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                  <text>ARo IV

REVISTA MODERNA.

136

siquiel'a en unas pocas lineas el nh·el de los otros, eso bastaba á se1· inmediatamente sospechado por lo
menos de oligarca. Habla llegado á entenderse por verdadero demócrata un hombre desnudG de méri•
tos, desprovisto de luces, un semibárbaro atado á groseros vínculos zoológicos, falto de pulimento, re·
cién venido de la hez para honra y glol'ificación de la canalla.,
Como una simple belleza literaria véanse estas consideraciones, cuando dos amantes sin haber for•
mulado sn afecto, comprenden, en silencio, que se aman: •Las palabras no sólo hubieran sido inútiles;
brutales hubieran sido, como las guijas con que un chico vagabundo rompe el claro sueño de una fuen•
ta. Los dos lo co1nprendlan y callaban. Sus almas, hasta esa noche oprimidas, necesitaban del silencio.
En el silencio parecfan dilatarse como en la espes_u ra de las frondas la garganta del ave antes de rom•
per en trinos. Y asl dill\tadas, aquellas dos almas llegaron á rozarse, besándose y acariciándose, al tra•
vés de los brazos trémulos, como deben ele acariciarse dos rubíes, dos llamas, dos rosas, ,si de mal de
amores padecen alguna vez las rosas, los rnbles y las llamas. •

MÉXICO,

11\

QUINCENA DE MAYO DE

1901

REVISTA MODERNA
AR T E
DIRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

V

CIENCIA.
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dtiblá11,

Concluyo. La novela de Diaz Rodríguez, literariamente considera.da, es· obra que ~erece el amor y
el aplauso, aun de los artistas exquisitos; pero como obra sociológica, como noble reacción de un esplri·
tu re_belionaclo por intolerables infamias, como valerosa protesta contra un vergonzoso y deplorable estado social, su mérito es mucho mayor.
Y al cerrar ·el lihro dos contrarias impresioaes depl'imen y exaltan el ánimo: la ignominia de que
existan sociedades ahogadas por el cieno espeso de tan criminal barbarie y el oí·gulloso placet· de mirar
que en plena frente de esa ciudad beocia y relajada se lev1rnte ht. mano de hierro de un moderno Juve•
nal implacable que á formidables golpes de martillo clave en la frente impura su obra de castigo y ex.
piación, sangrienta y corrosiva como un pasquln, noble y vindicadora como un laudo de tl'iunfante jus·
ticia.

Han llegado á esta Ite&lt;lacción las siguieutes Llevista...~ y Liuro~:
• L'Essai L'ittéraire • Revue mensdelle. Urgane du Salon des poet(•S. Parí,i, Févriér, 1901.
•L'Rrmitage.• París. Févrit'lr, 1901.
•El Cojo ilusfrado.• Edicición quincenal. 1° i\Iarzo, 190L. Carneas.
• La Albol'aJa,• Semanario de letras. 3 Febrero, 1901. :lfontevicleo.
• Venezuela Ilustrada • Quincenario de Ciencia y Letras. 15 y 28 Febrero, 1901.
cl 'ida social.• Semanario de Literatura. Buenos Aires, 3 y 10 Fehrero, 1901.
• El Con·eo Lite1·a1·io.• Semanal. Buenos Aires, Enero y Febrern, 1901.
cEl Pensamiento Latino.• Santiago ele Chile, Enero y Febrero, 1901.
•La Revista.• Parls, Marzo lº, 1901.
• El Tritmfo del Ideal.• Novela de Pedro César Dominici. París, 1901.
•Episodios Militares :Mexicanos• de nuest1·0 colaborador Heriberto Frias.
•Estudios filo~6fico11 y sociales• y •Sociología y Ciencia Económica• de Enrico Piccionr, de Sautia•
go de Chile.
Almanach Popular Brazileirn para o anno de 1901.

J. J. T.

l

NúM. 9

•

'

..

A.urnontA DE J.A PRJl!AV8RA, UN DE1'TAOUO.-J30TTJCET,LT.-FrnEN'ZJi).

�"LAVÓ SU CUERPO CON AMBROSÍA ...... "
CUNO.
« .... e tanto plu supera (il pittore) gl'ingegoi de Ji omi•
ni, che l'ini!uce ad amare e innamorarsi di pittura, che non
rappresenta alcuna donna viva •

Era un perfil austero de lineas de medalla,
Gestos y porte duros, indómita cabeza,
Y en su cruel pupila reflejos de batalla
Y en sus altivos labios blasones de grandeza.
Su acento era como una vibrante sinfonía,
Su cabellera un casco~bruñido y luminoso,
La lumbre de sus ojos, qué ardiente mediodía!
Sus senos, que suave cojín para el reposo!

Oh juventud! y entonces sonaron tus esquila!&lt;,
Y entonces las estrofas de brillos estelares
Bogaron en mi suelio de láminas tranquilas
Como en las quietas fuentes los cisnes familiar!'s,

LF.ONARDO DE VINCI,

UQUESA de Urbino! blanca Eleonora! no han encontrado mis ojos ni han deseado
mis amores, un cuerpo tan incitante como el que ofreciste- desnudo hasta los pies
-ele perfecto modelo á los pinceles del Tiziauo. Eres el fruto maduro de la Forma.
Bien hizo el artista en no convertirte en diosa, bien hizo dejando caliente tu
carne. Caliente es tu cabellera rubia, caliente es tu boca osculante, caliente es tu
s(lno donrle florece el pezón ele fuego, caliente &lt;'S el broche triangular de tu sexo.
Tienrs sa11;.:rn. Tir1rns pasiún. Yives. Rn l11. lfnea del arte q1rndó palpitando tu piel de mujer.

Bramó mi sangre entonces como un turbión deshecho,
Corrió mi sangre hirviente como un alud que rueda,
Y golpeó la dura muralla de mi pecho
Como un tenaz martillo que bate una moneda.

l•: n mi éxtasis inmóvil forjaba su sonido
Afanes de conquista y ardores ele batalla,
Y el golpe de la sangre, fogoso y repetido
Grabó en mi pecho el busto ele lineas de medalla.

V.ENGS DE

URBINO.- TIZIANO.-FLORENCIA.

(lleré e.ntró en la alcoba nupcial qu, su hijo bien a1n'ldo Heph'listos habla hecho. Ent,,ó y cerró las
puertas respla11decientes.
Rhapsodia XIV de la Ilíada.)

�140

REVISTA MODERNA

Y no eres impt'tdica, no eres ptll'\'ersa. No liabitas en el museo secreto del arte de amar. Estils junto
h las madonas de Rafael y del Col'l'eggio, y las vences en esplendor. Estás sobre la Yenus de Medici y
te burlas del mármol amarillento y frágil. Eres el placer, la risa de la vida, la miel del beso, el desmayo
de los ojos, la impaciencia ele la caricia, el frenesí de la posesión, el espasmo rápido y eterno .... Eres el
Pecado, el pecado delicioso, delicioso, delicioso, oh Erótica! Así como no hubieran podido pintarte las
medias tintas anémicas del Botticelli, y así como te pintaron los colores francos del Tiziano, te desdeñarán los hipó~ritas y te amarán-los fuertes. Fuerte, fuerte como condotiero véneto era Guy de l\faupassant,
y dijo de ti que te prefería á todas las mujeres vivas.
(Lavó su cuerpo con ambrosia; después se perfumó con mt aceite divino cuyo aroma se espai·ció en
la mansión de Zeus, sobre ta tierra y en el Uranos.
Rhapsodia XIV de la Iliada.)

Tendida sobre cojines rojos, después del bailo, descansas. Oh, t1'.t no sufres, tú no lloras: es el secreto de tu belleza corporal. Tus ojos bovinos reflejau las harmonias luminosas. No eres excesiva como una
Bacante ó como una Santa; no te entregas ebria de pámpanos ni oliendo á ungüentos claustrales, con las
ropas desceñidas ó las carnes maceradas; no debo llamarte vagabunda, ni circular, ni frenética, ni orgiasta. El limite de tus placeres es el placer mismo. No naciste para ser madre ni par¡:i ser prostituta.
Eres triunfal: te aclamaron en una fiesta de Venezia cuando surgiste desnuda sobre la proa de oro de
tu góndola.
(Una i:ez perfumado su bello cuerpo, peinó .m cabellem y frenzó los cabellos brillantes, bellos y divinos, que flotaban de su cabeza inmortal.
Rhapsodia XIV de la Iliada.)

Tienes un manojo de flores en la mano. En el fondo, cerca de la loggia de columnas abierta á la luz
de Florencia, las siervas sacan de un cofre las ropas fabricadas en Burano para vestir á la Duquesa

(Revfatió una Khlamyde dit:i11a que la misma Athenea habla hecho adornada de mil maratillas, y la
fijó sobre su pecho con broche de oro. Se puso im cinturón de cien franjas, y en .rns 01·ejas bien agujereadas pendientes trabajados con cuidado y adornados con tres piedras p1·eci?sas. J" la gmcia la envvlvia toda entei·a.
llhapsodia Xff &lt;l e la lliada )

No, no te Yestirán nunca. Podré contemplarte siempre así, desnuda, suntuosam ente &lt;lPsnu&lt;la, l\le
parece que todos los amores que he tenido en la vida, juntándose en el nivel de un solo anhelo, funden
sus ritos en loor de tí, blanca F.leonora! Sonad en los bosques, agudos pifanos de Pan! estallad en mi
alma, cláusulas polífonas de la poesla! sea. la Primavera! sea el amor!-Imágenes de mujeres neuróLicas,
imágenes de mujeres sanas, imágenes de mujeres frías, imágenes de mujeres apasionadas, imágenes de
mujeres que amé, imágenes de mujeres que me amaron, insaciables Sulamitas sedientas de riego como
el desierto, tenues Epifanías tejidas de ideal, hijas frondosas del Sol robnsto, hijas impalpables de la Luna histé rica .... , idos lejos, á la bruma, al olvido; dejadme solo con Ella, con la pecadora, con la indeformable, para contemplarla, tanto, tanto, que mi locura la zafe de la tel11 1 y llena de vida :ne ciña con
sus brazos, me dé la miel de su lengua, desmaye sus ojos bajo mis ojos, abra á mi amor el hroche triangular de su sexo, y la posea sobre los reclinatorios negros de una góndola negra, en un canal muerto de
Venezia muerta!

( El h{io de lú·o,ws tomó á la Esposa en sus bi·azos.
Ri1apsodia XI\' de la Iliada.)
Florencia, Marzo de 1899, pensando en el pintor Leandro Izaguirre.
JESÚS

URUETA.

,

VEJECES.
Las cosas viejas, tristes, desteñidas,
Si n voz y sin color, saben secretos
De las épocas muertas, de las vidas
Que ya nadie conserva en la memoday á veces á. los hombres cuando inquietos
Las miran y las palpan con extrañas
Voces de agonizantes dicen, paso,
Casi al oído, alguna rara historia
Que tiene obscuridad de telaraiías
Son de laúd y suavidad de raso.
Colores de anticuada miniatura
Hay, de algún mueble en el cajón, dormida,
Cincelado puñal, carta borrosa,Tabla en que se deshace la pintura
Poi· el tiempo y el polvo ennegrecida,
Histórico blasón donde se pierde
La divisa latina, presuntuosa,
l\Iedio borrada por el liquen verdr,1'Iisales de las viejas sacristías,
De otros siglos fantásticos espejos
(~ne en el azogue de las lunas fdas
Guardais de lo pasado los reflejos;
Arca, en un tiempo de ducados llena,~_.;:::,;crucifijc, que tanto moribundo
Humedeció con lágrimas de pena
Y besó con amor grave y profundo;
.N'egro sillón de Córdoba, alacena
Que guardaba un tesoro peregrino,y donde anida la polilla, sola,Sortija que adornaste el dedo fino
De algún hidalgo de espadín y gola,1'Iayúsculas del viejo pergamino,Batista tenue que á vainilla hueles,Seda que te deshaces en la trama
Confusa de los ricos broeateles,Arpa olvidada que al sonar, te quejas;Barrotes que formais un monograma
Incomprensible en las antiguas rejas, El vulgo os huye, el soííador os ama
Y en vuestra muda sociedad reclama
Las confidencias de las cosas viejas.
El pasado perfuma los ensueiíos
Con esencias fantásticas y añejas,
I' nos lleva á lugares halagüefios
En épocas distintas y mejores;
Por eso á los poetas soñadores,
Le son dulces, gratísimas y caras,
Las crónicas, historias y consejas,
Las formas, los estilos, los colores,
Las sugestiones místicas y raras
Y los perfumes de las cosas viejas.
JOSÉ ASUNCIÓN

SILVA..

�REVISTA MODERNA.

PIERROT SEPULTURERO.
Esa tarde, otoiíal, lánguida, con tintes de hurafío azul en el cielo y neblinas de invierno, yo me encontré sin saber cómo en el cementerio. Paseando-porque amo infinitamente las estrechas avenidas
donde las casas caprichosas y diminutas, sólo albergan despojos- las horas fueron corriendo y el huraño azul se trocó en morado ennegrecido Ya iba á salir, pero la carretera me pareció monótona y la
blancura de los mármoles me atrajo ..... .

i
De pronto tropecé con una extravagante figura á la que sin embargo reconocl casi inmediatamente, no con poca sorpresa. Ud. aqul!-exclamé casi involuntariamente-y mi aparecido hizo singular mue•
ca de malicia, en cuya expresión leí muchas cosas.

Blanco, con su habitual blancura de lirio, frágil como flor que el viento mece, pálido como hostia
temblando en manos del sacerdote, Pierrot se hallaba ante mf. Pierrot, mi viejo amigo, el incansable
noctámbulo, el que seguía los f1·ac~ y las caravanas ruidosas para sonrefr á sus anchas y desdeñar con
sus gestos de gran señor todos los placeres y todofl los caprichos humanos.

,Qué quiere Ud.-decia- desde que Gautür y Banville murieron, comprendí que mi reino no era
ya de ese mundo. Nadie más hizo caso de mi, y era justo porque yo nunca babia hecho caso de nadie.
Pero á pesa1· de eso me sentí triste. Me h11bian cantado en versos tan hermosos! Había yo resplandecido
tanto á la luz mágica de las rampas! Y luego las gentes eran tan distintas! Ni pizca de ingenio, nada!
El mundo se convirtió en inmenso hormiguero de gentes graves, vestidas de negro, yendo siempre
de prisa, corriendo como almas que lleva el diablo. La verdad es que aquello era muy poco alegre! Hablaban de negocios, de dineros, de empresas de minas, del Transvaal, qué sé yo! Nombres imposibles y
razonamientos más imposibles aún. Los mortales, sin constrnir Babel alguna, olvidaron su propio idio•
ma para expresarse con palabras demasiado largas ó demasiado cortas, sin sonoridad y tan concisas como golpes de martillo; uno, doscientos noventa y nueve, dos mil, y la Lengua, la Bella Lengua, la que se
habla lentamente, la que se escucha con recogimiento al bordll de una mesa mientras vuelan las espira
les salidas de la pipa, la que en la penumbra del humo evoca duda.des fantásticas y mujeres hermosas,
la que con una frase, concisa también, levanta todo un espejismo ante los oyeutes, la Soberana Palabra
la olvidaron, Señor mio, y el mundo se convirtió en una Bolsa, donde cada gesto y cada palabra querían
decir rapiña y que si algo evocaban oran montones de esas ridiculas ruedas doradas ó vulgarmeI1te pla•
teadas que tan mal suenan al oldo, que no están nunca quietas y que por mi parte siempre desdeñé. Eso
era el mundo, y decid! retirarme.
(Aqut Pierrot tuvo exp1·esiones de sentida melancolía, sus oj,;&gt;s pasea1·on vor los árboles que se balanceaban y vo1· las cnices que perdian sus vi1:os colores; luego continuó):
e Yo que como Señor espléndido y no teniendo otra cosa que derrochar, derrochaba ingenio y perdía
solemnemente el tiempo desde que un inglés dijo: Time is nioney, yo, me encontré de más en ese mundo. Apliqué dos puntapiés á Arlequln, di dos fumadas á mi pipa, desdeñé á Colombina que andaba en
combinaciones con un banquero, y resuelto á todo me colé en una trapa. Ay! amigo mio! qué desengaño para mi! Ah! plantaban coles, engordaban puercos y se arrodillaban y levantaban los ojos exactamente como lo hubiera podido hacer un autómata. Recorrí el mundo, oi más necedades de las acostum·
bradas, y por fin, cuando pensaba, no en buscar un duelo, pues ya no hay quien los acepte, y si en arro•
jarme desde la más alta ton·e, mi buena estrella me hizo entrar aqui.
Precioso lugar, mírelo Ud.: arboles, a.venidas, monumentos y silencio; qué más se puede decir? Mi
gran amiga, la única á quien de veras he amado, mi buena compañera me visita con frecuencia, mírela
Ud.: (Pierrot levanta emocionado los ojos). La luna! ah! ella conoce todas mis tristezas y todos mis ca·
ríe.os, ella me ha guiado, á ella he seguido, y con su luz, protectora y tibia, he confundido muchas vecllS

143

mi traje. Si me vi~to de blanco es por ella, porque ella es blanca como una de¡;posada, como una muerta. La luna, Señor mio, es lo único hermoso que en este mundo nos queda, y por eso, porque es de:lcada
v porque es bella, sólo sale. do poche, cuando el común de los hombres duerme, cuando no pueden profa;1arla miflares de mira~as mezquinas. Yer la luna, gustada, caminar bajo su pura luz es placer de unos
cuantos, de escogidos; para el resto, pa,a la interminable muchedumbre allá está el sol, brusco, grosero, aplastando, inflamando rostros bestiales, haciendo sudar y congestionarse! Y mire Ud., yo que tanto
había amado la luna, yo que la conozco y la amo desde que nací, nunca la habla visto tan hermosa. Este jardln de muertos parece ser su propia casa, lo ama, le da brillos singulares: es la lámpara necesaria
A estos edificios, y yo debla estar aquí, puesto que este lugat· Je place; tal vez por eso me encuentro tan
bien. Oh! porque me encuentro perfectamente! Ud. no puede figurarse! para mí esto es un Edén. Du•
rante el día, paseo, riego las plantas, corto las rosas, limpio los mármoles y hago brillar los cobres de
los enrejados. Cuando no estoy de humor para trabajar, me cuelo en las capillas, enciendo los cirios, ha·
go sonar las campanas y de cuando en cuando, así, por juguete, cuento mentiras á los muertos mis
amigos.
Cómo! Ud. no cree que se pueda tener amistad con los muertos? Pues sí, mire Ud.: aquí viene de todo, pero la Seií.ora, la que los trae, es lo más juicioso y lo más sabio que puede concebirse. La mayoria
queda ahí en el fondo de las fosas, entregados á los gnsanos como ellos se entregaron á las mezquindades. Los cerebros que concibieron ideas de vilezas y &lt;le e;;-oi,mos, los cerebros que sólo solÍ.aron con· metal, con metal en diversas formas, en diversos tamaiios, en diversos valores y en diversas leyes, ahi los
tiene Ud., rígidos, frios, insensibles, como el Seiíor á quien adoraron. Otros, á los que generalmente el
mundo llamó vagos, los que eran inútiles y no se preocupaban pot· ruindades, los que eran necios y torpes porque amaban la luna y eran enamorados de las hermosas frases, ,r los matices y las notas, los que
pasaron su vida en iateriores éxtasis, con el pensamiento arrodillado ante interiores altarns, los que ar·
dian con llamas cuyo brilfo no semejaba al del 01·0 y si al del ct·epúsculo; todos esos, los despreocupa•
dos, los que no formaron parte del inmenso rebaiío pastando a lrededor del Buey Bíblico, todos esos,
amigo mio, vienen también aqui; pero la muerte, porque mucho en ella pensaron, les da horas de recreo
y les permite salir y entregarse á sus pláticas, con la lucidez que su nuero estado les da, lucidez que sólo en muy contados habitantes de sobre-tierra, pu,le ver. Se oyen aqui cosas iuteresautísimas; hablan
de todo, conserrnn su ingenio, pero excesivamente a~uzado. No hay camaradas comparables á los
muertos.
Mire Ull., qu0 me cree loco y íija en mi sus ojos absortos, va á presenciar algo ínteresanttsimo. Dentro de un momento jugaremos una partida de bolos, un verdugo que tronchó algunos cuellos reales, un
asesino muy artista c¡ue firmaba con sello especial sus cadáveres como lo hubiera podido hacer el más
eximio pintor de Kakemonos, un hombre que fumó mucho, bebió mucho café y emborronó con singula r
deleite varias gruesas de cuartillas. La luna, buena chica como siempre, vendrá para alumbrarnos; iremos al osario, y con unas cuantas tibias clavadas en tierra y los cráneos que nada sienten porque nada
encerraron en vida que sintiera, harán las mPjores bolas que se hayan visto, Acepta Ud? ..... .
Los bailes que aquí organizamos son superiores. Superan, si no en fausto, si en originalidad á los
más célebres que se han conocido. H.esíde ahí, junto aquel muro, un violinista que hizo algún ruido en
el mundo, y le aseguro á Ud. que jamás esturn tan inspirado como aquí. Yo tuve la ocasión de olrlo en
un Teatro de París, y la verdad es que ha ganado mucho. Aquí se perfllcciona mucho el gusto. Pues
bier:, apoyado en ese árbol que ve Ud., su violin en mano y la actitud grave nos entusiasma. Mis muertos danzan, danzan fos más endiablados rondós; un chiquitín sobre todo, que está ó estuvo enamorado
ele una doncella que vive allá, bajo ese ángel de alas caídas, sabe dar á sus mo,·imientos expresiones tan lujuriosamente amorosas, que el fósforo brilla en algunas espinas dorsales. Durante el Carnaval
y siguiendo mi consejo, se vestirán con mi traje unos, y de magistrados ó académicos otros. Un baile de
Pierrots é Inmortales, será digno de ser visto; siento deseos de invitar á los auténticos casacones del
Pont- Neu.
También solemos tener nuestros malos ratos, no crea Ud. Recién casados que lloran, jóvenes que se
lamentan de morir tau temprano; con unos juegos florales, varias poesías apropiadas y algunas reunio•
nes donde se les presenta con celebridades que se encuentran perfectamente bien aqul, quedan tranquilizados y llegan á tomar gusto á nuestras codtumbres, convencidos de que cuando se ha sabido vivir
bien, la muerto no es tan mala •

)Ii asombro y mi terror iban cu aum ento, y para set· sincero diré que á cada palabra de Pierrot y á
cada arranque de su morboso humorismo, más me aferraba á mi convicción: Pierrot ha perdido por completo el juicio- me decia.-Siempre fué extravagante, pero jamás lo crei capaz de llegará. semejantes
delirios.
El, sin hacer caso de mi asombrado mutismo, fué á. una tumba cercana. Lo ví alearse y su silueta
completamente blanca parecía alguna estatua bajada de su pedestal. •Poca cosa-me dijo al volver-un
amigo mfo, pintor de bastante talento, que me suplica eche las piedras más pesadas sobre el ataúd de
un usurero que debe presentarse aqui mañana. Ah! y se me olvidaba! es otra de mis grandes díversionef; cuando la Seíiora me avisa que tal ó cual no debe levantarse nunca, con qué placer eeho tierra!

�144

REVISTA MODERNA.

Nun ca hubo aquí un sepulturero tan activo; las paletadas van una tras otra, caen, sonando á hueco primero
y luego, cuando la pala produce su sonido metalico, me digo, ele-suena a plata,, y echo, echo mas entusiasmado cada \'ez, mientras mis muertos rlen y ríen. Cuando he logrado levantar un montículo, dejo
mi pala á un latlo, me pongo de pies y haciendo mi cuel'po lo más pesado posible, danzo para apisonar
aquella tierra. En la noche suplico á unos cuantos me ayuden en la tarea y ahí nos tiene Ud., Pierrot en
medio y los esqueletos alrededor apisonando rabiosamente sobre un burgués que no asistir:í jamás á
nuestrns fiestas.
Si, amigo mio, Piel'l'ot ha alcanzado la Sabiduría y la Satisfacción. Ni platicar con las celebridades
más empingorotadas, ni cortejar á las act1·ices más hermosas, ni desdeñar á los más altos, me ha producido placer tan grande como el ser sepulturero. Yo he sido todo, soldado, juez, anarquista, marido celoso, inventor, poeta, actor, todo; pero nada, nada es tan agradable como vivir en un cementerio lleno de
rosas, entenar muchos burgueses y jugar bolos con esqueletos alegres é ingeniosos.
Pero en fin, amigo, me marcho. La Señom tiene que darme órdenes para mañana. Ojalá venga Ud.
pronto por aqul, se divertirá mucho.
- Con tal de que no organice Ud. uno de t.'SOS bailes de apisonadoras, amigo Pierrot!
- Hum!- Es preciso portarse como el Ensueño lo manda; ¡adiós!
Y Pienot, tomando su azadón, desapareció grave, suntuoso, mirando entemecido á la luna queparecla guir'iarle un njo.

B.l!lRNARO0 CO UT0 CASTILLO.

La «Revista Moderna» prende hoy en sus páginas una flor negra en recuerdo del refinado artista Bernardo Oouto Castillo, muerto en la manana del
3 de Mayo.
Aquí donde son tan pocos los luchadores del Ideal, en esta tierra donde son
contados los amantes t.le la Belleza., y raro, muy raro ¡ay! el que después de
satisfacer sus necesidades groseras busca la"! delectaciones intelectuales de la
Ciencia 6 del Arte, más difíciles pero más puras, es irreparable la pérdida de
un companero que enarbola nuestro mismo estandarte.
En su prosa sutilmente bella y brochada de sensaciones pungentes, ha• blaremos sus amigos con su espíritu fecundo en rarezas y exquisiteces, y en su
sepulcro donde lo rodeará el recogimiento de la Naturaleza, sobre su losa funeraria que bordearán sus hermosos cuentos como ramilletes de Flores del
mal, Pierrot, el personaje más querido y más cantado por el artista, murmurará ~n las noches su elegía de gratitud y de lágrimas.

~oMBRA DE UN HE
Yive ¡oh :\lusa! entrn símbolos velada,
Tal como una estatua submergida;
Como luna en la tarde presentida
Y antes de tramontar adivinada .. . ..
En la espiga de oro encarcelada
Como las hostias vivirás dormida,
Y guardarás la esencia de tu vida
Como esconde su sangre la granada!
Sólo el latir del corazón sonol'O,
- No su amor, ni sus ansias, ni su anhelo 1\Iueva el soberbio pectoral de oro ....

Y si sufres ¡oh l\Iusa! que tu duelo
Se deshaga en la sombra, como un lloro
Tras de un negro antifaz de terciopelo! .. . .
l\léxico, 190 l.
Josi JUAN TABLADA.

�147

REVISTA MODERNA.

RITORNELLO.
Insisto, no importa, mi pasión es terca,
Y será forzoso que el rigor ablandes;
He de ver á solas y cerca, muy cerca,
Tus ojos profundos, azules y grandes.

POES I A D
L EDITOR a rtista ha puesto sobre la seda opaca del fo11do, en una extensión oto1ial, un
vuelo de golondrinas. Quien así denuncia su poesía es el poeta artista que hoy tiene
España, prestado por América mientras brota uno propio: Francisco de Icaza. Son cosas de sol y de galantería rimada; más humo de color de rosa, como en las Efímera¡,
de que habló á su tiempo LA NACIÓN. Es la fiesta de los ojo¡:, de Rodenbnch, pero sin
que las miradas queden con ventanas á lo interior, sino hacia afuern, en donde la navegación en el azul y la harmon ía de las cosas producen la música.
Cuando lo sensitivo es la melodía, el pensar se objetiYa, el ensueño se cristaliza en
una estrofa ó en una sucesión de estrofas. Efimei-as hizo escribirá Julio Ilurell un ar•
ticulo de comprensión y vuele, como suyo; la critica española fué más que corté¡:, en lo general, aunque
~in conocimiento de cau sa. Para juzgar la poesía ,le Jcaza se requiere una cu!tura cosmopolita, una in
formación sabia de literaturns extranjera¡:, porque si no es un abstruso como en las letras de nuestra
. América lo es ese formiclahle Lugone¡:; su puesto está al lado ele i\lanuel Gutiérrez Nájera y del tristemente perdido Julián del Casal. En Lejanías la modulación del verso, la rítmica misma, eu ocasiones
rompe las cintas que u11rn la estética de Icaza á la contemporización con J¡, casa española, y el huésped sabe demostrar que en ese continente hay algo más que la tradición de modalidades literarias hoy
caducas, el soplo de todas partes, el aliento de todos los puntos cardinales. Y que si conservamos la lengua como instrumento propio, en lucha con lo que puede menoscabarla, agrngamos al tesoro de la herencia lo que logramos conseguir en latitudes distintas, en plasticidad, vocabulario, musicalidad y matiz.
Del libro que pronto aparecerá, ,·an como primicias á LA N,1c1óx los Ycrsos siguientes, que el diplonütico mexicano y poeta amable ha querido concederme:

I NVERNAL.
Ce n'est plus Je t ~mp&gt;, d'allcr sur l amer.
Ce n·est plus Je t emps d'nller clnns les h ois.

Parece el mar de bronce y sobre el cielo obscuro
La espuma de las aguas se levanta en los aires ....
¿A dónde n el viajero
Si el tiempo no es propicio para crnzar los mare&amp;!
Hay nieve cu los senderos, en el bosque sin hojas
Esqueletos de ramas, y arriba el cielo blanco ....
¿A dónde va el viajero
Si el tiempo no es propicio para cruzar los campo&amp;!
YuelYa al hogar: le esperan donde hay amor y lumbre;
La llama brilla alegre, y en el rojizo fondo,
De espalrlas á la sombra,
Pensando en él se agrupan muy cerca unos de otros.
¡Ay! para el que regresa y en el hogar vacío
No encuentra quien le espere, ní baila el amor de nadie,
Es el tiempo popicio para cruzar los campos
Y atravesar los mares ....

En noches de ausencia, mirando en las olas
Brillar los reflejos de lejanos mundos,
Pensaba en mirar de cerca y á solas
Tus ojos azules, grandes y profundos.
¿Ruegos, amenazas? ¡Si todo es lo mismo!
Igual que me ofendas, igual que me adules,
Perdóname y mírame. l\Ie atrae el abismo
De tus ojos grandes, profundos y azules.

Otittm cmn dignitate, !caza realiza el tipo del diplomático gran sei'íor que uo solamente taquina la
musa, si no que la cultiva y la fecunda. Es visto en los altos círculos pensantes como un joven maestro
cuya autoridad no se recela. Su escandaloso descubrimiento de los plagios de Doña Emilia le han hecho
poco simpático á todos los que somos amigos de la noble señora de la calle Ancha de San Ilernardo; pero co n todo, ha llegado á ser vicepresidente del Ateneo. Su aristocracia social y literaria le pone á cuhierto de más de un inconveniente, en la frecuencia de los cenáculos de cierta índole, caciquismo bohemio, ó camaradería dificultosa.
l\Ias su poesía se escucha, ya como un viento inusitado entre la arboleda lírica uonnal, ó como la
canción de los chorros de agua, en una fuente, cerca de la Academia, caución de melancolía cuyo secreto psíquico y harmonioso no lo percibe sino el meditabundo y el comprensivo. Usando el instrumento
nacional y tradicional, !caza logra se1· un poeta modernlsimo, y demuestra á los peninsulares que quedan en las orillas de los mares de América, multiplicadas tortugas de oro como 11quclla en que el jorobado Alarcón afianzó las siete cuerdas de su lira.
Rt:BÉN

DA.RÍO.

�LUZ DE LUNA.
l

¡Oh! mátala!-¡i. su oído
dijeron á. la vez'_la torva Ira
y el Despech(brutal. En loquecido
y ciego de furor alzó la-mano;
relampagueó el acero de la hoja,
y mientras hiern y la mujer expira,
parece que abre impe.netrable arcano
con la cuchilla humedecida y ,roja.
II
¿Era culpablc?-dicele muy quedo
una voz honda que le hiela el alma.
¿8ra culpable .... di?-la voz insiste;
.v por primera vez le azota:e1 miedo.
Contempla en torno con fingida calma ....
atravesando la entornada puerta,
la luz crepuscular alumbra triste
1:l p;'tli1l0 semblante de la muerta.

m
En el último rayo enrnjecido
en la sangrienta charca en que reposa
la joven, como un lirio desprendido
del tallo por la racha enfurecida,
mira flotar el alma de su esposa
que µarece volver al cuerpo inerte
y reanimar la llama de la vida
en los despojos mismos de la muerte.

YI
«No soy culpable, 110,-dice la boca
inmóvil del cadáver cuyos ojos
abiertos ,·en al trémulo asesino: firme fné mi virtud como la roca
que no conmueve el huracán.' Abrojos
sólo recogerás en tu camino.
Por tu crimen bestial no lleves duelo.
El abismo eres tú, yo soy el cielo.•
V

Se apagó el rayo de la luz incierta
iL los pies de la noche ennegrecida
que cubrió con su manto
111. faz aterradora de la muerta.
A tientas sacó el hierro de la herida
el matador. Sin pena ni quebranto,
como en la blanca noche de su boda,
cubre d11 besos á. su dulce amada;
amoroso á su lado se acomoda;
y sin una oración,:sin decir nada,
con mano firme y ánimo certero,
á la luz de la luna que nacia,
exhalando_un suspiro de alegria,
se partió el :corazón con:e1 acero.
JESÚS

E. YALENZUELA.

ED HEiiOISMO DED fl1~_AIDOB.
U F.:S ,·can u~tede~, - nos tlijo seriamentP, desp11t'•s de dar un sorbo ;'1 su
taza de café, el virjo Cororrnl retirado- la primera vez que oí eso de
hipnotismo y sugestión n&lt;'i que fuernn palabrotas inventadas para
embaucar imhéciles ...... Xo hice caso; pero más tarde, á fuerza ele
seguir oyendo las mismas palahras en boca de personas respeta.blt'F,
aun en la de mis m(1s vit'jos y serios amigo~, en los periódicos ....... .
¡Oh! sí, hasta en los mismos periódico~, puse mi atención en lo que pudiera ser aquello ..... . ¡Y ralabra de honor que tuve que cor:vencerme de que podía ser verdad esa maravilla!...... No; yo no he creído
nunca en lus mi!agros, ¡qué había de creer, si 111e llamaban en el escuadrón •el rem•gatlo• y las so/daderas fanáticas me odiaban porque blasfemaba con alguna frecuencia; &lt;lespnt_\s, homhre, ¿por qué no lo he de decir? mo he vlwlto más tolerante ..... ¡como ya no me hacen rabia.r las hambres de los campamentos! ...... Bueno, no c,eyendo en los milagros se me figuraba
que, de existir el famoso hipnotismo, tenía que ser un milagro ...... ¡Y si n emhargo, recordaba haber
\' isto con mis propios ojos un milagro! . . . . . . . Pero como no fné ejecut1tdo por un santo, tenía quepa·
sa.r por él, de buena ó mala gana ..... .
Y cuando por fin comprendo que la sugJstión t·s un hccho,-porque asistí á las experiencias del Dr.
Parra, -me persuado que aquel que creía yo milagro do un dem0nio, no fné sino un terrible caso de hipnotismo ó .mgestión ó influencia ó ..... . lo que ustedes quieran llamarle; pero el hecho es cierto; yo lo
ví; yo iotervine en él sin darme cuenta, tan sólo que.dando estupefacto ante lo que me dejó mudo de sorpresa como después de una alucinación vergonzosa.
Verán ustedes cómo pasó el caso:
Vagaba mi escuadrón de • Voluntarios de Tepic• por el Sur de Sin aloa. Se habla separado hacfa
dos meses del grueso de las tropas del General Corona, de ese valiente Jefti que tan altos destinos realizó y debla realizar.
En aquel escuad rón iba yo como alférez, después ele haber pasado á Guadalajara, apartándome del
Ejército del Norte, que principiaba á organizarse para continuar la defensa nacional contra la invasión
francesa.
f&lt;:xpedicionállamos en busca de vlvereb; y en efecto, al principio tuvimos buena suerte, quitándole á
los imperialistas un convoy respetable ya. Nos dirigimos á incorporarnos con nuestro General cuando
110s dieron alcance dos pelotones de caballería fran cesa, que cierta mañana cargaron sobre nosotros en
el recodo de una cuesta, dándonos repentinamentr, cuando menos lo rsperábamos, la más sangrienta y
feroz sabliza de que teugo memoria.
¡Oh! amigos, aquello fué espantoso, tenible it 111!\s no poder!
Figúrense ustedes que desfilábamos tranqui lamente, al sol naciente, dorado y lindo como una gran
onza de oro, acabados de almorzar, cantando esas inolvidab ♦es canciones chinacas que tanto entusias•
ma han á las tropas liberales en sus eternas penurias y constantes miserias, cuando ele no sabemos dónde
brotan gritos ante un estruendo endemoniado; la luz se obscurece por espesa nube de polvo ...... y por
nuestra retaguardia y por las lomas que teníamos á nuestros flancos, aparecen los unirormes azules de
lo; france3es y lo; ra,\' º" de plata de xu q sahles, de sus sables que un minuto después se levantaban ro·
jos de sangre mexicana ...... ! Y nada, - ¡esas cosas son fatales en la guerra! - la desmoralización y el
pánico; no tuvimos tiempo de saca r nuestros machetes .. ...... Emprendimos la retirada, abandonando
nuestros preciosos llagajes ........ ¡Y muy allá, rn el fondo de una bananca de la sierra, fuimos á reunirnos los que quedamos, trí:,,tes y sombríos, rrcouct•ntrando e11 nuestro pecho la cólera noble de los
vencidos sin combate! Nuestro Jefe, el capitán Loza, estaha e~pantosamente frenético. ITubo necesidad
de arrancarlo por fuerza del lugar del peligro, pues desarmado, muerto su caballo, echando espuma por
la boca, negro de pólvora, se obstinaba. en desafiar, -esgrimiendo por el ca1ión una carabina rota,-á los

�REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

en.Pmígos que por atlmiración-¡Ah! ¿sería también por la sugestión del heroísmo?-no le acabaron allí
junto ít muchos de los nuestros!
- ¡Aqui hay un traidor, aqui hubo un canalla traidor! Yo no comprendo cómo supieron :os france
ses por dónde íbamos ...... ¡Ah! miserables!
La tropa y los oficiales que le rodeamos cariñosamente, le oíamos como si estuviese loco.
¿Quién del Escuadrón, aunque hubiese querido, hubiera llegado á poder realizar una traición?
Gin embargo, instintivamente volvimos el rostro hacia su Secretario, un magnifico oficial polaco, de
ojos azules, barba rubia obscura, profusa y larga, cerrada...... Era éste un doctor que había llegado
á l\Iéxico entre los abastecedores franceses ....... para hacer luego la guerra á los mismos franceses, y
en particular á los austri::i.cos, á quienes decía odiar por ser siervos de un déspota ..... .
¡Amaba la libertad, idolatraba á nuestro gran Juárez y quería batirse contra los invasores, acompañando nuestras tropas y poniéndose á las órdenes de nuestros Jef&lt;:!s, á quienes instruía. asiduamente,
siéndoles utilísimo.
Aquel hermoso médico polaco, tau noble en su ademán, con sus ojos inteligentes, nos era perfoctamante simpático ...... Nos constaba, además, que era un valiente. Su brazo era tremendo, y en los combates esgrimía una larga y gruesa lanza, especial suya, construida por él mismo, y con la cual arremetía
contra sus enemigos, hecho un demonio! Así, pufls, lo admirábamos también como á un diestro y bravo
veterano. l\Ias, aquella mañana de tristísima memoria, al oír las palabras del capitán Loza que hablaba
de traición, no sé por qué algunos de nosotrns tuvimos el rápido pensamiento de creer traidor al polaco.
Habíamos echado pie á tierra y él se disponía á vendar á un oficial herido, cuando al punto y de SÚ·
bito, comprendió:
-¡Capitán-exclamó con acento tranquilo, de entonación extraña, frío, pero enérgico-¿bay quién
crea que yo pueda ser un traidor? .... Si acaso lo hay, le juro [t usted por Dios y mi patria, que se lo en•
trego mañana .... para convencerá todos que yo no soy ese .... ¡Yo sé leer en los ojos de los cobardes!
Y, levantando su noble cabeza rubia, miró de frente á mi capitán, quién bajó sus ojos ante los del
polaco.
- De usted no desconfío, doctor- le contestó:-pero a&lt;Juf hay un traidor.
-Si es asl, mañana sabrá usted quién es.

bueno, vamos á ver si es cierto, acérquese .... Usted y yo \·amos hacer que el traidor repare el mal que
nos ha hecho ... .

150

Cuando rendimos tan penosa jornada, instalada la guardia, avanzadas, escuchas y centinelas entre
unas rocas, al aire libre, en las tinieblas, vi al doctor recorriendo el campamento, deteniéndose á escucha1· la respiración de cada soldado dormido, tocf1ndole la cabeza .... Después se dirigió lentamente á
una cbo?.a donde dormfa el capit.im y su ayudante•, !'ncontranrlo á úste en Pi momento en que salia, en·
vuelto en un amplio zara pe del Saltillo.
Lanzó una breve Pxcl3mación 111 reconocer al doctor, quien al punto le tomó del brazo y alzando
repentinamente la linterna,\. la altura del rostro, al ver que retror¡,dfa asustado, le gritó:
- ¡:\flreme usted! ¡;\Ilreme de frentti!

Y yo, yo ntismo fui testigo de lo que entonces sucedió. El polaco clavab:i en él sus ojos azules iluminados pnr la linterna rojiza; el ayudante babia palidecido .. .. Yo, que creyendo al principio en la trai·
ción del 1·xtranjero lo segufa escurriéndome ~ras la sombra que su luz produjera, comprendí quién era
el traidor .... Pero estuve á la espectativa entre las sombras, ocultándome lo más que podía.
- ¡Doctor, cállese usted!
-OyE", traidor,-dijo muy quedo el polaco,-aho1·a tú nos llevas á sorprenderá los franceses .... te lo
maudo .... Y, óyelo bien, yo y ese oficial que me sigue sabemos que eres un Judas .... ¡Dime dónde está
el enemigo; 11 hora es preciso que tú lo traiciones! Sabes dónde está.
-Señor,- murmnró &lt;'l miserable,- dentro de una hora debe caer aquf. ... Está A media legua, en Lomas Prietas ....

-¡Ahora verán ustcdes,- agregó el Coronel, envolviéndose densamente en el humo de su puro, reta•
miéndose los bigotes, humedecidos en café-ahora verán ustedes si aquello que primero crel milagro es•
tu pendo no pudiera explicarse hoy por ese maldito fenómeno de la sugestión hipnótica.
Les referí cómo el médico polaco alzando la linterna con la cual había alumbrado su camino por el
campamento completamente dormido, habla sorprendido al oficial ayudante que salia, envuelto en su an•
cho zara pe•, de la casucha que servia de alojamiento para él y para nuestro jefe.
-Compaiíero,-medijo luE"go, sin volve1· la cara hacia fi mi-usted me ha seguido, tal vez sospechando
que yo sea el traidor que dió aviso A los franceses de nuestra hora y punto de partida, esta mañana; pero
ya oye lo que acaba de confesar este hombre .... Dice que el enemigo está cerca, en Lomas Prietas ....

151

Yo me acerquú estupefacto, al ver el efecto maravilloso de las miradas del polaco, sobre el que ha·
híamos creído nuestro leal compai'íero, el oficial ayudante, único que conocía los planes y las órdenes
secretas del Jefe do la partida. Llegué cólerico ante ambos, deseando matar al miserable, causa de nues·
tra desgracia.
Yi al infeliz tan pálido y tembloroso que parecía un atacado del mal de San Vito. El terrible doctor
~ostenia aún á la altura del rostro la linterna .... En torno se extendian las tinieblas en el gran silencio
del campamento . . .. Tan sólo allá, cerca de la casucha, se esfumaba. la silueta de un centinela.
-¿Qui(•n está allí?-preguntó el polaco con breve y enérgica frase.
-Nadie, doctor-contesté.
-Yamos, pues.
-Doctor, yo le suplico á usted .... hermano, á ti por lo más que quieras e,1 el mundo, te ruE"go - ballJnció, tartamudeando.
-¡Cállate, sinvergüenza, ó te arranco el alma!- rugl.
-¡Silencio! se echa á perder todo si lo saben-dijo el polaco,- porque despedazan {1 éste y no sorpren·
drmos á los franceses .... ¡\Tamos á allá!

Lo confieso, amigos, ya era más grande que mi cólera el asombro que sentía por el imperio, el dominio, la sutil adivinación del sabio polaco, que á mí se me iba figurando como cosas del demonio,- parece que el demonio debía entonces sor chinaco .... Y, nada, que ahí nos tienen ustedes á los tres rumbo
á mi alojamiento.
Algunas zaleas tendidas en el fondo de un cuarto destartalado, cerca de una maleta; un machete col•
gado en la pared, unos santos de papel en un rincón .... adobes que servían de asiento .... he a.qui todo
el mueblaje. El médi.:o se sentó sobre la maleta, colocando la linterna sobre sus rodillas; yo, [1 una indicación suya me instalé á su lado, sin compl'enrler todavía quú fbamos á hacer, pero .... ¡eso si! no dejaba
en paz la culata de mi pistola!
-Psted allí Pnfrente; no; mf1s cerca de mi .... ¡m,i.s! Yéame bien, amigo .... No baje los ,,jos: ¡mi reme
&lt;le frente!
- ;Ah Doctor! por lo que más quiera usted en el mundo; por su p11tri11!
- ¡Cállese usted; no blasfomp! ¡F:n Polonia no hay traidores, sino márti.-es! .... ¡fü rem e &lt;le frente! ¡yo
se lo mando! .... ¡)Ifreme!
- Anda, canalla; obedece ó te ch:stapo la olla de los sesos! - vociftlré á mi ver..
- No, compaiipro, no hay necesidad; guarde el cachorro, porque nos ha de ser útil dentro &lt;le poco ....
¡\llrame, w lo mando! Así. ¡:\Títs fijamente! Sin parpadear .... ¡Eh! cobardE", no tiembles, que no te vamos
á matar . . ..

E nton ce~, vi con mayor asomb ro aún, que los azules ojos del doctor relampagueaban sobre los del
Judas aquel, heridos al mismo tiempo por la amarillenta luz del farol. ... No se movía; el ayudante no
t&lt;&gt;mblaba ya, ni apartaba del rubio y noble rostro del polaco sus miradas fijas y atónitas .... iY yo fni
mitonces el que empecé á temblar de no sé qué vértigo endiablado! Hubo un momento, palabra, en que
crri 'l ne soííaba. Después volvió á temblar con grandes sacudimientos, anhelante.
B.rpentinamente se incorpora el polaco, se dii-ige al oficial que continúa sacudiéudose, pero siempre
fij:t la vista Pn los ojos de aquel, le toma la cabeza y cerrándole los pftrpados, le ordena:
- ¡D11e1 me! .... ¡Duérmete! Ahora vas á responderme sin mentir .... ¿Dónde están los francesE"s?
- En el rnncho de Lomas Prietas, á un cuarto de legua de nuestro campamento.
- ¿Q,uú ibas it. hacer cuando te encontramos?
- Iba ,í. acercarme á una avanzada que me espera al pie de un mezq uit€.' 1 j unto !t. una cerca, para qu&lt;•
clinan aviso de sorprender al campamento¡\. las doce y media de la noche, g uiándolos yo por donde no
hubiera centinelas .... En caso de que diera el ¿quién vi\·e? yo mismo debía contflstar para que no hicie·
ran fuego: Libe1·ta,l y Re(orma.
- ¿Poi· qué has traicionado á tu patria?
-México no es mi patria. Vine de la América del Sur con el General Gh ilardi. ... quería Yolvcr r ico
it ver a mi familia; teDgo esposa, hijos ....
- Bueno, te ordeno que, cuando despiertes, inmediatamente nos conduzcas hacia el mezquite; dices á
los franceses que uu pelotón nuestro se pasa al Imperio .... que lo esperen sin hacer fuego .... nos llevas
al campamento y allí te ordeno que en la hora del combate te batas como un valiente .... Si as! lo haces
te perdonamos .... Aunque seria mE"jor que una bala ó un sable enemigo te partiera.

�MÉXICO,

REVISTA MODERNA.

152

Después de tan extraña escena, el polaco volvió á mi su rostro grave y somb-rlo, noble, majestuosi·
simo .. .. ¡~o, decididamente, pensé, éste no puede ser un demonio.

-Caballero, me dijo, no se sorprenda usted de esto; es muy nntm·al; estos seres débiles, col)ardes,
incapaces de gr&amp;ndes energías, se domiban por una voluntad íirm~, templada á fuego, sang:-e y dolor,
como la rola .... Pero me conviene una cosa para no provocar la superstición en cualquiera partido de los
ejércitos .... que poi· ahora no refiera nada de lo que ha visto . .. J\Iás tarde .. .. á ver si más tarde se
acuerda usted de mi y de este episodio.
- Doctor, le ,loy mi palabra de honor.
- Gracias, amigo. l\!irc, vamo's á ·sorpi·ender, nosotros á los franceses, per-&gt; necesitamos ser pocos y
buenos para no dar A sospechar . . .. Escójame unos diez ó doce bravos .. . .
- Pero . .. . ¿y con qué orden?
- Ese es el ayudante del capitán y él mismo ratificará la orden .... ¡Ya verá usted si nos vengamos!
- ¡Despierta!- agregó, sacudiendo. el cuerpo del traidor dormido. Al instante entreal,rió los ojos suspirando y mirándonos atónito. Yo partl á escoger gente para la empresa, con ciega confianza en, aquel
terrible hombre.

2i

QCJINCENA. DE MAYO DE

1901

R EVIST A MODERNA
ARTE
DIRECTOR . JESUS E. VALENZUELA.

Y

CIENCIA .
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. dt Dubldn.

- ---------- ------------------------ --- - - -

Todo fu(: á pedir de bo~a. Avanzamos en las tinieblas; el suriano il&gt;a sombrío, mudo, marchando ma·
quinalmente como un sonámbulo, delante del Doctor .... Y tras ellos, yo, con la pistola en la mano iz•
quierda y el machete desem·ainado en la derecha, y tras de mi, armados con carabinas, reatas, puñales
y machetes, doce tr&amp;mbres de los mE'jores tepiqueiíos de Corona .... Ll~gamos al mezquite. Silbidos de
culebras . . . . sombras que se agitan, cuchicheos : ... Nos dE'jan pasar los puestós avanzados . ... y henos
rumbo {i Lomas Prietas1 donde el campamento francés duerme más tranquilo que nunca . .. .
Pasamos frente al primer centinela, quien, sin un grito, cayó de una buena puñalada . .. . ¡adelante! .. ••
Otro ..•. Y ese· sl gritó, pero ródó de un culata~o .... Un minuto después, frente á. los fuegos del vi·
vac francés, llegamos ocultos por una loma y caímos como un rayo .... ¡Qué refriega1 y entonces vi que
el más terrible en batirse contra la guardia que nos hacia fuego en dosorden, era el Oficial Ayudaute.
Atroz fui'• la mortandad .... pero los valientes francescs- ¡oh! ha.y que coilfe!!aTlo! al fin se rehicie•
roo l\ retaguardia, guareciéndose tras otra loma.
Retrocedimos batiéndonos en retirada, cargados de botín .. \' ¡Ay! el polaco quedó tendido de un
balazo en el cráneo, y el c,idiwer del trnidor suriano, literalmente acribillado, fué conducido por los
nuestros al campamento donde todos ignoraron su traición . ... ¿para qué deshonrar su memoria si ha•
bla muerto dándonos un triunfo espléndido, bien que no fuera sino instrumento de a,quel sombrío doc·
tor polaco, cuyo nombre verdadero nadie supo en :\léxico . ...
lIEKIDERTO

I'

FRÍAS.

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...

NóM. 10

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• ,l • ·• · .

$ANTA BÁRBARA,- PAUIA EL VJEJO. -YE:SEZI~.

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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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            <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753953&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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              <text>Revista Moderna Arte y Ciencia, 1901, Año 4, No 9, Mayo, Primera quincena</text>
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              <text>Valenzuela, Jesús E., 1856-1911, Director, Fundador</text>
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              <text>Couto Castillo, Bernardo, 1880-1901, Fundador</text>
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              <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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              <text>Urueta, Jesús, 1868-1920, Jefe de Redacción</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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