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                  <text>�D.R. 2022 © Aitías. Revista de Estudios Filosóficos, Vol. 2, No. 4, julio-diciembre
2022, es una publicación semestral editada por la Universidad Autónoma de Nuevo
León, a través del Centro de Estudios Humanísticos, Biblioteca Universitaria Raúl
Rangel Frías, Piso 1, Avenida Alfonso Reyes #4000 Norte, Colonia Regina, Monterrey,
Nuevo León, México. C.P. 64290. Tel.+52 (81)83-29- 4000 Ext. 6533. https://aitias.
uanl.mx Editor Responsable: Dr. José Luis Cisneros Arellano. Reserva de Derechos
al Uso Exclusivo 04-2022-020214040400-102, ISSN 2683-3263, ambos ante el
Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de
este número: Centro de Estudios Humanísticos de la UANL, Mtro. Juan José Muñoz
Mendoza, Biblioteca Universitaria Raúl Rangel Frías, Piso 1, Avenida Alfonso Reyes
#4000 Norte, Colonia Regina, Monterrey, Nuevo León, México. C.P. 64290. Fecha de
última modificación de 01 diciembre de 2022.

Rector / Santos Guzmán López
Secretaría de Extensión y Cultura / José Javier Villarreal Álvarez-Tostado
Director de Historia y Humanidades / Humberto Salazar Herrera
Titular del Centro de Estudios Humanísticos / César Morado Macías
Director de la Revista / José Luis Cisneros Arellano
Autores
Mario Teodoro Ramírez
Quentin Meillassoux
Misael Ceballos Quintero
Gerardo Flores Peña
Adrian Johnston
Óscar Omar Márquez
Raúl Reyes Camargo
Raúl Jorge Alberto Rodríguez
Editor Técnico / Juan José Muñoz Mendoza
Corrección de Estilo / Francisco Ruiz Solís
Maquetación / Enrique González
Se permite la reproducción total o parcial sin fines comerciales, citando la
fuente. Las opiniones vertidas en este documento son responsabilidad de
sus autores y no reflejan, necesariamente, la opinión de Centro de Estudios
Humanísticos de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
Este es un producto del Centro de Estudios Humanísticos de la Universidad
Autónoma de Nuevo Léon. www.ceh.uanl.mx
Hecho en México

�Aitías

Revista de Estudios Filosóficos
http://aitias.uanl.mx/
Realismo Integral
Para una Teoría Neorrealista de la Subjetividad
Integral Realism
For a Neorealist Theory of Subjectivity
Mario Teodoro Ramírez Cobián https://orcid.org/0000-00032146-7374
Universidad Michoacana
de San Nicolás de Hidalgo,
Moscu, Rusia

Editor: José Luis Cisneros Arellano Dr., Universidad
Autónoma de Nuevo León, Centro de Estudios Humanísticos,
Monterrey, Nuevo León, México.
Copyright: © 2022. Ramírez Cobían, Mario Teodoro. This is
an open-access article distributed under the terms of Creative
Commons Attribution License [CC BY 4.0], which permits
unrestricted use, distribution, and reproduction in any medium,
provided the original author and source are credited.
DOI: https://doi.org/10.29105/aitas2.4-43
Recepción: 06-11-22
Fecha Aceptación: 11-11-22
Email: marioteo56@yahoo.com.mx

�DOSSIER
REALISMO Y MATERIALISMO HOY
PRESENTACIÓN

A 12 AÑOS DEL REALISMO
ESPECULATIVO.

Gerardo Roberto Flores Peña

El Dossier que hoy presentamos, y que es fruto del
esfuerzo de varios autores y traductores, constituye una modesta
contribución al estudio del movimiento denominado “realismo
especulativo”. Desde 2007 a la fecha, la atención en nuestros
países hispanohablantes a los autores de la constelación de
este movimiento ha ido creciendo. No sólo por importantes
traducciones como Después de la finitud (2015) de Quentin
Meillassoux en 2012 por editorial Caja Negra así como la
colección de artículos traducida bajo el título de Hipercaos (2018)
en la editorial española Holobionte las diversas traducciones
de las obras de Harman al español, que entre las más recientes
está la que se coordinó con la Universidad de Guanajuato en
México Escaramuzas: con amigos, enemigos y neutrales (2022)
y Arte y Objetos por otra editorial española llamada Enclave de
Libros; y la reciente traducción de Nihil Desencadenado (2019)
de Ray Brassier en la editorial española Materia Oscura; sino
también gracias a una atención más creativa y propositiva en los
círculos académicos hispanoparlantes que aquella que solo se

�contentaba con replicar los contraargumentos fenomenológicos,
hermenéuticos, analíticos, etc. que sus contrapartes inglesas,
americanas o francesas ya habían defendido.
En México sin duda la introducción del realismo
especulativo se debe a los esfuerzos del Dr. Mario Teodoro
Ramírez Cobián, quien desde 2014 lleva una amplia campaña de
difusión que hoy suma más de una decena de artículos sobre
conceptos y planteamientos de Meillassoux, Harman, Maurizio
Ferraris y Markus Gabriel. Y que produjo uno de los textos que
es hoy referencia en nuestra lengua para entrar al estudio de
estos autores, El Nuevo Realismo: La Filosofía del Siglo XXI
de 2016 donde se presentaron las primeras traducciones de texto
de Meillassoux, Harman y Gabriel. He tenido la fortuna de
acompañar este empeño desde el comienzo, y como participante
y estudioso en el tema, la tarea que me he propuesto ha sido
la difusión de este nuevo pensamiento filosófico. Gracias a un
grupo de jóvenes investigadores hoy podemos decir que hay una
lectura crítica, rigurosa y propositiva del realismo especulativo, el
nuevo realismo y los nuevos materialismos que ha logrado trazar
su propio itinerario teórico, como lo demuestra el reciente libro
de Karla Villapudua Nosotras las brujas. de la editorial Lapicero
Rojo. Se han organizado casi una decena de coloquios en nuestro
país para discutir los alcances y el sentido de esta nueva tendencia
en filosofía. Pero constantemente uno choca con que lo que hace
mucha falta es la perspectiva histórica.
Esperamos que esta “recepción” pueda convertirse más bien
un diálogo franco y abierto con filósofos y filósofas que siguen
vivos, que siguen produciendo, quienes como Harman, Ferraris
y Gabriel, están abiertos al debate público de sus ideas. Lo que
presentamos hoy entonces es un intento de continuación de
este diálogo. El lector o lectora tendrán entre sus manos dos
traducciones, una del artículo “Iteración, reiteración, repetición”,
conferencia inédita dictada por Quentin Meillassoux en 2015 en
la Universidad de Berlín, y que hasta ahora sólo había circulado
en su versión inglesa, traducida por Rober MacKay; presentamos

�también una traducción de un pequeño texto programático de
Adrian Johnston titulado “Puntos de libertad forzada” donde
el autor norteamericano sintetiza su propuesta de materialismo
trascendental, que debe y puede ser leída como una respuesta
crítica y rigurosa a la versión de Meillassoux de materialismo
especulativo. La obra de Johnston es casi completamente
desconocida en nuestros países fuera del estrecho círculo de
estudiosos del psicoanálisis marxista, o el marxismo psicoanalítico.
En el ánimo del diálogo presentamos también dos artículos,
no podía faltar uno de quien, como he señalado, constituye el
referente obligado de la recepción, discusión y desarrollo de
estas ideas, Mario Teodoro Ramírez, titulado “Realismo Integral”
donde el mexicano complementa un gran faltante en las teorías
de Meillassoux, Harman y Gabriel en particular que es una teoría
de la subjetividad, siguiendo los postulados y concepciones de lo
que él ha tenido a bien agrupar bajo el nombre de neorrealismo.
Finalmente, ningún diálogo está completo sin una comparativa
crítica desde lo estudiado en esta región, aquí el aporte de Oscar
Omar Márquez en su artículo titulado “La ontología trágica de
Miguel de Unamuno y la ontología de la in-razón de Quentin
Meillassoux” toma como pretexto un motivo existencialista para
apropiarse de la propuesta de Meillassoux.
Esperamos que el trabajo aquí presentado sirva a presentes
y futuros investigadores e investigadoras a apropiarse de esta
novedosa constelación de conceptos, propuestas y argumentos,
a fin de crear un diálogo vivo, activo y riguroso con uno el que
ya puede ser denominado el primer gran momento filosófico del
Siglo XXI.
Morelia, Michoacán, noviembre de 2022.

�Realismo Integral

REALISMO INTEGRAL

PARA UNA TEORÍA NEORREALISTA DE LA
SUBJETIVIDAD

INTEGRAL REALISM

FOR A NEOREALIST THEORY OF
SUBJECTIVITY
Dr. Mario Teodoro Ramírez Cobián1

Resumen
Dentro de las diversas posturas sobre el realismo en la discusión
filosófica actual, propongo aquí lo que llamo realismo integral,
como una alternativa que pueda incorporar la dimensión o el
problema de la subjetividad en una teoría realista general. Asumida
la crítica al subjetivismo (y subjetualismo) de la filosofía moderna
y posmoderna hecha por el realismo especulativo, particularmente
por Quentin Meillassoux, considero que, no obstante, es necesario
distinguir todavía entre una teoría de la experiencia —perceptiva,
científica, histórica—, que puede sostener tesis correlacionistas, y
esta misma experiencia en su realidad efectiva, pensada de acuerdo
con los principios de un filosofar realista. Como consecuencia de
esta perspectiva, ofrezco brevemente una reconstrucción en clave
realista de los tres momentos del proceso de la subjetivación.
Palabras clave: realismo especulativo, fenomenología, MerleauPonty, misticismo, belleza, Meillassoux, metafísica, ontología.
1

Doctor investigador de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

Aitías.Revista de Estudios Filosóficos.
Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 1-38

1

�Realismo Integral

Abstract
Within the various positions on realism in the current philosophical
discussion, I propose what I call integral realism, as an alternative
that can incorporate the dimension or the problem of subjectivity
in a general realist theory. Assuming the criticism of subjectivism
(and subjectualism) of modern and postmodern philosophy made
by speculative realism, particularly by Quentin Meillassoux, I
consider that it is still necessary to distinguish between a theory
of experience —perceptive, scientific, historical—, that can
support correlationist theses, and this same experience in its
effective reality, thought in accordance with the principles of a
realistic philosophizing. Due to this perspective, I briefly offer a
realistic key reconstruction of the three moments of the process
of subjectivation.
Keywords: Speculative Realism, Phenomenology, MerleauPonty, Mysticism, Beauty, Meillassoux, Metaphysics, Ontology.

Aitías.Revista de Estudios Filosóficos.
Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 1-38

2

�Realismo Integral

Introducción
En este ensayo expongo algunos aspectos de la discusión que
se está dando en el campo filosófico en torno a la corriente del
nuevo realismo, llamado también, de forma mas precisa, realismo
especulativo2, en cuanto el término “especulativo” —racional,
conceptual— marca la diferencia específica de este realismo con
otros habidos en la historia de la filosofía y en la filosofía reciente,
los cuales normalmente quedan asociados a alguna forma de
empirismo, positivismo o naturalismo. El realismo especulativo
consiste en la pretensión de recuperar el primado de la ontología
en la teoría filosófica y la crítica a lo que Quentin Meillassoux
caracterizó como el “correlacionismo” de la filosofía moderna3,
es decir, el atenerse de todo pensamiento filosófico, ya analíticoepistemológico o fenomenológico-hermenéutico, a la correlación
sujeto-objeto, negando así toda posibilidad de ontología en
un sentido fuerte, esto es, al modo aristotélico (pero sin ser
aristotélicos), como filosofía del ser en cuanto ser. La postura
neorrealista tiene como efecto la crítica general al subjetivismo4
dominante en la filosofía moderna y posmoderna. Aceptando la
validez de esta crítica, consideramos, no obstante, que resulta
necesario un replanteamiento del problema de la subjetividad, es
decir, de la posición de la realidad humana en el horizonte del
pensamiento ontológico-realista. Ya no somos subjetivistas, pero
seguimos siendo sujetos, o algo así.
Para acercarnos a lo que podemos llamar una teoría
neorrealista de la subjetividad propongo, entre otras cosas,
2
Algunos de los textos de presentación del nuevo realismo son: Harman
(2018), Benoist (2018), Castro (2018), Ramírez (2016), Ferraris (2013), Bryant y otros
(2011), Collapse III (2007).
3
“Llamo ‘correlacionismo’ al contrincante actual de cualquier realismo. El
correlacionismo tiene diversas formas en la modernidad, pero particularmente las de
la filosofía trascendental, las variedades de la fenomenología y el posmodernismo. Aun
siendo extraordinariamente variadas en sí mismas, todas estas corrientes comparten,
según creo, una resolución más o menos explícita: no hay objetos, ni eventos, ni leyes,
ni seres que no estén siempre correlacionados con un punto de vista, con un acceso
subjetivo”. Quentin Meillassoux, Hipercaos (Salamanca: Holobionte, 2018), 23.
4
Meillassoux, Hipercaos, 38.
Aitías.Revista de Estudios Filosóficos.
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3

�Realismo Integral

retraernos a la filosofía fenomenológico-existencial de Maurice
Merleau-Ponty, en cuanto ella puede ser reinterpretada y
reconstruida en términos cercanos al nuevo realismo. A través de
una filosofía de la percepción, la corporalidad y el ser sensible,
el pensador francés buscó alejarse de la filosofía de la conciencia
dominante en la fenomenología clásica5. Dentro de las varias
teorías de la subjetividad de la filosofía moderna y posmoderna,
destaca la de Merleau-Ponty por su rechazo a cualquier forma de
introspectivismo y de concepción sustancialista de la subjetividad.
El filósofo francés buscó llevar hasta sus últimas y más específicas
consecuencias la concepción heideggeriana del “ser-en-elmundo”. Para él, la subjetividad está siempre ligada a un tipo de
realidad, a un estrato de lo real. Pues, “¿cuándo, dónde y cómo
existió jamás una visión del interior?”6, preguntaba con ironía. En
la senda de la fenomenología merleaupontiana, Étienne Bimbenet
ha desarrollado una antropología fenomenológica de corte realista
y Claude Romano ha propuesto un realismo fenomenológico del
mundo de la vida. Haré referencias a algunos de sus textos.
Ahora bien, la elaboración de una teoría neorrealista
de la subjetividad requiere inicialmente el replanteamiento del
concepto de realismo. Llamo a este replanteamiento realismo
integral7, como alternativa a las diversas posturas de realismo que
se han presentado en la filosofía reciente. El objetivo básico de un
5
Para bibliografía reciente sobre Merleau-Ponty puede verse: Dalissier (2013),
Bimbenet (2011), Ramírez (2013), Bimbenet (2004).
6
Maurice Merleau-Ponty, Fenomenología de la percepción (Barcelona: Península,
1977), 37.
7
Juan David Garía Bacca, Sobre Realismo. Tres ejercicios literario-filosóficos
(Barcelona: Anthopos, 2001), 7. La expresión “realismo integral” la usó, en un sentido
un poco distinto del aquí usado, el creativo filósofo venezolano de origen español,
Juan David García Bacca. Su definición de lo real cae en el marco de lo que el realismo
especulativo llama correlacionismo, aunque se trata de una correlación plenamente
horizontal e interactiva. Dice García Bacca: “Es real (con realismo integral) todo lo que
yo hago que tenga que hacer acto de eficiencia ante y para mí; y que, a la vez, hace él
que tenga yo que hacer acto de eficiencia sobre él”. El realismo integral de carácter
ontológico-especulativo que aquí asumo no depende de algún tipo de actos del yo, como
el que plantea García Bacca. El yo, la subjetividad no es, como ya lo decía Deleuze, más
que un “efecto” de procesos ontológicos. Se trataría, en todo caso, de un yo capaz de
estar a la altura del Ser y no al revés.
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4

�Realismo Integral

realismo integral consiste en incorporar a una reflexión filosófica
realista la dimensión de la subjetividad, tanto en la vida sensible,
como en el saber científico y en la vida histórico-social. Hablaré
así, desde una perspectiva cercana a la fenomenología de MerleauPonty (que considero una fenomenología realista o cuasi-realista),
de tres niveles del realismo: el realismo perceptual, el realismo
científico y el realismo histórico-antropológico, y de sus relaciones
e interrelaciones con el realismo ontológico-especulativo, tal
como es concebido particularmente por Quentin Meillassoux y
Markus Gabriel. Me ocuparé enseguida del concepto de realismo
integral para arribar después al planteamiento, más en ciernes
que acabado, de una teoría neorrealista de la subjetividad. Al final
presento una breve conclusión de lo aquí expuesto.
Realismo integral como realismo plural, transversal y circular
Además de las diversas posturas que podemos encontrar dentro
del nuevo realismo —el realismo o materialismo especulativo de
Quentin Meillassoux, el nuevo realismo o realismo ontológico
de Markus Gabriel, la ontología del objeto de Graham Harman,
etcétera— existen y han existido otras formas de realismo en la
filosofía contemporánea reciente: el realismo científico en la línea
de la filosofía analítica —el realismo interno de Hilary Putnam8 o
el realismo conceptual de Wilfred Sellars y John McDowell—, el
realismo perceptual del mencionado Merleau-Ponty, el realismo
fenomenológico del mundo de la vida de Claude Romano, el
realismo bioantropológico de Étienne Bimbenet, el realismo
contextual sin metafísica de Jocelyn Benoist9, el realismo
plural de Hubert Dreyfus y Charles Taylor y algunos otros.
Precisamente estos últimos autores nos permiten plantear la idea
de un realismo integral que es el proyecto filosófico de afirmar
un real sin exclusiones ni restricciones, capaz de articular no
solamente las diversas posturas filosóficas de corte realista sino
8
Hilary Putnam, Las mil caras del realismo (Barcelona: Paidós, 1994).
9
Jocelyn Benoist, Éléments de philosophie réaliste (Paris: Vrin, 2011).
Jocelyn Benoist, “Realismo sin metafísica,” Cuadernos Salmantinos de Filosofía 43,
(2016): 213-236.
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�Realismo Integral

también las diversas perspectivas o experiencias de lo real, así
como los diversos estratos o dimensiones de la misma realidad.
Dicen Dreyfus y Taylor:
Podríamos llamar a nuestra postura “realismo robusto
pluralista”. Según esta visión: 1) Existen diversas maneras
de acceder a la realidad (por ello, es pluralista) que, sin
embargo, 2) revelan verdades que son independientes de
nosotros, es decir, verdades que exigen revisar nuestro
pensamiento y ajustarlo a ellas (y por ello es realismo
robusto). Y, por último, 3) todo intento de reconducir
las diferentes formas de interrogarse por la realidad a
solo una forma de investigación que ofrezca una teoría
unificada están condenados al fracaso (y por tanto se
asegura así la pluralidad)10.
Si bien el realismo integral que proponemos también
es pluralista, insistimos, más allá de Dreyfus y Taylor, en la
idea de una articulación racional-conceptual que, a través de un
movimiento continuo de ascenso y descenso, rehuiría por igual
tanto el régimen nihilista de la dispersión, el deconstruccionismo
posmoderno, como el régimen monolítico-jerárquico del
racionalismo clásico. Un realismo integral debe ser a la vez
transversal —atravesando los diversos realismos y los distintos
niveles de lo real— y circular, no lineal ni jerárquico-deductivo.
La “integración” es un movimiento especulativo, a la vez, de
diferenciación y unificación interna.
Desde nuestro punto de vista una perspectiva realista en
filosofía no busca responder solamente a una necesidad teóricoepistemológica, al propósito de encontrar fundamentos ciertos
para nuestro conocimiento, sino, ante todo, a una necesidad de
consistencia, verdad y sentido de la vida práctica —tanto individual
como colectiva (social)—. Además de señalar que el realismo es
una invención humana, que tiene su explicación y genealogía en
las características específicas del proceso evolutivo de la especie
10
Hubert Dreyfus y Charles Taylor, Recuperar el realismo (Madrid: Rialp, 2016),
249-250.
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�Realismo Integral

humana, como acertadamente ha explicado Étienne Bimbenet11,
hay que agregar que la postura realista responde también a la
urgencia de resoluciones y orientaciones éticas, particularmente
para nuestra época. En última instancia, el realismo filosófico
busca enfrentar, con nuevos argumentos, el nihilismo y el dominio
de la ideología en la sociedad contemporánea. Aunque debe ser
integrador y generoso, el realismo se opone obviamente al antirealismo de la filosofía del siglo XX, a la metafísica y al idealismo
—que como pensaba Marx, es fuente y signo de toda ideología—.
En la línea de Wittgenstein, John McDowell sostiene que
una tarea de la reflexión filosófica es calmar o diluir lo que llama
las “angustias filosóficas” provocadas por el mal planteamiento
de los problemas o por su carácter de falsos problemas12. Él se
propone afrontar particularmente la “angustia epistemológica”: el
estado de zozobra desencadenado por la pregunta de si podemos
fundamentar con cierta plausibilidad nuestro conocimiento en la
experiencia perceptiva, si nuestro conocimiento es, pues, capaz
de fundarse en la realidad y, por ende, de acceder a ella. Más allá
de esta cuestión, y de la respuesta positiva que McDowell le da, se
encuentra también lo que podemos llamar la “angustia ontológica”,
que es provocada por la pregunta de si existe efectivamente una
realidad más allá de nuestra experiencia, creencias y estructuras
mentales, o sea, cómo saber si no tenemos el cerebro metido en
una cubeta13 o si no vivimos en la Matrix.
El realismo especulativo se propone responder a la
angustia ontológica y, así, eliminarla o subsanarla. Su respuesta
a la pregunta planteada es: sí. Podemos afirmar la existencia
de una realidad independiente de nosotros; en pocas palabras:
existe una realidad o existe la realidad o, para prever cualquier
sustancialismo metafísico, existe lo real, hay la existencia. Esta
afirmación la podemos hacer siempre y cuando asumamos que
ella no puede fundarse obviamente en ningún tipo de experiencia:
ya la experiencia objetiva de los sentidos externos, la experiencia
11
12
13

Étienne Bimbenet, L’invention du réalisme (Paris: Cerf, 2015).
John McDowell, Mente y mundo, (Salamanca: Sígueme, 2003), 15.
Hilary Putnam, Razón, verdad e historia, (Madrid: Tecnos, 1988), 15.

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�Realismo Integral

del saber metódico-científico o la experiencia fenomenológicohermenéutica de un sujeto-en-su-mundo. Cualquiera de
estas respuestas comete lo que Roy Bhaskar llamó la falacia
epistémica14, el error de sostener que “solo existe lo que podemos
conocer o experimentar”, o que saber lo que existe es igual a
saber cómo aprehendemos eso que existe: “In short, the epistemic
fallacy occurs wherever being is reduced to our access to being”15.
Lo contrario es lo que es verdad: para poder conocer algo antes
debe existir ese algo o, simplemente, la existencia precede al
conocimiento que podemos tener de ella. Contra el escepticismo
moderno y posmoderno, sostener que no podemos conocer la
cosa misma no implica que la cosa no exista.
Apoyado en cierta tradición de la filosofía analítica
(la más anti-metafísica), McDowell lleva la crítica a la falacia
naturalista del campo de la ética —el deber ser no se puede
fundar en el ser, “bueno” no designa una cualidad natural16— al
campo de la epistemología. Según McDowell, es falaz considerar
que el espacio del conocimiento, el “espacio lógico de las
razones” (según la expresión de Sellars), que pertenece al orden
normativo, pueda ser fundado directamente en el orden del ser,
en el orden natural. Más allá de McDowell, podemos llamar
“falacia epistemológica” a la suposición de que la crítica a la
falacia naturalista en epistemología anula la posibilidad de un
pensamiento ontológico, no empirista ni cientificista-naturalista,
es decir, precisamente, filosófico y realista especulativo. Como
dice Markus Gabriel, McDowell da por supuesto, en su ensayo
Mente y mundo, que existe el mundo, que existe la mente, y da
por supuesto también el significado de existencia17. La necesidad
de aclarar esos supuestos muestra la importancia de la ontología
y su irreductibilidad a epistemología.
14
Citado Levi Bryant, The democracy of objects, (Ann Arbor: Open University Press,
2011) 59.
15
Ibid., p. 60. “En breve, la falacia epistémica ocurre cuando el ser es reducido a
nuestro acceso al ser”.
16
George Moore, Principia Ethica (México: Universidad Nacional Autónoma de
México, 1983), 9.
17
Markus Gabriel, Transcendental Ontology. Essay in German Idealism, (Londres:
Bloomsbury, 2011), 13.
Aitías.Revista de Estudios Filosóficos.
Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 1-38

8

�Realismo Integral

La prioridad de la existencia es lo que es afirmado, y
solo así puede ser afirmado, por una razón especulativa, cuyos
procedimientos son el análisis lógico-crítico y la discusión
conceptual. No obstante, los pensadores del realismo especulativo,
particularmente Markus Gabriel y Quentin Meillassoux, asumen
un principio prudencial o ciertas constricciones para el ejercicio
de la razón especulativa: ella no puede ser contradictoria ni con
las enseñanzas de nuestra experiencia ni con las enseñanzas del
saber científico. No se funda en ellas, ciertamente, pero no se
opone a ellas. Se opone a la asunción de que esas enseñanzas
puedan ser consideradas como fundamento para una afirmación
incontrovertible de lo real, esto es, para una ontología. Lo único
que podrían fundamentar sería una concepción escéptica y
relativista de la realidad18. La prioridad de lo real no puede ser
sustentada en ninguna experiencia porque entonces lo que sería
prioritario sería esa experiencia.
Tanto Meillassoux como Markus Gabriel deslindan
a la razón especulativa de la razón metafísica (y al realismo
especulativo del realismo metafísico). Se oponen a la metafísica no
porque esta afirme la existencia de una realidad independiente de
la conciencia sino por la manera como conceptualiza esa realidad.
El error típicamente metafísico, ya señalado por Kant, estriba en
que el sujeto proyecta —irreflexivamente, ingenuamente— sus
estructuras mentales, lógicas o conceptuales a la realidad que
pretende captar. Más a fondo, y también previsto por Kant, el sujeto
proyecta en la realidad sus profundas necesidades existenciales y
emocionales de razón, orden y sentido. El sujeto cree que la realidad
es racional porque puede pensarla racionalmente. Pero esto es un
equívoco o una falacia. Las cosas no son como se nos aparecen
y menos como nos parecen. Rodeando tal equívoco, el realismo
18
La razón especulativa es “pura”, pero no es “pura especulación”, mero ejercicio del
pensamiento sin principios ni límites: más que especulativo esto sería el ejercicio desbocado
de la “imaginación” de una mente débil o desordenada. Imaginación, pues, en el sentido de
Spinoza, y no imaginación como facultad crítico-creativo del quehacer y el experimentar
artístico, es decir, si se nos permite la idea, una imaginación especulativa, más productora que
reproductora (ahora en el sentido de Kant).
Aitías.Revista de Estudios Filosóficos.
Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 1-38

9

�Realismo Integral

especulativo asume, algo que no hace Kant, que la realidad no
es algo acabado, totalizable, uniforme, necesario, racional (como
pretendió el idealismo poskantiano con figuras como Fichte o
Hegel). Para Meillassoux, el ser de lo real es inacabado, plural y
contingente. Estas condiciones son ontológicas, intrínsecas a lo
real mismo, al objeto como tal o a la cosa en sí. No son, pues, ni
meras condiciones de nuestro conocimiento, ni proyecciones de
nuestra mente, ni cualidades que caracterizarían privativamente al
mundo humano, en su historicidad o en su concreción existencial.
Sintetizo en las categorías de contingencia y pluralidad
las propuestas ontológicas de Meillassoux y Gabriel. Las
consideraré como las categorías que definen el pensamiento
ontológico-realista en general, sin desconocer las diferencias y
contraposiciones que puede haber entre las concepciones de estos
y otros autores del realismo especulativo.
Lo real es plural, sostiene Markus Gabriel; no quiere
decir solamente que haya una pluralidad de entes u objetos, algo
que ya se ha defendido en la historia de la filosofía desde los
antiguos materialistas griegos. Isaiah Berlin presentó hace tiempo
una valiosa argumentación lógico-lingüística contra el monismo
y a favor del pluralismo: si hubiera un solo ente o un único tipo
de realidad no lo podríamos definir de ninguna manera, pues para
definir algo lo tenemos que hacer en relación con otros términos,
esto es, bajo la suposición que existen otros entes, por ende, existe
necesariamente una multiplicidad de entes19. Podemos distinguir
entre un pluralismo cuantitativo y un pluralismo cualitativo.
Berlin, como muchos otros pensadores, justifica conceptualmente
el primero. Markus Gabriel sostiene el segundo: más que una
multiplicidad de entes, siempre más o menos abstracta, lo que
existe es una multiplicidad o pluralidad de conjuntos de entes, más
exactamente, según el término de Gabriel, de campos de sentido:
conjunto de entes determinados en un cierto orden o estructura20; y
19
Isaiah Berllín,“Traducción lógica.” Conceptos y categorías (México: Fondo de
Cultura Económica, 1983), 139.
20
Markus Gabriel, Sentido y existencia. Una ontología realista (Barcelona: Herder, 2017), 173.
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existe una infinidad de campos de sentido. Para esquivar cualquier
equívoco al que la palabra sentido pueda dar lugar —por ejemplo,
como algo determinado antropológica o lingüísticamente—, hay
que aclarar que sentido significa aquí simplemente la estructura
relacional que determina a un conjunto de objetos. El sentido no
es, pues, una construcción subjetiva, lingüística o teórica sino
una estructura ontológica. Gabriel deduce su postura ontológica
de una discusión lógico-conceptual sobre el significado de
existencia, discusión en la que toma en cuenta tanto filósofos de
la tradición continental e idealista como de la tradición analítica
(de forma importante, Frege). Por su parte, Meillassoux afirma
como atributo fundamental de la existencia la contingencia.
Según su argumentación, decir ente y decir ente contingente es lo
mismo. No hay ente necesario ni hay “el ente necesario”, esto es,
no existe Dios. Lo único necesario (lógica y ontológicamente) es
la contingencia. Otros caracteres ontológicos son la no-totalidad
o no completud del ser (“el mundo no existe”)21, la temporalidad,
la potencialidad inmanente, el carácter innovador de la existencia
y la irrazón o sin-sentido último de lo que existe. Son los rasgos
que se siguen de una ontología estrictamente anti-metafísica,
que se formula más allá de cualquier proyección subjetiva,
antropocéntrica o epistemológica. Son los rasgos del ser “tal cual
es” o de la “cosa en sí”.
Aunque podemos aceptar el giro que el realismo
especulativo produce en nuestras prioridades filosóficas y la
necesidad de una razón especulativa no metafísica para resolver
la pregunta ontológica, nos queda pendiente la pregunta por
el lugar que ocupará ahora nuestra experiencia, tanto nuestra
experiencia perceptual sensible —que teníamos como el contacto
más irrefutable con la existencia, como la fuente primaria de
toda evidencia, según la fenomenología— como la experiencia
científica —que se presentaba como la única versión certera de
lo real— y la experiencia histórico-social —asumida como el
irremontable horizonte lingüístico-hermenéutico del pensamiento
21
Dice Markus Gabriel, Fields of sense. A New Realist Ontology (Edinburgh:
Edinburgh University Press, 2015a).
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y el conocimiento—. Parece que ninguna de ellas resuelve la
pregunta ontológica, pues ninguna funda en verdad nuestro
conocimiento ontológico. Por el contrario, y ahora lo tenemos
claro, la verdad y alcance de esas formas de experiencia deberán
encontrar su validación en el pensamiento ontológico. ¿Se trata
entonces de volver a una fórmula deductiva del pensamiento
y a una concepción derivada de las formas de experiencia,
donde estas habrán de ser concebidas otra vez como realidades
secundarias, epifenoménicas o incluso ilusorias o ficticias?
De ninguna manera. La tesis que voy a sostener es que, una
vez destronado el cientificismo y el idealismo, todas nuestras
experiencias poseen capacidad y alcance ontológico, es decir,
todas ellas, en su concreción real, pueden aprehender, intuir las
cualidades ontológicas señaladas antes. Esta tesis implica una
reformulación de los niveles de la experiencia mencionados y la
definición de un nivel o un tipo de realismo para cada uno: el
realismo perceptual, el realismo científico y el realismo históricoantropológico. No queremos decir que cada uno de estos niveles
establezca un tipo de realidad propio o distinto, queremos decir
que cada uno de ellos consiste en una forma de aprehensión
de lo real como tal. Hay, pues, una dimensión especulativa
en la percepción, en la ciencia y en la experiencia históricosocial. Y lo hay en cuanto cada una de esas formas, pensadas a
profundidad y en lo que son en sí mismas, constituyen en verdad
pruebas o constataciones del carácter primario e irreductible de
la existencia, es decir, de la primacía del Ser sobre la conciencia.
En su condición efectiva, en el modo como de hecho operan,
ni la experiencia perceptual ni la experiencia científica son
correlacionistas. Es la interpretación teórico-reflexiva, filosófica,
de esas experiencias —fenomenológica o epistemológica— la
que introduce el esquema correlacionista. Este es un punto sobre
el que Meillassoux no precisa su posición, es decir, no aclara
si el correlacionismo caracteriza nuestra experiencia efectiva
o solo a las explicaciones —científicas, epistemológicas o
fenomenológicas— de esa experiencia22. Es cierto como sea, y
22

Quentin Meillassoux, Después de la finitud. Ensayo sobre la necesidad de la

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en esto tiene razón Meillassoux, que nuestra experiencia no es
capaz por sí misma de mantener coherentemente su intuición
anti-correlacionista, su asunción de que existe una realidad más
allá de la propia experiencia. Requeriría del pensamiento, de la
razón especulativa, para hacerlo. Explico esta tesis para cada uno
de los ámbitos referidos.
Tres realismos
Realismo perceptual. Para Merleau-Ponty la percepción es capaz
de darnos las cosas mismas, y puede hacerlo porque el sujeto
de la percepción en cuanto corporalidad viviente no es un ser
ajeno a aquello que quiere aprehender. Aunque el filósofo francés
acepta de buena gana que nuestra experiencia perceptiva es
correlacionista (o correlacional) —el sujeto perceptor y el mundo
percibido forman un sistema o una totalidad de interrelación—,
reconoce sin embargo que existe un más allá de la correlación,
un ser en sí que escapa a nuestras determinaciones existenciales
o corporales —en términos de Meillassoux, el de Merleau-Ponty
sería un correlacionismo “débil”23. El “ser percibido”, cualquier
objeto, como se describe en Fenomenología de la percepción,
mantiene una cara oscura, extraña, inhumana, con la que debemos
contar si efectivamente hablamos de algo real24. Un objeto
totalmente dominado no sería un objeto percibido y real sino un
objeto pensado e irreal. Más allá de Merleau-Ponty, existe en
nuestra experiencia una intuición ontológica, una aprehensión del
ser en cuanto tal, a través de la aprehensión de nuestro cuerpo
en su pura pasividad cuasi-inconsciente —en la somnolencia,
contingencia, (Buenos Aires: Caja negra, 2015).
23
Meillassoux, Después de la finitud. Ensayo sobre la necesidad de la contingencia,
56. De acuerdo con Meillassoux, “correlacionismo fuerte” es el que sostiene que no hay más
que la correlación sujeto-objeto, o bien ser-ahí (Dasein)-mundo, o bien lenguaje-realidad,
esto es, las filosofías de Heidegger y Wittgenstein, respectivamente. “Correlacionismo débil”
sería típicamente el de Kant, que admite que hay algo más allá de la correlación: la “cosa
en sí”. En esta misma consideración, ser casos de correlacionismo débil, entrarían también
la fenomenología de Merleau-Ponty y el proyecto de “realismo fenomenológico” como
“realismo del mundo de la vida”, propuesto recientemente por Claude Romano, Au coeur
de la raison, la phénoménologie (París: Gallimard, 2010) y Claude Romano, Les repères
èblouissants. Renouveler la phénoménologie (París: Presses Universitaires de France, 2019).
24
Merleau-Ponty, Fenomenología de la percepción, 336.
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el cansancio, la enfermedad, captamos el en sí de nuestra
corporalidad—. Se trata del cuerpo tal como existe separado tanto
de la esfera correlacional (intencional) como de la aprehensión
subjetivante: el cuerpo en su existencia puramente material. No
se trata del cuerpo objetivo, tal como es aprehendido en tercera
persona por el análisis científico, que Merleau-Ponty cuestionaba
sistemáticamente, sino de lo que podemos llamar el cuerpo
ontológico, o la dimensión ontológica de nuestra corporalidad, tal
y como, desde una perspectiva de “fenomenología material”, la
ha explicitado Samuel Todes25.
Merleau-Ponty hace referencia a experiencias
perceptuales que se salen del canon de la normalidad cotidiana
a la que los análisis epistemológicos de la experiencia perceptiva
se refieren generalmente, y se salen también de la forma típica del
“correlacionismo”. Así encontramos, ejemplifica, la experiencia
perceptiva de la oscuridad —de la noche—, la percepción onírica,
las experiencias mágico-mitológicas, o la percepción bajo efectos
de ciertas drogas, o las experiencias alucinatorias, sin menoscabar
las experiencias de sujetos que han sufrido un traumatismo o bien
que padecen algún tipo de neuropatología26. No me entretengo en
estos casos y más bien quiero referirme a otras experiencias de
desborde, de “desmesura”, las experiencias de “que hay algo más
allá de nosotros mismos”. Tenemos, por ejemplo, la experiencia
mística de lo “absolutamente otro” —experiencia de nuestra
radical finitud, tal como la describe el filósofo mexicano Luis
Villoro en su entrañable ensayo “La mezquita azul” 27—; o bien la
experiencia de lo sublime, en el sentido de Kant, experiencia de
lo inmensurable e inconmensurable, o de las fuerzas desbocadas
de la naturaleza: la percepción sensible-emocional que podemos
tener, por ejemplo, de un huracán, una erupción volcánica, un
terremoto28 —acontecimientos claramente fascinantes siempre y
cuando uno no se encuentre en el centro de ellos—. Ante la fuerza
25
Sammuel Todes, Body and world (Cambridge: The MIT Press, 2001).
26
Merleau-Ponty, Fenomenología de la percepción, 298.
27
Luis Villoro, “La mezquita azul”, en La significación del silencio y otros ensayos
(México: Universidad Autónoma Metropolitana, 2008).
28
Immanuel Kant, Crítica del juicio [y otros textos] (Madrid: Gredos, 2010), 83.

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descomunal de un huracán no podemos decir, ciertamente, “no
existen hechos, solo interpretaciones”, o lo diríamos temblando
y más como un rezo o un consuelo alucinante. Otro ejemplo
de experiencia de lo que nos rebasa es nuestra conciencia de la
muerte. Se trata, según Meillassoux, de un saber o una intuición
ontológico-fundamental, en el sentido de que aprehendo que
existe algo, la muerte, y aprehendo a la vez que eso existe
independientemente de mi propia aprehensión: obviamente, el
momento exacto de mi muerte me es inaccesible a mí mismo29.
No puedo aprehender mi muerte —el momento en que ya estoy
muerto— y no obstante sé incontrovertiblemente que voy a
morir. La muerte es la primera verdad ontológica absoluta del
existente humano.
Más allá de lo sublime y de la muerte —la sublime
muerte— existen otras experiencias poco atendidas que nos
colocan ante un ser desbordado, como el horror —de ahí que el
filósofo neorrealista norteamericano Graham Harman considere
a la literatura de Lovecraft como un verdadero ejemplo de
ontología realista30—, o bien experiencias más positivas como
el erotismo, la música —la experiencia estética en general—,
el amor intenso o la alegría pura —alegría sin motivo ni razón,
alegrarse de la alegría), de las que se ocupó en memorables
ensayos Clément Rosset31 en la perspectiva de una ontología de lo
real en su singularidad e irreductibilidad radical. En todas estas
experiencias el sujeto aprehende algo que lo rebasa o que rebasa
sus determinaciones subjetivas.
A diferencia de la percepción sensible, donde aquello
que traspasa nuestra percepción solo es objeto de una aprehensión
indirecta, en las experiencias extraordinarias que referimos
captamos directamente lo que nos rebasa, es decir, “percibimos”
eso que está más allá de nosotros mismos. Se trata, si podemos
29
Quentin Meillassoux, “L’inexistence divine,” (Tesis de doctorado, Biblioteca
Nacional de Francia, 1996), 214-219.
30
Graham Harman, Realismo raro. Lovecraft y la filosofía (Salamanca: Holobionte,
2020).
31
Clément Rosset, El objeto singular (Madrid: Sexto piso, 2007), Clément Rosset, La
fuerza mayor. Notas sobre Nietzsche y Cioran (Madrid: Acuarela, 2000) y Clément Rosset,
Le philosophe et les sortilèges (Paris: de Minuit, 1985).
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decirlo así, de una percepción especulativa, de una “percepción”
no meramente empírico-sensible, aunque tampoco podemos
decir que sea ya pensamiento teórico-intelectual. El caso es que
nuestra experiencia sensible no es ajena a la dimensión ontológica
de la existencia. Merleau-Ponty decía que la percepción no es
subjetivista ni objetivista: son sus interpretaciones teóricas —
ya reflexivas o científico-empiristas— las que lo son. El “error”
realista tanto como el “error” idealista están “fundados” en nuestra
experiencia perceptiva, dado que es una verdad irrebatible que, a
la vez, soy yo quien percibe y que es la cosa misma lo que percibo.
Lo visible y lo invisible inicia con esta formulación: “vemos las
cosas mismas, el mundo es lo que vemos”32. Tal es el carácter
paradójico de la percepción, indiferente o neutral respecto las
posturas reflexivas y a la disputa entre realismo e idealismo. Por
sí misma, nuestra percepción no favorece ninguna interpretación,
aunque dé motivos para una u otra. La experiencia perceptiva no
es, pues, estrictamente “correlacionista”: es la imagen o la teoría
que no hacemos de ella la que adscribe tal carácter. Cierto, hay un
aspecto correlacionista de la percepción, pero hay un punto donde
ella misma trasciende hacia algo “más allá” de la correlación —en
el mundo cotidiano de la doxa nadie cree en serio que solo exista
lo que ve, nadie es berkeleyano (salvo algún personaje de Borges).
Basado en Merleau-Ponty, Bimbenet afirma: “Le réalisme est au
fond de toute perception la retombée d’une foi perceptive qui va à
l’infini”33. No obstante, es verdad que la percepción es incapaz de
dar una definición positiva de ese infinito, de ese más allá. Esto
mismo ocurre con los dos niveles siguientes de realismo.
Realismo científico. Hay, pues, una capacidad de
realismo en el campo de nuestra experiencia vivida y en nuestro
vivir y convivir interhumano. ¿La hay también en la ciencia? ¿Hay
propiamente una ciencia especulativa, es decir, una ciencia capaz
de aprehender al ser más allá de las determinaciones que ella
impone? Los científicos, sabedores de la historicidad del saber
científico y del cúmulo de mediaciones e instrumentos que deben
utilizar para construir su saber, están conscientes de dos cosas,
de dos verdades: que la ciencia se acerca permanentemente al ser
32
Merleau-Ponty, Fenomenología de la percepción, 19.
33
Bimbenet, L’invention du réalisme, 315. “El realismo está en el fondo de toda
percepción, la consecuencia de una fe perceptiva que va al infinito”.

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tal cual, pero que permanentemente queda un resto de realidad
que no puede ser atrapado por ningún saber último, lo que no
quiere decir que ese resto sea definitivamente inaccesible. Como
ya lo enseñaba Kant, es la lógica del propio proceder del conocimiento
lo que nos permite asumir que la realidad existe más allá de nuestras
determinaciones epistémicas34. Asumo que existe el infinito (el mundo),
no porque lo pueda conocer —es solo una idea trascendental— sino
porque cada vez que conozco algo no puedo asumir que no haya otro más,
y así indefinidamente —“in indefinitum”35. El postulado de la “cosa en sí”
sirve como idea regulativa, no constitutiva del objeto del conocimiento,
que garantiza que el proceso cognoscitivo no se va a detener, a fijar en
un punto o momento supuestamente último que, en cuanto no puede
tratarse sino de un fenómeno, solo produciría la anulación dogmática de
nuestra conciencia cognoscente. Esto es lo que significa, pues, “crítica”
del conocimiento. La comprensión de su dialéctica expresa la propia
capacidad especulativa del saber científico.
Más allá de las restricciones o paradojas que el análisis
epistemológico pueda señalar, la práctica científica, al igual
que nuestra experiencia perceptual preteórica, apunta a un
pensamiento ontológico especulativo: lo requiere y demanda a
la vez. Lo “funda” como la ansiedad o el deseo fundan o hacen
posible que tenga sentido y verdad la existencia de aquello que
se ansía o desea. Nuestra experiencia perceptiva, histórico-social
y nuestros saberes científicos intuyen, se acercan a la realidad,
pero, por el mismo principio corrrelacional, no pueden afirmarla
como tal, aunque tampoco pueden, en verdad, negar que exista,
pues de otra manera esas experiencias no se sostendrían en
nada. Es importante aclarar que el realismo especulativo no
está defendiendo, contra Kant y a favor de la metafísica, un uso
constitutivo de la razón, es decir, que nuestro entendimiento
pueda determinar la cosa misma. Lo que sostiene —y gracias a la
mediación meta-reflexiva de Hegel— es que hay una diferencia
entre el entendimiento cognoscente y el pensamiento racional o la
razón especulativa. El pensamiento es capaz de pensar de forma
34
35

Immanuel Kant, Crítica de la razón pura (Madrid: Gredos, 2010), 493.
Ibid., 517

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verdadera la cosa misma, la realidad como tal, y de afirmar su
existencia absoluta, esto es, como existiendo independientemente
no solo del pensamiento sino de cualquier otro ente o principio.
Operando así, la razón ontológico-especulativa confirma, a la vez
que funda, la validez del conocimiento científico, es decir, el que
este se refiera efectivamente a la realidad como tal. Lejos, pues,
“de hacernos renunciar a la búsqueda de un absoluto, la ciencia
nos prescribe descubrir la fuente de su propia absolutidad”36. En
fin, es la epistemología, y no la ciencia como tal, la que tiene una
perspectiva correlacionista.
Realismo histórico-antropológico. No hay rasgos más
evidentes de la experiencia y la realidad histórico-antropológica
que su pluralismo y contingencia. El campo de lo humano es
constitutivamente plural —tener experiencia antropológica es
tener experiencia de la alteridad y diferencia que caracteriza a los
seres humanos—, y descarnadamente contingente. Es ontología
viva. En ningún otro ámbito tuvo Merleau-Ponty conciencia
clara de la contingencia de la existencia, es decir, de su carácter
ontológico, como en el plano histórico-antropológico. La realidad
humana, particularmente el mundo de la intersubjetividad y de
la vida política, es el reino puro de la contingencia, esto es, de
“el movimiento gratuito e infatigable por el que buscamos echar
anclas y trascendernos en las cosas, sin ninguna garantía de
encontrarlas siempre”37. La incertidumbre se agrava en el plano
de la vida interhumana. Dos sujetos que durante unos minutos
se sostienen la mirada entre sí y en silencio pronto tienen la
sensación del desasimiento extremo y del carácter vacío y absurdo
de todo. En un diálogo intenso esos sujetos llegan a un punto en
que ya no saben qué es lo que cada uno dice. Las conciencias
se mezclan y superponen. No obstante, la tendencia idealista
del pensamiento, las necesidades psicológicas de identidad,
orden y control, el dominio de las ideologías —que responden
a intereses y ansiedades de los grupos sociales— confabulan
permanentemente contra el reconocimiento de la contingencia y
36
37

Meillassoux, Después de la finitud. Ensayo sobre la necesidad de la contingencia, 54.
Merleau-Ponty, Fenomenología de la percepción, 298.

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pluralidad irreductible de la realidad humana y, más allá, contra
el carácter contingente y plural de lo real mismo. Finalmente, el
pensamiento ideológico-metafísico (teológico, ontoteológico)
confabula contra la asunción de que no existe una razón última o
un fundamento absoluto y unitario de las realidades existentes. En
lo real como tal nada es igual a nada y todo cambia, todo puede
cambiar, no solo ni principalmente por la voluntad de un sujeto
poderoso sino porque el cambio, el devenir, las transformaciones
inesperadas son un rasgo intrínsecamente ontológico, el carácter
de la existencia como tal, nos guste o no, convenga o no. El
error del posmodernismo consiste en que quiere hacer depender
del voluntarismo subjetivo lo que en verdad son caracteres
ontológicos, procesos que exigen ser conocidos y pensados en su
realidad efectiva y que, en verdad, son difíciles de determinar y
conducir por el sujeto.
Hemos dicho que, entre el realismo ontológico y el
realismo de nuestra percepción, el del conocimiento o el de la
acción no hay deducción monolítica sino un movimiento circular:
en esto consiste el realismo integral. Con la afirmación pura de la
existencia, el pensamiento ontológico-especulativo fundamenta
las pretensiones de validez y sentido de nuestras experiencias
perceptivas, científicas e histórico-antropológicos, pero, a la
vez, estas experiencias y procesos, reinterpretados realistamente,
prueban la verdad y consistencia de la tesis especulativa.
Rememorando el famoso dictum kantiano hay que decir: sin
el pensamiento ontológico-especulativo nuestras experiencias
y prácticas serían ciegas, y quedarían a expensas de cualquier
determinación metafísica o ideológica, pero sin nuestras
experiencias y prácticas el pensamiento ontológico-especulativo
sería vacío, permanecería en un puro juego arbitrario de conceptos,
es decir, en mera especulación. De lo anterior se sigue una verdad
que ansiamos afirmar: no podemos renunciar al pensamiento —es
decir, a la filosofía, en particular, al pensamiento ontológico—
en nuestra vida perceptiva, de conocimiento o de acción. En
verdad, el objetivo final del realismo especulativo consiste en
lograr cambiar nuestras formas de pensar —dominadas por la
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metafísica, el subjetivismo o la ideología— y, con ello, nuestras
formas de actuar y vivir. Un logro adicional del realismo integral
es la justa revaloración de nuestras experiencias, es decir, de
todas las formas que tenemos de relacionarnos con el Ser. Son
estos logros los que vuelven perentorio el replanteamiento del
problema de la subjetividad.
Ontología de la subjetividad
Podemos ahora establecer las bases generales de una teoría
neorrealista de la subjetividad. En contraposición a la ontología
heideggeriana y existencialista que se proponía aprehender al
Ser desde las estructuras del ser-ahí 38, esto es, del ser humano,
aquí se trataría de ensayar lo contrario: ver a la subjetividad
desde la perspectiva del Ser, desde el pensamiento ontológicoespeculativo, asumiendo incluso que desde esa perspectiva
el ser humano no ocupa ningún lugar privilegiado, que todo
antropocentrismo o antropomorfismo debe ser cuestionado y
desterrado. La única autognosis válida, como ya lo sabían los
filósofos antiguos, es aquella que se funda en la gnosis, en el
conocimiento de lo que son las cosas en cuanto tales. El error
tanto metafísico como cientificista moderno ha consistido en
suponer que ese “ser en cuanto tal” se adecua a las estructuras
metafísicas de orden, unidad y necesidad, o bien se ajusta
perfectamente a las condiciones epistemológicas y metodológicas
de la actividad científica. La metafísica, la epistemología o
bien el análisis existencial-subjetivo a la manera de Heidegger
nos van a ofrecer siempre una visión equívoca de lo que existe
y de la propia condición humana. Pluralidad y contingencia
serán entendidos como caracteres meramente humanos, como
defectos o deficiencias antropológicas, y la existencia humana
como facticidad o finitud sin más, condiciones que solo cabe
sufrir y lamentar nihilistamente. Superaremos ese sufrimiento
y esa comprensión meramente dramática de la existencia si
afirmamos especulativamente, épicamente, tales condiciones
como rasgos ontológicos generales; si asumimos, pues, como ya
38

Martin Heidegger, (1951), 53.

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pedía Jean-Luc Nancy, comprender la finitud desde una infinitud
no determinada, no domada39. Volver a pensar el infinito sería
la audaz tarea que el realismo especulativo se plantearía. Pues
el infinito, particularmente en su sentido cualitativo y no solo
cuantitativo, esto es, lo Absoluto, pertenece con todo derecho al
pensar filosófico: es su condición y a la vez su tema más propio.
Grave error haber dejado el absoluto en manos de religiosos,
místicos, fideístas, irracionalistas y fanáticos de toda laya. Por
el contrario, el absoluto es el asunto más preciado de la razón
especulativa, de la Filosofía.
A la manera de las triadas de la Fenomenología del espíritu
de Hegel, o quizá, mejor, de los tres géneros del conocimiento de
Spinoza40 —imaginación, razón e intuición—podemos definir tres
momentos o figuras del paulatino proceso que sigue la conciencia
para advenir al pensamiento ontológico-especulativo, esto es,
al momento de la aprehensión del Absoluto; no del espíritu y el
saber (el Gran Adentro hegeliano), sino de la existencia pura, del
Gran Afuera, según la feliz expresión de Meillassoux 41.
Los tres momentos de ese proceso serían así: 1) la
subjetividad en la experiencia caótica de la existencia inmediata,
“natural” (correspondientes, más o menos, al “espíritu subjetivo”
de Hegel o al estadio de la “imaginación” o percepción sensible
de Spinoza); 2) La subjetividad sometida a las estructuras
metafísicas, epistemológicas o ideológicas del pensamiento
ordenador (estadio análogo al del “espíritu objetivo” de Hegel
o al de la “razón” y las nociones comunes de Spinoza); 3) La
subjetividad en la experiencia de la autodisolución de su
centralidad y, así, en su acceso al pensamiento ontológicoespeculativo (correspondiente al “espíritu absoluto” de Hegel
o a la scientia intuitiva de Spinoza). Habría que añadir aquí
todavía las consecuencias prácticas de este proceso, es decir,
su significado antropológico, ético y político. Análogamente
a los tres realismos de que hablamos antes, las tres figuras de
39
40
41

Jean-Luc Nancy, El sentido del mundo (Buenos Aires: La marca, 2003).
Baruch Spinoza, Ética (Madrid: Gredos, 2011).
Meillassoux, Después de la finitud. Ensayo sobre la necesidad de la contingencia, 106.

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la subjetividad tienen, en verdad, una capacidad ontológica, de
la misma manera como en Spinoza cada uno de los géneros del
conocimiento implica relación con el Ser (la Sustancia), de modo
que, como señala Beltrán 42, la relación entre esos géneros no es de
progresión sucesiva sino de simultaneidad ontológica (sub specie
aeternitais)43. Ahora bien, igual que en Spinoza solo sabemos de
forma definitiva de la capacidad de verdad de los dos primeros
géneros (imaginación o percepción, y razón o entendimiento) de
forma retroactiva desde el tercero (la intuición intelectual); en
nuestro enfoque: solo sabemos de la potencia ontológica de las
dos primeras figuras de la subjetividad (caótica y metafísica) a
partir de la tercera (subjetividad ontológico-especulativa).
a.- Subjetividad caótica.
Es el momento, bien descrito por las filosofías subjetivoantropológicas del siglo XX, de nuestra experiencia inmediata,
de “l’autorité de l’immédiate”44, que aquí concebimos o
interpretamos como la experiencia primaria, originaria, de lo
real tal cual, con sus caracteres de incertidumbre, dispersión,
desorden, sinsentido y contingencia pura; esto es, como la
experiencia ontológica misma. Al enfrentar o intentar rebelarse
contra estos rasgos el ser humano revela para sí mismo el nivel
42
Miguel Beltrán, “Spinoza: la simultaneidad de los tres géneros,” Anales del
Seminario de Metafísica, no. 28 (1994).
43
Tradicionalmente se entiende la teoría del conocimiento de Spinoza en términos
de una rígida progresión de un estadio a otro, de tal manera que el segundo estadio
anularía al primero y, a su vez, sería anulado por el tercero. Pero esto no es consistente. El
que accedamos al estadio de la razón y de lo común no implica que dejemos de seguir en
el primero estadio, pue esto implicaría que dejásemos de ser un cuerpo, que es condición
de la recepción sensible de los objetos, es decir, de la imaginatio. Beltrán, “Spinoza: la
simultaneidad de los tres géneros”. De la misma manera, el que arribemos a la intuición de la
esencia eterna de las cosas no implica que la razón o la imaginación se vuelvan innecesarias.
De alguna manera, la intuición, la razón y la imaginación aprehenden el mismo ser real en su
concreción (la realidad ontológica), solo que la imaginación lo hace desde la manera como
nos afecta subjetivamente, la razón desde la aprehensión de sus propiedades comunes con
otros objetos, y la intuición desde su propia esencia o consistencia eterna. Si no fuéramos un
cuerpo —y nadie como Spinoza insiste en que lo somos—, si solo fuéramos un alma, nunca
tendríamos ningún conocimiento de las cosas, de ningún género.
44
Como dice Étienne Bimbenet, L’animal que je ne suis plus (París: Gallimard,
2011a), 106. “La autoridad de lo inmediato”.
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de su conciencia y autoconciencia, y lo hace antes que nada en
modo interrogativo, problematizador: ¿qué es todo esto? ¿Qué
soy, qué somos? ¿Qué existe? ¿Por qué existe lo que existe? ¿Para
qué existe? ¿Para qué existo? ¿Para qué existimos todos? Estas
preguntas se llegan a plantear de modo explícito, pero, como sea,
subsisten de modo implícito en las diversas actitudes con las que
afrontamos la existencia: duda, búsqueda, angustia, melancolía,
preocupación, violencia, compromiso, alegría, etc. Son, pues,
“existenciarios” en el sentido de Heidegger. Aunque, ciertamente,
ellos solo nos van a revelar lo que existe desde la perspectiva
humana, pero no desde la propia consistencia de eso que existe.
El Ser no tiene existenciarios; no tiene ni dudas, ni anhelos, ni
deseos. El carácter dominantemente negativo o limitativo de los
humanos existenciarios justifica la necesidad de superarlos o, más
bien, de comprenderlos desde una visión más amplia y positiva,
esto es, ontológica.
La comprensión ontológica está presente desde que
aparece la conciencia humana, pero esa comprensión es subjetiva,
solo ve lo negativo, el defecto, la carencia, el mal; solo capta la
manera como le “afectan” las cosas y no lo que son las cosas en
sí mismas, diría Spinoza. El mundo es un “valle de lágrimas”,
o bien un tiempo para los placeres efímeros y las visiones
circunstanciales. “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, y no solo
debido al capitalismo. En la aparición inicial de la realidad socialhumana quedan dadas las condiciones para que surja la ideología,
en cuanto falsa conciencia, en cuanto estructura “natural”
inmediata de la conciencia, en el sentido de que, según sostuvo
Louis Althusser, “la ideología no tiene historia”, es “eterna”45.
La vida humana, en sus diversos momentos e instancias, estará
normalmente regida por la ideología, por el “discurso” acerca de
lo que son las cosas y, sobre todo, lo que somos los humanos, y
no por el conocimiento de lo que son ellas por sí mismas y lo que
somos nosotros realmente.
45
Louis Althusser, “Ideología y aparatos Ideológicos del Estado,” en La filosofía
como arma de la revolución (México: Pasado y Presente, 1974).
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b.- Subjetividad metafísica.
Definimos (redefinimos) ideología desde la perspectiva del
realismo especulativo como toda forma pensamiento que busca
imponer artificialmente en la conciencia humana la idea de un
orden de totalidad, unidad y necesidad en lo existente. Ideología
y metafísica se vuelven conceptos intercambiables. Según
Meillassoux, “la crítica de las ideologías, que en el fondo siempre
consiste en demostrar que una situación social presentada como
inevitable es en verdad contingente, va unida esencialmente a la
crítica de la metafísica entendida como producción ilusoria de
entidades necesarias”.46 La igualación entre metafísica e ideología
y el señalamiento del carácter ideológico de las posturas
cientificistas está presente en las implicaciones críticas del nuevo
realismo de Gabriel. “Por ideología —establece el joven filósofo
alemán—, generalmente me refiero a una visión distorsionada
del ser humano que cumple una función socioeconómica:
normalmente se trata de la justificación implícita de una
distribución injusta de los recursos”47. Así pues, la ideología es
lo opuesto exacto al pensamiento ontológico-especulativo, y es
la forma de pensamiento que domina en el segundo estadio de
la subjetividad, el momento metafísico, cuando la subjetividad,
ansiosa de respuestas, construye y/o acepta las construcciones del
pensamiento que otorgan a la realidad cierto orden y estructura,
cierta identidad y estabilidad, lo que hace que disminuya un
poco el impacto angustiante de los caracteres caóticos, terribles,
desmesurados del primer estadio. Esas construcciones van desde
el mito hasta la ciencia, pasando por la religión, la teología,
la metafísica, la técnica y las diversas ideologías modernas
46
Meillassoux, Después de la finitud. Ensayo sobre la necesidad de la contingencia.
Y Quentin Meillassoux, “Contingencia y absolutización del uno,” en El nuevo realismo.
la filosofía del siglo XX, coordinado por Mario Teodoro Ramírez (Santiago: Universidad
Andrés Bello, 2016), 61-62.
47
Puede verse en su último libro, Markus Gabriel, Ética para tiempos oscuros.
Valores universales para el siglo XXI (Barcelona: Pasado y presente, 2021), la crítica a las
ideologías subjetivistas, nacionalistas e identitarias como condición para la recuperación de
una perspectiva ética con pretensiones universalistas. Markus Gabriel, Neoexistencialismo.
Concebir la mete humana tras el fracaso del naturalismo (Barcelona: Pasado y presente,
2019), 29.
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(liberalismo, nacionalismo, socialismo, fascismo, imperialismo,
comunitarismo). Todas son formas de “racionalización” —en
el sentido del psicoanálisis freudiano— de la existencia, tanto
humana como no humana48.
Al advenir a la conciencia, el individuo se reconoce como
algo que existe —la evidencia de la existencia aparece como la
primera de todas las evidencias—, por ende, como alguien que
aparece en algún lugar, en un cierto espacio, una cierta realidad,
apenas percibida como tal, captada primero como un “medio”,
luego como un “mundo” y al fin como EL mundo. La pregunta
¿quién soy yo? o ¿qué soy yo? Se responde con la pregunta ¿qué
es todo eso que existe?, pregunta que conlleva la suposición
primera de que la existencia constituye una totalidad (un “mundo”,
dice Gabriel). La respuesta a esta pregunta será la clave para la
respuesta a la primera pregunta, a la que indaga por el propio
existente: él se concebirá a sí mismo como parte de un todo que
solo es concebido o representado, pero que irreflexivamente se
asume como dado y unívocamente definido. La pregunta por el
ser de nuestra existencia individual nos lleva inmediatamente a
la metafísica, a la suposición de que la realidad es un todo dado
donde aparecemos49. Surgen entonces, proyectadas desde el
lenguaje —como pensaba Nietzsche— las categorías metafísicas
48
Decía Edward Tylor (1832-1917), pionero de la ciencia antropológica, que “la
lógica del mito es impecable”; por otra parte, los psicólogos han llamado la atención sobre
la lógica implacable del discurso paranoico. En filosofía, cabe tener presente las obsesiones
con la lógica de las posturas dogmáticas (la escolástica, el marxismo, la filosofía analítica,
etc.). Esto debería prevenirnos contra una valoración exagerada de la lógica: se pueden estar
construyendo discursos meramente míticos, paranoicos o ideológicos. Solo la intuición
ontológica podrá salvarnos de las mallas o esferas de cristal del pensamiento metafísicoideológico, por muy “lógico” que quiera lucir.
49
Según Bimbenet, con el lenguaje y su función primordial de fundar la
intencionalidad de la mente, la constitución de sentido de lo existente (función designativa o
proposicional del lenguaje), la conciencia puede tener y mantener ante sí algo como real. Se
trata de un real “correlacional”, de la percepción y del orden lingüístico. Bimbenet, L’invention
du réalisme, 79. La posibilidad de un conocimiento empírico y del saber técnico-práctico
queda fundada en la constitución lingüístico-objetiva del entorno humano. No obstante, la
conciencia busca más respuestas, respuestas últimas y absolutas, y traspasa el orden empírico
y experiencial para hablar de la consistencia de la realidad como tal.

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de totalidad, sustancia, causalidad, razón, necesidad, con las
que el pensamiento pretende dar cuenta de lo que existe, cuando
en verdad solo está buscando apaciguar la angustia existencial
provocada por la falta de sentido y consistencia de lo real.
Construyendo la realidad como un orden determinista,
unitario y necesario, el sujeto se asume, así, en este segundo
momento, como un ser unívoca y necesariamente determinado,
sometido a las instancias metafísicas y al orden jerárquico y cerrado
que ellas instauran en el espacio del pensamiento y, de ahí, en el
campo de la vida social, cultural y política. La subjetividad adviene
mera “subjetivación” del orden metafísico, en un pliegue, pero no de
lo real, como se vivía en el primer momento, sino de las estructuras
ideológicas dominantes y sus diversos constructos. El pensamiento
posmoderno elucidó con vehemencia todos los mecanismos políticoideológicos de producción y reproducción de la subjetividad, pero
al negarse el acceso al espacio de la meta-reflexión filosófica, del
pensar especulativo, el posmodernismo no llegó a otro lugar que a la
justificación de un nihilismo generalizado. Al exagerar el papel de las
condicionantes político-ideológicas que operan sobre la subjetividad,
el posmodernismo —por ejemplo, Foucault— eliminó la posibilidad
de una normatividad válida, racional, definida por una subjetividad
autónoma y responsable50. El posmodernismo permaneció en una
especie de metafísica negativa, escéptica y relativista.

50
Es significativo este pasaje donde Foucault cuestiona los actos del poder ejercidos
sobre un individuo —un pederasta—, pero nunca hace ningún señalamiento crítico sobre la
propia responsabilidad de ese individuo. Relata Foucault, con cierta ingenuidad, el caso de
“un obrero agrícola del pueblo de Lapcourt, un tanto simple de espíritu”, denunciado un día
de 1867 porque “al borde de un campo había obtenido caricias de una niña, como ya antes
lo había hecho, como lo había visto hacer, como lo hacían a su alrededor los pilluelos del
pueblo”. En seguida Foucault da cuenta de la manera cómo todas las instancias del “poder y
el saber” cercaron a aquel campesino, convirtiéndolo en objeto de vigilancia y control. Esto
puede ser cierto, y los análisis de Foucault resultar válidos. Sin embargo, en su exposición
el teórico francés no compromete ningún juicio crítico sobre el comportamiento del
pederasta, no ve nada malo, al contrario, “en esos gestos sin edad, en esos placeres furtivos
que intercambiaban los simples de espíritu con los niños despabilados” Michel Foucault,
Historia de la sexualidad. 1. La voluntad de saber, (México: Siglo XXI, 1977), 42-43.
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c.- Subjetividad ontológico-especulativa.
En el tercer momento, la subjetividad renuncia a determinar lo
existente y, a la vez, a quedar sometida a cualquier determinismo.
La conciencia accede al pensamiento ontológico-especulativo,
donde ella ya ni “da sentido” ni “recibe el sentido”. De acuerdo
con Meillassoux, en el nivel del pensamiento puro la conciencia
comprende que la existencia tal cual, la existencia toda, incluido
el propio ser humano, todo el Ser es facticidad absoluta y pura:
sin-razón, sin explicación última y, al fin, sin sentido. “No hay
nada más acá o más allá de la manifiesta gratuidad de lo dado,
nada, sino la potencia sin límite y sin ley de su destrucción,
de su emergencia, de su preservación”51. La mente se libera de
toda definición y toda determinación; renuncia a encontrar en la
existencia respuestas al ¿por qué? y al ¿para qué?, preguntas que
atormentaban a la conciencia en el momento de su emergencia, y
que la disponían para recibir cualquier respuesta, para aceptar lo
que sea con tal de “estar segura de algo”. El momento ontológicoespeculativo de la subjetividad es el del mayor desasimiento, de
la mayor zozobra y desesperación (un momento verdaderamente
kierkegaardiano). No obstante, más allá de Kierkegaard, la
filosofía puede convertir esa desazón nihilista en el momento
de la mayor lucidez y serenidad, la mayor clarividencia. Pues se
revela entonces la única verdad absoluta de que somos capaces:
no hay respuestas a la pregunta por la razón y el sentido de la
existencia, porque simplemente no existen tal razón y sentido. O
bien la pregunta estaba mal orientada: busca donde no debe. La
revelación de la verdad absoluta de la sin-razón de la existencia
conlleva la auto-revelación de otra verdad: el pensamiento,
el pensar mismo constituye la dignidad suprema, propia e
irremontable del ser humano. Cito unas palabras de Meillassoux
que resultan clarividentes:
L’homme parce qu’il sait l’éternel, acquière valeur.
Mais l’homme ne tient pas sa valeur de l’objet de sa
connaissance, c’est-à-dire de l’éternel lui-même: ce
51

Meillassoux, Después de la finitud. Ensayo sobre la necesidad de la contingencia, 105.

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n’est pas l’éternel qui est valeur, Carl l’éternel
n’est que la contingence aveugle, stupide, et
anonyme de toute chose. La valeur est celle du
savoir lui-même: l’homme vaut non par ce qu’il
sait mais parce qu’il sait. 52
Por otra parte, para Markus Gabriel la imposibilidad de
encontrar respuestas en lo dado a la pregunta por el sentido de
nuestra existencia nos revela también el carácter incondicionado
y, por ende, absolutamente libre de la mente, de la conciencia y
el ser humano. Somos lo que queramos y podamos comprender
y concebir, y lo que podamos ser y hacer. Somos, como quería
Sartre, una libertad53. Pero no somos un puro voluntarismo,
nuestra libertad no escapa a la contingencia, pues, a la vez, la
contingencia de todo lo que existe es la mejor condición de
posibilidad y verdad de la libertad.
Realismo y vida humana
He referido en varios momentos la significación antropológica
del realismo especulativo siguiendo la ruta señalada por Étienne
Bimbenet en L’invention du réalisme, donde sostiene que el
realismo es la invención propia de la especie humana. Los animales
no son realistas, ni necesitan serlo, explica el filósofo francés.
El animal es por naturaleza relativista —lo real es su mundo, es
decir, su medio— y, de ahí, correlacionista, idealista: lo real es lo
que el animal capta, lo que cada especie capta, lo que es relativo
y vale para cada especie: no hay realidad en sí. Ésta aparece, y es
la gran tesis de Bimbenet, con la vida humana. El ser humano es,
podríamos decir, el animal realista. El realismo es la conciencia
propiamente humana de que existe una realidad en sí, que lo real
52
“El ser humano, porque sabe de lo eterno, adquiere valor. Pero el ser humano no
adquiere su valor del objeto de su conocimiento, es decir, de lo eterno mismo: no es lo eterno lo
que vale, pues lo eterno no es más que la contingencia ciega, estúpida y anónima de todo lo que
existe. El valor es el del saber mismo: el ser humano vale no por ‘lo’ que él sabe sino ‘porque’ él
sabe”. Meillassoux, “L’inexistence divine,” 316.
53
Gabriel, Ética para tiempos oscuros. Valores universales para el siglo XXI. Y Markus Gabriel.
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no se agota en lo que requerimos y captamos. Para Bimbenet el
realismo es primordialmente, más que una tesis o una teoría, una
actitud: “le réalisme est une attitude; c’est pour-quoi on ne saurait
le confondre avec le réel auquel prétend cette attitude”54. Y no fue
fácil para la especie humana advenir al realismo:
Dans l’histoire des vivants le réalisme n’a pas
toujours éte; il a fallu le long, périlleux, et contingent
processus de l’antropogenèse pour faire advenir
une espèce faisant du monde son tribunal; posant le
monde au centre, dans la percepción, l’agir, le vouloir
ou même le sentiment.55
El realismo rebasa a la vida, pero solo lo hace a partir de
ella misma; es una conquista o un alcance de la vida humana, es
decir, de los seres vivos hablantes (des vivants parlants). A través
de los medios propiamente humanos, como la intencionalidad
perceptual, el lenguaje y la sociabilidad, el ser humano presume y
asume que capta la realidad en sí. La dimensión sociocultural de
la existencia es la condición de posibilidad de la postura realista.
Sin el lenguaje y sin la potencia de la vida social organizada no
habría manera de establecer algo como lo real, con su estabilidad
y sólida consistencia. Por eso Bimbenet insiste en la prioridad de
la función nominativa del lenguaje —nombrar los objetos— y
en la importancia de la fuerza normativa de lo social56. Antes de
poder juzgar o predicar algo de los objetos (base de la cognición),
tenemos que definirlos, ponerlos como existentes; y antes de
arribar a la conciencia universal objetiva, tenemos que aceptar las
normas convencionales de la intersubjetividad como condición
para establecer lo que existe como tal —vemos todos el mismo
54
“El realismo es una actitud; es por lo que no habría que confundirlo con lo real que
pretende alcanzar esa actitud”. Bimbenet, L’invention du réalisme, 22.
55
“En la historia de los seres vivos, el realismo no ha existido siempre; él ha tomado el
largo, peligroso y contingente proceso de la antropogénesis para hacer advenir una especie que
hace del mundo su tribunal; poniendo al mundo al centro, en la percepción, el obrar, el querer o
incluso el sentimiento”. Ibid., 23
56
Bimbenet, L’invention du réalisme, 79.

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objeto—. La universalidad del pensamiento está ya inscrita en
la materialidad del lenguaje: en la manera como los sonidos o
los gráficos se nos imponen a todos, antes y ahora, aquí y en
todas partes. “Le mot possède une autorité que n’ont sans doute
ni la perception solitaire et informulée, ni le concept, toujours
revisable”57. El idealismo, esto es, la apropiación de lo real en
la representación constituye el medio para arribar al realismo: la
consistencia de la idea predefine la consistencia de lo real. Lo real
depende de la idea. Por esto, destaca Bimbenet, el realismo nunca
puede considerarse como acabado o logrado: es una intención, un
propósito o un objetivo; no posee certezas ni garantías últimas:
“Nous ne jugeons pas ici de cette rencontre et de son effectivité,
mais de la prestatation subjective qui y conduit. Que la flèche
intentionelle touche à son but, c’est une question que nous
mettons entre parenthèse”58. Con todo lo valioso e interesante
de su elaboración, el realismo de Bimbenet permanece en el
cerco escéptico y correlacional de la fenomenología, de una
fenomenología antropológica o una antropología fenomenológica,
pero fenomenología al fin. Lo más que alcanza es el “Afuera
correlacional” o “claustral”, lo “Abierto”, pero todavía no arriba
al “Gran Afuera” del pensamiento ontológico puro, según los
términos de Meillassoux: “The Great Outdoors is what stands
outside of the walls of the ‘invisible prison’ of the Open”59. El
Gran Afuera es el Ser que existe, aunque no lo pensemos, lo
que existe cuando no hay pensamiento: no es nuestro correlato
subjetivo ni fenomenológico; “este afuera no es solamente
exterior al pensamiento, sino que es absolutamente indiferente e
independiente de éste. Un afuera que no se reduce a lo dado y que
puede subsistir fuera de toda correlación con el pensamiento”60.
57
“La palabra posee una autoridad que no tienen sin duda, ni la percepción solitaria
e informulada, ni el concepto, siempre revisable”. Ibid., 253.
58
“No juzgamos aquí de ese encuentro y de su efectividad, sino del beneficio
subjetivo que le aporta. Que la flecha intencional toque su objetivo, es una cuestión que
ponemos entre paréntesis”. Ibid., 33.
59
“El Gran Afuera es lo que permanece fuera de la ‘invisible prisión’ de los muros
de lo Abierto”. Quentin Meillassoux et al. “Founded on Nothing: an interview with Quentin
Meillassoux,” Urbanomic, 27 de diciembre, 2021, https://www.urbanomic.com/document/
founded-on-nothing/.
60
Meillassoux, “Contingencia y absolutización del uno”, 77.
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Así pues, dar cuenta del origen, de la genealogía del
realismo, no agota todo su significado y alcance, sobre todo no
agota su significado ontológico y ético-político. En Bimbenet el
realismo está signado por su proveniencia del orden biológico,
el orden de la vida. Su naturalismo reformulado nos queda a
deber todavía una teleología: no basta saber de dónde venimos,
necesitamos también saber a dónde vamos, incluso, hasta dónde
seríamos capaces de llegar. Markus Gabriel llama zoontología
a la concepción que privilegia la génesis, el origen: el ser, la
realidad o la existencia en cuanto determinados por la vida (zoon)
y atenidos a ella. Como lo explica:
Zoontology is at best a regional inquiry. It is very
interesting enterprise for beings essentially interested
in their survival. Don’t get me wrong, I am interested
as anyone in survival, but the answer to the ontological
question of the meaning of ‘existence’ bears no
essential relation to the fact that there are living
organisms asking this question. We do not create the
meaning of ‘existence’, that is, existence. 61
Por esto, más allá de Bimbenet y de toda ontología de
la vida (de toda zoontología), importa ir hacia la significación
ontológica y ética del realismo. En cuanto conciencia de la
irreductibilidad del pensamiento, del espíritu (el Geist), el
realismo especulativo deja abierta la posibilidad de la libertad
y de la realización efectiva de los valores, que son el signo de
la espiritualidad, la seña de nuestra teleología. El sentido de
la existencia nunca está dado y solo puede constituirse desde
la asunción racional-especulativa de la contingencia radical
y total del Ser —y, ciertamente, de la contingencia del propio
61
“La zoontología es, en el mejor de los casos, una investigación regional. Es una
empresa muy interesante para seres esencialmente interesados ​​en su supervivencia. No me
malinterpreten, estoy tan interesado como cualquiera en la supervivencia, pero la respuesta
a la pregunta ontológica del significado de ‘existencia’ no tiene ninguna relación esencial con
el hecho de que hay organismos vivos que hacen esta pregunta. No creamos el significado de
‘existencia’, es decir, la existencia”. Markus Gabriel, Por qué el mundo no existe (Barcelona:
Pasado y presente, 2015), 41.
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ser humano, dando razón ahora al enfoque genealógico de
Bimbenet—. No obstante, el tratamiento del momento ético de
la existencia y la conciencia humana apenas ha sido iniciado por
el nuevo realismo. En adelante, será su tarea fundamental, tan
urgente como necesaria.

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Conclusión
El tema de la subjetividad signó y atravesó a la filosofía de la
modernidad desde sus inicios cartesianos. De teología, la filosofía
devino egología, y más tarde epistemología y antropología. Nada
de lo que se dijo sobre el sujeto y sobre la condición humana
en general era falso o inválido, al contrario. Son momentos del
imprescindible proceso de la “autocomprensión humana”. El
error estribó en la absolutización de la subjetividad, en lo que
Meillassoux llama el “subjetualismo”: la asunción de que el sujeto
posee las claves de todo lo existente. No obstante, un equívoco
de nuestro tiempo consiste en suponer que una perspectiva
ontológica debe operar una ruptura radical con cualquier teoría
de la subjetividad y cualquier forma de humanismo, esto es, que
la ontología conlleva necesariamente decir adiós a lo humano y
a todas las problemáticas de la existencia y la sociedad real. Este
anti-humanismo, apresuradamente llamado “poshumanismo” o
“transhumanismo”, en realidad no es algo nuevo. La epistemología
estructuralista de los 60 del siglo pasado planteó algo parecido,
el “anti-humanismo epistemológico”, en pensadores como
Lévi-Strauss, Lacan, Althusser, Foucault, etcétera, en lo que
finalmente quedó como una concepción radicalista y, al fin,
autocontradictoria. A la vez que hablaban, escandalosamente, de
la “muerte del autor” o de la “muerte del hombre”, las figuras del
estructuralismo seguían firmando sus libros y, claro, preocupados
por las ventas de sus obras y su propia sobrevivencia, como
cualquier humano, demasiado humano.
El anti-humanismo siempre tiene algo de un desesperado
deseo de trascendencia. La teología medieval poseía un cierto
núcleo anti-humanista y, en verdad, toda concepción religiosa
guarda un perfil de anti-humanismo. No se puede tachar de un
plumazo —a riesgo de permanecer en sofisticadas ideologías,
pero al fin ideologías—, la pregunta por el sujeto y la realidad
humana. En esto sentido es que considero válidos e importantes
los intentos de algunos pensadores recientes por replantear desde
las corrientes filosóficas del siglo XX el tema del realismo. Así,
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por ejemplo, los propósitos de un realismo fenomenológico o
de un realismo de lo extra-lingüístico en la tradición analítica.
Se trata, finalmente, de establecer puentes entre el pensamiento
humanista y epistemológico del siglo XX y los nuevos aires del
realismo filosófico del siglo XXI. El tema antropológico es central
para observar el valor de esos intentos.
El realismo especulativo mantiene, no obstante, su
pertinencia filosófica: es necesario trascender el antropocentrismo
y subjetualismo de la filosofía anterior, que llegó a convertirse
en una especie de esfera de cristal, que limitaba y cercaba las
potencias del pensamiento filosófico. Una teoría de la subjetividad,
en general, una filosofía antropológica debe ser reconstruida hoy
desde la perspectiva del nuevo realismo. A este proyecto es a lo
que aquí he denominado “realismo integral”, y lo expuesto aquí
ha sido solo un primer acercamiento.

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�Iteración, Reiteración, Repetición:
Un análisis especulativo del signo sin sentido

ITERACIÓN, REITERACIÓN,

REPETICIÓN: UN ANÁLISIS
ESPECULATIVO DEL SIGNO SIN
SENTIDO
BERLÍN, FREIE UNIVERSITÄT, (ABRIL
DE 2012) *

ITERATION, REITERATION,
REPETITION: SPECULATIVE ANALYSIS
OF THE MEANINGLESS SING
BERLÍN, FREIE UNIVERSITÄT, (ABRIL
DE 2012)**
Quentin Meillassoux1

*
La presente traducción se realizó a partir de la versión en inglés de Robin Mackay,
esto ante la dificultad de acceder al manuscrito original de Meillassoux en francés; nos
apoyamos en el ejercicio ya emprendido por Adriana Canseco, Margarita Martínez y
Mario Teodoro Ramírez, quienes han contribuido anteriormente a trasladar los conceptos del filósofo a nuestra lengua. Esperamos que esta traducción (que incluye el resumen
y las palabras clave) logre sobreponerse a los equívocos y logre tender puentes para continuar y renovar el diálogo y debate filosófico. Agradecemos a Irina Rodríguez por su
disposición a esclarecer estas líneas y también al editor de esta revista por su paciencia.
**
Este texto, aunque fue traducido al inglés para la conferencia en Berlín, dictada
por Meillassoux el 20 de abril de 2012, no tiene versión francesa publicada. La versión
inglesa fue difundida mediante la página www.spekulative-poetik.de La traducción que
aquí presentamos será la primera versión publicada de este texto.
1

Profesor de la Universidad de Paris.

Aitías.Revista de Estudios Filosóficos.
Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 39-107

39

�Iteración, Reiteración, Repetición:
Un análisis especulativo del signo sin sentido

Resumen: El siguiente artículo presenta una conferencia inédita
expuesta en la Universität Freie de Berlín, donde Meillassoux
revisa y corrige las principales confusiones de los conceptos
que había presentado ya en Después de la finitud, mejorando
las distinciones conceptuales. Además presenta una primera
versión de su teoría del signo vacío, y su versión especulativa del
alcance ontológico de las matemáticas que gira sobre las nociones
centrales de repetición e iteración.

Palabras clave: Ontología, Especulación,
Matemáticas, Signo, Teoría de conjuntos.

Aitías.Revista de Estudios Filosóficos.
Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 39-107

Materialismo,

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�Iteración, Reiteración, Repetición:
Un análisis especulativo del signo sin sentido

Abstract: The following article presents an unedited conference
exposed at Berlin’s Freir Universität, in this article Meillassoux
revises and corrects the main confusions concerning the concepts
presented in After finitude, enhancing the conceptual distinctions.
Also he presents a first version of his theory of the meaningless
sing, and his speculative version of the ontological import of
mathematical thought, that revolves around the central notion of
repetition and reiteration.

Key Words: Ontology, Speculation, Materialism, Mathematics,
Sign, Set Theory.

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Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 39-107

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�Iteración, Reiteración, Repetición:
Un análisis especulativo del signo sin sentido

1. Recapitulación de los elementos principales de la especulación
factual
Mi preocupación principal, desde hace algunos años, han sido las
capacidades del pensamiento: ¿qué puede propiamente hacer el
pensamiento? Mi tesis (que puede parecer peculiarmente clásica)
viene a decir que el pensamiento es capaz de lo “absoluto”, capaz
incluso de producir algo como “verdades eternas”; y esto a pesar
de las destrucciones y deconstrucciones varias por las que han
atravesado todas las metafísicas tradicionales a lo largo del último
siglo y medio. Empecé desarrollando esta posición en 2006, en
Después de la finitud (DF), de una forma que, a mi entender, hace
posible una reactivación original del materialismo; susodicha
investigación es la que quisiera continuar desarrollando aquí.
Recordemos, en primer lugar, la estrategia que seguí para
intentar afirmar la capacidad “absolutizadora” del pensamiento:
mi idea era proponer un modelo de des-absolutización lo más
económico y riguroso posible. Ya que se ha dirigido una profusión
de críticas contra la pretensión filosófica de lo absoluto, me pareció
–empero– que todas ellas se sustentaban en argumentos nucleares
que podían ser modelados. Así pues, aunque no puedo pretender
reconstruir la riqueza y la complejidad de varios de estos antiabsolutismos, mi esperanza fue la de desarrollar un adversario
lo suficientemente riguroso con miras a que cualquier argumento
capaz de refutar este modelo-objeto pudiera ser igualmente capaz
de refutar cualquier crítica históricamente existente.
Así, inventé un anti-absolutismo al que me referí –por
razones que explicaré– como “correlacionismo”. Lo reduje a
dos argumentos, llamados círculo correlacional y facticidad
correlacional.
Los repasaré brevemente en ese orden, que es el único
orden lógico en que puede hacerse.
Si el materialismo metafísico parecía básicamente
insostenible después de Berkeley, esto se debió a una razón quizás
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�Iteración, Reiteración, Repetición:
Un análisis especulativo del signo sin sentido

tan simple como decisiva: el materialista parece comprometerse
siempre con una “contradicción pragmática” cuando pretende
conocer una realidad independiente de su pensamiento, toda vez
que la realidad de la que habla es precisamente aquella que le
es dada al pensar.2 Cuando pretendo acceder a una cosa-en-sí,
accedo en verdad solo a lo dado, de lo cual no puedo abstraer el
hecho de que es estrictamente correlacional al acceso que tengo
a él y que no tiene ningún significado concebible fuera de ese
acceso –fuera del modo en que yo lo concibo–. En este sentido,
parece infructuoso interrogar qué son las cosas cuando ninguna
mente puede aprehenderlas.
Por correlacionismo entiendo entonces, en una primera
aproximación, toda filosofía que sostiene la imposibilidad de
acceder a través del pensamiento a un ser independiente del
propio pensamiento. De acuerdo con este tipo de filosofía,
nunca tenemos acceso a alguna pretendida cosa (entendida en
el sentido más general) que no esté siempre ya correlacionada
a un acto del pensar (entendido, una vez más en el sentido más
general). Consecuentemente, el correlacionismo postula, contra
todo materialismo, que el pensamiento no puede escapar de sí
mismo para acceder a un punto aún no afectado por los modos de
aprehensión de nuestra subjetividad.
Llamo así “círculo correlacional” al argumento que
consiste en afirmar que un círculo vicioso, esencialmente
pragmático, es inherente a cualquier materialismo que postula la
existencia absoluta de una realidad externa a toda representación.
2
Hablo de “pragmática” más que de contradicción “performativa”, porque la
última concierne sólo al acto de enunciación pública, un estamento expuesto en voz
alta. Ahora, la contradicción a la que me refiero se obtiene incluso del acto mental.
Suponer esto, o pensar simplemente “yo no existo”, el contenido de esta proposición
es contradicha por el acto que produce esto. Lo mismo para, en acuerdo con el
`circulo correlacional´, para la proposición “Pienso un en-sí-mismo independiente del
pensamiento”. Esto es una contradicción pragmática (el contenido es contradicho por el
acto que enuncia el contenido, si bien mentalmente), y no justamente una contradicción
performativa (este último ocurre sólo a nivel del habla pública, pero eso no concierne
a los actos mentales). En ese sentido, Hintikka estaba equivocado al interpretar el
Cogito en términos de performativo, en lugar de pragmático, lo contradictorio de esta
afirmación (si yo pienso, yo soy) podría ser exclusivamente mental.
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Un análisis especulativo del signo sin sentido

Este argumento parece describir un punto muerto fundamental
que aguarda a todo materialismo así definido: ¿cómo se puede
pretender pensar lo que es cuando hay ausencia de pensamiento,
sin ver que esta pretensión implica una contradicción manifiesta?
La correlación misma puede ser pensada de muchas maneras
diferentes: sujeto-objeto, conciencia-donación, la correlación
noético-noemática, el estar-en-el-mundo, el lenguaje y el referente,
etc. Pero en cada caso, la correlación se postulará como un hecho
primordial que tiende a anular y vaciar cualquier creencia en la
pensabilidad de un “en sí” que trascienda al pensamiento.
El correlacionismo no puede, sin embargo, apoyarse sobre
una decisión única, al menos si pretende responder a la definición
que he dado, a saber: la de una empresa de la des-absolutización
del pensamiento. Ya que, si el círculo correlacional basta para
descalificar al absoluto materialista, no es suficiente para
descalificar toda forma de absoluto, ni toda forma de realismo.
Puesto existe, como bien sabemos, una forma no-materialista de
absolutismo, cuyo principio consiste no en pretender pensar ya un
absoluto no-correlacional sino en hacer de la correlación misma
el absoluto propiamente dicho.
Antes de continuar, permítasenos proponer en este punto
una denominación clara de las posiciones en juego aquí; una
denominación que creo es más clara que la empleada en Después
de la finitud. Llamo “correlacionismo” a toda forma de desabsolutización del pensamiento que, para obtener tal resultado,
argumenta a partir del repliegue [closure] del pensamiento sobre
sí mismo y sobre su subsecuente incapacidad para alcanzar un
absoluto externo a sí. Llamo “especulativo”, según hemos visto
ya, a todo pensamiento que accede a un absoluto que es a la vez
externo al pensamiento y que está en sí mismo desprovisto de toda
subjetividad. Por ejemplo, el epicureísmo es un materialismo, en
la medida en que pretende acceder a la realidad absoluta de los
átomos y del vacío, donde lo último no tiene de ningún modo un
rasgo subjetivo-psicológico, egoíco, sensible o vital.
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Pero existe una segunda forma de absolutismo, una nomaterialista: este absolutismo es el único que ha sobrevivido a la
crítica correlacionista, pues no consistía en impugnar el repliegue
del pensamiento sobre sí mismo, sino en confirmarlo, en nombre
de la absoluticidad del propio pensamiento (o de algunas de sus
características). La tesis consistía en interpretar el repliegue del
pensamiento sobre sí mismo, no como un síntoma de su finitud,
sino como una consecuencia de su necesidad ontológica. Si el
pensamiento no puede salir de sí mismo, no es porque se estrelle
con límites gnoseológicos sino porque descubre una forma de
existencia que es intrínsecamente necesaria: la subjetividad.
Por supuesto, la forma más elemental de esta creencia sería el
solipsismo: puedo creer que es mi subjetividad, cual individuo
psicológico, la que es absoluta, y por lo tanto creerme enteramente
solo en el mundo. Pero en la historia de la filosofía, nadie ha
tomado nunca sinceramente esta ruta; y la respuesta metafísica
al correlacionismo consistía más bien en absolutizar al sujeto en
general –de acuerdo con una modalidad trans-individual de la que
todo humano, y de hecho todo ser vivo o inorgánico, participaría en
su nivel propio–. Este absolutismo tomó varias formas, llevando
cada vez a la absolutización de una o muchas formas determinadas
de la subjetividad, o incluso del sujeto en su totalidad. La sensación
fue absolutizada (el hilozoísmo de Maupertius y Diderot), como
lo fue la razón (el idealismo hegeliano), la libertad (el Schelling
de 1809), la percepción (Bergson y la imagen en sí, en el primer
capítulo de Materia y memoria), la voluntad (Schopenhauer),
las voluntades en su conflicto mutuo (la voluntad de poder
de Nietzsche), el yo en su estado germinal inicial (los “yoes
larvarios” de Deleuze en Diferencia y repetición), etcétera. Así
pues, hubo una proliferación de las subjetivaciones de lo real,
a veces en conflicto unas con otras, en particular entre el polo
vitalista (desde el hilozoísmo hasta Deleuze por vía de Nietzsche)
y el polo idealista (dominado por Hegel). Pero tales conflictos
ocultaban un acuerdo fundamental: que después de Berkeley no
podría haber dudas acerca de no volver a la realidad totalmente
a-subjetiva del materialismo epicúreo. El marxismo intentó, en
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efecto, mantener tal concepción no-subjetiva de la materia en
una forma dialectizada, pero en última instancia no arribó a nada,
con la excepción del tardío y poco distinguido esfuerzo filosófico
de Lenin en Materialismo y empirocriticismo: en la estela de la
filosofía de la naturaleza del Engels tardío.
Lo que podríamos llamar “la era del correlacionismo”
abierta por Berkeley –y que sigue, en mi opinión, dominando la
filosofía continental hasta el día de hoy– puede describirse así bajo
la forma de dos movimientos opuestos en relación con el absoluto:
por un lado, el correlaccionismo, que, en forma de escepticismo,
de trascendental, de fenomenología o posmodernismo, le negó
al pensamiento el acceso a lo absoluto. Pero, por otro lado, se
desarrolló una nueva tendencia especulativa, que desde ahora
designaré con el neologismo: subjetualismo [subjectalism]. El
subjetualismo consiste en absolutizar el pensamiento, o algunas
de sus características, para retener un anti-materialismo postberkeleyano sin renunciar al estatuto especulativo de la filosofía.
¿Por qué este término de “subjectalismo”? Porque necesitamos
un término que nos permita abarcar a la vez todas las formas de
idealismo y de vitalismo en aras de impugnar la aparente oposición
entre estas dos corrientes –en particular durante el siglo XX– y
para enfatizar, en cambio, su relación esencial y su complicidad
anti-materialista original.
Regresaré a este punto en breve. Sin embargo, primero,
optaría por volver a la terminología adoptada en Después de la
finitud, la cual tiene el potencial de causar varios malentendidos.
En ese libro argumenté la misma oposición, esencial para mi
proyecto, entre correlacionismo y subjuetalismo; pero procedí de
una manera diferente y elegí términos distintos para designar esta
misma alternativa. En el primer capítulo, nombré “correlacionismo”
a todo repliegue del pensamiento al interior de la correlación. Lo
que significa que la filosofía que des-absolutiza al pensamiento
con la ayuda de la correlación y la filosofía que absolutiza la
correlación, son ambas consideradas como “correlacionismos”
en este nivel de análisis. Pero en los capítulos siguientes, refiné
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mi hipótesis, reservando el término “correlacionismo” al sentido
riguroso de la des-absolutización del pensamiento y refiriéndome
a la otra opción como “metafísica subjetivista”. Por lo tanto, en
Después de la finitud, hay un “correlacionismo en sentido amplio”,
que incluye tanto al correlacionismo en sentido estricto (desabsolutización) como a la metafísica subjetivista (absolutismo).
Pero la evolución del vocabulario de un capítulo a otro, y el
hecho de que el correlacionismo pudiera designar (en el sentido
riguroso) una corriente filosófica anti-absolutista y a la vez dos
corrientes opuestas de correlacionismo (en el sentido amplio) y
de subjetivismo metafísico, creó un aire lamentable de confusión
al que pretendo poner fin.
Así que estos son los términos que usaré aquí a partir
de ahora: llamo “era de la correlación” (y ya no “correlación
en sentido amplio”) a la era anti-materialista, post-berkeleyana,
que nos encerró al interior de la correlación, ya fuera a través
de un gesto anti-especulativo –que solo él se llama ahora
correlacionismo– o por medio de un gesto especulativo que ahora
llamaré subjetualismo, en vez de metafísica subjetivista (porque
la connotación “relativista” del término “subjetivismo” es
desafortunada, pues por el contrario el término pretende designar
una corriente absolutista).
Permítasenos regresar ahora al subjetualismo y a lo
que es interesante en esta denominación. Con este término,
como he dicho, quiero hacer énfasis en la complicidad antimaterialista entre el vitalismo y el idealismo. Este acuerdo básico
entre idealismo y vitalismo (contra el “viejo” materialismo) ha
dado lugar a algunos argumentos bastante peculiares por parte
del vitalismo. Pues el vitalismo ambicionaba ostensiblemente
realizarse como el enemigo radical del idealismo, y sin embargo,
al hacerlo, no buscaba asumir el legado del materialismo. El
hilozoísmo es así la forma enteramente “subjetivizada” del
(supuesto) materialismo del siglo XVII; esto es, ya no es en lo
absoluto materialismo, pues en él toda la realidad se identifica con
un modo sensible de subjetividad, la cual se absolutiza a lo largo
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de todas las cosas. El momento más peculiar llegó cuando varios
vitalismos –véanse los de Nietzsche y Deleuze– participaron de la
crítica radical de la conciencia y del sujeto. ¿En qué consistía esta
crítica “anti-idealista”? En criticar, sin duda, un cierto modo de
subjetividad que había sido colocado en una posición fundacional
(la conciencia, la razón, la libertad); pero solo para hipostasiar
simultáneamente uno o varios rasgos de la subjetividad humana,
incluso con respecto a la realidad orgánica. Esta empresa produjo
así conceptos típicamente subjetalistas, tales como “voluntad de
poder” o la “vida inorgánica de las cosas”. Es por esto por lo
que este anti-idealismo era fundamentalmente compatible con
el espiritualismo de Bergson, como será sorprendentemente
evidente en Deleuze.
Y así fue esto de lo que se habló paradójicamente como
la “crítica del sujeto”… esta manera de poner lo subjetivo por
doquier, enfrentando un tipo de subjetividad (la voluntad, la
vida, la percepción) contra otra (la conciencia, la libertad). Y
fue también esto lo que se presentó apresuradamente como una
“des-antropologización” de la naturaleza: refutar las causas
finales (intencionales, subjetivas en este sentido) en la naturaleza,
pero hipostasiando otra forma de nuestra propia humanidad (la
sensación, la voluntad, la percepción, la creación) en toda la
realidad y viendo entre lo humano y lo no-humano solo diferencias
de grado (o de “intensidad”) al interior de esta subjetividad
hipostasiada. Cierto, esta antropologización fue bien enmascarada
por medio de la abundante insistencia en la equivocidad de los
términos subjetivos empleados. Se trataba, según decían, de la
subjetividad, de la voluntad, de la percepción, pero desde luego no
en el mismo sentido que estos términos adoptan cuando se refieren
a su instanciación humana. Pero, en ese caso, ¿por qué usar las
mismas palabras?, ¿por qué sino porque esta supuesta diferencia
radical no era otra cosa que una diferencia en intensidad, no una
diferencia en naturaleza?
La forma más singular de esta negación, empero, fue
quizás otro argumento, típico de tal hipóstasis subjetalista;
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otra manera en la que pretendía ser anti-humanista o contraantropológica: se trataba, como arriba, de romper (así se nos dice)
con el antropocentrismo irrisorio en el que el hombre se cree el
depositario único de la facultad subjetiva que se intenta absolutizar;
se trataba de mostrar que el hombre no es sino un representante
particular, obnubilado por los prejuicios de su conciencia, de su
sensibilidad, de su vida, que le desbordan en todas direcciones.
El hombre–según se insistía– tiene que retroceder al interior
de sí mismo hasta el nivel infra-consciente, para participar
plenamente de esta subjetividad a-humana cuyo flujo lo vehicula
y lo atraviesa. Pero este rechazo del antropocentrismo solo lleva,
de hecho, a un antropomorfismo que consiste en la ilusión de ver
en toda realidad (incluso la realidad inorgánica) rasgos subjetivos
cuya experiencia es, en efecto, enteramente humana, variando
meramente sus grados (un acto de imaginación igualmente
humano). El hombre no encuentra en sí mismo –ya sea en el nivel
consciente o infra-consciente– más que su propia subjetividad,
de la que el universo realmente inhumano no está en obligado en
ningún modo a hacerse cargo como para complacer al filósofo que
espera a través de esa experiencia escapar de sí mismo. Librarse
del hombre, en este peculiar humanismo-en-negación, equivalió
simplemente a diseminarse por doquier, incluso en las rocas y en
las partículas, y de acuerdo a toda una escala de intensidades.
Hubo una serie de formas retóricas en las que tal o cual
filosofía no-materialista protestó que, aun incluso, no era heredera
de Berkeley –cuando era bastante evidente que siempre fue así–.
Berkeley ha sido incesantemente atacado a lo largo de los últimos
tres siglos, de un modo bastante ingrato, por las filosofías que
más bien preferirían librarse de este este incómodo ancestro.
Por lo que toca al subjetualismo, ahora empezamos a ver cómo
funciona su lógica de negación supuestamente no-antropologista.
Sin embargo, simétricamente, el mismo periodo también
atestiguó intentos de pensar un “materialismo” compatible
con el correlacionismo: un materialismo pensado de acuerdo
a las exigencias del criticismo, el empirismo o el positivismo
(el empiro-criticismo de Lenin) o a las de la fenomenología
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(Sartre). Esto lleva a pensar un materialismo que ya no podría
ser merecedor de su nombre, puesto que en él, el pensamiento
no saldría más de sí mismo. Aunque fuera solo de un modo
intencional, la fenomenología reconoció en lo mundanamente
dado una exterioridad en relación con la conciencia, pero no una
independencia en relación con ella (era siempre una exterioridad
meramente relativa, correlativa a la conciencia). El principio de
negación siempre fue sustancialmente el mismo: el materialismo
no podía consistir en afirmar que la materia existiera absolutamente
fuera de nuestras representaciones, ya que eso haría de tal
materialismo un “realismo metafísico” que iría más allá de toda
experiencia posible. Pero el materialismo es una tesis especulativa
(aunque no necesariamente una metafísica –ya volveremos sobre
esto–): afirma que se puede pensar lo que es, independientemente
de todo pensamiento, de toda subjetividad. Más aún, sin esta
proposición, ya no es un materialismo. Condenarlo por ello,
como una “metafísica” ultrajante que sobrepasa los límites de la
experiencia, sería condenarlo de acuerdo con un criterio que no
es materialista sino criticista. Y la crítica kantiana es, empero,
un idealismo (uno trascendental y, por lo tanto, un idealismo
correlacionista). Se termina así condenando o reconfigurando un
materialismo de acuerdo con un criterio idealista: o bien, se lo
prohíbe en nombre de una experiencia subjetiva que es imposible
de superar (positivismo hibridado con criticismo), o bien, se lo
reinventa como un vitalismo que ve lo subjetivo por doquier.
Permítasenos volver al término “subjetualismo”. La
fuerza crítica de la palabra “subjetualismo” es poner en el mismo
campo estas corrientes que pretenden oponerse radicalmente,
es ponerlas todas juntas –Hegel, Nietzsche y Deleuze incluido–
en el campo del propio Berkeley. Pues Berkeley, inventor del
argumento del círculo correlacionista, no fue un correlacionista
sino un subjetualista: un filósofo para quien solo existía lo
subjetivo, mentes e ideas, espíritus humanos o espíritus divinos.3
3
Por tanto Berkeley no “fundó” el correlacionismo, sino solo la “era de la
Correlación”, como hemos dicho. Lo hizo al dar forma subjetualista al argumento del
“círculo correlacional”. Es Hume, en mi opinión, quien inaugura la forma propiamente
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Una vez se reabre la lucha materialista contra toda forma de
hipóstasis de lo subjetivo (no solo el sujeto en un sentido acotado,
como conciencia, razón, libertad, sino del sujeto en todas sus
modalidades, como voluntad, sensación, vida preconsciente,
etc.), solo se verán variantes donde se nos había dicho que había
rupturas radicales, vertiginosas. Todo subjetualismo es una
variación del berkeleyanismo, una manera cada vez más nueva y
reinventada de habitar su gesto anti-materialista formidablemente
eficaz. Berkeley, Hegel, Nietzsche y Deleuze persiguieron, según
estrategias diversas, una y la misma contienda: la de abolir la
idea de la materia des-subjetivizada. Y desde este punto de vista,
no hay diferencia esencial entre alguno de estos pensadores y
el resto. Todos apuntalan su feudo, en un sentido más o menos
original, en el continente berkeleyano.
Si hay una crítica genuina del sujeto, esta tiene que ser
también una crítica de lo subjetivo y de su hipóstasis: tal crítica
no puede ser, pues, sino materialista, ya que solo el materialista
absolutiza lo no-puramente-subjetivo –la muerte pura y simple, sin
conciencia ni vida, sin subjetividad alguna, que está representada
por el estado de la materia inorgánica–, es decir, la materia anterior
e independiente de todo sujeto y de toda vida. Mi proyecto –un
proyecto neo-materialista– puede así formularse de la siguiente
manera: ¿cómo podemos escapar del correlacionismo y del
subjetualismo a la vez, de todas sus variantes históricas e incluso
de todas sus variantes concebibles?, ¿cómo podemos llevar a
cabo la recusación concomitante del escepticismo, del criticismo,
del trascendentalismo y de la fenomenología existencialista, del
posmodernismo (así de tantos correlacionismos), del idealismo,
del espiritualismo y del vitalismo en sus distintas formas (tantos
otros subjetalismos)?
Antes de revelar mi estrategia para efectuar esta doble
recusación de los anti-materialismos modernos y contemporáneos,
correlacionista (una forma escéptica, de hecho) del “círculo correlacional”: del círculo,
él ya no deduce que toda la realidad sea espíritu, sino que no podemos extraernos
de la esfera de las impresiones e ideas, y que la cosa en sí misma debe permanecer
irreductiblemente desconocida para nosotros. Hume hace un uso anti-especulativo del
“círculo” que fue inventado por Berkeley para fundar un nuevo tipo de absoluto.
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me gustaría hacer una última precisión léxica. Se trata, esta vez,
de la diferencia entre materialismo y realismo. En este punto,
tampoco fui lo suficientemente claro en Después de la finitud,
porque en aquel entonces lo que estaba en juego en esta distinción
no me parecía tan crucial como ahora. Llamo “realismo” a toda
posición que pretende acceder a una realidad absoluta, toda
posición especulativa, entonces. Sin embargo, ahora entendemos
que el realismo puede ser tanto materialista como subjetualista.
Así, todo materialismo es un realismo pero no todo realismo
es un materialismo (este puede ser un subjetualismo: Berkeley
es un realista del espíritu y de las ideas). Así pues, el apelativo
“realista especulativo” que designa el movimiento (importante en
sí mismo) con el que se me ha venido asociando, no corresponde
ya del todo a mi empresa, pues abarca también la opción que
busco contrarrestar: el subjetualismo. Si este término, sin
embargo, era el más adecuado por el cual optar para designar
el conjunto de proyectos de cuatro filósofos que, de hecho, son
anti-correlacionistas, es porque dos de ellos son –a mi juicio–
anti-materialistas, vale decir, subjetualistas: dígase Hamilton
Grant, que es deleuziano-schellingiano y Graham Harman, que
hipostasia nuestra relación subjetiva a las cosas al proyectarlas
al interior de las cosas en sí mismas. Harman, en particular,
desarrolla un subjetualismo muy original y paradójico, ya que
hipostasia la relación que tenemos con las cosas, que según él,
se repliegan continuamente del contacto que podemos establecer
con ellas. Pero la forma implícita de este repliegue está dada
por nuestra relación con las cosas. Hacer de nuestra relación
subjetiva con las cosas que se repliegan de su contacto (pleno)
con nosotros la relación universal de las cosas con las cosas, es
un gesto típicamente subjetualista, realizado en una forma nueva
y brillante, pero que todavía pertenece a lo que he llamado la
“era de la correlación”. Ahora bien, es de esta era de la que
quiero escapar definitivamente, para no convencerme más que
mi relación con las cosas sería parte de ellas.4 Harman designa
4
El nihilismo de Ray Brassier es más cercano a la opción que quisiera defender,
en la medida en que me parece que es a la vez anti-correlacionista y anti-subjetualista.
Mi desacuerdo con su importante e impresionante libro (Nihil Desencadenado) yace
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con la expresión “filosofías del acceso” a aquellas filosofías que
se basan a sí mismas en la relación entre lo humano y las cosas,
y que consideran que solo tenemos acceso a dicho acceso, no a
las cosas en sí mismas. Pero Harman, a mi juicio, no escapa de
ese “acceso” toda vez que, por el contrario, lo hipostasia para las
cosas mismas: ya no hay ninguna posibilidad de que escapemos
del acceso, pues a partir de ahora, está en todas partes. Solo el
materialista puede escapar de él, pues hace de ese acceso humano
a las cosas algo que pertenece solo a la relación humano-cosa,
algo que no existe en lo absoluto en las cosas, a fortiori entre
ellas. Si queremos mantener la promesa de escapar del acceso a la
cosa en sí, no debemos redescubrir el acceso (en mayor o menor
grado de intensidad) al interior de la cosa en sí.
Volvamos ahora a nuestra demostración. Dije que la
correlación consigue, con ayuda de su primer argumento (el
‘círculo correlacional’), destruir todo realismo materialista.
Pero es impotente para combatir el realismo subjetualista con
el mismo argumento, pues este último también afirma que no se
puede, sin contradicción, extraer del pensamiento (en el sentido
amplio de la subjetividad),5 aunque saca la conclusión inversa
en el hecho de que aún no logro ver como la no-filosofía de Laruelle, que parece ser
esencial para Brassier, le permite obtener tal resultado. Si se me explicara que esta no
es su intención (ya que tanto el materialismo como el anti-materialismo son “todavía
filosofía”, entonces tendría que rechazar esta no-filosofía, porque, a mi entender, no
hay otra posibilidad más que ser materialista o anti-materialista (ya sea en la forma
correlacionista o en la subjetualista), toda superación de esta alternativa es ilusoria, lo
que es fácil probar frente a cualquier supuesta tercera opción, al menos si uno se toma
el tiempo de formularla con claridad. Por un lado, si es de hecho la intención de la nofilosofía recusar el correlacionismo y el subjetualismo, entonces necesitaría que se me
explicaran dos cosas: (a) ¿cómo logra esto (lo que permanece oscuro para mí?; (b) ¿de
qué manera mi propia aproximación es insuficiente (lo cual, por supuesto, no creo)?
Agregaría, más incisivamente, la tesis siguiente, que es, más exactamente, una simple
hipótesis de trabajo: es porque las opciones del correlacionismo, el subjetualismo y el
materialismo saturan el espacio filosófico de lo pensable que toda afirmación filosófica
de estar “fuera” o “más allá” de estas opciones debe necesariamente darse en una de dos
(y solo dos) formas posibles: o bien una forma manifiestamente incorrecta, que sería
revelada una vez que la filosofía en cuestión sea claramente expuesta; o bien en una
forma irremediablemente oscura.
5
Espero que sea claro para todos que entiendo el término “pensamiento” no
solo en el sentido estricto de pensamiento racional y argumentado, sino también en el
sentido amplio (cartesiano) que abarca toda forma de subjetividad (sensación, percepción,
imaginación, memoria, voluntad, entendimiento, etc.) Pongo mi confianza en el lector para
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(ya no, el pensamiento no puede pensar lo absoluto; más bien,
el pensamiento piensa al pensamiento como absoluto). Ante
esta segunda forma de absolutismo no-materialista, el círculo
correlacionista no supone auxilio alguno, y debemos movilizar en
su contra otro argumento decisivo, a saber: lo que llamo facticidad
correlacional.
Para comprender el segundo argumento, permítasenos
recuperar más rigurosamente el significado del subjetalismo,
al menos en la medida en que este se presenta en su forma más
rigurosa (algo que, históricamente hablando, no siempre pasó). En
esta nueva defensa de lo absoluto, el razonamiento es del siguiente
modo: puesto que la idea misma de un “en sí” independiente del
pensamiento es inconsistente, tiene sentido plantear que este
en sí, al ser impensable para nosotros, resulta imposible en sí
mismo. Si solo conocemos lo que se da al pensamiento, eso no
significa que estemos separados de lo absoluto por estar atrapados
en nuestros límites subjetivos, sino que, en sentido absoluto, no
puede haber nada que no esté correlacionado a un acto subjetivo.
La necesidad estricta con la que el correlacionismo demostraba
que nunca podemos pensar fuera de la subjetividad, se transmutó
en el pensamiento de una necesidad ontológica: siempre
experimentamos la subjetividad como un principio necesario, y
por lo tanto eterno, del que nadie puede escapar. Definiremos así
como subjetualismo toda metafísica que absolutice la correlación
del ser y el pensamiento, cualquiera que sea el sentido que asigne
a los polos subjetivo y objetivos de dicha relación. El idealismo
hegeliano es evidentemente el paradigma de tal metafísica del
pensamiento-sujeto como absoluto, pero el vitalismo obedece
también a la misma lógica, incluso si no lo hace siempre con la
plena conciencia de su argumento fundamental.
Podemos ver que el correlacionismo, para contrarrestar el
absoluto subjetivista y no solo el materialista, tiene que movilizar
entender que el sentido estricto (pensamiento argumentado) es referido cuando me refiero
a la capacidad del sujeto humano para teorizar el absoluto (‘el absoluto es pensable’) y que el
sentido amplio es utilizado cuando hablo de “el repliegue del pensamiento en sí mismo” (en
sus representaciones subjetivas en general).
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un segundo argumento, capaz de des-absolutizar la correlación
misma, capaz de prohibir su devenir-necesario cual estructura
perenne de lo que es. El segundo argumento es el de la “facticidad
correlacional”.
Para que el correlacionismo pueda emprender una desabsolutización del pensamiento tiene que postular la correlación
como algo que no es absolutamente necesario, y que dicha
ausencia de necesidad absoluta de la correlación es accesible al
pensamiento, que se puede justificar a través de un argumento
y el cual no se formula simplemente como un acto de fe. Esta
no-necesidad pensable de la correlación es precisamente lo
que llamo “facticidad correlacional”. La tesis de esta facticidad
correlacional es pues la siguiente: el pensamiento puede pensar su
propia ausencia de necesidad, no solo como conciencia personal,
sino como estructura supra-individual Es solo bajo esta condición
que el correlacionismo puede pretender pensar la posibilidad
misma de un otro-enteramente incognoscible de la correlación.
¿Cómo puede justificarse esta tesis?
La única manera de hacerlo, a mi juicio, es haciendo
énfasis en la falta de toda razón de la correlación misma, en
cualquier sentido en que se entienda dicha correlación. ¿A qué
acto de pensamiento se refiere esta ausencia de razón (a la que
llamaré “irrazón”)? A una observación fundamental, que no es
empírica sino más bien trascendental o incluso existencial: la
correlación puede ser insuperable, pero no se da a la manera
de un fundamento necesario; nada en ella indica alguna propia
necesidad, incluso si no podemos pensar su ser de otro modo,
incluso si no sabemos cómo escapar de ella para acceder a su
exterior radical: que haya lenguaje, conciencia, estar-en-elmundo, esto es, en cada caso, una cuestión acerca de un “haber”
originario, de un hecho primero más allá del cual el pensamiento
no puede llegar.
Tenemos que distinguir aquí entre tres nociones: lo
contingente, lo fáctico y lo archi-fáctico. Llamaré “contingente”
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a todo ente, cosa o incluso acontecimiento acerca del cual sé que
es capaz de no ser o que pudo no haber sido, o que pudo haber
sido otra cosa. Sé que este florero pudo no haber existido o pudo
haber existido de otra manera; sé que una caída del florero al
suelo podría no haber pasado.
Llamaremos “fáctico”, por otro lado, a todo tipo de
ente cuyo ser-otro puedo concebir, pero del cual no sabemos si
efectivamente pudo haber sido algo más que lo que es. Las leyes
de la física de nuestro universo se adentran en este caso: puedo
concebir que estas leyes cambien en el futuro sin contradicción y
sin que lo invalide ninguna experiencia pasada (este es el principio
de la crítica de Hume a la causalidad); y por lo tanto, no puedo
demostrar que sean necesarias. Pero no sé, por ello, si aquellas
leyes son efectivamente contingentes o si son de hecho necesarias
aún si esto no pudiera probarse. En ese sentido, diremos que esas
leyes pertenecen a la “facticidad”, pero que no son “contingentes”
en el mismo sentido que el florero.
Finalmente, llamaremos “archi-fáctico” a todo hecho que
no pueda yo concebir, de ninguna manera, como otra cosa distinta
a lo que es o como algo que no es, pero cuya necesidad no puede
sin embargo probarse, de modo que tenemos que decir que es un
hecho en el sentido amplio. Ahora bien, es precisamente respecto
de la noción de archi-hecho así definida por lo cual el absolutismo
subjetivista y el correlacionismo difieren.
Pues, ¿qué dice el subjetivista? Que no puedo pensar lo otro
de la correlación: puedo, en efecto, pensar que el mundo podría
haberse dado de otra manera, que sus leyes podrían fallar, pues
puedo pensar e incluso imaginar un mundo gobernado por otras
leyes. Pero no puedo pensar la abolición misma de la correlación
y de sus posibles variantes toda vez que pensar su abolición sería,
de nuevo, pensarla como correlato de mis pensamientos actuales
y contradecirme así pragmáticamente. Ahora, si lo otro de la
correlación es impensable, para el subjetivista esto quiere decir
que es imposible: lo no-correlacional es, según él, una noción
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totalmente absurda, y por lo tanto tan inexistente como la de un
círculo cuadrado. La correlación no es, por lo tanto y según el
subjetivista, una realidad contingente: es una necesidad absoluta.
Sin embargo, la tesis del correlacionista es, por el contrario, la
siguiente: ciertamente, admito que no puedo pensar lo otro de la
correlación, y así la correlación no es un hecho del mismo modo que
las leyes físicas lo son; pero tampoco (añadiría él) puedo encontrar
en la razón el ser supuestamente necesario de la correlación.
A la correlación y a mi encierro al interior de ella, solo puedo
observarlos a través del ejercicio de mi pensamiento. Ahora bien,
una observación es siempre una relación con algo que está dado,
en última instancia, como puro factum. Si yo no puedo pensar
lo otro de la correlación, esto representa solo el límite factual de
mi pensamiento; pero no puede probarse que esta impensabilidad
subjetiva de la no-correlación corresponda con la imposibilidad
absoluta de una cierta realidad no-correlacional existente. No
podemos probar que lo impensable para nosotros sea imposible
en sí sin petición de principio, sin que se presuponga lo que hay
que probar, dígase: que a toda experiencia de la impensabilidad
corresponde a una verdad absoluta, a una verdad en sí y no solo
para nosotros.
La correlación constituye así también un cierto tipo
de hecho: un hecho cuyo otro es impensable, y cuyo otro, sin
embargo, tampoco puede ser postulado como absolutamente
imposible. La correlación, en este sentido, es un archi-hecho.
Lo que llamo entonces “principio de factualidad” consiste
en absolutizar, ya no la correlación (primera decisión del
correlacionismo) sino la facticidad correlacional (segunda decisión
del correlacionismo). Se trata de mostrar que la tesis última de
este pensamiento des-absolutizador esconde un absoluto oculto:
facticidad, en efecto, archi-facticidad. ¿Por qué la facticidad
constituye un absoluto implícito del correlacionismo? Porque el
último tiene que admitir que somos capaces de pensar nuestro
posible no-ser en aras de eludir el absoluto subjetivista que lo
declara impensable. La posibilidad, empero, de que podríamos
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dejar de existir: esta posibilidad es por definición independiente
de nuestro pensamiento, toda vez que actualiza nuestro no-ser.
Solo podemos, por lo tanto, pensar nuestro posible
no-ser, y así nuestra facticidad (como individuos y como
estructuras correlacionales) bajo la condición de poder pensar
la posibilidad absoluta de nuestro ya-no-ser, una posibilidad
que es independiente de nuestro pensamiento toda vez que este
consiste precisamente en la aniquilación de dicho pensamiento.
De modo genuino hay, por lo tanto, un absoluto efectivamente
pensable por la admisión misma del correlaccionista; una que
este último no puede refutar, ya que la presupone, a saber:
el posible no-ser de todo ente, incluida la correlación, un
absoluto que hemos designado como la marca de un “Tiempo
hipercaótico”. Así pues, para que el acontecimiento [the event]
de la abolición de la correlación sea pensable, tiene que ser
posible al pensamiento un acontecer que, por definición, no
tenga necesidad de que la correlación sea efectiva. En cuyo
caso, contingencia, facticidad y archi-facticidad advienen
una misma cosa para nosotros: sabemos que lo que es, puede
no ser, y aquello que no es, podría ser. Las cosas, la gente,
los acontecimientos, las leyes físicas, la correlación en sí:
ser es estar determinado, ser esto o aquello, y así estar capaz
de cambiar sin razón alguna, en una manera completamente
contingente, al interior de un Tiempo capaz de destruir todo
ente, sea cual sea su modo de ser. Lo que tomamos como límite
del pensamiento –la facticidad– es una propiedad absoluta y
pensable acerca de lo que es.
Lo que llamamos factualidad es la propiedad de la
facticidad de no ser en sí misma factual. La factualidad
designa la no-facticidad (es decir, la necesidad absoluta) de la
facticidad y solo de ella. Por lo tanto, llamaremos “principio
de factualidad” al enunciado especulativo según el cual la
facticidad es lo único no-factual o (lo que es lo mismo), según
el cual lo único necesario es la contingencia. Tal es el principio,
el de la sola necesidad de la contingencia, que rige la idea de
una especulación a la cual llamo “factual”.
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La idea que persigo es, entonces, la siguiente: sostengo
que es posible derivar condiciones no-triviales desde la facticidad
necesaria de todas las cosas, propiedades absolutas de aquello que
es, aún si existimos o no para pensarlas. Así pues, sostengo –y
aquí radica el interés general de la tesis– que para ser contingente,
un ente (sea una cosa, un acontecimiento, ley o estructura) no
puede ser solo “cualquier cosa”, sin restricciones. Por ejemplo, si
definimos la inconsistencia de un ente como una capacidad de ser
contradictorio universalmente, entonces puede establecerse (algo
de lo que no me haré cargo aquí) que ese ente es absolutamente
imposible, porque siempre sería ya lo que no es y existiría al
mismo tiempo que no existe. La inconsistencia es imposible,
no porque sea absurda, sino porque permitiría a su portador ser
absolutamente necesario: incapaz de cambiar toda vez que es ya
lo que se supone que devendrá; incapaz de terminar, pues para
aquello, “ser es no ser”. Sobre esta base tenemos que rechazar la
posibilidad de un ser contradictorio universalmente inconsistente,
no porque podría ser ilógico (esta sería una petición de principio),
sino porque sería absolutamente necesario: lo único absolutamente
prohibido a cualquier realidad. Intento, pues, sostener dos tesis
a la vez: toda realidad determinada puede ser otra además de
la que es (y es, así, contingente), pero la contingencia implica
propiedades no-triviales y necesarias, las cuales llamo figuras.
Mi trabajo consiste, pues, esencialmente, en derivar del principio
de factualidad varias figuras como invariantes absolutas de la
máxima variabilidad dada a cada ente.
Ahora, para concluir esta recapitulación parcial de mis
tesis ontológicas, quisiera tratar de contrarrestar una serie de
impresiones falsas que pudieran haber tenido al escucharme (o
leerme). Debo decir que siempre lamento hablar en “formatos
limitados”, como los artículos, los papers, las conferencia,
porque me siento obligado a ir más rápido de lo que quisiera
y a dar una impresión bastante brutal, incluso polémica, de las
investigaciones que en mis escritos son mucho más prudentes
y, en su conjunto, bastante más “urbanas”. Pudiera ser que
ustedes tuvieran la impresión de que postulo dogmáticamente un
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“materialismo anticuado” que condena toda otra forma de pensar
en el nombre de una ortodoxia redescubierta. Quizás ustedes
también sintieron que mi conclusión es más bien banal, incluso
retrógrada: hablando, por ejemplo, del tiempo en vez del espacio
–que ha estado mucho más en boga desde el estructuralismo,
desde Foucault y la geofilosofía; en fin, algún absoluto que,
aparentemente, no tenga nada de innovador.
Me gustaría, en el tiempo –o el espacio– que me queda,
dirigirme en contra de tales impresiones, insistiendo en el
carácter a la vez “extraño” (no clásico) y “no-intrusivo” (no
dogmático) del materialismo que propongo. Primeramente, este
materialismo es extraño por aquello de que no absolutiza ninguna
realidad materialmente determinada: partículas, fuerzas, ondas,
continuos espacio-temporales, ondas de probabilidad, etc. Las
así llamadas realidades “materiales” (o al menos “físicas”) son
contingentes, como lo son las leyes que las rigen. Lo que llamo
“Hipercaos”6 puede destruirlas sin causa o razón si todo está
en efecto desprovisto de necesidad. Por lo tanto, no soy para
nada dogmático respecto de lo que nuestro mundo es. No baso
arrogantemente mi pensamiento en tal o cual estado contemporáneo
de la ciencia. Esta aproximación, más que ser un asunto acerca
de un materialismo entendido rigurosamente, pertenece a un
cierto “naturalismo”. Tal enfoque me parece profundamente
fútil, porque se vuelve dependiente, cada vez, de un estado de
la ciencia que no tiene mayor razón para ser definitivo hoy que
ayer. Mi propuesta es enteramente diferente: afirmo que el único
punto de absoluta exterioridad que el pensamiento encuentra es
6
Una vez más dudo, en este punto, sobre un asunto léxico: al hablar de
Hipercaos en Después de la finitud, usé para mí mismo el término “Surcaos” (como
lo dije en una entrevista con Graham Harman), porque el primer término me parecía
que daba la falsa impresión de que estaba tratando de pensar un caos más desordenado,
más absurdamente frenético que aquellos que lo habían precedido en otros sistemas
filosóficos (el prefijo “hiper-” ha adquirido, erróneamente, una connotación
intensificadora en el lenguaje ordinario). Ahora, el Caos que avizoro es tan capaz de
producir un orden impecable como de producir un desorden frenético, de ahí la idea
de un Surcaos, que refiere al antiguo orden metafísico y al antiguo desorden caótico por
igual. Pero decidí comprometerme con un barbarismo al mezclar el prefijo latino con
un sustantivo griego, de ahí el regreso al “Hipercaos” cuyo significado, creo, puede ser
postulado con suficiente claridad para evitar cualquier equivocidad.
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el de la contingencia radical de nuestro propio mundo. Dado
esto, la consecuencia radical es la siguiente: ya que especulo
sobre lo absoluto, me prohíbo a mí enteramente hablar de lo que
es, por no hablar de lo que podría ser. Pues aquello que es, es
totalmente contingente, y esto, en efecto, en un sentido mucho
más vasto que el de la contingencia ordinaria o trascendental, la
cual está restringida de varios modos por las leyes físicas o por
las categorías. A mi juicio, cualquier cosa puede pasar, cualquier
mundo puede suceder a cualquier otro. Ahora, la única cosa que
debería interesar al filósofo especulativo no es lo contingente
sino lo necesario. Pero, toda vez que nada existente es necesario,
la especulación no debería hablar de ello en lo absoluto o solo
para despertar la conciencia del lector sobre tal o cual punto
(como el “archi-fósil” en Después de la finitud, que fue propuesto
solo para problematizar la auto-evidencia contemporánea del
correlacionismo). La especulación tiene que hablar solo de
aquellas figuras (sin duda pocas y más bien distantes entre sí)
que pertenecen precisamente a una contingencia dirimida de toda
restricción que no sea tal (o tales) que su propia eternidad.
Por lo tanto, la especulación asegura a todas las demás
disciplinas del pensamiento que solo ellas tienen el derecho de
describir y explicar (de forma no necesaria) el mundo en que
vivimos. Mi materialismo está lejos de ser hostil al empirismo,
de hecho pretende fundar la necesidad absoluta de este último.
Mi único desacuerdo con el empirista es que afirmo que está
absolutamente en lo correcto: si quieres saber o pensar lo que
es, tienes que hacerlo necesariamente (desde mi punto de vista)
por medio de un régimen de experiencia: la experimentación
científica (las ciencias de la naturaleza), la experiencia histórica
y sociológica, pero también la experiencia literaria y artística,
etc. Y aquí, mi papel es prevenir que un cierto régimen filosófico
impugne la soberanía de estas “disciplinas de la experiencia”
que he enumerado. Ahora bien, lo que impugna la soberanía de
estas disciplinas es lo que llamo “metafísica”, que distingo de
la especulación. Pues, llamo “especulativa” a toda filosofía que
pretende acceder a un absoluto, pero me refiero como “metafísica”
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a cualquier especulación que busca acceder a una modalidad más o
menos extendida del principio de razón suficiente. El principio de
razón suficiente consiste, en su forma mínima, en una afirmación
de que las cosas existentes tienen una razón necesaria de ser tal
y como son y no de otra manera. Si aceptamos este principio, el
metafísico siempre estará en su derecho de legislar sobre lo que es
pretendiendo ofrecer la razón necesaria que le hace ser tal y como
es, una posición que yo llamo “dogmática” y “absolutista”, y a la
que opongo una posición “absolutizadora”, es decir, una posición
especulativa pero no metafísica: la posición factual mantiene la
falsedad absoluta del principio de razón suficiente, y así renuncia
a cualquier derecho a involucrarse con sus razones necesarias,
en la esfera de lo que en realidad existe. Así, mi materialismo no
es ni dogmático ni intrusivo: no dice cuáles son los elementos
últimos de este mundo, ni pretende demostrar en general que hay
es necesariamente lo que es (tal o cual cuerpo sustancial o un
devenir perpetuamente creativo). Por el contrario, defiende el
derecho exclusivo de la experiencia a describir las incansables
particularidades de lo real que constituyen nuestro mundo.
Aquí vemos una “inversión” posible de mis posiciones
precedentes, que debería convencerles de que no soy en lo absoluto
un dogmático intolerante, adherido a algún vetusto materialismo
(un materialismo que sería metafísico más que especulativo en
el sentido estricto). Pues, consideremos los efectos de la tesis
según la cual el materialismo tiene que ser especulativo y no
metafísico, y que por tanto debería prohibírsele hablar de lo que
es y contentarse con hablar de la contingencia de lo que es. Somos
materialistas en la medida en que nos atenemos a dos principios
que pertenecen a todo materialismo: el ser no es pensamiento y
el pensamiento puede pensar al ser. Por un lado, establezco que
el ser de toda cosa es su contingencia, el hecho de que un ser sea
más bien que no sea. En Después de la finitud, intenté demostrar
(mi “prueba materialista ontológica”) que si la contingencia es
eterna, entonces tienen que haber existido por toda la eternidad
seres contingentes más bien que nada. Pues la contingencia no
es externa a lo que es contingente, no es un principio “flotante”,
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sino que siempre es una propiedad de seres determinados.
Establezco así que algo tiene que existir, no una pura nada, y
que dicho algo no es necesariamente algo pensante. Ese algo
que no es necesariamente pensamiento, es materia en general, su
contraparte determinada es tal o cual materia subordinada de facto
a tal o cual serie de leyes físicas pertenecientes a un mundo dado.
La materia puede, por lo tanto, estar desprovista de pensamiento,
de subjetividad, y puede describirse completamente por una
física matematizada, una física que no concede ninguna cualidad
subjetiva a lo inorgánico y que no necesita creer que la materia
implica siempre algún tipo de existencia subjetiva. El estar no
implica nada de ser, ni siquiera una sensación infinitesimal de un
“yo”.
He aquí la posición del materialismo especulativo. Pero,
ya que este materialismo, según he dicho, no es metafísico, no dice
entonces nada respecto al ser fáctico de nuestro mundo. Expulsa
por lo tanto el principio de razón suficiente en la medida en que
dicho principio se empecina en buscar razones necesarias para
lo que es, razones que no existen en lo absoluto desde nuestra
perspectiva. Ahora bien, el principio de factualidad no impide
desde luego que los hombres y las mujeres de ciencia expliquen lo
que se da empíricamente por medio de causas y leyes. Si en efecto
nos regimos por leyes físicas determinadas, es bastante legítimo
buscar causas factuales y razones que expliquen la realidad
cotidiana. Yo rechazo el principio metafísico de razón suficiente
que busca una razón absoluta para lo dado, pero no los diversos
principios heurísticos que explican nuestra facticidad cotidiana.
Sin embargo, podemos dar un paso adicional en esta
dirección, aproximándonos de nuevo a la tesis del subjetualismo
sobre la subjetividad universal de la realidad. Recordemos que
rechacé esta tesis en la medida en que esta pretendía fundar la
necesidad absoluta de esta subjetivación de lo real bajo el nombre
de círculo correlacional inventado por Berkeley. Todo cambia,
empero, si esta subjetivación de lo real se formula solo como una
mera hipótesis con la cual explicar nuestro mundo. Pues, ya que el
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materialismo no es metafísico, no pretende hablar acerca de nuestro
mundo. Ahora, nada previene la hipótesis de que nuestro mundo
está, de facto y muy contingentemente, calado de subjetividad en
cada uno de sus rincones y grietas. Esta hipótesis, ciertamente,
es doblemente inútil: inútil para la ciencia, cuya matematización
de la naturaleza no exige ninguna interpretación subjetivista
del mundo; e inútil para la filosofía especulativa, para la que es
perfectamente pensable lo real no subjetivo. Esta hipótesis puede,
sin embargo, plantearse de acuerdo con un principio heurístico
que iría “más allá” de nuestra explicación científica del mundo,
sin rozar el absoluto especulativo del materialismo. Uno plantearía
la hipótesis de la subjetividad de lo real ya no como metafísico
(pretendiendo así establecer una verdad absoluta), sino (para
proponer un nuevo término) como un “hiperfísica” consciente
de la naturaleza contingente de la subjetividad así investigada.
Llamo “hiperfísica” a toda teoría que postula una realidad-otra
a la investigada por la ciencia en tanto explicación heurística
de los componentes supuestamente últimos de nuestro mundo,
que se reconoce como un mundo contingente entre otros que son
realmente posibles. A fuerza de esto, todas las hiperfísicas (la
vitalista, la idealista, la espiritualista, etc.) se vuelven igualmente
legítimas en su orden, y el materialismo especulativo no tiene
nada en su contra: este les recuerda, sencillamente, que en tanto
hiperfísicas, no son sino físicas no-científicas, es decir, teorías
posibles de lo que fácticamente es como es.
No se dejen engañar por el prefijo “hiper” en “hiperfísica”:
sobre todo, aquello no significa que dichas teorías accedan a lo
que llamo hipercaos. Significa, por el contrario, que no lo hacen,
ya que hablan solo del ser de lo que es, y no, como el pensamiento
especulativo, del Ser de ese ser (de su facticidad, del hecho
contingente de que un ser sea esto y no aquello). Pero esas teorías,
que asumen el mismo objeto a modo de la antigua metafísica (es
decir, la naturaleza), se mantienen en la esfera del hipercaos: son
un resultado de esta última, en la medida en que ya no pueden
hablar de su objeto de otra manera más que de un modo postulativo
(y no deductivo). La hiperfísica contemporánea (que, a mi juicio,
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incluye a la filosofía de Graham Harman) ya no puede deducir en
consonancia con una necesidad absoluta que su objeto sea esto o
aquello (subjetividad, hecho de voluntad de poder, movimientoimagen, cosas que se repliegan de su relación con otras cosas,
etc.). Solo pueden postular y observar la mayor o menor
adecuación de su postulado con la realidad. Y esto precisamente
porque ahora solo tienen acceso a un mundo de tal o cual hecho:
observable y no deducible. Luego, incluso si se desplegara una
hiperfísica, esta ya no podría mantener la arrogancia de la arcana
metafísica en relación con los distintos discursos que también
asumen lo que está (la ciencia, la historia, la literatura, etc.): su
posición es postulativa, hipotética y sin fundamentación alguna
en su necesidad. Su interés es en última instancia heurístico, sin
ninguna seguridad posible de ser definitivamente verdadero, pues
no da cuenta de nada eterno en los seres.
¿Qué hay de mí? ¿Tengo acaso una teoría hiperfísica que
podría adjuntar a una teoría especulativa de lo factual? Para ser
honesto, intento en lo posible, no tener una –porque el mundo
me parece ser mucho más interesante de esta forma. En tanto no
tengo una hiperfísica, –que se podría añadir a una filosofía factual
como un complemento ventajoso — tengo aún a mi disposición
teorías no-filosóficas y discursos que me dicen bastante bien (en
un movimiento que es continuamente retomado y recomenzado)
que es lo que es. Ahora, permítanme hacer una observación: la
ciencia matemática me dice que se puede dar una comprensión
(en principio, no de hecho) de la materia inorgánica sólo a través
de las matemáticas. Pero otros discursos me dicen (de acuerdo
con mi experiencia personal) que otros campos de realidad (vida
animal, vida y mente humana) se añaden a este campo de existencia
muerta (muerta no en un sentido estático y no dinámico, más no
sintiente) mundos de sensaciones, percepciones, voliciones, etc.,
que son extremadamente ricos y complejos. Lo cual implica la
intervención de otras teorías y discursos que son físicos –biología,
etnología, sociología, historia, literatura, etc.

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Suponiendo que lo real inorgánico es no-sintiente,
nos salvamos entonces de agregar a la materia una capacidad
sintiente muy problemática; pero, ante todo, creo descubrir,
un mundo que es infinitamente más interesante que el mundo
subjetivizado. Para este mundo de materia muerta, resulta que
hay una radical emergencia ex nihilo de realidades (sensaciones,
percepciones, etc.), que absolutamente no existían antes, ni
siquiera potencialmente (ya que las combinaciones potenciales de
la materia inorgánica conllevan solo complejos físicos que nunca
han tenido ninguna razón para complementarse a sí mismas con
un régimen de sensaciones). Ahora, este es mi mayor punto de
ruptura con el antiguo materialismo metafísico –en particular con
el de Lucrecio: esta emergencia ex nihilo no debe ser rechazada
como un rastro de superstición, sino que debe afirmarse como
marca de una refutación radical del Principio de Razón Suficiente
—fundado en el principio de pura contingencia de cada cosa
y cada mundo. Para que de este modo las bases de la antigua
religiosidad —donde el alma no puede ser producida por la
materia– se convierta en un argumento en favor de la absurdidad
superior del Tiempo, capaz de agregar a lo real aquel absoluto
que no es originario en sí. Cada “milagro”, prefiero decir, se
convierte en una prueba experimental de la inexistencia de Dios.
Y el eje de este absurdo racional (racional, pero no ‘razonable’ i.e.
subsumido al Principio de Razón Suficiente) es que estos niveles
de realidad irreductibles unos a los otros están, sin embargo,
— en tanto suplementos puros— suficientemente coordinados
unos con otros, para no destruir totalmente la coherencia relativa
de este mundo. Este es el enigma de todos los dualismo —un
enigma que permanece, y con todos sus matices religiosos— a
menos que comprendamos que sólo la emergencia ex nihilo es
completamente racional e inmanente.
Por tanto, propongo (pero consciente que es sólo una
propuesta, ya que en esta asunto no hay argumento definitivo) que
hemos terminado de reproducir siempre una y otra vez, el mismo
argumento subjetivista (que hay como un ‘sujeto’, una ‘voluntad’,
o ‘percepción’ de todas las cosas, dado que no podemos concebir
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nada fuera de la subjetividad), con el fin de poder hacer del mundo
algo mucho más rico de lo que estos modelos podrían. Ya que estos
modelos son monistas, incluso cuando buscan ser pluralistas: en
ellos todo es uniformemente sujeto, voluntad, devenir creativo,
imagen-movimiento, etc. –y nada puede ser distinguido excepto
a través de diferencias de grado (a veces rebautizadas como
“diferencias intensivas”) que unen todas las cosas con la misma
identidad sempiterna de la naturaleza. Creo que debemos, por
el contrario, acceder a la pura heterogeneidad que rompe toda
diferencia de grado o intensidad, en favor de las diferencias
de naturaleza –las únicas auténticas diferencias, aquellas que
no reducen subrepticiamente la identidad (de naturaleza) a la
alteridad (de grado). No necesitamos un monismo –o un monopluralismo deleuziano, un “monismo=pluralismo” que finalmente
viene a ser “pluralismo=monismo”. Por el contrario, necesitamos
dualismos por doquier –diferencias puras de naturaleza, sin
ninguna continuidad entre aquello que diferencian, entre los
diferentes regímenes de lo real –la materia, la vida, la mente,
la sociedad, etc. –cuya posible co-ordinación no nos permite
pensar su reconciliación, a menos que sea en el modo bruto de los
hechos ciegos. No un mono-pluralismo, sino un poli-dualismo.
Necesitamos rupturas que hagan imposible el reduccionismo
de un régimen de entes a otro (la vida reducida a la materia, la
mente a la vida, etc.) y que permitan que las entidades de nuestro
mundo escapen magníficamente a todo intento de reducir los
existentes de nuestro mundo a una única naturaleza (sea admita o
no esto importa poco –la idea sería la misma aunque se negara).
Lo heterogéneo vuelto contra lo intensivo, la diferencia en
naturaleza vuelta contra la diferencia de grado; el poli-dualismo
eternamente posible del Hipercaos contra el mono-pluralismo
pseudo-necesario del Caosmos.
Pero debemos resaltar una disimetría aquí: el Caosmos,
y todos los demás mundos monistas y subjetivizados, no están
excluidos de las efectuaciones realmente posibles del Hipercaos
–ahí donde el Hipercaos está categóricamente excluido como
imposible por el Caosmos y otras subjetivizaciones metafísicas.
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Ya que, permítasenos insistir nuevamente, es realmente posible
que advenga un mundo que carezca de heterogeneidad como el
mundo mono-pluralista. Es incluso posible –¿por qué no? – que
nuestro mundo deba estar tan unificado en su diversidad como
lo subjetualista piensa que está (una y la misma subjetividad,
indefinidamente ramificada, atenuada, diluida). Nunca
afirmamos, repitamos, haber refutado categóricamente esta
hipótesis concerniente a lo que hay. Dejamos a los metafísicos
la creencia de que esta refutación pueda tener lugar alguna
vez con respecto a los existentes mundanos. Pero podría ser (y
el materialismo especulativo nos da el derecho de esperar que
sí) que el mundo sea más infinitamente rico, más absurdo, más
agrietado y dualizado por todas partes, de lo que se sueña en
las filosofías subjetualista de los hiperfísicos y los metafísicos.
Y es de hecho en este sentido en que trato de entender nuestro
mundo, armado con argumentos que me permiten hacerlo: en
particular, el argumento de que los discursos heterogéneos,
irreductibles los unos a los otros, que describen nuestro mundo,
no necesitan caber en la explicación general de uno entre ellos.
Y creo que estos discursos (o aquellos que los sostiene) están en
lo correcto: están en lo correcto al rechazar pensar que pueda
existir una naturaleza-ser principal que permitiría determinar
(meta/hiperfísicamente) que los discursos tengan la palabra
última y general acerca de los seres de nuestro mundo. Ya que,
afortunadamente, la heterogeneidad pura que, sin duda, gobierna
a estos seres puede plausiblemente explotar, una y otra vez, todos
los sistemas unificantes que se ocupen de las cosas, más que con la
pura contingencia de las cosas. La extraordinaria imprevisibilidad
de las ciencias y las artes probablemente siempre ponga un fin a
las síntesis sustancias y procesuales de los metafísicos, al develar
algún contraejemplo devastador que destruya cualquier imagen
sobregeneralizada de lo real. Tal es la labor de lo heterogéneo,
destruyendo en miles de pedazos la tersa intensidad que busca
devenir demasiado omni-abarcadora. Lo intensivo es, en verdad,
solo óntico, secundario: gobierna dominios determinados de
seres en los que algo puede ser lo que es en una mayor o menor
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medida –temperaturas más altas o más bajas, genios más o menos
creativos –pero no necesariamente al todo de la realidad, el cual,
uno sospecha, está, por el contrario, fisurado magníficamente por
las diferencias de naturaleza, los abismos de discontinuidad en
los cuales encontramos insinuaciones vertiginosas –escandalosas
para los viejos modelos de racionalidad que se inclinaban ante el
Principio de Razón Suficiente –de emergencias ex nihilo.
Regresemos (y aquí terminaré con esta recapitulación) al
vínculo que existe entre nuestro absoluto y el Tiempo (que escribo
entonces, con T mayúscula). Para mí, lo que se llama espacio
puede ser pensado como tiempo físico, o cualquier otro tiempo
óntico (es decir, histórico, o psicológico): Hay espacios-tiempo
dentro de nuestro mundo, constreñidos por leyes determinadas
–físicas o de otra índole. Pero todos estos espacios-tiempo son
ónticos –esto es, son seres contingentes, que emergen sin razón y
que pueden igualmente perecer. El Hipercaos es esta capacidad del
Tiempo (con mayúscula) para destruir o crear, sin razón, todos los
espacios-tiempo ónticos. Y este Tiempo se asemeja muy poco a las
formas ordinarias del tiempo ya que es, por un lado, indiferente a
cualquier ley, a toda constancia natural (mientras que el tiempo se
entiende generalmente como un devenir que solo puede destruir
cosas y eventos, no leyes físicas); y, por el otro, sobre todo, es
radicalmente distinto del devenir. La sustancia y el devenir, desde
los tiempos de Tales y Heráclito, han caracterizado dos tipos de
filosofía que suelen oponerse radicalmente, pero que son dos
variantes conceptuales de la metafísica: ya sea que uno afirma
que ciertas cosas sustanciales son eternamente las mismas; o que
las cosas deben necesariamente morir y perecer de acuerdo con
procesos subyacentes que son eternamente los mismos. En ambos
casos, uno mantiene que un x efectivo (una cosa o devenir) de ser
tal o cual (esta naturaleza sustancia, este proceso natural). Pero
el Tiempo hipercaótico supone, por el contrario, que la sustancia
y el devenir son ellos mismos existentes –existentes que pueden
nacer y perecer sin razón. No sólo (como podríamos esperar)
puede toda sustancia desaparecer, de acuerdo con el principio
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de factualidad; sino que el devenir mismo puede perecer, si el
Hipercaos creáse un mundo hecho de seres de fijeza perfecta, que
perdurarán por un periodo que fuera de facto (no de necesidad)
indefinido. El devenir y la sustancia parecen ambos pertenecer
al orden de la “natura naturada” y no de la “natura naturante”.
Ahora, es raro (incluso único según sé) vislumbrar un pensar del
Tiempo cuyo objeto sea devaluar todo pensar del devenir, y, por
la misma razón, todo pensar de la sustancia. Esto es porque la
“natura naturante” de la que hablo ya no es una naturaleza, un
Cosmos, o un Caosmos; sino su destrucción posible, génesis y
redestrucción por un Hipercaos que es en principio su verdad.
Levanto mis armas por igual frente a estas dos “viejas cosas” de
la metafísica.
Para terminar, me gustaría insistir en un punto que ha
sido ampliamente subestimado en las lecturas de Después de la
finitud, a pesar de que es uno de los puntos más fundamentales
del libro: no hago metafísica, hago especulación. Soy un antimetafísico resoluto precisamente en tanto que especulo sobre
el absoluto. No estoy en lo más mínimo interesado (al menos
en tanto filósofo) en la física, o en la metafísica, ya que no veo
necesidad en los procesos de la naturaleza. No hago metafísica
en la medida exacta en que busco solo verdades eternas – la
metafísica alberga solo verdades ilusorias, y la hiperfísica sabe
que nunca encontrará ninguna. Esta es la verdadera peculiaridad
de mi aproximación: una especulación no-metafísica que
podríamos llamar “eternalizante”, ya que no tiene vínculo con la
naturaleza que nos rodea, y que puede perecer mañana, sin causa
ni razón. Es a través de esta ascesis que reservo, en la medida de
mis posibilidades, la riqueza, toda la riqueza, de lo que existe,
solo a los no-filósofos.

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2. Ensayo de una derivación del galineanismo.
Llego ahora al tema principal de este artículo. Concierne
al intento de obtener una derivación factual que pudiera
legitimar la capacidad absolutizadora de la ciencia moderna,
es decir, la ciencia galileana, ciencia que procede mediante la
matematización de la naturaleza. Ya que lo que me preocupa
es el redescubrimiento de una concepción cartesiana, más que
kantiana, de la ciencia experimental. En lugar de argumentar que
las matemáticas y la física solo aplican en las formas a priori
de nuestra experiencia, estoy convencido –por razones que no
puede explicar plenamente aquí y que pertenecen a la “aporía
del archifósil” discutida en el capítulo primero de Después
de la finitud– que uno debe mantener, como Descartes, que
las matemáticas y la física matematizada nos dan los medios
para identificar propiedades de un mundo que es radicalmente
independiente del pensamiento. Claro, debemos admitir (contra
Descartes) que toda teoría de las ciencias experimentales es
revisable. Pero se trata de establecer que al menos tiene sentido
suponer que una teoría científica puede identificar una propiedad
verdadera de la realidad, independientemente de nuestro existir
para pensar esa realidad. De esta manera, ya no tendríamos,
como el correlacionista (sea kantiano o no), que afirma que el
mundo es solo el reverso de la representación humana (o animal),
que realizar más y más acrobacias intelectuales para explicar la
descripción científica del universo anterior a la aparición de la
vida terrestre. Como las ciencias de la naturaleza modernas están
caracterizadas por su matematización, es razonable suponer que
su capacidad para hablar de un “mundo sin nosotros” emana de la
matemática misma.
Mi plan es entonces el siguiente: trataré de exponer una
condición mínima, modesta aunque fundamental, de varios
de los lenguajes formales contemporáneos –lógicos así como
matemáticos. Esta condición mínima, como veremos, tiene que ver
con nuestra capacidad de pensar un signo sin significado. Derivaré
entonces esta capacidad de pensar un signo sin significado del
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principio de factualidad, mostrando que hay un vínculo esencial
entre este tipo de signo y la contingencia absolutizada. Tendré
entonces que mostrar de qué manera esta derivación factual del
signo sin significado nos permite argumentar que la física (o
cualquier otra ciencia de la naturaleza) debe estar basada en esta
absolutidad del signo vacío para poder producir descripciones
hipotéticas (revisables) del mundo presente, capaces, a su vez, de
ser verdaderas en un sentido absoluto, esto es, independientemente
de nuestra existencia.
Pero para que estas proposiciones sean claras, debo distinguir
entre dos sentidos de la palabra “absoluto”. En el primer sentido,
“absoluto” refiere a una propiedad que es necesaria para todo ser,
una propiedad tal es absoluta en el sentido especulativo. Entonces
la factualidad, y cada consistencia lógica derivada de ella, son
propiedades absolutamente necesarias e infranqueables de cada ser. A
este tipo de propiedades, absolutas en el primer sentido del término, las
llamo propiedades primo-absolutizantes. Por el otro lado, identifico
un segundo sentido de la palabra absoluto, esta vez concerniente a
la referencia a las ciencias naturales: este segundo sentido designa
propiedades del mundo que yo no postulo como absolutamente
necesarias, sino como hechos que, en cuanto a su existencia, son
radicalmente independientes del pensamiento. Para decirlo más
claramente: las leyes y constantes descritas por las ciencias naturales
no son, para mí, necesarias –como toda cosa, están sujetas al régimen
superior del Tiempo que llamo Hipercaos. Pero me gustaría mostrar
que estas leyes y constantes no son, por lo demás, meros correlatos del
pensamiento; que son (suponiendo que son descritas por una teoría
verdadera) absolutas en el sentido primario de absolutus - separadas
de nosotros, independientes del pensamiento que tengamos de ellas.
Contingentes, claro, pero independientes de nuestra existencia para
su propia perduración. A estas propiedades del mundo, absolutas en
el segundo sentido sde la palabra, las llamo deutero-absolutizadoras:
una propiedad de independencia con respecto a lo humano, que no
implica ninguna necesidad ontológica.

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Mi objetivo entonces puede ser formulado como sigue:
probar la capacidad de las ciencias experimentales para producir
enunciados deutero-absolutizantes, y hacerlo mediante una
derivación factual apropiada. Demostrar que las matemáticas
permiten a la física producir hipótesis revisables (incluso falsas
a la luz de descubrimientos futuros, pero quizás verdaderas por
toda la eternidad) concernientes a los donaciones contingentes de
un mundo independiente de nosotros con respecto a su existencia
factual. Si lo consigo, habremos arribado a un entendimiento de la
notable capacidad de la ciencia para describrir el Universo como
ha existido anteriormente al hombre y lo viviente, y , sin duda,
como existirá después de que hayan desaparecido.7
La apuesta, en términos más gráficos, puede formularse
como sigue: ¿podemos encontrar que la capacidad de las
matemáticas nos da acceso al Reino de la muerte, y entonces
regresar para contar a los vivos los descubrimientos de nuestro
viaje? El principio del materialismo es infernal: este supone
que el Infierno del mundo inorgánico –esos reinos profundos,
subterráneos donde la vida y la subjetividad están ausentes –
pueden no obstante volverse objetos del conocimiento humano.
Este puro otro de nosotros mismos que es la muerte, está
disponible, para el materialista, antes de la muerte, en la forma
de un conocimiento de lo que seremos cuando ya no seamos más.
7
Aquí encontramos una segunda reserva con respecto a varias hiperfísicas
contemporáneas que proceden mediante una subjetivización de lo inorgánico: las
últimas, como hemos dicho, están constreñidas a postular una naturaleza subjetiva en
toda la realidad, de otro modo caerían de nuevo en la rodera de la metafísica.
Por mi parte, trataré de adelantar el argumento (veremos las dificultades que esto
implica) de acuerdo con el cual el discurso matematizado puede legítimamente describir
un hecho independiente de nosotros. Ahora, soy incapaz de producir una demostración
tal para un discurso no-matematizado, pronunciado únicamente en lenguaje natural.
Entonces, en términos de derivación factual, no puedo superar el correlacionismo
concerniente a cualquier realidad cualitativa, descrita por un lenguaje natural (nomatematizado). Es por esto por lo que, en la esfera permitida por la derivación factual, el
mundo real (presente) es para mí sólo el mundo accesible mediante la ciencia galileana.
Esto no refuta en absoluto la idea de que cada realidad en nuestro mundo es de hecho
subjetiva, sino que refuerza, por el contrario, la hipótesis dándole un sustento racional
adicional: puedo decretar la subjetividad fuera de lo real inorgánico solo por hipótesis,
pero puedo establecer por medio de una prueba la capacidad de las matemáticas para
describir este mismo real inorgánico.
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En Después de la finitud, lo factual empezaba a abrir esta brecha
hacia lo sin-vida en la forma de derivaciones universales –tales
como la contingencia y la no-inconsistencia de todo existente, ya
sea subjetivo o no subjetivo Pero nada se dijo, en estos enunciados
primo-absolutizantes, de las determinaciones factuales de nuestro
mundo, o de las características de esta materia muerta. Esta es
la tarea de la ciencia galileana: no decirnos cuál es la propiedad
universal de todo existente, sino decirnos cómo luce la muerte
en nuestro mundo. Encontrar este poder exploratorio, este salto
hacia el golfo, es de hecho, encontrar la capacidad deuteroabsolutizante de las matemáticas.
La solución del problema que me propuse fue formulada de
una forma de desalentadoramente general, pero inevitablemente:
necesitaba un criterio específico de logicidad y matemática. No
un criterio para la racionalidad en general —la consistencia cuya
derivación esbocé antes es un criterio de toda racionalidad, en
lenguajes formales y naturales por igual –sino únicamente para
lenguajes formales. Un criterio al mismo tiempo suficientemente
general (suficientemente modesto) para pertenecer a las
matemáticas en cuanto tales; y sin embargo suficientemente
específico para aplicar solo a ellas, y no a los lenguajes naturales.
Si pudiera encontrar este criterio diferenciador que caracterizara
solo a los lenguajes formales, entonces tendría que albergar,
si estoy en lo correcto, un uso del lenguaje que dependen de
algún modo notable sobre la absolutidad de la contingencia.
Esta dependencia específica con la contingencia sería entonces
capaz de fundar el carácter absolutizador de las matemáticas, y
consecuentemente de las ciencias experimentales formuladas a
través del uso de las matemáticas.
En otras palabras, antes de verificar si de hecho la
lógica-matemática descansa sobre una intuición implícita de la
contingencia eterna, debo descubrir el criterio por el cual podemos
diferenciar decisivamente los lenguajes formales de los naturales.
Ahora, la solución me apareció precisamente bajo el
nombre que es dado a la lógica moderna y a las matemáticas:
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son llamadas, como dije, lenguajes formales –es decir, lenguajes
que se originan en el formalismo que se adhieren a la escritura
matemática de Hilbert en adelante. El formalismo de Hilbert
ha sido muy discutido, junto con sus limitaciones potenciales
(pensamos en el fracaso del programa de Hilbert, como fue
demostrado por la pruebas de Gödel sobre la incompletud y la
indecibilidad de ciertas axiomáticas). Pero, como verán, solo
recupero una pequeña parte de este formalismo (aunque su parte
más interesante) –una parte que nunca ha sido refutada seriamente
por matemáticos posteriores.
Entonces, ¿en qué consiste el formalismo en matemáticas
de manera general, si nos limitamos a su expresión más básica?
Comencemos con un ejemplo, que nos acompañará a través
de toda la discusión, ya que es el más sencillo de explicar para mí:
aquel de la teoría de conjuntos en su forma axiomática estándar,
la llamada teoría de conjuntos Zermelo-Fraenkel. Agregaría, sin
embargo, de entrada, que las mismas consideraciones aplican
a la teoría categorial, que en muchos sentidos es más potente
que la teoría de conjuntos, y que encuentra mayor favor con los
pensadores contemporáneos.
Esta axiomática es formulada como una lógica de
primer orden, es decir, una cuyos cuantificadores (“Para cada”
y “Hay”) aplican solo para términos (“individuos”) y nunca
para propiedades. Entonces, usa cinco tipos de signo: variables
(que son marcadores de posición para individuos del cálculo
predicado), conectores lógicos (negación, conjunción, disyunción,
implicación, equivalencia), cuantificadores (existenciales,
universales), relaciones (igualdad y pertenencia), y puntuación
(paréntesis, corchetes). Es con estos signos solamente, y aquellos
que puedan ser definidos con ellos, que la teoría de conjuntos
formula sus axiomas (que son ocho en número, si incluímos el
axioma de elección y el axioma de fundación) y sus teoremas.
La teoría de conjuntos, como sabemos, “se ha convertido
progresivamente en el marco axiomático general en el cual se
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escribe la matemática” (Jean-Louis Krivine). Ya que esta es una
teoría capaz, notablemente, de construir tanto números (ordinales
y cardinales) como funciones (que son cierto tipo de conjuntos,
un conjunto de pares ordenados) –y por tanto una teoría que es
“fundacional” para las matemáticas (fundacional en un sentido
no filosófico), en tanto que construye sus dos principales objetos:
números y funciones.
A primera vista, la teoría de conjuntos consiste en un
axiomática en el sentido heredado de la geometría euclidiana: un
conjunto mínimo de enunciados sobre la base de los cuales todos
los demás pueden y deben ser lógicamente deducidos. Pero esta
axiomática difiere de la de Euclides en la medida en que es una
axiomática formal, en un sentido en que principalmente proviene
del trabajo de Hilbert. ¿En qué consiste este formalismo, y de qué
manera caracteriza a la axiomática contemporánea?
En la axiomática como fue heredada por Euclides, la
definición de los términos precede a los postulados y los axiomas.
Por ejemplo, las primeras tres definiciones de los Elementos de
Euclides (con los que abre el libro) comienzan por definir el
punto, la línea y los límites de la línea: el punto es lo que no
tiene partes, la línea es una longitud sin anchura, y los límites
de la línea son puntos (que ya habían sido definidos). Es solo
una vez que han sido hechas estas definiciones que tenemos los
postulados (principios no probados e indemostrables que utilizan
en su formulación los términos precedentemente definidos), y los
axiomas (principios indemostrables concernientes a las relaciones
del todo y sus partes).
Antes de enunciar los principios (enunciados postulados como
verdaderos), una axiomática euclidiana pone delante entonces
las definiciones de los términos usados en sus pruebas o en sus
postulados. Ahora, lo que es específico de la axiomática formal,
aquello en lo que rompe con la axiomática del tipo euclidiano, es
por el contrario que se refiere al hecho de que uno no empieza con
ninguna definición inicial. En los axiomas, uno postula relaciones
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entre términos no definidos por ellos mismos. Consecuentemente
, argumentaré que debemos distinguir claramente dos tipos de
signos, que llamaré “signos-base” y “signos-operadores”.
Para explicar esta diferencia, aún con referencia a la teoría
de conjuntos: Los signos-base en la teoría de conjuntos son las
constantes individuales y variables, generalmente designadas con
las letras griegas: α, β, γ, etc. o las letras de los desconocidos: x, y,
z, etc. Estos términos son nombrados conjuntos: pero nombrarlos,
no podemos insistir con suficiente fuerza, no es definirlos. En la
teoría de conjuntos, nunca nos involucramos en definir lo que
es un conjunto: nos contentamos con designar con un signo no
definido lo que una interpretación del sistema puede designar con
este nombre, –sin que esta nominación influencia en absoluto el
sistema formal bajo consideración.
Es esto lo que llamamos “conjunto”: un signo, él mismo
desprovisto de significado, y a fortiori de cualquier referencia.
Y este el objeto inicial de las matemáticas, en tanto que estas
últimas están fundadas sobre la teoría de conjuntos: el puro y
simple signo que se refiere sólo a sí mismo.
El segundo tipo de signo, que he llamado signo-operador,
designa varias operaciones que pueden ser llevadas a cabo en
los signos-base: los signos lógicos (implicación, conjunción,
disyunción, igualdad), junto con los signos propiamente
matemáticos. De hecho, la teoría de conjuntos añade al cálculo
lógico solo signos de pertenencia (∈) y no pertenencia (∉).
Es mediante la intermediación de los signos-operadores
–en particular el signo de pertenencia, y los axiomas que
prescriben su uso– que uno puede redescubrir intuitivamente
ciertas propiedades relacionadas con esos conjuntos ordinarios.
Por ejemplo, el axioma de extensionalidad da la condición de la
identidad de dos símbolos: a y b son conjuntos idénticos si tienen
los mismos elementos. Esta es una regla de sustitución de un
conjunto por otro, dado que están completamente determinados
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por solo por sus elementos. Pero este axioma no define lo que
es un conjunto más que algún otro. Solo exhibe la condición de
identificación de dos conjuntos, sin dar algún significado a lo que
es por tanto identificado. Más aún, una definición tal es imposible
en la teoría de conjuntos, por una simple razón: un conjunto no
es nada más que aquello que puede tener otros conjuntos como
sus elementos (un elemento de un conjunto es, de hecho, siempre
otro conjunto), o que puede ser miembro de otro conjunto. Como
podemos ver, lo que caracteriza un conjunto no puede dar lugar a
definición alguna –excepto a una definición circular suponiendo
en su formulación aquello que debe ser definido.
Es como si los signos-base progresivamente adquirieran
propiedades que conforman (más o menos) su nominación
inicial. Pero no las adquieren a través de una definición inicial;
las adquieren mediante el efecto que las operaciones que hacen
posibles pueden tener sobre ellos. Los signos-base (que son signos
sin significado) adquieren una “aparente densidad” que no es sino
el efecto de la espuma de las aún más complejas operaciones
que pueden soportar, sin que ellos mismos departan jamás de su
ausencia de significación originaria. En una axiomática formal,
uno debe evitar ser arrastrado por las apelaciones que solo dan
nombre a los signos-base: nombres, y no significados.
Entonces los axiomas no son definiciones –o incluso
“definiciones disfrazadas”, como se sugiere algunas veces. No son
para nada definiciones: es completamente otro asunto, un asunto
de sustitución de una relación por una definición. Regresando
a la teoría de conjuntos, observamos que el predicado “ser un
conjunto” simplemente no existe, mientras que los conjuntos,
por otra parte, pueden recibir numerosos predicados (ordinales,
cardinales, vacíos, infinitos, etc.). Los signos-base entonces
nunca adquieren el significado de la palabra “conjunto” como es
formulada en el lenguaje natural. Pero el punto notable aquí es que
las matemáticas resultan ser capaces de producir enunciados que
tienen muy rica significación, con base en las operaciones sobre
las cuales estos signos permanecen vacíos de significado. Ya que
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si siempre permanece imposible definir lo que un conjunto es,
es completamente posible, en la axiomática ZF, diferenciar entre
conjuntos, y construir por tanto conjuntos notables: por ejemplo,
el conjunto vacío, definido como el conjunto al que no pertenece
ningún otro conjunto, y sobre cuya base uno puede construir la
serie sucesiva de ordinales, la fuente de toda numeración.
Por lo que hemos dicho hasta aquí podemos sacar un
principio preciso de distinción entre un lenguaje natural y un
lenguaje formal:8 ya que podemos decidir diferenciarlos de
acuerdo con el rol que los signos sin significado juegan dentro
de ellos. Debemos por tanto, decir que un lenguaje formal, a
diferencia de un lenguaje natural, acuerda un rol estructural al
signo sin significado –al menos en un nivel sintáctico. Ya que
los lenguajes naturales alfabéticos de hecho hacen uso de letras y
sílabas que, en sí mismas, carecen de significado –pero lo hacen
en el nivel morfológico de la constitución de las palabras, y no
en el nivel sintáctico de la constitución de las frases. En el nivel
sintáctico, un lenguaje natural puede ciertamente también usar
palabras sin significado, por ejemplo el “ptyx” de Mallarmé,
si acordamos que esta palabra no significa nada –pero que no
hay regla que imponga este tipo de palabra sobre los lenguajes
naturales. Su propensión es, por el contrario, evitarlas para poder
satisfacer su función ordinaria de comunicación. Dentro de un
lenguaje natural, al nivel de la sintaxis, el signo sin significado
juega un rol contingente (y, en general, marginal); mientras que
en un lenguaje formal, en el mismo nivel sintáctico, juega un rol
esencial, estructural.
8
Lo que digo aquí, a mi entender, es válido para cada formalismo, lógico o
matemático. Podemos fácilmente redescubrir la diferencia entre signos-base (signos sin
significado) y signos-operadores en la Teoría de Categorías: la última se escribe utilizando flechas (el equivalente a los “signos-operadores”) aplicadas hacia signos “punto”,
que están desprovistos de significado (nombrados mediante letras –el equivalente a los
“signos-base”). Estos “puntos” no son sino soportes para operaciones con flechas que
les dan todas sus propiedades “desde fuera”, y que están ellas mismas tan perfectamente
desprovistas de significado que son eliminadas en ciertas notaciones: las flechas son,
simplemente “nombradas” por las letras en cada extremo, y parecen ser empleadas entre
“puntos vacíos” Más que decir que una flecha va de un punto a a un punto b, parecemos
decir más bien simplemente que esta flecha “ab” está orientada de acuerdo a su propia
nominación. Este es el grado último –y lógico– de vaciar los signos-base.
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Estos dos usos diferentes de signos sin significado me
permite distinguir entre lo que llamaré significado formal y
significado ordinario. El significado formal, en mi definición, es el
uso gobernado por reglas de unidades sintácticas sin significado (o
no significantes). La propiedad (negativa) del significado ordinario
en el lenguaje natural es la ausencia de unidades sintácticas sin
significado gobernadas por reglas. Entonces, mi objeto se vuelve
más preciso, ya que puedo plantear las siguientes hipótesis, que
pueden ser formulados muy concisamente: mi objetivo es mostrar
por qué el significado formal, y sólo él, es capaz de producir
verdades deutero-absolutas, mientras que el significado ordinario
es incapaz de hacerlo. Es precisamente porque la hermenéutica
tiene acceso solo al régimen del significado ordinario que no
puede acceder a ningún absoluto especulativo; solo una filosofía
capaz de pensar el significado formal y su aspecto no-significante
crucial puede esperar extraer de él un pensamiento de la finitud
–una resis que implica que debo mirar más de cerca esta notable
condición del significado formal: el signo sin significado.
Antes de abordar de lleno el problema del estatus del signo
no-significante, debemos tener en mente una idea suficientemente
actual sobre la relación entre la filosofía y los lenguajes formales.
Una tesis ampliamente difundida afirma que concebir los lenguajes
formales como manipulación operatoria de signos vacíos es otorgar
licencia a toda especulación filosófica, y, más específicamente, a
toda consideración ontológica. Esta tesis se encuentra tanto entre los
matemáticos como entre los filósofos. De parte de los matemáticos,
Jean Dieudonné, por ejemplo, dice que cuando el matemático
es atacado por los filósofos con paradojas, se esconde detrás del
formalismo, manteniendo que “las matemáticas no son nada sino
una combinación de símbolos desprovistos de todo significado”9.
Entonces está entendido implícitamente por el matemático que el
simbolismo vacío de las matemáticas es una forma de neutralizar
cualquier cuestión o pretensión ontológica.
9
“The Work for Nicolas Bourbaki”, American mathematical monthly, 1977, p.
145. Citado por Jacqueline Boniface en Hilbert et la notion d’existence en mathématiques, París: Vrin, 2004.
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Enfrentados a esta reacción del matemático, el filósofo
parece tener que elegir entre dos opciones: o concuerda con la
definición de las matemáticas como “combinación de signos
desprovistos de todo significado”, y se entrega al hecho de que es
fútil buscar una ontología subyacente a las matemáticas, ya que
las matemáticas están identificadas con una técnica puramente
manipulatoria de signos vacíos. O, por el contrario, trata de
penetrar la defensa formalista del matemático, extrayendo una
ontología encubierta por la apariencia de los signos vacíos –y lo
hace contestando la ausencia de significado real de estos signosbase; descubriendo su significado oculto y su referente.
Vemos la alternativa: o bien la matemática es la
manipulación pura de signos vacíos, y se excluye a sí misma de toda
consideración ontológica; o soporta una ontología, y no descansa
finalmente sobre un recurso a signos sin significado, sino sobre
signos cuyo significado oculto debe ser descubierto. Por ejemplo,
se dirá que en Badiou los signos llamados “conjuntos”, aunque
no-definidos, designan de hecho aquel referente ontológico
notable que es la “multiplicidad pura”, el conjunto cuya totalidad
de elementos son también conjuntos.
Ahora, yo mantengo una tercer tesis que rechaza la
alternativa que las dos posiciones previas presentan: más que
ver en la manipulación de signos vacíos (sin significado) una
exclusión de la ontología, busco constituir una ontología del
signo vacío –y afirmo que el valor ontológico singular de las
matemáticas procede precisamente del hecho de que, a diferencia
del significado ordinario, hace uso sistemático de signos que están
efectivamente desprovistos de todo significado.
En otras palabras, propongo examinar la importancia
ontológica del formalismo matemático como tal; precisamente
en tanto que este exhibe la que es una característica esencial (en
cualquier caso, esta es mi hipótesis) de la (lógico-)matematicidad10
10
No hago ninguna distinción fundamental, desde el punto de vista ontológico
(enfatizo: solo desde este punto de vista) entre lógica y matemática. El gesto fundamental,
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misma. Estoy convencido que una parte esencial del enigma de
las matemáticas –¿en qué consisten las matemáticas? ¿De qué
hablan? – gira sobre la elucidación de la siguiente pregunta:
¿Cómo podemos pensar un signo sin significado? ¿Y qué hacemos
exactamente cuando producimos mentalmente una noción tal?
Mi tesis sería que hacemos una aprehensión eminentemente
ontológico cuando lo pensamos.
Pasemos entonces a la cuestión central de nuestra
discusión: ¿Qué es un signo vacío? La primera cosa que creo que
debe ser claramente mantenida –porque no es obvia, aún hoy en
día – es que un signo sin significado es aún un signo. Quiero
decir que un signo vacío de significado es un signo auténtico:
no es menos un signo que un signo que significa algo. Esta
simple acotación, que justificaré en un momento, es suficiente
para distanciarnos de los análisis modernos del signo, los cuales,
partiendo del índice o signo lingüístico, no lo conciben fuera de
su capacidad para referir a algo: a un significado, a un objeto, a
una referencia. El signo lingüístico, en Saussure, no puede ser
pensado fuera de su correlación indisociable con un significante
y un significado. El signo, en Peirce, es pensado como refiriendo
a un objeto a través de la intermediación de un intérprete. Si uno
hace cumplir estrictamente esta correlación obligatoria de signo
y sentido, uno rehusaría mantener que un signo vacío de todo
sentido sea realmente un signo –sobre todo si su rol es sintáctico
(si tiene el el estatus de una palabra y no aquel de una letra).
Sin embargo, lo que el formalismo matemático nos enseña
es que existe, de hecho, una forma de signo, y una cuya función
es esencial, que no refiere a nada más que a sí misma como signo;
un signo no es el índice de alguna realidad fuera de él (como el
rastro que nos dice que un animal ha pasado) y no articula dentro
de sí un significante y un significado. Un signo que ni significa ni
para mí, reside en el formalismo de la notación común a ambas. Observamos, más aún,
con la Teoría de Categorías, que las demostraciones de estos dos regímenes de prueba
se entrecruzan incesantemente (los universales categoriales siendo capaces de unificar a
las decisiones lógicas y matemáticas); y no tengo necesidad, a diferencia de Badiou, por
ejemplo de postular una diferencia filosóficamente esencial entre ellas.
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denota algo; que no refiere a nada. Pero de lo que la revolución
formalista debe también convencernos, es que una teoría rigurosa
del signo vacío debe no solo incorporar el signo vacío dentro de
la semiótica, sino que debe de hecho comenzar con el examen de
este tipo de signo.
Ya que el signo sin significado es la forma más elemental,
y por tanto la más fundamental, del signo: la forma del signo
puro, entregado en persona a nuestra atención, como signo,
antes de la intervención del significado. El signo vacío, en tanto
verdadero signo, descubre para nosotros el hecho notable de que
el significado es contingente en la constitución del signo; que el
signo no tiene necesidad del significado para poder ser un signo –y
que la semiótica (el estudio de los signos) precede a la semántica
(la teoría del significado), e independientemente de ella; ya que
corresponde a un dominio que es autónomo de esta última: el
dominio del signo no-significante.
Al afirmar que el signo sin significado es de hecho
un signo, quisiera romper con una concepción filosófica muy
extendida que niega que el signo siga siendo signo si no tiene
significado. Esta concepción es una que es generalmente suscrita,
aunque bastante vagamente. Sin embargo, es detectable cada vez
que un filósofo piensa que puede darse por sentado que si un
signo está desprovisto de significado )o de significación, no hay
diferencia aquí), entonces está reducido a su soporte material: un
rastro de tinta sobre un papel, una onda sonora, o, diríamos hoy
en día, cristal líquido visible en una pantalla. La expresión misma
flatus vocis para designar una expresión o palabra desprovista
de significado implica esta presuposición; ya que flatus vocis, el
“aliento de la voz”, no es nada sino un sonido. Remuévase el
significado, se sugiere, y todo lo que queda es un sonido, y no el
signo. En otras palabras, la sugerencia es que la parte inmaterial
del signo reside completamente en su significado, y que si este
significado es removido del signo, el último es reducido a su mera
parte física –como un cuerpo privado de su alma.
Contra toda reducción del signo sin significado a su base
material (sonido o marca) mantenemos entonces que existe en el
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signo mismo un estrato de inmaterialidad que no solo no tiene
nada que ver con el significado sino que lo precede, lo condiciona,
y puede existir independientemente de él. Pero en ese caso, ¿en
qué consiste esta inmaterialidad independiente del significado?
Este estrato no-semántico de inmaterialidad semiótica es de
hecho conocido por los lingüistas –y hay abundante literatura
al respecto. La manera en que se habla de esto en ella nos da a
entender que existe en el signo una dualidad que no es aquella
del significante y el significado, sino la del tipo y la ocurrencia,
(o la diferencia tipo/señal). Un signo –por ejemplo, un signo
escrito– no es nunca solo una marca sobre el papel que tienes ante
tus ojos; ya que cuando ves una marca como signo, esta marca
cesa de ser solo una marca, esto es, una cosa material singular,
y se vuelve la ocurrencia de un tipo-signo. Cuando escribo la
letra “a” tres veces, escribo tres ocurrencias de un tipo que es
en sí mismo único –la letra “a” en general, como instancia en
las ocurrencias propuestas, sin, no obstante, ser reducible a
ellas. En otras palabras, cuando ves una marca como signo,
ves la ocurrencia ilimitadamente reproducible de un signo-tipo
intangible. Si tomo la “a” como una marca, estoy lidiando solo
con una cosa material singular. Si la toma como una ocurrencia,
la veo en ella el número esencialmente ilimitado de sus posibles
reproducciones bajo la égida de un tipo que, él mismo, siempre es
idéntico consigo mismo. Ahora, esta reproducción potencialmente
ilimitada de la ocurrencia obviamente no tiene nada que ver con
el material de la última. Si preguntamos a un gerente de fábrica
reproducir aparato estándar que le presentamos, evaluará la
cantidad de materiales necesarios para manufacturarlo, y la
posible velocidad de producción dada por los medios humanos
y técnicos a su disposición. Pero enfrentado con una ocurrencia,
con una “señal”, la posibilidad vislumbrada de su reproducción
para nada está vinculada con la capacidad técnicas o energética
de la humanidad. No necesito evaluar el material disponible de
“a” que la humanidad puede producir mientras sobreviva, para
poder ver las ocurrencias de “a” como reproducible “a voluntad”.
Luego, la dualidad del tipo y la ocurrencia está constituida por
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una posibilidad de reproducción que es esencialmente inmaterial.
Hay de hecho en el “significante” –independientemente del
“significado”– una articulación interna (ocurrencia/tipo) que lo
diferencia del mero soporte material del signo, sin apelar para
nada a la inmaterialidad del significado.
Esta distinción, como he dicho, no es para nada nueva; es
bien conocida, de hecho, –al menos desde Peirce, quien la tematizó
en la forma de la distinción entre “sinsigno” y “legisigno”– y,
como he dicho, hay una literatura considerable sobre el tema. Pero
(sin afirmar haber podido revisar exhaustivamente este corpus)
solo he encontrado dos puntos sobre los que me gustaría llamar su
atención. El tipo ha dado lugar a muchas teorías sobre su estatus.11
¿Pertenece a los universales, es decir, es una propiedad? ¿O es
más bien un objeto abstracto, como un número o una clase? ¿O es
un general? Este es el tipo de discusión que la noción levanta –sin
que se haya alcanzado algún acuerdo definitivo sobre el tema,
como es de esperarse. Ahora, lo que encuentro desafortunado
en este tipo de debate es que se habla del signo-tipo en general:
es decir, sin hacer la distinción previa entre el signo significante
y el signo sin significado. Pero argumentaré que, si uno desea
hablar del tipo bajo las mejores condiciones teoréticas, entonces
debe tratarlo “en su estado puro”; uno debe entonces empezar por
despojarlo de cualquier otra forma de inmaterialidad dentro del
signo –es decir, uno debe examinarlo como un signo desprovisto
de contenido semántico.
Propongo entonces un neologismo para distinguir el tipo
que me interesa y que discutiré –esto es, el tipo en su forma pura,
el tipo del signo sin significado. Tomando el adjectivo griego
“kenos” que significa “vacío”, llamo a este tipo de signo vacío el
kenotipo. Entonces mi pregunta será: ¿Cómo podemos captar un
kenotipo; o cómo podemos captar, dentro de la marca misma, la
dualidad tipo/ocurrencia del signo vacío?
El segundo aspecto que encuentro faltante en este tipo
de discusiones es lo que considero el mayor interés teórico
11
Sobre este tema ver el artículo de Lind Wetzel “Types and Tokens”, Stanford Encyclopedia of Philosophy, http://plato.stanford.edu.
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que hay en juntar el problema del estatus ontológico del tipo
con la pregunta sobre los lenguajes formales. Para mí, esta
convergencia de problemáticas es una prioridad, y de hecho en
ella están concentradas las apuestas enteras de la cuestión del
tipo en general. El signo sin significado constituye el punto de
confluencia entre la refundación formalista de las matemáticas y
las discusiones filosóficas sobre la ontología del signo-tipo. Ya que
el entrecruzamiento de problemáticas –un entrecruzamiento de la
teoría del tipo/señal y del formalismo matemático– nos permite
exhibir la posibilidad de una ontología del signo sin significado,
y por tanto conjuntar una ontología de las matemáticas con la
definiciones de estas como la manipulación de signos vacíos; dos
tesis que se dice usualmente son mutuamente excluyentes.
Entonces, retomemos una vez más nuestro análisis del
signo vacío. La captación de un signo vacío implica, como hemos
dicho, su división en (keno)tipo y ocurrencia. Argumento que
esta división del signo vacío en una parte material (la tinta sobre
el papal, el sonido) y una parte inmaterial, también lo distingue
(al menos en nuestra aprehensión de él) de una cosa individual.
Pero una nueva objeción emerge enseguida: ¿No puedo acaso
identificar esta dualidad tipo/ocurrencia con la dualidad banal
que recorre toda cosa, entre su individualidad (esta silla, aquí y
ahora) y su concepto (el concepto inmaterial de la silla)? Esta
es obviamente la primera cuestión que debemos discutir –y la
primera objeción que se nos hará: que el kenotipo no es más que
el concepto de un signo considerado como una marca, como una
cosa de esta u otra forma.
Formulemos esta objeción con mayor precisión:
Cuando dirijo mi atención hacia una silla material en tanto silla,
ciertamente capto una cierta dualidad: esta silla aquí, que percibo
aquí y ahora, y al mismo tiempo el concepto de silla, que contiene
un número indefinido de instanciaciones posibles. Cuando dirijo
mi atención hacia un signo vacío, podemos por lo tanto pensar
que su dualidad tipo/ocurrencia no es nada más que la dualidad
banal entre una forma material individual, percibida aquí y ahora
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(la forma de la “a” que percibo en el papel) y su concepto (el
concepto de “a”, considerado como cierto tipo de característica
bucle de un cierto tipo de letra). Luego, el kenotipo no es nada
más que un concepto: el concepto de “a” que es instanciado por
este o aquel material.
Creo, sin embargo, que hay un problema preciso que nos
previene de ver al kenotipo como concepto: a saber, la arbitrariedad
del signo. La expresión es famosa, pero desorientadora en este
caso. Ya que por esta expresión no quiero decir arbitrariedad en
el sentido saussureano. En Saussure, la arbitrariedad del signo
designa, como sabemos, el carácter inmotivado del signo con
respecto a su significado. En otras palabras, la arbitrariedad del
signo en Saussure significa que no hay víncula “interno” (natural
o necesario) entre significante y significado: “la idea de ‘soeur’
[hermana]’” escribe Saussure, “no está vinculada por ninguna
relación interna con la serie de sonidos s-ö-r que sirven como su
significante”, y pudiera entonces ser representada por cualquiera
otra serie de sonidos –como podemos muy bien ver con el ejemplo
de las palabras en otro idioma que expresan la misma idea.
Pero por mi parte estoy interesado en el significante antes
de su vínculo con el significado; y por tanto, estoy interesado
en la arbitrariedad del signo definida independientemente de
su relación con el significado. En resumen, una arbitrariedad
más fundamental que su inmotivación (esto es lo que llamo
arbitrariedad en el sentido saussureano: la conexión no necesaria
entre signo y significado).
¿Qué quiero decir entonces con la “arbitrariedad
del signo vacío”? ¿De qué modo es arbitrario un signo vacío,
si “arbitrariedad” ya no está conectada con su relación con un
significado? Bien, simplemente en tanto que la función del signo
vacío puede ser cumplida por cualquier marca sensible –limitada
solo por preocupaciones prácticas o pragmáticas. Es ciertamente
más práctico escribir un lenguaje formal cuyas variables son letras
de un alfabeto (Grego) tradicional, pero cualquier marca –e incluso
cualquier cosa– puede, en principio, cumplir el mismo rol.
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Imaginen a un matemático de vacaciones en la playa,
que decide que quiere explicar a su hijo las bases de la teoría de
conjuntos formal: podría trazar algunas fórmulas en la arena –
pero podría también usar conchas como signos-base, para poder
explicar cosas de una manera más lúdica. En cuyo caso, podemos
observar bastante bien que la misma entidad material –en este
caso una concha– puede ser vista ahora como una cosa, ahora
como un signo. La arbitrariedad está presente incluso cuando
ningún significado es movilizado con respecto al signo-base.
Pero también observamos la gran diferencia entre la dualidad
concepto/instanciación y kenotipo/ocurrencia: cuando veo la concha
como signo vacío, de hecho la percibe en la encrucijada de dos
series ilimitadas: primero aquella, evocada arriba, del kenotipouno de sus ocurrencias (ilimitadas en número). Ahora, esta primera
serie ya distingue la concha-signo de la concha misma captada de
acuerdo a la dualidad concepto/cosa. Ya que el concepto de una cosa
es indudablemente en sí mismo infinitamente reproducible; pero en
su contenido, no implica necesariamente la proliferación posible
infinita de aquello que conceptualiza. Un concepto puede, por el
contrario (sin importar lo que diga Spinoza) contener la idea de un
número definido –de una pluralidad definida, o incluso singularidad:
el concepto de la Venus de Milo implica su singularidad, el concepto
del actual rey de Francia implica su nulidad numérica, y el concepto
de esta o aquella concha implica, indudablemente, una multiplicidad
ampliamente indeterminada, pero necesariamente finita en número
–y si la concha es muy rara, quizás un número relativamente pequeño.
No hay nada de esto en la multiplicidad de las ocurrencias de un signo:
ya que estas no refieren a ninguna multiplicidad de ocurrencias de un
signo real, empírica, sino siempre a una multiplicidad posible, una sin
límite. Pertenece a la concha-signo ser capaz de ser ilimitadamente
reproducible, y no el pertenecer a una especie en peligro de extinción,
o estar sufriendo la contaminación marítima, como la concha captada
y conceptualizada como esta o aquella cosa puede ser. Luego el signo
no conceptualiza para nada su base material –es decir, la marca que
es captada como una ocurrencia iterable.
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Pero quizás se dirá que las ocurrencias-concha si dependen
hasta cierto punto de la concha-cosa. Porque si las especies
escogidas por nuestro matemático se volvieran raras y finalmente
se extinguieran, ya no sería posible usarlas en la playa para iniciar
a los niños en la teoría de conjuntos. Ahora, aquí la segunda
serie ilimitada inherente a todos los signos entra en juego –una
serie que está precisamente ligada a su arbitrariedad: a saber, la
serie ilimitada de recodificaciones posibles del signo. Si el signo
es arbitrario, antes de toda relación con algún significado, es a
fuerza de esto que es siempre, en principio, posible reemplazarlo
con otro signo, otra marca iterable que tendría exactamente
la misma función. Un signo es manifestado a nosotros como
un signo entre una multiplicidad de otros, cada uno capaz de
reemplazarlo en la misma función. Es por esto que el signo que es
usado no está esencial o conceptualmente ligado a la forma que
toma para nosotros –a diferencia de la concha, cuyo concepto
está obviamente ligado a su naturaleza particular como un ser
orgánico.
Pero uno podría aún hace la siguiente objeción: que la
marca o la concha son de hecho captadas a través de un concepto
–no aquel de la concha, o aquel de la marca, u otro; sino a través
del concepto de signo en general (o incluso el concepto de signo
vacío). Se dirá entonces que es este mismo concepto de signo
lo que me permite iterar idénticamente mentalmente. Porque un
concepto puede, en sí mismo, ser reproducido idealmente, pero
también y sobre todo porque el contenido del concepto de signo
supone su multiplicidad ilimitada, ya que el significado de “signo”
es ser una marca iterable. Pero, una vez más, esto no puede ser
así. Ya que el concepto de signo vacío identifica igualmente
cada signo vacío como siendo, idénticamente, un signo vacío en
general. Ahora, puedo perfectamente producir una multiplicidad
de signos vacíos distintos –puedo producir ocurrencias réplica de
distintos signos-tipo. Por ejemplo, en la teoría de conjuntos, una
serie de ocurrencias del tipo signo α no es idéntica con una serie
de ocurrencias del signo-tipo β (en tanto que el conjunto α no
es postulado como idéntico al conjunto β), mientras que ambos

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son postulados como igualmente signos vacíos al principio de
una axiomática. Ahora, si la iterabilidad de α y de β dependiera
solamente del concepto de signo vacío, sería imposible pensar
una diferencia entre α y β, reducidas a su idéntica ausencia de
significación.

Series de ocurrencias de distintos signos tipos (series
de signos a, b, c, igualmente vacíos) no pueden por tanto ser
diferenciados por medio del concepto de signo (o de signo vacío),
ya que este los subsume a todos igualmente bajo su generalidad.
No puedo racionalmente dar cuenta, por medio del concepto de
signo vacío, de la pluralidad típica (kenotípica) de signos vacíos
–y por tanto no puedo racionalmente dar cuenta del pensamiento
iterativo del signo a través de ningún concepto.
El enigma se vuelve aún más preciso: un signo vacío
posee una propiedad inmaterial de reproducción idéntica. Pero ya
que es arbitrario, ningún concepto puede capturar su esencia –es
infinitamente variable en principio con respecto a su forma, y esta
forma no tiene necesidad en sí misma. Y ya que puedo postular
distintos tipos de signo, su identidad iterable ya no es aquella del
concepto general del signo vacío.
¿Significa esto que el signo es una pura convención que
se apoya solo en la arbitraria identificación de varias marcas?
La palabra “convención” solo enmascara el problema aquí.
Ya que o la convención identifica distintos signos, y en este
caso presupone la noción de signo; o el término “convención”
significa que puedo identificar dos cosas distintas, y en este caso,
no alberga una iterabilidad ilimitada de ocurrencias. Identificar
convencionalmente un material individual x con un material
individual y no produce, añadido a la dualidad de x y y, su
iterabilidad ilimitada.
Entre las soluciones que podemos sacar de categorías
familiares, hay sin embargo una última pista: aquella del parecido
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simple empírico y sin concepto, del simple reconocimiento
sensible de la misma forma. Podemos observar el parecido entre
dos entidades sin necesariamente saber su concepto –como
cuando observamos la similaridad entre dos motivos pictóricos
en un cuadro abstracto. ¿No es una experiencia de este tipo la que
corresponde al reconocimiento de una marca como una ocurrencia
de un signo vacío?
Pero nuevamente aquí, la semejanza empírica es
insuficiente para constituir la iterabilidad del signo: observar
una semejanza no implica que hagamos de los entes similares las
réplicas de una serie postulada como potencialmente ilimitada.
Cuando observamos la semejanza entre gemelos, no hacemos de
ellos ocurrencias en principio de una mismo signo-tipo significado
como “gemelo”. Esto es lo que hacemos, sin embargo, cuando
leemos dos veces sobre la misma página la palabra “gemelos” – a
fortiori cuando reconocemos las ocurrencias de un signo-base en
una lenguaje formal.
Pero debemos ser aún más precisos. Ya que, por otra
parte, no podemos ciertamente abstraernos de toda relación con el
reconocimiento sensible de formas en la percepción del signo. Un
signo debe ser de hecho visto o escuchado, y uno debe percibir en
su materia una forma más o menos similar a la que uno conoce,
para poder aprehenderlo como signo (o, si lo prefieren en una
formulación estructural: debo percibir un conjunto de diferencias
sensibles para poder reconocer un sistema de signos). El
reconocimiento empírico es por tanto necesario para la captación
del signo –necesario, pero no suficiente. Debemos entonces
concluir que dos marcas empíricamente similares albergan dos
tipos de semejanza: la semejanza de la similaridad sensible, y la
semejanza de la identidad iterativa. ¿Cómo pensar la coexistencia
y la articulación, en la misma realidad material, de estos dos
regímenes de lo mismo?
Es esencial, para elucidar este punto y poder implementar
nuestra derivación del signo vacío. Para formularlo con más
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precisión y claridad, he inventado una pequeña fábula, que llamo
la fábula del “paleógrafo satisfecho”, y que me permitirá trar a su
atención una experiencia mental que creo que es muy instructiva
sobre la naturaleza del signo.

La fábula del paleógrafo satisfecho.
Imaginen a un joven arqueólogo, trabajando en un sitio
de excavación perteneciente a una civilización, de la que aún se
sabe muy poco, pero que de la que se cree que no tenía escritura.
Nuestro investigador en el campo trabaja en desenterrar una
tablilla. Ahora, cuando este artefacto comienza a salir a la luz,
descubre sobre ella, repentinamente, dos líneas superpuestas
hechas de marcas similares:
§§§§§§§§§

+++++++++

Al principio cree que estos son motivos similares de un
friso decorando la orilla de su tablilla. Pero de repente su corazón
palpita: se da cuenta que este friso puede ser de hecho dos líneas
de signos –el equivalente a un cuaderno infantil, en el que uno
aprende como escribir un carácter. Ahora capta los motivos como
ocurrencias reproducibles a voluntad:

§§§§§§§§§, etc.

+++++++++, etc.
La pregunta, entonces, es la siguiente: ¿qué pasó cuando
su visión cambió –de la captación de las marcas como motivos, a
la captación de las marcas como ocurrencias, de ver un friso a ver
una línea doble?
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Debemos hacer varias distinciones preparatorias: llamo
similaridad a la semejanza empírica perfecta de dos entidades
empíricas, y llamo disimilaridad a la diferencia empírica que puede
ser distinguida en el nivel ordinario de la percepción. Supongo
entonces, por el bien de la simplicidad de la demostración, que
cada una de las marcas en la misma línea son similares.
Mi tesis es la siguiente: hay una diferencia de naturaleza
entre las dos maneras de ver las marcas, aquella de las marcas
como motivos, y aquella de las marcas como ocurrencias. Pero
sobre todo, mostrarè que esta diferencia puede ser aislada sin
necesidad de movilizar desde el inicio la proliferación mental
de las ocurrencias, como opuestas a la captación finita del
friso. Ya que uno puede ir más allá en el análisis al regresar a la
fuente misma de la proliferación ilimitada de las ocurrencias –al
regresar a su raison d’être. Debemos acercarnos más al enigma
de la iterablidad entendiendo de dónde viene precisamente la
diferencia entre la aprehensión del friso y la aprehensión de
una línea.
Para hacer esto, debemos comenzar por insistir que,
dentro de las dos maneras de ver –sin tomar en cuenta el “etc.”
de las ocurrencias – está presente una diferencia sensible. Es
que el friso, a pesar de estar constituido por marcas similares,
produce una diferencia sensible. Esta diferencia, no obstante,
no es una disimilaridad. Esta diferencia no-disimilar sensible,
producida cuando las marcas son vistas como motivos, es a lo
que llamo repetición, o monotonía. Es este efecto diferenciante de
la repeticiòn lo que es anulado cuando las marcas son vistas como
ocurrencias –y, justo como he mostrado, es precisamente porque
verlas como ocurrencias anula toda diferencia sensible entre las
marcas (aquella de la disimilaridad y aquella de la repetición por
igual) que nos permite captar una iteración ilimitada.
Permítanme explicar que quiero decir con “repetición” o
“monotonía”. Uno puede distinguir dos principales modalidades
de la repetición: una modalidad auditiva, que produce lo que
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llamo un efecto treno, y una modalidad visual que produce lo que
llamo un efecto friso. Comencemos con la repetición auditiva. Es
el Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia de Bergson
de 1889 lo que nos encaminará.
Para Bergson, como sabemos, hay dos tipos de
multiplicidad: aquella de los objetos materiales yuxtapuestos en
el espacio –multiplicidad cuantitativa, que puede dar lugar a una
cuenta o sumatoria; y aquella de los hechos de la consciencia
intercalados en la duración – multiplicidad cualitativa que debe
ser pensada en el modo de una melodía. Ya que en una melodía,
las notas son escuchadas sucesivamente, pero no por separado.
Por el contrario, están fusionadas, así que el mismo “do” no tiene,
en verdad, la misma resonancia cualitativa cuando se escucha al
final de una secuencia melódica que el que tendría si se escuchara
al inicio. Cada nota está teñida con la unidad a la que pertenece,
así que el mismo mi que nos encanta en un pasaje, sonará como
una nota falsa cuando aparezca en otro. Como resultado, sonidos
similares adquieren una significación diferencial por el solo hecho
de ser repetidos. Si reproduzco el mismo sonido, o si escucho
los mismos repiques del reloj, un sentimiento de una totalidad
orgánica cualitativa y original es producido en mí que dará al
último término repetido –a pesar de que es perfectamente similar
a aquel que lo precedió – un efecto subjetivo diferente y singular.
Para retomar el ejemplo melòdico de nuevo: si repito el mismo do
cinco veces, el último será verdaderamente diferente del primero,
porque estará preñado con la secuencia repetitiva que lleva a
su conclusión y que está contraída dentro de él. Comprenderá
dentro de sí una totalidad original que el primer do de la misma
secuencia no contenía en absoluto. El punto notable es que la
monotonía del treno produce un efecto sensible diferente con cada
repetición del mismo término: cada vez, la misma nota deviene
distinta, y diferentemente diferente de sus predecesoras. Es por
esto por lo que no tiene sentido pensar la infinita proliferación del
treno: ya que uno debe escuchar cada nueva nota para percibir
su originalidad, su efecto propio. La captación de un treno es
entonces esencialmente perceptual y finita, no mental e ilimitada;
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da significado a un juicio estético que se aplica sobre la elección
de la nota y el número finito de repeticiones propuestas con miras
al efecto global de la secuencia.
Hay entonces, dado el solo hecho de la repetición, un
efecto diferencial inherente a los sonidos empíricos –uno que
incluso afecta sonidos perfectamente similares. En otras palabras,
hay un efecto sensible diferencial que no es identificable con una
disimilaridad. Es el puro paso del tiempo –al menos del tiempo
sensible, consciente– lo que produce esta diferencia, que llamo
repetición o monotonía.
Pero mientras que Bersgon afirma que sólo la duración
nos presenta un efecto de monotonía tal, y no el espacio, creo
que el espacio sensible (visual) nos presenta de hecho el efecto
diferencial de la repetición tanto como la duración. Este punto
es estratégicamente importante para establecer el resto de la
demostración (veremos por qué) y debo entonces extenderme en
él por un momento.
Tomemos un ejemplo arquitectónico: la biblioteca François
Mitterand, diseñada por el arquitecto Dominique Perrault. Como
este proyecto es tanto artístico como funcional, tiene sentido hacer
un juicio estético sobre las repetición –es decir, las monotonías
–premeditadas por el arquitecto: la repetición de cuatro torres
en las esquinas, pero también de las lámparas de las calles, las
rejas de seguridad sobre el jardín central, los árboles enjaulados,
y las líneas de la plaza. Uno puede estar entusiasmado, irritado, o
deprimido por ellas –pero siempre es posible y legítimo hacer un
juicio que abarque al mismo tiempo las formas escogidas para los
motivos, sus dimensiones, y el número finito de repeticiones de
éstas que el arquitecto decidió emplear. Una repetición espacial,
así como una repetición melódica, es una secuencia finita que
produce “un efecto sensible diferencial no-disimilar”. Un logro o
fracaso artístico es siempre posible, lo que hace a su vez posible
una evaluación. De acuerdo con esta misma lógica, uno puede
apreciar el éxito o el fracaso de un trabajo de Daniel Buren como
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la “Pintura acrílica blanca sobre lienzo con franjas rojas” (enero
de 1970), hecho de doce bandas rojas verticales idénticas, de
8.7 centímetros de ancho, alternándose con bandas blancas de
la misma anchura. Esta apreciación no tendría significado sin
el efecto de repetición, que asegura la totalidad producida de su
propia unidad diferencial.
Hay entonces un efecto cualitativo estético en las
repeticiones espaciales del cual nos han hecho conscientes el arte
y la arquitectura contemporáneas –más hoy en día, sin duda, que
en los tiempos de Bergson. Es por esto por lo que es falso decir,
como hace Bergson, que el espacio debe ser el fundamento de
una sumatoria cuantitativa de lo mismo, opuesto a la duración, el
dominio de la repetición cualitativa. Ya que si las dos dimensiones
de lo sensible son igualmente cualitativas, son incapaces, tanto
una como la otra, de explicar la pura iteración del signo sensible,
el cual escapa al efecto diferencial de la repetición (ya que, de
otro modo, no superaría la percepción cualitativa de una serie
finita). Y solo por esto, ni el tiempo ni el espacio puede explicar
la capacidad humana para producir una cuenta cuantitativa más
que sentir una diferencialidad cualitativa; ya que, como hemos
visto, la sumatoria cuantitativa misma depende de la iterabilidad
del signo.
Antes de continuar clarificando más estas tesis, hagamos
nuestra terminología un poco más precisa:
-

Cada reproducción de la misma marca será
llamada recurrencia.

-

Una repetición (o monotonía) es una recurrencia
diferencia y finita: un friso (espacio), o un treno
(temporal). Una repetición es entonces espaciotemporal en naturaleza, con el tiempo y el espacio
entendido en términos conscientes, perceptuales
–y no en un continuum físico y medible. Y una
repetición es una recurrencia que produce una

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diferencia sensible no debido al hecho de la
disimilaridad de sus motivos, sino debido al
solo hecho de la reproducción de elementos
similares. La monotonía temporal crea un “efecto
(diferencial) treno”, y la monotonía espacial un
“efecto (diferencial) friso”.
-

Por otro lado, lo que llamo iteración (y ya
no repetición) es una recurrencia que es nodiferencial y por tanto ilimitada, ya que produce
una identidad pura de marcas. Esta iteración
es precisamente implementada en la captación
de ocurrencias idénticas del mismo tipo. En tal
caso, llego a ver en la marca misma aquello que
de ninguna manera difiere sensiblemente de una
marca a otra. No hay diferencia en el tipo entre
una marca y otro del mismo signo –sin importar
las diferencias entre las marcas (una “a” escrita un
poco diferente que otra “a”), pero, sobre todo, sin
importar los inevitables efectos diferenciales que
pertenecen a las marcas similares (perfectamente
similares). De un modo que escapa a toda
explicación convencional, termine siendo capaz
de reconocer como perfectamente idénticas en
tipo, ocurrencias de marcas que puedo solo por
esta razón pensar como iterables a voluntad. Ya
que, pensadas como rigurosamente idénticas en
cuanto a su tipo, las líneas de tales signos escapan
al efecto diferenciante-finito de la repetición, y en
su lugar me abren al universo de la escritura, más
allá el diseño o la música.

La iteración escapa entonces al efecto de la repetición.
Ahora, ya que el efecto de la repetición no es otro que el efecto
del espacio-tiempo sensible (y no de la no-similaridad), la
iteración encuentra en la marca misma una propiedad=x que no
es dependiente del tiempo o el espacio, y que es por tanto, en
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el sentido estricto, atemporal y no-espacializada, a pesar que,
paradójicamente, está indexada a una cosa material determinada.
La forma iterativa de ver la marca, capta algo eternamente
idéntico en una multiplicidad de marcas empíricas, ya sean
similares o no. Vemos en las marcas, tomadas como ocurrencias
y no como motivos, algo que es eterno sin ser ideal (ya que las
marcas están desprovistas de significado y esencia –de eidos, de
idea, o de forma).
Ahora, notemos el punto siguiente, que para mí es esencial:
el acceso a este régimen de identidad sin precedentes es también
la condición de acceso a un régimen de diferencia igualmente
sin precedentes: una diferencia que no es ni una no-similitud
ni tampoco el efecto de repetición. En otras palabras, el signo
vacío nos permite tener un punto de apoyo en otro lenguaje de
la diferencia –uno que ya no es dependiente del espacio-tiempo
sensible – y el cual, por lo tanto, se presenta como un candidato
para una posible absolutización.
Para entender este punto, comencemos desde una
enumeración ingenua: comenzamos con signos que son simples
barras desprovistas de cualquier significado, a las cuales iteramos
de acuerdo con un kenotipo idéntico: I, II, etc.
Suponiendo que permitiéramos, en esta escritura
simbólica elemental, así como el signo-base sin significado, un
signo-operador correspondiente a la adición ordinaria; “+”.
Aquí, entonces, somos capaces de producir una serie
diferenciada cuya condición es la iteración del signo:

Reiteración

I

Iteración		

II

+I

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III
+I

IIII, etc.
+I

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Es sólo porque el signo “+” (dado un significado
operativo) y “I” (sin significado) son idénticamente iterables, que
puedo producir una sucesión aumentativa en la cual cada término
difiere del término precedente en un sentido no-cualitativo (nosimilaridad o monotonía).
Pero si un efecto diferencial (un efecto-repetición)
pudiera advenir en la iteración, ninguna progresión cuantitativa
sería pensable, ya que de un término al otro la operación sería
modificada, y su resultado con ella:

I

II

+I

III ́

(+I) ́

IIII ́ ́, etc.
(+I) ́ ́

Con la iteración, ya no estoy implicado en lo indefinido
(que supone una aumentación indefinida), sino en lo ilimitado
(siempre la misma, reproducida idénticamente); y tengo ahora
acceso a un tercer tipo de recurrencia que noes ni la repetición
ni la iteración. Este tercer tipo de recurrencia es diferencial como
la repetición, pero diferencial de otro modo que ésta, ya que está
condicionada por la iteración, y se abre a lo infinito12: la llamo
reiteración.
La iteración es no-diferencial e ilimitada, la repetición es
diferencial y limitada, y la reiteración es diferencial e ilimitada
–esto es, indefinida. Esta última es el fundamento del “infinito
potencial”, y la fuente de toda aritmética ingenua. Está implicada
en la práctica matemática no solo como objeto privilegiado, sino
también como método, en el razonamiento por recurrencia. La
reiteración es la entrada al territorio diferencial de la iteración;
la posibilidad de pensar las diferencias fuera del campo de la
12
Distingo lo indefinido de lo infinito de acuerdo a la diferencia clásica entre el
infinito potencial y el infinito actual. Lo indefinido es la aumentación sin fin de lo finito
(1, 2, 3, etc.); es el preliminar indispensable, pero no suficiente de la pensabilidad del
infinito actual cuya existencia está garantizada por un axioma de la teoría de conjuntos.
No puedo explicar aquí cómo derivo el infinito actual factualmente, sobre la base de la
derivación de lo indefinido.
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repetición sensible. Este punto es esencial para nuestro proyecto:
ya que una pluralidad sensible (digamos una diversidad) no escapa
a la correlación (no puedo absolutizarla, pertenece a la esfera
de nuestra relación con el mundo), mientras que una pluralidad
matemàtica (pluralidad reiterativa, llamémosla multiplicidad)
se abre a un mundo de diferencia que espero esta vez derivar
del principio de factualidad, por medio del signo vacío que la
hace pensable. Las primeras derivaciones (primo-absolutizantes)
propuestas concernìan a todo ser indiferentemente (cada ser es
contingente y consistente); aquí, puede ser que accedamos a
un mundo de diferencia deutero-absolutas: describiendo algún
existente caracterizado matemáticamente de tal o cual manera,
como opuesto a otra caracterización de otro modo (el universo de
los existentes inorgánicos distintos medidos por la ciencia).
Plantear la cuestión de las condiciones de posibilidad
de la iteración –en un sentido especulativo, y no trascendental
–es entonces plantear la cuestión del origen de la reiteración, y
por tanto, de la idea misma de cuenta y de número en su sentido
más original; pero también aquella del espacio en su sentido
geométrico y ya no sensible, o del razonamiento por recurrencia.
En todos estos casos reitero mentalmente una marca sensible, o
una porción del espacio sensible, y la hago escapar de los límites
de la percepción, dotándola de una inteligibilidad que solo lo
indefinido captura. Cada vez que hay indefinitividad (del espacio
geométrico, o de elementos de una prueba por recurrencia), hay
una pluralidad no-sensible y por tanto reiterativa. Ahora, es por
consiguiente un asunto de los prerrequisitos de toda teorización
matemática o lógica ulterior: no puede haber aritmética, o
geometría o prueba mediante recurrencia, sin la pensabilidad de
la reiteración.
Podemos ahora entender por qué Bergson no podía
ayudarnos a entender la fuente de la iteración y la reiteración:
porque hemos extendido su idea de la multiplicidad cualitativa
de la duración al espacio perceptual. Para Bergson, el número
proviene del espacio: “toda idea clara de número implica una
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imagen visual en el espacio” escribe en el Ensayo sobre los datos
inmediatos de la conciencia. El número, de acuerdo con Bergson,
tiene su origen en la imagen visual de unidades yuxtapuestas en el
espacio –unidades, consecuentemente, que están separadas unas de
otras, y potencialmente divisibles a su vez en unidades espaciales
más pequeñas. Reserva entonces la diferencia cualitativa de la
repetición a la duración, la cual entrelaza cualitativamente sus
unidades sucesivas; y la reiteración no-cualitativa de los números
es señalada por la filosofía por el contar en un espacio desprovisto
de la capacidad de vincular lo que yuxtapone. Pero como hemos,
por nuestra parte, enfatizado la capacidad del espacio sensible
para producir diferencia cualitativa así como el tiempo puede,
debemos buscar en otro lado que en este la fuente de la potencia
iterativa del signo. En otro lado, es decir, en una derivación del
signo vacío operado sobre la base del principio de factualidad.

Derivación final del kenotipo.
El reto es ahora establecer la existencia de una derivación
factual del kenotipo, y por tanto del signo sin significado. ¿De
dónde podría provenir esta capacidad del pensamiento para iterar
un signo independientemente de la idealidad del significado? ¿Es
este un hecho primario que no puede ser explicado, o podemos
inferir esta capacidad “iterativa” del pensamiento de un principio
más profundo? La tesis que buscamos demostrar es la siguiente: es
porque puedo intuir en cada entidad su contingencia eterna, que
puedo intuir un signo vacío. ¿Cómo obtenemos este resultado?
Hemos establecido ya tres características del signo
sin significado: es (a) arbitrario (lo que significa que escapa
a la unidad del significado conceptual/ideal); (b) es iterable
idénticamente (lo que constituye la unidad del tipo); (c) es
inseparable de su base empírica (lo que permite, de manera
importante, el reconocimiento de la serie de ocurrencias distinta
con respecto a su tipo, por medio de su no-similitud –– α o β).
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Ahora, el traer a la luz estas tres propiedades apunta a preparar los
requisitos esenciales de la derivación que buscamos.
He supuesto como dado que la única propiedad eterna de
cada cosa es su facticidad –ahora identificada con la contingencia
(en tanto que correlacionada desde ahora con un conocimiento),
pero una contingencia especulativa, no una empírica (aplicable
a toda entidad – no sólo a las cosas, sino también a las leyes
físicas). Es entonces claro que puedo intuir cualquier realidad
de dos maneras distintas: como una cosa contingente (la manera
ordinaria en que vemos a las cosas y a los acontecimientos como
hechos) o como un vehículo para la contingencia eterna (una
manera especulativa de ver la necesaria contingencia inherente
a cada entidad). Pero al mismo tiempo, la contingencia de una
cosa siempre pertenece particularmente a esta o aquella cosa.
La contingencia no está más allá de las cosas particulares;
constituye, por el contrario, el carácter perenne de toda realidad.
En particular, la contingencia es inseparable de la determinación
concreta, empírica, de una cosa –ya que es porque las cosas son
así y así (rojas, redondas, una rojez y redondez individual) que
pueden ser otras, o pueden no ser. Es esta determinación de las
cosas – su ser solo esto o aquello – lo que era negado por la
inconsistencia, la cual es indiferentemente todo y su contrario;
por eso nosotros decretamos su imposibilidad.
Dado esto, puedo explicar en un solo movimiento las dos
propiedades del signo:
(a) Cuando veo en una cosa su contingencia, esta contingencia
es iterable idénticamente de marca a marca sin ningún
efecto diferencial de repetición. Ya que aquello que, en
cualquier sustrato sensible, escapa al efecto diferencial
del espacio-tiempo, es de hecho la contingencia en
tanto eterna. De aquí el efecto de la ilimitada iteración
de las ocurrencias. Porque la contingencia de una
marca es eternamente la misma que la contingencia de
otra marca, puedo identificarlas sin interferencia de un
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efecto diferencial sensible que puede existir en otro lado
(repetición o disimilaridad).
(b) Pero ya que la contingencia es siempre contingencia de
una tal o cual particularidad empírica, soy libre de indexar
la contingencia –en sí misma siempre idéntica – a esta o
esta otra serie de réplicas, y por tanto de diferenciar por
convención la contingencia de cualquier serie particular
de marcas (por ejemplo la serie ‘+++++++, etc.’). En
otras palabras, puedo, por convención, indexar una
contingencia igualmente eterna a una serie de marcas, u a
otra, disimilar a la primera, y postulada como distinta. De
aquí la posibilidad de producir distintas series de signos
sin significado.
La particularidad empírica sirve a la vez como el soporte
de la identidad de las ocurrencias dentro del mismo tipo, y de la
diferencia de las series de réplicas entre ellas.
(c) Queda aún la arbitrariedad del signo: ¿de qué manera puede
ser esta derivada de la contingencia?
La relación entre la contingencia y la arbitrariedad
es menos inmediata de lo que parece, y por el mismo motivo,
más interesante. Por la noción de arbitrariedad, recuerden, que
no queremos significar la falta de motivación saussureana del
significante con relación al significado, sino la posibilidad más
profunda de todo signo – y esto antes de ser cargado con cualquier
significado – para ser recodificado por otra marca sensible cargada
con la misma función. En un lenguaje formal, el mismo signo-base
puede, sin problemas salvo aquellos puramente pragmáticos, ser
nombrado, renombrado por una serie de α, de β, de γ, etc.; y esta
propiedad de los signos sin significado tiene repercusiones para
los signos significantes, en tanto que pertenece esencialmente
a cualquier mensaje significante el ser capaz de ser reescrito o
encriptado en un nuevo conjunto de carácteres.
Ahora, ¿cuál es la relación precisa entre esta arbitrariedad
del signo y la contingencia factual? El signo es arbitrario –esto
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quiere decir, recodificable. Es también, como todo existente,
eternamente contingente. ¿Qué relación hay entre estas dos
propiedades? Primero, la contingencia del signo no significa,
inmediatamente, su perennidad en el sentido físico –ya que en ese
caso, la contingencia y la arbitrariedad ya no coincidirían. Incluso
sí, en un mundo donde abunden las piedras preciosas, escogiera
como marca de un signo un diamante irrompible, físicamente
indestructible, eso no prevendría que el signo-diamante sea
recodificado por otra marca. La contingencia de la que hablamos
es especulativa, no física. Designa el posible ser-otro de cada
entidad, incluso de entidades que no pueden ser modificadas por
ningún medio humano. Las leyes físicas son inmodificables por
los seres humanos – pero son, no obstante, factuales, desprovistas
de necesidad metafísica. Ser indomable (por el hombre) no es
sinónimo de ser necesario.
Pero el punto a resaltar acerca del signo es que debe
ser visto como siendo capaz de ser de otro modo, incluso si
su base es físicamente indestructible para nosotros. Incluso
un spinozista no podría “ver” un signo como signo sin
captarlo en su ser de principio otro -reemplazable por otro.
Es este nivel de facticidad especulativa (y no destructibilidad
física) el que permite la sensibilidad de un signo a través de
su arbitrariedad. Aquí aparece la verdadera singularidad del
signo sin significado: mientras que normalmente captamos las
cosas a través de sus propiedades, y secundariamente a través
de su contingencia (a menos que las veamos desde un punto
de vista especulativo), estamos constreñidos a captar estas
mismas cosas a través de su contingencia especulativa (su
arbitrariedad) una vez que son vistas como signos (cualquier
realidad sensible sería capaz de servir como marca). Ahora, es
precisamente en el momento en que cambiamos de la captación
de cosas contingentes a la captación de la contingencia de
las cosas (de las cosas empíricas percibidas a través de sus
determinaciones a las marcas empíricas percibidas a través de
su arbitrariedad) que inmediatamente las iteramos sin límite.
Entendemos entonces el vínculo ontológico íntimo entre estas
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dos características del signo: arbitrario, iterable-contingente y
eternamente el mismo, ya que la contingencia es eterna.
Mientras que el signo significante es olvidado en favor
de su significado y su referente, el signo sin significado, dado
finamente para sí, como puro signo, me hace acceder a su pura
gratuidad, a su pura ausencia de necesidad; al hecho de que
cualquier cosa puede cumplir su tareas tan bien como él. Así
que este es, de hecho, el fundamento de todos los seres, y no
solo del signo, que discretamente se revela a sí mismo en esta
in-significancia. A través de la intuición del signo sin significado,
abandono el mundo físico, donde todo parece tener una causa,
para penetrar en el mundo semiótico puro, donde nada tiene una
razón de ser, donde nada tiene significado – y donde todo, en
consecuencia, respira eternidad.
Aquí entonces, está en lo que consiste la derivación factual
del signo sin significado. Para recapitular los tres elementos de esta
derivación, diría lo siguiente: la captación del signo procede de
un cambio en nuestro modo de aprehensión –del modo ordinario
de aprehensión que capta ciertas cosas contingentes, cambio al
modo semiótico de aprehensión, que capta la eterna contingencia
de esta u esta otra cosa. Esta captación de una facticidad otra que
la empírica (arbitrariedad, irrazón13 de toda cosa) hace posible
para mí iterar idénticamente marcas juntadas convencionalmente
como réplicas de distintos signos-tipos.

13
N.T.: “Irrazón” es un neologismo acuñado por la traductora de Después de la
finitud al español, Margarita Martínez, para traducir el neologismo inventado por el propio
Meillassoux, irraison. Creemos adecuado convenir en la traducción de este neologismo.
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Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 39-107

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�Iteración, Reiteración, Repetición:
Un análisis especulativo del signo sin sentido

CONCLUSIÓN
Al producir esta derivación, no he, sin embargo, tenido
éxito en alcanzar el fin último de mi demostración. Solo he dado
una parte de ella. Ya que ¿qué es lo que hemos establecido? Hemos
mostrado que el signo sin significado tiene una carga ontológica.
¿Pero en qué sentido? En el sentido en que hemos enfatizado que
la captación del signo sin significado tiene como su condición una
verdad ontológica: la necesaria contingencia de todas las cosas.
Pero esta derivación del kenotipo está lejos de ser suficiente
para establecer la tesis que teníamos primordialmente a la vista:
la carga deutero-absolutizante de las matemáticas. Ya que todo
lo que hemos demostrado, es que para producir un signo vacío,
uno debe tener acceso a la eternidad de la contingencia- Pero no
hemos en absoluto mostrado que el signo vacío permita, a su vez,
la descripción de un mundo independiente del pensamiento. Solo
hemos establecido que uno debe acceder a la contingencia eterna
para producir una matemática capaz de no hablar de nada –ya
que está fundada sobre signos sin significado. El nuevo acertijo
que aparece ante nosotros es el siguiente: ¿cómo puede un signo
sin significado permitirnos describir el mundo, sin volverse
nuevamente un signo significante, y por tanto, capaz de referir
al mundo fuera de sí? ¿Cómo, a través de una paradoja, podemos
esperar que un signo sin significado pueda no sólo tener un
referente, sino una referente (deutero-)absoluto, más radicalmente
separado de nosotros que cualquier aprehensión correlacional?
Resolviendo un problema, encontramos dentro de él aún
otro, que parece más difícil que el que lo precedió. Tal es el viaje
filosófico por excelencia, donde “al pensar que hemos alcanzado
un puerto, somos arrastrados de nuevo hacia el mar abierto”14.

14
Cf. G. W. Leibniz, “New System of the Nature of Substances”, en R.S .
Woolhouse, R. Francks (eds,),‘Leibniz’s “New System” and Associated Contemporary
Texts’ (Oxford: Oxford University Press, 1997), p. 17.
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Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 39-107

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�Iteración, Reiteración, Repetición:
Un análisis especulativo del signo sin sentido

BIBLIOGRAFÍA
Boniface, Jacquelin. Hilbert et la notion d’existence en
mathématiques. París: Vrin, 2004.
Leibniz, G.W., “New System of the Nature of Substances”,
en ,Leibniz’s “New System” and Associated Contemporary
Texts editado por R.S . Woolhouse, R. Francks Oxford: Oxford
University Press, 1997.
Wetzel, Linda, “Types and Tokens”, en The Stanford Encyclopedia
of Philosophy (Otoño de 2018), Edward N. Zalta (ed.), URL
= &lt;https://plato.stanford.edu/archives/fall2018/entries/typestokens/&gt;.

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�Puntos de libertad forzada
Once tesis (más) sobre Materialismo

PUNTOS DE LIBERTAD FORZADA:

ONCE TESIS (MÁS) SOBRE MATERIALISMO

1

POINTS OF FORCES FREEDOM:

ELEVEN (MORE) THESIS ON MATERIALISM
Dr. Adrian Johnston2

Resumen:
El siguiente artículo contiene las tesis elementales de la propuesta
que Adrian Johnston denomina “materialismo trascendental”. Con
ellas se puede entender la singularidad de su posición materialista,
así como hacer las relaciones y diferencias con otras perspectivas
materialistas de la tradición, así como marcar su contrapeso frente
a la tradición de la filosofía trascendental de corte idealista.

Palabras clave: Materialismo, Trascendentalismo, Ontología,
Idealismo Alemán.

1
2

Traducción de Gerardo Roberto Flores Peña.
Doctor investigador de Univerity of New Mexico.

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Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 109-132

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�Puntos de libertad forzada
Once tesis (más) sobre Materialismo

Abstract:
The following article contains the most elemental thesis of
Adrian Johnston’s proposal named “transcendental materialism”.
With them we can understand the singularity of his materialist
position, as well as establish the relations and differences it has
with other materialist perspectives of the tradition, we can algo
mark a strong counter-weight to the transcendentalist tradition in
the wake of idealism.

Keywords: Materialism, Transcendentalism, Ontology, German
Idealism.

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�Puntos de libertad forzada
Once tesis (más) sobre Materialismo

1. Contra el purismo del formalismo anti-naturalista
Cualquier materialismo digno de su nombre debe implicar
elementos tanto del naturalismo como del empirismo. No obstante,
necesita no ser directamente y completamente naturalista o
empirista en el sentido tradicional (particularmente pre-kantiano)
de estas etiquetas (y en el caso del materialismo en la estela del
idealismo alemán, incluyendo al materialismo trascendental, no
debe serlo). Se sigue de esto que cualquier racionalismo antinaturalista, en cualquier presentación, no puede calificar como
siendo además simultáneamente un materialismo. A pesar de
que pueda hacerse consistente un racionalismo anti-naturalista
con el realismo (metafísico), esto de ningún modo lo hace
compatible con el materialismo estrictamente hablando. Aún en
otras palabras, no hay tal cosa como un materialismo puramente
formalista; con referencia al nacimiento de la ciencia moderna, no
hay Galileo sin Bacon. Ambas, la aversión a las ciencias naturales
experimentales de la modernidad, así como el rechazo a atar el
conocimiento primariamente a las rutas empíricas de adquisición,
da pie a caminos que llevan a pitagorismos anacrónicos, dualismos
ontológicos, idealismos espiritualistas, misticismos religiosos,
y a un revoltoso y proliferante enjambre de confabulaciones,
ilusiones, imaginerías, fantasías y desvaríos que se quieren hacer
pasar por filosofar riguroso y responsable. Más aún, en tanto que
empíricamente informado, el materialismo quasi-naturalista no es
en lo más mínimo sinónimo de y equivalente con el determinismo
rígido, mecánico, una sensibilidad materialista entonada con las
ciencias naturales no debe ser temida como abriéndose hacia la
inmediata clausura del espacio para una subjetividad autónoma y
todo lo que esto trae consigo.

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Once tesis (más) sobre Materialismo

2. El condicionamiento empírico de lo no-empírico
En términos de la relación entre la filosofía no-empírica (como
pensamiento a priori) y las áreas empíricas de investigación
(como conocimiento a posteriori), más de dos mil años de
historia han mostrado una desigualdad fundamental que domina
esta relación. El despliegue histórico de varias encarnaciones
del pensamiento y el conocimiento ha revelado que la distinción
entre lo empírico y lo no-empírico es, en su mayor parte, una
distinción interna a lo empírico mismo (para ponerlo en un
modo hegeliano). Por consenso general al menos, el paso de
muy poco tiempo fue suficiente para que Kant concluyera que
los numerosos esfuerzos, esparcidos a través de la historia desde
la Grecia antigua hasta la Ilustración europea, por alcanzar una
comprensión metafísica privilegiada de las realidades ontológicas
trascendentes en y por sí mismas siempre fue intrínsecamente
vano. La “Dialéctica Trascendental” de la Crítica de la razón
pura, revelaba los contornos precisos de los candados dialécticos
que condenaban por siempre, y por adelantado, a todas y cada una
de las metafísicas clásicas a la futilidad, esta dialéctica extraía su
lógica crítica de la evidencia aportada por dos mil años de historia
filosófica.
Asimismo, doscientos años más de evidencia de los que
Kant tenía a su disposición revelan un patrón de acuerdo con
el cual los desarrollos al nivel empírico repetidamente fuerzan
la redemarcación de la línea divisoria que distingue entre
jurisdicciones explicativas empíricas y no empíricas. A pesar de
que un despliegue mareador de fuerzas y factores han contribuido
a este proceso histórico –la historia del conocimiento humano es
inseparable del tapiz increíblemente rico de la historia humana
tout court– el nacimiento de la ciencia moderna con Bacon y
Galileo a comienzos del siglo XVII añadió un nuevo y potente
acelerante a la transformación de la filosofía en y a través de
sus relaciones con otros métodos y campos de investigación.
Aposteriori las ciencias experimentales se han mostrado cada
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Once tesis (más) sobre Materialismo

vez más capaces de hacer reclamos legítimos sobre preguntas y
problemas que, antes de estos reclamos, parecían ser problemas
teóricos apriori que sólo podían ser planteados y resueltos por los
filósofos. Aún así, esto no es rechazar el reconocer que muchos de
estos desarrollos empíricos son, en sentido amplio, ramificaciones
de la filosofía y su historia (es decir, inicialmente asuntos intrafilosóficos subsecuentemente vueltos campos más-que-filosóficos
ellos mismos).
Reconocer y aceptar lo precedente no abona a una
degradación cientificista de la filosofía desde las alturas de una
hybris extrema, como la reina de las ciencias, a las profundidades
de una humildad igualmente extrema, como su sirvienta. Un
reconocimiento de y una reconciliación con la desigualdad
históricamente manifiesta en la cual lo empírico tiene la iniciativa
para modelar y remodelar las fronteras entre sí mismo y lo noempírico no es abandonar los derechos de la filosofía; no es ni
siquiera una concesión de que tal modelamiento y remodelamiento
sea, o deba, o pueda alguna vez ser completa y totalmente decidido
exclusivamente desde el lado de lo empírico, que en sí mismo nunca
es puramente empírico de todas formas. La filosofía sigue siendo
llamada a ejercer sus obligaciones inalienables para: uno, postular
y evaluar críticamente las presuposiciones más-que-empíricas
detrás de las ciencias; dos, facilitar y estructurar parcialmente
las discusiones entre las ciencias; y, tres, explorar teóricamente
extrapolaciones desde los estados presentes de la interacción entre
la filosofía y las ciencias más allá del beneficio presente de todas las
disciplinas implicadas. Las múltiples relaciones entre lo empírico
y lo no-empírico no deben ser predeterminadas, sino, más bien,
deben dejarse abiertas a negociaciones continuas informadas por
sensibilidades dialéctico-especulativas apropiadas (o, en términos
leninistas, análisis concretos de situaciones concretas).

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3. Puntos de no retorno kantianos y hegelianos
La “revolución copernicana” del giro crítico-trascendental de
Kant a finales del siglo XVIII marca un punto de no retorno, un
rompimiento de la historia de la filosofía, y de la especulación
teórica en general, en dos (para frasearlo en un estilo nietzscheano).
Los intentos anacrónicos de regresar hacia atrás de esta ruptura
monumental están condenados desde su concepción a la bancarrota
intelectual, llegando solo al dogmatismo puro condenado desde el
inicio a la ruina dialéctica auto-infringida mediante su enredo en
las asfixiantes redes de las contradicciones pre-críticas irresolubles
(y esto a pesar de la ironía aquí de denunciar el dogmatismo en
el contexto de afirmar abruptamente una serie de tesis –estas tesis
pueden ser defendidas sobre fundamentos no-dogmáticos). Por
ejemplo, los intentos contemporáneos de moda para romper con
Kant al revivir una suerte de metafísica de la sustancia con los
que se enredaron en el continente europeo durante el siglo XVII
(especialmente el spinozismo) consiguen solo re-encarcelar a la
filosofía en una arena cerrada (es decir, la Kampfplatz de Kant) de
interminables e improductivos choques entre una multiplicidad
proliferante de combatientes hambrientos y que agitan los puños,
pero siendo por siempre incapaces de derrotarse los unos a los
otros. Esto equivale solo a un arrebato reactivo, regresivo e
impotente contra el kantismo.
Esto no significa en lo más mínimo decir que el idealismo
trascendental kantiano es el pináculo insuperable de la historia de
la filosofía. Sin embargo, es de hecho decir que el único verdadero
camino más allá de Kant corre a través de él, que uno no puede
ir más allá de Kant simplemente tratando de obviarlo por entero.
Una de las muchas lecciones cruciales de la explosión idealista
alemana provocada por la filosofía kantiana y las controversias que
la rodean, es que una crítica inmanente del idealismo trascendental
es el verdadero camino hacia una superación no-dogmática del
subjetivismo kantiano y sus oposiciones entrelazadas tanto de
materialismo como de un realismo robusto.
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De manera similar, así como no es filosóficamente posible
una resurrección y revitalización de la especulación pre-kantiana,
tampoco una opción practicable y convincente hacia un inocente
regreso a un Kant pre-hegeliano es filosóficamente posible. Como
la revolución crítica, la crítica de Hegel a Kant, que inaugura una
trayectoria en y a través de la filosofía kantiana misma, finalmente no
puede ser ignorada ni evadida. Esta crítica incluye demostraciones
de: las presuposiciones dogmáticas en tanto no-críticas de las
investigaciones ostensiblemente críticas acerca de la subjetividad
pensante (especialmente en los niveles de una antropología
filosófica y una psicología, así como su dependencia sobre una
lógica tradicional de manual en la “Analítica Trascendental”); la
operación dialécticamente auto-deconstructiva de la figura del
límite puesta sobre la distinción entre noúmeno y fenómeno; y
la nulidad plagada de inconsistencias de la infame cosa-en-sí. El
materialismo cuasi-naturalista, realista no sólo tiene que ser nodogmático en tanto que post-, en vez de pre-, crítico, alcanzado
inmanentemente, más que externamente, criticando al idealismo
trascendental –también tiene que considerar el formidable legado
de la dialéctica especulativa del “idealismo absoluto” hegeliano.

4. Olvidando activamente
heideggerianismo

la

piedad

romántica

y

el

A pesar del notable agrupamiento de referencias sobre y alrededor
del fin del siglo XVIII y el principio del siglo XIX en el mundo
germanoparlante, el materialismo trascendental, así como los
materialismo histórico y dialéctico de los cuales es una extensión
en el siglo veintiuno, es decididamente anti-romántico, antipietista, y anti-ludita (animosidades alegre y agradecidamente
heredadas tanto de Hegel como de la tradición marxista). Como
es bien sabido, el romanticismo y el pietismo, que comparten
entre sí los cuestionables gustos por lo inefable y lo privado, son
influencias convergentes, sobrepuestas en los medios intelectuales
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que rodean a Kant y a sus contemporáneos y sucesores idealistas.
Desafortunadamente, estos irracionalismos religiosos y pseudoseculares continúan cerniendo amplias sombras que traspasan el
presente, a pesar de que ser muy Sturm und Drang no signifique
nada.
Hoy en día este Romanticismo religiosamente teñido es
encarnado por varios sabores de heideggerianismos retrógrados,
con sus fijaciones reaccionarias sobre y preocupaciones con las
supuestas crisis “espirituales” que presuntamente expresan una
necesidad de reencantamientos anti-científicos y resacralizaciones.
Estos son malos diagnósticos peligrosamente distractores. Sin
importar lo flojas e indirectas, estas asociaciones entre el (neo-)
romanticismo y la derecha, llegando incluso hasta el fascismo, no
son coincidencias o accidentes históricos. Tanto filosóficamente
como políticamente, y desde el siglo XVIII a nuestros días, estos
oscurantismos perniciosos que hunden sus raíces en la atmósfera
estancada del Protestantismo del Sacro Imperio Romano han
sido, y seguirán siendo, desastres intelectuales lamentables. Uno
de los muchos eslóganes de combate de cualquier materialismo
contemporáneo deudor de Hegel, Marx, Freud y Lacan, entre
otros es “¡Olvidemos a Heidegger!”. En un nivel más teorético
que inmediatamente práctico, esto implica el rechazo a construir
ontología en las líneas de la diferencia ontológica heideggeriana.
Esta distinción demasiado limpia y ordenada, insuficientemente
dialéctica, entre lo ontológico y lo óntico lleva directamente a
una ofuscación fundamental(ista) de las existencias materiales
actuales tanto naturales en tanto que no-humanas, como nonaturales en tanto que humanas, así como a unas ofuscantes
pseudo-explicaciones espiritualistas de estructuras y dinámicas
sobre la base de un Ser-con-S-mayúscula divinamente opaco.
Como los románticos y los pietistas antes que ellos,
numerosos post-idealistas en los siglos XIX y XX terminaron
promoviendo una misticismo fácil, cuya lógica básica subyacente
es difícil de distinguir de aquella de la teología negativa. La
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invariable plantilla esquelética es esta: Hay un “x” dado; este “x”
no puede ser capturado racional y discursivamente en el nivel de
ninguna categoría, concepto, predicado, propiedad, etc.; además,
no obstante, la única tarea verdadera del pensamiento auténtico
es circular interminablemente alrededor de este vacío sagrado
de inefabilidad, repitiendo ad infinitum (y ad nauseum) el gesto
admitidamente vano, fútil, de asir lo supuestamente inasible.
Los nombres de esta “x” vacía varían mientras que el patrón
permanece constante: Voluntad, Vida, Poder, Temporalidad, Ser,
Otro, Carne, Diferencia, Trauma, etcétera, (incluso hasta ciertas
versiones pseudo-lacanianas de lo Real). No sólo es este molde
de teología negativa aburridamente predecible muy fácilmente
captable como un esquema conceptual en sí mismo –incluso si
uno concediera la verdad de una o más de estas inefabilidades
como son sostenidas por sus numerosos defensores entusiastas,
hay muchas más cosas de mayor urgencia e interés para que
el pensamiento haga que el permanecer absorto en el ejercicio
meditativo sedentario de mirar fijamente al abismo oscuro.

5. El último sistema-programa del idealismo alemán
Para que un materialismo pueda, tanto pararse sobre los hombros
de Kant, Hegel, Marx y Freud, como no ser ni determinista, ni
mecanicista, ni reductivo, ni eliminativo, su ontología materialista
debe ser diseñada inversamente empezando desde una teoría de la
subjetividad. En el espíritu del diagnóstico de 1845 de Marx acerca
de los defectos de los materialismos puramente “contemplativos”
desde los antiguos hasta Feuerbach en la primera de las once
Tesis sobre Feuerbach –ya sea que Marx se de cuenta o no, este
diagnóstico es una modificación del mandato de Hegel de hacer
de la sustancia también sujeto –los sujetos más-que-materiales/
naturales deben ser concebidos como simultáneamente inmanentes
a las existencias materiales/naturales asubjetivas (es decir,
sustancias, para quedarnos con las palabras de Hegel). Desde
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una perspectiva post-crítica, la subjetividad es una condición
trascendental de posibilidad no sólo para cualquier materialismo
como un aparato teórico él mismo, sino para la filosofía y el
pensamiento en general. Una salida de los confines mentales de
las variantes subjetivamente idealistas del trascendentalismo,
si es llevado a cabo de una forma defendible, debe partir desde
dentro de estos mismos confines (o, como lo dice Meillassoux,
el “correlacionismo” anti-realista, cuyos fundamentos fueron
establecidos por el idealismo trascendental de Kant, debe ser
deshecho desde dentro). Este “trabajo desde dentro” de una
crítica inmanente del trascendentalismo subjetivamente idealista
es único camino que lleva a un materialismo no-dogmático,
racionalmente justificable, y a un meta-trascendentalismo realista
que delinea las condiciones de posibilidad sustanciales de la
subjetividad trascendental misma.
Esto resulta en una metafísica (en tanto que epistemología
y ontología sistemáticamente integradas) del sujeto trascendental
interconectado con una ontología de la sustancia metatrascendental correspondiente. El tema del materialismo
trascendental es, además, ser trascendental en el sentido estándar,
trascendente específicamente como una relación de trascendencia
en la inmanencia con lo Real de los seres materiales. Con
referencia al Primer programa de un sistema del idealismo
alemán de 1796 (escrito por la mano de Hegel pero quizás
esbozado por Hölderlin), el materialismo trascendental se coloca
a sí mismo más adelante como el último programa del sistema
del idealismo alemán, a saber, como un nuevo “spinozismo
de la libertad” en tanto que ontología (cuasi-)naturalista de
sujetos autónomos desnaturalizados. Este materialismo es una
reactivación heterodoxa de la agenda nacida en Tubinga en la
secuela del evento-Darwin y la era emergente del antropoceno.

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6. La centralidad de la biología para una teoría materialista de
los sujetos
El puente de elección científico para una explicación materialista
post-hegeliana de la subjetividad trascendente/al que se alza desde
pero permanece inmanente a la sustancia física debe ser biológico.
La transición de la Filosofía de la Naturaleza a la Filosofía del
Espíritu de Hegel y la antropología filosófica y la psicología de
esta última apoyaban ya tácitamente este privilegio de la biología.
En la estela de Darwin (y a pesar de la apresurado rechazo de
Hegel a ciertos precursores de la perspectiva de Darwin), la
evolución y la genética, entre otras áreas de la biología, deben ser
componentes integrales de este materialismo más-que-empírico
simultáneamente no sin (el pas sans de Lacan) sus conexiones
condicionantes cruciales con las cosas empíricas.
Más aún, las especulaciones y las exploraciones por
encima y por debajo del ancho de banda de los umbrales-escala
espaciales y temporales de las ciencias de la vida están mejor
si se dejan, al menos en su pasado reciente hasta el presente, a
las disciplinas científicas como la cosmología, la astrofísica, la
mecánica cuántica, la teoría de cuerdas, y similares. Esto quiere
decir, con respecto a lo inimaginablemente grande así como a
lo inimaginablemente pequeño, que las cavilaciones teóricas
enteramente desconectadas de cualquier y todo lo empírico son
un pobre sustituto de las teorizaciones más cuidadosas, guiadas
y constreñidas lanzadas desde la plataforma provista por estas
disciplinas (incluso la teoría de cuerdas, a pesar de los debates
acerca de sí aún cuenta como científica estrictamente hablando,
es extrapolada precisamente desde los resultados, preguntas y
problemas de la ciencia física experimental). En otras palabras,
cuando se trata de entidades y eventos más grandes y mucho
más pequeños que la realidad del tamaño humano, el tiempo de
legislar desde el sillón de la filosofía se ha terminado. De nuevo,
las cavilaciones absolutamente no-empíricas acerca de estos
reinos solo conducen a fantasías infecundas.
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7. El principio de No Ilusiones
Para el materialismo trascendental no hay, por decirlo así, ilusiones.
Más precisamente, esta variante del materialismo rechaza descartar
todas las cosas subjetivas como epifenoménicas, a saber, como
puramente ilusorias en tanto causalmente ineficientes. El énfasis
de Hegel en la necesidad de pensar la sustancia también como
sujeto recíprocamente implica la obligación complementaria de
conceptualizar al sujeto como sustancia. Esta reciprocidad refleja
su inmanentismo post-spinozista (en los dos sentidos del calificador
“post”), en el cual la subjetividad trascendente(al) permanece,
no obstante, inmanente a la sustancia en una relación dialécticaespeculativa de una “identidad de la identidad y la diferencia”.
Pensar al sujeto como sustancia, que es un movimiento central para
el materialismo trascendental, conlleva tratar a la subjetividad y a
varios fenómenos atados a ella como “abstracciones reales” –una
noción marxiana prefigurada por Hegel y redesarrollada por el
Lacan que conocidamente retoma una pieza de graffiti parisino de
mayo del 68’ al insistir que “De hecho, las estructuras marchan
en las calles”, que “tienen piernas” (quizás conectada con los pies
de la marcha de la historia de Marx). Como reales en tanto que
no-ilusorias, estas abstracciones son causalmente eficientes y,
ergo, lejos de ser epifenomenalismo. En un lenguaje hegeliano,
el pensamiento de lo concreto separado de lo abstracto es en sí
mismo la altura de la abstracción.
Adicionalmente, concebir a la subjetividad como
sustancial, como interna en su irreductibilidad a los fundamentos
asubjetivos en su propio ser, requiere rechazar cualquier
materialismo estrictamente contemplativo (sea mecánico,
reductivo o eliminativo). Aparte de las profundas inadecuaciones
epistemológicas del punto de vista contemplativo –tanto para las
críticas de Hegel y Schelling a Spinoza como para la crítica de
Marx a Feuerbach, los contempladores fracasan en preguntar y
contestar preguntas cruciales e inevitables acerca de cómo o por
qué lo que contemplan dio lugar, él mismo, a la contemplación
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(la suya incluida) para empezar –es, además, ontológicamente
insatisfactorio. Si los sujetos, incluyendo a los contemplativos, son
plenamente inmanentes al registro ontológico de las sustancias,
entonces una ontología que implícita o explícitamente los excluye
es necesariamente incompleta. Esta deficiencia es especialmente
mortificante en tanto que equivale a la deslumbrante ausencia de
una explicación con respecto a las causas de que el ser subjetivo
mismo genera, entre muchos otros efectos, toda y cada ontología
como una reflexión subjetiva reflexiva sobre (y en) este mismo ser
subjetivo. Parafraseando a Marx, uno podría preguntar: ¿Quién
contemplará a los contempladores?
8. El principio de más es menos
El materialismo trascendental es cualquier cosa menos un
positivismo científico, una metafísica simplista y corta de miras
en la cual solo la materia-en-movimiento físicamente presente en
el hic et nunc es admitida como real. En relación al tópico de la
“causalidad privativa” de Locke a Kant, Hegel y más allá, este
materialismo reconoce la eficiencia causal real de las ausencias,
conflictos, lagunas, faltas y similares. Es decir, las negatividades
(primero y más que nada, aquellas asociadas con el sujeto al estilo
del Cogito) son agencias causales actuales internas al único plano
de seres materiales. Estas privaciones y sus efectos palpables
deben ser consideradas incluso por un materialismo aliado de las
ciencias –y esto a pesar de las desafortunadas y problemáticas
inclinaciones positivistas espontáneas de las ciencias naturales
que acríticamente aborrecen el vacío, si lo hubiera.
Aunque el materialismo trascendental afirma más que
niega la realidad de la negatividad, esta posición, como un
materialismo propio, ratifica una explicación de la negatividad
material como opuesta a la explicación mística. La última tiende
a predominar en aquellas filosofías que igualmente tratan a las
negatividades como ontológicamente reales, desde el cristiano
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Pico della Mirandola en el Renacimiento hasta Agamben et al en
un status quo que está lejos de ser ateo. El oscurantismo de este
tipo de explicaciones pasadas y presentes consiste en que apelan
al inexplicado explicador de la supuesta donación fáctica de una
Nada ya siempre operativa en o como el corazón y alma de la
subjetividad (sino del Ser entero). En términos de su origen genético
(ya sea que se hable ontogenéticamente o filogenéticamente), este
vacío opaco, enigmático, proviene de un misterioso sabrá-Diosdónde. Haciendo referencia al ensayo seminal de Sellars de 1956
“El Empirismo y la filosofía de la mente”, los misticismos de lo
negativo pueden decirse como dependiendo del “mito de lo nodado”, a saber, la no-donación de la Nada/Vacío misma como un
dado elemental y profundo.
En contraste, una explicación material de la negatividad
comienza con el reconocimiento de la necesidad, primero, de
hacer la pregunta acerca de los orígenes duales, interrelacionados
filogenéticos y ontogenéticos de la Nada/Vacío así como; segundo,
responder esta pregunta en una manera estrictamente materialista
(es decir, sin una trampa espiritualista subrepticia a través de un
recurso encubierto a presuposiciones y postulados que impliquen
entidades y acontecimientos completamente inexplicables en
relación con las realidades de la materia y la naturaleza). En
tándem con concebir la filogenia y la ontogenia dentro de un
marco híbrido darwiniano, marxiano y freudo-lacaniano, la teoría
no-mística de las “cosas” negativas del materialismo trascendental
descansa sobre un principio de “más es menos” (para invertir un
cliché). El “más” de un acrecentamiento sin guía y accidental
de componentes y constituyentes materiales contingentes a lo
largo del tiempo tiene el potencial para dar nacimiento a grados
crecientes de complejidad en la forma de sistemas que toman
forma en y a través de relaciones de resonancia cruzada entre
estos componentes materiales acumulantes y constituyentes
(esto, de hecho, ha ocurrido en las historias naturales y nonaturales detrás de la realidad que contiene a los seres humanos
como actualmente son). Sobre ciertos umbrales, tal complejidad,
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no producida por nada mágicamente inexplicable en términos
materiales o naturales, genera eminentemente desde sí misma, en
un proceso auto-subversivo, cortocircuitante, el “menos” de los
antagonismos causalmente eficaces, bugs, choques, disfunciones,
grietas, rupturas, divisiones, etc. (es decir, negatividades) dentro
y en los contribuyentes de la complejidad. Dicho de otro modo, el
“más” de una excedente de partes positivas alberga, en una relación
dialéctica dinámica real, el “menos” de un déficit de coordinación
balanceada, armoniosos en la forma de estructuras y fenómenos
negativos atados con ausencias, conflictos, quiebres, y faltas que
perturban tanto a las realidades naturales y desnaturalizadas desde
dentro. La negatividad del sujeto al estilo Cogito debe y puede ser
explicada materialmente, más que inexplicada místicamente, la
última siendo el espejismo que produce el idealista al descartar
al materialismo pre/no-dialéctico como una Weltanschauugen
mecanicista, reductiva y eliminativa.
9. Las condiciones meta-trascendentales necesarias de la
Sustancia como Naturaleza Débil: indeterminación, complejidad
y anorganicidad
Este “sistema último del programa del idealismo alemán” (es
decir, el materialismo trascendental), en el cual la sustancia es
pensada como sujeto y viceversa, requiere para su establecimiento
satisfactorio, tanto de un trascendentalismo de la subjetividad
(como las condiciones suficientes para que haya realmente
sujetos autónomos), como de un meta-trascendentalismo de la
sustancialidad (como las condiciones necesarias para esto). Con
respecto a las condiciones necesarias meta-trascendentales, el
materialismo trascendental, en tanto que es un (cuasi-)naturalismo
cuidadosamente cualificado, comprende una única “naturaleza
débil” en el punto cero de su ontología. Al combinar vocabularios
lacanianos, žižekianos y badouianos, lo natural no implica a la
Naturaleza-con-N-mayúscula como el Todo-Uno de un Gran
Otro adicional, ya sea como una mega máquina impecablemente
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coordinada cual reloj (como el demonio de Laplace y el
materialismo mecanicista) o un super-organismo holístico
(total) (como en el organicismo al estilo romántico, incluyendo
los aspectos románticos y spinozistas de la Naturphilosophie
schellingiana). En vez de ser una gran Totalidad incesablemente
auto-integrada y consistente consigo misma (es decir, “fuerte”), la
Grund als Ur/Un-Grund de la expansión sin-alteridad [Otherless]
de lo natural es “débil” en tanto fragmentada e inconsistente,
atravesada por negatividades irreductibles que frustran cualquier
síntesis totalizadora del campo de los innumerables seres
materiales. Además a las ideas ontológicas de Lacan, Badiou y
Žižek, las insinuaciones de Hegel acerca de la Ohnmacht der
Natur, el “naturalismo de segunda naturaleza” de McDowell,
y el “mundo veteado” de Cartwright (así como un “pluralismo
nomológico” al que se llega vía una ontologización de los análisis
epistemológicos de Hume sobre la causalidad), son ingredientes
claves de esta reconceptualización de la naturaleza en la cual
le es sustraída esta fuerza imaginada (específicamente en su
poder determinista supuestamente ejercido a través de una red
de causas eficientes interconectadas exhaustivamente como leyes
inviolables, blindadas).
Lo que la debilidad de la naturaleza significa aquí, puede
ser mejor apreciado comenzando con referencia a los seres
humanos. Tales seres son la progenie de la historia natural, de
procesos evolutivos concebidos como revoltijos temporalmente
elongados de contingencias-sin-teleologías en los cuales el
único requerimiento mínimo de las entidades vivas es ser
“suficientemente bueno para sobrevivir el tiempo suficiente para
reproducirse” (difícilmente una receta que prometa el resultado de
una funcionalidad máximamente optimizada –como dice el dicho
alemán, Dumm kann ficken). Por supuesto, ocurre que esta historia
fue resuelta en los animales humanos como organismos altamente
complejos. En la línea de una explicación de la negatividad nomística, la complejidad bio-material de los humanos atraviesa un
punto de inflexión más allá del cual estos organismos no son ya
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completamente orgánicos en tanto que totalidades cuyas partes
están suavemente orquestradas y sincronizadas sin fricciones las
unas con las otras. En cuanto al modelo “parchado” del sistema
nervioso central, las discrepancias y tensiones pueden y de
hecho surgen dentro y entre los complejos componentes y subcomponentes de la anatomía y fisiología humana increíblemente
intrincadas (en lacaniano, el corpo-Real tachado de los cerebrosy-cuerpos-en-pedazos). Los seres humanos son instancias en
las cuales, así como lo orgánico emerge de lo inorgánico, lo
“anorgánico” emerge de lo orgánico. Lo anorgánico aquí no es
lo inorgánico (es decir, la química y física de lo no-viviente),
sino, más bien las negatividades (como discordancias, fallos,
etc.), generados en y por las auto-disrupciones intrincadamente
inducidas de lo orgánico. En un lenguaje más general, la humanidad
es el producto de una naturaleza auto-desnaturalizante (como
una especie de sustancia auto-desgarrante al estilo hegeliano).
Las criaturas humanas son la progenie de la evolución y la
genética que son padres subdeterminantes despreocupadamente
indiferentes y laxos. Estas antiguas autoridades son tan débiles y
están tan divididas contra sí mismas como para prevenir o sofocar
las rebeliones ontogenéticas y filogenéticas de su progenie, como
para bloquear o aplastas las revoluciones culturales desatadas
que lanzan historias desnaturalizadas como trascendencia-en-lainmanencia internas aunque irreductibles con respecto a la historia
natural misma. Sin la debilidad de la naturaleza (in)sustancial, en
tanto que condición necesaria material meta-trascendental para
los sujetos trascendentales más que materiales, no podría haber
excepciones a la heteronomía natural. En otras palabras, si lo
natural fuera más fuerte, no habría podido surgir en primer lugar la
subjetividad humana realmente existente en toda su peculiaridad.
La lógica dialéctica disparada por la complejidad del “más
es menos” vale para lo cultural tanto como para lo natural, para el
registro simbólico de lo histórico, lingüístico y social, tanto como
para el registro real de lo evolutivo, genético y orgánico. De ahí,
no solo lo es es la naturaleza subdeterminante en virtud de su
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impotencia (como anorganicidad, ser parchada, etc.) –también lo
es el fruto de las estructuras colectivas. De acuerdo al principio
de menos es más, los sistemas suficientemente elaborados
tanto naturales como no-naturales inevitablemente terminan
albergando lagunas generadas internamente, a saber, zonas nulas
producidas intra-sistémicamente como extimidades [extimacies]
caóticas (para tomar uno de los más conocidos neologismos de
Lacan, por “extimidad” designamos la externalidad íntima o la
exclusión interna). En estos puntos excepcionales de extimidad,
estos sistemas, gracias a sus complejidades multifacéticas,
suspenden no intencionalmente sus propias leyes y mandatos,
creando así áreas grises inmanentes al sistema en las cuales las
cosas pueden pasar de otro modo que como sería dictado por
las reglas y regulaciones de la operación cotidiana del sistema.
En una inversión de la interpelación althusseriana, en la cual un
sistema fuerte irresistiblemente determina a sus destinatarios a
ser sujetos heterónomos en tanto que sujetos a él, la posibilidad
de una subjetivación para alcanzar la autonomía, tanto de la
naturaleza como de la crianza, emerge de eventos de encuentros
simultáneos de dos vacíos superpuestos: la negatividad del Real
tachado más aquella del Simbólico tachado.
10. Las trascendentales condiciones suficientes de la subjetividad
como fuertemente emergente: epigenética, plasticidad y la
causación descendente de la recursión
El materialismo trascendental consiste no solo en una ontología
de la sustancia meta-trascendental, sino también en una metafísica de la subjetividad trascendental. En este aparato filosófico
particular, la teoría del ser delinea las condiciones necesarias
(pero no suficientes) para la teoría del sujeto, un sujeto
trascendente(al) al mismo tiempo que es inmanente a este mismo
ser como una identidad-en-la-diferencia dialéctico-especulativa.
Sin embargo, en contraste con ciertas versiones del materialismo
dialéctico, el sujeto fuertemente emergente del materialismo
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trascendental puede y de hecho consigue, al menos cada cierto
tiempo, independencia completa frente a sus fundamentos
ontológico-materiales (es decir, sus condiciones necesarias metatrascendentales). Este sujeto introduce rupturas irreparables en
el ser resistente a toda y cada uno de los tipos de sublimaciones
sintetizantes. Pero, ¿cuáles son las condiciones suficientes para
tales sujetos trascendentes(ales) dentro de este marco materialista
específico?
Como se insinuó hace un momento, una variante
fuerte de emergentismo es un componente clave de una teoría
trascendental materialista de la subjetividad. Si de hecho ocurren
emergencias de un tipo peculiar, y con suficiente fuerza –estas
tendrían que implicar lo que los teóricos de la emergencia, los
científicos cognitivos, y los filósofos analíticos de la mente han
designado como la potencia de la “causación descendente” en
la cual los niveles y capas emergentes “superiores” reaccionan
sobre los “inferiores” –entonces hay, de hecho, el tipo de sujetos
afirmados por este materialismo anti-reductivo/eliminativo como
un “spinozismo de la libertad” actualizado.
Dos variables más son conjuntadas por la versión
del emergentismo del materialismo trascendental: uno, la
epigenética y plasticidad del sistema nervioso central humano
como inextricablemente entrelazado con y bañado por matrices
de mediación exógenas extendidas, tanto naturales como nonaturales (lo que a ciertos filósofos analíticos les ha dado por
llamar la “mente/cerebro extendida”); y, dos, procesos a través
de los cuales este entrelazamiento de los cuerpos humanos con
mentes con redes externas tanto naturales como no-naturales,
más que seguir siendo asunto de una (sobre) determinación
heterónoma por externalidades, dan lugar a estructuras recursivas
y dinámicas a través de cuyos centros de auto-retardamiento
reflexivo ideacional/representacional (como los andamiajes
esqueléticos de la subjetividad propiamente dicha) se establecen
a sí mismo como autónomos vis-à-vis la naturaleza, la crianza o
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cualquier combinación de estas (esto tiene que ver con respuestas
catalizadas por interpelaciones inversas provenientes tanto de lo
Real como de lo Simbólico cada uno tachado). Una explicación
sistemática de estas múltiples fuerzas y factores presumiblemente
llevarían a pensar a la sustancia como sujeto y viceversa.
11. Las apuestas de un materialismo de la libertad
Una de las grandes virtudes de la filosofía de Badiou tiene que ver
con cómo se sitúa con respecto a sus tres admitidos “maestros”
franceses del siglo veinte : Sartre, Althusser y Lacan –en
particular, su interconexión com una existencialismo sartreano
de la autonomía con un estructuralismo althusseriano de la
heteronomía, un interconexión significativamente presagiada por
el psicoanálisis lacaniano- En el lenguaje de la Freiheitschrift de
Schelling de 1809, Badiou busco combinar la “libertad” de Sartre
(representada por Kant y Fichte para Schelling) con el “sistema”
de Althusser (representado por Spinoza para Schelling). El
principio mismo del proyecto filosófico de Badiou refleja la
influencia duradera de Sartre. Con referencia al concepto de
“punteo” en Badiou (es decir, un centro o nodo en el cual, en
resonancia con la “condenación a la libertad” sartreana, una
elección es forzada entre dos cruces divergentes: si o no, izquierda
o derecha, persistir o desistir, etc.), la filosofía se pone bien y
verdaderamente en marcha, para Badiou, al responder, en la
forma de axiomas fundantes de sistema, preguntas ineludibles del
tipo de puntos (tal como el “Ser, ¿Uno o Múltiple? ParmenideoPlatónico). La axiomática, pilares de soporte para un edificio
filosófico sistemático tal, es erigida como consecuencia de
respuestas radicalmente libres a ciertas dudas últimas e inevitables
que obligan a decisiones sin fundamento/auto-fundantes que
constituyen las intuiciones fundamentales de una filosofía que se
hace posible sobre su base. Pero, una filosofía tal comenzando
de esta forma no es menos sistemática por esto: Badiou absorbe
lecciones clave del existencialismo sin sucumbir a sus tendencias
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irracionalistas de denunciar la construcción clásica de sistemas.
Las diez tesis precedentes del materialismo trascendental como
sistema son precisamente sus axiomas generados por puntos.
En la misma venia, el arco total del Ser y el acontecimiento
de Badiou, el libro de 1988 que establece el núcleo de su filosofía
madura, justamente puede ser descrita como construyendo
el círculo virtuoso de la trayectoria auto-fundante. Los actos
autónomos del estilo sartreano que lanzan la primera parte del
libro (la parte del “ser” de su ontología) son retroactivamente
justificados, explicados après-coup, por la segunda parte del
libro (la parte del “evento”, que implica la teoría del sujeto como
inmanente aunque irreductible al “ser en tanto que ser” [l’être en
tant qu’être]). En cuanto esta lectura del Ser y el acontecimiento.
una lectura que informa la relación entre estas tesis y el sistema
del materialismo trascendental, solo una ontología sistemática de
la libertad (como no-contemplativa y e implacablemente hostil al
reductivismo y el epifenomenalismo) puede ser auténticamente
auto-fundante mediante la inclusión dentro de sí, de una
explicación del fundamento infundamentado de la autonomía
que hace posible toda y cada comienzo obligatorio de la filosofía
con un sujeto-filósofo decidiendo libremente sobre axiomas,
intuiciones y tesis (incluyendo incluso aquellas filosofías que
niegan esta autonomía).
Relacionado con lo precedente, la visión de la filosofía
de Badiou como es llamada a pensar la “composibilidad” de las
verdades de su tiempo producidas en los dominios de sus cuatro
“condiciones” extrafilosòficas (es decir, el arte, el amor, la polìtica
y la ciencia) tambièn refleja ciertas sensibilidades existencialistas
–unas que remontan, en este caso, hasta Pascal (sin mencionar sus
resonancias con el prefacio de los Elementos de la filosofìa del
derecho de Hegel de 1821). De hecho, las elecciones de respuesta
libres mencionadas más arriba, a archi-cuestiones [ur-questions]
apuntadas, ineludibles, son moldeadas por las relaciones del
filósofo con estas condiciones y las resonancias cruzadas entre los
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eventos y verdades amorosas, artísticas, polìticas y científicas que
este opta reconocer. Para ser más exacto, la filosofía à la Badiou está
obligada a apostar sobre aspectos de sus fuentes extra-filosóficas
en conjunción con colocar las apuestas que establecen sus tesis
axiomáticas. Más aún, como con la famosa apuesta de Pascal, no
hay posiciones seguras, neutrales, no comprometedoras, relativas
a los puntos de interrogación que marcan ya siempre el caso para
cualquier filosofìa que pregunte y responda ciertas cuestiones
fundamentales, da igual si implícitamente o explícitamente.
Para Pascal, el agnosticismo, como el no elegir creer en Dios,
es sinónimo de ateísmo, tanto como elegir no creer en Dios. En
la apuesta de Pascal, así como en el existencialismo de Sartre
deudor de este, no elegir es en sí mismo una elección, el no actuar
es en sí mismo una acción. Del mismo modo, de acuerdo con
la concepción de Badiou acerca de los suelos fundantes de toda
y cada filosofía, el filósofo es forzado libremente a decidir, sin
importar si consciente o inconscientemente, sobre qué y qué no
estar condicionado en términos de lo que se transpira alrededor
de él/ella, en los reinos más que filosóficos del arte, el amor, la
política y la ciencia. Discutiblemente, no decidir ser condicionado
por verdades y eventos artísticos, amorosos, políticos o científicos,
es decidir no ser condicionado por estos. O, cuando se trata de
extender los propios fundamentos filosóficos (como con tantas
otras cosas), omnis determinatio est negatio, para ponerlo en un
estilo híbrido spinozista-hegeliano.
Sobre las cuatro condiciones de Badiou, la ciencia es
especialmente importante para los fundamentos de su sistema
filosófico post-1988, en tanto que lo provee de los andamiajes
esqueléticos tanto de su ontología como de su fenomenología
en las formas de la ciencia matemática y la teoría de categorías
respectivamente. Siendo muy consciente de que está apostando, se
compromete a apostar sobre acontecimientos selectos en matemáticas,
comenzando con la infinitización del infinito de Cantor como una
ruptura irreparable en la historia del pensamiento que demanda
estimaciones filosóficas. En contraste con el racionalismo formalista
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de la metafísica badouiana como una “dialéctica materialista”, el
materialismo trascendental, divergiendo de la limitación, inspirado
por Koyré, de lo científico a lo (puramente) matemático, coloca
algunas de sus apuestas decisivas sobre las ciencias naturales (más
que las formales). Las apuestas del materialismo trascendental sobre
la biología son tan esenciales para este, como las apuestas de Badiou
sobre la teoría de conjuntos transfinitos son para su ontología y su
teoría de la subjetividad interconectadas. A pesar de diferir el uno
del otro con respecto a sus concepciones de la cientificidad, estas dos
aproximaciones comparten una creencia en la necesidad de arriesgar
el compromiso filosófico con y en dependencia de las ciencias extrafilosóficas (y otras disciplinas y prácticas también).
Nada garantiza que estas apuestas no sean problematizadas
en el futuro. Pero, igualmente, nada garantiza que lo vayan a ser
tampoco. Optar por creer en la impermanencia histórica de las
proposiciones científicas, en la supuesta inevitabilidad de que sean
desplazadas y superadas tarde o temprano, es tanto un artículo
de fe dogmática como de la más ingenua, acrítica creencia en
la validez universal de cualquier cosa que resulte contas como
la mejor ciencia disponible. La falsa seguridad del agnosticismo
no-comprometedor con respecto a las ciencias que rechaza poner
cualesquiera apuestas en estas disciplinas más que filosóficas, se
justifica a sí misma sobre la base de esta creencia ya mencionada
en la finitud de todos los supuestos descubrimientos y hechos
científicos. Pero, especialmente para las filosofías ostensiblemente
materialistas, un agnosticismo tal no solo corre el peligro de
inconsecuencia e irrelevancia presente y futura medida por el
estandar de que la filosofía debe ser “de su tiempo” (tanto para
Hegel como para Badiou) –rápidamente encalla en el callejón sin
salida inhóspito, estéril del escepticismo subjetivamente idealista.
Los precios que deben pagarse por la seguridad ilusoria de este
attentisme precavido, inseguro y fatalista son el abandono de un
aspecto vital de la vocación de la filosofía, así como la renuncia
a cualquier reclamo legítimo a ser materialista. En resumen, el
materialismo filosófico no puede costear probar su suerte.
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Bibliografía básica
Badiou, Alain. El Ser y el Acontecimiento. Buenos Aires:
Manantial, 2000.
Hegel, G. W. S. “Primer programa de un sistema del idealismo
alemán”, L’ Absolut litteraire. Paris: Edition du Suil, 1978.
Kant, Immanuel. Crítica de la Razón Pura. Madrid: Editorial
Taurus, 2013.
Marx, Karl y Engels, Federico. Tesis sobre Feuerbach y otros
escritos filosóficos. México: Grijalbo, 1970.

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�Propuesta de una Ontología
Especulativa trágica

Propuesta de una Ontología

Especulativa Trágica: el ser trágico
de Unamuno y el giro ontológico-realista
del Nuevo Realismo
Introducción
El presente escrito busca proponer una ontología trágica de la in-razón,
tomando como punto de partida la ontología de Miguel de Unamuno,
que se considera es trágica y la ontología de la in-razón de Quentin
Meillassoux. Cuatro son los momentos clave a considerar: en el primero
se da una diferenciación tentativa entre metafísica y ontología, se
mencionan rasgos distintivos del Miguel de Unamuno, los principales
estudios de su obra, el análisis ontológico que realiza Françoise
Meyer, las categorías ontológicas del ser de Unamuno y, por último,
se define a grandes rasgos la postura ontológica-trágica del bilbaíno.
El segundo momento clave es la definición del giro ontológico-realista
del Nuevo Realismo, en donde se da un breve recorrido sobre el origen
de esta nueva corriente filosófica, se hace una diferenciación entre
la filosofía continental, analítica y posmoderna y la definición del
término “correlacionismo”, concepto que es ampliamente comentado
por los filósofos del Nuevo Realismo. El tercer momento es cuando
se explica, a grandes rasgos, la postura filosófica del francés Quentin
Meillassoux, abarca desde lo que él considera es el correlacionismo, el
concepto de “realismo ingenuo”, la visión del “absoluto realista”, las
dos observaciones que le permiten analizar el realismo, los dos tipos
de exterioridades en las que habla de la dicotomía de la correlación
conciencia-exterioridad, finalmente, el principio de factualidad o la
in-razón, momento clave para conocer su respuesta al correlacionismo
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Especulativa trágica

de la posmodernidad. En el cuarto momento clave es donde podemos
distinguir la relación entre la ontología trágica de Miguel de Unamuno
y la ontología de la facticidad o la in-razón de Meillassoux, a grandes
rasgos se explica cuál es la similitud entre ambas posturas ontológicas
y cómo éstas podrían ayudar a conformar la ontología trágica de la inrazón, como el punto de vista de estos dos filósofos podría abrir a un
nuevo camino, un nuevo panorama sobre cómo podríamos considerar
al ser: un ser trágico, un ser contradictorio que está siendo un “devenirotro”, un ser que aparece y desaparece sin razón alguna, dando paso
a este ser trágico de la in-razón. Para terminar, en las conclusiones,
se habla de las consideraciones generales del presente texto donde se
considera incluso el término de “supercaos” propuesto por Meillassoux
y cómo este supercaos se vincula con la tragedia. Sin embargo, son
consideraciones finales que podrían tener o no una continuidad en
escritos posteriores. Sirva este breve artículo como una propuesta que
trata de seguir avivando las llamas del quehacer filosófico en el casi
primer cuarto del siglo XXI.

Palabras clave: nuevo realismo, in-razón,
correlacionismo, giro ontológico-realista.

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ontología,

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�Propuesta de una Ontología
Especulativa trágica

Introduction
This paper seeks to propose a tragic ontology of in-reason, taking as
a starting point Miguel de Unamuno’s ontology, which is considered
to be tragic, and Quentin Meillassoux’s ontology of in-reason. There
are four key moments to consider: first, a tentative demarcation
between metaphysics and ontology, the distinctive features of
Miguel de Unamuno are mentioned, the main studies of his work,
the ontological analysis realized by Françoise Meyer, the ontological
categories of being of Unamuno and, finally, his ontological-tragic
posture is defined. The second key moment is the definition of the
ontological-realist turn of New Realism, where a brief overview of
the origin of this new philosophical trend is given, a differentiation
is made between continental, analytical and postmodern philosophy
and the definition of the term “correlationism”, concept widely
commented by the philosophers of the New Realism. The third
moment is when the philosophical stance from the french Quentin
Meillassoux is broadly explained, from what he considers to be
correlationism, the concept of “naive realism”, the concept of
“absolute realism”, the two views that allow him to analyze the
term realism, the two types of exteriorities in which he speaks of
the dichotomy of the consciousness-exteriority correlation, finally,
the principle of factuality or in-reason, a key moment to know
his answer to the postmodernity correlationism. In the fourth key
moment is where we can differentiate the relationship between
Miguel de Unamuno s tragic ontology and the facticity ontology or
in-reason of Meillassoux, broadly speaking, the similarity between
both ontological positions is explained and how they could help
shape the tragic ontology of in-reason. The perspective of these two
philosophers could open a new path, a new overview on how we
could consider the being: a tragic being, a contradictory being that is
being a “ becoming-other”, a being that appears and disappears for
no reason, leading to this tragic being of in-reason.

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�Propuesta de una Ontología
Especulativa trágica

Finally, in the conclusions, the general considerations of the present
text are discussed, where even the term “superchaos” proposed by
Meillassoux is viewed and how this superchaos is linked to tragedy.
However, they are final considerations that may or may not have
continuity in later writings. Serve this short paper as a proposal that
tries to attempt the fanning flames of philosophical work in almost
the first quarter of the 21st century.
Key words: new realism, in-reason, ontology, correlationism,
ontological-realistic spin.

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Especulativa trágica

1. El ser trágico de Unamuno: la ontología trágica
En primer lugar, se definirá la diferencia entre metafísica y
ontología. La ontología hace hincapié en el ser específico de los
objetos, a aquello que de los objetos podemos entender, mientras
que la metafísica se pregunta por responder preguntas tales como
la esencia, o saber el “ser como ser”, está más bien enfocada en las
causas y principios primeros, mientras que la ontología se centra
en el ser de determinada causa y principio que forma parte de una
realidad más abarcadora. De ahí que, por ejemplo, la postura de
Markus Gabriel considere que no hay una realidad totalizadora
como tal, una metafísica, sino que “que la totalidad, el mundo,
no existe, dado que todo lo que existe pertenece a algún campo
de sentido y el mundo por definición no pertenecería a un campo
de sentido”1, de ahí la diferencia entre metafísica y ontología. La
metafísica es más abarcadora y la ontología más específica.
En cuanto a Miguel de Unamuno, se han realizado extensos
estudios y artículos muy diversos: sobre educación, política,
lenguaje, historia. Pero específicamente en ontología podemos
tomar en cuenta al escritor francés Françoise Meyer quien
realizó un profundo estudio sobre el pensamiento de bilbaíno,
enfocándose en su ontología; de igual manera, puede considerarse
el texto de “Unamuno: bosquejo de una filosofía” de José Ferrater
Mora donde podemos ver una aproximación (o como el título de
la obra lo dice: bosquejo) sobre los principios de una ontología.
Por último, no hay que olvidar el texto de Pedro Ribas, “Para
leer a Unamuno” en donde se exponen las ideas centrales
del pensamiento de Miguel de Unamuno: contexto histórico
y principales influencias, así también define el concepto de
“tragedia” en el filósofo bilbaíno.
Sobre la vida del Unamuno, cabe decir que el filósofo español
fue una persona muy polémica con la España de su tiempo. Por
ejemplo, cuando era rector en la Universidad de Salamanca,
sostuvo un encuentro con el general Millán Astray al decir este
1
Ramírez, Mario-Teodoro. “Cambio de paradigma en filosofía. La revolución
del nuevo realismo”, Diánoia LXI, no 77 (noviembre 2016): 144.
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último durante una conferencia la frase de “¡Viva la muerte,
muera la inteligencia!” por lo que Unamuno, al ser rector de la
universidad y una persona importante durante su tiempo dijo
(luego de un breve discurso en contra del fascismo y por ende
de la frase necrófila del general Astray) “Venceréis, pero no
convenceréis”. Sirva la anécdota anterior para tratar de contribuir
a que haya más interés por la vida y obra del bilbaíno.
Actualmente no existen libros que traten sobre la ontología
de Miguel de Unamuno, salvo los antes mencionados que son
los más importantes. Sin embargo, existen diversos artículos
que mencionan los orígenes de una ontología, como el de “Los
orígenes de la Ontología de Unamuno”.
El presente artículo también busca sugerir y enunciar a Miguel
de Unamuno como un filósofo de pensamiento y método propio, a
pesar de los posibles contras y peros que puede tener, Miguel de
Unamuno es un pensador al que se le puede considerar filósofo.
Si comenzamos con Meyer, podemos ver cómo describe la
ontología de Miguel de Unamuno: “Basta asomarse con atención
a la obra de Unamuno para descubrir cómo surge claramente de
ella una intuición central y un modo de experiencia ontológica
primaria, que viene a ser el secreto de sus actitudes contradictorias,
de sus polémicas excesivas y de su sentimiento “agónico” del ser”2.
Podemos notar aquí un primer acercamiento sobre la ontología de
Unamuno, que se distingue por tener un aspecto contradictorio.
¿Entonces, si para Unamuno la realidad es contradictoria,
qué es lo real?, de manera similar cuando se definió la diferencia
entre metafísica y ontología, en este caso, lo verdaderamente real
sería “el hombre de carne y hueso”, para Unamuno no hay una
realidad “en sí” de carácter metafísico, más bien es “el prójimo
determinado, ese determinado paisaje o esa particular estrella”3.
Las palabras “determinado” y “particular” podrían hacer referencia
2
Meyer, Françoise, Ontología de Miguel de Unamuno, (Madrid: Editorial
Gredos, 1962), 9.
3
Ferrater Mora, José, Unamuno, bosquejo de una filosofía, (Buenos Aires:
Sudamericana, 1957), 125.
Aitías.Revista de Estudios Filosóficos.
Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 133-154

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Especulativa trágica

a los “campos de sentido” de Gabriel, donde lo importante no es
la existencia de un mundo totalizador, que lo abarque todo, sino la
existencia de particulares que están diferenciados, de “objetos en
infinidad de campos de sentido”4. El hombre de carne y hueso es
otro particular en los “campos de sentido” que Gabriel menciona
en la obra “Por qué no existe el mundo”.
Entonces, lo real para Unamuno consiste en las siguientes
categorías, todas ellas relacionadas con el hombre de carne y
hueso. A grandes rasgos, la filosofía de Miguel de Unamuno podría
explicarse brevemente con el término “anhelo de inmortalidad”,
es decir, el hombre de carne y hueso no desea morir, prácticamente
tiene un anhelo de inmortalidad, desea por sobre todas las cosas
seguir viviendo. Recordemos que, para Unamuno, quien filosofa
es el hombre de carne y hueso, no el hombre abstracto o el universal
de hombre. Se mencionarán cada una de estas categorías junto a
una breve explicación de lo que trata cada una.
Lo entrañable: es lo íntimo que se encuentra en el hombre
concreto, es el “dentro” de las cosas, lo que está ahí sin necesidad
de conocerse por medio de métodos; es la lucha que el hombre de
carne y hueso establece contra sí mismo, una lucha de opuestos sin
reconciliación. Lo grave: es la corporalidad, lo que se puede palpar.
Lo abrupto es, para Unamuno un salto donde todas las “capas”
del ser se manifiestan de una vez y casi de manera explosiva. Lo
contradictorio, como su nombre lo dice, se manifiesta en el hombre
concreto porque, prácticamente se encuentra en una lucha de lo que
es (de carne y hueso) y lo que quiere ser (inmortal). Lo perdurable
surge en el momento de no querer morir, en ser “permanentemente
concreto”, en una voluntad que no quiere morir. La perduración se
puede entender cuando el artista garantiza su huella de haber existido
al crear alguna obra que será admirada por generaciones venideras.
Por último, lo que siente, al estar inmerso en la realidad, dicha
realidad vendría a ser una síntesis entre lo íntimo del hombre y lo
palpable de su conciencia.
4
Ramírez, “Cambio de paradigma en filosofía: La revolución del nuevo
realismo”, 144.
Aitías.Revista de Estudios Filosóficos.
Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 133-154

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�Propuesta de una Ontología
Especulativa trágica

Como podemos ver estas categorías describen de manera
general la ontología de Unamuno porque los conceptos de
“entrañable”, “grave”, “contradictorio” se consideran que son
las entidades que parten de los objetos, dichos objetos son los
que vienen a conformar la realidad, por lo tanto, la contradicción
se encuentra no solamente se manifiesta en el hombre, sino
también fuera de éste fuera de éste, como una perpetua lucha,
“el dramatismo de la vida” se encuentra en el ser de las cosas
en tanto que contradicción, entre guerra y paz; lo perdurable se
manifiesta como objetividad, en tanto que las cosas persisten en
existir, un ejemplo de la perdurabilidad de las cosas la podemos
ver de manera objetiva con el surgimiento del alba al ocaso.
Se entiende entonces que, en esta postura ontológica, el
antecedente directo en la gnoseología es la ontología (aspecto que,
se considera, comparte con los filósofos del Nuevo Realismo),
porque lo primero que se da a conocer es el objeto, que representa
al ser, entendiéndose el objeto como “el ser en cuanto ser”, así, en
su interacción con el ser es como el sujeto comienza a entenderlo
en sus particularidades que vienen a ser los entes, dichos entes
(ontología) están sujetos a causas y principios y parten del ser en
general (metafísica). Por su parte el hombre, al estar consciente de
esta realidad, comienza a detallar el sentido del ser, pero este ser,
es trágico, está en constante contradicción, entre no querer morir y
seguir viviendo, de acuerdo con François Meyer, “El estatuto del
ser revelado en la situación del ser concreto mío propio, expresa
a su modo absoluto, rebasa la simple descripción, para afirmarse
como connatural al ser todo entero; rebasa la simple situación
del hecho para afirmarse como estatuto de hecho, necesario
y universal”5, es decir, que las características del ser concreto,
rebasan, traspasan su descripción y límites y se manifiestan como
objetividad, como connaturales al “ser todo entero”.
Por lo tanto, estas categorías ontológicas de Unamuno (lo
entrañable, lo perdurable, lo grave, etc.) están representadas,
de manera trágica en la misma realidad, en la naturaleza, “pero
5

Meyer, Ontología de Miguel de Unamuno, 40.

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�Propuesta de una Ontología
Especulativa trágica

no solamente el hombre tiene una esencia trágica. La naturaleza
misma es trágica, por lo menos para el hombre, y quizá lo es para sí
misma”6, es decir, posiblemente la misma naturaleza o realidad que
nos rodea está en constante contradicción, de ahí que se haga uso
de la palabra tragedia, porque la tragedia implica una “dialéctica
inconclusa”. Lo característico de esta ontología trágica es que no
hay una solución, si se le compara con la dialéctica hegeliana,
la ontología trágica implica una paradoja, porque “no llega a
reconciliación o síntesis, sino que permanece abierta, avanzando
por obra del conflicto mismo”7, por lo que se construye con trozos
de existencia concreta y viva, es una dinámica que se elabora con
el devenir y el flujo incesante del tiempo, así, ya tenemos una
definición aproximada de lo que significa una ontología trágica.
Por lo tanto, se considera la propuesta de pensar “la cosa en sí”
como un ser trágico, recordemos que el Nuevo Realismo busca un
retorno a la metafísica, no a la metafísica clásica-aristotélica, sino
a una ontología sobre la epistemología, un retorno del ser sobre el
saber. Se propone indagar de nuevo al “ser en sí”, pero visto desde
una forma trágico-realista, de ahí que “El nuevo realismo presupone,
más bien, que conocemos al mundo tal como es”8. Es decir, “un
pensamiento acerca de la realidad tal cual o de la existencia como
tal”9 Dicha existencia como tal se considera es trágica.
Ahora, toca el turno de hablar del Nuevo Realismo y Quentin
Meillassoux.
2. La postura del Nuevo Realismo: el giro ontológicorealista y las diversas posturas existentes
Actualmente las posturas continental y analítica desde sus
orígenes en el siglo XX han relativizado toda prueba de conocer
de verdad lo que es el ser; la filosofía analítica por su parte se
6
Beuchot, Mauricio, Triángulo de Enigmas La Epistemología, la metafísica y el
reino de la realidad (Cd. Mx: UNAM,2016), 82.
7
Beuchot, Triángulo de Enigmas La Epistemología, la metafísica y el reino de
la realidad, 79.
8
Gabriel, Markus, Por qué no existe el mundo (Berlín: Editorial Océano, 2013),
17.
9
Ramírez, “Cambio de paradigma en filosofía: La revolución del nuevo
realismo”, 144.
Aitías.Revista de Estudios Filosóficos.
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Especulativa trágica

ha encargado de verla de una manera muy materialista, dando
énfasis en la interpretación lingüística y científica del ser; por
su parte la filosofía continental ha procurado una interpretación
subjetivista e histórico-cultural de la realidad. Por lo que el ser
como tal ha sido completamente relegado a un segundo lugar,
ése es el discurso actual de la filosofía; hasta que un nuevo
movimiento filosófico, el Nuevo Realismo, se ha establecido
para dar una superación al cientificismo y subjetivismo al que ha
llegado la filosofía. En pocas palabras, el Nuevo Realismo busca
“reformular un discurso filosófico sobre la realidad en la forma de
una ontología racionalmente argumentada”10
El Nuevo Realismo, (también llamado Realismo Especulativo)
como movimiento filosófico surgió en 2007. Si bien, ya desde
finales del siglo XX había algunos planteamientos dentro de la
filosofía analítica que señalaban una corriente filosófica nueva,
por ello, hasta ya inicios del siglo XXI (2007) es que hay, como tal,
un surgimiento del Nuevo Realismo como movimiento filosófico.
Con la obra “Después de la finitud. Ensayo sobre la necesidad de la
contingencia”, del filósofo francés Quentin Meillassoux, podemos
ver un claro surgimiento del Nuevo Realismo como movimiento
filosófico, designándolo como “materialismo especulativo” o
“filosofía especulativa”. La idea principal de Meillassoux, de
acuerdo al filósofo Mario Teodoro Ramírez, parte de la necesidad
de “superar el esquema filosófico dominante en el pensamiento
moderno”11, es decir, el de superar el esquema dominante tanto de
la corriente continental, analítica y posmoderna en filosofía.
De manera general, es pertinente definir el “giro ontológicorealista” que caracteriza el Nuevo Realismo con los siguientes puntos:
1. La crítica que le hace al correlacionismo.
2. Retorno a una nueva metafísica, pero no a la concepción
clásica, sino una que sea acorde a los tiempos actuales.
10
Ramírez, Teodoro (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo
XXI, (Cd. Mx: Editorial Siglo XXI, 2016), 35.
11
Ramírez. “Cambio de paradigma en filosofía: La revolución del nuevo
realismo”, 133.
Aitías.Revista de Estudios Filosóficos.
Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 133-154

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Especulativa trágica

Cabe destacar que algunos autores siguen utilizando este
término y otros prefieren más bien utilizar el de ontología.
3. La crítica que hace al cientificismo.
Lo que critica el Nuevo Realismo del posmodernismo es
el correlacionismo, es decir, la suposición de que la relación
entre sujeto y objeto es insuperable, lo que implica un énfasis
antropocentrista, no hay conocimiento que no se pueda conocer
sino a través de la relación sujeto-objeto, hombre-mundo, hombrecosa u hombre-naturaleza. Por ejemplo, Quentin Meillassoux
menciona que el correlacionismo es “la suposición de que lo que
existe es un correlato del pensamiento…la idea según la cual no
tenemos acceso más que a la correlación entre pensamiento y ser,
y nunca a alguno de estos términos tomados aisladamente”12
3. Quentin Meillassoux
Meillassoux es de especial interés en este escrito porque
propone que “el correlacionismo aspira a modelizar la mayoría
de las empresas contemporáneas de desabsolutización del
pensamiento”13, por “desabsolutización del pensamiento” se
entiende al desprendimiento del pensamiento de ser la única
manera que tenemos para acceder a la realidad, desabsolutizar
sería quitarle el carácter total y abarcador del pensamiento, de
pensar más allá de la relación que se establece entre el pensamiento
y el ser. Para Meillassoux existen dos decisiones de pensamiento
que llama círculo correlacional y facticidad de la correlación.
En el primero menciona que en el correlacionismo “jamás
tenemos entonces acceso a un mundo en sí, un mundo puesto
como absoluto…es decir, un mundo desligado, desligado de toda
representación del mundo: un mundo absoluto que no es relativo
a nuestra relación con él”14, dicho de esta manera, no podemos
tener acceso a un mundo desligado de la forzosa representación
que hace el hombre del mundo, que hace del pensamiento del
mundo, forzosamente habrá un antropocentrismo vinculado a la
12
13
14

Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 15.
Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 73.
Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 74.

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relación sujeto-mundo, el hombre, en el correlacionismo, sería
siempre el único protagonista, “el absoluto es…lo pensable no
relativo al pensamiento”15 Mientras que el segundo, la facticidad de
la correlación consiste en la suposición de que “éste en sí, en tanto
impensable para nosotros, es imposible en sí”16, a resumidas cuentas
tenemos estos dos enfoques, estas dos decisiones del pensamiento,
de acuerdo a Meillassoux, para replantear el concepto de absoluto,
de cómo accedemos a la realidad, ya sea suponiendo que no se puede
tener acceso a un mundo en sí, que es el caso del círculo relacional
o suponer que el en sí es impensable puesto que es imposible en
sí, como afirma la facticidad de la correlación, en donde la relación
es contingente, puede darse o no. A continuación, se explicarán,
brevemente las dos decisiones de pensamiento antes mencionadas: el
círculo correlacional y la facticidad de la correlación. Comenzaremos
con el círculo correlacional.
El correlacionismo, también llamado antirrealismo, es para
Meillassoux, un “realismo ingenuo” porque “no tenemos nunca
acceso, en nuestros diversos modos de conocimiento de lo real, a
cosas autónomas sino a correlaciones entre actos de pensamiento
y objetos de pensamiento”17, la autonomía del objeto es
impensable, porque siempre habrá una correlación sujeto-objeto,
“sea que en un estado es percibido, concebido o aprehendido de
cualquier otra forma, el objeto no podría ser pensado fuera de la
relación que mantiene con nuestro pensamiento”18. Es decir, de
un absoluto que sea pensable y no relativo al pensamiento: “lo
absoluto, según una primera definición, sería el ser independiente
del pensamiento, el ser como no relativo al pensamiento y, sin
embargo, accesible al pensamiento en su independencia misma”19,
por tal razón llama “realismo” a esta visión de lo absoluto. El
realista, entonces, es aquel que “pretende pensar lo que hay
cuando no hay pensamiento”20, como ya se mencionó, el filósofo
15
16
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18
19
20

Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 74.
Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 78.
Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 74.
Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 73.
Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 74.
Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 74.

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Especulativa trágica

da una primera solución a la problemática del correlacionismo
que el Nuevo Realismo denuncia.
Dicha visión del absoluto realista es la que Meillassoux
pretende defender, por ello, se explicarán brevemente dos
observaciones sobre el concepto de “realismo” que permitirán
definir de manera más específica su postura filosófica y cómo
estas podrían tener una vinculación con el ser trágico de Miguel
de Unamuno, sobre todo con el concepto de facticidad.
La primera observación consiste en que el realismo “supone
que el pensamiento es contingente: el pensamiento es contingente
puesto que supone que es posible pensar un ser sin pensamiento”21,
de acuerdo a la definición de la RAE, contingente es lo que
puede suceder o no, por lo que el realismo del filósofo implica
que el pensamiento puede o no ocurrir, puede o no suceder; el
filósofo propone que para entender el absoluto el pensamiento no
siempre puede ser el protagonista (recordemos la primacía de la
epistemología sobre la ontología, el conocimiento sobre el ser),
“se plantea entonces que no hay pensamiento necesariamente
y siempre allí donde hay ser”22, el ser puede existir, puede ser,
más no puede ser conocido forzosamente por el pensamiento.
“Se supondrá, por ejemplo, que no hay pensamiento más que
instanciado en seres vivientes, en cuerpos mortales: pensamiento
que puede entonces, al menos en teoría, morir al mismo tiempo
que su portador”, al morir el ser viviente muere el pensamiento,
en teoría el pensamiento muere con su portador, así, un breve
atisbo podría comenzar a manifestarse entre la postura del Nuevo
Realismo con el ser trágico de Unamuno, al estar el ser en
constante contradicción, al estar en una dialéctica inconclusa, éste
ni siquiera podría llegar a conocerse como tal por el pensamiento,
la misma contingencia del pensamiento hace que el ser exista de
manera separada al pensamiento, por este devenir y flujo incesante
del tiempo.

21
22

Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 75.
Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 75.

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En la segunda observación Meillassoux apunta que “por
realismo no entiendo necesariamente una posición que consiste
en plantear que el conjunto de lo dado subsistiría tal como nos es
dado incluso si no existiéramos más”23, por lo que tampoco elimina
del todo el protagonismo del pensamiento en la conformación
del ser. Otra posibilidad que plantea es el del “realismo parcial”,
en donde se “discriminaría entre las determinaciones que, en
lo dado, revelan nuestra subjetividad y las que son intrínsecas
a una realidad independiente de nosotros”24, discriminar en este
caso sería realizar una selección excluyendo lo que aporta el
pensamiento y las características propias del ser, de esa realidad
independiente de nosotros, similar a las cualidades primarias y
secundarias de Locke.
No es lo mismo correlacionismo que realismo: el realismo
propone que el ser podría permanecer, subsistir, aunque no
hubiera un pensamiento que lo conociera “el realismo está ya
comprometido con una metafísica especulativa que pretende decir
lo que es de lo que es”25; mientras que el correlacionismo se centra
en el saber del ser, se reduce el saber del ser al pensamiento, “su
posición no se refiere al ser sino al saber o al pensamiento”26.
Como en el correlacionismo se da el énfasis en el pensamiento
y el ser, o ese afuera que participa en la dicotomía de la
correlación conciencia-exterioridad, Meillassoux distingue dos
tipos de exterioridades: el “afuera correlacional-claustral”, el cual
es “un afuera en el cual estamos y en el que sólo encontramos
los correlatos de nuestros actos. No tiene sentido más que como
correlato de la conciencia que ahí se transporta y no como un
absoluto independiente de su donación”27, es decir, un afuera
que es susceptible de ser pensado por la conciencia y que existe
al mismo tiempo en el que se da la donación, un afuera al que
se transporta la conciencia, un afuera conocido. A este afuera
23
24
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26
27

Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 75.
Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 75.
Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 76.
Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 76.
Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 76.

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Especulativa trágica

claustral, el filósofo opone el “gran afuera dogmático”, un afuera
que es indiferente al pensamiento, un afuera que “no es solamente
exterior al pensamiento, sino que es absolutamente indiferente
e independiente de este. Un afuera que no se reduce a lo dado y
que puede subsistir fuera de toda donación y de toda correlación
con el pensamiento”28, es decir, un afuera independiente de toda
abstracción que la conciencia pueda realizar. Por lo que, por un
lado, tenemos una exterioridad que involucra el pensamiento y,
por el otro, una exterioridad indiferente e independiente del acto
de conciencia. Entonces, si el ser se reduce al acto de pensamiento
o el ser es indiferente a este acto, ¿Qué es lo que queda? Un
“realismo especulativo”, un realismo que se enfoca en “saber
si es posible acceder a un absoluto susceptible de ser pensado
no como afuera claustral y relativo sino como un gran afuera,
esencialmente no relativo al pensamiento que lo conoce”29, este
realismo especulativo no afirma que el pensamiento sea la única
manera de acceder al ser, sino en una exterioridad no relacionada
con el pensamiento que conoce, es afirmar que hay un ser, que
puede ser conocido pero que no depende exclusivamente del
pensamiento para conocerlo.
En cuanto a la facticidad de la correlación, Meillassoux
menciona que este argumento puede ser decisivo en contra de la
correlación, puesto que es una defensa de lo absoluto. El filósofo
define este concepto al decir que “la idea misma de un en sí
independiente del pensamiento es inconsistente, conviene suponer
que éste en sí, en tanto impensable para nosotros, es imposible
en sí. Si no podemos conocer lo que es dado al pensamiento, es
que nada puede ser que no sea dado -un dado a-, y así que no
esté correlacionado a un acto de pensamiento”30. Normalmente
se considera que el ser que es conocido por el pensamiento es
inamovible o que siempre está ahí, si no es captado por la conciencia
es tachado de incognoscible, lo que no podemos confirmar es que
este ser pueda estar forzosamente relacionado, o “dado a”, por lo
28
29
30

Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 77.
Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 77.
Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 78.

Aitías.Revista de Estudios Filosóficos.
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que suponemos que el en sí, o el ser, es imposible que exista a no
ser que se dé correlación entre la conciencia y el ser. Sin embargo,
esta correlación se plantea como necesaria de acuerdo a la
metafísica subjetivista, la cual es definida como “toda metafísica
absolutizante que plantea como necesaria la correlación del ser y
el pensamiento, cualquiera que sea el sentido que les dé a los polos
subjetivos y objetivos de tal relación”31, dicho de otra manera, no
se puede escapar de la correlación, ya que ésta es necesaria, ya
sea en el aspecto objetivo o subjetivo de la relación. Por lo tanto,
la facticidad correlacional se opone a la metafísica subjetiva,
porque propone que “el pensamiento puede pensar su propia
ausencia de necesidad…la facticidad de pensamiento, su poderno-ser, su no-necesidad absoluta, es efectivamente pensable”32, o
sea, la misma correlación puede ocurrir o no, de ahí el nombre
de facticidad, porque la correlación puede o no darse, porque es
posible que el pensamiento sea capaz de pensar su ausencia en el
“gran afuera”, porque la correlación no es absoluta, no es la única
manera de conocer al ser, de ahí el término “desabsolutización
del pensamiento”, porque normalmente se entendía por absoluta
la correlación, pero esta puede o no darse.
Entonces, ¿qué postura propone? Para solucionar la problemática del
correlacionismo, la de desabsolutizar el pensamiento, Meillassoux
plantea la posibilidad de hablar del principio de factualidad.

Principio de factualidad: la in-razón
En palabras del filósofo francés, la facticidad significa “designar
la incapacidad del pensamiento de fundar la necesidad y las
determinaciones factuales internas a lo dado”33, dicho de otra
forma, mediante el principio de factualidad propone quitar el
protagonismo a la conciencia de determinar al ser, este principio
implica que la correlación no es necesaria para determinar al ser,
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Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 79.
Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 81.
Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 84.

Aitías.Revista de Estudios Filosóficos.
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�Propuesta de una Ontología
Especulativa trágica

éste puede ser fáctico, es decir, puede o no darse la correlación,
no se absolutiza la correlación más bien implica que ésta no es
necesaria, que puede o no ocurrir. Por ello, en este momento es
donde entra el concepto de “in-razón”, Meillassoux define la inrazón de la siguiente manera: “¿Qué puede significar absolutizar
la facticidad? Esto significa transmutar la in-razón, la ausencia de
razón de lo que es -in-razón que define la facticidad-, transmutar
esta in-razón de una ignorancia de la razón de las cosas, en una
propiedad efectiva de lo que es”34, por lo tanto, la absolutización
de la in-razón o facticidad es la propuesta de Meillassoux, la
in-razón sería la falta de razón, la ignorancia que tiene el ser
humano de las cosas, la in-razón es la “propiedad efectiva de lo
que es”, si lo comparamos con las exterioridades mencionadas
con anterioridad, el “afuera claustral” es definitivo e inamovible,
indiferente a la conciencia y sus actos; mientras que el “afuera
correlacional claustral” es en el que está inmerso el hombre y,
al estar inmerso sólo lo puede encontrar y señalar a través de
los “correlatos de nuestros actos”, en ambos casos suponemos
que hay un ser que siempre está allá, independiente de nosotros
o que está listo para que lo conozcamos, como si de alguna
manera pudiéramos “salir de nuestra piel” y contemplar al ser
tal cual es “Quién, alguna vez, conseguirá “salir de su piel” para
comparar tal objeto modificado por el pensamiento con el que
no lo está”35, por tal motivo propone la in-razón, la ausencia de
razón de lo que es, transmutar la in-razón en ser contingente, es
una factualidad de los hechos, una factualidad del ser. Se pasa
de una desabsolutización del pensamiento a una absolutización
de la facticidad, quitémosle protagonismo a la conciencia para
conocer la “totalidad de la realidad” y supongamos más bien que
es posible que el ser sea en realidad fáctico, que tenga una inrazón como principal componente.
La in-razón o ausencia de razón pasa, de una ignorancia de
la razón de las cosas en una propiedad efectiva de lo que es, ¿y
si éste ser, aparte de una ausencia de razón, también es trágico?
34
35

Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 85.
Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 78.

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�Propuesta de una Ontología
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De acuerdo a Meillassoux, “…el pensamiento accede, en la
facticidad, a la efectiva ausencia de razón de ser de lo que es
y a la efectiva posibilidad para toda entidad de devenir-otro, de
surgir o desaparecer sin razón alguna”36, la facticidad es definida
por el filósofo como “la incapacidad del pensamiento de fundar
la necesidad y las determinaciones factuales internas a lo dado”37,
por lo tanto, el pensamiento es capaz de acceder a esta facticidad
de la in-razón, a la ausencia de razón e incapaz de fundar al ser
necesario, por lo que se niega la capacidad de la conciencia de
conocer el absoluto, pero por su misma facticidad e in-razón se
abre una posibilidad de transmutarlo. La facticidad ya no será un
límite para el pensamiento, más bien el mismo ser es in-razón,
es un ser que carece de razón, “nos proponemos hacer de la
facticidad ya no el índice de una limitación del pensamiento (de
su incapacidad de descubrir la razón de las cosas) sino el índice de
una capacidad de pensamiento de descubrir la absoluta in-razón,
la absoluta ausencia de razón de toda cosa. Nos proponemos
ontologizar la in-razón y hacerla, en consecuencia, la propiedad
de un tiempo cuyo poder de caos sería extremo”38. No es que el
pensamiento sea incapaz de conocer al ser, no es el afuera claustral
o el gran afuera, más bien es otorgar ser a la in-razón, especular
que, posiblemente, el ser, las cosas no tienen una razón de ser,
se pasa de una desabsolutización de la correlación, en el que se
da el protagonismo total del pensamiento de una absolutización
de la facticidad, a una ontologización de la in-razón, a una
transmutación de la facticidad, que la facticidad sea un absoluto
independiente de todo pensamiento.
De acuerdo a Meillassoux, “…la facticidad, una vez
ontologizada, daría lugar a un tiempo, en el sentido en que la
realidad -cosa, leyes físicas, leyes lógicas y la correlación mismaestaría planteada como pudiendo ser otra, es decir, que podría
devenir, pero según un proceso sin ley, sin razón alguna, ni
accesible ni desconocida”39, el ser de la facticidad, la ontología
36
37
38
39

Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 85.
Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 84.
Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 85.
Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 86.

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Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 133-154

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�Propuesta de una Ontología
Especulativa trágica

de la facticidad de acuerdo al filósofo, lo plantea como devenir,
pero un devenir “sin razón alguna” tanto cognoscible como no
cognoscible, incluso menciona que “estaríamos frente a un caos
tal que incluso lo impensable sería posible”40. Por ello, la in-razón,
sería el concepto clave para desabsolutización de la correlación,
considerar que incluso la misma correlación podría no darse es
un paso más hacia la superación de la época posmoderna, un paso
hacia una nueva ontología.
4. La in-razón y la ontología trágica
Así, ya tenemos las herramientas necesarias para
establecer la ontología trágica especulativa, pero ¿cómo se podría
vincular la postura trágica de Unamuno con la de la in-razón de
Meillassoux? Recordemos que la ontología trágica de Unamuno
consistía en varias categorías ontológicas como “lo entrañable”,
“lo perdurable”, “lo grave”, que, de cierta manera, estaban
representadas en la realidad, no solamente en el hombre, sino en
la naturaleza. Al ser la naturaleza trágica se comprende entonces
que sea una dialéctica inconclusa, sin solución. La tragedia del
ser de Unamuno consiste en esa constante disolución, en esa
constante no solución, en la constate y permanente contradicción,
no llega a una síntesis abarcadora.
Por otro lado, luego de haber visto el emergente movimiento
del Nuevo Realismo y sus principales características, esto es,
el del giro-ontológico, el retorno de la metafísica y la crítica
del correlacionismo, podemos ver que el concepto de in-razón
plantea la posibilidad de que, posiblemente, la realidad es
totalmente ajena al pensamiento, probablemente el hombre no es
el único protagonista de la exterioridad y que solamente a través
de él reside la única manera de tener acceso al ser, pero la inrazón establece la desabsolutización de la correlación, que esta es
fáctica, podría ocurrir o no.
Así, ante estas dos perspectivas, podríamos establecer lo que
tienen en común la postura trágica y de la in-razón en ambas
40

Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 86.

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�Propuesta de una Ontología
Especulativa trágica

ontologías, para establecer que el ser en sí es trágico. El ser trágico
de Unamuno se distingue básicamente por ser contradictorio, por
estar en constante movimiento y no tener solución, por lo que
están representadas en la misma realidad, recordemos la cita antes
mencionada “no solamente el hombre tiene una esencia trágica.
La naturaleza misma es trágica, por lo menos para el hombre,
y quizá lo es para sí misma”, entonces, quizás el ser mismo,
que se encuentra fuera de mí, que es fáctico, “avanza por obra
del conflicto mismo”, este ser esta en movimiento constante
sin reconciliación; mientras que, el ser de la “in-razón” de
Meillassoux, se define por ser un ser carente de razón, por ser
un ser al que podríamos acceder que está en constante devenir,
por ser devenir-otro, porque este puede “surgir o desaparecer sin
razón alguna”, precisamente aquí es donde podemos encontrar
el punto de conexión entre estos dos filósofos, el ser trágico, al
estar en constante contradicción, está constantemente siendo
un “devenir-otro”, está surgiendo y desapareciendo sin razón
alguna, por tal motivo se considera en este escrito que el ser
en sí es trágico, porque al estar fuera de mi está en constante
movimiento sin solución, está siendo constantemente un devenirotro, al desabsolutizar la correlación, al quitarle el protagonismo
al pensamiento, al anteponer al ser del conocer, queda un ser
desprovisto de toda “racionalidad”, un ser contradictorio-fáctico,
que incluso al poder ocurrir o no, muestra su propia in-razón, la
misma in-razón del ser de Meillassoux, muestra la tragedia del
ser de Unamuno, dando lugar este ser ontológico trágico de la
in-razón, que tiene esta característica en sí, independientemente
si la correlación ocurre o no, independientemente de cualquier
intervención humana, fuera del hombre el ser está en constante
cambio sin solución y carente de razón, accesible o no para la
razón humana.

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�Propuesta de una Ontología
Especulativa trágica

Conclusiones
Como el Nuevo Realismo se distingue por abandonar
todo antropocentrismo, podría decirse que Unamuno no es
antropocentrista porque, como vimos en la cita anterior, “El
dolor y la compasión son la forma misma de la experiencia
ontológica en mí, pero, precisamente porque esta experiencia
penetra hasta la raíz misma del ser, del ser desgarrado, crucificado
y dolorido, va infinitamente más allá de mi miseria personal y
alcanza por sí misma al ser mismo”.41 Podemos ver que en esta
cita, la contradicción que forma parte en el hombre traspasa sus
mismos límites para proyectarse en la realidad, como la realidad
está agonizando y está en total contradicción, se concluye que el
hombre no es más que otro objeto que sufre y se contradice en
esta congoja de la que forma parte, de este ser trágico de la inrazón, el cual es un objeto de la realidad que es trágica en sí.
¿Y si el ser en sí, que es trágico, tiene en su raíz el supercaos?
Meillassoux define al supercaos no como desorden o devenir, sino
que “todo puede modificarse sin razón, pero también puede no
modificarse, permanecer en el estado de una duración infinita”42,
el supercaos podría ser una constante modificación de la realidad,
del ser, en una duración infinita, por lo que el supercaos podría
producir “un mundo hecho de cosas enteramente fijas, sin ningún
devenir: el supercaos es un tiempo que puede abolir toda cosa
pero también el devenir de toda cosa” el supercaos podría incluso
modificar la estática o dinámica del ser de las cosas.
Ante las posturas antes mencionadas, la del Nuevo Realismo y
Quentin Meillassoux y la del filósofo Miguel de Unamuno cabe
aclarar que las ideas en este escrito son especulativas, es decir, son
propuestas que forman parte del quehacer filosófico, que buscan
nuevas perspectivas que ayuden a mantener la importancia de la
filosofía en el casi primer cuarto del siglo XXI.
41
42

Meyer, Ontología de Miguel de Unamuno, 40.
Ramírez (coordinador), El Nuevo Realismo: La Filosofía del siglo XXI, 86.

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�Propuesta de una Ontología
Especulativa trágica

Bibliografía.
• Aparicio Barragán, Mauricio. 2013. Los Orígenes de la
Ontología de Unamuno. Revista Scientia Helmántica.
Número 2. 12 páginas.
• Beuchot, Mauricio. 2016. Triángulo de Enigmas. La
epistemología, la metafísica y el Reino de la Realidad.
Primera edición. Editorial UNAM, Ciudad de México.
145 páginas.
• Cerezo Galán, Pedro. 1996. Las máscaras de lo trágico.
Filosofía y tragedia en Miguel de Unamuno. Editorial
Trotta, Valladolid. 861 páginas.
• Ferraris, Maurizio. 2012. Manifiesto del Nuevo
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de Chile. 120 páginas.
• Ferrater Mora, José. 1985. Unamuno Bosquejo de una
Filosofía. Edición renovada. Madrid, Alianza Editorial.
166 páginas.
• Gabriel, Markus. 2016. Por qué no existe el mundo.
Primera Edición, Editorial Océano. 247 páginas.
• Meillassoux, Quentin. 2015. Después de la finitud.
Editorial Caja Negra, Ciudad Autónoma de Buenos
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• Meyer Françoise. 1962. Ontología de Miguel de
Unamuno. Edición castellana. Madrid, Editorial Gredos.
195 páginas.
• Ribas, Pedro. 2002. Para leer a Unamuno. Primera
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• Teodoro Ramírez, Mario. (coordinador) 2016. El Nuevo
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México, Cd. Mx, Editorial Siglo XXI. 280 páginas.
• Teodoro Ramírez, Mario. 2016. Cambio de paradigma
en filosofía. La revolución del nuevo realismo. Diánoia,
vol. LXI, no. 77. 21 páginas.
• Unamuno Miguel de. 2003. Del Sentimiento Trágico de
la Vida. Cuarta Edición. México, D.F, Editorial Porrúa.
309 páginas.
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�La antifilosofía de Marx en la crítica
a la Filosofía del Derecho de Hegel
y en los Manuscritos Económicos Filosóficos de 1844

LA ANTIFILOSOFÍA DE MARX EN
LA CRÍTICA A LA FILOSOFÍA DEL
DERECHO DE HEGEL Y EN LOS
MANUSCRITOS ECONÓMICOS
FILOSÓFICOS DE 1844
MARX’S ANTI-PHILOSOPHY

IN THE CRITIQUE OF HEGEL’S
PHILOSOPHY OF RIGHT AND THE
ECONOMIC AND PHILOSOPHICAL
MANUSCRIPTS OF 1844
Dr. Raúl Reyes Camargo1

Resumen:
El presente artículo sostiene que a partir de las múltiples propuestas
de antifilosofía de Alain Badiou es posible encontrar en la
Crítica a la filosofía del Derecho de Hegel y en los Manuscritos
económicos filosóficos elementos de antifilosofía. Se enuncia un
acto que rechaza la práctica filosófica de Hegel, su concepción de
la verdad y sus pretensiones teóricas. Se localizan la función de
toma de distancia, porque la filosofía de Hegel está mistificada; la
función de traspaso, pues retoma la dialéctica hegeliana “curada”
para postular su concepto de comunismo como negación de la
negación. A partir de lo cual la antifilosofía se ubica oblicuamente
en relación con la filosofía.
Palabras clave: Badiou, Marx, Lacan, Antifilosofía, dialéctica,
comunismo.
1

Profesor investigador del Institución de Educación Media Superior, CDMX.

Aitías.Revista de Estudios Filosóficos.
Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 155-189

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�La antifilosofía de Marx en la crítica
a la Filosofía del Derecho de Hegel
y en los Manuscritos Económicos Filosóficos de 1844

Abstract:
This article argues that from the multiple proposals of
antiphilosophy of Alain Badiou it is possible to find elements of
antiphilosophy in Critique of Hegel’s Philosophy of Right and
in The Economic and Philosophic Manuscripts of 1844. An
act is enunciated that rejects Hegel’s philosophical practice, his
conception of truth and his theoretical pretensions. The function
of distance is localized, because Hegel’s philosophy is mystified;
The function of traverse, because it takes up the “healed” Hegelian
dialectic to postulate its concept of communism as the negation of
the negation. From which antiphilosophy is located obliquely in
relation to philosophy.
Keywords: Badiou,
Communism.

Marx;

Anti-philosophy,

Aitías.Revista de Estudios Filosóficos.
Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 155-189

Dialectic,

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�La antifilosofía de Marx en la crítica
a la Filosofía del Derecho de Hegel
y en los Manuscritos Económicos Filosóficos de 1844

Introducción
Alain Badiou relanza el término antifilosofía al terreno del debate
filosófico, pues fue utilizado por primera vez por Louis Mayeul
Chaudon en su “Dictionnaire antiphilosophique”2 Jacques Lacan
lo revitaliza en pleno siglo XX3. Badiou lo discute por primera vez
en: “L’antiphilosophie: Lacan et Platon”4 Allí, puede entenderse
la antifilosofía como una tradición de pensamiento que rechaza
fuertemente los postulados nucleares de la filosofía, pero que
puede coincidir con los recursos metodológicos y contenidos de
la filosofía. Es decir, filosofía y antifilosofía están anudadas en su
ejercicio de pensamiento. Lo cual es expuesto por Badiou desde
1992 hasta 1996 en cuatro seminarios: el primero, versa sobre
Friederic Nietzsche5, el segundo sobre Ludwig Wittegenstein6, el
tercero sobre Jacques Lacan7 y el último sobre San Pablo8. En
ellos desarrolla las particularidades y generalidades en cada autor.
Los filósofos y no filósofos han practicado la antifilosofía
como un ejercicio de pensamiento con una relación singular con
la filosofía, pues su práctica puede venir del lado de la filosofía o
de disciplinas externas como el psicoanálisis de Jacques Lacan y
la teología de San Pablo que pretenden curar las pretensiones de
la filosofía, o desde la filosofía misma como la obra de Nietzsche
y la de Wittgenstein que pretenden corregir a la filosofía. La
antifilosofía es una intervención intelectual allende a la “crítica
de la filosofía”, pues siempre refiere a un real que escapa a los
recursos metodológicos de la filosofía9 Por ejemplo, Wittgenstein,
Nietzsche y Kiekergard habrían desarrollado una clara
2
Chaudon, L. M., Dictionaire Anti-philosophique, .
3
Una buena discusión sobre el tema puede encontrarse en Justin Clemens,
Psychoanalysis is an Antiphilosophy,” mediante una serie de cuestionamientos y
argumentos explica la relación de ambas disciplinas.
4
Alain Badiou, “La antifilosofía de Lacan y Platón”
5
Alain Badiou, Nietzsche. La anti-philosophie 1. 1992-1993.
6
Alain Badiou, L’Antiphilosophie de Wittgenstein. El autor se inspira en su
seminario de 1993-1994 para publicar este libro. Por lo que podría tomarse como una
opción del seminario 2 de antifilosofía.
7
Alain Badiou, Lacan: anti-philosophie 3. 1994-1995.
8
Alain Badiou, Saint Paul la fondation de l’universalisme. Lo mismo que el
Wittegenstein, se inspira en el seminario de antifilosofía (1995-1996).
9
Alain Badiou, Lacan: anti-philosophie 3.
Aitías.Revista de Estudios Filosóficos.
Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 155-189

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�La antifilosofía de Marx en la crítica
a la Filosofía del Derecho de Hegel
y en los Manuscritos Económicos Filosóficos de 1844

antifilosofía con una postura antimetafísica, que desautorizaba
una de las principales ramas de la filosofía. No obstante, enuncian
una realidad que la filosofía no podía asir, pero que el acto de
su disciplina sí. Pese a su demarcación el ejercicio antifilosófico
absorbe los contenidos y los métodos de la filosofía
Aquí se propone examinar la antifilosofía de Marx que
se encuentra en dos obras de juventud, su ejercicio de reflexión
era inherente a su novedad, ambos fueron cincelados en un
subtítulo que cubre el manto del fantasma que recorrió la Europa
decimonónica. La obra de Marx conjuró el comunismo y los
movimientos obreros, bajo el estandarte de la “Crítica”, que
se lee en mayoría de los titulares de la obra de Marx, nombra
la singularidad y novedad de su pensamiento, se aleja de la
economía política y de la filosofía, pero absorbe sus métodos y
contenidos.10 La palabra crítica en la obra de Marx no significa lo
que se entiende comúnmente, pues señala una ruptura e invención
intelectual. Ruptura con las disciplinas del pensamiento: filosofía
y economía política, e invención, pues funda un pensamiento que
va al meollo del Capital. No es gratuito que Althusser considere
que Marx descubrió la Ciencia Historia11
Marx realizó un ejercicio antifilosófico con las
características principales de la antifilosofía descrita por Badiou
en su obra, pues: 1.- Marx señala la impertinencia teórica de la
filosofía hegeliana; es harta conocida su acusación: Hegel mistifica
al Estado en la Filosofía del Derecho, mistifica a la realidad en
la Idea Absoluta de la Fenomenología del Espíritu, y mistifica el
método filosófico: la dialéctica estaría invertida; y el espíritu pese
10
Borys Groys sostiene “A partir de esta constatación, surgió una nueva rama
de la filosofía, a la que por analogía con el antiarte cabe denominar antifilosofía. Este
giro, que comienza con Marx y Kierkegaard, ya no opera por medio de la crítica, sino
por medio de órdenes. Se ordena transformar el mundo, en lugar de explicarlo. Se
ordena convertirse en animal, en lugar de cavilar. Se ordena prohibir todas las preguntas
filosóficas y callar sobre aquello que no se puede decir. Se ordena transformar el propio
cuerpo en un cuerpo sin órganos y pensar de un modo rizomático en vez de lógico
(Borys, Groys, Introduction to antiphilosophy, XX) Aquí lo que se sostendría es que
Marx no abandona la crítica, su acto es una manifestación de la crítica. Al menos Groys
ubica a Marx dentro de la antifilosofía.
11
Louis Althusser, Pour Marx,
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y en los Manuscritos Económicos Filosóficos de 1844

a su universalidad no puede explicar la materialidad del Estado,
ni de lo qué es el hombre. 2.- La verdad del Espíritu absoluto
es sumamente ideal y no tienen ninguna materialidad, de igual
forma sobre la verdad del Estado y del ser humano, por ello, Marx
proclama la superioridad de las condiciones materiales del hombre
y su sociedad 3.- El acto de emancipación teórico práctico supera
al acto filosófico, en una palabra, no ven que la filosofía sólo puede
superarse realizándola12; Marx opone el acto de emancipación al de
la reflexión filosófica, de ahí la importancia de la praxis. Además,
las operaciones de traspaso y de distanciamiento. Se aleja de la
filosofía porque niega los postulados de la filosofía y se proclama
como un pensamiento completamente diferente. La traspasa en
búsqueda de la racionalidad que intenta refutar justamente la
filosofía, pero en esa búsqueda de racionalidad incorpora los
métodos, los lenguajes y los contenidos de la filosofía.
I ¿Qué es antifilosofía?
Para Badiou, la antifilosofía es una práctica de pensamiento
que niega la legitimidad de los fines de la filosofía en tres flancos:
el primero, en sus propósitos de verdad, no existe una verdad
universal, por lo que el amor por la verdad, es una ficción, o una
enfermedad y está fuera de lugar; segundo, la negación de su acto
por otro que lo supera; tercero, sus metas teóricas y sus objetos
de reflexión son impertinentes13. Aunque es difícil establecer una
demarcación entre filosofía y antifilosofía sí resulta pertinente
elaborar un esbozo de cómo recorre e incorpora los procedimientos
propios de la filosofía, porque de lo contrario estaría elaborando
12
Carlos Marx, Manuscritos económicos-filosóficos de 1844, en “Obras fundamentales,
Marx, Escritos de juventud”, trad. Wenceslao Roces, (México: FCE, 1982), 496.
13
La antifilosofía que propone Badiou sería un objeto de estudio filosófico
contemporáneo en cuanto a la constitución de la filosofía (Bruno Bosteels, “Radical
Antiphilosophy”). Por otro lado, se puede diferenciar al discurso filosófico a partir de las
confrontaciones de la filosofía y sus oponentes, como el hombre común, el periodista.
(Carlos Gómez “La filosofía y sus adversarios”). Por otro lado, aquí además del acto, se va a
la médula “las funciones que diferencian, además del acto, a la antifilosofía: la operación de
traspaso, de alejamiento, la torsión y la posición de oblicuidad de la antifilosofía respeto de la
filosofía”. Eso permite explicar la especificidad de la antifilosofía y cómo dar razón de ambas.
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a la Filosofía del Derecho de Hegel
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una crítica, cuando los ejercicios antifilosóficos afirman ser
algo más que una crítica. La antifilosofía no es un pensamiento
uniforme porque varía según la originalidad de cada autor, es
decir, cada posición antifilosófica tiene sus particularidades.
Aunque, Badiou propone tres rasgos generales:
la destitución de la filosofía de su pretensión teórica,
destitución que toma siempre la forma de un descredito
y no centralmente de la categoría de verdad, o no
principalmente la forma de una refutación. 2 Sacar a la luz
la verdadera naturaleza de la operación filosófica. En el
fondo de su pretensión supuesta y desacreditada, hay un
gesto propiamente filosófico que debe ser marcado por
la antifilosofía misma, en general, porque es disimulado
por la filosofía oscura o inaparente. 3 Oposición al acto
filosófico reconstituyendo así un acto de tipo nuevo, de
un acto radicalmente otro que completa la destitución
de la filosofía.14
La destitución de las pretensiones teóricas de la filosofía
la realiza Nietzsche en su crítica al régimen argumentativo del
filosofar tradicional y opone el del martillo (Badiou, 2015) Por
ello, la validez argumentativa no tiene lugar sino la valoración
(Badiou, 2015) por ello, la filosofía no puede ser dialógica y se
sutura la filosofía al decir poético, propuesto en Ecce Hommo.
Para Wittgenstein su negación teórica tiene tres flancos: el
ámbito lingüístico, lógico, genealógico, ellos demuestran que son
impertinentes las pretensiones teóricas a proponer una verdad
total sobre el mundo, es una meta fuera de lugar porque no se
puede hablar de una verdad total porque ésta no tiene sentido.
Para Jacques Lacan no hay relación entre el significado y el
significante, lo que viene dado por la no relación, pues hay un resto
14
(Alain Badiou, Lacan: anti-philosophie 3. 1994-1995. 106). Para Badiou, en
toda antifilosofía no existe un lenguaje adecuado que pueda asir la realidad. (Alain
Badiou, Nietzsche. La anti-philosophie 1.150-151).
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y en los Manuscritos Económicos Filosóficos de 1844

que se sustrae de la enunciación del sujeto, es decir, el lenguaje
no puede anudar la cosa misma. Para San Pablo la demostración
epistemológica de los humanos es rebasada por la potencia de
Dios (Dunamis), no se enuncia desde un sistema, sino desde la
potencia de la lengua, desde su ruptura, la filosofía conoce las
verdades, pero el profeta conoce el sentido unívoco del advenir,
abolición de los discursos anteriores, subversiones ontológicas, la
antifilosofía de San Pablo convoca al declarante o militante, no al
filósofo que solo interpreta el mundo.15
En la antifilosofía hay una negación de la concepción
de la verdad de la filosofía, para Wittgenstein se exige una
singularidad existencial, contra el nombre de lo universal, y se
postula un espacio a lo místico que se muestra, pero no se dice,
tesis 2,1 del Tractatus, sólo es posible una doctrina de la verdad
contingente y empirista, por tanto, el sentido desplaza a la verdad
16
Para él, no todo es pensable, porque solo una pequeña región
de ese todo tiene sentido, pues “Lo absurdo filosófico consiste
en creer que hay una verdad posible del sentido (del mundo)
entonces, que no más que un sentido posible (divino) de las
verdades (científicas)”17. Para Lacan la reflexión filosófica es
imaginaria, pues no hay una relación igual entre el ser y el pensar,
el ser no se deja asir por el pensamiento, pues siempre hay un
resto que escapa de éste. Por ello, Lacan en L’étourdi postula que
los descubrimientos sobre los indiscernible de Gödel superan lo
construido por Platón en el Menón, pues habría algo que no se
escribe por la potencia de la letra18 lo dicho sobre el ser mediante
la matemática platónica que señala la existencia de ideas innatas
se vuelve cháchara vacía19. La verdad que sostiene la filosofía es
inaccesible a sus recursos ( Badiou, Lacan).Para el psicoanálisis
15
Alain Badiou, L’Antiphilosophie de Wittgenstein.
16
Alain Badiou, L’Antiphilosophie de Wittgenstein.
17
Alain Badiou, L’Antiphilosophie de Wittgenstein. 53.
18
Jacques Lacan, “L’Étourdit », Autres écrits.
19
Para Badiou, la antifilosofía estaría equivocada, para él la matemática en
Platón intenta remediar la pérdida de verdad propia de los sofistas. Y la disyunción
trazada por Lacan se rompe, pues Platón también recurre a la potencia de la letra para
fijar lo Uno (Alain Badiou, “Conditions”).
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Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 155-189

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a la Filosofía del Derecho de Hegel
y en los Manuscritos Económicos Filosóficos de 1844

la verdad no se puede saber, pero el mismo se coloca como saber
de lo desconocido y de la verdad mediodicha20. San Pablo niega
que la potencia de los recursos filosóficos pueda estar al mismo
nivel que las revelaciones divinas21. La verdad divina está en
exceso sobre los recursos filosóficos.
El acto antifilosófico en Nietzsche consiste en la
transvaloración de todos los valores, antes que una mera crítica
intelectual al cristianismo, se refiere a una actividad que es capaz
de cambiar al ser humano, Es un examen que girar alrededor
de dos conceptos, el de la voluntad de poder y el del eterno
retorno22 Es un acto que requiere un giro revolucionario, tanto
que Nietzsche se concibe como el primer filósofo trágico debido
a que se centra en la vida invaluable, ella es la que evalúa y está
más allá de las asignaciones. Su acto puede anticipar su propio
acto23 desde el cual se denuncia que la filosofía es responsable de
la depreciación del “hay”, por consecuencia de la imposibilidad
de la afirmación de lo dionisiaco que no se deja asir. La filosofía
falla y le falta en lo que nombra ser, pues no se puede nombrar
al mundo como un conjunto. El dios de los filósofos y sabios
permanece irreal24 El acto supera al filosófico, supone alejarse del
ser y acercarse, a lo azaroso, al “hay”, a lo dionisiaco. Es un acto
archipolítico que se centra en una revolución, la transvaloración
de toda una historia de los valores 25Wittgenstein configura un acto
archiestético donde “El cristianismo será la forma estética más
La discusión de Lacan surge en el diálogo del Crátilo de Platón, el
problema es si el lenguaje puede anudar una relación con las cosas mismas,
pues de hacerlo éstas se pueden conocer mediante el lenguaje y elaborar una
ciencia que las describa;el significado estaría anudado con el significante. Pero
para Lacan el significante no se anuda al significado, lo que refutaría la tesis del
Crátilo. (Jacques, Lacan. Le séminaire livre XX, Encore,) Además en el discurso
platónico se instala el deseo, por ello, la ciencia es aquello que complace a
Sócrates. Quedando suturados: ciencia, lenguaje y deseo en el filosofar de
Sócrates,(Jacques Lacan, Le séminaire livre VIII. La transfert,35-36)
20

21
En su tesis doctoral sobre Epicuro es notable que Marx conocía muy bien
las acusaciones de San Pablo hacia la insuficiencia de la filosofía para hablar de ciertos
temas (Marx, Carlos, Engels Federico, Manuscritos económicos-filosóficos de 1844.)
22
Alain Badiou, Nietzsche. La anti-philosophie 1.
23
Alain Badiou, Nietzsche. La anti-philosophie 1.
24
Alain Badiou, Nietzsche. La anti-philosophie 1.
25
Alain Badiou, Lacan: anti-philosophie 3. 1994-1995.
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a la Filosofía del Derecho de Hegel
y en los Manuscritos Económicos Filosóficos de 1844

acabada de una mostración de aquello, que, bajo el nombre de
Dios, se acuerda al sentimiento de los límites del mundo”26 pero
que no puede ser nombrado por un lenguaje. Para Wittgenstein
existiría un acto filosófico que permanece ordenado al sentido,
mientras que el acto antifilosófico no tiene una verdad clásica. Por
ello, la antifilosofía trata la existencia de proposiciones absurdas
que son propias del discurso filosófico, así como la filosofía
denunciaba a la sofística en la antigüedad que elaboraba discursos
puramente retóricos, Wittgenstein denuncia que un conjunto muy
grande de proposiciones filosóficas no tienen sentido. Para Lacan
el acto filosófico está directamente conectado con un saber que
no es científico puesto que está investido por el discurso del
maître de la filosofía platónica, a lo cual se opone la ética del
psicoanálisis. El personaje Sócrates en el Banquete es un maître
y es el primer analista de la historia porque opera su deseo que
da lugar a la transferencia, el maestro de la mayéutica detenta un
tesoro, agalma, un supuesto saber acerca del Eros. En su discurso
se instala la verdad mediante la lógica del significante.27 Su idea de
“Bien” está incrustada por elementos metafísicos que se articulan
en la vida ética del filósofo Sócrates desde un más allá, ficción
del autor: Platón. Así, el discurso del Bien anuda la fuente de la
vida ética en el sentido del Schwärmerei (ensoñación o fantasma)
un sentimentalismo moralista.28 El acto de la filosofía de Platón
se manifiesta como síntoma, visible en el discurso del maître, el
filósofo ornamenta su saber supuesto y dispone la transferencia
que hay entre el maître y el discípulo, pues el maître detenta un
tesoro (agalma). El acto del análisis resulta del cruce de esto:
destituye un supuesto saber, el del filósofo, pero a su vez plantea
un resto, lo real, que no puede ser asido. El acto del análisis se
opone al del filósofo, en su posición acerca de la verdad, y de su
26
Alain Badiou, Lacan: anti-philosophie 3. 1994-1995.
27
Alain Badiou, Conditions.
28
Para Badiou el concepto de Bien es una puesta en escena de la filosofía, en la
que el filósofo es arrancado, pues el discierne entre lo que es verdadero y lo que no lo
es, el filósofo permanece suturado a la verdad, como una posición ética. No obstante, la
sustracción aunque es anunciada por el concepto de Bien en los escritos platónicos, no
se basa en él. Sino que es una convocatoria del vacío que guiñe mediante las paradojas
de lo Uno de El Sofista.
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a la Filosofía del Derecho de Hegel
y en los Manuscritos Económicos Filosóficos de 1844

ética. Ambos, son imaginarios, pero a su vez el análisis lacaniano,
opone una saber sobre lo desconocido que no puede ser dicho,
entre ellos el matema.
Las operaciones de traspaso y toma de distancia y sus efectos
Existen particularidades en cada antifilosofía, en Jacques
Lacan se encuentran dos operaciones metodológicas que también
se encuentran en Marx, pero con contenidos diferentes. Estas son
las operaciones la función de traspaso y toma de distancia, lo que
tiene dos efectos, uno de torsión y otro de oblicuidad sobre su
relación con la filosofía. Lo que explicaría que pese a negar las
pretensiones filosóficas, sí utiliza la filosofía, en sus contenidos y
protocolos, Lacan la utiliza más que cualquiera29 Es decir, porta
el triplete, verdad, decir y acto. Del acto se deriva el operador
de traspaso, por su misma naturaleza es necesario atravesar la
filosofía para lograr la destitución de la categoría de verdad y
realizar la operación de alejamiento. Lacan tiene un modo muy
propio de atravesar la filosofía y de alejarse de ella30 mediante la
torsión postula lo real, algo que no es predicativo y que la filosofía
no puede predicar, en ese sentido se vuelve una patología. El
traspaso y alejamiento permite al acto antifilosófico realizar la
función de torsión y ubicarse oblicuamente frente a la filosofía.
		Por ejemplo, Lacan discute del Crátilo de Platón la tesis
de que el lenguaje establece una relación con las cosas mismas,
por tanto, éstas se pueden conocer y se puede elaborar una ciencia
que las describa; en este sentido el significado estaría anudado
con el significante. Pero para Lacan el significante no se anuda
al significado, lo que refutaría la tesis del Crátilo. En este punto,
Lacan comienza a separarse31, pues en su visión en el discurso
platónico se instala el deseo, y la ciencia es aquello que complace
a Sócrates. Quedando suturados: ciencia, lenguaje y deseo. El
29
Alain Badiou, Lacan: anti-philosophie 3. 1994-1995, 29.
30
Alain Badiou, Lacan: anti-philosophie 3. 1994-1995.
31
Jacques, Lacan. Le séminaire livre XX, Encore,. Para Badiou, en Platón el
lenguaje puede enganchar a la cosa misma mediante las operaciones de “sustracción”
del pensamiento. Además, en Théorie du sujet de Badiou lo real se empata con el
acontecimiento.
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ϕιλοσοϕειν /philosophein/ de Sócrates planteaba una demanda
exigente de ir de la δόξα /doxa/ a la ἑπιστήμη episteme, ciencia32
Así, En este sentido, la ciencia filosófica queda mostrada más
allá de su “cientificidad”, pues es lo que complace a Sócrates,
su deseo queda instalado en el dispositivo de su pensamiento y
queda incrustado en el lenguaje con el cual se elabora la ciencia
platónica, que al no poder anudar la cosa misma queda del lado
de lo imaginario. Pero el discurso científico filosófico socrático
tendría como objeto el dominio a τὸ πρᾶγμα (to pragma)
la Cosa, el gran asunto, la concepción de una realidad última,
que solo es posible para el pensamiento33 que se ejercita en “la
Cosa”. Ejercicio platónico que ignora el avance del discurso de
la Ciencia. Lacan desde su antifilosfía en el seminario del 15 de
junio de 1955 critica la teoría de la Reminiscencia platónica34
En la de toma de distancia se cumple la función de cura,
en la cual se entiende que incluso hay una negación de la filosofía
desde un dispositivo de pensamiento diferente de la filosofía35.
Dicha toma de distancia es muy útil porque permite delimitar
aquello que se va obliterar de la filosofía, sea su discurso, sus
fundamentos, sus métodos, su saber. La función de traspaso se
refiere a que la antifilosofía para negar aquello que pretende es
necesario echar mano de los recursos metodológicos de lo que
niega y comprenderlo a cabalidad, sino cometería la falacia
del hombre de paja, y quedaría como cháchara vacía. No, la
antifilosofía por su misma naturaleza ni siquiera puede ir a la zaga
de la filosofía, en este sentido la antifilosofía necesita empatarse
32
Jacques Lacan, Le séminaire livre VIII. La transfert, 35-36.
33
Jacques Lacan, Le séminaire livre VIII. La transfert.
34
Jacques Lacan, Le séminaire livre VIII. La transfer Podría compararse lo
siguiente: “¿Pero Sócrates? Ello será más singular que toda la tradición histórica si se
cae en decir que el aporta sobre este fondo cualquier cosa original, una ruptura, una
oposición. Sócrates, se explica por tanto que nosotros podamos tener fe en Platón ahí
donde nos lo presenta más manifiestamente el contexto de un testimonio histórico que
le muestra. […] Y que Sócrates llama su episteme, la ciencia, la que descubre en suma,
aquello que engancha, es que el discurso engendra la dimensión de la verdad.” (Jacques
Lacan, Le séminaire livre VIII. La transfer, 41-42 )
35
Para Badiou, la antifilosofía puede proceder desde el interior de la filosofía
(Pascal, Heráclito, Wittgenstein) y al exterior como lo sería el psicoanálisis y la religión,
Lacan, San Pablo, (Vid. Lacan: anti-philosophie 3. 1994-1995.)
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y en los Manuscritos Económicos Filosóficos de 1844

con la filosofía, aunque niegue la legitimidad del objeto filosófico
de reflexión. Por eso es necesario que ella cumpla una función
de traspaso, en la que, como en la lógica hegeliana, a pesar de su
negación de la filosofía, queda investida de determinaciones de lo
que crítica36
Así las funciones de traspaso, toma de distancia, torsión
y oblicuidad significan lo siguiente: Para constituir el acto del
análisis Lacan traspasa a la filosofía en su pretensión establecer
una ciencia sobre la verdad, traspasa sus contenidos más
fundamentales, la metafísica, la epistemología, la ética, sus
protocolos, métodos: la dialéctica hegeliana, la mayéutica. Se
traspasa a la filosofía para alejarse, pero en realidad no solamente
se aleja. Lacan pese a criticar los contenidos de la filosofía, es
quien más abreva de ellos. Sino que regresa en ellos, es decir,
se tuerce el traspaso y el alejamiento. Dotando de una ubicación
oblicua, aunque se acerca, se aleja y tuerce, el acto antifilosófico
no se ubica contra, es decir, su estandarte no es acabar de una vez
por todas con la filosofía, desmonta lo que considera que no es útil
o que produce patologías, ilusiones, pero retoma lo que considera
pertinente. Pero a su vez, necesita demarcarse de la filosofía. Así,
la antifilosofía en su acto se ubica en una posición de oblicuidad,
porque ni es contra, ni es crítica unicamente, su función necesita
demarcarse pese a su discusión teórica.
II. La antifilosofía de Marx
II.1 la Crítica a la Filosofía del derecho de Hegel
La Crítica fue considerada por Marx y por Engels como
una obra secundaria, pues Marx señaló que fue realizada para
aclarar dudas, quizá, podrían ser las que surgieron en la polémica
de los problemas económicos y sociales discutidos en la Dieta
renana: los planteos del comunismo, el socialismo, y las fuerzas
radicales democráticas. En ellos, Marx profundiza en la fuente
de las relaciones jurídicas de la sociedad y del Estado en sus
36

Badiou, Conditions.

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a la Filosofía del Derecho de Hegel
y en los Manuscritos Económicos Filosóficos de 1844

diferentes modalidades, para lo cual estudia las condiciones
materiales del Estado, fundando un acto de alejamiento frente
a la génesis del espíritu como lo había propuesto Hegel, y que
a su vez había abstraído bajo la noción de Sociedad Civil. Para
Marx, la clave de las condiciones del Estado estaba del lado de la
economía política, y no de las ideas abstractas de Hegel, lo que
trazaría un alejamiento teórico de Marx a Hegel: la filosofía del
espíritu aplicada en el estudio del Estado y las relaciones jurídicas
erraban el blanco porque lo real, lo material, estaba de lado de las
condiciones que estudiaba la creciente economía política. Marx
discute con la dialéctica y los contenidos de la filosofía de Hegel.
En un primer tiempo se tiene como blanco el método hegeliano,
la dialéctica, pues ésta en su marcha mistifica lo que ella toca37 y lo
eleva a un ámbito abstracto e irreal. En este caso Marx trataría de
curar la mistificación que realiza la filosofía hegeliana, por lo que su
crítica va más allá de lo filosófico38.
37
El tema de dialéctica hegeliana y su relación con la obra de Marx ha dado
lugar a las más distintas interpretaciones. La repercusión de la sentencia de Marx en
El Capital sobre la inversión de la dialéctica hegeliana es importante en la discusión.
Lenin en sus Cuadernos filosóficos proclama que quien no ha leído la lógica de Hegel
no podrá entender El capital de Marx Posteriormente György Lukács se apropia de la
dialéctica hegeliana principalmente en Historia y consciencia de clase. Los estudios de
Raya Dunayevskaya afirma que Marx retoma los silogismos de la Ciencia de la lógica
de Hegel en El Capital. Entre otros estudios están los de Rosental que en su libro Los
problemas de la dialéctica en El Capital de Marx sostiene que hay una fuerte relación
entre Hegel y Marx. Por otro lado, es conocida la postura de Althusser afirma que en la
obra de Marx se realiza un corte epistemológico, por lo que el pensamiento de Marx ya
no tiene nada que ver con el hegeliano, mucho menos con la dialéctica (Louis Althusser,
Pour Marx) Lo que inaugura una corriente de interpretación de la obra de Marx a partir
del corte epistemológico, tal como el libro El orden del capital de Luis Alegre. O la
interpretación de Enrique Dussel que sitúa varios momentos de desarrollo en la obra
de Marx y con ello la dialéctica se va gestando de forma diferente en sus diferentes
etapas. Para Marx mismo la dialéctica fue un problema que no sólo trato en su obra
temprana, como en su tesis doctoral sobre Epicuro, sino que Los Grundrisses dan una
muestra de que Marx acudió una y otra vez a la dialéctica hegeliana. También puede
revisarse la Sagrada Familia, y La crítica a la economía política, entre otras obras para
verificar que Marx mismo sostuvo al menos las dos funciones que describe Badiou: la
de traspaso y la de distanciamiento. Relación compleja que se aprecia en los momentos
de la construcción de su obra. Podría citarse un sinfín de obras que tratan el problema
de la dialéctica hegeliana en Marx. Aquí, resulta interesante leer la dialéctica hegeliana
en Marx desde una postura antifilosófica.
38
Étienne Balibar, identifica la operación Crítica de Marx con una antifilosofía
irreductible a la filosofía, (The philosophy of Marx)
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y en los Manuscritos Económicos Filosóficos de 1844

Marx trata de mostrar que la dialéctica hegeliana en sinergia
con la Idea que mistifica los principales aspectos de la filosofía.
En esta época de su obra Marx apostó por la filosofía, pero desde
las antípodas del mundo de la Idea, el mundo de lo sensible y lo
material. Tesis que abreva de Feuerbach cuando señala que Hegel
mediante la lógica abstrae a el hombre de sí mismo lo que lo
extraña de sí mismo39. Marx intenta curar las pretensiones teóricas
de Hegel: pues la Idea bajo la marcha dialéctica funge como sujeto
y la realidad es un predicado, lo cual no quiere decir que Marx no
traspase a la profundidad de Hegel, pues Marx asume que Hegel
considera la realidad como datos de los hechos mismos, bajo el
mando de la Idea. Pero, para Marx, la realidad es el demiurgo del
pensamiento, lo que es sujeto para Hegel, para Marx es predicado,
pues los hechos que retoma Hegel como datos no atienden su
propia lógica sino que son una manifestación de la Idea diferente
de los hechos.
II.1.b El Estado y la Familia
Hegel admite que entre el Estado existente, la familia y la
sociedad civil hay una relación empírica que no es determinable
bajo leyes, estos son aceptados como elementos que surgen en
orden azaroso, para Marx en Hegel el Estado es un dato de la
razón:
La relación real está en que “la distribución” del
“material del Estado” entre “lo individual” se realiza
“por medio de las circunstancias, del arbitrio y de la
propia elección particular de su determinación”.
Este hecho, esta relación real, son presentados
por la especulación como una manifestación, como
un fenómeno. Estas circunstancias, este arbitrio, esta
elección particular de la determinación, esta mediación
real, son simplemente el fenómeno de una mediación
de la Idea real consigo misma, que se lleva a cabo entre
bastidores. La realidad no se postula aquí como ella
misma, sino como otra realidad.40
39
40

El materialismo de Marx tiene un antecedente en el materialismo de Epicuro.
Carlos Marx, , Federico Engels, Manuscritos económicos-filosóficos de 1844.

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Marx denuncia la falsificación de la realidad que produce
la filosofía de Hegel, pues la manifestación de la realidad se
desprende de la Idea, la cual la dota de racionalidad, pero no la de
los hechos mismos, pues la sociedad civil es la realidad primera
y última del Estado. Mientras que para Hegel ellas son la vida
de la Idea, ella en su infinitud deviene en la finitud, para que
mediante su goce supere su propia finitud. Así, para Marx la Idea
sólo existe como logicidad en el discurso hegeliano, ya que se
basa en desarrollo no localizable más que en su propio despliegue
de determinaciones abstractas y universales. Pero, “La necesidad
en la idealidad es el desarrollo de la idea dentro de sí misma;
como sustancialidad subjetiva es la disposición política, como
sustancialidad objetiva —a diferencia de aquélla— el organismo
del Estado, el Estado propiamente político y su Constitución” 41
Pero, Marx señala que el desarrollo de la Idea obedece a la libertad
y a la necesidad, marcha fúnebre en la dimensión abstracta del
espíritu que no tiene relación con una realidad, sólo tiene lugar en
el despliegue del Concepto.
Las antípodas del pensamiento entre Marx y Hegel fundan
la antifilosofía de Marx, pues desde la meseta teórica materialista
se concibe que para Hegel el fundamento de su filosofía es el
objeto de la lógica, gramática formal de la Idea, en el ámbito
del pensamiento puro, la realidad procedería de lo irreal, por
ello, estaría falsificada. Así, la familia y la sociedad civil como
fundamentos del Estado quedan sustraídos de la realidad y son
puestos en la marcha abstracta de la Idea, es decir, como momentos
objetivos de ella. 42
41
G. W. F., Hegel. Principios de la Filosofía del derecho, 287.
42
Esta denuncia teórica para Marx tiene que ver con el momento desde que él
escribe, pues en esta obra temprana, prefiere la democracia contra la monarquía. No
obstante, Hegel, en sus escritos de juventud se decanta por la democracia republicana y
postula su superioridad sobre la monarquía absoluta. Hegel escribe: “En una república
se vive para una idea, en las monarquías siempre para el individuo. Tampoco en las
monarquías pueden vivir los hombres sin una idea; pero su idea es individual, un
ideal. En la república se trata de una idea como debe de ser, en la monarquía de un
ideal que es, [o sea de un ideal] que rara vez han creado ellos mismos: la divinidad.
Un espíritu grande, como corresponde a la república, pone todas sus fuerzas, físicas y
morales, al servicio de su idea, todo su campo de acción goza de unidad. […] La idea del
republicano es tal, que sus fuerzas más nobles sin excepción encuentran su satisfacción
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y en los Manuscritos Económicos Filosóficos de 1844

Marx traza el empate entre la monarquía y la irrealidad
filosófica que lo sustenta. Ésta habría sido uno de sus máximos
exponentes Hegel, pues la Idea abstracta es el sujeto del predicado
de la realidad, mientras que para Marx la realidad es el sujeto
y el pensamiento es el predicado, la monarquía queda como un
predicado de la irrealidad de la Idea. Pero en la inversión que
realiza Marx de la estructura sujeto predicado de Hegel lo empata
con el “materialismo aristotélico” bajo el término del ύποχείμενον
(sustancia), es decir, opone la realidad como sustancia a la
realidad como Idea. “Es el dualismo que consiste en que Hegel
no considera lo general como la esencia real de lo real-finito, es
decir, existente, determinado, o no ve en lo Uno real el verdadero
sujeto de lo infinito.”43 Lo cual también sería una clara referencia
la pretensión de Marx de curar del Idealismo a Hegel, y por
ello un rasgo distintivo de la antifilosofía en su versión de acto.
La filosofía de Hegel tiene pretensiones teóricas fuera de lugar
porque mistifica sus contenidos al aplicar un método fuera de
lugar, la dialéctica. Pero la verdad, por la que va a diferenciarse
Marx y centrar su acto es en la base de su materialismo.
Para Mario Dal Pra, la crítica a la filosofía hegeliana,
implica que para Marx la comprensión unitaria de la verdadera
realidad se consigue cuando se distingue un sustrato y las
diferentes determinaciones se derivan de éste.44 Marx se apropia
de Aristóteles, le permite ir más allá de una simple oposición
entre sustrato e idea, va al fondo de la teoría del sustrato y de
las determinaciones, lo que le permite negar la realidad de los
universales, pues si ellos se entienden como singulares entonces
pierden su universalidad. Y si las atribuciones universales se
realizan en las diferentes determinaciones, ellas lo son de una
idea de sustancia, mas no de una sustancia real. En esta génesis de
en el verdadero trabajo, mientras que las del exaltado sólo conocen [la satisfacción]
engaño[sa] de la imaginación” (G. W. F. Hegel, El joven Hegel. Escritos y esbozos. 99100.) Pareciera que Marx no conocía dichos escritos porque no publicados para dicho
tiempo. La Filosofía del derecho junto Constitución de Alemania parte de los últimos
escritos publicados de Hegel.
43
Carlos Marx, Federico Engels, Manuscritos económicos-filosóficos de 1844, 335-336.
44
Mario Dal Pra, La dialéctica en Marx: de los escritos de juventud a la “Introducción
de la crítica de la economía política.
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la sustancia aristotélica el plano ideal es atributo de la sustancia,
pero no puede ser confundido con ella. Que Marx empate su
concepción de lo real con la filosofía de Aristóteles en sinergia
con las ideas Feuerbach le permite poner marcha su maquinaria
crítica contra Hegel e identificar la filosofía especulativa con el
topus uranus de Platón. Tal como Lacan, para Marx, pese a que se
desmarca de la filosofía, trata a los filósofos, pues son necesarios
para sustentar su acto. Con palabras de Badiou y Lacan podría
decirse que Marx identifica el síntoma Platón en la Crítica a la
Filosofía del derecho de Hegel.
II.2- Antifilosofía en los Manuscritos económicos filosóficos
de 1844
En los Manuscritos Económicos Filosóficos se localizan
operaciones antifilosóficas que se pueden encontrar en todo
ejercicio antifilosófico y las propias. Dicho ejercicio se inserta
en el cruce de un triplete. Sus tres flancos son: el primero, afirma
que la economía política, principalmente representada por Smith
y los fisiócratas, tiene contradicciones que no permiten seguir las
consecuencias de sus premisas en sus conclusiones. Las premisas:
lo que genera riquezas es el trabajo humano, y existen mareas
de obreros que la producen. La conclusión: no les pertenece la
riqueza a los que la generan. El argumento correcto: si el trabajo
es el que genera riquezas, entonces, los que la producen, los
que forman el proletario, deberían poseerlas. Además, de la
presuposición acrítica de la propiedad privada, ya que el obrero
aunque genera riqueza no puede poseer propiedad privada, pues
sólo posee su propio trabajo. El segundo ataque consiste en
criticar las teorías comunistas que no logran superar la propiedad
privada, y terminan proponiendo la comunidad de las mujeres y la
igualdad salarial, pues la superación de este concepto supondría
el advenimiento de la verdadera igualdad. En el tercer ataque
está la clave de la complejidad, pues tiene una función doble:
la primera de no abdicar de la crítica a la filosofía hegeliana,
por lo que constantemente se podría encontrar referencias a la
abstracción del hombre que se encuentra en la Fenomenología del
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Espíritu, así como a la dialéctica hegeliana de la superación de
la enajenación. El pensamiento de Marx podría entenderse como
apropiación crítica de la dialéctica hegeliana que siempre señalará
su carácter ideal. Marx cura a la dialéctica de su idealismo. Pero
en realidad, lo que se describe es el acto por el cual Marx se
demarca de la filosofía y de la economía política. Aunque absorbe
los contenidos de ambos, lo que interesa aquí es la dimensión
filosófica, y claramente, pese a que Marx absorbe contenidos y
protocolos se demarca de la filosofía, por su acto él postula que
posee una metodología que le permite discutir la verdad propuesta
por Hegel, y señalar como misticismo sus pretensiones teóricas,
pues presenta contenidos ideales.
El acto del pensamiento de Marx se configura desde que
no acepta las conclusiones de la Fenomenología y se sirve del
“método dialéctico curado”, desarrollado en el apartado de la
alineación como herramienta crítica que lo llevarán a rechazar
las conclusiones de la economía política y las posturas de los
comunistas anteriores a él, mediante dicha apropiación se postuló
el comunismo como negación de la negación, es decir, afirma su
humanismo genérico como una negatividad absoluta.
En el primer manuscrito Marx retoma los argumentos de los
economistas ingleses como Adam Smith, explora sus premisas y
afirma que las conclusiones no se siguen de ellas, están erradas.
Si de las premisas no se siguen las conclusiones es necesario
interrogar por la cientificidad de éstas. Ejemplo, Smith acepta
que el Estado más próspero de la sociedad produce el sufrimiento
de la mayoría de la población, y la ciencia económica produce
dicha condición de prosperidad, en consecuencia, la práctica de la
economía política también conlleva a la infelicidad y desgracia de
la mayoría45. Denuncia las diversas contradicciones propias de la
economía política mediante la dialéctica. Una de ellas se enfoca
en los postulados de Adam Smith que en el capítulo VIII de la
Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las
naciones reconoce que la riqueza la genera el trabajo obrero y
que el producto del trabajo le pertenece a quien lo produce, pero
45

Carlos Marx, Federico Engels, Manuscritos económicos-filosóficos de 1844.

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Smith señala que cuando es introducida la propiedad privada los
obreros ya no son dueños de su trabajo y a cambio perciben un
salario46, punto en el que Marx subraya que la economía política
trata al obrero como una bestia reducida a sus necesidades más
elementales por lo que sólo debe percibir un salario que le alcance
para cubrir sus menesteres más elementales47 Además, Marx
denuncia el fenómeno de cosificación mercantil del obrero, pues
él sólo es una mercancía para el capitalista. Lo que da paso a
abusos sistemáticos contra los obreros, prácticas sustentadas en
la economía política como la de Adam Smith. Cosificación que
no es cuestionada por la comunidad intelectual, por el contrario,
es naturalizada por la economía política lo que conlleva a la
aceptación moral y social de dicho fenómeno.
Así, el acto de ya se aprecia cuando Marx mediante la
dialéctica desmistificada desmantela dicha opinión plenamente
aceptada ontológicamente, epistemológicamente, moralmente y
muestra las contradicciones que hacen patente el incremento de
las riquezas mientras aumenta la miseria y la esclavitud, pues la
riqueza tiende a concentrarse en pocas manos. Por ello, aunque
se proclama a la ciencia económica como aquella que sirve a los
intereses de la sociedad, al tratarse de cómo generar riquezas, —
en realidad la riqueza está acompañada de la generación de una
gran mayoría de personas en la pobreza— la ciencia económica
se vuelve antitética a los intereses de los campesinos y de los
obreros porque al tratarse de cómo generar riqueza también
conlleva la maldición de la pobreza.48 Esto da lugar a postular
dos categorías que describen el mundo real son antitéticas: la
creciente población de trabajadores pobres contra la naciente
y reducida población de capitalistas (archimillonarios) la clase
proletaria y la clase burguesa.
Criticar la economía política requiere comprenderla a fondo,
pues sólo así se puede comprender las contradicciones que tienen
las categorías: propiedad privada, la división de trabajo, capital y
46
47
48

Adam Smith, Investigación sobre el origen y la naturaleza de las naciones.
Carlos Marx, Federico Engels, Manuscritos económicos-filosóficos de 1844.
Carlos Marx, Federico Engels, Manuscritos económicos-filosóficos de 1844, 564.

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tierra, salario, beneficio de capital, libre mercado y competencia.
Aunque la ciencia económica es diferente de la filosofía de Hegel,
Marx también atraviesa las categorías filosóficas hegelianas. La de
propiedad privada, atraviesa a la filosofía y a la ciencia económica
que los postulaba como datos duros empíricos, mistificación que
Marx pretendió mostrar, ambas ramas del conocimiento generaron
categorías irreales de lo que es el hombre, mistificación sostenida
por sus diferentes contradicciones.
El acto mediante el cual se demarca de ambas ciencias se
configura en el traspaso y torsión de la dialéctica de la Filosofía
del derecho, y cuando importa la dialéctica de la alienación de la
Fenomenología del espíritu para destacar que el hombre que produce
se enajena en la misma ideología que sustenta su explotación.
II. 2.1 El capital
Marx consuma su acto antifilosófico cuando escribe El
capital, mediante este concepto le permite rechazar la economía
política y a la filosofía. En su juventud trató de elaborar una
concepción de lo qué es el capital. Ella se basa en una crítica a las
nociones previas sobre dicho concepto, pero sobre todo pretende
mostrar que el capital se basa en la apropiación del trabajo ajeno
en sinergia con la postulación de la propiedad privada. La cual
permite apropiarse de las ganancias extraídas de los salarios y de
las materias primas adelantadas. En este punto Marx introduce
la noción de enajenación del trabajo, pese a que el obrero genera
un valor que le pertenece es el capitalista el que absorbe dicho
valor al no retribuir el valor de su trabajo sino con un salario
desproporcionado. Los beneficios que obtiene el capitalista
como las ganancias colocan en una desventaja enorme entre el
proletariado y el capital, creando contradicciones disimétricas.
Al interior de las dos clases sociales: el proletariado y
los capitalistas, existen contradicciones internas. Dentro del
capitalismo, pues sus contradicciones favorecen la acumulación
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del capital, ya que mientras un capital se haga más grande
absorberá a los otros capitalistas más pequeños, pudiendo quizá
sólo competir con capitales igualmente grandes, los pequeños
tenderán a ser absorbidos por los grandes, lo que denota un rasgo
de la dialéctica hegeliana: la contradicción asimétrica, pues para
competir entre los capitales tienen que acumular ganancias. El
concepto que explica dicha acumulación es la propiedad privada
ilimitada, pues éste significa que se puede acumular tanto se quiera
y se pueda. La lógica del capital conlleva a su concentración en
pocas manos, pues entre más grande es el capital más ventajas
tiene sobre los pequeños capitales. La lógica del capital se
entiende a partir de los métodos filosóficos.
Así, Marx critica a los fisiócratas que postulaban que el
origen de la riqueza era la agricultura y la renta de la tierra. Para
él las primeras formas de posesión de la tierra se legitimaban
mediante el robo o la posesión infundada, que posteriormente se
legitima con el concepto de propiedad privada, lo que permite
al terrateniente cobrar una renta en función del uso del terreno.
La tierra se vuelve una mercancía con la cual se comercia y sus
ganancias se someten al mercado, por lo cual se convierte en un
asunto paralelo al capital. El terrateniente funda una relación
con la tierra que la dota de las características propias del capital.
Los terratenientes más grandes absorben a los más pequeños, el
capital se equipara a la posesión de la tierra.
II.2.2 Trabajo enajenado, traspaso y reinvención
Marx plantea la superación del trabajo enajenado como
operación de alejamiento, la enajenación no solo se produce por
las prácticas alentadas por la economía política, sino también por
la carencia en el desarrollo teórico sobre el trabajo en la filosofía
hegeliana. Pero, el rebasamiento de la enajenación sólo es posible
por la incorporación de un método filosófico: la dialéctica que en
este texto es una herramienta que ayuda a mostrar la enajenación
y que devela la siguiente contradicción: el obrero deviene una
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mercancía miserable siendo que lo que produce un valor muy grande
en comparación por la “moneda” que recibe a cambio (operación
de torsión a partir del alejamiento y traspaso) Pese a que hay una
gran cantidad de pequeños capitales estos son absorbidos por el
más grande, entonces, la riqueza se concentra en pocas manos. Por
el traspaso de diferencias el terrateniente y el capitalista se empatan
hasta un punto donde se reduce al máximo la diferencia, lo que es
posibilitado por la noción de propiedad privada.
Para Marx las discusiones de la economía política en realidad
no lograban profundizar en lo importante, solamente mediante la
dialéctica filosófica desmistificada.
Justamente porque no comprende la trabazón del
movimiento la Economía Política pudo, por ejemplo,
oponer la teoría de la competencia a la del monopolio, la de
la libre empresa a la de la corporación, la de la división de
la tierra a la del gran latifundio, pues competencia, libertad
de empresa y división de la tierra fueron comprendidas y
estudiadas sólo como consecuencias casuales, deliberadas
e impuestas por la fuerza del monopolio, la corporación y
la propiedad feudal, y no como sus resultados necesarios,
inevitables y naturales.49
La dialéctica permite comprender dicha trabazón entre las
categorías mencionadas, pero la más importante es la relación
de toda esta enajenación y el sistema monetario. Así como la
dialéctica no puede tener un comienzo imaginario, el análisis de
la economía política no puede basarse en un estado imaginario y
primigenio, pues este estado imaginario pretende explicar hechos.
El explicar los hechos de la realidad mediante Estados originarios
descontextualizados (imaginarios) era un común en los inicios de
la economía clásica, incluso contemporáneamente es la crítica
que se realiza a un gran número de economistas neoclásicos50
Los estados imaginarios que pretenden explicar la realidad
económica y justificar la pobreza del hombre, únicamente pueden
49
50

CarlosMarx,FedericoEngels,Manuscritoseconómicos-filosóficosde1844,594.
Fernando, Escalante, Gonzalbo. Historia mínima del neoliberalismo.

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ser develados por la dialéctica, que a los ojos de la economía política
que crítica Marx no es evidente el verdadero circuito del trabajo,
pues en sus efectos, el trabajador produzca riqueza, él se empobrece.
Pero la relación del trabajador con la mercancía establece
una nueva relación que consiste en que el trabajador establece
una relación con el objeto de su trabajo como ajeno, pues no
lo reconoce como propio. Ni mucho será visible para el teórico
de economía política porque en su principio, pues no considera
una relación directa entre el trabajo y la producción. Ya que “La
relación inmediata del trabajo y su producto es la relación del
trabajador y el objeto de su producción”51
La enajenación se define como “el negarse del trabajador
en su trabajo”, por ello se manifiesta en el acto de producción,
porque en sí misma la producción ya es un acto enajenado, pues:
“el trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su
ser; que en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino se niega; no
es feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física
y espiritual, pues mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. El
trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo
fuera de sí”52
Marx plantea que el hombre es un ser universal porque es
un ser natural, antes que espiritual, su naturaleza consiste en
apropiarse de lo inorgánico de la naturaleza. El hombre mediante
el trabajo convierte la naturaleza en su cuerpo inorgánico. Así, la
incorporación de lo inorgánico es referencia de sí mismo como
género humano.
Pero el trabajo en el mundo capitalista, el trabajo enajenado,
invierte la relación universal del hombre con la naturaleza. Se
enajena porque si él es un ser consciente y convierte su esencia en
un mero medio para la supervivencia, ignora que el trabajo que le
apropia la naturaleza y lo hace un ser universal forma parte de él.
En la enajenación se ignora que el hombre crea un mundo de
objetos los cuales ayudan a su subsistencia. La vida productiva
51
52

Carlos Marx, Federico Engels, Manuscritos económicos-filosóficos de 1844, 597-598.
Carlos Marx, Federico Engels, Manuscritos económicos-filosóficos de 1844, 598.

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genera vida, en este caso el hombre se produce a sí mismo al
producir los objetos necesarios para su subsistencia, pero el
trabajo enajenado le arrebata el objeto de su producción.
El segundo manuscrito trata sobre la propiedad privada
en relación con el obrero. Pues Marx sostiene que en el capital el
obrero se encuentra enajenado (sustraído) de sí mismo. Se tiene los
tres momentos: hombre, trabajo y capital, en el que el hombre no
existe para el capital, sólo como trabajador, el trabajo es la única
mediación posible entre el obrero y el capitalismo. Se teje una
relación contradictoria desigual, aunque el capital es generado por
el obrero, él depende del capitalismo, éste decide sobre la existencia
del obrero. El capital y sus atributos, como el capitalista están en la
cúspide y los obreros en la base. Entonces, el capital es la existencia
para sí, pues sólo se beneficia él, la economía política arguye que
el capital se genera por sí mismo, en este sentido no dependería
del trabajo obrero, aunque la realidad es que el capital tiene como
base de producción al obrero mismo. Pero el capital decide sobre la
existencia del obrero, pues él no existe como humano sino sólo como
mercancía útil. Por ello, la producción en el capital deshumaniza al
hombre en lo físico y en lo espiritual. 53
Dicha dislocación es producida porque el trabajo del obrero
puede ser catalogado como propiedad privada de un tercero que no lo
produce, por lo que se tiene la siguiente terna, por un lado, el trabajo,
por el otro el capital y como mediación de ambos la propiedad
privada, pues el capitalista una vez pagando el salario le pertenece el
trabajo del obrero, y éste cree que su trabajo realmente le pertenece
al “capitalista”, momentos que describe Marx:
Primeramente: Unidad inmediata y mediata de ambos.
Capital y trabajo primero aún unidos, luego separados,
53
Podría decir que el en sí, por sí y para sí son categorías hegelianas que se
encuentran en la Ciencia de la lógica y que describen la dialéctica de la autoconciencia
(G. W. F.Hegel , Fenomenología del espíritu,), sirven para denunciar los errores de la
economía política de Adam Smith y los fisiócratas, en este sentido Marx la retoma para
criticar que el capital no tiene esa lógica. En ese sentido, Marx se aleja de Hegel, pero esa
operación solo es posible a partir de que conoce el planteamiento hegeliano (traspaso)
Y por ello puede torcer estas categorías para denunciar un postulado de la economía
política. Por ello, Marx se ubica oblicuamente frente al planteamiento filosófico, pues
pese a su alejamiento reinventa sus categorías.
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extrañados, pero exigiéndose y aumentándose
recíprocamente como condiciones positivas. Oposición
de ambos, se excluyen recíprocamente; el trabajador
sabe que el capitalista es la negación de su existencia
y viceversa; cada uno de ellos trata de arrebatar su
existencia al otro. Oposición de cada uno de ellos consigo
mismo. Capital = trabajo acumulado = trabajo. Como tal
descomponiéndose en sí mismo y sus intereses, así como
éstos a su vez se descomponen en intereses y beneficios.
Sacrificio total del capitalista. Cae en la clase obrera
así como el obrero –aunque sólo excepcionalmente- se
hace capitalista. Trabajo como momento del capital, sus
costos. El salario, pues, sacrificio del capital. Trabajo
se descompone en sí mismo y el salario. El trabajador
mismo es un capital, una mercancía. Colisión de
oposiciones recíprocas.54
Dicho análisis es posibilitado por la dialéctica de la
enajenación de la Fenomenología del espíritu, ya que está usando
una herramienta de talante filosófico, no solamente contra la
economía política, sino contra lo místico de la filosofía hegeliana.
Es decir, la operación de traspaso le permite a Marx elaborar su
propia crítica a la economía política y a la filosofía.55 En palabras
de Badiou, realizar la torsión y ubicarse oblicuamente frente a
la filosofía.
En el tercer manuscrito es más evidente la antifilosofía de
Marx en su función de traspaso. Aunque titula al último rubro
como Crítica de la dialéctica de la filosofía hegeliana en general,
Marx relanza el aspecto no mistificado: la doble negatividad. La
dialéctica de origen filosófico es más flagrante en el tercero y
cuarto manuscrito. En este manuscrito se encuentran los siguientes
temas: 1.- Propiedad privada y trabajo 2.- Propiedad privada y
comunismo 3.- Necesidad, producción y división del trabajo 4.-El
dinero 5.- Crítica de la dialéctica de la filosofía hegeliana en general
54
Carlos Marx, Federico Engels, Manuscritos económicos-filosóficos de 184, 611.
55
Marx muestra cómo la economía política tenía incrustados elementos metafísicos
en su método de investigación. (Carlos Marx y Federico Engels Miseria de la Filosofía ).
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En el primer tópico se sostiene que la esencia subjetiva de
la propiedad privada es el trabajo, tesis contraria a la economía
política que postulaba el sistema monetario y el mercantilismo,
donde la propiedad privada era algo exterior al hombre. Adam
Smith le daría un nuevo lugar al trabajo en la formación de riquezas.
Además, Say Ricardo, y Mill, errarían, pues aunque reconocen
que el trabajo es clave, su concepción sobre la propiedad privada
resulta mistificada.
La fisiocracia sostenía que la riqueza se encuentra de
forma objetiva en la tierra. Pero lo que confunde es que la
tierra solamente es un medio, lo que le da valor a la tierra es el
trabajo. Sin la mediación del trabajo la tierra no puede devenir
productiva para nadie. Pero para la fisiocracia el trabajo no es una
fuente de riqueza. Por ello, para Marx la fisiocracia representa
dos cosas, una la superación de la propiedad feudal, y a su vez
su conservación porque aunque se reconoce que el trabajo es la
mediación en la generación de riqueza, sólo admite que la genera
en la agricultura.
Para este tipo de concepción se desarrolló una alienación
que consiste en considerar la propiedad de la tierra y el trabajo
agrícola como fuente de riqueza. Aunque Marx reconoce que en un
principio la primera forma de propiedad fue terrenal, el proceso de
industrialización generó formas novedosas de propiedad privada.
En el segundo apartado Marx sostendrá el concepto de
enajenación, pues ella surge del no reconocimiento de la
contradicción que conlleva el hecho de que la propiedad privada
tiene como esencia subjetiva el trabajo, pero quienes trabajan no
tienen propiedad privada, pues sólo es un beneficio para algunos
capitalistas, por ello, es necesario superar la propiedad privada
que solo se concentra en ínfimas manos.
En consecuencia, es necesaria la superación de la
autoenajenación de la propiedad privada. Su determinación
esencial es el trabajo cuya forma concreta de existencia es el
capital. El comunismo podría superar la propiedad privada como
forma de autoenajenación. Pero Marx reconoce que no todos
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y en los Manuscritos Económicos Filosóficos de 1844

los comunismos en realidad son superaciones de la enajenación
de la propiedad privada, sino momentos que podrían llevar a la
superación completa. De hecho, la enajenación permanece del
lado de algunos comunismos, como el de Fourier, que de acuerdo
con los fisiócratas concibe como el mejor trabajo el del agricultor;
mientras que Saint Simón supone que sólo es beneficioso el
trabajo en las industrias. Por ello, estos comunismos sólo habrán
superado de forma parcial el concepto de propiedad privada
porque lo que postulan es propiedad privada general. El ejemplo
que ilustra la crítica de Marx es que la idea de matrimonio era
tratar a las mujeres como propiedad privada del esposo, mientras
que en estos comunismos primitivos, la mujer era esposa de todos,
se pasaba a la propiedad privada general56
En sí los comunismos con estas características solamente
proponen el concepto de igualdad de los salarios o de propiedad
comunal, o bien solo se postula una comunidad de trabajo, pero
no la superación cabal de la propiedad privada ilimitada. En estos
comunismos lo que resulta cuestionable es que el capitalismo
es reconocido como una universalidad natural que no puede
ser cambiada. Sin embargo, Marx reconoce un segundo tipo de
comunismo que pueden estar inserto tanto en una democracia
como en un régimen despótico. Éste aunque reconoce la
importancia del hombre en los procesos productivos no se
plantean la cuestión de la esencia del hombre, ni su relación
abisal con la propiedad privada.
La tercera forma de comunismo que propone Marx es quizá
una de las apropiaciones más enigmáticas de la dialéctica hegeliana.
Y por ello, cumple una de las funciones más emblemáticas de la
antifilosofía: la de traspaso, pues pese a la crítica mediante esta
función— la que él mismo reinventó desmitificándola— termina
proponiendo lo siguiente: el comunismo es la superación positiva
de la propiedad privada en cuanto enajenación humana, que es
realizada por el hombre y para el hombre. El por sí y para sí de la
dialéctica hegeliana, no lo realiza una entidad abstracta sino una
56

Carlos Marx, Federico Engels, Manuscritos económicos-filosóficos de 1844, 617.

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real, el ser humano. Por ello, el comunismo es un humanismo
naturalizado, porque puede comprender la historia de la misma
humanidad, lo que implicaría entender su esencia, que a su vez
tiene que ver con el dominio y la apropiación que ha ejercido el
hombre de la naturaleza. Dentro del desarrollo de las sociedades
devela que la propiedad privada no es algo inherente a la
naturaleza, es un supuesto que se puede modificar, tal y como ha
modificado el hombre en su historia la noción de propiedad y las
formas de convivir con la naturaleza.
El socialismo en cuanto tal es la autoconciencia positiva
del hombre, sin que necesite que le sirva de mediadora
la superación de la religión, del mismo modo que la vida
real es la realidad positiva del hombre, y no necesita que le
sirva de mediadora la superación de la propiedad privada,
el comunismo. El comunismo es la posición de negación
de la negación y, por tanto, el momento real, necesario
de la emancipación y la recuperación humanas. El
comunismo es la forma necesaria y el principio energético
del futuro inmediato, aunque no es, en cuanto tal, la meta
del desarrollo humano, la forma de la sociedad humana.57
Cuando se postula al comunismo como negación de la negación,
y se hace alusión a que no necesita mediación, significa que el
comunismo como instancia que comienza por sí misma, no necesita
de un proceso lleno de mediaciones para llegar a él, no está a una
distancia enorme en el tiempo, es un futuro inmediato, porque no
necesita de mediaciones, sólo puede estar negado consigo mismo y
mediado por sí y para sí.
En este punto es en el que la filosofía hegeliana “curada”,
aquella que Marx tildara de idealista e irreal, contribuye al ejercicio
de pensamiento de Marx con uno de los términos más enigmáticos
de la filosofía hegeliana, la dialéctica de la doble negación.
Categoría que le permitiría no solamente negar los postulados
de las filosofías que mistifican al hombre, sino los elementos
metafísicos que están incrustados en la economía política, es decir,
aquellos que no perciben sino una suerte de idealismo del hombre
57

Carlos Marx, Federico Engels, Manuscritos económicos-filosóficos de 1844, 626.

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que lleva concebir la explotación como un hecho natural, pero ha
de considerarse que muchos elementos de la economía política
de los tiempos de Marx, estaban suturados al discurso filosófico.
Podría decirse que la obra de Marx traspasa a la filosofía y a la
economía política.

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Conclusiones
La antifilosofía de Marx está envuelta en un nudo de tres
grandes cuerdas. En sus escritos de juventud postula la superación
de la filosofía realizándola, es decir, ya postula un acto que reclama
la realización de una práxis. Pero para ello, necesitaba atravesar la
filosofía, saberla, saber reconocer sus problemas centrales, pues
solo así podría postular que exsiste algo que la filosofía no puede
asir. Su rebelión teórica, por la naturaleza de los saberes, atraviesa
la filosofía y la economía política de su tiempo (ambos estaban
implicados de métodos filosóficos), por ello, en sus escritos de
juventud se encuentran un montón de referencias a la filosofía
en general y un acento contra la filosofía hegeliana- la segunda;
con un acto sumamente similar en relación con la economía
política inglesa. La tercera, es la originalidad de su acto consiste
en postular la emancipación del ser humano, cuantas veces no
escribió Marx sobre la importancia de la praxis. Su acto de
pensamiento considera una emancipación práctica como teórica.
Ahí, está el punto central de su acto, porque la subversión que
propone, el comunismo ha de liberarse de las cadenas que impone
la lógica del capital. La cual ya había producido cambios en la
relaciones sociales y económicas de todo el globo terráqueo. En
este punto es que resulta interesante poner atención a la categoría
de comunismo, puesto que tiene un índice de lo inefable, el
futuro inmediato, que todavía no es, pero que está cerca, pero
nunca fue. No obstante, es el único donde se podría superar la
propiedad privada y el ser humano podría ejercer su libertad. La
estructura de este postulado es muy similar a la de Jacques Lacan
sobre la verdad. Sí, son ámbitos disciplinares diferentes, pero el
comunismo como lo plantea Marx no ha sido realizado, pese a
que a algunos países se han denominado comunistas. Pareciera
que es el real al que se sustraen las denominaciones teóricas.
Lo que hay que considerar es que claramente la postulación
del comunismo es el acto por excelencia de Marx. Para eso tuvo
que realizar las operaciones de traspaso a los métodos y contenidos
de la filosofía de Hegel (dialéctica, enajenación, el Estado, la
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idea, la propiedad privada), y cuando se aleja los absorbe, es
decir, se realiza la operación de torsión y oblicuidad. Su torsión y
oblicuidad solo es posible si se traza desde la posición que niega
validez científica a las pretensiones de la filosofía de Hegel y de
su concepción de la verdad, para afirmar la pretensión de su acto.

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�La antifilosofía de Marx en la crítica
a la Filosofía del Derecho de Hegel
y en los Manuscritos Económicos Filosóficos de 1844

juventud”, trad. Wenceslao Roces, México: FCE, 1982
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Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 155-189

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�Augusto del Noce: El problema de la sociedad
opulenta como nuevo totalitarismo de masas

AUGUSTO DEL NOCE: EL PROBLEMA DE
LA SOCIEDAD OPULENTA COMO NUEVO
TOTALITARISMO DE MASAS
AUGUSTO DE NOCE: THE PROBLEM OF
THE OPULENT SOCIETY AS A NEW MASS
TOTALITARIANISM
Lic. Raúl Jorge Alberto Rodríguez Garza1

Resumen:
El presente ensayo reflexiona en torno a la figura de un pensador
italiano Augusto Del Noce y su lectura de lo que llamó “Sociedad
Opulenta”. El motivo de analizar sus consecuencias y el problema
en torno a los totalitarismos que acontecieron durante el siglo
XX así como aquellos que aún existen y tienen un impacto de
consecuencias espirituales en el ser humano. El nuevo totalitarismo
es sutil, no construye ni gulags ni campos de exterminio, pero opera
de una forma silenciosa ¿Cómo opera este nuevo totalitarismo?
La respuesta que aquí adelantos y defendemos consiste en recortar
el espíritu humano y acudir a la sola característica de mero cuerpo
operativo que se ajusta a un sistema instrumental en la sociedad.
La sociedad, que se forma es totalmente instrumental se adjudica
a sí misma como un mundo concreto en donde las preguntas
filosóficas y teológicas no solo son vistas como irracionales, sino
que carecen de sentido hacerlas, ya que no contestan nada para
el hombre de dicha sociedad. Mas adelante, y tomando en cuenta
este punto de partida, se plantea el siguiente orden argumentativo
1.- el concepto de sociedad opulenta y sus teóricos, sobre todo el
marxismo, 2.- el problema de los totalitarismos como religiones
1

Estudiante de Posgrado de la Universidad Abad Oliva CEU, Barcelona. ​

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�Augusto del Noce: El problema de la sociedad
opulenta como nuevo totalitarismo de masas

seculares y su procedencia racionalista-marxista, 3.- la opción
que da Del Noce para contrarrestar el totalitarismo del mundo
tecnológico mediante la revalorización de la idea de tradición en
la obra De Trinitate de Agustín de Hipona.
Palabras claves: Sociedad opulenta, marxismo, Marx, Comte,
religiones seculares.

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�Augusto del Noce: El problema de la sociedad
opulenta como nuevo totalitarismo de masas

Abstract:
This essay reflects on the figure of an Italian thinker Augusto De
Noce and his reading of what he called “Opulent Society”. The
reason to analyze its consequences and the problem around the
totalitarianism that occurred during the 20th century as well as
those that still exist and have an impact of spiritual consequences
on the human being. The new totalitarianism is subtle, it does
not build gulags or extermination camps, but it operates silently.
How does this new totalitarianism operate? The answer that I
am advancing and defending here consists of cutting back on the
human spirit and resorting to the sole characteristic of a mere
operative body that adjusts to an instrumental system in society.
The society, which is formed is totally instrumental, adjudges
itself as a concrete world where philosophical and theological
questions are not only seen as irrational, but also make no sense
to ask them, since they do not answer anything for the man of
said society. Later, and taking this starting point into account,
the following argumentative order is proposed: 1.- the concept
of an affluent society and its theorist, especially Marxism, 2.- the
problem of totalitarianism as secular religions and their rationalist
origin-Marxist, 3.- the option given by Del Noce to counteract the
totalitarianism of the technological world by revaluing the idea of
tradition in the work De Trinitate by Agustín de Hipona.
Keywords: Opulent Society, Marxism, Marx, Comte, Secular
Religions.

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�Augusto del Noce: El problema de la sociedad
opulenta como nuevo totalitarismo de masas

Definición de Sociedad Opulenta y sus teóricos
Del Noce define a la sociedad opulenta o tecnológica con claridad
en el primer capítulo de su obra La agonía de la sociedad opulenta
de la siguiente manera:
Se trata de una sociedad que acepta todas las negativas
del marxismo contra el pensamiento contemplativo,
contra la religión, contra la metafísica; que acepta la
reducción de las ideas a instrumentos de producción;
pero que, por otra parte, rechaza del marxismo los
aspectos revolucionarios-mesiánicos, es decir, lo
que queda de religioso en el pensamiento de Marx.
Bajo este aspecto representa el espíritu burgués en su
estado más puro.2
De ello se infiere que existe una especie de “triunfo” de las
ideas marxistas en la sociedad de masas, y en erradicar y hacer
superficiales las preguntas con referencias metafísicas, que, a la
vez, elimina toda posibilidad de revolución de lucha de clases.
Queda entonces el triunfo de las ideas burguesas, donde el ser
humano ya no necesita responder a sus interrogantes metafísicos
o religiosos, simplemente porque ya no le serán necesarios al
hombre que queda absorbido al mundo tecnológico. El mundo
tecnológico, sigue Del Noce, tiene la capacidad de crear la
homogeneidad de las clases sociales, erradicar la pobreza y crear
una sociedad del bienestar donde todas las vivencias humanas
quedan resueltas. Debido al triunfo de la idea burguesa del mundo
opulento, ella misma se muestra como aquella que va a resolver
todos los dolores humanos que anteriormente el cristianismo y las
religiones seculares (como fascismo, marxismo, etc. Como apunta
Del Noce) no pudieron realizar. Con estos presupuestos, Del
Noce señala que esta sociedad se muestra como el fin consumado
de la modernidad y la derrota de sus dos enemigos: la religión
trascendente, es decir al cristianismo, y a la idea de revolución.3
2
Augusto Del Noce. La agonía de la sociedad opulenta. (España: Colección
cultural de bolsillo, 1979), 25.
3
Augusto Del Noce, La agonía de la sociedad opulenta, 26.
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�Augusto del Noce: El problema de la sociedad
opulenta como nuevo totalitarismo de masas

Ahora bien, si Del Noce refiere que la sociedad opulenta rechaza la
idea de revolución del marxismo y refiere que esta rescata la forma
de entender la razón en Marx para acomodarlo como fundamento
de sí misma, habría que preguntarnos: ¿a qué se refiere Del Noce
cuando habla que este mundo burgués, dominante hoy, surge como
consecuencia del marxismo si el mismo Marx pretende combatirlo?
Para empezar a explicar esto, Del Noce niega que la historia
humana se deba explicar mediante las circunstancias meramente
materiales, sino que se debe hacer desde la forma. Es decir,
para Del Noce la realidad social del ser humano se explica si
entendemos lo que los hombres piensan de su relación con la
realidad, con los otros y por lo que entienden por lo divino. Es
decir, para explicare la realidad social del hombre se debe señalar
el pensamiento filosófico que permea en ella.4
Ahora bien, para Del Noce la filosofía que permea el mundo
opulento burgués en el que nos encontramos tiene su origen en
el racionalismo moderno y su plenitud en el marxismo. Esto
ya lo había dejado en claro cuando define lo que es la sociedad
opulenta, pues según el filósofo italiano, ésta “acepta todas las
negativas del marxismo contra el pensamiento contemplativo,
contra la religión, contra la metafísica; que acepta la reducción
de las ideas a instrumentos de producción”5, dada estas premisas
vamos a explicar el núcleo del rechazo de la metafísica por parte
de Marx según Del Noce y que es la base filosófica con la que se
fundamenta el mundo opulento.
Para empezar a explicar este fenómeno, Del Noce utiliza la
tesis desarrollada por Voegelin, que consiste en señalar que las
principales corrientes ideológicas de la modernidad tienen un
origen gnóstico. La tesis de la gnosis constituye básicamente lo
siguiente: El ideólogo moderno, al igual que el gnóstico antiguo,
cree que posee un conocimiento científico que es incuestionable,
4
Augusto Del Noce. Modernidad. Interpretación transpolítica de la historia
contemporánea. (España: Ediciones Encuentro, 2007), 64.
5
Augusto Del Noce, Modernidad. Interpretación transportico de la historia
contemporánea, 64.
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�Augusto del Noce: El problema de la sociedad
opulenta como nuevo totalitarismo de masas

y todo aquel que cuestione los principios de su ideología es un
ser perverso que necesita ser “educado” para no cuestionar las
verdades fundamentales de la doctrina6, y esa ciencia solo la
6
Podemos ejemplificar esto con el ejemplo que usa Voegelin: “Cómo se ha
indicado, ha surgido un fenómeno, desconocido para la Antigüedad, que ha calado en
nuestras modernas sociedades de una forma tan acusada que su ubicuidad apenas nos
deja espacio para percibirlo mínimamente: La prohibición de preguntas. No se trata de una
simple resistencia al análisis que también se da en la Antigüedad. Tampoco se refiere a la
postura de quienes se adhieren a determinadas opiniones por tradición o emoción, ni de
quienes participan en el debate con el análisis los desconcierta. Nos enfrentamos aquí con
personas que saben que sus opiniones no pueden sostenerse tras un análisis crítico, y por
qué y que, por ello, prohíben que se analicen sus premisas de sus dogmas (muy distinto a las
grandes discusiones teológicas con las herejías). Es esta postura, que obstruye de una forma
consciente, deliberada y meticulosa la tarea de la ratio, la que constituye un fenómeno nuevo.
(…) Podemos servirnos como punto de partida la prohibición de preguntas tal como aparece
en algunos escritos de Karl Marx: los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844. Marx es
un gnóstico especulativo. Concibe el orden del ser como un proceso natural autosuficiente.
La naturaleza se encuentra en un estado de transformación, y en el curso de su desarrollo
produce al hombre: “El hombre es inmediatamente un ser natural”. En el desarrollo de
la naturaleza, ha recaído sobre el hombre una tarea especial. Este ser, que en sí mismo es
naturaleza, también se encuentra frente a ella y la ayuda desarrollarse por medio del trabajo
humano, que en su grado más alto adquiere la forma de tecnología y de industria, basadas
ambas en las ciencias de la naturaleza: “La naturaleza que se desarrolla en la historia humana
(…) es la verdadera naturaleza del hombre.” En el proceso de la constitución de la naturaleza,
sin embargo, al mismo tiempo el hombre también se crea a sí mismo hasta la plenitud del ser,
por lo que toda la “llamada historia universal no es otra cosa que la producción del hombre
por el trabajo del hombre como un ser que se crea a sí mismo.” Este es el resultado de jugar
con las ambigüedades en las que “naturaleza” puede referirse bien al ser en el que se incluye
todo, o bien a algo opuesto al hombre, o bien significar la naturaleza del hombre en el sentido
de essentia. Este equivoco juego de palabras alcanza su punto culminante con una frase que
podría ser pasada por alto con facilidad: “Un ser que no tiene su naturaleza fuera de sí no
es un ser natural, no participa del ser de la naturaleza.” En relación con esta especulación,
Marx mismo saca a relucir la pregunta sobre la objeción que “el individuo particular”
podría probablemente suponer contra la idea de la generación espontánea de la naturaleza
y el hombre: “El ser-por-si-mismo de la naturaleza y del hombre es inconcebible para él
porque contradice todos los aspectos tangibles de la vida práctica. El hombre individual,
retomándose de generación a generación en busca de su origen, planteara la cuestión sobre
la creación del primer hombre. Presentará la argumentación de una regresión infinita, que
en la filosofía de los jonios llevó al problema del arche. A semejantes preguntas, que nacen de
la experiencia tangible de que el hombre no es un “ser” que se crea a sí mismo, Marx decidió
contestar considerándolas como “un producto de la abstracción.” “Cuando preguntas por la
creación del primer hombre y de la naturaleza haces abstracción del hombre y la naturaleza.”
Naturaleza y hombre son reales exclusivamente en la forma en que Marx los interpreta en su
especulación. En el caso de que el pregunte plantee la posibilidad de que no existan, Marx
no podría entonces probar su existencia. En realidad, su concepción (y toda su ideología) se
tumba con esa simple pregunta. Pero, ¿Cómo consigue Marx salir de este dilema? Prescribe
a quien se plantea esa pregunta lo siguiente: “Renuncia a tu abstracción y así desistirás a tus
preguntas. (…) Cuando el hombre socialista habla, el hombre debe callar”. Eric Voegelin.
Ciencia, política y gnosticismo. (España: Editorial Trotta, 2016) 90-91
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opulenta como nuevo totalitarismo de masas

poseen unos cuantos “iniciados”, ya sean los obreros soviéticos,
los científicos positivistas, etc. Aquí se encuentra el germen de
la negación de que todos los hombres tienen un “logos común”
según Del Noce, porque al centrarse el saber en una doctrina
que unos cuantos poseen, solo aquellos “elegidos” que la
poseen conocen la verdad; también, otro de los caracteres, es
el de sentirse en un mundo que necesita ser cambiado, pero no
contemplado. El hombre esta en un mundo malo y sin orden, y
que por lo tanto debe ser modificado para salvar a los hombres
de una realidad agresiva contra él. Además, la nueva gnosis de la
edad moderna niega el orden trascendente del ser que los hombres
pueden vislumbrar por la razón natural. Como no existe el orden
trascendente del ser el mundo carece de orden, y, por lo tanto, el
ser humano debe de construir el orden. El hombre debe dar orden
a un mundo sin sentido y caótico.7 Esto se da principalmente en la
filosofía con Hegel donde se encuentra lo que Voegelin llamaría la
“teofagia”.8 Ahora bien, las más importantes ideologías gnósticas
de la modernidad que para Del Noce ha hundido más sus raíces en
las masas son: el marxismo y el positivismo. Vamos a centrarnos
primeramente con el marxismo, pues es con la cual De Noce más
va a combatir.
7
Del Noce afirma: “Es la consecuencia de poner, en lugar de la redención
obrada por Dios, una idea de auto redención que lleva consigo la inversión completa del
concepto religioso de pecado: la evasión de la idea de Dios es el pecado del que el hombre
debe liberarse. Se ha dicho con exactitud que la idea de «super hombre» se encuentra
ya en el pensamiento de Feuerbach y de Marx: Dios es el resultado de una proyección
efectuada por el espíritu humano y el hombre volverá a encontrar su esencia cuando se •
haga otra vez dueño de todo lo que perdió en su «alienación». «Reino de Dios», «superhumanidad», «sociedad sin clases» son términos destinados a ser considerados (o son
ya considerados) como equivalentes por los nuevos teólogos.”, Augusto Del Noce. La
agonía de la sociedad opulenta, 15.
8
Eric Voegelin. Sobre Hegel: Un estudio de brujería. (España, Foro interno
ISSN, 2010), 155-197. En este ensayo, Voegelin señala que en Hegel se da el fenómeno de
la “Teofagia”. Es decir, donde Hegel se dice a sí mismo el Sabio que posee la sabiduría. A
diferencia de la filosofía clásica como en Platón y Aristóteles, por ejemplo, que ponían la
sabiduría en Dios y que era totalmente inalcanzable para el hombre, así también la tradición
cristiana que reconocía la limitada naturaleza humana, en Hegel hay una idea de que
la sabiduría esta ya en el espíritu Absoluto y que esta se ira desarrollando a lo largo de la
historia. Ese Absoluto está en el hombre, y ese Dios que parecía ajeno se vuelve una realidad
en la inmanencia del hombre mismo. El hombre puede hacer un Dios que aún no es, pero
que será. Ese mismo diagnóstico lo da Kojeve.
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opulenta como nuevo totalitarismo de masas

Para Del Noce el marxismo es una antifilosofía. ¿Por qué juzga
Del Noce así el marxismo? Esa apreciación para con el marxismo,
que realiza Del Noce, parte de su apreciación de la filosofía como
Bios theorikos.9 Es decir, el pensador italiano parte de la definición
tradicional de la filosofía como una vida y teoría que contempla
un orden del ser, en el cual se encuentra un logos común en todos
los hombres. Ese logos común permite la universalidad entre los
hombres, y se fundamenta en el orden divino del cosmos o de
Dios. Por ello, la filosofía clásica10 y el cristianismo terminaban
hablando de contemplación. La contemplación consistía para
estas en el éxtasis del hombre por el orden divino. El orden que
sobrepasaba sus capacidades y que fundamentaban su ser en el
mundo. Ahora bien, para el marxismo no tiene caso hablar del
orden trascendente del ser porque la realidad se reduce a la materia
y a las leyes sociales que rigen la sociedad humana. No hay un
orden sobre el hombre, más bien el hombre construye el orden. El
hombre crea su propia condición humana. Precisamente por ello, el
trabajo para el marxismo es la cualidad principal del hombre, pues
es donde él crea sus condiciones humanas, debido a que no hay
realmente una naturaleza humana. Esto se palpa cuando notamos
que en la doctrina marxista no se encuentra una sola reflexión de
la naturaleza humana propia, pues ella es una creación del hombre
mismo. Todo queda reducido a condiciones materiales que el
hombre puede modificar por el trabajo. Es por ello por lo que Del
Noce señala como importante que el pensamiento de Marx gira
en torno no a la vida teórica, sino a la práctica. Este pensamiento
de la vida practica como nuevo fundamento del pensamiento
debe llevar al hombre a olvidar aquellas falsedades metafísicas
que lo tenían atado a un señorío opresivo. El hombre tiene que
liberarse de todo lastre teológico, por lo que el ateísmo de masas
es un resultado lógico en este pensamiento. Las preguntas sobre
la metafísica, la teología y la religión no solo carecen de sentido,
9
Augusto Del Noce. La agonía de la sociedad opulenta, 15.
10
Si bien, no podemos englobar en esta perspectiva a todas las escuelas de la
filosofía clásica, pues para los atomistas y los sofistas, el tema de la contemplación
era imposible, si podemos señalar que gran parte de la filosofía clásica admitía el
tema del orden.
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opulenta como nuevo totalitarismo de masas

sino que para esa perspectiva sobre el marxismo son inútiles. La
razón queda reducida a mera razón instrumental. Así, la filosofía
para Marx es un proyecto de emancipación del hombre de los
falsos dilemas que lo tienen enajenado. Para el pensador alemán,
el hombre cuando haya cubierto todas sus necesidades materiales,
los problemas metafísicos y religiosos dejarán de existir, como
lo afirma en la tesis VIII sobre Feuerbach: “La vida social es,
en esencia, práctica. Todos los misterios que descarrían la teoría
hacia el misticismo encuentran su solución racional en la práctica
humana y en la comprensión de esa práctica.”11 La filosofía de
Marx, diría Del Noce, antes que buscar comprender el mundo
debe construirlo, pues como afirmaría el mismo Marx en su XI
tesis sobre Feuerbarch: “Los filósofos no han hecho más que
interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es
de transformarlo.”12
Pero Marx, a pesar de tratar de aniquilar todo vestigio religioso, no
lo logra hacer, pues agrega a esta filosofía de la praxis el mesianismo
del proletariado como “una clase libre del pecado original de la
propiedad privada”, la cual llevaría a la humanidad a la sociedad
sin clases.13 Esta propuesta es la que la sociedad opulenta retira del
marxismo, pues lo que pretende es erradicar toda dimensión religiosa.
¡Lo que en Marx se encuentra, con su idea de revolución y tiranía
del proletariado, es una religión secular!, pero eso lo veremos en la
segunda parte del presente trabajo.
Volvamos a señalar que la sociedad que describe Del Noce utiliza
al marxismo como base teórica de su razón de ser, pero niega
su arraigo religioso revolucionario. La segunda ideología que
permea a las masas del mundo opulento: el positivismo de Augusto
11
Karl Marx. Tesis sobre Feuerbach, Google, última modificación 20 de
noviembre 2020, https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/45-feuer.htm
12
Karl Marx. Tesis sobre Feuerbach.
13
Este aspecto de Marx es analizado por varios autores, quizá uno de los más
importantes es Berdiaeff. El autor ruso en su obra La religión y el marxismo señala que el
mesianismo del proletariado que Marx propone es el resultado de su arraigo judío. La espera
del mesías en el pensamiento de la religión judía, según el autor ruso, tuvo influencia en
este. Subrayemos, además, que el problema del mal en Marx no empieza por la condición
humana, sino por una circunstancia social-histórica.
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Comte. El aspecto ideológico en el pensamiento de Comte que
más influye a la sociedad opulenta de masas es el mito de la
“humanidad adulta”. Esta humanidad adulta es aquella que olvida
en primer lugar la condición humana de “hombre caído” y formula
la del hombre que va avanzando a una era de plenitud donde la
ciencia positiva acabaría con todas las incógnitas humanas que
carezcan de todo sentido bajo el método experimental. El método
científico experimental será aquel saber que en teoría elimina de
toda consciencia la superstición metafísica y teológica que queda
en la sociedad de la humanidad adulta. La ciencia experimental y
su método van a ser en la sociedad opulenta el criterio del saber
y la verdad. Todas las preguntas que no puedan ser incluidas
en el método deben rechazarse. Sin duda la forma de entender
la razón en esta teoría compagina muy bien con la forma de
entenderlo del marxismo: una razón instrumental que reduce todo
a mera experiencia material y sensible: a un saber científico que
no deba ser cuestionado y toma todas las dimensiones humanas.
Por ejemplo, preguntas sobre la existencia de la ley natural o la
existencia de Dios no pueden contestarse, simplemente porque la
pregunta no se puede formular. No caben en el método científico
y por lo tanto deben olvidarse.
Así lo afirma, el especialista en Del Noce, Carlo Lancellotti,
cuando explica el positivismo que impregna la sociedad opulenta:
Now, an advocate of scientism, and a society based
on his way of thinking, cannot help being totalitarian
inasmuch as his conception of science . . . cannot be
the object of any proof . . . [he] does not intend to
elevate other forms of thought to a higher level . . .,
but he simply ‘denies them.’” Thus, he rejects appeals
to natural law as non-empirical and thus unscientific.
Or he discards teleological considerations, because
science does not know finality. Since scientism cannot
give any proof of the (non-scientific) statement that
science exhausts the sphere of rationality, it must
simply banish all other forms of knowledge to the
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opulenta como nuevo totalitarismo de masas

domain of pure subjectivity. As Del Noce says, it
“is, literally, a resolution of the will: the resolution to
accept as real only what can be verified empirically
by everyone.14
Además, esta perspectiva divide en dos formas los saberes: la
ciencia como verdadera y la religión como falsa. Creando así
una dicotomía que no puede tocarse, pues ambas son ajenas
en su naturaleza, pues la primera es racional y la segunda es
sentimental. El pensador italiano, cuando señala esta división
agrega una tercera, que al igual es cancelada por la primera: la
filosofía y la metafísica. Para Del Noce, la sociedad opulenta con
su espíritu burgués pretende sustituir a la filosofía por las ciencias
particulares que resuelvan mejor los problemas del hombre, ya
que utilizan el método experimental: el psicoanálisis, la sociología
y el estructuralismo.15
Lo que termina eliminando el mundo opulen, como se infiere
en la lectura de Del Noce, no es solo la religión, sino la misma
dimensión religiosa. Es decir, la dimensión del hombre por su
trascendencia. Su naturaleza propia de percibir intuitivamente lo
divino. Por eso mismo, bajo estos caracteres, esta sociedad solo
se queda con la parte de la razón como instrumento del marxismo,
pero niega la idea de revolución, pues es un carácter religioso (o
más bien pseudo-religioso) de Marx. En esta sociedad gobierna
el sueño burgués en su máximo esplendor. Esta nueva humanidad
es representada por Del Noce como Juliette, la mujer descrita por
Sade, pues es la mujer que ha dejado de lado toda su dimensión
religiosa y metafísica partiendo de los saberes científicos de su
época, por lo cual ella se queda en una dimensión meramente
14
Carlo Lancelotti. Augusto Del Noce on “The new totalitarism”. (USA:
Communio Intenational Catholic Review, 2017), 325.
15
Augusto Del Noce. Agonía de la sociedad opulenta, P. 81.: “Al decir esto
afirmamos también que la historia actual no es otra cosa que la contradicción explícita
del marxismo: cuando llevan, en efecto, a su extremo el momento del materialismo
histórico como afirmación de total relatividad y el momento dialéctico como principio
revolucionario deben disociarse; y el materialismo histórico así separado del dialéctico
invadió el Occidente. Allí donde la cultura se caracteriza por el hybris de las ciencias
del hombre, hybris en el sentido de que ellas quieren sustituir a la filosofía: sociología,
psicoanálisis y, hoy, sobre todo, el estructuralismo.”
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opulenta como nuevo totalitarismo de masas

material donde los impulsos más bajos priman en la persona;
mientras que Justine refleja a la antigua mujer que vive sometida
en presunciones metafísicas y religiosas.16 Lo interesante de todo
lo dicho a partir de la lectura de Del Noce, sobre el materialismo
que Marx profesaba y su filosofía de la praxis, es que él mismo
no vio que su propio fundamento teórico fue lo que desintegró
su intento de hacer su revolución, como lo señala en su obra El
suicidio de la revolución.17
Ahora bien, al describir la naturaleza teórica con la que Del Noce
habla de la sociedad opulenta, no duda en señalarla como el
principal enemigo de la tradición. Simple y sencillamente porque
rechaza todos los ideales trascendentes que cualquier ser humano
pueda plantear. El fin de esta sociedad es procurar el bienestar
y eso solo puede lograrse, bajo la lógica de esta, el coaccionar
toda idea que no plante utilidad alguna. A esta negatividad pura
de la sociedad opulenta la denomina Mesianismo negativo, el
cual recoge el sueño burgués ilustrado de la Revolución francesa,
en tanto negadora de todo orden trascendente para que pueda
16
Estas figuras son usadas por Del Noce al explicar la revolución sexual. Para
Del Noce, partiendo de su teoría de la “transpolítica”, la revolución sexual del 68 no se
explica por las condiciones materiales, es decir, por la píldora anticonceptiva, etc, sino
que detrás de ella hay una percepción diferente del mundo por una filosofía o ideología.
Afirma Del Noce que esta revolución fue provocada porque el ser humano dejo de lado
su visión de ser una persona que tiene una relación simbólica con el cosmos y que los
actos sexuales pierden toda teleología natural, sino que ese campo queda reducido al
saber científico positivo, por lo que permea la visión de un ser que no cumple una cierta
teleología, sino que prima simplemente los instintos porque es un simple animal más.
17
Señala Roberto Mattei: “Una crítica de la idea de Revolución dentro del
mismo pensamiento revolucionario. La conclusión de este pensamiento, para Del Noce,
es inevitablemente el suicidio, como consecuencia de su insuperable contradicción
interna. Efectivamente, la idea revolucionaria comporta la unidad de dos momentos: el
negativo, como disolución del orden de valores tradicionales, y el positivo como intento
de instauración de un orden radicalmente nuevo. Llega el suicidio si, en el proceso de
su realización, los dos momentos se escinden y, según Del Noce, necesariamente tienen
que hacerlo. Efectivamente, la filosofía del devenir, para hacerse revolucionaria, debe
llegar a su propia autonegación como filosofía, es decir a disolver el momento de verdad
que tiene en sí; y, con ello, a renunciar a su momento constructivo, para convertirse
en un nihilismo absoluto que constituiría el hundimiento de la idea de Revolución. El
suicidio de la Revolución -—desde esta perspectiva— es en realidad el suicidio de la idea
de Revolución, es decir la descomposición obligada del pensamiento revolucionario.”
Roberto Mattei. Augusto Del Noce y el suicidio de la revolución. (España: Fundación
Speiro, 1995), 873.
Aitías.Revista de Estudios Filosóficos.
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evitarse algún conflicto entre los hombres. Por ende, queda
cancelada dentro de ella la dimensión religiosa. Esto con el fin
de la promesa de llevar al hombre al paraíso del bienestar que
tendrá que cumplirse un día futuro.18 La intención de esto es
cancelar todo intento de pensamiento totalitario que se impusiera
en las consciencias. Sin embargo, esta sociedad del bienestar que
pretende erradicar todo vestigio de lo divino en el hombre y toda
pregunta que huela a teología, sociedad que Marx había soñado,
pretendiendo evitar los totalitarismos, termina por erigirse como
otro tipo de totalitarismo. Prosigamos con el siguiente apartado
para explicar cómo comprende Del Noce el totalitarismo.
Sobre los totalitarismos de masas en la modernidad: Religiones
seculares
Para Del Noce el fenómeno de los totalitarismos puede explicarse
de manera más apropiada si se les llama “religiones seculares”.
Para explicar el por qué les denomina de esa manera, Del Noce
vuelve a utilizar la tesis de Voegelin sobre la gnosis19, pero a
la vez también se apoya con la tesis de Karl Löwith sobre la
inmanentización de la escatología cristiana.20 Este fenómeno
tiene sus raíces desde la Edad Media con el monje Joaquin de
Fiore.21 La sustitución de la visión de la historia de la Civite Dei
18
Augusto Del Noce. Agonía de la sociedad opulenta. Pág. 82. “En efecto, toda
forma de milenarismo que hasta la fecha ha aparecido contenía una «promesa»; de la
misma manera, toda época de desconfianza en los ideales dio lugar a posturas escépticas
y pesimistas, formas de pensamiento totalmente opuestas a la mentalidad milenarista.
También el rasgo más singular de la época actual es la aparición de una disposición
de ánimo en la cual los dos momentos se encuentran extrañamente asociados. Para
convencernos de cómo existe y cómo domina esta mentalidad no tenemos más que
pensar en dos frases corrientes: la primera que dice que hace falta «volver a empezar
desde cero», rechazando, por tanto, sin la menor nostalgia, los antiguos ideales; la
segunda afirma que el cambio sin precedentes en la historia de la civilización que
tendría lugar hoy debería estar acompañado por la conciencia de que cada afirmación
es expresión de un tiempo determinado y no de un valor intemporal e intrínseco. Si
unimos estos dos asertos, tenemos la definición exacta de la situación actual: muerte de
los antiguos ideales, y al mismo tiempo admisión de que los nuevos ideales todavía no
pueden nacer.”
19
Augusto Del Noce. Agonía de la sociedad opulenta, 82.
20
Augusto Del Noce. Agonía de la sociedad opulenta, 82.
21
Augusto Del Noce. Agonía de la sociedad opulenta, 35.
Aitías.Revista de Estudios Filosóficos.
Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 191-213

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�Augusto del Noce: El problema de la sociedad
opulenta como nuevo totalitarismo de masas

de San Agustín, la cual señala que la historia terrenal carecía
de un sentido de salvación y se lanzó al plano trans-histórico,
negando toda divinización de la sociedad (como era en común
en el mundo pagano), excluyendo el milenarismo judío junto con
el monoteísmo metafísico pagano. Esta visión agustiniana de la
historia aceptaba una condición humana finita y temporal que
veía a lo alto sin ninguna tendencia milenarista. Sin embargo, esta
fue sustituida por la visión joaquinista y será la que prevalezca
en la Edad Moderna. Joaquín aplica el símbolo de la Trinidad
cristiana a la historia y divide a la historia en tres épocas: La del
Padre, la del Hijo y la del Espíritu Santo. Estas tres edades son
épocas que se realizaron y se realizarán dentro de la historia de la
humanidad. Las dos primeras ya se realizaron con la creación del
mundo (la del Padre) y la redención de la humanidad (el Hijo), sin
embargo, la tercera época aún no se realiza, pues llegará cuando
toda la humanidad llegue a una vida monástica total.22 Lo que va a
ocurrir con la teoría joaquinista es que la historia toma un valor de
absolutización de esperanza del hombre en este mundo. Ya no se
va a centrar la visión del hombre como ser finito, en tanto percibe
una realidad superior a él, sino que va a plantearse solucionar sus
dolencias en el aquí y el ahora.
En la modernidad la pérdida de lo sagrado de la religión
trascendente no se abandona realmente, sino que se traslada al
campo político. Esto como consecuencia de la escatología de
Joaquin de Fiore23, pues la política es el campo que posibilita ese
sueño mesiánico. La esfera civil dentro de la historia va a lograr
su progreso a una divinización de ella misma a lo largo del tiempo
mediante la realización del hombre dentro de ella. Para Del Noce,
22
Eric Voegelin. La nueva ciencia de la política. (Argentina: Editorial Katz,
2006), 137-140. El estudio de Joaquin de Fiore debe ser tomado con seriedad. Hay muy
pocos autores que lo han trabajado. Por mi parte, me he limitado a unas cuantas obras
originales y comentarios como las de Voegelin, De Lubac y Löwith. Hay una observación
interesante que hace el autor respecto a estas tres edades: Gran parte de las nuevas
formas de entender la historia en la modernidad será definida por tres periodos. Por
ejemplo, la teoría de Turgot y Comte de una secuencia de fases: teológica, metafísica y
positiva; Hegel y sus tres estadios de libertad y autorrealización espiritual autorreflexiva
y Karl Marx con su lectura de comunismo primitivo, sociedad de clase y comunismo
final.
23
Voegelin. La nueva ciencia de la política, 22.
Aitías.Revista de Estudios Filosóficos.
Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 191-213

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�Augusto del Noce: El problema de la sociedad
opulenta como nuevo totalitarismo de masas

lo central de este problema es el abandono de la visión de status
naturae lapsae del hombre, es decir, de su condición finita (o
caída), para abrazar la idea de una condición humana que puede
modificarse y perfeccionarse mediante la política. Por ello en la
Edad Moderna la utopía surge como intentos históricos de llevar
una vida perfecta en el mundo e intentos de transfigurar al hombre
para crear la sociedad perfecta.
El problema de fondo para Del Noce de los totalitarismos es el de
buscar erradicar las dolencias de los hombres a través de la acción
política. Con el mismo argumento que Donoso Cortes hace en su
famoso Ensayo sobre el catolicismo, liberalismo y socialismo, Del
Noce subraya que la negación del estado finito del hombre en la
modernidad conllevara a buscar su redención mediante los cambios
dentro de su vida social y política, ya que el mal no se encuentra
dentro de la naturaleza humana sino en su realidad social.
Del Noce resalta el carácter joaquinista de esta escatología
inmanente, sin embargo, regresa a señalar la importancia del
marxismo en esta concepción y su íntimo enlace con la escatología
de Joaquín. Retomando lo que se ha dicho, el pensador italiano
subraya la forma de entender la razón en el pensamiento de Marx
como mera razón instrumental, en tanto rechaza la vida teórica y
se queda en la praxis. Ahora bien, con esto Marx rechaza de fondo
la idea de una Razón superior con la cual el hombre participa,
y, como sostiene en su Tesis IV sobre Feuerbach, el hombre no
es más que el resultado de sus circunstancias sociales, la razón
pierde su carácter revelador y queda reducida a pura actividad
transformadora de la materia. Por eso afirma Del Noce: “Y se
advierte también cómo la tesis de la inversión de la praxis significa
la radical inversión de la ideología platónico-agustiniana: no obro
sobre el mundo a partir de la idea presente en mí, sino que mis
ideas son la articulación de mi sentido de reacción al mundo”.24
Prosigue señalando el pensador italiano que el marxismo es el
resultado final del racionalismo forjado en la modernidad, el
cual termina negando una naturaleza humana, porque esta no es
24

Augusto Del Noce. Il problema dell´ateismo. (Italia: Il Mulino, 1990), 22.

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�Augusto del Noce: El problema de la sociedad
opulenta como nuevo totalitarismo de masas

más que el conjunto de las relaciones sociales. Ahora bien, como
el hombre carece de naturaleza alguna y solo es el conjunto de
sus relaciones sociales, el hombre puede cambiar su naturaleza
cambiando sus relaciones sociales. Por lo que el hombre se crea
y se transfigura libremente como guste, y el medio con el cual
mejor puede hacerlo es mediante la política. En el pensamiento
de Marx, señala Del Noce, no hay distinción entre lo exterior y
lo interior, sino que lo político absorbe la ética, por lo que las
acciones del hombre ya no son medidas por una verdad eterna
(llámese ley natural o ley divina), sino por la praxis política. Por
lo tanto, el racionalismo que se hace en el marxismo destruye el
intellectus (concepto platónico de intuir verdades eternas) y lo
reduce a ratio. Es la filosofía de la praxis que da esperanza a un
hombre nuevo que erradicará todas sus dolencias y ya no le será
necesario ni una idea religiosa o filosófica teórica. Esta forma en
que la política se apodera de todo es la principal característica
de los totalitarismos. Como señala Lancelloti explicando a este
punto a Del Noce:
At the same time, political struggles take an absolute
value, replacing religion as the focus of social
concern and the source of people’s identity and
meaning. The flip side of the politicization of reason
is the absolutization of politics, which to Del Noce is
another definition of totalitarianism. Every aspect of
reality is interpreted in terms of a political narrative,
which becomes the interpretative key for all aspects
of social life: law, education, medicine, the family.
Society at all levels splits along political lines
because “culture is entirely subordinate to politics”
and “the idea of politics is subsumed within the idea
of war.” The older totalitarian movements had no
desire to find a political accommodation between
social classes or races: one side must eliminate the
other. Likewise, no compromise is possible with
“repression” and “bigotry.” They must be simply
fought and, ultimately, eliminated.25
25

Carlo Lancelotti. Augusto Del Noce on “The new totalitarism”, 327-328.

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�Augusto del Noce: El problema de la sociedad
opulenta como nuevo totalitarismo de masas

Por último, es la idea de emancipación total del hombre o total
dependencia de este sobre una realidad que le da su naturaleza,
es decir: Dios. Por ello se da la negación de la contemplación
o teoría en Marx, porque el hombre esta volcado a auto crearse
mediante su praxis política. Precisamente la idea de revolución es
la búsqueda de una transfiguración librada de toda dependencia
en la humanidad dentro de la historia. Como afirmaría Del Noce:
La revolución representa el salto cualitativo hacia
una condición completamente transfigurada de la
humanidad (es por eso que Marx insiste tanto en la
negación de una realidad inmutable del hombre).
No podemos representárnosla más que a través
de negaciones que son siempre negaciones de la
dependencia: es decir, será realizado el eritis sicut
Dii. En consecuencia, sociedad sin Estado y sin
clases. Pero ¿alcanzamos a representarnos, aun con
la imaginación, una sociedad sin Estado, de modo
tal que los conflictos estén totalmente ausentes? (…)
En realidad, la forma del pensamiento revolucionario
nos empuja a ir más allá de los razonamientos
inspirados en el sentido común; a través de la lucha
revolucionaria se forjaría una humanidad del todo
nueva. ¿Cuál? ¿Se trataría de una suerte de persona
colectiva en la cual sean absorbidas las conciencias
individuales? Ciertos indicios lo llevarían a pensar.
De cualquier forma, limitémonos a reconocer que en
la lógica del pensamiento revolucionario no se puede
representar directamente el resultado de la revolución
en relación con la mutación que cualitativamente
conlleva. Es natural que, dada nuestra condición
actual, no podamos representarnos positivamente una
humanidad escindida de toda dependencia.26
Para Del Noce, desde esa coordenada hay que leer el fenómeno del
totalitarismo. Como un intento de la humanidad de auto redimirse
mediante la política y en la cual busca erradicarse el mal negando
la realidad de la condición finita humana. Es el intento de buscar
26
Augusto Del Noce. El carácter general del pensamiento político
contemporáneo. (Italia: Milano Giuffrè, 1972), 45–46.
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Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 191-213

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opulenta como nuevo totalitarismo de masas

un hombre nuevo mediante la política a través de la historia, ya
que el ser humano puede transfigurarse por sus circunstancias
sociales y materiales. Y a pesar de que el comunismo era enemigo
del nazismo del liberalismo, etc, Del Noce señala que las tres
comparten su visión instrumental de la razón y la pretensión
de encerrar toda la realidad humana en la política negando su
naturaleza que aspira a la trascendencia. La forma filosófica que
imprime sello en la masa de esta sociedad es el racionalismo y su
plenitud en el marxismo.
Para finalizar este apartado, hay que señalar que el mundo
opulento, que busca erradicar los totalitarismos se queda con la
forma de entender la razón instrumental de Marx y niega toda
verdad eterna que el hombre pueda intuir, por lo que las personas
quedan subsumidas en la tiranía de la filosofía de la praxis, por ello,
queda dentro de la misma lógica totalitaria, porque le arrebatan su
dimensión de trascendencia para transfigurar su realidad finita y
buscar el paraíso terrenal que soñó la burguesía.

Repensar la tradición en la sociedad opulenta desde la postura
de Platón-San Agustín
Del Noce es un pensador que busca la solución en los orígenes
del pensamiento tradicional. Ante esta propuesta hay que
preguntarnos, ¿por qué Del Noce busca la solución en lo que él
llama tradición?, para contestar esta pregunta hay que explicar
primero que entiende el pensador italiano por tradición.
Del Noce no entiende por tradición un conjunto de reglas y
costumbres de una determinada sociedad, lo que señala por
ella es la tradición de pensamiento que da primacía al ser, de lo
inmutable y de la intuición intelectual. El núcleo del pensamiento
tradicional es la metafísica del principio de identidad y de la
meta-historicidad de las verdades. El cual quiere decir que
hay verdades inscritas en el espíritu humano que no dependen
Aitías.Revista de Estudios Filosóficos.
Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 191-213

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opulenta como nuevo totalitarismo de masas

de las relaciones sociales o históricas, sino que el ser humano,
independientemente de su cultura o sus circunstancias sociales,
puede intuirlas intelectualmente. Así lo afirma Del Noce:
¿Qué dice San Agustín? Distingue el hombre exterior,
el que es objeto de las ciencias humanas, y el hombre
interior, que es el que está en contacto con las verdades
eternas, reglas del juicio y de la acción. El pensamiento
dejado a sí mismo se dirigiría a la búsqueda de los
inteligibles, de la contemplación pura. Tenemos aquí
el significado del primado de la contemplación que es
la tesis de fondo del pensamiento tradicional.27
Esta línea que maneja Del Noce es la que retoma la tradición
platónica y que va de San Agustín a Descartes, donde se presenta
la idea de ser perfecto como jerarquía de lo real. Hay una zona
que trasciende al hombre, que está en su interior y que no depende
de las circunstancias exteriores. A esto, añade Del Noce que esta
tradición es inseparable de la noción de naturaleza caída del
hombre y de una revelación primigenia de lo divino al hombre.28
Esta tradición se ve plenamente en Platón como principal referente,
pues en la filosofía del pensador griego hay una instancia en la
que recurre al mito como respuesta a lo que la razón no puede
profundizar de manera adecuada por sí misma. Esto introduce al
misterio y a la profundización de verdades que se intuyen por el
intelecto, además, de no rechazar y aceptar, escuchar y creer lo
que Platón llamaría la tradición de los antiguos.29 Para Del Noce,
esta línea de reflexión filosófica del primado del ser inmutable
como jerarquía va a recibir un golpe cuando Hegel, primer
filósofo y teólogo del racionalismo, reduzca lo real a lo racional,
impidiendo la posibilidad de la intuición de las verdades eternas.
Para el filósofo alemán, la razón filosófica debe de expresarse
de manera abstracta conceptual, y si no se llegase a plasmar
de esa manera científica, lo que se dice carece de toda validez
27
Augusto Del Noce. Agonía de la sociedad opulenta, 108.
28
Augusto Del Noce. ¿Ocaso o Eclipse de los Valores Tradicionales? (España:
Unión Editorial, 1972), 121.
29
Josef Pieper. Sobre los mitos platónicos. (España: Editorial Herder, 1998), 34.
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opulenta como nuevo totalitarismo de masas

racional. El racionalismo que surge en la modernidad señala Del
Noce, realmente es una guerra contra todo platonismo y volver a
replantear a la filosofía no como especulación contemplativa pura
(Bios theorikos), sino como praxis.
Pues bien, como se ha señalado, para Del Noce el racionalismo
que surge de la modernidad va a suprimir esta noción de ideas
eternas, porque se erige como lucha de la religión trascendente,
y por lo tanto va a negar la naturaleza caída del hombre y por
consiguiente toda esfera sobrenatural, esto sobre todo con la
filosofía marxista que, paradójicamente, es la victoria del ideal
burgués del ateísmo de masa y la filosofía de la praxis. Esto
conlleva a la disolución de la persona humana desde la perspectiva
de Del Noce y a reducir toda moral a la praxis política. La moral
ya no esta animada por los criterios de bien y mal, sino por el
puro activismo social. La disolución de la persona es por la
consecuencia de la desintegración de la verdad interna y eterna
que habita en el hombre. Erradicado toda metafísica, no tiene
sentido hablar del “Maestro interior” del que Agustín hablaba,
por lo que simplemente queda recurrir a medios externos para
perfeccionar la actitud del hombre. Lo externo se confunde con lo
interno. Esto queda dicho por la tesis IV de Marx sobre Feuerbach
cuando niega una naturaleza “abstracta humana” para reducirlo
a sus relaciones sociales.30 Y entonces, si la persona no existe,
porque el hombre carece de sustancia individual solamente queda
en lo colectivo, y si queda solamente en lo colectivo entonces
toda realidad humana es la política. Y cómo todo es político y
la ética es absorbida por éste; por lo cual ya no se asume una
cuestión ética personal con el otro ni con lo trascendente, porque
ha quedado secuestrada por la acción política. Esto es lo que
conlleva internamente el racionalismo moderno y su culmen con
el pensamiento de Marx. Y como hemos señalado, para Del Noce
el totalitarismo es el fenómeno donde lo político absorbe todas las
dimensiones humanas.
Ante esto queda el volver a refrendar los valores eternos que
habitan en la persona humana. Ahora bien, Del Noce recurre
30

Karl Marx, Tesis sobre Feuerbach.

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opulenta como nuevo totalitarismo de masas

a un texto de Agustín que tiene por nombre De Trinitate. Lo
primero que muestra del texto es que en Agustín se percibe
la distinción entre el hombre interior del exterior. El hombre
exterior es el que se estudia bajo las ciencias humanas y la
interior es el que posee las verdades eternas.31 De esta distinción
Agustín menciona que hay dos realidades racionales en la
inteligencia humana: la activa y la contemplativa. Olvidar
esta distinción, subraya Del Noce, lleva a la esclavitud más o
menos disimulada.
Ante estas dos realidades, el hombre debe decir cual debe
primar. Ambas son necesarias, pero una debe tener jerarquía
sobre la otra. Si elige la contemplativa, el ser humano
reconoce la existencia de una guía de sus acciones que es
eterna e inmutable, el cual es un fundamento para justificar
la unidad espiritual entre los hombres, en el cual todos, a
pesar de sus particularidades históricas y sociales, pueden
tener en común verdades eternas que siempre han estado
en ellos. Es la noción de sabiduría originaria. La noción de
logos común y a lo que llama charitas; en cambio, si elige la
primacía de las verdades sensibles sobre la contemplativa, se
hace la elección del primado de la ciencia sobre la sabiduría.
La ciencia exterior, entonces, debe manipular al hombre
interior. Agustín, señala Del Noce, se refería a este como la
cupitas. Consiste en centrarse en las realidades exteriores que
terminan por desintegrar la naturaleza sustancial espiritual de
la persona.32 El hombre entonces tiene que elegir una de las dos
para poner orden a su naturaleza racional: entre la primicia de
la sabiduría sobre la ciencia o viceversa. El racionalismo optó
por la ciencia sobre la sabiduría, por ello estamos en el tiempo
de las ciencias como manipuladoras de la naturaleza humana,
en tanto que niegan la existencia de la condición humana. Por
lo tanto, la posibilidad que nos da Del Noce para vencer a
la sociedad opulenta, o a la tiranía del trabajo o al imperio
de la cantidad, será refrenando o volver a la primacía de la
contemplación de las verdades eternas.
31
32

Augusto Del Noce, Agonía de la sociedad opulenta, 108.
Augusto Del Noce, Agonía de la sociedad opulenta, 108.

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opulenta como nuevo totalitarismo de masas

Conclusión
El presente ensayo reflexionó junto a la figura de Del Noce sobre
el problema de la sociedad actual en torno a los movimientos de
masas totalitarias y su origen en el racionalismo que surge en la
modernidad desde Hegel hasta su plenitud en Marx. Para Del
Noce, estos crearon el humus para las religiones políticas que
surgieron en el siglo XX y los sistemas totalitarios que hoy en día
aún padecemos, por más que disimulen libertad y tolerancia, pues
en el fondo terminan reduciendo al ser humano a ser una maquina
útil o engranaje de un sistema que se rinde ante el dinero y la vida
segura.
Ante esto, quedaría volver a reflexionar sobre los temas de la
religiosidad natural de los hombres, de su condición finita y de
su necesidad de relacionarse con la trascendencia para saber
relacionarse con los otros. Esto debido a la defensa del logos
común que todo ser humano posee en su interior y que le permite
comunicarse y saberse semejante a los otros. Sin el logos común,
es imposible la unidad espiritual de los hombres. La propuesta
de Del Noce es transpolítica: es volver a revalorar el primado
de la vida contemplativa sobre la praxis, para saber apreciar
el orden del ser y reconocer al otro como igual en tanto posee
logos común. Así, tendremos la oportunidad de reflexionar sobre
la política no como un intento de solucionar los problemas del
mal en la realidad humana, sino como garante de buscar el bien
común en tanto todos somos iguales en dignidad.

Aitías.Revista de Estudios Filosóficos.
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opulenta como nuevo totalitarismo de masas

Bibliografía
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Voegelin, Eric. La nueva ciencia de la política. Argentina:
Editorial Katz, 2006.

Aitías.Revista de Estudios Filosóficos.
Vol. II, N° 4, Julio-Diciembre 2022, pp 191-213

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              <text>Aitías: Revista de Estudios Filosóficos, 2022, Vol. 2, No. 4, Julio-Diciembre</text>
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              <text>Aitías. Revista de estudios filosóficos, publica artículos sobre investigación filosófica en español, inglés, francés y portugués que constituyan una aportación intelectual original del autor o autora. Es editada por el Centro de Estudios Humanísticos, que constituye el área de investigación más antigua de la Universidad Autónoma de Nuevo León con sede en Monterrey, México. Se publica con periodicidad semestral en los formatos físico y electrónico.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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