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                  <text>REVISTA MODERNA.

248

bajo el trágico toldo de estruendos
que coronan las cumbres hirsutas,
en Oriente ..... ¿Vendrá el aguacero? ... .

¿Sabes tú, qué pensaba, mi rubia?
No te rlas, declrtelo quiero:
recoger esas llmpidas perlas
en el cáliz a1·diente y bermejo
de la flor de tus labios, más roja
que el clavel de:tu blondo cabello . ...
Mas . ... ¡qué bella explosión de fulgore&amp;!
Ge abrillanta con claros destellos
ese palio de un lndigo obscuro
que cornna los montes enhiestos ....
¡Gloria al sol que ha rasgado la bruma!
Esa nube pr.e liada de estruendos,
era informe montón; hoy pru·ece ... .
¡hoy parece un ideal terciopelo!
La esmeralda del monte revive ... .
H11sta el hosco plumaje del cuervo,
al tocade la luz, ya presenta
primorosos cambiantes de ace1·0!
¡Claro obscuro, tu encanto sub~•uga!
¡Almo sol, tu pincel es soberbio!
¡Gloria á ti, gran artista celeste!
¡Y á ti gloria, oh Rembranrlt, oh m1testro!
Mas .... la racha ha c1tlma&lt;lo su furia. . . ..
¡No vendrá, no ven&lt;l1·á d aguacero!

....

ARo IV

MÉXICO, 21l QUINCENA. DE AGOSTO DE

1901

NóM.

16

REVISTA MODERNA
ARTE V
DLRECTOR: ,TESU S F.. ' VALE~ZUELA.

CIENCIA.
JEJo'F. DF. HEDACCION: ,JESU S URUETA.
Ti¡&gt;. tlt D11bld11.

No vendrá .... Mira el arco de triunfo
que Iris teje, con mágicos dedos,
con los rayos del sol que disuelve
en el agua suspensa en los cielos .. ..
También mi alma, á tu casta hermosur11,
con la luz ide11.l del ensueño,
ha tejido mil arcos de triuufo
en mis trovas de amor, en mis veri;o~!
Pero ¡mira! ¡oh prodigio! Del valle
sube un águila, en rápido vuelo .. . .
Va á la cumbre, á. la roca, á su nido
donde aguardan sus hijos hambriento&amp;:
Mas el ave vacila .... jadea .. . .
¿Qué tendrá? ¿Por qué abate su vuelo?
¿Qué acongoja á. la reina del aire?
¡Ah, tal vez de un combate sangriento,
pero noble, y viril, y pujante,
vuelvr, rotas las garras de acero!
Se desploma, vencida, en la roca . . ..
Al sentir su presencia los cuervos,
azorado11, emprenden In fuga.
en desordeu, temblando de miedo!
Pero no, que ya vuelnm, se agrupan,
exploran, observan con ojo certe1·0 ... .
¡Ya lo saben! ¡El rey agoniza!. . . .
¡Ya le atacan!...... ¡Oh viles!...... ¡Oh...... ¡cuervo&amp;!..... .
DI, mi bien: ¿no te indignan? . . . .
¡Oh gloria!
¡Yo, á tus plantas! Tu frente!. . .. ¡Mi beso!
~lérida.- Yuc11.tán, 1901.

José I. N9VELO.
GAl, ATEA. -l\fARQl' E!!TE,

�REVISTA MODERNA

DE UN LIBRO EN PRENSA: "PAISAJES PARISIENSES"
UN SUEXO DE MARGOT.
URANTE el viaje, Margot sólo habla percibido las miniaturas y los matices de
las cosas, como si el mundo fuese un juguete japonés, colocado, para distraer
languideces elegantes, en el boudoir de una modista célebre. Sus frases hablan
sido detalles preciosos é inútiles que cosquilleaban agradablemente el oido sin
decir nada: (•Hermoso color de nube para cinta de un sombrero de viaje, ... .
«Como esa luna, pero con más relieve, es el broche de diamantes de René• ... .
•¿Sabes?; la naturaleza es muy grande; prefiero el jardín del Luxemburgo•). Sin
embargo, aquel cerebro de marfil, pequeño y minucioso como una máquina de
rtJloj, había tenido durante una noche de ferrocarril la visión de un gran drama.
Pero, apesar de todo, confieso que mi asombro fué grande cuando, al reunirnos en el comedor del
hotel para tomar el desayuno, me refirió con gestos graves lo siguiente, que compendio tanto como puedo,
aun á riesgo de hacerle perde1· su sabor original.
~!argot ba~la soñado que estaba en su pequeño departameolo de la Cbaussée- d'Antin, de regreso
del Odéoo, leyendo un periódico de modas, mientras Luisa, que ya habla calentado el lecho, la despeinaba con un peine enorme, fabuloso, que desgarrnba al moverse las cortinas persas que sonreían desde
los vidrios. De pronto oyó grandes voces y vió una multitud compacta, que pasaba por la calie, agitanJo teas encendidas. Era un tl'opel intermin.tble de harapientos. Pareclan borrachos. Uno de ellos, el más
grande, el que llevaba un pañuelo rojo anudado alre:ledor de la cabeza, agitaba una pica y parecla dil'igir á los demás.
-Son los amigos,- dijo Luisa, apoyando la cabeza en la ventana para verlos pasar,
(¿Los amigos? ¿Aquella turba de andrajosos que bajaban por la calle lanzando alaridos salvajeF,
aquella escoria humana barrida por un viento de pasión, eran los amigos?)
-Son los amigoF,-insistió Luisa, como si hablara para sí,- porque son los que sufren.
Y con un gesto tranquilo se de~pojó del delantal y la cofia, los puso sobre la mesa, hizo un saludo
,'r salió.
Margot la oyó bajar las escaleras. Y á través de un vidrio que ella misma empañaba con su respi·
ración, la vió salir á la calle y unirse á la multitud que segula pasando, en pelotones de miseria, como
un torrente que bajaba de la montai'ta, después de un deshielo.
-Es indiscutible que todos están locos,- pensó Margot.-¿Qué voy á hacer ahora? ¿Quién me traerá los escarpines al bajar del lecho?
Y tuvo una de esas ideas caprichosas de mujei· engreída. Se anudó el pelo sobre la nuca, se calz{,
los guantes, se echó sobre los hombt·os su abrigo de teatro y bajó resueltamente las escaleras. La puerta
no estaba cerrada. Lo,; porteros habían salido. (¿A dónde iban, á esa hora?) Y sobre la acera, cerrán•
dole el paso, habla un charco de sangre ....
l\fargot se estremeció. Era la primera vez que vcia sangre. Tuvo miedo. Luego se remangó el vestido de baile Y pasó. Sus botinas de charol se reflejaron confusamente sobre la mancha roja. La calle
estaba desierta. Parecla que todas las gentes de la ciudad habian huido. A Jo lejos, muy lejos, se ola un
clamor de multitud, tajado por disparos de armas de fuego. ¿A dónde h? Se arrepintió de babet· salido.
Su proyecto de refugiarse en casa de Nelly, le pareció impracticable. ¿Cómo atravesar esas calles solitarías y obscuras donde los pasos resonarlan tras ella como si vinieran persiguiéndola?
Entonces se detuvo al borde de la acera, apoyándose contra el muro, sin saber qué hacer.
¿Debla avanzar hacia el misterio que la esperaba en el fondo bonado de la ciudad, ó ¡•egresar á su
casa vacla Y pasar otra vez sobre el charco de sangre? Optó por Jo primero, y echó á correr por el bulevar Haussmann.
Bajo la luz amarilla que escuplan los faroles, se velan regueros de sang1e que se perdlan bajo las
puertas. A la distancia se oían los gritos de la muchedumbre, y A veces un cañoneo apagado,

25 L

l\fargot s!'guia corricuJo. De pronto oyó un ruido confuso de gentes que se acercaban en tropel. El
viento trala rnchas de canciones y carcajadas. ¿Eran vendimiadores que volvían de una aldea? l\fargot
tuvo la curiosidad de verloF; una curiosidad imperiosa, como un deseo carnal. Y se acurrucó en el hue•
co de una puerta.
Las primeras claridades del día comenzaban á levantarse sobre la ciudad. El tropel confuso se acercaba. Se oía el ruido sordo de los pasos. l\fargot sintió un frfo agudo que la hizo crujir los huesos. Y la
multitud desembocó sobre el bulevar ....
Los hombres blandlan picas, cuya punta enrojecida goteaba sobre los rostros. Las mujeres llevaban
gorros encarnados. Todos repetlan estribillos siniestros, que l\fargot no habla oldo nun..:a. Y pasaban,
pasaban sin tregua, con las mismas caras bestiales y los mismos gestos groseros.
De pronto, resonó un grito. Alguien la babia descubierto y la designaba con el dedo A los demás.
Uu grupo se precipitó sobre ella y la rodeó. Fué un entrevero salv11je. Un hombre la besó en la boca.
Una mujer le escupió á la cara.
¿Qué hacia a.llí?-le preguntaron, la ciudad pertenecía al pueblo.
l\fargot respondió frases entrecortadas y quiso desasirse para huir. PtJro no le permitieron mo'Verse
Estaba prisionera. Un hombracón de pelo rojo la cogió por el talle y se la echó A la espalda. La lleva ron en hombros. La multitud- seguía cantando. ¿A dónde la conducían?
La vislumbre de la aurora apenas permitía distinguir las caras. En el limite del bulevar asomaba
un sol encarnado de lluvia. Atravesaron cien calles. Las ventanas estaban cerradas y habla mucha san•
gre sobre las veredas. Margot se b11ndia las uñas en la garganta para ahogar los gritos. Estaba helada
de tel'l'or. Sus ojos permanecían clavados sobre el esqueleto de guillotina que se levantaba en el fondo
de la calle. Trató de convencerse de que no era para ella. ( •l\fargot no habla hecho daño A nad ie. ¿Por
qué razón la matarían? ¿Porque habla amado el amor, el Champaña y los trajes de Paquin? Las mujeres hermosas han nacido para eso.•)
Pero, apesar de sus razones, tiritaba de miedo. Quiso llamar, suplicar, ofrecerse .... Pero no podlan
escucharla. Las canciones abogaban su voz frágil. Trató de desasirse pal'a bajar y huir, pero dos manos bmtales le detuvieron las piernas . . ..
Y la guillotina estaba allí. La dejaron caer sobre el entablado y ella se desplomó como si no tuviera
huesos. La multitud segula cantando. Margot tuvo la sensación de ver el sol por última vez. La noche
se apoderó de su alma. Por su memoria pasaron, al galope, mil recuerdos. Después se hizo el vacío Sintió algo helado en el pescuezo, lanzó un grito que no pudo oír .... y el golpe fatal la despertó.
Pero el horror de la pesadilla la persegula aún. Le quedaba algo asf, como la amargura de un presagio.
- Ocurrirá,-me decía, con la boca llena de fresas,-ya verás como ocul'l'irá. La ciudad comenza·
1 á á arder y nadie podrá apagar el incendio. El fuego cundirá por el mundo. Lo que siento, es no poder
realizar mi capricho, de poseer un castillo en Anjou. El imbécil de Vidart tartamudea que son muy caros.

Il[ANUEL

UGARTE.

�REVISTA MODERNA.
escudriña. con calma grotesca,
se derrumba cual muerto de uu rayo,
sumérgese y pesca.
Y al trotar de un rocín flaco y mocho,
un moreno, que ciñe moi·una,
transita cantando cadente tontuna
de baile ja1·ocho.
Monótono y acre gangueo,
que un pájaro acalla, soltando uu gorjeo,
Cuanto es mudo y selecto en la hora,
en el vasto esplendot· matutino,
halla voz en el ave canora.
vibra y suena en el chorro.del trin&lt;,!
Y como un monolito pagano,
un buey gris en un yermo altozano
mira fijo, pasmado y absorto,
la pompa del orto.

Y á la puerta del viejo bohío
que oblicuando su ruina en la loma
se recuesta en el árbol sombrlo,una rústica grácil asom11,
como una raloma.
A tres leguas de un puerto bullente
que á desbordes y grescas anima,
y al que á un tiempo la gloria y el cli1111t
adornan de palmas la frente,
hay un agrio breñal, y en la cima
de un alcor un casucho acubado,
que de lejos diviso á menudo,
~r rindiéndose apoya un costado
Pn el tronco de un maugo copudo.
Distante, la choza resulta monter11.
con borla y al sesgo sobre una mollera.
El sitio es ingrato, por fétido y hosco.
El cardón, el nopal y la ortiga
prosperan; y el aire trasciende á bofiiga,
á marisco y á cieno¡ y el mosco
pulula y hostiga.
La flora es enérgica para
que indemne y pujante soporte
la furia del soplo del Norte,
que de octubre á febrero no es rara,
y la pródiga lumbre febe11,
que de marzo á septiembre calde11..
El Ol'iente se inflama y colol'a,
como un ópalo inmenso en un lampo,
y difunde sus tintes de aurora
por piélago y campo.
Y en la magia que irisa y cornsca,
una perla -de plata se ofusca.
Un prestigio rebelde á la letra,
un misterio inviolable al idioma,
un encanto circula y penetra
y en el alma es edénico aroma.
Con el juego cromático gira,
en los pocos instantes que dura;
y hasta el pecho infernado respira
un olor de inocencia y ventura.
¡Al través de la trágica Historia,
un efluvio de antigua bonanza
viene al hombre, como una memori11,
y acaso como una esperanza!
El ponto es de azogue y apenas palpita.
Un pesado alcatraz ejercita
su instinto de caza en la fresca.
Grave y lento, discurre al soslayo,

Infantil poi· edad y estatura,
sorprende ostentando sazón prematura,
elásticos bultos de tetas opimas;
y á juzgar por la equivoca traza,
110 semeja sino una rapaza
que reserva en el seno dos •tima~!
Blondo y grifo (J inculto el cabello,
y los labios turgentes y rojos, ·
y de tórtola el garbo del cuello,
v el azul del zafiro en los ojos.
Dientes albos, parejos, enanos,
que apagado coral prende y liga,
que recuerdan, en curvas de granoF,
el maíz cuando tierno en la espiga.
La nariz es impura, y atesta
una carne sensual é impetuosa;
y en la faz, á rigores expuesta,
ia nieve da en Ambar, la púrpura en rosa,
y el júbilo es gracia sin velo
y en cada carrillo produce un hoyuelo.
La payita se llama Sidonia.
Llegó á México en una barriga:
en el vientre de infecta mendiga
que, del fango sacada en Bolonia,
formó parte de cierta colonia
y acabó de miseria y fatiga.
La huérfana ignara y creyente
busca sólo en los cielos el rastro;
y de noche imagina que siente
besos ¡ay! en los hilos d(un astro.
¿Qué ilusión es tan dulce y hermosa?
Dios le ha dicho: «sé plácida y bella;
y en el duelo que marque una fosa

pon la fe que contemple una estrella,!
1,Quién no cede al consuelo que olvida?
La piedad es un santo~remedio;
y después, el ardor de la vida
urge y clama en la pena y el tedio
v al tumulto y al goce convida.
be la zafia el pesat· se distrae, desplome de polvo y ascenso de nube.
¡Del tizón la ceniza que cae
y el humo que sube!
La madre reposa con sueño de piedra.
La muchacha medra.

�REVISTA .MODERNA.
Y por siembras y apriscos divaga
con su padre, que duda de serlo;
y el infame la injuria y estraga
y la triste se obstina en quererlo.
Llena está de pasión y de bruma,
tiene ley en un torpe atavismo,
v es al cierzo del mal una pluma ....
¡Oh pobreza! ¡Oh iucuria! ¡Oh abismo!.

REVISTA MODERNA.
reverbera con tales reflejos,
que ciega, causando vahídos.
El ambiente sofoca y escald11¡
y encendida y sudando, la chica
se despega y sacude la falda,
y asi se abanica.
Los guiña pos revuelan en ond11.s ....
La grey pace y trisca y holgándose tarq¡¡ .. . ,
Y al amparo de umbráticas frondas
la palurda se acoge y reFguarda.
Y un bonego con gran cornamenta
y pardos mechones de lana mug-rienta,

y una oveja con bucles de armiño,Ja mejor en figura y aliño,se copulan cou ansia que tienta.
La zagala se turba y empina ....
Y alocada en la fiebre del celo,
lanza un grito de gusto y de anhelo . . . ,
¡Un cambujo patán se avecina!
Y en la ex:celsa y magnifica fiesta,
y cual mácula errante y funesta,

un vil zopilote resbala,
tendida é inmóvil el ala.
SALVADO!t

DÍ.-\Z i\IIRÚN.

NOTA.-Del libro "Lascas." Reproducido con autorización
del autor.

Vestida con sucios ji1·ones de paño,
descalza y un lirio en la greña,
la pastora gentil y risueña
camina detrás del rebaño.
Radioso y jovial firmamento.
Zarcos fondos, con blancos celajes
como espumas y nieves al viento
esparcidas en copos y encajes.
Y en la excelsa y magnifica fiesta,
y cual mácula errante y funesta,

un vil zopilote resbala,
tendida é inmóvil el ala.
El Sol meridiano fulgura,
suspenso en el Toro;
y el paisaje, con varia verdurx,
parece artificio de talla y pintura,
según está quieto en el oro.
El fausto del orbe sublime
rutila en urente sosiego;
y un derribo de paz y de fuego
baja y cunde y escuece y oprime.
Ni céfiro blando que aliente, que rase,
que corra, que pase.
Entre dunas aurinas que otean,tapetes de grama serpean,
cortados á trechos por brozas hostiles,
que muest1·an espinas y ocultan reptiles.
Y en hojas y tallos un brillo de aceite
simula un afeite.
La luz torna las aguas espejos;
y en el mar sin arrugas ni ruidos

255

�REVISTA MODERNA.

EN LA CASA DE TOLSTOI.
L rápido de Moscou i Koursk se detiene muy temprano, á las cinco y media, en Yassenki,
última estación cerca de Tula y á doscientas verstas de Moscou. Para llegará Yasnai'a
Pol'iana, retiro de Tolstoi', falta recorrer una docena de verstas en carruaje.
El caballo se aventura en el camino 6l!cabroso, que serpentea á través de la estepa
ondulada con bajas colinas. Alrededor, prados verdes, campos de trigo dorado, macizos de árboles; abedules, tilos, pinos, que forman luego bosques espesos. Se comprende el apego de Tolstoi: por este cluminos~ claro,, en ruso Yasnai'a Poli'ana, que no de~a sin~ con tristeza
y raras veces, donde pasa casi toda su vida y absor~e el amor de la nat~~a.leza_,. al mismo t1?mpo que su
aversión por la vida facticia de la ciudad, de la sociedad, de la falsa c1vihzac1on. •De quti asombroso
poder son las impresiones sacadas direc~amente de la natura~eza: • d?cla un dl~ Tolstoi' á uno de sus co•
legas rusos. ey cómo aprecio á los artistas que beben su 10sp1rac1ón exclusivamente en esta fuente
eterna é inagotable. Ella sola da la fuerza !. revela la verdad. •
.
. ..
~
En YasnaYa PolYana fué donde Tclst0Yv10 la luz en 1828. Alll fue donde v1v10 los anos de que babia
con tanto calor comunicativo en la Infancia, su primera obra, que lo colocó luego, á los veinticuatro
años, entre ¡08 grandes esc.ritores rusos. •Felices, ~elices tiempos de la inf~ncia, que no volverán ya!
Cómo no amar cómo no acariciar sus recuerdos! Ellos refrescan, elevan m1 alma y son 111. fuente de
mis más puras,' de mis más dulces alegrlas, , dice el joven autor. Y todos los que lo han leido no podrán
olvidar ese principio de capitulo, esa estrofa de poem11. en ~~osa. E~ _Yasna"ia PolY_ª?ª fué donde se casó
y vió nacer á sus numerosos hijos; alll donde n~s ~e~crib10 la Felicida~ ~e f aniilia, nos c?ntó los con·
movedores amores de Lévine y Kity en Anna Karemne y narró la prod1g1osa epopeya de (.,uerra y Paz;
alll también donde creó, sobre bases nuevas, su famosa escuela popular, donde ensayó la existencia
de colono modelo, donde venció la dolorosa, la formidable crisis moral que iba á conducirlo al suicidio,
y donde, finalmente tranquilo, hizo de si mismo un misionar~ convencid~ de la bondad y de la verdad
cristianas. Asl, pues, excepto el tiempo consagrado á los primeros estud10s en ~Ioscou, luego á los de la
Universidad de Kazan, en el servicio al ejército; el pasado en el Cáucaso, en el Danubio, en Stlhastopol y
una corta escapada al extranjero, todo el resto, medio siglo, esa existencia tan nutl'itla, tan gloriosamente variada ha transcurrido en el cuadro limitado de aquella vieja mansión señorial. ¿Dónde enconti·ar un ejempl~ má.s brillante del poder del genio, poderoso poi· su sólo contacto con el poder de la naturaleza?
Estos detalles desde hace tiempo familiares, se precipitan á mi memoria por una asociación de ideas
muy natural. Est~ es interrumpida por la aparición de un burgo, muy grande, pero desierto, tl'iste: cabañas destartaladas, transeuntes raros y taciturnos, animales de movimientos cansados. ¿Alll está el
cluminoso claro?, No, felizmente. Veinte minutos más y mi automedonte meiudica con su látigo las pri•
meras cabañas de la aldea. Pasamos por la única y ancha calle bordeada de cada lado por irbas de madera, algunas de ladrillos rojos, casi uniformemente recubiertos de ra~tr__ojo ennegrecido ~or el !iempo;
el conjunto de los tonos es gris, sin embargo, de aspecto más halagueno que el burgo mmed1ato; se
siente alll la proximidad de los castellanos benefactores. Hombres y mujeres me saludan con aire afable acostumbrados como están á visitas de extranjeros. La habitación de TolstoY no debe estar lejos.
Ad~ierto, eu efecto, alli arriba de la cuesta, las dos torrecillas blancas que marcan la entrada del dominio de Yasna'ia PolYana. Pero no se tropieza con las alas de una puerta cerrada, la puerta no existe. Entre quien quiera! Y se entra, y se abusa á menudo de aquella patriarcal hospitalidad.
Una larga calzada de abedules umbrosos, de troncos argeutados, conduce á la habitación; se costea
un estanque, luego una banda de tierra destrozada, cortada en medio por una malla de lawn tennis. Al
ttn estii. ali! la caEa: una elevada construcción de un piso, cuya blancura de cal deslumbra bajo el sol·
Sobre la fachada, un balcón de madera, anchas ventanas y por el lado que se llega una terraza con ba•
laustrada, construida por el mismo Tolstor, según se cuenta. Después de rodear la ter~aza, mi carruaje
se detiene frentP al portón de la casa TolstoY sale algunos instantes después en traJe de burda tela

257

azul, se acerca á mí~ me da la bienvenida. y me invita familiarmente á acompai'íarle al baño, que toma
todas las mañanas en el estanque que vi al llegar.
Desde mi última visita á Moscou-hace dos años y medio - no obse. vo cambio alguno en el exterior
dtl Tolstoi', únicamente su barba que era gris, está ahora blanca del todo. Supe qué su salud ha mejorado mucho y que nunca se ha sentido tan apto y tan infatigable para el trabajo; para el t1·abajo intelectual, debo agregar.
En efocto, ya no labra los campos, ni siega, ni hace zapatos. Sus ejercicios Cisicos se reducen al paseo, á la equitación, al juego de lawn tennis, y durante la mayor parte del dla, de ocho de la mañana á
dos ó tres de la tarde, escribe en su gabinete de ti·abajo. Tolsto'i acababa de desinteresarse una vez
más de su famosa novela Resurrección, y se habla puesto á trabajar en otra obra de imaginación, que
tiene por protagonista á uno de sus compañeros de armas de Scbamyl y que se desarrolla en el Cáucaso. Habla ido á preguntar á un viejo general, res-pecto á varios hechos de la campllña de los Rusos contra el temible I mán. Ai,J, puc!l, A pesu de todo, el temperamento arlibta sigue dominando en él á lavoluntad del pensador, y Tolstor vuelve á su anti9ua manera que quiere r enegar y que produjo tan admirables creaciones. Pero no hay que hablarle de eso, yo tu\•e la prutlba á mis expensas, cuando durante
el corto trayecto que separa e! estanque de la casa, le interrogué respecto á Resurreccción y le dije que
esa nueva obra, según lo que yo sabia, debla dar vasta materia al historiador de Tolstor. l\Ie contestó
vivamente:
-Pensamos de tan diferente manera, que ha de seros verdaderamente dificil escribir una historia
sincera de mi vida ó un estado exacto de mis obras.
Un poco cortado por esta contestación inesperada, sobre todo despué3 de la cordial recepción que me
habla hecho en l\Ioscou, y la correspondencia que de alll se habla seguido, Je supliqué sencillamente que
precis11.ra la difo1·encia de nuestras opiniones. Entonces, sin duda alguna, bajo el imperio de un desrontento ajeno al objeto de nuestra conversación, pero despertado por mi alusión á sus obras, me dijo:
- ¡Oh! no solamente Ud. , sino todos cuantos han venido á verme y han publicado a.rtlculos y tomos
enteros respecto á mf;'por:ejemplo, el escritor alemán Lowenfeld (1) y hace poco tiempo el articulo de un
periodista franci&lt;s que vino para la coronación del Tsar y que se creyó obligado á venirme á visitar de
paso. Y Ud., ¿no estuvo aqul con motivo de la Exposición de Nijni- Novgorod? Si, al menos, hubiera
Ud. ido para darse cuenta de todo lo que importa no hacer ..... .
Yo soportaba, sin duda, el malhumor provocado por aquellos, que sin ser partidarios suyos, han
querido aprovechar su estancia en Rusia para irá ver al eremita de Yasna'ia. PolYana, y contar en seguida su visita con un puntillo de broma parisiense. Con el fin de reaccionar contrn esa prevención del
momento, le dije sencillamente que el objeto principal de mi viaje no era la Exposición de Xijni, le recordé que desde hacia mucho tiempo reunla materiales para su biografla, y que hoy mismo llevaba, con
el objeto de someterlos A su apreciación, una especie de paralelo entrn él y Dumas, hijo.
Como lleg.íbamos ya al p3queño lago, nuestl'a conversación se interrumpió y TolstoY desa.pa:eció
en el gabinetito levantado ti. la orilla del estanque. En menos de diez minutos t uvo tiempo para desnudarse y anojarse de lo alto de un trampolin á lo más profundo del agua, para nadar con sorprendente
Agilidad para su P.dad y pl),ra volverse á vestir y seguir nuestra conversación. Zlfo asombró más todavla, como asombra a sus visitantes, por su manera de andar, por sus movimientos casi juveniles, y despué~, por su resistencia para largas caminatas y para toda clase de fatigas corporales. Este admirable
anciano, que frisaba entonces en los setenta afios, vegetariano empedernido que se alimenta únicamente con legumbres (excluyendo basta la leche y los huevos) es verdadera.mente extraordinario. Es un belllsimo ejemplar de la especie humana, cuya contemplación de cerca instruye y aprovecha hasta en su
existencia puramente material. A él podrla aplicarse, sin que parezca banal, el conocido ref,·án: lllens

sana in corpore sano.
Tomamos el té; todos dormlan en la casa, excepto la más joven de sus hijas, encantadora niña de
doce años, y su institutriz, que almorzaron con nosotl'Os. Inmediatamente después el maestl'o se retiró
á su gabinete de trabajo.
Frente á un gran vestlbulo me indicaron una puerta que comunicaba con una larga pieza, dividida
por un tabique y una biblioteca. Alegrando la intimidad del mobiliario, la luz entra alll á torrentes por
dos ventanas y por una puerta que da á la fachada. En la primera mitad, reservada especialmente pa,
ra los huéspedes, está un canapé que sirve de lecho, y en la pared algunos retratos de familia y de es.
critores rusos y extranjoro11. Tourgueneff- Fet (el delicado poeta), ambos amigos antiguos de TolstoY;
Schopenhauer (retrate, con dedicatoria), Dickens, y el famoso grupo de colaboradores del contemporáneo y de quienes ya he hablado: Tolstoi', Tourgueneff, Grigorvitcb, Nekranov, etc., y en el éentro, en un
nicho, el busto del difunto hermano de Tolstor, el conde Nicolás, c•1ya noble imagen está evocada con
fiel afecto en Infancia, Adolescencia y J1wentud, y últimamente en Resurrección, con el nombre de Nicolás Inteniev. La biblioteca está formada con libros de diYersas lenguas, la mayo1· parte donados de
sus autores y con dedicatorias no menos poliglotas; además, las obras de los émulos rusos de Tolstor,
las del maestro de los pensamientos de su juventud y quizá de su edad madura: Rousseau, cuya influencia confiesa Tolstor haber sufrido, más aún, hubo una época en que tuvo el culto de este filósofo francés
basta querer llevar su imagen sobre el pecho, como un amuleto¡ Moliere, Pascal, Goethe, Sbakespeare,
(1) El úQico que

na escrito Insta ahora un1 biografía completa de Tolsto'i.

�258

REVl~TA MODERNA.

Víctor Hugo, Sócrates, Voltaire, Diderot, Saiot-S1moo, Benjamlo Constant, Spiooza, Schlegel, Henry
George, Mathew Arnold, Spencer, Griesbach, Rein, W. L. Harrisoo, Adin Ballou, Juan Crisóstomo Y
otros filósofos y teólogos antiguos y modernos; historiadores franceses y rusos, principalmente los que
se hao ocupado del periodo del Primer Imperio y de la guerra de 1812, y consultados por Tolstoi', cuando escribió la Guerra y la Paz. Por último, el Antiguo y el Nuevo Testamento, en sus textos originales,
hebreo y griego, la Vida de los Santos y los Comentarios franceses, ingleses y alemanes del Evangelio,
del Talmud, del Koran, de la doctrina de &lt;;'akia--1\fouoi y una multitud de obras citadas por Tolsto'i en
sus escritos sobre la moral cristiana. Recuérdese el prodigioso número de ob1·as filosóficas y literarias
analizadas por él, en su reciente libro: ¿Qué es el Arte?
Y todo el público se preguntará. cuándo y cómo un solo hombre pudo encontrar tiempo suficiente
para escribir á su vez, tantos volúmenes, proseguir su activo apostolado y crear obras de arte, &amp;i llega
li saberse que el mismo escritor ha traducido y comentado los cuatro Evangelios, en tres gruesos tomos,
inéditos en Francia; que ha refutado muchos escritos religiosos y que para su obra inédita: «La Critica
de la Teologla dogmática,, ha debido leer casi todos los escritos de los Padres de la Iglesia y los de sus
comen~dores y que con el mismo fin, aprendió el antiguo eslava, el griego y el h~breo, conociendo ya
el frances, el alemán, el inglés y el latlo.
No olvidemos indica1·, antes de salir de esta pieza, que en la viga superior de la puerta del tabique,
Tolstoi' pensó colgarse, cuando estuvo obcecado por la idea del suicidio.
Del vestlbulo, donde hay también una biblioteca, se llega al primer piso y la puerta del fondo es la
del gabinete de trabajo del maestro. Esta pieza, abovedada como una cueva, con piso de madera blanca, servia hace pocos años aún para depósito de provisiones; todavla se ven las argollas de donde pendían los jamones, ahora ocupan ese lugar, una sierra, y en los rincones, se veo enfilados útiles de labranza, de zapatería y otros instrumentos de agreste uso.
El escritor se encuentra en esa, pieza más aislado y nadie va ali! á molestal'le, como sucedía en la
época que su gabinete de trabajo estaba instalado en la pieza más confortablemente amueblada, que es
hoy el cuarto para huéspedes.
El mobiliario del primer piso, recuerda el de la casa de Moscou; el gran comedor que sirve como
salón, que se utiliza nada más en invierno y en la época de lluvias, porque en la buena estación, las comidas se sirven en la terraza ó bajo los árboles, en el centl'O una gran mesa y á lo largo de los muros,
sillones antiguos y sillas, y solamente la serie de retratos de antecesores con corazas ó peluc11s empolvadas, nos recuerda que estamos en un castillo y no en una quinta.
Es bien sabido que la familia Tolsto'i pertenece á la nobleza más antigua de Rusia y está aliada á
las casas de los priocipes Gortschacov y Volkhonsky. Dos antepasados del conde León desempeñaron
papel muy importante en la historia de Rusia. Uno de ellos fué amigo y consejero de Pedro el Grande.
Allf se veo, como en Moscou, un piano y dos bustos cuya particularidad consiste en haber sido ejecutados
por dos pintores amigos lotimos del escritor: Repine y Gué. Los mejores bustos que de Tolsto'i existen
son los del escultor Guozbourg y otro, reciente y muy notalile, debido al cincel del príncipe TroubetskoY. Como en Moscou, también la pieza que sigue es la de la-condesa y alU se ven las huellas del buen
gusto y de la elegancia de la gran dama. Observé especialmente un soberbio retrato del maestro, pintado por Kramskoi' y otro no menos bueno de la condesa.
Después se llega á los departamentos privados.
El jardín, muy vasto, fué sembrado casi totalmente por el conde, en la época en que se dedicó, con
la pasión que le caracteriza en todo, á trabajos de agricultura. Entre los árboles frutales, dominan los
manzanos. Cuatro estanques ornan el jardín; uno de ellos, el que está cerca de la entrada principal, tiene las dimensiones de un lago pequeño. Tuve el placer de pasear allf en bote, acompañado por la hijita
del conde, que es muy diestra en el remo. A propósito de esto, diré que habiendo llevado á bordo, á algunos chicos aldeanos, de la edad de la Srita. Tolstoi', me asombró verlos raquíticos y enclenques junto
A ella. Esto consiste, tal vez, en que las condiciones poco felices de su existencia han retardado su desarro 11 o.
La condesa me esperaba. Fui en el acto á !~ terraza donde encontré toda una sociedad. La castellana, sentada frente á un samovar, tenla á su derredor á algunos de sus hijos; ningún cambio noté en su
fisonomía; el mismo rostro fresco y joven, que le vi en l\foscou, sólo algunas canas mncladas á su abundante cabellera negra, después de la reciente mue_rte de su hijo Juan. Estaban con ella sus bijas Maria
y Alejandra y sus hijos Ellas, Andrés y Miguel. Los otros hijos, Tatiana, Sergio y León, estaban ausentes. Entre los visitantes, se encootl'aba Tscberkov, uno de los más fervientes partidarios del conde y que
se ha ocupado en hacer entre el pueblo la propaganda de sus obras por medio de condiciones muy baratas.
Es una personalidad muy interesante, fué brillante oficial de la Guardia ímperial; elegante, inteligente, aristócrata y rico, renunció su carrera para dedicarse exclusivamente á su obra de propaganda.
Se encontraba también su compañero Birukov. Aristócratas ambos y habiendo dejado el ejército, sacrificados á su obra, penetrados de las mismas doctrinas y practicándolas de una manera muy concienzuda, tuvieron que destel'rarse. Echerkov vive hoy en Inglaterra y Birukov en S uiza, y ambos siguen publicando obras tolstoi'stas, uniendo el ejemplo á la palabra.
Otra figura interesante: un joven médico de Galitzia que cuenta las persecuciones que tuvo que su
frir por parte del gobierno austl'iaco, pot· insubordinación á la ley militar. Después de haber desempo·

REVISTA MODERNA.

259

liado durante cuatro meses el cargo de médico mayor, rehusó un día hacer toda clase de servicio militar.
Llevado ante un consejo de guerra, se le condenó á presidio y fué enviado á una compafíia disciplinaría.
Ali! resistiñ más que nunca. Le encerraron en un manicomio, donde se le tuvo en observación, hasta
que los médicos declararon que ya no estaba loco. Pidió una licencia do tl'es meses -y se la concedieron
de un año, pues el gobierno tenla prisa por desembarazarse de esa onj:i. peligrosa. Entonces decidió
irá. YasoaYa Poli:ana.
Mientras que yo escuchaba esa oanacióo, observé el uniforme del joven hijo de TolstoY Andrés
Lvotvitcb, que hacia en esos momentos un año de 'l"oluotariado, y pude ratificar que, como bac~ ya tiempo, las opiniones están divididas entre los hijos de Tolstor: las mujeres siguen las teorías del padre y los
hijos las tradiciones de la mlldro. En otro articulo dije ya, que Sergio Lvovitch ha sido funcionario, y
!le~pués de su matrimonio abandonó su empleo para consagrarse á la administración de sus pl'Opiedatles. El segundo, Ellas Lvovitch, se casó á los 21 aííos y se convirtió inmediatamente en un ao-ricultor
modelo que se 0cupa nada más de sus terrenos. Lev. Lvovitch, de salud muy delicada, se encoo~raba en
Suecia, que es la tiel'I a de su esposa. Junto á la madre se encontraba l\liguel, que cuenta 14 años y á
quien basta jugar como suficiente ocupación.
Las dos hijas mayores de Tolstor, Tatiaoa y l\Iaria, se han dedicado en cuerpo y alma á las ideas de
su padrE'; en los últimos afios, que el hambre cayó sobre Rusia, fueron para él auxiliares infatigatles en
la organización de ref~ctorios gratuitos en los distritos del gobierno de Toula. Las divergencias de opi11iooes entre ol conde y la condesa, no comprometen en nada, sin embargo, la tranquila harmonía que
reina entre todos los miembros de la familia. Sólo quiero transcribir una observación, que me parece
juiciosa, hecha por la Condesa en el curso de nuestra conversación en Yasnai'a Poli'ana. Se trataba del
Pode1· de las tinieblas, obra clasificada ya en el repertorio do todos los teatros rusos y que produce á los
director~s. sumas considerables; como Tolsto'i no quiere percibir nada de derechos de autor, se priva
llbÍ de aliviará muchos miserables que vienen á llamar:á su puerta.
Hay cerca de la casa un olmo viejo, denominado el árbol de los pob1·es, bajo el cual los necesitados
de los alrededores no esperan nunca en vano los auxilios de su bienhechor. Sin embargo, TolstoI desA~_rueba ~n principio la filaotropfa que se manifiesta solamente por medio del socorro pecuniario; cues•
t10n de simple c01·tesía, como dice él, no puede rehusarse, así como no se rehusa un vaso de agua á
quien lo pide. Pero el dinero dado va con frecuencia en eontra de la intención del donador, pues es e1
factor más seguro de depravación. En cambio, no economiza trabajo ni tiempo cuando se trata de rA·
dactar una petición de justicia en favor de un solicitante iletrado, de procurar medicinas á un enfermo
de aconsejar los medios para aumentar el rendimiento de las tierras, de autorizar ~el corte de leña e;
sus dominios, do ayudar á una viuda retrasada en sus labores agrícolas, en una palabra, cuando se trate de cualquier acto, de cualquiera palabra, que consuele en la desgracia, que ali\·ie una miseria ó instruya á un ignorante. Además rle los habituados del á1·bol de los pobres, ¡cuántos otros de todas las partes del mundo le escriben ó van á visitarlo para confesarle sus penas y pedirle la solución de los más
graves problemas de la vida! Quo sea un verdadero sufrimiento, una noble resolución y este escrutador
de conciencias sabe reconocerlo y decir con toda franqueza la palabra esperada.
A las tres de la tarde, la comida reune á todos los huéspedes de la casa. Entre los convidados, unos
(Tolbtoi', T~chertkov, Maria Lvovna, etc.) se dedican á los alimentos vegetales, mientras que los demás
comen carne. Y en esto también se hace sentir la doble influencia. Tolsto'i llena de atenciones á los vegetarianos, mientras que la Condesa tiene otras tantas para los carnívoros.
Después de la comida, TolstoY, acompañado de sus dos bijas más jóvenes y de uno de los huéspedes, fué á jugar una partida de lawo-tennis, mientras la condesa fué á traer su eámara fotográfica para
sacar una prueba, porque la fotografla es la distracción favorita de la señora de TolstoY. Desgraciada~eote el aparato no es para instantáneas, y á la dama le cuesta un trabajo enorme conseguir que sumarnlo no se mueva.
Ya, durante nuestra conversación de la mañana,. el conde, sauiendo que yo tenla la intención de escribir la historia detallada de su vida, me babia dicho:
- ¿Desea Ud. contar mis hechos y mis gestos? ¿En qué quiere Ud. que el público se iote1·ese por mi
,·ida privada?
Por la tarde, después del tennis, reanudamos nuestra conve1 sacióo. Intenté demostrar al conde
que el público está siempre ávido de detalles sobre la vida p1 h·ada de los hombres que se imponen á s~
atención, Y que esta curiosidad es comprensible, sobre todo cuando se trata de escritores de moralistas
de hombres políticos; en una palabra, de todos los removedores de ideas. El público qui~re saber si s~
manera de ,·ivir está de i::cuerdo con sus teorías. Y para apoyar esta argumentación. cité al Cristo de
quien Tolsto'i sigue las enseñanzas con tanto fervor, al Cristo que predicó no sólo co~ la palabra, ~ino
con el ejemplo.
- No está probado, me dijo; no siempre llevó la vida de abstinencia que se cree le o-ustaban los festines cuando la ocasión se presentaba.
'
"
-Pero no delante del público.
- Si.
. . ¿TolstoI _me quiso dai· á e~tender con esto, que ante todo hay que considerar Ja verdad de los principios sostemdos por un moralista y no debe uno inquietarse de la manera de ponel'los en práctica?
Abordé la cuestión por otro lado. Para pintar un estado de alma, el artista describe las manifesta-

�REVISTA MODER~A.

REVISTA MODERNA.

ciones exteriores, asl como el medio material en que se mueve su pel'sonaje, y hace más accesible la
idea abstracta que quiere exponer, materializando la acción. Así, pues, si se quiere hacer verdadera·
mente obra útil é interesante, el biógrafo debe proceder de la misma manera, porque colocando al escl'i,
tor en toda su realidad y presentándolo con sus ideas familiares, hace más completa la inteligencia de
sus obras. Pero también esta vez mi argumentación fué inútil.
-Pero, dijo el conde, cuando pinto un personaje ó describo una situación, no es con un fin determiuado, Digo sencillamente lo que veo y lo digo porque lo veo.
Esta contestación interesa, porque nos l'evela la manera de proceder de Tolsto"i y nos demuestra que
á. pesar de sus teorías, el artista ha seguido siendo artista. Pero seguía evitando el terreno en que yo
habla querido colocarme.
Sin embargo, cuando una objeción nos parece justa, ¿no es precisamente cuando la eludimos, por
medio de una respuesta ajena á la cuestión? Al hacerlo así, TolstoY me concedió la razón, por decirlo
así, y con toda tranquilidad de conciencia puedo seguir el curso de mis indiscreciones.
Además, dos horas después, Tolstor mismo me recordó una pregunta, que debe parecer la más indiscreta de todas. Esta pregunta fué:
-¿Vive Ud. según los preceptos que predica?
-¿Recuerda Ud., me dijo~ su pregunta de Moscou, que no contesté porque me lo impidió la partida
del tren? Pues bien, puedo decirle, con toda conciencia, que hago todo cuanto de mi depende, por arreglar mi existencia según los preceptos del Cristo, tal como los comprendo. Vivo lo más sencillamente
posible y mis necesidades no son muchas, y si no llego á hacer Jo que debía, es porque me falta la
voluntad.

Biljo el cual las esquilas ,·olt1•1111 1
l\Ie figuro que sois los sonidos
Que al contacto del sol se conde1111an.
Al rnzar en las tardes brumosas
De mi cuarto las grises vidrieru,
Remedais mariposas que espfa¡1
Tantas flores que adornan mi mesa.
¡Oh si vierais mi alma, la cubre
Con su encaje sutil la tristeza,
Como envuelve la blonda del liquen
Deshilado y verdoso las piedras.
No os asusta la lluvia ni el viento·1
Ay! de todo mi espíritu tiembla;
Es un lago: las auras le estrían
Y un insecto sus linfas inquiet;,
Eu los tibios crepúsculos áureos,
Cuando el sol entre nubes se aleja,
Entre nubes albeantes, y finge
Un turibulo rojo que humea¡
¿Qué escuchais apiñadas é inmóvjles?
Algo os cuenta la brisa. ¿Qué os cuenta?
Qué el rumor de de los saucos torcidos
Como biceps de enormes atletas?
Por qué á veces seguís la tortuosa
Dirección de extraviadas veredas1
Que se enlazan, ó cruzan y cinchan
De las lomas las gibas escuetas.
SemPjando las hondas pisadas
De un gigante avestruz, ó las huellas
Que señalan doblando los cardos
De un gran carro las llantas inm~nsas?
Por qué os amo? Quizás poi· lo frágil?
Por la irónica risa que llena
Y que os hincha,la dulce·garganta
Cual venero"que allí borbotea?
No lo puedo explicad No, no puedo.
Golondrinas, teneis compañeras
Que sollozan; ¿porqué ·estais cantando?
¡Oh las almas que está~ prisioneras! ....

260

(Concluirá) .

GOLONDRINAS.
A JCSÚ8 E. Valcnzucla.

¡Oh volved, golondl'inas, brillantes
Como extremos de lanzas guerreras,
Golondrinas cual cruces que flotan,
Golondrinas como anclas que vuelan.
Vuestro alegre charlar rechinante,
Me entusiasma, me arroba y semeja,
El rüido fugaz que producen
Al girar en sus goznes las puertas,
Dora el sol de la torre vetusta
La simbólica y alta cruz fénea,
Y parece de lejos, un cirio
Que ilumina las pobres aldeas.
Las volutas del templo, los nidos
De argamasa y pajillas esperan;
Oh volved, golondrinas, brillantes
Cerno extremos de lanzas guerreras.
En los tensos alambres que estiran
Tenazmente los postes, faena
Incesante de postes que suben.
O descienden corriendo las sierras,
Os he visto alinear; agraciadas
Sacudir el plumón, la cabeza,
Y las breves espaldas lustrosas
Cual pequeñas casacas de seda.
Y os he visto bajar al arroyo,
Y ~ngir, señalando una estela
Con el pico que busca otro pico,
Diminutas barquillas veleras.
Si girais en redor del cimborrio

261

Agosto de 1901.
AemL

C. SALAZAR.

LOS DOS HERMANOS ..
E tcnid~ una visión. Se me aparecieron dos genios, dos ángeles:.
Digo ángeles y geni&lt;'s, porque estaban desnudos y porque áe fos homb
i
I
entrambos partlan
. largas y fuertes alas. Los dos son J'óvenes. El
, uno t·IPne fros
01masf'f
11 enas, tersa Ia piel y negros los bucles de los cabellos.
Sus ojos obscuros, medio velados, con largas pestañas; la mira dainsinuant,• A,•ida Y alegre;_ el ro~tro encantador, un tanto atrevido y un algo maligno....
'
. . Los Ia_b10s rOJOS y abultados se estremecen, y el muchacho sonrle con autoiiclad
e mdolenc1a como persona segura de su poderlo.
Una apretada corona de flores, descansa muf'llcmcnte sobre sus brillantPs CRbellO!i
•d .
hasta sus he1·mosas y aterciopeladas cejas.
.
., y casi esc1endeAbrochada con una flecha de oro, abigarrada piel de leopardo cae li"erRmente desd 8118 d 00 d
hombros hasta sus caderas airosas.
"
e
re
os
Las plumas de sus alas tienen reflejos dorados, y las extremidades son de ttn encarnado .·
.
estuviese
· d
f
·
'1vo como s1
.
n moJa as en resca sangre. De vez en cuando se estreme:ien rápidamente las alita8
d
ciendo un rumor argentino como el de la lluvia en primavera.
pro u -

�262

REVISTA MODER~A.

El otro maucebo es ama.ril'ento y ílaco. A cada movimiento de la respiración se le marcan en el cuerpo las costillas.
Tiene el pelo rubio, fino y lacio; ojos redondos y enormes de un tono gris pálido; la mirada es muy
clara y muy inquieta. Todos los rasgos de su fisonomía, así la aguileña nariz como la saliente barba
donde sólo apunta un escaso bozo, parecen aguzados, y la baquita que adorna una dentadura de pez,
se mantiene entreabierta. ¡Los secos labios no habrán sonreldo nunca!
Es un rostro correcto, terrible, despiadado; pero tampoco la cara del otro, del buen mozo, con ser tan
bonita, no expresa compasión.
En torno de la cabeza del segundo flotan algunas espigas, ya desgranadas, que sujlta un tallo marchito, y en torno de la cintura ciñe un trapo de jerga gris; sus alas de un azul mate se mueven á compás, con lentitud amenazadora.
L'.ls dos muchachos parecían inseparables compañeros; andaban abrazados; la mano torneada del pri·
mero colgaba, como sobre un racimo maduro, sobre la clavícula seca del segundo; y la afi!ada mano de
éste, de flacos dedos, se extendla como un manojo de culebras sol;)re el blanco pecho de aquél.
Se oyó una v.:iz, y ve:eis lo que me dijo:
-Están en tu presencia el genio del amo_r y el genio del hamb1·e, hermanos mellizo,, im¡ u'sc re I de
cuanto existe.
Todo cuanto vive se mueve por el alimento ó por la reproducción.
El Amor y el Hambre .... tienen el mismo objeto. La vida no puede c~sar jamás; necesita sostene:·se
y necesita crear también.
lVAN

TURGUENEF.

YONO SÉ.
A M. A.

• Yo no sé por qué me niegas el favor de tu consuelo

y? no sé por qué, si es cierto que estás llena de merce'des
Ni~gas todas á quien te ama, yo no sé por qué si puedes '
Se1 benévola eres dura, ser volcán y eres de hielo.
Yo no sé por~qué tu mano, por qué el cáliz de tu mano
Desbordante de caricias y colmado de presentes
'
Los
E esconde de mi anh e10 , cua1 1as conchas trasparentes
1 rocío de sus perlas en el fondo :le! océano.
~h tus l~bios insinuantes! oh tus ojos soñadores!
~u1é~. b~biera de sus mieles! quién postrado ante su espejo
e mu a1 a en tus pupilas y mirando su reflejo
En tus labios apurara dulces néctares de flores.

y y o te vi desde muy lejos, nave esbelta y misteriosa,

ARIETA.

. o te_vi sobre las aguas en la noche tan obscura,

1, oscilaba como el casco ele una nave tu cintura
y tu manto se agitaba como vela temblorosa.

Sueño en un ángel que me sonrla;
En una aurora llena de sol,
Cuando en las sombras del alma mla,
Que empalidece la nostalgia
Nazca el amor .... !
Sueño en las glorías de un mediodía;
En unos ojos llenos de ardor;
En una fuente que cante y ria
Cuaudo en los triunfos de su alegria
Viva mi amor . ...
Slleño eil la tarde brumosa y fria
De algún Otoño desolador;
Cuando inclinando su faz sombrla
Entre los hielos ele su agonla
Muera mi amor .. .. !
Sueño en la noche tenaz, impía,
Que envuelva airada mi corazón
Cuando transcurra la vida mla
Sin esperanza, sin alegria,
Sin un amor .... !
JOSÉ JUAN

TABLADA.

Con mis manos suplicantes y mis voces desoladas
;tmo un náufrago yo entonces te pedí piedad y ay:H\11
, as_ la nav~ pasó absorta, mas la nave pasó muda,
'
Ent1 e el rmdo tumultuoso de las ondas encrespadas.

N Siempre, siempre el imposil_ile que tortura y que destroza,
un~a, _nunca la esperanza que es venero de alegl'ia;
Soy mcienso cuando tú eres escultura ciega y fria
Y cuando eres roca dura yo soy linfa que solloza. '
Yo no sé por ~u(i la virgen á quien amo de rodilla@,
La m_adona de OJOS tristes y de boca sonrosada,
No difunde en mis tormentos el fulgor de su mirada
Como el sol en los santuarios sus espléndidas gavillas.
Yo _no sé por qué la roca que la linfa despedaza
En mitad dd océano se levanta fieramente
Contemplando inconmovible y escuchand~ indiferente
A la ola que la besa, que la ciñe y que la abraza.
Sól~ sé que yo era un:árbol agitado por el viento
Con diamantes de armonía en cada una de sus hojas,
Donde nunca se posaron á quejarse las con.,.ojas
Donde nunca se detm•o crasitando el sufri;ient;,

y que el árbol que cantaba la esperanza y la ventura
~orno _un arpa milagrosa, con la escarcha del olvido
Y_ el rigor de los desdenes, ha quedado sin un nido
Sm una hoja y sin un ave, destrozado en la llanur~.

�ARo IV

~1Éxcco,

l 1t

QcrINCENA. DE SEPTIEMORJ,; DE

1901

NúM. 17

REVISTA MODERNA
AR'1"E

, ... CIENCIA.

DIRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

JEI&lt;'E DE REDACCION: JESU S URUETA.

Tip. de Dubld11.

EL INSECTO.
OÑl:: que estábamos veinte pcrsouas en un cuarto muy grande y con las ventanas abiertas.
Entre nosotros habla mujeres, niños y vie.jos. Hablábamos todos de un
asunto muy vulgar, gritando y armando confusa algarabla.
De repente penetró en la habitación, produciendo un agrio chirrido, un
insecto alado, de unas dos pulgadas de largo. Revoloteó algún tiempo y se
posó en la pared.
El avechucho se parecía á una mosca y tambii\n á una avispa: tenía el corselete de un color rojo sucio;
del mismo color las alas planas y dura~; las patas muy vellurlas y st&gt;paradas y la cabeza gruesa y angul('.
a11, eran de un tono encendido, como de sangre.
El bicho movla la cabeza sin parar, de arriba abajo y ,le tforecha á izquie1·da; de repente se despe6 aba de la parnd, revoloteaba con estridente ruido, y vuelta á la pared y vuelta á sac~dir la cabeza con
repulsiva terquedad. A todos nos causaba asco, miedo y terror; todos comentábamos. su fea traza y todos gritábamos •á echarlo fuera.• Todos sacudían el paiíuelo, pero á distancia respetuosa, porque nadie se atrevla á aproximarse¡ y cuando el horrible moscardón alzaba el vuelo, todos, sin querer, retrocedían.
Solo uno de nosotros, un joven pálido, nos miraba con sorpresa, se encogla d"l hombros y sonrela. Eralti imposible darse. cuenta de lo que pasaba ni explicarse nuestra agitación.
Sólo él no veía al insecto ni oia el pavoroso estridor de sus alas.
De repente el horrible moscardón clava en éllos abultados ojos .... se despega del muro y posándose
sobre la cabeza del joven le pica en la frente entre ambas ct&gt;jas .... El joven lanza un debil ¡ay! y caé
exánime.
El feo avechucho salió volando y entonces comprendimos quién era. Era la muerte.
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TURGUENEF.

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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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              <text>Revista Moderna Arte y Ciencia, 1901, Año 4, No 16, Agosto, Segunda quincena</text>
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              <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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