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                  <text>LA P L U ~I A

!1

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•

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dejadas por Dostoicwsky, su propia visión etc los tipos del Oeste Medio. Sus
mejores libros son: Po,r White, Tlz, Triumjh o/tite Egg, 0/tio, 1/Je 1rlumpl,.,
Edgar Lee Masters acaba de publicar con el título Children of tke Ma,·ket
Place un libro que es una autobiografía ficticia , la historia supuesta de nn colono americano; no es una novela solamente, pero la reseña brillante e imparcial de la historia de los E. E. U. U.
lndelibk, primera obra de Elliot H. Paul, es indiscutiblemente genial. Contiene la historia amorosa de la hija de un judío y de un individuo de cierta familia aristocrática de Nueva Inglaterra. Upton Sinclair, que años hace asombró
a los lectores con sus revelaciones acerca de las fábricas de conservas, ha pultlicado una nueva novela, They Cali ,,,e Carpenler. Es la historia de Jo que le
ocurriría a Jesucristo si volviese a la tierra para vivir en las grandes ciudades
de nuestros días.
Algunos autores jóveues explotan lo que ellos llaman iofluencia de los Indios aborígenes y de la raza negra en la literatura. Lou Sattet ha escrito versos
excelentes sobre temas indios. Este invierno tuvimos en New York un teatro
donde los autores y actores eran negros. EJ libro de T. S. Stribling, BirJl,riglt.t,
nos ayuda a comprender la situación del negro educado que vuelve a1 Sur, su
país natal, que no ha variado, llevando la educación liberal de las Universidades del Norte. Es indudable que la edad de oro de la raza negra alborea. Pronto
nos dará buenos escritores y pintores.
Los negros publican excelentes periódicos y algunas revbtas. Anunciáse,
pua el otoño próximo, la publicación de dos novela.,. Cuando el arte negro floreció, en el pasado, fué muy original, y de exquisita calidad. El cerebro de los
negros ha almacenad:, mucha alegría, sin la cual nadie puede crear, pues las
raíces más hondas del arte están en la alegría. La sangre negra ha tenido fuerte influencia en muchos poetas portugueses y españole9 de la América del Sur·
El negro posee un alma racial que a6n no se ha manifestado, y que guarda para
Jo porvenir muchas cos:is. Cualquiera que sea la forma del arte en la América
del Norte, en él tendrá mucha participación la raza negra.

.

A110 IIl.

1

MADRID, OCTUBRE 1922

1

NúJIL 29.

CARA DE PLATA ~

COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN
DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA SEGVNDA&lt;•l
ESCENA TERCERA

LA VERDE QUINTANA tk San Cl,mtntttkLantañón
escutto, que tkspitk a tr,;
VltJOS ceremoniosos sobre la sola11:a tk dorados sillares, ,·,gala JI monas/tea, Capas largas, varas JI monteras, los tres vitj'os se vuelven con un
mismo compás,JI kaun su genuflexión en la verde Q"intana,

'º". la rectoral al flanco, JI su aóad negro JI

EL ABAD

¡Dios os acompañe!
SEBASTIÁN DE XOGAS

¡Con saludiña se mantenga!
EL VIIJO DE CURIS

i Y el Rey del Cielo nos libre a todos de coléricos y soberbios!
(1)

XVI
240

Véase L• PLUM.A. de septiembre, 19u.

�,,1

LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

EL DIÁCONO DE LESON

Escribanos y alguaciles no quiero que por la puerta me vengan.

¡Faltan leyes!

SEBASTJÁN DE XOGAS

EL ABAD

La Curia es la peor ralea.

Y sobran malos jueces.

EL DIÁCONO DE LESON

l!L VIEJO DE CURES

¡Y con ser tan malos, a cuántos pícaros no mandan a la horca!
Dejemos el renegar de jueces y sentencias para aquel que no labra
un mal ferrado de pan.

.,

¡Va la Ley do quiere el Rey!
HBASTIÁN DE XOGAS

Y gobierna el de oros. En el día se llama rey la moneda.

EL ABAD

i,
•

.
,

1"

,,

...

Caso de ser llamados a declaraciones ...

¡Abade, con Dios le dejamos!

EJ. DIÁCONO DE LESON

Que no lo seremos ...

t''

EL VIEJO DE CURES

ll

SEBASTIÁN DE XOGAS

¡Celebrando no pase el caso a papeles!
EL ABAD

Si el caso llega ...

EL DIÁCONO DE LESON

¡Montenegros! ¡Bárbaros selváticos!
SEBASTIÁN DE XOGAS

Si llega ... ¡Ninguna cosa hemos presenciado!
EL DIÁCONO DE LESON

¡Pur mi parte, a lo menos nada he visto!

SE AL E Y A N con tsta platica dorada de latín, como las piedras dt la Quintana. Ya son idos, y graena ti sacristdn, que hace la
corneja, acecltando ti ocaso tn el arco dt las campanas.

EL VIEJO DE CURIS
BLAS DE MIGUiZ

¡Ni tampoco se pasó cosa que pudiéramos ver!

¡El tiempo no tiene duda!

EL DIÁCONO DE LESON

Esa es la máxima: Ninguna cosa sabemos, ni hemos visto cosa

.

ninguna .
EL \~EJO DE CURES

Con declarar la verdad, no hay pleito.
t· 1,.

EL ABAD

Aquellas nubes ...
BLAS DE MlGUEZ

Aquellas se van. Tiempo bueno y seguro.

•

�LA PLUMA

LA Pl~UMA
tL ARAD

Baja a ponerme sanguijuelas, Bias.
LA HERMA NA y la sobrina del dirigo mueven ti lt11so, Y en
banquillos parejos, sentadas frente a frente, oc1tpa11 el quicio de una
puerta y g ozan de la solana.

DOÑA JEROMITA

En el arca de las tías Pedrayes.
EL ABAD pasta dt un lado al otro, band!mulo latín sobre el
breviario, negro y escueto e,t la sotaua. Cruza l 1i sobrina con el manojo
dt cera terciado en los brazos, al abri~o de la mantilla.

DONA JEROMITA

•

¡Mah ganancia nos trae ese Lucifer!
'

EL ABAD

¿Adónde vas?

SABE-LITA

'

SABELITA

¡Alma de trueno!

A Freyres.
EL ABAD
~L ABAD

!i

¡Baja, Bias!

No te coja la noche.
BLAS DE MIGUEZ

¡De cabeza bajo! Sabelita, carabel hermoso, mañana ~uadra la
misa en San Martiño. Mientras queda un rabo de tarde, quieres llegarte, paloma, a poner paños en el altar y renovar la cera'

)

'

Date prisa.
EL ABAD

DO~A JEROMITA

¡Me arranco el alzacuello si no le pongo la ceniza en la frente a
esa casta soberbia!

BUS Di: MIGUEZ

DO~A JEROMITA

¿También la cera/
Se va con el aire.

•

DOÑA JEROMITA

No se acalore, hermano.
DO~A JEROMITA

EL ABAD

·
e der1·a1nas la vela y nunca ja¡Airc excomulga do, que s,empr
más la apagas!

¡Llevaba el libro de rezos para encomendar un alma, y podía haber llevado la Eucaristía!

SABELITA

¿Dónde guardan ahora la cera?

DO!IA JEROMITA

¡Qué espanto!

�LA PLU.IIIA

LA PLUMA
EL ABAD

¡Y qué sacrilegio!

DE CA R A a la iglesia, un jinet, viene galop,mdo: Resalta por
negro sobre el sol poniente. Doña Jeromita, illzándose del banqnillo, cvn
los brazos en aspa, cacarea uua escala de espantos.

DOÍ1A JEROMITA
DOilA JEROMITA

¡Montenegros! ¡Almas negras! ¡Pedernales!
¡El malvado!
B L A S DE M 1 G U E Z sale por la puerta de la sacristía sona11do un llavero.-Blas d, Miguez, !tombre de cuentos y 1nentiras, la
cara tk sebo rancio, la boca larga, la encía sin dientes, ,nuy repelado de
las cejas, los ojos lienzos, un gran bellaco aquel sacristá,i tk San Clemente.-Sobre la escalera de la solana, ti tonsurado le recoge las llaves.

EL ABAD

¡Busca que me pierda!
BLAS DE MIGUEZ

¡Tres noches llevo soñando con jureles asados!
DONA JEROMITA

BLAS DE MIGUEZ

¡Montenegros! ¡Lobos fieros!

Y la sobrina sin recogerse.
BLAS DE MIGUEZ

EL ABAD

¡Yo lo soy más!
BLAS DE füGUEZ

¡Mucho hay que serlo!
EL ABAD

Al cabo humillarán la cabeza, y si no la humillan, condenados al
Infierno.
BLAS DE MIGUEZ

Ya lo están.
EL ABAD

Lo estarían con dobles cadenas.
DOilA JEROMITA

¡Cadenas de llamas y de serpientes!

A prevenirle me alargo.
EL S A C R 1 STA N, arraposado y medroso, salta por el muro
al camino, lil cabeza vuelta para inquirir lo que s, pasa m la Quintana. Torcido el bo11ele, escueto y enso/anado, el clérigo s, mete por una
puerta, y asoma, apuntando con el trabuco, en ti ventano del Jay!'-do.
EL ABAD

Soberbio Absalón, sigue tu camino. ¡Mira que te encañono y le
mando al lnfiernol
CARA DE PLATA

¡Señor Abad, que vengo de paces!
EL ABAD

¡Réprobo! No hay paces con mala conciencia.
&gt;47

�LA PLUMA
LA

PLUMA
CARA DI PLATA
CARA DI PLATA

¡Que le traigo la bolsa con los treinta dineros!
,

¡Señor Abad, que le parta un rayo! Ahi va la bolsa. ¡Una! ¡Dos!
¡Tres!

EL ABAD

Alguna perversa intención encubres.
CARA DE PLATA

Hacer méritos para ¡;anar el Cielo. Señor Abad, baje el trabuco y
tenga las treinta portuguesas.

los estribos, ti humoso segundón revuelve
ti brazo y
la bolsa al ventano, dondt el cornudo bonete asoma.
Como un pdjaro negro, va la bolsa por el cielo nocturno, y tl tonsurado la recoge con hosco bramido, sacando los brazos dt sombra por el

l E V ANTA D O

,n

ª"º1ª

vt1'tanuco.

ltL ABAD

~L ABAD

¡No las quiero! ¡Guárdalas y con ellas te condenes!

!

CARA DE PLATA

¡Señor Abad, no maldiga y demos por muerto el pleito!
EL ABAD

¡Ese manso hablar no te sale del corazónl ¡De tus intenciones
reniego!

¡Vuelve, soberbio! ¡Recoge tu bolsa! ¡Si eres altivo yo lo soy más.
¿No vuelves? ¡Al camino la tirol ¡Al camino val ¡En el camino se
queda! ¡Vuelve a recogerla, bárbaro! ¡Diez mil reales! ¡As! te condenes, verdugo!
DORA JBROMITA

¡El mundo §e acaba!

CARA DE PLATA

¡Señor Abad, reciba su ganancia y convide con un jarro de vino!
DORA JEROMITA

¡Vete de nuestra puerta, Satanás! ¡Arrédrate, Enemigo l\lalo, que
te haces el humilde para robar la flor de una doncella! ¡Vete de
aquíl ¡Espántate! ¡No tientes la virtud, Satanás!

EL A B A D, palpitando con ronca brama, arroja la bolsa al camino, por donde, al galope de su caballo, se aleja Cara dt Plata. Doña
Yeromila cae de rodJllas abriendo los brazos, y el Mnete tspa11ta sus
cuatro cutrnos tn ti vtnta,,uco.

ESCENA CVARTA
CARA D!: PT~ATA

•

¡Un rayo me parta si no entro en la casa y me llevo en el caballo
la prenda que me niega!
EL A.BAO

¡Soberbio Tarquino, sigue vereda y no busques que te mate!
248

HUERTO DE L UC EROS la tarde, y mtre cuatro cipreses negros, las púdras romdnicas d, San Martiño de Freyres . Son remotas lumb1ts las cimas d, los montes, y las faldas si11fónicas violetas.
Pasa ti rt/1# del viento por los maizalts ya nocturnos, y st tstále trans-

•

�LA PLUMA
LA PLUMA

porta1tdo a la c/avt del morado los caminos qut aú1t son al crtpzisculo
almagrtsy cadmios. San Martiño de Fr9rts, por la virttui crtpuscttlar, acendra s1t karma de suplicaciones, milagros y cirios de muer~t.
Ma11os dt mujer tncimden la lámpara del prtsbittrw. Vutla asttstad,
una ltclwza. Sabelzta, m sombra, aparta bajo la lámpara, y m la
putrta, refrtnando ti caballo, Lara de Plata.

SAB!LlTA

Eres tú muy soberbio para ello.
CARA DE PLATA

Soy más enamorado.
SABELlTA

¡Tarde del amor acordaste! ¿Y mi tío, a tus paces ha respondido?
CARA UE PLATA

CARA DE iLATA

El trabuco sacó de la sotana como si fuese un Santo Cristo.

¡Isabel!
(,

SABELITA

SABELITA

•

r•

¡Lástima no haberte matado!

..

¡No me hables!

f.

Levanta los ojos para mí.

CARA DE PLATA

CARA D!: PLATA

~

¡Por qué quieres vestirte de luto?
SABELITA

SABELITA

No quiero mirarte.
CARA DE PLATA

¿Tanto me aborreces?

rr

¡Me vestiría de grana!
CARA DE PLATA

¡Embustera! ¡Isabel, bodas sellan paces!
SABEL!TA
SABEL!TA

¡Espanto me das!
CARA D!: PLATA

¡Las cruces te hago!
CARA DE PLATA

¿Sabes de dóade vengo?
SABEL!TA

.

De alguna obra mala .

¡Por el asilo de la iglesia no te prendo ahora por la cintura y te
llevo robada sobre mi caballo!
SABELITA

CARA DE PLATA

¡Pirata!

De brindarle las paces a tu tío.

251

,50

•

'"

�, LA PLUMA

LA PLUMA

SAll&amp;LIU.
CARA DS PLATA

¡Vete!
ruso

¡Isabel, adiós!
SABELITA

NIGRO

¡Me das para un vaso?
SABt:LlTA

¡Adiós, Carita de Plata!

¡Vete!
ENTRA Fuso Negro con ti bouete 1/wo de piedras por la p,urt,,
de la sacristía, y st extingue ti souoro galope con que st altja Ca, a de
Plata.

c.
•

fUSO NIGRO

¡Touporroutóu! Juntando para una casa. ¡No bastan siete mil bonetes! ¡No bastan! ¡Si bastasen! Tengo q&lt;1e hacerme la casa, y prontamente: Me viene una moza embarcada de América. ¡Touporroutóu'
¡La tengo preñada! Aún no la he visto y trabajo todas las noches
con ella. Pecamos a las escuras. ¡Hay que pecar! ¡El que no peca se
condena!
SABELITA

Respeta la Iglesia, Fuso Negro.
ruso NEGRO
Ya la respeto. Espera que tenga la casa levantada, y nos ajuntamos. ¡Touporroutóu! A la otra tengo preñada: Trae en el bandullo
treinta y siete varones y treinta y siete hembras. Esta noche voy en
el caballo del viento, trabajo contigo y a ella la degüello.
SAliELlTA

•

¡Fuso Negro, no me asustes! ¿Qué quieres aqui?
ruso
Mirarte.

~EGRO

ruso NEGRC
Si no me da.~ para un vaso, enséñane las piernas.
SABELITA

¡No me asustes, Fuso Negro!

ruso

NEGR(

¡Touporroutóul ¡Ay, canela! ¡Dame ¡ara un vaso!
SABELIT.I.

No tengo.
:ruso

NIGR•

¡Qué buena idea, de mala idea, solhr el vino toJo que hay e~ el
mundo, todo a correr en una fuente di cien mil tornos! ¡Qué idea
más buena! ¡Y que las vacas, en v~ debostas, vertiesen panes por
bajo del rabo! ¡Otra buena ideal ¡Pero d, mérito! Todo anda
El
mundo va descaminado. Yo sé el remedo, y otros lo saben: Ninguno
lo declara. Al primero que hable, cuatro tiros, mandamiento ~•l cabrón Gobierno. Satanás podía goberna· el mundo a sattsfacc16n de
unos y de otros. ¡Touporroutóu! Siend&lt;; como es, tan lagarto, podía
darse con todos la lengua.

'."ªl.

SAIIELIU.

¡Respeta la Iglesia! ¡Vete, que me asistas, Fuso Negro!

�LA PLUMA

LA PLUMA

ruso

nso

NIGI\O

Reinando Satanás, las mujeres andarían en cueros. De punta de
viernes a punta de viernes, beber y comer con fornicamento. Mal
gobernado el mundo, sería algo de mérito. ¡Cara bonita, amuéstrame
las piernas!
SABELITA

¡Vete!
FUSO NEGRO

No quiero.

NEGRO

¡Concho, que te como la lengua!
SABELITA

¡Socorro!
IMPRECADOR Y VIOLEN TO, por ti muro dtl atrio
salta, impensadamtntt, un negro jinttt, y ti loco st rtvutlvt bajo las
lttrraduras, grtii11do y tspantablt como los moros dtl .Stiior Sa,.tiago.
Dtspuls, convulsa y blanca, levantada 111. ti arzón, la niña desmaya la
frm/t sobrt ,I hombro dtl Caballero.

SABELITA
SABILITA

¡Vete, o doy voces!
ruso

NEGRO

¡Padrino, adónde me llevar

1Amuéstrame las piernas, puñela!

EL CABALLERO

¡Conmigo para siempre!

SABELITA.

¡No me asustes, Fuso Negro!

SABEL.lTA

FUSO NEGRO

¡Touporroutóu! ¡Qué blanca eresl ¡Dame una vicada, conchol
¡Madre Santísima, qué virgo tienes!
EN EL R ú MAN I C O pórtico, bajo los santos dt pitdra, ti
fálico triunfo, la risa m baladros, los a¡'os tn lumbrt, la grt1ia frtnlti•
ca. Sabtlita, con 14n grito, invoca al ltjano caminanll de los caminos

.

1

crtpuscularts.
SAHLITA

¡Socorro!

1Para siempre ... !
ESCENA

QVINTA

LA RECTOR A L . A la IUII dt 11n vtlón, ti eaguá11 mcaltdo
y dts{fuarnido, con arca~ mitañonas _y negra vi!(utria. Pt1sta el tonsurado. Trab11co, sotana, bonttt. Los r,jltjos dtl vtlón lltn,m dt alad,s
inquiet11du las paredts: En tl ttmblor dt la lue y la sombra st kact v1•
sihlt ti vi,11to sobre las lfvidas cales. Colgado dt un clavo baila ti solidto, y solfta sobrt ti arcón dt los ditemos la cola dt un gato tn lucienlt
actcho. La Q11intana, silenciosa y nochar,.it¡ja, st prolonga por ti vano
&gt;SS

�LA PLUMA

LA PLUMA

,ü la puerta, y "' ,t claro ,ü 1,.,.,., ""' los braeos abin-tos, st espanta
la vitja pilonga hermana ,ul Abad. Estrmitct ti vitnto la llama dtl vt·

Ión, y calca su n,gro bail, "' la partd la borla del solitko.

DO~A JEROMITA

¡Y sin pasar alma vil'iente!
EL ABAD

EL ABAD

¿Lo lamentas?
DO°SA JE~OMIT\

¿Vuelve ese Satanás/
DORA JIROMITA

¡Este sobresalto me acaba! ¡Tantísimo dinero\ ¡Hermano, considere que condena su alma\

KL ABAD

EL ABAD

¡El rabo!

¡Calla, serpiente\

¡Un rayo le parta!

DORA JERO&gt;IITA

DORA JEROMITA

¡Y la bolsa luciendo en el camino!

,~o le corresponde en justicia la bolsal ¿No se la dió el naipe?

EL ABAD

¡Así se vea pidiendo limosna ese altanero\

IL ABAD

¡El naipe marcado!

DORA JEROMITA

¡Hay otro que se pasa de altanero, y es usted, mi hermano! ¡A
mí me entierra\ ¡Se llevará la bolsa el primero que pase! ¡Le cleclaro
la luna malvada!

DO~A JEROMITA

Se llena de un escrúpulo y por soberbio cC&gt;ndena su alma. ¡Es orgullo, el lobo que le come!
EL ABAD

EL ABAD

Deja esos rezos y métete adentro, que quiero echar la llave.

Acaso ..

¡Luna sin ansias, ya podías esconderte en una nube negra! ¡Luna
cismática!

DOR., JEROMITA

,

DORA JEROMITA

Puesto rn disputa no quiere que ninguno le supere. ¡Hermano,
haga cuenta de sus canas, y no tire el dinero como un malvado
sus años!

EL ABAD
·' 1

¡Calla con esos reniegos de bruja\

fl::L ABA.U

Tengo de superarle. ¡Métete adentro y no hablemos más!
XVII

,

�LA PLUMA
LA PLUMA
LA VIEJA
DORA JEP.OMITA

¡La Madre Benta me valga, y no me pone de alcahueta!

¡Máteme! Pero me rebelo contra su dictado, y la bolsa recojo y la

EL ABAD

bolsa me guardo.

,Por qué buscas a la rapaza?

EL ABAD

LA VIEJA

¡De un trabucazo te doblo!

No la busco.

DO~A JEP.O"1TA

DO~A JEP.OMITA

¡Por un pique de orgullo sería asesino de su h~rmana! ¡Me hoPor ella llamabas.

rrorizo!

LA VIEJA

i:L ABAD

'•.
•
t

Llamaba para cerciorarme.

¡Entra y callal

DvRA JEROMITA

DOÑA JEROMIT,A

,De qué cerciorarte?

¡Esto me entierra!

LA VIEJA

EL ABAD

\

¡Y a mil Pero no me vence ese Satanás. Entra, que quiero echar
la llave.

D O lv A JE R OMITA rae de r,dillas con lo.&lt; bra,os abiertos
bajo la luna clara. El Abad, neg10 y tsc1utn, tstá en el umbral. BM,te,
trabuco, sotana. Una voz. La so111bra parda de u11a vitja por tira-

De si la e:a o no la era. En el camino tuve el encuentro, y aca. .
rrerada
d
· me vine ... Algún aguinaldo me dará · ·Tan
t
s1qmera
un puno
e harma para el caldo de la cena! Sabeliña, en los brazos de a uel
q
turqués, era una despeinada Madanela.

El SACRISTAN aparta tn la nitbla lunar dt la Quintana.

mmo.

BLAS DE MIGUEZ
LA VIEJA

¡Sabeliña! ¡Sabe!!
beliña?

I

\,

DO~A JERO).UTA

¿Dónde dejas a la niña?

DORA JEP.OJiITA

•

,Qué enredo traes/ No quiero cuentos a la ore~ Conozco tus malas artes.

¡El mundo se acaba!

Asómate un momento, paloma. ,No está Sa-

•\

'

BLAS DE MIGUI:Z

Arrebatada en su caballo se la lleva un negro Satanás .

�LA PLUMA
DO~A JEROMIT A

¡La niña disoluta teníalo tramado! ¡Me cegó la malvada!

•

EL ABAD

¡Qué hora negra!
BLAS DE MIGUEZ

EL PASADO

Desencadenóse el Infierno!
LA VIEJA

19 21

¡Buen quiebravirgos es el diablo!

e,

EL ABAU

.,.

•

La mala oveja esta noche vuelve a su corte. Arrastrada la traigo.

¡Acompáñame, Bias!
DORA JEROM!TA

¡Y mañana mismo sepulta en un convento, hermano!
BLAS DE ll!IGUEZ

¡Requies in pace!
LA VIEJA

¡Aún se pudiera encontrar alguno con quien casarla! ¿'fo habrá
para un aguinaldo, señor Abade?
EL ABAD

¡Así la lengua se te caiga!

..

EN L A N l E B L A L UN A R, por ti camino de plata, un
caminante. Tropi,za co11 la bolsa y escapa con tila. Doña Jeromita abrt
los brazos para alcanzar ti cielo, y co11 un grito traspasa ti nocturno
silmcio dt estrtllas. El Abad dispa,a su trabuco. Ladridos ltjanos.

.

FIN DE LA ]ORNADA SEGUNDA.
160

{;[ !Pasado, alharaquiento,
&lt;Jiene a mí. !Pero yo eludo
su plática, que es tormento.
Gstog triste. Gstog desnudo.
9l mi &lt;Jera, ondula el mar,
espejo de mi inquietud.
«Gl mar-pienso-es un azar
digno de la ju&lt;Jentud. •
!Pero este &lt;Jiejo-antropoide
de rostro enjuto g xiloideque es el !Pasado, se obstina.

('/in diminuto asteroide
fulge en su frente cetrina.)

-fNo trabajaste tus músculos
-me dice-: tu &lt;Joluntad.
Gn ti medran los corpúsculos
261

�LA PLUMA

LA PLUMA
de la. «nsibilidad.
'Ge conmueven los crepúsculos
y te acucia la. verdad.
.Son tus designios, minúsculos
segmentos de eternidad.
!Pero le faltan los músculos
tensos de la voluntad.
- 'Gú eres-le digo - un lamento
ecoico, sin existencia.
{;/ torpe remordimiento:
la escoria de la conciencia.
8res lo que ya no siento.
81 grito de una demencia
pasada.
'V hoJJ ya me asiento
sobre una roca de ciencia
que en mi formó el sedimento
de una continua experiencia.
81 !Pasado, a su espelunca
se parte. !Pero al partir,
me grita:
-'Ge engañas. ;Nunca
podrás, de nuevo, vivir.
C:uando una vida se trunca
nunca ya se vuelve a erguir.
C:amina. 8n su espalda adunca
se quiebra mi porvenir.

... .Silencio. 81 sol, que desciende,
lleva agon{a. 9!1 pasar
junto a su lumbre se prende
un C:irrus crepuscular.

.La vista, lenta, se extiende
en un perdido mirar.
!Detona un grito, que hiende
mi amargura y mi pesar.

:Bajo las rocas se tiende
el verde clamor del mar ...
JUAN JosÉ: DuMEN~HlNA.

�LA PL U\\ A
carios y Arqueólogos, en él que había ingresado despnés de cur;,ai en la
ya desaparecida Escuela Superior de Diplomática y de hacer oposiciones a la Sección de Museos. La Arqueología, la Historia de Arte, la

.-u-

mismática y la Epigrafía, formaban el fondo de conocimientos nccesa

rios para ingresar en la Sección de Muscos. Era natural que se roe destinara a una colección arqueológica; pues no, fui nombrado archivero
de Hacienda de Teruel, para catalogar documentos de Bienes de Propios, estanco de la sal, cédulas personales, etc., étc.

.

UN PERSONAJE DE NOVELA
PARA EL SR. J. B. TREND

Hice un viaje raro, Fui a Cuenca en ferrocarril, y en Cuenca tomé la

diligencia de Cañete. Subieron al coche onas cuantas mujeres, con su
impedimenta de cestos, colmados con piezas de percal, gallinas, bacaladas y huevos; un albañil valenciano, serio como un peregrino de la
Meca, y un muchachote alto, guapetón, de unos treinta años, con aire

mujer, americana del ;\orte, me ha traducido la obra de usted referente a España.
En el capítulo que dedica usted a los libros de mi hermano Pío Baroja, 1'11ly un párrafo en el que creo notar el deseo
de saber dónde mi hermano conoció al pintor Bohtwell Crawford, ~carácttr txtraño, intertsan!t, excéntrico, a quien no le gustaba [ng'laterra .. .&gt;J
que aparece en El Mayorazgo d, labraz.
Este personaje fué a medias inventado por el novelista, a medias tQJnbién tomado de la realidad.
•
•~Yo creo que asi suelen proceder la mayoría de los a~ores _de no~ •
las. Los datos reales dan al personaje una armazón sólida, que quizá la,
fuerza imaginativa del autor no pudiera crear, y sobre este maniqu~ vi..viente se yustaponen detalles fantásticos o vistos en otras personas.
En este caso, puedo decir que mi hermano no conoció a su modelo,
y los rasgos que dan vida a Bohtwell Crawford fueron proporcionados
\Por mí.
El pintor inglés que yo conocí se llamaba José Sttatford Gibson (no
estoy seguro de la ortografía). Le vi por primera vez en Albarracín, en
la última decena del siglo pasado. No puedo precisar qué año.
Yo, en aquella época, pertenecía al C.uerpo de Archiveros, Bibliote1

264

"

de jaque.
En cuanto el coche tomó carretera adelante, todas las mujtres comenzaron a charlar por los codos y querer enterarse de quiénes éramos
y adónde íbamos. A fuerza de preguntas, consiguieron saber que yo iba
a Teruel y que venía de Madrid, que el jaque bien plantado era maderero, que cortaba pinos en los Montes Universales y los echaba por los
arroyos, hasta el Tajo o el Júcar, y que el moruno albañil iba a arreglar
una casa en Cañete.

Una de las viajeras me preguntó si conocía a Francisco Sáochez. comerciante de la Cava Alta, y al responderla yo que no tenía el gusto de
conocer a Francisco Sánchez, noté que dudaba mucho de mi ventajosa

condición de vecino de Madrid .
El maderero tuvo que explicar el motivo de su viaje: iba a Salvacañete a ai;reglar un puente que sus almad ías de troncos estropearon en la
última primavera.
- ¿Entonces lleva usted el mismo camino que yo?-le dije.
-El mismo hasta Salvacañete; luego, usted tendrá que atravesar la
sierra para ir a Albarracín.
-¿Habrá algún guía en Sah acañete?
-Ya veremos.
•1 •

�LA PLUMA
LA PLUMA
El n¡aderero, en la primera parada de la diligencia se apeó y entró en
1a venta con el cochero. Al poco rato salia éste, enjugándose los labios
con el dorso de la mano, y subía al pescante. El cortador de pinos tardaba y comenzábamos a impacientarnos. Por fin apareció de espaldas a
la pu~rta de la venta, se despidió de una muchacha, apretándola la mano
Y diciendo: «¿A la vuelta, eh?» En dos zancadas llegó al estribo y subió
al coche.
En todas las paradas ocurría lo mismo: el cochero echaba un trago
y el mad~r~ro tenía una tierna entrevista con la moza del mesón.
Las viaieras fueron bajando, y quedamos el silencioso valenciano el
m~=roy~.
'
-¿Sabe usted que voy notando que es usted el gallito de estos andurriales?-dije al maderero.
-¿Por qué?-respondió.
-Porque en cada posada tiene usted su rato de parla con alguna
chica.
-¡Bah! Se hace lo que se puede.
-Esa última era guapa de verdad.
-¿A usted le parece ... ?
-¡Ya lo creo!
-No es maleja, .. ; pero donde hay una que quita el sentido es en la
posada de Salvacañete. ¡Vaya una mujer! Lo que tiene de malo es que
es sorda.
-¿Sorda de nacimiento?
-No; se quedó sorda ... ¡Si es uoa historia pero que la mar de rara!
Ella era muy ... ¿cómo diremos ... ?
No voy a referir la historia de la sorda que nos contó el maderero
porque_únicamcnte t':~dría cabida en un tratado de Psicología Sexual.
El s1lenc1oso ~baml, q_ue escuchaba el pornográfico relato, preguntó:
-¡Pero los med1cos d1¡eron que la frialdad de aquello fué lo que le
produjo la sordera.
-Así se decía.
Llegamos a Cañete, término de nuestro viaje en diligencia. El a\ba266

ñil se despidió de nosotros, y ya estábamos dispuestos el maderero y yo
a pasar la noche en aquel pueblo, cuando se terció el modo de llevar los

equipajes a Salvacañete en carreta de bueyes.
Cargamos nuestras maletas, y charla que charla, carretera adelante,
llegamos al pueblo entrada la noche.
Fuimos a la posada de la sorda, y nos dispusimos a cenar.
t,ramos seis o siete alrededor de la mesa. La sorda nos servía.
Buena moza, bien plantada y garrida, llevaba gran faldamenta de refajos a la manera aldeana y cubría su cabeza con un pañuelo azul muy
ceñido, anudado por debajo de la barbilla.
Los prójimos que cenaban la hicieron unos cuantos arrumacos, más
de mano que de palabra, a los cuales la moza no se mostró demasiado
esquiva; al contrario, sonreía picarona y se dormía en la suerte sobre el
hombro de los comensales al cambiar los platos o escanciar el vino. El
maderero torcía el gesto.
Ahora, que han pasado tantos años, puedo decir, sin pecar de vanidoso, que yo, el señorito madrileño, fui especialmente distinguido por
el dejar hacer de la sirvienta.
-Pues nada, señorito-saltó el maderero bruscamente-, esta misma noche me ocupo en buscar un guía que le lleve a usted a Albarracín,
que siempre se encontrará aquí algún trajinero que vaya para allá.
-Pues mire usted, compañero-respondí-, la verdad es que no
tengo maldita la prisa, y lo mismo me da marcharme mañana que pasado que dentro de quince días.
-¿Pues no me dijo usted que tenía que tomar posesión de ese destino dentro de la semana?
-¡Bah! El Archivo de Teruel y sus papelotes pueden esperar.
El maderero se sirvió un vaso de vino, lo apuró de un trago y se mar:hó, lanzando miradas iracundas a la sorda, que se puso inclinada sobre mí a recoger los cubiertos, con una lentitud muy de agradecer por
mi parte.
Se marcharon los compinches de la cena, y la madre de la sorda dispuso una cama para mí en la alcoba del comedor.

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�LA PLUMA
que mi mujer me ha dado una cría. ¡Maja ... , bien majical Venga a verla,
buen amigo.
-Enhorabuena. ¿Y está bien la madre .. .?
-Y la hija, mejor que nunca.
Pasamos a la alcoba; en un catre vi a la parturienta, que me miró
con ojos lánguidos, y al lado una bolita amoratada, la cabeza de la reciénnacida.
-¿Pero no ha venido nadie a asistir ... ?-pregunté.
-¡Nadie! ¡Ja!, ¡ja! ¡Que se equivocó en la cuenta ... ! Que dec/a que
era para la semana que viene ... y ¡zás... ! Esta mañana ¡pum ... l Como
con una escopeta ... ¡la chica ... ! Y que es bien maja ... Ahora sacaré
agua y unas copejas.
Disimuladamente puse un duro sobre una cómoda bajo la fotografía
del hombre del zorongo, vestido de solda~o, y salimos de la habitación.
Bebimos dos, tres copas de aguardiente a la salud de la reciénnacida,
y despidiéndome de aquel feliz padre marchamos a campo traviesa y nos
internamos en el monte.
A medio día llegamos a un pueblo llamado Toril.
Pedro de Ademuz se encargó de la comida. Comimos no recuerdo
qué, bebimos vinazo negro de un porrón.
El guía se puso taciturno cuando vió que se terminaba el líquido, y
me miró de soslayo.
-¿Qué, más vino?-pregunté.
-Bueno.
La posadera trajo otro porrón. Yo tomé un par de tragos, y el guía,
sentado en el banquillo, la nuca apoyada en la pared y el compás de las
garrillas bien abierto, alzó el porrón en el aire y Jo vació sin resollar.
Pagué y echamos a andar a pie. Pedro de Ademuz se puso a mi lado.
Sonreia, y el vino Je daba ganas de conversación.
-Mi amo-principió y le interrumpió el hipo-. Yo tengo que confesar ... eso ... , que ... confesar ... que nunca he ido ... a ... Albarracín ...
-¡Demoniol

LA PLUMA
-No ... , no ... señor... ; no he estado nunca en Albarrada ... Yo soy
del Rincón de Ademuz ... , sí..., por eso me llaman Pedro.
-¡Maldito seas ... !
-No se incomode usted ... , mi amo ... , yo siento ... , yo tengo remor ...
remordimiento ... , eso ... , por engañar a un señor que da tan bien de comer y de beber ... , yo seria un cochino ... , peor que un cochino ... , si no
Je dijera la verdad a quien me da de comer y de beber ... El señor Juan,
el de los pinos, ¡le parta un rayo!, tienela culpa ... Me dijo que usted necesitaba ir hoy mismo a Albarracín y que yo tenía que acompañarle ... a
Albarrada ... Si quiere usted ir a Ademuz ... yo sé el camino ... como el
pasillo de mi casa ... Diga usted ¡vamos a Ademuz! y voy con los ojos
cerrados ...
Yo sentía ganas de machacarle aquel cráneo, en forma de coco, que
cubría con el grasiento pañuelo negro.
-El señqr Juan, el de los pinos ... es un canalla.
-¡Y usted otro!-grité exasperado.
-Es que yo no tengo más remedio que estar a bien con el señor Juan
y obedecerle, porque cuando llega la corta ... da jornal. .. Es una cochinada ... , sí, señor ... , una guarrada ... , yo creo que lo ha hecho por ... la
sorda de la posada ... ¡Ji!, ¡ji!, ¡ji ... !
Y el condenado guía, no sé si llorando o riendo, se fué hacia la raíz
de un pino, se sentó, dió dos o tres cabezadas y cayó al suelo de bruces.
Me acerqué y le sacudí con violencia. Se le diría muerto si no fuera
por el borboteo que hervía en su gaznate.
Yo estaba furioso y le dí unos cuantos puntapiés para hacerle volver
en sí. Todo fué inútil.
Monté en la yegua, descargué en ella parte de mi cólera, y con el potrillo detrás seguí el camino a la buena de Dios.
El terreno era cada vez más montúoso; enormes picachos cerraban el
horizonte, iba anocheciendo, y en el fondo de la pinada sonaban los chillidos del mochuelo.
El camino subía recto por un barranco, y cuando llegué a la altura
era noche cerrada.

"

�LA PLUMA
LA PLUMA

El camino se hundía bruscamente en una torrentera pedregosa, y la
yegua tanteaba el terreno antes de afianzar las pezuñas. Penetré en un
desfiladero, la senda se allanó y desemboqué en una carretera a orillas
de un río.
Dejé que la yegua tomara la dirección que quisiera, y el animal, sin
vacilar tomó a la derecha, siguiendo aguas abajo.
El ~auce del río estaba formado por dos ingentes murallas de piedra
negra, en las que se abrían oquedades más negras.
.
Ya desconfiaba de llegar a poblado, cuando al doblar un recodo v,
una luz, alta, muy alta. Sacudí un par de ramalazos a la yegua, que no
dejó por eso su paso cansino. Desapareció la luz y me encontré en la
boca de un túnel. Era para volverse loco.
La yegua se negaba a penetrar en las tinieblas que teníamos delante:
a fuerza de tirones de ronzal se decidió. Yo no sé cuánta longitud tendría aquel túnel; lo que si sé decir es que a mí me pareció largo, largo
como una noche de insomnio.

Por fin salí del agujero. Luces, casas; en una, como anuncio de felicidad y de descanso, lá sublime palabra POSADA escrita con letras de a
vara. Me arrojé de la cabalgadura y, como siempre, mi pobre maleta
cayó dando tumbos. Fui a la puerta de la posada y la golpeé con todas
mis fuerzas.

Se abrió un ventanuco, y una voz cavernosa me indicó la convenien cia de marcharme con viento fresco. Protesté a grito pelado, pateé la
puerta, cogí un canto y pegué con golpes capaces de derribarla.
Me abrieron por fin.
Entré jurando como un carretero. El hombre del mesón me hacía
dúo con una retahíla de maldiciones.
-Bueno; ¿pero dónde demonios estoy?
El posadero interrumpió su letanía respondiendo:
-En la posada de Narro, en Albarrada.
Suspiré satisfecho, y toda mi cólera desapareció.
-Pues dele usted doble ración a la pobre yegua, y su amo, así re-

.,.

viente ...

-¿No es de usted la yegua?
-No; es de un majadero que he dejado medio muerto en el monte,
de puro borracho. ¡Así se lo coman los cuervos esta noche!
El posadero me miró extrañado, murmuró media docena de blasfemias, y se llevó la yegua a la cuadra.
Yo vi una puerta iluminada por la que salía delicioso olor de cocina,
y me metí por ella.

• • •
A la luz de un quinqué, vi a una mujer que cocinaba en el hogar terrero, a una muchacha y a dos chitos sentados junto al fuego, y debajo
de la luz, sentado a una mesita cubierta con un mantel, comía un

hombre.
El hombre dejó la cuchara de boj en el plato de vidriado, se levantó
, al verme entrar y me saludó inclinando la cabeza.
Era alto, de cabeza pequeña, cabellos grises, bigote y barba recortados. Su rostro, ligeramente asimétrico, recordaba la figura de Covarrubias, pintada por el Greco, en el «Entierro del Cónde de Orgaz~.
El hombre se adelantó hacia mí, se puso la mano izquierda sobre el
pecho, y alargándome la derecha, dijo:
-José Sttatford Gibson, pintor acuarelista inglés.
Yo estreché la mano que me tendía, dije mi nombre y añadí:
-Archivero de Hacienda de Teruel.
Vestía aquel personaje un viejo traje gris; pero su figura era tan noble, que el ternd, rozado por los codos, adquiría la prestancia del traje
de etiqueta. Calzaba alpargatas blancas y no llevaba calcetines.
Le rogué que no interrumpiera su cena, se sentó a la mesa y conti-

nuó comiendo potaje de judías encarnadas. De vez en cuando, con un
tenedor, sacaba de un cacharro de loza pedazos de pan húmedos a mi
parecer, y el caballero, al notar mi sorpresa, me explicó que no podía
masticar los duros mendrugos del pan que se cocía cada ocho días, y
que usaba de aquel medio para reblandecerlos.
La posadera me destinaba un par dé huevos fritos con torreznos.
XVIII

273

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�LA PLUMA
-Sí, hasta mañana-y el acuarelista se levantó y, descolgando su
sombrero de un clavo, se dirigió a la puerta.
-Le acompañaré a su casa, y así veré el pueblo a la luz de la luna
-dije saliendo con él a la carretera.·
El pintoriba preocupado pensando en mis futuros modelos.
-El canónigo :lfachancoses, el señor Paco ... , la señora Francisca.
¡Ah!, se me olvidaba lo mejor. ¡La señora Pía! ¡Oh, sí, la señora Pía!
¡Gran tipo con su cara pálida, noble, con su mantón alfombrado! ¡Ad·
mirablel Mejor que la posadera, mucho mejor ...
-No se preocupe tanto, mañana pensaremos en ello, don José.
-¡Ah!, mañana, mañana. Es necesario recordar ... Sí, sí, la señora

Pía. ¡Esa es una figura para honrar sus pinceles!
Llegamos a la herrería y me despedí del inglés. .
-Acuérdese, señor pintor; ante todo, el retrato de la señora Pía
-dtjo al estrechar mi mano, y penetró en la casa.
Extraño tipo, pensaba yo mientras volvía a la posada de Narro, por
la carretera que pasa a lo largo del río. Había salido la luna y su reflejo
se mezclaba en el remanso de la presa con el reflejo de las luces de Albarracín, edificado sobre un risco.
Estaba ya cerca de la posada, cuando sentí pisadas rápidas de alguien
que se acercaba a la carrera. Una voz jadeante gritaba:
-¡Eh, señor pintor ... ! ¡Retratista .. 1 ¡Señor archivero!
-¿Qué pasa?-grité.
-¿Que qué pasa? Nada, que la señora Pía, mi recomendada, la de
cara pálida y noble, la del mantón alfombrado ...
-Sí, bueno. ¿Y qué?
-¡Que se murió el año pasadol-y después de darme la noticia, el
inglés huyó dando grandes zancadas y se perdió en la oscuridad.

•••
Al día siguiente por la mañana me despertó la señora Francisca para
decirme que un hombre chiquito, mal encarado, quería presentarse delante de mí, de rodillas, a pedirme perdón.
276

-:lhre usted, ama--contesté-, co¡a usted del chaleco cuatro pesetas y deselas a ese sinverguenza de Pedro de .-\demuz, y d igale de mi
parte, que como se presente aquí le doy con el orinal en la cabeza. Que
se lleve su yegua, que tiene más sentido que él y es menos falsa que el
tunante de Juan, el de los Pinos.
Salió la posadera, y aJ cabo de poco rato volvió, diciendo que mi borrachín de guía se había marchado lloriqueando y sonándose los mocos
con la manga de la chaqueta.
_Recor;í el pueblo en compañia de Narro, que se había hecho gran
amigo mio: y a la hora de comer lle~ó don José Sttatford muy sofocado. Se dedicó a la pmtura durante toda la mañana.
Según me dijo, vivía en España hacía muchos años. Pasaba Jo más
crudo del inviernc/ en la corte, y al asomar la primavera se marchaba a
su querido Albarracín.
Aquellas casas con muros de ocre amarillo, puertas de añil y ,·entanas nbeteadas de cal, le parecían la quinta esencia de Jo pintoresco,
Los riscos cobrizos y los pinares centenarios eran motivos de sus acuarelas.
-Me he refugiado aquí-me dijo-, después de mis correrías por el
mundo, porque cada vez se está poniendo más feo. El industrialismo Jo
invade y lo corrompe todo. La tierra se llena de fábricas horribles de
estaciones de ferrocarril. Hasta el mar, sí, hasta el mar está surc~do

por s~cios va~ores tiznados de carbón. Yo he visto el Mar Egeo, desde
un m1st1~0 gncgo, en el cielo de la tarde he comprobado que los rojos y
los amanllos de Turner en su cuadro Polifemo son reales. He mirado
aquel esplendor de luces y colores, y cuando estaba más embriagado, ha
llegado un paquebote inglés, vomitando por su chimenea bocanadas pestífer~• de hum?··· Aquí mismo, en este rincón, el leñador derriba pinos
y mas pmos, sm que a nadie le importe el color dorado del tronco ni
copa azulada de forma clásica tan querida por el Pusino y por Claudto de Lorena. Las pobres casas derrengadas por el tiempo suelen restaurarse con ladrillo recocho y no las revocan con el manteo de arcilla
y paja. El Arrabal ha sido prostituido por una espantosa serrería mecá-

fa

'77

�LA P L U ~I A

LA PLUMA
nica, que alza su techumbre de teja plana, orgullosa de su fealdad, sobre
los tejados, a los que el sol y los líquenes patinaron ...
-Pero, don José-le interrumpí en su perorata-. ¡Qué le vamos a
hacer? Son cosas inevitables. Todo cambia y nosotros también. Yo, lo
declaro con vergüenza. encuentro belleza en una locomotora y en un
acorazado de cuatro chimeneas y treinta cañones.
-¡Puff!, iPUff!
-O en una fábrica colosal. ..
-¡Puff!,¡puffl
-El progreso-quise continuar pero el inglés no me dejó.
-Yo vengo a Albarracín hace veinte años. Creía que para cuando
llegara aquí eso que llama usted progreso yo habría desaparecido de
este mundo. Desgraciadamente, asoma el progreso y yo vivo. En España hay dos pueblos admirables: uno, Fuenterrabía; otro, Albarracín.
¡Soa dos hermosas mujeres españolas! Fuenterrabía, es la española que
se pone sombrero a la francesa. Albarracín, a pesar de las barbaridades
progresivas, conserva su carácter, como la española castiza conserva su
mantilla. Por eso estoy aquí. Además, este pueblo es culto, naturalmente culto. El otro día estaba pintando en la plaza y una ráfaga de viento
arrebató mi hoja de papel. Pues bien, un chiquillo se precipitó a recogerla, y quitándose la gorra me trajo mi acuarela. ¡Eh? ¿Qué le parece?
¿En Londres o en París hubiera ocurrido lo propio?
-¡Londres! ¡Londres!- -continuó el acuarelista, y su rostro expresó
el desprecio-. ¡Infecto montón de ladrillos negros! No comprendo cómo
se puede vivir allí .. ¡Aire corrompido!; ¡río sucio!; ¡alcantarilla navegable! ¡Puff!, ¡puff!, ¡puffl Y pensar que una millonada de seres humanos
se apelmaza también en París, a pocas leguas del bosque de Fontainebleau. ¡Eso!, ¡eso es magnífico! Allí sí se puede estar. Yo he recorrido el
bosque infinidad de veces, con el morral a la espalda Tiene, eso sí, un
1nconveniente para pintar a la acuarela: el agua, el agua de los países
llanos descompone el tono de los colores. Por eso yo siempre llevo una
botella con agua de manantiales que broten en roca silícea. Es la mejor.
-¿Y por qué no usa usted agua destilada?-le pregunté.

-¡Jamás! ¡Nunca! ¡Agua modificada por un alambique! 1'o, natural, natural-. Y el acuarelista me miró casi con desprecio.
-Me gustaría mucho conocer sus obras-le dije.
Al oirme, torció el gesto; aquella energía que usaba para abominar
del progreso, se tornó en timidez.
-¿Mis acuarelas ... ? Pues ... , bueno ... , las tengo en la herrería.
-¿Le molesta enseñar sus cuadros?
-No son cuadros, modestos ensayos de un aficionado ... ; después
iremos, ya que siente usted esa amable curiosidad.
Terminamos la comida con ensalada de tomates y pimientos, a modo
de postre, y salimos a la carretera.
El caballero inglés me confesó que no poseía más que una renta muy
corta, resto de su fortuna, y que como siempre había sido aficionado al
arte y no un profesional, no pudo ganarse la vida nintando. Prefería
conseí\·ar sus acuareJas a venderlas.
·
Toda su vida fué empleada en viajar, sin rumbo fijo ni idea preconcebida, y ahora se encontraba casi en la penuria. Se remendaba él mismo los zapatos, se zurcía y larnba la ropa, y todo lo que podía ahorrar
durante el año, lo empleaba en colores, pinceles y papel de la mejor
marca inglesa.
La habitación que ocupaba don José en la herrería, era muy reducida; una ventana daba sobre el río; a un lado, el catre de tijera, cubierto con una colcha roja de percal; debajo de la ventana, la mesita y la
silla; en el ángulo, el lavabo, con la palangana llena de agua jabonosa,
en la que se remojaban pañuelos de bolsillo y calcetines usados. Arrimados a las paredes, rimeros de cartones y algunas cajitas enfundadas
en tela gris.
-Es mi única riqueza-dijo señalando las cajas-; son de lo me¡or-. Y cogiendo una, desprendió la funda y me enseñó la charolada
caja, que se abría como un tríptico, para mostrar las pastillas de color,
limpias, brillantes, como piedras preciosas.
-Estos canutos de bambú, que traje hace muchos años del Japón,
contienen los pinceles. Suelo lavarlos tres veces, después del trabajo,
2 79

278

�LA PL U~¡ A

LA PLVMA
con agua de manantial de roca silícea. La botella está en ese rincón, y
entre los cartones guardo las hojas de papel, para que no se arruguen
con la humedad de la noche. Todas las precauciones son pocas para
pintar a la acuarela.
Experimenté una gran desilusión cuando me enseñó sus pinturas.
De factura premiosa, sobada, parecían miniaturas de paisaje, en las
que el electo total se perdía a fuerza de detalles inútiles.
-¿Ve usted este rincón del pinar?-dijo mostrando una acuarela-.
Pues no puedo ya continuarlo; los pinos han crecido y el paisaje ha
cambiado.
Le miré cara a cara al oírle. Y la verdad es que iba creyendo que se
burlaba de mí. Pero en el rostro del inglés no vi el menor asomo de
burla.
-Pero don José-le dije-, los pinos crecen con una lentitud
enorme.

-Es que yo pinto con más lentitud todavía-contestó con seriedad
enteramente británica.
Me enseñó diez o doce acuarelas, casi todas ellas sin terminar por
falta de tiempo, y eso que habían sido empezadas hacía más de ocho
años, y después de guardarlas cuidadosamente entre los cartones, me
preguntó si quería decirle mi opinión acerca de su manera de interpretar la Naturaleza.
Quise salir del difícil paso, diciendo vaguedades, haciendo equilibrios, que si el color, que si el detalle, etc., etc.
El caballero me escuchó atento, y después, tranquilamente, me dijo:
-En resumidas cuentas, que no le han gustado nada.
Me dejó pegado a la pared, sin saber qué contestar.
Nos despedimos; él se fué a pintar y yo a dar una vuelta con Narro.
Por la noche, después de cenar, el posadero y su mujer discutían la
conveniencia de que uno de sus hijos entrara de aprendiz en un taller de
carretería, o fuera con unos arrieros a Valencia. Don José, que estaba de
mal humor, terció en la conversación y dijo que todos los oficios son
malos, y el peor de todos, el de vivir.
280

-Las madres no lo comprenden-continuó, dirigiéndose a mí-.
Figúrese, ese chico, golpeando toda la vida con el mazo sobre el formón,
o por esos caminos, escuchando las atrocidades de los trajinantes. ¿Qué
porvenir? Cuánto mejor hubiera sido para el chico que, cuando nació,
lo hubiera cogido Narro por la piel del cogote y lo hubiera arrojado al
río, que pasa, ad kor, por debajo de estas ventanas.
No pude menos de soltar una carcajada.
-¿No le parece a usted lógico?-me preguntó el inglés, extrañado
por mi risa.
-¡Sí, don José ... , muy lógico!
-¡Está loco!-me dijo Narro, cuando don José marchó a su casa-.
Figúrese usted que cuando mi perra tiene ganas de juerga va y la trinca
con una cuerda del collar y se la lleva a todas partes consigo,. y si hay
algún perro valiente que se acerca, se lía a cantazos con él, hasta que les
hace correr rabo entre piernas. Está más loco que una espuerta de grillos, porque después de hacer eso va, y un día de invierno que helaba
más que Dios, se mete entre los al morrones de una acequia llena de agua,
a salvar a un gato sarnoso, que unos chicos habían echado para que se
ahogara.

•••
Durante los días que pasé en Albarradn vi las cosas más curiosas de
la Colegiata, de la Escuela Pía, y las viejas fortificaciones arruinadas. Me
disponía a marchar a Teruel, cuando el inglés me llamó aparte y me
dijo:
-Se va usted de aquí sin ver una de las maravillas del país.
-¿Qué es'-pregunté con verdadera curiosidad.
-La obra maestra de un gran pintor de animales, un gran artista caprichoso.
-¿Y dónde está esa mara villa?
-En el monte; si no tuviera que aprovechar las horas de sol le
acompañaría. Pero he de continuar una acuarela que empecé hace siete

•8•

��LA PLUMA

PÁGINAS JNACTUALES

RELIGIÓN DE HOMBRES HONRADOS
-

EDRO.-Estaba [un bisoño] tn v11a posada de vn lab.-ador rico

y ae onrra, y Itera razien pasado d'España, y como no entendía la le11gua, vio que a la mug,r llamavm, madona, y dixole
al huesped: Madono porta manjar, pensando que deáa 1111,y
bien; que es como quien di:rest mugero. El otro corríose,y entre il y dos
hijos suyos le pelaron como palomino, y lubo por bien mudar de allí adtlanlt la posada y avn la costumbre.
MATA-Si el rd los pagase"º quitarían a nadie lo suyo.
PEDRO.-Vi, los paga; pero es como cuando en el banquete falta el
vino, que siem.pre hai para los que se sientan en cabtztra de mesa,y los
otros se van a la fuente. Para los generales y capitanes muica falta;
son como los pues, que los mayores st comen a los menores. Coclusió1t
es averiguada que todos los capitanes s011 cnmo los sastres, qu.e na es en
su mano de:rar d,.¿ hurtar, en poniendolts la pieza de seda en las manos,
sino solo el día que se confiesan.
MATA.-Ese día cortaría yo siempre de bestir; pero ellos ¿cÓHW
hurtan?
PEDRO. -Yo os lo diré como quien lt,, pasado p ,,. ello: Cada capitán
time de te,ur tantos soldados, y para tantos se le da paga. Pongamos
por caso 300; él time dofientos, y para el día de la reseña busca fiento
184

de otras compañías o de los oficiales del pueblo, y dales el quinto como
al rei y toma/es lo dtmas, al alferez d1 q1te pueda hazer esto en tantas
plazas y al sargento en tantas; lo de mas para no bis.
JUAN.-Y los genuales ¿no lo remedian eso?
PEDRO.-¿Cilmo lo !tan de remediar, que son ellos sus maestros, de
los q1tales deprendieron/; antts estos dismmlan,por que 110 los descubran,
q1te ellos lo httrtan por grueso, dizim,/o q1tt ,rl ni es licito vrtarl, porque no le da lo que ka 111enester.
MATA,-/ Y el rri no pone remedzo/
PEoRo.-No lo sabe, ¡q1&lt;é ka de hacer!
]UAN.-¿Pues stmejante cosa ignora?
Prn'Ro.-Sí, porque todos los que !tablan con el rei o sori genera/es
o capitanes, o oficiales a quien toca, que no se para hablar con pobres
soldad"s; que si eso fuese, ll lo sab, ia y sabiendo/o lo atajada; pero
¿que, eis que vaya el capita1t a dezir: Señor, yo vrto de tres partes la
vna de mis sollados; castígame por ello/
JUAN.-Y el Consejo del rei ¿no lo sabe/
PEDRO.-No lo debe de saber, pues 110 lo remedia; mas yo reniego
del capitan que no Ita sido primero muchos a,zos soldad».
MATA.-Esos soldados .fieros que defiais dntantes en el escuadran
al arremeter ¿qué tales son?
PEDRO.-Los postreros al acometer y p, imeros al retirar.

JuAN.-B1una va La guerra si todos son ansf.
PEoRo.-Nttnca Dios tal quisiera, ni avn de treinta p11rtts vna.
antes toda la religión, crianfa y bondad, está entre los bueiros soldados,'
de los qua/es kai in.finitos que son vnos (:esares y andan con su bestido
llano y son todos gente noble y illustre; con su pica al hombro, se andan
sirviendo al rei como esclavos invierno y verano, dt noche y de día,_y de
mue/tos se le olvida al rei, y de otros no se acuerda, y de los que ,·estan

110 tiene 1~tmoria para gratificarles sus servicios.

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�LA PLUMA

LA PLUMA

· Iba 8 dialogar con sus heroínas, sus Matildes, sus Cármenes, sus
Adelaidas:
, -,Qué os parece?
.
.
-Que también a nosotras nos es necesano este retiro;
,
de !no no sab1amos
_t·Os acord a1·s de aquel día en que muertos
)
ómo íbamos a salir del apuro del sustento.
.
.
c -Sí nos acordamos que te hicimos el socomdo arroz de toda la primera etapa de tu vida...
. d
d'
t
-El arroz que me volvereis a hacer en el ret1r~ e me 10 muer o.
-Sí te lo haremos; pero en vez de echarte en el las oscuras p1m1entas ue engañan y el aceitazo de haber guisado otras cosas que su~t1tu)e
la f~ta de todo te echaremos gallina o la cabeza del besugo re~1en pescado en el mar 'de enfrente y que nos traerán las pescadoras, aun vivo,
en las cestas de mimbres separados para que sean cedazo a la vez que
sosténPero siempre me echareis muc~os ajos estimulantes, aquellos ajos
que da~an todo el sabor al arroz antiguo.
Des~;e modo el Novelista cambiaba impresiones con sus heroínas,
las ,que se iban con él al asilo final.

XXX
El Novelista, por fin, estuvo instalado en un ~ote\ hast~ la mue:te.
Estaba satisfecho, pero lánguido. Su vejez se volv1a mas puhda por d1as.
_
Sus manos estaban pulidas de felicidad ¡•. de renuncia plena:
0
Andrés Castilla miraba al le¡ano con m del mar en éxtasis prolon.,a
dos como si esperase un barco.
Buscaba muchos consuelos a su soledad y pensaba qud
~menaza
ael catarro que seca al hombre y le hace poroso Y. escar a o e irritación, ya no le perseguiría en el noble pueblo. p~rdido en que la mt1m1dad es de quinta de recreo siempre en el para¡e ideal.
El corrosivo catarro no le desharía casi nunca, y eso ya era bastante.
Sus personajes nuevos, como turis~as que. creen _que no van 3: se_r sorprendidos por un novelista, lleganan de incógnito a su conoc1m1ento,
pero él los descubriría.
¡
No existía la amenaza dura del frío, al que de pronto le da la ocura
y estrangula al hombre pacífico.
d.
Siempre le parecía mentira vivir otro día sereno después de un 1a

Jª

de serenidad; pero allí se podía esperar con fe la continuidad del buen
tiempo.
Los pinos. se conmovían _bajo la caricia de es~ clima, y se ponían dorados como s1 el sol les hubiese 0X1genado. Perd1an su color los cipreses
bajo la ¡¡alv~noplastía tan en su punto del sol d~l buen invierno.
El !'.ovehsta disfrutaba ese color de musgo dichoso de liquen divino
que tenían los pinos de cabeza ancha en lo más alto d~ sus cabezas.
:\'o se había libertado de la muerte, pero sí del altercado del mal
tiempo con el buen tiempo, algo así como el desagradable altercado del
padre y _la madre, en cuyo confücto no se puede intervenir y cuyas con-

secuencias aprietan el a]ma.

En la permanencia de la vida no se podía creer nunca. El Novelista
al construir la casa en aquel rincón resguardado por un monte con u~

y

pinar a un cos.tado, _un jardín_ espléndicfo y abierto al otro lado el mar
enfrente, creyo que iba a sentir asegurada una racha larga de tiempo.
¡Nada más talsol La incertidumbre era la misma, aunque no la encrudecía el trío tenebroso.
Todos sus libros estaban colocados para siempre en las estanterías
que llenaban escaleras, pasillos y toda pared, pues por fin había realizado su sueño de tener todo al alcance de la vista y de la mano· nada de
librerías altas o profundas, sino anchas y bajas.
'
Había clavado cada clavo para siempre. Los relojes ya no se desnivelarían más, porque habian sido colocados detinitivamente, y los cuadros
tampoco variarían de sitio ni se ladearían, porque estaban clavados entre cuatro clavos.

• Todo ya no padecería otro desahucio que el de muerte. El desahucio
que se p_uede consentir, porque toda supervivencia del alma seria repugnante e infame.

Los personajes de sus novelas se paseaban a lo largo de la costa y se
l?s tropezaba al_ darse un paseo: Todos se trasl_ucían porque creían estar
libres de mvest1gac16n en la l!erra de prom1s1ón, pudiéndose pasear
desde el amanecer hasta bien entrada la noche. La fuerza de los eucaliptus se los conservaba buenos.
-Un sitio de hotelitos-solía decir el Nol'elista- es un sitio de muchas novelas ...
En cada hotel se cura y se prepara una nueva novela ... Es como una
cosecha que el novelista ve al pasar por el camino y con cuyo futuro
cuenta ...

Andrés veía a esas jovencitas entre mujeres y niñas que pasaban por
su lado por entre las calles de hoteles, X las miraba como a futuras he-

,,,

�LA PLUMA

LA PLUMA
roínas, todavía criándose para s~rlo, pero ya con la alegría en que se

cuaja la tristeza fotura que habra en_ el ~rama .
,
Alimento y aliciente de su 1magmac1ón eran los geraneos, que se
asomaban a todas las tapias y terrazas siempre floridos. Dab~n la emoción de un tiempo invariable, en que se podía pensar con sosiego en los
,
grandes dramas de la vida,
La perspectiva de la miseria, del encono, de la sensualidad desacertada del frío eran más vivas desde aquel camino de la costa, en cuyos
ban¿os públi~os estaba sentada la avizoración oteando el mundo como
sólo se otea frente al mar.
Las novelas y los conflictos del mundo se veían_ apiña?º' en las casas de los pueblecillos de la nbera . ¡Qué gran traba¡o hac1an todos l&amp;s
días por vivir con alguna felicidad en aquel recodo del mundo, frente
al mar y el cielo!
Andrés guardaba su silencio de todo el día, su silencio de retitado
del mundo que sólo habla a lo lejos-v lo retenía en su boca-, como
lucha de amar~ura y de delicia_ que lle'vaba quieto y sin que se le perdiese en el fondo oscuro y sumido del alma .. ,
.
«Tenoo fe-se decía-en seguir comprend1endolo todo y solo eso es
bastante,º sólo eso es lo que necesito.

»Sólo con esta gran serenidad no me distraeré nada de_cont_emplar las

pasiones humanas y ahora va a ser cuando voy a escribir m1s me1ores
novelas.»
. .

Junto a él aprovechando el sol de la tarde y la pulvenzac1ón del mar,
pasaban damas con sombrillas de antiguos encajes. Todas se veían lejos
de la novela; en un rincón del mundo y paseaban su decadencia con
encanto.,. ¿Cómo se iban a suponer que pasaba ¡unto a ellas, el novelista que iba a divulgar sus vidas, porque siempre sospechana alguna
verdad de las que la• corresP.ondían o alguna infidelidad de la que fueron capaces .. .? Surgían en el frases de serenidad que sólo en aquella
gran paz se le ocurrían.

«El mundo entero se está hundiendo en cada instante, y los barcos
que entran en el puer_to piden, a la ve~ que entrada, auxilio en el gran
naufragio en que se Sienten comprendidos.
.
.,
»El cielo se levanta sobre el mar con vuelo de miedo, adqumendo
su mayor altura.
, ,
»La arena de las orillas sueña con la caricia del mar, esta palida de
tanta voluptuosidad, está nerviosa de deseo. .
.
»Toda la costa recuerda la inundación antigua y presagia la futura.
»Ríen en anfiteatro las costas.

»Los gemelos lejanos nos ven pasear y buscan un rostro en todos los
cristales, tristes, oscuros, y con cuchilladas de luz,
»¡Qué en vano es toda la expectación del mundo!
»Somos ya la cruz del camino que anuncia un caminante menos. No
tenemos mas que abrir los brazos,
»Esos hoteles que tienen intención en la veleta y en el modo de rematarse, perturban todo el panorama y son como iglesucas de una religión desconocida o castillos que quieren poder sobre nosotros . Las hijas
de_ sus dueños son las más orgullosas de todas las muchachas del paisa¡e.
»Hay días en que los railes del tren costero están más planchados y
brillantes. Durante la noche parece que los han dado brillo esos hombres que se recuerda haber visto en las ciudades trabajando como planchadoras en estirar y enlucir las tirillas de acero,
»Sólo en las costas de buen clima hay gentes que creen que van a
ser felices siempre, que no sospechan que sus leñazos sobre el mar no
van a ser eternos. Yo me paro a mirar esas gentes dichosas en las que
no hay ningún temblor, y robo en sus jardines algo de su fe, como quien
arranca una de las madreselvas que se escapan a su verja.
»En aquel balcón de la casa triste de madera se asoma el colchón del
muerto desde hace un mes. Debía enterrarse al muerto con su colchón,
perp con lo mucho que se le llora a nadie se le ocurre tener ese rasgo
espléndido.
»En los trenes del anochecido vendrán siempre los trabajadores de
la ciudad, los que mejor cumplen con su deber, pero los que odian más
la ciudad y sus oficinas . Me aplacarán siempre como novelista.»
Y Andrés Castilla, que pensaba inundar las habitaciones del hotel
con las cuartillas de numerosas novelas, se desleía en la luz y no se atrevía a tirar nada de aquello como elemento novelesco.

Había encontrado la luz final, el clima constante y el cloridio divino para los ojos cansados.

FIN
RAMÓN GóMEZ DE LA SE ..NA,

�LA PLU,\\A

/'JI antes que la lujuria de .Salomé fJenciera
a !Dios, a ti y al mundo, por tu constancia, un día

MANANTIALES EN LA RUTA
A

&lt;•&gt;

SAN JllAN

rui mente se imagina, de pronto, tu figura
junto a este arroyo, como en el ;Jordán, un día,
la gente de ;Judea miró tu mano pura
bañando la cabeza del SCijo de ruaría.
')/ ante mi flista surge tu fJaroníl belleza
-¡oh, las purpúreas rosas de tu rostro encendido!¡'Gu cuerpo de mancebo contrasta su grandeza
con la pobreza humílde del rústico fJestidol
ru;s ojos en la senda flan buscando las huellas
de tus plantas, pastor de sagrados corderos;
por elección divina santo pastor de estrellas
que hoy fJas, tras tu rebtJño, por celestes senderos ... I
¡ 'bu fJOZ estremecía los montes de granito
y sacudía el alma de toda Qalilea,
cuando a las multitudes tu fNúmen infinito,
lanzaba la sagrada semilla de la f!dea!

'JI así el ido/o fuiste de la comarca entera .
.Cas gentes te adoraban y !Dios le bendecía.
(1)
294

Libro en prcpa.raci6n.

tus ojos, dilatados por el asombro fJaslo,
de pronto, en un paraje de la amplia selva, han fJisto
cómo, u la sombra fresca de un viejo olivo casto,
ruaría füagdalena daba aposento a Cristo!
LA PRESENTIDA

.Silencio... {;sta mañana mi corazón te espera.
ClJendrás a mi, no sé por qué extraño camino,
nimbada de oro y de azul de primavera,
con un manto en que el púrpura pone festón al lino.
{;[ sol te anuncia. !Dice tu claro nombre el fliento .
.Ca puerlcr de mi vida presiente tu llegada.
!Para escuchar tus pasos se detiene mi aliento
y la ansiedad prolonga la luz de la mirada ...
.Serás buena y serena como mi alma ... 'Gus manos
sabrán curar las llagas de todos los humanos
con su magia sublime de bálsamo divino ...
¡!Para que le saluden en la mañana de oro
,¡o he puesto cien campanas a orillas del camino
y en mi fJentana el canto de un caracol sonoro .. .!
FERNANDO GONZÁLEZ.

•

�l. A P L U ~I A
de mi tiempo: por demasiado antiguo o, (~Or qué no?, por uacido harto prestfl.
Pensaba y pienso en Stendhal; pero luego IJO me part"ce que Lucini haya dejado,
como Steudhal, pruebas acabadas y seguras de un gran poder artístico; y sí
solo señales innumerables aquí y allá, a que naturaleza o d .izar negó la obra
maestra.

• * •

CRÓNICAS LITERARIAS
ITALIA
1 D'ANNUNno A NOSOTROS: G11.K Purra.o Luc1N1.-No había nacido

para su época. De haber vivido ahora_ y continuado produciendo,
probablemente la juventud de después de la guerra le hubiera
comprendido. Pero nacido y desarrollado en el período gris e incoloro que corre del So al 914, su voz no llegó a los contemporáneos, y los poquísimos que le oyeron no tuvieron valor ni fuerza para ayudarle, ya por demasiado j6venes, ya por harto viejos. Se decía en 19r4 que Croce
tenía el propósito de escribir algo acerca de ti y lo mismo Cecchi; pero luego,
ni uno ni otro lo cumplieron. Una vez muerto, otros hombres, otros ingenios
se sucedieron, de suerte que Lucini entró en la sombra y nadie le recordó más.
Sobreviviente de aquel período, y amigo del Lucini de los primeros tiempos,
era Lioati; pero poeta, y no crítico, cuando con gusto y emocióo dedicó algunas páginas de un libro suyo a Lucini, los críticos leyo:!ron y comentaron incidentalmente, agradecidos a Liaati por haber escrito unas cuantas páginas de
las que Lucini era tan solo ua motivo, Yo mismo, ayudado por Linati e inspirado por el propio Lucioi, todavía vivo, publiq•Jé en las ediciones de Carabba
una antología de sus mejores cosa3; pero, salida a luz ea plena guerra, tampoco mi trabajo suscitó la menor atención. Por lo demás, yo empezaba a separarme del escritor a quien tanto había amado, atraído por pruebas y experienci.is
GUe me parecían más nuevas y modernas, y en las que, por el contrario, tuve
que reconocer una antigüedad de muchos años, y en todo caso, superadas por
él. Hoy, si picoso en Lucini y lo rdeo, estimo sl su estilo, pero no me parece

Vió la luz en Milán el 20 de septiembre de 1867: ea una época inmediata a
la r~volución; pero ya aquietada y pobre de idealidad. Dotado de un temperamento excepcionalmente despierto, burlón, de-sdeñoso, intencionado, Gian
Pietro Lucini no aceptó el tranquilo ambiente que se respira en Italia; y odia
al puato, desde su primera juventud, a la jocunda burguesía y a los poetas y
artistas porque se expresa: afeminados y palabreros. Comenzó a escribir muy
joven, revelando desde los primeros intentos que poseía una mente (aunque
no desarrollada aún) túrgida de ideas y ritmos. Revolucionario por instinto, se
apoya en los mazzinianos y en los republicano!', en los cuales ve y cree ver reflejada la atrevida temeridad de los hombres de la revolución. Pero, mientras
se acerca al pueblo y le babia, enllubia su pluma con tales y tan afanosas nov~dades de lengua y de ortografía, que sus artículos no se entienden ni se leen;
Jos más de los lectores los saltan. Y como los artículos, los librns.
Su natural es abierto y generoso; pero ya sea por la soledad que le impide
la comunión inmediata con los hombres, o por la cultura mal dosificada, sus
artícttlos y sus libros c:trecen de medida; y los italianos, incluso ]o;ó; itmigos político!i, acaban por conocerlo solo d~ nombre. c¿Luc.:ini? ¡Oh, sí: uno ele esos
pensadores!&gt; O: c¡un µolemista 1 sí!&gt; Pero sin haberlo l~ído. Por otrn parte,
como todos los solitarios y los enfermos, se acercaba a la tragedia de los demás, pulsándose él mismo primero: por Vl;'r si estaba sano y bien dispuesto.
Leía en el mal y en el bien, en lo justo y en lo injusto, pero siempre desde un
punto de vista angosto y personal. En suma, más que un corazón, un cerebro,
que veía el mundo con el termómetro de :su realidad; y, lo que es peor, sin que
esta realidad fuera siempre la misma, sino varia.ble, y pudiéramos decir que
correspondiente a sus condiciones de salud ¡ay! siempre circunstanciales. Como
un ser deforme al que la suerte haya empeorado su condición física, para colmo de injusticia, con una enfermedad incurable, la tuberculosis ósea.
Operado, medicado, amputado, no gozó ni una sola hora de salud perfecta.
Con todo, si he conocido nunca un ser alegre, pronto a la risa y a la burla, era
297

�LA PLUMA

lAPLUM.A
Lucini precisamente. Parecía en algunos momentos un niño; si bien la cara
faunesca, acabada en una barba puntiaguda, desigual, revelaba por deseracia
los sufrimientos del cuerpo: amarilla, ch11pada, devastada por precoces arrugas. Pero si estaba alegre, desahogaba su bue11 humor en gustosísimas donosuras; cuando fui su huésped en Breglia, varias veces se burló festivo de mí, de
su mujer, de una sobrina que con él estaba por aquellos días, hasta que cansado, mudab~ de fisonomía y de conversación: haciendo decaer la broma a los
sarcasmos y basta la invectiva. De la muerte, estoicamente, no tenfa miedo;
Linatí y yo recordamos aún Sl!S palabras de junio de 1914, cuando en su casa
de Milán, despué~ de la última amputación, nos mo~traba la gangrena ascendente por el pie que aún le quedaba: fiando, sí, en la nueva cura al sol que el
médico le había prescrito; pero confesando al punto que, aunque la enfermedad concluyese con la muerte, estaba bien dispuesto. A momentos de seguridad y orgullo (Jmi obra no morir~,) sucedían por lo demás, aunque no frecnentes, momentos de desconsuelo; y entonces se lamentaba de no haber dicbo aún
cuanto podía; de que su cestétita, no e:.tuviese toda ya escrita; de cierto libro
suyo de filosofía; de una obra de crítica, no se cual. Entonces él, tan combativo
y que tanto gustaba de los hombres activos y CO'.Ilbativos, escribía a los amigos: c¿combatir?, y ¿para qué? Todo se mueve conforme a un orden inmutable;
y todo esfuerzo humano es superflu.o, cuando no inútil, En tales horas, se encerraba en sí mismo; y en vano sw. mujer, buena, afectuosa, conciliadora, intentaba consolarlo con palabras y caricias. Lucini ya no respondía, sórdidamente cerrado, acorazado casi en su desperación. Pero amaba la vida y ea
Bretlia, en el lago de Como, sentíase siempre mucho más consolado que en
Milán, y nunca o casi nunca desfallecía. «Resistir todavía algún año más-me
escribía desde allí pocos días antes de su muerte -- , acabar los cuatro o cinco
libros en que trabajo; fijar en el papel unas cuantas ideas que me bullen y que
aún no he sabido o podido decir; y después morir.•
Pero la muerte llei.!Ó solícita. Y no se curó de las cosas empezadas, de los
pensamientos que Luciai no había expresado aún. Muertos, con él. Lo mismo
que las apostillas a los volúmenes qua pensaba escribir y que hubieran sido
interesantísimas; y como todas las cosas bellas que nos había prometido. Todo
muerto ¡ay! o naonato.

• • *

He dicho que los pocos crític0s de talento y seriedad que poseemos, no se
acercan todavía a la obra de Luciai, no la buscan, no quieren darse cuenta de

.

.

ella. ¿Pero por qué maravillarse? Yo mismo, que be sido de los primeros en
gustarla y que creo entenderla, experimento ahora su dificultad. V es que Lucini fué un espíritu disperso. Escribió de todo: poesía, drama, noveia, política,
filosofía, tentado por todas las aventuras espirituales, a que le atraía la curiosidad del momento; y muchas veces, obsesionado por ideas fijas, que en vez de
ayudarle a clasificar su material, lo recargaban. Nada le era ajeno; y no ya
de los acontecimientos espirituales y físicos de su país, sino de los extranjeros; e incluso de países l~janos. Pero lo que otros hubieran saciado con rápida
ojeada, profundizábalo él-y el derroche era siempre enorme-. Su talento había nacido para la orgía; entusiasta, sensual, febril, abandonaba totalmente sus
fuerzas internas y exteriores, ante fenómenos mezquinos .

• • •
Este ímpetu no estaba, por lo demás, de acuerdo con los tiempos, ni tampoco con la región lombarda, de la que procedía, donde et ingenio sabe ser
siempre cauto, y aunque lo tienten aventuras osadas, sabe contener el propio
impulso y medirlo. Lucini tenía algo de los románticos alemanes: y más de una
vez yo mismo Je be oído parangonarse a Jean Paul Ricbter, a quien leía y amaba. De la sensibilidad de Jean Paul heredó, a buen seguro, muy poco; porque
le falta sobre todo la delicadeza del sentimiento; y por completo, el humorismo
n6rdico que melancólicamente, y a golpes, veía en el estilo de Jean Paul.
Lucini era más biP,n un sensual, en el verdadero sentido de la palabra: anheloso siempre y dispuesto a volcarse por entero en !a emoción. No conoce la
meclid~; y cuando está excitado, la imagen se le espesa en vez de afinársele;
su estilo es siempre superabundante, nunca dosificado, frenado, consciente.

• * *
Poeta, se perdi\J en .concepciones vastas, sin límites, y aunque penetrado
de que el arte es medida, una vez lanzado, no se detiene; expresa, cuanto hay
en él. Pensaba en Foscolo y decíase su heredero, pero le fa\t11ba su arte, esa
admirable sucesión de efectos que dan a la lírica del autor de los cSepulcros,
uoa solidez marmórea. Él no; abierta la vena, deja fluir cuanto contiene: lo bello y lo inútil; y ésto muchas veces enturbia aquello, Piénsese en su «Carme di
angoscia e di speraoza•, poema de un millar de versos: riguroso de concepto
y rico de momentos líricos sublimes. Estaba convencido de qae este poema

•

�LA PLUMA

LA PLUMA
perduraría; y, ciertamente, algunos fragmentos no morirá □: sobre todo los internos: ciertos pequeños cuadros d,: muerte y de espasmo; ciertas sensaciones
cósmicas y pánicas¡ un sentimiento de terror robustamente expresado aquí y
allá. Quería ser una composición clásica en la intención ( cEstanme al lado
las gracias,), pero la concepción. el desarrollo, el movimiento son románticos;
y, peor aún, decadentes. Hay allí demasiado peso muerto de pensamiento; rara
vez la imagen se desprende de él y vuela. Y lo mismo sus demás líric ts: desde
La prima ora d1 'f Accademia, concepción grandiosa, que hace pensar en el Fausto,
harto sofística por lo demás en el fondo, que ahoga con sus disquiiiiciones cerebrales el drama lírico; basta las poesías de Revt1lverate y de La Salita canzone det
Metibeo en que es más manifiesto el esfuerzo del poeta por fundir el concepto
idealista que tiene (o quiere tener) de la vida, con la materialidad de su temperamento. Este dualismo tormentoso podía ser su drama; y aquí y allá lo
fué; pero la fusión solo se dió raramente, y siempre de una manera fugaz. La
riqueza de sensaciones, verdaderamente insólita y desbordada, no se at~mperó nunca a ritmos mesurados, y, pudiéramos decir, l·onscientes.

* * *
Pero a quien pidiera a Lucini mayor equilibrio y freno, se le contestaría
que de la misma suerte que en la naturaleza los desequilibrios son tan solo
apariencia, así en algunos talentos poderosos; que contemplase un día su obra
total y la vería entonces, aunque nada fácil ni simple, coherente; tan coherente
que la muestra más pequeña tendría su razón de ser1 estricta. Un crítico joven,
A. N. Tarabori, que ha tornado en CO'lSlderación ahora la obra completa de
LuciQ.i, de las primeras a las últimas páginas, y escrito un largo y armónico
eo!:tayo: G. P. L,,cini (Rinaldo Caddé Editare, Milano) 1 encuentra a su vez, coovencido admirador, esa coherencia: y lo demuestra. Pero se le podrían hacer
muchas objecciones. Principalmente la de que la razón crítica sobrepuja asai:
frecuentemente en Lucini al esfuerzo creador; y a. vecell casi lo anula. En otras
palabras, nos parece que por cada página artística que Lucini produce, nacen
por lo menos diez sofísticas y críticas; de suerte que el lector queda las más
de las veces antes convencido que emocionado, ganado por la dialéctica y no
por la poesía.

•••

Más razón tiene Tarabori cuando quiere hacernos reconocer la sincera hu
manidad con que Lucini se enlaza a la tradición lombarda: con cuánte vigor y
300

•

emoción la expresa; cómo participa de ella. Por esto tal vez, el libro más
hermoso, e incluso diremos perfecto de Lucini es eL'ora to pica di Carla Dossi~: cuadro enteramente logrado de la vida intelectual milanesa, realizado no
crítica, sino Hricamente. Este es acaso el esfuerzo creador de Lucini más duradero; por cuanto carece en absoluto de reflejos o contorsiones: discurso fácil, armónico, fel ,z; nunca ahogado por disquisiciones polémicas, por tentativas
sofísticas, por añadidos filosóficos. Cario Dossi, figura literaria tao diferente de
Lucioi (aquél todo economía 1 éste disperso en grado sumo), revive por entero
en esas páginas: sobre el fondo del Milán de anteayer, tan poético, luminoso y
atractivo. Obra biográfica; pero sólo aparentemente: porque la materia se
transforma, se ilustra, se enciende: arte.

•••
Pero quien quiera, por lo de'más, incluso eo las obras inperfectas, juzgar a
Lucini con el compás y la escuadra sólitoi, yerra: que si los defectos de c\arid:1d (la ondulación rebuscada del período, la ortografía extrañamente forzada,
d estilo lleno de idiotismos y neologismos ...) son frecuentes y chocantes, d
µe nsamiento es siempre vigoroso, .complejo, la imaginación riquísima, la cultura enorme. ¡Nol Lucini es una mente y un alma superiores, y su obra, inclu!O
la más imperfecta, denota siempre que ha sido elaborada por un cerebro poderoso, y que su expresión ha sido trabajadísima. Por eso digo que quizás ha
nacido antes de tiempo: que tiene en sí elementos grandiosos. los cuales si no
llegan siempre a emocionarnos, es porque vamos todavía al paso marcado por
los Ci.ltimos grandes escritores, y no hemos salido aún ¡ay! de la tutela. Hay,
sin duda aquí y allá, en su obra crítica sobre todo, ciertas señales que nos
mueven a dudar de él: preferencias, admiraciones, amistades: esa misma fobia
danounziana en cuyo altar él mismo sacrificó más de una vez; ese fetichismo
destemplado por Dossi, y, lo que es peor por Rovani, novelista harto exageradamente alabado. Pero si consideramos que estaba solo, aislado en el mundo
y casi en la roca de su oscuridad, se pueden comprender y compadecer esas
apoyaturas, inexplicables de otra suerte. ¿Dónde ballar hoy, por lo demás, un
hombre semejante? ¿Dónde hallar un espíritu tan henchido de turbacióo, de rebeliones, capaz de grande: amor y de un gran odio 1 accesible e inflamabld
¿Dónde un carácter que se le parezca? Es mene.ster llegar hasta Carducci. Y
aunque no comparables uno a otro en los resultados, sus huellas morales
coinéiden en algún momento; se ve por lo menos que Lucioi no se ha abreva301

�LA PLUMA

LA PLUMA
do en la escasa linfa de que viven incluso los literatos más famosos de hoy día;
sino que se nutrió de una médula que tiene ciertamente el sabor de la de un
Foscolo, de un Parini, de un Alfieri, de un Stendbal: rica y sanguínea. Y aunque
no hubiera una sola página suya perfecta-las hay perfectísimas-quedarí:an
de él signos de verdadera grandeza: el desdén varonil de la al:tbaoza 1 la dignidad y el org:ullo del pensamiento prC)pio, la seriedad en los actos J en las pa~
labras que :Wlo tu.vieron los grandes hombres.

• • •

.,

Nosotros, que lo hemos conocido de cerca y medido con nuestro criterio
de contemporáneos, podemos habernos engañado o al menos, pese a nuestra
buena fe, no haber visto, a través de- sus muchos defectos, el verdadero centro
de su pensamiento y de su moral literaria y civil; pero, como dice Tarabori
muy bien en su honrada conclusión, Lucini quedará en nuestra historia literaria; y, añadimlii'ls nosotros, si no como un gran poeta, como un espíritu moderno r.o menos grande; del que los jóvenes de mañana puedan, con sólo proponérselo, tomar ejemplo de vida, primeramente; y además, enseñanza de seriedad artística y civil.
M.iRIO PucCINI.

BrnuoGRAFÍA.-Obras principales. Poesía: lJ libro de/Je jiguraziom ideali; lt
lib,·o delte immagini te,·rene; Ejisodi dei Drami" del/e 1/aschere; La pt"ima ora detl'Accademia¡ Carme di angosúa e di speranza; Revolvtrate¡ La solita can$one del
Me#beo. Prosa: San Pie/ro da Core; Le no/tole é i vasi; JI tenipio delta gloria¡ Giosué Carduccz"¡ It ve,·so libero; L'ora to/rica di Cario Dossi¡ Antidannunziana; Enrico lbsm; Filoso.ft ultüni.
Véase: Mario Puccioi: Sc,·itti Scelti di G. P. Lucmi; (antología con prefazior.e, autobiografia e note). Ed. R. Carabba-Lanciano (Co11ezione .. Scrittori
nO!tri~, diretta da Giovanni Papini.)

-

TEATROS

:tN1nto CATALÁN.-Al fin se ha presentado al público de Madrid la
señorita Jordi, ccstrella» qu~ fué durante_ estos ólti~os. años d~l
Paralelo de Barcelona. Cornan, a prnpós1to de la senonta Jord1,
rumores por demás atractivos. La rectificación que la señorita
Jordi se apresuró a mandar a los periódicos, no bien desembarcó
en la estación de Atocha, llevaron a nuestro ánimo la duda. Traía fama la actriz
catalana de desenvuelta y aún de procaz. Sería hipócrita negar cuanto nos felkitábamos de ello los hombres de bJena fe, harto convencidos de la honestidad del
escote y virtuoso desaliño monjil de algunas primeras actrices. La señorita Jordi, curándose en salud, declaraba paladinamr-nte su propó_sito de hacer comedia
ligera, sin concesiones al mal gusto. De ello habría mucho que hablar y que es~
cribir, por más que de gustos, pese al refrán, haya muchísimo escrito. Probablemente no ha hecho la Chelito nada tan gustoso como la exhibición rotunda
de sus encantos, al final de la rumba. Sentada así nuestra opinióo 1 temerosos de
la falsa actitud con que, al parecer, pretendía ganar Madrid la señorita Jordi,
fuimos al lindo teatrito de la plaza de Bilbao.
Líbrenos Dios de tronar contra el género francés. La Presidenta es un
vau.devitle muy gracioso. Su representación requiere unos intérpretes sui géneds. ¿Concibe nadie La verbena de la Patona, Et san/o da ta Isidra, o una canción
de Pastora Imperio , por un actor francés de vaudeville, ni aún por la misma
Sarab? Con excepción del Sr. Allens-Perkios, la compañía de la señorita Jordi
representa el 'Daudevilte de Hennequin y Vcber deplorablemente.
La señorita Jordi sabe sentarse encima de las mesas y en las rodillas de los
actores, sabe brincar sobre un sofá1 sabe hacer como que besa a su interlocutor, sabe convertir un traje de sociedad en un deshabillé de teatro. Pero no sabe
hablar.
No es que tenga acento catalán. Después de todo, uunca hemos compren•
dido que se le pueda hacer semejante reproche a un buen actor cu:rndo los hay
tan malos con ceceo an°daluz, ocupando los primeros puestos de la escena española. No es que tenga acento catalán. Es que no sabe hablar español. Para
decir un nombre tan sencillo y corriente como Eugenio, tiene que pensarlo
tanto antes de decidirse, pone tal esfuerzo en marca! bien las dos primeras v&amp;cales, que casi se suspende la representación, a fin de que la primera actriz
concentre su atención en "'l difícil empeño, Si, al cabo, se abaridona un momen-

�LA PLUMA
LA PLUMA
. 1ueg 0 con
tal arrebato • abrazada al galán: ,Estov ~01110
to a 1 pape 1, d 1ce
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. . Estltef'
delante Asueros:., que el público, ríe, sí, pero de ella, ajeuo a\~ com1c1dad de 1a

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escena.
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Hubo una época, allá por la última Exposü.:i6n Universa 1y co1nci 1cn o e
el estilo modernista de todos los ensanches urbanos, en que se propagó por E~ropa y América cierta epidemia de imitación parisiense, en lo qu~ más tema
.París de feria circunstancial. Bucarest y l\fonich, Milán y Buenos Aires, y hasta
resumieron más O menos de sucursales acreditadas del bottleva,·d. En
M
11
arsea, P
fi. d
'l L
d.i
España se alzó Barcelona con el último grito de la moda .n e s1g o.. a an luza de la Rambla cantada por Musset, arrojó de sí la navaJa en la lltga d~ las
española.das pari. la exportación; y adoptando un aü·e desenfadado de suficiencia, pretendió legitimar entre nosotros su tra~ucción del chic. Pero ~.l género ca:
talán es de una trama inconfundible. Sus me1ores muestras-de teJtdos, de po
lítica, de arte-denotan luego la mixtificaci6n.
Hemos de t:.acer e.o este punte una salvedad fundamental. Hablando entre
castellanos de géne,·o cataldn, creo que todos sabemos a qué atenernos. No estará de más sin embargo, que expliquemos el poco aprecio que nos merece.
' 110 es para nosoti·os, aunque
.
· cuan t ~ de Cata
Género catalán
pa.r~zca para d OJa,
, luña procede, ni mucho menos lo que por sustancialmente catal:n hen.e caracter propio e inconfundible, dentro o fuera de la comu.nidad e~panola. S100_ todo
lo .falso, poslizo y adquirido de segunda mano y a baJO ~recio, que los catalanes prepotentes pretenden imponer a título de v~lor t~n1versa_l.
. . .
.
El arte de ínfima categoría de la señorita Jord1 hubiera kmdo cie1t~ inte1és
en su propia salsa, en catalán del Paralelo. Cohibida .hasta la angustia por 1~
preocupación del idioma en que trabaja, cuya prosodia le es en absoluto ex
traña, apenas puede hacer gala de la desenvoltu~a, ~e.l gracioso descoco, qu~
tanto celebran en ella sus admiradores. Sus gracias frncas no ba.stan a campen
sar los defectos esendales de la actriz.
. .
tá
-EL TEATRO Muna: MusmottA EN EsPAÑA.-DouGLAS FilRBANKS.-Mus1dma es
haciendo películas españolas. Parece ser que la luz y el dima de Espa,ña soo
muy favorables al establecimiento de grandes casas productoras de pd1culas.
La inestabilidad del negocio cinematográfico en todG el mundo, pese a la afición creciente a! teatro mudo-s6lo en Milán bao quebrado después de 1~ gu.erra cincuenta editoriales de películas-, detiene sin duda a nuestros ca~itahstas, poco propicios hasta la fecha a aventurarse en un negocio de ~au pmgües
rendimientos. Musidora, la gentilísima vampiresa de gnta recordac1ón para los
304

buenos aficionados al cine, se ha laa.aado • impresionar po;:- su cuenta y riesgo
temas españoles para la exportación.
Dos ensayos lleva hechos: la adaptación a la pantalla del célebre folletín
Por don Carlos, de Pierre Bc-noit, con el título de :..a capitana A.leg·rfa, y Sol y
Sombra, arreglo de no se qué novela norteamericana (?) a la manera de .Sangre
y Arena .
La capitana Ale.rrla es, en sustancia, la repetición de la intriga melodramá•
tica de 1a Toua rJe Sardou, tan celebrada en el mundo entero c'on la melopea
de Puccini. Está situada por el novelista en un supuesto ambiente de la óltima
glterra civil en las Provincias Vascongadas, como podía haber servido de pretc~to a cualquier otra falsedad folletinesca. i\presur6monos a decir, en descargo de Benoit, reo de /f•adiciona(¡is,no en punto a la ya proverbial ignorancia
francesa de la Geografía, .. y la Historia, que no pretende su Por don Carlos
más vernsilimitud que la pequeña corte alemana de Koenigsmarck. L11 refundición de la novela en La capitana Alegría de Musidora, destaca, con acierto indudable, la nota melodramática. ¿En detrimento del arte?
He aquí una pregunta que aos hacemos sinceramente, no con la intención.
de lograr un efecto retórico aprendido en el bachillerato. No nos hacemos la
pregunta, seguros de la respuesta, como el conde Tolstoi, anatematiiador del
arte. Nosotros no sabe1J10S bien lo que es el arte. Sobre todo, donde empieza y
donde acaba . Cuando de arte cinematográfico se trata, nuestra incertidumbre
sube de punto.

r

Alguna virtud tendrá el espectáculo de la pantalla 1 cuando tao ciega fe po~
nemos en sus posibiUdadcs los desengañados un día y otra de lo que va logrado hasta ahora. ~u difusión cada vez mayor es, sin duda, lo que nos mueve a
inquirir algún motivo en que fundar nuestra aquiescencia, faltos de gusto para
rendirnos a la belleza de las películas más celebradas. Los propios productores-a los directores conscientes me refiero-penígueu un ideal a1•fútico en
la consecución de su negocio. Pero, ¿qué es el arte del cinematógrafo? ¿Qué debemos hacer en las películas?
Algunos aficionados vergonzantes pretenden engañar su gusto, disculpándolo con lo que en él pueda haber de pllra complacencia visual en la fotografía
anima.da. (Es el viaje del mundo ante mi butaca•, se aicen. El ~xito limitadísi• •
mo de las películas panorámicas y de las instructivas-cultivo de los gusanos
de seda, menagen'es en el corazón de la $elvas africanas, fabricación de abanicos en el Japón-, la avidez con que la masa anónima sigue las incidcncfas de

�LA PLUMA

LA PLUMA
1

Jas cintas de serie, la influencia de los trncos ciuem;itográficos en lá vida soda\
-robos de trenes, detectivismo. resurgimiento actu.al de las sociedades_secretas bandas infantiles de ;1.paches en ,ciernes, gusto por las aventuras· ex.trnor'
, .
di1;1arias-rcvelan que el interés del cine será más o menos arhshco; pero,
desde luego, deriva de sus cualidades draruá.ticas. La expresión habrá de ser
necesariamente más plástica que literaria, variarán los elementos de que puede disponer el artista para suscitar e·n el e_spectad?r la emoción comunicat~va;
pero, ¿dejará de ser teatro QJ.i&lt;:;ntras subsista• el eme como tal repres~ntac16Ll
sucesiva de imágenes/otog,·dficas del mundo rea!?
Cierto que las más d'e las veces las adaptaciones a la pantalla de novelas o
dramas, más que una nueva r~presentación son ilustraciones anirn.adas de un
texto que el espectador conoce. A medida que los productores.de cmtas.\~a.~an
obteniendo la película pura-sin apoc;tillas pi letreros,-, el crne adquinra la
condición esem:ial que le falta para constituir un arte en sí.
Musidor~ tiene instinto y ~xperiencia nada comunes. La esceoil central de
La capitana Al;gría llega a adquirir, gracias a su talento de miru.a, calid-adt:s
transcenPenlales. Si lr1 escena concebida por el novelista no evoca más recu_e r•
do que el de Tosc:4, la interpretación personc1.I de la actriz correspo_nde al ti~o
clásico de la Judith . ¡Lástima que al final exa~ere con un a!ar~e innecesario
de romanticismo ~ la italiana, el efecto de la muerte y el entleno de la he•
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Sol y Sombra es un escenario absurdo, sin interés dramático_, el'fóneo ~re•
texto para algunas composictones magníficas de Musidora en traJe de ·:spanola
de corrida de toro~·, sobre fondos de Écija y de Toledo, de plaz_a taurma Y de
dehesa pintoresca. El final, esµecialmente, e11 que la protag~n1sta mata a su
rival-la consabida extranjera, por la .que ha muerto en glad,ad.or romano el
toreado/' andaluz-¡con la puntilla!-de un tamaño que infringe por ]Q deseo•
munal todos los reglamentos de que se muestra tan celoso guardador el Jefe
Superior de P.:.licía-es un puro disparate, sin justificacié~ posible.
.
En la interpretación de Sol y Sombra acompaña muy discretamente a Mus1•
dora con su arte de buen torero, el que lo es por afi~ión, y ahora de,muestra
sus ~ualidades de excelente sujeto fotogénico, Sr. Cañero.
Puede sin duda, 1fosidora afianzar sus prirnerQS éxitqs de vampiresa, a poco
que persi~ta en definirse con carácter propio pn la pantalla. El ci~e tiende en
sus mejores realizaciones a suscit&lt;1r tipos que correspondan en cierto modo a
los consaO'rados en la c:om.media dell'arte, llegados h"-sta nosotros cu la pa11to•

•

l
t

mima tradicional de Pierrot, Colombina y Arlequín, El autor de teatro pro~
cura sobre todo diversificarse lo más posible en sus creaciones, adscr!tas siempre a un texto literario en que se fija la diferente p3Si6n de un Otelo o un Pe•
dro Crespo 1 de una Nora o una Cordelia, seres vivos por el aliento divino que
les infundió el autor de quien son imagen y semejanza. Los mimos de la pantalla han de persistir en el recuerdo del espectador, por la insistencia co □ queacusan !u personalidad a través de las vicesitudes de una en otra película. Así
Charlot 1 así Mary Pickford, así Douglas Fairbanks.
Douglas Fairbanks se ha metido En c:amt'sa dt once varas. Y ha hecho otra
pequeña obra maestra de la cinematografia americana. He aquí que la produc ción en que nos lo han presentado por primera vei en esta temporada los sa:
Iones oscuros de la Corte, resuelve felizmente el problema técnico e11 queparecía irrevocablemente condenadas a naufragar las grandes casas de Los Angeles. Dos grandes escollos se alzan amenazadores para el buen gusto en la
lontananza de las posibilidades del cine por el lado de Norteamérica: el acro•
batismo, la reducción del campo visual del espectador ante la pantalla a toda
emoción que no sea la del salto, la carrera automovjlista o a caballo, 11 perse•
cución constante, la invariable intriga clásica de poncho y browning; o el sentimentalismo facilitón de tantas young-girls abnegadas como luchan entre la
pasión y el deber más ridículos de cuantos inventaron los propulsores de toda
fábula con moraleja.
Douglas Fairbanks ha encontrado la fórmula. Más sano, más fuerte que Char•
lot, su humorismo no implica la menor crueldad del público que con él se regocija. Ágil y gallardo, templa con una sonrisa constante de buen chico el incansable alarde en que ejercita su fuerza. En catnisa de once varas nos lo pre.
senta de empleado de un banco, en donde hace además las veces de ayo y tu.•
tor de un canario, propiedad del director. El canario, escapado de su jaula,
vuela corto de tejado en tejado, perseguido por Douglas intrépido y aud;z_
Llevado de tal azar, las aventuras se suceden graciosas, oportunas, tan impre~
vistas como humanas.
Apuntar los detalles con que Douglas Fairbanks va caracterizaudo su situa•
ción cómicamente anómala, valdría tanto como descubrir en cada gesto. en
cada movimiento, en la proporción y medida cou que se suceden lógicamente
ponderados la aceleración y el reposo, Otros tantos motivos de ínspiraci6n propiamente cinematográfica. Apenas si haj,- letreros que indiquen o subrayen la
acción. El adaptador español no se ha excedido por esta vez, aunque todavía

�LA PLUMA
'a más evidente la comicidad de la cinta suprimiendo todo comentitrio, limisen
• • · 1
tá.ndose a guiar al espectador dándole los supuestos 1111 c 1a es.
alas Fairbanks sabe ¡0 qur- es el arte df'l cine y lo que se debe hacer.
D

º"·

UN CRÍTlCO lNCCPJJi.NTE.

;Nunca aspiré a la gloria, ni me atrajo
de la fama el estruendo,
ni soñé que mi nombre
pueda en su libro recoger el tiempo ...
¡:De esa ambición mi corazón no sabe!
!Pero cuando contemplo
por la noche, del campo en el retiro,
el humilde sendero
que hollaron pobres pies que ya descansan,
borrado en parte, que blanquea a trechos,
mí terrena raíz se reverdece
y, acaso, a veces pienso
con humana emoción: f/{.sí quisiera
que en la tierra quedara mi recuerdo ...
DOMINGO RIVERO.

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EL HUMILDE SENDERO .. -

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LIBROS Y REVISTAS
Tomás Morales.-Las Rosas de Hlrc1'les.-Libro primero.-1\Iadrid. Librería
Pueyo, MCMXXII.
Al cumplirse el año de la muerte del poeta, sus amigos coaterráneos ofrendan a su memoria la realización de su deseo más inmediato, reuniendo en un
primer libro de Las rosas de Hércules, aquellos Poemas de ta Gloria, del A"wr
y del A-far que señalaron triunfalmente su vocación a la poesía, y algunos otros
de varia inspiraci6n, a tono siempre en la vasta armonía que Tomás Morales
quiso infundir a su obra lírica. La piedad fraterna de sus camaradas ha añadido tal cual fragmento de poemas esbozados, muestra preciosa e interesantísima del ímpetu con que acometía, exuberante y vigoroso, la obra circunstancial. Ningún lema hacíasele pequeño o indigno. No ya el mar en su extensión
azul rival del cielo inmenso, el puerto, los muelles, los barcos humeantes 1 los
revueltos olores y el abigarramiento de colores y formas, se dignjficabao en
la ex,resión magnífica, alegórica y transcendente.
Enrique Díez-Canedo ha sido el encar¡:ado de dedicar en breve prólogo,
la intención de la familia y los compañeros de Tomás Morales al publicar el
libro, antecedente p6stumo al segundo volumen de las rosas de Hércules, salido a luz poco antes de la muerte de nuestro amigo. Pocas veces se alian como
en esta ocasi6n, con tan serena ¡:racia, el puro sentimiento de la amistad y la
razón del crítico. Nadie ajeno al dolor con que lo.s amigos llora mes a Tomás
Morales, dejará de participar de él con s6lo leer las páginas de Caoedo. No ~e
podrá decir tampoco que ese dolor ex-ageró lastimero, en holocausto a la amistad, la pérdida del poeta. Intérprete fidelísimo del sentir de cuantos le conocimos, ha sabido Canedo removernos el ánimo evocando la sombra familiar y el
eco augusto del que los dioses eligieron arrancindole de esta vida.
No podía faltar en ese pr61ogo, el recuerdo a otro muerto, Fernando Fortún, compañero mío que fué y amigo de Morales. Nunca la amistad selló imper~cedera fuerzas más encontradas. Cuanto en el uno estruendo, exuberanria, ca.oto a toda voz, era en Fernando recogimiento, sonrisa dulce y melodía

�LA PLUMA

LA PLUMA
interior. Ambos tenían un punto común, cierto dejo melan~ólico, trasparente
en la fisonomía de Fernando, disi-nulado por el acento nativo en la voz de To.
más: sin duda el sígoo de la predestinación, que n~s los ha roba~o. Las R:-Itquias literarias que de Fernando quedan, no dan smo en potencia la medida
de su talento. Menos cruel la suerte con Tomás Morales 1 se lo ha llevado en
pl('oa sazón. Verdaderamente malogrado, a medida _q?~ el tiempo _µasa, des;
cúbrennos las Retiqulas de Fortún tesoros de sens1b1hdad, escondidos en~r ~
balbuccos•a..veces. Morales sentíase demasiado feliz. Feruandoi harto desg~ac1ado. No podía vivir ninguno de los dos. Se fueron, y con ellos nuestras meJores
esperanzas. Nuestr11. juventud no era nuestra sólo.

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A. Hernández.Catá: La Muerte Nueva.-Novela.-Editorial Mundo Latino,
Madrid.

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Se advierte, de algún tiempo a esta parte, cierto recrudecimiento de la a6,cióo literaria. El koómeno no se nota en España tan s6lo. Incluso en los pa1ses que más han padecido con la guerra, y aun en aquellos que, guerras y revoluciones asuelan actualmente, hay cada vez más gu3to por los libros. Obsérvase
también la falta ele predilección en el público por un autor, o un género determinado,,s. Sin duda porque no es factible, en el comercio de libr~ría, el l?nz~mieoto de cuando en cuando, de un Hugo, de un ZoI.,, de un D Annunz10 siquiera. Ello hace que los autores, buscándole el gusto_ al lector, ensayen de
continuo nuevas intenciones, o, cuando menos, se prodiguen, forzando la producción llamada de entretenimiento.
No es cosa de dilucidar ahora, y meuos de pronunciarse en pr6 o ~n centra, si e5 o no conveniente para el arte literario el exceso o la conteuc160 . No
hay razón bast3ntc fuerte para invalidar la obra en bloque de un Lope de Vega
a la mayor gloria de la de un Flaub Tt, pongamos por op~estos métodos de trabajo. Aun .1hora mismo, y en Espaiia, ¿depende.o ex~lus1vamente de su_ abundancia o de su parquedad respectivas las excelencias y fallas de BaroJa o de
Azorín?
Cuenta entre los autores más prolíficos últimamente Alfonso Herná~dez
Catá. Su novela La Muerte NudVa, recientemente aparecida con atuendo tipográfico imitado del Notlurno, de D'Annunzio, ostenta además un tamaño desusado en los modelos corrientes del género, y en el autor, propulsor en otras
obras suyas inmediatamente anteriores; del tipo de novela corta, ~n que se h,a
distinguido muy señaladamente. Ello rev~la, y no,s parece propósito acertad1simo la intención de no someterse a un cnteno fiJO en cuanto al género que
se b~ de cultivar . .-Todos son buenos, menos el aburrido:.. Ya lo dijo Voltaire.
La Muerte N11,eva nos gusta menos que las novelas corta~ de C_atá. Sobran
páginas, desde luego. Por la precipitación, acaso, con que esta escnta 1 el autor
no nos ahorra ninguna justificacióo de cuantas se compla~e-en acumu!ar. sobre
los personajes de su ficción-de lugar, de tiempo, de acción, de sentimientos,
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de impulso!'!, de maneras-; hablan por sí y por el autor, ate nto en todo instante a justificarse a su vez, haciendo el juego y enseñando la trampa; 5e a1rnlizan, se desnudan, reflexionan demasiado. Y, por añadidura, la fusión que e! novelista pretende, entre un estilo natural y corriente, a vuela pluma, propio
para la nanaci6n, y el adecuado a las disquisiciones psicológicas, pictóricas,
explicativas del ambiente físico y moral de la novela, falla y agobia la atención. Falta, en suma, arquitectura, pon,d eración, evidencia humana.
No basta para la verosimilitud, ni hace falt~, que las cosas hayan sucedido
o puedan suceder tal y como el novelista nos las cuenta. Es preciso limitarlas
en el espac_io. y en el tiempo. En el espacio y en el tiempo reales-390 páginas
repartidas en las horas, con los necesaribs respiros, de que el lector puede disponer para leer la novela.
El protagonista, hijo de familia enriquecida, vuelve de In~laterra, donde se
ha educado, a Madrid. Cuatro mujeres se insertan desde luego en su vida, hasta
acabar con ella. en una muerte nueva, que no otra cosa es la disparatada exis•
tencia solitaria a que Se L:ondena en compaiiía de un tío suyo, bombre por de•
más extravagante- y novelesco. Esas cuatro mujeres son: la querida de un malvado, socio del padre del protagonista, una mecanógrafa, una virgen loca de la
clase media, una prima insignificante y zafia, cuyas ambiciones matrimoniales
alimenta la propia madre del galán. No aparecen delimitados de una pieza los
caracteres de las cuatro heroínas. Una misma fatalidad sentimental confunde
~us acciones en el transcurso de la fábula: Acierto innegable del novelista.
Acaso propende a presentarnos con colores excesivamente simpáticos a la 11tu~
jer mata, tipo dama ae las camelias, Por el contrario, logra justificar-sin explicación esta vez, sólo por su manera de producirse, dramáticamente-a la pobre fea, sobr~ la que se acumula toda la antipatía de cierto género de perfectas casadas. El sacrificio de la mecanógrafa vale por toda una novela. El ambiente de la calle donde vive se nos antoja el mejor fondo de cuantos se nos
ofrecen, no siempre necesarios, en La Muerte Nueva.
La grandiosidad pretendida én la última parte, la precipitación con que se
suceden episodios truculentos, en que nos parece advertir un mal con1:agio de
dannunzianismo de película, la incoherencia en, que la acción se diluye, malogran para nuestro gusto esta novela de nuestro amigo Hernáudez Catá, cuyo
constante esfuerzo por aunar la conquista del público a la dignidad literariá
-supremo don del gran escritor-le hacen acreedor a la sinceridad de una
opinión como l,1 nuestra, perseguidora de 1a verdad iuasequible.

* * *
Saulo Toróu: Las monedas de &amp;ob,·~.-Poemas.-Con una poesl,1 preliminar de
Pedro Salinas.

·
«T-6, que al mediado de tu vida
hasta nosotros te llegaste
con sólo unas monedas de cobre

�LA PLUMA

LA PLUMA

Joaquín Edwards Bello.- La M1ierte de Vanderbilt.-Novela.-Editorial

en la palma de la mano abierta,
señor eres de gran riqueza
que no se cambia ni se acuña
y tras la cual nos afanamos,
Como mineros incesantes
y como comerciantes activos,
unos cuantos hermanos dispersos,
de común anhelo, en la tierra.•

Mundo Latino. Madrid.
No sabemos a qué obedece la poca correspondeucia que se adviert~ entre
la poesía. lírica y \a novela, en lo que hace a los mo~os nuevos, que ~~ cµando
en cuando marcan con una sacudida más o menos v10lenta, la alteracion en las
normas literarias de una época.
La poesía lítica adquiere en E$paña un impulso que !:lignifica variaci,60 ¡¡b•·
soluta de rumbos desde el triunfo de Rubén DaTÍO eotre los jóvenes del 98,
con la consiguiente jmportadón de id~as francesas) hasta los prime_ros b~otes
futuristas, no granados aún en obras nt poetas com_parables a sus 1111?-edlatos
antecesores. La novela, en cambio, pese al ejem_plo de un Valle-lnclan, o de
un Bároja, no toma dirección alguna en pugna con las normas de Galdós,_ de
Pereda, de la Pardo, de Blasco Ibáñez1 v;vo y coleando triunfos no.rteamencanos. ¿Es que la sensibilidad que hemos dadry en llamar moderna, llene su expresión adecuada en la lírica, sin que sea dado intentar con éxito una nueva
interpretación novelesca del mundo?
En el flujo y reflujo de tendencias literarias y apetito'i del lector voraz, se
ha iniciado, de la guerra para acá1 cierta boga europea de las novel_as d~ av:nturas. De otrA parte, el humorismo, confinado hasta la fecha en la iroma ática
de segunda mano, según el patrón francés fin de siglo-modelo clásico-1 empieza a rebasar eso&amp; Jímües en busca de la farsa alegórica. La AfuerJe de. Vanderbitt, del señor Edwards Bello, revela el propósito de trasplantar a la novela española ese estado de á.nimo de ciertos escritores de allend~ el Pirineo }'
los Alpes, en que se funden el humorismo lírico, y la epopeya ma9uinista _de la
época-motores, vuel os, humos, energía eléctrica, ~aneo~, Bolsas, es decir, la
poetización del 1naterial t~nid? basta a~ora-por a.nt~p?éhco.
.
.
.
La Muerie de Vmlderbtll, llene grac1.11., soltura, d1v1erte, excita la 1mag~oación, mantiene el inlerés eh pos de la página siguiente, y, sobre todo sugiere
la posibilidad de rmevos veneros vírgenes todavía de toda mirada observadora
de novelista.
Lleva un prólogo muy justo eo su exaltaci6n, del literato chileno Augusto
d'Halmar.

En este envío con que se cierra la poesía de Pedro Salinas que figura al
frente de Las monedas de cobre, se declara su intenci6n honesta. Claridad de
espíritu y sencillez de expresión son sus cualidades notorias. El poeta proclama la sabiduría del médico que profetiza la salud de sus hermanos, como si le
agradeciera má.s que la salvación de sus vidas la seguridad del diagnóstico feliz; canta el poema de la vida familiar, la hermana mayor, en quien se compen~
dian las virtudes del hogar, las tertulías tranquilas y apacibles de su casa1 el
juego de los pequeños-paz y serenidad simplemente evocadas, rara vez sugeridas por una imagen ideal sin correrpondencia inmediata en 1a realidad - ;
canta a la barca vieja, a la casa en construcción, al borracho pintoresco de la
calle, que se embria~a de vino como el poeta, su compañero in mente, de en~
sueño; canta fraternalmente al poeta 1 cuyo libro Je trae una ráfaga de emoción;
canta las cartas vulgares, los viajes discretos, la lámpaga amiga, la hora del
ángelus.
Contrasta la inspiración 'recatada de este poeta canario con el esplendor y
el bartoquismo, que ya, por virtud de la poesía de Tomás Morales, de la pintura de Néstor de la Torre, se nos antojaban necesaria acomodación de la expresión literaria y pictórica-confundidas incluso eu las obras de Néstor y de
Morales-a una sensibilidad propiamente isleña.
La poesía de Saulo Torón tiene, sin embárgo, no sé qué especial acento
-dentro dé la generalidad y hasta vulgaridad de los temas que prefiere-, no
sé qué dejo característico del esptritu canarío, en lo que µueda tener de escala
obligada en el viaje espiritual de Esl?aña al nuevo continente. Un latido universal en el que perdura cierto eco provinciano:
«Palabras fugitivas
mis monedas de toóre
que al mundo vais a circular, o acaso
a saber del olvido de los hombres:
que el destino os depare
mejor suerte que a mí ... Que alguno log.re
sacar del cobre vuestro el oro suyo,
y que ricos y pobres
en vuestro amor 5e unan 1 como buenos
y bíblicos ap6stolcs.&gt;

•• •

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1

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Juan Ruiz de Afarcón.-los Pavores del J ,f u;;:Jo.-Edición de Pedro Henriquez Ureña.-Cultura, Méjico 1

1922.

Contrastra con la exuberancia y profusi6n del teatro clásico español, la meaura del mejicano Alarcón. No es la pi-imera vez que hemos tenido ocasión de
St&gt;ñalar ese comedimiento, como peculiar de la literatura mejicana, patente en
la literatura española t:Q.Oderna, y mucho más .comparándola con las del resto
de Ja América que habla español.
No se ha de exagerar, con todo, ni atribuir por entero a cualidades de raza .

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LA PLUMA

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y de civilización, lo quet en el caso de Alarc6n especialmente, es efecto de la
fatal reacción de su espíritu contra el destino: la agudeza de la sátira, Ja complacencia en las virtudes morales y su exaltación, más se debell sin duda a los
defectos físicos del autor de La verdad sospechosa, que a otra cosa. Por lo demás, si es cierto que sus comedias se distinguen de las de sus contemporáneos
más grandes, por un sello especial de dignidad y compostura, no lo es menos
que en punto a arquitectura su teatro no rompió deciC.idameote los moldes al
uso. En Los Favores deJ Mundo, recientemente editado en Méj\co, se echa de
ver cictto cuidado en trabar rigurn·s amente las variadas incidencias de !a intri•
ga; pero ésta no rebasa los límites canónicos de la comedia de capa y espada.
En cuanto a la lección moral, no falta tam'póco en los grandes ejemplos de
Lopc, de Tirso, de Calderón, de Moreto; salvo que en Alarcón, y ello 'no re.dun•
da, para nuestro gusto, en alabanza suya, los sucesos de la acción dramática
están encaminados con orden tan premeditado a la moraleja, que la fábula, de
tan evidente, pierde consistencia humana Es fodudable 1 no obsbmte la rigidez
con que pinta los caracteres dramáticos, que ese mismo empeño moralizador
le hace ver y declarar la condición de los personajes de que se vale, antes que
su aparato y comportamiento más exteriores y pintorescos, como suelen sus
contemporáneos de la metrópoli.
La presente edición de LQs Favores del A;/undo, cuidadosamente impresa, va
precedida de breves ensayos acerca de Alarc6n y su obra, ya pi!blicados en
otras ediciones y revistas por Alfonso Reyes y Enrique Díez-Canedo. En ellos
se fija con seguro trazo la figura de AlarcÓl'l y se deducen comentarios de gran
originalidad, sugestivos e interesantísimos, no ya para el estudioso, mas para
el lector en general, a quien se dedica esta edición popular.

* * *
Alfredo Pimenta: Prelexlos e R'q'lexoens.-Pdmera serie: 1920-1922.-Lis•
boa, ~ICMXXIL

No compartimos po1· entero el credo estético de nuestro colaborador. Credo
estético que es más bien una norma de vida. Aristocrática, refinad&lt;1. señera.
¿Quiere esto decir que prefiramos una existencia anodina, fea y toi-pe? No; c:ida
cual tiene su ;ilma en su almario y tiende a vivir plenamente. La discrepancia
está en las limitaciones a que sometemos el gusto propio. En el caso de nues•
tras afinidades o diferencias con Alfredo Pimenta, pudiéramos decir que esta•
mos de acuerdo en cuanto afirma; mas no en todo Jo que niega.
Pretextos e Rejleroens es una colección de notas breves y apostillas circunstanciales, entreveradas de expansiones líricas en prosa, a los pequeños acoote•
cimientos diarios de la vída literaria y artística. La lectura de un libro, la asistencia a un concierto o a una exposición, los bailes rusos, un simple paseo, o
la consideración del crepúsculo vespertino desde la terraza de un café, una
conversación con una dama en un salón, son motivo para otras tantas divaga·
ciones de varia lección, eu 1as que se descubre siempre el mismo sentido críti•
co, irreductible a la realidad.

.
.
uesto~ por el tráfago de la vida
Enemigo de los hábitos d~mocrát1cos,
d esPiritual con !o:s Wilde, los
moder □ a, Alfredo Pimenta vive en
~-tístico muy fin de siglo XIX., ;10
Lorrain los Bum e Janes, vacado a un I ea a todo intento de clasificar su 10·
'
• t · ue pretende
oponer a
á
rece
obstante la res1s encia q
,
scritor es:pañol co11tempor neo,_pa · .
dependencia. Cuando habla de a 1gun e
b a de circunstancial, de tributo al
r¡ducir su admiració~ a lo que bay_en ~u v:lle-lnclán limitadas al -preciosista
gusto de la época; aSl_ sus referencias e h n ens(lnchazado y ltmiianizado .Y.ª•
de ua tiempo al tslibsta, cuyas normas se a
o admite la colaborac1on
,
,
. foa Pimenta en suma, n
sin perder de su grncta prlS t .
p . t en la negación de ver d adera
anónima del pú.blico en la obra ~e arte. ers1~:nor intento utilitario. No sólo
calidad artística a Jas obras realizadas c~a el e juzga de la belleza del cuadro,
cree en la virtud aristocrática_del arte, s1i1~ s;¡udificultad.
del poema, de la sonata, prec1sament~Jrdad delicadísimos, y sobre _todo, no
Ello revela temperamento y sens1 l 1
1 es íritu cosmopolita de Al·
obstante Ja universalidad de los temdasl tri31ad~=u~:so, Je no es un tópico a qu_e
fredo Pimeata, descubre ese fondo e ª. ?1ªd 1 mundo civilizado, mas la condt·
haya reducido a Portn~al la ,incomprens1on :eblo libre, como concjencia hu·
ción esencial de su ex1stenc1a, no ya como p
mana.

he::ªr1mg

•••

, 1

la tradudda del italiano por J._Sán·

Mario Puccini.-Viva la anarfu,a.-[f,Nov_e. deboli e uomini" Jorti.-Le Sp1ghe,

cbez Rojaii,-Editorial Aménca.- om,m
Milano, Fratelli Treves, ed.
.
·. es r,n el orden espiritual, como
Pocos campos de experimentacuSn tan feiac ' '.d ocasión de respirar iU
.
h
'd
vez
en su
. d de
Italia. Quien qu1era que aya tem O una
d v1 acraños qiJe la leni1tu
•
•
·
, ·e por mucho~ esen.,,
·
¡¡ a
ambiente, conservara pflra s1em1 .1 ,
_ ·vas de energía adquinda _en e
r ·
la existencia normal le depare, c1ertasre,,er U 'd de América suscitar en el
siempre causa el especgor de- la vida italiana. Podrán los E 5 lad?s. ni . os
ánimo e*.· ·un español el a.sombro_ Y aturdimiento qte fsico v espiritual. Pero
táculo r:e la velocidad ea cualquiera de sus aspet ~~r;s la lui serena quepa·
ha de faltar e.n ta\ preponderancia de energ¡¡t ~x
No hay en el mundo
1
rece difundir su gracia de siglos sobre la vor 10 e l
:aYor rapidez, con más
país a1gL1no con mayor ..::apacidad de adaptac1 n, con
sensibilidad.
. T ación europea con la guerra,
En el punto crítico a que ha llegado la civi iz
ugoa por lograr una
.
¡
¡
roa de esfuerzos en P
d
Itaha representa ta vez a mayor_s_u .
ómico moral. Hasta don e es_a
nueva estabilidad1 un nu~vo equ1hbn~ econ
de!arrollo requiere la parst•
crisis se manifiesta en la hterature, es tema cuyMo . p
· • ¡ viene tratando
10 1 0
monfa. y método con qne nlleS t ro co Iaborador ano u·ucc de uoa opiu1º6 n per·
· t
·,
representa va
en sus crónicas. Por más que su ID enctoni d
oetáneos más afines, vaya
sonal al par que corr..partida por el ~rnpo e s~;- e adquiere un vigor, una
paladinamente declarada en sus arbcul0s de Ctt tea,
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315

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claridad singularísimos en sus creaciones puramente artísticas, en obras como
este Viva la Anarquía! recientemente traducida al español.
Hemos dicho que se trata de una obra puramente artística, y casi e3tamos
ya arrepentidos de nuestro aserto. Eu todo caso, esa puridad no excluye en
modo alguno la combinación de elementos, no ya meramente narrativos o de
invención, mas satíricos y aun en parte priacipalísima, de crítica literaria.
Tomando un punto de apoyo en la realidad 1 y en la autobiografía incluso, el
novelista se propone en Vha la anan¡u{al pintar el mundo apenas se aventura
e1 protagonista a comprenderlo y reconstruirlo idealmente sobre las minas de
la guerra. En esa n~construcción, radica a nuestro entender el alto sentido de
la novela, ita1ianísima, y por Jo tanto lo más adecuada a la comprensión del
lector español.
~
La actittid espiritlla] de Mario Puccini ante la disolución de los valores mo.
rales en que se cimentaba la vida anterior a la guerra, parece envolver, a pri•
mera vista, ese supremo desengaño en que juntan su nihilismo prestándose
fuerza mutuamente, anarquistas y conservadores a u.Itram:a. La solución es, con
todo1 digna de un espíritu liberal. No se ha de entender por estos términos que
Viva la anarquía! pertenezca a ningún género de literatura política. Hay en
sus páginas humanidad, y ello implica necesariamente que el autor aborde, por
boca y, aun mejor, por obra de sus personajes, problemas cuyo engranaje cons•
tituye Ja vida misma de estos días de lucha, de renovación, de amanecer
cruento.
¡Lástima que las míseras condiciones en que medra la librería española ha•
gan pasar inadvertida hasta la fecha, la novela de Mario Puccini!
El pequeño volumen, titulado úomini debo!i e 11011#ni forfi, contiene tres no•
vela~ cortas, inspiradas en e1 mismo criterio de realismo, a lo Verga, saturado
de crítica humana dentro de 1a gran tradición de Maozoni, en que inspira sus
propósitos el fecundo autor de Viva ta anarquta!

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•••

:111il"

Carlos Préndez Saldias: Et alma en los cristales. (Ilustraciones líric ~· de Ga•
briela Mistral y
Chile, 1922.

' 1

J. Lagos

Lisboa. Portada de Laureano Guerra.).- rntiago

Esta colección de poemas «es propiedad de la mujer amada. Queda hecho
el depósito que marca la ley•. ¿Buen humor? No, sino romanticismo ingenuo.
Es poeta qu(l! pulsa lira, a la que arranca sones acordados, a tono eon toda
clase de músicas oonocidas. Algunos poemas, como el titulado cMi estrella•.
denotan distinción y gr3cia poco comunes:
Tan vaga y pequeñita, que en la noche azulada
tiene apenas el débil claror de una mirada.
Los ojos agresivos de los sabios austeros
ínMilmente buscan en las altos senderos
la lumbre soñolienta de la estrella dormida.
316

Se niega a la mezquioa ciencia de los austeros
¡y encanta la brumosa nostalgia de mi vid al
Ha siglos que los hombres a la noche preguntan
el lejano misterio de la estrella que falta;
yo, cuanrlo las p.rimeras luciérnagas despuntan,
siento el beso inefable de una estrella muy alta!
Quieren darle los sabios en su ciencia pequeña
un nombre como a todas las estrellas vulgares,
y decir a la triste caravana que sueña:
¡apareció la estrella que se perdió en las naves!
Pero tú, la ermitaña de los cielos profundos,
mientras la ciencia diga su vanidad eterna,
has de seguir velada para todos los mundos,
¡y besandó la'5 aguas vivas de mi cisterna!
C. R. C.

•••
En el número del mes corriente de La Nouvetle Revue Francaise, Albert
Thibaudet dedica sus habituales Re'fl,exiones sobre literatura a la crisis del pensamiento francés y a su reha,bilitación ante el mundo:
cEs inótil decir una vez más que la figura actual de Francia no es la que e~peraban quienes están habituados a verla ocupar un lugar eminente_en el pai•
saje universal de las ideas y de las formas. Tanto más inútil cuanta que no soy
de los que se preocupan y lamentan, a este r:especto, des~edidamentc. Hay
alao mejor que hacer. De una parte es interesante y ventajoso el recor:·er los
sa7ientes de esa figura, engendrándola con el pensamiento. Por otro lado, podernos considerarla como uaa especie de corteza, de caparazó~~, un _tanto duro
y denso, impuesto por cierto impulso vital de defensa, Y en el rntenor_ del cual
se opera la c:volu.ció.n que, de hallar circunstan~ias favorables, dará mana~a un"'a
figura más ágil, compensando en solidez in tenor la actual d~reza cal~~rea. dc
1a periferia de su muro defensivo. Es ambicioso y de peligrosa facthdad e 1.
pensar y hablar por generaciones, pretendieQ.do dibujar-una de las grandes
tentaciories de la crítica-un diseño de la generación venidera. L~ más qu~ se
P uede hacer es reconocer, más o menos frágilmente, algunos equipos, que tm. ¡ a con d.1c100,
·' el terreno 1 el
plican o implicarán equipos adversos, y presentir
· uego el público de los grandes partidos.

J

•
&gt;El' crítico que se esfuerza-en pensar as1, por equipos
contemporáneos ' por
desenvolvimiento regular y natural del tiempo social, se encuentra hoy, Y ex•
presamente este año de H)Z2, con una so 1ue1'6 n d e eo n tiouidad 1 con un °aran
317

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bien le sentaba cuando comía pan y ceboUa con el honrado pLteblO:, más que
t&gt;I Sr. Lerroux en licenciarse hn ta11dado Santa Teresa en llegar a doctora; más
doctrina que en las Facultades universitaria!! hay en cualquier discurso de! señor Lerroux. Le ha bastado arengar en Canarias para que las divinidades académicas de La Lagu.na se decidieran a zambullirlo simbólicamente en aquellas
aguas, sacándolo jurisperito regenerado. Poseemos el texto de su oración!
«Llegará un día-exclama el Sr. Lerroux, profeta-en que grandes vías férreas
han de cruzar Europa, han de cruzar el Atlántico por la línea más breve, y por
la costa del Cllotinente africano, llegar hasta América, donde se irradiarán por
todos los países 1 llevando hasta ellos el caudal de nuestra rique.za, las palpitaciones de toda nuestra vida. Esn L.0 VERÁN LAS (;KNERACIONBS VKNIDRRAS.:t ¡Pues
tendrán que abrir un ojo tamaño! ¿Y lo que se atormenta el Sr. Lerroux con
los grandes problemas históricos? ,He sentido-añade-un gran dolor en el
corazón cuando algunos pensaban que acaso hubiese sido preferible que no
hubiese nacido Cristóbal Colón.:t ¡No se apure, doo Alejandro; ni se duela de
nada! Podemos asegurarle que si CristóGal Colón no hubiese nacido, no tendríamos toros de la ganadería de Veragua; lo demás, sería casi lo mismo. cHa
de pensarse siempre coa la mirada fija en el porvenir, como pensó Inglaterra
cuando 1 coN oos SIGLOS DK A.NTIC[J&gt;AClÓN (?) ocupó Gibraltar, se hizo daefia de
Malta 1 dominó el Egipto, para hacer de la India un pueblo auxiliar (o para kacer !tablar a Lert·oux en Las Palmas) y poder expansionar su riqueza, abriéndose nuevos mercados.:t Esa _prev~sión inglesa será mucho más admirable de
aquí a cien o doscientos años, cuando el Lcrroux que esté de tanda eche de
ver que los ingleses se apoderaron de Gibraltar ccon cuatro siglos de anticipación». Pero los ingleses mismos, con ser quien son, no pueden competir con
Ja Providencia, que biza nacer a Jesuc1•isto eL1 el comienzo exacto de la Era
Cristiana, precisamente mil novecientos veintidós áños antes de licenciarse en
Derecho el Sr. Lerroux.

•
320

A:ilO III.

MADRID, NOVIBMBRE 1922

NÚM. 50.

UN LIBERAL DE ANTAÑO
EN LA MUERTE DE DON AMÓS SALVADOR

niño, la idea que yo tenía de los patriarcas era por
demás imponente; la luenga barba blanca, la túnica, el aspecto grave con que los pintaban las estampas del Fleury,
sugeríanme la impresión de una voz tonante que amedrentaba mis sueños. Como después he visto alguno sin tal atuendo
bíblico, de primeras no lo he reconocido.
Hace el nombre a la cosa. Aunque no lo sé de cierto, no creo que
el nombre de pila de D. Amós Salvador respondiera a ninguna tradición antigua en su familia. Sin duda sus padres, a usanza castellana
de cristianos viejos, pusiéronle simplemente bajo la advocación del
santo del día, en que nació. El apellido Salvador ¿denota ascendencia
de judíos conversos? En todo caso, Amós Salvador es nombre que
imprime carácter, que parece definir ya de por sí una personalidad

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XXI

UANDO

321

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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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            <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753230&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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      <name>Dublin Core</name>
      <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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              <text>La Pluma, 1922, Año 3, Vol 5, No 29, Octubre</text>
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              <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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              <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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              <text>01/10/1922</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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      <name>Juan José Domenchira</name>
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      <name>Religión de hombres honrados</name>
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      <name>Ricardo Baroja</name>
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