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                  <text>LA PLUMA
Ramón Gómez de la Serna.-E/ Secreto ael Acueduclo.-Novela.-Bib. Nueva. Senos.-Tip. «El Adelantado&gt;, 1923.
Ramón prosigue su marcha victoriosa. He aquí dos libros más. El uno de
ellos nuevo, el otro reeditado, pero tan aumentado de la edición 1nterior que,.
en realidad, es tan nuevo o más que el primero que aquí se anuncia. Nuevo y
viejo son, además, conceptos cuya significación corriente no suele corresponder con la que sería adecuada a una crítica rigurosa de los libros de Ramón .
Ramón, por otra parte, a pesar de escribir tanto, no es un escritor: es un espectáculo. Un espectáculo ql!le él se da a sí mismo, pero en el que quiere que
participemos todos, coreuta del gran teatro del mundo, capaz de infundir su
espíritu burlón a todas las cosas.
En cualquiera de loe libros oe Ra¡nón está todo Ramón y Ramón no está..
en ninguno por entero. Su obra empieza a ser un universo nacido con su propio creador. Et Secreto det Acueducto y Senos son dos libros más de Ramón. Nos
parece sie mpre que los hemos leído todos y que no hemos leído ninguno. Su
gracia, enemiga de la perfección, se muerde la cola. Es una sirena, cuyo ascendiente darw1niano fuese la pescadilla. De ese círculo vicioso Ramón ha hecho,
una pista, en la que. nuevo Hamlet, monologa como el señor Leonard l'arish,
o de la cual hace mesa redonda para un eterno banquete de Pombo. Su gran.
risa mana de la fuente de h Salud.

AÑO IV.

1

MADRJD, ABRIL 192.3

NÚM. .35.

LA QUINTA DE P ALMYRA

1

&lt;&gt;

(Continuación.)

VI

* * *

EL

TELEGRAMA

Agustín Remón.-Una girl.-Novela.-Madrid, 1923.
Es el señor Remón muy distinguido escritor argentino. Varias veces hemos.
dado ya nuestra opinión, adversa a diferenciaciones establecidas únicamente
cttendiendo a la nacionalidad oficial de los escritores, cuando estos escritores,
por muy distantes unos de otros en la vastedad del continente americano, lo
son en lengua española. Con todo, el señor Remón es argentino. Hay en su
propósito la determinación sincera de reflejar artísticamente en su obra un
punto de vista del mundo contemplado desde el Plata. Pero entendámonos; eso
no quiere decir que de la lecbira de Una girl se deduzca la filiación de este novelista entre los cultivadores del color local. Sus aspiraciones reb1san el cuadro
de costumbres. Lo que tampoco implica ninguna vocación transcendental ni
pedantesca.
Toda la primera parte de Una l(Írl nos engaña placenteramente con laSsimples perspectivas de un cuento ligero. No sospecha1el lector a buen seguro
las derivaciones trágicas del destino de la protagonista. La aventura se complica después de un modo extraño; el novelista bordea en los límites extremos
de una psicología exótica, los peligros fascinadores del folletín. Cuando el lector quiere defend«rse con sentido crítico de las asechanzas sentimentales de:
Una girl, el novelista tiene ganada la partida.
C.R C.

(I

el h~ésped. Pal~yra no le había regateado nada. Todas
las mananas le variaban las rosas de su cuarto y recogía
·
las caídas sobre la gran mesa de pórfido.
El perro golfo de Enrique no agradecía bastante aquella bondad. Le parecía que después de todo aquellas rosas deshojadas le acompañaban más, y las hojas caídas eran como papelillos
suyos en aquella mesa prestada, tarjetas, algo que hacía mal en llevarse aquella mano misteriosa.
Al perro golfo le molestaba que inmediatamente después de haberlo dejado todo sobre la camá, alguien viniese y lo colocase en su
sitio, colgandero de las perchas, montado sobre las cruces que se le
caían siempre y producían un gran ruido dentro del armario.
RA

(1) Véase el número 34 de Ll PLUMA.

XVII

�LA PLUMA
Armando le veía aparecer en la mañana satisfecho de poderle dar
aquella hospitalidad magnífica. Había resucitado su entusiasmo por
el gran palacio; ver a Enrique admirando todas las cosas, emboba~o _
frente a ]os grandes espejos, admirado ante aquellas mesas de marmoles de colores en que se veía un puerto, sus barcos de vela, sus
pescadores, y después, como si el que los había confeccionado se
hubiese dejado la escuadra, el compás, el lápiz, los guantes y el bastón, todo aparecía también incrustrado en mármoles de color, dando
mayor realidad a la mesa.
.
.
Lo único que hubiera hecho de buena gana hubiera sido comprarle un traje. En eso el hijo del gran magistrado estaba mal con su
categoría aparente, con aquel aire de gran señor que él tomaba y que
él procuraba exagerar.
-¿Y tu tío el presidente del Tribunal del Estado?
-Bien, bien ... Siempre en su coche de mulas, como si fuese un
obispo ...
Palmyra no desconfiaba, no le estudiaba. Su buena fe, su gran
deseo de continuar la fábula en el palacio encantador, en el que se
podían amar hasta los visillos de linón de las ventanas, le hací~ ~ceptar a aquel caballero casposo, con la enjutez del hombre v~c1oso.
¡Cómo que había sido croupier durante alglÍn tiempo en el Casmo de
Invierno!
. .
Veía en aquellas reuniones, en el salón del palacio, la hospitah.dad encendida. Estaba siempre afanosa de que los cálices de tan fino
. vidrio que hasta se quedaban vibrando cuando se escanciaba en
ellos el licor, estuviesen llenos hasta el borde.
La purera, que representaba una pequeña pagoda'. t~caba de _vez
en cuando la.pieza de música, que era como el ofrecimiento dehcado para que se tomase de nuevo un puro más.
.
Ella inclinaba la cabeza con mimo durante las conversaciones.

LA PLUMA
Ponía una gran languidez en el gesto y enseñaba sus brazos desnudos y sus manos en postura de orquídeas variadas, móviles, gesteras.
Armando, como todas las tardes, había un momento que, sintiéndose un poco borracho y viendo que Enrique también lo estaba, la
rogaba con gran zalamería:
-Palmyra toca un rato el arpa.
Palmyra arrastraba hasta el centro de la habitación su arpa y llovía sobre los muebles del gran salón, sobre todo dentro de los espejos, la lluvia del arpa, con sus grandes y atravesadas gotas como lágrimas lentas.
Aquella tarde el arpa tocaba con más sueño que nunca, como
cuando la lluvia se ha olvidado de dejar de caer, cuando ya cae del
cielo como de los aleros porque estaba al caer.
De pronto llamaron a la campanela. El arpa se quedó desoída.
Las manos de Palmyra en las cuerdas doradas eran como pájaros musicales que hiciesen sonar su jaula.
El criado apareció. Traía un telegrama en la bandeja.
-¿Para quién?-preguntaron los dos caballeros a la vez. Palmyra no tuvo tiempo sino de suspender su música y escuchar.
-Para el Excelentisimo Señor Don Enrique ...
Enrique, con un gran gesto de actor dramático, recogió el telegrama. Lo abrió, y después de leerlo, se quedó callado con aire de
contrariedad .
Palmyra, con su mejor aire de mediadora y enfermera, preguntó
rompiendo el silencio:
-¿Alguna desgracia, don Enrique?
Armando observaba la escena con cierta impasibilidad.
Enrique dió a leer el telegrama a Armando, que lo leyó, no con
la tristeza que hacía al caso, sino con una tristeza sardónica extraña,
Y que por si no había estado clara en su rostro, la aclaró diciéndole

�LA PLUMA
a don Enrique, al darle el cupón del telegrama que había que firmar
y que esperaba el criado:
-No será nada... Firme ahí... Esta firma del recibí consuela mucho.
Enrique, al oir esas palabras, dirigió la mirada a Armando, una
mirada de ladrón al compañero desconocido que de pronto se encuentra viajando en el mismo tren. Después firmó.
Palmyra, crédula, tenía un puro rostro de dolor, pronto a romper
a llorar si la aclaraban que era muy doloroso el telegrama.
-Dale algo al telegrafista-dijo Armando a Palmyra, con ese recordar súbitamente una propina que no se dió.
Palmyra, que conocía el arrebato y la preocupación de Armando
por las propinas, salió a dársela.
Al quedarse solos, Armando dirigió una sonrisa a Enrique que le
arrancó la espada de dolor que aún esgrimía.
-No seas «parvo:. ... Ese mismo telegrama fué el que recibimos
en aquel pueblo de Toledo y que, según me explicaste entonces, era
el telegrama que cortaba tus aburrimientos, el telegrama convenido
para poder huir del sitio que no te convenía... Responde a otro tuyoen que sólo escribes «Pronto» ... ¿Ves qué memoria tengo?
Enrique no supo qué responder, pero sonrió.
-Por lo menos, que lo crea Palmyra...
-Eso, bueno ...
-Porque chico, esto es muy bonito, muy poético, pudo costar un
millólil de pesetas poner ese lago enfrente del palacio, pero yo me
aburro...
Armando tomó un aspecto melancólico que daba a su gran sensatez un aire de simpatía extrema.
-Pero no es para que te pongas así... Tú tienes para no aburrirte esa encantadora mujer con la carne de las miniaturas.
-Sí... Pero me aclara mi propio caso tu telegrama... Te hemos
260

LA PLUMA
dado la mejor habitación, has sido tratado a cuerpo de rey, has
hecho por primera vez todas las excursiones que hay que hacer.
No has tenido tiempo de desesperarte oyendo a la señora inglesa
hablar de su casa de Londres, ni al viejo español retirado alabar este
clima... No has tenido que ser fiel a una mujer y has flirteado con
todas las de los contornos y a los quince días estás cansado.
-A los veinte si te es igual...
-Tan igual; es lo mismo para el caso, porque yo llevo muchos
meses.
-Si mi estafa me dejase volver a España yo te rogaría que me
pusieses el mismo telegrama ...
En eso entró Palmyra, guardando las llaves en la escarcela de su
cintura, Y se abismó todo en una conversación melancólica, que predpitó la caída de la tarde.

VII
EL ENVENENADO

. Armando encontraba siempre lo de niño cargante que había en
Palmyra. Todo se lo había oído numerosas veces. Estaba en crisis.
Lo que había en ella de mujer-casi completamente io-ual a lo que
pudiese ofrecer otra mujer-no le era suficiente. Su s:xo era como
un volcán apagado.
Decía aún sus últimas frases. Los atardeceres le conseguían poner a tono.
- Todos son techos de pagoda al atardecer-decía asomado a la
bella ventana encelosada de la Quinta.
-La misión del mar es una misión sin descanso ... Lava los pies
a la tierra constantemente para ganar el cielo.
Pero de aquel estar asomado a la ventana de la Quinta, desde la

�LA PLUMA
que se veía el mejor trasluz y el más puro reflejo metálico del mar~
salía más desconsolado porque el mar necesita fuertes caricias para
poder reaccionar de él.
No bastaba que mirase siempre, como si atisbase el rescoldo de
una graR pasión, a aquel hotelito en que pasaron su luna de miel
dos príncipes románticos.
Todos los atardeceres esperaba que hubiese venido alguien en el
último tren, pero después se desengañaba.
Buscaba otras ventanas de la Quinta, se asomaba al patizuelo en
que estaba la inefable fuente, en que dos niños, dos colegiales, en la
isla central de la taza se tapaban con un paraguas del chorro que salía de su contera. Siempre le resultaba íntima y entrañable esa escena de amistad infantil bajo la lluvia constante de la fuente.
Por fin se asomaba a la ventana, desde cuya ventana se veía el
faro que resultaba con su páhilo tembloroso algo así como el gran
cirio pascual del paisaje.
- ¿Es que yo voy a ser el farero de ese faro? ...-se preguntaba
Armando al mirarle-. Por muy bonita que sea la vida aquí es siempre vida de farero ... Se vuelve cementerio la naturaleza en esta sole7
dad y en esta Quinta por más de que tenga el tipo legendario de esos
palacios que los reyes tienen para pasar un mes de su vida.
El faro daba luz y vigilancia, no sólo al mar sino a todo el paisaje.
Le parecía que en caso de tener que lanzar un grito angustioso le
respondería el faro lejano, que le animaba el corazón como una medicina de digital. Palmyra aparecía a su lado en ese momento y se
ponía a mirar también el faro como si fuese la estrella fija de todos
los días, aun de los más nublados.
Palmyra se apoyaba en su hombro con melancolía.
¿Es que sólo iba a tener derecho a los mimos de aquel día ya
lejano en que la conoció? No. Todos los días se producía en ella esa

LA PLUMA
misma alegría exigente de las jaulas de los pájaros colgados al sol y
Armando no se daba cuenta.
Tenía la misma cara pequeña, suave, requetebesable del primer
día y, sin embargo, estaba abandonada. Y la fuente de su sensibilidad manaba en chorro inútil como esas fuentes que se desangran
sin que las oiga siquiera nadie en los jardines que se quedaron lejos
de todo.
-En esta soledad se llena de musgo el alma - pensaba Armando.
Así de ensimismados pasaban los atardeceres hasta que Armando se decidía por fin a mimarla. Era un arranque final, irremediable.
Encontraba Armando en Palmyra algo así como una conquista de
solista de colegio de las Ursulinas, de tren y de «cabaret» y se dedicaba a la galantería.
Esta última tarde, como todas, se oyó, durante un largo rato,
cómo los criados cerraban todas las ventanas del hotel que sonaban
en una larga tormenta de portazos. La Quinta se iba llenando de la permanencia de luz eléctrica, como de una cordialidad especial, como si
la luz eléctrica en vez de acabar en cada instante pudiese dejar algún
residuo clarividente densado en el andito.
Palmyra buscaba en su corazón más confidencias y más reflexiones que hacerle:
-Te voy a contar un secreto de la Quinta que no te he dicho
nunca...
-¿Cuál? Cuenta-y Armando se aproxima, a oir su voz, a sentir
el perfume de sus cedillas.
-Que mi abuelo murió envenenado.... En una gran comilona
que dió en nuestro comedor-todo estaba igual a como está hoyJe dieron en el vino polvos de muerte.
-¿Y cómo no lo notó?

�LA PLUMA
-Tú sabes que las viejas botellas se sirven en la canastilla que
sirve para que no se despierten.
-Sí en su cureña de paja...
-Eso... Y que si se mueven un poco, los posos de la botella se
remueven y se mezclan al vino dándole una turbiedad manifiesta...
Pues se creyó que el veneno era esa turbiedad natural... Nunca se
supo ni se pudo descubrir al asesino ...
Armando volvió la vista en derredor como si buscase aún, al
cabo de los años, al posible envenenador.
Ahora se daba cuenta de haber encontrado una pregunta inserí ta
en el ambiente de la casa. «¿Quién había envenenado al abuelo
Joao?» Se repetía en todas las habitaciones esa pregunta. La historia
de Portugal está llena de envenenamientos, tanto, que una vez en el
Brasil envenenaron a toda la familia real, salvándose sólo uno de sus
miembro:,.
En las comilonas de los reyes, a veces se sazonaban con veneno
los magníficos platos como por variar, como por conseguir que en vez
del monótono «¡Qué exquisito!» se tornase pálido el comensal y
echándose mano a la barriga dijese: «¡Yo me muero!»
Daba mayor soledad y mayor impunidad a la Quinta aquel caso
de envenenamiento. La aislaba más del mundo.
Armando encontró en Palmyra, puesto a encontrar encantos, el
encanto de la que había escapado al veneno, y la encontró más apetitosa, más necesitada de protección, con mayor deseo de retenerle, y
la besó con afán, rozando con ella tanto la mejilla como la boca, que
era como le gustaba besar, mientras apretaba sus manos como si la
consolase de la horfandad de aquel abuelo envenenado.
Después, llamados a la mesa, él la dió el brazo con aire de valiente que después de saber que aquel era el comedor de los envene•
namientos se dirige a él sin titubear.

LA PLUMA
El comedor, después de la comunicac10n del secreto, resultaba
más pétreo y su bóveda tenía algo de bóveda de panteón.
Armando pidió una botella de vino viejo, del que reservaba para
ias solemnidades, del que un amigo había bebido para huir másHgero
y vivo de la Quinta.
Se lo trajeron en la canastilla a que se asoman las buenas botellas que merecen algo así como la presentación a la corte del infante
recién nacido.
Se sonrieron los dos amantes. Ya veía ella qué escena quería mimar. Armando miró al criado, como si éste se pudiera dar cuenta de lo
que aquello significaba o como si pudiese ser el nuevo envenenador.
Tenía una alegría siniestra y novelesca el comedor aquella noche.
Armando disparaba constantemente cañonazos en su vaso. Estaba alegre.
-¡Por qué no me lo habrás dicho antes! Me hubiera gustado mucho más el vino...
-No seas blasfemo ... Yo sostengo que el alma de mi abuelo se
quedó para siempre en el comedor, detenida en aquella cena...
-Vamos ... Es un comendador convidado perpetuamente a la
mesa...
-Mi madre decía que estaba metido en la alacena, en esa gran
alacena de puertas labradas, y no la abrió nunca... Todos los objetos
de plata estaban oxidados cuando yo mandé revisarla.
-Yo te aseguro que quedó en el vino la solera de aquel veneno
y que no está mal...
Palmyra le dió más detalles, mientras el criado salió. Fué en una
cena de Navidad cuando mataron a don Joao, hombre corpulento
que estuvo agonizando cinco días.
Toda la cena tenía algo de veneno mezclado a la sal, y ante el
primer plato estuvo por decir Armando:

�LA PLUMA
-¡Qué venenoso está esto!-cuando sólo era que estaba u» poco
quemado.

.,
,,

Había quedado en el comedor la satisfacción insatisfecha-mitad
con mitad para siempre jamás-de una comida tan alegre como todas las comidas perturbadas por la muerte.
La cena tuvo una turbación especial que encantó a Palmyra, porque quitaba monotonía a la Quinta. La monotonía que la ahogaba.
La cena abundó en alusiones y dicharachos, quedándose Armando muy pálido en una ocasión que movió la gran lámpara del comedor y se quedó oscilando y como haciendo oscilar toda la habitación
•
como si el terremoto hubiese removido los cimientos.
Al salir del comedor él la dijo:
-Estoy envenenado de amor.
-¡Falso!-repuso ella dándole con una cadera .
El envenenado daba emoción a la Quinta, porque con su muerte
incorrupta de asesinado sin justiciar daba valor y temblorosidad a la
vida mortal.
El estrado de la cama tenía aquella noche actitud de horca, haciendo un ángulo macabro del que no colgaba aún el pendido, pero
que pedía su colgajo.
-¡Si esta transformación súbita de la Quinta me salvase de mi
misantropíal-se decía Armando viendo a Palmyra despojarse de sus
fundas, como desesperada que se arranca su piel en lucha con alguna prenda que no quería salir.
·
Por fin se oyó en toda la alcoba el desclavijarse de los dientes.
del corsé, y Palmyra, como si se entregase al envenenado, como si
quisiese curarle del envenenamiento posible, le abrazó con frenesí.
Tan solemne era la noche, que ella se quedó con sus joyas puestas,
y el collar de perlas recalcitrante y luminoso buscaba siempre el
hueco de sus senos.
266

LA PLUMA

Armando se fué comiendo los frutos del día, que eran como frutos renovados de la Quinta, pero, como siempre, insistió en el melocotón nuevo de la barbilla.
Era aquella diversión la mayor y la única de la Quinta abandonada en medio de los grandes jardines, que de noche se hacían mayores.
Armando luchaba por alcanzar aquel ¡Ay Jesú! sin ese final, y sin
la ceda andaluza, que daba singular aire de martirio y derretimiento
al amor. También cuando le salía un «¡Ay mía mae!» encontraba en
ella toda la dulzura portuguesa .
Aquella noche brotó el «¡Ay Jesú!» suave, inusitado, con blandura suprema.

EL ÚLTIMO PASEO DE ARMANDO

-¿Quieres que vayamos a la playa de Mor!(a?
-Vamos.
Era una playa «muito longa», a la que muchas veces había estado preparada la excursión que por algo imprevisto había fallido.
Armando aceptó el paseo con ansia de despedida, pues el telegrama que había pedido a su amigo por caridad, un telegrama como
a él le libertó, debía llegar a través de todo aquel día.
Salieron a las diez de la mañana. El coche, con la capota echada,.
tenia ese fondo recatado de cenador mañanero que toma en las excursiones tempraneras. El cochero se había puesto el traje nuevo
para las excursiones bajo la luz muy clara y llevaba su fusta de niño
bien regalado, la fusta de trenzado látigo blanco y como con el pito
infantil en el puño.

�L A PLUMA

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Pronto estuvieron en medio del paisaje, en el que había esa salsa
•~n que se echa tomillo y romero.
Se olía ese perfume a «chiero» que huelen los burros con los anillos de las narices muy abiertos.
Las abulagas lo llenaban todo. También surgían los saúcos al
margen del camino... Al verlos, Palmyra dijo:
-¡Cuánto tiempo que yo no veía saúcos! De pequeña me cubría
la cabeza con palmas de saúco ... Quiero una rama ... Di que pare...
-D:spués ... La cogeremos a la vuelta ...-repuso Armando, que
no quena mandar parar lo que ya caminaba, ni rectificar un recado
ni decir que no trajesen ya una cosa que se había encargado. Tod~
marchaba ya, pues a seguir; ¿para qué cometer la impertinencia de
parar el coche y retardarlo todo y hacer volver la cabeza, inquiriendo
lo que pasase, al cochero, y solemnizar el capricho pueril en medio
de la claridad de la mañana, que ridiculiza y macera tanto las cosas.
, Los bordes _de los caminos dejaban ver todas las raíoes, y por eso
olía tanto a ra1ces, a ese hondo olor que más que hondo olor es
hondo sabor.
Armando sentía en aquella despedida la resignada vida que impone el campo.
Desde el fondo del milord se veía la dignidad con que andan los
caballos, su idea de que arrastran la cola del coche.
Las puertas de los corralados tenían dignidad de puertas de palacio Y se veía que daban a otras quintas de Portugal, de esas en que
los dueños reposan de todo, son como reyes tristes del paraje.
Salieron a la vera mar. Encontraron el faro de Praia,junto al que
hacía tres años que había un gran barco roto, un barco que todos
.los que acampaban en sus alrededores se iban comiendo, pero al fin
..aún le quedaba más de la mitad. ¡Era tan dificil de desatornillar y
,.desclavar! A veces tenía aristas tan soldadas que resultaba una caja
..268

LA PLUMA
de sardinas dificil de abrir, sin herramienta lo bastante perforadora·
para abrirle.
En la grupa, aún completamente al mar, había blindajes agujereados, por donde salían fuentes de ola. El olor a alquitrán daba, no
se sabía por qué, toda la aguda tristeza del naufragio.
Era aquel barco roto una constante catástrofe. Hasta que no quitasen el barco de allí no se serenaría el paisaje de la costa.
Olía a mar vivamente. Palmyra dijo:
-Es como si nos comiésemos un cangrejo ...
Grupos de gentes nómadas se hospedaban en aquel trecho.
Habían construido los camarotes del naufragio, aprovechando
los ojo de buey de algunos como ventanuca de la casita.
El barco, partido en dos, debía hacer que todos los barcos pasasen muy lejos temerosos de incurrir en la misma suerte. Era como
un espantapájaros fatal puesto en el camino de la navegación para
contener y ejemplarizar a los barcos incautos.
Allí se encendía la lumbre y se guisaba con maderas de barco
roto.
Remontaron la sierra y vieron el mar en el fondo. Era el mediodía, la hora de las hambres .. .
El mar estaba sin barcos ... Era como si todos se hubiesen ido a
comer... Un solo barquito de vela era como la trufa del mar y estaba
en medio de él como para justificar la navegación.
Les salían al paso los molinos de Portugal. Armando dijo:
En la cruz de Portugal, me doy ahora cuenta de que se une el
signo divino de la cruz con la humana aspa en cruz del molino.
-Es verdad ... Tienes razón-dijo Palmyra .
Bajaron, rizándole, el monte en que tantas personas realengas
buscan un refugio y sus retiros estratégicos. El camino era un camino patinoso, verdinoso, en el que todos los árboles estaban cubier-

�LA

11

"

..

P L U 1\1 A

tos por la yedra. De vez en cuando se oía el ruido sospechoso de
una cascada que caía de lo alto o se veía un lago de esos que, aun
estando en la cima del monte, llega a su base.
Avanzaba la hora. Iban a comer muy tarde. Ya habían esparcido
los barcos en el mar, y ahora parecía frente a la humosa chimenea
que el capitán comía constantemente.
Los vapores blancos parecían aeroplanos lanzados en la inmensidad celestial del mar.
En las tapias había bancos constantes para los caminantes más
románticos del mundo. En la ventana de alguno de aquellos palacios
una vieja, como chiflada pero cuerda, se asomaba como alucinada,
y de vez en cuando leía un periódico, un periódico indudablemenle
viejo, antiguo, de hace lo menos veinte años.
Pasaron los pueblos de los vinos portugueses, resultando muy
pueblerino el sitio de partida de los vinos que pueden pedirse en
todos los restaurantes .
Igual que en las mesas en que están de etiqueta las botellas
-pechera blanca y traje negro-, estaba aquí junto a sus fábricas,
en su pueblo.
Los hombres y las mujeres del pueblo que se asomaban a las
puertas de esos pueblos de los grandes vinos, parecían alcoholiza.d os ya, con la nariz roja.
Por fin llegaron a la playa de Morga. No había nada en el hotel,
pero mataron un conejo salteado, y compusieron en seguida un
menú.
El vino parecía de ese que se encuentra en las barricas que echan
los barcos al mar.
-Vamos a volver pronto, no nos coja la noche en el camino
-aconsejó Armando, y en silencio comieron deprisa el modesto condumio.

LA PLGMA

L

En el silencio, el mar engañoso les mostraba esa cosa de ir a callarse para siempre que tiene-¡después del rizo ruidoso de las tres
olas!-, y que se rectifica a continuación volviendo fatalmente a prorrumpir en sus desbordamientos ruidosos del gran baño de Dios,
preparado todos los días con puntualidad.
Después de comer tomaron de nue~o un coche, con gusto de
principio de paseo, y el coche buscó el atajo, corriendo mucho.
Era la hora de las cuatro.
En los corrales los gallos daban sus cacareos secos, pues tienen
poca saliva para tanto cacareo.
Las rosas bravas se asomaban entre todas las plantas plebeyas.
Se notaban cosas sutiles, como que el aire había soplado todos
los molinillos, como a esos vilanos que fuesen las palomas mensajeras
entre unas y otras plantas.
En lo más bajo del paisaje se vieron unas casitas abrigadas tan
en lo hondo, porque en lo hondo prosperan sus viñas.
Desde la puerta de esas casas tiraban el agua de !ajofaina en que
se ha lavado alguien.
Se veían cimientos de casas que no acabaron de con~truirse, sin
que nadie sepa qué pasó.
Se veían mendigos oarbudos, que, sentados en el camino, se ponían las alpargatas que acababan de sacudir o cargaban con su
morral.
-Las amapolas-dijo Palmyra-son como corbatas que se pone
el campo.
En las Quintas altas se veían grandes jarrones y varios bustos
romanos, entre los que se destacaba la madre de Nerón. Todas las
estatuas, como la de su Quinta, eran como evocación de otras estatuas, no como estatuas de plasticidad propia.
Armando se quedó dormido después del largo memorial del pai-

�LA PLUMA
LA PLUMA

..'

,'

saje. Al despertarse encontró «que los caminos siempre piensan lo
mismo, sin enterarse de nada&gt;.
El pesimismo del campo volvía a él:
«En el campo se siente que igual podríamos ser de un siglo antes
que de un siglo después.»
«Todo el campo, además espera a los muertos.»
El coche seguía al trote de los coches que vuelven seguido, sin
descanso, como si el cochero gastase a sus bestias en la carrera.
-Aquí-dijo volviéndose a sus amos-fué donde se estrelló el
otro día un automóvil.
Lo decía con la satisfacción del cochero de coche pacífico y nadador que odia al automóvil
El olor a manzanilla del campo se agravaba, y las margaritas eran
como sus últimas luces.
Apareció por fin el conmovedor rincón que habían tenido solo
todo el día, la Quinta descuidada durante toda la jornada, y que esperaba teta de su mamá, como un niño abandonado a las criadas inútiles, medio de ternura, medio de vida.
El coche saltó, con alegría de galgo, el umbral de la puerta tristona de la Quinta. El viejo jardinero esperaba a la puerta con el telegrama urgente. Armando lo abrió con falsas señales de impaciencia.
Palmyra alargó la cabeza para leer.
«Tu madre, muy mal. Ven en seguida.-Luis.&gt;
- ¿Has entendido?
·Que• desgrac1a.
. '
- S.1. •• 1
-Me voy esta noche ... No tengo otro remedio... Si no salgo esta
noche tú sabes que no podía tomar el tren de mañana... Dormiré en
el Francfort.
Bajaron rápidamente del coche. Ella estaba muy pálida. Tanto,

\

que la doncella que salió a recibirla puso una gran ternura y una
gran avidez en su «Mía Señora».
-¿Qué le pasa «Mía Señora»?
Tornando en plena hipocresía, subió corriendo a su habitación,
y gritó:
-¡Las maletasl
Fué preparando todas las cosas sobre las butacas y la cama. En
aquel apresuramiento el hecho tenía algo de verdad.
Ella, después de haber llorado, se asomó a la alcoba.
-¿Pero te lo llevas todo?
Él se volvió desconfiado. «¿Quizá desconfiaba?»
-Tú sabes que todo se puede necesitar cuando no sabe uno qué
va a pasar... , qué tiempo va a tener que estar a la cabecera de una
enferma ...
Armando seguía afanosamente la preparación de sus maletas.
Todo lo tenía arreglado desde hacia días. Sólo la dejaría unas cuantas hojas de Gillette desparramadas como tarjetas de acero del
hombre.
-Vete fuera si has de llorar tanto ... No puedo consolarte, no
puedo hacer las maletas ... Se me olvidará todo ...
Palmyra salió de la alcoba.
Armando estaba apesadumbrado.
Era como el que guarda los pedazos del cadáver en la maleta.
Había que ser un niño o una mujer para adaptarse a aquella tenue resignación de la Quinta, cár,;el venturosa de la intimidad humana.
Había que saber desposarse con los muebles, con las cornucopias, con las columnas salomónicas como sólo sabe hacerlo una
mujer.
Había que poder saborear esa dulce paz que hay en los sofás en

xvm

273

�LA PLUMA

!,
que el alma del mundo se sienta, desmayándose el tiempo en su
pliegue ideal.
La Quinta ofrecía el día interminable que no necesita paseos ni
nada, pero él no los podía soportar.
Las maletas hechas, Armando llamó a Palmyra.
- Despídete de mí como si fuera a volver dentro de un rato ...
Eso va a pasar.
- No puedo ... No puedo-decía ella llorando-, me matarán las
saudades de un solo día sin ti...
Tenía que desprenderse de ella violentamente. Hubiera querido
evitar que sucediera eso.
Tomó el coche corriendo, como el que va a llegar tarde, yéndose
con una hora de anticipación.
Hizo que apremiase los caballos el cochero para no tener que
devolver saludos finales de marinero a la ventana a que ella se asomaba y por la que parecía irse a tirar.
Aquella noche durmió en el hotel de Lisboa con ese temor a no
despertarse a tiempo que ocurre antes de los viajes en que se huye.
Se despertó y salió en el tren casi vacío, en cuyo camarote sus
reflexiones se recrudecieron. Era libre, respiraba a gusto, pero no
dejaba de darse razones para consolar su arrepentimiento.
¡En qué día más feo le tocaba viajar!
En una temperatura bondadosa le habría entrado en Portugal una
llantina como aquella en que se derretiría Palmyra.
Cerró las ventanillas. Se quedó el vagón sordo.
Los eucaliptus de las estaciones se destrozaban en el viento. Portugal iba a acabar de un momento a otro.
Entró en los valles plácidos en que aún no había llegado la lluvia.
Iba con un señor serio y melancólico que debía vivir en otra
quinta en medio del campo.

LA PLUMA
«Yo me hubiera convertido en un señor como este&gt;, se decía Armando. Aún le quedaba una envidia de cómo hubiera podido vivir.
Le obsesionó aquel caballero parte del viaje, hasta que en una estación sin nadie avanzó un criado de patillas, que, con el sombrero
en la mano, tomó su maleta y la metió en un coche de dos caballos.
Después echó a andar, y al pasar frente al paso nivel volvió a verle
esperando que el tren pasase. Debía haber tenido influencia para pasar antes él.
El tren hacía árboles, hojarascas de humo.
Se veían pastores en medio del campo. «Mientras haya pastores... »-se decía Armando con reticencia optimista, pues en los viajes se ve la estabilidad duradera de todo.
«En la tarde del tren se comprende la tarde prehistórica»-pensaba en la soledad genial del vagón, con genialidad que le es
propia.
Iba hacia los días oscuros en que se está como en los profundos
estanques del invierno, allí en España.
Dejaba aquellas mañanas en las que aparecen vivas, recortadas
sobre un límpido cielo azul, las balaustradas del buen tiempo. Iba a
cambiar el mundo que es alegre en su inmensidad, por el que es alegre en los chamizos, en los «cabarets», en los cafés.
Aquella mañana tenía una punta de sol, cuchillos de sol, aun los
días nublados. La claraboya del mar también era luminosa siempre.
«¡Si no lloviese tanto!»-se decía Armando para contradecir su
nostalgia, que era 'demasiado amorosa, tan amorosa que la reprendía, diciéndola: «Podrás estar sobre lagos de lluvia, pero siempre en
lo alto, junto a la luz, no como aquel Madrid que se sumergía y sólo
vivía con empuje la luz artificial de los «cabarets».
Iba atardeciendo cada vez más, y Armando veía el panorama de
los alrededores de la Quinta.

�LA PLUMA

ll

•

lit
lj~

1

Los hotelitos en la tarde oscura quedaban a flote, como barcos
amarrados en el puerto seguro.
Los pinos llevaban una vida platónica en lo alto del monte. Todo.
tenía la placidez de lo que disfruta luces, vacaciones amenas entre
dos muertes: la del nacer y la de morir. Todos aprovechan el interregno.
La noche vino, y Armando se perdía en el sueño pesado de los
viajes. Ya estaba corriendo por España camino del Madrid que quebranta los huesos, pero cuyo suplicio quería vivir.

'·

OLIMPIA DE TOLEDO
DRAMA EN TRES ACTOS

RAMÓN GóMEZ DE LA SERNA .

(Se continuará.)

TERCER ACTO
(La misma escena del primer acto.)

ESCENA PRIMERA
PACA y DOÑA LORENZA entran por la derecha.
PACA

La señorita está en Contaduría. No creo que tarde. Pero, a lo mejor,
se entretiene, porque hoy es el último día que trabaja en este teatro.
LORENZA

De todas maneras esperaré, porque tengo verdadera necesidad de hablar con su señorita de usted.
PACA

¿Quiere usted hablar a solas con ella?
LORENZA

Sí, me gustaría eso.
PACA

Entonces, lo mejor es que usted se quede aquí, y yo esperáré en la
puerta, para decirle que está usted en el cuarto.
277

�LA PLUMA

LA PLUMA
LORENZA
LORENZA

Gracias. Muchas gracias.

¿Y quiere usted decirme lo que Augusto le ha contestado?
.l'ACA

¿Quiere decirme la señora quién es, para decírselo a la señorita
cuando venga?

PACA

El señorito Augusto la decía riéndose: ¡Chica, aquél no se acuerda
de ti para nada, se ha metido en el estudio y pinta!

LORENZA
LORENZA

Soy ... la madre de Julio ...

¿Y su señorita lo ha creído?
PACA

¿Del señorito Julio? ... ¡La madre!...

PACA

LORENZA

No lo sé, señora, si lo ha creído; lo que sí dijo fué: «Tanto mejor,
dentro de dos semanas, para Julio, como si yo no existiera en el mundo ... ¡Mejor!»

PACA

LORENZA

Sí.
¿Y quiere usted verse con la señorita?

Dispénseme usted tanta pregunta.

LORENZA

PACA

PACA

No, señora; yo le contestaré con mucho gusto. Siempre me ha sido
simpático el señorito Julio; porque de todos los que han venido por
aquí, es el que tiene más corazón ...

Si.
¡Qué raro!

LORENZA (reprimiendo

LORENZA

un sollozo.)

¡Gracias! ... ¡Gracias!... ¿Y por qué dice la señorita que dentro de dos
semanas?...

Si, es muy raro.
PACA

PACA

El señorito Julio ha reñido con la señorita y ya no ha vuelto por aquí.

Porque mañana sale para el Extranjero.
LORENZA
LORENZA

Su señorita de usted ¿ha preguntado por mi hijo?

¿Mañana se va? ¿Ese es su retrato?
PACA

Ha preguntado, si..., pero poco. Alguna vez ha preguntado al señorito Augusto por él.

PACA

Sí... Creo que viene la señorita. Voy a decirla que usted la espera.
(Vase.)

�LA PLUMA

LA PLUMA

_ (Lorenza se kva~ta, va al tocador, donde hay una fotografía de OlimlJia, la coge¡ la mira durante un gran rato; al dejarla, toca el puñal q~
está sobreel tocador.)

nada,. créamelo usted, de nada absolutamente. Nosotras, las mujeres de
mi condición, tenemos que ser como yo he sido con Julio, y con los demás, con todos, con todos... Me río porque esto me recuerda una escena de comedia.

ESCENA SEGUNDA

LORENZA

DOÑA LORENZA y OLIMPIA

Mi hijo ...
OLIMPIA

OLIMPIA

¡Señora!... ¡Qué cosa más extraña! ¿Por qué ha venido usted aquí?
LORENZA

Su hijo llorará, se desesperará, me nombrará mil veces, y dentro de
un mes, todo lo más, bromeará con sus amigos a mi costa ...

¿Le ha dicho a usted la muchacha que soy la madre de Julio?
OLIMPIA
"I

He venido porque creo que es mi deber... ¡Qué se yo!... ¡Será inútil
el paso que doy!... ¡Adiós!... No; he venido a hablar con usted, y no puedo marcharme sin hacerlo.

~ 1¡¡ ':

/, 1

Mi hijo no puede vivir sin usted ... (Pausa.)

Sí..., es lo que me hace no comprender... ¿Le pasa algo a su hijo?
LORENZ.\

1 :

LORENZA

OLIMPlA

Lo mismo que en La Dama de las Camelias, sólo que al revés ... Ya ...
Ya... A una mujer como yo le debía halagar lo que usted acaba de decir;
a mi no me halaga porque no creo en ello. Bueno, señora; y si es cierto
que su hijo no puede vivir sin mí, ¿qué es lo que usted pretende? Ha venido a decírmelo y deseo que me lo diga claramente cuanto antes.

OLIMPIA
LORENZA

Siéntese usted y dígame por qué ha venido aquí.

"1

LORENZA

Mi hijo Julio ... hace días que no vive, no descansa, se ha encerrado
en el estudio, y llora ... , llora siempre... Cuando me acerco a la puerta
le oigo llorar, y cuando_ no llora se pasea... , suenan sus pasos día y noch~. ~ntre sollozos dice: «¡Olimpia! ¡Olimpia! ¡Siempre! ¡Siempre
Ohmpial...»
OLIMPIA

. Mire usted, señora ... , yo me marcho de Madrid y de España mañana
mismo. Estaré ¡qué sé yo cuánto tiempo fuera! ¿Quién sabe si volveré?
Yo siento muchísimo cuanto ha pasado ... , pero no tengo la culpa de
280

¡Me duele decirlo!...
OLiMP1A

Lo comprendo, le duele a usted decirlo ... En el dolor de usted está
1a verdad... Supóngase usted, madre de Julio, que yo fuera la que, enamorada de su hijo, no pudiera vivir sin él, y loca de dolor al ver que su
hijo desaparecía de mi lado, quizás para siempre, le suplicara a usted
que me dejara vivir con su hijo, y su hijo, que no me querría, como yo
no le quiero a él, ¿qué contestaría usted a mis súplicas? Diría usted:
«¿Cómo usted, Olimpia de Toledo, mujer de escándalo, pretende unirse
para siempre con el hijo de una familia honrada, y sin tacha, para que
todo el mundo se ría de él y le señale con el dedo? ¡Imposible! ¡ 'Jna ma281

�LA PLUMA

LA PLUMA

dre no puede consentir semejante cosa!:. Eso es lo que le duele a 1.16ted.
Ahora, si fuera lo contrario, no le dolería nada ... Señora, yo creo que
nuestra entrevista debe terminar... Yo, mañana desaparezco, y el tiempo
lo borra todo ...
LORENZA

OLIMPIA

Me pide usted la compasión que no tendría usted conmigo ... Además, que no creo en semejante cosa. ¡Adiós, señora! ¡Adiós!. .. Paca,.
acompaña a esta señora hasta la puerta. (Vanse Olt'mpia, doña Lormza.
7 Paca. Pausa.)

¡Por el amor de Dios! ¡Compasión para mi hijo!...
1
1

OLIMPIA

ESCENA TERCERA

¿Compasión? Yo la tengo. ¿Pero qué sacan ustedes de mi compasión?¿Mi compasión les sirve para algo?

PACA Y PAQUIRO

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, 'l~I

¡~•
J1¡

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(Entra Paca seguida de Paquíro.)

•1111,, ,
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~··,

LORi:NZA

Yo le suplico que le llame, que le atienda...
OLIMPIA

;'--,\
-~I ¡I

Lo único que puedo hacer es desengañarle. Ni eso, porque ya lo he
intentado y él quiere seguir con el engaño ... Usted no tiene nada que
echarme en cara. No he distinguido a su hijo de los demás. Todos han
sido iguales para mí. ¿Qué exige usted? ¿Qué quiere usted? ¿Qué puedo
hacer por él? Dígamelo.

PAQUIRO

Hay que seguirte hasta Ía cueva de la leona.
PACA

Al que algo quiere, algo le cuesta.
PAQUIRO

¿Y qué dice esa fierecita?
PACA

LORENZA

Si usted le llamara...

Se pasó estos días con el duque... Ahora acaba de marcharse la madre del señorito Julio.

OLIMPIA

Que venga cuando quiera.

PAQUIRO

¡La madrel ¿Qué me dices? ...
LORBNZ,\

¿Puedo decirle que usted le llama?

PACA

Como lo oye usted.
FAQUIRO

OLIMPIA

Dígaselo usted; que venga hoy, porque mañana será difícil verme.
LORENZA

Y por el amor de Dios. Un poco de compasión.

Pues no lo comprendo.
PACA

Usted no comprende las cosas del querer.

�LA PLUMA

LA PLUMA
PAQUIRO

!º comprendo las cosas del querer, y porque las comprendo estoy
,aqu,.

PACA

¡Vaya, señor matador! ¡Ahora le da a usted gana de embromarmel'
PAQUlllO

PACA

No es broma.

¡Ah, vamos! Es verdad que usted viene aquí por la Modes. ¡Ya no
me acordaba!
PAQOIRO

No es por ahí.

PACA

Pues sí que sabe usted ocultar su sentir. Ha venido usted días y días.
aquí, y nada; ha sido necesario el reñir con la señorita, para que me
venga usted con esa embajada.

PACA

Entonces será por la señorita Perrín, que habrá tarifado con don Esleban.

PAQUIRO

No he tenido por esa más que una ventolera.
PACA.

,,,..
•

,1

'•·, ,1,

PAQUIRO

, Ni la una,. ni la ~tra,_ ?i la Modes, ni la Perrín. La que me tiene a
m1 muerto, sin resp1rac1on, ni nada, tiene un nombre que empieza
,con P y acaba con A.
PACA

Y ahora le da a usted la ventolera de decírmelo a mí. Vamos, señorPaquiro; eso, pal gato .
PAQUIRO,

&lt;Qué hay que hacer para convencerte, pimpollo?

Pa quien lo crea.

PACA.
PAQUIRO

Sí, eso que tú dices; empieza con P y termina con A pero no es un
:nombre. ¡Aciértalo, mujer!
,
'

¡Ni nada de trabajo que se necesita! ...
PAQUIRO

¿Mucho, mucho?

PACA
PACA

Pues no doy con ello.

¡Figúrese usted si habré aprendido con esa maestral
PAQUIRO

Pa ... ca.
ESCENA CUARTA
(señalándose a si misma.)
Pa ... ca, eso no es nombre.
PACA

DICHOS y la MOGIGONA
MOGIGONA

PAQUIRO

Bueno, pues Francisca, Pacorra, Paquilla, Paca.
..284

A la paz de Dios, señor Paquiro. ¡Hola, Paca! ¿Habéis visto ustedes..
a mi niña por acá?

•

�LA PLUMA

LA PLUMA
PAQUIRO

PACA

Demasiado sabe usted que su niña no viene aquí.

Oye, después de la sección, tengo que hablarte.
PACA

PAQU!RO

Yo la he visto de parla con un pollo en el foyer.

Pues hasta luego. (Vase Paca.)

MOGIGONA

•

ESCENA QUINTA

. ¿A ver si es ese p_elan~s? ¡Le voy a arrancar el bigotito a ese nene!. ..
&lt;Viene usted por alla, senor Paquiro?

PAQUIRO y AUGUSTO
AUGUSTO

PAQUIRO

Si; ahora iré. ¿Qué me contestas, Paca?
PACA

Hola, torero; ¿qué andas tú por aquí? ¿A la querencia antigua o a la
nueva?
PAQUIRO

Que hay mucho que hablar.
¿Y tú?
MOGIGONA

~De móo y manera que se va la señorita Olimpia y que hoy es la despedida?

AUGUSTO

Yo, chico, estoy enamorado de tal modo, que no sé vivir si no veo a
esta pantera negra. ¿Y don Esteban, tu inseparable?

PAQUIRO

Lo sé ... lo sé ... vamos, Paca; dime algo, mujer.

PAQU!RO

Ha descubierto una cupletera nueva ...

PACA

~, 1

Que hablaremos, hombre. Ahora tengo que hacer.

AUGUSTO

Don Esteban es un verdadero coche de puuto, siempre alquilado.

PAQUIRO
PAQUIRO

Pero ...
(desde la puuta.)
Pero, ¿viene usted, señor Paquiro?
MOGIGONA

PAQUIRO

¡Vaya usted c~n ~iosl... Que en seguida le alcanzo. Oye, Paca; ¿vas
a marchar con Ohmp1a al Extranjero? ( Vase la Mogigona.)
PACA

No quisiera ... Bueno, y usted, ¿qué?
286

¿Y qué, cómo marcha esa fiera con su duque?
AUGUSTO

¿Esa? ... , bien; creo que el duque es el tío más a propósito del mundo
para Olimpia. Todavía, el señor embajador extraordinario de Su Majestad Karpática, no se ha permitido dar su opinión sobre nada; Olimpia
le sirve de cerebro, y él paga; ni eso siquiera, porque el que da los cuartos es una especie de secretario que el duque lleva siempre cosido a los
faldones del frac.

�LA PLUMA
LA PLUMA
PAQUIRO

PAQUIRO

A ella, no.

¿Sabes que ahora mismo se ha marchado de aquí la madre de Julio~
AUGUSTO

AUGUSTO

¡Pobre mujer! por fin ha venido a pesar de que la dije que sería inútil su visita.

¿A la Paca?

PAQUIRO

A la mesmi.

AUGUSTO

La va a echar.

PAQl'IRO

¿Pero a qué ha venido?
AUGUSTO

A una cosa absurda, pero clara; una madre no puede discurrir friamente cuando se trata de su hijo. Ha venido a ver si convence a Olimpia, a ver si ésta abandona el teatro, cambia de vida y se la dedica a
Julio. Figúrate tú. ¡Qué existencia les esperaba a Julio, a su madre y a
su hermana viviendo con Olimpial Naturalmente, Olimpia le habrá
mandado a paseo, como si lo viera, y habrá hecho bien, además.

PAQUIRO

Mejor, que la eche. La Paquilla está deseándolo.
AUGUSTO

¡Pues sí, que va a ser un espectáculo!. .. Ahí está.

PAQUIRO

ESCENA SEXTA

Pues yo, que tengo que darle a Olimpia un disgusti!lo. Oye. ¿Cuánto
vendrá a valer ese solitario que el duque regaló a Olimpia?

DICHOS y OLIMPIA

AUGt:sTO

OLIMPIA.

Pues te lo puedo decir, porque Olimpia, en cuestión de cuartos, es
bastante calculadora, y no Je gusta conocer las cifras aproximadas,
sino exactas. Me dijo anteayer: «Mira, Augusto, ten este solitario y pregunta por ahí lo que vale». Por intermedio de un distinguido prestamista, con el que he hecho algunas operaciones, y que sabe de joyas, me
enteré de que el brillante del duque, vale unas ocho mil pesetas ...

¡Hola! ¡Traidor! ¡Mal torero! Ya ni acordarte de mí... Vamos, ¡y que
yo te haya tratado como lo hice siempre!... ¡Infiel!
PAQUJRO

¡Olimpia!. .. Te veo más barbiana que nunca ... , con cara de satisfacción.
OLIMPIA

PAQUJRO

Es lo que yo había calculado.

Ya no me dáis disgustos. ¿Y qué? ¿Con Ja gitanilla, eh? ¡Buenas tragaderas! La chica es negra como un zapato.

AUGUSTO

¿Y qué, es que vas a regalarla otro mejor?
~88

PAQUIRv

No es la Mogigona, chica, la que me trae por acá.
XIX

�LA PLUMA
LA PLUMA
OLIMPIA

Entonces, ¿por quién vienes tú, matador de toros y de corazones de
hembra? Dí, &lt;Pºr quién vienes? ¿Acaso por mí?
PAQUIRO

te pusiste entusiasmada, pues he dicho: voy a darle d
._
qué cara pone.
os a esa mna, a ver
OLI~IA

¿A mi?

Que no es por ahí, Olimpia. Que no es por ahí.
OLIMPIA

PAQUIRO

No, hija, no; a otra A ver qué t

a Oitmpia.)

.

E
e parecen. ( ntrega el estuche abierto

Entonces, ¿por dónde es?
OLIMPIA

PAQUIRO

(Pausa)

eonm1go
. has sido ma's rona,
- p aqurro.
.

.
'
1Prec1osos....

¡Una chavalilla que quita el hipo!

PAQUIRO
OLIMPIA

¡La Pelitos! ¡Jal ¡Ja! Te ádvierto que la vas a hacer mal tercio, porque don Manuel está cada vez más coladito con ella, y la chica espera
recoger el cetro de aquí, cuando yo me vaya.
PAQUIRO

Como aquí, según parece, para que le hagan a uno caso es necesario
marcarse unos brillantes, he tenido que agenciarme unos, así, medianejos; me cuestan unas corridas; pero no me importa, la chica se lo merece todo.
OLIMPIA

¡Caramba! Unas cuantas corridas...

Señal de que a ella la quiero más.
OLIMPIA

(Devolviendo el estuche)

¿Pero quién es? ¿La has conocido ahora?
PAQUIRO

No; la conozco desde que te conozco a ti.
OLIMPIA

Pues no caigo.
ESCENA SÉPTIMA
DICHOS y PACA
PACA

PAQUIRO

Está uno medio gilí por ella ... y no repara uno, Aquí los traigo.
OLIMPIA

Señorita ... ¿Primero va el baile con el miriñaque?
PAQUIRO ( Ofreciendo

el estuche a Paca)

A ~os dos lados de esa carucha preciosa, irán estos brillantes si ella
l os quiere.
,

A ver, a ver.
PAQUIRO

(Sacando un estuche del bolsillo)

Dos pedruscos rodeados ahí, de una cosa así, como una coronilla.
Para colgarlos en las orejitas de la gachí. Como a ti te regalaron unos y

OUMPIA

¡Canallal... Para mi criada! Bah .. . bah ... , para ti; está bien. ¿Sabes
Paca que no creía que fueras tan solapada?

�LA PLUMA
PACA

LA PLUMA

¿Yo ... señorita?
OLI.MPIA

OLIMPIA

Vamos ... No sabía que hubiera a mi lado quien me roía los zancajos ...

·'1
'l

11111,

No; yo no le he roído a usted nada, ni consiento que me lo diga.

Si quiere usted que cobre, me dará usted el dinero en la mano.
OLIMPIA

OLIMPIA

Mira... Coge lo que tengas por ahí y te largas.

('

1....,,1J

.

PACA

PACA

. 'I

~,

~i sé a qué has venido. ¡Ah! ¿A cobrar? ... Te debo el mes. Coge un
/Jotstllo. saca un óíllete y se lo líra á Paca.)

Lo recoges, si quieres.

PAQUIRO

Aquí fuera te aguardo, Paca. Tengo un palquito, y verás bailar a
Olimpia de Toledo el día de su beneficio y despedida. También estará
don Esteban con la francesa. (Vase Paca.)

rr
r.

Ten, Paca.
PACA

No, señorito Augusto. Gracias. Usted es muy bueno.

OLIMPIA

Chulo idiota, así te destripe el primer toro ...

·,

ÁUGusto (recog{mdo el bllúte.j

• , tr

...

r • •

IJLIMPIA

u
J.:

Menos conversatión, y largo.
n

PAQUIRO

¡Adiós, Olimpial Si no nos vemos, que lo pases bien. (V~se.)

AUGUSTO

Ten el dinero que has ganado honradamente. El último quizá.
PACA

ESCENA OCTAVA
OLIMPIA y AUGUSTO; luego PACA
AUGUSTO

¿Tú no habías notado ... ?

(

ESCENA NOVENA
OLIMPIA

¿Me voy a fijar yo en mi criada?
PACA

.Por eso, ya no lo g~iero. _Y entre mujeres como nosotras, ya para
~ue andar con ceremonias. Mira, Engracia, te aplaudiré desde mi palco
s1 me gustas. ( Vase.)

(Sín delantal§ con el mantón)

Señorita... He dejado todo en su sitio. Como es el último día, si usted quiere la ayudaré.

OLIMPIA y AUGUSTO
OLIMPIA

¡Qué asco! Por supuesto que el maleta la abandonará en cuanto se
harte de esa fregona.
AUGUSTO

Qué sé yo; la'Paca no es ninguna boba y no me chocaría que hiciera
carrera entre las señoritas de mala vida y costumbres.

�LA PLUMA

LA PLUM A
OLIMPIA

ESCENA DÉCIMA

No me interesa. ¿Sabes que estuvo la madre de Julio?

DICHOS Y JULIO
AUGUSTO
OLIMPIA

La recomendé que no viniera.
OLIMPIA

No hay nada tan egoísta como una buena madre. Indudablemente
pretendía que yo dedicara mi vida a su hijo; porque al niño se le ha
ocurrido pensar que no puede vivir sin mí. ¡Como si se pudiera creer
semejante cosa! Ahora soy yo la que he de tener lástima de los que
dicen que sufren porque no pueden satisfacer sus caprichos, sus ventoleras de amor. Pues cuando yo sufría nadie se apiadó de mí; si yo en
aquella época le hubiera confesado al hombre que quería, sí, al que
quería con toda mi alma, que yo no podía vivir sin él... ¡Qué risa! ¡Qué
burlas! ¿De modo que la Engracia te ha dicho que está chalada por tí?
Bueno, hombre; te la llevas por unos días, y luego, ¡quién da la vez!,
como el verano en la Fuentecilla para llenar el botijo.
PAQUIRO

Pero, Olimpia: porque tú hayas sido desgraciada, no vayas a creer
que ...

Pasa, Julio. Te dije que esa puerta estaba abierta para ti para entrar,
y para mí para salir. Me alegro que hayas venido; así tendremos la última explicación.
]Ul.10

¡Olimpia!
OLIMPIA

Calla un poco y óyeme. Estaba hablando de ti con Augusto y le
decía lo mismo que he dicho a tu madre...
JULIO

¿Mi madre ha estado aquí? ...
OLIMPIA

Sí, tu madre ha ido a decirte que te esperaba. Óyeme, y estate tranquilo. Tú, Julio, te crees loco, completamente loco; pero tu locura será
bien corta. Ahora no tienes sentido común. Tú insistes en que yo abandone por ti mi vida, mis éxitos, mis contratas, mi fama ...

OLIMPIA

Yo soy como me han hecho. Todos fueron crueles conmigo, y ahora
soy yo la que grita: ¡Quién da la vez para llegar al corazón de Olimpiat
¿Qui~n da la vez? El que dé más dinero.
AUGUSTO

OLIMPIA

Con tal de que yo te quiera. Bueno. Suponte que yo, fascinada por

ese amor, que crees sincero, enorme, lo abandono todo. ¿Tú crees· eiue

Te calumnias.
OLIMPIA

Digo la verdad.

JULIO

Yo lo aceptaría todo con tal...

nuestra vida sería posible? No; tú serías siempre, siempre, un desgraciado, y yo también. Tendrías que separarte de tu hermana, d! tu madre. Tú eres celoso, terriblemente celoso, y tendrías celos de mi vida
pasada. Porque yo, Julio, he sido una mujer perdida. ¿Lo oyes? ¡Una
mujer perdida! Porque había que comer y yo no sabía trabajar, no me
habían enseñado a trabajar. ¿Sabes? ¡Ah! Si entonces te hubieras pre-

�LA PLUMA
LA PLUMA
sentado, cuando yo era la pobre Engracia R.odrígnez, cuando un mantón raído me cubría. Pero no, entonces yo no llamaba la atención.
~hora vienes tú como vienen otros, cuando me veis llena de joyas, vestida de seda, y q_ueréis ser los dueños únicos de la mujer aplaudida, celebrada por el publico. Ahora no os lo agradezco. Entonces era la ocasión de hacerse dueño de mi alma.

ESCENA UNDÉCIMA
AUGUSTO y JULIO
AUGUSTO

Ya lo has oído. Vamos.
JULIO

JULIO

Déjame.

Yo no te conocí.

AUGUSTO
OLIMPIA

¡Cuántas veces, quizás, habrás pasado cerca de mí! ¡Y no me habrás
mirado! Y ahora, ¿a qué vienes? ¿Tienes dinero? No, no lo tienes. Entonces no me quieras. Has de comprender que yo soy una mujer de
lujo, de postín-como diría el imbécil de Paquiro-. ¿Crees que con tus
dibujos, con tus cuadros, vas a sostenerme a mí, acostumbrada mal? Te
concedo que estoy muy mal acostumbrada. Te engañas. Te he dado
cuanto una mujer como yo podía darte: todo menos el corazón.
JULIO

Porque no lo tienes.
OLIMPIA

Mejor. Si no tengo corazón no puedo entregárselo a otro. ¡Sin corazón! Entonces, ¿qué quieres de mí? Mira, Julio, vete; vete ya. Despídete
de mí para siempre, y dentro de unas semanas, quizás aquí mismo con
Augusto, comentaréis, delante de otra bailarina o de una cupletista, la
chifladura tuya, que te hacía tener la ilusión de adorarme. Terminemos de una vez. Olvídame y sé feliz. (Vase.) ¡Tu amor! ¿Tú amor? Es
una camama.

Vamos, hombre, vamos.
JULIO

No, todavía no.
AUGUSTO

Pero, ¿no lo ves?, ella misma lo ha dicho. Es una criatura egoísta,
cruel, calculadora. Lo dice ella misma. Y lo dice con razón. Hay que
pensar en aquella infeliz, en la pobre muchacha, engañada, abandonada, que iba rodando por los tablados de los cafés cantantes de los barrios bajos. Hay que pensar en lo que tuvo que sufrir, en lo que lloró,
en lo que tuvo que hacer aquella desgraciada, para ir ascendiendo en su
carrera. Cada protector que aparecía en aquellos tiempos era un indiferente o un canalla que se llevaba una ilusión, un jirón de vergüenza, y
que no había amparo, no había sostén en todo el mundo, y la pobre
Engracia Rodríguez, para no caer muerta, tenía que apoyarse en lo más
fangoso, en lo más podrido ... Vamos.
JULIO

¡Déjame!
AUGUSTO

No cree en tu amor, se ríe de él y tiene razón en no creer.
JULIO

Yo la quiero.
AUGUSTO

&lt;Por qué la quieres tú? Por su fama, por sus trajes, por sus éxitos,

�LA PLUMA
por que esos afeites de la bailarina te emborrachan, por el brillo de sus
joyas y de las lentejuelas que bordan su falda, porque ves que produce
ansia en los demás ...
JULIO

La quiero porque sí...
AUGUSTO

Vamos Julio, hermano Julio, por tu madre, por tu hermana, vamos ya.
JULIO (se levanta)' va hacia la puerta.)
No... , no puedo ... , déjame solo, déjame mirar esto por última vez.

CANTO CAUTIVO

AUGUSTO

I

Ven.
JULIO

!Por la pipa de kiff
se me•salía el alma
desvanecida en rosas
desbaratadas.

.

No ... (Augusto vase.)

ESCENA DECIMASEGUNDA
JULIO (Va al tocador y ve la joto~ajla de Olimpia, la toma, la besa, vuelve a dejarla en et tocador, y coge el puñal, se desabrocha el chaleco,§ mirando el retrato alza la mano para clavárselo en el pecho.)

2

Gn el rabab sin cuerdas

ESCENA DÉCIMATERCERA
JULIO y OLIMPIA en la puerta.
OLIMPIA (mira a :Julí/J y serle).

¡A que no!
JULIO (se precipita sobre Olimpi·a y la hiere,§ sale huyendo. Olimpt"a grita al caer. Entra gente.
TELÓN

RICARDO BAROJA.

enredaste la barba
santón que por la calle
floreces las sandalias.
3
'Guba de sol candente
sobre las azoteas blancas
y el mar arrellenado
en cojines de playa.

�LA PLUMA
LA PLUMA

•

9
4

.Ca yerbabuena dulce
dewanecida en ámbar
para el sol de los ojos
esta música esclava.

-.~ ...

s
!IJel monte piel de moro
fuera de las chilabas
pan negro requemado
bajo orin de las barbas.
6
~

.Cuces en las callejas
dentro de las tiendas
el amor entre lágrimas.

7
:Parasol de los negros
rojos y azules. 9l,rdo
en delirio de luces.
Por la noche de carne
van trémulos los aros.
8

6n el cielo el sol
pebetero apagado
en montones de oro
pacen los asnos.
_3 00

!Palabras divergentes
en el abiga"ado
enjambre de los gritos.
(;l cuento tremelúcido
abre su cuarto
con los ojos estáticos.
IO

Cambiantes de palabras
cambiantes de ojos
por el sol de la boca
corren arroyos.
11

Camellos en el verde
pabellón del sultán
atlas caídos
en medio del mar.
12

'Gé moro y en la pipa
de caña el rojo sangre
como un beso se da
que no va a nadíe.
13

.Los pies corrían
cuando el alma
dormia despacio.
301

�LA PLUMA

14

!Dientes blancos
que no se ven bajo
la tela blanca.
.los ojos
en una mezquita dos arcos.

15
.laúd del café cantante
la voz era el sueño
tú el hatschisch en el aire.

UN MODERNO DRAMATURGO ALEMÁN
GEORG KAISER

16

'Gragaluz en la vida
banderas en el mar
vivas alegorías
para soñar.
17
.Ca gumia de la luna
segaba estrellas
el mar las recogía
para hacer perlas.

'1

[I

18

cSelam, selam
en mi fuego
te derretirás.
'f;ánzer, 1923.
302

ROGELIO BUENDU..

situación difícil que el fracaso de la economía alemana,
impone al crecido número de teatros literarios, coincide con
¡
una crisis íntima de la producción. Ha llegado la dramaturgia contemporánea a un punto cuya prosecución sería la
esterilidad irremediable. Por otra parte, las deformaciones sociales y el
derrumbamiento de la clase media ha hecho desaparecer el público que
ofrecía a los dramaturgos la garantía de la tradición y un juicio independiente.
La divergencia entre el gusto frívolo del nuevo público, poco informado de asuntos artísticos, y las producciones de una espiritualidad
atrevida de los literatos que dominan la escena, nunca había llegado al
abismo actual. Verdad es que el porvenir de los teatros alemanes, como
el de todas sus instituciones civilizadoras, pende del problema de la reconstitución económica.
Un grupo de escritores resuéltos y cerebralmente íntegros ha conse-guido conformar la opinión literaria de la Alemania de la post-guerra.
Uno de los más característicos es el dramaturgo Georg Kaiser. Su vida
singular refleja toda la tragedia en que está enredado el intelectualismo
A

�LA PLUMA
LA PLUMA
de alta vocación. Su obra revela la despierta sensibilidad de un genio al
que agota el afán de descubrir la realidad de un concepto _f~ntasmagórico de una constitución social más justa, humana y defimtiva.
'Muy escasas son las noticias sobre la formació~ del_ poeta Georg Ka!ser. Pasó la juventud muy lejos de la patria y m_as leJOS d: la_ bohe~~~
literaria de la que salieron tantos ingenios en la epoca romant1ca. V1V10
en la Argentina, dedicado al comercio.
Al regresar a Alemania, aportaba varios manuscritos teatral~s, obras
de calidad escénica insuperable, maestras en cierto modo. Careciendo de
relaciones literarias, sin apoyo, ofreció sus obras, se aceptaron y se representaron. Die Yiidúche witwe, la viuda judía, es la primer~ de esta serie de comedias originalísima de Judit-asunto tratado hacia o~henta
años por Federico Hebbel-, obra de principi~nte'. c~n un_a audacia que
ponía a descubierto los trazos de un extraord10ano in~emo.
En cuanto a la fuerza del realismo y a la vehemencia de los caracteres, Georg Kaiser no puede competir con su anteceso:; su ma~era más
delicada, fluctuante y nerviosa, hace de la figura heroica un~ v1rg~n precoz y patológica. El rey Marke (Konig Hahnrei) ~ierte las m_fimtas lamentaciones de su edad vieja y perversa en el deleite clandestino que le
produce la afición ardiente y muy ca:nal de Isolda co~ Tristán.
Con un estilo de ligereza coreografica o de pantomima, en otra ob:ª•
Europa, se glorifica la idolatría de la carne vigorosa. El padre de los dioses debe adoptar el papel brutal y estúpido de un toro para vencer a los
sutiles rivales que asedian la hermosura de la hija del rey Agenor. El nacimiento de Europa como el triunfo bárbaro y juvenil sobre la decadencia griega es la alegoría de la obra. Es un concepto que pertenece al romanticismo de Nietzsche y de Wedekind como reacción a una época
de naturalismo y determinismo. En rigor no se plantea aún la cuesti~n,
sino que se veía en el culto de la vitalidad firme un elemento de sociabilidad más integral y apremiante.
, .
.
La ruptura definitiva con los dogmas arttsticos del siglo pasado decide el éxito de su obra con las dos producciones inmediatas de Georg
Kaiser. Son estas dos obras Von Morgeus bis Mittenzaehls y Die Burger
304

von Calais. De modo rico, maravilloso, pintoresco, sabe recoger la versión de un suceso dándole la plena y palpitante realidad de Ja vida. Un
pobre cajero, estrangulado años y años entre las paredes de su despacho,
concibe en un momento de visión una inspiración divina. Prendida la
chispa de un anhelo en la tristeza desesperada de su vida, el afán de conocer ésta por completo le sugiere lograr esta vida verdadera defraudando los dineros que le están confiados. De la mañana a la noche ( Von
Jforgms bis Mz'tte-rnaclzs) recorre todos los estados que el dinero avalora.
Fallida su creencia, traicionado por el dinero, se da cuenta de su nulo
valor y de la nulidad de la vida que aquél promete. Tal sencill-ez y rapidez del desenlace psicológico parece exigir ya las dimensiones sobrenaturales y más efectistas de la cinematografía. En cambio Die Burger
von Calés, inspirado en la obra de Rodin, conserva toda la austeridad y
solemne dignidad de la piedra. Es un recinto sagrado al que ingresamos
aún desalentados por el compás atropellado de las aventuras cajeriles.
Nos encontramos en el ambiente de una realidad superior y atractiva.
En las líneas armónicas del relieve simboliza el poeta el valor eterno de
nuestra acción. Estas dos obras, surgiendo casi a la vez de la imaginación del dramaturgo, acentuaron la perplejidad de los críticos ante el
fenómeno que se les aparecía. ¿Cómo eran posibles en la misma fantasía -dos conceptos contradictorios en extremo? ¿Era Kaiser un ecléctico
que abusaba de las ricas dotes de su sensibilidad? La condescendencia
con los problemas que afrontaba hasta sus últimas consecuencias, ¿era
la temeridad revolucionaria de un temperamento creador? Hay que darse cuenta de la producción dramática que dominaba la escena septentrional. En el fondo, desde Goethe y Schiller, eran románticos los autores que soñaban con un teatro nacional. Romántico es un poeta cuya
obra exige alguna trascendencia más allá de la forma en que fué concebida. Romántica es una obra que vista en sí significa menos que quien
la engendra. Para el poeta romántico la sustancia de la vida está alejada
de las cosas que se nos presentan, no como símbolos, sino como recuerdos lejanos de un sentido inasequible. De modo que el éxito de la
obra necesita el contacto íntimo con la vida de su creador; su valor es
XX

�LA PLUMA
LA PLUMA
relativo, y tan sólo deja de serlo comprendido en la totalidad del individuo que se apodera de él. El último empuje contra la cultura romántica lo dió Goethe.
La esencia de la vida que encontrabá era quimérica; se vió precisado
a sustituirla, diríamos químicamente, y la imitación estaba condenada a
una esterilidad irremediable. En efecto, la formación de los grandes teatros nacionales es anterior o posterior al romanticismo.
Sumergido en el suceso que constituía su asunto, el dramaturgo
reúne la mayor libertad con la humildad más profunda. Nada hay de
problemático en su vida; presta su sensibilidad a un público reunido
por la curiosidad del acaecimiento. Es este el germen del cuento y del
drama (entre las dos formas hubo siempre una estrecha conexión); es
además la garantía más concreta de una realidad religiosa, y suponiendo
en la transfiguración poética una plenitud universal, cósmica, aparece
en él la transcendencia ideal de la vida misma.
Así podremos apercibir el punto decisivo al que nos conduce la ambigüedad del dramaturgo de Bürger von Calaú y Von Morgens bis Mitternaclzs. Celebra las virtudes nacionales y descubre el fracaso de una sociedad que no existe sino en sustituciones lamentables incapaces de suplir la vida.
En sus obras siguientes aparece más dentro de esta controversia. Una
trilogía, Die VraraLle, Gos I, Gos II, pretende la solución de la cuestión
social. El héroe de la primera obra asciende desde los bajos fondos de la
masa a una riqueza fantástica. El fracaso personal de su soberbia de capitalista hace posible un socialismo que llevará a cabo su hijo. Renuncia
al usufructo de la herencia paterna, trocándose de explotador en organizador de las inmensas riquezas pertenecientes a sus subordinados. El
problema está latente en aquella paradoja. No podía consistir la exigencia de los oprimidos en una mera participación formal que aumentase
la fuerza del grillete, sino en el deseo sencillo de una suerte más humana y personal. Envenenados por el cc,mpás extenuante de las máquinas,
no pueden acertar la verdadera causa de su desdicha, no comprenden
que sólo en su propio ser deberían encontrar la salida del círculo en el

que están cautivos. La fábrica se hunde y los obreros vuelven a los escombros para que se reconstruya. El hijo del millonario, el único herido por
el rayo de un presentimiento, quiere impedirlo, y será expulsado, lapidado, condenado a arrastrar el secreto que liberaría a todos en una soledad estéril y mortal.
Otra obra, Bolle Weg Erde, completa esta serie, añadiendo a la realización del socialismo su último y más afirmativo elemento: el utopismo. El drama nació bajo la sombra de Dostoyeusky y en él domina un
concepto vago e in undante de la agudeza acostumbrada en el desenlace.
La fantástica extravagancia del asunto nos conduce a las heladas regiones cerebrales, sustituyendo esta falta de vitalidad con lirismos amplios.
Georg Kaiser niega radicalmente la posibilidad de que exista el delito,
cometido por todos y nadie: se abren los cuarteles, se rompen los calabozos, se abandonan ciudades y todos acuden a escuchar el discurso del
poeta, que muy bien nos puede sugerir la cuadratura del círculo, sin
impedir con ello que el resultado de tal maniobra cerebral se sustraiga
a nuestra imaginación con la misma ligereza con que figuraba en las
manos agitadas de su autor. La masa en estas obras se condensa en
energías casi dinámicas y perdiendo su vida individual, su variedad pintoresca, llega a ser como una cifra en mano de su creador.
El papel de pensador austero, platónico, lo adopta definitivamente
en su tragedia Der gerettete Alkibiades, quitándose la máscara hipertrófica y enigmática que cubría su inteligencia. Viendo el engarce de sus
numerosas obras, hemos de hacer constar que la promesa ofrecida no se
cumple, que ha limitado el ámbito de su sensibilidad, que se ha hundido en la oscuridad de un problema cuya complicación la luz de su
fantasía pétrea no habría iluminado por entero.
El éxito exterior de la obra de Georg Kaiser había alcanzado el
colmo el año 1921. Figuraba en los repertorios de todos los teatros que
presumían de alguna transcendencia; un estreno del autor se esperaba
con interés y curiosidad acuciadora; se representaban traducciones de
sus obras en Inglaterra, América y Escandinavia. La fecundidad de su
genio parecía inagotable y casi eruptiva. Se propalaba que estaba dedi307

306

�LA PLUMA
cado siempre a la elaboración simultánea de cuatro o cinco obras y que
proyectaba además la explotación poética del vasto yermo de la cinematografía.

l:n medio de esta esperanza orgullosa que emulaba la joYen Alemania con el nombre de Georg Kaiser, un hecho alarmante, además de
quitarle el honor civil, debía desacreditarle a los ojos de la mayoría robándole su actitud preeminente. El delito, que había sido el germen integral de tanta¡ obras suyas, fué cruda e irreparablé realidad en su pro
pia vida.
Convicto de defraudación, los jueces hubieron de cumplir las leyes y
condenarle. Él creía justificarse declarando con soberbia que las leyes
eran inadmisibles a la singularidad de su ingenio.
Tenemos aquí toda la tragedia del intelectualismo contemporáneo.
Incapaz de engendrar la síntesis íntima con la actualidad de la vida, vacila sin apoyo entre una resignación suicida y una soberbia desenfrenada y sacrílega.
Ha sido Carl Sternheim quien pronunció la verdad tremenda de
que la palabra pueblo había dejado de corresponder a una realidad y
que desde ahora sería rechazada como metáfora atrasada y remota del
ámbito de su poesía.
Así, aislado y estrechado en la vitalidad de su propio ser, necesitaba
el dramaturgo la tragedia de su vida para justificar y profundizar su.
obra.
WERNER

KRAuss.

LA PLUMA

EL NAVÍO MEDROSO
!Paquebot de seis puentes
g cuatro chimen.eas
!I ascensores eléctricos !/ hélice triplicada.
Ciudad mecánica, trémula !/ errante
g babélica
por que a través de los siglos
encarnaste la bíblica legenda de la promiscuidad de los hombres !/
[de las lenguas!Paquebot. ¿!Por qué tiemblas?
¿'Giemblas porque allá en tus entrañas
tu corazón de acero,
tu corazón inquieto
como es el corazón del siglo XX;
tu corazón lleno de bielas !/ de tubos
te da una pulsación viril g rítmica
para ir violando el agua
g desflorar la carne de las olas
cuya virginidad se reintegra tras de tu estela a cada instante?
¿{) también tiemblas
porque esta tarde
comentaba el termómetro una posibilidad de tempestades
g, en tu proa medrosa
corta un alfange masas de neblina
pero va tiritando
no solo al frío

�LA PLUMA

sino al mordisco del presentimiento ... ,
¡oh el obsesor recuerdo de tragedias oceánicas!
{;vocación de trombas g naufragios
que pasa en remolino apocalíptico
sobre el alma del paquebot espeluznado;
el pobre paquebot que en esta noche
desvela sus pupilas perforando la niebla
g solloza con asma
ese! asmtr que persiste
desde que el humo raspa su cuádruple garganta!,
solloza con amagos de locura
que apuñalan el alma de la noche
en cugo añil solapan mar g viento
sus confabuladas agresiones...
!Pero la noche, aviesa, dice al barco:
¿qué más da hog que mañana
si sólo el mar contiene tu destino
g en él cierra su hipérbole tu suerte?
.Ca onda que para tu cuna se hizo cóncava
se hará convexa para tu ataúd.

CRÓNICAS LITERARIAS
ITALIA
D'ANNUNzro A NOSOTRos: ANTE PAPINI. - Un nuevo libro de Papini, esta vez en colaboración con el ferocísimo católico Domenico
Giuliotti, aparece ahora en los escaparates de las librerías italianas: el Dizionario del/'01110 selvatico. ¿Poesía? ¿Novela? ¿Filosofía?
Nada de bromas. Papini tiene ya escogido camino; y sería absuldo y hasta pueril esperar de él un libro de verdadero sufrimiento interior;
la 1bra que sus admiradores-si todavía los tiene -esperan e invocan.
Y como el Diziona,·io dell'omo selvatico, aun con tantas páginas bellas y papin,nas como contiene, no nos da un nuevo Papini. y como. digámoslo también un nuevo Papini ya no vendrá acaso nunca, intentemos con voluntad e
intell{encia, antes de pasar a otros nombres, ('Stablecer. aunque sea a nuestro
modo y sin pr"tensiones críticas, lo que ha dado a nuestra generación y
de qu, suerte ésta Je considera ahora.
¡¡

* * *
FLAVIO HERRERA.

La µrte que ha representado Papini en los años oscuros de la última fase
del domnio dannunziano, no fué en modo alguno pobre ni sin irradiación
Antes bi•n, se puede decir que ha sido el único ingenio vivo de su época; tan
ansioso d: verdad aparecíó; tan vario y mudable en sus investigaciones y experiencias En efecto, mientras los más creían a cierraojos en los viejos dogmas }iteraros espirituales y morales, él los combatió; y no superficial y débilmente, sino con todas las fuerzas del ingenio y del ánimo. quijotescamente
3I 1

�LA PLUMA

LA PLUMA

ávido de descubrimientos cada vez mis nuevos y límpidos. Los primeros diez
años de su actividad documentan por modo admirable la frescura de su ingenio y la gallardía y el ímpetu de su condición. Investigador por instinto, pasa
descontento y febril de una experiencia a otra; y aunque cada superación es
para él en el fondo más una derrota que una victoria, su ánimo no cede, su
vehe mencia no decrece; de suerte que el lector tiene la sensación de una renovación continua de fuerzas y de cultura, que se alimenta en la tragedia misma del hombre y lo lleva a la obra maestra. Un documento de este ansia deberá darlo, en efecto, en Uomo finito, que es precisamente el libro producido
al margen del cansancio, el libro cálido y ansioso de la propia pena interior
insuperable. Desde I' Uomo finito empezarnos a comprender al mismo tiempo
las grandes posibilidades de Papini y sus imposibilidades. Porque aquella
renovación de fuerzas no fué efectiva en realidad, sino aparente; que el esfuerzo del pensamiento, por ascendente que pareciese, no era otra cosa que
un giro, vivo sí, pero desesperado, en torno al eje propio espiritual y sensible

*

11

J

-t

\

* *

No hay ya quien no sepa cuánto hemos amado a Papini (y no sólo los illlianos) los jóvenes que hoy cuentan treinta o treinta y cinco años; porque odos vernos representado en él con verdadera masculinidad nuestro drama, t:&gt;&lt;iavía en formación o apenas naciente; y esta representación tenía momen:os
de tal novedad, puntos y pasajes de tal frescura, que el estupor superó I la
admiración misma.
Históricamente hablando, repetía, aunque fuera renovándolas, actiodes
que ya no eran nuevas en el curso del pensamiento humano; porque tod;S las
épocas en su parábola de cansancio han encontrado, sobre poco más o nenas,
un Papini; pero si pensamos en el momento en que surgió, bland ucho 'retó1 ico, no se puede por menos de reconocer a Papini una audacia de acitud y
de expresióu absolutamente insólitas.
Nosotros nacíamos entonces n las letras; y como autómatas aceptál)mos lo
que bailábamos, sin evaluar, no ya nuestra literatura, que rara vez el sentido
crítico es innato en los jóvenes; pero ni los hombres como tales homb:es, para
ver si la producción de los más famosos era sincera o trabajada, : quiénes
e:-an los tales, en fin, en la vida diaria. En aquel éxtasis de todas la, energías
estéticas y morales, nos encontramos, pues, con Papini; y la seisacióo fué
312

como de un gran vendaval repentino; que al mismo tiempo ilumina y aturde.
Gustan, por otra parte, los jóvenes de quien demuestra, y retóricamente mejor aún, audacia y decisión; e incluso los más arraigados, como aplicadas sensibilidades, en el arte entonces de moda-D'Annunzio y epigonos-no pudieron sustraerse a aquel improvisado aliento juvenilmente burlón; y aun cuan&lt;lo remisos, presto o tarde lo advirtieron y se congratularon.
La fortuna de Papini no irradió por lo demás, inmediatamente como hoy
parece; si no con un lento proceso de penetración, al cual no fueron ajenas
ciertas murmuraciones y leyendas. Y si la realidad era más bien modesta o,
al menos, no tan extraordinaria, la leyenda la enriqueció, la coloreó, le dió
aspectos y fisonomías de tal manera misteriosos, que la difusión de aquel
nombre y de aquella obra y la polarización de aquellas actitudes salió muy
beneficiada. Leyenda que cambiaba según el sitio; pero a través de la cual
vcfase a Papioi ya como un jorobado rabioso, bien como un Satanás redivivo;
que vivía, eso sí, en Florencia, pero no se sabía cómo; enemigo de todo el
mundo, antes bien, satisfecho de las enemistades y los odios desencadenados
en derredor suyo.
La realidad era otra como vemos y sabemos después, porque aquel joven,
mientras repartía g&lt;íllpcs a diestro y siniestro, pasaba febril y duramente sus
vigilias de estudio en las bibliotecas públicas; trabajando y buscándose; creán&lt;lose y recreándose de continuo.
Su natural, por otra parte, más de dialéctico que de artista, más de polemista que de constructor no encontraba, por más que lo buscase, un terreno
llano ea que abandonarse. Y sus posibilidades emotivas no son extraordinarias: más cerebro que corazón. Cuando, en efecto, intenta aislar la sensación
propi~ del mundo libresco en que se baila surnergide hasta el asco, construye
sí, pero siempre con intenciones críticas y sofísticas; y rara vez una emoción
profunda ayuda los vuelos caprichosos de su potente fantasía. Han de pasar
muchos años ¡y cuán trabajosos! antes de que encuentre un acento verdaderamente interior y sufrido y, corno en todos los cerebrales, casi nunca le produce amoción el espectáculo de la miseria ajena, mas de la propia; ya sea un recuerdo de la infancia (cl\fartín La Palma»), ya su misma biografía de hombre y
&lt;le escritor ( Uomo finito).

* * *
1:on todo, no es posible dejar a un lado sus obras menores-de creación y
&lt;le crítica-por más que el releerlas hoy nos produzcan cierto fastidio; es me313

�LA PLUMA
LA PLUM A
nester pensar en la época en que nacieron y en el enorme consenso que suscitaron. Era, como se ha visto, la época del dannunzianismo; en la que triunfaban
en poesía temas y motivos frívolos o retóricos, en el género narrativo anotaciones e invenciones extricta, perezosamente adherentes a la vida: sin un hálito
de poesía y, lo que es peor, con formas y modos periodísticos, prosa corriente,
Papini no era todavía el prosador excelente del Uomo finito y sobre todo de
las Cento pagine di f,oesia; pero ayudado por la lengua nativa, tiene ya un paso
de estilo discretamente disciplinado; y si todavía no sufre precisamente el escrúpulo de la palabra, su innato espíritu crítico le veda al menos los abandonos y caídas sólitos en las tres caartas partes de los escritores italianos, los
dannunzianos incluso. Por otra parte, el odio instinti·10 hacia las invenciones
manidas le lleva a investicaciones y motivos de cualidad más interna; y aunque por evitar unos modelos siga otros (lo cual les pasa siempre a cuantos intentan algo nuevo) su fantasía es tan rica y dúctil que incluso en las composiciones más calcadas en Poe, hay siempre alguna señal, algút1 momento que son
verdaderamente suyos, inconfundibles. Cierto que estos libros (Lo trágico cotidiano, El piloto ciego, Paro/e e san¡¡ue, Butfonate) no representan al mejor Papini; pero erraría a buen seguro quien del todo los menospreciase. Pudiera
decirse que es menester partir a toda costa de estos esfuerzos y tentativas para
comprender al Papini venidero; :e incluso para explicar su conversión repen•
tina de hoy. Ingenio más apto para expeler que para asimilar, su trabajo de los.
primeros años sobre todo se desenvuelve sí para comprender, pero dinámica.
mente; es decir, para sobrepujar para seguir adelante. Acepta en un cierto
momento; iucluso padece; pero su aceptación no es nunca total y definitiva.
Hasta cuando parece llegado a una atmósfera adecuada (se ve en la experiencia
pragmatista) su inquietud, aunque sea no más latente, continúa; y en un momento dado, nuevas dudas, nuevas recriminaciones le intranquilizan, que si
no le llevan decididamente a la negación despiertan su instinto crítico.
Estos flujos y reflujos, estas aceptaciones y rebeliones, estas tragedias cerebrales e interiores, no son por Jo demás de Papini sólo, sino de toda aquella
generación que, nacida en una época cansada y atea, materialista y escéptica.
siente la proximidad de una gran crisis: que será precisamente la guerra mundial con la consiguiente decadencia de todos los demás principios morales. Por
eso, Papini no es tan sólo un fenómeno italiano y mediterráneo, sino que su
tragedia cerebral se inserta en la europea; y, aunque sea con una obra discutible y no grande tal vez, se convierte en uno de sus intérpretes más sinceres-

Otros podrán quizá superarlo en fuerza creadora o en sentimiento, pero también es verdad que ninguno de los italianos de la época antibélica supo como,
él asomarse a tautos problemas actuales y darse cuenta de ellos, aunque fuera
de prisa y periodísticamente.
De suerte que, durante muchos años, dominó en Italia; y si como todos los
dominadores perdió muchas veces el sentido del equilibrio, cayendo-él tan·
enemigo del lugar común y de la retórica-en la retórica misma y en el periodismo, no es menos cierto que nos deja su epopeya espiritual en el Uomo jini- to; obra indudablemente defectuosa (en modo alguno obra maestra) pero po-tente y febril; una de las más vivas, si no la más viva, de cuantas la época post·
dannunziana ha visto nacer.

* * *

j
,i

Este es el Papini que la juventud italiana ha conocido y amado en la época.
prebélica. Pero, ¿cuántos de los que le hemos amado, que le hemos seguido,
que hemos creído en él, le son todavía fieles? Históricamente hablando, todavía es alguien; pero en la vida espiritual de hoy ya no cuenta: aventajado y·
olvidado. Con una c.aída casi tan repentina como l.; conquista, Papini se encaentra hoy, aunque todavía con muchos lectores, en una atmósfera qúe no
sólo no domina ya, sino donde ni siquiera se advierte su presencia. No e-s este
un fenómeno extraño ni uno de esos cansancios o náuseas que les toca sufrir a•
los escritores muy popul:ires; porque ya digo que la tirada de sus libros sigue
siendo grande y que, antes bien, aumenta; se trata, por el contrario, de un
hecho humano y moral, simple azar y pudiéramos decir que lógico. En efecto,
los. jóvenes que cuentan hoy en la vida italiana (y que mañana contarán más
todavía) casi todos vuelven de la guerra; y la guerra, además de darles uu
gran equilibrio, les ha hecho ávidos de muy otra cosa que bellas paradojas y
ágiles extravagancias. Lo que menos había gustado y amado en Papini era,.
por otra parte, de ayer: de una época frágil y desnutrida moral, literaria y políticamente; y el hoy se les muestn a estos jóvenes tan distante y diverso d&lt;'!l
ayer, que ciertas experiencias de antes de la guerra incluso parecen anacrónicas, cuando no retórica pura. Allá en la guerra los libros de l'apini siguieron
teniendo muchos lectores; pero, acabada la guerra, estos lectores esperabandel escritor amado no sé qué, pero sí ciertamente un libro digno de la tragedia
que ellos y el mundo habían padeci&lt;jo; libro que Papini no dió y que tal vez no,

�LA PLUMA

LA PLUMA

•dará nunca. No diré si esa expectativa era o no justa y lógica, que si bien se
mira la conclusión del impulso papiniano está precisamente en el Uomo finito,
allí donde se constriñe a una confesión estricta y disciplinada de las propias
aventuras interiores; y las pruebas y experiencias acaecidas a este libro no eran
en el fondo otra cosa que reincidencias, retornos, retoques de motivos autobiográficos, estilizados esta vez y arracimados en poemas. El he~h~ es que _Papini no volvió a ser hallado, y aparte sus posibilidades, tal _vez hm1ta~as, c1cr"tamente más cerebrales que emotiva!, a esta descentración repentma de su
posición en la vida intelectual italiana, contribuyó s11 ausencia casi absoluta
del mundo de la guerra, y no tanto física como espiritual. En efecto, todos re•&lt;:ordamos lo que en aquella época e-scribió: o literatura periodística o poemitas en prosa. unos y otros expresados como con voz indiferente y lejana, como
si no viese ni viviese con los demás, sino cncerndo en un mundo remoto,
ausente en absoluto de la tragedia que todos padecíamos.
A falta, pues, del milagro o de la obra maestra, los jóvenes a~miradores_d_e
.ayer advirtieron de improviso en él y en su óbra lo que en rcc1h~ad lo~ cnti-cos más sagaces habían ya notado antes de la gue-rra: una ausencia casi absoluta de sensibilidad, un esfuerzo completamente cerebral por épater al lector a
toda costa, una facilidad abundante, un escritor, en fin, más apt~ para disertar
-gustosamente de esto o lo otro que para crear. Incluso, se olvidaron los _momentos más bellos y padecidos de su obra, en la que babia, hay y se verá siempre un esfuerzo nobilísimo de comprensión y de eliminación, y le dejaron atrás
con fastidio y antipatía.
·
,
. .
Acaso él mismo presagiara que el consecso en torno suyo tema que d1sm1•
nuir, pero no tan repentinamente, y, sobre todo, no por parte de aquellos que
hasta ayer le habían sido fi~les: los jóvenes.

* * *
Lejos de los nuevos ya, la separación, lejos de disminuir, se act"nt~ó cuand_o
publicó la Storia di Cristo. Porque no sólo faltaba, después de do_s anos ~e silencio, la obra maestra esperada, sino lo que es peor, reaparec1a cambiado,
con una resignación súbita de viejo o de vencido. Los ideales de la generación
surgida de la guerra, podían quizá tender hacia una vida más nucv_a, más pur~,
más moral vibrar c:n ellos una necesidad de apoyos más sustanciosos, sentir
con urgen~ia cierta inexplicable inquietud, antes nunca sentida; pero entre cs316

tos 11eotimieotos confusos y la afinación ortodoxa de Papini hay harto espacio
vacío. Intuyó que, ciespués de la guerra, la generación que de ella volvía traería una fe; pero se apresuró harto a traducir esta intuición en acto, a darle wna
forma y un nombre. Por un lado, pues, espera inquietud y confusión; pero de.
otro una afirmación en demasía rápida y decidida. En suma; la Storia di Cristo
y la conversión consiguiente no dieron al desmovilizado la sensación del drama, sí más bien de un acomodo rápido, que no persuadió. En efecto, con todo
su éxito, la Storia di Cristo no esclareció ni medicó el trastorno espiritual que
la generación sufre, porque la expectativa era todavía caótica, en formación, y
pocos sentíansc ya maduros para un retorno decidido y total (no dramá~ico) a
la fe de la infancia. Por esto, el suceso fué ficticio, por cuanto en vez del camino soñado tuvo que seguir el libro otro más ortodoxo y más fácil, y encontrar la mayor parte de los lectores en los seminarios, en los conventos, en las
sacristías. Creían los jóvenes que después de la guerra Papini expresaría su
drama, ta l vez ayudando al aquietamiento de sus inquietudes; y. por el contrario, salió con un hábito nuevo: co::1 los cabellos blancos de ceniza, con un rosario en la mano. O harto poco, o demasiado.
En realidad habían creído exageradamente en él y en sus fuerzas. No era
un taumaturgo: era un hombre. Y su ingenio no podía encontrar nuevos acentos después de la guerra porque había estado harto solitario y ausente del dnma de todos; y porque, en fin, su drama, enteramente egoísta, había ya cerrado,
la propia parábola.
Entonces apareció, no como un genio del que se puede esperar quién sabe
qué, ni como figura mística de proporciones insólitas, sino como uu hombre de
gran talento que se había malgastado en las más bellas avunturas cerebrales, y
que, en un momento dado, encontraba cansado y maltrecho, reposo en Dios.
No era ya tampoco un hermano mayor de los que con la persuasión y el amor
pueden ayudar a los pequeños a zafarse de una dttda o un dolor. No podía
dar, repito, más de Jo que había dado (que es mucho), y si la Storia di Cristo
no es una obra maestra, si el Dizionario dell'omo selvático no nos da otro Papini nuevo-si su estatura, en fin, no sobrepasa la d~ sus contemporáneos-,
no por ello debe serles menos caro y próximo. Consciente o no, con ellos estuvo en su primera juventud, enseñándoles a despreciar tantas cosas falsas y
a reconocer la brizna de oro en el oropel, guía audaz y prote:vo, dcsenvuc:lto
y animos() ca una t.poca de retórica y de énfasis.
En la historia de su formación espiritual, encuentre un día o no quien Jo.

�LA P L U ~1 A

LA PLUMA

supere, ha obrado como un ácido corrosivo, y si los jóvenes de hoy y de ayer
se ver. libres de muchas escorias a él se lo deben también, y tal vez a él sobre
todo. Si hoy está encerrado en el círculo de una fe y ha perdido todo motivo
de drama, los que queriendo creer no creen todavía, deben mirarle, no como
vencido en todo caso, mas como a un liberto, pues que se ven ligados a la ca•dena de su tragedia cotidiana y sin haber escrito, ¡ay!, su Uomo finito .
MARIO

Puccuu.

Sobre Papmi: Renato Fondi: (.Ju construttore: Giovanni Papini (Ed Valeccki,
Firen:;e).-Donatello D'Oratiio: Giovanni Pappmi.-Giuseppe Prezzolini: Discorso
su Gior,anni Papini (La Voce-Firenze).

BÉLGICA
FLAMENCA. Deseo consagrar la· crónica de este trimestre a una parte de la literatura belga, donde todavía no he
tenido ocasión de llevar a los lectores de LA PLuMA: me refiero a
la literatura de expresión flamenca.
No ha de olvidarse qu~ más de la mitad del pueblo belga no
posee el francés como lengua materna ni como lengua usual, y sería soberanamente injusto dejar correr b. leyenda de que el flamenco no es un idioma, sino
un patois, que no merece ser estudiado. Si fuese a enumerar, aunque sucintamente, las obras pujantes y ricas de verdad que constituyen el patrimonio de
la lengua flamenca en el pasado, un cuaderno entero de esta revista no sería
bastante. Nadie puede ignorar que el místico Ruysbroeck, el Admirable, escribió en flamenco sus ,Naces Spirituelles•; que flamenca halló su primera expresión el célebre fabliau medieval Le Roman dr, Renard; que en flamenco
escribió el buen Cats, el moralista más popular de todo Occidente en el siglo xvu, y que el flamenco fué la lengua preferida por la pléyade de sabios y
artistas q11e hicieron del Renacimiento Septentrional uno de los momentos más
emocionantes de la vida universal.
Dien sé que la horrenda política, muy pronta en todo país a degradar las
causas más bellas, y a oscurecer lo que está claro, se ha cebado en la cuestión
•de la literatura flamenca, como en todo lo que, de cerca o de lejos, atañe a la
tTnATUllA

318

disputa de razas y de lenguas que actualmente amenaza la existencia misma de
Bélgica. En cuanto a mí, que no soy flamenco, y que tengo la fortuna de vivir
apartado de la política, me encuentro bien situado para estudiar cdesde fuera•
la eflorescencia literaria flamenca, desdeñando los puc.tos de vista accesorios,
y tomando en cuenta únicamente el carácter de eternidad que aporta al espíritu europeo.

Es innegable, para todo ei que no esté ciego por los prejuicios, que la literatura belga de expresión flami-nca es actualmente mucho más rica v viva que
1a de expresión francesa. Esta sufre con rara violencia la atracción de los
grandes movimientos literarios de París, y todos sus elementos de valor son
uno tras otro, absorbidos por Francia. Los literatos flamencos encuentran e~
Holanda editores y público, pero no sufren espejismo alguno, ni alucinación
ni anexión intelectual. Holanda es un país muy poco centralizado; esto le ca~
racteriza. No hay cu el mundo un país en que las grandes ciudades se bailen
tan próximas, Y donde el espíritu local o de campanario se desenvuelva tan
p?co. Flandes es simplemente una provincia de la literatura holandesa, y nadie, en Amsterdam ni en parte alguna, pretende atraer a nuestros mejores escritores y desnacionalizarlos.
La literatura flamenca ofrece, pues, el doble carácter de ser el fruto de una
escuela regional y de ser totalmonte independiente. En fin-privilegio de un
pue~l~ pequeño a qui~n le está vedado el proteccionismo moral-, repudia el
narc1s1smo que en la literatura francesa, por ejemplo, ha causado tantos estragos durante el siglo último.
No me detendré en la historia de la literatura flamenca desde la liberación
de Bélgica en 1830. Diré tan sólo que el movimie'.ltO de renovación que trast?rnó, hacia 1830, la vida intelectual de los belgas de lengua francesa, repercutió en Flandes. Frente a la •Jeune-Belgique• de Max Weller, frente a cL'Art
.Moderne•, de Eumile Verhaeren y de Edmond Picard, hubo la famosa revista
de Auguste Vermeylen, e Van Nu en Straks• (literalmente: De ahora y en seguida¡ paráfrasis del folleto de Charles Marice: cLa litterature de Tout-á1•Heure• ). Diré también que esa revista vivió más de diez años y que fué una
de las pocas •encrucijadas• europeas que los diez últimos años del siglo pasado ofrecieron a los jó\•enes ya cansados del estribillo realista en estética y del

�LA PLUMA
chauvinisme en política. Auguste Vermeylen, novelista pujante, fué sobre todo
uno de los críticos más grandes de su época, y s6lo Albert Verwey, el genial
ensayista holandés, pudo hombrearse con él. En torno suyo se agrup6 una pléyade de poetas, de novelistas y de dramaturgos. No entraré a enumerarlos,
para evocar tan s6lo el nombre de Guido Gezelle, cuya gloria habrá llegado
probablemente a España, pues en los últimos diez años le han consagrado en
Francia algunos libros.
Todo esto, es el pasado. Si me he detenido tanto en ello, sírvame de excusa el que la generaci6n actual es muy digna de sus ~ntecesores. Digna por la
efervescencia cordial y mental de los jóvenes, y también por el talento excepcional y la importancia verdadera de muchos novelistas.
Desconfío un poco de lá fiebre que devora a la juventud, porque descubro
demasiados móviles politicos, y no puedo establecer una se¡,aración entre los
elementos sanos y los sospechosos que rivalizan en ardimiento en la recia lucha empeñada entre Flandes, vanguardia del germanismo en Occidente, y los
fanatismos pseudo-latinos. Algunas revistas, como «Ter Waarheid• (Hacia la
verdad), cuentan seguramente entre las más simpáticas y mejores de este período de la post-guerra; pero aguardemos, para hablar de ellas a fondo, a que
resistan las tentaciones de la política y la prueba del tiempo.
Pero no me valdría excusa alguna si en esta revista donde tengo el honor,
ya va pz.ra dos años, de escribir la crónica de las letras belgas, continuase sin
decir nada de hombres como Cyriel Buysse, Styn Streuvels y Félix Timmermans, cuya significación rebasa infinitamente las fronteras de su país. Pertenecen a tres edades diferentes del pueblo flamenco-donde, como en la Alemania expresionista, las generaciones se han sucedido desde hace un cuarto de
siglo. al paso de carga, ~iguiendo la una a la otra con diez años de diferencia
apenas-; representan toda la vida intelectual, todas las tradiciones, todos los
atavismos que una nación vieja puede descubrir en sí después de edades de
!silencio y de las pruebas de la ocupación extranjera. Cada uno de ellos ha
profundizado un poco más que su predecesor en el viejo corazón flamenco;
cada uno ha hecho su descubrimiento en esa excavación sentimental; cada uno
ha sacado a luz, honrándolo, un poco del patrimonio de los antepasados. En
tanto que Buysse se detenía en el espectáculo externo de la vida flamenca Y
describía su candor fastuoso y sonante, Streuvels interrogaba al campesino,
sondeaba su alma, y reconstituía su ánimo tradicional en sus marcos inmutables y-el vocablo no es excesivo-trágicos, Timmermans resucitaba a LJylens.
320

LA PLUMA
diegel. es decir, el misticismo, el heroismo generoso y descuidado y la jovialidad de esa Flandes «tenaz de corazón• que Verhaeren ha ca, tado
d" ·
mente.
'
pro 1g1osaCyriel Buysse pa~a ya de los cincuenta. Físicamente, evoca bashnte bien
el flamenco de la caricatura y de la fábula: alto colorado s
,
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•
.
.
•
, angurneo, e arrnaan recia, gran reidor y parlanchín traaón y bebedor te "bl
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mt e, un poco salaz y
romtsta. Vive cómodamente en una vasta finca cercana a G t
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ao e, con cierto
aire e sen~r del lugar. Su capacidad de trabajo asombra. Ha escrito y publicado unas crncuenta novelas y colecciones de novelas cortas a ·t' ¡
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, 1 1cu os que reum os ormarian cien volúmenes y varios dramas Ad · d d M
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mira or e aupassaot
y_ de todos los naturalistas
franceses y extranJ· eros él solo O
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1
.
_
,
, casi so o, representa desde hace trernta anos el naturalismo flamenco H l
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d
.
. a 0gra o ver ade ras obras maestras prntando la vida rural y campesina, y ciertos cuadros de
cost1,1m~~-es aldeanas, como Het Ezelken (traducido al francés con el título de
Le Bou1r1quet), o _como &lt;La Novela de un ciclista, son absolutamente perfectos.
No ocultaré, ~m embargo, que todo el talento de Buysse no basta para ate1:uar la. monotoma q_ue de uno a otro de sus libros reaparece y persiste. Estétic~ anhcuada,_en pr~m_er lugar; pero, sobre todo, una mentalidad algo rudimentaria, y demasiado raptda satisfacción ante el aspecto externo
1 · l
fl ·
.
, Y a veces ante
e s1mp .: re eJo de la_ vida ~am~nca. Sus campesinos son demasiado simples
Y regoc1Jantes, dema~1ado bien diseñados. En todos sus libros resalta demasiado el af.ln_ de crear tipos, y de jugar con cuatro O cinco temperamentos, siempre los mismos, por el gusto de contar anécdotas.
No hay siquiera en Buysse, como lo había en Zola, el propósito de escribir
una ep.opeya de la vida cotidiana y de la burguesía contemporánea; en vano
buscanamos la sombra de un estudio psicológico; como en Maupassant, a quien
;entaba hace un m?mento, no hay más que una selva de anécdotas, un rosario
: sucesos, una sene de «cuadros de génern• siempre ejecutados leal y limpiamente, pero muy faltos de lirismo.

* * *
Styn Streuvels el! u11 artista de más fina calidad. Hijo de un panadero de
aldea, fué taho~ero muchos años, y al fulgor del horno paterno, vigilando la
cochura,, a~rend1ó a leer, y devoró Juego las obras de los grandes clásicos y de
los romanticos famosos, que adquiría en ediciones populares, a diez céntimos

XXI
32 1

�LA PLUMA

LA PLUMA

el volumen. Para ensanchar el área de sus lecturas, Streuvels aprendió, solo,
el alemán, el francés y rudimentos de inglés. Para penetrar mejor en las dificultades técnicas vencidas por los maestros cuyas obras estudiaba, trató de escribir y de imitarlos. Cuando se lee el relato de la juventud de Styn Streuvels,
que acaba de llegar a los cuarenta y sólo hace quince años que abandonó e l
oficio paterno, nos parece leer un cuento de hadas o la historia legendaria de
un héroe de la Edad Media. Sin embargo, bajo su pintoresca traza, nada más
auténtico.
Styn Streuvels es grande, sobre todo porque ha logrado manifestar los elementos de eternidad que hacen solidarios a los hombres a través de los siglos
y de los pueblos. Flandes no es yd para él un tema de pintura truculento, sino
el cristal de aumento a través del que descubre a la humanidad. Dos de sus
libros, por lo menos, figuran entre las grandes obras que han enriquecí?º al
espíritu humano en estos cincuenta años últimos: cl\linnehandel» (comerc1~-de
amor), y el muy reciente cPrutske• (diminutivo afectuoso que se da a un mno):
Este último libro, sobre todo, es superior a todos los elogios; desde cHenn
Brulard•, de Stendhal, no había vuelto a leer una evocación de la infancia tan
conmovedora, un cuadro tan minucioso y tierno de las emociones r;imples, de
)os descubrimientos triviales, de las tranquilas alegrías que constituyen la trama de la vida desde el albor de la conciencia hasta el ingreso en la escuela.
¡No más color local! ¡No más sabor flamenco! El espectáculo df: la vida e? su
carácter de eternidad, simplemente bello. No sé si Styn Streuvels nos dara algún día un libro de calidad superior a este; pero sé que con este le sobra para
ocupar un puesto en primera línea entre los maestros de la época.

*

*

*

Félix Timmermans es más joven: apenas treinta años. Puede decirse que
basta ahora lo que ha hecho es una magnífica salida. También él desempeñará
su papel en este nuevo Renacimiento del Norte que se amplía desde hace veinte años. Estoy seguro de que París, que muy pronto descnbrirá uno de sus
libros, publicado en la excelente Colección de Prosistas Extranjeros Modernos
(F. Rieder, editor; en la misma colección se han publicado dos novelas de
Buysse. De Styo Streuvels nada se ha traducido aún, desgraciadamente), le
acogerá con el entusiasmo que Holanda y Alemania han puesto en el elogio del
joven escritor.
322

Félix Timmermans se ha dedicado sobre todo a describir la Flandes místi-ca y grave, la Flandes unánime en su fe rudimentaria, pero tenaz. Su cKindeke
Jesus in Vlaanderen• (El Niño Jesús en Flandes), posee la dulzura y la serenidad de un cuadro de Breughel el Viejo, y •Pallieter» es una de las rarísimas
novelas que se substraen a la clasificación. Pero ni uno ni otro Yalen lo que un
breve relato, satírico y místico a la i,ez, como los cuadros de los viejos artesanos de los siglos xv y xvr, que Félix Timmermans acaba de publicar con este
delicioso título: cDe zeer schoone Uren van Juffrou Symfforosa, bcgfntje• (Las
bellísimas horas de la joven Sinforosa, beguina).

* * *
No quiero sacar una conclusión prematura de esta crónica, que no tiene más
fin que el de revelar la existencia de tres escritores notables a los lectores de
LA PLUMA, que probablemente no los conocían. Me creerán por mi palabra si
les digo que esos tres maestros, por razones y en grado diferentes, merecen
los mayores afedos y respetos; son los abogados admirables de un pueblo pequeño, que, en todas las épocas, ha. sabido honrar el pensamiento y el arte europeo. Los tres siguen trabajando, y su apasionada evolución no ha concluido, ni
mucho menos. Otros muchos escritores de talento les rodean, el noyeJista
Toussaint de Boelare, el poeta Van de Woestyne, etc., de quienes hablaré en
otra ocasión.
España ha vivido mucho tiempo en estrecha cohesión con Flandes, y no
puede desentenderse de su vida actual ni de la resurrección que aquí está
-cumpliéndose. Y Flandes no ha olvidado que Rubens, su pintor más grande y
su embajador más ilustre, escribió en una de sus últimas cartas, que viene a
ser un testamento político: «Sólo dos países merecen que uno dé la vida por
ellos: el mío, y luego España. O mejor dicho: España, y luego el mío!»
PAUL

COLIN.

�LA PLUMA
CATALUÑA

[I

,

poeta Ventura Gassol acaba de publicar un cuaderno de poesías.
patrióticas con el título de Les tombes flamejants. En la portada se
ve una nave simbólica, llevando como leyenda dos versos del pequeño libro:
cCatalunya, pátria nostra
vola com un nau!,

L

Los versos son una continuación, interrumpida durante algunos años, delas viejas Englantines de los Juegos Florales de otras épocas. Un joven poeta
de la nueva generación, tan llena de inquietudes espirituales, :iigue los pasos
de Picó y Campamar, del propio Guimerá, de Arturo Masriera, de Matheu.
Aquellos acentos de poesía patriótica que llenaron los ámbitos del noble salón
gótico de Llotja, en el clásico primer domingo de mayo, se renuevan hoy deUI'a manera idéntica. Gassol sigue escribiendo en la forma fácil del romance
arcáico, con los mismos tópicos. Et Calzer de Pau Clarís, L'ombrá den Jascint
Vilossa, son hijos directos de El cap den Josep Moragas y de Poblet, del gran
maestro Guimerá, sin ir a buscar otras ascender.das más o manos remotas.
Constatar tales hechos, después de los J3oemas ultramodernistas de PérezJorba y de Salvat Papasseit y del.hermetismo de difícil interpretación de LópezPicó, es casi una sabrosa venganza de los viejos maestros olvidados.
Parece que Ventura Gassol quiere especializarse en esa corriente de imitación de viejos modelos. Parece existir en él un prurito de prescindir de su
personalidad para fundirse en la personalidad de los demás. En los actuales
tie mpos de orgullosa presunción, el caso de humildad de Gassol es único. Cia.
ro está que nosotros preferimos de su breve libro aquellas cosas donde la personalidad del poeta sobresale, como, por ejemplo, en aquella Oració de l'onzede setembre, que es la más acabada de las composiciones del cuaderno:
«Santa María del punyal daurat
que vetlleu el meu son de cada día ...

........ ............. ...................

I em sento el front i hi veig el ce! mes blau
i em sento el llavi i tinc la veu mes clara
i cm sento el pit i hi neix una ample pan,
que J 'esperit se n'omple i se n'amara.,
324

LA PLUMA
El poeta que nos acaba de producir una sorpresa profunda es Joan Arús,
con su libro, de verdadera transcendencia para Jas letras catalanas, llibre
d'amor.
. Si hemos de ser francos, y esa es la primera condición del crítico, no nos
11_1teresaba la producción poética de Joan Arús. Por curiosidad leímos concienzudamente su primer libro de versos Canfóns al vent. Admiramos allí una
gran facilidad de versificación, aquella facilidad que es en los jóvenes un defecto. Poseía º?tables condicic,nes ¡;¡ara el cultivo de la poesía. Para un joven
q~e hac~ las primera~ a_rmas en el campo publicando su primer libro, no s~ pod1a pedir más. Pero v101eron nuevos libros, Sonets, Noves Canfóns, Et !libre de
les donzelles, El cant dispers, La mare i l'infant i a/tres poemes. El poeta no hallaba su verdadero camino renovador. Seguía, por apartadas rutas de facilidad
Y d~ repetid~~• su canto joven. Creíamos que sus pies no pisarían ya nunca el
c_am1no defimhvo. Glosando madrigales creíamos verle siempre, publicando sus
1
1bros C&lt;,11 admirable constancia, pero sin ningún interés para nosotros.
Por eso la sorpresa de Llibre d'Amor ha sido como un milagro. El poeta ha
encontra~o su verdadera inspiración, ha producido algo nuevo y único en
nuestra literatura catalana. El adolescente se ha hecho hombre. Ha sido una
mujer quien ha obrado el generoso milagro, ha sido la esposa, la madre. El
poeta ha roto con todos sus libros anteriores, con los madrigales demasiado
fácile~. He empuñado la nueva lira de la felicidad doméstica para hallar su
verdadera e inconfundible personalidad.
Ya el soneto de ofrenda a su musa viva, no mero concepto de idealidad
como Beatriz o Laura, sino musa de carne y hueso, nervio de poesía inicial,
vale por todo un poema:
•Si !'amor ens va fer 13 mercé d'un infant
que innndá nostra llar d'un esclat d'alegria
-Oh, suprema eclosió del contacte vibrant
que sap fer de dos cossos una sola armonia!d'altre guisa també !'amor nostre floria,
que l'espós al poeta no llevava son cant,
i el contacte deis nostres esperits, palpitant
d'emoció, la virtut del meu vers dexondia.
Dins les meves entranyes jo també !'he portat.
aquest fruit, i, com tu, n'e sentit el combat;

�LA PLUMA
mes ja !'ánima meva n'es avui afranquida.
Oh, Muller! Si tu em daves aquell fill tan formós.
aquest fil! t'ofereixo, que es també de tots dos;
pren-lo, donos, i enarbora'l a la llum de la vida!&gt;
De su pasada eclosión de madrigales habla el mismo poeta con palabra cálida de emoción, con frases lapidarias:
cCalia !lenca al vent totes les roses velles
i aspirá en una sola l'encís de totes elles.
Calia recullir en un tots els meus cants
i posá el meu destí en unes soles mans,.
Pero la perla del libro son esos diez Sonets a l'Esposa. Para recibir ese breve y gran poema de amor la poesía catalana debería vestirse de fiesta, sonando a gloria todas las campanas. Aunque Joan Arús no escriba nada más que
esos diez sonetos, ya tiene su inmortalidad ganada, junto con su musa, dispensadora de felicidad. Nada de inquietudes; todo es serenidad, apacible remanso
de aguas límpidas. Yo denominaría esos admirables sonetos, siguiendo los pa·
sos de Baudelaire, Flores del Bien. Da la sensación de uno de aquellos frisos de
Puvis de Chavannes, como el que ciñe de serenidad el espléndido anfiteatro
de la Sor6onne o los muros inmensos y glaciales del Panteón. Allí todo es re·
poso, los tonos cálidos se apagan, las figuras se yerguen puras, los árboles son
esbeltos, los símbolos aparecen como almas de inmateriales vestiduras. Así, en
nuestro momento actual de fiebres y de luchas, esos diez sonetos aparecen
como un remanso de serenidad donde el alma descansa, donde no hay crudezas de sol y de coloraciones, sino una luz suave que difunde su pureza sobre
esa trinidad de figuras admirablemente vivas: el poeta, la esposa y el hijo.
Pere, súbitamente, aparece otra imagen más pálida: la de la madre muerta del
poeta, como aquellas almas que surcan el cielo en los frisos simbólicos de
Puvis.
•Jo no sepas quina divina cosa,
quina guisa de joia i de conhort,
cada vegada a vibrar mon cor
quan el meu nom en el teu llavi es posa.
Nova virtut ha aparés de tu, oh, esposa,
i un drinc mes bell q11.e ni !'argent ni l'or.

')

LA PLUM:\
Com un metal] que soterrat reposa,
tu !'has brunyt i l'has toroat sonor.
En els teus llavis el meu nom s'aclara
i s'acolora d'intim sentiment;
si algun cop em fou tan dolc com ara;
si algm1a veu cm porta al pensament,
aquesta veu se ]'ha emportada el vent,
car es la veu llunyana de la Mare.

........................................

Oh, dolca pau! Oh, nit lenta i profunda!
Pels homes i les coses ets fecunda,
i ara que tot sembla morí un instant,
al ventre invulnerable de !'esposa,
qui al meu costat quietament reposa,
creix la llevor divina d'un infaat.
Després vindrá la clara primavera,
esdevindrá la llum mes riallera
i floriráa la rosa i el clavell,
perqué quaa ell desclogui la parpella
copsin sos ulls !'alegre maravella
de veure el mon amb son esclat mes bell.

............ ............ ................

Voltea mon coll tos bracos, fent garlanda;
un foc de besos el meu front abranda;
talment diria que jo soc l'infant.,
Esos acentos no son poesía de hoy ni de mañana, son poesía eterna, la que
no sabe de cenáculos ni de modas literarias, ni de artículos periodísticos, ni de
éxitos de estime.
Que la aparición de Lli61·e d'Amor haya despertado más o menos el entusiasmo de los «pseudo-críticos, de los periódicos y revistas catalanas, no im·
porta. De toda la juventud catalana, incluso de muchos que ostentan ya la adoración de maestros, no quedará nada. Y Llib,·e d' Amor, en cambio, quedará
siempre.

J.

MASSÓ

V IINTÓS.

�í..,A PLUMA

LA PLUMA

' [1-

TEATROS

POÉTICA.-Eduardo Marquina y Luis Fernándcz Ardavín,
cuyo Pavo Heal y cuyo Doncel romántico han sostenido por sí solos
brillantemente el peso de las responsabilidades del teatro de ver•
so en la temporada de invierno de la corte, se han unido para re;.
cibir a la Primavera, trayéndonos la Rosa de Francia, que la compañía de Carmita Oliver Cobeña ha repre.;entado como único aliciente de su
breve temporada.
Felicísimo maridaje el de estos colaboradores circunstanci3les, el fruto ha
sido logrado en toda su intención. Juego de comedia llaman a la lindísima farsa Marquina y Ardavín, como dando a entender desde luego que no entra en
su propósito ninguna transcendencia perturbadora del ·simple agrado natural
que p!ieda buscar en un teatro el espectador descuidado. Pero ya este propósito sencillo implica cierta importancia, por el hecho sólo de que se salven con
'6ª intención los fueros del teatro poético, menoscabados estos últimos tiempos en el ánimo de las gentes por la presunción de que toda comedia en verso
estaba irremediablemente vocada a1 heroísmo más sonoro.
Con gracioso desenfado y despreocupación de la Historia, los poetas de
Rosa de Francia han inventado una intriga picaresca tomando como pretexto
la corte de Luis I, pacatísimo Dafnis de la avispada y pizpireta Cloc-Isabel•
fior~s de un día en los reales jardines de España.
Pese a la intolerable representación que la comedia ha padecido, especialmente en lo que hace al papel de protagonista, sacriácaóo a los ratimagos que
una torpe experiencia ha injertado en la presunción descaraduela y b.mentable de la señorita Oliver Cobeña, Rosa de Francia ha producido el efecto que
sus a:.itores se proponían, trayendo a la escena del desacreditado teatrito de la
calle de Cedaceros el espectáculo insólito de una gracia sin chocarrería, de
una poesía sin retórica, de una composición de estilo en fin, proporcionada, justa y gustosísima.
No obstante la compenetración de los autores haya sido cabal, de suerte
que no se advierten ensambladuras ni parches o enmiendas de distinta mano,
es patente el buen resultado de una colaboración tan atinada. Pues sin que aea
dado atribuir distintamente a uno o a otro este o aquel pasaje o escena, son
de notar cierta gracia como más juvenil y suelta, cierta desenvoltura y ligereza
en la acción, cierta seguridad en el vocabulario, cierta contención y rigor lógi-

~

RlllAVERA

cos, con que, sin duda, se han compensado muy afortunadamente defectos y
faltas de otras obras de Ardavín o de Marquina.
No creemos, en cambio, que los que afean La Seca, drama rural en verso
del señor Alvarez Sotomayor, puesto en escena con todo ccl grito en el cielo•
-que la obra requiere, por Borrás, tengan enmienda posible. Sólo, si posible
fuera, que varios ingenios se avinieran a aunar sus esfuerzos a semejanza de lo
que otros clásicos hicieron en siglos áureos, sería de desear la coofa:.iulación
-de poetas del estro y la vena del señor Alvarez de Sotomayor, el señor López
Martín, el señor Ch:imizo, que urdiendo, con la recia trama que sólo son capaces de hilar el señor López .Merino y el señor Martí Orberá, pongo por temperamentos acusados, un engendro dramático, consintieran en darnos la cifra
y compendio de las posibilidades perdidas en vanos esfuerzos de una a otra
temporada, siquie1a sean tan estentórean:ente premiados como lo fué, por el
entusiasmo entre mercenario y amistoso, La .Seca el día de su estre ■ o.
EMBRUJAMunrro.-Más preocupado Borrás que otras veces de remozar los títulos, ya que no el sistema de su repertorio, no bien agotado el éxito de La
Seca. ha puesto en escena el drama póstumo de López Pinillos. Truncado como
los anteriores, estropeados por efectos arbitrarios rasgos dramáticos de indu dable fuerza y originalidad, hay en el último drama del autor de Et caudal de
tos hi_jos un tipo labrado en la cantera de Las águilas, tipo cuya humanidad,
muy bien realzada por la interpretación del señor Ruiz Tatay, uno de los pocos actores de conciencia y entendimiento que pisan escenarios españoles, llega a penetrar el artificio del drama de un aliento de pasión y vida.
Y hay en Embru_jamienlo también el mismo dfán, apuntado siempre y logrado algunas veces, de concisión dramática, de adecuación de los sentimientos a
un diálogo corto y expresivo, matizado de réplicas violentas, dispuestas a obt~ner un afecto creciente de atención sobre el drama mismo, y no a distraerla
con adornos y apliques.
De desear sería que el propio Borrás-si no fuera gollería pedirle tanto a
su deonplicación inveterada-intentase una serie de representaciones escogida
de las obras de Pinillos, con tendencia a afianzar en e: repertorio tres o cuatro
al menos de las más conseguidas, o de las más intercsa1'tes, pese a su mal éxito
de estreno-Las alas, por ejemplo.
No estos dramas de falso ambiente rm·al como Embru_jamienlo o Esclavitud,
sino algunas comedias satíricas, Los senderos del mal o A tiro limpio pudieran
ser buena escuela, ya que la suerte ciega mató para siempre el ánimo de lu-

�LA PLUMA
LA PLUM.-\

I

cbador denodado que fué Pinillos, de dramaturgos en ciernes, capaces de intentar la vinculacióR de una realidad dramática moderna a la tradición española.
.
HACIA UN TBATltO Nuavo.-Adrián Gual ha dado una conferencia en el Ateneo de Madrid. No hemos de incurrir en la vulgaridad de todos los presentadores de conferenciantes, dando por sup11esto el perfecto conocimiento en qut"
el público se halla de la personalidad del orador. Adrián Gual lleva un cuart_o
de siglo trabajando, y trabajando en un~ labor espectacula: ~or e~cclenc1a
como es el teatro, y, sin embargo, el público, fuera del restringido circulo de
la actividad artística barcelonesa, le desconoce. Mucho ha tenido que influir,
sin duda, eo ese vacío, la limitación catalanista a que se ha visto sujeto dentro
de su actividad. No quiere esto decir que Adrián Gual se baya encerrado voluntariamente en un criterio nacionalista que pugne en modo alguno con los
fueros intangibles del Arte; pero es lo cierto que el Estado espaiiol no ha hallado ocasión de ayudar sus iniciativas, que la Mancomunidad catalana ha podido amparar al cabo creando la Escuela Dramática de que Gual es director en
Barcelona.
No es esta oportunidad de su conferencia razón bastante para soslayar con
pocas palabras Ja teoría de Gua! acerca del teatro. En términos_ generales, ~ua¡
sueña cen el ideal de un teatro no religioso ni social por adscrito a determ1na·
da religión o política, sino social y religioso en sí mismo, como_ el templo d~l
Arte, religión del porvenir. La irregularidad, pues, o mejor dicho, el espacio
que Gual pone siempre entre una y otra de las manifestaciones pública_s de su
teatro, no responde a dificultades materiales que impidan la celebración ~el
rito diario más precisamente a la !lecesidad de que el espectáculo sea un nto,
una participación espiritual del p(iblico, vocado de antemano a la religión teatral. Gua! mantiene, por lo tanto, la barrera entre teatro artístico y teatro al
uso y, Jo que es más, cree imposible por razones fundamentales de constitución la fusión del teatro artístico y el teatro industrial.
No es esta ocasión de dilucidar su teoría, expuesta en la conferencia del
Ateneo. Pero Gua!, repito, lleva veinticinco años trabajando en su Teat,·o Íntimo de Barcelona, donde su labor semejante y superior en muchos aspectos a
la de un Lugné-Poe, a la de un Copeau, a la de Gordon Craig, a la de los rusos
célebres ya, no ha tt"nido en España y América el influjo que debiera.
.
Autor dramático desconocido en Madrid, pese al revuelo que con motivo
del estreno de La Malquerida suscitó la semejanza manifiesta de la obra de Be-

navente con Misterio de Dolor, estrenado con gran éxito en Barcelona años antes, su concepto del arte dramático, por más que en sus intenciones últimas no ,
coincida con el nuestro, encierra las ónicas posibilidades de salvación del teatro agonizante en la mentecatez de sus actuales detentadores. Sean cualesqlliera las consecuencias de su doctrina de redención de la humanidad por el teatro, hay un punto en que sus aspiraciones ac~uales coinciden con las de todo •
eJ mundo civilizado en punto al arte teatral, a saber, en la necesidad de que la
representación dramática dependa no de la voluntad omnímoda del autor, ni ,
menos en la de los cómicos en libertad, sino de la del director de escena que
acopla al texto la declamación, los gestos, los movimientos de los actores en el
cuadro y la luz convenientes, dentro de un ritmo total, de una coloración, de
un concepto orgánico del que él sólo es responsable.
Esa es la labor del Tea/ro Íntimo, donde han tenido acogida digna lbsen y
Haoptmann, a su hora, Benavente en sus comienzos, los grandes griegos y los .
catalanes de cada momento, presididos por alguna representación magna,
como la de la Nausicaa de Maragall, Shakespeare y Moliere siempre. Esa es la
labor del Teatro Íntimo, nombre que no significa exclusión del elemento popular, sino el recogimiento, en todo caso, de la cripta de la catedral en construcción, donde se alimenta la fe con el oficio divino en la capilla provisional; la- .
bor que nos apercibimos a exteuder de Barcelona a Madrid y por toda España
después, unas cuantas gentes de buena voluotad que vemos en la dirección de
Gual no un intento sin realización posible, más la realidad halagüeña de uu camino de perfección por entre jardine!'I floridos.
UN cúneo

I!fCIPUWTa.

3:IO

33 1

�LA PLU~lA

LIBROS y

REVISTAS

Rabindranath Taf{ore.-El Ca,·tero del Rey.-(Poema dramático.) (Con una
canción de Juan Ra111ón Jiménez.) Trad. de Zenobia Camprubí de Jiménez y
Juan Ramón Ji:nénez, editores de su propia y sola obra.-Madrid, 192?.
Hemos recibido este nuevo ejemplar de la preciosa traducción de las obras
de Tagore, con una dedicatoria expresiva: •A C. R. C. por gusto y recreo, no
por nora.• En esa dedicatoria está todo Juan Ramón Jiménez, su finura, sus
complicadas reservas mentales, su recato, su pudoroso orgullo. Solemos los
españoles respetar demasiado el privad&lt;:&gt; del homb~e públic&lt;:&gt;· La costumbr_e
literaria francesa permite, no ya al admirador, 31 simple cunoso, t?marse_hbertades que aquí diputaríamos escandalosas Yo prefi~ro,. en gracia a la!ºtendón, arrostrar el sincero descontento de Juan Ramon J1ménez y anunciar
así a los gustadores selectos de su poesía, la nueva llegada de Et Cartero del
Re'II, cuyo pertume quisiéramos inundara las salas infectas donde todo dramón
tiene acomodo.
De antiguo tiene asignada la esperanza un color, el verde; un verde sobrenatural, más tierno, más ciaro, más regado de lágrimas consoladoras que el
verde del campo, que el verde del mar, que el verde de los ojos verdes: el verde-esperanza no admite definición ni cotejo. No sabíamos que:el verde-esperanza tuviese tan suave olor. Ni cómo-milagro de la poesía-Zenobia y Juan
Ram1n Jiménez han podido transvasado del arca hermética de Oriente a nuestro corazón, sin que su aroma se diluya. Gracias sean dadas al poeta y a su
musa compañera.

*

* *

Marmom1et.-Au Lion tranquille.-Roman. Bib. des Marges. París, Librairie
de France.

Esta novela ha suscitado en el ambiente literario de París una curiosidad
primero, una opin!ón favorable después, muy por encima de la bullanga recla,mista de los prem10s al uso y de lai grandes tiradas escandalosas. Se trata de
332

una nov~la de ªI?aches, escrita por un tipógrafo, conocedor por experiencia,
del medio que pmta y, lo que vale más, fiel traductor en argot sin contaminación de literatura melodramática, del espíritu de sus héroes. A.u Lion tranqu;lle es el título de la hberna donde acostumbraba reunirse !\farmouset con su
J\len_tor y_ compañeros de la pequ_eñ:i b~nda .. La simplicidad narrativa con que
el historiador refiere la novela, sm mtnga 111 trucos, de sus andanzas. la natu-ralidad con que se cumple la ley del destino cotidiano de los hombres, hacen
de esta cróni~a de París un documento inapreciable. Alguien ha llegado a citar, a propósito de Marmouset, los nombres de Saint-Simon y de Madame de
Stai::l.
Seda de desear que apareciese entre nosotro•, alguien capaz de imitar el
ejen:iplo ,·ealista del tipógrafo que esconde su nombre honrado bajo el pseudómmo de Marmouset. Su labor, tan difícil como la de suscitar en la literatura
española otra cualquier derivación de las últimas tendencias ultrapirenáicas,
rendiría mejores frutos.

* *

*

Giorgio Del Vecchio.-Tt Collegio di Sja!(na a Bologna.-Estratto dall'Annvario della Cultura Italiana•. f'er il MCMXXIII presso «La Fionda•, in
Roma.
El Prcf. Giorgio Del Vecc.hio, catedrático de la Universidad de Roma, fué
nuestro maestro en Bolonia. b:I recuerdo de las horas amables en que nos &lt;lis- pensaba el placer de su compañía, revive nuestro agradecimiento por el ftlósofo ilustre, que con exquisito gusto se ha complacido en trazar en breve monografía las vicesitudes d el antiguo Colegio de San Clemente de los Españoles.
cuyas piedras nobles pregonan todavía la gloria de su fundador insigne, el
cardenal Albornoz.
Restaurada recientemente la fábrica del Colegio, ya que no el decaído espíritu de la fundación albornociana, la discretísima contribución del Prof. Del
Vecchi~ a(ª obra de aproximación ítalo-hispánica, tan eficazmente propuganda
hace sets siglos por el gran arzobispo de Toledo, merece la gratitud rendida de
cuantos hemos gustado nuestros años mejores en el grato descuido de la cfosca
turrita Bologna•, cuya nobleza secular turbaban ya, en magnífico trance, los vivos destellos de la Cuarta Italia.

*

* *

Silvio Kossti. -Ejzgramas.-Ed. Pueyo.-xcMxx.
He aquí un libro inactual. Ningún pretexto justifica el que lo señalemos
ahora a la intención del lector curioso de novedades. Hace algún tiampo que
se publicó; no tanto, sin embargo, que ningún «Azorín, pueda ensayar en él
sus facultades de inventor de tesoros literarios cuyo gusto poder compartir
con la lengua de los académicos. Quizás nos haya movido a hablar de él cierto
prurito innato de llevar la contraria-al propio autor de Epigramas en este
caso, vaticinador, en el prólogo, de la indiferencia con que habían de acogerle
los mismos que jalearon Las la,·des del San«lorio-. Ello es que hasta ahora no ,
nos ha sido dado leerlos y que su lectura, bien que t3rdía con relación al tiem333

�LA PLUMA
LA PLUMA
po en que el libro se publicó, abona, por su misma inoportunidad, el reclamo.
La personalidad literaria de Sil vio Kossti se destacó sobradamente en su
primero cuanto sonado libro con los caracteres que distinguen a estos Epigra.mas. Es uno de sus rasgos más simpáticos la ostentación de dilettan/ismo en
que se complace. La producción literaria ha llegado a un punto de profesionalismo, que casi no se eocuentra nunca esa belleza propia de toda obra desinteresada, inútil en sus aplicaciones inmediatas, es decir, artística. Silvio Kossti
presume de aficionado. De aficionado excele,:ite tiene el gusto del clasicismo,
un gusto oo por chapado a la moda retórica del siglo pasado-prurito helénico
•de Valera, socarronería de Campoamor, vastedad de lecturas latinas de Menéndez y Pelayo-y aun del antepasado- últimos poetas salmantinos, primerns volterianos enciclopedistas-menos sincero y, sobre todo, fructífero.
Los Epigramas de Kossti remedan la intención antigua de] bilbilitano Marcial, a cuya memoria están dedicados, zahieren y satirizan, a lo que parece,
personas coaocidas del autor y de sus paisanos, aluden a circunstancias que
nos son del todo ajenas; y, con todo, uos gustan, nos deleita□. Sí, nos deleitan.
Hay ve1 bos, confinados ya en el uso retórico que convienen especialmente a
la gracia rebuscada por el autor de estos Epigramas. Ni les resta encantos, antes les añade actualidad viva, ciertos destellos de sal baturra por los que se
entrevé la pasión humanísima del jacobino, la desvergonzada picardía del sátiro, que la literatura cela pudorosa y circuospecta.

* * *

Fernando González: ,Manantiales en la ru:a.-Rivadeneyra, Madrid.
Hay todavía gentes que, por haberlo oído referir en son de burla, creen todavía en los poetas melenudos, para tener un pretexto de risa agresiva contra
las personas de finos sentimientos. Pero hay también quieoes creen simple
.Y llanamente en la poesía y en los que para tan desinteresada dedicación viven
como pájaros.
Entre estas gentes seocillas ha de encontrar rápidamente un público devoto
y extenso Fernando González, otro hijo de las Islas Afortunadas-que nunca,
sin duda, merecieron tanto el nombre como ahora que la Naturaleza se les
muestra tan pródiga con alumbrar en su suelo las puras linfas de Manantiales,
en que hay un eco lejano de las glorias del amor y del mar cantadas por Morales, y ese lirismo congénito, que exhalan con vario perfume las voces amigas
de un Alonso Quesada, un Claudia de la Torre, una Josefina de la Torre, un
Saulo Torón, y tantos otros naturalmente inspirados, sensitivos y tiernos.
Tierna, sensitiva e inspirada en recuerdos y deseos blandos, suaves, quedos,
nostálgicos, es la poesía de Fernando González, de que han gustado y seguirán
gustando repetidas m11estras los lectores de LA PLUMA, A los afectos más humanos, al amor filial y fraternal, a la piedad de sí mismo en la vastedad del
mundo, a las dulces cosas de todos los días, consagra sus versos este poeta
nuevo, nuevo en la vida, no porque pretenda romper los moldes en que ha ha llado fácil acomodo para la expansión de su sentir.
La música de este agua clara no nos sorprenderá por el prurito de inven334

-ci6n mel?dica,_ ni con raras armonías. Nos suena a conocida. Al dejar el libro,
esta voz JUVen1l se uue en el recuerdo con el coro dilecto de muchos otros
cantores que ~n el m~ndo han sido, pero no se pierde ni se confunde. No obstante parezca 1r !l un_1sono _con otras más potentes, se destaca su acento, no
P?r la agudeza 01 res1stenc1? de la nota! mas _por c_ierto dejo interior que nos
h iere e n lo hondo, con esa rncomprens1ble s1mpatia emotiva que hace llorar a
las estrellas cuando las sonreímos entre lágrimas.

*

* *

Guillermo de T o rre. -Hélices.- Poemas.-Ed. Mundo Latino. Madrid.
Libros como el último de Guillermo de Torre, joven poeta y poeta joven
ya no causan estupefacción, en Madrid por lo menos. Es verdad que tampoc~
sus autores parecen proponérselo C?mo 'Única aspiración al escribirlos y publicarlos. En todo caso, la extravagancia de una determinada disposición tipográfica con que _se sustituye, ~~a el uso inveterado de los renglones cortos para
los versos, bien !_a puntuac1on y sus signos gramaticales, por otras convenciones_, en nad! atane al fin y al cabo a las cualidades de una poesía adornada con
.afeites un s1 es no es desconcertantes. Por lo demás la oriainalidad absoluta
sobre q~e ~s imposible,.ºº. añade por sí sola complacencia"a los sentidos, ni
por cóns1gu1ente al sentimiento y la razón del lector. Bienvenidos, pues, los
nuevos vat~s tan presto vacados a una disciplina como el autor de Hélices.
Las_ curiosas an~taciones, los atisbos, los rasgos, las ocurrencias líricohumon~tas a 9.ue Guillermo de Torre llama poemas, tienen sin duda antece •
dente¡¡ mmed~atos en todas las literaturas europeas, principalmente en la francesa;~' en revistas modernísimas de París y de Amberes figura con alguna frecuencia el nombre del poeta español, junto a otros tan impersonales como el
suyo. Porq~~• _apa_rt~ un&lt;;&gt;s pocos, más sutiles o agudos, más recios o más delicados, es d1f1cil d1st1ngu1r a primera vista a los celadores líricos de los hangares don?e zumban:los motores de la nueva tendencia poética. ¿Quiere esto decir
que Gmll~rmo de To~re sea inferior en mérito a los cultivadores de los anti~uos _penslles ro~~ntlcos, _donde_ las libélulas volaban de flor en flor y las abeJas libaban dulc1s1mas mieles simétricamente trabajadas en redondillas, en
octavas o en sonetos? No.
Antes b!en, el sometimiento a una disciplina tan rigurosa en la elección de
temas poéticos_ como la 9.ue Guillermo de Torre acata, implica un desasimiento d~ toda realidad_ ~gotis~a, merecedora de elogio. La iabor de Guillermo de
Ton&lt;; Y sus correlig1onanos e?- la _fe exaltada del aeroplano y de la síntesis
cósm1_c,a e_xpresada en sentencias sm moraleja, denota cierto espíritu de colabora~1~11 ideal de que e;tábamos muy faltos. Sólo cua~do un tema poético se
C&lt;;&gt;nv1e_1te en lugar comun ha ganado a la masa. cLa princesa está triste» tam bién dicen que chocó bace veinte años. Cuando salió el primer cTreo expreso»
sólo. ~e cotizaba el valor poético de la diligencia entre los medios de Jocomoc1on.
3JS

�LA PLUMA
Bromas aparte, Guillermo de Torre es poeta y joven. Tiene, pues, derecho
a divertirse y a ir, si quiere, marcando~¡ paso delante de los más avanzados
de la vanguardia literaria.

Luis Calvo Revilla.-Ac/ores célebres del teat,·o del Príncipe o Español-Madrid. Imprenta Municipal, 1823,
No es verdad que la gloria del actor muera con él. Antes al contrario, pudiéramos creer más bien, por los ejemplos que tenemos vistos, en el beneficio
póstumo que añade el recuC'rdo de las grandes figuras escénicas a su mérito
efectivo. ¿Fueron Talma, Máiquez o Vico lo que sus contemporáneos r;os
dicen? ¿No hay en ese reconocimiento entusiasta un afán de participar, en
cierto modo, de semejante triunfo para sobrevivir, siquiera sea tan (de rechazo a la ruina de la vida propia?
Hay, con todo, indudablemente, una norma para discernir el oro de ley del
oropel de los laureles escénicos: el recuento de los entes de ficción a que dieron apariencia escénica los grandes cómicos de tiem pos mejores. En ese resp ecto, basta con comparar el repertorio de los actores cuya fisonomía estudia
don Luis Calvo RevilJa en su curiosísimo libro, para echar de ver la diferencia que va, a favor de los de.l siglo pasado, de los actuales intérpretes de Muñnz
Seca. ¿Calvo y Vico gustaron de ser aplaudidos a los buenos textos dramáticos de la gran época española? Pues son, sin duda alguna. superiores a Vilches.
¿Coincidieron con la capa y la espada de Ecbegaray? He ahí, asímismo, su contra·
El libro del señor Calvo, hermano del actor ilustre y autor aplaudido en su
tiempo, será leído con agrado y provecho por todos los buenos aficionados al
teatro, y aun desearíamos, para que tuviera muchos lectores, que por todos loSque dicen gustar del teatro sólo porque van a él con frecnencia.

AÑO IV.

MADRID, MAYO 1925

NÚM. 36.

LA QUINTA DE P ALMYRA

1

&lt;&gt;

(Continuación.)
X
LA SOLEDAD INAPETENTE

.e quedó anonadada, pero sintió la sospecha que
cerró sus lagrimales. Volvió a encararse con aquel detalle de la huida de Armando y que ya la hizo descon,
fiar en el momento del viaje: «¿Por qué se había llevado todas las cosas?»
« Y retrato mío, ¿se habrá llevado alguno?» Buscó todos y hasta
encontró el pequeño para el que Armando, en la época de las galanterías, encargó un marquito de brillantes en Lisboa y tenía siempre
delante en su mesa de despacho.
-No tendré ninguna carta de él-se decía Palmyra-dándose
cuenta de la crueldad necesaria en la huida. Para borrar su arrepentimiento le olvidaría por completo. Nunca jamás volvería a hacer
ALMYRA

C.R. C.

¡,

(1)

336

1

XXII

Véanse los números 34 y 35 de La PtuM.t..
337

�</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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      <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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              <text>La Pluma, 1923, Año 4, Vol 6, No 35, Abril</text>
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              <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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              <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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              <text>01/04/1923</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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      <name>Dramaturgo alemán</name>
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