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                  <text>REVISTA MODERNA.

280

.ARo IV

de uu sistema de convicciones completo y firme, viene ,i. ser, cuando se reconoce tarde, un motivo de amarga decepción y aun dt1 incurable y estéril escepticismo. Pero lo que hay de más grave es que la inmensa
mayoría tiene que conformarse para siempre con esta instrucción, condenados á vivir continuamente en
un mundo de puras entidades subjetivas, que ellos toman por seres reales, lo cual los mantiene en una
especie de perpetuo sonambulismo, durante el cual se alimentan de fantasmas, pudiendo vivir de realidades. No quiero presentar otro ejemplo de este subjetivismo excesivo, que esa monomanla espiritista
que ha invadido hoy no pocas cabezas, y en virtud de la cual se pretende hallar en el mundo subjetivo
de los espfrltus la solución de los problemas pbjetivos de nuestro mundo material.
No hay necesidad de añadir que ni la más sencilla de esas deseadas soluciones ha podido encontr11rse por ese camino, y que los csplritus nunca contestan otra cosa sino lo mismo que ya estaba en la mente de su cándido consuitor.
Es urgente, por tanto, acabar con J¡i. raíz de tantos desvarios, que hacen á los hombres un perpetuo
juguete de los ilusos ó de los charlatanes. Otra enfermedad mental que esta especie de educación está
también destinada á curar, y sobre todo á prevenir, es la tendencia todavía muy general á creer que los
nombres de las cosas encierran en si todo lo que hay que sabe1· sobre éstas, y en buscar, por lo mismo,
la prueba ó la refutación definitiva de nuestros asertos en las definiciones, en vez de procurar hallarllls
en las cosas y en los hechos.
Esta propensión á transformar toda ciencia y toda noción en un puro a1 te cabalistico, lejos de curarse se agrava en la educación ulterior, con ciertos estudios profesionales, como los del Derecho, por
P-jemplo, en los cuales, tratándose de prescripciones positivas y escritas, nada hay más natural que el estudio de las palabras en que ellas están concebidas. Pero si el titulo de verbo1·um si,qnificatione puede
ser decisivo en la interpretación ele las leyes de los hombres, en la de las leyes de la Naturaleza, los he•
chos y no las palabras deben fallar en definitiva. Y sin embargo, ¿quién no ha tenido ocasión de deplorar la conducta inexplicable de hombres d,• alta capacid:v1 y de inmensa erudición, que en asuntos prácticos cometen los más graves errores á fuerza de P11•artar silogismos fltndados cu puras palabras?
La necesidad de corregir desde los p1irncros aiio~, con la preoión de la realidad, esta tendencia cabalistica, 110 puede, pues, ponerse en duda.
En la educación objetiva y práctica es, puc,:, donde ú uieamente ebtá el remedio y la verdadera re.
generación de nuestra especie, por el &lt;'jerclcio completo que ella exige y proporciona á todas nuestras
facultades.
Con una instrucción de puras palabras, eomo la que se ha dado basta aquí, aplicación y memoria
son suficientes, y este trabajo de plast(cidad puramente pasiva dt1 nuestro cereb ro, en el cual se limita á
retener lo que le viene de fuera sin prJ,ducir cosa algun 11, no es riertamente propio para mejorar, sino
para entorpecer y debilitar, con el transcurso del ti11mpo, nuestras facultades mentales, bajo la influencia
incesante de un verdade1·0 atavismo intelectual.
La necesidad de un cultivo completo ele nuestro entendimiento, emprendido sistemáticamente desde la primera edad, se recomienda también por el atractivo mismo que él presenta pa ra el niño, y el consiguiente estimulo que de aqui resulta, asi como también por una fatiga menor y menos rápida.
Sucede con el f'jercicio mental como con el corporal; la fatiga sobreviene muy pronto, aun con un
%fuerzo poco intenso, si él exige la tensión permanente de un solo sistema de músculos, y con mayor
razón si es la el,~ 11110 solo, mientras que un esfuerzo mucho mayor podrá prolongarse por largo tiempo,
si se reparte n:tcrnativamente en dos ó más. Una persona que no podría permanecer en pie é inmóvil un
cuarto de hnra, sin experimentar una fatiga y una laxitud indefininibles, podrá caminar horas enteras,
no sólo sin fatigarse, sino hast:i. con placer. l\fás aírn: la tensión continua de un músculo lo debilita, lo
atrofia y lo paraliza en vez de robustecerlo, como lo hada el ejercicio alternativo.
Otro tanto, y por la misma razón fisiológica, sucede con nuestras facultades intelectuales; la tensión
continua de una sola de ellas, aun cuando sea moderada, es muy pronto seguida de cansancio y de fastidio, que son su indicio y su resultado seguro.
La verdadera economía de la fuerza intelectual, as! como la de la muscular, no consiste en no solicitarla, sino en exigirle esfuerzos poco prolongados, aun cuando sean frecuentes; con estos dos requisitos
el ejercicio es una base ele progreso y un manantial ele bienestar, ora se trate de nuestras facultades flsicas, ora de las mentales.

MÉXICO,

2,i QUINCENA.

DE 8EPTIEMDRE DE

1901

18

MO DE RNA
ARTE Y
DIRECTOR: JESUS .E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEFE DF. TIEDA CCION : .JESUS URUETA. '

Tir.

( Continuará).
GAlllNO

NúM.

BARREDA.

Pnon.T.l~

DE l\I1ouEL A::.GEL.--CAPILLA SlxTINA. ROMA,

de Dublan.

�REVISTA MODERNA.

----·--

- ---- - --. - -::._
_.,._:..::,.~ ,,.

-.-

MARGARITA.

o me

atrevo á decil' que ella fué causa de todo. Acaso la buena se·
fiora tuvo razón, Era madre y debía alejar á sus hijos de todo po•
Jigro. Pero ello es que la muchacha fué á dar, mediante la aprobación del Cura, y gracias ó. sus buenas relaciones y á su pruden.te
influjo, á la casa del Sr. Lic. D. Marcelino de Aguayo, persona c1·1stianlsima, de mediana edad, riquillo, muy acreditado en el foro,
bien reputado en el pueblo, casado y .... sin hijos!
El Cura vió claramente en el asunto, y le dijo á. Doña Carlota:
-¿Lo has pensado bien, bija mla? Diez años lleva esa criatura á tu lado· de ti ha recibido piadosa educación, y si tú has visto
hasta hoy á l\largarita como á. hija tuyn, ella- que' es buena, dulce- te ama y te respeta como s1. te d e·
biera Ja vit.la. Tienes razón, si que la tienes, y yo soy el primero en concedértela.
_
.
Tus hijos van siendo grandes, son unos chicos simpáticos y listos. Paco tiene _ocho anos (¡como pas_a
el tiempo! no parece sino que ayer fué el bautizo) y quien no lo sepa creerá qu_e tiene catorce;. Eduard1to tiene doce, y quien por primera vez le vea y le trate dirá, no lo dudes, qull tiene más .de qumce..son
excelentes muchachos, excelentes, hija. ¡Dios te ha bendecido en ellos! No creo, como_ t~, quo el peligro
sea.inminente .... Todo depende de la manera como los eduques, y del modo c~mo dmJas tu c~_sa. • • •
-SI, Padre; pero .... recuerde Yd. lo que pasó con la muc~acha.aquella á quien.con ~anto ~armo a~~gicron en la casa de D. Prudencio Lóp&lt;'z,, .. Vd, sabe en que paro todo. Un matnmom.o des1_g~al,-1),
di-monos de santot!- puso término á la a,·entura y al escándalo .... Alfonso mere?[ª 0~1a muJe_i · · • •
-SI, bija mla; pero tú me permitirás que te diga que Alfonso, que es pers~na rn~ehgente, ncay c~ltn, no era ni es modelo de honestas costumbres, y_ que en el hogar- sea esto d1~ho sm ofensa de la cristiana caridad-no ha tenido nunca buenos ejemplos. Se puede ser rico y laborioso mercad~r; se puede
gozar, como D. Prudencio, de magnifica fama _comercial; se puede ~~n~r el respeto que el dmero trae Y
lleva, y, sin embargo, no ser ni buen esposo, DI buen padre de fam1ha.
- ·Padre!
- ks la verdad, hija mla¡ y, en casos como éste, debe deci1·se discretamente, para explicar las cpsas . .. . Pero, en fin, tu resolución es irrevocable .... Irá esa niíia á casa de Aguayo .... Y tú quedarAs
tranquila.
Y allá fué dos días después,
•Y qué aunpa que era! ·Qué exuberante juventud! ¡Qué grácil hermosura la de la pobre huérfana
par~ quien desde muy temp:·ano tuvo la vida ruJezas de madrastra celosa, crueldades é inclemencias de
enemigo sañudo,
.
.
Esbelta donairosa mórbida y siempre vibrante, con todos los fulgores del cielo en los OJOS, todas
111s negrura~ de la n,ocho eu la crencha, en laa mejillas rosas de Abril, e~ los labios cla_veles granate y en
Ja boca finísimns perlas; decidora y suelta de palabra, y graciosa y gentil, era Marganta una presea, un
tesorn, di riamos, poniendo en cuenta lo hacendoso de la doncella, cualidad en ~uo parecen ir sumad_as
casi todas las virtudes domésticas, en Margarita todas muy claras y resplandee1ent~s, y sólo. en ocasiones empañadas por cierta ligereza y cierto coquetismo incipientes, y una vehemencia de ~as1ones aftlctivas v un raro ardoreillo de alma que era causa de miedo y desazón en Doña Carlota, siempre que 1~
núbil 'muchacha, en los arranques de su afecto, acaso de gratitud, y, sin duda alguna, de cariño purfs1-

283

mo, abrazaba y besuqueaba á los niños, sus lindos hermanitos, como ella solla decir, y como ella no dejaba de repetirlo en frecuentes crisis de pasión, que eran precursoras de largos dla3 de tedio, de profundas melancollas y de tenaces añoranzas.
Doña Carlota, al considerar todo esto, se decía:
-¿Cuál será el despertar de mis hijos, movidos por las efusiones impetuosas de esta criatura?
Esta pregunta, á la cual no daba satisfactoria respueJta el exiguo caletre de la prudente señora, determinó, como queda dicho, la separación de Margarita.
Volvió Doña Carlota á su casa, y aprovechándose de la ausencia de los chicos, llamó á la doncella
para comunicarle lo que tenia resuelto de acuerdo con el Cura.
-¿Qué mandaba V d.?-dijo la joven.
-Siéntate ahi, en ese sillón, frente á mi. Tengo que hablarte de un asunto muy serio.
La señora, que en el fondo era buena, sintió un nudo en la garganta. No sabia por dónde empezar.
Por fin, liabló dulcemente, con suma delicadeza, como si temiera ofender á la joven.
¿Qué dijo? ¿Cómo de insinuación en insinuación logró que la joven recibiera la terrible noticia?
La doncella, asustada como si estuviera próximo á caer sobre su cabeza, convertido en menudos trozoF, el techo que las cubrla, preguntó:
-¿Por qué?
-Hija mia:- respondió la dama-por moti\•os de conciencia.
Pronto comprendió la joven que la dulzura de la señora,- asi la nombraba- no era más que un vo•
Jo ocultador de algo ofensivo y por extremo cruel. No replicó, no dijo nada en contra de la resolución
que le hablan comunicado; pero no pudo ocultar su emoción al sa1&gt;er :í. qué cnsa debla ir.
-¡No,- exelamó- allá no!
Quedóse sorprendida doña Carlota, é iba A replicar, cuando l\largarita, serena ya y resignada,
agregó:
-Tiene usted razón; allá, allá! Si, si, con mucho gusto!
Y mientras la señora se retiraba ansiosa de poner término á tan temida y pez:osa escena, la infeliz
huérfana se quedó pensando en la triste desolación de su vida, en el abandono de su alma, en la crueldad con que la apartaban de lo único que para ella tenia luz, flores y alegria, en aquel amor plácido y
apacible de los niños, en quienes había puesto todas las ternuras y todas las cnerglas de un corazón ado·
lorido. Ella, ella tenla la culpa de cuanto le pasaba. ¿Por qué, por qué habla puesto su cariño en ague
llos muchachos'?
Y en las arcanidades ele su mente los llamaba con este nombre, y aun queria encontrar otro, otro
más despreciativo. Pero la idea de despreciarlos le quemaba las sienes, y bajaba hasta sus ojos en lágri·
mas que calan en su corazón como gotas de plomo derretido ....
Oculto el rostro entre las manos, le parcela á Margarita ver á los niños &lt;le vuelta de la eb"cuela: Paquito, cariñoso y amable; Eduardin, grave y atento, ambos con sus libros y sus pizarras bajo el brazo,
ansiosos de llegará la casa en busca de la acostumbrada merienda. La doncella creía verlos entrar;
verlos cómo llegaban en busca do ella, para quien tenlan mimos y caricias.
Recogió cuanto tenla, guardó todo en un baúl, y se dispuso á salir.
- No urge,-dijo la señora- no urge, bija mla .... mañana ....
-¿~iañana? No, señora, lo que ha de ser tarde que sea temprano ... .
- Pero, bija ....
Y la joven insistió en irse, é insistió de tal manera, que doña Carlota le dijo:
-Bien . ... Te llevaré; pero sabe que el Sr. A guayo tiene entendido que irlas mañana.
- No; jamás!- replieó.-No será eso motivo de gran disgusto para ese señor. Pnede Vd. estar segú·
ta de que me recibirá muy cariñosamente!. ...
Estas palabras de la doncella parecieron extrañísimas á doña Carlota, poro no le causaron alarma.
-Vamos, hija mla .... puesto que lo deseas. Un criado te llevará todo.
En el camino una y otra callaban. Doña Carlota presentía algo fatal. Margarita lloraba á mares, peto disimulaba su pena y enjugaba sus ojos furtivamente.
Casi al llegará la casa de Aguayo la joven se detuvo ... . Doña Carlota pensó que Margal'ita no
querla entrar; que repentino arrepentimiento la detenla.
Mas la joven enjugó sus lágrimas, y sonl'iendo tristemcntr, dijo en tono irónico que para doña Car•
lota pasó inadvertido:
-Seilora: ¿cree Vd. que ese señor sea bueno conmigo?
-Si, hija mía. Es un hombre muy honrado ... , de lo más honorable .... Asl lo dicen todos, asl me
lo aseguró el señor Cura.
- ¡Ahl Pues si así es ... . ¡mejor! eso más tengo que agradecerá Vd. Ha sido Yd. como mi madre. . ..
'rodo Jo que soy y cuanto ,•algo á Vd. lo debo , .. . Salgo de la casa de Vd. muy agradecida. ¡Es tan dulce la gratitud! A los niños les dirá V d..... ¡No, nada! ¡No les diga V d. nada! Pero .... que los quieran
como yo, que los cuiden como yo los he cuidado.
Y entrnron en la casa.
El Sr. Aguayo salia en aquellos momentos. Al verlas lanzQ una exclamación jubilosa.
- ¡Bien venidas! ¡Bien )enida Margarita! No esperaba yo verlas hoy., .. Pasen ustedes!
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�REVISTA MODERNA.

284

Tres días después recibió doña Cai-Iota una carta brevísima que decía así:
•Señora:
cl\Ie apartó Vd. de lo que más queda yo, de lo que más amaba, de lo que amo aún, ele esos lindos
nilios, ¡.,or quienes ful y era buena. ¡Dios se lo perdone á Vd. Le acompaiio &lt;'Sa carta para que se imponga de ella. ¡Es muy interesante!•
Su agradecida servidora,
llfarga1·ita.

Doña Carlota desplegó el pliego, y leyó con ansiosa curiosidad lo que en él estaba escrito.
Era una declaración amorosa dirigida á l\Iargarita por Aguayo. ¡Y qué declaración! La infamia y
la lujuria la hablan dictado.
La buena señora, asombrada, se cubrió el rostro, y exclamó para si:
- ¡Tenla razón el ser.or Cural
R1F.1tJ r,

DF:LGADO,

A MUERTE .... !

FLOR DE ACANTO.
De tu frente cayó la última rosa,
Y transida te arropas en el manto
Mientras en la vidriera temblorosa
Viento y lluvia otoñal riman su canto .... ,
Son las ojeras en tu faz llorosa,
Pálida y triste como flor de acanto,
Alas »egras de inmóvil mariposa
1':mpapada en el iris ele tu llant(l,
IDobla tu frente un fúnebre tui banteDe :\gatas negras y crespón sombrío . . .
Y siento an,e ,u dieha agonizantt&gt;,
Como una tumba, el corazón vacío,
Y abrumado mi ser como un atlante

Bajo el pesado mármol de tu hastío!

EL DAIMIO.
(J. :IJ. ele H crcilia.)

~IAÑANA DE BATALLA.
:Bajo la negra fusta guerrera que rcstall11,
Relincha y belicoso sacúdese el bridón,
Y el acerado peto y el bronce de la malla
De sables que se chocan imitan férreo son.
Quitándose la hirsuta máscara de batalla
El jefe envuelto en hierros, en laca y en crespón,
Mira el volcán en cuya pálida nieve estalla
Sobre un purpúreo cielo la aurora del Nippón;
Pero mira hacia el Este surgir glorioso al a&amp;tro
En la fatal mañana dejando un áureo rastro
Deslumbrante surgiendo por detrás i;lel estero;
Y amparando sus ojos del hostil arrebol
Abre de un solo golpe su abanico de acero
1':n cuya blanca seda se inflama un rojo Sol!

Josi1 JUAN TABLADA,

México, 1901.

UANDO el capitan Héctor Flor penetró súbitamente en la alcoba dJ su esposa,
para darla el último beso, quedóse livido, helado, teuebroso: Carmen atraia hacia
ella, prisionero en sus brazos desnudos, á. Rodrigo Rubio, el brillante alférez que
era el amigo más querido de Héctor, su compañero de infancia y de campañas.
Carmen, de espaldas al portier que habla levantado su esposo, no le vela; y frenótica, apasionada, enhiesta y vibrante de amor, con sus rublsimos cabellos sueltos y flotantes, pequeñita
y nerviosa, alzada en la punta de los pies, demandaba un beso de la boca esquiva y adorada .... un beso .... un beso .... el del adios y de la muerte .... !- en tanto que Rodrigo, aterrado, en presencia de su
amigo que contemplaba el grupo siniestramente torvo, luchaba por desasirse de los bellos brazos desnudos en las amplias mangas del peinador arrolladas, y fascinado por las mi1·adas fulminantes del esposo,
no osaba proforir palabra . ... Un presagio centellante hizo volver el rostro á Carmen, y al verá Héctor
dió un grito, desasióse y huyó pavorida, dejando á los rivales frente á frente.
El capitán rompió el breve silencio lúgubre que siguió á la huida de Carmen, y dijo con voz sorda y
¡¡oc.::
- El regimiento parte tl011tro di! una hora: tendró tiempo de sabor si eres tan cobarde como traidor.
-Estoy á tus órdenes!--contestó simplemente Rodrigo.
Veinte minutos después se hallaban de nuevo frente á frente, pero esta vez libres de sus.dormanes
y de sus kepis, ante dos testigos inflexibles en asunto de honor: el viejo coronel Yáñez, veterano del 47,
de ojos de acero bajo sus crespas crjas níveas, de profundo corazón dolorido porque el leal viejo babia
s~ntado sobre sus rodillas á Carmen chiquitina; el otro era el mayor Roló, de barba mosaica y tristes
ojos azules, que amaba á Rodrigo Rubio como á un hijo.
El pacto había sido á sable: á muerte, pues los cuatro personajes de la tragedia siniestrn estaban
o\Jstinados en que uno de los rivales quedara suprimido.
-Mi mayor, mi padre!- habia suplicado el joven alftirez-yo amo á esa mujer con amor indomable,
J:¡e sido estigmado á causa de ella. con los dicterios más candentes por mi mejor amigo .... y además ya
no puedo sufrir que ella sea suya .. . . Era la primera vez que la volvia á ver después de casada, al regresar de mi ausencia interminable, llamado repentinamente de Yucatán para incorporarme en la brigada
expedicionaria del Rio :Mayo .. .. i\li mayor! que nuestro duelo sea á muerte!
Por su parte, el c1pitán Fbr babia pedido al viejo veterano que no aceptara ninguna transacción,
que exigiera un lance mortal, y el coronel había corrido á pesar de sus reumáticas piernas y habla encontrado al mayor Roló que también le buscaba.
- No hay tiempo que perder, señor coronel: tengo la elección de armas y pido que sea á sable.
El coronel titubeó un segundo; conocía la superioridad de Rubio desde que era cadete en Chapulteper, para manejar la temible arma; pero lo serenó la justicia del esposo ultrajado y pensó en la superioridad moral sobre su adversario en el lance supremo.
- Convenido .. . . Y á muerte!
-A muerte!
La espera de veinte minutos había e~acerbado la fiebre de Héctor. No era una vendetta vulgar la
1,uya, una susceptibilidad de soldado herido en su pundonor, sino una revelación espantosa de su mancilla que tenia el deber de castigar. Reconstrnia el proceso de su infortunio; su casamiento en que él se
ha'Jfa fingido ser amado .... ah, si! ahora comprendia su triste ilusión; no había sido amado, sino acep•
tatlo; había sido el amparo de la soledad de Carmen . . .. Pero, acaso el aborrecido rival no habla preparado largo ti empo, tenazn¡ento, su tr/µnfo propio y la infelicid11-d !Je Jl~ctor? .. , . J1ecordaba pítidamepte.

��"PAISAJES PARISIENSES."
( LIBRO DE )l. UG \JtTE).

PROLOGO.

A LUIS G. U:::lllN,\.

Mis castillos he trocado por los lauros del trovero,
Por la lil'a mis esmaltes y mis nobles oriflamas,
Y en)os.blancos plenilunios, cual Vida! aventurero,
He cantado los amores: soy el bardo de las damas.
Y el enojo de las damas he sufrido como Arnaldo,
Cual Rudel he sorprendido las bellezas más adustas,
Y pregona mi linaje la trompeta del heraldo
En las iras del torneo y en la gloria de las justas.

El sentido hedescifrado de los viejos armoriales
Y ·conozco la inocencia por la plata de las frentes,
L~ virtud por las doradas cabelle1·as señoriales
Y el candor por el armiñ0 de los hombros transparentes.
Los sinoples agresivos de los ojo~ me han herido,
El azur de las ojeras me ha confiado sus secretos,
y á los ojos verdiobscuros mis rondeles he ofrecido,
y al azur de las ojeras he cantado mis sonetos.
En los gules de los labios abrevé mis ilusiones,
En las lises de los·senos he guardado mis quimeras,
y he 1·ondado las ventanas adornadas de blasones,
Sorprendiendo rostros blancos á través de las vidrieras'
· En el mote de mi emprns(preconizo_mi bravura,
Y en el puño de mrestoque mi blasón e(un tesoro:
Un escudo, y como emblema de esperanza y de bravura
En su campo que es de sable reluciendo un fénix de oro.
EFRÉN

REBOLLEDO.

U ANDO acabé de leer el manuscrito .de esta obra, fuíme á contemplar cam·
po abierto al cielo, y por la luz de éste bai'íado, paisaje libre, la llanura
castellana, austera y grave, amarilla en este tiempo por el rastrojo del
recién llegado trigo. Era que me sentía mareado y oprimido; habfanme
dejado los Paisajes pm·isienses de Manuel Ugarte cierto dejo de tristeza,
de confinamiento, de aire espeso de cerrado recinto. Quería respirar á
plenos pulm1mes.
El titulo de esa obra. es de suyo paradógico: Paisajes parisienses. Un
recinto cenado, en que las edificaciones humanas nos velan el horizonte
de tierra viva, una ciudad parece excluir todo paisaje. Mas en solución,
¿es que hay barrera ó liude entre la naturaleza y el arte, entre lo que hace el hombre y lo que al hombre
le hac&lt;!? A los que me dicen que van en busca de naturaleza huyendo de la sociedad, suelo decirles que
también la naturaleza es sociedad, tanto como es la sociedad naturaleza. Ciudad, portentosa ciudad, no
ele siete, como Tebas, sino de infinitas puertas, de henchidas viviendas, ele enhiestas torres berroqueñaP,
de vastas catedrales en que sostienen bóveda de follaje columnas vivas, ciudad es lo que llamamos naturaleza, y á su vez selvática seh·a, seln1. de savia rebosante es cada ciudad. Puede, pues, hablarse ele
paisajes parisienses.
El único reparo que á la congruencia entre el titulo y el contenido de esta obra pondría, es que se
habla en ella mucho más del pai-,anaje que del paisaje parisiense, no la descripción de lugares, como del
titulo podrla esperarse, sino el relato de hechos y dichos de los que los habitan es lo que la constituyen.
Mas aun así y todo, ¿no se refleja acaso en el paisanaje el paisaje? Como en su retina, vive en el alma del
hombre el paisaje que le rodea. Y aún es mejor presentárnoslo así.
Porque hay dos maneras de traducir artisticamente el paisaje en litera.tura. Es la una describirlo
objetiva y minuciosamente, á la manera de Zola ó de Pereda, con sus pelos y sefíales tocias; y es la otra,
manera más virgiliana, dar cuenta de la emoción qne ante él sentimos. Estoy más por la segunda. •Era
un prado que daba ganas de revolcarse en él&gt; ó como dice Guerra Junqueiro:

Pastos tft0 mimosos que quizera a gente
Transformar- se em ave para. os nft0 calcar.
El paisaje sólo en el hombre, por el hombre y para el hombre, existe en arte. No censuro, pues, el
que titulándose Paisajes la obra de Ugarte, apenas figuren éstos más que como decoración ó fondo de
las animadas figuras.
Los paisajes de este libro son grises, otoñales, clesfallecientes, de amarillas hojas arrastradas por el
viento implacable al pudridero, paisajes de un sólo rincón de bosque ciudadano, vistos á una sola hora.
á una sola luz, de una sola manera. Porque estos Paisajes, lo he de declara1·, y sin reproche, son monótonos, monocromos, la misma nota en ellos siempre, cascada nota que suena á hueco. Una nota triste, de
arrastrada melancolía, una nota que parece surgir del cementerio del viejo romanticismo melenudo y
tlsico. Sus alegl'ias parecen fingidas y forzadas, sus risas suenan á falso.
Una vez más la bohemia, las grisetas, los estudiantes, los pintores, las aventuras amorosas ·cácilei;,
Jllürger de nuevo. Confieso que es un mundo al que no han logrado llevarme la atención, ni que logra
convencerme. Por esto mismo he leido con calma el libro de Ugarte, con empeño, por dejarme penetrar
de su espíritu, á ver s(con~igo de una vez gustar el encanto que para otros tiene el mundo, el espectáculo de esos pobres mozos «estragados por la bebida y la lectura, que cultivan la úlcera de la vida bohemia, con la esperanza de arrancarle el extraño pus de una nueva modalidad.• Tampoco !!Sta vez me

�rno

REVISTA MODERNA.

REVISTA .MODERNA.

ha conmovido la bohemia. No só si adl'ode ó á su despecho, pe1·O lo cierto es que me resulta habc1· cse1·ito Ugarte un libro de edificación moral, un sermón contra la vida de bohemia.
l\Ias después de todo, tratándose como so trata do un joven muy joven, ¿qué importa lo que Ugarto
nos diga, la letrn do su libro, el resultado de su esfuerzo? Lo interesante es el alma que en él ha YCrlido, es la música &lt;le su ohrn, rs el intento de su esfuerzo. E::1 para mi la suya una voz mits de esta juYcntud inorientada mPjor aún que desorientada, occidentada m.\s bien. Uno mils que vicno por su •jornal
de gloria,• gloria que es •eco do un paso• -son suyas ambas cxpresi11ncs-para desvanecerse luego, primero cu muerte, en oh·ido al cabo, al correr de dlas, meses, aiios ó 1,i1los. Uno m:ís á la pelea por la
sombra de la inmortalidad, ya que perdimos la fü en su bulto, por la perdurabilidad del nombre, del fiatus
t:ocis, ya que no creemos en la substancialidad del alma; uno más inficionado del erostratismo que á todos nos corroe, del mal del siglo; uno más que aspira á. que so cierna su nombro sob1 e el despojo de su
vida; uno más que nos ofrece su • provisión de ensueños para combati1· la vida • á cambio del jornal do
gloria para combatir el espectro de la muerto. ¿Quién rehusa sor padrino do la criatura de un compaiíero as! de ilusiones y ,·anidades?
Lo que estas páginas te ofrecen, lector, son cuadros de miseria en que el trato sexual forma el acorde de fondo. No el amo,·, no tampoco la sensualidad, ni menos la pasión, porque todo aparece aquí fríamente pragmático, como en un cronicón medioe,·al, con tenue colorido en las frases. Son unas relaciones sexuales que parecen regidas por un código, no por consuetudinario menos rlgido ni menos frlo quo
otro código cualquiera. Hay cosas atroces, como las razones por las que l\Iarla, que amaba de verdad
á Berdahin,• so entregó con ropugnanciii al primer desconocido •para poder ir al dla siguiente con la
frente alta, en la s&lt;1guridad de que ya era mujer.• Pocos códigos más otrozmentc rlgidos, más ele esclavoi:, que el código consuetudinario que semejante cosa decretase. Me complazco en creer que tal artlcu•
lo no existe, que lo hecho por Maria obedeció á oti-os móviles más humanos, al hambro acaso, ó que no
amaba de verdad á Berladún aun cuando ella misma creyese otra cosa. Su ocurrencia me sabe al:o á
literatura pow· épate1· le bourgeois.
Las figuras que por aqul desfilan, gesticulando al recitar su recitado, p111·cocn sombras chlnesoaa,
sin carne ni sangre, ni nervios, ni músculos, sin apetitos apenas, sombras que en el tablado repiten las
contorsiones y muecas que les enseiíaroo, atentas á una liturgia estrictamente formulada. Una opaci,
dad y languidez enormes las envuelven. Si es así ese París, debe do ser bien triste á pesar de sus car,
caj11das, risas y besos que parecen responder á acotaciones del papel de la comedia¡ carcajadas, risas y
besos del teatro. El tal Parls debe ele amodorrar al alma con sus dibujos de Steinlen y sus estrofas da
Rictus; parece una ciudad de almas cansadas, de donde huyera la espontaneidad parn siempre.
Todo esto, la opacidad, la languidez, la monotonla, la sombra-chinesquerla, todo esto deja una im•
presión honda, la impresión que me llevó luego de leido ei:te libro, á respirar aire libre á plenos pulmo
nos, á restregar mis retinas con la visión reconfortante de la austera y grave llanura castellana.
En medio de esta pesadilla acompasada y opaca, incidentes de una amargulsima realidad ,·iva, no
teatral, como el de la niña de los anteojos en Una aventura y sobre todo en Graveloche, aquel pobre
hombro que •corría perseguido por otros, como una bestia, cruzando entre los carruajes y atropellando
A los transeuntes, mientras los que venlan detrás de él gritaban ¡á él! ¡,l. él!. ... ¡es el ladrón! El fugitivo
so abrla paso entro la multitud, con los ojos fuera de las órbitas, latigueado por el miedo. Y el grupo de
perseguidores acrecla, se multiplicaba, se convertla en ejército, clamoreando su insulto, sin saber siquiet
ra si h1.:bla robado. Bastó que alguien lanzara la acusación terrible, para que todos hicieran coro, feli•
ces de hincar la garra en la víctima. Nadie se preguntaba las circunstancias del robo. Nadie trataba de
asegurarse de que el robo existla .... • Aquí se pone de manifiesto uno do los más bajos instintos humanos, el instinto policiaco, tan bajo como el instinto judicial. Y ¡aquel pueblecito de tísicos de Los Cal·
dos! Hay, por otra parte, un Sevilla en Pa1·ls, que será, en efecto, Sevilla en Paris, puesto que no es Sevilla en Sevilla; una Sevilla de teatro traducida al f,·ancés, una Sevilla tan genuina y castiza como aquella sevillana que en 188) encontró en la Exposición¡ una sevillana de ancha carota rubia, con su mantilla
de madroño~, y que hablaba el ca~tellano con un horrible fraseo de las erres y un accntuadlsimo acento,
francós.
Mas lo quo sobre todo me llama la atención en este nue\'O peregrino de la literatura, en esto mozo.
que viene por su (jornal de gloria,• es la iniciativa para la fl'ase¡ es su caracterlstica. Aqul leereis: masticar besos¡ espolear carcajadas; cascabelear una alegria delirante, ó bien risas¡ borbotear risas; caracolear frases dudosas¡ trompear canciones; mariposear la tentación de un beso¡ la lengua aleg1·e de un estudiante que campanea! ¡presente!; baila1· alegrias con los labios; bufonear amores; relampaguear el placer chisporroteando besos; hilar palabras en una conversación incesante y sorda; deshojar margaritas de
porvenir; hincharse los labios para el beso .... IY quó sé yo cuántas más! Lo •de una carcajada hueca
galopó bajo la noche, • es pura y exclusivamente f1·ancés. Algo de forzado á las veces en tales frases.
hay que reconocerlo, como en la de aquel reloj que •afectaba cierto sadismo• y •desangraba lentamente los minutos.• Y expresiones vivamente gráficas como cuando Mauricio e daba manotadas sobre sus
convicciones para no perder pie,• mientras la embriaguez •era un anteojo que ponla los objetos á su alcance y le permitía masticarlos hasta arrancarles la savia.•
En la metáfora propende, y es propensión reveladora de mucho, á apoyar lo concreto y real en lo
absti·acto é ideal, lo definido en lo indeterminado, como si el mundo de la abstracción nos fllese más in·
mediato que el mundo de la realidad concreta o~Ativa. As( qos babi!\ de •una franja de cielo obscuro,
~
.. '

lnvaTiable, como un!! pincclada_de dolor sobre una vida; de •un tragaluz que so abre sobre un patio co.
mo una ambición sobre un imposible;- de que •el poeta levantó los ojos como dos reproches • ó de que
clas panteras se paseaban como instintos en una cárcel de voluntad.• Porque si decís que los instintos
se revuelven en la cárcel de la voluntad como panteras en sus jaulas, el proceso psíquico de la metáfora.
es el directo y corriente. Esta manera inversa es reveladora de mucho, Jo repito; puede servir do señal
tlpica con que conocer á. un escritor. Ei el slntoma más caractJristico de la peculiar manera que de vor
los paisajes parisienses tiene Ugarte: él nos explica aquel tono de triste teatralidad de quo hablaba.
El lenguaje . . .. esto exigirla todo,un tratado en que me explayase sobre las faltas y sobras de esto
lenguaje que hasta cuando es correcto parece traducido del francés. Un lenguaje desarticulado, cortan te y frlo como un cuchillo, desmigajado, algo que rompe con la tradicional y castiza urdimbre ele! viejo
castellano; un lenguaje de ceñido traje moderno, con hombreras de algodón en rama, con angulosidades
de sastrerla inglesa, con muy poco de los amplios pliegues de capa castellana, de capa en que embozar
se dejándola flotar al "ionto, sin rotundos periodos que mueren como ola en playa. No lo censuro; todo
lo contrario.
Esta tarea revolucionaria en nuestra lengua, con sus excesos y todo - ¿quó revolución no los trae
consigo? ~ hará su obra. La prefiero á la labor de marqueterla, cepilleo y barnizado de los que aspirando á castizos, por castigar el estilo castigan al lector, como decia Cia1·í11. Lo he dicho muchas vc!ces,
hay que hacer el español, la lengua hispano- americana, sobre el castellano, su núcleo germinal, aunque
sea menester para conseguirlo retroceder y desarticular al castellano; hay que eusancharlo si ha de llenar los vastos dominios del pueblo que habla español. Me parece ridlculo el monopolio que los castellanos de Castilla y palses asimilados quieren ejercer sobre la lengua literaria, como si fuese un füudo do
heredad. Ni aun la anarqula lingiUstica debe asustarnos; cada cual procurará que le entiendan, por la
cuenta que le tiene. Roto el respeto á la autoridad de una gramática autoritaria y casulstica á la vez,
cada cual verterá sus ideas á la buena de Dios, según la gramática natural, en el lenguaje que más 4
boca le venga, y todas las divergencias que de aquí surjan entrarán en lucha, serán eliminadas ó selcociooadas éstas ó las otras, se adaptarán al organismo total del idioma á la vez que lo modifiquen aquóllas, é irá asl haciéndose la lengua por dinámica vital y no por mecánica literaria, por evolución orgánica, con sus obligadas revoluciones y crisis, y no por fabricación mecánica. Cuando empiece en E,paüa
á conocerse cientlflcamente la lingülstica y no en abstracto y muerto, sino en concreto y vivo, es decir,
aplicada á nuestro propio idioma, cuando se generalicen los conocimientos respecto á la vida y desarro·
llo de ésto y do cómo lo hablan los que no lo escriben y cómo lo escriben los que apenas lo hablan, entonces se sabrá para quó puede servit· el artefacto ese de la gramática y para qué no sirve, y que es tan
útil parn hablar y escribir el castellano con corrección, como la clasificación de las plantas de Lineo lo
es para aprenderá cultivar la remolacha, el cáñamo ó el olivo.
Cuenta que no defiendo los galicismos que algún purista podrá contar en esto libro; ni los defiendo,
ni por ahora los censuro. l\Ie limito á hacer observar que formas hoy corriontos fueron galicismo ó ita
lianismo ó latinismo en algún tiempo, y que prefiero una lengua espontánea y viva, aun á despecho du
tales defectos, á una parla de gabinete, con términos pescados á caña en algún viejo escritor y giros quo
huelen á aceite. El criterio, en cuestiones estas de estilo, corrección de lenguaje y buen gusto (!!) ha sido
&amp;iempre para mi el más claro signo de osplritu progresista ó retrógrado. Tendré siempre á un Hermosi.
lla por un reaccionario redomado, aunque se nos parezca más liberal que Riego y renegando de todo
Dios y todo roquo. Vuelvo á repetirlo, una de las más fecundas tareas que á los escritores cu lcugua
castellana se nos abren es la de forjar un idioma digno de los varios y dilatados palscs en que so ha do
hablar y capaz de traducir las diversas impresiones é ideas de tan diversas naciones. Y el viejo oastella.
no, acompasado y enfático, lengua de oradores más que de escritores- pues en España los más de estos
últimos son oradores por escrito-el viejo castellano que por su [ndole misma oscilaba entro el gtongo•
rismo y el conceptismo, dos fases de la misma dolencia, por opuestas que á primera vista parezcan, oi
viejo castellano necesita refundición. Xecesita, para europeizarse á la moderna, más ligereza y má3 pro cisión-á la vez, algo de desarticulación, puesto que hoy tiende á la anquilosis, hacerlo más desgranado,
de una sintaxis menos evolutiva, de una notación más rápida. La influencia de la lectura de a.ntores
franceses va contribuyendo á ello, aun en los que menos se lo creen.
He aquí porqué me parece la presente obra una obra de alguna eficacia en el respecto lingiii,;tico.
Revolucionar la lengua en la más honda revolución que puede hacerse; sin ella, la revolución en las ideas
no es más que aparente. No caben, en punto á lenguaje, vinos nuevos en viejos odres.

20 1

l\IIGUEL DE

Salamanca, Julio de 1901.

UNAMUNO.

�REVISTA MODERNA.

ALGUNAS IDEAS RESPECTO DE INSTRUCCIOK PRIMA1'IA
PR~ENTADAS EN FORMA DE ot:TAMRN POR GA DINO OARREDA ,

.\ L'\ COMl!-&gt;IÓN NO'.\IURAO \ eH l NA JUNTA OE A~IICOS, RKCNIDOS CON EL OBJETO DE PROMOVER LO 12UI! J'liUIESR SER ÚI IL

rAHA 0IFCN0IR L A JLCSTRACIÓN EN Mtx1co.

.A PHOUAOO roR DIClf,\ CO~IISIÓN, TANTO &amp;N LO (iB!',;ERAL, COllO •x LO UELA"J J\'O .\ LA PARiE
RBSOLUTIYA CON QUE TERMINA,

293

sos excepcionales, ni es aplicable sino con inteligencias más avanzadas y no con los que comienzan á dar
los primeros pasos en la via de la instrucción. En esta época, más que reglamentar, se necesita robustecer, y para esto la forma espontánea de nuestra actividad es la. más eficaz; quere: 1:eglamentar antes do
tiempo es siempre un medio seguro de impedir el desarrollo. El compás de la mus1ca, para el que ya sabe and~r, es un medio de facilitar la marcha y de hacerla menos fatigosa, pero jamás será propia para
enseñar á los niños á dar los primeros pasos.
La inteligencia de los niños que van á recibir la instrucc:ón estit, por decirlo as!, dando EUS prime·
ros pasos. ¡A qué engrillarla con esas fórmulas abstractas que no puede comprender ni menos utilizar!
Las tendencias espontáneas de su actividad, son las que deben secundarse y fomentarse. Ahora bien, supuesto que los niños tienen tanta afición á examinar los objetos materiales, como repugnanci11, invenci•
ble por las concepciones puramente ideales, por la presea tación de los objetos materiales dtlbe comenzar
toda. lección 1 si se quie1·e que ella sea interesante para el niño, y por lo mismo, fructuosa: al objeto concreto tomado como punto de partida, se debe volver después de cada sin tesis abstracta: en suma, al mé•
todo franca y completamente objetivo es al que debe recurrirse.
Es imposible que en esta exposición de nuestt-as creencias sobre la materia, hayamos de formular, nl
someramente, todos los preceptos del dificilísimo arte de esta clase de enseñanza, en la cual lo abstracto
debe ir constantemente ligado á Jo concreto, para quitarle la aridez que es aqnl, como en cualquier otro
caso, una causa de infecundi&lt;lad. Hay¡ sin embargo, una circunstancia sobre la cual queremos expllcar
nos, porque ella nos parece capital. Se debe procurar, hasta donde sea posible, sobre todo, durnnte el
primer periodo, que sean los objetos reales y no su representación la que se ponga en manos de los educandos; decimos que esta circunstancia es capital, porque ella es la que permite dar una plena satisfac,
ción á la necesidad que se advie1·te en las inteligencias infantiles, de llenar la mente, por el conducto de
todos sus sentidos, de nociones objetivas que permanecerán en ella depositadas, •!orno materiales indispensables de sus ulteriores combinaciones subjetivas. Es de observación vulga1· que los niños no quedan
jamás satisfechos con que una noción cualquiera del mundo exterior les llegue poi· un solo sentido; necesitan emplear el mayor número posible, y sólo cuando se satisface esta instintiva necesidad es cuando
se logra concentrar por algún tiempo su atención. La educación del tacto, sobre todo, es para ellos un
complemento indispensable de las otras sensaciones: para ellos, ve1· llega á ser sinónimo de palpar, y su•
freo una notable contrariedad, muy nociva. para la atención, cuando estos dos sentidos no se asocian.
Esta irresistible tendencin, que la pedantesca pedagogla antigua calificaba de vicio, que era preciso
corregir¡ ha venido á recibir una plena sanción con los adelantos de la fisiologla moderna. Esta ha demostrado que multitud de nociones que se atribulan directamente á la vista, ó que se creían innatas, son
el resultado de la combinación de la vista y el tacto muscular, es decir, de la conciencia del esfuerzo de
los miisculos, ó bien de esta última sensación con el tacto cutaneo; tales son las nociones de distancia, de
movimiento¡ de tamaño, de volumen, de peso, de densidad, etc., etc. l\Iás toda.vla, la distinción, que nos
parece ·tan absoluta, entre lo subjetivo y lo objetivo, entre el mundo exterior y el mundo interior, se caracteriza principalmente por la intervención del tacto muscular en las nociones que atribuimos al mundo extel"ior, y su falta completá en las puramente subjetivas ó del mundo interior. Un hombre, diceBain,
que careciese de todo movimiento, no se distinguida, ó más bien, serla todavla. inftlrior, en cuanto á la
distinción del mundo subjetivo y del mundo objetivo, á una persona sumergida. en un perpetuo sueño;
él confundiría todo con su propio ser, y toda distinción entre una y otra clase de fenómenos, desaparecerla. En efecto, sólo la posiblidad permanente y segura de tener un conjunto dado de sensaciones, mediante ciertos y determinados movimientos de nuestra parte, es lo que viene á despel'tar la idea de un
mundo exterior é independiente de nosotros, y también lo que nos parece una prueba inefragable de su
existencia. Si yo, con los ojos cerrados, afirmo que todos los objetos que estAn en la pieza en que escribo existen, es porque estoy cierto de que, mediante el movimiento de mis párpados, que llamo abrir los
ojos, dichos objetos se pl'esentarán á mi vista, como también creo que podré cerciorarme de su existencia por medio de mis otros sentidos, si me acerco á ellos con ayuda de los movimientos convenientes de
mis miembros.
Esa permanente posibilidad de asociación de nuestras sensaciones, mediante ciertos movimientos
conscientes de nuestra parte, constituye, pues, todo lo que hay de evidente y de inconcuso para nosot1·os
en la existencia objetiva. ¡Qué extraña preocupación ha podido entonces inducir á la educación sistemática, á convertir á los niños en simples receptáculos pasivos de sensaciones, sin permifüles que su propia
acti,,idad muscular las combine en las diversas fol'mas propias para hacer en ellas la impresión más pro•
funda y duradera.
Por este motivo, nosotros queremos que, en caso de ser indispensable, se refiera la representación
dol bulto, á la representación dibujada de las cosas, y ésta á la escl'ita y á la oral. En todo caso se debeprocurar que los niños, al comenzar su educación, tl'abajen y cultiven su mente, con las cosas mismas y
no con sus signos: no sólo porque esto les es más fácil, sino porque esto los habitual':i. á saber que cuant.lo tengan que hacer uso de puros signos, en vez de cosas, como por ejemplo, de puras palabras, l11s oom•
binaciones que con estos signos se hagan, no tienen valor, sino en cuanto á que son una señal de lasque
pueden hacerse con las cosas, lo cual les quitará á las palabras, y en general, á todos los signos ó slmbolos, ese carácter que todavla conserva para la mayoría de las personas, en virtud del cual quieren, A
fuerza de revolver y de manipular palabras, encontrar verdades nuevas que sólo los hechos pudieran pa•
tentizar,
0

INDIVIDUOS QUE COMPOSIERON LA COMISION DICTAMINADORA:
CC. Ge.bino B..lrredi, Igaa.ci'&gt; Ra.mirez, R:i.f&lt;l.el Martinez de la.Torre, Guillermo Prieto, Roberto Esteva.

l,'.,ducatlon conijtitoe Je pn:mltr des arts le scul
pleinem~nt général, cclui qui perfecclonne l'netion
en amellorant l'a¡¡cnt.
A. Comtc. Systcme de Pollt posit, t IV. p P4G,

PARTE SEGUND.\.
DEL MJ,;TODO &lt;it' E DEDERÁ ADOl'TAR!;E.

El consejo que 11nL11ral111c11to surge de esto principio lle íisiologla psicológica es: quo uur1111to el cultivo mental so debo procurar el empico de todas nuestras facult11des y no de un11 sola, para logra1· su .descanso alternativo y hacer provechoso el ejercicio intelectual.
De esta manera, no sólo se logran\ fortalecer nuestras facultades naturales, sino retardar la. fatiga do
un modo notable. E11ta última. circunstancia es de suma importancia., porque ella permite prolongar algo
más el tiempo de cada lección, sin determinar el agotamiento cerebral, que tan funesto es para, el desarrollo ulterior de las facultades correspondiente11.
Se debe á todo tranco evitar que en el curso de una lcoción sobrcv,mga la. fatiga mental; antes de
que ella deje de ser interesante para los alumno~, debe abandonarse, so pena de esterilidad, cq&amp;lldQ no
de ir1·eparable perjuido.
Se vi-, por lo que precede, cuál dobe ser el fin que debemos proponernos en la oducaoióu de la ni1'fra,
que era el primer punto que dcseabamos examinar: queda ahora por resoh'er, cómo se podrá obtener es,
to cultivo, simultáneo y siempre grato, do todas nuestras facultades mentales.
Todo el mundo ha podido notar que no es el deseo de aprender lo que falta á los niños, bien al con·
trario, todos cono::cn la insaciable sed de aprendizaje que 1011 devora, la. oual se revela á cada momento
por sus preguntas sobre todas materias. ¿Por qué, pues, esa ansia. de sabor so transform1 en la escuela
en una repugnancia. insupernble, la. cual hace del mismo niño, que en su casa era vivo y penetrante, un
tipo perfücto de obtusidad y do torpeza? La. principal, si no la única razón de este cambio que sorprende muy desagradablemente á muchos padres de familia, es: que en su casa y con sus hermanos y familia, los niños parten del conocimiento de los objetos que hie1·en sus sentidos, p11ra buscar la. generalización
abstracta que debe enlazarlos con otros conocidos, y en la. escuela se les quiere hacer partir de la concepción abstracta para llegar luego á. lo concreto, ó lo que es peor todavla, para quedarse estacionados
en el terreno abstracto puro, y por lo mismo, incomprensible para. ellos; es: que en su casa y en el trato
s;icial, el carácter objefü·o y material de sus puntos de partida, hace que la atención se cautive con la
poderosa ayuda. de todos los sentidos; es: que en la Tida común, á diferencia de lo que pasa en la vida
pedagógica, la generalización es un resultado y una suma inductiva de todo lo que hemos ave.iguado,
y no un punto de partid11 desde el quo debemos deductivamente llegar al caso especial que pueda más
tarde presentársenos; y la inducción .nos es más espontánea, y por lo mismo más atractiva que la deduc•
cióo, como la suma es más sencilla que la división.
La práctica común de poner ejemplos para aclarar, como se dice, la regla general, es la confesión
palmaria de esta verdad; pero ella. no hace sino paliar el mal en UQa de iUs consecuencias naturales, la
falta ele claridad, mas no la curn. El Ycrdadero remedio está en la inversión del punto de partida. El mé,
tp1lo común de e1Jsoiianza, que no es otro, segt'.¡Q l¡en:¡os inclicl\,qo,, C\uc f?l ~e,h\ct\yo1110 es iíti\ s¡qg en ca,

�lmvts1'A MODERNA.
Nosotros queremos que so dt•jc iL la actividad del niilo toda la libertad y la espontaneidad propia para su desarrollo y para su fecundidad¡ que el profesor no haga en lo posible sino allanar el camino; que no explique lo relativo ¡\ un objeto, sino cuando haya logrado despertar suficientemente la curiosidad de los niños, y después de haber hecho que ellos por si mismos describan y expliquen Jo que
pueda estar á su alcance, con la menor ayuda posible; aunque sin permitir que la impotencia para superar las dificultades, haciéndose sentir demasiado en aquellas tiernas inteligencias, venga á ser causa
de fastidio.
En cuanto á las demás explicaciones, el profesor deberá darlas siempre proporcionadas á la capacidad de los educandos, y mantJniéndose siempre en la estricta verdad de los hechos.
De este modo el preceptor podrá, durante el tiempo indispensable para que los niños adquieran las
nociones técnicas indispensables de lectura, escritura, etc, hacer que conozcan las principales adquisiciones y descubrimientos de la ciencia; cambiando así totalmente su punto de vista, transformando muchas de sus simples creencias en convicciones, y haciendo ver la posibilidad de efoctuar la misma transformación respecto á otras creencias, que poi· entonces tienen que admitir sin las pruebas suficientes, y
bajo la fe de los que saben más que ellos. Por ejemplo, al habla1· de los principales hechos de nuestro sistema planetario, no se detendrá á dar las pruebas de sus asertos, las cuales serian incomprensibles para
ellos; pero si les hará saber que estas pruebas existen, y que si alguna vez logran tener los conocimientos matemáticos necesarios, lo que ahora deben admitir como una simple c1·ee12cia, podrá llegar á ser
una profunda convicción.
Nada deberá omitirse para hacer sentir al niño, cuando sea oportuno, este importantlsimo carácte1·
de la fe moderna ó cienllfica, que consistt en ser demostrable. Esta perspectiva permanente de poder
tl'&amp;nsformar la pura c1·ocncia en convicción, la fe en demostmclón, no sólo es un estimulo viv!simo é
incesante para aprender, sino que también viene á ser el mejor y más eficaz remedio y preservativo
de la intoleranria y de la tiranía. El que está cierto de poder com'encer, no se verá jamás tentado á
imponer una creencia por la fuerza; podrá compadecer al que no está en aptitud de comprender una
demostración, pero nunca perseguirlo: propenderá, más ó menos, á instruirlo, mas no á exterminarlo.
¡Quién no percibe la inmensa importancia social y moral de semejante cambio! ¡Quién no aprecia el
profundo contraste que existe entre estas tendencias y las que hemos manifllstado ser propias de las creencias absolutas é indemostrables! Y, ¡quién podrá entonces no unirse á nuestra empresa de apresurar y
cimentar un cambio tan saludable!
Fácil es comprcnde1· por esta somerfsima é incompleta, aunque un poco larga, exposición de nuestros deseos, qué elevación de ideas, qué dosis de buen juicio y de prudencia, y qué vasta, y sobre todo,
variada y sólida instrucción, se requiere en los profesores para cumpfü tan importante misión social. Fácil es ver cómo so eleva así el carácter de unos funcionarios que hoy se miran tan rebajados.
Poro tal vez se creerá, por este motivo, que para llegar á ser prof.:sor de instrucción primaria St necesita llegar á. ser un sabio consumado, y que, por lo mismo, á fuerza de querer lo mejor se hace imposible la consecución de lo bueno, y se paraliza, en vez de fomentar, la difusión de la instrucción.
Este temor no es realmente fundado. Aun poniéndose en el punto de Vista más exigente, un alumno
que saliese do los bancos de la Escuela Preparatoria, tendría, si babia hecho sus estudios completos, la
suma de conocimientos necesarios para desempeñar tan trascendentales funciones, con sólo que practicase durante un año el arte de la enseñanza á la vez qne sus fundamentos cientlflcos, es decir, basados
en las leyes de nul'stra propia actividad flsica y mental.
Poro si es Ycr&lt;lad que esto seria suficiente, no lo es menos que esto st:r!a indispensable también. No
6s posible que un profesor de primera clase desempeñe su dificil encargo con la suficiente espontaneidad1 y por lo mismo, con la necesaria facultad de adaptación á las exigencias de cada caso, si no ha adl}tlfrido una sólida instrucción en cada una de las ciencias que se ocupan del estudio de las propiedades
de las cosas ú objetos que le van á servil' de punto de partida para sus lecJiones. Cada objeto requiere,
para ser explicado convenientemente, el auxilio do todas las ciencias reales; y como, según hemos indicado, es muy conveniente que la iniciatÍ\'a del punto sobre que debe principalmente versar la lección ó
explicación, parta de los alumnos mismos, si se quiern que el éxito sea compl11to, es forzoso que el profesor esté preparado para todo evento.
Cada objeto puede ser sucesivamente el motivo de una lección fructuosa de aritmética, porque sien·
do susceptible de ser numerado y dividido en partes, lo es también de que con aplicación á él se haga la demo!ltración de cualquiera de los teoremas de la ciencia del cálculo; puede ser el motivo de una aplicación 1fo In geometr!a, porque tiene figura y extensión; de una exposición de leyes físicas, porque tendrá
peso, sonoridad, propiedades caloríficas, color y demás atributos del dominio de la óptica; y por último,
poseerá propiedades eléctricas. El tendrá ciertos caracteres químicos, que se prestarán á explicaciones
muy utiles é interesantes, sin dejar de ser sencillas; él procedera dil'ectamente, ó al menos, tendrá entro
sus elementos, por poco que sea complexo, algunos que ptrtcnezcau al reino animal ó vegetal, y que exijan el conocimiento de las ciencias de la organización y de la vida, y que den oportuna ocasión á lecciones muy interesantes y muy útiles sobre uno y otro punto, y sobre el enlace y conexión de la primera
con la segunda y Yiceversa. Por último, un objeto cualquiera que so tome como punto de partida, será
f,nzosamente ó un producto directo de la naturaleza ó un resultado del arte; pues•bien, tanto ·en un caso coJto en otro, será fácil llamar la atención sobre la manera con que el hombre ha Influido ó ha podido
lnflofr en su producción. Si pertenece, por ejemplo, á la segunda categorla, os claro que tal fin se logra•

295

RBV1S1'A MODERNA.

til con sólo explicar los diforcntes procedimientos do su fabricación, asi como la relación esencial que
tengan entre si las partes diversas do que conste. Si fuese, por el contl'ario, un pl'oducto natural, so llamará la atención al modo con que el hombre ha logrado mejorar, á su punto de vista, las cualidades útiles ó agl'adables que él posefa primitivamente en menor grado, ó bien quitándole otras que nos convenfa
que no tuviese.
Do esta suerte, con ocasión de una pera, poi' ejemplo, perfeccionada por el ingerto, se podrá demostrar do un mc,do tan sencillo como eficaz, de qui• manera la humanidad so ha el'igido en la tierra á fuerza de estudio y do observación, en una Providencia efectiva, que mejorando sin cesar, en los limites de
su poder, las condiciones del planeta, se hace acreedora á nuesti·a creciente gratitud, con tanta más razón1 cuanto que. careciendo de omnipotencia, no puede se1· mol'almente responsable de las imperfeccio·
nes que no ha podido aún remediar. De esta suerte, los servicios prestados, y que no es posible desconocer, suministrarán, sin esfuerzo y sin ficción, una ocasión favot·able para el cultivo de nuestl'Os más no·
bles instintos, permitiendo y suscitando á cada paso una sincera y pura efusión de gratitud, sin mezcla
posible de reproche,
Si la perfección moral se condensa, como dice admirablemente Ripalda, en la Caridad, y si la caridad, según el mismo, no es otra cosa sino el amor á. nuestros semejantes, no es posible poner en duda la
eficacia superior de este medio de moralización, comparado con la situación contradictoria de otras doctrinas que por una parte presentan al hombre como el origen de todos nuestros males¡ á la humanidad
como un enemigo del alma, del cual debemos huil', y por otra nos prescribe amario como á nosotros mismos. ¡Como si un precepto puramente especulativo, por más que vaya cimentado en terribles amenaza!'¡
pudiese Impedir las desastrosas pero lógicas consecuencias do unas premisas inflexibles!
Esta bl'evfsima recapitulación, basta para demostl'&amp;l' que la instrucción cientifica del profosor, debe
ser, sin hace1· mérito por ahora de la literaria, sólida y general, tal como la que se da, en fin, á los alumnos de la Escuela Preparatoria, y que no puede ser menor, so pena de esterilidad ó al menos de una mu•
cha menor fecundidad en los resultados de su misión.
Estos profosorcs, sin embargo, capaces de desenvolver asi todas las faculta.de! de los niños, hacien·
do que ellos mismos analicen las cosas para llegar á las genol'alizaciones á que se presten, procurando
que las describan asemPjándolas á otl'OS objetos ya conocidos, que las definan, etc., etc., no haciendo más
que ayudarles siu sustituirse á. ellos, y que Juego completen la lección hecha por el niño con todo ague•
!lo que crean com·eniente, y que no ha podido estar al alcance de aquél, no pueden ser nunca tan comunes ni tan numerosos como seria necesa1'io para satisface1· las exigencias de la instrucción primaria, si
todos los maestl'os debiesen estar á esa altura; pero esto no nos parece, al menos por ahora, indispensa•
ble; basta con que se procure que en las principales capitales haya algunos de éstos que servirán de modelo á los demás: éstos fol'm&amp;l'án la primera clase. La segunda será formada por personas de menos ins•
tl'ucción, pero educadas siempre en este sistema, que aplicarán también, aunque con sujeción á ciertos
textos dispuestos al efecto. Podl'á haber todavfa otra clase tercera de profesores, para escuelas de me•
nor importancia, para quienes será preciso redactar texto'! en los que se haga la aplicación del método,
y de los que no deberán apartarse ni en un ápice, propagando así el sistema aunque de una manel'a ca•
bi automática, pero siempl'O con notable ventaja para loll alumnos.
Decit· que esta clase de profesores están destinados á desaparecer paulatinamente con los progresos
do la ilustración, es una cosa que casi no ha menester indicarse; pero reconocer que ellos son por ahora
indispensables, es otro hecho que no nos parece menos obvio.
Asl, los que sinceramente deseen contribuir á la difusión de la inst:-ucción primaria, pueden cooperar muy eficazmente á tan noble fin, do dos maneras diferentes, pero ambas eficaces La una será formando, con sus cons&lt;&gt;jos y sus lecciones, profesores de los de segunda clase, para lo cual podrán tomarse
de las escuela$ gratuitas, tanto federales, como municipales ó Jancasterianas, cierto número de jóvenes
que se hayan distinguido por su moralidad y aprovechamiento, y formar después con ellos profesores capaces do dirigir las escuelas primal'ias que puedan ir vacando, ya sea en el Distrito, ya en las poblaciones do los Estados limítrofes.
Las relaciones sociales y polfticas de todos los que nos hemos reunido aqul, serán la principal palanca con que deberemos remover los obstáculos que pudieran dificultar el logro del segundo ot.jeto; pero
para ello es preciso que todos contraigamos aquí el solemne compromiso de ponerla al servicio de nuestra causa, que es toda de pl'ogl'eso y civilización.
La segunda manera con que podemos contribuir á este patriótico fin, será, el redactar tratados propios para servir de guia á los proferores, tanto de primera como de tel'cera clase, en perfecta conformidad con los principios establecidos arriba, y teniendo presente que dichos manuales deben servir de norma y pauta á unos y á otros, y que aunque los de segunda clase puedan apartarse algún tanto del texto,
sobl'e todo en lo relativo á pl'esentar á los niños casos nuevos y variados, en los cuales puedan ejercitar
su inteligencia y aguzar su sagacidad; los de tercera clase están obligados á ceñirse estrictamente á lo contenido en el manual, el cual, por tanto, deberá contener todos los detalles que se juzguen necesal'ios, y
aun los que sólo sean útiles, aun cuando dichos manuales parezcan voluminosos, pues es preciso tene1·
presente que ellos no van á servir á los alumnos, sino á los maestl'OSi ó más bien, á aquéllos por intel'me·
dio de éstos.
GABrno BARREDA.

�2!!6

ARo IV

REVISTA MODER~A.

EL ULTIMO SUEÑO DE LUIS XV.

MÉXICO,

1ª

QUINCENA. DE ÜCTUDRE DE

ARTE V

ANATOLE

I

FRANOE.

NúM.

19

REVISTA MODERNA
DIREC T O R : JESUS ;E. VALEN ZUELA.

AJO el murmurio lento de las últimas palabras de absolución, el rey, muy débil, se
durmió.
El anciano sacerdote, de rodillas, hizo la acción de bendecir. Después, y con
una mano sobre el brocado del gran lecho aparatoso, se levantó.
Durante un minuto contempló, pensativo, al moribundo, lamentable, cuyo
Mstro tumefacto destacábase, violado, sobre la blancura de las sábanas en la media sombra del baldaquino de cortinas de seda azul.
llnbo un largo suspiro, lleno de filosofía, en el sacerdote; luego, atravesando la gran cámara, vacía
y muda, abrió con precaución la alta puerta blanca.
El cuchicheo hipócrita de las conversaciones se extinguió. Silenciosamente, según las estrictas leyes
de la etiqueta, la corte, en traje de gala, llevando todas sus insignias y decoraciones, entró con lentitud
y de pie, ceremoniosa, púsose á mira1· la muerte de su viejo rey.
Entretanto, I,uis XV tenia un gran sueiío: estaba muerto, y bajo un cielo azul, donde las estrellas de
oro se agrupaban en flores de lis, al través de una llanura inmensa, hacia el horizonte pálido, andaba él,
buscando el camino del paralso.
Andaba, andaba .... y ante él ninguna estrella se elevaba en el firmamento para guiar hacia Dios á
Su Majestad Crist1anisima.
.
Luis XV sentíase fatigadp, y pensaba que era. muy descortés el Padre Ci,lestial, al mostrar tan poco
interés en darle la bienvenida.
- En verdad, sófo en Versalles hay modales cultos, se dijo.
De pronto apareció, caminando á su encuentro, una ligur.a extraña: era un gran cuerpo decapitado,
revestido esph'•ndidam~nte-con una casulla de oro incrustada de piedras preciosas; una aureola cerniase
encima de su cuello sangriento, y llevaba en las manos, cubierta con una mitra de plata, una cabeza de
barba blanca.
Luis, cel Bien Amado, , la reconoció. Sin duda, San Dionisio venia á saludará su alma, de parte del
Alllsimo, después de haber recibido sus despojos terrestres en su antigua abadía.
Pero se equivocó: San :Oionisio no lo conocla y le preguntó quién era.
-$oy el rey de Francia, y busco el paraíso.
_
El santo no demostró sorpresa: ¡habla visto tantos reyes de. Francia!
-A la derecha, siempre á la derecha, dijo.
Luis XV readquirió valor, y se hundió de uue\'O en la llanura ilimitada .... En el cielo, de un azul
sombrío, las flores df.1 liS palldeclan.
Anduvo, 1;1.nduvo, y siempre el horizonte monótono retrocedía.
Pareoíale muy duro al anciano monarca, encontrarse tan solo en aqu-11 desierto. l\leditaba y se decía que en aquel otro mundt&gt; debia ser él muy pobre cosa, para estar asi, tan abandonado. Habla siempre creído que un rey áe Francia era uno de los primeros cerca del buen Dios, y be aquí que ahora envidiaba á M. de Cboiseul, desterrado, en su pequeña corte de Chanteloup.
Al fin, columbró, arrodillado sobre la arena, á una mujer de larga cabellera. áurea, y á quien encontró parecida á esa pobre condesa cuando en el pequeño boudoir de Luciana Leonard, la peinaba.
Y al pensar en esas cosas, Luis •el Bien Amado,• suspiró.
La mujer le dijo:
-Soy Maria Magdalena¡ ¿qué buscai..l'
Luis XV inclinóse con galantería, y sonriendo ante los bellos ojos ele la pecadora rubia, respondió
t¡Ue era el r&lt; y de Francia y que buscaba el paraíso.
-A la izquierda, siempre á la izquierda, le dijo la Magdalena.
Aquella voz de mujer cantó largo tiempo en el alma del pobre rey, durante la penosa ruta.
El cielo volviase Mgro y las flores de lis ya no irradiaban en él. Tan sólo flotaba una como nebulosa cl1ua.
.
Luis XV se sentia cansado, muy cansado, y el horizonte desplegaba á su vista, inmutable, la-1esesperanza de su linea inffoita.
Por úftimo, cayó la noche, y, sin ver nada, el rey seguía andando.
Pero súbito, en la sombra, un grán ,·iejo le detuvo. Llevaba una llave de oro y una larga espada.
- ¿Qué busc.ais?
_
-Busco el paraíso, contestó el monarca. San Dionisio me ha indicado el camino por la derecha: Matla Magdalena por la ízq~ierda.
- Verdaderamente, exclamó San Pedro, no seguis la buena via .... Pero ya adivino quién sois: sólo el rey de Francia es capaz de tomar consejos de !J1Ujeres ligeras y de hombres sin cabeza.
Y en.el firmamento nocturno, las flores de lis se desvanecieron ....
Uu tintípeo _de campanilla resonó, argentino. El rey abrió los párpados hinchados; vióse en su gran
cámara, en el fondp' de su lecho aparatoso. Lentamente, llevando el viático, un obispo avan:r.aba. To•
dos los cortesan•os,: tt'e 'ródillas, doblaban, bajo las pelucas blancas, las cabezas pensativas.
Y parecíale- l&gt;«eno á Luis •el Bien Amado• el hallarse aún sobre la tierra y ser rey de Francia,
Y c~rró los _oj_o•
Un cirujano se ir¡clinó sobre él: en seguida, alzando la frente, hizo un signo.
El ciipitán'dé guardias vino y se colocó á la cabecera del lecho.
-Seño·res, ¡el rey ha muertb!
Repitió ·dos veces:
..: - ¡El"rey ha muerto!
Luego, sacando la espada, gritó, gritó:
•
¡Viva el rey!

1901

CIENCIA.
,JEFE DE REDA C CJON: JESUS URUE'J'A.
'l'ip, de Dubldn.

PROFETAS DE MIGUEL ANGEL,--CAPJLLA SIXTJNA. ROM,\,

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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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              <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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