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                  <text>LA PLUMA
Pedro l.eandro lpnChe.-.4las Nueva.r.-Mo □ tevideo,

1922.

Manífiéstase en estos poemas del señor Ipuche el deseo, apuntado ya su logro en aJgunos atisbos felicisimos, de fundir el sentimiento de la tierra nativa.
y su expansión en más amplios horizontes de conciencia, transmutándolos en.
una expresión poética donde los modismos populares del campo uruguayo adquierar. virtualidad literari;i.
.
«El Lazo,, p:iema central del libro, participa de esas dos cornentes de emoción en que parece dividida, espiritualmente la colección de poesías de Alas
Nut'Das: la determinada por contemplaciones visuales, cLos carrero~•, cLos
potros,, «Las lavanderas, 1 «La sorttija,, «El Viraró,; y las que derivan del
pensamiento a la raíz sensitiva, «La vocación fatal&gt;, e Ritmo y hora1&gt;, eAsunto&gt;,
cEl dedarrollo•, eLa Noche&gt; .
eYo siento el entusiasmo de los lazos abiertos
Que hacen fiesta de líneas en el aire:
Un entusiasmo largo, seguro, desplegad0,
Y bien trenzado,
Que salta hacia las cosas con afán de enlazarlas.•
canta el señor Ipuche en cEl Lazo,:

cMi lazo es inauditc,
Y va donde lo tira mi intención.
Mi oficio es intuitivo
Y cuando enlazo llevo al puño el corazón.
¡Cuidado con el arco valiente de mi lazo!
¡Soy buen enlazador!»

* * *
Dr. Atl.-Las Sinfonías del Popocatejeil.-México 1 Edic. México Moderno,
Reúne aquí el autor. bajo un título excesivo para nuestro gusto, algunas
impresiones literarias de sus antiguas excursiones y dilatada demora por las
montañas del Iztatzihualt y el Popocatepetl. Cuando el viajero se limita a describir, a apuntar sencillamente, paisajes y tipos que más que destacarse los
componen, la lectura de sus notas se hace fácil y grata.
No tanto, cuando, ahueca la voz; y prodiga palabras sonoras, por competir
en vano con la Naturaleza, en la tremenda sinfonía de las cumbres volcá.nicas.
C. R. C.

AJiÍO III.

1

MADRID, DICIEMBRE 1922

~ COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN
DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA TiERCERA

CARA DE PLATA

CoNTJNúA

LA

ESCENA TERCERA

G 1 NE R A , ES TREME C 1 D A, abre la puerta, y bajo el
encaje lunario del empanado, aparece la sombra del sacristán, de rodillas y con los brazos abiertos.
BLAS DE MIGUEZ

¿Dónde me hallo? ¡El dolor me nubla la vista y no reconozco los
parajes!
LA SACRISTANA

¿Qué copla condenada traes?
BLAS DE MIGUEZ

¡Confesión pido! ¡Por los Divinos clamo!
400

NúM. 51.

XXVI

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��LA PLt.:MA

LA PLUMA

Sonaba con Morales una nota nueva en aquel concierto de voces. Los

gratitud y deferencia para con la Junta directiva de la Sección de Literatura del Ateneo y en especial para con su ilustre presidente.
Mi amistad con Tomás Morales puedo decir que empezó con los primeros versos suyos publicados en Madrid, por aquellos años, que no me
decido a llamar remotos, de 1903 a 1907. Formábase entonces, levantando como enseña el estandarte de Rubén Daría, la legión de poetas que
inició, en la lírica, el primer movimiento de rebeldía posterior al romanticismo. Triunfaban ya y habían producido obras considerables Eduardo Marquina, Antonio y Manuel Machado, Juan Ramón Jiménez, Francisco Villaespesa.
¡Francisco Villaespesa! He aquí un nombre que en las futuras historias literarias ha de tener, junto a las páginas en que se hable de su labor personal, ondulante y diversa como el hombre mismo, ya leve y ar11

poetas de aquellos días eran subjetivos, exquisitos? s~ música tenía sua-

ves arpegios de clavicordio, tenues lamentos de v10l10, cuando no pastoriles cadencias de oboe o de flauta; de vez en cuando, las largas trompetas sonoras de la marcha triunfal dejaban oir sus acentos metálicos,
haciendo más vivo el contraste. Se iban elaborando los nuevos temas
poéticos. Iba surgiendo de la poesía moza una visión de_ Esp~ña que _no
era ya la orgullosa y fastuosa de antaño, sino otra Espana mas recogida
y austera, que alcanzaba la suma expresión en las sobrias tonalidades de
la meseta castellana.
A esta poesía, Tomás Morales fué el primero en hablarle del mar.
Trajo a la poesía la palabra que Juan Maragall iba pidiendo a los pueblos del contorno como alivio para la desolación de las llanuras anchas,
lejanas de los mares. Y le habló del mar como quien mucho tiem_p_o l_o

moniosa en sus mejores momentos, ya amanerada y fría con harta frecuencia, un rincón en que se le recuerde como descubridor de ingenios

ha vivido, como quien tiene con él un trato tan íntimo, una fam1han-

dad tan próxima, que, para evocarlo, le basta decir:

y forjador de revistas.
¡Las revistas de Villaespesal No se ha escrito aún, y cada día que
pasa se hace más difícil escribirla, la historia de esos cuadernos literarios,
nacidos al azar de un feliz encuentro de camaradas o del hallazgo in verosímil de unas pesetas. No se ha hecho aún, y bien vale la pena de que
se haga, una nómina cabal de esos efímeros papeles que vivían Jo que

El mar es como un viejo camarada de infancia.
Antes de ahora, al intentar un esquema lógico de su poesía, he señalado en ella tres fases, tres momentos sucesivos, perfectamente encadenados entre si. Primeramente, aquellos versos en que, refugiado en sus
recuerdos íntimos, buscando, como tantos compañeros suyos de poesía,
el destello del mundo interior en las memorias de la edad infantil, evo-

las rosas: seis números, cuatro números, dos, uno tan solo. Revista hubo

que, después de bien tramada, de acoplado el original, de elegida la imprenta y encargado el papel, no pudo publicarse ni una vez siquiera: se
quedó, inmaculada, en el limbo de las buenas intenciones.
Entre las voces nuevas que empezaban a levantarse de aquellas páginas juveniles, ninguna más robusta y sonora que la de Tomás. No podría yo ahora decir en dónde: en el Renacimíenlo La#no, en la Revista
Latü,a, vi por primera vez la firma de Tomás Morales; y en la segundá
de las nombradas, de seguro, aparecieron algunos de los Poemas del Mar,
los versos más personales, más llamativos entre los que formaron en 1908
ague primer libro suyo que se llamó Poemas de la Gloria, del Amor J)'
dtlMar.

caba sombras domésticas, paisajes urbanos, deleitábase en la amistosa
conversación o en la espera meditabunda del amigo en la habitación ya
invadida por la oscuridad del anochecer. De, pronto, el mar .. Una de
aquellas visiones de su infancia le puso otra vez fr~nte al «vie¡o camarada» y le hizo escuchar sus mil voces. Lo que le di¡o_ pnmero
mar,
fué lo más cotidiano y sencillo: se le dió como espectaculo multiforme,
y él no tuvo más que copiarlo fielmente. Este es el segundo instante de
su poesía. El tercero Jo sublima y completa: es también el mar, pero no
va el mar humano de sus lienzos de alta mar o de sus aguafuertes de

d

1,

1

puerto, sino un divino mar mitológico, el movible dominio de un dios,
427

���LA PLUMA

la rama de un manzano que se estira
perezoso, a la aurora, bajo el muro
donde abre una ventana. &amp;l humo blanco
trazaba, íejos, sobre el prado ameno,
la ruta vertical de su columna;
y, más cantora cuanto más cantada,
-motivo eterno, cada vez más nuevo-,
la alondra rasa, en el lejano surco,
dab&lt;1 el saludo matinal de un trino.
'Y entonces quise, por hallar castigo
a la pereza de mi pensamiento,
pensar en algo. 5\tas el alba rosa
discreta fué; que adormeció de nuevo
mi espíritu cansado y, solamente,
me despertó a la vida los sentidos.

LA OBRA DE BEN A VENTE AL
FULGOR DEL PREMIO NOBEL
A

adjudicación del premio Nobel a Jacinto Benavente no ha
desatado el furor de protestas encontradas que suscitó su con-

cesión a Echegaray, señalando en nuestros anales literarios la
hora crítica de una revisión de valores. La ausencia del agra•
ciado, en correría artística por tierras americanas, ha soslayado por lo

'JI hubo serenidad en la foresta
IJ en el bosque dormido de mi espíritu.

pronto las reacciones inevitables de la opinión pública, no más que
apuntadas, ante la indiferencia general, en los pocos artículos y tal cual
homenaje cómico con que hasta la fecha se ha celebrado el acontecimiento. Por otra parte, en su verdadero punto la fama de Benavence, y
a salvo su buen nombre de los embates ulteriores de la fortuna, no tenía
por qué mover escándalo el discernimiento de la Academia de Stockolmo en 1922.
Al dar la noticia del triunfo han coincidido los comentaristas más
discretos en deplorar la falta de asistencia oficial que privó a Galdós en
sus últimos días de la gloria tangible del premio Nobel. Por si queda algún ingénuo capaz de suponer encarnada en los académicos suecos, testamentarios de su benemérito compatriota, la justicia infalible que sólo
Dios se atribuye, permítasenos señalar, dentro de la relatividad de
las cosas humanas, las circunstancias que determinan la significación
del premio internacional de literatura. Que si Nobel procuró asegurar el

LUIS FERNÁNDEZ ARDAVIN.

x:xvm;

1

433

�LA PLUMA
cumplimiento de su voluntad generosa, por encima de toda contingencia política, en el bajo sentido a que tal concepto se ve arrastrado por
el uso, las normas de transacción que la realidad de la vida impone al
Ideal son ineludibles.
Tuvo el que esto escribe, como secretario a la sazón de la Sección
literaria del Ateneo de Madrid, el honor de formar entre los comisionados para recabar del director de la Academia Espadola de la Lengua la
oportuna solicitud cerca de la Real de Stockolmo, en demanda dda
concesión del premio Nobel de literatura de 1916 a favor de D. Benito
Pérez Galdós. Don Antonio Maura, cuya imponente figura mosaica
pierde de su prestigio con la proximidad, delatora de cierta rusticidad
torpe, insospechada en la perspectiva teatral del Parlamento, del mitin,
de la fotografía de circunstancias, atajó Juego nuestra pretensión, oponiendo Ja letra estatutaria de la propia Academia que preside, matadora
del espíritu cuya conservación le está encomendada precisamente. Las

•

mismas protestas de amistad con que quería enaltecer a nuestros ojos la
inanidad de las diferencias políticas que de Galdós le separaban, nos
hicieron comprender al punto que si dependía de su gestión el premio,
podíamos dar el empeño por perdido. -Recientemente, don José
Lasalle ha contado en un periódico cómo la resistencia del secretario de la Española ha podido retrasar hasta ahora el provechoso honor
con que Benavente se ve, con general aplauso, favorecido-. No pudo lograr el autor de los Episodios Nacionales y las Novelas Contemporáneas
la adhesión sin reservas que ahora piden en torno al nombre de Benavente quienes se estiman copartícipes, a título de españoles, del honor,
que a todos toca, ya que no del provecho, que apenas cumple para un
hombre solo.
En Jo que no van descaminados cuantos piensan así, ya que la Academia sueca parece atender equitativamente en el reparto anual de tales
mercedes, al mérito relativo de los grandes hombres considerados no
como ciudadanos del mundo, sino como súbditos de un Estado al cual,
una vez premiados, representan en la República oficial de las Letras y
las Ciencias. Hácese casi siempre la elección con anuencia, y aun a pro◄ 3•

LA PLUMA
puesta, de los embajadores y ministros plenipotenciarios acreditados en
Stockolmo. El espaldarazo que significa para el recipiendiario semejante
gracia, lleva consigo la extensión a términos comparativos más dilatados, de la opinión favorable a que debe el éxito logrado entre sus compatriotas . Parécenos, por lo tanto, felicísima y oportuna la última decisión de los repartidores del Premio.
Data la primera obra dramática coleccionada en el Teatro de Jacinto
Benavente de 1894. Se estrenó en la Comedia, escenario Juego de sus
primeros triunfos, cuando todavía el Español era un feudo del viejo
Echegaray y de su escuela. Toda la primera época benavcntina está
influida del estilo francés contemporáneo. Sin que sea dado señalar
como tales plagios La comida de las fieras, La gobernadora, Lo cursi,
el repertorio, en suma de los primeros volúmenes, desde Gente conocida
a La noclu del sábado y Rosas de oio1lo, es evidente la sugestión de Donnay, de Lavcdan, de Abe! Hermant, ea cuanto al tono punzante del
diálogo, embarazado todavía por la ensedanza tiránica de Dumas hijo,
a que han seguido sometidos tanto tiempo, incluso los más arriesga-

dos innovadores del teatro europeo en el último cuarto de siglo, Benavente, reacio en declarar sus modelos inmediatos, no recata, al igual en
esto de otros grandes, lo que debe al autor de La dama de las camelias.
Lejos de nuestra intención el señalar tales coincidencias, voluntarias
o no, como un reproche. Si no tuviera otros méritos que el haber

limpiado, en Jo exterior al menos, la escena española del tufo rancio
que exhalaban los dramones y comediotas de los Sellés, Cano, Cavestany, Eusebio Blasco y compañeros de menores pretensiones literarias, siquiera su boga fuese no menos sintomática-¡Ramos Carrión,

Miguel Echegaray!-ya se le debería a Benavente gratitud, cuando no
admiración. Como en su tiempo Moratín, Benavente ha contribuido no

poco a que la España literaria pueda ser admitida de nuevo en la sociedad de los pueblos cultos. Cierta opinión, muy difundida entonces,
obligada a reconocer la gracia y la intención de las comedias satíricas
características de la primera época de Benavente-no obstante sus escapadas y escarceos, menos felices, al reino abstruso del drama nórdico:
433

�LA PLUMA
LA PLUMA
tanto como material, perseguido por la hipocresía de un ambiente gazmoño que a favor de un clzantage intentado contra él, pretendía no menos que ejercer en su daño la misma acción póblica que condenó a
Osear Wilde en Inglaterra, Benavente se ausentó por una temporada de
Madrid y sus corrillos de café. Volvió a presentarse en público al ser
aclamado la primera noche de Los intereses creados. Fácilmente se echa
de ver en la intención satírica de esta comedia; el prurito de defensa que le movió a escribirla, aguzando el aguijón que ha sido siem-

Sacrí-/icios, Alma triunfante-le acució, con menospreciar la esfera de

acción a que se habra limitado, a proponerse empeños más altos, o en
todo caso más altisonantes.
La noche dtl sábado, El dragón d, fuego, La Princesa Bebé, compli-

cadas máquinas de teatro, cuyos felicísimos toques afirman la personalidad satírica del Benavente anterior, pero cuyos defectos de concepto y
de procedimiento las asignan una categoría literaria harto circunscrita a

la moda pasajera coincidente con su estreno, señalan el punto culminante de la ofensiva modernista contra el teatro más aplaudido hasta
aquella fecha. Benavente, impuesto ya al público, seguía apoyado en un

pre su mejor arma cómica.

Ese prurito defensivo se advierte en todo su teatro, no obstante
la diversidad de géneros en que Benavente se ejercita. Nunca hasta
Los intereses, ni después, ha logrado tan perfecta ecuación dramática. ¿Qué son en definitiva Leandro y Crispín sino el desdoblamiento
picaresco, inspirado en los principios de la filosofía cínica, de la conciencia del autor? «El fin justifica los medios», «Quien roba a un

movimiento literario cuyos directores dispersos no contaban con un

verdadero representante en el teatro. Do otro modo, las diferencias, no
por calladas menos patentes, entre el hoy premio Nobel y los novelistas
y poetas de su generación, habríanse manifestado irreductibles antes de
ahora.
Los intereses creados y Señora ama, representadas por primera· vez
con breve lapso de tiempo, La ,n,1lqueriila después, marcan en la obra
de Benavente el punto máximo de coincidencia del propósito del autor
con el efecto conseguido en el público. Felicísimo remedo de la commedía italiana ddl'arte, cuya pintoresca disposición escénica sorprendió
desde luego a los espectadores, hábilmente perge,'iada con elementos

ladrón tiene cien años de perdón», «A tuerto o a derecho nuestra

casa hasta el techo» son postulados tan científicos como populares
de un mismo instinto de conservación. Lo verdaderamente original,
lo personal, lo autobiográfico de Los intereses creados está en mante-

ner el principio aristocrático de la caballerosidad inmaculada: ,No fuí yo
quien hizo tal, fué mi criado» ".iene a decir Leandro, salvando así todos
los respetos que se deben a su condición, y a que él se obliga.
No es, sin embargo, del teatro de Benavent.e, Los intereses crea.dos lo
que preferimos. Su retoricismo y amaneramiento literarios de calidad

poéticos inspirados en Shakespeare y ea Musset, Los intereses es, quizá,

no obstante su fantasía funambu]esca, lo más humano del teatro benaventino. La parte autobiográfica, que en otras de sus comedjas se des-

•

inferior, prenda segura del éxito entre el público petulante, malogra

cubre en réplicas más o menos oportunas, agudas e ingeniosas, hasta

nuestro gusto. Puestos a elegir una comedia entre todas las de su reper-

el empacho a veces, y en tiradas de prosa discursiva, constituye en esa
farsa el fondo dramático sobre que está tramada la intriga, es algo
consustancial con ella, se entrevé bajo la máscara de los protagonistas,
prestándoles a manera de una conciencia lírica que para descargarse de
su peso se disfraza y finge la voz, sincerísima en defensa propia.
La ocasión del estreno de Los ,intereses cnados nos permite aventu-

torio, coincidimos sin duda con la elección, varias veces proclamada,
del propio autor de Señora ama .
Señora ama nos parece una comedia perfecta. Las mejores cualidadadcs de Be□ avente, gracia irónica, sentimiento humano, finura de observación, aparecen en los tres actos
esta obra tan diestramente pon-

rar esta hipótesis, que añ!1de tan singular atractivo a su eficacia pura-

mente teatral. Agobiado, a lo que parece, por reveses de índole mora436

cte

l '

derados, tan bien conducido el interés al fin moral, tan acertadamente
repartida la simpatía entre los personajes, tan ausente el dramaturgo de
437

����LA PLUMA

LA PLUMA

digiosamente conservado por los embalsamadores admirables y quizás
por el milagro.
El fraile fué a dar cuenta a su superior.
-Un seno ... Era un seno .
-¡Que nadie lo toque!-dijo el rector.
Toda la comunidad pasó por delante del seno virgen y mártir, que
cedió a las miradas como hubiera cedido a los dedos, que era inevitable
que fuese la cosa de morbidez pecaminosa e irresistible.
Conservaba su roseta con todo cuidado, pues los embalsamadores
saben pintar los labios y hasta dan sombra de actriz a los ojos de las em balsamadas.
Aquel seno, aquella reliquia disolvió la comunidad. Todos se fueron
por el mundo buscando un seno que no estuviese prohibido, un seno
como el de Santa Anacaria.
Antes trasladaron a la catedral el seno vivo, viviente, mórbido, muy
entrapujado y pusieron en el letrero: «El corazón» en vez del seno.
LOS SENOS DE LA QUE VA POR CAFÉ

Entra orgullosa de sus senos con la cafetera en la mano. Como es la
caída de la tarde-la hora en que los hombres que han acabado el trabajo necesitan beberse una taza de café-, parece que vuelve después de
haber conseguido, gracias a los pastos del día, que sus senos sean cau··
dalosos, repletos, titilantes .

Tiene este desparramarse de las mujeres por las calles del barrio de
senos mejores, algo de la vuelta de las cabras repletas, imponiéndolas un
modo de andar especial lo «ubronas» que vuelven.
Las que entran en los cafés con sus senos magníficos tienen una altivez especial al decir: «Más café que leche.» Quizás es que ellas pueden
mantener la necesidad de leche que le puede ocurrir al mucho café.
Pasan por todo el café como «echadoras», que se miran en todos los
espejos. Viendo Jo que llevan delante dan ganas de alargar las tazas.
Todo el café espera a que la paradoja se cumpla y que a ellas las ubérrimas las echen «café con leche» en la jarra lechera.
444

Cuando salen del café van más completas, más llenas, más orondas.
En la calle les dirán como a las que llevan los botijos y tienen la caridad
de dejar beber a chorro: «Morena, ¿un poquito&gt;»
LOS SENOS DE LOS QUERUBINES

En el Concilio de Neponucea se discutió largamente, con altercados
violentos, si los querubines tenían senos.

Al dibujar como se dibujaron en los primitivos concilios todas esas
cosas que no podían ser vagas o indeterminadas, al dibujar el pecho de
los querubines se pensó en los senos y se tuvo que hablar de los senos.
¿Aquellos seres de voz deliciosa y de carnes finísimas que eran los querubines tenían senos? Hay quienes querían colocar en sus senos, para que

hubiese algo en ellos, algo como los cuernecillos de la vid, como sus tijeretas o zarcillos de gusto agraz y empezonado.
Aquellos sacerdotes primitivos que comían con los dedos y que mascaban como puercos, con gran ruido, los tronchos de las lechugas y de
los coliflores, hicieron discursos llenos de espesa salsa hablando de los
senos de los querubines.
-Son diáfanos-dijo uno-como si estuviesen hechos de esas nubes
blancas que ni son de agua ni de pedrisco ni de nieve.

-En los vuelos de los querubines-dijo otro--se mueven sus senos
con voluptuosidades puras, de que son incapaces los de las mujeres.
-Se siente muy de lejos-dijo otro-, basta lo siento yo, pobre pecador, en mis ratos de más puro éxtasis, cómo acarician el aire, cómo se

trasmite el roce de sus mórbidos bordes a través de las mayores distancias.
Aquellos curas que entonces eran más que sacerdotes, frailazos, no se
cansaron de añadir encantos a los senos querúbicos.

Sólo uno de entre ellos, rijoso, de sotana más potrona, de cíngulo
más grueso, dijo:
~Los querubines no tienen senos porque si los tuviesen, como fuese,

con el misticismo que queráis, como se toca con los dedos en la concha
441

�LA P L lJ ,\ \ A

LA P L U'\I A

provocando en las danzas una especie de fuga de círculos como os que
se escapan al buen tabaco en la hora espesa.

del agua bendita, así se les tocaría los senos y todos nos derrumbaríamos
en el infierno deopués de haber alcanzado la gloria.
No obstante esa opinión se admitieron los senos de los querubines
por

132

votos contra

LOS SENOS DE LA CHATUNGA

20.

En la chatunga los senos toman una importancia arrebatadora. La
nariz se ha sacrificado para hacerlos más valiosos y deseables. C!eopatra
era chata, pero debla tener los senos que bailan solos la danza de su

LA TEMEROSA

Tenía los senos más bellos del mundo. Había ido a un tasador a que
se los tasase y el tasador le había dicho que valían veinte millones. Las

vientre de ombligo rojo.
La chatunga, con senos vivos y ondulados, es la hermana más casa-

mujeres que son las más entendidas se recreaban con sus senos y la cé~
lebre baronesa-por algo era baronesa en vez de &lt;1&lt;feminesa»-los había

dera de las hermanas. La nariz corta hace discreta la expresión de su
cara y deja que los senos se esplayen.
La chata con senos encantadores enloquecerá a los hombres como si
les diese cloroformo, como si les empujase la cabeza contra el mullido de
una cama queriéndoles ahogar, como si les pusiese un apósito de algodón con que asfixiarles.
En la chatunga parece que el pezón de sus senos hace el gesto chatungón de su chatunguería y ¡os senos se respingaran con gracia rabalera el día en que ella ría la aventura del matrimonio, pues con la chatunga-porque las lágrimas o la seriedad ponen feísima-está asegurada la

querido para ella.
Ella, con gran miedo de que se los robasen, los guardaba en un cojrefort, y a veces los llegó a guardar en las cajas subterráneas del Banco.
Sólo en las grandes solemnidades, en las grandes fiestas del gran
mundo rescataba sus senos y se los ponía.

-Irá la de Rosalda-se decían en voz baja los invitados-, y llevará
sus dos senos, únicos en el mundo ...
El salón que elegía para ir se llenaba de gente desde muy temprano,
pues se podfa dar una fortuna sólo por verla subir las escalinatas. Todos
los invitados, en la plataforma de museo del alto y ancho balcón del des
cansillo que daba a los salones.

risa, en la hora de los atrevimientos que viene~ inmediatamente desp ·és
de la boda y en que todas las hipocresías se inutilizan y todas las rases
1

de resistencia hay que hacerlas frenar en sentido inverso.
LOS SENOS DE LA REGIÓN DE ABA Y

En esa región de Abay, en la India, donde a la mujer que entra en
el primer día desu pubertad se la lanza pintada de rojo por las praderas
y el que primero la encuentra aquel la posee, los senos de las mujeres
son rojos con franjas amarillas .. . Parecen tiros al blanco, pues las franas rojas en los senos son concéntricas, así como en el resto del cuerpo

lo bandan. Todos son felices en la región deAbay, donde sólo existe una
clase de árbol, en que se clava un puñal y salen manantiales de dulzura
entrañable.
Tenía que haber estos senos en algún lado del mundo y allí los hay.
446

LOS SENOS UE- VERDADERO Sto:VRES

,,

En casa del anticuario apareció la fina mujer, cuya cintura se cim-

breaba en la luz.
-,Qué desea? ¿Me trae algún abanico?
El anticuario, al verla sin ningún paquete, creyó que era una de esas
que se sacan de no se sabe dónde un abanico, un abanico viejo, que

llena de lentejuelas la tienda cúando ellas Jo abren.
Ella, acercandose más al anticuario, le dijo:

-Le traigo unos senos de verdadero Sevres .
44'i

�_LA PLUMA
LA PLUMA
-Venga, pase-le dijo el anticuario pasándola al despachito donde
compraba las joyas más importantes.
Ella entró con la determinación de la que va dispuesta a todo, y allí
sacó sus senos y se los enseñó al anticuario.
-,De Sevres? ... ¿De Sevres?-decía el anticuario sin dejar de darles
vueltas, como a los jarrones a los que se busca la marca.
-Sl, mire usted la señal-y la mujer, que tenía los más puros senos
de Sevres, y que sabía dónde estaba el grabado frío, como una cicatriz,
della marca, le dijo:
-Aquí está.
_
El anticuario, con su lupa, se quedó asombrado de la autenticidad y
comenzó a contar, como quien cuenta papeles de fumar, los billetes que
daba por ellos.
Y la mujer de los puros y verdaderos senos de Sevres salía de la tienda sin senos, lisa, como la que ha vendido la última joya que le quedaba
de sus padres.
LOS SENOS POSTIZOS

Aquella mujer se desnudó de espaldas, como quien se quita ropa un
poco sucia, y después se mostró. ¿Cómo ella, que había seducido con su
busto espléndido, era tan escuálida? ¡Ah! No tenía aquellos senos que
aparentaba. Era una mentira.
Por eso tomó una actitud compungida y temerosa de ir a ser rechazada. Pero, sin embargo, el descubrimiento de su subterfugio para atraer
en la calle y hacer pasar el dintel estrecho, el escamoteo que había hecho de sus senos falsos-¿de cartón?, ,de goma?, ¿de vejiga?-la dió un

piensa en ellos! Son los senos de las mujeres que hacen la limpieza, que
arreglan el cuarto, que los tienen más olvidados que nunca en medio del
olvido general ... Alguna vez, sin embargo, piensa el hombre en ellos durante la mañana, y al descubrirlos bajo los matinés entreabiertos le emborrachan como el alcohol en la mañana, cuando se está un poco ayuno
de fuerzas ...
Los senos por la mañana se refrescan, toman la ducha de la mañana
bajo los holgados matinés, se llenan de un rocío interior que les sazona
como el rocío a las lechugas que hemos comido crudas en las huertas
durante las mañanas del estío.
Los senos en la mañana son unos senos como de la mujer que cría,

porque aunque sean de solteras viven para ellas en ese momento, se
dedican a la casa como la madre al niño, los tienen enlechecidos todas
con leche nueva, la leche de la nueva mañana.
Los senos en la mañana son amigos de los zorros, del plumero, de
los espejos, del fondo de los armarios, del fogón, de la cocina, de los
baúles, sobre los que se inclinan, de los periódicos, de los repechos de
todo, de las tablas de las mesas, del saliente de los tocadores.
Los senos en la mañana tienen la calidad de los plátanos que traerá
la cocinera para el almuerzo y de toda la compra que se hace para mantener el día. Son un poco fruta y otro poco hortaliza.
Los senos en la mañana se cansan de trabajar; pero lambién descansan de vez en cuando sobre los sillones, sobre las mecedoras, llenos de
una mañanera languidez, una languidez remota al hombre, en reposo
como los de las monjas, abandonados sobre sí mismos, porque aún no
se han puesto ellas el corsé, un poco durmientes aún.
RAMóN GóMEZ DE

L...,SnNA.

valor impensado, como si hubiesen sido una provocación más sus senos

imaginarios.
EN LA MAÑANA

Los senos muy de mañana tienen una tranquilidad y un abandono
como el que les ·queda a las recién paridas después del parto ... ¡Quién
448

XXIX

449

�LA PLUMA

CRÓNICAS LITERARIAS
ITALIA

s

D' ANNUNZIO

A NOSOTROS:

G1ovANNJ

Bonrn.-Nadie entre los jóvenes

de la nueva generación, a no ser Slataper, representa tan_ adecua•
damente !a inquietud, el descontento, la desgana, el tedio de los
modernos, como Giovanni Boine.
Nacido para la filosofía, empeñado desde los primeros años en
experiencias y estudios de pensamiento, solo en los últimos de su vida, tras de
luchas formidables para despojarse de todo el peso de su cultura, intentó des•
viarse hacia la lírica pura, con la idea de aislar de todo entorpecimiento su
mundo emotivo. No me parece que lo consiguiera¡ pero quien hoy, después de
su muerte, se acerca a KU obra de combate, constructiva, crítica y de creación,
con un sentido de descontento y de abulia 1 experimenta una sensación de ~ran
respeto, al advertir que tales fragmentos y tentativai, si no están plenamente
resueltos ni son claros, procedían de un ánimo atribuladísimo, en el cual ~e
agitaba tumultuoso un mundo de ideas y de ritmos ansioso de luz y de síutes1s.

•••
Murió de tuberculosis a los treinta años (1917). Pero más que el Boine _de
los últimos tiempos, enfermo y esquinadísimo, es menester ~uscar al Bo~ne
anterior como ha intentado hacerlo precisa!Dcnte en un estudio muy detemdo
publicado ahora en Alemania (Kurt Schroeder, Bonn. und. Lcipzig) un jov~n,
pero muy aventajado crítico italiano, lector en la Umverstdad de Bo~n, 10vanni Vittorio Amoretti: GiOfJanrzi Boine e la letteratura contem¡oranea italtatia,
delineando la fisonomía de Boine, tal como surgió en aquel período turbulento,

?

pero fecundísimo, en que surgieron y se expandieron el futu.rismo, el crocianismo, el movimiento vociano, es decir, en los años inmediatamente anteriores a la guerra (1909-1914 ). Tentativa que pudiera parecer paradójica, sobre
todo en lo que hace referencia al futurismo, por el cual nunca tuvo Boine excesivas simpatías y sí sólo cierta atención; pero que no es tan paradójica si se
tiene eo cuenta el temperamento de este joven, febrilmente ansioso de verdad, pero tan orgulloso, por otra parte, como para no aceptarla de los demás'
aunque fuesen maestros. Estudiante todavía en la Universidad, y necesitado
ya de explicarse a sí mismo su mundo, se adhiere al movimiento católico modernista, representado entonces en Milán por una noble revista cll rinnovameoto». :Mas el problema religioso no lo era todo para él, y sí sólo uno de
tantos puntos oscuros que esclarecer. Le parecía que había de vivir y superar
primero toda una tradid6n histórica, humana, incluso jurídica; y el problema
religioso, como dice muy bien Amoretti, estaba en todo caso unido para él a
todos los demá.s 1 y en modo alguno aislado en sí. Y como el religioso, el moral,
si bien la importación misma de todo problema, encontrase prontamente en
Boine una acentuación ética, rarísima ca otros jóvenes, por no decir imposible. Su educación fu6, desde los primeros años, filosófica; pero de esa filosofía
que sufren los artistas, no Jc,s teóricos natos: la cual intenta y se esfuerza en
llegar al pensamiento a través de la sensación vivida y no encuentra nunca en_
tero equilibrio; precisamente porque la vida no es domesticable ni reductible
a paradigmas, sino caótica, tumultuosa, mudable, incoherente, de-sieual 1 contradictoria.

* • •

Por eso, desde el día que empezamos a conocerlo, en libros y revistas, y
personalmente, Boine nos interesó únicamente como artista, aun no estando
formado todavía y no obstante su difícil lectura; artista: en cuanto todos aus
afanes literarios y filosóficos, de polémica y de crítica, nacían de una individualidad francamente lírica 1 que buscaba más que nada, tanto en las teorías
filosóficas como en las experiencias dialécticas de los demás, un punto de apoyo
para llegar a su nudo emotivo y deshacerlo. Que haya discutido a Croce, que
no se pusiera de acuerdo con Pre2zolini 1 que intentase llegar a Dios, primera:nente a tnvés de filósofos y moralistas 1 de los modernistas después, es cosa
qne a nosotros nos interesaba~ interesa relativamente uada más. Porque lo
que Boine decía en tales referencias y balances, era, más o menos, dialéctica de
un hombre de talento, y bien dotado; no todavía individualidad que se manifies451

450

�LA PLUMA
LA PLUMA
ta y se yergue. Pero cuando superada la barrera del pensamit:.nto ajeno, Boine
intenta llegar a Dios con los propios mc-dios 1 manifestándonos su lucha secreta 1
su espasmo vivo, su experiencia sensible, entonces nos interesa y aprisiona:
alma moderna, que con sus mismos sufrimientos y beatitudes, destaca su drama de las palabras huideras y lo aisla y personifica. Aquí es uno de los nuestros; y, aun más, a todos. nos precede (tal vez por más próximo a la muerte que
todos nosotros) en ese ansia por el más allá, que después de la guerra ha lle·
gado a ser el motivo férvido y sen-tido de gran parte de los escdtores jóvenes
italianos. Aquí es uno de los nuestros; el primero en preguntarse con desconsolada desesperací6n: «lEstá Dios en mí, o en dónde?» Y si en mí ¿por qué no
consigo volver a evocarlo como quisiera, concretarlo 1darle términos evidentes?
Un vivísimo ardor vibra en las páginas de su obra; y aunque su lirismo nos
parezca a veces turbio e incierto/¿quién le negará poesía?: «Entono, pues1 a plenos pulmones 1 el canto de la realidad, de la realidad tangible que me circunda,
el canto de todas las cosas grandes y pequeñas, adversas y placenteras, que yo
con ojos sanos, con la lúcida salud de mis ojos, he definido y visto. Yo curado,
atrás ya la tristeza de la irrealidad angustiosa (tristeza sin fondo de quien no
,1ma en el mundo ninguna cosa más porque ha arrancado del mundo el espíritu1 porque quiere el espíritu, y de todas las cosas terne o sospecha-¡oh Macbeth, oh Segismuudo1 trágicos hermanos míos!-como de vanas apariencias);
yo, curado, entono un canto resplandeciente. Canta con voces distintas dentro
de mí el mundo entero: soy el igual del mundo, el igual de toda cosa en el
mundo.•
Es un grito alado; eu el cuJ.l el alma parece ya tranquila y próxima al reposo. No será así por desgracia; porque tas e."'perieT1cias, incluso aquellas que
tenemos por más consumadas (y por lo tanto resueltas) la vida misma nos las
vuelve a presentar a intervalos-aunque sea con otros aspectos -como n uevos y urgentes empeños que rescatar; pero, en fin, al menos por el momento,
ia duda y el ansia parecen aquietadas, vencidas: •Dios: inmensa sombra que
iocumiJe 1 que amenaza al mundo (en que el mundo se desvincula) y que infiltra,
que embebe, que reúne en un haz las cosas todas.•
Condus~ón nada pacífica que lleva coa·sigo una sombra, una duda nueva; Y
como una necesidad de dejarse penetrar y sobrepujar por las cosas de alrededor: vive y no vive, con esa pasividad de los seres que a todo renuncian.
«Perdidas todas las ilusiones 1 yo las busco-dirá un día~; y esta P,S preci
samente 1 la tragedia poética, no solo suya sino de torlos 1 volver a encontrar
4

452

mañana, a la vuelta de la esquina, las mismas dudas y necesidades que ya
se creían superadas. Porque la vida del poeta y su esfuerzo están de continuo
enderezados a la verdad, y la verdad huye, se escurre, se esconde, siempre encarnizada enemiga de quien la persigue y la quiere.

* *

1

.¡.
i

*

Tragedia que había de conducirle 1 como le condujo, a fraccionar en los últimos tiempos su mundo en briznas y atisbos, en impulsos y reacciones, como
aquel que busca y no encuentra, y ora vuelve sobre su::, pasos, ora da un paso
más; sin correr nunca el riesgo de una aventura demasiado complicada. No había sido un escritor que pudiera llevar a término un trabajo complt&gt;jo, ya fuese
por razones de salud, ya por descontento interior; pero ll pucato, aquel su
primer cuento de una experiencia de amor, era al menos un cuento, con un
principio, un desarrollo lógico, una conclusión; y así L'esperienza religiosa, verdadero ensayo, entre lírico y metafísico, de uo conocimiento, y Perdzete tutte
le :'ltusioni, io le cerco; rebusca ésta cada vez más obsesionante, más perturbadora, más desesperada; porque quiere alcanzar la verdad a costa de pruebas,
cada vez más atrevidas; pero sin tener fuerza y tranquilidad para buscarlas con
paciencia y medírlas antes que en el papel. sobre sí mismo. Es una enseñanza.
Es un adiestramiento: de la sensación no tanto cotidiana, como del momento,
pasajera; una fuga sin ritmo, ávida del detalle que si no es obtenido de momento, puede desaparecer para siempre. En suma, una especie de fiebre, la
misma fiebre tal vez que lo abate físicamente, y a la cual O.o resiste intelectualmente tampoco: ciego por la. verdad y más negado ca:da vez para encontrarla.
Luego. el abatimiento: ¿de qué_sirve hacer vibrar tantas cuerdas y jugar al escondite coa. la verdad, cuando hay quien, como el tío Bautista, por ejemplo, vive
su vida 1 entre el sol, el miir y su pipa, tan sereno? Después de tantas briznas
de pensamiento y tanto hervor de imágenes-expresadas y volcadas a manos
llenas en el papel~he aquí que Giovanni Boine se serena y busca no ya el
porqué de las cosas, sino la satisfacci0n superficial en la cosa misma: ya sea
una mariposa que vuela, un vaso de vino que burbujea, ya un pajarín que
canta. Vivir, vivir, vivir. E ironiza esta renuncia tan. trágica 1 si bien con esfuerzo tal que nosotros, leyéndole, no le creemos. Mientes-nos vemos obligados
a decirle-, mientes para enmascarar tu sufrimiento! Con todo, estos frJgrnentos y momentos de supuesta paz son bellos. Hay en su misma incertidumbre
expresiva, toda la tragedia de este hombre 1 que finge una serenidad idílica,
precisamente cuando el p:lthos de su espíritu llega al colmo. &lt;Entonces, la
453

�LA PLUMA

LA PLUMA
senda que tomo, lentament(': 1 es la mía; tras las tapias de los huertos nos espía,
bisbeando, un rumor de espadañas; los macitos de rosas blancas se deshojan
por doquier¡-y va al camposanto.»
Incluso como ritmo, estas últimas palabras del poeta, denotan la caída: algo
que, irresistiblemente, si bien poco a poco, se derrumba: Y luego ese guión,
separación enérgica, sl, pero inútil: .y va al camposanto&gt;.

•••

No se adhirió nunca a ningún movimiento, filosófico ni literario. Comprendía que tenía mucho que hacer, de por sí: para disipar sus deudas antiguas, y
dulcificar, aligerar los estremecimientos nuevos: h3.rto que hacer para comprenderse; y, por otra parte, no comprendía cómo la filosofía podía descender
a la práctica, a la acción, como pretendía J'rezzolini: el cual esta próximo a su
tiemµo y, en cierto modo, lo precede. Boine. no. Boine es individualista. De
aquí su continuo desdén para con los demás: ya sean artistas, pensadores u
hombres de acción. Quien no esté de acuerdo con é1, le es ajeno. Y en la crítica no hubo nu:1ca opinión tan parcial como la suya: muy capaz de comparaciones temibles cuando el artista que considera, se le parece; y de ridículas andanadas cuando da con artistas diferentes de él. ¡Ay de los demasiado claros,
los demasiado simples, los artistas lúcidos y tersos! Le parecerán obstinada.
mente mediocres. Con otros, por el contrario, cuyo pensamiento se complica
y no consigue expresarse claramente, se encuentra pronto de acuerdo 1 porque
se reflrja en su mismo drama formal; y se siente mejorado con el ejemplo.

aún, sus Plausi e Botte para ver cuán árdua lucha debió sostener en busca de
una expresión suya, inconfundible, expresión que la muerte le impidió hallar.
Drama formal, por lo tanto. Porque el fondo humano de Giovanni Boine, tras
de experiencias y tenta· ivas innumerables, era esencialmente artístico; y quien
logra librar de la armazón científica toda su obra filos6fica, ética y polémica,
sicote, sobre todo, a un almr1 que sufre, nerviosa, angustiada por la duda mental y la enfermedad física (la cual debió ciertamente pesar mucho, sobre todo
en los últimos años, sobre su labor intelectual) incrédula a veces, y otras incluso escéptica: descontenta de sí misma antes que de los demás y buscando
en vano un punto seguro para librar el vuelo o cantar al sol. Es menester verlo
cuando se abandona-desnudo de toda su cultura y reducido voluntariamente
a un vocabulario lo más exiguo-, cuando se abandona a contarnos un paseo
por el campo, ante su mar: con cuánta suavidad y sabor consigue darnos páoicameute el sentido de las cosas que viven y prosperan; mie.ntras su cuerpo
físico, bien lo notaba él, se iba descomponiendo y deshaciendo cada vez más.
Es menester verlo en tales momentos: cómo se afana en hacer vibrar todo
cuanto ve: y cuántas pinceladas emplea para que toda cosa despunte y se ilumine. Esas páginas se leen con trabajo, lo sé; no son sencillas, no siempre son
evidelltes. Pero por eso precisamente nos interesa; porque con una sensibilid:=td semejante, COI:!. una tan intens.a vitalidad, con tao rica potencia de vibraciones, no ha dejado por último a sus connacionales ninguna ¡:iágina inmortal.
é! 1 que de todos nosotros, era tal vez el 6nko preparado para crearla.

* * •
e Drama formal• he dicho. Aquí es precisamente, donde, según mi punto de
vista, se estudia y considera a :Boine. Porque él tenía, sí, una disciplina a la
cual responder, inte:-na, :nora): y una individualidad lírica, fortísima sin duda
alguua; pero ni la una ni li\ otra se allanaron ni esclarecieron del todo nunca:
engarzadas en aquel su natural descontento y rudo (aunque educado por vastíc,ima cultura), dondt" se mezclaban y confundían con el detalle bellísimo innumerables corpúsculos sin forma, imprecisos e indecisos. Disciplina de la mente
por un lado; individualidad lírica riquísima pero procelosa, de otro¡ mas la fusión que debía producirse en el estilo precisamente 1 la fusi6.i falta. Si alguna
de sus obras-pequeñas( véanse J discorsi militan.) no están excesivamente maceradas, otras se resienten muy mucho de ello; y basta leer (no obstante sus be1Jí_
simos detalles) su cuento Ji peccalo, ~sus fragmentos de pensamientos, o, mejor

&lt;54

M.A:iuo PoCCINI.

IlJBUOGRAFÍA:

Giovanni Boine: ll peccato ed altre cose (La Voce-Firenze).-La ferita non
cbiusa (La Voce•Firenze).-Frantumi-seguito da Plausi e Botte.
G. V. Moretti: Giovanm· Boine {Kurt Schroeder, Bonn und Leipzig).
Giovanoi Papiai: 1 estimonianze (Vallacchi, Fireoze).
Giuseppe Pre.zzolioi: Amici (Val1acchi 1 Firenzc).

455

�LA PLUMA

'LA PLUMA
ALEMANIA
SCIUTORES.-Hablaré en primer término (l) de tres autores a quien
los tratados de paz han convertido en checoeslova.c-os. Uno de ellos 1
Franz Werfel, vive no lejos de Viena; los otros dos, Gustavo Meyrink y Max Brod, en Praga.
Franz Werfel es, ya lo he dicho, el poeta más grande de su generac1on. Su obra, que apenas abarca diez años de su vida1 comprende cinco
o seis colecciones de poemas, tres dr~mas y una novelita de tendencias apologéticas y sociales, cuya tesis está resumida en el título Nicht der MOrder der
E,·mordete ist schuldig.Quede aislada esa novela en la producción de Franz\Verfel: es su úaico trozo de prosa y pertenece a la literatura de tesis. Le falta, además, la pujanza de invención y de forma que constituye la característica principal de su talento. Sé que prepara una novela más narrativa, en la que tratará
de lucirse como estilista. Por eso no quiero juzgarle ahora y condenar la calidad de su prosa. Pero no oculto que mi admiración se concentra por entero en
su poesía. De sus tres dramas, el primero no es más que una adaptación de las
1 royanas de Eurípides, y los otros dos, SpiegeJ11i1nsck y Bockgesang, están rebozados en tantas disquisiciones metafísicas e ideológicas, que la acción se pierde
y se quedan a medio camino entre ~¡ poema y el drama, sin la fuerza expresiva del uno ni del otro. De esto ya he tratado al hablar del teatro .
Como poeta, Franz Werfel ha publicado una serie de volúmenes que denotan la continuidad de su pensamiento y a la vez su evolución. El primero, lJer
VVdtfnund, celebraba la necesidad de quebrantar todas las fórmulas que esclavizan moralmente al hombre, que le rodean desde la infancia y ahogan su
vida; el último 1 Der Gericktstag, muestra al hombre en lucha consigo mismo, y
sin tr0pezar con más obstáculo en la senda de la libertad que su mezquindad y
su incorupre □ sión propias. Entre uno y otro, Wir Sind, Die Versuchung, Einander, su obra maestra, y Gesii.nge aus den drei Reic/un-volumen que está un
poco al margen de su producción y de sus preocupaciones-marcan las etapas
de esa conquista del yo.
Prefiero Einander al Gericktstag a causa de las preocupaciones metafísicas
que envuelven, desvían y a veces paralizan el sano y sendUo lirismo de que
dan testimonio los libros anteriores, sobre ·todo Einander. Acaso soy injusto
(1)

Véase en el n!Ímoro anterior la crónica de letras alemanas.

con la poesia filosófica, pero siempre, quien la cultiva, me hace sospechar que
pretende esconder en la confusión de sus razonamientos y teorías una crisis
de la imaginación, un desmayo de la poesía. Veo en ello un síntoma de desaliento, cuando menos pasajero-este es ~l caso, creo yo, de Franz Werfel- 1
y un modo de situarse para el descanso, remediando la insuficiencia del lirismo ccn aportaciones de ideas, y el elogio de ideas tradicionales en demasía
con un lirismo mitigado. Nada de esto ocurre en Einande,·: el dolor total de la
guerra alimenta ese libro, sin prolijidad, sin plantarse nunca en el primer término del esceoario. El drama se esconde en la conciencia del poeta, que ea. la
senda de su emancipación tropieza con aquella locura colectiva y se niega a
someterse a su resolución destructora. El admirabJe poema De1· Krieg, escrito
a principios de agosto de 1914, es, en cierto modo 1 la proclamación lírica de su
desesperación y de su resistencia. Pero la desesperacióu suprime la libertad;
por eso Werfel se ha aplicado a vencerla, a dominarla, y muchas páginas de
Einander cueutan esa peregrinación lenta y dura hacia. el equilibrio y la seguridad .
El camino elegido por Franz Werfel Je aleja de sus amigos y tiende a encerrarlo en el angosto círculo de una metafísica que, a fuerza de severidad, podría llegar a ser desdeñosa y casi inhumana. Pero tengo confianza en él; saldrá
de ese trance con la violencia moral y la tiesura de un predicador, rnas hallará
lu~go, ante el espectác•llo de la vida y del heroísmo oscuro de los hombres de
buena volunt-1.d, los acentos de Wir Sind y de Einander.
Gustav Meyrink pertenece a una generación anterior, a la que tiene ahora
cincuenta años. Como novelista es, al mismo tiempo, satírico y místico; sus
libros ostentan el carácter de esas preocupaciones opuestas. Gustav Meyrink
ha trasladado a sus novelas los sistemas filosóficos, o más exactamente, Gcu1tistas, que han llamado su atención, y a los q_ae ha prestado cierta unidad la
lógica de su cerebro. De ello resulta un cuadro bastante completo de las teorías en que ha solido apoyarse, desde la india hasta la judea antigua, la sabiduría asiática. Confieso, sin embargo 1 que a mis ojos no está ahí el v:tlor de Gustav Meyrink, sino en la inteligencia penetrante con que somete a un análisis
cruel a la sooiedad contemporánea. En ciertos pasajes de Walpu.rgisnachi, su
mejor novela para rui gusto, revela un genío para lo grotesco verdaderamente
incomparable. Bien sé que le acusan de aderezar artificialmente el interés de
sus novelas inventando detalles tendenciosos, y de crear por entero la psicología de ciertas castas, como la aristocracia schwarz-geJb (habsburguesa), en
Walp1trgi.m.acht. Pern si esa afirmación e5 aparentemente exacta, tratáudose del
457

�LA PLt:MA

LA PI, U M A
ambiente político de Praga reflejado en aquella novela, dífícil seda decir otro
tanto de JJas grünen Gnicht y de la extraordinaria pjntura de la judería que en
ese libro nos da. Y mucho más difícil aún tratándose de los breves cuentos y
de las parodias del Oeuisclzm Spieturs T,Vunderlt.orn, obra mr1estra de Ja sátira
alc!mana 1 digna de un émulo de Juan Pablo Richter.
Max Broo es también una figura de marca en la literatura alemana, a la
vez que en la mentalidad judía de nuestra época. Brod es un cerebral y esa cerebralidad aguza extremadamente.los síntomas judaicos de s11 carácter. Analista a la manera del Swan de M. Marcel Proust, con una pertinacia y una conciencia admirables 1 se apUca a cortar pelos en el aire; y cuando los objetos así
extenuados se disipan en humo o en polvo, se pone a rehacerlos por la metafísica. No es esta la parte más ligera de su trabajo. Es tan curioso como lamentable que Max Brod gaste un talento enorme en ese juego cerebral, juego triste,
sin brío, desprovisto de emoción y de simple belleza.
La obra de Max Brod, a!lnque considerable, no es muy variada. Bajo la ñCción de su inteligencia disolvente, todos los temas adquieren un aspecto parecido, se rc-ducen a un montón de ceniza 1 que el novelista remueve con pasión.
Entre sus principales libros e:-stablezco una escala de preferencias. Siento, por
ejemplo, verdadera simpatía por ]udfnnen, Das grosse Wagnis, y por la colc:ccióo de cuentos Dü Einsamm, donde se encuentra la obra maestra de Brod: Ein
tscheschisches Di'enstmii,dchen. Por el contrario 1 me inspiran ~incera hostilidad
Schloss Nornetiyg-ge y J,ffet'be·rUJirischaft, que llega a ser aversión respecto del
famoso Tyc/tc, Brahe.
Antes de proseguir la enumeración de los escritores que completan d cuadro de la Alemania literaria, y c!e trazar la silueta de los que, por diversos motivos, reclaman nuestra atención invocando gustos literarios más antiguos, citaré al poeta expresionista Jobannes R. Becher y al notable novelista Alfred
DOblin, representante, durante mucho tiempo, del futurismo, e inclinado ahora
hacia un reaJismo depurado.
Jobannes R. Becher es el poeta de los anatemas y de las rebeliones sentimentales. Con desordenada energía se ha revuelto contra todas las manifestaciones de la vida colectiva que su vida personal ha ido atravesRndo. Antes de
la guerra se consagró a odiar a los hombres satisfechos y despreocupados; duniote la guerra se rebeió contr~ la disciplina de muerte que empujaba a los
pueblos a la degollina; luego, la agonía de la revoluci6n suscitó su rabia contra
os mercenarios del orden. Cada vez su obra se renovaba, y cada vez Becher

'

'.

nos ofrecía un libro precioso: en 1914, Verfalt und Triumplt; en 1916, AnEuropa y Vtrbrüderung-, en 1~18, el Piian gtgen die Ztit, donde se ha expresado mefor que en ningún otro; en 1919, Dar neue Gtdicht, las Gtdickit für ei11 Volk y
An A.lit, que es la obra maestra de la poesía revolucionaria del siglo xx. Joh,rnnes R. Becher posee el genio de la lengua alemana; en los más difíciles tritnces
demuestra un dominio asombroso sobre las palabras y una seguridad en el estilo sorprendente en un Jírico tan exasperado. Y ello le asegura contra la iodi·
f erencia y el olvido.
Por grande que sea mi amistad con Johannes Becher, no oculto que Alfred
DOblin se lleva mis preferencias, no obstante la ci-isis de futurismo por que
pasó al comienzo de su carrera, cuando la acción de Marinetti, suscitó en Ale·
mania ecos de aprobación. A nadie perjudicó esa crisis tanto como al propio
DOblin. En torno suyo se: arremolinó el snobismo, fu.é mal comprendido, y estos males no se han desvanecido aún por completo. Esa es la causa de que le
aplaudan principalmeute por obras de dudoso valor, mientras que una novela
de tanta consideración como Die drei S;rün'gt des U-ang-t1mg no ha logrado el
triunfo que merecía.
Alfred DOblin entró en el futurismo con una gravedad y una voluntad netamente alemanas. La fantasía que los inventores dd futurismo despilfarraban
en sus catecismos literarios le faltó, hasta el punto de parecer una víctima más
que un C'ooquistador. Creyó en la virtud del futurismo. Adherido con pasión al
movimiento se propuso rebasar el marco de la crítica destructora y levantar
sobre las ruinas del arte un edfficio nuevo. No acertó. El destino de DOblin es
asombroso. Cuando quiso llevar el futurismo más allá de la negación, llegó inconscientemente a refutar sus principios; el libro reciente, cuyo título he cita.
do, Die Drei Sprüngt., obra vasta, de fuerte estructura, viene a corrobo.ra1 Jos
principios que pretendía destruir.
Alfred DOblin no es un retórico. El futurismo' es una codificación dt la retórica. Como no es retórico, DOblin no se divierte en jugar con las palabras y
su prosa es de una riqueza eminentemente plástica. En su novela Der Schwarze Vorluzng, mostraba ya cualídades de estilista en la tradición del realismo, pero
ponía el mayor empeño en ocultar esa propensión a los ojos del público. El
escritor luchaba con sus cualidades; el artista con su talento. El libro es trabajoso, y sólo en alguu,1s páginas se muestra la pujanza del autor. Pero en las
.Drei Sprünge triunfan indi::cutiblemente las cualidades, y bajo la etiqueta que
la cobija, la obra despliega su forma suotuosa 1 tradicional y sólida. De suerte
459

458

l

��LA PLU.MA

LA PLUMA
maestro, ha de quedar siempre vivo en el recuerdo de nuestra juventud. Es 1 al
lado de Verdaguer, el clásico de nuestro renacimlento Literario. El poeta de la
espontaneidad y de la gracia, el pensador de las profundas ideas. vive aún por•
que sus libros están siempre presentes en nuestra imaginación; porque, guia•
dos por e!lo:i, hemos de partir a la conquista de la serenidad. Su nombre no ha
de apaga:rse, sino que ha de crecer con el tí~mpo hasta llenar el vasto horizonte de la cultura catalana. Sus ideas han de cuajar en fruto dentro del surco
profundo de la raza donde moran para siempre. So.o la simiente eterna que
trabaja Y fructifica, siempre vieja y siempre nueva, porque es el alma de Cataluña.
La figura de Maragall va tomando más cut"rpo a medida que se aleja de noso:ros. Déa veodTá que le veremos tan grande que no podremos comprender
como fué que el gran muerto fué amigo nuestro, que tantas veoes estrechamos
sus manos inquietas, que pasamos tantas horas en su conversación, que nos
sentamos a menudo a su lado y vímos su respiración y escucbamos sos palabras; que u□ día antes de caer enfermo nos recibió en su estudio y nos habló
con ~a mi~ma dulzura de siempre, con su voz un poco apagada que tenía matices molv1dables, con sus palabras precisas, coo sus conceptos claros; porque
Manigall habla_odo era el mísmo de sus artículos y de sus versos1 amigo ante
todo de la claridad, que es el secreto ,de los dioses. Hasta no podremos comprender cómo fué que le vimos muerto, c-on su túnica franciscana, con el marfi~ de sus pies desnudos que acababan de hacer su último paso soberano por la
vida, c?n el dulce reposo de sus facciones, que se habían dormido iJara siempre, mientras su alma luminosa había dejado el cuerpo para &lt;1brir s.us ojos más
g.randes .a lJZ major naiXenra.
Han pasado diez años. No se ce·Jebra en esos días nincruna fiesta en home•
• •
•
D
na1e suyo, pero v1v1mos 10te11samente todos la obra de Maraga11. La fiesta se
celebra dentro de nuestras almas, en el callado ambiente de los cuartos de estudio donde se elabQra el trabajo espi1,itual de cada día. Eo este mismo trabajo de cada día glorificamos la obra de Mara~all. Es algo co-nsubstaucial en nosotros, algo muy íntimo, como la levadura de la raza catalana.
Maragall deja una única obra teatral, Nausica. En la velada necrológica que
celebró el Ateneo Barcelonés, en aquella tribuna donde el gran muerto se sentó
un día para pronunciar los altos conceptos del Etogi de la Pa1·aula 1 se dieron a
conocer las primicias de su única obra de teatro que dejó al morir ínédita. La
voz cálida de Mar.garita Xit-gu entonó fragmentos de aquellos ca~tos, por los
462

l.

cuales la belleza inmortal de la Greda descendía basta la Cataluña nuestra. Dos
grandes genios se unían a través del sueño de los siglos y de las civilizaciones.
El mismo nos había hablado anteriormente, emocionado, de la tragedia planeada. Se le aparecía Nausica, fresca, infantil, catalana 1 abriendo el retorno de
Ulises a su patria, después de sus grandes trabajos y peligros.
Más tarde se t'Stren6 la obra. Tre5 grandes escenógrafos pintaron el decorado, un gran dibujante dí.ó los modelos de los figurines, todo el lujo se derrochó en homenaje al gran muerto, que nos había dejado cuando más necesitá•
bamos de él. Pero, a pesar de la buena voluntad, faltaba algo: faltaba en h presentación y en la ejecución la simplicidad de línea con que Maragall compuso
su obra, la pureza de !as generaciones primitivas, la gracia virgen de los bosques y del mar donde se desarrollan las escenas inmortales de la prin·cesa y
del héroe, algo de lo que pint6 Maurice Denis en su maravillosa tela Ulises que
vuelve. ¡Cómo hubiera ~anado la fábula sin decoraciones, teniendo como fondo
los pliegues arm6nicos de un cortinaje, sobre los cualt:s, doncellas vestidas
simplemente de túnicas flotantes tejieran las danzas y los juegos de las compañeras inocentes de Nausica!
Entendemos que no se estrenó la tragedia de Maragall hasta que, el año pasado, la actriz Pepita Tapias, que ha tenido en Madrid un éxito rotuncio, encarnó en el teatro Eldorado, de Barcelona, la joveñ figura de la prinaeslta de

l

íl

1

Maragall.
De todos modos, habría qve pensar en la creación de ligas espirituales que
fiscalizaran los atentados realizados en memoria de los grandes muertos o subsanaran el olvido, demasiad© fácil, de las nuevas generaciones. Si ahora todos
tenemos presente la augusta figura de Maragall, quién nos dice que generaciones futuras no olvidarán momentáneamente su obra. Este momento de olvido,
por breve que sea, porque la.sobras definitivas acaban por triunfar a pesar de
todo, sería un dolor imponderable. ¿Por qué oo cree,r en la posibilidad de la
fundación de una liga espiritual cEls Amics den Maragall», a i:;ernejanza de e Les
Amis de Balzao? ...
Han pasado diez años desde su tránsito srreno, porque fué serena su muerte como había sido serena :::u vida. Era uno de aquellos raros hombres que sólo
despiertan simpatías en la vida, de los cuales puede decirse que no tenían euemigos. Ante su alto valor moral de bombre de bien, casi tan alto como su valor
de poeta frente a la posteridad, no habfa partidos, ni cenáculos, ni odios, ni envidias. El buscaba con un instinto de poeta en la vida y en la obra, ei sedimen463

�LA PLUMA

LA PLUMA
to de bondad que había hasta en el corazón de los malos. Había recibído también en pl~io rostro salpicaduras de lodo, pero había seguido serenamente su
camino de superación espiritual.
Murió en un día muy puro de invierno, con un augurio de primavera en el
aire. No hacía frío. La ciudad se dibujaba en el crepúsculo, desde el jardín de
su casa, con todos sus detalles, basta el azul sereno de su mar latino. Parecía
que se podían contar las casas una a una, los árboles de los paseos y de los
jardines1 las velas abiertas en la transparencia del mar. Y el poeta allí había
muerto y reposaba sobre un túmulo, con la túnica franciscana y el reposo tranquilo de sus facciones marfilinas.
¡Hace ya diez años y todo esto parece tan vivo! Su jardín es el mismo con
los árboles más corpulentos, ellos que cobijaron los amores del poeta. Cuando
pasó el féretro bajo los follajes desnudos pareció, hace diez años, en una mañana de diciembre como ésta, que dejaban caer sobre los despojos mortales
del poeta las últimas hoias del año, con una sensibilidad exquisita.

• * *
Acabada esta crónica de devoción a los muertos , primera de mis crónicas
de cL("tras catalanas:. para LA PLUMA, empezaré en seguida mi labor de crítica
litera.ria, con la seguridad de que habré cumplido con estas palabras un deber
que deberíamos guardar todos los hombres de nuestra generación.

J. M.iSSÓ VENTÓS.
MÉXICO
PoKsÍA.-1-Hace tiem po publiqué una pequeña nota sobre la espiritualidad mexicana (1) habiendo recibido con tal motivo más de
un reproche lleno de justicia de los intelectuales de mi país y de
¡a América Latina.
¿Es po:;ible-me preguntan-que pueda decirse enfáticamente
cuál es el primer poeta mexicano?
(Díaz Mirón o González Martínez, Francisco A. de Icaza o José Juan Tablada?
Claro está que no, porque cada uno de estos espíritus selectos tiene difeA

(1) En cCosmópolis:. 1 de Madrid, julio de 1921; reproducida en cNuestra
América&gt;, de Buenos Aires; en «América Latina&gt;, de París, v en cEl Heraldo
de México, .
~
464

rente sensibilidad y diferente estética; porque si el autor de 1.Lascas, impone
siempre al recordar su obra la rememoración de la Grecia luminosa-palabras
de Tablada-, Francisco A. de Icaza es sincero y su poesía-comentaba Daríaes una canción de melodía cuyo secreto psíquico y armonioso no lo percibe
sino el meditabundo y el comprensivo.
Sin embargo, Pedro Henríquez Ureña~ crítico doctísimo 1 hizo la clasifica•
cióo de seis dioses mayo1·es en la lírica nuestra: Gutiérez Nájera y Manuel José
Othón, muertos¡ Díaz Mirón, Amado Nervo (1) 1 Luis G. Urbina y Enrique González Martínez- y agrega: cada uno de e-stos grandes poetas tuvo su hora.
González Martínez es el de la hora presente, el amado y el preferido por la juventud,
Para mí, si Enrique Gonzá!ez Martínez es el poeta de la meditación, e] poeta sazonado que anda a caza del alma y del sentido de las cosas 1 Jo!::ié Juan Tablada es el bardo de las inquietudes y de las modernidades y el apóstol de las
estéticas palpitantes¡ pero, a pesar de ("]lo, sigo en la creencia de que Salvador
Díaz Mirón-sin tumar en cuenta sus llamaradas, fanfarrias y grandilocuen_
das de la primera época, sino la produccitin dorada del otoño-, es el espíritu
poético más alto que poseemos; sin desconocer tampoco a Gutiérrez Nájera,
que con Ruben Darío 1 Julián del Casal y José Asunción Silva, introdujeron en
América 1a modalidad francesa, siendo los precursores de la renovación de la
literatura latino-americana.
Tres grupos o cenáculos-escribe Jenaro Estrada-han difundido en México la poesía nueva: el de la cRevista Azul&gt; formado por Manuel Gutiérrez Nájera, Justo Sierra-aunque éste es anterior y debe considerársele, según anota
Luis G. Urbina, del grupo de Altamirano, de Manuel José Othón y de Juan de
Dios Peza-y Luis G. Urbina; y de esta agrupación se derivó 1.Revista Moderna•
fundada por Jesús E. Valenzuela y aristocratizada por las firmas de José Juan
Tablada, Amado Nervo, Balbino Dávalos, Francisco M. de Olaguibel, Efren Rebolledo, Ruben M. Campos y Enrique Goruález Martínez; habiendo ejercido
una influencia absoluta la 4Revist:i. Moderna&gt;, no s6lo en la literatura mexicana , sino también en todo el Continente de habla española.
Después se formó el grupo más fuerte, el más preparado, el más cultoi el
de 19101 que dió vida al cAteneo de la Juventud&gt;, que con el viejo cLiceo Altami.rano&gt;, son las dos agrupaciones que mayor influencia han tenido en los últimos tiempos; y e5 que el cAteneo de la Juventud» lo integraron espíritus tan
(1) Murió en mayo de 1919.

XXX

�LA PLUMA
comprensivos, tau exquisitos y tan bien orientados como Alfonso Cravioto, AlÍOTJSO Reyes, Rafael L6pez, Antonio Caso, Eduardo Colín, Roberto Arguelles
Briagas, José Vasconcelos, Luis Castillo Ledón, Jesús T. Acevedo, Manuel de
la Parra, Rafael Cabrera y Alba Herrera y Ogazón.
Y en este tiempo, en la mística quietud de la provincia, surgía uno de los
más grandes poetas mexicanos: Ramón López Velarde (1) 1botón de gloria que
acaba de caer al zarpazo aleve de la muerte-dijo Alfonso Cravioto en la Oración Fúoebre-López Velarde, mejor que un poeta de presente fué un gran
poeta de futuro.
A grandes rasgos he dicho el paisaje de la poesía mexicana desde 1894, en
que Carlos Díaz Dufóo y el imponderable Duque Job fundaron la cRevista
Azul•, donde empezaron a revelarse muchos de los que actualmente son el orgullo de nuestras letras.
Desde luego, el poeta más antiguo de los actual~s, es Salvador Díaz Mirón,
qu~ con «Lascas•, libro dilecto, armonioso y noble, donde todas las palabras
poseen el soberbio milagro de la arquitectura ática, marcó una nueva orienta~
ción, no sólo en la literatura latino-americana (2); en España siguieron su ruta
una cohorte de imitadores 1 donde se hic.ierou calcos facsimilares dt: sus estrofas (3),
Ahora, el magnífico troquelador de ,Gris de perla• ha enmudecido, y vive
triste y viejo a la orilla del mar.
Hace algún tiempo, «Cultura» hizo una selección de los poemas del egregio
veracruzano, con un admirable prólogo de Rafael López.
De Francisco A. de !caza, que acaba de publicar un precioso libro, c!aro
como un chorro de Castalia, el «Cancionero de la vida honda y de la emoción
fugitiva», apunta José María Izquierdo, el más representativo de la Andalucía
moderna:
«Multum in parvo. Un dilatado estudio, un hondo sentir, una gran copia de
ideas, de sensaciones que estuvieran a punto de cristalizar en un esquema, y

¡

1

(1) Murió en junio de 1921.
(2) La osada elocuencia de Salv,ador Díaz Mirón afect6 también a Darío y
al famoso poeta que, en concepto de muchos, ha ocupado su puesto, Santos
Chocaoo, del PerlÍ., aunque no todos coinciden en concederle esa primacía,
pues algunos pretendeµ. colocar sobre ese pedestal a Díaz Mirón. - Isaac
Goldberg, Ph. D. cLa literatura hispano-americana:t, Madrid.
(3) F. A. de Icaza. Conferencia en el Ateneo de Madrid sobre los grandes
poetas de México.

466

LA PLUMA
que por obra y gracia de un espíritu aristocrático, dotado de un vivo anhelo de
belleza 1 cuajaran en una frase preñada de sentido, en un verso palpitante .•.
Sintetizar en un pensamiento una suma de ciencia, un caudal de experiencias;
resumir en una flor los trabajos de una vida ... He aquí el arte-arte de sabiduría y de poesía-del Sr. !caza. Toda la vida es un puro sacrificio, y nada que
valga la pena de vivirse se alcanza, si no le hemos sacrificado algo. Si no nos
decidimos a prescindir de lo accesorio, toda nuestra obra será una cosa supérflua. Quien no sea capaz de renunciamiento, que renuncie a ser artista. Asi
-mucho en poco, el arte velando el arte y la vida consagrada al arte, para que
éste goce vida perdurable-son sus libros de versos.:t
Además, Francisco A. de lcaza es un eminente cervantista y un crítico sapiente, respetado por lo más serio de la intelectualidad española; ahí están sus
estudios «Las Novelas Ejemplares de Cervantes•, «Nuevos Estudios Cervánticos:t, «El Quijote durante tres siglos» y «Suc€:SOS reales que parecen imaginarios», qac lo bañaron de prestigio y de honores, así como su «Antología crítica
de Poetas Extranjeros:t.
Su primer libro de poemas «Efímeras:t fué publicado en Madrid en 1892.
Icaza, desde hace más de cuatro lustros, pertenece a la carrera diplomática,
habiendo sido Ministro de México en Alemania y en España, por lo que todos
sus triunfos literarios los ha conquistado lejos de la patria.
Luis G. Urbina ocupa un remarcado sitial en la historia de nuestra literatura; romántico, $entimental, bebió las mieles rítmicas de Gutiérrez Nájera; su
poesía es suave y confidencial como las notas de un clavicordio; todavía habla
del ~arroyuelo murmurador&gt; y canta a la «pálida luz &lt;le Ja luna:t; en su último
libro «El Corazón Juglar:t quiere renovarse, pero esas inquietudes que ardorosamente desea asimilarse hacen que sus estrofas sean pesadas y fuera del tono
de su antigua y dulce canción.
Allá en lejanas calendas, el maestro Sierra, en un prólogo a Urbina, escribió: «Sus composiciones primeras pueden fi~urar al lado de las últimas:t .
Y es la verdad.
Urbina está muv bien con sus «Lámparas en Agonía&gt;.
La historia de literatura en México debe mucho a este delicado poeta: la
«Antología del Centenario-•, q~e hizo en colaboración de Pedro Henríquez
Ueeña y Nic.olás Rangel; la eLiteratura Mexicana:t y cLa Vida Literaria en
México&gt; 1 ex.tracto del prólogo de la «Antología del Centenario».
Alfonso Reyes, que es en el momento uno de los más elevados valores in467

!;

�LA PLUMA
LA PLUMA
telectuaJcs, dt"'.l que no solamente está envanecido mi país, sino la Am~rica entera, y esto lo escribo sin temor a rectificaci6n, al ocuparse de Enrique González Martínci, comenta:
•Este poeta pone mdsica en todos tos instantes (de su vida) y sobre Ja escala de sus· notas, los hace deslizarse hacia ese misticismo central que los coordina. Su poesfa es como su vida: hay en ella algo que yo llamaría cartesianismo
poltico; una constante referencia a las primeras evidencias del espíritu. El
poeta sale al mundo, se asoma a la Naturaleza, hojea los libros, saluda a los
hombres, cultiva un poco s11 viña diariamente, y luego huye1 por senderos qne
sólo él conoce, hacia el sagrario del silencio. Allí tiene que acabar todas las
poesías, porque el alma misma enmudece . Allí llega con el tesoro de sus visiones recién robadas, corrige los valores, los pesa; y el alma asimila calladamente
las nuevas ~mociones, y así va creciendo en perfección. Esta es su poesía y
esta es su vida.&gt;
Todos los libros de González Martínez1 cuyas diáfanas fuentes están a la orilla del Sena, han sido revelaciones; libros panteístas y plenos de hondo conocimiento de la vida; libros hechos para la aristocracia pensante son: cLos Senderos Ocultos&gt;, e El Libro de la Fuerza, de !a Bondad y del Ensueño&gt; y cLa
Palabra del Viento&gt;.
Ha hecho infinitas traducciones de poetas franceses contemporáneos que
recogió en dos volúmenes: •Jardines de Francia•; y otras aparecen en cLa
Poesía Francesa Moderna&gt;, antología anotada por Enrique Díez-Canedo.
Tiene un estudio maestro sobre los tres poetas belgas Maeterlinck, Rodenbach y Verhaeren, editado por cCultura•, y varias versiones de ese poeta piadoso, exquisito y humilde, que se llama Francis Jammes.
La juventud intelectual de México y Centro América sigue con asombro y
deleite la estética diamantina de José Juan Tablada, estética deslumbrante
como una llama de carburo y fuerte como un motor de 40 H. P.
Tabalada, elogiado por Leepoldo Lugones y llamado por José Enrique
Rodó, cuno de los predilectos de Arieh, clava con el áureo alfiler del Arte las
mariposas del instante, y es el que atesora todas las vibraciones modernas;
vivaz, salta con oportunidad sobre lo novísimo; constantemente riega su jardín
interior con aguas de Juvencio y sus rosas magníficas giran con el sol.
Sus últimos libros de poemas •Un día ... •, con reminiscencias de Jules Rc-nard, que, como éste, es un privilegiado cazador de imágenes; cLi-Po&gt;, queposee los irisados malabarismos y los cohetes de bengala de Guillermo Apolli468

naire y «El Jarro de Flores•, que aún tiene la tinta fresca de las prensas
de Nueva York, dicen de la sagacidad de su talento y de su orquestación
dinámica.
Estos son, a mi modo de pensar, los poetas primados que modulan sus decires en mi joveu República, profesora de energías y de idealh•mo, revolucionaria y romántica.

(Continuará).

GUILLKRKO JIÚNKZ

TEATROS
R.BAL.-Las hablillas de entre-bastidores, las referencias, más
o menos· autorizadas, de los revisteros teatrales, en torno a una
obra nueva, ilustran muchas veces las circunstancias de su estreno.
Las declaraciones de Eduardo Marquina, acerca de su colaboración
con el empresario de Eslava, permiten entrever la génesis del poema, cuya representacióu se han apresurado a señalar algunos críticos como un
cambio de rumbo en el procedimiento dramático habitual en el autor de .Doña
Maria la Brava. No ya la expresión poética, voluntariamente ajena a las sugestiones orientales proclamadas en el cartel con declarar la procedencia india
de Et pavo ,·eal, mas cierta propensión a exagerar la suavidad sentimental de
la leyenda, denota la inspiración de segunda mano de que se ha valido Marquina para componer el drama, cuyo felicísimo suceso opone rotundo mentís a
las exculpaciones con que se defiendea, alegando el mal gusto del público, los
directores de teatros cultivadores del género que se ha dado en llamar castrakán•. Las referencias y comeatarios a que antes aludíamos permiten suponer
que si el Et pavo real representado en Eslava µrocede de la India, el barco que
a Europa lo trajo, hizo, cuando menos, escala en Gibraltar. En resumidas
cuentas, que tiene de indio lo que de chino La túnica amarilla, divertidísima
adaptación senídaQOS antaño en Ja Princesa por Jacinto Bcnavente.
A lo que parece, por lo qu~ se cuenta, y ror lo que se infiere, la colaboración del empresario de Eslava con el poeta de El jatJo real, se reduce al ofrecimiento de un plan somero, ideado o combinado, siguiendo ia pauta de alguna obra inglesa, pcr la escritora, cuyo ps~ud6nimo de cGregorio Martínez
469

(1

L PAVO

�LA PLUMA

LA PLUMA
Sierra&gt;, ha logrado hacer popular en osadas empresas mercantiles, el propio
manager de Catalina Bárc~na. Diferencias de criterio, que escapan a la consideración del crítico, y que por lo demás no importan al caso 1 han roto por esta
vez el consorcio a que se debe la producción escénica de Canción de cuna
Mamá, Don Juan de EspaiitJ, etc., compensándonos muy ventajosamente con E;
pavo real de Eduardo Marquina.
Pocas Teces ha estado tan feliz el poeta de Elegias y Vindimióu, como ahora,
:lil constreñir su lirismo exuberante a la justa expresión de los efectos dramáticos. Del principio al fin se desarrolla la acción poética de Et pavo real proporcionada y sobria, sin que rompa la unidad del poema la sucesión de cuadros y escenas, a cual más vivos y pintorescos. Hemos de insistir, en elogio
del poeta, en la virtualidad de su trabajo, tan !ogrado 1 que consigue comunicar,
a través del ambiente fantástico de la leyenda, y de )¡ visualidad del escenario
-habilísima pero quizás excesivamente decorado por Fontanals-, emoción
humana a los entes morales de la fábula, y encarnar en verdadero .'iCntimicnto,
la harto fácil moraleja.
Gracias a la r".&gt;bustez física y espiritual de Marquina, no se ha dejado llevar
del don de lágrimas en que suele exceder su co,laborador-tan modesto así
mismo en esta ocasión que se ha limitado a. cobrar simplemente su parte
alícuota, aunque discutible1 de nutteur en scem, sin compartir la gloria de los
carteles. Esperamos, con todo, que EJ pavo real no signifique rectificación en
el propósito poético, señalado con tan raro aliento en Las hiJas del Cid, y acomodado después con explicable pero sensible sentimiento, a las exigencias de
Ja realidad ... de Jos empresarios.
Cierto que la interpretación de El pavo ,·eal en Eslava, por lo que a los actores se refiere, no convida a seguir otras normas que las marcadas por La
chica del gato. Pese a los sueltos de contaduría 1 pocas veces se ha visto recitación más desdichada, ni más amanerado movimiento escénico. A no existir la
compañía de Ricardo Calvo, cuyas Mocedades, de todos los Castros que en el
mundo han sido y son-que no de Guillén solo-dan ciento y raya a todas las
interpretadones sin sentido, la del Pa'l)O ,·eat no tuviera par. Salvo las niñas
encargadas del papel de niños, y eso por :su grJciosa soltura infantil, siempre
de seguro efecto en el teatro, más que por revelarse en ellas excepcionales
condiciones dramáticas, los demás se distinguieron todos, como decía siempre
un crítico, a quien Dios habrá perdonado en el Limbo su inc:1nsable benevolencia. De hacer alguna mención especial, correspondería por derecho en pri-

'.

mer términc, a la Bárcena, tan incomprensiva en su papel como falta de facultades, y a los racionistas encargados de representar los guardias de ;palacio,
cuya inexperiencia tergiversa el sentido de una de las escenas de efecto mejor
logrado
-EL DONCl:1. ROMÁNTICO.-Más afortunado Luis Fernándcz Ardavín, en ese
respecto, ha podido ver bien servido su último drama por la compañía Guerrero-Mendoza . Cuidadísimo el detalle, siempre adecuadamente dispuesto e]
conjunto, hace tiempo que en Madrid no era dado asistir a espectáculo tan
grato. Doña María Guerrero acertó además, como en sus más acabadas realizaciones escénicas, a prestar a la •Carmen Sevillan:::i• imaginada por Ardavín,
consistencia de mujer y plena evidencia dramática. Aclamada con entusiasmo
la noche del estreno en las escenas patéticas. quizás ni el público ni los críticos
han señalado cumplidamente lo que, a nuestro entender, reclama ahora en ella
por modo singular la atención debida a la verdadera maestria. Es a saber, la
manera natural, supremo artificio del buen actor, con que en los pasajes menos
brillantes, el verso, sin menoscabo del ritmo. toma en boca de la Guerrero el
movimicuto de la prosa, concentrando la expansión lírica en la expresión dramática, fundiendo en s.uma los elementos reales y poéticos que constituyen la
representación. María GuerI'ero, como los grandes cantantes que empiezan a
declinar, muéstrasenos en un momento· propicio para el arte. En posesión aún
de sus mejores recursos1 y no ya fiada solo en la exageración de sus facultades
naturales, ]e incumbirían, a no hallarse contaminada de la atmósfera viciosísima de escenarios y saloncillos, el descubrimiento de nuevos poetas dramátioos
y la defensa del patrimonio clásico del teatro español. Representando a lbsen
y a D' Anauozio ;IJa vuelto a la escena Eleonora Duse¡ cubriendo con su pabe1ló1.J la mercancía de monsieur Verneuil su nieto, sí, pero dando al César lo
que es del César, y a Racine lo que es de Racine, se salvará el buen nombre de
Sarah la espectral, intérprete de la F'edra y la Esther. Mancha que no se limpia
será siempre en el escudo de la Fnncesa el favor de que goza, sin honra ni
provecho, e1 repertorio de Muñoz Seca .
Es verdad que El doncel romántico no ha llevado público al teatro donde se
rstrenó con éxito franco. Dt!monos a razones: Al día siguiente, la Prensa señaló unánime los defectos, que los tiene, del drama, recalcando la supuesta superioridad del poeta lírico1 patente en tal o cual pezzo di bravura. Con la sola excepción de En.rique de Mesa, cuya probidad hace época en los anales de la
crítica de España, atento a discernir en El doncel romántiro los elementos per-

471

470

�LA PLUMA

LA PLUMA
niciosos para el lo!iro del dramaturgo cabal que, desde su primera obra, promete ser Ardavfo, los demás revisteros, incluso los más benévolos, daban a
entender harto la disconformidad del público de la primera representación. Lo
Cual, no es lcierto. Sobremanera injusta nos parece la conducta sin sanción
posible, de Manuel Machado1 que negando toda cualidad literaria.y artística al
Doncet romántico,se complace en justificar con ironías disimuladas su benevolencia para las chocarrerías sin gracia de comedias(?) inaceptables.
EJ doncel ,·omántico, superior con mucho a La dama del armiño, revela en
Ardavín al dJ;"amaturgo nato. Contra el parecer general, si la obra peca por exceso, débese al afáa. de injertar en la acción dramática aria:; puramente líricas
Y de fácil aplauso, no al drama, ni a su acción teatral. Ni es tampoco el ambiente pintori;-sco de principios del siglo xrx lo que nos seduce, sino su modernidad. El incesto no es clásico □ i romántico. La manera de revelarnos el
drama del protagonista, es modernísima: en Ja inconsciencia del sueño, el doncel declara, con solo pronunciar el nombre de su amada, que no la maldecía
despierto tanto por haber descubierto en ella a su propia madre envilecida
cuanto por sentirse atado por la fatalidad de la carne. ¿El poeta ha leído a:Freud?
Por más que con gracia, un tanto resabida pero discreta, subtitule a su drama, dlolletín escénico» ~o es por mero afán de acumular complicaciones, por
lo que el doncel romántico-en pos de las sombras de Werther, de Larra-se
mata la mañana misma de su boda. Es la lógica de la acción la que tal pide.
Incluso la escena última, un tanto forzada para que sea doña María Guerrero
quien cierre la obra, se salva dramáticamente por el efecto de la mii·ada acusadora en las pupilas, fijas por la muerte, del hijo infeliz. Hay, pues, un buen
drama en El doncel romántico, y, sobre todo, en su autor, un dramaturgo.
El abono de la Princesa ha obligado a cortar la obra, que, en efecto, necesitaba ser aligerada de un acto. ¿Ha hecho bien el autor en consentir, en holocausto al hipócrita puritanismo de las abonadas, que ta!es cortes se hayan hecho en detrimento de la escena cuya valentía encerraba el drama en sí? En todo
caso, publicada corre la obra, en su versión primera.
No creemos, por otra parte1 que se deba a desvío del público por el E! r.'Qn•
cel romántico, Sil escasa asistencia a la Princesa. El público a quien pudiera
gustarle, no puede pagar los precios excesivos que los teatros han dado en señalar a diario. Y, si es verdad que los directores de la Princesa se ven sujetos
al criterio estrecho de sus abonados, no lo es menos que cada cual se hace el
público que quiere. Lo que no se puede es jugar con dos barajas.
'

•1•

•

Acertados en general los intérpretes de El doncel romántico, hasta lograr a
veces una estilización desusada en las escenas españolas, hemos de apuntar el
indudable acierto de Fernando Díaz de Mendoza y Guerrero, cuyas malas condiciones de voz va venciendo el estudio, la afición, el empeño, de que tan faltos están por lo ~eneral los cómicos, y que sería de dese.ar ver empleados en
una colaboración deddida con tos pocos autores jóvenes capaces de regenerar
nuestro teatro. Muy discreto también el señor González María.
-RuTH DuPr:R.-Sugestivas en extremo han sido las representaciones de
Miss Ruth Draper, excepcional artista norteamericana. Sia compañía, sin decorado ni atrezzo alguno, sin otra caracterización que la conseguida con el gesto
y la voz, Ruth Draper representa verdaderas comedias-monodramas los titule
ella-, produciendo e□ el público la ilusión de tiempo y lugar, el recitado y la
acción de los interlocutores imaginarios.
Nos hallamos, pues, ante el problema mismo del teatro: Miss Draper ha
dado sus representaciones en el mismo de la Princesa donde María Guerrero
y Fernando· Diaz de Mendoza mantienen, en punto al servido escénico, los
principios de la escuela realista. Más de una vez hemos visto a Miss Draper,
antes de alzarse el telón, retirar del escenario un siilón o una mesa de mero
adorno, y que juzgaba innecesarios para su trabajo. Una mesa o una silla eran 1
cuanc!o más, todo su atrezzo. ¿Se deben presentar, o representar las cosas? El
público ¿ha de ser mero espectador, o contribuir colabo:-ando con su imaginación al espectáculo? Es el dilema que ha dado origen a las diferentes fases del
teatro ruso en sus varias modalidades artísticas. De un lado, Stanislawsky,-la
perfección realista-; de otro, el arte sintético, evocador y no reproductor de
la realidad, del Murciélago y de PitOef.
Miss Ruth Draper, sencillamente vestida y con un simple fondo, sale, al público, precedida de un cartelillo que anuncia el número correspondiente del
p1ograma. Las primeras palabras de s11 diálogo con los supuestos personajes a
quienes escucha y responde, sitúan desde luego la acción. Muchas veces, ni la
·palabra importa. En «El Amor en los Balkanes•, por ejemplo, Miss Draper habla un idioma imaginario también cuya fonética imita a la perfección una lengua
eslava. El tono1 el acento, le bastan para dar con la pantomima la sens:ici\)n del
drama.
He ahí, tal vez, el teatro del porvenir. Rilorno aJf anfico. En el principio.f.
era el bululú.
U11 cdrrco IKCIPIKNTK.
473

�LA PLt;MA

LIBROS Y REVISTAS
Juan Ramón Jiméne-z: Segunda Antolofi'a poética (1898•1918).-Calpe 1 Colee•
ción Universal, Madrid,

1922.

« Vino,

primero, pura,
vestida de inocencia;
y la amé como un niño.
Luego se fué vistiendo
de no sé qué ropajes;
y la fuí odiando, sin saberlo.
L!egó a ser u.na reina
fastuosa de tesoros ...
¡Qué iracundia de ye-1 y sin sentidol
... Mas se foé desnudando.
Y yo le sonreía.
.Se quedó con la túnka
de su inocencia antigua.
Creí de nuevo en ella.
Y se quitó la túnica
y apareció desnuda toda.
¡Oh pasión de mi vida, poesía
desnuda, mía p&lt;&gt;.ra siempre!,
Esta poesía, nómero 411 de las recoO"idas por el propio autor en su S~gtmda
Amoiojz'a poltica, es sin duda sincero tr:suoto autobiográfico de las vicisitudes
de su musa.
No es fácil seguir los paso~ del poeta hipersensible por excelencia, cuya
obra.~~ 18y~ a la fecha obtiene eu grado sumo el consenso de los fieles a una
trad1c1~n lí_nca que la renovación que se llamó modernista apenas encubría,
al propio tiempo que el reconocimiento autorizado de precursor de las nuevas
formas en ensayo, por parte de los ióvenes recién vocados a la poesía.
No rs fácil se~uir los pasos de Juan Ramón Jiménez desde sus primeros
versos a }os re-un1dos en Piedra y Cielo (19q-1918). El mismo prurito de exac474

titud que le mueve a señalar con precisión, red1.,;ciéndolo al momento y circunstancias de su creación, cadp poema-cada verso casi-despista al curioso
--y aun al amoroso-investigador. Puesto a referir con números indicadores
de un orden prolijo las diversas categorías asignadas a su vasta producción,
tampoco se atiene a la cronología rigurosa, ni conserva el título como apareció
de tal o cual poesía o colección. De algún libro reniega ¡,or entero: Ninfeas 1
Almas de Violeta están suprimidos en la copiosa relación de nombre~ de esta
Antolojía. Si oo al simple lector, al crítico literario, semejante falta no ba de
serle indiferente ni parecerle desprovista de sigoificación. En todo caso, el
gusto caprichoso de los primeros alardes modernistas-incluso tipográficosdel Juan Ramón Jiwénez juvenil, se corresponde lógicamente en mucha parte
con las preocupaciones quP. actualmente le inducen a insistir por señas o incisos sobre la atención del lector. Ni deja de comprender él mismo, en las notas
finales, lo excesivo e íoútil de tanta complicación sentimental e intelectual,
harto explicadas en breve carta prólogo, a su vez comentada, subrayada, recalcada.
Detengámonos un punto no más, en el supuesto fundamental que justifica
la selección de esta Segunda t1ntotojía 1 única verdaderamente destinada al público1 ya que la preciosa edición de la primera (cHispanic Society:. de Nueva
York, 1917) es limitadísima. cUoas poesías escogidas no pueden tener, como escogidas, un valor permanente, sino solo el del momento en que fué elegida
cada una&gt;, dice el poeta salvando su intención.
¡Ah, no! Hay poesías mejores entre las buenas¡ selección que no está sujeta
a la veleid1d del gusto individual, mucho menos eJ del autor, sino que depende
precisamente del acuerdo entre la expresión en que el poeta ha logrado vaciar
su sentimiento, y el grado de e~oción que eu la mayoría de lectores hay~ podido·suscitar.
Juan Ramón Jirnénez es de cuantos poetas cantan en español quien tiene
vena más honda y fluída. El sentido musical de lo inefable nadie como él lo ha
poseído. No 1 no es de ninguna manera el ·interés histórico de su obra, las formas de transición a que vaya dando lugar su afán siempre vivo por descubrfr
cada vez relaciones más precisas entre la palabra y el sentir dolorido, en pos
de la suprema serenidad inaccesible, lo que de su obra nos gana la voluntad
por entero. No sino la perfecció11 de sus mejores poesías: c¡Mañaoa de Primaveral&gt; «¡Tú me mirarás llorando!&gt; Ya &lt;:&gt;stán ahí las carretas!• «Mañana de la
Cruz&gt;:
«Dios está azul. La flauta y el tambor
anuncian ya la cruz de primRvera.
¡Vivan las rosas, las rosas del amor 1
entre el verdor con sol de la pradera!
Vámonos al campo por ,-omero,

Vámonos, vámonos
por romero y por amor•..
•••••.••• - •.•••••••••••••••• &gt;

475

�LA PLUMA
eEl poeta a caballo, 1 cAmo el paisaje verde por el lado del río&gt;, ,Luna,
fuente de paz en el prado del cielo&gt;, e Le he puesto una rosl fresca-a la flauta
melancólica-; cuao.do cante, cantará ron música y con aroma», ,Estampa de
invierno», cSoJedad•, cAbrib, cPaz,, ,Hojas Nuevas,, ,Retrato de de.:ihOra•,
«Al sueño&gt;, ,Tren y buque•, ,El Nostálgico:

c¿Mar desde el huerto;
huerto desde el mar?
¿Ir con el que pasa cantando;
oírlo, desde lejos, cantar?&gt;
cCanción de invierno&gt;, eHora inmensa,, ,Primavera•, cNada1o y «Otoño» (de
los «Sonetos Espirituales,), ,El Poema:

ÍNDICE DEL VOLUMEN V

No le toques ya más,
que así es la rosa•,

,,
'

son pequeñas grandes obras de la lírica moderna, que emergen consistentes,
definitivas, de una tonalidad general irisada, diluída en romancillos deliciosos,
cuya vaguedad e imprecisión de concepto nimba de celestes oros, de malvas
perfumados, de estrellas verdes, de latidos violeta, la mirada hermética del
poeta, perdida en uaa voluntad tenaz de captación del secreto susceptible de
ser cifrado en el signo puro, sin relación humana.
En plena madurez de conciencia artística, Juan Ramón Jiméuez, modelador
asigne del sentimiento propio de un estado de ánimo, logrado ya poéticamente en Arias tristes, Jardines lejanos, Pastorales, Baladas de Primavera, Elejías, La soledad sonora, Poemas Mágicos y Dolientes, emprende ahora la conquista espiritual de un más allá de la poesía inmaculada. Eternidades, El niario de un Poeta Rer,·üncasado, Pit1dra y Cielo, inician el camino difícil -¿a dóndd-de una nueva música del concepto abstruso.
C. R. C.

FIN DEL VOLUMEN QUINTO

1922
JULIO

A DICIEMBRE
Páginas

NÚMERO 26 (JULIO)
Ramón del Valle-lnclán. Cara de Plata ..................... ,.
Alonso Quesada: Mar mío... . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Ricardo Baroja: La gran corrida de toros... . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Domingo Rivero: Yo, a mi cuerpo. . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . .
Diego de Mendoza: De un ejército contra moros. . . . . . . . . . . • • .
Cardenio: Almanzor .................... , ....... • - • • • .. • .. •
Crónicas literarias: Paul Colin: Rathenau ................. , . .
Un crítico incipiente: Las compañías de la legua .•......... , . .
Libros: R. Blanco Fombona: El conquístador español del siglo
XVI.-Carlos Sabat Ercasty: Poemas del Hombre.-Carmende
Burgos (Colombine): Rttorno.-José M.' Chacón: Ensayos de
literatura cub,wa.-Luis H. Hidalgo: El poema triunfal.-Adela Marión Adám: Platón. Sus ideales morales y polítfcos.-Mario Puccini: Dove i il peccato e Dio.-Raymond Schwab: La
conque/e de la ;oie.-Raimondo Raymondi: Verso fl solt di
Levan/e.-Revistas ................................. • . • • •

5

27
28
46
47
49
58
63

69
471

�•

LA PLUMA
Pági.au

¡

NÚMERO 27 (AGOSTO)
Ramón del Valle-lnclán: Cara de Plata ......... . ... . . .. .... .
C. Rivas Cherif: Cuatro sonetos ... . ....................... .

81
100

Ramón M. ª Tenreiro: Posesión. . ......................... .

!03

Gines Pérez de Hita: El caudillo .............. .. ........... .
Ramón Gómez de lá Serna: El novelista .. . .............. . .. .
Fernando González: En la transmutación del maestro, ...•....
Crónicas literarias: Paul Colin: Bélgica; Jules Bertaut: Francia;
Alfredo Pimenta: Portugal; Un crítico incipiente: Teatros ... .
Libros: Adolfo Reyes: El carro de asalto .-R. Buen día Abreu:
Luz.-Luis del Valle: Flores marchitas.-Huberto Pérez de la
Ossa: Po/ifunías.-0. W. de L. Milosz: La colifession de Lémud.-Céline Arnauld: Point de mire.............. . ......

1(O
113
132

t

478

Páginas .

literada de V. García Calderón.-Paul Verlaine: Cordura.A. del Valle Arizpe. Doña Leonor de Cácerts y Acevedo.-Fernán Silva Valdés: Agua del tiempó.- Gastón Figueira: Hada
las cumbres.-E. Malespine: Mitabolíques.-L. Martín Granizo: La provincia de Leó,z.-J. l. Escobar: füc,itos.-Roge!io
Sotela: Recogimiento.-Revistas .. ............ . ...... . .... ,

230

1

NÚMERO 29 (OCTUBRE)
137

r55

NÚMERO 28 (SEPTIEMBRE)
Ramón del Valle-Inclán: Cara de Plata......................
Adolfo Rubio: Paisaje. Ante la;; cuartillas.............. . .....
C. Rivas Cherif: Facecias.. .. . .. .. . . .. . .. .. . .. . . .. .. .. .. . ..
Cardenio: Los curas oprimidos........... . .................
Ramón Gómez de la Serna: El novelista. . . . .. . .. . . . . . . . . . . . .
Pedro de Rivadeneira: Los lisonjeros y el príncipe. . ... . . . . . . . .
Crónicas literarias: Mario Puccini: Prezzolini; Paul Colin: Frank
Wedekind; Un crítico incipiente: La noche del sábado. La niña
de Gómez Arias.. . . . . . . .. • . .. . .. . .. . . . . . . . . . .. . . .. . .. . ..
G. Gaspar: Pólux a Cástor.. . . . .. . .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ..
Rogelio Buendía: Tarde de sol... . . .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Libros: Manuel Ugarte: Mi campaña hispanoamtni:ana.-F. lscar
Peyra: la bolsa y la vida.-A. Gide: La puerta estrecha. -A.
Mercereau: Pensees choúies.-Napoleón Pacheco: Personahdad

LA PLUMA

16!
175
176
178
188
204

,,
207
225
229

Ramón del Valle-lnclán: Cara de Plata ........ ,.............
Ricardo Baroja: Un personaje de novela . . . . . . . . . . . . ...... • .
Cristóbal de Villalón: Religión de hombres honrados... . . . . . . .
Ramón Gómez de la Serna: El novelista. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Fernando González: Manantiales en la ruta. . . . . . . . . . . . . . . . . .
Crónicas literarias: Mario Puccini: Gian Pietro Lucini; Un crítico incipiente: Teátros y cines.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Domingo Rivero: El humilde sendero. . . . . . . . . . . . . . . . . . • . . . .
Libros . Tomás Morales: las rosas de Hércules .-A. Hernández
Catá: La muerte nueva,-Saulo Torón: las monedas de cobre.
Joaquín Edwards Bello: La muerte de Vanderb,lt.-Juan Ruiz
de Alarcón: Los favores del mundo. - Alfredo Pimenta: Prete:&gt;:tos e njtexoens .-Mario Puccini: Viva la anarquía! Uomini deboli e umni,zí forti.-Car!os Prendez Saldías: El alma en los
crútaüs.-Revistas. -Gacetilla ................. , , • • • • •, • •,

241
264
284
287
294
296
308

309

NÚMERO 30 (NOVIEMBRE)
C. Rivas Cherif: Un liberal de antaño.......................
Ramón del Valle-lnclán: Cara de Plata . . ........... ,.. . .....
Jorge Guillén: Rigor .. .. ................ ,, .... •• .. • .. • .... •
479

321
328

345

�•

LA PLUMA
Páginas.

Ramón Gómez de la Serna: Palabras sobre el alba indescriptible.
Die~o de Simancas: Hector Rodríguez, catedrático . . . . . . . . . . .
Crónicas literarias: M. A.: España y Persia; Jules Bertaut: Francia; Paul Colin: Alemania; Alfredo Pimenta: Portugal.. . . . . .
El Paseante en Corte: ... castillo famoso.. . . . . . • . . . . . . . . . . . . . .
Libros: Ramón Gómez de la Serna: Variacíones. El incongruenlt.
Mauricio López Roberts: El Ave blanca.-Isaac Goldberg: La
líteratwa hbpanoamer!cana.-Pedro Leandro Ipuche: Alas
nuevas.-Dr. Atl: Las sín,fonías del Popocatepetl.............

348
357
360
389

394

NÚMERO 31 DICIEMBRE
Ramón del Valle-Inclán: Cara de Plata......................
Enrique Diez Canedo: Tomás Morale•.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Luis Fernández Ardavín: Serenidad .. - . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
C. Rivas Cherif: La obra de Benavcnte al fulgor del premio
Nobel..................................................
Ramón Gómez de la Serna: Senos inéditos. . . . . . . . • . . . . . . . . . .
Crónicas literarias: Mario Puccini: Italia; Paul Colin: Alemania.
J. Massó Ventos: Cataluña; Guillermo Jiménez: México; Un
crítico incipiente: Teatro•: El pavo real. El doncel romántico.
Ruth Draper............................................
Libros: Juan R. Jiménez: Segunda antoloj{a poéüca ....... , ....
Indice del volumen V. . . . . . . . . . . . . . . . • . . . . . . . . . . . . . • . . . . . .

401
4"5
431
433
442

450
474
477

1

\

�</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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              <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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