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                  <text>ARo IV
24

MÉXICO,

211

QUINCENA DE ENERO DE

1901

NúM,

2

REVISTA M1JDERNA

de la historia los mártires descalzos, los caballeros andantt:s y los profotas videntes; sintetiza
en bellezas los aromas, las músicas y las luces del universo, y cruzan por la humana fauta•
sla la divina Dulcinea con su esperanza y la eucarística Ofolia con su locura! ....

REVISTA MODERNA

,

ARTE Y
PlRECTOR: JESUS E. VALENZUELA,

CIEN-CIA.
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dublán.

CERYANTES.

Siento palpitar la tragedia!

SHAKESPEARE.
SI, es la tragedia de nuestro(dos espíritus que se han:encontrado y van á chocar sus fa~
langes armadas de rayos!

TELON.

..

\

' 'l\foISÉS11 Dl'.l l\lIGUEL ANGEL.-ROMA.

�26

REVISTA MODERNA

REVISTA MODERNA.

27

EL HIMNO DEL ULTRAJE.

En estos momentos, Parls vive en el Odio.
Las palabras de concordia, las santas voluntades las aspiraciones al bien, la ciencia, la moral,
la ~oesía, el espíritu, todo, todo se dobla bajo las
ráfagas formidables de una tormenta ~emoni~~ª·
La gran ciudad está poseída por la fiebre v1s10naria.
El Gobierno tiene miedo, mucho miedo, Y se hace
criminal.
La Iglesia, hipócrita y rufiana, atiza ~encores,
entrechoca intereses, cava sepulturas, sonando un
instante en la: restauración de su tiranía.
El Ejército, asesino latente, sintiendo palpit~r en
su seno el alma de Napoleón, el asesino glor10so,
cree que el Rey se despertará, vengador, del sueño que duerme bajo el domo de oro de los Inválidos.
La Prensa gigantesca, con sus millares de ojos
ardientes, con sus millares de lenguas caldeada~,
oraculiza fatídicamente sobre su trlpode, como Pitonisa demente.
y la gran ciudad poseída por la fiebre visionaria,
lanza á lo largo de sus avenidas y á lo alto de sus
torres, un grito histérico, robusto, e~orme, brutal,
mientras pasan bajo el Arco de Tnunfo, ª?vueltas por las épicas clámides del sol, con la vida es•
pectral de las evocaciones, las legiones de muertos
de la historia! ....
Detrás de los legionarios viene un tropel de perras flacas, bravas, hambrientas, el tropel de las
Envidias, aullando, mordiendo, devorando honras,
vorazmente, vorazmente ... .
Cada vez más sonoro, sonoro hasta vibrar en to•
do el mundo, aquel grito es un himno, es el Himno
del Ultraje,

Es el alma humana el instrumento más perfecto
de la l\lúsica. Los mares rientemente melodiosos ó

turbulentamente sinfóuicos, los cielos con sus ~ulgurantes harmonlas piadosas, ó con s~s. tra~e.d1as
de astros devorados, no alcanzan el d1v100 hnsmo
del alma que arna y del alma. que odia.

Un dla. un Poeta arrojó una. palabra. de justicia
á su pueblo. El pueblo se embraveció, tormentoso.
Pueblo pasional, era grande amando_ y fué grande
odiando. y de su odio brotó el ultraJe,

•*•
Los sarcasmos mordían a 1 P oeta, 1as 1'nJ'urias le
abofeteaban, las calumnias iban hasta el ~ondo de
su corazón á desenterrar sagradas memorias para
profanarlas, á su sed le daban hiel, á su virtud es
pinas, á su dolor latigazos, á su cuerpo cruz, á ~u
alma anatema .... El seguía, en medio del olea.Je,
alumbrando con las iradiaciones de su frente!

PRADERAS DE OTOÑO.

Llora el Otoño que se va! Llora sobre las auroras opacas que se levantan bostezando en lechos

Fué llevado ante la Justicia, Alli dijo que su obra
era buena, de paz, de amor, de poesía, Sancho Panza ¡0 condenó. El pueblo aplaudió á Sancho Panza.

El Hinmo del Ultraje crecla, crecía, crecla., • • •
tocaba los limites de lo humano, entraba al espacio puro de lo divino .. , . . alli era un Himno de
Amor!

y yo pienso que no hay una gloria más grande
que la de ser odiado tanto, puesto que el odio, ¡oh
Zola! no es otra cosa que la cólera del amor.
Paris, 1898.

de frios plumones, en alcobas de muselinas densas;
llora sobre los helados mediodías que pasan, todos
bruma, con un sol eeca.rlata enmedio, como polares osos blancos de jadeante lengua roja .... ; llora
en los largos crepúsculos que ahondan el tedio y
magnifican la. melancolla y en cuyo albor indeciso
palidece un cadáver: el Sol, y albea un fantasma:
la Luna .. ..

Dónde están mis tardes mexicanas, de largas nubes sombrías y vivos ampos dorados, áureas y negras como la piel de una tigresa .... ? Llora el Otoño inconsolablemente .... ! Los vidrios de mi ventana. están llenos de lágrimas, y en estos instantes
en que la nostalgia se obstina en besarme como
una odiosa querida, el primer huracán del Invierno golpea brutalmente la vidriera dolorosa con el
bofewn de un rufián sobre una mejilla inconsolable ....

JESÚS URUETA.

Llega este Invierno sonando una glacial •tocata•
en su clarín de hielo. Lo preceden sombríos heraldos de negras armaduras crujientes, de grandes
airones tempestuosos .... En el yerto campo debatalla se arremolinarán las ventiscas y se desplomarán los a.ludes .... ; hay legionarios que despedazan
los témpanos para hacer hachas; toda una falange
aguza lanzas y dardos de hielo,.,, Y en brutal de ·
safio, en provocación insolente, choca el Invierno
su álgida rodela con el broquel del sol, sonoro y
áureo!. ... Los rayos del sol se tienden lacios como
aljabas de oro lanzadas por brazos pusilánimes ...

Ya no tiene el So! áureos paladines que llenen de
púrpura el estadio, sino efebos c~bardes que tien·
den flavas antorchas nupciales cuando el Invierno,
para preñarla de huracanes, busca en su tálamo á
Nivosa .... Pero aún el Otoño vive, y antes de que
el Invierno triunfe celebrará luminosos festivales
el Otoño, triste y glorioso como un César decaden·
te, sabio en sus magnificencias, pródigo en sus
pompas, agonizando entre flores que se deshojan,
entre perfumes que arden, entre hetairas que can•
tan, dejándose morir suntuosamente como un Em·
perador Bizantino!

Entre los dias álgidos y pluviosos del Invierno
qué avanza, hay en el Japón luminosas maña.nas y
tardes magnificas. Los jardines, antes de dej arse
besar por la nieve, hacen alarde de un brillo inau•
dito, y en praderas y bosques, donde los bambúes
echan á volar sus últimos plumones de esmeralda,
donde los cedros resisten austeros como ascetas y
vigorosos como guerreros, brilla el •momiji,• con
su milagrosa. policromía! El •momiji• es el arce
nuestro, el «era.ble• de Francia, el •maple• de la
corona británica, el •Acer polymorphum,&gt; en fin,
de los botánicos .... Con las otoñales crisantemas,
con la primaveral flor del cerezo forma la regia tri logia en el poema floral del Japón ....
Como los griegos las •Antesteria.s,, como los latinos sus •Floralias,• como la peca.dora Niza con•
temporánea los floridos combates, el Japón ce'ebra

•

�28

las fiestas de sus jardines. La vida social de este
pueblo refinado está regada de flores, está regida
por un ceremonial y uua etiqueta donde las flores
enardecen sus tintas y exhalan sus aromas. Ellas
intervienen en los nacimientos, en las cfian~ailles•
y en las nupcias; acompañan al asceta que se despide de la vida y al paladln que va á encontrar á
la muerte; hay flores para la cabecera del enfermo
y para las canas del anciano; otras riman el ritual
de los sagrarios ó recelan en su corola una muda
plegaria para implorar de las divinidades agrlcolas la lluvia y el buen tiempo; hay flores que sólo
deben ser contempladas al fulgor de la luna, otras
para las fiestas de thé, para los cinco festivales ó
para la ceremonia del incienso y peonias ó camelias, lotos ó iri!i, crisantemas ó claveles, tienen sus
funciones, sus atributos y sus virtualidades ..... .
Un daimio ó una musmé, un samurai ó un bonzo,
poseen su biografla escrita con flores y todos los
actos de su vida, placenteros ó adversos, tiernos ó
ingratos, se sintetizan en unas cuantas flores que
duermen marchitas, siendo la historia de una vida,
en el seno de un cofre de laca.

El cmomiji• esplende bajo los fulgores dorados
del sol de Otoño y las flores de ese árbol único con
sus hojas, sus ramos polimorfos y policromos. Cuando llegando á Oji, el mágico suburbio de Tokio,
contemplais el primer •momiji,• en vuestra admiración surge una duda y vuestras ideas se resisten
á admitir la verdad del prodigio! Tenéis enfrente
un árbol casi arbusto cuyos brazos brunos y caprichosos soportan un follaje milagroso! Aquel árbol
es de un paisaje de las cl\Iil y una Noches• ó surgió de la paleta del Veronés hecha semilla? Es en
realidad, un árbol ó bien una orfebrería, un capricho de los mosaicistas nipones? Las hojas de aquel
arbusto son de un color rojizo-azafranado al primer golpe de vista; pero acercaos y mientras una
ráfaga otoñal sacude sus frondas, ved cómo las bojas cintilan con lumbres doradas, con verdes fosforescencias, con brillos de topacios y granates, con
flamas de fogata, chispas de ascua, brillos de san.
gre en coágulos, rubores de coral y llamas de fuego fatuo!. . . . Tomad una hoja, quizás es amarilla,
surcada por vénulas de carmln, ó color de oro viejo oxidado de escarlata, ó blanca y franjeada de
esmeralda, ó toda de carmln y ocelada con máculas de nieve .... El Sol de Otoño declina; en la casa de thé, frente al bosque de •momijis• hay una
parvada de cmusmés• no del todo honradas, que
beben •Saké,• el licor nacional, en dedales de porcelana. Una turba de estudiantes de grises kimonos y latina alegria aplaude la danza ondulante de
una cgueisha• cuyo rostro es la máscara de un Pierrot y cuya breve boca es un húmedo grano de coral ....
La bailarina ejecuta el paso de baile en que su
cinturón de brocado se desata y en que su hermosura se entrega á los besos de los mil íncubos que
revolotean en torno suyo .... Va á caer el cinturón,
la hermosa va A entregarse; los laudes suspiran
amorosos y femeninos y de las cuerdas de los ne-

29

REVISTA MODER ·A.

REVISTA MODERl'\A.
gros salterios parece que surge un tropel de sátiros
jadeantes .... Las miradas se encuentran y desfallecen .... ; los labios avanzan hacia las bocas ....
y en aquel crepúsculo inolvidable se desembozó el
Sol, surgiendo de repente entre una nube obscur&amp;
y cayó sobre los •momijis• en glorioso torrente de
lumbre .... Y aquellos árboles policromos y polimorfos temblaron bajo las últimas caricias de la
tarde, se incendiaron como un fuego de artificio Y
lanzaron su alma al cielo, chispeando, rutilando,
centelleando, como la erupción de un joyero oriental, arrojando á puñados, con sus brazos negros,
rubles y topacios al Sol y glaucas obsidianas y turbias ágatas y perlaa tornasoles y negros diamantes
á la Noche que atropellando el crepúsculo, los envolvió por fin en su tiniebla infinita!. ...
Yokohama, J!JOO.

BUCOLICA.
Pasó el verano japonés de siestas soporosas y
desesperantes bochornos .. .. Las musmés han plegado sus abanicos y cerrado sus sombrillas de pinturas desvanecidas, como decoradas al pastel, ó
pintarrajeadas con la violenta policromía de los
mosaicos .... Breves abanicos y grandes parasoles
yacen ahora en el fondo de los baúles de alcanfor
y sándalo, junto á los brillantes ,Kimonos• que
preserva de la destrucción la momia de una cantárida ("'J .... Al fin se ha nublado aquel Sol implacable cuyo enrojecido yugo dobló á los animales
jadeantes; á las flores que, bajo brutales ósculoi.
de fuego, perdlan sus aromas como una virginidad;
á los árboles que sudaban savia; [i las aguas que
cambiando la alegria de sus cristales por turbios
vahos, se arropaban dolorosamente en la bruma,
desvanecidas por aquella lumbre que llevó su tórrido estupro hasta el seno de los claros manantiales ....
Cuando las Náyades y las Ninfas de las fuentl'B
se sumerglan en lo más hondo de los estanques, huyendo la brutal embestida del Sol lujurioso; cuando al cruzar los aires encendidos, caian sofocada&amp;
las palomas tornasoles .... entonces, sobre los pinos de negras cortezas que lloraban ámbar liquido, en medio de las flores violadas, entre los blancos lirios salpicados por la sangre del hymen bestial, habla un sér único, feliz y jubiloso ....

Era la cigarra aquel sér! Su júbilo era una locura, su dicha una histeria, su felicidad un paroxis¡•¡ Las japonesas creen que "la mujer que posea una cantárida, tendrá siempre hermosos trajes, .. y cuidan siempre de depositar en el fondo de sus armarios el cuerpo de uno de esos
coleópteros .... Esta creencia puede explicarse de dos modos:
las propiedades cáusticas del brillante insecto, ahuyentando á
la polilla mantienen en perfecto estado el guardarropa 6 bien
hay que admitir un sentido perverso y recordar las virtudes
eróticas de la cantárida, que en la Edad Media, incorporada en
los filtros, determinaba los "embovedamientos de amor? .. E l
carácter japonés, ingenuo 11. la vez que refinado, hace inminente
esta duda.-J. J. T.

mol .... El repiqueteo de su cascabel agrio saludaba el albor de las madrugadas serenas; el rechinido de su violln estridente señalaba los medios dlas
y bebiendo gotas de Sol se iba. la cigarra embriagando, hasta que congestionada por la lumbre y
por la luz, borracha de fulgores y destellos, llenaba las siestas abrumadoras con la musical locura
de sus chirridos, inflando su grito de duende hasta
convertirlo en alarido, rompiendo con redobles
inauditos los pequeños tambores de sus élitros, basta que por fin en aquella orgla de sonidos, en aquel
sabbat vibrante alcanzando su máximun, atronaba
los aires un estallido ensordecedor .... Las mil facetas de vidrio caían quizás hechas astillas? reventaban los crótalos y las panderetas? Las sonajas y
los sistros, como racimos estrujados, desgranaban
sus cascabeles? .... Nada de eso! A poco el estridor volvla, el canto se obstinaba y después de los
clamores meridianos y de los alaridos de la siesta,
la cigarra encontraba el modo de profanar, en selvas y jardines, el casto silencio de las noches de
luna!

Ese cauto acompañó mis dlas de más acerba nostalgia ..... Soñando con mi amada cuya imagen
destellaba en mi memoria. como una custodia en
una capilla desierta, me internllba en el misterio
de las selvas profundas, buscando un silencio digno de la doliente majestad de mi amor, anhelando
una intensa penumbra sobre la cual pudieran irradiar todas las claridades de la querida imagen
evocada! Llegaba hasta el seno de los boscajes
donde tienen sus templetes los dioses rústicos; el
césped estaba tibio como si acabara de servir de lecho á las hamadryadas desnudas y bajo la sombra
húmeda se ahondaban al ras de la grama, diáfa-

nas cisternas, en cuyo fondo habla inmóviles car-

pas y murenas dormidas ....
Pero en aquellos dias encendidos, en aquellas
mañanas incandescentes, en aquellos sofocantes
crepúsculos cuyos soles chirriaban al hundirse en
las negras aguas de la noche, mi pupila hastiada
de luz no pudo encontrar una penumbra, y mi oido exasperado por obsesoras vibraciones no pudo
descansar en el silencio ....
La cigarra agria, estridente, convulsiva, profanó
esos silencios absolutos que el alma del poeta llena
de suaves eufonías, de murmullos amantes y de
apasionados suspiros! .... La aterciopelada voz de
mi adorada, la inflexión doliente de sus quejas, el
susurro de sus confidencias, la airada vibración de
sus reproches, la sofocada angustia de sus sollozos
y la alegria infinita ,le sus risas, todo ese tesoro de
melodlas, de arpegios y de trémolos que el silencio
y el amor hubieran evocado eficazmente, se perdieron entre la odiosa vibración infinita de los insectos estivales! ....

•
••
lloy que sopla el viento de Oto ño, caen de las altas frondas, con las hojas amarillas, los enjutos despojos de las cigarras muertas, y las veredas y los
senderos se cubren de hojas mustias y de breves
cadáveres .... Hoy el silencio autumnal es propicio á las amantes evocaciones, y la voz querida encanta mi oldo con hondos arpegios y suspiros de
harmónica.
Y si el aura vesperal hace crepitar la hojarasca,
me halaga la ilusión de que mi amada marcha vengadora, haciendo crujir dolorosos, bajo sus pisadas
leves, los muertos élitros cuya música agreste fué
ayer adversa á los ritos de nuestro amor ... !
Honmoku. Japón, 1900.
Josil Je.1.N TABLADA.

No morirá tu rápida sonrisa
sin que yo la recoja entre mis labios;
es, bañada de olor, soplo de brisa
que el cardo conmovió de mis agravios.

¿Cómo te emocioné?. . . . Con una etitrofa
que nunca olste en tu triunfante marcha,
y era de crueldad, era una mofa
envuelta en los cristales de la escarcha.

Diosa impuible en vano con mis ruegos
ay! puse un ormesl bajo tu planta,
tus ojos todos luz estaban ciegos
y muda á mi reclamo tu garganta.

La heriJa fué de amor .... ó de despecho,
pero á mi te volviste sonriente,
apretando las manos contra, el pecho,
cubierta al punto de rubor la frente.

No era tu desdén; tu indiferencia
lo que en mitad del corazón me heria:
mi presencia A tus ojos era ausencia,
y mis versos sin luz, ni poesla.

Oh secretos sin fondo del cariño!
Oh misterios eternos y sin nombre!
Casi, momentos antes, era un niño;
en el instante aquel, era yo un hombre.
JEsús E. VALENZUELA.

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REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

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FLOR Y FRUTO.

,

La parda sombra de gallardo pino,
El agua amena, !impida y sonora
No tornarás á ver, ni el alba aurora,
Ni la nube, el zafü•, ni el sol divino.
Entre el ramaje de olmo peregrino
Tu volar suspendió liga traidora
Y de esclava el dogal, en negra hora
Te puso al cuello tu infeliz destino.
Y la selva al dejar y aura natía
Tan vivo fué el dolor, tu pena tanta
Que apagó para ti su luz el día.
Si encadena la suerte aquí mi planta
Y si tu patria ¡ay misero! es la mia,
Ven, llégate, avecita . . .. ¡llora, canta!
CLEARCO

MEONIO. (• )

1900.
(") Bajo este pseudónimo, que es su nombr; entre lo~ Arcad~s,
escribe el insigne poeta limo. Sr. D. J oaqum Arcadio Pagaza,
Obispo de Veracruz, á quien la " Revista Modern'.'-" agradece
debidamente la honra que le ha dispensado al enviarle par:t su
publicación este bellísimo soneto.

..

Viola tenia los cabellos blondos, tan rubios como hizo corresponder de ella, que estaba orgullosa de
las espigas de estío, y tan caudalosos que un paje ver rendido á sus pies al galán más famoso entre
bien hubiera podido llevarlos como la cauda de su la garzonia turbulenta; las citas á media noche fuereina.
ron concedidas pronto; las frases quemaderas de
Viola tenla, además, la pequeña boca siempre en- Rogerio abrasaron el corazón apasionado de Viola,
treabierta por una sonrisa; sonreía siempre, son- sus nervios vibrátiles se espasmodiaron en los dulreía sin saber por qué la extrema sensibilidad de sus cisimos coloquios y concluyeron por rendirse á la
nervios cubiertos por una tez blanquísima y sede- soberana voluntad del venc~dor; y una noche en
ña, salia á flor de su boca en una perenne sonrisa que él desplegó todo el prestigio de su palabra
seduciente. Pasó, pequeña y graciosa, abanicando arrolladora, la niña, rendida, le dijo en un suspiro:
con sus blondas la :nesita en que nosotros bebíamos -•¡Ltévame!•-'-y él no"tuvo más trabajo que alzarla
un espumoso bock de cerveza, esparciendo la fres- en sus brazos codiciosos para que salvara las mecura de su sonrisa en la tarde calenturienta de dias rejas de su balcón bajo, y raptarla, semidesAbril .. ..
nuda y palpitante, para hacerla suya.
-¡Qué primor!-dije yo.
El idilio duró breves meses. El seductor, prote- Semeja la encarnación de la alegria, y tiene gido por la. orfandad de Viola, pudo ostentarla en
una historia bien triste,- dijo mi amigo, y prosi. triunfo por la ciudad, más bella que antes de ser
guió:
raptada, florida y joyante, caitla en sus brazos ,coA Viola, que adolescente era un botoncito de ro- mo abejaruco seducido por fascinadora serpiente;
sa, le impresionaban los amorfos románticos de los pero cuando Viola, en su inocencia sorprendida,
pollos más guapos. En las noches de luna, placlale comprendió que su pureza habíase deshojado; cuanflanear con sus amigas por los senderos floridos de do, atada á su amor fatal, vió desaparecer la plélos jardines solitarios, y allá iba t ras ella, tras ella yade de sus amigos y el cortejo de sus amadores,
solamente, una nube de jovencitos blasonados con alejados unos por el estigma social de Viola y otros
los nombres más aristocráticos, á cortejará la pri- por miedo á Rogel'Ío, la dulce niña comenzó á enmorosa Viola que sonreía, sonreía siempre en su tristecer y á marchitarse. Su gracia deleitosa, la
inconsciente promesa de felicidad. Por ella hubo sonrisa, desapareció con su pureza y su alegria, y
desafíos de futuros caballeros, lides de amor por cuando el amante la vió pensativa y desconocida
su sonrisa, navajas abiertas por atavismos macare- en su taciturnidad, pronto se hastió de ella. Las
nos en callejuelas desiertas á donde los pequeños macabeas y el bar lo atrajeron de nuevo; las copas
Don Juanes iban á disputarse á Viola.
desdeñadas por el ardor de la conquista femenina
Su fama de cautivadora esparcióse por la ciudad; llenaron el vacío de su desencanto; pero encontrólas muchachas casaderas la miraban con envidia se súbitamente repudiado por las bellas á quienes
disfrazada de curiosidad; los garzones conquis- saludaba en la calle y friamente acogido por sus
tadores inscribiéronse en la corte de amor del he- amigos: solamente sus camaradas de taberna le
chicero botón de rosa que en breve tiempo, mila- acogieron alegremente pidiéndole noticias intimas
grosamente, se había abierto en magnifica flor de de Viola, con curiosidades de libertinos que olfajuventud, aunque sin dar aún su olor, como el nar- tean un nuevo placer.
do de Sulamita. Y esa flor, abatida por mariposas
Rogerio no era tan depravado que no repugnasedientas, por abejas insaciables, debía ser tron- ra tales preguntas; alejóse también de los antiguos
chada en breve. Una mañana en que pasaba la camaradas que pisoteaban una pureza que solapreciosa por una de las avenidas brillantes, en el mente él habla tenido derecho á hollar, y enconardor del medio día, ataviada y seductora en su trándose súbitamente desencantado, joven, rico, lisonrisa turbadora, al pasar frente á un bar elegan- bre, un día desapareció dejando á Viola bajo un
te, una cortina de seda se alzó con presteza y dos sobre un rollo de billetes. La dulce niña se vió enojos ávidos devoraron á la niña, que acariciada por tonces abandonada y sGla, á la merced de una ronellos, rub11rizóse y sonrió ....
da de codiciosos de su belleza y juventud; pero es-En verdad es guapa!~ dijo Rogerio Aldaz á ta vez no era la garzonia florida de los aristócratas
dos camaradas con quienes libaba alegremente,imberbes, sino una ronda fatídica de banqueros,
y juro por la infancia de Baco que la gozaré como viejos sátiros, libertinos, matronas que la asediagozo esta copa!
ban, la acosaban sin descanso. Pintábanle con aboY vació su bitter de un trago.
rrecible hipocresía su desamparo, su irremediable
Desde entonces el irresistible calavera asedió á miseria, su falta de sostén; unos cínicamente declaViola sin misericordia: más audaz y más práctico rábanle su amor y su deseo; otros cobardemente
que los amadores platónicos de la linda rubia, se franquéaban su puerta en nombre de antiguas

�REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

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amistades de sus hijas ó de sus hermanos con Viola; pero ella se mostró inflexible, incorruptible, inexpugnable.
El amor hablala abierto los ojos á las traiciones
de la vida; comprendió la fatalidad de su calda
cuando la sonrisa desapareció de su boca; lloró la
ausencia de Rogerio y su cobarde abandono con
lágrimas amargas; pero la alivió nn celestial consuelo al sentir en sus entrañas la renovación de su
vida. Desde entonces prometióse, arrepentida y
fuerte, no descender-en·la pendiente, ser toda para su bijo, ofrecer á la adolescencia del niño la
honradez de su vida pura, para que él al comprender la vida no se sonrojara de ser hijo del amor.
Pero en su ignorancia de las necesidades y las miserias no pensó que el dinero se agotarla, y encastillada en su casa fué 1:onsumiendo uno á uno los
billetes que constitulan su efímera fortuna. Una
mañana vió con terror que cambiaba su último billete y que desaparecía rápidamente. Llegó el pri·
mer día en que faltó el dinero y su criada .le aconsejó vender una lámpara; poco á poco fué vendiendo todo lo que poseía, y al aproximarse por momentos su alumbramiento, no le quedaba más que
.un colchón para recibir á su hijo, pues habla ven·dido su lecho para afrontar los gastos del parto.
La criatura nació, linda como un querubín, un ni.ño, y la pobre y feliz Viola, apenas se puso en pie,
lo llevó al Orfanatorio, á que se lo cuidaran mien,tras ella trabajaba en un taller para ganarse la
,vida.
Habían pasado más de dos años cuando el bri~lante calavera Rogerio Aldaz volvía de un viaje
por Europa, donde babia bebido y gozado á sus

anchas, donde habla saboreado todos los placeres
con la avidez con que un día vaciara una copa de
bitter. Volvia con un joven gentilhombre español
á. quien le mostraba su ciudad con el orgullo de
mostrar la única ciudad mexicana de abolengo
ilustrlsimo; y una tarde en que con su tarjeta se
habla hecho abrir las puertas del Orfanatorio, enseñaba á su amigo los diversos departamentos cuando se detuvo de pronto ante una aparición que lo
dejó arrobado y petrificado:
Una rubia primorosa, humildemente vestida, daba el pecho á. un pequeñito bambino, y la púrpura
del pezoncito del casto y culminante pecho era tan
viva como la boquita que se contraía en ávida succión. La joven contemplaba al niño que la sonreía,
y Viola sonreía también, con su antigua risa infantil y cautivadora. En un instante Rogel'io evocó el
paisaje de su felicidad de amor, la sonrisa que lo
habla cautivado y enardecido y que ahora le des•
pertaba una emoción intensa y desconocida, pro_funda y dulcisima, ante aquel niño que era su vivo retrato, el retrato de Rogerio niño en uno de
los cuadros de la galerla señorial de su familia.
Alzó Viola los ojos sonriendo siempre, y al reconocer á Rogerio lanzó un grito; cubrióse el pecho
súbitamente y púsose encendida como la grana,
mientras Rogerio, flaqueante y dichoso, arrepentido y venturoso ante la flor y el fruto de su vida,
decía lacrimoso estrechando á la madre y al niño
contra su corazón:
-Marqués, esta es mi Viola muy amada y este es
mi hijo, y os pido con toda mi alma que apadrintlis
mi boda!
RuBÉN M. CAMPOS.

FAUNALIA.
A Ciro B. Ceballos.

Lloró la Danza en el tecla.do,
Del camarín flordelisado,
Como un suspiro sofocado
Sonó un arrullo de palomas.

Sangraban labios de granate,
Tentaba11 bocas hechiceras,
Y las lÜjurias, su acicate
Encarnizaban en el mate
De las olimpicas caderas.

Atormentaban los turgentes
Senos el lino de las batas,
Y en las alfombras insolentes
Se deslizaban indolentes
Las zapatillas escarlatas.

Bregaba el pecho sofocado
Por el fulgor y los aromas
Del camarín flordelisado,
Y suspiraba en el teclado
Una parvada de palomas.

Desparramaban sus reflejos,
Ojos, turquesas y diamantes,
Y retrataban los espejos
Los azabaches y oros viejos
De los toisones lujuriantes.

Las crespas barbas en horquilla
.Acariciaban la caduca
Coloración de la mejilla,
O deslizaban su cosquilla
Por el armiño de la nuca.

Kipris brindaba su ambrosla,
Baco sus uvas y sus lauros,
Y en el desorden de la orgla
El baile lúbrico segu[a
Como un galope de centauros.

Y en los espejos biselados
De aguas glaciales y serenas,
Se destacaban reflejados
Broncos tritones irritados
Ciñendo grupas de sirenas.

Y entre la luz y los aromas

EFRb REBOLLEDO.

MUSA DE AJENJO.
Tus ojos de ftllpa oscura
tienen extrañas virtudes
que provocan la locura.
Con su fijeza inquietante,
parecen dos ataúdes
que acechan almas de amante.
¡Cuán tristes son tus amoreb!
El lecho en que hemos soñado
fué un cementerio con flores,
y el surco de mi quimera
parece un crespón atado
~n la curva de tu ojera.
Mudos los dos en la sombra
del diván, con miedos vanos
soñamos que alguien nos nombra.
Y en la bruma de las dudas
vemos que pasan gusanos
sobre las carnes desnudas.
No se lo que eres. Tu boca
es un secreto sin dueño,
y hay en tus besos de loca
un vago mar de ambrosía
donde navega un ensueño
como un bajel, hacia el día.
Pero tus ojos de estanque
donde flotan cuerpos muertos,
detienen el noble arranque
y dan al alma angustiada
una impresión de desiertos
por donde marcha la nada.
Cuando la noche ha llegado
y la ciudad se ilumina,
consuelas al que ha llorado:
tu sexo, es un vaso lleno;
tu amor, es una neblina,
y tu espasmo, es un veneno.
Eres diosa y cortesana.
Hoy criminal, tu persona
puede ser santa mañana.
Y es justo que estés serena,
porque, si hay Dios, te perdona,
lo mismo que á Magdalena.
MANUEL

Par!s, 1900.

UGARTE.

(Colaborador Argentino).

33

�34

REVISTA MODERNA.

35

REVISTA MODERN' A.

UN REFRACTARIO.
A J érome Doucet.

Del zanjón de Waterloo donde se desangraba,
acomodado sobre un codo, Pitois miró la llanura.
Estaba roja de soldados muertos. Entonces el rigodón de la Guardia hipó en su memoria: c¿En dónde puede uno estar mejor que en el seno de su familia?• ..... .
-«Es verdad-dijo Pitois-y me voy á buscar el
camino de la muerte para volver á encontrar á los
antepasados.•
Con firme puño desenvainó su sable, é iba á hundirselo en el corazón, cuando advirtió, acostadas
cerca de su saco, las tristes orejas de un vecino, de
un camarada herido que le miraba resoplando. Era
su viejo caballo Bautzen. Entonces, sintiendo que
dejaba á alguno en la vida, el dragón se levantó,
arrojó su sable, y como hundiese la mirada, indeciso, en los años que tenla que vivir todavía,
distinguió á lo lejos pequeñas cosas, que lo llamaban ..... .
Era un sueño de campiña de los días posibles, un
rincón en las flores y en los recuerdos. Hizo levantar á su caballo y partió.
Después de los Adioses, rico de una renta de quinientos francos que le producían once campañas y
ocho heridas, vino á establecerse en Beaume-JaRoche, en Bourgogne, y llevaba con él, además de
una bala de Blücher que rodaba siempre en su
vientre, un reuma de Borizow-y su camarada
Bautzen.
Era un caballo de dieciocho años, peludo, con los
dientes salidos y las clavículas huecas. Tenia las
pestañas blancas, un poco de roña en la nariz, el
hueso de su quijada cortaba como una navaja de
barba. De gris sangulneo que era en Essling, se
había vuelto tordillo en Waterloo-de pesar tal
vez-en seguida blanco y después amarillo. Y ahora, un poco embrutecido, sin aliento y sin haba, la
cabeza baja, parecla no saber ya qué color tomar.
El burgo que habitaba, en lo alto, en un pequeño pedazo de azul, entre una iglesia de cuatro escudos y dos setos de higueras, contaba diez pequeñas fogatas y treinta buenas almas. F.I soldado se
habla hecho alli un jardln, é inmediatamente, curiosas, apresurándose á ver al veterano, se hablan
presentado bellas damas imperiales, rosas de la
Malmaison.
Pero ¿qué hacer de ellas? Las manazas del soldado no habían manejado sino sables; ignoraban
el arte de los ramilletes. ¿Su perfume? Su vasta nariz era un abismo en donde el alma de las rosas,
timoratas, no pasaba más ali{~ de los bordes. Fueron útiles, sin embargo; como los que hacen matl'imenios, Pitois las sembró de abejas, no las abejas primerizas, sino las bellas rubias del Manto.
Una racha de invierno sobre sus flores, tales eran
hoy sus batallas. La humanidarl, después de la

muerte del Emperador, no era ya sino un sueño
para el soldado. El caballo de Luis XVIII pisoteaba la Redingote; sobre el águila borrada se habla
pintado una flor blanca, no babia felicidad verdadera sino en su propia casa, cerca de su bagage,
liado para la partida.
Y as!, entre sus abejas, su caballo, sus rosas, habla llegado A encajar la Euroi1a en su jardín, á rehacerse un sueño, corolario del grande, una especie de Imperio empequeñecido, pero lleno de flores.
Un dfa el alcalde fué á verlo. Esto pasaba en el
jardín; Pitois escuchaba, la cabeza baja, y á medida que el otro hablaba, palidecía.
-Entonces, dijo, es verdad: el rey, como decfs,
quiere verme?
-A vos y á los otros. Quiere hacerse presentar
todos los viejos soldados del Imperio y examinar
los retiros.
-Es preciso ser educado ..... .
-¡Ah, bueno; si no lo fuéseisl
El viejo suspiró. Era un hombre testarudo que
no había caminado sino sobre cuatro ideas en veinte años.
-Es duro, señor Alcalde, para uno de la Guardia, como yo. Si no fuera este Bautzen que no
quiere sino forraje fresco. . . . . . El otro le tendió
la mano, pero Pitois guardó la suya. Se separaron.
Pero en el jardin quién ha hablado? Qué nueYa
de desgracia repentinamente pone en confusión á
las rosas? Se levantan las faldas, hacen mimos; son
rosas más rosas, y miradlas, rosas de vergüenza.
•Demonio! señor, cantan las abejas, se nos olvida,
nosotros os e,;cuchábamos.•
El padre Pitois las miraba conmovido.
Desde entonces no lo abandonaron. Zumbaban
sobre su cabeza, le cosquilleaban los cabellos, el
cuello y los dedos, entraban en sus orejas, en sus
bolsas, y aun una se posó en la extremidad de su
nariz como una amenaza. Llegado el dfa fué á ver
á Bautzen.
De su jacl\lón de glicina~, todo costroso de gloria, el caballo lo miraba venir. Pitois se instaló, y
con una voz temblorosa que cuchicheaba:
-Dime, Bautzen .. . .
El caballo quiso relinchar. Se inflaron sus narices, de donde cayó un poco de polvo muerto.
-Es preciso que vayamos á Dijon-dijo el soldado-el rey quiere vernos.
Bautzen abrió los ojos repentinamente; en ellos
pasaba 1814 como una triste imagen.
-Si, mi viejo, dijo con una caricia el veterano,
adivino ... Pero es preciso no faltar á esta cita bajo pena de reventar de hambre. No es moco de pavo uo monarca. Levántate.
El caballo no se movió.
-Levántate! gritó Pitois, ó te llamo Cobourg!

El caballo se levantó.
Cuando fué ensillado, quiso salir,-pero era preciso pasar por el jardln ... Alli estaban las abejas.
Defendían la puerta, erizadas, furiosas; se hubiese
-dicho que hablan tomado las armas-y alrededor
de ellas, apeaadumbradas, confusas por el escándalo, las rosas encoglan sus pétalos y bajaban sus
dulces caperuzas.
-Me fastidiais al cabo! gritó el soldado.
No habla concluido, que muertas todas repentinamente, las rosas imperiales se deshojaron ....
-Diantre de historia!. ... se admiró el viejo.
Pero las abejas volvían en multitud. Entonces,
eomo todas pareclan decirle que se quedara, sin
comprender, las arrojó con su bastón, montó en el
caballo, y ya en la silla, con la blusa florecida y la
cruz sobre el corazón, Pitois tomó el camino de Dijon para irá ver á l\1r. Bourbon.
Cuando estuvo en medio del camine,:
-Un pequeño trote, Bautzen.
El caballo alargó el cuello, y temblando sobre
sus cuatro pies, relinchó un reproche. Esto era lo
más lamentable: no podía huir como las abejas, ni
.avergenzarse como las rosas.
-Un galope! Vamos, Bautzen, despiértate.
Pero Bautzen no se despertaba. Aturdido sobre
sus cuatro zancos, miraba la colina; después como
si adivinase que el rey estaba detrás, falseó de las
rodillas, y se detuvo.
-Cojeas! gritó el viejo.
El caballo esta vez no tuvo la fuerza de relinchar. La colina llegaba, llegabl\. No era muy alta;
una cabra la habrfa saltado. Pero el caballo no tenia ya piernas, y á pesar de todos sus deseos, los
celos lo decidían. Tembló y sacudió la cola ... Sus
ocho campañas lo detuvieron.

-Tú. también! gritó Pitois.
Continuar el camino á pie?
El rey habría quizá pasado, y el camino hasta
Dijon es largo. Esta fatiga Jo aterró. Llega un dfa
en la vida en que el granadero cansado encuentra
su colina, él también, la pendiente en que lo espera
la muerte.
-Por el flanco derecho. Volvamos á casa.
Bruscamente volteó la brida y vió esta maravílla:
Bautzen que tomaba el frote. Entonces, estupefacto, se puso á soñar en sus abejas y en sus rosas.
-Estas bestias son como su amo, no quieren hacer sino su antojo. Que se borre mi retiro! Nada de
pan: rosas. Comeremos pasteles de miel, verdad,
Bautzen?
El caballo tomó el galope.
-Ah! dijo Pitois, parece que tú no ama
Diez y Ocho .... Hace un momento no eras tan g
llardo.
Fué obligado á contener á Bautzen que se desbocaba.
Todo era calma en su casa cuando entró. Las rosas hablan reflorecido, se habían abierto; se hubiera dicho una sonrisa sobre cada tallo. La colmena
á su vez se volaba hacia él, acariciadora. Sentía á
las buenas amigas sobre sus brazos, en sus cabellos, en todas partes, á lo largo de su blusa y sobre
su sombrero! El mismo Bautzen estaba cubierto de
ellas;-y como un gran sol, caldo en la tarde, envolvía de púrpura la campiña, para recompensar al
soldado le hicieron como al Otro, un autoritario
manto sangriento, alado de abejas de oro, bajo el
cual, orgullosamente á caballo, entt-ó en su pequeño jardfn, como un emperador!

Traducción de •Revista Moderna.•

GEORGKS

D'ESPARBES.

T HEROS .
I
El tren partió de la estación, machacando con sus
patas de hierro las placas giratorias, como si gustara de expresar con el ruido la alegria que Je po-

see al verse libre. Echaba sin interrupción y á compás bocanadas de humo, como los chicos cuando
fumap su primer cigarro, y al mismo tiempo repar~fa á uno y á otro lado salivazos de vapor, asemeJándose á un jactancioso perdonavidas ó á demonio
travieso. Ni siquiera volvía la cabeza para saludar
á los empleados de la linea, ni á las señoras y caballeros que poblaban el andén. Descortés y sin
otro afán que perderse de vista, dejó atrás los al~acenes, los muelles y oficinas de la pequefia velocidad, ~l cocherón, los talleres, 1a:casilla del guarda aguJas, Y se deslizó por la Co1·tadura un brazo
de tierra cuya mano tiene:la misión de a~ir á Cádiz
para que no se lo lleven las olas.
Corriendo por allí, velamos el mar de Levante,

las turbulentas aguas y el nebuloso horizonte, que
bien podríamos llamar el campo de Trafalgar; veíamos por otro lado la bahía, en cuya margen se asientan sonriendo alegres ciudades y villas; veíamos
también á Cádiz, que daba vueltas lentamente cual
fatigada bolera, y tan pronto se nos presentaba por
la derecha como por la izquierda.
Después, el tren pisó las charcas salobres de la
isla, abriéndose paso por entre montes de sal. Franqueó los famosos caños en cuyos bordes España y
Francia han dirimido sus últimas contiendas· cruzó las célebres aguas en que flotó el manto d~l último rey de los godos, y se dirigió tierra adentro
avivando el anhelante paso. Llevábale sin duda tan
aprisa el exquisito olor de las jerez1mas bodegas,
que más cerca estaban á cada minuto, y por último
la inquieta maquinaria dió resoplidos estrepitosos:
husmeó el aire, cual si quisiera oler el zumo almacenado entre las &lt;:.ercanas paredes, y se detuvo.
Estábamos en la más colosal taberna que han vis-

�-

to los siglo~, llena de lo más fino, delicado y corroborante que en materia de néctares existe. Al llegará aquel punto del globo, ningún viajero puede
permanecer indiferente. Ve un glorioso campo de
batalla sembrado de despojos, los mutilados miembros de la sobriedad vencida y destrozada por su
formidable enemigo. El triunfo de éste es completo.
Su insolente orgullo ha poblado de emblemáticos
trofeos el campo. Millones de vides coronan de ver·
des pámpanos la tierra. Toneles hacinados se alzan
en pilas, ó ruerian como bonachos que han perdido la cabeza. Todo es bulla, animación, mareo.
N'l se puede resistirá la tentación del hijo de Noé.
Es del color del oro y tiene el sabor de la lisonja.
Beberlo es tragarse un rayo de sol. Es el jugo absoluto de la vida, que lleva en sus luminosas partl·
culas fuerza, ingenio, alegria, actividad. Su delicado aroma se parece á un presentimiento feliz; su
gusto estimula la conciencia corporal. Engaña al
tiempo, borra los afios y aligera las cargas que nos
hacen doblar el fatigado cuerpo. Lleva en si un espíritu poderoso que se une al nuestl'O, y juntos forman una especie de seráfico genio, el cual, si se ensoberbece, puede trocarse en demonio.
Yo ful de los seducidos, y antes de que el tren
partiera me llené el cuerpo ele rayos de sol. Poco
después admiraba las viñas, respetables madres de
aquel insigne vencedor de las naciones, cuando sen·
tí que me tocaban el hombro.
Sorprendióme esto, porque me creía solo en el
coche; volv!m~ con presteza y,
II

•

.... en efecto, era una mujer; quiero decir, que
al volverme vl á una mujer. Al partir de Jerez hallábame solo en el coche. ¿Cómo, cuándo, por dónde habla entrado aquella señora? He aquí un pun·
to dificil de aclarar, mayormente cuando mi cabe·
za, forzoso es declararlo, no gozaba del beneficio
de una perspicacia completa.
• Caballero ....
A esta palabra siguieron otras que no pude entender bien. Tengo idea de haber dicho:
«Señora ....
Pero no estoy seguro de lo que tras esta palabra
balbucieron mis torpes labios, aunque debió ser alguna frase de cortesía.
Es indudaLle que yo estaba aturdido, no sé en
realidad por qué, como no fuera por el maldito zumo de oro que había alojado en mi. Hallábame cortado y absorto, y seguramente contribuiría mucho
á esto el aspecto singularisimo y por mi nunca visto de aquel!~ persona.
Causábame estupefacción indecible su persona y
su traje, del cual no podía apartar los asombrados
ojos: y ~n verdad, no es fácil imaginar atavíos más
originales. No debla sostenerse que el traje de la
dama fuese extravagante, sino que no tenla traje
alguno.
Tengo idea de haber dicho á medias palabras, teiiida de rubor la cara y apartando los ojos:
• Señora, tenga usted la bondad de vestirse ....
Ese traje, mejor dicho, esa desnudez no es lo más
á propósito para viajar en pleno dia dentro de un
coche del forrocarril.

37

REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

36

Echóse á reír. Era de una hermosura sobrehumana.
Yo recordaba vagamente haberla visto en pintura, no sé dónde, en techos rafaelescos, en cartones,
dibujos, quizás en las célebres Horas, en relieves
de Thornwaldsen, en alguna región, no se cuál, poblada por la imaginación creadora de los dioses del
arte.
Nada de cuanto modelaron griegos, ni de cuanto
cincelaron florentinos, puede superar á la incompable estructura de su cuerpo. Su rostro era como el
que la tradición artística da á todas las ninfas acuáticas y terrestres, á las diosas que fueron,• A las jubiladas matronas simbólicas que durante siglos han
representado en doradas techumbres el pensamiento humano. Más perfecta belleza no vi jamás; pero
no era fácil contemplarla, porque sus ojos eran como pedazos del mismo sol, que dedlumbraban y
ofendían quemando la vista, de tal modo que per·
derla la suya el observador si se obstinara en mirar sin vidrios ahumados la hermosa imagen. De
sus cabellos no diré sino que me parecieron hilos
del más fino oro de Arabia, perfumados de aroma
campesino, y que en ellos se entretejían amapolas
y espigas en preciosa guiarnalda.
Su vestido era, más que tal vestido, una especie
de túnica caliginosa, una flotante neblina que la envolvía, ocultando ó dejando ver, según las posturas
de la dama, ésta ó la otra parte de su cuerpo. No
tenia yo noticia de aquella singularlsima manera
de presentarse en sociedad, y si he de hablar claro,
el atavío de mi noble compañera de viaje parecióme en el primer momento escandaloso y desenvuelto en gran manera. Pero bastaron algunos minutos de observación para formar juicio más favorable. En las divinas formas, en la actitud graciosa
y natural de la viajera, así como en sus palabras y
ademanes, resplandecían la castidad más perfecta
y la más irreprensible decencia.

m
Y eso que la señora, si no era el mismo fuego, lo
parecta. Dílogo, porque echaba de su cuerpo un
calor tan extraordinario, que desde su mis'8riosa
entrada en el wagón empecé á sudar cual si estuviera en el mismo hogar de la máquina.
-Sef:.ora,-le dije respetuosamente, limpiando el
copioso sudor de mi rostro,-perm1tame usted que
me aleje todo Jo posible de su persona, porque, ó
yo no entiendo de verano, ó es usted la misma Ca·
nlcula en c;erpo y alma.
Sonrió con bondad, y rebuscando en cierto monalillo que á la espalda traía, ofrecióme un abanico.
Felizmente yo llevaba espejuelos azules con los que
pude resguardar mi vista de los flamlgeros ojos de
la señora. A pesar de estas precauciones, cuando
el tren se precipitó por las llanuras de la izquierda
del Guadalquivir, la irradiación calorífica de mi
compañera aumentó de tal modo, que destrocé el
abanico sin poder refrescarme. Las perspectivas,
ora interesantes, ora comunes del viaje, aburríanme soberanamente. Los pinos valsaban en mareantes círculos ante mi vista; marchaban en columna
cerrada los olivos de Utrera, como ordenados ejér·
citos que van al combate, sin que estos juegos de

óptica, ni el variado espectáculo de las sucesivas
estaciones, ni la cercana presencia de Sevilla, que
desde el último confín visible nos saludaba con su
.Giralda, aplacaran mi mal humor.
Sevilla nos vió llegar al fin junto á sus achicharrados muros que quemaban como calderas puestas al fuego. Reposaba la placentera ciudad bajo
mil toldos, adormeciéndose en la fresca umbría de
sus patios. Las cien torres, presididas por la veleidosa mujer de bronce que da vueltas, á ciento veiutidos varas del suelo, desafiaban al furioso sol. Cual
condenados, cuyo itinerario de expiación ha sido
invertido, subían á los infiernos.
No pude contenerme, y dije á la dama:
cP1·esumo que usted se quedará en esta estación
que tan bit-n cuadra á su temperamento.
-No señor-repuso con la timidez de una novicia.-Voy á Madrid.
Y diciéndolo, se acercó á mi. Creí hallarme de
súbito en la proximidad de un incendio, porque no
era ya calor, sino llamaradas insoportables, lo que
el misterioso cuerpo de la endemoniada ninfa despedía.
-Señora, señora, por amor de Dios-exclamé.
-Es muy doloroso para un caballero huir .... Es
un desaire, una grosería, pero ....
Me hubiera arrojado por la ventanilla si la rapidez de la locomoción no me lo impidiese. Felizmente, la misma que tan sin piedad me achicharraba,
brindóme con refrescos, que sacó no sé de dónde,
y esto me hizo más tolerable su platónica respiración y aquel tufo de infierno que de su hermoso
cuerpo emanaba.
Ibamos por la alegre comarca que separa las Dos
famosas Hermanas andaluzas á orillas del florido
río, entre naranjales y olivos, saludando cada dos ó
tres leguas á un pueblo amigo, tal como Lora, Peñaflor, Palma. Ya cerca de Córdoba, mi sofocación
puso á prueba mi paciencia, pues sintiendo que los
sesos me burbujaban como si hirvieran, y que mi
sangre se iba pareciendo á un metal derretido, tomé la resolución de librarme de la molesta compa·
ñera que desde Jerez traia, y al punto, una vez parado el tren, apresuréme á poner en ejecución mi
pensamiento, dando parte del caso á los empleados
de la vía.
No sé por qué ae reían de mi aquellos malditos,
oyéndome formular mis justas quejas. Podría colegirse que yo me habría expresado en frases incongruentes y desatinadas. Era para reventar de
cólera. El mismo jefe de la estación tratóme como
á un loco cuando le dije:
-SI señor, si señor. Va en mi coche una señora
que echa fuego por los ojos, y por todo el cuerpo
uu calor tan vivo que se podrían asar chuletas y
freír pescado sobre las palmas de sus manos. Esto
no se debe permitir .... Es un abuso, un escándalo.
Me quejaré al inspector del Gobierno, al Gobernador, al Gobierno mismo.
Movióles la curiosidad, más que otra &lt;:osa á registrar el departamento. En él continuaba la dama.
Yo la vi. . .. era ella misma sin duda; pero no ya
con aquellos ligerísimos ropajes que tanto llamaron
mi atención, sino vestida con el habitual modo de
nuestras damas. Sus ojos picarescos y vivos no des-

!umbra.bao ya; su cuerpo no tenía rastro de haber
pasado por el infierno; llevaba en la cabeza el vulgar sombrerillo adornado de espigas, mas todo conforme al arte de las modistas, sin nada que trajese
á la memoria el tocador de las diosas.
IV
Mudo y perplejo la contemplé, y no es dudoso que
me deshice en cumplimientos y excusas, achacando
á desvanecimiento de mi cabeza la increíble equivocación en que había incurrido; mas apenas marchó el tren camino de las sierras, volvió la dama á
presentarse en su primera forma y desnudez, con
los mismos cendales vaporosos que contorneaban
sus bellas formas, con el mismo ornato de rústicas
espigas en la cabellera de oro, los mismos ojos que
no se podían mirar, y la propia irradiación abrasadora de su cuerpo. El calor que despedía era ya un
calor ecuatorial, intolerablr, un fuego que derretia
mi persona, como si fuese de cera. Quise saltar del
coche, llamar, vocear, pedir socorro; mas ella me
detuvo. Cal exánime, sin fuerzas, todo sudoroso,
desmayado, sin aliento; creo que mis facultades se
alteraron profundamente; perdí la noción de todas
las cosas, se nubló mi juicio, y apenas pude formular este pensamiento angustioso: •Estoy en las calderas infernales.,
Arrojado cual cuerpo muerto sobre los cojines,
aspiraba con ansia el rarificado n.ire. La diabólica
aparición llegóse á mi: sostuvo mi cabeza, dióme á
beber no sé qué delicado y refrigerante licor que
facilitó el trabajo de mis pulmones, difundiendo
, cierta frescura por todo mi cuerpo, y entonces me
senti mejor; mis excitados nervios se dilataron, dándome algún reposo; y al aclarárseme los sentidos,
pude oír el discurso que con dulce voz me dirigió
la señora, y que si mi memoria no me es infiel, fué
de este modo.
V

• Yo soy la plenitud de la vida, la cúspide del año
natural; soy la ley de madurez que prellide al cumplimiento de todas las cosas, la realización de cuantos conatos bullen en el seno infinito de la Naturaleza. .Antes de mi, todo es germen, esfuerzo, crecimiento, aspiración; después de mi, todo decae y
muere. Soy el logro supremo y la victoria que se
llama fruto, victoria admirable de las múltiples
fuerzas que luchan con la muerte. Por mi vive todo lo que vive. Sin mi la Creación serla en vez de
gloria y triunfo, una especie de bostezo perenne,
el fastidio de los elementos al verse sin objeto. En
el hombre, soy la edad del discernimiento y del trabajo; en la mujer, la fecundidad y el amor conyugal; en la Naturaleza, el desanollo de todos los seres que al verse completos se recrean en si mismos,
apreciando por su propia magnificencia la magnificencia del Creador. ins cabellos son el sol; mis
ojos la luz; mi cuerpo el ardoroso ambiente que al
pasar reparte la existencia; mi sombra el rocío que
bautiza las nuevas vidas; mi habitación es el cielo
con sus admirables ritmos; mi trono, el zenit. Soy
la sazón universal.

�REVISTA MODERNA.
REVISTA MODERNA.

ao

•En mi curso infinito, guíame el dedo de Dios.
Cuando aparezco, ya está todo preparado. Bástame sonreir para que el mundo se llene de frutos.
El labrador me espera con ansia, porque mi benignidad ó mi cólera deciden su suerte. Dóile abundantes mieses y regalados frutos; le anuncio los
mostos que llenarán sus tinajas; multiplico sus ganados y sus colmenas; aumento para el pescador
los inmensos rebaños de los mares, y al industrioso
le ofrezco días largos, al enfermo alivio, al sano
alborozo, expansión al rico, consuelo al miserable.
• Celébranme los hombres de todas castas, y los
que cultivan la tierra festejan mis clásicos días destinados al comercio, á la amistad, á los campesinos
banquetes, á las regocijadas bodas. San Antonio,
San Juan, San Pedro, el Carmen, Santiago, Santa
Ana, San Lorenzo, la Virgen de Agosto, San Roque, la Virgen de Septiembre son en el orden religioso mis triunfales fechas.
•Mis dias son fecundos y la vida se duplica en
ellos, porque avivo las pasiones de los hombres, y
exaltando su entusiasmo, les llevo á las acciones
más osadas. Acúsanme de incitar á las revoluciones y de seducir á las muchedumbres, agitando en
mis manos ardientes la bandera roja de la emancipación. Me vituperan por triunfos populares, y yo,
-sin pronunciar sentencia sobre esto, tan sólo digo
-que derribé la Bastilla, que destruí al vencedor de
Europa no lejos de estos sitios por donde vamos,
-que también aqui salvé al mundo cristiano de las
huestes de Mahoma. Yo abolí la Inquisición de España; yo detuve á los turcos á las puertas de Vie,na; yo he realizado mil y mil altísimos hechos cu_yo número no puede contarse, pues son más que
las vueltas que en todo el curso de nuestro viaje
dan las ruedas del coche en que velozmente cami.namos.•

VI
Y era la verdad que caminaba con rapidez, traspasando ya la fragosa sierra que es muro de Castilla. Habla caldo mansamente la tarde, y con la mudanza del cielo la señora aplacaba sus insoportables ardores, como fragua en que mueren durmiéndose las brasas. Sus ojos seguian brillando, mas no
con el resplandor del sol, sino con claridad blanquecina semejante á la de la luna. Su cuerpo despedía tibieza grata, que poco á poco se iba trocando en frescura. De este modo, la repulsiva diorn,
cuyo contacto sofocaba, se convertía en el sér más
bello y amable que imaginarse puede, y todo convidaba á reposar á su lado con sosiego y descuido,
viendo roda1· las horas y los astros, sintiendo pasar
el aire rico en fragancias.
Sus miradas me causaban dulce arrobamiento.
Vi en sus pupilas algo semejante al plateado reflejo de un lago tranquilo, y su sonrisa me sumergia
en dulce éxtasis. En sus labios observé no sé qué
eosa semejante á celestiales puertas que se abrian.
Asi pasamos toda la noche, recoriendo de un cabo á otro la tierra ilustre que sirvió de campo á la
inaginaria contienda de lo ideal con el positivismo.
Pero la noche recogla sus obscuridades para huir
.á punto que salían á saludarnos los primeros árbo-

les de Aranjuez, no lejos de donde celebran pacto
de amistad eterna Tajo y Jarama.
Rueda que rueda y silba que silba, entre polvo y
ruido, llegamos al fin á Madrid, donde mi compañera de viaje, profundamente aficionada á mi persona, no quiso dejarme, y me siguió en el coche, y
se aposentó en mi mismo cuarto, y se sentó á mi
mesa, vuelta ya á su primitivo estado, ó sea á la
desnudez abrasadora en que se apareció, pero conservando siempre aquel natural fantástico que la
hacía invisible para todos, excepto para mi.
Por el dia, hfzome sudar la gota gorda, y me sofocaba con solo acercar á mí las yemas de sus candentes dedo~; mas llegada la noche, recobró su
constitución tibia y placentera, alcanzando de mi
las amistades que no podfa concederle á la luz del
sol.
Lo más extraño es que habiéndola invitado á comer en los Jardines del Buen Retiro, la bendita señora descubrió de súbito unas mañas que me pusieron en gran det1asosiego, y fué que en mitad del
yantar, pretextando que su natu:aleza lo exigía,
empezó á menudear copas y á vaciar botellas con
tanta prestezn, que aquella no era señora, sino más
bien una bacante.
VII
No bien hablamos concluido de comer, cuando
la dama, enteramente transformada por todo aquel
liquido que habla metido entré pecho y espalda, empezó á hacer los más desaforados desatinos que pueden verse. Agitó primero las palmas de las manos,
al modo de abanico, haciendo correr un aire cálido
y seco que tostaba. Después rompió á reir con carcajadas estrepitosas de insensato, y cayó espantosa
lluvia, que puso como nuevos á los parroquianos
de aquel hermoso sitio, obligándoles á dispersarse.
Corrió después la niña con tanta rapidez que parecla vendaval, rompiendo las bombas de vidrio, alzando las faldas á las señoras, arrebatando sus sombreros á los galanes, desgarrando el telón del teatro, dóblando los árboles, haciendo gemir las ramas y cubriendo de hojas los mecheros del gas. No
he visto dispersión tan precipitada, pánico tan horrible ni confusión más grande. ¡Y cómo reta la picara al ver tales estragos! Yo procuraba calmarla,
mas esto no era posible. Temí que la llevaran á la
prevención por sus diabluras; pero la muy tunanta
tuvo la suerte (como todos los pillos) de que no la
viera la policla.
Después que desató sobre Madrid la importuna
lluvia que tanto molestó á los paseantes, sopló á
diestro y siniestro, y he aquí que comienza un frío
seco y displicente que hace tiritar á todo el mundo.
Estirando los cuellos de sus ligeros gabancillos, y
abrigándose con pañuelos de la mano á falta de
otra cosa, los madrileños corrían á sus casas, y gruñendo murmuraban: •¡Qué demonio de clima! ¡:\1aldito sea Madrid y quien aqul puso la corte de España!,
La misma autora de tantos desastres andaba con
capa aquella noche burlándose de los cortesanos y
de su cólera. Yo no pude contenerme y le eché en
cara su conducta, diciéndole que no me parecla pro-

3!)

cia; ningún río caudaloso la ha escogido para pasearse en ella; ningún bosque arraiga en su suelo.
Más allá, arroyos y lagunas, en cuyo espejo se
miran hileras de chopos, anuncian la frescura de
próximos montes cuyas primeras estribaciones acomete el tren sin que le estorben rocas ni pantanos.
Venciendo las grandes masas de la cordillera, que
convidan á la ascensión, el tren se empeña en subir
á Reinosa, la encapotada vecina de las nubes, Y lo
consigue.
Más allá, un monte huraño se empeña en detenernos el paso. ¡Pueril terquedad! En castigo de
su impertinencia es atravesado de parte á parte, Y
el tren pasa como la aguja por la tela. Después todo es fragosidad, aspereza, bosques en declive que
se agarran á la tierra y á las rocas con sus torcidas raíces: anoyos que se precipitan gritando como chicos que salen _de la escuela. Pero antes vimos el Pisuerga, un miserable hilo de agua, que
describiendo más curvas que un borracho se dirige
al Sur, y el Ebro, un niño que pronto será hombre,
y marcha hacia Levante.
Nosotros marchamos con las aguas que van hacia el Norte. A poco de salir de aquel largo túnel,
que parece una pesadilla, se nos presenta á la deViII
recha un chicuelo juguetón que marcha á nuestro
-Madrid es feliz-le dije,-si usted le abandona. lado brincando, haciendo cabriolas, riendo y echan-No, porqué allí dt&gt;jo mis delPgados, que son do bromitas á todas las piedras y troncos que en su
como yo misma.
camino encuentra. Es el Besaya, un modesto do
Excuso decir que la señora, transformada por la que nos acompañará gran trecho.
noche, era la más grata compañera de viaje que
Mientras descendemos con no poco trabajo la gipuede concebirse. De tiempo en tiempo sus ojos gant11sca escalera del Cantabria, el pillete, en vez
despedlan lividos relámpagos, lo que me puso algo de trazar curvas como nosotro~, de monte en monintranquilo; pero no pasó de ahl, y á la claridad te, baja á saltos, y le vemos en la hondura, riendo
que difu_ndlan sus miradas por todo el espacio, vi Y jugando. Pero no quiere abandonarnos, y en Bárel Esconal, monte de arquitectura al pie de otro cena de pie de Concha se nos pone al lado izquiermonte; vi los extensos pinares, cuyo bailoteo al pa- do, y por todos aquell,is valles y cañadas nos va
so de minueto me recordaba los olivos de Andalu- dando conversación con mucha cortesía y sosegacia; traspasamos la alta sierra en cuyo término do estilo.
Santa Teresa ha dejado su imperecedera memoria
En una garganta tapizada de lozano verdor, hasobre un caserío amurallado que parece montón de llamos las Caldas, una gran tina entre dos montaruinas.
ñas, y poco más allá, agujereando montes y franArévalo, Medina, los graneros y las eras de Cas- queando precipicios, salimos á un ancho y hermoso
tilla, nos vieron pasar, y sobre el suelo amarilleaba valle. Allí el Sr. Besaya se despide cortesmente de
la paja recién separada del grano. Pasábamos por nosotros, pues su amigo (el Saja) le espera en Tolos dormidos pueblos, que ni al estrépito del tren rrelavega para il' juntos á tomar baños de mar. Le
despertaban, y cuando avanzó la noche y aumentó damos las gracias por su atención y seguimos.
el silencio de los campos, nuestro inmenso vehlcuLas praderas verdes y limpias á nada del mundo
lo articulado parecla un gran perro fantástico que son comparadas en belleza; los bosques de castacorría ladrando de provincia en pl'Ovincia.
ños se extienden por las laderas, á. cuya falda riValladolid la dormida se quedó á mano izquier- cas huertas y frondosos maizales recrean la vista
da, obscura, grande, glacial, acariciada por su y el ánimo con su lozanla. Atravesamos por entre
amante Pisuerga, que anhela despertarla y apenas rejas un gran río que dicen Pas, y poco después
lo consigue. Atravesamos luego los frescos viñedos olemos el mar. Sin duda está cerca. Anúnciase en
y. deliciosas huertas de Dueñas la tro"'lodita
que irregulares charcas, como dedos retorcidos; vemos
o
1
vive en cuevas. Vino al poco rato Venta de Baños, después sus manos que agarran la tierra, y por úlque es un mesón puesto en una encrucijada de vlas timo un enorme brazo que se introduce entte dos
férreas en desierto campo. Torciendo ligeramente cordilleras.
á. la izquierda, tocamos en Palencia, ya inundada
de sol, sin soltar jamás el manto de polvo que la
X
cubre, y luego atrave,amos la tierra de Campos,
¿Y mi compañera de viaje?
surcada por el arado de uu cabo á otro, toda seca,
llana,_ ardiente, verdadero mapa trazado sobr(\yesAl llegar aqul, mejor dicho, desde que dejamos
ca. Nmguoa montaña grande ni chica ha encontra- aquellas fastidiosas llanuras castellanas, desaparedo apetecibles aquellos sitios para fijar su residen- cieron los accidentes caniculares que tan aborrecípio de personas bien educadas molestar al prójimo
y turbar diversiones licítas.
Echóse á. reir de nuevo, y me dijo que en Madrid
no pasaba semana sin hacer alguna travesura de
aquel jaez; que la alegria de la capital y su constante humor de bromas era contagiosa, por Jo cual
ella no podía resistir á la tentación de dar chascos;
que se complacía en deshacer las fiestas, en trastornar el tiempo, en soltar los frios del Norte después
dtl sofocantes horas, y que se divertla mucho viendo el descontento de la gente madrileña. Añadió
que no pudiendo eximirse de asistir á francachelas
y comilonas, la obligaban á empinar el codo, y que
una vez alterado el sentido, hacia las mayores locuras, casi sin darse cuenta de ellas.
Yo le dije que la vela camino de Leganés si se
repetían sus pesadas bromas; pero ella, riendo de
mi enfado, me contestó que al día sí.gqieqte el calor serla más insoportable.
Así fué en efecto, por Jo cual tomé las de Villadiego hacia el Norte, metiéndome en el tren al pie
de la montaña del Pl'incipe Pío: y he aqul que no
había andado dos metl'OS la máquina, cuando mi
compañera y amiga tomaba asiento junto á mi.

�40

ARo lV

REVISTA MODER~A-

ble me la hablan hecho. Amenguóse el resplandor
molesto de sus ojos, que brillaban, si, pero empañados por tenues celajes; dejó de echar fuego como fragua su hermoso cuerpo, y pude acercarme
libremente á ella, sintiendo, antes que calor, un
dulce temple que á un tiempo confortaba cuerpo y
alma.
Despertóse de improviso en mí Yiva inclinación
hacia á ella. Hablamos, se animó mi conversación
con requiebros y se salpimentó con suspiros, me
entusiasmé, coqueteé, me entusiasmé más, me declaré, hicele proposicioaes de matrimonio. ¡Ay! liumanos, ¿sois mortales porque sois débiles, ó sois
débiles porque sois hombres?
Condújome la taimada á un delicioso lugar, nombrado Sardinero, vecino al Océano, verde y cubierto de flores como un jardín, reuniendo en si la suave tibieza de la tierra y la frescura del mar, un
verjel con playa de doradas arenas, donde las liolgazanas olas se extienden desperezándose al sol,
un montecíllo encantador, primaveral, compendio
de todas las bellez.as de la Naturaleza.

Mi compañera, á quien desde aquel instante llamé mi esposa (porque consintió en serlo con pérfida
complacencia), me sumergió en el mar, me invitó
después á paseos y meriendas. ¡Oh, que felices días
pasamos! ¡Qué apacibles noches! ¡Cómo rodaban las
horas sin que sus pasos sonaran sobre aquel césped
florido ni sobre las cariñosas arenas de la playa!
Yo era el hombre más feliz de la creación basta que
un día, ¡infausto día!. .. Nunca babia visto á mi
compañera tan hermosa, ni tan alegre, ni tan amable ....
Nos bañamos juntos, disfrutando del halago de
las olas, asidos de las manos, mirándonos el uno al
otro, cuando de repente desapareció no sé cómo ni
por dónde, dejándome lelo, lleno de desesperación.
Busquéla por todos lados, dentro y fuera del agua.
No estaba en ninguna parte. Me eché á llorar y sentí frío, un frío que penetraba hasta mis huesos.
¡Triste, tristísimo día, horrible fecha! La recuerdo bien.
Era el 22 de Septiembre.
B. PÉREZ GALDÓS. .

NUESTROS COLABORADORES EN EL EXTRANJERO.

Oomunicamos á nuestros lectores que habiendo adquirido la colaboración
del Sr. Abogado Nicola Rubino, eminente escritor italiano, director de «La
Crítica» de Nápoles, tendremos el gusto de comenzar á publicar artículos suyos, brillantísimos de forma y vibrantes de sentimiento. Tendrán ocasión
nuestros abonados, desde luego, de gustar y de admirar las sensaciones de arte oriental_que nuestro nuevo colaborador nos ha enviado con el título de «Piccoli Azzurri d'Oriente. »

EN _HOMENAJE AL DUQUE JOB,
Organizará en su salón la Revista Moderna, la noche del día 3 del próximo
Febrero, un festival artístico.
Oportunamente se repartirán las invitaciones.

.......

MÉXICO,

1ª

QUINCENA DE FEBRERO DE

1901

NúM,3

REVIST A MO DER NA
ARTE V
DlRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEFE DE REDACCION: JESU S URUETA.
Tip. de Dt1bld11.

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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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      <name>Faunalia</name>
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