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PARA AllPUAClÓII 1&gt;B BSTUl&gt;IOS- B lKY&amp;STIGACIOIJSS CIBNTflllCAS

éE TRO DE ESTUDIO

REVISTA

HISTÓ!tlCOS

DE

TIGUO ESPA OL

FILOLOGÍA ESPANOLA

TEXTOS Y ESTUDIOS
Tomo 111.

JULIO·SEPTIE■ BRE

1916

Cuaderno 3. 0

LUIS VÉLEZ DE GUE\' ARA

LA SERRANA DE LA VERA
PUBUCAOA POR

'R. MErtNDEZ PIDAL

y

M. • GOYRI DE ME, "ÉNDEZ PIDAL

Un vol. en 4,º, vu-176 págs.-Pre·cio: 4 ptas.
"En esta Colección de Teatro Antiguo Espaftol, se propone el CENTRO na
en la medida r¡ue le sea posible, dar ediciones esmeradas de:obra · dramiticas de los siglo xv1 J xvi1 que; por nn interé de cualquier clase, ~czcan no pcrmaqecer inéditas o ser publicadas de nucv().
- ...~~~Llt primera obra, editada por U. 'R. lenénclcz Pida! y D.ª Maria Goyri
de llenéedez Piditl, es La Serrana de la Vera, de Luis Vélcz de Guevara,
aegúft el manuscrito autógrafo de la misma. Esta comedia, que permaneda
iajusttmente inédita, tiene gran importancia, con idé.radn. dentro de la prodacci6n de Vélez, pues es una de sus 111ejpres conceptiones dramáticas. Es
~bién importante para la historia del teatro espm\ol por las relaciones
~ pl'esenta esta obra con otras, viniendo a formar parte de uo al,ondantc
oclo de comedia .
·
Acompañan a la comedia un largo ~udio, notas aclaratoiia:; de voces y
~es, y, en fin, un resumen numérico de la versificación.
EsTUJ&gt;IOS HhTÓRICOS,

CASOS CERVANTINOS QUE TOCAN AVALLADOLID
pOR

NARCISO ALONSO CORTÉS

POESÍA POPULAR Y ROMANCERO
V amos a reunir al final de estos estudios varias observaci?nes de carácter general, recogiendo las principales conclus_10ne~ que de los romances estudiados se desprenden para
la h_1stona de este género de poesía, y añadiendo algunas indicaciones sobre ciertos puntos que creo tienen un especial interés, dado el estado actual de los conocimientos.
Siempre que pueda me referiré a los cinco romances estudiados. Tend:é que aludir a algunos otros, los menos posibles,
y para abreviar, supongo su texto conocido.
En las páginas siguientes entiéndase que todas las afirmaciones que hagamos acerca de la poesía popular serán sólo
aquellas que los romances españoles nos autorizan a hacer
Y que no pretenderemos generalizarlas a la canción narrativ;
de otros países sin las convenientes reservas, fundadas en el
diferente carácter de cada pueblo y cada época. Dado lo redu~ido de la base de que dispongo en este trabajo, doy mis
ideas en forma provisional, esperando tratarlas más amplia y
detenidamente.

U11 vol. en 8. 0 , 174 págs.-Precio: 3,50 ptas.
Los datos pata este libro .cstfo recogidos en los archivo de la capital
_ca tellana, y son ab ohttamcnte nllevo . L&lt;is hechos a que se refieren, o bien

ocorricron en Vallaclolid, o bien se ventilaron en Jo tribunales -de esta ciutlad.

To~o lIL

16

�1
1

1

1

1

234

R. MBNÉNDIIZ PIDAL

VI
EL SUCESO Y LA NARRACIÓN HISTÓRICA
El valor del hecho histórico y de la narración escrita, como
fuentes de la canción narrativa, puede ser ilustrado en parte
por los ·romances fronterizos.
La teoría antigua de la contemporaneidad de los cantos
populares con los hechos que éstos celebran, formulada por
Fauriel, los Grimm, Villamarqué, Pitre, etc., no puede mantenerse como un priñcipio tan seguro que lleve a las exageraciones de Nigra, quien, aun creyendo que no se trataba de un
principio absoluto, lo aplicaba para afirmar que cantos como
Donna Lombarda y el eruditamente denominado Rouman~o
de Clotildo, o sea el de La maumariée vengée par ses freres,
remontaban al siglo v1, fecha de los sucesos a que aluden o
parecen aludir 1 • La contemporaneidad no llega a ser una presunción valida mientras no haya prueba en contrario, sino simplemente una mera probabilidad que debe contar con algún
otro apoyo en su favor.
Podemos creer que el romance Río Verde nació de la impresión fresca del suceso de 1448, pues tal suceso fué sólo
resonante en el tiempo inmediato a su acaecimiento; no mereció la atención de la historia oficial divulgada, y pronto la
tradición llegó a ignorarlo tan por completo, que aplicó el romance a un suceso cincuenta años posterior 2 •
Lo mismo cabe pensar del romance del Obispo don Gonzalo, «Un día de San Antón» .. Cuenta una correría afortunada
C. NmRA, Canti popolari del Piemonte, págs. xxv,, n.; XXXIV, 25-27,
En realidad, según los razonamientos de Nigra, todo canto de
estilo completamente popular, o debe remontar a la época
misma del suceso, o a una tradición oral coetánea. Adelante, pág. 287,
rechazo el concepto aquí envuelto acerca del estilo popular.
2
Rev. de Filo/. Esp., II, 335-336.
1

POBSÍA POPULAR Y ROMANCERO

235

del obispo de Jaén, semejante a las que, según las crónicas,
se llevaron a cabo en los años 1430 a 35, sin que podamos
identificarla con ninguna de éstas, pero parece evidentemente
histórica, pues carece de todo artificio legendario 1 • Ahora
bien: siendo el suceso ignorado de la historia escrita y no
teniendo carácter de ficción legendaria popular, la narración
poética debió nacer de la impresión reciente del oscuro suceso a que se refiere.
Alguna vez tenemos testimonio de la contemporaneidad
del romance fronterizo. El de Atora la bien cercada, referente
a un suceso de 1434, se halla indudablemente aludido (sea en
su forma actual, sea en otra anterior, como después sospecharemos) por Juan de Mena en aquel verso de su Laberinto,
de 1444, donde llama a Álora «la villa no poco cantada».
Menos significativo, pero también digno de mención, es el
hecho de que Hernando de Baeza, que floreció eritre 1483
y 1 506 (?), aluda al romance de Abenámar, referente a un suceso de 1431, como cosa divulgada y sabida de todos 2 •
En general, tomados los romances fronterizos en conjunto,
no se explicarían sin su inspiración directa en los sucesos mismos del siglo xv que cantan. Si supusiéramos que las crónicas
habían sido un foco de inspiración para poetas posteriores
a los sucesos, desde luego ocurre pensar que no serían los
pequeños encuentros fronterizos los que en ellas llamasen la
atención preferente del lector. Cierto que a un poeta nacido
en Jaén en el siglo xv1 podría interesarle especialmente cualquiera de esos encuentros fronterizos de la Crónica de Juan II;
pero esto nos explicaría algún romance, cuando necesitamos
explicar toda una serie de ellos. Y entonces, ¿cómo vamos a
suponer que todos los romanceristas lectores de crónicas habían de producirse en Jaén, Antequera, Lorca y demás regiones situadas hacia la que había sido frontera de moros en el
siglo anterior?; ¿y por qué los poetas nacidos en Toledo o Bur-

40.

Rev. de Filol. Esp., II, , 36, 114.
M1LÁ, De ta poes. her. pop., pág.
Revista de Libros, II, , 9, 4, pág. 1 5.
1

2

418. -

R.

MsNÉNDEZ PmAL,

en la
·

�236

237

R. MENÉNDBZ PIDAL

POESÍA POPULAR Y ROMANCERO

gas, lejos de esa frontera, no se habrían fijado en capítulos de
las crónicas de Juan II o de los Reyes Católicos, verdaderamente notables por su valor histórico y poético? Si las crónicas fuesen fuente habitual, o sólo frecuente, de poesía tradicional, sería inexplicable el hecho de que en el romancero
falten, casi como por sistema, los grandes hechos y los grandes personajes de la historia escrita; y, por el contrario, si la
inspiración de esa poesía procede de la realidad viviente, nada
más comprensible que su reducida localización: l¡i frontera granadina, último campo de la lucha heroica secular cantada por
la epopeya, fué el último asilo también de la producción épica,
manifestada en los romances fronterizos. Y aun dentro de este
limitado círculo de inspiración, también se echa de ver que las
crónicas son literatura referente a la persona real y a los grandes funcionarios, mientras el romancero lo es de héroes populares, teniendo aquéllas y éste diversos puntos de vista; por
ejemplo, de doce romances fronterizos referentes a la época
de Juan U, tres tienen en las crónicas una narración más o
menos semejante a todo o a parte del romance; cuatro versan
sobre hechos contados en las crónicas con gran diversidad
(uno de ellos es Río Verde), y cinco no tienen narración alguna
que les corresponda en las crónicas (uno de ellos es «Un día
de San Antón »).
Esos tres romances solos, que tienen semejanzas en las
crónicas, son los que ahora únicamente nos interesan. El primero, Buen alcaide de Cañete, tal como nos lo transmitió un
pliego suelto, está muy lejos de ser, como dice Menéndez Pelayo 1, «una mera paráfrasis del texto de la Crónica de don
Juan II»; uno y otro texto contienen dos relaciones conformes
en ciertos pormenores, pero independientes en el conjunto.
Tiene sólo dos detalles que revelan parentesco. Uno es el verso «Harto hace el caballero que guarda lo encomendado»,
semejante a una frase de las largas reflexiones que sobre los
deberes de los alcaides hace· la Crónica, en su texto inédito de
Alvar García, cuando éste dice que si por culpa del arrojo del

alcaide de Cañete este castillo se hubiese perdido, «fincaran
Fernando Arias, Slt padre, e él no por buenos, que mal guardaran lo que les fué encomendado» 1 . El otro detalle común
es el número de los 2 5 ó 26 moros presos y 300 muertos.
Recordando ahora que el romance de la Derrota de Monte_jícar, «Ya se salen», que es otro de los tres romances aludidos,
coincide también con la Crónica en una reflexión moral y en
el número de los muertos y presos, y teniendo en cuenta que
por razones especiales llegamos a suponer la existencia de una
versión de ese romance anterior a la conservada, escrita con
amplitud juglaresca, y que había servido de fuente a la Crónica 2, me inclino a creer que de Buen alcaide existió una redacción anterior, como ya suponía Milá 3, y que esa redacción
más extensa fué tenida presente por Alvar García cuando redactaba la Crónica de Juan II. El tercer romance es De Antequera partió el moro, cuya primera parte es tradicional, pero
cuya segunda mitad es enteramente erudita, sacada de la Crónica 4 , filiación que me complazco en hacer notar por lo mismo que en general no puedo reconocerla donde otros críticos
la ven.
En suma, vemos que los asuntos del romancero fronterizo,
aunque son reales o históricos, no son de los que interesan a
la historiografía. Se parecen en esto a los asuntos de la epopeya, que rara vez aluden a sucesos importantes para los historiadores. Si entre los romances fronterizos y las crónicas
aparecen algunos puntos de muy estrecha analogía, es más
bien por influencia de los romances en las crónicas y no viceversa; los historiadores del siglo xv se dejaban influir por la
poesía heroica lo mismo que los historiadores de las naciones
germánicas, o los cronistas latinos y castellanos del siglo xm.

1

Antología de poetas líricos, XII, pág. 1 77 •

1 I3ibl. Nat. de Paris, ros. espagnol 104, fol. 88. Debo su comuoicadón a la bondad del Sr. Morel-Fatio.
2
Reo. de Fito!. Esp., II, 109-112.
3 De la poes., pág. 313.
4 Comp. el texto de ésta en la Bibl. Aut. Esp., LXVIII, págs. 318321 y 330 b. Un final erudito en un romance popular hallamos también
en Pártese el moro Alicante.

1

�R. MENÉNDBZ PIDAL

POESfA POPULAR Y ROMANCERO

Como las crónicas generales de los siglos XIII al xv insertaban
en prosa los cantares de gesta del Cid, de Bernardo, del Infante
García y de Mainete (alguno de ellos no mucho más largo que
un romance juglaresco), así la crónica particular de Juan II utilizaba los romances que venían de la frontera, sobre los hidalgos
de Jaén o el alcaide de Cañete. La semejanza del procedimiento
es evidente. Además, de igual modo los historiadores locales
del siglo xvr, como Argote dé Molina, Jiménez Patón, el abad
de Rute, Ortiz de Zúñiga, Rades de Andrada, se sirvieron,
como de documentos fehacientes, de los romances, ora insertándolos en verso, ora volviéndolos en prosa; y hasta los historiadores modernos, como Lafuente Alcántara y Dozy (en la
primera edición de sus Reclzerches), hicieron lo mismo. Lejos,
pues, de revelarse una ip.fluencia grande de las crónicas en el
romancero fronterizo, se puede observar todo lo contrario.
Fuera del campo de los romances fronterizos, si nos fijamos en el de los romances heroicos, la cuestión se complica
con las relaciones del romance y el poema extenso que trataremos en el párrafo siguiente. Aquí basta decir que Milá propende a echar mano de las crónic.as. para explicar los romances
populares en todo o en ·parte 1 ; pero yo, en una gran mayoría
de los casos, no hallo justificada su opinión, sin que participe
de la contraria de ciertos autores que consideran la inspiración
en una c~ónica como opuesta al carácter popular de una poesía. Según se desprende de lo que diré en el capítulo VIII, nada,
a mi ver, se opone teóricamente a que algún relato en prosa
sea rimado por un poeta y que la obra de éste se popularice
después, ni menos es imposible que un cantor popular conozca una crónica y torne de ella cualquier pormenor; pero lo
cierto es que, en contra de presunciones o de afirmaciones de
Milá, podernos recordar que el romance de La jura en Santa
Gadea de Burgos, o el de Doña Urraca ( «Morir os queredes,
padre») no se inspiran en crónicas 2 ; y ya en otra ocasión
deseché una fuente erudita para ciertos rasgos de los roman-

ces de los Infantes de Lara 1• Todavía añadiré que Milá supone
fuente historial para el romance del Cid Yo me estando en
Valencia, en vista de que hay en el. romance un pormenor
común con la Crónica General de España, que falta en el poema de Mio Cid 2 ; pero esta deducción ignora la existencia de
poemas distintos del de Mio Cid hoy conservado, existencia
postulada y exigida por la misma Crónica General.
En suma, la influencia de las crónicas en los romances
populares es mucho menor de lo que se cree, y en general
escasísima.

1
2

Véase también BAIST, Grundriss, de Gri:iber, IJ, 2, pág. 399Rev. de Filo!. Esp., I, 361 y 364-367; II, 7.

239

VII
POEMA Y CANCIÓN

l

La mayor parte de los críticos que tratan de la epopeya
convienen en aceptar que las canciones narrativas breves son
fuentes del poema épico extenso; tal es la m;mera de ver de
los antiguos, como F .. A. Wolfy sobre todo Lachmann, quien
pretenqía descubrir en los poemas llegados a nosotros diversas
canciones primitivas, cuya suma.había int_e grado el conjunto;
y de los modernos, como F. J. Child y Andreas Heusler, que
no admiten el aglutinamiento de baladas o lays anteriores, sino
una selección y refundición del contenido de diversas canciones preexistentes, una nueva organizalión de ellas, concebida
de varios modos, según cada uno de 1os autores, o bien un
acrecimiento interno de la canción, que transforma su estilo
en el de la epopeya.
Por lo que hace a la epopeya románica en especial, también se creyó que las gestas francesas derivaban de cantilenas
1 Para Ay Dios v. MlLÁ, pág. 212; para Ya se salen, M1LÁ, pág. 216 1
y para Pdrtese el moro, M1LÁ, págs. 216 y 405 arriba¡ en este último
admito, como he dicho, un final erudito, pero no otras «muchas circunstancias, que puedan proceder de la Crónica General. Comp. Siete
Infantes, págs. 891 90, 94, etc.
2 MrLÁ, De la poes. ker. pop,, pág. 300.

\V

�R, MENÉND1'·Z PIDAL

POESfA POPULAR Y ROMANCERO

épico-líricas anteriores, sea por mera aglutinacióñ (d'Hericault,
L. Gautier), sea por una más compleja elaboración (G. Paris,
K. Nyroe); y la misma teoría general se aplicó a la épica castellana, sentándose que el poema del Cid estaba fondado en
romances ·preexistentes (Tapia, Huber, F. W olf, Durán):
Pero al mismo tiempo algún crítico (D. Hinard) opinaba
que los pdmeros monumentos de la ·poesía tradicional españ0la eran los poemas, y que de ellos se habían desgajado los
romances 1 . Verdad es que cuando, en 1853, Milá decía también que los primeros romances dimanaron de las gestas,
rendía todavía tributo a la teoría wolfiana, reconociendo a la
vez que «si, según parece más natural, los largos cantares de gesta se fundaron sobre poesías más cortas, éstas
quedaron absorbidas por los mismos» 2 • A. de los Ríos, en I 863,
participaba de iguales vacilaciones 3 •
Ahora bien, en vez de aplicar a la épica española la teoría
formulada · para otras epopeyas, principalmente la griega, demasiado faltas de textos para cimentar en ellas una opinión
segura, podría, al revés, ilustrarse la teoría general con el
estudio, libre de prejuicios, de la epopeya castellana, a la cual
debe reconocerse en este problema un especial valor, ya que
nos conserva textos preciosos de los cantos breves y de los
poemas extensos, referentes a idénticos temas y ligados con
evidente :relación_de dependencia. En su nueva obra sobre la
poesía heroica castellána ( I 87 4), Milá reconoció que ninguna
prueba había en apoyo de la existencia de romances primitivos precursores de las gestas; y que de éstas, por el contrario,
se derivan segura o hipotéticamente los romances de asunto
común con ellas 4 •
Mas· a pesar de la obra de Milá, las antiguas ideas revivieron. A. Restori, en 1887, aun reconociendo que los romances
señalados por Milá derivan de las gestas, vuelve a la antigua

hipótesis de que el Poema del Cid se compuso con materiales
poéticos preexistentes, y Carolina Michaelis de Vasconcellos,
en 1892, expuso una nueva teoría sobre la formación de los
romances, poniendo en duda que fuesen fragmentos de grandes poemas heroicos 1 • Es cierto que el magistral estudio de
Milá no había podido llenar un vacío de más de dos siglos
entre las gestas y los romances, y que dejaba inexplicados,
cual argumento en contra de su teoría, algunos romances de
los Infantes de Lara que podían ser tomados como la forma
más vieja del tema poético, independientes· de las gestas extensas 2 ; pero en 1896 pro&lt;:uré suprimir la solución de continuidad eñtre ambos géneros poéticos, mostrando que las
gestas se habían refundido en época posterio~ a lo que Milá
creía, y que estas gestas más tardías eran el origen de los romances rebeldes a la demostración de Milá. Desde entonces,
G. Paris se adhiere plenamente a la opinión que juzga los romances de asunto épico antiguo como derivados de fragmentos de las gestas, opinión que antes había expresamente condenado 3 ; y Carolina Michaelis también acepta la teoría que
antes se inclinaba a rechazar 4 •
Pero he aquí que recientemente surgen' de nuevo las dudas.
En 1914, H. R. Lang vuelve a abogar, lo mismo que en los
tiempos de Durán, por l;~ gran antigüedad de los romances y
por la creencia de que en estos se inspiraron las crónicas de
los siglos xrn y XIV. Con una gran erudición, el docto profesor norteamericano apoya toda su retrógrada teoría en este
fundamento: los romances están escritos en cuartetas de versos cortos de ocho sílabas, es decir en una forma lírica muy
usada por la poesía gallega, y esta forma estrófica «arguye
forzosamente contra la teoría de· que los romances, como tipo

Romancero, _París, 1844, 1, pág. v.
M. M1LÁ, Obseroaciones sobre la poesz'a popular, Barcelona, 1853,
pág. 56.
3
Hist. de la Literat., III, págs. ~3, roo, 106-107.
4
De la poes. !ter. pop., págs. 406-407 y 4oz.
1

2

D.- lliNARD,

1 Ri;:sroR1, en Il Propugnatore, XX, Bologna, julio-octubre, 1887,
págs. 132, 134. C. M1cHAEL1s, en Zeit für rom. Philologie, XVI, pág. 4z.
2
De lapoes. her.pop., págs. 400-401 y 4oz, n.; comp. 218.
3
Journal des Savants, 1898, pág. z7 de la tirada aparte •La Légende
des lnfants de Lara». La condenación de la opinión que aquí acepta
la babia hecho en la Histoire poétú¡ue de Charlemagne, 1865, pág. zo3.
• Cultura Espafiola, Madrid, agosto 1907, págs. 776 y sigs.

�R. Ml!NÉNDEZ PIDAL

poético, sean restos de poemas extensos escritos en verso
de 16 sílabas» 1 . Mas para llegar a conclusión tan extrema
y tajante, Lang no se ha detenido a demostrar que los romances estuviesen escritos en cuartetas; y un examen esmerado de esta cuestión, hecho por S. G. Morley 2 , ha venido a
confirmar, precisándola, la opinión antigua de que la forma
de cuartetas no es propia de los romances viejos, sino de ciertas manifestaciones artísticas del género, concluyendo Morley
que no hay solución de continuidad entre los romances viejos y el metro de Mio Cid, y que existe, por el contrario,
una laguna entre los romances y el octosílabo lírico gallego.
Además, Lang, partiendo del supuesto evidente de que Castilla no podía tener a principios del siglo XI poemas de la
extensión y altura del de Mio Gd, concluye que sólo tenía
lays cortos, producción poética no escrita 3, y que por lo tanto
el «romanz» del Infante García, o los «cantares de gesta» de
Bernardo, citados y prosificados en la Crónica General del
siglo XIII, eran «lays épicos de dimensiones pequeñas», «cantos lírico-épicos de los que Lope de Vega dice que nacen al
coger los trigos»; en suma, «baladas tradicionales», escritas
en verso corto y en cuartetas, es decir, en forma lírica -l. Ahora
1 Romanic Review, V, 1914 1 oct.-december, pág. 337. -Titulándose
los art!culos del Sr. Lang Notes on tite metre o/ tlze Poem of tlu Cid, y
siendo muy extensos, había aplazado su lectura para cuando volviese a
tratar del metro del referido Poema; al corregir las pruebas de estas páginas (set. 1916) se me ha llamado la atención acerca de las importantes
materias tratadas por el Sr. Lang, y sólo puedo ya añadir en las pruebas este párrafo, 'sintiendo no hacerme cargo, en los lugares correspondientes de mi trabajo, de otras opiniones expuestas por el señor
Lang. En otro lugar de este número de la Revista digo algo referente
al tema enunciado en el título que el Sr. Lang puso a sus artículos.
2 Are tite spanish romances written in qttatrains~; en la Romanic
Review, VII, 1916, pág. 42 1 etc. De este importante estudio nos ocuparemos a) hablar de la métrica.
3
Romanic Review, V, págs. 338-339.
• Romanic Review, V, págs. 306, 310, 314-315. El ,romanz• del Infante García creo que era, según indico adelante de pasada, un poema
corto, una especie de romance juglaresco, no tradicional, ni épicolírico. Los cantares de Bernardo creo que eran poemas extensos. Res-

POl!SfA POrULAR Y ROMANCERO

bien: o es preciso olvidar lo que la- palabra lírico-épico significa, o se impone la necesidad de probar que la trabada narración de la Crónica, refractaria a toda liricidad, había sido, o
al menos había podido ser, en sus modelos otra cosa esencialmente diversa; esto, como es de suponer, no lo prueba Lang:
pero lo más chocante es que ni siquiera se lo propone como
problema. Lang, en fin, supone que por el desenvolvimiento
orgánico de uno o varios de esos cantos menores épico-Uricos
se produce el poema extenso, cosa que jui.ga indisputable,
pues universalmente aceptada es la doctrina de que la epopeya se desenvuelve orgánicamente de los lays menores que
son una forma de arte más primitivo 1 ; y cita en apoyo la
autoridad de Comparetti, G. París, Nigra, Finsler y Chadwick.
Pero es que entre estos críticos los hay que piensan cosas
bastante discrepantes sobre la formación de la epopeya, que
no todas apoyan la afirmación de Lang; y éste, al colocar
pecto a los cantares de Zamora aludidos por 1A Crónica, cree Lang que
también eran «cantos épicos menores, acaso de la e.xtensión de los
romances juglarescos• (pág.311). ¿Eran, según Lang, de estilo juglaresco? No sé por qué capricho les ha de atribuir a éstos un estilo
diverso del atribuído a los de Bernardo. ¿Eran épico-li.ricos tan largos?
Mucho me parece. En definitiva parece que Lang no distingue los varios estilos esencialmente diversos que puede tener la canción popular, defecto que también se ha señalado en Heusler, pero que es particularmente chocante en quien trata de los romances populares españoles. En la página 339 se supone que los cantares sobre Zamora aludidos por la Crónica eran «producción poética no escrita, (luego eran,
según Lang, romances tradicionales); si hubiera habido poemas escritos acerca de Zamora, Santillana los hubiese aludido en la rúbrica de
su soneto sobre doña Urraca. Pasemos por alto lo peregrino de este
argumento, para notar que raya en lo prodigioso la hipótesis de varios
cantos tradicionales, de una edad de producción poética no escrita,
unidos todos entre sí por la delicada idea poética que informa todos
los episodios del Cerco de Zamora, del reto y de la jura en Santa Gadea (v. Epopte cast., págs. 57 y sigs., y en especial 74-79, y Cantar de
Mio Cid, pág. rn20 1 n.). Si hay poetas que sepan concebir un poema,
uno de ellos es el autor del Cerco de Zamora, al cual hay que otorgar
un puesto eminente en los dominios de la composición épica, y no
triturar inconscientemente su obra en el almirez.
1 Romanic Revie"~, V, págs. 306, 309, 325-326.

�R. MENÉNDEZ PIDAL

POESÍA POPULAR Y ROlllANCERO

opiniones como la de G. Paris en la categoría de ((Un indisputable hecho científico», temo que parecerá vivir algo fuera de
la bibliografía épica. Que los poemas extensos se desarrollen
de producciones anteriores más breves, es un principio vago
en que convienen teorías muy divergent~s en puntos esenciales; y desde luego, bien interpretado, me parece de toda
evidencia. Pero al precisar Lang sobre la pluralidad de los
cantos menores que concurren al desenvolvimiento de un
poema y sobre el carácter épico-lírico de esos cantos, hallará
contradictores fuera de la que él llama «escuela española»,
quizá tantos como halló L. Gautier para sus cantilenas. Por
mi parte, mientras que ( según digo adelante) hallo comprobado por la historia el proceso del estilo narrativo del
poema al épico-lírico del romance, me es desconocido el
proceso contrario; y en general, no creo que ningún desarrollo orgánico de uno o de varios cantos épico-líricos pueda
rebasar su estilo esencial de evocaciones rápidas, desligadas
y vagas, para -llegar a una narración trabada, ampliamente
expositiva.
Sin pretender fijar una relación semejante entre los romances y los poemas, Pío Rajna, en 1915, aboga también en
favor de la gran antigüedad de los romances (verdad que con
mucha mayor reserva y cautela), en sus Osservazioni e dubbi
concernenti la storia del/e romanze spagnuole 1, donde expone
las dudas que de antiguo suscitó en él la teoría del romance
derivado o emanado de las gestas. Las removedoras páginas
de este maestro, que sin duda es la persona más autorizada
para emitir una opinión en esta materia, debieran ser estudia-

das 'más despacio, en un artículo especial; pero creo que los
principales puntos en ellas tratados necesitan ser examinados
aquí, aunque sea rápidamente.

244

1 Romanic Review, VI, New-York, 1915,págs. 1-41. En la página 15,
Rajna (a cuya diligencia escapa el artículo de Cultiwa Espaiiola citado
en una nota anterior) dice que la Michaelis no se ha adherido a la teoría que primero combatió, ni aun después del autorizado asenso de
G. Paris (1898), y cita como prueba la página 158 del Grundriss der
rom. Pltilologie, de Grober, ll, parte 2?; pero esa página del Gnmdriss se escribió en 1893, o antes, como lo indica la cubierta especial
del cuaderno en que se publicó primeramente; la portada general que
se puso después al volumen completo lleva la fecha de r 897.

245

r. - La historia de la literatura épica de otros países, ¿se opone
a la opinión de que los romances derivan de las gestas?

Objeta Rajna que la teoría en cuestión carece, por de
pronto, del gran sufragio de la analogía: fuera de España,
ninguna otra epopeya se descompuso en cantos épico-líricos,
ni se observa en otros países el proceso de popularización y
fragmentación de las gestas que se supone para España 1 .
Mas desde el momento que las literaturas toman rumbos muy
diferentes, el criterio de analogía sólo puede ser empleado
como subsidiario, más bien con carácter afirmativo que negativo. Donde menos puede aplicarse es respecto a las notas
características y diferenciales, como son, tratándose de la literatura española, el desarrollo de su poesía épica o de su teatro.
La no semejanza del desarrollo de ambos géneros en España
y en Francia es radical. Rajoa reconoce que en la historia de
la canción épico-lírica, Castilla, por su romancero, debe ser
separada o al menos distinguida frente a todos los demás territorios neolatinos, tanto no ibéricos como ibéricos 2 • Pues este
resultado diferente a que llegó Castilla presupone condiciones
y circunstancias diferentes también en la vida del arte y en la
sociedad que produjo ese arte. El popularismo determina el
conjunto del desarrollo de la epopeya y de otros géneros literarios en España, pero no en Francia. Considérese la menor
extensión material de las gestas castellanas respecto de las
francesas; su métrica popular inculta; su prosificación en épocas y formas enteramente diversas que en Francia, tendiendo
1
Romanic Revicw, VI, págs. 15-18. El argumento es, sin duda, inquietante, como ya comprendía C. NiGRA, Canti popal. deJ Piemonte,
pág. xxxvrr, aplicándolo a la poesía de los pueblos que él llamaba
«Celto-romanzi».
2
Romanic Review, VJ, págs. 37-38.

�•

R. Jlfl!NÉNDEZ PIDÁL

POESÍA POPULAR Y ROMANCERO

en é~ta a la vulgarizadón y en España· a la popularización y
nacionalización del género 1,, y nó podrá- chocar que en Castilla la epopeya . haya tenido una prolongación de su vida en
una forma de canción popular como no tuvo en otros países.
La poesía épica castellana, mostrando una popularización más
amplia y persistente de las gestas, no hace m:ás qlle responder
al carácter general de toda la literatura española. En España
se da la literatura con una contiriuldad de inspiración que no se
encuentra en Francia ni en otros países; el mismo Rajna ha
observado, en otra ocasión, que ·acaso sólo dentro ·de la literatura española puede formarse una ant@logía, como L&lt;1, Gesta
del Cid, de Restad, donde todos los siglos y casi todos los géneros poéticos estén representados a propósito de ~na misma
tradicion heroica. Si en Francia la canción épico-lírica de los
siglos xv y XVI no tiene nada que ver con las gestas de los
siglos xu a XIV, és\e es un fenómeno análogo al del teatro clásico francés, que florece enteramente aislado de las tradiciones
nacionales de la ~dad Media. En España el romancero se produce en íntima conexión con las gestas antiguas, de igual modo
que el teatro se hizo nacional y heredó en gran parte el caudal
de esas mismas gestas; y la dependencia del romance respecto
de la epopeya es tanto más íntima que la del teatro, cuanto
que el romance y la gesta son dos géneros que tienen entre
sí mucha. más analogía que con el teatro, y cuanto que el flo. recimiento del ro~a-nce es por lo menos un siglo más temprano que el del teat~o, alcanzando todavía la· vida de las
gestas, que el teatro ya no alc.inzó ni remotamente.
Y todavía cabe presumir que el no haberse observado en
otras epopeyas su evolución a canciones épico-líricas, puede
depender sólo de la desaparición de éstas, por haberse producido con escasa inten¡,idad, y lo especial de Castilla sería
entonces tan sólo el florecimiento grande y persistentei y el
favor oto~gado al romance por los amanuenses y la imprenta
de la primera mitad del siglo xv1. Salvando diferehcias gran-

des de procedimientoi pudiera quizá recordal"se que en la literatura esc~ndinava, tradicionalista como la de Castilla, muy
apegada también a las leyendas heroicas, se observa que los
antiguos poemas produjeron asimismo baladas modetnas 1; se
parte aquí de antiguos poemas muy cortos y ya de tono bastante lírico, por lo cual no se da su fragmentación; péro esta
y otras diferencias no son de estimar ahora. Acaso también
el prejuicio impide la observación. La canción famosa o
divulgada que Demódoco entona en la Odisea 2 pudiera revelar un canto derivado de un poem¡¡. tanto como un canto precursor de la epopeya homérica. _

1 R. MENÉNDl!Z PrnAL, La Crónica General. Discurso ante la Real
Acad. de 1a Historia, 1916, págs. 43-44 y 52.

\

2.-La desemejanza existente entre los romances .y las gestas.

Otro de los motivos de duda para Rajna es que la correspondencia entre los romances viejos y los productos épicos
tardíos, con los cuales se relacionan, es menor que la que
podíamos esperar si aquéllos derivasen de éstos por fraccionamiento o escisión, ya q.ie modernamente podemos ver muchos _romances trasmitirse de generación en generación durante siglos, transformándose mucho menos 3 . Ciertamente
podemos admitir (sin-Pararnos a averiguar io que un estudio
detenido del asunto daría de sí) que los romances se trasmiten
desde el siglo XVI al xx con escasa evolución, mientras ésta es
muy grande entre las gestas del siglo XIV o acaso del xv y los
romances de fines del xv y principios del xv1, Pero la disparidad se explica por dos razones principales: en primer tér1 Me refiero a las baladas dan,e sas citadas por W. P. Kmt, Epic and
Romance, London, 1908, págs. 124-130; comp. el Postscri-ptum, pág. vu.
2
Odys., VIII, 74 . -PAULY-W1ssowA, Nea! Encycloj. der classiscken
Altertums wissensckaft, IV.", 1901, col. 2869, considera que Demódoco
representa a los cantores que crearon la epopeya homérica. Siento
no poder consultar a FrnsLBR, Homer, Leipzig, 1908, pág. 236. La invención aédica, que suponen otras canciones de Demódoco, no excluye
que el cantor siga más o menos de cerca una redacción p~eexistente
de los mismos.
3 Romanic Review, VI, pág. 19.

l.

�R, MENÉNDEZ PIDAL

mino, entre el po~ma más tardío que se nos haya conser:vado
y el . romance más viejo que podamos conocer, pudo haber
otro poema intermedio, y aunque no lo haya habido, entre el
texto extenso y el breve media siempre el período transformador de la popularización, que cambia necesariamente la
estructura del relato, como luego explicaremos; y en segundo
lugar, el romance, en la primera época de su existencia, está
en un período aédico o de activa creación, mientras que conforme avanza el siglo xvr, esa primera actividad va cesando, y
el género entra en un período ra_psódico en que predomina la
repetición mecánica.
Para apreciar la evolución de gesta a romance se lucha
siempre con una grande escasez de textos. Milá se ve reducido
a estudiar, sobre todo, un momento importante de la trasmisión
de las gestas, el que en el siglo XIII realiza la Primera Crónica
General, y otro momento de trasmisión de los romances, el
de la publicación de los Cancioneros de Amberes y Zaragoza
a mediados del siglo xv1. Median demasiados siglos entre uno ·
y otro momento para que resulte clara la relación que les une.
Milá supone la evolución de las gestas a los romances demasiado simple y súbita para que sea históricamente comprensible. Yo, por el contrario, supongo una evolución gradual,
lenta y compleja.
Porque después de Milá, el estudio de las crónicas de los
siglos XIV y xv nos ha mostrado con evidencia que la vida de
las gestas fué más variada y más larga, a parte post, de lo
que antes se creía; y el descubrimiento de la Crónica de IJ44
nos da formas de las gestas más vecinas a las de los romances Pártese el moro Alicante, Castellanos y leoneses, Morir vos
queredes, padre, que las contenidas en la Primera Crónica 1;
como el hallazgo de otra prosificación de gesta posterior_acorta
'
Véase
Siete Infantes, págs. 95-96; y Homenaje a lvfenéndez y Pe,,.
lay_o, 1899, I, págs. 430-454. La Crónica de I344 supone el olvido de
Urraca (v. Rev. Filo!. Esp., 11,. pág. 8), que la Primera Crónica desconoce; pronto publicaré el texto .de las crónicas referentes á este
romance.

POESfA POPULAR Y ROMANCERO

mucho más la distancia entre el romance A cazar va don Rodrigo y el poema correspondiente 1 . Por otra parte, el estudio
de algunos textos de romances anteriores a los cancioneros de
mediado el siglo xvr, nos muestra también que la vida de los
romances tradicionales fué más variada y más larga, a parte
ante, de lo que se creía; y el descubrimiento de una versión
del romance de La jura en Santa Gadea, medio siglo más
antigua que la conocida, o el estudio de otra versión de Morir os queredes, algunos años anterior a la hasta ahora divulgada, acerca más uno y otro romance a las gestas respectivas 2 • El desarrollo de las gestas y los romances se nos muestra así como el de dos series que van al encuentro la una de
la otra para enlazarse; cada nuevo t~xto que se descubre viene
a colocarse dócilmente como un nuevo eslabón de enlace en
la doble serie que tan discontinua conocemos. No estamos,
pues, sólo en el derecho de suponer, sino en la obligación de
aceptar, la existencia de una cadena ininterrumpida. Las semejanzas de asunto, de metro, de asonancia y hasta de versos
enteros entre un romance y una gesta, debemos interpretarlas
como producto de filiación y no como mero resultado de una
influencia secundaria.
Cuando los textos intermedios falten en_gran número y
parezca demasiada la distancia entre una gesta y un romance,
considérese la gran cantidad de formas perdidas que hay que
suponer en un género de trasmisión oral, y la gran variedad
de éstas durante un período aédico como el que arriba queda
aludido. En fin, cuando una de las series falta, para enlazar en
general las gestas y los romances, puede servir la siguiente
consideración: vemos la epopeya revelarse en los primeros
monumentos del idioma; la vemos floreciente todavía en el
siglo xm, pero con síntomas de decadencia, que se acentúan
en el transcurso de los siglos xrv y xv, y la vemos desaparecer al fin; por otra parte, vemos los romances populares que

t

1 Véase Siete Infantes, pág. 105; sobre todo facilita la explicación
de la asonancia del romance.
2 Véase arriba Rev. Filol. Esp., I, 369-373, y II, págs. 8-9.
Tor,10 IU.
17

�R. MRNÉNDRZ PIDAL

empiezan a revelarse en la segunda mitad-del siglo x.v, con
iguales asuntos e igual forma que la epopeya; los vemos florecer en el siglo xvr, decaer en el XVII y quedar en el xvm reducidos a un género muerto que sólo vive ya de recuerdos. Claro
es que podemos, o mejor, debemos suponer para cada uno de
estos géneros una vida latente, anterior a los primeros monumentos conservados; pero aun así, ¿cómo no ver entre uno y
otro género la relación de filiación que la comunidad de asuntos y forma, y la cronología de la evolución serial están indicando? ¿Por qué hemos de suponer que los romances populares
existiewn antes que el Poema de Mio Cid, es decir, tres o cuatro siglos antes de lo que nos manifiestan sus primeros textos
conservados?
Cierto que la comunidad de forma entre las gestas y los
romances a que acabamos de aludir, es discutida.
Gaston Paris formuló su último convencimiento con estas
palabras: «Es preciso admitir que los romances han debido su
primera inspiración a las gestas, cuya forma y estilo tienen» 1 ;
a lo cual Rajna opone que el estilo de ambos géneros es muy
diferente, y la forma poco semejante. Del estilo hablamos en
los capítulos VIII y X, y de la métrica en el capítulo XI; por
eso aquí sólo anticiparé que la forma de los romances es sustancialmente igual a la de las gestas, o cuando menos hay que
reconocer que se parece mucho más a la de las gestas castellanas que la de la canción épico-lírica francesa a la de las gestas
francesas; lo cual viene en apoyo de la filiación establecida
para l~s romances españoles.

3.- Los romances épico-nacionales y los novelescos.

Pero aún no nos hemos hecho cargo de un argumento que
pudiera invalidar los que resultan de la ordenación serial de
los textos de gestas y romances, así como de la igualdad o

POESÍA POPULAR

ROMANCERO

semejanza entre unos y otros en asunto, en metro, en asonancia y hasta en versos enteros. Rajna niega la identidad de
estilo que G. Paris reconocía entre gestas y romances, y afirma
que entre unas y otros hay más que una diferencia de dimensiones: la hay de esencia, ya que el elemento lírico caracteriza
al romancero. En armonía con este carácter, el romancero
castellano, según Rajna observa, no es una producción tan
aislada de la canción épico-lírica de otros países románicos,
como suele creerse, pues tiene una parte representada por
romances tan antiguos cual los de La lnfantina, El Conde
Alarcos y El Conde Arnaldos, que se relaciona ~on la poesía
épico-lírica internacional; por esto cree, en definitiva, que
Castilla, contra lo que C. Nigra afirmaba, ocupa un lugar
aparte sí, pero no aislado de Cataluña y Portugal, en la historia de la canción popular 1 .
Así funda Rajna sus Dubbi no sólo en ver entre las gestas
y romances menos relación de lo que otros ven, sino, por
otra parte, en apreciar entre el romancero y la canción de
otros pueblos más relación de lo que se cree. Y en este último
extremo hallo muy exacto su punto de vista, y aun espero que
recibirá nuevas confirmaciones cuando se conozca mejor la
tradición oral española moderna. Y a en otra ·ocasión ·traté de
probar que varios temas novelescos comunes ci:Jn otros pueblos de Europa, conservados sólo en la tradición oral del romancero hoy día, existían seguramente en la tradición de los
siglos xvr y xvu, aunque las colecciones de entonces los omitieran, y noté además que ciertos románces novelescos, creídos especiales de Portugal y Cataluña, eran también propios
de Castilla 2 • Pero talés relaciones no se oponen al origen especial señalado a los romances heroicos, ya que en el capítulo VIII veremos que los romances novelescos cumplen a su
vez un ·principio de derivación análogo al de los romances de
asunto épico-nacional respecto de las gestas; así que ahora
Romanic Review, VI, págs. 26, 18-19 y 37-38.
El Romancero Espaiiol, The Hispanic Society of America, 1910,
págs. 104-114 y 128-129.
1

Journal des Savants, 1898 1 pág.. 334 1 ó 26 del extracto; citado por
RAJNA, Romanic Review, VI, pág. 26.
1

Y

2

�2 53

POESÍA POPULAR Y ROldANCERO

R. ?d.BNÉNDBZ PIDAL

sólo importa hacernos cargo de la mayor antigüedad que
Rajna propende a ver en aquéllos.
Cree Rajna que los romances que primero aparecen en la
historia de esta clase de poesía, los más antiguamente aludidos,
no son los de asunto épico-nacional, como era de esperar si
las gestas hubiesen dado nacimiento al género, sino los novelescos, análogos a los cantos épico-l'íricos de los demás pueblos ibéricos y no ibéricos. A este propósito cita el romance
de Carvajal, compuesto hacia 1445, Retraída estaba la reina 1,
que por sus primeras palabras y por su asonante es un recuerdo del romance famoso del Conde Alarcos, y cita asimismo el Cancionero de Londres, escrito a fines del siglo xv o
principios del xvr, que contiene copia de versiones de La
Infautiua y del Conde Arnaldos 2 • Pero si ciertos romances
novelescos se nos manifestasen algunos años antes que los
épico-nacionales, no sería éste un hecho muy significativo en
apoyo de la mayor antigüedad de aquéllos. Tratándose de una
poesía que vive principalmente en la tradición oral, la primera
noticia escrita de cualquiera de sus múltiples formas tiene aún
menos valor cronológico que si se trata de una poesía que se
trasmite fundamentalmente por escrito; los romances nacionales pudieron vivir mucho tiempo en la tradición oral sin que
nadie se ocupase de escribirlos, y es muy comprensible que
los trovadores como Carvajal y los cancioneros como el lon·dinense, que no prestaban atención sino a lo lírico, se fijasen
en los romances novelescos y ex.cluyesen de su recuerdo los
épico-nacionales.
Pero es que además la precedencia cronológica de tex.tos
y noticias escritas favorece a los romances nacionales. El de
La jura en Santa Gadea lo publicamos atrás según un manuscrito de fecha análoga a la del Cancionero londinense; y en
fecha seguramente anterior hallamos el romance del ciclo del
1 La atribución a Carvajal es dudosa, y la fecha es probablen1ente 1442 ó 1443, según S. Ga1swoLD MoRLEY, en la Romanic Review, VII,
1916 1 págs. 75-80.
•
2 Romanic Revicw, VI, págs. 20- 25.

Cerco de Zamora, Rey &amp;m Sancho, ReJ' don Sancho, copiado
en cierta refundición del Sumario de los ReJ es de Espaüa, del
despensero de la reina D.°' Leonor, escrita en tiempo de Enrique N (1454-1474) 1 . Al tiempo de Enrique IV alcanza
también Diego de San Pedro, que contrahizo el romance de
las Quejas de doíia Lambra ( e Yo me estaba en Barbadillo»),
del ciclo de los Infantes de Lara 2 • Y nótese bien que estos
dos romances más antiguamente transcritos o parodiados, el
del Rey dtm Sancho y las Quejas de do,"ia Lambra, más que
verdaderos romances, son meros trozos de las gestas, con evidente carácter de fragmentos sin comienzo ni fin especial.
Cierto que ninguna de las fechas citadas llega a la del romance de Retraída estaba, de hacia 1445, si no es la alusión
hecha por Juan de l\Iena en 1444 al romance de Atora, que
no es de los ciclos épicos, sino fronterizo; pero nótese que el
romance del Conde A/arcos, aludido por Carvajal, no es tradicional, sino juglaresco, y entonces frente a él nos será lícito
poner otros poemas juglarescos, de asunto heroico, anteriores
en casi dos siglos; me refiero a las relaciones de Mainete y del
Infante García, prosificadas en la Primera Crónica General
hacia 1289, las cuales debían ser cosa muy semejante a los
romances juglarescos, de dimensiones poco mayores que las
del Conde Alarcos 3• De modo que lo mismo en el campo de
los romances tradicionales que en el de los juglarescos, podremos alegar una precedencia de fechas más o menos considerable en favor de los de asunto épico-nacional.
Entiéndase que al decir esto no pretendo decidir nada respecto a la fecha relativa de los dos géneros de romances, que
verosímilmente serán coetáneos '· Pero a pesar de esto, el
1

1 Pág. 25 de la edición publicada por Llaguno en 1781, al final del
tomo de las crónicas impresas por Sancba, que contiene la C,·.'nica de
don Pedro Ntiio, 1782.
2 Véase l\111.Á, De la poesía, págs. 4 ~ 11 419.
3 R. MENÉNDBZ PmAL, La Primera Crónica General. Discurso ante
la Acad. de la Historia, 1916, pág. 44.
' En mis estudios, especialmente ea L'Epopée castdlane, 1910, página 162, tratando sólo de los romances relacionaclm; con 1~ popeya,

�2

54

carácter distintivo de la canción española resulta de esta consideraci_ó n: mientras la canción francesa no aparece claramente relacionada con la epopeya ni al principio de su existencia ni después, dos de los romances tradicionales españoles, ·
más antiguamente transcritos o parodiados, son dos simples
fragme_htos de una gesta.
Y ya es tiempo de tratar la cuestión del estilo, varias veces
aludida. En general diré que convengo con la opinión de
Rajna en ver una diferencia profunda entre el estilo de los
romances y el de las gestas; pero creo también que esa diferenci~ no se opone a la filiación puesta en duda por Rajna,
sino que está entrañada por la filiación misma, como voy a
exponer en los tres capítulos siguientes. Téngase además en
cuenta que muchas particularidades del estilo de las gestas
pasaron al de los romances, a pesar de la diferencia que entre
uno y otro reconocemos.

VIII
CANCIÓN ·AMPLIA Y CANCIÓN BREVE
Se dirá: cierto que los romances tradicionales de asunto
épico-nacional derivan de las gestas, pero esto no explica sino
una parte del romancero; los.. romances históricos sueltos y los
novelescos. nada· tienen que ver con las gestas, y pudieran ser
los más antiguos, pues la canción popular pudo nacer en España ·i ndependientemente de las gestas, como nació en Francia
o en el Piamonte.
Esta cuestión de orígenes es imposible de resolver documentalmente. Sólo trataré de mostrar que la derivación de las
gestas n.o es una derivación fortuita en el romancero, sino que
tiene algo de esencial. Rajna dice que aun los que no admitan

í

POESfA. POPU'LA.R Y ROMANCERO

R. JIIRNÉNDEZ PIDAL

que el tipo romance derive de las gestas, se apresurarán a reconocer, sin embar:go, una acción potentísima de las gestas
sobre los romances, pues es evidente; pero que al mismo tiempo puede suponerse que si el pueblo recitador de romances
se dejaba influir por las gestas, · a su vez · los recitadores de
oficio debían apoderarse de los cantos que corrían en booas
no mercenarias, y por ganarse siempre más el favor del público, fabricar ellos mismos no pocos a imagen y semejanza
de éstos 1 . Ahora bien,. disiento siempre con temor de tal
maestro, pero toda atenuación en mis disentimientos sería
insincera: según mi modo de ver, de igual modo que es imposible equiparar el influjo de las gestas sobre los romances
al de una fuente de inspiración cualquiera, tampoco es dado
equiparar este influjo al que los romances épico-líricos pudieron ejercer sobre los juglares. En el terreno de los hechos,
la acción de las gestas sobre los romances es fundamental y
evidente, comprobada en multitud de casos, mientras la influencia de los romances épico-líricos sobl'e los juglares es secundaria. En el terreno de los principios, la relación de. gesta
y romance responde a un modo de derivación que vamos a
ver comprobado sustituyendo las gestas con los mismos romances de los juglares, mientras la irúluen~ia del romance
épico-lírico sobre el del juglar no puede mirarse más que
como algo fortuito.

1. -

Romances juglarescos y extensos: ¿derivan de otros
breves y tradicionales'?

Consecuencia lógica de las teorías que derivan la epopeya
de la canción, es la hipótrsis de que los romances juglarescos
derivan de otros más breves tradicionales. Si invalidamos esta
hipótesis, habremos dado, aunque indirectamente, un segundo
golpe a aquella teoría.
Reiteradas veces expone F, W olf su opinión de que los

11

1

olvidé demasiado los romances nC&gt;v~escos, y con sobrada razón me
los haée recordar el Sr. Rajna.

255

t

Romanic Review, VI, pág. 4 1.

'

¡

�R, MENÉNDEZ PIDAL

POESÍA POPULAR Y ROMANCERO

2 57

romances breves populares son anteriores a los juglarescos o
largos, sirviéndoles en muchos casos de fuente; y en general,
la versión larga, aunque no sea de tono juglaresco, la juzga
posterior a la breve .. Por ejemplo, entre dos versiones del romance del Desafío de Montesinos ( «En l~s salas de París»), la
más sencilla y popular le parece por esto mismo la más
antigua, la más legítima; El Conde Alarcos, en su redacoión
juglaresca, conocida desde el siglo xv1, lo da como arreglo de
otra forma que debió existir más antigua y popular, reflejada
en las modernas versiones 01,ales portuguesas 1; la versión más
breve o, digamos mejor, incompleta y truncada del romance
de la Duquesa de Bragmzza le parece la original, mientras
juzga la otra como refundida por un poeta culto 2 , etc.1 etc.
Estas hipótesis obedecen a la opinión de que la poesía popular y tradicional es esencialmente antigua, nacida en una edad
preliteraria.
En ciertas ocasiones W olí apoya, o parece -apoyar, su principio general en algunos argumentos especiales, cuya solidez
nos interesa comprobar. En el romance de Don Beltrán, la
versión «Por la rp.atanza va el viejo», que juzga «primitiva
o tradicional» (nótese la expresiva unión de estos dos adjetivos), es antepuesta a la otra que empieza «En los campos de
Alventosa», calificada de «juglaresca»; y este juicio lo apoya
notando que el romance primitivo empezaba efectivamente
· con las palabras «Por la matanza», pues existe una parodia

que comienza: «Por Ja dolencia va el viejo » 1 . Fácilmente se
comprende 1a ineficacia de este argumento, pues igual podía
haberse hecho la parodia sobre la versión primitiva que sobre
la posterior; más bien la parodia, como producción tardía, se
haría sobre _la forma que tardíamente estaba popularizada. Por
lo demás, esos versos, «Por la matanza», no pudier.on estar
primitivamente al comienzo del romance, pues no tienen sentido sino en el interior, donde los coloca la versión más extensa. De modo que ésta aparece como más correcta, y por
lo tanto más originaria que la breve 2 .
En el romance de El Prisionero, Wolf cree, como de costumbre1 que la versíón corta o inacabada, «Que por ivayo
era», es primitiva o tradicional, y la larga o completa, «Por el
mes era de mayo», es una refundición de un poeta erudito o
artificioso 3 • Parece apoyarse en el hecho de que la forma
breve es la que aparece en el Cancionero General de I 5 I I, y
en el Cancionero sin año, de Amberes, mientras la extensa no
se publica sino después, en la segünda edición del Cancionero
de Amberes, en I 5 50. Pero que los dos primeros cancioneros
coincidan en la forma breve nada significa, toda vez que el de
Amberes sin año copió al General de I 51I en su reimpresión
de r 520 4, de modo que sólo poseemos el testimonio de éste.
Y la brevedad de la versión del Cancionero General se explica
porque sin duda éste acogió sólo un fragmento del romance,
su parte lírica, propia del tono del cancionero; como escogió

1 F. WoLF, Studien zur Geschicltte der span. und _port. Nationalliteratur, Berlln, 1859, pág. 462, n. (o traduc::. española, II, pág. 191). -M11Á,

1 Primavera y Flor, II, págs. 316, 318 y 421. - MiLÁ, De la poesía,
págs. 352 y 481, cree con razón que el segundo de ambos roma"aces
no es juglaresco, pero coincide con Wolf en señalar al primero, o más
breve, una fecha anterior (1400-1450) a la del segundo, o más extenso (1450-1550). Semejantemente MENÉNDEZ PELA YO, Antología, XII, páginas 371-373.
2
Wo1F, Primavera, II, pág. 318, n., señaia como interpolación, en
la ver,,;ión más extensa, unos versos que M1LÁ, De la poes(a, pág. 379, n.,
no cree interpolados. Por lo demás, nada se opone a que una versión
muy antigua contenga una interpolación,
3
WoLF, Primavera, II, págs. 16, 17 y 421.
' Véase mi edición facsímil del Cancionero sin año, Madrld, 1914,
pág. xxxvn.

De la poesía, pág. 347,_asiente a la primera de estas dos opiniones
de Wólf; no se pronuncia, creo, respecto de la segunda.
2 Primavera y Flor de Romances, por F. J. \VoLF y C. HoFMANN, Ber, lin, 1856, I, págs. 350 y 353, y II, 421. - M1LÁ, De la poesía, pág. 481,
asigna fecha posterior al romance más extenso y completo; lo mismo
MENÉNDEz.PELAYO, Antología de líricos cast., XII, pág. 300 («menos primitivo y tiene muchos resabios j uglarescos•).-MiláyMenéndez
Pelayo siguen a Wolf también eq tomar un romance, el de Montejícar, como derivado de otro de asunto totalmente diverso y posterior,
el de la Prisión del obispo don Gonzalo, ,tan sólo porque aquél es de estilo algo más amplio; v. Rev. de Filo/. Esp., II, pág. 113 .

•

�R. MENÉNDEZ PIDAL

. del largo romance del Conde Claros nada más que un fragmento lírico, el trozo que empieza «Pésame de vos el conde»,
sin que haya nadie que piense el absurdo de que este trozo
es lo primitivo del Conde Claros.
Otra vez, en el romance qe La Reina de Nápoles, apoya
Wolf su opinión con argumentos históricos. Cree que de las
tres versiones que publica de este romance, la niás breve, la
del Cancionero sin año, de Amberes, es más antigua porque
no habla de la muerte del rey Alfonso II dé Nápoles, ocurrida
en 19 de noviembre de 1495, mientras las otras variantes mencionan este suceso 1 • ¿Pero qué argumento podemos sacar· de
la ausencia de un pormenor en una versión que por ser la más
breve podemos suponer que olvida detalles? Y este suponer se
convierte en certeza si consideramos que el mismo cancionero
que publica esa versión declara, al final del romance, hallarse
éste faltoso ( «no está acabado»), y que en el prólogo salva el
cancionero «la flaqueza de la memoria» de los que dictaron
los romances al editor 2 • Si fuese aceptable el criterio de fechar
las variantes por los .sucesos que no mencionan, llegaríamos a
que la versión de los pliegos sueltos y de la Silva de Zaragoza
era anterior a 1494, por no hablar de la muerte del marido de
la reina, que las otras versiones mencionan; cosa absurda, pues
todas las tres formas del romance aluden a sucesos posteriores.
Y o creo, por otras razones, que la versión de los pliegos suel.tos y de la Silva, si no tan antigua, es la más antigua; porque,
contrariamente a W olf, creo que en general las versiones más
_amplias y circunstanciadas (esta del romance de La Reina de
Ndpoles tiene 60 octosílabos) son anteriores a las más breves y
más olvidadas de pormenores históricos, como es la del Cancio•
nero sin año (tiene 26 octosílabos). En cuanto a la variante de la
segunda edición del Cancionero de Amberes de I 5 50 (tiene

1 Wou,Primavera, 1, ·pág. 340, n .-MtLÁ,Delapoesi'a, pág. 325, sigue a Wolf en este razonamiento.
2
Véase mi edición facsímil del Cancionero sin aiio, de Amberes,
fol. 2 r.; y 263 ,·.; véase también la página XL, donde se indica la tradición oral del romance de La Reina de Nápoles.

POESÍA POPULAR Y ROMANCERO

2 59

54 octosílabos), es una versión híbrida, en la que, para remediar lo mucho olvidado en la edición sin año, se intercalaron
en el texto de éste muchos versos procedentes de otra versión,
cuya totalidad nos es desconocida.
La opinión de W olf, cuyos argumentos combatimos, es
muy corriente entre los críticos. Para no citar sino maestros
insignes, recordaré que Gaston Paris está imbuído de ella
cuando estudia el romance de lá Muerte del Príncipe de Portugal 1 . Cree que la versión extensa, debida a Fr. Ambrosio
Montesino, está hecha en vista de la popular, cuya muestra
coñserva un manuscrito francés de fines del siglo xv, si bien
supone que esta versión popular debi6 tener una forma más
desarrollada, &lt;,ionde se contuviesen los rasgos históricos que
se hallan en Monttsino y faltan en el manuscrito francés.
Pero si suponemos que la forma ptimera del romance contenía el máximum de pormenores históricos que se halla en
la de Montesino, no sé por qué hemos de rechazar la idea de
que el autor de la primera forma se llamase Montesino. Al
rehuir esto que tan palmario es, G. París obedece simplemente
al prejuicio de que la primera forma de un canto popular tiene
que ser ya popular; y usa de este prejuicio en forma de argumento, cuando califica-de texto primitivo el de la versión breve:
porque sus variantes «llevan un sello más popular» 2 • Pero esto
es una petición de principio. ¿Por qué se ha de admitir como
evidente el paso del estilo popular al de Montesino, y no viceyersa, del de Montesino al popular?

Romanía, I, 1872, pág. 377.
«Les variantes sont toutes a l'avantage de notre texte et portent
un caractere plus populaire• . - Otra razón que alega G. Pari.s no me
parece convincente. Si los versos 29-32 no son congruentes después de
los versos 11-12 1 es, o bien porque el autor quiere con la incongruencia
expresar el sobresalto de las princesas, o bien por descuido, igualmente explicable siendo Montesino autor que siendo mero transcriptor de esos versos 11-12. No es aceptable la suposición de G. París de
que Montesino hubiese invettido el orden de esos versos, toda vez
que esos mismos veL-sos 11-12 van también al comienzo en la versión
popular del manuscrito francés, e inmediatos a los versos 9-10.
1

2

1

l

1

�260

R.

MENÉNDEZ PIDAL

Todo nos induce a esta última suposición. Nos consta, por
rara fortuna, la natural iniciativa de la viuda del Príncipe en
la composición del romance; Montesino compuso su obra «por
mandado de la reina princesa» 1, y no es en morfo alguno
presumible que quisiese satisfacer el regio mandato diluyendo una canción popular que todo el mundo conociese, y limitándose, como supone G. Paris, a tomar de ésta todos los
pormenores del suceso para componer la poesía elegíaca con
que pretendía consolar a la viuda. Sin duda la primera redacción del romance fué la más circunstanciada y amplia, la que
Montesino compuso por encargo de la viuda; los dejos de estilo
popular que se observan en esta primera redacción cortesana
se explican sin dificultad, pues desde mediadqs del siglo xv
los poetas cultos adoptaban giros populares en sus romances.
La obra de Montesino se popularizó en una sola abreviación,
manifestada bajo diversas formas en el cancionero manuscrito francés de fines del siglo xv y en variantes modernas
portuguesas ultramarinas 2 • Nada hay que nos desvíe de esta
manera más natural de explicar las cosas; nada hay en las
versiones populares que no se explique por la de MonteB. J. GALLARDO, Ensayo de una biblioteca, III, col. 874.
No hubo más que una popularización inicial del romance de Montesino. Las palabras «Novas vos trago, senhora, má nova é de contar,
Se o quereis inda ver vivo ..... », que se halla en TH. BRAGA, Cantos do
· A&gt;ch. Aroriano, pág. 328, indican más relación con la variante del manuscrito francés que con la de Montesino. Por otro lado, las palabra~
«infante de Portugal» y «lo bom infante real», en A. R. DE AzEvEoo,
Romanceiro do A1·di. da Madeira, 1880, pág. 252, tienen correspondencia con el manuscrito francés y con Montesino, mostrándonos que las
versiones portuguesas tuvieron primitivamente carácter de romance
histórico antes de quedar convertidas, como generalmente están, en
romance novelesco. Todas ·1as versiones portuguesas tienen el detalle
del «arenal&gt;, qtte está en Montesino y falta en el manuscrito francés. Creo que en la versión oáginal de éste, en vez del verso «y el
alma quiere a Dios dar», que falta en Montesino y en las versiones
portuguesas, había algo semejante a la versión de Montesino: •corriendo en un arenal, Do yaze casi difunto, sin remedio de sanan;
comp. en los portugueses: ,em du vida, de escapan, «corre o risco ·de
finan, etc.
1

2

POE:,,ÍA POPULAR Y ROMANCERO

sino 1 . Sólo el prejuicio pesado de una teoría puede hacer
mirar las cosas de otro modo.
Milá en este caso vió con claridad, frente a la opinión de
G. Paris, que el romance fué compuesto primeramente por
Montesino, y luego se popularizó 2 • Pero por lo general acata
el parecer ·d e W olf en los casos enumerados arriba 3• Sólo
cuando el crítico alemán nota que el romance portugués de
Gaiferos «es más corto y aun más popular» que el juglaresco
del siglo xvr, aunque muy posterior y falto de «algunos de los
más bellos rasgos)), Milá cree poder tomar estas palabras,
«c~mo prueba (dice) de que se admite la posibilidad de
que un romance popular provenga de otro juglaresco)) &lt;1.

t A. MoREL-FATIO (Romanía, II, 131-132) suponiendo, como G. Paris,
que el romance de Montesino descansa sobre la tradición popular,
cree hallar en las versiones portuguesas un detalle histórico que falta
en Montesino; cree que el verso «casadinha de outo dias» alude a los
ocho meses que la princesa estuvo casada (nov. 1490-jul. 149 1). Pero en
otras versiones se dice «de tres días» o «septe mezes•; y tal pasaje
muestra ser un postizo, por llevar asonante extrano (ía) en las versiones de Madeira y del Brasil.
2
M1d., De la poesía, págs. 309-310.-J. LE1TE DE VASCONCELLOs, Romanceiro Portuguez, 1886, pág. 4, cree, siguiendo a G. Paris, que tanto
la versión del manuscrito francés coino la de Montesino «provavelmente assentam n'uma tradi1;ao popular&gt;. - MENÉNDEZ PELAYo, Antología, IX, 204, y XII, 296, no se atreve a decidirse por la opinión de
G. Paris ni por la de Milá.
a En las notas de arriba indicamos la coincidencia de Milá con Wolf.
, M1LÁ, De la poesía, pág. 346. De advertir es que las palabras de
\.Volf (P1·imavera, II, 248) nada indican expresamente acerca de la procedencia de la versión tradicional de Gaiferos. La cautela de Milá no
es bastante para C. Nígra, quien en las páginas 245-246 de sus Canti
pop. del Piemonte pone reparos a la anterior opinión de Milá; y de aceptarla consideraría el caso como extraordinario. En la página 248 dice:
«No'n si deve certo negare a priori che un canto popolare
possa foggiarsi.. ... da un componimento artificioso o semiartificioso
quale e il giullaresco•.-J. ME1ER, Werden und leben des Volksepos, Halle,
1909, pág. 31, después de exponer que la canción inventada por el
aeda puede . ser recibida por el pueblo y entonces hacerse popular,
añade que en principio el paso al pueblo es también posible en
una canción épica culta.

�R.

MENÉNDEZ

Se comprende que Milá se sintiese inclinado a admitir esta
posibilidad, aunque como algo extraordinario, tratándose
de una versión juglaresca publicada en el siglo XVI y de una
versión oral de la tradición moderna; la gran diferencia de
fechas facilitaba el reconocimiento de la verdad 1. Nadie, en
efecto, podrá desconocer, en cuanto compare la versión moderna breve con la antigua extensa, que el romance de Tarquina y Lucrecia, tradicional hoy en Portugal y entre los judíot,
de la Península Balcánica, deriva del romance erudito, publicado antes de mediar el siglo XVI, en el Cancionero sin año, de
Amberes 2 , o que los romances tradicionales modernos del

De mí sé decir que fué en estas circunstaneias cuando primeramente por mi cuenta (y sin acordarme que MiLÁ, .De la poesía, página 377, admite el caso respecto a los romances carolingios) observé
la derivación de un romance tradicional de otro juglaresco, a pxopósito
de los romances modernos del Conde A.tarcos y del :Juicio de París, publicados en la Antología de líricos, X, 19001 págs.312y116; estos romances me movieron a hablar con Menéndez Pelayo acerca de algunas
notas de ese tomo de la Antología (por ejemplo, la de la página 91; o la
de la página 117: • aunque con resabios juglarescos»; comp. arriba
pág. 256, nota 2), que me parecían negar a la obra del juglar el carácter
de originaria o primordial, respondiendo a la idea de Wolf y a una antigua opinión de Garrett sobre el mismo Conde A/arcos, fundada en que
la versión más breve y enérgica debía, por esto mismo, ser más antigua y original que la amplia y juglaresca (v. J. MENÉNDEZ PmAL, Rom.
asti,rianos, 1885, pág.· 185, n.). En la Antología, XI, 1903, págs. 131-132,
no se halla una idea clara del estilo de los romances populares (esto
es, tradicionales), del de las gestas y del de los romances juglarescos,
y definiendo la actividad del juglar, se insiste en que «utiliza elementos
preerjstentes, repite ciertas fórmulas convencionales o combina fragmentos de di versas canciones,. En la Antología, XII, 1906 1 págs. 536,
538, 483, etc., se juzga ya rectamente la obra del jugla·r y se afirma
que las versiones modernas proceden de las juglarescas; empero en
el último caso (romance del Juicio de París) no se trata de un romance antiguo, juglaresco, sino semiartificioso o semierudito. Hay que
plantear el problema en términos más generales, sin referirse sólo a
los romances j.tJglarescos.
2
Véase Revista Lusitana, IU, 1893-95, pág. 370. - MEtmNDEz PELAYO, Antología, X, pág. 303. - DuaÁN, · Romancero General, I, pági~
na 353 a.
1

POESfA POPULAR Y

PIDAL

ROMANCERO

Yuicio de París, del Conde A/arcos, etc., derivan de los correspondientes antiguos más extensos.
Pues si esta derivación es evidente respecto a las versiones
modernas, lo mismo debe juzgarse respecto de las antiguas, y
sin embargo, Menéndez Pelayo, que la reconoce y proclama
como principio general respecto a las versiones modernas, no
asimila a ellas las antiguas, y se conforma muchas veces con
el parecer de Wolf, lo mismo que Milá 1 .

2.- Los

romances tradicionales derivan de otra narración más amplia.

Esa casuística y vacilante apreciación.de romances sueltos
debe elevarse a una consideración del conjunto, y según todo
lo que en este sentido he podido observar, creo que, lejos de
mirar como una cosa extraordinaria, chocante o sim.pl~mente
eventual, aunque más o menos frecuente, que los romances
tradicionales, modernos o antiguos, deriven de otros juglarescos, debe considerarse el caso como normal. Además no hay
para qué hablar sólo de romances juglarescos transformados
en tradicionales, como hacen Milá, Nigra o Menéndez Pelayo
en los casos sueltos que reconocen. En el caso del romance
de la Muerte del Príncipe de Portugal, la versión de Montesino, que damos como fuente de la tradicional, no es de la
clase juglaresca, sino de la que provisionalmente llamamos
artificiosa. Asimismo acabamos de ver cómo ciertos romances
de estilo erudito o semiartificioso sirvieron de fuente a los
romances tradicionales de Tarquina y del Yuicio de París.
En fin, también varios romances vulgares o de ciego se han
acortado haciéndose tradicionales; por ejemplo, el de La des-

piadada Teresa

2•

1 Véanse las notas a las páginas 256-258, y la nota 2 de la página 261, donde Menéndez Pelayos e muestra indeciso, áun enfrente de
una afirmación de Milá.
2 Comp. el pliego suelto de ciego: Nueva nlacióny curioso romance

donde se da cuenta de la amorosa conversación que tuvo un sei'íor sacerdote
con Dios nuestro señor, al que se le apareció en forma de pobre..... (em-

�POESÍA POPULAR Y ROMANCERO

R. MENÉNDEZ PIDAL

En el capítulo VI hablamos de la canción histórica popular que nace de la impresión fresca del suceso a que se refiere, y ahora debe entenderse que esa canción coetánea, más
bien que una cantilena !frica debemos suponerla una narración
extensa y circunstanciada. Unas veces esta narración amplia
puede imitar el estilo épico-lírico de otros cantos anteriores
tradicionales, como hizo Montesino en el romance de la Muerte del Prinape de Portugal; pero en la mayoría de los casos
se hace en estilo más concretamente narrativo, como el de las
«relaciones », en romance, de sucesos militares, civiles, novelescos o maravillosos, que tan activamente se producían en
los siglos xv1 y xvn 1, y que aun hoy se continúan produciendo
algo. Una de estas relaciones vulgares y amplias, sin duda
coetánea, es el romance de la Muerte del Duque de Gandía en
el año 1497, que se popularizó y se conserva en la tradición
de los judíos de Oriente 2 •
Ateniéndome a este principio general que voy sentando,
creo que los romances fronterizos no se compusieron en la
forma breve que, .por lo general, es la única que hoy conocemos. El romance de Álora la bien cercada, aludido por Juan
de Mena diez años después del suceso, no debía ser tan breve
como hoy lo poseemos, sino más apegado al estilo expositivo.
Arriba hemos conjeturc;ldo que existió una forma amplia de
los romances de' la Derrota de Montejícar y de Buen alcaide
de Cañete, la cual sirvió de fuente a la Crónica de Juan II y a
los romances tradicionales que hoy conocemos 3 • Pero no estamos limitados sólo a conjeturas; no siempre esa forma amplia primitiva se ha perdido. Una excelente muestra de estas
relaciones fronterizas coetáneas, muy pormenorizadas, es, ~ mi
juicio, el romance de 1~ Batalla. de los Alporchones del año 1452
pieza : e Sacro Dios incomprensible•), y el romance tradicional recogido en Falencia por N. ALONSO CoRTÉs, Ro~ances populares de Castilla, Valladolid, 1906, pág. 117 .
t Véanse, por ejemplo, algunas citadas por $ALVÁ, Biblioteca, I, página 28, y por GALLARDO, Ensayo, I, col. 11Q9.
2 Véase Antología de líricos, de Menéndez Pelayo, XII, 312-316.
3
Véase arriba pág~. 236-237.

( «Allá en Granada la rica»); hay en él animación, viveza de
relato y giros populares, pero en definitiva su tono es pronunciadamente juglaresco 1 . Cosa semejante opino de Cercada
tiene a Baeza: es un relato coetáneo, nutrido de nombres propios y apodos corrientes hacia· el año 1368, que aunque contiene ciertos .giros de estilo tradicional, es un relato pormeno- ,
rizado, en suma, de estilo amplio, a pesar de la brévedad
del roma~ce 2 • En fin, para prevenir las dudas sobre la contemporaneidad de estos romances de estilo amplio, citaré el
caso análogo de otros de estilo semejante, que nos consta
fueron compuestos por los poetas y músicos de la corte de los
Reyes Católicos, acerca de sucesos de entonces, tales como el
de la Rendición de Ronda ( «Pascua de Espíritu Santo»), y el de
la Rendición de Setenil ( «Setenil, ay Setenil))) 3, escritos en
tono un tanto popular, pero con un fondo narrativo circunstanciado, que detalla nombres, números y hasta la fecha del
suc~so. Entonces era costumbre que en la corte de los reyes
se contasen en verso los sucesos mil1tares, como l\fontesino
contaba las desgracias de familia. El cronista Galín~ez de Carvajal nos refiere que Hernando de Ribera, vecino de Baza, escribió la guerra de Granada en metro, «y en la verdad, .aquelln
decía él que era cierto; porque en pasando algú?-·necho o a~to
digno de escrebir, lo ponía en coplas y se leía a la mesa de
Su Alteza, donde estaban los que en lo hacer se hab.ían hallado, e lo aprobaba o corregía según en la verdad había pasado )) 4 • Bien se echa de ver por estas palabras que Hernando
1 W OLF y ~11LÁ, De lrz poesía, p4gs. 315 y 481, califican· este romance
de tradicional. No comprendo cómo pueden decir esto de un romance
que tien~ versos empezados por «el cual•, y que usa fórmulas tan
típicamente juglarescas cc¡mo ..-que aquí no dígo sus nombres por quitélr prolijidad»; comp. Mip Ci4, 1310: cdexareuos las posadas non las
quiero contar. •
i M1LÁ, De la poesía, págs. 311 y 481, Jo califica. de • semiartístico~
y lo cree un síglo, al menos, posterior al suceso.-M1rnÉNDEZ""i'J!LAYO,
Antología, XII, 169, lo cree·, "'CGO razón, coetáneo al hecho que refiere.
3
Cancionen, musical de los siglos XV_y X VI, publicado por F. A. Barbieri, núms. 331 y 33~.
' Biblioteca de Autores Espaiioles, LXX, pág. 537 a.~ No sabemos

TOMO

IXI.

18

�266

R. MEN°ÉNDEZ PIDAL

POESÍA POPULAR Y ROMANCERO

de Ribera no leía ante el Rey Católico cantilenas líricas sobre
los sucesos, sino relatos circunstanciados de los mismos. Igual
uso debía existir en la corte de los antecesores de los Reyes
Católicos, y a tal costumbre responden probablemente varios
de los ro.manees fronteriz.os extensos que hemos citado o que
hemos supuesto arriba. En conclusión: de una forma extensa
semejante a la de estos romances debe derivar la forma breve
que conocemos de la mayoría de los fronterizos.
Lo mismo creo de los romances carolingios, novelescos, etc.
Un ejemplo evidente reconocerá cualquiera en el romance de
Rosajlorida ( «En Castilla está un castillo »); la versión que se
copió en el ya citado cancionero manuscrito de Londres 1,
muy recargada de caracteres del estilo expositivo amplio, es
sin duda la más primitiva que se conserva, de la cual, o de otra
muy semejante, se deriva la versión tradicional, que variamente
se manifiesta en el Cancionero sin año de Amberes, en la Silva
de Zaragoza y en la tradición oral moderna. Otro ejemplo notable hallamos en el enoi;me romance del Conde D irlos, que es
una verdadera gesta pequeña, y sin embargo lo hallamos reducido a ~n breve romance en la tradición ·actual 2, ejemplo
enteramente igual al de la reducción de largos episodios de
las gestas a breves romances.
Como vemos, cuando el romance es tan largo que se pa-

rece a una gesta, el caso de su acortamiento para la popularización se parece mucho al que observamos en los romances
derivados de las gestas; no hallamos motivo alguno para prescindir de las gestas en la explicación de los romances de asunto
épico-nacional, suponiendo un poemita fragmentario, o sea
un .romance extenso, intermedio entre la gesta y el romance
tradicional. En el capítulo I, tratando del romance de La Yura,
desechamos la suposición de un intermedio erudito 1 , y ahora
-podemos añadir una prueba de gran valor en contra de la idea
de una poetización erudita o juglaresca intermedia entre el
poema y el romance tradicional: exi_stió realmente y se conserva algún romance juglaresco derivado de una gesta, y sin
embargo no actuó como intermediario, pues los romances tradicionales correspondientes no derivan de él, sino de la gesta
misma. Me refiero al romance de los Infantes de Lara, que
cuenta las Bodas de doña Lambra.
No puede sostenerse con Milá 2 que el romance juglaresco
de los Infantes que comienza «Ya se salen de Castilla)&gt; esté
compuesto de varios otros romances arreglados en vista de la
Crónica General. En «Y~ se salen», como en «A Calatrava la
vieja» y «Ay Dios, qué buen caballero» hallamos, en más o
menos extensión, tres versiones diferentes de un mismo romance extensamente cíclico, que abarca gran parte de la historia de los Infantes de Lara, y que procede de una gesta 3 . Comparando los versos 75-II3 de «Ya se salen» con los versos
7I-I06 de «A Calatrava», se ve en el primero una vacilación
de asonantes a y áa procedentes de varias series de la gesta,
mientras en el segundo se observa un trabaj'o posterior de
reducción de esas vacilaciones a una uniformación de asonancia en átJ,, y esto resulta más claro trayendo a comparación
los versos 77-80 de «Ay Dios», únicos comparables, por estar

si las &lt;coplas• de Remando de Ribera eran romance u otro metro
más solemne, como el que usaron otros poetas del tiempo de Juan II,
que refirieron sucesos eoetáneos, tales como Domingo Contreras y
Juan Galiudo (véase sobre éstos a F. RoDRÍGuEt. J\hnfN, Pedro Espinosa, pág. 20, 11., y a GALLARDO, Ensayo de una bibl., IV, col. r 183). Lascoplas de arte !)1ayor al lado del romance las bailamos contando sucesos del tiempo de Juan 11, en el caso de Ordiales (v. Rev. de Filo!.
Esp,, II, pág. 333), en.el de la muerte del Conde de Niebla (Juan de
Mena y el romance), en él de la derrota de Ben Zulema (R. MENÉNDEZ
PmAL, Hv,nenafe a Almeida-Garrett, Génova, 1900), etc.
1 Zeit. für rom. Philol., XVII, 1893, págs. 544 y sigs. - Antología,
XII, 54 r, 41. 1. - Pío RAJNA, en los Mélanges offerts a M. Émile Picot,
Paris, 1913, pág. 115, etc.
2 R. MENÉNDEZ PmAL, Et Romancero :Español, The Hispanic Society
of America, 1910, págs. I16-119.

1

Rev. de Filo!. Esp., I, págs. 373 y 374-375.

2

De lapoes. her.pop., pág. 216.

3 Comp. Leyenda de los siete Infantes, págs. 90 y 87. Después de un
nuevo examen de estos romances, afirmo ahora más resueltamente
que entonces.

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R. Ml!NÉNDEZ PIDAL

POESÍA. POPULAR Y ROMANCERO

la segunda mitad de esta versión estragadísima. Ahqra bien,
en «Ya se salen», en esa versión más arcaica por su fidelidad a las asonancias de la gesta, se contienen las quejas de
D.ª Lambra regulatmente fundidas con la totalidad del romance, por medio de la eliminación de ciertos pormenores opue~tos a la narración del romance (especialmente las alusiones al
lügar de Barbadillo y a la muel"te de un criado de D/ Lambra);
pero es notorio que de esa versión no deriva el romance suelto
de las Qaejas de doña Lambra, ya que éste es sin duda alguna
anterior al romance cíclico, tanto por su lenguaje más arcaico 1
como por contener los versos «Yo me estaba en Barbadillo»
y la alusión -a la muerte de un «cocinero» de D/ Lambra,
lugar y episodio mencionado~ en la ge~ta, pero no en el románce. También el romance «Ya se salen» contiene la escena
de Gonzalo Gustios ante la-s cabezas de sus hijos, pero tampoco deriva de él el romance suelto dedicado a ese asunto,
Pártese el moro Alicante: aquí, como en el caso anterior, el
romance cíclico y el romance suelto derivan cada uno independientemente de la ·gesta.
Algo semejante ·c abría decir del romance de La Yura, qu,e
no deriva del juglaresco del Cid Después que Vellido Doljos.
Y una vez que conocemos algunos romances juglarescos sobre
asuntos épico-nacionales, de donde no derivan los romances
sueltos correspondientes, ¿cabe suponer otra etapa de romances juglarescos anteriores y más amplios, de los cuales derivasen los sueltos? Se comprende que tal suposición sería un
colmo de arbitrariedad y de complicación inútil.
En ·fin, -yernos que .. la · deríyación de romance .e xtenso a
romance tradicional, que ahora sentamos, se corresponde perfectamente con la de gesta a romance, que defendimos en el

capítulo VII; ambas se reparten la explicación del romancero
según los diversos géneros de romances, pues ambas responden al mismo principio general, que podemos enunciar así:
eJ romance tradicional se deriva de una narració'n
poética en estilo por lo general más amplio y circunstanciaao, ora de· una gesta, ora de un romance juglaresco, erudito, artificioso, vulgar o como quiera que sea. Las
pruebas que damos para una de estas derivadones apoyan
indiredamente la otra, p-ues todas concurren armónicamente
a mostrar que el romance tradicional no es un producto originario, sino una derivación de la obra de un poeta que escribe
por lo general en otro estilo más propia.mente narrativo_1 •
Para concluir, volvamos a la afirmación, hecha al principio
de este capítufo, que la influencia de las gestas sobre los.romances no es en modo alguno equiparable a la de los roman ·
e.es épjco-líricos soore los juglares. Admito que algún cantarcillo líríco püdo incorporarse a una gesta 2, pero no que una

1 Véase la Leyen4a de los siete Infantes, pág. 8'6 y notas .J y-4,..,..El romance de las Qutjas de doña Lambra («Yo me estaba en Barb11dillo-,)
se imprimió suelto en el Cancionero sin'lltio y· en el tomo): de la Siiva;
el Cancionero de 1550 lo agregó como finl\1 de «A Calatrava•, formando
asi una versión híbrida,--:.Como dijimos arriba, pag. 253 1 el romance
de las Quejas de doña Lambra es uno de los tllás antiguamente docu•
mentados.

1 Análoga observación puede fundarse respecto a la canción popular de otros países. W. Scott, tratando de la balada de Lord Tlzoma.r
and Fair Annie, decía: «L'éditeur est en éffet convaincu que plus'les
recherches s'étendront, et plus on sera fondé a croíre que les ballades
rornanfiques des derniers temps sont pour la plupart d'anciens romans poétiques abrégés, récités en stances d.'un tour plus facile, et
revétus d'un langage plus moderne&gt;, Chants populaires des frontieres
meridionales de t'Éco.rse, recueilli.r et commenté.r par sir vV ALTER ScoTT,
trad. par M. Art¡iud, IV, Paris, 1826, pág. 131. - F. J. Child, aunque no
participa de esta opinión, reconoce varias veces que una balada popular puede deri var de una impresa, y que un pliego suelto (broadside) puede hacerse tradicional y purgarse en el pro.ceso de la traclición oral de lo que no es del gusto popular; véase W. M. HART,
Prnf(!s.ror Child and the balad, en Pub!ications of the Afodem Language
Associatíon of America, Baltimore, dic. 1906, vol. XXI, págs. 760 Y
766-767; en la página 776 se ve cómo Child admite dos veces que
cierta balada deriva de un poema; pero en general, cuando poema Y
balada coinciden en ·eJ asunto, sup.one: la prioridad de la balada.-A las
baladas danesas, derivadas d,e antiguos poemas, hicimos alusión en el
capítulo VII, § 1, fin.
2
Acaso, por ejemplo, los versos ~Rey es de Castiella ..... • en el
C~ntar de Mio Cid, pág. 27u-

�270

1¡
1

R. MENÉNDEZ P!DAL

POESÍA POPULAR Y ROMANCERO

gesta nazca de la agrupación más o menos orgánica de romances tradicionales preexistentes, pues esta suposición no tiene
el menor apoyo histórico, y teóricamente se funda en la creencia de que el romance tradicional es un producto primario,
hipótesis de Wolf, G. París y otros, que hemos combatido.
Por otra parte, es cierto que la imitación de los romances
populares o tradicionales por los poetas de profesión es muy
antigua, aunque no fué entre los juglares donde realmente
cundió; nos consta desde mediados del siglo xv, y es evidente
que algunos poetas alcanzaron gran perfección en ella; pero
no es menos cierto que ni los trovadores como Carvajal, ni los
poetas cortesanos como Montesino, ni los músicos de los Reyes Católicos, ni un artista como Lope de Vega, tan genialmente connaturalizado con la poesía popular, lograron hacer
un romance de estilo verdaderamente tradicional; y cuando
alguna de estas imitaciones se popularizó, como la de Montesino, tuvo que sufrir una transformación, principalmente de
acortamiento. Supongamos que un poeta inculto e inspirado
puede asimilarse aún mucho mejor que estos otros el estilo
tradicional, pero siempre quedará algo que hacer al pueblo en
la asimilación de la obra personal de ese poeta, y convendremos en que no hay romances originariamente tradicionales; suponerlos es un contrasentido. El estilo del romance tradicional es un producto de la tradición misma, como vamos a exponer.

el que crea 1_. Y comprendiendo de una manera parcial esta
afirmación, enteramente exacta según luego diremos, se llegó
a decir que «un canto popular posee siempre: una fecha, un
autor, una patria» 2 , fórmula oscura, muy expuesta a errores.
Aclarándola infelizmente, R. Foulché-Delbosc dijo que
cada romance popular, a pesar de ser anónimo, tiene un autor
bien individualizado, lo mismo que el Poema del Cid, el Rodrigo
0 cualquier otra gesta 3 • Esto revela a la vez una manifiesta
incomprensión de la poesía tradicional, y un desconocimiento
de la historia del romancero. Cree Foulché-Delbosc, en consecuencia con su opinión, que la forma en que conocemos los
romances no es resultado de modificaciones sucesivas; pero
•éstas, desde luego, son más que evidentes. En varios de los
romances arriba estudiados hemos podido observar algunas.
Sólo recordaré especialmente un caso, pues aunque sin la inconsulta generalización a todo el romancero que hace FoulchéDelbosc, también se juzgó simplemente individual la composición de un romance como el de La jura en Santa Gadea,
y sin embargo su texto se nos ha manifestado como una elaboración sucesiva 4 •
Todavía en las páginas anteriores hemos tenido que aducir,
con cualquier otro motivo, ejemplos de la complicada evolución de otros romances, citados de pasada, y hemos procuéompárense, por ejemplo, en dos fechas bien distantes: TH. BRAHisto1·ia da poesía pop.portuguesa, Porto, 1867, págs. v1-vn, y J. MEIER,
Kttnstlied zmd Votkslied in Deutsckland, Halle, 1906, pág. 13.
2 A. LoQUJN, citado en G. D0Nc1Eux, Le Romancero pop. de la France,
Paris, 1904, pág. 1x.
3
Essai sur les origines dlt Romancero, Prélude, Paris, 1912, pág. 13.
El Sr. Foulché-Delbosc no distingue bien las diversas clases de estilos de los romances: cree que éstos son tardíos; que entre ellos y
las gestas hubo una solución de continuidad, y que la relación de gestas y romances se explica sólo suponiendo que los romanceristas se
inspiraban en las gestas viejas, como se inspiraban en crónicas o en
obras extranjeras (págs. 25-27). En general no razona sus opiniones.
Algunas afirmaciones razonadas que se hacen en este Essai las he discutido en la Revista de Libros, Madrid, enero, 1914, págs. 4-14.
' Rev. de Filo/. Esp., I, págs. 361 y 375, y 368-369.
t

GA,

IX
POESÍA POPULAR Y POESÍA TRADICIONAL

Los que estudian la esencia de la poesía popular suelen
expresar la conclusión de que el espíritu colectivo del pueblo
creador de sus cantos es una fantasía, pues siempre se abre
camino la persuasión de que no es eI pueblo, sino el individuo,

�R. MENtNDFZ PíDAL

rado hacer resaltar que el texto de los mismos publicado a
mediados del siglo xvr, en las dos ediciones del Cancionero
de Arnberes y en las Silvas de Zaragoza, oo es el único, ni
siquiera el primitivo, sino que suele hallarse una fase anterior publicada en los pliegos sueltos de la primera mitad de
dicha centuria 1; por lo demás, tampoco estos pliegos sueltos
contienen el texto primitivo de los romances, pues siempre
que aparece algún texto anterior a ellos, por ejemplo, los manuscritos del Museo Británico de Rosajlorida o de La :Jura,
se halla una redacción diferente, de caracteres más arcaicos.
En fin, en la trasmisión del romancero hallamos perfectamente visible la continuada refundición de esta clase de poesía.
Y téngase entendido que las variantes antiguas de romances
llegadas a nosotros son siempre escasísimas para que por ellas
podamos conocer los cambios del texto en toda su variedad,
Y no se olvide que a veces la divergencia de dos versiones
impresas aparece menor que lo que en la realidad fué, porque la segunda es híbrida o mezclada, es decir, se atiene
servilmente a la primera en Ja mayoría de los versos 2 •
El romancero, en suma, como toda verdadera poesía tradicional, puede con razón tenerse por un producto colectivo.
Y con esto no negamos el origen individual de sus creaciones.
Claro es que toda creación en los productos sociales o colectivos (tales como la poesía tradicional, el lenguaje o la costumbre) es obra de un individuo que en un momento de iniciativa
se eleva sobre el nivel común de las gentes; pero la creación
individual sólo llega a hacerse popular cuando es asimilada
por el pueblo; cuando éste la repite reiteradas veces, y al
Así sucede con el romance de Do,,a Urraca (Rev. de Filot. Esp.,
ll, págs. 1 Y 19) Y con Caoalga Diego Laínez, romance publicado en
Esp~ñ_a en un pliego suelto, _Y luego retocado en Amberes siguiendo la
trad1c1ón oral. Véase el capitulo VIII, especialmente lo dicho de los
romances de La Reina de Ndjoles y del de las Bodas de d01ia Lambra.
2 Así hemos visto versiones híbridas en el romance de La :}ura
(Rev. de Filo/. Esp., I, págs. 368-369), en el de Doiia Urraca (Rev. de
Filot.'. II, pág. 15), en el de Caoalga Diego Lainez (Rroista de Libros,
Madrid, enero, 1914, pág. 5), etc.
·
1

POESU POPULAR Y ROMANCERO

273

repetirla no permanece pasivo, sino que amolda la creación
primera al común sentir, y la rehace y la refunde vivificándola con nuevas iniciativas individuales, que son creadoras a
su vez, por dispersas e imperceptibles que sean 1 • La primera
forma y las sucesivas innovaciones son siempre obra individual
en la poesía popular, pero ésta no llega a ser anónima por el
simple olvido del nombre del autor, sino porque su autor no
puede tener nombre; su nombre sería legión.
Acaso puede ser conocido el nombre del primer autor de
una poesía popular, como sucede con el romance de la Muerte
del Príncipe de Portugal, por Fr. Ambrosio 11ontesino, o en el
del Conde A/arcos, asignado a Pedro de Riaño; pero si la obra
de ese autor llegó a hacerse tradicional, el texto popular será
diferente del que escribió el primer poeta, y en las diferencias se manifiesta la colaboración colectiva refundidora, que
produce realmente una obra nueva. Por lo demás, la personalidad del autor en cualquier poesía popular no actúa en forma
tan libre y aislada como en la poesía culta, sino que se siente
más coartada por la necesidad de ceñirSe al caudal común de
ideas, sentimientos, recuerdos y fórmulas, allanándose más al
nivel del público; a su vez, en la poesía tradicional cada recitador, al trasmitir oralmente la obra, la refunde en más o
menos grado, tanto porque la memoria no profesional es muy
insegura, como porque carece del sentimiento de la intangibilidad de Ja obra personal. Así, la creación de la poesía popular tiene mucho de repetición de materia preexistente, y la
trasmisión oral tiene parte de innovación creadora.
No vamos a tratar aquí en general de la variante, sino tan
sólo a señalar un notable indicio de su carácter colectivo, que
hemos procurado poner de manifiesto en varios de los cinco
romances estudiados en los capítulos primeros de este trabajo.
Así como el individuo con su iniciativa influye sobre el pueblo,
éste influye sobre aquél imponiéndole sus tradiciones, como,
por ejemplo, vimos una leyenda religiosa preexisterite infil1 El pueblo put!de recibir una poesla popular y no asimilársela, o
asimila.da muy tenuemente; v. pág. 276, n.

�274

R, !IIRNÉNDl!Z PIDAL
POESÍA POPULAR Y ROIIIANCl!RO

trarse en una variante del romance del Obispo don Gonzalo,
cuyo desenlace mudó por completo 1 • Pero este influjo, que lo
mismo se produce sobre poetas cultos, nada puede tener de
particular si no es por su intensidad y frecuencia. Mucho más
notable es cuando el influjo popular proporciona al recitador,
no elementos legendarios, sino meramente expositivos o formales, en los que más consiste la originalidad individual, y
sobre todo cuando dos o más recitadores sucesivos orientan
en la misma dirección sus variantes innovadoras de elementos
de exposición y adorno.
Observamos la continuidad de una idea en la trasmisión
del romance de Doña Urraca. Se interpolaron primero en él
dos versos de origen desconocido, que añadieron a la desenfadada queja de la Infanta cierta nota burlesca de impúdica
piedad, y esa nota se acentuó en una variante posterior agregando otros dos versos 2 • Este caso se explica por la influencia
directa del primer interpolador sobre el segundo; la interpolación primera, por ser nueva en el texto, hiere más la imaginación de los recitadores, se pone de moda y excita la refundición, mientras que la parte vieja del romance, consagrada
por el consenso de todas las memorias, se repite más mecánica y fielmente, sin suscitar reformas o no aceptando las que
surgen esporádicas.
Caso semejante es el de Cabalga Diego Laínez. En la primera mitad del siglo xvr, el romance presenta interpolada una
enumeración antitética, extraña a la fuente medieval más próxima que conocemos; después la interpolación es añadida con
nuevas antítesis en la versión que hacia mediados del siglo
publicó el Cancionero sin año de Amberes 3•
Más interesante aún es el caso en que una analogía cualquiera de dos romances famosos provoca una contaminación,
y ésta se realiza sucesiva y gradualment~. Hemos visto en el
romance del Obispo don Gonzalo, a través de sus versiones
1
2

3

Rev. de Fz'lol. Esp., II, págs. 128-130.
Rev. de Filo/. Esp., II, págs. 12 y 14.
Véase arriba pág. 27 2 1 notas I y 2. •

275

primera, tercera y cuarta, continuarse y ampliarse el recuerdo
del romance de Montejícar 1; cierto pasaje del romance cont~minador parece como que persigue al romance contaminado en
la memoria de varios recitadores, y ambos romances se van
mezclando, no en un momento anormal, sino con chocante insistencia, en una serie de momentos. De igual modo la versión
más antigua conocida del romance de La :Jura muestra incipiente una contaminación del romance Cabalga Diego Laínez,
y la contaminación se desarrolla en la versión de cincuenta
años más tarde 2 ; caso especialmente notable además, pues los
versos del romance contaminador no se copian, sino que simplemente se imitan de lejos, de modo que la variante primera
no sugiere claramente el recuerdo del romance contaminador
al autor de la variante segunda, y la reiterada contaminación
parece que supone una duradera asociación de ambos romances, vaga y difusa en la memoria de diferentes recitadores. .
No sólo, pues, en la materia legendaria, sino en la exposición poética de la misma existen tendencias colectivas, a las
cuales obedecen diversos individuos de diferentes generaciones. Esto mejor que nada pone de manifiesto el espíritu gregario que preside a la elaboración de la variante, la gran i m personalidad con que actúa la persona del colaborador
en la poesía popular.
Una poesía de este modo producida y reformada durante
su. trasmisión de boca en boca, debe recibir el nombre de
poesía tradicional. Hemos de evitar conceptos poco precisos y
confusiones embarazosas que se originan de usar para ella el
nombre de poesía popular; sin duda que esta denominación le
conviene, pero es demasiado genérica y ambigua, y debemos
aplicarla concretamente, no a la poesía elaborada por el pueblo, sino sólo a la poesía escrita para el pueblo o colectividad
en general. Popular es una gesta, un romance juglaresco o
erudito, y hasta en sentido amplio lo es también una comedia
de Lope de Vega; todas estas obras sufren también en más o
1 J?ev. de Filo!. Esp., II, págs., 106, 127, 131, 133.
2
J?ev. de Filo!. Esp., I, pág. 372.

�POBS!A. POPULAR Y ROMANCERO
R. MBNÉNDl!Z PIDAL

menos grad~ la refundición que las adapta de nuevo a los gust~s del púb~1co, pero esa refundición se hace por escrito, y en
consecuencia es más personal y menos frecuente. Tanto en Ja
poesía popular como en 1á tradicional, el pueblo inspira igualmen_t~ a sus poetas Y a sus refundidores; pero sólo en la poesía
:radicional ocurre el fenómeno decisivo de una incorporación
integra ~e la creación individual a la memoria común, y de
una continuada refundición en boca del pueblo 1.

X
PASO DEL ESTILO NARRATIVO AL ÉPICO-LÍRICO
Es cosa ev_idente, según hemos dicho, que toda poesía popular es creación de un autor individual; éste, por muy compenetrado que esté con el pueblo para que escribe, produce
su obra en_ un estilo personal, sea erudito, juglaresco, vulgar
o como quiera, y su narración es más amplia, más nutrida por
lo general de pormenores que la que el pueblo ha asimilado
ya, elaborándola tradicionalmente. Por lo tanto, la derivación
que sentamos de gesta, o de otra narración amplia, a romance
m~s breve, ~o ~s sólo importante para el estudio filológico del
origen Y filiación del género, sino que interesa hondamente
• 1 Por no usar dos denominaciones diferentes para la poesía tradic,onal Y la popular, JoHN l\.úuER, a pesar del título de su tratado, 1Verden und Leóen des Vot~sepos, Halle, 190_9, se ve obligado a decir (pág. 31 )

que realmente no ex:1ste un Volksepos, sino sólo un Volkslied.
Por lo de_más, J. Meier, al expresar exactamente que la canción aédica
o r~p.sód1ca sólo se hace popular (Volkslied) cuando es aceptada 0
recibida por el pueblo, parece limitar esta aceptación al hecho de que
~I pro~ucto i~dividual pase a boca del pueblo (pág. 3o); pero esto es
10su.fic1ente, s1 no sobreviene la refundición mediante la variante: mucho~ ~~manees _juglarescos o vulgares (de ciego) se recogen hoy en la
tradi~on oral sm que se hayan hecho tradicionales, es decir, sin que
su estilo se haya alterado o sin que se haya alterado suficientemente.
No basta la aceptación¡ tiene que realizarse o iniciarse al menos
la asimilación.
·
'
'

al arte, pues nos muestra la génesis misma del estilo tradicional. Esta asimilación puede tenerse por ineficaz para
el arte. Por otro lado, puede negarse que se dé el paso del
estilo amplio al breve; como se niega el paso del breve al amplio. Por esto diré aquí algo de cómo pueden comprenderse
los resultados de esa asimilación.
El cantor o recitador no profesional fija en su memoria la
obra poética sin un trabajo metódico como el del juglar por
oficio. Su recuerdo es, pues, en más o menos medida, espontáneo, libre y, sobre todo tratándose de narraciones muy
largas, indisciplinado, deficiente y a menudo vago. Y desde
luego la imposibilidad de ser recordado íntegro por muchos
un canto extenso es la causa material primera del acortamiento
que la tradición popular impone a los cantos que conserva.
Ahora bien: el cansancio de la memoria es una causa negativa y extrai1a al arte; y Jo primero que ocurre preguntar es
si la tradición popular puede hacer algo más que recordar mal
lo que el poeta ideó bien. Hay quien cree que en la trasmisión de una obra de arte, el pueblo, como colectividad, es sólo
un agente de deformación 1 •
Los que no distinguen bien entre poesía tradicional y popular, - los que creen que la canción popular es un género
arcaico en descomposición, abandonado a las clases inferiores
de la sociedad por las más cultas y capaces que lo cultivaron
antes, - e igualmente los que suponen que la canción popular es la que se compone por un autor que vive en época
primitiva o anterior al nacimiento de la poesía culta-, pueden creer que en la trasmisión, aun en la mejor que pueda
darse, la canción va empeorando y perdiendo 2 • Pero frente a
1 Hallo esta idea aplicada especialmente a la música popular. A1go
no muy diverso se desprende de lo que dice Eo. WscHsst.ER, en Krit.
Ja/1resócr. ü. die Fortsc/1ritte de,· rom. Phi/., IV. págs. 408 y sigs.
!
Véase '\V.M. HART, Professor Clzild anti t/,e óallad, en Pttólications
o/ t/,e /ilodern Langnage Association o/ America, Baltimore, dic. 1906,
pág. 770. Véase también la página 759, donde se sienta que la trasmisión mejor es la que se verifica entre gente iletrada; sin duda porque
altera menos lo que trasmite.

�278

279

R. MENÉNDEZ PIDAL

POESÍA POPULAR Y ROMANCERO

esas y otras opiniones podemos bien afirmar que la canción
tradicional no se explica sólo por degeneración de formas
cultas de poesía, ni por ciertas condiciones sociales que rodean al autor; su esencia se debe a que nace o se forma, no
en un momento especial, sino en una serie de momentos creadores, y debe gran parte de su fondo y de su estilo al hecho
mismo de la trasmisión. Parecerá evidente que el sentimiento artístico es compatible con la escasa cultura de la gente
humilde, y que además no sólo forman parte de la trasmisión
popular las personas más incultas; por lo tanto, como el acto
de recordar una poesía es ya en sí una operación artística,
debemos suponer en el que la recuerda una tensión poética
más o menos eficaz, según las aptitudes y la cultura de cada
uno y, sobre todo, según las corrientes de florecimiento o
decadencia del arte popular en cada época.
Y dada esta tensión poética en el recuerdo, hemos de suponer que a llenar los vacíos de la memoria deficiente acude
una nueva invención artística. Ésta será pequeña o desacertada
en la mayoría de los casos; pero las múltiples tentativas dispersas pueden ser encauzadas y depuradas gracias a cierta
unidad coordinadora, impuesta no sólo por la aptitud media
predominante en cada pueblo, siño también por especiales
corrientes de ideas y gustos que se propagan en determinados
tiempos y a determinada área del espacio. En el capítulo anterior hemos visto cómo diversos recitadores, pertenecientes a
diversas generaciones, obran unidos por una misma tendencia
en el desarrollo de algún detalle de poetización. Más fácilmente
se dará esa unidad tratándose de la constitución o las mudanzas en el fondo del asunto, pues éste es además objeto de una
tradición independiente en prosa, y sabido es cómo la materia
legendaria influye decisivamente en el nacimiento de la poesía épica, y lo mismo en todas sus transformaciones.
Esta relativa unidad de tendencias lo mismo en lo que se
rec1.1erdá que en lo que se olvida, o en las necesarias transformaciones de lo mal recordado, es decir, en la actuación de
muchos de los individuos que participan sucesivamente en la
trasmisión de la obra de un poeta, nos explica bien cómo una

extensa composición escrita en estilo amplio, más o menos
personal, puede, al ser trasmitida de boca en boca, transformarse en una composición más breve, revestida de un estilo
nuevo, el estilo tradicional, y asimismo nos explica cómo el
canto tradicional, una vez crea.do, puede recibir hondas mudanzas.
Y claro es que en este· proceso evolutivo ha de haber épocas de muy distinta-actividad. Podemos distinguir un período
aédico, de florecimiento o activa creación en la canción popular; en él la tradición, ora haya nacido en las -clases bajas o
en las altas, se dilata y llega a verificarse entre todas las clases sociales, aun en la corte de los reyes; y contando así con
individuos de regular y superior cultura, está dominada por
corrientes de acierto artístico. Tal sucedió en Castilla durante
el siglo xv y principios del XVI, en que los romances andaban
en boca de Enrique IV, de la Reina Católica, de Hernán Cortés o de Felipe II, y su canto estaba de moda entre los vihuelistas cortesanos; entonces a la tradición oral ayudaban la
escrita o la impresa de los cancioneros, los pliegos sueltos Y
los romanceros, que propagaban y salvaban del olvido tantas
versiones inestimables, recogidas en su mejor sazón y arrancadas felizmente a la decadencia fatal de todo lo que vive.
Este período es también de florecimiento en la canción popular de otros países, por ejemplo, Francia. Después sobreviene
un período rapsódico, en que la tradición se limita casi
sólo a repetir lo antes creado. Su círculo de acción se estrecha
cada vez más, conforme la moda pasa, hasta quedar reducido
a las ínfimas clases sociales, como sucede con los romances
desde el siglo xvIII. También se comprende que existen diferencias locales: en ciertas regiones la tradición se realiza en
un medio más decaído y sin delicadeza para sentir el arte, y
entonces las versiones se darán allí en un completo estado de
perversión.
Veamos ahora en general algunas mudanzas que la tradición opera en la obra que trasmite.
La indisciplina de la memoria, de que hablábamos, es ya
desde luego algo más que una causa material de supresiones.

��C. CARROLL MARDEN

pasajes dificultosos del poema, y sobre esta base construímos
las enmiendas que ofrecemos en el presente artículo.
Uno de los pasajes más oscuros del poema se halla en la
descripción de la cena que tuvo lugar en el palacio del rey
Architrastes. Apolonio, huésped del rey, se hallaba taµ triste
que la princesa Luciana se propuso alegrarle, cantando y tocando la vihuela. Todos aplaudían la habilidad de la hija del
rey; pero no Apolonio, que permanecía taciturno. Contestando
éste a las censuras de los demás, habló algo desdeñosamente
de la música de la princesa y se ofreció a tocar la vihuela,
haciéndolo con tanta destreza, que
Todos p or huna boca dizien i: afirmauan
Que Apolonio Ceteo meior non violaua;
El cantar de la dueyna que mucho alabauan
Contra el de Apolonio nada non lo preciauan. (Estr. 190.)

¿Quién fué este Apolonio Ceteo? Klebs, en su admirable
estudio del poema, confiesa que el pasaje es ininteligible tanto
para él como para todos los hispanófilos a quienes sometió el
problema 1; nota que el verso oscuro fué sugerido por la parte
correspondiente de la Historia latina: «et ita fecit, ut discumbentes non Apollonium sed Apollinem existimarent» 2 . Pero
cree que a causa del espíritu cristiano y teológico del poema,
no .es permisible ver en Apolonio Ceteo el nombre de Apolo
seguido de algún epíteto. Por otro lado, no encuentra en la
antigüedad ni en la Edad Media ningún Apolonio que pueda
servir como modelo de acabado músico; y por último, no ve
aclaración alguna del Ceteo.
De los reparos de Klebs sólo diremos que tiene escaso
valor su oposición al uso del nombre de Apolo a causa de ser
éste el nombre de un dios pagano. El nombre de una diosa
pagana, Diana, se halla en la estrofa 579, y en todo el curso
del poema el poeta castellano nunca olvida que está narrando
la historia de héroes paganos. Esta idea tiene s~ expresión
1

2

Die E rziihlung von Ajollonius aus Tyms, Berlin, 1899, pág. 394.
Cfr. edic. Riese, Leipzig, 1893, pág. 31.

UNOS TROZOS OSCUROS DEL «LIBRO DE APOLONIO&gt;

2 93

más completa cuando el autor, lleno de admiración por el rey
Architrastes, exclama:
Si cristiano fuesse i: sopiesse bien creyer,
Deuiemos por su alma todos clamor tener.

(Estr. 551 .)

Pues bien: dejando por el momento toda cuestión de historia literaria y erudición medieval, miremos el pasaje desde
el punto de vista antes enunciado, o sea la paleografía y las
costumbres del copista, teniendo en cuenta que éste quiso
transcribir fielmente lo que creía ver en el original. En primer
lugar notemos que la rima de la estrofa es auan, pudiendo
leerse con toda seguridad en el segundo verso violauan, reponiendo la n que el copista dejó de copiar. Salta a la vista que
el sujeto del verbo violauan ha de ser plural, que Apolonio
Ceteo ha de ser dos personas, no una, y que los dos nombres
de persona han de estar ligados por una conjunción. Pero por
ser métricamente correcto el hemistiquio actual donde aparece
Apolonio Ceteo, no es posible añadir sílaba alguna, y tenemos
que buscar dentro del hemistiquio la conjunción perdida. Es
natural que veamos ésta en la última sílaba de Apolo-nio, la
cual debe de ser nin, y podemos leer: Apolo nin Ceteo. Teniendo presente que debían de ser músicos célebres_las dos
personas con quienes los del banquete parangonaban a Apolonio, el Ceteo se hace lógicamente Orfeo, y podemos leer como
restauración del verso estropeado:
Que Apolo nin

I

Orfeo

2

meior non violauan.

1
Nó ofrece dificultad el uso del plural del verbo cuando la conjunción nin liga los dos miembros del sujeto; cfr.:
Dizian que Dionisa nin su conpanyera
Non valien contra ella huna mala erueia. (Estr. 367.)
A Tarssiana con todo eslo nin marido nin padre
Non la podien ssacar de brai;os de su madre. (Estr. 591.)
2
Será de interés notar que en la parte correspondiente de su
Panteón, Godofredo de Viterbo dice:
Surgit Apollonius facie formaque decora.
Intonuit cithara, dedit organa voce sonora.
Visus eis satis est Orpheus arte bona.
Edic. Sin'ger, en su Apollonius a11s Tyrus, Halle, 1895, pág. 15¡.

�2 94

295

C. CARROLL MARDEN

UNOS TROZOS ·oscuROS DEL «LIBRO DE APOLONIO&gt;

Otra ilustración de un nombre propio alterado por descuido del copista se ve en el apellido de aquel «ombre bueno»
que fué el priqiero en saludar y aconsejar a Apolonio cuando
éste desembarcó en Tiro:

omisión de la abreviatura de la letra n, es decir, elayco. Así,
podemos restaurar
Vino hun ombre bueno, Elanyco el cano.

El atributo cano concuerda admirablemente con el de dias
anciano del segundo verso, y con el sene:r de la Historia latina.
Siguiendo la anécdota del &lt;1ombre bueno», vemos que
Apolonio ofrece pagarle sus valiosos servicios. Pero aquél,
mostrando admirable hidalguía, rehusa aceptar dinero en pago
de la amistad que había mostrado a Apolonio; y luego léese
en la edición de Janer:

Vino hun o~bre bueno, e !ayeo i cano,
Era de buena parte, de dias an\;Íano,
.Metio en el mientes, priso lo por la mano,
Aparto se con el en hun campiello plano. (Estr. 68.)

Parece que el primer verso no ofreció dificultad a Amador
de los Ríos, puesto que lo cita en parte y sin comentario:
_«orne bueno, layco et de días anciano» 1 . Singer sugiere
«hun ombre bueno llamado Elicano», apoyándose especialmente en la forma Heliquain de la versión francesa en prosa,
conservada en la Real Biblioteca de Viena, y en la forma Helican del Confessio amantis de Gower 2 • Si admitiésemos la
enmienda de Singer como lectura de la versión del manuscrito que servía de base para el escurialense, difícil sería comprender cómo nuestro copista hubiera podido ver en llamado
Elicano las palabras e layco z cano que él puso en su copia.
Claro está que la lectura de Singer ofrece una aclaración del
cano, pero el resto de su lectura dista mucho de la conservada
en el manuscrito del poema.
Si ahora examinamos la versión de la Historia latina que
se conserva en el códice oxoniensis, veremos que el «ombre
bueno» se llamaba Elanicus 3, nombre que regularmente se
haría Elánico al pasar al castellano. Teniendo en cuenta esta
forma del nombre, podemos suponer, y casi afirmar, que
nuestro copista transcribió fielmente el original, con sólo la
Hist. crít., III, pág. 289.
Obra citada, pág. 43.
3
Cfr. edic. Riese, pág. 13: «Et ueniens Apollonius Tharso euasit
ratem, et dum ad litus maris deambulat, uisus est a quodam E/anico
nomine cíue suo, qui ibidem superuenerat. Et accedens Elanicu.s ait
ad eum 'aue, domine Apolloni'. At ille salutatus fecit quod potentes
facere consueuerunt: spreuit hominem. Indignatux senex iterato ait
'aue, inquam, Apollooi, resaluta et noli despicere paupertatem honestatis moribus decoratam'.•
·
1

2

El amico de miedo que serie acusado
Porque con Apolonio fa1;ie tan aguisado,
Despidiosse del Rey, su amor asentado,
Torno pora la villa, su manto afiblando. (Estr. 78.)

t

La lectura del manuscrito es E lanico 1, en vez de El amico,
y con ello reconocemos otra vez a nuestro antiguo amigo
Elánico.
Como tercera ilustración al consabido descuido del copista
estudiemos cierta alteración, que daña no sólo al sentido del
verso, sino también a su rima. En la escena donde Apolonio
visita el sepulcro que cree ser de su hija Tarsiana, queda sumamente sorprendido ante el hecho de que «non pudo echar
lagrima»:
Torno contra si mismo comen1;0 de asmar:
&lt;¡Ay: Dios, que puede esta cosa estar?
Si mi fija Tarsiana yoguiesse en este logar,
Non deuien los mis oios tan en caro se partir.»

(Estr. 449.)

Visto que el último verso de la estrofa es ininteligible y
que la rima debe de ser en -ar, parece evidente que la lectura
se partir es error del copista. Cuervo sugiere como lectura
posible apartar 2 ; pero tal lectura ofrece dificultades. En pri1 La n de esta palabra es algo indistinta a causa de una corrección
en la a que le precede; per.o la letra es indubitadamente n.
2 Dice. de construccion y régimen, II, pág. 79b.

�mer lugar, resultaría demasiado largo el hemistiquio; además,
Cuervo no aclara la significación de la frase apartarse en caro,
frase que nos es desconocida en otros documentos castellanos
de la Edad Media. Sabemos por las citas de Cuervo que «tener en caro » significa 'tener en mucho' , y que «caro » vale a
veces tanto como 'gravoso', 'dificultoso'; pero estos informes
no ayudan a la interpretación de apartarse en caro en su relación con el resto de la estrofa. Además, aceptando la lectura
apartar como la de u11a versión perdida, nuestro copista, para
ver en ella la palabra partir, hubiera tenido que quitar una a
inicial y sustituir -tar por -tir, aunque la vocal a no se parece
en naqa a la i .
Desde el punto de vista paleográfico se ofrece una aclaración más probable, si suponemos que la lectura original fuese
se parar 1, dado lo mucho que se parecen las sílabas -ar y -tir
en la escritura francesa del siglo xm. En efecto, la frase pararse en caro cuadra admirablemente con el sentido y contexto del pasaje, y su significación queda comprobada por las
citas que siguen:
La Crónica General, en uno de los capítulos sobre el rey
D. Sancho III de Castilla, cuenta de cómo un monje caballero,
Diago Velázquez, suplicó a su abad que demandase al rey el
castillo de Calatrava a fin de defenderlo contra los árabes:
«Et esse monge Diago Velasquez cauallero, ueyendo al-rey
Don Sancho metudo en cuedado por el peligro et la guarda de
Calatraua, llegosse a aquel abbad don Remond, et apartosse
con el et amonesto} et consseiol que demandasse Calatraua al
rey. Et ell abbat, maguer que se paro en caro de comiern;o,
en el cabo otorgo a aquell cauallero su monge lo quel rogaua» 2 •
Este pasaje está basado en el De Rebus Hispaniae, lib. VII,
cap. XIV, del arzobispo D. Rodrigo Ximénez de Rada:
«Qui_ videns Regem solicitu pro discrimine Calatrauae,
suasit Abbati, uta Rege peteret CaJatrauam, et licet abbas se
1
2

Léase: (tan) en caro se parar (o: tan en caros(e) parar).
Prinu,·a Crtlnica Guural, edic. R. MeÚéndez Pidal, pág. 667 a, 3.

297

UNOS TROZOS OSCUROS DEL «LIBRO DE APOLONIO•

C. CARROLL ll!ARDEN

a principio retraxisset, demun consentit monacho, olim militi,
supplicanti, et accidens ad Regem petiit Calatrauam» 1 •
Con ayuda del testimonio confirmativo de retra:&gt;:isset vemos que el pararse en caro de la Crónica General significa
'refrenarse', 'abstenerse' o 'contenerse'. Otra cita de la misma
Crónica también ilustra esta significación; v. gr.: cuando el
conde D. Fernán González acepta el hospedaje del pobre
monje D. Pelayo, aun cuando la comida ofrecida no consiste
más que en pan de ordio y agua: «El conde non se le paro en
caro, mas fizo lo quel aquel monge don Pelayo rogaua» 2•
Los versos estudiados sólo son tres o cuatro de los muchos
oscuros que en el poema se encuentran. Si parecen admisibles las enmiendas propuestas y aceptable la teoría de descuidos determinables del copista, pudiéramos haber hallado
un medio de restaurar otras lecturas del poema primitivo.

c.

CARROLL MARDEN.

1 SCHorr, Ifispania Illustrata, Francoforti, 1603, II, pág. 118.
Primera Crónica General, pág. 393 b, 34.

2

Tor,10 IIl.

20

�•

MISCELÁNEA

ALLA VAN LEYS O MANDAN REYS

Atenq.iendo al pasaje de la General Estoria de Alfonso el
Sabio que a continuación transcribo, el conocido refrán alla
van leys o quieren reys tuvo otra forma en la que el
verbo mandan sustituía al quieren. Al hablar de la ley del
talión, apoyándose en el Levítico, XXIV, 17-21, y en Pedro
Comestor, Historia Scholastica, Levít., XXIX 1, el compilador
de la GralEst glosa por cuenta propia la facultad soberana de
adecuar a su tiempo las antiguas leyes, y añade t~mbién de
su cosecha:

!1

E por esta razon fizieron los reys aquesto, ca non por sus uoluntades nin por sabor que ouiessen de ,mudar e renouar fueros; onde
esta paJabra que traen las yentes como por fazanna et dizen alla uan
leys o mandan reys, bien diz a qui bien lo quiere entender. Et
uerdad es que las leyes alla uan o los reys mandan, ca ellos las mudan
segund lo que es razon e derecho en castigar los malos, por mantener
en justicia e en paz a los buenos. Mas algunos toman aquella palabra
mandan dotra guisa, e trabaian se de poner esta otra palabra quieren alli o dize mandan, e dezir alla uan leys o quieren reys;
e non es assi, ca si las leys o los fueros alla fuessen o los reys quisiessen los omnes_todos serien buenos, e las leys e los fueros otrossi todos
buenos e sin toda pena 2•

La General Estoria nos atestigua la coexistencia de las dos
formas del proverbio y desautoriza la que encierra el verbo
1 Edic. en MIGNE, P.atr. lat., CXCVIII, col. 1214.
2 Ms. Bibl. Nac. Madrid 816 (del siglo xm), fol. 260 b.

MISCELÁNEA

2 99

quieren, ya que puede sugerir más fácilmente la idea de arbitrariedad. Cierto que tampoco mandan está exento de peligros, aunque lo prefiere porque «bien diz a qui bien lo quiere
entender». Pero insistiendo en el más peligrosp quieren, lo
rechaza sin aludir ni remotamente· a la arbitrariedad que en
este caso indica el verbo, sino manifestando - con gran confusión - que quieren implica inexactitud.
No se hace eco, por tanto; del verdadero sentido malicioso
que desde su orig"en tuvo el alla van leys do quieren
reys . Este dicho nació - según nos cuenta el historiador
Rodrigo de Toledo 1 - como comentario al abuso cometido~
por el rey Alfonso VI al imponer el oficio galicano sobre el
toledano o mozárabe, a pesar de las pruebas y milagros acaecidos en contra de aquella liturgia.
La frase del arzobispo de Toledo, quo volunt reges
vadunt leges, parece la latinización de este proverbio, que
por la fecha del hecho histórico que le originó - fines del
siglo xr 2 -hemos de suponer nacido en castellano. Pudiera,
pues, haber tenido como prim_itivo orden de las palabras el
que nos conserva la Primera Crónica General, cap. 872 3, en
la traducción del pasaje de D. Rodrigo: O qu•ieren rey.s,
alla uan leys. Este orden está asegurado también en algunos Diccionat:ios de la Academia' 4 •
La definitiva forma, allá van leyes do quieren reyes,
con el plural fonético reys , leys, o sin él, se encue·n tra ya
en algunas crónicas derivadas de la Primera 5 y es la registr.ada en todos los autores y refraneros. Para no citar sino los
importantes, diré que figura en_el marqués de Santillana, Re1

De rebus Hispaniae, VI,

25 .

2 FÉROTIN, Le libe,- nzozarabicus sacramentorum, París, 1912, página tx.

Edic. Menéndez Pida!, Madrid, 1906, pág. 543 b7 •
• Apud HALtER, Altspanische Sprichwó'rter, Regensburg, 1883, página 118. La décimocuarta edición del Diccionario, Madrid, r91 4, también da esta forma, s. v. rey.
5
Véase la Coronica del fat1toso cattallero Cid Ruy Diez Campeador.
Reproducción de Huntington, fol. xx1x d.
·
3

�300

MISCELÁNEA

•

franes 1 ; en Juan de V aldés, Diálogo de la Lengua 2 ; en Sebastián de Horozco, Refranes glosados 3; en Carnees, Disparates
da India -1, quien modifica también el refrán en la vao leis
onde querem cruzados 5 • Añádanse los títulos de dos comedias, una de Guillén de Castro 6 y otra probablemente de
Lanini, que lleva el subtítulo de Mozárabes de Toledo y cuyo
asunto es el que dió origen al proverbio, aunque desarrollándolo de manera muy favorable al rey Alfonso VI 7 •
Por fin este refrán se altera, siguiendo fa costumbre de los
Panzas del Quijote, en boca de Teresa, que dice: allá van
reyes do quieren leyes 8 • Nada de particular tiene, pues
este proverbio no se usó ni se sigue usando más que por gentes leídas, aunque Cervantes lo iniciase en su forma correcta
en boca del barbero del yelmo 9• A. G. SoLALINDE.
Edic. Amador de- los Rios, Madrid, 1852, pág. 506.
Edic. BoEBMER, Rom. Stud., 1887, págs. 391 y 496.
s Bol. Acad. Esp., 1916, ID, pág. 107.
' Apud C. lV1rcuAl3t1s DE VAscoNCELLOS, Tausend portugiesische Sprichwó'rter, núm.611, en Festschrift Adolf Tobler, Braunschweig, 1905.
5
Apud VnERBO, Po,-tugalia, I, 1901; núm. del refrán, 125.
6 Vid MÉRu'1áE, L'Art dramatique a Valencia, Toulouse, 1913, páginas 620 y 701.
7
Ms. Bibl. Nac. Madrid 14887. No es la segunda parte de la de
Guillén, ni tienen asunto parecido. Rectifíquese esto en PAZ Y MELIA,
Catálogo ..,.., pág. 20.
s CERVANTES, Quijote, 11, v; véanse notas de Rodríguez Marín, en
sus ediciones de Clásicos Castellanos, Madrid, 1912, V, pág. 107, Y
crítica, 1916, 11, pág. 473.
9
Quijote, I, xLv; véase nota de Rodríguez Marín, edic. crítica, III,
pág. 326. Como poco usado en Chile lo da CANNOBBIO, Refranes chilenos, Santiago de Chile, 1901, pág. 69.
1

2

MISCELÁNEA

301

DIALECTALISMOS

El no haberse estudiado aún de un modo suficiente las formas vulgares del castellano, ha permitido que se miren muchas veces como
elementos independientes formas que se descubren ~n las regiones de
los dialectos, y aun que se consideren como dialectalismos los tipos
que en el castellano aparecen en desacuerdo con la lengua escrita o
con otros tipos de palabras. Un mejor conocimiento de la lengua hablada y de sus variantes dentro de la zona del castellano permitirá
ir determinando los verdaderos dialectalismos trasmitidos a distancia, las isoglosas fronterizas de invasión histórica o de penetración
figurada, las variantes subdialectales interna~ y las formas que, siendo
típicas, aparecen como excepcionales por el predominio de otras de
la lengua oficial.
Pensando que la determinación de la zona de influencia del navarroaragonés en el oriente y norte de Soria, y del leonés en el norte y
occidente de Burgos y en el occidente de Avila, ayudaría a deslindar
algunos de estos fenómenos procedentes del contacto de otros que
son propios del castellano, he recogido-ya en los mismos lugares,
ya de naturales de ellos, pero siempre con observaciones repetidasalgunas formas consideradas como dialectales. Estos casos, que paso
a discutir de un modo sumarísimo, permiten conjeturar que si tipos
como cuejo, buriaco, acaldar, selmana,fondo, etc., son verdaderos dialectalismos, otros muchos, como _juevar, bues, fuerza, conozgo y acaso
alguno de los admitidos comúnmente por tales, como nalga, no deben
excluirse del castellano por el solo hecho de discordar de leyes fonéticas, quizá prematuramente formuladas. Esros datos y estas observaciones que publicamos ya se comprenderá, dada la complejidad del
problema, que no pueden tener más carácter que el de adelanto de
un trabajo apenas iniciado.
l. EL DIPTONGO ie. Las antiguas formas castellanas con ie antes agru•
pada, mantenidas en el asturiano,· viéspera, piescu, se conservan en una
zona de Castilla. P1iesco, en Soria, en Burgo de Osma (Fresno de Caracén); perisco, en Briviesca (Barcina de los Montes), parece un caso
de analogía popular (con pera). Aviespa la he registrado en Reinosa,
de Santander (Orna, Quintanilla de Rucandio); en Villarcayo, de Burgos (en todo el partido); en Villadiego (Villamartín, Peones de Amaya); Briviesca (Briviesca, Castil de Lences, Barcina de los Montes);
Burgos (Zumel, Celada del Camino, Nuez de Abajo, Villasur de He-

�302

rteros, Las Celadas); Roa (Lahorra); Aranda (Oqnillas); Salas (Castrillo de la Reina, Jararuillo de la Fuente); Lerma (Revenga de Muñó);
más hacia el este parece que se borra este fenómeno, reapareciendo,
sin embargo, en algún punto, como Agreda (Beratón); es chocante la
falta del diptongo en avespa, Poza de la Sal (Briviesca); Retuerta (Lerma), etc.; coip.p. nésparo, Eilwo c¼l CaiJaltero, XLIV. Niéspera alcanza
aproximadamente los mismos límites : ofrece la forma niésparo en
Ríosequil1o (part. de Villarcayo), y en Montorio (part. de Villadiego);
,comp. el a_nd. níspora; la forma niespo es de Quintanilla de Rucandio,
.de R~inos11.
_.
_, A los casos de adiptong~ción, etimológic11 vulgar fren\e al 9ipt'ongo
irregular de la lengua culta, plego, frego, debe _añadirse medica melga l; apa1:ece especialmente frecuente en _Briviesca (Briviesca, ~oza de
la Sal, Revillagodos, Castil de Peones, Barcina de lo~ Mo.ntes); pero
.la hallo en otros partidos, Vi!laTcayo (B:rizueJ11);~B.nrg9s (Villasur de
H~rre_ro~); Lerma (Cov_arrubias); Belory.do (Ct?rezo de Rio Tirón). En
Soria, yn Medinaqili (Aguilar de Montuenga) , y en Ávíhi, en El Barco
. (Alise'Cla de Torm,_e§) y ~Arep_as de San Pedro. .
2, EL DIPTONGO ue. La diptongación etimológica del leqn,és-con yod
siguiente se halla en colli-go cuejo en el exti'emo norte de Burgos, al
menps e11, i,;1 val~e _ge .Losa;, es también de Segovia. La diptongación
de cuerto,;-gent":ral en, Soria y Burgos, y la de cuerro, frecuente en todo
el nort~ ~e •Burgos, creo que obedece a la influencia de r, como mastuerzo n.asturciu :
Dejando a un lado la ley conocida de sarta, a-r1Jeja, efe., que es
más antigua que el castellano, parece vislumbrarse también la ley
9 (o u)) Q ante r en ciertas condicipnes; a·sí se ex].'Jlicarían el gallego Qrde, CQrto, Q1·gollo, etc.; el port. cqrte, tQrta, qra, lQro; el antiguoJr. tuernent; el fr. de la Hague suerd, jtterk¡ el rét. fuern, y tantas otras formas románicas. Las divergencias no pueden chocar si se
tiene en cuenta que existían en latín, donde.las dos clireccion,es (dialect;les, o lo que sean) o) u y o) o. (Sommer,-,Handbucli, pág. 6 5) h_a bían
creado los tipos dobles forte y Fortunata, CIL, VI, 7 521, fornus y fu-rnus, y probablemente un tercer tipo ü) ü. En vista de la persistencia
de estas divergencias no puede insistirse mucho en las formas eserita:s, ya que a su lado podían coexistir las otras; si con una i'J original
se nos acusan de un lado fi'frte, porcus, ci'Jrtex, corpus¡ de otro orno,
jorn:ia, Fortunata; de ot.ro nasturtiu1n, ursus, curvus, gurdus, farca,
1

JdlSCELÁNEA

MISCEÚNEA

Véase el párrafo 16. Entiéndase esta irregularidad etimológica con relación

al latín clásico; por lo que hace a friego, pliego creo cierto que no se trata de
innovaciones del castellano, pues /reco está atestiguado (So:MMER, Hand6udt,
pág._62) y la suposición'de ·un v1.dgar *pllco no puede ser más obv.ía en vista de
plfcto y n:xéxro (Walde, 593).

cúrtus (véanse todas las etim'Ologías en Walde, s. v .), y de otro, según
mi hipótesis, *cürtus, *firca, * sürdus, etc., nó será viólenfo pensar
que las formas opuestas románicas se temontan a una alternativa
latina; así, mastuerzo se remonta al original *nastürtiu *nasumtorctiom, lo mismo que torqueo tuerzo¡ frente a scchteu escuerzo
hay que referir su análogo corcho a *(s)cortic-e o a *(s)cürtice;
si corto se refiere a cürtu no es absurdo referir cuerto a *cortu
y cuerro a *corro, y la mismo otras formas románicas que no sean
clara transformación posterior. La hipótesis de u) ü explicada muchas formas, cqmo el port. curto, surdo; el piamontés kürt; las fqrmas
del valle de Gadera kürt, sürd, jü'rka (Meyer-Lübke\ Gram., I, página 143); el cast. zu1'do, etc.
3. U POR o Y we 1N1CrAL. Aunque este fenómeno es frecuente en
g~llego y leonés (gall. custar, cumodidade, curamé), ,no creo que haya
asomo de dialectalismo en los ,pocos casos del castellano, como cumodidad, etc. Nusotros y vusotros suele citarse como car.acterístico de
Asturias y Santander; es de toda Castilla y se trata, además, de un
caso no fonético, sino de contaminación morfológica, nusotros y vusotros. según tú, sus, por os, con las de se y la u de tú. Gurrión (cfr. gurriato), tan frecuente en León como en Castilla, es tan regular como
murió. M. Pida!, C. de lvlio Cid, I, pág. 148, sospecha que el ouni del
P. del Cid, 1735, 2930 y 3518, pueda sel' forma leonesa; mas esta forma
se halla -aún algo en la lengua vulgar, y abunda en los documentos
burgaleses del siglo xm; ya sola, ya alternando en un mismo documento con cuemo (v. Col. diplomática_ del monasterio de las Huelgas, 1,
39g, 40 a, 43, 44 4, 45 b, 49 b, 75 i, 75 k, ·83 a, 94 b).
4. E FU/AL. Merece anotarse el caso de rede¡ además de las locali&lt;,iades leonesas, M. Pida! 1 cita algún caso extraño, como La Roda .
(Albacete); esta forma es corriente en toda la provincia de Soria y
Burgos; de.Ávila no poseo más datos que de Arenas de San Pedro y
Barco de Ávila. El clásico felice es aún frecuente. &lt;Sólo aisladamente
he hallado la forma oucltare en el partido de Salas (Carazo), al lado
de la común cucltar. Céspede, huéspede y trébede son -las únicas formas
vulgares; la oposición entre trébede y ~l anr _tnude queda inexplicada. Creo que en todos o en algunos de estos casos puede habet·
reacción del plural,. fundada en la analogía de los tipos fuelle:, fuelles¡
breve, breves.
5. BuE, GÜE. Estas formas, tenidas por leonesas, son triviales en las
pro'Vinci_as de Burgos y Soria. Su explicación ha suscitado di versas
opíniones; para los que admiten el proceso regular -ee) -ei, -oe) -oi
sólo puede ser buey la forma etimológica; Hanssen, Gram., § 164, que
no admite este proceso, tiene a buee bue por etimológ~co, mientras que
l

Revista de Archivos, XIV, pág. 156.

�MISCELÁNEA

!l[!SCELÁNEA

buey no es en este caso sino formación analógica de rey, ley, normalmente obtenidas, según él, de *rey(e), *ley(e). Rechazando esta opinión
y suponiendo que ee finales dan ei, y ee internas dan e 1, tenemos que
admitir para explicar bue y bueis reacciones recíprocas entre el singular y el plural, admitiendo que las formas normales son buey, bues, y
que de éstas se han derivado bue según bues, y bueis (vulgar en toda
Castilla) bueyes según bztey. La pérdida extraña de ves para Hanssen
un caso de disimilación 2•
6. Y EPÉNTICA EN LA TERMINACIÓN. La hallo en buriaco en Segovia,
en Santander, Castro-Urdiales (Ontón) y en Arenas de San Pedro, de
Avila; en esta provincia alterna con las formas buraco de Barco de
Ávila (Aliseda de Tormes) y burato de Arenas de San Pedro (Villarejo
del Valle). Quiciás vive en parte de Ávila, en Arenas de San Pedro
(El Arenal), Barco de Á vila y Arévalo, en Valladolid y Palencia, en el
partido de Roa (Burgos) y en Segovia. Se cita en leonés deliriar, que
es tri vial en Castilla, formado según delirw.

7, CoNVERstÓN DE f EN j. El caso general jondo, jumo, etc., Jo hallo
únicamente en regiones próximas a la zona leonesa; en Ávila se halla
en una zona mal precisada, poseyendo sólo datos de El Barco de Ávila
(Gilbuena, Encinares) y Arenas de San Pedro (El Arenal, San Esteban
del Valle). Rejunjuñar se usa en Villadiego (Valdehumada, Villamartín); Burgos (Zumél); Miranda, Villarcayo (Junta de Puentedey), y en
Arenas de San Pedro, de Ávila (Villarejo del Valle). Acusando _cierta
proximidad del leonés es sorprendente haUarlo en algún puuto de
Soria, como Almazán (Momblona). '.luir, especialmente en las formas
con y, huye, etc., es común en todos los partidos de Soria y Burgos, no
ofreciendo duda de su origen castellano. Del mismo modo los casos
ante we: jué, ju~ndo, fuerza, juera y ajuera, usuales en todas las regiones de estas dos provincias, prueban que en este caso especial la
conversión es castellana; puede pensarse que ante we se convirtió la
h laríngea en la velar x por atracción de la velolabial w, pronunciándose xwe1·za en vez de hwerza 1; diferenciados ya xwerza y hacer, siguieron distinta suerte, manteniéndose en el pueblo la x de xwerza,
mientras que en la lengua culta se volvió al sonido labiodental (véase
Krüger, op. cit., §§ 225 y sigs.). En cuanto ajuente parece haberse perdido, ya que no la encuentro más que en algún punto suelto de occidente, como en Guisando, de Arenas de San Pedro. Huelga, bajo la
influencia de holgar, no es chocante; huesa ha debido sufrir la influencia de hueso;juerga, si no está contradicho por datos históricos, debe
mirarse como la forma normal, sin necesidad de bu;;carle origen andaluz. En cambio,jaca y jamelgo, si es cierta la etimología fa me li cu,
parecen referirse a este origen. El caso de barajustar y desbarajuste,
por barahustar, bastaría a explicarlo la atracción de barajar o de justar. ',Jesa 2 'dehe&amp;a' es una forma no castellana del occidente de Á vila,
que he anotado, entre otros puntos, en Gilbuena (Barco de Ávila).
8 . Ñuoo. Las formas iludo, 11ublo, anotadas como arcaicas en el
Diccionario de la Academia, son actuales: la primera es de uso general; la segunda es frecuente en Soria. No parece que haya que pensar
en importación alguna, sino en la influencia de añublar annu bílare 3 ,
a11udar annodare.
9. ALTERNANCIA ENTRE z (c), s,j, ch. El problema es sumamente oscuro, y no intento sino hacer aquí alguna breve observación. Una cuestión

1 . No puede admitirse que rey, ley provengan de rey(e}, ley(e}, entre otras
razones, porque el disilabismo dominante de estas palabras en los primitivos
poemas habría que reducirlo a un fenomeno artificioso. E. STAAFF, Étude sur les
pronoms abrégés m ancien espa,i::nol, pág. 91. De los ejemplos que pudieran aducirse contra nuestra regla, -ee &gt;-ei (l·ei, lei) -ee- &gt;-e- (sed, ved), ninguno me parece
concluyente. Se contra el ant. sei y ve vt de son formaciones analógicas según los
plurales sed, ved, y a la vez según las terceras personas importadas del subjuntivo, sea, vea; fee, f e al lado del ant. fei poco puede probar, por ser un cultismo. Más fuerza tienen aparentemente los ejemplos contra el proceso -ee- -e-;
el caso meitad sería convincente si el antecedente fuese mectad; pero las formas
románicas con i, el paralelo meyanedo y la ley fonética dy y del latín vulgar
autorizan a suponer un antecedente mey(e)tat; en meismo, necesariamente el
antecedente es meesmo; pero aquí, sin apelar a la forzada explicación de BAIST,
Grundriss, I, pág. 6g6, mi mismo, hay dos argumentos suficientes, bien aceptando
la explicación de MEYE.R-LÜBKE, Gram., I, § n8, para el fr. meisme, de meesme,
fundada en la atracción de -isme (para el castellano -ismo}, bien apelando a la ley
fonética, mal definida, pero cierta, de la influencia de s, que se descubre en
marisma y obispo, así como, aunque parezca caso diferente, en las reducciones
de íe (v. KRÜGER, Westspan . Mundartm, §§ 80, 81); en las formas personales del
verbo -ees ) -eis poco puede insistirse por la acción de la analogía que perturba
toda la flexión; dudéis, teméis, etc., al lado del ant. dudés deben mirarse como
formaciones analógicas de los demás tiempos y flexiones (dudáis, dudabais,
partáis, etc.), según ocurre en el vulgar temís (por sentis) y en el común amasteis,
y que en último c_aso, por ser agrupaciones iniciadas en el siglo XIV, no sirven
para contradecir los casos de ley, buey.
2 Así debe de ser, aunque no sería extraño que en la hipóstasis de formas,
tan natural en una flexión complicada (bovem ei,i anormal, rehecha en vez de
"bum sobre los casos oblic\J.os), existiese un acusativo *boe rehecho sobre el
nom. *bous, o .sobre el gen. pi. boum, como ocurre en el umbro bue (esto es, boe).

&gt;

&gt;

1

Parece que hay que desterrar la idea de la conservací6n de la/ latina ante

ue, pues son triviales las antiguas formas con hue. Comp. el gascón huek.

Se halla en el extremeño de las poesías de Gabriel y Galán y en Andalucía.
MEYER-LÜBKE, Gram., I, § 420, admite como posible para ñubto el proceso
,ziublo, *níbu!o; pero no parece admisible otra pronunciación en España que
nebola, con e abierta; reconoce en cambio para ñudo la influencia de añuda *annodat ( annodare es histórico; v. M.AlGN.: o'ARNIS, Lexicon}.
2

3

�MISCELÁNEA

previa sería clasificar las voces de origen ibérico; en las latinas, además
de las leyes fonéticas, sería preciso atender a muy diversas razones
externas antes de atribuirlas a uno u otro intermediario. Así, en voces
de presunto origen o influencia vascuence se dan triples y cuádruples
alternativas entre z (c), s,j, ch; por ejemplo: cirria se usa en Álava, en
Burgos, en Briviesca y Belorado (Belorado, Cerezo de Río Tirón); en
Ávila, en el Barco (Aliseda de Tormes), y en Soria, en Ágreda (San
Pedro Manrique); sirria es aragonés; sirlia se halla en Soria, en Agreda
(Beratón) y Almazán (Arenillas), y sirle lo hallo en Soria, en Agreda
(Tajahuerce); Medinaceli (Judes, Aguilar de Montuenga); Almazán
(Momblona, Riba de Escalote), y Soria (Quintana Redonda), y en Palencia, en Astudillo (Torquemada);Jirria se encuentra en Salas (Neila)
y Aranda (Gumiel de Hizan), y Jirl~ es la forma común en las provincias de Soria y Burgos; chirle es la cuarta forma consignada en el Diccionario de la Academia. El bilbaíno seruga es ceruca en Álava;Jeruva
se usa· en Burgos (Zumel, Villasur de Herreros, Nuez de Abajo) y en
Villadiego (Montorio);Jaruva, en Lerma ·(Retuerta);Jaruga; en Lerma
(Covarrubias, Iglesia Rubia), y jeruga es la forma común en la provincia de Burgos. En la evolución del prefijo latino sub- creo que no
puede aislarse el caso zo-, za-, sino que es preciso ver si se trata de un
problema de conjunto o de diversos casos de evolución fonética condicional, hasta ahora no precisados; en el primer supue~to las variantes
con z, zozobrar, zahondar, zabordar, zambucar, zambullir, zampear, con
j, Jamerdar, y con clt, clt apuzar, chapodar, podrán acusar una influencia
aborigen; en el segundo podría intentarse alguna explicación; por
ejemplo, alguna asimílación, zapuza,·, o disimilación-asimilación, zozo•
brar, que sirvieran de modelo para cambiar voces en distintas circunstancias, como el ant. soltondar y sakondar; en algún caso la alternativa persiste, como en soncocluzdo, en Arenas de San Pedro, de Ávila
(Villarejo deÍ Valle) 1; sancoclto, en Lerma, de Burgos (Revenga de
Muñó); salcocho, en Lerma (Iglesia Rubia), Briviesca (Castil de Lences)
Y'. Roa (Lahorra), y zancoc/10, en Soria (Vinuesa, Quintana Redonda),
Agreda (Beratón) y Almazán (Momblona).
r) S, J. No parece que en los casos de conversión des en J pueda
pensarse en la intervención árabe, pero tampoco se ha dado otra explicación que sustituya a ésta satisfactoriamente. Desde luego, hay que
dejar aparte algún caso de probable origen vascuence, como sorguina,
Jorguina¡ samugas,Jamugas (amugas en Soria, por reducción sintáctica
en las(s)amugas). Del mismo modo podrían separarse los casos de ex-.
Jugo y Jalma, al lado de los normales enjugar y enjalmar, enjalma,
hacen sospechar, más bien ¡¡caso que una importación, la influencia
analógica de un compuesto verbal; la forma original salma existe aún
1

Es general en Andalucía y la Mancha.

MISCELÁNEA

en Salas (Neila); del mismo modo creo que sobeo y jubeo, al lado de
enjttbiar, enjubio, pueden representar la alternativa ex- ens-, enj-, aun
viviente en Burgos I en casos como ensugar, enjugar. Como interjec•
ción es obvia la alternativa de so y Jo (ant. xo). A los casos conocidos
de -conversión des inicial en j, jabón, Jeme, Jerga, jenabe, jibia, Jimio,
iilg;uero, pueden añadirse otros no consignados en el Diccionario de la
Academia. Jardo, el toro sardo o pintado, en Salas (Neila) y Lerma
(Revenga de Muñó );Jaro es la forma común en Soria y Burgos;Jerba
por serba es la forma usual en Santander, Palencia, Burgos y Soria;
jastre, ant. xastre, se emplea en Poza de la Sal (Bri vi esca); jttrco se
halla en Burgos, en Briviesca (Briviesca, Castil de Lences); Burgos
(Nuez de Abajo, Zumel); Lerma (Covarrubias, Revenga de Muñó); Salas
(Lara de los Infantes); en Soria, en Vinuesa, y en Ávila, en Arenas de
San Pedro (Villarejo del Valle). En los casos de s interna se ofrecen
algunas dificultades.
2) S, ck. Ya se han citado los casos de cfiapz,zar y c,hapodar. El vascuence ofrece vacilaciones entre s y ch (generalmente ch francesa,
pero también castellana), vacilaciones que se acusan hasta en elementos latinos, como cltinnendatzt sarmentare, duzlma sagma; clta1·di11a,
cliertatu *sertare; si es voz ibérica, no es chocante, por tanto, la alternativa Sancho, cltanclto. La divergencia silbar y cltijlar, e/tillar, arranca
verosímilmente del latín 2• Por intermedio de s ha pasado s a ch en
chacina = cecina.
3) S, ¡;, z. De los cas9s de ceceo no ofrecen duda en cuanto a su
origen los tipos acelga, azúcar, azufre. Son de notar saticar 'despedazar', en Villarcayo, de Burgos, frente a zatico; el arag. zapo, frente
al cast. sapo; samucdn, frente a zamacuco, y el burgalés del norte cinzaya, frente al vasco seinzaya. Por ser el cambio común a otras lenguas románicas; hay que citar también los casos de zafiro, zampoña,
zttllar, cendal, zapato y zueco. Aunque difícil de demostrar, se vislumbra una acción analógica en algunos casos, como zabullir, zambztllir,
zahttrda, zakorra; zapucar parece metátesis de capuzar. En los demás

casos es sostenible la idea de una influencia dialectal, aunque creo que
en conjunto, salvo algún caso aislado, hay que confirmar al fin la tesis
de Ford de la evolución condicional; en efecto, es obvio explicarlos
1 Es importante advertir que las de ansambre examen en Burgos es ya s,
ya palatal fricativa, como ch francesa.
_
2 Tal parecen demostrar las concordancias románicas, fr. sijle,:, ckijler: italiano, sióilare, ciufola,·e sufilare; prov., siblar, chuflar, etc., que acusan una
pronunciación especial en las del sabélico sifilare. Más obvio que admitir
concordancias independientes, es suponer para las múltiples formas romances
entrecruzamientos de tipos sobre sibilare y si filare; multiplicidad aumentada por la analogía de su f fl ar e, y fonéticamente tal vez por onomatopeya.

•

�MISCELÁNEA

MISCELÁNEA
como casos de asimilación, cedazo (serar,o en Lerma (Retuerta) y Frechilla (Villada), de s eri cu, con influencia de cedazo), cecial, cecina, zurzir, zapuzar, zampuzar, Zzdza, zuzio 1,;ervz"cio, (,ecilla, ;enzillo,;emen;era,
re;u;itar; de disimilación 2, di;ensiones, socegar, San (,aluador¡ de disimilación y asimilación posterior, sonso, zonzo, sus azuza1·, zozobra,·¡ de
metátesis, re;usitar, nesecitar, etc.; y aun de casos oscuros, como có;era
(cóse1-J, cerrar, zurdo, si tiene algo que ver con sur d u, etc., no hay que
renunciar definitivamente a intentar alguna explicación. Otros casos
nuevos son serba zurba, en Villarcayo (Arroyo de San Zadoroil), y
taz'za, voz con que se hace retroceder a los bueyes, en Lerma (Covarrubias), y Burgos (Ríoseras); en vez de· las comunes tai'sa, teisa y tesa.
Independiente de toda influencia extraña es desde luego la vacilación
entres y zen fin de silaba: bisma, en Ávi)a, en Arenas de San Pedro
(Villarejo del Valle, Arenas) y· Cebrero - mientras se reduce a '!l,
bilJlma, en otros lugares de Arenas, como Santa Cruz del Valle y Poyales del Hoyo-, y brisma, en Villadiego, de Burgos (Peones de Amaya);
esta forma confirma la etimología ma.ritima marisma; junto a éstos
pueden citarse' lesna y lezna, chospar y cltozpar, y los antiguos mesq1tino
y mezquino, brosno y brozno¡ es de notar que persisten algunas formas
tenidas por antiguas, como biscocho, en Briviesca (Poza de la Sal), y mesclar, en Reinosa, de Santander (Quintanilla de Rucandio), y Villarcayo,
de Burgos (Espinosa de los Monteros); en alguna palabra las variantes
se reparten geográficamente de un modo irregular, como 1·esq1te 'la
lengua de las culebras, el agrio del vino', etc., en Medinaceli, de Soria
(Aguilar de Montuenga); respe, en todos los partidos de Burgos; rezpe,
en Villarcayo (Espinosa de los Monteros), Villadiego (Rezmoado) y
Burgos (Arcos); vizque, en Medinaceli, de Soria; guizque, ea todos los
partidos de S@ria, y guizgue, en El Burgo de Osrna, de Soria (Fresno
de Caracén); c1·eo que se refiere al mismo origen que ríspz'do y el
ant. rúpo 3 'animal desabrido, indómito'; esta vacilación es obvia en
importaciones del vascuence, como chosne 'panecillo', en Castrogeriz
(Poza de la Sal) y Villadiego (Castrecías), frente al vascuence clwzne;
Velasco, junto a Velázquez¡ cambio que esta lengua ofrece en elementos latinos, como g-aztelu 4, ezpalda, lzpiritua 5•
4) J, ch. Parecen referirse al mismo origen/alar y chalar 'enamorar'.

Como corriente en el Diccionario trilingüe de Larramendi.
Comp. la disimilación de silicio, GóNGORA, Soneto I?J; QUEVEDO, La Culta
Latiniparla, al lector, etc.
3 Véase MIGUEL ALFONSO DE CARRANZA, Primera parte del Catecismo de rdic
giosos, cap. VI.
4 Este cambio es obvio dada la pronunciación de la z vascuence, que en
alguna región, como en la costa de Vizcaya, se aproxima a la s.
5 ScHUCHARDT, Vocalismus, II, 337.
t

2

•

Cltoto 'ternerillo' es la forma común de todos los partidos de Soria y
Burgos, y creo que de toda Castilla; chofe se usa en Soria y Belorado;
chato, en Álava¡joto es peculiar de la provincia de Soria, en cuyo partido se halla también la forma jote¡ jato, dado como común en el Diccionario de la Academia, lo hallo en Burgos, en Briviesca, y en Ávila,
en El Barco.
5) Z,.f. Comp. zamosta,jamosta.
6) C, z, cit. Merecen notarse zamarra y chaman-a 1, zanco y chanco,
zampar y champar (Salamanca ); chico, como en otras románicas; de
voces latinas chicoria, cisma y chisme¡ ant. ;imfe y chinche.
10. Y EPÉNTICA INTERVOCÁ.LICA. Este fenómeno, de cierta vitalidad
en leonés y navarro-aragonés, es una rareza en castellano. La reducción de poleo y correa se cumple en el vulgar baeta (traendo, leend~,
según traer, leer). En cambio, si no se trata de un caso de analog~a
popular 2, hay un ejemplo de ep~ntesis en _sa b ucu sa~o; en Med1naceli (Aguilar de Montuega) y Agreda (TaJahuerce) pud~era to~arse
por aragonesismo; en Palencia la he registrado en Frech1lla (V1llada)
y Astudillo (Torquemada); un leonesismo pudi:ra acas~ pare~er en
Lerma (Revenga de Muñó, Retuerta, Covarrubias, Iglesia Rubia); en
Castrogeriz (Valles, Villazopeque); en Aranda (Oquillas), y en Villadiego (Moatorio); parece desmentirlo el hallarse en Sal~s (Carazo) ~ en
Burgos (Zumel); dentro del leonés la he registrado en Ciudad Rodngo.
Aloya, del ant. aloa alauda, es común en Burgos.
11. ALTERNANCIA DE g y b. Acontece sobre todo ante w en virtud de
un proceso fonético bien conocido (cfr. Krüger, op. cit., §§ 191 -207). Es
un fenómeno tan castellano como dialectal 3• Después de we se halla b,
no sólo en los dialectos, ast.fuevo, sino en castellano vulgar,juevo, etc.

1 Para estas voces compárese el vascuence zotin, chotín; es muy incierto ~l
parentesco de clwrro, zurrir con el vascuence cliu,·ruta, zurru~ta y c_on el latm
susurru; en* aciariu altzairu, acheru no hay duda de la etimolog1a; pero la
evolución de e ch no es un simple caso de vacilación.
2 No parece que pueda ser contaminación de hayu~o, porque no coinciden
ambas regiones, aunque tal vez haya habido una atracción ma_tenal de saya. .
3 AtUJero y awero son más frecuentes que abwero,· el _
antigu_o auueros, Cid,
2II6 es probablemente transcripción suya; aunque no es 1mpos1ble que repre.
sente' a aweros. Sagiteso es la forma popular; para Baist, que supo~e * sa b usrnm,
Grundriss, I, pág. 6g7, ésta sería una pronunciación secundana comparable a
agüe/o,· pero no parece creíble que b sea anterior al diptongo; :a:anssen, § 85, apela a la contaminación de sabio,· mas ni es obvia ni hay necesidad de ella para
· explicar una evolución que fisiológicamente no ofre~e difi~ul~ad. Recuérdese
solamente la evolución vengo (esto es, óengo) de vewo (wemo) del l. E. guem-.
Para !rdle- cast. v. bwerta, bweco, ÜLINA, Cart. de Covarrubias, pág. 35, Bue/na,
Kaornega, pág. 2 o, Cabuérniga, exactamente igual que en leonés, Garrote, página 43.

�310

M!SCEL:Á.Nl!A

Hay otros casos también ciertamente castellanos, comojeruva, abuja,
redprocos de gutre, go111itar, gofetada, j t(gón, silguero y yelgo; pero
hay ejemplos en que pudiera pensarse en una influencia dialectal,
ya leonesa, ya aragone!;la. La forma yttbo 1, semejante al arag. jubo, la
1 La explicación de yubo, yubio, ubio se liga con el difícil problema de la j
latina. La fórmula, demasiado simple, de HANSSEN, Gram., § 107, «y, ante a, o, u,
y perdida cua.ndo sigue e, i inacentuada•, no puede aceptarse, porque deja fuera términos característicos. Más comprensiva y cerca de la realidad es la regla
de MEYER-LfulKE, Gram., I, § 407, que asigna y para a, o, u, tónicas, y j para
tu y a, u, átonas; si bien para junco no puede admitirse su explicación d,e que
fuese jun,al la !:¡ase etimológica. No es violento admitir la alternativa tónica y
átona pata a, en vista de ya1 ja?JZás,, aunque los verbos yacer, yantar, por la acción
~utua, de sus formas en la flexión, nada prnében : jovm, lo mismo que joglar,
¡oyo, quedarán explicados si se admite siempre j ante o. Pero el caso a~te u es,
a mi juicio, mucho más complicado; sijuntar,}tfrar y judio fiiesen tipos normales de una ley común al castellano, podría admitirse que ante u átona era constante j, explicando f~cilmente Yunquera sobre el primitivo, y junto, ju,·o, por
atracción de las formas débiles; del mismo modo yuncir se exRlicaría como,forn1a analógica de las formas tónicas, y en efecto, en este caso no se trata de·una
suposición, pues, como veremos, en la zona de y (sur de Castill_a, Andalucia, etc.)
persiste la forma etimológica juncir, dada por anticuada. en el Diccionario de laAcad ernia, la cual permite cómodamente ,estaurar el estado ptimitiv~ *yungo,
"'yuñea, uñes, juncir. En este caso resta explicar la divergencia ante u tónica; de
un lado yunta, yugo, y de otro junta, junco; si fiados demasiado en la unidad de
la l,eogua' o_ficial nos empeñamos en concordar estas. formas opuestas, las dificultades son msuperables; pero afortunadamente la lengua vulgar, con la forma
yunco, nos da la clave para resolver con grandes probabilidades este conflicto,
demostrándonos que las diferencias son dialectales. De un modo vago y general podemos admitir que j persiste ante u tónica en ~l oeste, norte y este con
el sonido fricativo sordo, velar o prepalatal : gall., jugo; ast., xugu; leonés, jubo,
jugo; cat., jou: arag., jubo, Y. en el centro. y sur con el soru'do africado prepalatal
sonoro (yugo, yusto en Judeo-español, Rev. de Fil. Esp., II, 359); hoy no coinciden más que centralmente las regiones de yunco, yugo, yunta; pero no es
extraño que por el sentido heterogéneo de estas palabras, propagaciones sucesivas hayan venido a trastornar un estado de cosas mucho -más regular. ',Junta
'parej'a de ganado' existe en leonés, aunque sólo tengo anotado Corrales (Zamora); Junta (nombre de lugar) se halla- en Badajoz; yunta parece no llegar al
norte ae· Búrgos, en donde por otra parte se encuentra Junta (siete . veces,
corno nombre de lugar, en Villarcayo); por Soria desconozco el límite de yunta
con fl arag. junta; Yunta, en Guadalajara, es el .represenumte de la lengua
central. En,yugo y yubo (y por él yugada, yubada, .en v~z dejugaqa) lay se-mantiene en la lengua común, y aun parece haberse propagado fuera de sus límites, puesto que se halla en Santander y en otras regiones; Jubera, en Medinaceli, de Soria, y en Logroño puede ser un aragonesismo, si se relaciona con el
ant. arag. (y ant. leonés) jubero. Frente a Junquera, en Zamora, Galicia, Cataluña y Murcia, y Juncedo tn Asturias, se descubren Yuncos en Toledo, y
¼mquera en Guadalajara, Albacéte y Málaga;, como nombre común era yunco

MISCl!L&gt;\Nl!A

311

hallo en Ágr-eda (Tajahuerce, Beratón); Medinaceli (Aguilar de Montuenga); Almazán·(Arenillas), y Soria (Quintana Redonda) 1, zona próxima a Aragón; semejante al ant.pauo 2, se usa yubo en Santander, en
Castro-Urdiales (Ont-On), y en el occidente de Burgos, en Roa (Sequera
de Aza), frente a la forma general yugo y a la menos frecuente 'llugo 3¡
en Segovia, en su partido; en Soria, en las proximidades de Aragón,
encuentro la forma yubada en Agreda (San Pedro Manrique, Beratón,
Tajahuerce), Medinaceli (Aguilar de Montuenga) y Almazán (Momblona), datos con los cuales no parece aventurado suponer que se trata
de una penetración; la b aparece en la variante ubio en una región ta,n
extensa, que se hace violento mirar esta palabra como un leonesismo;la tengo profusamente comprobada en Reinosa, de Santander, en Astudillo, de Palencia, y en el Valle de Esgueva, y en los partidos de Villadiego, Briviesca, Burgos, Aranda, Roa, Le~ma y Salas, de Burgos, más
parte de El Burgo de Osma y los lugares de Duruelo'y San Leonardo,
de Soria, y por ,íltimo tn Segovia; eon la forma y ubio se usa en parte
de Lerma (Retuerj¡¡), y de Soria (Covaleda). En cuanto a las formas
coni de esta voz no b,allo una explicación satisfactoria; materialmente
se ligada bien con el vocablo joueas 'yugo', citado por Costa 4; pero
hay dificultades para admitirlo; si procede de j ugu habrá que considerarlo como influído por una formación verbal 5 •
y yunio, de los mozárabes andaluces (M. PIDAL, Contestacw1t al discurso de recepción de D. Francisco Codera, pág. 71), y efectivamente la primera la hallo profusamente en Andalacía, al menos en Málaga, Granada, Jaén, Córdoba y Sevilla;
hacia el oeste la encuentro en alguna parte del leonés, como CorraJes (Zamora)
y La Bañeia (León); en cuanto al vascuence, si conoce esta palabra es de suponer que la trate del mismo mo·a o en la región de y, como jo cu jocoa, yocoa, y
en efecto, hallo por lo menos en algún punto (Gorliz, de Guemica) la forma
yungo (comp. man cu maingu, inc;;ude i11guda). En cuanto a la pérdida dey
en ubio, uncir, no hallo explicación suficiente, a menos c¡ue se acepte para el
último la de Hanssen, suponiendo la analogía de unir; en este supuesto la ocasión seria probablemente (y)uiies, unes.
1 M. PmAL, Cid, I, pág. 179, n., señala esta fonna en los fueros de Teruel y
de Malina, y también en los de Soria y Brihuega, puntos estos dos últimos,
aunque alejados, acaso influídos por el aragenés.
2 No hallo rastro de esta forma ni aun en la región a que se refiere el documento del Cart. de Santi!lana, pág. 53, l. 20.
3 Creo que no se trata aquí de evolución especial de la y, sino de un caso de
fonética sintáctica, e/yugo &gt;ellugo, el llugo; esta forma la he registrado en regiones tan apartadas como Villar.cayo (Espinosa de los Monteros), Agreda (San
Pedro Manrique), Salas (Carazo) y Lerma (Revenga de Muñó).
' Citado por Garrote, pág. 1g6.
s Formaciones verbales parecen algunas de las formas que sirven para indicar la coyunda y cuerdas_del yugo, como sobeo, sogueo, subio, jubeo y mjubio,
correspondientes (no sé si posteriores) a ensoguear, ensobear, msubiar., enjubear

�312

l\IISCELÁNEA

MISCELÁNEA

Otro caso interesante es el de lwbe fa g u, comparable al asturiano fabucu y al alto arag. fabo; lo hallo en Santander, en Torrelavega,
y en Palencia, en Astudillo; en los partidos de .Villarcayo, Briviesca,
Burgos, Belorado, Aranda, Lerma y Salas, de Burgos! y en el de Haro,
de Logroño; es lwbicos en Villadiego (Peones de Amaya, Villamartín
y Valle de Valdelucio); un caso de analogía se ofrece en el oriente de
Soria en hubillas, Ágreda (Beratón), y en h1tbitas, Almazán (Riba de
Escalote); buinos es variante de Reinosa (Quintanilla de Rucandio);
han seguido la analogía de haya algunas formas, como hayucos, en
Reinosa, Villadiego (Peones de Amaya) y Villarcayo (Espinosa de los
Monteros), y hoyetas, en Soria, Aranda (Castrillo de la Vega, Gumiel
de Izán).
12. ELISIÓN DE g VELAR INTERVOCÁLICA. Sin alcanzar la extensión
que en leonés, esta ley pertenece también a la fonética castellana. En
Garrote, pág. 51, se citan, entre otras, auero, aujero, anoales; la primera
pertenece a la lengua común: auja, aujero y aijada= efjada son tan
leonesas como castellanas; esta última ofrece además las formas injada
en Burgos (Burgos, Villasur de Herreros, Celada del Camino), Lerma
(Revenga de Muñó) y en Arenas de San Pedro, de Ávila; ainjada en
Roa (Lahorra), y einjada en Almazán, de Soria (Arenillas). Noal en
Medinaceli, de Soria (Aguilar de Montuenga), en Logroño (Rivaflecha)
y en Segovia.
13, -Aoo. Frente a la forma femenina -a, cimerá, bajerá 'parte de
arriba y de abajo' se conserva -ado en parte de Ávila, al menos en
Arenas de San Pedro y El Barco de Ávila (El Barco, Aldehuela), en
contraposición al castellano general -ado.
14. GRuros rn1c1ALES el, pl. El trato leonés ll = l aparece en lavija,
lantel; li se oye sólo en lieno (Soria). La primern forma se encuentra
en toda la provincia de Burgos, y por lo menos en Covaleda y Duruelo, de Soria; la segunda se usa en Santander, al menos en Reinosa
(Orna), en parte de Burgos, en Villarcayo (Villarcayo, Brizuela, y con
la forma lente/ en Espinosa de los Monteros), Bri viesca (Barcina de los
Montes con la forma lande/), Lerma (Retuerta), Salas (Castrillo de la
Reina), ·en Aranda (◊quillas) y en Briviesca (Poza de la Sal), en Segovia y en parte de Ávila, en Arenas de San Pedro (Poyales del Hoyo).
No parece que haya aquí relación coq la l tan frecuente en los antiguos textos castellanos, /orar, legar, ya que mientras no haya algún
argumento positivo es preferible explicarla en ellos como un mero
signo ortográfico; no es probable que se trate, por otra parte, de un

leonesismo (comp. locajo = choca/lo *cloccacl u en leonés); acaso procedan de una oscura evolución de fonética sintáctica, o bien de un
trato divergente de et, como ocurre enjl, gl.
15. Y POR ll. Intervocálica, tiende más a y sonora que a y; en posición inicial, yantet, yover,yamar, es la fricativa prepalatal sorda y, que
en algunas localidades e individuos se acerca a s. Dicha y la he registrado en Ávila, en Arenas de San Pedro (Arenas, Villarejo del Valle,
El Arenal, San Esteban del Valle y Santa Cruz del Valle), Cebreros,
Piedrahita (Piedrahita, Navarredonda), Arévalo (Arévalo, Cabezas de
Alambre) y El Barco.
.
No conozco en detalle la geografía de estas vacilaciones. También
sería interesante enlazarlas con los tipos de pronunciación existentes
en el leonés vecino, tipos que ayudarán a explicar la divergencia de
]as palatales en los romances ibéricos. M. Pida!, Revista de Archivos,
XIV, págs. 129 y 295, cita ejemplos de los tipos ll, y, t~, tch, ch, que
parecen ser !, y, z, s, e; el entronque (de afinidad, no histórico) _Y el
orden de evolución de las variantes leonesas creo que es como sigue:

y enjubiar; si se han formado sobre yugo o sobre una forma posterior, habrá que

apelar a una composición; por ejemplo: ex- enj- ubiar 'poner el ubio con cuerdas o coyundas'; la alternativa -éar, -iar no es chocante ·en vista de cambear,
apaliar.

•

gall. ch de

cast. ch de CT

PL 1

gall. /lde LI

etc.

ensucho (gen.)
t~it~i (T.ena)

chama (occ.)
xeno (textos occ.)

muller (textos occ.)
muyer (gen.)
,mucher (occ.)

gall. /t de cL, etc.

cast. ll de LL

cast. y gall. l de

uollo (Miranda)
veyo (Armental)
viechu (occ.)

Villarino
gayo (Navia)
muotche (Villapedre)

L

Hobo (gen.)
yingua (Coaña)
.
t~ingua (Luarca)
tchingua (Villapedre)
chobo (Cabrillanes)

cast. /l

ant. cast. x

lleno (gen.)

navat~a (Lena)

M. Pida!, pág. 166, admite resueltamente el paso de y a ch en viecku,
tránsito que parece convincente por el trato de ! latina, en la q_u: la
serie tt, y, t~, tch, ch está asegurada; en vista de esto debe admitirse
en nuestros ejemplos la prelación tlantel, yantel, siquiera ll sea _una
representación grosera, ya que en el mismo castellano hay matices
intermedios entre ella y la y.
16, CON\"ERSIÓN EN / DE LA PRIMERA CONSONANTE DE UN GRUPO R~MÁNICO. El número de casos suscita un problema fundamental en la b10logía de nuestra lengua; pues demostrar que_ e_ste ~enómeno e: un leonesismo valdría tanto como reconocer la partiopación sustancial del leonés en la formación del castellano. De un lado se hace poco verosímil
TOMO lll.·

21

�MISCELÁNEA

la derivación dialectal por el gran número de casos, ya que esta proporción no es acusada en ningún otro fenómeno; otro indicio desfavorable es la ausencia de *miezga y *nazga en todos los dominios deJ
castellano (véase la nota del párrafo 17); en el primero, un dato decisivo para excluir el origen del leonés sería comprobar la diptongación
uniforme en los dominios de este dialecto, ya que la forma castellana
etimológica melga medica 1 rechazaría en este caso un origen extraño; otro indicio a favor de la posibilidad fonética es el tr,fosito
inverso que descubrimos en yelgo, yezgo (véase el párrafo 17). Pero aun
admitida la evolución interio;, queda en pie el problema de la menor
extensión e inseguridad del fenómeno en castellano comparado con
el leonés (comp. duldar,julgar, se/mana, montalgo, etc); y de esa suerte
persiste la duda de si es un problema fonético o geográfico.
1) Dental ante velar. En primer lugar., los casos citados de mielga,
melga y nalga. Piezgo, significando, ya los pies de los odres, ya la tabla
en que se apoya el cuello de é.s tos, ya los mismos odres, es la forma
general; pielgo, dado c9mo general en el Diccionario de la Academia,
lo hallo en Á vila, en Arévalo (Orca jo de las Torres), en El Barco (Aliseda de Tormes) y en Arenas de San Pedro (Arenas, Villarejo del
Valle), y en el occidente de Burgos, en Villadiego (Montorio); Burgos
(Burgos, Arcos); en Segovia, en Logroño, en Arnedo y Haro; en Soria,
en Ágreda (Beratón, Tajabuerce,San Pedro Manrique); Almazán (Momblona); Burgo de Osma (Santa María de las Hoyas), y Soria (Quintana
Redonda), donde la influencia leonesa no parece admisible; la alternati va geográfica es sumamente irregular, ballá_ndose sólo la forma piezgo
en localidades de las .mismas regiones, como Burgos (Villasur de Herr~ros, Zumel, Celada del Camino, Las Celadas, Nuez de Abajo); Ágreda (San Pedro Manrique); Almazán (Arenillas); Medinaceli (Aguilar de
Montuenga). Pielgo, por pellejo, en sentido despectivo, es general.
lkfayoralgo es bastante frecuente en Soria; de Burgos sólo tengo datos
aislados: de Briviesca (Briviesca, Castil de Peones) y Lerma (Revenga de Muñó); portalgo es palabra casi desusada, pero existente 2; si no
se debe dar excesiva importancia a estas formas, que pueden estar
influidas por mayoral y portal, tampoco son decisivos los tipos en -azgo
para afirmar rotundamente que son los modelos del grupo dg, porque,
aunque antiguas, se trata de voces de uso jurídico, de popularidad
muy distinta a la de nalga, melga.
1 Cree, sin embargo, el Sr. M. Pida! que en este caso, sin defender el leonesismo, cabria decir que melga era resultado de mielga+ *mezga. BAIST, Gru1idriss, I, pág. 6g6, admite la atracción de medica (medeor). ScaucHARDT, Vocalismus, I, pág. r42, supone la forma latina melica, que naturalmente salvarla
todas las dificultades sugeridas por el grupo dg.
2 Alguna vez se la oye en Cercedilla (Madrid).

MISCELÁNEA

2) Labial ante dental. El caso de levitu es sumamente complicado: al ast. ditldu corresponde dieldo en Villadiego,. de Burgos (Rezrnondo); en Cebreros, de Ávila, Arenas de San Ped_ro (San Esteban del
Valle y Santa Cruz del Valle); lieldo se baila en Avila, en Arenas de
San Pedro (El Arenal, Villarejo del Valle, Cuevas del Valle, Poyales
del Hoyo), El Barco de Ávila (Aldehuela) y Piedrabita (Navarredonda); yeldo, en Villadiego, de Burgos (Villamartín ), y Bri vi esca (Poza de
la Sal); en Arenas de San Pedro, de Á vila, y en Cebreros (San Juan de
la Nava); Iludo (de liudo leu~) lo hallo en Medina de Ríoseco, de Valladolid, y en Arévalo, de Ávila (Rasueros); límites geográficos los
primeros que hacen inclinar hacia el origen leonés. También el representante de *accapitare se halla limitado a la zona de influencia leonesa; acaldar, frente a recadar y recaudar del castellano, se acusa en
Reinosa, de Santander (Orna), y Villarcayo, de 13urgos (Espinosa de
los Monteros); en Palencia, en Saldaña (Castrillo de Villa vega), y Frecbilla (Villada). Yelso, aunque con pequeñas lagunas, se descubre en
todos los partidos de Santander, Burgos y Soria, aun en los más apartados de éste, como Ágreda, Alrnazán y Medinaceli, generalmente
alternando con la forma yeso; es también usual en Segovia y en toda
la Rioja Baja. En vista de esta extensión no hay que pensar en una
penetración de contacto por parte del leonés; en cambio aquí era posible la importación personal, suponiendo una emigración de núcleos
importantes de individuos de este oficio; los datos que poseo no son
suficientes para resolver en conjunto este problema; sin embargo, por
lo que se refiere a Burgos, es indudable que, al menos en el siglo xvr,
abundaban los yelseros santanderinos y leoneses 1; oficio aquél que

l

En el Archivo de Protocolos de Burgos abundan los contratos de estos

ye/seros. ·véanse algunos: «Sepan quantos esta carta 'de obligación vieren como

yo Pedro del Río, vezino que soy e carpintero en el lugar de Padiémaga, estante
al presente en la cibdad de Burgos, digo que por quanto oy día de la fecha
desta carta vos Rodrigo del Con dar, yelsero, me vendistes por ante el presente
escrivano la mytad del molino, que vos avíades y tenyades en el río del dicho
lugar de Padiém~1¡a ques en la Yunta de Voto ..... • Núm. 2993, vol. de los años
I ~48 y r 549, sin fol., 6 de abril de r 549. De la actual Padiémíga, correspondiente
al ayuntamiento de Junta del Voto, en el partido de Laredo. Del mismo Rodrigo
del Condar hay diversos protocolos en años sucesivos, lo que prueba su larga
estancia; en el registro que inicia el año 1554, sin fol., en 7 de mayo de -r555,
vende a •Juan de la Portilla, carpintero, vezino del lugar de Padiérniga, que estaes
presente• una tierra de pan llevar en el «lugar de Padiérniga do llaman El Condar•; en el mismo volumen, en 22 de noviembre de 1555 1 Pero Ochoa y Francisco Díez, alfareros de Villatoro, se obligan para entregar a Rodrigo del Condar y a Francisco de Fonfrida, ye/seros, cinco mil ladrillos. De otro ydsero de
Padiérniga, Juan de Santisteban, aparece en el mismo volumen una carta de
p9der en 22 de noviembre de r555. En 30 de mayo de 1556 Juan de Escobedo,

�NISCELÁN:RA

MISCELÁNEA

comprend!a también el de albañil y constructor de obras llamadas de
ye/so y empedrado.
3) Dental ante dental. El caso de ses su es interesante, y creo que
decisivo para poder afirmar que no toda l procedente de oclusiva ha
de tener origen leonés. Sieso lo hallo en Ávila, en El Barco de A \·ila
(i\fodinilla, Aliseda de Tormes), Arenas de San Pedro (Arenas, Villarejo del Valle) y en Burgos en Roa (Lahorra) y Aranda (Castrillo de
la Vega); sielso es cierto que se encuentra en Santander, Palencia y
Ávila, pero es término tan conocido en Soria y Burgos¡ de Burgos no
poseo datos de Castrogeri.z y Miranda, pero sí muy numerosos de los
otros nueve partidos¡ en Soria es conocido en todos sus partidos.
4) Dental ante nasal. De selmana hallo algún caso suelto en la frontera leonesa, como Villaquirán de los Infantes, de Castrogeriz; más al
interior es chocante algún punto, como Huerta del Rey, de Salas.
Bilma la hallo repartida de un modo irregular en Burgos, habiéndola
confirmado en Briviesca (Revillagodos) y Villarcayo (Espinosa de los
Monteros); en Ávila es corriente en El Barco, Piedrahita, Arenas de
San Pedro y Arévalo; en Soria se halla también en algún punto, como
Beratón, de Agreda; en Segovia, en su partido al menos. Del ant. ca/nado, que, según el Diccionario de la Academia, «hoy se usa en algunas
partes», no he hallado dato alguno.
17. ÜTROS CASOS DE l ANTE CONSONANTE. El grupo de ante natu se
trata de diversos modos. De •andnado (Baist, Grundriss, I, 706) proceden el aot. annado (an(d)nado), el mod. alnado (acaso bajo la influencia
del prefijo al-), dado como común, y que sólo hallo en algún punto de
Soria, como Quintana Redonda, andrado (por conversión de dn en dr,
como len din e liendre), que el Diccionario de la Academia da por anticuado, pero que es trivial en los partidos de Salas, Lenna, Briviesca
y Burgos; el ant. adnado (por disimilación eliminatoria del grupo ndn,
favorecida por la atracción del prefijo ad-), y de éste el mod. andado
(con inversión como en rienda, favorecida acaso por la atracción de
andar), que es el más frecuente en Santander, Palencia, Burgos y Soria. Merece notarse especialmente la alternativa ebulu yelgo 1,yezgo:

•vezino del lugar dEs,oludo, que es en la merindad del Marquesado de Santillana•, se pone •por aprendiz por más valer al oficio de ye/uro e alvañir con Juan
García del Avellano, yeluro, vezino del lugar de Padiimiga•. En el registro del
año 15561 sin fol., 17 de julio, Pedro del Castillo encarga a Francisco de Carrión,
yelsero, vecino de Burgos, el arreglo de una casa. En los registros de protocolos
de otros años aparecen otros muchos datos sobre este asunto.
1 Oaro es que ydgo es la forma etimológica, aunque irregular, por intennedio de •yelbo, -:Yeb/&lt;1 (comp. el alavés yebo, BARÁIBAR, Vo,aúulario, pág. 259), pero
el tránsito yelgo, ye,go es un testimonio precioso para demostrar la posibilidad
del proceso inverso •natica *11aega, nalga.

1·

·

317

primera forma la hallo en B . .
HHro (Baro, Cuzcurrita) y
Snv~es(ca (Revillagodos), en Logroño en
~
en ona Póved )· 1
L"gro no:
vezrro es la r0
ª • e ant. yergo I se usa' en
- o
" rma general
18. WJA, TAJVGo. Según l\Ieyer~L .. bk
un galicismo. No puede r.ech
u ~• Gram., I, pág. 410 1 es caja
· • .., 1
Ps ts 1.J, con alteración de azarse en vista de quyaua
a evolución
.
precedente·
sin
e
b
.
d ud osa la importación la a
.ó
'
m
argo,
en
CO.Ja hace
cepa n vulgar de , •• d ,
P edro, de Ávila (Arenas v·11
.
qu1¡a a en Arenas de San
das' en toda la provinci~ d t Sare!o Ddel V~lle), asi como cajillas 'quijad
.
e ona. el mismo
d
e x, en vista de eie teió1 h
mo o en el tratamiento
*t
" ' " 1• ay que suponer ¡ ·
axucu está en conformidad c
él el
e mismo proceso: en
de la vocal, pero persistic d
on b
arag. tejugo; con inflexión
Libro del Ca/Jallero XL)
Ln o s, se alla además tesugo (ant. fessurro
.
,
en erma (Retuerta) R (L
o· ,
(Barana
de los Montes) El B
.
• oa ahorra), Briviesca
Y
arco de A ·1 (Al.
cambio, igual que en ~a .
f
vi a
1seda de Tormes)· en
~- !lª, no su re infiexió la
'
en Á greda (Beratón); y sin inflexión
~ . vocal en ta/ugo, usado
que es la forma general en las
. ~ persistiendo s se halla tasugo
19. BY ) Y. En vista de 1w 'ªpro;~ncias de Soria, Burgos y Á vila. ,
este trato, en altemat1·va ~ by
ant. lmyar, parece indudable que
•
con '.Y rubio liuv ·
tiene por aragonesismo· pe
'r
,
za, es castellano. Royo se
sona,
· Logroño y Segov1·a·
• 1ro es. ,orma muy genera1·izada en Burgos
, a vanante n, 1
•
valeda, Duruelo)· en B
:Yº a encuentro en Soria (Co•
'
urgos,
en
Salas
de
1
I
e
R ema, Palacios de la s·
) .
os niantes (Castrillo de la
ierra y V dlarcayo (E .
y de la provincia de A ·1
E
spmosa de los Monteros)
vi a, en 1 Barco (l\'fed' ·11
.
•
Y Arenas de San Pedro (A.
.
.
mi a, Aliseda de Tormes)
20 D
renas, Villare¡o del Valle)
•
IJON, TRAJO~, VINON ANDUV
S
.
•
Palencia¡ en ÁviJa al en - ' ·
ON. on triviales en Valladolid y
, m os en los partid - d
Burgos no tengo más dat
os e El Barco y Arévalo· de
os que de los p rtid
•
Maria del Campo)· Castrog .
a
os de Roa, Lerma (Santa
.
'
enz (Pamplieg v·¡¡
.
miel), y Villarcayo (Junta de Ot
V
a, I aqu.uán); Burgos (Zumisma capital.
eo, alle de Mena); en Segovia, en la
,1

&gt;•&gt;..

ª

21. AN0A1, PONR1. Estos tipos de im
..
.
y leonés son también castell
perativo existentes en gallego
anos, como que so 1 , .
gene ra1 es; los de Ja segunda
.
n os umcos vulgares
.
vaa 1an entre e·1 1· b
xivo, P&lt;mei'sos O po,usus 2• p d.
. • • so re todo con el refle' u 1eran exphcars
,
presente andais "'oneis· pero . .
e segun la analogía del
'r
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existiendo eo 11
conserva la forma -des y no f
ga ego, donde el presente
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o rece base po ta t
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e e 10al y referirlos a
.
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con poca free
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1engua primitiva;
andai j&gt;
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uenc1a, conocemos en la
' one, mb1én trasciende a la escritura ,10
s·

°,

1 J. Ruiz, edic. Ducamin 1276
T.
comparable a para(!,}ola. '
' ms. ·• el ms. S, y dos, que si no es errata seri
1

An

alógicos de la tercera, serviros, etc.

a

�MlSCELÁNEA

ser común en la lengua clásica. Tampoco tiene nada de dialectal el
tipo andá, poné, usual en el gallego y leonés y en el castellano de América, y existente, aunque con menos uso, en la lengua vulgar; es sencillamente el mismo imperativo sin e final, cuya d en la época clásica
vacilaba, según nos demuestran los textos y el testimonio expreso de
Valdés 1, quien advierte que escriblan «unas veces tomá y otras tomad,
unas comé y otras comed, .
22. DBJALO, PERDESB. Dada la inseguridad de los signos l, ll en la
escritura antigua, no puede concluirse si los numerosos infinitivos con l
representan en algún caso una pronunciación distinta de la común
con ll, o son mera variante ortográfica; únicamente el bailarse en rima,
o bien en documentos en que la distinción del y ll sea regular, podrá
probar la existencia histólica del tipo dejalo. No puede decirse que
este tipo es característico del leonés, pues es uní versal en Castilla la
Vieja. Hoy la forma deja/lo tiene localizaciones geográficas; pero probablemente los tres casos dejallo, dejarlo y dejal-lo o deja/o han coexistido en Castilla y León desde la aparición de la lengua. Del mismo
modo la pronunciación perdesse o jerdese: es común al castellano y al
leonés. El primero conoce, además, la forma perde:me.
23. CREZO, CONOZGO, En los estudios sobre los di-alectos se llama la
atención sobre los tipos incoativos mereza, anoclzeza, _agradeza y panzgo,
conozgo, amanezga. Bajo la opresión de la lengua culta las primeras
formas tienen en castellano un uso limitado; pero en ciertos verbos,
como creza, son generales en la lengua vulgar de todas las regiones de
Castilla. De las segundas se sabe que son clásicas en nuestra lengua y
que son formaciones intermedias entre los tipos }raga y jrazca, reduga y redmca; pero conviene advertir también que sou actuales,
habiéndolos registrado en Logroño, Burgos, Segovia y Ávila; de Guadalajara sólo poseo algún dato suelto, como Brihuega (Gajanejos).
24. LA 1IIl POBRE. El posesivo entre el artículo y el nombre se halla,
aunque con limitacioues, en casi todo Burgos¡ en algunos partidos,
como Villarcayo y Lerma, tiene mayor amplitud, hallándose no sólo
frases fijas como «la mi pobre» en e::,¡::clamaciones de compasión, sino
frases libres, como «la mi casa,, «el mi huerto»; también persiste este
uso en parte de Ávila. V1cENTB GARCÍA DE D1.!!GO.

1

Diálogo, pág. 57 de la edición de Madrid, 1873-

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS
HENRÍQUEZ URBÑA. 1 P. - Don Juan Ruiz de Alarcón. - Habana, Imprenta «El Siglo XX&gt;, 19 r 5, 4. 0 , 23 págs.=Esta conferencia, p:ronunciada por su autor en una librería de México el año 'de r9r3 1 contiene
lo más e¡¡:acto y lo más sugestivo que se ha escrito "Sobre Alarcón. No
es frecuente el intento de ahondar en la sensibilidad de un escritor,
iluminando aquellos momentos esenciales de su actividad que más
tenuemente percibimos. A la vez que u.na obra de belleza, el presente
opúsculo es una obra de orientación, al combinar prudentemente los
métodos históricos con las interpretaciones psicológicas fundadas en
la observación y en el testimonio de las letras de un pueblo. Y a los
contemporáneos de Alarcón se dieron cuenta de su singularidad; según Monta! ván, disponía sus comedias con «novedad, ingenio y eli'.trañeza,. Henríquez Ureña trata de apreciar las causas de aquella singularidad: Alarcón es, en primer lugar, mejicano, y abandona su país natal
-según los últimos descubrimientos de N. Rangel - cuando había ya
andado más de la mitad de su vida (1613). «Sobre el ímpetu y la prodigalidad del español europeo se ha impuesto, como fuerza moderadora, la prudente sobriedad, la discreción del mejicano.&gt; H. U. ha
procurado antes fijar algunos rasgos del carácter de los habitantes de
Nueva España y, en gen.eral, de la literatura mexicana, tanto frente
a la española como a las demás del Nuevo Mundo, que define con
toques sintéticos y vivos. Su paralelo entre las modernas tendencias
de la pintura española y la mejicana es una página de alto valor literario.'Pudiera dudarse de que, en tiempos de Alarcón, existieran, ya
definidos, los caracteres del •mexicanismo•; pero, además de los argumentos aducidos por el autor, cabe añadir los siguientes, que, si no
nos engañamos, han sido aprovechados por H. U. en un curso especial
sobre las literaturas hispanoamelicanas dado en la Escuela de Altos
Estudios de México, con posterioridad al p1·esente opúsculo: el médico español Juan de Cárdenas, en sus Problemas _y secretos maravt'llosos de las Indias, 1591 1, establece la más clara distinción entre el
1 Impreso por segunda vez en México, Imp. del Museo de Arqueología, 1913,
Véanse págs. I 59 y sigs.

�NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

320

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

español peninsular o ,gachupín• y el indiano, advirtiendo como características de éste cierta delicadeza retórica y una urbanidad algo
alambicada, como la que puede notarse en pasajes alarconianos consagrados a fórmulas de cortesla (cfr. J. García Icazbalceta, Obras, Bibl.
de Aut. Me.'Ci.c. de V. Agüeros, México, 1, págs. 220 y sigs.) 1. Tomá
Gaje, escritor de la época, advierte que la diferencia entre gachupines
y criollos era ya pronunciada al comenzar el siglo xvn, y los más autorizados historiadores están de acuerdo en reconocerla como el principal factor de los intentos de rebelión de los hijos de Cortés y, más
tarde, de la autoridad clerical bajo el virreinato del conde de Gelves
(cfr. J. M. L. ~fora, ll{éjico y sus 1·euoludonu, París, Lib. de Rosa, 1836,
lll, págs. 240-256). En el manuscrito que contiene las poesías de Terrazas (Icazbalceta, II, págs. 282-286) hay tres sonetos, que son como
un diálogo satírico en que peninsulares y criollos se motejan respectivamente, y que pueden verse en M. Menéndez Pelayo, Hist. de la
poesía hisp.-americ., 1911, I, 46, n. Insértalos 2 Baltasar Dorantes de
Carranza en su Sumaria relacwn de las cosas de la Nueva Es_pat"i.a (escrita por 1604 e impresa en México, Imp. del Museo Nacional, 1902);
quien trae asimismo curiosas invectivas en que se descubre la inquina contra los advenedizos indianos. Finalmente, es muy conocido ya
aquel trozo de Suárez de Figueroa en el Pasajero, 1617, que comienza: cLas Indias, para mi, no sé qué tienen de malo que basta su nombre aborrezco. Todo lo que viene de allá es muy diferente, y aun
opuesto, iba a decir, de lo que en España poseemos y gozamos.• (Edición de e Renacimiento», Madrid, 1913, pág. 147.) Pero la nacionalidad
de Alarcón no lo explica todo, como desde el principio lo declara H. U:
«Las cualidades de nación y de época-añade-forman el marco que
encuadra las individualidades.• Y la principal cualidad de Alarcón
consiste en la «trasmutación de elementos morales en elementos estéticos• . Aquí debe tenerse en cuenta la deformidad de Alarcón: «la
hiperestesia espiritual lleva fatalmente a una actitud y a un concepto
de la vida hondamente definidos y tal vez excesivos•. Ampliaríamos

1 Ya en el siglo x1x, la señora de Calderón de la Barca, en su libro Lije in
JUaico (edic. «Everyman•), págs. 82 y 92 -obra fundamental en el estudio de
las costumbres mexicanas-, trae curiosas páginas sobre la cortesía de los habitantes de la capital de aquella república.
2 De estos tres sonetos, uno por lo menos-el que empieza: Minas sin plata,
sin verdad 111úieros - se lee en el fol. 77 v del cartapacio poético de Mateo
Rosas de Oquendo (Bibl. Nac. de Madrid, núm. 19387) que ha sido estudiado
y publicado parcialmente por Paz y ~f.elia en el BHi, 1go6. Allí puede verse
(fol. 82 v) un soneto semejante dedicado a •Lima del Pirú• {donde Oquendo
parece que vivió diez años), que es manifestación del mismo fenómeno que
observamos en México (Uti t,isorrey co,i treinta a/a6arderos).
1

321

el pensamiento de H. U., notando cómo el forzado aislamiento en que
vivió Alarcón pudo suscitar en él reacciones-trasmutadas de lo moral a lo estético-contra el inmenso favor de que disfrutaba Lope.
Algunas notas, como aquella en que se indican las bases posibles para
la cronología de las comedias alarconianas, son muy importantes, aun
a titulo de mera hipótesis. C. y R.

..

Selections from Afesonero Romanos. Edited with Introductioo, Notes, and Vocabulary, by George Tyler Nortbup. - New-York, Henry
Holt aod Company, 1913 1 12.º, xx1v-188 págs. y retrato.= Esta colección para uso escolar contiene: «El retrato•, cLa empleomania•, .El
amante corto de vista•, «El barbero de Madrid&gt; y «La casa de Cervantes&gt;, tomados del Panorama Matritense; cEl alquiler de un cuarto• y «El romanticismo y lo_s románticos•, de las Escenas Afatritenses;
y cTengo lo que me basta», de Tipos y Caracteres. El texto se basa
en la edición en 8 vols. de Madrid, 188 t, la última revisada por el
autor. La introducción, notas y vocabulario son excelentes, lo mismo
que las indicaciones bibliográficas previas y las que andan dispersas
en las notas finales. La introducción presenta el cuadro literario y social del romanticismo, destacando en él la figura de Mesonero-que
representa una reacción instintiva del naturalismo castizo-, y debe
41 ser leíd½ en consonancia con la nota sobre «El romanticismo y los
\
románticos• . Si el editor hubiera anotado también las primeras frases
de ,El amante corto de vista»-donde :Mesonero se excusa de particularizar circunstancias que pudieran quitar a sus sátiras carácter
general-, babrla tenido ocasión de decirnos lo que hubo de preceptista, a la manera del siglo xvm, en Mesonero, El no haber insistido en el falso problema de la prioridad de Mesonero sobre Larra,
o viceversa, por cuanto a la sátira de costumbres, más bien se le
debe agradecer. En cuanto a la selección de textos, repetiremos, con
P. H. Churchman (i\ILN, XXX, 4), que no habrá dos críticos que coincidan., tratándose de una obra tao vasta, y añadiremos: tan vasta y tan
uniforme. rifesonero no es escritor de momentos agudos, y ni siquiera lo es de gran relieve. Lo que da sabor a su obra es la persistencia,
la cantidad. En todo caso, como advierte Cburcbman, se percibe en
esta edición el propósito de dar una nota meramente literaria con
,El retrato» y «La casa de Cervantes•; de ambiente español, con
«La empleomanía&gt;, «El alquiler de un cuarto&gt;, •Tengo lo que me
basta», y aun «El barbero de Madrid•. «El amante corto de vista•
y •El romanticismo y los románticos&gt; dan la nota de época. Los
textos son correctos. Se han suprimido los epígrafes clisicos con
que Mesonero solla encabezar sus artículos, y en «El romanticismo
y los románticos• se han suprimido, sin advertirlo en forma alguna,
más de dos páginas del texto en que se cuenta el episodio del joven

�322

,

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

romántico con la criada gallega, que ni siquiera es demasiado escabroso, sobre todo para estudiantes de literatura española. Observaciones al texto: Págs. 3 y 171 dice &lt;prorumpió», cprorumpir», y
aunque ésta es la ortografía del texto original de 1881 (pág. 3) 1 no
debió conservarse. Pág. 47, lío. 7: «Luego• debe ir seguido de una
coma, aunque no la ponga el texto original (pág. 111), porque es
adverbio de tiempo, no conjunción consecutiva. Pág. 60 1 lín. 20: ha
de haber coma después de •así•, aunque falte en el original, del
mismo modo q_ue se puso una coma antes de dicha palabra, donde
falta en el original (pág. 124). Respecto a las notas, Churchman, que
ha dedicado estudios especiales a la materia, advierte que la frase
• The iofluence of Byron is partly to be explained by the glowing
descriptions of Spain in Child Harold», es doblemente inexacta:
Byron influye más ,eo Francia que en España, sin que pueda esto
atribuirse a las descripciones de Francia; además, mucha parte de
este poema-que no se señala entre nuestras primeras versiones de
Byron-es más bien injuriosa para España. Acaso hubieran merecido
nota algunas expresiones defectuosas de Mesonero, como éstas: página 31, lín. 21: «mientras el cuah ('pendant lequel'?); pág. 55, lín. 1o:
«designaba• ('dessinait'?); pág. 75 1 lín. 24: «Ea bien• ('Et bien'i), todos
posibles galicismos. El pasaje de la pág. 79 1 líns. 20-2 5, debió ser co mentado con referencia a la frase hecha: Dormirse sobre sus laureles.
El vocabulario final está, sin duda, cuidadosamente calculado para los
estudiantes de segundo año de espai;íol. Nos faltan datos para apreciarlo; pero, juzgando por analogía, parece que convendría explicar
.los siguientes lugares: pág. 31 lín. s: «don No-sé-quién&gt; (así como se
explica el «don Ta/,, de la lío. 27 ); pág. 11, lín. 18: «nuestra casa fué
muy pronto de las que estaban en el mapa de la brillante sociedad de
Madrid,; pág. r 2, lín. 7: propaganda, por 'propaganda liberal', frase de
aquel tiempo. Finalmente, la palabra «celosía» (pág. 50 1 lín. 23) no
está bien vertida por la inglesa «jealousp (pág. 128 b), aunque se
trate en el caso de una escena de celos; porque, o es un galicismo, o
es un equívoco cuyo sentido debió explicarse al estudiante. Conviene
añadir en la bibliografía la obra de Le Gentil sobre Bretón de los
Herreros. A. R.
GoNZÁ.LEZ DE LA ÜU.LE, P. U. - Varia. Notas y apuntes sobre temas &lt;
de letras clásicas. - Madrid, V. Suárez, 1915, 8. 0 , 345 págs., 5 ptas.=
Si el contenido de este libro respondiese en absoluto a su título, no
nos ocuparíamos de él. Pero el Sr. González de la Calle da más de lo
que promete; y en ese margen hallamos posibles motivos de interés
para nuestros lectores. Al hablar de la Fonética latina, trata el autor de
las leyes fonéticas en general y de la debatida cuestión de su excepdonalidad; la exposición del Sr. G. de la C. será muy útil, sobre todo

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

32 3

para los que oo manejen las obras alemanas sobre esa materia; pero
hay que observar, además, que el autor no se limita a traducir las diversas opiniones, sino que las sopesa cuidadosamente, y a vece.s Hega
a interpretaciones personales. Lo mismo pudiera decirse del capitulo
dedicado a la Esti1ística latina. Hallamos, en cambio, cierta vaguedad
en las páginas consagradas a las causas te!eológicas del acento. Es de
interés para la historia del humanismo la investigación sobre el uso
del latín en las conversaciones de lbs estudiantes del Colegio trilingüe
de Salamanca duratlte el siglo xv1; no se logró aclimatar el latín, a pesar de severas penas; el romance vencía aqui lo mis¡:no que en los
libros de ciencia. Notese la oposición del Brocense contra aquel uso
indiscreto del latín, que no lo arraigaba sólidamente, y más bien servía para lograr resultados fáciles y brillantes. Tal vez son excesivos
los datos que allega el Sr. G. de la C.: el lector le, habría agradecido
una síntesis- con referencias muy exactas -del uso del latín por los
estudiantes durante esos treinta años, en vez de tener que seguir los
acontecimientos-monotonía poco necesaria aquí-año por año. No
es siempre couvenienté presentar al público todos los pequeños momentos de la elaboración de nuestros trabajos; aunque, en último término, tenemos en ello una prueba más del rigor y honradez cientifica
con que procede en sus investigaciones el Sr. G. de la C. Una última
observación: dado el público a que se dirige el libro, ¿no habría sido
más acertado suprimir o traducir esas numerosísimas ¡¡;itas alemanas?
Sobre todo, cuando se traducen citas italianas (pág. 169). Y claro está
que no pretendemos haber puesto de relieve todo el valor de este
libro, repleto de cuestiones que escapan a nuestro especial dominio.
SANTA TERESA DE JEsús. -Obras, editadas y anotadas por el P. Silverio de Santa Teresa, C. D. Tomo I: Libro de la Vida. - Burgos, Tipografía •El Monte Carmelo•, 1915, 4. 0 , cx.¡¡:x-395 págs. y un retrato
de la Santa. (Biblioteca Mística Carmelitana, vol. l.)= Este primer volumen inaugura una colección en que, además de los escritos de Santa
Teresa, se publicarán, según anuncia el editor, otras obra·s de argumento mistico y ascético, escritas en castellano y debidas a religiosos
y religiosas de la Orden de los carmelitas descalzos. Precede al Libro
de la Vida una extensa introducción en que el P. Silverio, convenientemente informado de la bibliografía, trata de varias cuestiones relacionadas con la doctrina y los libros de la Santa. Entre estas cuestiones
atraen principalmente nuestra atención las que se refieren a la educación espiritual de la doctora de Ávila, a algunas propiedades de sus escritos y a consideraciones acerca de su lenguaje y estilo: El P. S. no se
ha propuesto ahondar sobre estos puntos; hace en cada uno de ellos
algunas apreciaciones generales, y señala la necesidad de someterlos a
un estudio metódico y profundo. Sus noticias bibliográficas respecto

�NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

a los autógrafos de la Santa, reproducciones fotolitográficas, .ediciones españolas principale::¡, traducciones, etc., son numerosas e interesantes. Una breve reseña histórica del Libro de la Vida, con la des cripción del manuscrito original y de sus copias más importantes,
forma un capitulo aparte. La edición de este libro se ajusta rigurosamente al manuscrito de la Santa, aventajando en exactitud a la de
la Biblioteca de Rivadeneyra. Acompañan al texto abundantes notas
sobre personas, sucesos y lugares citados o aludidos por la Santa.
HADANK, K. - Das «Biicltlein van der Kindererzi~hung&gt; des sjanisclum
Hmnanisten Aelius .A.ntonius Neb1-issensis. Aus dem Lateinisch überzetzt. -Leipzig, Fock, 1912, 4. 0 , 48 págs. = Aunque resulte retrasada
la noticia de este @púsculo, la damos porque no sabemos de ninguna
revista española que la haya examinado. En realidad, el librito de
Nebrija, De pueris educandif, apeJJas si será conocido entre nosotros
más que de nombre por muchos pedagogos y por no pocos cultivadores de nuestra historia literaria. Después de su publicación por
Chabás (1903) en la Revista de Archivos, no lo hemos visto citado más
que por el Sr. Bonilla en varios lugares de su monografía _sobre Luis
Vives, publicada el mismo año, y por Menéndez Pelayo en la Bibli'ografia Hispano-Latina (pág. 846). Las historias de la pedagogía, ni lo
nombran. R. Blanco lo cita sólo de pasada en su Bibliografía pedagógica; bien es verdad que ésta sólo comprende las obras en castellano.
La traduccióp ale\nana de Hadank va precedida de una interesante
Introducción crítica, que abarca los siguientes capítulos:
Observaciones literarias.- Trata de la bibliografía acerca de la vida
y obras de Nebrija, y lamenta la falta de una biografía. Es extraño
que B. no conozca tres trabajos que han venido a aumentar la bibliografía nebrijense y a rectificar en parte, comenzando por el nombre,
las noticias que sobre Nebrija se tenían. Son éstos: el del Sr. Paz y
Melia en la Revista de_ Archivos, 1898 1 Códices más notables de la Biblioteca Nacional, III; el del Sr. La Torre, La Universidad de Alcalá datos
para su historia (Revista de Archivos, sept.-oct., 1909), y el del
Lemus y Rubio, El Maestro Elio Antonio de Lebrixa (Revue Hisjanique,
tomo XXII, 1910}.
.
El autor. - Estudia la personalidad cientifica de Nebrija. Su principal valor consiste en haber trasplantado el humanismo de Italia.
Con este motivo rompe H. una lanza por el -humanismo español,,
rebatiendo la idea vulgar que _c orre por casi todos los libros de historia del Renacimiento, de que se hace eco Theobald Ziegler en su
Geschichte der Piidagogík, 2 Aufl., München, 1904; trata después a la
ligera de la actividad literaria de Neb1·ija y de sus ;relaciones con los
Reyes Católicos y con Cisneros; de sus enseñanzas, etc., etc.
La trasmisión de este texto de Nebrija ..... - El libro, en realidad, no·

Sr.

325

ha sido conocido hasta 1903. El haber sido publicado en una revista
que no es pedagógica y el no haberse hecho una tirada aparte, han
sido causas de que, a:un después de publicado, no haya sido muy
vulga1·. Nicolás Antonio ya lo citó; pero únicamente conocía el nombre de-la obra. Gallardo copia el título de los doce capítulos. Después,
sólo algún que otro erudito lo menciona.
Motivo de la composición del librito y persona a quien va dirigido. Nebrija se propuso escribir tm pequeño tratado de educación infantil,
no siendo s.egurament.e el servicio al secretario Almazán, que supone
la carta-prólogo, el único fin del autor. Trata muy someramente de
Almazán y de los cargos que ejercía cerca del rey, con ocasión de la
ti·aducción del título ab azwe.
Tiempo en que se escribid.-Rectifica la opinión de Chabás, que, por
los caracteres paleográficos del manuscrito, había creido ser escrito a fines del siglo xv. H., con mucha razón, fundad'o en el título de
historiógrafo real que emplea Nebrija y que le fué concedido en 1508,
deduce que después de esta fecha hay que suponer escrito el libellus.
Esto, además de otros argumentos que pueden deducirse del cargo
de Almazán, de llamar a Fernando rey de las dos Sicilias, etc.
Contenido de la obra. - Tiene dos partes principales: una referente al cuerpo, otra al alma del niño. En esta última hace not~r con
especialidad H. la falta de toda referencia e interés religioso-clerical.
Es su espíritu completamente clásico, contradiciendo la exagerada afirmacióu de Dietrich Schaffer en su Einleitung zit elner Weltgeschichte
der Neuzeit, Berlin, 11907, I, 14, qu-e niega al Renacimiento esta nota de·
resucitar el espíritu de la antigüedad clásica y lo supone má-s bien descansando en las ideas medievales, siendo cosa aparente la vuelta de la
antigüedad. E.n cuanto a las fuentes, basta la primera lectura para convencerse de lo poco .que Nebrija ha puesto de personal en su trabajo.
Esto tal vez pueda decirse en general de todos los renacentistas. A primera vista parece que Nebrija debía abundar en las .doctrinas de Jeno7
fonte, Plutarco y Quintiliano, que son los autores que él recomienda a
Almazán. De Jenofonte afirma H. no haber encontrado en el libellus ni
un sólo párrafo. En cambio Aristóteles y Gelio, a _los que no cita, le
dan una gran parte de su obra. Es curioso que aproveche tanto a Quintiliano y a Columela, que propiamente no fueron pedagogos. H; sospecha que le guiaba un sentimiento patriótico en estas preferencias.
Punto de vista para juzgar la , - El lector moderno encuentra
dos sorpresas en la lectura de este tratado sobre educación: una, muy
agradable, de forma, de estilo, de medida; y otra, muy desagradable,
lo poco personal qQe en él hay. En realidad, es un zurcido de opiniones de clásicos, a los que copia literalmente, muchas veces sin citarlos.
Esto, sin embargo, no es una cosa desusada en aquella época. La moral
literaria ha cambiado mucho, y entonces el amontonal" pensamientos

�NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

sacados de los clásicos no era una señal de pobreza inJelectual. Cuando
comenzaba a desenterrarse el caudal ideológico de la antigüedad, todo
lo contemporáneo pa\·ecía despreciable en su comparación, y el contribuir a esta, formidable excavación de ideas y el lanzarlas al comercio de! vul~o, era el gran mérito de estos escritores, a los que hay
que Il)lrar siempre desde un punto de vista histórico, como puentes
gigantes que, por cima del oscuro lago medieval, enlazan los tiempos
clásicos con la Edad Moderna.
La traducción está hecha con cuidado y profusamente anotada,
aunque el traductor confiesa que el poco tiempo de que ha dispuesto
le ha impedido agotar la materia. Entre los apuntes que el Sr. Menéndez Pelayo tomó en las biblioteeas de Italia durante su corto
viaje, y que asombran por lo escogidos y numerosos, he visto citado
otro códice del líbe//us de Nebrija, en esta forma:
«Biblioteca del Colegio de San Clemente de Bolonia.
•A Elii Antonii Nebrissensis historiographi regii de liberis educandís libellus, ad Michaelem Alma1;anum, a libellis, ab aure, a secretis
Ferdinandi regís Aragonum atque utdusque Siciliae ac proinde hispani orbis moderatoris: feliciter incipitur.,
"El futuro traductor español tendrá que consultar este nuevo códice,
Y sería de desear publicase también el tex:to latino, pues es difícil,
cuando no imposible, para muchos ir a buscarlo a la Revi"sta de Archivos. -M. Artigas.
·

fundándose en copiosa documentación, y entra después en consideraciones sobre el carácter de;iquella época, aprovechando muchas veces
las enseñanzas que el Quijote mismo nos proporciona. Esta parte del
libro puede considerarse c·o mo una acertada y amena popularización
de los problemas que ofrece el estudio de Cervantes y de su óbra central. Hay a continuación un examen sobre «La idea del Quijote en In,
glaterra, desde Chaucer hasta Beaumont y Fletcher», donde-sin pretender ni presentar la seguridad del método comparativo - aprovecha
el autor sus vastos conocimientos de la literatura inglesa, reaviva más
de una noticia ya borrosa, y auxilia las meditaciones de~ lector -sobre-la
última signifiGación ideal del Quijote, evocando ficciones lit-erarias que
pueden considerarse como afines de la novela de Cervantes.
MoNNER SANs, R.-Don Guillén de Castro. Ensayo de crítica biobibliográfica. Revista de la Universidad de Buenos Airesj tomos XXIVXXV. = Cuatro conferencias de vulgarización leídas en el Colegio
Nacional de Buenos Aires y encaminadas a despertar la curiosidad
del público argentino por la literatura castellana clásica. El autor empieza por declarar que dispone de escasos materiales para la empresa que intenta; hubiera podido aumentarlos no -poco sin demasiado
esfuerzo. Así, por ejemplo, no aprovecha el Catálogo de La Barrera
ni las ediciones de Schaeffér (Et renegado ar-npentido, 1887), Renn~rt
(Ingratitud por amor, 1899) y H. Mérimée (El ayo de su hijo, 1909).

EauíA Rurz, C. - Literatm·as y Literatos. Estudios contemporáneos.- Madrid, Sáeoz de Jubera Hnos., 1914 1 8. 0 , 460 págs.=Libro de
artículos en que el autor recorre los campos de las literaturas noruega, italiana, polaca, francesa y española, desde Bjornstjerne Bjórnson hasta Ricardo León. Puede considerarse como una de esas obras
de carácter singular que se producen al margen de la vida literaria,
donde a veces ~l gusto crítico padece por preocupaciones de orden
ajeno, Y que acusan un espívitu poco abierto a las novedades, y nunca
al tanto de los verdaderos motivos que determinan tal o cual evolución _intelectual. Esta circunstancia de atacar los problemas bajo perspectivas irreales, impide a este género de obras alcanzar la relativa
p_o pularidad que el público concede a la crítica; mientras que cierto
aire de desahogo y divagación personales, y hasta el estilo mismo con
que están urdidas, las aleja de la categoría de obras científicas, a la
que, por otra parte, no suelen aspi'rar. Téngaselas por ensayos de un
escritor curioso, que no ha vacilado ante la tarea de juzgar muchas
cosas por su prop'ia cuenta.
1

1

- - TRELLES, C. M. - Bibliografía cubana del siglo XIX. Tomo VIII,
1894-1899.-Mataozas, Quirós y Estrada, 1915, fol., 516 págs.= Da fin
el autor a su magna tarea comenzada por los años de 1910, incluyendo
en el presente volumen 3600 números, entre folletos y libros, de la
época que llama &lt;la segunda y tenible guerra de Independencia•.
«Como es natural - advierte-, en ese periodo, el más agitado y tremendo de la historia de Cuba, no era posible que florecieran las letras
y las ciencias.• Los ocho tomos de que consta la obra arrojan un total
de 22700 números; y a esta obra deben a.ñadirse los dos volúmenes
del Eizsayo de bibliografía cubana de los siglos XVII y XVIII, del
mismo autor. Por meras consideraciones de espacio se ha dejado fuera
el año de 1900. En el apéndice de la página 409 se hallará un breve
resumen o •balance intelectual de Cuba&gt; en el siglo pasado, y todavía
ofl,'ece el autor volver sobre la materia., clasificándola metódicamente.
Hemos dicho en esta Revista, II, 63, que esta obra es indispensable
en la biblioteca del am!'!ricanista. La bibliografía americana cuenta ya
con libros fundamentales .

ARMAS, J. DE.-El • Qztfjote&gt; y su época. -Madrid-Buenos Aires,Renacimiento, 1915, 8.º, 267 págs.=Ti'aza el autor la biografía de Cervantes,

GoNzALES AuruoLEs, N. - Cervantes y w viaje a Italia. - Madrid,
Viuda de A. Alvarez, 1916, 8. 0 , 46 págs., 1,50 ptas.=En esta confe-

1
1

1

I'

�NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

renda, leida en el Ateneo de Madrid, el autor sostiene, con copia de
datos, la opinión de que el viaje de Cervantes fué motivado, en efecto,
por haber herido aquél a Anton10 de Sigura en 1569.

Iriart_e'. por la preocupación preceptiva de algunas de ellas, en que
se critican las costumbres literarias de su época, merecerían ciertas
aclaraciones al ponerse en manos de los niños, pues esas alusiones
serán incomprensibles para un espíritu infantil.

ALONSO CoRi:És, N. - Viejo y nuevo. - Valladolid, 8. 0 , 189 págs.,
2,50 ptas. =Colección de artículos de carácter vario. Entre otros, pueden citarse como interesantes para la historia de la literatura: Un dato
para la biografía de Larra (sobre sus estudios en Valladolid), Un costmnbrista (Zabaleta), La Avellaneda, Don Agustín Montiano, Retazo biográfico (Martínez de la Rosa).

1, 1

LoPE DI! VEGA. -Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo. Roma, E. Loescher, 19 1 5, 21 X 1 1, 14 págs., 0,40 ptas. = Es el número 33 de los· «Testi romanzi», colección dirigida por Ernesto Monaci·
y destinada a facilitar la circulación en los centros de enseñanza de
textos poco accesibles: ediciones excelentes que pueden prestar bµenos servicios entre nuestros estudiantes y profesores, no muy acostumbrados, por lo general, al manejo y discusión de textos. El editor
del Arte nuevo, Sr. Guerrieri Crocelti, reproduce el excelente texto de
Morel-Fatio (Bulletin Hispanique, 1901, III, 365-405), no sin cometer
algunos descuidos. Corríjase: 4, embidiando; 9, escriva; 14, escrivirlas;
16, a verlas; 18, tyron; 23, estavan; 25, escrivieran; 28, introduxeron;
29, 136 1 147 y 224, agora; 36, n¡.onstruos de apariencias; 85, tragedia
Tespis; 143, Robortello; 147, las; 176 1 Pasife; 235, scena; 275, transforme; 293, del; 301, juzguen; 310, otavas; 333, lo venden; 359, recebidas;
362, amar. Conviene añadir a la bibliografía de la página 13, G. Saintsbury, A History of Criticisme and Liternry Taste in Europe, II, y Spingarri, La critiea letteraria nel Rinascimento. No puede decirse (pág. 12)
que Morel-Fatio desconozca injustamente la importancia de los elementos del Arte nuevo que proceden de la experiencia de Lope.
TolllÁs DE lR1ARTE.-Fábulas !#erarias. Nueva edición ilustrada por
P. Muguruza.-Madrid, «La Lectura», 8. 0 , 160 págs., 2 ptas.- W. HAU:FF.
El califa Cigüeña y otros cuentos, narrados por R. 1\1. Tenreiro, ilusraciones de P. Muguruza. - Madrid, «La Lectura•, 8. 0 , 139 págs.=
A los cuatro volúmenes de la Biblioteca 7uventud anunciados po_r nosotros 1 han de añadirse estos dos nuevos, tan bien presentados como
los anteriores. La edición de las Fábulas literarias de Iriarte y los
tres cuentos orientales de Hauff (El califa Cigüeña, La libertad de
Fdtima y El falso príncipe), a los que el Sr. Tenreiro ha prestado
su sencilla prosa, son textos muy adecuados no sólo para los niños,
sino para las clases de enseñanza del español, aunque las Fábttlas de
1 Rev. de .Fil.

Esp.,

1915, II; 65.

329

Memorias de D. Enrique IV de Castilla. Tomo II. Contiene la Colección diplomdtica del mismo rey, compuesta. y ordenada por la Real
~cademia de la Historia.-Madrid, Fortanet, 1835-1913, 4. 0 , u- 734 págmas. = Este tomo segundo - cuya publicación fué iniciada en 1 8 3 5 y
después suspendida-sale a luz ahora con una advertencia de los señores académicos Fita y Bonilla; contiene una colección de documentos de gran interés que ilustran especialmente el reinado de Enrique IV, Y también el de Juan U y comienzos del de los Reyes Católicos. El tomo primero - aun no publicado - contendrá las Cró~icas
de Enrique IV por Alonso de Palencia y Enríquez del Castillo. Los
213 documentos se publican sin notas 1 y su transcripción quizás no
sea todo lo escrupulosa que se requeririría, defecto enmendado en
los últimos pliegos cuidados por los Sres. Fita y Bonilla.
HERNÁNDEZ, P., y LE Rov, A. - Morceaux c!toisis des classü¡ttes espagnols (9• édit.), Paris, Hachette, 1914 1 16.°, 314 págs.=Va precedida
es-ta antología de una introducción sobre el espíritu 'general de la lite:atura_ española, y, como dedicada a los estudiantes extranjeros, se ha
mverhdo en ella el orden habitual, de manera que comienz¡¡. por los
escritores del siglo x1x y acaba por los más remotos. Divídese, además, en dos secciones: una para la prosa. y otra pata la poesía. Una
pequeña noticia bibliográfica acompaña a cada autor. La colección
no va más allá del siglo xv1. Los autores más modernos que abarca
son Fernán Caballero y Zorrilla. ¿Por qué no escoger, para el siglo xv,
a Pero López de Ayala o un trozo de La Celestina? Y en el si&lt;rlo xv"1
¿por qué olvidar la prosa de Fr. Luis de León? Entre los a:tiguo;
romances hay seguramente muchos más característicos del género sin
ne~esidad de acudir a' los que puso Menéndez Pelayo en sus Cien
mo/ores poesías. El divino Herrera ha sido suprimido, lo mismo que
Meléndez Valdés. Y donde.ha cabido Guillén de Castro, bien pudieron
caber Montemayor, Gil Polo, Francisco de la Tor.re. Y, sobre todo ¿qué
hacen en la colección esos versos de D. Eugenio de Ocho a donde no
hay _una sola linea de Espronceda? Por lo visto este libro, q~e aparece
aqm en su novena edición, se viene reproduciendo mecánicamente
sin que nadie ponga en él la mano, siquiera para rectificar errores tan
groseros como incluir entre la prosa del siglo xv el Centón de Cibdad
Real.
·
1

Algunas aparecen en el documento núm. 38,

TOMO III.

22

�33o

1

1

NOTAS

lllSLIUGR.{~·1cA.s

SARLOl!ERA, .Ct,rnow oE LA. - Ca.,tcionero music,1t y po ·t,co del siglo X VJI, iecogido y transcrito en notación m~derna ~or el maestro
D. Jesús Aroca.=EI B9!etín de la Real Acade1ma Espano/a ha comenzado a publicar, p&lt;Lra formar luego con él volumen aparte, este Canownero, de importancia no sólo musical, sino literaria. En él se hallan rec 0 gidas más de setenta tonadillas populares, figurando entre
los autores de las letras, Agustín de Rojas, Lope de Vega, Quiiíones
de Benavente, Cáncer, Quirós_, Avellaneda y Candamo, y entre los de
la música, el maestro Capitán y Juan Bias de Castro. Hasta ahora sólo
se conocían, de los siglos xv y xv1, las composiciones musicales que
transcribió Barbieri; c.on fa publicación del Cancionero de Sablonera
logramos una nueva e importante contribución para la historia. de la
música española. El Sro. Aroca revela, en lo hasta ahora pubhcad0,
pleno conocimiento de la materia; ha respetado fielmente en su. transcdpdón el texto original. De desear es que este trabaJO sea prec~r~or
de oti:os, mediante los cuales pueda irse conociendo con prec1s1ó11
cientifica nuestro antiguo arte musical.

BRAGA TH. - Versao hebraica do ~Amadís de Gaula•. Separata dos
Trabalho~ da Academia de Sciencias de Portugal. Primeira serie.
Tomo U, seg~nda parte. Tomo III.-Coimbra, 1915, 1916.= Ya Amador
de Los Rios, Hist. crít. de la Liter., V, 90, n., llamaba,la atención sobre
la importancia de la traducció1i hebraica del Amadís, h_e cha probable:
mente antes de la edición castellana de MQntalvo (1508), Y sobre s1
coQ.staba tan sólo de los tres libros citados pqr Pero Ferruz , en vez de
lo:, cuatro conocidos. De esa traducción hebrea se conserva_ un eje:11plar en el Mus~o Británico y otro en la biblioteca del Seminario Judaico
de Breslau. Es solamente la traducción hebrea del libro I del Amad'is,
sin lugar ni fecha· de impresión¡ pero e;! t:raductm:: die~ en la introducción que toda la traducción está dividida en cuatro hbros, cosa muy
de notar. Th. Braga sospecha, por el mal papel y los malos tipos de
la impresión, que ésta fué hecha, uo en Lisboa, sino en Leiria, Y ~ue
quedó interrumpida con la expulsión de los judíos de :ortugal. Pu~~ca
un facsímil de la última página del libro y la traducción de las primeras y últimas páginas del texto hebreo, haciendo notar las muchas
amplificaciones retóricas. que Montalvo· introduj~ en :u texto c~stellano. Pero ]a cuestión no se .reduce sólo a amplificaciones retóncas,
pues algunas s0n narrativas y pueden presuponer otro texto div~rso
del que sirvió para la traducción hebrea. Además, Montalv~ s~p~1me
otras tosas que estái;i. en el text9 hebreo. En fin, en la págma ultima,
las amplificaciones retóricas puec;le decirse que ya no existen. El conocimiento completo de esta versión hebrea será, pues, un recu.rso
precioso para el estudio del te_xto del Amadís y qe la intervención de
Montálvo en el mismo.

NOXAS Il!BLIOGRÁFICAS

331

M1cHAE~1s DE VASCONCRLLOs, C.-Em volta da palav1·a «gonzo•.A 4,"7tia, setembro de 1915 1 núm. 45.=En la revista portuguesa A Jguia
se han publicado varios artículos acerca de esta palabra, qu.e interesan a las formas españolas gonce, gozne. El Sr. Teixeira Rego, en el nú:
JTiero 41 (enero a julio de 1915), pág. 199, propuso como etimología
del port. gonzo, el gr. ;(óv3u),o,;; sometió su hipótesis a la Sra. Michae!is,
qu.ien respondió en el núm. 45 de A .Agµia, págs. 81-91, con un notable
estudio de la cuestión. Hace historia de las explicaciones que se han
dado de gonzo, fr. gond, esp. gonce, gozne, y acepta Ja consignada por
M~yer-Lübke en su REtWtb: gompkus, 1 ó11qio,;; las formas española y
portuguesa procederían del ant. fr. gons; plural de gonít-. Estudia la
Sra. Mich. el paso de significado de 'clavija' a 'gozne'¡ en cuanto a la
fecha, ni en portugués ni en español aparecen ejemplos antes del
siglo xv1¡ la forma más antigua, naturalmente, es gonce (ast. gonciu,
vaJenc. gon¡:). Una prueba.indirecta del origen francés de gonce, es que
el sinónimo, port. chaJCneira, representa el fr. charniere&lt; cardinaria
(esp. charnela); pero añade la Sra. Mich.: • Desconhe1;ho os, emporfos
e os caminhos do comercio de ferragens francesas na idade-media»
(pág. 87, nota 44), y ello nos invita a añadir en apoyo de la opinión de
la Sra. Mich. que ya en el siglo x111 hay documentos que prueban la
entrada en la Pen!n,sula de objetos de hierro hechos, probablemente,
en Francia: , A xu dias de febrero me.tío al regno Per Picart xn millares de aguias et tres millares d'anzue'los para truchas et una grossa
de grafios de fierro.• (Cttentas de la casa del rey don Sancho 1, Bibl. Nac.,
ms. I 3090, fol. 2 v.) Y en la Renu:mbranza de todas las cosas que deben
dar peaje en Santander, en Castrodordiales, e en Laredo, e en Sant Vicer,t
de la Barq1.era 2 : «feretes, nin cadenas, nin claúrneras, trasfogares, nin
anclas, nin destrulas, nin azadas, nin cera i as, non dan pea ge• (págine 896). «Balanzas, e cañadas e cµchie1los e ganivetes ..... todo esto,
si vinier por mar, non debe dar 1;1ada-» (pág. 895). Este camino pud0
seguir gons para entrar en la Pení:nsuJa; y aunque gonce no aparezea
hasta el siglo xv1, son muchos los textos no estudiados de la Edad
Media y mu.chas las palabras no consignadas por escrito, para qué podamos con certeza excluirlo de aqudla época.
Junto a gonzo estudia la Sra. l\'lich . quiqio-y siQ. mucho motivo la

'
1 No se conservan de esta preciosa obra sino dos copias del siglo xvm, una
en la Real Biblioteca y-otra en la Biblioteca Nacional, por ~ P. Burriel¡ el original debía de estar en la biblioteca de la catedral de Toledo, adonde·Amador
de los Ríos, Hist. (Jrtt., IV, 16:i, dice haberlo visto(?); las pesquisas hechas hasta
ahora para encontrar el códice en aqu.ella bibliot.eca han sido inútiles.
2 Apéndice de Santandrr, por R. Amador de los Ríos, pág. 894 (•España,
Sus monumentos y artes. Su naturaleza e historia,). Rios pone· «siglo xm?• por
no conocer el manuscrito de El Escorial, de leti;a casi seguramente: del siglo xm.

�r
NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

declara onomatopéyica -y bisagra&lt; bis - acre. El Sr. T. insiste en
mantener su etiJ11ología 1 xlr,aolo_~, en artículos posteriores (A Aguia,
núm. 49 1 págs. 10-14; núm. 51 1 págs. 93-97); solicitó la opinión de vax:ios lingüistas, cuyas cartas figuran en la citada revista, núm. 50, páginas 59-62; la del Sr. Leite de Vasconcellos es concluyente en contra de la opinión del Sr. T. -A. C.

Jid.1ere, fuertemente afectivos, terminaban así. Reconoce que algunos

33 2

SPERDER, H.- Über den Ajfekt als Ursache der Spr-a.chvedinderung.Halle a. S., M. Niemeyer, 1914, 8. 0 , 106 págs., 2,40 marcos.= Plantea
este librito un problema fundamental para la historia del lenguaje.
En estos últimos años an-ecia la producción de libros que tratan de
esclarecer los puntos a que no alcanza la investigación del detalle en
los fenómenos lingüísticos; los que nos ocuparnos en esto último seguimos con atención tales trabajos, por si se diera el caso de tener
que modificar nuestros métodos. ¿Saldrá esa renovación de nuestra
misma labor de especialistas, o de las disquisiciones de los psicólogos
y -filósofos que cada día se interesan más por la realidad complejísima
del kngunje? La respuesta no es de este lugar; lo único que haremos
será seguir con cuidado las nuevas teorías? sin que decaiga nuestra
esperanza, por grande que sea la desilusión en algunos casos.
· Según Sperber, una causa principal de los cambios lingüísticos es
la influencia· de los efectos- estados sentimentales -relacionados con
las palabras; la teoría de los afectos en el lenguaje forma una rama de
la lingüístjca (Sprachwissenschaft) que Sp. llama «Dinamotogía•, y con
gran daño de la ciencia ha sido descuidado su estudio. Sienta Sp. la
hipótesis que las fuerzas que actúan en la evolución del lenguaje son
análogas a las que presidieron al origen mismo del lenguaje. Éste en
su origen era una mera expresión de los afectos. Muy influído por la
psicología de Freud, piensa «que los afectos sexuales en sus formas
primarias y secundarias determinaron el pasar de la mera expresión
de los afectos a un lenguaje muy matizado afectivamente• (pág. 9).
"Dos son las finalidades del lenguaje, entenderse y expresar los afectos; la primera tiende a la fijación del_ lenguaje, la segunda determina
sus variaciones. Las variaciones del lenguaje pueden obedecer además a otras causas: cambios en la fonética por variar la estructura
anatómica, o bien 1en la significación por variar la naturaleza de la cosa
designada (págs. 12-13). Aparte de estos procesos, todo lo demás en
el lenguaje se debe al afecto. He aquí una aplicación de este método
a la etimología: se trata de averiguar (pág. 37) si la i:aíz verbal hlaup,
en germano (111. latifen 'correr') signifrcó originariamente 'córrer' o
'saltar'; para Sp. sin duda esto último, &lt;pues el concepto 'saltar' debe
s-er- mirado como más fuei:te afecti vámente, pues contiene la representación de lo violento, de lo súbito, que falta e.o. 'correr'». La difusión en romance de los participios en -utus se debe a que batuere y

333

filólogos notaron algo de esto; Meyer-Lübke cita la sustitución de
caput por testa por motivos sentimentales, «pero no se &lt;lió cuenta de
la importancia de la cuestión'&gt; (pág·. 28).
• En las páginas 85 y 86 dice Sp.: «Tal vez pensará algún lector que
mi estudio pertenece a la clase de los lingüístico-filosólicos ..... que
sólo contienen espeeulaciones.• Y en la pág. 57: «Temo que el lector
haya encontrado demasiadas dudas en lo que hasta ahora he escrito.•
Por desgracia, los temores de Sp. están algo justificados. En- efecto,
hasta ahora nac!ie ha negado la importancia de los sentimientos en la
evolución del lenguaje;en cualquier tratado de latín vulgar podía haber
visto explicada la sustitución de dom-us por casa, de equus por caballus,
de edere por manducare, el predominio de los diminutivos, etc., según
el método que Sp. cree suyo. Pero, aparte de esto, hay un reparo fundamental contra su estudio. Antes de asignar al afecto ese papel dominante, tenía que haber analizado cuidadosamente los procesos mentales que se dan en la evolución semántica, para aislar lo afectivo de _
lo representativo y de lo ideológico. No basta con decir que lo que
no es anatómico o «k1üturgeschichtlich• pertenece al afecto; multitud
de cambios semánticos proceden de mera asociación de representaciones (viridia)úe1·za), en las que no podemos admitir la influencia
del afecto, a no ser que ampliemos de tal manera el concepto •afecto»
que lo convirtamos en una vaguedad inútil para la ciencia.
CuERvo, R. J.-Apuntaciones criticas sobre el lenguaje bogo.fano. Sex_ta edidón.-París, 1914, 4. 0 , 713 págs.=Como obra póstuma aparece
la última edición de este libro .rdmirable. Cuervo corrigió las pruebas
hasta la página 448; el resto fué revisado por los Sres. Martínez y Hoyos. Nada en realidad cabe decir sobre esta obra, juzgada ya muchas
. veces; siempre sorprende el finísimo tacto con que el autor supo combinar u'n a segura información científica con su intento de mejorar el
habla de los bogotanos. Aguardamos de algún filólogo colombiano una
noticia clara acerca de la influenci3: de este libro en el lenguaje de
Bogotá; tiempo ha habido para que aquélla se ejerciese desde 1874.
Hay en esta edición ciertas erratas nuevas y ·no salvadas: pág. xxv11,
al final, navajta (l. .navajita); pág. 15, al final, peo1· {l. pero); pág. 22
lín. 19, eteromancia (l. heter.), etc. Una novedad de esta edición es que
figura en una introducción general lo gue en la edicióQ quinta eran
introducciones parciales .(véanse ahora, por ejempló, la página 2 1 y la
52 de la edición quinta), habiéndose completado el contenido de_éstas
co¡i algunas ·nociones elementales de fonética y de lingüística que no
constaban en la edición anterior; entre estas nociones, no obstante la
buena información del autor y su tino habitual, aparecen algunos errores tradicionales-articulación de las vo.cales o, u, definición de la síla-

1

�334

ba1 etc. - fácilmente corregibles con el Lelirbuch de Jespersen, por
ejemplo, que Cuervo mismo menciona.
- REvrtLA, M. G., y Qu1JANO, A. - Un dictamen sobre la ortografia fonetzca.-México, Tip. l\llurguía, r916, 8, 0 , 41 págs.=Los autores fueron
nombi:ad0s oficialmente para dictaminar sobre la reforma ortográfica
propuesta a la Dirección Gener-al de Educación, de Méjico, por don
Francisco Figueroa. Esta reforma, pretendiendo establecer una ortografía fonética mejicana, propone que se escriba, entre otras cosas.;
bronse y fufitibo, kuna y eks.elente, llo (yo), !fugo (yugo), tienpo, etc. Bastan estos ejemplos para comprender euán lejos estaría tal escritura de
repre6entar fonéticamente la pronunciación mejicana (comp. A.M. Espinosa, RDR, 1909, I, 207). El dictamen de Revilla y Q"uijano, sobria y
discretamente razonado, reprueba la reforma propuesta, defendiendo,
con acertadas consideraciones de ordeq filológico, pedagógico y político, la conveniencia de que todos los Estados de lengua española
mantengan la unidad ortográfica tradicional, bajo la dirección progresivamente renovadora de la Real Academia.
G1sBRRT, M. DE.-Americanismos. -París, P. Ollendorf, s. a.
L1914?], 8. 0 , 285 págs.=Obra de un aficionado inteligente; no hay plan
ni unidad en ella, pero es útil e interesante. No creemos que el separatismo lingüístico, de que ha habido chispazos en algunas repúblicas
americanas-sobre todo en la Argentina-, merezca todas las páginas
que Toro '/ Gisbert le consagra; hoy parece superada esa cuestión.
Son provechosas las listas de palabras., cuyo orí.g en español se desconoce en América; lo mismo vale de la bibliografía de diccionarios de
americanism0s. Es imperdou.able la falta de un índice; asi el libro
resulta de muy difícil manejo.
ToRO

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

Y

GR0HLER, H.-Über Ursprung und Bedeutung d~rfranzifsi'schen Ortsnamen.- Heidelberg, Winter, 1913, 8. 0 , 377 págs., 1p marcos.= Pocos
datos de este libro interesan a España; casi todo él, como es natural,
está dedicado a buscar el origen y significación de los nombres de
lugar de Francia. Han aparecido reseñas, llO muy favorables, en el
Bulletin de la Société de Linguistique, XIX, 74-7 5 (Meillet), y en Rev_
Lang. Rom., 1915, 336-344 (Ronjat). Al tratar de nombres ibéricos, alude a algunos españoles; es extraño que asigne a -ona en Pamplona
.(pág. 60) un origen galo; Strabón, III, 4, 10, trae 1top.1té'l-wY. El río Júcar
no tiene nada que ver con Sequana, y !JO deriva de Sicanus (pág. 13),
. sino de Suero. Para dar por indudable (pág. 8) el origen ligur de Alba,
habría que tener en cuenta los correspondientes nombres españoles.
¿Por qué suprime Gri:ihler toda rela.ción entre Venasque (Vaucluse) y
Benasque (Huesca)? (pág'. 53).
·

335

LAMANO Y BENElTE, J. nx.-Et dialecto vulgar salmantino.-Salamanca, Tip. Popular, 1915 1 4. 0 , 676 págs.=Libro escrito sin conocimiento
de la correspondiente bibliografía científica; su valor es, en general,
el de los materiales reunidos po1: el Sr. Lamano, siempre que la forma
empírica en que los presenta no impide su aprovechamient~. Pueden
mirarse como poco útiles la introducción y las notas gramaticales.
La antología que viene a continuación contiene textos antiguos y
modernos de la región. En fin, el vecabulario, que oc1.1pa la mayor
parte del volumen, es de gran interés. No hay una separación clara
entre lo dialectal salmantino y la lengua corriente de otras regiones;
las etimologías que acompañan a algunos artículos son muchas veces
inútiles o incorrectas. Pero, no obstante estos y otros reparos, este
vocabulario, parecido en su estructura al aragonés de Borao, prestará
señalados servicios, en tanto que no exista un diccionario· metódico
de la lengua hablada.
'·

AGuII.RRA

Y

ARJONA.----: .Galicia. Derecho consuetudinario. - Madrid,

F. Beltrán, 1916, 8. 0 , 174 págs.= Además del que indica el subtítulo,

este libro comprende otros estudios: Breve .noticia histórica, El caciquismo, La emigración, La romería, Un caso de mancomunidad foral,
Los segadores y La festividad de Santiago en Madrid, relacionados
todos con Galicia. El Sr. Aguilera se ha propuesto vulgarizar las investigaciones de algunos enlditos, especialmente regionales, que han
trabajado sobre el derecho foral gallego, señalando 'sus reladones con
la cuestión social y añadiendo aportaciones personales. Son interesantes las noticias. de folklore diseminadas _por toda la obra y el contrato copiado en la página 110. Puede notarse algún descuido al citar
autores (Sumer Maíne, Yhering, F oustel de Culanges, pág. 13) y ;il escribir ciertas palabras (jropter nupoias, pág. 56 1 rentenguten, pág. 21).
Es arriesgado seguir a Murguía tan confiadamente corno el autor (páginas 49 y 78): véase, respecto a la escasa influencia de los celtas en
Galicia, la magistral Histoire de la Gaule, de C. J ullian, Paris, 1908 1 I,
pág. 308. En conjunto, el libro del Sr. A. realiza sus propósitos clivulgadores, mereciendo que se recomiende su lectura. Acaso no sea
inútil indicar que el trabajo a que el Sr. A. alude en la página 11 ya
se ha publicado. G. S.
lzPIZuA, S. DE. - Historia de los vascos en el descubrimiento, conquista
y civilización de América. Tomo II. - Bilbao, José de Astuy, 1915, 8. 0 ,
xv-354 págs.=Trata el autor en este segi.mdo tomo los capítulos ·relativos a Méjico, Cent}o-América y las Filipinas, y estudia las figuras de
Zumárraga y Mendieta. Bien informado de su asunto, produce una
obra a la que no puede faltar sitio en la biblioteca del americanista.
Si algún error puede señalársele, es el de haber concebi!'lo como obra

�NOTAS BIBLIOGRÁF1CAS

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

de conjunto lo que debió ser planeado como una serie de monografías: los vascos no cuníplieron ninguna labor autonómica en América,
sino que tales o cuales vascos figuran en la labor común de España
al lado de los castellanos. No hay, pues, lugar a una historia de los
vascos en América, sino a una serie de artículos aislados sobre los vascos en América. El autqr exp!a su error teniendo que recontar los
episodios del descubrimiento y conquista, lo cual, en rigor, se sale de
su asunto. El libro es de fácil lectura, y resume gran cantidad de documentos.

ratura mexicana de la época de la independencia, «Anales del Museo Nacional de Arqueo!. Hist. y Etnob, México, 1913, V); resulta, además,
que refleja las dos fases sucesivas de la lírica salmantina: la erótica y
la didáctica (v. M. Menéndez Pela.yo, Hist. de la poesía hisp. americ., 1).
El autor nota, de paso, una reminiscencia hasta hoy no advertida, en
Heredia, de Jovellanos. Las poesías de esta época oscilan entre lo prosaico y lo oratorio. En cuanto al movimiento romántico, sólo hay un
a,somo de él en Heredia, prefiriendo, al aprovechar la poesía ossiánica, la nota misteriosa a la amorosa. Sobre las conclusiones de Menéndez Pelayo, avanza el autor estableciendo, entre Millevoye y Heredia, cuna concordancia, una armo,oía espiritual basada en una misma
interpretación melancólica del mundo físico •. Y quedan, finalmente, las
dos notas personales de Heredia : la emoción sintética descriptiva,
sugerida por los valles de Méjico, y la «poesía civil interna». Piñeyro
sostuvo con razón, contra Menéndez Pelayo, que la nota patriótica
es la esencial en Heredia; comienza por manifestarse como una nostalgia de la patria, que irrumpe por mil partes en sus grandes odas
descriptivas, y acaba en un gran anhelo, íntimo, concreto, de libertad.
Esta conferencia, desarrollada con método seguro y entre ilustraciones oportunas para su público, debe leerse con referencia al estudio
del mismo autor, escrito con anterioridad, pero publicado recientemente: Vida universitaria de Heredia. Papeles inéditos(Cuba Contemporánea, XI, 3, págs. 200 -212), que resume los problemas de la biografía
de Heredia y produce sobre ella nuevas y preciosas investigaciones.
El crítico debe aún darnos un capítulo sobre la situación de Heredia
en la poesía americana y su influencia ulterior. A. R.

336

-

CHACÓN y CALVO, J. M. •- José María Heredia. - Habana, Imp. «El
Siglo XX•, 4.º, 44 págs.=«Son dos mundos esencialmente distintos el
de la poesía moderna y el de la poesía de Heredia. • Sólo el método
histórico-comparado puede darnos el contenido positivo de su obra.
El empleo exclusivo del criterio psicológico o del criterio estético conduciría, en este caso, a resultados más bien negativos. Hay en Heredia un valor actual: su visión sintética en las descripciones y ese matiz
de poesía civil, sin precedentes claros en la literatura, por lo vago,
impreciso y ajeno al procedimiento oratorio, que el conferenciante
llama •poesía civil interna&gt;. Y hay en Heredia un valor inactual: poeta
de escuela y de época, se explica co,n referencia a ellas esa constante
exterioridad en todas las demás notas de su poesía, ora sean amorosas
o patrióticas, y en vano se buscarían en él emociones complejas. Contra
lo que ha dicho la crítica, es poeta sin musicalidad íntima ni verdadero
lirismo. Para la crítica reconstructiva de Heredia, faltan, por desgracia, los materiales, y su biografía ofrece problemas no resueltos. Y de
paso, aprovechando descubrimientos de N. Rangel-que aquí se publican por vez primera -y los suyos propios, rectifica el autor varios
puntos de esta biografía, que redundan sobre el problema de las influencias, y logra señalar tres momentos capitales en la obra de Heredia: «el de su primera estancia en Méjico (época de formación y de
probables influencias humanísticas); el del estudio asiduo de los poetas
salmantinos (este momento coexiste con el primero; pero se extiende
hasta gran parte de la vida del poeta) [Cienfuegos, Jovellanos, Meléndez], y el del inicio de la tendencia romántica (culto al seudo Ossián,
traducciones e imitaciones de Byron, Millevoye, Lamartine)•. Del análisis de estos tres momentos, que el autor bosqueja a continuación
con todo acierto, resulta que la influencia de los poetas salmantinos
la debe al ambiente mejicano de comienzos del pasado siglo, así como
aquel fondo de cultura humanística que descubren sus primeras poesías; un humanismo pálido, pero bastante generalizado todavía, respondía, a distancia, al gran humanismo mejicano del siglo xvm (v. L. G.
Urbina, P. H. Ureña_y N. Rangel, Antología del Centenario, México, 1910,
II, págs. 661 y sigs., y P. H. Ureña, T;aducciones y paráfrasis en la lite-

337

Carta•de población de la étudad de Santa María de Atbarracín, según
el cddice romanceado de Castiel. Estudio preliminar y transcripción de
C. Riba.-Zaragoza, Tip. Carra, 1915, 8. 0 , xvm-254 págs. Tomo X de la
Colección de documentos para el estudio de la historia de Aragón.=
En la Biblioteca Nacional existen dos mss. del fuero romanceado de
Terne], inédito hasta ahora, cuyas signaturas son, respectivamente,
802 y 7812. Este último fué concedido como carta de población a la
ciudad de Castiel. El Sr. Riba reproduce en su edición el 78 r 2, prescindiendo en absóluto del 802, que no menciona. En cambio utiliza
el fuero latino de Teruel, edición Aznar, para llenar algunos vacíos
del texto y para señalar ciertas variantes. Advierte (pág. 1v) que
ha adoptado «la transcripción paleográfica, por ser la más parecida
a la fotocopia, que sería el sistema ideal de dar a la estampa estos
textos&gt;. Pero has.ta cotejar con el original cualquier pá.gina de su
edición para encontrar abreviaturas mal resueltas (peruadol QOr p,·ouadol, pág. 56; omme por omne, pág. 197; maravedises por mº', página 65); -lecturas erróneas (eya por exa, pág. 30; canuara por camia-

�NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

I'

ra, pág. 185; sennera por senna, pág. 186; jiziere por fa ze, pág. 188;
superuelas por sobreuelas, pág. 44; annos por amos, pág. 43); ampliaciones («otro prendado no fuere entroa x dias otra sennal no reciba &gt;
por, «entroa 1x días», pág. 45); supresiones (en la pág. 30 faltan dos
epígrafes); vacilaciones en la resolución de abreviaturas (conprare y
comprare, pág. 169); erratas no salvadas (niernes por uiernes, pág. 35),
etcétera. El Sr. R. no indica cuándo hay puntos de supresión, ni numera las leyes integrantes del fuero, ni las líneas de cada página, l}i
advierte la correspondencia entre su texto y cada folio del manuscrito; en cambio conserva la puntuación original. También se han deslizado errores en la introducción que el Sr. R. ha puesto al fuero. Así
afirma que el fuero de Leó0aes el más antigµo que se conserva (véase
en contra Muñoz, Col. de fueros municipales, pág. 120), y que consta de
30 leyes (en realidad son 48). Proceden tales errores, sin duda, de
haber seguido demasiado confiadamente el estudio de Allen, que precede a su edición delForum Conche. A veces la traducción descuidada
del inglés le hace incurrir en equivocaciones de peso (v. gr., página vu, clas corporaciones municipales ..... se desarrollaron fuera [en
Allen, pág. 5, developed out] del... .. convent-us publicus vicinoi·um~). El
fuero de Log!·oño no data de 1113 (pág. v1), sino de 1095. Es deficiente
la descripc_ión que el Sr. R. hace del ros. que ha utifüado: no dice,
v. gr., a qué época pertenece; por otra parte, las reproducciones fotográficas que acompañan a su texto no dan idea clara de los folios correspondientes. El indice alfabético resulta muy incompleto. Aparte
de estos defectos y de otros no mencionados, el Sr. R. ha prestado
un servicio muy útil a los investigadores, haciéndoles fácilmente accesible un documento tan interesante para la historia del derecho y del
dialecto aragonés. C. S.
LANG, H . R.- Notes on the metre o.f the Poem o/ the Cid. - Romanic
Review, V, 1914, págs. 1-30 y 295-349.=En este largo estudio el erudito profesor de la Uní versidad de Y ale habla poco del metro del Poema del Cid. Para alguna de las otras cuestio.nes que trata, véase aquí
mismo, arriba, págs. 241-244.
La parte que propiamente justifica el título de estos artículos está
sobre todo dedicada a rebatir opiniones expresadas por mí en el Cantar de Mio Cid y a sostener que el metro del poema es de 16 silabas,
según so¡;tuvieron varios, y especialmente J. Cornu. En las págs. 4-5
se_discute el valor de la comparación que yo establezco entre los versos 715-718 y 3615-36r8 del poema. Prescindiendo de las dos o tres
primeras consideraciones, que no tienen valor aparente, diré algo res•
pecto del razonamiento final. El pasado enclinaron y enclinavan de los,
versos 717=3617 apoya, según Lani, la corrección introducida por
Comu en los cuatro versos inmediatos, donde lee embra_¡;a[ro]n y

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

339

embrtlfa[va]n, [e] abaxa[i·o]n, [e] abaxa[va]n. Mas ¿por qué la apoyan,
si no es porque así lo exige el dogma del octosilabismo? Suprímase
éste, y entonces a cualquiera se le ocurrirá que puestos a uniformar,
el tiempo gramatical pasado, que está en minoría en los dos pasajes
en cuestión, no apoyaría la introducción del pasado en los dos versos
citados, sino al revés, debíamos preferir el presente, que está en mayoría. Pero en un texto, cuya narración mezcla continuamente ambos
tiempos gramaticales, no es lícito mudar lo&amp; tieJ1Jpos para favorecer
cualquier prejuicio métrico ni para seguir el criterio de la mayoría.
¿No es una verdadera profanación alterar la regular y coincidente mezcla de pasado y de presente que nos ofrece•el manuscrito en dos pasajes, copiados a tanta distancia uno del otro, que podemos tener la
seguridad de que el copista había olvidado el primero cuando copió
el segundo? ¿Puede cualquier crítica, por poco exigente que sea, creerse autorizada a embutir de sílabas el exasílabo abaxan las lan;as, conservado exactamente en ¡ 1 6 y 3616?
La eficacia de la comparación de estos pasajes y de otros, como
735-741 = 3063-3069, no es comprendida por L. Se contenta con decir
que en ello·s hay octosílabos (cosa que yo noto) 1, y que los versos
comparados no se corresponden siempre exactamente (lo cual nadie
.Pone en duda). L1 eficacia de la comparación consiste en que el que
pretenda probar la regularidad métrica del Mio Cid, debe darnos una
explicación de por qué el copista al trascribir dos pasajes iguales o
semejantes, copiados a gran distancia uno del otro, los alteró con uniformidad tal, que en ambos pasajes a un verso de 7 + 7 silabas sucede
otro de 6+8:

enbra&lt;;an los escudos delant los cora,;;ones
abaxan las lan&lt;;as abueltas de los pendones .....
Estos pasajes, iguales o semejantes, en los que se observa una igualdad
o semejanza de ritmo irregular, no pueden ser reducidos a ninguna
igualdad silábica, aunque se empleasen los procedimientos críticos
más aceptables, sin antes explicar cómo ese copista se podía equivocar
así metódicamente.
Tampoco L. (págs. 6-7 ) llega a estimar la eficacia de una comparación de ciertos versos de Mio Cid con las Crónicas. Hay aquí una
1 Pero cosa que no favorece la tesis de L., p,ues en uno de los pasajes hay
tres hemistiquios octosílabos frente a siete heptasílabos y seis exasílabos. Verdad es que no sabemos cómo L. cuenta sus octosílabos, cuando nos presenta
el v. «3o64 being a ful! romanceline• (!), págs. 5-6. Y me parece que debemos
renunciar a comprender ese sistema métrico, cuando en la pág. 10, n. 22, vemos
que L. encuentra «the use of the romance mette• en esta frase de la Crónica:
«amidos, mas si Dios me diese consejo yo gelo enmendare e gelo pechare todo•.

�340

341

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

NOl'AS BlBLIOGR.-Í.FJCAS

cuestión metódica sencilla en que vale la pena detenerse algo, pues
L. la atropella. Cuando la Crónica al prosificar a su orig.inal poético
destruye un arcaísmo del manuscrito del poema, añadiendo un participio inútil, éste no es de tomar en consideración; se necesita ser de
muy fácil convencimiento para hallar una prueba del metro octosilábico en la mescolanza que hace Cornu del texto arcaico del poema
(v. io17) y de la prosificación dilatada y neologista de la Crónica:
A todos los sos estar los mandó+ mandó que toda su gente estoviesen quedos=A todas suas compañas estar quedas las mandó!! Estos son verdaderos juegos malabares; y a esto llama L. «a very acceptable restoration». Siguiendo esta norma, L. también quiere «restauran algún
octosílabo, y nos da como tal (págs. 7-8) el primer hemistiquio del verso 4 79, apoyándose en la Crónica: [et cogieronse] Fenares. Aquí hay en
efecto ocho sílaba$; pero la crítica menos exigente pide que esas ocho
sílabas sean consideradas dentro del conjunto de donde proceden y a
donde se destinan. El poema dice en sus versos 478 y 479: E desí arriba
tórnanse con la ganancia, Fenares arriba e por Guadalfaiara; y la Crónica: et cogiéronse Fenares a arriba por Guadalfaiara; bien se ve que
la frase adverbial Fenares arriba depende del verbo tórnanse en el
poema, mientras en la Crónica depende del verbo et cogiéronse, que
está en lugar del verso 478; este verso 478 veda, pues, admitir las palabras et cogiéronse, de la Crónica, como si fuesen un olvido del copista
del poema. Esas palabras no merecen fe alguna, siendo un mero efecto
de la prosificación; si yo las omití al citai· la Crónica (por lo cual me
rectifica L.), fué porque quise citar ésta con exactitud, pero no ciegamente, es decir, no introduciendo 1:ma palabra que podría inducir a
yerro al lector que no tuviese delante el texto completo de la Crónica 1. Ésta, pues, nos impide corregir ninguno de los dos hemistiquios del verso 479 en octosilá!:&gt;icos. Si la prosa de las Crónicas coincide unas pocas de veces con el verso del manuscrito de Per Abbat,
aunque no sea exactamente, lo bastante para impedirnos añadir o
quitar ciertas palabras que estorban al octosilabismo o a cualquier
medida regular, tiene una fuerza probatoria evidente en favor de la
irregularidad métrica; las coincidencias Demos salto a el, v. 584, = demos salto en el, Crón., o Ya mei'oraremos posadas, v. 615, = ya meioraremos las posadas, Crón. , impiden correcciones como la de Cornu, Ya

meiora(re)mos posadas (aunque el sentido del pasaje no pidiese mejor
el futuro que el presente, comp. 622; después de un éxito, el futuro
anuncia prosperidad: q 55, .?445 1 .?448, etc.), como no se demostrase
· antes que la Crónica se había servido del mismo manuscrito de Per
Abbat, cosa rechazada por la más superficial comparación. El texto
de la Crónica refleja evidentemente un original poético muy diverso
del manuscrito de Per Abbat, y si coincidía con éste en ciertas irregularidades métricas, es prueba de que ni Per Abbat niel copista de ese
otro texto tenían la menor idea de un metro isosilábico.
Un valor semejante tiene la prueba, que L. combate (pág. rn), fundada en la comparación de un pasaje tradicional análogo del Mio Cid
y del Rodrigo. Si los copistas de uno y otro poema (perdone L. este
nombre, que él niega a la segunda obra citada) no sentían ni comprendían que en esos pasajes famosos se empleaba un metro regular, tan
sencillo, tan sin arcanos y tan connatural a la lengua española I como
es el de romance, es que semejante metro no existía para ellos, y, por
lo tanto, menos existiría para la masa de público que no copiaba poe.mas. Y en estas circunstancias, ¿podría existir ese metro para los autores de poemas destinados a tal público y a tales copistas?
En fin, cabe en lo posible que el metro original del Mio Cid no sea
el que se ·r e vela en el códice único, sino el que cualquier crítico pretenda revelarnos, pero h&lt;1sta a}lora no se pudo defender el octosilabismo del poema con ningún argumento positivo, sino con ideas a
priori, y mediante la invasión a sangre y fuego que con sus ejércitos
de correcciones llevó a cabo en el texto la crítica de Cornu, resuelta,
como los conquistadores antiguos, a degollar a todo aquel que exceda
la medida de la espada conquistadora. Con las mismas armas y la misma paciencia de Cornu otro cualquiera podrá reducir el texto al metro alejandrino, cob. más facilidad aún 1, o a otra cualquier medida.
Pero tal crítico, o refundidor, debe tener en cuenta que, después de
acabar con el Mio Cid, no habrá hecho nada si no prosigue su tarea con
el Rodrigo y después con los fragmentos poéticos de los l~fantes, con

1 Lang me atribuye además que no cito bien la Crónica a propósito del verso 1o61,[Cid] mandadnos dar las bestias, donde descubre él otro octosílabo. No
tiene razón en la censura, pues la palabra Cid figura en mi cita (pág. ro66 de
Cantar de Mio Cid). Pero siento que no tenga razón, pues la palabra Cid no
debía yo de haberla citado a propósito del verso rn6r, ya que prosifica el vocativo del verso anterior, rn6o. 'Fambién este octosílabo se nos deshace entre
las manos cuando leernos la Crónica y no una linea de la Crónica.

1 En un texto que ofrece versos de las más diferentes medidas podrá tornarse la comparación de pasajes irregulares análogos corno prueba de la irregularidad original, pero no se podrá trasferir la medida de unos pasajes · a otros. Así,
el bum Campeador, 236, 559, 594, 1916, 1931, io14, 3340, al bum Campeador, 285,
1354, 1890, 1.904, a pesar de su abundancia no nos autorizan para proclamar el
metro alejandrino y quitar la palabra Cid en los casos sueltos: d buen (:id Campeador, 1663, al bum (;id Campeador, 3og6. Lo mismo cabe decir de tos del Ca11~peador, 2284, 3534, 3556, 3571, 3589, 371.?, frente a los del buen Campeador, 3550,
36g5. No hay, pues, aquí recurso crítico alguno; pero si lo hubiese, ¿se concebiría jamás que fuese aplicable en (avor del metro octosílabo? Y sin embargo, a
Comu (Étud. rom. dédiées a G. Pari:s, 1891, pág. 448) le sirve la comparación de
esos versos para fabricar octosílabos a docenas.

�342

el Velat ab'iuna, con Elena y María, con Santa María Egijczaca ...... y
creo que se cansará antes de convencemos que todos los copistas de
estas obras eran uniformemente incapaces de sentir un metro isosiláb-ico.
,
El prurito que maniliesta L. de descubrir contradicciones en Jos
autoi;es que dlscute le lleva a achacarme a mí unas cua~tas, que no
llego a comprender, y espero que tampoco compreuderá el lector que
tenga la paciencia de rnirat las páginas de mis obras que L. cita 1.
Empero como no pretendo condenar al lecfor a este trabajo de averiguación, explicaré aqu[ una de esas contradicciones, por su real importancia para el metro del Mio Cid, que es de lo que aquí se trata.
L. me imputa reiteradamente (págs. 14 y 26), y no sin cierta acritud,
«tres o más afirmaciones cont.radictorla;s respecto a la proporción en
que los octosílabos se conservan en el poema•. Son éstas, según L.:
en la pág. 28, n . 1 del Cantar de Mio Cid, hablo de «los pocos octosílabos del cantan; en la pág. 32 digo que el mismo metro está representado, cuando más, por un 15 º/ 0 del n,úmero total de hemistiquios; y en
.fin, en la pág. 99 afi!'mo que los heptasílabos se dan en la proporción
de un _39 °/0 , los octosí'labos en la de un 24 °/0 , los hexasílabos en la de.
un 18 º/ 0 , etc. En efecto, •tres o más afit-maciones contradictorias~ se·rían una ligereza capaz de desacreditar cualquier trabajo; pero antes
de achacármelas, sería bueno reflexionar que la primera de esas afirmaciones no cbntradice a ninguna de las otras dos, y acaso se débiera
pensar benévolamente que el 15 °/0 podría ser uua errata. Pero no hay
tal errata, y sólo tengo .que lamentar aquí, como en todo el estudio
de L., la escasa atención con que éste lee y cita las ol;iras que censura. En la pág. 28 escribo realmente: elos pocos versos octosílabos
del Cantar•; L. ha eliminado, pues, en su cita una palabra importante
de la frase. En la pág. 3•2 digo: •se necesitaría U:n prodigio de mala
memoria y de mal oído ..... para recordar hasta 4000 versos y recorda1'los uniformemente mal, dejando cuando más, de una misma medida,
apen_a s un 15 por 100»; hablo, pues, de versos, y L. me·achaca &lt;15 % of

1

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

NOTAS 'EílBLJOG.RÁFlC,A.S

Lang, para 0btener una-de estas contradicciones, llama resueltamente a

Elena y Maria •a clerkly work_,, pág. 15, n. 41, sin cimócer la obra (v. Rev. de
Filul., I, págs. 77 y 93). Respe~o de las págs. 8-9 de L., debe tenerse presente, en

primer lugar, que la nota 20 revela incomprensión del texto que cita (comp. página 14, donde toma •octosilabismo. predominante, como sinónimo de octosilabismo regular"!), y en se·gundo término, que yo estuve un tiemp0 ba~tante inclinado
hacia la doctrina de Cornu, pero la abjuré después, c0mo digo en la pág. 82, n. 2
del Cantar. Por lo demás, debo agradecer al SF. L. el haberme corregido en la
pág. 12, n. 31, una falsa apreciación que hago en el Cantar, pág. 205 2., sobre el
uso de las formas fient_y fiiento,; la apócope ¡¡ient s.e halla, como indica L., en los
versos 513, 805, n29, 1234, 1274, 1743.

+
1

343

the total nurnber of hemis'ticlm (jwguese ahora la desapari.ción de la
palabra versos en la cita de la pág. 28) . En fin, en las págs. 99-100 doy
la misma proporción de un 15 °/ 0 (exactamente un 15 1 19 %) para el
número de versos más usados, que son los de 7 + 7 sílabas, cosa que L.
omite, y la doy al lado de la proporción de un 39 º/ 01 de un 24 %, etc.,
para los heniistiquios de 7, de 8 silabas, etc. Resulta, pues, que las «tres.
o más afirmaciones cdn.tradlctorias ..... • no e;r,;isten sino en el embrollo
de las citas hechas por L.
Contra otra afirmación mia (Canta,·, págs. 85 -86) de que en la versificación épica el asonante y la parágoge se constituyeron antes que
la medida regular de las sílabas del verso, hace L. en sus páginas 16-18 consideraciones vanas, tarda vez q_ue confunde las prosificaciones del Mio Cid en las Crónicas con _los fragmentos poéticos de los Infantes de Lara que inserta otra Crónica; por lo cual no
da a éstos el debido valor. Ade1Dás, cuando aduce opiniones 1para
mostrar que -el ritmo es elemento primordial de la poesía, y -no el asonante, conful:lde lastimosa¡nente el ritmo con el metro y, sin duda,
pretende hacer la palabra metro sinónlma de isosilabismo, pues de lo
contrario sus largas citas no tendrían razón de ser.
Despué"s de cálculos tortuosos que no vale la pena discutir, L.
modilica algo ciertas proporciones que yo doy respecto a los di ver-.
sos metros que se hallan en el poema. Los hemistiquios ht;ptasílabos están, según Lang (págs. 27 y 13), en la proporción de u·n 33 %
(yo, 39 °lo), los octosílabos de un 28 % (yo, 24 %), los pentasilabos
de un 5175 º/ 0 (yo, 6182 º /o), y los versos de 8 + 8 son unos 267, o sea
están en la proporción de un 7 °/0 (yo, 5,68.0 / 0 ). L. reserva para otra ocasión informarno-s acerca del método suyo de contar las sílabas, y arriba
hemos visto que tal método nos es por demás arcano en algunos casos.
Pero de cualquier manera se ve que, aunque las proporciones obtenidas por L. varían ~e las mías, no es su variación en modo alguno
de tal naturaleza que sirva para inclinar el ánimo a la opinión de un
metro isosilábico, y mucho menos a la opinión de que el metro de 8 + 8
fuera el original, tóda vez que el he,ptasílabo predomina siempre sobre
el octosílabo. Ante este callejón sin salida, L. cree podemos a.firmar
(págs. 28-29 y 30 1) que de todos modos el poema se compuso en v_erso
de 8 + 8, tradicional siempre en España, y que poc-o después de su
primera redacción, probablemente entre 1150 y 117 5, fué refundido,
acaso por un monje de Cardeña, en el molde del nm:vo metro alejandTino importado de Francia. El apoyo que L , busca para su hipótesis es. éste; el verso alejandrino es tardío én las chansons franoesas,
pues aparece por plimera vez en Le Peltrinage de Charlemagne, ob_ra
que se cree escrita entre I I :i-5-11 50, es decir, coetánea de Mio Cid; no
puede hallarse, por tanto, en la primera redacción del poema español
de hacia el año 1.140, y tuvo que entrar en una refundición del mismo.

"

�344

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

. francesa p ara generalizar
blo de influencia
Pero obsér:vese que yo ha
d
. una base heptasílaba, a la
metro da ©, smo
·
en la épica española, no un
fr
s. no sólo el alejandrmo
dos metros ancese .
que podían fav'orecer
. de S+7 (Cantar,págs. 101-10:i
de 7 + 7 sino también el metro ar~¡¡,1~0
es por varios c::riticos coloy 95-96)'. Además, la fecha del P,ele e~inlagexn sino en el primei:o, miend uarl:o d s1g o '
1
cada, no en el segun oc
. lo xr y claro es que, aunque e
tras otros la remontan hasta el s1g . , l Mio Cid podía haber in,
poco anterior a
'
poema frances fuese muy
también hay que tener en cuenta ~ue,
fluído en su metro, y, en fin,
ervada que usa el aleJanl rimera chanson cons
aunque esa obra sea a P
.
escrita en ese metro.
sea la primera
.
l
drino, no es de suponer que d'd
ue L- cree podría regularizar e
Para el uso de la sílaba ~er ~da,;:_ ley. Romanic Review, VII, 1916,
metro del Mio Cid, v. S. Gnswo
or e 'se aceptase indebidamente
Págs 43-44. Nótese, además, que, aunqu lar "uedarían aún fuera de
·
.
t ·1 bismo regu , '1
ese último refug10 del oc os1 .ª
l
so·s del manuscrito, de modo
6 º/ de os ver
.,,,
la medida 8 + 8 como un o º '
se aco e a tal recurso. R. fü.eg
que poco hab ría ganado la teona que
n!ndez Pidal.

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ticá:Jexig'rafía, etimología~ fonética y morfolQ'gía. Escritura: dJctado y eJerticios.cte·
red~cción._ ._0tto1ogía.: ¿~etura, recit~ción- y bde~~a_ci9p.aAn~li~is.❖ c_o:qiposición or¡¡J y

conv~rsirerones _ecJ.l(C:ittvas. Antologia ürozo~ ~scog,dos) : ;'Pcal;lulpm, F.olkfor.e cast!•
b1bliográfica·s de obrn,:- I))o'd_emas ,de filo.logia,
_. ca_stellana. - M,a&lt;).ri¡:I, 1mp. de_I~· •Revi5!;1.Cde Archiv-os:., 19I6, 4.", 381 pág~., 5 ptas. .
CanfbYur satiridt vaftnciá;dels segt~s :XJ"x)[,Vl, pub]li¡¡¡t ab Un-á intr-0d;ucció y notes,
f per R:tifiquel y,PI~as,,...=ffar~lorial H?el -Qiró, 19-u,,8."1 x~v.i-376-págs. y facsímiles, 20--ptas. .• •
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~ ;;,aleman,1. Prólago· del ,Excmo. Sr. D. F. Rodr¡guez ·Jtfatjñ. - Barc-elona, Subirana, f9r6,

twlano y parerru
_ ologia: reJra,n~s. Jiotas.

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fol.,_453 págs,'. ,
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F1cUEIREtlo, F. DE.··~ Chal'.acÚri¡ttcs óf porturf.tése literatt/f"é_ A translatioi¡ Jrotn the ·
portaguese by C.
J. dos -S·antps.-&lt;::oi,
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r916, 4.º, 4·3 págs.
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~guel P~rez n9varnent ptil:Hicada per.R.·Mic¡uel Flabassegons la ~dic'tq de fany 14820--,:.
. Barcelona, L'AY,f;n1,n 19n, 8. 0 , xx-300 ~·ágs:, 16 pta5: -'
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The MacrruUan._Cº, r9r5, 8. • ro7 pags..
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•. HAÚFF, W, ::-- :Et ,califa Cigüeña.. J ·9tros -&lt;;_uep.t?s-4i; ·W.'J:}:¡¡uff, narrados- porJ{..M.
Tenr'eiro, -ilustraciones de P. Muguni2a. - Madm:l, .&lt;La Lei;:,t ura,, 1916,_8.º, f-42 págs.
c.. (Bil:llioteca· Ju~nítid.)
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Revue. de. l'Enseigu,el;l)eµt des Langues Viv,artte_s,--'- BarisJ 1916? XX,'{I(I, 7- _
Reviie ¡fispanique, -,'Parisa, 1916, Xl{X:VI, 91. i, ·
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Rivista Siliricaltaliana. -Firenze,1916; VIII, 3. The RÓ:manic•Rev'itw. ~ Lat;1~aster,,PA, 19t6, VJI, 1-2.
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Unión lbero-Arn-erícána".'- Madrid, 1916, XXX, 2:8.
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·1vl-d.dern Langicage -Assoctalipn uf Ameri~a} se' envían ~rimesfra1ru ente. gratis-a _
l9s"' sótio; ; sé vendeñ'arazón' &lt;le iin. dólar P9l'~ad;¡__númeti/ ~µ,elfo-y tré's d:ó./1arefyox 'to~o, ,compu6lto af i,u ; tr9 ,nJÍllle.i:o's. Eo,'\~stis ().11bHclictories iparecen, artJpilqs relaciob~?os con ia~·'.,l iteratul'a_s

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Cbronlgues ,MDiyersitalres,. Nouveltes
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Rece4tly Recove,red ;!¡Iauú~crip._ts- _~t' St J,Ql~s Collegr-, Pxford. By F. J,, BOAS.
'l'-t:éciosité' 'áftér 1,;es Préeteuses nd1cules. m. Uy A~Tf(UR TILLEY- - ·
Maditqiii d¡;-S1;\\.eÍ,,H.:t. Robin.son et Gotithe. J3y Ju.N-J'dARl'r: ·el\.R'\l'!ÍDeuts&amp;e Pros~ragiiiente, dEtS XIt I!l-hrhundar_ts, 1¡/ ByR. PRmescH.
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~ ,lía~Pr9logo ,yrwfas pót'I'.&gt;:'Awét~co2 Chstto.
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Qu1i,uiro:'- .1Jor "suenos,, Tomo I. frologo y I,iotas por D~uijo Ce¡a&lt;ior. -·

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La pri.mera "ób'ra, edítadá•por D •. R. M~~-n5ie¡; .Pid{ll f D.ª M3:;ia Goy'rj
" de Menéndez_Pi~'a·I, es La,.;-,Sernina-de _la ·Ver':' de ·Luis V~ez'.de~Guevara,
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según el man.uscritp áutóg.rafo de _la:-~isma. "Est~ c~media, .q ue P';rmanecla
,,
injustamelJtC inédita, tiene gran ·impo:x;~au:ia, conSi&lt;!era~a d~ntm de_ la J?fO- ducqórt de Véie~, pues es u na (le sus _m1:;)ores i::one~pc10nes dramáticas. Es. .
también ·¡m~orfante paraJ&lt;1, ·ht§t tiá d~l featro-':la.españoJ; por las. r:elatioñ~s .,
que prese"!_ta ·esta -obra ~o; ~trá'.s, viniendo .a:·for,mar pa'i:,te de un ªbundante_,
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Acgmpafian a fa ~oq¡_eilia .un far.go estud~o, !jotas, atjatator-!í1s de voc~ y
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Reproduceión deJa edición. prinsi.ge 9-el afio .J5~5publica:da por.Paula Bláiichard-D&lt;;mouge. '

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parte, -~xix-J6I pfgs;~(;~~y:olum~t;i,, 15 pJas.
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Hace varios años, al estudiar la prosodia de Berceo, me
formé la idea de que la sinalefa no se encontraba en las obras
del poeta. No desconocí el hecho de que el metro a veces
exigía la supresión de alguna vocal, pero opiné que en tales
casos el fenómeno que se presentaba no era la sinalefa, sino
la elisión~ Se halla, verbigracia, el hemistiquio de aquesta su
calaña (S. Oria 52); pero existe dagora (Sacrificio 93), daquel
(Milagros 6 I 3), dalfag,a (S. Millán 37 4), y luego se puede suponer que Berceo pronunciaba daquesta. Se halla triste, mano en
massie/la (Duelo 34); pero se descubre en otra parte sedieman
a maziella (S. Millán 209), y luego podemos leer triste, man
en massiella. La edición de La vida de Santo Domingo de Silos,
publicada por Fitz-Gerald (París, Í904), la que di6 al texto de
esa poesía una base más sólida, ha corroborado mi conjetura.
Después de la publicación del texto del manuscrito de
París (P) . en la e&lt;;[ición de Morel-Fatio (Dresden, 1906), el
Libro de Alejandro merece ser consultado en la cuestión del
hiato y de la sin;ilefa. Comparando la edición de Janer (Bibli0teca de Rivadeneyra 57), la que se funda en el manuscrito
del duque de Osuna (O), no alcanzamos hasta el original del
TOMO III.

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                <text>Fundada en 1914 por Ramón Menéndez Pidal, es la revista más antigua de todas las publicadas por el CSIC. Cuenta con edición impresa y comienza a estar disponible online en 2007 en formato PDF. Los contenidos anteriores están igualmente disponibles en ese formato.</text>
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            <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaBasica&amp;bibId=1785023&amp;biblioteca=0&amp;fb=&amp;fm=&amp;isbn=</text>
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      <name>Dublin Core</name>
      <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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              <text>Revista de Filología Española, 1916, Tomo 3, Cuaderno 3, Julio-Septiembre </text>
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              <text>Menéndez Pidal, Ramón, 1869-1968, Director</text>
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              <text>Filología española</text>
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              <text>Fundada en 1914 por Ramón Menéndez Pidal, es la revista más antigua de todas las publicadas por el CSIC. Cuenta con edición impresa y comienza a estar disponible online en 2007 en formato PDF. Los contenidos anteriores están igualmente disponibles en ese formato.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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