<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<item xmlns="http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5" itemId="20403" public="1" featured="1" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance" xsi:schemaLocation="http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5 http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5/omeka-xml-5-0.xsd" uri="https://hemerotecadigital.uanl.mx/items/show/20403?output=omeka-xml" accessDate="2026-07-01T06:38:41-05:00">
  <fileContainer>
    <file fileId="16872">
      <src>https://hemerotecadigital.uanl.mx/files/original/441/20403/La_Pluma_1923_Vol_6_Ano_4_No_33_Febrero_n.pdf</src>
      <authentication>b08223bd11a34fb0f412a3db15f44e6e</authentication>
      <elementSetContainer>
        <elementSet elementSetId="4">
          <name>PDF Text</name>
          <description/>
          <elementContainer>
            <element elementId="56">
              <name>Text</name>
              <description/>
              <elementTextContainer>
                <elementText elementTextId="570572">
                  <text>LA P L U :t,.I A
Vano empeño sería pretender reflejar en unas cuantas cuartillas al vuelo la,
agudeza de don Ramón, las sugestiones que conthuamente despierta en la conversación corriente, la naturalidad de su pose.
Del retrato de Anselmo Miguel Nieto, varias veces reproducido en periódicos y revistas gráficas, inspirado en la devoción de Valle al Tiziano, a los
Echevarrías de ahora, pintura fiel de la teatralidad cotidiana de don Ramón~
transcurren precisamente los años de madurez y lozanía en que se halla. Dolíase no ha mucho Luis Araquistain de la pérdida que significa para la literatura española contemporánea la falta de un constante anotado, de los hechos
y dichos de don Ramón del Valle-Inclán.'Es verdad. Prometo, en lo que pueda
caberme de esa re-sponsabilidad, la enmienda. Valgan estas cuartillas por la
intención de señalar no más la vena inagotable de una historia fidedigna de
la vida literaria de nuestro tiempo.
En ella cabrá cuaato el espacio y la memoria nos niegan ahora. Ni apuntar
siquiera hemos podido algunos aspectos interesantísimos de la persona de doa
Ramón: el diletlante de ocultismo, el fumador de cáñamo índico, el político, su
ars amandi, en fin, merec~n la atención prolija que me propongo consagrarle
en las temporadas que a6.n nos es dado a sus amigos madrileños disfrutar de su
compañía, cuando para preparar la impresión de un libro nuevo, viene del casal gaJlego, donde, con su mujer y sus cuatro hijos, vive ahora lo más del año.
en las tierras de un antiguo señorío de su familia.
C. R.C.

( • ... todas las tardes, de seis a ocho y media, puede verse a don Ramón en
una mesa ante el café Regín11, en la encrucijada ele ese bullicioso centro de Madrid, llamado la calle de Alcalá- -donde tiene su corte literaria, como no ha
habido otra desde que Goldsmith y Boswel se reunían en torno de nuestrn Samuel Johnson. El mundo literario español se reúne en torno suyo: novelistas y
dramaturgos, poetas y editores, «poetas menores• y periodistas, vendedores de
periódicos, mendigos callejeros y las Cármen~s de la¡localidad. Muy excitados,
discuten allí los negocios de Estado, la literatura internacional, el Neo-Platonismo y la Inmaculada Concepción. Los poetas recitan versos en alta voz, con.
el ruidoso acompañamiento del estrépito callejero. Los vendedores de cigarrillos interrumpen los acalorados discursos con la oferta de su mercancía.
Don Ramón se pone en pie. Con su única mano se peina las barbas desmalazadas. Como chispas eléctricas brilla el ingenio. Tal es la «tertulia», como ellos
la llaman, de los literatos españoles.•)

96

AÑO IV.

'

MADRID, FEBRERO 1925

1

NÚM. 53.

LA QUINTA DE PALMYRA
,.

I
DESCRIPCIÓN DE LA QUINTA

había una alta tapia cubierta de musgo pardo como
s1 llevase a sus hombros una capa de terciopelo . La
puerta era una enorme puerta en cuyas dos col
'
1
umnas po.
'-•·
·~ . ma: en a de la izquierda QUINTA v en la d l d
h
PALM
.
, e a erec a DE
YRA con su particular ortografía portuo-uesa Sob
1
1
n
d
o
·
re as co urnas se estacaban los dos jarrones tradicionales.
RI~fERO

t

Los árboles, más que centenarios, intentaban ocultar el pala ..
pero se le entreveía en el fondo recibiendo los
.
c10,
puerta central l
,
.
cammos en su
,
, ª. a qu~ se sub1a por una suntuosa e~qalinata. '
Era un palac10 clanto y triste. En los copones de sus esq .
estaba depositada el agua de las lluvias antio-uas
umas
de las lágrimas del cielo.
º ' como reservorio
En el centro, sobre el ángulo de la frente de 1
atribnto d . .
h b'
a casa, como
ivmo, . a ia una diosa pagana que recogía su túnica sobre las bellas piernas. Era de piedra y tenía los colores variados
VII
97

�LA PLUMA

LA PLUMA
.
elos ue hace la lluvia en el mármol como si
del tiempo y los ~oyu
. q había bañado a aquella mujer!
fuese el mar. ¡Cuanta lluvia
l
lo que de picudo tienen los
Quitaba aquella escultura a a casa
tejados en forma de toca.
1
h'meneas hacen tanto bien a
En señal de gratitud, ~a que ads \~rtuo-al aquellas de la quinta
todas las chimeneas e
o ,
la casa, como
.
en alo-o más que en chimeneas y paestaban elevadas y convertidas 1
º, con pretensión de ser alguna
vástagos de a casa
recían palornares,
· 11 · del prado.
. t· as nuevas casas mas a a
t
vez casas au en ic ,
'fi os que se preparasen en
·
pesinos v mao-m c
En los gmsos cam
. 11 . . l sº chimeneas artísticas de alar.
tenían que m uir a
d l
aquella cocina
d
alida al humo e as
gada y ancha rendija, muy bocona para ar s
o-randes cazuelas.
h b'a i'ncrustados unos cuanº
l
ho de la casa a 1
En un lado de pee
t
ses en que parece desnutos azulejos azules, de esos tan por ugue
bes que aún no han
.
1
. • lavado con nu
barrarse un cielo azu recten
,
han endulzado el cielo
acabado de destrizarse, nubes buenas que
con sus azucarillos.
11 . n día hecmoso y un
.
t ueses en que se re eJa u
Esos azuleJOS por ug
d l
I c1·0 de Palmyra, palab 1 fachadas e Pª
pozo mojado decora an as
l
l' deliciosa como lo es el vino
cio de melancolía antigua, me aneo ia

ª

viejo.
. antiguo había en_ los ladrillos azulencos
¡Qué reflejo de un d1a
y optimistas!...

.
.
. imulo en sus junturas se comEntre todos esos azuleJOS sm d~s
t d por los vientos y por
ponía una viñeta marina, un nav10 azo a o

la tempestad.
1.
que suele haber siempre en las
Ya esos cuadros de azu eJos_
. s azules a través de lágrifachadas portuguesas ponen lágmnas, OJO
mas, en el aspecto de las casas.

¿Qué día indeleble se refleja en las placas sensibles de los azulejos? ¿El día inaugural y feliz de la casita?
El tono de la saudade está ya en esos azulejos azulosos, azulinos.
azulosados.
A Palmyra le costaba siempre un suspiro el mirarlos.
A un lado, en lo alto, tenía una espadaña con su campanita para
pedir auxilio.
Los balcones eran todos desiguales. Unos tenían un saliente excepcional, otros tenían una visera de tejas en lo alto, alguno estaba
cerrado por una especie de celosía pintada de verde. Las ventanas
en lo alto miraban a través de sus cristalitos, ventanas encarnadas
desde las· que el mar se veía un confín más allá, un escalón más abajo del escalón visible del horizonte.
Todos los balcones y todas las ventanas tenían visillos blancos
de fina batista con ondulado cmusou. La ropa blanca de los balcones
siempre estaba aseada y se lucían los embozos de la intimidad de J¡i
casa encañonados y pulidos como chorrera de blusa blanca.
Se presentía detrás de esas muestras un pecho limpio y puro de
mujer pulcra que huele al alba pura de la ropa blanca muy bien
lavada y oreada.
Irían bien a los senos de la mujer que se asomase detrás de esos
visillos su gran presentación rizada y atirabuzonada.
En el jardín se encontraban cenadores, mesas de piedra, bancos de parque antiguo con aire de sofás de piedra y un estanque
chiquitín al que servía de fuente un niño guiando un cangrejo, niño
sentado en unas peñas cubiertas de conchas del mar, como si fuesen
conchas peregrinas.
El jardín de la Quinta abrazaba al palacete y se veía que sentía
mucho cariño por él. Estaba contento de rodear aquella casa de sensata traza, aquel refugio de segura intimidad.
99

�LA PLUMA
LA PLUMA

En aquel rincón de Portugal, junto al puebl~cito de ~~dantes, la
paz del mundo era regia y aquella quinta respiraba felicidad y sosiego.
.,
. .
. ,
Todo el paisaje ayudaba a esa sensac10n, un paisaje de mngun
lado del mundo, paisaje de los cuadros que tienen el reloj en una
torrecita del panorama. Un paisaje lleno de nubes suspensas, de es~s
bes que retienen los días inmóviles, como si fuesen desprendi:entos dejados en su marcha y a flote en el ambiente calmo por el
tren del tiempo.
,
_
Serán esas nubes como humo que no se deshara hasta la manana s1· 0a m·ente, en esa hora disolvente del alba que puede con todo.
..
La quinta estaba sola en un buen trecho de aquel gran paisaJ~;
pero después se veían muchos hotelitos, ~~telitos trazados por ~l la. d e1 capnc
· ho , hotelitos felices que se h1c1eron con la _ventana
ideal
p1z
,
, .
en el sitio estratégico de la pared y en la forma que senalo con lap1z
el mismo propietario.
Eran hoteles para el verano.
Por eso casi todos estaban cerrados. ¡Cuánta gente constru~~ un
hotel y recién construido pierde la felicidad o escoge otro sitio o
· que nadi·e se ocupe en mucho tiempo del hotel cerrado!
muere sin
. ,
·Qué muebles nostálgicos, qué espejos secos por no tener 1magenes c:en tanto tiempo y qué consol&amp;s carcomidas no habrá en el fondo
de esos hotelitos?
Se destacaban los torreones, esos torreones inútile~ en los que no
h ay nunca Un vi ocría , hechos en balde para que no subiese nunca na-l
die, torreones orgullosos a los que sólo subía el dueño de la casa e
día de la inauguración.
Miraban sus propios cristales a sitios distintos, con visión de
horizontes nuevos y como observando mares de distinta clase y de
distinto color.

I

¡Qué pena los torreones inútiles!
Después, situando el hotel, venía el mar, un mar sin colonias
próximas ni pueblecillos caídos en la ribera, un largo trecho de costa
en que daba la casualidad que no se había afincado nadie.
Del pueblo próximo y para ver el célebre faro que se levantaba
en aquel paraje iban gentes que querían pasar un rato allí y se
sentaban a tomar algo en la cantina del antiguo farero, que tenía una
bella niña de ojos azules que indudablemente nació en el faro, como
sueño de las olas y la noche.
Se prosucía en aquel paraje una de esas entradas ~n que el mar
vive tranquilo y lame la costa.
En esa entrada alargada y tendida que hace muy pocas veces el
mar en otros sitios parece que descansa y añade también a todo el
paisaje una emoción más de serenidad manifiesta.
También venía aquí a reponerse, a rehacer las fuerzas deshechas
de tan trabajado y rebatido como se siente y está después de tantos
siglos de labor.
Su lengua más vieja, su verbo más usado, era la que se hospedaba y se reponía allí.

II
INTERIOR DE LA QUINTA

En el interior de la Quinta de Pa!inyra todo eso se remansaba
más Y la~ humedades del jardín se hacían compota en las compoteras de cnstal tallado, de las que es agradable tocar la calidad de piña
de cristal que tiene la tapadera.
Los muebles estaban pasando una temporada de primavera eterna, Y por eso se les veía plácidos, como dedicados a la lectura y a la
conversación.

100
101

�LA PLUMA
En el centro de los grandes salones había asientos como esos de
los Museos, que dan toda una vuelta alrededor del rollo del respaldo. Sobre el pináculo del respaldo se erigía una estatua que unas veces levantaba una palma en lo alto y otras tocaba una lira.
Numerosos veladorcitos con ceniceros, libros y cajitas revestidos
de conchas se acercaban a los grupos de asientos en actitud servicial.
Varios relojes ingleses, de gran esfera matemática y con algo de
mapa, se alzaban sobre muebles confidentes.
Bustos con la melena Luis XV estaban colocados en las esquinas
de las habitaciones, resguardándose en las esquinas, como dejando
sitio para el paso y disfrutando una vida disimulada y pacífica.
Por detrás de todas las conversaciones, escondidos en un esquinazo, estaban ellos.
Tenían su orgullo y su altivez de siempre y vivían la vida del palacio bien comida, tranquila, con el aroma de todos los vinos.
Tan c,pulento era el ambiente del palacio y tan sestero, que siempre serían en él una cosa vaga los cuadros y las cornucopias, algo
así como una palmatoria en peregrinación por la galería de las paredes.
Se vivía en el cuajo ele las habitaciones, en sus mejores rincones,
lejos de su decorado y aceptándolo como un incontable alicieote.
En aquel conjunto de cosas, casi sin trecho libre, siempre sería una
sorpresa cada cosa y unos días se encontrarían los medallones en
cera y pelo de los antepasados, y otro un relicario apenas visto.
Casa llena de caracoles como adorno de todo pie de consola o
toda mesa libre. Se acordaba su ruido interno en un rumor incontrastable que se componía entre unos y otros. Estando muy atento
se oía otro rumor que no era el del mar lejano, una especie de ruido
de oídos de los caracoles.
102

LA PLUMA
Unos cuantos mapas mundis y varias esferas armilares había repartidas por la casa y la daban una especie de trascendencia ultramarina y ultraterrestre.
Tenía siempre el aspecto de esos palacios pequeños que se enseñan cuando los reyes no están. Todas las habitaciones estaban como
para no recibir a nadie, y, sin embargo, para recibir a alguien. Había
numeroso¡ despachos y alcobas para huéspedes de una noche. Todos hallarían además un balcón ideal en cada cuarto.
La quinta lo que estaba era muy entornada. Los párpados de sus
persianas estaban entregados a un duerme vela constante.
Velos invisibles cubrían las cosas, las adormecían, las daban carácter de Semana Santa, cuando toda imagen santa se envuelve en un
paño morado.
Las vitrinas eran auténticas y tenían cosas que habían tenido el
sitio predilecto sobre el pecho de los que murieron. Había joyas en
1as que no se acababa de creer por lo excesivo que resultaba que fuesen verdaderas. Los brillantes tenían gotosa pesadez de cristal de
roca, las pulseras eran como griUetes para la prisionera de la riqueza
Pero en este interior lo importante es la sombra de los rincones,
la sombra de los que se fueron y la sombra de los que no pudieron
e~tar nunca Y que son los que hubieran llenado la soledad del palac10, seres excepcionales, animosos, magnánimos, que son los únicos
que hubieran conseguido espantar la melancolía, que como las arañas, siempre tejía telas de sombra en las esquinas de las habitaciones
de la quinta.
Ninguno de los antepasados había podido reaccionar contra el
dulce estrago de la quinta, y casi todos habían acabado viviendo en
Lisb?a o en París. Sólo el primero de los Talares, el que compró la
p~op1edad Y edificó el palacio con tipo de castillo y de chalet, la habito hasta el día de su muerte, y sólo ahora, al cabo de los años, la
103

�LA PLUMA
única descendiente, Palmyra Talares, quería a toda costa vivir en el
dulce retiro, tomar buena .cuenta de todas las cosas en aquel dulce
paraje, oir la respiración de las cosas que se pierde en el ruido de la
ciudad. Era Palmyra el alma flotante de la quinta, la que la hacía
apetecible y conseguía que todas las gentes que pasaban mirasen hacia el fondo de la avenida que paraba a la puerta de la casa.
En el pueblo de al lado, entre los que se hospedaban en los hoteles de alrededor, entre los aldeanos flotantes que tenían sus casas
sembradas en el paisaje desigualmente, aquí una y mucho más allá
otra, tenía un prestigio grande aquella bella mujer que no se iba, que
vivía año tras año en la quinta ideal.
Palmyra era esbelta, blanca, de nariz muy fina, de ojeras de niño
de sangre azul, de los niños en su primera leche. Sus ojos eran unos
ojos negros con un brillo metálico, brillo un poco dorado, ojos que
se podrían llamar mordores.
Su voz tenía la suavidad infantil que la da el portugués.
No es que mezclase en sus palabras eses andaluzas, ni ces con
zedilla, sino equis, muchas x x x x intercaladas entre las palabras,
dándolas exquisitez y dulzor.
Palmyra era un dechado de dulzura y equis. Todo lo sugería y lo
preguntaba al mismo tiempo, todo lo daba vaguedad y dejaba que
pudiese ser de otro modo, como el varón quiricoz.
Tenía una manera de envolverse en los grandes chales de lana
que daba amor por ella, y después la gustaba salir con los brazos
desnudos, los brazos que amarilleaban y se ponían cárdenos de frio !encía, y no quejarse. nunca. Sólo se abrigaba el pecho con gran cuidado, poniendo una mano sobre el cierre de la toquilla.
Envuelta en sus larguísimas toquillas blancas, resultaba esponjosa, mayor, con unos opulentos senos guardados en el nido más
tibio y cándido, el nido blando que mecían.
104

LA PLUMA
La cubierta del libro que siempre llevaba en la mano, la caracterizaba. Era una cubierta de lienzo del que usan para las velas de los
barcos, y en ella una aguja paciente había bordado debajo de un
precioso papagayo verde:
Papagais da péna verde
Naó venhas ao meujardzm
todas as penas se acaban.
Scf as mz'nhas nao tém fim.

_¿Pero qué penas eran las suyas? Ningunas. Las saudades del país,
el mmenso caserón de la Quinta. Hasta la había dado esa melancolía
aquella voz excepcional, pulida, como por haber cantado mucho.
Siempre se la veía detrás de los cristales mirando su paisaje, las
palmeras y el mar, como un escarpado, como un ancho patio.
Sobre todo, a las horas de tedio estaba acodada sobre el alféizar
de la ventana más bonita y desde la que se le veía recostada sobre
el mar, coincidiendo las dos ventanillas como marco del mar luminoso, más luminoso en la galería de marinas que eran las ventanas
de los vagones, que la amplia marina que se destacaba por encima
Y a los lados
. del trenecito. Aquella emoción del tren sobre el mar
como pomendo las ventanillas en blanco, era de lo más particular de
aquella visión del tren sobre la costa, lo que montaba el mar era un
aderezo contrastante.
)

El mar, bajo la mirada instigadora de Palmyra, refrescaba la sed
e~erna con cerveza salada y fresca, encaperuzada por espuma de
meve.
La eterna fiebre de las encías que siente el mundo en la dentición perpetua, se calmaba con el mar.
Da_ba el mar al espíritu de Palmyra uno de esos baños de tina que
la hab1a dado su madre a ella. Cada ola que se rompía era una medida

�LA PLUMA
de agua fresca que la echaban sobre la cabeza, se rompía sobre su
espíritu cada ola, con chasquido de agua que se rompe en el agua.
¡Cuánt&amp;.s conchas de agua vertidas sobre el agua!
Pero esos espectáculos más fuertes y constantes que nosotros,
son los que añaden vida a la vida.
Las palmeras eran el otro espectáculo que formaba sus horas.
¿Las quería? ¿Las odiaba?
¡Siempre aquellas grandes palmeras serían de otro país, de más
lejos!
Siempre, sin embargo, serían la portada de su vida, de su novela,
de su muerte.
Eran aquellas palmeras de un color verde como semillas florecidas que trajo la brisa del Atlántico. Eran árboles en los que no anidaba la ii;iquietud humana, árboles desposeídos de sentimentalidad,
que sonríen aun los días más duros.
Notaba esa indiferencia de las palmeras, pero eran su alegría en
medio de todo. Enjugaban sus preocupaciones con su gran simpleza
y ese optimismo fiero, que hacía que su sombra, aun en las noches de
luna pareciese como recortada luz del sol en el paraje de las playas.
Palmyra apenas salía de esa contemplación, y veía venir y alejarse los trenes, cuya nube de humo parece que les retiene, que no les
deja andar más deprisa, como si esa ráfaga fuese su cola que se enredase.
¡Oh, pero tanto la magnífica soledad de la quinta como la frialdad del mar, la hacían necesitar del amor como única reacción contra
aquellas dos grandes influencias.

LA PLUMA
III
ARMANDO, EL FALSO ARISTÓCRATA

Palmyra, en esa necesidad de entonar el palacio, y viendo que el
tiempo pasaba y nadie llegaba lealmente a casarse con ella, creyó
que eso se debía a una especial rebeldía de los tiempos ante el matrimonio, y se dejó seducir por ese joven español que está a su lado,
Armando Vivar, que se hacía tener por un aristócrata español y vivía
en el palacio desde hacía muchos meses, tratado a cuerpo de rey, recibiendo en sus brazos aquella blanca forma de Palmyra como suprema posesión del paisaje.
Armando era un huido de España no se sabe por qué misteriosos
asuntos. Tenía media cara joven y la otra mitad vieja, cansada, pachucha, con un ribete de plata en las sienes.
Aceptaba de Palmyra todos los agasajos, pero no partía de él ninguno. Tenía displicencia de hombre que se mira la punta de los zapatos de charol mientras habla.
-¿Y tus posesiones de la India, cómo son?-preguntaba con visible entusiasmo.
-Son pueblos enteros... Me pertenece un río desde su nacimiento
a su desembocadura,
-¿Y hay grandes árboles, de esos inmensos?
-Tan enormes que sobre sus ramas principales han edificado los
indígenas casa para tres familias ...
A Armando le gustaban esas conversaciones novelescas y embobecidas en que el hombre pregunta como un niño ávido.
Palmyra había encontrado en él al apuesto varón que solía colgarla de su brazo en la intimidad pasando la mano por debajo de su
axila y depositándola siempre en la esfera apetitosa de su seno.

106
107

I

�LA PLUMA
LA PLUMA
Ella temblaba de pensar que se pudiera ir aquel hombre que llenaba del masculino son de su voz toda la casa y era como el guarda
seguro de la quinta.
Ella se adornaba mucho para él, para retenerle.
Se ponía sus pendientes de brillantes viejos, que brillaban a la
luz del sol de la tarde, cuando se acercaban a las dulces ventanas con
singular encanto.
Ponían en las paredes sus espejuelos refulgentes, estrellitas de luz
movibles a cualquier gesto de su cabeza.
Armando miraba esa animación viva que ponían sobre la pared
esos espejitos rotos de los pendientes y procuraba pasar la tarde a
fuerza de puros. Siempre estaba abierta en la mesa más próxima la
caja de puros con su orla de fina puntilla y con un caballero de
grandes bigotes, medallas de oro y sortijas; en el reverso de la tapadera un caballero de tipo español enriquecido, pureador como un
rey, con placidez de gran tendero en la expresión. Eran esos gran-·
des señores de Partagás, o Bravo, o Gómez, grandes amigotes de su
soledad, retratos de parientes bonachones de gran bigote.
La nudosa suavidad del puro habano le quería y le acallaba. La
quinta entera estaha llena de humo a la tarde, como si hubiese entrado en las habitaciones el humo de la cocina.
Palmyra tosía al sentir cerca el humo del tabaco, pero se metía
en su muralla, buscaba esa manera que tiene el humo de tabaco de
cortar la respiración de las mujeres.
Le hablaba muchas veces sin que éi escuchase, distraído en especulaciones ingenuas. Era un pecado que no oyese su dulce voz, y los
muebles le reconvenían. «¿Por qué no te dedicas a oir su voz? Ya sería una buena ocupación.» Y las cornucopias le dirigían miradas
atroces.
El coche de dos caballos les esperaba a las cinco en la puerta.
108

Era la hora de paseo, esa hora dulce en que se va en los coches
como en barcas por los lagos del paisaje portugués.
Armando subía a aquel coche un poco convencido por el paseo.
Iban en el coche por la orilla del mar, al margen de los hotelitos, observando los balcones, la lámpara que se entrevé por el balcón entreabierto, los techos de pizarra en forma de escamas que parecen las
cabezas encucuruchadas de unos dragones escamados.
Leían, como títulos de poesías sentimentales, «Recorda\(oes»,
«Corbeille de fleurs», «Mon plaisir», «Saudades», «Rosiña», «Bellamar», «El ribazo», «Vasco», «Ermida», «El mirador», «Mascota»,
«Ribereña» y numerosas fincas con numerosos nombres de mujeres
quizá muertas en su mayor parte, alguna con la placa del nombre a
medio desprender.
Un padre con su niño detrás de los cristales. Torres almenadas.
Aquellas mujeres no se atrevían a dejar pasar la verja al caballo
desconocido por si se hacía el dueño.
No podía haber mejor ladrón de su casa que el que se sentase
amistosamente en su gabinete.
Los pasos a nivel con su camino de tragedia. Siempre recordaba
aquel coche de carTeras atropellado por la máquina.
Esos grupos de hombres después del trabajo que juegan a estar
borrachos en la p11erta de las tabernas. Parece que por lo menos van
a tirar un corcho al coche que pasa.
Los eucaliptus dejaban caer sus cendales de olor, sus desgajados
tules de perfumes, sus grises ráfagas.
Armando, en el coche, la apretaba con abrazo de coche, o sea
apretándola el costado, incrustándose en su brazo y hasta la cadera,
como intentando volver a la mujer a su primitiva injertación en el
costillar derecho.
-¿Me quieres como a la mujer que se desea en este encantador

�LA PLUMA
paisaje, o quisieras entrar en esas casas que se ven, buscando otras
mujeres?
Armando respondía a esas sutilezas de un corazón enamorado
&lt;¡ue da vueltas ingeniosas a todas las posibilidades:
-No digas tonterías ...
Y, sin embargo, se tenía _q ue conmover ante aquel paisaje y
aquella mujer.
Los dos caballos, bien amaestradcs por los antiguos cocheros de
la casa, componían esa cuarteta del paso bien pezuñeado, que da al
camino aire de pista, aire solemne y pretencioso de camino de orgullosos caballos.
Había siempre muchos humos en el paisaje.
Cada humo era un incienso. Eran humos lánguidos de la buena
tarde. Ninguno perturbaba el cielo. Todos caían, y aun siendo caudalosos, eran humos del ara.
Por encima de ellos lucía el paisaje límpido, establecido con más
.asiento que en ningún lado del mundo. Era aquel un rincón inmóvil de felicidad.
«Este será-pensaba Armando, metiéndose más en el coche, replegándose en un rincón-el último refugio de la felicidad; será donde más tarde en apagarse.»
Todas las barquitas a lo lejos eran como flotadores de una gran
red, bastas con que la gran red estaba atada al mar.
Sin poder creer que aquellas fuesen barcas, considerando que
eran boyas, preguntaba Palmyra:
-¿Son barcas?
-Sí... Son barquitas... Esperan, se ocultan en el mar, se disimulan para pescar más ... Sacan el vivo dinero con que vivir los días
malos.
-Que nunca les llega para zapatos ...
l!O

LA PLUMA
-~fonca, es verdad... Aunque, como ellos dicen: «La planta del
pie nunca necesita medias suelas.»
A las seis de la tarde levantaban el vuelo todas las barcas, izando su vela, como cortapapeles de la tarde, igual que si fuese el abrelibros del cielo y del mar.
Sí, tenía la agudeza rasgadora y sesgante de los cortapapeles el
cuchillo triangular de la vela. Y abría, quizás, las hojas del atardecido, la lectura poética de la media luz, lo que sólo cuando se encienda la luz artificial se podrá leer, aunque se mate el tiempo esfoliándolo. ·
Entonces volvían apresuradamente, nadando el camino los caballos con braceo más enérgico.
El cielo tomaba ese color de las sedas irisadas a las quy se ha
comido el color la luz, y en los que se hace un borde así, una huella insubsanable.
El mar, como espejo de luces extrañas, y con más luz cuando
en la habitación de la tierra se apaga, recogía una anacrónica iluminación.

IV
LAS VISITAS

Algo entretenían a Armando las visitas de los habitantes de los
pocos hoteles con gente.
Le gustaba encontrar aquella ansiedad de hablar con que les inquietaba la soledad. Entraban en la quinta con una zalamería de gentes que temen que les echen y las exijan el silencio.
Se entablaba un diálogo tímido y que nunca se esplayaba entre
los moradores de la quinta y los recién llegados.
Los recién llegados.-Venimos a tener en ratito de conversa,ción... Déjennos ustedes tenerla...
l lI

�LA PLUMA
Los moradores.-Siéntense; ¿pero de qué vamos a hablar?
Los recién llegados.-De nada... De esas cosas que se cazan al
vuelo de lo que sino se hablase la vida sería demasiado importante...
Pequeñeces.
Los moradores.-Hágannos ustedes el programa.
Los recién llegados.-No será posible hacerlo nunca, y, sin embargo, surgen las palabras ...
Los moradores.-Con que nos digan cualquier cosa de las que
pasan por el camino. ¡Pero de ninguna manera alabar nuestros cuadros!
Los recién llegados.-No ... Intentaremos hablar de todo antes de
ocuparnos de eso ...
Los moradores.-También nosotros estamos deseando la conver:sación trivial.
Los recién llegados.-Pues no perdamos tiempo.
Y después de ese diálogo invisible comenzaban las conversaciones.

Entre los q~e iban con más constancia figuraban doña Manolita►
don Vasco y una inglesa, antigua huéspeda de aquel paraje, que se
llamaba Elisabeth, y un español, don Mariano Guisasol, que tuvo
gran importancia social en España y se había metido allí para
~emp~
.
Doña Manolita era una viejecita española que apenas tema para
vivir, y que agradecía con locura los tes de Palmyra.
.
Llegaba sobre las seis y media, hasta los días que llov1a mucho
y llegaba toda chorreosa y brillante de lluvia.
Dejaba su sombrero en el perchero y entraba bufándose el pelo
trayendo sus manos frías para calentarlas urgentemente.
.
Su sombrero de luto con gran pena colgado del perchero, poma
de luto toda la casa. Por eso no la quería Palmyra. Era visita que la

LA PLUMA
angustiaba la tarde. Parecía ir a ver la felicidad que allí podía haber
para estorbarla.
Pero sobre todo su sombrero en la percha ponía en la casa, la
añadía gran pena.
Doña Beatriz, que era el antídoto de doña Manolita y que también estaba de luto, no enlutaba la casa. ¡Encojía, dobladillaba, guardaba tanto su manteleta! ¡Disimulaba tanto lo que había que dejar
ocupando un sitio de la casa ajena!
La inglesa doña Elisabeth entraba, con mucho derecho a entrar,
y se iba derecha a la butaca, que creía ya que la pertenecí~.
No se acababa de saber de qué parte de Inglaterra era, de hacia
dónde caía su pueblo.
En su roñosería, en su modo de ser se veía la mujer que ha estado asomada al mostrador de una tienda dé especias. Tenía los lentes de la que despacha o toma la cuenta muy por lo menudo a sus
colonos.
Un inglés chic se hubiera dado cuenta de qué clase de inglesa
era, pero sin perjuicio de creer que era más persona que el resto de
la humanidad.
Siempre iba con sombrero de paja, sin tener en cuenta que aun
siendo un buen clima el portugués convenía ensamblarse con la
moda y dar al invierno lo que es del invierno. Su sombrero de pajilla fina, machucada, de estar rizado siempre en la horquilla del perchero.
A la servidumbre, a la gente del pueblo los trataba con ese aire
c0lonizador que tienen los ingleses.
No encontraba el bien del cambio. Esa alegría picaresca, como de
pegársela al país en que su moneda está más alta, que tienen los españoles y que después se hacen perdonar teniendo largueza, los ingleses no la tenían. Estaban acostumbrados quizá a que las libras fue-

II2

VIII
Il3

�LA PLUMA
sen superiores a le moneda de los país11s que -visitaban y adquirían
en seguida la sensibilidad del dinero en el país en que estaban.
La inglesa vivía la vida con un firme deseo de vivir y con un
imperio de pantera que, aun vieja, debe a su fiereza el ser.
Don Vasco era un señor plegado en arrugas seguidas, un señor
que estuvo en la China y que tenía la casa llena de cosas chinescas.
Recordaba unos días mejores que aquellos con un amarillo más
puro.
Pero lo que ocultaba a todo el mundo, lo que le martirizaba, es
que tenía allí un hijo más chino que europeo y le daba miedo traerlo,
y sin embargo lo necesitaba a su lado.
Sólo le iba a vender su secreto cuando enseñaba con demasiada
deleitación una figurilla china.
RAMÓN GóM!:Z DE LA SERNA.

(Se continuará.)

LIENZOS DEL CREPÚSCULO
ARIA
CJJerás cuando el cSol se vaya
como te acaricia el mar.
.Ca .Cuna sobre la playa
vuelve contigo a soñar.
.Ca ola besando a la nave
Y tú mirando a la nube;
cuando la tarde se acabe
verás la estrella que sub~.
CJJerás la estrella subiendo
por la espuma de la escala
-toda blanca-floreciendo
como los lirios de un ala .
.Ca .Cuna-callada y sola
vuelve contigo a soñar,
Y tu alma se irá en la ola
sobre el piano del mar.

114

IIS

�LA PLUMA
ESTAMPA

'llna luna de lirio
en un cielo violeta.
'Ya tu silueta blanca
no ilumina la senda.
:Pasa el tren como un triste
mendigo hacia la aldea.
.Los pañuelos del humo
me dicen "adiós" -cerca.
.te. esquila desvelada
llora junto a la era.
/;sta noche se ha puesto
más triste mi tristeza.
'Ya tu silueta blanca
se hizo nube de ausencia.
'llna luna de lirio
por un cielo violeta.
ERNESTO LóPEZ-PARRA.

RAMÓN PÉREZ DE A Y ALA (i&gt;
Hugo, que no conocía España, aunque creía conocerla,
habla en uno de sus poemas de «mes Espagnes», en plural.
Quizá lo más exacto que ha dicho sobre nuestro país. Los
antiguos reinos cortados en artificiales provincias por los teorizantes de Cádiz, viven todavía, si no en los papeles oficiales, con la
vida fecunda de la naturaleza y del espíritu. El genio de España es hoy
tan compuesto como siempre, y para comprenderlo hemos de aprender
a observar en él la intensidad, la seriedad y la ingenua «gaucherie» del
Vasco, el intelectualismo y el talento imitativo del Catalán, el sentido de
la elocuencia y de la forma que distingue al Valenciano, la grácil y a
veces significativa espontaneidad del Andaluz, la inspiración seca y cálida de Castilla, la fuerza primitiva de Aragón, la dulzura lírica ¡de Galicia, y ese encanto indefinible que hace de Asturias un reino aparte entre
los reinos de España.
Asturias, la más pequeña de las Españas, se extiende como una
transacción entre la cadena cantábrica y el mar, uniendo los dos irreconciliables opuestos por medio de un ingenioso sistema de valles. Montañas, valles y mar, junto con esa suave y delicada atmósfera de que gozan las comarcas complejas en los climas moderados, son los elementos
formativos del carácter asturiano, y así hallamos entre la gente asturiaÍCTOR

( 1) Capítulo del libro Semblamsas liter•rias españolas, de fpróxima publicación.
116

117

�LA PLUMA

LA PLUMA
na una noble actitud, una elevación de miras, que por los ojos, hechos
a la montaña, va calando lentamente hasta el alma de los montañeses;
una sagacidad, una penetración y una intuición psicológica que la fantasía quisiera atribuir al ejemplo omnipresente e insinuante de sus tortuosos valles; y un espíritu generoso, universal y abierto como el mar,
cualidades todas que explican que la nación asturiana se distinga entre las
demás de la península por su genio político. Y no paran aquí sus cualidades típicas. Porque la suave atmóstera de su pequeña patria parece
reflejarse en su carácter, dándole cierta sutileza, cierto sentido del matiz, una delicadeza de mano y un poder de sugestión que hacen de los
asturianos los Españoles más ricos en cualidades de distinción intelectual.
No es excesivo decir que el carácter asturiano. ~s en cierto modo antitético del carácter del resto de España. Mientras España es ante todo
creadora y sobresale por su genio, Asturias más bien crítica y su don
distintivo es el talento. Asturias es, pues, consciente, y en este sentido,
el más hondo, es sin duda el más europeo de los reinos españoles. Cierto que para las más de las gentes, parece ocupar este lugar Cataluña,
representante oficial en España de la civilización y del progreso europeos.
Para mí, sin embargo, esta opinión se apoya en una observación externa y superficial. El genio de Cataluña es ante todo imitativo y formal y
su carácter esencialmente conservador. Cataluña se esfuerza en ser Europa, mientras que Asturias quiere ser Asturias, y esto es mucho más
europeo que aquello. Así se explica que los Asturianos hayan estado
siempre en la vanguardia del progreso político de la Península. En
Asturias halla Carlos III sus estadistas; de Asturias vienen hoy todavía
los Españoles más útiles para la labor llamada de europeización. Esta
pequeña España en cuyo territorio comenzó la reconquista-reafirmación de Europa frente al Africa y al Asi~ en las tierras de la Península
Ibérica, frontera espiritual de los tres continentes-es todavía el baluarte
áel espíritu europeo en el más. oriental de los países occidentales.

Don Ramón Pérez de Ayala es sin disputa el escritor más distinguido
que la España de hoy debe a Asturias. Aunque_ jove~, no ~s precisamente un principiante, ya que cuenta en su act1:o seis vol~~enes de
novelas (r) y tres de versos, amén de numerosos bb~os de c:1~1ca y ensayos varios. Figura de viso en las letras cont~mporaneas, cnt'.co agudo,
fino poeta, buen novelista, curioso lector ~e bt~ratu'.a extran!era, el señor Ayala es un asturiano típico por la actitud mtehgente e ~ntelectual
que distingue sus escritos. Hombre culto, moder?o humanista, posee
un sentido sintético de la historia y una comprensión serena del mundo
y de la vida. Su actitud favorita es la del espectador. A buen seguro que
no es indiferente al aspecto ético de la literatura ni frío en sus sentimientos humanos. Pero su fin no es tanto el juzgar, ni el sentir, como
el comprender. No se apoya su crítica en preferencia alguna por es~uela, cultura, nación, religión o raza. Su espíritu SJ! abre a todos los vientos y es transparente para todas las luces que emanan de la realidad.
Buen europeo en su amplia comprensión de los valores intelectuales que
en el curso de la historia han ido formando nuestro continente, buen
· español en su sensibilidad para las voces de Oriente, como para las auras de nueva vida que llegan a Europa a través del Atlántico, no le estorban las férreas trabas del dogma católico que tanto limitaron los movimientos del gran Menéndez y Pelayo; pero se halla aún más libre si
cabe de ese deplorable racionalismo que ha hecho estéril en nuestro siglo x1x a tanto excelente intelecto. Halla su gusto raíces en la verdad y
en la naturaleza humana, y refinamiento en su familiaridad con los grandes maestros europeos.
Esta crítica, la verdadera, viene a reducirse al cotejo del arte con la
vida, y en último término reposa sobre la psicología. Ayala es un psicólogo consumado, escritor nunca tan feliz como cuando, dejándose ir
por su pendiente natural, analiza los fondos psicológicos de obras, personas y sucesos. Al estudio de los motivos prefiere la exploración de las
oscuras regiones ~n que se ocultan los manantiales de la emoción. Nu(1) Escrito antes de la publicación de las dos últimas novelas de Ayala.

* * *

�LA PLUMA

LA PLUMA
merosas son las páginas en que ha anotado con mano maestra los delicados movimientos del alma batida de aquí y de allá en la indefinida
zona fronteriza entre la risa y el llanto.
La observación es la base de la psicología, y Pérez de Ayala es buen
observador. Hay un tipo de observación, frecuente en los genios creadores, que consiste en una contemplación tranquila, casi pasiva, durante la cual se empapa el alma de impresiones casi inconscientemente y
como por absorción. Tal no es el modo como observa Péréz de Ayala,
sino más bien por una atención penetrante y aguda que no debe tanto
al estímulo directo de la realidad como a la sensibilidad intelectual de una
mente rica en ideas que a la menor provocación da generosa mies de
pensamiento. De aquí el carácter especial de su labor crítica, que no
aparece construida con aparato lógico, sino más bien vertida en líquida
vena de ideas. No se entienda, sin embargo, que le falta a Ayala vigor
dialéctico. Muy por el contrario, debe a su origen asturiano un intelecto
de excelente acero, que los Jesuitas, sus maestros, se cuidaron de afilar,
bien ajenos de que serían los primeros en padecer bajo su temible filo .
Sus ensayos, sus novelas y hasta sus mismos versos dan fe de su afición
a la dialéctica. Pero el espíritu dialéctico no es precisamente el más lógico y constructivo, y así Ayala parece preferir la flúida atmósfera del
essay ingléi; al plan claro y definido de la étude francesa.
Esta fluidez de sus ensayos, que parecen a veces la taquigrafía de sus
meditaciones sin rumbo, se debe en parte sin duda a la prisa que hoy en
día impone a todos la prensa, sierva de un público acostumbrado a desayunarse con ideas. Muchos, si no todos, los ensayos de Ayala son en
realidad artículos de periódico. La misma desigualdad de su estilo crítico, generalmente en tono, a veces expresivo y jugoso, pero también a
veces pobre y desaliñador acusa una labor hecha sin la preparación reposada que da unidad a la contextura de las ideas y de las formas. Pero
no basta la prisa periodística para explicar este aspecto de la obra crítica
de Ayala. Hay también en su aparente desorden una actitud intelectual
y un modo de ser. Ayala observa las cosas más que las siente, y las ve
más con los ojos del intelecto que con los del alma. Su mirar es, pues,

no sintético y de posesión, sino sucesivo y de descripción, y maneja los
objetos reales con movimientos varios, como para buscar todos los efectos y todas las luces. Es, además, hombre culto, a quien gusta repensar
lo pensado por otros, y escritor de y para un pueblo que ha perdido la
tradición universitaria y en cuya literatura se mezclan, por lo tanto, las
ideas nuevas y originales con las nociones básicas establecidas en otros
pueblos como lugares comunes de la cultura. De todas estas causas resulta la abigarrada calidad de la labor crítica de Ayala.

* * *
La expresión más clara del credo y de la filosofía de Ayala está quizá
en su poesía. Hasta ahora esta poesía se halla representada por tres volúmenes-dos de los cuales aparecen fundidos en uno solo-con nombres que sugieren cierta secuencia: La paz del sendero, El smdero ínnttmeraPle, El sendero andante. Esta uniformidad de los títulos no corresponde, sin embargo, a continuidad algu.na en el asunto patente de las
poesías, pero la constancia de la palabra sendero indica la idea del avance individual por el camino de la experiencia, idea que es el verdadero
asunto interno de todos ellos. El primer volumen, La paz del smdero,
publicado en 1903, con prólogo de Rubén Darío, revela, a pesar de su
aparente sencillez aldeana, al lector asiduo de poesía nacional y extranjera. El poema inicial que da su título al libro, es una excelente adaptación a usos modernos de la añeja cuaderna vía. Observemos de pasada esta reminiscencia meramente formal del Arcipreste de Hita, antepasado literario de Ayala en más de un concepto. Mas, al lado de
este renacimiento de la vena nacional, los primeros versos de Ayala
acusan la fuerte influencia que sobre nuestro poeta ejerció Francis James. Esta influencia que se manifiesta en la actitud de Ayala para con
la naturaleza, y sobre todo, para con los animales, le lleva a una imitación que llega muy cerca de la copia, como se ve en el trozo siguiente, que es curioso cotejar con el original en que evidentemente se
inspiró:

�LA P L U ~1 A
Aquf en mi casa de campo
tengo una vieja butaca
de gutapercha; y es tan
humilde la pobre anciana,
que cuando alg(m visitante
viene a verme, no repara
en ella y me dice: -Siemp~e
tan solo, señor Ayala.
¿No se aburre sin salir?
Y yo pienso cuando marcha
que las gentes son muy frívolas,
muy soberbias y muy vanas
porque no miran siquiera
a esta valetudinaria.

LA P L U 1\1 A
ll y a une armoire a peine Juisante
Qui a entendu les voix de mes grand'
[tan tes
Qui a entendu la voix de mon grand-pere,
Qui a entendu la voix de mon pere.
A ce souvenirs l'armoire est fidele
On a tort de croire qu'elle ne sait que se
[taire,
Car je cause avec elle.

... .... ........ .... .......... ..... .....

11 est veou cbez moi bien des hommes et
(des femmes
Qui o'ont pas ero. a ces petites ames.
Et je souris que J'oo me pense seul vivant
Quand un visiteur me dit en entrant:
-Comment allez-vous, Monsieur Jammes?

Esta imitación tan directa de Francis Jammes revela más de un rasgo típico de la poesía de Pérez de Ayala. Hay en ella,_ como _en el cará~ter asturiano, cierta gracia original y extraña, cierta mgenmdad, cualidades que también se observan en Francis Jammes y explican que esta
poesía alcanzara en su tiempo en Francia un succes dt nouveauté. Llevado por una afinidad instintiva entre su propio modo de ser y lo que en
el poeta francés es quizá tan sólo una manera ment~l, Pér~z de Ayala no
supo evitar en alguno de los poemas de este su primer hbro el escollo
en que tropezó Francis Jammes-cierta afectación que ~on_stituye el ~ac?
de una poesía no exenta de peculiar encanto-. Mas s1 b1e~ co~o 1m1tador ce Francis Jammes, Pérez de Ayala era desde luego mfenor a su
modelo, el joven poeta asturiano revelaba ya en estas primicias de su labor la cualidad que había de ser su salvación-una seriedad que se manifestaba de dos modos diferentes: dominado el uno por una preocupación filosófica, casi religiosa, por la idea del Destino; otro, inspirado en
un certero instinto estético hacia la verdad de fondo y la sobriedad de
expresión. De aquí, pese a cierta gauclurú no exenta de atractivo, una
obra llena de belleza, en la que se observan ya las cualidades típicas del
122

..

estilo de Pérez de Ayala: su rico vocabulario, su sentido del valor y de
la música de las palabras; su propiedad verbal, la claridad de su golpe
de vista y la nitidez de su expresión. Estas cualidades se manifiestan en
su máxima virtud cuando Pérez de Ayala describe esos fugaces movimientos de la naturaleza que son materia tan tentadora para el artista:
... el cielo que en dedos de diamante
hila sutiles hilos de lluvia en sus mil ruecas ...
Sobre el lago del cielo arrojaron la luna
Y su claror platead&lt;) difundiendo va una
Melodía de halos. que son como aureolas
Crecientes, en un ritmo ondulante de olas.

Buen comienzo para un poeta. Y mejor todavía la foerza que sabe
elevarse a la bella sencillez de estos dos versos:
Divino peregrino,
Mi pensamiento sigue ese blanco camino.

«Mi pensamiento». Obsérvese la palabra. La poesía-dice Wordsworth-es un derrame de emoción con una subcorriente de pensamiento. En Ayala es más bien un derrame de pensamiento con una subcorriente de emoción. Y aunque en su primera obra se da una juvenil generosidad que el poeta ya maduro habrá de refrenar, ya se echan de ver
en estos versos las virtudes y los vicios inherentes a este género de poesía inversa. A su seriedad innata debe Ayala su limpieza de toda retórica.
Llega a las letras cuando los poetas españoles, huyendo de la retórica
puramente verbal de sus predecesores, parecen querer refugiarse en una
retórica de pasión; y sus veladas emociones y penetrantes ideas, cubiertas de una vestimenta verbal ajustada, que decora una gracia sobria,
casi severa, aportan a la poesía española aquel tipo de progreso que era
de esperar precisamente del genio equilibrado de Asturias. El lado flaco
de esta poesía parece ser una tendencia a enfriarse hacia lo meramente
critico. La verdadera poesía es emoción lastrada con pensamiento, pero
123

�LA PLUMA

. ,,

demasiado pensamiento o insuficiente emoción pueden impedirle alzar
el vuelo. En Ayala, el crítico puede a veces más que el poeta, y entonces su poesía cae en lo didáctico, lo anecdótico y aun lo meramente jo.coso. Esto, más en su obra madura que en la temprana.
Lo cual no quiere decir que el tiempo haya mermado sus dotes de
poeta. Lejos de ello, Id sendero innumerable, que sigue a La paz del sendero con un intervalo de doce años, es rico en poesía excelente y contiene quizá dos o tres páginas de la mejor poesía contemporánea española. Nada tan satisfactoriamente completo, a la vez tan hondamente
poético y tan hondamente filosófico, como las páginas en que Ayala interpreta las mil almas y el alma única del mar. No hay quizá en la poesía española de hoy nada tan serio y tan bello, tan amplio y tan minuciosamente exacto. En este poema encuentra Ayala su verdadera
personalidad como el poeta de la emoción intelectual. El mar uno y vario
parece inspirar con especial felicidad este humor poético, el más elevado de Ayala, pues también es marino el mejor poema de su tercer
volumen, El sendero andante. Sólo que aquí, en El niño en l&lt;i'ptaya,
el poeta se revela todavía más plenamente, porque, junto con esa riqueza de significación filosófica, que le hace mirar a la naturaleza con
ojos llenos de la vibración del espíritu humano, junto con su don de interpretación rítmica de los movimientos naturales, y su fina sensibilidad
para los colores, aromas y gustos, hallamos también ahora la genero$a
emoción de su juventud, sofrenada, pero llena del calor vital que le da
el más hondo de los afectos españoles, el amor paternal; y aquella ternura asturiana, que ya se atreve a ser ingenua, y sin afectacíón se recrea
en los humildes animales; y su habílídad para el uso de formas arcaicas
españolas; y hasta su preocupación ética, que le lleva a armar su poema
con una punta didáctica, pero con mano tan grácil y ligera que el valor poético del conjunto, en vez de caer, crece en intensidad al ganar
en intención.
«The struggle to apprehend the superna! Lovelíness-this struggle
on the part of souls fittíngly constítuted-has gíven to the world all
laht which ít (the world) has been enabled at once to understa:nd and
124

LA PLUMA
to feel as poetic.» (1) Esta cita de Edgar Poe, que figura en inglés en cabeza de La paz del sendero, es una significativa declaración de principio
a la que nuestro poeta ha permanecido leal con singular consecuencia .
Las palabras de Poe explican que Ayala sea ante todo un poeta de emoción intelectual, es decir, un poeta que aspira a ahondar su percepción de
la naturaleza, cuya existencia independiente respeta, absteniéndose por
tanto de colorearla con sus propios estados de ánimo y confiando en
que la emoción nazca de la armonía innata entre el mundo y el hombre. Tal poeta es Shelley. Sólo que Shelley manifestaba su comprensión
poética de la naturaleza animando las cosas naturales, dándoles movimiento, carácter y expresión propia. Y es que Shelley era un platónico,
mientras que Ayala, español, pertenece a una raza que tiende a considerar al hombre como el centro de las cosas. Su comprensión poética
de la naturaleza consiste, pues, en descubrir Jo humano de las cosas,
no, entiéndase bien, los efímeros humores y sentimientos de los hombres, sino lo permanente y universalmente humano que es el Hombre.
Lo cual le lleva a la identificación del hombre y de la naturaleza como
dos formas diferentes de una misma vida. «Todo es uno y lo mismo»:
tal es la conclusión natural de su actitud de espíritu y la lección que se
desprende del último poema, Füosofía, de su último libro de versos. En
este poema, la idea aparece desarrollada con la excelencia técnica, la
fineza y la elegancia rítmica que tan fácilmente alcanza nuestro poeta
bajo la influencia de su inspiración intelectual.
Siempre que se ha visto libre de la vegetación de doctrinas dogmáticas -religiosas o filosóficas-que con frecuencia cubren su forma verdadera, la mente española ha ido a parar a esta actitud, quizá en último
término panteísta, pero desde luego panhumana. He aquí el secreto de
la imparcialidad estética que distingue a los clásicos españoles, desde el
autor de Myo Cid y el Arcipreste hasta Pérez Galdós. En Ayala, este
(1) El esfuerzo para asir la suprema Belleza-este esfuerzo por parte de
almas aptamente constituidas-ha dado al mundo todo lo que el mundo ha sido
capaz de comprender y de sentir a la vez como poético.
125

�LA

PLUMA

LA PLUMA

sentido de cohumam'dad es tan genuino, que sin esfuerzo alguno le
permite alcanzar el tono clásico con sólo su espontaneidad, guiada por
un instinto literario casi infalible. De aquí un estilo que, al menos en
sus últimas obras, es quizá de lo más puro, más elegante, y sin embargo, mas suelto y sencillo que se ha escrito en nuestra generación.
Es rasgo constante de los clásicos españoles que el representar de
preferencia al hombre como individuo les lleve a tratar situaciones convencionales, sino esencialmente, antisociales. Aventureros, pícaros, prostitutas, que otras literaturas consideran como material meramente pintoresco, son, por la razón apuntada, más humana y más honda, asunto
favorito de las letras y artes españolas. Ayala no es excepción a esta regla. En sus libros, la gente de poca pro ocupa lugar no despreciable,
como sin duda lo debe ocupar en la mente del Creador que no se cansa
&lt;le darnos siempre nuevos ejemplares de ella. Ya en las primeras novelas ayalinas maneja nuestro autor este difícil material, sino siempre con
gusto seguro, al menos con frecuente singular fortuna. Valga como
ejemplo el capítulo aquel de Troleras y Daw;aderas, en el que un artista
joven y culto lee Otelo a una chiquilla analfabeta, cuya única educación
es la de la calle, recreándose en las espontáneas reacciones de la niña, a
medida que la tragedia se va revelando ante sus ojos ingenuos.
Estas cuatro primeras novelas, hmeblas en las Cumbres, A.M. D. G.,
La Pata de la Raposa y 7 roteras y Danzaderas (título que nos vuelve a
recordar a Juan Ruiz), son meros peldaños, por los que nuestro novelista va elevándose a su nivel natural. La materia prima de su experiencia
aparece en ellas todavía insuficientemente trabajada por el arte. Pero ya
se echa de ver, al pasar de la primera a la última, un progreso gradual
,que prueba la continuidad y la consecuencia del desarrollo de Ayala.
Sin embargo, para llegar a su revelación plena como artista-novelista, habrá que esperar hasta sus Novelas Poemáticas. He aquí al fin un
-espíritu moderno, consciente de sus vínculos con un pasado racial que
se manifiesta en una continuidad de tradiciones de forma y fondo, con
un poder de observación enriquecido por su familiaridad con los eternos
problemas humanos y con un poder de expresión que se afina y sutiliza
126

al influjo de una mente poética experta en el manejo. ~e los sír~b_olo~.
Estas tres narraciones son obras maestras de observac10n, de onginahdad creadora y técnica, de hondo sentimiento poético y de sonriente humorismo-pese a su despiadado realismo a la española-. Prometeo sobre todo, la primera del libro, está escrita en un nivel de suave ironía
tan delicadamente definido que su tristísimo desenlance no basta para
descomponer el peculiar encanto del conjunto. Por su composición, amplia y libre, con su admirable adaptación del lenguaje mitológico a la
vida de la España actual, y por su fondo, tan profundamente humano,
a pesar de su armazón estrictamente lógica e intelectual, este cuento
constituye un verdadero apólogo, un enxiem.plo a la manera de Don Juan
Manuel, mas el mérito de su singular belleza.
Las Novelas Poemáticas presentan numerosos modelos de esa perfecta adaptación de la forma a la sustancia, que es lo que hace el verdadero
estilo-el de los grandes autores, no el de los meros estilistas-. Tal es,
por ejemplo, la página inicial de Prometeo. Hay en este libro trozos escritos con tan fino sentido del lenguaje que suenan al oído mental como
un eco de la voz de Cervantes. No se alcanza este nivel elevando el tono
de voz hasta el diapasón clásico, cambiando el cuello planchado por la
gola cervantina; sino con sencillez y llaneza y una actitud sinceramente
humana, cualidades 9ue hacen que las líneas siguientes suenen como
una reminiscencia de palabras inmortales:
Odysseus deseaba partirse, y no sabía cómo, que Federica no le retuviese
con llantos, clámores y escándalo. Por olvidarse de su congoja, y con achaque
de que gustaba mucho de la natación, Odysseus se pasaba casi todo el día en
el mar. Nadaba como un tritón. !base mar adentro y se estaba cuatro o cinco
horas nadando sin cesar. Y cuando no estaba en el baño procuraba acogerse a
la esquividad de un bosque, en donde suspiraba largamente por su libertad
perdida. Hasta que se determinó en su ánimo a escapar. Y fué de esta
suerte ...

Ya en plena posesión de su estilo, Ayala podrá lanzarse a escribir una
novela de madurez. Tal es su Belarmi110 y Apolonio. Cabe en cierto
modo considerar este libro como una ilustración dialéctica del tema tra127

�LA PLUMA
tado en el poema Filoso/fa de su Smdtro Andante. Belarmino, el zapatero filósofo en busca de una palabra que exprese todas las ideas, y Apolonio, el zapatero poeta dramático, en busca de gloria y actitudes bellas, vienen a representar dos principios opuestos, dos tipos: uno, deseoso de comprender; otro, de expresarse; uno, sensible, pero sereno; otro,
curioso, pero insensible. Pero Apolonio y Belarmino no son meros tipos
teóricos, sino que viven con vida tan individual, con carácter tan original y acusado, que, aunque la novela, en Jo que les concierne, no se distinga por su riqueza de acción, abunda en ella hasta desbordarse el interés
humano de modo que el lector cierra el libro con sentimiento, como se
deja a un amigo. Sobre el laxo cañamazo de una rivalidad artística entre
los dos zapateros, borda Ayala un cuento de amor. Este cuento de un
seminarista, hijo de Apolonio, que se fuga con la sobrina e hija adoptiva de Belarmino, la abandona obligado por una protectora bondadosa y
tiránica, y, ya sacerdote, la vuelve a encontrar y la salva del abismo de
degradación en que había caído, este cuento presentaba en verdad excelentes condiciones para un deplorable folletín. Que Ayala haya sorteado
todos los escollos que tuvo que bordear al contarlo, con ser meritorio,
no es extraño. No era de esperar menos de un gusto ya hecho. Pero ha
conseguido más. Ha desarrollado su narración con mano tan segura y,
sin embargo, tan ligera, con tan delicada mezcla de humorismo, serenidad y emoción, que lo que parecía material mal escogido se nos aparece
ahora como la base misma de su triunfo de artista, nunca más hábil
que en lo que sabe omitir.
En esta fruta madura de su ingenio, Ayala reTela sus principales características como artista creador, combinadas y aliadas para mutuo enriquecimiento. Aquella su tendencia a mirar al objeto bajo varias luces,
a la que en su labor crítica atribuimos su vacilante composición, se traduce aquí en un sistema de composición original que presenta el asunto, ya en acción presente, ya en relato del pasado, visto ya por un protagonista, ya por otro, ya por el autor, ya directamente por el lectorperspectivas todas perfectamente armoni:iadas-. Aquel su fluir de ideas
que observamos en todas sus manifestaciones literarias, aparece aquí
128

LA PLUMA
tan abundante como siempre-quizá por demás abundante-pero ordenado y canalizado y admirablemente distribuído entre los actores de la
novela según sus peculiares caracteres. La modalidad poética que le distingue se manifiesta en el espíritu de que toda la obra está penetrada y
que parece intensificar la simpatía humana con la que están tratados
todos los personajes, mezcla de afecto, humorismo y profundo sentido
de lo cómico que es tan española. Porque el afecto en Ayala sabe sonreír. A esta su manera poética debe también nuestro autor su facultad
para poner de relieve con toda delicadeza, pero con todo vigor, el elemento sensual de hombre y naturaleza, hilo favorito de su discurso,
finamente hilado y entretejido con nitidez y pulcritud clásicas en toda
su obra, y que se revela en su uso frecuente del adjetivo vmusto. Las
distintas calidades y cantidades de sensualismo que atribuye a sus personajes son indicio significativo de la atención que Ayala consagra a
este aspecto de la naturaleza. Recuérdense los admirables tipos de monsieur Colignon, el pastelero francés henchido dejoit dt vivrt, y de Felicita Quemada. la solterona que consume una pasión reprimida. Obsérvese el contraste entre la inflamabilidad de Apolonio, el zapatero dramático, y la total carencia de sensualidad del zapatero filósofo, Belarmino.
Este rasgo del arte de Ayala influye no poco en el encanto peculiar de
sus paisajes. Todos sabemos que un paisaje u un ts!ado dt dnüno, pero
no todos sabemos aplicar este dicho. Ayala consigue muchas veces d:1rnos la sensación de estar ante un momento dt la naturaleza, y su éxito se
debe, no pocas, al atrevimiento con que trata a la naturaleza, y «osa levantar la más íntima vestimenta, la que todo lo oculta» (1).
Era la sazGn otoñal, de color de miel y niebla aterciopelada y argentina, a
manera de vello, con que 11 tierra estaba c:omo un melocotón maduro. Por encima de las tapias del huerto conventual asomaban los negros y rígidos cipreses, que eran como el prólogo del arrobo místico, el dechado de la voluntad
eréctil y aspiración al trance; y los sauces anémicos y adolecieutes-en la redare lift
( 1) The closest, all-concealing tunic. (Shelley).
IX
129

�LA PLUMA
gi6n los llaman desmayos-, que eran la fatiga y rendimiento, epílogo dulce
del místico espasmo; y los pomares sinuosos y musculosos, las ramas, de agarrotados dedos, mostrando rojas y pequeñas manzanas, que no sugerían la imagen del pecado, sino a lo más de un pecadillo. Para los ojos todo era paz en el
huerto conventual; para el oído la querellosa algarabía de los gorriones vespertinos.

¡,
1

Ejemplos como este de aguda penetración son frecuentes en sus últimas obras. Estas obras revelan una personalidad serena al parecer, pero
hondamente sensible a las íntimas corrientes de simpatía que ligan al
hombre con el mundo. «El filósofo-dice en Belarmino y Apolonio el famélico estudiante Aligator-se halla consti tuído a la inversa del dramaturgo. Por fuera, serenidad, impasibilidad; en lo más secreto, ardor inextinguible.» Aligator habla pensando en Belarmino. No ·dejarían de convenir sus palabras al propio Ayala.
SALVADOII. DE MADARIAGA.

OLIMPIA DE TOLEDO
DRAMA EN TRES ACTOS

Personaj~s
Olirnpia de Toledo, bailarina.-Paca, doncella.-La Mogigona gitana -Doña
Lorenz~, madre de Julio.-Augusto, poeta.-Don Esteban.-J~lio, pin~or-l'aqu1ro, torero.-El E:npresario.-Periodista.-Vicente.-Un Botones.
La escena en Madrid.-Época actual.

PRIMER ACTO
Cuart_o de ?Ji~pia en un teatro de variedades. A la derecha, uerta de entrada, a la izquierda, tocador con espejo. En el fondo u b' pb E l
redes
t ¡
f;
,
• n 10m o. n as pa' car e es, otograf1as, caricaturas, ropas colgadas de perchas. Divanes y
gra ndes baúles. Las luces encendidas.

ESCENA PRIMERA
PACA (después la MOGIGONA)
PACA

(Arregla el tocador, cuelga algún traje de la percha)
MOGIGONA

¿Se pué pasar, si se pué pasar?
¡La bruja esa!

PACA

�L A l-' L U ~l :\

LA PLUMA
MOGIGONA

MOGIGONA

Con tu permiso.

,,

PACA

Pues, pasa usted sin él.
MOGIGONA

Pue&amp; ahí verasté, que es que me interesa, y que me gustaría que usted
me sacara de las dudas que tengo, porque estarasté enterada, y me gustaría que usted me hiciera el favor de contestar a media palabrita, que
es poco pedir a una chavalilla tan requetepreciosa como usted.
PACA

Pues diga lo que sea, y veremos.

Pues ahí voy; porque por acá esto es una piojera de chismes, y que
si el señor Paquiro está chalaíto perdío por la señora Olimpia, que si no
es así, que si fué, que si vino, que si ha regalao o ha dejado de regalar; y como esto interesa a mi niña, que está la probe que se la puede
ahogar con un cabello; porque el señor Paquiro no hace ni ocho días
me daba la coba, y no había en el mundo para él nada como mi niña;
y ¡señora Mogigona, que su niña es una perla! y ¡señora Mogigona,
que su niña es la rosa de Andalusía! ¡y usted el rosal que la ha produsíol Y enarbolarme a la chica como me la ha enarbolao para que aluego,
en cuanto ha llegao la señora Olimpia a bailar aquí nos deje plantás, y
que ya no se acuerde pa ná de nosotras, y que se olvide de sus promesas, y que mi niña ya no sea la rosa de Andalusía...
P.~CA

MOGIGONA

Pues lo voy a decir, y en diciéndolo, pues me va usted a contestar;
porque no es por mí por lo que yo pregunto, si no es por una persona,
que es para mí más que yo misma.

Ni usted el rosal que la ha produsío ...
MOGIGONA

Eso que usted dice, aunque lo diga con retintín.

PACA

Bueno, bueno, dígalo ya, y no se ande con tanto requilorio, que
tengo que arreglar esto, porque va a venir en seguida mi señorita.
MOGIGONA

Pues lo voy a decir, y el caso es que no sé cómo e~pezar; porque
esa persona es mi niña, y aunque esté feo que una madre ... ¿Usted me
comprende?...
PACA

No comprendo una palabra.
MOGIGONA

Pues es, que lo voy a decir, y es esto. Si usted puede y quiere decir
si la señora Olimpia de Toledo tiene o no tiene mucho que ver con el
señor Paquiro.

PACA

Bueno, ¿y qué?
MOGIGONA

Pues que me dijera usted si el señor Paquiro es algo de la señora
Olimpia, y si usted cree...
PACA

Pues no sé nada, y aunque lo supiera no tendría porqué decirlo;
porque a mí mi señorita no me paga para que vaya contando sus cosas;
es más, al contrario, si me pagan es para que me calle lo que sé. Con
que ya lo sabe usted, señora Mogigona, si tiene usted gana de que le contesten debe usted llamar a otra puerta.
M.OGlGONA

Pero, vamos a ver, ¿he faltado en argo?

PACA

¡Ah, vamos! ...
132

133

�LA PLUMA

LA PLUMA
PACA

¿Faltar? No. En todo caso, sobrar.
MOGIGONA

¡Cál ¡Qué va a regalárselos! El poeta ese no tiene mosca suficiente
para comprar las cosas que le gustan a la señorita. Aquí nos gusta lo
caro, don Esteban, ¡Lo caro! Porque lo caro es lo bueno.

PACA

ESTEBAN

¡Pues, hija!
Nada, nada, que tengo que hacer.
MOGIGONA

¡Qué arisca que es usted!
PACA
l'

Soy como me da la gana.
MOGIGONA

¡Vaya con Dios! ¡Vaya con Dios! (Vase.)
PACA

k

PACA

•Caramba! Si lo sé compro antes los pendientes para hacerla rabiar
un ~oco, y luego, claro, se los doy. ¿No tenía Olimpia que pasar la música de ese nuevo baile que están preparando?
PACA

Sí; ha hecho que la orquesta repase la música, y ha dicho que está
bien, porque ella no necesita ensayos.
ESTEBAN

¡Olimpia no necesita ensayos! Es verdad. Baila de inspiración; inventa sus danzas en el momento de levantarse la tela.

¡Vaya con el demonio! ... ¡La condenada gitanaza esa! ... (Pausa.)

PACA

ESCENA SEGUNDA

También ha venido el señorito Julio. Ese sí que está chalao perdido
por la señorita.

1

PACA y DO N ESTE B AN

ESTEBAN

PACA

Sí; ese muchacho anda loco por ella. Entre el poeta Augusto y Julio
el pintor están llenando de Olimpias en verso y de Olimpias en color,
todos los periódicos y revistas de España. ¡Soneto a los ojos de Olimpia!
¡Madrigal a la boca de Olimpia! ¡Fantasía, en verde lechuga, de las danzas de Olimpia! 1Scherzo, en blanco mayor, a la «Muerte del cisne~, de
Olimpial Yo no sé cómo los editores aceptan tantas Olimpias. Si me entendieras el chiste te diría que hemos vuelto a la era de las Olimpiadas ..•

Pase usted, don Esteban; pase usted. La señorita no está; pero no
tardará en venir.
ESTEBAN

Entonces hoy ¿soy el primero? Paquilla ...
PACA

No, don Esteban; el primero, no; porque antes se presentó don Augusto y salió con la señorita a comprar unos pendientes que ha visto el
señorito Augusto en una tienda de antigüedades.
ESTEBAN

¿No será Augusto quien se los regale?
134

PACA

A la señorita la gusta verse por todas partes: en carteles, en las portadas de los periódicos. Es un gran reclamo que da mucho postín y
ayuda a las contratas.
135

�LA PLUMA

LA PLUMA
ESTEBAN

Dentro de poco vamos a ver la figura de Olimpia anunciando un callicida o un agua purgante. ¡Qué tabarra!

ESTEBAN

~Pues sabes lo que te digo? Que no es el Paquiro el que me quita el
sueño.

PACA

¡Vamos, don Esteban! Cada cual usa de las armas que tiene. Usted
tira de cartera ...

PACA

~Pues quién, el pinta-monas?
ESTEBAN

ESTEBAN

No vaya¡¡ a creer que yo todo lo fío a los pápiros ...
PACA

No ... si ya se ve que usted como persona tiene lo suyo. Es usted simpático, barbián.,.; pero ahí tiene al Paquiro ..

Ese, ese es un muchacho de cuidado. Hay que ver cómo poco a poco
va poniéndose sombrío, a medida que Olimpia exagera sus coqueterías
con los demás. Hay que ver cómo palidece, cómo se pone rojo de repente. Se le humedecen los ojos con lágrimas, que deben de quemar
debajo de los párpados ...

ESTEB\N

¿El Paquiro? El Paquiro es un chulón. Un gran torero, pero muy
chulo, aunque él no quiera.
PACA

Pero a nosotras nos ha gustado siempre un poquito la chulería.

ESCENA TERCERA
DICHOS y PAQUIRO

(Queriendo tocar la cara a Paca)
¡Buenas, don Esteban! ¡Hola, barbil Déjame, mujer, enterarme de
cómo está esa carucha de suave.
PAQUIRO

PACA

ESTEBAN

A ti sí, que no puedes vivir de chulapona. ¿Pero a Olimpia? ¡Ha viajado mucho!. ..
.t'ACA

Pero ha nacido en la calle de Toledo, don Esteban. En la calle de
Toledo, entre la plaza de la Cebá y la Fuenteciya. ¡Qu~ no se le olvide
el encarguitol
ESTEBAN

Lo que Olimpia tenía de gata madrileña, lo ha perdido en el Extranjero.
PACA

Pero como la cabra tira al monte, don Esteban; aunque la pongan
en el cartel Olimpia de Toledo, se llama Engracia Rodríguez.
136

Quite usted, ¡so sobón!
ESTEBAN

~Qué hay? ~Cómo va?
PAQUIRO

Así, así. Habemos ido ayer a San Fernando a ver los morlacos de la
corrida del domingo, el empresario, Manolo, el señor Rafael y yo. Me
he enfriado ... Y como está uno hecho una criba, empiezan a decir aquí
estoy el puntazo de Sevilla y el palo de Algeciras...
ESTEBAN

¡Bah, aprensión!
PAQl'IRO

~Y

esa niña, no está?
137

�LA PLUMA
LA PLUMA
PACA

No. Pero no tardará en venir, matador.

PACA

¡Pues estaba eso muy feo!

PAQUIRO

,,,

¡Tú sí que estás matadora! Oye, nena. ¿Quieres que se forme una
cuadrilla de señoritas, y vas tú, y te pones el vestido de torear, y quitas
los moños a muchos torerazos?

PAQUIRO

Lo reconozco ahora. Y di, Paq uilla, ¿te gustaría a ti bailar, cantar o
hacer alguna habilidad en el tablao?
PACA

PACA

Me asustan los cuernos.
¡Qué te van a asustar! Mira, ¿tú ves a don Esteban? Pues suponte tú
que es un novillo.
ESTEBAN

¿A mí? No. ¡Anda! Pues si la señorita supiera que a mí me gustaba
bailar así, en un escenario, como ella, me despedía a escape. A mí no
me gusta eso.
PAQUIRO

¿Y los toros te gustan? Ver torear.

¡Vamos tú, so maleta!

PACA
PACA

Según, según.

Es mucho suponer. Eso de torear, para la señorita,
PAQUIRO

La verdad, Olimpia es muy brava. ¿Se acuerda usted en el tentadero
de San Agustín? Si no la sujeto le planta una verónica al cabestro de
punta.

PAQUIRO

¿Según? ¿Qué quieres decir con eso?
PACA

Según quien toree.
PAQUIRO

ESTEBAN

Si no es por ti, da Olimpia una voltereta más alta que las que da en
el escenario.
PACA

Pues todavía dice que le estropeó usted la suerte.
PAQUIRO

Así somos todos los que vivimos del público. Me acuerdo que el señor Rafael, en mi alternativa, me deslució un quite metiendo su capote.
De buena fe, sí, creía que el morucho me enganchaba. Pues estuve incomodado con él toda la tarde.

¿Verme torear a mí?
PACA

A usted, no. Por que vamos, es usted conocido y ..
ESTEBAN

.

Pero bueno .. . ¿Os vais a hacer el amor delante de mí?
PACA

¡Já, já! Delante de usted todavía se puede, ¡pero lo que es delante de
la señorita, ni por pienso! Señor Paquiro, como me chicolee usted, me
despide.

138
139

�LA PLUMA
PAQUIRO

LA PLUMA

Es que todo lo quiere para ella.
ESTEBAN

Ahí se le siente.
PACA

Está en el e9Cenario. (Vase.)

ESCENA CUARTA
DON ESTEBAN, PAQUIRO y AUGUSTO
AUGUSTO

Buenas noches.
ESTEBAN

¡Hola, poeta!. .. ¿Qué, está usted de acompañante?
AUGUSTO

¿Qué hay, Paquiro? ... Sí... ahí viene Olimpia, con un perro que ha
comprado a un golfo en la Puerta del Sol. Salimos a comprar unos
pendientes y compramos un perro. ¡Es admirable!
PAQUIRO

¿Para qué lo querrá?
(Se tumba en un diván y enciende un cigarro).
No lo sé. Dice Olimpia que es un perro de raza. Para mí, es uno de
esos chuchos, vulgar, de lanas ...
AUGUSTO

ESCENA QUINTA
DICHOS y OLUIPIA
OLIMPIA ( Un

láHgo en la mano)
¿Un lanas? ¿Eh? ¡Tú sí que eres un lanas! (lírando el sombrero, el
mangu.íto, el abrigo y un bolsillo sobre un divá11.) ¡Es una lata esto de salir a la calle! Está todo lleno de golfos y de sablistas. ¡Olimpia! ¡Seño-

rita Olimpia! ¡Reina Olimpia! ¡Qué coba! ¡Pero me conocen! ¿Eh? Vaya.
me conocen hasta los de la Policía, todo el mundo. ¿Qué te parece, Paquiro? ¿Te conocerán a ti tanto como a mí? ¿Cuándo matas, torerazo?
PAQUIRO

La semana que viene, el domingo.
OLIMPIA

Don Esteban, nos llevarás a la plaza en tu auto, ¿eh? Veremos quién
puede más; tú o yo, Paquiro. Tengo un trajecito para ese día, ¡que quita el sentido, chico! ¡Estebanl ¡Don Estebanillol ¡Qué pisto te vas a dar
en el palco, a mi lado, cuando el Paquiro nos deje su capote de paseo!
¡Pero, ven acá tú, vamos a ver. ¿Qué méritos tienes tú para figurar así
con nosotros? Di... ¿De qué t~ las das tú?
ESTEBAN

La verdad, chica, que me pones en un brete. Vosotros sois unas celebridades ...
OLIMPIA

¡Pero eres muy salao! ¡Esteban de mi alma! ¡Muy salao y muy simpático y tienes tu mérito!
PAQUIRO

¡Poquito mérito, el ser dueño de toda esa tierra de Extremadura y
de todas esas casas de Madrid! ¡Ni nada de mérito que tiene eso!
OLIMPIA

¡Vaya una cosa!. .. Ese Paquiro ya te está dando jabón porque eres
rico ... No. No tienes ningún mérito, Esteban ... ¿Has ganado tú ese dinero?
ESTEBAN

140

(Riendo)

Yo, no, .. ; mis abuelos... qué se yo, mis antepasados ...
141

�LA

PLUMA

LA PLUMA
OLIMPIA

,,

Entonces has tenido la suerte de que tus papás nacieran antes que
tú ... y te dejaran los cuartos ... Di, ¿de qué presumes?

OLIMPIA

.¿Y tú qué dices, Augusto? ¿Qué haces ahí tumbado, fuma que fuma?
AUGUSTO

ESTEBAN

¿Yo? De nada.

Psch ... , oirte.
OLIMPIA

OLTMPIA

¡Qué modestitol Si yo te entiendo. Ya sé lo que tú quieres. ¿Que hay
por ahí un automóvil, el mejor de todos? Pues para ti. ¿Que un tronco
de caballos? Para ti, ¿Que una joya? Para ti. Todo para ti. Te lo cuelgas en ti mismo, como yo cuelgo estos amuletos en mi cadena. ¡Ah, bribón! ¿Que hay una chica hermosa que canta, baila, o da volteretas en el
circo? ¿También para ti? ¿Como si fuera un dije? ¡Estás tú bueno! ¿Pero
ves, Esteban? ¿Ves esta chica que baila hasta allá y que alborota al público cuando se retuerce en el escenario? ¿La ves tú?, ricachón. ¡Buen
dije! No lo colgarás en tu cadena ...
ESTEBAN

(Rimdo)

Mirad a éste. Mientras me ha acompañado a comprar los pendientes...
AUGUSTO

¡Pendientes que se han convertido en un perro!...
OLIMPIA

Bueno ... ; mientras íbamos en el coche, era este hombre una matraca ... Que si va a escribir un poema trágico ... de mi vida, y dale _que le
das... viene aquí y se tumba en el diván, y como si le hubieran cosido los
labios y no le dejaran más que un agujerito para echar humo. (Ámena.zándole con tl láti~o.) ¡Levántate, so tumbón!

Peor para ti, Olimpia.

AUGUSTO
OLIMPIA

Siempre que pienso en tipos como tú, me acuerdo de una caricatura
que vi hace años. Era un pobre gomoso, que había recorrido el mundo
en busca de una mujer que le quisiera por sí mismo. Dc;sengañado de
Europa, se va al centro de Africa, y le cogen prisionero unos antropófagos. Lo ensartan en un asador y lo ponen sobre la lumbre. Una negra
horrorosa le da vuelta poco a poco, para que se dore por igual. A. la negra se le cae la baba pensando lo sabroso que estará el asado, y el gomoso gira lentamente sobre las llamas y exclama satisfecho: «¡Gracias a Dios
que encuentro una mujer que me quiere por mí mismo!» (Todos ríen.)
PAQUIR.O

Tienes gracia y no tienes razón. Eres una loca. Tener parné y saberlo gastar son cosas que pocas veces se ven juntas,
1.42

Déjame en paz.
ouMPIA

(Dándole un latigazo)

No, no; ¡arriba! ¡arriba!
AUGUSTO

Déjame, Olimpia. Estoy pensando en el poema en que te asesina ...
OLINPIA

JQué poema ni qué chanfaina! Levántate. (Lt ptga.)
AUGUSTO

Un amante celoso, celosísimo... ·
OLIMPIA

(Pegando)

~Toma, celoso!
143

�LA PLUMA

LA PLUMA
AUGUSTO
AUGUSTO

A quien tú desprecias...
OLnn&gt;rA
1

1

(Ptgando)

¡Toma, desprecio!
AUGUSTO

Se precipita sobre ti y te quita ... la vida ... (lt cogt tl látigo.)
OLil!PIA

¡Dame el látigo, poetastro!
ESTEBAN

¡Eres terrible, Olímpial
OLIMPIA

¡Vete! ¡Vete!. .. No quiero que estés aquí...; ahora mismo llamo al
portero para que te eche ... Anda, dame el látigo y vete.

Pues mira, ahora me siento orador ... Don Esteban y tú ilustre matador de toros ... Vamos, me van a decir si no tengo razón para quejarme ...
Esta Olimpia no es una mujer, ¡es un demonio! «Ven sin falta a buscarme a las cuatro-me dijo ayer-, vamos a comprar esos pendientes que
tú has vísto.» «Bueno, vengo a las cuatro menos cuarto.» Olimpia se presenta a las cinco y media. ¡Siete cuartos de hora que se pueden medir
exactamente por las colillas que hay en ese cenicero! Salimos de aquí,
tomamos un coche y «A la calle del Prado-digo al cochero-. Empezamos a rodar y Olimpia dice: «No. Vamos al Museo de Reproducciones.»
«(No querías ver esos pendientes?»-Ja pregunto-. «Sí-responde-.
Iremos Juego. Ahora vamos a ver la túnica del Auriga de Delfos; la tengo que copiar para una danza griega.» Al Casón-digo al cochero-.
Llegamos cerca del Museo y Olímpia grita al auriga, no al Delfos,
sin o al de la manuela. (Arrojan una zatJatilla por dttrás dtl biombo.)
OLIMPJA

AUGUSTO

(Tumbado)

Ni me iré, y, por lo tanto, no me levantaré de aquí, ni te daré el látigo, y este poema que me está saliendo de la cabeza se lo dedicaré a la
Pelitos. Esa, al menos, no se siente domadora como tú.
OLIMPIA

A mí no me hables ... Oye, Esteban, ¿has visto tú a la Pelitos? La del
empresario. ¿Esa ridícula muchacha?
AUGUSTO

¡Sí, sí, ridícula!
OLIMPIA

¡Calla, majadero!... No hables, hombre. ¿Estás ahí tumbado? Pues
estate; pero sin hablar, como sí estuvieras muerto ... ¡Paca! Ven. Tengo
que vestirme para el baile Indio. ( Ollmpia y Paca pasan detrás dtl
biombo.)

(lncorpordndou)

(Dtlrás del biombo)

Toma, para ti, por hacer chistes malos/
AUGUSTO

Cochero, vamos al Retiro; daremos una vuelta por el Paseo de Coches. Hace una tarde magnífica. Entrábamos en el Retiro cuando me
pregunta: «Oye, ¿esos pendientes son de filigrana de oro?» «Sí, son de
filigrana de oro con esmeraldas.» «¡Cochero!-grita Olimpia-. ¡A la calle del Prado!» Bajamos por la calle de Alcalá hasta la Cibeles. Allí Olimpia ordena: «Sigue hasta la Puerta del Sol.» Y a mí me dice: «Es que
quiero ir a la zapatería.» Al desembocar en la Puerta del Sol ve a un
golfo con un perro. «¡Qué perro más prPciosol Voy a comprarlo.» «Para,
cochero.» Bajamos, me hace dar diez duros por un chucho feo, sucio y
gruñidor, que tengo que izar al coche a empellones. (O/impía aparect
con una túnica, descalza de medias; lleva chinelas.) El perro gruñe y quiere
morderme, la golfería se amontona. Yo tiro de la cuerda de esparto que
sirve de collar al perrito, y el vendedor le da puntapiés para que obedezX

�•

LA PLUMA

LA PLUMA
ca; la hermosa adquisición de Oiimpia prorrumpe en aullidos. Metemos el perro en el coche, y resulta que hay que comprar un collar y
un látigo, y nos detenemos en la tienda de un guarnicionero. Saco el
perrito del coche; el perrito chilla, vuelve a reunirse la cáfila de golfos.
Hacemos las compras. «A la calle del Prado»-dice Olimpia al cochero-. El cochero arrea, y cuando estamos a mitad de camino grita Olimlia: «¡.Ail. teatro!» Yo estoy cansado de lidiar con ella y con su maldito
perro, me tumbo a descansar y la fiera empieza a latigazos conmigo.

vosotros? ¡Vaya unos esclavos! En cuanto se le pega a uno se revuelve y
me arranca el látigo; yo necesito un esclavo que se deje martirizar, que
goce en el martirio, como Julio. Vamos a ver, tú, Augusto. ¿Eres un esclavo, así, como tu amigo Julio?
AUGUSTO (

Tumbándose)

¡Yo soy un árabe sensual! ...
OLIMPIA

OLlMPlA

¡Bien! Ahora hablas como un sacamuelas.

¿Tú, Paquiro? Tú sí, ¿no es cierto? (Paca atraviesa y sale.)
PAQUIRO

(Riendo)

AUGUSTO

¿Cree usted, don Esteban, y tú, gran torero, que me he ganado este
rato de descanso en el diván?

OLIMPIA

Tampoco ... Entonces tú, don Esteban.
ESTEBAN

ESTEBAN

Sí, hombre, se lo ha ganado usted.

¿Yo? Admirador, el más ferviente admirador ...
OLIMPIA

PAQUIRO

¡Vaya que si te lo ganaste!
OLIMPIA

¿Entonces todos contra mí?
PAQUIRO

Todos contra ti, chiquilla.

¿Pues sabeis lo que os digo? ¿No? Pues que os vayais ahora mismo a
la calle y que no pongais los pies aquí hasta que se os avise. No quiero
pelmas en mi cuarto. ¡Eh, tú, árabe sensual!, levántate y largo de aquí,
que me estás chafando el abrigo. Tú, matador de caracoles, toma tu
cartulina (dándole tl sombrero ancho), y andando, y tú, señorito de pueblo, a dejarme en paz, que me tengo que vestir y que dorarme los pies
y las manos para el baile indio.

OLIMPIA

ESCENA SEXTA

¿Y el hombre de los dijes? ¿También?

DICHOS y PACA

ESTEBAN

¡También!

OUMPIA
(1

¿Qué quieres Paca?
OLIMPIA

Bueno. Pero no vivís a mi lado sometidos a la legislación del embudo. ¿Entonces a qué tanto decir que mis caprichos son leyes para

PACA

Ahí está un caballero que quiere hablar con la señorita. Me ha dado
esta tarjeta.

�LA PLUMA
L A P 1, L i\l A

' 1
OLIMPIA

(Lee)

¡Ah, es un periodista!. .. Mirad, entonces no os vayais. Si me encuentra sola, se quedará aquí mucho tiempo. Siéntate tú, árabe, ¡siéntate,
precioso!, y tú, ¡magnífico torera:,o!, aquí, a mi lado, y tú, don Esteban,
aquí. .. Paca, dile que entre. Aquí estais muy bien, me servís de armatostes para que ese buen señor no me dé la lata. ( Vase Paca.)

ESCENA SÉPTIMA

PERIODISTA

¡Ah! Es que los buenos versos se pegan 31 oído. Los del poeta no son
como algunos que se publican por ahí, que tienen la melodía de un carro cargado de flejes que rodara sobre un pedregal.
AUGC'STO

¡Ah! Es que a veces el idioma es rebelde.

DICHOS y U~ PERIODISTA
PERIODISTA

¡Olimpia de Toledo! ¡¡Hombre!! ¡Augusto y Paquiro! ¡Cuánto me
alegro!
OLIMPlA

Voy a presentar a usted a mi íntimo amigo don Esteban ... Chico,
ahora no me acuerdo de tu apellido ... El señor es redactor de el...
PERIODISTA

El Nacional.
OLIMPlA

Eso, sí; de /:.,l Nacional.
P ERIODISTA

¡Bien, Augusto, bien! He leído sus últimos versos y me han parecido
una verdadera maravilla ... Bueno, usted lo sabe mejor que nadie.
AUGUSTO

PERIODISTA

Usted doma esa rebeldía.
OLIMPIA

¡Vaya, vaya! ¡Le gustan a usted mucho los versos de mi amigo!
PRRIODBTA

¡Muchísimo, Olimpia! Considere usted que yo soy poeta fracasado·
¡Qué no hubiera dado yo por rimar así!
OLIMPIA ( lmp aciente)

¿Pero vale tanto, tanto eso que has escrito? Yo, chico, no le encuentro tanto, tanto mérito.
AUGUSTO

Este señor es muy benévolo conmigo, Olimpia. Creo que toda la belleza de mi última composición se debe a que tú la has inspirado.
PERIODISTA

El motivo es, indudablemente, hermoso, y usted, como verdadero
poeta, lo ha exaltado.

Hombre, muchas gracias.
P l!RIODISTA

Aquella estrofa... «Y en la morena curva decora el vellocino. Bajo la
cachemira ...»
OLlMPIA

¡Vaya una memoria que tiene usted!

OLIMPIA

¡Bueno! Es decir, ¿que la composición vale más que quien la inspira?
¿No es eso lo que quiere usted decir?
PIIRiuDIST A

Es difícil hacer una comparación ...
149

�LA PLUMA

LA PLUMA
OLIMPJA

l.

¡ '"'

11

'

Mira, Augusto, no me chafes la falda. Tengo que bailar con ella dentro de poco. ¡Jesús, qué hombre más tumbón! Levántate, hombre.
AUGUSTO

(Levantándose lentamente)

Bueno, mujer.
(Levantándose)
He tenido un gran placer en manifestarle toda mi admiración ... ¿Me
permitirá usted el tener una conferencia con usted? Será de gran importancia para el público ...

PEJUODISTA

¿Estará usted agobiado de contratas?
PAQUIRO

Le diré a usted. Si no tengo percance torearé unas cuarenta corridas
en Barcelona, Sevilla, Madrid ...

PERIODISTA.

AUGUSTO

OLIMPIA

Pero Paquiro de mi alma ¿nos vas a colocar la lista de todas las plazas de toros?
PAQUIRO

Como este señor preguntaba ...

Cuando usted guste ... Me voy al escenario ... (Vase.)
ESCENA OCTAVA
DICHOS, MENOS AUGUSTO
PERIODISTA

¡Admirable poeta!
OLIMPIA

PERIODISTA

Ya sabe usted Olimpia la afición que hay a los toros ... Y diga usted
Paquiro ...
OLIMPIA

Pero bueno, señor periodista, ¿ha venido usted a preguntar cosas a
todos los que están en mi cuarto?

PERIODISTA

(Sonriendo.)
Perdón, Olimpia. Ya que he tenido la suerte de encontrar aquí al
gran poeta y al gran torrero ...

OLIMP!A

ESCENA NOVENA

Pues a mí me parecen muy rebuscados. ¿A ti qué te parecen don Esteban? ¿Y a ti Paquiro?

DICHOS y AUGUSTO

¿Pero usted cree de verdad que sus versos valen tanto?

PERIODISTA

¡Ya lo creo!

PAQUIRO

Y o, chiquilla, no entiendo de eso.
PERIODISTA

¿Usted de matar toros?
PAQUIRO

Sí; de eso se entiende una mijita.

OLIMPIA

¿Ya estás otra vez?
AUGUSTO

Sí chica me asfixio en cuanto salgo de tu cuarto. Vengo a conven' de que aquí, y fuera de aquí, lo más impo:1an~~ eres_ t~'
cera 'este señor
y tus danzas. Aquí, amigo mio, respiramos, hacemos la d1gestion, v1v1mos, en una palabra, con permiso de Olimpia de Toledo, y usted, que
no sabía eso, parece ocuparse de todos menos de ella.

�LA PLUMA
LA PLUl\lA
PERIOOISTA

¿Cómo no? ... ¡Sí, por Dios! Si precisamente quiere el periódico hacer una gran información acerca de este teatro y de las estrellas que aquí
actúan.
ESTEBAN

Aquí no admitimos más que una estrella, estrella única.
PAQUIRO

¡Olimpia de Toledo!
AUGUSTO

Eso que tú has dicho, matador: ¡Olimpia de Toledo y sus danzas, sus
fantásticas danzas, compendio del arte pasado, del arte presente y del
arte futuro!

dica con sus gestos la verdadera intención de Wágner en el Viernes Santo del Parsifal?
PERIODISTA

Está bien; está bien, pero yo creo que al paso que vamos se bailará
dentro de poco el Código de Comercio.,.
OLIMPIA

No, si lo que hay que bailar eternamente son las seg~idillas Y el garrotín. Bueno, señores, hasta otro rato; tengo que vestirme... Paca ...
Paca (Vanse todos menos Olimpia.)

ESCENA DÉCIMA
OLIMPIA y PACA

OLIMPIA

Exageraciones, no. Pero ¿no me dirá usted que ahora hay ninguna
bailarina que pueda compararse conmigo?
PERIODISTA

Usted es, sin duda, la danzarina ideal en su género.
El único género posible.

OLIMPIA

PERIODISTA

Sin embargo, la Duncan, la Argentina, Tórtola, Pastora ...
AUGUSTO

No pueden compararse contigo.

(Incomodada.)

PACA

¡Vaya un tío pelmazo!
OLIMPIA

¡Valiente lata! He estado por ponerle de patitas en la puerta ... Viene
a hablar conmigo y se está ahí preguntan~o a Augusto por _sus v~rsos
y al Paquiro por sus corridas. Luego, q_ue SI la Pastora, que SI la Tortola. Le habrán pagado para que las elogie.
PACA

Pues la señorita no ha estado muy amable con e'l . ¡A ver s1· se m ete
con la señorita en el periódico!
O LIMPIA

PERIODISTA

Yo he tenido el placer de aplaudirla ...
AUGUSTO

¿Pero .ha comprendido usted toda la trascendencia de las piruetas de
Olimpia, cuando interpreta la marcha fúnebre de la Heroica, o nos in-

. No me lo digas! Esta misma noche le pongo una tarjeta invitándole
1
• por aqm.
, Pero vamos, es que no puedo resistir que alaben a gena vemr
tes que no se lo merecen.

�LA PLUMA
LA PLUMA
ESCENA UNDÉCIMA
DICHOS y el EMPRESARIO

encendió el proyector grande, y yo le digo a usted que, o se me pone el
foco grande o me voy.

EMPRESARIO

EMPRESARIO

¡Hola chiquilla! ¿Todavía no estás vestida? Falta poco para tu sección,
OLlMPIA

¿Qué tal está usted de relaciones con ese periódico El Nacional?
EMPRESAllIO

Bien.
OLIMPIA

Es que ha estado aquí un redactor y no sé si se habrá ido un poco
incomodado.
EMPRESARIO

¿Quién, Pepe Martínez? ¡Ca, es un guapo chico! No tengas cuidado,
no se meterá contigo. Lo único que le preocupa es la literatura.
OLIMPIA

¡Menuda tabarra me ha dado con los versos de Augusto! ¿Y no podía usted mandarle que pusiera un suelto elogiándome?
EMPRESARIO

Pero eso hay que pagarlo, chica. Yo creo que no hay necesidad.
OLIMPIA

¡Pero, mujer, si es que el electricista ... !
(Incomodada)
¡Sí, sí, el electricista! ¡Está usted bueno con el electricista! Que la
Pelitos le unta al jefe de la clac y regala medio teatro, y usted, usted.
está chiflado por ella. ¡Parece mentira! ¡Ese esqueleto ambulante!
OLIMPIA

EMPRESARIO

¡Mujer, no tanto!
OLIMPIA

(Gritando)

¡Una fea, una chata fea!
EMPRESARIO

Algo tendrá cuando al público le ha dado por aplaudirla.
(Furiosa)
Es que el público del teatro de usted ni es público ni es nada;un montón de señoritos chulos y de gentuza. Morralla buena para los.
novillos. ¿Qué entiende esa turba de arte ni de nada? (Se levanta, saca
un pliego de papel de un cajón y se lo tira al empresario.) No trabajaré, no; no quiero bailar delante de esa gentualla. Ahí tiene usted mi.
contrato, rómpalo si quiere.
OLIMPIA

Pues sí hay necesidad.

EMPRESARIO
EMPRESARIO

¡Por Dios, Olimpia!. ..

¿Por qué?
OLIMPIA
OLIMPIA

Porque sí. Porque aquí se bombea a todo el mundo menos a Olimpia de Toledo. Porque aquí, a todas esas que no valen un pimiento
se las considera y se las halaga. El otro día, sin ir más lejos, le puso
usted a la Pelitos con letras rojas en el cartel, y cuando salió se le

La culpa de todo la tengo yo. Si ya me lo decían. Es un teatrucho de mala muerte ... ¡La aristocracia! Me dijo usted que venia la aristocracia. ¡Buena aristocracia vendrá a oir a esas cupleteras con voz de
gato, a ver esas bailarinas, que no las querrían en un café cantante
de Lavapiés! ¡No quiero trabajar aquí!. .. ¡Me voy, me voy!

�LA PLUMA

LA PLUMA

ESCENA DUODECIMA
DICHOS y JULIO

(Fumando)
¿Qué pasa? ¿Por qué gritas así?
JULIO

EMPRESARIO

Considere usted, amigo Julio. Por esas ridículas aprensiones que se
le han metido en la cabeza quiere dejarme plantado media hora antes de
empezar su sección.
OLIMPIA

EMPRESARIO

¡Hombre! Me alegro de que venga usted, a ver si consigue calmar
los nervios de esta mujer!

Anuncie usted que me he puesto enferma. Eh, ¿qué te parece, Julio?
¿No dices nada? No, si todos sois iguales ... Quiero hacer mi voluntad, ¡ea!
EMPRESARIO

OLIMPIA

Juli~, ayúdame a reunir los chismes más necesarios y nos vamos.
Llamaras a un coche.
EMPRESARIO

¿Pero no comprendes que eso es imposible? Hoy, en la sección
de moda, cuando viene el público más selecto a aplaudirte, en que
me han encargado que reserve dos palcos proscenios para el Duque de
Bistonia ...

¡Pero mujer!

OLlMPIA
vLIMPIA

, Esto ~o se puede resistir. Desde que he entrado aquí no he tenido
mas que impresiones detestables.
JULIO

¿Pero qué ha ocurrido?

¿El Duque de Bistonia?
EMPRESARIO

Sí, el Duque de Bistonia, ese embajador gxtraordinario ... Ha pedido los palcos de la izquierda a precios de contaduría. No puedes,
Olimpia ...
UNA

OLIMPIA

,,

Que aquí no se me considera, que no se me atiende. Muchas palabras, mucha~ promes~s, y luego, nada. Rivalidades, dirán. ¿Rivalidades'. Como s1 yo pudiera tener rivalidades en esta barraca, después
de bailar en Folies-Bergeres y en la Alhambra. No pasa más sino que
don Manuel quiere levantar a la pelandusca de la Pelitos a costa mía.
Para ella, el foco; para ella, los grandes letreros y las canastillas de
flore~. Y en los reclamos la Genial, la Estrella. ¡No y no! Eso no lo
co?siento. A mí se me dijo que durante mi contrato sería aquí la
pnmera, y no lo soy.
156

voz (Fuera)

¡Don Manuel!. ..

,,

EMPRESARIO

¿Qué pasa?

UNA VOZ

Que le buscan a usted unos señores en el despacho ...
EMPRESARIO

Convénzala usted, Julio. Olimpia, no me revientes la sección de
moda ... (Vase.)
157

�LA PLUMA
ESCENA DECIMATERCERA

l
' ·,

OLIMPIA y JULIO
OLIMPIA (Tranquila)
No te puedes imaginar lo que me hace rabiar esta gente. Me indigna
tener que competir con estas pécoras de aquí. Yo no sé cómo el público
no las patea.
JULIO

¿Por qué no abandonas todo esto?

LA CUASI TRAGEDIA DE UN ''HOMO HISPANOS"

OLIMPIA

¡No d!gas tonterías, hombre! ¡Vaya un susto que se ha llevado el
~mpresano! _Que fastidi~ ... pero, pasa el tiempo ... voy a pintarme ...
~Me ayudara~, Julio~ (Se sienta en un dt'ván.) Trae la purpurina ... Ahí,
J~nto al espeJo ... ah1, ho~bre. ¡Jesús, qué torpe! Ese frasco que tiene el
pmc~l. La verdad es que s1 me empeño en no bailar hago una tontería.
Precisamente, cuando va a venir el Duque de Bistonia. Le conocí en
L~ndres. A~da, arro~íll~te aquí para pintarme los pies. (JuHo se arroázlla a los pies de Oli1:'p1a. JttHo conserva et cigarro en ta boca.) Entonces'. el Duque proteg1a a una muchacha griega que bailaba ... ¡ja, ja!. ..
¡bailaba com_o un peón ... de albañil! Así, no está mal; revuelve el líquido, _po~q_ue s1 no la pu~purina se va al fondo. Pues sí, chico, el Duqué
.es_nqm~im?, muy metido en «music-halls» y en teatros de variedades.
jSr c,ons1gu1era pescarle! No sé si me ha visto bailar alguna vez ... Pero,
¿que hace~? Hombre, las uñas, sólo las uñas. Vaya una conquista ...
Pero, ¿que te pasa? ¿Lloras? ¿Eh? ¿Lloras? _
JULIO (Balbuceando)
No ... es el humo del cigarro, que se me mete en los ojos ...
_OLIM~IA (Quíta _el dgarro a Julio, lo míra y lo tira)
¡Pero _si tu cigarro esta apagado!. .. ¡Qué simple eres, Julio! (Yult'o tlo.ra arrodillado a los pies de Olt'mpt'a. Oümpia ríe.)

s:

TELÓN LENTO

FIN DEL PRIMER ACTO
RICARDO BAROJA.

COMENTARIOS DE UN INMIGRADO

u1s1ERA, para el mejor efecto de esta leve nota, empezar llamándome extranjero. Obligado a escribir en tal pie, ganaría
esto que voy a decir, en objetividad y serenidad lo ue perdiese en cálida emoción, en «dolorido sentir». Pero, hombre
sincero, me calificaré, simplemente, de extranjero en su patria. Largos años fuera de este nuestro país, una relativa familiaridad
con España como entidad histórica, como un plasma a través de los siglos, me ha llevado a crearme de ella una idea estilizada. Acaso ese apartamiento de la vida actual me. haya conducido a formular en mi mente
una España que no es la que es, sino la que yo quisiera que fuera .
Como hombre tímido para)a acción soy aficionado a generalizar violentamente. La teoría, nuevo Icaro, vuela, sube, cae y se despedaza. (Qui-zás fuese mejor compararla con la consabida pompa de jabón ... ) Pero
dejémonos de metáforas manoseadas y que no conducen a nada.
Para mí-ratificado por la visión de viajeros de tierras extrañas, que
·es mi debilidad el leer-el orgullo era algo fundamental en la idiosincrasia de mis paisanos. Ello me parecía bello en extremo, y leyendo a Epic1eto (¡oh admirable altanería de los estoicos!), veía a través de Lázaro y de
Guzmán, claras figuras de la raza; creía sorprender por qué el Cid en el
destierro («¡albricia, Alvar Fáñez, ca echados somos de tierra!») se nos
.aparece más grande que cuando le contemplamos conquistador de Valencia; imaginaba comprender a don Rodrigo Calderón y atisbar el fuego interior que consume al Caballero de la mano al pecho. Esto de que
,el valor de la humana personalidad no dependiese del reconocimiento

ll

�LA PLUMA
LA PLUMA

,,

social-repito, actitud bella en extremo- se me antojaba un rasgo inherente al pensamiento de mis compatriotas.
Dividía en consecuencia, a los pueblos europeos-hoy reconozco que
un poco a ia ligera-en dos grupos: orgullosos-es decir,. con un muelle
real de conducta de origen interior-:--y vanidosos-e~ decir, _con un muelle real de conducta de origen extenor. Eran los pnmeros ingleses y españoles, eran los segundos aleman~s y franceses.
.
.
Tal clasificación me daba en mis andanzas fuera de m1 patna una
admirable y bendita sensación de ~plomo y repos_o esrirituales. El español en España ve que las cosas estan mal y se md1gn_a; reconoce que por
ahí más allá de las lindes de esta piel de toro extendida, hay algo ~e¡o~,
mu~ho mejor, ya en form3: de ~rganizaciones universitari_as o ~e ~aqu1nas de guerra, pero no esta obligado a un co!1tacto &lt;'&lt;pre~1so,_ d1~no Y fatal», y el bello uniforme detonante de un husar _(compas vienes de tres
por cuatro, cuando Viena era Viena), la ceremonia suntuosa de una función de corte (ristras de caballos bayos, de c3:ballos alazane~, de caballos
tordillos penachos libreas peluquines-haciendo caso omiso de los se' perfiles 'borbónicos)
'
.
miocultos
o un acre &lt;:º~entario con un amigo,
compañero deolutidor de esa cicuta de cuna mc1erta, falsamente achacada a Puerto Rfco o al Brasil (así se destruye, señores, el hispanoame~icanismo), serena y distrae su ánimo, aunque las ametralladoras no disparen mejor ni los señores catedráticos estudien más.
Empero para el español que anda por ahí fuera eso no vale, y, en ge neral, le ocurre una de dos cosas: o cae en un fetichi~mo insoportable
de todo lo exótico, o se le encalabrina y agudiza ~o castizo ~asta un punto patológico. ¡Qué difícil es mantenerse en un ¡usto medio de reconocimiento de méritos en los extraños y de ecuanimidad para con~erv~rse
uno mismo, sin baj(Sas ni desplantes! Y el eje de mi amor_ a Es pana, simplemente-ahora caigo en la cuenta-, porque era el ~¡e f~ndamental
de mi existencia como ser consciente, era esa inaprensible, imponderable cualidad de la dignidad humana.
.
.
La actitud noble y gallarda del labriego, el sentido pree~mnentemente aristocrático-en su excelso sentido, no en el de los revisteros de salones, horrtsco referens-de los rangos aún más bajos de la sociedad (~n
oposición a otros pueblos en que todo es terriblemente cl3:se media,
burguesía infecta, cuidadosos de honores, pagado~ ~e tratam1e~tos) _me
parecía muy español. Orgullo, de un lado, y amabilidad con el mfenor,
de otro, aristocratismo y democratismo; no surgían sino de la misma
fuente, eran los puntos extremos de un arco que se curvaba para encerrar un círculo, el círculo de la máxima espiritualidad humana. Y con

tal teoría, uno se forjaba una especie de armadura y acorazado iba por
el mundo. Nosotros éramos los grandes señores, caídos, sin duda, pero
también grandes señores.
Pero observo con dolor que si en Inglaterra el snobismo era ya la
filoxera que hacía estragos en una gran parte de su sociedad, aquí también~án pasando esas cualidades por mí tan admiradas. Se construyen casas de una chocarrería, de una falsa grandiosidad, verdaderamente aterradoras. Veo &amp;entes atacadas de típicos complejos de inferioridad:
los que se crean el circulo mágico, el de aquí no pase usted, los que mal
imitando a « Vigny, plus secret» que
Comme en sa tour d'ivoire, avant midi, rentrait
se cercan de una tapia de adobe, que van muy estirados, metafóricamente hablando, porque saben que no llevan sobre su carne espiritual
más que unos trajecitos de papel pegados con salivita, que al menor
contacto, al menor movimiento brusco, a la menor pirueta intelectual,
les del·ª sus vergüenzas al descubierto; y los otros, también atacados de
comp ejos de inferioridad, que por reacción inconsciente de la psiquis
son llevados a una arrogancia y agresividad enojosas, que insegu_r~s _de
su propio yo, creyéndose postergados, tratan de forzarse, con exh1b1c10nes de un Zeus de guardarropía, en el ánimo de los que co!1 ellos tenemos que convivir y malvivir. SibaritiSf!JO d~ doub/éy_ausenc1a de humorismo, todo ello es prueba de una ep1dem1a de vanidad; porque el humor no se dará sino en tipos orgull?so~, en sup~radores que s_e bu~lan
del ambiente y pueden burlarse de s1 mismos, mientras que el mgemo y
la actitud tragediante-ambos tan propios de las mujeres-son productos de raíz vanidosa. Lo que aquí ocurre, a mi entender, es que se ha
dado un salto mortal de uno a otro sentimiento; del que permite al hombre afirmar su personalidad aún en las más bajas condiciones social;s,
al que lleva a un señor a volverse loco y correr desalentado tras un_ cmtajo o a esponjarse al decirnos que es amigo de tal pseudo persona¡e: el
paso del hombre-hombre al señor-guiñapo.
.
.
Yo quisiera ir por esos campos de Dios a ver s1 el labneg_o eerdura
en su pristino estado-pero a mi natural tímido aterran las t1fo1deas y
los fríos-y prefiero continuar pensa!ldo que esto_ es así, y que estas gentes que creen que Madrid y en Madnd se ha me¡orado mucho porque
se fuman más Murattis o más Abdullas, porque se construyen_ unas casas coronadas por cúpulas y torrecitas espeluzna!ltes o cuadngas re~ubiertas de deslumbrante purpurina, etc., no son sino unos pobres senores •totalistas» (consúltese y medítese la admirable Caverna del humo-

160

X!

161

�LA PLUMA
rt'smo de Baroja), inferior producto del &lt;~quiero y no puedo», de una
burg~esía acaso un tant~ mejor aba~tada, pero que no lee más, que no
sabe más, que no ha me¡orado de ideales, antes por el contrario, ha
perdido las viejas virtudes; que no se ha refinado, antes por el contrario, se ha chafarrinado, pero que presume cuando nunca se debe presumir ... y menos ella ahora.
Pero de todos modos, mi fe se ha ido; la útil, eficaz y resplandeciente a;madura se ha mellado y cuando salga por ahí otra vez tendré
que acudir al humorism&lt;?, escudo siempre protec_tor de l?s noroesteños
(que se chinchen los puristas). Y esta _es la cuasi tragedia de un ho_":ó
hispanus, ingenuo y desterrado, que pide se le perdone esta exudac1on
lírica.
ERASMO BucETA.

CRÓNICAS LITERARIAS
PORTUGAL
de Castro parece haber abandonado definitivamente la magnífica manera en que nos dió ejemplares prodigiosos, de arte supremo, para fijarse en tJn procedimiento más sincero, más natural,
menos artístico, más profundamente humano. El gongorino de Belkiss, el ortebre de Sagramo1·, el brujo irresistible de Oa,·istos y del
Libro de Horas, ha cedido el puesto, primero, al clásico de Consta~;a, y , por
último, al trovador henchido de simplicidad de las Can;oens desta negra vida,
su libro de ha pocas semanas.
Son veintitrés canciones hechas, generalmente, a seres modestos: al olivo
seco, al carpintero, a la doncella que envejeció doncella, a unos zapatitos, a la
mano izquierda, a la mata de clavel, a la borriquilla que llevó a Nuestra Señora, a !a camisa de boda, al canario de la botica.,. Entre esas canciones, algunas
se dirigen a cosas nobles y orgullosas; a la noble Popeia, gata persa; a la espada
de Toledo. a un reloj inglés viejo.
Emplea en esas canciones la cuarteta de siete sílabas de la antigua poética
portuguesa, excepto en la segunda canción de la Donzella envelltecida, que adopta un ritmo poco usado hoy, pero que bien manejado posee su encanto. La canción es linda: la doncella tenía una perla, ia tiró al aire y la perdió; tenía
una rosa y la deshojó; fué a buscar otra y la vió deshojarse; su amado quiso besarla y ella le huyó. Era doncella. Ahora, al envejecer, desea la perla que perdió, la flor que deshojó, el beso que rehusó. Y dice:
UGEJIIO

cVeiu o outono. Onde estás, primavera?
Como cu foil... E como é que me vejo?
Ai, agora, meu Deus! quem me dera
urna rosa... urna pérola ... um beijo ... •
l

62

163

�LA PLUMA
LA P L U \1 A
A can;ao da mao esquerda es de las más armónicas del libro. Canta las tristezas de la mano izquierda, que dice a la mano derecha:
«Ela é fidalga, eu plebeia,
Assim o quis nossa estrela;
Coisas mesquinhas sao minhas,
E coisas belas sao dela.&gt;
La Can;ao das seis ,11a,·ias es interesante. De las seis Marías amadas, sólo una
no le hizo traición. La María de la Luz, le cegó; la María de los Placeres, sólo
le dió sufrimientos; la María del Cielo, le abrió las puertas del infierno; la María del Rescate, le esclavizó; la María de la Gloria, le humilló.
«Dos seis nomes, qua! mais lindo,
Dos nomes dos meus amons,
Só nao me mentiu o sexto,
Que era... Maria das Dores!•
La última canción es la de sus hijos. Uno de ellos murió. El poeta le consagra estas dos cuartetas maravillosas:
«Martín, passaste de leve
Neste mundo, qu' é só dor...
Nascendo, fizeste-me aojo,
E morrendo, pecador.
Pecador, que, ao ver-te morto,
Descreu de Deus e dos Céus,
E qué ainda, se em ti pensa,
A Deus pergunta se ha Deus!•

* * *
En el siglo xvm hubo un escritor portugués, en cuyo espíritu se reveló a la
vez el pensamiento de un Montaigne y la ironía de un Voltaire: Francisco Xavier de Oliveir~. conocido en el mundo de las letras por el Cavalheiro de Oliveira. Su obra más conocida y más juntamente célebre son las Cartas. Diplomá tico y aventnrero, estuvo en Viena, y fué a morir a Londres. Hace poco tiempo
que se ha empezado a ver claro en su vida, merced a las investigaciones minuciosas de un erudito de mucho valor, el Sr. Jordao de Frt&gt;itas. Sábese por

qué se fué a Viena, por qué salió de allí; se conocen algunos incidentes de fU
vida, tan original. Mientras estuvo en Londres redactó y publicó una especie
de periódico, en francés, el que tituló Amuument périodique. Ese periódico, conocido en Portugal de poquísimas personas, aunque muy inferior a las Carlas,
es necesario para recibir la impresión completa de la personalidad intelectual
del Cavalheiro de Oliveira. Un funcionario de la Biblioteca Nacional de Lisboa,
y al mismo tiempo escritor, Aquilino Ribeiro, ha traducido parcialmente el
Amusement, y acaba de publicarlo en dos volúmenes, acompañado de una larga
introducción.
La única ventaja que se obtiene con la iniciativa de Aquilino Ribeiro es la
de llamar la atención sobre el periódico del escritor del siglo xvm. Pero esa
obra sólo interesa a los eruditos, que saben francés; no había necesidad de hacer la traducción. Lo indisculpable es que, de traducirlo, no se haya hecho la
traducción íntegra. Aquilino Ribeiro ha suprimido lo que ha tenido por conveniente, de modo que la traducción tiene un carácter acentuadamente anticatólico, que no estaba en el espíritu de quien lo escribió. Si Aquilino Ribeiro hubiese hecho la introducción del Amusement plriodique, habría prestado un verdadero servicio a la crítica literaria portuguesa. Tal como está, su trabajo es
poco menos que inútil.

* * *
Hipólito Raposo es, entre los nuevos, un nombre consagrado. Figura entre
los directores del grupo político denominado integrafümo lusitano, y es también un escritor de mérito. Hasta el presente se había limitado a publicar volúmenes de crónicas ligeras. Ahora se nos presenta con un trabajo de mayor
alcance, de más alta y profunda intención, una novela: Seara Nova. Novela de
teadencias nacionalistas, con una parte crítica del modo de ser de la sociedad
Y de la élite mundana contemporánea, y otra parte de aspiraciones y de creación, el libro de Hipólito Raposo es una tentativa feliz en la literatu:-a portuguesa, Lástima que su prosa sea tan pesada, tan opaca; prosa sin perfume, que
cansa como la subida de una ladera. Me recuerda la prosa del difunto Marce!
Proust, que sólo puede leerse a tragos, porque atosiga y fatiga.
Aparte de eso, el libro de Hipólito Raposo es un trabajo de cualidades singulares, que merece ser leído y estudiado con atención.

* * *

�LA PLUMA

LA PLUMA
La poetisa D. Branca de Gonta Collac;o heredó de su padre, el poeta Thom as Ribeiro, un puñada de cartas que Camillo Castel!o Branc0 le escribió desde 1883 a 1890. Ha resuelto publicarlas. El libro apareció pocos días hace. Son
120 cartas ptefaciadas por su propietaria, y anotadas por J. D. C. Las anotaciones no tienen mayor importancia. El prefacio ayuda a cónocer la compleja y
m lsteriosa psicología del gran novelista del siglo x1x, psicología que las cartas
ponen claramente al desnudo en toda su complicatión y misterio.
Del infortunado ramillo deben de haberse publicado ya más de 300 cartas.
Ellas serán el gran instrumento elucidatorio de que habrá de echar mano quien
se resuelva a hacer la biografía completa del escritor. Hasta ahora no se ha pasado de tentativas, laudables por ia intención, pero de escaso provecho. Sólo
delante de las cartas en que Camillo nos ofreció su alma desnuda, podremos
formarnos idea de lo que realmente fué el gran maestro del sarcasmo y del
llanto.

* *

*

En el periodismo portugués se ha destacado últimamente el nombre de
Hentique Trfodade Coelbo, hijo del notable cuentista de Os Meus Amo,-es, Trind ade Coelho. Su prosa posee elegancia y brillantez. Dueño de cualidades técnicas dignas de aprovechamiento, Henrique Trindade C'oelho, que también
es poeta, aparece en las librerías con un volumen inédito: Prozas e Ve,·sos
{e Belchü1,- de /1 ob,-ega. Este Belchior de Nobrega es un personaje ficticio, de
quien se sirve el autor para ciertas evocaciones del tiempo del segundo imperio francés. Es una figura a la manera del Fradique Mendes, de Ec;a de Queiroz, viéndose que Henrique Trindade Coelho se deja influir mucho por el novelista de Os Maias, pero sólo en la manera de componer la armazón del libro,
en la estructura de la frase y en el modo de adjetivar. Integran el libro 49 sonetos, preciosos algunos. Me gustaría que Hendque Trindade Coelho fuese más
exigente al trabajar sus versos, para no incurrir en la repetición evitable de
adjetivos ni en las cacofonías, que, para oídos hipersP-usibles, son verdaderos
martirios.
Transcribo este soneto, muy bello:
«Quando o pastor, de noite, á porta !he bateo,
Dormía Sulamite, e o corac;ao velava.
Velav¡¡, ouvindo a voz inquieta q . a chamava
Sob as gottas do orvalho e a clara luz do ceo.
166

-«Abre-me, pomba minha, amiga minha ... &gt; Ergueo,
Sulamite, subtil, a perfumada aldrava:
Deserto, o limiar. Apenas negrejava,
Ao fundo, urna palmeira a o pé do poc;o hebreo.
Quedou-se Sulamite, estática, a olhar.
E vendo unicamente a sua sombra ao luar,
A ella ergueo as maos diaphanas, e disse:
-«Em vao por rnin chamou aquelle q. esperava.
O meo corpo dormía, o corac;ao velava...
Antes velasse o corpo, e o corac;ao dormisse ...&gt;

* * *
Otro poeta: Guilherme de Faria. Es un niño; apenas, quince años. Dos libros,
ya, Poemas. y Mais Poemas, Este último acaba de publicarse, Es un ejemplar característico de precocidad. A veces, leyéndolo, y al recordar la edad del autor,
pienso en Arthur Rimbaud, el amigo y enemigo de Verlaine, poeta en París,
comerciante y contrabandista de armas en África.
G11ilherme de Faria no posee todavía una personalidad muy marcada. En
algunos de sus poemas se percibe influencias manifiestas. Mas la musicalidad
de sus versos es verdaderamente asombrosa. Oigan, que lindo:
cO' Pedra que choras na rua,
Pedrinha, meo bem,
Tu choras, meo bem?
O' Pedra que choras, na rua,
Tu choras de alem...
O' Pedra que choras na rua, s6, nua,
Eu choro, tambem .., •
Este poeta tiene quince años y trabaja sus versos como un artista maduro,
ALFRJIDO Pll(JINT.l.

�LA PLUMA

LA PLUMA
CATALUÑA

IDA CATALANA.-La vida de la gran urbe catalana llega en esos meses
de fiebres diversas a su máxima intensidad. Se prodiga la edición
de libres, se llenan los teatros de multitudes curiosas, se celebran
cursos y conferencias en los Ateneos. De esta inquietud diversa
sobresalen algunos pináculos entre las aguas turbias de la corriente. A vista de pájaro, a manera de cinta cinematográfica, veremos pasar la vida
catalana de esos días de crudo invierno, al que no estamos acostumbrados los
barceloneses en la perenne benignidad primaveral de nuestro clima, saturado
de brisas marinas y de auras montañesas olorosas de pinos.
En materia teatral hemos tenido copiosas novedades. La aportación a nuestra lengua de la obra rebosante de humor y de ironía de Gerome K. Gerome
Fanny i els seus criats, debida al poeta Millás Raurell, ha sido en Romea un
éxito completo. El jugoso humorista inglés era ya conocido de nuestro público
a través de las novelas Tres homes dins d'uná barca, sense cantad# el gos y 1res
anglesos s'asbárgeixen, las dos de una completa novedad. La obra intensa y algo
dura Et páquebot Tenacity, de Darles Vildrac, que obtuvo en París los honores
de un éxito grandioso, ha pasado por el escenario de Romea sin pena ni gloria, a pesar de haber merecido de la crítica barcelonesa un elogio muy justo
por su acertada interpretación. Ha pasado asimismo con indiferencia la refundición hecha por Pous y Pagés de su comedia, estrenada en anteriores tem•
poradas, La met i les vtspes, con el nuevo título Sanls i diábles.
Por el mismo escenario de Romea, donde se rinde constante culto al teatro
catalán, ha pasado el arte completo del venerable Zacconi, con todas sus extraordinarias facultades escénicas, que han hecho de su actuación un éxito público. Hay que agradecerle habernos dado, después del viejo melodrama espeluznante de Giacometti, inevitable en todos los grandes «divos,, antiguos y
modernos, la fruición de su Otilo, de sil Re Lear, cubriéndose con el sombrero
de raros plumajes de Petruccio. Asimismo. dando prueba de su buen g_sto, al
lado de las figuras inmortales de Shakespeare, ha ofrecido al p&lt;iblico barcelo•
nés, que tanto le distingue, las d11s magnas tragedias dannunzianas La cittá
morta y La Gioconda.
Nuestro Lieeo sigue una buena orientación que aplauden los amantes de la
música selecta. Al lado de las inevitables vulgaridades de la música italiana,
desde Donuetti a Puccini, los artistas rusos, ya conocidos de anteriores tempo•
168

radas, grandes cantantes y ~raades actores, han reanudado unas cuantas representaciones del grandioso Boris Gudunof, que adquiere mayor relieve cuando
más se oye, habiéndose estrenado la obra maestra de Borodine Et Pdncipe
Igor, cuyas danzas del segundo acto dieron la vuelta al muado en la interpretación de l\fiassine, en el ya lejano espectáculo de revolución coreográfica de
los Bailes Rusos. Los artistas alemanes, que reanudan a cada temporada su
maravillosa compenetración con las obras que interpretan, han dado una ajustada perfección a la fresca partitura de l\fozart Le nozze de Fígaro. Todos se
bao convencido de que se imponen las •bras teatrales de Mozart, y se habla en
la próxima tempordda de un ciclo completo, en el que además de estd obra se
interpreten IJ fláuto mágico, Don Giovánni y Cosí fán tutte.
La actriz Mercedes Nicolau prosigue su campaña de fervor artístico en el
Teat,·o Auditorium, habiéndose presentado entre otras obras diversas, todas
-escogidas, en la traducción catalana de Monna Vanna, y la de El vano de lady
Windermeere. En esta rápida revista no debe dejar de citarse el éxito obtenido
por Julio Vallmitjana en una nueva obra de ambiente popular, A l'ombra del
Monljuic, ante un público acostumbrado al bajo espectáculo que se ha dado en
llamar cvaudeville,, como herencia de aquellas comedias alegres servidas por
Elena Jordi y presentadas con lujo y buen gusto por el malogrado Alejandro
Soler.
De entre una grandiosa pirámide de libros publicados, reveladores de es&lt;:asa originalidad, merece citarse Caries d'u11 visionad, de Pedro Corominas·
Se hallan reunidas en este _volumen, de poca extensión, algunas cartas políticas, escritas desde la fiebre del estadio donde luchan los hombres a un amigo
que vive en el campo lejano entre la paz de sus olivos y sus viñedos, ocupado
en la recolección de los frutos ricos de la tierr:i. El luchador, retirado hoy de
la política, habla de sus ideales democráticos, y desfilan por las páginas del libro figuras harto conocidas de los que gobiernan el país dentro de los leones
decorativos de la fachada del Congreso. Se hace interesante la lectura hasta
desde el punto de vista histórico, por tratarse de hechos ya consumados y de
males ya conocidos.
Tiene la obra el defecto esencial de las de:nás obras de Pedro Corominas,
el estilo pobre, abunda11.te en una fraseología vulgar. y aceptando como artículo
de fe las corrupciones del pueblo en la deformación de las palabras deixu¡,ilnades, por disciplinades, por ejemplo.
En el prólogo de este libro habla el autor de su teoría sobre el estilo. Cree
169

�LA PLUMA
que el estilo debe ser transparente para seguir, detrás de las palabras, las sinuosidades de la idea pura; que en el corazón de cada palabra hay un espíritu
que duerme y que en el genio de la lengua llay una lógica normal de construcción; que cuando el escritor evoca las palabras y las ordena con una lógica perfe~ta, la materialidad de las palabras es como si no existiera, y se muestra la
virginidad del pensamiento como un espíritu puro.•Esa teoría de la superioridad de la idea sobre la palabra se aleja de Maragall, que cree en el origen di_
vino de la palabra. En realidad, el concepto idea y el concepto palabra son in separables el uno del otro, y cuando la idea se viste con un ropaje suntuoso
de palabras puras y bellas, la idea aparece mucho más luminosa. La unión de
idea y las palabras de origeu divino, el verbo hecho carne palpitante de emoción, es todo el arte del escritor. Claro está que la preocupación del estilo y
de la forma se llama Theophile Gautier, el frío versificador que esculpe esmaltes y camafeos; pero también es cierto que la u1Jión de la idea y d~l estilq se
llama Víctor Hugo, el poeta de las grandes realizaciones.
Eso aparte, que es objeto ya de una preocupación de escritor, que no traería nada bueno si esa teoría de Pedro Coromi'.laS tuviera adeptos, Car-tes d'un
-oisionar-i s.e lee con gusto, a pesar de que la edición es detestable y se escapa
involuntariamente de las manos del bibliófilo.
Carlos Rahola ha publicado últimamente un pequeño volumen muy interesante. Editado por }a$ Publicac1ons-Empordás-B1Jr-celona, lleva por título En
l?amon Muntaner-L'Home-La Cr-ónica, e incita a su lectura un prólogo de Nicolau d'Olwer. La personalidad eminente del cronista de las glorias catalanas,
de las grandes empresas guerreras de nuestros reyes cuando de negunes gents
s,mt tants at mon com catalans, sohresale de esas páginas en su doble aspecto
de hombre y de cronista. Carlos Rahola, ferviente ampurdanés, ha hecho una
ofrenda de gran precio a la cultura catalana con ese estudio de otro ferviente
ampurdanés de otros tiempos. Todo lo que tienda a hacer revivir a nuestra
vida moderna las grandes figuras de nuestros siglos de oro, ha de ser bien acogido por todos. E~te estudio ha sido singularmente oportuno además, ahora
que gracias a la iniciativa meritísima de Patxot y Jubert, el l.stitut d'Estudis
Cátalans va a emprender la publicación erudita y cuidada, tan esperada por
todos, de las grandes crónicas catalanas que ahora es preciso leer en edicio nes difíciles de encontrar, hechas por beneméritos hombres de otras
épocas.
Givanel y Mas, el docto cervantista, ha publicado un estudio comparado en1;0

i.,A PLC"MA
tre el / on Quijote, y el m~gnífico libro ce Caballe1·ías Tirant Lo Blanco, joya
de la lengua catalana medioeval. Es un tiraje, aparte de la revista Qttadernsd'Estudi, y una muestra de su pericia en e&lt;;tudios de esta índole.
Uu diminuto fascículo de Manuel de Montoliu, La Cán;ó de Ges:a de 'Jaume I, publicado por la 1ipog, afia editorial Tar-rago11a, ha producido algún revuelo en el va~to campo de la erudición catalana y de los estudiosos de otros países que de estudios catalanes mectioevales se ocupan. Mucho se ha dicho sobre
el_ problema de la aute~ti:idad de la Crónica de nuestro eminente rey Conquer-idor-, aunque pocas cronicas pueden parecer tan llenas de observaciones personales corno esta. Montoliu trae a la cuestión latente un descubrimiento que
parece de alguna transcendencia. Ve en la Crónica fragmentos rimados en metro épico, lo que parecería suponer la existencia de canciones de gesta perdidas q~e hubiesen entrado en la redacción definitiva de la Cr-ónica. Cierto qn('"
la figura de epopeya del rey debió despertar en su tiempo fulgores de leyenda.
Y de poesía épica, hoy totalmente perdida. Pero Montoliu, para sostener su teoría, come_te algunas infidelidades, corno trasponer una palabra a la otra para
hacerla nmar, Y no falta quien dice que cualquier pedazo de prosa medioeval
de ~amón_ Llull o de Joanot Martoreil se prestaría a una prueba semejante, sup~ni~ndo igualmente fragmentos en metrn épico. Sea lo que quiera, el descubnm1enio de Montoliu es muy interesante y trae nuevas luces al problema dé
la Cr-ónica de nuestro gran rey.
La Rd,ton"al Catalana ha publicado últimamente, en su Biblioteca Litera,·ia
a versión debida a Carlos Riba de la emocionante narración de Sienkiewic~
B_artek el -oenc~dor. El poderoso escritor polaco es conocido por su resurrecc16n de otros tte mpl)S heroicos de iniciación cristiana, que h'l dado la vuelta al
i_nundo con el nombre de Quo vadis. Pero el escritor se entrega más y es más.
Sl~Cf?rO en obras como Bartek el vencedo,•, donde con su alma de patriota que
odia la raza alemana que esclaviza su pueblo, traza la vida sencilla de ese héroe
de la guerra de 1870. Así como anteriormente se public6 en la misma biblioteca la novela de los estudiantes de Kiel Endebades, obra de juventud del gran
a_utor polonés, es de esperar que sigan traduciéndose al catalán sus obras, partic~l.armente la trilogía heroica y sus m1ravillosas novelas Sin dogma y l..afamil,a Polaniecki.
La misma poderosa Empresa Editor-ial Catalana, que publica varias revistas Y periódicos y bibliotecas y que llega a grandes tirajes, ha dado a los lectores de su Biblioteca Catalana los Iibros .·Jplec de J?ondatles, de Valeri Se!Ta Bol-

�LA P L UMA

LA PLUMA
-dú, el curioso rebuscador del folk-lore catalán, y el nuevo volumen de Alfóns
Masuas, el infatigable novelista, Setze cantes.
L'Associacid Protecfo,-a de l'Ensenyanfa Catalana, prosiguiendo su norma de
conducta de dar biografías de los gra12des hombres de nuestra historia, de las
-que estábamos .completamente faltos, acaba de publicar Francisco Pi Mar.gall, de J, Roca y Roca, y Pau Clads, de A. Rovira Virgili. El éxito obtenido
por esas publicaciones prueba claramente la sed que tenía de las mismas el
público catalán, que admira sus grandes hombres y busca ocasiones de enterarse cumplidamente de su vida y del carácter de su obra.
Se habla mucho de la reciente J,undació Ba,-nat Metge, que con un fabuloso
-capital inicial, tiene por objeto la publicación de los clásicos con el texto original y la traducción c11talana, debida a nuestros primeros eruditos en lenguas
orientales. Las listas de suscriptores a la magna obra se llenan cumplidamente, pues el público no permanece insensible antP. las nobles iniciativas. Los
primeros volúmenes están ya en curso de publicación y se asegura que pre•
sentarán una acabada perfección tipográfica, siendo un regalo para el bibliófilo.
Hablando de bibliófilos, acaba de fallecer en la Cartuja de Valldemosa, que
une espiritualmente los nombres de Georges Sand y de Rubén Darío, Isidro
Bonshoms y Sicart, el perfecto bibliófilo. Vivía allí como un gran señor que
era, en la amplitud de unas celdas inmensas decoradas con lujo y buen gusto,
donde trasladó hace ya años su biblioteca, para vivir consagrado a sus libros y
a la contemplación de los espléndidos paisajes de Mallorca.
Su biblioteca era el fruto de toda ~u vida. Años y ai'í.os había rebuscado, reuniendo un tesoro de incalculable valor. Con su gusto exquisito hacía revestir
el viejo infolio de venerables pergaminos con el levante gofrado de hierros de
-oro y toda clase de olorosas pieles. Había reunido la maravillosa Biblioteca
Ceroántica, una de las primeras del mundo, que legó en vida al lnstitu/ d'Estudis Catalans, donde queda instalada en una sala lujosamente decorada, a la
,curiosidad de los historiador~s, después de publicado el catálogo de tan estupenda colección y de haber instituido un premio para estudios cervánticos que
lleva el nombre del generoso donador. Asimismo tuvo gusto de entregar en
vida a la Biblioteca de Catalunya, aumentando sus tesoros, la colección de folletos referentes a las guerras de Cataluña. Instaló en Valldemosa sus libros de
Caballerías y gran acopio de libros, todos de gran preci~ que lega en su testamento a la Biblioteca de Catalunya.

El ilustre patricio ha muerto, después de una larga enfermedad, sufriendotanto que ni entre sus libros enc1&gt;ntraba gusto. Vivió para los libros, para dis-

frutar con ellos, con el selecto placer del bibliófilo. Tuvo la fortuna de poder
perrritirse ese lujo de los dioses, de tan pocos conocido; porque generahnente la afición a 1-&gt;S libros está en razón inversa con los dones de ta fortuna loca
y los que podrían adquirir libros raros prefieren comprar cuatro Rolls-Royce,
aunqt:e con uno tuvieran bastante. En el bibliófilo fallecido en Mallorca se
unían esas dos raras cualidades, la fortuna y la afición a los libros.
El hombre feliz y generoso se extinguió en sus lujosas celdas de Valldemosa, rodeado de sus libros y del paisaje luminoso que une espiritualmente
los nombres tan distintos de Georges Sand y Rubén Darío.

J.

MAssó VENTÓS.

�l. A P L U .\l A
Isabel O. de Palencia (Beatriz Galindo).-Et sembrador sembró su semi/ta...-Novela.-Rivadeneyra. Madrid.

LIBROS y REVISTAS
A. tiernández l:atá.-La Casa de Fieras.-Bestiario.-Ed. Mundo Latino.
Madrid.
La moda de las moralidades esópicas, renovada en las literaturas extranjeras modernas con los rugidos de las selvas de Kipling, el cacareo de Rostand,
la astucia lírica de Renard y el sentimiento pánico de ColC'tte, cuya aguda feminidad cala tan hondo en el instinto puro, no había tenido en España más
continuador de Iriarte y Samaniego, q ,1e don Manuel Linares Rivas con su fábula teatral de &lt;El Caballero Lobo&gt;. En el prólogo a La Casa de Fieras, Hernández Catá señala sus oróximos antecedentes en lengua española: Lugones,
Tablada y, más modernó entre todos, nuestro amigo Moreno Villa.
Hay una diferencia esencial entre la mora lidad esópica, transfundida a
nuestro tiempo a través de cuantos imitadores de La Font~ine en el mundo han
sido, y los bestiarios modernos. Para el gran francés, como para Esopo, los animales son e-ntes de razón humana, encarnaciones simples cada cual de las con•
diciones que constituyen la complejidad del hombre. Los pJetas modernos se
complacen, por el contrario, en descubrir en sí propios la psicología de nuestro hermano lobo, de nuestrn padre el mono; o. en todo caso, se recrean en
esquematizar las siluetas del mundo animal en líneas arquetípicas.
No ha perdido Hernández Catá en este nuevo intento de colaboración en
un género clásico, un ápice de su bien ganada fama de novelista. Sobre toda
otra intención triunfa en su último libro la sátira, es decir, el zumo fuerte de
sus mejores cuentos. Y si le falta, acaso, la finura de matiz, la gracia sorpren·
&lt;iente de la expresión, características del propósito moderno, a que nos referíamos antes, tiene en cambio la robustez, la claridad, la fuerza saludable de
los antiguos modelo&amp;, y ese recto sentido de la protesta contra la injusticia social que ha guiado siempre a los grandes escritores naturalistas.

* * *

Una de las pruebas más fuertes que solemos aducir loe antifeministas en
apoyo de nuestra opinión, es la propensión general de las escritoras a imitar a
los escritores. Cuando no, la ñoñez, la sensiblería de las mujeres que alardean
e:i su literatura de la supuesta debilidad de su sexo, nos hace aborrecible la
distinción de géneros literarios en masculino y femenino. Apresurémonos,
pue~, a señalar con piedra blanca la aparición de la primera novela de la señora de Palencia. Porque su mayor precio está en la resolución con que afronta
un problema de .:onciencia femenina.
Toda la primera parte de la novela, llevada con innegable soltura, peca de
excesivo respeto a la manera de hacer una 'llás. Por querer contar las cosas
sencillamente, la autora no se preocupa de la facilidad con que ha aprendido
a llenar cuartillas para columnas de periódicos-el mal del siglo, del que nadie
estamos exentos-, y hace literatura sin saberlo. Mediada la obra, triunfa la
fuerza del sentimiento natural que le impulsó a escribirla, y del mismo modo
que la protagonista, al sentirse madre, cobra una conciencia de mujer heroica,
que no sospechábamos por su insípida existencia anterior de muchachita provinciana, la novela adquiere un valor impondernble, más todavía por el tem peramento que revela en quien tan decididamente arriesga la iniciación de un
tipo de literatura experimental. que por lo ya logrado, con ser, repito, la última parte muy interesante como tal obra de entretenimiento, fin primordial que
el·novelista no;ha de:olvidar:nunca, y que la señora de Palencia cousigue de primera intención, en crescendo basta el final, dignamente compuesto y rematado

* * *
Rafael Urbano. -El Diablo. Su vida. y su poder. ( Toda su historia y vicisitudes).-Bib. del Más Allá. Madrid.
Rafael Urbano, hombre ingenioso, humorista de profesión, conversador
amenísimo, cultivador de raras especialidades, aficionado sobre todo a disimular bajo una apariencia frívola y desentonada con la última moda literaria y
científica, una gran cultura, acaba de publicar un libro por demás curioso, divertido, sagaz y utilísimo para el profano.
Burla burlando, traza en un compendio didáctico, con el atractivo de una
nov'!la de aventuras, la historia del Diaolo, del Espíritu del Mal, personificado
en el Angel rebelde de las Escrituras, sagradas para el mundo cristiano. De las
primeras revelaciones conocida¡¡, a los satanismos literarios de estos últimos
tiempos va Urbano saltando ágilmente con donosura y humor alegre, en pos
&lt;le la gran sombra maléfica que hace el magnífico clar:oscuro shakespeariano
en la conciencia de la Humanidad.
Es una historia, dice su autor, «tal como puede escribirse en nuestros días,
no Jlena de fe, pero ¡¡Í de inquietud•.

*

* *

�LA PLUMA
María Bnriqneta.-Rumores de mi huerto. Rincones románticos.-Madrid.
Imprenta de Juan Pueyo.
Se ha honrado alguna vez LA Pw:r,u. publicando versos de María Enriqueta,
distinguida poetisa mejicana. En el volumen que ahora recoge todos los com·
prendidos en dos ediciones ya agotadas de Rumons de mi huerto, con más la
copiosa colección de inéditos de Rincones romJnticos, se advierte clara la formación de la autora en la escuela post-romántica.
Es verdad que la poesía no es de ayer ni de hoy; pero es innegable que en
tanto no borra el paso del Tiempo las diferencias de los tiempos, hay una especie de barrera que delimita los gustos de una a otra generación. La gracia de
los versos de María Enriqueta es, sobre todo, tan espontánea, que aún sometido su estro a leyes ha tiempo vencidas por usos y costumbres más arbitrarios, nos ganan por la tierna efusión que los dicta.
De Norte a Sur corre por el Continente americano un blando movimiento
de liras, acordes al íntimo sentir de tantas gráciles musas como se han dado a
cultivar la poesía, que ya no se contentan con inapirar en pechos varoniles.
María Enriqueta las preside.

*

*

AÑO IV.

1

MADRID, MARZO 1925

NÚM. 34.

LA QUINTA DE P·ALMYRA

*

&lt;1 &gt;

(Continuación.)

Valcntín de Pedro.-España .Re:-zaciente.-Opiniones, Hombres, Ciudades,
Paisajes.-Los Núevos. Calpe.
Valentín de Pedro es español. Español de España, como dicen muy just11m&lt;!nte en París para distinguir a los de aquende el Océano, de los españoles
americanos. Su internacionalismo no le perrr.ite reivindicar exageradamente su
condición de nacido en la Arge ntina. Tiene, no obstante, cierta timidez de extranjero para contemplar a España. El generoso optimismo de su España Renaciente, y más que nada el tono de descubrimiento con que celebra sus impresiones, le delatan. Ha abordado, en los capítulos que componen este libro, el
tema fundamental de la literatura superviviente del desastre nacional en que
seguimos viviendo. Admite el dogma de un renacirnrento actual de España.
Vamos, indudablemente, camino del éxito mundial. Hora es ya de que pensemos en afinar el sentido critico. No, no es oro todo lo que reluce.
Estas ligeras apreciaciones en nada quieren menoscabar la intención, el -i nterés, la amenidad del libro de Valentín de Pedro, en cuyas páginas se alían la
información curiosa, el detalle significativo, el apunte, el toque, y el impulso
ditirámbico, cálido, juvenil, entusiasta, esperanzado siempre.

C. R. C.

.. .

U

ooos pa:ecían al otro lado del mundo, detrás de las tapias
de la vida, asomando la cabeza por encima de las barreras, en la ventana parapetada, en las terrazas apartadas
de todo y frente al mar.
. Ellos a quien querían era a Palmyra, pero no discutían si estaba
b~:n mal que ésta tuviese a Armando a su lado. Le saludaban tambien con mucho aprecio Y se ponían a conversar con él familiarmente, en entrañable confidencia.
Aquel clima absolvía de todo. Había que estar contentos con los
que permaneciesen en la vida.
-Por fin van a aprobar el tren eléctrico-dijo don Vasco dando
una gran alegría a sus palabras para que creyesen al fin aquella consoladora mentira antigua, aquel proyecto i(jeal, el magno proyecto

°

(1) Véase el n&lt;imero 33 de La. PLUMA.

XII

177

�</text>
                </elementText>
              </elementTextContainer>
            </element>
          </elementContainer>
        </elementSet>
      </elementSetContainer>
    </file>
  </fileContainer>
  <collection collectionId="441">
    <elementSetContainer>
      <elementSet elementSetId="1">
        <name>Dublin Core</name>
        <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
        <elementContainer>
          <element elementId="50">
            <name>Title</name>
            <description>A name given to the resource</description>
            <elementTextContainer>
              <elementText elementTextId="560786">
                <text>La Pluma</text>
              </elementText>
            </elementTextContainer>
          </element>
          <element elementId="41">
            <name>Description</name>
            <description>An account of the resource</description>
            <elementTextContainer>
              <elementText elementTextId="560787">
                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
              </elementText>
            </elementTextContainer>
          </element>
        </elementContainer>
      </elementSet>
    </elementSetContainer>
  </collection>
  <itemType itemTypeId="1">
    <name>Text</name>
    <description>A resource consisting primarily of words for reading. Examples include books, letters, dissertations, poems, newspapers, articles, archives of mailing lists. Note that facsimiles or images of texts are still of the genre Text.</description>
    <elementContainer>
      <element elementId="102">
        <name>Título Uniforme</name>
        <description/>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567811">
            <text>La Pluma</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="97">
        <name>Año de publicación</name>
        <description>El año cuando se publico</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567813">
            <text>1923</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="52">
        <name>Volumen</name>
        <description>Volumen de la revista</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567815">
            <text>6</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="54">
        <name>Número</name>
        <description>Número de la revista</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567816">
            <text>33</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="98">
        <name>Mes de publicación</name>
        <description>Mes cuando se publicó</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567817">
            <text>Febrero</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="101">
        <name>Día</name>
        <description>Día del mes de la publicación</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567818">
            <text>1</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="100">
        <name>Periodicidad</name>
        <description>La periodicidad de la publicación (diaria, semanal, mensual, anual)</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567819">
            <text>Mensual</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="103">
        <name>Relación OPAC</name>
        <description/>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="567835">
            <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753230&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
    </elementContainer>
  </itemType>
  <elementSetContainer>
    <elementSet elementSetId="1">
      <name>Dublin Core</name>
      <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
      <elementContainer>
        <element elementId="50">
          <name>Title</name>
          <description>A name given to the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567812">
              <text>La Pluma, 1923, Año 4, Vol 6, No 33, Febrero</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="49">
          <name>Subject</name>
          <description>The topic of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567820">
              <text>Literatura</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="567821">
              <text>Letras</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="567822">
              <text>Poesía</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="567823">
              <text>Poemas</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="567824">
              <text>Ensayos</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="41">
          <name>Description</name>
          <description>An account of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567825">
              <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="45">
          <name>Publisher</name>
          <description>An entity responsible for making the resource available</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567826">
              <text>Imprenta Artística de Sáenz Hermanos</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="37">
          <name>Contributor</name>
          <description>An entity responsible for making contributions to the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567827">
              <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="567828">
              <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="40">
          <name>Date</name>
          <description>A point or period of time associated with an event in the lifecycle of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567829">
              <text>01/02/1923</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="51">
          <name>Type</name>
          <description>The nature or genre of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567830">
              <text>Revista</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="42">
          <name>Format</name>
          <description>The file format, physical medium, or dimensions of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567831">
              <text>text/pdf</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="43">
          <name>Identifier</name>
          <description>An unambiguous reference to the resource within a given context</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567832">
              <text>2020450</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="48">
          <name>Source</name>
          <description>A related resource from which the described resource is derived</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567833">
              <text>Fondo Alfonso Reyes</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="44">
          <name>Language</name>
          <description>A language of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567834">
              <text>spa</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="86">
          <name>Spatial Coverage</name>
          <description>Spatial characteristics of the resource.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567836">
              <text>Madrid, España </text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="68">
          <name>Access Rights</name>
          <description>Information about who can access the resource or an indication of its security status. Access Rights may include information regarding access or restrictions based on privacy, security, or other policies.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567837">
              <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="96">
          <name>Rights Holder</name>
          <description>A person or organization owning or managing rights over the resource.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="567838">
              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
      </elementContainer>
    </elementSet>
  </elementSetContainer>
  <tagContainer>
    <tag tagId="36627">
      <name>Crónicas literarias</name>
    </tag>
    <tag tagId="36641">
      <name>Erasmo Buceta</name>
    </tag>
    <tag tagId="36640">
      <name>Homo hispanus</name>
    </tag>
    <tag tagId="36639">
      <name>Olimpia de Toledo</name>
    </tag>
    <tag tagId="36638">
      <name>Quinta de Palmyra</name>
    </tag>
    <tag tagId="36580">
      <name>Ramón Pérez de Ayala</name>
    </tag>
  </tagContainer>
</item>
