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                  <text>LA PLUMA
María Bnriqneta.-Rumores de mi huerto. Rincones románticos.-Madrid.
Imprenta de Juan Pueyo.
Se ha honrado alguna vez LA Pw:r,u. publicando versos de María Enriqueta,
distinguida poetisa mejicana. En el volumen que ahora recoge todos los com·
prendidos en dos ediciones ya agotadas de Rumons de mi huerto, con más la
copiosa colección de inéditos de Rincones romJnticos, se advierte clara la formación de la autora en la escuela post-romántica.
Es verdad que la poesía no es de ayer ni de hoy; pero es innegable que en
tanto no borra el paso del Tiempo las diferencias de los tiempos, hay una especie de barrera que delimita los gustos de una a otra generación. La gracia de
los versos de María Enriqueta es, sobre todo, tan espontánea, que aún sometido su estro a leyes ha tiempo vencidas por usos y costumbres más arbitrarios, nos ganan por la tierna efusión que los dicta.
De Norte a Sur corre por el Continente americano un blando movimiento
de liras, acordes al íntimo sentir de tantas gráciles musas como se han dado a
cultivar la poesía, que ya no se contentan con inapirar en pechos varoniles.
María Enriqueta las preside.

*

*

AÑO IV.

1

MADRID, MARZO 1925

NÚM. 34.

LA QUINTA DE P·ALMYRA

*

&lt;1 &gt;

(Continuación.)

Valcntín de Pedro.-España .Re:-zaciente.-Opiniones, Hombres, Ciudades,
Paisajes.-Los Núevos. Calpe.
Valentín de Pedro es español. Español de España, como dicen muy just11m&lt;!nte en París para distinguir a los de aquende el Océano, de los españoles
americanos. Su internacionalismo no le perrr.ite reivindicar exageradamente su
condición de nacido en la Arge ntina. Tiene, no obstante, cierta timidez de extranjero para contemplar a España. El generoso optimismo de su España Renaciente, y más que nada el tono de descubrimiento con que celebra sus impresiones, le delatan. Ha abordado, en los capítulos que componen este libro, el
tema fundamental de la literatura superviviente del desastre nacional en que
seguimos viviendo. Admite el dogma de un renacirnrento actual de España.
Vamos, indudablemente, camino del éxito mundial. Hora es ya de que pensemos en afinar el sentido critico. No, no es oro todo lo que reluce.
Estas ligeras apreciaciones en nada quieren menoscabar la intención, el -i nterés, la amenidad del libro de Valentín de Pedro, en cuyas páginas se alían la
información curiosa, el detalle significativo, el apunte, el toque, y el impulso
ditirámbico, cálido, juvenil, entusiasta, esperanzado siempre.

C. R. C.

.. .

U

ooos pa:ecían al otro lado del mundo, detrás de las tapias
de la vida, asomando la cabeza por encima de las barreras, en la ventana parapetada, en las terrazas apartadas
de todo y frente al mar.
. Ellos a quien querían era a Palmyra, pero no discutían si estaba
b~:n mal que ésta tuviese a Armando a su lado. Le saludaban tambien con mucho aprecio Y se ponían a conversar con él familiarmente, en entrañable confidencia.
Aquel clima absolvía de todo. Había que estar contentos con los
que permaneciesen en la vida.
-Por fin van a aprobar el tren eléctrico-dijo don Vasco dando
una gran alegría a sus palabras para que creyesen al fin aquella consoladora mentira antigua, aquel proyecto i(jeal, el magno proyecto

°

(1) Véase el n&lt;imero 33 de La. PLUMA.

XII

177

�LA PLUMA
que comparte medio universo, la electrificación. Parece que entonces
se irá a todos sitios como por teléfono y esa idea entusiasma sin re-

1

¡.

servas.
-¡Lo que ganará entonces la propiedad aquí!-dijo doña Beatriz,
que sólo tenía una propiedad insignificante, con la reventa de la que
pensaba comprar otra casita un poco más lejos y aumentar de un
modo fabuloso las rentas de su dinerito.
La inglesa, pobre gallina coja que sólo permanecía allí por ver si
perdía su cojera, no salía apenas de la carretera de sol, y por lo tanto no la importab&amp;. nada que electrificasen aquello, preocupándole
íntimamente por el contrario la idea de poner un día el pie en la vía
electrificada y que se sobrecogiese más su pata coja. Pero no se atrevió a decir esa aprensión de su ignorancia.
Don Mariano opinó:
-No está mal... Habrá,,chispazos de gran ciudad en la carretera,
chispazos que las noches de verano parecerán relámpagos.
Armando, que sólo entraba en las conversaciones nada más que
cuando había una entrada alegre, dijo:
-Y pediremos billetes para la Puerta del Sol...
Palmyra, que reconoció la nostalgia, la salió al paso, para distraerle de ella:
-Así podremos ir más veces al teatro, a Lisboa...
-Lo malo-insistió Armando-es que tenga tipo de tren en vez
de tener tipo de tranvía... Debían de pintar los coches de amarillo.
Don Vasco, usted que conoce al Director de la Compañía se lo puede proponer.
.
El tren eléctrico pasaba por sus imaginaciones como gmón que
suprimiría el campo, sin tener en cuenta que mientras se viese en el
viaje todo aquel largo paisaje que se veía por las ventanillas de aquel
viejo primer tren de juguete con que se inauguró el trayecto, no po-

LA P L U 1\1 A
dría conseguirse
aquel raudo traslado telefóni·co en q ue matena
· 1men- b
te sona an.
Se hiz~ una pausa, durante la que los viejos tranquilones y huídos reaccion_aban an~e la electrificación, pues veían al pensar en el
caso con mas atención
.
. que se corrompería un poco s u re t·u-o, que
aquello que hab1an ido a buscar iba a verse muy accedido por las
gentes que se enganchan en los viajes rápidos y fáciles.
-¡Qué tar~e- ha hecho ?oy!-exclamó el alegre español, en cuyo
pecho anfisemahco la presión poderosa de la orilla del mar mezclada a la cordialidad del tiempo abría todas las válbulas defectuosas.
-Ha sido una tarde de toros, una tarde de Corrida de Beneficencia-dijo Armando, que se sobrentendía con el español don Mariano.
Palmyra, siempre pronta para apagar la nostalgia, dijo:
-Ha sido una mañana de luar...
-Muy bien, muy bien; eso ha sido-dijo doña Manolita, y todos
l~s prese~tes volvieron los ojos hacia la dueña de la casa, que tan
bien babia caracterizado el día con su paradoja, convirtiéndole en
noche llena de luna, borracha de luna como un bizcocho borracho.
-Realmente es verdad ...-intervino don Vasco-. El sol era el
sol, de eso no cabe duda; pero era un sol blando, alunado, de suave
luz o más que de luz suave, porque no se le podía mirar siquiera de
luz suavizada aquí abajo, en el valle nuestro...
'
La tard~ les ~abía convidado a todos con sus vinos dulces y estaban embnagados como después de un día de santo. Veían con pena
Y aun con sed la copa vacía de los cristales de las ventanas.
Estaban clavados en sus asientos, iban a vivir en aquellas visitas
antes, cuando Palmyra estaba sola e indecisa, de la pasión inútil que
se escapaba a su juventud, de lo que no acaba de salir de las habitaciones, aunque se abran los balcones, porque se agarra a los tiradores de las puertas, a las paredes, a los brazos de las butacas y los
1 79

17.8''

�LA PLUMA
sofás, y ahora, con más absorción de lo que flotaba de la pasión que
todos aquellos vejámenes suponían frenética, más frenética que tierna, sus pasiones, y eso que alguno, como don Vasco, las tuvo de
serpiente de tierra caliente.
Como esas coronas que hace el humo al salir del cigarro, así
parecía haber quedado lleno el salón de las coronas de los abrazos
que se habían dado en la noche Palmyra y Armando, y que, como
todo lo condensado en la alcoba, daba un salto por encima del biombo que la separaba del salón.
Armando se adormecía en aquella tertulia, pero Palmyra no; a
Palmyra le gustaba hacer los honores, moverse de un lado a otro,
ofrecer el te...
-A propósito del te, ¿ustedes saben una historia india...?-dijo
Vasco.
-Ya nos la ha contado usted tres veces, señor Vasco-dijo
Armando.
-Quizá a ustedes sí, pero, Nué espíritus nos acompañan esta.
tarde? ¿Saben ustedes si son los mismos de ayer? Probablemente, no.
-Espiritismos, de ningún modo-dijo Armando, riendo de la
disculpa que había buscado para contar la noventa y nueve vez la
historia del te.
-Este es siempre un te cada vez más tardío-dijo la inglesa con
su construcción y portugués estrambótico...
-Acabaremos convirtiéndole en vermú-dijo Armando.
-¡Qué mas da! El te no hace daño a ninguna }lora-aseguró la
pobre doña Beatriz, ansiosa siempre de reconfortarse con muchos
bizcochos y cuatro o cinco tazas, en cuyo fondo quedaba después
algo así como un final de sopas de ajo.
Lo que había de rincón del mundo en aquel paraje se acentuaba
180

LA PLUMA
en aquella hora en que había llegado el último tren, después del que
ya no podía esperarse ninguna sorpresa. Ya no se podría poner ni
recibir un telegrama. Quedaban desligados del mundo como si fuesen
un islote que al anochecido se separase de las tierras firmes.
Palmyra servía a Armando mirándole mucho a los ojos, queriendo dialogar secretamente con él enmedio de todas las visitas, pero
Armando rehuía esa complicidad que temía que todos notasen. Ella,
con esa insistencia de la mujer enamorada, volvía y volvía a envolverle.
-Ha vuelto la gripe-dijo doña Manolita, atemorizada, queriendo que la consolasen los demás de su miedo; pero los pánicos se esparcen y se siente la voluptuosidad de propagarlos y padecerlos.
-La gripe siempre vuelve-dijo el anciano don Mariano-. Yo
siempre la he visto volver desde que era niño ... Es el vaho de la
muerte, ese humillo que ella también echa los días crudos del invierno... No kay nada más sutil ni de qtie pueda uno defenderse
menos.
-No está mal la teoría-repuso don Vasco-. A la gripe la he
visto yo, devastadora como nunca, en la India; mataba como siempre con frivolidad, sin anunciar su gravedad, sin ahuyentar de ella
como ahuyenta la peste ...
-Es lo único que nos amarga este retiro delicioso. Hasta aquí
mata-dijo doña Beatriz.
-¿Y de dónde podrá venir a aquí?-preguntó Palmyra.
-No la he dicho a usted, señora-volvió a intervenir don Mariano-, sale de los cementerios... Si quemásemos todos los cadáveres no pasaría eso.
Todos quedaron silenciosos un instante y se hubieran sacudido
el aire con la mano como quien aparta un contagio invisible.
Después todos se fueron levantando, no sólo porque era tarde,
181

�LA PLUM A

LA PLUMA
sino como si huyeran unos de otros, como si esperasen que en la
noche se declarase en alguno la gripe, como si huyesen a una mayor
soledad.
Así era una tarde de visitas en la quinta de Palmyra.
V
DÍA DK LLUVIA AMOROSA

Al abrir las contraventanas se encontró las viruelas de la lluvia
en los cristales. Después vió que en los charcos dejaba caer sus chinitas pertinaces, boquiabriéndose el agua de los charcos como si los
pececillos lanzasen fuera su burbuja de aire puro.
¡Otra vez esa confinación en el palacio por quince días dentro de
los flecos interminables!
Le faltaban palabras para Palmyra, esa era su principal tragedia,
y acariciarla la barbilla con ternura constante no era suficiente.
No tenía más horas álgidas que las horas comestibles, las doce y
las ocho de la noche, pero esas como de breve duración.
Era, pues, este día un día de estar muy pegado a las ventanas y
de mirar la péndola del reloj de alta caja de la sala más clara, un
reloj en cuya lenteja estaba pegado el retrato de la difunta madre de
Palmyra.
Era una señora de peinado burgués y de cuello corto, que debió
tener una gran bondad.
En la lenteja del reloj-¡qué ocurrencia!-parecía vivir con palpitaciones de reloj, como si su corazón, en vez de moverse de arriba
a abajo, se moviese de izquierda a derecha. Era una manera excesiva de perpetuar los recuerdos, pero estaba bien por la originalidad.
Asomado a las ventanas de la quinta, pensaba que aquellas eran
las ventanas de Europa; las ventanas del otro lado, las ventanas fina-

les que daban a la luz del descampado mar de quince días de travesía. Devolvía aquel cielo la luz extensa y desorbitada del solar extensísimo del Océano Atlántico.
Eran las ventanas para lanzar los suspiros del alma desalada que
al llegar al borde último de los continentes y las penínsulas suspira
con fuerza y la gusta irse en el suspiro ancho y desahogado del cielo que se remonta y se va. Por eso había un suspiro claro de luz
aun siendo un día lluvioso.
En seguida apareció Palmyra y fué hacia él.
-La lluvia borra el mundo- dijo Armando.
-No. Lo oculta para que vivamos de nuestra intimidad ... Hoy la
quinta está más satisfecha y dice: «¡Gracias a Dios que se van a dedicar a mí sola!»-repuso Palmyra.
Resultaba reblandecida y sin curación en el fondo del salón, que
resultaba más profundo porque el cortinal de la lluvia era espeso y
confundía la luz.
Lo que en su rostro pálido había de herpético-ese poco de herpético que es como el principio inicial de la corrupción-se acentuaba más en la tarde, que devolvía a su condición de greda la carne
humana.
Lo que hay de más dificil de entretener es la mañana, y una mañana lluviosa sobre todo.
-Estamos como dentro de una pecera, colocados así detrás del
cristal y viendo caer agua-dijo Armando.
-¿Y no es bonito estar en el nido de una pecera los dos juntitos?-repuso Palmyra.
Armando tenía odio ,a los mimos y era hasta brusco con Palmyra.
Así, por ejemplo, al ver sus brazos desnudos, pues era lo que a
Palmyra la gustaba más desnudar, la ha dicho Armando con tono
desabrido, como mordiéndola en el brazo y haciéndola daño:

�LA PLUMA

Ir

-Pero no ves que es de una gran desvergüenza tener siempre los
brazos desnudos.
Abrumada por la reprensión desmedida de Armando, Palmyra ha
cruzado sus brazos y se ha cubierto con las manos los biceps mullidos y con plástica de aparatos musicales de la sensibilidad.
Palmyra le obedecía en todo, y cuando él se incomodaba se quedaba cohibida como una,cordera bajo un eclipse.
La cuesta de la mañana la subían bastante silenciosos, manoseándola a ratos él como se manosea la caza, el pescado o la fruta que se
compra en el dintel de la puerta.
Ella estaba tan enamorada de Armando que no tenía pudor ni
por la mañana, y se miraba y le volvía a m-4"ar y se volvía a mirar
para ver si le podía complacer a él lo entreabierto y le volvía a mirar
ella para encontrar en sus ojos una buena mirada de avidez como
premio. Pero él la miraba como el que se para a contemplar la estatua de mármol mientras la quito el polvo, con mirada burda de doméstico.
Después Armando se ponía a pensar en la comida.
«Qué pez e.5 el del día es lo que hay que preguntar-se decía
Armando-, que la carne ya sé cuál ha de ser, tanto la de la mujer
como la de la ternera.»
A las doce, cuando ya estaba el menú preparado y habían escogido en la discusión de la cancela el pez más extraordinario de las
banastas, hacía Armando su pregunta con voz alta:
-¿Qué pez es el del día?
-Hoy es pargo-le contestaba Palmyra, o bien le decían al servirle:
-Es un pez muy bueno que aquí llaman jubel.
-¡Sí, sí!... Ya sé-dijo Armando, que no quería recibir tantas explicaciones como un sordo.

LA PLUMA
La nieve del mantel caía ya sobre la mesa, él lo veía desde lejos,
a través de las puertas de cristales. Eso daba luz a la mañana. Los
largos copos iban después reanimando el día, y la lluvia perdía importancia.
Ya estaba al borde de beber su vino predilecto, al que desde su
sitio veía enrubiecido por la luz que caía del sol a través de las
nubes.
Y para el vinillo predilecto eran las mejores sonrisas del yantar,
para aquel Busellas claro como sangre éordial de mujer rubia. Muchas veces levantaba su copa para ver el día a través del licor y del
cristal y encontraba así, sólo con esa mirada, transparente y ambarina, el suficiente optimismo.
El «Busellas vielho&gt; le insuflaba todo aquel tiempo que contenía, que suele buscar el fondo del vino para posarse, que lo adensa
y lo mejora.
«¡Es que me he bebido la esencia de tantos díasl&gt;-se decía Armando al sentirse un poco ebrio de una cosa vibrante, llena de minutos, espesa de segundos.
Él se volvía decidido, anecdótico, náufrago alegre aún en los días
grises en la hora del almuerzo, mirando por la vidriera el mar como
si fuese motivo Je una vidriera polic:-omada, en que cada ola se emplomaba en la de al lado y en la de delante.
Los brazos aireados de ella, los brazos que le irritaban y lo
atraían, jugaban al diábolo con sus miradas, que, como carretes del
diábolo, se movían dentro del ángulo del brazo y le eran devueltas
después d~ saciadas por la axila pálida, por el hueco muerto y triste
que queda entre el brazo y el antebrazo.
Armando la veía en gran señora de la casa, erguida, airosa, muy
señora.
Todo su gesto era gesto de retener su perfil puro y escueto con
185

�LA PLUMA

LA PLUMA

mueca tersa, ese gesto elemental y sugestivo que es todo el pensamiento y todo el físico de muchas mujeres, y que cuando se las marchita y se las arruga es como si desapareciesen porque no han sostenido más que eso, no eran más que esa vigilancia de la boca fruncida, la frente estirada, los ojos vivos y la nariz esculpida.
¡Pero qué bien sostienen ese perfil algunas! ¡Qué lindas!
¡Cómo tiraban las mejillas y todo el rostro de su perfill Pero lo
presentaba escueto, delgado, suave, agudo, triunfando en él y asteriscándole bien las dos orlas de brillantes de sus lóbulos.
En aquel día lluvioso, pensando en salvar su situación, dijo a Palmyra:
-Sabes ... Voy a escribir a un amigo mío de la infancia, también
aristócrata, para que venga a pasar unos días con nosotros.
-Bien, bien... Escríbele esta tarde mismo-dijo Palmyra con verdadero deseo de tener un huésped y de dar a la Quinta una de sus
ilusiones insatisfechas, la de tener siempre un huésped.
Sólo ante la noticia de aquel huésped, las cosas se fueron recomponiendo, atusándose, diciéndose: «¡Viene por fin un huésped!. .•
¡Viene por fin un huéspedli.

VI
LA ÚLTIMA AMA.ZONA

Todavía montaba a caballo, pero ya no iba a los sitios en que parecía irse antes al montar a caballo. La paseaba 5ólo por los paseos
transitados y sabidos.
Eno-añaba
aún a las gentes la amazona, pero ella tenía, una gran
b
tristeza en el corazón porque a caballo sobre todo se decta que no
había sitio a donde ir.
Era su caballo tan reluciente como unos zapatos recién lustrados,
un caballo francés, al que llamaba «Rey».

-¡Roi...1-decía a veces en francés, como si eso la diese un aire·
más aristocrático y el caballo se calmase así más.
La última amazona salía sola a la tarde-muy pocas veces con
Armando-y adquiría autoridad y personalidad sobre su caballo. Era
su hora de generalísima.
Palmyra tomaba aire para su pecho y escondía ráfagas de salud
dentro de su descote; todo para llevárselo a Armando, displicente,
enredado hasta muy tarde con los licores y con el café ideal que ell'i
le preparaba en tazas de oro, en cuyo fondo se tiraba el último sorbo y era como esencia de escarabajo pura.
La amazona, la última amazona, montaba dando empellones al
aire con sus senos y eso hacía que le fuese difícil al caballo romper
el aire, porque todo venia a recibir el encontronazo.
Armando, que encontraba anticuado el hecho de que fuese amazona, la esperaba como si su paseo a caballo la renovase y como sisobre su caballo hubiese recibido nuevas fuerzas para el embite de
la noche.
El camino portugués, solitario y arbolado, se encantaba con la
amazona. Necesitaba esa emulación. Si transitas por los caminos,
amazona justa, habrá más florecillas en las márgenes.
Palmyra era una amazona de pura sangre, que iba litografiándose en la soledad del camino, llenándole de su estampa, adornándole
con una guirnalda de moños de gran rodete.
La devolvía nueva aquel paseo de después de comer sobre el caballo favorito, al que daba terrones como una ecuyere.
Todo el paisaje portugués se conmovía con el paseo de Palmyra
y se notaba después en el resto de la tarde la dulzura que la había
impuesto el paso de la amazona. Hasta había algunos árboles del camino que la rozaron, que la quisieron abrazar.
Cumplía un deber Palmyra, un deber con la Quinta, con la puerta.

�LA PLUMA
LA PLUMA
,de la Quinta y con todo lo demás al salir sobre su caballo con el traje
de etiqueta que exige el paisaje, que es la vanidad del paisaje. Armando la había dicho:
-Eres la canela del paisaje, en el que dejas tus caminitos de canela, igual que los que pone la mano de la que hace arroz con leche
·sobre la superficie un tanto encallecida del arroz con leche.
Quedaba el paisaje dominado, enamorado, saciado con aquella
vuelta por los caminos de la fina amazona de breve cintura clásica y
busto en punta. Con los gestos que la amazona hacía con la fusta y
,que eran como de batir el aire, se quedaba flagelado y enervado como
después de flagelación el mismo aire de la tarde.
-Día que no sales- la había dicho también Armando-es día en
-que todo parece más hostil y como si algo faltase en la toilette del
panorama.
Es como si el muy cochino del día no se afeitase, al no recibir tu
visíta estuviese descuidado y salvajinoso.
-Mi amazona, ven-la decía Armando con un mimo nuevo abra.zándola efusivamente, encontrando un apresto y una dureza en su
busto que había adquirido petando con todo el camino, sobre tod0
con las vueltas.
Ya era una cosa más de su toilette volver así, triunfadora, con
la levita orgullosa, un poco desmelenada, con tierra en los ojos, con
·1a nariz agudizada.
-Traes las enaguas purificadas de la amazona-la decía Arman,do-, y traes unos labios nuevos que has recogido en el campo como
se recoge el frescor de debajo de las hojas que tratan de ocultarlo.
También la repetía entre sorprendido e irónico:
-Nunca creí que fuese tan importante ser amazona... Resultas la
madrina del paisaje... Madrina de bautizo y madrina de boda al mis-mo tiempo.
188

Volvía hecha, robustecida, con un secreto nuevo; pero todo esose iba adelgazando, consumiendo, olvidando hacia la noche. Era el
botín que traía la amazona como esas flores rústicas de las jaras-oleaginosas, que se ablandan y moquean en la planta en cuanto pasan unas horas de haber sido arrancadas.
Había pasado por los más rústicos caminos. Los caminos solos,
soleados y le.fanos, de Portugal; los caminos llenos de las antiguas.
fábulas y las viejas consejas.
Había hecho la dueña de la quinta lo que tenía que hacer. Se había sacrificado a la cortesía que merecían los alrededores campestres
que para eso les estaban obligados, sumisos, y eran la oreación serena de sus vidas. Había hecho la visita al campo que lo mantenía
propicio. Armando la daba en pago los besos de la gratitud y abrazaba su pecho enlevitado, en el que tropezaba con la doble fila de,
botones.
Después Palmyra se ponía muy de casa y aparecían de nuevo
sus brazos desnudos. Eso la volvia la mujer débil, íntima, delicada,,
cohibida. Él, como quien toca el arpa de un cuerpo, la acariciaba los.
brazos, de a1Tiba a abajo, de arriba a abajo.
El gran salón se llenaba de una expectación, de una rotonda de
luz en que se esperaban obispos, virreyes, magnates, que viniesen a
intrigar y a hacer la tertulia. Así sólo era una jaula demasiado grande, de esas jaulas historiadas que entristecen a los pájaros más que
las jaulas íntimas.
En el patio del estanque gritaban los patos como si siempre les
persiguiese la mano del matarife., como si fuesen a cogerles para
echarles al caldo hirviente.
Le molestaba a Armando aquel griterío asustado, urgente, desesperado.
Le daban ganas de asomarse al balcón y gritarles:
189,

�LA P L U 11 A

-¡Calmaos, que no os van a hacer nada! ¡Cobardes, más que
.cobardes!
Esperaban al coche de campanillas argentinas, alegres, bien timbradas, porque su secreto es que eran de plata. Se hundían en el lan&lt;ló, se quedaban ocultos por la montaña azul de la capota y se iban
como a darse un paseo como en hamaca por el paisaje.
Buscaban la carretera que iba junto al tren. Deseaban esa compañía ciudadana, civilizada, que trae la reciente confidencia de la cap ital.
Les gustaba también que el tren entero les mirase buscando en
ellos la felicidad deseada.
Pasaba el tren lleno de ventanillas de sol. Llevaba el raudal feliz
,de un principio de primavera siempre. Se leían en él, desperezando
los brazos largos, los periódicos tostados, luminosos, felices del
verano.
Como en butacas de pt::luquería alegre iban todos los viajeros. La
tijera del buen día les acariciaba el cogote.
Había risas de las enemistades lejanas en estos extranjeros solos
,embriagados en el viaje. Su sarcasmo era por los malos que se tenían que estar allí por su ambición o por su torpeza. Los anónímos
1·ecibidos se habían borrado definitivamente en este ambiente.
Después volvían al campo, y ya en aquella carretera peor, el
landó sufría las oscilaciones y los tumbos de las grandes zanjas
.abiertas por las ruedas de los carros cargados de piedra.
Se encontraban esos «chalets» hechos en medio del campo, en
medio del miedo, mirando a paisajes ingentes, cuando un poco más
.arriba, en terrenos que costaban lo mismo, hubieran visto el mar:
«¿Es que su padre fué un náufrago y no -quieren volver a ver el
,mar?»
En todos aquellos hotelitos se notaba que todo estaba dispuesto

LA PLUMA
{¡que sean más grandes los ventanales, que sean mayores!) para mirar lo que se ha de dejar de ver irremisiblemente, sin que sirvan las
atalayas bien dispuestas para verlo más tiempo.
Hicieron sus «chalets» los moradores para estar asomados siempre, primero activos, en pie, saliendo fuera del «chalet», más tarde
siempre sentados frente a los últimos cristales- debieron hacer más
bajo el alféizar.
Cada ventana de Portugal tiene su significado propio, su gesto
particular, su éxtasis distinto. La una es la ventana para el espíritu
avizor, la otra es para el nostálgico y aquélla para el enervado.
El coche de dos caballos tenía siempre una cosa de desbocado.
Al bajar las cuestas los caballos torcían las cabezas como si se las
descoyuntasen, unidas las dos cabezas en un delirio de espanto,
siempre como si ya no pudiesen contener el coche de lanza disparada como una flecha enorme.
Se reflejaban en el camino los ojos espantados de los caballos,
ya con la blanca espuma en que se notaba un poco su espanto.
Pero siempre se salía con bien de ese momento dificil de la cuesta
abajo en que el torno intervenía como una máquina de someter al
Destino.
Otra vez en el campo llano volvían a su serenidad.
¡Qué regalo el de las legumbres, que encima de dar su fruto dan
.a veces su perfume! Las habas estaban ya floridas y dejaban percibir el olor correspondiente al ensueño de su sabor.
Ella estaba por rechazar aquel olor como si fuese un olor de cocina, pero la conmovía con su finura.
- Huele casi como la flor de almendro- dijo Armando.
-Aun siendo tan ordinario se puede aceptar...
-El campo nos ofrece lo que puede ... No es para que le llames
ordinario a lo que te regala.

�LA PLUMA
-¿Que no es ordinario? ¿A que no te atreves a que tengamos en
la vivienda sobre los veladores flores de habas? Si nos preguntase
alguien qué flores eran, ¿té atreverías a decir la verdad?...
Armando calló. Las habas seguían dando su perfume para cocineras sentimentales. Era más fino su perfume porque se filtraba a
través de los demasiados cercos de piedra en que abundaba el valle.
-Debe tener dolor de muelas el paisaje-dijo Armando.
Pasaban por caminos de pinos constantemente.
Los pinos son los más humanos de los árboles, con sus cabelleras
oscuras, con sus cuerpos de atezada expresión.
Todos están para hablar, para salir al paso, para decir las cosas
de la tierra que escuchan con sus raíces, pero aún no se ha decidido ninguno.
«Un día-pensaba Palmyra-se le ocurrirá hablar a uno de esos
humanos pinos, y dirá recitales de profundo sentido.•
Los caminos de pinos tenían algo de los caminos de postes que
van al lado del tren, parecían andar, estar constantemente de paseo
con un movimiento propio.
Había un rato en que se dedicaban a la arbitrariedad.
Ponían nombres solemnes a las cosas y así, por ejemplo, las desgarraduras que se abrían en las nubes eran para ella: «ventanas que
daban a la tarde de Dios, agujeros de telón por los que se podía ver
todo si alguien nos aupase como a niños que quieren ver lo que no
alcanzan• y él opinaba, señalando es:!s minas o esas montañas que
parecen castillos, que: «La naturaleza es muy novelera, decía otras
veces, y quiere que se la dote de castillos y de fosos de los castillos&gt;.
Cada cual halla un sentido al mundo y se Je hallan matices constantemente, sobre todo cuando las lenguas se desatan de verdad al
atardecer.

LA PLUMA
Palmyra se volvía más tierna y sin temor a que el cochero viese
su gesto buscaba las manos de Armando y le buscaba la boca como
paloma que buscase el pico del palomo. Armando la rehuía un poco.
Era de suyo temeroso de la avidez que hay en los gemelos de los
ociosos dueños de los «chalets&gt;. Palmyra tenía la hermosa pasión que
no se racata.
Echaba la cabeza en su hombro y se quedaba así como dormida
con los ojos abiertos.
-¡Qué turulata eres!-la decía Armando.
-¿Y qué es eso?-preguataba Palmyra.
-Que te quedas turulata y no sales de ser una t uru ¡ata... Un
ocaso te dejo un día así y no sales de tu arrobo ...
-¿Te burlas?
-Jamás ... Te comento... Siempre me darás ansia de llevarte en
brazos tan desmayada como estás y aunque no salgas nunca de tu
desmayo, como si el suplicio de un momento del Don Juan Jo aceptase yo para siempre ...
-¡Qué poca ternura tienes!-le dijo ella.
Se es insaciable de ternura en medio del paísaje.
. -Parece que no es sólo de tu corazón del que quieres que cuide,
smo de una huerta de corazones-le dijo Armando.
Volvían hacia casa. Contracorriente volvían también Jos trabajadores, que miraban cínicamente a los coches.
~iemp~e parecía que se había hecho demasiado tarde, y se temía
el vientecillo sutil que da la pulmonía.
El coche entraba por fin en la Quinta dando un saltito sobre el
listón de piedra que sobresalía del suelo marcando la entrada..Ese
salto del coche sobre sus muelles era un salto que marcaba la intimidad, era como el salto que dan los caballos de circo cuando ya han
trabajado, cuando ya se meten dentro.
XIII

1 93

�LA PLUMA
LA PLUMA

.

f

La Quinta estaba llena de un silencio ambarino precioso. Había
más luz, una luz que había estado sola en las habitaciones y que se
había llenado de confidencias. En el botijo de cristal del agua se había filtrado la luz.
Es cuando Armando reconocía más la suavidad de Portugal, su
entonación 1 la serenidad de otro tiempo en que abundaba.
Él sólo recordaba una paz igual allá de pequeño, hacia el 1889,
cuando en casa de su abuela, en la calle de Montelen, llegaba la hora
de la siesta y se quedaban entornadas las maderas._
.
Era un aire de hacía treinta años aquel que hab1a en la Quinta, Y
por eso resultaba tan virgen y tan sabroso.
Palmyra, siempre con los brazos desnudos, le daba los ~brazos
de la desnudez, los abrazos sobre las sábanas revueltas, Y, sm embargo, estaban en pie y con la etiqueta del traje.
Armando, displicente, apenas le hacía caso, y ella, entonces, se
iba como despechada. Y cuando volvía reaparecía con cara de haber
llorado, pero no por haber llorado, sino por no se sabía qué.
Armando miraba al cielo como si aquel tipo del rostro de Palmyra señalase muchas nubes y una luz lluviosa.
«¿Pero es que han nacido para llorar?», se preguntab~ ~rmando,
y sin poderlo evitar buscaba sus lágrimas o un gran sentimiento que
justificase sus lágrimas.
En vez de aplacarle fomentaba su crueldad de hombre aquella
propensión a las lágrimas.
.
A lo lejos el polvillo del mar hacía hermoso el sol y aleJaba el
poblado extremó de la costa. Le daba un tipo de ensueño de la realidad.
Eran las seis de la tarde, esa hora en que todo ha llegado ya a
a los pueblos finales de la costa, esa hora en que el mundo se estanca en sus casas de refugio.

Palmyra se dirigía a esa hora hacia atrás buscando el apoyo de alguien, buscando con todo el reposo.
Las butacas muy echadas hacia atrás, de abrazo antiguo la recibían a esa hora en que a los seres finos les entra el desmayo de amor.
Y el atardecer solitario se precipitaba y desde ese momento hasta la noche le entraba a Armando la fiebre, el escalofrío de Ja soledad. Cenaban y muy temprano, cuando el cansancio es como un niño
lleno de sueño verdadero, se iba a la cama.
Armando que había soñado tanta cosa para cuando se acostase,
se encontraba ensoñarrado y cansado.
La veía desde las arenas del sueño levantar sus brazos de mujer
que entra en camisa y, sin embargo, comienza a desabrocharse el traje.
Tenía costumbres antiguas y cuidadoras como guardar en su joyero de cristal de un fondo azul enguatado, las joyas de que se
despojaba para acostarse y que eran como los candados de su belleza, que se volvía libre, nadadora del lecho, desligada de los compromisos severos que imponen las joyas antiguas que son como de las
severas mujeres de la familia.
En el clima de aquel paraje podía sacar las manos de entre las
sábanas y jugar con ellas.
Resultaba hasta inexistente su desnudo en aquella soledad desdichada. En vez de tenerla más por completo y más para él solo que
nunca, se sentía sin ella como si se quitase la camisa en el vacío supremo.
La naturaleza que les rodeaba no deseaba a la mujer. Deseaba
el sol, el aire denso y vivo.
Se necesita que toda la ansiedad de los desesperados y de los
insaciables envuelva a la mujer que se desnuda por muy a cubierto
de ellos que lo haga.
(Se continuará.)

RAMÓN GóMEZ DE LA SERNA.
1 95

�LA PLUMA
OLUIPIA

Esta chica tiene buen gusto. Dí, Julio, tú que me has visto desde las
butacas. ¿Dónde hará más efecto? Me lo voy a poner aquí.
JULIO

Creo que ahí resultará demasiado cínico. (Entra Paca.)
OLIMPIA

OLIMPIA DE TOLEDO

¡Qué simple! ¡Cínico! ¡Cómo si fuera yo a hacer un papel de colegiala!
¿No comprendes lo que voy a bailar? ¡Es terrible, una danza de seducción, de puñaladas y de sangre! Una mujer que tiene que satisfacer su
venganza. Seré cruel, caprichosa, fría.
JULIO

DRAMA EN TRES ACTOS

Entonces no te disfraces.
OLIMPIA

SEGUNDO ACTO
Gabinete de Olimpia en el teatro. A la derecha, puerta de entrada. A la izquierda puerta que da al cuarto tocador donde ocurre el primer acto. Noche, luces
'
encendidas.

¡Qué soso de hombre! Una mujer por la que se suicidan los hombres
a montones. Una tigre, una pantera, una ... no se me ocurre todo lo que
tengo que ser en este baile. ¡Una vampiro! Mira, que un viento de furia
amorosa renueva los volantes de mi falda, que mi abanico con suave
movimiento atraiga a la víctima, que mis ojos le fascinen, mirándole
así, clavados en los suyos y con el ademán le rechace.

ESCENA PRIMERA
JULIO, después OLIMPIA y PACA entran por la puerta de la izquierda,
JULIO ( Pensativo está

PACA

Como en aquel cantar que dice:
Con una mano me echaba,
con la otra me recogía.

esperando).

(Traje Jantástíco de manola, escote exagerado, abanico enorme, se
pasea contoneándose).
Este traje me sienta muy bien ... ¡Estoy maravillosa! Paca, tráeme el
blanquete y la caja de los lunares. Oye, Julio. ¿Me dejo el lunar donde
está o lo pongo aquí?

OLINPIA

PACA

De todas maneras estará bien. (Vase.)

JULIO

Así eres tú.
OLIMPIA

Mira, Julito; no te me pongas cursi, por Dios. Habrá un revuelo hoy
con la presencia del duque. Todas ellas, que de seguro están sobre aviso,
tratarán de camelarle. El empresario es capaz de meterle por las narices a
197

�LA PLUMA

LA PLUMA

su Pelitos. Pero no me importa. Ya verán, ya verán. Voy a patearlas la cabecita a todas esas envidiosas. ¡Me como al duque, me lo como! Le voy a
asesinar a fuerza de ojos. Verás, Julio; v&lt;&gt;y a estar en este número inspiradísima. Tienes tu localidad, ¿no? Que te traigan una.

ESCENA SEGUNDA
DICHOS y AUGUSTO
AUGC"STO

JULIO

Lo que tú hagas le parecerá bien a ese duque y a todo el mundo.

No; te veré desde los bastidores.

OLIMPIA

OLIMPIA

Te juro que van a rabiar esas. Después de ese garrotín de la Pelitos,
que parece un ataque de nervios, vas a ver el efecto que produzco. Verás. Yo empezaré despacio, muy despacio, con movimientos de paloma,
así (acompañando la acaon a la palabra), como esas palomas que al andar mueven el buche ... Poco a poco el ritmo de la música se va animando y yo también. Provocativa, insinuante, miradas ... , sonrisas ... ,
coqueterías. Con la promesa de mis ojos y de mi gesto, el mendigo de
amor se anima, se acerca. Yo, cada vez más gallarda, me alzaré en la
punta de los pies y le miraré despreciativa. Luego bajaré los ojos arrepentida, pudorosa, me cubriré la cara con el abanico y correré a pasitos
cortos, volviendo la cabeza, guiñando un ojo tras el encaje de la manti
lla, le echaré un beso, y como si un;¡. furia de amor y de locura se apoderara de mí, bailaré frenética y la mantilla volará por el aire, se soltará
mi pelo, las flores y las peinetas rodarán por el tablado y la falda será
como una flor inmensa... Y el enamorado se acercará, quiere estrecharme contra su pecho. Yo entonces saco el puñal que guardo en el pecho
y se lo hundo en el corazón.

Pues a Julio no le gusta.
AUGUSTO

Este es un turco celoso que todo lo quiere para sí. Un egoísta. Lascosas buenas no deben pertenecer a uno solo, sino a todos. Ser del dominio
público. ¿No han venido ni Paquiro ni don Esteban?
PACA

No, señorito Augusto, porque ahí fuera está un señor que espera a
don Esteban hace lo menos una hora. Dice que es de su pueblo.
AUGUSTO

Pues me han fastidiado, porque unos ~migos míos querían verte bailar y no han encontrado localidades.
v LIMPIA

Y luego ese majadero de empresario a quien le lleno el teatro todavía
me escatima los reclamos.

ESCENA TERCERA

JULIO

¡Lo haces de veras!

DICHOS, ·PAQUIRO y DON ESTEBAN
OLIMPIA

Calla, bobo. ¿Eh? ¿Qué te parece? ¿Tendrá éxito? Hice una españolada semejante en Munich, y creía que aquellos alemanotes me comían
de entusiasmo. (Augusto aparece en la derecha.) Verás, verás qué efectito
le hace al duque ...

PAQUIRO

Buenas noches. ¡Qué guapa estás, Olimpia!
ESTEBAN

¿Qué? ¿Se pasó aquel arrechucho?

198
/

199

�LA PLUMA
LA PLUMA
AUGUSTO

Paquiro y usted, don Esteban. ¿Quieren hacerme el favor de darme
sus butacas? Las necesito para un paisano. Por favor. Veremos a Olimpia desde el escenario.
BSTEBAN

ESTEBAN

Bueno, ¿qué quiere usted?
VICE."TE

Deseaba saludar a usted, don Esteban.

Téngalas.

ESTEBAN

(Va a la puerta de la dt'Yecka)
¡Chico! ¡Ehl ¡Botones!. .. Vete a la puerta del escenario, y allí veras a
dos señores con pinta de paletos. Les das estas localidades de mi parte.
AUGUSTO

Dígalo pronto porque usted no se contenta con saludar.
VICENTE

Necesitaba una recomendación.

PACA (Dando una tarjeta a Esteban)
Don Esteban, aquí fuera hay uno que le busca a usted que me ha
dlldo esta tarjeta.

ESTEBAN

VICENTE

la tar:feta y la lee)
¡A ver! ¡Calla, si es mi recomendado! ¡Menuda lata me está dando!
¿Te importará que pase? Lo despacho en un voleo.
ESTEBAN ( Toma

r

A riesgo de abusar.
ESTEBAN

¿Qué es?

OLIMPIA

Que pase; conoceremos a tu recomendado.
ESTEBAN

Paca, dile que entre. (Vase Paca por la derecha)

ESCENA CUARTA

VICENTE

Gracias a las recomendaciones de usted, entré en la oficina de Fomento de la provincia y pude conseguir también la plaza en el Catastro;
pero como a mí me convenía estar en Madrid, me valía del medio reglamentario para no ir a mis oficinas.
AUGUSTO

Claro que le pagarían los dos sueldos.
DICHOS Y VICENTE
VICENTE
ESTEBAN

¿Qué hay Vicente? ¿Me va usted a perseguir hasta aquí?
VICENTE

Tengo un verdadero honor, mucho honor.

¡Ahl Sí señor. Naturalmente. Ahora hay una plaza que me conviene
mucho, para la cual, concursan dos personas que pueden hacerme daño:
un ingeniero y otro que la está desempeñando interinamente, hace diez
.años, y yo, aunque el ingeniero estará mejor preparado, creo que si me
ayudara don Esteban podría inutilizarlo. En cuanto al meritorio, pare-

200
201

�LA PLUMA

LA PLUMA

ce que tiene la benevolencia del Tribunal que ha de juzgar porque es
hombre de mucha familia y de pocos recursos. Sería lastimoso que el
Tribunal, dejándose llevar de un sentimiento de conmiseración y fundándose en que ya ha desempeñado interinamente este cargo, vaya a
dárselo en propiedad produciéndome a mí un verdadero trastorno.

VICENTE

Tendría un verdadero placer.
OLIMP1A

Vaya, se ve que puede usted andar solo por el mundo.
VICENTE

PAQUIRO

Señorita, a sus órdenes.

¡Vaya un gachó!

ESTEBAN

ESTEBAN

Bueno, hasta mañana.

¡Bien, hombre, bien!

VICENTE

VICENTE

Yo, claro, por mi empleo en el Catastro, he podido hacer algún favor evitando el pago de una contribución y por eso tengo simpatías entre los adinerados, don Esteban ya sabe...

...

1

¡

..

r

Señorita... , caballeros ... , tengo mucho honor...

ESCENA QUINTA
DICHOS, MENOS VICENTE

ESTEBAN

Sí, ya sé que gracias a usted, me dijo mi administrador...
OLIMPIA
VICENTE

Don Esteban. ¡Vaya un tío que estás hecho!

Sí, que el Coto del Espino que es tierra de huerta paga como de secano.

ESTEBAN

Chica, ¡cosas de allá!

ESTEBAN

Bueno, ¿y qué?

PAQUIRO
VICENTE

Una carta de usted para don Federico y creo que me lo arreglará
todo.

Y de acá, porque aunque se rían ustedes, he de decir, que gracias ~
mi amistad con un ministro paisano, fué nombrado un chico simpático,.
eso sí, profesor de Filosofía. (Ríen.)

ESTEBAN

Mañana vaya a recogerla a casa.

.,

PAQUIRO

Pues sabe usted que siento no tener algún chanchullito en esa provincia para que usted me lo arreglara.
202

ESCENA SEXTA
DICHOS y un AVISADOR a la puerta.
AVISADOR

¡Señorita Olimpia! Voy a empezar cuando usted guste.
203,,

�LA PLUMA
LA PLUMA
OLIMPIA

¿Venís?

PAQUIRO
JULIO

Yo, sí voy.

(Ríe)

¡Pchs! La cuestión es poder hacerlo.
AUGUSTO

ESCENA SÉPTWA
.AUGUSTO, PAQUIRO, DON ESTEBAN y PACA (que entra en la izquierda).

Yo, la verdad, tomo a Olimpia como un excitante. Su gracia, su belleza, su desparpajo, sus cualidades ...
ESTEBAN

AUGUSTO

Si es que tiene alguna cualidad fuera de su hermosura y de su instinto artístico del baile.

Este Julio, es cosa perdida.
PAQUIRO

AUGUSTO

Sí, se le ha metido esa mujer en el alma.
ESTEBAN

Ese chico, no tiene sentido común. Buena diferencia va de la manera de ser con Olimpia de usted, de ti, Paquiro, o de mí.
PAQUIRO

La diferencia es, que ni usted, ni Augusto, ni yo, queremos de verdad a Olimpia, y Julio está chalao por ella.

Bien, sí. Pero aparte de eso. Sean cualidades o defectos. Yo me embriago con Olimpia, como Poc con aguardiente, o Verlaine con ajenjo.
Es el más poderoso estimulante poético que he encontrado en mi vida.
Tienen para mí sus gestos, su figura, los faralares de su falda, un sentido igual al que para un poeta geórgico ...
PAQUIRO

No te entiendo una palabra.

ESTEBAN

No me explico, no me explico esa manera de ser. Yo, no tengo la
pretensión de ponerme de modelo de nadie. Tengo mis líos como cualquiera; pero, eso sí, ante todo, mi mujer y mi hija. Yo vengo por estos
·sitios, donde, para qué negarlo, no hay una moralidad excesiva, y a veces empiezo a tontear con una, que unas veces puede ser una bailarina,
otras, una cupletista, quizás, una camarera. La obsequio, la distraigo,
se divierte conmigo, me cuesta mi dinero, y me lo gasto con verdadero
placer. Pero en cuanto yo noto que la muchacha me va interesando demasiado, me pongo en guardia; eso no, ante todo la tranquilidad de mi
mujer y de mi familia. Ya digo, en cuanto noto que una muchacha de
-estas empieza a interesarme, la dejo y busco otra. ¿No estoy en lo cierto?
204

AUGUSTO

Hombre. Como el sentido que tiene para uno que haga versos del
campo, una gavilla de mieses o un rebaño ...
PAQUIRO

Si te oye ella, te ahoga.
AUGUSTO

¡Pero si es un elogio! Me gusta verla ... , pero de lejos, sin meterme
en honduras, como a un hermoso cuadro. Si te acercas a un lienzo pintado, ves barniz, pelos del pincel, gotas de aceite endurecido, resquebrajaduras ... ; esas cosas son las que no quiero ver en el hermoso cuadro
de Olimria.
205

�LA PLUMA

LA PLUMA

PAQUIRO (Rt'endo)
¿Pero tú crees que ella tiene esas porquerías? Vamos, para mí que
.tú estás todavía más chalao que Julio.

PAQUIRO

1Bah, la vida!...
AUGUSTO

AUGUSTO

Entre tú, Paquiro; usted, Don Esteban, y Julio, han establecido un
-«match», cuyo premio puede ser Olimpia. Don Esteban va empujado
_por su dinero, su trato con las mujeres ...
(Riendo)
Pues el J ulito se las tiene tiesas con usted, Don Esteban.
PAQUIRO

AUGUSTO

Tú, Paquiro, tienes en tu favor toda la prestancia del torero. Porque
tú no eres de esos toreros que parecen, fuera de la plaza, unos buenos
.empleados de oficina. No, tú er_es el torero tradicional, valiente, gasta•dor y buen mozo.
ESTEBAN (Rt"endo)
Pues Julio se sostiene a tu lado, Paquiro.
AUGUSTO

Lo sabe, y lo sabemos todos. Pero es, poniendo ustedes lo de menos
.Y él lo de más. Para usted representa Olimpia unos fajos de billetes de
menos en su cartera, que su administrador se encargará de reponer.
Para Paquiro, Olimpia es un capricho. Volver un día de la plaza de toros con la mujer de más postín de Madrid, y que alguno rabie de envidia y que alguna palidezca y se muerda los labios al decir: «Olimpia de
Toledo, está ahora con el Paquiro».
ESTEBAN

Para Julio, Olimpia debía ser la modelo, el Arte.
AUGUSTO

Pues eso es lo que no ocurre. Para Julio, Olimpia es la vida, la vida
.misma.
206

Todas esas ropas, esos perfumes, esos afeites de la bailarina, exha\an un relente que a todos nos marean como un vino encabezado. A
nosotros es aquí, aquí sólo. En cuanto yo salgo de aquí, desaparece el
efecto de embriaguez. Pero en Julio, no. La imagen de Olimpia le per.sigue. En su estudio de pintor...
ESTEBAN

Está bien. En el estudio, está bien.
AUGUSTO

Sí, en un estudio puede reinar el recuerdo de las mujeres como
Olimpia. Pero que Julio, en el humilde comedor de su casa, mientras
su madre hace calceta a la luz de la lámpara y su hermana borda, piense en Olimpia, y que él, que aquí es un esclavo, el más miserable de los
esclavos, capaz de barrer con la lengua el polvo que pisan los tacones
de Olimpia, sea allá un tirano caprichoso, que atormenta a su madre y
.a su hermana. Y todo, ¿por qué? Porque Olimpia no le quiere, como
él quiere que le quiera .
ESTEBAN ( Rt'endo)

Ya sabía yo que nuestro amigo Augusto sueña con la muchacha que
borda bajo la lámpara, al lado de su madre.
AUGUSTO

(Riendo)

Es verdad. Bueno, don Esteban. Me dirá usted que no merece la
pena de emborronar cuartillas con sonetos dedicados a Olimpia, para
Juego salir con cantinelas burguesas.
,
ESTEBAN

Por eso, vuelvo a repetir, que mi sistema es el mejor. En cuanto se
siente el menor interés por una ... a otra .
207

�LA PLUM A

LA PLUMA
PAQUIRO

Es que a Julio se le ha metido Olimpia en la cabeza, y en ella le da
vueltas como un chiquillo goloso a un caramelo.
ESTEBAN

Y a juzgar por el ruido que llega hasta aquí, debe estar volviendoloco al público.
PAQUIRO

Con tanto charlar no la vamos a ver. ( Vanse.)

pia: ¡Qué magnífica! ¡Qué estupenda has estado! ¡Olimpia, qué bien!
Era lo mismo que ahora.
JULIO

No, Paca; no me digas eso.
PACA (Ríendo)
¡Ay qué gracia que tiene, lo q_ue ~ste_d dice, señorito Julio! ¡Ja ... jal
¿De modo que usted cree que m1 senonta ha cambiado en estos ocho
días? ¡Vamos, que aquí el que ha dado el cambiazo es usted!

JULIO

ESCENA OCTAVA
PACA se acerca a la puerta de la derecha y escucha el ruido lejano de los
aplausos, después JULIO

atropelladame!tte)
¡No! ¡No quiero verla. (Se sienta en un diván, la cabeza entre las manos.) ¡Qué asco! ¡Qué vergüenza!

¿Pero tú la has visto en este baile?
PACA

1Anda! ¡La mar de veces!

(Sonrte it-ónt"ca)

¡Ay, señorito Julio! ¡Cómo varían ustedes los hombres!
JULIO

¡Nunca! ¡Nunca ha estado así esa mujer! ¡Nunca!

I

JUUO

JULIO ( l:!,ntra

PACA

&lt;,

Asómate a mirarla, asómate; verás cómo nunca la has visto tan desvergonzada, tan... asquerosa.
PACA

¡Bah! ¡Bah!, señorito Julio. Que todas esas cosas son figuraciones de
usted. No necesito verla, porque me la sé de memoria. Hoy, no digo,
puede que cargue la mano para entusiasmar al duque. Como dicen que
es el amo, en algunos teatros extranjeros, porque allá se deja un porción
de pesetas... ·

PACA

ESCENA NOVENA

Vamos, señorito Julio. No hace todavía ocho días que estaba usted
entusiasmado con las cosas que la señorita hace en el escenario.

DICHOS, PAQUJRO y AUGUSTO

JULIO

PAQUIRO

¿Tú crees? ¿Tú crees de verdad que Olimpia hacia esos gestos, esos
desplantes, cuando empezó a bailar aquí?

¡Vaya final! ¡Ha estado superior! ¡Daba miedo cuando se marcó la
puñalada!
AUGUSTO

PACA

¡Pues claro, señorito Julio, pues claro! Cuando usted la decía a Olim.208

Si, parecía que clavaba de verdad.
XIV

�~PLUMA

LA PLUMA

ESCENA DÉCIMA
DICHOS y OLUIPIA
OLIMPIA

(Jadeante, despeínada, flores en la mano izquierda,
y el puñal en la derecha)

¡Ah!... ¡Ah!... ¡Qué ovación!. .. ¡Así!... ¡Así me gusta!... ¡Oh! ... ¡Volverlos locos!... ¡Que griten!... ¡Que rujan!... Cientos y cientos de ojos ...
que quieren comerme .. . , atravesarme con la mirada ... , cientos y cientos
de cabezas congestionadas ... de amor... ; bueno, de lujuria... mejor. Y
la vibración de las manos que aplauden. ¡Eso!.,. ¡Eso es lo que a mí me
vuelve local ¡Ah, Paquirol Aquí, tú y yo solos hemos sentido eso. Ven,
Paquiro; dame un abrazo, compañero ... Tú y yo solos ... , no éstos. El
uno con sus poemas, el otro con sus cuadros ... ¡Valientes éxitos!... De
sonrisas, de cuchicheos ... , no de alaridos ... de rugidos. ¡Eh, Paquirol
¿Cómo alienta? ¿Cómo gruñe? ... Late como una jauría de perros rabiosos... ¡Ah, qué gusto! (Se deja caer sobre un diván .)
PAQUIRO

Sí, eso, la verdad puede mucho.
OUMPIA

¡Jal ¡Jal ¡El duque loco! ¡Loco! Sacaba medio cuerpo fuera del palco
y gritaba: «¡Bravo! ¡Bravo!» ¡Que rabien esas idiotas! La Pelitos ... ¡Bah!
Cuatro aplausos pagados de la clac. Pero a mí... ¡Oh, cuando di la puñalada casi tuve miedo, creí que se me echaban encima! ¡Oh, qué bien!
(Pensativa.) Bueno, Paquiro, tú tienes una ventaja .. . Claro.

AUGUSTO

Cuando dabas la puñalada parecía
cruz. Tal era la intensidad de tu gesto. que el arma se teñía hasta la
PAQumo (Tomando el (Juña!)
Sí que tiene lo suyo el aguijón.
•

OLIMPIA

¿Viste que mustiás estaban esas Pa uiro? Q
.
ranl... Pero este Julio ... ¡Me incom'od q
I ue rabien! ¡Que se muete da envidia?
ª verte con esa cara triste ¿Es que
JULIO

¡Oh, no!. ..
AUGUSTO

Julio se alegra de tus triunfos , como tod os.
OUMPIA

Pues entonces ¿a qué corromperme las
.
grada? Es lo que me indigna ·No h
. o;ac1ones con esa cara avinaver contento a todo el mundo' cuan:~ satis acción completa! Me gusta
nes tú que ser el que ponga una gota a yo estoy co~tenta, y siempre tie.
marga en mis alegr'a p
b
no, ¿a que me meto yo a filosofar? Pa uiro d"
. i s. ero, uede champagne. Trincaremos.
q
' I que traigan una botella
PAQ'JIRO

(Desde la puerta de la derecha)

¡Eh! ¡Botones!. .. Que traigan una botell d h
Pronto. Si las traes en s•guida
te ganas dos pesetas.
a e c ampagne y copas.
-

PAQUIRO

ESCENA UNDÉCTh1A

¿Cuál, chiquilla?
OLIMPIA

Cuando tú clavas .. . clavas de verdad. ¡Salta la sangre!.. .

DICHOS Y la MOGIGONA
111OGIGONA

PAQUIRO

¿Dan ustedes su permiso?

Es verdad, se moja uno.
211

210

�LA PLUMA
LA PLUMA
OLIMPIA
OLIMPIA

¿Quién es?

Y ahora ¿qué hace usted? (Paquíro descorcha.)
MOGIGONA

Ana Montoya, señorita Olim pia; Ana Montoya la Mogigona.
AUGUSTO

MOGIGONA

Pues ahora acompañando a mi niña, que me ha salio bolera y trabaja en la sección de la tarde, en el cuadro de flamenco.

Adelante la cali.

OLIMPIA

¿Y cómo se llama su hija?

YOGIGONA

¡Ay, señorita Olimpia! O me dejas darte un beso o aquí mesmo me
da un soponcio.

MOGIGONA

Quería ponella la Mogigona chica.

OLIMPIA

.,

.

PAQUIRO

¿Pero qué quiere usted?

¡Parece mote de novillero!
MOGIGONA

MOGIGONA

Besalla, besalla, y na más que besalla. ¡Jesús y vaya una marnerita
de bailá! Como las mismas santas del sielo ha bailao esta endina. Y dejarme que la vea. ¡Y es paya! Pa ~ue alueg~ d,igan qu~ para ~ailar hay
necesiá de tener sangre de gitanena! Ven aca tu, escamlal ¿Quién te ha
enseñao a ti eso? Ven acá tú, ojos de terciopelo. ¡Nombre bendito de
Dios y de la Virgen! Que yo he visto boleras de chipén y 1~ 'he s~o; s_í,
que yo lo he sío. Pero bailar como tú, por éstá.s que n_o lo v1~e en ¡am.~s
de los jamases. Déjame, déjame miralte, paJ~ma zonta. ~s, que esta,s
vosotros hechos cachos por esta gloria. ¡So bnbones escamlaosl
OLIMPIA

¿De modo que usted ha bailado, señora Mogigona?
KOGIGONA

Por eso mismo, ella no quiso, y la llaman la Modes.
AUGUSTO

¿Pero eso es francés?
!IIOGIGONA

¡Qué va a ser francés! El francés serasté. La niña se apellida la Modes, porque se llama Modesta. ¡Vaya ahora!
OLIMPIA

Bueno, Mogigona, bueno. ¿Tomará usted una copita de champagne?
¿Y por qué no ha traído usted a su niña?
(fltbe)
Vaya, salud. Pues mi niña no se atrevió a venir. «No vayasté-me
decía-, que la O!impia tiene una fama de orgullosa ...» Y yo voy-la
respondí-, porque una mujer que baila como ella baila, tiene que ser
una buena mujer. Pero mi niña no quedría venir ni a pedazos. ¿Que por
qué? Porque hay un tío que me la trae enarbolá, y no hace más que
suspirar y tener unas ojeras descolgás que le llegan a la boca.
MOGIGONA

?e

¿Que si he bailao? Que se lo pregunten a los calos viejos
Sevilla.
•Que si he bailao? En el café del Burrero. Con bata, eso s1, con bata
;arga· porque eso de la farda de campaniya no es de tablao legítimo.
(El b~tonts con una botella de champagne y copas en una bandtja.)
212

213

�LA PLUMA

LA P L U ~1 A
OLD!PfA

¿Y quién es ese bribón que enarbola a la Mogigona chica?

hubiera enseñado la parma de la mano, de seguro, de seguro que encuentro, que entre tus amigos está el que te dará un disgusto. ¡Descarrilaos! ¡Lipendiosos! ( Vase.)

MOGIGONA

La Modes quedrás decir.

ESCENA DÉCIMOSEGUNDA

OLIMP!A

DICHOS menos la MOGIGONA

Es lo mismo.
MOGIGONA

Que no es lo mesmo, que no es lo mesmo, que si a mi niña la ponen ese alias la han matado para su porvenir del baile. Y ese gachó que
me la tiene martirisá, no es este payo que escribe versos, ni tampoco ese
poyo que lo tienes crucificado. Ni el payo ni el poyo, es el piyo de Paquiro, que con el aquel de que es mataor, se le figura que puede pisotear la honra de los probes.
PAQl'IRO

Vaya usted ...
NOGIGONA

AUGUSIO

¡Es un tipo curioso!
OLDIPIA

Voy a arreglarme. (Pasa por la puerta de la izquierda.)
Paca, me vas a dar el traje azul de cachemira. Creo que es el que me
hace más endemoniada. Voy a ver si consigo volverle el juicio a ese embajador extraordinario de su majestad Karpática. ¡Vaya un tío que debe
estar hecho el tal duque! Tienen cierto chic, esos tipos rojos con el pelo
casi blanco. ¡Es un gran modelo, Julio! (Entra en la puerta de la izquierda.)

¿Vayaste?... So vayaste'.
PAQUlRO
PAQUIRO

¡Demonio de bruja! Que me está metiendo a su niña por las narices.

Si viene por aquí, le toreas tú con ese traje que te estás poniendo, yo
le doy la estocada y Julio la puntilla.

MOGIGONA

Yo no le he metido a usted náa.

OLIMPIA

(Dentro)

Pues me ha gustado el duque.

OLIMPIA

Vamos, señora Mogigona, que venir aquí en busca de apaños para la
chica. ¡Está bonito! ¡Bien!

AUGUSTO

¡Adiós, la veleta!

PAQUJRO

OLilllPIA

MOGIGONA

¿Qué veleta? ¿Me habéis clavado el alma alguno de vosotros, para que
esté siempre mirando al mismo sitio? Eres tú muy poquita cosa para sujetarme, Paquiro de mi vida; ni tú, poetastro. ¡Ja, jal ¿Y el mustio? ¿Qué

Vamos, señora; largo ...
Sí que me voy, torero de la jindama, y tú, Olimpia, no te fíes. Si me

�LA PLUMA

LA PLUMA

dice el mustio? ¿Qué dices tú, Julito monono? ¿También te da coraje
que el duque pueda venir aqu1?
JULIO

.

...

f

En cuanto a don Esteban, como parece que iba interesándose por ti,
te ha cambiado en el altar de su corazón por madamuasel Perrin, la em-

Yo no digo nada, nada.

.,

AUGUSTO

peratriz de la barra fija.
OLIMPIA

OLIMPIA

Pero qué, ¿os váis a incomodar por eso? ¿Por un enamorado más con
quien tenéis que compartirme? ¡Tontos! Uno más. ¡Bah! Si todavía os
tocan a muchas (sale abrochándose el traje). ¡Sois insoportables! Vamos
a ver, viene aquí el duque, y qué ¿es que aquí no hay sitio para uno
más?

¡Bah! El volverá .. , ¡Poco miedo tengo de que os vayáis! Estáis seguros•.. Vosotros sois veletas roñosas, a las que el viento no puede mover, siempre miraréis al mismo sitio, hacia donde esté Olimpia, ¿No es
verdad, Julio?

A.UGUSTO

Vaya, vamos a brindar por la mujer de gran cabeza y corazón, estrictamente necesario. Por Carmen la Cigarrera, de Merimée, puesta en
solfa por Bizet, por la que cien años después deja la serranía de Ronda y
se hace bailarina de Music-Hall .

Te diré, Olimpia. Nosotros habíamos formado una especie de sociedad por acciones, para explotar el caudal de tus sonrisas, de tus miradas.
Si ahora nos metes aquí un elemento extraño, todo este tinglado, tan
bien establecido, se viene abajo .
OLIMPIA.

AUGUSTO

OLIMPIA

Esa soy yo.

¡Me alegro!... ¡Abajo todos los tinglados! ¡Abajo lo existente! Paquiro, dame una copa. Bebamos al cambio general, a lo imprevisto, a
las veletas, a los pájaros, a las mujeres variables y los amores inconstantes.
AUGUSTO

AUGUSTO

Tú misma, que tienes la suerte de no tropezar con don José el Navarro que te pudiera dar un disgusto.
ESCEKA DUODÉCIMA

Bebamos. Desde esta noche me pongo a componer versos para la
Pelitos.

DICHOS y el EMPRESARIO y un BOTONES con un ramo de flores.

OLIMPIA

EMPRESARIO

¡Olimpial ¡Olimpia! El duque de Bistonia me ha llamado a su palco... Quiere verte ... ¡Mira qué ramo te envía!... Pero fíjate en lo que
cuelga de esa cinta... He venido con el chico por eso...

Te guardarás muy bien, mamarracho.
PAQUIRO

Yo también tengo echado el ojo a una chavalilla ...

OLIMPIA

OLIMPIA

¡Oh!. .. ¡Qué magnifico!. .. ¡Es un regalo de príncipe!... Mirad. ¿Eh?
1Es estupendo! Trae las tijeras, Paca, para cortar esta cinta .•. ¡Cómo

Te mato, Paquiro.
216

217

,

�LA PLUM A

LA PLUMA

destella! (Corta !ti cinta y mira un anillo a la luz.) Siempre he presumido de brillantes ... pero como este no tenía ninguno. ¡Qué hermosura!. ..
¿Va a venir el Duque? ¿Va a venir?
BOTONES

Aquí tengo una tarjeta ...
OLIMPIA

A ver... (lee.) Sí, sí, dígale usted... ¿ Porque usted volverá al
palco?

los quite durante unas horas. (Va qm·tándose las s01tijas.) Este es el de
Esteban, el infiel... es monísimo, se ve que Esteban tiene mejor gusto
para los anillos que para las mujeres. El otro es el del poeta, ópalo, mala
suerte dicen que da, y yo, desde que lo llevo en mi mano, no he tenido
más que satisfacciones. Este es el tuyo, Paquiro. Aquí se ve el rumbo ...
¡Qué verde es tu esmeralda! Parece una gota de veneno. ¿Eh? ¿No es
verdad que tiene un aire malévolo esta piedra achatada? Este es el sujetador de Julio. ¿Le pusiste en el interior la fecha en que me conociste?...
Sí... hace hoy diez días justos.

EMPRESARIO

Sí.

r

PAQUIRO

Bueno, Olimpia, te dejo ... adiós.
OLTMPIA

Pues le dice usted que con mucho gusto ... ahora mismo ... que me
espere en el Hotel,

OLIMPIA

¿Apuesto a que te vas incomodado?
PAQUIRO

EMPR.ESARIO

Bueno, mujer. No dirás que no me porto bien contigo.

¡Adiós, mujer... adiós! (Vase.)

OLIMPIA

ESCENA DÉCIMACUARTA

Es usted, ¡el rey de los empresarios!

DICHOS menos PAQUIRO

PAQUJRO
AUGJSTO

¡El rey de los alcahuetes! (Vase el empresario y el botones.)
ESCENA DÉCIMATERCERA
DICHOS menos EMPRESARIO y el BOTONES
OLIMPIA

¡Qué delicia!. .. A tout seigneur, tout honneur ... Tendré que llevarlo
solo ... con las manos limpias de joyas ... solo ... el solitario. Me tenéis
que perdonar, ¿eh?, amigos ... No, si yo aprecio tanto como éste vuestros regalos y siempre, siempre, los llevaré. Pero hoy dejadme que me
.218

En un sitio tan moderno, tan actual, como es el cuarto de una bailarina, se ven cosas parecidas a las que ocurren en una selva virgen.
¡Vaya un poemita que me está brotando en la cabeza!
OLIMPIA

(Poniéndose el sombrero ante un espe.fo)

¿De verdad? ¿Un poema en que salgo yo? Me gusta eso.
AUGUSTO

Mira: en un picacho del monte hay una oveja, y por el cielo los buitres vuelan en grandes círculos. El olor de la res les atrae y van bajando
lentamente para clavar sus garras y su pico. De repente, en el fondo del,.
.219

�LA PLUMA

LA PLUMA
,cielo aparece un punto negro, cada vez es más grande. Es un pájaro de
largas alas, es el condor, el más fuerte, viene, abate su vuelo sobre la
presa ...
OLIMPIA

JULIO

Te suplico que no vayas.
OLIMPIA

Augusto, haz el favor de convencer a Julio. ¡Vamos, no seas bobínt

Pues no sé que tiene eso que ver conmigo.
AUGUSTO

JULIO

¡Por lo que más quieras, no vayas!

Contigo ...

OLIMPIA
OLIMPIA

¡Ay, poeta, cómo te equivocas! Haz que la corderita que está en el
.monte no sea cordera. ¿Sabes lo que es?

Por lo que más quiero iré.
JULIO

¿Qué es lo que más quieres?

AUGUSTO

OLIMPIA

¿Qué?
OLIMPIA

¡Una loba! Haz que sea una loba. Bueno, chicos ... me voy. Paca,
,guarda estas cosas.

¿Pero no lo sabes? ¡Torpe! ¿No lo has comprendido? Lo que ~ás.
quiero soy yo, yo misma ... Me conviene intimar con el duque. Quiero
ser amiga suya. Lo necesito y lo seré. Anda Julio, déjame en paz con tus.
tonterías.

JULIO

¿Vas a buscar al duque?

(Impaciente:)

JULIO

Olimpia, no quiero que vayas.
OLIMPIA

Sí, chico.

OLIMPIA

¿Que tú no quieres que vaya?
JULIO

~A cenar con él?

JULIO

No, no quiero.
OLIMPIA

Sí, eso me dice en la tarjeta.
JULIO

¡Olimpia!, no vayas.

OLIMPIA

No te sienta bien el papel de chulo, no tienes el tipo ... mira que_ yo,
los conozco bien. Todavía no ha habido ninguno que se me haya impuesto.

OLIMPIA

JULIO

¡Pero Julio!..., ¡por Dios!, no seas simple. ¿Qué tonterías se te
,ocurren?

Yo no soy un chulo, ni quiero serlo. Pero no irás a cenar con el
duque.

.220

221

�LA PLUMA

LA PLUMA
OLIMPIA

Augus:º• llévatelo ... , no vayamos a dar un escándalo en el teatro ...
.Anda, Jubo ... , vete ... , vete ...
JULIO

No me iré y no saldrás de aquí.
OLIMPIA

¿Pero quién va a impedírmelo?
JULIO

Yo.
OLIMPIA

'Ni tú, ni nadie.
JULIO (Va a la puerta y la cierra con llave.)
No saldrás ... , no saldrás.
OLIMPIA

.Abre, abre la puerta; dame esa llave.
JULIO

OLIMPIA

(Tú-a.el puñal.)

¡Bien!... ¡Está bien!... La escena resultaba tragicómica (coge tma copa
.de champaña y se la bebe.) ¡Paca!... ¡Paca!
PACA

(Al otro lado de la puerta de la derecha.)

Mande usted, señorita.
OLIMPIA

Mira, pregunta por ahí si hay una llave que venga bien a esta puerta,
ysi no, que avisen a un cerrajero, ¿sabes?, porque el señorito Julio ha
hecho la gracia de cerrar y guardarse la llave. Chico, conmigo la trage-0ia no va a resultar. Todo lo más, un mal sainete. (Con sorna.) ¿Me das
la llave, precioso?
(Augusto quüa la llave a Juli'o y abre la puerta.)
OLIMPIA

Adiós chicos ... Ya sabéis que mientras esté yo aquí esta puerta está
.abierta de par en par para vosotros, pero también para mí. ( Vase.)
(:lult'o se cubre la cara con las manos. Augusto sigue a Olimpia con la
~nirada.)
TELON

No.
OLIMP1A

(Amenazando con el tmñal.)

FIN DEL SEGUNDO ACTO

..¿Me darás la llave?

RtCARDO BAROJA.
AUGUSTO

,¡Olimpia! ¡Olimpia! Vamos, Julio, abre.
JULIO

.No.
OLIMPIA

(Marchando hacía :Julio.)

¡Maldita sea! ... Te clavo.
JULIO

Clava ... ¿no querías sangre? .. , clava.
. 222
I

223

�LA PLUMA
Bctubre. C:ustilla.

fferjiles dorados
$e otero y de árbol.
C:laridad cernida.
.Ca tierra caliza
(:},ue fué polvareda
0s ahora tersa
C:alma adamantina.

LA HERMOSURA DE OCTUBRE

¡$iáfanas vistillas!
fllsombra a la gema
?;anta trasparencia.
.Cos aires se atildan.

&lt;::astillo en la cima,
rSoto, raso, era,
$eso! en la aldea,
rSoledcd, ermita.

fNiña el agua verde,
rSeñorón el puente,
'Y la aceña, en ruina$.

¡0ncumbrada ínsula
$e contorno estricto
(:},ue pone eu olvido
.Ca onda indecisa/

¡&lt;Salve, ronda ínclita!
CJluelan los vencejos
rSin cesar, por miedo
$el ala abatida.

9l.mor a la línea:
.Ca vid se desnuda
$e una vestidura
$emasiado rica.

'Un cazador mira,
rSimple, hacia el confin,

'JI una canastilla
$e a/acres racimos
~raza un laberinto
$e sueños encinta.

0n el río, niña,

J:ebrel zahorí
.Ca liebre adivina.
XV

225

�LA PLUMA

LA PLUMA
C:úspide rojiza,
f;ualda y verde coda,
61 follaje, a solas,
6n los chopos pía.

{;rávida de prisa
C:ae en el futuro
-¡flly cuán cejijunto!.Ca buena semílla.
fl)uda la sibila
C:avilosa, y calla.
cSonríen las hadas
fil un rey en mantillas.
¿'J/a se ruboriza
61 adolescente
&lt;:lue, sin beber, cree
cSu sed infinita?
¿$rillará a hurtadillas
6n la mano blanca
fDe la desposada
.Ca nueva sortija?

1

¡;Invisible brisa
6ntre chopo y astro!
'JI todo el espacio
fDe consuno vibra.
6sta luz antigua
fDe tarde feliz
fNo puede morir.
/6terna luz íntima!
- ¡ :Pronto, pronto, ensilla

tlrt.i mejor caballo!
¡{;[ camino es ancho
:Para mi porfía!
JoRGE G u 1LLÉN.

6stilo en la dicha,
cSapiencia en el pasmo,
6ntre errante fausto
.Ca rama sencilla.
'l;enue melodía
9?.ecorre el follaje.
¿:Por ventura un ave
f;orjea escondida?
:z:t6

227

�LA PLUMA

ANTOLOGÍA

LOS CATALANES
los catalanes por la mayor parte hombres de durísimo natural; sus p11,labras pocas, a que parece les inclina también
su propio lenguaje, cuyas cláusulas y dicciones son brevísi-mas; en las injurias muestran gran sentimiento, y por eso
son inclinados a la venganza; estiman mucho su honor y su palabra; no
menos su exención, por lo que entre las más naciones de España son
amantes de stt libertad. La tierra, abundante de asperezas, ay11da y
dispo~e su ánimo vengativo a terribles efectos con pequeña ocasión; el
quejoso o agraviado deja los pueblos y se entra a vivir en los bosques,
donde en continuos asaltos fatigan los caminos; otros, sin más ocasión
que su propia insolencia, siguen a estotros; estosy aquéllos se mantienen
por la industria de sus insultos. Llaman comunmente andar en trab,1jo
aquel espacio de tiempo que gastan en este modo de vivír, como en señal
de que le conocen por desconcierto; no es acción entre ellos reputada por
afrentosa, antes al ofendido ayudan siempre sus deudos y amigos. Algztnos han tenido por cosa política fomentar sus parcialidades por hallarse poderosos en los acontecimientos civiles: con este motivo han conservado sien-pre entre sí los dos famosos bandos de narros y cadells,
ON

.228

no menos alebrados y dañosos a su patria que los güelfos y gibelinos
de Milán, los pajos y medicis de Florencia, los beamonteses y agramonteses de Navarra, y los gamboinos y oñasinos de la antigua Vizcaya.
Todavía se wnservan en Cataluña aquellas diferentes voces, bien
que espantosamente unidas y conformes en el fin de su defensa: cosa
asaz digna de notar, que siendo ellos entre sí tan varios en las opiniones y sentimientos, se hayan ajustado de tal suerte en un propósito, que
iamás esta diversidad y antigua coutienda les dió ocasión de dividirse;
buen ejemplo para enseñar o confundir el orgullo y disparidad de otras
naciones en aquellas o~ras cuyo acierto pende de la unión de los ánimos.
Habitan los quejosos por los boscajes y espesuras, y entre sus cuad, illas hay uno que gobierna, a quien obedecen los demás. Ya de este
pernicioso mando han salido para mejores empleos Roque Guinart, Pedraza y algunos capitanes de bandoleros, y últimamente don Pedro de
Santa Cilia y Paz, caballero de nación mallorquín, hombre cuya vida
hicieron notable en Europa las muertes de trescientas y veinticinco personas, que por sus manos o industria hizo morir violentamente, caminando veinticinccJ años tras la venganza de la injusta muerte de un hermano. Ocúpase estos tiempos dou Pedro sirviendo al Rey Católico en
honrados puestos de la guerra, en que ahora le da al mundo satisfacción del escándalo pasado.
Es el hábito común acomodado a su ejercicio: acompáñanst siempre
de arcabuces cortos, llamados pedreñales, colgados de una ancha faja
de cuero, que dicen charpa, atravesada desde el hombro al lado opuesto.
Los más desprecian las espadas como cosa embarazosa a sus caminos;
tampoco se acomodan a sombreros, mas en su lugar usan bonetes de estambre listados de diferentes colores, cosa que algunas veces traen como
señai, diferenciándose unos de otros por las listas; visten larguísima.,
capas de jerga blanca, resistiendo gallardamente al traba.fo, con que St'
reparan y disimulan; sus calzados son de cáiiamo tejído, a que llamau
229

'

�LA PLUMA
sandalias; usan poco el vino,y con agua sola, de que se acompañan,
guardada en vasos rústicos, y algu1tos panes áspnos que se llevan,
siempre pasados del cordel con q11.e se ciñen, caminan y se mantienen los
muchos días que gastan sin acudir a los pueblos.
Los labradores y gente del campo, a quien su ejercicio en todas provincias ha hecho llanos y pacijicos, también son oprimidos ae esta c,stumbre; de tal suerte, que unos y otros, todos viven ocasionados a la
venganza y discordia por su natural, por su habitación y por el eji mplo. El uso antiguo facilitó tanto el escándalo común, que, templado el
rigor d4 la justicia, o por menos atenta o por menos poderosa, tácitamente permite su entrada y conservación en los lugares comarcanos,
donde ya los reciben como vecinos.
No por esto se debe entender que toda la provincia y sus moradores
vivan pobres, sueltos y sin policía; antes, por el contraríe,, es la tierra,
principalmente en las llanuras, abundantísima de toda suerte de frutos,
en cuya fertilidad compite con la gruesa Andalucía, y vence cualquiera
otra de las provincias de España; ennoblécenla muchas ciudades, algunas famosas en antigüedad y lustre; tiene gran número de villas y lugares, algunos buenos puertos y plazas fuertes; su cabez..z y corte, Barcelona, está llena de nobleza, letras, ingenios y hermosura, y esto 1ttismo se 1 eparte con más que medianía a los otros lugares del Principado.
Fabricó la piedad de sus príncipes, señalados en religion,famosos templos consagrados a Dios. Entre ellos luce, como el sol entre las estrellas, el santuario de Monserrate, célebre en todas las memorias cristianas del universo. Reconocen el valor de sus naturales las historias antiguas y modernas en el Asia y Europa; ¿África también no se lo confiesa? Es, en fin, Cataluña y los catalaues una de las provincias y gentes de más primor, reputación y estima que se halla en la grande congregación de estados y reinos de que se formó la monarquía española.
FRANCISCO MANUEL DE MELO.
2JO

HOJEANDO REVISTAS

EL NOVELISTA SE METE A CR1TICO
señor don Vicente Blasco Ibáñez es, si el lector gusta de símiles de orden botánico, a modo de cedro del Líbano que se
,
yergue sobre la retama literaria hispá~ica contemporáne~; ~l
señor' don Vicente Blasco lbáñez, es, s1 el lector prefiere s1m1les de carácter ornitológico, a modo de águila caudal que se remonta
por encima de ]a bandada de pequeños plumíferos, tipo gorrión.
Si la grey de las gentes de letras, en lugar de esa vaga rep~blica
-cañamazo de floja urdimbre-en que metafóricamente se hallan m_s,ertadas, constituyesen un verdadero organismo político de_f~e_r~e cohes10n,
que tuviese un jefe que fuese un autócrata-nada de d1v1~1on de p~deres y a tout signeur tout honneur-el señor Blasc? a~c~nzana la max1ma
jerarquía: la de Gran Preboste de las Letras Hispamcas ~e Aq~en~e_y
Allende los Mares-con, ni que decir tiene, el correspondiente e¡erc1c10
de mero y mixto imperio.
Si tal puesto se lograse por conquista este hombre de éxitos retumbantes, ensordecedores, bajaría de su carro triunfal (que a no ser un
Rolls-Royce debe ser una carroza en que las bestias que tiren de ella lleven, en lugar de campanillas, tintineantes piezas de 20 pesos, muchas
tintineantes piezas de 20 pesos) y lo ganaría con su esfuerzo potente Y
energía maravillosa.
L

231

�LA PLUMA
LA P L U l\l A

r

Si tal puesto fuese electivo, este hombre, que espiritual y materialmente ha seguido los treinta y dos rumbos de la rosa de los vientos, que
posee un ánima llena de complejidades porque ha contemplado el fulgor
de las constelaciones de los hemisferios boreal y austral, este hombre
que es ciudadano del mundo tendría que luchar con un partido de estrecho, de mezquino nacionalismo (jefe a tambor batiente Ricardo León,
lugarteniente a pífano enronquecido Diego San José, director espiritual,
guía e inspirador a ... a ... abecesco José María Salaverría); pero Blasco
podría repetir el hecho de Maulio el Capitolino-mas como buen levantino con una mayor visión de la realidad, videlicet, menos altruismoy sin que, por consiguiente, tuviésemos que llorar respecto al valenciano
el desastrado fin del romano.
Y hay que hacer especial hincapié en este punto, en esta espléndida
posibilidad económica, porque ella es la concreción, el símbolo exaltado,
la patente más gloriosa del alto, del excelso mérito artístico del señor
Blasco. ¿Cómo pueden literariamente compararse con él, afortunado
poseedor de una mansión para invernar en Niza, sus congéneres que
sólo tienen, como Baroja, una casa en Vera. o Valle-Inclán, cuyo nombre sólo figura en los libros del Registro de la Propiedad de Cambados?
Y no hablemos de esas pobres gentes que viven a merced de caseros ...
Decididamente, el señor Blasco Ibáñez es el más grande, es el Sol de los
literatos españoles actuales.
Natural es, pues, que produzca curiosidad ilimitada en el lector de
carácter sencillo y respetuoso la visión, que desde el Himalaya de su
gloria y bien ganada fama, ofrece al público norteamericano-esa bonanza, esa rica veta que descubrió en momentos de turbación universalacerca de El sensadonal traspiés de la novela española. (En el número
correspondiente al mes de febrero de 1 he Lt'teray Digest Jnternatíonal
Book Review, New York. El título en inglés del artículo es «The Sensational Lapse of the Spanish Novel»).
El extractarlo hace perder al documento su excelso valor de vulgaridad e incomprensión, de falsedad y egotismo.
En una primera parte el autor de Los Cuatro y,·netes galopa a través

de los campos acotados con el nombre de s1iflo de oro y se detiene para
hablar de la generación de novelistas que florece en la segunda mitad de
la décima nona centuria. En la segunda se remansa a filosofar acerca de
la novela inmoral. En la tercera pone el paño al púlpito y se dedica a
sermonear acerca del novelista cabal.
Permítaseme que traduzca y subraye algunas de sus afirmaciones.
Trata un si es no es desdeñosamente a Galdós porque de él dice que es
«el más prolífico de todos, una mezcla de Dickens y de Balzac, que produjo cerca de unos cien volúmenes, creador de innumerables tipos y trabajador infatigable en todas las diversas variedades de este género de
ficción-la novela histórica, de costumbres, la política, la dialogada, la
epistolar, etc.»-. He aquí, pues, simple y llanamente un mérito cuantitativo, No hay sino comparar este párrafo con el que dedica a Pedro
Antonio de Alarcón: «el más genial y el más arrebatado por el genio de
todos ellos, el que mantuvo viva una visión de personas y cosas, de la
cual se puede decir que fué la más puramente típica de un artista». Prolífico sólo el uno, gemal el otro. ¿Com-ence la caracterización?
En la segunda parte afirma más de una vez que «en los últimos
años-«en los últimos veinte años», puntualiza luego-la novela dió un
serio traspiés que la hizo caer en la inmoralidad». Los autores escribían
«a sangre fría» novelas inmorales, sin sentirlas, con el solo pensamiento
de que cuanto más repugnantes fuesen esas novelas tanto mayor sería su
venta. Algunos de esos autores eran padres de familias, que, en la dulce
calma de sus propios hogares, urdían verdaderas abominaciones literarias por dinero. Y a seguida «la novela que empezó llamándose sensual
acabó siendo francamente pornográfica». Un nombre sólo cita en esta
enfurecida oración reprobatoria. Es el de Felipe Trigo. ¿Es que la lascivia es la exclusiva marca de su producción? ¿Por qué no reconocer-aparte
de que «no carecía de talento literario»-otras altas cualidades de su labor? De hecho don Vicente se ensaña. Por fortuna «la novela española
se ha liberado completamente de esta epidemia de salacidad y prosigue
su verdadero camino». ¡Sursum corda! Pero el ánimo del lector de carácter sencillo y respetuoso se sobrecoge al ver en un párrafo amontonados
233

�LA P L U ::\1 A
LA PLUMA
como en un cajón de sastre los nombres de «los más notables autores.
contemporáneos», donde hay que suponer que estén todos los que se
han «liberado completamente de esa epidemia de salacidad». Helos
aquí: «Puedo citar los nombres de Baroja, Valle-Inclán, León, Concha
Espina, Ayala, Zamacois, Pedro Mata, Carmen Burgos, La Serna, Hoyos y Vinent, Carretero, José Francés, José Más, Insúa, Belda, Catá, etcétera». ¡Dios santo! ¿Por qué antes tantos repulgos? Dejando a un lado
aquel absurdo López Bago, ¿no es precisamente Zamacois el que inicia
en España el tipo de novela que tanto irrita a don Vicente? Algunos de:
los que llama don Vicente «liberadores» o «liberados» no han ido mucho, muchísimo, más lejos que el propio Trigo, a quien él pone en la
picota? A los novelistas que dicen cosas arbitrarias cuando a críticos se
meten, se les lee con gusto porque ofrecen visiones de interés, ya que la
realidad está teñida con la materia colorante de su temperamento, pero
cuando quieren presentar cosas más objetivas tienen qu(respctar como
cada quisque los hechos. En este punto no hay fuero exento.
En la tercera parte señala como «un defecto de la novela española
moderna su exceso de lo que podemos llamar nacionalismo ... Como
regla general los viejos maestros de la novela española hicieron cuando
más un corto viaje a París, y alguno de ellos ni eso, muriendo sin haber
cruzado las fronteras de España. Por esta razón sus narraciones, a pesar
de estar bellamente pensadas y escritas, con frecuencia cayeron en la
monotonía ... » Más tarde: «Aquí se halla la gran dificultad-esta es lo
piedra de toque del verdadero novelista: producir un libro que sea una
fiel pintura del país en cuyo idioma esté escrito, y que al mismo tiempo
al ser traducido interese a los lectores de otros países y de otras lenguas.
Este milagro lo consiguen sólo los novelistas que, aunque sean ingleses,
españoles o franceses de nacimiento, se hallan por encima de su nacionalidad-novelistas que podemos llamar humanos.» Paréceme sospechar quién pueda ser un novelista HUMANO.
«Los novelistas actuales de España son menos sedentarios que sus
grandes predecesores», pero aún viajan poco. «Además de la España de
Europa hay en el mundo diez y nueve naciones que hablan español.
234

Parece natural y lógico que los autores de ficción española viajasen portodas las Repúblicas de Hispano-América estudiando de cerca las costumbres y psicología de sus habitantes ... En esta conexión séame permitido decir que yo fui el primer novelista que realizó la idea de tomar
un barco para conocer los pueblos de habla española en América y ser
capaz para describirlos en mis novelas.»
Es verdad que los viajes-en decir de Cervantes-hacen a las gentes
discretas; pero don Vicente indudablemente hiperboliza. Don Vicente
parece un anuncio de esos tours a que son tan aficionados los norteamericanos. ¿Es que el señor Blasco va a echar por la borda toda su producción primigenia? Somos muchos los que tenemos el mal gusto, la miopía, de admirarle por ellas y por mor de elJas, por el recuerdo de aquellos estudios psicológicos en que ahondaba en almas groseras y primitivas, apegadas al terruño, no nos incomodamos mucho con esas monografías anímicas, de gentes del des.rus du paníer, atrayentes sólo para
pobres chicas de la clase media, como son sus fantoches de Los enentigos de la mujer.
Y para terminar. No hace mucho, un fino espíritu que en los Estados
Unidos ha sorprendido con justeza el arte de Baroja, Mr. Ernest Boyd,
al hacer en The Natzon, de Nueva York {27 diciembre 1922), la reseña
de una traducción de La Busca, decía que «la boga de Blasco ha hecho
mucho daño a la literatura española porque ha suministrado a editores
y lectores un tipo de valores falsos, de medidas falsas, que el que carece
de dotes críticas aplica a todo libro que llega de España». Acaso lo que
expone Mr. Boyd sea muy verdadero. Pero indudablemente don Vicente
Blasco Ibáñez puede hacer muchísimo más daño metiéndose a crítico
de la literatura española contemporánea en revistas norteamericanas degran circulación.
TARTUFITO.

�VISIÓN DE LA NOCHE
cSurge la luna
y hay un jirón de nube,
que la muerde
dejándola íncompleta
a la mirada
como un pandero roto...
.Cas estrellas,
son como las sonajas de lata
dispersadas ...

AMANECER
Gstán las nubes quietas
y el paisaje
tiene quietud
de madre resignada...;
los cercados de trigo
derritieron
sus espigas de oro
en la mañana,
a la mirada ardiente
del sol nuevo
que allá, en el horizonte
se encarama.
F ELIX DELGADO.

CRÓNICAS LITERARIAS
ALE~IAI\IA
IBRERfas.-No voy a tratar de los escritores que cultivan el éxito.
Pero antes de abandonar la librería donde entré para revisar r ápidamente mis notas sobre literatura alemana, quisiera bosquejar
la posición literaria de dos o tres escritores q ue no caben en las
clasificaciones de escuelas y que merecen que se les otorgue crédito. Subrayo la diversa índole de sus talentos porque no pueden estar más distantes unos de ot ros.
El primero es Hcrman Hesse, que simboliza la persistencia de la tradición
en una escuela nerviosa, viva, acaso malsana a fuerza de ser febril. Debe tenerse presente que el realismo no ha desaparecido, y que si al margen del Expresionismo viven expresionistas independientes como Sternheim, al margen
del realismo caduco viven también realistas independientes, cuyos esfuerzos y
obras exigen respeto.
Una receta artística nunca mucre por completo, y menos aún si se trata
de un modo de crear tan infinitamente tradicional, tan en la rutina de todos
los pueblos y tiempos. El realismo ha sido destronado, pero no ha muerto. Es
como el muro, contra el que va a rebotar la pelota disparada por los jugadodores. Constituye una especie de fondo, una base de resistenc.ia y de reacción,
despreciada en ciertos momentos por su monotonía, olvidada también para
atender a los complicados movimie ntos del juego. Pero cuando el juego languidece, de nuevo se ve el muro triste, raso, imperturbable y tiránico.
El realismo no muere. Nunca le faltan adeptos, y si ciertos días no le son
propicios, algunos llegarán después que traigan un renacimiento de su influjo
237

�LA P L U ~I

A

y de su gloria. Entre los realistas de hoy no falta quien merezca algo mejor
que el público de rentistas y de profesores que le sigue.
Uno de ellos, y no de poca monta, es Herman Hesse. No puede negarse su
positivo talento; si sus dotes le amarran a una forma de expresión ya gastada,
.no sería justo, sin embargo, pasarle en silencio. Su obra es considerable. Por
desgracia, alcanza tan copiosas tiradas, que el autor se ha dejado arrastrar a
·una faci lidad dt" emociones e inc.luso de medios literarios muy lamentables.
Su temperamento clásico de alemán del Sur, con todo el sentimentalismo y la
·imprecisión romántica que esa cualidad lleva consigo, constituía ya para Herman Hesse un peligro, puesto que para contrarrestarlo no alimentaba una curiosidad como la de Heinrich Mano, ni sufría el tirón q:ie da una ascendencia
extranjera. Únicamente la escuela suiza, con Gottfried Keller a la cabeza, parece habe r influido algo sobre él, y esa escuela no era muy a propósito para
salvarle del doble peligro de su temperamento y de la popularidad. Rossltalde
es ya una declinación hacia la novela de folletín, a pesar de ciertas páginas
muy bellas y de ciertos capítulos muy honrosos. Peter Came11ziud es más firme
d ~ ]!'!anta y más origical, pero es obra sin eco y de una infecundidad angustios a. Hacia 1920 pudo verse hasta qué extremo llega la intoxicación de Herrnan
Hesse, cuando publicó una colección de poemali en prosa y en verso, Wandel'ung, cuyo nivel general no rebasa el de una honrada medianía. Añadiré que
Herrnan Hesse continúa escribiendo articulos críticos, no exentos de grandeza
y clarividencia.
Poca cosa voy a decir de \Valdemar Bonsels. Le menciono porque 3Jguoos
pretende n presentarlo corno un adalid de la literatura alemana joven. Nada
más iaexacto, y en cierto sentido, nada más pernicioso.
Waldemar Bonsels es, en efecto, un escritor distinguido; pero que no posee ningún carácter específicamente alemán, que no desempeña ningún papel
en la dirección literaria de su país, y que no participa en ninguna de las gran,des corrientes, contradictorias a veces, que constituirán la fisonomía del nuevo
siglQ. Su reputación es bastante extensa, y-como Henri de Regnier, desde que
es académico. o como Edmond Jaloux- -recluta &amp;u público entre aquella gente
a quienes la literatura popular (en Francia, la literatura de los Bourget, Bazin
Y otros Henri Bordeaux) ya no les satisface y que encuentran fatigosa y descar riada la otra.
La obra de \Valdemar Bonsels consiste en una decena de volúmenes. Los
primeros, publicados entre 1905 y 19121 cayeron a µlomo en el olvido. Una no-

238

LA PLUt-.lA
vela, .Die Biene Maja und {/n·e Aóenteuer, le valió su primer triunfo; pero tuvo
que esperar varios años hasta lograr la cousagración con el lndienfaltrt, libro
pintoresco y muy hábil, donde la intriga novelesca adquiere gran relieve, merced a los detalles exóticos y a las descripciones que la acompañan y la envuelven. Después ha publicado una colección de novelas cortas, algunas muy
buenas, Menschenwege, que ha ensanchado el círculo de sus lectores, y Eros
und die Evangelien, que responde perfectamenie a los deseos y gustos de
aquéllos.
Más importaute es conocer la obra de :\lartin lluber, que ha escrito varios
volúmenes de novelas cortas, Raóói Nachman, Baalscltem y Der lteilige íf-eg, y
-cosa de mayor monta, en mi sentir-algnnos volúmenes de ensayos y de historia. Pongo aparte Der grosse Maggid, que pertenece a los dos géneros, porque los quince capítulos de -anécdotas y narraciones que contiene, van precedidos de un largo prefacio teórico.
Martin Buber no es un gran escritor alemán, y no cometo ninguna confusión
-0e valores, pero constituye un &lt;Caso• muy interesante; para definirlo por comparación diría que Martín Buber es el Zangwill alemán. Como todas las comparaciones ésta es cómoda, pero injusta e imprecisa, porque las preocupaciones
de Buber se apartan claramente de la de Zangwill. He querido sencillamente
indicar el puesto que uno y otro ocupan en la literatura de su país y la direc&lt;:ióo de su actividad.
Martín Buber es uno de los más grandes escritores judaístas de la Europa
occidental. Zangwill también lo es. Pero éste observa sobre todo la vida coti&lt;liana de un correligionario, y, en modo realista, nota, por ejemplo, las escenas del ghetto, al paso que Buber, más místico, o si se quiere, más atento a las
tradiciones de su Iglesia y de su pueblo, se aplica a recoger, a evocar y a fijar
las leyendas que en la una y en el otro abundan. Su papel se asemeja al del folklorista, al del erudito, al del historiador de religiones, y también al del poeta,
por su propósito de rehacer un ambiente y por el talento con que restituye a
las figures rr:ás episódicas, un relieve acentuado. Pero en todo lo que escribe
hay una base científica, y de uno en otro libro, su obra descubre las mismas
esperanzas y las mismas ternuras místicas.
Buber está muy lejos y, bajando el tono, añadiría que muy por encima de
Zangwill. Posee aquel sentido de eternidad que confiere a los libros fundamentales de cualquier religión un prestigio poético; por su amor a la doctrina y
por la contemplación de los hombres que a ella se sacrificaron, transmi~e una

239

�LA PLUMA

LA PLUMA
ilusión de calma y de seguridad a todos los que viven en el hervor de la desorganización contemporánea.
Aun podría citar otros nombres; p~ro quiero poner fin a esta enumeración,
ya muy larga y caótica. En la librería están los ensayos de Stefan Zwcig-su
afectuoso ensayo R ,m1ai11 Rolla11d, sus excelentes Drei ,Ueister, sus Eri11eru11gen an Emile Verhae,·en-; los libros de Arnim Wegner, cuyo Der Weg o/me
Heimkehr es casi una obra maestra de la literatura de guerra; las novelas de
Rudolf Leonhard y las de Paul Zech; los poemas de Alfred Wolfenstein. Pero
ya llevo demasiado tiempo encerrado en este mundillo de la biblioteca. Tengo
prisa por volver a la calle apasionada y febril que a pocos pasos me aguarda.
PAoL

Couir.

FRANC IA

I]

o:&lt;isaua Alcxandre Arnoux tiene mucho talento. Los amantes de las
letras lo sabían desde que publicó Abisa¡; ott f Egliue transporté,.
Todo el mundo está convencido de ello desde Le Cabaret, uno de
los buenos libros nacidos de la guerra. Indice 33 y la Nu,·t de Saint
Barnabé han venido a confirmar, no las promesas, sino los primeros triunfos de M. Alexandre Arnoux. Ecoute s'il pleut viene a corroborarlos.
¿Qué podrá decirse de un libro como éste, de tanta espontaneidad y frescura en los sentimientos, tan matizado en las sensaciones? ¿Cómo describir un
libro inanalizable?... Es propio del talento de M. Alexandre Arnoux desconcertar a sus admiradores . Cree uno apoderarse de él y se escurre de las manos.
Su imaginación es extraordinaria: va al galope por todos los caminos, se mete
por todas las revueltas, se abandona a todas las fantasías. ¡Hermosa imaginación, mucho más admirable cuando la hallamos en un mundo como el nuestro,
tan burgués y tan perfectamente ordeNdo!
M. Alexandre Arnoux se burla de todas las traba3 de los asuntos catalogados, de los planes bien hechos, de los temas cuadriculados: se preocupa únicamente de su fantasía. Quien se le entrega se ve transportado a un país de ensueño, siempre bello, quimérico, a un mundo de cosas imposibles y de paisajes
inverosímiles. Posee el don, no sólo de crear todos esos seres, sino de animar240

los, de exaltarlos.•. Léase a Alexandre Arnoux y se verá hasta dónde puede
llegar una imaginación desbordada.

* * *
Colín ou les Volujtls tropicales, de M. Paul Rcboux, es una obra deliciosa,
figuración del pasado, en que se pintan las costumbres antiguas ea ua lenguaje
muy sabroso. La isla de Santo Domingo en 1767 sirve de fondo a la acción.
Plantadores con peluca empolvada, damas en gran tocado, rodeadas de cocoteros y de esclavos; una atmósfera tropical coa la magia de un país opulento,
bajo ua cielo bellísimo. Asistimos a una fiesta en casa de un rico plantador, a
los amores de un ingenuo y de una condesa sensible, a los suplicios infligidos
a los negros, a una representación ca el teatro de Puerto Príncipe, a una insurrección de esclavos que se adornan con los vestidos de sus antiguos amos, a
ua duelo, a una fuga amorosa; ca fin, a una serie de episodios, unas veces cómicos, otras apasionantes, que constituyen el encanto de este libro.

* *

*

NiÑ.y, de .M. Jean Vignaud, figura entre los buenos libros publicados en estos
últimos tiempos. Es un cuadro muy curioso de la emigración rusa, tal como
podemos verla en París en algunos de sus representantes. En torno de una pareja de muy elevada alcurnia, que huye del terror bolchevista, descubrimos un
muadi110 bohemio: traficantes de todo orde n, grandes señores arruinados, místicos de uno y otro se-xo, cocainómanos, las heces que lleva consigo una emigración, con el hechizo y la incurable melancolía eslavos. Libro de fuerte color,
tratado como una pintura al fresco, con personajes bien delineados, cuyo perfil se graba en la imaginación.

• * *
Le ,lfartyre de l'Obese, de M. Henri Beraud, ha obtenido el premio Goncourt.
Por esta razón conviene hablar aquí de ese libro, construido sobre una idea
muy divertida y que agrada durante las primeras cincuenta páginas por el giro
chispeante del pensamiento, que a veces recuerda el de Voltairc. Pero, si he
de decirlo todo, la obra es demasiado larga y no tarda en producir una scnsa-

XVI

241

�LA PLUMA

LA PLUMA

ci6n de monotonía. M. Henri Beraud es un periodista avispado y un buen cronista; a mi parecer, no es novelista.

.*

*

*

Señalaré la aparici6n del primer volumen de la edici6n definitiva de Ba!lades fran;aises, de M. Paul P'ort. Se titula La Ronde autour du monde, y nos conduce, a través de montañas, bosques y llanuras, hasta la arcaica cíté de París,
a ese cParís sentimental• donde Paul Fort ha cosechado las imágenes más bellas y los más deliciosos sentimientos.
Este poeta-el más grande, sin duda, de los que poseemos-está en camino
de dar cima a una de las obras líricas más bellas que se han publicado en francés. Seguramente su nombre se ha de engrandecer todavía con el tiempo. Su
inspiraci6n es tan francesa, la forma de prosa asonantada que ha escogido es
tan original que eclipsa a todos sus émulos de hoy día y más los eclipsará en
lo futuro. En un hermoso prefacio, Pierre Louys dice lo que piensa de Paul
Fort, y la estimaci6n que le profesa. Es un noble poeta que habla de un igual.

* • *
Sorprendente libro es el que acaba de publicar M. Maurice Levaillant con
el título .Splendeurs et miseres de M. de Chateaub,·iand. En doscientas cincuenta páginas nos muestra la parte material de la existencia de aquel hombre
superior.
El autor de los Ma,·tyrs sale de esta prueba ni engrandecido ni disminuido
pero comprendemos mejor lo que fué aquella vida extraordinaria, que oscil6
siempre de la riqueza a la ingrata' pobreza.
En realidad, el héroe del libro de M. Levaillant no es Chateaubriand, es...
M. Le Moine, el hombre de negocios a quien cupo el cuidado de regir la fortuna del gran escritor. Ese «ministro de Hacienda», constituido en administrador abnegado y admirable de una impecuniosidad que, gracias a él, no acab6
en catástrofe, es un héroe a su modo.
Desde 1814 a 1829, fecha de su muerte, M. Le Moine sirvió fielmente a
Chateaubriand. Son los años de gloria del escritor, pero también sus años de
apuro, apuro discreto al comienzo, y que se hizo poco a poco insoportable. Sin
la abnegaci6n de su «ministro de Hacienda&gt; Chateaubriand hubiera sucumbido, sin duda.
242

. Aquel hombre providencial acab6 por ser admitido en el hogar del autor
de los Natclztr en un pie de igualdad. Al parecer se necesitó algún tiempo para
domesticarle: M. Le Moine era altivo y un poco ceremonioso; temía importunar
a madame de Chateaubriand, quien necesitaba invitarle reiteradamente.
No faltaban disputas entre el matrimonio Chateaubriand y M. Le Moine. El
«ministro de Hacienda» hablaba el lenguaje de la raz6n, el más dificil de enseñar a gentes tan apasionadas como los Cbateaubriand. Sin embargo, las tormentas eran pasajeras. Como tenían mucha necesidad de él, no podían alejarle para siempre, y basta lo último fué el confidente leal de unos apuros que
pugnaban por disimularse lo mejor que podían.
El libro de M. Maurice Levaillant es animado y curioso como pocos. Está
nutrido de cartas inéditas, y realmente ilumina la figura del gran escritor con
luz nueva.

* * *
En estos últimos meses el teatro no ha producido verdaderamente en Francia más que una obra muy buena: la de M. Francois de Cure!, titulada J'erre
inhumaíne, estrenada en el Tbéatre des Arts.
La guerra de 1914 ha dado tema a tantas obras mediocres, que bien podía,
una vez al menos. servir de pretexto a una producción de n1érito. La obra de
M. Francois de Cure! no supera quizá en elevación de pensamiento al Coup
d'aile ni a la Nouvelle Idole, pero iguala a las obras magistrales de nuestro gran
autor dramático.
Lo que parece haber impresionado al autor del Repas du lt'on en la última
guerra, como en todas, es su carácter inhumano, la transgresión de las leyes
más primitivas de nuestra especie. Los sentimientos más elementales, las id~as
de moral más tenues. los instintos más espontáneos, quedan violados, abandonados, martirizados. En ese infierno todo es contrario a la humanidad, a la naturaleza. El héroe de M. De Cure! mata a su amante, o, por lo menos, está
pronto a matarla, y la madre del héroe se dispone a ayudarle en esa obra
simplemente porque la amante es extranjera, de otra naci6n, de aquella con
quien están batiéndose. Ni un punto de vacilaci6n en los corazones del hijo y
de la madre, tan burgueses por inclinación, tan respetuosos de la moral, del
honor y de las convenciones sociales.
Tampoco vacila un momento el corazón de la mujer a quien su amante va
243

�LA PLUMA
a dar de ~uñaladas. La mujer sabe que es una enemiga y se somete dócilmente
a su destmo. Acepta de antemano que su amante quiera matarla, es decir, que
de antemano acepta la_lucha con él. ¿Quiere asesinarla? Bien. Se defenderá y
nada más. Y con los mismos brazos, con las mismas manos que un momento
antes le estrechaban y acariciaban intentará estrangularlo.
Al fi?, la que mat~ es la madre con el consentimiento tácito de su hijo, el
cual no ignora que as1 entrega a su madre al enemigo y la condena a morir
f~silad~, sentimientos que dejan de ser monstruosos, puesto que nacen en esa
tierra mhumana donde, por esencia, todo está desorbitado, fuera de la ley,
fuera de lo natural, nada se mide por los antiguos valores.
Pocas veces ha llegado M. Franc;ois de Curel a tanta pujanza con un estilo
tan concentrad~. :ocas veces ha concebido personajes de tan singular li&gt;elleza.
Los que han as1st1do a las representaciones de Terre inhumaine conservan una
impresión imborrable. El talento del autor del Coup d'aile está en el apogeo.
El teatro del Vieux Colombier no se prodiga este año. Esta empresa artística tan interesante parece vivir desde hace meses de su pasado, muy notable,
sin duda, pero que no la exime de nuevos esfuerzos en lo futuro. No nos ha
dado más que una obra de M. Charles Vildrac, Michel Auclair, que dista mucho del Paquebot J'enacity, del mismo autor, y que es incluso, hablando francamente, una mala comedia. Personajes de un realismo y de una vulgaridad asombrosas, carencia de acción, discursos interminables, una especie de sermón sin
convicciones. La Princesse 1urandot, adaptada del italiano Gozzi, ha parecido
u? e~pe~táculo más animado y pintoresco, pero el traductor no ha logrado
d1sm10u1r la pesadez de la obra ni dar interés a una comedia harto anticuada.
La Comedie des Cbamps Elysées nos ha ofrecido una cosa original: Mademoiselle Bou,·rat, de M. C!aude Anet, es también una obra realista, pero de un
realismo pintoresco, adaptado a las tablas por Pitoeff de una manera eu extremo curiosa y nueva. Son escenas de la vida de provincias, transportadas y estilizadas por un artista, e incorporadas en escena por otro artista que ha puesto a la disposición del autor los recursos ingeniosos de su talento. Mademoiselle Bourrat ha obtenida un suceso grande y merecido.
En fin, en el Vaudeville 2e ha estrenado una obra interesante de M. Alf1ed
Savoir, La couturiere de Ltml!'Dille, de asunto muy divertido: un personaje doble de mujer bien tratado por un autor hábil.
Mencionemos la fütima obra de M. Sacha Guitry, Un sujet de roman. Ha sido244

LA PLUMA

í
l

l

un gran fracaso. El asunto-un gran literato torturado por su mujer, demasia·
do burguesa-era, en efecto, más propio de una novela que de una comedia.
El autor lo ha tratado en forma demasiado esquemática. La vida estaba ausente de esa obra, prodigiosamente representada por M. Luden Guitry.
Juus BsRTAnT.

MÉXICO (1)
la generación de «Revista Azul&gt;, y después del grupo de cRevista Moderna&gt;, donde floreció aquel genial dibujante Julio Ruelas, son Balbino Dávalos, poeta exquisito, de enorme cultura y
parco en la producción; tengo entendido que después de la aparición de «Las ofrendas•, libro que mereció un sedo estudio de Rubén Darío,
y digo serio porque sabido es que el nicaragüense fué un gran derrochaJor de
alabanzas, no ha publicado otra cosa, sin referirme a sus «Ensayos de Crítica
Literaria&gt;, ni a sus interesantísimas traducciones del francés, del inglés, del
italiano, del alemán, del latín y del griego.
Efrén Rebolledo, parnasiano, artífice del soneto, obrero de la palabra; sus
últimos bellos versos, estuchados en el cLibro de Loco Amor&gt;, son de un benedictino enamorado de la cadencia.
Aunque en la prosa también es un paciente, un obstinado trabajador, sus
intentos de novela corta, cEl desencanto de Dnlcinea,, cSalamandra• y e Saga
de Sigrida la Blonda•, que acaba de publicar en la brumosi, Cristianía, no corresponden a la prosapia de sus rimas.
Tiene una tragedia: «Aguila que cae&gt;, y es uno de los primeros que tradujeron al español a Osear Wilde.
Uno de los fundadores del «Ateneo de la Juventud•, pero de los que colaboraron en «Revista Moderna&gt;, es Rafael López, suntuoso cincelador, dueño
del matiz, de la melodía, y garboso en el decir, de clarividencia íntegra; s.u libro cCon los ojos abiertos&gt;, que tiene algo de Lugones y algo de Darío, indicó
una senda serpenteada de sonoridad que han buscado devotamente algunos de
E

(1)

Véase LA PLUMA del mes de diciembre de 1922.
245

�LA PLUMA

LA PLUMA
los nue~os, entre ellos Francisco González Guerrero, uno de los más sugestivos
poetas Jóvenes, por su inteligencia y su emoción.
Chro~ir¡mu,· de esmerilada elegancia es también Rafael López y en sus prosas espeJeantes fluye Y cabrillea deliciosa ironía, pulimentando sus períodos
con gotas de gracia.
Descendiente de Heine y de Bécquer, por lo delicado y Jo sentimental, se
nos presenta Rafael Cabrera en «Presagios», libro publicado en 1912; desde
ent?~ces se ha dedicado a las traducciones, las que hace escrupulosamente,
ap_n~ionando en su sentir el espíritu de los atttores; su «Antología del Amor
asiático&gt; fué un suceso literario, y ha vertido también, en colaboración de Rebolledo, cLa Muerte,, de Maeterlinck.
h ~e admir~ cómo Alfonso ~r.avjoto y Eduardo Colín, dos temperamentos tan
ábiles para mterpretar sus visiones, tan estilizados, tan bruñidos, tan dúctiles
ª la belleza, sean al mismo tiempo tan avaros, y sólo un libro hayan lanzado
cada uno de ellos: •El alma nueva de las cosas viejas, y cLa vida intacta.,
. -~duardo Colín, en estas últimas fechas, ha aplicado su extraordinaria sensi~ihdad Y su cultura cosmopolita a elaborar libros de alta crítica, como son:
•Siete ~abezas,, donde comenta, pesa y clasifica en siete estudios desenfadados, ágiles Y largamente meditados, la producción de poetas y literatos frances:s, belga~ Y españoles; Y «Verbo selecto• en que se ocupa de intelectuales Iat1no-amencanos.
_Los poemas de Alfonso Reyes se encuentran relegados en revistas, tanto espa~olas ~orno americanas, así como en algunas antologías; ahora aparecerá su
pnmer hbr?, «Huellas•, coleccionando la mayor parte de sus trabajos de ju~entud; recientemente, en «Indice,, de Madrid, ha publicado páginas de su
libro en prensa.
Ligeramente he querido en~arzar la figura de Alfonso Reyes como poeta,
porque él guarda fueros supenores respaldados por la intelectualidad más severa de Francia, España Y del continente latino, debido a la brillantez de su
cul~ura, a su incomparable maestría ideológica y a su estética novedosa v
oblicua.
•
_ Luis Rosa~o Vega es una cuenta desensartada de un collar preciado; su cLibi O de En~ueno Y de Dolor&gt; es una caja de música que tiene la dulzura y la
tenue sencillez de lejanas canciones; su verso suave, fervoroso eleaante y lleno
de pureza ~motiva, pregona Ja aristocracia suprema del poeta:
"'
Romántico, de lírica en sordina, recónditamente sensual, es José de J. N~246

l.

ñez y Domínguez-aunque en un principio sus rimas llevaron el eco titilante de
Luis G. Urbina--; tiene constantemente los sentidos abiertos al rumor y a las;
pulsaciones de la vidd; ba publicado e Holocaustos,, • La hora del Ticiano• y
«Música suave•.
No creo que Núñez y Domínguez sea el último romántico; sí tengo la seguridad de que engargola jirones de su corazón en cada verso, como lo hace
Samuel Ruiz Cabañas en su mínimo y cautivante «Cancionero de Pierrot&gt;,
donde las palabras se insinúan y dan la sensación de musical secreto.
A esta n::isma época pertenecen Jesús Villalpando y Luis Castillo Ledón;
éste con Alfonso Cravioto fué uno de los directores de «Savia Moderna•, revista precursora del «Ateneo•, del glorioso Ateneo de 1910-comenta Agustín
Loera y Chávez-que, con todos sus sectarismos y malevolencias domésticas,
produjo el grupo contemporáneo más serio de artistas y escritores.
Uno de los mejores triunfos de Luis Castillo Ledón fué la publicación de
«Los Caballos• y «Elogio de los senos&gt;; más tarde, en 1916, apareció en Madrid su libro «Lo que miro y lo que siento,, que es un gallardo poemario recatado y sentimental, que ostenta como rico florón esa linda página que se
llama ,La familia Joyeuse&gt;.
A la manera invertebrada de Ramón L6pez V el arde-de traviesa musa pueblerina, de voz gorjeante, de trenzas flojas f vestida de nítido percal-es Enrique Fernández Ledesma.
En su libro «Con la sed en los labios•, de estética quebradiza y arrogante
pasan bailando y cantando coronadas de rosas las muchachas provincianas, los
ojos asesinos de Esperanza brillan como carbunclos y el descaro gentil Y bullicioso de Natalia diluye en el ambiente fresco, grato aroma de mujer.
Cierto es que e~te poeta tiene algunos titubeos; pero ¿qué importa esto
ante el frenesí de_las nuevas teorías? La depuración llega siempre serenamenteLa poesía de Carlos Barrera está cuajada de vitalidad, de rebeldías y de raras inquietudes; su libro cCara al mar. Odas campestre5 y otros poemas&gt;, esconde como un caracol el ruido sinfónico de las olas, y, a veces, la temblorosa
diafanía del éter.
¿Y la mujer?
La única, a mi juicio, que después de Sor Juana ha escrito verdadero• poe_
mas, es María Enriqueta; su dominio intacto en el métier, la exterioriz11ción
límpida de sus pensares, sin cursiledas, pero sí muy femeninamente, y su sentido artístko, sigiloso y sobrio, hacen de ella una poetisa absoluta.
247

�LA PLUMA

LA PLUMA
No dudo que entre los poetas de la nueva hora hay espíritus tan sensibles,
tan sutiles, taa familiarizados con la manera y con la melodía, como cualquiera
de los valores consagrados; almas ielectas que han descubierto el secreto de
lo inefable y que obedientes han seguido el mandamiento de González Martfnez:
cTuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje.&gt;
Pero hay que confesar que algunos poetas-y este es un defecto continental-, sin llegar a los dieciocho años, ya cantan csu desencanto,, c5u corazón
deshecho&gt;, «su tristeza hermana de la tarde, o csu dolor crepuscular&gt;; por fortuna estos lloriqueos van desapareciendo, y ya se van curando de esa contagiosa enfermedad que se llama •literatura•, y muchos de los nuevos, labran estrofas varoniles a la vida y al petróleo y son perennes adoradores de la:! palpitaciones avanzadas.
Conocedor de varias literaturas, José D. Frías es uno de los llamados para
producir frutos espléndidos; tiene en preparación un libro, cLa Emoción Cautiva•; lástima que las agobiantes labores del diarismo le roben preciosos instantes que debía consagrar a la poesía.
Hace dos años, poco más o menos, algunos jóvenes que entonces eran alumnos en la Universidad, quisieron hacer un remedo del Ateneo de 1910, y se reunieron José Gorostiza Alcalá, Carlos Pellicer, Martín Gómez Palacio, Enrique
González Rojo, Bernardo Ortiz de Montellano y Jaime Torres Ilodet, casi todos
parvos acólitos de la poesía de Enrique González Martínez.
.Muertos sus amables impulsos, se disgregaron, y algunos de ellos han impuesto su nombre en la moderna poesía, lo mismo que han hecho desde la provincia Francisco González León, con su libro •Campanas de la tarde• , y desde
Madrid, Humberto Esquive! Medina con «Fuente de Gracia&gt;.
Quisiera hablar con más amplitud de esta legión de rapsodas de sangre
nueva; pero a este barrio encantador, bohemio y galante de París, de estudiantes y mt"dinetles, apenas llega el rumor de sus triunfos y el eco de sus canciones.
GOILLiRMO JnltNEZ.
BIBLIOGllAFÍA:

Genaro Estrada: Poetas Nuevos de México, México, 1916.-J. de J. Núñez y
Domínguez: Los poetas jóvenes de México Bouret, 1918.-Lírica Mexicana, edición de la Leg. de México, Madrid, 1919. - Antología de Poetas Nuevos de México, Cultura. México, 1920.-La Joven Literatura Mexicana, Agustín Loera
y Chávez, México Moderno, 1920-1921.

TEATROS
PÁJARO AZUL y OTRAS A.VES DE PASO.-Ayuna de sentido artístico la
temporada invernal de los teatros madrileños. naJa tendríamos
que agradecer a los empresarios, si las pocas pero valiosas representaciones de las compañías extranjeras que nos han visitado no
remediaran en parte el fastidio de tan lamentables espectáculos
como de ordinario padecemos. Después de Ruth Draper, Zacconi, los Sakharof
y los rusos del Pájaro Azul, han sido, de Enero a la fecha, aves &lt;le paso, un
punto anidadas en nuestro páramo para volar luego en busca de climas espirituales más propicios.
Han servido las representaciones de Ermete Zacconi, en pleno dominio aun
de sus grandes facultades de actor, para darnos, sobre todo, la medida del genio italiano de Sbakespeare. El Otello, el Re Lear, La Bisbética de Zacconi
realzan, hasta la exagt&gt;ración, sin duda, el sistema dramático de la composición
shakespeariana, en torno a un carácter central heroico, a un protagonista
emergente del vasto coro de luces y sombras que le asaltan por doquier.
Marca el arte de Zacconi uno de esos puntos culminantes en que la perfección excluye por extemporáneo el debate secular, agudizado en nuestro tiempo, acerca de la relación artística entre la obra dramática y sus intérpretes en
las tablas: ¿la obra para el cómico o el cómico para la obra? Shakespeare, hombre del oficio. y Zacconi, actor-creador, se entienden a maravilla ... con el público. No le cabe al exégeta, sino comprobar la ecuación. He ahí el teatro.
Menos expontáneo, más culto, en todos los sentidos de la palabra, el espectáculo de los Sakharof, bailarines de nombre ruso y estética muniquesa, apenas si b:i. podido ser gustado por las pocas personas que en Madrid sentimos
la curiosidad y el gusto de !a novedad y la belleza. Excelentisimos músicos,
los Sakharof no se limitan a bailar caprichosamente piezas más o menos clásicas. Todo lo contrario. Es decir, que quizá les falta esa virtud alada d el bai!arín nato, característica de los rusos de Diaghilef y de las gr;indes bailadoras
españolas como la Argentina o la Pastora que fué. Los Sakharof interpretan
cabalmente la música, traducen con agudísima fidelidad, :10 ya el ritmo, la melodía y hasta el concepto armónico del concierto en que son instrumento plástico. Para e1,pectadores de fina sensibilidad, ca?aces de resumir en un solo
goce los que la vista y el oído disocian, los Sakharof podían bailar sin acompamiento de orquesta. Lástima grande que la interesantísima pareja no haya te-

11

L

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nido ocasion de dar para los buenos aficionados algún recital de cámara en escena más reducida, y sobre todo para público menos disperso que el de la
Comedia, donde actuaron casi sin anuncio ni reclamo.
No suelen tener en cuenta los empresarios madrileños las condiciones delos teatros donde fracasan espectáculos aplaudidos y de rendimiento en el extranjero. Cierto que los gustos del público no se improvisan; por eso mis:no se
ha de tener especial cuidado en no desvirtuar la significación y el escenario
adecuados en cada caso.
El Pája1·0 Azul era un cabaret de Moscú, emigrado a Berlín, donde en un
local apropiado por su misma excentricidad, y sin la solemnidad y el empaque
de los grandes teatros, ha venido obteniendo el éxito halé1güeño que entre
nosotros le ha faltado en el coliseo cuna del Niño de Oro de don Tirso Fscudero.
Mezcla de opereta y music-hall, sin el pretexto enfadoso de los argumentos
latos, ni la monotonía exasperante del turno impar de bailarina y cupletista
los artistas del Pájaro Azul, presididos por un ingenioso prologuista, ilustrado;
del público respecto a la intención de las representaciones, cantan, bailan, hac'!n cuadros vivos, yuxtaponen con fantasía, acertadísima casi siempre, elementos desconocidos desee uu nuevo punto de vista escénico, eternos en el teatro,
cuyas virtudes primigenias, espontaneidad, buen humor, alegría, ligereza, pretenden restaurar con un sentido intelectual muy acusado en punto a decoración, trajes, escuela-esencialmente escénica-de canto y baile, pero que en
modo alguno excluye la claridad, la visualidad del espectáculo.
F.l público dado al engaño del oropel de las malas revistas, se ha mostrado
insensible al arte de estos rusos, cuyos recursos dramáticos rehuyen de intento
todo gasto inútil. Prueba de paletismo inconfundible, los números de menos
éxito han sido todos aquellos e n que la realidad aparecía deformada humorísticamente. Las escenas dramáticas, en cambio, lograban desde luego el consenso unánime.
UN DRAMATUltGO NUEVO.-Desafiando la rutinaria incomprensión y desgana
de los cómicos que, temiendo quizá la enemiga del periodista influyente, se han
avenido al cabo a representar la obra de un intelectual, Luis Araquistain ha estrenado en el Español su primer drama.
Ha coincidido con el estreno su publicación en un volumen de la «Editorial
Mundo Latino,. Del prólogo en que el autor justifica su intento, nos importa
señalar el propósito fundamental que denotan estas palabras: «Cuando una
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LA PLUMA
obra dramática es una elaboración orgánica, formada acaso en un lento proceso psicológico, en una serie de mutuas reacciones entre la conciencia del autor
y el mundo circundante, la obra participa entonces a la vez de documento biográfico e histórico, en cuanto que refleja un punto del alma que la ha dado el
ser y un instante de la sociedad que la ha dado la pauta ética, ya para ensalzarla, ya para combatirla. Obra de arte donde no hay nada personal del autor
ni nada de la sociedad en torno, es obra muerta antes de nacer.•
Remedios heroicos es un drama de género perfectamente definido: teatro de
ideas. Pese a la concesión que hace Araquistain a la última moda literaria, resignándose a reconocer en el prólogo susodicho la inactualidad de los modosibseniaoos, creemos que nunca como ahora ha sido tan manifiesta la influencia
del grao noruego en el resto de EurGpa. Ahora y no antes es cuando hao sido
asequibles al gran público, al público, las cbras de Bernard Shaw y De Cure!.
Hasta el éxito reciente de Pirandello no había sido fecunda la unión del
pino del Norte con la palmera del Mediodía. La verdad matemática de Ibsen,
se demuestra, a través del sofisma espiritualísimo de Bernard Sbaw, por la reducción al absurdo d el dramaturgo italiano. El teatro de ideas puede estar anticuado porque así se ha llamado al teatro de hace unos cuantos años, es decir,
a la expresión teatral, a la disposición escénica, a los cánones consagrados en
unas cuantas obras maestras, cuyas formas corresponden harto precisamente
a las faldas de campana y a las mangas de jamón. La facilidad con que Araquistain ha abordado el género, por no suscitar en el público una curiosidad que
distrajera su atención :le la idea del drama, es lo que para nosotros le perjudica.
Hecho este reparo, saludemos en el autor de Remedios keroicos a un dramaturgo nue-;o. ¿Al dramaturgo nuevo? Las cualidades que hacen del drama de
Araquistain la única obra que puede interesarnos de cuantas los empresarios
nos haa ofrecido e n la mala temporada última, son las propias de toda buena
producción dramática: caracteres, conflicto fatal, patetismo comunicativo, desenlace purgatorio. Es tan raro, sin embargo, que los sedicentes autores de comedias se propongan noblemente esa comunión con el público, ese acuerdo de
voluntades que constituye el propósito batallón de Araquistaio, es tan inusitado el que haya un hombre vocado al teatro que afronte sin eufemismos las
responsabilidades de su creación, obligándose a justificar la vida de sus criaturas de ficción con ponerlas frente a frente, y no rehuyendo la lógica trágica de
su destino, que el solo hecho de que Remedios heroicos sea un buen drama nos
autoriza a cifrar desde luego en su autor las esperanzas sin empleo con que un

�LA PLUMA
día tras otro vamos engañando el tiempo perdido en las salas de espectáculos.
La señora Xirgu ha representado la protagonista de Remedios heroicos mu•cho mejor que Cristalina y que Marianela.
Pfo BAROJA EN ESCENA.-Casi en secreto, economizando la publicidad que todas las empresas acostumbran prodigar qtras veces inútilmente, se ha representado en el teatro Cervantes dé Madrid Adiós a la bohemia, boceto dramático
escrito por Pío Baroja años ha, y publicado entonces en El tablado de Arlequ{n,
con otros primeros ensayos.
Se prestaba el cuadro, a falta de grandes papeles que, por lo demás, son
incapaces de representar nuestros cómicos, a un lucido conjunto escénico. Ni
la ;decoración, ni la disposición de las figuras, ni la recitación de los actores
-con la sola excepción de Juan Espantaleón, justo, expresivo, irónico y tierno
·-en su papel, mímico casi por entero, de «Un señor que lee el Heraldo•-acertaron a dar la impresión de ambiente trasnochado que la obra requiere. Un director artístico que mereciera tal nombre hubie$e en.cargado la mise en scene
.a Ricardo Baroja; y la representación de Adiós a la bohemia podría haber significado algo más que la graciosa concesión de la empresa de Cervantes a los deseos de «los literatos que no saben de teatro•.
El público, sin .embargo, se dió perfecta cuenta de todo, y al terminar manifestó a Pío Baroja su adhesión entusiasta con aclamaciones y vítores, a que
se unieron, aplaudiendo de~de la escena, la señorita Pérez de Vargas y sus
compañeros, quizá avergonzados en su fuero interno de haber desaprovechado
tan buena ocasión de aprenderse sus papeles.
Pío Baroja, cuyas declaraciones anteriores al estreno en El Sol y La Voi
revelaban ya exacto cuanto despreocupado conocimiento de la situación en
que abordaba la escena, pisó las tablas con una gracia sin ejemplo. Su actitud,
entre encogida y escrutadora, su naturalidad forzada hasta la caricatura, su
socrisa de agradecimiento e inhibición, fueron un espi-ctáculo único del hom•
bre de «la caverna del humorismo,. Los Barojas son, sin duda, hombres de teatro. Puede que los cómicos y los empresarios acaben por enterarse algún día.
UN TEATRO POPULAR.-Existe un teatro en Madrid, desconocido para el público de Lara, desde cuya escena, a poco que ayudara la buena voluntad de los
cómicos, sería posible intentar de lleno la reforma del teatro español. El teatro de ·1a Latina ha sido el único en que la Empresa no ha perdido dinero este
año. El público asiduo que lo llena toda la semana merece en verdad mejor
·.-trato del que los cómicos le dispensan.

LA PLUM.-\
Hemos tenido ocasión de oir hablar al primer actor de ese teatro con un
desprecio tan injusto de su público habitual-desprecio que extendía luego en.
general a todos los públicos-que, de no estar acostumbrados a la iecivilidad
de nuestros comediantes, nos hubiera dejado perplejos. ¿Cómo sin contar con
la colaboración del público-colaboración no significa fl,rzoso servilismo para,
nadie-se puede hacer teatro?
Es lo cierto que el público de la Latina es muy superior a los cómicos que
aplaude. Su buena fe, su excelente instinto, le hacen discernir con harto mejor
sentido que el director artístico, que ha osado ofrecerle una tras otra, por toda·
novedad dramática, La Víctima, La cabra, El drama de un loco, Lo que no se
compra, pobrísimos engendros sin posible vitalidad escénica.
El éxito feliz de los dramas románticos del repertorio, de Responsables incluso, a través de cuya ridiculez sentía latir el buen pueblo su propia protesta contra la podredumbre social causa de la derrota, revelan sin duda una conciencia
artística de que carecen, del primero al último, todos los cómicos españoles.
UN CRÍTICO INCIPlliNTE.

�LA PLUMA
Luisa Lulai.-lnquietud.-Poesías.-Montevideo, Cooperativa Editorial •Pegaso&gt;.
Al cabo, de entre las voces, más estentóreas, o más agudas, de la lírica americana que lograban vencer la distancia transatlántica, nos llegan rezagadas
,otras más puras, que incluso parece como si despertasen en nuestro ánimo el
eco remoto de una música que las olas nos devuelven. De entre esas voces, la
-de Luisa Luisi nos penetra más hondo quizá que ninguna:
Ah! la iaquietud constante de mi alma
En perpetuo buscarse en ella misma!

LIBROS

y

•José Maria Salaverria.-E/ Rey Nicéforo.-Lib. y Ed. Rivadeneyra. Madrid,
Advi~r~: el novelista en breves p;labras liminares que entre la época en
que escnb10 su _obra y la des~ reciente publicación median quince años. «Des•de entonces-dice-han ocurrido muchas cosas en el mundo... El mismo autor
de ~s~a nove!a ¡qué hondos cambios ideológicos y sentimentales ha tenido que
suf~1r .... La liberto, pues, de su poco piadosa ocultación entre los montones de
v1e}os pap~les y la entrego al público con el título de El Rey Nt'céfo1·0 que
quiere decir el rey extraño que pretendió)ocializar a la manera quijotesca&gt;.
~stamos ante ~na alegoría polític-a de clarísimo sentido e indudable oportunidad. El rey N1c-éforo el Bueno, llevado de la curiosidad a mezclarse disimula~do su condició~, entre las gentes del pueblo más ajenas a su co;te, se
co~~1erte luego en N1céforo el Tirano, y muere al cabo derrotado en la revoluc1~n fraguada contra su benéfica dictadura, en aras de un ideal de Justicia...
fascista.
·Decidámonos a decir la palabra. No obstante la reciente constitución del
fascio italiano y su recentísimo triunfo, la intención que se deduce de la novela del señor Sa(av_erría no difiere esencialmente del quijotismo(?) de Mussolini.
Ap~rte la graC1a 1!1dudable con que e~tá llevada la fábula, su mayor interés
radica ~n el camb10 operado en el espíritu del autor, según la confesión suso
transen!~• y que se nos rev:ela, transfundido en la ficción novelesca, por la
conv,ers10!1 del Rey. Dol;,le 111terés, porque implica la adhesión del señor Salaverna .ª cierto estado de ánimo social que ve en la violencia ilustrada el único
remedio a los males que la nación sufre.
Como tal no_v_ela. _Et Rey Nicéforo se lee sin empacho. E incluso hay páginas
en qu_e la emoc1on directa del relato vence la preocupación ejemplar que el
,novelista se propuso.

* *

L~· b~;q~~~ia" ~~g~~tids•a• •· · · · · · ·· · · · · · ·· ·· ··
0

REVISTAS

*

Del propio ser que en nuestro ser se esconde
Por debajo la herencia, el hálito, el prejuicio.
El leit-motif constante de las poesías de Luisa Luisi es la Inquietud por hallar el propio yo, la pureza del sentimiento individual trabajado por la subcons-ciencia grávida de fatalidades ineludibles, con que el tiempo ha ido señalando
¿desde c~ándo? la oscura generación del poeta, que ahora se ~or_t~ra.
_
Habna que remontarse a los manantiales más altos del m1shc1smo espanol
para encontrar acaso el rico venero de esta Inquietud de la poetisa uruguaya.
-Cuyo acento no participa empero de la preocupación cristiana de una Santa
Te~esa, más sí del ~rdor combativo, que ilumina los deliquios de la doctora de
Avila, en luch~ espiritual consigo misma.
.,
No basta, sin embargo, establecer caprichosamente esta relac1on rem&lt;;&gt;t~. La
Inquietud de Luisa Luisi es moderna y su expresión más próxima al. hr_1sn:io
romántico del siglo pasado que a la rigidez de la poesía española del d1cc1sé1s,
-o a la engañosa libertad de ahora:
La noche inmensa y palpitante, oprime
Su ardiente corazón contra nosotros ...
Es tan hondo el latir de las estrellas
Que nuestro amor se ha vuelto luminoso ...
El alma toda entera está suspensa
De los labios de Dios... Se :,iente, en torno,
Estremecerse la Creación ... Escucha...
El silencio magnífico es de oro.

.......................................

At;;r:i~~-~~;~tr~~- ~1~;~ ·;1·iú~t;;i~· ..... .
Que se quiere explicar para nosotros...
. Poesía clásica la de Luisa Luisi, en cuanto revela la continuidad del senti1mento, de Safo a nuestros días, y de Grecia al Uruguay, su música nos estreme~e por la sinceridad del canto y la belleza de la voz. Nuestra emoción no
esta pervertida por sorpresa alguna. Mientras haya una mujer así en el mundo... habrá poesía.
* * *

�LA PLUMA
Ramón Gómez de la Serna.-E/ Secreto ael Acueduclo.-Novela.-Bib. Nueva. Senos.-Tip. «El Adelantado&gt;, 1923.
Ramón prosigue su marcha victoriosa. He aquí dos libros más. El uno de
ellos nuevo, el otro reeditado, pero tan aumentado de la edición 1nterior que,.
en realidad, es tan nuevo o más que el primero que aquí se anuncia. Nuevo y
viejo son, además, conceptos cuya significación corriente no suele corresponder con la que sería adecuada a una crítica rigurosa de los libros de Ramón .
Ramón, por otra parte, a pesar de escribir tanto, no es un escritor: es un espectáculo. Un espectáculo ql!le él se da a sí mismo, pero en el que quiere que
participemos todos, coreuta del gran teatro del mundo, capaz de infundir su
espíritu burlón a todas las cosas.
En cualquiera de loe libros oe Ra¡nón está todo Ramón y Ramón no está..
en ninguno por entero. Su obra empieza a ser un universo nacido con su propio creador. Et Secreto det Acueducto y Senos son dos libros más de Ramón. Nos
parece sie mpre que los hemos leído todos y que no hemos leído ninguno. Su
gracia, enemiga de la perfección, se muerde la cola. Es una sirena, cuyo ascendiente darw1niano fuese la pescadilla. De ese círculo vicioso Ramón ha hecho,
una pista, en la que. nuevo Hamlet, monologa como el señor Leonard l'arish,
o de la cual hace mesa redonda para un eterno banquete de Pombo. Su gran.
risa mana de la fuente de h Salud.

AÑO IV.

1

MADRJD, ABRIL 192.3

NÚM. .35.

LA QUINTA DE P ALMYRA

1

&lt;&gt;

(Continuación.)

VI

* * *

EL

TELEGRAMA

Agustín Remón.-Una girl.-Novela.-Madrid, 1923.
Es el señor Remón muy distinguido escritor argentino. Varias veces hemos.
dado ya nuestra opinión, adversa a diferenciaciones establecidas únicamente
cttendiendo a la nacionalidad oficial de los escritores, cuando estos escritores,
por muy distantes unos de otros en la vastedad del continente americano, lo
son en lengua española. Con todo, el señor Remón es argentino. Hay en su
propósito la determinación sincera de reflejar artísticamente en su obra un
punto de vista del mundo contemplado desde el Plata. Pero entendámonos; eso
no quiere decir que de la lecbira de Una girl se deduzca la filiación de este novelista entre los cultivadores del color local. Sus aspiraciones reb1san el cuadro
de costumbres. Lo que tampoco implica ninguna vocación transcendental ni
pedantesca.
Toda la primera parte de Una l(Írl nos engaña placenteramente con laSsimples perspectivas de un cuento ligero. No sospecha1el lector a buen seguro
las derivaciones trágicas del destino de la protagonista. La aventura se complica después de un modo extraño; el novelista bordea en los límites extremos
de una psicología exótica, los peligros fascinadores del folletín. Cuando el lector quiere defend«rse con sentido crítico de las asechanzas sentimentales de:
Una girl, el novelista tiene ganada la partida.
C.R C.

(I

el h~ésped. Pal~yra no le había regateado nada. Todas
las mananas le variaban las rosas de su cuarto y recogía
·
las caídas sobre la gran mesa de pórfido.
El perro golfo de Enrique no agradecía bastante aquella bondad. Le parecía que después de todo aquellas rosas deshojadas le acompañaban más, y las hojas caídas eran como papelillos
suyos en aquella mesa prestada, tarjetas, algo que hacía mal en llevarse aquella mano misteriosa.
Al perro golfo le molestaba que inmediatamente después de haberlo dejado todo sobre la camá, alguien viniese y lo colocase en su
sitio, colgandero de las perchas, montado sobre las cruces que se le
caían siempre y producían un gran ruido dentro del armario.
RA

(1) Véase el número 34 de Ll PLUMA.

XVII

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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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              <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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