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                  <text>LA PLUMA

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bien le sentaba cuando comía pan y ceboUa con el honrado pLteblO:, más que
t&gt;I Sr. Lerroux en licenciarse hn ta11dado Santa Teresa en llegar a doctora; más
doctrina que en las Facultades universitaria!! hay en cualquier discurso de! señor Lerroux. Le ha bastado arengar en Canarias para que las divinidades académicas de La Lagu.na se decidieran a zambullirlo simbólicamente en aquellas
aguas, sacándolo jurisperito regenerado. Poseemos el texto de su oración!
«Llegará un día-exclama el Sr. Lerroux, profeta-en que grandes vías férreas
han de cruzar Europa, han de cruzar el Atlántico por la línea más breve, y por
la costa del Cllotinente africano, llegar hasta América, donde se irradiarán por
todos los países 1 llevando hasta ellos el caudal de nuestra rique.za, las palpitaciones de toda nuestra vida. Esn L.0 VERÁN LAS (;KNERACIONBS VKNIDRRAS.:t ¡Pues
tendrán que abrir un ojo tamaño! ¿Y lo que se atormenta el Sr. Lerroux con
los grandes problemas históricos? ,He sentido-añade-un gran dolor en el
corazón cuando algunos pensaban que acaso hubiese sido preferible que no
hubiese nacido Cristóbal Colón.:t ¡No se apure, doo Alejandro; ni se duela de
nada! Podemos asegurarle que si CristóGal Colón no hubiese nacido, no tendríamos toros de la ganadería de Veragua; lo demás, sería casi lo mismo. cHa
de pensarse siempre coa la mirada fija en el porvenir, como pensó Inglaterra
cuando 1 coN oos SIGLOS DK A.NTIC[J&gt;AClÓN (?) ocupó Gibraltar, se hizo daefia de
Malta 1 dominó el Egipto, para hacer de la India un pueblo auxiliar (o para kacer !tablar a Lert·oux en Las Palmas) y poder expansionar su riqueza, abriéndose nuevos mercados.:t Esa _prev~sión inglesa será mucho más admirable de
aquí a cien o doscientos años, cuando el Lcrroux que esté de tanda eche de
ver que los ingleses se apoderaron de Gibraltar ccon cuatro siglos de anticipación». Pero los ingleses mismos, con ser quien son, no pueden competir con
Ja Providencia, que biza nacer a Jesuc1•isto eL1 el comienzo exacto de la Era
Cristiana, precisamente mil novecientos veintidós áños antes de licenciarse en
Derecho el Sr. Lerroux.

•
320

A:ilO III.

MADRID, NOVIBMBRE 1922

NÚM. 50.

UN LIBERAL DE ANTAÑO
EN LA MUERTE DE DON AMÓS SALVADOR

niño, la idea que yo tenía de los patriarcas era por
demás imponente; la luenga barba blanca, la túnica, el aspecto grave con que los pintaban las estampas del Fleury,
sugeríanme la impresión de una voz tonante que amedrentaba mis sueños. Como después he visto alguno sin tal atuendo
bíblico, de primeras no lo he reconocido.
Hace el nombre a la cosa. Aunque no lo sé de cierto, no creo que
el nombre de pila de D. Amós Salvador respondiera a ninguna tradición antigua en su familia. Sin duda sus padres, a usanza castellana
de cristianos viejos, pusiéronle simplemente bajo la advocación del
santo del día, en que nació. El apellido Salvador ¿denota ascendencia
de judíos conversos? En todo caso, Amós Salvador es nombre que
imprime carácter, que parece definir ya de por sí una personalidad

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XXI

UANDO

321

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LA PLUMA

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a ojos del escéptico desengañado, chirimbolos teatrales sin correspondencia en la realidad. Una política liberal ha de regir el Estado,
representación verdadera de Ia conciencia nacional traducida en
leyes fundamentales comunes a todos los súbditos. Garantida la
libertad ir.dividua!, el Estado mantiene una religión nacional en cuyos dogmas morales se cimenta la sociedad española, por mejor defender la personalidad jurídica de la nación de la ingerencia de Roma;
sustenta un c1iterio nacional en materia de enseñanza, atribuí da a los
Institutos y Universidades del Estado; vela, en las Academias, por la
conservación y el progreso de una ciencia y un:arte nacionales; mantiene, sobre todo, la supremacía del castellano, como idioma español
oficial, sobre las demás lenguas y dialectos regionales. Llevando la
teoría al extremo, incluso admite como buena la intervención de su
autoridad en las fiestas de toros, porque nada se sustraiga, con hipócrita ignorancia, a la ley nacional.
El buen liberal de antaño sigue creyendo en la posibilidad de
continuar la historia de España, respetando los principios constitucionales pactados hace medio siglo entre la Revolución y el Poder
Real. Su política de unión liberal reniega siempre de todo espíritu
faccioso-llámese regionalismo, sindicalismo socialista, tecnicismo
profesional, camarillas, somatenes, juntas de defensa o de acción
ciudadana-que implique menoscabo del Estado en que la nación
define su personalidad.
El buen liberal de antaño muere, si no pobre de solemnidad,
ajeno a las grandes especulaciones de los nuevos ricos, acogido al
horaciano huerto familiar regado por el Ebro, río nacional por excelencia.
Y al volver para siempre a su tierra, su pueblo calla con solemne duelo, en el que late, por una vez, bajo el rito oficial, un

sentimiento de augusta sencillez humana. Sobre
ria poner la copla de Jorge Manrique:

su tumba cumpli-

,¡Qué amigo de sus amigos,
qué señor para criados
y parieotes 1
qué enemigo de enemigos1
qué maestro de esforzados
y valientes!
Qué seso para discretos,
qué gracia para donosos,
qué razón,
cuán benigno a los sujetos,
y a los bravos y dañosos1
un león!&gt;

c.

RIVAS CHERIF,

�'l'

LA. PLUMA
SA.BELITA

Padrino, vuélvame a San Clemente.
EL CABALLERO

Después de la cena. Siéntate.

'11
11

'j!

SAHELITA

1

¡¡

1¡i

,,.

:1

CARA DE PLATA ~

Permítame que le sirva.

COMEDIA

EL CABALLERO

No llores y obedece,

BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN

SABELITA

DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA TERCERA (,J

Mi destino es llorar.
EL CABALLERO

ESCENA PRIMERA
Toma mí copa y bebe.

SALA GRAND E y oscura en el Pazo de Lantañón. Un Santo
Cristo con enagüillas en la tiniebla del ,nuro encaladí!, sugiere su lívida
tragedia. Hipnotiza el clavo amarillo de una luz dt aceite. Por el vano
de u.n arco se advierte la mesa con recado de manteles. Rondan en torno
gatos y pe,-ros. El Mayoraz![o, en su sillón, levanta la copa. Sabe/ita,
en ti fondo de una puerta, se cubre la cara. ¡Blancura de aquellas

SABELITA

¡No me avergüence, padrino!
EL CABALLERO

¡Aborrecida vergüenza!

manos!

EL CABALLERO estrella la copa y se alza del sill~n bamboleandí! la mesa. Largo y sobresaltado temblor del ª1''ª,. loceno, se de. y se apaga el vel on.
, En la sala oscura1 como. sz
, naciese
l
rra,na el vino
de pronto, la luna argent,í una vidriera, Con las .figztras diluidas en a
el prestigio de las voces y de las sombras.
()SCf
_..,
1 n 'dad, sura'Ía

EL CABALLERO

Descubre los ojos y mírame.
SABELITA

¡No puedo!
SABELITA

EL CABALLERO

¡Obedece, Isabel!
( 1)
328

Véas..-:: LA

PLUMA

de octubre, 1922.

l.
1

Padrino, permítame volver a San Clemente.
EL CABALLERO

•
¡a puerta. 1·Vete , y no vuelvas!
Franca tienes

�LA P L U ~l A

LA PLUMA
SABELITA

¡Malvado Fuso Negro!

SABELITA

¿Para qué quiere mi alma?
EL CABALLERO

¿Por qué te detienes?

EL CABALLERO

Para mí la quiero. ¡Entrégamela!
SABELlTA

¡Espanto me da!

SABELITA

A Satanás se la entrego.
EL CABALLERO

¡Vete!

EL CABALLERO

¡Mía es!
SABELITA

¡Alma sobresaltada, sosiega! ¡Aléjate, espanto! ¡No me ates en
estos umbrales, imán del Infierno!
EL CABALLERO

SABELlTA

¡Padrino, no me pierda!
EL CABALLERO

¡Soy Satanás y te pierdo!

¡Mal rayo me parta! ¡Huye! ¡No te detengas!
SABELITA

¡Rey del Cielo, desencadéname, que aquí me pierdo!
EL CABALLERO

,No te vas?
SA.BELJTA

No puedo.

.'I

EL CABALLERO

Me perteneces.

SABELITA

¡Padrino!
EL CABALLERO

Llámame monstruo infernal. Maldito mil veces, que ni la flor de
tu inocencia respeto.
POR LA POERT A L UN ERA, escueto y negro, d tonsurado
atropella, y detrás se enC1Jge y mima un gesto dt terror y lascivia el repelado sacristán de San Clemente.

SABELITA

Mi alma condeno.

EL ABAD

¡Rey Faraón, vengo por mi oveja!
EL CABALLERO

¡Entrégamelal
330

EL CA~ALLERO

¡Mírala!
331

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

.1

EL CABALLERO

¡Mal pensé de ti, bárbaro Montenegro, mal y con saña! ¡Nunca
tan bajo que acogieses a las mancebas de tus hijos y cenases con
.ellas!

· Porque mis soledades acompañase .
EL ABAD

Montenegro, te amonesto para que me vuelvas la oveja.

EL CABALLERO

EL CABALLERO

¡Clérigo bellaco, de ningún hijo de puta es manceba mi ahijada!
1

Fué su voluntad el cambio de vara.

1

EL ABAD

, l.
. l:'1· ,
1'
1

111
.•'1 1

•1:11'
;

'1

EL CABALLERO

De nada soy culpada .

Yo tampoco te muevo guerra .

EL ABAD

¿Quién aquí le trajo, pues te han visto arrebatada en un caballo/
;¡Tu liviandad declara!

I

:., :!~'

Montenegro, de paces vengo.

SABELITA

. :1:
•I

EL ABAD

Habla tú, impúdica mozuela .

EL ABAD

· Éramos amigos, con trato de parientes, y me negaste el pas&lt;&gt;
cuando iba a encomendar un alma.

f!'L CABALLERO

¡Yo la traje!

EL CABALLERO

Yo, no. Uno de mis rapaces.

EL ABAD

¡Vade retro!

EL ABAD

Pero tú lo has sostenido.

EL CABALLERO

¿De qué te espantas?

EL CABALLERO

EL ABAD

¿Tú la robaste?
EL CABALLERO

Sí.

.332

\

No e5taba a menos obligado.
EL ABAD.

Aquel pecador murió sin auxilios, y es de suponer que pene en
el Infierno.

EL ABAD

¿Con qué mira?

j

EL CABALLERO

Eso tendrá que agradecerle a mi rapaz el Diablo.
33.3

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

EL ABAD

Te sacaré arrastrada de las trenzas.

¡Blasfemo!

SABELITA

EL CABALLERO

¡Padrino, no me ponga cadenas! Rompa el negro imán con que
me prende! ¡Déjeme libre! ¡Libérteme!

¡Sacrílego! ¡Deseas la moza para tu regalo! ¡Nos conocemos!
EL ABAD

¡ 'I

.'

'• ,.I ·

:€1 CABALLERO

Puedes cobrarla, de paz te la entrego. Isabel, de quedarte o de
irte eres libre. Elige.

¡Bórrate, espanto! ¡Alma mía, avaliéntate! ¡Supérate! ¡Padrino,
rompa estP atribulado cautiverio\ Y si no lo rompe, ordene que me
quede, si es mi suerte perderme.

SABELITA

EL CABALLERO

1

Ir.' · ··11i\ ·
¡ .

\1

Libre eres.
SABELlTA

1 :
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. ~'I¡ 1
. : 'I
•t. ;1
, 1,!,. •·.·¡

ti . .
•

EL CABALLERO

¡Bárbaro Montenegro, tendrás la guerra, pues la guerra provocas\
Pisaré por tu dominio y cobraré la mala oveja.

'

1

'

•

,1

\

1111

Caiga el pecado sobre mi concienda. ¡Quédate!

¡Elijo mi muerte\

1

. •1 ·m]l11 'I

EL ABAD

Ef, ABAD
¡

:1,I

¡Montenegro, poder de brujo tienes! ¡En él te amparas! ¡No me
espantas, Montenegro! ¡Emplazado quedas! ¡Aún nos veremos!

¡Calla, malvada! ¡No publiques tu licencia! ¡Sígueme!
SABELITA

EL CABALLERO

¡Pazo de Lantañón, adiós para siempre!
¡El Diablo te lleve!

EL ABAD

EL ABAD

¡Sígueme!

Por castigar tu soberbia soy capaz de encenderle una vela.
1Tiembla!

SABELJTA

Los pies me atan. Andar no puedo.
EL ABAD

¡Ven conmigo!
SABELITA

Tengo grillos.

l

SALE EL TONSURADO como una ráfaga negraporla
puerta tunera. l!."/ Mayorazgo levanta su copa y la ofrece a la sombra
arrodillada dt su nueva manceba. ·
335

334

,,
j

l

�LA PLUMA

LA PLUMA
ESCENA SEGVNDA

LA ENCRUCI7ADA DE SAN MARTIÑO DE FREYRES:
Cielo con estrellas: Rumor de viento en las mieses y la q1teja del molino,
en un grupo de árboles, nocharniega. La luna en la balsa hila nieblas
de plata. Sobre la cruz de los albos caminos ennegrece d bulto ensotanado del Abad. Bajo el cielo estrellado tl bonete perfila sus cuernos,y
el brazo perfila su trazo 11egro dt maldición y anatema. Bias de Migutz
se encoge como un perro sobre la sombra alargada dd to¡uurado.

EL ABAD

¡Hoy me juego el alma!
BLAS DE MIGUEZ

No la juegue, que la pierde.
EL ABAD

¡Y tú te condenarás conmigo!
BLAS DE MIGUEZ

EL ABAD

¿Qué falta le háce compañero?

¡Casta de soberbios! ¡Maldita seas!
BLAS DE MJGUEZ

EL ABAD

Tú seguirás mi suerte.

¡Qué gallo el vinculero!
BLAS DE MIGUEZ

EL ABAD

'

1

¡Bárbaro Montenegro, yo te daré en la cara una bofetada como
ésta!
BLAS DE MIGUEZ

Caso de no tener influjo con San Pedro.
EL ABAD

Tú harás cuanto yo te ordene.

¡Justo juez!

BLAS DE MlGUEZ

EL ORDEN AD O se azota la mejilla, y tl sacristán se santigua muchas veces con gemidos y g olpts de pecho. Ladran, lejanos, los
perros dt una aldta.

¡Salvando mi alma!
EL ABAD

Llegado a tu casa, te pones a morir.
BLAS DE MIGUIDZ

EL ABAD

Saµmás, te vendo el alma si me vales en esta hora. ¡No me espanta ni el sacrilegio!
BLAS DE MIGUEZ

¡Señor Abad, no pida ayuda al Infierno!
336

¡Madre Santísima!
EL ABAD

Y, puesto a morir, te despides de los hijos y de la parienta. ¡Pides confesión!
XXII

337

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

BLAS DE MIGUEZ

Si es preciso, te mueres.

Me pongo a morir y no muero.

BLAS DE MIGUEZ

EL ABAD

¿Qué achaque padeces?
BLAS DE MIGUEZ

¡Mal de ijada!

l

De un ojo solamente; a más no me comprometo.
EL ABAD

¡Camina!
EL ABAD

Desde que pises el quintero empiezas a dolerte y a implorar los
Divinos.
BLAS DE MlGUEZ

BLAS DE MIGUEZ

A más, me rebelo.
EL ABAD

¡Obedecel

Susto me da de penetrarle la idea.
EL ABAD

Es preciso que me obedezcas ciegamente.

BLAS DE MIGUEZ

¡Morir, ni de pe~samiento!
EL ABAD

BLAS DE MIGUEZ

Me pongo a morir ... Confieso y comulgo, que nunca está por demás ... Así es. Pero de agonizante no paso ... A morir me rebelo.

A morir te pones, y si es preciso te mueres. Esta es la lección y
a ella te sujetas.
BLAS DE MIGUEZ

EL ABAD

¡Cativa letral ¡Ya le declaro que no es para cumplida!

¡Tú, obedeces!
EL ABAD
BLAS DE MlGUEZ

¡Como tal se malicie la parienta!

A Satanás te encomiendas.
BLAS DE MIGUEZ

EL ABAD

¡Para que luego me chamusquel_¡Arreniégole!

¡Vetel
BLAS DE MIGUEZ

Tendré que zurrarle el pandero.
338

EL ABAD

¡Vete!
339

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, ida.

BI

III

W·- -~¡:.,i/J

�LA PLUMA
LA PLUMA
LA VIEJA

uya! Si te hacen una barriga, vas para fuera de casa. ¡Es anís doble,
condenación! ¡Bebe un trago, rapaza!

LA BlGARDONA

LA BIGA R D O NA, con remangue, toma el pichel que le
ofrece la vieja, y tras de catarlo, se frota los labios con el pañuelo majo

,No te representa una voz?
¡Cómo está de alumbrada, mi madre!

que lleva al pecho.

LA VlEJA

LA BIGARDONA

Ya que el pecado me recuerdas, voy a tirarle del teto!
¡Resolis!
LA VI E 7 A ,ncu,rada alcanza del vasar el pi.ch,! p, itt!{oso.
Ca,n unas trébedes. Se espanta el gato. Cruje el camastro, y por el
borde de la cobija remendada sacan la cabeza tres críos. La vieja apura
el pzchel, morosa y deleitada.

CORO DE CRIANZAS

¡Una pinga mi mál ¡Una pinga mi má!
LA VIEJA

Dale una pinga a esos aborrecidos.
CORO DE CRIANZAS

SOBRE EL CAMASTRO, saliendo de la cobija remendada, implora el coro de dnimas. Celonio, Cabina, Mi.ngote, st disputan
el pichel con las manos tenaidas y las uñas de fuera. Al ddrselo la bigardona, el pichel se quiebra entre tantas manos.

¡Una pinga mi má! ¡Una pinga mi mál
LA VIEJA

¡Una horca, centellón!
CORO DE CRIANZAS

LA VIEJA

¡Una pinga!

¡Ay, venenos! ¡Mala centella os abrase! ¡Habéis de acabar en una
horca! ¡Casta renegada! ¡Sanguinarios!

LA VIEJA

¡Celonio! ¡Gabina! ¡Mingote! ¡Venenos! ¡Buscáis que os visite San
Benitiño de Palermo! ¿Quieres tú echar un trago, Ginera?

LA BIGARDONA

Vístase la camisa, mi madre.

LA BIGARDONA

LA VI E 7 A acompasa los gritos repicando las tenazas sobre las
asustadas cabezas del retablo que se desbarata. Plañidera torna al hogar. Entre un burujo de ropas _cachea por la faltriquera y cuenta unos

Luego los mozos me sienten el aliento.
LA VIEJA

Ten la boca desapartada, gran sinvergüenza. Arrímate mucho a

ochavos.

los mozos Y verás lo que sacas. ¡Ay, qué condición más renegada la

343

342

'

�LA PLUMA
LA VI•JA

¡Era de lo bueno! ¡Un resolis que mejor no lo bebe la reina de
España! Ginera, átate las enaguas y ve por un cortadillo.

1,

LA BIGARDDNA

i

¿Holanda o anisado?
LA VIEJA

¡Anisado, grandísima bribona! ¡Arreniégole, que no piensas más
que en los mozos! ¡Anisado, condenada! ¡Anisado! Enciende un Cachizo.
LA BIGARDONA

RIGOR
PLAYERA
Ciudad accidental,
de los estíos: damas.
flustes de extremas sedas
ángulos insinúan.

¡Hay luna!
VOZ LEJANA

¡Muero! ¡Acabo!

.l:aten las alusiones

LA VIEJA

¡Asúsl ¡Pues; no me vuelve la tema pasada! ¡Viento inventor!
¡Talmente el lamento de tu padre!

con rigor geométrico.

J:a ciudad está loca,
loca de geometría,
¡oh, mm¡ elemental!
J:ibro de bachiller:
página tantas: vértice.
¡cSutil, sutil 6uclides!

VAHO LENTO
cSienes soñolientas.
soñolientos.
Un vaho lento, más lento, en/o.
{;l vaho se espesa:

;}{0 mbros

344

.

345

�LA P L U~! A

LA PLUMA

.-\LELUY AS SENTENCJ0SAS,

más niebla, más niebla.
'Vaho,
niebla,

~us duelos y tus penas
esconde en la bodega.

nube, caos.

C,l umbrío reposo
sabe añejarlo todo.

5nsólito término:
Cárcel. ~tu ros férreos.

BARCAROLA

C,l tiempo es así hucha
de ahorros de dulzura.
'Verde será la hoja

9f.l durmiente meciendo
cabecea el esquife
en el espacio puro.

en rama que fué monda.

¡ 'Venturoso vaivén
sobre lisa alta mar
sin instantes de espuma!

sonreirán al viento
las penas y los duelos.

Un indice de luz
descubre las tinieblas.
C,l albor da las cuatro.

91, la costa conducen
el esquife los puños
de solares remeros.
¡Oh, cuán ceñudamente,
a medio abrir los ojos,
atraca el navegante!
'Vacilando aturdido
piérdese por la villa,
trémula de relojes.

'JI bajo un sol aún niño,
cual pueriles flequillos

VILLANCICO
Carne rosa y alba
del sagrado ;Niño,
con risas calladas
en hoyuelos lindos.
9/.osa, pero alba,
tan pura y a legre
albea la gracia
en carne celeste,
cual si iluminaran
grosezuelas risas,
a la luz del alba,
una rosd viva.
JORGE GUJLLtN.

347"

�EL ALBA

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-,-o ha habido ayecf-"A pe er•..t •·

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La . . . . . 11n bi1o1 ncibe ll pri.-a'fllD

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111 a111a iiii"¡r¡ílil ~MiiUñiiM 'iD'\.-, • - 'I
- - • lal.
- • de T, S. F. 11 tipo del alw.

El .... clolld,W'1liííl i&amp;Wtill ll"fiHlf \ , . l 118:rw N'411l-.
M.M.....,.aDOW11111.imaeU.W.7Wlt'M,..,.,. s 'llllllllia.
J fatal.

~--•:-;-~;,r.¿.mt

,,

�LA PLUMA
LA PLUMA
Los pueblecitos los dibuja el alba como en una improvisación.

mar, ya naufragada la superficie iluminada. Y es que el momento es
supremo como la agonía y el hundimiento en el mar.

-No he vivido horas tan altas sino en los días de enfermedad o de
preocupación en que no se ,·e nada.
-Pues mira qué otro mundo, qué otra cosa.
-Suelta el recuerdo de tus faltas, de tus procacidades, de tus crímenes, porque el alba es un gran turbión que pasa con el jabón y la Jegía
mezclados al agua.

Por el bosque del alba invernal, bosque que se proyecta sobre la ciudad urbanizada, pasan los hombres embozados, cheposos y echados hacia adelante.

A la madrugada, cuando volváis de un baile, cuidad de arreglar
vuestro cuarto y de guardar el frac y su camisa ... Si no será deplorable
el despertar, pues un concepto vivirá en la mañana con todo por medio
y el frac ahorcado: el concepto de la INUTILIDAD.

Cielo de viaje, cielo de ciudad en la que se entra con la madrugada.

Nada más desconsolador en el alba que el Jlanto de aquel niño de
pobre, dolorido de no encontrar su casa, visionario de una conciencia
superior en la voz del alba, disconforme, imponente, con ojos en su
niñez como en las parálisis el paralítico, ojos de querer decir qué y no
poder.
-Primero fíjate cómo el cielo se Jlena de Diluvio universal.
-¿Que sientes frío en las piernas?
«No he vivido horas tan altas», se podrá exclamar.
Suelta el recuerdo de tus faltas, de tus procacidades, que el alba es
lustral y se las Jlevará todas.
Entre los retazos de diálogo de un posible drama titulado «El Alba»
se dice:
-Tus ojos que miran el alba tienen expresión de agonizante.
- Tú también, tú parece que miras desde el fondo oscurísimo del

La ciudad queda convertida en antigua ciudad lacustre, en siniestrada ciudad, en ciudad vista desde lejos.

Crea el mundo, lo templa, Jo fomenta, Je hace darse cuenta de su
deber.
La idea compacta, prevalida y testaruda del tiempo se deshace porque se la ve la trampa.
Se comprende cómo de la noche a la mañana se podía haber modificado todo.
¡Oh, la propaganda anarquista del alba, terrible, famélida, nihilista!
El alba de todos los días rompe las bolsas de las aguas del día.
Sorprende a vivos y a muertos con idéntica superioridad ... Recuerdo
en los velatorios Jo ruda, Jo igualmente indiferente que entraba para el

muerto y para nosotros en la casa fúnebre.
Fábrica de acero de la madrugada. Nos resistimos a aceptarlo. Queremos ser blandos y suaves. Pero entra en nosotros este acero y nos llena
-de un vigor terreno, de un instinto solitario y atrabiliario.
JSI

�L A PLUMA
LA PLUMA
De lo único que se acuerda la nueva alba es del muerto enterrado
en el día de ayer.
- Ya no está ese-se dice, y se pone más pálida.
Empiezan a nacer las cosas y las casas y las montañas por arriba,
de arriba a abajo.
Todas las calles son patios del alba.

nueva ley de la existencia, el nuevo movimiento de la vida, el nuevo
estado de espíritu.
Ahora se ve que lo que sucedió ayer ya no tiene remedio. Después de
preguntar si ha habido ayer, sale en su gaceta definitivamente, está consagrado el desengaño o la esperanza.
Hay en el alba como señales de estación, brazos blancos y cartabones pintados que se destacan sobre el cielo y en los que pone «EL
ALBA» ... «EL ALBA» ...

La c.,planada del cielo es mayor.

La nueva aurora ha borrado ya al muerto de ayer. Eso completa¡Cómo mira el alba por las ventanas vacías que dan al otro mundot

mente.

Le enterraron ayer tarde y todavía durante la noche flotó aloo
de su
0
¡Qué conseguida tienen su mujer los que ahora están con su mujer!
¡Qué solos los amantes a esta hora en que priva la verdad escueta!
Toda la ciudad parece un panteón, tanto que al pasar durante el
alba por delante de los balcones que sabemos de quién son, nos decimos.
frente a sus maderas, que son como bandas reunidas por unas visagras:
-Allí vivía Fulano.
Es lo único que podemos decir.
Amanece el alba como una mirada. Todo vuelve a la realidad por
la gracia de esa mirada de luz natural que lo crea todo de nuevo.

Esa primera campana no está en ninguna parte. Es del campanario
del alba, se funde en cada alba y tiene como inscripción de campana la
fecha del día, como esas inscripciones del pan de cada día.
Las horas prehistóricas y cavernarias vuelven con el alba.
En los pisos altos y en las guardillas comienza a regir primero la
352

ser en la vida.

La aurora automáticamente borra al muerto de la vida y lo borró
con la tinta blanca de lo que no es tétrico. Así nos borrará a nosotros
también el día en que nos toque ser borrados, así como tuvimos la
suerte de ser creados.

Arranca todas las esquelas de defunción del día anterior y con la impiedad necesaria borra los muertos. Si no fuese por eso estaríamos llenos de los lutos antiguos y el día en que aún no teníamos luto propio
ninguno, hubiéramos llevado colgandero el luto abrumador de los
demás. La aurora sería negra en vez de blanca si no tuviese tan terminantes decisiones, si no borrase como borra los muertos que fueron

enterrados en el día de ayer.
En nosotros seguirán todos los recuerdos, pero ya aquel catafalco
que a raíz de la muerte del muerto entrañable ocupaba el día, será borrado por la nueva aurora.
El turbillón, esa atmósfera o cuerpo flúido que rodea nuestro planeta, se desgarra.
XXIII

353

�LA PLUMA
Una aurora más. Vamos de luz en luz distinta, de luz en luz de nuevos días, aprendiendo el significado estrecho del mundo.
Hay contornos esperados, los que ya sabíamos que iban a aparecer
frente a nosotros, pero el sentido del nuevo día es absolutamente distinto.

Va un alba en el sentido de resignación de que nos llena el tiempo.

¡Cómo riza el alba el tirabuzón de las volutas! No es que hayan tenido durante la noche un papillón prendido a su piedra, no. Sólo el
alba se ha encargado de trazar ese tirabuzón envolviendo la piedra en
uno de sus dedos formidables.
¡Cómo se destacan las pirámides en el alba y cómo se erigen las columnas!
La arquitectura vuelve a estar dibujada y perfiladita como el primer
día, en los limbos del alba.

1
1

Lo que forma el alba con más rudo milagro son las montañas. De
ellas se escapa el color y la frescura de recién nacidas, de recién creadas, y tienen ese olor a lo nativo que hay en los corderillos recién nacidos.
Todas las plantas y todo dan su olor más tierno, y en los huecos de
las peñas, en todo lo que forma una sombra, no es sombra lo que hay,
es la huella violeta de los limbos, aun sin desprenderse ese mechón vaginal.
«Los poetas, que no han hallado medio más a propósito para agradarnos que el de hacer hermosas pinturas en sus versos, han delineado
y propuesto las imágenes más gallardas de la Aurora. Hácenla hija del
aire, dándola el título al mismo tiempo de Precursora del día. Con este
título la suponen encargada de guardar las puertas del Oriente, de modo
que en el punto de tiempo prescrito y determinado las viene a abrir con
dedos de rosa. Delante de si dicen que envía a los céfiros para que purifiquen el aire condensado y disipen los vapores sombríos y perjudic,a-

l

LA PLUMA
les. Por cuantos parajes pasa y se deja ver va dando nueva alma a las
plantas, verdor al campo y hace que nazcan las flores.,.
Estos son los tópicos de los poetas que han reducido el alba quitándole la seria, mate, incongruente voluntad y las enloquecidas imágenes
que la pueblan.
Una mayor y más terrible incongruencia hay que dar al alba.
Sus inmensos cielos de incongruencia vibran en su atmósfera y to~
das estas imágenes que digo las he sentido y las he consultado, no con
mi ansia de novedad sino de verdad.
Todas las campanillas del cielo suenan como las que hay en los
coches de niño.
Un gorjeo interno se plantea con la luz del alba. Es copiosa la
caída luminosa del ruido. Abastece el mundo.
Es un inmenso ¡oh! ¡oh! de ooo enormes, desmesuradas, que en

vez de letras parecen Zodíacos, Zodíacos acústicos con voces proporcionadas a los signos de sus ooo desmesuradas.
¿Oímos este gran ruido, esta balumba inmensa que se arma en el
cielo?
Así como 1a luz de esos crepúsculos del estío, largos, interminables,
que dan al hombre luz «del modo más obligatorio y con et mayor silencio», el crepúsculo de la mañana, si da su luz del modo más obligatorio
también se podría decir con el «mayor ruido».
Este despertar de la luz del alba es ruidoso, inundan te, magnificente,
trae el raudal del ruido como trae el raudal de la luz.
Los pájaros, los hombres, todo lo que de pronto siente el ansia eficaz
del ruido es que lo beben en ese gran acopio que derrama el alba.

Como se echa en la jofaina el agua de la primera ablución, así echa
el alba en los ríos el agua de la mañana.
355

3S•

�LA Pl.Ul\lA
Qué descarado va ese que en el alba de verano llega a su casa en coche abierto.

Las galerías de cristales miran el alba desorbitadas, ansiosas, pegada
la frente, de una atención inmensa, a los cristales que elevan los ojos.
1

Suenan los zancos del alba y sus alm;¡dreñas.

l

Los primeros perros se levantan; los gatos se recogen.
No, pero cae sobre el pianista el alba y se despierta, no sólo con la
luz de la iluminación, sino con la luz del sonido.

PÁGINAS INACTUALES

Después del alba es como una salida de túnel ... Nos acordamos de
las salidas del túnel y de esa rama verde y como lacrimosa de un persistente rocío, que se transparenta como si fuese de concha.

HECTOR RODRÍGUEZ, CATEDRÁTICO
llegó un co,·reo de Su Majestad para que hiciese cierta visita de la Universidad de Salamanca y averigunse lo que
allá se luuía con mal 01·de,, y por cuya culpa y qué convenía
remediar en ei/0 1 porque tenía relación que 110 estaban aqtte/las escuelas como dtbían ... ; y asi fuí a primero de julio, y ante todas
cosas escribí al Cons~jo que me e,zvia.,en uua provisión con pena. para
E

RAMÓN GóMEZ DE LA SEI\NA.

que no dictas ·n los Lectores, que era una cosa perniciosa a los estudiantes, y qui' no u solía us,1r; 1 dije que les quitaban el ejercitar la memoria1 y se la destJ uían, porqut no encomendando las lecciones a tila, sino
1

\

1

escribiendo lo que les dit:taba,i los lectores, no la cultivaban y n,, la
acrecentaba,z,; y también estragaban a los discípulos sus entendimuudos,
porque los cautivaban a lo que escribían, sin defarles eleción, y quitábanles el cuidado y diligtncia, porq1te ya kabía sabido que muckos encomendaban a sus amigos o a sus criados que les escribiesen las ltccionts,
y con aquello .,e contentaban, y sobre todo que lo que kabían de leer ,n
un mes, no esperando a que tscrlbieseu los discíprtlos, no lo ltian en seis
meses. Yo me !tallé t n una ltcción, y vide que repetían cinco y seis veas
357

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�LA PLUMA
país e instaló en un patio de su real morada varios pares de guillotinas: en
los ratos de tedio, o por divertir a huéspedes de fuste, guillotinaba a un cierto
número de persianos, dinásticos probados, que oor honrar la corona de su señor, perdían la cabeza. Hemos de ver al punto qué abolengo deslumbrador tient: en Persia la costumbre de ofrecer un suplicio como festejo; recreo no enteTamente desusado en la España de otra edad, cuando en ciertas pom¡:,as regias
asaban vivos a judaizantes y luteranos. El tufillo de las hogueras, y las memorias-vagamente entreoídas a su maestro de ceremonias-de aquella justicia
sagrada :e imperial. católica y política, habrán sugerido al Sofi lo más bah1-güeño del brindis que pronunció en Palacio: ,Que había descubierto-dijo Sll
Majestad Persiana-grandes st:mejanzas entre los dos pueblos, persa y español., Lisonja fué; no nos tomó desprevenidos: el Rey de España !e devolvió la
fineza. Sí-vino a decir-; somos un poco persas; aquí ~ay reliquias de vuestra
'Sangre: dos de los más claros linajes españoles descienden de las dos damas
persas que el Gran Tamorlán envió presentadas a D. Enrique Ill de Castilla ...
Cómo y de dónde vinieron realmente tales damas, y en qué modo se hizo el
entronque con los linajes castellanos es historia poco vulgar, digna de recor-Oarse aquí, por su incidencia en la literatura.
Dos caballeros de su casa envió el Rey Don Enrique con su embajada al Graa
Tarnorlán y al turco Bayaceto: Payo Gómez de Sotomayor. y Hernán Sánchez
de Palazuelos. Era Payo Gómez, Mariscal de Castilla, Caballero de la Banda (la
,orden dé caballería creada 11or Alfonso Onceno), Señor de la fortalez&lt;1. de
Lantaiio con toda su tierra (en Lantañón ocurre la acción de Cara de Piata), y
de las villas de San Tomé, Puerto novo, Villamayor, y Puerto del Carril, Señor
de Rianjo y tierra de Pns~omarcos, y dé quince feligresías en Noya, y de seis
feligre5ías en tierra de Quinta, Señor de la fortaleza Dain:rna, y tierra de Tabeyros y de Cela y Sobran ... Con tan gran caballero vino a casar uoa de las dos
damas que él trajo de su embajada.
Hallaron Payo G6mcz y Hernán Sánchez que lo3 dos gr.tndes capitanes a
,quit' n iban despachados, Tamorlán y Bayaceto, estaban en guerra. Los embajadores castellanos µreseuciaron la batalla en que el Tártaro deshizo al Turco.
Tamorlán aprisionó a Bayaceto; lo encerró en una jaula de hierro; temalo de
poyo para subir a caballo. Tornó un botín grandísimo, y ~n él dos hermanas,
muy hermosas, que entregó a los castellanos con otros muchos dones para el
rey Don Enrique. Las dos damas eran cautivas del turco, ganadas en sus incursiones por Europa; serían húngaras o griegas; en modo alguno persas, ni tár'SU

CRÓNICAS LITERARIAS!
ESPAÑA Y PERSIA

esplendor han tenido los obsequios del Rey de España a su primo y colega el Rey de reyes,
Sha de Persia, huésped, por unas horas, de esta villa coronada: un
banquete muy cortés, congelado por la etiqueta, sin los desmanes
de la gula y de la lujuria que el Señor Persiano se prometería
-alentado por la tradición de sus mayores-como parte de la fiesta; gala de
tercer orden en el teatro de Apolo; centenares de gazapos tímidos acribillados
impunemente a perdigonadas, y la ida a Toledo, pensión de visitantes ilustres,
donde el sucesor de Ciro, de Darío y de otros personajes truculentos, habrá tenido que admirar casullas y códices. Ni un auto de fe, que hubiera sido lo propi;,; ni uo simulacro de la ley de fugas; ni siquiera una corrida de toros, en que
se derramara sangre espafíola, a lo menos sangre de bestias espafíolas... O ese
Re~' de reyes ha caído muy bajo, y es, como la pinta y el porte delatan, un jovenzuelo burgués, frecuentador de casinos, más apegado al asfalto de París que
a su meseta nativa, o estará muy descontento de l:t suavidad v mesura de
nuestras costumbres. Es probable que no seamos nosotros ni él lo que nuestros progenitores fueron; pero la decadencia de la cast:ci pe1·sa es reciente: el
augusto padre de este Sha reinaba todavía al modo oriental. Cuentan que, en
París, se obstinó en ver el manejo de la guillotina. Madrugando mucho, asistió
a la decolación de dos infelices; maravillado del artefacto, la fondón se leantojó breve (resabios del fausto oriental), e invitó al Prefecto de policía, su
acornpaiiante, a subir al cadalso. y ofrecer el pescuezo a la cuchilla, por alargar
el placer de Su Majestad, El Prefecto se deshizo en excusas. El Sha llevóse a

D

360

U:MBKDO AGUA.JO DEL TAKOUAN,-Poco

361

�1

LA PLUMA

LA l' L U\! A

I'

taras. T1·aídas a Castilla por Payo Górnez, fueron llamadas, la una, Doña Angelina de Grecia, y Doña l\faría Gómez la otra.

A Doña Angelina, «una de las más hermosas damas de aque siglo•, le hizoMicer Francisco Imperial estas canciont-'.i:
Gnin sosiego é mansedumbre,
fermosura é dulce ayre,
honestad é sin costumbre
de apostura é mal vexaii e,
de las partidas del Cayre

vi traer al Rey de España
con altura muy estraña,
delicada é buen donayre.
Ora sea Tarta o 'Griega,
en quauto la pude ver,

su disposicion non niega
grandioso nombre a ver,
que debe sin duda ser
muger de alta nacion 1
puesta cu grao tribu 'acioo,
depuesta de grau poder

Parecía su semblante
decir, ¡ay de mi cativa!

conviene cie aquí avante
que en servidumbre viva,
¡oh ventura muy esquiva!
¡ay de mí! ¿por qué nací?
dime, ¿qué te merecí?
¿por qué me faces que viva?
Grecia mía, Cardiamo,
oh mi SSe1tgil Angelina
dulce tierra que tauto amo,
do uace la sal rapina,
¿quien me partió tan ai □ a
de ti et tu señorío,
é me traxo al graode río
do el sol nace, e•do se empina?

La bella señora, tan rnavement"$ cantada µor ei µo t:t.'&gt; genovés, vi110 a casarse en Segovia, con Diego González de Contrenis, regidor de la dudad. No debió de vivir en gran estado, según parece de esta carta que un príncipe griego.
escribió al hijo de Doña Angelina:
-.Cayre Don Zuben, a ti, Roddgo , mi primo 1 salud en el Poderoso. He sabido
de g~nte de tu tierra que vives no !:!u tanto de!eyte como a ti couviene segun
tu linage: vente ton tus parientes a mí, que lo que el poderoso medió bastará
para todos, tú en t,u ley y yo en la mía, e trayrá~ contigo a los hijos de Christiana, nuestros primos, que allá también est,fo. El poderoso te guarde y te me
dexe ver.»
Doña Angelina fué enterrada en la capilla mayor de la iglesia de San Juan
de Segovia, en un sepulcro con sus armas (león de oro en campo azul) y estas
letras: eAquí yace Doña Angelina de Grecia, Hija del Conde Juan, nieta del Rey
de Ungrfa, muger de Diego González de Contreras 1 Regidor desta ciudad.,
Más tormentosos debieron de ser los amores de Doña MJría. Yéndose Payo
G6mez de Sotomayor con las dos hermanas desde Sevilla a la corte, lleg,1ron a
la villa. de Xodar 1 que a la sazón era de s•.1 primo , Luis Méndez de Sotomayor,
señor del Carpio. Fué recibido y hospr-dado con grandes fiestas, y ,teniendo
-refiere Argote de Molina~puesti\S su:; tiendas junto a una fuente de aquella
villa, tubo amores con Doña María, una destas Damas Griegas que en el testamento d~ Payo Gomez es Uamada Doña Maríd Gomez, en la qual tubo hijos, de
quien suceden Gomez Perez das Mariñ;i;s de Junqueyra, y Antonio Sarmientft
de Redondela, y otros Caba!leros.:t E-stos amores celebra un cantar antiguo.
que dice:
En la fontana de X@dar
vi a la niña de ojos bellos,
é finqué ferido dellos

sin tener de vida .in hora.

Ganar para manceba a una dama de tan alta alcurnia 1 que además venía presentada al rey, fué proeza digna de los señores de Lantañón, -.Jobos fieros,
-como se ve en Cara de Piafa-, hasta en los posfrimeros retoños del JioajeComo el rey, sañudo, le quiso prender, P;iyo Gómez huyó a Galida y luego a
Francia, de donde volvió perdonado, µara casarse con Doña María por orden
del Príncipe Don Juan.
De un matrimonio anterior tuvo Payo Gómez. entre otro.s bjjos, a Suero
Gómez de Sotomayor, también Mariscal de Castilla. &lt;Yacen sepultados los dos

�LA Pl,UMA

LA PLUMA

:1
111

':\fariscales, padre y hijo en el Monesterio de Santo Domingo de Pontevedra
-en la capilla de Sancto Tomás, y sobre !Qs cuerpos se ven ricos sepulcros de
.alabastro con Slls vultos y letreros. y Doña María Gomez fué sepultada en otro
Monasterio a tres leguas de Pontevedra. Vense allí sus armas, que son en campo de plata tres faxas jaque-lad.1s de oro y roxo 1 y por medio de cada faxa otra
faxa negra.&gt;
A la graciosa acogida que el Gran Tamorlá.n di~peosó a los castellanos, el
rey Don Enrique repuso con otra embajadd, y otro:. dones, de que fueron portadores Fray Alonso Paez de Santa María, maestro eu Teología; Ruy Gonzálcz
•de Clavija, Camarero de Su Alteza, y Gómez de Salazar, su guarda; •e porque
la dicha embajada es muy ardua, y a lueñes tierras-dice el propio Ruy González de Clavijo-, es necesario y complidero de poner en escrito todos los lugares e tierras por do lo~ dichos .E mbajadores fueron, e cosas que los ende
acaescieroo, porque non cayau en olvido, y mejor y más cumplidamente se
;puedan contar y saber.• Tres años duró el viaje, desde mayo de 1403, que se
dieron a la vela en Cádiz, hasta su retorno y desembarco en San Lucar, a principios de Marzo de 1906. Ruy González, observador y memorioso: nos ha dejado una relación puntual, día por día, de sus aventuras {I). Cinco meses navegaron por el Mediterráneo, en demanda de Constantinopla; con no pocas
ocasiones de perecer. Cerca de Sicilia les asaltó una tormenta: cE miercoles a
.hora de medio día rompió las velas de la carraca, y anduvieron a arbol seco de
una parte a otra, de manera que se vieron en gran peligro. E duró la dicha
tormenta martes y mierroles fasta dos horas de la noche, e las dichas bocas,
séñaladamente la de Straagol y Bolcantl!, con el gran viento lanzaba grandes
llamas de fuego y fumo con grao ruido, y durante la tormenta fizo el patron
-cantar las letanías, e que todos pÍdiesen misericordia a Dios. E acabada la oracion andando eo la tormenta parecció una lumbre de candela en la gabia encima del mástil de la carraca, y otra lumbre en el madero qµe llaman bauprés,
·que está en el castillo de abante: e otra lumbre como candela en una vara de
,espinela que está en la popa; ... E estas lumbres que asi vieron decían que era
,Fray Pero Gonzalez de Tuy 1 que se habían encomendado a él, é a otro día amanecieron cerca destas dichas islas, é a ojo de la isla de Sicilia 1 ,con buen tiempo seguro.&gt; Eo Agosto llegaron a la isla de Rodas, mes y 'lledio después a Xlo;
(1)

Vida y .Hazañas del Gran Tamodán, con la dcscripciJn de tas tierras de su imperio Y señorío,

&lt;e1crita por Ruy Gonzálcz de Clavijo, etc. Madrid, Sancha, qbz,

•

e-desde la isla del Tenio-donde el viento contmrio los detuvo trece días-a la
mano izquierda parecció un monte muy alto que es en la tierra de la Grecia,,
que ha nombre Moateston, é dis que ha en él un Monesterio de Monges Griegos, é facen buena vida, que non consienten alli estar mugeres, nin perros nin
gatos, nin otra cosa mansa gue faga fijos; é non comen carne ... ; é sin este Monesterio que h3 en este monte, ha otros cincuenta o sesenta Monesterios, éque todos los rnonges dellos visten silicio negro, é que non comen carne 1 nin
beben vino, nin comen aceyte, nin pescado que tenga sangre.&gt; Sonaba el veinticuatro de Octubre cuando los embajadores castellanos ponían el pie en Constantinopla: habían cumplido lo más fácil de su jornada.
Fueron a ver al Emperador: c:Fallaronlo en su palacio que acababa de oirMisa, y con él estaba asaz de gente, y recibiolos muy bien,y apartose con ell0s
en una cámara: y al Emperador hallaron en un estrado un poco alto con unostapetes pequeños, y en el uno dellos puesto un cuero de !eon pardo, y a Jas
espaldas una almohada de tapete prieto con unas labores de oro ... é el Emperador tenia a1lí consigo a la Emperatriz, e tres fijos pequeños machos, é el mayor dellos podía aver fasta ocho años.&gt; Mostraron ganas de ver la ciudad, lns
reliquias y las iglesias: el Emperador les di6 por guía a un su yerno, Micer Ilario Genovés, y los agasajó y regaló cuanto pudo; cierto día volvió de caza y
envió a los embajadores medio jabalí, de uno que h1bía muerto.
La grandeza de Constantinopla, la magnificencia de las iglesias, lo fastuoso,
del culto, la devoción griega, los monumentos de la antigüedad clásica 1 y las
tradiciones, tan vivas, de los orígenes cristianos, dejaron a Ruy González maravillado1 como parece en la minuciosa enumeración de cuanto vió~ sobre todo,
las cosas d~ la religión le suspenden. De la iglesia de San Juan Bautista escribe: c:e] cielo deste chapitel y las paredes dél es todo imAginado de imagenes y
figuras muy fermosas de obra de musayca, la qual obra de musayca son de:
unos pedazuelos muy pequeños, que son dellos dorados de fino oro, y dellos .
de esmalte azul y blanco é verdeé colorado, e de otros muchos colores qua otos pertenecen para departir las figuras é imagenes y !azos que allí están
fechas: así que esta obra parece muy estraña de ver; y allende deste chapitel
está luego un gran corral cercado al derredor de casas sobradadas con sus por~
tales, y en él muchos árboles y acipreses 1 é a par de la puerta de la entratla
del cuerpo de la Igle-;ia está una fermosa fuente so un chapitel que está armado sobre ocho mármoles blancos, y la pila de la fuente es ·cte una loza blanca, y el cuerpo de la Iglesia es como una quadra redonda, y encima un chapi--

�LA PLUMA

•

tel, y es muy alta é armada sobre marmoles de jaspe verdes; é de frente como
ome entra están tres capillas pequeñas en que estan tres altares, é el de en
medio es el mayor, e las puerta;; desta c~pilla son cubiertas de µlata sobredorada ..• E en el cielo alto está una figura de Dios Padre. é las paredes destacapilla son desta obra misma fasta cerca del suelo, y dende ayuso de losas verdes
de jaspe, e el suelo de losas de jaspe de muchos colores fechas a muchos lazos,
-é esta capilla estaba cerrada toda al derredor de sillas de madera entretalladas
muv bien fechas, é entre cada silla C::&gt;taba uno como brasero de latan con ccniz;, eu que escupe la gente porque non escupa en el suelo, é muchas lámparas de plata y de vidrio.:. Por el mismo paso deiicribe no sé cuantas iglesias,
siu olvidar, daro es, Santa Sofía: y el Hipodiamo, la:columna de Justiniano, y
unos obeliscos cuya significación se le escapa. Muéstranle las reliquias guardadas en la iglesia de San Juan: .-los Monges revestieronse, é encendieron mu.chas hachas é cirios, e tomaron las llaves, é cantrndo sus cantos sobieron a
una como torre, do estaban las dic!:las reliquias, t! con ellos un caballero del
Emp~rador, é decendieron un arca colorada, é los Monges v,~nían trabados della diciendo sus canto:. muy dolorosos, e l,1s hachas encendidas, e muchos ince-nsarios ante ella, é pusieronla en el cuerpo de In Iglesia sobre una mesa alta
que era cubierta de un paño de seda: la qual arca estaba sellada con dos sellos de cera blanca, que estaban echados a dos aldavillas de plata., Y lo que
Ruy González vió sacar del arca fué esto: el pan que e! jueves de la Cena dió
Jesucristo a Judas; una ampolla con sangre de la que salió por el costado del
Señor CU:lndo Longinos le dió la lauzada; barbas de Nuestro Señor Jesucristo,
•de las que le mesaron los judíos; un pedazo de la piedra en que pusieron a
Jesucristo cuando lo descendieron de la cruz; el hierro de la lanza de Longi~
nos; un pedazo de la esponja en que le dieron a gustar la hiel y el vinaire; y
la vestidura de Jesús, sobre la que echaron suertes los caballeros de Pilatos:
era forrada de un cendal colorado, y la manga era: cangostilla. de las que se
abrochan, y era tendida hasta el codo: tenía tres botoncillos fechas como de
cordoncillo, así como ñudo de pigüelas, e los botoocillos é la manga, é lo que
se pudo ver de la saya, parecci6 de color colorado escuro como de color rosado., Cuando los embajadores visitaron estas reliquiss, la gente que lo supo se
llegó a verlos, y lloraba y bacía oración.
Los castellanos invernaron en Constantinopla: el barco en que se habían
aventurado-corriendo ya noviembre-a salir~al mar, una borrasca lo desbarató; milagrosamente llegaron a tierra, y salvaron los regalos que llevaban del r~y

LA PLUMA
Don Enrique al Tamorlán. En marzo, al declinar la invernada, la primera nave
,que se atrevió a salir, fué la suya; y un roes más tarde, recorridas las novecientas millas que les separaban de Trapísonda, desembarcaban en este puerto ar•
mf"nio Ya pisaban tierra tributaria del gran Tamurbec; un año se cumplía desde
que partieron de Cádiz; pudieran creerse muy cercanos al término de sus fatigas: en rigor, comenzaba entonces lo más áspero del viaje. Quisiera Ruy Gon.zále, alcanzar al Tamorlán en sus cuarteles de invierno; cuando les llegaron
nuevas ciertas del Señor, supieron-no sería i:;io espanto-que había alzado
los reales (el Ordo) y con su corte y su innumerable hueste se iba a Samarcan-da, donde los esperaba. Emprendieron una cabalgada furiosa, por tierras de Armenia, Persia y el Korasao, iiguiendo el alcance del Tártaro. Cinco meses
vivieren a caballo, galopando día y noche. sin dormir, abrasados de calor. de
sed, enfermos; alguuos murieron. Pasaban i)Or ciudades pobladísimas, bien
abastecidas (Arsioga, sobre el Eufrates, «uno de los ríos que salen del Paraíso";
Erzcru,n; Soltania; Teherdn; Tauris o Tabriz, junto al «mar de Bacú,); los deudos y aliados del Tamorlán, sus lugartenientes y vasallos colmaban de agasajos
a los molidos embajadores, proveíanlos de ropa::. y caballos. ostentaban i:;u ri-queza y poder en banquetes abrumadores, en fiestas vertiginosas; en las comarcas ye:rmas hallaban cabalgaduras de refresco, guías y escoltas ... En situación tan privilegiada, los asendereados emisarios del rey Don Enrique iban
perdiendo la vida. El favor y la protección del Tamorlan eran tan temibles
como su enemistad. Había ordenado que los castellanos ese fuesen en pos déquanto más pudiesen,; y los legados tártaros que los guiaban y honraban, sal
hiendo que el más breve 1etraso, la apariencia de un descuido, les costaría la
pelleja, no los dejaban respirar: llevároolos con celeridad mortal. No podía re•
sistirlo el reverendo Maestro en Teología, ni el mismo Ruy González, habituado siu duda a «cabalgar en mula gruesa&gt; por las vegas apacibles de Arlan.za y
Pisuerga. Así es que el rigor y los favores venían mezclados. Más allá de Teherán, tropezaron con un gran privado de Tarnurbec: «diales sendas ropas de camocan a los dichos embajadores; é al dicho Ruy Gonzalez dio mas un caballo
grueso é amblador, que prescian ellos mucho al que amblea, guarnido de silla
-é de freno muy bien según su usanza; e otrosí le dio una camisa e un sombrero». Con camisa y sombrero regalados pasábanlo muy mal. cE el Maestro en
teología, é Gomez de Sala.zar eran ya dolientes, é Ruy Gonzalez se sentía ya un
poco mejor, é pieza, de la gente de los Embajadores estaban eae mesmo dolientes», Dejaron a siete del séquito en aquel lugar, y dos de ellos allí murieron.

�LA PLUMA

LA PLU,\IA

. 1 I de ·ulio durmieron al raso. tras de dos.
Era en Jo más fuerte del verano, e S t J_ s muy calientes sin habitación bu. f oso entre mon ana ,
1
jornadas por camrno
' tan ca 11en
. te que parecía salir del infierno; mu1 rag
· oto era
d•
mana. Al otro u, e vie
JI
b
A veinte de ¡'ulio entraron en
d 1 h 3 leones que eva an.
rió sofocado uno e os
d b
mandado del Tamorlán; como
O
una gran ciudad. Ü1l caballero lo~ aguafr a a, pqure estaban envióles viandas y
.
•
él de en ermos
'
0
no pudieron ir a comer e n '
1
6 que fuesen a verle. Ellos dijeron
d . d pués de comer es rog
frubs a la posa a, es
d' n levantarse· pero insistió enferma que
que ya conocía su estado, que no po
Al instan,te aquel caballero les pidió
hubo de ir el teólogo a cumplir por to _os.
•
, d ba el Señor de día y
e anduviesen, como man a
•
que cabalgasen de nuevo, Y qu . .
t b
ta flacos que eran más cerca
e partir, ces a an
n
.
T ·
de noche.
u vieron qu .
1 dicho Caballero fü:oles poner en las sillas
de la muerte que de la vida. K ed I t s atravesados con sendas almoha1 s arzones e an ero
unos maderos
en
.
fuesen echa d os de Pechos ' e desta guisa ovieron de pardas en medto, en que
.
d
che e fueron dormir en el campo
I
tir de aqui, e anduvieron este d1alé to ata º1 d1·~s del mes de julio, y el mes
blada • os res an e
Id d
cerca de una a ea espo
·
t . de Ruy González es monótona.
·dé f os afanes· 1a no ac16 n
.
. mo día que llegaron, y anduvieron
de agosto, tra1eron 1 n ic
.
d
1
A fines de julio salieron de una c,u a e I m,sd . ban y au' n de noche, el calor
· ·
parar no os eJa
·
.' t Gó ez de Salazar uno de los embadía y noche; aunque quisiera~
. to recio ard1en e.
m
'
era sofocante, con vieu
'
t do este camino ni se pararon
· . 00 hallaron agua eo o
'
jadores, se puso a monr,
.
..i
la gran ciudad de Nixaor, un MaS
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eb ada A crnco leguas ue
más que para ar c
·
. .
.
ue habían dc'ado a Gómez de alariscal de la hueste salió_~ rec1bt1~s~:~1~ºq:e no podía t~nerse; ordenó que bizar en una aldea y volvto por~ h' Gó
ellas· unos hombres lo llevaron a
mez en
,
.
5 O al die o
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cieran unas an as, Y pu
.• C
ego un yermo que duraba cm. d d d de muno ruzaron Iu
cuestas basta la c1u a , on
· J
donde creyeron morir de sed.
cuenta leguas; y después otro de doce ef '1S,y en el camiuo no hallaron agua;
Salieron una noche a las dos1 con gr~n ca or. é b ber Ya no podían mover los
. - • t t mpoco tuvieron qu e
•
en todo el d1a s1gu1en e a
del ~laestro tenía un caballo,
.
d'dos
Pero un mozo
·
1
tó
ó a un rí cé unos camiso·
caballos; tuv1éronse por per
8
11
1
un poco más recio que los otros, se ade
y ée~ornó con ~llos quanto m3s
1
o mo¡· olas en e agua,
.
nes que llevaba en a man
d 11
dieron alcanzar ... ~ Corría sephempudo, é bebieron lo que del agua ~aº;e~; ci6n maravillosa qne les dispensó
bre cul\odo llegaban a Samarcanda.
~ la extrañeza de las costumbres,
el Tamorlán, el esplendor bárbaro de su c:.r e. o a los castellanos, haciéndoles
la variedad de naciones allí presentes, cau ivar n

i:

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d

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ª,º

368

olvidar, o tener por bien empleadas, las penalidades del camino. Ruy Gonzálcz, a lo menos, agota, en la descripción de las increlblcs fiestas de Samarcanda, su capacidad enumerativa.
No difieren esencialmente aquellas fiestas de lo que hoy aún se usa en la
hospit;1Jidad de los príncipes: rerepciones y comidas -en Palacio; simulacros militares; visitas a lugares y monumentos célebres. Bajo el Taruorlán, todo eso adquiría una magnitud ap;ireatemente sobrehumana. Re,:ibió a los l'astellanos en
una huerta y casa que tenía fuera de la ciuddd; la entrada de la puc&gt;rta era grande y a!ta, bP.rmosamente labrada dt&gt; oro y azul y de azulejos; porteros de m:iza
la guardaban, que no osaba acercarse nadie; y por la parte de adentro, hallaron
«seis marfiles que tenian encima sendos castillos de madera con dos pendones
en cadR uno•. Cabalkros de la corte del Tamorlán, tomando a los embajadores por los sobacos, lleváronlos delante del Señor. Estaba en un portal,
sobre ur. estrado llal)o en el suelo; ante él, una fuente lanzaba el agua hacia
arriba, muy alto; en la fuente había unas maozaoas coloradas. Sentado en unos
almadraques pequeños de paños de seda bordados, el Señor apoyaba d codo
sobre unas almohadas redondas. Vestía ropas de paño de seda raso siu labores; en la cabeza tenía un sombrero blanco alto con un balax encima, con aljo•
far y piedras. Llegados los Embajadores ante el Señor, hiciéronle tres reverencias y quedaron de hinojos en el suelo. El Señor mandóles levantar y que se
acercasen: c... é esto cuido que lo facia por les mirar mejor, ca non veia bien,
ca tan viejo era que Jos párpados de los ojos tenia todos caidos; é non les dio
la !l'!ano a besar, ca non lo han de costumbre•. Preguntóles por el Rey, dii.:iendo: c¿Cómo estd mijijo eJ Rey? é cómo le va? e si era bien sano.• Los Embajadores
le respondieron, y escuchó todo lo qtte quisieron decir; cuando acabaron, el
Tamurbec se volvió a unos Caballeros sentados a sus pies, y dijo: Catad aqu,
estos Embajadores que 11Je env{a niijijo eJ Rey de España, que es eJ mayor Rey r¡ue
ha en los .Francos, que son en ti un cabo deJ mtmdo; l son muy gran gente é de verdt1d; é fO le dad mi ~endicion a mi fijo eJ Rey: é abastára fa,·to que me envia,·a eJ a
vosotros con su carie sin presente, ca tan contento fuera yo en saber de su salud y
estado, como en meenvia,· presente.

Dichos los discursos, y puestos los Embajadores en su estrado, comenzó el
banquete. Nada frugal, en verdad, y poco acepto a nuestros paladares, Pondremos aquí la tabla:
COMIDA DBL TAMURBJ:C EL 8 DE
SxÑon l{_gy DB EsPAÑ4:

llS DBL

XXIV

SBPTunou

DB 1,404 EN B01f0R DR LOS EMBAJADO-

�LA PLUMA
LA PLUMA

no eran tres. Fiestas en su honor, alardes bélicos bod
.
de otros embajadores· todo se 1 •
.
•
as en palacio, recepción
.
·
vo v1a comilonas Ruy G
•¡
.
ha Jada de una tierra lindante con el C t
.
onza ez v1ó llegar la emlos embajadores. El principal t a'
a bay, y nota con cierta sorna el atavío de
r ta un ta ardo de pelle·o 1 1
eran estos pelleJ·os mas • •
J s, e pe o por fuera 1 c.é
v1eJOS que nuevos•· en Ja c be t ,
pequeño,• que lo llevaba encasquetodo por r'uerza para
a za
querau1. un ¡sombrero tan
que venian COD él vestían pell .
.
,
no se e cayese. Los
fierro•. Recibiólo~ Tamurbec c~:~,ay •parecia~ ferreros que salian de fabear
s ceremonia"' ya \·ista. d ¡
~ liend s e os ,castellanos
P
armar muchas
. ara Ia fi esta militar mandó el Senor
1eres en una gran llanura, y que se juntase t d l h
as para s1 y sus muesparcida. En tres días se juntaron á d o. a a ueste que por allí andaba
m s e veinte mil tiend
¡
1ilS d e I Señor. y no cesaba de 11 e q•
,..ir gen te µor todas
l as.
H en. e ~rredor de
el real carniceros y cocineros qu· e
~ar t:S. . dab1a t&lt;1mbién en
'
ven d'·
rnn carne cocida
ruta;
horneros
que
amasaban
¡·
v
d'·
.
as;i, ;i; otros vendían
f
t:n ,.10 pan, y todos losYofi
aun traen mas, por do quiera que va n ea b uesk baños e bañc1os
"é
d necesarios;
1
arman sus tiendas, é fac,"n sus casas para I b :
a ores, os qua ic,,;
t
d
·
os anoc; de fierros
es, Y entro sus calder,,,., en que tiei 1e n Y ca 11ent1rn
.
su aaua ,Lque
¡· son calic·nnor era m11y alta 1 cuadrada' , co 111 o de cien
.
;:, •· rt 1enda del S~pasos
I
b
base sobre treinta y seis mástile!:i pintados d 'yle tec o abovedado: armá. t ~
e azu v oro v la
t •
.
men 3:, cuerdas coloradas·' el f 01.ro era d e tapete carme
SO!:i enrnn qui•, tos de otros paños de seda de
h
:.i, con e ntrctallamicnmue os c:Jlores bordado a t h
oro; 1a guarnición de fuer,, • paño d e sed a, con ,bandas neg a recbl o,; de hifr, de
d
'
r ,s, ;,11cas -v amariji as. E n cada esquina sobresal'
•
· ta un ma ero alto coo una
una fi1gura de luna encima·' en el ce n t ro o t ros cuatro mademanzana
de cobre y
0
zanas. y luna.s muv- ,.,trrandes · I- as t',en d·as de j as mu¡·ere d Ir ss, •con sendas fTlannos neas.
·
s e enor no eran me-

Caballos asados.
Ca,·neros cocidos y adobados.
Tri¡as de caballos.
Cabezas tk camero.
Caldo con sal.
Albóndigas.

Lec/ie de yegutJ con azt.ka,·.
,lfe/o,ies, uvas, d11ra1nos.

11
fl

El orden del servicio fué de estt: modo. Los caballos y carneros poníanlos
en uo05 cueros como de guadamacir redondos, muy grandes, y con asas de que
tiraba gente. En cuanto el Señor demandó la comida, trajeron aquellos cueros
arrastrando y \o,:. dejaron a veinte pasos oel S~ñor; vinieron conadon•s, e hincáronse de hinojos ante los cueros; traían ceñidos unos paños de labor, y en los
brazos unas mangas de cuero porque no se untasen~ cebaron mano de aquella
carne, cé facian piezas della, é ponían en bacines, dellos de oro, y dellos de
plata, é aun dellos de barro vedriado, e otros que llaman porcellanas, que son
muy preciados e caros de avcr•. El pedazo de honor enm las ancas del caballo
enteras con el lomo sin piernas; en los tajadores ponían también lomos de carnero con sus piernas sin los jarretes, pedazos de las tripas de los caballos redondas como el puño, cabezas de carneros enteras. Así preparadas las raciones1 pusieron en hileras los tajadores; luego vinieron unos hombres con escudillas de caldo , echaron sal en ello, deshiciéronla, y fueron vertiendo en cada
tajador· un poco, como salsa; o tomaban unas tortas de pan muy delgadas, y dobiábanla~ cu cuatro dobleces, poníanlas sobre la vianda de los tajadores. Esto
hecho, los privados del Señor, y los mayores dignatarios asían los tajadores de
dos en dos, o tres, pues un hombre solo no podría llevarlos, y ponían los ante el
Señor, ante los Caballe ros y Embajadores. El Señor envió a los Embajadores
dos tajadores de los que ante él estaban. Apenas servida esta vianda, la levantaban y ponían otra. Era costumbre llevar cada uno a su posada la vianda que
alli le diesen; y el no hacerlo así, tendríase por baldón. Así que levantaron lo
cocido y asado, sirvieron carneros adobados, albóndigas y otros guisos: después, mucha fruta, c.é dieronles a beber con unas escodillas1 o aguamaniles de
oro é de plata, leche de yeguas con azúcar, que es un buen brebaje que ellos faceo para en tiempo de verano&gt;.
Este régimen soportaron los embajadores castellanos basta primeros de noviembre, casi dos meses, a razón de uno o dos banquetes por semana, cuando

Ocho
- de estas mujeres vió Ruv
- Go nzál ez eu una fiesta uf e 'd•
r c.1 · a por un nieto
na o St' nora grande· otra Quinch·
.
, 'lue quiere decir Rey'] .
'
icano, que quiere decir 1
u tima de todas se llamaba Yaugu\,a a
R .
• ª Senora pequeña•; Ja
luna de miel: se había casado co ·1 Tg, o seáa ema del corazón; estnba en la
0 e
amor! n hacía do
mera mujer, o señora grande en
t
.
s meses. Apareció la prilorado, l11brado de oro muy ~nch~ es i~ ~ergemo: vestidura de paño de seda co,
ª Y uaJa ' que le arrast 1·a ba, srn
·
abertura que la del cue llo y un s b
mangas, ni otra
,
'
a so aqueras por donde sa b 1
tema talle, y como era tan ancha
1 b .
.
ca a as manos; no
fa!da para q11e pudies(' andar· "te~ o ªJº, qutoce dueñas iban alzándole la
' ra1a en la cara tanto albay11lde, o otra cosa

_ n
d e I S enor,
- e.bazo~ sin barbllS&gt;. La u na "'... e IJ amaba Cano

j

371

�LA PLUMA
blanca, que non paresda sino como uo papel; e esto se pone por el sob; delante del rostro, un paño blanco delgado, y en la cabeza una cimera de paño colorado, muy alta, con mucho aljofar grueso, turquesas y otras piedras; en la _cimera una guirnalda de oro y piedras, y sobre ella un castillejo, con tres balaJCS
clarísimos, y un plumaje blanco tan alto como un codo; c3ían algunas plumas
hacia abajo, a la altura de los ojos, ·Y se ataban con hilos de oro; en el cabo, una
borla blanca de plumas de aves, con aljofar. Y al andar. mod,1se el plumaje de
una parte a otra. Varias dueñas, de trescientas que venían con la reina, soste•
oían la cimera. La impon ente señora caminaba bajo una sombrilla de seda blao.
ca que lle\·aba un hombre en un asta como de lanza.
Idéntico aparejo mnstraron las otras siete mujeres del Señor, Y la muJCr de
su nieto. Puestas en sus estrados, comenzó el beber. En las fiestas del Tamorlán, la ceremonia del vino era de las más rigurosas: la etiqueta exigía, ~in excusa, la embriaguez. Ruy Gonzálcz, como buen castellano, era muy sobrio, Y no
lo cataba. Los tártaros no querían creerlo, pero respetaron su gusto, Y era _conocido por •el que no bebía vino». El teólogo, sí; bebió de manos de la rema ..
Supónese que el bueno de Frav Alonso Páez rodaría por el suelo, traslornado,
por no desairar al terrible Ta~11rbec. Ya en el segundo banquete, el Señor
mandó que bebiesen vino, y lo bebió él, porque no se atrevían a beberlo. en
público ni .:i escondidas, sin su licencia. Daban el vino antes de comer; cy dan
a beber a tantas veces v tan amenudo, que face los omt&gt;S beodos; é non t;rnian que sería alegría ~in fiesta, si non se embeodasen». Los caperos servian
una taza tras otra. Daban las tazas llenas, y no había de 'luedar vino en ellas;
.
.
,
. é · d" eren que beba aquel
a quien lo dep1ba no le quenan tomar 1a taza. e s1 1x
vino por amor d:i Señor, o si le conjuraren t)Or la cabeza del Señor, hanlo _de
beber todo, que una sola gota non dexen. E el orne que esto face e mas vino
.
.
· • é el que refierta
bebe, dicen que es bahadur, que dicen ellos por ome recm,
·
¡
Para templarlos, el
que non quiere beber, facen e beber, aunque non quiera,.
Señor enviaba a los castellanos, ante!:i de la fiesta, un cántaro de vino, rog~ndoles que lo bebiesen, para que llegasen ante él chien alegres». La eran sen~ra, Ja reina Caño, llamó junto a sí a los embajadores, en otra comida, Y les dió
a beber con su propia mano, y porfió con Ruy Gonzá\cz por hacerle beber
vino. «Tanto fué el beber, que se caían delante della los ames beodos, sozabrados: é esto han ellos por muy gran nobleza&gt;.
La mayor fineza de Tamurbec, fué sin duda la de mostrar a los españoles
cómo administraba justicia. En las bodas de un su nieto, convidó a toda S'l
3'2

LA PLUMA
corte, y a los mercaderes de Samarcanda les mandó que fuesen a vender sus
cosas en el campo donde él estaba; resultó una feria monstruosa. HlZo pt&gt;oer
en el campo muchas horcas, porque entendía hacer bien a unos, y ahorcar a
otros. Ahorcó primero a un Alcalde mayor, personaje prindpalísimo en el Imperio, porque había usado mal su oficio; y a otro que habló por el alcalde, lo
ahorcó también. Y a un privado que ofreció por el rescate de aquellos dos la
suma de cuatrocientos mil reales de plata, le tomú el dinero, y tras de mandarlo atormentar para que Jiese más, lo ahorcó po!· las piernas, huta que murió.
Y lo mismo a unos tenderos porque vendían las cosas en más de su precio justo. Donde los bárbaros nos b1 indaron un ejemplo poco imitado.
La embajada terminó de súbito, y los castellanos fueron despachados a su
país con menguada cortesía. Enfermó el Tamorlán; Ruy Goazález esperó en
v::ino la audiencia de despedida. No le vieron más. Cuando los deudos y privados del Señor, conociendo que se moría, empezaba:: 1 disputarse la herencia
de tan insigne animal, dijeron a los embajadores que se fueran, que no estaban para huéspedes. Resistíase Ruy González, esperando sin duda recoger la
bendición para su amo Don Enrique IU, pero en tales modos debieron de decírselo, que prefirieron cabalgar, desandando el camino hasta Trebisonda, en
demanda de la ruta de España. No bago memoria de los sucesos del retorno 1
que no fué, por tierra ni por mar, menos tempestuoso que la ida.
De cuanto alcanzó a ver Ruy Gonzá.lez en su fascillaftte aventura, nada le
impresionó, si se juzga por la dett:nción en describirlos. más que los elefar.tes;
como no fuese el ap;irejo de la reina Caño. Catorce de aquellas máquinas de
guerra tenía el Tamorlán: ,é los dichos marfiles-escribe Ruv Goozález-eran
negros, é non han pelo ninguno salvo en la cola, la qual han ¡orno camello, con
unas pocas de sedas, é eran graades de cuerpo, que podían ser como quatro o
cinco toros grandt"s; é el cuerpo bao mal fecho, sin talle como un gran costal
q~e est~viese lleno, é las cintas bao derrocadas facia ayuso como bufano, é las
piernas muy gruesas é parejas, é el pie redondo todo carne, é tiene cinco dedos en ,~a.da uno con sus uños como de orne negras, é non han pescuezo ninguno, salvo luego en las agujas, que las ha mlly grandei¡ tiene la cabeza apegada,
é non puede abajar la cabeza ayuso, nin puede llegar la boca a tierra: é han las
orejas muy grandes é redondas é farp:tdas, é los ojos pequeños: ·é tras las orejas va un orne caballero que lo guía con un focino en la ruano, é le face andar
a do quiere: é la cabeza ha muy grande, fecha como una albarda de asno pequeña, é encima de la cabeza ha un foyo, é de la cabeza se sigue ayuso, do ha
373

�LA PLUMA
LA PLUMA
de tener la nariz, una como trompa, que es muy ancha arriba. é an ~qsta ayuso toc1avía, más como manga que le llegaba fasta el suelo; é t&gt;Sta trompa e:, foradada, é por ella bebe; qu;rndo ha gana, métela en el 3gua é bebe con eUa
é vale el agua a la boca así como si le fuera por las narices: otrosí, con esta
trompa pace ca non puede con la boca, que se non puede abajar; 1! toma en
esta trompa, quando quiere c.omer, é revuelve la a la hierba, é tira e siégala con
ella, como si fuese un focino, é de sí apáñ:il.t con aqllella trompt1, é face un
vulto, é revuelvela aq11el\a, e méLela en la boca, é de sí. cómela; é con e~ta
trompa se mantiene. é nunca la tiene queda, i:ialuo con ella faziendo vueltas
como culebra; é esta trompa echala en el espinazo, é non dexa lugar ~n todo
su cuerpo onde non llega con ella; é debaxf) desta trompa tiene la boca, e las
quixadas debaxo tienelas como de cochino, é como de puerco: é en estas quixadas como debajo tiene dos colmillos tan gruesos como la pierna de un orne,
é tan altos como una brazada. E. quando lo faéen pelear, en estos colmillos trae
unas argollas de fierro, é en ellas le ponen unas espadas, que son fecha'&lt; e-orno
espadas de armas encanalada. é non es más luenga que el brazo .. E con estos
marfiles facían este día muchos juegos, facieodolos correr tru caballos é tras
la gente, que era gran placer: é quaodo todo.s corrían juntos en uno, parecía
que la tierra facía mecer en aquel derecho; é non ha caballo nin ailmania tras
quien vaya, que le ose espetar. E tengo de verdad segun lo quP. en ellos vi.
que en u □ ll batalla deben ser contados carla uno por mil ornes,.
En marzo del 4 06, los embajadores rendían viaje en Alcalá de Henares,
ante el rey de Castilla, Don Enrique. El cual, dice el señor de Batres, era ctriste y enojoso. Era muy grave de ver e de muy áspera conversacion, ansí que
la mayor parte del tiem¡:m estaba solo é maleaconio::;o,.
No se sabe que este rey tuviese, como lo tuvo el Tamorlan, un anillo con
una piedra de tal propiedad que cuando alguno decía mentira en ~u presen•
cia, la piedra mudaba de color. Aun sin esa libertad. Ruy González traía uu
cuento verdadero, que alegraría a los má.s saturninos. Ruy González no se dió
por pagado con esclarecer-si lo esclareció-con su relato el sombrío semblante de su amo. Él había visto tales prodigios como pocos españoles los vieran, ni otro alguno había de verlos mayores hasta que~ las Indias se dr-!'icnbrieron. Y se puso a ordent1r su diario gravemente, sin ponderaciones, ni comentarios alabanciosos; estaba lleno de sabiduría, y escribió como si la po_steridad
que hubiese de leerle poseyera el anillo del Tamorlán. Ignoro qué fué de fray
Alonso Páez, ell teólogo. Acogido al reposo de su convento, :ii volvió a beber
374

vino-que sí bebería-gustó a lo menos la suave licencia de beberlo sin etiqueta, con remanso y moderación.

• • •

•

No me consolaría de haber escrito estas liviandades, si el ejemplo de Ruy
Gonzálei no viniera pintiparado al caso en que hoy está España La visita
del Sofi nos ha comprometido; o. lo menos, nos compromete a devolvérsela.
Oigo decir que España debe arrancarse de su aislamiento. Somos una impotencia ultramarina v musulmana: esto, a mucho nos obliga. Bien estuvo enviar
al Sr. Francos Rod;íguez a contarles cuentos tártaros /bebidos Dios sabe en
qué fuentes), a nuestros hermanos de América; no estará. peor enviarie al Sofi
un caballero cortesano que dé testimonio por la fraternidad hispanopersa. Ha
de ser cbahadur~, hombre recio, capaz de resistir la cocina persiana; audaz.
diserto, y, por guardar el estilo antiguo 1 camarero del Rey. Nadie como el señor Lerroux se acerca a esa talla. Tiene recientitos, por añadidura, los estudios. ¡Qué libro escribiría a. su retorno! Quinientos años después, segunda parte
de la Vida de Ruy Gonzálei. La agudeza del Sr. Lerroux no dejaría de penetrar
en el fondo de esta situación: al cabo de cinco siglos, en Oriente y en Occidente estamos como en los días de Enrique III. Turcos y griegos pelean por
Constantiaopla; l\.lustafá es ur, Bayeceto chico. Españoles y mc,ros, seguimos
con nuestras ~uerras civiles; los adelantados de Laracbe, dt' Ceuta, de Me:lilla,
reemplazan a los de Cazorla, de Alora, de Carmona; todavía la Providencia no
nos ha quitado, a griegos ni a f'Spañoles, la comisión de repeler de Europa a la
Media Luna. ¡Comisión onerosa! Se impone, pues, que el Sr. Lerroux lleve un
coadjutor teólogo. Valdría ese frailecito métome-en-todo, que iba por el Rif
blandiendo un Cristo, y azuzaba a los fieles contra la morisma. Pero sería me·
jor don Ramiro de Maeztu, que entiende mucho de encargos ultraterrenos y
miras celestiales.

M.A.

375,

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�LA PLUMA

LA PLUMA

ie r&lt;· admirablemente ilustradas. Hay
dactadas por críticos competentes,! s d:~u·I arización, cuyas tiradas parecetambién en todos esos ~~oeros, ~enes rd d ge el fondo y en la forma, está
rían fantásticas, si las d1Jese, y c.:,º!ª ca i a ' n
casi siempre al abrigo de toda cnt1ca.
PAuL CouN.
(Conlinua,·á.)

PORTUGAL
ooda espiritualista que caracteriza la literatura europ~a actua
aparrce también en la literntura portuguesa, c.¡ut" por .su indule n~
es mu inclinada al ro nanticismo osbceoo de Zola n1 al rnmant~.
Yplebevo d e J0 1.ge Sand · El aspecto naturalista del
cismo
d lromantt·
fué
.
1-ogró en Flaubert su rejrtJmtaJive man, y e qwe
'
cismo_ q~e
r E a de Quciroz, tn la primera fase de su obra,
entre nosotros, pnr.c1pal fig_u_ a i;. 1 rt ratura ortuguesa. El temperamento
tampoco alcanzó gran estab1hd=1.d en a t e
r . p o fundamental y estructuportugués es lírico esencialmente, y nuestro msm_ • 1 T e mucho público
. . r1 H 0 O se lee a Zola
en Poi tuga • ien
ralmeute espmtua sta. oy,
.
eralmente aceptación todos
Paul Bourget, desde Le Disc,~ie acá,~ obtte~::u:1~:ad. Volve mos al dulce Jnlio
los escritores que se caracterizan po1 la esp1r
• .
·t de fü;a
Díniz, y la preferencia del público actual recae en los ulttmos escn os
A

de Queiroz.
.
..
t
oránea de Ja literatura esPuede decirse que quien abno b época con emp
• aro Desd
rbro A .5enhora ao n. mp
·
piritualista fué Anthcro ~e Figueir~ ~ con s: l de hablar a los lectores de LA
de entonces, la tendencia se acentua, y hoy e
f
o· (} Deserto de MaPtUMA de una de las obras más notables de nuestro iemp .
•

nocl Rib:~~-lo ue es. Luciano, que personifica al propio autor, recibió de _u~
ami!:p:ue va a !rofesar en la Cartuja de Miraflores, d~_B ~rr:ci::: :::;;a'.ºy
5
vitándole a pasar unos días en el conven_~o, :ar~ d~s~:o i~ía~
que pasa LucianC&gt;
sale ara Burgos. La novela es la narrac1 n e os o
Bureo etconvento de cartujos. Manoel Ribeiro describe, µ~~•• ~\:~:g:!•:edida
gos, una fría mafiana húmeda, y las impresiones que rec1 e u t se-deambuque se acerca la hora de entrar en el convento. Como se apara

l

laudo a lo poeta-de la encantadora y ,•ieja ciudad española, oyó las notas
leves de un esquilón-el cie la Cartuja-. Y ya no volvió a la ciudad. Dirigióse
inmediatamente al convento. Dijo al religioso que acudió a su llamada, que ve•
nía de Portugal, para hablM al reverendo prior. Éste, que esperaba la visita,
le mandó pasar; recibiólo, díéronle una celda; informáronle del horario de su
vida conventual y de la naturaleza de sus relaciones con los monjes. La primera noche que pasó ea el convento, Lucia no, escéptico, ya que no impío, vió en
su celda una imageD de la Virge n ante la que muchos se habían postrado humildf"s, orando, y •sin dar bue n;¡ cuenta de sí, 1 arrodillóse, y aunque no sabia
rezar, también rezó. En la alta nocb e asistió, desde el lugar que t4!nía se5alado
en el coro, a los maitines y Ltude.:; d el dla. La descripción de esa madrugada
es magistral.
Los ocho días trascurren entre rezos y ceremonias monásticas, couversaciones serenas, y un despertar, en la conciencia de Lucia no, de sensaciones puras
y de visiones sanas. El espíritu escéptico llega a convencerse de que sólo en
el convento se es como se del&gt;e ser, y fuera de él, apecas como se puede ser.
Al retirarse del convento, Luciano, que todas las ma5anas había depositado
flores a los pirs de la Virgen de su celda, confiesa que si aán 110 tiene fe, parte
•convencido de que sólo la religión es capaz de espiritualizar y orientar la
vida; de regir las vocaciones sinceras y persisteates, que ninguna desilusión ni
desánimo alguno pued e n desvirtuar; y que sólo con Dios en el alma es posi•
ble la verdadera fe y la confianza intrtpida para proseguir el bien,.
Esta novela, que ya en sí representa mucho en medio de la corriente escéptica que marca la producción de nuestro tiempo, tiene todavía más valor por
su intención, sabiendo que su autor es uno de los elementos más activos del
Sindicalismo revolucionario de Portugal. Manoel Ribeiro . pertenece a la Con•
fet1eraci6n General del Trabajo 1 y comenzó a ser notado su nombre en los movimientos de carácter sindicalista.
Por eso, su libro levantó protestas entre los obreros más ilustrados, y contra él se formularon observaciones en el órgano sindicalista, a las que respoa dió el autor, defendiendo su punto de vista. ¿Es un convertido? Todavía no. Lo
declara ea su libro: cno sé lo que es Dios; no lo comprendo aún; pero sí lo
siento-y ya es algo,. Y como su amigo el cartujo le desea que Dios le toque
con su gracia, Luciano responde: •lo deseo íntimamente. Soy todavía asaz indigno para alcanzar tal merced,.
Literariamente, esto es, desde el punto de vista técnico, el libro no es im~

XXV

�t.A PLUMA

LA PLUMA

.
I'm ccablcs? y ademá.s, ¿se propu10 Manocl Ribeiro
pecable. ¿Pero hay libros
P
b . de significación moral? El autor es
. .
b d arte pura o una o td
csc.nb1r una o ra e
l
' de tro de su teoda, ha escrito una obra que
adversario del arte p9C e _arte: y n odemos encontrarle como novela, desLas defiC!coc1as que P
'
1
tira a un b aneo.
son randes y bellos. O Deserto es la apología más
aparecen ante los fines, que
g de la vida monástica. Al cerrarlo, dcspu~s
.
equilibrada que conozco,
ca1uro,a y
.
'6 d h be atravesado una comarca toda pureza y
de leido, tuve la imprcs1 n. e a r

autor describe en qué consiste, médicamcnte, y estudia y di:M:utc tu m6.ltiples
opiniones de los tratadistas de esa especialidad. Formula Jue-go una tcrap6uti•
ca, y la pro61a.xis, que es la parte de más interés pedagógico. Concluye exponie-uc1o la lcgislaci6n dictada para estas materias en el mundo civHiJado Rea-ptcto de España, cita las disposiciones legales de! Código de los visigodos, y
llega ,'lasta el C-Migo penal vigente.

•••

suavidad, inmacula1la y musical.

• • •
I l 'l. ería!. ha aparec1·do u n volumen de un periodista, Bourbon e Men as t:.1r
.
.
. a1 q uc l03 amigos del autor cosa.1zan
d S. lilo,,uios
espirttuau,
. exa.
11
nczcs, ama o ¡J ? . 1·d d s con pretensiones de paradojas. que n1 s1qu1era
damente Son tnv1a t " e
1 . á
s
gcra
d del estilo o por la gracia de as im gene .
sr salvan por. la persona 1·d
l a
E

• • •
.
a ura a la literatura científica El médico sePasemos ahora de la hter_atur pi
t ba¡·o médico-legal sobre el Amor
.
'! t ·ro publica un argo ra
ñor Arltodo ., on
e1
.
d ú .
. E Obra dest10a a mcam ente a las bibliotecu Y a los le•
Sáplúco e Sacra/leo. s
b
para poder andar en manos
t es en demas1a esca r 050
1
trados, porque e asuo o
.
t para los lectores de LA Pun,u. es la
t L parte más interesan e
_
de toda ·gen e. a
I
sáfico La investigación paciente a que se
que se refiere a la histo:~.d: •:i:teiro 1~ granjeará la atención de los erudiba entregado el doctor r in
·¡
te la historia de esa anomalía sexual. Es
to:s, que abo:3 podrán conoce~ª 1~:e:::ra contemporánea, donde hallamos una
tal vez deficiente en cuanto.ª.
t das sus obras es sáfica declarada; y
.
f
Renée V1v1en que en o
.
escritora rancesa,
. ' Vi
Les hors nature que son de pnmedos Hbros de R.tchilde, M,nneur enus y
'

\1.

ra línea en su género.
. h
·do de punta a cabo las literaturas
A r do Monteiro a recorn
Pero el doctor
r
in
.
d
d
·1
las
manifestaciones más precions
.
f
5 no deJan o e c1 ar
griega y latina ao igua ,
.
C
gra un capitulo a España, rccoy del socratismo. onsa
1 fi
y notables de sa smo
.
d
Giovano Pontaous basta los tragiendo desde las informaciones aporta as por
bajos del doctor Mata,
.
.
b
. fisiol6&amp;ica y sentimental. el
Oespu6s de trazar la h1stor1a de esa a errac16 n

Ilazilio Telles es uno de los más curiosos esµíritus portugueses. Sus traba•
Jos económicos le hicieron célebrt- entre las personas cultas, si bien su notorie.
dad se debe más a sus escrito:-; políticos. Es unn de los dir('ctores fallidos del
republicanismo portugués. Su influencia sobre la masa de sus corrr.:ligionarios
es nula 1 porque su corte aristocrático, individ.iali~ta, le induce a no doblei::~r
su pensamiento ante l11s imposiciones de la multitud. Pero como participó t:n
la revuelta de 31 de enero de 1891, y (lf&gt;rese mt)dvo tuvo que emigrar, la mul•
titud ("mpc-zó a conocerlo, p('ro no le itmaba. Cuando en 1910 se implantó la
república en Portugal, Basilio Telles apareció en Lisboa con un programa de
Gobierno, donde al lado de algunas utopías, hal&gt;ía cosas aprovechables. Pero
entre la mentalidad de B,uilio Tdlc:s y la mentalidad de los mme,,r.r re\·nlucionarios, 1,, distancia era mucha, v Bazilio Telles se metió en su c:1sa, olvidado,
preterido. Durante los li.ltimos años del régimen monárquico escribió sus trabajos econJmicos que, como he dicho, le dieron a conocer en los medios cu!•
tos Desde la implantai.:ión de la república ha dado a luz alg"Jnos estudios de
crítica histórica y µolític3 que no aumentarán su celebridad, por dispersos y
superficiales. Entre esos trabajos hay algunos, dedicados a la guern europea,
dignos de lc-erse.
Ha lanzado ahora un libro de estudios filosóficos: A Sciencia e o Ato,,.ismo.
No siendo LA PLUMA una revista filos66ca, no estaría bien detenerme a exami•
nar la$ 300 páginas del volumen, sobre el que habría mucho que decir. Me limitaré a una ;1oticia ligera.
Después de exponer lo que considera fundamento experimental del atomis•
mo, se extiende en la noción de masa, y consagn a la masa y la inercia capítulos tanto más curiosos cuanto que ese problcm:i se encuentra actualmente en
discusi6o, debido a las teorías de Eiostci-o. Ba.zilio Telles es difícil de leer, por•
que su estilo es pesado. Sólo la voluntad legítima de conocer lo que picosa un

�LA PLUMA

!:fi~:::t~:n~;i:!:

espíritu distinguido, puede bastar a vencer es~ d~fic~!!ª~·
1
1 l"b O de Bazilio Tclles que sus conoc1m1en
contra e t r
do ue su crítica se ejerce sobre el estado del penpecan de atrasado.s1 de m~ q t años Pruébalo sobradamente su estudio sosamiento hace treinta o cmcuen a
•
~
bre las geometrías no-euclidianas.
ALFREDO Pu,xNTA.

NOCTURNO DE LUNA y AGUA

. .. CASTILLO FAMOSO

(1919)
f/(,[

Cantaba tan lejano
que el paraguas abierto
estaba chorreando de luceros.
.Ca .Cuna
pisaba con sus zuecos
/a fl?osa de los 'Vientos.
,lirio
tenía un diván de estrellas en el cielo.

BIOMBO JAPONÉS
Una est1ella-cigüeña
sueña sobre /a arboladura de un vekro.
{;/ .Sol luce un kimono
con un dragón sentado en un lucero.
Un arrozal
y un mandarín
en pala'!'JUÍn

y J:i- 'Ga-

fle

cantando el ,amovor
del 'Ge.
ADRIANO DEL VALLE.

cTJoluntario&gt; de :M.adrid, fHl/on,o /R.eges.

es una dolencia de los madrileños, o un fenómeno donde se
materializan (sin ilusión ni superchería) las fuerzas secretas qut reimotamentc presiden en la existeucia de estos vecinos: entre lo patológico y lo metapsíquico, dudo por qué camino he de buscarle
explicación a la villa. Si el espíritu madrileño recobrase la salud, el Madrid
presente se nos caería, espero yo, y arribaríamos a la plenitud vital que echo
de menmr, si a Madrid, sonámbulo, le desper'tasen, nada quedaría de esta experiencia tan penosa, tan rara, como no fuese el estupor de haberla padecido.
En niL1gún caso es normal nuestro M •drid; incita y no satisface; no habla ni
oye¡ no retiene, acorrala. Es impedimenta gruesa: nace aquí un hombre, y por
mucho instinto que tenga. pierde la vida en defender3e de Madrid. en ir tirando
La villa, aborto de una ambición que llora su fracaso, es de miel con los perdi
dos, con los ineptos; como tierna madre, los mejora; enturbia, para su consuelo, liis diferencias del valor y la nulidad. No le falta discernimiento; le sobra
cinismo: Madrid parece un desahuciado de la vida, para quien todo cede ante
la evidencia del aniquilamiento inmediato; pero no incurre en santidad ni en
sabiduría: es tolerante por desdén; dócil con rechifla. Es el Limbo de los vanidosos: todo se logra en Madrid, a condición de ser fingido; todo el mundo es lo
que quiere, si lo representa bien; nadie le va a la ma □ o; puede lucir su papelón
en este tablado, !in pena ni gloria: tal es de incongruente con la del mundo la
vi&lt;!a en Madrid. Traer, por ley de nacimiento, la villa a cuestas, es vivir a regaADRID

��LA PLUMA

LA PLUMA

-en las noches de la canícula; si lo supiera. no se dormiría. El callar de tanta
-gente solivianta a los perros, y ladrJ.n despnoridos, ladran en los solares, en
fos corrales, en los huertos; ladran por fidelidad al hombre, avisándole que no
se duerma así en el filo de la muerte.
Pensar.in que soy madril"!ño apóstata. No tal. Madrid, con su dejadez, su
desconcierto, es mi rutina; no podría abandonarlo; equivale a mi modo de ser.
Ponerle cara de pocos amigos es simple juego, sin moraleja. «La b€tise c'est
de conclure&gt;-exclama un hombre descontento-. No concluyamos, pues. El
madrileño, divertido en conocer la villa, en pensarla tal cual es, seguirá siendo
v.n hombre feliz, mientras no abrace la pretensión soberbia de emanciparse
Quien viva en el Limbo, consérvese en él; y mantenga sus horas con poner
mr,tes a personas y cosas. No ha!' libertad para dejar de ser madrilei'io; ni
arraigaríamos en otro suelo, si nos transplantaran. El escarmiento nos ha
1,·uelto díscolos, y sólo podemos vivir aglomerados, sin más nexo urbano que
el censo electoral y el padrón de cédulas personales; a condición, todavía, de
que esos instrumentos de dominio los fabrique y administre la voracidad forastera. Esta es la suma elegancia de Madrid, y así se hace amar, el muy cazurro, de los descreídos. No ostenta pretensiones colectivas, no promulga evangedlos, no quiere fundar nada, ni descubre cada veinte ai'ios cosas olvidadas de
puro sabidas. En sus entresijos se ríe de los luchadores, y a los hombres de
presa les pone entre los dientes un zoquete de pan duro.

Que naci6 en Manzanares
Para cisne del Tajo y del Henares.
Llaméme entonces Fabio;
Mudóme el nombre el desengaf'!o sabio,
Y llamóme EscarRJiento.

Dícese que, en el fondo, los hombres de casta manchega no aman la vida.
Q,,izás empiezan amándola demasiado, y van a dar en el despego, en el rencor,
aborrecen la vida ingrata porque no es lo bastante pródiga y ferviente para
llenar el cóncavo de sus almas. La injurian, porque no es infinita, como la va•
gu~dad de sus deseos. Creyentes, se refugiaban en la soledad pavorosa del
cristiano delante de su Dios; fiaban no tanto en Su amor como en ~)u vengan za: la destrucción del mundo por !a cólera divina vendría a ser el desquite de
su escarmiento personal. Descreídos, como lo son ahora. ni aquel refugio intranquilo alcanzan. En nuestro dfa el sol nunca l:cga al zénit; desde el alba se
b1rrunta la noche, la ::iada.
Madrid ha de exp!ornrse desde dentro a fuera; sufrirlo primeramente, sin
padecerlo; remar en la galera, como tantos forzados reman, aunque no lo conozcan. Sentir después los grillos, romperlos, arrancarse de la chusma, pesar
la gravedad del destino. Todavía eso no basta. El s!:creto de Madrid se entreabre únicamente al espíritu contristado. Si esa lengua de fuego desciende sobre ti, ¡oh manchego insaciable!, en un Pentecostés de la melancolía, no habrás
menester otra clave. El ~adrid agrio y dis:ordante de todas hora~, irreductiblt' a una explicación racionctl, opaco, tórnase manso y concorde, se somete, se
deja traspasar por el rayo de tu tristeza. Vendrá a decirte que tu misantropía
e:; la suya; que si tú desfalleces, él no .ilienta; que si tú vives por no esforzarte
:1 morir, tl ignora para qué ba nacido 1 ni a quién satisface con tenerse en pie.
Se ofrecerá a recogerte en su arena, si ya eres náufrago ... Los raptos de lucidez en que se anuda el coloquio son raros, y, al parecer, sir. fruto. El mismo
hombre que piensa haber entrevisto la verdad, recobra la categoría municipal,
sale a la calle, y va, sorteando los charcos, a esperar el paso de un tranvía
bracea por ganar el estribo, como si le pagasen la faena, en lugar de tenderse
friamente sobre los carriles y que las ruedas, triturándolo, se comprometan en
rn evasión definitiva. Pero le queda la virtud de entender las horas culminantes de la villa que son en las madrugadas del verano, horas en que Madrid se
apaga (':n su recogimiento funernl. Madrid no sabe qué opresor silencio guarda
39'

Et PASEANTE EN CORT.K.

1
393

�LA PLUMA
lá: la mág11ina de partir el jam6n en lo,, h, ,rer; t&gt;I ;i i:adémico. peripltético noc
turno, amigo y protector de los gatos famélin,s; las µajaritas de papel en q11e
es Unamuno maestro de maestros; una visita ;.l Hospital General; la música de
jau·,-band, son motivos en qtte su ingenio se ejercita con magnífica sutileza.
Quien haya leído una sola página de Ramón, no acertará a comprender por qué~
suscita ahora nuestro elogio fervoroso simple colecci6n de greguerlas, en escogimiento de las cuales. se nos iba en cansancio otras veces mucho de nuestra
capacidad admirativa. Cierto que no basta la enumeración d~ loe; temas de estas Variaciones. Porque lo que hay en es,;~ libro de indudable adelanto es, sobre todo, mas que la novedad del gé11ero, su perfecci6n.
eLibertemos los globos,, por ejemplo, es un verdadero poema. en que se
manifiesta clarísimo el honda sentimiento lírico que por debajo de la gracia de
expresión, forzada hasta la truculencia muchas veces, riega de lágrimas humanas el humorismo de Ramón.
Adornan este libro curiosísimns dibujos de literato, obra del propio Gómez·
de la Serna, que subrayan con intención, que en vano podría sustituir la técnica de ningún dibujante que no tuviera su mismo temperamento, y talento parejo, los temas del libro, verdadero resumen caprichoso de lo más característico
del ramonismo.
Estas páginas son, sin duda, una selección acertadísima de las crónicas publicadas con el mismo título en Et Liberal. El que pueda con ellas componerse
un volumen tao acabado , denota en la constante labor, q1.1e se nos antoja dispersa, de su autor, un esfuerzo de CO!lCentraci6n logrado al inspirado correr de
la pluma.
Novela grande subtitula Gómez de la Serna a El Incongruente. No es la primera vez que, por consideracione'3 editc riales, o porque realmente signifique
un propósito contrario id concepto teórico de la gregut&gt;rÍa, su verdadero descubrimiento, llama novelas grandes a algunos de sus libros sui géneris. Et G,·an
Hotel, La Viuda blanca y negra no implicaban, sin embargo, una determioacióo
radical que variara el carácter de su litt?ratura anterior. Son greguerías en torno
a dos temas novelescos, en que la novela aparecía pulverizada en apuntes ingeniosísimos, sagaces hasta el lirismo, para una novela que quedaba sin hacer.
En ese sentido 1 no sería aventurado equiparar a este Ramón nuestro a otro donRam6n, innovador en el siglo pasado, y por más de un aspecto parecido, salvando distancias irreductibles, a Gómez de la Serna. Don Ramón de Campoamor acertó, en efecto, a condensar en la dolora bs aspiraciones de su tiempo.
Aspiraciones literarias, filosóficas, del sentimiento popular. Pe9ueiios Poemas,
Humo,-adas, draw,as, tratados de estética y de filosofía, discursos políticos, cuanto escribió, no fueron sino doloras, más que otra cosa manera, adecuadísima
a su época, de sonrei1· entre lágrimas c!ásicamente. La difusión de sus obras, superior a la de todos sus comemporáneos1 se debió en gran parte a la calculada
generosidad con que renunció al dominio temporal sobre r-Uas, despertando así
la codicia lícita de los editores, y la propaga oda consiguiente.
Túvosele a Campoamor por ianovador o inventor, y por tal túvose el mismo.
¿Cómo explicar entonces la miseria de su descendencia directa? Campoaroor no

'ª

LIBROS Y REVISTAS
Ramón Gómez de la Sel'na: Variaciones.-Con curiosas ilustraciones del
autor.-Publicaciones Atenea, 1922; fa./ fncongn,ente.-Nov cla grande.-Los
Humoristas, C~lpe.
Creo que ha sido un escritor francés, el señor Valery-Larbaud, quien ha dicho que de haber nacido en Fraoci_a Ramón Gómez de la :5erna, a .estas hcr2~
su literatura estaría inftu, endo directamente sot;.re los literatos Jóvenes del
mundo. Estoy de todo punto conforme _con esa .a~rm~ción en 9ue_ s_e rinde al
genio literario de nuestro compañero cierta anhc1pa~161_1 de la JUSt_1cia con q~e
hemos de ver uo día acatada su obra por el reconoc1m1eato unánime del publico. No somos de los más entusiastas corifeos dr.l infatigable creador de Pombo. De intento, hemos puesto siempre sordina a la expansión de nu:,stra co~placencia en las lecturas de G6mez de la ~~rna. Creemos habe1: senalado Stn
recato el peligro que puede sup~ner 1~ fac1hdad con que se prodiga, en ~n verdadern alarde de incontinencia literaria. A punto vanas veces de rendirnos a
la evidencia de una gracia avasalladora, he~os resistido, ora a los irop~lsos de
la simpatía que. despt:rtaba en ~uestro ántmo cada_ n~eva producc1on suya,
cuándo a la cons1derac16n contrana, del talento que s1gmficaba el ganarnos precisamente con páginas trabajosas y difíciles, torpes incluso. Hora es ya de que
proclamemos. sin temor a un desen~año de la confi_anza propia, nues~ra fe en
la consagr,1ci6n progresiva del que es hoy una realidad ,en que se ~1fr~I! esas
µ-andes espe,-anzas desacreditadas por el abuso del tópico. La pubhcac1on de
Variaciones y Et Jncongrutn!t nos autoriz~ a tanto. .
,
.
Va,·iadones no es un libro m1evo. Nacido del capricho de cada d1a. han ido
viendo sus páginas la luz en las columnas de un periódico. P_ue~, no obstante
la insistencia del tono, que insensiblemente ayuda_al lector diario a co_niprender tales crónicas vohnderas como un todo orgánico, es ahora, reun1das en
volumen, cuando adquieren la formalidad, la importancia de una obra animada
en sn varied!d de- un sentimiento personal y delimitado.
Periodista, Gómez de la Serna va dejándose llevar en sn inspiración de los.
ternas que suscita la vida corriente: cEI mejor reclamista del mundo,; el comercio del pan duro en Madrid; el kiosco de los caramelos de la calle de AICi'l0

,94

j

395

�LA PLUMA

LA P L U ~1 A
fué unpioneer, no fué un ini:iador. Mas su personalidad vigorosa recogió, transfundiéndoles un aliento propio, las ideas poéticas que circulaban en su tiempo.
Fué cabo, realización, y no principio.
Así G6mez de la Serna 1 en quien convergen tantas modalidades literarias,
extranjeras o S!llonadas ya con sabor nacional, ha podido parecer el inspirador
de una nueva escuela, sin adeptos posibles, porque lo que hay en él de original ('5 la personalidad acusad{sima en que se funden irreconocibles, encontradas corrie,ntes e influencias.
Et lncon¡rrutnte señala un paso decisivo hacia la novelación de la greguería,
Si la capacidad de disgregar por lo menudo los elementos del mundo sensible,
puede llevar nunca a la composición dramática, si la iotrospecci6111 si la vida
foterior, pueden ser alguna vez materializadas literariamente, Ramón Gómez de
fa Serna está en camino de conseguirlo.
Ahora bien: todas estr1s disquisiciones, en el caso de Variaciones y El I,u;ongrumü, nos apartan de la consideración esencial, y que importa cocsignar muy
•especialmente, de que su autor atiende ante todo a conquistar lectores. Es de-eir, que su literatura es &lt;le entretenimiento; que aspira a divertir, a interesar,
verbo sin eficacia po, el mal uso que de ellos solemos hacer los críticos y apreo-Oices de tales. Entretenido, divertido, interesante, suelen ser adjetivos con que
se sobrentiende la insignificancia de una obra. Por el contrario, la categoría literaria y artística es sinónima para las entenderas del vulgo lector de aburrimiento.
Ramón Gómez de la Serna, como Campoamor también, profesa la dignidad
poética en la prosa de la vida.

•

j

• •

Isaac Goldberg. Pb. D.-La literatura hispanoamericana.-Estudios críticos.
Versión castellana de R. Cansinos Assens. P.-ólogo de E. Díez-Canedo . Madrid, Editorial-América.
¿Existe una literatura hispanoamericana? ¿Puede nadie pretender el título
de cpoeta O.e América, con más razón que otro cualq11iera, de este lado del
m&lt;1r, el de e poeta de Europa,? Díez-Caned.:&gt; se pronuncia resueltamente en el
prólogo a la edición española de La literatura hispanoamericana, ea contra de
una proposición tan absoluta. cA nuestro parecer-dice-no hay ah.ernativa
posible: o una sola literatura con la de España, o tantas, si no como repúblicas,
má.s o menos artificiales en sus límites, como países naturales haya en la América de habla española&gt;.
Estudia el Sr. Goldberg la renovación cmodernistu en la literatura espa'tlola, señalando acertadamente su coincidencia con crisis similares en Inglaterra, en Alemania, en Rusia, en Noruega, en Italia, en Francia, principal receptáculo transmisor a los países españoles de las nuevas corrientes literarias.
A nuestro entender, presumen en demasía los escritores españoles de América•de la aportación que puedan significar Sll'l licencias ai caudal riquísimo

¡

de la. lengua común. En ~odo caso, ~ubén Dar~o. poeta excepcional, por excepcio~al 'Y no por amcr!cano adquiere en la historia del español una preponderanc1~ sm par en ~os tiemp.os modernos. Poeta americano, todo lo gran poeta amen~ano, y, !11CJ0r todav1a, peruano, que se quiera es Santos Chocano, en
cuyo_s e:ntos de libertad, .co~o en sus ~antes de pleitesía a la e madre España&gt;
~ers1ste ~n acent? col?mal mcon~un~1~le. Por americano, pe&amp;e al cosmopolit1smo1 al mternac1onahsmo de la 1ustic1a, por que rlñe toda su vida desigual
~atalla, nos gana Blanco-Fombona, el desterrado de Venezuela aferrado a una
,dea ~oble de reconquista espiritual de su tierra. El amerkani;mo, voluntario
también, d~ Rodó, .escapa ya, prec~sam~nte por virtud de la Jengua, trabajada
e~ un se~t1do clás1c.o y no revol1~c.1onano del ca:stellaao, a los límites a que lo
circunscribe la ocasión de sus Ci"tUCas. José María E2'urcn desconocido co España, poco conoddo en Am.érica, paree~ señalar, pOr la 'referencia del señor
G_o!dberg, una nueva. modalidad en la_ renovación hispanoamericana, cierto esp~nlu de couc~n~ractón y menosprecio del vulgo, cierto recogimiento, que reº!ega del sent1m1cnto a velas desplegadas, de sus predecesores. A Rubén Dano, s.aotos Chocano, Rodó_, Eguren y Blanco-Fombona, dedica sendos estudios
el senor Goldberg, precedidos de un capltulo inicial sobre el modernismo otro
sobre «Algunos precu.r~ore.s moder?ista~,: Gutiérrez Nájera, José Martí, julián
d~I Casal, José Asuoc10n Silva, y D1az-Muón; y otro sobre las e Nuevas orientac1_ones, desp~és de los pre~ur~or~s'. y el cAmericanismo literario» que irrump~6 en la ~nttgua metr6poli cornc1d1endo con la pérdida de sus últimas colomas amencanas.
La preem!~encia indiscut~Ble de Rub.én Daría en la poesía española mo~erna, ~a f~cil1tado la confusión que atribuye a influencia hispanoamericana,
J s d~r:1vac10nes que en España-como en América-haya podido tener el
prestigio del autor de cLos Cisnes&gt;.
Prueba irrefutable de ello, la supremacía de los cmodernistas» españoles
so~re los hisf!anoamer~caoos, en los géneros de prosa: Un Valle-lnclán, un BaroJ~, un Azonn, postenormente un Pérez de Ayala, no tienen equivalencia Jiterana del otro lado del Atlántico. L.1 labor consiGerable de Florencia Sáncbez,
aun con ~n d:ama que toca a la perfección como Ba,·ranca Abajo, en modo al•
guno ha rnflu1do en la escena española como Jacinto Ben avente europeizador
de nuestro teatro y, no lo olvidemos, quien mató en definitiva ai mayor monstruo, Echegaray, q_ue guardaba tantas princesas chillonas.
.Es más,_Anton1_0 y Manuel Machado, Juan Ramón Jiménez, Eduardo Marquma~ el mismo y111a:spesa, _Díez-CanedJ, Pérez de Aya la y Valle-Inclán en
su ?ltim~ modalidad !mea, ¿tienen ya nada que ver con el camericanismo Jiterano», s1 es q.ue alguna vez el imperio de Rubén Daría pudo justificar el equívoco? De Ennque de Mesa no hablemos, pues que nunca tuvo más Castalia que
la fu~nte de los Gallegos, y las del Lozoya coque bebió el Marqués de las cSerramllas~. Las influencias comunes a todos los .poetas menores que empiezan
a cantar ahora ~n todas las_ Españas de aquende y allende el mar, no determi'lan dependencia mutua, m apenas otra fraternidad que la del idioma. Podemos s1• asegurar, por 1o que nos es dado conocer basta ahora, que si la época,
397

��LA PLUMA
Pedro l.eandro lpnChe.-.4las Nueva.r.-Mo □ tevideo,

1922.

Manífiéstase en estos poemas del señor Ipuche el deseo, apuntado ya su logro en aJgunos atisbos felicisimos, de fundir el sentimiento de la tierra nativa.
y su expansión en más amplios horizontes de conciencia, transmutándolos en.
una expresión poética donde los modismos populares del campo uruguayo adquierar. virtualidad literari;i.
.
«El Lazo,, p:iema central del libro, participa de esas dos cornentes de emoción en que parece dividida, espiritualmente la colección de poesías de Alas
Nut'Das: la determinada por contemplaciones visuales, cLos carrero~•, cLos
potros,, «Las lavanderas, 1 «La sorttija,, «El Viraró,; y las que derivan del
pensamiento a la raíz sensitiva, «La vocación fatal&gt;, e Ritmo y hora1&gt;, eAsunto&gt;,
cEl dedarrollo•, eLa Noche&gt; .
eYo siento el entusiasmo de los lazos abiertos
Que hacen fiesta de líneas en el aire:
Un entusiasmo largo, seguro, desplegad0,
Y bien trenzado,
Que salta hacia las cosas con afán de enlazarlas.•
canta el señor Ipuche en cEl Lazo,:

cMi lazo es inauditc,
Y va donde lo tira mi intención.
Mi oficio es intuitivo
Y cuando enlazo llevo al puño el corazón.
¡Cuidado con el arco valiente de mi lazo!
¡Soy buen enlazador!»

* * *
Dr. Atl.-Las Sinfonías del Popocatejeil.-México 1 Edic. México Moderno,
Reúne aquí el autor. bajo un título excesivo para nuestro gusto, algunas
impresiones literarias de sus antiguas excursiones y dilatada demora por las
montañas del Iztatzihualt y el Popocatepetl. Cuando el viajero se limita a describir, a apuntar sencillamente, paisajes y tipos que más que destacarse los
componen, la lectura de sus notas se hace fácil y grata.
No tanto, cuando, ahueca la voz; y prodiga palabras sonoras, por competir
en vano con la Naturaleza, en la tremenda sinfonía de las cumbres volcá.nicas.
C. R. C.

AJiÍO III.

1

MADRID, DICIEMBRE 1922

~ COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN
DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA TiERCERA

CARA DE PLATA

CoNTJNúA

LA

ESCENA TERCERA

G 1 NE R A , ES TREME C 1 D A, abre la puerta, y bajo el
encaje lunario del empanado, aparece la sombra del sacristán, de rodillas y con los brazos abiertos.
BLAS DE MIGUEZ

¿Dónde me hallo? ¡El dolor me nubla la vista y no reconozco los
parajes!
LA SACRISTANA

¿Qué copla condenada traes?
BLAS DE MIGUEZ

¡Confesión pido! ¡Por los Divinos clamo!
400

NúM. 51.

XXVI

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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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