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                  <text>A.Ro IV

REVISTA MODERNA.

152

Después de tan extraña escena, el polaco volvió á mi su rostro grave y somb-rio, noble, majestuosi·
simo . . .. ¡No, decididamente, pensé, éste no puede ser un demonio.

-Caballero, me dijo, no se sorprenda usted de esto; es muy natUl'al; estos seres débiles, cobardes,
incapaces de gr&amp;ndes energías, se dominan por 'una voluntad firmz, templada á fuego, sang:-e y dolor,
como la mía .... Pero me conviene una cosa para no provocar la superstición en cualquiera partido de los
ejércitos . .. . que por ahora no refiera nada de Jo que ha visto . .. J\I;\s tarde .. . . á ver si más tarde se
acuerda usted de mi y de este episodio.
-Doctor, le ,loy mi palabra de honor.
-Gracias, amigo. l\Iire, vamos á sorprender, nosotros á los franceses, perJ necesitamos ser pocos y
buenos para no ciar á sospechar . . .. Escójame unos diez ó doce bravos .. . .
-Pero . ... ¿y con qué orden?
·
- Ese es el ayudante del capitán y él mismo ratificará la orden ... . ¡Ya verá usted si nos vengamos!
- ¡Despierta!-ag1·egó1 sacudiendo. el ·cuerpo del traidor dormido. Al instante entreabrió los ojos suspirnndo y mirándonos atónito. Yo partí á escoger gente para la empresa, con ciega confianza en aquel
terrible hombre.

MÉxrco, 2 1 QurNCENA. DE MAYO DE 1901

REVI S TA MODERNA
AR T E
OlRE

cr~
r-~

: JESUS E. VALENZUELA.

V

CIENCIA .
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dubldn.

l;~

~
~

~~

Todo fué á pedir !lo bo~a. Avanzamos en las tinieblas; el suriano iba sombrío, mudo, marchando ma·
quinalmrnte como un sonámbulo, delante del Doctor .... Y tras ellos, yo, con la pistola en la mano iz·
quierda y el machete desenYainado en la derecha, y tras de mi, armados con carabinas, reatas, puñales
y machetes, doce lf&amp;mbres de los mejores tepiquei'íos de Corona .... LJc;-gamos al mezquite. Silbidos de
culebras . . . . sombras que se agitan, cuchicheos : ... Nos dejan pasar los puestos avanzados .... y henos
rumbo á Lomas Prietas, donde el campamento francés duerme más tranquilo que nunca .. . .
Pasamos frente al primer centinela, quien, sin un grito, cayó de una buena puñalada .... ¡adelante! .. . ,
Otro ..• . Y ese si gritó, pero rodó de un culatazo .... Un minuto después, frente á los fuegos del vivac francés, llegamos ocultos por una loma y caímos como un rayo .... ¡Quó refriega! y entonces vi que
el más terrible en batirse contra la guardia que nos hacia fuego en dosorden, e1'a el Oficial Ayudaute.
Atroz fué la mortandad .... pero los valientes francescs-¡oh! hay que confesaTlo! al fin se rehicieron á retaguardia, guareciéndose tras otra loma.
Retrocedimos batiéndonos en retirada, cargados de botln .. , . ¡Ay! el polaco quedó tendido de un
balazo en el ct·ímeo, y el cAd,wer del traidor suriano, literalmente acribilla.do, fué conducido por los
nuestros al campamento donde todos ignoraron su traición .... ¿para qu6 deshonrar su memori!l, si habla muerto dándonos un triunfo espléndido, bien que no fuera sino instrumeuto de a.que! sombrío doctor polaco, cuyo nombre verdadero nadie supo en México ... .

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llEttlBERTO

FRÍAS.

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.l . . . •

NóM. 10

:

$ANTA BÁRBARA,- PAl.MA EL VlEJO. -YENE Zl¡\,

�REVISTA l\lODERNA.

CUENTO DE ABRIL.
A Don J csús E. Luj,\n,

IGNON, escucha:
Una vez la reina Mab convocó á los genios de los prados-era en el buen tiem·
po en que los pájaros se aparean, macho y hembrita, para gozat· sus nupcias de
primavera: era el buen tiempo en que voz de tórtola se ha oído on nuestra región,
como en el Cántico de los Cánticos;-el tiempo de la canción era venido y la rei·
na Mab envió sus heraldos flordelisados á ordenar á los silfos y á los gnomos que
llevaran A su palacio encantado las llores más preciosas, las gemas do cuna más
ilttstre y más joyantes para aderezar su tocado, pues que la reina Mab languidecía de amor.
Los "'nomos pequeñuelos, enanos, semejantes á nibelungos, con caperuza encarnada, ojos malignos,
barba Ju:nga. y nariz de ave raptatora, con su jubón gris y su calzón corto, con sus calzas de Mephisto
y su pipa bohemia., trajeron divinas flores de piedras preciosas trabajadas por lapidarios invisibles: rosas
simbólicas de una flora extraña, cuyos pétalos eran jacintos y zafiro~, cuyos pistilos oran sardónicas y
berilos, cuyos cálices eran ágatas y calcedonias, cuyos estambres eran crisoprasos y sardios, cuyos sé·
palos eran crisólitos y esmeraldas.
Los gnomos, atropellándose por alhajará la r~ina l\lah, calan de vientre y se l_evantaban derrenga•
dos ó saltaban en un pie como las zancudas, ó teJlan rondas en torno de ella, mientras ella ponía las
ros~s de gemas purísimas y aguas semivivas sobre sus cabellos de Berenice, sobre sus orejas pequeñas
de lóbulos encendidos, sobre su cuello desmayado de hebrea Noeml, sobre sus hombros marmóreos y nutridos de Cleopatra, cual broches siderales de su real clámide impalpa~le, sobre la c~njunción y arr~nque de sus dos pechos culminantes y cupulados, sobre sus dedos gráciles y blanqu[s1_mos,_ sol¡re su cm·
tura que podrla caber en una ,;arreticra ele Venus .... Pero los gnomos huyero_~ cab1zb11Jo~, ~o~·q_uo la
reina Mab desprendió las rosas maravillosas de su cuerpo lttmlneo y las esparc10 como lluvia 1nd1scente sobro el tapiz pérsico de los musgos grumaclos de rocío. .
.
.
Vinieron entonces los silfos senHljantes á risueños amorcillos desnudos, de cbtu·neos carrillos rcdon·
ele morbideces
d os como los de los C(•firos que mecen á las llores y á. las nubes, .de. manos hoyueladas,
·
d
ue harian el deleite de un sádico; vinieron los silfos de alas lep1dopteras y traJeron abraza as, entre
;us pequeños brazos, peonias y stellarias, convólvulus y gloxinias, hya._cint~rns y cala.dios, orquídeas y
lemátides Ja.s flores más raras y más preciosas robadas al a.Iba en los Jardmes y verandahs, nympheas
e hellianth'us tronchados A flor de agua en los lagos, beleños y cactus arrancados á. las grietas de los
y eñascale~, y cubrieron con ellas los pequeños pies de la diosa que parecía 1''lora emergiendo de un bú·
~aro de rosas; pero la reina, que babia sonreido al mirarse ceñida de flores, empenachada de llore~, s~spiró y las deshojó pensativa, y los pétalos cayeron en lluvia de alas de libélula y constelaron su clam1de
transparente enhebrada de haces de sol.
.
..
, .
.
.
Entonces oyóse una música melodiosa de gorJear de paJaros, una mus1ca deleitosa. que hubiera
arrobado á Stephen Heller, que parecia escapada del clavicordio de Boecherini y se esparcía por los bue·
uecillos de los ribazos, poi· los resonantes alcores eu busca de la ninfa Eco: era una parvada de syrin·
;as y plagiaulos asidos á los labios de pequei'íos fa~nos salvaje~, que sem~oc~ltos en una nube de polvo
dorado al sol, flnglan la irrnpción de un hato capnno, pero que al despeJ11r a plena luz mostraron sus
rostros aún imberbes, sonrosados y picarescos y sus pitones tiernos de corzo joven. La polifonía de su
música áulica. no era ritma.da, pero como la música de las ave~, era de una vaguedad embelesadora y
hacia soñar á la reina l\lab en deliquios de amor ... ,
«·Oh reina de los sueños!-meciala el canto-soy el alma silvana de H éllade pastoral, soy el idilio
bióni~o, el que tus poetas brumoso9, desde Ossian á Shelley, no sintieron, sino soñaron! .... Soy el aroma
panida que el Nasson aspiró con su intensa avidez de placeres, y que el mo_ribundo ~yron so~amente be•
bió en un efímero hálito desde la prora de su nave! .... Soy la alegria, la siempre mua alegna, la locue·
la danzal'ina de cosquillsaqte hoca ávida. de besar, que enjoya los deditos nacarados de sus pies desnu-

155

dos en el arroyuelo borbollante mientras pesca conchuelas menos encendidas que sus mejillas de duraz ·
no! .... Si c¡uieres amar, vé á los ciLrmenes 1lichosos en que el verso es llol', en que la cigarra vive do
rocío y de luz de sol, y es vibrante élitro siempre sonoro do la eterna poesía bucólica! ... .
Y el &lt;&gt;11suelio ele la música purísima ele los caramillos se mecla en el viento, encarnando la poesía
de las cosas vil·ientes en el alma de las flautas, y la reina de los sueños languidecía ele amor porque la
primavera iba á su so'.edad y la primavera era su hermana, su so1·0Jlina innamorata, pasionante como ella
de algo más alto que llenara ni vacío de su corazón! .... La música de las syriugas también pasó en un
vuelo; también los pequeños faunos capricornios se dispersaron dando cabriolas, porque la reina l\Iab
oía sin oír la canción alada, oía sin oír el murmurio de agua corriente de las notas y escuchaba otra mú·
sica. sin nombre, la música de los sueños sum:sos á. su imperio, que la arrullaba en un vaivén de hamaca
celeste prendida:\ un cuernecillo de Bebe y;\. una estrella ele la Lyra .... Y t:quella música sin nombre
musitaba. en su alma una balada plañider11, mesta, como el surcar ele las palomas torcaces, y la canción
ora de a.mor .... y la flébil canción era de amor ... .
Y oye, bella l\Iignon, lo que pasó. Un paje rubio y liutlo - el pajll Abril - ¡,idió permiso para besar
los pies ele la hechicera l\fab, y no bien ella son riendo lo besaba en la boca - tan gracioso y gallardo
ora! con sus crenchas bloncllsimas y crespas, su truza y medias de. seda lila, manos sensuales, ojos dor•
mido~, boca pequeñita como botón de flor! - el mozo, dechado ele zalema y gracia, la dijo:
-Reina! mi selior el principo l\Iayo, que so halla á las puertas, to envla este joyel en prenda de amor,
~- desea, rendido de pasión, besar tu boca y dormir en tus brazos ....
- Y acaso tu seño1· es más bello que tú? ....
- 1\Ii príncipe i\fayo es hermoso como Lohengrln y Morsa mor! Las dos sangrns generosas de los hé•
roes de ensnefio parecen florecer en sus ojos azules y en sus cabellos brunos, en su perfil nazareno y en
su altivez latina ! llli señor es el dios de amor, pues que cuando él llega sube la savia, bulle la sangro
embravecida y riega los corazones én pasión y deleite!. ... El imperio de mi seño1· no tiene murallas ni
fronteras! .... Sus siervos son la vida, la juventud, la ftllicidad, el amor! .... Todo lo que florece y es·
plrndr, lo que vibra y se expande, lo que riega dones generoso y fuerte; la vida ebria de salud y poder;
1·ua11to sueña, cuanto vuela, cuanto se encumbra y magnifica está presto al poderlo de l\Iayo que despier•
ta fioros y encienrle hmacanes de pasión, que hace germinar los bienes fecundos de la esperanza y del
:imor!
-Bienvenido! Amor! Alma del ciclo! - cla1J1ó la. enamorada l\fab cuya voz era más hechicera que
las Ha utas, cuya tPz era más suave que las rosas. - Vé, paje mio, puesto que eres su paje, vé y procla•
ma que soy suya porque es mi rey y mi iios y mi amor!. ... Que los prados sean estrellados de flores y
los cielos florecidos do estrellas! .... que las nubes empavesadas boguen y traigan á las sílfides y las ha•
das á presenciar mis reales bodas! .... que las ondinas y las sirenas hiendan las espumas con sus aletas
de pedreria y sus bifurcadas colas de delfín! .... que las amad riadas de cabelleras verdes como crisóli•
tos hechos guedeja•, surjan de los bosques al conjuro de Pan!. ... que las ninfas broten como flores de
c11r11e de los alcores y los boscajes, y vengan danzando en ronda de amor á ceñir como diadema de rosas \'ivas el lecho en que yacerá en mis brazos mi bienamado !
Y cuentan que desde entonces, desde que el paje Abril corrió gozoso á llevará su señor la buena
nue\'11 , á su paso brotaron las yemas do los ramajes, se constelaron los musgos de flores micropétalas,
los céfiros mecieron blandamente á las nubes, la luz sonrió en el cielo brumoso que era imperio de l\fab
~- la esperanza en los corazones apasionados de soñar . ... Y cuando l\Iayo imperator entró á banderas
,le~plegadas por el arco de triunfo de Oriente ....
Poro, aunque yo quisiera contar las bodas de i\íayo y l\Iab, este es solamente, linda i\Iignon, el cuento dll Abril ....
1!)0 l.

fü·¡¡f;N l\1. CAl\IPOS.

AL ESCLAVO ESCANCIADO!\.
C.ATULO.
OD.t X.\ T/1.

Esclavo, que 1"11.lurno aiiejo ~irve~,
\ 'en y escancia en mi copa el más amargo,
Cumpliendo de Postumia, que es más ebria
Que el gnno de las uvas, los maudatos.
Linfas que sois la perdición del vino
ld d~l austero ii. refrescar los vaso~;
Beber el vino puro
Xos !lCOJISE'ja Baco.
1TOAQtrf~ V. CASASÚ:,,

�REVISTA MODERNA.

J·RvtLAS' :Jol'

LA l'?[;VIGT A MoD[;rQNA
ou~

I-IA oRG-ANIZADo

rn

iNviTA Á UD· AL ~[~TiVAL ARTÍSTÍC?o

1-ioMrnAJ~ Á DoN RAMóN DE CAMPoAMoR.

MAYo 3 Db 190!

FROGRA:MA.
D. Ramón de Campoamor,

I.-A. En Réve ................................. .. ..............
B. Le Cíe! sourit aux roses .... . .............................
Canto, Sr. Luis Goda1·d.
]I.-Impresión literaria .........................................
lII. - :Mefistofele... . ............ . ................ ....... ..........
Canto, Sr. Lic . .Jo.si! B. Xava.

G. Campa.
Schumann.

1V.-Campoamor Intimo.. . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . ..............
\'.-A. Solitude de Sapho .........•..............................
R Fleur d'Automme. .. ... . . . . . ........................ . ..
C. Canzonetta... . . . . . . . . . . . . . . . . ...........................
rioloncello, Sr. Arturo Espinosa.

Sr. Francisco A. dti Tcaza.
i'll11ssenet.
Popper.
Phaladhilc.

Sr. Luis G Urhina.
Bono.

\'J.- Recitación: • Los Amores de una Sant11,• de Campoamor.. ..... Sr. Luis Quintanilla.
vrr.-Vision fugitiva..... . . . . . . . . . . . . . . . . . ....................... i'llassenet.
Canto, Sr. r:ustaro Mm·tln cz
ynr.-Poesia .. . ... ..... ............................... .... ..... Sr. Balbino Dávalos.
IX.-Guaran~·, balada..... ......... ... . .. . ...................... Gómez.
Sra. Virginia r:alvdn de Xava.
X. -Discurso ..................... ............. .................. Sr. V. Salado Alvarez.
XL - Dúo de •La Bohemia • ....... .. .............................. Puccini.
S,·a. Virginia r:alvún de Xava y S1·. Lic. José B. Navt.1,.

Xrr.-I. Andante .................................................. Rubinstein.

II.

F1XAL.

A CAMPOAMOR.

Dolientes mis coplas lloren
La muel'te del gran poeta
Campoamor,
Y al Arte consuelo imploren
Contra esta nueva saeta
Del dolor.

El que grabó en las brillantes
Facetas de un par de versos,
Con humor,
Las dichas agonizantes
Bajo los golpes adn•rsos
Del amor;

De las cuerdas enlutadas
Que gimen tristes y sord11s
Al vibrar,
Broten las quPjas ahogadas
Que tú, Juventud, desbordas
De pesar.

l~I que 1Iendo lloraba.
El que cantando gemía
Sin doblez,
Aunque la hiel que ocultaba
Furtirnmente vertia
Cada vez;

Tu poeta, el más humano
Cantor de las emociones
Que te agitan,
1::1 que enhebró con su mano
Estrofas de corazones
Que palpitan;

Tu poeta, el más profundo
Cantor de tu grey dorada,
Juventud,
,\bandonó ya este mundo,
Aun joven en su avanzada
Senectud.

El que dió forma á tus sueños,
Persiguiendo las más Yagas
Fantasías,
Y descubrió los risueños
Ardides con que propagas
Tus falsias;

¡Cuántas veces, en las horas
Que al vivir parece largo,
Campoamor,
~Ie quitaron tus doloras
Con su miel más de un:amargo
Sinsabor!

TRIO Op. 16 Nº. l.
Sr. Julio :lluiron, piano; Sr. Arturo Aguirre, viollo; 8,· Arturo E~pinosa, violoneello.

ló7

�158

REVISTA .MODERNA.
¡Cuántas más, en los anhelo11
Del juvenil arrebato
Comprendl
Que dabas ardor y vuelos
A más de un ensneiio grato
Para mi!

Y halago para el oído,
Y talismán para el alma
Sor.adora,
En el corazón herido
Diseminaban su calm:t
Bienhechora.

Y cuántafi, alegre ó tristr,

Sin ilusión ó soñando
Dulcemente,
A eudir á ti me viste,
Las claras aguas buscando
De tu fuente.

¡Ah! la traición, la mentirn,
La envidia de gente necia
Que te infama,
De;:ongan presto su ira,
Que el almo Dios de la Grecia
Te reclama!

Porque de ti, la poesía
Brotó sin pompa ni aliiio
De ocasión,
Lo mismo que brotarla
J)el alma blanca de un nit1o
La oración.

La admiración franca y viva
Le,·ante para tu gloria
Pedestal
Donde eternice la oliva
Tu fresca Inspiración doria,
Ya inmortal!

Tus quejas, engalanadas
Con dulces rimas por fleco11,
Repartlan
Ayel', risas y humoradas
Que los más lejanos ecos
Repetían.

Sigan doquiera sonando
Tus cantos, tan parecidos
Y diversos,
Eternamente halagando
Los ju,·eniles oídos
Con sus versos.

A tu perspicacia aguda
La vida fué un engañoso
Carnaval,
Donde el filósofo:duda
8i alguna vez es dichoso
El mortal.

Sigue en las almas vertiendo
Tu escepticismo inseguro
De creyente,
Que en el mundanal estruendo
Te dió fü-meza de duro
Combatiente.

Las bandadas de tus verso11,
Con retóricas vulgares
Siempre en guerrn,
Jban, pájaros dispersos,
Hacia todos los lugares
De la tierra.

Y al diapasón de tu estro
Que en la pena y la alegria
Fue jovial,
Hoy que te honramos, maestro,
Extlngase la elegía
Y surja el himno triunfal!
BALBISO

DÁ VA LOS.

UNA OBSESION.
l'A•u JKSÚS URUETA,

~N U:\' pequeiío mueble Luis XV, comprado por mi últirnamentP, encontn\ Pn el fondo de
un cajón, la carta que aquí se lee:

•Querido amigo:
Lo que te escribo va á extraiíarte profundamente; pero no tienes una idea del estado de excitación y de pesar en que me encuentro. Tú, el mejor compañero de otros
dias, el que conoció todas mis dichas y todas mis angustias, eres el único que puede oir
y t'onsolar mi desolación. Ven, ven á vivir al lado mio. á ser el compañero de otros tiemJ ~ pos; sólo que ahora ni reiré, ni seré el bullícioso endemoniado de entonces .... Ven, amigo mio, pues temo por mi pobre razón harto sacudida ya!
Debes recordar que poco tiempo después de haber tú dejado la vida de alboroto y desorden que
juntos arrastráramos tanto tiempo, para, sabiamente, encerrarte en un retiro de paz y labor, te escribi
diciéndote:
• Amigo, al fin encontró lo que necesitaba: la criatura sumisa y tranquila á cuyo lado refugiarme, el
sér hecho para el amor, tolerante con mis caprichos, humilde á mis deseos, y que va, desde hoy, á ser
mi compañera. Te hablaba de ella, de su rostro apacible, de su mirada serena y acogedora, de sus cabe•
llos abriéndose en la mitad de la frente y descendiendo rectos sobre las sienes, como los de una virgen
Pre rnfaelista. Te ex ponla el caso de conciencia en que me hallaba, pues siendo ella una criatura honesta, el deher me exigía darle mi nombre, cuando mis convicciones, ó por mejor decirlo, mis estúpidas
preocupaciones se oponían á todo lazo oficial y definitivo. Sabia bien que ella no deseaba sino obede·
cerme; su madre, su casa, todo estaba pronto á sacrificar á mi menor deseo; con el mismo gusto, qué digo, con el mismo entusiasmo hubiera salido para la iglesia que para el peor de los lugares por mi designado. En su pobre vida de mujer yo era el esperado, el amo indiscutible, el Bienvenido que la mujer
aguarda pronta á entregarse. Con mi habitual egoísmo y abandone.', me dije: •ya habrá tiempo• y )a hice mía.
~Iurió su madre y hube de traerla A vivir conmigo sin pensar en darle estado, preocupado solamente del encanto que de todo su pequeño sér emanabn.
Tú M puedes figurarte los dos años de entera, de completa felicidad que A su lado he pasado. Yo
nunca creí en la felicidad, no creí que un hombre algo refinado pudiera sin gran esfuerzo soportar durante dos años las mismas caricias, las mismas facciones y las mismas cosas. Pues bien, yo, el mismo escéptico egolsta que tú conociste, ho sido f11liz al lado de esa mujer; feliz como sólo puede serlo un hom•
hre destinado á pagarlo inmensamente cnro, tal como ahora me pasa; cada día que se '"ª• cada. hora que
\'UCla, lamento más esos dos años y los deseo con más intensidad; he quedado herido para siempre, he
quedado tal como debe haber quedado Adán después de su expulsión del Parafso.
Durante los dos años que de ,·ida tu,·o mi pasión, nunca pel\,Sé engañarla; no te asombres, pues no
la c(Jnociste; jamAs tuvo dos veces el mismo beso ni repitió la misma caricia; jamás de sus pequeños labios salieron frases vulgares; engendraba todas las seducciones y las bondades todas; era indulgente, y
tú sabes que cuando más deseo se tiene de eugaiíar, cuando el demonio de la pel'versidad se aguza más,
es cuaudo se ven contrariedades é inoportunos celos. En ella, si bien á la hora dada brotaron terribles
como los de la verdadera enamorada, mientras no supo, mientras no hubo quien viniera y dt!stilara las
&lt;ludas en su conciencia, jamás pasó por su mente la idea de que yo pudiera ser falso; yo era para ella
todo lo grande y todo lo hermoso, como elln era para mi todo lo adorable.
Te acuerdas de Carlos X? A él 1 sólo fl el debo mi desgracia; él, la mano negra que se oculta en la11
sombras y hiere para siempre; él, el falso amigo creado para pica1· como la vlbora, mortal y traidoramente; él, el miserable Yago entrado en mi casa para atormentar, para emponzoilar y hacer la noche eu
nuestra felicidad. Tú sabes que lo busquó para provocarlo en un duelo, en el que todavía tuvo la suel'•
te de herirme 1 él á quien debiera aniquilar tan sólo con la fueru de mi odio!

�106

REVISTA M1JDERNA.

Un dia, al llegar, encontré á Julia toda en llanto; mi asombro, tú puedes imaginarte cuAI fué cuando á mis caricias sólo contestó con reproches. Yo quise saber, lo exigl. ... y supe. El miserable!. ... el
que diariamente se sentaba á mi mesa sonriendo, le habla hablado de mi, de mi pasado, de las mujeres
que yo habla tenido y de todo cuanto yo habla hecho; habla citado fechas, dado pruebas; babia añadido
que mi intención era hacer lo mismo con ella; si no me babia casado, si hasta entonces le habla negado
mi nombre, era para impunemente pode1· abandonarla una vez cansado de ella. La pobre criatura. a.dor11da, se sacudía de dolor cuando entre sollozo y sollozo murmuraba esta declaración.
En \'ano intenté consolarla. Después de las lágrimas vinieron los reproches coléricos; en ella se despertó la rabia de la. mujer que confiada hasta entonces se ve engañada totalmente. Yo no era lo que ella
creía ni lo que ella amaba; vino el despecho que quiere herir, \'engarse, y un nuevo sér se reveló ante mi;
el débfl, el sumiso, el bondadoso, se tornaha en la leona iracunda que sólo quiere arañar y destruir.
• Te casarás conmigo- decía-yo no seré como las otras, no, á mi no me engañarás, oh, no, á mi no! Te
casarA8! te cnsará~!• y este grito brotaba constnntemente de su ir11, como ln espuma del agua que se agita.
En su mirada encendida habin rencor, había 1le~precio, y mi orgullo, mi orgullo estúpido de hombre se levantó contra lo que m.is amab11, contra lo que sentía amar aún en ese momento en que la desconocia. •¿Casarme? y quién podrft oblignrme? acaso tú, que has venido por tu gusto?,
A mis palabras siguió un rato de silencio; la vi asombrada á su vez de ver levantarse una cólera contra la suya, una fuerza contra la que ella creía tener P.n ese momento. Luego, después de brcYe pausa
y de dar unos pasos sin dirección, fué á la mesa de noche que á su lado tenla, y empuñando el revólver
contra mi, rlamaba maquinalmente: Te cas1trá~, te casarás, yo ....
Me rel, hice un esfuerzo para arrojarle mi ironía, y pálid1t, sin decir una palabra, volvió el cañón
contra su frente. Ue miró un instante con una mirada que nunca más he podido olvidar, con una mirada indescriptible que me persigue en la sombra de las noches y me atormenta en los malos sueños. Babia en la expresión de esa mirada decisión, rPproches, pero reproches llenos todavía de amor .... Yo no
di un paso, no hice un gesto, no levanté el brazo para detenerla; al contrario, curioso, con curiosidad
pen-ersa, aguardaba, y aun parecla desafiarla con mi actitud.
Una detonacióo, y yo me precipito á tiempo aún para recibirla en mis brazos ... una última conYulsión, luego nada, un borbotón de sangre cubriendo su rostro, bañándola toda:
Quién podrá exactamente describir y analizar todo lo que yo sentí en esa noche al velar á la que
tanto habla amado, á la que claro sen tia amar más y más ahora que no exis tia. Sólo tengo vagos recuerdos. Su cuerpo, las lineas de su perfecto cuerpo se destacaban sobre la negrura del tapiz fúnebre extendido sobre el lecho bajo de ella. La blancura de sus manos, la lividez cadavérica de su rostro, resal•
taban vi\•amente sobre el negro como los marfiles de una laca. Lll herida de la frente había sido vendada y sólo un pequeño punto rojo manchaba la seda que la cm·olvla; rns cabellos sueltos le sen-ian de a!mohada. En sus pequeños labios, antes tan risueiío~, nido ele caricias y ahora fríos, insensibles como los
de un mAnnol, habla un ligero plil'gue doloroso. Los párpados cerrados apartaban para siempre do mi
su mirada. Luego, no recuerdo mAs .... Ráfagas de aire entrando para mecer la luz de los cirio~, ha•
ciendo pasar resplandores amarillos por el rostro de la mue1 la. Xotas qu&lt;'jumbrosas é irónica.mente alegres de organillos, aletear de moscas y los toques de las horas sucediéndos&lt;', resonando bruscos, pesado@, inexorables, en el silencio lle la nochr, y muchos pensamientos, mucho dar vuelta en mi cabeza á
ideas y recuerdos.
Yo revh·la las escenas y las caricias de esos dos años, y la nla, la vela invariable, impasible, hundida en las profundidades de su sueño de muerte; tomaba. su mano fria, la llamaba, no pudiendo, no queriendo admitir que estuviera muerta Muerta, y por qué? qué habla hecho y qué hablamos hecho? Ella
continu1tba impasible y la seriedad de su rostro me decía todo lo que nos separaba: estaba muy IPjos! yo
no existía más para ella! Aquella desaparición, el pensar en la soledad del dla siguiente y lo definitivo
rle su muerte me ponl11n r11hioso, desesperado contra mi impotencia y la fuerza del que crea seres para
aniquilarlos con tanta. facilidad.
P,msaba en mi culpa, en mi críminal orgullo. Un movimiento, una palahra, una súplica, hubieran
bastado pa1•4 que ella estu,·icra viva, prodigándome sus caricias y murmurando á mi oldo sus palabras
amantes .... Yolvla á verla .... el mismo pliegue en su rostro, los ojos siempre cerrados, los cirios prestándole luminosos resplandores y bronceando los largos hilos de su cabellera suelta.
i\Ie arrepentía, me odiaba, y todo era. en vano; ninguna, absolutamente ninguna fuerza darla dulzurA á sus sonrisas ni brillo á sus ojos. Los días se sucederlan á. loR dias y era. en vano esperarla. Los
hombres continuarían los mismos hechos, los mismos gestos, las mismas palabras, nada ni nadie cambiarla, y ella, ella que debiera agitarse y moverbe como los dPmás, quedaba sumergida para siempre bajo la tierra, y todo por no haberla hablado, por no haberla detenido. Para mí, la constante desolación.
Para ella. .. . . ?
La vi salir y no tuve fuerzas para acJmpañ1trla; manos extrañas cerraron para siempre su nueva
morada; las últimas palabras que le fuel'On dirigidas, salierc,n de labios que jamás la hablan besado; yo
quedé aturdido, anonadado, como se queda después de las grandes catAstrofos.
Cuando resignado ante lo irremediahle do su muerte, comencé la larga peregrinación, la espantosa
revista de los objetos y las menudencias que ella habla escogido y en cuya familiaridad viviera, comen·
zó ese largo via- crncls de la reconstrucción, detalle por detalle, de mi antel'ior felicida1. Todo me la recordaba, en todo la encontraba, y todo estaba lleno todavla. de su presencia.. Los espejos no olvidaban

REVISTA MODERNA.

161

su imagen, los guantes no perdían aún el molde ~e sus manos, babia almohadas que conservaban el
hueco formado por su cabeza, y la mancha., la fatal mancha de un rojo n&lt;&gt;.gruzco, se me presentaba. á ca.tia momento resucitando la escena
·
No pudiendo resistirá todo esto, abandoné la casa donde juntos conociéramos tantas \·enturas y
donde tan amargos ratos pasaba á solas. Comenzaron días largos, tediosos, de continuo errar y huir de
su recuerdo como un ingrato; los días en que se lucha por no vol\'er al relicario donde se esconde su
memoria y donde su imagen flota.. Llegaba hasta la casa, miraba las puertas cerradas, los balcones va·
cios, todo diciendo el abandono y la muerte, y sintiéndome débil, iba y bebia hasta embotar mi dolor;
pero ent'lnces la visión de su cuerpo al caer en mis brazos, la expresión, oh! esa expresión de amoroso
rl'proche salida de sus ojos al d!'jllr la vida, la sangre cubriendo su cucrpt', me atormentaban, apareciéndome como la más espantosa de las pesadillas.
Después de algún tiempo, ,·olví decidido á trabajar sin descanso. !'asé inclinado sobre la mesa muchos dlas y muchas nochrs, lh-n:111llo nerviosamente bojas y hojas, 1¡ucriendo con el cansancio y las ideas
ficticias substraenne á mi plln3amiento. Con frecuencia las mismas palabras que yo escribía, toca•
ban, despcrtahan mi herida, y con frecuencia, oh·idando por un momento, me voh·la buscándola á mi
lado como lo hacia cuando rlla me acompañaba :l trah11j11r; ai no rncontrarla, botaba la pluma, quedando más hundido todavía en mi dolor.
Pero es al liegar 11qul cu11n,Jo comir11z11 lo más nrgro, lo '111", siempre &lt;&gt;.goi~ta, me preocupa más de
10110 este drama. No te rías.
Una nochr, despué,1 de varias ho ras de trabajo, bcnli uu ligero ruido t1·as du mi; como estaba bastantJ nervioso, me vold bruscament.-; excuso decirte que nada encontré. Seguí trabajando algo preocupado ya y desconfiando de las sombras que abundaban fuera del radio luminoso de mi lámpara; poco rato
,tespués sentl ó creí sentir un ligero toque en el hombro; quedé frlo, pensando en que ella me advertía
as! cuando quería interrumpir mi t ·ahajn, y sentí una ansiedad terriblr; no me atreví á volver el rostro,
no respiraba casi, temeroso de encontrar algo tras de mi. D~spnés de un rato de lucha volví al fin la ca•
ra con lentitud, haciendo rui ,lo y e~fuerzos .. .. nada! sólo las medias sombras y el brillo dorado de las
encuadernaciones. Respiré larg11ment&lt;•, sintiendo consuelo; pero temiendo aitn, dejé la pluma y sin vol •
1·erme más, sintiendo frío en la frente, ful directamente á mi cama.
Inútil es decirte que no pude dormir un momento; el menor rnido, el toque de las horas, el crujir de
un mueble, el paso de un rntón, todo me producía sudores fríos y sobresaltos á pesar de cuanto razonamiento juicioso me hacia.
Pero des1e entonces, amigo mio, siempre es lo mismo; todo me sobresalt,t, trabajo siempre con el oi•
de alerta, queriendo sorprcnder cada ruido. En una plllabra, tengo miedo, miedo dt1 la pobre suicida á
quien tanto amé. Tengo miedo de que vuelva, mie_do, sobre todo, de la expresión de su última mirada,
que nunca puedo ni podré olvidar. No estoy loco, no, pero la siento errando invisible á mi alrededor, y
tengo miedo, miedo de ella; pero de tal manera, que nunca. ni por nada lllfl hubiera atrevido á escribir
esto de noche, temeroso de sentir el golpe én el homhro ó s us pasos avanzando silenciosos con precaución: tengo miedo!
Tengo miedo, si, y de ella; ven, vo:1n y libram:i de este pavo r, de esta constante insoportable anguslia. Sintiendo alguien á mi lado, me sen tiró fuerte. Ifo pensarlo en casarme, en traerá mi lado algo que
me escude de ell11; pero no, sentirla celo~, y n11nc11 porlrla bcs1tr ni estrechar á mi mujer, sin sentirla invisible entre nosotros- dos.
No es que haya dP.jado de que1·erla., no; la amo y la deseo como nunc:i, pues mis dlas no serian tan
negros estando ella á mi lado. Pero tú lo Yas; la amé mucho, me amó mucho, fui muy feliz y ahora es
preciso que pague con el peor de los castigos: temiéndola, queriendo refugiarme contra ella.
Lo ve,! ahora mismo al escribirte, el sonido quejumbroso de una puerta al ser empujada por el
viento .... (es por el viento?¡ me ha hecho' estremecer y enfriarse mi frente sin que pueda atreverme li
,·olver el rostro.
T.ingo miedo! Ttmgo miedo! ven, amigo mio, \·en, ó no sé lo que será de mi

BERXAI:DO

COUTO CASTILLO.

�163

REVISTA .MODERNA.

m
Yo unía en mis tli~cursos con cliau1autina sarta
al aticismo Iieleno, la sobriedad de Esparta
~- así recto era el juicio, sabroso era el conceto;
Juntábanse en mis actos Platón y Alcibiades
y siendo bello y grave tenían mis verdades
con amargor de prédicas almfbar del Himelo.

IV
¿Por qué siguió al Olimpo del Gólgota iufccundo
la soledad, y en rapto de amores imprevisto
las razas· empuñaron el lábaro de Cristo
que trajo las tristezas al júbilo del mundo?
¡Qué mal le habla hecho la vida á ese iracundo
demoledor! Dionysos amable, hubieras visto
la sangre de tus twas en el brebaje.misto
del cáliz, y sus hojas servir de pudibundo
Fajero "á las estatuas ollmpicas! En vano
radió en defensa tuya la espada de Juliano,
la humanidad trocaba su primogenitura
Por las lentejas .. . . ó por la ' gloria que se abria
y yo, ateniense, el sello mostraba en mi tonsura
ele! Nazareno, ¡Padre de la melancolía!
F.n Roma, Enero de HJO l.
A~1Ano

N1&lt;:1tvo.

EL FENDULO.

I
Nemcoi~, vil'ja loba, conozco tus desmaucs,
tus dientes han mordido mis carnes de granito,
11acl con la sonrisa del divo Aristofanes
" Tú la hiciste mueca del pálido Heraclito.
• Yo tuve un culto en Delphos;deluzeran mis manea
hoy negros; era fácil el hoy tedioso rito;
por U me son hostiles mis padres los titanes
y no hay un sitio para mi risa en lo infinito.
Ayer me tuteaban los Dioses soberanos
y yo tiraba besos a Zeus á ~os manos,
bebiendo el vino dórico de mi lagar, mas luego
surgió cual monje estéril el dogma que me aflige
y el diáfano Pontífice Máximo que rige
la Iglesia, uncióme al culto del místico borrego.

JI
Ayer apet~a~ _cuánto fulgor en el paisaje,
qué suave desposorio de mitos y de vida!
atado iba coú~cinta de lino el gran follaje
de mis cabellos rubios, y mis áureas cnemidas
Al sol ardian; _era la túnica mi traje,
la túnica que deja contemplar las mullida:1
pan tonillas cubiertas por un vello de encaje,
jleda y cosquilla al beso de tod1\8 las armidaa,

Nadie notó ele pronto la casa abandonada y algún tiempo siguieron Yivicnclo como si nada hubi11ra sucedido. Primero que nadie, enmuclc::ió el grillo invisible desde que la última brasa se extinguió eu
la chimenea.
Luego la única gallina que vagaba en l!l corral subió la escalera, picoteó la puerta cerrada, tC'ndió
el cuello hacia la ventana y como los desperdicios cuolidianos no caían, se salió.
E l gato se cansó de ronronear, acurrucado inútilmente para sentir en su dorso la enjuta mano qu11
tan bien conocía. Olfateó el piso, maulló con despecho, araiíó las sillas y por el granero se escapó.
Una noche las ratas, tras de roer el último mendrugo del cofre, destaparon el azucarero vacío y
no volvieron más.
Las arañas encogidas no esperaban para hilar sus telas mils que el silencio, pues un rnmor regular lo turbaba aún.
Pero bruscamente el péndulo se detuvo. No se había parado poco á poco, sus tic-tac debilitándose
hasta el tic- tac supremo: dejaba ele andar como un;i persona herida en pie y que no se crela enferma.
El corazón de la casa no latía ya.
Las gentes de la aldea vecina empujaron la puerta y ll!rnntaron del suelo á la viPja Maria Teresa
caitla boca abajo, y muerta iL solas, sin prevenir.
JuLKS

(Trad. de ,Revista Moderna•).

RENARD.

�REVISTA MODERNA.

DEL LIBRO ('EN RADE."
Era un inmenso desierto de vcso seco mas allá de todo limite, que hui a indefinidamente de la vista,
un Sahara de lechada endurecid;, en cuyo centro se levantaba un monte circular, gitantesco, de flancos
agrios, agujereados como c~ponja~, micados con puntos rlcslum')J'antes como puntos de azúcar, de cresta de nieve dura, esculpida como una copa.
Separada de este monte por un valle cuyo sucio raso parcela amasado con lodo resecado de cerusa
y de creta, otra montaiía lanzaba :í. alturas prodigiosas una cima de estaiío semejante á. un embudo; dijérase de esta montaiía, repujada, inflarla de enormes gibas, que era una colosal ola, desmochada en la
extremidad, hervida al fuego de innumerables hornos y cuya globulosa ebullición, súbitamente comprimida, congelándose repentinamente hubiese quedado intacta.
-Sin duda, pensó Jacobo, estamos en pleno Océano de las Tempestades y estos dos monstruosos
cAlices tendidos hacia el cielo son las cúspides crateriformes de Copérqino y de Képler.
-No, no me he equi\·o ~ado de \"ia, dijo, contemplando la leche helada de aquella superficie casi pla·
na que solamente se volvía hinchada y granulosa cuando se iba del pie hacia la cima.
Con serena certidumbre se orientó: allá lejos, hacia el Sur, aquello que aparece vagamente, semejante á un gran golfo es el i\Iar de los Humores, y aquellos dos horribles chancros que guarnecen su entrada,
son á no dudar el Monte Gasscndi y el Agatarchites.-Y somiendo, pensó que después de todo era uu
slngularisimo país la Luna, donde no hay ni vapor, ni vegetación, ni tierra, ni agua, nada sino rocas y
corrientes de lava, nada sino circos estratificados y volcanes muertos, y luego, ¿por qué la astronomía
habla conse1Tado aquellos nombres inexactos, aquellos calificativos anticuados y extraños con que los
viejos astrólogos bautizaron aquellas series de llanuras y de montes?
Voh'iósc hacia su mujer, sentada é hipnotizada por aquella blancura y le explicó en pocas palabras
que serla imprudente a\·enturarse en el mediodla de aquel astro porque alll es donde se encuentra la
zona volcánica, la aglomcracióu dP. cráteres extinguidos, de sierras encajadas unas en otras, de cordilleras que casi se tocan y dejan apenas correr entre sus pies rugosas veredas que parecen talladas en lonjas calcáreas ó taladradas en masas de albayalde.
Ayudóla al fin á lernntarsr; ella lo escuchaba escrutando sus labios, comprendiendo sus palabras, pero no oyéndolaF, puesto que ningún medio atmosférico podía propagar el sonido en aquel planeta despro\'isto de aire¡ y volviendo la espalda al paisaje que contemplaban, tornaron i'1 subir al norte, costearon la
cadena de los Kárpatos, flanquearon el desfiladero del Aristarco, cuyos pitones se perfilaban erizados
como colas de cangrejo, dentellados como peines; avanzaban fácilmente, deslizándose más bien que andando sobre una especie de vidrio escarchado bajo el cual aparecían vagos helechos cristalizados cuyas
nervuras y relieves brillaban iguales á surcos de plata bruiíida. Imaginaba pasearse sobre bosques acamados, sobra arborizaciones laminadas extendidas, bajo un agua diáfana y firme.
Desembocaron en una nueva llanura, el mar de las Lluvias, y allí también, apostándose en una emi•
mencia, dominaron un pais11je ilimitado erizado de Alpes de yeso, encascarado por Etnas de sal, hinchado de tubérculos, ab,,tagado de kistes, escorificado como cagafierro.
Y de igual manera que en un plán estratégico, alturas inmensas, innumerables Chímborazos podian
barrer la llanura; el E'uler y el Pytheas, el Timocaris y el Arquímedes, el Autolyus y el Aristilo, y al Norte, casi en los confines del Mar del Frío, cerca del Golfo ele los Tri~, cuyos bordes rocallosos se incurvan
sobre el suelo liso, el ;\Ion te Plato lanzaba, formidable, la costra dislocada de las lavas, a Yarias leguas,
levantaba perchas de estuco y mástiles de mármol, descendlan rolles gigantescos de alabastros, precipi·
tábase en masa de rocas blancas agujereadas como madréporas, lucientes como fondos de criba.
Dijérase que todo aquello se iluminaba solo, la luz parcela irradiarse, subiendo del suelo, porque
arriba el firmamento estaba negro, de un negro intenso, absoluto, regado de astros que ardían por si
mismo@, en su sitio, sin derrama1· ningún fulgor.
En el fondo, el Aristilo asemejábase á una ciudad gótica, con sus pico@, los dientes al aire, cortando
con su sierra el basalto estrellado del cielo; y detrás y delante de esta ciudad superponlanse otras dos
ciudades, mezclando á la edad media de una Heildelberg la arquitectura morisca de una Granada, em·
brollando en un caos de países y ele siglos, minaretes y campaniles, agujas y flechas, troneras y alme·

165

nas, barbacanas y dombos, trinidad monstruosa de una metrópoli muerta, tallada en otro tiempo en una
montaña. de plata por los torrentes en ignición de un suelo.
Y abajo, todas aquellas ciudades se recortaban en somb:-as de un negro crudo, en sombras de dos
leguas de largo, y simulaban un montón de instrumentos de cirugla enormes, sierras colosales, bisturls
desmesurados, sondas hiperbólica·s, agujas monumentales, trépanos titánicos, ventosas ciclópeas, un estuche entero de cirujano para Atlas y Encelado vaciado desordenadam ente sobre un mantel blanco.
Jacobo y su mujer permanecían estúpidos, dudando de la lucidez de su vista. Se frotaron los ojos¡
pero apenas los tornaron á abrir los confundió la misma visión de una ciudad lavada en plata sobre un
fondo de noche y proyectando con los dibujos erizados de las sombras las exactas formas de instrumen·
tos tenebrosos, esparcidos, antes de una operación, sobre un lienzo blanco.
Luisa tomó el brazo de su marido, volvió á bajar á la llanura y ciando vuelta á la derecha aventuníronse en el valle que encajonan de un lado el Timocario y el Arquímides, y del otro los Apeninos cuyos picos, el Eratosthenis y el Huytens, elevan sus vientrns de bombones que se adelgazan poco á poco
y se terminan en cuellos de botellas, con los golletes destapados y rodeados ele cera blanca.
Es extraño, dijo Jacobo, hemos llegado al Pantano de la Podredumbre que ni es pantano ni huele
A nada. Es verdad que el Océano de las Tempestades está perfectamente seco y que el Mar de los Humores que debla aparecer graso como un lago de pus es simplemente un exorbitante plato de porcelana
grietada, rayada con cintas grises por las lavas.
Luisa abría las ventanillas de la nariz, husmeaba la falta de aire. No, ningún olor existla en aquel
Pantano de la Podredumbre. Ninguna exhalación de sulforo de calcio que ocultara la disolu~ión de una
carroña; ningún husmo de cadáver que se saponifica ó de sangre que se descompone, ningún osario, el
vaclo~ la nada, la negación del aroma y del ruido, la supresión de los sentidos del olfato y el oído. Y
Jacobo desprendía, en efecto, con la punta del pie, b'oques de piedra que descendían rodando como bo•
las de papel, sin producir ningún sonido.
Avanzaban con penoso impulso; aquel pantano cristalizado parecido á un lago tle sal, ondulaba, co·
mo descalabrado poi· una viruela g igante, acribillado de marcas rerlondas, tan grandes como esas fuen·
tes construidas en Versalles b11jo el reinado del Gran Rey; á trechos, ficticios arroyos zigzagueaban,
&lt;'stdados por la refracción de no se sabia qué, de hilos del gris violáceo de los yúdos; en algunos sitios,
:ipócrifos canales comunicaban falsos estanques que se teñian del rojo malsano de los bromos; en otro~,
heridas incurables levantaban rosadas veslculas en aquella carne de mineral pálido.
Jacobo consultaba un mapa que conservaba plegado en la bolsa de un vestido de fabricación ingle•
saque no recordaba haber llevado nunca. Aquel mapa, publicado en Gotha, bajo el cuidado de Julius
Po.irthes, le parecía de indiscutible claridad, con sus masas puntuadas, sus detalles en relieve, sus deno•
mi naciones latinas: Lacus l\fortis, Palus Putredinis, Oceanus Procelarum, tomados del viejo mapa Selenográfico deBeer y de l\'Iaedler, del que no ei·a al cabo m:\s que una copia reducida.
Veamos, se elijo, podemos elegir entre dos caminos. O bajar el estrecho formado por los bordes del
Mar tle la Serenidad y el cuello del l\fonte Hoo:n11s ó subir pot· el desfi ladero del Cáucaso hasta el linde
1lel L1go de los Sueño3 y volverá bajar, siguiendo las monta1ias del Taurus hasta el Jansen.
E-;te camino parecía ser el más fácil y el más ancho, pero alargaba millares de leguas el itinerario
que se habla trazado. Rosolvió escabullirse por los senderos del Hremus, pero tropezaba con Luisa á ca ·
u,l p:i.io entre do, m:.iral!as de C3ponjas lapidifica las y de coke blanco, sobre un suelo ve!"rugoso, hin ·
chado p_or borbollones endurecidos de c!oro. Luego se encontraron frente i1 una especie de túnel y de·
bieron soltarse y caminar uno tras otro, en aquella galería semejante á un tubo de cristal cuyos cortes
encendidos como puntas de diamantes alumbraban la ruta. St'tbitamente la bóveda se levantó, ahondán•
uose en una c!1imenea de a'to-!io:-no, tapada en su extremida,J, á distancias incalculabes, encima de ellos,
con una rueda ele cielo ll&lt;'gro.
- H emos llegatlo, murmuró Jacobo, porque esta abert11ra es el pico hueco del i\Ienelaus. Y en efecto, el túnel terminó, desembocaron cerca del Cabo Arechttsia, no lejos del l\Ionte de Plinío, en el ~lar de
la Tranquilidad, cuyos contornos simulaban la blanca imagen de un vientre, marcado con un ombligo
por el Jan.sen, sexuaJ.o como una mujet· por la gran V de un golfo, bifurca&lt;lo en dos piernas separadas
por los Mares de la Fecundidad y del Néctar.
Caminaron rápidamente hacia el ~Ionte Jansen, dejando á la izquierda el Pantano del Sueño, teñido
de amarillo como una charca co11gulada de bilis y el l\lar de las Crisis, una plancha condensada de lodo
del verde lechoso de los jades.
Escalaron taludes escarpados y se sentaron.
Entonces un espectáculo ext1·aorclinario se desarrolló ante ellos.
Hasta desaparecer de la vista, un mar furioso rodaba sus ola,, altas como catedrales y mudas, Por
toJ.as partes cataratas de espuma cuajada, avalanchas petrificadas de oleadas, tonentes de clamores Afo
nos, toda una exasperación de tempestad apila.da, anestesiada en un gesto.
To Jo esto se extendía tan lejos que los ojos desconcertados perdfan la noción de medida .v acumulaban leguas sobre leguas, sin posibilidad de distancia ni de tiempo.
Aqul, sedentarios maelstroms ahuecábanse en inmóviles espirales que descendfan en incolmables
abismos en letargo¡ alll despeiiábanse manteles indeterminados de espuma, convulsivos Niágaras, extcr•
minadoras columnas de agua que lle desplomaban sobre abismos donde babia mugíJ.os adormidos, brincos paralizados, vórtices tullidos y sordos.

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REVISTA MODERNA.

Rdlexionaba preguntándose d espué5 d e qué cataclismo se habían cougclado aq uellos lrnracancs y
se hablan extinguido aquellos cráteres? después ele qué formidable compresión de ovarios había sido
contenido el mal sagrado, la epilepsia de aquel mundo, la histeria ele aquel planeta que escupía foego y
soplaba trombas, retorciéndose violentamente en su lecho de lavas? después de qué irrecusable abjura.
ción la fria Setene habla caldo en catalepsia, en aqu el indisoluhle .:.ilencio que reina desd e la eternidad
hajo la inmutable tiniebla de un cielo incomprens ible?
¿De qué espantosos gérmenes habían salido, pues, aquellos montes desolados, aquellos Himalayas do
Clterpos calcinados y huecos? ¿qué ciclones habían secado aquellos Pacíficos y arrancado las vegetacio•
nes desconocidas de sus bordes? ¿qué diluvios supuestos de flamas, qué estallidos desaparecidos de
rayos hablan escarificado la corteza de aquel astro, trazado ranuras más profun&lt;las que á lveos de rios,
ahondado fosos en los cuales hubieran podido correr con facilidad cfüz Brahmapoutrns?
Y m:is ll'jo~, más lejos todavía emergían del circulo de los horizontes adivinados, más cadenas ele
montañas cuyos interminables picos rozaban el cuvérculo tenebroso del cielo, un cu,·i•rc11lo colocado so•
lam~ute sobre puntas de clavos en las cimas, esperando que un sobrenatural martillo lo hnncii esc de un
golpe para cerrar herméticamente la indestructible caja!
Juguete de un Titán iumenso, de una niña gigante y enorme, eufática caja qu e conti.. nc simulac.-os
en azúcar de tempe~tades y de llanuras, de ro cas de cartón y volcanes huecos en cuy o aguj ero el hijo
de un Polyphemo podía encajar su d edo meñique y levantar as!, en el vacío, la colosal osamenta de
aquel juguete inaudito, la luna espantaba la razón, aterrorizaba la debilidad humana.
Y entonces Jacobo sentia esa pesadez del bajo vientre, esa contracción de la vejiga que produce la
angustia prolongada del vaclo.
l\liró á su mujer; estaba trllnquila y con su binoclo, que no movia, consultabn, como una inglesa con•
sulta su guia, la carta que tenla, desplegada, sobre sus rodillas.
Aquella quietud y la evidencia de tener junto de sí, de poder tocar si lo quería un sér manifiesto y
,·ivo, 11paciguaron sus trances. Aquel vértigo que le sacaba los ojos fdera de los párpados y los cond~cla ll•ntamente hacia el fondo de un abismo, se desvanecla en aquel momento en que su vista descansa•
ha, ii dos paso~, sobre una criatura conocida, cuy a existencia era palpable y segura.
Lurgo, se sentía bajo sus vestidos vacío como aquellos montes tubulosos, sin entrañas d e mctaloi•
des, sin corazón de rocas, sin venas de granito, sin pulmones de metales. Se sentia ligero, casi fluido,
presto á elevarse si los vientos desconocidos ele aquel astro fueran á soplar. El frío exasperado de los
polos y las consternant(!S caolculas de los Ecuadores se sucedían sin transición en torn'l suyo, sin que
lo advirtiera, porque experimentaba. la impresión que se habla desemlrn.razad&lt;&gt; al fin de la corteza tempo·
ral de un cuerpo; pero repentinamente revelábase también el horror de aquel Llesierto lúgubre, de aquel
silencio de tumhas, de aquel doble mudo. La agooia atormenta&lt;ia de la Luna. recostada b:ijr¡ la losa funeraria de un cielo lo enloqueció.
Levantó los ojos para huir.
- l\Iira,-dljole ingenuamente su mujer,-ya encienden.
i::n efecto, en aquel momento, el sol rasó las cimas cuyas crestas desgarradas S8 irradia ron dlJ tlamas
IJlancas como un metal en fusión. Rampaban resplandores á lo la.rgo de los picos en cuyo centro el cono
del Tycbo hormigueó, terrible, abriendo sus fauces de fuegos sonrosados, rechinando sus dientes de bra·
s1t~, ladrando sin ruido en el imperturbable silencio de un firmamento sordo.

Jon1s

KAI:L

HÜYSMANS.

MAÑ'ANA .... !
Mañana, cuando lleguen los veutnrosos días,
El amante episo~io que yo anhelo y tú ansia~,
Yo dejaré tu freute de lirios coronada
Y tú armarás mí brazo con la invencible espada!
~n el latid que duerme, tus dedos musicales
Despertarán los himnos gloriosos y trinnfalf'~j
Bordarás, mi princesa, una tapicerla
Donde azul y enlutada, tu pasión y la mla,
Tus cándidos anhelos y mi tristeza bruna
Temblorosos se abracen en un rayo de luna!
Te asomarás al trágico abismo de mí alma,
Con tu mirar tranquilo lo dejarás en calma
Y las virtualidades fecundas de tus ojos
Han de cambiar en lirios los áridos abrojos!
Al ceñirme la espada murmurarás: •combate!•
Y si una sombra impura sobre mi st"n· se abate
Ha de caer al fuego que irradia tu corona,
Sierpe vencida bajo tu planta de madona!

Mañana entre las alas tle un dulce ritomelo
Nuestros seres amantes ascenderán al cielo
Que alumbra co:i sus ala&lt;, dorarlas la Quimera;
Mañana nuestro ensueño tendrá. su Pdmavera!
Borda entre tanto aquella rara tapicería
Donde se unen temblando tu alma blanca y la mi11;
Deshoja lirios albos sobre el hondo misterio,
Toca un claro preludio sobre el negro 5alterio
Que ya brota la aurora de los lll'icos días
Nuestro am'.lr! .. . . el instante que yo anhelo y tú ansías!
1

(Tracl de Revista Moderna.)

Mllxico, l!JOI.
J o 5t,; J UAN

TA131, .\l) .\.

�ARo IV

MÉXICO,

1ª

QUINCENA DE JUNIO DE

1901

NlJM, 11

REVISTA MODERNA
ARTE V
DIRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEI•'E DE REDACCION": JESUS URUETA.
Tip. de Dublán.

MAGNA VoLUPTAQ
Eucirnde en la obsidiana de tus ojos
La mirada más tierna y más amante,
Y matiza el marfil de tu semblante
Con la lumbre solar de tus sonrojos.
Cierra tus brazos n ítidos y flojos
En torno de mi cuello palpitante,
Y restrega en mi pecho jadeante
Tus pezones coléricos y rojos.
;'llirame dulcemente, dulcemcntP,
Destilando tu beso disolvente
Y sonoro en mi labio que se inclina,
Y déjame chupar tu lengua u ntuos11.
Que exacerba mi fiebre voluptuosa
Y me tienta como u na golosina.

LA l\IADO)(NA DELT, A l\fELAORA~A.-BOTTICELLI. - FlllENZ~,

�</text>
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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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              <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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