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                  <text>LA PLUMA
Erasmo Buceta,-El entusiasmo por España en algunas románticos ingleses.De la •Revista de Fil. Esp., Madrid. Sucesores de Hemando.
Erasmo Buceta, nuestro colaborador dilecto y profesor de español en la
Universidad de California, estudia en este opúsculo la relación de simpatía
que las «cosas de España, despertaron en algunos románticos ingleses: Byroo,
Sheridao, Landor, Southey, Wordsworth, Walter Scott Coleridge, Wilson
Crocker, Thomas Campbell, Shelley cTodas estas grandes figuras de la literatura inglesa de la época aparecen, como se ha visto-dice-, mencionadas
aquí. Se observa claramente que todas ellas-no ob!;tante la gran diversidad
de su temperamento y puntos de vista -sintieron entusiasmo vehemente por
España. Y este ardor, esta emoción, este entusiasmo, fueron acaso motivados
por la atracción que en todos los románticos ejercieron los viejos temas de
nuestras literatura e historia; pero, por encima de todo, fué factor importantísima la simpatía política producida por los dramáticos acontecimit:ntos de di•
vnsa significación que tuvieron lugar en la Penínsuia en el primer cuarto del
siglo xrx, es decir, por la guerra de la Independencia y las luchas civiles por
la libertad ,
Con sagacidad y donosura, pone de relieve Erasmo Buceta la manifestación
en los sucesos políticos de entonces, de las virtudes heroicas ¡:-or las cuales el
romancero y el quijotismo españoles transcendían, a ojos de los románticos ingleses, de la historia literaria a la realidad. De la misma manera que en este
folleto la erudición del profesor se adornd de bonísima gracia literaria.

* * *
Nicolás BeauduJn.-Les enfants des kommes·-Mystére,-París. J. Povolozky
et Cíe. ed.
c .. desde hace algunos años, vemos que nuevas aspiraciones levantan el es¡
pfritu de los creadores selectos. En primer lugar, la de rehuir la vulgaridad de
teatro en versos tradicionales, creando de nuevo en la escena una •atmósfera
de poesía pura, de dramatismo transcendente, volviendo a la tradición del arte
grande y eterno, de Esquilo, de Shakespeare, de Goethe y del Hugo de J.,os
Burgraves,, dice el poeta Beauduin en la nota preliminar a su misterio de Les
enfatzts des lzommes.
El propósito no puede ser más noble. Y por mejor restaurar el concep~o de
teatro, venido tan a menos con el industrialismo del boulevard y sus múltiples
sucursales en el mundo entero intenta la tragedia de nuestros primeros padres bíblicos, gobernados por la.lucha fatal entre las potencias celestiales y las
del infierne.
Digno de expresión retórica en todo momento, adolece quizás el po_ema de
falta de interés dramático. Con todo, no deja de tenerlo para los cunosos, y
más aún, para los propulsores de la tendencia de que han sido an_unciadores
Maeterlinck y Claudel, Georges Polti y Saint Paul Roux, )'. más recientemente
Gide, Suares y el lituano Milosz, tendencia para~ela, en cierto_ modo, a la dt&gt;l
teatro de Valle-lnclán, si bien nuestro don Ramon haya obtemdo desde luegouna realización muy superior a la de sus casuales congéneres.

C. R. C.

AÑO I \'.

1

MADRID, JUNIO 1925

NÚM. 37.

LA QUINTA DE PALMYRA

&lt;•&gt;

(Continuación.)

m

a perder el tuteo que habían alcanzado ya. No les
convenía. Todo iba a retroceder.
- Tienes un despertar tranquilo como el de las playas.
- Y tú eres el mar que bulle demasiado temprano...
-¡No tanto!-dijo Samuel sonriendo-. A lo más soy un marinero despierto y animoso.
Palmyra se dió cuenta en ese amanecer que la sorprendía con
aquel nuevo caballero al lado, de que era calvo, y que, por lo tanto.
debía tener la marrullería que ella achacaba a los calvos, su aire de
hombres de mundo un poco cínicos, como si sus pensamientos se
creyesen sin hoja de parra ya, y, por lo tanto, estuviesen en el deber
siempre de afrontarlo todo con demasiada suspicacia.
Palmyra gozó un rato viendo cómo se sobreponía la osadía de
aquel hombre a la sorpresa de hallarse en tan íntima compañía con
OLVÍAN

(1)

xxvn

Véanse los números 34, 35 y 36 de Lt. PLUMA.

�LA PLUMA
una mujer desconocida. Siempre quedará en una mujer la ilusión de
esa sorpresa inevitable. Sólo eso inducirá hacia el amor variado, hasta a aquellas que lo probaron mucho.
Se vistieron. Ya sabía Palmyra que había que gozar la mañana
desde más temprano cuando llegaba un nuevo forastero que extrañaba la cama y que tenía curiosidades que había que saciar, llevándole a la ventana y haciéndole desayunar en la terraza con las migas calientes de la mañana, que son como piedrecitas y tierras blandas y sustanciosas, que aclaran al ser comidas la neta impresión del
terrenal mundo que se contempla, en plena alegria toda su materia
y sus éteres.
Con aquella especie de matiné antiguo de bordes rizados, como
se rizan los papeles en que se prueban las tenacillas de todos los
días, salió con Samuel a la terraza, donde se celebraba el primer
desayuno.
«Deberían recordar siempre este momento y llenarse de gratitud
y de quietud, renunciando a sus ambiciones de comisionistas•-pensaba Palmyra.
Samuel andaba por la terraza como viajero de trasantlántico, con
cierta inseguridad aún. Se asomó a la balustrada de la terraz I como
quien se asoma a la pasarela, y se quedó sorprendido de aquel mundo de rosas frenéticas de infantilismo mañanero.
-Cantan su perfume como coros de colegio de niñas, en los hosannas de la mañana-dijo en voz alta a Palmyra, que abría el toldo
de playa que tapaba el velador de los desayunos y de las comidas
al medio día, cuando estaban hartos del sombrío comedor.
-Parece que has puesto al cielo traje de baño-dijo Samuel, refiriéndose a aquella enorme sombrilla listada de azul en círculos concéntricos y que era también como un blanco ideal para las escopetas
de salón de los aviadores ..

LA PLU .\ 1A
-Lo que se pone es más alegre la mañana con este quitasol
-contestó Palmyra.
-Como que es el pabellón de las buenas mañrnas, sólo de las
buenas mañanas-repuso Samuel.
El hombre oscilante, que venía del Perú, donde le había rechazado uno1 mujer al saber su origen, gozaba aquella mañana plácida
que brotaba después de haber sido propietario de una linda mujer,
mucho más encantadora que «la otra•. Lo que no digería, de lo que
no acababa de poderse dar cuenta es de que fuese aquello epílogo
en vez de preámbulo ... Era como si el día comenzase por el ocaso,
por lo realizado, en vez de comenzar por el rosicler.
No comprendía una cosa tan estable, tan franca, tan segura. La
mañana entera aterrizaba en la terraza.
Desayunaron. Él se sentía person~je un poco inverosímil de una
estampa que había soñado alguna vez. Así había visto él la ;lustra- •
ción más viva de la felicidad: un desayuno así, en una terraza y entre flores y con pájaros posados en el barandal...
-Mi estancia aquí-dijo Samuel queriendo foclarar la verdad de
lo que seutía-es como si náufrago feliz me hubiese despertado en
una isla encantada ...
-Con tal de que pienses siemrre eso-dijo Palmyra con su más
rogativa entonación, mirándole fijamente para atisbar el efecto del
«siempre• , que hizo que Samuel mirdse con cierto susto, con
aquel recelo inevitable, con aquella cosa de cogido que quiere escapar.
Se hizo una pausa, en que él pareció dedicarse a escribir con
manteca en la palma del pan, pareciendo después como si quisiera
afilar el cuchillo en la reconfortante maculatura.
-¿Es que todos los amores son de travesía~-preguntó Palmyra
con cierta incongruencia y para sor;1renJerle con la pregunta.

�LA PLUMA
-¿Cómo, qué quiéres decir?-intervino Samuel, envuelto en la
mentira de la embriaguez y del hospedaje desinteresado...
-Es que te siento alegre, feliz, como sin otro negocio que el de
vivir, y, sin embargo, temo que te ausentes-replicó con sumisi611
Palmyra.
-Pues no me ausentaré nunca... Cuando se encuentra la casa
de la dicha hay que no salir de paseo siquiera... Como esos presidiarios que no pueden escaparse nunca, no tendré otro traje más que
el pijama...
.
-No, ¡qué horror!. .. Aborrezco el pijama... Todo hombre ~n pijama es trivial como él solo, y además hipócrita como un cómico de
teatro galante ... Tan pueril y tan ostentoso es el pijama, ~ue no han
podido menos de usarlo también las mujeres, que en su:5 ~uegos con
los hombres jugarán a la ambigüedad, por más que lo d1s1mulen.
-Pues retiro lo del pijama.. -1
En la mañana había una especie de batalla de flores, con proyectiles de mariposas. No se sentía ninguna impaciencia alrededor. El
apartamiento arcádico de Portugal se sentía en rededor.
Palmyra, que en el primer momento de saber que Samuel era
judío no se había dado cuenta de nada y le h_abía recibi~o con m~nagnimidad queriendo mostrarle que no hab1a en ella m la más m1nima rencilla contra su raza, ahora recapacitaba y pensaba en que la
idea de errante va unida a la idea de judío, y pensaba que había escogido más e_xprofesamente que nunca al que había de huir indefectiblemente.
El pronto de la huida de Samuel sería más subitáneo que _en _los
demás. Echaría a correr sin despedirse, dejando quizá sus equ1paJes.
Se había quejado en la Quinta por su facultad de huir, de apartarse
de un camino para tomar cualquier otro, por su condición de errante.
Todos los días, a todas horas, tendría presente su fuga, Y la lucha

LA PLUMA

•

1

contra su voluntad de escapar sería estéril, porque ningún mimo
contendría al encanto fatal. Mejor hubiera sido imitar un odio atávico, invencible, del que apenas se le hubiera podido echar la culpa,
porque hubiera parecido brotar de la raza.
Ya vería siempre a Samuel como si fuese a echar a correr.
Con su imaginación hiperestesiada de avezada a la soledad, oía
ya la voz del jardinero al contestar a la pregunta de: «¿Ha visto usted al señorito?&gt; «Si, se le ha visto cruzar la Quinta corriendo a
todo correr&gt;, y como en medio de esa pesadilla en que se despierta
la voz, dijo Palmyra a Samuel en voz al ta:
-Si sientes deseos de andar por el jardín, date un paseo mientras yo me acabo de arreglar...
-Yo no... No me muevo de la terraza ... Nunca me he sentido tan
arraigado como hoy ... Me parece como si la terraza estuviese cimentada sobre una pirámide incrustada del revés de la tierra.
-Y yo me siento también sobre el nivel de los otros días ... -dijo
Palmyra dándole el beso de detrás de la oreja, el beso que se queda
pinzado como esos cigarros o esos claveles que se ponen así los chulines.
La Quinta miraba a Samuel con la resignación del Museo de una
mujer que acepta al turista que se queda, al nuevo copista que se
preparaba a hacer la misma copia que tantos otros con igual pasión.
Desde que las Alhambras perdieron su primer recato, aceptan a
todo enamorado como visitante, y hasta le recogen el bastón y le
dan un número.

XV
OTRA RETIRA DA

Samuel tenía voracidad de amor, pero se le veía aprovecharse de
él, no para gozar el placer que se infunde en el mundo después de

�LA PLUMA

LA PLUMA

brotar en el hombre, sino para almacenarle, para guardarle, con un
último gesto sórdido en que se concentraba mucho y escondía el
placer que conseguía.
Palmyra, que nunca había comenzado a perder los amores, se fué
disuadiendo del amor de aquel hombre, cuyo único defecto no es
que fuese de raza distinta, sino que se lo creyese, que en él estuviese la desconfianza y la prevención en vez de en los demás.
Samuel también tenía el defecto de que hablaba constantemente
de sus hermanos de Salónica, de Hamburgo, de Tánger, de Polonia,
y eso le hacía un poco antipático, como si llamase a intervenir en
sus amores con Palmyra a aquellos numerosísimos hermanos y hermanas, suegras y suegros terribles y rencorosos, con convenciones
especiales a las que debieran obedecer.
-Porque mis hermanos de Salónica...
-Porque mis hermanas de ...
Y siempre salía a relucir aquella fraternidad que le absorbía, que
le hacía volver la cabeza a los lejanos horizontes y distraerse de Palmyra con nostalgias fortísimas.

* * *
Palmyra había tenido, sin embargo, días de sentirse junto al hombre honrado, y había recibido todas sus confidencias de perseguido y
de plantado por las mujeres; pero desde el primer día hasta esta tarde
en que después de dos meses de pasión se reunían en el Salón
Siglo XJx, estaba esperando su huida, el momento de la ingratitud en
que caería sobre él la maldición de merecer el despego de los demás y
sus persecuciones. En su predilección por aquel hombre serio como
un hombre, había envuelta una especie de maldición gitana. «¡Que maldecido y perseguido te veas por judío si me abandonas!• No había vez

e

..

que no se dejase abrazar por él que no repitiese eso por lo bajo, con
los párpados y los dientes apretados unos contra otros, en tensión
rabiosa y obcecada.
Aquella tarde estaba Samuel más preocupado que nunca, como
dispuesto a contarla una nueva vejación de las que había sufrido.
Por eso Palmyra había escogido aquel salón para estar reunidos
en la hora mejor del idilio, al atardecido.
En cuanto llegaba el calor era el salón en que se pasaba el bochorno, porque la humedad y el olor a humedad era de lo que la resultaba
más refrescante. Aquella humedad era tan grande que levantaba las
hojas de la pared.
- ¡Qué sabroso es este Salón Siglo x1x! Me deja un mayor anhelo de tu carne-la había dicho una vez el huido Armando y Palmyra no se había olvidado de la frase.
-En este salón-la dijo Samuel- tu blusa de seda es un incitante. En este salón se sorprenden los amores de tus antepasados y
se ve que aún rescoldan sobre los sofás ... Eran de los que no se
acostaban, de los que lo hacían todo muy abrazados sobre los
sofás ...
Palmyra entraba en aquel salón cuando temía aquella cosa impon~nte que había en los otros salones del palacio, llenos de un aire
demasiado suntuoso que parecía amedrentar y despedir a los
amantes.
Samuel, que tenía pico de águila para el placer, parecía afilarlo
en los besos silenciosos que ponía en ella. Palmyra le dejaba recapacitar en s us besos, y esperaba lo que saliese de aquella seriedad,
pues muchas veces en esos torvos silencios se .prepara el arrebato del amor.
Impaciente Palmyra, le preguntó·
- ¿En qué piensas?

�LA PLUMA

-En que te llevaría a un viaje...
-¿A un viaje?
-Sí... No sé cómo puedes estar aquí siempre... A un barco parado se le ponen sucios los fondos ... Si pudiésemos empujar hacia el
mar esta Quinta y que navegase ...
-De ningún modo... Me agarraría desde las ventanas a las ramas
de los árboles para contenerla... Son sus cimientos en la tierra los
que más me gustan ...
-No te comprendo... No te acabo de comprender.
-Pues es bien fácil... No quiero perderme fuera de aquí... Más
que vivir la vida, la vamos leyendo, y yo quiero repasarlo todo, no
distraerme, no perder palabra, no perder ripio ...
-Pero donde más interesante es la vida es en los viajes-repuso
Samuel, siempre poseído por el mal intrépido de la huida ...
-No ... Eso es ver láminas, que es lo que hace perder más el
texto de la vida... Un libro con láminas está aviado ... Casi no se lee
nunca... Lo importante es la letra menuda, monótona, que dice muchas cosas ...
-¿Y los monumentos?
- Son los que dan más vaguedad a la vida... Sirven sólo para
encubrirla...
- ¿Así es que según tu opinión las pirámides ... ?
- Las pirámides buscaron una apariencia natural de serranía que
no está mal... Pero casi todos los monumentos distraen, haceu daño
a la vida ...
Se veía cómo estaba metida por honda convicción en su Quinta.
Ni una carreta de bueyes la podía sacar de su predio.
¿Qué carrozas esperaba? Sólo imaginándose el gran espectáculo
de la vuelta de unos viajeros que tuviesen forzosamente que volver

•

. \.
. 1

LA PLUMA
y que pasar por aquel paraje, se podía explicar aquella espera feliz

y continua junto a las ventanas de la Quinta.
Claro que hay el mundo de lo insucediente que está sobre los
grandes ramajes y fija la punta del pie en las ramas que rematan los
árboles, pero ese mundo es demasiado soporífero.
Palmyra, que se había dado cuenta de lo que aquello significaba
de rebeldía contra la Quinta, se echó en la chaisse-longue que daba
al gran ventanal sobre el paisaje del atardecido. Otra \'ez volvía a
tomar cómoda posesión de los almohadones de la melancolía.
Se curaba en aquella mirada intensa de su eterna convalecencia
de la huida de los hombres.
Veía el recodo de la salida al mar y sentía como todos los días,
~on entera novedad, que era a un puerto antiguo al que acababa de
llegar, y en el que se unían las carabelas del ayer más remoto como
las del más próximo presente.
«Si no se llegase alguna vez, sería penoso el viaje de la contemplación diaria:.-se decía Pal111yra, que había encontrado el cierre, la
pulsera para cada idea con precisión de escritora mística, de Santa
Teresa del anonimato.
Era más largo y más denso que el resto del día el pedazo de día
-en que el día se entornaba. Dejaba en la casa provisiones de eternidad, caramelitos y guindas de inmortalidad.
Palmyra perdía la vista en aquella larga contemplación, y la quedaban en los ojos soles amarillos como yemas de numerosos huevos
fritos trasparentes enmedio de las claras numerosas.
- A esta hora me olvidas-la dijo por fin Samuel-rompiendo el
silencio y la situación penosa y desconfiada- . Pareces de la religión
egipcia que mira con veneración y miedo al sol que se pone rara
juzgar a los muertos.
La cena de todos los días :,e iba cuajnndo poco a poco y echaba

�LA PLUM A

LA PLUMA
en su salsa perejiles, romeros y mil yerbas, mas todo el paisaje. En
esa paz severa del verdadero campo se siente la seguridad de que se
cenará. En las ciudades, por el contrario, la seguridad es abrumadora porque hasta et fuego depende de las nóminas oficiales, y el
cenar es un acto improvisado y de última hora.
«Todo cocina en mi guiso»-se decía Palmyra y tomaba una postura más cómoda en su dtaisse-longue.
En aquel silencio Samuel, que veía el bosque por el ventanal, se
sentía irritado por esa trampa, que es la arboleda que no se abandona, la arboleda que rodea demasiado una vida.
Sentía ya el deseo de las grandes llanuras, necesitaba salir a los
páramos, a los inacabables calveros del mundo. Su raza se había educado en las caminatas por los desiertos y amaba ese paisaje que descubre la desnudez del mundo.
«Los árboles, ¡qué por encima están del ser humano y qué poco
tienen que ver con él!-pensaba Samuel-. Si el perro aúlla cuando
encuentra un hombre muerto en el bosque, el árbol se abanica sua ;emente sobre el hombre caído y en el que van quedando al descubierto
las costillas como si se le hubiese desabrochado y se le hubiesen salido las ballenas al gafo corsé.»
Et sentía que los dos preparaban una disputa en su silencio, y
que anunciaba por su largura y su calidad, su fondo rencoroso.
-Los árboles-dijo Samuel por fin-cubren la vida de una hipocresía verde y ostentosa ... Cada día que pasa veo que los odio más..•
Palmyra con un rencor enorme, desproporcionado, más enconado que si hubiese sido ofendida ella misma, repuso:
-Como que te ahorcaste de ellos una vez ...
Samuel no contestó. Se puso en pie, se paró un momento como
un soldado que se cuadra y después abrió la puerta que daba al pasillo de las alcobas y se fué.

No tenía arreglo lo que iba a suceder. «Después de todo-se dijo
Palmyra-tenía que pasar esto algún día próximo. No tenía más remedio que irse por una razón más fuerte que la de ninguno de los
que se fueron.»
Y Samuel se marchó, se marchó aquella misma noche en el
mismo automóvil de los turistas en que vino de tan intempestiva
manera, en el enorme automóvil blanco que envían de las Agencias
cuando se pide un automóvil por teléfono desde un punto distante.
Y fué el único amante que lloró al hacer el equipaje y que se fué
llorando en el coche que le libertaba.

XVI
RECRUDECIMIENTOS, SOLEDADES, ASPIRACIONES, MELANCOLÍAS

Palmyra tenía un aire más dominante y hacía un gesto con la
falda que marcaba su carácter, cada vez más arrostrador, y su evolución. Ese gesto era el que hacía al sentarse y pellizcar su falda,
bajándola más, asentándosela sobre las piernas con un gesto más
amazonesco que nunca.
Vivía a retazos en silencios continuados, en ratos de melancolía,
en paseos plácidos, en arrebatos de perseguida.
-No... no quiero irme ... No me iré nunca...-se decía en sus gabinetes-. Todos ellos tienen un momento en que quisieran vender
esto para dejarme sola y desvalida en el mundo, pero yo no me dejaré desposeer ... Es como la capilla de mi vida mi Quinta ... Es para
mí iglesia, cuna, panteón ...
Pero los hombres no comprendían aquello, y lo malo era que no
podía explicarles ni enseñarles el encanto de su posesión, hecho de
cosas inexplicables, del modo de llegar las luces y del modo de llegar
las sombras, del modo de moverse los árboles y del modo de articu427

�LA PLUMA
l. A P L U.\\ A

larse todas las hojas, del miedo al ·mar y de la cosa que entraba al
que lo contemplaba, de esa especie de niñez de niños bonitos que
gestaba en las sombras como queriendo echarse en sus brazos...
No, no se podía especificar.
La flora submarina que el alma posee recibía caricias submarinas y se movía como con vida propia.

• * *
Se sentía el optimismo de la vida en la Quinta porque había baluartes, frutas, hortalizas, gallinas que matar, patos en eterna salida
de pista y constantes pavos parecidos a los viejos de los asilos.
Palmyra no temía la ciudad. Pocos conflictos la podría crear a
ella. Pero, de todos modos, el peligro combatía detrás de los montes,
aunque siempre moriría en las arenas de la playa, en la angosta explanada del mar.

* * •
Todos los aires de Europa, todos los ayes, todos los espantosos
cansancios que no podían ya más, todas las viejas actrices cansadas
de sostener el prestigio de su nombre y su falso pelo rubio, todos
los grandes boticarios cansados de despachar en las boticas de más
fama, todos los viejos y prestigiosos doctores cansados de sostener
consultas imposibles con gente esperándoles siempre en todos los
gabinetes de todos los pisos de la casa, convertidos en salas de espera, etc., etc., todo eso venía a descansar a esa costa final de Europa, llegando en trenes sin ruido y sin carril.
Se podría decir de aquel rincón del mundo que al atardecer todo
trecho estab:1. lleno de algo sentado, sentado a la manera de aquellas
gentes que había visto sentarse al borde de las aceras,

• * •

Contra las tristezas antiguas que dominaban la Quinta es contra
lo que era más dificil reaccionar. No sabía de donde procedían aquellas impregnaciones, aquellos grandes lagrimones que la churreteaban
el rostro.
Se acordaba de las otras mujeres que ya desaparecieron y que
se encerraron con el Palacete como con la estancia eterna v sólo
fueron viajeros que se iban y que por un momento veían destacarse
en sus ventanillas el Palacio que han de dejar detrás ignorantes de
todo su futuro.
• * •
Los panales de la Quinta trabajaban con constancia y daban
un postre que convertía en mielados cristales los de los tarros en
que se guardaba la gran cosecha de los jardines.
En un rincón del jardín trabajaban constantemente las abejas
que iban fajadas en la gran carga recogida.
Palmyra sentía un poco en su alma aquella íntima labor en que
la vida se concentraba y tenía ánimos de creación.
«Debemos tener en el alma nosotros un colmenar activo e interior al que traer la sustancia de todas las miradas. Sólo haciendo
esa labor de recoger y trasegar bien las miradas se cumple con
todos los deberes.&gt;
Y por la tarde, después de aquella imagen feliz que daba por objeto de su alma el recibir todas las miradas dispersadas por el día y
a esa hora de vuelta, se congregaba más en su alma y recababa todos
los pensamientos y miradas habidas en el día: el haber pensado en
la erección placentera que hay en las yemas de los pinos; el haber
visto a los eucaliptos como a viejos doctores a quienes saludar; el
haber encontrado en la calva solitaria, atada a un árbol, la pobre solitaria que espera que vengan por ella como niña que tiene la

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LA PLUMA

misma inquietud en el colegio; la pena de las rosas cortadas en
el jardín y la persecución con que se persigue con la mirada al
que va formando un ramo con las tijeras de sastre; la idea de sangre que dan las flores rojas; el dolor de las columnas caídas en ese
hotel que no ce acaba nunca; el olor a las redes ennegrecidas por la
brea que cicatriza instantáneamente las heridas de los pulmones; el
fenómeno de sentir cómo los pinos caminan hacia el poblado, se
aproximan a él, vuelven con el ocaso, son amigos que se acercan
por la espalda y ent:lblan su conversa con uno, etc., etc.
Vivir por vivir. activando esos colmenares dd alma, afanándose
por esclarecer el atardecer, por esparcir el ánimo, tanto en miradas
extáticas como en otras más afanosas, por encontrarse, al ent ar en
el recogimiento, con un depósito mayor de miel y cera.
Tomaba ejemplo de aquellas casitas blancas de las que sacaba
las láminas alveoladas de que colgaban los racimos espesos de obreras cereras que se entremezclaban realizando una unión esforzada
para conse~uir dar presión a la cera que iba haciendo el panal.

* * *
Como aliciente de sus pensamientos inextirpables de voluptuosidad, repasaba el vicio de los alrededores. En el hotel, con los adornos de cartón, había unas niñas que venían a ver gentes de Lisboa,
dos niñas muy blancas y redondas, con una sombra criolla de bigote. que se reían de todas las mujeres de más de veinte años que se
encontrabm en el camino.
!:-iempre estaban, cuando se las veía, como recién levantadas después de recién acostadas.
Debían tener sus retr&lt;1tos muchos desconocidos, que se los enseñaban a sus amigos como si fuesen sus ahijadas, y que venían a
43o

1

.e

verlas, encerrándose unos días en la casa con baños de inocencia y
de perversidad, como se mezcla el agua caliente y la fría.
Estaban conservadas entre ropas blancas y capas felpudas y refrescantes.
El vicio raro del rincón tibio y ciudadano, exigía ese hotelito con
dos niñas juguetonas y voluptuosas como gatos, que sólo rozan mucho las piernas del que pasa.
Iluminada en la noche parecía presenciarse, mirando a sus ventanas, saltos de niñas que van a la cama de su papá. Aquel vicio
puntualizaba, como un perfume más, el permiso de goce que daba al
paisaje el dulz"r manso de vivir. No resultaba indignante. Con tal de
poderse sostener en el hotel alegre las estaba permitido todo. Resultaba más alegre y más clara que las otras luces la luz de la casa de
las niñas malas, dP. las niñas que siempre se estaban subiendo encima de las piernas de los caballeros sentados.
Palmyra tenía curiosioad por verlas asomadas con lazos celestes
y corales arrebatados, esperando, siempre con el peine puesto en los
cabellos como una peineta olegitanal, a unos viajeros hipotéticos,
que venían generalmente en automóviles amarillos.
También observaba Palmyra con encanto aquel hotel, que se alquilaba a parejas distintas, allá en Lisboa, dándolas la llave para que
pasasen los días del contrato en amorosa soledad. Siempre miraba
con gran curim,idad a la terraza para ver una pareja-la misma a
través de todas sus variaciones-que se amaba con verdadero encanto y disfrutaba hasta las plantas submarinas, de absorciones profundas que hacían con sus narices ansiosas.
«Qué resistencia la de esos peroles, esos vasos y esos asientos•
-se decía Palmyra como sino fuese Jo mismo tratar a distintos huéspedes que a uno seguido, y ya sin el respeto por las cosas que tiene
unos días el recién advenido.
431

�LA PLUMA

L A PLUMA
Quería Palmyra sostenerse sin otra sensualidad, sólo observando,
la vida suponiendo las cosas de los demás, recogiendo las ondas
amoro;as que si se las aprende y acepta a pecho descubierto, tienen
en la recepción la misma intensidad que en los aparatos receptores.,
sin que importe que estén detrás de los cristales y las maderas de
sus casas.

A veces sentía cómo se fraguaban en la paz del día los futuro_s
cataclismos. El agua, siempre reñida con la tierra, buscaba los caminos secretos y profundos, en los que se forman los gases que la
hacen explotar de vez en cuando.
Algo hacía terreno volcánico toda aquella costa portu_g~esa. No
se podía decir que no se veía la posibilidad de un engullumento de
el mar. Se contaba con eso como sazón de la tarde.

•

* * *

En sus paseos se paraba cuando oía el tren, diciéndose: «¡Quieta!
No me vea el tren y me lleve.»
.
Se ponía satisfecha cuando le sentía irse, y era de una gran ilusión para sus oídos oír el último esterto~. .
,
«¡Ya pasó! ¡Ya pasól»-se decía frenetica de alegr'.ª·
Abrazaba a su can desde lejos, y con un salto ideal abrazaba,
sobre todo, a ta Venus que remataba el frontistipicio.
•

* *

Remontaban el cielo tardes como para que saliesen de paseo
todos los aviadores.
Se había puesto de seda el día, y las gasas más puras revoloteaban en la costa brisa.
431

Los nadadores del paisaje encontraban para sus miradas aguas
tibias.
Se bebían en los vasos del aire naranjadas y jarabes de granadina, sin el gusto de la fabricación.
Todo el valle era como una rosa de te, en la que se.fuese la cochinilla escondida.

* * *
Frente y contra el mundo estaba la Quinta. Ofrecía su fachada
como los gimnastas que hacen exhibición de su pecho.
«Espero las flechas de los malos días y del viento fuerte.»
«Si quieren mis moradores ya no tendrá que verles nadie jamás.»
«Puedo ocultar el pasaje completo de una vida feliz.»
Y se reían a veces con risa frenética los cristales de los balcones.
Tenía la Quinta independencia del paisaje.
A veces había llovido por dentro, en el interior del palacio y el
campo solo había puesto en aquella lluvia el gesto que toma cuando ha dejado de llover y el sol tiene los rayos mojados, babosos
como cuernos de caracol.
¿Por qué había llovido dentro? Las arañas, las cornucopias, la
eristalería que al pasar los carros por el camino lloraba como un
niño, todo eso junto había creado la lluvia cristalina de allí dentro.

* * *
No tenía actualidad la tierra muchos días, el cielo era el que ofrecía su valle como un sitio de merienda ideal o como unas dunas
donde cazar patos a la manera con que se cazan en las dunas terrenas.
«Tiene mi vida-se decía Palmyra-algo de prisión de reina.»
Y en las primaveras se sentía adornada con canesús de rosas y

xxvm

�,
LA PLUMA

LA PLUMA

ha concedido el bienestar los ritos de
.
mar, a lo bonancible del ti~mpo~
gratitud a la naturaleza, al

en el otoño se sentia vestida con trajes de larga cola, trajes verdes
hechos con hojas ensartadas.

¡Con qué encanto hubiera lanzado esos gritos des a
.
ceros, como gritos de pavo real de e
.
. g rrados y smde los gritos felices!
. ,
sa misma calidad destemplada

* * *
Hasta para ese dia de locura, de gritos, de estar con los cabellos
sueltos y el camisón blanco de dormir todo el día, sirve la Quinta
muy perdida entre la maraña selvática. ¿Pues y si hay que pasar el
resto de la vida sentado en un sillón junto a una ventana? Entonces
un pájaro que dé saltos sobre los ríos del espacio es un espectáculo

* * *
L?~ ocasos se apretaban allí atrozmente. Casi estran
emoc10n. Se levantaban de la naturaIeza coros de soledadguiaban de
Aunque toda Quinta está detrás de los cami
.
los caminos, entre boscajes que la sirven
n_os, en la revuelta de
resultaba más oculta que nt"ng
t
de b1o~bo, pero aquella
una o ra en lo m,
, d"
en un paraje digno de un cementerio. '
as recon ito, como

divino.

* * *
Sentía a veces como si perdiese el tiempo de hacer no sabia qué
cosas en la ciudad, pero se consolaba diciéndose «aquí pasa lo mismo y deja flores, leña, nubes en que duermen los sueños como en
colchones de pluma y una cosa que es como una miel que se respira.&gt;
Pensando como siempre en lo qo.e dejaba el día que pasa, pues
de eso era destilería su Quinta, la daba la sensación el final de su palacio de estar lleno de tiempo mielado y de tener los sótanos atestados de baúles y tinajas de lo mismo.
«Los hombres no saben ver todas las cosas del día como nuevas
-pensaba Palmyra volviendo a su obsesión-. No saben sentir los
besos en las manos que dan las cosas inanimadas cuando son plácidas y silenciosas, cuando apenas ven a nadie.:.
Ella sabía ser una viajera diferente cada mañana. Los otros pensaban en ciudades lejanas. No sabían quedarse definitivamente.

• *

* *

El reloj de sol marchaba cada vez mejor.
~lla ya ~istinguía unos días de otros y encontraba en
la vida reunida, cernida, hecha un fino flan.
ellos toda
Era golosa de todos los días. «Sé como el que más lo 1 .
estoy del mundo--se decia-pero en esto está el é ·t
eJos que
Ses r f
XI o.~
en ta uera del camino de la muerte.
* * •

1

!?

~ f~ndo de todos ~os hotelitos se habían ido dando la untura
ta_ a go mucho meJor que un baño de sol-y ya estaban
suavec1dos con bastante gozo para dar por bien sucedido el dí endent~ ~asar por los caminos se pensaba eso: que ya babia e:¡rado
d' e cada casa por sus ventanas la densa medida del regalo de
un ta, envuelto en papeles de seda azul.
del

• 1.

*

Sentía todas las tardes el ansia de lanzar los gritos de la tarde,
unos gritos que necesitaba como gran desahogo el alma a la que se
434

*

La Quinta se ponia cada vez más melancólica
,
t
árboles se llenaban de más mirlos.
' mas ve usta y sus

•

* *
435

�LA P L UMA

LA

PLUMA

Tenía miedo a los perros de los caminos que no hacen nunca
nada y que hasta se hacen los distraídos y miran a otro lado al pasar junto a las gentes del camino para no tenerlas que saludar. Eran
perros filosóficos que arrastraban por el suelo sus cabezas meditabundas y olfateaban con deleite la harina del camino.
Alguno de ellos parecía un perro miserable que la iba a pedir
una moneda, pero también pasaba de largo.

* * *
Los hombres volvían a tentada haciéndoles señas de que fuese ,
desde los confines del mundo; pero ella se decía para disuadirse de
los gestos varoniles incitantes y coactivos:
«La seguridad en el mundo me la da mi Quinta. ¡Además qué
necesitada está de mi presencia! Hasta que yo me muera no podrá
ser la Quinta solitaria, toda llena de zarzas y cuyo in~erior no se sabe
si ha sido o no ha sido robado!•
«Los árboles y todo me conoce. Todo clama por no convertirse en
jardín abandonado además de estar en tan lejano rincón del mundo.»

* * •
La sombra de las casas era tan intensa y caía tan bien detrás de
ellas algunas noches de cordial clima y clara luna, que era como esa
tapa que se desploma de los bargueños fraileros y que forma unancho pupitre inesperado. Daban ganas de tiritar de luna que había.
Se tendría voluntariamente un ataque de nervios sobre las sábanas blancas.
La blancura de las noches hasta de invierno que era posible contemplar con los balcones abiertos, estaba llena de sensualidad.
Creía haber encontrado la colaboración de lo demás en su alegría
frenética de dueña de su Quinta en el paraje más resguardado del
mundo.

Se sentía tan dichosa con el beneplácito de todo que le hubiera
g~stado lanzar carcajadas a la noche, carcajadas disonantes como los
grito~ de los gatos, a los que parecían haber pillado el rabo en las
rend1Jas de las puertas.

*

*

*

Pero enmedi_o de todas sus cavilaciones, placideces y elevaciones
e?contraba sus mgles hambrientas, enflaquecidas, más metidas hacia dentro que de continuo. Querían el amor como después queman
la muerte. La vida es breve y hay que saberla agotar en cada momento.
En aquell~ soltería fatal la entraba Ja sensualidad enjuta de los
galgos Y senba como se afilaban las aristas de su cuerpo.
XVII
EL GENIO ARREBATADO

Palmyra recibió una carta de Mafra, su buena amiga de París, en
que la recomen~~ba un pianista célebre. «Como sé que te hará pasar un rato dehc1oso-decía la carta-me atrevo a enviártelo con
esta carta de presentación, que debía estar escrita con notas musicales en vez de con palabras.»
Aquel pianista portugués que le era expedido desde Lisbc,a se lo
expedían desde París, la tenía preocupada. Además la amistad con
Mafra era sospechosa Y ya le hacía complicado. Parecía una osadía
~ás de Mafra regalándola un pianista usado aunque de la mejor cahdad.
. ~almyra preparó una fiesta en sus salones para recibir a aquel
pianista sospechoso. Invitó a todos sus viejos amigos que estaban
un poco retraídos al verla tan voluble.
'
RAMÓN GóMJ.:Z DE LA S.!RNA.

(Se continuará.)
437

�LA PLUMA
Slay que cambiar de rumbo
y como quien se lleva las flores del paisaje
cargar sobre los hombros el perpetuo equipaje
,Surtidores maduros
que ojreceis en las márgenes vuestros intactos frutos
8s preciso pasar como los vientos cas'tos
sin coger de los árbole1; los astros

CANCIÓN FLUVIAL
A

JUAN GRIS.

!Por las praderas giratorias
pasa solo una vez el rlo taciturno
cuando la noche toca su disco de gramófono
y los pájaros cuelgan de los árboles mustios

fM.irad las lavanderas
nutriendo de colores las limpias faltriqueras

.l:a espuma que levantan
sube a la misma altura
que esa copla que cantan
.Ca luna muele estrellas
sin música y sin agua
y et amor aburrido
sube y baja
.Ca marea es tu vientre
traspasado de gracia
y el amor derrite el nido
rueda rueda
como el molino turbio
de la arboleda

9l.ún las últimas gotas de luna
perfuman de alcoholes los mantos de la bruma
:1 el tren que iba bendiciendo el panorama
no perdió los kilómetros ni el compás de la ruta
!Pero dejemos esto
y descifremos bien este libro de texto
que el sol nos ha legado
con una sola página herida en el costado
.Ca araña telegráfica
distribuye la noche
y .mientras en su jaula de cristal
reposa el pozo vecinal
yo veo que la estrella y el pájaro de amor
enojan al poeta que ha volado al portal

'JI por todo recuerdo
en el bolsillo mío el rumor de La presa
y un sabor de jabón en el remanso
Los puentes fatigados

sobre la orilla derecha
duermen en espiral como los gatos
439

�LA PLUMA

'Gan solo los devotos pescadores
se arrodillan y esperan
que de su caña broten flores g banderas
.Ca noche se derrama
y rompe el horizonte
l;stamos terminando el drama
.Cos puentes de resorte
caminan de sur a norte

HISTORIA ANACRÓNICA DE
LÁZARO EL RESUCITADO

Y mi barca se ha dormido
sin hace, ruido

1.- NUEVA DESCRIPCIÓN DE UNA PARÁBOLA

'llna hora sube al cielo

'JI en lu cruz hacen su nido
la golondrina y mi pañuelo
'3on las brisas del mar
las que cierran la noche y mi cantar
GBRARDO

tDel libro inédito 4Manual de Espumas•)

u.12
1:
1
1

nació el 24 de diciembre de 1888, y fué bautizado en la
iglesia de Santa María la Mayor de su pueblo el 6 de enero
de 1889, según atestiguan las correspondientes partidas de
los Registros Civil y Parroquial. De su primera infancia, apenas si puede colegir el historiador dato alguno cierto. Quiere una tradición, harto popular y fantástica, atribuir a misteriosa fatalidad el suceso que en edad tempranísima le valió el sobrenombre de «el perdido• ,
con que le distinguieron siempre sus paisanos; suceso cuya vaga memoria cobra en boca de la gente prestigio de augurio, pero al que las referencias familiares, más fidedignas, sólo conceden la transcendencia debida a un simple extravío de la criatura, por negligencia del ama seca a
que estaba encomendada. Todo compañero de escuela de Lázaro pretende recordar ahora mentidos pormenores de su niñez, queriendo ver
en ellos señales ciertas de su estrella maravillosa. La crítica histórica no
acierta a verificar en esta leyenda ningún hecho anterior al año en que
Lázaro cumplió los diez y siete.
Un mes escaso le faltaba para terminar el bachillerato, cuando una
noche de primavera se escapó del colegio, y echando a correr camino
ÁZARO

tJ

Diaoo

-441

�LA PLUMA

'Gan solo los devotos pescadores
se arrodillan y esperan
que de su caña broten flores g banderas
.Ca noche se derrama
y rompe el horizonte
l;stamos terminando el drama
.Cos puentes de resorte
caminan de sur a norte

HISTORIA ANACRÓNICA DE
LÁZARO EL RESUCITADO

Y mi barca se ha dormido
sin hace, ruido

1.- NUEVA DESCRIPCIÓN DE UNA PARÁBOLA

'llna hora sube al cielo

'JI en lu cruz hacen su nido
la golondrina y mi pañuelo
'3on las brisas del mar
las que cierran la noche y mi cantar
GBRARDO

tDel libro inédito 4Manual de Espumas•)

u.12
1:
1
1

nació el 24 de diciembre de 1888, y fué bautizado en la
iglesia de Santa María la Mayor de su pueblo el 6 de enero
de 1889, según atestiguan las correspondientes partidas de
los Registros Civil y Parroquial. De su primera infancia, apenas si puede colegir el historiador dato alguno cierto. Quiere una tradición, harto popular y fantástica, atribuir a misteriosa fatalidad el suceso que en edad tempranísima le valió el sobrenombre de «el perdido• ,
con que le distinguieron siempre sus paisanos; suceso cuya vaga memoria cobra en boca de la gente prestigio de augurio, pero al que las referencias familiares, más fidedignas, sólo conceden la transcendencia debida a un simple extravío de la criatura, por negligencia del ama seca a
que estaba encomendada. Todo compañero de escuela de Lázaro pretende recordar ahora mentidos pormenores de su niñez, queriendo ver
en ellos señales ciertas de su estrella maravillosa. La crítica histórica no
acierta a verificar en esta leyenda ningún hecho anterior al año en que
Lázaro cumplió los diez y siete.
Un mes escaso le faltaba para terminar el bachillerato, cuando una
noche de primavera se escapó del colegio, y echando a correr camino
ÁZARO

tJ

Diaoo

-441

�LA PLUMA

11

de su pueblo, entró en él a la mañana, con un arriero que le cobijó en
su carro, compadecido de tan exageradas miserias como el muchacho
contó que le hacían pasar !os frailes. Furibundo su padre ante la callada con que respondía a cuantas solicitudes se le hicieron para que declarase los motivos de la escapatoria, a punto estuvo Lázaro de dar con
sus huesos en un correccional. De que le libró la intercesión de su madre, cuya susceptibilidad nerviosa era menester sortear de continuo con
mimos y halagos. Prometió Lázaro revalidarse aquel mismo septiembre,
mediante la lección diaria de don Terencio el maestro, que en tiempos
se la había dado de primeras letras. Y todo fué paz en el Chalet, nombre
con que ya empezaba a conocerse la que los viejos del lugar llamaban
todavía la Casa Grande, de las dos en que se dividía, surcado de pleitos y rencillas inmemoriales, el solar de la familia principal del pueblo.
Reacio el muchacho a sujetarse a nuevas tutelas frailunas, temerosos doña Salomé y don Samuel, sus padres, de los peligros de la vida
estudiantil en cualquier ciudad universitaria, quedóse Lázaro en su casa
aquel invierno, en ánimo de seguir repasando con el bueno de don Terencio las tres asignaturas del preparatorio de Derecho. Mas, engañado
de la facilidad con que hasta entonces había salvado cursos y exámenes,
dejó pasar lo más del tiempo en cazas menores, partidas de tute arrastrao, rondas moceriles y paseos holgazanes por los Porches arriba y
abajo; con lo que, llegado el otro junio, cosechó con crece_s las calabazas que su desidia, junto con la lenidad del maestrillo, habían sembrado.
Perdida Lázaro la moral, y su padre la paciencia y el tino que hu_
bieran sido menester para encarrilar su voluntad, fué el chico dando
traspiés de una en otra vocación fugaz, sin empeño fijo. Hasta parar en
que, pues era el sólo varón de la casa, y muchos los cuidados que esta
necesitaba, ningún mejor empleo para su actividad que el atender a la
hacienda propia. Excelente pretexto para seguir criando galgos con que
correr liebres.
Y aún hubieran transigido doña Salomé y don Samuel con la poca
afición del muchacho a cualquier clase de trabajo, a no dar Lázaro en

LA PLUM A.

.l

cortejar a su prima fa leoncilla, tal llamada de público, no por su fiereza, que antes bien era de carácter apacible, más por ser de la casa y
linaje de los Leones, que así se conocía a su madre, sus tías y su tío don
León, cuyo nombre de pila, heredado por tradición de sus antepasados,
dábaselo a toda la familia. Los Leones y sus irreconciliables enemigos y
parientes del Chalet, convirtiéronse, pues, por aquellos amoríos, en los .
Capuletos y Montescos de una Verona insospechada en el mapa moral
de España.
.
.
Diéronse prisa doña Salomé y don Samuel a cortar el hilo sutil de
los sueños de Lázaro y la leoncilla, y so pretexto de imponer al chico e::i
la dirección del molino harinero que constituía una de ' las rentas más
saneadas de la Casa Grande, me lo desterraron a diez leguas del pueblo.
Sin precaver los mayores males qtie podía acarrear tal acicate al olvido de su pasión ingenua. Pues despierta la capacidad amatoria del
mancebo, y golosa por demás a la vista la de una hija del molinero, que
le decían Marica la Rufa, cuando quisieron proveer fuera ya tarde, a no
dotar con cierta largueza a la mozuela para casarla con un sacristán,
consentido de puro bobo, o de puro avisado.
Ni fué esto sólo. Que para subvenir a la timba que con otros amigos
solía armar en el propio molino, cuando no se jugaba los cuartos por
las ferias de los alrededores, llegó a vender clandestinamente algunas
partidas del trigo y la harina de su padre. De suerte que al entrar Lá~ro en quintas, determinó don Samuel para castigarle que fuera a servir
al rey.
No obstante comprendiera doña Salomé las razones que al padre
asistían para tratar a su hijo con aquel rigor, rebelábanse en contra _los
maternales impulsos del ánimo, traducidos en ayes, lloros y sopo~c1os,
combatidos a fuerza de oler éter. Sobre que su natural amor propio no
se avenía a renunciar al orgullo que tenía puesto en su hijo frente a sus
primas las leonas. Amor propio harto más ~e~e en don_ Samuel, pr~meramente por su condición de catalán, y en ultimo término por su situación de advenedizo a las diferencias entre la familia de su mujer. Al
llegar al pueblo años atrás, viajando en comisión por una casa de San
443

�LA PLUMA
Feliú de Guixols, calculó artero su cortejo a la Salomita, que fué con el
tiempo doña Salomé, y se casó con ella, ahondando más la boda la división con los Leones, iniciada de antiguo por la de no sé qué bienes de
remota herencia. Y aunque la convivencia con sus enemigos y la animosidad siempre viva de su mujer contra ellos le hacia participar del
enojo familiar, era su actitud a tal respecto un tanto postiza y forzada.
En aquella ocasión, a dejarse llevar de su intención primera, Lázaro hubiera ido sin apelación al cuartel. Cedió, con todo, don Samuel a los
requerimientos de su mujer, y consintió en que, por mediación de los
Jesuitas, el coronel del regimiento a que fué destinado Lizaro, de guarnición en Barcelona, lo reclamara para su asistencia.
La casa del coronel daba poco que hacer, y la coronela, además, si
al principio :i.parentó tratarle igual que al otro asistente, pronto le declaró la verdad de su situación, distinguiéndole sobremanera e intercediendo con el coronel para que no extremase con él los rigores de la disciplina militar. Linda no desmentía su nombre, característico de la isla
de Cuba, donde había visto la luz, cuyo esplendor añoraba. Suave, melosa, y en ese punto de irresistible gachonería de las mujeres extremadamente sensuales rayanas en los treinta-el coronel le llevaba veinte,
consumidos los más de ellos en pacientes estudios histórico-críticos de
las campañas de César-, Linda se enamoró de Lázaro, cuya mocedad
granaba en ese desenfado exuberante, propio de la juventud sana. Empezaron cantando ella, a lo que era muy aficionada, las cancioncillas
que él le acompañaba de oído al piano, con graciosisimo desparpajo.
Y acabaron fugándose en un vaporcito costero, que se hizo a la mar
en plena revuelta, el último día de la semana trágica de 1909, el mismo en que Lázaro con su coronel debía embarcar para la guerra de
Melilla.
En Marsella, donde desembarcaron confundidos con unos incendiarios de los conventos de Barcelona, corrieron los chamizos del puerto,
compla..:iéndose, con estúpida alegria estudiantil, en hundir la mirada
torpe en aquellos bajos prostíbulos encanallados por el perfume vicioso
de .tan diversos climas como vierten allí su veneno.
444

l

L A P L U :\1 A

1
1.
1

1

1

Con el dinero que Linda había sacado de Barcelona, al que añadieron el que les produjo la pignoración de sus alhajas, continuaron la
ruta de Niza y Montecarlo. Soplóles el viento de la buena suerte, y ya
bien repleta la cartera de miles de francos, entráronse por la n ·v1tra italiana cuando las viñas que enguirnaldan aquellos campos empezaban a
tomar los encendidos oros del otoño.
Dieron en Milán y en su Galería de Víctor-Manuel, rumoroso mercado· del arte lírico, con un aprendiz de cantante, antiguo conocido de la
coronela. El cual acabó por llevárselos a vivir con él a una casa de huéspedes, regida por una española vieja, soprano en sus buenos tiempos, y
zurcidora de voluntades, so pretexto de agenciarse a concertar las de
empresarios y artistas en ciernes. La Garcini, pseudónimo con que la
patrona había italianizado su españolísimo apellido, consiguió a la vuelta de pocos meses que Linda, cediendo a las instancias de un director
de ópera barata, y deslumbrada por la luz de la batería, se lanzara a
cantar Cannen, cuando ya los dineros de las alha1as y de Monte Cario
empezaban a escasear.
No pudo Lázaro resistir, en un resto de hispano donjuanismo, aquella prueba a que Linda, mujer .al fin, quiso someterle pretendiendo
compaginar el amor y el interés. Sin más oficio ni beneficio que el que
pudiera repotarle su vocación de púgil profesional, a que se asió como
última esperanza, tomó sin despedirse de ella el tren de París. Y en París entró con el año de once y muy poco dinero en el bolsillo.
El estruendoso tumulto de la capital del mundo le conturbó el ánimo. Por primera vez sentíase sólo. Nos remitimos en este punto a una
carta de Lázaro a un su antiguo compañero de colegio, de fecha posterior, pero en que se hace referencia a esta data y otras decisivas en su
vida. Dice así, copiada a la letra:
«Querido C: Adiós. Me voy a la guerra, ¿cómo Mambrú? No te rías.
Es en serio. Ya ves que vuelvo a escribirte al cabo del tiempo. Perdona
que no lo haya hecho desde que nos encontramos después de tantos
años. Cuando te marchaste volví a sentir la misma tremenda soledad
tic mi llegada a París. Te debo, no sólo dinero, sino fa confianza en mí
445

�LA PLUMA

LA PLUMA
mismo, que perdí apenas te fuiste, y con la confianza el puesto que me
proporcionaste en casa del editor judío. Aquello no era para m!. Sudaba de tal manera el puñado de francos que me daba que, la verdad, en
cuanto tuve un respiro volví a las andadas. ¡No comprendo cómo hay
quien se dedique a la literatura! ¡Sobre todo a traducir! Volví a las andadas, y como ya estaba desentrenado del boxeo, se me ocurrió en mala
hora meterme a hacer películas. No quieras saber. Es una explotación.
No es verdad que paguen tanto y cuanto. Hay que levantarse temprano.
Nada, que no serví.
¡Para qué te voy a decir dónde fui a parar, cuesta abajo siempre! Lo
menos malo que hice fué cargar y descargar banastas en los mercados,
de cinco de la mañana a seis de la tarde. En fin, que me voy a la guerra. ¡Yo que de ninguna manera quise, incluso arriesgando el pellejo,
ir a pelear con los moros! Aún me queda un resto de ideal. Porque el
caso es que no he solicitado mi admisión en la legión extranjera porque
esté desesperadísimo. Ahora me iba bastante bien. Una amiga mía me
proporcionó el año pasado una plaza de croupier en el casino de Trouvil1e, donde hice el verano. Es una mujer como sólo se encuentran en
Francia. En España, por lo que me dicen, ya va habiendo algunas así.
Pero a la gente le choca todavía que los ministros se casen con ellas. No
tiene razón la gente.
Bueno, adiós, acuérdate de mí, y adviértele a mi novia que fué, de
quien he sabido que sigue soltera y en el pueblo, que si me matan, ella
-será quien reciba la sortija de sello que llevo puesta. Al pie te van su:.
señas y las mías por ahora.
Tuyo, con un abrazo, Lázaro.»
Cuando corrió por el pueblo la noticia del alistamien :o de Lázaro en
los ejércitos aliados contra Alemania, recrudecióse el encono entre los
partidos león y grande, adscritos a la sazón, con su particular fisonomía,
a la nueva división estratégica de la Península en germanófila y francófila. Cuyos límites vino a confirmar Lázaro con el designio en favor de
.su antigua novia, que trocaba las perspectivas sentimentales de la cues446

tión. Pues soliviantado de nuevo el ánimo belicoso de los contendientes, hubo de renegar don Samuel de aquel hijo que así subvertía toda
ley de obediencia, y afirmar, con denuedo parejo del de Guzmán el
Bueno, su fe en la justicia encarnada en la espada del káiser angélico;
en tanto los leones llegaban a disculpar sus alocadas correrías en gracia
.a haber tomado Lázaro partido por los aliados, de cuya causa eran ello,
los principales valedores en el lugar, no por otra razón que el llevar la
contraria a sus primos; y doña Salomé, trabajada de encontradas pasiones, redoblaba sus ayes y se asfixiaba en continuos ahogos cardiacos.
'
De tiempo en tiempo llegaban al pueblo confusas referencias de las
acciones guerreras más importantes, siempre a base de una fantástica
intervención, decisiva las más de las veces, del hijo pródigo de la Casa
Grande. Súpose que había estado herido, que tenía ya una citación, que
era sargento. El compañero de colegio, a quien debemos la carta anterior, logró verle con motivo de una expedición de periodistas neutrales
al frente francés.
No estaba contento. La tremenda realidad de la trinchera había agotado su capacidad de entusiasmo por la aventura, harto monótona. Sentía, sobre todo, la angustia de no saber nada de la guerra de que hablaban los periódicos.
El mismo día que se supo en el pueblo de Lázaro la derrota alemana, celebrada con general regocijo de los Leones, pero sin repique general de campanas, por la acendrada adhesión del arcipreste a la Casa
Grande, recibió la leonálla un paquete postal con la indicación de procedencia de la Oficina de Informaciones del ministerio de la Guerra de
Francia. La muchacha, al abrirlo y descubrir la fatídica sortija de sello
que Lázaro le prometiera, se dejó caer sin sentido.II.-LEVANTATE Y ANDA
Lázaro era el primogénito, el hereu y único varón de los tres hijos
.q ue constituían la familia de don Samuel y doña Salomé. Sus hermanas
447

�LA PLUMA

L A PLUMA
Marta y Maria, muy niñas aún cuando Lázaro abandonó la casa paterna sustraídas al conocimiento de lo que había pasado, a no ser lo que
ati~baban al descuido o sabían por indiscreción de criadas y amigas solícitas en demasía, viéronse de pronto envueltas en el tráfago que de
punta a cabo soliviantó el Chalet y el pueblo todo, una vez c~mprobad,a
la muerte del hijo pródigo. A las puertas de ella estuvo dona Salome,
pugnando el corazón por escapársele del p~cho en pos de ~ázaro, contra
los médicos que, inhumanos, lograron su¡etarla a esta vida. Don Samuel anonadado, no tuvo fuerzas sino para sacarlas de flaqueza y,
com; un autómata, seguir asistiendo diariamente al escritorio, donde
acudían engañados sus míseros deudores esperando encontrarlo, con ~I
dolor más blando a sus súplicas. Pero el judío catalán antes parec1a
halla; consuelo en vengar con tercas negativas la muerte de Lázaro, en
que no les cabía culpa alguna a los infelices que habían de pagarla con
su dinero. Marta tuvo que hacerse cargo de la casa, correr con lutos y
funerales, acomodar, en fin, el duelo familiar a los usos y costumbres
establecidas en el pueblo. María, la más pequeña, que acababa de cumplir quince años, cayó como en éxtasis doloroso.
Recluida como se halla hoy, por invencible voluntad propia, en un
convento; pendiente de revisión el proceso de Jesús Nazareo?, cu~a. ~árbara condena suscitó la protesta unánime de todos los pa1ses clVlhzados; en suspenso las garantías científicas que ha mcnes~er el estudioso,
no hemos vacilado en recoger, siquiera sea provisionalmente, cuantos.
testimonios de la conciencia popular puedan aportar alguna luz al esclarecimiento de los sucesos objeto de nuestra investigación.
Transcribimos, a tal efecto, el siguiente romance obtenido de viva
voz entre los judíos espáñoles de Oriente emigrados a los Estados Unidos huyendo de la gran guerra, y que ~on raras variantes_ se co~serva
asimismo en las regiones hurdanas, segun leemos en el cunoso opusculo
El rey en /as Batuecas por Uno de a ple, pseudónimo_ ~r~s de que s~
oculta, sin duda, un agudo crítico cuanto filólogo erud1t1s1mo. He aqu,
rl romance:
(Faltan versos.)

...... ...... .......... ............................
..................................................
.....................................................

1
1

Entrando el tercero día que ya que es muerto se sabe
los sus deudos y amigos le hacían funerale
todos cantándole a una obispos y cardenales
que sólo faltaba el Papa que de Roma nunca sale.
Tocada de negra pena allí iba la su madre,
su padre que era judío y catalán de linaje.
(Hay otra laguna.)

........... ......... ... ... . ............. ..........
¿En dónde estaba María que no pisaba la calle?
Encerradica en su cuarto sin hacer más que rezalle
cerrados ojos y boca, huyendo la luz y el aire
no quería beber agua no quería comer pane
tan baja la color tiene como sin gota de sangre.
Aceptó a pasar Jesús con sus hábitos de fraile
todo de blanco vestido como cura ante el altare
sin cíngulo que le ciña sin báculo ni misale
como le pintan andando por el mar de Tiberiade.
Allí oyerais a Jesús que se para a preguntalle:
qué llorais la linda niña con tan callado llorare
esas lágrimas que os ruedan como cuentas de cristale
si llorais por vuestro padre si llorais por vuestra madre
si llorais por el amor de un bizarro capitane.
La niña así de que oyó la voz sobrenaturale
desfalleció que no supo si era sueño o realidade:
Allí hablara Jesús por ganar su voluntade.
Por tu nombre de María la niña quiero llamarte
te llamaré la una vez y aún la segunda te vale
,i la tercera callabas Dios Padre te lo demande.
Allí hablara la niña sin acertar a tratalle:
Estas lágrimas que lloro no son por padre ni madre
XXIX

..

449

�LA PLUMA

LA PLUMA
ni por ningún capitán nin novio para casare
que un hermano que tenía del otro lado del mare
matáronmelo en la guerra los pérfidos alemanes
matáronmelo a traición alevosos y cobardes
sin poderse confesar nin el alma encomendare
que ahora estará en el infierno por los sus pecados grandes
salvo si hacéis un milagro que lo devuelva a este v_alle
yo os lo pido buen Jesús que lo traigais Dios mediante
que yo os prometo mi amor y sólo con ~~s casare
para ser la vuestra esclava y esposa_espmtu~le.
De que os de guardar siempre rendida fidehda_de
pongo por testigo a Dios vuestro padre celest1ale.
Hasta qué punto concuerda con la realidad la versión transcrita, n~
es cosa que nos cumpla dilucidar ahora, ni compro~ar las notabl~s diferencias con el relato del extr.:1ordinario suceso segun el evangelio de
SanJuan(cap. 11,vers.31ysig.)
,
.
.
Pero si consideramos pertinente, por mas que este en _l~ ~emona d_e
todos copiar aquí la información sensacional de un penod1co de Pans
de fe~ha posterior al romance, cuyo relato continúa en cierto modo:

«¿Alemanes

O

bolcheviques? - La tumba del soldado de11conocido bárbaramente violada.

Poseídos aún de la emoción que han de compartir con nosotr&lt;'s el
pueblo de París, toda Francia, nuestros aliados y el mundo entero, ~ea~
nuestras primeras palabras de protesta y excitación .ª los Poderes pubhcos para ver de castigar el salvaje atentado cometido esta ~adrug~da
ante el Arco de la Estrella. La tumba del soldado desconocido ha sido
bárbaramente violada; los gloriosos despojos que encerraba han ~esaparecido A la hora en que escribimos estas lineas los autores no an
·
· lo de tal , que la
sido habidos.
Se asegura, y recogemos el rumor a t1tu
Policía tiene una pista que estima segura.

EL SUCESO

Esta mañana, entre seis y siete, el guarda del Arco y encargado espe.
cial de la vigilancia del monumento al héroe desconocido, observó, al
hacer el barrido diario, evidentes señales de que alguien había hollado la
tumba durante la noche, en ánimo, a lo que creyó primeramente, de
lucrarse con las flores que adornan el sepulcro, óbolo renovado cuanto
piadoso que sin cesar ofrendan personajes y vulgo anónimo (reciente está
la visita del emperador de Anam) a la memoria de nuestros gloriosos
muertos.
Comunicado que hubo sus temores a su mujer, apresuráronse a dar
parte al puesto de Policía más próximo, de donde, sin pérdida de tiempo, se destacaron cuatro parejas al mando de un cabo, quienes pudie.
ron comprobar luego la triste realidad de los temores del guarda. Pronto
cundió la noticia por el aristocrático barrio, y transmitida desde allí a
todo París, a media mañana era tal la cantidad de público congregada
en aquellos alrededores, que fué necesario m ,ntar un servicio de orden
para contener a los curiosos y facilitar la labor de la Comisaría y el Juzgado correspondientes. Constituido éste, a las doce, en el lugar del suceso, se procedió a la requisa de la sepultura, que se halló vacía, a no
ser las flores y coronas que los profanadores habían dejado en revuelta
confusión sobre el féretro, cuya tapa aparecía forzada. Dato curioso, los
primeros que descendieron a la tumba afirman haber percibido un gratísimo olor a incienso .
LO QUE HAN VISTO UNOS TRAS'iOCHADORES

Nadie se explica cómo dado Jo muy concurrido del sitio en que se
halla la tumba, aún habiendo escogido los profanadores, para su criminal fechoría, las horas más solitarias de la madrugada, han podido llevar
a cabo su intento sin que nadie lo estorbase. ¿Tenían preparado el golpe
de mano? De todas suertes, han tardado necesariamente en levantar la
pesada lápida, descender a la tumba, forzar la caja mortuoria y escapar
con la fúnebre carga.

�LA

t

PLUMA

A última hora de la mañana se han presentado a declarar espontáneamente hasta cinco o seis jóvenes, ingleses tres de ellos, uno frapcés
y dos: rumanos, que acompañados de sus res~ectivas pa:ejas, salían a
eso de las cinco de la madrugada de un dancing establecido en una de
las avenidas próximas. Aseguran haber visto, desde cierta distancia, un
automóvil parado ante el Arco, al que subían tres, al parecer mujeres dos de ellas vestidas de blanco. El automóvil tomó, a gran velocidad, la dirección de los Campos Elíseos. Un momento después cruzaron ellos la plaza, y aunque es verdad que no se detuvieron, nada anormal observaron. Los seis han quedado detenidos e incomunicados, así
como el guarda y su mujer.
°¿BOLCHEVIQUES O ALEMANES?

Henos aquí, a raíz de la victoria, ante la repetición, con may~r escarnio del robo de la Gioconda antes de la guerra. ¿Es que el cnmen
ha de ~uedar impune? Por si la Policía no lo sabe ¿ignora el Gobierno
las maquinaciones y complots que minan nuevamente el sagrado s~elo
de Francia para hacernos otra vez víctima~ de nuestro ~ecula: descuido?
•Se tiene conocimiento en los centros oficiales de la ex1stenc1a en pleno
iarís de una sucursal de la «A. A. A.» (Acción Anárquica Analfabeta),
organizada por los Soviets de Rusia para la propag~nda revolucionaria
en el Extranjero, en franca connivencia con la «Ho Ho&gt; (~osan_na Hohenzollern), asociación pangermánica de los contrarrevoluc1onanos alemanes? Nada más por hoy. ¡Alerta!»
Según el informe médico de los cinco doctores que vieron a María
la hermana de Lázaro, en éxtasis, al parecer hipnótico, dc..c;de la noc_he
en que se recibió la noticia de la muerte del muchacho hasta la man~na del quinto día, sufría un fuerte acceso histérico, con síntomas evidentes de epilepsia larvada, padecimiento que, por otra parte, no se había manifestado en ella hasta la fecha.
La ermitaña del Cristo de la Luz, capilla a extramuros del pueblo,

LA PLUMA
donde se venera úna imagen milagrosa, de que es devota toda la comarca, asegura· _hab_er vi_s!o a la señorita María entrar en la ermita y saludar1~ con ~na mchnac1on de cabeza, uno de los días que permaneció extát1ca y a1ena a toda solicitación exterior, encerrada en casa. La mujer
confiesa que no volvió a verla salir, pese a no haberse movido de la
puerta donde estaba haciendo punto de media. La fecha coincide con
las p~imeras manifestaciones milagrosas del Cristo de Limpias y, lo que
es mas sorp~ende~te, con la maravillosa traslación acaecida en )a capilla de Yasnaia Pohana, en Rusia, residencia que fué del Conde Tolstoi
a la sazón ocupada por los campesinos revolucionarios. En ese mism~
día y a la misn:ia hora, computadas las diferencias de la Europa Oriental con la Occidental y el Calendario Griego con el Romano, una imagen del Crucificado de tamaño natural, se desclavó como por ensalmo
del m_adero, descendió, sangrándole los pies, fuese a la sacristía, sacó de
un ca16n un alba y vistiendo sus desnudeces salió andando camino adeIa_n~e. Lq cual atestiguan hasta diez personas que de una en otra comu~1caro~se el prodigio a sus primeras señales, sin acertar, detenidos por
insensible fuerza, a oponer la menor resistencia al designio del Cristo.

* * *
Cuatro personas suelen disputarse, a falta de gacetas, la prioridad en
saber y propalar en el pueblo de Lázaro cuanto se cuece del Mercadillo
a la Lonja vieja y de los Porches a la Colegiata: Anuncia la peinadora,
cuyo oficio mañanero parece facultarle especialmente para el ejercicio
de su cometido principal de noticiera, de que es sólo pretexto el de pei~ar a sus clientes; la tía Correa, mujer del Corno, antiguo peatón en los
tiempos en que había de ir a recogerlo a la estación próxima del mismo
tren que hoy llega al pueblo, y repartidor en la actualidad de la correspondencia; la señá Erótida la Paradora, como siguen apodando a la patrona de la Fonda Nueva del Comercio, los que se obstinan en no ver a
través de su flamante rótulo, sino el Antiguo Parador de Afuera; Bartolo el barbero, en fin, en cuya tienda acostumbra reunirse a diario buen
453

,.

�LA PL UMA
golpe de contertulios, que sólo de vez en vez se sirven de la barbería
para otra cosa que no sea charlar, comentar, tijeretear, entreteniendo
el tiempo,
La suerte quiso, una vez más, que fuese Anuncia quien se llevara la
palma en punto a fijar las circunstancias de la vuelta de Lázaro el resucitado a la casa paterna. De sus propios labios hemos oíJo los mismos
pormenores que constan en autos de la información judicial abierta en
consecuencia:
Las ocho daban en el reloj de la Colegiata cuando la peinadora entraba en el zaguán-jo/ que le dicen-del Clzatet. A tiempo que bajaban
la escalera el médico don Saturio y su colega del pueblo próximo. Don
Saturio acostumbraba saludar a la peinadora, a quien había conocido
niña siendo él ya maduro, con piropos protectores como: «¿Adónde bueno la picoterilla resalada?» «Anda, corre, que se te va la lengua.» «Qué
sabe la gracia de Dios•, y otros por el orden, muestra todos ellos del reconocimiento implícito de sus dotes de investigación. Pues aquella mañana, tan enfrascado iba, que si Anuncia no le detiene, amparada de la
confianza de otras veces, ni para mientes en ella.
Anuncia le detuvo para preguntarle por María. Y sólo obtuvo una
respuesta rápida, de que seguía lo mismo: Como dormida, pero despierta, muy abiertos los ojos y boca arriba en la cama, donde le habían
acostado rígida como una muerta cuatro días atrás, cuando la encontraron mirándose fija fija al espejo; ella, que tan poco se cuidaba de acicalarse como suelen hacerlo las muchachas de su edad.
Subió Anuncia a peinar a Marta; doña Salomé apenas si se movía
día y noche del sillón donde yacía medio ahogada, que ni aun acostarse le era dado. Y Marta confirmó lo que ya el médico le había dicho de
su hermana. Marta se lamentaba con la peinadora de la mala fortuna
que como un ave negra parecía cernerse sobre su casa dándole la mala
sombra de sus alas. Y era tanto el afán que ponía en reducir a las normas corrientes el duelo, por demás extraordinario, que a todos traía
anonades en el Chalet, que su misma actividad enérgica servíale de lenitivo, y hasta parecía inmunizarle contra el contagio de aquel dolor.
4S4

LA PLUMA
Peinándola estaba Anuncia y refiriéndole murmuraciones y cabildeos, a cuenta sobre todo de sus parientes los Leones, de quienes, por
mediación del Prior de los Padres habían recibido la noticia de la muerte de Lázaro, cuando se oyeron agudos gritos de mujer hacia el fondo
del pasillo a que daba la puerta del tocador donde Marta y Anuncia se
hallaban. Quedaron ambas suspensas un momento poniendo atención
a los gritos, que se acercaban por momentos; levantóse Marta con el
pelo suelto aún, y al ir a salir tras ella la peinadora, se precipita en la
habitación una de las criadas, q ue era quien daba tales voces:
- ¡La señorita, la señorita, que habla como loca!
Corrieron las tres a la alcoba de María, donde ya llegaba a su vez
don Samuel todo trémulo, en tanto acudían otra criada, la lavandera y
el hortelano, al reclamo del tumulto y en socorro de doña Salomé, que
pugnaba, ahogándose y llamando también a todos, por ir con su hija.
La cual, viendo entrar precipitadamente a su hermana, a su padre, a
la peinadora, a la criada que había dado el aviso, procurando calmarlos
con pausado movimiento de una mano, que parecía costarle mucho
trabajo levantar de la colcha, sobre que yacía el otro brazo inerte a lo
largo del cuerpo, dijo ~on voz cansada, como de convaleciente:
-No os asustéis, que no pasa nada. He llamado a ésa-y señaló a la
doncella-para que vaya a despertar a Lázaro, que me ha dicho que
quiere, ahora que puede hacer vida de campo, aprovechar las mañanas.
Ya sabéis que le gusta que le abran una de las maderas del balcón nada
más, de modo que no le dé el sol en la cara.
El primer momento fué de estupor. Don Samuel, juzgando que su
hija había perdido por completo la razón, abrazóse a ella llorando . Marta y la peinadora tuvieron que hacer grandes esfuerzos para separarle
de ella y que no la ahogase. Cuando consiguieron apartarle de allí y
mandarle con su mujer, diéronse una y otra a conllevar el delirio de
María, que atribuía su hermana al mismo histerismo nervioso, que, por
efecto de la impresión sufrida con la muerte de Lázaro, habíale tenido
tan postrada. En vano la muchacha repetía que no estaba loca ni soñando, y que no tenían más que ir al cuarto de su hermano y conven455

�LA PLUMA

LA PLUMA
cerse. Creían que la fuerza del dolor le había borrado la memoria de
aquellos días atrás y de todos los años que el hijo pródigo faltaba de su
casa, retrotrayéndole a los ya lejanos en que salió del Colegio -y ella era
una niña, que no podía acordarse tampoco.
Ya iba el hortelano en busca del médico otra vez, corriendo a la par
por el pueblo de puerta en puerta la noticia del despertar terrible de
María. Sonó en esto en la casa un timbre que la doncella creyó llamamiento de los señores, a cuya habitación fué diligentísima. Como allí
le dijeron atribulados doña Salomé y don Samuel que nadie llamaba,
bajó a la puerta de la calle, en la que no vió a nadie, volvió a subir, sin
que el timbre callara, y ya se precipitaban todos de nuevo de una parte
a otra sin saber dónde acudir, cuando se oyó clara y distintamente una
voz velada por la distancia que podía naber hasta la alcoba que fué de
Lázaro, clamando al par que una mano impaciente golpeaba por dentro la puerta de la habitación:
-Pero ¿qué pasa? ¡Abridme! ¡Acabo de oir las nueve en el reloj de la
Colegiata! ¿Quién ha cerrado la puerta por fuera? ¡Vamos! ¡Mica! ¡Abre
Mica!
Micaela se llamaba el ama de cría que fué de Lázaro, muerta al servicio de la casa todavía, de la peste que asoló al pueblo al tercer año de
la guerra.
Ill.-COSAS DEL OTRO MUNDO
Yo fui, en calidad de escribano de actuaciones, acompañando a).
juez especial nombrado para entender en lo que se llamó «La Causa del
resucitado•.
Llegamos al alborotado pueblo en el tren de la mañana. Durante el
viaje no oímos hablar de otra cosa. El juez y yo, sin dejar traslucir
nuestra misión, escuchábamos atentos. Quién, aceptaba a cierra ojos la
evidencia del suceso sobrenatural; quién, desconfiaba de cuanto se decía atribuyéndolo a manejos electorales de tal o clial cacique; creíanl1t
los unos en nombres de Dios y como señal manifiesta de su divino po-

./

-d er; negaban los otros su posibilidad en nombre de Dios también, por
acatar las severas disposiciones del alto clero contrarias a la validez de
un milagro producido fuer1.&amp; de toda jurisdicción; se aducían doctrinas
científicas pretendiendo explicar tan extraordinarios acontecimientos y
las consecuencias que de ellos se siguieron, como un vasto contagio hiperestésico de alucinación colectiva; se alegaban textos admitiendo la
interpretación espiritista de tales fenómenos con la hipótesis de un desdoblamiento de María, la hermana de Lázaro, y aun de la posibilidad
&lt;le la aparición del muerto, reencarnado por pocos días en la misma envoltura corporal que había tenido en vida; se cruzaban apuestas; se enzarzaban disputas. Nunca la opinión española se pronunció con tal entusiasmo, en pro y en contra, salvo en la guerra carlista o en tomo a
dos toreros rivales. El pueblo «presentaba-al decir de un diario localel aspecto de las ferias más animadas». El comercio hizo su agosto, y
no faltó quien aventurara maliciosamente la probabilidad de una confabulación de mercaderes-a que suele llamarse «fuerzas vi vas»-para
implantar una Lourdes ibérica sobre las ruinas morales del Pilar de Zaragoza, el sepulcro de Santiago y la Pradera de San Isidro. El gobernador, a instancias del alcalde, mandó un piquete de la Guardia civil para
garantir el orden póblico.
Fuimos a la fonda, de donde nos trasladamos al Juzgado para instruir las primeras diligencias. El rumor popular propagó la novedad de
nuestra llegada, lo que acabó de soliviantar los ánimos, harto excitados
ya. Hubo una procesión del Cristo de la Luz, sin permiso del Obispo
ni más responsabilidad que la del ecónomo adjunto a la ermita, en acción de gracias al cielo por el señalado favor que dispensaba al pueblo,
devolviéndole a su «hijo predilecto» honor concedido a Lázaro en sesión extraordinaria del Ayuntamiento con el voto en contra de los concejales Leones. Se organizó una manifestación republicana, como protesta contra la pasividad de las autoridades locales ante los desmanes de
la reacción fanática.
Copiada queda en síntesis la declaración de Anuncia la peinadora.
Por el Juzgado desfilaron, en espontánea información, cuantos tenían a
45T

�LA PLUMA
gala contribuir al esclarecimiento del suceso con su testimonio, falso
casi siempre. Fué menester después que una pareja de a caballo nos
abriera paso hasta la puerta del Chalet donde se agolpaban insensatos
los curiosos vociferando. Las habitaciones de la planta baja estaban llenas de amigos y allegados, en hábito y continente de duelo. En tanto
advertían de nuestra llegada al dueño de lá casa, Marta nos recirió en un
despacho, del cual desalojó a cuantos estaban.
Marta declaró la primera. Parecía muy serena. Vestía un traje de
tonos claros. Contestaba con seguridad. Y sugirió con un sentido que
pudiéramos llamar terrenal la explicación más humana: ¿qué noticia
cierta tenían de la muerte de su hermano, si no era la transmitida, de
acuerdo con un antiguo compañero de Lázaro, por su novia de un día la
Jeoncilla? ¿No era una manera de volver a su casa el hijo pródigo sin
que su padre pudiera cerrarle la puerta-y la gaveta-el dárselas de resucitado, superchería a que había de ayudar con toda su buena fe y su
misticismo loco su hermana María?
Su hermana María se presentó temblando, los ojos en el suelo, las
manos juntas, ruborosa y pálida a cada pregunta, vestida de negro. No
hubo modo de que declarara otra cosa que su fe en Dios y en Jesús su
divino hijo, por cuya intercesión había vuelto a la vida su hermano
Lázaro. Dulce Jesús, Jesús alabado, Jesús mío, Jesús me valga, fueron
las únicas palabras que pudimos arrancarle en consonancia con lo que
el Juez le preguntaba; pues no obstante el abus&lt;&gt; que de ellas suele hacerse las haya desprovisto de su sentido religioso y pese a la intención
de María la hermana de Lázaro de soslayar toda respuesta categórica, le
delató el acendrado entusiasmo, rayano en el deliquio, con que escudaba su mutismo tras de aquellas sólitas frases.
Declaró don Samuel exculpando la severidad, tal vez excesiva, con
que había tratado antaño a su hijo por encaminarle al bien. Y rehuyó
una opinión explícita que pudiera orientar al juez en el caso concreto
de la supuesta resurrección, si bien se inclinó a admitir como buena la
hipótesis de la desaparición de Lázaro del campamento francés donde le dieron por muerto y donde con otros heridos graves pudieron

LA P L U ,\J A
hacerle prisioneros los alemanes. Las penalidades sufridas por escapar
al cautiverio, ¿no eran bastante para perder, siquiera fuese temporalmente, la memoria y alterar el funcio!'lamiento normal de la mente?
Don Samuel se adhería con tal suposición a la ingeniosa teoría expuesta por un catedrático de Medicina Legal en cierta sonada conferencia en
el Ateneo de Madrid.
Doña Salomé, rompiendo su amor de madre por entre los hipos,
lloros, ayes, ahogos y suspiros del histérico. no supo decir más sino que,
habiendo recobrado al hijo que creía perdido para siempre, su sola vista le aplacaba todo deseo de saber cómo ello había sido, por lo que nos
rogaba a los que teníamos encomendado por ministerio de la ley esclarecer la Justicia, que dejáramos hacer a Dios la suya sin meternos en
más averiguaciones.
Consideró pertinente el juez efectuar un careo entre la leondlla, presunta cómplice del resucitado, con el propio Lázaro. Como éste, convaleciente aún de las heridas que le causaron la muerte en el campo de
batalla, no se hallaba, según dictamen de los forenses, en disposición de
salir de su domicilio, se intentó la diligencia en el Chalet adonde llegó
la muchacha acompañada del Prior de los Padres, de la Superiora de
las Hermanitas y de don Dámaso el abogado de los Leones, que por
neutrales los dos primeros en la contienda familiar y en cumplimiento
el otro de su deber profesional, podían, sin menoscabo de la dignidad
propia ni abdicación de sus convicciones, entrar en casa de don Samuel
viniendo de la de enfrente.
Presentes la leoncilla y sus valedores, llamó el juez a su presencia al
interfecto. Pude advertir que su novia de un tiempo, no bien oyó pronunciar el nombre de Lázaro, apretó con fuerza las manos de la monja
que atenta permanecía a su lado.
Lázaro apareció en el umbral del despacho. Digo que apareció y
aún fuera más propio decir que se apareció; tan espectral era su aspecto. No sabría decir cómo iba vestido, ni si andaba o se deslizaba como
una sombra. Recuerdo que las facciones de su rostro palidísimo, sus
movimientros de brazos y piernas, no ie acusaban delimitados en una
459

�L A PLUMA

L A PLUMA
.atmósfera clara. Una sonrisa que intentara, por leve que fuese, desdibu'ábale el rostro diluyendo la expresión y borrando súbitamente sus ras¡
'
.
d.
gos característicos. Su estatura, su volumen, parec1an aumentar o 1sminuir a medida que avanzaba una pierna o la retiraba para dar un
paso adelante o atrás.
.
. .
Pero lo inefable era la voz, sorda, sin matiz, sin tono, y, sobre todo,
desproporcionadísima con la distancia a que se h~llaba de nosotros. No
porque hablara alto O bajo, mas porque no ~arec1a yroceder de su boca,
ni aun de su cuerpo, es decir, que no la tenia loc~hzada aparentemente
como algunas personas en el estómago, o _en el vientre,_ o estra_n_gulada
en la garganta, 0 subida a la cabeza, o alo¡ada en la nan~, o ~~1e~~osele por los ojos, pero que surgía, envolviéndole, de no ~e que mv1s1bles
receptáculos flotando en derredor nu stro. _Era_ como s1 en ve~ de alzar
la voz O bajarla, se alejara, no en la d1stanc1~ sm.o en prof~~d1dad, o se
.acercara hasta parecernos que nuestro propio 01do la em1t1a._ Algo semejante a esas cabezas figuradas, metidas dentro de una ca¡a, que el
ventrílocuo de circo abre y cierra paulatinamente a la par que modula
sus palabras con un efecto de alejamiento o proximidad para demostrar
su fenomenal maestría.
. . . ..
No esperó a que el juez le interrogara ni a nadie saludo n'. p1d10 venia para empezar a declarar, con tal rapidez e incansable aliento, ~ual
si no hubiera menester la breve pausa que yo necesitara para seguirle.
Pese a la imposibilidad en que me ví de transcribir sus pala?ras~ apareció luego su declaración, escrita de mi letra ya ~ue no ~e ~1 puno..
-«No es fácil-dijo luego Lázaro-que el digno senor ¡uez en e¡ercicio de las atribuciones que la ley le confiere, ni los demás presentes
que con él me escuchan, puedan, así de primera~, ponerse a. tono co~migo. Ni yo mismo logro relacionar las ap?rtac1ones de mi _memona
ordenándolas con una lógica adecuada al tiempo y al espacio en que
los mortales viven. No veo, sin embargo, otro modo de ayud_ar al repr~sentante de la Justicia en la investigación que se p~opone, sin~ el de ir
exponiendo los hechos físicos y psíquicos cuya pasión ~e atane. Declarándolos, consigo, además, reducir a términos asequibles a la mutua

7

comprensión las inefables experiencias a que la fatalidad me tiene sujeto .
~una voz imperiosa, de acento irrefable, me ha sacado de las tinieblas del sueño en que mi conciencia, dispersa, andaba a tientas. Esa voz,
cuyos ecos parecíanme resonar en una bóveda fría, decíame: «Lázaro,
levántate y anda~. Había en ella no sé que dulces inflexiones que en el
fondo de m1 ánimo dormido, adonde la voz llegaba mansa, se confun dían con el recuerdo que el tiempo día tras día había ido acumulando
de la voz maternal interrumpiendo mi sueño mañanero: «Anda, hijo,
Lázaro, levántate que son las diez~. Sentía al mismo tiempo aquel suave resplandor que, al abrir mi madre las maderas del balcón, me hería
los párpados iluminándome los ojos por dentro con sólo el calor del sol.
~y empecé a soñar a sabiendas, haciendo equilibrios en la raya inmaterial que separa por la mañana Jo real de lo soñado. Soñé que estaba enterrado vivo. No, enterrado vivo no. Cuando alguien se da a pensar en tan atroz posibilidad, se atormenta sólo con imaginar el tremendo suplicio que sería hallarse bajo tierra, sujeto por una mortaja, rígido
en el ataúd y con el deseo y la voluntad libres. Y yo no experimentaba
martirio tan terrible, sino 1a sensación voluptuosa de quien descansa
mecido en un sueño profundo. Este pensamiento: «Estoy enterrado
vivo~ era tan puro en mí, me lo formulaba tan desprovisto de toda contingencia utilitaria que pudiese implicar dolor físico alguno, que no me
hacía mella en el ánimo. Es más, decir lo que ahora digo es inexacto
por falta de elementos expresivos. Mal podía ese pensamiento ni ningún otro hacer mella en el ánimo, lo cual supondría la existencia del
ánimo, de los sentimientos, sensaciones e ideas armonizados a que llamamos tal, considerándolo en el todo indivisible del espíritu humano
encerrado en los límites del cuerpo mortal. No; no pueden el señor juez
ni ninguno de los presentes darse cuenta de lo que quiere decir un pensamiento puro desligado de toda relación con otros pensamientos, com~
un resto de memoria asido a la experiencia de un hombre cadáver ya.
-.Estoy enterrado vivo.~ Por este hilo fuí sacando poco a poco el
ovillo de mis recuerdos personales. «Me van a comer los gusanos~ pensé después. Pero sin sobresalto. Y empecé, sin valerme de las manos.

�LA PLUMA

LA PLUMA
materialmente, a comprobar por el tacto la integridad de mi propio cadáver. El dominio de los sentidos, sin necesidad de emplear los órganos
a que en vida estén afectos, es otra de las sensaciones cuya explicación
me parece imposible. Se puede, no obstante, ver a cierra ojos, oír con
la sordera total de la muerte, oler con las naric&lt;'s taponadas con el fétido algodón en rama de las funerarias, gustar sin mover la lengua ni
tragar saliva, tocar sin manos ni pies.
«Fui comprobando, repito, la integridad de mi propio cadáver. No
me comían los gusanos. Estaba entero. Me palpé bien las piernas, el pecho: no me faltaba nada. De pronto sentí cierto calorcillo flúido: saqué
las manos llenas de sangre. Si, no me cabía duda, se me salían las tripas. Me llevé las manos a la cabeza. ¡Horror! ¡Ah, qué desgarramiento
instantáneo! ¿Me había cogido la descarga? En el mismo momento del
vuelo porque estaba volando, señor juez-, en el preciso instante del
vuelo fué sólo un instante, señor juez-, al perder el peso de la conciencia, vi en una llamarada, sentí en un espasmo, cuanto había visto

y sentido.

»Renuncio a explicarlo. No me entienden ustedes. En la Naturaleza
nada se pierde, han dicho los sabios. Todo estaba allí, en mi recuerdo.
Verá el señor juez cómo fué: Yo no podía resistir más la trinchera.
Y eché a correr, eché a correr como un loco para entregarme; las manos en alto. Corriendo, corriendo, perdí tierra bajo los pies; me subí al
tren de un salto inverosímil. En París había olvidado ya todo lo sucedido; mejor dicho, no puedo precisar s1 lo había olvidado todo o no me
había sucedido aún; me vi haciendo cola en la oficina de alistamiento,
sentado ante la ruleta de Trouv1lle y diciendo estúpidamente: «Rien ne
va plus•. Cocó me besaba en la boca. Perdón, señor juez. Cocó era mi
mejor amiga. Sin ella ¿cómo me hubiera librado nunca de las garras de
Raoul-la-Philosophie? Raoul-la-Philosophie era un apache, señor juez.
No serví para el oficio; es incómodo Me volví a Milán. No puedo referir, ajustándolas a la medida usual del tiempo y del espacio, repito, las peripecias de mi viaje aéreo. Pretendo contar unas después de
otras impresiones que viví en un segundo. ¿Simple recuerdo de la vida

1

{

que se ap~rece a la ':onciencia en los últimos instantes? Quizá baste eso
para explica~. el fenomeno. Nunca para dar idea, siquiera fuese lejana,
de_ la sensac1on que se experimenta, como si, disgregados los pensam1~ntos a~umulados en la mente, a punto de perderse en la nada del
Umverso mmemorial, revivieran todo lo vivido y lo soñado lo r r d
I ·
'bl
.
,
ea iza o
y o 1m~os1 e, sin que se pudiera separar la intención del acto; cada
pensamiento, ~ada sensación, cada partícula del alma, siguiendo el hilo
de su ex1stenc1a propia, con la misma fuerza el recuerdo del primer beso
d_e amor que la mcmo~ia est~pida del estornudo de un gato en u n día
sm claroscuro de la primera mfancia.
»'.'Ji responde ahora tampoco mi declaración a la verdad de mis últi11tQs momentos. A_hora ya he conseguido, mal que bien, asociar lo que
una granada hab1a disperso al destrozarme el vientre y tirar mi cabeza
por el alto. A~1ora, por e!empl~, destaco perfectamente de aquel número
de r~cuer~~s iguales en 10tens1dad, el que me sirve para reconstruir mi
contm_uac1on perso~al en_ ~l orden humano, dentro de la jerarquía física
y sentimental de m1 fam1ha: la fatal oposición a mi padre.
»Estoy seguro de que mi padre no se ha enterado de nada. Y, sin embargo,. tuve con él un~ ~ntrevista emocionante. Entrevista que yo sé
muy _bien que no ha ex1st1do en el orden del tiempo con la misma evid_enc1a que otr.:&gt;s encuentros con él. Entrevista que yo no me explico
smo_ como la concreción, en un deseo supremo, de la voluntad que m;
h~b1era llevado algún día al extremo de abordarle como entonces lo
hice zn mente. Mi padre, en aquel momento de mi ascensión delirante al
ot_ro mundo, m~ ~ecibió en su escritorio sin dejar de despachar con los
clientes q~e sohc1taban su usuraria ayuda económica. Me presenté a él
como el d1a que me escapé del colegio. Y como entonces, sostuvimos
una ~onvers~ción sin atadero. Sólo que ahora era yo el que hablaba y
él quien rumiaba pensamientos ajenos a mi intención. De la misma manera que entonces fué él quien habló iracundo y yo quien callé soslayando su menuda requisitoria. e Te has matado-me dijo no más-. Te
has matado.» Y el pobre hombre lloraba; pero la razón que en quel momento supremo se manifestaba elocuente, aducía: c¿Ves? ¿No te lo de463

�J.A PLUMA
.
l héroe? ¡Toma heroicidades!• Yo Je concia yo? ¿Por que has hech? e "bl que no me entiendas? Mira. Había
testé: «Padre, padre, ¿sera _pos1 heb' os cantado un himno: • Viva el
"d I
t'c·ón de premios, a iam
.
s1 o a ~epar i i
.
de la clase había recitado una poes~a en
padre director•, y el pn'?1ero
l
erdo perfectamente: La prtmera
honor de Cervantes. Se utulabla, o recu o eran suyos que eran del Pa.
L'da T d sabíamos que os versos n
.ra t . o os
1·
t ra Por la noche, cuando ya nos
dre Curiambro, el profesor d_eb itera ~ez~ndo alineados de rodillas a lo
íbamos a acostar, y según esta ~mos t me di¡·o al oído: «Lázaro, )eld
·t ·o el Padre mspec or
.
largo de ormi on ,
. ~
é
el breviario, que debo haberYántate; anda, ve al Paramn o ydtra me ·os en el último banco de la izmelo dejado _duran~e el repar;:me !~~l:~acilenta que alumbraba en el
quierda. • Ba¡é comen~o. La de ~an Estanislao de Kotchsk.a empujaba
recodo del claustro la image~
d
El Paraninfo estaba a oscuras.
mi sombra vacilante contra as pare es. t ba la luna y me inundó la
,
por cuyo montante en ra
·
.
Abn la ventan_a,
n los rillos un cri-crí tan agudo, que hacia
Primavera. Le¡os, cantaba
g
ento callado de codos en l?. venllorar a las estrellas. Me estuv~ un mol~da Salté al huerto de un brinco.
D
to pensé· La primera .ra i •
d .d
tana. _e pron
. .
M i uió durante mucho tiempo el la n o
El portillo estaba abierto. e s g
y
padre cómo no podía es'
d 1 perros del campo. a veS,
alerte de. to mes
os os
,
.
.
el bachillerato para salir ael
ni
un
d1a
mas
a
termmar
perar m un
,
colegio.
d
i padre ya no se acordaba. Me dijo:
,Me di cuenta entonces e ~:\;hé a llorar como un niño. Como un
• Yo te hablaba ~e la guerra.&gt;
M apretaban las narices para que
niño que no quiere tomar una pur~~o e ué risa!, como un recién nacíabriera la boca. y lloraba gan~uea b' ¡~s del ama chupándole goloso
do. Me dormí pe~ueño, p~que;;~ e\c~:rme en la ~una, me desperté.
un pezón. Al retirarme e pe
y
.
t' . de la cama
Oí dar las nueve en el relojf~ed la C~le~o1:::yy :~le~t~as de todas. clases.
tonccs he su n o ve¡ac1
d
D d
,. es e e~ .
.
todos los eriodistas, i:etratarme to os
Han pretendido mterviuvar~e t do todoflos partidos, contratarme tolos fotógrafos, presentari:ne dd1pu a
dar conferencias con proyecciodas las empresas de vaneda es ) ' para

L ,-\ P L U ~l A

nes, todas las Universidades americanas. Los médicos se disputan mi
cadáver redivivo. Fruncido el entrecejo, una mano metida entre las solapas de la levita, atrás la otra como Napoleones, pretenden los más
volterianos que soy un simple traficante de imposturas mejor o peor urdidas; los menos dados a compro'lleter una opinión, un catalépico. Los
incrédulos me piden definiciones concretas de la otra vida. No les basta
que yo les diga sinceramente que no es vida ni tiene definición posible .
Los creyentes desean ver confirmadas sus esperanzas de una existencia
ultraterrena de acuerdo con las pinturas más inocentes del Paraíso.
Y aun entre estos últimos andan las opiniones divididas sobre si la música celestial de las orquestas seráficas ha de ser a base de la quinta sinfonía o de la suite en re. Tengo hace días un secretario exclusivamente
destinado a contestar las tarjetas postales en que remotas coleccionist:1s
me piden un pensamiento autógrafo. Me he visto precisado a adoptar
en general los versos de Santa Teresa, que me vienen como anillo al
dedo: «Vivo sin vivir en mi y muero porque no muero.•
•En cuanto a Jesús Nazareno, no le cono:1co ni de vista. Están, por
lo tanto, desprovistos de todo fundamento los rumores acogidos, con
diversa intención, por la Prensa de la izquierda o de la derecha, referentes a mi aquiescencia a la campaña de Galileo con miras políticas en
relación con las próximas elecciones. Protesto tanto o más contra esa
campaña cuanto que mi reintegración al mundo de los vivos no ha sido
acompañada de las inexcusables garantías humanas que son menester
para la mutua convivencia social. Desde mi resurrección no me pertenezco, no me debo a mi mismo, no se me otorga la simple condición
de ciudadado libre. Por si no bastaba la inaguantable solicitud con que
familiares y amigos se disputaban mi nueva existencia, se me ha pre
sentado incluso mi mayor enemigo, dispuesto a cancelar, pues que mi
muerte borró toda diferencia entre nosotros, los rencores que mantenían
viva nuestra disparidad irreconciliable. No hay, no puede haber tormento mayor que este de ver aniquilada la memoria propia, hasta el punto
de perdonar la enemistad eterna. Tan duro es el suplicio, que me he frotado los ojos muchas veces por convencerme de que, en efecto, he revi-

XXX

�J

L .-\ PLUMA
vido y que no estoy en el peor de los infiernos, en el limbo de losinocentes.
Ved si no, aturrullados representantes de la justicia menos humana,
el espectáculo que ofrece mi casa, donde, por la rapidez del milagro y
lo insólito del suceso, nadie sabe atemperar sus actitudes a la emoción
debida. Y hay quien duda entre si llorar o reír alborozado. No ha mucho que las plañideras han venido a cobrar el llanto que hicieron en mi
servicio fúnebre. Sólo mi madre parece, por su gozoso martirio, haberme parido de nuevo ... &gt;
Don Dámaso, en ésto, interrumpiendo a Lázaro, se dirigió al juez,
que no menos confuso que yo, escuchaba sin pestañear el alegato del
resucitado. Y dentro de los términos de la ley se permitió preguntarle
cómo se entendía que pudiera Lázaro responder a ningún requerimiento judicial sin personalidad que le capacitara. Que mal podía si estaba
muerto, según las correspondientes partidas de defunción en Francia y
en España, declarar como vivo ni menos sostener careos con nadie hasta
que una ley especialísima y extraconstitucional no diera validez a las resurrecciones.
Volviéndose a estas palabras el interfecto adonde su novia estaba,
desfallecida casi sobre la monja, sq acompañante, prorrumpió con voz
horrísona, a que acompañaba hórrida máscara de sarcasmo: «Si estoy
muerto o no, lo diga mi amor, deshojando esa margarita más.&gt; Y atrayendo hacia sí a la muchacha, salvando la distancia que los separaba,
sólo con alargar el brazo a doble o triple alcance del que parecía corresponder a su tamaño, le dió un beso en la boca.
-Está frío-murr,rnró la !to11cilla, trocando como por ensalmo su
espanto por una expresión de inocente simplicidad-. Está frío.
Y sin dar lugar a que se repusieran de la sorpresa el fraile ni la superiora, poco habituados a reaccionar tan violentamente como las circunstancias requerían, sin que don Dámaso tuviera tiempo de solicitar
auxilio alguno, corriendo por entre la gente que cuchicheaba en el vestíbulo, salió al jardín y pasó al huerto en pos de Lázaro que, desnudo
y ágil, la precedía huyendo como satírico fantasma.
~

466

LA PLUMA
~i ?ºr la ventana o por la chimenea
.
.
la tun1ca, que se dejó prendida de
, nadie le vimos salir, ni perder
hubo a la alberca, se zambulló 1 una zarza. Todos tras él, JJegado que
La leoncilla dió en reír en • ~vanta~do una gran salpicadura.
,
reir, a liempo
.
nu d arse. En tanto el ho t 1
.
que 1igera pretendía desre ano se arro¡ab 1
rrando el aire los gritos de doña Salomé
a~ agua, y se oían desgamurmuraba calladamente con
. . , Marsa, de rodilJas a mi lado
expres1on beat 'fi
,
• E 1 cuerpo de Lázaro no fué hall d p
i ca: «¡Dulce Jesús mío!,
trola corriente de la alberca por u/ º·. reten~en los más que le arrasen tiempo de los árabes daba salºd a mina antlgua, hoy inundada que
I a secreta
1 1
•
una trad1· . .
a a a cazaba del otro lado
d el monte, seoún
~
c1on oral no co
b d
La leoncilla sigue riéndose, mientras
.
se mpro
de
da a. .
en una celda del manicomio de...
snu a y viste de continuo
C. R1vAs Cm:RrF.

FIN

�LA P L U ~l A

ARTHUR SCHN ITZLER
(LA ESCUELA

VIENESA y

LA )iQVELA PSICOLÓGICA)

le faltaba a Ja novela alemana.
europ~a. era lo q~e
tales osaban hacer de ello un
Criticuelos e_ idiotas sen~1m:o~. Grimmelhausen era aún alg?
mérito espec1~l: Se~:~s A.1!mania Central tenía una marav1grande, y la_ ep1c~
l Perdióse arrebozóse en lo auto~iollosa matena ~mversa :
erso~ales no arrastraba consigo
ráfico y el canal del d~stmo de vidas de la rosa no fueron ar~d~s
~I mundo y la existencia¡ Losdc~p;a tradici6n-el delirio de lo md1sino rayados. No había a a ver a h~sta Thomas l\1ann-, sino que era
vidual corría desde~- ~- Mey~~ca acidad ue frisaba osadam~nt~ con
impotencia y renunciamientoL
ierioridad se proclamaba a s1 misma
la obstinación del nodquerrj s!c:~ fueoo espiritual de los ale!11a~~~ Y
como tipo y guarda ora e. .
e lo buscaban en lo qmmen~o,
escarnec1a a los grandes _sohtanos q~ aislamiento. Más honrado y d1gterreno en el cua1 lo cultivaban, ed s de haber sido incapaz, durante
no es la confesión ?e haber ~eca. ºn{os del espíritu. Las razones se exdecenios, de cumphr los man am1e
.
.
plican por sí mismas.
d I vida no se deduce del estilo m1~mo,
Pues el estilo del arte y e a ó . s que fluyendo a su tra,·es_, se
sino de hostigadoras fuerzas arml n;~:as en 'Europa; Francia, R~sia y
alzan tras él. No son, e~fi genera ~te Acaso la militarística Rusta ha
Austria las poseen mam ~stamFon~ane aunque sólo como corr~ctor
hecho con ellas hasta al m1smod más Al~mania no estaba ya en s1tuade la insuficiencia. Pero pr
~ los bávaros, badenses y suavos no
ci6n de poseerlas. 1:a tra ich n r cuna literatura universal, y sólo proera lo bastante cósmica para ace

[I

LENITUD

f

~g

dujo una cpigónica guardia de poetas locales que reputaban por estilo,
por fuerza torrencial y formadora, a las costumbres, esa perezosa mezcla de pensamientos hereditarios y comodidad. La literatura alemana
no necesita estar orgullosa de Frau Supper, Herrn Finkh, Herrn von
Bodmann. Absorben aún algo de fuerza corrompida en la tumba del
siempre grande Gottfried Keller. Hermano Hesse es quien es digno de
ser discutido en esta serie, el cual, aun9ue sucesor en este terreno de la
manera de escribir, se extiende más alla de lo únicamente literario con
un espíritu idílico sur-alt&gt;mán y un prestigio de raras opiniones. Es uno
de aquellos alemanes que, aun cuando siempre les permanezca ajena la
manera de ser del mundo y anchura y profundidad del destino, alcanzan una belleza casi clásica y vuelven a zambullirse en los tiempos juveniles. Hay que considerar toda la obra y la vida de un pensamiento
ya de antiguo artístico. Capacidad para grandes complejos de creación
también la poseen otros después de Keller. Carl Hauptmann se reduce
a una sensibilidad impresionista, con frecuencia tierna y dulce, pero
siempre desordenada. Stehr, que en realidad tiene a veces algo realmente penetrante, es uno de los menos capacitados, aunque en él
siempre se trate de grandes dimensiones, y que jamás puede traer a
unidad lo naturalista y lo visionario. Tiene manos siempre temblorosas
y no alcanza a realizar cosa alguna. Schaffener gusta de insertar reflexivamente el círculo de ideas de la época en el curso de la acción, pero
permanece en la sombra, diluido, aburrido, pesado, mostrando su impotencia. Lo más fuerte y viril de todos elfos aparece en Wilhclm
Schafer. Aquí vuelve a acumularse lo procedt!nte de KeUer co::1 un
oscuro ardor masculino y trata de dar forma arquitectónica a Jo propio
de su generación y a lo eterno con aquella validez general de lo supernacional. No obstante, está fuera del tiempo, muéstrase aquietado de
un modo harto contranatural en un tiempo de estáticas búsquedas. Es
una buena tradición, aunque no la del espíritu investigador, sino una
forma de vida, que no esta hoy penetrada por el satánico borboteo de
la evolución, y que más tarde tampoco será típica, cuando el suelo general de la cultura vuelva a ser clásico; esto es, dotado de claridad.
Pues sólo puede aquietarse lo que estaba antes en movimiento. Y lo
otro se hará fósil porque siempre fué pacífico y sólo por las viejas venas
le corre aún a veces un aliento de fuego. Todos estos son artistas de
cierta categoría, algunos de mucha, por su poder cr~ador, pero no enlazados en aquella mística conexión con la conciencia del mundo y con
sus transformaciones, que, sea como quiera, crean lo representativo.
Para esto se precisa una raigambre profunda y jugosa. No sólo una
-469

�L:\ PLU MA

continuidad en la producción de la forma: estar arraigado en lo esencial, en lo popular, en las aguas subterráneas, en el jugo de ideas del
suelo popular. Para esto se precisa una cultura, no sólo capacidad productiva y flexibilidad como de goma en la manera de escribir y concebir.
Con el creciente excepticismo y la vanidad interna, con la conciencia de la forma negativa de la pasada época, comenzaron perturbaciones en la ingeniosa construcción del relato de los clásicos sur-alemanes. Influyeron los escandinavos. No se comprendió la magnitud de
Hamsum, y, lo mismo que a van Gogh los pintores, tuviéronfo los literatos por un impresionista, igual que a los sutiles daneses Bang y Jakobsen. De todo esto resultó una mezcla de impresionismo con buen
juicio como en Bahr, con virtuosismo como en Kellermann, con aperfUS como en Altenberg. Con las sorprendentes y excesivamente bien
acogidas ciencias naturales fueron rebajadas las almas a la categoría de
preparados. La poesía cayó en servidumbre; tuvo temas de análisis químicos, de diagnósticos medicinales. Hubo casos clínicos que fueron Ji.
teralmente asunto de representación. Desde Ibsen hasta Hans Heinz
Ewers no es muy largo el camino. A Wassermann lo salvó su gran talento, apartado tambien de tales bajezas espirituales.
A Schnitzler lo salvó Viena, lo hizo representativo.
Ha habido en la Alemania prusiana muchas bromas para despreciar
el Austria. Si la combinación política era imposible, poseía, sin embargo, una cultura ampliamente reflexiva. Al decir «rococo&gt; se piensa en
la armonía de las cosas desde el bidet a la tragedia. Al decirle a uno
Viena ocurre lo propio. Hay aquí, sin que su valor deba ser calculado,
una cultura de la cual no tienen ni huella los alemanes. Allí y en las
montañas bávaras, en Inglaterra, en Estocolmo, hase dotado a lo germánico de los ejes de su expresión en el mundo. Por todas partes hay
allí corrección, un selecto principio puesto en ejecución, paisaje, costumbres y espíritu y hombres que traer a una unidad, que llevar bien
cobijados a través de las combatientes épocas. Lo vienés es lo más débil de ello, pero es algo definido. Teatro, manjares, dessous femeninos,
y mentalidad y formas sociales tienen el mismo ritmo unificador. Si
hablan los prusianos de sus Grandes Electores, de los gestos de Federico,
de deber, y casta, y espíritu, se trata de esta o aquella actitud, de la defensa, la coquetería y hábitos de una casta dominante que, a veces, en
su unilateralidad, se ha poetizado en ciertas sorprendentes formas, pero
que no posee ninguna amplitud, ninguna base vital, ningún jugo popular, cosa quizá muy digna de asombrar pero sencillamente abomina-

L A PLUM .-\
ble. Lo que ~e ~xtiendc entre las estirpes de las montañas de Baviera,
donde ~n !111st1co z~mo del suel? hace al hombr~ g1andc y engarzado
en el pa1sa1e, y Suecia, es caos e 10cultura. Es asombroso en sus erróneas carreras, sus ~randes . hechos heroicos, sus sacrificios y mártires
para formar u~ esulo aleman. Pero aún no es nada. Lo que aparta a la
actua\ gener:1c1ón de la ~nterior y de toda la escuela de Keller es, en lo
esenc!~l, la idea de servir a este fin y vivir de nu ~vo como dilatada generac1on.
Porq~~ ~ólo fuera de ese complejo puede ser comprendido Schnitzler, es d1ftc1l. l\egar pl~_namente a él y a su significación. Lo mismo que,
no por una uni;~ acc1on _a los hombres y a las mujeres, según un sólo
abrazo, no e~ l_1c1to con~1derarlo por esta o aquella exteriorización. El
c~mcepto sena 1~sul~o e 10fantil. Lo mismo que para el hombre, sólo la
vida entera es criterio y saldo de cuentas, y para la mujer haber gozado
:igotadoramente de ella hasta los últimos limites del alma y del cuerpo
en este poeta sólo lo es el ha~er cogid? en las manos y sopesádola toda
obr3: sono~a, rotunda y maciza. No importa un miembro, sino toda la
tensión. S1 s~ P:1lpa hasta ta.n lejos, de los muchos rebozos surge primero el_ J?~esent1m1ento, de~pucs el contorno, por último la tersa forma. Su
trad1c10n,_ su porte, su c1.u_d ad, su fuerza, es la atmósfera que respira, lo
q_ue lo alienta en lo poht1co, lo oscurece melancólic;. mente, lo seduce
tiernamente, lo excita y lo satisface: Viena. Esto es su arte. Ambiente
como figuras. Exterioridad y penetración. Rendidas y amadas. Forma y
amor. Por lo tanto: su sensibilidad del mundo.
Natualmente que _el c_uerpo vienés, comparando su desarrollo con el
del mundo, no_ es nmgun gran. mundo. Pero como Schnitzler es proJuct? suyo! recibe su sello, Jo mismo que Paris se formó un Musset, y
detras d~l tierno mundo de Tchekof, tan próximo al gracioso y de suave colorido de Schnitzler, se alza la gran tristeza espiritual del oriente
eslavo. J.,o_s alemanes c~een con frecuencia e~tar cerca de una gran cultura el 1m1tar ~o extran¡ero y los hombres están orgullosos de que los taJles de. sus mu¡cres lleven faldas que sólo convienen a caderas francesas.
Se esta entre _no_sotros en un _grado aun mayor en la imitación, pero no
e~ el apren_d1za.1e. Las austri_acas y las suecas tienen sus faldas propias,
cierto q~e 10sp1radas en occidente, pero cierto también que acomodadas or&amp;ani ~amente a la forma de la vida, del carácter y del muslo. Y
hasta el ~as espant~so embrollo de los talleres vieneses, en los tiempos
Je la t.ernble care~c1a de forma, tenía siempre un estilo.
As1 se caracteriza la obra de Schnitzler, surge a veces vi vamente impregnada de aroma, fluye otras con tenuidad; pero jamás ha llegado a

1;

471
470

�l. A P L U l\J A

,

una definitiva y plena ejecució~ . Se puede destrozar por completo cad_a
cosa aislada suya. Pero de un hbro a otro, ton~ tras_~ono, en una plenitud siempre nueva, en una forma cada vez mas cemda, se v~ construyendo una melodía fundamental. Esta y la otra parte de la cmdad, los
latidos del corazón humano en la altura y en las profundidades de las
capas del aire, las excitaciones, desde la sonrisa al dolor, sólo 1_1n movimiento de secundos y, sin embargo, todo queda comprendido entre
ellos .. . así se entrega a su tiempo. El escepticismo de! su época lo coloca a cierta distancia de lo que crea y aunque_ todos sus eJement~s ~acen
de él un maravilloso ejemplar de sus pro_pie~ades. ~s1 . mane¡a el sus
figuras, no sin mezclar su sangre en sus exc1tac1ones, smtiendo algo se~timentalmente sus caídas, tragando sus _placeres y grandezas con el tragico grito de la duda en la trém_ula mune,ea y algo de ~ofa en torno.ª
los labios. En esta oscura serenidad fluctuan las evoluciones del Destino. Es tratado poéticamente el _espa~io que va de ~o ~iudad_a,no a lo humano el terreno de la existencia. Sm voluntad. Sm mtenc1on. La obra
recibe' repentinamente la significación de val?r gene~al que imprit?e el
arte más alto. Dentro de cién años se tomaran los hbros de Schmtzler
como medida del tiempo, y se dirá: -Así era Austri~-.
No es poco. Está innegablemente por la, construc~ion y al~ura y r~sonancia fuera de la marca de los otros. En estos se unifica casi exclusivamente (excepto en Keyserling) obra y tiempo y pueblo. Pero no se desprende de ello el pronunciar un juicio sobre el valo~ de es_t~ época de
vida y tiempo. Ei; el mórbido miembro final de una d1soluc10n, el bello
momento antes de un punto final, el sentimie_nto d_el tiempo que tam bién antes de la guillotina se muestra et?polvado, vivaz y e_~ buena salud. La cima del arte de Schnitzler es, sm duda, una elevac10n muy pequeña al lado de Lessing, Laotse, Cervan~es, Ekkehard, Notker, Balzac.
Pero es a!ouicn, ese es su orgullo. Es su tiempo, que lo ha crea_do y formado de ºnuevo a él mismo. La cuestión del valor de Schmtzler no
hay que apuntarla solamente e~ la llanura artística, se anuncia paralelamente con la del valor de su tiempo.
.
Se cubren por completo uno a _otro,- ~o hay_ lugar a equivocarse: ~l
alicnoo de este arte es con frecuencia deb1l y sutilmente exhalado, sentiI!lientos de segunda mano, heroismo c?n ~ritos excesiv~s, ajenas materias en que sólo se presenta el acento vienes. El ntmo vital de estos trabajos no hace palpitar el corazón cálido, veloz y hondat?ente. E~ estas
novelas y cuentos se da la tierna y encantadora s_uperfic1e y !_as idas Y
venidas de inflamados corazones, y con frecuencia es lo uno igual a _lo
otro . Y, finalmente, ninguno de estos libros es por completo un si Y
472

LA PLUMA

i

r

ninguno un no. Sino que todo queda sentido y juzgado de un modo intermedio. Ese es el caso y el problema.
, _Pero no bien la cuestión surge, aparta el semblante, no se planta
ngida ante ~l hombre,. el creador, dependiente, sino muy lejos de él
ante la plemtud d~ s~ tiempo. Pues_ de ahí.viene él. Hacia allí se dirigen
ambos: el reconoc~~1~nto y la que¡a. 1:,0 unico yue hay que anunciar
acerca de_ él es e~ ¡mc10 ~e s~ humamdad. Que posee un indudable
amor h~c~a las criaturas d1bu¡a~as y mo~tradas por él, era un aliento
~emocratic~ en su obr_a ya en tiempos aun muy absolutistas. Esto ya no
tiene ahora unportancia, pero vuelve a designar la retornan te línea del
decoro. En esto no es ningún sectario extático ni activo, ningún csacador de consecuencias• . Sino que también en la oposición está lleno de
reservas. Intachabl~ como pocos, como apenas ninguno en su categoría,
fué su p1;1nto de_ v1st~ europeo durante la guerra. La gritería de odio y
los delmos nacionalistas no encontraron en él un heraldo. Tampo~o ~n lo artístico a_nduvo jamás a la busca de conjeturas, ni estuvo
¡a~as lleno de cambios como Gerhard Hauptmann. Intachable, disting~ud~ repr~s:ntante, no sólo de su tiempo y ciudad, sino de la conc1e~c1a_ art1st1ca, penetra ~n los nuevos tiempos, cuyos precursores y
guias t1~nen poco en ~?mun con su obra, con su atmósfera, pero cuya
~ran estima y venerac1on, cuyo saludo y aprecio es por el ardorosamente
bien recibido, como por todo hombre verdadero.
. ~a técnica de su manera de escribir, que analizaba el hombre y lo
adivinaba avanzando a tientas por sus nervios en vez de determinarlo,
q~e lo clavaba fi~memente con alfileres en lugar de arrebatarlo por lo ilimitado de lo divmo y lo humano, era la más cuidada y moderna antes
del tiempo «expresionístico». Viena criaba, a modo de conejos, legiones
en~eras de estos_ poetas de rango inferior. Schnitzler parece cada vez
mas, ya que el tiempo se ha deslizado entre sus obras y nosotros, como
su mejor y más sano representante. El valor de lá forma de arte que él
represe~ta, la frontera de toda la prosa psicológica se determina ya por
su propio confin. Es arte como todos, limitado como todos. Pero menos en el terreno de los asuntos y en lo ancho que hacía la altura.
Lo trágico, lo elemental, por lo tanto 1o que conmueve y afecta a
los hombres no puede surgir de él. Sólo amables consecuencias y voluntad de explicar en el mejor caso cuando ante el destino, la muerte y
la _eternidad no hay nada que decir en el fondo . Este arte no tiene embriaguez, no tiene una inmediata referencia a las grandes estrellas que
g~~an nuestra vida. No adivina, no se queja. No canta de júbilo como
pa¡aro. Es más bien ingenioso. No conoce lo inconmovible de todo es473

�LA PLUMA

LA PL U .\1 A

píritu determinado, pues describe su alrededor. Por último, no es sencillo. Tampoco quiere serlo. Tiene su medida, se extiende en su proporción. Con un cauto saber, no cae por falso orgullo más allá de las
fronteras de lo para él posible. Considerada en su totalidad, la ohra de
Schnitzler ocupa su puesto con dignidad y maestría. Las últimas magnitudes le son denegadas, pero eso no le preocupa. Dirígese por ello a
bastarse a sí mismo, a ser porteador no lanzador ni nuevo formador.
Quiere justicia ante su tiempo. El tiempo está en él como en un espejo.
Eso es mucho.
KASIMIR EnsCHMID.

BIOMBO JAPONÉS
Loto.
Como la IR.isa
flue tiene prisa
!Para ir a f.Misa
flbis .
9l,quel 'Genorio
C:ual un notorio
:Zar ilusorio
9&gt;ragón,
clonaja
!Para la caja
!Para la caja g la mortaia
l'Y él
flarolillo japonés,

(Traducción de Ramón M. Tcnrci ro.)

';I

CRUZ DE NOVIEMBRE
flechas ;}{oviembre. 93ruma esmeril
fhf.iro una Cruz. 'Veo la Cruz
'll obscuro el 9in.

~

Cristo en marfil. fMármol g fi'e
f.6lanca la piedra. flfosco el saíz
,, ¿:Dónde estaré? ¿$iempre seré?
-C:irio encendido. 'Garde esmeril
Como mi alma¡C:enizag luz/

(fJ a veces, solo
duda g esplín)
ANTONIO ESPINA

47S

�"(

1
J

&lt;!

CRÓNICAS LITERARIAS
BÉLGICA
no puede darse cuenta, a pesar de la rivalidad del catalán Y
del castellano, de la im.p ortancia, que me atrevería a llamar trágica, de un conflicto lingüístico como el que está planteado en Bélgica. El catalán no deja de ser, con todo, un movimiento regionalista; el flamenco, lengua tan antigua como el francés, es utilizado
desde la cuna por más de la mitad de la población. De mane ra que es fuerza
elegir entre dos soluciones: separatismo o bilingüismo.
· En la doctrina oficial por lo menos, el bilingüismo aparece contrapuesto a
las aspiraciont-s separatistas de buena parte &lt;le la población flamenca. Pero
es una paradoja predicar el empleo simultáneo de dos lenguas por un pueblo.
Un pueblo, sea el que quiera, no tiene nunca ni puede tener dos lenguas ma•
ternas, porque un pueblo-aunque esto se desconozca bastante, después de la
guerra-no es más que un conjunto de individuos, y un individuo, aunque
aprenda diez idiomas en su infancia, sólo puede poseer una lengua materna.
El sólo nombre de separatismo basta para enardece r a los que han absorbido el espíritu nacionalista, desarrollado en todas partes por la guerra, y
-creado enteramente en Bélgica. Se le mira, además, en su acepción extremista, es decir, como si condujese fatalmente a la guerra civil y a la división del
país en dos Estados independi.!ntes. De hecho, si se quisiera examinar el caso
razonablemente, sin pasión, sin prejuicios, sin cultivar el barullo, se echaría
de ver que el separatismo puede concebirse muy bien dentro del marco de
un Estado federativo, sólidamente organizado sobre la base de la unidad.

11

SPAÑA

LA PLUMA
Razonablem~nte, he dicho. La historia de Bélgica desde la guerra, muestra, por desgracia, que la solución razonable tropieza con la oposición desesperada de todos los partidos. Un alboroto sentimental se sustituye en todas
pa~tes al estudio objetivo de la situación, y con preocupaciones políticas
-mcluso las electorales-envenenan un problema que por su naturaleza debería estar a salvo de los regateos y de los compromisos. Desde que la disputa
de las lenguas se ha materializado en la cuestión de la universidad flamenca
f'S imposible discutir a sangre fría. Los fenómenos que se presentaron e~
Francia cor. ocasión del asunto Dreyfus, reaparecen en la Bélgica actual
a
.
1es se contesta rabiosamente con homilías sentimenta' y
1as h om1·¡·1as sent1menta
les, sin preocuparse de delimitar el conflicto.
P~eciso es reconocer que la política internacional-elemento satánico y
maldito entre todos-desempeña un papel importante en esta crisis; el Gobierno francés, que subvenciona a buena parte de la Prensa belga. desde que
por la aventura del Ruhr y otras, Bélgica se ha convertido en satélite cuando
no ea vasallo de Francia-moviliza la opinión pública contra todo lo que a su
entender puede disminuir el prestigio y la acción directa de la cultura france
sa en nuestras provincias. De ahí, toda una argumentación contra el flamenco
•vehículo de la cultura germánica•.
•
Estas presiones ocultas de Gobiernos extranjeros aguzdn las pasiones y
ahondan las heridas . Paralizan al Gobierno belga, y le condujeron a desentenderse d~l problem~ más grave planteado en la vida nacional. Sabido es que
esta sabia estrategia produjo su caída, y producirá, bajo apariencias nuevas,
un caos irremediable.
Un país colocado en una encrucijada lingüística, sólo puede subsistir adoptando ~na ~onstitución basada en la autonomía provincial. Abundan los ejemplos h1stóncos y contemporáneos que confirman esta lección. Pero nadie lo
toma en cuenta, y menos que n.tdie los pseudo- nacionalistas belgas, probando
así que son únicamente agentes de la política fraucesa. Poco a poco, como en
la Francia del dreyfusismo, el país se quiebra interiormente.
La cuestión de la Universidad de Gante absorbe hoy la atención de todos.
La vida intelectual que, acabada la guerra, renacía débilmente, decae cada
Yez n:ás. No sé si existen académicos y academias en Honolulu, pero estoy
cierto de que el pensamiento humano encuentra :tllí un campo más propicio
que en la Bélgica actual. ¡No se fíen de apariencias los extranjeros! Si prestan
crédito a ciertos informes de agencias y a las revistillas que nacen, mueren ..
477

�LA PLUMA
cambian de estado civil, renacen, desaparecen de nuevo, se fusionan, o se deshacen, podrán imaginarse que, en estos países de Flandes y Walonia existen
escritores simpáticos, o interesantes. ¡Que arrojen de sus cerebros tales ideas,
v rechacen con energía tales fábulas! La escuela literaria belga es una cosa
amorfa y ridícula, un conglomerado de jovenzuelos o de ancianos distinguidos
a quien las revistas y los editores franceses cierran rigurosamentf" sus puertas, y que pretenden alimentar la ilusión del trabajo y del triunfo .
Entiéndase bien: hablo de los escritores «belgas• cuyas Sociedades, Federaciones, Asociaciones y otros grupos alimentan los periódicos de este país
malaventurado. No hablo del grupo de artistas que, como ya he dicho, honran
las letras francesas actuales, entre los que figuran hombres como Crommelynck
y Baillon, o que la han honrado ayer, como Elskamp, Maeterlinck y Eekhoud·
No hablo tampoco del grupo flamenco, al que me referí en mi crónica anterior, y que, en conjunto, es muy superior en cohesióo y eo verdadera savia a
los escritores de lengua francesa.
La descomposición intelectual precederá casi inevitablemente a la descomposición política. Cuando se compara el movimiento artístico de 1923 con
el de 1f98, por ejemplo, se queda uno estupefacto, y edificado. En literatura,
Lemonnier, Picard, Verhaeren, Vao Lerberghe formaban núclos de interés y
atracción internacionales; en pintura, James Ensor y Henri Evenepoel; en
escultura, Constantin Meunier; en arquitectura, Henri van de Velde, inauguraban caminos nuevos y se hacían obedecer por la elite europea; en música, la
escuela belga revolucionaba la técnica e imponía sus lecdooes. Revistas como
L.i Société Nouvelle, de Brouez, agrupaban a los mejores espíritus de Francia,
Alemania, Holanda e Inglaterra. Fiel a sus tradiciones y a los imperiosos mandatos de la geografía, Bélgica cumplía sus funciones de intermediari.. , su papel
de encrucijada de Occidente,
Hoy, los elementos buenos huyen, y una muchedumbre de desventurados
ofrece al mundo el espectáculo de la impotencia y del odio. El conflicto de la
Universidad de Gante es, en este respeto, un símbolo horrendo.
Y, sin embargo, ¡qué importa la lengua en que un hombre se expresa, si el
hombre es una medianía y su cerebro flaquea! ¡Qué importa la lengua en que
está escrito un libro, si el libro es una obra maestra que enriquece a la humanidad! ¡Qué importa la lengua en que un maestro enseña, si sus discípulos no
confían en él! El idioma es un instrumento, y sólo vale en razón de quien lo
maneja. Esto, que es evidente para un pintor, debiera serlo también para un

LA PLUMA
filósofo, un poeta o un sabio, Sólo el alma importa, sea la de un hombre o la
de un pueblo, y lo demás pertenece a la política y al desprecio.
Que los tácticos del Parlamento denieguen u otorguen al pueblo flamenco
la Universidad íntegramente flamenca a que tiene derecho ante la historia;
que una campaña de Prensa pretenda humillarlo o no, cuando reclama un privilegio nunca rehusado a un pueblo libre; que las Academias luchen a fueria
de votos y de órdenes del día... ¡son cosas que se lleva el viento! Una es verdadera: Guido Gezelle, que escribió en un patois flamenco, es uno de los más
grandes poetas de siglo x1x; Verhaeren, que escribió en francés, ha salvado su
nombre del olvido, y dentro de diez años, los hombres no guardarán en su
memoria ni rastros de las polémicas miserables de estos ,lías.
PAuL CoL111.

FRANCIA

m

novela más a propósito de la guerra!... ·Pero cómo no hablar
del Reveil des morts, de Roland Dorgeles, que alcanza un éxito de
público considerable.
Con justicia se ha dicho que Roland Dorgeles es hoy el más
notable de los herederos de Emilio Zola. Si este último no hubiese muerto
antes de la guerra, habría escrito sin duda una novela de las regiones liberadas, angustiosa, grave y pintoresca a la vez, como esta novela de Dorgelei.
Estas tierras por decirlo así vírgenes, restituidas por el crimeo de los hombres al estado de naturaleza, en las que, trabajadores de todas las naciones se
afanan por reparar las ruinas, ofrecen un cuadro extraordinario de esfuerzo,
de codicia y de intrigas.
Chinos, kabilas, italianos, rusos, polacos, españoles, checoeslovacos, todas
las razas, todas las lenguas, sin hablar de corredores y zurupetos, de los industriales sin escrúpulos, de los traficantes en indemnizaciones de guerra, de
falsos sin;estrados, coa toda la banda de vividores de Europa que han acudido
a disputarse esta presa, ya casi despedazada. Setecientas mil casas que reconstruir, y millones de hectáreas que roturar: ¡magnífico cebo!
La parte descriptiva del libro de Dorgeles es muy notable, con su hormiNA

�LA P L U t.1 A

LA PLUMA
·
la muchedumbre ululante y trepidante,
gueo de personaJeS,
. y vastos cuadros
ill
· t dos al fresco. La intriga nos ha parecido menos fehz. Es harto sene a,
~::i:siado sencilla para nuestro gusto. Pero di~ícilmeote ~odia ser de otra
manera en una obra de este ;género, descriptiva y estudio de costumbres
al mismo tiempo; de todo!I modos, Roland Dorgeles ha escrito un hermoso
libro.

fecto, pero grave: carecerán precisamente de la unidad indispensable en una
obra de esa índole. Por otrd parte, los especialistas a quien se ha confiado el
trabajo, son hombres eminentes, cada uno en su linea; demasiado eminentes,
si hemos de decir nuestra impresión. Es de temer que escriban una obra retórica o una obra trivial.
Debe hacerse una excepción en favor de M. Henri Robert, que acaba de
publicar en esa colacción un volumen: L'Aoocat. Cou fina percepción psicológica, mucha habilidad, nutrido de consideracioues sociales interesantes, monsieur Henri Robert nos ofrece un bello resumen de lo que es, en estos tiempos, la vida de un ahogado de París. Desde el principiante hasta el decano,
sigue paso a paso las diversas especies del género, y de todas hace una descripción notable.

* * *
Hemos de ser más severos con La Brir!re, de M. Alphonse de Ch~teaubriant. Sabido es que este joven novelista obtuvo, hace uua docena de an~s, el
mio Goocourt con una obra, M. de Lou,·dines, que alcanzó gran éxito Y
pre
, t o, un a dt las meJ·ores
que era, en e,ec
. novelas ,de estos . últimos
_ años.
E lºbDesde
entonces, M. Al p bonse de Chateaubnant no hab1a producido n ..da. 1 1. ro
, que
ahora nos da no es, pues, improvisado; es una obra muy madurada, qu1zas con

º"

También es excelente el libro que ha escrito M. Jeao Rostand: Ignace
I Ecrivain. En este estudio, donde la ironía, el humor y el ingenio se juntan
para formar un todo seductor, M. Jean Rostand ha trazado un retrato veddico
y co:npleto del escritor de hoy.

exceso.
B t M. de Chateaubriant nos cuenta que ha vivido muchos. mese~ en re aoa,
en un país muy pintoresco, situado entre Nantes y St. Naza_1re, pa1s _panta~oso,
donde estudió los seres, las costumbres y la lengua, y se 1~pregn~, en c1_erto
odo de la atmósfera de la comarca. Acaso haya estado alh demasiado heme~ efecto, sin contacto con el público. Su libro se presenta como una obr~
n: ionalista muy densa, y de un peso m·á s que exagerado. M. de Chat~au
~ausa la impresión, no de haber traducido, sino de haber copiado
b ~ t
nos La ha copiado toda en todos sus deta¡¡ es, me
· 1uso coa 1as p alabras
lanan
realidad.
.
del patois. Todo esto es excesivo, y por ahí peca el libro, :" nuestro_seot1r.
Hubiéramos preferido algo más de ligereza, un poco mas de gracia Y de
abandono.

Estos estudios, estos •caracteres,, cuando están ,logrados, lo están a maravilla, porque pertenecen a la inspiración más típicamente francesa que
existe.

;0,

* * *

* * *
Vuetven a estar de moda en Francia las que llamaban ha~e cien años cfisi~loaías•; es decir, los estudios de ciertos caracteres y pr?f~siones. La_ hbrena
H;chette ha tenido la idea de confiar a algunos especialistas y escritor~~. el
estudio de «caracteres• a la manera de La Bruyere. M. Louis Barthou escno1rá
el Político; M. Loucheur el Hombre de negocios; el cura BrémonCP, el Sacer~
dote; M. Maurice Paléologue, el Diplomático; M. A~el Hermant, el Burgués,
M. Pierre Mille, el Escritor; M. Charles Richet, el Sabio.
Va se echa de ver la vanidad de esos estudios; no tendrán más que un de-

I•

Ya he mentado aquí otra vez la Corresprmdance de Paul Ve,·/aine, que publica y anota con su conocido celo M. Ad. Van Bever. Acaba de publicarse el
segundo volumen. La mayoría de las cartas que contiene están dirigidas a
León Vanier, que fué, como es sabido, el editor predilecto del poeta. Cierto
número de cartas han sido clasificadas bajo el título general: Lettres aux Cñeries amies. Estas amigas se llamaban Eugénie Krantz o Engéoie Mouton-mote
que le pusieron por tener el cabello rizoso-, y Philomene B.audio, o, más
fawiliarmente, Esther. De la misma clase social, de la misma edad, sin duda,
pero ya maduras, ambas se disputaron los favores del poeta en los últimos
años de su vida. Sabido es que la primera le cerró los ojos. Desaparecieron en
silencio poco después de muerto Verlaine, y muchas veces, en la correspondencia de su ilustre amante, no es posible distinguir a una de otra. La mayor
parte de las cartas, además, no tienen fecha, y han sido clasificadas al azar.
Esta correspondencia es un documento curieso, y en lo sucesivo no podri
intentarse una biografía verleniana sin consultarla.

XXXI

�..,
LA PLUMA
LA PLUMA
Puesto que hablamos del autor de los Poimu Saturniens no dejemos de
llamar la atención sobre un buen volumen de crítica, Le Probtéme de Rimbaud,
poéte maudit, de que es autor M. Marce! Coulon. Cuantos se interesan por
aquel admirable artista, gustarán de leer la obra de M. Marce! Coulon, donde
el talento del autor del Bateau ivre se somete a un análisis meticuloso y amplio a la vez.

* *

*

Los teatros no nos han traído novedades importantes, bien que el verdadero suceso teatral del año sea la abundancia de teatros d-coté. ¡Qué diferencia de aquellos tiempos, no muy lejanos, eu qne los teatros de vanguardia se
resumían en uno, fuese el Theatre Libre de Antoine, o l'Oeuvre, o el Theatre
d'Art! Hoy, con I'Oeuvre, la Comedie des Champs Elysées, l'Atelier, el te~tro
del Vieux Colombier, la Baraque de la Chimere, la Licorne, les Eschohers,
Art et Action-y algunos más-, poseemos o vamos a poseer una doc::.na lar~•
de teatros que representan obras de autores ióvenes y que están en potencia
de revelarnos dramaturgias nuevas.
Esa plétora de teatritos tiene su lado bueno y su lado _malo. El p_ri~ero es
harto visible y no hay para qué insistir. El segundo consiste en la md1ferenc·a de la cdtica ante tan multiplicados tanteos. Poco a poco, la Prensa va dej~ndo de hablar de )os teatros de vanguardia. Si su n(Im~ro sigue creciendo,
será imposible obtener información de los teatros no clasificados.
Digamos, además, que las últimas obras representadas en, ~sos teatr~s de
vanguardia no hao sido sensacionales. Ya he habl~do de _los .Seis persona;es en
J;usca de autor, del italiano Pirandello. Esta ha sido, ev1dentement~, la gran
novedad del año, la que tendrá influencia decisiva, y una resonancia que ha
de prolongarse mucho tiempo.
.
En la Comedia Francesa hemos visto Un komme en marche, de M. Henn
Marx. Confesemos nuestra decepción. Tema muy trillado, sentimientos rancios, fraseología caduca, estilo deplorable e hinchado, nada fal~a para que
estos tres actos sean rematadamente malos. La obra de M. Henn Marx es el
drama social que se estilaba hacia 1900. Todo el diálogo podría estar firmado
en aquella fecha, y tal anacronismo es insoportable. Mucho se esperaba de
M. Henri Marx; lo que nos ha dado es muy poca cosa.

Jut'ss

BEllTAUT.

CATALUÑA
BARcKtou.-Posee nuestra bella ciudad de Barcelona
una gran virtud para sobrellevar bien las graves enfermedades
que sufre. Esta virtud es su alegría. Barcelona ríe felizmente, ple'
namente; pero no con la alegría triste del enfermo que para esconder a los suyos sus padecimientos, se afana a cubrir sus facciones demacradas con una máscarra de alegría ficticia. La risa de Barcelona es
la del que se siente fuerte y joven, con unas grandes ansias de vivir.
Y la situación es muy mala, lo bastante para matar en flor la alegría de otro
pueblo. Las calles más bellas han estado c.:mvertidas durante más de un mes
en inmundos estercoleros. Se ha llegada a la creencia de que la vida · de un
hombre no tiene ningún valor, y se asesinan a tiros por las calles. Cada día
aumenta el número de los obreros en huelga forzosa. La Exposición del Mueble y Decoración está ya aplazada para septiembre.
Pero Barcelona, la indefensa, la abandonada, ríe a pesar de todo. Magníficamente situada, entre el mar y la montaña y las llanuras fecundas surcadas
por los ríos, ríe y vive y crece a pesar de todo, porque la ley de su vida es
algo más fuerte que la indefensión y el abandono en que la tienen. Ríe con
la risa del mar y de las montaiias, con la inmensa gloria de haber nacido
hermosa.
Unos dicen que su risa es inconciencia, otros dicen que es una gran virtud
Pero eila puede pedir a los dioses, como la princesita de la tragedia inmortal
de Maragall, que le conserven:
«Viva la clara font de !'alegria.•
En la hora sensual de la Rambla, dificultada por las vallas del Metropolitano, la multitud pasa alegremente. Son risas de bellas muchachas, encuentrm:
celebrados con grandes exclamaciones, conversaciones regocijadas. Mirando
los rostros, nadie está serio, y hasta el paseante solitario se ríe de la alegría
contagiadora de los demás.
¿Quién diría pasando por ese nervio candente de la vida d~ una ciudad, que
múltiples problemas aquejan su vida, que muchos desean su ruina?
Y frente a la ~legría popular de la Rambla, be aquí las tardes de las Carreras de caballos rebosantes de gente elegante, y el desfile de coches por el Paseo de Gracia después, hasta muy entrada la noche, mientras las bellas mujeres
A ALKGIÚA DK

�,
LA PLUMA
pasan al rápido trepidar de los motores, expuestas a la pública admiración
de los adoradores.
Mientras los industriales se quejan y la gente pesimista asegura que vamos
a la ruina. los teatros se llenan. Margarita Xirgu, nuestra actriz catalana a pesar de todo, y a pesar también de su poco interesante Cristalina, reúne a sus
licles admiradores en el teatro Eldorado, resonante aún de los aplausos calurosos a las más cel.cbradas cupletistas y bailarinas. Y Enrique Borrás, otro gran
preMigio nuestro, acordándose más que Margaritu Xirgu de que es catalán,
nos ofrece en Romea, en catalán, sus grandes creaccioncs de Guimerá, ante un
púltlico ferviente y agradecido. Y el momento de emoción culminante e!&lt; cuando, después de los actos de Terra Baixa, de Mari celo de Mossen Janot, aparece sobre la escena, casi ciego, arrastrado por los bra~os de Borrás y por l.i.
cenhl Esperanza Ortiz, esa reliquia venerable que es don Angel Guimerá,
nuestro primer prestigio internacional, viejo, tembloroso y heroico como nuestra tradición.
Y a pesar del malestar reina:ite se publican libros, se llenan los teatros, los
pa~eos y los campos de fútbol y las montañas cercanas de la gran risa de Barcelona, la abandonada, la indefensa, la que no puede celebrar ahora su Exposición del Mueble y la Decoración, que hubiera sido la nota culminante de su
clara primavera.
Pero a pesar de no haberse abierto aún la Exposición, los jardines de Montjuich están de moda. La gran avenida central es el lugar escogido para deliciosos paseos a caballo. El espectáculo de aquellos jardines en constante crecimiento, desde donde se descubre la perspectiva de la ciudad extendida al pie,
resulta admirable en los días claros de verano.
Desde luego, la obra más bella hecha por la futura Exposición de Industrias Eléctricas es la conquista de la montafia de Montjuich, que permanecía
ignorada de la mayor parte de los barceloneses, siendo la más bella de las
montañas que circundan la ciudad. Su nombre mismo tenía tristes resonancias
de días negros, de martirios inhumanos llevados a cabo en el interior de s~
castillo, de rincones abyectos de miseria, de cosa muy lejana de las vías aristocráticas de la ciudad nueva, infinitamente perdida en la lejanía de unas casuchas medio desmoronadas, en cuyos caminos y cuevas profundas no se aventuraría sin miedo el ciudadano concurrente al Paseo de Gracia. Toda esa vida
de gente baja y miserable nos era algo conocida por las obras vividas de Julio
Vallmitjana, el evocador de los ambientes lejanos.

LA PLUMA
Pero la leyenda negra está hoy del todo desvanecida. Se tiene la sensación
de que la montaña se ha acercado a nosotros con ,11n ornamento de jardines
"Yer~es noblemente dispuestos y de aguas que cantan en múltiples artificios y
~e ~meones donde. o~cilan los follajes floridos en pérgolas dignas de una vill~
1tahana del Renac1m1ento. El nombre mismo de la montaña despierta ho el
eco _galante de una avenida que circunda su falda por donde pasean autos
cub1ertos en las benévolas mañanas de sol, y los caballos al trote son dominados por la gracia elegante de una amazona, cuyas manos enguantadas castigan
levemente el cuello erguido con la fusta de mlngo de oro.
En cambio el viejo parque de la Ciudadela, en uno de cuyos palacios,
d_e~echos del gran esfuerzo de la Exposición de I888, se ha celebrado ta Expo-s1c16? ~e ~rte: da una sensación de abandono. No es el abandono poético de
los v1e1os Jardtne~ romántico~, sino un abandono sucio, desprovisto de gracia.
Claro ~ue a medida q~e la ciudad se ha expansionado y se han prodigado las
c?~od1dades para sahr a las montañas vecinas y a sus alrededores todos, el
v1eJo parque queda en un rincón húmedo y poco sano si se compara con las
laderas de verdes pinos del Tibidabo o Vallvidrera, o la perspectiva magnífica
del nuevo parque de Montjuich. Pero eso no es un motivo para abandonar la
única expansión urbana del tiempo de nuestros padres. ¿No puede tener una
grau ciudad uno, dos, doce, veinte parques cuidados? ¿No tiene París, ideal ciudad, un parque noblemente cuidado en cada barrio?
Todo es triste en el parque de la Ciudadela; los bellos tilos de los paseos,
las fieras enjauladas con gestos de profundo aburrimiento, las verdes eflorescencias que crecen ya libremente. Todos hemos hecho allí nuestras primeras
armas en el arte de conducir el autom6vil. ¿Dónde iremos a probar nuestro
manejo del volante y nuestro dominio del motor? Al Parque-nos han contestado-, donde no se encuentra a nadie ...
No se encuentra a nadie, efectivamente. Algún viejo sentado en un banco
Alguna pareja idílica un poco más lejos. Algunos niños, muy pocos, jugando
más allá. Ya casi ni despierta interés la colección zoológica. En verano se llena
de una multitud ávida de emocionantes atracciones que hacen mucho ruido.
Pero el alma del viejo Parque aband:&gt;nado, ¿qué tiene qut" ver con esto? Duerme solo en las noches de verano, mientras se descuelgan estrepitosamente las
montañas rusas.
Sóio se cuida en el viejo Parque un pedazo de jardín egregio recientemente
construido. Sobre muros de recortado ciprés se recuestan bancos de mármol.

:es-

�LA

..

PLUMA

Es la antigua Plaza de Armas, entre el soberbio edificio del Musco y el bello
Palacete de la Junta de Museos. Al centro, circundada por una temblorosa superficie de agua límpida, se alza en mármol blanco una de las obra'S maestras
de la escultura catalana: el Desconsol, de José Uimona, cubierto el casto desnudo por la ola deshecha de los lacios cabellos.
Cerca de allí, en el Palacio de la Industria, lleno aún de los reclamos de la
Feria de Muestras, se celebra anualmente la Exposición de Arte de Primavera.
Poco intc1·csaotc siempre, porque la pintura catalana no da para una Exposición anual, atrae escaso público. No interesan las prolijas extravagancias que
llenan las salas. Pero la verdadera obra positiva de estas Exposiciones son las
salas consagradas a las obras reunidas de viejos pintores, casi olvidados, y la
publicación de un estudio crítico, como se hizo en años anteriores con Vayrcda
y Martí Alsina, como se ha hecho este año con Simón Gómez, cuyo estudio biográfico y crítico ha sido encomendado a Fcliú Elías. Cuadros perdidos en casas particulares se reúnen allí para Juzgar la obra plena de un pintor que ya
pertenece a la historia. Así como Martín Alsiua y Vayreda fueron dos formidables maestros, cuyas obras alcanzarán en breve precios fabulosos, se ha
comprobado que Simón Gómez no desmerece de los anteriores. Así se va adiYinando que hubo en el siglo pasado una gran escuela catalana de pintura, para
cuyo estudio son preciosos documentos las biografías críticas de Joaquín Folc y

Torres, Rafael Renct y Feliú Elías.

J.

MASSÓ VBMTÓS.

LIBROS Y REVISTAS

•

Jaato Martínez Aguiar.-José Enrique li'odó.-Prólogo de Daniel Martínei

Vigil.-Montevidco, Ed. Renacimiento.
¿Será el joven escritor uruguayo, autor de este folleto, el grao exégeta que
ya pide la figura de Rodó, apóstol del amcricanismo, y, sobre todo. gran escritor español? Más que un ditirambo en honor del maestro, es una impugnación
de algunos extremos que le menoscaban, en el ánimo de su apologista, vertidos
en el nómcro que la revista «Nosotros• de Buenos Aires dedicó a su memoria
con ocasión de su muerte.
A cuenta de esa impugnación, el señor Martínez Aguiar apunta sobre todo
la condición de apóstol americanista de Rodó, vocado a un ideal continental
que corresponde, en espíritu, a la acción de Bollvar. Para nosotros, la actividad literaria del autor de «Arich y los «Motivos de Proteo•, su estilo rotundo
y magnífico, su elevada contemplac.ión crítica, de creador de normas, le sustrae
a toda querella circunstancial. Y precisamente su virtud literaria desmiente su
yocación política. Por lo que hace a la literatura, Rodó es fundamentalmente
español, es decir, conservador de las normas clásicas de la lengua. Concepto en un todo opuesto al criollismo que propugnan los americanizantes del
idioma.
He aquí una cuestión interesante, que no es ocasión ni de plantear siquiera en sus verdaderos términos; pero que tiene quizá en José Enrique Rodó encarnación personalísima.

* * *
Antonio Heras: De las Horas Vividas; Andanzas y divagaciones; Desfile de sombras.-Madrid. Lib. y Ed. Rivadcneyra.
Un lforo de versos; otro de impresiones literario-sentimentales de tipos y
paisajes españoles; un tercero de cuentos encuadrados en el mismo ambiente
y escritos con el mismo estado de ánimo: consideración del país natal por un
emigrante sensible. Aunque separados en el tiempo, no en balde transcurrido
desde el tomo de poesías al Desfile de sombras, con indudable ventaja a favor

�LA

..

PLUMA

Es la antigua Plaza de Armas, entre el soberbio edificio del Musco y el bello
Palacete de la Junta de Museos. Al centro, circundada por una temblorosa superficie de agua límpida, se alza en mármol blanco una de las obra'S maestras
de la escultura catalana: el Desconsol, de José Uimona, cubierto el casto desnudo por la ola deshecha de los lacios cabellos.
Cerca de allí, en el Palacio de la Industria, lleno aún de los reclamos de la
Feria de Muestras, se celebra anualmente la Exposición de Arte de Primavera.
Poco intc1·csaotc siempre, porque la pintura catalana no da para una Exposición anual, atrae escaso público. No interesan las prolijas extravagancias que
llenan las salas. Pero la verdadera obra positiva de estas Exposiciones son las
salas consagradas a las obras reunidas de viejos pintores, casi olvidados, y la
publicación de un estudio crítico, como se hizo en años anteriores con Vayrcda
y Martí Alsina, como se ha hecho este año con Simón Gómez, cuyo estudio biográfico y crítico ha sido encomendado a Fcliú Elías. Cuadros perdidos en casas particulares se reúnen allí para Juzgar la obra plena de un pintor que ya
pertenece a la historia. Así como Martín Alsiua y Vayreda fueron dos formidables maestros, cuyas obras alcanzarán en breve precios fabulosos, se ha
comprobado que Simón Gómez no desmerece de los anteriores. Así se va adiYinando que hubo en el siglo pasado una gran escuela catalana de pintura, para
cuyo estudio son preciosos documentos las biografías críticas de Joaquín Folc y

Torres, Rafael Renct y Feliú Elías.

J.

MASSÓ VBMTÓS.

LIBROS Y REVISTAS

•

Jaato Martínez Aguiar.-José Enrique li'odó.-Prólogo de Daniel Martínei

Vigil.-Montevidco, Ed. Renacimiento.
¿Será el joven escritor uruguayo, autor de este folleto, el grao exégeta que
ya pide la figura de Rodó, apóstol del amcricanismo, y, sobre todo. gran escritor español? Más que un ditirambo en honor del maestro, es una impugnación
de algunos extremos que le menoscaban, en el ánimo de su apologista, vertidos
en el nómcro que la revista «Nosotros• de Buenos Aires dedicó a su memoria
con ocasión de su muerte.
A cuenta de esa impugnación, el señor Martínez Aguiar apunta sobre todo
la condición de apóstol americanista de Rodó, vocado a un ideal continental
que corresponde, en espíritu, a la acción de Bollvar. Para nosotros, la actividad literaria del autor de «Arich y los «Motivos de Proteo•, su estilo rotundo
y magnífico, su elevada contemplac.ión crítica, de creador de normas, le sustrae
a toda querella circunstancial. Y precisamente su virtud literaria desmiente su
yocación política. Por lo que hace a la literatura, Rodó es fundamentalmente
español, es decir, conservador de las normas clásicas de la lengua. Concepto en un todo opuesto al criollismo que propugnan los americanizantes del
idioma.
He aquí una cuestión interesante, que no es ocasión ni de plantear siquiera en sus verdaderos términos; pero que tiene quizá en José Enrique Rodó encarnación personalísima.

* * *
Antonio Heras: De las Horas Vividas; Andanzas y divagaciones; Desfile de sombras.-Madrid. Lib. y Ed. Rivadcneyra.
Un lforo de versos; otro de impresiones literario-sentimentales de tipos y
paisajes españoles; un tercero de cuentos encuadrados en el mismo ambiente
y escritos con el mismo estado de ánimo: consideración del país natal por un
emigrante sensible. Aunque separados en el tiempo, no en balde transcurrido
desde el tomo de poesías al Desfile de sombras, con indudable ventaja a favor

�LA PLUMA

t

del último, los tres tomos del señor Herai. denotan a través de sus distintas
modalidades una misma preocupación: la de contemplarse con cierto narcisismo elegiaco en el paisaje al que la ausencia ha dotado de un valor que el regreso contrasta dramáticamente.
Influído, sin duda, por Azorín, revela el señor Heras, profesor en los Estados Unidos, innegable temperamento de escritor, templado en la visión de eso
que se ha dado en llamar la re;:lidad española, cuya miserable tragedia, más
fuerte que todas las estilizaciones, está pidiendo el crudo Maupassant, que
apunta quizás eo las mejores páginas de estas Ho,·as vividas entre las sombras
de tales Andanzas y divagaciones en torno a los yermos patrios.

José 1\laria Souviron Huello: Gárg-ola.-Primt:r libro de Poemas.-Málaga, 1923.
Componen el lindo tomito, muy finamente editado, hasta trece o catorce
pequeños poemas, romances y romancillos, fáciles, gustosos, en los que se
combinan, con certero instinto poético, temas populares de corro infantil, coa
alegorías e impresiones de 3entimiento lírico del paisaje. Una leve nota melancólica, corregida por cierto dejo de graciosa comicidad, templa y acuerda la
sencilla música de esta poesía juvenil, clara y amable.

* * *
Ciana Valdés Roig: La fz,ente sono,·a.- Repertorio Americano. Biblioteca.
J. G.ª Monge, Ed. San José de Costa Rica.
cCiana Valdés Roig-dice al presentárnosla Enrique Gay Calbó, en Elogí~
preliminar-es profundamente tropical. Y tropicales son sus emociones· escritas. Tropicales y paganas. Es esa la expresión: un como paganismo indígena,
que recuerda la religión de los incas y de los mayas.•
La señora Valdés Roig, poetisa cubana, tan solo conocida hasta ahora por
las muestras que de sus libros inéditos se han publicado en varias revistas del
continente americano, se nos revela en la colección de poesías en prosa de La
fuente sonora, c.&gt;mo acertadísima intérprete de esa hiperestesia lírica característic¡¡ de la literatura femenina de allende e l Atlántico, heredera con la Ibarbourou, la Mistral, h Luisi, de! espíritu de rebelión sentimental de que es su
predecesora en Europa la italiana Ada Negri.

*

* *

Plavio Herrera: La lente opaca. El hilo de so/.-Cuentos.
Ne se define el acento nativo del autor de estos cuentos poi· el propósito
deliberado de hacer color local, y, sin embargo, ese acento americano es lo que

LA PLUMA
~n ellos nos atrae. Ni sé tampoco si les cuadra tal denominador común; América es gran~e y varia su _humanidad. El narrador de La lente opaca es guatemalteco, y sm que, repetimos, se haya propuesto desde luego dar un carácter
nacional determinado a sus breves invenciones, ese perfume colonial que de
las páginas del librito transciende, constituye su principal encanto. Literatura
experimental la de Flavio Herrera, mal podía siendo tan joven como demuestra, acusar una personalidad sustraída a las preocupaciones de la juventud.
Pero si la invención no nos sorprende, nos complace el ver la emocióa con que
acierta a infundir en sus ficciones un aliento del espíritu social, del ambiente
natural en que vive. Y todo ello por alusiones indirectas, en que se refleja la
historia trivial de muchas vidas, iguales Pn uno que en otro continente, iluminada por los resplandores volcánicos, agitada por las hondas convulsibnes det
suelo guatemalteco.
Alejadas en cierto apartamiento provinciano de que va redimiéndolas el
yanqui, esas repúblicas de Centro-América tienen para nosotros la sugestión
de un pasado que revive poetizado por la interpretación, tan fina, tan moderna, de escrit0res prometedores de frutos sabrosísimos como Flavio Herrera,
de quien LA PLUMA y Espa1ia han ofrecido recientemente a sus lector~s bellas ·
primicias poéticas.

Oliverio Girondo: Veinte Poemas para ser leídos en el tranvía.
Es posible que no haya todavía un ve:so en el que poder cifrar el sentimiento lírico de nuestra época. Es, pues, posible también que aun esté del todo inédito el gran poeta represenfativo dPl siglo. Quizá no sea menester que una gran
figura resuma en sí «la poesía» de una generación, para que esa poesía exista
con su color y acento propios. Es innegable que hay una nueva manera de imaginar poéticamente el mur.do en que vivimos soñando. No es muy difícil establecer la génesis dPI movimiento a que se ajusta la inspiración de los poetas,
una vez logrados en un poeta cabal los objetivos del simbolismo. Eee poeta, en
Francia, por ejemplo, son varios grandes poetas. En el mundo que habla español el genio lírko de Rubén Darío cierra una época, más que abrir horizontes.
Era la perfección que resumía con su personalidad definitiva, patriarcal, en la
arquitectura del templo parnasiano, los símbolos vagos que sólo la música pue-de expresar.
Después, los poetas se han dado a reconstruir, de las ruinas del concepto
antiguo, una poesía escueta, con el mayor ahorro posible de Gramática (sin
analogía, sintáxis, prosodía ni ortografía académicas), una poesía hermana de
la música balbuciente con que los músicos están rebaciénaonos el oído a la.
sim plicidad perdida en la sinfonía dramática de Wagner; una poesía hermana
sobre todo de la pintura elemental de los dibujantes rebelados contra el impresionismo de puro aire libre.
Los Veinte poemas pará ser leídos en el tranvt'a, ilustrados preciosament~ por
el propio poeta y magníficamente editados, como cumple a tales academias de

�l

LA PLUMA
lujo, nos muestran a Oliverio G!rondo como P?eta fi,n(simo y atento a conseguir, sin rebasar las normas estrictas del humorismo hnco moderno, la perfección del gusto nuevo.
No hay, no, e:i la escuela del pe~samiento poético del día la libertad que
el vulgo cree. Ni por no e~tar codificadas ~n manuales las reglas pa_ra u_so d~
jóvenes vocados a la poes1a, soQ menos ngurosas. El tale11to de ?liv~no _G1rondo se manifiesta precisamente, más que por la oovedad_de la 10sl?1r_ac1?,n,
por el seguro instinto con que acusa la agudeza de sus se?~1dos, su d1stmc1on
espiritual, su bonísima gracia, m~nejando, n~ sólo con h~b_1hdad de malabanstu, con r,irtuoszdad de poeta sensible, los tópicos del clas1c1smo ultra moderno.
Empieza ya a ser tan difícil reirse con las muecas de la luna, como cantar su
pureza de doncella que fué.
.
.
.
Breve, conciso, sugestivo en ~vocaciones tao p1_otoresca~ como ~rec1sas, d~
climas y ambientes diversos, vano y ~no en esencia humons,ta, el libro_de G1rondo cuenta, sin duda, entre los meJores de la nueva poes1a de Espana y de
América.

*

* *

•

LA P L U ,\! A
apasion~nte sie?1pre Mario Puccini: cuyo reiterado empeño literario tiende a
descubnr en Vir,a la anarqida!-úmca de sus obras traducida h%ta ahora en
l':ngua española-el virus de descomposición, cuyo remedio inmediato ha pod1~0 parecer después y hasta ahor~ el fenómeno político Mussoliui, nos da en
L mganno del~a car11~, nueva colección de_ cuentos y cmoralidades,. otra muestra del empeno realista con que va adquiriendo firme conciencia de su Ita.ia.
No es, enti~ndase bien, que la literatura de Puccioi se proponga el mismofin de los escritores que fueron contemporáneos del triunfo de la fotoaraf(a
sobre la pintu:ª· SJ reali~m&lt;;&gt;, su verism&lt;;&gt;, no derivan rí¡(idamente del con~epto
que pudo en tiempo~ atribuir a la m~quma fotográfica una superioridad absoluta en la reproducción del mund~ sm artificio. Sabe que la fotografía es, en
todo caso, una n_uev~ mane:ª de pmtar. As(, los caracteres representativos que
encuadra con m10uc1oso ahmco en el escenario sobre que destacan a diario su
figura más o menos vulgar, adquieren una consistt'ocia y basta una ejemplaridad que su autor no ha menester subrayar para que los lectores se sientan penetrados de su verdad y de su realismo.

• • •

~ugtne Montfort: L'ouóli des .Mo,-/s.--Roman.-París. Librairie de France,

Alfredo Pimenta.-0 lir,ro da minha saudade.-Lisboa, 1923.

1923.
El ilustre autor de La Niña Bonita o el Amor a los cuarenta años ha dado ya
su contribución literaria a la guerra. Voluntariamente ajeno, dur~nte los cuatro
aiíos terribles, al fragor obse~ionante de las b~tal_l~s! en cuya ~1~t~r.a se han
esforzado tantos ánimos, po111endo a prueba d1fic1hs1ma la seos1b1b1hdad propia, Euger.e Montfort publica ahora la _novela cruel del día del armisticio.
No ha sido nunca Mootfort un novelista de escándalo de escaparate. La probidad; condición desprestigiada por el abuso que se hace de la palabra atribuyéndosela sin recato a los m~diocres de q~ienes no se puede decir ~ás,
como si eso fuera poco, la probidad, es su cualidad excelente. Pocos se aplican
con tan seguro dominio del arte de escribir, a descubrir la veroad humana en
la vida de siempre. Poquísimas pinturas, tao sinceras. tan de fuera adentro, tan
justas, tan patéticas, ningún alegato contra la estúpida fatalidad de la guerra,
como esta novela de L'oul,li des Morts. en que jamás el novelista, atento a la
yeracidad artística de su crónica, deja traslucir su personalidad impasible, repartida con desinteresada voluntad de creador en las almas de sus criaturas.

Nuestro cronista en Portugal ha publicado uo nuevo libro de versos Un
libro. de vers~s tao . profund~mt'nte portugués, más portugués si cabe," que
O L1vro da.t S,mphomas morb1das y O Libro das lhymeras con que no ha mucho no_s regaló su musa, Y no es que haya disimulado nunca el poeta Pi menta
ese_ ámmo saudoso que ahora se declara desnudo casi; pero en sus poesías anteriores, el gusto un tanto barroco por las formas decadentes del simbolismo v
el par?asi~nis~o traducidos o, mejor diríamos, adaptados al instinto nacionál
de_ su 1nsp1~ac1ón, prestábanle no sé qu~ de exótico, de 111anueli110, que en este
L,hro da mml1a saudade, d_esapar~ct' ca,s~ por entero. Tampoco porque el poeta
abandone del to?o su_achtud anstocrahca, desdeñosa de lo vulgar; antes biea,
nos parec_e seguirle viendo blandamente recostado en cómodo sillón; pero en
yez ~e enJoyarse e( alma como antañ? y contemplar los sentimientos propios
r~fle1ados en las mil facetas de las piedras preciosas de que se adornaba, ~e
aisla, se adentra y deja escapar esa voz de nostalgia pura con que, de siglos
llora al borde del Atlántico la sire~a de Portugal
'

• * *
Mario Pucclnl: L'inganno della carne. -Edizioni A. Mondaderi.-RomaMilano.
El especbáculo de la reconstrucción moral de un grao pueblo, d_espués de. la
guerra en que ha podido contrastar por modo espantoso los se~t1m1entos innatos a la condición humana y las ideas recibidas en una educación secular, es

• * *
Antoulo B1pina.-Sig11ario.-Biblioteca de l11dice. Madrid 1923.
J:3 revista Ind~cf ~e ha transformado_ en una bi_blioteca, cuyas ediciones garantiZa el gusto d1f1c1l de Juan Ramón J1mtnez, siempre poeta. Unica y rara
~uestra de los vol&lt;imenes publicados basta ahora, inspirados en una pretens1_ón renovada del conceptismo gongorino, nos llega el libro de Antonio Esptna.

�LA PLUMA
Poca m&lt;i,,ica y apretada letra; pero llena de intenciones poéticas. Nada de
tarareo, todo canto interior y cautela humorística, salvaguardia del sentimiento lírico para evitar que se pierda en la blandura del verso cadencioso.
Hay rit:no, pero con sorpresa, ajustado a cercbracioncs conscientes. La musa
no manda, no mangonea, apenas si la entrevemos el rostro pá.lido. Nos hace
una mueca y se esconde. No quiere llorar para no ponerse fea. No admite convencionalismos. Se entretiene en turbarnos la vista con actitudes desmesuradas. Esta poesía de Espina quizá. no se nos clave en el corazón, ni haya q11c
arrancarla después, casi con una operación quirúrgica, como la de Zorrilla o
Campoamor . No nos envuelve en ondas sonoras; no ahoga, pero aprieta. Hace
pensar como un jeroglífico. El qnc lo acierta da con C: resorte de la m&lt;isica y
con la fucntecilla escondida de su ternura secreta.
C. R. C.·

ÍNDICE DEL VOLUMEN VI

1923
ENERO A JUNIO

* * *
Ramón Pérez de Ayala: A;ollonius et Bellarmin.-Roman traduit de l'cspagnol par Jcan et Marce! Carayon.-París. Librairic Plon.-Cotlection d'auteurs étrangers, publiée sous la dircclion de Charles Du Bos.
Tan agudas son las perfecciones de la prosa de Ramón Pércz de Ayala que
su devoto lector podría temer, más que desear, un nuevo Ramón Pércz de Ayala en traza extranjera, despojado Aventura peligrosísima, ciertamente, la del
sumo estilista puesto en otro estilo-que eso es por fuerza la versión má.s fiel.
He aquí Apollonius el Belarmin, traducido por Jcan y Marcel Carayoo, en la
cCollcctioo d'auteurs étraogers•, que publica la casa Pion, de París. Conviene,
ante todo, anotar la importancia de esta biblioteca, que dirige M. Charles Ou
Bos, una de las personalidades má.s convincentes que en la litcratun francesa
se han revelado después de la guerra. Su volumen de crítica Approximations,
que vió la luz en 192J, acredita una inteligencia muy ducha en la sutileza, que
pone a su servicio una cultura en extremo jerarquizada; su riqueza está. siempre sometida al rigor de un criterio. Añádase la más cumplida nobleza moral,
una distincidn íntegra, que va de la conciencia a los modales, la imposibilidad
de pecar contra el espíritu. Era necesario este retrato sumarísimo de M. Charles Du Bos para subrayar con justeza la aparición de Apolonio y Delarmino en
una plaza que exige los mas árduos µasaportcs. Halagador es el ser traducido;
importa mucho el seuún y cómo. Han afrancesado la novela Jcan y Marccl Carayon con un acicrto"constante. Sin ninguna premura en su pericia han sabidG
desenvolver la sabia sinuosidad que requería el texto español.
J. G.
FIN DEL VOLUMEN VI

NÚMERO 32 (enero).
~SPl&lt;CIAL.

,
1

1
1

OEOICAOO A

VALLE-INCLÁN

Dedicatoria ......................... . .................... .
E. Gómez de Baquero: Valle- lnclán, novelista ............. . . .
E. Díez-Canedo: Va.lle-Inclán, lírico ........................ .
Ramón Perez de Ayala: Valle-lnclán, dramaturgo ............ .
Antonio Machado: Iris de luna ............................. .
Alfonso Reyes: Vallé-lnclán y América ..................... ·.
Ramón M.ª Tenreiro: Valle-lnclán y Galicia .................. .
C. Rivas Cherif: Soneto estrambótico . . ..................... .
Manuel Bueno: Días de bohemia ........................... .
Ricardo Baroja: Valle-lnclán en el café ................•......
Corpus Barga: Valle-lnclán en París ........................ .
J. Moya del Pino: Valle-Inclán y los artistas ................. .
Facsímile de un autógrafo de Valle-lnclán ................... .

�LA PLUMA

LA PLUMA

Jean Cassou: Ramón del Valle-Inclán........................
Francis de Miomandre: Don Ramón del Valle-Inclán..... . ....
Jorge Guillén: Valle-Inclán y el 98 ... ............. . •. • • .. • • • •
Ramón G6mez de la Serna: La personalidad fantasmagórica
de Don Ramón ............. ....... ••••••••••••••••••••
Manuel Azaña: El secreto de Valle-Inclán... . . . . . . . . . . . . . . . .
C. R. C.: Más cosas de Don Ramón. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Dibujos de Moya del Pino y de Vivanco.

Félix Delgado: Visión de la noche. Amanecer. . . . . . . . . . . . . • . . . 236
Crónicas literarias: Paul Colin: Alemania; Jules Bertaut: Francia.
Un crítico incipiente: Teatros..... . . . . . • . . . . . . . . . . . . • . . 237
Libros: José María Salaverría: El Rey Nicéjoro.-Luisa Luisi:
/nquietud.-Ramón Gómez de la Serna: El secreto del acueducto. Senos.-Agustín Remón: Unagirt.................. 254

68

69
70
71

82
go

NÚMERO ~5 (abril).
Ramón Gómez de la Serna: La Quinta de Palmyra. . . . . . . . . . . . .
Ricardo Baroja: Olimpia de Toledo..........................
Rogelio Buendía: Canto cautivo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . • . . . . .
Werner Krauss: Un moderno dramaturgo alemán..............
Flavio Herrera: El navío medroso............................
Crónicas literarias: Mario Puccini: Italia; Paul Colin: Bélgica;
J. Massó y Ventós: Cataluña; Un crítico incipiente: Teatros.
Libros: Rabindranath Tagore: El cartero del Rey.-Marmouset:
Att /ion tranquille.-Giorgio del Vecchio: l!,l collegio di
Espagna a Bolog-na.-Silvio Kosti: - Epigramas.-Fernando González: Manantiales en la ruta.-Guillermo de Torre:
Hélices.-Luis Calvo Revilla: Actores del Tea/ro del Prindpe.

NÚMERO 33 (febrero)
Ramón Gómez de la Serna: La Quinta de Palmyra. . . . . . . . . . . .
Ernesto López Parra: Lienzos del crepúsculo. . . . . . . . . . . . . . . . . .
Salvador de Madariaga: Ramón Pérez de Ayala................
Ricardo Baroja: Olimpia de Toledo..........................
Erasmo Buceta: La cuasi-tragedia de un «Horno Hispanus•. . . . .
Crónica literaria: Alfredo Pimenta: Portugal; J. Massó
Vcntós: Cataluña......................................
Libros: A. Hernandez Catá: La Casa de Fieras. Isabel O. de
Palencia (8.!atnz G11indo): El .wnim.1dor sembró su semilla.
Rafael L1rbano: El Diablo, su iüia y su pod~r. María Enriqueta: Attmores de mi /zuerto. Rincones románticos. Valentín de
Pedro: España Renacimlt.

97
115
117
131
159
163

-494

299
303
309
311

332

NÚMERO 36 (mayo).
Ramón Gómez de la Serna: La Quinta Je Palmyra... . .........
Jorge Guillén: Poesías......................................
Erasmo Buceta: Acerca de «Los Intereses Creados•.............
C. Rivas Cherif: Trance ................•.............. •....
Fernando González: Sonetos diversos . .................. • .. •.
Mario Puccini: Retrato entre real e imaginario de la señorita
Monnier ....................•.......... • .. • • • • • • • • • • • •

NÚMERO 34 (marzo).
Ramón G6mez de la Serna: La Quinta de Palmyra .......... •.
Ricardo Baroja: Olimpia de Toledo..........................
Jorge Guillén: La hermosura de Octubre ............. ,........
Antología: Francisco Manuel de Melo: Los Catalanes..........
Tartufito: El novelista se mete a critico.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

257

2n

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224
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231

337
360

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384
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393
49S

•

�LA PLUMA

•

Crónicas literarias: Jules Bertaut: Francia; Paul Colín: Alemania 401
Libros: Ramón Pérez de Ayala: Luna de mitl, luna de hiel;§ los
Trabajos de Urbano y Simona.-W. Fernández Flórez:
El secreto de Barba-Azul.-Gerardo Diego: Soría.-E. Giménez Caballero: Notas marruecas de un soldado.- Erasmo
Buceta: El entusiasmo por España m algunos rumántícos
ingleses.-Nícolás Beauduin: Les enfanls tks hommes....... 409
NUMERO 37 (junio).
Ramón Gómez de la Serna: La Quinta de Palmyra . . . . . . . . . . . .
Gerardo Diego: Canción fluvial . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
C. Rivas Cherif: Historia anacrónica de Lázaro el resucitado....
Kasimir Edschmid: Arthur Schnitzler. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Antonio Espina: Biombo japonés .......................... •
Crónicas literarias: Paul Colin: Bélgica; Jules Bertaut: Francia;
J. Massó y Ventós: Cataluña . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Libros: Justo Martínez Aguiar: Josl /.!,nrique Rodó.-Antonío Hcras: De láS horas vívidas. Andanzas y divagaciones. Des.file de
sombras.-José María Souviron: Gárgola.-Cíana Valdés
Roig: la fuente sonora.-Flavío Herrera: La lente opaca. El
1,ílo de sol.-Oliverio Girondo: Veinte poemas para ser lritios
en el tranvfa.-Eugene Monfort: L'oublí des ,norts.-Mario
Puccini: L'inganntJ della carne.- -Alfredo Pimenta: O livro da
minha saudade.-Antonío Espina: Signario.-Ramón Pérez
de Ayala: Apollonlus et Belarmin.........................

417
438
4,p
468
475
476

487'

'

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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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      <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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              <text>La Pluma, 1923, Año 4, Vol 6, No 37, Junio</text>
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              <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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              <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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      <name>Quinta de Palmyra</name>
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