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                  <text>ARo IV
376

MÉXICO,

21\

QUINCENA DE DICIEMBRE DE

1901

NúM,

24

REVISTA MODERNA.

-Ya lo ha dicho Pedro: es un cochino embustero.
-No, no-dijo Pedro.-Es un hombre cabal. Sólo que .... . sólo que es como la pirita rica: es duro
y pesado, y cuando cae encima hace mucho daño.
Pablo y Mariquita se cncogie.ron de hombros. No les importaba nada que Lagarto fuese embustero
ó cabal.
- Bueno: á recoger, y en seguida á cargar.
-Antes tenéis que subirme. No quiero ver eso.
-¡Eh, alJá Ya la merienda, chacho! Echa las cápsulas.
El esportón funcionó breve espacio, subió y bajó aceleradamente, y en un tanto que la mujer miraba
con cierto vago espanto no exento de curiosidad, los hombres cargaron sus barrenos, serenos y frlos
como artilleros que disponen las piezas para entrar en combate.
-Ya están. Esta mecha no se corre.
-¿Quién sube?
- Sube tú, Pedro. En cuanto ésta e&amp;té arriba, pego, y de dos tironazos me planto en el torno.
La Relimpia vió á su marido subir con la lazada en el muslo y el candilón en la mano: á medida que
ascendla se iba empequeiiecíendo, cambiando de forma; aquello ya no parecla un hombre: era una cosa
que llevaba una llama, un resplandor rojizo, que se tragó al fin aquel agujero lleno de sombras.
Descendió la cuerda ondulante, como un reptil gris que se desenrosca en la obscuridad; Pablo hizo
la lazada en que aseguró á la Relimpia; y como oyese gemit· el torno allá arriba, súbito puso el candil
en las me91as, y metiendo la punta del pie en la lazada, agarróse de un salto, asegurando con su brazo
derecho la espalda de la Relimpia y con la otra mano columpiando el candil.
-¡Hala, que está pcgao!
Movióse el torno.al empuje de los dos hombres invisibles que allá aniba estiraban los brazos; la
cuerda se puso tensa, y de pronto los elevó pausadamente por aquel tubo espantoso, de paredes irregulares en que brillaban como regueros de oro las vetas de azufre, y como esmalte azul las manchas de
sulfato.
Pablo se rela al verá la Relimpia acongojada.
-Descuida, que hay tiempo para todo: para subi r y bajar y volverá subir .... - Y con esa alegria
negra del trabajo subterráneo, rompió á cantar la copla clásica, que subla como un gemido del mineral
profanado:

REVISTA MODERNA
ARTE V
DIHECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dubldn.

•¡Pobrecitos los mineros,
qué desgracialtos son!•
Ya estaban bien altos cuando Ptldro paró el torno para limpiarse de una manotada el sudor que le
escocia en los ojos. llfiró por encima del cilindrn, y vió el gl'upo colgante. Pablo, abrazado á su mujer,
columpiando la llama, erguido y con un pie en el aire como esos urogantes angelotes que sostienen
lámpal'as en los retablos; ella confiada, gozosa en aquel abrazo recibido delante del peligro, en las entrañas de la madre tit:l'l'a .....
Y la nube ensangrentada que cegó á P~dro la noche de la confide11cia cruel, de la puñalada mortal
con que le partió el corazón la lengua de Lagarto, volvió á cegarle allf, en aquel supremo instante en
que le pareció que el pozo ardla, fundiéndose en una espantosa llama policroma y voraz que purificaba
al mundo.
El muchacho del torno, aterrado por aquella parada incomprensible, tendió los brazos pal'a mover
el cilindro arrollador; mas éste siguió inmóvil, sujeto por los brazos de Pedro, que seguía mirando hacia
abajo con la nariz dilatada, los labios gri3es y los ojos entreabiertos bajo un frlo torrente de sudor
sucio .....
Al fin los de abajo se alarmaron.-¿Pasa algo?
Y respondiendo á esa pregunta, bajó nn rugido siniestro, como una condena de muerte:
-¡Perra! . . . . ¡Perra! ¡Mal amigo!
Dos gritos de pavura mortal, de atroz angustia, subieron en súbita explosión del instinto de vida
Aquéllos, que juntos pareclan un racimo frrsco de juventud y de amor, hablan visto todo su drama como
á la Tnz de un relámpago.
Abajo corrla la muerte por la mecha de pó!Yora, inevitable, segul'a, veloz como el pensamiento: arri·
base cemla la muerte en la voluntad justiciera del hombre ofendido, del amigo ultrajado ..... y ellos
estaban alll, pendiente:,, su~pendidos entre los dos abismos espantosos; en la misma eternidad, insondable y obscura.
El asombro no dió lugar á. la súplica: el candil de pablo cayó al fondo del pozo, rojizo como la llama
de una vida que se hunde en lo eterno .... .
Crujió la bóveda; se estremeció la galerfa; del pozo salió un huracán de aire, de estruendo, de gases,
de polvo cobrizo .....
Los del torno cayeron de espaldas. Una negrura densa envolvió aquel sitio, que aún vibraba con el
sonoro estremecimiento de la explosión, ¡quizá, también, con lo espantoso de la tragedia!
Jos.é NOGALES.

[PROF■TA8 DE MrOt'EL ANOEf,.-CArlLLA SIXTINA.-RO)fA,

�379

REVISTA MODERNA.

merciante prócer en la Cbina-Town de Yokohama, que fuma opio como un teriaki, pero que es honora·
ble; que ti~ne un harem integrado por cinco mujeres (excluyendo la legitima que impera con el mayor
absolutismo) y que á pesar de ese harem es un virtuoso, un casto .. ••:•
..
Todo esto creo de IIengh- Li- So, porque Hengh- Li- So es mi amigo, porque me d1v1erte, PQ_r_que e~
amable con los (diablos occidentales) europeos, y porque su verbosidad poco asiática, su ~ucac10~ c~si
europea, Jo hacen accesible al trato social, cosa rara en un chino viejo. Cuando 1;1engh- L1- So me mv~ta
á su casa, sé que el bogar chino descorre sus misterios ante mi y que el serrallo mtegrado por_J~s seuo·
ritas Wong, Fu -kian Lao, Foé, etc., estará visible ante mi justa curiosidad toda vez que el despot1co due.
¡10 , de gracias tan exóticas, confía en mi lo bastante para hacer que mis ojos de bárbaro profanen las
muelles dulzuras de su particalar gineceo ..... .

. . . . .. ... . .. .. .. . . . . .... . . . . .. .. . . .. . . . . . . . .. ..... .. ...... .
....ii~~~- ~~~/ ~~. ~~~~ ·¿~ ii~~~h-·_¿~s~. Su retrato? Una cabeza rapada, excepción hecha del occipucio
'

LA MUJER DE TJUANG-TSÉ.
Yokohnma. Agosto, 1800.

A LUNA llena tramonta, emergiendo tras de los boscajes del Bluff y sobre el bruñido disco del astro, sobre la luminosa nebíina de su halo, se
recortan los retorcidos follajes de arces y cryptomerias con firme y negra silueta, como los trazos de un pincel cargado de tinta china sobre la
seda engomada y transparente de los kakemonos .... Se levanta el ré .
gio astro, y primero riega con polvo de plata la techumbre imbricada y
negra del templo de Yakushi- Nyorai y luego sobre el dormido canal de
Motomochi, sobre el betún de sus quietas aguas donde flotan los soporosos csampanes,• hace eorrer arroyos de azogue tembloroso y zigzagueantes riachuelos de plata liquida.
No pued? ver sin vehemente temores ese soberbio plenilunio. Mi casa, por un excéntrico capricho,
sale del barrio eu~opeo donde deb!a estar confinada, sale de su quietud nocturna y de su puritanismo
burgués Y por qwén sabe que veleidades de curiosidad indiscreta se empina sobre los Larrios chinos
sobr_e la pululante, hedionda y tumultuosa Cbina- Town!. ... Y como el Chino es el noctámbulo por exce'.
le~c1a Y ~omo cada noche de luna en la celeste barriada es pretexto para sabatinas, agapes y faunalias,
adió~ qu1etu_d _soña~a y lectura prometida! Mis oídos se exasperan de antemano con el presentimiento de
las cien aud1c10nes mstrumentales y vocales que deberán sufrir en la abominable velada .. . . Un concierto chino!
El leitmotiv es el aullido de un gato en celo, un ulular continuo que acompaña un canto gangoso
todo apoyado ~or el sonido de instrumentos ríspidos que aguzan las más sutiles notas y las clavan coro;
un largo punzon en los oídos •...

· · · · iii~-¡~~~-r~~- ~;~~-1~~d~-d~~;·;¡ ~~~-;i~~~~ ·~;i~~i~-i~· ;~ ·
;;~~~~.--~~~
-~~s·i ~i~
Yent~~as. Una voz chillona! nasal ~ocahza la ~amosa serenata china: •Tai-Sisho-Sbeh-Way-Sjunmó.•
-?anc1on de moda hace dos siglos, al'lela romántica que refiere la historia de cierto joven que después de
,gastar toda su fortuna con una mujer galante, con una •Flor,• como los chinos dicen, viene á quejarse
con ella de que su padre lo abruma con su maldición.-Los banjos asmAticos los Pee-ba estridentes
guitarras, las agrias trompetas y _las sibil~ntes ocarinas acGmpañan la •Compiainte• del eun~co ti pendo
y además de esas ha~monias c!As1c~s com1en~a el murmullo de la Cbinerla noctAmbula que se apostrofa,
que ríe en falsete, mientras Jls muJeres prodigan sus desentonl\das risas y los perros aullan á la muerte coa el misera~le h~cico te~dído ha~ia la luna esplendorosa- ........ Estoy fastidiado, aburrido, quién
sabe qué demomo chmo destila en m1 cerebro la quintesencia del esplin ....

~¡ ·

...........................................

0

d~ ·K~~-~~F~é:

-~¡ 'ci~ -~;~

. Dos gol~es de aban_¡co sobre el pap~I de mÍ ~~~t~-~~; i~~~-~ ~~~ ·di~~~;~~~dl~t·i~~-~ Í~ -~~~
m1 amah, criada, de~emendo á alguno que pugna por entrar y al fin Asano, el criado de Hengh- Li- So
que descorre el bastidor,_ aso~a s~ ro~tl'O sonrien_te y tras de varios kotow (reverencias) y otros tantos
Tabradas án.1 Ta~ra~as an! _cmterJecc1ones vocat1vas de que soy objeto) me dice que está comisionado
por su amo par~ rnv1tarme a tomar thé y quizAs á cenar: ( e Hayako, bayako-o- cha- chop- chop.•) (Luego
luego thé y comida!)
'
Muy bien, Asano! Me has pro~orcionado lo que deseaba-pieuso dentro de mi-y luego en voz alta;
-Dile _al honorable :11eugh- L~· So que pronto llegaré á su palacio desde mi humilde choza. Pero no
babia terminado de dechnar las formulas de la politica china cuando Heng-Li-So en persona, se me presenta, ~-e toma del bra~o y rumbo A su opulenta mansión me saca de Ja pobre mía .....
Quien es Hengh-L1-So? Yo creo en mis adentros que es el más solemne canalla que ha parido china
al~una; pero en mis relaciones casi diplomáticas con 61 y sus congéneres creo que es un acaudalado co-

d~~-d~

·d~

'

que luce una delgada trenza, cráneo de microcéfalo, tez cetrina, pómulos angulosos, b~ca sens~al, de la·
bios enjutos que dejan ver una dentadura negra como bamizada con laca, y en los OJ1llos oblicuos una
gota de opio negro, una retina dilatada y febril, que bajo los párpados rugo~os, llora, ~le, arde! se nu·
bla entre los extraños efectos de los párpados temblorosos; Hengh- Lí es casi una momia, está disecado,
es un organismo de nervios y huesos agotado por las pipas de opio y por los.abrazos del har~m. • · · · ·
Hengh -Li está fdste, esta noche de luna en que aulla jubilosa tod~ la Cbme1:ia. Hengh- L1 est~ e~plenético y pesadumbroso, y al ofrecerme la primera taza de thé me dice en mal mglés algo que pieci·
samente equivale á la sentencia del viejo del Eclesiastós: cHe hallado más amarga que la muerte á la mu•
jer; la cual es redes y lazos su corazón y sus manos como ligaduras.&gt;: ••• •
.
y Hengh· Li (cuyo nombre significa la razón ptlrpetua) ve de re~Jo á una de su~ concubma~ que, so·
licita y pasiva, le carga la pipa después de hacer arder el opio prendido en una agnJa en la flama de una
lámpara; Hengh- Lí aspira la primer bocanada de su pipa y mienti·as. afuera ulula y aull~ la. nocturna
prostitución del ban io, me refiere lo siguiente, como una demostración de su frase de m1sogmo desen·
cantado.
.
T •
Hace muchos siglo@, muchas centurias, miles de años vivia en China un filósofo !~amado TJuan~- se
que tomó como tercera mujer á una hermosa joven .... Con el fin de entregarse meJor á s_us reflexiones
filosóficas se filé con ella A un lugar tranquilo, rehusando cuanto alto empleo le fué ofrecido por el Imperio.
Un dla que filosofando se paseaba, notó que babia llegado á un cementerio; sobre un sepulcr? re·
ciente, una joven de luto riguroso estaba sentada soplando con un gran abanico blanco la huesa hume•
da todavia.
El filósofo intri"'ado pre"'untó á la joven qué hacia allí y ella le respondió que esa tumba encenaba
los restos de su esp~so tiern:mente adorado, que dejándola viuda en la tierra babia destruido su vida
para siempre. e Pero, hija,-preguntó Tjuang-qué haces con ese abanico?-Nos amábamos tanto, respon·
dió ella, que cuando mi esposo agonizaba me hizo prometerle que no me volverla á casar antes de que
la tierra de su tumba no estu,·iera enteramente seca, y ahora, prosiguió, volviendo á llorar á mares, aho·
ra la tierra no quiere secarse á pesar de que hace mucho tiempo la oreo con mi abanico!
-Pobre hija rola, exclamó el sarcástico sabio, te compadezco, y en prueba de ello voy á ayudarte en
tu tarea.
La viuda aceptó el ofrecimiento y le dió al sabio otl'O abanico blanco, y co~o el fil~sofo pos~l3: una
virtud misteriosa conjuró á los céfiros basta lograr que la tumba se secara.- La Joven viuda, radiante de
dicha se fué dejando á Tjuang sumido en profundas reflexiones.
Cuando Tjuang volvió á su casa tenia aún en la mano el abanico, y su mujer cel?sa y excit~da le pre·
guntó de dónde venia. El sabio le contó el episodio agregando: •Ya v~s que lamuJeres_másperfidaque
Jas aguas del Océano. • Pdro la esposa se indignó replicando que esa viuda era una cin1ca, desvergon·
zada, afrenta de su sexo, y en el colmo de la indignación arrebató el abanico á su marido para hacel'io
mil pedazos.
.
Poco después Tjuang- Tsé enfermó y murió al fin á pesar de los s?llcitos cui~ados de su m~Jer. P~co antes de morir dijo á su el'pos11: •LAstima que hayas roto ese abamco ... . lástima, pues hubiera pod1·
do servirte!•
El ataúd con el cadáver dentro quedó en la cámara de luto hasta que los adivinos fijal'On el dia de
¡08 funerales y la casa se estremeció con los alaridos plañideros de la viuda desesperada. Pero la mujer,
en medio de su paroxismo doloroso, á pesar de su duelo, entre el iris de sus lágrimas distinguió á un joven que se confundia en el grupo de los dolientes.
Cada dia Ja viuda y el joven nnian á llorar ante el difunto, pero sobre sus pensamientos se desaho•
gaban en a1·diente lluvia como flores purpúreas los pensamientos de pasión.
.
Pocos dias bastaron para el mutuo acuerdo y la viuda ardiente procuraba cuanto antes conclmr el
nuevo matrimonio. Sin embargo, existlan obstáculos insuperables.
El no tenia dinero y se rehusaba á que las fiestas nupciales tuvieran por teatro la cámara en donde
un cadáver yacia ... . Pero la mujer allanó todo alegando que tenla dinero por los dos y en cuanto al
eadáver lo hizo transladar al fondo del jardln, bajo un ruinoso cobertizo ....
Nada se oponia ya al matrimonio y por fin la fiesta se celebró con pompa inusitada. Y cuando la fe·
111 pareja 86 encontraba en la mesa del festln, tru de la ceremonia, el joven palideció desmayándose,

�38¡)

REVISTA MODERNA.

quedando yerto y desencajado ante los asistentes consternados. La novia ululaba y hacia cuanto podla
por volverlo á la vida . . .. Entonces el viejo criado del novio explicó que su amo padecía periódicamente esos sincopes y que el único remedio que podla aliviarlo era bien diflcll; el joven para sanar necesitaba beber el cerebro de un hombre en un vaso de vino ....
La joven viuda habló algunas palabras con el viejo sirviente y á una señal afirmativa de éste se ar
mó de una hacha y corrió al fondo del jardin.
Rápidamente hizo pedazos el ataúd. Pero cuál seria su pavor al escuchar un profundo su spiro y al
mirar al cadáver incorporarse lentamente con los ojos abiertos.
-Esposa querida, decla el aparecido, dame la mano, ayúdame á levantarme.
Helada de espanto, la viuda llegó con su siniestro acompañante hasta la sala del ftlstln. - Alli no vió
á nadie, ni á su novio ni al viejo servidor.
Sólo vió A los comensales del ftlstln ante quienes el filósofo resucitado pronunció estas palabra3: •Tú,
dijo á su mujer, no has vuelto á casarte; tu joven novio fué una encamación de mi espiritu que quiso
poner A prueba la fidelidad que me juraste; pero no se juega con el Amor ni con la muerte, ¡ven conmigo!•
Los comensales del festln que huyeron despavorido~, volvieron al dia siguiente á la casa de TjuangTsé, y en el fondo del jardln, bajo el ruinoso cobertizo, vieron el ataúd hecho astillas y en su fondo los
cadáveres dd filósofo y de su esposa, amhos cubiertos por el blanco abanico del perjurio que secaba sobre las tumbas el roclo del llanto!

Y al concluir su relato Hengh- Li- So, se me figuraba el viejo del Eclesiastés: , He hallado que la mu jer es más amarga que la muerte, que es redes y lazos su corazón y sus m:mos como ligaduras •

JOSÉ JUAN TABLADA.

LA MIRADA DE TUS DULCES OJOS.
A MA RG A RITA.

En el santo templo de cirios cuajado
Donde vas á misa, yo jamás imploro
Ni musito rezos, pero arrodíllado
El perfil celeste de tu faz adoro.
En la calle miro tu ceñida espalda,
Tu sombrilla abierta bajo el sol radiante,
Y tu mano breve que pliega tu falda
El talón mostrando de tu pie elegante.
En el palco busco tus tiernas miradas,
Aunque tú escondiendo su lumbre tranquila
Abres tu abanico de plumas nevadas
Que como una nube vela tu pupila.
Súplica ferviente, recóndito ruego,
Te sigue la llama de mi vista ansiosa,
Te ronda y te cerca, como cerca el fuPgo
El ala vibrante de la mariposa,
Hasta que movida por lo que te quiero,
Sabiendo mi pena me ves sin enojos,
Y en mi ánimo triste como en un joyero
Guardo la mirada de tus dulces ojos.
EPRÉN REBOLLEDO.
Guatemala, Octubre de l!lOI.

UN SUICIDIO.
AQUINALMENTE, en una inconsciencia de sonámbulo, el pobre enamo1·ado encontróse de pronto ascendiendo raudo, jadeante, los peldaños del caracol del
campanario, cual un proyectil por un cañón rayado en espira. Acababa de jurar
que se matarla, después de una breve escena borrascosa con Rosalina, la morfina
lunarosa á quien había encontrado en el atrio de la Catedral.
Ella pasó, dando el brazo al rival, y Jacinto la habla llamado con su derecho
de antiguo amante. Y Rosalina condescendió, desprendiéndose un momento, para venir á decirle vibrando de cólera:
-Es la 11l tima vez, entiendes? ..... Se acabó! ..... Vamos! te aborrezco! ..... Ese otro es al que yo
adoro!
-J\lira, Rosalina, que te mato!
-Acaso eres hombre? .... Uy, uy! .... Te mato! ... ¿Y por qué no te matas tú? .... porque no tl'aes
ni un alfiler, verdad? ..... Pero si fueras hombre, subirías A la torre y te quitarlas de cuentos echándote! . ... Anda!. ... ¿Ves? La puerta del campanario está abierta .... Cobarde!
Y lanzando una sonora carcajada y dando una rabieta, Rosalina, la más hermosa y perversa de las
plebeyas galantes, huyó de Jacinto sardónica.mente burladora. El mozo sintió que una ola de sangre le
cegaba los ojos; luego livideció y tambaleóse, y como si alguien más pederoso que su voluntad lo empujara, se dirigió febril y penetró A la torre subiendo la escalera.
Llegó al primer descanso, en la explanada de las grandes campanas, y asomándose por la balaustrada de piedra, descubrió con ojos ávidos á Rosalina que habiéndolo visto subir, acechaba con mfrada avizora, levantado el rostro al cielo. Pero los árboles del atrio se interponían entrl' los dos, y como Julián
quisiera ser visto por ella plenamente, continuó ascendiendo tembloroso y palpitante, ahogado por una
secreta y extraña rnbia contra su propia cobardía sagazmente descubierta por Rosalina. Quería que ella
viera su hazaña suprema de valor, querla lavarse para siempre del estigma sangriento, con la tenebrosa
y fatal interpretación que del valor hace nuestra gleba. Cobarde él! ..... Ella, la perjura, la idolatrada
con una pasión de vida ó muerte, como las tremendas pasiones de los plebeyos atávicos de crimen, habla
juzgado cobardía su amor sumiso, aquel amor suyo pisoteado que A su pesar florecía como el cactus\
Para el mozo apasionado y romántico, una vez despreciado no le quedaba sino matar ó morir! No qabla
tenido valor para acuchillar A la pérfida, y puesto que ella lo habla desafiado á quitarse la vida, y lo que
más había lacerado su orgullo, afrentádolo de cobardía, debia probarle ante la ciudad entera que sa.
bia morir por ella como un hombre, y que le arrojaba su cadáver como un ultraje para callar su lengua
de serpiente!
De pronto, tras una ascensión de grumete por una escalera que colgaba en el vaclo, eneont1 óse en
el último cuerpo de la torre, entre los arzobispos de piedra que se irguen sobre los cuatro ángulos. La
ciudad extendiase panorámica y murmurante, bajo la esplendorosidad de un crepúsculo de fuego, una
hornaza ígnea de luz vesperámicamente deslumbradora. Las cúpulas y los campanarios de cien templos
seculares se alzaban altivos en proclamación monumental de muertas centurias conquistadoras; y las
manchas verde- obscuras de los macizos de árboles se destacaban de la blancura uniforme perfilada en
reflejos de oro de los palacios virreinales almenados y de las pesadas arquitecturas cuadrangulares de
la ciudad vieja entre la cual se amurallaba la antigua Catedral española.
Jacinto inclinóse á mirar al pie de la torre, y un terror espantoso culebreó por su espina dorsal; la
altura, juzgada pequeña desde el atrio por la vasta pesadumbre del edificio enorme, era prodigiosa. El
atrio velase en proyección semejando un parque pequeñito, y una población de Liliput hormigueaba en
apresuramiento de himenópteros sorprendidos por la noche. Los ojos enloquecidos de Julián buscaron A
Rosalina sobre el asfalto y la deseubrieron rlgida, con el rostro siempre alzado en espera del siniestro
drama.
Entonces Jacinto sintió flaquear su decisión. Cómo!. . ... Ella se quedaba en el mundo A gozar de la
villa, del amor, de la juventud y del placer!. ... Ella, bul'ladora y cruel, traidora y sin corazón, seguirla

�282

REVISTA MODERNA.

flechando y perdiendo corazones, y él se estrellarla el cráneo sobre las losas y lo recogerían he_cho uoa
masa sangrienta que causara horror! ..... De súbito, una sonora y vibrante campanada, la del Angelus,
rasgó las ondas aéreaP, y Jacinto, sacudido por un estremecimiento de pánico, al borde del abismo, per•
dió pie. Cristo!. .... Con un movimiento prodigiosamente rápido, logró asirse arañando con sus uñas la
piedra, y se encontró posado sobre una voluta que apenas se avanzaba en relieve una yarda. Resbaló
adherido al muro, echado atrás el cuerpo, escapado milagrosamente á la atracción y á la pesantez, y
qued6se livido, helado, los ojos fuera de las órbitas por el terror, la cabeza e1·guida poi· instinto de conservación para no ser atraído por el abismo, los brazos abiertos en cruz para prolongar su adherencia
salvadora! Pero las fuerzas le faltaban; sus corvas temblaban acometidas por un temblor invencible; su
cabeza desvaneclase de horror; sus miembros helados y flojos exudaban el sudor viscoso de la muerte; su
lengua paralizada, pegada á su paladar árido, ahogaba su respiración estertorosa; su coraz.'m en un gol•
pear vertiginoso parecía atropellarse por acelerar sus últimos latidos!
Un terror inaudito, inconcebible, invadía en relámpagos destructores la razón dtil misero; la iJea
tremenda de Dios inexorable, de Dios castigador y justiciero, tentado por el extravío demente &lt;!el desgraciado, crecla en proporciones inconmensurables en s:i cerebro desquiciado; y el terror inmcdible, el
terror insondable, aplastaba en su alma todo pensamiento implorador de gracia, imprecador de piedad
y de misericordia!
Erizado, livido, tembloroso, jadeante, aguijaba su terror á la muerte y su ansia fobril do ,·ivia· un
instinto de animal acosado por un supremo peligro, el instinto latente en el hombre y que llegado el
instante decisivo de prueba, triunfa sobre todo impulso que no sea el de vivir. Una nube de murciélagos
escapados de sus madrigueras al toque del Ángelus, rondaba con sus alas membranosas y satánicas el
cuerpo del infeliz; diríase que eran pequeños esplritus del mal que bailaban la danza del vértigo atra yendo con un mareo demoniaco al suspendido sobre el abismo; pasaban en vuelo pesl\do y torpe, rozando el rostro cadavérico cual un enjambre de vampiros ávidos de chupar la eangre de aquella presa que
se les escapaba!. ... Un chirrido agudo y estridente, más hórrido que el exasperante chirriar de un gonce
enmohecido, chilló sobre su cabeza, y al hlvantar Jacinto los ojos vió en el paroxismo del honor dos ojos
fosfóricos, los ojos llameantes de una lechuza que parecía la encarnación de Lucifer, y que lo miraban
en un movimiento giratorio del ny,:tálope que parecla infundirle: •Arrójate! suéltate! échate!,-y el mi•
serable sentla que le abandonaban las fuerzas exhaustas; comprendla que un solo movimiento hacia adelante lo precipitarla al vértice, que cualquier tentativa de modificar su posición romperla el equi librio que milagrosamente habla guardado, y este pensamiento exacerbaba su doloro$a angustia!. . ....
Solamente Cristo, el divinamente fuerte, pudo sufrir tres horas de formidable agonla enclavado en la
Cruz!
Y los murciélagos rondaban, rondaban en danza macabra alrededor de Jacinto, despertando en su
espíritu pavorosas y siniestras visiones de aquelarre! Pareclale que una greguería aullan te ascendla de
la noche negra en que había caldo la ciudad, y que hórridas brujas venían cabalgando sobre escobas á
rondar también, cogidas de la cola de un gato negro de ojos de ascua, y seguidas del macho cabrio que
bramaba brincando en el viento, empujado por una racha huracanada de iofiem:&gt; que prestaba alas qui
ml'.•ricas á. todo lo que se arrastra, á todo lo abyecto, al ofidio y al escuerzo, A las vlboras cascabeleras y
á. los sapos hinchados y congestionados de odio! Pasaban, pl\saban en ronda abracadabrante sugestionando su pol&gt;re espíritu pavorido, invitándolo á voltear en el vacio con las alas de la quimen! ... ,
«Ven .... ! Ven .... !
Y la lechuza, inexorable, repetía su estribillo:
•Arrójate! sueltate! échate!,
Del fondo negro del abismo, pues aquella noche por un sarcasmo de la suerte se habla interrumpido
la corriente eléctrica y no daban luz los focos, surgía un coro lastimero de aullidos ululantes: los perro3
hablan vi1,to sin duda á la muerte, á las brujas y al diablo, los perros vagabundos, los perros tlacos y
hambrientos que poseen olfato de cadaverioa y ojos visionarios, y lanzaban su clamor fatídico vuelto el
húmedo hocico al cielo, en tanto que los gatos mayaban enarcando el espinazo erizado de púas, resoplando enfurecidos ante aquella sinfonía siniestramente demoniaca!
El angustiado, presa de mortal agonla, jadeaba en lucha desesperada con la muerte que vela estrechar sus clrculos constrictores más y más. Su vientre hundlase en cont1·acción de pánico; sus flancos palpitaban cual los del equus fulminado de insolación; sus miembros se derretían en copioso y maldito exudar de ético, y sintió en un cataclismo de espanto que sus pies vacilantes resbalaban pulverizando la cantera de JI\ voluta rolda por los siglos!
. . . . . . Súbitamente, un rozamiento extraño, pero real, tocó la palma de su mano izquierda; el frota •
miento, casi insensible sobre su epidermis helada, se repitió más pronunciado y Jacinto volvió lent11men•
te el rostro y á la luz de las estrellas vió que un pedazo de cuerda descendla de la cornisa y flotaba al
viento, al alcance de su mano, cuando una ráfaga la empujaba . . . . Una sensación portentosa de esperan•
za electrizó sus miembros y vivificó sus nervios agotados ..... pero la cuerda babia vuelto á su quietud
en perpendicular, y era necesaria otra ráfaga de viento para que Jacinto la alcanzara .... Estiró su bra.
z~ todo lo que pudo, en elasticidad increíble para la rigidez de su cuerpo siempre á. plomo; pero apenas
tocó con las yemas de sus dedos la cuerda .... Esperó extático, devorado por terrible ansiedad ... . pero
el vi'~t'0 pa.recla haber soplado solamente para burlarse del infeliz!. ... Pasó uno, pasaron dos mortales
minutos-.·.. . y el viento no venia .... Gruesas lágrimas de despecho y de insondable amargura resbala-

REVISTA .MODERNA.

363

han_ por las mejill~s del ~ondenado,. en ~risi~ ~remenda de tortura ..... y enajenado, enloquecido de sardómca esperanza iba á. Jugar su vida 1mbec1lmente, pretendiendo saltar hacia la cuerda para asirse á
ella, cuando una ráfaga débil, apenas sensible, fué creciendo..... creciendo . ... la cuerda se movió osciló, enarcóse cual s_i r~istiera el empuje .. ... . y al fin Jacinto la palpó entre sus falangetas, y desli;ándola más en un mov1m1ento envolvente, logro asirla!
Santo Dios! ... . Era salvo! ....
Respiró largamente embriagado de inefable ventura! Su horrible pesadilla de sangre y muerte ma·
cabra Y satánica, desvaneciase en su alma; pero de pronto, al ver que los focos eléctricos se encendían
estalló la cobardla atávica del pobre degenerado en alaridos salvajes, demandando socorro!
'
Y cu~ndo acudieron á salvarlo y pudieron izarlo con cuerdas, al fulgor de antorchas de brea, Jacinto, pavor1zado, lamentable, los ojos errantes, hula de los que lo rodeaban y adherfase de espaldas á los
muros, con los brazos en cruz, perfectamente loco!
liuBJbN M CAJ.1POS.

1901.

HORTVS DELICIARUM.
El crepúsculo sufrn en los follajes.
Tus manos afeminan las discretas
caricias de las noches incompletas
bajo una fina languidez de encajes
y una indulgente aroma de violetas.
Nieva tu palidez sobre las horas.
M:i deseo perfuma, y mi pupila;
al fulgor de la tude que vacila,
complica en sutilezas tentadoras
la breve arruga de tu media lila.
Algo llora en los árboles espesos.
El alma, enferma de divinos males,
quiere unir en las copas inmortales,
á la inquietud ambigua de tus besos,
el sabor de las églogas pradiales.
Llega un triste mensaje: ha muerto Ofelia.
La flor de oro del Sol, desde el Poniente,
quema en su polen de oro, inútilmente,
tu integridad estéril de camelia,
y agoniza dorándote la frente.
Hoy cantan los maitines de las flores.
Deja anastrar tu falda entre mi3 penas,
y al ritmo de la sangre de mis venas
trovaré el virelay de tu pudores
y canonizaré tus azucenas.
Las tardes se marchitan desoladas.
Dame el saludo de cortés desvío,
y verás cuál resbala por el frlo
ópalo de tus uñas delicadas,
mi alma, como una ¡;ota de roclo.
El violfn detalla una gavota.
Mi corazón fallece en un gemido,
porque al beso de sombra del olvido,
bajo el ancho moaré de tu capota
tu mirada y la tarde se han dormido.
LEOPOLDO LUGONES.

�385

REVISTA MODERNA.
r ucutcs, y la que llega trayendo en las pupilas
el yelo de Leonaroo de Vinci. Salen todas,
al desnudo las formas, como para las bodas
edénica~; y al mando del Príncipe, en un coro,
la obra de la Harmonía dice el proemio sonoro.
-c)farchad á los palacios donde el silencio nieva,
y echad la brasa mágica q11e la garganta lleva!,
Tal dijo el raro Príncipe; y al instante que oyeron,
en la somlm1. las hadas en trnpel se perdieron.

I

Corrieron las hada•, volaron por bosques y llanos hendiendo
la sombra nocturna. Y al eco vibrante del iitmico e~tr 11l'nrlo,
1•1 vi&lt;•nto salió de sus antros
souando su trompa guener11;
1il :\rhol, en donde la sombrn,
pa- ,bito obscuro, se en red 11,
al conjuro alegre
sacudió sus creuc!-1:ts.

{

Eu las negras cuevas cóncava~
las cabecitas de los ecos se alzan,
en cuyas lenguas la sonora. lil'sta
en polisono e~pejo se retrata.

l,

~I
~

, ,.,.--f'15

Eo el rlo la uaya&lt;lo,
su collar arrastra:
el collar de las perlas
de la fuente clara.
Del palacio arbóreo
abre la hamadriada
corticales puertas
húmedas de savia.

,/_

"//

Y pasan la hadas veloces cortando la sombra nocturna,

la faz de la Noclw, la faz cavilosa, la faz taciturna.
CORPANCHO!

EL SEURETO DE LA RAHUONIA
Ó LA ODISEA DE LAS KOTAS.
EL

Loco,

ConPANCHO.-La

ara,ia y el insecto se adunnie1·011

al a1·1·ullo de las Notas.
EL LOCO:

..

Un piano que dormía.
Se vela en la ¡¡ombra, dentro del mudo piano,
de las Notas letárgicas el perfil extrabumano.
Eran cien las durmientes de aquel bosque. Sus ojos,
t1·as el velo del párpado; y los labios, que, rojos,
sangraban harmonlas, ya eran loza enigmática,
helada y blanca: loza de la !frica plática.
El silencio apretaba la garganta apollnea,
y se cristalizaba sobre el torso la línea.
Una explosión melódica y súpita. Alguien, fllera,
-quizá un genio-ha llamado violento, y á la vera
de una bella durmiente, sonó la cuerda. El ero
puso en la tensa cuerda un tembloroso fleco
de vibración. Y todas las hadas despertaron.
¿Qaién_llama? ... Oyeron pasos, y al Príncipe aguardaron.
e Despertad!, Usó el Príncipe de su varita mágica:
y salió el hada Amable, y salió el hada Trágica,
y la que sorbe el agua clara de las tranquilas

(D iluye
la risa
en mohín catedrátice,;
eu una mueca docta y compasiva )
- Ese pobre! .. . . No sabe
que en la noche no hay penas ni alrg-rla;
que la noche es tan sólo
la negación del dial
Las hadas!. ... lindo cuento,
solaz de la ignorancia! ....
Son iguales quizá en entendimiento
la Locura y la Infancia .
Cuando oiga u sted: ... espero ... .
¿Conoce usted á. Spencer, caballero? ... .

( Contii•uaní).

S.n,TIAGO AnuC&amp;LLO

H.

�387

REVISTA MODERNA.

EL ELASON DE LA DUQUESA.

N una de estas mañanas, al leer, según mí costumbre y antes de salir de casa,
El bnparcial del dla, tropecé (y ya se comprenderá más adelante por qué
empleo este verbo) con un articulillo de Don Javier Santa Maria, que lle•
Yaba por titulo •Cena de Navidad.• Leerlo, sonrefr y decirme: c¡asi se eac1 ibe la historia!,• fueron cosas que hice en menos de tres minutos.
Pero como aquel articulo en que se narran acontecimientos falsos, ha
reavivado mis recuerdos verdaderos, y como después de aquella lectura he
tenido con el director de la Revista Moderna y con ott·os amigos mios que,
como yo, lo fue1·on·de Manuel Gutiérrez N ájera, á quien el poeta Santa Maria
alude en su escrito, conversaciones acerca de lo narrado en él, he acabado
por resolverme á escribir estas linea@, en las que el lector encontrará, con
la veriJica historia de la • Daquesa Job,• la explicación de la sonrisa y de la reflexión exclamativa de
que antes hablé.
Refiere Santa Maria en su • C.m1 Jd NaviJ.id, ,, qae últim im rnt.i, e1 u:ia e3tacióa de bandera del
bosque (no sé cuál, pero supongo que será el de Chapultepec, que no tiene estaciones de bandera), entró
en una tienda pa-ra tomar una botella de ce1·veza; que ahi enconh·ó, ejerciendo accidentalmente las funciones de tendera, á una mujer •pequeñita, delgada, con el pelo entrecano, algunas arrugas en la frente
y en las sienes, la boca roja y alegre, y los ojos muy g1·andes y lucientes;&gt; que esa mujer, que dijo estar
ah! pasando una temporada con su hija y su yerno, •encendió en su memoria la linterna mágica de los
recuerdos;• que, finalmente, la reconoció, y que era una tal Matilde, dependienta que fuera hace más de
veinte años de un almacén de Plateros, francesa, amiga de poetas y periodistas, de los redactores de La
Repú'Jlica especialmente, y que por esa época habla dado ó compartido á ó con •Gutiérrez Nájera, Pepe
Negrete, Pepe Bustillos, el señor Rico, Joaquín Trejo y el mismo Santa Maria,• una cena de Noche Buena,
en la cual, el primero de esos escritores, habla dado por primera vez lectura á su e Duquesa Job,• poesla inspirada por la referida Matilde.
Ahora bien: muy á pesar mio, y solo impulsado por mi amor desmedido á la verdad, manifiesto que
si alguna linterna encendióse en la mente de Santa Maria allá en la estación da bandera del bosque, no
fué la mágica de los recuerdos, sino la caprichosa de la imaginación, que forja leyendas y novelas. Ni
la • Duquesa Job • fué escrita hace más de veinte años, ni la que la inspiró se llamaba Matilde, ni puede
tener yernos, ni pudieron estar juntos, como camaradas literarios, en la redacción de La República, ni
en ninguna otra parte, Pepe Negrete y Pepe Bustillos, que hoy si lo están en las regiones del no ser, desde las cuales no pueden protestar, pero que no son tan profundas para los que los conocim:is, que nos
impidan señalar y rectificar las f~bulas que acerca de esos desaparecidos se forjen.
En las ediciones de tas obras poéticas de Manuel Gutiérrez Nájera, aparece la • Duquesa Job• dedicada á mi, y ese hecho, asl como la afectuosa é intima amistad que con el Duque me ligó desde los últimos meses del año de 1836 hasta su muerte, me ponen en condiciones de conocer la historia de esa composición y me dan cierta autoridad al narrarla.
·
En aquella época precisamente (1886), época de mi llegada á esta ciudad y de mi in&lt;&gt;'reso á El Partido Liberal, que dil'igla José Vicente Villada y cuya redacción se encontraba en el callejón de Santa
Clara, en los bajos de la casa de D.&gt;n Juan Josó Bu, fué escrita la •Duquesa Job,• y publicada fué por
primera vez en un semanario que se llamaba Gil Blas y que redactábamos Gutiérrez Nájera, Felipe G.
Cazeneuve (p'3ruano, redactor entonces de El Partido, más tarde canciller del Consulado Mexicano en
Parls, después cónsul de México en Eagle Pass y hoy radicado en Lima, en donde, según creo, redacta
El 7'iemp_o); Julio E,ipinosa (periodista muerto, hijo que fué del ex-tesorero g eneral de la Nación) y yo.
De ese Gil Blas, que fundamos con el doble y dislmbolo objeto de hacernos un nombre en la politica y
ele dará conocer los mejores trozos musicales (porque á cada número acompañaba una pieza de música) de las operetas que ponía en escena la Judic, que acaba'&gt;a de llega1· á México y ti-abajaba en el Nacional, no se publicaron más que cinco números, pero del segun fo de ellos tomó la prensa del pals par~
reproducirla, la •Duquesa Job.•
'

Acerca de la persona á quien el Duque consideró por entonces dign11. de llevar--aunque subrepticiamente- su nombre y sus armas, tengo que se1· discreto al hablar, no sólo porque me repug~a que se
saquen á luz episodios de la vida privada de los hombres célebres-sobre todo .iesde. qu~ .he visto cuán
maltrechos han salido 1011 manes de Alfredo de Musset y de Jorge Sand, de la pubhcac1on de tantas Y
y tantas intimidades como acerca de ellos han editado los memoriógrafos y desenterradores de corres•
pondencias-sino también porque ayer precisamente, Luis Maillefert y yo crelm)s reconocer, en las fac•
ciones algo ajadas de una señora que pasaba por la calle del Coliseo Viejo, las no muy correctas, pero
.
.
8 ¡ graciosas de la grissette que inspiró á Manuel su encantadora poesla.
La duquesa Job no se llamaba, no se llama (puesto que estoy cierto de que todavía vive) Mat1lde,
sino l\:larie, y en la época en que tuvo blasón y sangrn azul (ya que el titulo de M,nuel fué ¡a!! de ~os
que no 86 heredan y manos riiorgandticamente) era dependienta del almacén de Madama Anc1au~, sito
donde boy está Ja cantina • Flamand,• 2ª de Plateros. Añad~ré que Marie no tuvo más. ro~e con escritores
y poetas que los que tuvo con Cazeneuve y conmigo, que entonces nos r_e~nl~mos d1ar1amente con G~·
tiérrez Nájera y que lo acompañábamos - :i.sl como Pancho Garay y Just1111am, Cario~ Govante~ Y Lm:1
l\laillefert, que no son hom'&gt;re3 d'3 Jetra3-cuando, todas las tarJes, á la una y á las seis, la e~pe1ab~ pa•
seando •desde 139 pue1·tas da la SJrpres:,. hasta la esquina del Jockey Club;• y conste que solo ~l Justo
temor de ser indiscreto m:i hace no narrar con todos sus detalles un episo:lio que pudo ser trágico: una
tentativa de suicidio c;n vulgares cerillas disueltas en una taza de té, que se verificó al romperse!ºª
dulces lazos de amor juvenil que ligaron al Duque y á la Duquesa, y que no tuvo fatales consecuencias
"'racias á ta pronta y eficaz intet·vanción de nuestro no olvid·do amigo el Dr Juan N. Govantes.
" E;ta 69 la verldica historia de la •Duquesa Job.• Al recorJarla y relatarla, no he podido menos de
conmovarm3. Si á esos episodios no los cubre el velo de veinte años, si los cubre el de quince, Y cuando
hacen esfuerzos para ver al través de quince años, lloran los ojos del alma, como lloran los del cuerpo
86
cuando se esfuerzan por ver al través de m1Utiples velos de niebla.
¡Pobre Duque! No olvido, no olvidaré nunca nuestras sab1·osas charlas á las horas del ajenjo, ya fuera en casa de Plaissant ó de Meesser; ni cómo los interrumpía invariablemente poco antes de la una Y
de las seis para ir á esperar á la Duquesa; ni cuán alegre retornaba á nuestro gl'Upo cuando habla, por
gracioso don de su am:i.da, podido reemplazar la marchita gardenia que llevaba desde por la mañana en
el ojal de la levita, con o~ra fresca y lozana!. .. .. ... . .
Antes de terminar estas lineas, debo decir que no conozco á D.:&gt;nJavierSanta Maria, person~lmen_te.
onozco si sus versos y ellos me han hecho quererle como á un amigo. Recurro, pues, al magia amica
C
J
I
I
1
't
veritas para que me perdone el ligero escozor, que sin duda va á producirle o antes escr1 o.
MANUEL

México, Diciembre 30 d11 1901,

BALADA DE LOS GOLFOS
PARA VOLVER AL ClOLO Dl!l L!S EOLOOAS.

DEL LIBRO "'EGLOGAS-"

Venid, yo tengo para vosot, oK
también un poco de corazóu;
mientras riendo pasan loH otro~,
venid, yo tengo para vosotro11
una canción.
¡A ve1 ! mostradme los dientes blancos,
los ojos grandes, los pies deformes
y los harapos sobre los flancos.
¡A. ver! mostradme los dientes blancos
de lobos jóvenes.

PUGA

y

ACAL.

�REVISTA .MODERNA.
¡Bravo! Dejadme que me convenza
de vuestros odios y vuestros crlmenes;
habladme todos - no os dó vergüenza;IJravo! dejadme que me convenza
de que sois viles.
¡Pobres muchachos! Yo he de mostraro:-:
el gran remedio de vuestras penas;
sagradamente quiero educaros,
¡Pobres muchachos! Yo he de mostraros
vuestra riqueza.
¿Nadie os lo ha dichol Bajo esas ropa11
deshilachadas, corre la sangre;
¡tended las manos á vuestras copas!
¿~adíe os lo ha dicho? Bajo esas ropa,;
tenéis la carne!
¡La carne ubérrima, la carne viva!
y carne y sangre vuestras entrañas,
cuando os desprecie la raza altiva
gritadle: •¡Somos la carne viva
que os amenaza!•
Y entrad en vuestra carne sangl'ienta
y oíd el ruido de vuestra sangre·;
niños de larga faz macilenta,
entrad en vuestra carne sangrienta
y hacéos grandes!
¡Sed los esposos de las pasionee!
y bajo el forro de vuestras venas
-¡gloria á los músculos y á los tcudoncssed los esposos de las pasiones
cor,tra las vírgenes de las ideas!
Xo creáis nada, no aprendáis nada,
salvajes lllios, niños feroceE¡
retad á todos con la mirada,
y, en todo nuevos, no aprencl:íis na&lt;la,
mis lobos jóvenes.
Sed criminalci y hacóos fuertes,
mis pequeñuelos, mis redentores¡
vai11, como piedras, rodando inertes¡
pero ya es tiempo de haceros fuertes
entre el ejército de las pasionea,
Yo mi esperanza pongo en vosotros,
los dominados del corazón,
y-triunfen unos ó triunfen otrosyo tendré siempre para vosotros
una canción!
EDUARDO

l\IARQUINA.

LA

nTST ÁN y yo Vl níamos de los Dan ges y desccndlamos hacia el lago de Aumer,,·
por su garganta de Lerchaux. Solamente que, en lugar de seguir los recobecos del gran sendero, babiamos tomado el partido de acodarlos y caminába·
mos un poco á la aventura, ora á travé;¡ de los .prados turbulentos, donde floreclau, por centenares, las estrellas blancas de las parnacias; ora bajo los castañares rumorosos, donde los aYillones sierverales revoloteaban arrojando al
aire sus notas estridentes.
Dd tie:np!l en tie:n;)) hac[am )Salto para contemplar el pa.isaj0 C)U} se ex:te:iJla á nuestros pies, y que
el sol, declinando, teñla con su; más opulentos colores; los bo3q ue3 encre3pados, ya bañados por una
sombra violácea, ya 11.brillanta lo i súbitameate poi· rayos luminosos; el lago azul y oro¡ y sobre la ribera
opuesta, el gigantesco macizo de la Tournette perfilando en pleno cielo sus antemurales desgastados y
sus clmas fantásticas rosadas·por los postreros rayos del sol muriente.
Ibamos tan bien, que al cabo de una media hora nos extraviamos. Lejos de volver al camino, nos encontramos perdidos eu el fondo de una e~pl\CÍtl de vallecito reverdeciente. Hablamos ya perdido de vista
el lago y las montalia11, y nos intern:\bamos, al azar, il lo largo &lt;le un caprichoso sendero que nos llevaba quién sabe dónde. Esas vagabundas comarcas no tienen nada de di~plicente cuando el dla comienza;
pero pierden mucho ele su encuanto cuando el crepúsculo se apróx:ima.
- Es imposible orientarse en esta espesura, exclamó Tristán, ¡no encontraremo::1 jamás el borde del
lago lo suficiente á tiempo para tomar el último bote, y Dios sabe dónde tendremos que irá dormir.
-Procuremos desde luego, re~pondl, salir ele este bosque encantado y ganar una lomada desde donde podamos ver el pals.
Dejamos el sendero, escalamos una de las pendientes del vallecito, y tuvimos Ja suerte de llegar
efectivamente á la orilla del monte. Pero no habíamos adelantado nada. El horizonte está siempre limitado por espesas enramadas; solamente que, entre la vurdura sombrla, velamos esfumarse á lo lejos techos de teja en lo profundo de una cañada.
-Hay allá bajo un villorrio, dije á mi amigo; serla cosa del diablo .. .. si no tuviera siquiera un figón
dondt1 encontrar un catre para pasar la noche ....
En efecto, al cabo de un cuarto de hora desembocamos ca la primera casa, situada en medio de nogales. Con su abultado pajar, su galeria exterior y su escalera de piedra ·blanca, tenla un aspecto agradable. Justamente un buen hombre descendía de las escaleras y se dirigla hacia una fontana que surgla
de un tronco de árbol, á algunos pasos de ali!. Enderezamos á él para obtener las indicaciones necesarias. •¿Dónde nos encontramos?• .... ¿Tendremos la dicha de encontrar en alguna parte algo de cenar y
un lf\cho? ....
- Estáis, reEpondió el viejo, en Pregmi, panoquia de San Eustaquio; pero no hay aqul ni tabernas ni
casas de alojamientos .... Podréis, quizá, llegar hasta el castillo de la seíiorita Prégny ..... La encon•
traréis doblando á mano derecha en el extremo de un paraje cubierto de castaíiones. Las gentes son
muy amables y muy agasajadoras, y consentirán, sin duda, en alojaros.
¡Hum! Esa hipótesis nos parece dudosa; pero la noche se nos viene encima, tenemos hambre, y eso
nos anima á. tentar la aventura.
Dimos vuelta, pues, á mano derecha, y distinguimos claramente poi· encima de los castañares, los
techos de pizarra de la mansión de la joven cuyos hábitos hospitalarios nos había alabado el buen
hombre.
Ese «castillo• era simplemente un salón savoyano, una mansión de techos con aleros, flarqueadas
por dos torrecillas cuadradas y precedidas de un vasto corredor separado de la avenida por una pesada
verja de hiel'l'o. Esta verja estaba entreabierta y pudimos penetrar fácilmente en el col'l'edor donde los
cardos y las cepas ·de avena crecían y morían en abundancia.
Un muro completamente bajo lo separaba de un gran jardín, y contra un muro, al abrigo de un ace-

�390

REVISTA MODERNA.

bo, un viejo pozo levautaua su b, ocal re\•estiJo de follaje. ToJo, desde las corni&lt;111s amohos!ld&amp;S ha'!ta
los pasament,,s de las puertas, tltrnunciaban á gritos el abandono y la decrepitud.
El jardln parecía más salvaje todavla: las fresas hablan invadido los p11'!illo-1 J exponi,1n su-1 tallos
rnstreroF¡ los plátanos se asemt-jaban á los oteros de los cementerios
Aqul y allá algunas plantas tenaces hablan sobrevivido; cotriuda~, ,·ioletas y calúudulas de tintas
pAlidas y perfume otoñal. Todo esto, los manzanos, los frambuesoii, los dnrRZnales, formaban una espe·
l'ie de floresta virgen.
La fachada que miraba hacia el jardiu cstaha do arriba abajo 1tdorn1tda por un jazmiu, cu el que
al.,.unas blancas estrellas reanimaban toda su obscura verdura; se dei,:prendia de esa singular mansión
u; perfume de misterio que nos seducia. Nos decidimos á golpear la puerta. Una anciana, con una cofia
de pelo negro, nos abrió, y presentando nuestras excusas, le significamos nuestro ohjeto.
Ella nos examinó curiosamentP; nuestro aspecto le inspiró sin duda. confianZR, pues c?nclnyó por
Ron reir.
Yoy á consultar con la señorita .. Entrad solamente y esperadme.
Nos dejó en el vestluulo, adornado por pequeños cuadros negros y blancos que exhalaban uu acen·
tuado pe1·!nme de campiña, y cuyas murallas húmedas ostentaban antiguos retratos de ascendientes.
Nuestra ei,:pera no fué muy larga, la sirvienta reapareció trayendo en la mano un candil de mecha inde·
cisa, que iluminaba vagamente su semblapte al'ingado y como desbastado á golpes de podón.
- La sPñorita, dijo, os ruega que la excuséis si no os puede recibir personalmente. Está ocupada
con su ,granges• . . .. Pero yo misma voy á mostraros ,•uestros cuartos y os conduciré á cenar.
Y dicho esto uos llevó en el primer patio á una pieza vasta, adornada de tapicerla, y que comunica·
bacon un cuarto de dos lechos. Candeleros Luis XV, con bujias á medio consumir, estaban colocados
en los dos ángulos de la chimenea.
La sirvienta las encendió y preparó toJo para que pudiúramos acostarnos bien, y después fué á bus•
carnos qué comer.
Las bujias alumbraban á duras penas. La atmósfera húmeda las rodeaba de un vapor semejante al
hálito de la luna durante las noches brumosas, y los objetos no sallan de la sombra, sino A medias. Pa·
recia que ese salón, inhabitado desde hadR hlrgo tiempll, hubiera quedado en el mismo estado en que
lo dejara su último ocupante.
Sobre un velador alcancé á distinguir una vasija todavla llena de plantas desecadas, Eran flores
ulvajes recogidas sin duda en un paseo de otoño, pues pude reconocer un grupo de climátidas y otras
flores estivales. En uuo de los rincones se encontraba un chiffonier con ornamentos de cobre y de uno de
los cRjones entreabiertos sallan madejas de seda azul, rosa. y otros colores.
\;n libro habla sido olvidado sobre la mesa de mármol, y una hoja de jazmln señalaba la página en
que su lectura habla sido Interrumpida
Lo hojeé: era un volumen de las J.lfeditacio11e:; Fl'eute á la. chimenea babia un piore abierto, y sobt·e
el pupitre se h:illaba colocado un cuadro de sonatas de Mozart. Pero lo que llamó sobre todo mi atención,
fué, encima del piano, un pastel de forma ovalada, un retrato de mujer joven en toilette de soirée.
Tenla frente de inteligente, ojos azules de mirada llmpida y una sonrisa jugueteaba en los labios de
su boca juvenil. Se lo señalé á TristAn, que lo examinó á su vez, é insinuó que ese serla el retrato de
la señorita Prl&gt;gny.
-En ese caso, dije, esta señorita no d~be ser joven, pues á juzgar por la toilette el pastel data del
11Pgnndo imperio.
En eso fuimos interrumpidos por la apuición de la sirvienta. Nos trala cubiertos, pan, una pechuga
fria, huevo11. frutas y una botella de vino añf'jo, y colocó todo en una pequeña mesa redonda., retirándo•
11e despué» de darnos las buenas noches.
, Tomamos asiento alrededor de la mesa, y haciéndole los honorea á la cena, recomenz.1.mos á entre·
t11nerno:1 en ponderar este invisible huésped que nos acogió tan hospitalariamente. Los detalles de ese
Rntiguo mobiliario, impregnado por la poesia de las cosas de otros tiempos, nos sugerla toda clase de
imposiciones uo,·elistas.
Tristán persistió en su pensamiento de que la misteriosa señorita de Pr(ogny debla haber habitado
ese salón, donde hablamos sido instalados, y trataba de constituir su personalidad, tomando como ele·
mentos de juicio el retrato al pastel; la música colocada sobre el pupitre del piano, el libro favorito olvi·
dado ~obre el ehifonier.
,Auu admitiendo que el pastel date de 1859 ó 1860, lo que no es probable, declaraba él, nut'.stro
huésped tendrla veinte años apenas en ese tiempo, y puede ser hoy una vieja encantadora. Ella debla
sobre todo conservar la juventud del alma. Ama la poesla, la música y las flores; y siento tierna simpatia por esa amahle joven que se ha desarrollado como planta rara y delicada en el fondo de esa vivienda
salvaje.•
Yo no estaba dispuesto á confrontar su opinión. El añejo vino de nuestro huésped, nos encendla la
Imaginación. El resto de la noche lo pasamos disertando sobre el mismo tema y acostándonos de dla en
el rondo de nuestros lechos.
Asl, cuando por la mañana vino la sirvienta á. preguntarnos cómo hablamos pasado la noche, nos
encontró en pie y con indecibles deseos de verá la señorita Prégny, A fin de expre.carle toda nuestra lo·
tima gratitud.

REVISTA MODERNA.

391

-La señorita esta abajo, en la sala, respondió la sirvienta. Ella prepara el café con leche ,. ~e con•
tentará mucho al ofreceros personalmente una taza . . ..
•
Descendimos con una ligera exaltación del coupé, La Sirvienta abrió la pullrta del comedor uos 1 ••
zo pasar delante de ella y pudimos ver, en el extremo de la mesa, una mujer du cincuenta año~ de t~lle corto, semblante coloreado, pequeños ojos grises mm· ,·ivos gruc•oil labi0t&lt; ,. cabellos · ' ·
do á e6tilo chinesco sobre la frente.
•
'
·
·
gnse~, rema - Entrad, caballeros, vosotros no me mole1,tais. . ..
'- Señorita de Prégny, dije un poco cortado, venimo~, antes de partir, á prCli&lt;'lltl\ros nn&lt;'stras i·xcusas y nuestro agradecimiento, por todo.
-Yo no soy la señorita de Prégoy, l'eplicó con un levantamiento do espaldas.
-Perdón. ¿Dónde está la dueña de casa?
-La dueña soy yo . . ·: La ~eñorita de Prégoy .. .. ¡Oh! la señorita de Prégny no es ya más de e¡,te
mundo .. •• La pob~e quenda criatura ha muerto hace di&lt;'Z años, instituyéndome su heredera Aconrlición
de que yo no cambiarla nada de lo que hay aqul.
He ejecutado fielmente su última voluntad, y vosotros habéis podido verlo en mi salón .... Todo &lt;'S·
tá exactamente como el dla en que ella entregó su alma á Dios . ...
En seguida cambiamos algunas palabras de conversación, y cortesmente nos despedimos.
Cuando tomamos de nue1'o la avenida de los castaños, el sol comenzaba i\ desalojar Jas uubt's.
Sohl'e la hiedra se levantaban blancos vapores que humedeclan las copas de los castaños
Se dirla que los poéticos recuerdo!! de la muerte exhalados dulcemente por la tierra htim~tla y
•
el al_ma enca~tadora de la señorita de Pr&lt;-goy se cierne toda\'la sobre el querido dominio donde ¡e h:~:t
deshzado su Juventud.
ª
Y, melancólicamente engañados, descendimos hacia el la"'O
., , lle\'anJo cou nosotros Ja imagen fnzaz
de la huésped difunta que nos habla dado ho~pitalidad.
~
ANDRÉS TH EU RIET.

�Eo la alameda tranquila
que bordea la laguna
nos dió alcance la pupila
soñarlora de la luna.

Y tu cuerpo tan pequeíio,
co::no silueta divina
engarzado en el cnsucii'&gt;
dr la blanca muselina,

Las parrjas se alrjaban
tras los árboles espesos
y en la atmósfora clt'jaban
como estela muchos besoR

te hacia más hechicera
que todas las ricas galas
y parecías ligera
como si tu vier.1s alas.

Te apoyaste sobre el brazo
que en silencio te tendía
y anduvimos largo plazo
con la luna por espla.

(En la alameda tranquila
que borJea la laguna
nos dió alcance la pupila
soñadora de la luna ).

Las pisadas resbalaban
sin drjar ruido ni huellas .. . .
Nuestros ojos navegaban
en la noche como estrellas ....

Y por rutas tentadoras,
bajo la noche estrellada
anduvimos muchas horas
sin decirnos nada .. . . nada.
)hNUEI,

UGARTE.

�</text>
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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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              <text>Couto Castillo, Bernardo, 1880-1901, Fundador</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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