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                  <text>ARo IV

MÉXICO,

P

QUINCENA DE J ULIO DE

1901

NúM, 13

REVISTA MODERNA
ARTE Y
DIRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEFE DE REDACC ION: JESU S URUETA.
Tip. de Dubldn.

EJM:ERIAGAOS.

S necesario estar siempre ebrio. Todo está en eso: es lo único . Para no sentir el horrible
fardo del Tiempo, que quiebra vuestras espaldas y os inclina hacia la tierra, es necesario embriaga1·se sin tregua.
¿Pero de qué? De vine, de poesla, de virtud, á vuestro antojo. Pero embriagaos.
Y si algunas veces, sobre las gradas de un palacio, sob re la y erba verde de un foso,
en la soledad lúgubre de vuestra habitación os despertais, ya disminuida 6 desapare·
cida la embriaguez, preguntad al viento, á la ola, á. la estrella, al pájaro, al reloj, á todo lo que huye, á
todo lo que gime, á. todo lo que rueda, á todo lo que canta, á todo lo que habla, prnguntad qué hora es;
y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, os responderán: Es la hora de embriagarse. Para no ser
loi esclavos mit·tirizados d el Tiemp:&gt;, emb:·iagaos, embria.r ao; sin d esca.n,o! D J vino, d e poesla 6 de
virtud, á vuestro antojo.
CrrALtLES

BAUDELAIRE.

FLOR DE OTOÑO.
Ven á escuchar mi cántig a oportuna
bajo el palio triunfal de la glorieta,
donde está deshojando tu poeta.
sus blancas ilusiones una á una.
Siento un largo Yahido que se adnna.
con la agonla &lt;le la tarde quieta,
ya baja el leñador de la meseta
y se dibuja el peplo de la luna.
Qué bello, junto al lago adormeci&lt;ln,
léjos del cieno y de la humana lidia,
besar tus labios rojos, mi sultana;
Mientras tornan las ave;; á su nid o
y los cisnes contemplan con envidia.
tu elegate perfil de americana!
Jos1~ LÓPEZ DE MAT URANA.
Buenos Aires.

PETA L LES pt;i LA PnurAvERA. -BOTTICELLT. - FIRENZE,

�TIEI, REGINA.

LEN'"DE:hd:AIN'"_
(CAPITULO DE UNA NOVELA).

Clamando á tu piedad en mi suplicio,
Como en un claustro lloro en mi amargma,
Hincándome las puntas de un cilicio
De anhelo que me hiere y me tortura.
Tu solo nombre mi aflicción modera,
Y cuando á ti suspiro y en ti pienso,
Perfuma mi aflicción, como si fuera
Tu nombre un grano de oloroso incienso.
¿Me verás con tus ojos soiladores
Y tne darás tus manos bendecidas
Cuando hayas comprendido mis dolores
Y cuando hayas tocado mis heridas?
Cuando hayas comp1·endido mis dolores

Y cuando hayas tocado mis heridas
Me verás con tus ojos soñadores
Y me darás tus manos bendecidas.

Eres la fuente que la sed apaga,
E res sombra apacible, eres frescura,
Y para el corazón que es una llaga
Un bálsamo divino de ternu ra,
Mi amor fundir espera tus enojos,
Y ya mi amor ha vi!,to á la esperanza
En el azul abismo de tus ojos
Relucir como el signo de la alianza.
Y quiere tu bondad mi sufrimiento,
Y ante tu solio mi pasión se inclina,
Oye mi voz, alivia mi tormento,
Tu1mrs EnuRNEA, STE LLA MATt' TINA.

L camarista había abierto la ventana ... La turbia claridad de una mañana
pluviosa se detuvo bruscamente en la flo1 ación arabesca de la cortina deslavada y derramó en la estancia sus cansadas y opalinas penumbras. Era
triste aquel cuarto de hotel! ... triste como las existencias náufragas ó aventureras ó vagarosas que alli hablan acampado, dejando en los lienzos raldos, en los maderos despintados y en los muros maculados y grasosos las
sucesivas huellas de su paso.
Cuántos, en medio de una vida de crimen, de miseria ó de orfandad habían hecho alto ahi! Los sitios de placer, los parques desiutos, los palacios
inhabitados, los lugares donde ha vivido la alegria, guardan siempre un
grato vestigio de Jo que fueron; tienen basta en sus ruinas una sonrisa melancólica. Pero ahí, entre aquellas cuatro paredes, en aquella atmósfera s:,turada por el miasma humano, la tristeza babia dejado su desconsuelo, la miseria su huella y el
vicio su sombra, lo mismo que el huésped anónimo que sobre la mesa olvidó la caja de medicinas, por
igual que la parrja enamorada que trazó en el muro dos nombres, en recuerdo de una noche nu pcial
misteriosa y furtiva, tal vez improvisada banalmente al azar de un encuentro callejero. Y todos aquellos huéspedes, la miseria que se refugia, la tristeza que se enclaustra, el crimen que vigila y los amores
que se esconden, hablan drjado en aquel cuarto el olor de sus alientos y el polvo de sus vestidos . . .
Aquéllo era la tosca falsificación del hogar; aquéllo era un mercado donde se vendla el reposo como
en otras partes se vende el vestido ó el alimento. Y triste, triste, con esa helada tristeza con que á veces
se despierta del sueño, como si sorprendiéndonos aletargado!:! y rendidos nos hubiese envuelto en sus
brumosos hipnotismos, el genio de las melancollas infinitas, l\Iiguel se incorporó en el lecho ...
Se habla acostado á las dos de la mañana; la tristeza que empañaba su espiritu le permitía verá
penas, como el apoteosis de un teatro radiante á través de un telón obscuro y desgarrado, la fantasmagorla de la noche anterior, las luminosas horas ele una noche, palpitantes con la ternura de un amor,
brillantes con los reflejos lujuriosos de la riqueza, perfumadas por los efluvios florales más que carnales
de una mujer hermosa! Entre los vahos de su presen te hastlo, en la memoria de Miguel hacían este cuadro los recuerdos: La mujer! ese era el sol radiante, ese era el astro, el centro de la pléyade á quien rodeaban los demás recuerdos, brillantes unos como flores de oro y esfumándose otros, los más lejanos, en
opalinas vaguedades de vla- láetea.-Ella vestida con los atavíos de la mujer que espera al Amor, en
postura teatral y lánguida, con la mirada radiante y sorprendida sobre el diván cuyo extremo se levanta como la negra prora de una góndola. Ese era en su memoria el núcleo, y Juego esparcidos en
desórden el mármol de un tocador; el bronce de un candelabro, los pliegues imponentes de u n cortinaje, el frú- frú de una falda, un perfume penetrante y capitoso, la desmadejada cabellera lustrosa
desplomándose lacia y en silencio; el chapln que cae y el ruido de su tacón sonoro. Y luego á las altas
horas de la noche, la salida furtiva, el deslizarse á lo largo de las paredes en la noche fria, flagelado por
un viento glacial que al bañarle el rostro revivla en sus labios el perfume evocador y almizclado, el
efluvio enervante de Ella, asociado á los placeres de la noche, el perfume de su alcoba, de su cuerpo, de
sus besos ...
Ahl Y qué despertar! Y qué maldición, encerrar aquellos recuerdos de erótica gloria entre las paredes de aquel cuarto miserable y vulgar! Si Ella lo viera ahí, ella que alguna vez, en un arrebato de
su libertinaje adorable le habla manifestado el caprichoso deseo de ir á verlo á su casa! ¿Su casa aquel
cuarto alquilado y ella ahl? Y le pareció á Miguel verla entrar y al principio mostrar levantando el velillo, la sonrisa de su rostro divino; pero luego traicionar la extrañeza, el desagrado, el desdén al fin que
debla despertar aquel tugmio en su sensibilidad exquisita de mujer rica y poderosa. Y tal idea, con el
poder que hubiera tenido la misma realidad, colmó el hastlo y la tristeza que aquella maiíana de lasitud
Yde enervamiento habían sucedido en el Animo de Miguel á la noche de excitación y de amor, Una reac-

,.

�REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA .

ción, algo como una ola de amargura tenebrosa, asomó en su espiritu, se reflejó en el gesto imperioso
de su rostro, y de prento, desbordante y poderosa, ahogó con su cólera las ondas de su tristeza resignada.
Tomó un cigarro que lió distraldamente, mirando á lo alto, con esa mirada que n~ ve cuando una
imaginación trabaja, con el ceño contraldo en el rostro inmóvil. As! estuvo un-minuto, un minuto nada
más; el rApido momento en que los átomos simpáticos se unen, el instante preciso y fatal que engendra
la vida en la unión de dos seres que se aman, el minuto propicio y fecundo en que cae sobre la tierra
que lo aguarda, la semilla que ha de germinar.

Galanes que, á las primeras
tiranías del amor,
más flores pedis al valle
y al firmamento más sol;

20t

Poderosos de es te suelo,
cuya vana ostentación
abismo fué donde el oro
de vuestras arcas rodó,

.. ........ .... .. ..... ....... ... .... ............. ... ............... ... .. .. ..... ..... ............ ....
.... .... ........... ... .... ..................... ... ............ ... .. .... .. ..... . .... .... ............
. . . .. . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . .. . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . .. .. . . . . . . . .. .. .. . . .. . . .... ........ .. .. ..

Y en ese minuto, al ,~alor del egolsmo lastimado, á la sombra de una ambición hambrienta y desaforada, Miguel sintió en su espiritu lacio y desmoralizado, lo que nunca sintió en los veinticinco años de
su vida, una fuerza que se levantaba, un poder que surgla, un impulso que era luz y era potencia y á
cuyo fulgor apareclan empapados en claridad todos los caminos del éxito antes hostiles y llenos de sombra y que ahora se tendlan propicios ante sus ojos, como invitáudolo á emprender una marcha triunfal
hacia el áureo alcázar de sus sueños!
Y sintió algo también, algo tampoco sentido nunca, algo nuevo y doloroso, allá muy recóndito, en
lo más profundo de su sér. Sin explicarse por qué pensó en su madre y sintió un no sé qué abominable
como si la hubiera abofeteado ... Y luego con la misma ignorancia del misterioso por qué, pensó en una
novia muy querida, en una novia de los años juveniles, de esa Primavera en que para exhalar el amor
como un perfume estalla el córazón como una flor; novia querida con ese amor que recordado después
de muchos años, nos hace dudar si alguna vez hemos vivido alguna existencia de ángeles, en algún
mundo de ensueño .. .
Y al pensar en aquella novia cuyo puro recuerdo guardaba en su esplritu lacerado, como uno de
esos relicarios que sorprenden á veces en el cuello de una prostituta ó sobre el pecho de un galeote, Mi•
guel sintió el escalofrlo de una profanación que hubiera cometido en sueños y que al despertar le atel'l'a; sintió como si él mismo hubiera derribado aquel cuerpecito de niña y sobre él, sobre su único afecto
de inviolada purezal-pálido alta1· de misa negra- hubiera él mismo impulsado la epiléptica y cnpulosa
desbandada de un sabbat, los ebrios y ululantes tropeles de una bacanal desenfrenad&amp;!
Jo~lll Ju.aN TABLADA.
México, 1900.

Cuantos lloraís vieja cuita
ó sentls torpe rencor
y en cadena de pesares
oprimido el corazón,
Los ojos por consolaros
volved al árabe Job,
libre de toda.alegría,
presa de toda aflicción.
No de gloriados caudillos
persigais el esplendor,
que á vencidos y triunfantrs
confunde el tiempo veloz.

1'

Y pues dichas vaticinan
concordia, paz y perdón,
sueño de justo no espere
quien sangre humana vertió.
Ni de prócer altanero
demandeis nunca favor
si el yugo vil os reserva
de constante adulación.

JOB.
( Romance arcaico).
¿Quién si penas te rindieron,
- ¡oh, poeta del dolor! al recuerdo de las tuyas,
graves las propias halló . ... ?

Bien haya tu libro hermoso,
astro de tal resplandor
que, en la noche de las almas,
conducirlas sabe á Dios.

¿Cuál retablo, cuál estrofa
ó qué música ni voz,
á disputarte llegara
tan sublime condición?

Más alta poned el alma:
dejadla que vuele en pos
de quien merece más culto
y reverencia-mayor.
Del que, próspero y mendigo,
á las gentes·ofreció
de esperanza y mansedumbre
la no aprendida"_lección.
Del que triunfe de si propio,
y en cada nuevo rigor
canta al brazo que le hie re
un himno de bendición.
Luis BARREDA.

�REVISTA MODERNA.

PECADO DE AMOR.
ADRE! piedad para mi tribulación!-musitaba la pecadora con voz me•
]odiosa y apasionada.-Padre, yo le amé, le amo aún con todas las
potencias de mi alma ...... A pesar de su ingratitud y de mi expiación, á pesar de que él me abandonó á mi dolor como se abandona á
un leproso en su lazareto, yo le amo y le amaré hasta la muerte, basta más allá de la muerte!
La luz violeta del crepúsculo agonizante ponla diafanidaiies alabastrinas en aquel perfil blanquisimo de mujer de amor, mujer de treinta años cuya blancura mate y lumfnea era una profanación de su es•
tructura bizantina, de virgen-mártir inviolada, por la tremenda lasci•
via que despertaba la sola contemplación de sus ojos negrísimos y dolorosos, de su pequeña y purpúrea
boca semejante á un botón de flor reventado, de sus dedos largos, exangües y ardientes de tísica. La luz
violeta del crepúsculo agonizante esquemaba apenas el espectro del septuagenario levita hundido como
una momia asiria en la pequeña cripta del confesionario, los ojos marchitos, las falanges estriadas y
retráctiles, el cuello descarnado cuyos nervios recordaban los bordones de un violón. La luz violeta del
crepúsculo agonizante condensaba sus últimos fulgores en aquel rostro fascinante de mujer de amo1·, y
cstiqueaba con pavorosidad tumularia aquel espectro claudicante.
Y la pecadora proseguía:
-Padre! amor tan culpable y tan divino como el mío, no lo ha habido en la tierra ...... Yo co11ocl
el dolor de la violación y la maternidad sin haber sentido placer, porque me casaron sin amor, tiránica•
mente, y me arrancaron mis dos hijos, con la misma tiránica barbarie, sin que hubieran probado mis pe•
chos. La estirpe de demonios que hizo alianza con mi estirpe de siervos, me enclaustró en un palacio SO·
Jitario cuyos balcones fueron tapiados, cuya puerta férrea y enmohecida no chirriaba Pino para dar pa•
so á mi señor, al odiado fornicario, de cuando en cuando, en noches siniestras para mi!
Una noche, el viejo criado de mi prisión, se presentó en mis habitaciones ¡&gt;or la primera vez, pálido,
temeroso, y me dijo con el rostro abatido, sin osar levantar sus ojos del suelo:-•Sdiora, he cometido
un grave delito y vengo en demanda de perdón .... y lo que es más, de ayuda para encubrir ese delito!•
-Yo me puse á temblar espantada, temiendo una abominable revelación, y él prosiguió:-•Señora, an•
tes de servir aquf, yo serví á los señores de Noguerido muchos años; les debo grandes favoreE; ellos han
muerto, y el último descendiente de ellos, el niño Raúl, caldo en la pobreza y en la lucha por la vida, es
perseguido yo no sé por qué, pero no debe ser poi· un crimen porque no es un criminal; ha venido á pe·
dírme ayuda y yo le he dado asilo, lo he salvado de la policía frenética de cuyas garras pudo escapar...
Señora, yo pido clemencia para él y para mi!
Yo estaba helada por el asombro. ¡Pedirme clemencia, perdón y auxilio á mf, una secuestrada en
cuerpo y alma! ...... Era, acaso, una burla cruel? No! porque el pobre viejo imploraba mi gracia con
sincera humildad; y no bien le contesté que él era el guardián de aquella cárcel y que por mi parte no
diría nada, puesto que no hablaba con nadie, el pobre viejo me miró con un relámpago de sus ojos ríen·
tes, jubiloso, y desapareció á; dar la buena nueva á su protegido.
No pude dormir aquella noche. La presencia de un desconocido en mi prisión, de un joven, puesto
que el viejo criado le había dicho niño; su nombre que oído fugazmente me hirió como un dardo, Raúl
Noguerido, su persecución, su infortunio, todo me pesaba como mi propia desdicha.
A la madrugada dejé el lecho y llamando a Andrés le pregunté si el fugitivo se hallaba todavía
oculto; me contestó que sí y me pidió permiso en su nombre para ofrecerme personalmente sus agrade•
cimientos ..... .
¡Dios mio, qué hermoso era! Fiero, torvo, nervioso, con la cabellera florida al viento, con sus ojos
fulminantes á veces, pero á veces tristes, con su barba precoz y sedeiia del matiz de las avellanas sobre
sus mejillas sonrosadas de sangre pura, á pesa1· de su insomnio y su trance no bastante á domar su al·
ma fuerte. Al verme él se rubol'izó basta los lóbulos, contrastando su rubor con su aspecto altivo, y yo
debo haber estado pálida como la muerte, porque sentí un fluido helado en mis arterias.
-Señora, me dijo con ansiedad, no soy un criminal, soy un perseguido político; se me busca para
suprimirme, para hacerme desaparecer, y mi libertad y mi vida son necesarias para el triunfo de mi par·

207

tido; me acordé que Andrés fué leal á mí casa y be venido á pedirle hospitalidad; yo sabia que guarda•
ba esta propiedad, pero no que la habitara usted ...... Pido solamente un refugio en las habítaci.-.es de-- ~
Andrés por breves días, mientras pasa la efervescencia de mí persecución, para poder comunicarme con
mis partidarios y huí1· de la ciudad. . . . .
Yo no ol, no escuché más, estaba subyugada, fascinada, vencida por el poder magnético de Raúl;
contesté balbuceando que hiciera lo que le pareciera prudente y apenas se retiró, cal anonadada y temblorosa como si fuera á moril' ...... oh, sí! no era criminal, no era reo ...... quó digo! e1·a grande, era
bueno, era noble, era bello!. ..... Temí por su vida con un pavor hasta entonces para mi desconocido,
como si fueran á arrancar de mí corazón algo menos sagrado pei·o más humano que el amor de mis hijos á. quienes no conocí sino por un dolor moral y físico tan tremendo, que me había dejado insensible.
Pero ahora que despertaba de mi catalepsia criminal é inconsciente, de mi pasividad de hembra secues•
trada, de hembra infamada por el arrancamiento de los hijos de mis entl'añas bajo el pretexto de que no
se nutrieran con mi leche enferma, la savia que yo sentía acumularse en ondas rebosantes en mis pechos
úberes, pero con el fin demoniaco de que mi cuerpo no perdiera su hermosura, ahora que mí alma despertaba en rebelión ante el conjuro de algo que es más poderoso que la muerte y que la vida, sentía despertarse todos mis afectos muertos en el amor de aquel hombre&gt;, sentía que todas mis pasiones latentes
haclan erupción condensadas en aquel cráter.
Me levanté de un salto, como una tigre sorprendida en su sueño; llamé á Andrés imperiosamente,
por la primera vez de mi vida, y le ordené que dispusiera y amueblara una habitación digna de su hu ésped, al otro extremo de los aposentos. La orden seca y breve me produjo un temor pueril, el de habe1·
herido al criado y que alejara a Rnúl de la casa; llamé nuevamente y le recomendé con dulzura dijera
al joven que no tenla que temer nada, que aquel alejamiento provenía de mi situación delicada y para
el'itar la murmuración de la servidumbre, por otra parte segregada en su departamento por estricta orden, si llegaba á descubrir ó sospechar su estancia. Le hice llevar libros al solitario, dos ó tres pobres
libros que eran los únicos que poseía, y pasé la mañana y la tarde agitadisima. y febril. Llegó la noche
y mi sufrimiento fué indecible ...... Raúl escaparía, hui ria atormentado por la incertidumbre y la ner•
viosidad de la lucha ...... Huiría al azar, ;\. la ventura, siguiendo su destino, y yo le perderla ...... le
perderla cuando apenas lo habla conocido!. ..... Creí CIÍI' un ruido lejano de una puerta que se abría y
ya no pude más: salté del lecho, eché sobre mis hombros un peinador y salí semidesnuda, azorada, palpitante, creyendo llegar ya tarde para impedir la fuga ...... Bajó los peldaños trémula, sintiendo con
la frescura de la piedra en mis pies desnudos y ardientes un consuelo ...... Era un pleniluriio de Agos•
to, suavemente velado por copos de nubes bogado ras ...... Hollé el césped del pequeño parque perfumado por las lilas ...... y de súbito, frenética, loca, venturosa, hallé refugio en unos brazos constrictores y sentí que una boca anhelante se prendió á. la ardorosa mía ...... !
-Sé tu historia-me decfa después en mis brazos-tu amarga y horrible historia cuya pavorosidacl
me ha relatado Andrés ..... .
Y yo riendo y llorando de felicidad, le respondía:
-Pero hoy ya soy dichosa. contigo, ya soy dichosa por ti!. ..... DJ mis brazos tan sólo to arrancará
la muerte!
... Ah! Padre! Amor tan culpable y tan divino como el mio no lo hubo en la tierra!. .. La dulce can·
tividad de mi prisionero de amor, fué para mi un suicidio insaciable de ventura!. .. Me destruí, me agosté, me eonsumf, me abrasé como liana al fuego, bebí con avidez la copa henchida de mi vida que me
escanciaba mi amado ya tarde! ... Mi csplritu y mi cuerpo manchados se purificaron en mi dón soberano,
011 la donación que de mi sé1· todo y de mi vida toda hice en aquellas perennes nupcias!. .. Mi amado,
ebriante de amor y deleite los primeros días, se dejó mecer en aquel paréntesis extraño de su vida azarosa, se dejó lleva1· á flor de agua en el barco de velamen de púr pura de nuestro lecho flotante en pleno
cxtasis, se dejó aprisionar en la cadena de nardos floridos de mis brazos!. .. Yo supe adunar al ardo1· da
Xoemi la Sulamita, el pudor de Bethsabee, sorprendida infinitas veces por Raúl al borde del lecho ó al
borde del baño, con el solo ropaje de mi tez de azucenas!. .. Oh, Padre! be sido muy culpable! ... pero
yo sabía que la irresistible s.:iducción de mis encantos era mi única arma para detener á mi amado, en
CU)'O corazón, secretamente, sin que él mismo lo comprendiera, comenzaba á germinar la flor envenena•
llora del hastio ... ¿Qué frases mías podian cautivarlo, á él que lo sabia todo, á él, que en los instantes
de ebriedad me decía palabras tan bailas, que á su sonido yo me St:ntia desmayat· y morir de dicha? ...
¿Qué encantos cortesanos desplegar ante él, si yo no poseía ningunos, enterrada viva lej()S del mundo? ... A veces quedábase él pensativo, con la mirada errante por el panorama de lucha y de glol'ia q\1.6
evocaba su imaginación rauda, espoleado por su sed irreductible de brillar, de predominar, de triunfar,
y asaeteado por el remordimiento de su inactividad, contraía su boca un rictus sardónico y plegaba S\I.S
cejas la garra de águila de la ambición. Entonces creía yo perderlo para siempre, y como mi fuerza nQ
era el ruego, cautivá.balo con mi aroma de flor, con mi desnudez de flor, con mi frescura deleitosa ele
flor, con mi alma y mi cuerpo sin artificios ni hipocresías, con mi resignación silenciosa que él lela eQ
mis ojos que le decían: "si te vas me muero" ... y tras esos desfallecimientos volvía como en la rueca de
0ufalia á tejer las hebras de sol de mi amo1· en cenit, y en renovados holocaustos proseguía yo desbor·
dando mi vida, precipitando mi muerte por donar una felicidad que me hizo y me hace aún tan ven•
turnsa!
La tisis q\l.e galopaba furiosamente en i:¡¡i organismo para rper mi juveµtQ.d predestin11-da y atáyica 1

�208

REVISTA MODERNA.

ponla fulgores prodigiosos cu mis ojos quemantes, en torno de ellos ojeras deleitosas que crau la adoración de mi Raitl, y regaba con diafanidades lunescentes mi cuerpo bellisimo, donándole la apariencia de
las manzanas legendarias del Mar llluerto ... La combustión vertiginosa de mi sangre precipitaba mi vida
á. una última explosión do hermosura prodigiosa; pero me moría, Padre, me morfa de amor y ele ventura, me morfa y me muero de tanto haber amado!
La pecadora se detuvo un instante para reanudu entre sollozos la narración de su inmensa desdicha, la huida de su amante que habla bebido el amor hasta las heces y corría á. bchc1· la gloria, la ambición, el poder, sus grandes ideales no saciados ... Pero el sacerdote ya no la ola.
Recorría pesaroso, con la videncia de su claro intelecto, su vida entera semejante á. una sabana desierta, sin anfractuosidades, infecunda y maldita .... su infancia consag1·ada á. Dios, su juventud consagrada á. Dios, su vejez consagrada á. Dios ... ¡Cómo! era posible que una pasión humana pudiera a.si
arrasar una vida cual un tifón un litoral entero? ... ¿Qué cosa era, pues, el amor humano que consumla en breYes dlas una Yida, en tanto que la Yida. de ól no se consumla aún en el amor divino despuéa
de setenta años? ... Qué mal tan tremendo y tan deleitoso era el amor que a.si consumla en una hoguera
de delicias á los predestinados á amar?
Sus ideales de mlstico se le aparecieron como él, envejecidos, ma1·chitos, claudicantes ... De niiío
soñó en los coros seráficos, de adolescente en los principados arcangélicos, de hombre en los tronos y
dominaciones coronadoras de los mártires, de los vencedores por el sacrificio, de los triunfadores de la
carne y del mundo, sublimados por la exaltación y la transfiguración extática ... Pero él no habla conocido las grandes pasiones y por tanto no habla jamás luchado con ellas; su abnegación habla sido estéril, no habla surgido acrisolado en la prueba, no habla ganado la palma en buena lid ... y ahora, en sus
sueños de anciano, vela como premio el descanso, un humilde escaño entre los ancianos celestes, una
pensión vitalicia para la eternidad entre los inútiles, entre los inválidos anónimos ...
Y aquella muje1· de amor estaba ali!, volcánica, trágica, expirante, consumida por el fuego de una
pasión, devastada por todas las amarguras, devorada por todos loe dolores, apuñaleada por todas las ininfamias, por todas las monstruosidades, por todas las tiranlas, por todas las iniquidades humanas ... y
pedla clemencia, ella, para quien jamás clemencia hubo! ... y demandaba gracia, ella, para quien jamás
descendió el roclo de la gracia: ... Ardía encandecida hasta consumirse en su amor, y la infortunada
confesaba humildemente su divino pecado, divino puesto que la fulminaba como un castigo, y venia
arrepentida implorando piedad ... !
Lentamente, los ojos marchitos del viejo llenáronse de lágrimas, que en la penumbra violácea semejaban tenues fosforescencias en las cuencas de una calavera exhumada ...
La pecadora lloraba rauda.losa.mente, y el Jordán de su llanto bañaba lustralmente su alma hasta
dejarla pura, más blanca que su cuerpo blanqulsimo ... Lloraba inconsolable, interpretando la meditación doliente del sacerdote por una negación condenatoria ...
De pronto el espectro levltico se irguió, extendió sus dos manos trémulas y senilmente bendecidoras, y exclamó con voz augusta y conmovida:
-De todo mi corazón te perdono! ... Véte en paz ... !
Pero ya era tarde!
La pecadora habla caldo de bruces, muerta en una hemoptisis, y su pequeña boca florida besaba en
un supremo beso de amor un lago de sangre purpurina.
R U HÉN

1901.

l\f. OAl\IPOS.

&lt;POEMAS CRUELES).
A

JESÚS URUETA-.

I
Despertó; abrió los ojos con la inquieta
Cobarde timidez de un sueiío largo
Súbitamente roto por la brusca
Invasión de la luz .... Amanecla.
Un florón palpitante de reflejos
Se prendió á la ventana, entró en la alcoba,
Hizo arder el cristal de los espejos
Y se estrelló en la puerta de caoba;
Corrió con rapidez por los tapices
En cuyo fondo pálido y obscuro,
Pintó franjas de luz, rojas y vivas,
Que fingieron sangrientas cicatrices
Abiertas de improviso sobre el muro;
Limpió, de un golpe, al oro agonizante
De la cortina, el polvo de la sombra,
Y abrió el cáliz exótico y gigante
De los lirios azules de la alfombra.

Incorporóse Carmen con pereza,
Entreabrió los labios voluptuosos,
.Y con mobln de hastlo y de tristeza
Alzó los brazos finos y nerviosos.
Echó h~cia atrás con movimiento franco
La clara cabellera en que flotaban
Los rizos con rebeldes desenfrenos,
Y apareció por fin, desnudo y blanco,
El torso de alabastro que manchaban
Las dos pálidas rosas de los senos.

Despertaba de un sueño sin visiones,
Negro, brutal, profundo, en el que hundida
Se sintió muchas horas; un abismo
Que, de pronto, en violento cataclismo,
La arrojaba sin fuerzas á la vida.
Y asombro sin palabras era el suyo;
Entre sus ojos que el temor velaba,
Sombríamente g laucos, el cocuyo
Intenso de la fiebre chispeaba.
Miró á su alrededor . . . ¿En dónde estaba?

�210

REVISTA l\WDER.N"A.
Reconoció la alcoba .... De repente,
Sobre el lecho en desorden,
Por inquietudes locas removido,
Contempló con estúpida fijeza
Que habla en la almohada una cabeza
De Holofernes dormido.
¿De quién era la testa innoble y tosca
Que junto á si tenla,
Y entre cuya expresión, salvaje y hosca,
Se deslizaba un gesto de ironia?
¿De quién era esa faz-á. un tiempo llena
De placer, de cinismo y de desg1·acia~
Encuadrada en la indómita melena
Luciente, ruda, sudorosa y lacia?
¿De quién era, de quién, aquel cetrino
Rostro de frente estrecha y boca astuta,
Casi perdida entre la barba hirsuta
Húmeda aún de besos y ele vino?

Carmen parpadeó; las manos trémulas
Hundió en la clara cabellera rubia,
Sacudió la memoria, y una lluvia
De recuerdos cayó, con el esfuerzo
Iracundo y cruel de sus congojas,
Como del árbol que sacude el cierzo
Con temblor invernal, caen las hojas.
Fragmentos de episodios se estrellaron
En su cerebro lóbrego, y silentes
Se desgranaron, duros ó deshechos,
Confundidos, cercanos y remotos,
Sin precisión ni claridad á. trechos,
Y á trechos con facetas relucientes
Como cristales rotos.
Y allí encontró, más firme y más sarcástica
La postrera impresión de lo pasado:
La última noche orgiástica,
Y el último beodo enamorado.
Aquel hombre salvaje y atezado,
De su lecho escondido entre las sedas,
No ora de una visión el devaneo,
No era tampoco un hombre, era un desea
Que le arrojó un puñado de monedas.

Recordó que con hipo y vacilando,
Al terminar la encanallada escena,
La habla ól conducido al lecho blando
Y allí la desnudó, canturreando
Una frase de amor, vulgar y obscena.
No obstante, ¿qué extrañaba? ¿qué era aquellojl
Una aventura sin valor, sin nota
En su vida común .... ¡ah! cuántas veces
Se despertaba así, con languideces,
Triste, cansada, adolorida, idiota.
Pero quizá por sugestión ignota
Venciendo su iudolencia y su quebranto,
Enti-e la luz de ámbar de aquel día
Carmen se puso á meditar, en tanto
Que Holofernes dormía.

lI
Ese mismo florón de oro y grana,
En época feliz, dulce é incierta,

REVISTA l\1ODERNA.
A.sornado al cristal de otra ventana
Muchas veces le dijo en la mailana
Con un bo-rito de luz: • vamos, despierta!•
.
Sólo que entonces ni incendiaba csprJos,
Ni ardía en la caoba de la puerta,
Ni manchaba tapices .... ¡Y quó lejos
Debió de haber volado la memoria
Para traerle, tan brillante y viva,
Aquella evocación intempestiva
De la casta leyenda de su historia!
En la cámara humilde y bien oliente
A salud y á violetas, sin disgusto
Ni cansancio, cala de la altura
De un sueño azul; con Infantil sollurn
Agil erguía el delicado busto,
Flexible, sastlsfecha, sonriente,
Para ver, con mirada pudorosa,
En el intacto lecho una radiosa
Cabeza de Jesús adolescentr.

Era su alegre despertar de esposa!
Su vue:ta de una noche do delicia,
En que sintió, cual rápido aleteo,
La cobarde opresión de la caricia
Que apenas palpa y huye-temerosa
Sonámbula del púdico deseo.y al recordar sus goces juvenilee,
Cayó como una flor en negro río
Una gota de miel en la dantesca
Corriente acibarada de su hastío,
Y temblaron sus senos con la fresca
Sensación de una lluvia de rocío!
Después .... sig11ió sumida en el letargo,
Meditativo y hondo,
En que nada se piensa, y sin embargo,
La idea nos ahoga y nos oprime,
Y de la sima en el obscuro fondo,
Un pensamiento informe, pero amargo,
Combate y clama, y se retuerce y gime!

. ... Y no, no era verdad; no fué su vida
La infeliz y escabrosa confidencia,
La narración compuesta y aprendida,
Elegiaca y vulgat' de una existencia;
El cuento burdo que á la vez clemencia
Y admiración implora,
Dicho en voz baja y con falaz semblante
Por distraer la· necia y repugnante
Embriaguez dél amado.de una hora;
La tragedia que urdía en sus ex~esos
Con el afán de sorprender, de pnsa,
Una lágrima indócil en la risa
Y un ¡ay! de compasión entre los besos.

No fuó su carga de dolor humano
La que la hizo caer; no _fué la ira
Desesperada, ó el despecho insano
Quien la empujó hacia el burdel. .. . ¡mentira!
¿A qué el engaño inútil? Algo era
De lo que en alta noche y en secreto
Le confesaba á alguna compañera

2 ll

�213
212

REVISTA l\lODERNA.
Con frases cortas y ademán inquieto.
Y la verdad iluminó el abismo:
Su desdicha y su mal no estahan fuera;
Se hallaban dentro, en ella, en su organismo.
El psíquico poder que desentraña
Y analiza, formóle una inconsciente
Clarividencia lúcida y extraña.
Corría por su sangre y daba vuelta
Bajo su piel de raso, el invencible
Ardor, porque en su sangrn iba disuelta
Una pasión satánica y horrible
Que dormitaba mucho, y de repente
Se alzaba más resuelta,
i\Iás tenaz, más cruel, más insolente!

Ahora lo vela¡ ya el destino
Desde temprano le marcó el camino. , ..
En la niñez aún, sus ilusiones
De blancura serena y eucarística,
Sus ardientes y largas oraciones,
Sus arrobos y éxtasis de mlstica,
Sus alucinaciones ....
Más tarde, cuando siente la pureza
La primera obsesión de los sentidos,
Sus duros arrebatos concluidos
Y deshechos en llanto y en tristeza;
Y al fin, cuando el amor vino discreto,
En la hora solemne de la cita,
La tentación curiosa, la infinita
Ansiedad de romper con el secreto ....
¿Por qué al verla tan vil y degradada,
Hender su faz doliente con la injuria?
Era forzoso: estaba condenada
A cadena perpetua de lujuria!

La irreflexiva rebelión colérica:
¡Qué dramático fin para un &lt;'medo
Tosco! .... Y aparecla el ansia histérica
De matar .... ¿y por qué?
-¿Por qué? .... Por nada,
Por ver sangre...... y también por asco y miedo.
..**
Para abreviar su vida atormentada
Se entregó hasta sentir que el inseguro
Y débil cuerpo, hermosamente tísico,
Halló en el fondo del placer impuro
El sufrimiento espiritual y el físico!

Y cuando la tormenta se perdla
Y los anhelos fuertes y rabiosos

Una noche sintió que, rebosante,
En la alcoba nupcial, callada y tibia,
Azotaba su cuerpo palpitante
Una pérfida onda de lascivia,
Y el dla en que ella cometió el delito
Alguien le gritó «¡ven!• con un inmenso
Y voraz apetito;
Y entonces fué-¡oh lúgubre descenso!Cuando pasó, sin que ella lo recuerde
Con la precisa claridad que anhela,
Del beso alado que se posa y vuela
Al ósculo bestial que lame y muerde!

•
**
Centelleó la trasparencia verde
De sus ojos de mar! .... ¿Por que brotaba
Del sueño Ain visiones y profundo
Donde acababan de dormir, hundidos,
Sus recuerdos? ¡Qué dulce es ese mundo
De todos los olvidos!
¡De)u locura inicua era la esclava!
¡Cuántas veces, insomn(entre la sombra,
Al concluir un delirante espasmo,
Deslizábase á tientas por la alfombra
Con repentino y trémulo entusiasmo,
En busca de un puñal! .. . . Era obstinada

1

f

Se alejaban y ella resurgla
De aquellos frenesíes dolorosos,
¡Qué mudas y qué dóciles tristezas!
De volver al.hogar .... ¡cuántos empeño~!
¡Qué afán de melancólicas ternezas,
De voces blancas y de castos sueños!
¡Qué despiadado y funeral suplicio
Sentarse de su alma en los escombros!
¡Qué infamante su lúbrico ejercicio!
¡Qué pesado llevar sobre los hombros
El cadáver del vicio!
Viendo niños lloraba-¡oh desventura
De la que vive en el pantano inmundo!Ser hembra y no ser madre¡ ser impura,
Y sufrir ante un niño la tortura
De un vientre ya estrujado é infecundo!
. .. . ¡Qué pobre voluntad! Cuando soplaba
Sobre su vida solitaria y yerma
El cálido huracán que la arrastraba,
No tenla la culpa .... era una enferma,
Una enferma!
Y al ver cómo temblaba
En el cristal el oro de aquel~dla,
Triste, sin fuerzas, reprimiendo el llanto,
Carmen se puso á sollozar ....
En tanto
Holofernee dormla .... !
LUIS G. URBINA,

�215

REVISTA MODERNA.

FIESTAS DE POETAS.

Eugenio Manuel ha sido denotado cinco veces; una más que Víctor Hugo á quien la Academia rehusó en cuatro elecciones. Me parece que la Academia se honrada, dando á este poeta de corazón Y de
sentimiento, el sillón de otro poeta que fué su amigo, el de Henri de Bornier; hay dos competidores probables, pero son jóvenes y pueden esperar.
Manuel ha escrito mil poemas perfectos, de los cuales diez por lo menos son obras maestras.
Si no hubiera escrito el Ausente ese acto que sirvió de debut á Sarah Bernhardt en la Comedia Francesa, ni los Obre1'os, ni esa Robe, q~e es un modelo de emoción, ni los poemas patrióticos del año terrible, bastaría solamente mencionar la • Canción de llluerte,• tan corta y que no puede leerse en voz alta,
sin sentir húmedos los ojos.
Leedla:

CHANSON DE MORT.
Janvie1' 1871.
l\Ion Pcrn, oú done vas- tu ?- Je vais
Demander une arme et me battre ! ....
- Non, pcre! antrefois, tu servais:
A notre tour, les temps mauvais!Nous sommes trois-Nous sel'Ons quatre

ONOCEJS los Conciertos Modernos?
Están organizados por un comité en el que brillan, entrt- otras celebridades, Frani;ois Coppée, Julio Clal'6tie, Anatole France, G. Lanoumet, Julio Lemattre,'Piene
Loti, Massenet, Sully Prudhomme, Richepin y André Thuriet.
Tales nombres imprimen á esta empresa un completo eclecticismo, lo cual ha~e
que los Conciertos obtengan grande éxito. C'ida semana se organiza una especie
de festival, dedicado á la vez, á un poeta y á un compositor, y el festival se repite
dos veces. Primero en Montmartre, en la Sala de los Ag1·icultores, calle de Atena!', y al dfa siguiente en
el otro lado del Sen:i, en la Sociedad de Hoi·ticultura, calle de Grenelle.
Cada salón puede contener mil doscientas personas, y en cada festival se niega la entrada á mucha
gente, l_o cual parecerá extraño, pero es exacto. Es fá cil explicar la afluencia de concurrentes, por dos
motivos: Primero, por lo selecto del programa, pues artistas de talento interpretan las principales obras
ó los principales fragmentos del poeta y del músico en cuyo honor se celebra el festival. .... y además .. . .
(porque es preciso decirlo todo) las localidades son casi gratis.-Copio en apoyo de lo dicho, de uno de
los últimos programas, la insidiosa anotación siguiente:
•Como este festival se da por invitaciones, no se cobran las localidades. Sólo se percibirá un franco
y cincuenta céntimos por derechos de entrada.•
Si hemos de hablar claro, la entrada cuesta treinta céntimos, y uo es caro por escuchar diez actores,
cómicos y cantantes, que interprentan de las dos á las cinco de la tarde, una antologla de dos maestros.
Para dar á estas fiestas artlsticas un carácter literado, la sesión va precedida siempre de una corta
conferencia; las conferencias generalmente se escuchan con gusto y Leo Claretie ha obtenido en ellas
grandes triunfos.

Los organizadores me han dacio la sorpresa de pedi rme las tres últimas conferencias; la primera sobre Alfonso D.1udet y Bizet, la segunda sohre Pailleron y Yerdi y la tercera sobre Eugenio l\Ianuel y
Ambrosio Thomas.
Al estudiar la obra de Eugenio Manuel, una de las cosas que me han sorprendido y que me habrían
escandalizado, si desde hace mucho tiempo no hubiera aprendido á no escandalizarme de nada de lo que
pasa en el mundo de las letras, es mirar que el exquisito poeta de los Obreros, no pertenece á la Academia, donde seglll'amente hay hombres de gran valer; pero donde escasean los poetas.
Observad que Eugenio Manuel no ha desdeñado el ir á llamar á la puerta del edificio del puente de
las Artes. La pdmera tentativa data. de 1876; el sillón de Patln estaba vacante y fué electo Gaston Boissier por veintisiete votos; Eugenio Manuel sólo obtuvo un voto, exactamente como Leconte de Lisie cuando se presentó por primera vez. Cuatro años después, en 1880, á la muerte de Julio Favre, Manuel se
prn11c11tó de nueva cuenta, y esta vez obtuvo trece votos; pero le denotó el abogado Rousse que obtuvo
dieciocho, mientras que Henri de Bornier sólo obtuvo tres, y UDG Paul de Saint-Víctor.
En 1881, tercera tentativa para el sillón de Duvergier de Hauranne y tercera derrota; entonces fué
electo Sully- Prudhomme por dieciocho votos, contra once de ·lllanuel, dos de Fl'ani;ois Coppée y uno de
Bornie1·.
En 1884, á la muerte de d'Haussonville, la Academia nombró en su lugar á Ludovico Halévy por
quince votos y diez del autor de • La Robe.•
Por último,'.en 1° de Mayo de 1890, quinta tentativa para el sillón de Emilio Augier. !labia trece candidatos; ved el resultado de cinco escrutinios:
Thureau- Daugin, ocho votos; Lavisse, diez; l\Ianucl, seis; Pierre Loti, seis; Brunetiern, tres; Ent'ique
Houssaye, dos; Zola, dos; André Theuriet, uno; Barbier, cero; Favre, cero; II. Becque, cero.
Según la costumbre, la elección se difirió para seis meses después y triunfó Freycinet.

-Le jeuue est mort: voici sa croix.
Retourne au logis, pauvre pcre!
La nuit vient, les matins sont froids.
Nou3 le vengerons, je l'espcre,
Nous sommes deux-Nous serons trois !
-Pcr&lt;&gt;, Je sort nous est funeste,
Et ces combats sont hasardeux:
Un autre est mort. l\fais je l'atteste,
Tous seront vengés: Car je reste!
Il suffit d' un! -N ous serons deux.
Mes trois fils sont lá, sous la terrl',
Sans avoir eu meme un linceul.
A toi ce sacrifice austcre,
Patrie! Et moi, vieux volontair&lt;&gt;,
Pour les venger, je serai seul!
El poeta que ha escrito tales versos, tiene derecl~o á sentarse bajo la Cúpul~ y _si la puerta de la Academia se ha cerrado ante ól, cinco veces, deberían 11· á tomarle de la mano é mv1tarle á sentarse en el
sillón vacante por la muerte de otro poeta.
.
Pues qué, ¿ la polltica absorbe á tal grado á esos caballeros del puente de las Art~s, que olvidan que
están alli para nombrar hombres de talento? ¿ Qué haceis, vosotros, Coppée, _Bru_net1ere, France, Claretie, Sardou, Lemaitre, Sully- Prudhomme, Legouvé y otros; todos los que deb1era1s col~¡:ar al talento ante todas las consideraciones de bastidores y de intrigas?
Pero volviendo á Manuel; antes de hablar de é l, le pedí contribuyese á mi información. He aquí las
hojas que me envió:
.
¿ Cuáles han si,.lo, la alegría mayor y el mayo1· dolor de vuestra vida?
.
. .·
Si se trata de la vida intima; contestar, ¿ no serla tocar las más santas emociones ~el alma Y au 1es"'arse á heril' los sentimientos más delicados, abrir ante las miradas de los indiferentes o de los burlones,
santuario en que se alimenta, en culto secreto, el inviolable recuerdo de las felicidades y de las tristezas de este mundo. Amores compartidos, matrimonios benditos, cunas angélicas, duelos no consolados,
¿ no es la materia banal y sagrada de todas esas contestaciones?
_.
y aun cuando yo también evocase_Ia alegría sin igual que hace cxpenmcntar e~~ sí legal, eRe _sí . timido y sonriente que se escapaba de los labios de la joven amada; aun cuando yo_ d1Jese el_ ~olor umco
• h" o ante la faz helada de la madre querida, ¿ habría enriquecido vuestra mformac1on con tales
d e Un
IJ 1
•
•
• ? S'
confidencias? ¿ Quizá sea preciso hablar de la vida moral y poner en Juego la conc1enc1a
1 nos atreviésemos á ser sinceros, la mejor acción serla la mayor de las felicidades, c~mo la peor falta seria el d~lor más agudo. ¿ Esperais tales confesiones? Y si, pasando á otro orden de ideas, despertase la memo na
del ciudadano y del patriota, ¿ habrá dolor comp:i.rable al que sentimos cuando los vencedores de 1871,
pisotearon las calles de París? Pero entonces, ¿ la gran alegria?
¡Ah! esa no ha llegado aún.
.
.
Si separamos todas esas respuestas, ¿ qué queda? La vida cornente con todos los sucesos felices ó
desgraciados que la forman.

:1

�HEVI~TA MODERNA .

216

ARo IV

Pern, ¿qué psicólogo, para contc~taro~, sabría compal'ar, clasificar, gratluar, pesa1· tautas satisfacciones ó penas iucesivas que tienen su ella. y su hora y que se jnzgan tan diftirentemente A distancia?
¡ Cuántas alegrlas y dolores que se transforman, se atenúan, se volatilizan y palidecen! ¡ Cuántas pasiones que Sll calman!¿ En qué se convierten cuando uno envejec&lt;', c~os triunfos y esas contrariedades, esos
encantos y esas desesperaciones? Sin embargo, quisiera concluir y puesto que interrogais-especialmcnto quizá-al poeta y al autor, siento más facilidad para contestar.
Separemos los grandes asuntos, familia, patria, deber, hechos para el respeto y el silencio; tlcscl'n·
damos Aaventuras más vana~, á impresiones más accesibles y ponderables. Entonces, diré que mi mayor
alegria literaria ha sido conocer el triunfo, iba á decir, la popularidad, sin haberla solicitado ni buscado
PQr ejemplo, en la rno" r&lt;'prcsentación de mi drnma Los Ob1·eros, en el Teatro Francés. ¿ Y el mayor do lor? ¡ Ab ! no os riaif: es el de ser traicionado por su~ amigoF, en las horas decisivas, cuando se tenla In
ingenuidad de contar con clios.-Euyenio Mantu l.
Esta es una confesión completa.
Cualquier comentario 11!. dcbilit11rla y vnlt\ rn:1s to: minar.
JEA:S

(Trad. de •Revista Moderna.•)

CÁNTIGA.
I
Ya sé que es inútil, y adoro tu blanca. hcrmosur11 1
más fú!gida y pura
que el lfmpido ciclo del alba gentil. ... !
Ya sé que es inútil, y amándote voy, alma mi11,
y en honcla agonia,
sin fll ni esperanzas me muero por ti!
JI
Y cómo no amarte? de amor hechiceros
tus húmedos ojos parecen lejanos luceros:
murmullo en las hojas del Ar bol tu voz .. . .
tu imagen parece que flota en el viento ... .
granada es tu boca; tu aliento,
lisonja del airn y aroma de flor!

m
Ya sé que es inútil! .... Jamás nuestras alma~,
á la sombra feliz de las palmas
del verjel do la dicha hallarán,
ni el sueño inefable de blanda ternura,
ni rápidas horas, ni paz, ni ventura,
ni el agua serena del mismo raudal!

Ir
Adios, alma mla! la pálida luna
que oyó de mi canto la queja importuna,
también desdeñosa,
como tú, me negó su fulgor ....
¡Dulclsimos ojos, lejanos luceros,
ay de mi, si jamás he de veros,
y anheloso de luz, en las sombras,
l'l'l'ante camino, muriendo de amor!
:\[ILK.

BERNARD.

MÉxICO,

2¡\

QCJINCENA DE JULIO DE

1901

N-0-M, 14

REVISTA MODERNA
ARTE V
r&gt;il!l~CTOB: ,JESlJ8 F.. VALEN7.UEí,A.

CIENCIA.
,JEFE DE TIEDACCJO::-:: JESl:18 URU ETA.
T i}) d e D11Udn.

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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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              <text>Revista Moderna Arte y Ciencia, 1901, Año 4, No 13, Julio, Primera quincena</text>
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              <text>Valenzuela, Jesús E., 1856-1911, Director, Fundador</text>
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              <text>Couto Castillo, Bernardo, 1880-1901, Fundador</text>
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              <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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              <text>Urueta, Jesús, 1868-1920, Jefe de Redacción</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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