazon, abundante pesca. Calzadas unas botas altas, oculta I• mitad del ro,:tro pizmiento bajo el sombrerote de paja, al hombro las artes de pescar, rompía por _entre el carrizo y los mimbres, en demandad~ los sitios buenos. Nad'.e se los disputaba. Era el amo de la ribera. Mas de una vez Je sorprend,, en los anocheceres sosegados del verano, tendido en la margen, v1g1lando las zam~

' i1

1
1

bullidas de sus corchos, o de pie en el filo del agua quebrando con la
red el cristal del remanso. Llegaban los sones discordantes de la música
del presidio, el vocerío, los cánticos de los feligreses del cura. ~•recia un
hombre profundamente dichoso. Cuando era perm11tdo hab,ar, el re•
bote de su vozarrón en el haz del río ahuyentaba a los peces y a los ge·
nios. Volvíamos juntos a la era; en el chozo, cortaba un cantero de pan
y se Jo comía, engañándolo con un tomate reventón, jugoso. Apostaba
con los agosteros, por la cabida de los montones de grano; pretexto para
meterse en ellos y pisarlos en el copete, hundiendo los rem?~ hasta _la
corva. «¡Qué gusto da! ¡Qué gusto da!», decía con entonac,on puenl.
Dentro de las botas se llevaba el cura una almorzada de tngo.
Otro clérigo me salió al paso en la carretera de Guadalupe: el fuego

del hígado le resecaba la piel, adherida al esqueleto; con su bonete de
dos cuartas calado hasta la nuca, parecía más largo; los ojos, saltones; el

gesto, de hombre muy padecido. ,En estos temperamentos-recordé entre mí-el calor excede a la frialdad, y la sequedad a la humedad. Será
propenso a la cólera y a la hipocondría.» Hablamos. Él, con voz muy gra•
ve, mudándola de tiempo en tiempo al tono declamatorio, tremante, que
echaba de menos el eco de la iglesia parroquial, se declaró ocupado en po•
ner chinitas en el camino de la anarquía. Tres palurdos le acompañaban,
tan parecidos, tan feos, que cada uno se me antojó caricatura de los otros
dos. Eran hermanos, caciques repezuñados. Llamábanlos 4&lt;los Tuertos»,

aunque ninguno lo fuese; pero lo fué su padre, de quien heredaron po•
derío y mote. Cosechaban votos, ayudados del cura, por la intención de
un candidato que Je había donado tres mil pesetas para recomponer
el órgano. Caminando juntos, me explicó su política, que era desvelarse por la salvación de sus ovejas, y no exponerlas a los ataques del
lobo.
-Contribuyo a restaurar el poder espiritual-decía-. Su cometido
es grandioso, si hemos de buscar la resolución armónica de los conflictos entre el capital y el trabajo, como enseñó el inmortal pontífice
León XIII.
El enfático cura trataba de imponérseme. Se detenía, con ua brazo
en alto, dilatando las sílabas sonoras. Dijérase que, sólo en tantísimo
campo, apostrofaba a los vientos, a los terrones, a las encinas. Los Tuertos, formados en ala, nos seguían sin escucharle, pensando en sus co-

sas. Me despidieron a la entrada de las labranzas de un propietario re•
miso, a quien iban a embaucar. «Veremos-dijo un Tuerto-por dónde
sale este ahorcado».
Pasados veinte años de no verlo, topé una tarde, volviendo de caza,
con cierto cura barbián. Le conocí al momento: enjuto, trigueño, los
ojos garzos alegrillos; la nariz recta, fina; la boca delgada, con fugaces
mohines de burla: tal fué, y tal Jo encontraba, sin otra mudanza que habérsele retostado la tez y abierto la pata de gallo en la comisura de los
párpados. Venía por el borde de una arroyada-la escopeta a punto,

�LA PLUMA
LA PLUMA
cia mí, entre latidos, la mirada, tan chispeante y franca, tan aguda, que
los perros cazando-, en busca de un rodal de codornices. Era su habilidad excelente: la caza. Dominaba muchas. Buen servidor del altar, puntual en el coro, atacaba el tono ferial en la misa o despachaba los sermones
de tabla con el desembarazo de quien posee al dedillo una técnica y la
aplica en frío. Obtuvo su mayor triunfo exhortando a dos reos de muerte: halló palabras y acento tales, que los curas fanáticos y los hermanos
de la Paz y Caridad, maravillados, ponderaban entre burlas y veras el su·
ceso. Desbravar caballos, enseñar perros, atronar los billares aporreando
la tarima con el taco, desfogaban su robustez corporal; pábulo de su facultad discursiva era el tresillo, tomado con aliento de gigante, en jornadas cumplidas, entreveradas de disputas, donde el clérigo, por guardar el
decoro, adecentaba los vocablos obscenos poniéndoles desinencias nuevas. Ningún macho de perdiz más célebre que los suyos; dos perros traía,
príncipes de los perdigueros. Le pregunté por su caza. Había marrado algunos tiros: me probó con razones palmarias que estuvieron muy bien

marrados: nada podía ocurrirle mejor que marrarlos. Tiró por tirar, por
meter ruido y darle gusto al dedo. Ponderándome sus blancos y las muestras de los perros, abordamos en el río. Nos sentamos en el poyo de piedra, delante de la fuente antigua, quien sostiene en sus hombros de
mampostería el acirate desplomado. El agua surte a par del suelo; para
catarla, ha de hacerse la triste figura. Comimos y bebimos reposadamente. El clérigo contaba los cismas del cabildo, roto en dos bandos
por si había de imponerse o no, a cierto canónigo que lo rehusaba, el
uso de la luenga cola negra, prolongación del balandrán con que asisten a coro. Pensando que las canongías iban a perder su valor proverbial de emblemas pacíficos, me distraje en mirar los giros de las golondrinas, que volaban a ras del espejo empañado del río, y los perros retozones que en la arena marginal, blanca, suelta, erizada de regaliz, se

refregaban después de chapuzarse. El aroma de los cañamares silvestres,
cargados de flor en racimos, tan fuerte, disuelto en la emanación calienta del agua, entorpecía los sentidos. Vinieron los perros a prestar al discurso del amo más atención que yo. Oíanlo inquietos; remuzguillos eléctricos serpenteaban por su piel; lo devoraban con los ojos o volvían ha182

nos entendíamos muy bien, por comunicación directa; las maravillosas

criaturas enloquecían de gozo, viéndose así entendidas, muy cerca de un
corazón humano, y yo creo que algo debía de robarles, a mi vez, de su
expresión canina y su dulce lealtad, para serles acepto. Este juego rompieron ciertas palabras del cura:
-¡Los prelados son unos granujas, desengáñese!
Me sonó a que empezaba de nuevo el discurso. No entré en su desengaño: tan sin cuidado estaba yo, tan sin malicia de la opresión contra
los clérigos, que no se me ocurrió tirar del hilo de esa sentencia. Hombre libre en la naturaleza no lo había visto tan acabado como en el cura
cazador.
Apenas he ampliado de,pués mis observaciones personales en los_ curas. Vísperas de Navidad vi a uno, joven, bien portado, rolltzo, brillar
en la cadena de holgazanes famélicos enroscada a la Casa de la Moneda,
esperando el sorteo de la lotería. La expresión de manso regocijo, de pacífica y segura tenencia que advertí en su semblante, mostraba que tras
de echar cuentas con el premio, no quiso esperarlo en su casa o en lasacristía: prometíase verlo salir del bombo. A otro encontré, viejo y raído,
de porte rústico, embelesado en el umbral de una taberna: ap,yado e_n
el quicio, laxas las facciones, la boca entreabierta, clavados los o¡os, o,a
la música dulzona y aflautada de un órgano mecánico como si fuese la
de las esferas. Ninguno de estos curas me dejó conocer que estuviesen
corroídos por el descontento.
De no repugnado mi gusto, las novelas con cura hubieran suplido
por mi experiencia. Pude, si no observar la naturaleza, estudiar los bue~

nos modelos, graduarme de doctor en papalogía a fuerza de leer narraciones de amores sacrílegos, hacerme papálogo libresco. Hay quien sabe
mucho de amor según Stendhal, o de ambición según Balzac, y se precia de haber explorado lo más recóndito del corazón del hombre, aunque no haya sentido palpitar el suyo propio. Pero la simple entrada del
cura en la novela me infunde desconfianza; y si el autor describe principalmente el erotismo del clérigo, su enredo con tal señora o damisela
183

�LA PL U~¡ A
más o menos almibarada y redicha, me invaden sentimientos ingratos:
asco y despecho, templados por la presunción de que allí va a suceder
algo muy ridículo. Menester es que el público español lector de novelas
se haya pasado de gazmoño, y los autores de tímidos, para que un día
pudiesen, los unos, hacer el descubrimiento de las pasiones carnales del
cura, y el otro recibir por tema peliagudo la descripción de esas'fatigas.
Si a una señora le ronda un sacerdote, ¿a quién le importa? Tal vez ni
a la señora; y hemos de ver en el caso un conflicto raro, y convertir un

trapicheo vulgar en cuestión de orden público porque el galán lleve sotana. Suele poner el novelista buena porción de sus terrores propios en
la conciencia del cura enamorado; Je sobrecoge de espanto el sacrilegio;
échase de ver que, metido a cura, jamás habr/a afrontado pasión igual
ni declarádose a la dama de sus pensamientos: hubiera probado mejor
cura que su héroe. Esta noción: que el sacerdote, cediendo a su apetito,
incurre en culpa ominosa, puede mucho con el ,escritor laico, y le des-

vía, a su pesar, del propósito original; en vez de pintarnos la pasión de
amor, bastándose a sí misma, bastante para la obra de arte, se enzarza
en el caso de conciencia, ca el miedo, en los remordimientos del tonsu-

rado. La pasión, en los curas de novela, suele adquirir lóbregos tonos,
causa de mi despego. Es propio del clérigo, dirán, dejarse atormentar
por la moral de sus creencias. Yo Jo dudo; la virtud y el vicio, la conducta en general, poco tienen que ver con las ideas; y el clérigo que,
rota su fortaleza, se allana a la pasión, recae en el estado natural, como

cualquier hombre o mujer picados por el tábano. Su conducta depende
de su historia sentimental, no de la profesión . Los aspavientos, zozobras

LA PLUMA
pasmo de otras damas de cura en ciernes: así Doiia Lut , cuyo enamoramiento no puedo recordar sin náusea.
Mi aversión literaria no me priva de tratar con templanza en materia

clerical. Cierto, una puntita de clerotobia descubrí en mi ánimo tiempo
atrás, adquirida en contagios callejeros, de quien nadie está libre. En un
teatro averigüé de súbito que aborrecía a los curas, sin saber la causa;

revelación fué, o dicho en otro estilo, flechazo. Habriame inficionado
profundamente, hasta la muerte de la razón entre bascas horribles, sin
la alarma que me movió a extirpar en el aclo el germen del mal, cortando lo dañado y lo sano. Oíamos un concierto de música eclesiástica .

Tenía yo tanto hábito de encuadrar en el velludo rojo de los palcos el
descote, J~s plumas, las joyas y los gestos de muchas damas conocidas,
que en levantando aquella tarde la vista a los Jugares donde solían estar,
nunca pude reprimir un movimiento de sorpresa al ver trocadas en obis-

pos las señoras. Repartidos por parejas o por ternas en los palcos, bastantes había de manifiesto con su cortejo de familiares negros. Lo demás
del público, también clerical o asacristanado, se congregaba por ser la
música de iglesia, y eclesiásticos el director y los ejecutores. Gustamos
unos trozos de misa y unas cantatas en el modo altisonante, vulgar, que

corresponde a sentimientos triviales hinchados. El autor-aunque la
música me pareció inclusera-estaba presente; ya desde esta vida terre-

na «había entrado en la inmortalidad»; el programa omitía que fuese
«el primer músico del mundo», pero yo rellené mentalmente esa laguna. Granizadas de aplausos, arrebatados, descubrían la intención de
desquite y de trágala, presente en todo alarde profano de la clerecía

y poquedades que un clérigo de novela, si se rinde a ser amante, prodi-

cuando se manifiesta a solas. El director, frenética batuta, se retorcía

ga en negocio tan natural, no pertenecen al estado eclesiástico, sino a la
condición de primerizo, de hombre sin mundo ni cortesanía, criado

como un poseído. La sotana bailábale en los hombros, subía, bajaba,
dejando al descubierto los pantalones y los zapatos, volaba de una a
otra parte según el meneo de los brazos. Entonces me entró el acceso de

aparte del otro sexo. El novelista cuida de poner un clérigo que desbra •
ve su inocencia en el primer amor¡ mostrándolo en lances ulteriores , se

las compondría por otro estilo; la absurdidad de aquellos sentimientos
postizos quedaría al descubierto. Pero nada es comparable al rencor que
siento por las damas de cura . Sobre todo, si las inventan para deleite y

clerofobia. Zafiedad, palabrería, ignorante engreimiento, chabacano
gusto: eso vi en tantas almas de pazguato. Me abrasó la cqlcra, y comencé a odiar al director en representación de todos, por zurdo, por basto;
no podía reirme de él, no obstante sus ridículas contorsiones; la saña

�LA PLUMA

.

'

vencía a la risa . Sali a la calle preguntándome el motivo de aquel rapto;
si no fué persuasión del demonio, sería un estallido de los malos humores almacenados sin advertencia mía por el despecho y la inquina. Me
pareció desatinado, y feo, enviar al corazón los residuos de ciertas hogueras; y peor aún, en la cabeza de un pobre diablo, no muy seguro de lo
que representa, vengar la perdición de una gran causa histórica . M~ esforcé a la piedad, a no quitar la vista del chasco postrimero, comun a
todos; creo haberme portado desde entonces blandamente con los curas;
y hasta los he favorecido en persona. Al capellán pescador, mi amigo,
lo saqué de las garras de la policía. Es tal su catadura que al sub1r a un
tren lo detuvieron, sospechando que fuese un asesino a quien buscaban.
Le arrancaron la teja, y en viendo la tonsura, quisieron someterlo a más
apretado reconocimiento. Por mí lo soltaron en la estació~ misma; el
cura, con el susto, se fué sin decir adiós ni dar las gracias .
Guardo, en fin, delante del clero la actitud ingenua de quien fía en
el testimonio de los sentidos y cree que el sol rueda sobre nuestras cabezas. El clero es un cuerpo inmune, con más predicamento e imperio que

pudieran tener el médico, el maestro y el militar si los fundiesen en una
pieza. Unico tronco venerable de España: puede probar que a su amparo v costa han vivido, como el muérdago en la encina, las clases espa~

ñol~s. Es más antiguo que el reino; ya el godo soberbio se prosternaba
ante el clero; todavía el rey, a ciertos dignatarios de la Iglesia los llama
primos, y son los únicos personajes a quien hace acatamiento . ~ue un

gremio tan potente gima, teniéndose por desheredado en este siglo, no
pasa de ser un melindre gracioso: ignora lo que son apuros . Como a
criatura mimada, el revés más fútil le llena de pesadumbre y se ,magma
que le es contrario el universo. Esta explicación plausible, vale para
otros clamores y alborotos, triunfantes porque los promovía gente de
mucho peso, no con intención mala, pero temiendo por las franquicias

y exenciones que siempre han gozado y gozan. Y si el clero está descontento, escarmiente en cabeza ajena; tómese la justicia por su mano; em-

plee la acción directa: ya contra la sociedad e~pañola, cuand_o se crea
-inverosímil supuesto-aminorado en rango, ya contra sus Jerarcas y
186

LA PLU/VIA
príncipes, si cometen desafuero. El clérigo tropezará con los cánones, a
veces, o con la institución divina de ciertos poderes, y tendrá que reformar la Iglesia, o arrepent!rse de no haber mirado mejor dónde se ponía,
o ejercitar la paciencia. Andese con tiento, no vaya a pisotear el espíritu cristiano, sola razón de su vida; o a rebelarse alocadamente contra
algunas privaciones, fruto de la sabiduría, de la cordura de los siglos
traducidas en leyes, como la de tenerle sin mujer, a lo menos sin mujer

que pueda alegar derechos civiles. Duélense algunos curas de su pobreza. Deploran la desigual repartición de los bienes de la Iglesia. Que un
obispo tenga automóvil, no teniéndolo el cura rural; que el párroco de
Madrid devengue miles de duros en la misma función que desempeña
su colega de pueblo por unos ochavos, parecerá irritante si se mira con

ojos terrenales. Pero los curas saben que siempre hubo pobres y ricos;
que los bienes del espíritu son la única riqueza; y que nada importa ganar un tesoro si se pierde el alma. Deberán, pues, callar sobre eso .
Pónganse en lugar de la parroquia: el vecin~ de la capital reclama un
cura suntuoso, como llama para que le mire la lengua a un médico que
sepa alemán y que cobre diez o veinte duros por visita, mientras el médico de aldea se satisface con la iguala de una fanega de trigo por familia. Ese desnivel, admitido en una profesión asimilada a la del clérigo
(«el cura es médico del alma", se dice a la cabecera de los enfermos; o
también: «¡aquí la ciencia humana ya nada puede hacer!»), debiera servir de ejemplo a los curas, moviéndolos a escarnecer la civilización y el
lujo: inventan necesidades fingidas, elevan a quien los sirve, dejan a
otros olvidados en el santo suelo; y moverlos también a contentarse con
la pobrecilla mesa, bien abastada, de que habló el clérigo poeta. Contentos o no, lo que el gremio clerical pretende, habrá de lograrlo por
sus puños. Su apelación a los espíritus liberales no carece de ironía. Por
luengos siglos los curas han perseguido el exterminio de esa planta; si
no lo alcanzaron no fué culpa suya. Pero ha quedado tan endeble que
los partícipes en ese famoso espíritu liberal no pueden malgastar sus
energías en acorrer a los antiguos perseguidores.
CARDENJO.

�LA PLUMA
das

EL N O V E L I S T A

ci¡

(NOVELARIO)

XIX

[I

novelista había vuelto a sus dias de fiebre, cuando comía y
cenaba entre las cuartillas sin levantarse de la mesa, llenando
de migas el revés de las cuartillas, y resultando eso tan molesto como el que se llenase la cama de ellas.

L

EL BIOMBO avanzaba manteniéndose erguido, insensible,
como lo que posee un misterio fiero que no es que se in\·cnte sino que existe.

Ya había llegado a obsesionar al escritor el biombo de mirada felina

y atrevida. Ya iba por el capítulo XIII y se sostenía tieso e impertérrito

el bello encubridor, el suntuoso mueble con brillos lacustres de ciénaga
en que florecían los asfodelos.
«Hasta que no quite el biombo de en medio, hasta que no resuelva
el desenlace-se decía-no podré ocuparme de otra novela. El biombo
lo perturba todo, ten&amp;o que venderlo, tiene que llevárselo el editor para
volverlo a leer una sola vez más en pruebas y procurar oh idarle toda la
vida. El día que acabe regalaré mi biombo .»
Y el novelista escribió, con esa facilidad de señalar los números romanos que sólo el reloj posee.
XIII
U. MODELO DK UN FALSO

PINTOR

El biombo me seguía por todos lados. Nunca dejé que "" lo llevasen
en los carros de mudanza; siPmpre lo llevaba un mozo, en cuyas espal(1) Véase LA
188

PLUMA

de agosto, 1922.

s, hacía tan crnz a cuesttrs de su destino como lo había sido del mío.
Ahora brillaba con .-ayos di negrura en aquel gran despacho. El
biombo convirtió mi desfacho en estudio. Yo sabía que las mod,los u
esconden detrás de los biombos pa,-a desnudarse, como si se metiesen en
la caseta antes de lanzarse al baño, y siempre tenía el deseo de ver m
mi intimidad ese g,sto smcillo en que la mujer sin pudor pone en el
biombo su último pudorcillo.
Compré un gran lienzo, pútturas, todo, y busqué en el círculo de los
pi11tores la modelo de desnudo, la que 110 se presta a ser el absoluto ideal
de arte, sino a que pongan sobre su desnudo otro desnudo mejor, a ser
el maniquí de otro desnudo, el espectro de que colga, lo.
¿Cómo estar 111i1ando _fijamente a 11,na mujer desnuda, sht que esa
coll!nnplacirJn exija el fin del arrebato? Necesitaba realizar esa larga
contemplaczón, pero sin que la mujer desconfíe o se canse.
El engañ• le hacia gracia . Todo lo que había comprado eran ,na/eriales para una falsificación, pero la modelo sería la que menos se diese
cuenta de ella y era a la que había que engañar. Había comprado tubos
de óleo como el que compra tubns dentríficos, que hacen el mismo efecto
que pintums cuando se les aprieta sobre los cepillos de dientes.
La modelo acudió puntual, y dió al despacho tipo de estudio de pintor. Dejó el paquete de la bata sobre un sillón, como si hubiera entrado
en el taller de Velázquez.
Ninguna mujer que produzca tanta confianza como la modelo. Viene a quedarse sin ninguna ropa, viene a jugar m la playa del estudib,
e:,,plota la tontería humana qut da importancia a lo que sucedía en el
principio. Ha comprendido de una vez para siempre la naturalidad que
hay en ponerse desnuda.
La modelo es tan casera y tan buena, que pedíría permiso para hacer crochet mientras está desnuda si eso no descompusiese la ·inJpiración
del artista. Sabe su i11stinto que hay que adaptarse y representar algo
así como una figura r,mántica o estatua de jardín.
Cuando dijo:
-Dejaré la ropa aquí detrás del biombo--y se llevó una silla consigo, me quedé satisfecho.
Iba a poner del otro lado del biombo algo verdadero, algo con lo que
soñaba el biombo. Iba a satisfacer de algún modo su instinto.

189

�LA PLUMA

LA PLUMA

El diahlo que se tsco1uú detrás del biombo la ab, azaba. Hubiera iurado q,u había oído un beso.
-¿Qué hacer-la pr,guuté.
-Mt desnudo-respondió con stnci!lez.
Tardaba. Yo estaba impacie11te,y aunqut podía asomarme para ver
lo que pasaba dttrás dtl biombo, no quería faltar a tsa única cortesía
que ,xigen las modelos.
-¿Pero qué la pasa?
-Que se me ha hecho un 1mdo qut no puedo dtsatar-respondió.
¿No era ,so a las claras un abra~o del que se esconde detrás de los
biombos y que había aprovechado ese pretexto para abrazarla? Parecían
oirse lo_s jadtos dt una lucha comprimida, de alientos contenidos.
Entonces, i•iolento, suponiendo lo que siempre había supuesto detrás
del biombo,fuí a sorprenderlo, pero tampoco, ya había huido, y en cambio allí estaba la mujer, que tiene un nudo en el corsé y cu_~o premio ya
se sabe cual es, sobre todo si es muy difícil desatarlo.
Detras del biombo rernltaba pecaminosa la escena de nuestros roces.
Era la mujer inquit la que rabotea y da con el posterior molledo e11 el
vientre dd komb,e, en la desesperación del nzulo que no se desata, como
mulilla a la que pican las moscas en la rabadilla.
Ya no pinté a la modelo, ¿para qué? Mt pareció que era mtendida
en la pintura y descubriría mi estratagema, la pintura torp,, el desnudo pintado por un niño o por un salva¡e en qut ltabría de incurrir.
Sin la sospeclta de que aquella mujer me la pegaba detrás del biombo no se me ltabría ocurrido trasponerlo y comenzar aquellos amores
con la modtlo, que quería dedicarme el hijo que ya llevaba pintado m
su vientre.
XlV

!U.DA, NADIR

El biombo me iba dtjando la impresión má"'· fija dt algo que sin biombo ltubiera sido vaguedad de mi vida, la existencia dt «n,zday nadie&gt;.
La mitad de la.- cosas raras qut sucedían a m, alrededor no ku!,ieran sucedido ,in el biombo. Lo que no se l,ubiera podido pertrecltar del
biombo, alegre y disimulado-«yo• no amo el fondo de los armario, ni
los cuartos oscuros sin los burladeros-, 1w hubiera tenido en ·mi casa

una vida tan campante y tan die/tosa, aprovecltándose dtl gran burladero .
La existencia dt «Nada, nadie•, la notaba a todas !toras.
Yo no creo en nada y sin embargo l,e presenciado esa presencia de lo
que no puede ser ni misterioso, de lo que ni puede aspirar a str, dt lo
qut quisiera darme un gran susto en la noclte y no puede, no puede dt
ninguna manera, no podrá 11unca.
-Anda, ahora que puedes, a/tora que estoy solo, porque la antigua
asistenta que asea mi casa no está ya aqui y no vtndrá !tasia después de
las once de la nockt.
Le provoco, busco las vueltas a esa nada, y yo, que no creo en nada,
voy creyendo demasiado en esa nada. ( El parquet !te notado que tiene
tres pasos en vez dt dos. Paree, que andamos por él coll tres pies sin llegar nunca a los cuatro, pero sí co11 trts)
Hago ya la excursión por la noclte con ti pie forzado de buscar fil
nada, con el afán de que me enc11entrt.
Alguna vez, al sacar una botella de entre las botellas, se kan reído y
kan castañeteado los dientes de todas con sospecltosa algazara. ¡Fué esa
la señal de su int xistencia y de aprovtchar esa misma casualidad para
meter baza en mi vida?
Soy solitario y dialogo solo conmigo mismo.
Yo.-¿Pero para qui st me va a aparecer a mí lo que no existe si eso
no pasa en el resto dt la creación . ..?
Yo mismo.-Tienes razón. ¿Para qui? ¿Por que voy a merecer esa
distinción?
Yo.-¡Qué más da la noclte de aquí dentro que la noche de los
tiempos!
Yo mismo.-Lo mismo da ... Pero todo el esfuerzo ltumano, el esfu rzo de los hermanitos, consiste en demostrarnos que no da lo mismo ...
¡Pobrtcitos y qué razones !tallan y cómo st afanan! Hasta encuentras
motivos para creer eJt los q11.t no hay más remedio que "º creer .
Yo.-¡Es que no se dan cuenta de que se está en igualdad de condiciones con toda la naturaleza para áspirar al milagro, al imposiblt milagro de la creación upiritual!
Yo mismo.-¡No es nada lo que pidtn los niños!
Cuánto kt estado solo en el mundo y sin más fe que ti ruido del rt-

�j

LA PLUMA
LA PLUMA

,,

/oj, siémpre anfisesmático, sim,pre con el golpe que le mata, con _el tropiezo fatal. Si sobrt el golpe no duse el •regoipe•, todo marchana hten,
pero da el «regolpe».
,
.
,
E11 la caja del reloj podra darse por ,yemplo la prese&gt;lfac1on de eso
que no es nada, qut no es nadie y qut estoy deseando ver. Como uso de
un reloj que no es de uso, podr_ía abrir la puerteczlta y asomarse. .
¡Cómo he esperado del relo; hace mucho tzempo,pero se ve demasiado
que ti reloj se va a morir!¡ Camina J1acia la muerte, pzerde corazón tn
cada palpitación!
«Nada•. «nadie•, no /iay que darle vutltas, eso es lo que hay fuera
de nuestra vida, la vida q,ie nos Ita tocado trasportar por el mundo, conse, var por instinto y lucir por vanidad. . ,
.
¿Seria .eso•-nada, nadie-la qut de;o encendida la luz del comedor
la noc!te de anteanoche?
Yo estoy seguro dt qut la apagué, y, sin emba,go, amaneció encendida. ¿Denunció su ma/a·intención con tst rasgo, eso que no se me ~
descubi.erto nunca? No. Me dediqué a perseguir la verdad, me estudie,
inrfagui, nu anduve en el fondo de la americana. Y por fin dí con timomento medio sonambúlico en qut encendí la luz...
.
1Vunca .. nada» ni «nadie», porque el Ladrón o ti asesmo que se me

apareciesen serán alguien.

.

Siempre detriis del biombo «naaa», «nadu».
1

XV

1

'1
1 1

LA DKSVANKCJDA

La habitacion que tiene fo111za de estudio partee que puede ser pres.
..
.
.
tada a quien la pida.
-¡Hombre, si me prestases tu estudzo!-mt di;o el amigo del colegio,
ti amigo de siempre. .
.
-No es mi estudi,o ... Es mz casa.
-Sí, pero tiene puerta y llave distinta ti salón y además tienes la
inmoralidad insaciable de un diván .•. Déjame que le eche carne a tu
diván.
.
.
Termi11é accediendo y procuré alejarme, no sólo del estudio, sino de
la ca.,a, la tarde en que mi amigo llevó aquella jovencita cuyo nombre Y
figura velaba con la más estricta discrecció11.

_-¡Lo que la ha g1tSlaao tu b,0111bo!-1Jle di]O al día siguiente mt
amt,l[O-. Además, gracias a él se pudo arrtglar ti pelo ... Es inverosímil
que."º tengas un mal espefo en que mirarse en tu cuarto ... l!,,l/a, que es

rubza, se tu.1 0 que hacer un peinarlo oscuro de morena.
1

Yo JZO lzabía entrado e11 mí habitación desde el día anterior. pero
cuando e11tré y cerre la puerta tras de mí, encajrmdo su colmillo con un
fuerte ![olpe, noté algo cO/J/O una presencia perfumada que no había

antes.

No pude trabajar. En el biombo había una sonrisa y zma mujer despeinada.
Dí vutltas a la lzabitacion como ptrro que busca una huella. ¡Que
testarudez de 1·econocer las huellas cuando no había ninguna! Fué tan

fuerte aq1tetia maña11a para mi cabeza como una insolación.
Me acosté en el diván y busqué en SltS almohadones el perfume de
una cabeza y hasta esa mancha definitiva que de.Jan los amantts en los
divanes por tener debajo la azalea de los niños.
Nada; y, sin embargo , todo estaba lleno de la presencia de aquella
m:,jer que había llevado el amigo que pone en ese compromiso difícil de
conllevar.
B_usquépor el suelo una orquilla, algo, v no encontre nada. Busqui
lo mas sutzl y difícil de buscar:"" beso caído, un pelo, un alfiler. Nada.
Debió dejannt su pañuefo o su cubrecorsé en un rincón, como impuesto galante, como lzuesecillo de regalo por lo qut la había consentido.
Sólo un botón de él encontré.
Mi biombo se sonreía y detrás de él miraba mi búsqutda una mujer
muerta de risa, una mujer de encarnadura tan vaga como la de las musas de los poetas.
Ya estaba contagiaao aqutl despac/io por la presencia de aqutlla
dtsconocida, que se había qutdado allí, sarcástica, cruzando una pierna
sobre otra con mucho descoco, dándostlas de ltabirmtla pegado.
Desde aqutl día, en vista de eso, busqut a aquella seducida y busque
las 7:ueltr1s al ª""lfº, y no paré hasta que dí con ella, que, como toda seducida en casa a;tna qutda corrompida para la fidelidad, logré que
volviese al sitio de su bautismo galante.
.
Quería que el biombo viese el desquite, y que m aqutl reflejo dudoso de una mujer qut había quedado en su casa se recalcase el veraadero.

�LA PL U ,\1 A
LA P L U f\l A

·,

. .
ue vagaban por la habitación se
Las ltuellas dispers;s e inc1:n'::u1t que ,10 sintió pena por lo qiu
encontraron alrededor e aque ªh b'a estado conmi&lt;To al haber estado
,
de lguna manera a z
b
.
hacia_, porque
a ultó ue se acordaba de mí como de su p1 tmer noq , J ' s niñas como sólo las agranda el arell mi despacho, y res
vio, cuando el espasmo agranuo su
slnico.
XV
SOltPRESAS MENUDAS

. .
de nocturnidad hasta durante el día,
1l
El biombo inevzta~le J:
'da y ya sabía mis flaquezas y conavanzaba ni su experiencia
mi vi
vi·vía mis visitas.
.
.
.
Discutía yo conmigo mis~no. l b. b
No es elegante ni político...
-Es una falta de hcortesi:r~er
:~~ no están aseados' los que esSólo sirve para que ec en a c
y además es he, moso.
tán de cualquier mo~...
-Pero era de mz p_adr,be... l
e le sirve a la providencia para Iza-Sí, pero con el biom o es o qu

J/º .

zf;;:

cer más trampas.
1 p obabilidades de hacer fortuna ... Las
-En cambio aumentl as ;e Neetsitan disimularse ... Como lr:,
cosas buenas no llegan l fre~ ...l da vergüenza conceder la felictmaldad es_ la patronla de 1lnun a;io ~on el regalo Jeliz desde detrás de
dad... y tiene que a a,gar a m
un biombo. _
da l
al enuaño ... Debían deja, las puertas
-Predispone a to
a casa
,,
l l b b
O vender el biombo...
l
francas y rega ar
. 't
lo miraban con extrañeza, o a a a an
Ti dos al entrar a vzsz arme
,
.,
o
l s veia sospeclutr no se de que.
.
generalmente, per_o yo, o
d es1&gt;eio de otra casa, de la casa ae
Cada vez tenia mas una ~os;1- ~ 'l'do:; l .
• ¡ de •1&gt;e;o intrinca Y f!Jano.
da
enfrente, por e;emp o, . esr1,¡ ble de una casa, de una casa encanta .
Era como el ala viva y r. ega
.
ver cómo y cuándo te atreves a
Yo le desafiaba con cora;e: «Quier~ 'dad no quiero que me llam1s
'
matarme... N,o quiero retroceder, preczosi
cobarde&gt;.
. .
de un modo digno de tus hojas
«PfJr lo menos hazlo con ltmpQzeza, uera asfixiado en ti sin síntomas
pulidas... Qtte yo no me entere... ue m
de asfixia..,,
194

El biombo lttúrgido y mitrado, rtaliza con esa especie de gran car-

!,, a mágica que es, todos los actos de prestidigitación.

-¿Pero y tse sei'zor? ¿No le han dicko que pasara?-pregunto const. mado a la muchacha.
-Si, seiiorito, ahí le he dejado smtado !tace un momento ...
-¿Qué decía, que tmía un g,an mteris en verme?
-Sí... Pero se ha debido ir.
En efecto, ya no estaba, y no volví a saber de il. El biombo me lo
había escamoteado.
Yo mismo resultaba el transformista del biombo y lzablaba hipócrilamente detrás de él y decía cosas que no quisiera haber dicko mientras
pretextaba en falso «que estaba acabándome de arreglan .
«¿Cómo !te salido? ¿Que ser que no soy J'O es t'Sfe que acaba de salir
de detrás del biombo con una sonrisa tan osadar-,,-1,ze he dicho varias
veces a mí mismo.
A vecespregunto con curiosidad al que entraba:
-¿Quién?
-Servidor-contesta una voz detrás del biombo y se retarda. ¿Que
careta se pone ese visita11te?
-Pase.
Y tarda mi poco más.
-Pase, hombre, pase-diffO ya con cierta vi0lencia, como si fuese que el nuevo visitante se hubiera estado rechupando la risa a1ites de
entrar.
Y por fin entra un cualquiera que trae la cara corrida como sí se
hubiese estado burlando de mí detrás del biombo.
Una vez he respondido hoy con sinceridad a ten «¿se puedeh
con un:
-Adelante.
Y el que iba a entrar me ha preguntado con voz de cómico:
-¿Me conocesr
Por la voz me parece aquel condiscípulo simpáticoy bueno; pero no,
es el ot, o condiscípulo, el malo, el avieso, el torpazo .. .
La desagradable sorpresa sólo me la ha ocasionado el biombo, escamoteándome el amigo bueno para que fuese el que si presmtaba el desleal, el de la voz gangosa y contenida, el de las conversaciones lentas,
195

�LA PLUMA

LA PLUMA

¡,

1

flemáticas, estúpiaas, hablando encima a través de una pipa que usaba,
fJorque creía que sentaba bien a su nariz aguileña.
¡ Qué aburrimiento con aquél espíritu mediocre y aburrido que como
el sordo usa una trompetilla usaba la pipa como aparato ortopedico!
Al final yo lo sabía, se abriría como en los bastidores de las comedias de magia y aparecería mt japón vivo o cosa por el estilo.
XVI.
LOS BIOMBOS

"'

OK

LA FKANCESA

Ya no por mi biombo de laca y perspectiva, por todos los biombos
hube de ttner aprensión.
Me desconcertaban los biombos de los cumás, pero ningunos que me
intimidasen tanto como los de la francesa.
· Teníamos una perla muy grande, herencia de nuestro padre, que
guardábamos para cuando buenamente se presentase la ocasión de 1•enderla.
Pasaba el tiempo y no se presentaba esa ocasión, decidiéndonos entonces a pignorar/a de cualquier modo.
FuíytJ el comisionado,}' en el simón de todos los días, con muchos
billetes en la cartera, como si los simones estuviesen blindados, me dirigí
a casa del joyero más amigo, que desde luego me dijo que no se podía
quedar con ella y que por str yo me iba a hacer una r'ecommdación.
-La única que podría comprar esa perla es una francesa llamada
Mademoisetle Nodier... No es una fortuna y es una fortu11a esa perla
tan grande... Depende de que se encuentre un comprador particular.. .
No es comercial... Sólo si esa mujer rara la quisiese como coleccionista ...
-Pues haré un via;e a París. . Mi pobre padre creía que era un tesoro ...
-Puede ser que Mad.emoiselle NtJdier se la .:ompre...
Me &lt;kspedí del joyero, que me escribió en una tarjeta las señas de la
francesa y una presentación, y me fuí a casa a notificar a mis hermanos
el chasco de la perla z·nmensa.
-Los reyes ya no compran las grandes joyas... No se puede tratar
con ellos y además no quieren tratar con nadie... Emplean su diner&lt;&gt; en
otra cosa que en joyas... Tienen bastante con dar vueltas y cambiar de

montura y marco las que tienen... En resumen, que me ka dicko eljoyero que,no puede ofrecer nada por la perla, que no es comercial aquí...
Que solo una coleccionista francesa, de la que me ka dado las señas,y a
la que me presenta, la compraría...
.. Todos convinimos en el viaje y salí para Francia con la perla muy
distmul,zda erz el equipaje...
En !~guida m_e dirigi a casa ~ Mademoiselle Nodier, cuya belleza
rejinadmma me imaginaba con m~edo, viéndola cubierta de perlas y sonrzendom, con tma dentadura perlma tambien. Me iban a ofuscar y desvanecer las perlas. ¡ Qué g, an timidez iba a ser la mía al sacar miperla
solitaria por grande que fuese!
, Dos biombos habúi en casa de la fra_ncesa, en aqutl gabinete en que
tema que hablar otra lengua, cosa que zban a hacer más difíciles precisamentr los biombos.
i~a a conocer una mujer que me era completamente descouocida, y
los bwm_bos me la recelaban más y me hacian temblar de timidez, p"es
las cortinas St! mueven un poco cuando miran a travts de ellas.
Los biombos, impasibles, me miraban. Ya había perdido yo todas las
ventajas que pudiera tener .1obre ella.
-Espere wz momento-me di.fo desde detrás de uno de los biombos
'
notándose/e en la boca los últimos alfilens de su toilette.
_Miré_al biombo con odio, encontrando en él lo que de libro cerrado
tema y como eran las tapaJ, el empastado de la vida humana la cubierta del libro.
'
L.~s rendí;~ t¡uizá me en/ilab:m a mí, pero yo no podía enfilar las
rendgas; me mtre receloso a los o;os alargados tkl biombo.
El bi~mbo iba~ hacer rue yo ve~dies~ mucho más barata la perla.
Mademozselle Nodzer habrta descubierto indudablemente mi timidez mi
.
. respecto al preczo
.
'
zg1tora11cza
de la perla, mi modestia.
Si no hubiera habido biombo, la sorpresa hubiera sido mayor y yo
kabría gozado de las ventajas de la sorpresa.
Por fin aparaió Mademoiselle Nodier. Toda iba llena de perlas y
daba por eso la sen&lt;ación de una mujer encapullada; de una dama del
mar sacada del naefraft,·o llena de sonrosadas burbujas.
¿Cómo iba yo a ensniar una perla más a esta mujer?
Desde detrás de los biombos ,ne vigilaban indudablemente, pues que
197

�LA PLUM:\

LA P L U ,\1 A
ptrdtrse'm su tntrtVista co,i ,u, tusetmocido a ""ª mujer tan
cM!g'ada ik perlas.
lA dal,m, 11n µan asptcto dt rtcitn lavaaas sus rosas brillant,s y
sus briJ!qs rositlwrllos. La lltpblm rtsplandores qutbrados dt una aurora ltJª"ª·
Por'.fa, ,u a/rt1,'Í a sacar,,,; ptrla. La miró como quim cotrttmpla
ti ~,uvo dt#lasia':° ptq~o, ti l,utvo como dt paloma que st lt ka ocumO&lt;J potlh' a""ª gallma,y levm,tóse y mt dijo:
_:_Voy a vrr si ts ~ua/ qut otra ptrla
tengo al,í a,ntro ... S,
futst ,gua/ 'st la adquirl11.
St µrdió dmtro dtl bior,1/Jo y mctndió luz tn la alcoba a gut daba.
Estuvt por as~r•t_a las rtndi_jas, desconfiado y co•o ymdo a sorpm,dtr _fd ;;;a,,tpult1aon dt la tstafa, pero m uguida volvió.
• T_ra,a la pn-lti m la mano, y dtsdt el primer momento vi qut no"ª
la miS#la, qut tstaba más amarilla y ltnía más marc,1dos los dos bollos
tJW par«t qw las 1,a,, luclto co1t los dttlbs n las ptrlas tsos qut /as
aprtttan y las manostan.
-No, no ts igual.
Mi,t kacia ti biombo con sarcasmo y rabia, como dicitndola sin
faltar a la galantería: «Dttrás dt tse biombo me /,i ka tscamote~do.&gt;
Ella, con_ la gran distir.cion qut la daban sus perlas, me di.Jo:
- Y lo szmto tanto.
. Volví a mirar al biombo al dtsptdirmt con mucko rttintÍII1 como si
mzrast con _tkJprtcio al /adron qut se tscondía dttrds dt/ biombo.
No ~/vrdart nunca aquel biombo burlón detrás del que kizo dtsapartctr "'' perla aq"ella francesa cuyas uñas "ª" como perlas y cuanao
tstuvitst dormida sus finos párpados sobrt el globo dd ojo tamóiin tomarimi asp,cto dt ptrlas dormi"1r.
. El nov~lista se detuvo al fin. Era muy tarde y estaba cansado. El
biombo, sm embargo, seguía retador y en pie.
1IO podía

q,,,~

XV
. El novelis~ siguió en días sucesivos su B10100. Tenía el coraje de
9u1en ~os fabnca y un_as veces emplea la gubia y otros ratos se vuelve
loe~ dandole ~ 1~ muneca y otros ratos se dedica a formar la humanidad
sutil de los masules.

«&lt;Qué hace usted ahora?», le pr~untaban; y él contestaba con orgullo de artífice: «EL B10MBO», y sonre1a con altivez, porque un biombo
puede ser cosa excelsa, refinada, pulida, interminable oora de arte.
Ya estaba en el capítulo XXII, en que se veía al fatal protagonista de
EL 81011BO casado y con un niño.
·
Andrés Castilla, sentado a su mesa y al cuello el¡añuelo que se ponía en las grandes etapas de trabajo, iba por la mita de su XXII capítulo, titulado Ei. GRITO ENlGMÁnco:
«Aunque mi esposa .1e negó a qut ."VO regalase ti biotHbo y lo cuidaba co,e los trapos s11at1e.1 J' milagrosos qut da/Ja11. profu11dos t i,u,u#ltrah/ts reflejos al biombo, yo estaba rtsignado; pero toda mirada qut
tcl,aba al biombo tra dt pma, buscando tn ti los sombríos prtsagios.
Parecía arrtpmtido y dulcificado porqu, lt cuidaba,e las manos dt
Esptranza; pero ltabia mucl,a tristeza en su cara morada.
Akora, cubrimdo la alcoba, sólo podía actuar sobre los que vivían
dmtro dt la casa, ya no tn las entradas dt nuevos emisarios dtl dtstino, como cuando vivía en aqutl castron con su salon-tstudio.
Como en este instantt, siempre le dirijo miradas qut pierdo con pnf ~tncia tn su paisaje qut en ti paisa.ft real a 'l"' da mi balcon. Algo
v,e,,t y va constanttmtntt m ti, y kay m su INmz ,ug,·a la vida dt las
vidas en abanico dt varillaje i11terminablt que se suudn1 tn ti techo dt
las kabitaciones.
¡Qui cómodo era aqutl sillón! En él me qutria morir.
Del brazo salía el atril en que co/ocaha la ltctura y jttnto al balcón
,,,, pasaba la tardt, oytndo el ritmo dtl tiet11po, cómo St dtsmenu::a,
como trascurre matando ti mundo.
El biombo t~ía tardts tranquilas tn que parecía que un paisajt mt•
nos urbano que ti qut se asomaba kacia dentro a travls dt los cristales
dt visillos dtscorridos, se reflt.faba en él.
C"ando de pronto kt oítúJ un grito tn ti fondo dt la casa, un grito
dt Esperanza como no In oí otro, como no ful dt fúlgido y dtsganador
cuando recibió ti telegrama dt la muerte de su padre.
-¡El niño! ¡El niñol-gritaba-, y su grito mt contu1.'o en tsptra
dt lo que apareciese, con las manos como ptim s dt mis cabellos enre-

dados.

mas

-¡Jli lziiof ¡Mi k(iol-gritaba con
k orror después dt kabtrlt
visto CN110 e.1 /u,:iese-. Yo en pie, quieto, paralizado, tirnndo del enredo
1 99

�LA PLUl\lA

u .-\
que me.había hecho m los pelos con los peines de 1flÍS manos, esperaba
lo que iba a aparecer detrás del biombo ...
/ Qué minuto de telón de la tragedí,1 cuyo procedimiento se ignora, el
que tuvo el negro biombo!
Y apareció el niño con el rostro q11emado, encendido, amoratado. Estaba hadendo caramelo J' había echado más alcohol sobre el alcohol encendido.
Recuerdo cómo cayó el biombo como en los grandes acontecimientos
sobre la cama, como acostado en ella, da11do un susto 111ás en la inquietud dd momento.
. D,spués he recordado mucho este mome11to, y siempre achacaré al
biombo el que agravase to que traía el wño en la cara, el niño al que
mi! mgañé al pensar que su madre había visto las quemaduras antes
que y~, pues ~l. niño,. com~ actor caracterizado por el peluquero de la
tragedia, corno hacza mi despacho, amotoso dt· enseiiarme su rostro
quemado por la bree/za entornada del biombo.
Hubo un 11zo11zento que fué cuando fl niño estuvo ht la alcoba, un
mo~ento antes de presentárseme, atnmesando el telón del biombo, que
el biombo agravó como 110 puede tenerse idea, pues vi a mi lzijo con el
dardo clavado en el corazón.
XX 111
LOS

VECINOS

DB

ENFRBNTB

Ni aun con la desgracia del niiio pude despedir el biombo.
-Pe,o ¿qui culpa tuvo el biombor-decía mi esposa que lo miraba
como las mujeres miran los recargados retablos churriguerescos.
Yo, la verdad es que tampoco me atreví a echarle. Era mi joya, y,
adeniás, todo lo que sucedía hubiera sucedido sin biombo. No hay que
salir fiador nunca de ninguna puerilida,d.
Nos tomaría el destino por débiles y miedosos.
Los biombos insignificantes sí los mandaría plegar y que se los llevase el trapero, como la puerta falsa e inútil, la puerta de la desgracia.
-¡Ha figurado tanto,en n1testro amor!-me decía ella.
Yo callaba, lo apreciaba, .Y, sin emhargo, lo 11/!Ía enlazado a la fatalidad de la vida.
-Hasta hago viajes por él... Me Paseo en esos estanques de laca en

I' L U ~t A

una góndola negra con gualdrapas ribeteadas de bla'nco de las que en
Venecia sirven pa1·a los entierros.
Nunca por su revés habia visto nada, J' eso que aquel día en que mi
tsposa tzwo mie.lo vigilé a aquella nmjer que nos constaba que estaba
tnvene11ando poco a poco con arsénico a su marido, par,: ver si lo echaba
en la taza de mi esposa.
Por el revés pertenecía al dueño del cotarro humano, al que da los
sustos, al enemigo malo.
Solo un día, estando arreglándome en la alcoba con ese sigilo con
q11e a veces nos arreglamos en esas alcobas que dan a una habitación
de recibir. como si hubiese siempre vzsita, aunque 110 la haya, vi en la
casa de enfrente a una dama desconocida hasta que dir~([Í esa mirada
por el biombo, y bellísima.
En cuando salí de detrás del biombo para contemplada de cerca,
como el que se acoda sobre el balustre que separa los retratos del público en los museos, vi que se metía.
No la volví a ver en va1·ios días, lzrzsta que otro día, estando de•th#
del biombo, vz que se asomaba con szgzlo, mirando el biombo lejano,
contemplándose en la gran dalia de color que debía de enviarle reflejos
extraños.
Me di ~uenta que era 1ma visio"n de l,1s 1eJ1d1jas del biombo, algo
que m realidad quizás 110 existía, una realid,zd que sólo existía citando
nadie la contemplaba.
En vano que yo dú igiese esas miradas a los balcones cerrados con
las que se quiere llegar a conmover a los que nos hacen caso.
Sólo me servían aquellas miradas para litografiar en mi espíritu la
casa ae enfrente; tenia el tono que yo quería que tomasen las casas y
las maderas que la empe,si.maban. Tenía envidia a aquella casa y, sobre todo, te,,ia ansias de ver szt jardín. Era un jardín del que .solo se
veían las puntas de los árboles desde fuera, pues tmía una tapia muy
alta.
E1t el jardín de ltz vecindad, en un laboratorio de otra viaa, en la
casa deshabitada de más allá, es donde se fragua el atentado c01ttra
nuest,a vida.
Una temporada gocé a aquella mujer pura t incomprensible mirando por detrás del biombo, y por su escasa pero clarividente rendija y

200
201

�LA PLUMA

L A P 1, U .\1 .A¡

las pinzas, y el que viese el único dunte postizo que tenia en el vaso de
cristnl.
Desae que aquel día quedó desterrado definitivamente el biombo, mi
vida es más tranquila y puedo contar con el día de mañana con cierta
seguridad, sin aprensiones de beata o pusilánime que siempre repite:
«Si Dios quiere».

dttrnnte esa tempwrada, quizás porque era _¡10 el vigilante Je mi propia
habitacüín y quitaba su puesto al malo, no hubo traición m mi vida.
-¿Qué haces ahít-me pregu,,trí varias veces mi esposa .1orprendié1Zdrime en aquel acecho-, y aunque realmente nn podía lzacer nada
malo, ella se quedaba escamada, hasta que un día vino sigilosa y' descalza para so, prenderme en mi escondite, y viendo por detrás de mí a
la mujer bellísima, siempre desgreñada, como si se arnbase de levantar
d.e la siesta, r111pujó d biombo hacia a/ante _Y quedé a la -vista de la
vaina en aquella actitud de fisgón mimtras mi esposa nu rec, imi11aba.
Se metió conimdo y 110 se volvió a asomar nunca.

FIN
Y después de escrita la breve palabra ideal, Andrés Castilla se
echó el pelo hacia atrás y se quedó reclinado en ei respaldo de su
sillón como si estuviese en la peluquería.

XXI V

..

RAMÓN GóMEZ DE LA SE1'NA.
jNO PASKS!

(Concluirá).
"Hasta que un día, de vuelta del trabajo, que dejé antes y por lo
tanto un poco a deshora ¡ara que me esperase, al abrir el picaporte de
mi puerta oí que me gritaba mi esposa:
-;No pases... !
Confieso que me quedé parado en 1•ez de correr con valmtiu kaáa la
verdad, fufSe la que fuese, y como tenía entreabierta la puerta miré hacia el biombo, que ya había alcanzado el máximo de su sarcasmo, de su
cel,stinismo, de su maldad e11cubrido,a.
A través de sus rendijas vi sombras sospechosas e inquietas moviindose, y entonces me acordé del biombo que había en la entrada del estudio de Luua No11icio y al traspasar el cual y ver a su esposa con otro
la mató, y despuis a JU suettra.
Aquel ¡no pases! que había pasado no había podido contener una
decisión fatal, y yendo a mi mesilla de noche cogí mi browning.
Seguía viendo las sombras que cruzaban por las rendijas como poniéndolo todo en su sitio, y sin poderme contener dí u11 salto, y dando
un puntapie formidable al biombo lo lancé contra los m,írmoles de la
chimenea y se hizo añicos, pisándole para acabarle de destrozar al 1r
haca mi esposa, q,,e contra la inducción del maldite biombo estaba sola,
y si me había dicho que no pasase era porq!te nunca la gustaba que la
sor rmdiese haciendo sus limpiezas íntimas, sus abluciones, la la/Jor de
202

r

203

�LA PLUMA

PÁGINAS INACTUALES

LOS LISONJEROS Y EL PRÍNCIPE
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11 1

otra cosa muy importante tiene necesidad el príncipe de
la frudencia, que es para conocer el falso amigo y distinguirle del verdaderu, para saber quien es lisonjero y quien
es consejero fiel. Esta es cosa de tanto momento, que no sé
110 si hay otra de mayor en el príncipe para bien de su república. Para
entender bien lo que en esto importa, se ha de presuponer primero que el
homb, e, por la corrupción de la naturaleza, es muy amigo de .ií mismo,
Y tiene deutro de sí, metido en las entrañas, un amor propio que le ciega
Y le lisonjea, y le hace a·eer que merece m1tcho, y que por su casta, ingenio, letras, prudencia y talentos, debe ser antepuesto a los demás,y le
incita a estimarse a síy menospreciar a los otro.s.
E.ste amor propio es el que los griegos llamanfilautia, y dicen que es
ciego, porque riega a los ho111bres y hace que no se conozcan. Este amor
propio en los reyes y principes comúnmente es más poderoso, porque con
el regalo y mando,y verse servidos y adorados de todos, crece la co"upción de nuestra naturaleza, y así timen los príncipes más necesidad de la
divina gracia para conocerse y reprimirse e irse a la mano, que los otros
que no lo son.
Tambiln se ka de presuponer que unos hombres naturalmente son
ARA

204

más inclinados a unos vicios que a otros (conforme a su complexión, contiición y estado); unos son más inclinados a la ambición y apetito de
konras, otros a las blanduras y deleites sensuales, otros al interese, otros
a la ira y venganza, y cada uno tiene su particular alguacil y doméstico
enemigo, que le hace !aguerra.
Estas pasiones son más vzvas y má.s vehementes en los príncipes, por
la razón que dijimos de su grandeza y estado,y tanto más peligrosas que
en los demás, cuanto ellos son más libres y absolutos señores,y pueden lo
que quieren sin hallar resistencia en cuanto se les antoja; pues rtinancú,
en los prhuipes las pasiones que reinan m los otros hombres (porque
ellos también lo son),y siendo comúnmente más poderosas en ellos que
en los otros, por la razón que habemos dicho, si se acrecientan con las
lisonjas, y la llama que arde en elpecho delpríncipe toma mayores fuerzas con los soplos de los que la debrían apagar, ¿que .ie puede esperar,
sino que abrase al príncipe y consuma y vuelva en ceniza la república?
Guárdanse los príncipes con gran cuidado de los memigos de fuera, y
para ello tienen guardas de alabarderos y soldaaos, y no se guardan de
los amigos falsos y enemigos domisticos que tienen dentro de sus palacios, con tanto mayor pel~rro, cuanto son más blandos y más caser~s, y
halagando matan sin sentir.
Algunos que tienen entrada en los palacios reales, y son admitidos a
la familiaridad y privanza de su príncipe, como ven que para !()do lo que
pretenden de honra i interese, lo que mas les importa es ganarle la voluntad (que es la fuente de donde Ita de manar todo su falso bien, y hartarse, si hartarst! pudiese su loca mnbición y codicia), para conquistar esta
voluntad del príncipe, procuran que él entienda que no tiene criados ni
servidores que más le amen ni le sean más fieles; porque el amor naturalmente engendra amor, y no es hombre, sino tigre, el que no ama a
quien le ama. Para esto, cuando están presentes, están colgados de su
rostro y sus ojos moran en los ojos del príncipe. Cuando están ausentes,
205

�LA PLUMA
muestran que nuu, en de deseo ck 'l 'tr a su seiior; 110 pueden oir palabra
que no s,a alabanza suya; de día pien.&lt;an y de noche sueñan m él, y

,,

J
¡•··.1

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••,.

.

·:1

como unos cama/rones se visten de la color y afecto del príncipe, y como
espejo representan la imagen que ven tll él.
Si se ríe, ríen; si está triste, están tristes; si st enoja, salen de sí; si
enfermo, no hay quien les vea la cara,y lo que suele ser señal de un amor
encendido y vehemente, tienen celos y envidias entrt sí y aunque .fingm
quererse bim, cada uno pntmde desprivar al otro y tener más parte y
cabida ron .rn príncipe, y amarle sill competidor (como lo hacen los que
andan perdidos de amores); pero en lo qut más se desvelan es en juntarst
con aqutl amor propio y ciego que tenemos todos los hombres, como dijimos,y es más furioso y vehemente m los príncipes,y ir con ellos al amor
del agua y servir en todo a su buena o mala inclinac:ión; porque, asi
como el agua de los ríos toma el color de la tierra por dvnde pasa, y la
sombra sigue su cuerpo, y las líneas no se mueven por sí, sino por el
cuerpo cuyas líneas son, así ti lisonjero &lt;e mueve con el príncipe,y como
sombra sigue sus afetos y toma la color que ve en él.
Si ti príncipe gttsta de caza, ellos se hacen cazadores; si de música,
músicos; si de amores torpes y livianos, ellos se los alaban y procuran;
si es flojo y amigo de holt5arse, dictn que aquello es ser rey, y que se
descargue del trabajo con otros; .,i es cruel, que tl príncipe debe ser temido; si quita las haciendas a sus vasallos, que todo es suyo; si quiere
hacer alguna guerra injusta y peligrosa, que bim se ve que es hijo de sus
padres y digno de tales y tan gloriosos príncipes sus progenitores, y con
sus palabras y consejos mas blandos que el olio atraviesan como con
saetas los corazones de sus príncipes, como dice ti real profeta David. Y
siendo el ,·ey como tma fuente pública de todo ti reino, tstos lisonjeros la
inficio,;an de manera que no pueda manar della sino ponzoña y corrupción.
PEDRO DE füVADENEIRA.

CRÓNICAS LITERARIAS
ITALlA
K D'A!fNUNZIO A NOSOTROS.-U!'f NOMBIK y UNA FECHA: Pa.e:zZOLINI.-Pa-

san los años; los nombres jóvenes van poco a poco sustituyendo a
Jos viejos; pero en tantas tentativas, pruebas y sondeos, no se inicia todavía entre nosotros una nueva corriente de pensamiento .
Quizá no faltan esfuerzos individuales y subjetivos, de artistas probos y de grupos homogéneos; pero, después de la g~erra, en punto a filosofía,
estamos todavía en el idealismo de Croce y de Genttle; y en cuanto al arte, en
Verga. Nosotros digo, pua indicar los jóvenes, los últimos lleg~d?s, los que de
treinta a cuarenta años a la sazón, representan el desarrollo arhshco, filosófico,
moral. de esta generación. Porque, en cuanto a los demás, los que han permanecido fieles al estetismo dannunziano, al funambulismo marinettiano, o a la
filosofía positivi,ta, si no de años, son viejos de espír.itu, y, por lo tan~o, :uera
por completo de las corrientes directivas del pensamiento y del arte 1tahanos
de hoy. No es posible salir de estos términos por buena voluntad c;¡ue se tenga; al menos por ahora ... No obstante hayan sido mucb~~• y alguno conspicuo,
los propósitos de rejuvenecimiento o de franca renovac1on , estos esfuerzos artísticos O de pensamiento, no han colocado en primera línea a un gran filósofo
ni a un gran artista nuevo.

• • •
Estamos, pues, todavía en los tiempos en que nos dejQ La Voce de Prezzolini, ni más ni menos. Sólo ahora, a distancia de años y después de la guerra,
podemos comprender lo que el movimiento fJOCiano ha beneficiado a Italia Y al
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LA PLUMA

pE-nsamiento italiano. No se p·1ede decir otro tanto de la moral y de la política, si bien Prezzolini se ha esfonado en extender con todas las fuerzas del ingenio y del ánimo, contra la vida italiana en sus expresiones políticas y morales, la misma cruzada emprendida contra el mal arte y la mala filosofía. Pareció en el primer momento que sus esfuerzos-en los cuales le ayudó fraterna
L'Unitá de Salvemini-pareció, digo, que los efectos de su lucha se reflejaban,
aunque en menor grado que e ,1 el campo literario y cultural, en el aire malsano de ese mundo pútrido que eran-y son-el Parlamento y Roma; mas, ya
porque la guerra llegase demasiado pronto (ella apagó las últimas y limpidísimas chispas de la «Voce&gt; política) o por razones que sería largo dilucidar aquí,
y nada fácil el hacerlo, ni Roma, ni el Parlamento, ni en general la vida política de la nación se beneficiaron de aquel esfuerzo. Las campañas contra la guerra de Libia, contra el proteccionismo, contra Giolitti, contra los post-liados
nacionalistas en la poHtica, en pro de la moral sexual y de la escuela, en el
campo genérico de la vida moral italiana, si tuvieron resonancia en el momento, no así efectos duraderos; de suerte, que agotado el esfuerzo polémico, faltóle a Prezzolini, no digo la satisfacción de contar para algo en la vida de su
país-que ello no entraba y no entra en sus propósitos-. pero al menos el
ver planteados y resueltos algunos de los problemas que le habían ocupado durante años, con molestias e inconvenientes de todo género.

• • •
Quien pensaba años atrás, en la hora de la lucha, en Giuseppe Prezzolini,
imaginábase un hombre membrudo, de voz fuerte y tonante, una de esas figuras que parecen nacidas para dominar. Este hombre era la inquietud en persona. Había creado con Papini una revista, el Leonardo, batalladora, ávida de
polémicas, dispueata siempre a atacar y a discutir. Papini estaba todavía en
mantillas en punto a polémica; pero era Papini, que se iba desarrollando en
una Italia falta de años atrás de ingenios osados y entusiastas (Sbarbaro, que
tenía mucho menos talento, no era más que un recuerdo). Aquel Gian Falco,
tan preciso en el lenguaje y tan áspero en el ataque, gustóles luego a los jóvenes. Era un hombre que no tenía miedo, y a los jóvenes les gusta que no se
tenga miedo. Y además veíase deshacerse famas sólidas: grandes nombres
pomposos quedaban empequeñecidos, cabezas que parecían qué se yo cuán
ilustres reducíaase a términos harto más modestos. Gian Falco era Papini, y
estaba además Giuliano il Sofista (Prezzolini), más comedido, más señoril, pero

en sus intentos polémicos no menos severo y arrollador. ¿Qué era esta gente
que surgía de la 11ada y que decía sin ambages tantas verdades? ¿Quién era?
Giuliano il Sofista parecíame, no sé por qué, que había de ser un hombre
robusto: un coloso tonante en cuanto al cuerpo; y de ánimo, puesto que 1us
palabras se hincaban como punta de alfiler, malicioso; tal vez una mala
persona.

• • •
(Yo no era entonces más que un muchacho. Creo que cuando leí los primeros números del Leon~rdo-me los enseñó en mi pueblo un viejo pintor fracasado-no había salido aún del Instituto; era el tiempo en que muchos dioses
dominaban todavía nuestro cielo, y, al menos en provincias, se creía en Rovetta, en Barrili, en Stecchetti, en Pa1Jzacchi. De D'Annunzio se contaban fábulas maravillosas y encantadoras: un hombre que galopaba por la campaña romana y cantaba sus cantos apolíneos a musas de carne y hueso, señoras de la
alta aristocracia de Roma; que paseando en coche por la ciudad profería infamantes insultos para nuestros muertos de África; dulce efebo de garganta de
om, de cabellos de oro, feliz cuanto famoso, por amado de las más bellas mujeres, porque toda palabra suya tenía una resonancia musical, como la de los
antiguos dioses y semidioses.
¿Qué hacía el gran viejo Carducci? Su melena ya no se rebelaba; nuestro
poeta de las mejores jornadas estaba a la expectativa, y no sólo no protestaba,
sino que parecía escuchar tan contento las alabaazas que se prodicaban a Barrili, novelista de ínfima categoría, pero muy celebrado y leído, o a Rovetta,
dialectal y sentimentalón, o al Jacrimosísimo Daniele Cortis; mientras aceptaba flores de las mano&amp; pulidas de aquel efebo que cantaba tan gentil y feme11ino, sin estallar, sin coger el primer objeto arrojadizo y contundente que tuviera a mano. El ambiente era completamente retórico, falso, y la gente de
alrededor dulzona; todas las bocas vertían mieles; todo era bueno, bonito y cantante; un paraíso tal, ea suma, en el teatro, en sociedad y en la calle, que a
quien se hubiera armado tan sólo de palabras sinceras y rudas, le habrían linchado cuando menos...
¡Oh, Papini! ¡Oh, Prezzolini! ¡Cuán cerca estuvo de vosotros_ quien no_ten~a
la boca de miel y no sabía cantar en lindas palabras sonoras na una canc1onc1ll1 siquiera! ¡Cómo os escuchó y os leyó, cómo amó vuestr~ libro La cultu,:a
italiana, en el que hablábais al revés de los demás y por primera vez en Itaha
XIV

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�LA PLUMA

LA PLUMA
· 1a herei1
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c-n aquellas ¡&gt;áginas clara,; os vimos, Gian Falco •V Giuliano
osa'b a1s
,
·¡ Sofista vivaces ligeros, audaces, y os quisimos cerca, como no hab1amos
1
,
•
•
d'
querido nunca a ningún compañero o amigo; soñan_do encontraros un _ia, presentarnos ante vosotros, tímidos, claro está y humildes, pero convencidos de
ue vosotros nos habríais levantad&lt;&gt; de nuestra timidez y llam,idonos con un
;brazo. Porque voiotros, como nosotros, os sentíais también en ~e mundo harto ceremonioso y difícil; vosotros que érais, como nosotros, seuc11los.
.
Tú, Prezzolini, ¡no eras un hombrón de cuadrados hom~ros y cabeza leo~inal Cuando ví que eras casi de mi misma est~tura, me s;ntl confortado. Habian_
muerto. el . f✓eonardo,
pasado muehos an·o·" desde aquellos del Iast1tuto·' babia
.
¡
habían muerto Rovetta, Barrili y Panzacchi, y también tantas 1lus1ones de a

'"

primera juventud..
.
Rubio, con tus ojos claros que resplandecen de sinceridad, hablas al J?V~n
casi desconocido. La Voce está en la hora de mayor auge; t_ú ya no eres_ G1uhano ¡¡ Sofista el misterioso, sino Prezzolini, el h:&gt;mbre a quien_ toda ltaha conoce, con amor O con odio, el amigo fraternal de los jóvenes. G1an, Falco esti ya
lejos; aunque todavía contigo, marcha por el cam'.no de su ego1s11;0, en bu~c~
de su mundo que va, no ya enriqueciéndosele, hmchindosele: Tu, Prezzohm,
estás solo con nosotros. Nosotros hemos errado muchos cam10os; porque en
un momento dado, muerto el Leonardo y no muy viva todavía ~a Vo~e, hemos
buscado 00 sé si instintivamente o de propósito, otros apoyos literanos Y morales. P~ro tú esperas en cuantos has leído posibilidades poco vulgares, Y sabes que antes o después te seguiremos.)
•

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1

1

* * *

·Cuán difícil hoy e! reconstruir con elementos claros y didácticos el mundo
de ~yerl Pero si se dice que era «la época de las palabras_despilfarradas, tal
vez sea fácil-hacerse entender. Palabras escritas y pronunciadas a r:te un poeta
que nace; ante un hombre que obtiene una condecoración cualquiera; a~te _la
virgen que va al tálamo; sobre: el féretro de un grande hombre o de uno ms~gnilicantísimo. Época de las palabras: que los hombres lanzan ,en cualquier
evento y a cada minuto, y que escriben también a cada minuto y en todo ev~nto. El aire, con sólo que se abra la boca, sabe :1 retórica (es un sabo: que quita
el respiro) a i-stlidio mecánico. Nada procede del alma, de los sentidos. Se habla O ,e es~ribe, porque si no se ha~lase o se escribiese, esta gente que se extiende de los Alpes al Etna, casi no creería ser una nación; Y son tantas las pa210

labras, tantos lm; vivas, las músicas, los cantos, que el aturdimiento, el ato■ta­
mir.nto de la generación es '-Ompleto. Basta con abrir la boca para que la gente
aplauda, se agiten pañuelos al viento y viertan los ojos conmovidos IJ.grimas de
ll'do sabor. Es la época que aún no ba visto nacer al italiano verdadero; la época &lt;le la incubación en que todos sen monárquicos, incluso las moscas que
zu.11ban en la,; cocinas¡ la época anónima en que vienen al mundo el positivismo de Enrico Ferri, las teorías criminales de Lombroso, y nadie se percata de
Giovanni Verga.

*

*

*

Pero ;,oi::o a poco vino el despertar. No hablaremos aquí del socialismo, del
internacionalismo, de los primeros vagidos de los partidos subversivos q_ue nacían, sino sólo de la literatur1, la cual, aun siendo la última, como es lógico
-¿es lógico ea efecto?-, en sentir las bofetadas de la realidad, se di6 cuenta
un día de que el gran viejo Carducci, el único que hubiera ter.ido felices explosiones de ira y de rabia, dormía en su sillón y que el sueño ¡ay! amenazaba
ser largo, prolijo, definitivo. En rededor de su cadáver la academia velaba, para
que una vez apagado el viejo rebelde el aire volviese a calmarse como antes.
Pero en el ambiente notábanse las primeras señales del nuevo fervor¡ y si los
creadores no eran grandes, la crítica, con Croce a la cabeza, toreaba posiciones; y lo que Croce no podía reducir de su pensamiento a moneda corriente,
lo intentaron los jóvenes. La academia vigilaba; pero el clamor de las voces rebeldes, vago al principio, iba advirtiéndose cada vez más claramente. Todo el
profesorado italiano, hasta ayer a la cabeza, intentó defender posiciones y reductos; pero los asaltos se :mcedían por doquier, el iuego simultáneo atacaba
la fortaleza. Florencia, naturalmente, estaba en primera línea, y delante de todos, el Leonardo primero, ,/..,a Voce después .. ¡Cuántas famas que demoler,
cuántos académicos por vencer! Debía ser difícil la lucha si se piensa que los
asaltantes, aunque en gran número y audaces, surgían de posiciones descubiertas, jóvenes no ya sin cátedra, sino sin título incluso, con poca o ninguna fama;
y los asaltados, por el CQntrario, estaban muy altos en la consideración de la
nación, y alguno poderoso. Con todo, la lucha, a11nque nada breve, se resolvió
a favor de los jóvl'nes. Quedó D'Annunzio y quedó Pascoli, los cuales, en el
campo creativo y lírico, representabH cada cual una tendencia, pero todo el
cenáculo carducciaoo de mediocres desapareció, y asimismo los imitadores innumerables de aquellos dos poetas más representativos, incluído ;l bemllism•.
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�LA PLUMA
LA PLUMA
Aclarada la atmósfera después de la batalla, los jóvenes se regocijaron por no
haber hallado sólo muertos en el campo. Sino también a los desconocidos del
día antes que de aquella confusión de cabcias rotas y troncos deshechos, sur~
gían por primera vez a la luz; Verga el primero, y luego Paozini, y después
otros, los no leídos, los abandonados en la sombra, los no funámbulos, los no
·arribistas, li,s artistas modestos y hurr.aildes.

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Croce estaba ya; pero si no hubiese nacido La Voce, si no es Prczzolini,
Croce hubiera permanecido por mucho tiempo lejos de los jóvenes. Y diciendo
Croce decimos la atmósfera nueva, decimos el retorno a Verga (es decir, a un
arte claro específicamente italiano), decimos la caída de D'Aonunzio, decimos
un nuevo período literario que surge sobre los despojos del estetismo dannuziano y del postcarduccianismo harto profesoral 1 barto literario, en demasía
bajo por lo que hace a la crítica y en cuanto a creación. Quien intentó antaño
el parangón entre Croce y D'Annunzio no aventuró una paradoja. Con Croce
empezaba a germinar verdaderamente en Ita.lía una nueva juventud. A falta de
un gran creador y maestro {Verga no fué ni podía ser al mismo ti('mpo maestro y creador), (talia expresaba su deseo de verdad y claridad {sobre todo de
claridad) con este filósofo: e incluso a donde no encontraba lectores (transcurrió algún tiempo antes de que lo:. jóvenes se le acercaran) llegaba algo de él
(un reflejo, un eco) que despertaba atención y curiosidad hasta entonces no
experimentados. Prez.zolini representaba con su periódico el pensamiento de
Croce; y no en sus términc:,s más rígidos y científicos, sino emulsionado y destilado en el esfuerzo hacia la sinceridad y la cbridad. Naturalmente, los jóvenes que se iban dcstacand&amp; en torno a Prezzolini no eran todos filósofos ni todos crociaaos. Et más brusco había sido Papini. Grl'ln talento, acepta en el primer momento la fascinación de Croce; pero después esa aceptación le ocasiona intranquilidades1 arrepentimientos, rebeliones. De natural inquieto Yrebelde, llega el momento en que confía tanto en sí mismo que encuentra la fuerza
necesaria para sacudir el yugo y aun de reputarse capaz de un esfnerzo enteramente antagónico. Es el primer período de Papiní, del cansancio que precede
en él a rebuscas y excitaciones de varia naturaleza; las cuales culminarán un
día en la experiencia futurista. Pero los más son y siguen siendo durante mucho tiempo crocianos, Prezzolini el primero. 1A Vact es, sin decirlo, expresión
de Crocc, combate a D'Anounzio y el estctismo, se sacude el yugo de la acade~

~ia. se asoma a mundos hasta entonces desconocidos en Italia y los acerca con
diversas lentes (y por lo tanto con inevitables desproporciones y errores) al
joven lector italfano. Mientras Papini con sus extravagancias empieza a llegar
hasta el lector más ajeno y distraído, Prezzolini organiza cada vez mis estrecha
Y claramente su trabajo: primero con un libro sobre Croce, evidente en Ja exposición y en la crítica, copioso de grata lectura, armónico en grado sumo; y
más tarde con tentativas moralistas menos impetuosas que las de Papini, pero
no menos efi~aces sCJbre los lectores. Es la hora de auge de La Voce: porque
~as ~e sus directores, he aquí otros ingenios: Boia.e, admirable temperamento
mqu~eto, que re~uerda los tiempos del Slurm und Dra,s:galemin, entre poeta
~ filosofo_; ~o~ diversos sondeos en cada uno de estos campos y una imposibil~dad casi f1s1ca de esclarecer en la conquista del estilo el propio mundo esté~
t1co y mor~I, no obst~ntc su riqueza; Soffici, que va de la poesía a la pintura,
de la estética en senhdú genérico a la crítica propia y verdadera; Jahier, tem•
peramento montaraz, que empieza de ironista y un buen día se descubre
moralista y poeta; Slataper, un tanto rígido y encerrado en sí, pero de sentido
Y ánimo elevadísimos; y luego la poesía irónica de Palazzeschi que tritura los
mundos estéticos en que hasta entonces se ba mantenido en equilibrio el dann~nziai~ismo; y la crítica que encuentra en Serra al humanista, en Borgese el
dialéctico, en Cecchi el poeta ... ¿Donde está Crocc? Croce no escribe en La Voce
Croc_e ~stá en Nápoles con su revista reservada a pocos y su pequeño grup~
de _d1_sc1pulos. No está Croce, repetimos, pero está su aliento; en el que Prczzoltm, con inspiración de innovador, ha sabido imbuir el sentimiento lírico
que en Croce faltaba, es decir, el abandono, el eotusiumo, el calor; en una palabra, la juventud.

• * •
Se ha dicho que en substancia Prezzolini no ts más que un divulgador.
~ace Croce y él está con Croce; nace Gcntile y está con Gentile; nace el político en e! historiador Salvcmini y está con Sal ve mini; nace el modernista en
Rom?l~ Murri y está con l\forri; nace el patrocinador de los jóvenes, el editor,
e~ mishco Peguy Y sigue y copia a Peguy. No comparto yo, con todo, tales juicios Aparte lo ridículo de semejante posición, substanci~lmente equivocada,
p~rque un imitador, incluso de mediano ingenio, tiene siempre sus puntos de
vista, no me parece en modo alguno que estos amores y hábitos hayan ejercido sobre Prcnolini una influencia duradera. Prezzolini muestra. bien patentes

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213

�LA P L lJ \I A

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..1:¡,

en tu obra las scftalet de un tormt:nto interior que ha teuido sus orfecnes más
que en las !ecturu y en las amistades, en su adolescencia; la cual fué sí recogida y familiar, pero encaminada desde el primer momento a auto-investigaciones afanosas y ardientes. Siente y ama desde niño la poesía, pero la poesía de
las cosas se le muestra y rcsuen11. tal vez en su interior tormcntosamentc y aun
con cierto dejo de hastío; como si en el mundo humano y moral no hubiese
mú que injusticias, desequilibrios y desorden.
Esta sensibilidad particular que da a las cosas un aspecte insólito e inorgánico, revela o un poeta naciente, despectivo e irónico, o ua dialéctico y polemista. Y como no ha nacido poeta, apenas pone la pluma ce. el papel la po1ici60 que asume al punto es ofensiva, de ataque, de fastidio. Crítico, dialéctico, polemista, moralista ... , llamadlo como querais; pero quien lea sus primeras p'-ginas (de hace veiote afios) o sus 6ltimas de hoy, a menos que no teoga
ojos ni mente sanos, no puede engañarse: Prezzolini tiene una dirección y un
estilo. Dirección y estilo que tienen oscilaciones de toda suerte, retrocesos,
arrepentimientos, dcsequ.ilibrios, descontentos, pero que en todo caso son seftales de una personalidad de primer orden. Dura todavía en los más el engaño de la coherencia del carácter en el hombre: nacer enarbolando una bandera
y sin replegarla emprender la marcha hacia la C:.ltima morada. Engafio dialéctico de los más 1imples. que podía contar en tiempo de los guerreros y de la
política facciosa de la época de Farinata; pero que hace reir hoy que podemos
cuando nos place volver los ojos por doquier y sentirnos hermanos de poetas
del Eúfrates o de filósofos de Noruega. Personalidad de primer orden y no
sólo desde el punto de vista literario. Este hombre ha sido ciertamente un productor limitado; no ha dejado en sus libros, pocos en n6mero, señales de un
cerebro potente, pero su personalidad no es por eso menos enérgica y real.
Todos tenemos uo poco de Prezzolioi; es de los hombres que más cuentan hoy
y que mis contarán mañana, de los que más han podido influir con sus consejos cariñosos, con su desaprobación o con su desprecio; su ir.fluencia se advierte incluso en el ambiente de después de la guerra, en esta inquietud no satisfecha, en el odio profundo que los mejores de nosotros sienten contra la retórica, la falsedad, la política nefasta y el arte inólil; Prezzolini está con nosotros como si La Voc, viviese a6n resolviendo problemas o planteándolos simplemente como seis o siete ai\os ha. Hombre moderno se ha llamado cierta
ve~ y ninguna definición Je cuadra mejor ni le pinta tan a lo vivo. Hombre
moderno, que ycrra 1 que se vuelve atrás, que se balancea entre h. fe y la duda,

LA PLUM A
entre el amor y el desAmor, que intenta todas las experiencias y 1 una vez que
las ha aprovechado, las abandüna como despojos muertos; que se siente solicitado por toda nueva expresión de pensamiento y de arte, cada vez más jove n
aunque los año::! corran, y siempre e l primero cuando es menester hablar clA~
ramente y sin cálculo alguno. Su honestidad moral e intelectual es in:itacable 1
11s( como Sll sentimiento de hombre entre los hombres. Podrá también odiar
acaso este hombre rubio de ojos claros y voz: femenina; pero su odio es tan
franco y paladino que incluso sus enemigos se dan cuenta y estoy por decir
que se lo perdonan. Con su nombre y sus amistades podía haber ido al Parla•
mento tiempo ha; pero todavía no ha proouociado una sola palabra que aludiese. a semejante posibilidad o permitiese siquiera que sus amigos la pronunciasen.
Permanece en una sombra discreta de segundo término, y es entre los jóvenes de cuarenta años la figura más relevante y tal vez, si no por sus obras
por los efectos de su acción, la que más se recomienda al tiempo. Se afanan
todnía sus coetáneos, qui~n, procurándose una personalidad artística, quién
crítica o filosófica; pero sus libros pasan, ¡ay!, sin dejar rastro, en la mayor parte de los casos. La obra de Prezzolini, por el contrario, que incluso en los libros
es harto más modesta, corre bastante meuos peligro de perecer, porque está
polarizada en la sangt'e misma de los jóvenes que nacen y en el aire que respiran y respirarán (1).
MAaio

PucCINt.

•
(t) Obras de Prezzolioi: «Vita intima&gt; (1903). - cll linguaggio come cau~a
di errore».-«La cultura italiana&gt; (iu collab. con Papini).-cll sarta 1pirituale,.
«L'arte di persuadere&gt;.-cU 1 cattolicismo rosso&gt;.-«Cos'é il modernismo,.«Benedetto Croce&gt;.-«La teoría sindacalista&gt;.-cStudi e capricci sui mistici tedeschi&gt;.-cla Francia e i francesi&gt;.-«-Vccchio e nuovo nazionalismo, (in collab. con Papioi).-«Discorso su Giovanoi Papini&gt;. -«La Dalmaziu.-cTutta la
guerra&gt;.-«Paradossi educativi•.-«Caporetto,.-cViltono Vcneto•.-«UO!Dini
22 citta 3 Amici».-«Codice della vita italiana&gt;.
Vé:i. s,• el interesante «Servitorrc de Piana•, simpático libro de Adolfo
Franci, donde están diseñados con buen gusto y desenvoltura nuestro11 escritores más notables, entre ellos, y con felicísim a C3ricatura, Prez.zolini.
215

�LA PLUMA

LA PLUMA
ALEMANIA

[11

RANK WEDBKIND.-Marzo de 1918: Bruselas ocupada por los alemanes.

En vano un derrotista como yo ha resistido con todas sus fuerzas
a los hábitos de traición: han concluído por dominarme. Y todas
las mañan-as la llevo más al cabo leyéndome las diversas ediciones de la Frankfurler Zeitung; y así desde cuarenta y dos meses.
Los ccnsore5 de la patria me lo perdonen: nunca podré olvidar el alud de emociones que se apoderó de mí el 11 de marzo de 1918 al encontrarme con un
breve suelto en el periódico: Muerte de Wedekind.
Sé muy bien que Wedekind era casi un anciano en una época en que los
jóvcnés escaseaban más qut" las flon.•s en abril, y que ese mes de marzo
de 1918, al inaugurar una era de grandes ofensivas a!ems.nas, iba a snmir en la
aflicción a millares de familias. Pero también sé que ante la muerte de Wedt"~
ki'ld recibí la impresión del inevitabl&lt;'! desgajamiento de Europa, con más
fu e rza que ante los comunicados de los Estados Mayores, por terribles que fuesen. Porque, al 60, para Yosotros como para mí, para todos aquellos a quieues
la guerra no les destruyó su pasado, Europa consistía en unos cuantos hombres
y obras, en unos impulsos, y en la seguridad orgullosa con que se afirmaban
unos cuantos genios. En &lt;'!Se haz de individuos, Wedekind tu'fo siempre un
puesto, dond&lt;'! recordaba que la consigna intelectual más imperiosa es incapaz
de quebrantar la voluntad de emanciparse. En las horas más sombrías de la
guerra, cuando los individualistas más tenaces necesitaban de toda su reflexión
para no dejarse coger cu la trampa de las geu.~ralizaciones prematuras, Wedekind no dejó de ser uno de los raros apoyos de mi certidumbre.
Para muchos lectores, sobre todo franceses, el nombre de Wedekind no
evoca sino un escritor algo más grande, un poco más misterioso o un poco más
loco que los restantes. Para mí simboliza una de las grandes rebeldías de la
mente y del corazón y toda una época de heroísmo y de sacrificio. Su ejemplo,
la lección de su vida entera, la suerte de frenesí con que se erguía frente a su
tiempo, frente a las fuerzas coligadas del Equilibrio Naturalista, cuanto le concernía y formaba su atmósfera, avergonzaba a los indecisos y a los impotentes.
De tal manera, que ese hombre, cuyo único resorte fué la impopularidad y
cuya única paga fué el odio de dos generaciones, ha ejercido una influencia sin
igual en su tiempo, y todo el Expresionismo, en el teatro, pero también en la
216

.,.

novtela, y también, que es más importante, en la mentalidad cotidiaua (porque
el Expresionismo es un movimiento social), ha nacido de é l, o le debe cuando
meaos, su vitalidad.
Poseo el último retrato de Wedekind, el de los meses postreros, cercano a
la muerte, el de la faz dolorida y tranquila de quien ya ue abriga ilusión alguDd, pero que ha dejado de padecer. Sin resignación y sin encono: Wedekind se
había elevado sobre la una y el otro, hasta el plano en que el universo no es
más que un conjunto de espectáculos y de testimonios, en que hasta el azar
deja de ser temible. Mucho se ha dicho y repetido de Wedekind que odiaba a
los hombres, y alguna¡ de sus obras han servido para acercarle a Strindberg y
Ssologub, y clasificarlo entre los genios malditos e infernales. Cierto: puestos a
hacer comparaciooes literarias, esta era tan cómoda, que todo un batallón de
críticos no ha dejado de cebarse en ella. Pero la distancia que sep1ra a Wedekind de Strindberg es tan grande, que sóle un examen superficial puede conducir a equiparar sus genios. \Vedekind a nadie aborrece. Es implacable y
cruel a fuerza de la superior imparcialidad que le poseía, y porque 'iU curiosidad no se detenía en las lindes de la decencia com·encional ni en los problemas gratos a la escuela naturalista. Hay en su obra tipos de emocionante humanidad, delicados y tiernos, que en vano se buscarían en los di-amas del gran
autor de La danza de ,nuertt y de La Señorita Julia. Va confrontando los que suelen llamarse virtudes y vicios, e investiga en qué consiste la verdadera faz del
hombre, sin atenerse al patrón de las convenciones recibidas. \Ved t:kind está.
animado por el ideal de un Balzac en la Comedia Humana y como suele decirse, sus diez y nueve obras vienen a ser las piezas de un políptico inmenso.
Diez y nueve obras, y en realidad, uua sola. Rara vez ha incurrido en la debilidad de desquitarse de un agravio, o de sus apuros. Incluso cuando empieza
a ceder a ese impulso, torna rápidamente a la objetividad terrible, principal
característica de su teatro, y le ocurre a menudo que sale rehabilitado el Personaje a quien quiso A.acer odioso. Diré más: a menudo Wedckind se pone
en escena y ejercita contra sí mismo su sátira rigurosa. Se trata sin miramientos, se conoce mejor que nadie, y realiza e!:\e tipo de hombre, raro y valioso,
que acierta a escrutar su alma como si no fuese suya, y se apoya en ella para
observar a los demás.
Míresele por donde se quiera, Wedckind nunca transige; se afirma siempre
como una fatalidad, se substrae a la presión de sus contemporáneos. Ensu vida
cotidiana estaba fuera -de la ley común: durante los cincuenta y cuatro años
217

�LA PLU11A

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•

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que vívió (1864-1918) ejerció veint~ oficios distintos y permaneció constantemente al margen de la vida social; fué sucesivamente (cito de memoria, sin
preocuparme de la cronología) actor, administrador de circo, periodista, secretario del pintor mundano \Villy Grctot", redactor del Simplizissimus. jefe de pu·
blici::lad en h casa Maggi, vivió en Zurich, París, Londres, Marsella, Berna,
Leipzig, Munich, Viena, Hamburgo, Breslau y Berlín; se llamó Wedekind, Cornelius :Mine Haha Y. Heinrich Kammerer; conoció a todos los hombres célebres
de su generación, y todos se apartaron de él; conoció también la prisión política. Durante cuarenta años se ahitó del rudo gozo de luchar como salvaje con.
tra el mundo entero, y en el umbral de la vejez:, cuando el combate ya uo le
¡nteresaba, del gozo de no estar vencido. Es ~vidente que la burguesía alemana no lo aceptó, y por eso no se le hicieron honras fúnebres nacionales. ¡Ah!
Si hubiese sido Tbomas M.rnn o Gerhardt Hauptmann, la resonancia de su
muerte hubiese dominado un dla entero el cañón de Hindenburg.
Fuera de la ley común en su vida literaria: sin preparación alguna se hace
periodista y en ello emplea varios años metido en Suiza, hasta que le contratan
para alabar en modo lírico, las ventajas del caldo Maggi. A los veinti~éis años,
cuando empieza a escribir, y firma su primer drama, Frül,lings-E,-wadsen, ha
arrastrado ya su miseria por las cuatro puntas de Europa. Escribe sus mejores
obras rodeado de tribulaciones constantes, y al hacerse actor, en 1897, en el
Ibsen-Theater de Leipzig, consigue hacerlas representar apresuradamente.
aprovechando las excursiones por provincias. Logra imponer algunas obras,
si no a la admiración, por lo menos al estupor de sus contemporáneos: entre
ellas, Erdgeist, acaso su obra ma-i:slra. En la cárcel escribe una novela: Mine
Ha/Jn. Después, instalado en Municb, se limita a trabajar, a ir todos los años a
Berlín, donde le acoge Reinhardt, y representar en persona la serie de sus
dramas. Representacíones casi improvisadas; con pocos r.nsayos o ninguno; y
la mise rn scéne variable. Pero su genio suple por todo, y quienes· han visto a
Franck \Vedekind representar sus obras, Oa/z.a, por ejemplo. o el .A-Jarquis r,on
Keitk, y despu~s de muerto han asistido en los mejores teatros d(" Alemania a
)as representaciones c-..1idadísimas de c::sas mismas obras, dan testimonio unánime de la grandeza misteriosa de aquel hombre: no era actor, en el sr.ntido
corriente de la palabra, y sin embargo su estilo es inolvidable.
Fuera de la ky com6n en su posteridad: influyente como nadie en su tiempo, cuece de discípulos directos-felizmente-y quienes más le deben, temen
declarar sus simpatías por su arte y por su memoria. Creo que la muchedumbrt:
218

••

no se acercaría a él, por miedo de su genio, si algunos directores, como Falkenberg, Jessner, Weicbert y Hartung no acudiesen a su obra para alimentar el repertorio. Es un consuelo ver que los hombres de teatro, dedicados por afido
a descubrir las posibilidades dramáticas, reronocen unánimemente su genio y
están como embrujados por él.
Algo de vergüenza me da emplear ese vocablo:genio; y con tanta frecuencia.
Porque se presta a demasiadas confusiones e interpretaciones, y bien sabe Dios
que está raído basta la trama. Pero no dispongo de otro que exprese mejor lo
que pienso acerca del frenesí con que Wedekind µrofundizaba, llevándole a
destruir todo estorbo, y a reducir la tragedia del hombre al esquema de sus líneas esenciales. Hay dos modos de simplificar los espectáculos del universo:
detenerse en las líneas externas, ocultando con discreción la pobreza del artista;
horadar el aspecto exterior y dibujar con brutal concisión el contorno del alma.
El primero, si es excelente (cosa rara) puede llamarse sobriedad; el segundo, si
es lúcido. no puede amoldarse en una definición.
El teatro de \Vedekind rompe los moldeJ. de la psicología rutinaria. Ignora
la escala de valores y las mil y tantas maneras de levantar sobre el artificio de
una an~cdota la apariencia de la realidad. Ignora la hal&gt;ílidad teatral y de diálogo que constituye todo el bagage de muchos que presumen de dramaturgos:
algunas de sus obras, como 1odtmd leufeJ, van contra tod;1s las reglas y códigos, pero le guía el instinto, y cu:t0do cae el telón, reconócese que \Vedekind
tiene razón y que las tradiciones se equivocan. Si no fuese expuesto a confusiones diría que no tiene talento alguno, o sea, las cualidades brillantes y mundanas de las que un hombre hábil puede extraer gloria y una carrera esplendorosa. Es duro, agrio, inhábil; posee el don y casi el prurito de la impopularidad.
Carece de gusto, de ponderación, de elegancia, y si no es mucho decir, de economía. Como Miguel Ángel. como Tintoretto, Cervantes, Delacroix, Cézaone, y
como Nietzsche. Es superior a las clasificaciones.
Su teatro requiere la atmósfera y el acento de la tragedia, o l.t brutalidad de
las mario~tas. Nada común tiene con el naturalismo, y eso precisamente en
el punto en que Wedekind rae hasta el hueso la armazón de la sociedad moderna; es una lección, casi una conclusión. En el teatro contemporáneo entero
ac hallarán pocas pruebas más convincentes de que la deformación es la ley
creadora por excelencia. En esto residen la importancia y la significación hisricas de Wedek.ind: cuando el teatro alemán sufría un yugo tan pesado, que la
obra de un Hauptmann pareció a ciertos hombres de buena fe y de buena vo-

�LA PLUMA
LA

.'

PL U ~1 A

!untad una liberación, Wedekind aulló una denegación formidable. Es evidente
que su intransigencia logró menos atención que los atrevimienh.&gt;s mitigados y
diplomáticos del nombrado Hauptmann o de HOlz. Y el público, harto de esa
escuela, se volvió hacia lo extranjero y descubría a los grandes escandinavos ( 1890) y a lbsen. Pero esto no mengua el ~alar de la rebeldía en que secolocó \Vcdekind desde el comienzo: si pertenece a la clase de escritores cuyo
destino es que empiecen a conocerlos y comprenderlos sus nietos, las obras
que produjo dan testimonio por él. Lo que Reinhardt ha hecho por la escena,
Wedekind lo hizo por el teatro mismo; uoo y otro quebraron el cíngulo de convenciones que ahogaban al arte dramá~ico; para apreciar la calidad de su triunfo, piénsese en el esfuerzo sobrehumano que haría falta en nuestros días para
operar en la escena de occidente tal revolución.
Frank Wedekind libró su combate en toda la guerra de independencia intelectual que empezó hacia 1890 en los cenáculos, para lograr, diez años más tarde, al nacer literariamente la generación de Heinrich Mano, St"rias conquistas.
Pero al paso que los otros escritores de este primer grupo influían unos en
otros y arrojaban a la cabeza de la multitud tal lluvia de manifiestos, de teorías
y de artes poéticas que los oyentes más acérrimos no lo resistieron, Wedekind
afirmó su independencia, y guiado por su robusto instinto, se salvó de los- contagios y de las polémicas. Cuando los innovadores-me refiero a los que ostentaban ese título-no tenían más afán que el de dotar con ejemplos sus afirmaciones estéticas, y escribían novelas y dramas pensando demostrar la solidez de
su geometría literaria, Wedekind creaba para si y para el porvenir, dramas
exentos de las preocupaciones de actualidad.
No es mi propósito trazar una biografía académica. Generalmente, me aparto de catalogar la producción del autor de quien hablo, y dejo para los historiadores de la literatura la tarea de pegar en las obras de cada uno, como en tarros de farmacia, las etiquetas que correspondan. Pero voy a ser, por Wede•
kind, momenU.neamente infiel a esa regla general. Sin entrar en laberínticas
comparaciones y resúmenes, consignaré los datos suficientes para que los lectores de LA PLUMA animados de la curiosidad de conocer tales obras, no se extravíen o no vayan a abordarlas por el lado más escarpado ·y abrupto.
Debe abordarse la producción de Wedekind por el .F1·ül,lings Erwachm, que
es su primera obra, y la menos sintética de todas. Es un drama de la adolescencia, mejor que una crisis de la adolescencia; pero no hay en la Gbra ni rastro de inexperiencia técnica. De golpe, el autor se apoderó del asunto y de sus
220

...

medios, que ya no había de perfeccionar. Si hubiese tenido talento, en el sentido corriente del vocablo, habría mejorado su desempeño; pero no lo tenía, y
durante su vida toda, al expresar su pensamiento o sus inquietudes sentimentales, incurrirá en las mismas flaquezas. Siempre estuvieron en desacuerdo su
cerebro y sus manos: manos inobedientes, cerebro en demasía perspicaz.
La atmósfera de .Prühlings Erwachen permitirá al lector entrar llanamente
en Erdgeisl., una de las obras más grandes de Wedekind y en su continuación,
Die Büchse der Pand,ra; ambas violan la disciplina del teatro convencional. Por
estas dos obras se habló de satanismo. La fuerza, la satisfacción cruel del autor.
que confiere talla heroica a sus personajes esquemáticos, sublevaron a los críticos que tienen por axiomas la lógica y la mora 1. El personaje verdadero, iba
a decir el único, es Lulú, personificación de la mujer, que juguetea sin malignidad ni remordimiento con los sentimientos que la asedian. Esclava o dueño:
su elección es siempre instintiva 1 y ese perfume de inconsciencia flota de escena en escena, hasta la conclusión de la aventura. Es imposible resumir la
obra, ni la impresión que produce. Sobre todo, es imposible dar a entender
cómo dos obras de asunto tan trivial, al parecer, afirman con inesperada violencia su incomparable novedad.
Después de E,·dgeisi y Die Bückse ckr Pandora, puede abordarse todo Wedekind. A los que quieran limitarse, les aconsejaré que lean a continuación
OaJia, su comedia más fustigan te, escrita en 1908¡ en ella se pone en escena
\Vedekind, en el ambiente del periódico satírico Simplizissimtts, donde, como
he dicho, colaboró por bastante tiempo. A esta obra de clave la llamó l!:átira
de la sátira•; no puede llegarse a más en 13. objetividad y crueldad críticas.
Importa citar después Der Marquis von Ktiih, cuyos cinco actos están equilibrados con una prndencia y una ductilidad raras en Wedekind; desde el punto de vista de la forma es la mejor obra que ha escrito. Percíbese en esta autobiografía simbólica, una seguridad plena, y que el autor no se hace ilusiones,
ni en bien ni en mal, sobre su persona. Es un verdadero triunfo del análisis y
de la disección sincera y minuciosa del más íntimo y secreto mecanismo de su
corazón.
En fin, antes que remitirlos a las otras obras ¡:randes de Wedekind, So its
daJ Lthtn, Hidalla, y ese Sckloss Wetttrsttin, tan curioso por su forma (cada
uno de los tres actos puede constituir una obra aparte), acon'iejaré a los lectores eventuales de Wedekind los breves Eina!etern (comedias en un acto), donde quizá se ha expresado mejor que en obras de más aliento. Enumeraré las
221

�LA PLUMA

LA PLUMA
principales: Der Kam,,,e,·slinger, de una ironía exasperada, Tod und Teufel, que
concentra una tragedia en tres escenas, dentro de una casa de mal vivir, y .Die
Zenmr.
Wedekind escribió todavía otras obras; ninguna es insignificante, pero yo
no puedo detenerme más. Apuntaré tan sólo que también escribió poesías y
un cuento autobiográfico importante: .Mine-Ha/za.
P.1.uL CoUR.

..

TEATROS
sÁBAno.-Cuando se estrenó La noche del sábado se
llegó a decir que podría haberla firmado Shakespeare-adhesión
implícita, en todo caso, a la opinión que discute a Shakcspcare la
paternidad de su teatro.
En La noche dd sábado hay de todo como en botica. Si la receta pudo entonces parecer sorprendente, la originalidad que se le reconoció
descubre ahora a la luz del tiempo S'l grosera trama. El oro dannunziimo se ha
oxidado pronto, las perversiones literarias género J.orrain y Osear Wildc se
nos antojan cándidas, la novela y l:'I melodrama policíacos han venido a satisfacer el gusto de mucha gente sencilla que pretendía complicarse la asistencia
al teatro, mintiéndose paraísos artificiales en Ja·vacuidad de algunas comedias
extraordinarias. No es de extrañar que los perfumes de segunda mano a que
transciende el exotismo inocente de La noche del sábado huelan a rancio con los
años transcurridos desde su estreno.
Un acto de Gran Guiñol y otro pncuno,· del detectivism.o, desconocido entonces todavía del público español, en un ambiente de príncipes, rastacueros y patibularios de película-a letreros de película suenan las frabcs que se tuvieron
un día por dechado de inspiración poética-, constituyen el espectáculo de La
noc/re del sábado, reminiscencia del mundillo satírico de Abel Hcrmant, del lirismo exaltado de D'Annunzio, de un vago simbolismo nietzscheano, sin emoci6n dramática verdadera en el transcurso de sus cinco actos.
En la representación de ahora en el Español el espectáculo, por lo demás,
es deplorable. El pobrísimo lujo de la escena denota el error de antaño
al juzgar magnificencia literaria el oropel escenográfico. La inexperiencia
A MOCHB Dl!l

..

f

de 1~ _lindísima señorita Carbonell, el defecto del coujunto, ponen de relíe,..e la
frag1hdad del cuadro del cabaret, defendido, en el recuerdo de los que asistieron al estreno de la obra. por Josefina Blanco, que supo infundir a la Donnina
•
sin hablar apen&amp;s, la apariencia de un ente trágico.
~fargari~a Xirgu ha acertado en el cuarto acto a comunicar a su papel de Imperia un ahento de verdad humana. Habla, llora, mira sobre todo como una
mujer. No así en el resto de la representación, agobiada sin duda p~r el esfuerza de tanta declamación sin sentido.
No lo ticn~ tampoco el que imprime a sus pasos, desde los primeros en un
e~cenario de :,tadrid, la excelente actriz catalana. Esperábamos en ella a la pos'.ble renov~dora de un aspecto del teatro español. Su juego escénico revelaba
ciertas preciosas dotes de que se han mostrado siempre avaras nuestras actrices. Dotes esenciales de la condicióri femenina, cuya manifestación teatral no
debe ser tan fácil, cuando tanto las echamos de menos en las primeras intérp_retes de c~m_edias. Las actrices españolas acostumbran representar con excesivo coroed1m1ento los papeles harto convencionales que los autores escriben
par~ un público de sobra timo~ato. La salida de "largarita Xirgu en Madrid par~cia prom~tcrnos en ese sentido algo que, err6nea,meute dirigida, no ha querido cumplir.
Adolecen las heroínas del teatro español, aun en sus obras más grandes, de
cortedad de expresión-pese a la elocuencia con que exageran sus afectos-.
Suelen ser lo que se llama de ttna jieza, es decir, rígidas en demasí,1, suelen ost~ntar demasiado carácter, De ahí, en la decadencia del car.icter verdadero, la
tiesura, la ñoñez de las criaturas imaginadas por los a11torcs dramático, contemporáneos más aplaudidos, y el amaneramiento consiauiente de los actores.
¿~o era l~gico suponer que con una actriz capa.z de re~rcsentar mujeres, pod1an surgir los autores nuevos de comedias humanas, Entre tanto, Lady l\lacbeth y Hcdda Gab!er, la Cándida de Bernard Shaw y la LtJ.lú de Wedekind
~a Parisiense de Becque y la Judith de Hcbbel, hubieran sido buenos ejercí~
c1os para templar un temper.irnento como el de _:¡fargarita X:irgu. El atractivo
de su imje1f1cta lurmosura, subrayado por la intención sensual de su arte femen~no por excelencia, indícanla como intérprete de un teatro posible, ~ás
apasionado y sincero que el nuestro moderno.
Pero la Xirgu. temiendo el desdo del público afecto a determinados teatro:;, co_ntaminada por l3 rutina de los empresarios, lóin aliciente que la obligue
a trabaJar por algo más que por el negocio pecuniario de las excursiones a
223

222

�LA P L U~! A

.

,,

f'

.,
•

provincias-mal negocio en definitiva-, va adocenándose de error en error,
pese a cuanto le quierau mentir los aplausos a los recursos afectistas y la adulación, no por sincera menos dañ0sa, de los amigos incondicionales.
-LA N1i1J. DB G6Miu:-All1As.-!\o había representado la Xirgu ninguna obra
de nuestros clá.sicos. Eduardo Marquina ha querido brindarle la oportunidad
de incorporar a su repertorio la interpretación moderna de una heroína de
Calderón.
Los primeros carteles que anunciaron el acontecimiento declaraban paladinamente la colaboración de Marquina con el autor de La Niña dt Gdmez-A.ria.r.
Alguien se llamó a escándalo, se disculpó Marquina sobre la dirección artística del teatro, y al cabo se corrigió el anuncio con la fórmula de la refundición.
Creemos, sin embargo. que La Niña de Gómez-Arias, más que refundida, es
una tragedia nuetra inspi: ada en una escena-magnífica y subsistente por entero en el arreglo-de la de Calderón. Creemos, además, que a ello hay perfecto
derecho .
La Ni,la de Gómez-Arias es un drama de lo más deslabazado de cuanto Calderón escribió. La escena que Marq11ina ba respetado integramente vale por
todo el drama. Ha querido darle la evidencia dramática que en el original faltaba, ba deducido de ella el carácter de la heroína y ha planteado sus antecedentes en otros términos que Calderón. Un mal entendido respeto le ha forzado a ensamblar la acción dentro de las triquiñuelas y efectos de que el propio
Calderón se valía conforme a los malos usos de entonces. No ba justificado tanto
los sentimientos como el engranaje exterior de las escenas.
De otra parte, la Xirgu, falta &lt;le recursos vocales y plásticos para abordar
la tragedia, en vez de aventurarse a una interpretación distinta de la tradicional, sigue las normas de María Guerrero1 cuyas aptitudes naturales cuadran
tan bien al énfasis, al aparato exterior de nuestros clásicos. la Niña de Gómer..Arias del Español, es un ejemplo de lo poco que se puede esperar de nuestros
actores y empresarios más eminentes. La decoración, no ya en su realitaci6o
por los escenógrafos y sastres1 en el coocept::&gt; que la ha dirigido, es prueba
irrefutable del desconocimiento absoluto de las nociones más elementales del
arte teatraÍ, en que prosperan los directores de compañías.
La inauguración de la temporada no ofrece el menor asomo de compensación de las anteriores.
U lf CRÍTICO IHClPlDTK.

PÓLUX A CÁSTOR
Igual que aytr lure koy d sol pres/ando
el armo,iinso fuego e,1 que se enciende
COll tan v,1rio color la titrra cuando

al clarín dt {ns gallos kuye el duende
callado tú la noclze; la campana
igual que ayer su agudo canto extiende
a travls tú/ azul de la mañana,
y lzoy como ayer alegre se despierta
el mulldo bullicioso con la sana
claridad en el rostro de quien citrta
ve la esperanza en que cifró su vida.
Pero la mía Iza amo.n,cido muerta.
Y Iza IÚ ser vano qut al rtcuerdo pida
el consuelo qu.t sólo da el olvÚÚJ.
Ya sé que anta,zo la lloré perdida
y al ritgo de mi llanto Izan florecido
tkspuis, cien ilusionts y quimeras
que el titmpo deskojó. Ya si que hall sido
mis Inocentes lágrimas primeras,
cual las de tantos otros, excesivas.
Cuando se cuentan ¡ay! por primavtras

�,,
'

LA PLUMA
los aJZos presurosos, son más vi·vas
tus quejas, corazón, y tamb~n s~be
mejor la miel que de los labio, /zbas.
Ahora es tal mi II isteza que no cabe
fiar en que el dolor, exhausto, luego
de llorar largo llanto con qut lave
la ·negrura del ánimo, sosiego
conceda a mi inquietud y nueva fuerza
para aspirar al bien a que no llego .
No esperéi&gt; ahora no, que me retuerza
las manos ui con trágicos desplantes
pretenda yo que mi pesar ejerza

'11

-(

.1

•

la mismc1, gravedad en lús circunstantes,
que me miran tal vez con atención
curiosa, por si soy de esos ama~tes
románticos que dan el corazon
tn coplas y drvitrten a la gente

.'

para cobrarse en conmiseración.
Yo ya no lloro; seca está la fuente
que de mis ojos manantial de llanto
lzizo, en los años en que no se siente
si no st //vra. Ya no lloro. Canto.
y no quiero mentir que unen su acento
a mi voz y sz, duelo a mi quebranto
las fuerzas naturales; que si el vitnto
gime en la obscuridad y suspiros finge
le falta carne para el sentimiento; . .
y por ,nás que nos duele ver que infrmge

,.

,..

la ley drvina del dolor la dura
piedra, Natliraltza eterna esfinge
11

226

LA PLUMA
ni nuestro bien ni nuestro mal procura.
Indiferente corre al mar el río
v el mar debe a sus sales la amargura,
nunca al kunzano llanto; desvarío
de poeta es creer que ríe el día
si él se muestra contento, y si sombrío,
trueca la luz al punto su alegría,
y ti citlo, antes streno,ya se cubre
de nubes g, ises que la poesía
dice que lloran porque llueve. Octubre
dorada palidez pinta en las hojas,
mas no el dolor que nuestro ,ifán descubre.
Insensible a las líricas co11gojas
de los hombres, ni la Naturaleza
da su sangre por tilos m las rojas
auroras estivales, 11i flaqueza
que es propia de mortal ptcko comparte.
En el día nefasto que ahora empieza,
alivio inútil me será que tl arte
a tu lamento antiguo ejemplo preste,
corazó11, p1·ete11diendo decorarte
de inspiración ajena. A usada veste
por cuanto noble sea, se resiste
mi grave luto. Mío, mío es este
dolor de soledad, y nunca oíste,
¡oh, tú, desconocido que me escu.ckas!
perderse en el azul eco ta1t triste.
Las peHas de uu amante, con ser muchas,
no juntan entre todas el tormento
en que yo nze co11sunz1, ni fas luchas
227

�LA PLUMA
LA PLUMA

TARDE DE SOL

tk amor son nada en parangón tkl ltnto
martirio qW! trabaja por vtncerm,.
No vengo a repetir ti vitjo cumto
de otros enamorados. Vtngo inerme
sin retórica lira con qta el o,o
de unos cabellos, o un amor que duerme
suave sueño de olvido, ca1ttt, a coro

con anticuados vates. No es lo mismo
que el suyo mi dolor, 111 muerte intploro
con gesto usado tk roma11ticismo.
No. De estJJ muda soledad mt qu,jo,
dt este ciego estupor, tkl Y" to abismo
que al irtt tú se ha abitrto en mi alma, vitj•
amigo, compañtro dt la suave
ligera moctdad, bla11do constjo,

1

•

...

r·

risutño humor y pensmniento grmJt

en que post mi juvmtud alada.
Al borrarse la ,stela tk tu nave
st mt ltund&lt; tl mundo en la primera Nada,

I
Gl sol entibia las cuartillas
!earece que oa a 1alir
de la blancura un poema de oro
y de topacios vesperales
C,l sol escribe lentamente
desde el cristal su alegarla.
9Jlanca algazara &lt;Ú papeles
iluminados.
II

.t:a botella del agua
tiene un halo de luz.
C,l sol circunda
ul cristal de una caricia
reberberante.
9lraña de mil prismas
descompuestos en luces refractadas,
corona de crepúsculos
por donde suben globos cautivos
hacia el sombrero cándido.

111
G. G.t.SPAR.

Gl perro blanco
tiene humo en su nieue,
nieve derritiéndose
sobre el tapiz dorado.

IV
:Mis manos, diez luces,
bujías en llamas,
sobre las cuartillas
se han quedado olvidadas.

.

RoGELIO BUDIDÚ.

''

�LA PLUMA
para que reunidos en u'1 libro no constituyan un2 f:'.Xcepción, mas señalen la
continuidad de la obrí\ del literato .

• • •

r
LIBROS Y REVISTAS

.

, u
1." ~ !
.,
l"'

El'

Manuel Ugarte: Mi campaña hispanua1tlericana.. -Editorial Cervantes Barcelona.

'

Un li?ro oportunísimo. Ha coincidido su publicación con la visita a España
del presidente electo d: la República Argentina, preludio, sin duda, de la de
Alfon~o XIII a la Aménca española. De otra parte, ea la misma época del año
orga_nnaba la Junta de Ampliación de Estudios el acos\urnbfado curso de ex-t~aDJCros en la Residencia de Estudiantes, pretexto para el intercambio creciente de pr~feso~es y alumnos. españoles y norteamericanos especialmente~
Aumenta a OJOS vistas la demanda de profesores de español en las Universidades Y ~scuelas de los Estados Unidos. La realidad parece desmentir el temor
profético del.poeta: ~lTanlos millones de hombres, hablaremos ioglés?t
La co!e~c1ón _de d1~cursos 1 escogidos de 1910 a 1920, de Manuel Ugarte, plantea co_n hnca ev1?e~c1a ~l problema fundam&lt;."otal de la América española: la
neces1?ad de res1sh_r.. al imperialismo norteamericano. Ello 110 significa, entiéndase bten, preparac1on alguna belicosa. El Sr. Ugarte es pacifista y por asegura: la paz clama en pro de 1~ unión sud-americana contra la federación anglos_aJona del Norte. A la d?ctrma de Monroe, paladinamente declarada por la reah_dad no ya en el cAmé~1ca para los americanos•, sino en un amenazador cAmér_1ca para los norteamen~anos,, opone el Sr. Ugartc el ideal unionista de los
h~ert~dores de las coloo1as españolas, reivindica para España un justo lugar
h1stónco, y promueve en nombre de la América española el problema universal de la libertad.
. Quéjase más ~e u.na vez el S:, Ugarte de las persecuciones de que ha sido
obJ~to, de la torct~~ 1nt~rpretac1ón que se ha atribuído a su campaña. Es el calvario de todo esp1ntu liberal.
1!-fi campaña hispanoamerica":a no es un libro de cuestiones diplomáticas. No
babia menester el Sr. U~arte srncerarse como lo hace justificando su actuación
política por la necesaria participación que cumple al hombre cabal en toda
cosa humana. El tono encendido, el aliento poético de sus discursos, bastan

Lea pensee"4 choisies d' .\le:x:andre )\ercereau. -Préface de Carios Larronde.-Collection de Penseurs Conternporains.-París, [ugene Figuil!re.
2 vol.
La nueva Colección de Pem,adores Contemporáneos que inauguran los Pensamientos escogidos de AJexand,·e JJerct.reau revela ese exquisito gusto de los libros, peculiar del aficionado parisiense. No es Mercereau un escritor de gran
público. Ensayista principalmente, es decir, cultivador de ese género cuyas
fronteras se confunden con las de la poesía y las de la filosofía puras, no tiene. es cierto, el número de lectores que un novelista, no ya famoso 1 de su misma categoría. Pertenece al grupo de escritores que, consideradísimos entre
los mismos literatos, empiezan ahora a aumentar las tiradas de su producción .
Nacido a la literatura con el siglo, revela su obra, lírica, de imaginación, de moralista, la reacción constructiva contra el decadentismo anterior. La influencia
difusa, intelectualizada, de Tolstoi en algunos escritores franceses de los más
caracterizados, muéstrase patente en estos Pensamientos de Mercereau, escogidos de sus dos libros preferidos: Pa,·oles devant la vie y Ev~ngile de la Bonne Vie.
·
Poeta, crítico literario y de arte, cuentista de fibra, &amp;us mejores cualidades
se resumen en estas moralidades, con las que Mercereau, contmuando una de
las roás puras tradiciones francc.sas, profes.l en la religión literaria de que son
s11cerdotes universales un Emerson, un Marco Aurelio, un Epicteto.

•••

(

P. Iscar Peyra: La bolsa y la vida.-Novela.-Calleja.
La bolsa y la vida no es una novela de actualidad. Ni el autor se ha propuesto al escribirla ningún tema de los llamados palpitantes o de ocasión, ni J;i;
manerll como está escrita revela esa comezón de modernidad fugitiva, en que
fatigan su esfuerzo algunos principiantes, no por repetir los últimos ecos de la
moda eurapea más originales. Por otra parte, aunque Iscar Peyra no haya publicado después ninguna otra obra, tampoco es ésta una novedad de librería~ en
la misma colección de la Biblioteca Calleja son más recientes otros varios títulos españoles y extranjerós. Nos mueve a hablar de La bolsa y la vida, el haberla r1!leido nosotros ahora, en un remanso veraniego-circunstancia lo más
adecuada para tal novela-y la consideración del silencio con que fué recibida
al salir a luz; por más que esta confabulación del sureta p,rofesional a que pireceo vocados los pocos críticos (?) literarios de la Prensa cotidiana no es nueva,
,31

230

�LA P L lJ .\1 A

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ni p'arece preoc:uparle gran ,-osa a los escritores, que es a quienes debiera interesar principalmente.
Las cualidades d~ novelista con que r:n La bolsa y la vida ise nos mue.::tra Iscar Peyra le señalan como un continuador del género que ilustró emiaentemeote D. Benito Pérez Gald6s. Galdós ha tenido una consecuencia lógica en Pércz
de Ayala. Lo cual no quiere decir que sus novelas se parezcan, ni delaten im itació~ ni calro. Iscar Peyra tiene ciertas afinidades con Pérez de A,yala, y esta
filiac160 tampoco implica depe11dencia del uno al otro 1 ni completa influencia
de aquél en éste. Las afinidades entre Galdós y Ayala son interiores, responden tal vez a un posible encuentro en el infinito de dos tendencias paralelas.
Las semejan.zas entre Ayala e lsca.r Peira son exteriores. Los tres beben en la
fuen te del humorismo: el grande, de bruces, casi bañándose la cara en la linfa,
ayudándose de las manos, a 50rbetones, re::odeándose a sus anchas, el otro degustando, paladeando el agua, y, sobre todo, mirándose en ella, con ático aarcisis1;0-o intelectual; el autor de La bolsa 11 ta vida, con comedimiento y circunspección, en buena vasija, quizá de Talavera, suya por haberla adquirido, con
instinto seguro, en el saldo de estilos nacionales.
La bolsa y la vida, más que novela, trabarla con rigor 16gico, en la que el carácter de los personajes se vaya definiendo por la manera como actó.an en ·la
intriga imaginada por el novelista, es una galería de retratos srn destacar apenas del ambiente en que están e-nfocados: una ciudad parecidísima a Salamanca.
Y aquí del acierto de Iscar Peyra, le que denota su condición de novelista,
pese al defecto de in_teris propiame11te novelesco que en la nanación se advierte: que mientras el turista estetizante hubiérase dejado llevar de la propensión evocadora a que invitan las de.radas pi~dras salmantinas, abigarradamente decoradas por los estudiantes de un tiempo, el autor de La bolsa y la
vida ha pintado la vida misma, el contraste entre el magnífico escenario y la
mediocridad de sus habitantes, herederos, en sus menudas querellas, de lapasión escolástica, de la picaresca estudiantil de la ciudad universitaria, sobre la
que triunfa hoy el espíritu rural del charro.
Tiene, sin duda, Iscar Peyra demasiada preocupación por hacer estilo académico, o se deja llevar de la facilidad que le .impele por el camino de la prosa
clásica, que viene a ser lo mismo. Exceso, sin embargo, que no nos atrevemos
a reprocharle sino con ciertas reservas, ya que revela al menos manifiesta disparidad con el criterio, que empieza a prosperar, de dar a las palabras un valor puramente subjetivo, lo que destruye el idioma como tal medio de entender:se unos hombres con otros.

•••
André Gide: La Puerta Estrtda.-Novela. ,Tradudda por E. Díez-Canedo.Biblioteca Calleja.
La lectura de La Puerta Estrecha nos produce un disgusto inexplicable al
pronto. Disgusto que nos producen :,iempre las obriils de André Gide, y que
culmina en esta novela, capital entre todas las suyfls. André Gide es jefe, si no

de escuela, de una tendencia, de una política literaria.. E:, la cabeza mas visible
del grupo de escritores de la Nouvelle ,,:evue Pra'!fªist'. Si le falta fuerza para
represt::ntar por sí ~olo al espíritu (':ª'!~és caractenzado hasta la g~erra en Ao~1.ole France perm1tasenos esta div1s100 grosso modo-, la reacción que venia
operándose en el criterio literario de París, reflejo de la actitud de los france•
ses, muestra en André Gide, ya que no su expresióo cabal, uno de sus aspectos más considerables. Por represeotatíva eo grado sumo, La Puerta Estrecka,
aparte sus cualidades que extienden su acción e influencia más allá de ~os limites perent0rios de Ja novedad, llega oportunam~nt~ ~ los lectores. espanoles,
no obstante los años transcurridos desde su µubhcac100 por nz pnroera.
Aparentemente La Putrta Est,·echa es una novela sencilla: un sacrificio de
amor. Aglavaine et Sdisette de Mac.terlinck, .5acrificios de nuestro Benavente, ~e•
velan la misma preocupación stntimental: dos hermanas enamoradas del mismo hombre. Aridré Gide sitúa la novela en un dmbiente burgués, y protestante. Escrita en tooo autobiográfico, el lector atribuye luego a intención moralizadora del novelista la sujeccióu a los preceptos bíblicos a que se someten los
per~onajes de la novela. De lo que se sigue el m~lestar que P.roduce su le~t.ura.
El can/ inglés, la prudencia exterior, la bipocres1a no ya soc1al, personahs1ma,
con que los protagonistas castigan sus pasiones, malgashndo su esfuerzo en
inútiles desistimientos, ·nos hacen antipática la historia de La Pue,·ta Estr;c!ra.
¿Por el tn'unfo de la virtud que en ella se c~lebra? No; hay al~o e.n, esa edificación cristiana que huele a Podrido, que trasciende a desmorahzac1on dec~dentista a Jo Osear WiJde, a deformación triSi.e de la naturaleza en sus me1ores
sentimientos. Hay esa vaga cuanto malsana confu!:tió? de .ª?etit~s! patente ~n
los devocionarios católicos para uso y desahogo de h1sténcas, d1s1mulada baJO
la contención de palabra, la sequedad de estilo, la pretendida dignidad de
conciencia. Esa doblez intelectual es lo que nos produce un malestar muy parecido al asco de la pornografía.
.
Sería cosa de estudiar las encontradas inclinaciones de algunos escritores
contemporáneos, cuyo desacuerdo con la room.! social de sus connacionales lleva aparejada la adhesión a los usos de otra so~tedad, separada, no más que por
un canal de la Mancha, de aquella en que nacieron y se educaro?. T~l el anglofilismo-anglicanismo pudiéramos decir en el caso de .André G1d~-del grupo
literario de La JVouvelle J(evue ftrattfaise, cuya expansión en el V1eux•Colombier-capilla protestante del arte teatral-denot-a. la misma propensión a que
se entregan, en sentido contrario, un. Beroard Sh~w y, sobre. tod?, "? &lt;;besterton, en Inglaterra, contra la hipocresta social. contra la co□ c:1enc1a bzbtica de la
sociedad ingles~.
En España, si no todavía manife~taci?nes literarias ?e ese e~p~ritu protestante, se observa en algún círculo reducido, pero cuya mflue□c1a 1rrad1a cada
día mavor fuerza la mis-na tendencia moralizadora de las costumbres, en un
sentidÓ inglés. '
En ese público hallará seguramente lectores gustosos la excelente traducción que de La Puerta Estrec/Ja ha hecho Enrique Diez-Canedo.

• • •

233

�LA P L U~! A

LA PLUMA
Paul Verlaine: Cordura (Sagtsse)-Trad. en verso de E. Díez CanedoEditorial Mundo Latino.

,11

,,

e:.,

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I!

·

Traducir _es_ oficio sobremanera árduo. Las traducciones de Enrique DíezCaned? se _d1:-tmguen sobre las dem~ al uso, aparte su perfección, en queparec~n inspiradas por un gusto especial, que les quita precisamente lo que de
oficio suelen tener las más de las que los editores publican. Las versiones espa~~las de poetas extranjeros modernos cuentan entre lo mejor de la obra
ong1nal de Canedo. _Algunas de /)el ce,·cado ajeno y de la Antologfa de Poetas
f1·1111ceses que triidu¡o con Fernando Fortún, tienen en español la misma virtud
que ~us autores \a,; infnndieron.
La que de c'''J'agesse publica ahora /1.,fmzdo Latin", en la Colección de Obras
compl&lt;"'tas de Vcrlaine, contiene más de una muestra preciosa de la excelencia
que apuntamos:
•Cae sobre mi vida,
negro y grande. un sueño:
dormid, Esperanzas;
dormíos, Anhelos.•
o los célebres tercetos que empiezan:
«Dios mío, vuestr~ amor me ha lacerado
y está vibrando aún la roja llaga,
Dios mío, vuestro amor me ha lacerado.•

,;

"

Cordura. no es 1 sfo embargo, la mejor versión de Canedo. La misma corrección y co1:tinencia. del traductor resta no poco. de la. música, que antes que
todo quena Verlaine; pero a la que no es posible siempre adaptar en otro
idioma, letra y espíritu.
~Deben traducirse íntegramente los poetas como Verlaine-los poetas-?
Qu1zá_no. Seguro~ estarnos d_e que, a no haber recibido Canedo el encargo de
un ed_itor, no hubiera traducido por entero un poema que, sin su música uativa,
!·e~et1~0s, se nos hace harto abstracto. Mejor nos parece la versión libre, la
1m1tac1on. de que gustaban tanto los poetas antiguos respecto de los clásicos.
En todo casn, hagamos votos por que nuestros reparos a tod.:1 traducción
puedan serlo siempre a cuenta del exceso de fidelidad de corrección de dig'
'
nidad poética.

• • •

.

Artemio de Valle Arizpe.-JJo,ia Leonor de Cdceres y Actvedo y CosaJ Tenedu.-Madrll:I, MCMXII.
No suelen ser de nuestro gusto las llamadas reconstrucciones históricas
Casi siempre. juzgamos del mérito de un trabajo en estilo antiguo, por el qu~
?ºS cues~a leerlo. Preferimos el artificio que disimula la manera de contar. El
ideal sena que la forma, de taCJ eficaz, se borrase luego de nuestra memoria,
234

dejándonos tan impresos el bulto, los colores de los objetos descritos, la animada gradación de los sentimientos imaginados, que llegara a confundirse con
el recuerdo de la verdad.
Hay, con todo, evocaciones cuya verdad artística requiere precisamente ese
artificio, como tal, sin disimulo, y aun exagerado con ostentación barroca. Las
dos novela~ breves reunidas en el nuevo libro del Sr. Valle Arizpe pertenecen
a esta categoría. Ya sus obras anteriores mostraban su predilección por el género.
En los tiempos comerciales que atravesamos, la literatura de Valle Arizpe
parece, más que oficio artístico, simple juego. Recobra en cterto modo la obra
literaria su antiguo prestigio de ocio inútil. Ese desinterés, si le presta atractivo por una parte, puede ser perjudicial en definitiva para el arte mismo. La
independencia del artista en relación con el gusto de sus contemporáneos, no
ha dC ser absoluta. De otra suerte, lo que empieza siendo inclinación aristocrática, acaba en manía.
Doña Leono,· de Cáceres '\' .4cevedo 1 Cosas 7medes, son dos cuentos muy gustosos. El primero sobre todo ganaría, a nuestro entender 1 descargado del engolamiento en que su autor se coro place con exceso. No obstante lo curtido de
nuestro ánimo a las impresiones de brujas y trasgos, las historias de aparecidos con que nos regala el Sr. Valle Arizpe se leen con interés. que alimenta y
solicita la socarrona parsimonia con que están cOotadas por boca de Jos protagonistas, harto conceptuosos.

* * •
Pernán Silva Valdés: Aiua del tiempo.-Poemas nativos.-Otros poemas.Montevideo, Cooperativa Editorial cPegaso•, 1922.
La autoinvt&gt;stigacióo, la introspección tan de moda, tieoen ancho campo en
la lírica. La minuciosa renovación de la sensibilidad a que ha dado lugar el
desmenuzamiento de los cánones antiguos, promueven en los poetas verdaderamente jóvenes, nuevos brotes de inspiración sincera.
.
Agua del tiempo, de Silva Valdés, nos descubre un ~oeta atento a copiar
del natural no la naturaleza muerta, impasible, sino la naturaleza viva, de que
su espíritu forma parte consciente. Violenta ■ do con decisión normas retóricas
y ritmos fijos, anota más que canta el paisaje espiritual de su América:
¡Guitarra,
no te queda un amante,
debe hacer mucho tiempo
que no le ves a solas con un hombre:!
&gt;Alégrate, guitarra .
En tu boca se hastían los cantos viejos,
penJ ha llegado alguien a estar contigo.a solas
y a hacerte madre de un canto nuevo.,
235

�LA P L l' ~¡ A

LA PLUMA

La América de Silva Va\dés no rs solo la dt"l centauro indígena, la del
poncho

•...
que des¡lUéS de una noche

aliento que le da carácter. Hacia las cumóres,.tiene algo de esa hipertrofia de la
expresión lírica, propia de los poetas americanos ..- Cu~bre~ y c~ndores en
campo de azul -. Su autor revela desde luego esa srncendad Juvenil, de creer
que canta por primera vez la tristeza que existe desde que hay poesía ...
y mundo.

i\ la intemperie
amanece cubierto de rocío,
húmedo de alborada,
húmedo y estirado
como si e l viento se lo hubiera puesto.&gt;

.,

•••

la del mate dulce
corrido de los salones
y arrojado a la orilla de las ciudades
como los chíogolos por los gorriones.•
«..•

Es también la del tango canalla en el cabaret criollo, la de la yiradora vendedora de placer, la del poeta moderno en cuya lira bárbara bay un eco dormido de vidalita ancestral.

•••

Napoleón Pacheco: Personalidad literaria de Ventura García Calaerón.-Re-

P':rtorio Americano. Publicado por J. García Monge.-San José de Costa
R1ca.
Persiste el benemérito editor García Monge en la tarea de reunir en su Biblioteca cuantas manifestaciones con ·ribuyen a formar una conciencia literaria
P!opiamente americana. No quiere esto decir que su Repertorio pretenda sigmficarse por el colorismo local. Tiende, por el contrario, a divulgar en América
el espíritu cosmopolita de los mejores escritores del Nuevo Continente. En
este tomito del Sr. Pacheco se estudia con simpático entusiasmo la personalidad de Ventura García Calde rón.
Peruano de nacimiento, europeo en toda la extensión de la palabra por educación, residente en París, García Ca lderón goza ya en los centros i:1telectuales
de toda la América española y de la capital de Francia de la consideración que
su labor múltiple le ha conquistado. Hombre de letras por excelencia 1 su curiosidad apasionada le ha h.echo asomarse a las ventanas del pasado y a las de
la aurora. Poeta, novelista, critico, su actividad ábrele sin cesar nuevas perspect_ivas, en que su espíritu vaga protegido por las sombras propicias de Rubén
Dano y Rodó, vates de la España americana. La juventud de las repúblicas
transatlánticas tiénele por Mentor amigo.

• • •
Gastón Pi~ueira:-Hacia tas cumbres.-Poemas idcalistas.-Buenos Aires.
.1ño de MCMXXII.
Hay una poesía americana, cuyas imágenes sentimentales, de un romanticismo muy siglo xrx:, y muy de los veillte años sobre todo, toman del pals el
236

1

B. Male■ pin.c: MtlaóoiiqutS.-Lyon.-lmpressions des Deux•Collines.
El Sr. Malespine dirige ttna rev.ista literaria, Manomftr~1 que ~o~ parecer
una de tantas revistas de vanguardia corno surgen en Francia, se d1strngue por
el espíritu sutil de su director. La donosura, el divertido ingenio de que hace
gala en su revista se multiplican en Métaboliqi;~s, delicios? fantasía humorística, sio moraleja, un tanto abstrusa, pero agud1s1,ma en S\t hgereza .. El cuento de
hadas, la sátira la novela de aventuras, la alegona, componen, báb1lmeote apuntados, los cuat;o breves capítulos de este librito encantador, muestra finísima
de buena gracia y gusto excelente.

• • •
Leó11 M.artin Granizo.-Paisajes, Homb,·es y Costumbt·es de la provincia de
Ledn.-Madrid 1 Imp. de Juan Pueyo, 1922.
Estos apuntes interesantísimos constituyen el tema de una conferencia
dada en la Sociedad Geográfica por el señor Martín Granizo, viajero curioso y
leonés entusiasta.
El seTero paisaje de León, sus hombres austeros, sus costumbres en q":e se
revela la antigüedad augusta de los montañeses, de lo~ parameaes ascéttce~1
de los maragatos exóticos, sus cantos, los más bellos qu.Jzá del folk-lore mus1•
cal de la península, son evocados con trazos eficaces en el rápido diseño compuesto por el conferenciante, en quien se reúnen la probidad del investigador
y el ímpetu lírico del poeta.

• • •
José Ignacio B■cobar.-Escritos .-Repertorio Americano.-J. García Monge. Sao José de Costa Rica, 1922.
El doctor Diego Mendoza señala en el breve prólog? de la selección p~r él
ordenada las circunstancias que adornan a D. José Ignacio Escobar, colombiano
ilustre:
e Frisa hoy con los setenta años. Hijo de un maestro, hubiera sido sie~~re,
como lo fué en los primeros años de su dora,,Ja juventud, a haberlo perm1hdo
las circunstancias 1 maestro de varias generaciones ... ReJentaba .en l~ Univ~rsidad dos dtedras: la del idioma español y la de Geograf1a ... La ciencia de R1tter
y de Humboldt tuvo en él un afortunado propagador.•
237

�L.\ PL U 11 A
LA P L U ~I .-\
. El Sr. Mcndoza ha e11tr;sacado de 1a obra de D. José Ignacio Escobar tres
discursos y do, breves artículos acere~ de 1~ cultura int~lectual y la libertad
hu01an3:, en que ~esplandecc la noble 10teoc16n, la clara conciencia del mac-stro
colomb1ano. cscntor t'!xcelcnte de ideas generosas.

• * •
Rogel_lo Sote~a: Hecogimiento.-(Apuntes, Comentarios, Rcflc:xiones).-Repertono Amencano.-San José de Costa Rica,

1g22.

'de Todo está dicho desde hace miles de años; ciertamente. Pero no todo se hª
01

O.&gt;

. Podrás lo~ pensamientos, sentencias y sugestiones coleccionados en el libnto del r. Sotel~ no revelar una originalidad destacada. Todos ellos contribu~·':0 a la comumón ideal de los hombres de buena voluntad, con los conceptos liberal.es so_bre que se funda. la civilización del mundo moderno. eTener un
poco de silen~10 entre el bulli~io y huir del contagio de los vanos., e No servia la patria solam_ente munéndonos por ella, sino también haciéndola más
~ 11 .Y m~s culta., ePiensa que tu mayor deber es revelar a los demás su espí~1.tu inmortal, y que tu más bello día será aquel en que hayas desenvuelto un
I0~•1 son lemas de otras tantas acotaciones abstractas: e Hombre,, «Patria,
cAite,, cAlma,, en que el Sr. Sotela agrupa consideraciones de varia filosofía.

(

.

•

r?'

r

C. R.C.

* * *
UNIDOS.-De un artículo pubhca~o por Edna Wort~l.ay Underwood eo la revista bruselesa Le Disque Vtrl,
colegunos algunas noticias y apreciaciones relativas a los p.)etas y prosistas
modernos de
• aquella
· repúbl 1·c·a. L a vtta
· l"d
I ad que impera
·
actualmente en los
Estados Uuidc.s
· · ha:en cast· 1mpos1ble
·
·
• •
, y la extens·ó
1 n d e ¡ t errttono,
encerrar en
u~a rt"d cntica de orden general el movimiento literario del país. En el Oeste
siempr~ .ha pred_omioado cierto ·dealismo político. En el Sur sigue reinando
un espmtu de mdo 1encia mczc Iad o con romanticismo,
· ·
y palpables vestigios
del~ esplendor del espíritu latino, heredado de los colonos que vinieron de Espana ~ de Fr~ncia. En el Norte y eo el Este prepondera el conservadurismo,
el egoismo. Con excepción de algunas grandes ciudades, la tendencia es I pcr
;~necer adheridos a las ideas del pasado. Hasta ahora, ninguna novela ha po:
1 0 concentrar todos esos elementos heterogéneos, ni es probable que tal
cosa se logre en mucho tiempo.
• -LA NUEVA GENHACIÓN UTBRARU IN LOS Esn.DOS

+

•

238

,

Las antiguas y podefosa, casas editoriales de los Estados Unidos se obstinan en aferrarse a las fol•mas literarias .arcaicas. Sin embargo, no faltan, entre
los poetas ni entre los prosistas, hombres nuevos, si bien muchos de ellos son
de origen extranjero. o llevan en sus venas algo de sangre extranjera. Las casas editoriales que más los han explotado son casas judías, porque los judíos
suelen hallarst: en la vanguarJia de los que se asimilan y explotan las ideas
nuevas.
Los que más han contdbuído al auge de la poe~ía nucva en los Estados
Unidos son Amy Lowec y Alfred Krymborg. La primera pertenece-e:s una
excepción-a una familia antigua. aristocrática y puritana. Miss Lowec esrá a
la cabeza de. la nueva gt-neración. Ha publica-do ya v•rias colecciones de poesías modernas, y recientemente, en colaboración con florenc(; Ayscougb, sinólogo distinguido, un volumen de poemas traducidos del chino. Su colección
flir Flower ra/Jlets es uno de los libros más notables rlel año .
Alfred Krymborg, autor de J/uskroom.s, Lima Beans y otras obras para mal
rionetas, ha sido el primero en brindar una salida a las obras de los poetas modernos, fundando la revista extremista Otl,ers. Es también fundador de la revista Broom, editada en Italia, en inglés; Krymborg vive en Italia.
Carl Sandburg, de Chicago, es otra figura notable entre los poetas jóvenes.
Es extremista, como Krymborg. Su (iltima obra se titula Siaó, o/ the Sun/Ju,·nt
Wesl. Es un innovador audaz.
Entre los autores de la nueva escuela son de notar, además, Lola Ridge,
Marianne Moore, Pascal d'Angclo, John Gould Fletcher, Williams Carlos \Villiams, Benjamine de Casseres (descendiente de Spinoza), Ezra Pound, Vachel
Lindsay, que ha recorrido las úidas llanuras del suroeste predicando la religión de la belleza, Baxter Alden, que ha interpretado las artes pláoticas del

Oriente bajo el título de Jnk o/ India and Gold.
Marsden Hartley maneja la pluma y el pincel, pero ante todo es poeta; delicioso estilista, aunque a~arente desdeñar esa cualidad. Entre los jóvenes,
Miss Zona Gale se ha labrado una reputación con su novela Afiss Lulu Bets,
adaptada al teatro; acaba de publicar un nuevo libro de versos: 1ke Secret,
Way. Una poetisa de once años. Hilda Conkling1 ha escrito un librito delicioso·
S!wer o/ the ffind, muy alabado
De los prosistas nuevos conviene citar a Sherwood Anderson y Ben Hecbt.
Este último acaba de publicar una novela de la vid:t americana, escrita a lamanera de los folletines populares. Anderson se esfuerza en adaptar a las normas

�LA P L U ~I A

!1

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•

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dejadas por Dostoicwsky, su propia visión etc los tipos del Oeste Medio. Sus
mejores libros son: Po,r White, Tlz, Triumjh o/tite Egg, 0/tio, 1/Je 1rlumpl,.,
Edgar Lee Masters acaba de publicar con el título Children of tke Ma,·ket
Place un libro que es una autobiografía ficticia , la historia supuesta de nn colono americano; no es una novela solamente, pero la reseña brillante e imparcial de la historia de los E. E. U. U.
lndelibk, primera obra de Elliot H. Paul, es indiscutiblemente genial. Contiene la historia amorosa de la hija de un judío y de un individuo de cierta familia aristocrática de Nueva Inglaterra. Upton Sinclair, que años hace asombró
a los lectores con sus revelaciones acerca de las fábricas de conservas, ha pultlicado una nueva novela, They Cali ,,,e Carpenler. Es la historia de Jo que le
ocurriría a Jesucristo si volviese a la tierra para vivir en las grandes ciudades
de nuestros días.
Algunos autores jóveues explotan lo que ellos llaman iofluencia de los Indios aborígenes y de la raza negra en la literatura. Lou Sattet ha escrito versos
excelentes sobre temas indios. Este invierno tuvimos en New York un teatro
donde los autores y actores eran negros. EJ libro de T. S. Stribling, BirJl,riglt.t,
nos ayuda a comprender la situación del negro educado que vuelve a1 Sur, su
país natal, que no ha variado, llevando la educación liberal de las Universidades del Norte. Es indudable que la edad de oro de la raza negra alborea. Pronto
nos dará buenos escritores y pintores.
Los negros publican excelentes periódicos y algunas revbtas. Anunciáse,
pua el otoño próximo, la publicación de dos novela.,. Cuando el arte negro floreció, en el pasado, fué muy original, y de exquisita calidad. El cerebro de los
negros ha almacenad:, mucha alegría, sin la cual nadie puede crear, pues las
raíces más hondas del arte están en la alegría. La sangre negra ha tenido fuerte influencia en muchos poetas portugueses y españole9 de la América del Sur·
El negro posee un alma racial que a6n no se ha manifestado, y que guarda para
Jo porvenir muchas cos:is. Cualquiera que sea la forma del arte en la América
del Norte, en él tendrá mucha participación la raza negra.

.

A110 IIl.

1

MADRID, OCTUBRE 1922

1

NúJIL 29.

CARA DE PLATA ~

COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN
DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA SEGVNDA&lt;•l
ESCENA TERCERA

LA VERDE QUINTANA tk San Cl,mtntttkLantañón
escutto, que tkspitk a tr,;
VltJOS ceremoniosos sobre la sola11:a tk dorados sillares, ,·,gala JI monas/tea, Capas largas, varas JI monteras, los tres vitj'os se vuelven con un
mismo compás,JI kaun su genuflexión en la verde Q"intana,

'º". la rectoral al flanco, JI su aóad negro JI

EL ABAD

¡Dios os acompañe!
SEBASTIÁN DE XOGAS

¡Con saludiña se mantenga!
EL VIIJO DE CURIS

i Y el Rey del Cielo nos libre a todos de coléricos y soberbios!
(1)

XVI
240

Véase L• PLUM.A. de septiembre, 19u.

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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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            <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753230&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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      <name>Dublin Core</name>
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              <text>La Pluma, 1922, Año 3, Vol 5, No 28, Septiembre</text>
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              <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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              <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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              <text>01/09/1922</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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      <name>Los curas oprimidos</name>
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      <name>Los lisonjeros y el príncipe</name>
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