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                  <text>«.la pluma es la que asegura castillos, coronas, reyes
y la que sustenta leyes.&gt;
VOLUMEN SEXTO

MADRID
I

9

2

3

�TJMDA ESPECIAL DE ESTE NÚMERO: CINCUENTA EJEMPLARES
EN PAPEL DE HILO, REIMPUESTOS1 NUJIERADOS DE l A

50.

~O IV.

MADRID, BNBRO 1923

NÚM., 32.

DEDICATORIA
el camino por donde va nuestra Revista, este número en
homenaje del gran escritor, es el primer descanso a que
llegamos. Saliendo al margen de la ruta, depuesta momentáneamente la carga de todos los días, hablaremos
entre amigos de las nobles cosas acabadas por otro, que nos precede, y alzaremos en su honor una estela, un trofeo. Esto no es evocar una sombra, avivar una fama, ni extenderle al poeta la cédula
&lt;le jubilación; entre nosotros vive: comprobamos la fluencia de su
virtud; lejos de remedar a la posteridad, nos agrupamos en torno de
una obra todavía inconclusa, donde no pocos delirios de esta edad
nos brindan, en su transposición poética, con amables, risueñas
imágenes de nuestra vida. El poeta ha visto en el zenit el mismo sol
que alcanzamos a ver cayendo hacia el ocaso. Pero es más nuestro
-coetáneo por ciertos sentires descubiertos en nosotros, que él reviste
&lt;le expresión cabal. El soñador amado avanzará, siempre actual, por

11
IMPRENTA ARTÍSTICA DE SÁF.Z HERMANOS
NORTE,

21.

MADRID. TELÉFONO

17-65 J .

N

s

�LA PLUMA
la carrera del tiempo, llevándose esas almas, ·ébrias de irreales grandezas, de misterios prestigiosos, presas en la red de sus ensueños.
Quien desde ahora discurre por la obra del poeta, vaga en la robusta selva, prometida a una duración de siglos, que nos envuelve
en el sosiego de sus sombras y pone olvido de las cosas triviales.
Hablar del poeta nos trae el regocijo, la serena certidumbre de quien
trata en valores eternos.
Corona jubilar o ágape de despedida, LA PLUMA habría solicitad&lt;&gt;
para este número un tributo de todos los autores españoles de renombre. Diez cuadernos de la Revista no hubieran bastado en ese
caso. Hemos optado por reducir el concurso ajeno al rigor de nuestro propósito: aparte de los que habitualmente redactan LA PLuMA.
buscar en tres generaciones de escritores los testimonios precisos.
para que ningún aspecto de 1a obra de Valle-Inclán, ni de su excepcional figura, quédase relegado-y añadir las notas plásticas que algunos artistas admirables, amigos de don Ramón, nos han ofrecido.
Situarle en la perspectiva de la literatura militante de nuestro tiempo, ver su obra por reflejo en otras mentes, establecer un repertorio.
de observaciones y de noticias en torno de su persona y de sus escritos. Y como nos ofrece un ejemplo notable, honrar la vocación
literaria pura y la altivez en el gobierno de su vida..,
Tal es, maestro, el ánimo que ponemos en este homenaje.

V ALLE-INCLÁN, NOVELISTA

'00

I

oN Ramón de~ Valle-Inclán es novelista, poeta lírico, autor
dramático. El caso del artista literario que se confina en
un solo género es muy raro, y lo es, no sólo por los tanteos que ejecuta la vocación antes de fijarse, sino también
porque los géneros no están separados por barreras precisas, difíciles de traspasar, sino que se enlazan entre sí por una cadena de formas intermedias. Los géneros no son, en absoluto, una invención de
los retóricos, pero son universales, y, por tanto, generalizaciones o
abstracciones de los caracteres comunes de obras individuales. Hay
en su concepto mucha parte de artificio de clasificación, de que se
vale el historiador de las letras para ordenar la multitud de los hecho» literarios. Así las mayores diferencias entre los géneros son de
técnica y de procedimiento. Los dos géneros de poesía lírica y épica
se distinguieron en Grecia por el instrumento que acompañaba la
recitación o canto del verso y hoy lo distintivo de la dramática está
marcado-por la representación.
Toda la literatura es una interpretación estética por medio de palabras, del hombre, la naturaleza y Dios (si el artista admite lo sobre-

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�•

LA PLUMA

LA PLUMA

natural). En esta interpretación no hay más que dos actitudes, la del
artista que se entrega al objeto y se convierte en claro espejo de él
y la dt-1 artista que se imprime a sí mismo en el objeto y .lo impregna de su propia personalidad; actitudes épica y lírica, objetiva y subjetiva, de las cuales se ofrecen en las obras mil matices y combinaciones, pues no se dan puras.
Pero si es raro el caso del escritor de un sólo género, más raro
todavía, si existe, es el del escritor repartido con igualdad entre varios géneros. Aparte de que su temperamento ha de conducirle a una
de esas dos actitudes estéticas fundamentales, hay también una afinidad electiva hacia las formas y los procedimientos de los géneros.
Se es por inclinación poeta lírico, dramaturgo o novelista, y cuando
se es de veras, por íntima elección o vocación, se sigue siendo tal,
hasta cuando se cultiva otro género. Mas como la literatura no
se escribe en un Olimpo, alejado de la esfera práctica, sino que
la Estética anda mezclada con la Economía y la Ética, estas
elecciones individuales están modificadas y a veces desviadas por
las modas y predominios de los géneros. Hoy escriben novelas y
comedias muchos que no son novelistas ni autores dramáticos, aunque sean literatos , por ser dichos géneros los que encuentran mayor
aceptación.

II
Valle-Inclán me parece que es principalmente novelista. Me fundo
en que las novelas forman lo más copioso de su producción; en
que las más perfectas de sus obras son novelas y en que en sus novelas se funden y compendian los demás elementos de su ª[te, de
manera que son la expresión más rica, más compleja y total de la estética y la inspiración del autor. Que posee también grandes dotes
líricas y vocación dramática lo demuestran sus mismas novelas, en
8

las que entran elementos líricos y que propenden a la forma dialogada, a la que llamó Moratín novela dramática, que es la forma clásica de la Celestina.
Se suele señalar el estilo como la excelencia característica de ValleInclán. Es la característica de todo gran escritor, pues un gran literato sin estilo no se concibe; es uua hipótesis que envuelve contradicción. Mas esto del estilo hay que precisarlo. No es sólo estilista
Valle-Inclán por escribir en muy elegante y pulida prosa castellana,
a la vez clásica y moderna. Su estilo no es sólo retórico, sino que
llega a capas más hondas y a maneras más íntimas de la expresión.
Por eso, en vez de estilo, diría yo estilización, aunque el vocablo sea
menos puro y tenga algo de bárbaro y advenedizo. Son dos aspectos
-0 dos momentos de la misma cosa. El estilo es la cualidad, la estilización, la obra. El estilo es la expresión y, po:: tanto, el gran instrumento estético, puesto que la Estética, según Croce, es la ciencia y el
arte de la expresión. La estilización es también la expresión, pero
lograda, sacando de las cosas todo su oculto tesoro, todo el carácter
y sentido que encierran. Estilizar una cosa es tanto como exprimirla
para que dé todo su sabor y jugo estético. Son, pues, como la potencia y el acto, estilo y estilización, y he marcado este matiz porque en
el uso corriente el estilo se ha hecho un vocablo algo equívoco, que
para muchos significa escribir bien, aunque se expresen lugares comunes o fruslerías. Concebido así, es la potencia operando en el vacío o sobre míseros materiales. En estos casos no se logra la estilización. Los lugares comunes no pueden exprimirse porque carecen
de jugo. Pues bien, en Valle-Inclán, y singularmente en sus novelas,
no hay sólo primor lingüístico, sino evocación y emoción, imágenes
llenas de realidad y envueltas en una atmósfera cordial que provoca
la simpatía, que es el secreto del arte, por cuanto consiste éste
fundamentalmente en comunicar nuestras emociones.
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�LA PLUMA

LA PLUMA

III
Una cualidad que enaltece y distingue a Valle-Inclán es la renovación. Empleando la antigua fraseología del hegelianismo, diríamos
que es un autor en devenir, en movimiento, que no se ha parado en
una forma. Es muy frecuente que los artistas se encierren en una
manera o en un tipo artístico y lleguen a estar envueltos y prisioneros allí como en un caparazón de crustáceo. En las novelas de ValleInclán, por el contrario, observamos una serie de formas que se suceden como por una evolución y crecimiento. Tiene por esto la
mejor clase de fecundidad, pues de fecundidad hay dos especies~
la del número y la de las formas y cualidades. La fecundidad material vale poco si no va acompañada de calidad. Hay muchos malos escritores extremadamente fecundos. Los grafómanos son legión. Nadie que tenga gusto preferirá a Ohnet sobre Flaubert.
En la obra novelesca de Valle-Inclán se pueden señalar tres partes o momentos. Los he comparado en otra ocasión a las tres hojas
de un tríptico literario. No son en realidad maneras diferentes queacusen cambios de orientación en el artista, sino desenvolvimientos.
y enriquecimientos que van haciend_o más compleja la expresión
e incorporándola nuevas aportaciones. Entre una y otra hay transiciones, y todas forman un conjunto vario, pero consecuente.
En la primera parte están las S onat11.s. El personaje central de
esta hoja del tríptico es el Marqués de Bradomín. Son obra de juventud, hora de lirismo, hora también en que la personalidad del
autor está más impregnada de las influencias literarias, de la inclinación hacia los autores favoritos. Había ya en la traza de la atractiva figura del héroe una potente originalidad, pues lo original no.
consiste en los accidentes, sino en la sustancia, en la concepción dela obra y en la interpretación del hombre, de la sociedad y del mun10

do que ella nos ofrece. El Marqué;; de Bradomín es un Don Juan
dieciochesco, uno de los avatares más distinguidos de esa figura de·
difusión universal y de tan varios destinos, que, nacida en un drama.
teológico, ha venido a triunfar como representante de una cosa tan
poco teológica como el polo sexual y el genio de la especie y está.
acabando en interpretaciones metafísicas, aunque sean de metafísica
del amor.
Los rasgos de Bradomín no son sólo donjuanescos. Hay en él,
otros rasgos significativos. Es católico y un poco volteriano. Es tradicionalista y ama la tradición por ser cosa pasada. El carlismo le
gusta como una catedral gótica y a condición de que no triunfe, en
lo cual se revela el instinto estético de este personaje, pues comprende que nada poetiza y depura tanto las cosas como la lejanía de lo
pasado, donde va quedando lo más puro y amable de su imagen,..
dorado por una luz suave de recuerdo que favorece mucho más que
la cruda luz iluminadora de las cosas próximas y presentes. Al hacer
pasar a su Bradomín por las estaciones de la vida, cada una de las
cuales canta su sonata sentimental, el Don Juan de Valle-Inclán se:
adelantó a otros Don Juanes que luego han andado por Europa.

IV
De Bradomín se pasa por las novelas dramáticas de los Montenegros, Aguilas de Blasón y Lobos de Romances, en los que s1r1bsiste la
fiereza feudal de los señores gallegos, a quienes sujetó la Reina Católica, a las novelas de la guerra carlista, que son lo mejor y más saliente de la segunda hoja del tríptico o de la segunda parte de la obra
novelesca de Valle-Inclán.
La guerra carlista es asunto que ha tentado a grandes novelistas.
11

�LA PLUMA
-españoles: Galdós en sus Episodios, Baroja en sus Memorias de un
Jiombr~ de acción, que son episodios nacionales también; Unamuno
~n Paz en la guerra, han evocado escenas y personajes de aquella
,contienda, en la cual, debajo de la disputa dinástica, que era la superficie, había tantas cosas en pugna, lucha del campo con la ciudad,
.del localismo con una concepción más amplia del Estado, del indi·vidualismo contra la abstracción de un Gobierno de leyes, que eso
'"Presume ser· el régimen moderno, aunque a veces sea harto personal; de la tradición contra la novedad, de la aristocracia vieja contra
tos nuevos señores de la clase media.
Las novelas de la guerra carlista de Valle-Inclán no se parecen a
las otras. Están construídas con una sencillez clásica. Un breve episodio en torno del cual gira la acción, tiene virtud expresiva para
que en él veamos no sólo el hecho particular, sino el ambiente y el
carácter de la época. Sin que se pierda la seducción poemática de las
.Sonatas, hay en estas novelas una poderosa irrupción de vida, de
realidad, de objetivismo, de historia viviente. Son las más acabadas
_y armoniosas obras de Valle-Incl¡ín y las mejores que se han escrito
acerca de su asunto. Así como la composición es clásica por la claridad, la proporción de partes y la sobriedad que omite todo lo _superfluo, es clásico también su estilo literario. El castellano adqutere
-en estas páginas una armoniosa sonoridad latina, de romance convertido en sermo nobilis, donde cada palabra concurre al ritmo Y al
.significado.
En las novelas de los hidalgos gallegos y en las de la guerra civil ha entrado en la galería novelesca de Valle-Inclán el pueblo, una
multitud pintoresca, bulliciosa, llena de vida, de espontaneidad Y de
color, cuyas figuras, principalmente las de los aldeanos y los mendigos de Galicia, con su intenso realismo, se elevan en valor estético
..al nivel de las de los caballeros y los caudillos y son ciertamente de

LA PLUMA
más dificil estilización, porque la sustancia estética está más honda,.
soterrada bajo una capa de vulgaridad.
Esta muchedumbre se sale de las novelas aludídas, quiere un
lienzo para ella sola y lo consigue en Divinas palabras, que es comouna novela picaresca de tierras de Ga!icia, de sus romerías y de sus
caminos, novela de mendigos, saltimbanquis, brujos y aventureros,
escrita y concebida, no con la visión satírica propia de la antigua picaresca, sino con emoción y espíritu de poema.
Divi1tas palabras, la novela de la Galicia andariega y errante de
las carreteras y las ferias, inicia otro grupo novelesco, una tercera
parte. Está ya en la tercera hoja del tríptico, donde aparecen las más
recientes, las más extrañas y las más arriesgadas obras de Valle-Inclán, bautizadas por él con el nombre de Esperpentos. No todos son
novelas. Hay desenfadados y aun descarados poemas satíricos de·
corte aretinesco, como la Farsa y licencia de la reina castiza, perohay una novela dramática, Luces de Bohemia, algunas de cuyas escenas son de lo más conmovedor que ha escrito Valle-Inclán.
Prodigios de estilización y de valentía ante lo más repulsivo y
peligroso del natural, hace el novelista poeta en estos Esperpentos.
Parece desafiar a lo feo y a lo plebeyo, a lo soez de las escenas lu-panarias y tabernarias, domarlo y reducirlo a la servidumbre estética
y sacar de estos viles materiales un misterioso e ignorado estímulode emoción. El realismo castellano no ha ido más lejos desde La
Cdertína.
Luces de Bohemia es nuestra mejor novela de bohemios. La escena entre el ministro y el poeta ciego, hampón en quien se descubre
una genialidad frustrada, y la de la muerte del bohemio son páginas
de una emoción desgarradora y penetrante. El cuadro madrileño en
que se mueven las figuras principales, bajos fondos sociales, ex hombres como los de Gorki, pero españoles y pintados con los colores..
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12

�LA PLUMA
jugosos y abundantes de la paleta española, ofrecen una mezcla atrevida de cómico y de trágico, de dolor y vicio, de desgarro chulesco
y de ingenuidad de lo natural que requiere un esfuerzo extraordina·rio de estilización y aciertos raros de expresión para que lo atrayente
venza a lo repulsivo. El artista, en estos cuadros, está bordeando continuamente el peligro. Hace un alarde como el del funámbulo que
•camina sobre el alambre tenso.
Hay en estas tres partes o grupos de novelas una progresión y
enriquecimiento de valores de asunto y de expresión. Primero, la
,concepción poética de un personaje; después, el objetivismo y la realidad de la pintura social e histórica; por último, el movimiento y
acción de la novela dramática, colocada en la frontera indecisa entre
novela y teatro y que añade al realismo de su objeto el de la expre·sión. Valle-Inclán ha caminado desde el idealismo y el lirismo a la
-realidad. La ha impregnado de sabor romántico sin desfigurarla. En
la novela española contemporánea no se parece a nadie. En lo espe.,cífico del novelista y en la extensión de la obra hay sin duda quien
le supera pero en el conjunto de cualidades literarias no le gana nadie
_y al presente no hay quien le iguale.~
E. GóMEZ DE BAQUERO.

VALLE-INCLÁN,

LÍRICO

I
que Valle-lnclán publicó su libro inicial Femeninas,
e~ 1895, hasta que da sus primeros versos, pasan doce
anos. Aromas de leyenda es de 1907. De esos doce años
son las S onatas, todas las novelas y cuentos menores,
la primer «comedia bárbaru. Casi la mitad de su obra está hecha;
su personalidad, plenamente definida.
Pasaba, con toda su labor narrativa, por uno de . los prosistas
~senciales del tiempo. Sin embargo, así que se anunció su nuevo
rumbo, se le vió a su verdadera lúz: un poeta.
ESDE

J

11
Todo se explica con esta palabra. Nada más despoetizado, en la
literatura cursiva de hoy, que el teatro, si no es la novela. Teatro y
novela, cuando se levantan del medio nivel, empiezan a ser poesía.
Cuando no, son cámaras sin luz natural. Aunque en ellas ardan mil
faroles y antorchas les falta holgura, se les ha enrarecido al aire. Un
novelista, un dramático tienen que «justificar:. demasiadas cosas, es-

�LA PLUM A
forzarse en hacer posible lo que desde el primer momento se sabe
que es ficción, revelar en la vida inventada lo que la vida verdadera suele esconder. Un trabajo más que de Hercules: explicar la
vida. El poeta, sólo, acepta la vida en toda su inexplicable grandeza.

1II
Valle-lnclán-se dice-no es un escritor en quien se refleje la
vida de su tiempo. Cierto: no explica cómo está confeccionado el
traje de una dama, ni describe una fiesta de sociedad, ni dice cómo
es un mueble de lujo; tampoco se detiene a medir las fuerzas del trabajo, ni a lamentarse con los oprimidos, ni a amenazar a los fuertes.
El tiempo en sus libros no suele contenerse tan fielmente como en
los románticos; recuérdese a Alfredo de Musset, en sus novelas: «En
febrero de 1580... &gt;, «Era, si no recuerdo mal, en 1825... &gt;1 «Por los
últimos años de la Restauración ... » En Valle-lnclán el tiempo se indica vagamente o no se indica en absoluto; pero aun en este último
caso, sus personajes aparecen tan bien plantados en ~l como el Pablillos velazqueño en su fondo perdido. Con el lugar, le sucede otro
tanto. Si recordamos uno de sus paisajes lo recordamos indefectiblemente unido a una situación, a un afma. Esa vaguedad, esa totalidad
de impresión no son otra cosa que poesía.

No tenemos, de fijo, por lo más importante que Valle-1nclán baya
impreso los tres tomos puramente líricos: Aromas de leyenda (1907),
La pipa de Kif (1919), El Pasajero (1920). Son sus · «Parerga y Parali- 1
.pómena&gt;. Ciertamente, por sí solos tienen' indudable valor. Pero bay
que leerlos situándolos en la obra, dándoles su puesto en la serie:
Aromas tle leymda después de Ptor de santidad; La pija de Kif con

·16

�LA PLUMA
los «esperpentos&gt;; El Pasajero al margen de La lampara maravillosa. El subtítulo del Pasajero, «claves líricas&gt;, conviene a la colección completa de los versos de Valle-Inclán. En todos hay, no una
alusión, pero sí una resonancia íntima de las obras mayores.
El primer libro canta en versos sencillos, entonados como los de
la lírica primitiva, espolvoreados de cantarcillos gallegos, como un
dulce monjil con azúcar bien cernida, trovas ingenuas «en loor de un
santo ermitaño&gt;. Praderías verdes, rústicos pastores y rebaños de
égloga van ordenándose alrededor de las ascéticas figuras con la gracia tosca de un nacimiento. En el segundo la realidad asume su máscara grotesca, estilizando en mueca su gesto de horror. En el tercero
la idea se sutiliza; el recuerdo íntimo o la visión fugaz toman cuerpo
en palabras que son, más que una representación formal, un signo
algebraico.
V

Elemento importantísimo en la poesía de Valle-Inclán es la rima.
Su arte métrico, en términos generales, viene de la reforma asentada
en el verso español por Rubén Darío; aspectos especiales de ella la
aproximan a la de Guerra Junqueiro, en Os simples. Pero ninguno de
estos poetas concede a la rima el valor que le asigna el nuestro.
Valle-Inclán habla de Banville y de su «punto de extravagancia&gt;.
La rima perfecta, el consonante escogido, le sirven a Valle-Inclán
para dar timbre y color a su poesía, para iluminarla o ensombrecerla. De todos nuestros poetas, él solo sabe hasta qué punto el consonante merece ser atendido. Los derroteros de la poesía nueva lo suelen marcar como una sirte. No falta quien lo considere como una
transacción: dar al vulgo lo que es del vulgo. Nuestro poeta, no.
Usándolo siempre-raras veces emplea el asonante y en verso suelto
sólo recordamos de él una breve composición no recogida en volu-

n

�LA PLUMA
men- lo somete a la ley que le dicta la poesía; y así aparece, en los
Aroma~ claro como tinta de miniatura; en el Pasajero, es moderado
auxiliar' del ritmo; en la Pipa es rey y juglar a un mismo tiempo.
Sabe arreglar la economía de una composición y dar a punto la voltereta.
VI
Sobre todo en la poesía de Valle-lnclán, hay una cosa: no es
poesía de supe;ficie. Detrás de cada evocación poé~i~a suya_siempre
se esconde algo. Las palabras no agotan la sensac1on. Na?1e se parará en la imagen que evocan, porque esa imagen trae consigo, como
un cortejo inefable, una teoría de sugestiones. .
Esto y su tendencia a unir en un verso cuahd~des que son, _en
sentido absoluto, privativas de otras artes, modulandolo, ~odel~ndolo y mafüándolo, le convierten de lleno en u~o de l~s mas_ sutiles
representantes del simbolismo, más que el propio Ruben Dano, porque lo es de manera más constante. Y _el s~mb~lismo no se confina,
con Valle-Inclán, en la nostalgia del misteno, sino que, a r~~os, de~pliega un doblez de humorismo, como en una cate~ral gohca baJo
las espirituales agujas erguidas que apuntan al cielo, aparece de
pronto la geta de una gárgola.
E. Dh:z-CANEDO.

J

18

.,

V ALLE-INCLÁN, DRAMATURGO
s Valle-Inclán un dramaturgo?
Valle-Inclán ha escrito, para el teatro: una tragedia,
.
«Voces de Gesta»; una farsa, «La Marquesa Rosalinda.;
un drama poético, «Cuento de Abril&gt;; una comedia infantil, «La cabeza del Dragón». Se advierte que el autor se propuso arquetipos. Entre las cuatro líneas de este rectángulo cabe acotar la
superficie del arte dramático.

[I

Tragedia: la necesidad, obrando como fatalidad dentro de cada
individuo, en forma de pasiones. Cada personaje es como una fuerza
de la naturaleza: una ley natural.
(En la iconografía trágica, junto a Edipo, que imaginamos esculpido por Fidias, y Peribáñez, pintado por Velázquez, y don Juan,
estilizado y algo femenino en una efigies de Pantoja, y Segismundo,
retorciéndose en una talla sinuosa de Berruguete, y Otelo, sobre una
tela de Veronés, y el rey Lear, esbozado en un bloque de Miguel Angel; entre esta asamblea de personajes infortunados y dilectos de los
dioses,bien puede hacerse un hueco para Ginebra, la pastora de «Voces de Gesta». A Ginebra la vemos de bulto; muy real y auténtica, con
la calavera en la mano, algo como la Magdalena, de Pedro de Mena, y

�LA PLUMA
a la par, barroca y lírica en su furor, algo a lo Bemini, co~ las características cejas en acento circunflejo, la boca entreabierta Y en
arco, reminiscencia de las antiguas máscaras de Melpomene.)
.
Farsa: la necesidad, obrando como fatalidad dentro de cad~ individuo, en forma de rutina, de instinto habitual. Cada personaje es.
una marioneta, con un hilo que la mueve; hilo de oro, ?e ~la~bre,
de seda, de araña, según. (La comedia clásica, la comed1:ta itaha~a,
la comedia de Moliere, son, en el concepto, farsas. Aqm, las pasiones se degradan en fuerza y espontaneidad. Pierden músculo Y descubren el esqueleto, la armadura, el resorte; pasan a ser costumbres,
vicios. Biológicamente, vicio y costumbre es lo mismo: falta de elasticidad de adaptibilidad. Asi como pasión y vicio son opuestos. Pasión e~ superabundancia biológica; vicio, infravitalidad. Por exceso,.
el a~asionado no se adapta: rebasa el obstáculo o contra él perece,.
que es una manera de triunfo. El vicioso no se adapta, por defecto,
y es vencido mediante el ridículo-. La comedia pr.e~enta l~spect~:
de pasiones, pasiones desencarnadas, esquemas, v1c1os, ps1colo~
automáticas, caracteres. «Los Caracteres», de Teofrast~, compendian
el repertorio de la comedia clásica. Los tratad&lt;'S clásicos sobre las.
pasiones-Aristóteles, Epicuro, los estoicos, Espinosa y Descartesversan, en rigor, sobre caracteres de comedia, que no s~bre verdaderos personajes de tragedia. El personaje trágico t.rasc1ende t~da.
psicología especulativa; es un caso único; no s~ da s~o en la vida
misma o en la obra de arte trágico. El personaje cómico es un casogenérico que jamás se da plenario en la vid~; sí so.lamente en los tratados de moral y de psicología, y en la comedia clásica, que no es m~ral
en la intención, a pesar del castigat ritk,u;lo mores-pues todo artista,.
entre ellos el autor cómico, halla cierta fruición en lo inmoral Y pr~hibido-, sino que es moral porque despierta o esclare~e el con~c1miento de aquello que en nosotros es más bien automático que vivo

'º

"LA PLUM A

y libre, junto con el subsecuente anhelo de enriquecer nuestra vitalidad mediante acciones originales. El castigat ritk11do morts es un
rasgo de hipocresía humorística; se trata de escandalizar sin escán-dalo. La teoría de Bergson acerca de la risa, conviene con la esencia
de la comedia clásica: nos hacen reír los organismos superiores
-cuando se mueven y obran como mecanismos.)
Drama poético: la necesidad, obrando como fatalidad dentro de
.cada individuo, en forma de visión íntegra de la vida. Así chocan,
entre sí o con el medio, de modo irreductible, las pasiones, como los
vicios, como las discrepancias en la contemplación de la vida. Dos
actitudes distintas frente a la vida pueden enfrentar a dos almas con
tanta violencia como la pasión o ajenarlas con tanta repulsión como
el vicio. Si alquitaramos un último elixir de lo que sea la poesía, veremos que se reduce a una visión íntegra de la vida. Todo lo que
sea detenerse en refinamientos preparatorios de este último elixir
dará por resultado aspiraciones poéticas o emociones poéticas, pero
no poesía absoluta. Ahora bien, la vü,ión íntegra de la vida no la puede alcanzar un individuo por sí, aisladamente; es la obra prolija, multitudínosa, de generaciones animadas de un mismo espíritu, sobre
una tierra maternal y centenaria. Esta visión, vasta e inasible, cristaliza al cabo en una voz gloriosa: el poeta. La visión íntegra de la vida
la engendran los pueblos; el poeta finalmente la singulariza en un
vértice estético. Cada pueblo contempla la vida desde un cuadrante
diferente; de aquí los conflictos perdurables entre pueblos. El semblante auténtico del alma de cada pueblo se retrata en su poesía. Los
grandes poetas han cantado en los momentos colmados, cuando la
energía nacional, recién alcanzada una cumbre, advierte dilatado el
horizonte de su visión; momentos, también, que inician el declive
descendente. El poeta es vidente, con una visión que le ha sido
trasmitida por herencia seleccionada; por que ha visto con los ojos de to21

�LA PLUMA

LA PLUMA
dos, luego todos ven con los ojos de él. Y así, cada cual lleva la retina acomodada, conformada para una visión íntegra de la vida, que
es la de su pueblo. Cuando,-por el contrario-un hombre singular
entrevé, él por sí, la vida en un sesgo desacostumbrado, y se coloca
en insólita actitud frente a la vida, provoca un conflicto dramático de
orden poético. La poesía subjetiva-y toda poesía subjetiva ambiciona,
quizás oscuramente, multiplicarse en poesía colectiva-, frente a la
poesía popular, que acaso, por acidia, ha perdido su virtualidad poética: una visión naciente, dolorosa, personal, de la vida, que pide ser
participada, complementada, realizada democráticame~te, y de esta
suerte modificar la presbicia senil, la falsa visión tradicional- fué visión, ya no es visión-de quienes tienen ojos y noven. El precursor, el
innovador, el apóstol, el insurgente, el revolucionario-sea en materia
de sentimientos, de ideas, de preceptos o de dogmas-, en combate
con la red pasiva de lo establecido-, insensibilidad, rutina, licitud,
ortodoxia-; he aquí el drama poético elemental. (No se confunda el
drama poético con el llamado teatro de tesis. Este último es una contradicción en principio. Una obra de arte no puede demostrar nada,
y, menos que nada, una ley. Es un acto de creación; es un caso. Caso
que acaso crea otros muchos casos semejantes. De donde su eficacia·
Las consecuencias de la obra de arte son biológicas, que no lógicas).
Un grado superior, más depurado, del drama poético se nos ofrecerá
cuando dos visiones íntegras y opuestas de la vida, en el punto de
su mayor frescura original y afirmación expansiva, las visiones recién
alcanzadas y orgullosas de dos pueblos diversos en el corazón y en
el órgano contemplativo, se contrastan, asumidas irremediablemente
en sendas personas, varón y hembra, a quienes por otra parte empuja,
de modo recíproco, la proclividad del sexo y del amor. Esto es
«Cuento de Abril&gt;. La princesa de Imberal = universo riente, espejado en el alma bienoliente y oleaginosa de Provenza. El Infante =
22

universo ascético, purgado de toda superfluidad, sobre el yermo heroico de Castilla. «Cuento de Abril&gt; (Valle-Inclán no ha querido clasificar esta obra suya: la denomina simplemente, escenas rimadas en
una manera extravagante), es un pequeño canon del drama poético.
Comedia injantil.-La máxima libertad del espíritu-no es otra
cosa la puericia de la conciencia-ante un mundo tejido con necesidades y fatalidades; esto es, ante un mundo absurdo y ridículo. La
comedia infantil es melliza de los cuentos de hadas. Materia de los
cuentos de hadas: la virginidad libérrima del espíritu superando la
caduquez y determinismo del universo. Libros de caballerías: cuentos
d_e hadas para adultos. En arte, la fac1.4ltad creadora es la imaginación, salvo en el género infantil, qae entonces lo es la fantasía. La
imaginación no es libre; sus leyes últimas son las propias leyes naturales. La fantasía, sí; para ella la necesidad está abolida. En todo
gra~ artista, la cualidad preponderante es la imaginación (virtud de
sentir y expresarse en imágenes (1), las cuales provocan en el espectador una sensación y simpatía inmediatas). La imaginación es más
real que la realidad misma, puesto que es extracto, concentración de
realidad. Pero todo gran artista no ha podido por menos de escaparse alguna ve~ del mundo de lo necesario-la imaginación-al país
de lo fantástico, lo voluntario, lo libre, lo absurdo. Lo absurdo deliberado es precisamente la perspectiva desde donde se abarca más
por lo sintético la fatalidad absurda de lo cotidiano. «La cabeza del
Dragón&gt; es un escape premeditado por la tangente que se suele llamar fantasía. En otras varias obras se observa la alegría genial con
que Valle-Inclán gusta de hacer, de cuando en cuando, estas escapadas.
He dicho en un principio que Valle-lnclán había escrito para el
(1)

Imágenes no quiere decir metáforas.

23

�LA PLUMA
teatro las cuatro piezas que acabo de someter a una calificación genérica. Estas piezas han trashumado un instante por el tablado histriónico de las Españas: han sido representadas a la ligera. Pero no
han sido escenificadas. (Por escenificación se entiende dotar a una
obra de vida física, c&lt;:&gt;nforme al designio del autor). Esta frustración
escénica ¿es lo que ha retraído a Valle-Inclán de poblar nuevamente
el proscenio con sus bellas y corpóreas criaturas? ¿O es que se ha
satisfecho con acreditar sus extraordinarios poderes de creación en
aquellos cuatro arquetipos dramáticos?
Lo que se puede asegurar es que Valle-Inclán, ante todo-, y
hasta diríamos que únicamente-ha producido obras de carácter dramático. Todas sus creaciones están enfocadas sub specie theatri, como
decían los antiguos; desde las Sonatas, hasta los últimos Esperpentos.
Un tiempo, estuve obligado a comentar en una hoja diaria las
manifestaciones teatral~ de la actualidad; comentarios que más tarde
colegí en mis dos volúmenes de «Las Máscaras&gt;. Fué una labor, al
día, durante cosa de dos años. En aquel período, no se me presentó
la coyuntura (el tema de actualidad; obligatorio para mí, corno dije)
de glosar el carácter de dramatismo preponderante con que se desenvuelve la personalidad de Valle-lnclán. Esta es la razón por qué en
aquello~ dos libros míos se advierte esa grave deficiencia. Valle-Inclán no figura en ellos. (Anteriormente, yo había publicado dos ensasayos, sobre «El diálogo dramáticoi., en «La Tribuna&gt;, alusivos al
concepto dialogístico en las obras de Valle-Inclán, y unas apostillas
en torno a «Cuento de Abril&gt;, en la revista «Europa»). Tampoco en
mis libros figura Unamuno: otra deficiencia.
Estas líneas no aspiran a ser un estudio de la dramaturgia de Valle-Inclán. Insisto que toda su obra está concebida sub specie theatriEstudiar a este autor como dramaturgo significa nada menos que

LA PLUMA
-desentrañar, trozo a trozo, la unidad genesiaca de toda su obra. Mi
deseo es, con vagar y atención suficientes, llevar a término este tra•bajo algún día. Enunciaré aquí, escuetamente, algunos puntos del
i&gt;rograma.
Resonancias.-EI autor es tanto más original-y no hay paradoja-cuánto más remotas son las resonancias que en él se concentran;
como si dijéramos que sus raíces beben la sustancia de las tradiciones literarias primordiales. Resonancias del teatro helénico y shakesperiano en Valle-lnclán.
Clasicismo.-Valle-Inclán, clásico. Escribe Lessing: «Fué privile_gío de los clásicos no hacer en ninguna cosa nada de más ni de
menos.&gt;-Este es el tino de Valle-Inclán.
Sentido de presencia.-Primera condición del arte dramático; que
-~ada una de sus personas nos afecte con el sentido de presencia corpórea, como una escultura o una pintura. Esta condición deben po·seerla asimismo las figuras más pasivas y anónimas; de donde se
•compone el coro, el friso. (Hay autores dramáticos, y famosos, cuyos
personajes jamás pasan de ser sombras inanimadas, pero gárrulas).
Visibilidad de las figuras de Valle-Inclán; su decoro escultórico; importancia del coro en sus obras.
Dinamismo:-Dinamismo y dramatismo son sinónimos. Los grie_gos buscaban el dramatismo por la coincidencia en el tiempo: los modernos-Shakespeare, la Celestina, teatro español, por la expansión
•en el espacio. Aparece el postulado del fondo, de la decoración, del
medio plástico armonizando inseparablemente con las acciones espirituales e influyendo sobre ellas. En Valle-Inclán siempre está el ambiente sensible en torno a la figura. (Bradomín, personaje dramático,
sobre cuatro escenas terrenales, en cuatro momentos del año. «La
lámpara maravillosa&gt;, un gran drama metafisico entre el dinamis.mo absoluto y el estatismo eterno, entre Dios y el diablo). Por la ex-

�LA

LA PLUMA
pansión en el espacio el drama shakesperiano, la Celestina y el teatro español participan del afanoso caminar de la novela: no en baldenacen casi sincrónicamente. Y esto es lo que tienen de novelas las.
obras de Valle-lnclán.
Antipsicologismo.-Valle-lnclán ha comprendido que el teatro.
psicológico es un disparate. En el teatro-en sus obras también, las.
de Valle-Inclán-, las acciones se ostentan en su motivación inmediata y en sus resultados, por sí mismas, en tanto la novela registra las
motivaciones sutiles y oscuras de la conciencia, las cuales no caben.
sino en el análisis del novelista, que no en la exposición desnuda de
las acciones. (Un ejemplo extremado del término lógico adonde
conduce el concepto moderno de la novela: Marcel Proust, cuyo antecedente ocasional es Henry James.) Valle-Inclán no ha querido hacer la novela moderna.
Diálógo.-La excelencia más evidente en la obra de Valle-Inclán
es, a mi juicio, el diálogo. Se habla del diálogo natural, del diálogo.
en la vida misma. Pero en la vida no existe el diálogo. (Agudeza del.
P. Malagrida: «La palabra se le otorgó al hombre a fin de ocultar lo
que piensa». Sentencia jesuítica. No. La palabra, al común de los.
hombres les sirve para rellenar el hueco de los pensamientos y de·
los sentimientos cuando no los hay. Se habla, generalmente, porque·
no se tiene nada que decir, por miedo al silencio. ¿Se ha de llevar·
esta manera de diálogo a la obra de arte?) No existe el diálogo natural, sino el artificial; como no existe el average man, el promedio de·
las estadísticas. (En una estadística norteamericana he leído que en
aquel país, cada matrimonio tiene 2 8/ 4 hijos.) Dos tipos de diálogo~
diálogo platónico, en que el locuente está creando expresiones inauditas, puesto que tiene que expresar ideas y sensaciones originales,el diálogo popular, en que la boca del individuo es como un tubo de:
órgano, qut: respira del mismo pulmón que a todos los demás tubos.

PLUMA

hace cantar y gemir, diálogo que traduce ideas, sentimientos y expresiones universales, acendradas y pulidas por los siglos, en el cual.
cada miembro o locución suena a proverbio, a letanía y a versículo ..
El héroe dramático debe acercarse a la elocuencia elevada de Platón; el coro, producirse en lenguaje de sabor milenario. Así en Sófocles. Pienso que esta intuición se trasluce en el diálogo de Va-lle-Inclán (como también en D'Annunzio), señaladamente en lo tocante al diálogo popular. (Influencia ruralista galáica y resonanciai..
de la Celestina en Valle-Inclán.)
RAMÓN PÉREZ DE AYALA.

i

�LA PLUMA

fl{ay un trágico viajero
que debe ver cosas raras,
y habla solo y, cuando mira,
nos bo"a con la mirada.
Yo veo campos de nieve,
y pinos de otras montañas.

IRIS DE LUNA
AL MAESTRO VALLE-INCLÁN.

fl{acia fM,adrid, una noche,
va el tren por el {}uadarrama,
bajo un arco-iris
de luna y agua.
¡{)h luna de abril serena
que empuja las nubes blancas/
.Ea madre lleva a su niño
dormido sobre la falda.
f/)uerme el niño y todavía
ve el campo verde que pasa,
y arbolillos soleados,
y mariposas doradas.
.Ea madre, ceño sombrío
entre un ayer y un mañana,
ve unas ascuas mortecinas
y una hornilla con arañas.

'Gú, señor :Dios, por quien todos
vemos y que ves las almas,
dinos si todos un día
hemos de verte la cara.
ANTONIO MACHADO-

�LA PLUMA

V ALLE-INCLÁN Y AMÉRICA

mil partes aparece América en la obra de Valle-Inclán:
a veces, de caso pensado; otras, en un vago fondo inconsciente-si es que puede hablarse de inconsciencia
l
para un escritor que pondera siempre las siete evocaciones armónicas de cada palabra.
En la Sonata de Estío, encontramos la pintura de la Niña Chole,
la mestiza dulce y cruel que el Marqués de Bradomín descubre entre
las ruinas de Tuxpan, envuelta en el rebocillo de seda y vestida con
el hipil de las antiguas sacerdotisas, sobre un paisaje de piedras labradas y arenales dorados, palmeras, indios y mulatos con machetes,
y cabalgaduras llenas de plata. Preciosa miniatura que apenas enturbia cierta frase de la Niña Chole sobre «el flete de Carón&gt;, que el negro de los tiburones va a pagar en el otro mundo.
Aquí inaugura el Maestro la interpretación artística, sutilizada, del
,ambiente mexicano, escogiendo las escenas, las palabras, los tipos
más cargados de color; solicitando levemente los datos de la realidad
1para que todos resulten exp1esivos; trasladándonos a un momento

[I

OR

-convencional del tiempo, donde puede juntar lo más mordiente y vivo
de los rasgos de algunas épocas. Así aplica a los asuntos americanos
,el procedimiento con 1que trataba los temas peninsulares; aprovecha
las sugestiones de los primitivos cronistas y soldados, que usaron de
·la pluma de las memorias cuando ya no podían más con la espada de
las hazañas; o tal cual fugitiva evocación de la América de Chateaubriand-este verdadero creador de la «selva virgen&gt;, donde los árboles gritan como en Dante; y procura siempnt aquella objetividad parnasiana del Flaubert de la Salaméó, sobre cuyo fondo estrellado co-rren poco a poco los velos de una melancolía católica y céltica, trémula de lágrimas y palpitante de insaciables anhelos-. «Es la noche
americana de los poetas»-suspira el Marqués, doblado en la borda
-de la «Dalila&gt;-, y sentimos que en sus palabras tiembla el llanto.
Por las páginas de La Lá1npara Maravillosa se percibe también
la obsesión de los recuerdos americanos: «En la llanura sólo florecen
los ·cardos del quietismo. El criollo de las pampás debe a la vastedad
de la llanura_su alma embalsamada de silencio, y si alguna emoción
despiertan en ella los ritmos piiganos, es por la mirra que quema en
-el sol latino la lengua de España.&gt; Y aquella adivinación: «Todo el
conocimiento délfico de los ojos es allí convertido en ciencia de los
oídos, y en sutil ap1ender de topos. Se siente el paso de las sombras
clásicas, pero ninguno puede verlas llegar. Los pueblos de la pampa,
cuando hayan levantado sus pirámides y sepultado en ellas sus tesoros, habrán de hacerse místicos. Sus almas, cerradas a la cultura-helénica, oirán entonces la voz profunda de la India Sagrada.&gt; Esta idea
.-se afirmará más tarde, con el segundo viaje a México.
En La Pipa de Kif, La Tienda del He, bolario es una aromática bodega de olores americanos, con especial predilección por el rasgo
-exótico y-si es posible-grotesco, con-espondiendo a la estética del
poema. El poder sintético es desconcertante, y esa Jalapa, ese Cam31

30

�LA PLUMA
LA PLUMA
peche, esa Tlaxcala entrevistos a través del humo de la marihuana,.
como lindos monstruos de alucinación y recuerdo, no se olvidan más.
Decididamente, Valle-Inclán prefiere la América mexicana: la más.
misteriosa y la más honda.
Y finalmente, en los Esperpentos y creaciones últimas, hay un recuerdo, que va y viene, de las palabras mexicanas, de los giros y los.
equívocos mexicanos. Es un murmullo que anda por la parte liminar·
de su alma, pero el escritor lo deja sentir con plena conciencia de lo.
que hace. Los que estamos en el secreto, saboreamos y sonreímos.
Y agradecemos esta dignificación artística que don Ramón concede a
tal o cual disparate humilde de nuestro pueblo, a tal o cual injuria.
recogida en labios de un jarocho de la costa o de un charro del
bajío.
Pero, sobre todo, América ha sido para Valle-lnclán algo como
un empuje oportuno de la vida, un deslumbramiento eficaz, que leabrió los ojos al arte. «Y decidí irme a México, porque México se escribe con X.&gt; De aquí, de este primer viaje, procede el milagro de
Valle-lnclán. El hombre que México Je devolvió a España, contenía
ya todos los gérmenes del poeta.
En plena época colonial, Baltasar Dorantes de Carranza hablaba
de las Indias con abominación y a la vez-con mal encubierto rencor
de amor-. «¡Fisga de imaginacionesl-decía-. ¡Anzuelo de voluntades!&gt; La imaginación y la voluntad de los españoles peninsulares
volaban hacia América, que ejercía en la vida de la raza una función
tónica , de ideal , de golpe de viento purificante. Igual función sigue.
desempeñando América para los españoles más altos, durante el siglo de Independencia: Castelar vuelve a ella los ojos con esperanza
y con aliYio; se cura de sus tormentas políticas, enviando sus confidencias y desahogos a los lectores de América. Unamuno-cuyo padre vivió en Tepic, y que aprendió a leer hojeando libros mexica-

nos-, declara un día, entre melancólico y soberbio: «Si yo fuerajoven, emigraría a América.&gt; Ortega y Gasset trae de América un secreto de fantasía renovada semejante al de Fausto. Y a Enrique DiezCanedo le es tan familiar la literatura americana, que, acaso por primera vez, se vuelve, bajo su pluma, un capítulo de la literatura
española.
Valle-lnclán escribe, y sueña con México. De su segundo viaje
trae dos experiencias profundas: primera, persiste la lucha entre el
indio y el encomendero (encomendero que no es necesariamente español, como él parece suponerlo); la pugna entre el individualismo
europeo, yuxtapuesto artificialmente sobre los hábitos de la raza vencida, y el gran comunismo autóctono que encontró Cortés, que la
Iglesia amparó en cierto modo, como único medio de salvar a las poblaciones indígenas, y que las Leyes de Indias respetaron teóricamente, hasta donde era compatible con la necesidad de repartir premios y riquezas a los conquistadores; segunda, México es un país
vuelto hacia el Pacífico, que huye del Atlántico y se hincha de magnetismos asiáticos. Conserva el rastro espiritual de los juguetes sagrados que la Nao de China traía desde el Parián de Manila al Puerto de Acapulco, de donde pasaban a México, camino de Veracruz,
rumbo a Sevilla. Esta gran circulación oceánica explica sus inadaptaciones y sus extrañas reservas de fuerza y de esperanza. Tal idea
-que pudo parecer paradójica a nuestros amigos madrileños-es la
clave del enigma mexicano: la X de México. Se ha dicho de la bíblica Ester: «Dos naciones hay en tu seno.&gt; Pero hay que interpretar el
texto: «Y realizarás tu destino cuando juntes las dos sangres en una.&gt;
Ciertamente, de los nuevos directores espirituales del indio americano puede asegurarse-como Valle-lnclán Jo presentía pocos años antes-que tienen el oído atento a las enseñanzas de la India, esta gran
mestiza de arios blancos y dravidios oscuros.
III
33

�LA PLUMA
Hay muchos que aman a América en su bienestB:r y e~ su so~-

·sa Valle-lnclán resiste la prueba de la verdadera s1mpaba am~n-

:0~; a él lo que de América le enamora es aq~ella vitalidad p~tética,
aquella cólera, aquella combatividad, aquella inmensa afirmación de
dolor, aquel hombrearse con la muerte.
ALFONSO REYES.

V ALLE-INCLÁN y

II

GALICIA

la edad del arte románico, cuando la apartada y rtebulosa
Galicia, a orillas del mar grande, era místico faro que atraía
a sí las gentes de los más remotos confines europeos, la lírica gallega reinaba sin rival en la Península, y para expresar
sus tiernos anhelos, iban a pedirle rimas y palabras los corazones sensibles de toda la España cristiana. Pero después, coincidiendo innegablemente con movimientos políticos y económicos, Galicia llegó a ser tenida por el resto de las tierras españolas como algo grotesco y rid(culo;
fueron objeto de befa su lengua y sus costumbres (la España africana se
burló de la España europea, diría un fanático de nuestro pequeño nacionalismo), y el gallego, tan inteligente, reflexivo, trabajador y sufrido,
fué en general considerado como paria nacional, para quien se reservaban viles labores y mofas sangrientas. Tirso de Molina, por ejemplo, lejos ya de aquella universalidad de comprensión para las cosas españolas
de Lope de Vega, en una comedia gallega, convierte en personaje cómico hasta a la misma protagonista. Este movimiento escarnecedor, que
pervive todavía en ciertas bajas esferas sociales, a pesar de nuestra gran
aportación a la obra cultural del siglo xvm dura hasta bien entrado el xix,
cuando, en vez de aguadores, comenzamos a exportar a Madrid políticos y literatos.
La Condesa de Pardo Bazán, en la escuela naturalista del último
N

35

�LA PLUMA
LA PLUMA
cuarto del siglo pasado, elevó al pueblo de Galicia a la categoría de tema
literario· con ella entraron en el ámbito de fa novela española nuestras.
gentes ; costumbres, nuestra manera de hablar, nuestra psicología,
nuestros paisajes: Los Pazos de U/loa marcan una fecha memorable e~.
la historia literaria gallega. Pero su autora, a pesar de las dotes y aptitudes casi universales que albergaba en su privilegiado espíritu, o acaso.
por ellas, no poseía el tono de sensibilida_d necesario p~ra dar, en toda
su plenitud, artística vida al alma de su tierra. No es, m mucho menos,
que sus obras, tan valiosas en todos sentidos, co~ie~ con ine~actitud la.
vida de sus paisanos; hay en todas ellas un conocimiento preciso y amo-roso del verdadero ser de aquella comarca, como no podía menos de esperarse de quien atesoraba en sí aquel maravilloso afán de conocer. Mas,
si podemos expresarnos así, la ilustre artista suele mantenerse fuera ypor encima de los acaecimientos que tan sabiamente refiere; observa a.
sus personajes como un entomólogo a una colo~ia de insecto~; no ent.r a
con su alma entera en medio de ellos para sentir en su prop10 corazon
sus alegrías y sus duelos. No olvidemos, si queremos ser justos, aparte.
de que en aquella gran escritora dominaran las notas intelectuale~ sob~e:
las sentimentales, que la impasibilidad fué norma de la escuela hterana.
a que, en su fase de novelista de costum?r~s, perteneció la Co~_desa.
A Valle-lnclán estábale reservada la 10tima y plena comumon con el
alma de su raza, y en su obra tenemos que saludar los gallegos el monumento artístico en que alcanzó más alta encarnación el verdadero ser·
de nuestro pueblo. Galicia: antiquísima tierra, resto quizás del mítico
continente, sumido bajo el mar a que da nombre, cuyas indomables
aguas aún hoy van poco a poco, milenio tras milenio, destruyéndola con
su infatigable trabajo, al morder las rocas de las costas y entrarse porlos cauces fluviales, convirtiendo en ría lo que fué valle antaño; raza
prócer, de tan rancia y profunda cultura que se ha trocado ya e~ naturaleza; anciana estirpe, que desde hace muchos centenares de anos sabe
la íntima vanidad de todas las cosas y vive desengañada, en un estado.
de fatiga y apagamiento, cortado por dionisiacas embriagueces de sensualidad y alegría o de odio y sanguinaria violencia; místico pueblo,

-cuya civilización de los mil años últimos se ha fraguado y desenvuelto

-en torno a un misterioso sepulcro del aluvión dejado a su paso por la
-santa corriente de los peregrinos; tierra de ocaso, última de Europa que
ve ponerse el sol, y cuyo ser entero, por la gente y el paisaje, la humanidad y el ambiente, es un atardecer perenne: suavidad, ternura, nostalgia, lirismo que llena de inacabables canciones la melancólica soledad
de los campos, sentimentalidad, erotismo que convierte en l' ltnlre du
./Jerger cada una de las nuestras, y en la vetustez de nuestra cultura y la
crep~~cular inde~nición c~n que se nos aparecen las cosas, a pesar del
sem1t1co monote1smo plunsecularmente vencedor, todavía son divinas
-entre nosotros las incomprendidas fuerzas naturales, aún habitan clan-destinas divinidades en los árboles, las peñas y las aguas, aún hay tronantes en las nubes, hadas en las fuentes, encantos en las cavernas, la
hueste de difuntos recorre siniestra por las noches los caminos aldeanos
&lt;:on espanto de los vivientes. Todo esto encuentra, en lengua castellana,
en la obra de Valle-Inclán, una expresión no menos fiel e intensa que
la que alcanzó en gallego en los inmortales versos de Rosalía.
Es ello (¿cómo dudarlo?), porque los más puros y característicos
-elementos del espíritu gallego encarnaron dichosamente en la psique
del creador del Marqués de Bradomín. Valle-Inclán es un excelso espír~t~ represe~tativo de nuestra tierra. Posee, ante todo, un alto sentido
lmc~ Y musical, como es pr?p~o de un pueblo mejor dotado para la
-canción q~e para las artes plas~1cas. Esta musicalidad, este lirismo, junto con su mterna fuerza expresiva y la abundancia de términos y giros
gallegos, presta~ a la prosa_ de Valle-Inclán la inconfundible personalidad con qu_e brilla en medio de la de nuestros más excelentes escritores
&lt;:ontemporaneos. Después, en el espíritu que sus obras revelan, encontramos un nebuloso fondo de melancolía, sensualidad, misticismo, so~re el cual se alza, ro~usta y fuerte, la perenne obsesión a~atoria, sentime_ntal Y_ carnal, varia en sus manifestaciones, pero siempre igual en
su v10lencia. Unida a ella, una gran fuerza viril, valor personal coraje
bravura, la acometividad que llenó de esforzadas acciones los f~lios
nuestras crónicas y que aun en la decadencia actual se revela en las

d;

36
37

�LA PLUMA
sangrientas refriegas que suelen armar los mozos al final de las romerías aldeanas; el espíritu aventurero que lleva a América en repetidos
viajes a la mayor parte de nuestros paisanos y establece un vivo lazo
permanente entre las tierras de aquende y allende el Atlántico: impulso
de raza bien profundo es el que arrastra a Méjico al Marqués de Bradomín. Por último, Valle, como buen hijo de celtas, ha topado al pie de
las tapias del camposanto con el cortejo de los muertos y cobraron para.
él escalofriante significación los lúgubres misterios de la trasvida. Como
en el rostro del Dante los espantos infernales, quedaron inextinguiblemente pintadas en los ojos de este gran artista las tremendas luces fosfóricas de la Santa Compaña.
Dos grandes épocas han brillado en la Galicia cristiana, según nos
revelan sus monumentos religiosos, ya que en toda su historia Galicia
está íntimamente ligada con la Iglesia: la época romániéa, entre los siglos xu y xm, cuando Compostela fué una de las grandes ciudades del
orbe cristiano, y la barroca, entre los siglos xvu y xvm, cuando, a pesarde la miseria de los pueblos, uná bella civilización floreció en las cimas
sociales, en pazos y conventos. Una y otra, encuentran su expresión en
la obra de Valle-Inclán. De la Galicia medieval procede don Juan Manuel y su progenie de lobos, la dulce Adega, los peregrinos, los mendigos, los leprosos, los ciegos que van diciendo malicias de feria en feria
por los largos caminos, todo aquel pueblo de siervos, callado y resignado bajo el feudal azote de sus amos. La Galicia galante del xvm nos da
al casanovista marqués de Bradomín, a la pobre Concha y a sus otras
enamoradas, a las damas y caballeros, de tan auténtica nobleza, a los
que vemos hacer frívolas cortesías entre los damascos y cornucopias de
los salones de los pazos.
Toda Galicia, con su ambiente, sus paisajes, sus tipos, sus decires,
surge ante nosotros de las páginas de estos libros. La gran tristeza de los
viejos jardines señoriales abandonados; el encanto de las románticas
iglesuelas de aldea (con esos prodigiosos nombres de santos gallegos que
don Ramón sabe encontrar: San Cidrán, San Gundián, San Electus,
Santa Minia, Santa Baya de Brandeso, San Berísimo de Céltigos) en me38

LA PLUMA
dio de sus risueñas quintanas, bajo cuyo menudo césped duermen el
sueño sin término los feligreses muertos; los hoscos caminos montañeses, barridos por el viento, que atraviesan yermas soledades, sólo vestidas de brezos, en cuyos siniestros mesones alguna vez ha entrado para
no volver a salir jamás algún desdichado viajero; las hondas corredoiras, húmedas y sombrías, aromadas de madreselva bajo la verde fronda
de lo~ casta~os; las ~obilísimas plazas y ruas de la sagrada Compostela,
dormida ba10 la lluvia como por un hechizo que alejara de su místico
recinto el curso destructor del tiempo; y allá en la lejanía, poder maléfico que amenaza destruir tanta dulzura y belleza, en un salobre ambiente de violencia que contrasta con la suavidad de lo restante, el perenne fragor de las gigantes Qlas atlánticas que rompen frenéticas contra
los enhiestos roquedos de la costa en su contienda eterna. Toda Galicia,
hay que repetirlo, vive con altísima vida de arte en Ja obra de ValleIn~lá_n, y con su insigne autor tenemos una inmensa deNda, impagada
e impagable (porque ¿cómo encontrar homenaje que iguale con tan
grandes merecimientos?) todos los gallegos y los que, sin serlo, aman
como suyas aquellas dulces tierras.
RAMÓN MARÍA T&amp;NREIRO.

�SONETO ESTRAMBÓTICO

DÍAS DE BOHEMIA

A DON RAMÓN, EN CONSONANCIA CON

SUS ÚLTIMAS PRÉDICAi DE CAFi.

.Ca siri~ga de !Pan, dios pie-de-cabra,
no a los ;Númenes pido ni la lira
poética g retórica, que el lauro
académico ciñan a tu obra.
:Dentro del pecho el corazón celebra
saltando, fiesta que no ondea al aire;
g si moneda vil parece el oro
con que te pago la amistad, encubre
la expresión torpe un sentimiento puro.
fNo de la sombra de {}recia famosa,
para cantarte, conviene el amparo.
!Preste a mi acento su gracia tu musa.
cSuene la gaita gallega. Y espere,
andando mucho aún, el 'Giempo, tu miserere.

c. RIVAS CHERIF

11

nombre del gran escritor evoca en mi memoria todo un pasado de juventud. Cuando yo vine de Bilbao, en 1897, la
personalidad de Ramón Valle-Inclán había alcanzado ya el
homenaje de los literatos de su tiempo. Se Je temía y se Je
admiraba. Su verbo crítico era de una acritud y de una gracia insuperables. Una frase suya demolía una reputación. Otro, en su lugar,
habría saltado sobre el trampolín del ingenio a un. alto puesto en la
Prensa, que de momento le hubiera permitido hacer frente a las estrecheces de la vida; pero Valle ha sido siempre de una independencia de
carácter y de una austeridad de costumbres, que le han preservado de
toda claudicación. Atraído, como otros muchos, por su ingenio, que él
.acuñaba en frases inolvidables, yo iba a visitar a menudo al gran escritor, empresa que exigía una cierta dosis de buena voluntad, porque la
&lt;:alle de Calvo Asensio, abierta entonces sobre un extenso descampado,
y sin comunicaciones fáciles con el centro de la ciudad, era intransita~le de día, y peligrosa de noche por la oscuridad. La puerta de la vivienda de Valle estaba siempre franca. No he conocido hombre más
libre de prevención medrosa, ni más hospitalario en su casa. A cualquier hora del día o de la noche se podía entrar en su cuarto, porque,
no solamente no se encerraba por dentro, sino que dejaba la llave por
L

41

�LA PLUMA
fuera. Yo solía reconvenirle: «Pero, hombre, está usted expuesto a que
le roben ... »
•
-¿A que me roben?-preguntaba con extrañeza el futuro autor de.
Las sonatas...

En la habitación no había más que los muebles indispensables: una
cama y una mesa de noche, y dos sillas de madera clara, y en una salita
contigua, una mesa, un aparador pequeño, sin el menor aire de familia,
con la mesa y cuatro sillas. Me parece recordar que todo el decorado de
las paredes se reducía a una panoplia con dos floretes enmohecidos y
una careta de esgrima.
A Valle se le encontraba, indefectiblemente, en la cama. Sin ser insociable el gran escritor, ha sido siempre un retraído, vagamente tocad&lt;&gt;
de melancolía. Yo me sentaba en una silla, al pie de la cama, y nos poníamos a charlar No he conocido espíritu más curioso que el suyo. Se
informaba de todo, lo menudo y lo grande, con igual interés. Yo solía
llevarle noticias de nuestra tertulia del Café Inglés, a la que asistian, casi
a diario, Benavente, que aún no había estrenado más que dos comedias:
El nzao ajeno y Gente conocida; el «Abate Pirracas», revistero de teatros
de La Cornspondenáa de España; Antonio Palomero, Emilio Fernández.
Baamonde y un escritor muy inteligente, de vocación muy castiza, ~El
bachiller Estepa•, que se eclipsó pronto, socialmente, en uná crisis de
misticismo. De tarde en tarde, caía Joaquín Dicenta en nuestra tertulia,
y claro está, que monopolizaba la conversación. ¿Cómo olvidar la palá- ·
bra apasionada y el desenfado, un poco plebeyo, del ilustre autor de.
:Juan :fosé? Los diálogos entre él y Valle eran impagables. Eran dos estéticas frente a frente. Dicenta tenía un talento natural que todos reconocían, y Valle, sobre ser muy inteligente, decoraba sus ideas con una
riqueza cultural exenta de pedantería, que deslumbraba. Pocos literatos
han conocido tan a fondo como el autor de Las sonatas su arte, el arte
de escribir, de reproducir lo real y de evocar lo misterioso que hay en
la vida. En eso procedía de los artistas del Renacimiento, que subordinaban el instinto genial a la disciplina técnica. Cuando Valle exponía
sus teorías estéticas, Dicenta, impotente para contrádecirle en el terreno
42

LA PLUMA
crítico, salía brillantemente del compromiso espetándonos media docena de dogmas literarios que Zola había puesto en circulación. ¡Qué-.
charlas aquellas! De ordinario, terminaban con un donaire gracioso dePalomero, que nos hacía reír a todos, o con una frase de Benavente,,
oportuna y cáustica De tiempo en tiempo, y obedeciendo a la inflexib!e ley del cansancio, aquella tertulia se dispersaba, y poco después vol-v1amos a encontrarnos en Fornos, en el Café de Levante de la calle" del
Arenal, que ya no existe, o en el «Gato Negro».
Valle no venía con asiduidad a aquellas reuniones, sino de un modo
intermitente. Lo más del tiempo se le iba acostado y meditando. Las.
grandes líneas de su obra futura se dibujaban ya en el horizonte de su
pensamiento. Yo solía quedarme a comer a menudo con él, y entonces.
el gran escritor me exponía sus proyectos literarios y el método de tra-bajo a que debían ajustarse. ¿Cómo negar que he aprendido mucho de.
aquellas confidencias? Sin presumir de erudito, Valle no ignora ninguno de los secretos de su arte. Conoce a fondo el castellano que ha renovado sin caer en el culteranismo, más que con la aportación de voces,
sacando de sus entrañas giros inéditos y estableciendo alianzas nuevas.
entre las palabras. Por eso, la obra de Valle señala un momento, una.
edad del idioma. ¿A qué más puede aspirar un literato? Allá por aquellas fechas a que me he remontado al principio, casi todos los escritores..
de la generación del 98 malvivían en la incertidumbre del mañana. Yoescribía crónicas en l:!.7. Globo, de las que reportaba doce duros mensuales. Todos mis demás ingresos eran tan eventuales que parecían un donativo providencial. Antonio Palomero y Ricardo Fuente trabajaban en
la redacción de El Pais, diario más rico de ideales que de dinero, en el,
que un duro, por lo raro de su aparición, tenía algo de un meteoro. El
«Abate Pirracas» vivía con decencia, de su paga de teniente coronel, ye~ poeta Baamonde se daba buen trato, merced a una rentita que admimstrab_a con cau~ela de gallego. Solamente Jacinto Benavente respiraba.
la plenitud del bienestar económico. Hijo de familia bien acomodada
el agobio material le era desconocido. ¿Habré de añadir que el autor d;
Gente conoá da no tenía nada de rumboso? Eso lo sabemos todos de muy,·
43

�LA PLUMA
.atrás. Yo recuerdo de un día, en que por no haber comido el anterior,
.acudí a él, cuyo trato frecuentaba con asiduidad, y medió cuatro •P:se""tas. Valle, en cambio, a pesar de ser gallego, no tiene nada de tacano.
iCuántas veces ha compartido conmigo los _modestos co_ndumios que le
.aderezaba su portera? Innumerables. Ademas, he conocido pocos hom.1lres que soporten con más entereza que el autor de Las s~nalas la ad·versidad. Su estoicismo varonil recuerda el de don Francisco de Quevedo. Indiferente a la estrechez, Valle-lnclán no tenía entonces más que
'Una preocupación: su obra futura. «¿Por qué no colabora usted en los
periódicos?»-solíamos preguntarle-. «La prensa-contesta~a~avillana el estilo y empequeñece todo ideal estético». «Pero, el per1ód1co-le
Teplicábamos-puede extender más rápidamente su reputación». «Eso es
'Un error. Las reputaciones que crea la prensa son deleznables. ~ay q~e
"ltrabajar en el aislamiento, sin enajenar nada de la independencia esp1-ritual.»
Esa era su respuesta.
·
Allá por el año de 1904 ya gozaba el gran escritor de una autori~~d
•en el mundo intelectual, que debía ir en aumento hasta su consagrac1on
definitiva entre los arquitectos del idioma. Un día me propuso que refundiéramos una obra de Lope de Vega, Fumlt Ove.funa, y con ese mo•tivo nos dimos a frecuentar el Saloncillo del Teatro Español. En torno
-de María y Fernando se agrupaban en aquella casa todas las noches don
José Echegaray, gran espíritu, con quien los escritores de aquella generación hemos sido injustos; Eusebio Blasco, tan ingenioso y tan llano
-siempre; Sellés, que a pesar de su talento no ha sido comunicativo nun-ea; don Ricardo de la Vega, que parecía soñoliento a toda hora; Pepe
Laserna, constante, como buen castellano, en sus amistades; Ricardo
Catarineu, cuya prematura muerte ha sido cuna de las grandes penas
de mi vida, y el duque de Tamames, el último gran señor que yo he conocido. En aquellas reuniones, la palabra elegante y subversiva de Vallelnclán desconcertaba a todos los que le tomaban por lo serio. El duque,
.sobre todo, le ofa con asombro. ¿Qué decía el gran escritor? Cualquier
,cosa. El tema de la conversación lo traía el azar. Lo demás lo ponía Valle
44

LA P L U ,\1 A

con su originalidad de pensamiento, su facundia de paradoja y su verbo
pintoresco y osado. La descripción de sus aventuras en América, por
ejemplo, proporcionaba a Valle grandes éxitos.
Todos Je olamos risueños, descontando mentalmente lo que ponía la .
fantasía del gran escritor en aquellos relatos; pero el duque, hombre de
poca malicia, no sabia a qué atenerse. Las enormidades bélicas que contaba el eminente escritor lo tenían desconcertado. No conociendo el espíritu humorista de Valle, su afición a lo épico y a lo truculento, atri-buía aquellas hiperbólicas aventuras a un desvarío mental. Su mirada
formulaba esta pregunta: «¿Se nos habrá vuelto loco Valle-Inclán?» Al
final tenía que venir María Guerrero a tranquilizar al duque: «No le haga
usted caso, padrino. Todo lo que ha dicho Valle es una serie de bolas
para hacernos pasar el rato ... »
De allí a poco el gran escritor, temperamento inquieto y andariego,
se nos hizo actor-para enseñarle a Thuillier el arte de la interpretación.decía él-. Y, por último, se nos fué a América, donde tiene muchos yfervorosos admiradores. Se había casado ya y era feliz en su hogar. A
partir de entonces, su obra ha ido en aumento. El teatro y la novela le
han hecho conocer la plenitud del éxito y pisar el umbral de la gloria.
Hoy que, más afortunado que nosotros, es totalmente feliz, ¿se acordará
Valle de aquellos días de incertidumbre y de estrechez, ya lejanos? Como
es hombre en quien el corazón está, por lo menos, a la altura del ánimo,
es probable que no olvide aquel pasado de sueños y de entusiasmos que
ha sido el pedestal de su personalidad actual. Ahora vemos de tarde en
tarde al gran escritor, que vive retraído lo más del año en una finca
suya, a orillas del mar que baña su tierra natal ... Y al abrazarle con fraternal efusión, entra en nuestro espíritu una ráfaga de juventud.
Él está ya donde debe estar, asistido de todas las hadas que labran la
ventura de los hombres, mientras nosotros, menos afortunados, segui- •
mos nuestro camino en pos del éxito que no llega y de la paz interior
que no presentimos siquiera.
M.umu BUENO •
45

�LA PLUMA
se publican en los periódicos, recordando cosas que ya no interesan más
que a los viejos.

• • •

·vALLE-INCLÁN,

EN EL CAFÉ

he comprometido con los editores de LA PLUMA a escribir un
artículo relatando episodi~s de la vida de mi antiguo amigo
don Ramón del Valle-lncla_n.
Mi situación ante la balumba de mis recuerdos, es semejante a la del niño del cuento, al que un hada lleva a una mesa surtida
de tantas golosinas que el niño no sabe por dónde empezar a ~omerlas.
Durante muchos años, creo que se van acercando a los treinta, puede decirse que he vivido con Valle, he sido testigo presencial de he_chos
de los que fué protagonista, y tuve el placer de conocer la mayona de
..sus obras literarias antes de que las diera al teatro o a la prensa.
Sé que, a los jóvenes, les desagrada un poco el que se recuerde tiempos y personas que ellos no conocieron. Yo torcía el gesto cuando me
hablaban de las gracias de Castro y Serranó, de las espirituales conferencias de don José Echegaray en la Cacharrería del Ateneo o del estreno Y
éxito enorme de la Pa.1io11ana.
Ocurre que los jóvenes no pueden comprender lo que interesaba a
.sus padres, los acontecimientos pasados perdieron el destello que les
prestaba la vida y las anécdotas sin actualidad resultan muertas.
:remo que lo contado por mí tenga para los jóvenes de hoy el gusto
rancio que yo mismo encuentro en los artículos que de vez en cuando
E

Una noche, hace ya muchos años, entré por casualidad en el Café
de Madrid, que estaba donde hoy está el Crédito Lyonés, en la calle de
Alcalá.
En una mesa cercana a la mía, vi un joven, barbudo, melenudo,
moreno, flaco hasta la momificación. Vestía de negro y se cubría con
chambergo de felpa gris de alta copa cónica y grandes alas. Las puntas
salientes del planchado cuello de la camisa, avanzaban amenazadoras,
flanqueando la negrísima barba cortada a la moda ninivita del siglo XIX
antes de Cristo, y bajo la barba, se adivinaba la flotante y romántica
chalina de seda negra, tan cara a los espíritus poéticos.
El extraño personaje respondía a las curiosas miradas de los concurrentes con desfachatez insultante y dirigía el destello de los quev~dos
que cabalgaban sobre su larga nariz, sobre aquel que le contemplaba con
insistencia.
Pregunté al mozo del café quién era aquel parroquiano, y el mozo
satisfizo a medias mi curiosidad, diciéndome:
-Creo que es poeta, como los que se juntan con él, y creo que viene de Méjico.
Fueron llegando amigos del poeta, y sentándose junto a él, se entabló entre ellos una acalorada discusión acerca de un desafío.
La voz altisonante del poeta melenudo se destacaba sobre todas. Explicaba una estocada, sin duda alguna, porque para dar mayor comprensión a sus palabras cogió una cucharilla y señaló tres o cuatro golpes sobre el chaleco del que tenía enfrente.
Entre las prácticas demostraciones intercalaba denuestos contra aquel
galopín de doa Francisco de Quevedo y Villegas, ignorante patizambo,
que se había permitido burlarse de los Grados del Perfil del gran tratadista y maestro de armas Pacheco de Narváez.
Pero las explicaciones no debieron convencer a los contertulios, por47

�LA PLUMA
LA PLUMA
bue el de la barba asiria y melena merovingia se levantó del asiento, requirió un bastón, a guisa de tizona, y saliendo al pasillo que formaban
las mesas del café, se puso en guardia como un San Jorge, y dando
desaforados gritos, se tiró a fondo. Todo ello sin importarle un pito la
sorpresa de los parroquianos, el apuro de los camareros y el pánico del
encargado, que desde el lejano mostrador miraba las fintas y estocadas
de aquel maestro de esgrima.
-No hay más que batir el hierro del contrario y tirarse a fondo.
Todo lo demás es ganas de perder el tiempo-dijo el poeta, y se sentó
satisfecho, atusándose las barbas.
Entre los amigos del espadachín había tipos curiosos, por su aspecto
y por su indumentaria.
Uno de ellos, cetrino, de facciones abultadas, de corva nariz y enorme bigote negrísimo a la borgoñona, cejas como cepillos que rascaba
constantemente con la uña del dedo corazón de la mano izquierda. Llevaba sombrero hongo de copa plana, gabán de color café con leche herméticamente abotonado, con botones diferentes, por debajo del cual asomaban los pantalones escoceses a rayas pardas. Hablaba con acento gallego, y era, según supe después, Camilo Bargiela.
A su lado, un joven de barba castaña, cortada a lo Alfredo de Muset, alzaba su ensimismado rostro y raras veces pronunciaba alguna frase lánguida. Era Godoy.
Un muchacho bajito, rubio desteñido, con aspecto de golfo callejero, gracioso y ocurrente, hacía el bajo a la voz atenorada del poeta espadachín con el piporro bronco de su garganta. Era Antonio Palomero.
Importante personaje en aquel conciliábulo, era un caballero pequeño de estatura, de perilla y bigotes mefistofélicos, calva incipiente, muy
refitolero en el decir y en sus ademanes. Mordisqueaba constantemente.
un puro. Era don Jacinto Benavente.
Otro de tez aceitunada, expresión de esclavo irredento o de Buda en
el Nirvana, ojos pequeños bajo los párpados carnosos, apenas abría los
gruesos labios mas que para exclamar: ~¡Admirable! ¡Admirable!» Era
el magnífico poeta Rubén Darío.
48

Allí estaban Martffiez Sierra, Luis Bello Sánchez el
.
.
Alonso y Orcra, González Blanco, Leal da Cá:nara Lozano:ncatun:,
cardo Marín, Gómez Carrillo y Ors y Ramos.
'
poeta, Con ellos, se dedicaban a una orgía de café con J h
. .
snobs, dibujantes y poetas inéditos.
ce e, penod1stas,
Eran los modernistas, los modernistas odiados a
démicos y por los consagrados y el poeta es adach. muerte por los acatos, su definidor, el debelador de famas m~ ad ~ -:e lo~grandes geslos viejos penachos literarios, el sarcástico rebus~~m das, . . que segaba
Ramón del Valle-Inclán.
or e np1os, era don
_Si_ se me permite una comparación microbia
. .
.
art1st1co-literario del Café de Madrid fué ara _na, d1re que el_ nucleo
rodea a una pobre célula aband
p. m1 como un amiba que
Así ingresé en aquel cenáculo. onada y Jo mcorpora a su protoplasma.
. Noté que en aquella reunión el tema favorito de la dº
'6
.
siempre un motivo literario, alguna vez se habló d p· 1Scus1 n era cast
tura, jamás ~: Música ni de nada científico.
e mtura y de EsculMe extrano también que muchos de J
.
.
incapaces de hacer la multiplicación d os ap~end1ces de hter:3to eran
otro de otras dos, que no conocieran : ~n numero _d e dos cifras por
que su cultura literaria empezaba con las s'. l;ada d~ hteratu~a clásica y
Eran _enciclopédicamente ignorantes. u imas o ras del siglo XIL
Esta ignorancia de los literato
trañeza he dºd
s, que entonces me produjo tanta ex'
po i o comprobarla después en
h
.
res, y, en escala mayor si es . ºbl
mue os pmtores, escultoArte.
pos1 e, en los músicos y críticos de
Con semejante auditorio era ma nífi
.
var por la fantasía más delirante g co_o1r a d~n Ramón dejarse llearremetiendo contra los figurones' pero mas admirable todavía cuando
.
consagrados de la época
mo vio1ento y sin misericordia esco ía J
.
' con sarcaspeores de dramas poesías novelasg d _os trozos mas selectos entre los
grito por la rotonda del café.
y iscursos y los largaba a voz en
Casi toda la literatura española contempo ,
.
ranea ca1a hecha añicos a
IV
49

�LA PLUMA

LA PLUMA
su acerba crítica y únicamente se salvaban de ser arrojadas al Spoliarium Campoamor, Zorrilla, Galdós, Valera y Menéndez P~layo.
En el Café de Madrid se iban señalando dos tendencias, y, por lo
tanto dos grupos que tendían a separarse.
U~o capitaneado por Benavente, que llevaba tras de sí a los que_ le
admiraban por sus escritos escénicos; otro grupo, a cuyo frente iba
Vall~lnclán, revolucionario, indisciplinado y revoltoso.
El núcleo benaventino fué a sentar sus reales a la cervecería Inglesa
de la Carrera de San Jerónimo, y el valle-inclanesco dió en ir a la Hor- ,
chatería de Candela de la calle de Alcalá.
En el grupo de Benavente todos literateaban más ~ men?s, en el ~e
Valle-lnclán, más abigarrado, figurábamos literatos, cancatunstas, cómicos, pintores y algún estudiante.
.
.
.
Nos reuníamos en la horchatería a las diez de la noche, y s1 las discusiones terminaban temprano, el grupo se echaba a la calle y pasea~a
hasta el agotamiento de fuerzas desde la calle del Caballero de Gracia
hasta la plaza de Isabel ll, pasando por la Puerta del Sol.
.
Alguna vez se alargaba el paseo a la plaza de Oriente o a la Cibeles;
pero esto era rarísimo, porque el grupo sentía verdadera/~bia _por todos
los países que se extienden más allá del Teatro Real o la 1gles1a de San
José.
En aquella época, Valle-lnclán pensaba dedicarse al teatr~, y cuando el grupo, haciendo un esfuerzo, llegaba a la plaza de One?te o por
Recoletos , alcanzaba las soledades de la Castellana, Valle-lnclan
quería
.,
, .
demostrarnos sus poderosas facultades para la declamac1on trag1ca.
Generalmente el trozo escogido era la imprecación de Los Aman/es
tÚ Tenul.
Valle-lnclán se arrimaba a un árbol, ponía sus brazos a la espalda, Y
lanzando el furioso destello de sus gafas al cielo, prorrumpía en extent6reos rugidos:
¡Infames bandolerooos ... l
¡Que me habéis a traición acometido!
¡~eoid ... l ¡Ensangrentad vuestros aceros!
1La muerte ya ... por compasión os pido ... !
50

Las parejas amorosas refugiadas en los bancos más metidos en sombra, abandonando su idílico refugio, se levantaban y corrían dcspavori~as. Acudían los serenos y los guardias de orden público y se armaba el
Jaleo.
. Unas veces ~odo terminaba bien; otras, conduciendo a] gran trágico y a s~s admiradores a la Prevención, llamada hoy Comisaría.
EJ pohdaco empleado que tomaba la filiación a los detenidos se veía
en un brete cuando llegaba el turno a don Ramón.
-¿Cómo se llama usted?
-Don Ramón María del ValJe-Inclán y Montenegro-contestaba
Valle desplegando sus nombres y apellidos en columna de honor.
-¿Profesión?
-Coronel-general de los ejércitos de Tierra Caliente.
-No existe ese grado en la milicia.
-¿Cómo que no?
I
-No, señor.
-¿Va usted a negarme mi grado?
-El grado mayor es el de capitán general.
-Pues yo soy coronel-general y no consiento que se me degrade en
un documento público.
-Ponga usted militar retirado-decía alguno de los polizontes para
terminar el conflicto.
~nton~es, d~~ Ramón protestaba airado y amenazaba con una reclamac1ó? d1plom~t1ca que el señor embajador de los Países-.Cálidos presentana a Espana, y todos los honrados guardias de Orden Público serían declarados cesantes.
~na noche, _en la Plaza de Oriente, Valle-Inclán hizo algo extraordinario, demostro lo grande que es su cultura literaria y Jo enorme de su
memoria. Fué dando la vuelta a la Plaza y delante de cada estat
•
· ·
d
'
ua re
cito trozos e romance, escenas de comedia, párrafos de Historia anécO
dotas que se referían al rey o aJa reina, que desde el pedestal parecía escuchar en postura elegantemente barroca.
Valle-Inclán ingresó en la compañia del Teatro de Ja Comedia, re-

�LA PLUMA
: LA PLUMA
presentó un personaje en la obra de Bcnavente titulada La Comida de
las Fi'eras, y fué aplaudido.
,
.
Por entonces llegó a Madrid, procedente de P:u:is, Ennque Corn~t~..
poeta francés ultra desfalleciente; sus títulos Y_ mentos era~ habe~ asis~ido a Verlaine en sus últimos momentos y dedicarse a un genero hteranodenominado por su autor Naderías Doloro!as.
.
. .
Era Cornuty flaquísimo, con cara de tártaro y OJOS semibizcos. Cubría su pequeña cabeza, de cabellos lacios, con un sombrero de c~lorcafé con leche, deformado y grasiento. Andaba encorvado, con la mitad
derecha del cuerpo avanzada sobre el izquierdo. A su paso lento, con
ritmo de oleaje, los flecos de los pantalones deshila~hados, las cintas.
sueltas de los calzoncillos y las correas de los borcegmes prestaban a ~u
figura algo así como una peana movediza. L~evaba un enorme gaba?'
colgado de los esquinados hombro~, y los bolsillos desbordaban cuarti-llas, hojas impresas y libros descuadernados.
.
Mascaba algo constantemente. El bastón de palma, que concluyo pordevorar, lo sustituyó con una llave, más refractaria a las dentelladas que.
el bastón.
.
,
Cornuty se parecía físicamente a Trozky, sm la energ1a que denotan
las facciones del jefe bolchevique.
,
..
Un literato español, que conoció a Corouty en Pans, le acogio en su
casa de Madrid y se prestó a administrar los pocos francos que el_padr~
de Cornuty le enviaba. Esta administración con~istía en ca~biar los.
francos en pesetas y las pesetas en bebidas akohóhcas que el hterato español, dipsómano empedernido, ingería.
.
. .
Además, este hidrófobo sujeto fué al Gobierno C1~il a de~larar_que
había llegado a Madrid el más audaz de los an_arqu1stas, . d10am1terocomo Ravachol, y que él, gloria de las letras patnas, le hab1a llevado a
su casa para vigilarle. En el Gobierno Civil señalaron un buen sueldo a~
literato.
..
. Pero he aquí que la Empresa de la Comedia _acepta la _adaptac10n.
teatral de una novela traducida del francés por el hterato polizonte, Yde
uno de los papeles se encarga Valle-Inclán.
52

En la primera representación, Valle manda a paseo a la Empresa y
renuncia a los triunfos escénicos.
La obra se da varias veces, el pseudo-polizonte deja de vigilar al
pseudo-dinamitero, en el Gobierno Civil se vuelven locos de terror y
ponen dos auténticos policías tras los zancajos de Cornuty, que se
desespera al verse perseguido día y noche.
·
Valle-Inclán vuelve a la Horchatería de Candela, trayéndonos a Cornuty, y acogemos en nuestro seno al francés.
'Jno de nuestros amigos se había enamorado locamente de una camarera de la horchatería y quería raptarla.
Nuestro amigo consultó el caso con don Ramón, y dos de·los nuestros
$C ofrecieron para empujarle en su romántica empresa. Se tomaron los
billetes del ferrocarril, se alquiló un coche y se esperó a la muchacha en
la bocacalle cercana.
Nosotros aguardábamos las noticias con verdadera ansiedad. Pasaba
el tiempo y los raptadores no venían. Por fin apareció Bargiela. Se rascaba la ceja con más furia que nunca.
-¡Nada! ¡Nada! La chica no ha apar~cido. Ese se ha quedacto allí esperando, siempre esperando.
-¿Pero ha ocurrido alguna confusión?-preguntamos.
-Nolo sé.. .
A media noche se presenta el enamorado: la desesperación en el rostro, los saltones ojos, que nosotros comparábamos a los de la llama del
Perú, llenos de furia y de lágrimas.
-¿Pero... ?-pregunta don Ramón.
- ¿Pero ... qué?-decimos todos.
. - ¿Qué? ¿~ué? ¡Oh, Dios míol-gime el enamorado-. ¿Qué? Que la
mfame hoy mismo, ahora mismo, mientras la esperábamos, se ha fugado con un francés ...
Nuestro compañero llora su amargura sobre la barba de ébano de
don Ramón, que reniega de la inconstancia horchateril y se siente
capaz de emprenderla a trastazos con todas las que ostentan servilletas
al hombro y presumen de llevar bandejas repletas de loza y de cristal
53

�LA PLUMA

LA PLUMA
sobre tres dedos de la mano izquierda con gallarda apostura de canéfora.
Pero, ¡ay!, el eterno femenino es siempre vencedor, y hasta la del empingorotado moño, Isabel, la de los grandes ojos llenos de promesas;
Juanita la Larga, digna del cincel de Fidias; Patro, la rubia, Patro, la de
belleza escandinava; María, la de ligeras manos; Dolores, la del dulce
meneo de caderas, aventan nuestra indignación.
Mientras escancian el café con gotas oyen los madrigales de don Ramón, vcrdrs hasta el paroxismo, y sus manos, d.iestras to el manejo de
cucharillas y de tazas, tiemblan, y la rubia y alcohólica mixtura denominada ron, que el encargado compone todas las mañanas detrás del
mostrador, pasa a raudales de la botella a las copas, y las gargantas artístico-literarias la sorben con mayor delicia, puesto que es un suplemento gratuito.
En nuestra reunión ocurren cosas extraordinarias. Se 4cscubre que
uno de los contertulios posee condiciones pasmosas para empeñar objetos que el adusto prestamista rechaza. Valle-lnclán estimula al maravilloso pignorador. Un día es colocado en una casa de préstamos un dedo
amputado conservado en alcohol; otro día 1,1na merluza. ¿El colmo sería empeñar un amigo? Pues bien: nuestro compañero consigue pignorarlo durante una hora.
Aquella época era ingrata para losjóvetus tí/tratos, frase de Cornuty;
no se vendían libros y los periódicos pagaban mal a sus colaboradores.
Valle-Inclán, como todos, se resentía por la crisis, pero aguantaba poniendo a mal tiempo buena cara.
Un editor de novelas por entregas le encargó que convirtiera en narración novelesca una obra estrenada con éxito, y Valle-Inclán sa!isfizo
el deseo del editor, hinchando aquel perro melodramático de modo que
diera muchas entregas.
El inventor de un específico para las enfermedades del estómago deseaba anunciarlo en verso, imitando a los fabricantes del Jabón de los
Príncipes del Congo, y el poeta escogido por el inventor era don Ramón
del Valle-lnclán.

s,

En la horchatería nos dedicamos a mover sabiamente el plectro, y de
allí surgieron estas y otras semejantes estrofas:
En toda fiesta onomástica
os dije: «Comed, bebed,
atracaos, absorbed
la dosis de Harina Plástica».

•

Retorciendo la filástica
un cordelero enfermó,
pero al punto se curó.
¿Cómo? Con la Harina Plástica.

¿La pesadilla fantástica
os agobia en invernales
noches? ¡Los estomacales
jugos con la Harina Plástica
reconfortad, animales!
Creo que esta última poesía no fué admitida por el descubridor del
específico, y ha permanecido inédita hasta ahora.
Un éxito literario permitió a Valle-Inclán abandonar a sus dos Mecenas.

* * *
Nuestra tertulia se trasladó entonces al Nuevo Café de Lennte de la
calle del Arenal.
Allí, Abclardo Corvino, excelente músico, tocaba el violín acompañado por un pianista estupendo. Creo que pocos intérpretes de Beethoven, de Mozart y de Haydn serán tan clásicos, tan respetuosos, tan justos como aquel pobre muchacho apellidado Enguita. Su recuerdo será
querido mientras viva alguno de los que se sentaban en aquel tiempo en
los viejos divanes del café.
El pianista quemó rápidamente su vida y alguna de las que iba1t a
esperarle al café, parodiando al jorobado de Víctor Hugo, puesto en solfa por Verdi, puede que diga:
-Le solle co¡,ra110 lievi qutl capo amalo.
SS

�LA PLUMA
Vallc-lnclán se distinguía entonces por su falta de oído musical; para
él, exquisito armonizador de la palabra, lo mismo era el azulado sonido
de la flauta que el cobre de los timbales; todo, ruido más o menos desagradable.
Así es que los primeros conciertos fueron para Valle-Inclán largas torturas, que resistía arrinconado en el ángulo donde habíamos hecho el
nido. La cabeza caída sobre el pecho, la nariz metida entre las barbas y el
sombrero tapándole los ojos, parecía un faquir durante el sueño extático.
Otras veces alzaba el demacrado rostro para tomar por testigo de su suplicio a los arcos voltáicos que iluminaban el café colgados en el techo,
y lanzaba profundos suspiros, que iban a perturbar la manta de humo
de tabaco que flotaba sobre nosotros.
Nuestra reunión, con el tiempo, fué variando; al principio se compuso casi totalmente de literatos; después, la mayoría, eran pintores, escultores, dibujantes y grabadores, y las discusiones cambiaron también;
si antes se habló de literatura luego las artes plásticas fueron nuestro
tema.
La desaparición de los snobs literarios y artísticos, un tanto corrompidos por El Mercurio de Francia, hizo que se citaran menos entre nosotros a los literatos y artistas a la moda contemporánea y más a losantiguos.
En realidad, lo que constituía el nervio de nuestra reunión era la
salvaje independencia de juicio de cada uno de nosotros. Por eso las dis
cusiones se hacían interminables; duraban, a veces, días y días.
Agotado el tiempo, lanzábamos nuestros últimos argumentos al ponernos el gabán, al embozarnos en la capa, entre el estrépito de las sillas que los camareros colocaban encima de las mesas y el del choque
de las cucharillas y de las tazas que lavaban sobre el mostrador. Nos despedíamos conservando nuestras líneas de ataque y defensa, y a la noche
siguiente volvíamos a la carga, excitados por el tabaco, el café y los alaridos del violín, que ponía sus agudos crescendos sobre la tempestad de
voces que brotaba de nuestro grupo.
Noche de fiesta cuando don Ramón nos leía su última obra.

LA PLUMA
Don Ramón, en el centro, se quitaba los lentes, se inclinába sobre
las cuartillas; todos nosotros escuchábamos en silencio, y de aquel círculo de cabezas atentas, de espaldas corcovadas, salía la palabra metálica
del maestro relatando las fabulosas andanzas del Marqués de Bradomín
-o las hazañas de Cara de Plata, el segundón alegre y perdulario.
Nuestra reunión adquiría importancia cuando llegaban las Exposi.c iones de Bellas Artes; los divanes del café se llenaban con artistas de
provincias; llegamos a tener corresponsales en Londres, en París, en
Munich, en Basilea, en Roma.
En Madrid nos temían.
-Vaya usted a todas partes; pero jamás, jamás vaya usted al nuevo
ufé de Levante-dijo un ilustre profesor de Pintura a su discípulo pre&lt;iilccto-. Allí se lleva a la juventud a dar contra una esquina.
Muchas veces Valle-Inclán ha dicho:
-El Café de Levante ha tenido más influencia en el Arte y la Litera'tura contemporánea que un par de Universidades y de Academias.
Si se estamparan aquí los nombres de los que se sentaron en nuestro rincón quizá los lectores de LA PLUMA dieran la razón a Valle-Inclán.

* • *
Un espectáculo de variedades que se inauguró en el Frontón Central
110s hizo abandonar el café por una temporada.
Picton"hus a/que poetis fuimos a admirar a la Mata-Hari, a la Fornarina, a la Imperio y a las hermanas Victoria y Anita Delgado, llamadas
«Las Camelias».
Llegó la boda del Rey y entonces comenzó el prodigioso cuento que
Teófilo Gauthier o don Ramón tan solos pudieran escribir, y que tuvo
-desenlace con el casamiento de Anita Delgado con el Maharaja de Kapurtala.
No me atrevo a indicar, ni sumariamente, la participación que nuestro grupo tuvo en el asunto. Tan sólo diré que una carta escrita por VaJle-lnclán, traducida al francés por un distinguido pintor, que fué en-

�LA PLUMA
viada con la firma de Anita, decidió al Nabab a llevársela a Par!s y a hacerla Princesa.
El pintor que tradujo la carta acompañó hasta París a la hermosa.
bailarina malagueña, y Valle-lnclán antes de partir le dijo:
- A ver si consigue usted del Príncipe para mí una condecoracióni
de Kapurtala con uso de uniforme.
Y durante unos meses estuvimos esperando ver entrar a Valle-lnclán
en el café con turbante de muselina, caftan de cachemira teñido al batik y al flanco el corvo alfanje damasquino, como el que don Juan Nicasio Gallego hace rimar con asesino.
La reunión siguió en el mismo rincón del café años y años. Pasaron
por allí nuevos literatos, nuevos pintores, nuevos amigos y nuevas ¡.nodelos. Todo se renovaba menc-s don Ramón del Valle-Inclán, inconmovible en su puesto.
Llegó la Guerra Europea y con ella las inacabables disc_usiónes.
Valle-Inclán, desde el principio, fué aliadófilo ferviente.
Entonces Valle militaba en el partido tradicionalista, y en ese partido, los únicos que estuvieron acordes con la tradición, fueron don Jaime y Valle-Inclán, el resto de los jaimistas se de::laró francamente ger-manófilo. Veía el tradicionalismo español en el Káiser el triunfo de la
autoridad y de la espada, y con la derrota del inglés y del francés veían.
derrotados también los principios liberales y democráticos; creían queel triunfo de Germanía vengaba a España de las desdichas que atribuían
a Francia y a Inglaterra, cuando probablemente nuestra patria ella solamente ha sido la causante de su desgracia.
Valle-lnclán tenía que ser aliadófilo como poeta, como artista y como.
católico.
Francia, aun ahora mismo, es la nación más católica del orbe, la.
que más hombres y más dinero gasta en la propaganda de la fe.
Valle-Inclán lo sabía, no así sus correligionarios del tradicionalismo.
Valle-Inclán se sentía más cerca de Chateuaubriand que de Goethe,
de Pascal que de Schopenhauer, de Barbey y de Gauthier que de:
Nietzsche.
58

LA

PLUMA.

Cuando Italia se decidió a combatir al lado de Francia y de Inglate-rra, la aliadofilia de Vallc-lnclán se exacerbó más, y en su mente de poeta y de artista, Rafael, Leonardo, Bocaccio y el Ticiano combatían con-tra Alberto D11rero, Holbcin, Goethe y Lucas Cranach.
El papado luchaba contra Lutero.
_
En nuestra reunión del café, la guerra europea no era un problema.:.
militar, sino lucha artística.
Aliadófilos y germanófilos esgrimíamos como mazas los sagrados.
nombres de los artistas.
Un distinguido literato francés contó la historia de nuestro grupo,.
del café de Levante en una revista de París, y cuando una cosa pasa a ..
ser motivo literario es que está muerta o que va a morir.
Efectivamente, el dueño del Café lo cerró y tuvimos que buscar nuevo refugio.
Valle-lnclán fué invitado por el Gobierno francés a visitar los campos,
de batalla, estuvo varios meses sepando de nosotros, y como era la columna vertebral de nuestro grupo, éste se deshizo para siempre.
Ahora Valle-lnclán frecuenta otros cafés cuando viene a Madrid, y a.
su alrededor se reúnen literatos y artistas ávidos de escucharle.
Ya Publio Ovidio Nasson solicitó, hace cerca de dos mil años, la ve-nia para comparar entre sí las cosas más lejanas, y yo, aprovechando el
permiso, quiero decir que, así como en el extremo del acantilado en que:
anidan el petrel y la praellaria de largas alas, y las algas cubren con ver-de cabellera, insensible al teredo que le carcome los recios fundamentos,
al embate del mar y al de los aquilones, está la ingente roca siempre erguida, así el poeta levanta su orgullosa cabeza. Los años la habrán en-canecido; pero la eterna juventud la ilumina, y allí, donde él se encuen-tre, acudirán a beber los sedientos de arte y de belleza, porque su palabra-..
es fuente siempre fresca, siempre nueva, siempre generosa, siempre..
mágica.

Rico.oo

~

J

BAROJA.

�LA PLUMA
-Señora-repuso ValJe-Inclán con su gesto más noble-, el personaje principal era mi abuelo.

• • •
I.J

VALLE-INCLÁN, EN PARÍS
•n o he visto en la sala artesonada de un caserón hidalgo de Galiciá, un flibro de juventud autorizado con el nombre de
Valle-lnclán y datado en París.: La palabra, esta palabra
¡
mágica: París, iba muy bien al final del libro. Pero don Ramón ha hecho a París su primer viaje cuando la gran guerra. Vivía entonces su admirador fervoroso el diputado francés Jacobo Chaumié que,
.años antes, había traducido en Le Ttmps, Mi hrrmana Antonia, y en el
Mercure, Romance de lobos. Jacobo Chaumié, en quien ha perdido la
literatura española un amigo exquisito y leal, pertenecía a una familia
patricia de la República francesa. También vivía aún Chaumié, el pa. dre, uno de los políticos de la República. Toda la familia, que conocía
a Valle-Inclan por la admiración de Jacobo, deseaba conocerle en per: sona. Don Ramón se había llevado a Galicia, un verano, a su amigo, y
le había prometido devolverle la visita. La curiosidad por acercarse a la
. guerra, le hizo no demorar más el devolvérsela.
Su primera noche en París, estábamos de sobremesa en casa de los
-Chaumié. La madre, con la cultura tan a punto de una dama francesa,
,hallábase preparada para recibir dignamente al huésped: acababa de releer Romance de lobos. Y estaba impresionada con esos lobos de cristia...nos, entregados a los siete pecados capitales.
-¿Son todavía así los hombres de su país?-le preguntó madame
•Chaumié a Valle-Inclán.

Al otro día nos paseamos por París. A don Ramón le sofocaba el'
follaje abundante de los muchos y copudos árboles parisienses. Lo quemás le gustaba eran las perspectivas del Sena. Se detenía en los puentes.
y miraba como el capitán desde el puente de un barco. Allí respiraba..
con la vista.
Recuerdo que entramos en un «restaurant» del barrio Latino, en ek
«restaurant de los Médicis», enfrente del Luxemburgo; y cuando nos.
habíamos instalado, se acercó a nuestra mesa el «maitre d'hótel» ha-ciend,, reverencias, con su servilleta debajo del brazo, y dijo, presentándonos la lista de vinos:
-Monsieur del Valle-lnclán, el dueño de esta casa que ha honrado.,
usted con su visita, se sentiría aún más honrado si usted le permitiera
ofrecerle los vinos que más le agraden de su bodega.
Don Ramón se quedó harto sorprendido. Nos miró luego como si.
fuese una broma de los que íbamos con él. Pronto se convenció de que .
ese dueño de «restaurant» era, en efecto, algo Médicis y había visto en,
un periódico la fotografía del «grand ecrivain espagnol», a quien rendía .
los honores, frecuentes en París, a los valores literarios.
¿Cómo no iba a sorprenderse el Valle-Inclán que en Madrid ha tenido que reñir batallas con los encargados de aquellas famosas cervecerías..
de literatos y camareras?

• • •
Don Ramón, en París, no hablaba más que en español. Para ir a las .
trincheras se vistió de carlista: llevaba capote y boina. Esto le hacía pa-.
recersc a los soldados alpinos; y, cierta vez, un soldado le confundió con
el general Gouraud, que también es manco. Pero, no soy yo, es el mismo,,.
Valle-Inclán quien ha de contar, algún día, su epopeya. Hizo lo que a
ningún civil extranjero ni francés le estaba permitido hacer. Su aspecto .
61

60

'

�LA PLUMA

militar además de sus amistades, le facilitaba todo. Estaba más que im
ponent~. Parecía hasta más completo: el nervi~ parecía músculo. Un día
-de marcha resbaló en un mal paso y el companero de armas que le ayu&lt;ió a levantarse contaba luego:
-¡Lo más extraño de este señor es que pesa menos que una pluma!
Yo le decía a Valle-Inclán:
-Es una lástima que sea verdad todo lo que está usted haciendo,
porque a usted no se lo van a creer.
Llegó a prestar servicio. Voló sobre las lineas alemanas, y las .m~las
lenguas insinúan que hasta lanzó bombas. Aquella noche estaba invita-do a cenar en un Estado Mayor. Sin embargo, los aviadores, encantados
-con él, le retuvieron.
-¡Usted es de los nuestros!-le aclamaban.
Y don Ramón, magnífico, mandó un cortés recado al Estado Mayor
-~xcusándose de asistir a la cena por tener que acampar con los suyos.

* * *
Mauricio Barrés dió una comida en honor de Valle-Inclán. El intérprete fué Chaumié. Hablaron de Santiago de Compostela y de los peregrinos franceses que atravesaban las ciuda~es galas _eor la call~ de Santiago. A la salida, don Ramón hizo los debidos elogios de Barres. .
- Y su persona, ¿qué impresión le ha hecho a usted?-hubo qmen le
p~~~-

.

-Parece un cuervo mojado-fué la respuesta de Valle-Inclan. Toda. vía hoy se repite en los ecos literarios de París.

* * *
La impresión que Valle-Inclán dejó en París a los que le trataron,_la

resumía muy bien el padre de Jacobo Chaumié, el anciano Sr. Chaum1é,
-a quien por muchos motivos la política le había hecho conocer a los
hombres. Y cuando, delante de él, se hablaba de don Ramón, nunca dejaba de argüir:
-He ahí uno que no es trivial.
CORPUS BuGA.

V ALLE-INCLÁN Y LOS ARTISTAS
t:CUERoo· aún con cierta emoción la primera vez que vi a
Valle-Inclán. Fué en el viejo Café de Levante, ya desaparecido. Don Ramón erguía su magra silueta en medio de sus
amigos; y en su noble cabe7.a de guerrero o santo de piC'•dra, los oJos, tras de las gafas de carey, tenían un fulgor de cobre. Hablaba de Santiago de Compostela, ciudad maravillosa donde vivía su
,mocedad turbulenta, y con encendida palabra iba describiendo el pórtico de la gloria del maestro Mateos.-suma teológica de los analfabetos y
peregrinos galaicos-y evocando las obras ingenuas de los canteros picardos. En torno a él congregábanse Ricardo Baroja, Romero de Tones,
Julio-Antonio, Anselmo Miguel, los hermanos Villalba, Corpus-Barga,
Penagos, Mariano Miguel, Vighi, Vivanco, Arteta, Solana, Montenegro
.Y algunos artistas incipientes, que escuchaban con atención las sugestiones artísticas de su palabra.
La influencia de las normas estéticas de Valle-Inclán en el arte español contemporáneo ha sido muy grande. Todos los artistas citados-entre los cuales muchos han alcanzado sólido y merecido prestigio-fueron influidos, en más o menos grado, por sus doctrinas, y las difundieron por medio de sus obras. Presidia, con él, este grupo, Ricardo Baroja,
y los dos se complementaban como el cuerpo y el alma. Don Ramón
-era el espíritu; Baroja, la materia en su más noble acepción. Éste exalta,ba a Velázquez, Ribera, Cervantes, Pasteur, Kant; aquél respondía con

[D

6:1

63

�L A PLUMA
genuo y detallista, como en los cuadros de Patinir, o se funden en una
magnificencia clásica como en las pinturas murales de Ticiano y Veronés. De ahí su gran amor por la pintura, su finísima percepción y sensibilidad por el color, que le han hecho exaltarse tantas veces ante la tierna y aguda armonía, olorosa a lirios, de los verdes y morados del Tintoretto, y ante los cándidos azules, raso$ y oros, de la anunciación del
Beato Angélico.
También a las artes aplicadas llegó su influencia. Su gusto por lo plástico llevóle siempre a preocuparse por la belleza del mueble y la decoración del interior; a sus ideas sobre estas materias se debe en gran parte
el renacimiento actual de las artes suntuarias en España que iniciaran
los Villalba, extrayéndolo de nuestro renacimiento histórico ...
Pero donde la influencia de Valle-Inclán ha sido más clara y definida
es en las artes del libro. Todas las ediciones actuales que presentan interés artístico están derivadas de las de sus primeros libros: sobre todo,
de Voces de e,·e t,,, donde don Ramón puso lo mejor de su gran conocimiento de este arte.
He queriJ o apuntar, si bien sea sucintamente, su influ~ncia sobre los
artistas rnntemporáneos, y creo q ue cuando en lo futuro la pintura, escultura y el arte aplicado que hoy se produce sean bien estudiados, la actuación de Valle-lnclán en este sentido cobrará un relieve extraordinario.

J. MovA
Rafael, el Greco, San Juan de la Cruz, Paracelso, resultando de estas
inolvidables discusiones un perfecto equilibrio y una gran amenidad.
Valle-Inclán es un escritor esencialmente plástico. El alma de sus
personajes se nos revela por la acción y por el gesto antes que 1~ p~labra
sea dicha, y la emoción que sentimos al leer sus obras es mas bien el
producto de una visión pictórica que de un minucioso análisis p~ic~ló-gico. Existe siempre en sus libros una unión perfecta entre el pa1sa¡~ y
las figuras, que se destacan vigorosas, ya sobre fondos de un encanto m-

DEL

PtNO.

��LA PLUMA

RAMÓN DEL

[I

VALLE-INCLÁN

grand Ramón a la barbe de bouc», ainsi que I' appelait Rubén, a en effet, comme tant d' autres poetes, quelque chose
de faunesque, en méme temps assurément que 'de sacerdotal. C'est aussi a Jui que Rubén envoyait ces roses d'.un Versailles du dimanche ou il errait, parmi une foule «municipale et épaisei..
Et il Jui adressait ce souvenir comme a un reve qui console dans la détresse. Ramón del Valle-Inclán exhale une poésie a laquelle le creur ne
saurait résister. Il possede un grand _secret, et il sait combiner les charmes les plus puissants pour exercer sa magie.
.
Ramón del Valle-Inclán est d'un pays peuplé; de songes, ou les chars
aux roues de bois plein passent au loin avec un bruit tel que toutes les
terreurs sont permises aux vogageurs, aux bergers et aux enfants. Galicien, il appartient a un de ces groupes celtiques qui émergent a diverses
pointes occidentales de l 'Europe et qui, a divers moments de l'histoire,
ont produit un harmonieux charmeur capable d'inquiéter les hommes
et de leur rendre le goO.t du réve.
Apres deux siecles de raison, de géométrie, de constructions abstraites et d'intelligence, le celte René de Chateaubriand a su rctrouver dans·
les voix du passé le grand trouble humain, l'appel des terres vierges, le
besoin de créer des dieux. Ainsi apres les jours lucirles et monotones de
l'hiver ou de l'été, tout-a-coup, le parfum et la température des demi68

i;:

saisons produisent en nous une impérieuse nostalgie. Les personages
de Valle-lnclán, qui sont des gens d'église, des nobles et des sotciers
c'est-a-dire des gens de tous les temps, parlent un Iangage qui se pro:
longe dans les époques anterieures et réveílle d 'étranges échos. Certaines paroles nous plongent dans le passé, surgiss~nt a travl!rs Je silence
comme du fond des contes de notre enfance, et nous semblent des formules rituelles de religions tres anciennes dont Je sens se seraít obscurci. Des passions, comme les vapeurs d'ur.e vieille terre sacrée, dirigent
ces personnages et des charges traditionnelles pesent sur Jeur destin.
Epris de gloire et d'héroisme comme D'Annunzio, extravagante et
fier comme Barbey d'Aurevilly, Ramón del Valle-Inclán, connétable
des lettres espagnoles, est surtout un poete, un enchanteur, un connaisseur du _myste~e, un év~cateur de tragédies perdues. Son marquis de
Bradomm, «la1d, cathohque et sentimental~, dans ses voyages a travers
le temps et J'espace1 a vu les ames de ceux et de cel]e,s j q~i se melerent
a ses av~ntur~ comme on devine l'ame d'un portrait qui s'efface, et
cette vo1x qui nous parvient est celle d'un ami que nous aurions connu
dans un autre monde, parmi des ombres romantiques et des chimeres.
1.KAN

CA.ssou.

DON RAMÓN DEL VALLE-INCLAN
~amón del Valle-Indán est peut-etre, a mon avis du
m,01ns, ~e p~us grand écrivain de l'Espagne contemporaine.
C est lm fa1re tort que de le présenter au public francais
. .comme une sorte de Barbey d 'Aurevilly. Cette facon de
fixer les :dees est par trop sommaire. Ils sont tous deux cath 1·
é ·
•~ ,
•
..
o 1ques,
r~c s ¡usq,u" 1 ~me est tres trad1t1onnalistes. Mais la s'arr~te l 'analog1e: ell~ n est pomt profonde. Jamais Barbey n'aurait écrit Romance de
lobos m (dans un tout autre genre) cette étonante comédie de
· _
tt
blº , .
manon
ne es, pu 1ee ¡ustement par LA PLUMA et intitulée: Los cuernos de don
ON

69

�LA PLUMA
Friolera. Il n'avait ni ce sens du passé, ni cet humour. Il aurait tout
juste pu imaginer et peut-~tre manquer les Mémoires du Marquis de
~,Bradomin. II ne pouvait rémonter plus loin que le XVIIIe siecle. Tandis que don Ramón pénetrc jusqu'au creur du moyen-age, et cela naturellemcnt, sans effort; et c'est ce qui donne a son style cette native
: grandeur. 11 y a en lüi une pureté austere, une certaine rudesse, quelque
. chose de primordial, une ver/u qui frappe-qui impose le respect. II est
- seul de ~on espéce. Ir est grand.
FRANCÍS DE MIOMANDRE.

,1

t

LA PERSONALIDAD FANTASMAGÓRICA
DE DON RAMÓN

VALLE-INCLÁN Y EL 98
Ramón del Valle-lnclán es, tal vez, el único escritor de la
generación del 98 que no ha escrito nada sobre ~El Problema
Nacional,.. Declarémoslo sin empacho: esa nave ausente asume una de las más firmes bellezas de la gran fábrica erigida
•por el gran constructor. ¡Con qué deleite no léemos esas blancas páginas! ¡Oh, aquel terrible nacionalismo a redropelo de aquellos demoledores del 98! Basta, basta. Necesito ser real como un europeo cualquiera. No me place, hipotético, sentirme perdido, egregiamente perdido en la irrealidad de una España demasiado planteada como problema. ¡El problema de España! ¡Qué cansancio, qué fastidio! ¿Ño es
bastante vivir simple y fuertemente-sin más-esta tremenda y magnífica fatalidad de ur español? Arquitecto, frente al solar: ¿y la posible
-casa? Ingeniero, frente al río: ¿y el posible puente? ~te España», ~nte
el porvenir de España», no. En España, en el presente más atareado de
-España. Pero ya Valle-Inclán, entonces, el único entonces, levantaba
-sus casas de prosa y tendía sus puentes de verso dentro de su ideal España perenne. Por lo que «escribió» ypor lo que no escribió, vítor, vítor al poeta puro de ]a generación del 98.

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1

Jr,.

JoKG.E GUJLLÉN.

m

la personalidad literaria, sobre su misma historia persona], después de mi relato de las numerosas maneras que tuvo
de perder su brazo, queda en don Ramón la personalidad
fantasmagórica.
No puede ser verídica ni seguida y ordenada la descripción de esa
personalidad, tiene que brotar de la pluma como los dictámenes de las
echadoras de cartas.
Tengo que reclinar la cabeza sobre los brazos echados sobre la mesa,
en ese oscuro cercado de uno mismo que forman así, para suponerme a
don Ramón y recordar su personalidad fantasmagórica, esa personalidad
que es la más difícil de encontrar y que en don Ramón es tan potente.
Tan fantasmagórico es, que en las tablas de las puertas del Renacimiento, entre ringorrangos, volutas, rúbricas y hojarascas, hay unas cabezas de su calaña, cuyas barbas desmadejadas son útiles a la estructura.
En una de esas puertas misteriosas, en caoba oscura del Renacimiento, he visto yo antes a don Ramón el fantasmagórico.
OBkl!

* * *
Don Ramón procede de Cronos, así como otros proceden de Dios.
El viejo Cronos es el abuelo natural de don Ramón, que cuenta tam71

�LA PLUMA
bién entre sus antepasados al otro viejo Cronos de los ríos y al Cronos
de las nieblas y al de los entresijos de los bosques tupidos.
Don Ramón vino al mundo con sus barbas de hilos claros, y de niño
era el asombro de los demás niños con sus barbas luengas, que entonces, :rnnque después haya sido tan moreno, eran rubiales como las de la
panocha.
Don Ramón tuvo una adolescencia fantástica , grave, de seminarista
que va a ser patriarca de las Indias.
.
Sobre los libros cayeron sus barbas como raíces de los conceptos,
como arraigo de la cabeza a la que subían las ideas por ahí.
Vió agonizar a muchos viejos que Je dieron la mirada última, y tiró
de las piernas a los muertos para que no se quedasen rígidos y sin el
descanso que hay en tener las ¡.,iernas estiradas.
Se extasió en la selva viendo raíces como serpientes, quietas unas sobre otras en cópula inmovil.
Bailó con las vaqueras del bosque en esos &amp;alones que cierran los arbustos y aclara una especial luz verde clara.
Tuvo un caballo prestado-se lo prestaba el boticario-; pero él, con
su decisión y su fantasía, lo convirtió en el ca bailo de las leyendas, en
el hipógrifo que echa fuego por las narices y lleva sobre sus lomos al caballero y a la raptada.
Acompañó a dar la extremaución a las aldeas que están sobre los picachos y en las que la muerte se reviste de más absurdidad.
Don Ramón tuvo el primer sombrero de copa a los diez y seis años.
Era sombrero de copa muy alta, en el que iba toda la librería de sus
ideas. Se paseaba por el atrio de la iglesia aldeana, imaginando lo que
tal vez hiciese algún día, acariciando las empresas, esperanao que escampase después de las lluvias que hay que aguantar primero en la
vida.
Don Ramón tenía una gran habitación que daba a la parte fuera del
pueblo, dedicándose a mirar la naturalidad del campo, su atroz monotonía que sólo el Arte puede amenizar.
Don Ramón olió día tras día las humedades de la casa gallega, y fué

LA PLUMA
lomando todo él ese olor a maderas antiguas y a manzanas ·guardadas;
-en fin, ese húmedo sentido que guarda su estilo.
En la habitación torcida en que parecía que iba a naufragar don Ramón, flotante en el valle sobre aquel primer piso, recogió luces, al pare-cer inútiles, de las que después había de acordarse muchos años. En los
.inviernos, con las ventanas cerradas y el ruido de las máquinas de escri.bir de la lluvia sobre el zinc de las ventanas, creció la personalidad de
·sauce y reloj de arena, que es en el fondo la de don Ramón.
En la otra ventana, en la que no daba a la espalda del pueblo, sino a
la calle estrecha y siempre lloviznada, en cuyo pavimento sonaban las
barcas de las almadreñas, había un espión, un espión que recogía la silueta de todos los que pasaban, reflejándose, sin asomarse al balcón, en
el pupitre interior de su memoria, detrás de todos los cristales que guardan del invierno.
En ese espión vió la humanidad implantada para la novela.
Después don Ramón salió de su tierra, la mitad en peregrino, la mi'tad en emigrante. Por eso tenía que ir muy lejos, tenía que tocar en tierras líricas ignoradas.
Vino a Madrid en la última diligencia y se atracó del paisaje de España para siempre. Tardó días enteros en transitar los •puertos», esos
magníficos puertos secos que succionan al universo en su entraña y ab':SOrben aires extraños, lejanos, exóticos, corales y madréporas de luz,
además de inmensas, rutilantes y claras estrellas diurnas.
Al cabo llegó a Madrid este gran señor literario, y se encontró con
un Madrid lleno de aguadores. Vagó por las calles; y dió, como nadie,
la representación de las cosas de aquel tiempo en los cafés y en las terlulias privadas. Dijo las primeras paradojas, que hasta llenaban de asombro a las columnas de los cafés y hacían abrir la boca a los rodilleros.
Ya entonces tenía don Ramón la aristocracia desdeñosa y agresiva
•que merece un pueblo tan plebeyo.
Hay que saber que don Ramón estuvo en las casas de huéspedes en
·que hay que esc6bir sobre las mesas de noche y en que hay que comer
-con los demás.

�LA PLUMA
Don Ramón tiene siempre la exaltación despreciativa que le quedó.
de aquellos días en que tuvo que yantar con los beocios peores, los que
no tienen siquiera la grandeza rústica de los de las Posadas.
Don Ramó11 entonces salió en un barco de vela con rumbo desconocido. Se veía su baúl negro atado sobre el barco, y a don Ramón sentado junto al palo mayor, con sombrero de copa y envuelto en la capa del
emigrante, en cuyo cuello, los broches eran dos conchas, para que sehermanase.el emigrante con el peregrino.
Cuand~ entró en la bahía de Méjico se puso en pie y permaneció en
pie con dignidad de visitante que sabe ponerse en pie cuando está a la
vista del que le va a hospedar. ¡Gran caballero!
Don Ramón encontró en Méjico un Madrid más romántico aún que·
el Madrid de entonces, y que daba a unos campos de gran estilo. Alfon-so Reyes, Orozco, Rivera, acababan de nacer, y por eso no pudieron hacer los honores al patriarca.
Todos los relojes de Méjico sonaron en sus oídos con timbre español-porque aunque parecen lo mismo las campanadas de unos y otros.
relojes, hablan lenguas distintas-, y le parecieron todos los relojes relojes de reloj de cuadro, relojes del puro estilo evocador.
Le recibió el ídolo en piedra jabaluna, y desengarfia en su honor los.
dientes poderosos de su boca desdentada, regalándole ese gesto de movilidad que no había hecho nunca.
Acarició las trenzas de una hermosa mujer, praviana ideal con pelo,
teñido en la tinta china de Dios) con el punto aún de la que Él derritió
en el platillo para hacerla morena pura.
Volvió.-Su capa estaba agujereada, su sombrero de copa tenía en los.
bordes rozaduras de cuello de gabán, y sólo se trajo de allí un bastón.
una bengala de una madera exquisita del país, como si fuese la vara mágica para conquistarlo todo al regreso.
Madrid le aguardaba Jo mismo que le dejó. Al recordar las calles y
las costumbres de aquel tiempo, se ve que se veía menos, aunque lascosas tenían el mismo aspecto. Había una opacidád en las calles que patina y va bien al recuerdo de aquel tiempo.
74

Valle-lnclán, fantasmagoría de Vivanco.

�LA I' l. lJ M A
Don Ramón pasaba por las calles ocultándose detrás de una anuncia•dora de los teatros. Yo creo que por arte misterioso de magia le seguía
uno de esos biombos anunciadores, protegiendo su paso por las calles,
-&lt;lisimulándole. Yo recuento haberle querido ver al pasar y haberme en-contrado siempre al insistir con esa interposición de una cartelera.
Aquella fué la época de sus célebres desafíos; a~uel que no qui~ el
contrincante concertar sino se cortaba don Ramon su melena, mitad
de poeta mitad de gitano bravo, y don Ramón se lanzó al desafío con el
pelo recogido de extraña manera.
.
Su desafío con revólver también fué célebre. Desechó esas pistolas de
:.salón de los desafíos, y quiso desafiarse con el arma de fuego moderna,
que era entonces el revólver, con su cilindro giratorio, que le convertía
en aloo así como en la pistola cinematográfica. Cada uno de los dos con\trinc;ntes tuvo derecho a descargar sus siete tiros, dando gusto al dedo
y viendo variar de postura a la rueda fatal. Pero después de los catorce
tiros los dos quedaron ilesos.
En aquella época sentía don Ramón el rizo de su melena sobre el
-.cuello del gabán, y eso le daba una gran fuerza, un gran tesón, un empuje barbarisco. Abrigaba su personalidad aquella melena extraña, melena de gitano, melena de hombre que va hasta el fin.
.
Don Ramón acarfriaba y pensaba el estilo. Se encerraba con el estilo
,en su cuarto y se estaba días enteros encerrado con él y recibiendo la comida por el montante de la puerta.
Fué el primer estilista que hubo en España que en vez de hacer su
-esposa a la retórica, la hizo su querida, y no su querida _para pegarl~ y
.maltratarla-en eso quizás había tenido anteladores-, smo su quenda
para someterla a su espíritu y hacerla los mimos inolvidables.
Don Ramón, para pensar bien en sus cosas, pasaba la noche en las
iglesias en que había adoración nocturna; y su e~píritu así, se llenó de
palpitantes y vivas lámparas votivas y de lampanlleros ~rpctuos.
Cada día tenía más maravillosas condiciones de falur, y hasta conseguía fenómenos de levitación- las formas de.sus ideales mu_jercs as•Cendían sobre el suelo-, y también consegu1a que las semillas que

LA P L U .\1 A

Aguardaban, que estaban preparadas para después, germinasen espontá-neamente, y con gran antelación.
En aquella esposa, que no sabía nada; en que na~ie se imaginaba d
porvenir y, por lo tanto, se veía el presente sin profundidad, todo plano,
y en estampa para niños o en grabado de La 1lustrc1rió" li ¡,ano/a 'V
Awuni:ana, don Ramón paseó su melena como un rey merovin~io d;J,
porvenir soviético.
En aquella épocá fué en la que se dedicó don Ramón a la alq uimia
misteriosa, no por encontrar la despreciable fórmula del oro, s1110 para
encontrar la palabra creadora, la imagen en que más durad1.:ra pudiese
ser la figuración. Es su época de Fausto. En sus ojos queda el tu.:go de
sus manipulaciones y de sus hornillos, y llevaba a las tertulia, e~ orillo .
extraño. Fué su hora de leer en el gran Facistol los libros i II mc·11s ,s de
los que cuelga úna larga cinta como señal, puP.s s1 se perdiese p ·&gt;r Jonde
se iba, se sería ya un extraviado eterno.
Don Ramón adquirió, después de eso, facultadc; má-; m ,
,,., as,
y pudo, por ejemplo, cambiar el estado de la luna y s 1~ f ,s
,una,
que era llena, se convertía en luna menguante, dt:spués J
J,HO.
¡Sólo un escritor, y un escritor fantasmagórico CútnO don l{
, 1. es.
capaz de conseguir eso!
En ese momento don Ramón es un gran adi vino y un «m .: 1 &gt;» deprimera. Con su vara mágica hace aparecer cu dros, hab1ta..:1 , ..;S. una
mujer que sufre, un marino que vuelve, cosas, ~n fin, que " · llenen
que ver nada con la magia de salón, pero para la:, qu.: estdb
. ~ a sLL.
figura y dispuesto el poder de su cabeza
Don Ramón consigue ya su consagración. T ,,da la cinlt;; ... J 1, los.
periódicos, las cosas, los descubrimientos, han a..:tuadJ p
¡ h! la
gente le comprenda. Ya don Ramón cortó la vuelta Je s , ·1
, ,. el
plumaje en que se encoge el águila y se siente á,~u11J. Y , J
non
se siente a gusto en la vida; tiene una esposa y u
11¡.1
posa en el sofá de la victoria.
Cuando la barba vuelve a ser ya lino, lino ,,u "· J 1,u
11110
primitivo, vuelve don Ramón al agro donde esta -&gt;·. Hd, JJ , e

�LA PLUMA
,dos, y vuelve Valle al valle y el señor de Inclán al señorío: a la casona
.solariega, con refectorio y capilla bien tenidas y puestas.
Ya es cosa arbestre, más que arborescente, su barba y su guedeja y
'1e gusta ser liana de los árboles viejos.
Todo el paisaje Je vitorea y Je dice cosas nuevas. Ve pasar por los caminos gentes a caballo, y se encuentra con los hidalgos de piedra y vozarras de viento de invierno.
Busca en los bosques de castaños y cruces clavadas en sus troncos,
las veredas del miedo, y se le hunden los pies en la tierra por un fenómeno del pavor, que tanto ama con ser tan valiente.
Entra en las casas de piedra y en las casucas de aldea, y con el achaque del cansancio y la sed escucha lo que pasa en ellas. Sabe la.historia
,del mendigo y la del indiano que casó con chica joven y fué muerto con
el veneno que no se nota y que entra en la gallina en pepitoria.
Los atardeceres de los grandes paisajes imperan en su obra, y se le
ve cómo en esa vuelta a casa aprieta un poco el paso.
Se ven en su obra las playas inmensas, en cuya arena sólo quedan
fas huellas de sus pies durante toda la baja mar.
Es don Ramón, en medio de esa gran naturaleza, el astrólogo de las
flores, de los ecos, de los que pasan muy lejos y no se sab~ si son fantasmas o son de una realidad áplastante.
Toda la emoción del paisaje de su juventud se une a la emoción de
ahora, ya entrecano, y se dan un fuerte abrazo. De esa fuerte unión de
las primeras imágenes, que no tuvieron audacia para expresarse, y las
últimas, sosegadas y muy hechas, brota su última obra enzarzada, resaltante, forcejeadora, entusiasta.
La nostalgia habida durante siempre de este gran paisaje con hombres bíblicos-nada de fantasmas-que al pasar confiados bajo las ramas poderosas se quedaron colgados de ellas por los cabellos, ha sido el
tercer ingrediente que ha entrado a hacer verdadera, saliente, veraz y
lenguaraz su obra última.
Don Ramón es en medio de: aquellos, paisajes!como un_ cenobita
suelto, rebelde, que concita a todas las aves las tentaciones y los

LA PLUMA
recuerdos a su alrededor y halla el sentido del paisaje como nadie.
Es en la tarde de ese paisaje el hombre más fantasmagórico que se
conoce, el hombre que comprende ,a selva y que se presenta en el palacio más señorial de los contornos a pedir el predio que le pertenece, a
ser el dueño como le corresponde del salón de las consultas, donde a
ninguno de sus antepasados mejor que a él habrán ido a preguntar cosas y a someter litigios sus colonos; el salón de la geografía, cuyos tenápreos movidos por sus manos tendrán rotación de mundos manejado~
por el Creador y el salón de la biblioteca, todos cuyos libros serán entendidos por él como por ninguno de sus antepasados.

*

* *

Don Ramón ha -tenido cortada la cabeza, esa cabeza fantasmagórica
y que parece injertar en la vida las volutas renacentistas.
· ¿Quién le cortó la cabeza a don Ramón? En un martirio del arte parece que fué, en una disputa sobre la liturgia, pero don Ramón fué de
esos mártires que después se pusieron la cabeza que les habían cortado,
consiguiendo así más tesoro sobre su garganta.
Su larga barba encubre la cicatriz, pero hablando con él de perfil yo
le he visto la sotabarba llena de esas fieras rugosidades de las cicatrizaciones.
Ese mistno encono que tiene don Ramón en la cabeza, ese modo fiero y cercenador que tiene de encararse con todo, le quedó de su época
&lt;le haber tenido cortada la cabeza, repitiendo desde entonces su rostro
el gesto que tuvo cuando se encaró con las cosas en su hora de cercena-ción y desprendimiento, un gesto que no podrá imitar nadie, un gesto
entre clarividente, colérico y pasmado.
Con este descubrimiento de que la cabeza de don Ramón ha estado
cortada, se aclaran muchas de sus idiosincracias, su impasibilidad, su
fiera independencia, su actitud de monarca degollado y repuesto, su estrella fría y consolidada en la frente.
Una cabeza que ha sido cortada y vivcf tiene un fanatismo por sus
propias ideas que llega a ser tan hermosamente dogmático como el de
79

�LA P L lJ ;..1 :\
LA 1' I, U !11 A

don Ramón y que ya no cejará nunca por nada ni por nadie en sus orgullos y suposiciones.
Por eso tiene su cabeza esa colocación en forma de cuña, en . for~a.
de puñal clavado, en forma de cosa remetida con imperio, de estandarte encujado-no encajado-en la alta almena después de la reconquista.
La cabeza de don Ramón, siempre echada hacia atrás, ~orno cabeza.
articulada de Santo de vestir, tiene un gesto resurrecciooado y ve por eso
con nitidez y fulgor todo lo que tiene algo de inmortal, todo lo que no,
va a ser efímero, todo lo que, como él, volverá a resucitar y persistir.
Esa visión de lo permanente, de lo indecible, de lo esencial, que tiene.
don kamón, depende de que sabe lo que va de lo pasajero a lo perdurable, de que conoce por experiencia ese límite, esa brusca transición,.
ese seguir encendidó de lo que no ha de apagarse y ese estar ya apagado,
de lo que ha de ap,agarse aunque aµn siga encendid,.o.
La cabeza cercenada y rediviva tiene esas facultades de ver lo radiante, \o latente, lo constante, lo sostenible, lo indiviso, lo que e~ fenómeno de la unidad inveterada y sempiterna.
Esa experiencia que tiene la cabeza de don Ramón no admite com-.
petencia. Repetir esa trama de perder la cabeza y reanimarla sobre los.
mismos hombros es cosa peligrosísima y mortal para casi todos.
Por eso merece más respeto don Ramón y que ese respeto sea de una.
especie supersticiosa y salvaje. Compara la vida de todo con aquel instante o instantes en que tuvo su cabeza cortada y en que vió lo que murió y vió lo que no murió en el subitáneo espectáculo del mundo, durante su muerte, mientras su cabeza rodó como muerta, igual que el capitel de una columna cuando se desprende de ella para que el tiempo.
siempre los arme de nuevo.
Fijémonos bien en cómo está de recompuesto, de venido hacia atrás,
de extrañamente colocada sobre el altivo don Ramón la cabeza quimé·rica, la cabeza resurrecta, la cabeza que no sólo evoca las tallas de los
muebles del renacimiento, en que todos los adornos son barbas y gue-.
dejas del viejo y venerable genio central, sino que evoca eso~ colof~nes.
de los libros complicados en que los ringorrangos del pendolista o d1bu80

Valle-lnc1án estuvo en Korte-A11.1éríca a fines de1 a6o 21. Un µeriódíc,o iieoyorquü,o .apr.owechó la .ocasión parn publicar d grnb.ad-0 pr.ec.e&lt;lente (D011 RailHHl .at .a table in fro-ut -0f the Caf.é Regi na), i.lustr.a.tiv-0 -de .un .copi~o a,rtícul.G,
.del que sacamos este pána.fo;
« •.. any aftern-0011 in Madrid from ú to S:30, ycm am fin&lt;l Don R amoH .at a
tabJe in front of J:he Café Re-gfo.a, -0.i the squat·e in the busy centre of Madrid
.called the calle d.e Akal.á-where he holds .court, as n-o !iternry coort has been
held si.nee Goldsmith a1Q.d Boswell gatbe,·ed .iro.t,1nd our own Sanw.el fohnsou.
And the Spaais]} lite:rary world gathet·s aro.una h.irn., th.e novelists and drama±:ists, t he poets a1¡d e4itors., tl,e «minor J)Oets• aod jou.rnalists, tlte J)ape, sellers
:aad 1he :;tceet beg,ars .a11d t'h.e local. Carmens. And mere ther excited1y discuss
the .affairs o:f uations, fote,rnational. litec.ature, l\Ieo-Platonism and thc fo.macuia,-:e Corn.e-&lt;;ptiobl.. Verses are ct&gt;..;id al&lt;J1.1d by the J)Oets, to the noisy a,ceompani,
mest of cl.as:gililg street cars. Cigacette sellen, tbrust their wa1·cs in to intecrup
tbe .euited -O!iscoorse.
D.cm llla100&amp;011 dses ro his fe.et. His one hand nen,ously pulls at hís scraggly
lil&gt;eard.. FO.a6',es of 1Wit dart like .eleclricity. lt is the «tertulia» (as tbe spaniards
c:ill i1 &lt;'llÍ t'lle spanís.lJ. literati.» { La traduc¡;iótt ett la pági1Ja 9óJ

�I

L A PLUMA

j ante, sin que precisen una cabeza, sin precisar una fisonomía, componen un ser imaginario, un apóstol teórico, un ser formado por las rúbricas, los arabescos y las volutas puras, el verdadero ente del estilo.

* * *

Este es el don Ramón fantasmagórico que yo pienso.
Ahora perdonadme que haya escrito tantas veces Ramón en mi trabajo; pero es que ya tengo la facilidad de escribir ese nombre, que se
adquiere en el firmar mucho y dialogar mucho con uno mismo. Es un
tocayo y un tocayo de nombre muy español que los franceses convierten en jamón y que ni una sola vez he dejado de acentuar.

•
RÁMÓN GóMEZ DE LA SERNA.

VI

�LA PLUMA

EL SECRETO DE V ALLE-INCLÁN
que el mundo se rehiciese sobre un módulo dado
por Valle-Inclán. No conservaría el mundo su forma esférica. En las partes donde Valle-Inclán lo hiriese con el rayo de
su fantasía, la rutilante corteza del globo, dilatándose como
un flemón, tocaría en el confín de las estrellas; en otras, que Vallelnclán desprecia u olvida, la envoltura terrestre, desinflada, se hundiría,
plegándose en abismos negros. Mundo tan irregular c~mo el nuestro lo
fué hasta que advino, pocos siglos hace, a la perfección de 1~ esfer~:
mares tenebrosos, inexplorados continentes, y en torno de las tierras civilizadas, el escita, el tártaro devastador. Valle-Inclán vería en imagen,
dolorosa a fuerza de ser plástica, el friso ornamental de su vivienda, o el
trazado y los colores del jardín; se inflamaría describiéndolos; el esplendor de la imagen brillaría en sus ojos, en su palabra, y encendido por
el deseo de la hechura perfecta, vendría a resolver con ciencia propia los
detalles más privados de cada oficio; el tejido, la talla, una pintura, la
poda arquitectónica de su jardín, cualquier aplicación al ornamento de
la vida, le absorberían en el goce de domar la rebelde materia, y de vaciarla en las formas acabadas que brotan en su imaginación; Valle-Inclán
se olvidaría de su papel de reformador del mundo. Hombre que contempla a nuestro planeta desde una estrella, que trastrueca los continentes, perfora los itsmos que aún están cerrados, reenciende los volcanes
fríos si la grandiosidad de un cuadro lo pide, enjuaga los senos del Pa-

D

MAGINEMOS

dfico co~ l?s caudales del Atlántico, transplanta las razas, sigue el curso
de las rehg10n_es, en suma, gran Arquitecto del Universo imaginario, se
.abate a lo me¡or sobre una presa minúscula, la apura, la atormenta y se
atormenta, por encuadrarla en su tipo, por imprimir en lo real un acabamiento lógico. El mundo que Valle-Inclán hubiese de rehacer saldría
navegando incompleto. Tropezaría con alguna ley inviolable. Daría volteretas en los espacios. Los pasajeros, amarrados por la cintura, se pre_guntarían el por qué de sus penalidades. Entonces surgiría el héroe: pre-c!pitándose al gobernalle, voces de mando, denuestos, razones, argucias, todo le parecería bueno para sofocar la resistencia ajena. En vién.dose perdido, él mismo aniquilaría su mundo, haciéndole volar en mil
pect·azos; se hundiríá por su Iibén:ima voluntad.
Valle-Inclán se solaza en ese mundo quimérico, del que sólo son emisarios amables sus criaturas poéticas. Es más amplio su espíritu que su
.arte. El arte concluye un poco de lo que en su espíritu flota, y nos deja
ver la gala, el ornamento de algunas estancias, trabajadas con primor.
Pero otras formas, indecisas; otros límites, vagos; un amontonamiento
&lt;fe materiales sin utilizar; modos insólitos, que penetrán como cuñas en
el orbe de la gente llana, descubren la existencia de unas soledades fabulosas, _de las que Valle procede, a las que va. Está en su reino, que
apenas tiene con el nuestro un lado común, mucho más distante de lo
q_ue él ~ree. No iría a pedirle ensueños a la marihuana si el poder alucmatono de su fantasia fuese menos pertinaz. De una nube quisiera saltar a otra nube; pero ningún beleño le hace soñar tanto como el ensueño en que vive. Fumando la pipa de kiff se aletargó; en la clarividencia
ultraterrena del letargo ¿qué pudo contemplar? ¿Algún séptimo cielo?
¿~bismos luminosos?, ¿verdades inefables?, ¿la suma explicación de la
vida'. ~Lo que valga la pena de filtrarse convertido en humo por los interst1c10s de la puerta del misterio? Valle-Inclán descubrió un retablo de
maravilla: en una vasta pradera en declive, de un verdor chispeante, entre dos suaves colinas, un gran santo, un apóstol, un patriarca, sentado
-en_ su facistol, asistido de otras figuras menores; y a su espalda, cerramiento entre las dos colinas, una vidriera esplendorosa, de tan vivos y

�LA PLUMA
puros colores como si la luz fuese una canción. Valle-Inclán volvió de
su trance rebosando placer; placer incompleto: echaba de menos algo; si
el prado y las colinas, el santo y la vidriera no podían parecer mejor, el
conjunto era una composición defectuosa, no estaba «bien resuelto». Cavilando en la dificultad, sin vencerla, resolvió adormecerse de nuevo, y
absorbió la droga-me .contaba-pensando ahincadamente en el prodigioso retablo: el prado, el santo, la vidriera, las colinas fueron descubriéndose, bellos como antes, y, ¡oh gozo! sobre el conjunto apareció,
bordeando la vidriera, estribado en las colinas, el Arco del Señor. El
Iris era el único remate posible en tanta majestad ... Valle-Inclán, trasladado a la región pavorosa de la doble vista, había ensanchado a términos colosales la vidriera de una catedral. El narcótico, sin revelarle nada,
le disminuye, porque le deja inerte y apaga su poderosa voluntad de extravío.
Valle-Inclán, el hombre más altanero del mundo, con nadie se confiesa, nunca declara su secreto sentir. Hombre más que violento, explo-·
sivo, siempre está sobre aviso, incluso cuando estalla; quisiera poder
decir: sobre todo cuando estalla. Es tan prodigiosa su facultad de personificar, de formar criaturas exentas, que los defectos y las cualidades desu carácter se han convertido en otros tantos personajes, con físico, actitudes y hasta vocabulario diferentes. Hay un Valle-Inclán colérico y
otro maldiciente; hay un Valle-Inclán arriscado, temerario, y otro piadoso y recoleto. Si por ciertos atisbos fidedignos, no se barruntara en
Valle-Inclán la humanidad compasible y fatigada donde yacemos todos,
pudiera creerse que no existe íntimamente, que sólo es una máquina de
acuñar piezas para el público. Detrás de esos personajes se oculta un hombre indomable, que no solicita la simpatía ajena exhibiendo desnudo su
corazón. Alguna vez, yendo a encontrarme con Valle-lnclán, me he preguntado a cuál hallaría, de los vario5 que existen. Rebozado en la capa,
a paso largo remonta la calle de Alcalá: prestancia de caballero, cortesana desenvoltura, correspondientes a cierta manera de coloquios livianos,
donde Valle-lnclán acostumbra tratar prolijamente de algunas superfluidades (de esgrima, de caza, de linajes), con la afectación frívola, la supe84

LA PLUMA
rioridad negligente de quien no hallase para la vida mejor empleo. La
figura de Nw~n2t1 lwmmt, del cortesano cumplido, cuadra en el carácter
de Valle-I?clan con la reserva, el frío comedimiento de su gran trato;
Valle-Inclan sólo es confianzudo para sus bufones. Si el rebozo pende
~esmayado de sus homb~os, y él~ª. despacio, habría que llevarle al pórtico de_ u~a cated~al, cua¡arl: ~e vieiras la esclavina de la capa, dejándole
profenr ¡aculatonas doloros1s1mas, emanadas de sus entrañas. Este es el
Valle-Inclán, peregrino de Compostela, que nos cuenta el caso ejemplar
de «una ilustre viuda de Maguncia», o el terror sagrado de una noche en
el monte. En cuerpo, sin la envoltura prestigiosa de la capa, tan flaco,
tan escueto como parece por la manquedad, se deja ver el poeta ascético,
macerado por tantos rigores, y por las privaciones voluntarias. Valle-Inclán es el mayor enemigo de sus carnes. No duerme, pudiendo dormir;
no come, teniendo qué. Diríase que el sufrimiento le exalta. Bajo tal especie, Valle-Inclán se acerca más al sér doliente que hemos entrevisto en
su recatada intimidad.
Metido en un corro, bajo techado, en la mesa del café o en un casi·
no, Valle-Inclán suele poner en primera línea al personaje literario. Las
extrañas sugestiones de su apostura se pierden; la cabeza usurpa totalmente la función expresiva. Tan pronto es un pope como un guerrero;
t~~ pronto u~ cabecilla montaraz como un nigromante. Una chispa mahc1osa se enciende en sus pupilas al pr.&gt;vocar, melifluamente, opiniones co~prometedoras. Es el instante de hacer proyectos, de tirar planes, el instante de los acuerdos fáciles, el de aplazar las realidades. VaIle-!nclán transforma la conversación en género literario, donde puede
lucir sobre las cualidades que son ya conocidas por sus obras escritas,
o_tras no poco brillantes y difíciles. En esas máquinas habladas vuelca
sm atenerse a los cánones recibidos en los demás géneros, el archivo de
sus observaciones y sus increíbles memorias, tratándolos con fantasía
calenturienta. Ciertas personas-hay gente para todo-se muestran escandalizadas por esta inventiva de Valle-Inclán y deploran, como una
tac~a del po~ta, que sus livianos decires no respondan a un concepto
seno de la vida, no casen con las estadísticas o con los programas de
85

�LA

gobierno o... con las sociedades por ácciones. Otros le escuchan atónitos, con señales de recelo, persuadidos de que Valle-Inclán está engañándoles. Y no falta quien, dándoselas de entendido, asienta con risas.
equívocas a las narraciones de Valle-lnclán, como si corroborase las invenciones de un bromista. Es que el verbo y la acción no se acoplan en
el espíritu de Valle. Con la palabra crea un mundo que adq1.Jiere la ple-.
nitud del ser en cuanto lo formula, simplemente. Lo mismo da que
Valle-Inclán recuerde o profetice: allí no hay antes ni después. Pedir
que esas criaturas fantasmales advengan al orbe real, al terreno de la
historia en que está la persona de Valle, o que el autor dé testimonio,
por sus personajes, tomando sobre sí la carga de representarlos, es.
absurdo, incluso cuando inventa, recuerda o vaticina en cabeza propia.
Valle-Inclán otorga a la acción el menor espacio posible en su vida de·
hombre privado; en lo que hace, se advierte un resabio traído de las esferas imaginarias de su mando: propende a lo grandioso; más aún: suscita lo grandioso, generalmente irrealizable, como estratagema para
eximirse de las tareas menudas que enfrían la imaginación. Y afronta el
mundo necesario en 9ue su persona vive, con tal ánimo, que de la necesidad hace virtud. El se mece en el limbo de las libertades ilimitadas··
•
si desciende al suelo de las realidades inexorables, ninguna le ha vencido, porque se adelanta a inventar y a proclamar por suyo lo que la fatalidad decreta e impone. Parece un juego y es todo el arte de vivir. Donde se acaban la resistencia a la necesidad y la gracia para convertirla en
virtud, Valle empieza a ser un hombre como los demás. Pero esa coyuntura nunca se advierte; y advertida, lo mejor sería disimularlo, para
no lastimar o violentar al poeta, que a fuer de tal, se sustrae a las normas ordinarias. Una noche hallé vacío su puesto en la tertulia; pero
en el cristal de la mesa, las ramas curvas de sus gafas se apoyaban
como las antenas de un bicho; don Ramón no andaría lejos. Un porn
de ropa, apenas de bulto, tendida en un sofá, simulaba la silueta de un
hombre. Sí; era Valle-Inclán; su cabeza de león reposaba sobre el brazo del sofá, en un cabo de aquella ropa. Al despertarse, la cabeza se irguió como si ascendiera sola por el aire llevándose abrochada al pes86

LA PLUMA

PLUMA

cuezo una chaqueta flácida; hechos los ojos ascua, alzando su mano
abierta, clamó con voz tonante, al insertarse en la conversación: ~¡¡Sí!l
¡¡El poeta debe ser un hombre absurdo!!» Nunca habrá sido más fiel a
sus ideas.

Hilvano con un rasgo común las variantes de su persona que Valle Inclán ha pensado y estilizado, y obtengo un tipo complejo, quijotesco
si fuese menos precavido, dominante si tuviese menos orgullo. El personaje a quien Valle-lnclán ha transmitido su nombre y su figura es un
semidiós movido por el afán de la justicia absoluta. Sus odios, su crueldad verbal, su intransigencia, pueden invocar, en el origen, un motivo
de interés público aceptable. Es un héroe desprovisto de misericordia,
que ha tirado muchas piedras porque estaba libre de pecado. Se sitúa,
naturalmente, en la extrema oposición. Es una picota de lo mediocre y
de lo malo; un anticipo del juicio final para los chirles, los hipócritas,
los vividores; es un hurón que vocifera sus despegos. Pero esa justicia,
que ama tanto, no la aprende en otros, ni menos la recibe de una ley
exterior. Valle-Inclán es el hombre de la ley propia, que desprecia la jerarquía social y legal porque está corrompida. Vagando por tierras toledanas, entró con unos amigos en la posada de Olías del Rey. Sobrevino
un posadero, a quien, por ciertos dimes y diretes, amenazó con unos
palos:
~-¿Palos a mí? ¿De qué manera?
-¡Así!-y le dí unos cuantos estacazos.
-¡Dios mío!-clamó la posadera-. ¡Dios mío! ¡¡P"egar al alcalde!!»
El acento bufonesco con que remeda el grito de la posadera Jleva todavía una segunda intención, enteramente añadida por Valle: subrayar
su señorial despotismo, la turbulencia con que arroJla al representante
de la ley. ~¿Alcalditos a mí? ¿Y a tales horas?», podría exclamar. No soporta alcaldes ni alcaldadas, llámense como quiera. De grado respeta el
capricho ajeno; pero necesitaría ir en la vida por una vereda muy ancha
para sentirse holgado. En qué partes entran a formar su ley propia la
herencia, unas siluetas históricas, arquetipos poéticos y un mesianismo
vago, que suele andar por aquellos rincones mal conocidos de su uni87

�LA PLUMA

LA PLUMA
verso, es menos importante que nombrar sus dos fundamentos: la independencia personal y el pundonor. No obligarse a doblar la cabeza ante
nadie, sostener la fama y el crédito, a todo evento: tales son, a mi parecer, las causas de muchas abstenciones y de algunas intromisiones de
Valle, a costa de su bienestar y su comodidad, en tiempos; arriesgando
locamente la vida, las raras veces que de ello ha sido caso.
Como todos los imaginativos, Valle-Inclán se cree un gran general.
Contemplando el tráfago de los ejércitos, no sacia únicamente un goce
estético. Le place una guerra movida, brillante, una guerra a lo Van der
Meulen, con reencuentros de caballería, emboscadas y pistoletazos; o
una guerra novelesca, como la carlista, en que la inspiración personal
halla tantas ocasiones de lucimiento; o un aparato bélico teatral: ValleInclán, arrojando el bastón de mariscal al otro lado del Rin, ¡qué magnífico envite! Pero en la guerra pensaría encontrar un acuerdo entre su
capacidad de inventar y la acción, que hoy no marchan juntas; entre
la vastedad de su ánimo sin límites y los objetos a su alcance. La guerra, además, es la gran suscitadora y aprovechadora del pundonor.
Valle-lnclán, animado de un pundonor fabuloso, habla de la guerra
como del teatro natural de sus hazañas. Esto es quijotismo. Acometerá
una acción sublime o correrá un paso ridículo, según el color del momento, sin cambiar el impulso. Tropieza con una guerra de verdad, y
se extasía en el peligro; pero también puede perecer en tonto.
De madrugada, Valle-lnclán y otros amigos iban por la carretera de
Carabanchel a presenciar un fusilamiento. Vieron venir un tropel de
ganado: el encierro de bueyes y vacas que subía al matadero. Los amigos se apartaron todos, menos Valle-Inclán. Gritábanle los vaqueros:
«¡Apártese! ¡Apártese!~. Y se negó a obedecer. Pasaron los de a caballo;
llegaron las reses, y él se estuvo tieso en la carretera, sintiéndolas trotar
a sus costados. Tuvo, sobre Don Quijote, la fortuna de que no le molieran a coces.
Este es el tipo exaltado, impresionante que Valle-lnclán alimenta
con sus más robustas energías; acaso sea el Valle-Inclán de la historia,
o de la leyenda. Es probable que Valle-lnclán esté destinado a soportar
88

una desfiguración popular, grosera, y que dure en la memoria del vulgo como un carácter terrible, agrio. ¿No padece Quevedo una reputación
de procaz deslenguado? Pero al hombre dulce e infantil, huidizo y modesto, al cultivador galaico que vive secretamente aherrojado por el personaje fabuloso de Vallc-lnclán, un destino casi sobrehumano le pe.saría.
MANUEL AzAÑ.A..

�LA PLUMA

MÁS COSAS DE DON RAMÓN
oNocf a don Ramón hace catorce o quince años en su casa, ad•,ndeme llevó un poeta, de cuyo nombre no quiero acordarme. Recién
casado con Josefina Blanco, actriz rarísima en la escena española
por su inteligencia y sensibilidad, vivía en un principal espacioso
y burgués, a la entrada de la calle o paseo de Santa Engracia. Ra ·
p ada la melena romántica, con que basta poco antes había desafiado la curiosidad madrileña, sustituídos los quevedos por unas simples gafas, más cuidado
y pulcro en su atuendo que basta entonces, la figura de don Ramón permane cía inconfundible. «Enmedio del camino de la vida•, cobraba esa prestancia
natural de algunos retratos del Tintoretto.
Pronto me ganó la afabilidad de su trato, que cierta fama, debida a tal cual
desplante quijotesco de sus buenos tiempos juveniles, supone difícil. No es,.
e n verdad, hombre dado a disimular sus sentimientos. Pero lo valiente en él no
q uita a lo cortés, y todavía no le he visto nunca airado sin razón ni motivo..
He podido comprobar varias veces, en cambio, la finura espiritual, exenta de
ade manes superfluos, con •que distingue a los amigos, que lo somos de la verdad al serlo suyos.
Una de las primeras veces q11e le Tisité con mi inseparable compañero de
carrera, hasta que prematuramente acabó la suya en esta vida, Fernando Fort6.n~
nos recibió Valle-lnclán en el comedor de su casa, donde al pie de una estufa
al rojo vivo, yacía desnudo un bebé de pocos días, pues que la madre estaba
convaleciente a6.n. Don Ramón contemplaba a su hija forzando la curiosidad
por disimul ar sin duda todo sentimentalismo paternal. La niña, que desde SIL

primera infancia se mostró en hechos y dichos heredera de la viveza de inge- •
nio de sus padres, correspondíale con una mirada, sorprendente por lo segura
en criatura tan tierna.
Nos habían hecho pa5ar al comedor, como habitación más confortable que
la salita de entrada donde acostumbraba recibir los visitantes de cumplido,-.
n@ porque estuviera comiendo. Don Ramón no comía; ayunaba por prescripción facultativa, como había hasta entonces ayunado muchas veces por no,
tener qué comer. Hasta hace muy poco no le he oído alardear ante un san-grante solomillo de café, de la virtud del ayuno, practicada por él en los años·
de bohemia descarada, en holocausto a la fe literaria en su propia obra. Cuando
lo practicaba no lo decía. Es más, si no se salpicaba las barbas de migajas los,
días que no lo probaba, interrumpía la compaña de sus camaradas para enga--·
ñar el tiempo de- la cena. La hora del almuerzo la pasaba en la cama.
Para poderle aliviar, ya que coovidarle hubiera sido imposible o contraproducente, que tanto valía comprometerle a corresponder, exageraban sus amigos la afición a una buñolería pintoresca, donde por poquísimo dinero satisfa-.
cía don Ramón con un café sus escasas necesidades. Cuando yo le conocí, repito, ayunaba; pero ya sin apremio, y cuando no se lo rechazaba el estómago
ingería sus buenos vasos de leche, que, solícita, le tMÍa preparados su muj e r.
Estaba en trance de publicar Romance de lobos, que iba viendo la luz, según
la escribía, en follctones de El Mundo, diario nuevo aquel año. Más de una vezc:
nos leyó a Fortún y a mí la comedia bárbara a medida que las escenas se sucedían inspiradas. Quien no haya oído leer a Valle-Inclán sus propias obras no .
es fácil que entienda toda la significación que don Ramón atribuye a las palabras, consideradas en sus elementos sonoros. No, no es escritor que se enjua -gue con el estilo, alambicándolo de un modo precioso. Pero el acento no es en
~u prosa impreciso o inapreciable. Es algo consustancial. Todavía recuerdo la.
Impresión que un simple inciso en una de las acotacione s de Romance de lobos,
~e produjo en su primera lectura: cla llamaban por mal nombre la Rebola•~
dice el texto acabando de pintar un tipo. A contadísimos actores, entre los.
más grandes, juzgo capaces de expresar, como don Ramón aquella tarde, el mis-terio trágico-grotesco del estrafalario personaje con tan pocas p zlabras descrito.
-¡Ah!, pues si la hubiera usted visto...-decíame no ha mucho don Ram ó n,
r~c?~dándole yo mi impresión por tal lectura, y aludiendo él al original de tan.
v1ns1ma copia.

�LA PLUMA
LA P L U .\1 A
Yo no conocí, claro está, a la verdadera Rebola; pero no puedo por menos
,,de asociarla al recuerdo de la Criso, criada a la sazón de Valle, atormentada
por espíritus que le acompañaban como una sombra, ya en la cocina, y11 en !as
.andanzas de su ministerio por la casa toda.
La Criso, diminutivo de Crisógona, su nombre de pila, que don Ramón cn1:onaba heroicamente para encomendarle cualquier servicio sin importancia, era
una criada sin par, más q1tc persona viva, trasunto de la imaginación de su amo.
·un amo de tan fuerte personalidad forzoso es que imprima al ambiente en que
se mueve cierto encanto novelesco. Es verdad que don Ramón empezaba por
introducir al que por primera vez iba a su casa en una habitación cuyo único
balcón a la calle aparecía condenado en su parte baja por un pequeño escrit&amp;rio; y sustituido en su parte alta por un montante clavado imitando una vidriera de catedral. Luego, el menor accidente prestaba a la decoración la rareza de
un mundo anacrónico. Así, cierto día que se fundió el alumbrado eléctrico y
hubo de acudir Criso con un quinqué, cuya sombra incierta ngaba junto con
la del espíritu-no sé si tutelar o burlón-que siempre le acompañaba, el
prestigio de lo misterioso, caro a d,n Ramón, cobraba insospechada realidad,
Pasábase en la cama días enteros, los más fructíferos de su trabajo-y aun
ahora, cuando escribe, suele hacerlo entre sábanas, no más que incorporado en
el lecho, recostándose sobre las almohadas-. Leyéndome en otra ocasión uno
de los últimos pasajes de Romance de lobos, detúvose uu punto, sacó la cabeza,
inclinósc a una jofaina que al lado de la cama tenÍl, y con me1los esfuerzo que
el catarroso se alivia de una flema molesta, vomitó una bocanada de sangre tal
que quedé espantado. Antes se recobró él que yo del susto, y como si nada su-cediera siguió leyendo con el mismo graciosísimo énfasis.
Creo que aquella misma tarde fué cttando, a propósito d&lt;- la desorientación
.de sus críticos al atribuirle determinadas filiaciones literarias, me dijo:
- No saben nada; no se enteran de nada. ¡Vaya! ,!A que no sabe usted el
eji:mplo que tuve presente al escribir las Sonatasr
Don Ramón hizo, según acostumbra en casos tales, una pausa, a que pudo
,quizá servir de pretexto la rápida rebusca de un pañuelo perdido bajo la al.m ohada o entre el embozo de la sábana. Yo, entre tanto, callaba respetuoso,
-sin acertar a figurarme la influencia que don Ramón se disponía a confesar, se_guro por lo demás de que mi empeño hubiera sido vano, dada su agilidad para
.reaccionar siempre de una manera inesperada y sorprendente.
Alzó la cabeza de nuevo, se me quedó mirando, y dirigiendo luego la vista

a las cuartillas que yacían sobre la cama, añadió mesándose las barbas con lenta-

fruición:
-Pues tuve presente las Doloras de Campoamor.

........... ................. ........ - ....................... .. .

Don Ramón ha sido siempre hombre de pocas lecturas. Su rápido instintode comprensión, su aguda sensibilidad, le han ahorrado mucho tiempo para
enterarse. Meses enteros he visto en su escritorio un ejemplar de I Laudi, de
D'Annunzio, con la seiial en la misma pági"a. Conoce vagamente el italiano y
no muy bien d francés. Es sorprendente la justeza, desde su punto de vista
personaUsimo, con que juzga a Anatole France, al autor de La jiglia dt Jorio,
de la Francesca, de La Fiacco/a so/Jo il moggio, a lbscn, a Tolstoi, con un criterio opuesto las más de las veces al sentir general, a la opinión a la moda. Tolstoi le entusiasma, D'Annunzio le seduce, France le gusta poco, a lbsen casi le
detesta. Se explica, sin embargo, sn admiración por Beroard Sbaw, de que conoce poquísimas obras, por el humorismo genial del graa inglés, de que es incapaz su gran ascendiente noruego.
De la literatura española le atrae el mwimiento dramático del teatro clásico
más que los moldes poéticos del diálogo tradicional. Pero sus preferencias van
a los cronistas y más que en los antiguos se complace en los de Indias. De sus
contemporáneos admira sin reservas, con apasionado fervor, a Rubén Darío, de
quien recita de memoria la obra entera con emoción y gracia rítmica inefablesRecuerdo la imperturbabilidad, tan característica suya, con que yendo •n día
conmigo calle de Alcalá abajo, al dar la vuelta por la del Barquillo, según cami- nábamos despacio por medio del arroyo, recitando é l con grave pausa el céle-bre soneto:
•¿Eva era rubia?, no; con negros ojos
vió la manzana del jardín, con labios
rojos probó eu miel..., etc.•
como acertara a alcanzarnos un tranvía que con insistentes llamadas nos aTisaba que nos apartásemos, volvióse don R.1món iracundo, y con tal denuedo excla1116 dirigiéndose al conductor:
-¡No me da la gana, ea!
que, amedrentado y confuso, el hombre se avino sin más a seguir nuestro paso,
tardo, en tanto don Ram6n, ajeno a todo cuanto no fuera el iOneto que iba recitando, centinu6 hasta terminar;
• ... que hace temblar a Pan bajo las viñas.•

�.LA PLUMA
~cediendo al cabo, 110 a los requerimientos del tranviario, sino a la suave insinuación con que procuré llevarle a la acera.
Aparte Rubén Darío, le he oído encomiar las grandes CUJllidades dramáticas
,,de Pérez Galdós:
-Aquella Alma y vida... ¡Ya estaba bien, caramba, ya estaba bien!
·
De El abuelo prefería la versión primera a la reducción escénica. Sor Simo. na también es muy de su gusto.
-¡Pero esos cómicos son tan bárbaros, tan bárbaros!

1

'

Uno de los capítulos más interesantes de la biograffa de Valle-Inclán es su
afición al teatro y sus andanzas por los escenarios. Paladín de la protesta con·,:t;ra Echegaray con ocasión del homenaje nacional en celebración del Premio
Nobel, siempre que viene a pelo tiene en la memoria algún trozo ridículo de
La peste de Otranto, de La esposa del vengador o de El gran galeoto con que corroborar su mala opinión de don José, como entonces se le llamaba en los saloncillos.
-Benavcnte ha podido hacer algo ... perG no quiere ... Benavcntc, que pudo
. ser algo a la manera de un Chéspir (don Ramón españoliza bravamente los grandes nombres) satírico, y hacer comedias en que hubiera tras una escena ~k señoritos en la cuadra otra de criados en el salón, se ha entregado a la Pino, a
Lara, al abono de la Guerrero ...
Conocidos y celebrados son su'&gt; desplantes con cómicos y empresarios. Admirador de Maria Guerrero, cuyas facultades considera malogradas por el pésimo gusto en que se ha educado y vivido, llegó a estrenar en el teatro de la
Princesa dos de sus obras. Como a los pocos días de representarse por primera
vez La marquesa .Rosalinda, fingieran en su presencia cierto desacuerdo la Gue,Trero y Díaz de Mendo1a, respecto a la acogida que pudiera tener la obra el
sábado de abono blanco, y a la conveniencia de suprimir o no determinados pa· sajes, don Ramón, conociendo la añagaza, se adelantó a decir:
-Estaba yo pensando, sin saber a qué atribuirlo, lo bien que se está en
Madrid los sábados por la noche. Es observación que vengo haciendo al salir
-de la tertulia de Levante con los amigos y andar tan a gusto a esas horas por
,la calle. Ahora he caído en la cuenta: todos los imbéciles están abonados a la
Princesa. Pero el sábado que viene voy a interrumpir mi costumbre de no salir a escena, para decirle al abono cuántas son dos y dos, ea; ya estoy cansado
•-0e oír insensateces.
94

LA PLUMA
Llegó, en efecto, el temido sábado, y contra lo que sospechaba el director
&lt;del teatro, se aplaudió la escena cuya suerte juzgaba comprometida.
-¿Y ahora?-parcce que exclamó triunfante doña María Guerrero al volver,
-concluída su parte, al saloncillo, cncaráadose con su marido, que seguía representando el papel de ingenuo, y con el propio Valle, que sonreía cínicl', me.sándosc la barba-. ¡_Y ahora, qué me dicen ustedes del abono? ¡Han aplaudido
la escena que siempre había pasado en silencio, incluso el día del estreno con
los intelectuales amigos de don Ramón!
-Como que han reforzado ustedes la claque- respondió don Ramón in-mutable.
Valle-Inclán, curioso de toda experiencia, quiere ver surgir al renovador
fundamental de los cánones subvertidos por la genención del 98, triunfante
con él, con Baroja, con Azorín, con Unamuno. Toda tentativa juvenil le interesa
y esperanza.
- Habría que hacer algo... Es preciso cambiar los conceptos, habría que ha-ccr algo en un modo poP.ular y con un sentido eterno de la actualidad.
La forma teatral de sus últimas obras, culminante en el género de esperpen•
ros-como le place titular a La ,·eina castiza, Luces de bohemia, Los cue,·nos de
-.don Friolera, inéditas en volumen lu dos últimas, y que el curioso ha de buscar aún eu las colecciones del semanario España y de LA PLUNA- responde a la
-necesidad de renovación qne le acucia a producirse sin contaminación con los
medios de dema.1da y oferta que acostumbran editores, e.npl·esarios y ptovee·dores de baja estofa literaria.
-El teatro es lo que está peor en España. Ya se podían hacer cosas, ya.
Pero hay que empezar por fusilar a los Quintero. Hay que hacer un teatro de
muñecos. Yo escribo ahora siempre pensando en la posibilidad de una representación en que la emoción se dé por la visión plástica. El tono no lo da
nunca la palabra, lo da el color.
Don Ramón no entiende la música:
-Sin embargo, una vez, hace ya de esto algunos años, una noche en Levan•te, donde tocaban siempre música clásica, .empezó la orquesta una cosa que yo
que no tengo oído para la música dije: ¿Pero esto qué es? ¡Esto es muy malo!
Preguntamos después y nos dijeron que era la .rantasfa morisca. Chapí se llabía muerto aquel día. Yo no entiendo nada, pero había allí un modo tan vulgar
y tan ramplón de acordar los sonidos ...

95

�LA P L U :t,.I A
Vano empeño sería pretender reflejar en unas cuantas cuartillas al vuelo la,
agudeza de don Ramón, las sugestiones que conthuamente despierta en la conversación corriente, la naturalidad de su pose.
Del retrato de Anselmo Miguel Nieto, varias veces reproducido en periódicos y revistas gráficas, inspirado en la devoción de Valle al Tiziano, a los
Echevarrías de ahora, pintura fiel de la teatralidad cotidiana de don Ramón~
transcurren precisamente los años de madurez y lozanía en que se halla. Dolíase no ha mucho Luis Araquistain de la pérdida que significa para la literatura española contemporánea la falta de un constante anotado, de los hechos
y dichos de don Ramón del Valle-Inclán.'Es verdad. Prometo, en lo que pueda
caberme de esa re-sponsabilidad, la enmienda. Valgan estas cuartillas por la
intención de señalar no más la vena inagotable de una historia fidedigna de
la vida literaria de nuestro tiempo.
En ella cabrá cuaato el espacio y la memoria nos niegan ahora. Ni apuntar
siquiera hemos podido algunos aspectos interesantísimos de la persona de doa
Ramón: el diletlante de ocultismo, el fumador de cáñamo índico, el político, su
ars amandi, en fin, merec~n la atención prolija que me propongo consagrarle
en las temporadas que a6.n nos es dado a sus amigos madrileños disfrutar de su
compañía, cuando para preparar la impresión de un libro nuevo, viene del casal gaJlego, donde, con su mujer y sus cuatro hijos, vive ahora lo más del año.
en las tierras de un antiguo señorío de su familia.
C. R.C.

( • ... todas las tardes, de seis a ocho y media, puede verse a don Ramón en
una mesa ante el café Regín11, en la encrucijada ele ese bullicioso centro de Madrid, llamado la calle de Alcalá- -donde tiene su corte literaria, como no ha
habido otra desde que Goldsmith y Boswel se reunían en torno de nuestrn Samuel Johnson. El mundo literario español se reúne en torno suyo: novelistas y
dramaturgos, poetas y editores, «poetas menores• y periodistas, vendedores de
periódicos, mendigos callejeros y las Cármen~s de la¡localidad. Muy excitados,
discuten allí los negocios de Estado, la literatura internacional, el Neo-Platonismo y la Inmaculada Concepción. Los poetas recitan versos en alta voz, con.
el ruidoso acompañamiento del estrépito callejero. Los vendedores de cigarrillos interrumpen los acalorados discursos con la oferta de su mercancía.
Don Ramón se pone en pie. Con su única mano se peina las barbas desmalazadas. Como chispas eléctricas brilla el ingenio. Tal es la «tertulia», como ellos
la llaman, de los literatos españoles.•)

96

AÑO IV.

'

MADRID, FEBRERO 1925

1

NÚM. 53.

LA QUINTA DE PALMYRA
,.

I
DESCRIPCIÓN DE LA QUINTA

había una alta tapia cubierta de musgo pardo como
s1 llevase a sus hombros una capa de terciopelo . La
puerta era una enorme puerta en cuyas dos col
'
1
umnas po.
'-•·
·~ . ma: en a de la izquierda QUINTA v en la d l d
h
PALM
.
, e a erec a DE
YRA con su particular ortografía portuo-uesa Sob
1
1
n
d
o
·
re as co urnas se estacaban los dos jarrones tradicionales.
RI~fERO

t

Los árboles, más que centenarios, intentaban ocultar el pala ..
pero se le entreveía en el fondo recibiendo los
.
c10,
puerta central l
,
.
cammos en su
,
, ª. a qu~ se sub1a por una suntuosa e~qalinata. '
Era un palac10 clanto y triste. En los copones de sus esq .
estaba depositada el agua de las lluvias antio-uas
umas
de las lágrimas del cielo.
º ' como reservorio
En el centro, sobre el ángulo de la frente de 1
atribnto d . .
h b'
a casa, como
ivmo, . a ia una diosa pagana que recogía su túnica sobre las bellas piernas. Era de piedra y tenía los colores variados
VII
97

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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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              <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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