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                  <text>ARo IV
104

MÉXICO,

1"

QUINCENA DE ABRIL DE

1901

NúM.

7

REVISTA MODERNA.

quia orgánica. En fin, sabe que la conciencia clara
y progresiva en él se manifiesta, en el más alto gra•
do sobre el planeta Tierra. Asl, en lugar de levantar
pesadas construcciones que le aplasten, al impulso
del estupor que le cause el Eterno Misterio, otra
tendencia nace en él más natural y más vivificado•
ra. El entusiasmo que le causa esta ftlnomenalidad
omniforme, omniactiva, esa Naturaleza siempre va•
riante, siempre nueva, siempre sorprendente, siem•
pre espléndida, le produce el sentimiento estético,
que, cuando pasivo ó simplemente sensitivo, pro·
&lt;luce el placer de la Contemplación de la Belleza
de los fenómenos de la Vida, y, cuando activo, es
Arte, ó sea la suprema manifestación de la Vida
misma.
Lo inexplicable, bajo el punto de vista de la ra·
zón, eso incomprensible á la inteligencia, eso que
aterroriza á las mentes y :\. los corazonea débileF,
eso inspira admiración al Hombrn fuerte de inte·
lecto, como representación total suprema, eso le
produce el sublime sentimiento ele Belleza. A aquel
que ha alcanzado un alto grado de comprensión ya
no Je aterra el enigma. No teme la esfi nge. La res•
peta, pero sin de.jar que le devore, y admira á dis•
tancia las bellas formas bajo las cuales se le apa•
rece.
b":l sentimiento de la Belleza es el que sur¡;&lt;: en el
humano espíritu como último resultado 1111 la ,·e•
presentación superior del Universo, por él adecuamente sentido. Cada civilización, al llegará su des.
arrollo máximo, después de haber dado grandes
pensadores ha dado grandes artistas, y con ellos
un gran público capaz de sentir el Arte y de for·
marles atmósfera que los sostenga. La Belleza es
la sensación que resulta del Pjercicio del conocimiento, del comprender adecuadamente la reprc·
sentación del Universo; es el resultado más alto de
la Vida, y, por ~anto, el Supremo J&gt;lacer para los
Hombres.
Así Nietzsche resulta ilógico privando al Hombre del placer, en su camino hacia el 8uper-hom·
bt·e, y proclaman lo al mismo tiempo el Arte Apo
Jónico ó Dionisi.lCO, como el único que puede hacerle alcanzar un grado superior de la \'ida y con·
siderando la \'ida como fenómeno esencialmente
estético.
En esto último estáu de acuerdo Nietzsche y
Schopenhauer: ambos miran la \'ida como un fenó·
meno estético; solamente que para Schopenhauer
ol sentimiento de Belleza, el máximun de placer po•
sible, resulta del descubrimiento de su intelecto,
que la \'ida, esta Vida llena de dolores é injustil'ia~, es sólo una representación pura., una ilusión,
la .lf ,ir¡ de los Indos. Por lo tanto, predica la re11u11c1,,l'ión como remedio de que pase esa. ilusión
doloro~a, esa terrible pesadilla, para alcanzar en
el no se,· el estado perfecto. Nietzsche, al contrario,
cree como Schopenha.uer en las penas de la. Vida,
pueR el dolor lo sentla en lo más Intimo de su pro·
pío organismo; cree en la lucha precisa y en el sufrimiento uecesario, y se endurece para luchar mejor. As! el Intelecto convirtiéndose en espectador
de la lucha de la Voluntad, y aconsejándose y aun·

dirigiéndola, da al individuo, en el espectáculo de
su propia acción, el sentimiento supremo de la Belleza. Así el Hombre fuerte, si sufre como actor,
goza como espectador de su propia grandeza. Este es el sentimiento de lo Trágico. Y cuando se es
sólo espectador de una acción no contrariada, de
una acción tranquila y placentera, entonces viene
el sereno goce del Arte Apolónico á coronarlos es•
fuerzos de la Vida.
Para Nietzsche, como para nosotros, el sentí•
miento estético compensa, en el que tiene alma asaz
grande para. sentirlo, de todos los sufrimientos pa•
decidas en la acción dramática de sus instintos vi•
tales.
La Belleza es la redentora del Dolor. Sólo ella
es momlidad pe1'fecta.
El Cristiano, como el Budhista, para librarse del
dolor, se refugiaban en Dios, en el no ser, querían
desaparecer lo más pronto posible de la representación de esa Tragedia'; no se sentían con bastan·
tes fuerzas para llegar á su natural desenlace, y,
en su catitstrofe final, cae1· con dignidad, dejaudo
en pie su protesta, como calan los Héroes Griegos.
Y es que el Griego, en ern sagrada embriaguez de
la Vida, habla sentido la identidad de su yo con to·
das las formas del Universo; había presentido que
todo p,;raba contenido en su alma, que él era el Universo ." tenia derecho á dominarlo. Y esto, que se
le enseiiaba en los Misterios Dionisiacos, le daba
un goce superior, que derivaba del conocimiento
de su propia inmensidad. El Arte Dionisiaco añade
al Arte Apolónico la. conciencia, en el Artista, de la
identidad del espectáculo)" del espectador; un alma común enYuelve al público y :l. la escena. Asl
el verdadero Héroe afronta la realidad, por cruPnta que ésta sea.

~sta sublime posesión de la \'ida como fenómeno estético, no es posible más que después de ha berse libertado de la finalidad. Y biiy que notar
que la revelación de la irrealidad ó sea de la idea•
lidad del fenómeno, en una raza débil como la de
la India después de mezclada con sangre amarilla
condujo al suicidio, como en las razas decadente;
y mezcladas de elementos semíticos del fin del Im·
perio las condujo á renunciar á la Yida; mientras
que hoy, en las naciones de Occidente, en las ac•
tuales razas Americanas y Europeas (Arias), proYistas de una gran abundancia de energla y de
una gran organización comprensiva, esta clara,-¡_
sión del Universo, ese descubrimiento de la Unión
perpetua, son el motivo de una vida nueva, y producen la adoración de la Vida por su belleza suprema.
Allí donde el Bien en si y la Verdad absoluta han
naufragado, el Arte se salva, y erige sus hermosas
construcciones; y el Hombre goza de sus magnlfi·
cos espectáculos como un placer supremo, porque
el Arte, el sentimiento de la Belleza, ya sea activo,
ya pasivo, son la manifestación más genuina del
paroxismo de la Vida.
P0MPEY0

GENER.

REVISTA MODERNA
A RTE Y
DlRE OTO R: JESUS E. VALENZUELA.

C I EN CIA.
JEFE DE REDAOCIO~: JESUS URUETA.
Tip. dt Dublá11.

LA APARICION DE LA \'IlWl~N A SAN BER;\ ,\1{1)O.

F11,1Pr1xo L1rrr.-F1.onENC1A.

�)06

REVISTA MODERNA.

EL DICTADO DEL MUERTO.
éuando entramos al pequeño recinto de las sesiones espiritas, algnnos fanáticos esperaban con rostros de mansedumbre, rostros inclinados oblicuamente como en las figuras congregadas de VanEyck en las re;.les tapicerlas de España. Silenciosos,
mansos, vacuos, en abatimiento de grey carneril,
tenlan su anlmula presta á desligarse del cuerpo
mal alimentado con legumbres al uso de Comaro,
para dejarla pacer anchamente en los Campos Eliseos de la boberla. No pude reprimir mi desagrado al dominar de una ojeada el escenario é imaginarme fugazmente la comedietta que seguiría, y
saludé parsimonioso al Honorable Sr. Llaven que
se adelantaba hacia nosotros mlsticamente afable,
con la beatitud de-lln inquilino de Sión.
La visita procedla de mi amigo que me habla tentado:
-Ven; es un caso curioso y raro: una histérica,
admirable medium escribiente á. quien se le acaba
de mori1· su prometido, que desea saber las primeras impresiones del espiritu amado, en su vida ultra-terrestre.
Y en verdad que los ojos fosforescentes, errantes, flameado res, de la joven enlutada que destacaba fuertemente su perfil asceta de visionaría apocaliptica, irradiaban una fascinación irresistible.
Colocado yo en un ángulo de sombra 1 pude observar sin 1J6r observado la organización admirable
de la medium para la transfiguración cataléptica,
su nervio~idad excesiva, perturbada osten~iblemente por sacudimientos vibrátiles involuntarios, su palidez marmórea y patológica, su lasitud pectoral
amenazada de commnción, en tanto que Panurgo
abrla á su aprisco una estrecha rendija de Jo incognoscible y por ella se precipitaba, atropellándose, la venturosa idiotez del buen Sancho, rediviva en aquel reb11;jo de sanchos auténticos.
Al olr la voz dtll sugestionador que la llamaba
para la prueba suprema, la joven se estremeció
como si s1tliera de un suelio, avanzó dócil, anhelante,-¡por fin iba á realizar su ensuelio de comunicación con el amaclo!-y en breve no fué en manos
del hipnotizador sino una materia dúctil, una máquina humana que provista &lt;le lápiz y papel escri·
bla febrilmente, cou r eligioso pasmo ele la grl'y
cougn•gad11, cscribla con rapidt'z taquigriifica, has•
ta que el Sr. Llaven, co11sult11.nclo su reloj, coitó la
conexión del e~ph itu trnnsmisor, y por merlio de
tres habillsimos p11ses hizo abrir los ojos enloquecidos á la j oven tJU«&gt;, trabt11billante, soñolienta aún,
fué á ocupar su a11t11rior sitio.
El Sr. Llavcn, bin ahandona.r su beatifica flebili·
dad, ib:i. :\ hacer tal nz una blntei;is riel escrito leyendo llll'lltalmcmte, ClHln&lt;l.o á lllS pri,uel'IIS lineas
lo vl palidecer y v11cilar .... El auditorio r~pet:taba, y el 1,uges1io1111.dor, haciendo un gran ebfuerzo
para dominar su turbación, dijo fatigosamente:

- El esplritu evocado goza de bienaventuranzas
eternas .... os bendice y os exhorta al bien .... pero hoy es ya tarde y en la próxima sesión os diré
su voluntad .... Y vos también, bija mla-añadió
dirígiéndose á la joven que escuchaba tremulante
- hasta entonces oireis su palabra .. .. os ruego que
espereis .. . .
Y como todos se levantaran obedientes y se despidieran unos á otros con humildad de bienaventu•
raclos pobres de espíritu para quienes fué hecho el
reino de los cielos, increpé á mi amigo sacu diéndole
un brazo:
- ¿Crees que también soy del vil rebaño? .. . . me
has traldo á ver un caso curioso y raro, y yo quiero
leer lo que hay escrito en ese papel!
-¡Yo también quiero!-dijo él, y aprovechándose del aturdimiento del hipnotizador, se apoderó
del papel olvidado sobre la papelera y huimos á un
café, donde ya solos leimos esto, esto que me pavoriza aún, hoy que procuro reconstruir la espantosa
revelación,
Alma:
Todas las torturas del infierno, todos los suplí·
cios infamantes de los precitos, inventados por la
locura de los hombres, no son comparab!es A la
despedazan te agonla que he i.ufrido en mi lecho de
muerte y en mi sepultura maldita!. ... Yo yacla vivo, vivo, con el infinito deseo de verte, de gozarte,
de perpetuar la fiesta de mi juventud inmortalizada por tu amot! ... . l\Ialdición! y un médico igno•
rante habla declarado que yo estaba bien muerto! .. .. Mi catalepsia provocada por el ataque agu•
dlsimo de neurastenia que sufrí, habla paralizado
todos mis movimientos, las manifestaciones más
sutiles de mi vitalidad latente en el núcleo de mi
corazón, esparciendo un fdo cadavérico en mis
miembros rígidos .... pero yo ola y pensaba, y era
un tormento abominable saber los preparativos de
mi entierro!.... Oia el llanto lamentable de los
mios, el llanto de mi madre que sollozaba dtil fondo
de sus entraiia~, el llanto de mis hermana~, cuyo
amparo ful, y los gritos deRgarradores tuyos, tus
gritos de amor y delirio que me partlan el cora•
zóu! .... Cuando te sujt&gt;t11ron por fuerza y te arran•
Cllron de mi, ol la carc11jad11. estridente tle tu ner•
viobidad exasperada por el dolor, y al alt•jute de
mi ebtaucia compre11di que me arrancaban la últi•
ma esperanza de \'Olver á la vida!.... Mi espanto
crecía desmesuradamente á cada instante que volaba .. . . Los cuchicheo!! de los dolientes que acudían atraídos por el miedo tenebroso de la mue1 te,
me haclan sufrir pavuras indecibles. ¡.\h! ellos no
sablan si estahn11 tan próximos como yo A saber lo
que era la muerte!. ... La impotencia de hacer pal•
pable mi vida me exe.speraba hasta el vé1 tigo¡ mi
razón se entenebrecla con la noche de la locura 1

REVISTA MODERNA.

107

por un prodigioso esfuerzo volvla á la lucidez con del maelstrom, imploraba con la ceguedad de la fe
la sarcástica_ilusión de que pasarla mi catalepsia c?n la venda sempiterna de la esfinge; y mi festina'.
antes de ser rnhumado. ¡Dolo!·osa irrisión de mi an- c~ón _de creyente, de contrito, de piadoso, de propohelo febril de vivir!. .. No parece sino que tenlan s1tano en proclamar á mi Yuelta al mundo las exprisa de deshacerse de mi! Apenas habían dejado celencia~ de la Inmortal ~Iisericordia, se atropellala e_stancia mortuoria tú y mis hermanas, piadosos ba en m1 cerebro enloquecido ante la videncia de
panentes se encargaron de la fúnebre tarea de la ten~brosa realidad!. . . . Cortó mi ruego sin fin
vestirme para tenderme; yo lo sabia por las palabras un ruido de pasos que me circundaban y escuché
que murmuraban en torno mio. Después compren- frases que me cercioraron ele que la hora de llevardi que me p~nlan en el ataúd augosto donde debla me al cementerio habla llegado . ... ¡Maldición!. .. Un
yacer para siempre, y me trasladaban á una pieza terror inconcebible se apoderó de mi, quise gritar
en cuyos ángulos se agrupaban las plañideras en- c~n todo mi ímpetu, quise con un esfuerzo prodicargadas de ronronear camándulas por mi Anima
gioso romper los lazos invisibles que ataban mis
las veladoras de oficio, aborrecibles en su aparien'. miembros rlgidos; pero á despecho de mi voluntad
cia de aves negras de los cadáveres!. . .. Las horas ningún músculo, ni el más noble, ni el más sensible:
pasaban con tediosa mono ton la para ellas pero con me ~bedeció, ni mi lengua vibró con la menos perverti~inosa velocidad para mi, que rene¡aba de la ceptible contracción, ni mi garganta emitió el meestupidez humana y de mi fatalidad inexorable! . . . nor aliento que no al'l'ojaron mis pulmones fosiliYo tenia dos amigos, médicos inteligentes, y anhe- zados, ni mis párpados, ni mis labios, ni mis vértelaba que alguno de ellos me visitara en mi lecho bras, ni los flexores del dorso de mis manos ni mi
de muerte y que por curiosidad, ya que no por tórax, ~ue yo juzgaba jadeante y henchido 1por la
af~cto, me ex~minara para cerciorarse de si ya no angu~tla y el espanto, ni mis flancos que en plena
e~1stla; pero, o no sabian mi fallecimiento ó no qui- posesión d~- mi sensibilidad se hallarían palpitantes
sieron molestarse en concurrir. El silencio del can- c?mo los h1Jarcs de un perro fatigado, ni mts artesancio en quienes me velaban, la suspensión de Jas nas que con tan tremenda sobreexcitación hubiepreces por el sueño de las plañideras, fué para mi ran estallado ... . ¡nada, nada obedecla á. mi volunmás espantoso todavla que el cuchicheo; preveía el tad impotente! ... . Si alguien me hubiese auscul momento definitivamente fatal y un tel'l'or incon- tado el corazón oprimiendo su oIdo sobre mi pecl¡o,
mensurable me hacia luchar inútilmente por rom- n~ habrla percibido sus tenulsimas palpitaciones:
P_~r °:'i odiosa apariencia mo~tal, mas Ja paraliza- m1 pecho erll l.\ losa de mi sepulcro y sobre él hacion rnvencible hacia que se estrellara mi rebeldía brla sido impotente la sensibilidad de un micrófoinútil con una impotencia mil veces cruel! . .. . Re- no!• . • • l\Ie levantaron! .. . . Lo comprendl con tecorrla ya minuciosamente mi vida, con avidez des- rror inmedible en la explosión de lamentaciones laenfre~ada, á fin de recordar qué crimen, qué mons- crimosas, me levantaron y colocaron mi féretro en
truosidad habl'ia cometido para merecei· aquel el pavimento para que, alzada la tapa de mi ataúd
t'.·e~ind~ castigo, y no encontraba en mi requisito- los mios me vieran por la última vez . . . . ¡Dios tre'.
na mflex1ble méritos bastantes á justificar suplicio men~o! Un martillazo estridente, lúgubre y seco,
~an horrendo!. ... ~Ie llevarían, asl, consciente é
me ~izo saber que clavaban la tapa, que me ahemerme, los :e_rdugos sanguinarios é irresponsa- rreoJaban para siempre, que me proscribían de los
bl~s, _los hom1c1das tenebrosos bajo la apariencia vivos, que me condenaban para toda una etemidad
afltct1va de su máscara dolorida, ¡Dios del cielo! y á la muerte, á la putl'Cfacción, á la nada! l\fe veía
m~ en_terra_ri~n _vivo! Dónde estaba, pues, aquella inter!or~ente roldo por los gusanos que holgaban
m1senco1·cl1a mfinita que los hombres han prego- en mis pustulas, que se multiplicaban en mi carne
na~o en su cobardia delincuente como supremo disuelta .. . . ¡Condenación! Y yo estaba vivo vivo
ah'tbuto de la Divinidad? .. . . í mi impiedad se es- Y me entregaba asl, odiosamente inerme, á que
' me'
p_a ntaba de su formidable impr11cación, y cala de la echaran como pasto putrefacto á la voracidad de
cu~a de su soberbia á la sima insondable de sumi- las larvas inmundas!. . . . Contaba con estupor los
sena, Y ~e lo ~~s profundo de mi alma apostasia- mar~illaz~s que daban á cada clavo . . .. ¡era una
b~ de mi_ r_e,behon y me prosternaba en el polvo de horrible smfonia la de los martillazos y el llanto!...
m1 contnc1on demandando gracia cou ardiente fe Cuando se cercioraron de que la clavazón era her•
en _el p~odigio · · · · •¡Señor! que d¿scienda hasta ml mética, de que no podrla escaparme para venir por
tu mfimta misericordia! Tú que resucitaste á Lá- las noches á _llorar mi desventura en los sitios para
~a~o! Tú que resucitaste al hijo de la viuda de mi más quendos, me alzaron en hombros y me lle•
a1m.1 Haz, Seiior, el milagro, pequelio para tu por• varon!. • .. Y mi pobre corazón lacerado, despazatentos_o poder, de redimir mi apariencia mortal! do, triturado, venciendo en su poder de entraña
Auxlhame! Sálvame! Tú, el único Todopodero- más noble que mi cerebro quebrantado, abrió Arau'.
so'•
. m1stico
. Y mi deseo vehemente
· : · · · y mi. d e 1·mo
dales la fuente viva de mi dolor y geml en mi AniY_ m1 locura de vivir para amarte ¡oh alma que has ma con la amargura dolorosa que no ha existido jasido amada como ninguna lo fué en la tiel'l'a! se más'.• • • •. l\Ie pusieron en un tranvla fúnebre cuya
~strell_a~~n como mi rebeldla irreductible ante la trep1dac1ón me torturaba horrorosamente y yo ola
tmpas1b1hdad de lo irremediable! Mi rogación deli- la vid~ resonar en torno mio, la Yida coJmenaria
rante, de amarga y dolorosa vehemencia me abis- de la ciudad estruendosa, y una angustia infinita
maba en
· msondable
·
'
. la voi•ágme
que ha tragado
á la se anudaba como vlbora constrictora á mi corazón
:~m~mdad durante dos milenios en la divinización pasionante Y me mordla para inocularme de nuevo
e milagro; y náufrago, perdido en las entraiias el virus viperino de la rebelión! . . . ¡No! iDioll de
1

�REVISTA MODERNA.

ros

REVISTA MODER~A.

Dios! .... aquello era formidablemente injusto como es omnipotente el poder divino, y yo acusaba á
Dios de implo, y mi alma blasfema lo apostrofaba
con los dicterios más candentes, en explosión de cóleras horrendas·que solamente los conde.nados del
Cócito pueden formidar!. . . . La ciudad quedaba
atrás con una vertiginosidad kaleidoscópica; el trayecto no fué para mi más que una ilusión de trayecto, y con una lejana vislumbre de sensibilidad
exterior, sentí cuando el carro se detuvo definitivamente á la entrada del panteón, y que manos
abominables se apoderahan de mi, y me bajaban
¡oh.... si! me bajaban! y me conduelan atropelladamente al lugar del camposanto, del campo mald!to
donde estaba abierta mí sepultma! Tormentos rndecibles, ~orturas sin nombre me corroían como
corrosivos hirvientes .... ¡Ah! era, pues, consumado mi sacrificio? .. . . Me suspendieron en el aire. . ..

¡Maldición de maldiciones! y :ne bajaron lentamente hasta que cal para siempre en tierra, en el f?ndo de mi sepulcro! .... Entonces sen ti un zumbido
sordo, como de riada que desciende, en mí cráneo,
en mis sienes, en mis arterias. . . . ¡Era la sangre,
la san"'re vivificadora que se precipitaba de nuevo
en mi ~rganismo para bañarlo con su riego de vida!. ... En este instante supremo, oi con terror inconcebible un ruido sonoro y siniestro sobre mi
ataúd ¡la primera paletada de tiena! y luPgo un
redoble furioso que cala cada vez más sordo .. • • .
¡Dios mio! Dios de piedad!. ... Me entenaban!. • • •
Me habían enterrado!... . Dios de misericordia! • • •
Y yo respiraba trabajosamente .. . . Yo abria los
ojos . ... ¡Yivo! . ... al fin vivo! .... Y la asfixia.• ••
(Aquí fué donde el Honorable Sr. Llaven consultó su reloj.)
RUBÉN

1901.

ME~íORIA ETERNA.
En luz medrosa baña los ampHos ventanales
'.\furiente sol de invierno que al misticismo invita;
Mas, dentro, llena el alma de ensueños ideales,
No espera ya los dulces coloquios nocturnales
La. célebre germana, la rubia l\largarita.
l\lirad: cercano al busto de un héroe legendario,
Sus enpolvadas hojas muestra el devocionario
Poder que en esperanza toda amargura trueca;
Y venerable amiga del cofre centenario,
Junto al hogar sin lumbre parada está la rueca.
No suben á la estancia desde el jardín vecino
Canciones de la alondra, ni esencias de las flore~;
Ni, al bienhechor influjo de un hálito divino,
Triunfante del penoso letargo vespertino
Yibrar la niii:i. siente In voz de los amores.
Pasaron como sombras las pláticas aquellas
Gozadas al cobarde fulgor de las estrellas:
Pasó de l\lefistófeles la intensa carcajada .. . . ;
Y en torno i1 la vetusta mansión abandonada,
De Siebel y de Fausto borráronse las huellas.
¡Oh tiempo inexorable! ¡Titánico verdugo!
¿Quién á tu loca marcha de vencedor resiste ... . ?
Humildes y potentes sucumben á tu yugo;
Y sólo vida eterna reconocer te plugo
A la fatal historia del alma de algún triste . . . .
Cuando el linaje humano, viril y:arrepentido,
Al Nazareno siga con paso decidido,
Homéricas legiones que el universo aclama,
Pontlfices y r0yes de cegadora fama,
Cayendo irán al vasto sepulcro del olvido.

M. CA~IPOS.

109

Mas tú, fiel Margarita, por bella sin ventura,
Tendrás férvido culto y adoración segura
'.\fíentras Amor las almas de resplandores vista . . ;
Y habrán de consagrarte eu pago á tu dulzura
S us ansias cada novia, su genio cada artista.
L UIS

BARREDA.

:\1éxico, 1901.

DOLIENTE.
A JESÚS URt:ETA.

ha, la empujaba por la pendiente lúgubre de la miseria.
Vendió sus trajes nuevos; vendió casi toda su ropa blanca, y - pero, oh Dios, ¿no eres bueno?-tuvo que vender casi toda la ropa blanca y los trajes
nuevos de Celia; aquellos trajes queridos que tan
linda hacían á la niña!
Y el otoño corrla; y vendría el invierno. . . . el
invierno del norte, helado, amargo, cruel, espantoso para el pobre. ¡Qué seria entonces de ella, sin
telas gruesas, sin comidas vigorizantes, sin fuego!
¡Qué seria de Celia, que nunca se quejaba porque
todo lo comprendía, pero que iba palideciendo, palideciendo rápidamente, como una joven rosa en•
ferma!
Un día no hubo para comer. El día siguiente
tampoco habría, ni el tercero, ni el cuarto, tal vez
nunca más .... Ah! el espectro fatal cómo le verla
llegar, haciendo su mueca honible, y llevársela, y
llevarse á Celia, á su hija!
Entonces fué cuando recibió una carta del señor
inglés que habitaba el principal de la casa .... Era
soltero; rico. Habla visto á Celia; le gustaba. No
podía casarse con ella, porque pensaba no casarse
jamás. Pero la tendría como á una esposa. La dotarla; la educaría, y si era buena, más tarde ... .
¡quién
sabe!-Y acompañaba la carta con una fuerA la muerte del esposo-destenado de la patria
por causa política-triste, aislada, sin dinero, con te suma de dinero.
Noche tremenda esa noche para la pobre madre.
una hija, Celia, de catorce años, se encontró la po·
bre señora en la ciudad inmensa como el viajero Su hija desde temprano dnrmia un sueño pesado,
producto del desfallecimiento físico.-Empezaba el
perdido en medio de un bosque enorme y feroz.
Sabia de piano; buscó discípulos. Pero ¡bah! qué invierno; la nieve golpeaba, blanda, te; ca, el techo
padres ricos confían la educación musical de los y los cristales de la ventana, en cu~·as rendijas gehijos á una desconocida? Y los padres pobres . . .. mla un viento fino, helado, punzante.-Cubrió A la
bija con la única manta de lana que poseía, y ~o
esos no tienen piano.
¿Trabajar en otra cosa? ¿Cómo? Ella, una plan- sentó á la cabecera del lecho miserable. No sentia
ta de los delicados jardines hispano-americanob! frío; no tenla ya hambre. El sacudimiento rudo
No vislumbraba luz alguna salvadora. El mañana que le había causado en el alma la carta, le hacia
se le ofrecía fatídicamente impenetrable .... Y en- insensible el euerpo .... ,¡:\1añana!• Y en la som tre ella y la patria el océano y tierra, mucha tierra bra, percibiendo como en un sueño tenebroso la
respiración débilmente rltmica de Celia, apretanextraña!
Comenzó á vender sus pocas alhajas. Las vendió do entre la mano crispada la carta salvadora y
todas. Así pudo comer ella; así, sobre todo, pudo cruel, se répetla esta palabra, que en el cerebro
comer la hija un corto tiempo. Luego vendió los enfiebrado le zumbaba siniestra y tenaz.
¿Rehusar? ¡Y su bija! Ella, la madre, podía momuebles, uno á uno. Dejó la habitación cómoda que
ocupaba por un cuartito en el último piso de la rir; estaba ya resignada; bastante babia s-.ifrido, y
misma casa .... Y la existencia se le iba haciendo la muerte seria el descanso, el olvido. ¡Pero su hija!
cada vez menos posible, y el infortunio la empuja- No, eso no debía suceder; no queda que sucediera.

-Cuando veo-me decia el anciano médico mi
amigo, apoyando la barba en el dorso de las manos que descansaban sobre el puño de marfil de su
bastón de ébano, sentados los dos en la banca más
sombda del parque, una noche en que por entre el
follaje espeso esparcía la banda militar sus jocundas fanfarrias- cuando veo pasar al lado de las hijas lujosas á estas madres sanas, alegres, triunfales, porque sus niñas de nada carecen, porque pueden satisfacerles todos los caprichos, porque las
11guarda, tal vez, un matrimonio honroso que se
celebrará con tocia la pompa de los rituale3 mundanos, recuerdo en seguida á aquella otra madre
desdichada, á quien, en los primeros años de mi
profesorado, asistí en su enfermedad mortal- un
caso de hipertrofia del corazón-y quien me hizo
la confidencia de la última era de su vida, allá en
la mareante y portentosa ciudad de las audacias
imprevistas .... Esa confidencia la escuché una semana antes de morir la enferma; un dla de primavera, en que la tierra toda vibraba en un delirio de
vida y toda la atmósfera rela, con risa feliz, bajo
la caricia intensa del sol.

�REVISTA MODERKA.

REVISTA MODERNA.

110

Ella no tenla el derecho de quebrar la existencia
en capullo de la joven; no tenla el derecho de destruir aquella nave nueva que estaba aún á la OTilla del largo, del hondo, del enigmático mar de la
vida.
¿Aceptar, pues? Y su educación inolvidable; su
educación severa y religiosa, que la hacia mirar el
concubinato como un acto criminal, como el envilecimiento del amor, tan noble si el matrimonio lo
consagra! ¡Y ahora se trataba de su bija! Era su
bija quien se uniría sin matrimonio, sin amor, á un
desconocido!. . .. Y estrujaba entre las manos 111
carta; y, trágicamente visionaria, miraba modelar·
se, poco á poco, en la sombra, al espectro fatal.
Rehusar!. ... Aceptar!. ... Por un rato grande
estos pensamientos contrarios estuvieron luchando, luchando. Después, como cansados, quedaron
inmóviles, y parvadas de recuerdos de la vida pasada le asaltaron el cerebro.
Los recuerdos azules! Tenia quince años, uno
más que Celia; estaba toda de blanco en un baile de
confianza, y valsaba con un joven gallardo y correcto. Le parecia oír, clara, precisa, evocatriz, la
música de aquel valse; le parecía oir, timida, vibrante, turbadora, la voz pasional del joven, del
que fué después su esposo. ¡Ah los placeres dulces
y castos de los amores de novios; las impresiones
profundas, reveladoras, de la primera noche nupcial! .... ¡La bija!
Llegaron los recuerdos grises.-La pasión política del esposo; su ocupación constante en planes
revolucionarios; sus continuas ausencias de la ciudad; su indiferencia de amante, La guerra civil; el
esposo preso. El destierro!
Y llegaron los recuerdos negros.- La enfermedad lenta, indomable, del compañero amado, del
apoyo fuerte; el agotamiento de la escasa fortuna;
el país extraño. La viudez; ella y su bija aisladas;
la pobreza ..... la miseria ..... el hambre ..... la
muerte quizás! Y volvían los pensamientos contrarios á comenzar su lucha, y volvía á estrujar entre
las manos la carta del señor inglés, y volvía á ver
modelarse, poco á poco, en la sombra, al espectro
fatal.
As! la sorprendió el alba; una alba brumosa, anémica, tiritante, como precursora de un día triste,

triste, Y en la gloria lívida de aquella alba, percibiendo como en un sueño tenebroso la respiración
débilmente rítmica de la bija dormida, apretando
entre la mano crispada la carta salvadora y cruel,
•jhoy!•, se repitió mil veces la madre, y esta palabra, en el cerebro enfiebrado, le zumbaba siniestra
y tenaz.
Tuvo que aceptar .... ¿El honor? ¡Oh, es verdad!
El honor! Y que el hambre apuñalée el cuerpo, y
que la desesperanza desgarre el alma, y que se vea
á la hija adorada palidecer, palidecer rápidamente, como una joven rosa enferma que '"ª á morir!
Aceptó, Mas desde aquel dia-á pesar de que su
vida material fué holgada; á pesar de que en su
nueva habitaci&lt;in decente la visitaba todos los dlas
Celia, que sanó del modo rápido como habla enfermado y adquirió toda su frescura brillante, toda
su belleza exquisita, toda su nativa elegancia- sobre el corazón de aquella madre la tristeza lloraba
un llanto continuo, que lo fué hipertrofiando inexornblemente.

Pobre mujer! La última vez que la vi estaba tendida, rlgida y enlutada, sobre el lecho blanco. El
fulgor de una lámpara broncinéa, filtrado por un
globo azul, le envolvía el rostro, contraido por el
supremo escalofrio, en un velo sutil, vago y misterioso; y dos lágrimas se perlaban sobre la raya de
los párpados apenas abiertos, como si la l\luerte,
al beber en aquel doloroso vaso humano, hubiese
arrojado allí las heces del licor amargo de la Vida .... Y aquella noche de primavera la tierra to·
da, en el deleite de un ensueño, suspiraba, y toda
la atmósfera sonreia, con sonrisa feliz, bajo la caricia dulce de la luna!
Ya sabe usted por qué- terminó, irguiéndose, el
anciano médico mi amigo, mientras la banda militar, que babia callado, esp&amp;rcla otra vez por entre
el follaje espeso del parque sus jocundas fanfarrias-cuando veo pasar al lado de las hijas lujosas á las madres ricas, sanas, alegres, triunfales,
1·ecuerdo en seguida esta historia lejana, triste, triste y fiel. Y ella se sucede en el mundo eternamente, quizá!
DARÍO

Colombia.

H~RRERA.

ELTRANVIA.
Había un obrero muy trabajador cuya mujer era
buena, cuya hijita era preciosa. Habitaban en una
gran ciudad.
Para el día del santo del padre compraron una
hermosa y fresca lechuga y un pollo que asaron.
Y todo el mundo estaba contentísimo aquella maIiana de domingo, hasta el gatito que contemplaba
l11, gallina con aire picaro, prometiéndose tiernos
huesos que roer.
Almorzaron, y el padre dijo:
-Vamos, por esta vez, á pagarnos el tranvía y
pasearemos hasta los alrededores.
Salieron.
Hablan visto, muchas veces, elegantes señores y
Trad. de e Revista l\Ioderna• ).

hermosas damas hacer seflas al cochero del tranvía,
que paraba inmediatamente sus caballos para que
pudieran subir.
El buen obrero cargaba á su hijita y él y su mujer se detuvieron en la esquina de una hermosa
calle.
Un ómnibus barnizado avanzaba hacia ellos, ,:asi vacío. Y sentlan grande alegria pensando que
iban á subir por cinco centavos cada uno. Y el
buen obrero hizo seña al conductor para que detuviera los caballos. Pero el conductor, viendo á
aquella pobre gente, los miró con de~precio y no
detuvo el carruaje.
FRANCIS

JAMi\IES.

\

LA ~[J[Z
A L U IS BARREDA,

Junto con los silvanos juguetones
Animó las florestas sosegadas,
Y ensefíó á las sonoras enramadas
A repetir sus rústicas canciones.
A la sombra de glaucos pabellones
Desfloró pudorosas hamadriadas,
Y corrió tras las ninfas asustadas
Al par de los centauros garañones.

Hoy el soplo glacial de los inviernos
Ha doblado las puntas de sus cuernos,
Su flauta de carrizos está muda,
Y lleno de pesares y congojas,
Al mirar una náyade desnuda
Suspira de impotencia entre las hojas.
EFREN

REBO¡,.LEDO.

111

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REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

J 12

PRERRAFAELITA.

DE "EL JARDIN DE LOS SUPLICIOS."
Son los chinos jardineros incomparables, muy superiores á nuestros burdos horticultores que no
piensan más que en destruir la belleza de las plan•
tas por medio de irrespetuosas prácticas y criminales hibridaciones. Estos son verdaderos malhecho·
res y no puedo concebir cómo, en nombre de la vida universal, no se han dictado aún severlsimas leyes penales contra ellos. Hasta que se les guillotinara sin piedad me seria agradable, de preferencia
á esos pálidos asesinos cuyo •seleccionismo• social
es más bien encomiable y generoso, puesto que lamayor parte de las veces no hiere sino á Yiejasmuy feas
y á muy innobles burgueses que de por si son un
perpetuo ultraje á la vida. Y además de que han llevado la infamia hasta deformar la g1·acia conmovedora y delicada de las flores simples, nuestros jardineros han osado la degradante burla que consiste en dar á la fragilidad de las rosas, á la irradiación estelar de las clemátides, á la gloria firmamental de los delpltinium.~, al heráldico misterio de los
iris, al pudor de las violetas, nombres de viejos generales y de políticos deshonrados. No es raro encontrar en nuestros ¡&gt;arques nn lil'io, por ejemplo,
b1mtizado: El Ge11el'al Archina1·d.' . ... Hay narcisosnarcisos! que grotescamente se denominan: Triwifo dtl Presidente Péli.c Faure; rosas que sin protestar aceptan el ridículo apelati,·o de: Duelo de
.,fonsieur Thiers, y violetas, tímidas, friolentas :r
exquisitas violetas á quien los nombres del General Skobeletf y del Almirante Avellan no parecen
apodos injuriosos! .... J.a flor, toda belleza, toda
luz y toda alegria .... toda caricia también, evo·
cando los rezongones mostachos y las pieles de paquidermo de un soldado, ó bien el toupet parlamentario de uu ministro! . ... Las flores lanzando opiniones polfticas y sirviendo para difundir las propagandas electorales! .... A quó aberraciones, á
quó decadencias intelectuales corresponden, pues,
tales blasfemias y tamaños atentados á la divinidad
de las cosas? Si fuese posible la existencia de un
ser bastante desnudo de alma para sentir odio ha.
cía las flores,:los jardines europeos y en particular
los jardineros franceses justificarían esa paradoja
inconcebiblemente sacrilega!. ...
(Trad. de Revista Moderna).

Ai:, PINTOR

.Artistas perft1ctos y poetas ingenuos, los chinos
han conservado piadosamente el amor y el devoto
cnlto por las flores, una de las muy raras y de las
más lejanas tradiciones que han sobrevivido á su
decadencia. Y como es necesario distinguir las flores una de otra, les ban atribuido analoglas graciosas, imágenes de ensueño, nombres de pureza ó de
voluptuosidad que perpetúan y harmonizan en nues•
tro espirito las sensaciones de dulce encanto ó de
violenta embriaguez que nos producen .. ... Asl es
que á ciertas peonias, sus flores favoritas, los chinos las saludan según su forma y su color con estos
nombres delíciosos que son cada uno un poflma ó
una novela: La joven que ofrece sus senos; ó J.,'l
Agua dunniendo bajo la lttna; ó El sol en la selva;
ó El p,·imer deseo de la nrgen acostada; ó'J,[i Túnica no es toda blanca po1·que al desgarrarla el Hijo del Cielo la ti11ó de sangre 1·osa; ó bien, por último: He gozado de mi amigo en el jardln.

Con razón los chinos sienten orgullo por el Jardín de los Suplicios, el más completamente bello
quizás de toda la China, donde sin embargo los hay
maravillosos! Abl están reunidas las esencias más
raras de su flora, las más delicadas como las más
robustas; las que vienen de las neveras montañesas
ó las que crecen en la ardiente hornalla de las llanuras y también las que misteriosas y siniestras se
disimulan en lo más impenetrable de las selvas y
á las cuales las supersticiones populares prestan
almas de genios malhechores. Desde el paletuYario hasta la azálea saxátil, la violeta biflora basta
lli nepentes destilatorio, el hibisco volubita hasta
el helianto estolonlfero, desde la audrosaxa invisible en su grieta de roca hasta la lianas más locamente enlazadoras, cada especie está representada
por numerosos ejemplares que repletos de alimentos orgánicos y tratados, según los rito~, por sabios
jardineros, alcanzan anormales desarrollos y coloraciones cuya intensidad prodigiosa nos es penoso
imaginar bajo nuestros climas morosos y en nuestros jardines sin genio.
ÜCTAVl!l

.MIRBEAli.

Ll!lANDRO JzAGUIRUE.

I
Adorna tu gracia los libros de horas
De piel de cordero que un fraile minió?
O allá en la vidriera que tardes y auroras
Incendian, acaso tu imagen surgió?
Crenchas engarzadas en brillantes nimbos,
Hostias y azucenas en el rostro oval;
Un peplo sembrado de breves corimbos
Do emergen las alas de un pavo real.
Tus manos: dos lirios que oprimen los orbes
Velados y leves de tu seno en flor,
Y á tus pies querubi:s pulsando teórbes
Y ángeles tañendo las violas de amor ....
Asi en el exvoto de un glíptico arcaico
Vi tu misterioso perfil de otra edad,
.Asl entre la pompa de un viejo mosaico
De púrpura y oro, miró tu beldad!
JI
Lanzando á los cielos su gótica aguja
Entre altos cipreses de negro verdor
Surgió en mis ensueños la antigua Cartuja
Donde eras ti'.1 virgen y yo era prior.
Dejando el rosario de huesos de oliva
Asían mis manos paleta y pincel,
La celda me daba la luz de su ojiva
Y el atrio la sombra de un noble laurel.
Del toque de alba, tras la eucaristla,
Extático, lleno de honda beatitud
.Al Angelus lento que el claustro envolvía
En vagas penumbras y eu triste quietud,
Pinté tus encantos con mistica fiebre
Ciñendo tus sienes con nimbos de paz,
Cuajando tu manto con gemas de orfebre,
Formando con hostias y rosas tu faz!
Y mientras creaba tu ingenua sonrisa,
Dejando en tu frente la nieve de un lis,
Hablaban conmigo desde una cornisa
Las llricas aves del Santo de Asis!

Ah mi hábito blanco! mi gótica aguj a,
Mi azul luminoso, mis lirios en flor!
Con cuánta nostálgia mi ser se arrebuja
Eu esos recuerdos de aquella Cartuja
Donde eras tú virgen y yo era prior!
Hoy, ha muerto el iris en el cielo umbrío,
Hoy, en la paleta del fraile sombrío
~o brilla una sola tinta de ilusión,
Sólo el agua fnerte del amargo hastío
).Iuerde el rojo cobre de su corazón!
' JOSÉ JUAN

:;\larzo, 1901.

TABLADA.

�LA HIGIENE.*
ESTUDIO BIBLIOGRÁ~'ICO, Á PROPÓSITO DEL «J!ANUAL POPULAR DE HrGTENE,&gt; DE LA
JUNTA IMPERIAL DE SANIDAD DE ALEMANIA.-TRADUCIDO AL ESpAÑOL
POR E[, DR.

M. l\foNTANER.-(F.

Derivase la palabra Higiene del griego hugaineia,
que quiere decir tener salud; as! podría definirse:
aquella parte de la medicina que se ocupa de los
medios, no ya de curar las enformed11.des, sino de
prevenirlas, es decir, el estudio de todo lo que con•
tribuye al funcionamiento normal del organismo
Un gran sabio ha dicho, que la medicina del porvenir será la medicina preventiva, es decir, la Higiene, pues vale más prevenir la enfermedad que
tener que curarla.
La Higiene preocupó ya en los más antiguos
tiempos, aunque su importancia verdadera y el que
se la haya reunido en un cuerpo de doctrina, sea
obra de los tiempos más modernos.
Los libros del Antiguo Testamento, y antes de
éstos los Vedas, y el Zend Avesta, están llenos de
prescripciones y de reglas para conservar la salud,
prescripciones y reglas qua se presentan siempre
como p,receptos sagrados. As! las abluciones, la
prohibición de comer carne de ciertos animales, las
unciones con bálsamos, eran sólo rPglas higiénicas
indispensables á unos pueblos que vivían en climas
rigurosos, y que ignoraban absolutamente el uso
de lo que hoy día es de sentido común respecto á la
limpieza del cuerpo. En la India en donde ciertos alimentos animales resultaban funestos por las enfermedades eruptivas que producían, su interdicción
eólo pudo hacerse eficaz escudándolos en el dogma de la transmigración de las almas.
En Egipto, en Persia, en Caldea, las leyes contenían prescripciones minuciosas, cuyo único objeto
era el combatir las influencias deletéreas del clima,
ó la purificación de la atmósfera frecuentemente infestada. Tal como los inciensos, minas y bálsamos,
quemados en las asambleas religiosas.
Entre los griegos, las costumbres higiénicas ya
se presentan sin la sanción religiosa. Con un clima
más templado, y, por tanto, más benéfico, el griego,
más que un sistema prohibitivo, en lo que toca á
la alimentación, seguía un sistema organizador del
cuerpo humano. As! la gimnasia adquiere gran
preponderancia, con los baüos, la alimentación sólida, la vida al aire libre, y la danza.
• Sr. D. Jesú¡ E. Valeniuela.-Barcelona, 2.¡. de Febrero de
1901.-........................................ . ....... . .... .

........................ Hoy le mando á vd. un artículo sobre
Higiene. Está escrito á propósito del A/anual Pop11lar de la
Junta Imperial de Sanidad Alemana, que ha traducido un amigo mío, el Dr. Montaner. Es un compendio utilísimo que bacía
falta en Espaíla y que no creo exista en los países de la América
L atina. Espero querrá vd. hacerme el obsequio de insertarlo
en su magnífica .R...is~ Aloder,ia ,. ........ Pm1r&amp;YO GENER.

L'EIX, EDITOR-BARCELONA,

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REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

114

1901.)

Entre los rcmanos, la preocupación de la Higiene
pública es aún más grande. Los baños eran, en
tiempo de los Césares, una verdadera institución,
llegándose hasta á exagerar su uso. Dictábanse reglas para la construcción de laij viviendas'!,' para
el saneamiento de los I.Jarrios populosos, llegando
á nombrarse delegados especiales para la inspección de las casas y edificios públicos, á fin de que
hicieran cumplir las reglas más indispensables de
la policía urbana. Llegóse á más, hubo tratadistas
especiales del arte de conservar la salud, tales como Plutarco, Galeno, Oribase, Aetius, Pablo de
Eginas, Alexandro de Tralles, etc. etc.
Con la venida de los Bárbaros, y con el predominio del cristianismo, en que se consideró el cuidado del cuerpo como vanidad y pecado, la higiene
desapareció por completo y las infecciones más horribles diezmaron la Europa. La suciedad y el ayuno predispusieron el cuerpo humano á todo género
de enftirmedades. Sólo los judíos y los árabes, durante este periodo, siguieron y practicaron algunas reglas de higiene; pero al aproximarse el Renacimiento, se reivindicó la personalidad humana
y volvióse á preocupar la Humanidad de la manera
de evitar terl'ibles enfermedades, manera que en la
Edad ll!edia estaba reducida á los amuletos, á las
rogativas, y á las procesiones (á poca diferencia
como hoy en el interior de España).
Los hombres de ciencia, estudiando los elementos de la Naturaleza y su fenomenolidad, fueron
los que sentaron los fundamentos de la verdadera
higiene en los tiempos modernos, desvaneciendo
las antiguas supersticiones. Se vió que el .Aire era
un cuerpo y que con la ayuda de ciertos instrumentos, se podía estudiar su composición, determinar sus materias extrañas y purificarlo, en caso
necesario, de sus g érmenes mortíferos, ó atenuar
sus acciones físicas y químicas. Lervet descubrió
la circulación de la sangre. Santorius el mecanismo
de la transpiración. Estudióse la respiración. Descompúsose el agua. Todús los fluidos elásticos fueron estudiados. Los cuerpos sometidos á análisis
dieron sus componentes simples, y así se pudo determinar su acción sobre la naturaleza humana.
Hal- lé, partiendo de todos estos datos, preparó un
tratado sobre la conservación de la vida, tratado
que la muerte no le permitió que acabara; después
de: él Foderé, Ratiev, Rostan, Loude, Parent du
Chatel, Hings, Pavet de Courteille, y más modernamente, Orfila con su estudio de los tóxicos, Bec.
quen:I, Bouchordat, Leoy, Tardiere y otros, han
preparado los trabajo~ que han venido á formar el

cuerp@ de doctrina que hoy se llama Hi,qiene, reforzados modernisimamente por los Zooqulmicos, y
los Microbiologístas, á la cabeza rle los cuales figuran Geyenbour, y el gran Pasteur.
La higiene hoy dia es un verdadero cuerpo de
doctrina que estudia: 1°, el objeto de la higiene;
2º, los materiales de la higiene y 3° la aplicación
de fa higiene á los diversos estados del hombre, ya
sea individual, ya sea colectivamente.
Así en la primera parte se estudia la constitución
del cuerpo humano, la actividad y el funcionamiento de todos sus órganos. Se parte de los elementos
mitológicos y morfológicos, y en su organización
ascendente se va á parar á la consideración de los
órganos en la plenitud de su desanollo; y en este
estado se estudia su funcionalismo vital, su inte·
gración y su desintegración y las reacciones qui·
micas que las acompañan. Así se llega al conocimiento de la Fisiologia humana, de los temperamentos, y de lo que podríamos llamar prolegómenos
de la patologia.
En el estudio de los materiales higiénicos, entra
el estudio de los agentes favorables y necesarios
á la vida del Hombre en general, así como el de
todos los elementos que influyen sobre ella, directa
ó indirectamente, de una manera favorable ó desfavorable.
En este número entran en primet· término la atmósfera y sus diversos componentes, la temperatu•
ra, las corrientes del aire, la humedad, la electricidad, la luz, la presión, las impurezas, los miasmas,
el agua y todos los medios de su conducción y purificación. Vienen después los alimentos, y la determinación de la cualidad y cantidad nutritiYa
utilizable en las substancias alimenticias; á. cuyo
estudio sigue el del análisis de las mismas para determinar su insalubridad, caso de falsificación, ó
de descomposición natural. Y terminaré el estudio
con los venenos, manera de reconocerlos y medios
de evitarlos ó de neutralizar sus efectos.
Siguen los vestidos, ó medio de preservar el
cuerpo humano de los agentes exteriores; y luego
la habitación ó vivienda, y veremos como ésta debe ser construida para que reuna las condiciones
de ventilación, desagüe, limpieza, protección del
calor y del frío, y aislamiento del ruido, condiciones indispensables para que no se trunque la evolución vital del hombre.
En la tercera parte, estudia la higiene las coudicioues favorables á la conservación y aumento ele
la vida del Hombre, en sus relaciones con la sociedad.
Se estudian las colecti\'idades humanas, ya que
ellas exigen otros cuidados generales, á más de los
del individuo, y en ello se agrupa todo lo que tien •
da á la buena circulación de los materiales que han
de dar la vida, como á la extracción, expulsión y
circulación completa, hasta su reintegración elemental en la Naturaleza de todos los residuos, deyecciones y demás desechos de los seres vivientes.
Se estudia también el tráfico y los medios de evitar que éste sea vehículo de enfermedades conta-

giosas, y se dan las prescripciones generales para
resistirlos.
Luego se pasa á la educación, dedicándose estu·
dios preferentes á la educación física, en lo que entra la gimnasia, el baile, la equitación, los baños,
y todo lo que hoy se comprende con el nombre genérico de Sport. lJ,fens sani.t in corpoi·e sano, es la
máxima que preside á esta sección de estudios.
A partir de aquí ya se especializa la higiene, dedicándose á aplicarse á los hombres según sean sus
oficios, profesiones, ó género de vida que lleven;
habiendo todo un tratado especial para las carreras
militares y marítimas, que tanto difieren de las
otras.
Parecerla aquí term inado el cuerpo de doctrina
conocido con el nombre de Higiene; pero, Je falta
aún tomar en cuenta la acción de las influencias
generales. Estas pueden ser ocasionadas por las
grandes alteraciones atmosféricas, por las infecciones del aire, del agua ó de los objetos (epidemias) y por las infecciones particulares ayudadas
por el contagio, ó sea transmisión de individuo á
individuo.
Por fin, los accidentes desgraciados y el estudio
de los conocimientos más indispensables para la
enfermería, y asistencia en los casos de desgracia,
forma el apéndice de dicha cieocia, sin la cual no
podrían vivir los pueblos modernos. Como indica
muy bien el tratado que nos ha inspirado este articulo, la mortalidad va disminuyendo rápidamente en todos aquellos Estados, comarcas, ó ciudades
en que la higiene es practicada de una manera es·
crupulosa. A principios del pasado siglo la vida
normal humana era como promedio el de 22 á 24
afios. Hoy dia, en los mismos países, como Francia,
Inglaterra, Bélgica y Alemania, es de 32 á 35. Aún
hoy dia, en las poblaciones higiénicas hay sólo una
mortalidad que varia entre 17 y 23 por mil al año;
tales Gi nebra, Londres, Parls, etc. En los que no
se cumplen las leyes de la higiene sino incompletamente, la mortalidad oscila entre 39 y 40 por mil;
tales :\fadrid, Barcelona, Constantinopla. Estas cifras hablan de una manera más elocuente que todos los argumentos posibles.
Luego con la práctica de las reglas de higiene,
los individuos viven sanos y fuertes y pueden ganar
unos en menos tiempo, siendo mayores sus energías para el trabajo. Véase, pues, la gran u tilidad
de la popularización de estos estudios. Estas razones impulsaron al Gobierno alemán á hacer esta publicación económica, y las mismas son las que han
decidido á la Casa F. Leix de Barcelona á popularizarla también entre los países de lengua espafiola, no
escaseando sacrificios para presentar debidamente
con los grabados, cromos y planos que requiere
una obra tan útil, y para hacer una traducción directa en lenguaje claro, sencillo, exento en lo posib le ele tecnicismos, para así ponerla al alcance de
todos.
Creemos que publicaciones como ésta honran á
la persona quti las da á luz y también á las que las
adoptan.

DR. P0)1P.ElYO GENER.

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REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

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LA RAMILLETERA.
Date lilla ......

:\lo1sés.- ;H1ouEL AiwEL.

REl~OVARE .1••••
.=::. Solo tú y yo sabemos el secreto
de nuestro amor como Luzbel caldo;
pero á las puertas del Edén Perdido
lanzando á todo su implacable reto.
Ya con tu ausencia el olt:iaje inquieto
de la murmuración yace dormido¡
mas nunca como ahora te he querido,
con un amor tan grande y tan discreto . . ..
Eres la carne de mi carne, vibra
en mis labios aún tu beso ardiente
y abrasa el corazón, fibra por fibra,
mientras la estrofa escápase candente;
y Amor ceñirla al Huracán le libra,
corona de recuerdos á tu frente!
JEsús E. VALENZUELA,

Marchaba la niiía lentamente, rozando el muro,
por la calle estrecha y tortuosa de los .ilfercanti.
No miraba los almacenes, no levantaba los ojos ha•
cia aquella banda de cielo que aparecía entre las
altas casas, no miraba siquiera delante de ella. Mi·
raba los adoquines como si los fuese contando. Ca•
minaba sin inquietarse por el lodo, por los choques
que recibía de algún raro vehículo que pasaba.
Cuando llegó á la pequeña iglesia de Ce1·1·iglio,
frente A la estatua del Ecce Ilomo vestido de rojo,
coronado de espinas, con los ojos llenos de lágri·
mas congeladas, con la frente y el pecho macula•
dos dt:i sang re coagulada, la niña le dirigió una mi·
rada indiferente y volvió sobre sus pasos, con el
mismo aire rígido.
Era una mendiga. Tenla hambre, tenia sed. Te•
nla las piernas desnudas y sus piececitos sin zapa·
tos s~ deformaban en el fango. En aquel domingo
helado de Febrero, no llevaba más ropa que una
camisa, una faldehuela desgarrada y deshilachada
retenida á su cintura por un cordón y un guiñapo
de chal enrollado en torno de su cuello. Nada más.
La niña era muy flaca, casi desecada¡ por las des•
garraduras de la camisa y de la falda se veía una
carne exangüe, terrosa; bajo el chal los dos huesos
claviculares resaltaban como si hubiesen querido
agujerear la piel, y se adivinaba cuán pobre era
aquel enfermizo y magro pecho de niiía. Las espaldas eran puntiagudas, encorvadas como las de
quien ha tomado la cos:umbre de encogerse siem·
pre á causa del frío ó para calmar los espasmos del
estómago. Un rostro serio y gra,e, con el mismo
tinte plomizo que el cuerpo¡ la frente baja y plega•
da; las finas cejas fruncidas, los ojos de párpados
grises, muy grandes, cercados de hollín, hundidos,
cavernosos; el perfil duro, rígido, acentuado ya co·
mo el de una mujer; la boca est1·echa, apretada, los
labios pálidos sin estremecimientos, con dos plie·
gues en las comisuras. Tenia siete afíos.
Habla trnido una madre descarnada, mendiga
también. Vagaban entrambas por las calles, pidien•
do limosna. Solian comer pan y dormlan en un rin·
eón, bajo una escalera, sobre la paja, la hija con la
cabeza sobre el seno de la madre. Después lamadre habla muerto de tifo y la hija quedó sola en el
arroyo. No lloró, no clamó, salió á mendigar como
de costumbre, pero no se le dió nada; aquel dla no
comió y durmió á la intemperie, sobre los escalo•
nes de la iglesia de Portanova, enrollada en si mis·
ma, como un peno.
Hacia tres años que la niña arrastraba aquella
vida, invariable. No sabia nada, no se acordaba de
nada, no guardaba otra impresión que la de un dla
muy largo en que habla tenido hambre.
Comenzaba sus peregrinaciones desde la maña·
na. La calle de los Mercanti, larga tripa en zigzag,

er1' su casa, y conocía todas sus callejas, sus corre
dores tuertos, sus callejones terroríficos, sus negras
barracas, sus arroyos fétidos, sus puertas angostas
y obscuras, sus escaleras usadas y arruinadas, to•
do alumbrado por una luz débil y gris. Iba y venia
sin descanso de la plazoleta de Porta11o va, que era
su punto de partida, hasta la capilla del Ce1'riglio,
donde era su punto de llegada. Se detenía en la
plazuela de Po1'to, daba una vuelta, dirigía una
mirada al simulacro del dios Orión pegado al muro
que el pueblo llama Pescado Niccolo, luego subía
por .Mezzocannone, mojándose los pies en las aguas
azules, rojas, violetas, de los tintoreros que traba•
jaban en ciertos antros lúgubres, en torno de ne•
gras calderas, agitando una misteriosa mixtura.
Llegada arriba, no osaba ir más lejos, y volvla ii
bajar á la calle de los ..llercanti, sin lanzar siquíe•
ra un vistazo á la posada, donde se doraban, friéndose, pescados y pastas que tomaban vivos y be·
llos tintes dorados y derramaban apetitosos y pe•
netrantes olores, mezclados ii los de los nabos cocí•
dos con vinagre. Yolteaba á la derecha por la sucia escalerilla de Sa,ita Bdrba1·a y trepaba hasta
el almacén del famoso comerciante en bizcochos¡
pero los bizcochos se le antojaban mucho y huía
de alll¡ al volve1· á bajar detenlase ante la puerta
del establecimiento de baños, mirando una fuente
hecha con rocas artificiales, fuente donde no habla
agua, pero donde, de el medio de anchas hojas verdes de hierro pintado, emergía una ninfa; prose•
guía su camino hasta el Cerriglio, y, desandan fo
lo andado, siempre con el mismo porte circunspec•
to, rozando los muros, deslizándose entre las piernas de los transeuntes.
Aquellas calles negras, aquella angustia, aquella
miseria, aquellas casas sudando humedad, aquellos
hedores, aquellos portes sospechosos, aquellos tintes sombríos, aquella ausencia de sol, aquellas ca•
ras usureras de los comerciantes, aquellos rostros
hipócritas de sus compradores, aquellos semblantes
estúpidos de las prostitutas, aquellas mercancías
miserables, polvorientas, averiadas, formaban su
universo. Tenla vagamente el instinto que más allá
de Santa B á1·bara, de Mezzocannone, de Ce1·riglio,
que al extremo de la calle de la Princesa-1\fargari·
ta, existla otro mundo, pero temía aventurarse en
él, le tenia un miedo salvaje; ya en la calle de los
Me1·canti temla á los otros mendigos que la golpeaban, á. los perros que querían morderla, á los
guardias que podlan detenerla, pero era astuta pa•
ra esquivar los peligros. Allá arriba era el peligro
desconocido. Cuando llegaba á. los limites que se
había fijado, lanzaba una mh-ada altanera á lo le•
jos y se escapaba, escondiendo su crespa cabeza
sobre su brazo como si se la hubiese perseguido.
Pedía limosna pero no siempre se le daba. Todas

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REVISTA MODERNA.

aquellas gentes atareadas que trabajaban duramente para ganar un salario exiguo, vendedores
que trataban de engañar á sus compradores, facchini encorvados bajo los paquetes y fardos, criadas sucias y haraposas, no se fijaban en ella.
Si por casualidad algún Setw,· atravesaba el barrio, tomábala por una ladronzuela y tentaba sus
bolsillos diciéndole injurias; otros, vestidos decentemente, pero pobres, la miraban y alzaban los hombros. A algunos inspiraba disgusto y la rechazaban con un gesto fastidiado. En la tortura del estómago que se revelaba, sin haber comido el dla
anterior, pedía primero en voz alta y de una manera
casi imperiosa un céntimo para comprar pan; luego
la voz bajaba y hacíase suplicante, ansiosa, lamentable, y algunas lágrimas fdas escurrían lentamente sobre sus carrillos. Continuaba yendo y viniendo, como maquinalmente, balbuceando palabras
indistintas, hasta que su voz se extinguía en su
garganta seca; entonces pedía limosna por la intensidad de la mirada. Al atardecer, cuando no se le
babia dado nada, era invadida por una gran lasitud, le volteaba la cabeza, y, vacilante, se arrastraba hasta las gradas de la iglesia de l'ortanova,
y allí permanecía inmóvil, encogida, como un paquete de andrajos del que se escapaba un sordo
gemido, Levantábase otra vez á vagar en medio de
las luces que se encendían, de los obreros que tornaban del trabajo y del olor á alimentos que salia
de las tiendas entreabiertas. Entonces solía atrapar dos céntimos ó un cortezón de pan, ó un hueso
de chuleta ó un resto de tripas, y se escapaba á devorarlo sintiendo una insoportable quemadura en
el estómago. Pero eran frecuentes los días en que
no recibía nada y en que se dormía en medio de
una torpeza enfermiza sin haber encontrado otra
cosa que comer que cortezas de naranja podridas
ó vainas de guisante. El sábado era su mejor día:
todos los sábados una mujer vestida con un pañuelo rojo en torno del cuello, una falda corta, zapatos de altos talones, un penacho verde, un peine de
plata. pinchado en el alto rodete de sus cabellos lustrosos de pomada y que tenla las mejillas teñidas
de carmín, le daba un céntimo. Aquella mujer permanecía frecuentemente apoyada contra. el muro,
con las manos en las bolsas de su delantal, canturreando du la mañana á la noche una canción trivial.

Spina de pe.sce
Sla vitá &lt;le.•perata quanno fenesce!
Dla por clía, y varias veces al día, pasaba la niña
11nte 11.quella mujer, pero solamente el sábado Je da1.,,, u11 1·rntimo, y esto durante cinco ó seis meses.
Dti~pu1:~ la mujer desapareció. Se la habla arrojado ó se habla arrojado ella en un pozo.
Cierto domingo la niña se sentía morir. A cada
instante le faltaban las fuerzas y se tiraba al suelo.
Las titindas estaban cerradas, los transeuntes apresurados pasaban sin verla, dirigiéndose todos hacia las calles superiores, desapareciendo allá arriba¡ ella los segula maquinalmente con la mirada.
Entró en la iglesia de Portanova. La iglesia estaba
vacla¡ le pareció inmensa y tenol'ifica¡ tuvo una

sensación de frío con sus pies desnudos sobre el
mármol; el sacristán la echó fuera. Tornó á su carrera por las calles desiertas: se vió sola, desesperada. Todo el mundo estaba allá arriba.
"Entonces, olvidando sus temores, impulsada por
el hambre, por el instinto, pasó la frontera y atravesando la encrucij11.da de la calle Catalana subió
las gradas de San Guiseppe. Quedóse estupefacta;
vela allf lo que nunca habla visto: una calle ancha,
hermosas tiendas, blancos palacios, jardines y cielo. Olvidaba su hambre frente á aq11el maravilloso
espectáculo; quedó atónita ante una juguetería
Allá arriba todo era bello, y seguía á la multitud
que se encaminaba por la Fontana Aledina, deteniéndc,se á cada paso, excitada, curiosa, sin acordarse de pedir limosna.
Sólo los carruajes la espantaban con sus filas ininterrumpidas que se cruzaban, pero ella marchaba sobre la banqueta. En la plaza ]Jfzmicipal, vencida nuevamente por la fatiga y la debilidad se
sentó sobre un banco, cerca del jardín; pero después de un momento saltó á tierra y corrió, también ella, hacia San Ca,·lo¡ allí, pequeñita como
era fu é arrastrada par la multitud hasta San Fernando. No veía nada, apretada en medio de toda
aquella multitud, pero sentía calor y estaba bien.
A cada instante un ramillete de flores atravesaba
el aire, luego otro, luego una lluvia de flores desprendidas; {L cada instante la muchedumbre se hacia á un lado para dejar pasar un coche donde iba
alguna hermosísima dama vestida con telas soberbias y sentada enmedio de flores: visiones rápidas,
fugitivas, brillantes, que casi espantaban á la pobre pequeña. El tiempo transcurrió así: el día declinaba, las flores caían más lentamente, el rumor
era menos fuerte, la turba disminuía. Una graciosa aparición pasó cerca de la niña; estaba vestida
de negro, pero su vestido era corto y rico: tenia el
rostro blanco y sonriente, enormes brillantes en sus
menudas orejas y llevaba en la mano un canastillo
de flores sueltas y en ramilletes. Era una deslumbrante ramilletera que amontonaba dinero en el
fondo de su cesta.
Señora, señora, dame una flor, murmuró una voz
infantil.
Y la ramilletera con un movimiento vivo y encantador dejó caer en las manos de la niña un puñado de claveles. La niña sonrió, fijó un clavel en
un agujero de su camisa y quiso vender flores puesto que tenla tantas. Pero las gentes no se las compraban. Un estudiante le dijo: Cuando seas más
grande podrá,¡ vender flores. Un señor grande y
gordo se puso á declamar contra la mendicidad y
contra la inercia de la policla. La niña no comprendió el sentido de sus palabras, pero si comprendió que Jo enojaba. Tampoco allá arriba las
gentes eran buenas con ella. Era harapienta, fea,
sucia, é iba descalza; sus grandes ojos dilatados
daban miedo, su cabecita enmarañada y selváti~a
daba miedo también. Entonces el hambre volvió,
feroz, quemándole el pecho, desgarrándola. Un soldado que pasaba compró un clavel y le arrojó un
céntimo. La niña entró en la panaderfa y compró
un panecillo. Qué excelente banquete! pero quería
irse; comenzaba á tener miedo¡ aquellos can·uajes

119

REVISTA MODERNA.
Ja aturdian y necesitaba pasar al otro lado de la
calle. Tomó lmpetus, bajando la cabeza. En la elegante victoria, una dama. lanzó un grito Y se desvaneció.
Sobre la v!R, cerca de la banqueta, una inocente
criatura agonizaba con las piernas deshechas. Ago-

nizaba tendida en medio de los claveles regados en
torno suyo, teniendo uno apretado sobre su pecho
con una de sus manecitas y en la otra su panecillo,
con el rostro bl1mco y serio, la boca entreabierta Y
sus grandes ojos asombrados y dolorosos vueltos
hacia el cielo.
MATILDB

SERAO.

IN MORTE DI GIUSEPPE VERDI.
CANZONE-

Si chinaron su Jui tre vaste fronti
terribili, col pondo
degli eterni pensieri e del dolore:
Dante Alighieri che sorresse il mondo
in suo pugno e Je fonti
dell'universa vita ebbe in suo cuore;
Leonardo, signore
di veritá, re dei dominii oscuri,
flssa pupilla a'rai de'Soli ignoti;
il ferreo Buonarroti
che animo del suo gran disd!'gno in duri
massi gli imperiturl
figli, i ribelli eroi
silenziosi onde il destino (· \'into.
Vegliato fu da'suoi
fratelli antichi il creatore estinto.

E cTi sovrnnga!• sia la tua parola.
Vegliato fu da'suoi
fratelli antichi il creator che dorme.
E simile alle fronti degli eroi
era la fronte, sola
e pura come giogo alpestro, enorme.
E profonde eran l'orme
impresse dal suo pie nella materna
zolla, profonde al par! delli anticbe¡
e J'alte sue fatiche
erano intese ad una gioia eterna.
E come !'onda alterna
dei mari fu il suo canto
intorno al mondo, per le genti umane.
E noi, nell'ardor santo,
ci nutrimmo di lui come del pane.

Come la nube, quando é spento il Sole
dietro la opache cime,
di fulgore durabile s'arrossa:
contro all'ombre notturne arde sublime
la titanica mole
e la notte non ha contro leí possa;
cosi dalle affrante ossa
)'anima alzata contrasto la morte,
avverso il buio perdnro splendente,
Dinanzi alfa veggente
tutte a.pea te rimasero le porte
del :i\listero, e la sorte
urna.na fu sospesa
su l'alte soglie ove la Forza trema,
Sul rombo, nell'attesa,
allor sono la. melodía suprema.

Ci nutrimmo di lui come dell'aria
libera ed infinita
cui da la terna tutti i suoi sapori.
La bellezza e la forza di sua vita,
che parve solitaria,
furon come su noi cieli canori.
Egli trasse i suoi cori
dall'imo gorgg dell'ansante folla.
Diede una voce 11.lle speranze e ni lutti.
Pianse ed amo per tutti.
Fu come !'aura, fu come la polla.
:i\Ia, nato dalla zolla,
dalla madre de'buoi
forti e dell'ampie querci e del frumento,
nel bronzo degli eroi
foggio se stesso il creatore spento.

La melodía suprema della Patria
in un inmPnso coro
di popoli salí verso il defunto.
Infinita, dal Brennero al Peloro
e dal Clmino al C11tria,
accompagno ne'cieli il figlio assunto.
E colui, che congiunto
in terra a vea con la virtu de'suoni
tutti gli spirti per la santa guerra,
pur Ji congiunse in terra
col suo silenzio fuuerale e proni
Ji foce innanzi ai troni
ecl ai vetusti altari
ove J'ltalia fu regina e iddia.
Canzon, per í tre n ari
vola dal cuor che S'&gt;era e non oblia!

E disse J'Alighieri in tra gli eguali
nella funebre notte:
cO gloria leí Latin,, come tramonti!
Quivi bianche parean dalle incorrotte
spr.glie grandeggiar le ali
sotto la fiamma delle vaste fronti.
E Dante dh¡se: •O fonti
della divina melodía ricbiusi
in lui per sempre, che tutti li aperse!
Ecco quei che s'aderse,
su la sua gloria, in cieli piú diffusi
e agli uomini confusi
parve subitamente
artefice maggior della sua gloria.
O natura po8sente,
non conoscemmo noi questa vittoria!•

�REVISTA MODERNA.

120

E Leonardo: clnnanzi ebb'io la nucla
faccia del Mondo immensa,
come quella dell'Uom che a dentro incisi
Creai la luce in Cristo su la mensa
e creai l'ombra in Giuda;
dell'Infinito feci i miei sorrisi.
Poi, nel vespro, m'assisi
calmo alla sommita. della saggezza
ed ascoltai la musica solenne.
Per qnali vie convenne
meco quest'aspra forza a tale 11.ltezza?
Come questa vecchiezza
semplice e sola attinse
il culmine ove regna il mio pensiero?
Fratelio m'c chi vinse
il suo fato e tento novo sentiero •
E il Buonarroti disse: •lo prima oscuro.
per opra piú perfetta
rinascere, di me nacqui motlello.
roí mi scolpii nella virtú concetta,
come ne! marmo puro
s'adempion le promesse del martello.
E posi me suggello
,·iolento su! secolo carnale
di grandi cose moribonde ea.1 co.
Trato apersi un vareo
nelle rupi all'esercito immortal~
degli eroi soprn il Male
vindici; senza pace,
28 Febrero 1901.

ARo IV

stirpe insonne, anelammo all'alto segno.
Ben costui che or si giace
tal cuore ebbe, s'armi&gt; di tal disdegno.•
~{ella notte cosi gli eterni spirti
riconobbero il Grande
cuí sceso era pe'tempi il lor retaggio.
Il tita.no giacea senza ghirlande,
senza la.mi na mirti,
sol corona.to del suo crin selvaggio.
E, come il primo raggio
dell'alba fu, la maggior voce disse;
• Ü patria, clegna di trionfal fama!•
E parve che una brama
di rinnovanza dalla tena escisse,
e che le zolle scisse
clai vomeri altro seme
chiedessero a nove: seminatore,
e che l'onte supreme
vendicasse la forza del dolore.

MÉXICO,

iª

QUINCENA DE ABRIL DE

1901

R .E·VISTA MODERNA
ARTE Y
],)!RECTOR: JESUS E. VALENZUELA .

CIENCIA.
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
1'i11. de Dttblá11.

Canzon, per i tre mari
vola dal cuor che spera oltre il destino,
recando il buon messaggio a chi l'aspetta.
Aquila giovinetta,
batti le penne su per l'Apennino;
p&lt;•r 1·aere latino
ra pidarnente•vola,
poi cliscendi con impeto :nei piani
sacri ove Roma e sola,
getta il piú fiero grido e J¡\ rimani.
GABRIEi.E

D'ANNU).!ZIO.

LAS SEIS NOTAS DE LA FLAUTA.
Eu los campos dn la Sicilia, no lejos del mar, exis·
te un bosque de almendros. Es aquel un sitio antiguo formado cou piedras negras y en el que, desde
hace luengos a11os, se han sentado los pastot·es. En
las ramas de los árboles vecinos, penden jaulitas
de cigarras, tejidas con junco, pino y varas de mimbre verd~ que sirvieron para atrapar pececillos.
La que duerme, Prguida sobre el sitial de negra
piedra, con los pies envueltos en cintas, con la cabeza oculta bajo cónico sombrero de paja, espera
á. un pastor que jamás volvió.
Partió con las manos untadas de cera virgen para corta1· carrizos entre las húmedas trampas para
pájaros, pues quería modelar una flauta de &amp;iete
rnbos, como le había enseñado el dios Pan.
Y cuando hubieron transcurrido siete horas, se
escuchó la primera nota, cerca del sitial de negra
piedra donde vela la que duerme aún.
La nota se oyó cerca, clara y argentina. Después
transcurrieron siete horas más sobre la pradera

(Traducción de •Revi~ta Moderna.• )

azul é iluminada por el sol y la segunda nota se escuchó alegre y dorada. Y cada siete horas la durmiente de ahora, escuchó que sonaba uno de los
tubos de la nueva flauta.
El tercer sonido fué lejano y grave como el clamor del hierro; y la cuarta nota, más lejana, se escuchó como el profundo retintín del cobre; la quin•
ta turbada y breve como el choque de un vaso de
e~tañr, pero la sexta, sorda y ahogada como los
plomos de una red cuando chocan entre si.
La durmiente esperó en vano la séptima nota que
aún no resuena. Los dias envolvieron el bosque de
almendros c.,on brumas blancas y los crepúsculos
con sus brumas grises y las noches con sus brumas
púrpuras y azules.
Quizá el pastor espera la séptima nota á bordo
de luminosa balsa, entre la sombra creciente de las
noches y de los años .... y sentada en el sitial de
piedra negra, la que esperaba al pastor se ha dor•
mido.
MARCEL

NúM. 8

SCHWOB.

SANTA ÁGNIIISE,-ANDREA DBL SABTO,-CATEDR4L DB PISA,

¡

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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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              <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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              <text>Tipografía de Dublán</text>
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              <text>Urueta, Jesús, 1868-1920, Jefe de Redacción</text>
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              <text>Peña, Guillermo de la, Administrador</text>
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              <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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      <name>EL dictado del muerto</name>
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