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REVISTA MODERNA.

ARo IV

MÉXICO,

1ª

QUINCENA DE DICIEMBRE DE

1901

NóM. 23

n
Llegó el domingo aquél que los apóstoles tenían designado para su comilona intima: como Pedro andaba malucho y muy desganado, esmeróse la Relimpia, gran gisadera y asaz primorosa, en aderezar
una comida no para mineros, sino para apóstoles de verdad y aun para obispos, según el decir de Pablo.
.Ent1·e los tres cargaron con la vianda: Pedro llevaba el talego del pan y la fruta; la Relimpia, aquellos manjares más jugosos y delicados, tales como la tortilla de jamón de patatas, el conejo encebollado,
el lomo en manteca y las suaves albóndigas en que habla cargado la mano de ajo y de pimienta; Pablo
llevaba 1\. cuestas la imponderable bota de las cacerlas, un mediano peJIPjo, cuya pez daba al vino
hlanco un saborcillo por demas áspero y agradable.
Al pasar por la fundición, salió el capataz á dar el alto.
-¿Sangramos ese horno, ó qué?
-Tráete la henamienta,-dijo Pablo descargándose.
Acudió el capataz con el jarrillo de lata, y éste por mi, este otro por la compaña, ahora esotro por.
que salga bien lo del pozo, allí se hubiera quedado bebiendo hasta el dia del juicio.
Pedro no bebla, ni hablaba, ni estaba alli: miraba con extraíia fijeza á un punto de aquel infinito
amontonamiento de rocas rojizas; buscaba con la vista aquella piedra donde se sentó en una noche triste y aflojó las riendas de su dolor, delante de la espantosa llama policroma y voraz que parecía querer
purificar al mundo. Y sin poderlo remediar, gimió de un modo tan desgarrador, tan lamentoso, que todos le miraron sorprendidos.
Pedro cayó en la cuenta y sintió rubor de su propia pena. No sabia qué decir, y como siguiendo un
anterio1· razonamiento que le hacia daño, balbuceó con doliente incoherencia, á modo de explicación,
más para él que para los otros:-No sé qué hacer .... As! Dios me maldiga si sé qué hacer; pero hay que
hacer algo.
-¡Atiza!-dijo el capataz.-En metiéndose en pozos, se van los tornillos. Poi· ésta, que es sangre de
.Jesucristo, juro que lte visto más de seis locos en la mina, y todo por esa manla de saber si )o q'\le ha_v
ahajo es duro ó es blando. ¡Duro y más duro, pedazos de bestias!
A la entrada del túnel la Relimpia tuvo un momento de vacilacióo.-La verd.td, que se necesita estar locos para venir de campo, ah!, debajo de la tierra. ¡Peste de mina!
Pedro marchaba delante sin curarse de los demás, con un aire de sonámbulo, sin ver ni olr, y murmurando como trna especie de rezo:--¡Hay que hacer algo, hay que hacer algo!
Pablo advertla fl. la Relimpia, la guiaba, la desviaba del peligro .... deciala cómo sus hermosos ojos
peligralJ11n si en una brnsca nostalgia de la luz y del cielo, mirasen hacia la sombrla bóveda cuajada de
pérfidos cirios de ,·itriolo. Eran azules, eran bellisimos; pero 111 traición se escondla en aquella gota colgante, que temblaba como una turquesa liquida á la luz de los candiles.
Y la l.'elimpia, que era de piadosas entrañas, y el dolor físico la conmovia, lloró la atroz injusticia
humana, el sufrimiento de aquellos pobres hombres medio desnudos, ulcerados, marcaJos con todas las
cicatrices del trabajo afrentoso, que en sucesiva y amarga visión se le iban presentando.
¡Qué mundo aquél! ¡Y alll vivfan hombres y bestias en la paciente promiscuidad de una labor del in·
fierno! ¡Qué riqueza negra y más hedionda!
- Vaya, sentarse y echaremos un trago,-dijo Pablo al dar vista al boquerón del piso que iban haciendo los de perpéuta.
-Aquí no: más allá. Yo os lo diré. Ilay aquí un sitio .... ¡Valientes tragos se toman alll!
Pablo miró á la lletiinpia, y ésta, apoyando su dedo Indice en la sien, hizo como que barrenaba. Alguna cosa t,mia Pedro que le bal'l'enaba el sentido . . .. no estaba muy católico que digamos.
- A&lt;]ui. ¿Veis qué buen sitio? Aqu! me senté yo la otra noche y hablé: ¿sabéis con quién? con La·
r¡arto, ese cochino embustero.
-Algún traguete se tomarla, porque el granuja no lo echa en el candil; lo cual que hace muy bien
y le alabo el gusto. Amigo, esta vida hay que pasarla á tragos: vaya, empina esa señora bota y pon esa
cara alegre. Come, bebe, y riete del mundo.
- A ver si con tanto empinar la bota vamos á dejar aqul los huesos. Yo estoy aqui amedrentada¡ si:
me da miedo de pensar lo que tenemos encima.
Y la Nelimpia miró á la bóveda rocosa, y mentalmente midió aquel monte altlsimo que se alzaba sobre !JUS cabezas.
- ¡Dios! ¡Si todo esto hiciera así, nada más que asl. ... !
- Digo que tendria razón en hacerlo-exclamó Peq1·0.-Hay aqul muchas marranadas que pedfan
eso: el hundimiento, as!, asl, poco á poco .... como yo lo baria si tuviera puños como tengo coraje.
- ¡Cállate, animal! ¡Mira que decir esas cosas aqui dentro!
Y agitada y nerviosa, la Relimpia.se pus~ en pie:--Yá~O!)OS: me p_one mala esta condenada negrura. Esto es para los demonios, no para los hom~res. ¡Y se r!en los _muy bestias!

REVISTA MODERNA
ARTE V
o:nECTOn: JE:SUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dubldn.

------

( Cmcluird),
1

PROFETAS

Dl!l MIGUEL ANGEL,- CAPlLLA SIX'J'IN!,-ROMA.

�REVISTA .MODERN'A

ARENGA
DEL

SE,. LIC. JESU-S U-E,UETA,
PROXU!\ClADA EN

363

ret, ógrados comprenJcn que el choque de dos &lt;&gt;jércitos en el campo de batalla, se reduce, en último aná·
lbiR, al choque d11 dos inteligencias. Do!bemos, pues, abandonar el yagatán de nuestros padres.
Yo respeto profundamente el pasado que baña y nutre con su sa\'ia las ralees de nuestra vicia: he
11prcndido en la historia que la verdadera justicia es la indulgencia-es tan fácil e1·rar! es tan dificil ser
bueno&amp;!-pero también la hiitorra me ha enseñado que la ley del mundo es la transformación perenne
de las cosas, que las moutaiias durlsimas son desagregadas por las revoluciones atmosféricas, que los
imperios despóticos son desagregados por las revoluciones sociales, que la duda aspira á la fe, que el
error aspira á la ,·erdad, que el vicio aspira á la virtud, quo el trnbajo es :nsomne como el mar, como el
amor y como Dios; y esta ley la he visto adivinada por uno de esos genios del arte que concretan en una
imagen de perfecta belleza las concepciones que despuós encerrará la ciencia en áridas fórmulas, l\Iiguel Angel, al pintar en la capilla Sixtina la Creación del hombre por un Dios que pasa sobre la tierra,
raudo y gigantesco como el Viento del Génesis, rodeado de esplritus celestes que son las almas futuras
con que luego poblará el mundo, que da la ,·ida á Adán con el solo contacto de su dedo omnipotente; y
en el gesto enorme del primer homb1·e al recibir la chispa divina como una descarga de dolor, está expresado, mPjor que con un lamento, mejor que con un grito, to lo el peso de la exi~tencia, toda la fatiga
tlel trabnjo humano!

en 1PULTEPEC CON lllOTIVO

DE LA DISTRIBUCIÓ:-1 DE PREMIOS
Á LOS ALU~INOS DEL COLEGIO MILITAR,

OS alumnos de este plantel-que es un hogar común, consciente de su unidad, de s us tradiciones y de sus ideales, como deben ser todas las escue•
las de educación nacional-van á recibir la recompensa de sus méritos
de la mano augusta del Jefo del Estado, mano que siempre E'S dura para
el delito y siempre es blanda para la vi1 tud; y este acto, señores, es una
fiesta de la Patria, y tiene, por lo tanto, una significación moral de magna trascendencia.
Las palabras que aqul se pronuncien deben ser nobles y juramentalcs, todas de verdad y de amor, pues nos las inspiran los muertos y van dirigidas á los que empiezan ít
vivir. Las voces que brotan de las grietas de este peñasco glorioso, como de innúmeras bocas, son voces
de amigos, de camaradas, de hermanos, que nos incitan al cumplimiento del deber y á las luchas del honor; son voces que avalora el E'jemplo y que hace proféticas el sacrificio; son voces que tienen una fuer•
za incalculabl~ y una repercución infinita; son voces elocuentes, persuasivas, contagiosas, tiránica~, que
todo@, hasta los más sordos, escuchan, porque desde la l\Iuerte se habla mejor á la vida, porque desde el
más allcí se proclaman siempre las leyes del mundo, porque los que mueren por una idea la corsngran,
porque los que mueren por una patria la fecundan, porque los que mueren por la humanidad la redi·
men, y porque ante la belleza fascinante del herolsmo se disipa la duda, y los augures del desconsuel&lt;&gt;,
los blasfemos y los frlvolos, enmudtlcen ante el divino Ideal, rojo y voraz como una pira que con la com•
bustión de los dolores produce la espiral de incienso de la esperanza humana!
Pero la muerte es un acto de la vida¡ el valor de morir es tan sólo una forma dt'l ,·alor de ,·ivir. Y
la Yida no es cosa fácil, oh, no! ni para el desheredado ni para el rico, ni para el obrero ni para cl sabio,
ni para el débil de espíritu ni para el poderoso de mando. La vida alta, la vida inteligente y cordi11l, In
única que merece se1· vivida, es hoy muy dificil y será más dificil mañana. Toda elaboración do idc11P,
de virtudes y de bellezas, trae consigo graves responsabílidades. La libertad, que es el fin humano do todo progreso, no se obtiene por donaciones gratuitas, sino por tenaces conquistas. El fardo de ci\·ilización que lleva en las espaldas el hombre libre, es más pesado, mucho más pesado que el del escla,·o. La
libertad es peligrosa, como es peligrosa la riqueza: el mal uso de ésta conduce al despilfarro y á la miseria; el mal uso de a 1uella conduce á la anarqula y al despotismo. Hoy todo se complica, los olidos y
los deberes. Cuántos conflictos de intereses y de pasiones se entrechocan y fulguran en la vertiginosa
historia de las democracias contemporáneas! La lucha ,·a creciendo, creciendo .... cada vez es más intensa, cada vez es más amplia, llena de clamores el mundo, estalla en el himno de fierro de las fábricas
y canta en el himno de oro de la poesla!
Un pensador ruso ha demostrado que las sociedades mueren por el esplritu consen·atlor, es decir,
por la ausencia de la lucha. Cita el caso de Selim III, que fué destronado porque quiso imponer el fusil
y la bayoneta á los Turcos. Estos se obstinaron en combatir con el yagatdn de sus vadres. Naturalmente, fueron despedazados en la guerra. ¿Cuál es hoy el gobierno que tendrla la demencia de vacilar 1111
instante en la adopción de armas más perfectas que las antiguas? .Ahora bien: el cambio rápido tlc armamento supone dinero¡ el dinero supone producción; la producción supone buenas iustiruciones pollti·
cas y religiosas, y para tener buenas instituciones pollticas y religiosas es preciso mrjorarlas constante•
mente. En consecuencia, los pueblos fuertes son los pueblos liberales, los pueblos débiles son los pueblos conservadores. Una eatrecha solidaridad liga todas las actividades humanas. Hoy los gobiernos máe

Si se quiere educará la ju\·entud para el porvc1nir que la e.:!p3rn, se dc1be ante.:! que todo y por enci·
rna de todo, fortalecer en ella la aptitud al trabajo, producir y cultiv,u· la enorgla. El Gobierno, sabien·
do que colamente sólidas virtudes pueden producir buenos ciudadano~, se propone sacar dti aqul generaciones enérgicas. La Patria necesita de hijos vigorosos. El cuerpo Cd una abstracción de los positivis·
tas, como el alma es una abstracción de los metaflsicos. Xo se trata de formar titanes inconscientes ni
sabios endebles, sino de aproximarse al tipo equilibrado y bello que lo mismo sabia arrojar el pesado
disco en los estadio5 que cultivar las rosas de la filosofla en los jardines de Epicuro. La educación flsi·
ca es una educación eminentemente moral. Esta verdad la entenditiron á maravilla los griegos y la entienden á maraYilla los americanos del Norte. L'&gt;S Eitados Unidos gastaron, de 1sgo á 1893, veintio·
cho millones quinientos mil pesos para hacer palestras y campos de juego (Dr. Sc1rgent, citado por Mosso). De esta manera se explica que en los Juegos Olímpicos celebrados en Athenas el año de 1896, los es•
tudiantes americanos triunfaran como corredores y como discóbolos, recibiéndose en Nueva York est11
telegrama: •La Grecia ha vencido á la Europa, la América ha Yencido al mundo.• Acaso se puede ser
verdaderamente hombre cuando el obstáculo nos turba la mirada y cuando el peligro nos enloquec~ el
corazón? Nuestra civilización debe envidiar los tiempos juveniles en que eran igualmente gloriosos los
atletas y los filósofos, en que el nombre de Phayllus de Crotona valía tanto corno el nombre de Platon
tle Athenas. ¿Qué hizo Platón? El libro de las Leyes, el libro de la República y el libro de los Diálogos
¿Qué hizo Phayllus? Saltó cincuenta y cinco pies y lanzó el disco á noventa y cinco pasos.
Un rey de Nápoles, á quien su ministro proponla la adopción de colores nuevos para los uniformes
de sus soldados, decía: cvestidlos de rojo, v.istidlos de vci·de, huirán siempre. Lo que debéi~ enseñarles
es á no huir.• Esto es lo que aqul se hace, esto es lo que debe hacerse en tocias las escuelas, enseñar á
la juventud á no huir, á marchar erguirda, firme, entusiasta, en medio de las dificultadeti de la vida. El
carácter de esta Escuela es esencialmente militar; su objeto es la formación de oficiales para el Ejército
mexicano. Asl lo comprende nuestro Min istro de la Guerra, que pone toda su voluntad, que es maciza,
y toda su inteligencia, que es brillante, al sen·icio de los altos ideales de la patria, apoyado y secunda·
do poi· el Presidente de la República. Sin suprimir los estudios cientlficos que actualmente son la base
de toda instmcción racional, se han eusanchado considerablemente los estudios militares que forman el
arte de la Guerra, para que de aquí salgan, no ingenieros ciYile¡¡1 sino oficiales técnicos de todas las ar•
mas, ilustrados y fuertes, que hayan estudiado bien en las cátedras, y que hayan practicado mucho en
el cuartel anexo á la escuela y en las expediciones militares anuales. Estas expediciones serán serias,
duras, ásperas, verdaderas expediciones de campaña. Lr¡s alumnos harán vida de soldados, los alumnos
serán soldados.
El amor es la fuerza más enérgica del progreso humano; sin el amor todo es estéril. La juventud
que se eduque en este plantel, amará la carrera militar por lo que tiene de dolorosa y por lo que tiene
de gloriosa. Merece ser amada. La. amaron, y mucho, los caudillos que sitian en este estrado, y que tie•
nen los cuerpos cubiertos de cicatrices resplandecientes. Son vuestro ejemplo, jóvenes alumnos, Toman·
do las palabras sacramentales de un himno heleno, ellos, los heroicos, pueden decir pensando en nuestros libertadores: somos lo que fttisteis! y vosotros, los que entráis á la vida, alertas y entusiastas, debéis
decir: seremos lo que sois!

El Gobierno realiza en el Colegio Militar, eu pequeño, lo que realizaron en la P ..usla Ftiderico Guillermo, el rey sargento que amaba su Ejército como Arpagón su tesoro, y el gran Federico, el rey filósofo
que amaba neuróticamente la poesía, haciendo un pueblo que coloca la universidad junto al arsenal, la

�36.t

REVISTA MODERNA.

estatua de Humboldt junto á la de Blücher, y que representa en la civilización humana una fuerza en()r•
me, porque está formada de libertad en el pensamiento y de disciplina en la acción.
No seremos nosotros, los que ignoramos el manejo de las armas y que sólo sabemos disparar metáforas, los que pronunciemos la. agria. palabra de la discordia, no; siempre se tenderán hacia vosotros
nuestra mano y nuestro corazón, porque todo esfuerzo noble es digno de la fraternidad, porque todo heroísmo es digno de la poesla; pero sabiendo que las razas más cultas se infiltran, trasegando su alma,
en las menos cultaE; sabiendo que la lucha por la. vida. debe partir de la escuela que educa; sabiendo
que el maestro e11 el personaje más importante de las sociedades modernas, si reclamaremos siempre que
el Estado se preocupe de la. instrucción pública tanto como se preocupa del armamento y de la produc•
ción de la. riqueza. •No remováis, dice Isócrates, una a.gua pantanosa ni una alma inculta.,
Será verdad que un día. todas las patrias se fundirán en una sola patria-la. tierra-y todos los pue·
blos en un solo pueblo-la humanidad?-¡Quién sabe! ¡Ojalá! pero mientras los rencores esplen, mientr11s
las revancha$ inciten, mientras las ambiciones codicien, mientras los odios empujen, mientras •el estado de
guerrat sea la. regla de las relaciones internacionales, debemos estar apercibidos á la defensa y al combate; y 11un cuando no realicemos la audaz palabla de l\Iaquiavelo: •se defiende bien á la patria de cualquier manera que se la defienda, sin consideración de Jo justo y de lo injusto, do lo huma.no y de lo inhumano, de 'o loa bb y de lo ignominioso, , claro es que no ha llegado para nosotros el momento de desarmar nuestro patriotismo y de quemar con respeto nuestro estandarte como el simbolo inútil de una
deidad muerta. Un hombre á cuyos libros primero, y á cuya palabra después, debo muchas enseñanzas
fecunda~, el profesor Ernesto Lavisse, escribió esta11 frases que entregó á nuestras meditacionos: •Jóvenes, es preciso que vuestra generación, cuyo esfuerzo será seguido por el esfuerzo de generaciones sucesivas, prepare la universal adhesión al dogma de la inviolabilidad de las patrias, y del derecho igual
de todas á esta inviolabilidad. Difundid esta idea, que las patrias son iguales entre sf, que hay pequeños
y grandes territorios, pero no pequeñas y grandes patrias; que cada una de ellas es una obra de la sangre, del corazón, del herofsmo de los hombres, que los hombres deben respetar. •

Ahora, venid á recibir vuestras recompensas; y al recibirlas, pensad en vuestra madre, viva siempre
aun cuando esté muerta, que os acompaña como la blanca imagen de la bendición; pensad en vuestra
prometida, real siempre aun cuando sea soñada, que os brinda las dos cosas más bellas de la vida, la
somisa y la lágrima; y, os Jo aseguro, de esa manera os sen ti; éis ligeros sobre el mundo con el alma
calzada de alas y de esperanzas, el amparo de vuestra bendita bandera: bendita, porque tiene los colores de nuestro clima y de nuestra tierra, la nieve de los volcanes, el Abril de los valles, el fuego de los
crepúsculos; bendita porque es blanca como la fo serena que bace divina el alma, verde como la flora•
ción perpetua de la. esperanza, roja como la pasión y la sangre de los héroes; bendita cuando palpita y
cruje sobre el humo de los cañones y la polvareda de los combatientes; bendita cuando se abate, herida
y doliente, sobre la majestad de la muerte y las austeridades de la desventura; y bendita una y mil ve•
ces cuando se despliega y brilla sobre los clarines triunfales de la diana. y las aclamaciones deiirantes
de la Victoria.
Di'clembre 8 de 1901.

POR SANTIAGO ARGÜELLO H.

Sala vi.ija
y empolvada.
A trechos se encrespa en los muros
el viPjo tapiz de la sala.
En los ángulos
la sombra
medita. En sus hebras sutiles,
espía la araña capciosa.
Y un insecto
vuela y chilla
sobre rl yerto silencio de un piano
que dormita
mostrando las teclas
como una mándibula.
VOCES,

JESÚS

URUETA.

fuera:

-Ahi va!. .. .
¡Qué gracioso! .... ja .... ja .... ja! ....

La araña. da reposo á su maraiía,
y el insecto se aleja de la araiia.

L\

ARAÑA. EL l~SECTO,

LA ARAÑA:
-¿Qué pasa? ....
EL INSECTO:

-Que Corpancho suena sus alegrías
con su millar de lenguas y sus dos mil encías.
LA

ARAÑA:

-¿Y de qué rle el graso Corp:.ncho?

�REVISTA 1\lODERNA.
REVISTA M.ODER~A-

366

EL lKSKCTO:
- Para rato
tiene ya con los guiiios de ese pobre insensato
que habla con los difuntos, como si en los inciertos
abismos entendiera la lengua de los muertos;
que á las cosas les dice palabras misteriosa~,
como ki fuera dable contestará las cosas.
Entra en la sala el pobre
demente. La pupila
parece luz clavada
en la gasa polar de la neblina,
en quietud enigmática
como las pensadoras lejanlas.
Un ojo telescbpico
que más allá de los abismos mira:
Oecha de lo insondable,
ojo de pitonisa.
Sobre el andrajo (todos
ven la carne desnuda) hay una fina
clámide extraterrestre.
Di! las sienes en torno (nadie mira
tal prodigio) una gasa
lunar. La marcha grave y pensativa
de los descubridores.
Detrás, Corpancho, el ho,ubre
de la robusta plétora. La vida
en globulosas ondas va en sus venas;
la Enciclopedia en su cerebro anida,
y en su boca de sabio se oye el eco
de la infalible voz D'Alambertina.
Dichosa faz aneura:
es una agua tranquila
que no se abre en abismos espuman tes,
ni es un cielo reflejo su onda riza.
En su boca, opulencia
verbal la frase unida
con otra frase por igual moldeada:
el arca de la rica argentería
del comunismo ideal. Y en el sereno
cristal de la pupila,
como en espejo claro,
quien se asoma, se mira.
Entra riendo. El diente,
blanco y fino. La vista
se le enturbia de lágrimas.
Al suelo el cuerpo trepidando inclina,
y hunde la mano en el hijar.
Corpancho
se atraganta de risa.

Acércase al piano,
y una débil nota
se qurja ....
EL Loen, á Corpancho:
-Retírate!
He llamauo, y responden en el convento do las sacras monjas.
CoRPANc11O:
-¿Qué vas á hacc1? ....
Corpancho
Lo asal'tea con ojos de ironfa
Ei. LOCO:
- .\guiirua.
La frase
del loco es apenas del labio burbujas
que en láminas leves
sus cuerpos hialinos deshacen en suevc susurro de espumas.

Y las teclas
suenan rápidas,
y al loco le dicen
ligera~, ligeras, sus ritmos que él oye como unas palabras.
El, oldo atento,
fija la mirada,
hasta la pupila
desde el éter baja,
como de oro fluido,
de Jacob la escala;
mientras dice el piano con ligera lengua
el vocabulario de su rica gama.
Y Corpancho rle,
y en su rostro claro
nna docta mueca
le nimba los labios.

CORPáNCUO:
-Y bien? .. . .

EL LOCO:
-Hablé. La escala de las divinas notas
entendí. Del enigma las regiones ignotas
iluminé con luces rítmicas. Tú no sabes
lo que dicen las notas, las armónicas aves
del Espíritu Santo: el Arte. La Harmonía
me ha contado un secreto ....
(Continuará.)

*
EL

LOCO, CORPáNCHO.-(L3. ARAÑA
un rincón de la sala.)

y EL

INSECTO se apartan á

EL LOCO:
-Soledad hall!!!
¡Oh felicidad!
Nunca /L:Díos hablé
sin la soledad.
En los lóbregos rincones do no se oye voz humana
se alza la hostia en mis iglesias, y repica la campana.

367

�REVISTA MODERNA.

EL NOCTURNO EN SOL.
"
NA yacía moribunda en su lecho de pecadora. La tez de sus brazos era delicada
en la apariencia de su pulpa, comparable á los pétalos de las peonias blanca~,
y descendía en albura lunar hasta sus dedos gráciles cuajados de cintillos: sobre
los dedos marchitos, los grumos de iris de las piedras preciosas semejaban gotas
de rocío prismadas por el sol en una flor agostada. Ana morfa á los veintiocho
años, después de haber sido la cortesana más bella y más adorada. Las pasiones
que habla encendi•lo, abrasaron á su paso, como al paso de un arcángel de exterminio, de un Luzbella
maldito, juventudes y fortunas, rubores y adolescencias, dignidades y aristocracias, esperanzas y hastlos.
Flor de sensualidad, deleitosa hembra de amor, copa henchida de elixir, escanció su fragancia de vestal venusina en noches blancas, bien por un joyel de crisólitos, bien por un beso! Y del torbellino de
placeres en que soñó su juventud indestructible, salia hoy náufraga con un pufiado de diamantes por
único tesoro, para rescatar sus huesos de ser turbados en el descanso perdurable. La fiebre coneumidora
que la devoraba, haciala desear una cripta de kaiserina, un primor de capilla marmórea en la que pu•
diera dormir para siempre bajo la loggia columnaria de Paros tan fl'ágiles y blanco, cual sus huesos de
ave de paso, de ave viajera que emigraba á otros orbes en busca de nuevas primaveras y nuevas juventudes!
Sensual hasta en la muerte, hablase reclinado á. morir en un suntuoso lecho de blontlas malinesas y
antiguos guipure3 siameses; sus batas de cachemiras bordadas flordelisaban la claudicante belleza mero·
vingia de la he, mosa; para sus pies nervioso~ y tlesecados había hecho traer criscalefantinos chapines asiá·
ticos con la punta curva cual prora griega; los brocados y drapedas de su lecho tallado en ta.pincerán,
daban la nota señorial en un camarin coqueto alfombrado de blanco y lila, ornamentado con cortinajes diáfanos de matices muertos en que se bosquejaban paisajes de ensueño, ornado con un precioso tocador Imperio sobre el que descansaban prinurosidades de Sdv1·es y Saxonias, plafonado por una ninfa desnuda y prisionera en los brazos de un rapaz Amor impúber. El ambiente cargado de ixora nipona, el per•
fume de Ana, enervaba los sentidos predisponiéndolos á la ebriedad de la muerte, de la muerte que llegaba
paso á paso, cansada de espigar vidas cual se espigan violas en las mieses doradas del Otoñe).
Ana entreabrió de pronto los ojos tenebrosos y radiantes, ojerosa y febril traf:l breve soiiolencia, y
fijó su mirada. enante en un punto vago, con la expresión de quien despierta á escuchar. Era, en verdad,
un preludio que surgía de un piano como un gorjeo de pájaro; un preludio improvisado por una imaginación de artista-Ana escuchaba con deleite-; un preludio que convidaba á olr lo que siguiera á tan
fugaz y bello impromptu, y un instante después el nocturno en sol de Chopin, el nocturno eterno, la divinlsima reYerie doliente hacia flotar hasta los astros su cauda mecedora, su arrullado1· vaivén de berceuse
con que una alma. enamorada durmiera á otra alma enferma-es, ciert'amente, ese noctumo el que escribió Cbopin para arrullar á su bienamada enferma-y desgranaba. en la noche estrellada su constelación
de notas, semejantes á murmurio de paseres en el intento cromático bordado de terceras y sextas ... ,
Ana escuchaba con deleite, y de súbito, aquel deleite se transformó en dolor: era la página negra
de su vida! la flor de su vida! el único amor de su infocunda vida!-Ana tenia entonces dieciseis años, era
apasionada y soñadora, y acababa de ser profanada por un veterano libertino que se hizo su esposo con
la obsesión de sus ojos tenebrosos y radiantes, de su tez blanquisima y transparente, de su boca. seme•
jante á una herida abierta por un dardo del Amor! Iniciada, sintió despertarse en su sangre un fuego
extraño que basta entonces habla dormido latente; hecha mujer en una noche, sintió impulsiva repulsión
hacia el revelador, y al mismo tiempo una eul'iosida.d precoz de saberlo todo, una ansiedad egoísta é
hipócrita de descubrir uua enti·evista Citerea que la hacia abandonarse con aparente inconciencia á los
urores victimarios. Sus descubrimientos la. pavorizaban con este pensamiento perversamente hermoso:
•¿Qué será sintiendo amor .... ?, -y calda súbitamente en el fango como una garza rea.! herida en el cenit del cielo, sup &gt; fingir amJr, supo deleitar y languidecer, sin sentir vibrar una sola fibra de su alma!
Empero, el ac1u'1alado epicurel3ta bien pronto se ha~tió de la regia perdiz, como en un tiempo el

369

galante Rey- SJI; y huyó, recial'io de amor, á ténder su red en aguas menos !Impidas, pero más proficuas
en pe3querias. Ana quedó á merced de la soledad, la gran azuza.dora de deseos, y se echó á soñar en
ª'"'º que saciara su sed despierta pre&lt;lozmente.
" Hjalmar Waleski era el llamado á consolar la soledad de Ana. Slavo y artista, de brumosas pupilas
azules, de complexión gimnástica bajo la americana abotonada hasta el cuello, pulquérrimo y desaliñado á la vez, pues su barba y cabellos crespos y rubios crecían copiosamente, era el pianista consentido
de las mujeres. Vástago errante de Varsovia, hablase ingertado en nuestra América de razas indolentes
y pensativas, y al vibrar bajo la presión de sus dedos las cuerdas de un Steinway ó un Blüthner, pare-ela
evocar el espectro de los Cárpathos ante el paisaje de los Andes, parecía que la(nivosas estepas polacas
surgieran en las sabanas perpetuamente primaverales!
Ana hizo venir al artista á su palacio, y el poema de amor principió el pl'imer d[a, cuando ella le
abandonó sus manos de fluido envolvente para encontrar una posición estética sobre el teclado; una dulce JanoouíLlez los invadió al contacto de las manos sensuales y purisimas de Ana sobre las manos nerviosas del músico; los dos callaban, turbados, ruborosos, sin osar mirarse, y de pronto sus dedos se engarzaron en brusca acometividad, y sus bocas se buscaron y se prnndieron para no separarse sino después
de un beso que duró una noche! Al despertar de aquel beso, Ana, que se habla quedado dormida á la
alborada después de un breve instante, buscó la crespa y rubia cabeza amada sobre el almohadón Y no
Ja encontró; pero de pronto una música ardiente, arrulladora, celestialmente triste, el nocturno en sol, aca•
rició su despertar con su queja enamorada .... y Ana sintió entonces que amaba á Hjalmar, que lo amaba con la única pasión del alma que podría florecer en su vida prelestinada, y lloró raudalosamente., •,
( El nocturno en sol entraba ahora en su rítornelo idílico y pastoral y glosaba su frase dolorosamente modulativa sobre la séptima menor .... )
... .. y lloró raudalosamente al escuchar el canto bucólico y plai'íidero que le presagiaba un crut:l
d1•btino!
Los amantes gozaron plenamente su loca y turbulenta pasión, pues el artista hablase también enamorado de Ana, y sin perturbarse del mañana bebían con avidez la ventura fugaz, la dicha que aprisionada cual arn incauta, no espera sino que se abra la mano que la oprime para tender el vuelo! El aban•
dono ele Ana por la vida orgiástica de su esposo, les permitió amarse libremente durante largas noches
preciosas, y cuando hablan fatigado su organismo en dulces trueques deleitosos, iban al piano Pleyel,
gemebundo y vibrátil, y el artista evocaba los espectros de John Field, de Stephen Heller, de Robert
Schumann, de Friedrik Chopin, los genios románticos más poderosos que ha tenido el piano, y se embria,.,.aban de música tanto como se habían embriagado de amor!
" Pero la música más sentida para el espíritu apasionado de Ana, era la del polaco; ni la del irlandés,
ni Ja del húngaro, ni la del sajón despertaban en ella las sensasiones exquisitas y radiosamente intensas
que la música tenebrosamente divina del varsoviano genio, y traducida espasmodiosa y subjetiva por el
apasionado Hjalmar, hacia desmayar de felicidad y sufrimiento á la pobre neurótica, f101· de sensn.alidad,
deleitosa hembra ele amor, copa henchida de elixir que debla ser trasplantada en breve de la invemácula
al pudridero! .... Una noche dormla. en brazos de Hjalmar, bajo la tenue luz rosa del camarín nupcial,
en yacente grupo de amor que hiciera soñar en la reina Ginevra y Lanzarote, cuando una estruendosa
irrupción los hizo despertar; Ana echó sobre su cuerpo desnudo un peinador y Hjalmar cubrióse con su
caf.itáu de pieles y blandió una daga. damasquina, á tiempo que se abrían los cortinajes del portier y entraba el esposo precedido de dos lacayos con candelabros encendidos y seguido de un séquito de amigos
en traje de recepción y ebrios todos: venían de un baile en el Club Hlpico, expresamente invitados á pre•
senciar un adulterio!. ....
(El nocturno en sol había vuelto al primer motiT'o y espasmodiab:i. hasta el paroxismo su frase ini•
cial modulada con arrebato febril en la esfera aguda del piano .... )
Ana y Hjalmar habían retl'ocedido hasta un ángulo y parecían incrustarse en el muro, helados, rigi•
dos, con los dedos crispados ante la mirada torva y la risa ebria, sarcástica, sardónica, demoniaca del
mariJo u!trajado. Reía en silencio, siniestramente, innoble y clnico ante la afrenta, y sus amigos pasando de la nerviosidad expectante de una esperada tragedia á una comedieta plebeya, reían también con
risas sofocadas encontrando grotesco el lance. Hjalmar, indignado, lívido de rabia, transformado súbitamente en vengador de tal ultraje á la dignidad humana, avanzó ceñudo y tenebroso, airado y resuelto
A matad .... Ana comprendió que mataría, y rápida se asió á él en constricción ofidia . .. . Pero no hubiera sido necesario: Hjalmar se habla detenido petrificado por el asombro de lo increíble: el esposo de
Ana reía ya no en silencio, sino con hilaridad creciente que estalló en una carcajada sonora, coreada por
una. carcajada homérica de los intrusos!
-Sois unos cobardes, miserables, bandidos!. ... Venid todos contra mi, armadoJ c1mo yo!. .. . Canallas ... . ! Ven tú el primero . . .. tt'.1, el más vil!-rugió Hjalmar.
Las risas decreclan, y en medio de esa risa siniestra como la de las Walkirias ....
(El nocturno en sol hacia soñar con sus terceras y sus sextas en una risa desgarra lv:·a . . . . d11spechacla ... torturante . . . . )
.... la voz del libertino degradado, del marido bufo, del truhán abyecto, murmuró trabajosamente:
- Famoso!. .. . Magnifico!. . . . Es un soberbio galán de ópera!. .. . Blande un puñal. .. y no memata! . ... -(Y luego con voz sorda) - ... . Y no se mata!
JIJa~u sintió.una col)moción:espa.nt,i3a. Ah, sl!-El villan1 tenla razón: entra apuña.lea.1· inútilm3nte

�REVISTA MODER~A.

37u

y perder la vida, era esto lo prescrito! .... Sin matar, lo llevarían á. una. prisión y arrastraría á ella :í.
Ana: el testimonio del adulterio estaba flagrante: su vida estaba rota: su muerto salvaría á su ama&lt;la ....
debía, pues, morir! Y súbito y centellante, hundióse la daga en el corazón.
~na estremecióse con mortal espanto al recordar el epilogo del sangriento drama: su expulsión cltl
palacio por el ebrio frenético ante el cadáver del amante su perro-rinación errante en la noche borren·
da, Y por último, su llegada á un lupanar pidiendo bospit~lidad, y ~u hundimiento vcrtigiooso en el fango, de donde fuera rescatada más tarde por su hermosura pesada en oro!
•••.Por la muerte!. ... que venia paso á paso, cansada ele e3pigar viLlas cua! se C'Spigan violas en
las mieses doradas del Otoño ....
(E~ nocturno en sol ht.blase detenido en la frase rota en séptima disminuida, y tras el descanso del
~ald~ron, querellábase en un último lamento virgiliano y doliente, plañidoramente triste, de una poesía
rnfimta do amor Y do muerte, y aquel final gemebundo pa1·ecla decir á Ana agonizante: e .... yo soy el
dolor hecho arte!. ... la encarnación ideal de una alma demasiado inmensa demasiado luminosa incomprens1ºbl e para organismos deleznables!. .. . soy la muerte bocha música el 'amor hecho m1isica el' placer
Y e\ hastlo he~l~os música adormidera ele sueños imposiblc3 .... do ar,lionto3 delirios sin no~bre!. . . .
ven.• ... ya v1v1ste, gozaste y padeciste! .... bebiste hasta las hoces el placer de los placeres ... . amar! ... .
muel~! .... oh! celestial vampiro de amor! .... soñar moribunda es tu suplicio! .... soy el mal transfio-u.
rado en arte! .... y te hiero! .... y te fulmino! . . .. y te brindo con crueldad fascinadora el sopor maldito
do la muerte!. . .. V l}n, vdn, deleitosa!. ... deleitosa! .... deleitosa . ... , )

ltuoÉ;,, M. CA:\IPOS.
1901.

SAUDADES.
(A la manera de Lope).

¿D.&gt; eftays, fieles amigos, novia pura,
Que no habeys oonteftado á mis clamores,
Vosotros que sabeys de mis dolores,
Ella que me premió con su ternqra?
Cielo a:,¡¡ul de la Patria, la venturll, ·
Perdí de contemplar tus efplendor~s,
Y fin verte fon fünebres las flores,
El campo trifte, 1a·mañlma efcura.
Venid con vucftra voz arrulladora
Membranzas de mi cuita compañe/as
A recordarme el bien que me enamora,
Volved, volved, memorias lifoogera~,
Con tan rápido vuelo como agora,
O si quereys con alas más ligeras.
EFRÉ)I

G uatemala, Nov. de 1901.

REBOLLEDO.

OH FAIREST OF THE RURAL MAIDS!

LA CAMPESINA.
W. C. l3RYA"'T.

¡Oh, campesina, bella cual ninguna!
Naciste de los bosques á la sombra;
Tus ojos infantiles vieron sólo
Resplandores de cielo y verdes frondas.

Oh f,1irost of the rural maidb!
Thy birth was in the forest shades;
Green boughs, aud glimpses of the sky,
W ~re ali that met thy infant eye.

Cuando niña jugaste vagabunda
En las selvas salvajes y boscosas,
Y aún guardas en tu rostro y en tu a!m'I.
De aquellas selvas la belleza toda.

Thy sports, thy wanderings, when a child
Were ever in the sylvan wild;
.And ali the beauty of the place
Is in thy heart and on thy face.

Se ve en el claro- obscuro de tus rizos
La sombra de sus árboles y rocas;
Tu paso es como el viento, porque se abre
Camino juguetón entre las hojas.

Tbe twilight of the trees and rock~
Is in the light shade of thy locks;
Thy step is as the wind, that weaves
Its playful way among the leaves.

Dos fuentes son tus ojos, cuyas agllas
El cielo azul reflejan silenciosas;
Y tus pestañas son como esas hierbas
Que en el arroyo su verdura copian.

Thy e.yes are springs, in whose serene
And silent waters heaven is seen;
Thei1· lashes are the herbs that look
On thei1· young figures in the brook.

La selva virgen por el pie no hollada
No es más pura que tu alma encantadora;
Y de aquellas tranquilas soledades
Allí la paz dulclsima atesoras.

The forest depths, by foot unpressed,
Are not more sinless than thy breast;
Tue holy peace that fills the air
Of those calm solitudes is there.

JoAQUi~

D. CAS.\.S(·s

MONTES, VALLES YALMAS.

W. C. BRYANT.

UPON THE MOUNTAIN'S DISTANT HEAD.

W. C. BRYANT.

Sobre la cumbre del lejano monte,
De nieve nunca hollada, siempre blanco,
Donde todo es silencio y muerte y frlo,
Brilla tardt: del sol el postrer rayo.
Y allá á lo lejos, bajo aquellas rocas,

Están los valles que esmaltó el verano,
Bosque do habitan pájaros y greyes,
De sombra oscuros, por la niebla opacos.
Asi para las almas generosas
De la vida la luz huye temprano;
·M as para las que son duras y frias,
Tardío )lega el resplandor de Ocaso.
JOAQUÍN

D. CASASÚS.

U pon the mountain',; distant head,
With trackless snows forever white,
Where ali is still, and cold, and dead,
Late shines the day's departing light.
But far below those icy rocks.Tbe vales, in summer bloom arrayed,
Woods full of birds, and fields of fl.ocks,
Are dim with mist and dark with shade.
Tis thus, from warm and kindly hearts
And eyes where generous meanings bLHn,
Earliest the light of life departs,
But lingers with the cold and stern.
\V, C. BRYAXT.

�REVISTA MODERNA.

JU"AN" E,IC::S::EFIN".
ACE pocos meses se ba celebrado en la iglesia de San Sulpicio la unión de Jacques Ri•
cheplo, hijo del poeta Juan Richepio, con una encantadora actriz, Mlle. Cora Laparce•
rie. No he asistido á esta ceremonia, que varios diarios ban calificado de •sensacional •
,._
Y de _la q~e han ~~cho crónicas muy extt&gt;nsas. Pero me ha complacido, á propósito d~I
. mat1:1mo010 del h1Jo, releer la obra del padre, ó, más bien, algunas de sus obras, que
me han sorprendido é mteresado más vivamente. l\Ie refiero á la Canción de los miseros, los Bla.~femos
y el Mar.
Lo que hay de inspiración sincera en la Canción de los miseros, el poeta nos Jo dice él mismo en su
prólogo.
• Amo á mis héroes, á mis pobres indigentes, dignos de lástima desde todos los puntos de vista, por•
q~e no s~lo _está hecho harapos su traje, sino también su conciencia. Los amo, no por eso, sino porque he
t!Jado m1 ~1rada e~ su miseria, introducido mis dedos en sus llagas, enjugado sus lágrimas sobre sus
ba7•bas ~uoias, comido de su pan amargo, bebido de su vino que embriaga y que he, si no excusado, al
menos explicado su manera extraña de resolver el problema del contrato de la vida, su exiatencia aventurera en las márgenes de la sociedad, y también su necesidad de olvido de embria&lt;&gt;'uez de aleo- 1·fa y
1 'd
'
b
'
b
,
esos o v1 os de todo, esas ~mbriagueces espantosas, ese goce que nosotros consideramos grosero, crapu•
loso, Y que es ~a alegria, sm embargo, la hermosa alegria de ensueño en floración, de ojos humedecidos,
de corazón abierto! la alegria juvenil y humana, como el sol es siempre el sol, aun en los charcos de fan•
go, aun en los cuoJarones de sangre. Y me gusta también ese no sé qué que los hace hermosos nobles
ese insti~to de bestia salvaje que los arroja á la aventura mala ó siniestr~ ¡es cierto! pero con u~a indc'.
pendencia huraña. ¡Es la maravillosa fábula de la Fontaine sobre el lobo y el perro! Estoy se"'uro de que
la recordaréia.''. . . .
"'
El mismo tono de esta declaración nos demuestra que la Chanson des gueux (y estoy bien se,,.uro de
ello) no es_ una obra de compasión humanitaria y revolucionaria, al modo de Los .Miserables, si ~ueréis.
Como él prnta á la mayor parte de sus harapientos completamente innobles, tenemos pocas o-anas de en•
tcroeccrnos por ellos. Y el mismo autor no pierde su tiempo en compadecerse. Asl, pues, cu:ndo Jo hace,
i.uc?a un poco á falso. Pero no hay que pedirle ni emoción ni piedad: pinta maravillosamente á sus an•
drnJosos y los hace hablar muy bien.
Hay ta~bién uea parte entera de la Chanson des gueux donde entramos &amp;in c&amp;fuerzo y hasta con
pl_~:~r, senc1llame~te por el i~stinto de rebelión que est[1 en n'.&gt;sotros, muy en el fondo, - desde el pecado
011 ~mal,-como d1rla un tcó.ogo. Ebtamos completamente agarrotados por las leyes, las conveniencias
soc1ale~, los prPjuicioF; la visión de hombres que persisten en vivir en la sociedad como fieras en un bos·
que, nos_ ~a usa un asombro en que se desliza una vaga envidia. La misma baja crápula tiene un sabor
~e rebehon;
re_g_res~ .á la ,·ida animal, en seres que la hablan sobrepasado; esta vida no e~, pues, ya
rnocente Y sm s1g01ficac10u como en las bestias: se mezcla á ello el goce de una pe, ,·ersidad y de una
protesta contra el orden pretendido del universo.
Agréguese que, considerad,, por el exterior y con la mirada de un pintor, la vida d:i los miseros lie•
ne ~ucho de relieve y de color, sea porque es excepción y forma contraste con la vida de la sociedad
reg~.ar, sea porque aun siendo libre y desprendida de convenciones, todo es alll por Jo mismo más ex•
pre6_1vo. Obsérvese, por otra parte, que lo que es sobre todo pintoresco, es la vida de arriba y la de abajo
la vida concebida como una visión de Veronese ó como una visión de Callot.
'
_La ~uerte cul~u.ra clásica de l\L Richepin ha podido contribuir ella misma á desarrollar su pasión por
la vida irregular e msurrecta. ¿Es cierto que algunos de los padres de nuestra literatura han sido p{;r
los siglos XV, XVI y XVU, bohemios completos?
' ·
. •¡Pillo! ¡t_ruhán!• dice l\f. Richepin á Villon, y Villon, tengo miedo, podda responder: •El seílor conoce
"'.?n t~do~ mis nombres • Bohemio, Rabelais, á creer en su leyenda; bohemio, Regnier; se sabe cómo vi•
vio Y a donde concunla s_u musa. En tiempo de Luis xnr y aun en tiempo de Luis XlV, los antros sa•
grados del Parnaso frances son tabernas semejantes á la en que Gautier conduce á Jacquemin Lampoude, donde se embozan con la capa esos glJ.e!/,~ (harapientos) sober]?io3 ~ue S!J )111man Théophile de Viaud,

_esª!

373

Cyrano de Bergerac y Saiut-Arnaucl. M. Jean Richepin continúa en nucst1·0 siglo las tradiciones de esos
refractarios. Y muy evidentemente, no ha tenido que esforzarse para esto, pues su genio natural tiene
mucho ele ellas, especialmente de Frani;ois Yillon y de Mathurin Regnier.
Por esto encontraréis una sincci idad, una espontaneidad muy suficiente en la ma~·or parte de la
Chanson des gueux. Los •gueux de los campos• dicen adorables canciones. La oclisea de un vagabundo
tiene grandeza y gracia entre su brutalidad. El poeta mezcla la buena naturaleza á la vida de sus gueux ,
que toman as! aires de faunos tanto como de mendigos.
Para el ,queux de Parls, hay que distinguir. Después de habérnoslo descrito muy brillantemente l\I.
Richepin, nos señala una bandada de aves viajeras que pasan muy alto sobre la cabeza de las gallinas,
de los patos y de los pavos. Estos volátiles son los burgueses; esas aves de paso son los gueux Los volátiles se agitan y el poeta los interpela:
Qu'~st- ce que vous a vez, bourgeob? Soyez done calmebl ..
IlPgardez-les passer. Eux, ce sont les sauvages
lis vont oú le désir le veut par dessus mont3
Et bois et mers et vent3, et loin des esclavages:
L 'air qu' ils boivent ferait éclater vos poumons ....
lis sont maigres, meurtri~, lús, harassés: qu'importt·!
L:i. haut chante pour eux un mislere profond .
Cuaudo l\I. Ricliepin nos presenta gueux que responden mAs ó menos á esta definición de buenos
gueux, ele buenos bohemios de letras, está bien; podemos interesarnos por sus •alegrías,• por sus •tris·
tezas• y por sus •glorias.• Pero ,¿canta un misterio profonrlo all:'t arriba para los arsonillés y los be
r.oits?• (la hez del pueblo, en la jerga popular).
Tenemos sobre este punto, las dudas más serias.
Que 1\I. Richepin los bosqueja aquí y allí ¡pase! puesto que son pintorescos después de todo.
Pero he aquí dónde comienza el artificio puro, el Pjercicio de retórica insurrecta, sí queréis; pero retórica. El poeta afücta entrar en su piel, que es una piel sucia, y habla su jerga, que es una lengua in·
fame, cuyas palabras apestan y contorsionan, cuyas silabas tienen arrastres grasientos y hacen ruidos
de glu glu.
La :Marsellesa des Benoitlf, Dab, Dos, Doche ¡y cuántos otros! son como trozos de versos latinos hechos con el g1·aius de la Caja Negra, del Pere Lourette, de gradus ad guillotinam. Es divertido aún;
pero, de todos modos, hay demasiado, y á cada edición, el poeta agrega más. Esta complacencia y este
detenimiento en tales recreos literarios son de un virtuoso algo pueril.
El vfrfooso (el ejecutante) se ostenta cada vez más en la obra de Richcpin. Será el virtuoso del ate is·
roo desnudo, del materialismo crudo, y ese prestigioso versificador será cada vez más como ese persona·
je de Labojois, que, sí conociera una palabrn más sucia que •coehino• la emplearla con gueto. Su retó·
rica grosera y pseudovillanesca triuufa de un modo horrorlfico en los Blasfemos. Alli me parece bien
que ni aun se encuentra la sombra del sentimiento sincero, á no ser la misma necesidad de sorprender y
• de escandalizar, y un pueril instinto de rebelión, por nada, por gusto. No conozco obra más extraña, más
falsa, ni más fria. ¡Qué singular idea la de venir á hacernos, actualmente, un poema ateo, en seis ó siete
mil versos!
Esos Blasfemos ¿á quién se dirigen? ¿A qué riman? ¿Estamos tan infectados de espíritu religioso?
¡Bueno está ese retórico con mala embocadura, · que pretende libertar nuestras inteligencias! ¿Cómo no
ha CO!!O~ido lo que hay en sus negaciones de grosero, de rudimentario, de infantil, de retrasado, de exce•
dido por el espíritu moderno? Nada de Dios, nada de moral, ni aun de leyes físicas: todo está gobernado
por el azar; la misma razón, la naturaleza y el progreso son !dolos que hay que deníbar como los otros.
Conclusión: comamos, bebamos y no pensemos en nada. Nos desarrolla esto con una alegria y una alta·
nerla sin iguales. ¡No hay por qué! ¡Hermoso descubrimiento! ¿Se figura él haber explicado todo, supri•
miéndolo todo? ¡Abominables supresiones! ¡De qué sentimientos exquisitos nos despoja el poeta! Ya no
más fo, no más esperanza, no más caridad, no más virtud, no más ensueños, no más ilusiones, no más
quimeras. ¡Qué triste mundo nos hace M. Richepin! No hablo aqui en nomóre de ninguna moral, ni de
ningúna religión. No me ocupo de la verdad, no me ocupo sino de la bellezá. de la vida. Las negaciones
de 111. Richepin son más ineptas que todas las afirmaciones.
i\Ie avergüenzo al ver un poeta llrico pensar como un antideista de las Batignolles.
¿Quién no cree, pues, en Dios? ¡Hay tantos modos de creer! Si no se cree como el carbonario, se cree
como Kant; sí no se cree como Kant, se cree como ::u. Renan, ó hasta como Darwin ó como llerbert Spencer. No creer en Dios, es negar el misterio de la vida y del universo y el misterio de los instintos impe•
riosos que nos hacen colocar el objeto de la vida fuera de uosotros mismos y más arriba. Es negar el
placer que nos causa esa cosa ínsensa~a que es la virtud; es negar el estremecimiento que se apodera de
nosotros delante del •silencio etemo de los espacios infinitos,• ó el hinchamiento del corazón en las no•
ches otoñales, y la languidez de los deseos indeterminados; es declarar que todo en nuestro destino y en
las cosas es claro como agua de roca, y que no tiene nada, pero nada absolutamente que explicar. Eso es
estúpido. Pero ¡Dios me perdone! iba á indignarme. Me olvidaba de que los Blasfemos no son sino un jue·
go de rimador. Era imposible tratar con menos seriedad un asunto más grave. Casi á cada página, cuan•

�374

REVlSTA MODERNA.

&lt;lo uno está á punto ull crcBr al pol'l11 arrn~trado por un sentimiento verdadero, una palab1 a sucia os salpica, ó una chuscada lúgub:c quu os anuncia que el poeta se divierte. Trata á cada instante á la nalural~za de prostituta y peor aún, y &lt;lllsarrolla en imágenes innobles el contenido de estas palabras. Y no se da
cuenta (·I, el matón de diosc~, que mientras simboliza tan suciamente la naturaleza y le dirige discursos,
obedece al eterno instinto que ha creado á los dioses. Esos dioses, en los cuales no cree, los injuria conti·
nuamente, por una convención de retórica verdaderamente demasiado prolongada. Es mucho conversar
con una pura nada. Cincuenta ó sesenta veces les grita: ,¡Esperad un poco, miserables! ¡picaros! ¡Os voy á
comer la nariz y á destriparos! • Y estira sus músculos, y ofrece á los dioses el tr11je humano. Es el Arpin
del atelsmo.
E;to no me impide admirar mucho á los Blasfemos. Este libro absurdo es soberbiamente entretenido, excepto en el final. Y la Canción de la sangre es • leyenda de los siglos• en compendio, donde cada
glóbulo de su sangre, legado al poeta por sus antepasados, canta su canción en sus venas, está muy cerca de ser una obra maestra.
Hay mucha más sinceridad en El lila1·. l\Ie parece que es, con la Canción de los harapientos, el mejor libro de i\I. Richepin. Los marineros, esos gueux del mar, están glorificados alll por alguien que los
ha visto de cerca y que los ama; y nos cuesta menos trabajo amarlos que á los •gueux de Parls• ó hasta
á los • gueux del campo.• Los Tres marineros de Groise y el Juramento son hermosos poemas, iguales
por lo menos á los Pauv1·es gens, y en el que entra más humanidad de la que l\I. Richepin emplea comunmente en sus rimas. Los marine1·0.&lt;J son tan francos y hermosos como si no fuera obra de un literato. No
podrla reprocharse á los marine1·0s sino contornos demasiado persistentes a veces con la tenacidad superflua y la inútil suciedad habitual en el poeta. Saboreo el esfuerzo de los poemas cosmogónicos del fin:
la sal, la gloria del agua, la mue1·te del mar. ¿Qué falta en elloi,? No lo eé; una insignificancia. Se quisiera más sencillez, se conoce demasiado que, en el pensamiento mismo del autol', son sobre todo • trozos• difíciles, toui·s de force de poesla lirico- cientlfica. Esos poemas tienen el error de hacer pensar en
l\L Camille Flammarion tanto como en Lucrccio.
Con todo esto, no cocozco ningún po!'ta capaz, en el momento en que estamos, de semejantes arranques de ,·e1·sos alejandrinos y otros. l\L ílíchepin tiene (sobro todo en sus versos muy superiores á su
prosa) la sonoridad, la plenitud, el color fra11cn, el tlibnjo pr&lt;'tiso, una lengua excelente, verdaderamente clásica por la calidad; y es el último do nuestros po1•tas que tenga, cuando él quiere, el aliento, la am•
plitud, la gran ola lírica. Es el único que, después de Lamartine y de Ylctor Ilugo, haya compuesto odas
dignas de este nombre y que no haya perdido aliento antes del fin.

E~ELFOZO.
(DE LA LECTURA, DE MADRID).

Por el boquete irregular salla una claridad rojiza y algo como un_a bruma sucia y mal olient~. El
descanso dominical no habla pasado del noveno piso. Allí ya no habla tiempo, como no habla dla m noche. La contrata no tiene religión, no tiene entraiías.
Allá A lo IPj os, en la invisible encrucijada, se moda una luz. «¡Pegao ~stá, pegao está!•
.
-Ahora verás, ?llariquilla. Agárrate al primer lapo que tientes, encogete, Y no tengas m1cd!l; que
to.lo esto no es más que ruido y más ruido, y . ...
Una detonación espantosa les cortó el habla. - ¡Ahora si que todo esto se viene encima!- pensaba la
Relimpia, estremecida de pavor y temblando lo mismo que toda la ~asa.de .~ineral.
1
- ¿Ves? Esta es la musiquita que por aquí gastamo3. Vaya, Relnnpia, echate un trago, y afuera e.
susio. Nosotros ya tenemos las orrjas hechas á ésta barbaridad.
.
-Oid lo que os digo: como soy hija de mi madre y á. Dios tengo de dar cuenta d~ m1 person~, ~ue
ésta es Ja primera y la última yez que piso estos anduniales: ¿Lo habéis oído? ¡La ~r1mera y la ultJma
- No lo digas muy alto, - dijo Pedro alumbrando con el candil la cara de su rnuJer.
-¿Por qué? Lo digo. ¡Así Dios me olg~!
- Pues por eso. Porque puede olrtc.
~
Del fondo de aquella galería llena dll sum\Jra,;, salió la rnz lt•jaua &lt;le algún minero que acompauaba
sus tristes paso~ con la clásica copla de aquellas siniestras profundidades:
, ¡Pobrecitos los mineros,
qué desgracialtos son!•

........... ............

LEMAITRE,
De la Academia Francesa
JULES

PARA EL ALBUM DE ISABEL SANOHEZ DE CORONA.
(NIETA DEL BENEMERITO JUAREZJ.

Si hay hogares libres y folices
bajo el dosel azul de nuestro cielo,
se le debe á aquel héroe ll'gend~rio
que, inquebrantable y santamente terco,
venció á propios y extraños enemigos
en Veracruz, cu Puebla y en Querétaro.
l\Iexicano y poeta, en ningún álbum
como en éste en que brilla su abolengo,
pues que corl'e su sangre por tus venas,
pues que esplende en tus ojos su talento,
podría yo, con tan sincero orgullo,
d~jar- flores anémicas-mis versos.
Que estas flores, llevadas por tu mano,
vayan hasta el altar de su recuerdo,
mientras le pido á Dios que sea el tuyo
-en premio á tus virtudes y á su genioel más feliz de los hogares libres,
que cobija la sombra de tu abuelo
MANUEL

México, Diciembre de 1901.

PUGA y ACAL.

Vll
Lo do bajar al pozo fué ya el remate de la locura, según la Relimpia. Aquellos hombroneP, envalentonados con w presencia, querlan que lo conociese todo, que admirase el desdén que ellos haclan
de Jos pelig1 os. Y no hubo más remedio que bajar alli donde ellos trabajaban, de donde sacaban aquel
pan negro y jugoso que á todos mantenía.
.
No quisieron que los trabajadores;\. quienes venían á relevar, cargasen los barrenos. Esa hubiera
bhlo la imprudencia mayor.
. .
.
.
y hecha la gran lazada minera, recogidas bien las enaguas, l\Ianqu1ta ~aJÓ por aquel tubo de ~meral, pausadamente, como en un columpio, sin miedo ya, porque la voluptuosidad del espanto, del peligro
afrontado la envolvía en esa mansa atmósfera que á veces necesitan las almas.
Al Jle~ar al fundo, Pedro la recogió en sus brazos. Un instante sintieron uno el corazón del otro
golpeando sordanientc, con anhelos distintos .. . . .
- ¡Qué cosa más horrible es un pozo! Aquí no se respira.
. .
- Pues yo, óyelo bien, l\Iariquilla: yo, c,m tal que estuviéramos solos, querrla nvu·. en un pozo: en
éste en cualquiera . . . .. Ahora, vivos; después, muertos. Pero que nuestros huesos se Juntaran, se refrrdaran, aunque las piedras todas que hay en el mundo las echasen encima.
- ¡.Jesús, qué bruto! Buena cosa quieres.
.
.
- Eh, quitarse del medio, que allá va este cura,- voceó Pablo que baJa:ba rápidamente.
.
Pt1dro miró á su mujer en los ojos y la soltó como una cosa que se abanaona, que se ha perdido para
siempre.
.
El muchacho del torno fu é echando en el esportón las cosas que le pedian de abaJO,
- ¡Cuidado con la bota! Ponla bien. Apri étale el taponcillo.
Comieron y bebieron en aquel redondel en que los tres cabian apenas. Los candilones en~anchado_s
en Ja roca alumbraban el banquete con sus llamas apestosas y rojizas. El áspero sabor de mmeral qm·
taba el gusto propio á la comida, y la triateza que salia de la piedra é inundaba el pozo, parecla pesar·
les en el ánimo como si fuese aquella montera enorme de mineral que se alzaba sobre sus cabezas.
Los agujeros de los barrenos dispuestos para la carga, parecían dos ojos redondos, inmóviles, que
les miralJan con espanto.
- ¡;\lira que esto es triste! ¡Yaya si es triste! Bien podlamos h~ber comido ali~ an_iba, teniendo por
cobertor el cielo y por candil el sol. Que me den sol, que me den au·&lt;&gt;, y con eso solo vivo. .
-Cállate, Relimpia, que esto también tiene sus cosas. Si estuviera Lagarto, ese te las dll'la, No sale
de aqul ni á tiros.

�ARo IV
376

MÉXICO,

21\

QUINCENA DE DICIEMBRE DE

1901

NúM,

24

REVISTA MODERNA.

-Ya lo ha dicho Pedro: es un cochino embustero.
-No, no-dijo Pedro.-Es un hombre cabal. Sólo que .... . sólo que es como la pirita rica: es duro
y pesado, y cuando cae encima hace mucho daño.
Pablo y Mariquita se cncogie.ron de hombros. No les importaba nada que Lagarto fuese embustero
ó cabal.
- Bueno: á recoger, y en seguida á cargar.
-Antes tenéis que subirme. No quiero ver eso.
-¡Eh, alJá Ya la merienda, chacho! Echa las cápsulas.
El esportón funcionó breve espacio, subió y bajó aceleradamente, y en un tanto que la mujer miraba
con cierto vago espanto no exento de curiosidad, los hombres cargaron sus barrenos, serenos y frlos
como artilleros que disponen las piezas para entrar en combate.
-Ya están. Esta mecha no se corre.
-¿Quién sube?
- Sube tú, Pedro. En cuanto ésta e&amp;té arriba, pego, y de dos tironazos me planto en el torno.
La Relimpia vió á su marido subir con la lazada en el muslo y el candilón en la mano: á medida que
ascendla se iba empequeiiecíendo, cambiando de forma; aquello ya no parecla un hombre: era una cosa
que llevaba una llama, un resplandor rojizo, que se tragó al fin aquel agujero lleno de sombras.
Descendió la cuerda ondulante, como un reptil gris que se desenrosca en la obscuridad; Pablo hizo
la lazada en que aseguró á la Relimpia; y como oyese gemit· el torno allá arriba, súbito puso el candil
en las me91as, y metiendo la punta del pie en la lazada, agarróse de un salto, asegurando con su brazo
derecho la espalda de la Relimpia y con la otra mano columpiando el candil.
-¡Hala, que está pcgao!
Movióse el torno.al empuje de los dos hombres invisibles que allá aniba estiraban los brazos; la
cuerda se puso tensa, y de pronto los elevó pausadamente por aquel tubo espantoso, de paredes irregulares en que brillaban como regueros de oro las vetas de azufre, y como esmalte azul las manchas de
sulfato.
Pablo se rela al verá la Relimpia acongojada.
-Descuida, que hay tiempo para todo: para subi r y bajar y volverá subir .... - Y con esa alegria
negra del trabajo subterráneo, rompió á cantar la copla clásica, que subla como un gemido del mineral
profanado:

REVISTA MODERNA
ARTE V
DIHECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dubldn.

•¡Pobrecitos los mineros,
qué desgracialtos son!•
Ya estaban bien altos cuando Ptldro paró el torno para limpiarse de una manotada el sudor que le
escocia en los ojos. llfiró por encima del cilindrn, y vió el gl'upo colgante. Pablo, abrazado á su mujer,
columpiando la llama, erguido y con un pie en el aire como esos urogantes angelotes que sostienen
lámpal'as en los retablos; ella confiada, gozosa en aquel abrazo recibido delante del peligro, en las entrañas de la madre tit:l'l'a .....
Y la nube ensangrentada que cegó á P~dro la noche de la confide11cia cruel, de la puñalada mortal
con que le partió el corazón la lengua de Lagarto, volvió á cegarle allf, en aquel supremo instante en
que le pareció que el pozo ardla, fundiéndose en una espantosa llama policroma y voraz que purificaba
al mundo.
El muchacho del torno, aterrado por aquella parada incomprensible, tendió los brazos pal'a mover
el cilindro arrollador; mas éste siguió inmóvil, sujeto por los brazos de Pedro, que seguía mirando hacia
abajo con la nariz dilatada, los labios gri3es y los ojos entreabiertos bajo un frlo torrente de sudor
sucio .....
Al fin los de abajo se alarmaron.-¿Pasa algo?
Y respondiendo á esa pregunta, bajó nn rugido siniestro, como una condena de muerte:
-¡Perra! . . . . ¡Perra! ¡Mal amigo!
Dos gritos de pavura mortal, de atroz angustia, subieron en súbita explosión del instinto de vida
Aquéllos, que juntos pareclan un racimo frrsco de juventud y de amor, hablan visto todo su drama como
á la Tnz de un relámpago.
Abajo corrla la muerte por la mecha de pó!Yora, inevitable, segul'a, veloz como el pensamiento: arri·
base cemla la muerte en la voluntad justiciera del hombre ofendido, del amigo ultrajado ..... y ellos
estaban alll, pendiente:,, su~pendidos entre los dos abismos espantosos; en la misma eternidad, insondable y obscura.
El asombro no dió lugar á. la súplica: el candil de pablo cayó al fondo del pozo, rojizo como la llama
de una vida que se hunde en lo eterno .... .
Crujió la bóveda; se estremeció la galerfa; del pozo salió un huracán de aire, de estruendo, de gases,
de polvo cobrizo .....
Los del torno cayeron de espaldas. Una negrura densa envolvió aquel sitio, que aún vibraba con el
sonoro estremecimiento de la explosión, ¡quizá, también, con lo espantoso de la tragedia!
Jos.é NOGALES.

[PROF■TA8 DE MrOt'EL ANOEf,.-CArlLLA SIXTINA.-RO)fA,

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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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      <name>El nocturno en sol</name>
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      <name>En el pozo</name>
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