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                  <text>LA PLUMA
Bromas aparte, Guillermo de Torre es poeta y joven. Tiene, pues, derecho
a divertirse y a ir, si quiere, marcando~¡ paso delante de los más avanzados
de la vanguardia literaria.

Luis Calvo Revilla.-Ac/ores célebres del teat,·o del Príncipe o Español-Madrid. Imprenta Municipal, 1823,
No es verdad que la gloria del actor muera con él. Antes al contrario, pudiéramos creer más bien, por los ejemplos que tenemos vistos, en el beneficio
póstumo que añade el recuC'rdo de las grandes figuras escénicas a su mérito
efectivo. ¿Fueron Talma, Máiquez o Vico lo que sus contemporáneos r;os
dicen? ¿No hay en ese reconocimiento entusiasta un afán de participar, en
cierto modo, de semejante triunfo para sobrevivir, siquiera sea tan (de rechazo a la ruina de la vida propia?
Hay, con todo, indudablemente, una norma para discernir el oro de ley del
oropel de los laureles escénicos: el recuento de los entes de ficción a que dieron apariencia escénica los grandes cómicos de tiem pos mejores. En ese resp ecto, basta con comparar el repertorio de los actores cuya fisonomía estudia
don Luis Calvo RevilJa en su curiosísimo libro, para echar de ver la diferencia que va, a favor de los de.l siglo pasado, de los actuales intérpretes de Muñnz
Seca. ¿Calvo y Vico gustaron de ser aplaudidos a los buenos textos dramáticos de la gran época española? Pues son, sin duda alguna. superiores a Vilches.
¿Coincidieron con la capa y la espada de Ecbegaray? He ahí, asímismo, su contra·
El libro del señor Calvo, hermano del actor ilustre y autor aplaudido en su
tiempo, será leído con agrado y provecho por todos los buenos aficionados al
teatro, y aun desearíamos, para que tuviera muchos lectores, que por todos loSque dicen gustar del teatro sólo porque van a él con frecnencia.

AÑO IV.

MADRID, MAYO 1925

NÚM. 36.

LA QUINTA DE P ALMYRA

1

&lt;&gt;

(Continuación.)
X
LA SOLEDAD INAPETENTE

.e quedó anonadada, pero sintió la sospecha que
cerró sus lagrimales. Volvió a encararse con aquel detalle de la huida de Armando y que ya la hizo descon,
fiar en el momento del viaje: «¿Por qué se había llevado todas las cosas?»
« Y retrato mío, ¿se habrá llevado alguno?» Buscó todos y hasta
encontró el pequeño para el que Armando, en la época de las galanterías, encargó un marquito de brillantes en Lisboa y tenía siempre
delante en su mesa de despacho.
-No tendré ninguna carta de él-se decía Palmyra-dándose
cuenta de la crueldad necesaria en la huida. Para borrar su arrepentimiento le olvidaría por completo. Nunca jamás volvería a hacer
ALMYRA

C.R. C.

¡,

(1)

336

1

XXII

Véanse los números 34 y 35 de La PtuM.t..
337

�LA PLUMA
LA PLUMA
aquel camino de vuelta. Procuraría que fuese muy vago el recuerdo
de todo.
Se volvió a sentir Palmyra en las playas últimas de Europa... Se
acordaba de lo que decía Armando con cierta tristeza: «Aquí se ve
el último momento del ocaso que ve toda Europa... Nosotros lo despedimos cuando ya se va decididamente al otro mundo».
.
¡Si ella supiese no mezclar su alma a los amores y ser algo as1
como la dama que hospeda en su casa al elegido sin temer verle
partir!
Aquella Quinta era enemiga del amor constante; pero era encantador refugio para el amor apasionado de unos meses.
.
El alma tensa y apasionada de Palmyra se negaba a consentir
eso. Tenía el deseo de inmortalidad que padecen las almas nobles.
Quiso conformarse con la Quinta, y la comenzó vivir más intensamente. Cada nuevo día sin carta de él, la hacia más trabajadora.
Estaba el jardín abandonado. En las plazoletas había crecido la
hierba; del estanque había que sacar los cadáveres del tiempo, los
cadáveres de los cinco o seis años que no se limpiaba, las barbas
del dios de las aguas.
Aquella limpieza del estanque fué para ella como
alivio._ Todos los posos que habían dejado en ella sus amores últm~os ~aheron
con aquel desarraigo de las verdosidades acuáticas. La limpieza de
la matriz del estanque fué también una limpieza para la suya.
Las noches de luna la cogían en las terrazas. Aquellas noches de
luna la fosforecía el alma y se la ponía más engatusada. Brillaban
las claraboyas y los cristales como si algo en el paisaje pusiese loi
ojos en blanco.
.
:Su corazón! Estaba desorientado y vacío. Lo único que necesitaba ~ra cierta limpieza y una entrada discreta, bien llevada, bien dicha.

ª.

u?

Palmyra daba vuelta a las habitaciones solitarias, encendía luces,
buscaba. ¡Gata desalada!
No había remedio. Comprendió todas las razones y las excepciones; pero insistía en encontrar al que reconociese en ese único día
-todos los días d único-en que se removía la vida.
¡Qué noches más largas! En la Quinta no se podía vivir sola. Todo
era inútil, muerto y los rechinamientos de su cama eran burlones.
Lo que hay que ser es decente para no repugnar a los demas y
para que no haya bajezas en el amor; pero deglutir en la noche la
fruta sensual y, sobre todo si no se digiere, si siempre su siembra
es inútil y estéril. Si sólo resulta un juego la cosa, y un juego en el
que se oye el eco del mundo y del que no se espera ningún contagio, no h 1y ley que lo pueda discutir, ni razón que lo roce.
Palmyra estaba como sorda en la Quinta. En sus paseos en milord buscaba el rincón del coche y se reclinaba en su rincón con
gesto displicente y desdeñoso. Se calzaba y enmediaba demasiado
bien para permanecer sola.
Dialogaba consigo misma como varón y mujer. La entraba esa
duplicidad sensual en que la mujer, si pudiera, crearía el hombre.
¡Y qué hombre la saldría: apuesto, violento, cumplidor! Daría miedo
en su relación con los demás hombres.
Ella.-Sí, me he desnudado delante de ti como delante del espejo
que pueda atraparme.
ÉL-Déjame, señora, que primero te acaricie sobre los encajes.
Ella.-Sería la alcoba triste sin ti.
ÉL-Levanta un poco tu camisita como en el antiguo can-cán.
Ella. -Lo que tú quieras ... Haré como que paso el río del amor.
ÉL-Eres blanca como el delirio, y los sitios en que el escultor
de tus piedras metió el dedo crean sombras que acaban de exaltar
tu dulzura...

ua
339

�LA PLUMA

LA PLUMA
Ella.-Ya quería yo, ya, que se fuese justa con mi blancura...
ÉL-Tus hombros son los hombros del ánfora, en que resbala
la forma.
Ella.-Acércate... Cógeme como un ánfora.
ÉL-Tus sábanas están limpias como una virginidad ...
Ella.-Tengo un cuadrante para ti... Yo no necesito más que uno...
ÉL-A mí me basta la almohada... Tu iabeza es la que necesita
tener un trono sobre el lecho.
Ella (apagando la luz).-Ven...
En la sombra el sueño se prolongaba, pero el diálogo se iba durmiendo en un monólogo con sordina.
De las esquinas de la cama, con sus remates en forma de quilla,
salían los cisnes ledos que buscaban a Leda.
Pero ella ya no tenía fuegos para sostenerse más atenta a sus
pensamientos, y se dormía baldía.
A la mañana siguiente recomenzaba la tragedia solitaria y recorría los jardines de la Quinta como la protagonista de una novela
que no encontrase la continuación de su argumento. Se asomaba a
la verja de la puerta como «la protagonista» y buscaba el belvedere
estilo portugués de la esquina del tapial para asomarse tranquila en
otra orientación extrema.
Se pasaba largos ratos echada sobre los almohadones, dóciles
como gatos que permitiesen recostarse sobre ellos. Parecía una convaleciente cuya sangre se va tornando roja muy poco a poco.
Se quedaba mirando los gruesos pendentif de las arañas, ese
gran brillante que cuelga en medio y debajo de ellas.
En aquellos días de perdición en la Quinta-de mucha más perdición que lo que se llama perdición en el amor-hasta entró en la
Biblioteca. Se escondía allí para que el tiempo no la encontrase tan
demasiado en medio de los grandes salones.
340

r

La daba melancolía la biblioteca. ¡Cuántos antepasados tenían
que haber muerto para dejarla a ella aquella biblioteca casi inesperada por sus manos, pero que 1a pertenecía!
Las señales que se veían en algunos tomos salientes como orej~s perspicaces la daban una sensación de las manos y las inteligencias muertas, de cómo aquella asociación de datos que buscaba la
señal, ya sería inútil. A veces había ido a quitar todas las señales de
!ºs libros, pero la d_ió pe_na estropear aquella labor y borrar lo que
ingenuamente segma allí creyendo que alguna vez podría volver el
depositario.
La esfera armilar la ponía triste. Hasta una enfermedad de esas
qu~ se curan tomándose esféricos depósitos de termómetro era prefenble a aquella soledad con la esfera armilar.
Aquella esfera la daba la emoción infinita de un modo confuso
Y ~penas inteligible para su puerilidad. Era como el esqueleto del
umverso que la hacía microscópica, ya inexistente, y polvo vil.
La sobraban los libros; todos eran como libros de medicina en
un sitio en que se está sano. Prefería mirar por el balcón al mar,
a leer.
Los libros ya daban sustancia a la biblioteca, cuyo balcón Ja
gustaba 1~ás que los otros, precisamente por eso, porque los libros
mejoraban el arrobo de la habitación, su resguardo.
La gran esfera terrestre, que tenía que sostenerse sobre el suelo
porque no había mesa ni estante que la sostuviese, era como el reflejo en cóncavo de la idea de la naturaleza lejana y complicada que
se veía por el gran ventanar.
Los mares de la esfera, sobre todo, se volvían verdaderos y anchurosos en aquella proximidad al mar inmenso. Era como si se
desbaratasen y se escapasen a la vez de un meridiano y se vertiesen
sobre el verdadero.
341

�LA PLUMA

LA PLUMA
El cinturón de cobre y la cerviz, también de cobre, que envolvían
a la esfera enorme, daban al mundo un aspecto formidable.
Palmyra rehuía en seguida de la biblioteca.
El hombre apetecido no surgía ya entre sus visitas formales, y de
retirados y retirados no lo podía elegir.

XI
AL CASINO

En aquellos días recibió una invitación del Casino de Ardantes.
Era una invitación como otras muchas que había recibido antaño: «A charming festival in honour of the British Colony of Ardantes
to be held in this Casino, the Direction has the great pleasure, etc ..,,
Nunca había querido ir a aquel casino en que no se sabía qué
gentes se jugaban el dinero.
Iría e iría dispuesta a traerse un hombre a la Quinta.
Se vistió otra vez con la ilusión de la que no sabe lo que va a
pasar y estiró sus medias como se estiran para hacer la conquista.
Hizo el camino a pie. No quiso alborotar la terraza del casino con
la llegada de su coche. Podría entrar mucho más disimulada y dejar
con más desparpajo la sombrilla sobre el borde de la mesa de juego
mientras abría su portamonedas con gesto de bolsista jugadora.
Pasó por entre los chalets, cuyas ventanas respiraban el aire embalsamado con la misma vagorosidad que los peces el agua.
Las casas, cubiertas de verdor, se daban tono de mujeres con un
chal sobre los hombros.
Aquellas casas cubiertas de enredaderas, eran casas que había
que peinar por las mañanas. Ella no había cubierto las paredes de
su palacio con las mismas morenas yedras por si no podía as.earlas

con el ancho peine que necesitaban para no llenarse de demasiados
bichos.
El nido humano resultaba más nido en aquellas casas cubiertas
por completo de hojarasca y llenas de melenas verdinegras.
Palmyra sentía la turbación de la que sale por primera vez al
mundo después de una viudez.
Lo malo es que se acordaba demasiado de Armando y de sus
palabras.
-Al subir la cuesta los automóviles meten ruido de aeroplanos
-había dicho Armando viéndoles subir aquella cuesta que buscaba
el camino de los pueblos.
No se la podían olvidar a Palmyra aquellas frases del golfo genial que estuvo preso en el palacio como un bandido del renacimiento, y que, como aquellos aventureros, dejó grabadas para siempre sus anécdotas en la prisión.
-Atado en ese sofá estuvo él-sentiría siempre ansias de explicar a los que por primera vez fueran a la Quinta.
-Las cazoletas del telégrafo son palomas ahorcadas-había dicho
también, y también era inolvidable para Palmyra que las veía estranguladas por noticias que llevaban más allá, sin dejar ninguna en la
Quinta, sin poder sorprender lo más mínimo de las palabras pasajeras.
Pensando despaciosamente en Armando llegó al Casino.
Aquel Casino tenía una gran vida en el verano, sin sillas suficientes nunca para sus invitados de casino que se invitan solos y
que no se sabe de qué recóndito rincón habían salido.
Se sentó en la mesa de juego y puso uno de aquellos grandes
billetes que sonaban a papel pergamino escandalosamente.
Su vecino de mesa la miró por la rendija pícara que quedaba
entre sus lentes y su sien. La reconocía con desconfianza y con hi343

�LA PLUMA
pocresía, buscando la abertura en su cuello, ese sitio por el que entran las miradas de refilón y se ve una carne quemada que resulta
más carnal.
Ella apuntó a cualquier número.
-No ..., no ponga usted a ese número, que no ha salido ni saldrá nunca-la dijo el vecino con arrebato apasionado, con aire protector, con verdadera congoja.
Palmyra le miró agradecida por aquella advertencia trémula, y le
preguntó:
-¿Pero, por qué?
-Porque yo he perdido todo mi dinero a esa postura.
-Entonces-dijo Palmyra con la misma voz trémula-quiero yo
ver si le venzo, arrancándole al banquero todo el dinero que le
quitó a usted ...
Así se formó la sociedad de súbita franqueza y de emoción conjunta que había de hacerles ir juntos a la Quinta al final de la tarde
de jugadores, después de que Palmyra recuperase parte de la fortuna de Fausto, ingeniero de minas que ahorraba la mitad de su sueldo y con la otra mitad especulaba, jugaba, se divertía y comía modestamente.
Tomaron el te de después del juego, te reconfortante, cuyo azúcar dulcifica el dolor sufrido y asienta el gusto metálico que tiene el
mismo friunfo.
Palmyra estaba encantada de la pasmada galantería del ingeniero, galantería torpe, de hombre que no se considera apto para entrar en la intimidad de la mujer distinguida con quien habla.
No tenía rubor en confesar sus gustos más ingenuos:
-A mí la naturaleza me encanta ... Llevo siempre en mi maleta,
cuando voy a la ciudad, unos cuantos paisajes que cuelgo de las paredes del hotel...
344

LA PLUMA

-¿Y los pinos? iCómo va usted con los pinos?
-Los pinos ... -y Fausto se detuvo un momento sin saber continuar, él amaba la naturaleza, la naturaleza en general, pero no había pensado en los pinos... Pero hizo un esfuerzo... Debía hacer un
esfuerzo por decir algo ingenioso ... Miró por las ventanas de.l Casino
al campo, y dirigiendo una mirada a los pinos que se veían, dijo:
-Sí...; los pinos son el tupé de nuestros montes ...
Palmyra le animó con una larga sonrisa a que siempre fuese tan
ingenioso.
Tomaba Fausto el te con avidez de jugador arruinado, como si
encontrase en su líquido dorado el restituyente.
La confesó los pormenores de su casa: «Mi lecho y una gran
mesa de pino blanco, llena de los puntazos de los chinches:..
Cada vez le veía Palmyra más posible: la primera noche como
huésped extraño, y después un poco dueño de todo, colocando las
cosas en distinto sitio, acercando su butaca al balcón.
-La acompañaría, si no perdiese el tren ...
-Acompáñeme a la Quinta y cenará usted conmigo ... Como no
pensaba retirarme tan tarde, no he pedido el coche... Pero no hay
mucha distancia.
Salieron del Casino ... El camino era el camino campestre, largo,
con muchas cruzadas, coa humo de hojas quemadas en las cunetas,
como si el ocaso hubiese dejado incendiados todos los matojos.
«El camino va a bastan, pensaba Palmyra. «Este es de los amantes de la naturaleza que sienten ganas de besar en medio de ella».
En efecto; en la revuelta del camino en que ya no se vieron casas blancas, Fausto, como si ya no le viese nadie, sin pensar en que
le veía ella y en que se podía resistir, besó a Palmyra con beso que
resbala, que da un tropezón en el rostro y que buscando la mejilla
cae en la barbilla o se queda colgado de la sotabarba.
345

�LA

Palmyra aceptó aquel beso, diciendo con falsa ingenuidad de
mujer que no quiere que de ningún modo retrocedan las cosas...
-Sí... Realmente no nos ve nadie...
-Estábamos demasiado solos... No se puede llevar a un hombre
apasionado por un camino tan solitario a esta hora ...
-Lo malo-dijo ella-es que todo el camino es tan solitario y es
muy largo ...
-Tengo besos para todo el camino, por largo que sea.
-Es usted un besador de caminos, en vez de un ingeniero ...
-Soy más: soy un salteador de caminos.
- ¡Qué miedo!-dijo ella haciendo un mohín.
El resto del camino fué dichoso. Ella tenía ganas de volverse a
encontrar como objeto de goce, como intriga para el ansia y la curiosidad.
A veces le tenía que decir:
-Espere... Soy la dueña de mi casa, y en mi Quinta soy Cleopatra, dueña de Egipto ...
Ella prefirió aquel atrevimiento desde luego, en la opulenta sinceridad del camino, como caza clandestina en medio del campo, con
anhelos de chico que ha encontrado un nido, con deseo de llevarla
pronto a casa, que lo que sucede después de la cena mezclándoseal arrebato el vino y la carne.
Fausto entró en la Quinta con timidez. Siempre se sospecha que
la mujer sea la cruel reina que prepara la encerrona al hombre para
matarle. Cuand;l se cerró la puerta de la Quinta, que sonó a cierre de
gran jaula, volvió la cabeza desconfiado.
Pero le dió confianza ver al final del paseo de grandes árboles
la casa de tipo noble y señorial, la clara casa portuguesa como ensueño de una lluvia clara.
Tenía cierta timidez de entrar en aquellos recintos en que, si no
346

L A PL U MA

PLUMA

I
1

e padre, la sombra del padre se albergaba y les vería pasar por los.
pasillos como en plena ilegitimidad.
-Otro cubierto en la mesa-dijo Palmyra a su vieja doncella-,.
Y prepárenle el cuarto de los huéspedes ... Se llama don Fausto, y es
mi primo el ingeniero ...
Fausto tasaba lo que había de cinismo en las frases de Palmyra,.
pero también tasaba que aquello no era usual, que no acostumbraba
a guardar allí al hombre elegido ...
El ingeniero atisbaba la altura de techos de las habitaciones 1 sin
pasar de ese asombro de ver la proporción del palacio del que es un
hombre modesto y habitante de las casas bajas de techo. Se sentía
apasionado por Palmyra, no sentía ningún inconveniente de apasionarse de una mujer que no le había exigido en cambio de admitirle
en su casa. No había visto nunca nada tan deslumbrador y generoso.
Ella sentía la alegría de estar ya acompañada, y se hacía la ilusión de que hacía tiempo que volviese este amigo antiguo y que por
fin era aquél el día deseado de la llegada.
Ya tenía quien la observase de nuevo, ante quien ser nueva e ins~spe~hable, así como tenía al hombre de quien esperar los despotncam1entos más extraños del instinto y las seriedades más curiosas.
-Mañana enviamos a su casa por el tablero, las cajas de compa~es y ese platillo blanco en el que se moja el tiralíneas como un páJaro en su bebedero.
Fausto se dejaba proponer. Estaba admirado, y aun en la alcoba:
trató a aquella mujer como quien la da el brazo para ir al comedor.

'I

347

�LA PLUMA

LA PLUMA
XII
ERA EL HOMBRE VIOLENTO

El solaz de la Quinta apretó. Como después de la lluvia deseada
brotó en la plazoleta del edificio la serenata de perfumes de todo el
jardín.
El ingeniero, sin que eso supusiese que estaba preocupado por las
cifras exageradamente, tenía la costumbre de hablar por números
más que por palabras. Perdió pronto la idea de su deber de convivencia y de mantener las ilusiones que prov0caba la Quinta.
Miraba por el ancho ventanal y seguía sus planos y sus cálculos·
Palmyra le miraba asombrada de su inconsciencia. Por él mismo más
que por ella le hubiera recomendado un poco más de amor. «Desgraciado-se decía ella-, no conoce la farsa de la vida ... Cree que ya
le ha llecrado
una cosa y no necesita hacer más.:.
o
•
En vista de que le vió a él laborar en una labor tonta y tan sordida, se puso ella a coser. La hubiera prostituido el que aquello hubiese sido demasiado breve. Tenía que aprenderse más a aquel hom'bre y agotar su psicología.
·
Tenía mucho miedo a que en su imaginación se volviese confusa
y casi irrecordable la silueta de un hombre. Entonces sí que se podía
decir que era una mala mujer.
Veía en él el chico que ha crecido en plena inconsciencia, dedi.cado como un colegial a su caja de compases. No se entregó a ninguna novelería. Se creía indudablemente en unas vacaciones de colegio, con una señora simpática y cariñosa, a la que apenas conocía,
en vez de con su familia.
Al trabajar era hombre de lentes, y ella notaba que cuando la
.miraba veía menos que nunca.

Así como ella pensaba estas cosas sobre su costura, él pensaba
otras sobre el papel cebolla de sus planos.
Había soñado muchísimas cosas: hallazgos de minas y encargos
de puentes sobre el mar, pero no había soñado una mujer como
aquella. ~¿Por qué me la habrá regalado el destino?»-se preguntaba, y en vano buscaba la respuesta.
Era un poco inexpresivo en sus caricias, y al encontrar sus brazos se dedicó a acariciarlos con la profusión y la disciplina del que
da masaje.
Le tuvo que llamar la atención ella, porque la hostigaba el brazo
con aquella insistencia.
Los dos, pues, se tenían afición e indiferencia. Lo que no acababan de comprender era por qué se habían reunido. Ella, más que un
amante, había elegido un testigo con profesión seria, un testigo del
que quedasen en limpio los instintos y en el que el ser humano quedase como montado al aire, es decir, sin encubrimiento; pues las
líneas y los cálculos del ingeniero no perturban al hombre, le dejan
en medio. Sobre una ~vagoneta y unos carriles y debajo de una
serie de cables, de puentes y de señales.
Su ingeniero era algo así como un hombre del campo, y reaccionaba frente a las cosas con naturalidad y encontrando en todas gustosas experiencias de la vida.
En las sobremesas, recostados en la silla de dos asientos pegados
haciendo la S confidencial, sentía ella le fascinaba su descote, con el
hoyo voraginoso entre los senos, pero le fascinaba sosamente, llevándole la placidez hasta el sueño, hacia el que la llevaba cogida de
las manos, arrancada de su asiento, ansioso, más que de abrazarla,
de estar dormidos pronto, sólo eso.
Palmyra se aburría. Aquel hombre no comprendía el paisaje, no
adoraba su Quinta, no sentía la soledad. Sólo se sentía dueño de

�LA PLUMA

ella y miraba el paisaje colocando cada cosa en su sitio, pero nada
más. De todas maneras la acompañaba.
Un día de tormenta se quedó abierto el balcón de su despacho,
y como su tablero se asomaba mucho al balcón, buscando la luz, llovió sobre el plano que tenía entre manos. El escándalo que armó al
volver fué tan grande, que Palmyra le mandó callar.
-No quiero, mujerzuela-respondió encolerizado, y la empujó
contra la pared.
Palmyra se quedó en el rincón de la habitación en que había sido
empujada. Le miraba como la actriz que ha sido asesinada y no puede hablar ya.
Él quiso borrar su palabra. No había querido ir tan lejos. Pedía
perdón.
-No puede ser-decía ella-, has vuelto a ser el extraño, como
-si aquel señor G}Ue recogí en el Casino me hubiera dicho una grosería entonces, en vez de ser galante y apasionado ... Jamás se oyó en
la Quinta esa palabra... No la podré olvidar... Parece que la han
aprendido ya hasta las inocentes tórtolas... Luego, al atardecer, tomas tus cosas y te vas.
Palmyra llamó al criado ...
-Prepare el coche rara las siete ...
Se vengaba Palmyra de la huida del otro echando a éste. Ya le
había encontrado hacía días el encolerizamiento que producía la
Quinta en los hombres al poco tiempo de vivir en ella. La Quinta
necesitaba un voluntario. No valía salir por un amante como ella había salido. Ahora esperaría la llegada del que fuere.
La corría prisa echar a aquel intruso. No podría nunca conformarse con un hombre oscuro, distraído, seco. Necesitaba el guarda
-enamorado de la Quinta. El que sintiese lo que de isla del amor había en su palacio.
3S0

LA PLUMA

XIII
LOS AUTOMÓVILES DE LOS DESEMBARCADOS

. Después de la riña con Fausto, una de las cosas que más emocionaban su vida de soledad, lo que la llevaba hacia el mundo lo
que la daba la palpitación máxima del corazón era ver los auto:Uóviles que unidos a los trasatlánticos que hacían escala en Lisboa trasp~rtaban a los viajeros más inquietos para que viesen aq1,1ellos pal'aJes de la costa y el faro estratégico.
Camino del faro pasaban junto a la Quinta de Palmyra, que les
lanzaba destellos de todos sus cristales, triángulos de luz, losanjes
volanderos.
Las seis bocinas en fila hacían presagiar la caravana de viajeros.
Palmyra corría a las ventanas. Ella, tan lejos del mundo, en ese momen_to perdía su resignación y se asomaba a ver los grupos de extranJeros apretujados, los brazos de unos sobre los pechos de los
otros, tres donde cabían solo dos, las gasas de las extranjeras flotantes como banderolas descoloridas, todos despeinados y como mareados por el largo viaje, ellas con flequillos y patillas desrizadas, de
embarazadas en meses mayores, echadas hacia atrás en sus asientos
afiond ad as, como s1· las obligase
·
'
a esa postura sus preñeces.
Se dejaban llevar por la ráfaga encorvada del automóvil, todos
~n la mecedora flotante y rauda, sin saber ni por dónde iban ni qué
iban a ver, cumpliendo más que nada con un itinerario de los que
ofrecen los «chauffeurs» listos.
Ni tení~n tiempo de saludar al paisaje y menos para despedirse
de.él, Y deJaban flotante su extrañeza y su extranjerismo como inquietud abandonada en medio del bosque. La soledad quedaba arrepentida de estar tan sola, y todo el monte hubiera querido irse con
351

�LA PLUMA
los excursionistas, continuando su viaje hacia ciudades más en el
centro del mundo.
Se van sin importarles lo que dejan detrás, prendiendo miradas
distraídas en lo que ha de quedar bien fijo, establecido para siempre
en el sitio que ocupa.
A Palmyra la costaba trabajo meterse dentro, abandonar la visión
del camino recién rizado por., todos los automóviles, esperando ver
uno más, el rezagado, el de los más degustadores del paisaje, que se
hubiesen detenido más largo rato bajo el faro engallado.
Había recoo-ido-sobre todo cuando lucía blusas de mucho coº amorosas de todos, como si todos ellos quisieran
lor-las miradas
ser sus esposos y ellas la mirasen encantadas de ser sus cuñadas.
¡Pero ninguno se tiraba de su automóvil como quien saltase la barrera!
¿Escribiría alguno alguna vez la postal del pasajero?
Dejaban el recuerdo de los camarotes pintados de blanco y con
los ojos de lupa puesta. Aquellos barcos que ella veía en alta mar
con su tarta blanca en medio, como los que vertían sus viajeros extrañados por un momento de la lisura estable de la tierra.
«Ya estará impaciente el trasatlántico, moviéndose en la rada, tirando de la cadena de su ancla como perro que quiere escaparse:.
-pensaba Palmyra.
Y por fin se metía dentro de la Quinta. «¿Cómo sospecharían su
vida aquellos seres? ... ¿Qué idea del paisaje se llevaban? ¿Como cuál
creían que era? ¿Sólo aspirarían a llevarse visto un punto más del
mundo para sólo pregonarlo?»
Aquellos automóviles eran como las canoas de salvamento puestas en movimiento dándolas a un manubrio para las ocasiones.
Siempre la habían dejado gran emoción; pero aquella tarde de
soledad en que aquel rubio la había tirado el sombrero como brindis.

de torero entusiasta, dejándolo colgado de un manzano, se quedó
más pensativa que nunca.
El sombrero aquél, que había bajado a buscar, llevaba E:!n el forro de fina sedilla blanca el nombre de un sombrerero de Nueva York
al parecer el mayor fabricante del mundo, porque en todos los som~
breros es el que aparece. Eso no era bastante para saber su nacionalidad Y tampoco decía nada apenas el que en su badana apareciesen las iniciales S. C.
No dejaba do tener una íntima galantería bastante original aquel
regalo del sombrero del excursionista arrojado como recuerdo en el
rápido pasaje del automóvil, de te tomo y te dejo en el mismo sitio
que te dejé.
Palmyra lo dejó en su perchero, y cuando volvió al salón pensó
en que había entrado en él con aquel hombre que había dejado su
sombrero en el perchero, y lo buscó a su alrededor. Estaba íntimamente con ellos y, sin'embargo, estaba lejos ya en alta mar con un
sombrero nuevo que extrañaba en su cabeza.
«Con él encasquetado ya no se a~ordar'á de mí»-pensaba Palmyra-, pero después rectificaba:«Se acordará aún, porque un sombrero nuevo le estará chico, más chico que este que me ha dejado,
por lo menos durante algunos días.»
Durante el anochecido estuvo nerviosa, excitada, mirando el mar
de los espejos, esperando quizá la entrada de aquel hombre por el
dintel del espejo.
Cuando la sirvieron el te tardío, porque se había olvidado dellamar, estuvo por decir al criado: «¿Y la otra taza que he pedido?»
Aquel sombrero que cogió como el de un vagabundo del árbol
del que se ahorcara, los sombreros y las alpargatas de los trotacaminos, tenía el imperio del sombrero det dueño y señor. Había dejado
libre el cabello oleaginoso que ella buscaba para peinarlo con sus
XXIII

353

�LA PLUMA
LA PLUMA

manos y sentir los chisporroteos eléctricos que brotan de los peines
de concha y de los dedos entreabiertos como la parte ancha de los
peines.

-¿Y cómo se ha atrevido a venir? ¿Y si hubiera sido una señora
casada?

«Y no es que haya tirado un sombrero viejo... Está usado pero
no está viejoit-pensaba Palmyra.

y cómo vivía... La tiré mi sombrero porque no-;me dió tiempo de

Del salón se iban colgando las cortinas del baile de arte, sólo el
espejo de la playa tenía luz y copiaba la tarde de ojeras irisadas.
En eso llamó la criada:
-Madama... Un señor sin sombrero pregunta por madama ...
Lo de «sin sombrero,. lo decía la criada para que madama no le
recibiese, porque un señor sin sombrero da idea de un loco o de uno
que viene huyendo, pero madama, como si esa señal la recordara a
un amigo querido que llega de muy lejos, la dijo:
-¡Que pase! ¡Que pase!
Un caballero, menos rubio de lo que la había parecido al verle
pasar en el automóvil, se adelantó hacia ella e hirió su mano con la
llaga de un beso apasionado y largo ...
-Señora-dijo-, he torcido mi viaje sólo por usted ...
-¿Pero se fué su barco sin usted?-preguntó con ingenua perogrullada Palmyra ...
-Sí..., sin mí-respondió sonriendo el desconocido...
-¿Y sus baúles?-volvió a preguntar Palmyra desacertada, como
si esperase que el extranjero hubiera llegado con sus baúles y todo
a instalarse en la Quinta desconocida ...

-¿lfü baúles? ... En el Hotel Francfort de Lisboa-respondió extrañado el extranjero.
Palmyra le señaló un asiento. El extranjero se sentó con tipo de
marino que descansa, tipo de marino que viene a traer una noticia
de allende el mar.
354

-:fo hubiera venido... Me he enterado antes de quién era usted
tirarla otra cosa; mejor la hubiera tirado la cabeza, el corazón... Lo
que quería decirla es que volvería...
--Yo sólo creía que fué un chicoleo.
-De ningún modo... Siempre se tira el sombrero para recogerle,
1
más o menos pisado por la dama, pero se recoge.. .
-Ya ve usted que yo no le dejé en el jardín... Lo recogí y lo he
puesto en el sombrerero...
-Ya le he visto al entrar, y por cierto que he hecho como que
lo dejaba al entrar, ajustándole más a su colgandero ...
-Palmyra sonrió, aunque estaba asustada e indecisa, ante aquelia visita que amenazaba con ser muy larga... No sabía hasta cuando...
Quizá hasta cuando viese aparecer de nuevo en lontananza un barco
con la ruta del otro ...
-¿Y qué es usted?-preguntó Palmyra sacándole de su arrobo.
-Yo ... Doctor...
-No ... Quiero decir de qué nacionalidad.
-Norteamericano... Sé el español difícilmente, pero como he notado que me entendía así con los portugueses, he creído posible conversar con usted tal vez siempre...
Palmyra estaba radiante. Su desconcierto se había ido borrando;
el caso era que tenía allí a uno de los que pasaban raudos y representaban para ella el mundo, el mundo de los grandes trasatlánticos
como palomas flotantes, llenos de gemelos que miraban su torreón ...
El norteamericano apoltronaba su tamaño en la butaca con un
paisaje en el respaldo, y mostraba su rostro de ninguna raza y de
casi todas, uno de esos rostros que confunden siempre al que les
355

�.,

LA PLUMA
1

mira, pues habiendo parecido que antes se miró a uno, después resulta que es a otro al que se encuentra.
-Ahora iría por el mar, con todos mis compañeros de viaje que
me echarán de menos, sobre todo en la mesita verde que ocupábamos después de cenar, cuatro, siempre los mismos cuatro ...
¿Qué la iba a exigir aquel hombre a cambio de aquéllo? Había
perdido su barco y tenía derecho...
-¿Y hasta cuándo estará usted aquí?
-Hasta que usted quiera... Vengo a Europa a estudiar, así es
que me puedo quedar aquí a estudiarla a usted.
-¡Ah! No... A estudiarme, no ... Me ha dado un escalofrío atroz ...
Parece que al estudiarme tanto tendría que hacerme la disección...
-Bueno, bueno... Diré sólo que estudio.
-¿Y de qué región es usted?
-Bástela saber que una carta tarda en llegar a mi casa treinta

\l

días ...
-¿Y cómo es su pueblo?

-No tiene nada de interesante ... Esto sí que es bello... Es el digno marco que la corresponde ... Cuando me saludó usted al pasar,
perdí la brújula... Si usted no me hubiera recibido, hubiera paseado
.por delante de la verja de su Quinta siempre y me hubiera convertido en pintor de quintas.
-Estoy comprometida con usted como con el que ha naufragado ...
-La verdad es que me he tirado del barco al mar sólo por usted ...
-Ha sido tan franca su decisión que yo debo ser franca ... El
mote del~ escudo de la Quinta es: «Sigue tu primer impulso sin dejar
pasar el primer instante... » Venga después ...
-¿A qué hora?
-A las doce ... Traiga sus equipajes en el «auto» ...

LA PLUMA
Se hizo una pausa en que el norteameri~ano se puso en pie. Tení;:i en el rostro timidez y osadía, descorazonamiento por el pronto
logro y entusiasmo. Sus cincuenta rostros superpuestos y sólo descubiertos por una imperceptible muesca de colores y perfiles, no casados como en una policromía mal tirada, tenían cincuenta txpresiones distintas.
-¿Y si ahora no la gusta mi nombre?
-¿Tan extravagante es?
-No; es Samuel.
-Pues no es feo.
-Es que como es judío...
Pal~yra no contestó, pero pasó por su imaginación una gran
aprens10n, Y eso que en su pueblo no estaba vinculada la doctrina
antisemita... Reponiéndose y queriéndole quitar toda suspicacia, dijo:
-¿Y eso, qué?... Aquí no se guarda ningún rencor a los judíos...
Samuel apretó su mano con silenciosa gratitud y se fué hacia la
puerta. Palmyra salió con él.
En el recibimiento él hizo ademán de ir a coger su sombrero
pero Palmyra, que esperaba ese gesto para cazarlo, echó mano a J~
mano y la retuvo...
-No... Ese sombrero me pertenece... Es la prenda espontánea de
su afecto... Sólo lo arrancará a su sitio el día que me olvide, el día
que tome el barco que se dejó escapar hoy ...
-Pues entonces quedará ahí para siempre...
Samuel salió para traer sus equipajes en seguida.

1

.{

3S7
356

�-LA PLUMA

LA PLUMA
XIV
EN ALTA MAR DEL AMOR

La noche estuvo llena de las reticencias, los silencios tímidos y
Jas cortesías graciosas de la aventura que se ha precipitado demasiado. Sólo el sueño niveló la falta de confianza en que se había realizado todo.
Durmieron como viajeros cansados, y cuando él se despertó primero a la mañana siguiente despertado por las moscas que trajinaban en la luz, pensó despertarse en alta mar, y le sorprendió encontrarse en la cabaña de la alcoba, con una rendija excesiva en la ventana.
No estaba en la alta mar del mar, pero estaba en la alta mar del
amor. Miró a Palmyra. Dormía sosegada, con confianza, como si durmiese más que sobre una cama sobre un jardín, en un rincón de los
boscajes de Ja Quinta.~
• Sintió ganas de hacerla cosquiJlas en la garganta, que ofrecía
curvada y graciosa. «¿Al abrir los ojos no me extrañará demasiado?&gt;
-se preguntó Samuel, pero recordó la naturalidad de Palmyra como
si se tratase de una boda acordada por toda la familia, en lo que
sólo era una aventura...
-Palmyra-llamó en voz baja Samuel para que al despertar encontrase que desde luego era su conocido aquel hombre, puesto que
la llamaba por su nombre y con un gran tono de confianza:
-Palmyra.
-Palmyra.
-Palmyra.
-1Palmyral. ..
Palmyra entreabrió los ojos y sonrió, acostada en la lontananza
358

r,;

de la playa ambarina de su carne, como lejana bañista debajo del
toldo azul de sus ojos.
Pero le había sonreído. En vista de eso se tranquilizó y observó
los cuadros. Esperaba una escena del Talmud que no había.
Volvió a mirar a Palmyra como al valle florido de su amor. Como
el que sentado en la ladera ve la extensión luminosa y margaritada
que desde allí se atalayara.
Ya estaba confimado con la sonrisa de aquel despertar que se
había nublado en seguida. Ahora a esperar que se cerciorase, que
recompusiese con el abrazo del despertar definitivo, la cadena de los
abrazos.
Palmyra durmió el sueño deslumbrado de la mañana, el sueño
que se sueña de cara a la luz, sucediendo la pesadilla en pleno mediodía. Samuel la oreaba las moscas.
Poco tardó ese sueño anaranjado de la vívida mañana y Palmyra
se despertó, sonriendo de nuevo al ver al náufrago que la hacía aire
con sus manos osendosas y osadas.
«Ya no se me irán los ojos y la tranquilidad detrás de los caravanas de los automóviles con gente de los barcos-pensaba Palmyra-. Mi única inquietud la habrá cancelado este viajero que se quedó a mi lado... &gt;
Se rió con risa osada, mirándole.
- ¿De qué se ríe?
-De que me parece usted un barco embarrancado ...

.r

(Se continuará.)

Rrnó:-1 GóM.Ez

DE LA SERNA.

�.,
LA PLUMA

III

'JI se inició el asalto a la inmortalidad
cSeria y oscura.

'JI columbró el !/)estino toda su libertad
sin aventura.

POESÍAS
I
~etumban por todos los cielos
~eligiosamente, en vuelos
C:orales, toques de campanas.
¿&lt;Son vítores a la victoria
!/)e los que hincaron en la gloria
cSus altaneras cerbatanas?

'

¿rl preguntas de un campanero
91.congojado por el cero
!/)e la boca de las campanas?

11
C:ementerio entre la bruma:
'G'u gozo y tu desventura
:Posibles, ¿son en tu suma
'fNube de pereza oscura?

9U padre inmortal pían las aves de la aurora:
/ cSu-fMa-jes-tad!
(¿(;l nuevo sol antiguo inventa o rememora?)
¡cSu fMajestadl

IV
(;l niño llora su atroz pena.
.Cas entrañas de los planetas
cSe parten en partos de peñas.
V
(DICIEMBRE

.Eas onzas del sol,
!/)iscretas, furtivas,
lucen su esplendor
como calderilla.

VI
¡'fNoche, noche! [}obierna el cielo, finto
C:on la tinta en que moja !/)ios la pluma
:Para tachar el ~fliat lux» de antaño.

'JI truécase en primor de laberinto
.Ca calle, antes sabida, que se esfuma,
;M,uy reticente, en el astral amaño.

�LA PLUMA

VII
!.Blancores en curva
'Griunfalmente una,
{}uían su equilibrio
feo, entre el tumulto
¿ffasado,futuro?
:í)e un gran albor vivo.

l
ACERCA DE "LOS INTERESES CREADOS"

9ttanantial, doncella:
8scorzo de piernas,
'Gornasol de guijas ...
Y el sumo platero
repuja en el cielo
:Nubes argentinas.

( E N S A Y O D E A N Á L I S'I S )

I

' [I'"

describir la acogida aquí dispensada a la concesión del
premio Nobel a Benavente, sería cosa de reproducir-si es, tuviese permitido el citar versos de Núñez de Arce-los en;;-decasilabos iniciales del poema A la muerte de don Antonio
RlOs Rosas. Sin embargo, con la esperanza de que algún día Azorín
-este lord Carnavon de las modernas letras hispanas-, e!l sus exhumaciones, saque a luz al vallisoletano e hipotecario poeta, me lanzo
atrevido a transcribirlos:
ARA

l:1)

VIII
¡t)h sol en el porte del cisne!
¿cSuman las alas en su lustre
.LtJ. claridad que esparce tJctubre
8ntre sus estrictas canicies?

¡{}loria autumnal!: campo de gules
flue de pulcra agudeza ciñen
$ayos, ramas, remos de esquifes:
eorte del gran !.Blancor ilustre.
JORGE GUILLÉN.

¡Cayó como la piedra en la laguna
con rudo golpe en la insondable fosa!
Nuestro ambiente literario, falto de densidad y de inquietud, no
podía obrar de otro modo. La camarilla literaria es el ineludible producto de la lamentable falta de objetivación que racialmente padecemos. Pasadas unas pruebas de tal levedad, que cerca andamos de decJararlas inexistentes, ya que se caracterizan, llana y simplemente, por la
volición de adherencia del candidato a neófito, éste recibe sus cartas patentes ... , y helo consagrado. Lo malo es que estos reinos de taifas-que
363

�LA PLUMA
LA P L U ~1 :\
para el no iniciado se diferencian tan poeo-guardan celosamente sus
prerrogativas, y los adscritos a una u otra cofradía, casi pudiera decir
&lt;:onventículo, se comportan como si estuviesen separados por las más
antagónicas ideologías, por inaccesibles muros, por perfectamente ajustados compartimentos estancos. Así no hay manera de que se ejerza la
crítica. Si uno forma parte de una banda, ha de obligarse a mantener
como bravo paladín, en toda ocasión y en cualquter instante, el código
fundamental de las simpatías o antipatías personales del grupo. El hombre es-hagamos el pedante: ya lo ha dicho Aristóteles-gregario por
natura, y las vertientes de la vida le llevan a uno, quiera que no, hacia
éste o aquél remanso. Si cae en la equivocación-debilidad,_ o ~ortaleza,
pero error craso, desdicha indudable-de no pertenecer a nmgun,corro,
peña, facción o bandería, el equivocado viene~ tener-el, pabell~n c~bre la mercancía-, el tratamicmto del buque pirata, segun las d1spos1&lt;:iones del Derecho internacional: está fuera del manto de la ley.
Movidos todos por reacciones personales, no hay manera de practi-car la crítica, que ha de pesar y medir según ciertas normas, que _pueden ser falsas-humano es el errar-; pero que, al menos, requieren
sinceridad y desembarazo para que la valorización resultante nazca en
condiciones .de posible acierto, de mediana viabilidad. Y aquí no hay
más 1 en el terreno privado-entonemos todos nuestro «mea culpa»-,
-que gesto humildoso o comentario vitriólico, o se es turiferario re~erente o se apiica dentellada de fiero mastín. Esto en ~~ parte conv nc_10nal e irresponsable-repito-que en lo que a relac1on con el. publico
respecta-y esto es lo verdaderamente trágico-reina por doquier, ante
el espectáculo de la obra artística, una indiferencia de Baal-Moloch cananeo, según el consabido mito, o un je m'm jichisme, de gentes que
creen estar de vuelta de todo.
Excluyamos, ni que decir tiene, algunas figuras, que, dadas las anteriores premisas, sin hipérbole, podemos calificarJde adm~rables:
.
Lo que acabo de decir puede adolecer, lo confieso, de 1mpert1~enc1a
y de intemperancia; pero sin duda _explica-co~ algu_na excepción, ,Y
usted, amigo Rivas Cherif, ha constituido una bien brillante en las pa-

7

364

1

'

ginas de esta Revista-el gris y beocio desapego con que ha sido acogida
la concesión del premio Nobel a Benavente.
Viene ya, desde bastante tiempo atrás, sufriendo una crisis grav,e la
consideración del dramaturgo, justificada, en parte, por la actitud docente y predicadora que últimamente había adoptado, y que hay que
reconocer que no le sentaba ni medio bien. No hay manera con la forzada brillantez del diálogo, o por medio de la jaracandosa tirada de un
parlamento, de inyectarle- más bien de frotarle las narices-al auditorio con una tesis por muy respetable que ésta sea. Es admisible la tesis.
con la técnica realista de un John Galsworthy, que es capaz de crear
aquella desdichada chair-wooman de The sí/ver box, verdadera agua
fuerte, emocionadora y palpitante, o que puede dejar que el público,
por su cuenta, saque de Juslice la honda impresión de la mórbida organización social presente. Pero el dramaturgo inglés sabe ocultar la armazón constructora como el alarife hace con su fábrica arquitectónica~
y si las cabezas de las vigas tratan de asomar, las convierte en trialifos.
Pero Benavente no es artista de esta escuela, y parece que se complacía
en dejarnos al descubierto el andamiaje de su pensamiento.
Empero, y de todos modos, resulta innegable que Benavente ha sido~
en los últimos veinticinco años, el más eximio prove::dor teatral, el autor que cultiva todos los géneros de la moderna dramaturgia-si se exceptúa el teatro poético en verso-( 1), desde el monólogo y sainete de corte
zumbón (De alivio, Fodos somos unos) hasta la alta comedia (la princesa
Bebé, Rosas1de otoño), el drama emocional (Sacrificios, Más fuerte que tl
amor) y la tragedia dilacerante (La Malquen'da); desde las producciones
que nos presentan un ambiente aristocrático, de círculos exclusivos (La
escuela de las princesas), hasta las que nos transportan a un medio rústico y primitivo (Señora ama); lo mismo el teatro lírico (Viaje de i1zstrucdón) y el teatro de ideas (Por las nubes) que el teatro infantil y deen-

(1) Recuérdese, sin embargo, La princesa sin coraun, •cuento de hadas. en
ritmos ingenuos•, como se lee en el epílogo de la obra.

�LA PLUMA

LA PLUMA

sueño (El prínápe que toa'o lo aprendíó ~n los libros); engendra piezas de
un carácter no tan fácilmente aprehens1ble, que no entran de modo tan
holgado en las habituales casillas de las clasificaciones retóricas, como
El dragón de fuego, ante la que el penetrante Manuel Bueno se preguntaba perplejo: «¿Es comedia? ¿Es drama? ¿Es melodrama? ¿Se _trata de
un poema?» (i) u ofrece un gran númer~ de arregl~s y traducciones de
las obras y autores más diversos, de Moliere a Herv1~u, desdr
Tragedy of King Lear hasta 7 he Yellow 'Jacket, que Ce¡ad~r, con v'.st~ de
águila, estimó original, acuñada en el troquel benaventmo (2). ¡Como
se habrá sonreído nuestro ironista!
.
..
Su «espíritu inquieto», como él mismo se ha reconocido; ~u espmtu
casi protéico, es de una pasmosa ductilidad y riq?eza de cambiantes,_debido a que, como el más grande vate contemporaneo de lengua e~panola
ha dicho-y nadie más idóneo que Rubén para dar tales sentenc1~s con
&lt;:arácter de inapelables-: «E! verdadero poder de Benavente consiste en
que posee la intra y supervisión de un poeta, y en que a todo lo que toca
le comunica la virtud mágica de su secreto (3).
Ante la tan variada producción del artista, un estudio de conjunto
requeriría largo tiempo y especiales aptitudes. Previamente, ~ poc~ a
poco, habrá que ir cortando las piedras_ de_ la ca~tera con un ~1e~to_ 10terés desinteresado, sin intenciones de diatnba, m anhelos apnonsttcos
de alabanza.
.
Aunque con toda seguridad, Benavente ha ~scrito piezas que, ba¡o
apariencias menos ambiciosas que los de Los intereses creados, ~e han
.adelantado más en la real entraña humana, el enh1ce de_l ambiente ~
personajes con tipos y atmósfera de tradición vivaz en la literatura um-

1h:

(1)

(z)

7eatro españotconle1npo1·áneo, Madrid (1909], pág. 152.
Historia de la lengua y literatura castellana, T X, páginas 239-240

y 247-248.
,
.
( 3) Obras completas, Madrid [s. a.], T. XXII, pag. 8. Tamb1~n le alabó _calu.rosamente en su crónica La joven literatu,·a. Véase Espana contempo, ánea,
T. XIX, págs. 77-80.

366

r
1

versal, ha atraído mi curiosidad hacia el análisis de esta tan famosa comedía de «polichinelas», como el autor la calificó, y con la cual recibió
la consagración popular.
Si se considera la obra en relación con las máximas producciones del
espíritu humano, puede carecer del sello de lo genial; pero actitud de
tan vigoroso, de tan extremado transcendentalismo crítico no conduce,
ante lo contemporáneo, sino a un amargo desencanto, a una mórbida
tristeza infinita. Las labores realizadas en nuestros días se desvanecerían
o perderían gran parte de su relieve, y lo moderno se ofrecería a nuestra
vista cual campo de desolación. Con cánon menos absoluto y más flexible, se reconocen en seguida en los z·ntereses creados cualidades maestras: gracia, finura, agudeza y vivacidad brillantes, mordacidad simpática porque es ágil y jovial, armonía de líneas en su composición, encanto innegable de atmósfera, que justifican plenamente el interés que
en mí ha despertado la farsa.

II
El gran sentido de humanidad, que es la base o eje de los intereses
creados, su trama ingeniosa, el bien cortado y agudo diálogo, la sonoridad de la forma, todo el acabado conocimiento de los secretos de la técnica teatral explican, ante el páramo de la literatura dramática contemporánea, los rendimientos de la crítica y el ferviente aplauso del público. Nada de tretas del oficio, en las que siempre es parco nuestro autor.
La acción va directa como una flecha, las escenas aparecen tejidas de
modo compacto y con una economía de esfuerzos y con una simplicidad tal de recursos, que no en vano el fino crítico Andrenio ha recordado (1), hablando de los medios de que Crispín se vale para favorecer
a su señor, los graciosos procedimientos que le chat botté emplea para
hacer que el marqués de Carabas llegue a casarse con la hija del rey (2),
(ll La España Moderna, T. XX, págs. 169-177.
(2) Les Contes de Charles PerrauJt, París, 1876, págs. 47-56.

�LA PLUMA
aunque-estos felinos son siempre un tanto &lt;'g?ístas-«le Cha~ de~int
grand seigneur, et ne courut plus apres les s~uns que pour se ~1vert1r».
Ya veremos que Crispín, con mayor generosidad, emprende las aventuras, y las lleva a cabo, sin alcanzar ninguna ve?taja.
El diálogo de Benavente, que suele, las mas de las veces, pecar de
artificioso cuando trata de transvasar la vida de la realidad a la escena,
va aquí en consonancia perfecta con unos personajes que son símbolos
de pasiones y sentimientos. Esta ausencia de lo real, esta oquedad de lo
individ"al, actuando en función de caja de resonancia, avalora la frase
sonante del dramaturgo, que en otras ocasiones, con su si es no es de
pseudo-profundidad, incurre en vicio de efectismo, y ella de?i~ de hab~r,
contribuido al éxito franco y rotundo, alcanzado, con unamme sentir
en todas las esferas.
Después de un prólogo en que se vierten a raudales la ?alanur~ Y
el buen decir, pero con una sobriedad y un sentido del matiz de su innato ingenio aristocrático, después de un prólogo escrito en un castellano de finos quilates, en forma primorosamente matizada, que da una
nota sutil, tierna y levemente melancóly:a, de música en tono menor, al
que van a responder en acorde ideal las más delicadas vibraciones del
ánimo del auditorio, entramos de lleno en la fábula.
Bien ha hecho el autor, dentro de la vaguedad de las indicaciones
topográficas, en presentar la escena en Italia (1). Tiene la obra, Andrenio lo ha observado (2), un marcado carácter mediterráneo, de luz Y claridad, connatural a aquellas tierras, donde el arado encuentra, renovan( 1)
En las escasas direcciones escénicas dice someramente: «La acci?n.pasa
en un país imaginario, a principios del siglo XVll&gt;, pero en el desenvolv1m1ento
de la obra se habla de Mántua, Venecia, Bolonia, Florencia, Nápoles, Y de alguna de ellas más de una vez (Act. I, Cuadro I, E se. 2; Cuadro II, Eses. 5 Y 7;
Act. II, Eses. 4 y 5).
( 2)
Loco citado, pág. 17 1. Sin exagerar, hay algo cierto en esto, a pesar d~
Jo que indigna al perspicaz y querido filós0fo Ortega y Gasset (Cfr. sus Meditaciones del Quijote, Madrid, 1914, págs. 89 y siguientes).

LA PLUMA
do el milagro partenopeo, el pliegue suave del mármol clásico. Mas no
sólo por esta transparencia y armonía; no sólo porque aquellas ciudades, flores de una pulida civilización, exhalan un perfume de refinamiento que ofrendan, cual ninguna otra, las cortes italianas del Renacimiento, ha sido un acierto el lugar de la escena. Como Moland ha dicho
de Les Fourbt'ert!s de Scapúz, de Moliere, «indique tout de suite une
reuvre aux libres allures, dans laquelle le poete met de coté la verité actuelle des mreurs et du costume, et donne carriere asa fantaisie» (t).
Acoge Benavente en la trama de la farsa los personajes, que, ora engendrados en la comedia latina-originarios, según algunos, de los mimos de las comarcas dorias-, ora formados por elementos populares y
literarios; ya creados, ya conservados y renovados por la italiana commedia dell' arte (2), se esparcen por la Europa entera, pero de todos los
países extranjeros arraigan principalmente en Francia, y son recibidos
con igual complacencia en Versalles que en la plaza pública.
Si el tipo de padre o curador, viejo Argos vigilante de la conducta
de su hija o pupila; si el aventurero, el enamorado generoso, el criado
o paje, llenos de gracejo, contrafigura de sus amos, son corrientes en
nuestra comedia, la derivación y entronque inmediato de los personajes
de Benavente, no ya por sus nombres, que eso nada significaría, sino
por su orientación, no pueden hacerse arrancar del siglo de oro. Grandes
concomitancias tienen en cambio, con la comedia italiana-no la sostenuta, sino más bien la jugosa de los repentistas actores de la commedia
dell' arte all 'zºmprovvis~-máscaras que influyen vagamente en Shakespeare y Lope de Vega, que perduran en el género mixto de Gozzi y Goldoni, y llegan de modo especial, a Moliere y aun a Marivaux, alcanzan(1) fEuv1·es com¡,létes de Moliere, collationnées et comentés par Moland, segunda edición. T. XI, pág. 168.
(2) Cifr. Winifred Srnith, l he Commedia delt' Arte, New York, 1912; Caps. II
y JU donde discute su origen. Recuérdese en la literatura latina prehelénica,
las ate lanas (laó1,/ae Atellanae, del nombre de la ciudad osca; comedias bufas,
parte improvisadas).

XXIV

3.69

�l,

LA PLUMA

1

do, pues, si no en su pristino estado, en combinación con otros elementos, las más nobles esferas del arte literario moderno, con ias naturales
modificaciones que imponen los tiempos y la espiritualidad más refinada
de los autores.
III

Hagamos de las principales dramatis personae que en ella intervienen,
verdaderas personificaciones de valores humanos, un ligero examen.
Leandro.-Tipo, en su origen, de galán joven, perfumado, atractivo,
vestido de sedas y encajes; un refinado, un exquisito. Benavente le hace
aventurero y nos lo presenta en descubierto con la justicia. Sin embargo, todo su modo de actuar recuerda, sin sus amaneramientos, el papel
que tradicionalmente le estaba encomendado, ya con este nombre, ya
con los de Lelio, Orazio, Cinthio u Ottavio. No se comprende cómo
puede ser perseguido en calidad de redomado bribón. Las gentes de orden debieron de haberle considerado más temible de lo que en realidad
es. Otros más advertidos, no obstante, han comprendido que se trata de
un buen muchacho y no han tenido inconveniente en darle cartas de introducción para personas de valimiento. Desde el principio muestra un
fondo ingenuo, sentimental, carente de condiciones para marchar por la
vida a salto de mata. Tiene un vago espíritu de colegial a quien aterra
cualquier inocente desaguisado. Tiene gentileza, gallardía, elevación de
ideas. Puede decirse, en paralelo con Crispín, que constituyen el anverso y el reverso del alma humana. Pero seamos indulgentes con éste, que
además de la inteligencia tiene la salvadora cualidad de ser altruista.
Crispín.-Henos aquí con el personaje astuto, fuerte, un tanto prendido a la tierra. Él ha de remolcar la acción. Maestro en truhá.nerías
-no en vano es veterano de galeras-, artífice de picarismo, sutil psicólogo, sabe sorprender en todos los procesos de conducta el móvil real
de las humanas acciones . De todas se aprovecha a maravilla para sus
ulteriores fines. Reconoce la fuerza prepotente del idealismo y lo acepta
por aliado. Sabe bien «que no conviene siempre rastrear. Alguna vez
370

LA PLUMA

hay que volar por el cielo para mejor dominar la tierra». (Acto 11, Cuadro II. Ese. 9.)
Aparece por primera vez este personaje en L'Écolíer de Salamanque (1), de Scarron, y fué popularizado por un famoso autor y actor
contemporáneo de Moliere. Me refiero a Raymond Poisson (1633- 1690),
el cual poseía un talento superior «pour les roles comiques, &amp; principalement pour celui de Crispin, qu' il imagina &amp; qu 'il adopta» (2). Su
linaje lo encontramos en Brighella. Pero ya los amores no le preocupan,
aunque no ha olvidado los circunloquios galantes. («Mi mayor deseo fué
el de saludaros, y el señor Arlequín no anduviera tan discreto en complacerme a no fiar tanto de mi amistad, que sin ella, fuera ponerme a
riesgo de amaros sólo con haberme puesto en ocasión de veros». dice
con obsequiosa y rendida cortesanía a Colombina en la escena segunda
del cuadro segundo del primer acto). Tampoco, por efecto, sin duda, de
los siglos de civilización y decantación transcurridos, se halla tan presto
a dar, como su ilustre antepasado, la temible y famosa coltellata. («Soy..•
lo que fuiste. Y quien llegará a ser lo que eres ... , como tú llegaste. No
con tanta violencia como tú, porque los tiempos son otros y ya sólo asesinan los locos y los enamorados y cuatro pobretes que aun asaltan a
mano armada al transeunte por calles oscuras o caminos solitarios .
¡Carne de horca, despreciable!» (Acto II, ese. 7.) Deja sus maneras de
violencia para trocarse en un simple autor de fraudes.
El papel de pícaro, el Epicidio de Plauto, encarna en Brighella, que
es el tronco de gli Beltrame, glt Scaplno, y todos los criados trapaceros e
intrigantes. Cambia la librea y algo el carácter, pero en lo fundamental
son lo mismo, incluyendo a Fígaro, el criado da far tutto.
Crispín puede hacer suya la confesión de aquel otro criado, de otro
Leandro que nos presenta Moliere: «A vous dire la verite, il y a peu de
choses qui me soient impossibles, quand je veux m'en meler. J'ai saos
(1) Parfaict, Franc;0is y Claude, Histoire du Thidtrefranfois depuis /'origine
jusqu 'á present, Paris, '745·1749, T. VIU, pág, 95.
2) Parfait, obra citada, T. VII, pág. 345.
37¡

.

.

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LA PLUMA
doutc rc~u du ciel un génic assez beau pour toutes les fabriques de ces
gentillesses d 'esprit, de ces galanteries ingénieuses, a qui le vulgaire ignorant donne le nom de fourberies; et je puis dire, sans vanite, qu' on n' a
guerc vu d'homme qui fnt plus habile ouvrier de resorts _et d'int~gues;
qui ait acquis plus de gloire que moi dans ce noble métier. Ma1s, ma
foi, le merite est trop maltraité aujour 'hui» (1) de la misma mane~a
que a él puede referirse lo que dice Sainte-Beuve de los vale~s ~e .Manvaux: ~Les Scapin, les Crispin, les Mascarille, sont assez ordinairement
des gens de sac et de corde, chez Marivaux, les valets sont plus decents;
ils se rapprochent davantage de leurs martres.» (4).
Los genios de Leandro y de Crispín son antípodas: representan el
antagonismo de los temperamentos sentimental y sanguíneo.
.
La sensibilidad de Leandro es mayor que en el otro; en cambio, la
actividad, o facultad de convertir una emoción en acción, que es en él
casi nula sobresale distintamente en Crispín, verdadero profesor de
Energía c~mo dicen los locos de hoy. La función secundaria, el resabio
o gustillo, el sentimiento que queda cuando una emoción se ha convertido en acción, o ha muerto, es, sin duda, más perceptible en Leandro
que en Crispín, aunque éste no se halla, por completo,_ ~xento de ella.
Uno es impresionable, nada práctico, con pocas cond1c1ones de adaptación, tímido y con ideas vagas, con tendencia al aislamiento, obrando
espasmódicamente, unilateral y sedentario, propenso a la contem?lación e introspección, más inclinado a arrojarse de cabeza ~ un peligro
que le asuste que a aguantar el pánico. Los antónimos describen a_l otr~,
que es poco emocional, práctico y con claro sentido de las cosas, 1ma?1ginativo y realista al mismo tierno, de carácter vivo, con buena labia,
optimista, abierto y generoso, versátil, nómada y ambicioso de contrastar sus fuerzas en grandes peligos, que puedan traer grandes_ ~esultad_os.
El Doctor.-Maneras graves, como conviene a su alta m1S1ón social.
(1) Les l'ourberies de Scapin, Acto I, Ese. 2.
(2) Causeries du Lundi, T. IX, pág. 373.

373

La más sencilla acción requiere el auxilio del sorites. Le veremos justificarse, y ha de agobiarnos en sus chalaneos con esclarecimientos tomados de la nebulosa primitiva. Fué, naturalmente, muy corriente su actuación en la comedia. Siempre los hombres de ley fueron blanco de sátiras (recuérdese nuestra picaresca, recuérdese nuestro Queved&lt;&gt;), objeto
de acerados serventesios. Desempeñan otras veces este papel de víctimas
los Notarios y Procuradores. Es característico de este tipo el presentar
ante las cálidas y vehementes imprecaciones de los engañados la ecuánime frialdad de los procedimientos legales. (Viene ahora a mi memoria, a este respecto, la escena final de La Jemme vengle, estrenada •par
les Comediens Italiens du Roi dans leur hoste! de Bourgogne» en 1689,
y que puede leerse en Le Yeátre ltalien de Gerardi, Tomo II de la edición de Amsterdam, 1701.)
Polichinela.-Parece, dado su modo de actuar, que convendríale más
el nombre de Pantalón, Pandolfo o cualquiera de los apodos que tuvo
una de las cuatro máscaras bufas de la comedia dell' arle. Es cierto que
en las comedias napolitanas hay dos tipos de Polichinela: ei uno marrullero, y estúpido el otro. (Veamos la deliciosa explicación que nos suministra Riccoboni, actor con el nombre de Lelio, autor dramático y
tratadista del teatro-nadie está obligado a tomar tal ingeniosa declaración muy en serio-«Dans le pays, l'opinion conmune est que c'est de
la ville de Bcnevent, qui est la Capitale des Samnites des Latins, qu'on
a tire ces deux caracteres opposes, quoiqu' habilles de meme. On dit
que cette ville qui est moitie sur la hauteur d'une montagne, &amp; moitie
au bas, produit les homnes d'un caractere tout différent. Ceux de la
haute ville sont vifs, spirituels &amp; tres actifs. Ceu de la basse ville sont
paresseux, ignorans, &amp; presque stupides.~) (1) Pero de ambos tipos el
que se popularizó fué el primero. En el desenvolvimiento de la farsa de
nuestro comediógrafo no se acomoda, en realidad, a la índole de tal carácter, que fué el que halló arraigo en el resto de Europa. El árbol ge(1) 1.ouis Riccoboai, Histofre du Tlu!dtre italien, París, 1728-1731, T. II,
páginas 318-319.
373

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LA PLUMA
nealógico del Polichinela benaventino debe de tener unas ramas que Je
emparientan con ias buenas gentes de la ciudad alta, y debe de tener
otras ramas, sin duda un poquito más numerosas, que le hacen descendiente en línea direc :a de los graves ciudadanos de la ciudad baja.
..::. Pantalón.-Con antecedentes literarios en Aristófanes, Plauto y Terencio. Era el tal nombre inherente al papel de viejo avaro, meticuloso,
unas veces :suspicaz,:receloso; otras sencillo y de buena fe; pero siempre
engañado por su hija, querida o cualquier intrigante. Representa, en
general, el negociante ordenado, el comerciante enriquecido, el padre
de hijas de difícil guarda. Tal como Benavente nos lo muestra, ridículo,
plañidero, sigue encarnando la parte de mercader incauto y petardeado.
El Capítán.-Las hazañas de este valeroso caudillo no son para contadas. «Italia tiembla al nombre del Capitán Spavento. España me reverencia bajo la denominación de Matamoros,&gt; y ¡hombre espantable!
«terrorífico a Francia con el nombre de Capitán Fracassa» (1). (Recuérdese el barón de Sigognac, señor del Chateau de la Misere, que nos
presenta Théophile Gautier en su novela, evocación del siglo xv11, Le
Capitai·ne Fracassa.)
Acaso como los grandes tiene envidiosos:
Ce capitan fait grand éclat:
Et sa valeur est si parfaite,
Qu 'il est des derniers au combat,
Et des premiers a la retraite.
Hijo del _miles glorlosus, nuestra magna Celestz"na (la obra más grande en prosa de la lengua castellana, después del Qui.Jote, en la opinión
del maestro de maestros, Menéndez Pelayo) le acoge con el nombre de
Centurío.
Existía en calidad de capitán italiano, pero el paso por aquella Península de los ejércitos victoriosos de Carlos V, hace que sea reemplaza(1) Sand, M., Masques et Bouffons, París, 1860, II, pág. 177; obra que be
consultado con utilidad.

\.

do, adquiriendo la nacionalidad española, por la impresión que causan
:rnestros soldados, que tienen la gravedad y altivez de Castilla, y que
son, acaso, algo tragediantes, acaso, algo fanfarrones.
Tanto arraigó en la Península hermana, que Croce ha podido decir,
«11 tipo del Capitano dalla seconda meta del cinquecento, e per quasi
tutto il seicento, soffoco tutte le altre rappresentazioni, vive, dirette, libere, realistiche che si potevano fare sul teatro del carattere della nazione spagnuola» (1).
Arlequín.-Hasta el siglo xvu el desempeño de su parte requería
movimientos violentos, contorsiones, bufonadas de baja especie. Va
evolucionando, adquiere flexibilidad y gracia. Se transforma y convierte en agudo decidor de buenas palabras. Giuseppe-Domenico Biancolelli, llamado a París por Mazarino y que llega a tener prestigio en la corte del Rey Sol es quien le representa siempre. El artista, que era hombre de mérito, instruido, amigo de literatos, eleva sus maneras. Ahora,
en la pieza dramatica de que me ocupo, ya-todo se pega menos la hermosura-sabe manejar el plectro, y astuto y mercenario-este poeta es
digno sucesor del Aretino-conoce los medios de cambiar sus sonantes
estrofas por una bolsa de sonantes escudos ... o, hasta si se tercia, por
un plato sabroso de perdices estofadas o algún pastel de liebre.
Si.lvia.-En 1697 una compañia italiana que actuaba en el teatro del
Palais-Royal se permitió ciertas alusiones satíricas a Madame de Maintenon. Esta indiscreción trajo incontinenti una orden de destierro de
Luis x1v. El Regente, Felipe de Orleáns, en 1716, volvió a llamar a un
grupo de cómicos, que dirigidos por Riccoboni, de quien ya he hablado, trabajaron en el Hotel de Bourgogne. Con ellos venía una mujer de

(1) Ricerche ispano-ita/iane, II, Napoli, 1898, µág. 26. También se han ocupado de este punto Farinelli y Mele. Para este tipo en nuestra literatura
cfr. J. P. W. Crawford, The braggart soldier and tlle rufián in the Spanish d,-ama of tite sixteenth centu1·y, en Romanic Review, I, págs. 186 y siguientes.

375
374

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LA PLU~A
cabellos castaños, ojos azules y tez clara, llamada (1) Giovanna-Rosa
Bennozzi, conocida por' Silvia.
El caballero Casanova de Seingalt nos ha legado su retrato cuando la
conoció-ella andaba entonces alrectecor de los cincuenta-. Habla de
«la taille elégante, l'air noble, les manieres aisées, affable, riante, fine
dans ser propos, obligeante pour tout le monde, remplie d'csprit et
sans le moindre air de prétention. Sa figure était une énigme, car elle
inspirait un intéret tres-vif, plaisait a tout le monde, et, malgré cela, a
!'examen elle n'avait pas un seul beau trait marqué: on ne pouvait pas
dire qu'elle fot belle, mais personne sans donte ne s'était avisé de la
trouver laide» (2).
Entre ella y Pierre Carlet de Chamblain de Marivaux nació una estrecha amistad. Para ella compuso más de un papel. La actriz taliana supo
encarnar a maravilla los tipos del poeta parisiense y supo dar una admirable interpretación a su diálogo fino y agudo. Tanto es esto así
que Casanova llega a aseverar con evidente ex:ageración, que «son talent fot le soutien de toutes les comédies que les plus grands auteurs
écrivirent pour elle, et particulierement Marivaux. Saos elle ses comédies ne seraient pas passées a la postérité»,
Hay en la dulce e ingenua burguesita benaventiana un cierto parentesco-no sólo en el nombre-con las heroinas del marivaudage. ¿No
podría poner en su divisa-si la empresa de su adinerado padre, demasiado apegado a los bienes materiales, no le agradase-aquella frase:
«Fierté, raison, et nchesse, il faudra que tout se rende. Quand l'amour
parle, il est le maitre»? (3).
Doíla .51ºrena.-El papel de confidenta o tercera de amores es bien
antiguo en la literatura clásica. Piénsese en la Dipsas de Ovidio, en la

(1)

Syra de Tercncio y en más de una lena del teatro plautino (1). Recuérdese en la literatura española la Trota-conventos del buen Arciprestl!
dc Hita, la Celestina, antes mencionada; la Doña Claudia de Astudillo
y Quiñones de La Tia Fingida, la Gerarda de La D01·otta, de Lopc,
Sin tantas complicaciones y sin tanta riqueza de caracterización, dicho
papel pasa en la fábula de Benavente a ser desempeñado por esta ilustre
dama, último vástago de un ínclito y claro linaje. Su facilitación de los
amores de Leandro y Silvia, mediante un estipendio; su siempre diplomática intervención, tienen un fuerte acento epigramático y fervorosamente incisivo, tajante. Colombina, como la Areusa de la Celestina, seguirá algún día los pasos de su ama.
0

IV
Todas estas figuras, y algunas otras secundarias, conspiran en su
acción a la tesis de la obra: la fortaleza, la in\'encibilidad de Los Inte, eses
creados. He aquí claramente la posición del autor. Ellos vencen los escrúpulos de la nobleza, quebrantan las leyes del honor, desvían las indeclinables sanciones de la Justicia; mandan y rigen la sociedad, son poderosos señores que gobiernan nuestra vida.
Un extremista del pesimismo podría afirmar, un tanto arbitrariamente (y tal parece la actitud adoptada por algún crítico a raíz del estreno), que no puede el feliz coronamiento de las generosidades caballerescas de Leandro, el triunfo del amor, significar la suprema redención de estas dilacerantes acritudes. En el fondo-pudiera el imaginario
Heráclito escoliasta seguir argumentando-se siente el amargor de la
impotencia. Si los fraudes, bajezas, mentiras, miserias, conducen, no
embargante, a un resultado deseable, no es por el poder de las nobles

Gaston Deschamps, Les gra,1ds kriuoi11s fr,Hfais, .t'Í&lt;lriu,w.&gt;:, París,

189¡, pág. 28.

(2) Al principio del Cap. XI del T. II.
(3) !lfarivaux, Les fiauues Confidences, acto I, e:;c. 3.

(1) Cfr. el &lt;"xcelente trabajo de Bonilla y San .Martín, Antecede11tes del lijo
cdeslimsco en la liter,1fllra l&lt;llina, que vi6 la lm: en la Rnme Híspa11ique, XV,
p;íginas 3 72-386.
3i7

�LA PLUMA
ideas, de los levantados pensamientos; ellos de por sí no fructificarían
en la aridez roqueña de los malos instintos, de las bajas pasiones. Es
necesario que Crispín, sutilmente, audazmente, les haga converger
hacia el ansiado final. Sin su intervención, Leandro, candoroso, pasaría a galeras, y la autoridad paternal, victimaria, impondría un matrimonio de conveniencia. Con remate feliz deja un insuperable y amargo
sabor de desaliento. ¿Qué son los grandes sueños sin contar con otras
fuerzas vitales, magnas e invencibles? La punzadora sátira causa sus
efectos. El nervio de la obra es desazonante, incisivo, burlón, demoledor. Las últimas frases parecen simplemente un desagravio al burgués
y optimista público del teatro de Lara. Comprendamos-podría agregar
como remate-que no es cosa de alterar las pacíficas digestiones del
bien abastado abono de la bombonera, venturoso y gentil.
Pero, aunque algo de esto sea cierto, y sin incidir-¡Dios melibrelen un lamentable panglossismo, vemos que sin la nobleza de Leandro, sin su arranque sincero (escena última), sin su amor que le encumbra, sin la afección de la cándida doncella, que le envuelve en un manto
de luz-que como el maravilloso velo de la Reina Mab exalta todo_ lo
que toca-y le hace otro hombre, y sin Silvia, que, a pesar de la vida
pasada del mancebo, tiene fe en él y hace surgir en Leandro la f~ en sí
propio, todo el tinglado de Crispín se vendría al suelo como castillo de
naipes.
Es verdad, como dice Jorge Santayana-este filósofo español de nacimiento y extranjero de educación, tan apreciado en los países de le_n
gua inglesa y tan poco conocido aquí- que es un prodigio n~estra e~scia &lt;&lt;in which the luminous and the opaque are so. romant1cally mmgled», pero el sobrepujamiento de la parte noble, la determinación_ de
Leandro a sacrificarse, su disposición a dejar su amor, que es su vida,
adquiere un verdadero, aunque simbólico, significado. Porque tal im. pulso trae, como consecuencia, el reconocimiento, por parte de Silvia,
si es que tuviese alguna duda, del profundo y devoto amor que él le profesa. Y este sentimiento les transfigura, de modo milagroso, trocando,
al proyectar el irisado cambiante de su resplandor, todo lo que antes nos

1

LA PLUMA

1

parecía opaco, bajo y desdeñable, en raudales de luz; y nos descubre 1&lt;&gt;
esotérico, como en evidencia angélica y cuasi divinal, mágica escala que
baja desde el empíreo-cual en la visión de Jacob-para ofrecernos un
trasunto de la celestial perfección. La fe , que surge, nos da la plenitud
del futuro incógnito, sombrío y brumoso en un presente tangible, brillante y fecundador,
Esta exaltación pudiera relacionarse con la teoría platónica, que el
filósofo de las Ideas nos legó en su admirable Stºmposío, y que halló un
eco en el místico salmantino, cuando hablando de
la música estremada
del ciego Salinas, nos dice:
a cuyo son divino,
el alma, que en olvido está sumida,
torna a cobrar el tino ·
y memoria perdida,
de su origen primera esclarecida.
Pero, no olvidemos al pobre Crispía, que ha sido demasiado maltratado; a él se podría aplicar lo que, muy atinadamente, afirma Paul de
Saint-Víctor del Scapzn de Moliere (1): «Miente, roba y perjura, y, sin
embargo, el más severo moralista ríe ante la brillantez de sus jugarretas;
dignas de la horca. ¡Es tan vivo, tan alegre, tan ingenuamente exento
de conciencia y sentido moral! El indignarse ante sus latrocinios es como
indignarse ante un gato que robe un queso. Además, es desinteresado en
sus maulerías; nada en el agua turbia sin pescar nada.» Es cierto que eT
voluminoso proceso de Bolonia (¿cuántos folios? ¿Dos mil trescientos?
¿Dos mil novecientos?) ha quedado aniquilado; pero, ¿no tiene que ir
otra vez por el mundo a ganarse su diario sustento y a caza de aventuras? Esta indiferencia ante las luchas de la vida nos le muestra en un estrecho parentesco con los pícaros de la novela de nuestra literatura clá(1)

Citado por Moland, loco citat o, pág. 262.

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379-

�LA PLUM.A.

LA PLUMA
sica, un poco cínicos y un mucho estoicos, Lazarillo, Guzmán de Alfa.
rache, y los otros eíusdem fuifzm's.
Pudiéramos decir, siguiendo a Saint-Víctor, que Crispín no es sino
.a medias real, es la encarnación del espíritu de intriga que se burla de
las leyes humanas, se mantiene en la tierra en la punta de uno de sus
sutiles pies: la fantasía Jo purifica todo y la fantasía es el elemento de
Crispín.
La absoluta perfección en este planeta sublunar es imposible, y ante
la estolidez de los otros-que no son mucho mejores-hallamos modo
-de reconciliarnos con el personaje que hace, con tanta gracia, sus piruetas y tornátiles cerebraciones.

V
Esta obra, que ha presentado la evolución de tipos bien conocido~,
infundiéndoles nueva vida, merece indicación de algunas de las reminiscencias literarias que revela. Tiene como el perfume de recientes lecturas que paso a señalar.
Un docto amigo mío, ya citado, el Profesor J. P. Wick~rsha~ ~r~wford, de la Universidad de Pensilvania, a quien los estudios h1spamcos
deben trabajos admirables, especialmente sobre el teatro antiguo, tuvo
un día la bondad de llamar mi atención sobre el hecho de que la .Farsa Salamanti11a , de Bartolomé Palau, ofrece una composición bastante
similar a la de Los Intereses; que la relación entre amo y criado es la
misma en ambas piezas, aunque la poesía y deliciosa fantasía de lamo-.
derna se hallan lamentablemente ausentes de la del siglo xv1. He aqu,
un dato curioso y que descubre cuán lejos, cuán fuera del camino ordinario puede ir uno en la busca y captura de fue~tes. Pero con toda pro:
habilidad, como el propio Mr. Crawford añad,a, Benaven~e _no habra
visto jamás tal producción-que es sólo conocida por espec1ahstas de la
historia de las letras españolas, podría agregarse.
Me voy a limitar, pues, a indicar algunas leves relaciones con obras

más difundidas. Excuso decir que, en mi opinión, ningún mérito restan
a Los Intereses, y por si hubiese malévola sospecha de que in cauda.venen#m, me apresuraré a manifestar que puede este «ensayo de análisi~ ser
de calidad inferior-¡conccdidol-pero que no me han movido a escribirlo ideas mezquinas de mostrar deudas del autor a otros ingenios, posición que seria de detonante ridiculez.
El prólogo de Los Intereses, con su visión del París congregado para
admirar a Tabarin, recuerda bastante de cerca el sesgo de la descripción
que hace Paul de Saint-Víctor de la vida de aquella ciudad durante el
siglo xvu. La diferencia estriba en que Benavente Je da más relieve literario, y que, así como el critico francés nos muestra primero las gentes
discurriendo por el Pont Neuf, y habla después de Tabarin, encantador
de aquella sociedad con sus representaciones en la Place Dauphine, el comediógrafo español acumula sensaciones. «Le Pont Neuf au dix-septieme siecle, c'etait le caravanserail de Paris. La campait toute une peuplade de mendiants, de bohemes... Courtisanes en chaises a porteurs, médicastres trottant sur leurs moles ... et les mendiants ... s'accrochent aux
portieres des lourds carrosses et aux brancards des chaises a porteurs ...
Mais le roi de cette nouvellc Cour des Miracles c'etait Tabarin ... Leur
glorieux tréteau se dressait sur la place Dauphine, et pendant dix ans,
le peuple de Paris fit cercle autour, avalant par mille bouches béantes ...» (1). Si el tratamiento artístico es lo fundamental hay que reconocer que el comediógrafo sale victorioso. No soy yo especialista en lo que
al suave eufemismo toca, y cuando hablo de «reminiscencias» y «perfumes de recientes lecturas, no lo hago con más o menos jesuitas reservas
mentales. De hecho no pasan de ahí; pero aun cuando llegasen al extremo de patente plagio, sin duda, en este caso, podría Benavente solicitar
Yconseguir exención de responsabilidad, acudiendo a la conocida y gráfica expresión de Claude-Carloman de Rulhiere-precepto tan digno de
acatamiento como cualquier disposición de las XII Tablas-, «Ce n'est
(1) Sand, Op. ril., II, págs. 296-98.

�LA PLUMA
LA P L U ~1 A
pas tout que de voler son homme, il faut le tuer»; y desde el paraíso de
los poetas Shakespeare y Calderón le saludarían como camarada.
Destaquemos unos trozos de The Nlerchaut of Venice, Acto V, Escena I (1), que pueden compararse con el final del Acto I de Los Intereses.
Uso la versión de Guillermo Macpherson.
LoRENZO.-La luna esplendorosa resplandece
En semejante noche, cuando besa
Dulcemente a los árboles el aire,
Y ni el rumor más leve se produce . .. ;
LoRENzo.-Y que al aire los músicos se salgan. ( Vase Esteban.)
De la luna la luz, ¡cuán apacible
Sobre este altillo duerme! En este sitio
Sentémonos, y acordes musicales
Penetrarán en los oídos nuestros.
Este silencio plácido, y la noche
Con melodiosa música se avienen.
Siéntate aquí, Jesica. Mira al cielo
Cuán incrustado está de lentejuelas
De o~o brillantísimo; 01 uno
De esos globos que ves, al par que gira
Cual ángel, deja de cantar de acuerdo
Con la voz de inocentes querubines.
Oye el alma inmortal esa armonía;
Pero, mientras la encierra toscamente
Esta envoltura de corrupto cieno.
No podemos nosotros entenderla.
(1) Menéndez Pela yo en Orígenes de la novela, T. 111, pág. CCVII, ha notado
-ciertas coincidencias de esta esceca shakespiriana con la Segunda Celestiná, de
Feliciano de Silva; pero indudablem,,nte son menos patentes que las que hay
-con ::,os Intereses, las cuales parecen que aún se muestran más claras si leemos
Et Mercader en su original inglés.
382

Luego Jesica dice:
Dulce música a mí nunca me alegra.

,Y_ cuando entran Porcia y Nerisa, dice aquélla, refiriéndose a la
mus1ca:
...Me parece
Que me suena más dulce que de día.
NERISA. -Le da el silencio semejante encanto.
Los gritos de Shylock, que relata Solanio en la Ese. VII del Acto II:
-«¡Ay mis ducados! ... ¡Ay mis ducados!. .. ¡Justicia, ley, ducados ... !», y
la Ese. I ?el Acto !V, ante el Dux, tienen bastantes puntos de semejanza
con las 1mprecac1ones y dolor de Pantalón en la Ese. VIII del Acto II
de Los Intereses.
También en Lafollejoumée ou Le mariage de F;garo, de Beaumarcha1s, se hallan frases en Fígaro que podrían ir muy bien en boca de Crispín: «Ce n_'est rien d'entrependre une chose dangereuse, mais d'échapper au penl en le menant a bien» (Acto I, Ese. 1). La parodia del juicio
&lt;lel Acto III, Ese. XV, tiene un juego de vz·rgules que trae a la memoria
la «¡admirable coma!, ¡maravillosa coma!», de la última escena de Los
intereses.
Y, ¿no, es, después de todo, la base de la obra de Benavente lo que
observa F1garo en la Ese. I del Acto IV, •qu'avec le temps vieilles folies
deviennent sagesse, et qu' anciens petits mensonges assez mal plantés
out product de grosses, grosses verités»?
Para que ello resulte así en los lnte,eses se necesita de la habilidad de
C_rispín. Para recoger, en la obra que nos ocupa, viejas máscaras, poniendo, donde primitivamente habían existido sólo deseos de entretenertemas o motivos también de emocionar-lo que va en el campo de la
ópera entre un Pergolesi y un Mozart-se requieren ingenio excelso y un
talento grande, que no merecen el injustificado desvío de que aquí se ha
hecho gala en los últimos tiempos.
ERASMO BucET A .

�i..A PLUMA

(

otra mujer tan independiente como yo, tan heroica defensora de su libertad.

TRANCE
oR aquí, por aquí! Permítame usted, yo le haré camino. Pase
usted. Adelante. ¿Tiene usted miedo?
¿Miedo yo? ¿Y de qué? No me asusto tan fácilmente; pero
a tener miedo, sus precauciones me hubiesen tranquilizado,
desde luego. Es usted un hombre discreto y que sabe recibir en su casa
a una mujer, sin comprometerla.
-Ríase, ríase usted. Veo que me he excedido. Espero que no por
eso me juzgue mal. Demasiado sabe usted que en mi discrección no
puede haber asomo de petulancia.
-No insista usted en sus disculpas, amigo mío, o, en efecto, me
hará dudar de su intención.
-Bueno, ríase usted.
-La verdad es que cualquiera que nos hubiese visto ...
-Todas las apariencias nos !condenan.
• -Nadie que me conozca, sin embargo, me creería víctima de un
abuso de confianza.
-Mis amigos saben hasta qué punto soy incapaz de abusar de la confianza de nadie.
-¿Habrá dos personas en el mundo en quienes las malas lenguas
puedan cebarse con menos verosilimitud? Desde Juego, no se encuentra
384

-Ni un hombre tan ajeno a toda solicitación amorosa. ¿Se ríe
usted?
-Me sonrío.
-:-No me desilusione usted tan pronto. Hágame gracia de esas reticencias, que a duras penas tolero otras veces; pero que en usted me producen doble desengaño. Usted no es una de tantas señoritingas.
-¿Merezco tales reproches por una sonrisa?
-:-Perdón otra vez por mi descortesía. Pese a mi serenidad, su presencia de usted, en esta casa, me produce no sé qué extraña desazón.
Lo confieso; estoy emocionado.
-Pu.es si no quiere hacerme reir, pórtese como Je corresponde. Esa
galantena, t~n descompasada, no le va, a quien como usted, presume
de hombre a¡eno a toda solicitación femenina.
-Al cabo, su juego no puede ser más inocente. Ríase o sonríase a
gusto. Pero de una vez y para siempre: no crea en esas patrañas que sin
duda le han contado a cuenta mía.
-¡Qué curiosidad más vulgar!
-En mi vocación no entra para nada la necesidad de consuelo alguno. Mi entusiasmo científico está puro de toda contaminación sentimental.
-A mí nada me han dicho.
-A usted le han dicho...
-¡Qué mal cómico hace usted! ¡No sabe usted reírse sin ganas!
-A usted le han dicho que en mi vocación hay un misterio terrible.
-¡Oh! ¡Ya no creo en cuentos de brujas!
-Soy un hombre muy poco interesante.
-~¡Quién sabe! _Eso no es usted quien lo puede decir. Yo tampoco
cre1 mteresar a nadie, hasta que usted me descubrió. Si no quiere usted
que me da, no me mire usted así. Ya le he dicho que no me da miedo
de nada.
-Tranquilícese usted. Siéntese.
XXV

�LA PLUMA

LA PLUMA

-Pues, no crea usted. Estoy cansada. Y no sé de qué, porque hoy
no he andado mucho.
-¿Siempre ha sido usted sonámbula? ¿Recuerda usted, sobre poco
mas o menos, cuándo empezó usted a levantarse dormida?
-De muy pequeña; pero no me acuerdo sino de haberlo oído contar en mi casa. La primera vez, de que tengo memoria cierta, fué hace
ya bastantes años. Llevaba una temporada tan nerviosa e inquieta, que
mis padres temieron que tuviera el baile de San Vito. Recurrdo que la
menor cosa me hacía llorar. Pasaba de la risa a las lágrimas con unl?
facilidad enfermiza.
-¿Qué edad tenía usted entonces?
-Trece años. Una noche ... Ahora me río; pero el susto fué morrocotudo, y el que di a los demás no menos flojo ... Una noche me levanté
dormida, sin que nadie me oyera, me fui al cuarto de baño ... y me desperté de la impresión de la ducha de agua fría, que inconscientememe
yo misma me di... De) esultas, estuve grave, con ataques nerviosos y
convulsiones. 1Cuando me levanté había crecido tanto, que luego me
pusieron de largo.
-¿Y ahora?
-¡Ahora soy yo la que se va a enfadar! Porque voy viendo que
usted, tan suspicaz e irritable, no ha vacilado en sacrificarme a su curiosidad científica...
-¡Matilde!
-No se asuste usted, que es pura broma. Yo, si le he de ser a usted
franca, tengo muy poca fe en estas cosas. Pero la aventura me divierte.
Únicamente le ruego, profesor, que no me saque en papele~. ¡Qué diría
el mundo! Todo lo más en revistas científicas. Aunque, refractaria como
soy al matrimonio, poco puede perjudicarme el que los pretendientes se
asusten de mi caso. ¡Vaya! veo que tambisn los profesores tienen cosquillas:y se ríen.
-Me río de que con todas sus pretensiones de espíritu fuerte tiene
usted miedo.

1

1

-¡Tendré que confesarle~ usted mi deseo más firme hoy por hoy!
Pu~s _no es otro que ~l de ~ervirle plenamente en sus investigaciones psicolog1cas-¿n~ se dice as1? ¡yo soy muy bachillera!-, e irnos por esos
mundos de Dios usted y yo ganando los dólares.
-¿De manera que es la primera vez que se somete usted a estas
pruebas?
- Sí señor. Mis padres se han negado siempre a cuantas indicaciones
l~s han h;cho en ese sentido algunos de los especialistas que me han
visto sonambula.
•
.
. Preferían atenerse al diagnóstico de mi ama, de cna
que siempre atribuyó tales fenómenos a las lombrices.
-Deme ~sted las manos. Siéntese usted cómoda. ¿Le molesta a usted ,la luz? S1, voy a apagar. ¿Así? ¡Ajajál No se distraiga. Míreme usted.
Duermase...
. -Un i:nomento, profesor. Me parece ridículo que nos demos tratamiento. Si los espíritus advierten nuestra falta de camaradería no van a
querer ve ...
. -Cállate, ~atilde, calla~~· ·· Du_ér~ete, duérmete tranquilamente... ,
sm esfuer~o, sm preocupac10n. As1. Cierra los ojos. ¡Matilde! ¡Matilde!
-¿Que?
-¿Me oyes?
-Sí.
-¿Qué te pasa, Matilde? Vamos, sosiega; duérmete, duérmete.
¿Qué te pasa?
-Nada.
~Así. Así me gusta. ¿Estás ya tranquila? Duerme, duerme. ¡Matilde!
¡Mat1ldel ¿No me oyes?
-Sí.
-°Me obedecerás, ¿verdad?
-Sí.
-¿Qué te pasa? ¡Tranquilízate! ¿Qué tienes?
-¿No me conoces? Soy yo.
-¿Tú? ¿Y quién eres tú? ¿No eres Matilde?
-No, no soy Matilde. Soy yo.

�LA PLUMA
-Dí quién eres.
-¿No me conoces? Soy Alma.
-¡Ah! ¡No! Basta de bromas. ¡Matilde! ¡Matilde! ¡No, eso no! Se lo
he advertido a u:ted. Cierta clase de reticencias,~no. ¡Matilde! ¡Matilde!
-¡Ay! ¡Qué!... ¡Uf! ¡Cómo me duele la cabezal ¿Estás ahí, profesor?
¿Qué te pasa, hombre? ¡Ay! ¿Tienes a mano una tableta de aspirina?
¿Sabes que la experiencia no ha podido ser más dolorosa para mí?
-No creo merecer de usted semejante trato. En efecto, trae usted el
papel ensayado a maravilla. No se le puede hacer el menor reparo. Si
acaso, cierta exageración en los primeros accesos... Pero no, Matilde, no
tenía usted derecho a hacerme objeto de una broma cruel.
-Te juro que no sé lo que me estás diciendo. Por favor, dame una
tableta de aspirina, un sello, algo que me quite este dolor que me rompe
las sienes.
-Espera. Quieta. Ya se te va pasando. Ya no te duele. Así ¡Matilde!
¿Duermes?
-¡No soy Matilde! ¡No soy Matildel ¿Me niegas? ¿Es posible? ¡No, no
puede ser! ¡Sácame, sácame de aquí, o ven conmigo! Óyeme, escúchame, y, sobre todo, háblame, llámame tu Alma!
-¡Calla, calla!
-¡Ay!
-¡Almal ¿Eres tú la que llora?
-¡Sí, yo soy, Alma, tu Alma!
-¿En dónde estás?
-Aquí, aquí; ven, tengo frío.
-¿En dónde estás?
-Aquí. No sé, no me puedo mover. Si me muevo, siento que voy a
deshacerme. Me desangro por la herida.
-¿Estás herida?
-Sí, tengo una herida fría, no sé dónde. He perdido el sentido.
Abrázame, amor mío, dame un poco de calor.

LA PLUMA
- ¿Has perdido el sentido y sientes?
-¡Es tan difícil, tan difícil de explicar!. .. Estoy ciega de toda luz.
Lloro sir. lágrimas, y hablo sin aliento. Me faltan los pies para correr a
ti. Sólo los deseos me atormentan y tu memoria. Cada día, sin embargo, me voy más lejos, como hundiéndome en nieblas cada vez más frías.
Despiértame ya, no me tengas así. ¿Por qué dura tanto esta sesión?
-¡Basta, Matilde, basta! Si ha apostado usted a costa mía, bien ha
ganado usted. Pero no, no crea lo que le han dicho. ¡Es mentira, mentira! No es verdad que Alma se quedara muerta en una experiencia. ¡Sí
que murió de un ataque al corazón; pero nunca, nunca la utilicé como
médium, nunca! ¡Ni una sola vez conseguí dormirlal Su broma de usted
es, pues, tan inocente como de mal gusto.
-¡Amor mío, quiéreme! ¿Con quién hablas? No te entiendo. Despiértame ya, y seré tu Alma obediente de siempre. ¿Cuántos días hace
que me tienes aquí dormida? El dolor fué muy agudo, aquí, aquí; pero
ya se me ha pasado. Me ha dejado ciega, tullida, sin sangre en las venas,
no sé si tengo figura humana. Vivo como suspenst. en el aire, en una
atmósfera tan fría, tan fría ... que me ha penetrado los huesos y me ha
deshecho ... ¡Quiéreme, vida! ¡Despiértame!
-¡Calla, Matilde, calla! ¿Qué te propones, dí? ¿Qué perversidad te
guía en mi tormento? ¡Ven, calla, calla! ¿Qué qui'!res? ¿Que te selle la
boca? ¡Basta ya de bromas infames!
-¡Ah, no! ¿Me niegas? ¡Ven conmigo! ¡Ven conmigo! ¡Te tengo! ¡Te
tengo!
-¡Suelta! ¡Que me ahogas!
-¡Ven con tu Alma!
-¡Socor... !
-¡Ay! ¡Qué cansancio! ¡Estoy rendida! ¡M&lt;! duele mucho la cabeza!
¡Oye, profesor! ¿Estás enfadado conmigo? ¿Dónde estás? ¡Enciende la
luz, anda! Debe ser muy tarde. Bueno, iré yo. ¿Eh? ¿Qué es esto? ¡Eh!
¡S¿~~;r'o'! ·¡Al -~s·e·s¡~~i · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
C. RivAs CHERIF.

�LA PLUMA

SONETOS DIVERSOS
MUTUO AMOR

;María: Yo te amo
con el amor del mar a la ribera,
con el cariño del mastín al amo,
con la vehemencia de una primaveral
cSé que es tu clara voz la que remansa
mis bravas tempestades interiores,
y que es tu su(lve mano la que amansa
al potro de mi edad en sus furores ...
Y por que eres risueña y compasiva
y nunca estás al sufrimiento esquiva
cuando mi angustia exige tus desvelos,
sé que me adoras como yo te adoro...
¿~e oyes...?
(fll,lza la frente hacia los cielos
y sus ojos son dos luceros de oro.. )
DOLOR DE AUSENCIA
. .. la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura ...
SAN JUAN DR LA CRUZ,&gt;

¡fNo me hagas esperar un solo día
más! ¡ fforque llegues pronto desespero,
pues tu presencia traerá el venero
que ha de curar esta dolencia mía...!
J90

¡.Ciega y enciende la morada fría
de mi apagado corazón! Yo muero
sobre las nieves de este ventisquero
que entre tú y ,¡o finge la lejanía . .!
¿.Ca llama de amor viva se consume,
o está más hondo el leño que la aviva
y en la cueva recóndita fulgura ...?
fll,cércate, mi amo~... 1Ya tu perfume
me alienta el corazón/ ¡~i alma es ya viva
por la caliente luz de fu hermosura...!
ELEGÍA DE LOS OJOS

fll,quellos ojos que al mirar tenían
la recia luz de un corazón en celo,
y que si me miraban encendían
los más húmedos silos de mi anhelo,
¡ya se han cerrado para siempre! CVivo
tanto de su recuerdo prisionero,
que es más libre que el aire el más cautivo
si en parangón a mí lo considero...
cSi antes mirarlos era mi tormento
y esperar que me vieran, mi agonía,
todo f ué paz ante el padecimiento
que es hallar sólo en el recuerdo inerte,
lo que en su vida f ué a mi vida el día
y las perpetuas sombras en su muerte...
39 1

�LA PLUMA

ANTONIO MACHADO
!lJ011

ojos que avizoran g un ceño que medita.
A.M.

cSus soledosas galerías puebla
de músicas, recuerdo.,; y cantares;
él, que duda de S)fos, y entre la niebla
busca al que anduvo a pie sobre los mares...

RETRATO ENTRE REAL E IMAGINARIO,
DE LA SEÑORITA MONNIER

'iNo es de marfil su torre, es de granito:
-en la honda tierra sus raíces graves
y el claro pensamiento en lo infinito.fHermano es de las flores y las aves.
¡$ondad recoge el sembrador de bienes!
5Kas, no corten laurel para sus sienes;
nada en su honor la voz del vulgo clame,
que él es silencio, soledad, camino...
'JI el día que la muerte lo reclame
se irá monologando como vino...
FERNANDO GoNZÁLEZ.

(9Jel libro inédito «:Jlogueras en la ~ontaña.•)

392

(DE LOS «SOGNI o'UN SOLITARIO»)

'

todos los solitarios cerrados obstinadamente a todo contacto y por naturaleza sensibles, asaz frecuentemente sufro,
o gozo, momentos casi hipnóticos que no son precisamente
de sueño, pero que al sueño se asemejan mucho. Me sucede
en pleno día y en aquellas horas en que la mente empieza a
l&gt;c::¡."11&lt;11:.c:: de los papeles y los libros y pide, casi agotada, descanso. Puede
sucederme de noche o de día; en días lluviosos o soleados; pero de sólito,
cua~d~ he trabajado mucho y con fervor. Viajes imaginarios; rápidas
apariciones en mundos que no conozco; el primer paso procede siempre
de una emoción literaria; y. aunque sea mía, de un cuento ¡;ue he escrito.º tengo que escribir. 1\tis ojos no se cierran; ninguna parte de mi yo
físico está en efecto adormida; y con todo, la sensación del sueño es
casi perfecta. A veces, basta una carta de un país lejano; o la lectura de
una revista extranjera; o la vista de un paisaje en fotografía. El abandono rs exclusivamente cerebral; porque no me entusiasmo, no me enard_ezco; aparezco y desaparezco en mi sueño con voluntad plena y consciente. Más frecuentemente, salgo de estos límites, busco contactos difíciles y acaso imposibles; me imagino amigo e incluso comensal de
grandes artistas con quienes no he tenido relación nunca, ni siquiera
epistolar. Recuerdo (y podría incluso escribirlos) ciertos coloquios míos
con Hamsum, ¡y cuánto me enfadaba cuando él, en vez de responder a
mis preguntas, me aturdía con sus interminables discursos! ¡Recuerdo

(1

OMO

393

�LA PLUMA

cierto guiño de sus ojos, tan irónico y mordaz que casi me dejaba sin
respiro! Yo le observaba (i~uán tímidamente!) que había hecho mal en
prolongar la agonía de Nagel, uno de sus héroes, aunque aquellas
páginas fuesen igualmente fuertes y bellas. Pero él no me escuchaba; y
luego, largas parrafadas acerca de Tolstoi, intercaládas de a~plios gestos de la mano, que yo no acertaba a comprender si eran serios o sarcásticos en su hieratismo; y de cuando en cuando, en medio del discurso un grito: ¡es un cura! ¡Tolstoi es un cura!
Así, pues, quiero describiros una librería parisiense y retrataros una
figura de mujer que conozco, admiro y amo solamente por carta, y a
quien en uno de mis sueños recientes me he acercado y conocido tan
familiarmente que creo incluso haber hablado en francé.; con agilidad,
franqueza y soltura tales que Flaubert, desde su retrato semiescondido
tras el escritorio de Adriana Monnier, me sonreía satisfecho. ¡Maravillosa potencia del sueño!
Abro, un tanto asustado, la puerta de cristales ... ¡Qué diantre! Sé
que a aquella librería van hombres de fama mundial: y ¿quién me dice
que el buen señor encorvado sobre una revista no es André Gide? ¿Y
aquél calvo con gruesos lentes y el cigarrillo entre los dedos, Duhamel?
¿Y ac¡uél otro alto, desgalichado, de ojos ansiosos y vigilantes, Vildrac?
En fin, es un paso que hay que calcular. Pero ¡que curioso escaparate el
de esta señorita Monnierl Se diría que es y no es el escaparate de una
librería: Que hay libros, es verdad, y muchos; pero también manifiestos del Vieux-Colombier, música, algún cuadro, algún dibujo ... ¡Mira,
mira! Hay hasta uno de esos nítidos retratos de Bécat, el pintor de mis
escritores preferidos ... Y el retrato es ... Que sí, este es el propio ValeryLarbaud con su sonrisa entre irónica y dulce de hombre que sabe a qué
atenerse ...
Pongo la mano en el picaporte; y, vencidas las últimas dudas (soy
tímido hasta en sueños), entro. Cierto, me he puesto colorado ... Y eso
que ninguno de aquellos señores se ha movido. Vildrac-pero ¿será él
al cabo?-ha dado un paso hacia Duhamel, el cual está sentado examinando con mucha atención un librito ilustrado con xilografías. Conozco
también ese libro ¡qué diantre! Es una edición de Le Sablier, fresca todavía la tinta.
Yo soy ...
Pero ¿por qué he de decirle mi nombre a esta gente que no se preocupa de mí y que piensa en otra cosa? Preguntaré por la señorita Monnier, eso es; y si viene un dependiente; le daré-y será más fácil-mi
tarjeta. Entre tanto, y puesto que el dependiente no comparece, estudio
394

LA Pl.U:vJA
las espaldas del que debe de ser Gide. Gide, Gide ... pronuncio entre mí
con mucha reverencia. Y pienso, mientras, en el retrato de Gide qu;
la señorita Monnier ha delineado con tanta gracia, humanidad y verdad:
«Fils d u ciel et de l 'En fer
11 con~ut avec ses freres
L'hymen dout il voulait naitre.
Un Anglais visionnaire
Fit les images qu'il faut
Pour prédire saus défaut
L'avenemeut du mystere.
Vinrent Poe et Baudelaire
Lautreamont et Rimbaud
Ce Russe qui lui est cher.
Et d 'autres qui sont moins beaux.
Et lui , de tons le plus sage,
Plus qu 'eux habile a jouir
Des liens du double héritage
Tour a tour il fait servir
Ces extremes qui le touchent
Et qui perfument sa bouche
De miels exempts de fadeur.
Certains, goO.tant la saveur
Du singulier mélange,
Disent qu'il contient de l'ange ...
D'autres, au faible palais,
sont brnlés par les épices,
Lui crient: Demon! tes vices
Savent noircir jusqu'au lait.»
«¡Dicen que en él hay algo de ángel!» Bueno. Pero los otros, aunque
sean gentes de poco gusto, o difícil ¿por qué le llaman demonio? ¡Te1:Íblel "'! con todo, la fascinación de esas espaldas-pero ¿será él?s1gue siendo enorme.
¡Esta señorita Monnierl ¿Es posible que sea aquella niña-es una
niña, sí-desenvuelta y agil que habla detrás de aquella mesa con aquellas dos señoras? ¡Oh, no puedo creerlo! Es una directora: guía, mueve,
manda; ha escrito y hace observar a los socios de su gabinete de lectura
normas severas. «La sociedad no comprenderá nunca más de mil miembros.» Ese nunca, vamos, es varonil; no puede salir semejante nunca
395

�LA PLUMA
LA PLUMA
-de una boca tan modosa y delicada. Además: esos labios tan rojos no
pueden pronunciar más que palabras dulces, poéticas, qué se yo, de
amor. Ciertamente estarán hablando de no sé qué artista, nuevo o antiguo ... ¡quién sabe! Tal vez del pobre Philippe tan delicado y fino: o de
Samain, que también murió. Sí, no pueden hablar más que de un poeta gentil, que tal vez es ya sólo una sombra, un leve recuerdo ...
Miraré los libros, eso es. Y compraré algo: una novela de Romains,
por ejemplo. Mi amigo Cremieux me escribe de c_ontinuo: Tiene usted
que conocer a Romains, porque en usted, acaso sm saberlo, hay algo de
unanimista ... Bien; o el ultimo libro de Valery-Larbaud de quien toda
la Europa intelectual empieza a interesarse. De Valery que tiene un
aliento tan amplio, tan seguro, tan rico ...
Mas he aquí las obras de Vildrac: de ese señor tan alto y des~alichado que ahora habla, tranquilamente al parecer, con Duhamel. ¡Qué
bien se entienden los dos! Por lo demás, su amistad data de antiguo.,.
Se ve que se quieren y se estiman desde hace años. ¡Qué diantre! ¡Seria
tonto si no lo recordase!. .. Han escrito juntos una comedia; y luego,
luego ... Les plaisi·rs et les jeu.x de Duhamel es de ayer apenas. Ta~bién el Cuib es amigo de Vildrac; ¡muy desmemoriado estoy yo! El Cu!b,
el niño de Duhamel, tiene gran amistad con Vildrac; y Vildrac sabe ¡ugar con él tan bien ... Sin duda son los dos poetas que me son tan caros ... Pero, cómo intentar un pas_o hacia ellos, cóm~ decirles: Y? SOY:··
¡Oh, no! ¡Y con mi francés ademas! Duhamel me quiere, ya lo se, y Vil' d rae tam b"'
1en; pero ...
He aquí Le livre d' Amou1-. Tercera edic_ión. Cuando yo _también ~ra
librero (¡cuantos años han pasado, ay de mil) como la senonta Monmer,
he sembrado ejemplares de este libro puro v blanco. Leed -dedales a
amigos y clientes-, leed a Vildrac; y aquellos buenos muchachos le
leían con pasión ... Y luego cu~ndo volvía_n: ¡Ay, Puccini! qué poet~! ~o,
feliz, esperaba, e invocaba casi, nuevos Vildrac ... Pero V1ld~ac hab1a ido
a la guerra ... Y La Nountle Revue no tenía más que un V1l~rac: el del
Lz"vre d' Amour. ¡Bellos tiempos! Luego, a la guerra yo también_; y uno a
uno, todos aquellos jóvenes que admiraban a Vildrac. _Despues, el re~reso, y el adiós a la lib~eria, y_la noticiad~ que tantos_Jóve~es de aquellos que admiraban y le1an a V1ldrac conmigo y por m1, hab1an ~uert~.
Y he aquí los libros de Larbaud. ¡También quisiera ver a m1 quendo Larbaud! Pero encontrar a Larbaud en París es un problema. Me escribe desde todas las partes del mundo; y luego, de repente, me avisa
que está en Roma. Su carta está escrita en un italiano tan puro, tan se.guro, que no se cree que pueda ser de un francés ... Luego, mañana, ya

l.

no está en Roma. Su nueva carta viene de Génova. Esta vez se expresa
en español: en un castellano tan neto, que yo, antes de contestarle en
la mi~ma lengua tengo necesidad de Henarme la boca de castellano
puro ... Y lt0 dos páginas de Ayala, firmes y transparentes ... Podría,
pues, comprar un libro de Larbaud. Apenas si conozco la .Fermina Mdrqun y EnJantines.:. ¡Pero si hubiese un dependiente!
-¿El señor Puccinil
Me vuelvo de pronto, como si en vez de una voz hubiese sido una
mano o un gemido, o no sé qué, lo que me llama ...
--¿Entonces es usted?-pregunta.
No veo a nadie más en el local. Gide, aquellas terribles espaldas encorvadas, ha desaparecido; y también Duhamel y Vildrac y las señoras.
Sola ante mi vista la señorita de los labios rojos; y detrás de ella, libros.
libros, libros.
-¿No es usted, entonces?
((La societé ne comprendra1a111aú plus de mille membres.~
Si, esa es su voz. Lavo:&amp; de la señorita Monnier. Pero yo soy un extranjero. Yo no podré ser nunca socio, aunque quisiera, de la Societé de.
Lecture. Yo vivo en una J)rovincia, en Italia.
-La biblioteca de la Casa de los Amigos del Libro que yo dirijo-me
parece decir la señorita, con voz enérgica, casi de pregonera-, representa sobre todo a la literatura moderna. Moderna, ¿entiende usted? Aquí
sería inútil buscar Bordeaux o Margueritte; aquí mando yo, yo guío, yo
soy la ley. ¿Quiere usted teatro? Pues yo tengo teatro, ¿Quiere usted
crítica, filosofía? Tengo critica y filosofía ... Y clásicos también, y éstos.
sin reservas. En cuanto a los modernos-modernos, ¿entiende?-, aquí
no falta ninguno. Claudel, Duhamel, Durtain, Vildrac.
-Aquellas espaldas ...
-¿Qué quiere usted decir?
-¿No era Gide ese señor que hace un momento, con las espaldas
encorvadas, miraba aquella revista?
Carcajada.
-Pues usted me ha escrito una vez que Gide viene aquí muchas veces.
Carcajada.
-Usted perdone ...
-i,_A estas horas? ¿Qué escritor sa)e de casa a estas horas en Parí~?
-Pero entonces ... , Duhamel... V1ldrac ... ¿No eran Duhamel y V1ldrac aquellos dos señores?
-En efecto, si; un cierto parecido si que tienen. Pero no; no eran
Duhamel y Vildrac.

�LA PLUMA
Y nueva carcajada.
-Entonces ...
-¿~ntonces?
-Yo hubiera querido conocer per~on3:lmente a _esos escritores, señorita. Y Durtain. ¿No viene nunca mi amigo Durtain?
-Sí; pero de ningún modo a estas horas.
Silencio.
.
Miro estudio considero a la señorita Monmer. Puesto que tengo de
ella una'¡mpresión completamente mía, quiero ver si corresponde o no
a la realidad.
Es delgada y rubia. ¡Y yo que la creía robusta!
-¿Quiere usted decirme ... ?
-¿El qué?
- Ese jamaís de su reglamento:·· sabe usted ... ~l. reglamento ~e
quien quiera formar parte de la ~oc1edad que usted ~mge .. . y para_o1r
las conferencias que usted organiza... esas conferencias que luego imprime usted tan señorilmente... Las tengo todas ... sabe usted .. : Bueno,
esejamat"s ... ¿Lo ha escrito un hermano suyo, verdad, o su pnmo?
- ·Moi, moi, moi!
. .
-Pero entonces la librería, la sociedad de lectura, la casa ed1t?nal,
todo ese mundo del número siete de la calle del Ode~n ... Y los libros
Ta ros, la rebusca de los folletos agotados, las conferencias .. .
-¡Moi, moi, moi!
.
,
_y los versos que leo en lntenhons, en Les Ecrits Nouveata en Le
A1outon blanc ...
--'-·!Moi, moi, moi!
Y uego, rápida, ágil, casi febril:
.
,
- Yo lo soy todo aquí dentro. He creado, ante todo, una hbrena.
En París, donde las hay a miles. Sí, d;5~e 1915_, e~ plena guerra. Y he
tenido en derredor mío, primero la t1m1da cunos,dad de unos po~os,
luego la simpatía cada vez más expresiva y concreta d_e, muchos. ~1re,
mire. Soy la hermana de mis hermanos, pero tamb1en._ soy ~dnana
Monnier, la inspiradora, la creadora, la ves_tal que mantiene vivo es~e
fuego sagrado, que no tiene nada de comercial aunque en, un come~c10
se base. Vea, mire. Sí, amigo, esos versos qu~ usted ha le1d~ s_on mios,
míos. No es poesía de todos los días: es, dinamos, el •prec1¡&gt;ltado»_ de
innumerables sensaciones vividas por mí hora ~ras hora. Vea_, mir~.
Aquí vienen Claudel, Romains, Duhamel, Durtain, Fargue, G1de, G1a-audoux...
- · M l ·
·
-¿También Giraudoux? Quisiera saludarlo, senonta. e o 1magmo,

LA PLUMA
,1~ _sé

porq_ue un si es no es esquivo y como sus imágenes, líquido, fugittvo, casi etéreo ...
-E~ efecto ... Y Jammes, y Larbaud, y Suares y Valery, y Vildrac,
y Durtarn, y Arcos ...
-¿También Arcos? ¿Verdad que es un hombre más bien deloado
.ágil, de palabra franca y pronta? Su prosa y sus versos son densts d~
pensamiei;ito y_ túrgidos de angustia; pero él, él, el hombre ...
-¡Que cunosoT Arcos no se parece a sus libros, es verdad.
-¿Y Fargue?
-Fargue es un poeta. Pero ya leerá usted mis síntesis líricas, mis retratos. Eso~ _retratos son el col!lentario más vivo y neto de mi acción;
¿p~rccen fac1le1,, verdad? Pues 1ls me demandent une tres longue preparatton!
-Lo creo.
-Pronto leerá usted mi Romains, mi Valery ... Pero he hecho otros
muchos ... No se los leo porque usted no conoce los originales. Precisamente ayer le he hecho uno a Sylvia Beach, una amiga mía americana;
ya la conocerá usted. Ha fundado aquí, en París, una «Shakespeare and
company», una casa editorial.¡
-¿Como la Casa de los amigos del libro?
-~obre poco más o menos. Es una mujer que se me parece. Y he
retratado a mi hermana. ¿La conoce usted? Tiene mucho talento. Es
una música genial. .. Y luego ... 1u ego moi meme. Yo soy el centro, la
vida de este interior, Una mujer modesta, pero ¡quién sabe si soy modesta!
. -Ninguna mujer es modesta. Por lo que hace a usted, tiene usted
títulos de sobra ...
Y así diciendo, miraba en derredor mío, en aquella dulce penumbra,
do,nde brillaba toda la sabiduría y el ingenio de la Francia más viva y
mas muerta.
Los ojos luminosos de Adriana Monnier se encienden más aún, y dedeclama:
MOI MÉME
Comme la religeuse ancienne
Qui trouvait en elle sa regle
Et qui, aidée par ses compagnes,
Etablissait une maison
Moitié ferme et moitié couvent,
J'ai fait ainsi ma Librarie.
Mais moi, je n'ai pas de Dieu!

�LA PLUMA

Ce nom m'offense, me b)esse
Jusqu'au coeur de mes racines,
Il m'ote le gout de vivre,
Il arrache le bandeau
Qui couvre la vieille plaie
Dont rien ne peut nous guérir.
Quelques uns de mes freres
Ont un pouvoir sur moi,
Leurs ordres me rassurent,
Je travaille pour eux,
J'oublie alors ma peine,
Je les console aussi.
Le voyageur perdu
C'est moi qui Je raméne.
Je me réchauffe au feu
Que j'allume pour lui,
Je mele a ses prieres
Ma voix pleine de nuit.
-·Deliciosamente femenino!-exclamo.
.
-La señorita Monnier sonríe; luego me alarga una ho¡a, donde su
letra enérgica, casi varonil, ha escrito estas pequeñas señales.de un alma
deliciosamente ávida e inquieta y, con todo, se_rena; y me dice:_
. .
-Vous serez, Puccini, la seule personne qm po~sede!a le P?eme ecnt
de ma main; il me plait de vous. marquer par ~e. ~a1ble s1gne-1mpor~ant
pour moi seule - ma reconna1ssance et am1t1e. Parce que vous etes.
d 'ltalie, cette seur profonde de la France.
Yo me inclino.
MARIO PuccIN1.

CRÓNICAS LITERARIAS
FRANCIA

l]

Paul Morand, que obtuvo el año pasado tan gran triunfo
con su colección de cuentos intitulada Ouvert la nut't, :reincide
este año con una cole.:ción similar, que intitul~ Permé la nuit. De
un año a otro, el procedimiento de M. Paul llforand no ha variado,
como tampoco los temas habituales de sus cuentos.
Sigue buscando en la sociedad,cosmopolita personajes curiosos o pintorescos para retratarlos. En Ouvert la nuit servíanle de modelo las mujeres. En
Fermé la nuil los modelos son hombres. Un .irlandés, un alemán, un oriental, un francés, son los cuatro protagonista~ de estos pequeños dramas y comedias,
ONSIEUR

De los cuatro, el retrato del francés es el menos afortunado; pero los otros
son notables. Moosieur Paul Morand no se propone tanto trazar la silueta de
un irlandés o de un alemán determinados, como la del irlandés o del alemán
en general. Recoge los rasgos y las particularidades de cierto número de representantes de la misma raza, y amalgama esos elementos en un ser ficticio
que viene a ser el prototipo de la raza entera.
El procedimiento no ha variado desde La Bruyere, pero M. Paul Morand
lo aplica de una manera muy original, que procede de la escuela de M. Jcan
Giraudoux.
00

XXVI

401

�LA PLUMA
LA PLUMA
El autor de Fenné la nuit procede por pequeñas pinceladas como un pintor impresionista, por breves rasgos de pluma, yuxtaponiendo los epítetos, las
comparaciones originales, con referencias repentinas a objetos y seres muy
distantes, y acierta a dar la ilusión de la vida, vida contemplada por uu observador cargado de experiencia, que hubiese reunido el mundo entero y echado
una mirada a la literatura universal.
Libro de viajero en efecto, de un soñador errante, que después de recorrér
el m1mdo se apasionara únicamente por el espectáculo del ser humano. Es,
además, un discípulo hábil de M. Jean Gira.idoux, que ha hecho más maleable
la manera del autor de Suzanne el le Paci"fique, la ha hecho más comprensible,
la ha vulgarizado.

* •

*

Monsieur Eugéne Montfort ha abordado el difícil problema de dibujar en
una acción rápida los tipos más representativos de la gran guerra, por lo menos los que vivían fuera de la zona de guerra y de ejecutar así un cuadro lleno
de color y de vida. Puede decirse qne lo ha logrado, y su Uubli des tnorts figurará entre sus mejores novelas.
La narración comienza el dia de Todos los Santos de 1918 para concluir el
12 de noviembre al siguiente día del armisticio. Monsieur Alexandre Martín es
el hombre de entre dos guerras, que era demasiado joven para hacer la
de 1870 y demasiado viejo para participar en la última. Es un espíritu vanidoso, patriota exasperado, que de pequeño industrial necesitado ha subido a
gran fabricante y a nuevo rico. Su mujer, tan vanidosa como él, se pavonea en
las obras de beneficencia.
Monsieur Alexandre Martín tiene dos hijos muy característicos también
Uno, René, alistado a los diez y ocho años, oficial, herido varias veces, condecorado, etc., es un ser esclavo del deber y del sacrificio. El otro, Luis, inteligente y en demasía escéptico para conservar algún entusiasmo, se consagra a
la guerra como su hermano, pero de distinto modo. Temeroso de que lo enTÍen al frente, se embosca en la Maison de la Presse, donde se entrega a vagos
trabajos de pluma, cortejando al propio tiempo a una linda mecanógrafa.
Añádase a esos personajes principales unos cuantos comparsas, y tendremos las muestras más características de los no combatientes. M. Eugene Montfort los ha visto muy bien y nos los muestra excelentemente. Su talento se ha

divertido en h~ce_r ir y venir a estos muñecos, en prestarles discursos extravagantes, Y en d1bu¡arlos en ?etalle y en conjunto. El autor ha visto muy bien,
expres~ndolo c?n gran acierto, lo bufonesco de ciertas actitudes, de ciertas
expresiones .y ciertos pensamientos, propios de aquella é poca smgu
·
1ar. s u novela es el pnmer ensayo, sobre la gente de l'arriere, que posee valor literario.

* * *
Pierre Mille ~o ha concluido de asombrarnos: Su última novela, La détresse
des Harpagon senala un nuevo esfuerzo en su carrera de novelista, tan brillante, pero que no se amolda a la rutina.
La détre:se des Harpagon es un cuento filosófico sumarr.ente divertido rebosante de ingenio, de ironía, y de observaci6n. Pierre Mille ha imaoi~ado
que el ~amoso ava:o de Moliere, Harpagon, dejó descendencia y nos tran:porta
en medio de los metos de aquel famoso garduña. Los Harpaaon se encuentran
en el '.11ayor apuro Y en vísperas de vender todos sus bie:es. Su situaci6n
financiera
·
•
. es
. , pues , m uy poco seme¡ante
a 1a de su ilustre
abuelo; sin embargo
la prodigalidad les salva.
'
Rebuscando en los inmensos desvanes de su castillo, un anticuario parisiense, ~ue ha llegado para comprarles algunos muebles, no tarda en descubrir una
sene de admirables tapices, procedentes de Cleanto, el hijo del Harpaaon cont~mporáneo de Moliere, quien les había recibido del usurero Sim6n, ;ara justificar_ un préstamo de quince mil libras. La prodigalidad del hijo salva así · a
una distancia de siglos, a la descendencia del avaro, y esto ya es un buen te~a
para filosofar. Pero hay más, la figura de todos los personajes agrupados en
torno del castillo de los Harpagones, está trabajada con una maestría asomb_rosa: el padre, víctima de los usureros, magistrado cesante, reducido a la ociosidad·, la madre , incapaz,· 1a h"º
'
1¡a, ya eii ma Jos pasos y en v1speras
de cometer
los mayores desat_inos,_y todo un núcleo de gente fósil evocado a grandes rasgos. En fin, el anticuario, el hom ado León Meyer, llamado para tasar los muebles Y ~ue salva a toda la familia, descubriendo las riquezas sepultadas en las
po_lvonentas guardillas, todo ello forma un relato atrayente, vivo, coloreado,
chispeante de ingenio y de malicia, de lo mejor de Pierre Mille.

* * *
403

402

�LA PLUMA
Todos los devotos de Balzac, y los hay creo yo en todos los países de Europa, se alegrarán de saber que ha nacido una publicación llamada Les cakiers
óaJr.aciens, cuyo objeto es sacar a luz muchos documentos relativos al autor de
Comedie Humaine, correspondencias inéditas, fragmentos de obras inacabadas,
memorias, etc. Está dirigida por M. Marce! Bouteron, bibliotecario del Institut, el hombre que en Francia mejor conoce, sin disputa, al gran novelista.
Les uikiers óair.aciens comienzan con la correspondencia inédita del autor de
La cousine Berte con el teniente coronel Periolas, el mismo que Balzac ha pintado con el nombre de Genestas en Le Médecin de Campagne. Son cartas muy
curiosas, donde su corresponsal ponía al escritor al corriente de una multitud
de cosas militares y respondía a las preguntas sin número que le dirigía el nove)ista. Nada de lo que atañe a Balzac no5 es indiferente, pero es de justicia
añadir que la publicación de M. Marce! Boutcron es muy esmerada en el fondo y en la forma.

* * *
M . Eugene Marsan es un delicioso ensayista, que en Passantes nos ofrece
algunos croquis femeninos, bosquejados al margen de su cuaderno de notas.
Escritos en el francés más puro, sin epítetos inútiles, sin redundancias, esas
págiaas, de un observador finísimo, son también de un hombre muy sensible,
pero que disimula su sensibilidad debajo de un fuerte intelectualismo.
Como todos los de La Action fran;aise, M. Eugene Marsan es un intelectual
puro, que pone por encima de todo la razón y no se entretiene más que en los
juegos de la inteligencia. Las notas que firma On"on en La Aclionfran;aise han
llamado siempre la atención, lo mismo que los ensayos literarios, en demasía
breves, que ha esparcido aquí y allá. Passantes es su verdadero primer libro: el
lector saboreará la extremada delicadeza del fondo y de la forma.

Terminaremos esta rápida reseña de las últimas novelas francesas publicadas, citando Monsieur Quaton&amp;e, de Fran,;ois Fosca, que viene a ser una novela de aventuras sacada de la fórmula balzaciana. Fran,;ois Fosca se ha entre-

LA PLUMA
tenido en reanimar a los principales personajes de los T,·eir.e en una serie de
historias tan complicadas como regocijantes.
Muy distinto es Le vagaóond sentimental de A. t'Serstevens, admirable historia de amor, contada en una lengua muy bella, a través de páginas descriptivas realmente conmovedoras.
En fin, el nuevo libro de M. Emile Henriot, Aventure de Sylr,ain IJutou,·,
no cede, ni por la gracia un poco arcaica, ni por la originalidad, a sus amables
predecesores. M. Emile Henriot está en camino de llegar a ser uno de nuestros
primeros novelistas.

El teatro en París parece consagrado, por el momento, a la opereta. Todo
se vuelve cancioncillas, coplas, arias célebres o en trances de llegar a serlo;
romanzas y estribillos. La época, que todo lo comercializa, ha puesto en ello su
garra, El éxito fabuloso de Phi-Phi y de Ta óoucke ·ha encalabrinado a los
autores, que ,;ueñan con enriquecerse con la opereta más insignificante. Para
lograrlo, ¿qué medios emplearemos?, se han preguntado. Clavetear en la memoria del espectador una canción célebre y hartarle de ella en cualquier
forma. Apenas se entra en el teatro, le entregan a uno un cuadernito con la
letra que se va a cantar. Al punto, surge la musiquilla famosa y la repiten
cinco veces, diez veces, la cantan en la sala para arrastrar a I auditorio,
quiéralo o no, aficionándolo, durante meses y meses, a una melodía, a una cancioncilla, a una lata pop:.ilar. Esta manía no durará mucho tiempo, sin duda;
pero me ha parecido bastante característica y chusca para señalarla aquí.
Fuera de esas obras alimenticias, el teatro no nos ha traído más novedad
interesante que la comedia de Jules Romains, intituiada Monsicur Le Troukadec saisi par la debaucke, representada en la Comedie des Ckamps Elysées.
La figura literaria de M. Jules Romains es lo bastante conocida para que
sea necesario bosquejarla de nuevo. Su obra es muy divertida y está notablemente escrita. Louis Jouvet, qne desde hoy se iguala a Copea:i, la ha puesto
en escena y la representa a maravilla. Es un género de teatro joco-serio
donde se disimula una 'bufonada muy próxima a la farsa clásica, y al que acaso
pueda reprocharse tan sólo cierla tiesura y demasiadas pretensiones. Es una
muestra más que honrosa, casi notable, del teatro nuevo.

�LA PL U.\\ A

LA PLUMA
Otra obra muy curiosa: Le Ptre Flote, de M. René Bruyez, representada en
una scéne d coté, la Compagnie du G,·ijf,n. No nos sor prenderÍII que M. René
Bruyez llegase a ser un gran autor óramático. Su primera obra, muy violenta'
paradójica, algo alocada, está llena de cosas excelentes. También aquí encon•
tramos la farsa. la bufonería extremada. Todo el teatro de la nueva escuela
parece dirigirse en ese sentido, o en el de una acción muy violenta y muy concentrada.
JuLl!S BnTAUT.

ALEMANIA
que no he hablado de la Alemania de las Letras y del Pensa•
miento a los lectores de LA PLUM.A, han ocurrido allí cosas bastantes para engendrar una situación nueva. No quitro mentar las locuras cometidas en el Ruhr, ni todo lo que va concluyendo de
asesinar al pueblo vencido. Hablo, sencillamente, del derrumbamiento moral que ha seguido, como era fatal, al hundimiento financiero y a la
rebelión de tanta miseria.
En la época en que vivimos, el arte, ¡ay!, pasa por ser, y es realmente, un
lujo. Quizás sea el único gran lujo colectivo de una generación entregada por
entero a los progresos de la mecánica y de las cienci3S nuevas. De ahí que, en
tiempos de crisis, el arte sea la primera cosa de que esta generación se des•
embaraza. Antes que vender los autos, antes que abandonar sus trabajos en la
telefonía sin hilos, antes que interrumpir sus gastos para la navegación aé1ea,
suprimirá, viéndose necesitada, s11s expensas artísticas o literarias, no comprará
más cuadros, no visitará las librerías, renunciará al palco en el teatro, no sub•
vcncionará a las orquestas sinfónicas, que ya vivían sólo de la liberalidad de
algunos mecenas. Esta huelga de consumidores acarrea sin duda un cambio radical en la situación de los productores.
Así acaba de ocurrir en Alemania. Espectáculo sin ejemplo. Cuando se hundió Austria, en efecto, los artistas y escritores de Viena bailaron en Alemania.
todavía a flote, mercados y apoyos valiosos. Para los pintores y músicos, la for•
midable clientela de extranjeros que afluyó de golpe en Viena reemplazó con
ventaja a la clientela indígena. En Alemania no ha ocurrido ni podia ocu•
rrir cosa igual: herida de muerte, lucha sola, entre la desesperación y la quiebra, y nada puede aguardar de un vecino compasivo ni de un enemigo generoso.

ffl]

406

BSDB

l

Vivir a expensas propias. En 1914 el problema era igual, pero el pueblo
tenía confianza en sí mismo, y entró en la Gran Aventura con alegre frenesí, dd
que tardó en curarse cuatro años. Hoy, la fatiga, el pesimismo, la descoohanzo,
y, digámoslo, el hambre, hao apagado el ardimiento, y el nacionalismo intelectual (empleando el vocablo nacionalismo en su mejor sentido), en que consistía la fuerz:i del grupo expresionista, falta por completo.
Vivir a expensas propias. Eso significa tener que alimentarse de Ersatz di:
toda especie, como en lo más recio de la guerra, beber café de bellotas, comer
pan K. K., empanadas de carne siu carnt", sopa de hierbas sin hierbas. Significa
vestirse con ropas usadas, dándoles la vuelta; llevar en invierno pantalones
blancos de tenois, chaquetas cortas, sacadas de los fraquei- viejos, y gaban~s
cortados de la manta de la cama. Y significa, sobre todo, suprimir lodo gasto
inútil, todos los que no sirven para obtener vestidos o a,imeotos.
Bien sé que estas cosas las han publicado los periódicos, pero no es malo
seguir repitiéndolas, porque n-sumen mejor que nada el drama en que sucumbe la Alemania contemporánea: el billett" de cien fraucos que hace un año valía dos mil marcos, vale actualmente ciento cuarenta mil marcos. El libro co,
rriente, la novela, que hace un año valía cien marcos, cuesta hoy veinte mil,
cada ejemplar. La entrada en un teatro, que hace un año costaba de veinticinco
a doscientos marcos, cuesta ahora de tres mil a ochenta mil.
El resultado brutal de la situación es este: los editores se niegan a correr
los riesgos insólitos de una edición nueva; venden (o mejor dicho, no venden),
las existem.ias, pero no quieren aumentarlas; los pintores tienen que ganarse
el sustento en oficios distintos de su arte, porqu(: no hay compradores de cuadros; los teatros de Bcnín representan operetas u obras ligeras, para solaz de
extranjeros, y los de provincias, donde se había refugiado, de tiempo atrás. el
alma de la literatura dramática alemana, cierran sus puertas uno tras otro; las
orquestas se disuelven; en suma: el admirable monumento del arte alemán se
cuartea y se desmorona piedra por piedra.
·
Basta conocer la situación del pueblo, cuyos salarios y emolumentos de
todas clases son apenas trt"S o cuatro veces mayores (numéricamente) que
doce meses ha, mientras que el marco vale setenta veces menos, y que los gastos han crecido en igual proporción. Alguien me responderá: ,Sí: todo eso
será cierto, tratándose de funcionarios o de obreros, pero no será con los industriales. los rentistas y ,os comerciantes., Es verdad que los indu!.triales,
algunos industriales, bao realizado considerables beneficios en estos (:!timos
4b7

�LA PLUMA
tiempos; pero intervienen otros factores: el miedo al Fisco, v el miedo, no
menor, a la opinión pública; la necesidad de exportar la mayor cantidad de
capitales para continuar las relaciones con los proveedores de Ultramar; y las
perturbaciones del Ruhr. Además, esa clase industrial, no representa, en lapoblación alemana, el uno por diez mil; apuesto a que esa proporción es dos o
tres veces superior a la realidad. Refiriéndome ahora a los millares de médicos, de abogados, de ingenieros estrangulados por la miseria, podría tomar de
la vida cotidiana diez ejemplos olJservados por mí directameute, tales como el
del médico especialista, célebre en la mayor parte de Alemania, y que estos
días me contaba el problema que le agobia: •Hace un año cobraba cien marcos
por visita; para mucha gente era caro, y a menudo he tenido que rehusar el
dinero que me ofrecían, obtenido a costa de mil privaciones. Hoy, por sucesivos aumentos, mis honorarios son mil marcos; me es absolutamente imposible
aumentarlos más, porque ya he perdido la mitad de mi antigua clientela. Pero
hace un año, con cien marcos, compraba una libra de manteca, o tres kilos de
pan, y pagaba un par de botas con quinientos marcos; hoy, los mil marcos me
dan parn cincuenta gramos de manteca, o media libra de pan, y he de pagar
sesenta mil marcos por el par de botas. Saque la consecuencia.•
Es necesario que en el Extranjero se conozca la situación lastimosa de los
intelectuales, de los escritores, de los artistas, de los sabios alemanes. No
hago aquí un artículo de periodista, ni me propongo llevar agua al molino del
señor Cuno, qne es un político como todos, es decir, un hombre desprovisto
de interés, Pero me daría vergüenza hablar como si las cosas fueran desenvolviéndose normalmente, y echar un velo sobre la espantosa miseria que mata
lentamente a la élite de un país, orgullo de Europa, por más de un motivo. No
hay que figurarse que la baja del marco se compensa con la elevación de las
ganancias, y que tras un breve trastorno la vida se estabiliza. Nada más falso.
Hasta ahora, a pesar de la guerra y de la derrota, he podido venir hablando de
los libros y de los teatros alemanes, porque la energía de ese pueblo le hacía
sobreponerse a todo, y no había abdicado. Pero en la hora presente, todo
cambia, y reina la desolación donde antes hubo vida.
Llegará un día, y no tardando, ea que Europa se percate de que se ha empobrecido_para siempre, dejando dilapidar asi la herencia de Beethoven, de
Goethe, de Kant, de Nietzsche, y permitiendo que sus herederos se mueran de
hambre y desesperación sobre las ruit1as de la joven República.
PAuL CouN.
408

LIBROS y

REVISTAS

Ramón Pérez de Ayala.-Lzma de mid, luna 1e kiel, novela. L~s trabajos
de Urbano v Simona, novela.-Madrid, 1923, Editorial Mundo Latmo.
Belarmino, zapatero filósofo,_criat_ura del iag~nio de Ramón P~rez d~ Ayala, acometió la reconstrucción 1deahsta del universo. Pues~o a 1~vest1gar el
sentido oculto de la vida y del mundo, fué repensándolos, e mveato a su modo
los conceptos, libertándolos de las palabras triviales o ma~osea~as d~nde los
hallaba prisioneros. Era un creador ea el orden especulativo .. S1 hubiese poseído algunas lecturas elementales, no habría dejado ~e repetir: •H~Y. hemos
&lt;:reado el mundo; mañana crearemos a Dios». La ac!iv1dad de su esp1ntu era_
puramente interpretativa y crítica; movíale el ansia de coa~cer, que ~n s1
misma se completa y se acaba. Su actitud personal ant_e los ~b¡etos sensibles,
ante la sociedad v ante los fines inmediatos de la ex1steac1a, era de apartamiento O despegó, en cuanto tales objetos y fines no fueran pasto ~e la voracidad de su cinteleto•. En la historia de los amores ~e. Urbano y Sunoaa, n~s
presenta Pérez de Ayala otro espíritu no meaos am_b1c10so q~e el d!; Belarm1no pero su ambición tira a distinto blaoco. Doña M1caela, mu¡er ternble , muéve;e también por un afán de creación: quiere crear ea el orden moral Y práctico. Si Berlamiao pensaba la vida, doña Micaela pretende re?acerla, enmendarla y lo quiere con exaltación y brío_ a~ ~eaores, con la misma entrega d:
sí que el zapatero pooía en hilar su rac10cm10. Son dos modo~ opues!os_de en
cararse con el destino, llevados en cada uno d~ esos pers?na¡es al ultimo extremo, al sacrificio. Belarmioo, pensador má_rtir, se habna sustentado-y de_
hecho se sustentaba- de unas hierbas o del aire que sopla, corno cumpl~ a los
verdaderos filósofos con dársele un ardite de la fortuna y m~nos aún importarle que el mundo 'sea de otro modo que como es. Doña M1caela hunde s_u~
manos en el barro palpitante de la realidad inmediata, lo modela a su anto¡o,
oprime el corazón aj,.no y el suyo propio, para obligarlos a entrar _en el &lt;.:áao~
de su idea. Aproximar y compara1· esas figuras.novelescas, se ~e 1mp_oae -~ª
turalmente· en cierto modo se completan: mirando en la misma d1recc1oa,

•

409

�LA

PLUMA

pero en sentido ~ontrario, (el pensamiento, la acción) entre las dos abarcan la
redon_d,ez del h~nzo?te que se ofrece a la iniciativa personal. Importa poco que
la acc1on d~ dona M1caela no se enderece a fines grandiosos y se desenvuelva
en el reducido marco de u~.ª familia oscura: Jo que importa es la idea que se
propone ensayar, y la tens1on de la voluntad, la energía de que es capaz en el
lo~ro de su empre~~- Co~p~rándolos ~on su idea motriz, los manejos de doña
M1cael_a, la confecc1on art1_fic1al del caracter de su hijo Urbano, vienen a ser un
expe~1me_nto de laboratorio, la prueba, con datos reducidos, del valor de una
do~tnn! rnventada. La novela nos muestra, tal como fué, el experimento de
dona ~1ca_ela, y sus resultados, con el desquite de la vida incoercible sobre las
maqmoaciones de una voluntad imperiosa.
Hablamos d~ una «idea que doña Micaela se obstina en realizar, imponiéndo_s~ a todos Si. En la bas~ d_e la conducta _de doña Micaela hay una operación
c:~hca, un _fallo del entend1m1ento. Su cualidad natural dominante es la ambic10n, t"l afan de ascender por la escala social, de llegar al se1zorío· ambición
her7~ada con la sangre. Pero los propósitos de doña Micaela, toca~tes con su
pOS)CIÓn y la de su familia_ en el_ mundo, son, !?ara mi gusto al menos, secundan.os en la nov7~a. Lo pnmord1al es la creación, reflexiva, determinada, del
ca_r~cter de su h1¡0. Doña Micaela se vale de Urbano para enriquecer a la fam1!1a .. P_udo ser ~enos o nada ambiciosa, y educar a Urbano según los mismos
pnnc1p10s y por iguales motivos que tuvo para educarlo como lo educó· la novel_a, e~ su esencia y en lo que tiene de ejemplo, sería como ahora e;. Pudo
dona M1caela desenfrenarse en una ambición napoleónica, pero dejando a Urb?no forrnars~ al azar, como cualquier otro jovenzuelo destinado por su prov1de1;1te mama a cazar una d?te, y la nov:la, ~orrado el raro conflicto en que
consiste, desaparecía. También para dona M1c11ela lo más importante en el
ensa_Yo que acon:_iet1; es la educación de Urbano; más importante que el logro
de :1qu~zas y senono, aunque las dos empresas vayan revueltas en su espíritu.
D~na M1caela se hunde en la locura, no tanto por la pesadumbre de verse inopmadamente en la miseria como por la insurrección del hijo, que adviene
ta:de a ser hombre cabal renegando de la obra cumplida por su madre. Doña
M1caela se desesp,era, ordena a Urbano que desaparezca, quiere sepultarlo en
un ~on 1_ento. Ansia, en fin, tener otro hijo, para renovar con mayor tino su expe:ienc_1a. Y todo ello, ¿por qué? En virtud de una apreciación de la vida que
d~na M1caela_ formula en su juv_e ntud; senten~ia expresa, Jrticul..da ea palab_ias_ y de?uc1da de su ob~ervac1ón personal, impuesta como norma ob!igatona,_rnfle_x1ble, a cuanto_s _giran en_ derredor suyo o están bajo su dependencia.
Dona M1caela «no adrn1t1a la realidad ta.l cual espontáneamente se ofrece, sino
que, ,antes de aceptar}a, pretendía convertirla en lo que ella, doña Micaela,
quena, que fuese y cre1a que debía ser. En lugar de someterse a la realidad, la
sorneha ... Esta1;&gt;a segura _de la oi:inipotencia de la vida, y asimismo de su cegue?ª? y e_stup1?ez .. La 1:1d~ podia hacerlo todo, pero, como andaba a tientas
Y srn mtehgencrn m des1g010, no hacía más que disparatar; objetos feos, animal~s feos y brutos, gente fea, bruta y mala. La vida necesitaba de alguien
que .a tomase como de la mano y acertase a aprovechar su misteriosa fuerza
410

L ..\ P L U 1\1 A
todopoderosa, conforme a una idea neta y propósito elevado•. Má&amp; 2delante:
cMicaela no había nacido para dejarse formar por la realidad circundante ui
arrastrar por el flujo de la vida. antes para corregir y encauzar la realidad próxima y el caudal de vida que le había caído en suerte, dentro de sí y eIJ to:ºº
suyo•. Micaela, en su m?cedad, n~ tu_vo por qu~ alabar_ 1~ 1;&gt;la1;1dura del destmo.
Casada por cOn\·eniencrn, soporto s111 repub,on las m1c1ac1ones cony ugales.
Todos los hombres le parecían «unos asquerosos•. Viéndose con un hijo, brota de súbito la idea (matriz de la acción novelesca), donde Micaela resume su
apreciaciól'I del mundo en que vive. Con su niño en brazos. exclama: •~qui
tengo la vida. la vida ciega, que puede ser rnal~ad y dolo'.: o bondad y d1ch~ .
sujeta a mi arbitrio&gt;. Y resuelve domarla: «Hana de su h1¡0 todo lo contrario
de lo que había sido ella. Ella sabía todo Jo repug~ante_ de la vida ~ los ocho
años. Su hijo llegada a casarse sm haber presentido m_ menos sabido na?ª·
Sería el primer ejemplar de hombre perfecto&gt;. En la disparatada resolución
de doña Micaela hay una protesta contra lo feo, un ansia de l'lulcritud que ennoblecen sus facciones de mujer autoritaria y «mandona,.
Urbano, hechura de tal madre, es un monstruo. En sus veinte años, es t_an
inocente corno un reciénnacido; ángel y papanatas. El autor salva, con donaire
y audacia, la inverosimilitud aparente del caso, interesáodonos desde el primer
momento en la turbación de este espíritu puro, que arna sin saber lo que es el
amor. La increíble inocencia de Urbano parece que nos satisface y nos convence más en completándose con la necesaria inocencia de Simona, so a~ada;
la pareja cobra una representació1~ ~upe_ri_or; vamos a obs~r_v~r en _ella el ¡uego·
de fuerzas puras: un amor sin mahc1a hir!endo una se_~s1b1l!dad intacta. Los
dos esposos son más inocentes que Dafn1s y Cloc; agm¡ados por el deseo, )os
pastorcillos de Longo intentaban saciarlo, rem~dando mal. faltos de_ técmc_a
amatoria, a las bestias del campo. Urbano y S1mona no han descubierto siquiera el deseo, ni sosp~chan-aunque los eche,1 de rneno~-que su a~o_r ~eb!
llegar a más cabales saciedad y complemento. Son dos cn~turas pa1ad1s1aca--del Paraíso anterior a la caída-por el saber. El autor ha mcorporado Y des·
crito en Urbano y Simona una experiencia inasequible ,Para el común d~ los
mortales: gustar por vez primera, ya en la edad de la razon, aquellas.~moc1ones
eróticas, cu vo sabor primitivo se deslíe entre los rl:!cuerdos d~ l_a mnez ,y que
son imposibles de reconstit~ir en t?da su novedad y en s_u positiva fuerza. Urbano es tan gracioso en su mocenc1a que, rnrdo a los estimulos del cuerpo Y a
la incitación de la naturaleza lujuriosa que le rodea, pretende hallar la clave
del enigma a fuerza de razonar consigo mismo y_con su _Pedante. maestro; las
peripecias de la novela conducen a Urba_no a sallr ?~ su ignorancia del modo
más brutal imaginable: por enseñanza directa rec1b!da de un cu:a soez, para
que-como era debido-ninguna t_?rtu:a le fuese evitada ~ su delicadeza. Este
es el punto en que la obra de Dona M1caela se derrumba. la absurda pretensión de enmendarle la plana a la vida, a~ab_a en dolor y llanto. Urb~no se hace
hombre por el desengaño, por los padec1m1entos morales~ y .~n siendo ~ombre, despliega la energía, los nobles impulsos, que su ta~d1a nu~ez mantem~ sofocados. El autor ha sacado, a mi parecer, todo el partido posible de la situa411

�LA PLUMA
LA PLUMA
--ción de sus héroes, ha agotado en cada escena lo qttc podían dar de sí los
afectos de los personajes como fuente de emoción estética sin olvidar su fase
cómica, ni menos-preocupación profunda de la novela__:_b turbación de la
conciencia moral al descubrir los apetitos groseros, ineludibles debajo de los
.afectos más tiernos.
'
Urbano se nos apaga un poco después de su entrevista con el cura. Su vida
interior, tan jugosa, descrita tao por lo menudo hasta ese momento pierde
fluencia y calor en cuanto se resuelve a conquistar a Simona, como v~rdaduo
amante, en lugar de adorarla como niño embobado. Urbano, metido en ese
empeño, es ya todo acción exterior. Triunfa.lVemos a los amantes esposos, apoyadas las cabezas por vez prime~·a en la misma almohada, boca con boca, y
creemos que, pasado el susto primero, entrambos estarán muy divertidos con
lo que acaban de descubrir. ¡Gócense mil años! La vida espontánea recobra su imperio. Doña Micaela queda presa de su locura y paga su culpa, que
no fué de maldad, ni de haber concedido tanto señorío a la inteligencia sino
,de haberla empleado :1. zurdas, de haber tenido, en suma, muy poco tale~to en
-el gobierno de su vida. La solución de esta novela me paTece '.an optimista y
placentera como la de Belarmino y Apolonio, y su humorismo benévolo, paternal.
Notemos entre los personajes de segundo plano a Doña Rosita, la dama de
~lcurnia, perfecta de estilo; la Conchona, hembra bárbara, al natural, empareJada con el pedante Don Cástulo, criatura literaria de quier. Pérez de Ayala se
vale para jugar con las humanidades clásicas; y las siete solteronas, presentadas. ~l final de la obra con tales empuje y dec_isión que parecen inaugurar una
acc1on nueva. La novela transcurre en Astunas. Salvo los rústicos, todos los
personajes pudieran ser de otro lugar; pero al idilio de Urbano y Simona Je
cuadran la primavera asturiana, la cariciosa ternura del campo, el misterio de
las frondas sonoras, el aroma de las praderas, el cántico de los pájaros emboscados. E! paisaje y los héroes de la novela se funden a maravilla. El autor pasa
&lt;le! uno a los otros, de los colores y sonidos a los sentimientos, llanamente.
Parecen nacidos de la misma emoción, y fundidos quedan en el recuerdo del
lector. Otras muestras admirables de la virtud comunicativa de su pluma nos
había dado Pérez de Ayala; creo que en estas novelas últimas llega adonde no
había llegado hasta hoy. Ha tenido que forzar, como todo escritor de valía, la
atención del gran público; no se ha impuesto, ciertamente, por las descomedidas alabanzas de un corro de amigos. Se reprochaba a s11 estilo cierta propensión a la rotundidad oratoria, y más que ~1ada, el encadenamiento de las frases
en períodos muy dilatados, que podía perjudicar a la rapidez del relato y a la
.evidencia de los sentimientos en sus obras narrativas.
Tal propensión-dominada, corregida por completo en la historia de Urbano
Y Simona-debíase, a mi parecer, a una riqueza verbal nada común, y a la estructura discursiva y demostrativa de su mente; en estas novelas acorta los períodos, contiene la frase, y su prosa gana en fuerza sugestiva todo lo que cede
en suntuosa opulencia. Los vocablos, que siempre han sido propios en los es•critos de Pérez de Ayala y pertenecientes a lo que dice, están ahora más carga-

dos de sentido, reventones, como una flor no acabada de abrir; adviértese Ja·
fuerza en ellos contenida, temblorosa; la notación es rápida; la frase, ceñida a
la idea; y con ser tales su vigor y precisión, por esta prosa circula cierta virtud ,
ternura sonriente, emoción inefable, no sé como llamarla, que no es de una palabra señaladamente y a todas las empapa.
M. A .

* * *
'

'

Wenceslao Fernández Flórez.-Et secreto de Ba,·ba-Azut.-Novela.-Madrid. Editorial Atlántida, 1923.
El joven Mauricio Dosart está aburrido. porque no le halla un fin a la existencia, o más concretamente, porque no sabe qué hacer. El anciano Michaelis.
su mentor circunstancial, señala un objeto definido¡¡ su pasión: el amor patrio.
No sin antes advertirle sabiamente: cla vida tiene una finalidad y una significación que todos podemos conocer. Pero ninguna sabiduría cuesta tan cara
como ésta. Nuestra felicidad es el precio del conocimiento... Como Barba-Azul
a sus mujeres, la vida nos da las llaves de todos los cuartos; de las estancias.
donde están los goces y los sufrimientos vulgares; donde el amor, sosegado, espera; donde el oro relumbra ... Es una felicidad que se basa en no meditar demasiado, en no querer saber demasiado, en cierta inconsciencia de tosco y buen
sentido que nos lleve a recorrer el camino entre nuestro nacimiento y nuestra
muerte sin alzar los ojos hacia lo metafísico. Pero hay una estancia que no se
debe abrir, es la más tentadora: la que guarda ese secreto que usted busca ..
Como las mujeres de Barba-Azul no podían borrar la mancha de sangre, después de conocer la habitación prohibida, as_í no se puede borrar nunca del es-·
píritu la melancolía de saber la verdad ... Muchas veces, como en el cuarto de
Barba-Azul, la revelación es trágica también y sangrante... •
Mauricio Dosart, ciudadano de Surlandia, reino de opereta, derrotado en su
experiencia de patriota revolucionario, cree hallar er. el amor romántico, en
el matrimonio, en un adulterio fugaz, en la paternidad. en fin, el secreto de la
felicidad que va buscando con ir viviendo. Pero abierta la puerta y traspasadoel umbral, ce! misterioso cuarto de Barba-Azul estaba vacío•.
La última novela de Fernández Flórez cae de lleno dentrc ele la tendencia
general por que se caracteriza la literatura española contemporánea, y aun todas las literaturas occidentales en sus ejemplos más recientes: el humorismo.
Por no citar sino las muestras más a mano de la producción novelesca en España, Las coln,nnas de Hércules, de Araquistain; Et ave blanca, de López Ro.
berts; ü1·bano y Simona, de Pérez de Ayala; El rey Niciforo, de Salaverría; todas las de Gómez de la Serna, acusan evidentemente un estado de ánimo humorista, en que ha venido, sin duda, a remansarse el nietzscbeanismo violento
de principios de siglo. Esa tendencia humorística toma además un carácter
francamente alegórico, cada vez más ajeno a la pintura de tipos naturales, es
decir, entreverados de vicios y virtudes sin consecuencia moral alguna. Em413

�LA P L U !11 A

LA PLUMA

,

blemas abstractos los personajes dt" la fábula, concepto filosófico o meraleja
precoi¡cebida la narración, la novela actual se restringe a los límites de la sátira, ya cobre significación y sentido intelectuales, como en Pérez de Ayala,
bien en una esfera puramente sentimentdl, como &lt;"D Fernández Flórez.
Posee el autor de Et secreto de Barba-Azul, como muy pocos, la facultad de
atemperar al gusto de un público medio, la preocupación moralizadora, que
revela el afán de Mauricio Dosart. Entre su humorismo y el de un Luis Taboada, pongo por caso típico de humorista anterior a la evolución literaria señalada de la protesta contra Echegaray a la focha, hay, ea efecto, una diferencia
de intención muy favorable a Fernández Flórez y a quienes, como él, o como
Camba en una labor exclusivamente periodística y desde un punto de vista
más liberal, procuran con tan buen éxito acordar el deleite cómico con un
~ropósito re¡;enerador, de los sentimientos más que de las costumbres.
Como tal novela cómica, Et ser.nto de Ba,·ba-A:mt es sumamente divertida,
especialmente en su segunda parte, y sobre todo para mi gusto, en una escena
de cita amorosa turbada por cierto leve desasosiego intestinal de los protagonistas. Escrita con desenvoltura y sin empacho. acredita a su autor una vez más
de buen conocedor de las aficiones y los alcances de los lectores qu&lt;" le siguen
asiduamente en sus afortunanas crónicas del A B C.

• • •
·Gerardo Die~o.-Soria.-Galería de estampas y efusiones.-Imp. y Lib. Viuda de Montero. Valladolid, 1923.
Amabilísima idea la de José María de Cossío, imprimiendo a sus expensas
los «Libros para amigos», no destinados a la venta, en que ahora se publica
este precioso tomito de Gerardo Diego, del que recibimos un ejemplar editado
con gusto y sencillez.
Gerardo Diego se reveló hace muy poco en los poemas colt"ccionados con
el título de Imagen, como poeta verdadero. es decir, sensible. Sensible no quiere decir en ningún género de arte sinceridad y efusión tan sólo-; de sentir es
capaz todo el mundo-si no facultad de comunicar el sentimiento propio; poder
emotivo.
Este librito de pequeños poemas dedicados a Soria, afirman nuestra seguridad en Gerardo Diego como tal poeta amigo. No hay en estas pál(ioas alarde
alguno de novedad extravagante; es más, ~ta parece complacerse el autor en
contemplar los mismos temas que algún otro poeta mayor, e incluso, a veces,
a la misma luz suavemente elegíaca. Y, con todo, cuán agudo, cuán personal,
cuán distinto se nos muestra.
Soria: el Duero, las campanitas argentinas en el aire ht"lado, los rebaños
bíblicos perfumando de campo la ciudad, el paseo de noria, los tejados de nacimiento; y hasta una admonición: contra la arqueología, la tresillería y lacastellanía que matan el espíritu propio de la Soria de Gerardo Diego:

cTotal, precisa, exacta, Soria: bien te aprendí.
Yo no sabré cantarte; pero te llevo en mí
toda entr~ñable, toda humilde
sin quitar ni poner una tilde.•
Poesía íntim\, recogida, para pocos, casi para leída en silencio. Y en ella
.algunos romances delicadísimos, dignos de ese ~omancero sentimental moderno, por colegir, y que ha de empezar en el ánimo de los futuro'!! exégetas por
los m&lt;"jores romances jóvenes de Juan Ramón Jill'énez y Antonio .Machado
como el que dice:
'
cCómo llamais a mi puerta,
llamais siempre sin pasar.
horas vivas que venís,
horas muertas que os vais.
Siento que alguien me despierta:
Levántate que va está-.
Pero yo sij?O clurÓ1ie•1do
porque todo sigae igual..
o los de &lt;Por la ciudad adormida• y «Río Duero, río Duero•.

*

* *

B. Giménez Caballero.-No/as Afarruecas de un Soldado.-Madrid.
Este libro, al que la Censura oficial ha añadido el encanto de lo prohibido•
es, que sepamos, el único testimonio literario de la última campaña española
en Marruecos.
A semejanza de loi. que, en su mismo género, bao aportado a todas las literaturas. especia!mente a l_a francesa, la visión inmediata y sensible de la Guerra europea, el hbro de G1ménez Caballero consigue dar!!OS la emoción directa,
fragmentaria cuanto sincera, de sus impresiones personales. Por esa misma
sinceridad, ni pretende rehuir siquiera el prurito de hacer, en ocasiones, arte
por el arte, sustrayendo el ánimo a la tremenda realidad del campamt:nto.
Tres tonos distintos, si no contrarios, se advierten en estas Notas: el simple apunte observado del natural, el relato con tendencia marcada al cuento
sentimental, el comentario de intención política. De todos eilos preferimos,
sin duda, los toques impresionistas.
El libro, por demás interesante, cumple e! propósito del autor, de suscitar
e~ el ánimo de los jóvenes la contemplación del desastre. no para lamenta~se
s1mplemente, mas aceptando la realidad de un destino cuya fatalidad hay que
vencer de uno u otro modo, y, en todo caso, afrontar decididamente, al menos
&lt;:on espíritu de curiosidad.

�LA PLUMA
Erasmo Buceta,-El entusiasmo por España en algunas románticos ingleses.De la •Revista de Fil. Esp., Madrid. Sucesores de Hemando.
Erasmo Buceta, nuestro colaborador dilecto y profesor de español en la
Universidad de California, estudia en este opúsculo la relación de simpatía
que las «cosas de España, despertaron en algunos románticos ingleses: Byroo,
Sheridao, Landor, Southey, Wordsworth, Walter Scott Coleridge, Wilson
Crocker, Thomas Campbell, Shelley cTodas estas grandes figuras de la literatura inglesa de la época aparecen, como se ha visto-dice-, mencionadas
aquí. Se observa claramente que todas ellas-no ob!;tante la gran diversidad
de su temperamento y puntos de vista -sintieron entusiasmo vehemente por
España. Y este ardor, esta emoción, este entusiasmo, fueron acaso motivados
por la atracción que en todos los románticos ejercieron los viejos temas de
nuestras literatura e historia; pero, por encima de todo, fué factor importantísima la simpatía política producida por los dramáticos acontecimit:ntos de di•
vnsa significación que tuvieron lugar en la Penínsuia en el primer cuarto del
siglo xrx, es decir, por la guerra de la Independencia y las luchas civiles por
la libertad ,
Con sagacidad y donosura, pone de relieve Erasmo Buceta la manifestación
en los sucesos políticos de entonces, de las virtudes heroicas ¡:-or las cuales el
romancero y el quijotismo españoles transcendían, a ojos de los románticos ingleses, de la historia literaria a la realidad. De la misma manera que en este
folleto la erudición del profesor se adornd de bonísima gracia literaria.

* * *
Nicolás BeauduJn.-Les enfants des kommes·-Mystére,-París. J. Povolozky
et Cíe. ed.
c .. desde hace algunos años, vemos que nuevas aspiraciones levantan el es¡
pfritu de los creadores selectos. En primer lugar, la de rehuir la vulgaridad de
teatro en versos tradicionales, creando de nuevo en la escena una •atmósfera
de poesía pura, de dramatismo transcendente, volviendo a la tradición del arte
grande y eterno, de Esquilo, de Shakespeare, de Goethe y del Hugo de J.,os
Burgraves,, dice el poeta Beauduin en la nota preliminar a su misterio de Les
enfatzts des lzommes.
El propósito no puede ser más noble. Y por mejor restaurar el concep~o de
teatro, venido tan a menos con el industrialismo del boulevard y sus múltiples
sucursales en el mundo entero intenta la tragedia de nuestros primeros padres bíblicos, gobernados por la.lucha fatal entre las potencias celestiales y las
del infierne.
Digno de expresión retórica en todo momento, adolece quizás el po_ema de
falta de interés dramático. Con todo, no deja de tenerlo para los cunosos, y
más aún, para los propulsores de la tendencia de que han sido an_unciadores
Maeterlinck y Claudel, Georges Polti y Saint Paul Roux, )'. más recientemente
Gide, Suares y el lituano Milosz, tendencia para~ela, en cierto_ modo, a la dt&gt;l
teatro de Valle-lnclán, si bien nuestro don Ramon haya obtemdo desde luegouna realización muy superior a la de sus casuales congéneres.

C. R. C.

AÑO I \'.

1

MADRID, JUNIO 1925

NÚM. 37.

LA QUINTA DE PALMYRA

&lt;•&gt;

(Continuación.)

m

a perder el tuteo que habían alcanzado ya. No les
convenía. Todo iba a retroceder.
- Tienes un despertar tranquilo como el de las playas.
- Y tú eres el mar que bulle demasiado temprano...
-¡No tanto!-dijo Samuel sonriendo-. A lo más soy un marinero despierto y animoso.
Palmyra se dió cuenta en ese amanecer que la sorprendía con
aquel nuevo caballero al lado, de que era calvo, y que, por lo tanto.
debía tener la marrullería que ella achacaba a los calvos, su aire de
hombres de mundo un poco cínicos, como si sus pensamientos se
creyesen sin hoja de parra ya, y, por lo tanto, estuviesen en el deber
siempre de afrontarlo todo con demasiada suspicacia.
Palmyra gozó un rato viendo cómo se sobreponía la osadía de
aquel hombre a la sorpresa de hallarse en tan íntima compañía con
OLVÍAN

(1)

xxvn

Véanse los números 34, 35 y 36 de Lt. PLUMA.

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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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