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                  <text>�D.R. 2022 © Sillares Vol. 1, No. 2, enero-junio 2022, es una publicación semestral editada
por la Universidad Autónoma de Nuevo León, a través del Centro de Estudios Humanísticos,
Biblioteca Universitaria Raúl Rangel Frías, Piso 1, Avenida Alfonso Reyes #4000 Norte,
Colonia Regina, Monterrey, Nuevo León, México. C.P. 64290. Tel.+52 (81)83-29- 4000 Ext.
6533. https://sillares.uanl.mx Editor Responsable: José Eugenio Lazo Freymann. Reserva de
Derechos al Uso Exclusivo 04-2022-020313502900-102, ISSN en trámite ambos ante el Instituto
Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Centro de
Estudios Humanísticos de la UANL, Mtro. Juan José Muñoz Mendoza, Biblioteca
Universitaria Raúl Rangel Frías, Piso 1, Avenida Alfonso Reyes #4000 Norte, Colonia Regina,
Monterrey, Nuevo León, México. C.P. 64290. Fecha de última modificación de 1 marzo de 2022.
Rector / Santos Guzmán López
Secretario de Extensión y Cultura / Celso José Garza Acuña
Director de Historia y Humanidades / Humberto Salazar Herrera
Titular del Centro de Estudios Humanísticos / César Morado Macías
Director de la Revista / José Eugenio Lazo Freymann
Autores
Aarón Benjamín López Feldman
Julio César Martínez Velarde
Daniel Guillermo Rodríguez Barragán
Kassandra Sifuentes
Moisés Alberto Saldaña Martínez
Edgar Iván Espinosa Martínez
Oscar Abraham Rodríguez Castillo
Emilio Machuca Vega
Omar Fabián González Salinas
Abril Loyola
Mauricio González Alvarez
Abelardo Guajardo Garza
Melissa Rodríguez
Director Editorial / Reynaldo de los Reyes Patiño
Editor Técnico / Juan José Muñoz Mendoza
Corrección de Estilo / Francisco Ruiz Solís
Maquetación / Concepción Martínez Morales

Se permite la reproducción total o parcial sin fines comerciales, citando la fuente. Las opiniones
vertidas en este documento son responsabilidad de sus autores y no reflejan, necesariamente, la
opinión de Centro de Estudios Humanísticos de la Universidad Autónoma de Nuevo Léon.
Este es un producto del Centro de Estudios Humanísticos de la Universidad Autónoma de Nuevo
Léon. www.ceh.uanl.mx
Hecho en México

�Sillares

Revista de Estudios Históricos
http://sillares.uanl.mx/
Hacer a Nuevo León un reino de nuevo. El proyecto
nostálgico de Abelardo A. Leal y la excepcionalidad
regiomontana
Make Nuevo León a kingdom again. Abelardo
A. Leal’s nostalgic project and the exceptionality
of Monterrey
Aarón B. López Feldman
Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente
orcid.org/0000-0002-0395-7815

Recibido: 21 de agosto de 2021
Aceptado: 1 de octubre de 2021
Publicado: 1 de enero de 2022

Copyright: © 2022, Aarón B. López Feldman. This is an openac-cess article distributed under the terms of Creative Commons
At-tribution License [CC BY 4.0], which permits unrestricted
use, distribution, and reproduction in any medium, provided the
orig-inal author and source are credited.

DOI: https://doi.org/10.29105/sillares1.2-1

�Hacer a Nuevo León un reino de nuevo. El proyecto
nostálgico de Abelardo A. Leal y la excepcionalidad
regiomontana
Make Nuevo León a kingdom again. Abelardo A. Leal’s nostalgic project and the exceptionality of Monterrey
Aarón B. López Feldman

Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente
orcid.org/0000-0002-0395-7815

Resumen: En este ensayo se analiza el proyecto nostálgico de Abelardo
A. Leal Leal Sr. (1899-1982), escritor y abogado autodidacta regiomontano, padre de Abelardo A. Leal. Jr. (1922-1994), quien fuera editor, subdirector y presidente de El Norte durante más de tres décadas.
En El Nuevo Reyno de León: un Estado sin impuestos (1975), texto que
articula su proyecto nostálgico, Abelardo Leal Sr. propone demandar,
ante la Corte Internacional de Justicia y la Organización de las Naciones Unidas, que a Nuevo León se le restituya el territorio mercedado a
Luis Carvajal y de la Cueva en 1579 bajo el rubro del “Nuevo Reyno de
León”, una demanda que haría que Nuevo León se hiciera con una parte
importante del norte de México e, incluso, de Texas. Lejos de abordarlo
como una curiosidad histórica, un absurdo o una excentricidad, propongo ubicar dicho proyecto (escrito a mitad de la década de los setenta
del siglo XX, en pleno enfrentamiento entre la elite empresarial local
y el Estado mexicano) como parte de las narrativas de la excepcionalidad regiomontana, un denso tejido de afirmaciones identitarias según
las cuales Monterrey es una singularidad en la historia nacional, una
particularidad primigenia y esencializada, cuyo “éxito” y “grandeza”
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se formaron a espaldas, a pesar y en contra del centro. Leído desde esta
perspectiva sociohistórica, el proyecto de Leal comparte relaciones de
sentido con afirmaciones que, hoy en día, son frecuentes en la vida
política neoleonesa y en las redes sociodigitales, ya sea bajo la forma
de amenazas de sacar a la entidad del pacto fiscal o bien de propuestas
radicales de separar a Nuevo León del resto de la nación. Desde esta
perspectiva, el proyecto nostálgico de Abelardo Leal nos permite ahondar en las grietas del Estado-nación mexicano en tanto unidad comunitaria imaginada y configuración sociohistórica de alteridades.
Palabras clave: Abelardo A. Leal; Nuevo Reino de León; Nuevo León;
Monterrey; excepcionalidad regiomontana.
Abstract: This essay analyzes the nostalgic project of Abelardo A. Leal
Leal Sr. (1899-1982), a writer and self-taught lawyer from Monterrey,
father of Abelardo A. Leal. Jr. (1922-1994), who was editor, vice principal and president of El Norte for more than three decades. In El Nuevo
Reyno de León: un Estado sin impuestos (1975), a text that articulates his
nostalgic project, Abelardo Leal Sr. proposes to demand, before the International Court of Justice and the United Nations, that Nuevo León be
restored the territory granted to Luis Carvajal y de la Cueva in 1579 under the heading of “Nuevo Reyno de León”, a demand that would make
Nuevo León take over an important part of northern Mexico and even
Texas. Far from approaching it as a historical curiosity, an absurdity or
an eccentricity, I propose to place this project (written in the mid-1970s,
amid the confrontation between local business elite and Mexican State)
as part of the Monterrey’s exceptionality narratives, an identity afirmations dense weave according to which Monterrey is a singularity in national history, a primal and essentialized particularity, whose “success” and
“greatness” were formed behind the back, despite and against the center.
Keywords: Abelardo A. Leal; Nuevo Reino de León; Nuevo León;
Monterrey; Regionalism.

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En septiembre de 1996 Luis Enrique Grajeda, director del Centro
Patronal de Nuevo León (CPNL), propuso que en esta entidad
se organizara una consulta, como la de 1995 en Quebec, a través
de la cual los nuevoleoneses pudieran decidir si querían seguir
siendo parte de la federación o si preferían independizarse: “No
es justo que produzcamos lo que produce per cápita Suiza y vivamos como están viviendo en Oaxaca… Estamos hartos de todo
ya. Trabaje y trabaje para mantener el ocio en toda la República
Mexicana, principalmente en el Distrito Federal. Y todo corrupto
además”.1 A los pocos días, El Norte (que había recogido la declaración del director del CPNL) publicó un artículo de opinión
en el cual se hacía eco de la propuesta de Grajeda y se enaltecía
su “brevísimo valor civil” de sugerir la consulta en Nuevo León
“para decidir si queremos continuar siendo parte de una Federación Mexicana, mangoneada por el grupo de Zedillo, que nos
tiene hundidos… como que se antoja preguntar: ¿Pues qué ganamos con que nuestra Patria Chica sea parte de una República toda
leprosa?”, y remataba: “Los inútiles y estériles patrioterismos necios no ayudarán en nada a resolver esta cuestión. La historia, la
realidad y la inteligencia deben nutrir el debate de si Nuevo León
debe o no seguir siendo parte de la Federación Mexicana”.2

Periódico El Norte, “Recomienda CPNL consulta tipo Quebec”. Monterrey, N.L., 7 de septiembre de 1996.
2
Periódico El Norte, “¿Independizar a Nuevo León?”. Monterrey, N.L., 9
de septiembre de 1996.
1

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Dos meses después, en las mismas páginas de El Norte,
el historiador Héctor Jaime Treviño Villareal, hacía alusión
a los duros ataques que había recibido el director del Consejo
Patronal de Nuevo León por atentar contra la unidad de la patria y
recordaba que, lejos de ser una ocurrencia individual, la propuesta
de Grajeda formaba parte de “un pensamiento muy constante
desde hace tiempo en algunos cerebros regiomontanos”.3 Y en
la misma línea de ese pensamiento, el historiador situaba el
surgimiento de un grupo separatista en Internet (alojado en el
ahora extinto GeoCities): la República Separatista de Nuevo
León. Tras un breve repaso histórico por las encarnaciones del
fantasma del separatismo en el noreste, Treviño Villareal sostenía:
“La aparición de estas ideas o rumores en los últimos días,
aunque aparentemente no pasa de ser una ‘vacilada’, nos mueve a
meditar sobre su origen”,4 y agregaba: “no es difícil encontrarlo:
el centralismo atroz y el localismo exacerbado por ciertos
sectores, diciéndonos que somos los mejores y los más buenos
y que los compatriotas del centro y sur del País viven gracias a
nuestro trabajo”. El artículo pedía, por último, “estar al pendiente
Periódico El Norte, “¿República de Nuevo León?”. Monterrey, N.L., 23 de
noviembre de 1996.
4
Una semana antes del artículo de Treviño Villareal, El Norte había dado a
conocer el surgimiento de la República Separatista (Periódico El Norte, “Nuevo León: ¿nuevo país?”. Monterrey, N.L., 15 de noviembre de 1996). Y al día
siguiente de publicada dicha nota, el gobernador interino Benjamín Clariond
Reyes declaró: “Ha de ser una vacilada de alguien que no tiene nada qué hacer,
que se ponga a ver la tele mejor” (Periódico El Norte, “Califican de “vacilada”
propuesta separatista”. Monterrey, N.L., 16 de noviembre de 1996).
3

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de las manifestaciones políticas de la juventud mexicana que ya
no fue educada en el nacionalismo revolucionario” y comparaba
la existencia de este grupo separatista digital con los rumores
de agrupaciones de jóvenes neonazis en colonias de alto estrato
socioeconómico del área metropolitana de Monterrey.
El artículo de Treviño Villareal no sólo ponía sobre la
mesa la pugna sociohistórica entre dos producciones discursivas
(el “centralismo atroz” y el “localismo exacerbado”), sino que
también relacionaba, como parte de dicha pugna, la amenaza
separatista del líder patronal con el surgimiento de la República
Separatista de Nuevo León. En lugar de tomar a este grupo
sociodigital como una simple “vacilada” (práctica reduccionista
muy común tanto en esos tiempos como ahora), Treviño Villareal
identificaba relaciones históricas de sentido entre dicho grupo y
la propuesta de Grajeda.
Dos décadas después, con la explosión de las redes sociodigitales, de la co-presencia mediada electrónicamente y del
nuevo espacio-tiempo de sus interacciones,5 se han potenciado
las capacidades para conectar los malestares y los afectos regionalistas/separatistas, y han surgido otros espacios similares a la
República Separatista de Nuevo León. Así, entre 1996 y el 2019,
se crearon más de 40 grupos y páginas, tan sólo en Facebook, que
promueven la separación de Nuevo León o del noreste de México
Manuel Castells, Comunicación y poder (Madrid: Alianza, 2009); Henry
Jenkins, Convergence Culture. La cultura de la convergencia de los medios de
comunicación (Barcelona: Paidós, 2008).
5

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como un todo.6 Con el tiempo, algunos de esos espacios digitales han desaparecido (porque sus creadores los cerraron o porque
Facebook los dio de baja ante denuncias de incitación al odio),
pero la mayoría continúa vigente. Más allá del tiempo de vida de
cada uno de esos espacios, lo significativo es que en todos ellos
se mantienen los mismos referentes y temas aglutinantes, los cuales están enraizados en los imaginarios sociohistóricos locales
(Santiago Vidaurri, las supuestas República del Río Grande7 y de
la Sierra Madre, el espíritu de lucha contra el medio agreste, el
centralismo y la injusticia fiscal con el norte…). En este sentido,
lo importante de estos espacios sociodigitales no es su inmanencia, su número de practicantes o su (im)posibilidad para llevar a
Según Villasana Dávila (Regionalismo político en México en el período
2000-2007: ¿un fenómeno que resurge? Tesis Doctoral. Universidad del País
Vasco, http://xurl.es/d03m4), entre 1996 y 2009 existieron, al menos, 12 grupos o páginas en internet que promovían explícitamente la separación de todos
o algunos estados del norte de México. En mi tesis doctoral (López Feldman,
Aarón, Re-sentimientos de la nación. Regionalismos, separatismos e imaginación política en narrativas de la excepcionalidad regiomontana), registré la
existencia, del 2010 al 2019, de 35 grupos y páginas, entre los cuales podemos
destacar los siguientes: “Yo también creo que el norte de México debería ser
independiente”; “Viva La Republica Del Rio Grande”; “ProAridoamérica”;
“Aridoamérica independiente”; “Movimiento Nacionalista Riograndense”;
“República de Nuevo León”; “República de México del Norte”; “República
Norestense”; “Orgullo NeoLeonés”; “Historia Neoleonesa”; “Por una Aridoamérica independiente”; “Nación Neoleonesa”; “Identidad neoleonesa”;
“Por una Autentica Soberanía y Autonomía de Nuevo León”; “Rugido de León
/ Podcast”; “Patria NeoLeonesa”; “Rancheros Locos de Río Grande”.
7
Josefina Zoraida Vázquez, “La supuesta República del Río Grande”, en
Décadas de inestabilidad y amenazas. Antología de ensayos, ed. Josefina Zoraida Vázquez (El Colegio de México, 2010), 61–88.
6

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cabo sus anhelos de separación, lo importante es lo que los une
con las demandas políticas centrales, es decir, con la formación
histórica de la alteridad regiomontana en sus relaciones de tensión, complementariedad y oposición con el centralismo mexicano. En otras palabras, lo relevante no es si los grupos y páginas
separatistas pueden o no existir “fuera de Facebook” según los
criterios de realidad y de existencia de la política clásica (menos
aún, si deban o no hacerlo), sino que miles de personas los están
imaginando (entre el juego y el anhelo, entre lo digital y lo físico,
entre lo viejo y lo nuevo), conversando y promoviendo, y que lo
hacen no desde un espacio vacío, absurdo, sino desde un denso
tejido histórico-cultural de referentes compartidos que expresan
muchas de las tensiones socio-espaciales vinculadas con la construcción histórica del eje regional Monterrey-Nuevo León-Noreste en tanto frontera económica, política y civilizatoria.
En este ensayo mostraré parte de ese tejido históricocultural a través de lo que llamo las “narrativas de excepcionalidad
regiomontana”, las cuales, en tanto conjunto de afirmaciones
identitarias que circulan en medios impresos y en grupos de
replicación digital, dan cuenta de dos orgullos socio-espaciales en
constante tensión: el orgullo centralista del altiplano (vinculado
con la voluntad de una parte hegemónica que se propone a sí
misma como centro y, a la par, como unidad del todo nacional), y
el orgullo regionalista de la alteridad regiomontana (vinculado con
la voluntad de una parte regional que se propone a sí misma como
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una particularidad radical y esencial, una excepcionalidad de la
historia nacional). En otro lado me he ocupado de un conjunto
amplio de esas narrativas de excepcionalidad y de sus condiciones
de producción y circulación,8 aquí me enfocaré exclusivamente
en un texto concreto de dicho conjunto: El Nuevo Reyno de León.
Un Estado sin impuestos, de Abelardo A. Leal Sr.9 Al final de
este ensayo, trazaré algunas de las relaciones sociohistóricas de
sentido entre dicho texto y los espacios separatistas de Facebook.
Narrativas de excepcionalidad en la alteridad regiomontana
Esta es una ciudad excepcional (a pesar de lo que afirman sus críticos) que no pasa inadvertida. Su gente y
sus empresas constituyen una especie de símbolo y de
testimonio de la grandeza del capitalismo; y de su miseria, añadirían no pocos escritores prosocialistas.
Federico Arreola, ¿Por qué Monterrey?

La nación no sólo es una comunidad política imaginada, basada
en la construcción de horizontalidad,10 sino también una configuración cultural,11 una formación histórica de alteridad y de diverAarón López Feldman, “Re-sentimientos de la nación. Regionalismos,
separatismos e imaginación política en narrativas de la excepcionalidad regiomontana” (Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente,
2019).
9
Abelardo Leal, El Nuevo Reyno de León. Un Estado sin impuestos (Monterrey: Universidad Autónoma de Nuevo León, 1982).
10
Benedict Anderson, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen
y la difusión del nacionalismo (México, DF: Fondo de Cultura Económica,
1993).
11
Alejandro Grimson, Los límites de la cultura. Críticas de las teorías de la
identidad (Buenos Aires: Siglo XXI, 2011), 171–94.
8

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sidades12 que produce diferencias constitutivas, esto es, múltiples
otredades y fronteras, tanto internas como externas. Por ende, las
afirmaciones regionalistas y separatistas no responden únicamente a las distintas crisis de lo estatal y de lo nacional (sin duda,
fundamentales), sino que forman parte intrínseca del ejercicio del
Estado-nación como proyecto histórico y de su devenir como narrativa sociocultural (es decir, como un todo representado a través
de una de sus partes). En palabras de Renato Ortiz: “La identidad
nacional se construye en detrimento de las identidades locales.
Ella se nutre de su neutralización o de su destrucción. La constitución de la nación es siempre conflictiva. Al afirmarse la unidad
del todo, se niega la particularidad de las formaciones específicas”.13
En este sentido, el Estado-nación es un proyecto
necesariamente inconcluso que pretende hacer de sí un todo
homogéneo (mayor que la suma de sus partes) a través de una
serie de artefactos político-simbólicos: la escuela y sus libros
(en tanto síntesis de la historia oficial), el museo y su memoria
selectiva, el censo y sus clasificaciones legítimas, el mapa y su
Claudia Briones, “Formación de alteridad, contextos globales, procesos
nacionales y provinciales”, en Cartografías argentinas. Políticas indigenistas
y formaciones provinciales de alteridad (Buenos Aires: Antropofagia, 2005),
10–39; Rita Laura Segato, “Identidades políticas y alteridades históricas: una
crítica a las certezas del pluralismo global”, Nueva Sociedad, núm. 178 (2002):
104–25.
13
Renato Ortiz, Otro territorio. Ensayos sobre el mundo contemporáneo
(Bogotá: Convenio Andrés Bello, 1998), 125.
12

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logoización del territorio, la constitución y su ciudadanía.14 Las
partes del todo nacional, sin embargo, nunca quedan plenamente
totalizadas, y es sólo cuestión de tiempo para que algunas de ellas
se desplacen de la tensión al conflicto. Por eso, con frecuencia,
el proyecto nacional busca neutralizar y utilizar a su favor las
afirmaciones identitarias locales y regionales, así como erradicar
las aspiraciones de aquellas partes que no se asumen como
dependientes del todo unitario.
En el caso del Estado-nación mexicano, la construcción
del centro de México como totalidad nacional, es decir, la
construcción de la Ciudad de México, el altiplano y su área de
influencia directa como núcleo de acción político-económica y
encarnación simbólica de la nación, ha sido un proceso largo y
disputado que hunde sus raíces en la difícil transición entre el
Estado colonial y el Estado-nación, así como en las herencias
espaciales de larga duración que dejó la geografía mexica.15 A
Anderson, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo; Santiago Castro-Gómez, “Ciencias sociales, violencia epistémica y el problema de la invención del otro”, en La colonialidad
del saber. Eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas lationoamericanas
(Bogota: Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, 2000), 88–98; Ortiz,
Otro territorio. Ensayos sobre el mundo contemporáneo.
15
Bernardo García Martínez, “El espacio del (des)encuentro”, en Encuentro
en la frontera: mexicanos y norteamericanos en un espacio común (México,
DF: El Colegio de México - Centro de Estudios Históricos; El Colegio de la
Frontera Norte; Universidad Autónoma de Tamaulipas, 2001), 19–51. Bernardo García Martínez, El desarrollo regional, siglos XVI al XX (México, DF: El
Colegio de México, 2004); Bernardo García Martínez, Las regiones de México.
Breviario geográfico e histórico (México, DF: El Colegio de México, 2008).
14

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pesar de lo que sostiene su historia mítica, el centro se construyó a
la par del resto de las regiones, pero con la capacidad de absorber
los efectos de su propia centralización. En este sentido, el norte,
como frontera interna, jugó un papel clave en la formación nuclear
del centro. El norte no nació vacío, aislado, lejano; su lejanía,
su aislamiento y su vacuidad se construyeron en su particular
relación histórica con el centro.16
Desde la perspectiva de las fijaciones de sentido que
hicieron nación (en tanto relato sociocultural y proyecto
histórico), lo que no es centro es vacío, lejanía, periferia, tradición,
provincia, interior, región, pero también caos, peligro, barbarie,
precariedad, atraso, conservadurismo, ignorancia, minoría de
edad, superstición. A esas fijaciones semánticas del “ellos” y
el “afuera” como fronteras culturales internas, se le contrapone
el “nosotros” y el “adentro” de la nación: orden, modernidad,
ilustración, razón, civilización, progreso, educación, ciencia,
conjunto, cuna, revolución.17
Israel Cavazos Garza y César Morado Macías, “Introducción”, en Fábrica
de la frontera. Monterrey, capital de Nuevo León (1596-2006) (Monterrey:
Ayuntamiento de Monterrey, 2006), 17–20; Cecilia Sheridan Prieto, Fronterización del espacio hacia el norte de la Nueva España (México, DF: Centro de
Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social; Instituto Mora,
2015).
17
Luis Aboites Aguilar, “En busca del centro. Una aproximación a la relación
centro-provincia en México, 1921-1949”, Historia Mexicana 59 (2009): 711–
54. Manuel Ceballos Ramírez, “Visiones contradictorias del norte mexicano:
elementos de una historia cultural”, en Historia, región y frontera norte de
México (México, DF: Bonilla Artigas; Universidad Autónoma de Tamaulipas,
2011), 193–220. Periódico El Universal, Monsiváis, Carlos (2009). ¿Qué se
16

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A esas fijaciones de sentido centralistas se les ha contestado,
en modos y tiempos distintos, desde otras regiones del país fuera
de la región central. Desde el eje Monterrey / Nuevo León /
Noreste, una respuesta llegó acompañada de las potencialidades
(es decir, de la capacidad de hacer escuchar sus inconformidades
y de poner sobre la mesa nacional no sólo su peso específico
como parte, sino también su virtualidad como todo aparte) de
una elite construida en torno al desarrollo comercial, industrial
y financiero.18 Desde la alteridad regiomontana, se produjo un
tejido de afirmaciones identitarias socio-espaciales que, a modo
de narrativas de excepcionalidad, responde a la centralización
y totalización del centro. Esas narrativas proponen otro tipo
de mestizo y otro tipo de relaciones económico-políticas como
simientes de su alteridad y, en ocasiones, de lo que deberían ser
las “auténticas” fijaciones de la mexicanidad.
fizo de la provincia?, 26 de abril de 2009. Acceso el 17 de febrero de 2018
http://archivo.eluniversal.com.mx/editoriales/43850.html; Enrique Raichenberg y Catherine Héau-Lambert, “La frontera en la comunidad imaginada del
siglo XIX”, Frontera Norte 19, núm. 38 (s/f): 37–61; Sheridan Prieto, Fronterización del espacio hacia el norte de la Nueva España; José Manuel Valenzuela Arce, “Interculturalidad y estados nacionales”, en Pensar las ciencias
sociales hoy. Reflexiones desde la cultura, ed. Rossana Reguillo y Raúl Fuentes Navarro (Guadalajara: Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de
Occidente, 1999), 119–42.
18
Mario Cerutti, Burguesía y capitalismo en Monterrey (1850-1910) (México, DF: Claves Latinoamericanas, 1983); Mario Cerutti, Burguesía, capitales
e industria en el norte de México. Monterrey y su ámbito regional (1850-1910)
(Monterrey: Universidad Autónoma de Nuevo León; Alianza, 1992); Menno
Vellinga, Desigualdad, poder y cambio social en Monterrey (México, DF: Siglo XXI, 1988).
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Podemos entender a las narrativas de la excepcionalidad
regiomontana como un denso tejido de afirmaciones identitarias
socio-espaciales según las cuales Monterrey (y cuando se dice
Monterrey se habla de Nuevo León y del noreste todo19) es una
singularidad en la historia nacional, una particularidad primigenia
y esencializada que, formada a espaldas, a pesar y en contra del
centro20 (y cuando se dice el centro se habla de la Ciudad de México
como núcleo del Estado novohispano y del Estado-nación), se
caracteriza por su “cultura de trabajo” traducida en potencial
económico (comercial, industrial y financiero), educativo (con
el Tecnológico de Monterrey como núcleo21) y cultural (tanto en
términos de arte22 y conocimiento, como de ethos empresarial
“Todos los nacidos en el Estado somos neoleoneses y todos los neoleoneses
somos regiomontanos”, diría José P. Saldaña (Grandeza de Monterrey y estampas antiguas de la ciudad. México: Empresas Editoriales S.A, 1973), p. 65.
20
El centro / sur “huevón, ocioso y corrupto” que vive a costa del Monterrey
“trabajador, madrugador y franco”.
21
Además del Tecnológico de Monterrey y del conglomerado empresarial comúnmente asociado con la ciudad, existe otro caso de “éxito regio” que “conquistó” el centro del país: el periódico El Norte del que derivó el Grupo Reforma: “(El Norte) Fue un éxito rotundo en términos de circulación ya que contó
con la capacidad de transferir los aspectos más liberales de la visión emprendedora regiomontana al contexto específico de la Ciudad de México. En el ámbito
político, el periódico Reforma se presentó con una postura crítica hacia políticas
oficiales y, en el ámbito económico, se caracterizó por la promoción de un modelo que favorecía la libertad de mercado” Smith Pussetto, C., García Vázquez,
N. J., Pérez Esparza, J. D. (Análisis de la ideología empresarial regiomontana.
Un acercamiento a partir del periódico El Norte, en CONfines de Relaciones
Internacionales y Ciencia Política, 2008). Disponible en http://www.redalyc.
org/html/633/63340701/, Consultado el 10 de mayo de 2018, p. 17.
22
Como señala Eduardo Ramírez (El triunfo de la cultura. Uso político y
19

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distinguido por el trabajo, la honradez, el ahorro, el tesón y la
innovación23). Según estas narrativas, el potencial de la parte
regia se forjó en la lejanía, en la lucha con el medio agreste, con
los indígenas seminómadas y con los invasores extranjeros, y en
la mezcla sui géneris de grupos étnicos.
Estas narrativas de excepcionalidad son enunciadas por
distintos actores en múltiples espacios discursivos,24 pero su
densidad no se reduce ni a su textualidad ni a su lugar concreto
económico de la cultura en Monterrey. Monterrey: Fondo Editorial de Nuevo
León, 2009), el arte, y su trabajo museístico, no sólo ha sido un elemento fundamental en la construcción identitaria del “orgullo regio”, sino también en el
despliegue de las tensiones sociohistóricas entre la elite empresarial regiomontana y el Estado mexicano.
23
En años recientes, los dos equipos de futbol locales (Tigres y Rayados de
Monterrey) han comenzado a jugar un papel similar en estas narrativas de excepcionalidad. En la retórica que acompaña las finales de liga del futbol mexicano protagonizadas por estos dos equipos, no sólo se habla de su desempeño
futbolístico, sino también del particular modelo de negocios que lo permite y
de la necesidad de emularlo en todo el país; o bien, se afirma que es un ejemplo
más de la “grandeza regia”. En este contexto, un comentarista local [N. del
E.: el autor se refiere Mario Castillejos] afirmó: “La grandeza de Monterrey,
del industrial de Monterrey, de la sociedad de Monterrey, simplemente faltaba
que también coronara en el futbol, hoy coronaron, desde hace tiempo ya vienen coronando, y hoy es el ombligo del futbol del país, y no es porque yo sea
quien viva aquí, es porque geográficamente a mí me toca llevar una crónica
que ni los chilanguitos ni los jalisquillos ni los del Pacífico te pueden llevar la
cuenta de cuántas finales se pueden jugar en un lugar y cuántas se van a ganar.
Bendito Dios esta ciudad ya levantó la mano y ahora para que nos la bajen
se la van a pelar un rato” (Publicado en YouTube: https://www.youtube.com/
watch?v=-_bQ7vydcMo&amp;ab_channel=CharlsCepeda, 16 de agosto de 2019).
24
López Feldman, “Re-sentimientos de la nación. Regionalismos,
separatismos e imaginación política en narrativas de la excepcionalidad regiomontana”, 55–93.
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de enunciación, sino que forma parte de un proceso de larga
duración surgido con la conformación histórica de la alteridad
regiomontana en tanto uno de los otros internos clave del
imaginario nacionalista mexicano (no el otro indígena con base en
el cual se creó el mestizo de la nación, sino el mestizo fronterizo,
“inculto”, “primario”, “bárbaro”). Por un lado, esta formación de
alteridad lleva la huella de la construcción del centro como todo
hegemónico a través de una de sus partes (la Ciudad de México)
y la construcción de sus otros internos, no sólo en términos de
raza, sino también de cultura y de ubicación en la geografía de la
nación; por el otro, dicha formación está anclada en las tensiones
económicas, políticas y simbólicas (por recursos, territorios,
decisiones y representación en el relato de lo nacional) que las
elites locales han mantenido con el Estado mexicano desde fines
del siglo XIX.25
Las narrativas de excepcionalidad son afirmaciones
apologéticas, reivindicatorias y nostálgicas que aluden al éxito, la
épica, la grandeza de Monterrey, Nuevo León y el Noreste (en ese
orden) y que se nutren de la (re)apropiación histórica y la gestión
de la memoria local.26 Aunque en este ensayo me enfoco en una
Michael Snodgrass, Deferencia y desafío en Monterrey. Trabajadores, paternalismo y revolución en México, 1890-1950 (Monterrey: Fondo Editorial
Nuevo León, 2008); Alex Saragoza, La elite regiomontana y el Estado mexicano, 1880-1940 (Monterrey: Fondo Editorial Nuevo León, 2008).
26
García Alonso (2014) entiende a los “gestores de memoria colectiva” como
aquellas “instituciones, grupos o individuos cuya interpretación de los hechos
ocurridos es considerada como referente para una comunidad. Tan gestoras
25

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de esas narrativas unitarias y en sus relaciones de sentido con
espacios sociodigitales, esto no quiere decir que las asuma como
las únicas afirmaciones identitarias de la alteridad regiomontana.
No estoy proponiendo que todos los regios se adscriben a las
narrativas de excepcionalidad. De hecho, muchos las disputan
desde la academia,27 el trabajo, las artes o el espacio público.
son las llamadas instituciones de memoria —normalmente organizaciones o
fundaciones encargadas de la custodia material de los fondos documentales y la investigación que pueda ser relevante para comprender una época,
un autor o un suceso determinado—, como las universidades —encargadas
de generar versiones de la historia de las naciones, que luego es vulgarizada
y transmitida a través de los manuales escolares hasta constituir un sustrato
interpretativo que comparten cohortes generacionales—; los ancianos que conocen con detalle las genealogías y son los depositarios de los relatos y los
saberes que constituyen el patrimonio de las familias; los especialistas rituales —con sus conocimientos esotéricos sobre las relaciones entre el mundo
sobrenatural y el de la vida cotidiana—; las autoridades políticas —que normativizan la vida cotidiana para generar un orden basado en códigos morales
que indican en cada momento lo que es correcto e incorrecto—, etcétera”. Ver
María García Alonso, “Los territorios de los otros: memoria y heterotopía”,
Cuicuilco 21, núm. 61 (2014): 334.
27
Existe una larga tradición de académicos e investigadores (Cecilia Sheridan, Lylia Palacios, Mario Cerutti, Máximo de León Garza, César Morado,
Alex Saragoza, Michael Snodgrass, Alberto Barrera-Enderle, Octavio Herrera,
por mencionar algunos) que, directa o indirectamente, han realizado una crítica económica, política e histórica a las narrativas de excepcionalidad. Desde
esta perspectiva, el relato de la diferencia regia, de su particularidad, sólo puede ser entendido como parte de la formación histórica de una elite local que,
basándose en su desarrollo comercial, industrial y financiero, fue capaz de
imponer en el espacio regional la narrativa de su ethos empresarial. Desde la
crítica a la excepcionalidad, Monterrey no es la gran ciudad industrial hecha
por el mestizo fronterizo bajo la figura del hombre empresarial y del patriarca
industrial, sino una urbe asimétrica, desigual, que “no puede explicarse sin
la historia de sus fábricas y sus trabajadores, hombres y mujeres, ni de sus
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Y así como no todos los regios se adscriben a estas narrativas,
tampoco todos los que se adscriben a ellas son regios. Al respecto,
José P. Saldaña (1891-1992, político, asesor empresarial, escritor,
historiador y cronista oficial de Monterrey durante veinticinco
años) afirma, apoyándose en el determinismo geográfico, que la
“grandeza” del ethos regiomontano es una cualidad adquirible vía
el contacto con el medio28:
Queda en pie, con la limpieza que corresponde a las cosas respetables, el título de regiomontano. No debe tomarse, ni la tomamos como blasón de alcurnia, ni como distintivo de sangre
limpia a lo Hitler. Nada de eso, aceptamos con satisfacción la
formación del carácter regiomontano como producto del medio
ambiente, sin que en ello cuente en forma alguna la cuna o el
lugar en que se haya nacido.29

incontables talleres de oficios urbanos. Ellos y ellas fueron los constructores
de esta ciudad, no la élite de unos cuantos ‘indómitos e industriosos’ empresarios” Lylia Palacios (2017). La Muerte obrera en Monterrey, en Académicxs
de Monterrey, 43. https://academicxsmty43.blog/2017/11/20/la-muerte-obrera-en-monterrey-lylia-palacios/
28
En un tono similar, Santiago Roel (1885-1957), otro actor clave en la gestión de la memoria local y en la promoción cívica (creador, junto con Saldaña,
del escudo de Nuevo León), señala en sus Apuntes Históricos: “Siempre que
en estos Apuntes se hable de nuevoleoneses, entiéndase que no sólo he querido referirme a los nativos del Estado, sino también a todos aquellos que, sin
serlo, se han avecindado aquí y sienten por Nuevo León igual o mayor afecto
que por su lugar de origen; han formado un hogar o labrado un porvenir, y han
contribuido con su sincero esfuerzo al progreso y bienestar de esta tierra”. Ver
Santiago Roel, Nuevo León, apuntes históricos (Monterrey: Ediciones Castillo, 1977), XIII.
29
José Pedro Saldaña, Grandeza de Monterrey y estampas antiguas de la
ciudad (México, DF: Empresas Editoriales S.A., 1973), 257.
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Así, a la par del despliegue de sus potencialidades económicas y
políticas, la alteridad regiomontana ha producido, desde fines de
la década de los treinta del siglo XX30 (aunque con importantes
antecedentes en la segunda mitad del siglo XIX y el periodo vidaurrista) una serie de narrativas de sí que tienden a esencializar
De la mano del centralismo político, económico y simbólico, se ha ejercido
en el país una suerte de “centralismo historiográfico”. Ver P. Osante, 2015, El
noreste fronterizo de México en la época colonial, en Históricas Digital, pp.
51-68, http://www.historicas.unam.mx/publicaciones/publicadigital/libros/escribir/historia.html) que, desde los inicios del siglo XX, ignora los procesos
históricos locales o los considera sólo en tanto aportan al relato nacional. En
esta tradición historiográfica, el noreste de México suele tomarse en cuenta únicamente cuando se trata de estudiar su participación en la formación
del Estado-nación, sobre todo desde que Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas
se transformaron en frontera. Aunque una parte de la propia historiografía de
Nuevo León sigue reproduciendo esa tradición. Ver Eva Rivas et al., “La historia en el noreste y desde el noreste”, en Las ciencias sociales en el noreste
de México, ed. César Morado Macías y Lucila Hinojosa (Ciudad de México:
Universidad Autónoma de Nuevo León - Facultad de Filosofía y Letras, 2016),
105–27. Desde fines de la tercera década del siglo XX dicha historiografía dio
un giro regionalista notable con base en el cual se recuperaron las afirmaciones
regionalistas de la segunda mitad del siglo XIX (con Vidaurri a la cabeza) y se
dio forma a las narrativas de excepcionalidad. A partir de esa década, la historiografía neoleonesa (producida, en buena medida, desde y para Monterrey)
empezó a girar del positivismo y la memoria nacional hacia el historicismo y la
afirmación de lo local, en parte como respuesta el nacionalismo posrevolucionario. Ver Manuel Ceballos Ramírez, “Monterrey: Realidades y posibilidades
historiográficas”, en Monterrey 400: estudios históricos y sociales, ed. Manuel
Ceballos Ramírez (Monterrey: Universidad Autónoma de Nuevo León, 1998),
69–89; Edgar Iván Espinosa Martínez, “La práctica historiográfica en Nuevo
León. Una arqueología del conocimiento histórico regional, 1867-1996”, Secuencia, núm. 68 (2007): 89–114; César Morado Macías, “La historia de Nuevo León. Apuntes epistemológicos sobre la historiografía reciente”, Provincias
Internas 1, núm. 3 (2001): 13–32.
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su diferencia con el resto de la nación; es decir, a explicar su peculiar desarrollo comercial e industrial no como resultado de un
proceso histórico de acumulación (en el que ocupa un lugar clave su posición en la geografía colonial y nacional, así como el
tejido de sus relaciones económicas locales), sino como producto de un ethos inmutable, congelado en el tiempo, que proviene
de su peculiar mezcla étnica y de sus relaciones con el medio
ambiente hostil; una consecuencia de la lucha en múltiples frentes: contra los indios nómadas, contra la naturaleza, contra el
centralismo, contra los anhelos expansionistas norteamericanos.
Mientras en el centro del país se consolidaba el nacionalismo
posrevolucionario que había heredado (con continuidades y discontinuidades) elementos del patriotismo criollo,31 en el margen
interno regiomontano se potenciaban narrativas de excepcionalidad que erosionaban dicho nacionalismo, aunque sin apartarse
del todo de él. Grosso modo, esas narrativas de sí se caracterizan
por oponerse a las fijaciones centralistas de la nación a través
de su trabajo con tres imaginarios: étnico-comunitario (nosotros
versus ellos), económico-político (lo común versus lo ajeno; el
trabajo, la empresa y el Estado) y socio-espacial (adentro versus
afuera).

David Brading, Los orígenes del nacionalismo mexicano (México, DF:
Era, 2004), 1–18; Enrique Florescano, “De la patria criolla a la historia de la
nación”, Secuencia, núm. 52 (2002): 7–39.
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El

“nosotros”

regiomontano

y

sus

fundamentos

económico-políticos son demarcados por la familia, la industria,
la laboriosidad, la disciplina, la cultura del trabajo y el origen
chichimeca-tlaxcalteca-hispano-(cripto)judío; esto en oposición
al “ellos” centralista, huevón, caótico, soberbio, corrupto,
ineficiente, proteccionista, autoritario, y originado en lo azteca/
mexica. A su vez, en el imaginario socio-espacial destacan dos
campos clave: los geosímbolos (el signo en clave espacial local) y
las escalas. A la ausencia de geosímbolos regios en el imaginario
central (la nación es Popocatépetl, Iztaccíhuatl, Pico de Orizaba),
se le contrapone el Cerro de la Silla como referente que aglutina
las más variadas afirmaciones identitarias (podemos recorrer
todos los tipos de regionalismo regio y encontrar ahí, en el centro
de la representación, a la Silla). En cuanto a las escalas, son tres las
que están en juego en la pugna de imaginarios, en la tensión entre
oposición y complementariedad entre ellos y en la consecuente
imposición de intereses: Monterrey, Nuevo León, Noreste. El
despliegue de estas escalas no es lineal ni unidireccional, así
Monterrey puede desplegarse como sinécdoque de Nuevo León (y
éste como sinécdoque del Noreste), o bien, como sinécdoque de la
nación. Esta tensión de escalas nos deja ver que las narrativas de
excepcionalidad no se oponen al centralismo como lógica política
(Nuevo León mismo es un estado fuertemente centralista), sino al
centralismo de la ciudad de México como contenido histórico de
la totalidad nacional.
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De entre el denso tejido de narrativas de excepcionalidad,32
aquí me detendré en el proyecto nostálgico que Abelardo A. Leal
Sr. formuló en El Nuevo Reyno de León: un Estado sin impuestos.
Publicado a mitad de la década de los setenta del siglo XX, en pleno
enfrentamiento entre la elite económico-política regiomontana y
el Estado mexicano, el texto de Leal sintetiza y lleva al extremo
las narrativas de excepcionalidad y los imaginarios de la
alteridad regiomontana. Es, por lo mismo, el proyecto que más
se acerca (en términos de relaciones sociohistóricas de sentido y
no de mediaciones tecnológicas) a las afirmaciones identitarias
socioespaciales de los espacios regionalistas y separatistas de
Facebook. A su vez, el texto como unidad (y, en parte, la obra
En Re-sentimientos de la nación... trabajé, además del texto de Abelardo Leal, con las siguientes narrativas de excepcionalidad: Amores, José Emilio (2007). Monterrey: una cultura propia; Arreola, Federico (s.f.). ¿Por qué
Monterrey?; Basave del Castillo, Agustín (1945) Constructores de Monterrey;
De León, Myriam (1996). Monterrey 400 años: la estirpe de un pueblo, 15961996; De León, Myriam (2007). Orgullosamente bárbaros. Para revalorar el
ser y quehacer del norestense; Elizondo Elizondo, Ricardo (1987) Los sefarditas en Nuevo León: reminiscencias en el folklore; García Naranjo, Nemesio
(1990 / 1955). Una industria en marcha; Hernández, Timoteo L. (1969). Geografía del Estado de Nuevo León; Novo, Salvador (1965). Crónica regiomontana. Breve historia de un gran esfuerzo; Rangel Frías, Raúl (1988 / 1964).
Teorema de Nuevo León; Recio Cavazos, Gabriela (2017). Don Eugenio Garza
Sada. Ideas, acción, legado; Rodríguez Muro, Jesús (1965). Geografía política, física y económica del estado de Nuevo León; Roel, Santiago. (1977/1938).
Nuevo León, apuntes históricos; Saldaña, José P. (1955). Episodios Contemporáneos; Saldaña, José P. (1973 / 1968). Grandeza de Monterrey y estampas
antiguas de la ciudad; Tijerina Almaguer, Luis (1943). Canto al Escudo de
Nuevo León; Zapata Novoa, Juan (1993). Tercos y triunfadores de Monterrey:
Los retos de Monterrey en el siglo XX.
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completa de Leal) gira en torno al tema que más moviliza los
malestares con el estado nacional de cosas: los impuestos.
El proyecto nostálgico de Abelardo A. Leal, Sr.
El sábado 17 de julio de 1982 murió Abelardo A. Leal Leal, Sr.,
abogado autodidacta regiomontano (nacido en Cadereyta en
1899, pero avecindado en Monterrey desde 1921), primer Doctor Honoris Causa de la Universidad Autónoma de Nuevo León
(UANL)33 y padre de Abelardo A. Leal. Jr. (1922-1994), quien
fuera editor, subdirector y presidente de El Norte durante más de
tres décadas.34 En los días posteriores a la muerte de Abelardo
Leal, Sr., distintas instituciones locales publicaron esquelas en su
honor (entre ellas, la rectoría y la Facultad de Derecho y Ciencias
Sociales de la UANL, el Colegio de Abogados de Nuevo León y
la Editora El Sol —encargada de la producción, edición, diseño,
comercialización y distribución de El Norte—), en las que se le
El Doctorado Honoris Causa en Ciencias Jurídicas le fue entregado a
Abelardo A. Leal Leal el 2 de junio de 1980, al respecto, una nota de la redacción de El Porvenir narraba el evento enfatizando el relato del hombre
que “se hace solo”: “Y sucedió aquel modesto autodidacta, caballero sin
tacha y modelo de conducta, dejó pasmados a los doctores de la ley, de las
ciencias exactas, y los iniciados en los secretos de forma y vida. Cultivador
de las disciplinas del Derecho y luchador infatigado de las reclamaciones
justas, don Abelardo Leal Leal, produjo ante el Consejo Universitario, depositario por sí de la sabiduría misma, un discurso de elegante y profundo corte académico” (Periódico El Porvenir. “Doctorado merecido”, Monterrey,
N.L., 3 de junio de 1980).
34
Israel Cavazos Garza, Escritores de Nuevo León. Diccionario bibliográfico
(Monterrey: Universidad Autónoma de Nuevo León, 1996), 207.
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recordaba como un “distinguido jurista nuevoleonés” y “ejemplo
en la comunidad regiomontana”.35
A su vez, M.A. Kiavelo (espacio editorial clave de El Norte
y pilar en la construcción de la alteridad regiomontana) empezó
su columna del domingo 18 de julio con estas palabras:
1-MIENTRAS dormía, murió ayer sábado, en la madrugada,
el Doctor en Ciencias Jurídicas don Abelardo A. Leal, Señor,
venerado patriarca de una gran familia del Nuevo Reyno
de León.
2-APENAS horas antes don Abelardo había terminado su último libro, sobre cuyo original dejó un recado para que su hijo
del mismo nombre lo revise, corrija y proceda a su edición.
1-DURANTE más de sesenta años de estudiar el Derecho sin
un día de descanso ni conocer vacaciones, el Doctor Leal buscó la justeza, valor aún más alto y más puro que la imperfecta
justicia humana…
2-LA función debe continuar…36

A menos de seis meses de la muerte de Abelardo Leal, la Capilla
Alfonsina de la UANL publicó una edición no venal de El Nuevo
Reyno de León: un Estado sin impuestos, el cual ya había sido
impreso en 1975, pero en una edición del propio autor. Esta publicación, según las autoridades de la Capilla Alfonsina, se dio
La esquela de la Editora El Sol decía, a la letra: “Editora El Sol, S.A. Se
une a la pena que embarga a la Familia Leal Díaz por el sentido pésame de Don
Abelardo A. Leal Señor, Q.E.P.D. Padre de nuestro Director Lic. Abelardo A.
Leal, Jr. Hacemos votos por el eterno descanso del alma de Don Abelardo A.
Leal, Señor, a sabiendas de que su ejemplo y enseñanza han fructificado en su
familia y en la comunidad regiomontana, Monterrey, NL., julio 18 de 1982”.
36
Periódico El Norte. M.A. Kiavelo. Monterrey, N.L., domingo 18 de julio
de 1982.
35

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en retribución a que Leal había donado a la UANL su biblioteca
personal (cerca de 13,000 volúmenes) considerada como “la biblioteca jurídica más importante de México”.37 Debido quizá a
la radicalidad del texto de Leal (éste proponía, como veremos,
que se le “regresara” a Nuevo León el territorio que le fuera mercedado en 1579), el director de la Capilla Alfonsina sugiere un
deslinde: “(el libro) Representa una opinión muy personal de un
hecho ya concluido y de sus aparentes consecuencias históricas
y políticas… Es el sueño de un hombre estudioso y defensor del
Derecho que deseaba en todo aplicar el principio correcto”.38
Pero tres años después, en la presentación de otro libro de Leal,39
el mismo Tamez Solís reivindica el texto: “‘El Nuevo Reyno de
León: un Estado sin impuestos’… detalla como ninguno el desenlace histórico poco difundido sobre la usurpación de derechos
y territorio legitimando y distinguiendo la identidad del aridoamericano norestense”.40
Aunque el proyecto de Abelardo Leal es radical, no imagina
desde el vacío. Por el contrario, Leal se nutre del giro regionalista
de la historiografía local, de los componentes discursivos de
Porfirio Tamez Solís, “Presentación”, en Amparo 71/933: Abelardo A. Leal
vs. La ley de la abogacía, ed. Abelardo Leal (Monterrey: Universidad Autónoma de Nuevo León, 1985), 8.
38
Porfirio Tamez Solís, “Presentación”, en El Nuevo Reyno de León. Un Estado sin impuestos, ed. Abelardo Leal (Monterrey: Universidad Autónoma de
Nuevo León, 1982), IX.
39
Abelardo Leal, Amparo 71 /933. Abelardo A. Leal vs. La ley de la abogacía
(Monterrey: Universidad Autónoma de Nuevo León, 1985).
40
Tamez Solís, “Presentación”, 1985, 8. [Énfasis mío]
37

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las narrativas de excepcionalidad y de los imaginarios étnicocomunitario, económico-político y socioespacial que las cruzan.
El siguiente párrafo sintetiza su proyecto nostálgico y la tensión
sociohistórica desde donde imagina:
Nuevo León necesita recuperar íntegramente todo el territorio del Nuevo Reyno de León, libre, independiente y soberano
como naciera, para liberarlo del pavoroso endeudamiento y del
terrible desastre político, económico, moral y administrativo de
la suzeranía de Moctezuma y Cía., S.A., que impera con su
centralismo en la eterna Tenochtitlán, D.F. Y crear con dicho
Nuevo Reyno de León un país de trabajo, producción, crédito,
unión, y progreso tradicionales de Nuevo León. Un Estado sin
impuestos, solidarista, del deber de superación y de la superación del deber, que nos lleve a cada uno y a todos al común
mejoramiento, prosperidad y concordia, cuya categoría y solvencia le dé lugar en el Primer Mundo Internacional.41

A grandes rasgos, lo que Abelardo Leal propone es demandar ante
la Corte Internacional de Justicia y la Organización de las Naciones
Unidas que a Nuevo León se le “restituya” el territorio mercedado
a Luis Carvajal y de la Cueva en 1579 bajo el rubro del “Nuevo
Reyno de León”, una demanda que haría que Nuevo León contara
con una parte importante del norte de México e, incluso, de Texas:
“desde el Puerto de Tampico al Norte por el litoral del Golfo de
México y sus doscientas leguas en cuadro hacia el interior”.42 Y es
que, para Leal, el Estado colonial y el Estado nacional se dedicaron,
41
42

Leal, El Nuevo Reyno León. Un Estado sin impuestos, 50. [Énfasis mío]
Leal, 15.

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desde sus inicios, a “usurpar” y “mutilar” el territorio de Nuevo
León43: “no podemos aceptar la mutilación de nuestro territorio del
‘Nuevo Reyno de León’, a la migaja de sierra y tepetate, carente
de recursos naturales, en que los atentados de todos los tiempos
culminados con el encono de Juárez en 1864, nos han dejado
reducidos”.44 Leal utiliza el pasado colonial para diseñar un futuro
republicano del terruño, para desplegar un “como si”45 en el cual
Nuevo León nunca ha dejado de ser, en espíritu, el “Nuevo Reyno
de León” y en el que la excepcionalidad regiomontana se expande
sobre casi todo el norte de México y parte del sur de Estados Unidos.
Bajo el supuesto de que Nuevo León fue despojado ilegítimamente
de su territorio, Leal declara “inexistentes los repartos virreinales
y republicanos, las traidoras enajenaciones y todos los pactos
seudoconstitucionales, que afecten al auténtico territorio de Nuevo
León, que debe ser el de su originario ‘Nuevo Reyno de León’”.46
Hay que decir que la idea de “mutilación” es clave no sólo en el imaginario socioespacial de la alteridad regiomontana, sino también en el imaginario
socioespacial de la nación, en concreto, a partir a la “mutilación” del territorio
que el país “sufrió” al perder la guerra con los Estados Unidos.
44
Leal, El Nuevo Reyno León. Un Estado sin impuestos, XI.
45
El “Como si” radica en lo que Ricoeur define como el “es” metafórico: toda
metáfora, a la par, “no es” y “es como” aquello que reemplaza. Y es esa tensión
constante de “no ser” y “ser como” la que le da su poder de redescripción de
lo real al jugar con las fronteras de lo posible y de lo imposible: “el ‘lugar’
de la metáfora, su lugar más íntimo y último, no es ni el nombre ni la frase ni
siquiera el discurso, sino la cópula del verbo ser. El ‘es’ metafórico significa
a la vez ‘no es’ y ‘es como’”. Ver Paul Ricoeur, La metáfora viva (Madrid:
Ediciones Europa, 1980), 15.
46
Leal, El Nuevo Reyno León. Un Estado sin impuestos, XI.
43

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Dada la importancia estratégica del acceso al mar, Leal
dibuja un cuadrante en el que (a diferencia del trazado por Vito
Alessio Robles a fines de la década de los veinte) se traza el
“territorio verdadero” del Nuevo Reyno de León en un área que le
otorga la posesión completa de los derechos marítimos del Golfo:
A nosotros nos interesa superlativamente el litoral del golfo de
México que marca Tampico, por la categoría marina que tiene
el Nuevo Reyno de León con dicha playa y su comunicación
directa internacional, viajera, turística, postal, mercantil, jurídica, defensiva y demás contacto con la familia mundial, así
como por las doscientas leguas de mar territorial, que son una
riqueza pesquera y de autosubsistencia, amén que no sería remoto también petrolera.47

En el imaginario socioespacial de la excepcionalidad regiomontana, la escala del “Nuevo Reyno de León” ocupa un lugar clave
como práctica de imaginación (no es ninguna casualidad que,
en voz de M.A. Kiavelo, El Norte haya recordado a Leal, según
mostré atrás, como un “venerado patriarca de una gran familia
del Nuevo Reyno de León”). En tanto práctica del como si, el
“Nuevo Reyno de León” es un espacio mítico (una metáfora
espacial que nunca hizo territorio) que conecta al Nuevo León
del presente (y en particular a Monterrey) con el del espacio
idealizado del siglo XVI. Esta forma de retroactividad, de imaginación política nostálgica basada en el como si, se activa para
hablar de los malestares con el estado nacional de cosas. Y su
47

Leal, 22.

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tema típico de activación son los impuestos y el relato de la
injusticia fiscal.48 En su columna En pocas palabras, publicada
en Milenio, Miguel Ángel Vargas escribe desde esta posición de
imaginación que vincula el ethos regiomontano y sus esencializaciones atemporales (el relato de adversidad, la cultura del
esfuerzo) con la retroactividad al Nuevo Reyno de León a través
de los impuestos:
En más de una ocasión me han preguntado si los nuevoleoneses
somos codos y les respondo con un contundente no. Los nativos de esta región del país siempre hemos sido ordenados con
el gasto y hasta nos alcanza para ahorrar. Nuestros ancestros
llegaron a estas tierras en condiciones difíciles. Acá todo escaseaba: el dinero, el agua, la vegetación, y con trabajo y mucha
tenacidad pudieron salir adelante…. Como la mía, hay miles
de historias parecidas, y podrán identificarse con esa cultura
del trabajo y tesón de quienes habitamos el llamado Nuevo
Reino de León. A nivel nacional se nos reconoce como gente
emprendedora, porque así somos. Por eso molesta que el Gobierno Estatal piense cobrarnos hasta por prender el carbón...
Al buen administrador... menos impuestos.49
Lo importante, en términos del análisis sociohistórico de las narrativas de
excepcionalidad, no es si Nuevo León realmente da más de lo que recibe o no
(o si podría vivir sin los recursos de otros), lo relevante es que los que afirman
que el trato es injusto asumen que lo que dan es para los otros, los que siempre
han estado lejos, los que agreden, amenazan, devoran, invaden, de diversas
formas, al “nosotros” local y regional. En el relato según el cual los neoleoneses “mantienen al país” (con su cultura de trabajo forjada históricamente en
condiciones de adversidad) se ponen en juego los límites de la nación en tanto
comunidad política imaginada.
49
Periódico Milenio. “NL: al buen administrador”. Monterrey, N.L., 20 de
diciembre de 2017. [Énfasis mío].
48

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Esta afirmación del “Nuevo Reyno de León”, que alude a la supuesta grandeza perdida de Nuevo León, está emparentada, a su
vez, con otra afirmación utilizada con frecuencia en la línea editorial de El Norte, la cual se refiere a su estado vecino como “la
parte de Nuevo León que ahora se llama Coahuila”. Sin importar
el tema específico del que se trate, es usual que se utilice esta
expresión50 poniendo en primer plano la relación todo/partes y la
dimensión temporal antes/ahora que recuerda el periodo vidaurrista en el que Nuevo León y Coahuila fueron una sola entidad
federativa (1856-1864),51 hasta que Benito Juárez “los separó”.
Estos son algunos ejemplos utilizados en M.A. Kiavelo, sólo en 2017:
“Donde no deja de temblar es en la parte de Nuevo León que ahora se llama
Coahuila”; “En la parte de Nuevo León que ahora se llama Coahuila, el Gobernador Rubén Moreira no tiene empacho en declarar que el Obispo Raúl
Vera…”; “En la parte de Nuevo León que ahora se llama Coahuila existe preocupación entre el electorado porque Miguel Riquelme…”; “Al Gobernador
Jaime Rodríguez le está ganando la querencia por la parte de Nuevo León que
ahora se llama Coahuila...”.
51
Diego Osorno ya ha señalado esta afirmación identitaria como parte de la
relación entre el (neo)vidaurrismo y la línea editorial de El Norte. Comparando
a Santiago Vidaurri con José Alvarado (ambos originarios de Lampazos de
Naranjo, Nuevo León), Osorno afirma: “El autoritarismo, el aislacionismo y la
traición a la patria que caracterizaron al vidaurrismo del siglo XIX todavía son
algo común en el Nuevo León del siglo XIX… En este Lampazos de sátrapas
revividos y esculpidos, cómo se extraña a José Alvarado… Si Lampazos dio
un tirano, Lampazos dio también a un humanista. Por cada Santiago Vidaurri
hay un José Alvarado… Los neovidaurristas de entonces [1961] se alarmaron
y conspiraron contra él [José Alvarado]. Hoy siguen en el poder, haciendo
como que gobiernan Nuevo León con sus empresas, con sus cargos en el gobierno y su periódico, ese que suele afirmar, sin pudor: ‘La parte de Nuevo
León que ahora se llama Coahuila…’” (Periódico Milenio Monterrey. “Entre
Santiago Vidaurri y José Alvarado”. Monterrey, N.L., 5 de agosto de 2007).
50

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Lo que subyace a esta afirmación identitaria socioespacial es el
siguiente supuesto: Vidaurri no anexó Coahuila a Nuevo León
ante la debilidad del gobierno central, sino que lo “recuperó”.
Así, alimentándose del imaginario regionalista
socioespacial, Abelardo Leal realiza un ejercicio de imaginación
en el que el pasado idealizado y congelado en el tiempo (El Nuevo
Reyno de León) debe ser recuperado como salida a los problemas
de su presente (centralismo, burocracia, priismo, corrupción,
endeudamiento). En su texto, Leal no se refiere nunca al centro del
país sin añadirle sustantivos vinculados con el campo semántico
de lo azteca/mexica, incluso sobreponiéndolos (“La seudofederación de Moctezuma, D.F.”; “feudal castillo de Chapultepec”
“D.F de la Azteca Tenochtitlán”). Así, la tensa visita que realizó
Echeverría a Monterrey al final de su mandato es registrada por
Leal con base en el tiempo congelado del espacio colonial, como
una más de las múltiples afrentas que el “mutilado” y prístino
Nuevo León ha tenido que sufrir desde fines del siglo XVI:
Don Luis y el Nuevo Reyno de León aún existen en la memoria de sus sucesores. De ese extenso territorio aún queda
como ‘hijastro’ de la seudo-República Mexicana, sucesor del
Nuevo Reyno de León, el pequeño y yermo Nuevo León, que,
decíamos, se ha convertido en la Capital Industrial de México.
Los resabios perduran: en 1976 vino Moctezuma Echeverría
a derramar su ira y su soberbia sobre los ‘riquillos’ de Nuevo
León.52
52

Leal, El Nuevo Reyno León. Un Estado sin impuestos, 4.

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A ese “ellos” del centralismo, Leal le opone un doble “nosotros”: el del Nuevo León de mediados de la década de los setenta del siglo XX (desde el que escribe) y el del Nuevo Reyno
de León de 1579. En el primero, Nuevo León está definido por
la “usurpación” y las “miserias” que tanto el centralismo colonial como el nacional dejaron al “mutilar” al Nuevo Reyno
de León: “Nos privaron de diez onceavas partes del Nuevo
Reyno de León, dejando a Nuevo León la onceava restante, lo
más estéril, pequeño para que nunca fuera grande, y encerrado
al interior sin los pulmones al Golfo de México que tenía el
Nuevo Reyno de León para su libre y fácil relación internacional”.53 Las únicas valoraciones positivas que Leal hace de
este Nuevo León despojado, reducido a ser “piedra y tepetate”, tienen que ver con el progreso, el trabajo como orgullo
industrial54 y la continuidad étnica de lo que podríamos definir
como el mestizo fronterizo, el cual no sólo es visto como menos mestizo que el del centro y sur del país, sino como hecho
de otra hispanidad y de otras herencias indígenas —“la raza
primordial del Nuevo Reyno de León”, mezcla de “ancestrales
Leal, 3.
“Carvajal y de la Cueva… fue el primer paladín que con dicho ‘Reino’
abrió la puerta del Mundo a este erial magnético, que de su propia entraña rocosa genera todo este potencial humano de trabajo, industria, comercio, economía, cultura y demás factores de prosperidad tan admirables y ejemplares, hermosa heráldica que cual paradoja modesta y orgullosa, se dibuja en el espacio
con sus chimeneas fabriles, como veladoras rezanderas, elevando constantes e
incansables el humo de su laboriosa oración, al cielo infinito del desarrollo y
del progreso”. Ver Leal, 14.
53
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judíos conversos carvajales” y de “indios chichimecas incansables de trabajo”55:
Nuevo León, pertenencia de Tenochtitlán nomás tú nunca fuiste. Tus indómitas tribus conexión jamás tuvieron con aztecas.
Tributo ni obediencia alguna a Moctezuma tú reconociste. Eres
campo independiente, dominio de indios libres chichimecas.
Tus hombres nacen en medio de tus pobres charales y tus breñas; Aborígenes que un día vieron la llegada de los Carvajales
que aportaron su cultura y su industria hacia estas escabrosas
peñas, e hicieron un emporio de riqueza de estos tuyos pedregales. Con chichimeco-carvajales se inició aquel Nuevo Reyno
de León.56

A ese pedacito de sí, Leal lo complementa con el “nosotros” del
Nuevo Reyno de León esencializado, ahistórico, mítico. El espíritu “verdadero” del ethos neoleonés se caracteriza, desde esta
práctica retroactiva, por la soberanía, la libertad y la autonomía
perdidas, arrebatadas, y tiene como institución nodal a la familia y a Carvajal como padre fundador. Para recuperar ese “nosotros” de fines del siglo XVI, Leal imagina un “Estado solidarista” (basado en la obra del político paraguayo Juan Stefanich) sin
impuestos ni huelgas, centrado en el modelo de la familia como
unidad básica gobernada por un pater justo. Y en esta familia
utópica no caben las prácticas del comunismo que contradicen la
“bendita desigualdad”57 y las libertades individuales: “ya no tratemos de enmendarle la Plana al Padre Eterno, con una ‘sociedad
55
56
57

Leal, 1, 132.
Leal, 155.
Leal, 153.

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igualitaria’… La desigualdad humana es la maravilla de la Obra:
no somos animales, ahí está la maravilla de la superación: cada
quien llegará hasta donde quiera y con su propia superación”.58
El Nuevo Reyno de León se ejerce, así, como un lugar para imaginarse sin las amenazas y restricciones del Estado mexicano, sin
“Moctezuma-Echeverría” y todos sus antecesores.
En este doble despliegue del “nosotros” local, Leal concibe
a Nuevo León como un todo esencializado y mutilado que antecede
al Estado de Nuevo León como parte del todo nacional. Al mito
del Centro le antepone el mito neoleonés, pero lo hace bajo la
figura del Nuevo Reyno que imagina como presente y ausente al
mismo tiempo. Lo que han hecho el Estado colonial y el Estado
nacional ha sido, en su continuidad centralista, reducir a una parte
lo que en realidad siempre ha sido un todo (un todo que, incluso,
antecede al todo que lo contiene). Por eso, en su pelea con el
regionalismo centralista de la ciudad de México, Leal se desplaza
constantemente entre el regionalismo autonómico (el cual reclama
ampliar su campo de acción sin romper con el todo que lo contiene)
y el separatismo: “Y si reo me condenan porque de la unión
tratamos de salirnos, o traidor me declaran a esa patraña centralista
nacional, que entiendan que un pacto es un contrato que a su vez
tienen que cumplirnos con el mayor respeto de nuestro soberano
derecho estatal”.59 Esta tensión entre regionalismo autonómico y
58
59

Leal, 74.
Leal, 156.

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separatismo no se resuelve nunca en el texto de Leal; en su pluma,
el Nuevo Reyno de León a veces es nación y a veces es región.60
Por todo lo anterior, dejar de pagarle impuestos al
“colonialismo federal”, al “comunismo centralista”,61 es para Leal
la salida económico-política del laberinto nacional, el destino
mítico del mestizo fronterizo y el regreso a la grandeza perdida:
Si los judíos de Israel han hecho un emporio de riqueza con un
gotero en el desierto del Sinaí, los nuevoleoneses como buenos
judíos “de las tres mitades”: mitad chichimecos, mitad caldeos
y mitad cristianos, simplemente agarrados de la brocha trataremos de hacer de este peñasco de Nuevo León un estado sin impuestos… Sin impuestos Nuevo León surgiría a la abundancia,
abarataría indudablemente su costo de la vida, y estaríamos en
condiciones más ventajosas de introducción hasta en los más
desarrollados mercados exteriores. Han estirado tanto la cuerda, es tan grande el abuso federal contra Nuevo León que ellos
mismos con su desmesurado tributo nos han abierto el camino
de la liberación. Que si logramos recuperar el Nuevo Reyno de
León, con puertas al mar y mar territorial, y con libertad, independencia y soberanía verdaderas, podríamos conquistar algún
lugar digno y meritorio en la familia tradicional.62
Leal le dedicó, al menos, quince años a este proyecto reivindicatorio (para
fines de la década de los sesenta ya publicaba en El Norte artículos que hablaban de la necesidad de “recuperar” el mar de Tamaulipas). Además de El
Nuevo Reyno de León, un estado sin impuestos, Leal publicó en 1979 tres tomo
de Moctezuma, D.F.: el fraude agrario de México, textos en los que reconstruye, desde la herida local, la historia del centralismo mexicano: “¡Moctezuma,
D.F., D.F., D.F.! cuyo ‘D.F.’ lo mismo puede ser despotismo, desastre que desgobierno federal, u otro sinnúmero de ‘des’ siempre negativos… Un pulpo que
como capataz vive a costa de las provincias tributarias”.
61
Leal, El Nuevo Reyno León. Un Estado sin impuestos, 131.
62
Leal, 136–38.
60

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Y es que, tanto para el regionalismo autonómico como para el
separatismo, pagar los impuestos a la federación no es visto sólo
como un desperdicio, sino también como una injusticia porque
implica “mantener” a los otros,63 a los “huevones” del centro-sur,
a pesar del maltrato histórico recibido por ellos: “Sería injusto
que los Estados más laboriosos paguen por la indolencia, la desidia o el desinterés de los demás, peor cuando estos últimos tengan
mejores recursos naturales, y por ello vivan despreocupados ante
la prodigalidad de su territorio”.64
El proyecto nostálgico de Abelardo Leal ha circulado, explícitamente, en los grupos y páginas separatistas de Facebook. Pero,
más allá de esta presencia directa, lo importante es que ambos espacios de enunciación comparten, con sus desplazamientos de sentido,
los mismos componentes clave de las narrativas de excepcionalidad:
el relato de la adversidad como obstáculo productivo para forjar el
carácter, la cultura del trabajo y del esfuerzo, el ethos del mestizo
fronterizo que privilegia la hispanidad,65 la reivindicación de la individualidad y de la libertad económica como principio de todas las
Es a esta tensión entre los límites del nos-otros local y el nos-otros nacional,
en tanto comunidades políticas imaginadas, a la que alude Leal cuando utiliza, a
modo de epígrafe, la sentencia del jurista romano Domicio Ulpiano: “Nadie es
compelido/ contra su voluntad/ a la comunidad con otro”. Ver Leal, 6.
64
Leal, 131.
65
“Consideramos que nuestro origen cultural es el Nuevo Reino de León, fundado en 1582. Así mismo abogamos por la unión de los pueblos hispanos, pugnamos por la unión en la diversidad desarrollada por siglos en la Nueva España,
respetando la identidad cultural de los pueblos que formaron este territorio”,
afirman en la página de Facebook Orgullo Neoleonés (19 de abril de 2018).
63

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libertades, la oposición al centralismo no sólo en términos políticos
y económicos, sino también culturales y étnicos,66 la tensión constante entre el regionalismo autonómico y el separatismo, la centralidad
temática de los impuestos y el relato de la “injusticia” fiscal,67 el estado-centrismo (con Monterrey como eje y espacio en expansión)68
y la densidad histórico-cultural de sus referentes.69
“Lo chilango” y “lo mexica” funcionan como la frontera externa constitutiva, la negatividad absoluta, sobre la que se construye buena parte del sentido
de estas narrativas.
67
En los espacios sociodigitales, el tema de los impuestos y el relato de la
injusticia fiscal están vinculados semánticamente, al igual que en el texto de
Abelardo Leal, con el robo —“nos roban 250 mil millones cada año”, afirman
en República de Nuevo León (10 de abril 2019)—; con la obligación de “mantener” a los “huevones” del centro/sur; con la “mutilación” de Nuevo León
—al cual debería pertenecerle Tamaulipas y Coahuila: “Nuevo León era más
grande, Juárez nos redujo por sus pistolas, deberíamos ser un estado independiente o país” (República de Nuevo León, 10 de abril de 2019)—, así como
con la mala administración y corrupción del gobierno central: “Hoy en día
somos esclavos del imperio mexica... el gobierno centralista solo se encarga
de quitarnos nuestros impuestos, para malgastarlos pagándole a cientos de
senadores y diputados inservibles” (Viva La República Del Río Grande, 6 de
julio de 2010).
68
La oposición al centralismo que cruza el texto de Leal y, a su vez, a todos
los grupos y páginas separatistas no tiene que ver con la idea de estar en contra
de toda relación de fuerzas en la que un centro domina las marginalidades que
produce, sino más bien con el centralismo de lo “chilango” (azteca, mexica,
mesoamericano). De hecho, la imaginación política separatista suele basarse
en otra centralidad: Monterrey y lo regiomontano (con el Cerro de la Silla
como geosímbolo aglutinante). Desde la perspectiva de estas narrativas, el
centralismo chilango/sureño no sólo es muy diferente al eje regional Monterrey/Nuevo León/Noreste, sino que amenaza, como toda diferencia radical, su
existencia.
69
En todos los grupos y páginas separatistas se imagina con base en la mezcla de los siguientes referentes de unidad: Santiago Vidaurri (aglutinante de
66

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Existe, sin embargo, una diferencia clave entre ambos
lugares de enunciación. Abelardo Leal concibió y escribió su
texto, desde una posición central, entre mediados de la década
de los sesenta y mediados de la década de los setenta, cuando
la elite económico-política regiomontana y los aires de progreso
industrial aún controlaban buena parte de la vida pública local
y los anhelos regios, cuando el llamado Grupo Monterrey (con
Eugenio Garza Sada a la cabeza) era capaz de enfrentarse con
toda su fuerza al gobierno central y los rumores sobre un golpe
de Estado orquestado desde “La Sultana” revoloteaban tanto
en la prensa como en los humores políticos capitalinos. Los
promotores del separatismo en redes sociodigitales, en cambio,
la autonomía norestense, de la lucha contra el centro y contra los indios seminómadas), La supuesta República del Río Grande (y, en menor medida, la
República de la Sierra Madre), El Cerro de la Silla (geosímbolo que alude a la
majestuosidad del ethos neoleonés), el León Rampante (sinécdoque del escudo
del estado), El lema Semper Ascendens (o su castellanización “siempre ascendiendo”), El Nuevo Reyno de León (como práctica nostálgica, de retroacción a
la “grandeza” perdida de Nuevo León) y Aridoamérica (como espacialización
de la diferencia y alteridad Mesoamérica). Estos elementos, o combinaciones
entre ellos, nutren la imaginación política separatista hasta la saturación. De
igual forma, los creadores de estos grupos suelen ejercer el anonimato no sólo
en tanto forma de ocultamiento, sino también como práctica de representación,
aprovechando la plasticidad identitaria que permiten estas “superficies de inscripción digital”. Ver Rossana Reguillo, Paisajes insurrectos. Jóvenes, redes y
revueltas en el otoño civilizatorio (Barcelona: Nuevos Emprendimientos Editoriales, S. L., 2017). Es común, entonces, que sus nombres o sus imágenes de
perfil estén compuestos por referentes aglutinantes de la imaginación política
separatista (mapas de Aridoamérica y del Nuevo Reyno de León, banderas de
la República del Río Grande, fotos de Vidaurri, representaciones de un León
Rampante, imágenes del Cerro de la Silla, y sus múltiples combinaciones).
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sostienen el relato del orgullo industrial cuando las condiciones
materiales de la ciudad ya han cambiado (transitando hacia
una economía de servicios de carácter global), cuando el poder
de la elite (aún importante) se ha dispersado, y, sobre todo, lo
hacen en condiciones de precariedad, alejados de las mieles del
progreso industrial sobre las que se cocinaron las narrativas de
excepcionalidad, dedicados a gestionar fragmentos de memoria
en espacios de replicación digital relativamente autocontenidos,
acostumbrados a hacer memes que no se viralizarán, a crear
grupos y páginas con poco alcance y que pueden ser cerrados
en cualquier momento por denuncias de incitación al odio, a
organizar reuniones a las que llegarán unas cuantas personas.70
En síntesis, y más allá de las diferencias en cuanto al
lugar de enunciación, se trata, en ambos casos, de proyectos
nostálgicos que nos hablan de fisuras en la comunidad política
imaginada de lo mexicano; proyectos nostálgicos hechos de
prácticas de retroacción, los cuales buscan hacerle justicia a un
pasado mítico que, desde su perspectiva, nunca se fue del todo: el
Nuevo Reyno de León o la República del Río Grande; proyectos
a través de los cuales se conversan los malestares con el estado
nacional de cosas y se imaginan, desde un pasado esencializado,
“Hacer esto era una friega, salíamos en tiempos de frío, o, en plena resolana, a veces con hambre, cansados porque toda la semana trabajábamos, y el
único día de descanso salíamos a cumplir con esto, a veces cancelábamos compromisos familiares por esto”, cuenta uno de los promotores del Movimiento
Nacionalista Riograndense (30 de julio del 2013).
70

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las salidas del laberinto, fuera del pacto nacional y de sus apuestas
comunitarias.
Consideraciones finales
En este ensayo he propuesto abordar el proyecto nostálgico de
Abelardo A. Leal, Sr. no como una práctica excéntrica, anacrónica o absurda, sino como una parte del tejido histórico-cultural
de las narrativas de la excepcionalidad regiomontana. Y, con esa
misma intención, he trazado algunas relaciones sociohistóricas
de sentido entre dicho proyecto y los espacios sociodigitales que
promueven la separación de Nuevo León o del noreste como un
todo. He insistido en que esas relaciones de sentido nos hablan
de proyectos nostálgicos que, a través del regreso figurado a un
pasado mítico y esencializado, dibujan grietas en aquello que Benedict Anderson llamó las “comunidades políticas imaginadas” y
nos permiten re-pensar la formación cotidiana del Estado-nación
en México, en toda su contingencia, como proyecto inconcluso y
narrativa sociocultural.
Como nota final, quisiera poner sobre la mesa tres
motivos más por los que considero necesario apostar por una
perspectiva de análisis sociohistórico que trace relaciones de
sentido en afirmaciones identitarias socioespaciales de carácter
aparentemente marginal (las cuales, si sólo nos enfocáramos
en su inmediatez e inmanencia, o bien en sus condiciones
de posibilidad según la política clásica, aparecerían como
anacrónicas e irrelevantes). Esta perspectiva es necesaria, en
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primer lugar, porque las fronteras internas producidas como
parte de estos proyectos nostálgicos (dentro del denso tejido de
las narrativas de excepcionalidad y de las narrativas centralistas
de la nación) no son enunciaciones discursivas que flotan
libremente sin mayor impacto, sino que generan violencias y
racismos cotidianos que buscan la eliminación simbólica (y en
ocasiones física) del otro, como el único modo de poder regresar
a un “nosotros” ahistórico y esencializado (prácticas raciales, por
ejemplo, contra los migrantes del centro-sur del país que llegan a
la urbe regiomontana a trabajar, en condiciones de precarización,
en la economía de servicios).
En segundo lugar, esta perspectiva es necesaria porque las
afirmaciones identitarias separatistas de corte radical (marginales,
pero íntimamente relacionadas con el núcleo de las afirmaciones
regionalistas que circulan por la alteridad regiomontana) nos
hablan de una fisura en la parte regia que, con el tiempo, podría
crecer más allá de la arena política local. En tercer y último lugar,
esta perspectiva es cada vez más importante ante el llamado “giro
global a la derecha” de los últimos años, lo cual nos obliga, más que
nunca, a estudiar estos fenómenos locales en los que se reactivan
afirmaciones reaccionarias que, en el marco de la formación del
Estado-nación en México, tienen que ver con el resurgimiento
de aquellos nacionalismos conservadores, hispanófilos (tanto de
elite como populares) que aparentemente “perdieron la batalla”
contra el nacionalismo posrevolucionario, pero que nunca se han
ido del todo.
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�Dos culturas políticas ¿disímiles?: ciudadanización indígena en San Luis Potosí y su repercusión en la Huasteca potosina, 1824-1835
Two political cultures. Dissimilar? Indigenous citizenship in San
Luis Potosí and its impact on the Huasteca Potosina, 1824-1835
Julio César Martínez Velarde
El Colegio de México

orcid.org/0000-0003-3375-7539

Resumen: El objetivo de este trabajo es analizar dos posturas políticas
referentes a la ciudadanización de los indios en San Luis Potosí durante
la primera República federal (1824-1825). Por un lado, la expresada por
la clase política del estado, conformada por gobernadores y diputados, la
cual fue impulsora de ciudadanizar, es decir, asimilar a los indígenas a
una sociedad de carácter liberal. Por el otro, la del grupo de poder político
de la Huasteca potosina, representado por gobernantes y ex gobernantes
municipales, críticos del asimilacionismo. Para alcanzar el objetivo trazado, se interpretaron misivas, órdenes de gobernadores a alcaldes municipales, leyes, decretos y procesos judiciales. A juicio del autor, indagar
estas dos posturas políticas ayuda a concebir la “construcción” del indio
en el estado potosino, las medidas para su transformación en ciudadano,
así como la interpretación de estas en un escenario regional.
Palabras clave: cultura política; ciudadanización indígena; clase política; grupo de poder político.
Abstract: The aim of this paper is to analyze two political positions concerning the citizenization of the Indians in San Luis Potosí during the
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first Federal Republic (1824-1825). On the one hand, the one expressed
by the political class of the state, made up of governors and deputies,
which was a driving force for citizenship, that is, to assimilate the indigenous to a liberal society. On the other, the political power group of
the Huasteca potosina, represented by rulers and former municipal rulers, critics of assimilationism. To achieve the stated objective, letters,
orders from governors to municipal mayors, laws, decrees, and judicial
processes were interpreted. In the author’s opinion, investigating these
two political positions helps to conceive of the “construction” of the
Indian in the potosino state, the measures for its transformation into a
citizen, as well as the interpretation of these in a regional scenario.
Keywords: political culture; indigenous citizenization; political class;
political power group.

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�Dos culturas políticas ¿disímiles?

Introducción
La clase política que tomó las riendas del estado de San Luis Potosí al instaurarse la República federal, en 1824, estuvo dividida
en dos facciones: los liberales radicales y los “moderados”.71 Los
primeros, miembros de la logia masónica yorkina, se destacaban
por su posición antiibérica y por sus anhelos de implementar cambios estructurales en el estado. Los segundos, asociados a la elite
económica local, propugnaban por reformas tenues, manifestando la poca experiencia del autogobierno y la inestabilidad social
del país. Más allá de estas divergencias políticas, los dos grupos
se decían comprometidos con las premisas del liberalismo pregonadas en la capital de la República: la defensa de la Independencia, la exaltación del sistema federal y la pretensión de cambiar
a la nación mediante el desplazamiento del antiguo orden social.
Amparado en los pilares del liberalismo, el Congreso
potosino elaboró la Constitución del estado en 1826, proyectándola
como el documento base para la modernización de la sociedad y
de las instituciones que la regirían. En dicho documento se plasmó
un modelo de ciudadanía que apostaba por la igualdad jurídica,
la libertad de expresión, el derecho a la propiedad, la salvaguarda
de la integridad física y el respeto a la propiedad privada. Pero
también impuso ciertos mecanismos de exclusión política:
profesar una religión diferente a la católica, cometer delitos
Sergio Alejandro Cañedo Gamboa, Los festejos septembrinos en San Luis
Potosí. Protocolo, discurso y transformaciones, 1824-1827 (San Luis Potosí:
El Colegio de San Luis, 2001), 40.
71

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�Julio Velarde

públicos contra la soberanía nacional, la incapacidad moral,
la falta de independencia económica y la carencia de un modo
honesto de vida y de vecindad en un poblado.1 El sector femenino
de San Luis Potosí, como el del resto del país, fue privado de
la ciudadanía por depender legalmente de una figura masculina.
Debido a su falta de “autonomía”, la mujer debía conformarse
con ser la “compañera del ciudadano”, la que debía engendrar
a los futuros miembros de la ciudadanía liberal.2 Con base en
estos parámetros, el potosino ideal debía ser de sexo masculino,
católico, avecindado, honesto, industrioso y letrado, que hiciese
del trabajo individual la fuente de su bienestar material.
De acuerdo a los atributos antes mencionados, ¿se podía
asumir a los indios3 residentes en la entidad como ciudadanos?
Era una realidad que entre las poblaciones autóctonas del estado
de San Luis Potosí no se privilegiaba la unicidad del catolicismo,
persistiendo rituales religiosos de raigambre prehispánica
(danzas, “brujería”, etc.), y mucho menos un acendrado
María Isabel Monroy Castillo y Tomás Calvillo Unna, “Las apuestas de
una región: San Luis Potosí y la república federal”, en El establecimiento del
federalismo en México (1821-1827), ed. Josefina Zoraida Vázquez (México,
DF: El Colegio de México, 2003), 349.
2
Graciela Velázquez Delgado, “La ciudadanía en las Constituciones mexicanas del siglo XIX: inclusión y exclusión política-social en la democracia
mexicana”, Acta Universitaria, núm. 6 (2008): 45.
3
Utilizo las expresiones “indio”, “indígena”, y “natural” para referirme a
aquellos sujetos originarios de América. La decisión no es arbitraria, se ancla
en los términos asentados en las fuentes primarias y secundarias consultadas.
Huelga decir que el uso de estas expresiones no implica una connotación peyorativa.
1

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individualismo, pues la vida de los poblados indígenas estaba
organizada bajo prácticas corporativas (tenencia de la tierra, por
ejemplo). A esto se debe añadir la facilidad de algunos individuos
para desdeñar su calidad de vecinos y convertirse en sujetos
itinerantes. No obstante estas diferencias culturales, concebidas
por la clase política como modificables, los indios recibieron
la ciudadanía. Su reconocimiento como parte de la comunidad
política representaba el inicio de un plan de ciudadanización,
identificado como un fenómeno estrictamente asimilacionista,4
llevado a cabo mediante la declaración de la igualdad jurídica y
disposiciones oficiales para insertar a las comunidades indígenas
en un proyecto de nación liberal. Esta decisión se justificó bajo
el supuesto de que las pervivencias prehispánicas eran el reflejo
del ostracismo padecido por los indígenas bajo el régimen
colonial. Así, la coyuntura liberal e independiente operaba como
el escenario perfecto para construir un cuerpo social cada vez más
cohesionado y culturalmente “occidentalizado”.
La ciudadanización tendría diversas repercusiones en el
interior de la entidad, alcanzando algunos consensos y no pocos
desencuentros en los ayuntamientos, instituciones encargadas de
aplicarla. En la Huasteca potosina, territorio al oriente del estado
y mayoritariamente indígena, el planteamiento asimilacionista
del gobierno generó desazón y disconformidad notable entre
Mónica Quijada, “Ciudadanización del ‘indio bárbaro’. Políticas oficiales
y oficiosas hacia la población indígena de la Pampa y la Patagonia, 18701920”, Revista de Indias LIX, núm. 217 (1999): 692.
4

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ediles y exburócratas, por ser “ajeno” a las dinámicas sociales
y a la “constitución natural” de la población. Ciertamente,
consideraban difícil la configuración de una comunidad huasteca
indiferenciada. Bárbara Corbett identifica a estos funcionarios
como federalistas radicales con un mensaje jacobino en contra
del poderío económico de la Iglesia en la región.5 Enrique
Márquez los describe como expertos en el manejo de las armas
y en el sometimiento de los naturales, y con poco apego a la
ideología liberal, ya que podían emprender y desechar alianzas
con facciones distintas, anteponiendo siempre sus intereses.6 En
todo caso, la génesis de su dominio político estuvo íntimamente
relacionada a un fenómeno de acumulación de la riqueza basado
en múltiples remates, la apropiación de terrenos indígenas, el
acaparamiento de capitales provenientes de cofradías y la
invasión de terrenos eclesiásticos. Así se hicieron de extensas
propiedades, y algunos de sus miembros se consolidaron como
grandes hacendados.7
A través de la cultura política, definida como el
“conjunto de ideas, valores, creencias, actitudes, discursos
Bárbara Corbett, “Comercio y violencia en la Huasteca Potosina: el monopolio del tabaco, 1821-1846”, en El siglo XIX en las Huastecas, ed. Antonio
Escobar Ohmstede y Luz Carregha Lamadrid (México, DF: Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social; El Colegio de San
Luis, 2002), 247.
6
Enrique Márquez, “Tierras, clanes y política en la Huasteca Potosina
(1797-1843)”, Revista Mexicana de Sociología, núm. 1 (1986): 206.
7
Márquez, 208.
5

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y prácticas compartidas por un grupo determinado y que
tienen como producto fenómenos políticos”,8 el presente
trabajo analiza dos posturas referentes a la ciudadanización
de los indios en San Luis Potosí: la de la clase política estatal
y la del grupo de poder político que gobernó la Huasteca
potosina durante la primera República federal (1824-1835).
La temporalidad se debe a que en los primeros once años
republicanos proliferaron discursos sobre el indio y su papel
fundamental, como ciudadano, en la nueva configuración
política de San Luis Potosí. Sucede lo contrario a partir
de 1836; la ciudadanía adquiere parámetros censitarios,
fundados en la propiedad y la independencia económica,
requisitos que muy pocos indios podían cumplir.
La propuesta central de la investigación es que la
ciudadanización puso de manifiesto dos culturas políticas: una de
carácter asimilacionista, gestada en la capital de la entidad, y otra
de índole diferencialista, proveniente de la Huasteca. La primera,
trazada por gobernadores y diputados, remarcó una paupérrima
condición social de los indios; sin embargo, les otorgaba las
“potestades racionales” para integrarse a la sociedad nacional
a través de la implementación de resoluciones oficiales. La
segunda, expresada por ayuntamientos y exfuncionarios, negaba
abiertamente las posibilidades de adaptación del indio al nuevo
Amanda Úrsula Torres Freyermuth, “La idea del indio en Chiapas, 17941821”, LiminaR. Estudios Sociales y Humanísticos, núm. 2 (2012): 56.
8

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sistema independiente por su supuesta incapacidad intelectual y
una negativa cotidiana a conocer y aplicar las responsabilidades
de su nuevo rol jurídico.
El artículo está estructurado en tres apartados. En primer
lugar, se justifica de manera breve el uso de los términos “clase
política” y “grupo de poder político”. En segundo, ofrezco
la percepción de algunos gobernadores y diputados, alusiva
al indio, así como algunas medidas y decretos emitidos para
su ciudadanización. En tercer lugar, se ocupa de esbozar las
reacciones del grupo de poder político huasteco en torno al
asimilacionismo propuesto en la capital potosina.
Aclarando conceptos
Estimo la política como la actividad que permite a los individuos articular, negociar, implementar y reforzar sus posturas y
demandas unos con otros y hacia el conjunto social.9 Partiendo de
ello, inserto dentro de la categoría de clase política, por encajar
con sus características, a los gobernadores y diputados que emprendieron acciones para ciudadanizar al indio. De acuerdo con
Gaetano Mosca, este tipo de clase se distingue por ser un conjunto minoritario, intelectualmente superior a la media poblacional,
José Alfredo Rangel Silva, “Las voces del pueblo. La cultura política
desde los ayuntamientos: San Luis Potosí (1820-1823)”, en Poder y gobierno local en México, 1808-1857 (Estado de México: El Colegio Mexiquense;
El Colegio de Michoacán; Universidad Autónoma del Estado de México,
2011), 126.
9

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que monopoliza el poder y otorga a sus gobernados los medios
materiales de subsistencia y los indispensables para la vitalidad
del organismo político. Al ser un grupo reducido, forma un bloque relativamente homogéneo, con objetivos compartidos, y su
mayor debilidad es la fragmentación, sufriendo cuando los miembros se enfrentan en competencias personales y sectoriales.10
Se usa el concepto “grupo de poder político” para englobar
a los funcionarios y exfuncionarios (no por ello ausentes en la
política local) oriundos de la Huasteca potosina. Esto responde
a que dichos individuos, aunque compartieron la etiqueta de ser
un sector socioeconómico identificable y con accesos a espacios
de poder político, no formaron parte de un componente compacto
y uniforme. Gabriel Torres dice que el distintivo principal de
un grupo de poder es la falta de consenso entre sus integrantes,
reflejada, tal como acaeció en el oriente potosino, en enconadas
rivalidades por defender sus actividades, propiedades y posición
social en un espacio regional.11 La variable de la diferencia no
los exceptuaba de tener afinidades en ciertos tópicos, pues, como
se expondrá más adelante, compartieron una visión negativa
sobre los indígenas. Otro punto de encuentro, no menor, era su
adscripción, como motivo de orgullo y diferencia, al sector no
indígena de la Huasteca.
Gaetano Mosca, La clase política. Selección de Norberto Bobbio (México,
DF: Fondo de Cultura Económica, 1984), 112–15.
11
Gabriel Torres, “Política cotidiana y gestión municipal”, Ciudades, núm.
28 (1995): 17.
10

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Medidas y decretos para la ciudadanización indígena en San
Luis Potosí, 1824-1835
En 1826, San Luis Potosí albergaba 217,776 habitantes,12 de los
cuales se aproxima que el 70% eran de origen indígena.13 Esta
mayoría porcentual era diversa: guachichiles (pertenecientes a la
familia chichimeca) en el altiplano; indios con ascendencia tlaxcalteca en la capital y sus zonas aledañas; huastecos, nahuas y
pames en el oriente potosino. Los indígenas se asentaron mayoritariamente en pueblos, misiones, haciendas, ranchos, estancias
y barrios. Un gran número de ellos, cabe decir, se negó a congregarse en este tipo de asentamientos, rechazando el control social
y económico impuesto por los municipios.
Para justificar la ciudadanización del indio, fue necesario
conceptualizarlo constantemente. El primer gobernador,
Ildefonso Díaz de León, declaró desde el inicio de su mandato
(1824) que los “pobres indios” debían ser tenidos, a pesar de
su decadencia, por ciudadanos, y que dictaría medidas para
asimilarlos, pues “lejos de sentir los beneficios de la sociedad,
solo han experimentado vejaciones en sus personas e intereses”.14
Sergio Alejandro Cañedo Gamboa y Flor de María Salazar Mendoza, De la
formación del Estado de San Luis al preludio de la guerra de Reforma, 18201857 (San Luis Potosí: El Colegio de San Luis, 2014), 29.
13
Porcentaje obtenido con base en María Isabel Monroy Castillo, Pueblos,
misiones y presidios de la intendencia de San Luis Potosí, 1819 (San Luis
Potosí: Academia de Historia Potosina, 1983).
14
Archivo Histórico del Estado de San Luis Potosí (en adelante AHESLP),
Secretaría General de Gobierno (en adelante SGG), Documentación relativa a
la falta de pago de contribuciones por la pobreza que existió por varios moti12

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Su sucesor en el cargo, Vicente Romero, decía, en 1829, que
los indígenas eran entes “sin más luces que las naturales” pero
capaces de desarrollar conocimientos en ámbitos distintos,
como en la “medicina natural”.15 Dos años después, como
gobernador electo, José Guadalupe de los Reyes recordaba que la
Independencia había traído paridad en la población y que siendo
el indio un ser indefenso, se le debía “cuidar” y “proteger en
cuantos asuntos se les ofrezcan”.16 A nombre de la gubernatura,
en 1831, el Periódico Oficial declaró a los indígenas como una
“clase apreciable, tan digna de consideración, que exige para
sí unas disposiciones especiales con la que consiga nivelarse
completamente en civilización a las otras y pueda formar una
población útil y laboriosa”.17
Algunos diputados dejaron constancia sobre el tema. Manuel María Gorriño y Arduengo18 creía que los indios eran sujetos necesitados de “una paternal y desvelada atención […] por
el estado civil y de ignorancia en que existen”.19 José Victoriano
vos, uno de ellos a causa de epidemias, 2 de febrero de 1826, caja 24, exp. 22,
f. 11.
15
AHESLP, SGG, Informe de la gestión administrativa del Gobierno del Estado de San Luis Potosí, presentada a la Segunda Legislatura Constitucional
por el ciudadano Vicente Romero, Gobernador del Estado, 1829, f. 7.
16
AHESLP, SGG, Quejas de los indios Juan Andrés y Agustín Pérez, vecinos
de Tancanhuitz, de la parcialidad de los indios Huastecos, 20 de mayo de 1831,
caja 220, exp.7, f. 4.
17
AHESLP, Periódico Oficial (en adelante PO), Gaceta del Gobierno del Estado Libre de San Luis Potosí, núm. 38, viernes 23 de septiembre de 1831.
18
Diputado por el I Congreso Constituyente (1824-1826).
19
Jesús Motilla Martínez, El doctor Gorriño y Arduengo, su proyecto para la
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Vargas Machuca20 los percibió, en 1831, como “víctimas históricas”, portadores de “tantas ingratitudes y tan formidables tiranías
españolas, que la naturaleza entera se ha escandalizado y horrorizado de ellas”.21 Anastasio Quiroz22 asumió una posición idéntica,
declarando en pleno cónclave que, con una “política atroz y opresora”, los europeos no dejaron al indígena “fructificar” de forma
intelectual ni material.23
En efecto, el indio decimonónico fue categorizado como un
ente necesitado de una protección especial. Su desfavorable situación
dimanaba, acorde con los dirigentes, de la mala praxis del tirano y
absolutista gobierno español, cuyas leyes optaron por la segregación
y la decadencia social. Empero, se presumía que la represiva realidad
a la que fueron sometidos no había finiquitado por completo su
“inteligencia natural”, la cual podían cultivar para su florecimiento.
Era de suma importancia, entonces, el respeto y cuidado de estas
“víctimas históricas”, así como su paulatina asimilación.
La adjetivación ambivalente de los indios pone de
manifiesto una negación étnica. No se ponderaron las diferencias
culturales entre las distintas etnias, mucho menos se pugnó
primera Constitución potosina, 1825 (San Luis Potosí: Casa de la Cultura de
San Luis Potosí; Consejo Estatal para la Cultura y las Artes, 1990), 54.
20
Diputado perteneciente a la III Legislatura Constitucional (1831-1832).
21
AHESLP, PO, El Yunque de la Libertad, más golpeado, está más limpio,
núm. 54, domingo 13 de octubre de 1833. Sesión del día 18 de abril de 1833.
22
Diputado en la III Legislatura Constitucional (1833-1834).
23
AHESLP, PO, El Yunque de la Libertad, más golpeado, está más limpio,
núm. 47, jueves 12 de septiembre de 1833. Sesión del día 18 de abril de 1833.
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por preservar sus particularidades, más bien fueron adscritas,
paradójicamente, dentro de los términos indio, indígena o
ciudadano indio. La simplificación permitió a gobernadores y
legislaturas, formular, como se verá a continuación, decretos
de índole general para tratar de “inducir una reforma en las
costumbres [indígenas]”, la cual no sería sólo en “obsequio de la
industria y riqueza de aquellos pueblos de indios, sino lo que es
más importante: de su civilización y su cultura”.24
Partiendo de lo anterior, podría decirse que la primera acción para asimilar a la población fue instalar, a través de la voz
de los políticos y de los dispositivos informativos oficiales, que
en San Luis Potosí los indios gozaban de una plena igualdad jurídica. “igualarlos ante la ley” era un “deber” que se fundaba en
“el mismo estado natural de la sociedad”.25 Atrás habían quedado las corporaciones sociales con normativas intrínsecas. En este
contexto, no es de extrañarse que Ildefonso Díaz de León ordenara, en 1825, que al interior del territorio se evitara “la distinción
de los ciudadanos naturales y otros a quienes llama españoles y
castas”, pues “hecha la Independencia de la antigua metrópoli
y constituidos bajo un gobierno liberal, todos hemos venido a
quedar convertidos en ciudadanos mexicanos”.26 Sabiéndose en
AHESLP, PO, Gaceta del Gobierno del Estado Libre de San Luis Potosí,
núm. 38, viernes 23 de Septiembre de 1831.
25
AHESLP, PO, Gaceta del Gobierno del Estado Libre de San Luis Potosí,
núm. 71, domingo 22 de diciembre de 1833.
26
AHESLP, SGG, Los ayuntamientos de Tamasopo y Huehuetlán informan
que han enviado el padrón de las almas residentes en cada lugar, según lo soli24

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iguales condiciones jurídicas, los indígenas renegarían del aislamiento colectivo al que supuestamente fueron inducidos y el que,
a decir de Díaz de León, sólo había provocado durante siglos una
“una rivalidad con las otras clases”.27 Logrado esto, superarían su
“cortedad”, tenderían cada vez más a la integración social y olvidarían “las aberraciones pasadas”, convirtiéndolas en “lecciones
para el futuro”.28
Otro de los elementos ideológicos designados para
vertebrar la ciudadanización fue la religión cristiana. No obstante,
el dogma debía apegarse a los tiempos liberales e ilustrados que
corrían. En 1824, varios diputados vieron en el culto católico
“la primera base y la más firme de la felicidad verdadera de los
pueblos”. Su influencia en la sociedad debía ser absoluta, de ella
manaba “el germen de las virtudes políticas”. Así, la religión
arraigaría en el indio “las costumbres arregladas a las leyes, el
amor al trabajo y sobre todo la moralidad”.29 Para ello, era de
absoluta importancia su cooperación en las pláticas semanales
impartidas en las parroquias, donde los curas explicarían los
beneficios y las responsabilidades de la ciudadanía. La voz de
citado, 18 de julio de 1825, caja 12, exp. 27, f. 4.
27
AHESLP, SGG, Documentación relativa a la falta de pago de contribuciones por la pobreza que existió por varios motivos, uno de ellos a causa de
epidemias, 26 de febrero de 1826, caja 24, exp. 22, f. 11.
28
AHESLP, PO, El yunque de la libertad, más golpeado, está más limpio,
núm. 7, jueves 3 de enero de 1833.
29
Citado en Tomás Calvillo Unna y Sergio Alejandro Cañedo Gamboa, El
congreso del estado de San Luis Potosí, selección de documentos, 1824-1923
(San Luis Potosí: El Colegio de San Luis, 1999), 39.
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los prelados debía ser escuchada para dejar de creer y poner en
práctica “creencias groseras”.30
La instrucción religiosa debía ser complementada
con otra de carácter escolar. Díaz de León, en mayo de 1826,
vaticinaba la supervivencia de las diferencias sociales “mientras
no se procure generalizar la educación”, la cual se debía recibir
“cómodamente”.31 Aunque algunos funcionarios pugnaron por
un plan educacional exclusivo para los indígenas,32 se designó, a
nombre del ideal homogeneizador de la población, que recibieran
la misma instrucción que el resto de los potosinos. Su “juventud”
debía adquirir en las escuelas de primeras letras, construidas con
dinero de las arcas municipales, los conocimientos de “la escritura,
la lectura, las operaciones básicas de aritmética, la enseñanza del
catecismo religioso y demás elementos de buena crianza”.33 Sólo
los “educados” encajarían plenamente en la comunidad liberal,
pues, como lo atestiguaba el gobernador Díaz de León, “una
buena educación ha sido siempre la mejor recomendación de los
AHESLP, PO, El yunque de la libertad, más golpeado, está más limpio,
núm. 102, sábado 12 de abril de 1834.
31
Citado en Nereo Rodríguez Barragán, Lic. José Ildefonso Díaz de León:
primer gobernador del Estado de San Luis Potosí y fundador del Colegio Guadalupano Josefino (San Luis Potosí: Sociedad Potosina de Estudios Históricos,
1972), 36.
32
Véase el caso del diputado Gorriño y Arduengo, en Motilla Martínez, El
doctor Gorriño y Arduengo, su proyecto para la primera Constitución potosina, 1825, 67.
33
AHESLP, PO, El yunque de la libertad, más golpeado, más limpio, núm.
27, domingo 26 de mayo de 1833.
30

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hombres: en todas partes el Ciudadano ilustrado se prefiere al
que no lo es”.34 En el Periódico Oficial se respaldaba el pensar
del gobernador al mencionarse que la ilustración acostumbraría,
tanto a indios como a los que no lo eran, a:
[…] vivir juntos desde su infancia y a considerarse todos como
miembros de una misma familia. Desaparecerá desde luego esa
desigualdad de clases que tan funestos efectos ha causado a la
república, y la voz de la naturaleza encontrará siempre dispuestos a los ciudadanos que la escuchen, recordándoles que tienen
derechos a conservar y derechos a defender. 35

No es ocioso mencionar que, a lo largo de la temporalidad estudiada, los gobernadores permitieron en varios municipios huastecos el establecimiento de multas económicas y carcelarias para
aquellos “ciudadanos indios con ahijados e hijos” que no mandaran a sus hijos a la escuela.36
Una estrategia más para asimilar al indio fue eliminar las
cargas tributarias que lo diferenciaban socialmente. El decreto
número 36, del 1 de diciembre de 1825, obligó al gobernador a
hacer “cumplir en todos los Pueblos la ley que extingue el servicio
personal de los indios”, y a “tomar las providencias necesarias
Citado en Barragán, Lic. José Ildefonso Díaz de León: primer gobernador
del Estado de San Luis Potosí y fundador del Colegio Guadalupano Josefino,
36.
35
AHESLP, PO, El yunque de la libertad, más golpeado, está más limpio,
núm. 79, jueves 23 de enero de 1834.
36
AHESLP, SGG, Bando de buen gobierno enviado desde Tancanhuitz, 9 de
enero de 1825, caja 16, exp. 18, f. 2; Bando de buen gobierno enviado desde
Tamazunchale, 26 de abril de 1825, caja 16, exp. 20, f. 11.
34

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para que los expresados paguen a sus párrocos los derechos
correspondientes a sus respectivos aranceles”.37 La génesis de
esta medida, con arreglo a lo expresado por el Congreso, fue
que “los indígenas, ciudadanos libres y en el ejercicio de sus
derechos, salieran del servicio con que los tenía agobiado el
antiguo sistema de gobierno [y] gocen pagando sus derechos del
feliz que actualmente nos rige”.38 Era tiempo, según el diputado
Gorriño, de que “logren y no sean perjudicados en sus derechos
de su libertad legal”.39
En el caso de los servicios personales, su eliminación,
además de ser una derivación tácita de la igualdad jurídica,
estuvo vinculada a los esfuerzos por impulsar la agricultura,
particularmente en la Huasteca, visualizada como la región
más fértil de la entidad. Libre de compromisos forzados con
los mandos civiles y religiosos, la obligación del indio era
usufructuar sus tierras (o las arrendadas en propiedades privadas)
e introducir sus productos en los mercados locales. Ciertamente,
se creía que estas actividades económicas eran efectuadas con
José J. Martínez, ed., Legislación Potosina o Colección Completa de las
Disposiciones Legislativas Expedidas desde el 21 de Abril de 1824. Edición
Oficial, Tomo I (San Luis Potosí: Imprenta de la Escuela Industrial Militar,
1892), 152.
38
AHESLP, SGG, Exposición del ayuntamiento al sr. gobernador del estado
sobre el servicio personal de los indígenas al ministro de doctrina, 12 de noviembre de 1825, caja 3, exp. 2, f. 24.
39
AHESLP, SGG, Exposición del ayuntamiento al sr. gobernador del estado
sobre el servicio personal de los indígenas al ministro de doctrina, 20 de septiembre de 1825, caja 3, exp. 2, f. 22.
37

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poca intensidad, por lo que el Congreso estaba decidido, como se
redactó en el Periódico Oficial, a “hacer útiles a muchos brazos
[indígenas]” que hasta entonces eran “gravosos al estado”.40 Para
materializar esta voluntad, el gobernador José Guadalupe de los
Reyes exhortó a varios terratenientes de la Huasteca para que, con
todas sus “luces y deseos”, emplearan a sus “conciudadanos” en
diferentes áreas de la economía local, especialmente en lo alusivo
a la agricultura.41
A la lista de medidas de integración se sumaría la búsqueda
por “acabar” con los pueblos uniétnicos. El decretó número 8, del
27 de enero de 1827, oficializaba que cualquier individuo podía
“vivir en los pueblos de indios y obtener los cargos municipales
conforme a las leyes”.42 El atenuante primordial de este decreto
fue menguar paulatinamente las diferencias étnicas y formar a
largo plazo núcleos poblacionales homogéneos que permitieran
la interacción y la propagación de las costumbres “civilizadas”
de los foráneos. Mantener divisiones poblacionales sería replicar
la tendencia a la segregación que promovían “los tiranos
españoles”,43 se leía en el Periódico Oficial.
AHESLP, PO, Gaceta del Gobierno del Estado Libre de San Luis Potosí,
núm. 38, viernes 23 de septiembre de 1831.
41
AHESLP, PO, Gaceta del Gobierno del Estado Libre de San Luis Potosí,
núm. 33, viernes 19 de agosto de 1831.
42
Martínez, Legislación Potosina o Colección Completa de las Disposiciones Legislativas Expedidas desde el 21 de Abril de 1824. Edición Oficial,
Tomo I, 97.
43
AHESLP, PO, El yunque de la libertad, está más golpeado, más limpio,
núm. 79, jueves 23 de enero de 1834.
40

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Para evitar desórdenes e invasión de tierras en la apertura
de los pueblos, los diputados blindaron las posesiones de los
“antiguos mexicanos” con el decreto número 1, del 10 de enero
de 1827, el cual determinaba que “las tierras pertenecientes a los
pueblos indígenas” se mantuvieran en manos de “sus actuales
poseedores”.44 El Congreso era consciente de que las referencias
culturales en torno a la tierra iban más allá de derechos legales
o el reconocimiento de una superficie del suelo; representaban
el punto de cohesión de las comunidades. Puede suponerse que
el decreto número 1 estuvo motivado por el deseo de evitar una
fractura entre mandatarios e indígenas, hecho que disiparía la paz
interna del territorio.
A la par de la formación de los pueblos mixtos, se
exigió que los titulares de los municipios “redujeran” a los
indios disidentes en las comarcas de los municipios. En 1824,
el gobierno estatal dictaminó, atendiendo el “dictamen de la
comisión de gobernación”, que los indígenas residentes de
los “quebrados montes y soledades donde era muy difícil
doctrinarlos” tuviesen un “sitio cómodo para ellos, como
para doctrineros y curas”. En el caso de que los pueblos no
contaran con el espacio para tal dictamen, debían procurar
reformarse en sitios que tuvieran “comodidad de aguas, tierras
y montes, y además un ejido de una legua”.45 El ejercicio de
Legislación Potosina, p. 88.
AHESLP, SGG., Dictamen de Gobernación sobre la congregación de los
indígenas a pueblos, 3 de noviembre, caja, exp. 38, f. 4.
44
45

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atraerlos a poblados debía hacerse con una actitud paternal,
“procurando por todos los medios posibles de dulzura y
suavidad, manifestándoles los bienes que deben disfrutar
habitando en sociedad, instruyéndose ellos y sus hijos en la
doctrina cristiana y proporcionándose otras comodidades de
que se privan morando en las barrancas y malezas”.46 Los
Ayuntamientos debían trabajar “incesantemente” y asignarles
“terrenos competentes de los propios del pueblo, evitando el
maltrato y toda carga que es lo que los retrae. [Así], ellos solos
procurarían venirse al pueblo para sentir los beneficios que no
podrían menos que agradarles”.47
Como se puede constatar, a raíz de la imagen
paupérrima del indio decimonónico, la clase política perfiló
una postura tutelar respecto a este último. Si bien se optó
por la ciudadanización “pacífica” y “legal”, respetando y
fomentando sus derechos individuales, esta no significaba una
tolerancia cultural. La única forma de que los indios potosinos
existiesen legalmente era adaptándose al estilo de vida del
ciudadano modelo, dicho de otro modo, el indio, para ser
tomado en cuenta como sujeto institucional, debía desaparecer
culturalmente.
AHESLP, SGG, Acuse de recibo al alcalde de Tampamolón, sobre procurar
que los indígenas de dicho lugar vivan en poblado, 17 de julio de 1826, caja
34, exp. 5, f. 6.
47
AHESLP, SGG, Documentación relativa a la falta de pago de contribuciones por la pobreza que existió por varios motivos, uno de ellos a causa de
epidemias, 2 de febrero de 1826, caja 24, exp. 22, f. 11.
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El grupo de poder de la Huasteca potosina opina: la ignorancia, la indiferencia y la naturaleza del indio como elementos
que imposibilitan su ciudadanización
El grupo de poder político de la Huasteca potosina se distribuyó por
todos los municipios que la conformaron tras erigirse el estado de
San Luis Potosí: Villa de Valles, Tamuín, Tancuayalab, Tanlajás,
San Antonio, Tancanhuitz, Tampamolón, Huehuetlán, Coxcatlán,
Axtla, Tamazunchale, Aquismón, Xilitla, La Palma, San Nicolás
de los Montes y San Martín Chalchicuautla. Consecuentemente,
los funcionarios locales pudieron evaluar a los individuos de
estos municipios, y registrar si podían acceder a la categoría de
vecino y, en virtud de ello, a la de ciudadano.48 Esta prerrogativa
se anclaba en la “dilatada vecindad” de los servidores públicos,
que les hacía “conocer de propia experiencia el carácter de los
habitantes del municipio, sus inclinaciones, vicios, necesidades,
riqueza o miseria, y sus elementos civiles y morales”.49 De esta
forma, interpretaron como un derecho el opinar sobre los indios y
su respectiva ciudadanización, teniendo como argumento central
que la Huasteca era la región con el mayor número de indígenas
del estado. Efectivamente, para 1826, se aproximaba que, de sus
52,426 habitantes, 51,322 eran indios (82%).50 La avasallante
Leticia Reina, Cultura política y formas de representación indígena en México, siglo XIX (México, DF: Instituto Nacional de Antropología e Historia,
2015), 37.
49
AHESLP, PO, Gaceta del Gobierno del Estado Libre de San Luis Potosí,
núm. 24, viernes 17 de junio de 1831.
50
Antonio Ohmstede Escobar y Ricardo Fagoaga Hernández, “Sociedades
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mayoría la conformaban tres etnias predominantes: huastecos,
ubicados al norte; nahuas, al sur; y pames, asentados en la frontera
oeste de la región, franja territorial conocida como La Pamería.
Sobre los huastecos
En 1832, José Herrera, quien detentaría por varios años el cargo
de juez de paz en Tancanhuitz, imaginaba a los indios de Huehuetlán “tan ignorantes” que era imposible que conocieran “el
bien” y las “leyes que rigen a los ciudadanos”. Como sujetos ignaros, esos “infelices indígenas” se encontraban “faltos de principios”.51 Expresando juicios parecidos, Manuel Barrios, quien
fuera alcalde de villa de Valles en 1832, veía sin “principios” a
los “naturales” de San Antonio, incapaces de entender “las leyes
y reglamentos del hombre”. Carentes de lo anterior, “no pueden
discurrir el bien futuro de su propia existencia”.52
En el municipio de Cuayalab era notoria “la ignorancia y
la suma estupidez de los huastecos”, la que los hacía ignorar, en
pleno 1828, “el espíritu de las leyes y hasta la existencia de ellas”,
híbridas, pueblos mixtos o mestizaje. ¿Cómo se puede percibir la población en
la Huasteca Potosina en el periodo colonial tardío?”, El Taller de la Historia,
núm. 5 (2014): 56.
51
AHESLP, Supremo Tribunal de Justicia, Ramo Criminal (en adelante STJ.
CRI), Contra Antonio Pérez por el homicidio que perpetró en la persona del
indígena Martín Pérez en la madrugada del domingo, 18 de diciembre de 1831
a 20 de junio de 1832, caja 134, exp. 1, f. 26.
52
AHESLP, STJ.CRI, Diligencia practicada de oficio contra Francisco Santiago, indígena, por haber herido a Juan Bautista, 8 de diciembre de 1834 al 23
de febrero de 1835, caja 179, exp. 10, f. 16.
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según Francisco González, secretario en varios ayuntamientos y
alcalde de Villa de Valles, en 1826. De acuerdo con González,
el repudio de las normas era que a su “publicación” asistía “la
décima parte de los vecinos, y de los que asisten solo una décima
parte entienden lo que oyen y a los demás nada se les inculca. De
aquí resulta una ignorancia invencible”.53
Juan José Moncayo, alcalde de Huehuetlán en 1826,
otorgó argumentos similares a los del citado Francisco González;
mencionó que los indios no querían vencer la ignorancia y su
desconocimiento en materia legal, negándose a responder al “juez
cuando este los llama para hacerles saber los soberanos decretos y
órdenes que el Soberano Congreso nos manda circular y publicar
para su cumplimiento”. Su apatía por conocer los designios del
Congreso era estimulada, siguiendo el razonamiento de Moncayo,
por las “largas distancias” existentes entre los poblados indígenas
y la cabecera municipal, “pues algunos ciudadanos viven distantes
a cuatro leguas de mal camino y los más próximos pasan de una
legua […], siendo muy común en ellos no obedecer”.54
Los huastecos de Tampamolón y sus alrededores, tampoco
mostraban demasiado empeño en su instrucción como ciudadanos.
Según Antonio Castro, se mantenían en la “estupidez” por habitar
AHESLP, STJ.CRI, Causa criminal seguida de oficio contra el reo Tomas
Santiago Pérez por homicidio, 27 de diciembre de 1828 al 3 diciembre/183,
caja 69, exp.7, f. 42.
54
AHESLP, SGG, Documentación relativa a la falta de pago de contribuciones por la pobreza que existió por varios motivos, uno de ellos a causa de
epidemias, 10 de febrero de 1826, caja 24, exp. 22, f. 10.
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“sus montes espesos” y por no “hablar el castellano ni menos leer,
que digo leer, ni [aprender] lo necesario para su salvación”.55 Esta
situación había sido denunciada por el alcalde José Rivera, en 1826,
en una misiva enviada al gobernador Díaz de León. En el escrito del
edil se precisaba que el municipio había puesto “toda la inteligencia”
en fundar a “su costa” una escuela para los indígenas, “con un maestro
que supiera el idioma y que este les instruyera a hablar el castellano,
pero nada de esto se pudo conseguir [...]; lo que estos han hecho es
irse a vivir a las simas [sic] de la sierra”. Rivera afirmaba que, con
semejante actitud, los indios nunca iban a superar “los abusos que
hay entre ellos”, y mucho menos conocer “sus derechos”.56
El alcalde de Aquismón, Pedro Acosta, decía que, en 1830,
a los huastecos no les interesaba su ciudadanización, puesto que
despreciaban trabajar en los campos del municipio. Le comunicó
al Congreso que no se encontraba “un peón, por eficaces que sean
las solicitudes que se hagan”. Reputar a los indígenas por “vagos”,
decía, resultaría ineficaz: “faltarían cárceles donde encerrar los
que hay y dinero en la tesorería para socorrerlos”. Urgía, según
Acosta, que el gobierno interviniera de manera expresa, ya que
los “sembrados” se perdían por “falta de gente.” 57
AHESLP, STJ.CRI, Causa criminal formada de oficio contra Martín Pérez
y María Catarina de la Concepción, por el homicidio que perpetraron en la
persona de Domingo Ramírez, esposo de ésta, 7 de noviembre de 1833 al 9 de
agosto de 1839, caja 161, exp. 7, f.7.
56
AHESLP, SGG, José María Rivera, alcalde de Tampamolón, informa incidencias ocurridas, 19 de junio de 1826, caja 32, exp. 15, f. 7.
57
AHESLP, SGG, 1830.10, leg. 23.
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Algunos trataron de exponer la “naturaleza” del huasteco.
El mencionado Antonio Castro lució inquisitivo al expresar que
lo innato del indígena era ser “un ente silvestre que no posee
ningún conocimiento moral más que la ignorancia y la maldad,
sin saber discernir ni distinguir lo malo de lo bueno y que, por
naturaleza, esta clase, con la ideas más bárbaras, jamás pueden
obrar con los sentimientos de gentes”.58 En la cabecera municipal
de Aquismón, el político José María Flores expresó, en 1835,
con “la absoluta seguridad” que le brindaba el conocimiento
de la etnia huasteca, que por naturaleza del indio era “un idiota
connaturalizado únicamente con la ideas silvestres, guiados por
los impulsos de la ignorancia y la estupidez”.59
Por su parte, tomando como muestra a los indios
pertenecientes al municipio de Tanlajás, Mariano García, miembro
de una familia presente en la arena política de Tancanhuitz,
Huehuetlán y Coxcatlán, vislumbró una naturaleza huasteca
contradictoria: “Son buenos y son malos por naturaleza. Son
buenos por dóciles, persuadidos, timoratos, obedientes y devotos
con los santos, con Dios y la iglesia. Son malos por crueles y
AHESLP, STJ.CRI, Causa criminal formada de oficio contra Martín Pérez
y María Catarina de la Concepción, por el homicidio que perpetraron en la
persona de Domingo Ramírez, esposo de ésta, 7 de noviembre de 1833 al 9 de
agosto de 1839, caja 161, exp. 7, f. 42.
59
AHESLP, STJ.CRI, Causa criminal instruida de oficio en el juzgado de
paz de Xilitla contra Diego Hernández alias “Quetlaxtle”, por el homicidio
que perpetró a Juan Bautista por una herida en el cuello que le infirió con un
húngaro que portaba, 22 de mayo de 1835 al 7 de diciembre de 1839, caja 234,
exp. 4, f. 34.
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vengativos, por obstinados en los vicios habituales”. Para ellos,
“lo mismo es quebrantar a un mismo tiempo el quinto, el sexto
y todos los preceptos con tal que tengan oportunidad y ocasión,
y no dan más respuesta que en decir que el diablo los engañó”.
Al parecer, García adoptó la supuesta explicación dada por los
indígenas cuando trasgredían los preceptos morales y religiosos;
argumentó: “al instante que el demonio los tienta”, los huastecos
“pueden cometer cualquier delito”. Con la seguridad que le daba
el “haber vivido la mayor parte de [su] vida entre ellos”, García
aseveró que las imperfecciones tenían un peso mayor en la vida de
los indios, decidiendo por ellos “el diablo, el baile y la bebida”.60
Sobre los nahuas
En 1828, Ignacio Rivera, hombre con gran capital político en
Tampamolón, puntualizaba que el sur de la Huasteca potosina
estaba poblado por dos tipos de entes: “señores con quien la
naturaleza se ha mostrado prolija” y los “llamados indios”. Los
primeros eran considerados “de razón”; los segundos, “aquellas
gentes” que “por lo regular no proceden con tanto conocimiento
como otras más cultivadas”.61 La existencia de esta marcada
disparidad cultural, acorde con algunos, tuvo su origen en la
AHESLP, STJ.CRI, Contra Antón Santiago por el delito de homicidio que
perpetró con el cuchillo a Diego Hernández, 7 de septiembre de 1829 al 19 de
abril de 1831, caja 85, exp. 1, f. 50.
61
AHESLP, STJ.CRI, Causa criminal contra Agustín Hernández por el delito de robo casero, 24 de octubre de 1828 al 8 de febrero de 1830, caja 65,
exp. 3, f. 36.
60

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segregación social impulsada por el extinto orden colonial. A este
respecto, Blas Barragán alegaba, en 1830, que “la natural rudeza
y actual carencia de racionalidad en que yacen profundizados los
indígenas”, era el resultado del “inmenso caos de la ignorancia a
que los tenía reducidos el déspota español”.62 Santiago Andreo,
alcalde de Huehuetlán y Xilitla en distintas administraciones,
también utilizó el recurso antiibérico para explicar la deplorable
realidad de los nahuas: fue “mucha la morosidad que ha usado el
gobierno español en el derecho de su déspota gobierno, lastrando
la juventud y en particular a los indios en esta Huasteca, pues
como de la ignorancia de estos pendía que se enriquecieran los
jueces que la ocupaban, les era por los mismo favorable que los
indios vivieran sin ley y religión”.63
Como los huastecos, los nahuas fueron vituperados por no
interesarse supuestamente en las directrices de su ciudadanización.
“Son tan infelices e ignorantes que no conocen las leyes, que ni
aun saben que las hay”, testimoniaba el juez segundo de letras
Luis Guzmán. Por sus “escasas luces”, mencionó José Salazar,
defensor en pleitos a favor y en contra de los indios, “estos infelices
yacen en la falta de principios políticos y educación”. Además,
“esta ignorancia” los arrastraba “a los mayores precipicios, y esta
AHESLP, STJ.CRI, Causa criminal contra Diego Hernández y socio por
homicidio, 26 de enero de 1830 al 27 de noviembre de 1831, caja 94, exp.
5, f. 18.
63
AHESLP, STJ.CRI, Causa criminal contra Domingo Azafrán y su hija Ana
María Azafrán por incesto, 15 de febrero de 1826 al 19 de enero de 1828, caja
8, exp. 8, f. 18.
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misma es la que superabunda crasamente en todos los de esta tribu,
pues están nutridos, por desgracia, en los principios más obscuros
de la inmoralidad”.64 Marcando aún más la diferencia entre indios
y los que no lo eran, el defensor Asencio Monreal, con pasado
administrativo en Tampamolón y Tamazunchale, decía, en 1830,
que a los nahuas, por “las costumbres en que viven, su educación,
su trato y su falta de principios aun en las cosas más comunes,
llegan al grado en que se califiquen de bárbaros”.65
Los nahuas no tenían ninguna intención de superar la
degradación que reinaba entre ellos, a juzgar por las palabras
de José Solórzano, alcalde de Coxcatlan. Desde el inicio de su
mandato, Solórzano notificó a Díaz de León, gobernador del estado,
que los indios vivían en “desobediencia permanente a la autoridad
y prostituidos en el cumplimiento de sus deberes”. Así, cuando
el juez o el alcalde solicitaba su presencia en el pueblo, “jamás
quieren [ir], haciendo menosprecio a las órdenes superiores”.
Preferían habitar “en los bosques sin temer a Dios ni a la justicia”.66
José María Terán, prefecto encargado de velar por gran
parte de los municipios de la Huasteca, secundó años después
AHESLP, STJ.CRI, Contra Agustín Santiago por incesto, 8 de abril al 17
de noviembre de 1835, caja 206, exp 1, f. 21.
65
AHESLP, STJ.CRI, Causa criminal practicada por el alcalde de primera
instancia de la Villa de Tamazunchale, contra Manuel Tetlama y sus cómplices
[Lorenzo Antonio y María Petra] por el homicidio perpetrado en la persona de
Gaspar Antonio, 11 de junio de 1830 al 3 de octubre de 1834, caja 104, exp. 2,
f. 127.
66
AHESLP, SGG, José Solórzano, alcalde de Huehuetlán, informa sobre el
estado de su pueblo, 15 de septiembre de 1826, caja 36, exp. 19, f. 8.
64

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las ideas de José Solórzano, añadiendo que los indios renegaban
de sus “actividades históricas”, las cuales los acercaba más a la
ciudadanía: su trabajo en el campo. En un informe elaborado en
1831, dejaba en claro que la agricultura estaba “en decadencia y
cada día más abandonada a causa de los nahuas, que ni pagándoles
sus jornales se dedican a la progresión de este ramo, de que proviene
la mucha ociosidad, la perpetua embriaguez, el menosprecio a
las autoridades y total abandono de sus obligaciones”. Decía no
entender la obstinada resistencia a trabajar, pues prometía pagar
“un poco más de lo corriente”. Ante este funesto panorama, Terán
afirmaba al gobernador que “la República no podía contar con
semejantes gentes”. 67
La “naturaleza” del nahua fue definida en función de su
diferencia con los no pertenecientes a su etnia.Acorde con José Manuel
Allende, quien desempeñó el cargo de alcalde de Tamazunchale en
1826, el indio era un “grosero en sus hábitos” y estaba desposeído
de “la verdadera moral, de la religión y de los deberes que impone
la naturaleza misma”. Ostentaba también “ejemplos de malicia
y de una perversidad selvática”. Dejando en claro una insalvable
diferenciación cultural, Allende aseguraba que los nahuas, “cuyas
costumbres son distintas de las nuestras”, encarnaban la antítesis de
la “sana moral”, y “sus fundamentos” los convertían en “salvajes,
que casi puede decirse se diferencian muy poco de las bestias”.68
AHESLP, PO, Gaceta del Gobierno del Estado Libre de San Luis Potosí,
núm. 38, viernes 23 de septiembre de 1831.
68
AHESLP, STJ.CRI, Causa criminal formada de oficio contra Martín Pérez
67

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Sobre los pames
Pedro Zárate, político reconocido en La Pamería, mencionaba
en 1827, que los “indígenas pames “se la han pasado en tinieblas
toda su vida, sin saber distinguir lo favorable de lo adverso”. El
móvil preponderante lo encontraba en “la ninguna ilustración
que siempre tuvieron en el antiguo y despótico gobierno español”, llevando a esa “miserable clase” a no poder “encontrar el
verdadero sentido de nuestras sabias y justas leyes”. Finalizaba
estipulando que “la inopia de todo recurso con que se encuentra
la desgraciada parte de esta sociedad es muchas veces el instrumento de sus yerros”.69 Otro de los Zárate, Benito, apoyó la idea
de su consanguíneo: “la palpable mentecatez en la que se haya
la clase indígena”, era una resulta de “la ignorancia con la que
se encuentran desde la época en que estábamos bajo la dominación española”.70
Uno de los atenuantes del “poco entendimiento” de los
pames era el manejo precario del castellano. El ya citado Benito
y María Catarina de la Concepción, por el homicidio que perpetraron en la
persona de Domingo Ramírez, esposo de ésta, 7 de noviembre de 1833 al 9 de
agosto de 1839, caja 161, exp. 7, f. 48.
69
AHESLP, STJ.CRI, Causa criminal contra José Encarnación, José Obispo
y Fermín Ricardo, ambos indígenas, por el robo de que los acusa Santiago
Aguilar, indígena, según adentro se expresa [por robo de un buey], 31 de octubre de 1827 al 14 de agosto de 1828, caja 40, exp. 1, f. 21.
70
AHESLP, STJ.CRI, Causa criminal de oficio de la justicia contra José Reyes Vázquez por asesinato que perpetró en la persona de María Concepción
ambos indígenas de esta villa, 24 de septiembre de 1834 al 15 de diciembre de
1836, caja 175, exp. 8, f. 21
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Zárate arguyó que por no “conocer las dicciones significativas
del idioma castellano, órgano necesario para la expresión de
los conceptos”, los pames carecían “absolutamente de luces”.71
En San Nicolás de los Montes, José de Castro, decía que los
indígenas, por no ser “del mismo labio o idioma que nosotros
[se refiere a los no indios], ni estar avanzados en la carrera
civil”, al ser comparados con “el común de los ciudadanos”, no
podían reputarse “por sujetos arteros”. De Castro encontró la
barrera del lenguaje como uno de los génesis del atraso de los
indios: “a causa de que su idioma es incomprensible, están estos
siempre imbuidos en la estolidez y la poca o ninguna ilustración”.
Denunció, a un tiempo, que no hacían nada para modificar su
“tristes circunstancias”. De ahí que fueran tenidos por “unos
idiotas en grado superlativo”.72
La supuesta nula capacidad para adquirir y expresar
conceptos generaba en los indígenas la imposibilidad de cavilar
sobre el ejercicio de la ciudadanía, así como en la interiorización
de las leyes y sus beneficios. En ese tenor, el defensor en diversas
causas donde estuvieron involucrados indios, Felipe Zárate,
denunció que “todos los pames”, por “la ignorancia”, no entendían
“el espíritu de las leyes”. Con tono pesimista argumentaba que,
entrado el año 1831, “Confunde y da sentimiento ver a los pames
AHESLP, STJ.CRI, Causa criminal, 10 de noviembre al 13 de diciembre de
1827, caja 41, exp. 1, f. 29.
72
AHESLP, STJ.CRI, Causa criminal, 10 de noviembre al 13 de diciembre de
1827, caja 41, exp. 1, f. 60.
71

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en el embrutecimiento e ignorando las obligaciones del hombre
en sociedad”.73
Otras opiniones parecían sustentar lo pensado por Zárate.
El que fuera alcalde de La Palma en 1825, José Antonio Izaguirre,
concebía a los indios como “innatos en la estulticia, y esta les
hace cometer yerros sin atender a nuestras sabias leyes, por no
ser capaces de comprenderlas en lo absoluto”.74 Replicando
estos argumentos, Antonio Ledezma recordaba que “por no estar
civilizado e instruido”, el “indígena estúpido no sabe si obra bien
o mal en sus procedimientos”, mucho menos está enterado de
“las leyes pasadas ni en las que actualmente nos rigen”.75 Urbano
Bravo, por la experiencia de ser alcalde de San Nicolás de los
Montes en 1823, asumió que “los indios pames no están instruidos
en sus obligaciones, en los deberes del ciudadano”.76
Otro de los orígenes del supuesto nulo discernimiento de los
indios fue ubicado en su desdén por la práctica del dogma cristiano.
El político Florencio Ortiz de Zarate, quién formo parte de varios
ayuntamientos durante la etapa federal y fuera alcalde de Valle del
AHESLP, STJ.CRI, Causa criminal de oficio de la justicia seguida contra
Francisco Antonio y socios indígenas de la Palma, por hurto de un becerro, 27
de junio de 1831 al 12 de febrero de 1833, caja 125, exp. 2, f. 26.
74
AHESLP, STJ.CRI, Causa criminal, 10 de noviembre al 13 de diciembre de
1827, caja 41, exp. 1, f. 31.
75
AHESLP, STJ.CRI, Causa criminal, 10 de noviembre al 13 de diciembre de
1827, caja 41, exp. 1, f. 41.
76
AHESLP, STJ.CRI, Contra Manuel Santiago y José Hilario por hurto de
una becerra propiedad de Juan Manzanilla, 1 de septiembre de 1831 al 2 de
junio de 1832, caja 129, exp. 2, f. 16.
73

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Maíz en 1835, entendía al pame como “hombre rústico, peltre y sin
principios” por no tener, en pleno 1834, suma “idea de religión”.
Ortiz de Zárate sostuvo que algunos de los pames “no han entrado
en la iglesia desde el día que los bautizaron y jamás han oído la
voz de su párroco”.77 Tres años atrás, con unos argumentos muy
parecidos a los de Ortiz de Zárate, el precitado Antonio Izaguirre
señaló que los indios adquirían su “supina ignorancia” al desconocer
“los principios y fundamentos de la religión”.78
Se articuló una propuesta de la naturaleza pame basada en
su “carácter” y acciones. El juez de letras, Juan Ortega, ponderaba
“el carácter de los indios pames” como uno “salvaje”, pues “los
actos más sanguinarios son vestigios de sus pasiones fuertes y
arrebatadas”.79 Este “salvajismo”, insistía Joaquín Paiz en 1826,
“es capaz de conducirlos a los más grandes precipicios”, pues
“guían sus operaciones por el capricho e ignorancia del respeto
que se debe a las autoridades, sin temer ni al autor de la naturaleza
que vigila nuestras acciones”. La actitud del pame patentizaba
“que la clase de indígenas nunca es estable en sus razones” y,
AHESLP, STJ.CRI, Causa criminal contra Domingo Moreno por estupro
inmaturo que hizo a una niña de cuatro años de edad, en el rancho de El Guajolote, 26 de agosto de 1834 al 7 de junio de 1836, caja 172, exp. 19, f. 19.
78
AHESLP, STJ.CRI, Contra Manuel Santiago y José Hilario por hurto de
una becerra propiedad de Juan Manzanilla, 1 de septiembre de 1831 al 2 de
junio de 1832, caja 129, exp. 2, f. 19.
79
AHESLP, STJ.CRI, Causa criminal de oficio de la justicia contra José Reyes Vázquez por asesinato que perpetró en la persona de María Concepción
ambos indígenas de esta villa, 24 de septiembre de 1834 al 15 de diciembre de
1836, caja 175, exp. 8, f. 25.
77

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por este motivo, “no saben darle sesgo a las adversidades del
tiempo, las que cuando ellos menos piensan, les hacen entrar en
desdichas”. Eso los convertía en “sujetos sin principio alguno de
civilización, en otras palabras, por naturaleza ignorantes”.80
¿Eran los indios ciudadanos potenciales?
La posición política de los gobernantes huastecos respecto al
indio era clara: la ignorancia y su actitud reacia no lo dejaban
detentar de rol de ciudadano, pues no cumplía con los requisitos civiles, morales ni religiosos estipulados en la Carta magna
de 1826. Aunado a lo anterior, expusieron la existencia de una
naturaleza privativa, la cual lo convertía en un resabio vivo del
pasado prehispánico. Poniendo de manifiesto la idea de una naturaleza humana no igualitaria, resulta lógico que expresaran que
la propia del indio tenía enquistada una corrupción irremediable,
restándole todo tipo de posibilidades para ingresar a una sociedad
de carácter nacional.
José Herrera esgrimió, en 1831, que “la naturaleza
silvestre” de los huastecos era incorruptible, negándose a cambiar
ni “aunque cursen los dogmas de la religión”.81 En la misma
dirección, Manuel Barrios concebía la “naturaleza [huasteca]
AHESLP, STJ.CRI, Causa criminal contra Guadalupe y Jesús melenas y la
reo María de la Luz por homicidio, 2 de diciembre de 1830 al 29 de octubre de
1846, caja 114, exp. 5, f. 69.
81
AHESLP, STJ.CRI, Contra Antonio Pérez por el homicidio que perpetró
en la persona del indígena Martín Pérez en la madrugada del domingo, 18 de
diciembre de 1831 a 20 de junio de 1832, caja 134, exp. 1, f. 25.
80

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como algo que no se puede remediar”. Su ocurso se reforzaba,
según él, con la “profunda ignorancia” que demostraban
cotidianamente.82 Abonando a este panorama pesimista, Mariano
García se imaginaba entre “los pobres indios” una “ignorancia
invencible”, sin cambios “hasta que con el tiempo se levante la
juventud civilizada”. Resignado, asumía que “aunque para cada
uno hubiera un letrado para instruirlos, nada comprenderían,
porque si los hombres de letras llegan a entorpecerse, qué sería
de aquellos hombres criados en la ignorancia, que no tienen
discernimiento ni para distinguir lo negro de lo blanco”.83
A la etnia nahua tampoco se le auguraba un cambio en sus
costumbres. Blas Barragán, desde Tamazunchale, reconocía el esfuerzo “benéfico” del estado, empeñado en la “ilustración de estos
neófitos infelices”, pero aún no era “tiempo de que penetren las luces
y buen orden en sus obscuros entendimientos por estar recientemente cimentado”.84 Juan Antonio Goitortua tenía un pensar similar:
Los infelices indios de San Martín Chalchicuautla, nutridos en
la desmoralización y dignidad hereditaria de sus mayores, yacen todavía en la ignorancia y no han podido llegar al grado de
civilización a que con ansia aspira nuestro sabio gobierno. Y
AHESLP, STJ.CRI, Diligencia practicada de oficio contra Francisco Santiago, indígena, por haber herido a Juan Bautista, de diciembre de 1834 al 23
de febrero de 1835, caja 179, leg. 10, f. 17.
83
AHESLP, STJ.CRI, Contra Antón Santiago por el delito de homicidio que
perpetró con el cuchillo a Diego Hernández, 7 de septiembre de 1829 al 19 de
abril de 1831, caja 85, exp. 1, f. 50.
84
AHESLP, STJ.CRI, Causa criminal contra Diego Hernández y socio por
homicidio, 26 de enero de 1830 al 27 noviembre de 1831, caja 94, exp. 5, f. 18.
82

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por más que este se empeñe en la común ilustración, la estupidez de esta clase no da lugar ni esperanza (con estupor lo digo)
a que en ella se consiga.85

De manera directa, Manuel Marín se preguntaba: “¿Qué conocimientos de las leyes y ciudadanía pueden tener esos desgraciados
indígenas que pasan una vida igual a la de los brutos?”; al igual
que Barragán y Goitortua, contestó enérgico: “ninguna […], son
hombres que se conservan en un estado de barbarie”.86
En lo referente a los pames, Benito Zárate dudaba
seriamente sobre la transformación de estos en ciudadanos, pues
eran “incapaces de corregirse por su suma ignorancia”.87 Años
atrás, José de Castro asumió que los pames y los no indios eran
“hijos de la misma naturaleza”, pero sugería modificar “la igualdad
como axioma cívico”, pues la realidad marcaba una diferencia
cultural notable, impidiendo a los indígenas detentar los derechos
de los hombres “de razón”. Para el político era necesario que el
gobierno los tuviera por “diferentes” y “con la equidad a que son
susceptibles estos desgraciados [indios]”.88 Con el mismo ahínco
AHESLP, STJ.CRI, Contra Agustín Santiago por incesto, 8 de abril al 17
de noviembre de 1835, caja 206, exp. 1, f. 7.
86
AHESLP, STJ.CRI, Contra Agustín Santiago por incesto, 8 de abril al 17
de noviembre de 1835, caja 206, exp. 1, f. 7.
87
AHESLP, STJ.CRI, Causa criminal de oficio de la justicia contra José Reyes Vázquez por asesinato que perpetró en la persona de María Concepción
ambos indígenas de esta villa, 24 de septiembre de 1834 al 15 de diciembre de
1836, caja 175, exp.8, f. 21.
88
AHESLP, STJ.CRI, Causa criminal, 10 de noviembre al 13 de diciembre de
1827, caja 41, exp. 1, f. 32.
85

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político, Alejo Ortiz de Zárate pensaba que era mejor derogar
los derechos de ciudadano a ese “clan de infelices criados en
las montañas, donde jamás conocen rose ninguno de gentes que
siquiera les den alguna idea de humanidad”.89
Las voces hasta aquí citadas contradecían el optimismo
y la potencialidad concedida a las colectividades indígenas.
Amparados en el empirismo, producto de la convivencia
cotidiana, funcionarios y exfuncionarios locales legitimaron sus
afirmaciones. Detectaron, tal vez para secundar la versión oficial,
una profunda ignorancia india derivada del “despotismo español”;
pero, a diferencia de la clase política, hicieron hincapié en que
dicha ignorancia era un elemento más de una naturaleza innata, la
que representaba lo contrario del ciudadano modelo planteado en
la Constitución local de 1826.
Conclusiones
En el balance de las perspectivas anteriores, se puede determinar que la asimilación propuesta por la clase política y su reacción adversa en el territorio huasteco, representan, a simple vista,
la relación disímil de ilustración-tradicionalismo. Mientras que
los diputados y gobernadores veían en la ciudadanía el punto de
arranque para una progresiva civilización de los indígenas, el grupo de poder de la Huasteca observó el punto final de una serie de
buenas intenciones, ya que la supuesta “incorruptible ignorancia”
AHESLP, STJ.CRI, 6 de mayo de 1835 al 21 de febrero de 1839, caja 191,
exp. 9. f. 23.
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de la población, así como la “naturaleza carente de moral”, les
impedían interiorizar cualquier tipo de prerrogativa que apuntara
a su ciudadanización. No obstante, me inclino a pensar que estas
dos visiones aparentemente antagónicas compartieron una matriz
racista: la desvalorización del indio y su subsecuente conceptualización como un “problema”.
Partiendo de que el racismo es un fenómeno histórico
y que se reproduce por medio de representaciones, valores y
normas que buscan inferiorizar y excluir al otro por presentar
diferencias culturales y físicas,90 es posible afirmar que las
culturas políticas de los gobernantes estatales y municipales de
la Huasteca potosina, presentaron claros contenidos racistas. En
su afán de reivindicar la igualdad entre los ciudadanos, elemento
fundamental del liberalismo, los dirigentes estatales trazaron una
ciudadanización indígena intolerante cuya piedra angular sería la
disolución cultural del “otro”. El Congreso “borró” de un plumazo
la diferencia étnica y enjuició al indio por no compartir la escala
de valores “occidentales”. Por tanto, se presentan una serie de
críticas que apuntalaron a un estado de ignominia indígena. La
solución para subsanar “el problema” fue tratar de eliminar las
identificaciones históricamente apropiadas que le otorgaba a los
indios cohesión y sentido de pertenencia a sus respectivas etnias.
Es decir, los ritos, la lengua y las estructuras políticas (pueblos de
indios) que les aseguraban la elección de sus gobernantes.
Alicia Castellanos Guerrero, “Asimilación y diferenciación de los indios
en México”, Estudios Sociológicos, núm. 34 (1999): 104.
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La actitud del grupo de poder político huasteco manifestó
un racismo aún más visible, y evidenció una yuxtaposición de
visiones en torno a los indios: ya no se les sopesó, al menos
en el discurso, una “casta” colonial con origen compartido,
sino como una raza (aunque no se haga explícito ese término)
que justificaba en la naturaleza sus rasgos y capacidades.
Así, el indígena fue identificado con destrezas intelectuales
reducidas por herencia y con rasgos de carácter y sensibilidad
“biológicos”. Esto derivaba en que los huastecos, nahuas y pames
fueran identificados con una naturaleza diferente, asociada al
salvajismo, al bestialismo y al barbarismo, categorías que en el
XIX fueron los peldaños más bajos de la escala evolutiva que
desembocaba en la civilización.91
Aunque este tópico merezca un estudio aparte, considero
que los discursos emitidos desde la capital, así como los que
esgrimieron en la Huasteca potosina, tuvieron en gran medida la
intención de mantener un dominio sobre los indios. Generando
disposiciones exclusivas para estos y al tenerlos como sujetos
necesitados de un trato especial, las primeras administraciones
potosinas demostraron una actitud tutelar y paternalista, muy
similar a la establecida en el orden colonial. El dominio directo fue
anunciado como transitorio, hasta que se alcanzara la “verdadera
ilustración”. Por su parte, las críticas emitidas desde la Huasteca
Arturo Warman, Los indios mexicanos en el umbral del milenio (México,
DF: Fondo de Cultura Económica, 2003), 78.

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potosina pusieron en evidencia, en algunos casos, el deseo de
mantener de manera legal las antiguas jerarquías sociales. No
resulta extraño, entonces, que algunos alcaldes, argumentando
la naturaleza irredenta del indio, pidieran a las gubernaturas el
permiso para restablecer viejas prácticas como el trabajo forzado
y el azote como escarmiento;92 ni que otros solo avisaran al
gobernador en turno, atribuyéndose potestades y justificando
sus acciones en nombre de la “salvación de la Huasteca”, que no
respetaban la igualdad social y que las cosas seguirían como en
el pasado.93 A esto se le debe sumar las múltiples quejas firmadas
por colectividades huastecas, nahuas y pames, donde se exponían
los malos tratos y la persistencia de prácticas abolidas por el
Congreso, como los servicios personales y altos impuestos civiles
y eclesiásticos por parte de los ayuntamientos.
Al no ser tomados en cuenta en los foros donde se discutía
su presente y su futuro, y, por ende, al no poder contradecir las
identidades elaboradas por personas ajenas a sus etnias, cabría
preguntarse: ¿cómo se definían a sí mismos los indígenas en la
etapa independiente? ¿Estaban de acuerdo con su transfiguración
en ciudadanos? Lamentablemente, las fuentes consultadas hasta
ahora no permiten formular una respuesta concienzuda a estos
cuestionamientos, pero sin duda la visión del indio serviría para
Véase AHESLP, SGG, José Solórzano, alcalde de Huehuetlán, informa
sobre el estado de su pueblo, 15 de septiembre de 1826, caja 36, exp. 19, ff. 8-9
93
AHESLP, SGG, Órdenes del prefecto de Valles sobre los indios de Aquismón, 30 de abril de 1830, caja 219, exp. 45, f. 10.
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contrastar a las de las autoridades. Se espera que este sesgo
historiográfico sea subsanado pronto.
Referencias
Archivo
Archivo Histórico del Estado de San Luis Potosí (AHESLP)
Bibliografía
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San Luis, 1999.
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Corbett, Bárbara. “Comercio y violencia en la Huasteca Potosina:
el monopolio del tabaco, 1821-1846”. En El siglo XIX en
Sillares, vol. 1, núm. 2, 2022
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El Colegio de San Luis, 2002.
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�Dos culturas políticas ¿disímiles?

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�El impacto de la conectividad por ferrocarril en la
configuración territorial de los valles de Durango
(1883-1913)
The impact of railway connectivity on the territorial
configuration of the Durango valleys (1883-1913)
Daniel Guillermo Rodríguez Barragán
El Colegio de San Luis
orcid.org/0000-0001-6760-8940

Resumen: En el texto se analiza cómo en el cambio del siglo XIX al
XX, la expansión de las vías del ferrocarril alteró las dinámicas de
centralidad y marginalidad entre diversos lugares del norte de México.
Centrándose en el transporte en la región de los valles de Durango, en
el estado del mismo nombre, en donde a partir de la llegada de las locomotoras y la conexión con los mercados estadounidenses y del resto
de México, dicha región fue perdiendo cada vez más relevancia económica en favor de La Comarca Lagunera, mientras que al interior de los
valles se alteraron las relaciones de poder entre los miembros de la élite
local y entre éstos y el gobierno federal; al mismo tiempo que aumentaban los conflictos por límites de tierra.
Palabras clave: Ferrocarril; latifundios; élites; tierra; conflicto.
Abstract: The text analyzes how in the change from the 19th to the 20th
century, the expansion of the railroad tracks altered the dynamics of
centrality and marginality between various places in northern Mexico.
Focusing the transport in the region of the valleys of Durango, in the
state of the same name, where from the arrival of the locomotives and
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�El impacto de la conectividad por ferrocarril

the connection with the US markets and the rest of Mexico, this region
was losing more and more relevance economic in favor of La Comarca
Lagunera, while within the valleys power relations among members of
the local elite and between them and the federal government were altered; at the same time that conflicts over land limits increased.
Keywords: Railroad; large estates; elites; land; conflict.

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�Daniel Rodríguez

Introducción
Con el tendido de las líneas férreas en 1883, Durango entró en
contacto con mercados nacionales e internacionales de una forma
como nunca antes lo había hecho. Si antes las condiciones geográficas, como los desiertos o las sierras, habían mantenido a los
habitantes de la entidad en un relativo aislamiento, con la llegada
de las locomotoras, a finales del siglo XIX, al mismo tiempo que
se alteró la noción de distancia, se entró en una dinámica capitalista asumiendo el papel, en términos generales, de productor de
recursos naturales como algodón o fierro para mercados extranjeros y de alimentos para consumo nacional.
El objetivo de este trabajo es estudiar cómo la inserción
de las vías del ferrocarril en diferentes mercados alteró las
relaciones de centralidad y marginalidad de los valles de Durango
en relación con otros lugares, así como la forma en que al interior
de dicha región se modificaron las relaciones de poder entre los
principales sectores económicos (latifundios, minería, industria y
comercio), y la forma en que esto derivó en cambios territoriales
entre las grandes propiedades, los pueblos y congregaciones,
llevando a un escenario de confrontación, hasta 1913, cuando
tanto el ferrocarril como los latifundios fueron “intervenidos” por
los ejércitos revolucionarios.
Para esto, el texto se divide en los tres siguientes
apartados. En el primero, “Centralidades y marginalidades a
partir del ferrocarril”, se expone la forma en que la extensión del
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�El impacto de la conectividad por ferrocarril

ferrocarril por el territorio nacional durante el Porfiriato obedeció
tanto a procesos de comunicación que venían de las décadas
anteriores, como a necesidades industriales de los mercados de
Estados Unidos, centrándose en los cambios generados en La
Comarca Lagunera94 y su configuración como nuevo lugar central
norteño. Posteriormente, en “Cambios territoriales en los valles
de Durango”, se estudia la forma en que la llegada del ferrocarril
y la conexión con otros mercados alteró la lógica de centralidad
y marginalidad de los valles de Durango tanto en relación con
los lugares cercanos, como de manera interna. Finalmente, en
el apartado “Conflictos sociales”, se expone la manera en que
los cambios económicos y productivos generados a partir de la
llegada de las locomotoras derivaron en conflictos territoriales
entre sectores de las clases altas y los habitantes de diversos
pueblos y congregaciones.
Centralidades y marginalidades a partir del ferrocarril
Hasta cierto punto, ha sido común en la academia señalar que las
últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX se caracterizaron por un proceso muy importante: la entrada del norte95 de
México a una dinámica política, económica y cultural verdaderaEn el presente trabajo por Comarca Lagunera se entiende los actuales municipios coahuilenses de Torreón, Viesca y Matamoros; y los actuales municipios duranguenses de Gómez Palacio y Lerdo.
95
En el presente trabajo, por norte se comprende los actuales estados de Baja
California, Baja California Sur, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León,
Tamaulipas, Sinaloa y Durango.
94

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�Daniel Rodríguez

mente nacional.1 Sin embargo, esto no habría sido fácil, ya que si
Alberdi mencionó para su natal Argentina que “gobernar es poblar”,2 podríamos usar dicha frase para caracterizar también al siglo XIX mexicano, debido a que uno de los retos más grandes que
enfrentaron los gobiernos de nuestro país, ya fueran centralistas o
federalistas, liberales o conservadores, fue el de poblar las tierras
del norte; lo que a su vez se relacionaba con otras nociones que
se estaban debatiendo, como la necesidad y papel de la conectividad, una visión de desarrollo económico, de ciudadanía y del
papel del Estado en relación con un dominio espacial efectivo.3
En este trabajo no se plantea que dichos conceptos y las
ideas detrás de ellos hayan sido homogéneos en la historia de
México. Por el contrario, somos conscientes de su diversidad y
constante enfrentamiento electoral, intelectual e incluso militar
para imponerse; pero debido al objetivo y extensión del presente
texto, nos centraremos en esta primer sección en la manera en que
ese norte entró a la dinámica nacional durante la última etapa del
Porfiriato, desde el punto de vista de la producción y consumo
de materias primas. Para esto, utilizaremos las ideas de Claude
Luis Aboites Aguilar, “La decadencia de Durango durante el siglo XX. Una
mirada a la historia del norte de México”, Chihuahua Hoy, núm. 16 (2018):
189–90.
2
Juan Bautista Alberdi, Política y sociedad en Argentina (Caracas: Fundación Biblioteca de Ayacucho, 2005), 29.
3
Luis Aboites Aguilar, Norte precario: poblamiento y colonización en México (1760-1940) (México, DF: El Colegio de México; Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, 1995), 13–31.
1

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�El impacto de la conectividad por ferrocarril

Raffestin en este y en el resto de apartados en lo que respecta
a las nociones de redes, nodos, centralidad, marginalidad,
materia y recurso en la configuración del territorio,4 para mostrar
cómo en el cambio del siglo XIX al XX en el norte del país se
configuró una dinámica productivista, marcada por una lógica de
lugares centrales y marginales determinados por procesos tanto
nacionales como por otros ocurridos más allá de las fronteras
políticas de México.
¿Cómo acercarnos a la dinámica productivista del norte de
México durante el cambio de siglo? En este trabajo se utilizan las
transformaciones en la dinámica tecnológica del transporte, para
comprender la forma en que se estaban dando a grandes escalas
las relaciones, en términos productivos, entre diferentes puntos
de la geografía nacional, siendo el tendido del ferrocarril el que
más claramente puede ayudar a mostrar este proceso.
Durante el Porfiriato se dio un importante aumento del
tendido de las vías férreas: mientras en 1876 había 666 kilómetros
(km) de vías en todo el país, se pasó a 19,528 para 1910.5 Como
se observa en el mapa 1, en 1876 las únicas vías que existían en
México eran las que conectaban el centro del país con el puerto
Claude Raffestin, Por una geografía del poder (México, DF: El Colegio
de Michoacán; Fideicomiso Felipe Teixidor y Monserrat Alfau de Teixidor,
2013), 217–59.
5
Ana García de Fuentes, “La construcción de la red férrea mexicana en el
Porfiriato: Relaciones de poder y organización capitalista del espacio”, Investigaciones Geográficas, núm. 17 (1987): 141.
4

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de Veracruz. Para 1884, ya se había construido el Ferrocarril
Central Mexicano, que unía la Ciudad de México con Paso del
Norte (actual Ciudad Juárez); el Ferrocarril Nacional Mexicano,
que conectaba la capital del país con Nuevo Laredo (Tamaulipas);
y diversas vías que unían Hermosillo (Sonora), Monclova
(Coahuila) y Monterrey (Nuevo León) con Estados Unidos.
Para 1898 ya se contaba con la infraestructura férrea que unía
Monterrey con el norte de Veracruz, pasando por Ciudad Victoria,
en Tamaulipas; la que unía Saltillo, en Coahuila, con San Luis
Potosí; o la que conectaba Durango con Torreón. Finalmente, en
1910 estaban terminadas las vías que comunicaban Guadalajara
y Colima, Mazatlán y Culiacán y el Istmo de Tehuantepec con
Guatemala.6
Se propone la idea de que estas cuatro fases de la expansión
del ferrocarril, obedecieron a lógicas productivistas disímiles,
aunque complementarias, y por lo tanto generaron nodos
económicos y relaciones de centralidad y marginalidad entre sus
componentes también diferentes. Para comprender esas distintas
lógicas hay que relacionar el ferrocarril tanto con procesos
anteriores de conectividad, como con las dinámicas productivas
y consumidoras en Estados Unidos, ya que el norte de México a
lo largo de la primera mitad del siglo XIX fue estableciendo cada
vez mayores relaciones comerciales con Estados Unidos.
Carlos Crespo Villalaz, Vías de comunicación: caminos, ferrocarriles,
aeropuertos, puentes y puertos (México, DF: Limusa, 1979), 133.
6

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Mapa 1. Ferrocarriles construidos entre 1876 y 1910

Fuente: Montagnier, Patrick Allouette. (2020). La revolución mexicana sobre
rieles: El caso del Ferrocarril Chihuahua al Pacifico (1910-1940). Debates
por la Historia, (02), 29.

Antes del tendido del ferrocarril, como se muestra en el mapa 2,
eran cuatro los caminos más importantes que unían los principales centros económicos y/o políticos de México. En todos, la
Ciudad de México era el centro de donde partían los caminos a
Veracruz y Acapulco, la ruta a Oaxaca, Tehuantepec y Guatemala, y el más largo de todos y el que nos interesa para este trabajo:
el Camino Real de Tierra Adentro, que unía la Ciudad de México
con Santa Fe, en Nuevo México, pasando por Querétaro, Guanajuato, Zacatecas, Durango y Chihuahua, desprendiéndose un
camino paralelo que unía Monterrey y Saltillo con Zacatecas.7
Sergio Ortiz Hernán, “Caminos y transportes mexicanos al comenzar el
siglo XIX”, Comercio Exterior XXXIII, núm. 12 (1973): 1247.
7

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Mapa 2. Principales caminos en la primera mitad del siglo XIX

Fuente: Ortiz Hernán, Sergio. (1973). Caminos y transportes mexicanos al
comenzar el siglo XIX. Comercio Exterior, XXXIII, (12), p. 1249.

Si se comparan los dos mapas anteriores se puede observar que
el Ferrocarril Central Mexicano, al conectar la Ciudad de México con la frontera con Estados Unidos, siguió prácticamente la
misma ruta que el Camino Real de Tierra Adentro. Parte de la
explicación de esto parece encontrarse en el reto que significó la
geografía mexicana a lo largo del siglo XIX: la ausencia de ríos
navegables, las sierras costeras y la dificultad de abrir canales
imposibilitaba en gran medida el comercio con el exterior por lo
costoso que podía ser. Para sortear dicha realidad se optó después
de consumada la independencia por promover la agricultura y la
industria nacionales, al igual que la reactivación minera de oro y
plata, al ser los únicos metales cuyo costoso traslado podía dejar
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ganancias, olvidándose de las costas y de la frontera norte como
opciones para exportar e importar.8
De esta forma el Camino Real de Tierra Adentro, al
extenderse del centro del país casi en línea recta hacia Estados
Unidos a lo largo de la primera mitad del siglo XIX, mostraba las
ansias por poblar y controlar el norte, los obstáculos geográficos
en las costas, así como las dos dinámicas básicas de la economía
mexicana en ese momento, al conectar los principales centros
de producción de metales preciosos (el Bajío o Zacatecas)
con el puerto de Veracruz, así como las urbes que tenían una
industria textil incipiente como Durango. Aunque con diferentes
dinámicas, esto convirtió a dichas ciudades en nodos productivos,
generando alrededor de estos centros urbanos una relación de
dependencia económica sobre parte del mundo rural, ya que las
ciudades atraían mano de obra y el consumo de materias primas
y alimentos. Resulta importante destacar para este trabajo que
la ciudad de Durango, para la primera mitad del siglo XIX,
consumía todo el algodón y demás productos que se sembraban
en La Comarca Lagunera, existiendo una relación productivista
de centro y marginalidad entre las dos regiones.9
Al comparar el tendido del Camino Real de Tierra
Adentro y del Ferrocarril Central Mexicano, puede inferirse
que las relaciones económicas y políticas que derivaron en
John Tutino, “El debate sobre el futuro de México: en busca de una nueva
economía, 1830-1845”, Historia Mexicana LXV, núm. 3 (2013): 1181.
9
Tutino, 1167.
8

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el primero, seguían gozando de gran importancia para 1884,
teniendo prioridad sus ciudades para establecerse entre ellas la
conectividad por el ferrocarril antes que en otras, ya que al mismo
tiempo que se consolidaba la dinámica productivista de metales
preciosos del Bajío, se podía establecer un control más efectivo
sobre el terreno por parte del gobierno federal, al permitir el tren
una mayor movilidad de las fuerzas de seguridad, lo cual era
importante principalmente en el norte del país ante la presencia
de pueblos nativos beligerantes.10
No sólo las similitudes entre las dos vías de comunicación
nos dicen algo sobre la manera en que se configuraba el
territorio nacional en cuestiones productivistas, sino también
las diferencias. La principal de ellas que nos interesa resaltar
en este texto, es que mientras el Camino Real de Tierra Adentro
de Zacatecas partía hacia Durango y después a Chihuahua, el
Ferrocarril Central Mexicano de Zacatecas parte hacia Torreón
y después a Chihuahua, esquivando la capital duranguense y la
región de los valles. ¿A qué se debió este cambio? La respuesta
concreta es que el Ferrocarril Central Mexicano favoreció la
exportación de metales preciosos y el control estatal sobre el
norte, finalidades que compartía con el Camino Real de Tierra
Adentro, pero a diferencia de éste, desplazó la incipiente
industria nacional a favor de mercados extranjeros. En el próximo
apartado se profundizará en esto; ahora es pertinente reflexionar
Paul J. Vanderwood, Los rurales mexicanos (México, DF: Fondo de Cultura Económica, 1982), 87.
10

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un poco sobre la configuración de la frontera norte de México y
la económica de los Estados Unidos.
A diferencia de México, la Unión Americana sí contó con
una importante dinámica de exportación casi desde el inicio de su
vida independiente, sobre todo gracias al trabajo de esclavos y al
cultivo de las tierras arrebatadas a los nativos americanos, todo
transportado en los grandes ríos con que cuenta aquella nación.
Esto estableció una concentración industrial en el noreste y una
producción principalmente de materias primas en el sur. A partir
de la guerra con México a mediados del siglo XIX, no sólo se
estableció una nueva frontera política entre las dos naciones, sino
que se alteró de manera drástica la economía estadounidense
al diversificarse; Texas se abrió a la producción del algodón,
California presentó desde 1849 un auge en la producción agrícola
y de oro, y por otro lado, las grandes llanuras del medio oeste
también se abrieron a la minería, la agricultura y el pastoreo
comercial.11
De esta manera, después de la guerra civil en Estados
Unidos (1861-1865) se presentó un modelo de consolidación
nacional a partir de la industrialización capitalista, que derivó
en cuatro objetivos principales: la explotación de los recursos
naturales, la ampliación de los medios de comunicación, la
ocupación de las tierras en el oeste y la consolidación de un
Tutino, “El debate sobre el futuro de México: en busca de una nueva economía, 1830-1845”, 1187–88.
11

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mercado interno. De 1865 a 1890, la sociedad estadounidense
sufrió importantes cambios, se consolidó el área industrial
alrededor de los Grandes Lagos en la frontera con Canadá y se
construyeron las líneas de ferrocarril que conectaron al país de
costa a costa, lo que fue acompañado por el tendido de líneas de
telégrafo, primero, y después de teléfono.12
El aumento poblacional, que fue una característica
estadounidense desde su fundación, continuó con buen pie en la
segunda mitad del siglo XIX, pasando el país de 31.4 millones
en 1865 a 75.9 millones en 1900.13 Esta población también se
distribuyó de manera más homogénea por el territorio nacional, ya
que para inicios del siglo XX la Unión Americana estaba formada
por 45 estados, de los cuales California, Nevada, Utah, Colorado,
Kansas, Nebraska, Dakota del Sur, Dakota del Norte, Wyoming,
Montana, Idaho, Oregón, Washington, Nuevo México y Arizona,
entre 1850 y 1912, obtuvieron la población mínima necesaria
para ser considerados como estados con plenos derechos.14
Esto fue posible, entre otras cosas, gracias a la migración
constante. A diferencia de México, Estados Unidos fue el destino
de miles de migrantes, los que, para la última etapa del siglo XIX,
provenían principalmente del sur y el oriente de Europa, aunque
Jesús Velasco Márquez, “Visión panorámica de la historia de los Estados
Unidos”, en ¿Qué es Estados Unidos?, ed. Rafael Fernández de Castro y
Hazel Blackmore (México, DF: Fondo de Cultura Económica, 2008), 55–56.
13
Velasco Márquez, 56.
14
Erika Pani, Historia mínima de los Estados Unidos de América (Ciudad de
México: El Colegio de México, 2016), 252.
12

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también del otro lado del Pacifico, especialmente de China y
Japón, al grado de que para 1890 se tuvo que anunciar el fin de la
venta de tierras públicas, debido a que ya que no había suficiente
para tanta demanda.15
Para finales del siglo XIX la sociedad estadounidense en
términos generales había dado un paso decisivo: había dejado
de ser mayoritariamente rural para ser principalmente urbana;
lo cual había consolidado un importante mercado interno de
consumidores, la fusión de diversas empresas y la configuración
de monopolios (siendo Rockefeller el caso más representativo);
llevando la industrialización del país a una nueva etapa, lo que
provocó a su vez el aumento de las organizaciones de trabajadores,
tanto en el campo como en las ciudades, que buscaban reivindicar
determinados derechos.16
La zona industrial alrededor de los Grandes Lagos
se convirtió en el principal nodo ferroviario de los Estados
Unidos. Esto ocurrió gracias a que, como ya se mencionó, dicha
zona aglutinó diversas industrias, como la metalúrgica o la del
automóvil, debido entre otras cosas, al flujo de trabajadores
migrantes y la cercanía tanto de minas de carbón que proveían de
combustible como de ríos que permitían el traslado de mercancías.
Marcello Carmagnani, El otro Occidente. América Latina desde la invasión europea hasta la globalización (México, DF: Fondo de Cultura Económica, 2004), 252.
16
Velasco Márquez, “Visión panorámica de la historia de los Estados Unidos”, 59.
15

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Así, a lo largo del siglo XIX los ferrocarriles estadounidenses
conectaron dicha región con las productoras de materias primas
del medio oeste y con los puertos del Atlántico. Esta expansión
ferroviaria topó con un gran obstáculo en 1873, cuando estalló
una crisis económica en Estados Unidos que se debió, entre
otras cosas, a la sobreinversión en las líneas férreas: no había
suficientes mercancías para que su traslado por tantas vías fuera
redituable, lo que derivó en pérdidas y quiebras de empresas.17
De tal forma, cuando las vías de Estados Unidos y México
se conectaron también lo hicieron las necesidades económicas de
las élites de las dos naciones. Los estadounidenses requerían de
más mercancías que trasladar para hacer rentable su ferrocarril
y mantener la expansión de sus diversas industrias; mientras
que los mexicanos necesitaban romper con el aislamiento
geográfico, diversificar su producción de materias primas, y en
lo posible, su incipiente industria, así como poblar y conectar
mejor el norte del país.
Por lo tanto, había un elemento contradictorio: o se
fortalecía la industria estadounidense o lo hacía la mexicana. Al
final de cuentas, se impuso la visión norteamericana, lo que explica
las diferencias con los caminos del siglo XIX, como se mencionó
anteriormente. La llegada de los ferrocarriles estadounidenses a
la frontera, se hizo en pocos años: El Southern Pacific llegó a El
Lorenzo Sánchez, “La industrialización de Estados Unidos desde una óptica distinta”, Cuadernos de Investigación. Serie Economía, núm. 8 (2019): 123.
17

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Paso en 1881; el Atchison Topeka and Santa Fe llegó a Nogales
en 1882; el Texas and Pacific conectó con el Southern Pacific
en 1882; el International and Great Northern llegó a Laredo en
1881; y el Galveston, Houston and San Antonio llegó a Eagle
Pass en 1883.18
El impacto de esta nueva conexión fue distinta en diversas
partes del norte del país. En Sonora la unión con el ferrocarril
estadounidense fue un catalizador para la explotación de las
minas de cobre, derivando en la formación de un eje productivo
Nogales-Hermosillo, a expensas del puerto de Guaymas que
hasta entonces había sido la principal salida de los habitantes del
estado y de sus mercancías, pero también generó una importante
llegada de inmigrantes chinos provenientes de California
dispuestos a trabajar en el comercio, así como nuevos conflictos
por la tierra.19
En Tamaulipas, mientras tanto, la conexión con el mercado
estadounidense a través de la llegada de las locomotoras se
tradujo en la explotación de metales industriales y el surgimiento
de la industria petrolera.20 Por su parte, en Durango el impacto
fue muy profundo también, ya que significó el surgimiento de La
Comarca Lagunera como una nueva región central y el cambio
García de Fuentes, “La construcción de la red férrea mexicana en el Porfiriato: Relaciones de poder y organización capitalista del espacio”, 185.
19
Ignacio Almada Bay, Historia breve de Sonora (México, DF: Fondo de
Cultura Económica, 2000), 151.
20
Octavio Herrera Pérez, Historia breve de Tamaulipas (México, DF: Fondo
de Cultura Económica, 1999), 171.
18

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en la dinámica productiva previa de los valles de Durango. Es
importante para este texto explicar a continuación el primero de
estos fenómenos, antes de centrarnos en el segundo de ellos en
los próximos dos apartados.
Desde antes de la llegada del ferrocarril, los agricultores
de La Comarca Lagunera se dedicaban ya al cultivo del algodón
aprovechando las aguas del Río Nazas, pero debido a la falta de vías
de comunicación se habían limitado a proveer a la industria textil
exclusivamente nacional, principalmente, como ya se mencionó,
a la de la ciudad de Durango y sus puntos aledaños, debido a su
cercanía. Por lo tanto, había una relación de dicha región lagunera
como lugar marginal, frente a la de los valles de Durango como
lugar central, lo que cambió tras la conexión con los mercados
estadounidenses. En 1883 llegó el Ferrocarril Central Mexicano a
la Comarca Lagunera y cinco años después arribó al mismo lugar
el Ferrocarril Internacional Mexicano, lo que convirtió a dicha
región en uno de los dos nodos ferroviarios más importantes del
norte del país, junto con Monterrey21 (ver mapa 1).
La nueva importancia de La Comarca Lagunera se reflejó
en el aumento de su producción algodonera y de su población. Para
finales del siglo XIX dicha región llegó a producir alrededor de
15,000,000 de kilogramos (kg) de algodón, lo que representaba
Mario Cerutti, “Agricultura, agroindustria y tejido productivo-empresarial
en La Laguna, 1870-1915”, en Historia de Durango. Tomo III: Siglo XIX (Durango: Universidad Juárez del Estado de Durango - Instituto de Investigaciones Históricas, 2013), 302–303.
21

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�El impacto de la conectividad por ferrocarril

75% de la producción nacional, misma que ya no podía ser
absorbida por la industria textil mexicana, sino que tenía como
destino los Estados Unidos. Una de las principales consecuencias
de la expansión de ese cultivo fue la llegada de trabajadores tanto al
campo lagunero como a Torreón y Gómez Palacio, las dos ciudades
que eran el centro de dicha región. En 1871, La Comarca Lagunera
tenía 20,000 habitantes, mientras que en 1910 ya eran 172,000
(55.5% era población rural y 44.5% urbana), mostrando en ese
lapso un promedio de crecimiento anual de 55.6 habitantes por mil,
muy superior al 24.1 por mil del estado de Durango y al 17.7 por
mil del promedio nacional. Para 1910, Torreón, con sus alrededor
de 34,000 habitantes, ya superaba en población a la ciudad de
Durango que apenas tenía para esa fecha 31,763 pobladores.22
Con el tendido de las líneas del ferrocarril durante la
segunda mitad del siglo XIX a ambos lados del Río Bravo, se
transformaron de manera importante las relaciones económicas y
políticas entre México y los Estados Unidos. Por primera vez desde
la consumación de la independencia, el puerto de Veracruz ya no
era la única salida importante de las mercancías mexicanas al resto
del mundo, sino que las ciudades fronterizas del “inhóspito norte”
se convirtieron en las puertas de entrada a uno de los mercados que
más estaba creciendo en ese momento. De igual forma, la extensión
de los ferrocarriles permitió una mayor presencia del gobierno
nacional, por lo menos en términos de las fuerzas de seguridad.
22

Cerutti, 304–305.

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�Daniel Rodríguez

Pero al mismo tiempo, la conexión con el mercado estadounidense
a través de las locomotoras alteró las relaciones de centralidad y
marginalidad que ya estaban presentes en el norte mexicano.
Algunos lugares marginales, como La Comarca Lagunera,
pasaron a ser centrales, mientras que otros que ya eran centrales
como los valles de Durango, tuvieron que adaptarse a esta nueva
dinámica. Sobre esta última región: ¿qué consecuencias tuvo
el hecho de que se formara un nuevo lugar central (La Laguna)
con tanto potencial tan cerca de ella? ¿Cómo se adaptaron los
diversos grupos sociales a la conexión cuando finalmente llegó el
ferrocarril? ¿Qué cambios provocó la nueva dinámica económica
de conexión al mercado estadounidense? En el siguiente apartado
se analiza de manera específica el caso de los valles de Durango
para dar respuesta a estas preguntas.
Cambios territoriales en los valles de Durango
La región de los valles, la que se muestra en el mapa 3, con una
superficie de 1,688,800 hectáreas, lo que representa el 13.6% de
la superficie del estado; actualmente se extiende por tres municipios (Durango, Canatlán y Nuevo Ideal), aunque en la época de
estudio, solamente eran dos (Durango y Canatlán), ya que Nuevo
Ideal se separó de Canatlán hace apenas treinta años.23 Para 1910,
dicha región era sede de los poderes políticos del estado, contaba
con una población de alrededor de 97,000 personas y era la más
Jesús Manuel Lozoya Amaro, Geografía Física del Estado de Durango
(Durango: Gobierno Municipal de Durango, 2017), 45.
23

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�El impacto de la conectividad por ferrocarril

productiva de Durango en cuanto a alimentos, ya que según datos
de 1908 era la primera productora estatal de maíz y frijol y la
segunda de trigo, produciendo ese año 160,000 hectolitros del
primero, 12,000 hectolitros del segundo y poco más de 100,000
kg del tercero, representando una tendencia que venía de siglos
atrás.24 Esto fue posible gracias a la fertilidad de la tierra, debida
a factores como la regularidad de la lluvia, su humedad, el bajo
relieve y a que forma parte de la cuenca del río San Pedro-Mezquital, destacando tres fuentes de agua: los ríos La Sauceda, el
Tunal y La Laguna de Santiaguillo, con sus afluentes.25
No sólo la ciudad de Durango, congregaciones, ranchos
y pueblos se establecieron ahí, también se crearon diversas
haciendas: San Jerónimo Tapias, Labor de Guadalupe, Navacoyán,
La Punta, San Lorenzo de Calderón, el Chorro y Dolores en la
municipalidad de Durango; y Guatimapé, Cacaria, Alisos, La
Sauceda, Gigantes y Enanos, Trébol, Santiaguillo y Sauces en la
municipalidad de Canatlán. Estas propiedades tuvieron un origen
virreinal, aunque, por supuesto, su tamaño varió con el paso de los
años; por ejemplo, hasta finales del siglo XVIII, las haciendas de
Cacaria, La Sauceda, El Chorro y Labor de Guadalupe formaron
un único latifundio, el cual fue fragmentándose a lo largo del
siglo XIX. Dichas haciendas, a pesar de su pequeño tamaño
(si se les compara con otras del estado, ya que las más grandes
María Guadalupe Bermúdez Trejo, “La gastronomía en Durango durante el
Porfiriato” (Universidad Juárez del Estado de Durango, 2017), 39–40, 53.
25
Lozoya Amaro, Geografía Física del Estado de Durango, 71.
24

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estaban alrededor de las 75,000 hectáreas en 1906, cuando otros
latifundios en la parte oriental de Durango sobrepasaban las
400,000 hectáreas), se convirtieron en importantes productoras
agropecuarias.26
Mapa 3. Los valles de Durango

Fuente: Elaboración propia.

Ante este escenario en apariencia tan favorecedor de los valles
de Durango a finales del siglo XIX, debemos regresar a la pregunta enunciada páginas arriba: ¿por qué el Ferrocarril Central
Mexicano no llegó a esta región como sí lo había hecho el Camino Real de Tierra Adentro? Sin duda este papel de gran producMiguel Felipe de Jesus Vallebueno Garcinava, Haciendas de Durango
(Durango: Gobierno del Estado de Durango; Tonalco; Universidad Juárez del
Estado de Durango, 1997), 37–74.
26

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�El impacto de la conectividad por ferrocarril

tor de alimentos era favorable para un mercado como el que se
tenía en la primera mitad del siglo XIX, es decir, uno de carácter
interno; pero era desfavorable frente al mercado estadounidense. Como ya se mencionó, la guerra con México (1846-1848)
y la conquista territorial subsecuente llevó a que los Estados
Unidos tuvieran el nuevo oeste americano para su agricultura y
pastoreo, lo que ayudó al crecimiento urbano del país, al tener
más fuentes de alimentos. Aquella nación no necesitaba maíz o
frijol de México, no sólo porque dichos cultivos no coincidían
con su cultura alimenticia, sino porque su expansión en décadas
anteriores le había dado lo necesario para su crecimiento urbano-industrial.
De esta forma, si se ven los cambios territoriales en el
oeste estadounidense y los provocados por la conexión en el
norte de México tras la llegada del ferrocarril como procesos
entrelazados, podemos darnos cuenta que lo que dio a los valles
de Durango un lugar de centralidad respecto a otras regiones, la
llevó a no ser prioridad para entrar rápidamente en contacto con el
mercado estadounidense. En contraste, la Comarca Lagunera se
encontraba en el caso opuesto gracias a que ya tenía una historia
previa en el cultivo del algodón. El hecho de que el Ferrocarril
Central Mexicano no pasara por los valles de Durango no se
puede explicar únicamente porque sus cultivos de las últimas
décadas del siglo XIX no eran deseados por los mercados en
Estados Unidos; sin duda este fue un factor muy importante,
pero no el único. Hubo otra serie de circunstancias y actores que
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también influyeron tanto para dicha situación, como para que ésta
se modificara, haciendo que las locomotoras llegaran a la capital
de Durango y a la región circundante de los valles en 1892, nueve
años después de que lo hicieron a La Laguna.
Junto con la situación en el mercado estadounidense,
se deben de mencionar tanto las características geográficas de
Durango, que hacen poco factible una línea férrea de Zacatecas
a la región de los valles, como los intereses encontrados de tres
grupos de actores importantes: los dueños de las compañías
ferroviarias, el gobierno nacional de México y el gobierno de
Durango en alianza con sectores de la élite económica local. El
proyecto original del Ferrocarril Central Mexicano, aprobado el
8 de septiembre de 1880, contemplaba el paso por la ciudad de
Durango, pero pocas semanas después fue modificado, aludiendo
que el tramo proyectado entre Huejuquilla (Chihuahua) y
Fresnillo (Zacatecas) era más factible por La Comarca Lagunera,
uniendo los distritos de Parral, Mapimí, Villa Lerdo y San Juan
de Guadalupe.27
La razón que se dio fue de índole económica: si se construía
el tramo de vía atravesando de sur a norte los valles de Durango,
aumentaría en 30 millas (120 km) el tendido de líneas férreas
entre Zacatecas y Chihuahua. Esto se traduciría en 1,140,000
pesos de subvenciones para el gobierno federal, así como un
Antonio Arreola Valenzuela, Durango, más de un siglo sobre rieles (Durango: Universidad Juárez del Estado de Durango - Instituto de Investigaciones Históricas, 1992), 36–37.

27

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aumento en los fletes de mercancías; además, las pendientes por
el lado de La Laguna eran mucho menos pronunciadas, llegando
a realizarse el cálculo de que una locomotora que por esta zona
podía arrastrar 50 vagones, en los valles de Durango podría sólo
con 15, lo que significaba mayor inversión en combustible. Por
último, se consideró que si se elegía la ruta que pasaba por los
valles de Durango, la construcción duraría hasta 15 meses más
que si se hacía por La Laguna. Con todos estos argumentos, tanto
la compañía ferroviaria como el gobierno nacional, estuvieron
de acuerdo en que el ferrocarril no pasara por el centro de
Durango.28
Si analizamos con más detenimiento está decisión,
podemos ver que es un reflejo de la estructura territorial en los
valles de Durango y de las relaciones de poder derivadas de
ésta. Cuando llegó la noticia de la construcción del Ferrocarril
Central Mexicano y de su posible paso por Durango, en la región
de los valles había tres sectores importantes en que se dividía
la élite económica-política. En primer lugar, los terratenientes
dueños de los latifundios ya señalados; entre las principales
familias latifundistas, se pueden mencionar a los Pérez Gavilán,
Gurrola, Lavín, Luján, Bracho, Gómez Palacio, Fernández,
Saravia, entre otros.29
Arreola Valenzuela, 39–41.
Miguel Felipe de Jesus Vallebueno Garcinava, “Economía y negocios en el
Durango de los siglos XVIII y XIX”, en Historia de Durango. Tomo III: Siglo
XIX, ed. María Guadalupe Rodríguez López (Durango: Universidad Juárez del
28
29

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Después estaban quienes ejercían el control del
comercio y la industria (principalmente textil), sectores que
fueron monopolizados por los extranjeros. En el área mercantil
destacaron los franceses, quienes fundaron negocios de gran
tradición en Durango, como “Fábricas de Francia” o “La
Francia Marítima”; en la industria, fueron los alemanes quienes
tomaron el control, sobresaliendo la “Fábrica de Hilados y
Tejidos de El Tunal”. Entre esta élite se puede incluir a familias
como los Borelly, Pinocelly, Fabre, Stahlknecht, Drünnert,
Delius, entre algunas más.30 Junto a los dos sectores anteriores
se situaban quienes tenían el control de las inversiones en la
minería, en su mayoría estadounidenses. En los albores del
siglo XX, en este sector las empresas más importantes eran la
American Smelting and Refining Co. (ASARCO) y la Minera
de Peñoles S.A.31
Si bien no se trataba de una élite política-económica
perfectamente dividida, ya que los latifundistas podían tener
inversiones en la industria textil o los representantes de compañías
mineras poseer propiedades en el campo, sí se les puede catalogar
Estado de Durango - Instituto de Investigaciones Históricas, 2013), 198–206.
30
María Guadalupe Rodríguez López, “Durango. Extranjeros y negocios.
Atisbos de una modernidad”, en Historia de Durango. Tomo III: Siglo XIX, ed.
María Guadalupe Ródriguez López (Durango: Universidad Juárez del Estado
de Durango - Instituto de Investigaciones Históricas, 2013), 446–63.
31
Guadalupe Villa Guerrero, “La minería en la era de la paz y el progreso (Durango: 1888-1910)”, en Porfiriato y revolución en Durango (Durango:
Universidad Juárez del Estado de Durango - Instituto de Investigaciones Históricas, 1999), 97–100.
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�El impacto de la conectividad por ferrocarril

en los tres grupos anteriores al tomar en cuenta en dónde estaba la
mayor parte de su inversión. Cuando se dio a conocer la noticia de
que el Ferrocarril Central Mexicano no pasaría por los valles de
Durango, el gobierno del estado, encabezado por el gobernador
Francisco Gómez Palacio, inició una campaña de presión política.
Primero se argumentó que las compañías inglesas interesadas en
adquirir ganado en la entidad podrían ver afectados sus intereses,
y por lo tanto se dañarían las relaciones de México con Gran
Bretaña.32
Al no tener mayor repercusión dichas declaraciones, el
gobernador de Durango fue a la Ciudad de México a principios
de 1883 para entrevistarse con el presidente Díaz y pedir su ayuda
en este asunto, centrando su argumentación en dos elementos. El
primero, era el señalar que las nuevas vías de ferrocarril no sólo
debían ser útiles para conectar a México con la industria de los
Estados Unidos, sino, sobre todo, su objetivo debía ser unir entre
sí las diversas regiones de México para fomentar el intercambio
interno de mercancías. El segundo, era demostrar que Durango
tenía mucho que aportar en ese escenario, debido a su gran
producción agrícola, resultando por lo tanto imperdonable que
el proyecto del ferrocarril buscara dejar fuera a una entidad tan
importante. Para las autoridades de Durango, el ferrocarril era
una herramienta para fomentar la agricultura del país.33
Periódico Oficial del Gobierno del Estado de Durango, 5 de enero de
1883, p. 3.
33
Periódico Oficial del Gobierno del Estado de Durango, 18 de enero de
32

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Este tipo de argumentación demuestra el gran peso que
los terratenientes tenían en el gobierno del estado justo antes de
la llegada del ferrocarril, lo cual no es extraño si se considera que
los medios de transporte hasta ese momento no habían permitido
una explotación minera a gran escala o que el desarrollo de la
industria, principalmente textil, fuera verdaderamente relevante.
Por esto, en la región de los valles de Durango se daba una
obvia centralidad política-económica en los latifundios y sus
propietarios, mientras que había una marginalidad en la industria
y los centros mineros. De esta forma, era claro que la idea que
preferían las autoridades de la entidad era la de un ferrocarril
que fortaleciera la dinámica de producción y consumo nacional,
enfocada al mercado interno, ya que en las décadas anteriores eso
les había favorecido y buscaban mantener el statu quo.
Dicha posición chocaba de frente con los intereses tanto
de la empresa ferroviaria como con los del gobierno nacional.
Los ferrocarriles durante el Porfiriato fueron construidos por
una amplia gama de empresas e inversores independientes que
unían sus capitales para un propósito específico. En el Caso del
Ferrocarril Central Mexicano, los principales accionistas estaban
en la ciudad de Boston, y además de estar inmiscuidos en el
negocio ferroviario, también tenían intereses en la explotación
de minerales, petróleo y tierras con recursos para la industria,
tanto en México como en Estados Unidos. Esto explica que su
1883, p. 4.
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�El impacto de la conectividad por ferrocarril

lógica para el tendido férreo en el norte del país fuera conectar
importantes zonas mineras, además de la región algodonera de
La Laguna, con la industria estadounidense; y también ayuda
a entender otros proyectos en donde estuvieron involucrados
los mismos inversionistas, como el tren Aguascalientes-San
Luis Potosí-Tampico.34 Este último era necesario para que la
producción de la fundidora construida por la American Smelting
and Refining Co. (ASARCO) en Aguascalientes, tuviera un
rápido acceso a un puerto para transportar sus productos más
fácilmente a Estados Unidos.35
En cuanto al gobierno federal de México, su interés
respecto a Durango tenía como prioridad garantizar el control
de la entidad. Apenas cinco años antes de que se anunciara el
proyecto del Ferrocarril Central Mexicano, en 1875 había
estallado una guerra civil en el estado entre las fuerzas de Jesús
Hernández y Marín y Donato Guerra, dos destacados liberales
que se disputaban la gubernatura. En 1876, dicho conflicto local
se entrelazó con procesos nacionales, siendo designado como
gobernador el general Carlos Fuero, por el gobierno de Lerdo de
Tejada, mientras que Juan Manuel Flores lo fue por las fuerzas
rebeldes del Plan de Tuxtepec. A principios de 1877, las fuerzas
García de Fuentes, “La construcción de la red férrea mexicana en el Porfiriato: Relaciones de poder y organización capitalista del espacio”, 185.
35
Luz Uhthoff López, “La American Smelting and Refining Co. (ASARCO) en México, 1890-1930” (Universidad Nacional Autónoma de México,
1983), 61.
34

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porfiristas provenientes de Coahuila conquistaron la ciudad de
Durango y expulsaron definitivamente al general Fuero, siendo
en marzo de ese año cuando Juan Manuel Flores tomó posesión
del cargo de gobernador, dejando el mismo en manos del ya
mencionado Francisco Gómez Palacio en 1880.36
Resulta esclarecedor el hecho de que el mismo año en que
se anunció la construcción del ferrocarril que conectaría la Ciudad
de México con Paso del Norte, en Durango se dio la primera
transferencia de poder relativamente pacífica en varias décadas,
lo cual mostraba el reto que Durango representaba, al igual que
otros estados alejados del centro, para la autoridad nacional. Si
bien Gómez Palacio y Juan Manuel Flores eran miembros de la
élite de terratenientes de la entidad, el segundo había demostrado
en los años previos ser mucho más afín al régimen porfirista.
Dejar la gubernatura en 1880, el mismo año en que el general Díaz
terminó su primer periodo presidencial, muestra que Flores aún
no tenía la fuerza suficiente en los procesos locales, y que todavía
tenían mucho peso los grupos de terratenientes que impulsaron la
candidatura de Gómez Palacio.
De esta forma, el ayudar a que el ferrocarril pasara por
Durango en 1883, hubiera fortalecido la posición del nuevo
gobernador y de su grupo de apoyo, en detrimento de los sectores
más afines al nuevo régimen que se estaba formando a nivel
José de la Cruz Pacheco Rojas, Breve historia de Durango (México, DF:
Fondo de Cultura Económica, 2001), 189–90.
36

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nacional. Cuando se anunció la decisión definitiva de que las vías
del tren pasarían por La Laguna y no por los valles de Durango,
quedó claro que fue un error para el gobernador el relacionar su
prestigio con este proyecto, ya que la inestabilidad y el malestar
que de esto derivó lo llevó a retirarse de la política, permitiendo
en 1884 el regreso del mucho más porfirista Juan Manuel Flores,
quien gobernó Durango hasta su muerte en 1897.37
Se ha dicho que el tendido de las vías del ferrocarril ayudó
a fortalecer la presencia de un gobierno nacional en lugares
alejados de la capital; pero en Durango tenemos un caso particular,
ya que irónicamente parece que fue la falta del ferrocarril la que
ayudó a que el régimen porfirista se hiciera fuerte en la entidad,
en detrimento de sectores de la élite más dados a una mayor
autonomía. De igual forma, mostró el peso de la alianza de dicho
gobierno nacional con las compañías del ferrocarril, ya que como
sus intereses coincidieron, pudieron aprovechar las divisiones
entre los grupos de terratenientes locales para imponerse. Por lo
tanto, aunque el ferrocarril Central Mexicano no pasó por los valles
de Durango, su sola existencia en otros lugares sí generó cambios
territoriales en dicha región, ya que alteró la relación entre los
lugares dedicados a la producción de alimentos (latifundios), los
centros mineros y los de comercios e industria.
Antonio Arreola Valenzuela, “Construcción del sistema ferroviario e inversión estadounidense en Durango”, en Historia de Durango. Tomo III: Siglo
XIX, ed. María Guadalupe Rodríguez López (Durango: Universidad Juárez del
Estado de Durango - Instituto de Investigaciones Históricas, 2013), 405.
37

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Si antes la centralidad en los valles de Durango la tenían
los latifundios, con la extensión del ferrocarril por México
determinadas materias naturales comenzaron a volverse
recursos. Este fue el caso del fierro, el cual era necesario
para la generación del acero con que se construían los cada
vez más altos edificios de las ciudades de la costa atlántica
estadounidense y de Europa. En Durango, los valles contaban
con una importante fuente de fierro: El Cerro del Mercado.
Dicho centro minero se encontraba a finales del siglo XIX a poca
distancia al norte de la ciudad de Durango (en la actualidad ya
fue absorbido por la mancha urbana), y para 1882 fue adquirido
por la Compañía de la Montaña de Fierro, cuya directiva se
encontraba en Filadelfia, misma que lo vendió en 1890 a la Steel
and Iron Company, dedicándose ésta a construir rápidamente
un horno alto y a modernizar la fundidora que desde 1875
inversionistas estadounidenses ya habían construido al pie del
propio cerro.38 Este intercambio de manos demuestra tanto el
potencial del centro minero, como lo difícil que era mantenerlo
en funcionamiento de manera redituable, ya que el fierro, al no
ser un metal precioso, no era lo suficientemente costeable para
el traslado a lomo de mula a los puertos cercanos. Pero con
Pedro Raigosa Reyna, “La industria siderúrgica y el ferrocarril en el Durango del siglo XIX”, en La nostalgia y la modernidad. Empresarios y empresas regionales de México, siglo XIX, ed. María Guadalupe Rodríguez López
(Durango: Universidad Juárez del Estado de Durango - Instituto de Investigaciones Históricas, 2005), 191.
38

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�El impacto de la conectividad por ferrocarril

la extensión de los ferrocarriles por México se volvió factible
su explotación a gran escala, siendo este elemento y no la
producción agrícola, el que llevaría las locomotoras a los valles
de Durango.
En 1886, el gobernador Juan Manuel Flores firmó un
contrato con el gobierno federal para construir una vía que
conectara la ciudad de Durango con Torreón. La compañía
encargada del proyecto fue el Ferrocarril Internacional
Mexicano, una filial de la Shorthorn Pacific, cuyo principal
accionista, el Sr. C.P. Huntington era dueño de los más
importantes centros mineros de carbón en Coahuila. La
compañía concluyó en 1888 la construcción del ferrocarril
entre Ciudad Porfirio Díaz (Piedras Negras) y Torreón, y
finalmente, en 1892, finalizó el tramo Torreón-Durango, como
se muestra en el mapa 4, construyendo un ramal a las faldas
del Cerro de Mercado, debido a que para ese momento ya era
accionista de la compañía dueña del mineral. De esta forma,
el Ferrocarril Internacional Mexicano quedaba unido en la
frontera con el Shorthorn Pacific y a través de él con la región
industrial de los Grandes Lagos en Estados Unidos, así como
en la estación de Treviño, en Coahuila, se unía con la vía que
conectaba con Monterrey y los puertos del Golfo de México, y
en Torreón con el Ferrocarril Central Mexicano.39
39

Raigosa Reyna, 193–94.

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Mapa 4. Ferrocarril Internacional Mexicano en Durango, 1910

Fuente: Villa Guerrero, Guadalupe. (2005). Élites y revolución en Cuencamé, Durango. El caso de la familia López Negrete (Tesis de doctorado). Universidad Nacional Autónoma de México, México, p. 353.

El Ferrocarril Central Mexicano formó parte de la primera expansión de los ferrocarriles durante el Porfiriato, que duró hasta
1884, mientras que el Ferrocarril Internacional fue de la segunda
etapa, que abarcó hasta 1898. Se puede observar que este priSillares, vol. 1, núm. 2, 2022
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�El impacto de la conectividad por ferrocarril

mer periodo formó una línea de lugares centrales que ya disponían de características previas para conectarse con la industria
estadounidense, mientras que el segundo periodo conectó a sitios
que requerían de transformaciones más profundas y que podían
ayudar a incrementar la importancia productiva y estratégica de
los lugares conectados por las vías en el periodo anterior. En el
caso de Durango, esto se observa en el hecho de que la llegada del
ferrocarril alteró la relación de centralidad y marginalidad entre
los valles de Durango y La Comarca Lagunera.
Si en las décadas anteriores la ciudad de Durango y su
industria textil habían tenido a La Laguna como lugar periférico,
en su calidad de productora de algodón, la conexión del
ferrocarril no sólo había hecho a La Laguna un importante nodo
de vías de comunicación y un gran núcleo urbano, sino también
la convirtió en centro de un eje productivo-industrial norteño
formado por Chihuahua, La Laguna y Nuevo León, caracterizado
por la inversión bancaria, minera y de la industria derivada del
algodón, que atrajo inversiones tanto del norte de México como
de la capital del país.40 Esto hizo que la Laguna dejara su lugar
económico de marginalidad y se convirtiera en un nuevo lugar
central, formando su propia área de influencia en detrimento de
los valles de Durango, ya que lugares como Cuencamé, Peñón
Mario Cerutti, “Actividad económica y grupos empresariales en el norte
de México a comienzos del siglo XX”, en El Poder y el Dinero. Grupos y regiones mexicanos en el siglo XIX, ed. Beatriz Rojas (México, DF: Instituto de
Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 1994), 354.
40

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Blanco, San Juan del Río o Santa Clara, que están entre las dos
regiones y que en el siglo XIX habían tenido sus dinámicas
productivas enfocadas a satisfacer las demandas de la ciudad de
Durango y los centros mineros aledaños, ahora habían cambiado
esa lógica, buscando insertarse en la dinámica productiva de La
Laguna, es decir, habían abandonado a un lugar central por otro.
Un ejemplo de esta dinámica fue la llegada de la
producción de guayule, una planta del desierto que produce
una sustancia pegajosa sin mayor importancia hasta las últimas
décadas del siglo XIX, hasta que el desarrollo de la industria
del automóvil en los Grandes Lagos estadounidenses le dio un
nuevo valor. En lugar del lejano caucho peruano o africano para
fabricar las llantas de los vehículos, se podía usar el mucho más
cercano guayule con el mismo fin. Para 1910, los territorios
alrededor de La Laguna que antes habían estado conectados a
una lógica de producción y consumo de alimentos propia de
los valles de Durango, como Cuencamé o San Juan del Río, se
habían convertido en los principales productores de guayule a
nivel estatal, transformándose claramente en lugares marginales
dentro de la órbita de La Laguna, ya que ésta los conectaba con
mercados extranjeros.41
Esta pérdida de influencia de los valles de Durango en
la frontera con Coahuila también se replicó en cierta forma en
Guadalupe Villa Guerrero, “Riqueza en suelo eriazo. La industria guayulera y los conflictos interregionales de la elite norteña en México”, Secuencia.
Revista de Historia y Ciencias Sociales 2, núm. 46 (2000): 94.
41

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�El impacto de la conectividad por ferrocarril

la frontera con Sinaloa. El tramo del Ferrocarril Internacional
Mexicano, que de la ciudad de Durango debía extenderse hasta
Mazatlán, nunca se concretó,42 y tampoco la vía que debía unir el
puerto sinaloense de Altata con la capital duranguense, pues se
construyó sólo hasta Culiacán; por ello, el desarrollo de Mazatlán
como puerto comercial y la industrialización de Culiacán no
generaron ninguna ventaja para Durango.43 Por el contrario, los
municipios de Durango fronterizos con Sinaloa, al no tener un
ferrocarril que los conectara con la región de los valles y sí la
Sierra Madre que los aislaba del resto del estado (razón por la
que no se construyó el ferrocarril), tuvieron una mayor relación
económica y laboral con Sinaloa.
La conexión con Torreón a través del Ferrocarril
Internacional Mexicano generó una interesante contradicción en
los valles de Durango, ya que por un lado esta región fue cada
vez más opacada por La Laguna como lugar central en términos
económico-productivos, pero por otro, el tendido de las vías trajo
aparejado un desarrollo económico para las élites nunca antes
visto en el siglo XIX. En los años posteriores a la llegada de
las locomotoras a los valles de Durango, en 1892, se vivieron
importantes cambios territoriales gracias a la relación con los
nuevos mercados. Un elemento central de dichas transformaciones
Arreola Valenzuela, “Construcción del sistema ferroviario e inversión estadounidense en Durango”, 414.
43
Sergio Ortega Noriega, Historia breve de Sinaloa (México, DF: Fondo de
Cultura Económica; El Colegio de México, 1999), 241–44.
42

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�Daniel Rodríguez

fue el impulso que se dio a la urbanización, ya que para 1900 la
capital del estado tenía 31,092 habitantes; esto era relativamente
poco si se le compara con Torreón, pero hay que tomar en cuenta
que era el doble de habitantes con respecto a 1869.44
Dicho incremento de la población urbana se debió en gran
parte a la migración, tanto de personas que venían de otras regiones
de Durango, como de las que lo hacían de distintas partes del país,
atraídas por nuevas oportunidades de empleo en la región de los
valles. El aumento de habitantes de la capital generó un cambio
territorial muy importante en la misma: llevó a que las acequias
dejaran de ser el eje organizador del espacio urbano. Desde la
época virreinal, dicha ciudad había visto limitado su tamaño por
los accesos al agua, pero ante el incremento de habitantes, a partir
de la dinámica económica generada por el ferrocarril, surgieron
nuevos barrios cuyos habitantes demandaban el vital líquido y se
desencadenaron conflictos sociales, por lo que en 1900 se iniciaron
los trabajos de una red de agua potable y alcantarillado por parte
de la compañía estadounidense McKie &amp; Dillon, permitiendo a
la ciudad crecer más allá de los límites de los ojos de agua o las
norias.45
Otro cambio importante que se percibió en la ciudad fue
la llegada de la Modernidad a partir de las nuevas tecnologías.
Miguel Felipe de Jesus Vallebueno Garcinava, Civitas y Urbs: La conformación del espacio urbano en Durango (Durango: Instituto de Cultura del
Estado de Durango, 2005), 102.
45
Vallebueno Garcinava, 118–20.
44

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�El impacto de la conectividad por ferrocarril

Dejó de ser la capital de un estado alejado de los inventos del
mundo occidental, ya que el ferrocarril no solamente se llevaba
materias primas, sino que también traía una idea de lo que era ser
moderno y los medios para que un pequeño sector de la población
pudiera cumplir con dicho ideal. En 1883 se estableció el servicio
de transporte de mulas, el que fue seguido por las bicicletas y
finalmente por los primeros automóviles en 1901, lo que a su vez
llevó a la pavimentación, ensanche y alineación de las calles, así
como al cambio de su nomenclatura; por otro lado, el alumbrado
público hizo su aparición en 1890 y cinco años después se
inició con el alumbrado en casas particulares.46 De igual forma,
surgieron espacios de diversión: en 1898 llegó el cinematógrafo
a Durango, para cuyas exhibiciones se construyó el Teatro Bijou;
en 1900 se inició la edificación del Teatro Ricardo Castro (el que
sigue siendo el principal de la ciudad); y en 1910 se construyó el
Teatro Lírico y se remodeló el Teatro Coliseo para convertirlo en
Teatro Victoria.47
En lo que respecta a la parte rural de los valles de Durango,
la conexión por el ferrocarril también generó importantes
cambios territoriales. Una vez que las locomotoras llegaron a
la capital en 1892, se buscó ampliar el tendido de las vías, por
Vallebueno Garcinava, 106–8.
Pedro Raigosa Reyna, “Educación y cultura en Durango”, en Porfiriato
y revolución en Durango 1, ed. Gloria Estela Cano Cooley y Mario Cerutti
(Durango: Universidad Juárez del Estado de Durango - Instituto de Investigaciones Históricas, 1999), 170-73.
46
47

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lo que en 1902 se inauguró el tramo que conectó la ciudad de
Durango con la municipalidad de Tepehuanes, al norte del estado
(véase el mapa 4), la cual atravesó con sus 218 km de vía la
parte norte de los valles, específicamente la municipalidad de
Canatlán.48 Esta nueva conexión llevó a los latifundistas a alterar
sus dinámicas productivas, ya que a pesar de que el frijol y el
maíz siguieron siendo importantes cultivos, los nuevos mercados
que representaban las locomotoras permitieron el comienzo del
desarrollo de una industria frutícola.
Si bien la pera, perón, membrillo, higo y durazno eran
conocidos en los valles de Durango desde la época virreinal, fue
con la nueva conexión que se iniciaron los intentos de producirlos
a gran escala; en dicha tarea sobresalieron los latifundios de
Canatlán debido a las propicias condiciones del suelo. En 1901
en dicha municipalidad se produjeron 172 kg de perón y 94 kg de
pera, mientras que para 1910 la producción era de 130,000 kg de
perón, 60,500 kg de pera, 10,000 kg de membrillo, 800 kg de higo
y 2,500 kg de durazno. Este comienzo del cambio en los cultivos
de Canatlán fue consecuencia, entre otras cosas, del deseo de los
latifundistas por no quedarse atrás, ya que sus pares en el sur
de los valles estaban aumentando su producción a partir de la
inversión en nuevas formas de aprovechar el agua.49
Arreola Valenzuela, “Construcción del sistema ferroviario e inversión estadounidense en Durango”.
49
Fernando Marco Calleros García, “La conformación de la región manzanera de Canatlán, Durango (1926-1959)” (Universidad Juárez del Estado de
48

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�El impacto de la conectividad por ferrocarril

Los latifundistas de los valles se dieron cuenta que para
aprovechar las oportunidades generadas por el ferrocarril, debían
explotar a su máxima capacidad la tierra que tenían disponible, lo
que significaba nuevas obras de riego. Para 1898 los latifundios
con más potencial de irrigación eran San José de Ayala, La Punta,
San Lorenzo del Aire y Navacoyán. De 1898 a 1903, San José
de Ayala, perteneciente a la familia Flores Alcalde, llevó a cabo
mejoras en obras de irrigación, las cuales no son especificadas
en los documentos de la época, pero debieron ser importantes,
ya que se menciona que aumentó el cultivo de maíz y frijol en
detrimento del ganado. En cuanto a La Punta, propiedad de la
Sra. Agustina Escalante viuda de Gómez Palacio, disponía de
dos antiguas presas que ya no fueron suficientes a inicios del
siglo XX, por lo que en 1903 solicitó y obtuvo el permiso para
construir una nueva presa, con la cual incrementar su producción
agrícola y ganadera.50
Finalmente, San Lorenzo del Aire, propiedad de Francisco
Gómez Palacio, tenía gran potencial en la utilización de las fuentes
de agua, ya que en dicha propiedad se unían las corrientes de los
ríos Tunal y La Sauceda. Después de la llegada del ferrocarril,
los documentos señalan que se realizaron importantes mejoras
Durango, 2019), 36–37.
50
Gloria Estela Cano Cooley, “Agua y riego: modernidad porfiriana”, en
Porfiriato y revolución en Durango, ed. Gloria Estela Cano Cooley y Mario
Cerutti (Durango: Universidad Juárez del Estado de Durango - Instituto de
Investigaciones Históricas, 1999), 52–53.
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para aprovecharlas, pero al igual que en San José de Ayala, no
se especifica cuáles fueron, pero sí se indica que al igual que sus
vecinos, aumentó su producción agrícola y ganadera. Por otro lado,
en la hacienda de Navacoyán, propiedad de Felipe Pérez Gavilán,
se disponía de una presa sobre el río Tunal desde 1675, pero en
agosto de 1906 le fue otorgada una concesión para construir una
nueva en el río Santiago Bayacora y regar sus ranchos anexos.51
Para inicios del siglo XX, la dinámica de los valles de
Durango había experimentado importantes cambios. El más
importante fue el nuevo papel de centralidad que ahora tenía el
Cerro de Mercado, que para esta época producía 280 toneladas de
fierro lingote por semana gracias a que tanto el ferrocarril como
las relaciones económicas de sus dueños lo unían a importantes
mercados y le permitían el traslado del carbón necesario desde
Coahuila para su funcionamiento.52 Esto no significó que los
latifundios que antes ocupaban dicha centralidad económica en
la región la perdieran, por el contrario, como se señaló párrafos
atrás, la llegada del ferrocarril los hizo profundizar más en su
papel de productores de alimentos, diversificando sus cultivos y
modernizando su tecnología de riego. Seguramente esto se debió
tanto al aumento de habitantes de la ciudad de Durango, como
al hecho de que el Ferrocarril Internacional Mexicano los ponía
Cano Cooley, 54.
Víctor Hugo López Vázquez, “Impacto socioeconómico y territorial de la
mina Cerro de Mercado, Durango (periodos 1940-1986 y 1994-1996)” (Universidad Nacional Autónoma de México, 1998), 48.
51
52

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�El impacto de la conectividad por ferrocarril

en rápido contacto con algunas de las ciudades que más estaban
creciendo en el país, como Zacatecas, San Luis Potosí o Monterrey,
las que demandaban mayores cantidades de alimentos.53
De igual forma se puede observar que, para 1910, había un
cambio en las relaciones políticas entre los terratenientes locales
y el gobierno nacional, mismo que se puede observar si se analiza
a los que desempeñaban los principales puestos políticos. A la
muerte del gobernador Juan Manuel Flores, en 1897, ocupó el
cargo el Ing. Leandro Fernández e Imaz quien no era terrateniente,
sino un profesionista con buenas relaciones con Porfirio Díaz.
Cuando éste lo mandó llamar para que ocupara la Secretaría de
Comunicaciones, en 1900, se eligió como titular del ejecutivo
estatal al terrateniente Juan Santamarina, quien dejó el puesto, en
1904, en manos del Lic. Esteban Fernández e Imaz (hermano de
Leandro), quien además de tener buenos nexos con el gobierno
nacional, se incorporó ya siendo gobernador a la clase de los
terratenientes,54 por lo que fue reelecto para el periodo 1908-1912,
aunque tuvo que renunciar en 1911 debido a la Revolución.55
John H. Coatsworth, “La producción de alimentos durante el porfiriato”, en
Los orígenes del atraso. Nueve ensayos de historia económica de México en
los siglos XVIII y XIX, ed. John H. Coatsworth (México, DF: Alianza Editorial
Mexicana, 1990), 172.
54
Su buena relación con la élite de terratenientes se dio originariamente por
matrimonio, ya que contrajo nupcias con Isabel Pérez Gavilán, quien pertenecía a una importante familia de terratenientes; una vez que su esposo ocupó la
gubernatura, Pérez compró la hacienda Santa Isabel, de 22,000 hectáreas, en la
municipalidad de Canatlán.
55
Gabino Martínez Guzmán y Juan Ángel Chávez Ramírez, Durango: un
53

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En lo que respecta al poder legislativo local, de 1896 a
1912, de los 13 diputados hubo cinco hacendados que siempre
permanecieron en sus puestos (Felipe Pérez Gavilán, Ladislao
López Negrete, Librado Castillo del Valle, Buenaventura
G. Saravia y Juan Santamarina), mientras el resto eran
profesionistas relacionados con el comercio y la minería. Los
diputados y senadores por Durango en el Congreso de la Unión
eran designados desde la Ciudad de México y generalmente
desconocidos en la entidad, pero los jefes políticos de los 13
partidos y los presidentes de las 42 municipalidades en que se
dividía Durango sí eran terratenientes o tenían fuertes nexos con
ellos; el Poder Judicial les estaba vedado, ya que era controlado
por la pequeña burguesía ilustrada, con relaciones en la minería y
conexiones con el gobierno nacional.56
La llegada, primero del Ferrocarril Central y después del
Internacional, alteró las dinámicas de centralidad y marginalidad
entre las regiones y dentro de ellas. Por un lado, La Comarca
Lagunera dejó de ser un lugar marginal para asumir cada vez
mayor centralidad en términos económicos y productivos,
configurando su propia área de influencia en detrimento de los
valles de Durango. Esta última región también fue alterada
internamente, dándole mayor centralidad a la minería y poder a
los inversionistas estadounidenses. Esto no significó, sin embargo,
volcán en erupción (Durango: Universidad Juárez del Estado de Durango,
1998), 75.
56
Martínez Guzmán y Chávez Ramírez, 76–78.
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�El impacto de la conectividad por ferrocarril

que los latifundios perdieran su vieja importancia, ya que su
dinámica de producir alimentos no se volvió caduca con la llegada
del ferrocarril, sino que la renovó con nuevos bríos al conectarlos
con los mercados nacionales, dejando los internacionales para la
minería, generando que elementos naturales como las frutas se
convirtieran en recursos, mientras que otros como el agua, dejaron
de determinar la dinámica poblacional, estando más sujetos al
control humano. De la misma manera el ferrocarril trajo un mayor
poder del gobierno nacional, pero sin imponerse completamente,
compartiendo los principales puestos políticos con terratenientes
locales, mineros y comerciantes.
Con la nueva conexión con diferentes mercados gracias
a las locomotoras, se dio una nueva configuración en los valles
de Durango, los sectores que habían sido la élite económica
antes de la llegada de las vías lo siguieron siendo después de
éstas, pero alterando el equilibrio entre ellos. Las haciendas del
sur de los valles (municipalidad de Durango) incrementaron su
producción con las obras de irrigación, pero no la diversificaron;
mientras que las del norte (municipalidad de Canatlán)
apostaron más por otros cultivos y menos por la infraestructura
hídrica, pero todos tuvieron que compartir su centralidad con
la minería, rompiéndose el clásico binomio entre ellas, ya que
aunque estaban juntas físicamente, ahora obedecían a mercados
distintos (al nacional los primeros y al estadounidense los
segundos), llevando a sus respectivos dueños a nuevos
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equilibrios políticos entre ellos y con el gobierno nacional, que
también aumentó su presencia. Pero dicha conexión con los
mercados no sólo llevó a un reacomodo de las élites, también
generó conflictos sociales, los que se exponen en el siguiente
apartado.
Conflictos sociales
Al igual que las dinámicas económicas que se beneficiaron con el
tendido de las vías, los conflictos sociales venían de tiempo atrás,
pero el ferrocarril y la conexión con los mercados que representaba sin duda los aceleraron. Una manera de mostrar esto, es revisar
los denuncios por terrenos baldíos en la segunda mitad del siglo
XIX en el partido de la capital, donde se encuentran los valles de
Durango. De 1867 a 1876 hubo 9 denuncios; de 1877 a 1893, es
decir del inicio del porfiriato a la llegada del Ferrocarril Internacional Mexicano, aumentaron a 33; y de 1894 a 1909, cuando las
locomotoras ya estaban en pleno funcionamiento, llegaron a ser
90. Pero no sólo el número de éstos se incrementó, también lo
hicieron las superficies afectadas. Los 9 denuncios del primer periodo representaban 35,367 hectáreas, los 33 del segundo sumaban 1, 070,371 hectáreas, mientras que los 90 del último periodo
significaron 2, 633,958 hectáreas.57
Cynthia Teresa Quiñones Martínez, “Las leyes de tierras de 1856 a 1909 y
su impacto en la propiedad territorial en Durango”, en Historia de Durango.
Tomo III: Siglo XIX, ed. María Guadalupe Rodríguez López (Durango: Universidad Juárez del Estado de Durango - Instituto de Investigaciones Históricas, 2013), 238–40.
57

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�El impacto de la conectividad por ferrocarril

Estos números se tradujeron en el incremento de las
tensiones entre diferentes actores sociales. Un caso representativo
en dicho periodo fue la lucha entre la familia Pérez Gavilán,
dueños de la hacienda de Santiago Bayacora, con los habitantes
del pueblo del mismo nombre. En 1886 los pobladores de la
comunidad, representados por el Lic. Juan Hernández y Marín,
decidieron aprovechar la política de deslindes que se estaba
promoviendo por el régimen porfirista y denunciaron su propia
tierra, ya que carecían de un título que los amparara, siendo
designado el Ing. Manuel F. Cervantes para la medida y el deslinde
de la tierra denunciada.58
Llevando a que el 3 de diciembre de 1887, en vísperas de
la llegada del ferrocarril a los valles de Durango, el presidente
Díaz otorgara el título correspondiente al pueblo por un total de
57,051 hectáreas, las que fueron divididas en 30 lotes para ser
usadas de manera individual por los vecinos, aunque en la práctica
siguieron utilizando la tierra de manera colectiva como lo habían
hecho desde que recordaban. A pesar de esto, la nueva dinámica
económica generada por el ferrocarril llevó a que las haciendas
cercanas invadieran tierras de la comunidad a principios del siglo
XX, regresando la inestabilidad a la región.59
De igual forma, en la municipalidad de Durango se puede
mencionar el caso de los pueblos Tunal, Pueblito, Durazno y
58
59

Quiñones Martínez, 249.
Quiñones Martínez, 250.

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Conejo, los cuales se habían constituido como tales en 1827,
cuando el ayuntamiento de Durango les otorgó cinco sitios de
ganado mayor a un grupo de “indios” para que se establecieran
en el lugar y pudieran subsistir. Con el paso de los años, los
problemas de límites con la hacienda de San Jerónimo Tapias no
hicieron más que incrementarse, hasta que a principios de los años
setenta del siglo XIX Bernardo George, dueño de dicho latifundio
los despojó de parte de sus tierras, siendo que poco después el
Sr. Cipriano Guerrero, nuevo dueño de esa propiedad, ocupó otra
porción de los pueblos después de haberlos denunciado como
baldíos.60
En 1907, el Sr. Juan Gurrola, en su carácter de nuevo
dueño de la hacienda, no sólo tomó posesión de todos los terrenos
denunciados por el Sr. Guerrero, sino que denunció una nueva
extensión. Ante dichos actos los vecinos de los pueblos eligieron
como representante legal al Lic. Andrés Simental, quien promovió
un juicio reivindicatorio en contra de Juan Gurrola ante el juzgado
del Ramo Civil de Durango, el cual terminó con la resolución del
17 de febrero de 1911, en donde se absolvió al señor Gurrola y se
señaló que el Lic. Simental no tenía personalidad legal acreditable
para demandar la reivindicación de los terrenos, por lo que se le
condenaba a pagar los gastos del juicio. De esta forma, el dueño
de la hacienda de San Jerónimo Tapias quedaba en posesión
de las 10,781 hectáreas que estaban en disputa. Siendo que por
60

Diario Oficial de la Federación, 9 de noviembre de 1926, 9.

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�El impacto de la conectividad por ferrocarril

esos mismos años se presentó otro despojo de tierra sobre dichas
comunidades, ya que el señor Ismael Ochoa denunció a nombre
de los vecinos de los pueblos, a pesar de no ser su representante,
una parte de la tierra conocida como El Carrizo, la cual vendió a
Emilio Stahlknecht.61
También en el norte de los valles de Durango la
consolidación de la nueva dinámica económica generada por
la llegada de los ferrocarriles se tradujo en el resurgimiento
de viejos conflictos, los que demostraron el poder que seguían
teniendo los terratenientes y el nuevo equilibrio que mantenían
con las autoridades nacionales. Uno de dichos casos fue el de la
congregación Las Ánimas. El 27 de abril de 1857, el presidente
Ignacio Comonfort otorgó el título de posesión a los vecinos de
dicho lugar, quienes tenían más de 60 años viviendo ahí, pero ante
la falta de un título primordial decidieron denunciar sus propias
tierras, a pesar de asegurar que sus antepasados habían recibido
de las autoridades españolas la autorización para residir en ese
lugar.62
Con el nuevo desarrollo económico que había generado
la llegada del Ferrocarril Central Mexicano, se inició un conflicto
entre los pobladores de Las Ánimas y sus vecinos, dueños de la
hacienda de Santiaguillo. El 24 de diciembre de 1889, la señora
María Antonia Aguilera de Ortega denunció y obtuvo título de
61
62

Diario Oficial de la Federación, 9 de noviembre de 1926, 9.
Diario Oficial de la Federación, 19 de noviembre de 1926, 2.

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composición por parte de la Secretaría de Fomento de los terrenos
que los habitantes de Las Ánimas consideraban como propios.
De esta forma las autoridades determinaron que la congregación
estaba compuesta exclusivamente por 24,295 hectáreas, dado que
se le habían quitado 13,761 hectáreas en favor de los hacendados.63
En octubre de 1890, el presidente Díaz ordenó que no se
diera posesión de los terrenos en disputa hasta que se agotaran
todas las instancias legales, a pesar de lo cual el Juez de Distrito
de Durango dictó un auto confirmando la posesión de la señora
Aguilera, por lo que el representante legal de los vecinos afectados,
el Lic. Juan Reyes, apeló y llevó el asunto al Tribunal de Circuito
de Chihuahua en 1893, donde se revocó lo dispuesto por el juez
de Durango. Finalmente, el 28 de enero de 1907 el Tribunal del
Primer Circuito de México resolvió el asunto en favor de Don
Gorgonio Ortega, esposo de la Sra. Aguilera de Ortega, y en
contra de los vecinos de Las Ánimas.64
Como esos casos, se podrían mencionar otros que eran de
larga data y resurgieron a finales del siglo XIX e inicios del XX, o
que iniciaron por los mismos años a lo largo y ancho de los valles
de Durango. Un ejemplo de esto es el caso de los habitantes de la
congregación de San Diego de Alcalá, en Canatlán, que estaban
en conflicto con la hacienda El Maguey, por la posesión de 80
sitios de ganado mayor, aproximadamente 140,800 hectáreas.65
63
64
65

Diario Oficial de la Federación, 19 de noviembre de 1926, 2.
Diario Oficial de la Federación, 19 de noviembre de 1926, 3.
Diario Oficial de la Federación, 7 de mayo de 1921, 68.

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�El impacto de la conectividad por ferrocarril

Esto resulta claramente una exageración, propia del periodo de
las solicitudes de la reforma agraria, sobre todo si recordamos
que antes de la Revolución ningún latifundio de los valles de
Durango superaba las 75,000 hectáreas. Lo importante, a fin de
cuentas, es que demuestra la existencia de conflictos agravados
entre la hacienda y la comunidad previos a la lucha armada.
También estaba el caso del pueblo El Nayar, en la municipalidad
de Durango, cuyos habitantes reclamaban que sus vecinos, la
familia Gurrola, dueña de la hacienda de San Jerónimo Tapias,
les habían arrebatado la tierra de mejor calidad que usaban para
la agricultura, dejándoles una de calidad tan mala que no servía
ni para agostadero.66
Lo que se busca resaltar en estos casos, es que los cambios
en la dinámica económica generada por la llegada del ferrocarril
y la apertura de nuevos mercados, no solamente significaron un
reacomodo en la centralidad de los diferentes ejes productivos
(haciendas, minas o industria textil y comercio) y las relaciones
económicas de sus propietarios; sino que también se reflejaron
en cambios territoriales con otra dinámica de conflicto, la que
enfrentó a los miembros de esas mismas élites con distintos estratos sociales. Por ejemplo, el despojo realizado a los pueblos
de Tunal, Pueblito, Durazno y Conejo por Ismael Ochoa, quien
terminó vendiéndole esa tierra a Emilio Stahlknecht, un importante empresario de la industria textil, dueño de la Fábrica de
66

Diario Oficial de la Federación, 1 de diciembre de 1923, 1140.

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Hilados El Tunal, se comprende gracias a que el incremento de
la producción algodonera de La Laguna significó un aumento
de materias primas para los textileros de los valles que podrían
aumentar su capacidad de trabajo,67 por lo que es entendible que
dicha persona necesitara de más tierra para aumentar el tamaño
de su fábrica.
Por otra parte, los conflictos que involucraban a la
hacienda de San Jerónimo Tapias con sus vecinos también
reflejan los cambios que se estaban dando por el acceso a
los nuevos mercados. Para 1906, dicho latifundio dividía su
producción en tres cultivos principales: maíz, frijol y trigo,68
lo cual nos habla de una profundización con los mercados
nacionales que requerían dichas mercancías, y por lo tanto su
necesidad de apropiarse de la tierra de buena calidad de El
Nayar, sobre todo si tomamos en cuenta que dicho latifundio
no estaba entre los que habían realizado importantes obras de
irrigación a finales del siglo XIX, por lo que tenía la necesidad
de expandirse para aumentar su producción. Una vez terminada
dicha etapa, la familia Gurrola, dueña del latifundio, comenzó a
construir su propia presa en 1902.69
Vallebueno Garcinava, “Economía y negocios en el Durango de los siglos
XVIII y XIX”, 202.
68
Memoria presentada al H. Congreso del estado por el gobierno del mismo, sobre los actos de administración pública durante el periodo del 16 de
septiembre de 1904 al 16 de septiembre de 1906 (Durango: Imprenta de la
Mariposa, 1906), Anexo 48.
69
Cano Cooley, “Agua y riego: modernidad porfiriana”, 29.
67

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�El impacto de la conectividad por ferrocarril

El 18 de julio de 1913, las tropas revolucionarias de Tomás
Urbina entraron a la ciudad de Durango, ocupando la totalidad de
la región de los valles. Esto no quiere decir que los cambios en
la dinámica social generados por la revolución iniciaran ahí, ya
que desde el triunfo de Madero en 1911 los conflictos agrarios
habían tomado otro carácter. Para 1912, por ejemplo, se tenía el
registro de 40 haciendas en todo el estado que habían recibido
las “visitas” de grupos insurrectos que buscaban reclamar
determinadas porciones de dichas propiedades, entre las cuales
destaca el caso de diversas comunidades cuyos habitantes, armas
en mano, ocuparon la hacienda de Navacoyán y expulsaron a sus
propietarios. De igual forma, en la capital, numerosos comercios
fueron saqueados y quemados, debido al importante papel que
los terratenientes y comerciantes habían tenido en financiar la
llamada “defensa social”, un cuerpo militar irregular que hizo
frente a los ejércitos revolucionarios.70
Los ferrocarriles Central e Internacional, por lo menos en
lo que corresponde a los tramos del estado de Durango, quedaron
bajo la dirección de Felipe Pescador, revolucionario que se había
unido al maderismo desde 1911 y que después se sumó a la
División del Norte.71 En lo que respecta a los cambios territoriales
Graciela Altamirano Castro, “Las confiscaciones revolucionarias”, en Historia de Durango. Tomo IV: Siglo XX, ed. María Guadalupe Rodríguez López
(Durango: Universidad Juárez del Estado de Durango - Instituto de Investigaciones Históricas, 2013), 69–74.
71
Arreola Valenzuela, Durango, más de un siglo sobre rieles, 74.
70

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que se experimentaron en los años previos, sufrieron diversas
alteraciones a distintas escalas. Por un lado, los habitantes de
múltiples pueblos y congregaciones ocuparon en muchos casos
la tierra que consideraban propia, alterando las fronteras entre
las propiedades, pero al mismo tiempo la nueva realidad social
no alteró la relación de nueva centralidad que habían adquirido
los centros mineros, ni de marginalidad relativa de los valles de
Durango frente a La Comarca Lagunera; lo cual no quiere decir
que dichas dinámicas se asumieran y vivieran de igual forma.
El cambio de control del ferrocarril y las haciendas en la
medida de lo posible buscó mantener la relación económica con
los mercados extranjeros y nacionales, pero ahora dicha contacto
no era para el beneficio de algunas familias, sino que se presentaba
como una necesidad de guerra, ya que los ejércitos revolucionarios
requerían las ganancias de dicho intercambio comercial para el pago
de la tropa o la compra de armas y demás enseres que la contienda
demandaba. Con esto, se podría comenzar a hablar del inicio de
un cambio de representación social tanto de las locomotoras como
de los diversos mercados con que se conectaban, dándoles un
nuevo significado en la construcción del Estado o de la identidad
comunitaria. Al mismo tiempo, en ámbitos locales se alteraba la
percepción cotidiana del territorio por las nuevas relaciones de
fuerza entre los actores, pero dando continuidad a la lógica de
centralidad y marginalidad que se comenzó a consolidar con el
tendido del ferrocarril en las décadas anteriores.
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�El impacto de la conectividad por ferrocarril

Conclusiones
La construcción de las vías de ferrocarril durante el Porfiriato significó un antes y un después en la conectividad del país. No sólo el
norte comenzó a dejar de ser ese lugar inhóspito propio del siglo
XIX, incrementando el control por parte del gobierno nacional,
sino que la conexión con los mercados estadounidenses provocó
alteraciones importantes en las dinámicas económico-productivas de los estados norteños. El ferrocarril puede entenderse como
un articulador de nodos, a partir de los cuales se configuraron
lugares centrales y marginales.
En el caso mexicano, las dinámicas económicas que
derivaron en la configuración de caminos en la primera mitad
del siglo XIX se centraban en una serie de elementos que ya
eran recursos, como los metales preciosos, propicios para el
mercado externo; y en otros para el mercado local, como los
alimentos o el algodón. El ferrocarril y la conexión con los
mercados estadounidenses modificaron dicha división, al tomar
recursos del mercado nacional (algodón) y conectarlos a los
mercados extranjeros, y convertir otras materias en recursos
cotizados, como los metales no preciosos, al mismo tiempo
que incrementaron la urbanización del país y expandieron el
mercado local.
Dichas

alteraciones

cambiaron

las

relaciones

económicas entre diversos lugares. En Durango, esto significó
el surgimiento de un nuevo lugar central, La Comarca
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�Daniel Rodríguez

Lagunera, gracias a que se convirtió en un importante nodo de
comunicaciones y a que el algodón comenzó a ser demandado
por los estadounidenses. Por otro lado, la región de los valles,
que dejaba de ser el único lugar económicamente central
de la entidad, vio diversificada su dinámica productiva al
convertirse el Cerro de Mercado y su producción de fierro en
la nueva conexión con los mercados internacionales, al mismo
tiempo que se consolidaron viejas dinámicas productivas,
especialmente el cultivo de alimentos.
Frente a este nuevo escenario, los distintos actores
sociales cambiaron también las relaciones de poder entre
ellos. Por una parte, los terratenientes tuvieron que tener más
en cuenta el visto bueno del gobierno federal al momento de
repartirse el poder político, mientras que los dueños de minas,
así como los representantes de la industria textil y el comercio,
asumían una nueva importancia. Este reacomodo de fuerzas
y la oportunidad que representaba la nueva conexión con los
mercados nacionales y extranjeros, derivaron en cambios
locales más focalizados, llevando al denuncio de cada vez más
tierras como baldías y al subsecuente enfrentamiento legal, y
a veces violento, entre terratenientes y sus trabajadores con
los habitantes de pueblos y congregaciones, siendo estos
conflictos las expresiones más dramáticas de la dinámica de
centralidad y marginalidad entre regiones que se produjo a
partir del tendido del ferrocarril.
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�El impacto de la conectividad por ferrocarril

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�Arribo y consolidación del cine sonoro en Monterrey,
1928-1934
Arrival and consolidation of the sound film in Monterrey,
1928-1934
Kassandra Donají Sifuentes Zúñiga
Universidad Ciudadana de Nuevo León
orcid.org/0000-0003-4312-6810

Resumen: El presente artículo constituye un avance de investigación que
tiene como objetivo analizar el impacto sociocultural que tuvo el desarrollo del cine sonoro en la ciudad de Monterrey durante 1928 a 1934, periodo conocido como “El Maximato”. A través de un análisis documental,
se indagó sobre los aspectos que condicionaron el arribo del cine sonoro
y cómo éste llegó a consolidarse entre la sociedad regiomontana determinando la cultura cinematográfica local. Se concluyó que la llamada “Revolución sonora” despertó críticas entre algunos grupos sociales, quienes
renegaban de los constantes cambios que el espectáculo presentó. Sin
embargo, otros se mostraron entusiasmados logrando la consolidación
del cine sonoro, reflejada en la expansión y modificación de salas de cine
y en cambios en la estructura de distribución y exhibición cinematográfica. Aunque la aceptación del cine sonoro entre los regiomontanos se presentó de forma gradual, este hecho reforzó el éxito del cine, modificando
la forma de asistir y ver películas en la ciudad.
Palabras clave: Cinematografía; Monterrey; cine sonoro; público; exhibición.
Abstract: This article constitutes a work in progress that aims to
analyze the socio-cultural impact of the development of the sound
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�Arribo y consolidación

films (“talkies”) in the city of Monterrey from 1928 to 1934, a period known as “El Maximato”. Through a documentary analysis, I
investigated the aspects that conditioned the arrival of the talkies and
how they came to be consolidated among the Monterrey society, determining the local film culture. I concluded that the so-called “Sound
Revolution” aroused criticism among some social groups, who denied
the constant changes that the show presented. However, others were
enthusiastic about achieving the consolidation of talkies, reflected in
the expansion and modification of movie theaters and changes in the
distribution structure and cinematographic exhibition. Although the
acceptance of talkies among the people of Monterrey appeared gradually, this fact reinforced the success of the cinema, modifying the
way of attending and watching films in the city.
Keywords: Cinematography; Monterrey; sound film; public; exhibition.

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�Kassandra Sifuentes

Introducción
Los primeros estudios académicos en torno al cine se centraron
en el análisis de contenidos de películas y de estrellas del celuloide. En este sentido, la historia se ha contado a través de los filmes,
tratándolos como testimonios involuntarios o testigos materiales
inconscientes de la mentalidad del periodo de su producción,
empleando herramientas metodológicas como la hermenéutica,
el análisis del discurso y de contenido, la semiótica, entre otras.
Pero para muchos teóricos, como Richard Abel, este entretenimiento de masas debe concebirse en términos que van más allá
de la producción de textos cinematográficos.1
La gran cantidad de estudios relacionados con el análisis de
películas ocasionó la necesidad de indagar en nuevos paradigmas,
donde los protagónicos fueran la audiencia y sus rituales de
consumo, confluyendo aspectos como el contexto histórico, político,
económico, las salas de cine, su evolución, la proyección de
determinadas películas y el consumo de cada audiencia.2 Esto nos
permitiría contar una historia cultural y social más amplia y amorfa,
más allá del filme, que ayude a comprender las tendencias, factores
o condiciones que expliquen la cultura cinematográfica de un lugar.
Richard Abel, Americaning the Movies and the Movie-Mad Audiences,
1910-1914 (Berkeley y Los Angeles: University of California Press, 2006), 6,
citado en Richard Maltby, Explorations in New Cinema History: Approaches
and Case Studies (Londres: Blackwell Publishing Ltd, 2011), 9.
2
Philippe Meers, “Metodologías de investigación para la ‘nueva Historia
del cine’”, en Miscelánea sobre el entorno audiovisual, ed. Francisco Ubierna
Gómez y Javier Sierra Sánchez (España: Fragua, 2014), 713.
1

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�Arribo y consolidación

A este nuevo paradigma los teóricos lo denominaron
“nueva historia del cine”. Este enfoque considera los significados
culturales y sociales de la asistencia al cine en diferentes épocas
basada en experiencias cotidianas, pues según Richard Maltby, la
inclusión de experiencias nos muestra detalles más concretos que
complementan la microhistoria.3 Mediante un análisis histórico,
se pretende comprender la cultura cinematográfica de un lugar
específico, logrando construir una reflexión acerca de los factores
que la determinaron.
A través del siguiente análisis, se cuestiona acerca
de qué aspectos de la sociedad regiomontana de la época
definieron el desarrollo del cine en la ciudad durante el arribo
del sonido al espectáculo. Del problema general se desprenden
preguntas específicas que nos ayudarán a entender su influencia
en Monterrey: ¿qué implicó para la sociedad regiomontana la
llegada del cine sonoro? y ¿cómo ésta determinó el desarrollo
subsecuente del cine sonoro en la ciudad?
Antecedentes de investigación
Como antecedente, este estudio radica en un análisis previo
titulado “Implicaciones sociales y culturales relativas al
desarrollo del cine en Monterrey, 1898- 1927”, donde examiné
el arribo del cinematógrafo a la ciudad y su posterior desarrollo.4
Maltby, Explorations in New Cinema History: Approaches and Case
Studies, 13.
4
Kassandra Sifuentes Zúñiga, “Implicaciones sociales y culturales relativas
3

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�Kassandra Sifuentes

Se demostró que, en una primera etapa, periodizada de 1898 a
1910, el espectáculo no tuvo éxito, comparado con otras ciudades
del país, ya que se le consideró vulgar y una atracción para las
clases más bajas. Durante la segunda etapa estudiada, de 1910
a 1927, el espectáculo cinematográfico se posicionó como uno
de los favoritos en la ciudad, desplazando actividades culturales
como el teatro y la zarzuela.
De este primer acercamiento se llegó a dos conclusiones.
En primer lugar, se encontró que los acontecimientos históricos
suscitados en el país determinaron el desarrollo del cine en la
ciudad: el arribo del cinematógrafo se presentó en los últimos
años del Porfiriato y, en comparación al éxito obtenido en otras
ciudades del país, en Monterrey no tuvo el mismo impacto.
La dificultad de manejar el aparato trajo consigo una serie de
problemas como el requerimiento de energía eléctrica, recintos
y técnicos especialistas para su manejo. Esto ocasionó que fuera
poco atractivo para los empresarios y el público, que preferiría
pasar el tiempo en sus acostumbradas diversiones.
Sin embargo, una coyuntura histórica como la Revolución
Mexicana logró que el cine se posicionara como la atracción
favorita de la sociedad regiomontana. El desarrollo técnico del
aparato había evolucionado y su funcionamiento “avanzado” logró
que se capturaran películas sobre los caudillos de la Revolución.
al desarrollo del cine en Monterrey, 1898-1927” (Universidad Autónoma de
Nuevo León, 2017).
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�Arribo y consolidación

El cine se convirtió en un medio de comunicación con las masas,
lo que atrajo a un público curioso por los sucesos bélicos. Fue así
que durante este lapso el cine se volvió una actividad económica
sustentable para los empresarios, construyendo salas y recintos
específicos para este espectáculo.
La segunda conclusión se obtuvo de analizar cómo el
cine modificó las prácticas socioculturales de una localidad como
Monterrey. Su arribo y su posterior éxito desplazaron actividades
de esparcimiento como el teatro o el circo, incluso entre las
élites. Por otro lado, los recintos que se construyeron fueron
adaptados arquitectónicamente para presentar exhibiciones
cinematográficas. Cabe mencionar que un estudio como
“Implicaciones sociales y culturales…” no se había realizado
anteriormente por los especialistas en cine de la localidad, quienes
basaban sus análisis en temporalidades donde la información
es vasta, por lo que las contribuciones de este primer estudio
ameritaron darle continuidad.
En este trabajo, se estudian específicamente los años de
1928 a 1934, un periodo relevante para el espectáculo en la ciudad
debido al arribo del cine sonoro, analizando qué aspectos de la
sociedad regiomontana de la época definieron su desarrollo. Del
problema general se desprenden preguntas específicas que nos
ayudarán a entender la cultura cinematográfica de Monterrey: ¿las
coyunturas históricas ocurridas entre 1928 y 1949 condicionaron
nuevamente el desarrollo del cine en la ciudad?, ¿existía una
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�Kassandra Sifuentes

estructura social y económica para la distribución, programación
y exhibición de filmes?, y ¿cómo fue la experiencia social de
asistir al cine en la ciudad en este periodo?
A pesar de que existen diversos análisis sobre la temporalidad
analizada, no se ha estudiado el impacto social y cultural que
implicó el desarrollo del cine en la localidad. La intención es
reconstruir una historia del cine en Monterrey, desde sus orígenes
hasta la actualidad, con una perspectiva histórica-cultural.
El cine sonoro en Monterrey, 1928-1934
Para Nuevo León, las décadas de 1910 y 1920 constituyeron una
época de enorme inestabilidad política. Los gobernadores eran
impuestos conforme los planes del presidente en turno, y eso se
reflejó en numerosos cambios en el ejecutivo estatal. Durante el
periodo revolucionario hubo 19 gobernadores, y en la época posrevolucionaria desfilaron 11 más.
El periodo de transición a la estabilidad inició con Aarón
Sáenz, quien llegó a la gubernatura el 4 de octubre de 1927.
Abogado, político y militar, simpatizó con las ideas del entonces
presidente Álvaro Obregón, quien llegó a nombrarlo Secretario
de Relaciones Exteriores en 1923, forjando con él una gran
amistad. El apoyo del gobierno federal y de los empresarios
locales permitió a Sáenz realizar una importante obra pública,
la modernización administrativa y el fortalecimiento del sistema
educativo nuevoleonés.
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�Arribo y consolidación

En 1928, tras el intento de Obregón por conseguir un segundo
mandato presidencial, Sáenz obtuvo una licencia para unirse como
jefe de campaña del sonorense. En la gubernatura, fue suplido en
diversas ocasiones por José Benítez Martínez, también abogado, por
Plutarco Elías Calles Chacón (hijo del entonces expresidente Calles),
y por Generoso Chapa Garza. Obregón obtuvo el triunfo, pero fue
asesinado antes de tomar posesión, y el nombre de Sáenz empezó
a sonar fuerte para ocupar el cargo. La jefatura del obregonismo,
menciona Segovia y Lajous, recaía casi naturalmente en Sáenz, y su
candidatura era casi un hecho consumado.5 El 3 de noviembre de 1928,
Sáenz nuevamente pidió licencia para retirarse de la gubernatura de
Nuevo León por seis meses con el objetivo de concretar una campaña
presidencial junto a sus simpatizantes, aunque finalmente no llegaría
a ocupar el cargo.
Bajo este contexto político se fue desarrollando la nueva
transformación de la industria cinematográfica en la ciudad de
Monterrey. Aunque se vio con entusiasmo, el cine sonoro trajo
consigo una serie de consecuencias negativas para los empresarios dedicados a este ramo y para los actores. Inicialmente, los
magnates de Hollywood se enfrentaron a una barrera idiomática
que amenazaba con destruir sus grandes imperios, ya que el fenómeno podía permitir el desarrollo de industrias fílmicas autóctonas en regiones sometidas a su hegemonía.6
Rafael Segovia y Alejandra Lajous, Historia de la Revolución mexicana, período 1928-1934: Los inicios de la Institucionalización, la política del
Maximato (México, DF: El Colegio de México, 1978), 30.
6
Rosario Vidal Bonifaz, “Los inicios del cine sonoro y la creación de nuevas
5

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�Kassandra Sifuentes

Algunos productores de Hollywood declararon que la
barrera idiomática parecía infranqueable. A pesar de los grandes
intentos por combatir el problema, proponiendo distintos métodos
como el uso de discos fonográficos, ninguno tuvo valor práctico.
Incluso, recurrieron a la grabación de dos filmes, uno interpretado
por artistas de habla inglesa y otro con artistas hispanos. Los
intentos de llevar al éxito este cine hispano se desvanecieron
en poco tiempo, pues el público se llevó una gran decepción al
ver que sus artistas favoritos fueron reemplazados por actores
hispanos, desmotivando su asistencia al cine.7
Los actores y actrices tuvieron que adaptarse a las nuevas
formas de realizar películas. Por ejemplo, la actriz estadunidense
Marion Davies, tomó clases de canto con el fin de formar parte
de esta revolución sonora, pues para todos, sería la primera vez
que se escucharía su voz en pantalla.8 Y, aunque algunos se
rehusaron, como la actriz Dolores del Río, quien expresó a la
prensa que no le gustaban las películas parlantes pues el ruido
que producían era horrible, pronto no hubo más remedio que
adaptarse.9
empresas fílmicas en México (1928-1931)”, Revista del Centro de Investigaciones, núm. 29 (2008): 19.
7
Periódico El Porvenir. “El cinematógrafo parlante puede ser considerado
como un milagro científicamente patentizado”, Monterrey, N.L., 16 de diciembre de 1928, 1.
8
Periódico El Porvenir. “Películas parlantes”, Monterrey, N.L., 1 de noviembre de 1928, 2.
9
Periódico El Porvenir. “Dolores llegó ayer a la ciudad de Londres”, Monterrey, N.L., 26 de agosto de 1928, 2.
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�Arribo y consolidación

Otros advertían que esta nueva forma de hacer cine traería
graves consecuencias en sus carreras. Algunos periodistas de la
época argumentaban que las películas parlantes amenazaban con
causar una revolución radical en la industria cinematográfica.
Al dejar el cinematógrafo de ser llamado arte teatral mudo o
pantomímico, desaparecerían las estrellas figurantes por la falta
de sonido. La nota finaliza señalando que: “Ya no irá el público
no más a ver, sino también a oír las películas”.10
En otra colaboración de El Porvenir, el periodista
Alejandro Aragón hizo una fuerte reacción al argumentar que el
público solo asistiría a las funciones parlantes con el interés de
escuchar a sus actrices y actores favoritos, y menciona:
A usted le gusta el cine hablado por la sencilla razón de que
al fin tendrá ocasión de oír hablar a sus artistas favoritos ¿no?
¿Qué interés, preguntamos, podrá encontrarse en esta clase de
películas, cuando ni siquiera es el artista popular quien realmente canta o habla, artista por el cual los teatros se ven diariamente concurridos?11

Las anteriores notas nos demuestran que el acontecimiento en la
industria no pasó desapercibido, ya que los periodistas mostraron
gran interés hacia el espectáculo cinematográfico. La prensa estuvo atenta a su expansión a nivel internacional, sobre todo por Estados Unidos, donde se relataba cómo era un éxito y la variedad
Periódico El Porvenir. “Películas que hacen temblar a Hollywood”, Monterrey, N.L., 14 de septiembre de 1928, 3.
11
Periódico El Porvenir. “Últimas revelaciones del cinematógrafo hablado”,
Monterrey, N.L., 7 de julio de 1929, 4.
10

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de películas parlantes que se estaban presentando.12 Sin embargo,
el cine sonoro llegó de forma gradual a diversos puntos de México; contar con estos equipos involucraba modificaciones en los
recintos, pues resultó evidente que los teatros donde se exhibían
películas parlantes carecían de espacios para acomodar a quienes
deseaban verlas y oírlas, sin mencionar la gran inversión en la
compra de los aparatos.
En Monterrey, durante 1928, solo se presentaron notas
alusivas al suceso, siguiendo con el espectáculo habitual. Algunas
funciones siguieron acompañándose de vitrola, orquestas,
pianolas e instrumentos que amenizaban la exhibición, como era
lo usual.13 Para ese mismo año, la ciudad contaba con 10 cines:
Teatro Salón Variedades, Teatro Independencia, Teatro Progreso,
Teatro Zaragoza, Teatro Obrero, Gran Teatro Rodríguez, Gran
Teatro Lírico, Cine Escobedo, Cine Mignon y Salón Terraza B.
Reyes. Además estaban aquellos que se localizaban en los barrios
y colonias de la ciudad, que no tenían presencia en las carteleras
de los periódicos locales, como el Teatro-Cine Libertad, Teatro
Cine Madero, Teatro Salón Gloria, entre otros.14
La mayoría de las salas de cine pertenecían a la empresa
Circuito Rodríguez, liderada por Antonio y Adolfo Rodríguez,
Periódico El Porvenir. “Ha tenido éxito el cine parlante en San Antonio”,
Monterrey, N.L., 4 de febrero de 1928, 2.
13
Periódico El Porvenir. “Vitrola”, Monterrey, N.L., 5 de febrero de 1928, 3.
14
Archivo Histórico Municipal de Monterrey (en adelante AHMM), Actas
de Cabildo, Fondo Monterrey Contemporáneo, vol. 999, exp. 1928/006, 25 de
enero de 1928, f. 5.
12

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�Arribo y consolidación

quienes desde 1904 ejercieron una gran labor en torno al
espectáculo cinematográfico. Ambos se encargaron de equipar
las salas de la ciudad con diversas proyecciones nacionales e
internacionales, así como encargarse de salas en el norte del país:
Coahuila, Tamaulipas, Zacatecas y San Luis Potosí.
La empresa se encargó de comprar películas por rollo
o metro para proyectar a la población regiomontana. En una
entrevista, mencionaron que hacia 1910 los filmes europeos
eran los favoritos del público regiomontano, pero que en 1914
se dejaron de importar debido a la Primera Guerra Mundial.
Ante la situación, se optó por adquirir películas estadounidenses,
volviéndose las preferidas entre la audiencia. Los filmes
norteamericanos se exhibían en veladas especiales llamadas
Premiere, proyectando cintas como Los Perros Contrabandistas
(s.f.) y La lámpara de Aladino (s.f.), entre otros. El empresario
recordó que después de la guerra se volvió a comprar películas
francesas e italianas, pero no volvieron a tener el mismo éxito.15
Para esta época, su mercado había crecido y se exhibían películas
como La cabaña del Tío Tom, considerada por la prensa como la
película más sentimental que se había realizado.16
Mientras la inestabilidad política en México se trataba
con soluciones a corto plazo, y el cine sonoro se consolidaba,
en el mundo se presentaba un problema mayúsculo: la Gran
Periódico El Porvenir. Monterrey, N.L., 10 de septiembre de 1943, 7
Periódico El Porvenir. “La cabaña del Tío Tom es la película más sentimental que se ha hecho”, Monterrey, N.L., 3 de agosto de 1928, 5.
15
16

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Depresión. La ola de prosperidad que inundaba el mundo
capitalista se interrumpió en octubre de 1929, con el hundimiento
de la bolsa de Nueva York. El 29 de ese mes cayeron en picada
las cotizaciones bursátiles, poniendo fin a la especulación. La
crisis de la bolsa siguió profundizándose en los años sucesivos
hasta tocar fondo en 1933. Las consecuencias financieras del
hundimiento de la bolsa se unieron a una fuerte reducción del
consumo, de forma que la economía norteamericana entró en una
recesión generalizada. Una consecuencia fue el rápido aumento
del desempleo, hambrunas y el suicidio de algunas personas.
A pesar de la situación económica que se enfrentaba, la
crisis no frenó la labor de los empresarios locales de espectáculos,
en contraste con otros sucesos históricos que se habían presentado,
como la Primera Guerra Mundial o la Revolución Mexicana. En
1929, en el mes de junio, se anunció la película La Ultima canción
(1929) de Warner Bros., interpretada por el ya famoso Al Jolson.
Para la exhibición, el Circuito Rodríguez logró que se instalaran
aparatos en el Teatro Independencia con ayuda de ingenieros y
especialistas en el tema, quienes brindaron instrucciones a los
operarios para un manejo adecuado.17
El estreno de la película entusiasmó a todas las clases
sociales, pues según la prensa, era la primera película hablada que
se presentaba en la ciudad.18 Incluso, la prensa realizaba notas
Periódico El Porvenir. “Se acerca el estreno de la cinta hablada La última
canción, marca Wagner Brothers por Al Jolson”, Monterrey, N.L., 25 de junio
de 1929, 8.
18
Periódico El Porvenir. “Ya se acerca el estreno de la película La última
17

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�Arribo y consolidación

diarias sobre la relevancia del filme, la canción que la musicalizaba,
Sonny Boy, y el fenómeno que estaba causando en la capital del
país. Estas notas entusiasmaron más al público, incitando a que
asistieran a la función: “Cuando usted oiga ‘La última canción’
habrá sabido lo que vale la cinematografía parlante. Al Jolson le
cautivará cantando ‘Sonny Boy’”.19
La película se presentó en el Teatro Independencia,
suponemos que por la capacidad de la sala. La empresa se expresó
respecto a esta función:
Como siempre, EL GRAN CIRCUITO RODRÍGUEZ escribe
una nueva página de arte en la historia de Monterrey. La empresa se siente como nunca una íntima satisfacción al presentar en
esta progresista ciudad la primera película hablada, cantada y
musicada. Después de la ciudad de México, toca a Monterrey la
honra de admirar este nuevo espectáculo que está asombrando
al mundo. La mejor recomendación que podemos hacer de este
film, es que lo oigan. Los comentarios los dejamos al inteligente público que nos ha alentado para continuar nuestra tarea en
pro del arte cinematográfico y teatral.20

Después del grandioso éxito y de los primeros aparatos parlantes
instalados en el Teatro Independencia, el 5 de agosto, se presentó
la segunda película Submarino (1929), de Columbia Pictures:
canción”, Monterrey, N.L., 26 de junio de 1929, 2
19
Periódico El Porvenir. “Cuando Ud. Oiga La última canción habrá sabido
lo que vale la cinematografía parlante. Al Jolson le cautivará cantando”, Monterrey, N.L., 6 de julio de 1929, 2.
20
Periódico El Porvenir. “La última canción”, Monterrey, N.L. 25 de julio de
1929, 4.
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Todavía no nos pasa la impresión que nos produjera “La última
canción”, cuando los Hermanos Rodríguez, nos ofrecen otra tragedia tremenda de la cinematografía parlante… tenga usted la
seguridad de que esta nueva película parlante habrá de gustarle
por su novedoso argumento y sobre todo por la adaptación de los
ruidos adaptados a la acción y la sincronización musical.21

La empresa abogó con distintas casas productoras para la exhibición de películas parlantes en la ciudad, como el filme Llegó la
escuadra, pero debido a compromisos que tenía Warner Bros con
otras empresas de la república, ésta no pudo acceder a los deseos
de la Empresa A. Rodríguez.22 Sin embargo, se presentaron más
películas parlantes, como Chantaje (s.f), de Paramount Pictures, el
11 de septiembre; Bohemios (1929), de Universal Pictures, el 5 de
octubre; Alías Jimmy Valentine (1929), el 19 de septiembre, entre
otras. Pero no solo se exhibían películas extranjeras. La empresa
exhibió El Coloso de Mármol (1929), el 19 de septiembre, en el
Gran Teatro Rodríguez, obra dirigida por Manuel R. Ojeda, con las
actuaciones de Anita Ruíz y Carlos Villatoro.23
A la par de sus triunfos fílmicos, la empresa comenzó
a expandir la reestructuración de los teatros y salas de cine
Periódico El Porvenir. “Mañana se estrena Submarino en el Gran Teatro
Independencia”, Monterrey, N.L., 4 de agosto de 1929, 2.
22
Periódico El Porvenir. “Clara Bow hace una película para jóvenes y viejos:
Llegó la escuadra, se estrenará mañana en el Teatro Rodríguez”, Monterrey,
N.L., 9 de agosto de 1929, 6.
23
Periódico El Porvenir. “Hoy se estrenará El Colosio de Mármol y Alías
Jimmy Valentine en el Gran Teatro Rodríguez”, Monterrey, N.L., 19 de septiembre de 1929, 6.
21

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�Arribo y consolidación

de la ciudad para instalar aparatos de sonido y exhibir filmes
parlantes. El mismo año, durante el mes de diciembre, el Circuito
Rodríguez contrató un equipo de RCA Photophone para equipar
con toda la tecnología del momento el Gran Teatro Rodríguez.
El ingeniero Clark, representante de la empresa RCA, junto a
los regiomontanos el Ing. Fernando Balden y el electricista R.
Buentello, fueron los encargados de montar el equipo de sonido.
El presidente de la compañía mencionó que la instalación fue un
éxito, comparando incluso el Teatro Rodríguez con los recintos
de Broadway.24
La reinauguración del teatro se llevó a cabo el viernes
20 de diciembre de 1929, a las 8:15 de la noche, y se presentó
un repertorio de diversas cintas sonoras para finalmente exhibir
la esperada película de Alan Crosland, The Jazz Singer (1927).
También, se presentó una filmación de Lupe Vélez, cantando
canciones españolas como La canción del Lobo y la producción
de Warner Bros, El Arca de Noé (1929). Ambos hermanos
argumentaron:
Desde que iniciamos nuestra labor en el negocio cinematográfico-teatral, nuestros pasos se han encaminado hacia el firme
propósito de mejorar en todo nuestro servicio. Somos servidores del público, justo es ir, a medida que el medio nos lo permite, presentando lo que anhela. De esta manera, ahora que el cine
ha evolucionado enormemente en las grandes metrópolis estadunidenses, hemos querido ser de los primeros en introducir en
Periódico El Porvenir. “Gran Teatro Rodríguez”, Monterrey, N.L., 20 de
diciembre de 1929, 2.
24

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�Kassandra Sifuentes

México esta nueva fase del cinema. Hoy vemos realizado uno
de nuestros ideales, pues el RCA PHOTOPHONE que inauguramos en el Teatro Rodríguez, llena una precisa necesidad
en el ambiente evolutivo del arte fílmico en Monterrey, ya que
en una ciudad de la importancia de la nuestra es merecedora a
tener más altos factores representativos de ese mismo arte. No
obstante el elevado costo de estos aparatos no hemos vacilado
un momento en adquirirlo con el deseo siempre vivo de complacer a nuestros favorecientes. Tenemos fe, tenemos confianza
plena en que saldremos triunfantes de este nuevo ramo de la
cinematografía que tiende a conquistar al mundo, porque conocemos bien el entusiasmo y cultura de que es poseedor el
público regiomontano y por tal motivo continuaremos bregando necesariamente en nuestro medio para corresponder a los
favoritos de ese mismo público.25

Durante la década de 1930, el Circuito Rodríguez se encargó
de firmar contratos con empresas productoras estadounidenses,
como Paramount Picture y algunas europeas para exhibir las mejores producciones en la ciudad. Incluso, comenzaron a equipar
sus salas de cine foráneas para presentar películas sonoras gradualmente y mejorar sus proyectores con aparatos de fibra de oro
de empresas nacionales como la R.C.A. Víctor Mexicana, S.A.
Un cambio significativo en las carteleras fue la
propagación de películas nacionales, como el caso de Dios y
Ley (1929) de Guillermo Calles, quien llegó a la ciudad para
presentar su obra, el 23 de abril, en el Teatro Independencia.26
Periódico El Porvenir. “El Gran Teatro Rodríguez”, Monterrey, N.L., 20 de
diciembre de 1929, 2.
26
Periódico El Porvenir. “Dios y Ley”, Monterrey, N.L., 23 de abril de 1930, 7.
25

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�Arribo y consolidación

Dentro de los documentos del Archivo Histórico de Monterrey,
se localizaron oficios por parte de otros estados de la república
donde recomendaban a los empresarios no conceder licencia a
aquellas películas vitafónicas habladas en inglés o cualquier otro
idioma que no sea el español.27
Sin embargo, se puede apreciar en las carteleras que no se
dejaron de presentar películas extranjeras, aunque la mayoría de
ellas se presentaban de forma silente y otras solo musicalizadas
sin diálogos. La empresa siempre abogó por la presentación de
películas, aunque estas fueran censuradas a nivel nacional, pese a
los constantes reclamos del gobierno municipal. Ese mismo año,
se llevaron a cabo los trabajos para instalar equipos de sonido
en el Teatro Lírico, Teatro Salón Variedades y Teatro Zaragoza,
comenzando una expansión de las presentaciones de películas
sonoras, a las cuales el público podía acceder sin problemas de
falta de butacas o saturación del recinto.28
Se podría argumentar que, si en un inicio el cine
compitió con el teatro, en esta nueva etapa su desarrollo no
tuvo competencia. Incluso, la llegada del sonido aumentó la
popularidad del espectáculo. Y aunque se seguían presentando
obras teatrales, así como las famosas transmisiones de radio
que ocuparon recintos para retransmitir programas y conciertos,
el cine se convirtió en una de las actividades recreativas más
AHMM. Actas de Cabildo, Fondo Monterrey Contemporáneo, vol. 999,
exp. 1930/002, 29 de julio de 1930, f.4.
28
Periódico El Porvenir. Monterrey, N.L., 19 de octubre de 1930, 4.
27

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importantes en la ciudad, o por lo menos así se refleja en la
prensa local.
Las salas de cine se abarrotaban, llegando a presentarse
quejas de personas que quedaban paradas en la función. Ante
esto, el municipio llamó la atención a los empresarios para regular
el cupo de los recintos, pues muchas personas pagaban el valor
correspondiente por un lugar y al final terminaban de pie.29 Solo el
Teatro Salón Variedades y el Teatro Independencia cumplían con el
objetivo de contar con lugares separados. Por otro lado, la salida de
los eventos también presentaba dificultades, pues el público de las
salas ocasionaba aglomeraciones obstruyendo el tránsito.30
Se puede apreciar, también, que dentro de los recintos
no se respetaban las normas “moralizadoras” o de “etiqueta”. La
emoción que despertaba la película en el público lograba silbidos,
comentarios, gritos, entre otros, que para muchos sectores de la
sociedad eran meras vulgaridades. Se propuso a los Rodríguez que
hicieran de conocimiento al público algunas reglas o sugerencias,
como: “La gente culta aplaude, no manifieste usted su ignorancia
silbando en vez de aplaudir”, entre otras semejantes, con el objetivo
de que el público tuviera una “adecuada actitud” en los recintos.
Por otro lado, al exterior de los mismos también comenzaron
algunas complicaciones. La popularidad había aumentado aún
AHMM. Actas de Cabildo, Fondo Monterrey Contemporáneo, vol. 999,
exp.1928/005, 17 de enero de 1928, f.6.
30
AHMM. Actas de Cabildo, Fondo Monterrey Contemporáneo, vol. 999,
exp. 1930/023, 23 de septiembre de 1930, f. 12.
29

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�Arribo y consolidación

más con la divulgación de los carteles que se instalaban fuera de
los cines o en los espacios públicos, lo que a veces llegó a ser de
gran molestia para otros sectores sociales, como los comerciantes,
que donde quiera visualizaban los grandes y pequeños postes que
daban mal aspecto.31
Las reacciones de la sociedad, sin embargo, parecieron
favorables. El público se identificaba con las estrellas de cine
hasta imitar los aspectos físicos de los actores. Algunos productos
de higiene personal, como las pastas dentales, aprovechaban el
fenómeno del cine para vender sus productos, argumentando
que “todas las estrellas de la pantalla tienen dientes hermosos”.32
Inclusive, se presentaban secciones de peinados, con el fin de
que las damas de la época imitaran la moda de las actrices como
Estelle Taylor o Raquel Torres:
Se hace con un simple forzal de la muñeca y una sencilla banda
de cualquier tela. Pone cuidadosamente a través de la cabeza
sostenido en ese lugar dos horquillas, una detrás de cada oreja.
Esto hace que el pelo de atrás se mantenga unido y listo. Entonces, el cabello largo que es tan desagradable en la nuca se
ensortija teniendo cuidado de que la banda quede oculta.33

Por otro lado, ante la crisis de 1929, cada estado del país había intentado aplicar sus propias soluciones. En Nuevo León, después
AHMM. Actas de Cabildo, Fondo Monterrey Contemporáneo, vol. 999,
exp. 1928/005, 24 de enero de 1928, f.5.
32
Periódico El Porvenir. Monterrey, N.L., 12 de enero de 1928, 4.
33
Periódico El Porvenir. “Cómo debe usted peinarse Señorita, si quiere seguir
la moda de las famosas estrellas de cine”, Monterrey, N.L., 7 de julio de 1929, 8.
31

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del intento de Sáenz por ocupar la presidencia y de designar a tres
gobernadores interinos, Benítez, Calles y Chapa, diversos grupos
locales apoyaron la candidatura del ingeniero en minas Francisco
A. Cárdenas, viendo en él un intento de recuperar la economía
local ante la crisis mundial.
Según Morado Macías, Cárdenas, que gobernó el estado
entre 1931 y 1933, reconoció el impacto negativo de la crisis
señalando que había afectado seriamente las finanzas públicas,
por lo que su administración había diseñado una estrategia para
generar ahorros significativos. También señaló que la crisis
generó un aumento importante en las tasas de desempleo, tomando
como medida la creación de un Comité pro-Desocupados con
sede en Monterrey, que gestionaba empleos dentro de obras
públicas.34
A este problema se añadía la situación de los repatriados.
Debido a la crisis, miles de personas, quienes prestaban sus
servicios como mano de obra, fueron expulsados de Estados
Unidos. Monterrey era una de las primeras rutas tomadas por
los migrantes, quienes llegaban sin alimentos, sin dinero, ni
hogar. Para ello, Cárdenas solicitó ayuda del gobierno federal
para erradicar este problema, solventando su pasaje para que los
migrantes regresaran a su lugar de residencia. En diciembre de
César Morado Macías, “Los gobiernos de los generales de la Revolución
mexicana”, en Del Reino al Estado. Los gobernadores de Nuevo León: 15792017, ed. Romeo Ricardo Flores Caballero (Monterrey: Serna Impresos,
2019), 178.
34

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�Arribo y consolidación

1933, Cárdenas renunció a la gubernatura, dejando el puesto a
otro gobernador interino o sustituto, Pablo Quiroga.
Pero para el ramo de los espectáculos, la crisis fluyó
sin mayores daños, sobre todo el cine. La prensa argumentaba
que los cambios que presentó el cinematógrafo no sólo trajeron
modificaciones en la forma de hacer y ver cine, sino, en la
generación de nuevos empleos.35 Y es que la expansión de las
salas de cine, junto a las cantidades de películas que se estaban
produciendo y que eran posteriormente exhibidas en los recintos
de la ciudad, aumentaron el personal empleado por las empresas.
Era lógico que los hermanos no pudieran encargarse
totalmente de todos los recintos a su cargo. Por ello, era
importante contar con trabajadores que colaboraran en diversas
áreas: algunos cumplían con la misión de exhibir los filmes, otros
eran encargados de su distribución en los salones foráneos, otros
del aseo, de las amenidades con que contaba el cine (dulcería, bar,
entre otras), y otros de administrar el lugar.
Continuando con las exhibiciones, los hermanos siguieron
programando y adquiriendo películas nacionales y habladas en
español. Es de suponerse que esto se deriva de la gran producción
nacional y que fue durante el periodo del “Maximato” en que el
cine sonoro se consolidó en una etapa que ha sido llamada época
preindustrial. El cine mexicano estaba intentando consolidarse
Periódico El Porvenir. “Notas cinematográficas: una ciudad dentro de otraAumentó el personal para las películas parlantes”, Monterrey, N.L., 25 de diciembre de 1930, 4.
35

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entre las grandes industrias cinematográficas. Solo durante 1932
a 1936 se realizaron aproximadamente 92 filmes, según datos
de García Riera, de ficción, horror, arte, históricos, comedia e
incluso se incursionó hacía nuevos géneros como el ranchero.36
Dentro de esta consolidación de la industria en México,
se produjo la primera película sonora: Santa. La sociedad
regiomontana estaba entusiasmada, e incluso los periodistas
argumentaban que la industria cinematográfica seria y fuerte había
quedado definitivamente establecida en el país y solo necesitaba
un franco apoyo a fin de consolidarse bajo bases sólidas, fuertes.37
El 15 de abril de 1932, Santa se presentó en el teatro
Rodríguez. La obra fue dirigida por Antonio Moreno y estuvo
a cargo de la firma Compañía Nacional Productora de Películas.
Para darle sincronía al sonido y la imagen, Santa contó con la
colaboración de los hermanos Roberto y Joselito Rodríguez,
hermanos del reconocido Ismael Rodríguez, empleando su más
reciente invento, el Rodríguez Sound Recording System.
Se llevaron a cabo dos funciones, una a las 8:15 p.m. y
otra a medianoche. Se invitó a la soprano Minerva Rodríguez
para amenizar la velada, e incluso, gracias a las transmisiones
de radio, se detallaron los momentos del evento para quienes no
Emilio García Riera, Breve historia del cine mexicano. Primer siglo, 18971997 (México, DF: MAPA, 1998), 80.
37
Periódico El Porvenir. “La industria cinematográfica seria y fuerte ha quedado definitivamente establecida: Santa, la primera producción de la Compañía Nacional Productora de Películas se estrenará en el Gran Teatro Rodríguez
el viernes 15 del actual”, Monterrey, N.L., 13 de abril de 1932, 4.
36

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�Arribo y consolidación

pudieron asistir, consiguiendo que Lupita Tovar se comunicara
por dicha vía para saludar a los concurrentes afortunados. Santa
sólo se programó en el Teatro Rodríguez por razones de contrato
y el equipo de sonido con que éste contaba.38
Conclusiones
Aunque al inicio se creyó que su éxito sería momentáneo, durante
la década de 1920 se comprobó que el cine fue tomando impulso:
se crearon salas en diversas zonas de la ciudad, se creó un público
específico para el espectáculo, comenzó una fuerte distribución
fílmica, entre otros aspectos que dejaron clara su importancia.
Durante dicha época, comenzaron a destacar cambios en
el espectáculo -la adaptación del sonido a la imagen-, mismos que
provocaron una coyuntura entre la relación de éste con la sociedad. El
cine sonoro se convirtió en un fenómeno internacional y en diversas
partes del mundo fue recibido con entusiasmo. Esta revolución
sonora comenzó su expansión en el país, incluyendo a Monterrey.
Sin embargo, no todos los círculos sociales aceptaron los cambios.
La recopilación de información indica que la sociedad
regiomontana se rehusaba a los cambios que presentó el
espectáculo. Esto se puede observar desde su arribo, donde
algunos círculos sociales consideraban al cine como una atracción
vulgar; posteriormente, también hubo resistencia hacia el cambio
de vistas móviles a películas con argumentos, pues estaban
38

Periódico El Porvenir. “Santa”, Monterrey, N.L., 15 de abril de 1932, 4.

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�Kassandra Sifuentes

acostumbrados a películas más simples como paseos cotidianos,
salidas de fábricas, paisajes, entre otros.
Dichos cambios causaron disgusto social en su momento,
sin embargo, la sociedad llegó a adaptarse. Con el arribo del sonido
hubo reacciones similares. Algunos círculos sociales, principalmente
los intelectuales, estaban en contra, cuestionando los constantes
cambios del espectáculo. Por otro lado, la sociedad en general estaba
entusiasmada por las nuevas tecnologías, abarrotando los recintos
para escuchar hablar o cantar a sus artistas favoritos.
El arribo del sonido implicó cambios en la forma de
ir al cine. Su aparición en la ciudad orilló a los empresarios a
modificar la estructura de distribución, exhibición, e incluso
a modificar las antiguas salas de cine para instalar los aparatos
sonoros. Esto provocó que para la sociedad de clase media o baja
fuera más complicado acceder a esta atracción, ya que los gastos
realizados para hacer estos cambios se vieron reflejados en las
costosas entradas.
Referencias
Archivo
Archivo Histórico Municipal de Monterrey
Bibliográficas
García Riera, Emilio. Breve historia del cine mexicano. Primer
siglo, 1897-1997. México, DF: MAPA, 1998.
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189

�Arribo y consolidación

Maltby, Richard. Explorations in New Cinema History: Approaches and Case Studies. Londres: Blackwell Publishing
Ltd, 2011.
Meers, Philippe. “Metodologías de investigación para la ‘nueva
Historia del cine’”. En Miscelánea sobre el entorno audiovisual, editado por Francisco Ubierna Gómez y Javier
Sierra Sánchez. España: Fragua, 2014.
Morado Macías, César. “Los gobiernos de los generales de la Revolución mexicana”. En Del Reino al Estado. Los gobernadores de Nuevo León: 1579- 2017, editado por Romeo Ricardo Flores Caballero. Monterrey: Serna Impresos, 2019.
Segovia, Rafael, y Alejandra Lajous. Historia de la Revolución
mexicana, período 1928-1934: Los inicios de la Institucionalización, la política del Maximato. México, DF: El
Colegio de México, 1978.
Sifuentes Zúñiga, Kassandra. “Implicaciones sociales y culturales relativas al desarrollo del cine en Monterrey, 18981927”. Universidad Autónoma de Nuevo León, 2017.
Vidal Bonifaz, Rosario. “Los inicios del cine sonoro y la creación
de nuevas empresas fílmicas en México (1928-1931)”. Revista del Centro de Investigaciones, núm. 29 (2008): 17–28.

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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares1.2-4

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�Las causas de canonización en la Arquidiócesis de
Monterrey
The causes of canonization in the Archdiocese of Monterrey
Moisés Alberto Saldaña Martínez
Universidad Autónoma de Nuevo León
orcid.org/0000-0003-0627-6203

Resumen: El artículo busca analizar el significado de los procesos de
canonización que han sido encausados por la Iglesia regiomontana. Se
explica primeramente el significado de la santidad en el catolicismo, así
como el proceso de canonización que se sigue institucionalmente. Se
analizan enseguida las causas mexicanas, desde la época virreinal. Posteriormente, se abordan las devociones neoleonesas y los procesos de
la arquidiócesis regiomontana, es decir: el arzobispo Guillermo Tritschler, los sacerdotes Juan José Hinojosa, Raymundo Jardón y Pablo
Cervantes, y la religiosa sor Gloria Elizondo. Finalmente, se presenta
una interpretación sobre las causas de canonización de Monterrey, considerando su temporalidad, perfil de los candidatos y su número, entre
otros factores. Se ha recurrido a múltiples fuentes bibliográficas especializadas para el abordaje de la temática.
Palabras clave: Iglesia católica; canonizaciones; santos mexicanos;
Nuevo León; Historia de la religión.
Abstract: The article seeks to analyze the meaning of the canonization
processes that have been prosecuted by the Monterrey Church. First
of all, it is explained the meaning of holiness in Catholicism, as well
as the canonization process that is followed institutionally. Afterwards,
Sillares, vol. 1, núm. 2, 2022
DOI: https://doi.org/10.29105/sillares1.2-5

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�Las causas de canonización

the Mexican causes are analyzed, since the colonial era. Subsequently, the devotions of Nuevo León and the processes of the Monterrey
archdiocese are addressed, that is: Archbishop Guillermo Tritschler,
priests Juan José Hinojosa, Raymundo Jardón and Pablo Cervantes,
and the religious sister Gloria Elizondo. Finally, an interpretation of
the canonization processes of Monterrey is presented, considering their
temporality, the number of candidates, their profiles, among other factors. Multiple specialized bibliographic sources have been used to
address the issue.
Keywords: Catholic Church; canonizations; Mexican saints; Nuevo
León; History of religion.

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�Moisés Saldaña

Introducción
El catolicismo comenzó a tener presencia en el territorio del Nuevo Reino de León desde 1582, cuando algunos religiosos, como
fray Juan de la Magdalena, acompañaron a Luis Carvajal y de la
Cueva.1 Es decir, hace casi 440 años que se sentaron las bases
del Evangelio en dicha región, lo cual ha implicado una historia
extensa y compleja, plena de personajes significativos, religiosos
y laicos. Sin embargo, sólo cinco personas se hallan en proceso
de canonización, quienes realizaron su labor en poco más de 50
años (de 1913 a 1966) y cuyas causas fueron introducidas en sólo
cuatro años (entre 1991 y 1995).
A partir de lo anterior, se puede formular el siguiente
problema: ¿qué significado manifiestan los cinco procesos de
canonización postulados por la Arquidiócesis de Monterrey, en
el contexto de la sociedad regiomontana contemporánea? En el
presente texto se buscará dar respuesta a este cuestionamiento,
para postular una interpretación que establezca las particularidades
de los procesos de canonización neoleoneses.
El largo camino hacia el altar
Si bien la Iglesia católica afirma que “[t]odos son llamados a la
santidad”, sostiene también que “las gracias especiales o los signos extraordinarios de esta vida mística [son] concedidos solamente a algunos para manifestar así el don gratuito hecho a toIsrael Cavazos Garza, Breve historia de Nuevo León (México, DF: El Colegio de México, 1994), 31.
1

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dos”.2 Estas personas son los santos (del latín sanctus, a su vez
del griego “ἅγιος”, sagrado, que alude a alguien o algo “apartado”), de quienes se cree que están en el cielo “glorificados, contemplando ‘claramente a Dios’”. A ellos se les profesa “especial
veneración” (llamada “dulía” desde el Segundo Concilio de Nicea de 787), se busca el “auxilio de su intercesión” y se postula
que sus “carismas divinos los [hacen] recomendables a la piadosa
devoción e imitación de los fieles”.3 Los carismas son definidos
como “gracias del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente una utilidad eclesial […y] están ordenados […] al bien de
los hombres y a las necesidades del mundo”.4
Por otro lado, en los primeros siglos del cristianismo el
culto a los santos se dio de manera espontánea o bien sancionado
por las Iglesias particulares. Sin embargo, desde el siglo X Roma
comenzó a abrogarse el derecho a proclamar a los santos, hasta
que en 1170 el papa Alejandro III reservó dicha prerrogativa
definitivamente a la Santa Sede.5 En 1588 Sixto V creó la
Sagrada Congregación de Ritos, que gestionó los procesos de
“Catecismo de la Iglesia Católica”, sec. 2013 y 2014, consultado el 11
de julio de 2018, http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p3s1c3a2_
sp.html#IV La santidad cristiana.
3
“Lumen Gentium. Constitución Dogmática sobre la Iglesia”, sec. 50, consultado el 11 de julio de 2018, http://www.vatican.va/archive/hist_councils/
ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html.
4
“Catecismo de la Iglesia Católica”, sec. 799.
5
Williams Smith y Samuel Cheetham, A Dictionary of Christian Antiquities
(https://archive.org/stream/dictionaryofchri01smituoft/dictionaryofchri01smituoft_djvu.txt, 1875), 283.
2

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canonización; Urbano VIII emitió nuevas normas en 1634 y
1642, así como Próspero Lambertini entre 1734 y 1738, y dichas
disposiciones se incorporaron al Código de Derecho Canónico
de 1917.6 De tal modo, los procedimientos para la canonización
de una persona han variado a lo largo de los siglos y actualmente
rige una normativa establecida por el papa Juan Pablo II en 1983,
bajo la Constitución Apostólica Divinus Perfectionis Magister. Y,
derivado de dicha legislación general, se promulgó el mismo año
el documento Normae servandae in inquisitionibus ab Episcopis
faciendis in Causis Sanctorum.
Cabe precisar que “[l]a causa de beatificación y canonización se refiere a un fiel católico que en vida, en su muerte y después de su muerte tuvo fama de santidad, viviendo heroicamente
todas las virtudes cristianas; o bien goza de fama de martirio”. La
“fama de santidad es la opinión extendida entre los fieles acerca
de la pureza e integridad de vida del [candidato a santo] y acerca
de que éste practicó las virtudes en grado heroico”.7 De tal modo,
hasta 2017 existían ordinariamente dos itinera (vías) para iniciar el
Juan Pablo II, “Divinus Perfectionis Magister. Constitución Apostólica sobre la nueva legislación relativa a las Causas de los Santos”, consultado el 11
de julio de 2018, http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/apost_constitutions/documents/hf_jp-ii_apc_25011983_divinus-perfectionis-magister.html.
7
“Sanctorum Mater. Instrucción sobre el procedimiento instructorio diocesano o eparquial en las Causas de los Santos”, secs. 4–6, consultado el 11 de
julio de 2018, http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/csaints/documents/rc_con_csaints_doc_20070517_sanctorum-mater_sp.html#INTRODUCCIÓN.
6

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proceso de canonización: las virtudes heroicas y el martirio.8 Sin
embargo, dentro del proceso también es importante la “fama signorum”, que es “la opinión difundida entre los fieles acerca de las
gracias y favores recibidos a través de la intercesión del siervo de
Dios”,9 es decir, los milagros que se le atribuyen. Enseguida se describirán los pasos del camino hacia la santidad.
En primera instancia, se halla la fase preliminar del
proceso. Existen tres figuras destacadas en esta etapa: el obispo
diocesano en cuya jurisdicción haya fallecido el candidato a
santo y a quien compete el derecho de investigación;10 el actorpromotor (cualquier persona física o jurídica perteneciente a la
Iglesia), quien promueve la causa de canonización y asume la
responsabilidad moral y económica del proceso; y el postulador
(un sacerdote, religioso o laico), designado por el actor con la
aprobación del obispo, quien investiga sobre la vida y méritos del
candidato, da seguimiento al desarrollo del proceso instructorio y
administra los recursos económicos.11
El 11 de julio de 2017, el papa Francisco agregó un tercer iter: el ofrecimiento de la vida. Véase: Francisco, “Maiorem hac Dilectionem. Carta
Apostólica en forma de «Motu Proprio» sobre el ofrecimiento de la vida”,
consultado el 12 de julio de 2018, https://w2.vatican.va/content/francesco/
es/motu_proprio/documents/papa-francesco-motu-proprio_20170711_maiorem-hac-dilectionem.html
9
“Sanctorum Mater. Instrucción sobre el procedimiento instructorio diocesano o eparquial en las Causas de los Santos”, sec. 6.
10
Juan Pablo II, “Divinus Perfectionis Magister. Constitución Apostólica sobre la nueva legislación relativa a las Causas de los Santos”, sec. 1.
11
“Normae servandae in inquisitionibus ab Episcopis faciendis in Causis
Sanctorum. Constitución sobre las normas que han de observarse en las in8

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Las causas pueden ser recientes (cuando existen aún
testigos vivos) o antiguas (cuando tienen que sustentarse
en documentos y testimonios históricos no orales). Para las
causas recientes, deben haber transcurrido cinco años desde el
fallecimiento del candidato, pero preferentemente no más de
treinta, pues de otro modo debe justificarse el retraso para incoar
la causa.12 Una vez reunida la documentación necesaria (como la
biografía del potencial santo y los escritos que éste haya emitido),
se presenta al obispo la petición de instrucción de la causa y el
candidato pasa a denominarse siervo de Dios.13 El obispo debe
consultar con los demás obispos de la región, con los fieles y
con la Santa Sede si existe algún inconveniente para iniciar el
proceso. El Vaticano analiza la ortodoxia de los escritos e ideas
del potencial santo y, si no existe objeción, se emite un Nihil
Obstat para la introducción de la causa.14
Habiéndose superado estas consultas, se inicia
formalmente el proceso a nivel diocesano y el obispo nombra a
los miembros del Tribunal que realizará la investigación, el cual
vestigaciones que hagan los obispos en las Causas de los Santos”, secs. 1–3,
consultado el 12 de julio de 2018, http://www.causesanti.va/content/causadeisanti/it/documenti/normae-servandae_es.html.
12
“Normae servandae in inquisitionibus ab Episcopis faciendis in Causis
Sanctorum. Constitución sobre las normas que han de observarse en las investigaciones que hagan los obispos en las Causas de los Santos”, sec. 7 y 9.
13
“Sanctorum Mater. Instrucción sobre el procedimiento instructorio diocesano o eparquial en las Causas de los Santos”, sec. 4.
14
“Sanctorum Mater. Instrucción sobre el procedimiento instructorio diocesano o eparquial en las Causas de los Santos”, secs. 41–46.
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es presidido por el propio obispo (o su delegado) e incluye a un
promotor de justicia, los notarios, los censores teólogos, y los
peritos en historia y archivística. A ellos compete escudriñar y
analizar la documentación, e interrogar a los testigos (si los hay)
en torno a la causa.15 Para concluir la etapa diocesana, el obispo o
su delegado deben visitar el sepulcro, la casa donde vivió, el lugar
donde murió y demás espacios relacionados con el siervo de Dios
para verificar que no se le rinde culto público prohibido (sólo es
lícito el culto privado).16
Tras la integración de los documentos, actas y testimonios
de la causa, todo el material se envía a la Congregación para las
Causas de los Santos en El Vaticano, con lo que da inicio la fase
romana del proceso. Dicha Congregación, primeramente, decreta
la validez jurídica de la causa y designa un relator, el cual asesora
y revisa la elaboración del documento sobre la vida y obra del
siervo de Dios. Dicho texto se denomina Positio super vita,
virtutibus et fama sanctitatis, y consta de dos partes: el sumario
(selección de los mejores textos del proceso diocesano) y la
información sobre la vida, las virtudes y la fama de santidad del
candidato (su historia de vida y los testimonios sobre sus virtudes
y fama probada de santidad).
“Normae servandae in inquisitionibus ab Episcopis faciendis in Causis
Sanctorum. Constitución sobre las normas que han de observarse en las investigaciones que hagan los obispos en las Causas de los Santos”, secs. 14–27.
16
“Normae servandae in inquisitionibus ab Episcopis faciendis in Causis
Sanctorum. Constitución sobre las normas que han de observarse en las investigaciones que hagan los obispos en las Causas de los Santos”, sec. 28.
15

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Enseguida, la Positio debe ser revisada por ocho censores
teólogos y, si éstos dan su aprobación, pasa al análisis de la
Congregación ordinaria de cardenales y obispos. Si el informe de
estos clérigos es positivo, el papa emite el Decreto de las virtudes
heroicas o el Decreto sobre el martirio, y desde ese momento
el candidato recibe el título de venerable. Tras este paso, los
mártires pueden ser declarados beatos, es decir, se autoriza su
culto público a nivel diocesano y su conmemoración se incluye
en el Martirologio.
Pero en el caso de aquellos que sólo se han reconocido
sus virtudes heroicas, debe haber un milagro “probado
científicamente” (por lo regular, se trata de una sanación
“inexplicable médicamente” que se atribuye a su intercesión),
para que pueda ser beatificado. En estos casos, será necesario
probar un segundo milagro (ordinariamente, a los mártires
no se les exigen milagros como requisito) para que culmine el
proceso con la canonización, es decir, que el papa proclame
solemnemente al beato como santo y autorice su culto público en
la Iglesia universal.17 Los milagros son interpretados como una
confirmación divina de la santidad del candidato, es decir, como
una especie de juicio de Dios.
Juan Pablo II, “Divinus Perfectionis Magister. Constitución Apostólica
sobre la nueva legislación relativa a las Causas de los Santos”, secs. 13–16;
“Causas de Canonización. Pasos hacia la canonización”, Familia de la Cruz,
consultado el 12 de julio de 2018, http://www.causascanonizacion.org/pasoshacialacanonizacion.htm.
17

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Todo el proceso puede durar muchos años, incluso siglos.
Han existido procedimientos sumamente rápidos (san Antonio de
Padua, canonizado en 1232, menos de un año después de morir)
y procesos muy parsimoniosos (santa Hildegarda de Bingen,
fallecida en 1179 y canonizada en 2012). Asimismo, hay casos
que se estancaron sin motivos de peso, como los procesos del
cardenal Cisneros y la reina Isabel I de Castilla. Los motivos
políticos y económicos suelen estar detrás de estos obstáculos.
Santos y beatos mexicanos
Durante la época hispánica de América los criollos ansiaron la
canonización de santos autóctonos, bajo la premisa de que si su
tierra era fértil en frutos de santidad, ello los equiparaba a los europeos. Así, desde el siglo XVII se buscó la canonización de personas, cuyo origen o lugar de acción hubiese sido América. Pero
sólo se verificó la canonización de una mujer americana durante
toda la etapa colonial: la criolla limeña Isabel Flores de Oliva,
llamada Rosa de Santa María (santa Rosa de Lima), cuyo proceso
fue relativamente rápido, pues fue canonizada en 1671 apenas 54
años después de su muerte.
Puede agregarse otro santo proclamado durante la época
virreinal, cuya labor se desarrolló en el Nuevo Mundo aunque era
originario de España: Toribio de Mogrovejo, (arzobispo de Lima,
1579-1606), quien fue canonizado en 1726. Por otro lado, sólo un
novohispano llegó a ser beatificado: el criollo capitalino Felipe
de las Casas y Martín, llamado Felipe de Jesús, fraile franciscano
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que fue martirizado en 1597 en Nagasaki, Japón, junto con otros
25 cristianos. Pablo Miki encabezó a este grupo en el proceso de
beatificación y el papa Urbano VIII los proclamó beatos en 1627.18
El martirio y la pertenencia de los candidatos a las órdenes
de los franciscanos y jesuitas favoreció el proceso, donde quedó
implicado el novohispano Felipe. Tras su beatificación, ascendió
su culto en México: en 1638 se erigió su capilla en la Catedral de
México, desde el año siguiente se celebró su fiesta el 5 de febrero,
y fue venerado como Patrón de la Ciudad de México y de la Nueva
España, llamándosele “san”, pese a que sólo se hallaba beatificado.
El único otro caso de beatificación durante la época novohispana
fue el de Sebastián de Aparicio, franciscano nativo de España,
fallecido en Puebla en 1600 y declarado beato en 1789.
Sin embargo, estos escasos resultados no significaron que
los criollos no promovieran más causas de quienes nacieron o
laboraron en América, como fueron los casos de los obispos Juan
de Palafox y Mendoza, y Francisco de Aguiar y Seixas, de las
místicas sor María de Jesús de Tomelín y Catarina de San Juan,
de los eremitas taumaturgos Gregorio López y fray Bartolomé de
Jesús María, y del mártir de Japón fray Bartolomé Gutiérrez. Casi
todos ellos vivieron en México y Puebla entre fines del siglo XVI
Antonio Rubial García, “Los santos milagreros y malogrados de la Nueva
España”, en Manifestaciones religiosas en el mundo colonial americano, ed.
Clara García Ayluardo y Manuel Ramos Medina (México, DF: Instituto Nacional de Antropología e Historia; Condumex - Centro de Estudios de Historia de
México; Universidad Iberoamericana, 1997), 57.
18

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y principios del XVII, y sus causas fueron introducidas a fines del
siglo XVII y durante el siglo XVIII. Es significativa la ausencia
de frailes evangelizadores entre estos primeros candidatos a la
santidad.
Los promotores de estos procesos fueron los obispos o
las órdenes religiosas, y los novohispanos apoyaron estas causas
otorgando recursos económicos. No obstante, ninguno de estos
procesos fue exitoso en aquella época19 por diversos motivos,
como méritos insuficientes, aspectos heréticos, poco dinero para
la promoción, o la procedencia étnica o social del candidato.
Además, desde mediados del siglo XVIII la Corona limitó
los procesos de canonización de americanos, por el potencial
autonomista que implicaban.20 En efecto, Felipe de Jesús fue un
emblema del nacionalismo criollo a fines del siglo XVIII.
Sin embargo, una nueva coyuntura política favoreció
a los procesos de beatificación y canonización en el México
independiente, durante la época de la Reforma. Así, el papa Pío
IX canonizó en 1862 a Pablo Miki y compañeros, entre los que
se encontraba Felipe de Jesús, y beatificó en 1867 a Bartolomé
Gutiérrez y Bartolomé Laurel, ambos también religiosos,
mártires en Japón y beatificados en grupo. Estas proclamaciones
Juan de Palafox fue beatificado en 2011; los procesos de Francisco de
Aguiar, María de Jesús de Tomelín, Gregorio López y Bartolomé de Jesús
María se estancaron, y Catarina de San Juan fue declarada heterodoxa por el
Santo Oficio en 1696.
20
Rubial García, “Los santos milagreros y malogrados de la Nueva España”,
58 y 59.
19

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son interpretadas por algunos como “consecuencia de la urgente
necesidad que tenía el papado de fortalecer al bando conservador
frente a los anticlericales liberales”.21
Sin embargo, después de la década de 1860 ningún
mexicano volvió a ser elevado a los altares durante más de un
siglo, hasta la beatificación del sacerdote jesuita Miguel Agustín
Pro, zacatecano ejecutado en la Ciudad de México en 1927
acusado de participar en un atentado contra Obregón, por lo que
fue declarado mártir. Su proceso inició desde 1935 y en 1952 su
causa pasó a la fase romana, pero su martirio no fue reconocido
oficialmente sino hasta 1986 por el papa Juan Pablo II y su
beatificación se verificó en 1988.22
Dos años después, en su segunda visita a México, el
mismo pontífice beatificó en la Basílica de Guadalupe de la
capital del país a tres nuevos beatos: el vidente guadalupano
Juan Diego Cuauhtlatoatzin, el sacerdote José María Yermo y
Parres, y los tres niños Cristóbal, Antonio y Juan, mártires de
Tlaxcala. Los años siguientes se multiplicaron las beatificaciones
de mexicanos: en 1992, el sacerdote Cristóbal Magallanes y 24
compañeros mártires de la persecución religiosa, y sor María
Natividad Venegas de la Torre; en 1995, el obispo Rafael Guízar y
Valencia; y en 1997, el sacerdote Elías del Socorro Nieves, mártir
Rubial García, 140.
Enrique Mendoza Delgado, “Miguel Agustín Pro, mártir de la fe”, Revista Verbo, 1988, http://www.fundacionspeiro.org/verbo/1988/V-269270-P-1169-1194.pdf.
21
22

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en la época de la Guerra Cristera, y la religiosa María Vicenta de
Santa Dorotea Chávez Orozco.
En mayo del año 2000, el papa Juan Pablo II canonizó a 27
beatos mexicanos (Cristóbal Magallanes y 24 compañeros, José
María Yermo y María Natividad Venegas), con lo que se engrosó
en una sola ceremonia el número de santos mexicanos, que pasó
de uno a 28. Después de ese año, México ha sumado 7 santos y
numerosos beatos más, de modo que cuenta actualmente con 35
santos y alrededor de 26 beatos.23 La más reciente beatificación
fue la de Concepción Cabrera de Armida, acontecida el 4 de mayo
de 2019.
Sin embargo, las múltiples canonizaciones y beatificaciones
de las últimas décadas no han estado exentas de polémicas.
En primera instancia, las causas de los numerosos mártires de
la persecución religiosa de las décadas de 1920 y 1930 fueron
generalmente impulsadas por los sectores más conservadores
y opuestos al régimen priísta,24 y algunos interpretaron las
El número preciso puede ser variable, según el criterio que se adopte, pues
existen santos o beatos no originarios de México, pero que realizaron su labor
en lo que es o fue territorio mexicano (como el español san Junípero Serra, que
fue misionero en California), y existen quienes eran originarios de México, pero
fueron martirizados y postulados en el extranjero (como el jalisciense beato Reginaldo Hernández Ramírez, ejecutado en España). Ver “Santos y beatos mexicanos”, consultado el 14 de julio de 2018, http://www.arquidiocesisdepuebla.
mx/index.php/arquidiocesis/santos-y-beatos-mexicanos/beatos?start=20.
24
“Los Tecos son considerados la parte más reaccionaria de la ultraderecha
[…] y fueron los principales impulsores de la canonización de los 25 mártires
de la Cristiada, resaltando así su carácter antagónico a las instituciones del
Estado”. Ver Mónica Uribe, “La ultraderecha en México: el conservaduris23

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canonizaciones del año 2000 como un espaldarazo vaticano a la
alternancia política.25 Además, estas causas han sido criticadas
por otro motivo: el “‘favoritismo exacerbado’, que benefició a los
sacerdotes y relegó a los mártires laicos, quienes fueron mayoría
durante la persecución religiosa en México”. En efecto, de los 25
mártires canonizados en 2000 sólo tres eran laicos, mientras que
“durante la Guerra Cristera murieron como mártires por lo menos
200 laicos”, al tiempo que “en ese mismo período, cayeron en
total 90 sacerdotes”.26
Otros mártires cuya santificación despertó suspicacias
fueron los niños mártires tlaxcaltecas, porque su historia implicó
“[l]a manipulación de la conciencia de niños y adolescentes para
ponerlos al servicio de causas sagradas”27 y “por la forma insidiosa
de oponer a los hijos contra los padres e incitar deliberadamente
la destrucción de las familias”.28 Asimismo, la beatificación de
los mártires de Cajonos generó críticas, ya que “delataban a los
practicantes de la religión indígena, causando muertes y daños
mo moderno”, El Cotidiano 23, núm. 149 (2008): 47, http://www.redalyc.org/
pdf/325/32514905.pdf.
25
“Consideran estrategia política la santificación de mártires”, Reforma,
consultado el 15 de junio de 2000, https://reforma.vlex.com.mx/vid/consideran-estrategia-santificacion-martires-80987604.
26
Rodrigo Vera, “La Iglesia discrimina a mártires laicos: Jean Meyer”, Proceso, el 15 de abril de 2000, https://www.proceso.com.mx/183033/la-iglesia-discrimina-a-martires-laicos-jean-meyer .
27
Guillermo Bonfil Batalla, “Los niños mártires de Tlaxcala”, Cuadernos
Nexos, mayo de 1990, https://www.nexos.com.mx/?p=5829.
28
Enrique Florescano, Historia de las historias de la nación mexicana (México, DF: Taurus, 2002), 160.
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mediante su información a los encendidos misioneros”, por lo
que sus acciones pueden significar que “los padres y su pueblo
eran malvados y la cultura indígena era mala”.29
De igual modo, la canonización de José Sánchez del
Río, adolescente de 14 años ejecutado por su simpatía hacia los
cristeros, ha despertado cuestionamientos porque se “parece más,
en los tiempos actuales a un joven suicida islámico”, pudiendo
postularse la pregunta: “¿[é]se es el modelo que quiere mostrar
la Iglesia a los jóvenes actuales?”.30 Por otro lado, la exaltación
a los altares de Juan Diego fue duramente criticada por las dudas
sobre su historicidad, siendo incluso descalificada por el abad de
la Basílica de Guadalupe, Guillermo Schulenburg.31 Otro caso
polémico fue el del obispo Rafael Guízar y Valencia, no tanto
por él mismo, sino porque era tío abuelo de Marcial Maciel y su
causa fue ampliamente impulsada por los Legionarios de Cristo,
e interpretada como una exaltación del fundador de la orden;32
cabe agregar que la madre de Maciel, Maura Degollado, también
se encuentra en proceso de canonización.
Asimismo, hay otros cuatro motivos generales que
han generado críticas hacia las santificaciones recientes.
Sergio Zaldívar, “Los beatos de Oaxaca”, Proceso, el 27 de julio de 2002,
https://www.proceso.com.mx/187969/los-beatos-de-oaxaca.
30
Bernardo Barranco, “Canonización y polémica del ‘niño cristero’”, Milenio, el 19 de octubre de 2016, http://www.milenio.com/opinion/bernardo-barranco/posteando/canonizacion-y-polemica-del-nino-cristero.
31
“Polémica en México sobre la aparición de la Virgen de Guadalupe”, El
País, el 31 de mayo de 1996.
32
“Canonización calculada”, Proceso, el 15 de octubre de 2006.
29

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Primeramente, algunos cuestionan su copiosidad, producto de la
“simplificación” del proceso que decretó Juan Pablo II en 1983
donde, principalmente, se redujo el número de milagros exigidos
de cuatro (dos para la beatificación y dos para la canonización) a
sólo dos y se eliminó la figura del promotor de la fe o advocatus
diaboli.
En segundo lugar, como ya se había mencionado en
relación con los mártires de la Cristiada, se critica que ha habido
“demasiados sacerdotes y monjas y no suficientes personas laicas
con quienes los católicos promedio pudieran relacionarse más
fácilmente”. En tercera instancia, “algunas canonizaciones y
beatificaciones también parecen sólo políticamente motivadas”,
por ejemplo, es el caso de algunos mártires de regímenes
condenados por la Iglesia, como los socialistas.33
Y, por último, se ha criticado duramente el predominio del
factor económico en los procesos, por encima de lo estrictamente
religioso. Así, en 2015 los periodistas italianos Gianluigi Nuzzi
y Emiliano Fittipaldi denunciaron en sus respectivos libros
(sustentados en documentación vaticana) “que las beatificaciones
y santificaciones no se basan en los supuestos milagros que
ha realizado el interesado, sino en el dinero que se paga a la
Santa Sede”. Según Nuzzi, “[e]l coste es de alrededor de medio
Melinda Henneberger, “Ideas &amp; trends; the Saints just keep marching in”,
New York Times, el 16 de julio de 2018, https://www.nytimes.com/2002/03/03/
weekinreview/ideas-trends-the-saints-just-keep-marching-in.html. [La traducción ha sido realizada por el autor de esta investigación.]
33

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millón de euros de media”, por lo que denunció que “dichos
procedimientos son una auténtica máquina de hacer dinero”.
Estas críticas motivaron al papa Francisco a decretar en marzo
de 2016 estrictos controles financieros de los recursos que fluyen
durante los procesos de canonización, con el fin de que se destinen
únicamente a los gastos de las causas, y a establecer un “fondo de
solidaridad” para sustentar la fase romana del proceso, de manera
que la carencia de recursos económicos no sea un obstáculo para
su avance.34
Al margen de las polémicas, México cuenta con alrededor
de cien procesos de canonización promovidos por las diversas
diócesis del país, siendo las más importantes las Arquidiócesis
de México y Guadalajara. Por su parte, la Iglesia regiomontana
ha presentado particularidades en este aspecto y sólo ha incoado
cinco causas, como se verá enseguida.
Procesos de canonización neoleoneses
Durante la época virreinal, hubo diversos religiosos destacados
en el Nuevo Reino de León. Tal fue el caso del misionero fray
Martín de Altamirano, uno de los fundadores del convento de San
Andrés en Monterrey, quien murió martirizado en 1606 flechado
por un grupo indígena en la Pastora. Asimismo, hubo importantes
Mònica Bernabé, “El Papa reforma los procesos de canonización para
asegurar su transparencia financiera”, El Mundo, el 10 de marzo de 2016,
http://www.elmundo.es/sociedad/2016/03/10/56e1a17422601d031a8b45b7.
html.
34

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religiosos protectores de los indígenas, como fray José de San
Gabriel en las misiones del Río Blanco, hacia 1650; fray Antonio Margil de Jesús, quien fundó un hospital y escuela en Boca
de Leones alrededor de 1715; y fray Juan de Losada, quien fue
activo en Linares y el Valle del Pilón hacia 1715.35 Sin embargo,
sólo fue introducida la causa de canonización de uno de estos
religiosos: fray Antonio Margil por parte del Arzobispado de México en 1767, quien fue declarado venerable en 1836, pero desde
entonces su proceso se estancó.36
Por otro lado, los habitantes del Nuevo Reino de León,
al igual que el resto de los novohispanos, al carecer de santos
propios encontraron a quien venerar en los santos e imágenes
religiosas.37 Así, en el acta de fundación de Monterrey se estipuló
que la iglesia mayor debía dedicarse a la Virgen María en “su
Santa y Limpia Concepción y Anunciación”,38 y con el correr de
los años se agregaron otras imágenes y advocaciones marianas,
como la Virgen del Reino, del Nogal o del Roble, sustentada en
Cavazos Garza, Breve historia de Nuevo León, 1994, 31–38.
Antonio Rubial García, La santidad controvertida: Hagiografía y conciencia criolla alrededor de los venerables no canonizados de Nueva España
(México, DF: Universidad Nacional Autónoma de México; Fondo de Cultura
Económica, 2015).
37
Maribel García Méndez, “Credibilidad y opinión pública entre estudiantes
de Ciencias de la Comunicación y Derecho: Caso la Iglesia Católica”
(Universidad de las Américas Puebla, 2004), 44, http://catarina.udlap.mx/u_
dl_a/tales/documentos/lco/garcia_m_m/ capitulo3.pdf.
38
“Acta de fundación de Monterrey. Anexo núm. 1”, consultado el 16 de julio
de 2018, http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1020110039/1020110039.PDF.
35
36

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una leyenda del siglo XVII;39 la Virgen de la Purísima, con base
en un supuesto milagro de 1716,40 y la Virgen de Guadalupe, cuya
devoción arraigó en la primera mitad del siglo XVIII. También
hubo devoción importante hacia los santos franciscanos, como
san Francisco y san Antonio, y hacia los santos patronos de los
poblados del reino, como san Gregorio Magno, santa Catarina, san
Pedro, Santiago y san Juan Bautista. Además, al carecer de causas
locales de canonización, durante el siglo XVIII los habitantes de
la región apoyaban frecuentemente en sus testamentos al proceso
del cardenal Cisneros.41
Durante el siglo XIX se agregaron otras devociones, como
la de san Caralampio (santo patrono contra la peste), a quien
se erigió una capilla en Monterrey que existió de 1830-1846,42
y a santa Rita, a quien se dedicó también un efímero templo.43
Además, para fines del siglo un sacerdote regiomontano obtuvo
en Roma una reliquia importante: el cráneo de santa Librada,
Israel Cavazos Garza, Crónicas y sucedidos del Monterrey virreinal (Monterrey: Universidad Autónoma de Nuevo León - Facultad de Filosofía y Letras,
2009), 144–48.
40
Santiago Roel, Nuevo León. Apuntes históricos (Monterrey: Castillo,
1980), 57.
41
Rodríguez, entrevista.
42
Enrique Tovar Esquivel y Adriana Patricia Garza Luna, “La capilla de San
Caralampio. Una presencia fugaz en Monterrey”, Boletín de monumentos históricos, núm. 6 (2006): 19–26, https://revistas.inah.gob.mx/index.php/boletinmonumentos/article/view/1996/1926.
43
Abraham Vázquez, “El historiador y cronista Carlos González y los arqueólogos Aracely Rivera y Enrique Tovar trazan aquí esta cartografía de lugares de ayer”, El Norte, el 12 de mayo de 2008.
39

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que se depositó en la parroquia de La Luz.44 Y en 1924, tras su
visita a Roma, el arzobispo José Juan de Jesús Herrera y Piña
llevó a Monterrey dos reliquias más: las de san Teófimo y santa
Irene, las primeras depositadas en el Seminario y las segundas
concedidas a las Misioneras Catequistas de los Pobres.45 Así, ante
la carencia de santos propios, la población orientó su devoción
hacia estos santos poco conocidos, pero de quienes se contaba
con sus reliquias autenticadas por Roma.
No obstante, también surgieron figuras de santos
populares, no avalados por la Iglesia, como el taumaturgo El Tatita
(década de 1860)46 y el Niño Fidencio (1898-1938), reconocido
por sus seguidores como un “médico-vidente-rey-pontífice”.47
Así, al margen de la ortodoxia católica, la devoción popular
suplantó la ausencia de santos locales con estas figuras sagradas.
Sin embargo, durante la primera mitad del siglo XX y hasta los
años 60 también destacaron en Monterrey algunos personajes
Aunque esta reliquia se asocia con la legendaria santa Librada o Wilgefortis, una santa barbuda que fue crucificada según la leyenda medieval, este cráneo al parecer provenía de las catacumbas romanas, por lo que pudo tratarse de
alguna mártir de los primeros siglos del cristianismo. Ver Luis Barrera López,
“Reviven reliquias de Santa Librada”, El Mañana, el 10 de marzo de 2018,
http://www.elmanana.com.mx/noticia/97178/Reviven-reliquias--de-Santa-Librada.html.
45
Vicente Guerrero, “Santos entre los regios”, El Norte, el 4 de febrero de
2001, https://norte-monterrey.vlex.com.mx/vid/santos-regios-78203979.
46
Roel, Nuevo León. Apuntes históricos, 180–81.
47
Israel Cavazos Garza, Breve historia de Nuevo León (México, DF: El Colegio de México; Fideicomiso Historia de las Américas; Fondo de Cultura Económica, 2003), 201–2.
44

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religiosos que se ganaron la veneración popular, quienes por
su carisma y labor pastoral se hallan actualmente en proceso de
canonización. A continuación se expondrá un esbozo sobre la
vida de estos personajes, así como en torno a la introducción y
estado actual de sus procesos de canonización.
Juan José Hinojosa Cantú
Nació el 24 de noviembre de 187448 en Agualeguas, Nuevo León;
sus padres fueron los señores Silvestre Hinojosa y Agapita Cantú de Hinojosa. Cursó su instrucción primaria en Monterrey y
la preparatoria en el Colegio de San Juan Nepomuceno de Saltillo. Entre 1889 y 1891 realizó sus estudios sacerdotales en el
Seminario Conciliar de Guadalajara, y luego pasó al Seminario
de Monterrey. Fue ordenado sacerdote en diciembre de 1897 en
la Catedral de Monterrey por el arzobispo Jacinto López y Romo.
En mayo de 1898 fue designado vicario de la Capilla del Sagrario
de Catedral y en abril de 1900 fue nombrado director de la Asociación de la Santa Infancia del Colegio de San José.
Desde enero de 1901 se desempeñó como maestro y
director espiritual del Seminario de Monterrey, de donde fue
designado vicerrector en 1904. Tres años después, en 1907,
comenzó bajo su iniciativa la publicación del semanario
de propaganda católica denominado “Hoja dominical”. En
noviembre de ese mismo año fue nombrado secretario de la
48

Algunas fuentes ubican erróneamente su nacimiento en 1871.

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Mitra por el arzobispo Leopoldo Ruiz y Flores, y en diciembre
impulsó el inicio de otra publicación: el “Boletín Eclesiástico de
la Provincia Arquidiocesana”.
Posteriormente, en mayo de 1917 fundó la Congregación
Mariana de María Inmaculada y San Luis Gonzaga con un grupo
de adolescentes, con el objetivo de forjar en ellos bases morales
y espirituales, con “el espíritu de los verdaderos apóstoles de
Cristo”; más delante, esta asociación se denominó Congregación
Mariana de El Roble. Ese mismo año, el Seminario pasó a ubicarse
en un anexo del templo de El Roble, donde también ejerció su
ministerio el padre Hinojosa.
En 1919 fundó la Asociación Católica de la Juventud
Mexicana en Monterrey, con miembros de las Congregaciones
Marianas, y en 1920 fue designado para ocupar nuevos cargos:
primer tesorero de la Sociedad Mutualista de Sacerdotes,
tesorero de la Mitra, consultor diocesano, notario del Tribunal
eclesiástico y secretario de la Dirección General del Apostolado
de la Oración y demás asociaciones que tenían como objetivo el
culto al Sagrado Corazón.
En diciembre de 1921 el arzobispo Herrera y Piña lo
designó canónigo, como miembro del Cabildo de Catedral. Pero
en septiembre de 1923 renunció como secretario de la Mitra,
debido a su carga de trabajo y por motivos de salud, aunque
continuó desempeñándose como tesorero. Ese mismo año, tras
la erección del templo de San Luis Gonzaga, ejerció su labor
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sacerdotal en este recinto. Tiempo después, en junio de 1930 fue
nombrado delegado diocesano de la Liga Sacerdotal Mexicana, y
para mayo de 1933 el papa lo designó deán de la Catedral.
Se afirma que “[e]ra tan intensa su fe ardiente en la
presencia de Cristo en la Sagrada Eucaristía que inolvidables
veces lo llevó al éxtasis y la levitación al momento de la
consagración”. El padre Hinojosa falleció el 10 de diciembre de
1935 y su cuerpo fue velado en un anexo de la Catedral, adonde
acudieron numerosas personas para rendirle homenaje. Al día
siguiente fue sepultado en el panteón de El Carmen, pero en 1967
sus restos fueron trasladados a la cripta de la Capilla de San José,
anexa al templo de El Roble.49
Las Congregaciones Marianas siempre promovieron la vida
y virtudes del padre Hinojosa, y en octubre de 1983 solicitaron formalmente al arzobispo José de Jesús Tirado y Pedraza que se diera
inicio al proceso de canonización de su fundador. Así, comenzó la
recopilación de testimonios y documentos, y en agosto de 1991 el
arzobispo Adolfo Suárez Rivera integró el Tribunal ad causam, con
la Congregación Mariana de El Roble como actor y el señor José
Ortiz Bernal como postulador. El proceso diocesano concluyó en
noviembre de 1994, remitiéndose la causa a Roma, donde en mayo
de 1995 se reconoció su validez. En 1994 el señor Ortiz Bernal publicó una obra biográfica sobre el fundador de las Congregaciones
“Biografía y resumen cronológico”, Causa Padre Juan José Hinojosa Cantú, 2018, http://www.causapadrejuanjosehinojosacantu.com.mx/biografia-delsiervo-de-dios-cngo--juan-jose-hinoj_1.html.
49

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Marianas, quien ostenta el título de siervo de Dios y cuyo proceso
no ha tenido mayores avances tras su introducción en El Vaticano.50
Raymundo Jardón Herrera
Vio la luz en Tenancingo, Estado de México, en 1887. Sus padres fueron los señores Jacinto Jardón y Paula Herrera. Trabajó
desde pequeño para ayudar a su familia y luego ingresó al Colegio Pío Gregoriano de Tenancingo, con la ayuda del párroco
de su pueblo. Posteriormente, pasó al Seminario de San José de
Cuernavaca, donde se convirtió en “familiar” del obispo de la
diócesis, Francisco Plancarte y Navarrete, es decir, éste asumió el
papel de tutor del joven seminarista. Y, cuando en 1912 el prelado
fue trasladado al arzobispado de Linares-Monterrey, lo acompañó
Raymundo Jardón junto con otros dos seminaristas para cursar en
Monterrey la última etapa de su formación sacerdotal.51 El 27 de
abril de 1913 fue ordenado sacerdote en la Catedral de Saltillo
por el obispo Jesús María Echavarría, debido a que monseñor
Plancarte se hallaba enfermo.
Tras convertirse en presbítero, fue nombrado sacristán
mayor de la Catedral de Monterrey, cargo en el que permaneció
hasta su muerte. Destacó por ser un sacerdote abocado hacia la
predicación, la confesión, la catequesis y la visita a los enfermos.52
“Biografía y resumen cronológico”.
“Infancia y vocación”, Causa de beatificación y canonización, 2018,
https://www.padrejardon.org.mx/.
52
Hermes Campos, El mundo del Padre Raymundo (Monterrey: Sociedad de
Amigos del Padre Jardón, 2000), 31–33.
50
51

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Fue fundador de diversos movimientos y asociaciones parroquiales,
y apoyó a grupos de damas como la Asociación San Vicente de
Paul, la Asociación del Santísimo y la Asociación de Damas
Católicas Mexicanas. Además, coincidiendo con la labor del padre
Hinojosa, fundó en 1918 la Congregación Mariana en la Catedral
y participó en el establecimiento de la Asociación Católica de la
Juventud Mexicana en Monterrey en 1919.53 Fue gran promotor del
culto guadalupano, iniciando las peregrinaciones a dicho Santuario
en 1922 y mandando pintar la imagen que se ubica actualmente en
ese templo.54 Durante la época de la persecución religiosa, partió al
exilio desde marzo de 1927, acompañando al arzobispo Leopoldo
Ruiz y Flores en Estados Unidos y Cuba, y regresó a Monterrey a
principios de 1928.55
Como responsable de la Catedral, emprendió algunas labores de remodelación y construcción, y atendió también a la Capilla de Guadalupe en la villa homónima.56 En 1930 organizó a
la Acción Católica en Monterrey, tras la disposición papal al respecto.57 En 1933 el gobierno le prohibió el ejercicio sacerdotal e
incluso hubo intentos de aprehenderlo, por lo que debió continuar
su ministerio de manera clandestina.58 El padre Jardón falleció el
6 de enero de 1934 y su funeral fue apoteósico, pues pese al cli53
54
55
56
57
58

Campos, 39–42.
“Infancia y vocación”.
Campos, El mundo del Padre Raymundo, 67–70.
Campos, 37.
Campos, 43.
Campos, 60, 61 y 73.

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ma de tensión religiosa su cortejo contaba con miles de personas,
más de 300 vehículos y cubría más de veinte cuadras.59
Fue sepultado en el panteón de El Carmen, pero en 2002 sus
restos fueron trasladados a la cripta de la Catedral de Monterrey.
Según se afirma, han aparecido diariamente flores frescas en su
tumba del panteón (incluso después de 2002) durante casi 85
años.60 Se le han rendido cuando menos dos homenajes públicos:
en 1985 se develó una estatua suya en el atrio de la Catedral,
en presencia del gobernador Alfonso Martínez Domínguez, y en
1995 el Cabildo de Monterrey aprobó cambiar el nombre de la
calle Ocampo, en su tramo de Zuazua a Constitución, por el de
Padre Raymundo Jardón.61
De tal modo, la memoria de este sacerdote pervivió en la
sociedad católica regiomontana e incluso se organizó el “Grupo
de Amigos del Padre Jardón”, integrado por sacerdotes y laicos,
para promover su causa de canonización. Como resultado de
sus gestiones, el arzobispo Suárez instituyó en agosto de 1987 el
Tribunal ad causam, en el mismo decreto donde se conformó el del
padre Hinojosa. El actor fue el mencionado Grupo de Amigos y el
postulador el padre Carlos Álvarez. En mayo de 1991 se abrió la
causa diocesana; ese mismo año, Hermes Campos, miembro del
Grupo de Amigos, publicó un texto biográfico sobre el padre Jardón.
La etapa diocesana del proceso se clausuró en noviembre de 1994.
59
60
61

Campos, 80–81 y 91–92.
Campos, 95.
“Infancia y vocación”.

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En octubre de 1995 la Congregación para las Causas de
los Santos reconoció la validez del proceso y en 1999 se emitió
la Positio. Posteriormente, en octubre de 2015 se reunieron los
censores teólogos y, más adelante, la junta de cardenales y obispos
revisó y aprobó la causa. Así, el 20 de enero de 2017 el papa
Francisco promulgó el decreto que reconoce las virtudes heroicas
del padre Jardón, quien pasó a ser designado como venerable. Su
causa es la que ha tenido mayor avance de las que se promueven
desde la arquidiócesis regiomontana y sólo se requiere un milagro
para que pueda ser declarado beato.62
Pablo Cervantes Perusquía
Originario de Amealco, Querétaro, donde nació el 15 de enero
de 1891. Fue hijo de los señores Eduardo Cervantes y María Perusquía. En 1901, su padre lo inscribió en el Seminario diocesano, pero debió suspender sus estudios en 1909 por
motivos de salud. Entretanto, el arzobispo de Linares-Monterrey, Leopoldo Ruiz y Flores, quien también era oriundo de
Amealco, visitó dicho poblado donde conoció al joven Pablo
y lo animó a continuar sus estudios en Monterrey. Así, se reincorporó a los estudios sacerdotales y en 1910 fue enviado a
Roma, donde ingresó a la Pontificia Universidad Gregoriana.
El 11 de abril de 1914 fue ordenado sacerdote en Roma, y poco
después recibió el grado de Doctor en Teología. En septiembre
Hagiography Circle”, consultado el 3 de octubre de 2018, http://newsaints.
faithweb.com/.

62

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de ese mismo año regresó a México y arribó a Monterrey en
febrero de 1917.
Una vez asentado en la arquidiócesis regiomontana,
fue nombrado capellán de las religiosas del Verbo Encarnado y
párroco del templo de Santa Catarina, en el municipio homónimo,
cargo que ejerció hasta junio de 1918. Posteriormente, fue
incorporado al Seminario de Monterrey, donde fungió como
maestro de matemáticas, latín, lengua española, geografía, lógica,
ética, sociología pastoral, acción católica y teología dogmática.
Fue luego designado capellán, prefecto de disciplina, prefecto
de estudios, vicerrector y ecónomo en el mismo Seminario.
Al igual que los padres Hinojosa y Jardón, participó en 1919
en la conformación de la Asociación Católica de la Juventud
Mexicana en Monterrey. En 1920 se multiplicaron sus cargos: fue
designado secretario de la Sociedad Mutualista de Sacerdotes,
promotor fiscal y examinador prosinodal de la curia, capellán del
Colegio María Auxiliadora de las religiosas Salesianas, segundo
secretario de las conferencias mensuales del clero y prosecretario
de la Mitra.
Un año después, fue nombrado capellán de la Orden de
los Caballeros de Colón, a quienes impartía formación en los
Círculos de Estudios Sociales que se realizaban semanalmente.
En 1922 fue designado fiscal y censor de la Mitra, así como
canónigo del Cabildo de la Catedral, y ese mismo año creó la
Unión Profesional de Empleadas Católicas. Entre 1923 y 1930
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fue asistente eclesiástico de la Unión de Damas Católicas
Mexicanas. Durante el período de la suspensión de cultos (19261929), residió junto con otros sacerdotes en una casa particular, y
salía disfrazado de civil para desempeñar su ministerio sacerdotal
e impartir clases a los seminaristas.
En 1930, al igual que el padre Jardón, impulsó la creación
de los organismos diocesanos y de los grupos parroquiales de
Acción Católica, y en 1933 fue fundador del primer comité de
la Unión de Católicos Mexicanos en Monterrey, y fungió como
asistente eclesiástico de estos grupos. Asimismo, creó la Escuela
de Dirigentes, para formar a los responsables del apostolado
seglar, y en 1937 creó la Liga de Hombres de Eucaristía, para
promover la vida eucarística entre los jóvenes.
En 1941, el arzobispo Guillermo Tritschler lo nombró
secretario de cámara y gobierno de la arquidiócesis. En los años
siguientes continuó trabajando en la creación de asociaciones del
catolicismo social, como las siguientes: las Hermanas del Servicio
Social en 1944; el instituto secular Discípulas del Señor en 1945;
el Centro Obrero de Estudios Sociales (a partir de esta asociación
se puso atención al problema de la carencia de vivienda, y el padre
Cervantes impulsó la creación de la colonia León XIII); una casa
hogar para empleadas y estudiantes, y la asociación Solidaridad
Femenina (emanada de la Unión Profesional de Empleadas
Católicas) en 1947; el Centro Cultural Lumen en 1948; y la
Escuela de Trabajo Social, en la Clínica y Maternidad Conchita,
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entre otras. El padre Cervantes falleció el 7 de abril de 1956 y fue
sepultado en el panteón de El Roble; sin embargo, en 1977 sus
restos fueron trasladados a la cripta de la Basílica de El Roble.63
El recuerdo y respeto hacia la figura del padre Cervantes
se mantuvieron vivos en Monterrey; así, se publicaron obras
biográficas-hagiográficas en 1961 y 1971, a cargo de los sacerdotes
Isaac Hernández y Aureliano Tapia Méndez, respectivamente. No
obstante, su causa de canonización no inició sino hasta 1994, a
petición de la Congregación Discípulas del Señor y del Centro
Cultural Lumen, y bajo el respaldo del arzobispo Suárez. El
proceso fue relativamente rápido y para 1996 pasó a Roma, donde
se decretó su validez en noviembre de ese año. Ostenta el título
de siervo de Dios y su causa no ha tenido posteriores avances.64
Guillermo Tritschler y Córdova
Nació en San Andrés Chalchicomula (hoy Ciudad Serdán),
Puebla, el 6 de julio de 1878, siendo sus padres el señor Martín
Tritschler, inmigrante alemán y próspero relojero, y la señora
Rosa María Córdova y Puig. Su educación inicial estuvo a cargo
de su tío Prisciliano Córdova, quien era sacerdote y lo envió en
una peregrinación a Roma en 1888; en dicha ciudad, ingresó al
Colegio Pío Latinoamericano junto con sus hermanos Martín y
“Causas de canonización en Arquidiócesis de Monterrey”, consultado el
19 de julio de 2018, http://www.arquidiocesismty.org/causas-de-canonizacion.
php. Aureliano Tapia Méndez, Pablo Cervantes, un sacerdote de su tiempo
(México, DF: Jus, 1971).
64
“Hagiography Circle”.
63

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�Las causas de canonización

Alfonso. En agosto de 1902 regresó a México, habiendo recibido
tres doctorados: en Filosofía, Teología y Derecho Canónico.
Fue ordenado sacerdote el 19 de junio de 1904 en la
capilla del palacio arzobispal de Puebla por su hermano Martín,
quien ya era obispo de Yucatán desde 1900. Posteriormente, le
fueron encomendadas diversas labores académicas: profesor en
el Seminario Conciliar de México (desde 1905), catedrático en
la Universidad Pontificia Mexicana (a partir de 1911) y padre
espiritual del Seminario de Regina (desde 1916). En 1929
el arzobispo de México, Pascual Díaz, lo designó canónigo
penitenciario de la Catedral.
En 1931 el papa Pío XI lo nombró obispo de San Luis
Potosí. Y aunque inicialmente se negó, argumentando que carecía
de habilidades para predicar, escribir, ejercer autoridad, regañar y
manejar dinero, sus objeciones fueron ignoradas y el 22 de abril
recibió la consagración episcopal de manos de su hermano Martín,
en la Basílica de Guadalupe de la Ciudad de México. Como obispo
de San Luis Potosí restableció las prácticas religiosas suspendidas
por la persecución religiosa, elevó el número y la preparación de
los seminaristas, fortaleció las asociaciones católicas, e impulsó la
construcción del templo de Matehuala, entre otras obras. Debido a
sus conocimientos de Bellas Artes, en 1940 fue nombrado miembro
de la Academia Mexicana de la Historia.
Entretanto, el arzobispo de Monterrey, José Guadalupe
Ortiz y López, renunció a su cargo en 1940 al cumplir 50 años
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de sacerdote, y el papa Pío XII designó a monseñor Guillermo
Tritschler para sucederlo, quien arribó a su nueva arquidiócesis
en junio de 1941. Emprendió la construcción de grandes templos,
como los de La Purísima y Cristo Rey, remodeló el presbiterio de
la Catedral y celebró en 1945 un Congreso Guadalupano. Impulsó
de manera particular al Seminario, pues reconocía la carencia de
sacerdotes; así, logró más que duplicar el número de seminaristas
y en 1948 envió a algunos a Roma y a Montezuma, en Estados
Unidos. En 1950 enfermó durante un vuelo a Madrid, camino a
Roma para entrevistarse con el papa. En mayo de 1951, monseñor
Alfonso Espino y Silva fue designado como obispo coadjutor,
debido a los problemas de salud del arzobispo Tritschler.
Falleció el 29 de julio de 1952 en su residencia en los
anexos del templo de El Roble, acompañado por monseñor
Espino, el padre Cervantes y dos seminaristas; miles de personas
acudieron a sus funerales y fue sepultado en la Catedral de
Monterrey. Según se afirma, cuando se hallaba agonizante se
derramó su sangre en unos algodones y ésta permaneció fresca
durante varios días después de su muerte. Asimismo, diversos
testimonios sostienen que cuando su cuerpo fue exhumado en
1964 (para ser depositado en la cripta de los arzobispos en la
misma Catedral), fue hallado “como si acabara de fallecer”, lo
cual se consideró un hecho prodigioso, aunque se reconoció que
su cadáver fue desangrado y embalsamado previo al sepelio.65
65

Gustavo Velarde, Los Arzobispos Martín y Guillermo Tritschler y Córdo-

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�Las causas de canonización

En 1956, cuatro años después del fallecimiento del
arzobispo Tritschler, monseñor Arturo Vélez Martínez, obispo
de Toluca, promulgó una exhortación donde elogiaba las
virtudes del prelado regiomontano y promovía su elevación a
los altares. En 1965, monseñor Gregorio Aguilar, deán de la
Basílica de Guadalupe de la Ciudad de México, encomendó al
padre Porfirio Valadés la publicación de una obra biográfica que
tenía la intención de contribuir a la causa de canonización de
don Guillermo. En marzo de 1979 el arzobispo de Monterrey,
monseñor Tirado y Pedraza, promulgó un edicto que integró
una comisión e iniciaba labores para el proceso diocesano.
No obstante, este intento se vio interrumpido sin mayores
avances. No fue sino hasta agosto de 1987 cuando el arzobispo
Suárez Rivera instauró formalmente el Tribunal ad causam (en
conjunto con los de los padres Hinojosa y Jardón), fungiendo
como actor el presbiterio de Monterrey, con el padre Rogelio
Martínez Berrones como postulador.
Sin embargo, la marcha de la causa fue lenta. El proceso
diocesano se inició oficialmente en febrero de 1991, pero en
mayo de 1996 debieron ser sustituidos todos los miembros
del Tribunal. Finalmente, la etapa diocesana se clausuró en
julio de 1997, cuando la causa fue remitida a Roma; poco
después, se reconoció su validez. En torno a esta época, en
va. Semblanza biográfica y genealógica (Puebla: Mercadeo Múltiple División
Editorial, 2008), 247–319, https://issuu.com/gustavovelarde-tritschler/docs/
los_arzobispos_mart__n_y_guillermo__336496fca742d3.
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1998 monseñor Aureliano Tapia Méndez, perito en Historia y
Archivística del Tribunal de la causa, publicó una nueva obra
biográfica sobre el arzobispo Tritschler, quien recibió el título
de siervo de Dios. El proceso no ha tenido mayores avances
hasta la fecha.66
Gloria Esperanza Elizondo García
Era originaria de la capital del estado de Durango, donde vio la
luz el 26 de agosto de 1908, siendo sus padres los señores Alberto Elizondo González y Otilia García Peña. Desde los 4 años
comenzó a acudir al colegio, pero su familia debió emigrar hacia
Monterrey durante la Revolución; en esta ciudad continuó sus
estudios y se graduó de Teneduría de Libros en 1921. Trabajó
en algunas empresas pequeñas, y se aficionó también por el dibujo y la pintura, llegando a impartir clases de estas actividades.
Asimismo, desde 1928 realizó trabajo de apostolado, visitando a
los enfermos mentales del Hospital González y a los presos de la
Penitenciaría del estado.
En 1940 se enteró de que en Ciudad Victoria, Tamaulipas,
existía una empacadora de la Escuela Normal Rural que se ofrecía
en renta, y decidió trasladarse a dicha ciudad y tomar las riendas
de ese negocio, al que nombró “Productos Cruz de Oro”. Continuó
su apostolado en este lugar, con los trabajadores y vecinos de la
ciudad, motivándolos a ingresar a la Acción Católica, organizando
66

Velarde, 247–53.

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conferencias para profesionistas y maestros, realizando mesas
redondas para matrimonios, impulsando la impartición del
Catecismo a los niños, e incluso sustentó la fundación de un
colegio en 1943 y emprendió la construcción de un templo,
que fue consagrado en 1948. Una prioridad de su labor fue la
atención a las mujeres, para las que creó un taller de oficios, y
a las desamparadas o prostitutas las trasladaba a Monterrey con
las Madres del Buen Pastor, aunque en 1943 logró que estas
religiosas instalaran una comunidad en Ciudad Victoria para la
atención de las mujeres.
En 1950, Gloria regresó a Monterrey y pasó a trabajar con su
familia en la empresa Elizondo S.A., donde ella comenzó a organizar
reuniones, misas y convivencias para evangelizar a los trabajadores.
Sin embargo, en 1954 decidió abrazar la vida religiosa e ingresar a la
Congregación de las Misioneras Catequistas de los Pobres. En 1956
publicó su libro Jesucristo, que tuvo varias ediciones posteriores,
cuyas ganancias dedicó a obras de beneficencia y de apoyo a
organizaciones del catolicismo social, como la Juventud Católica
Femenina Mexicana y los Caballeros de Colón. En abril de 1957
hizo su primera profesión de votos, tomando el nombre de sor Gloria
María de Jesús, y en 1959 fue nombrada maestra de postulantes. Para
mayo de 1961 fue designada Superiora General de la Congregación,
y poco después hizo su profesión de votos perpetuos. Además de
atender los asuntos de su comunidad religiosa, tuvo la iniciativa de
emprender los Cursillos de Cristiandad para Damas en 1962.
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Desde 1965 enfermó de cáncer y falleció el 8 de diciembre
de 1966. Sus exequias fueron presididas por el arzobispo Alfonso
Espino y Silva en la capilla del convento Villa de la Paz y sus
restos fueron depositados en el panteón de El Carmen. Las
religiosas afirmaron que al instante de su muerte en el hospital
vieron deshojarse una flor en el altar de la capilla del convento,
donde se hallaban en oración.67 Asimismo, su familia sostuvo que,
después de su fallecimiento, recibió por parte de dos religiosas
(que luego se supo que no eran del convento y que nadie las
conocía) el anillo de sor Gloria, pese a que ella nunca permitió
que se lo retiraran de su mano antes de morir.68
La Congregación de las Misioneras Catequistas de los
Pobres, de la cual fue Superiora General, promovió la elevación
a los altares de la hermana Elizondo. En 1993 se iniciaron los
procedimientos para introducir su causa de canonización, con la
anuencia del arzobispo Suárez. En febrero de 1995 se inició el
proceso diocesano, que culminó en octubre del mismo año, remitiéndose la causa a Roma, donde se decretó su validez en mayo
de 1996. Sor Gloria es reconocida como sierva de Dios y en 2005
se emitió la Positio, tras lo cual el proceso no ha tenido nuevos
avances.69
Sierva de Dios Sor Gloria María Elizondo García, Misionera Catequista
de los Pobres (Monterrey: Congregación Misioneras Catequistas de los Pobres, s/f), 1–30.
68
Martínez, entrevista.
69
“Hagiography Circle”.
67

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Interpretación en torno a los procesos de canonización neoleoneses
Se pueden atisbar algunos factores interpretativos con relación
a los motivos y el sentido de las escasas causas de canonización
que ha promovido la Arquidiócesis de Monterrey. En primera
instancia, el catolicismo neoleonés manifestó, desde la época virreinal, un arraigo relativamente débil y pragmático, pues la religiosidad no ocupó una parte axial en la vida social. Al respecto,
un documento del Secretariado Social Arquidiocesano publicado
en 1981 afirmaba que “puede decirse que la sociedad norteña es
más secularizada que la del resto del país”, y ello le impide al
habitante de dicha región “vivir una religiosidad similar a la del
mexicano del centro y el sur”, por lo que al norteño se le atribuye
frialdad en su fe y una casi nula religiosidad.70
Pueden citarse también los testimonios de dos obispos
regiomontanos que se quejaban de la presunta incultura de sus
feligreses. El primero de ellos corresponde al prelado Primo
Feliciano Marín de Porras (1803-1815), quien afirmaba en 1813
sobre la población neoleonesa que “son inútiles las fatigas del
obispo en procurar su ilustración, ni mejorar de ideas”, porque
su ocupación en asuntos mundanos “les alejan muchísimo de las
grandes ideas de estudio e ilustración”.71 Décadas más tarde, el
Aurelia Guadalupe Sánchez Morales, Virginia Saro Serrato, y Ángel
Tello Hernández, Arquidiócesis de Monterrey, N. L., México. Investigación
estadística y documental (Monterrey: Secretariado Social Arquidiocesano,
1981), 12–14.
71
Citado por: Israel Cavazos Garza, “La educación en Nuevo León, en 1813.
Informe del Obispo Don Primo Feliciano Marín de Porras sobre el Seminario
70

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obispo Ignacio Montes de Oca y Obregón (1879-1883) se quejaba
del poco respaldo de sus feligreses, que hizo cesar “todo amor de
mi parte hacia ellos”.72 Y criticaba a la “inculta Monterrey”, a
la que calificaba de “salvaje”.73 Puede inferirse que el discurso
de los prelados esbozaba una débil devoción religiosa entre sus
feligreses. Por ello, es significativo que sólo uno de los cinco
candidatos a los altares es originario de Nuevo León.
Por otro lado, ante las acciones persecutorias del gobierno
durante la etapa revolucionaria (en especial, entre 1914 y 1917),
así como en las épocas anticlericales más álgidas (1924-1936), el
clero y la población neoleoneses sólo manifestaron protestas por
escrito y, en general, una resistencia pasiva. Por lo anterior, no
se desarrollaron levantamientos, ni tampoco mártires, e incluso
los arrestos o procesos por motivos religiosos fueron mínimos,
aunque sí predominó un clima tenso, donde la religiosidad pasó
a la clandestinidad (con una relativa tolerancia del gobierno), y
debieron partir al destierro un arzobispo (Plancarte, no así Herrera)
y algunos clérigos (sobre todo, los de origen extranjero). En otras
palabras, puede establecerse una correlación entre: religiosidad
débil/acciones anticlericales moderadas/reacciones pasivas.74
de Monterrey”, Actas. Historia, Letras y Artes (Monterrey, 1979), 9.
72
Citado por: Aureliano Tapia Méndez, El diario de Ipandro Acaico (Monterrey: Al Voleo-El Troquel, 1988), 78.
73
Citado en: Tapia Méndez, 79.
74
Moisés A. Saldaña Martínez, El anticlericalismo oficial en Nuevo León,
1924-1936 (Monterrey: Universidad Autónoma de Nuevo León - Facultad de
Filosofía y Letras, 2009), 92–91, 121–52 y 173–241.
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No fue sino hasta finales de los años 30, al tiempo que
se forjaba el modus vivendi entre Iglesia y Estado, cuando el
catolicismo consolidó su arraigo entre la población regiomontana,
de la mano con su vinculación con el empresariado y con
el impulso a la educación confesional.75 En este proceso, el
catolicismo social fue una de las formas más palpables de la
presencia social de la Iglesia, aunque sus raíces eran anteriores,
remontándose a la década de 1870.76 De tal modo, destacaron
algunos personajes especialmente activos en este proceso de
impulso y afianzamiento del catolicismo social en Monterrey;
tales fueron los sacerdotes Juan José Hinojosa, Raymundo Jardón
y Pablo Cervantes, entre la segunda y la cuarta décadas del siglo
XX. Estos clérigos contribuyeron a la formación de sacerdotes
en el Seminario, fundaron asociaciones de laicos y, en general, se
ganaron el favor popular.
Más adelante, durante los años 40, destacó la figura del
carismático arzobispo Tritschler, quien representó la restauración
y ampliación de la Iglesia regiomontana tras la época persecutoria,
y después de una larga etapa de debilidad y austeridad. Apoyó a las
asociaciones de laicos, edificó imponentes templos y consolidó la
presencia de la Iglesia en Monterrey. Fue un prelado de transición
Saldaña Martínez, 254–77.
Luis Fidel Camacho Pérez, “El catolicismo social en la Arquidiócesis de
Monterrey, 1874-1926: entre el avance de la modernidad y el proyecto de restauración del orden social cristiano” (Universidad Autónoma de Nuevo León,
2017), 18–34.
75
76

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y contrastes: culto y refinado, pero a la vez sencillo y humilde,
incluso tímido; garante de la tradición y, al mismo tiempo, abierto
a la modernidad y ajeno a radicalismos; hierático y carismático
a la vez; fue, en fin, un arzobispo popular y querido por clérigos
y laicos.77
Asimismo, en los años 50 y 60 la hermana Gloria fue una
figura representativa del ascenso del catolicismo regiomontano,
el cual permeaba el ámbito empresarial y obrero. Ella misma
fue parte de dicho ambiente, e impulsora de la formación y
asociación de los laicos, especialmente de las mujeres. En sus
exequias, el arzobispo Espino se refirió a ella afirmando que
“vivía íntimamente la vida de la gracia […] esa vida de Dios,
las virtudes sobrenaturales que poseía plenamente”.78 Fue, por lo
tanto, una mujer sumamente respetada por clérigos y feligreses,
lo cual coadyuvó a que permaneciera en la memoria colectiva.
Así, se pone de relieve que un factor transversal en la
vida de las cinco personas mencionadas fue su participación
en el catolicismo social, tanto creando o atendiendo escuelas
y asociaciones de laicos, como vinculándose con las élites
empresariales y los obreros. Por ejemplo, “un grupo selecto de
empresarios regiomontanos” sostuvo una estrecha amistad con el
padre Juan José Hinojosa, desde que residía en el templo de El
Velarde, Los Arzobispos Martín y Guillermo Tritschler y Córdova. Semblanza biográfica y genealógica, 314–23.
78
Citado en: Sierva de Dios Sor Gloria María Elizondo García, Misionera
Catequista de los Pobres, 23.
77

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Roble. De tal modo, cuando el sacerdote realizó una procesión
con el Santísimo, con ocasión de la inauguración del templo de
San Luis Gonzaga en 1923, quienes sostuvieron el palio fueron
los destacados empresarios Isaac Garza, Francisco G. Sada, José
A. Muguerza y José Calderón.79 Por su parte, el padre Pablo
Cervantes fue un gran promotor de la Doctrina Social de la
Iglesia y colaboró con algunos círculos de obreros católicos en
Monterrey.80
Ahora bien, cabe destacar algunos factores que incidieron
en el inicio de los procesos de canonización de estas cinco personas
en el corto lapso de 1991-1995. En primera instancia, puede
señalarse que el cambio de la normativa romana para dichos casos
simplificó los procesos, tal como ya se mencionó previamente, lo
cual favoreció que hubiera menos obstáculos (trámites, objeciones,
etc.) para iniciar las causas de canonización. Lo anterior permite
explicar porqué el impulso más decisivo a estos procesos se dio
desde mediados de los años 80, considerando que la normatividad
cambió en 1983. Un segundo factor es el hecho de que los cinco
candidatos hayan sido clérigos, pues, según afirma Jean Meyer, “es
mucho más fácil armar el expediente de un sacerdote que el de un
laico”, que puede ser “un campesino desconocido y analfabeto”.
José Ortiz Bernal, Juan José Hinojosa Cantú. Siervo de Dios (Monterrey:
Gobierno del Estado de Nuevo León, 1994), 14–15.
80
Camacho Pérez, “El catolicismo social en la Arquidiócesis de Monterrey,
1874-1926: entre el avance de la modernidad y el proyecto de restauración del
orden social cristiano”, 85.
79

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Además, en los procesos de canonización “finalmente se impuso
la solidaridad gremial entre los sacerdotes”.81
Así, el hecho de todos sean clérigos puede interpretarse
en dos sentidos: por una parte, obedece a una relativa facilidad
de los procesos, al haber mayor información disponible sobre
ellos, y por otro lado, implica una tendencia clericalista, donde la
élite eclesiástica sólo reconoce a “los suyos” y los presenta como
modelos de vida cristiana para el conjunto de la feligresía. Un
tercer aspecto a considerar son los recursos económicos necesarios
para el desarrollo de los procesos. En Monterrey, la Iglesia ha
contado con importantes patrocinios de las élites económicas,
que han financiado obras caritativas, centros educativos, templos,
etc. Así pues, dado que se requieren importantes sumas de dinero
para el desarrollo de las causas de canonización, como ya se ha
señalado, puede inferirse que las élites regiomontanas fungieron
como patrocinadores indispensables de dichos procesos, cuando
menos en su etapa inicial.
El cuarto factor que puede destacarse es la figura del
arzobispo regiomontano que dio cauce a todos los procesos en
curso: Adolfo Suárez Rivera. Él era originario de San Cristóbal de
las Casas, Chiapas, nacido en 1927. Como sacerdote, fue impulsor
de la recepción del Concilio Vaticano II. Fue luego obispo de
Tepic (1971) y Tlalnepantla (1980), hasta ser trasladado a la sede
regiomontana (1984). Ahí “manifestó su interés por promover la
81

Citado por: Vera, “La Iglesia discrimina a mártires laicos: Jean Meyer”.

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doctrina social cristiana, el bienestar de la persona humana, la
solidaridad para con los más necesitados y la participación activa
de la sociedad en la vida política”. Asimismo, ocupó la presidencia
de la Conferencia del Episcopado Mexicano entre 1988 y 1994,
donde desempeñó una esencial labor diplomática.82 De lo anterior
se desprende que su trabajo pastoral se enfocó particularmente en
la acción social y la gestión política.
Durante su período al frente de la Iglesia de Monterrey, el
catolicismo consolidó su presencia social (si bien el porcentaje
de católicos disminuyó ante el avance de otras religiones):
las vocaciones sacerdotales crecieron significativamente y se
construyó un nuevo seminario, se verificó la segunda visita papal
en 1990, se llevó a cabo una reorganización pastoral en decanatos
y zonas, se crearon nuevas parroquias y se realizó el primer sínodo
diocesano, entre otras acciones. Su prestigio e influencia tuvieron
como corolario la investidura cardenalicia en 1994.83
No obstante, su personalidad no estuvo exenta de
conflictos. Así, aspectos como su apoyo al obispo Samuel Ruiz
de San Cristóbal de las Casas o su anuencia para el retorno de los
jesuitas a Monterrey, sirvieron de pretexto para que fuera acusado
de ser un promotor de la Teología de la Liberación ante Roma,
Jesús Treviño Guajardo, Don Adolfo Antonio Suárez Rivera y su liderazgo en las reformas constitucionales, en materia de libertad religiosa, a
finales del siglo XX. Con motivo de su décimo aniversario luctuoso (Ciudad
de México, 2018), 1–5, https://arquidiocesismty.org/arquimty/wp-content/
uploads/2018/03/cardenal-suarez.pdf.
83
Treviño Guajardo, 10.
82

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los obispos y las élites regiomontanas, por parte de influyentes
figuras, como el padre Marcial Maciel. Ello lo llevó a padecer
problemas de salud y a presentar su renuncia al arzobispado antes
de cumplir la edad canónica; sin embargo, el nuncio Justo Mullor
y El Vaticano lo ratificaron.84 Dejó su cargo finalmente en 2003 y
falleció cinco años después.
De tal modo, se pone de relieve que el arzobispo Suárez
Rivera fue un clérigo influyente y poderoso, preocupado por el
catolicismo social y que llevó a la Iglesia regiomontana a una
era apoteósica. Esto permite comprender el contexto en el cual
se impulsaron e introdujeron las cinco causas de canonización
analizadas, pues en una diócesis sin mártires y con antecedentes
de una tibia religiosidad, fue esencial el liderazgo de monseñor
Suárez para encausar los procesos. Además, es destacable el
hecho de que el modelo de vida cristiana que dichos candidatos
representan implica una alta valoración del catolicismo social, así
como de la vida clerical y del desarrollo eclesiástico en Monterrey
durante la primera mitad del siglo XX.
Consideraciones finales
Las condiciones del catolicismo neoleonés (zona periférica, de
frontera, con una religiosidad débilmente arraigada y de carácter
pragmático) incidieron para que no destacaran figuras religiosas en
Alberto Athié, “Norberto Rivera o el tótem de la impunidad”, en Norberto Rivera. El Pastor del poder (Ciudad de México: Penguin Random House,
2017), 97–98.
84

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la localidad hasta fines del siglo XIX. Fue entonces cuando el auge
industrial y el compromiso religioso de las élites socioeconómicas
locales, favorecieron una religiosidad más devota, conservadora,
organizada, misionera y con el apoyo de grupos de poder. Debido
a lo anterior, y por las propias condiciones locales, se promovieron prioritariamente los postulados del catolicismo social desde las
últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, creándose
múltiples asociaciones de religiosos y laicos activos.
Paralelamente, estos procesos iniciaron un espíritu combativo
frente al secularismo oficial y a los ambientes persecutorios, en
especial desde la Revolución hasta 1940, aunque dicha resistencia
puede calificarse de subrepticia y pasiva. De tal modo, el perfil de los
religiosos que se encuentran en vías de canonización manifiesta al
menos dos cosas esenciales: el proceso de fortalecimiento y arraigo
del catolicismo neoleonés, del cual ellos fueron artífices destacados,
y la importancia del catolicismo social como perfil y prioridad de la
Iglesia regiomontana, en el contexto industrial y moderno.
Por otro lado, para toda diócesis es primordial tener
causas de canonización, pues manifiestan la vitalidad y éxitos
de la Iglesia local, y permiten presentar a la feligresía modelos
cercanos y concretos de vida cristiana. En el caso de México,
algunas diócesis cuentan ya con diversos santos o beatos, y
múltiples procesos de canonización, como las Arquidiócesis
de México y Guadalajara, pero la de Monterrey no ha logrado
la exitosa culminación de proceso alguno y sólo cuenta con
cinco causas. Esto implica un aparente carácter marginal del
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catolicismo neoleonés, aunque también puede deberse a un
factor circunstancial muy importante: la ausencia de sangrientas
persecuciones religiosas en el Noreste (pese a que sí hubo algunas
medidas anticlericales radicales, especialmente en 1914).
Lo anterior derivó en que no existan mártires en la época
contemporánea, algo que sí ha favorecido a los procesos de
Guadalajara, por ejemplo, por tratarse de una zona cristera que cuenta
con numerosos mártires. Asimismo, el primer santo mexicano,
san Felipe de Jesús, originario de la Ciudad de México, también
alcanzó la santidad gracias a la “corona del martirio” en Japón. No
obstante, cabe agregar que sí hubo mártires entre los misioneros
norestenses durante la primera época de la evangelización, como
el caso de fray Martín de Altamirano en 1606, pero su sacrificio
no se conserva de manera particular en la memoria colectiva y su
causa de canonización no ha sido promovida.
Finalmente, ¿cuál es el modelo de vida cristiana que
presenta la Iglesia regiomontana a los feligreses a partir de
los procesos de canonización que ha promovido? Un modelo
de carismas que se manifiestan en las virtudes heroicas (no el
martirio), a través de la vida religiosa (no hay laico alguno),
y evangelizando el mundo empresarial y obrero a través de la
doctrina y prácticas del catolicismo social. Además, se pone de
relieve que el “gran salto adelante” de la Iglesia regiomontana
se verificó en la primera mitad del siglo XX, pues previamente
no hubo figuras (ni laicos ni religiosos) que destacaran como
candidatos a los altares, o bien, su preponderancia quedó en el
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olvido, y la debilidad y marginalidad de la Iglesia institucional de
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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares1.2-5

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�José Fernando Ramírez, historiador del siglo XIX
José Fernando Ramírez, 19th century historian
Edgar Iván Espinosa Martínez
Universidad Autónoma de Ciudad Juárez
orcid.org/0000-0003-3730-0181

Resumen: El artículo presenta a un personaje de múltiples facetas y
destacados talentos: José Fernando Ramírez (1804-1871). Nacido en
Parral, Chihuahua, México a este abogado, político y escritor prolífico
le tocó vivir -y por momentos ser copartícipe-, de algunas de las experiencias definitorias para México durante el siglo XIX. Como sucedió
con integrantes de aquellas generaciones, dichos procesos lo marcarían
para siempre y su obra -en particular la que desarrolló como historiador- nos sirve como objeto de estudio para sopesar su compromiso con
el devenir nacional.
Palabras clave: intelectual; siglo XIX; historiador; liberalismo; romanticismo.
Abstract: The article presents one character of multiple facets and outstanding talents: José Fernando Ramírez (1804-1871). Born in Parral,
Chihuahua, México, this lawyer, politician, and prolific writer had to
live -and in certain moments participate- in some of the defining experiences of México in the XIX century. As happened with other members
of those generations, such processes would mark his trajectory, and we
can use his writings, particularly his work as a historian, as an object of
study to consider his commitment to the national future.
Keywords: intellectual; XIX century; historian; liberalism; romanticism.
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�Iván Espinosa
El siglo XIX es de gran sutileza:es también de refinada
hipocresía no exenta de profundo sentido. En esa época,
a la que estamos todavía tan amarrados, lo civilizado
era amar sin medida, sin discriminación. Se amaba a
todo, a los pueblos en particular y a la humanidad en
general; al progreso y a las cantantes, a la patria y a las
máquinas; se aman las ciencias y a sus aplicaciones;
pero sobre todo, ante todo y por todo, se ama hasta la
locura a la Verdad; pero a la Verdad pura, a la verdad
desinteresada, virgen e inútil.
Edmundo O´Gorman

Planteamiento
Mucho se ha estudiado, escrito y publicado acerca de la obra de
los grandes personajes nacionales del siglo XIX. El elenco es vasto, desde José Joaquín Fernández de Lizardi durante los años de
la Revolución de Independencia, pasando por Lorenzo de Zavala, José María Luis Mora, Joaquín García Icazbalceta, Guillermo
Prieto, Vicente Riva Palacio hasta Justo Sierra en la etapa porfiriana. De hecho, la obra de estos y otros destacados hombres
públicos de entonces, sigue siendo objeto de investigación con
base en nuevas preguntas y planteamientos.
En tal sentido, el propósito del presente trabajo es
acercarnos a la actividad que, como estudioso de pasado,
desarrolló José Fernando Ramírez y cómo dicha actividad incidió
en la constitución del Estado nacional mexicano a lo largo de
aquella centuria. En particular, nos interesa ubicar a nuestro
autor como parte de una pléyade de destacados personajes
quienes, mediante su obra y posición, contribuyeron a difundir
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�José Fernando Ramírez

un conocimiento sobre el país en momentos donde el devenir
de México estaba en entredicho. Un aspecto a destacar será la
incidencia de Ramírez a partir del estudio y rescate de algunos de
sus trabajos (en este caso, como historiador) sobre asuntos locales
y regionales (en especial Chihuahua y Durango, y en general del
Noroeste mexicano) en ese proceso de constitución nacional.
Para desarrollar lo anterior, se contempla la línea trazada
por la historia intelectual.1 Lo anterior remite a la consideración
de propuestas ensayísticas, cuyo tema son los grandes problemas nacionales (definir posturas político-ideológicas, diagnóstico sobre ciertas problemáticas, forma de gobierno, entre otros).
Así el asunto, contemplo dicha línea como una nueva área con
posibilidades cuya característica sería la confluencia de elementos de distintas disciplinas para analizar producciones textuales
y el ambiente en que surgen y circulan. En especial, me apoyo
en el planteamiento que indicaría ir más allá de lo que el texto
La nueva historia intelectual tiene su basamento en tres escuelas o tendencias de pensamiento del siglo XX: la encabezada por Q. Skinner (Escuela de
Cambridge), la delineada por R. Koselleck (Historia Conceptual Alemana) y
la propuesta de P. Rosanvallon (Nueva Historia Política Francesa). François
Dosse es quien logra delinearla en su forma más acabada en La marcha de las
ideas (2007). En el ámbito hispanoamericano, los trabajos más acuciosos en
esta línea son los de Elías José Palti, quien ha estudiado los casos de México
(La invención de una legitimidad, 2005) y Argentina (El momento romántico,
2009) en el siglo XIX. En esa línea, Carlos Illades y Rodolfo Suárez recientemente coordinaron México como problema, donde analizan las propuestas
de conceptualización de nuestro país como “entidad histórica” elaboradas por
personajes de distintas generaciones (desde mediados del siglo XIX hasta la
última parte del XX).
1

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�Iván Espinosa

(en lo explícito) dice para proceder a interrogar a su autor y
encontrar cómo fue posible que haya escrito lo que escribió en
un momento determinado.2 Así, procuro abordar mi objeto de
estudio según la premisa que sugiere contemplar al autor, su
respectiva obra y su época como realidades concretas, con condiciones particulares y relacionadas entre sí. Para el caso que
me ocupa, la pregunta es cómo José Fernando Ramírez concibió
parte de su obra tomando en cuenta dos ángulos: el momento
que México experimentaba (es decir, su presente) y la posición
que nuestro personaje adoptó ante tal coyuntura (postura político-ideológica).
¿Ilustrado, conservador, cosmopolita o provinciano?
José Fernando Ramírez vio la luz en Parral, en mayo 5 de 1804
(entonces jurisdicción de Nueva Vizcaya, Reino de Nueva España, que en la geografía actual corresponde a las entidades de
Chihuahua, Durango y Sinaloa), y murió -en un segundo exilio- en Bonn (entonces parte del Reino de Prusia) en marzo 4
de 1871.3
Sus datos biográficos indican un perfil destacado: proviene de una familia que podría decirse era acomodada y próspera
(con intereses en la minería -actividad que, de hecho, convirtió a
Elías José Palti, La nación como problema. Los historiadores y la “cuestión nacional” (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2009), 132.
3
César Sepúlveda, “José Fernando Ramírez. Estancia y muerte en Bonn,
1867-1871”, Secuencia. Revista de Historia y Ciencias Sociales, núm. 8
(1987): 24–41.
2

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�José Fernando Ramírez

esa localidad en enclave desde tiempos coloniales- y en pequeñas
factorías) y se convierte en abogado4 (profesión que en México
hasta 1867 definió a los principales cuadros políticos).5
Erika Pani señala que la “clase política” y los “hombres
públicos” del siglo XIX en México fueron “herederos de la
Ilustración y de las revoluciones atlánticas” (en particular, la guerra
de Independencia en Norteamérica y la Revolución Francesa),
siendo una constante en dicho proceso “tratar de asimilar, amoldar
y depurar” dicho legado ideológico (libertad, justicia, legalidad,
orden, igualdad). En el terreno de las ideas, aquellos ilustrados
-entre los cuales se encuentra nuestro personaje- crearon a partir
de ese influjo una postura intelectual y académica propia según
Ernesto de la Torre Villar, ed., José Fernando Ramírez. Obras Históricas I.
Época Prehispánica (México, DF: Universidad Nacional Autónoma de México, 2001), 20.
5
Elías José Palti, La invención de una legitimidad. Razón y retórica en el
pensamiento mexicano del siglo XIX (Un estudio sobre las formas del discurso político) (México, DF: Fondo de Cultura Económica, 2005), 312–13. El
historiador argentino afirma que durante los años de la República Restaurada
(1867-76) se fraguó y consumó una recomposición y reacomodo dentro de la
élite ilustrada intelectual y políticamente activa. En dicha cúpula, que venía
siendo dominada por los abogados al ocupar puestos clave en distintos gobiernos para encausar el devenir nacional, la presencia y el actuar de los médicos
poco a poco se habría ido imponiendo, tanto en número como en posiciones, lo
cual influyó en la toma de decisiones en el poder político y en la esfera pública.
La figura que encabezó dicho proceso de recomposición institucional fue Gabino Barreda (1818-1881). Médico y educador, Barreda es quien sistematiza
la introducción en México de las “doctrinas filosófico-pedagógicas” en la instrucción pública a partir de la restauración de la República en 1867. El “nuevo
credo” del proyecto liberal, cuyo objetivo era estructurar e imponer un efectivo
esquema normativo para la sociedad, quedó manifestado en la Oración Cívica.
4

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las condiciones sociales y políticas de la sociedad mexicana de la
época.6 Como otros personajes (José María Iglesias, José María
Roa Bárcena, Manuel Orozco y Berra), fue testigo -y en ocasiones
copartícipe- de algunos de los acontecimientos que definieron a
México (consumación de la Independencia, invasión del ejército
estadounidense o la instauración del Segundo Imperio).
Desde un punto de vista generacional, consideramos dos
propuestas que pueden ser útiles para ubicar a nuestro personaje.
Quizá la más conocida, la de Luis González, para quien el
ilustrado formaría parte de lo que el historiador michoacano
concibe como la pléyade de la Reforma. Es decir, se encontraría
entre aquel puñado de quienes la historiografía considera como
próceres y notables que vieron la luz entre 1806 -con Juárez como
decano- y 1820.7 Dicha generación romántico-liberal fue una élite
en el sentido más estricto del término, un grupo cuya condición
de clase le permitió tener una vida con ciertas ventajas. Así, la
gran mayoría de ellos habría nacido en entornos urbanos con
poblaciones en algún grado densas, desde un punto de vista racial
pertenecieron a una “minoría blanca” y la formación que tuvieron
señalaba oficios como el sacerdocio, la actividad política, el
quehacer cultural, la vida castrense o la ciencia médica, con lo
Erika Pani, Para mexicanizar el Segundo Imperio. El imaginario político de los imperialistas (México, DF: El Colegio de México; Instituto Mora,
2001), 26.
7
Luis González y González, Obras Completas. Tomo VI La ronda de las
generaciones (México, DF: Clío; El Colegio Nacional, 1997), 17–32.
6

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cual, necesariamente, se infiere que fueron individuos con acceso
a algún tipo de instrucción.
En el mismo sentido, pero centrando sus argumentos en
las ideas y pensamiento de aquellos personajes, Charles Hale
advierte que se trató de liberales mexicanos quienes elaboraron
y difundieron intelectualmente la Reforma. Para el historiador
estadounidense, ilustrados como M. Otero, P. Arriaga, S. Lerdo
de Tejada, M. Ocampo, I. Ramírez y G. Prieto, nacidos entre
los años de 1810 y 1820, ejercieron por lo general la abogacía
y habrían conformado una generación romántica.8 Un par de
aspectos destacan entre los miembros de dicha generación: creer
en el devenir histórico (romanticismo)9 y apelar a la guía de un
Estado rector (liberalismo).10 Para ellos, como parte de una élite
Charles Hale, La transformación del liberalismo en México a fines del siglo XIX (México, DF: Fondo de Cultura Económica, 2002), 22.
9
El movimiento romántico se originó y propagó en Europa entre 1760 y
1830 con hondas repercusiones en los campos artístico, filosófico y literario.
Un rasgo que definió al romanticismo fue interesarse y valorar el pasado más
remoto, ya que en él podrían encontrarse logros de otros momentos históricos
(para Occidente, la etapa anterior al cristianismo) así como de otras culturas
(egipcia, china, india). En México, dicha corriente de pensamiento tuvo su
auge entre 1836 y 1867. En ese lapso, contribuyó de forma decisiva a construir y difundir un sentido de pertenencia nacional. Dicha representación de
mexicanidad se manifestó a través de pinturas, dibujos, fotografías, novelas,
poesía, diarios de viaje y, por supuesto, el trabajo de los historiadores. Así,
para los historiadores mexicanos de la época el estudio del pasado era un reencuentro con el origen mediante lo cual elaboraron y difundieron un sentido de
pertenencia.
10
Los planteamientos e ideas liberales durante el siglo XIX se centraron en
otorgar primacía -y en cierta forma exaltar- a los modernos estados nacionales.
México, independizado a principios de esa centuria, en automático entró en
8

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progresista, era necesaria una transformación que implicaba acabar
con ciertas condiciones del Ancien Régime que aún permanecían
(clasificación étnica, desigualdad económica, ausencia de
reconocimiento político). En contraste, sus aspiraciones (república
federal democrática, instituciones representativas, sociedad
secularizada, desarrollo de la libre empresa, salvaguardar los
derechos individuales) apuntaban hacia un modelo que impulsara
la modernización y el progreso en el plano de una ideología
liberal.11 El sustento de tales planteamientos era el liberalismo en
su fase estatista, lo cual suponía que el individuo sólo podía ser
libre dentro de los márgenes del Estado.12
la tesitura: la prioridad era, por tanto, constituir el estado nacional mexicano. La élite entonces activa en los planos intelectual y político reconoció tal
prioridad y se sumó a ello, al organizarse en espacios específicos (sociedades,
clubes, agrupaciones) para desarrollar sus tareas y actividades de forma articulada (literatura, periodismo, opinión pública, programas de gobierno). En esa
intervención estratégica dirigida a propiciar gobernabilidad, los historiadores
desempeñaron un papel relevante ya que con su obra ayudaron a modelar al
ciudadano mexicano al darle a conocer su pasado en un sentido ideográfico.
11
David Brading, Los orígenes del nacionalismo mexicano (México, DF:
Era, 2004), 101.
12
En su forma moderna -en particular durante el siglo XIX-, el Estado fue
una construcción conceptual formalista cuya composición básica era de tres
elementos: soberanía (poder político), población (ciudadanos) y territorio
(espacio geográfico). Lo anterior obedeció al objetivo de constituir una organización coercitiva para ordenar a las sociedades. Jaime del Arenal toma como
ejemplo el derecho, la norma, la ley y la justicia de lo cual el estado mexicano
se apropió hasta tener el monopolio de su “correcta” aplicación. Lo anterior
llama la atención, si se toma en cuenta que durante la etapa colonial se desarrollaron múltiples formas de ordenamientos jurídicos no estatales (indígenas,
religiosos, corporativos, etc.). Dicho “absolutismo jurídico” decimonónico
tuvo como objetivo controlar y modelar las acciones de los individuos en toSillares, vol. 1, núm. 2, 2022
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�José Fernando Ramírez

En este ambiente, Ramírez tuvo colaboraciones en el plano
político (quizá la más relevante fue en el Congreso Constituyente
de 1842, que derivó en la redacción de unas Bases Orgánicas al
año siguiente). En esos años en los cuales nuestro país experimentó
su más grave crisis al estar en entredicho la viabilidad del Estado
nacional, también formó parte del Consejo de Gobierno (1846)
al lado de otras destacadas figuras como V. Gómez Farías, J.
M. Lafragua, L. de la Rosa y el ya mencionado Otero. Como
ocurrió con aquellas generaciones, fue testigo del conflicto con
Texas, preludio de lo que hasta la fecha se considera la mayor
tragedia para México: la invasión del ejército estadounidense
con el desenlace de la “pérdida” del territorio nacional. Un par
de décadas más tarde, este liberal chihuahuense se decantará
das las esferas de la vida. En cuanto al vínculo entre Estado e historia, Enrique
Florescano señala que la constitución del Estado moderno (suma de todas las
instituciones, autoridad pública suprema y, por tanto, el gran referente), supuso
una confrontación con los diversos grupos, segmentos y estratos al imponer
una uniformidad a través de una legislación general, una administración central y un poder único. En lo que concierne a la escritura de la historia, Florescano destaca la función que tuvo en dicho proceso la elaboración y difusión
de una historia patria que se encargara de justificar, difundir y promover dicha uniformidad. Para la experiencia mexicana de la segunda mitad del siglo
XIX, la obra México a través de los siglos logró abonar en la consecución
de tal objetivo estratégico. Ver: Jaime del Arenal, “El discurso en torno a la
ley: el agotamiento de lo privado como fuente del derecho en el México del
siglo XIX”, en Construcción de la legitimidad política en México, ed. Brian
Connaughton, Carlos Illades, y Sonia Pérez Toledo (México, DF: El Colegio
de Michoacán; Universidad Autónoma Metropolitana; Universidad Nacional
Autónoma de México; El Colegio de México, 2008), 303–22. Enrique Florescano, La función social de la historia (México, DF: Fondo de Cultura Económica, 2021), 88–96.
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por la opción monárquica que representó Maximiliano de
Habsburgo; desesperado por ver a su patria desgarrada, como
otros tantos creyó ver en el Imperio una posibilidad para dominar
el creciente desorden que se dejaba sentir desde la Revolución de
Independencia.13 Establecida la monarquía, llegó a ocupar puestos
de primer orden.14Al derrumbarse el proyecto “conservador”, el
oriundo de Parral se vio orillado al exilio (además de cargar con
el sambenito de “traidor”).15
Con la intención de legitimar su investidura y ganarse adeptos, otros destacados personajes de la época también recibieron cierto tipo de cortesías
por parte del nuevo régimen encabezado por el monarca austriaco. Un caso
documentado es el de José Eleuterio González, hombre de múltiples facetas
que radicó en Monterrey. Carlos Pérez-Maldonado, historiador regiomontano,
reproduce las palabras que El Emperador y Juan Nepomuceno Almonte -Ministro de la Casa Imperial- le dirigieron al doctor González para tal distinción:
Maximiliano, Emperador de México. Queriendo dar una prueba de nuestra
benevolencia a don José Eleuterio González, Catedrático de Medicina del Colegio Civil de Monterrey, le nombramos Oficial de la Orden Imperial de Guadalupe. Dado en el Palacio Nacional de México, el 12 de diciembre de 1865.
Ver: Carlos Pérez-Maldonado, Los Pérez-Maldonado. Genealogía y heráldica
(Monterrey: Imprenta El Regidor, 1963), 93.
14
Pani, Para mexicanizar el Segundo Imperio. El imaginario político de los
imperialistas, 396–97. Apéndice 2. La autora detalla que antes de 1864 fue
Diputado (1842), integrante de la Junta de Notables (1843), Senador (1846),
Secretario de Relaciones Exteriores (1846-47 y 1851-52), experimentó un primer exilio en tiempos de Santa Anna, formó parte del Consejo de Gobierno
(1856) e integró el Consejo de Estado del Plan de Tacubaya (1857). Entre 1864
y 1866, ocupó los Ministerios de Negocios Extranjeros y de Estado, presidió la
Comisión de Justicia, conformó la Academia Imperial y participó en la redacción del Código Civil del Imperio.
15
Otros intelectuales destacados quedaron en una situación parecida, como
fue el caso de Manuel Larráinzar. Al igual que Ramírez, Larráinzar colaboró
en el II Imperio (en este caso, con la Academia Imperial de Ciencias y Litera13

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�José Fernando Ramírez

Así pues, la trayectoria pública de este abogado tiene la
peculiaridad de haber comenzado en el ocaso del periodo colonial
(Nueva España), para después continuarla -a la par de la constitución
del Estado nacional- en la etapa independiente (México). Otro
punto a destacar es que, con su quehacer desde los planos político
e intelectual, contribuyó al estudio y conocimiento de lo nacional
desde una región del norte de México. Con lo anterior ponemos
énfasis en un par de aspectos: por un lado, que el movimiento
ilustrado arribó a nuestro país de manera “tardía” (esto es, a lo
largo del siglo XIX); por otro, que desde las regiones se generó una
actividad intelectual destacada (y, en ocasiones, poco conocida) de
la cual tenemos testimonio gracias a la obra que dejaron publicada.
Ramírez, historiador
Si tratamos ahora de ubicar al personaje en su faceta de historiador, cabe preguntar qué situación guardaba la escritura de la
historia a lo largo de aquella centuria.
tura). En este marco, el abogado chiapaneco presentó el ensayo Algunas ideas
sobre la historia y maneras de escribir la de México, especialmente la contemporánea, desde la declaración de la Independencia, en 1821, hasta nuestros
días (1865). Se trata de una propuesta integral y vanguardista para el estudio
de la historia nacional presentada en la mencionada institución. Quedará en el
olvido tras la caída de la aventura imperial. Casi veinte años después, Vicente
Riva Palacio tomará al pie de la letra dicho programa para el México a través
de los siglos (versión historiográfica canónica de la facción liberal triunfante).
Por cierto, Ramírez redactó y leyó un discurso para la instalación de la mencionada Academia en aquel 1865. Ver: Ernesto de la Torre Villar, ed., José
Fernando Ramírez. Obras Históricas V. Políantea (México, DF: Universidad
Nacional Autónoma de México, 2001), 405–15.
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La profesionalización de la historia como disciplina se
inicia en nuestro país en los años de 1940. Instituciones como la
Universidad Nacional Autónoma de México, la Escuela Nacional
de Antropología e Historia y El Colegio de México comenzaron
entonces a desarrollar proyectos académicos destinados a producir
y difundir conocimiento sobre el pasado.16 Muestra de ello son las
ofertas de licenciaturas y posgrados, multitud de publicaciones
y la organización de eventos donde se discute lo realizado en
dicho oficio. Sin embargo, es necesario advertir que en México
desde mucho tiempo antes se había articulado un ámbito en el
cual prominentes hombres públicos investigaron, escribieron
y publicaron trabajos sobre la cuestión del pasado nacional.17
Los postulados metodológicos empleados en tales propuestas
historiográficas, en particular aquellas ubicadas en la segunda
mitad del siglo XIX, corresponden a la llamada escuela metódica.
El concepto escuela metódica fue acuñado y propuesto
por Gabriel Monod en el primer número de Revue Historique -de
vocación republicana, espíritu liberal y herencia erudita- en 1876.
Álvaro Matute, La teoría de la historia en México (México, DF: Secretaría
de Educación Pública, 1974), 15–29; Guillermo Zermeño, La cultura moderna de la historia. Una aproximación teórica e historiográfica (México, DF:
Fondo de Cultura Económica, 2001), 166–83. La obra referida de Matute se
encuentra en una nueva edición del Fondo de Cultura Económica (2015), cuyo
periodo va de 1940 a 1968.
17
Como referencia se encuentra: Polémicas y ensayos mexicanos en torno a
la historia, selección y estudio preliminar Juan A. Ortega y Medina, Instituto
de Investigaciones Históricas - Universidad Nacional Autónoma de México,
1970. En 1992 y 2001 se volvió a publicar la obra.
16

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�José Fernando Ramírez

A su vez, Monod estaba inspirado en lo que al respecto se hacía
del otro lado del Rin (L. Ranke, J.-G. Droysen, W. Humboldt,
H. Treitschke, H. Sybel, E. Bernheim). Dosse encuentra en
dicho “editorial-manifiesto” los planteamientos que regirán la
historia científica como se practicó a lo largo de aquella centuria:
“marcha hacia el progreso”, “visión lineal de la historia”, “aporte
de las ciencias auxiliares”, “la historia como ciencia singular” y
“acceder a un conocimiento indirecto”.18
Dicha propuesta “científico-idealista” se encuentra en
su forma más acabada en los postulados de Leopold von Ranke
(1795-1886). El objetivo era “aproximarse a la verdad histórica”
a partir del reconocimiento y trabajo de “fuentes primarias” que
den “exposición rigurosa de los hechos” del pasado. Lo anterior
representa el inicio de la forma moderna del oficio.19 Tales hechos,
François Dosse, La historia. Conceptos y escrituras (Buenos Aires: Nueva
Visión, 2003), 26–36.
19
Juan A. Ortega y Medina, Teoría y crítica de la historiografía científico-idealista alemana (México, DF: Universidad Nacional Autónoma de México - Instituto de Investigaciones Históricas, 1980), 97–98. Además de Ortega y Medina, otros historiadores coinciden en señalar los planteamientos del
pensador alemán como el inicio de una forma científica de estudiar el pasado.
Por ejemplo, G. Zermeño, al argumentar el proceso mediante el cual la historia
consigue su estatus científico en el siglo XIX, toma como punto de partida la
propuesta de Ranke en Alemania que llegaría a México a través del “krausismo
español”. Dicho modelo plantearía acercarse al pasado considerándolo objeto
de estudio e ir al encuentro con los documentos de los archivos. Por su parte,
Peter Novick destaca las innovaciones que aportó el historiador alemán como
los métodos documentales y filológicos, un tratamiento crítico de fuentes o
el desarrollo de seminarios para la formación académica, todo ello delineado
por una “veneración panteísta al Estado” y un “impulso romántico”. Asimis18

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como factores efectivos de sucesos históricos únicos, debían
considerarse en su relación con una experiencia más amplia,
con el todo. Asimismo, la línea metodológica de Ranke tuvo
implicaciones de tipo político-ideológico al considerar a ciertas
instituciones (la Iglesia, el Estado) como imprescindibles para
acceder a la civilización, el progreso y la modernidad.20 Y si la
aspiración era un entorno moderno, civilizado y estable, el estudio
del pasado debía insertarse en dicho proceso. De ahí el objetivo
de desmarcar a la Historia del carácter teológico (providencia),
filosófico (especulación) o literario (ficción) que hasta entonces
la definía.
¿Es posible rastrear tales planteamientos en la
historiografía mexicana de la época? Para abordar el punto,
tomamos dos proyectos culturales de gran relevancia, los cuales
nos sirven de referencia: por un lado, el Diccionario Universal de
Historia y de Geografía, monumento en cuanto a una forma de
mo, François Dosse al estudiar la propuesta de la escuela metódica, pondera
de Alemania la “capacidad de organizar una enseñanza universitaria eficaz”,
cuyo basamento está en la “doctrina cientificista de Ranke”. Ver: Zermeño, La
cultura moderna de la historia. Una aproximación teórica e historiográfica,
77–110; Peter Novick, Ese noble sueño. La objetividad y la historia profesional norteamericana (México, DF: Instituto Mora, 1997), 39–40; François
Dosse, La historia en migajas. De Annales a la “nueva historia” (México, DF:
Universidad Iberoamericana, 2006), 46–47.
20
Hayden White, Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del
siglo XIX (México, DF: Fondo de Cultura Económica, 2001), 170–72. Para
White, este “realismo doctrinario” propuesto por Ranke posee “implicaciones
conservadoras”, ya que el devenir “civilizatorio y moderno” de la humanidad
sólo es posible en el contexto de instituciones como el Estado y la iglesia.
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estudio del tipo erudito y con notable influencia del pensamiento
ilustrado que se publicó entre los años 1853 y 1856; por otro, el
México a través de los siglos, síntesis de la historia nacional por
excelencia, que fuera respaldada por la triunfante facción liberal
entre 1884 y 1889. En lo que respecta al estudio del pasado, ambas
obras destacaron la necesidad de consultar las fuentes primarias
-en especial las oficiales- como una forma de darle solidez a sus
investigaciones. Tal premisa supuso alejarse de nociones como
la de testigo ocular o superar la idea de que el estudio del pasado
se hace desde la literatura; los aspectos mencionados habían
dominado la escritura de la historia desde hacía siglos. En lo
general, se trató de una época en la que se propiciaron los primeros
planteamientos, prolijos y de alto nivel en torno a una actividad
que pretendía encarar y resolver al menos dos preocupaciones
específicas: la intención de posicionar al estudio de la historia
como un ejercicio científico practicándola desde las profesiones
liberales, y la utilidad que de dicho oficio se podía tener según
las coyunturas político-ideológicas de ese momento. La escritura
de la historia tuvo, por tanto, un carácter estratégico -al menos
durante ese lapso- y la obra de prominentes personajes nacionales
es muestra de ello.21
Ahora centrémonos en un rasgo de dicha tradición
historiográfica mexicana: las distintas tendencias cultivadas
Edgar Iván Espinosa Martínez, “En busca de un método: la escritura de la
historia en México, 1853-1889”, Relaciones. Estudios de historia y sociedad,
núm. 123 (2010): 21–58.
21

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entonces. Según apunta Antonia Pi-Suñer, es posible identificar
“obras históricas monográficas” (donde abordaban sucesos
“recientes” como la intervención francesa y el II Imperio),
el “género biográfico” (con el propósito de difundir la vida y
obra de próceres bajo una estrategia didáctica y misión moral),
las “historias generales” (ya sea a manera de proyecto como
lo desglosó el citado Larráinzar o en trabajos muy elaborados
como los de I. Álvarez, N. de Zamacois, H. H. Bancroft, hasta la
aparición del mencionado México a través de los siglos), “libros
de texto” (Catecismos, Lecciones, Cartillas que en muchas
ocasiones fueron lectura obligatoria en distintos niveles de
enseñanza), “novela histórica” (V. Riva Palacio, M. Payno, G.
Prieto, M. Altamirano), así como los trabajos de tipo documental
y carácter erudito (M. Romero, M. Orozco y Berra).22 Es en esta
última veta donde podría incluirse y estudiarse la obra del autor
en cuestión.
Como ilustrado mexicano del siglo XIX, Ramírez fue un
hombre de múltiples facetas. Su obra -como su quehacer- abarcó
distintos ámbitos (política, estadística, historia). Es el último
punto al que nos interesa acercarnos pues, como otros personajes
notables de la época, valoró y estudió la herencia y tradiciones del
país. Nos guiaremos por la premisa que indicaría la promoción
Antonia Pi-Suñer Llorens, “Introducción”, en Historiografía Mexicana.
Volumen IV. En busca de un discurso integrador de la nación, 1848-1884 (México, DF: Universidad Nacional Autónoma de México - Instituto de Investigaciones Históricas, 2001), 9–30.
22

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�José Fernando Ramírez

de un sentido de pertenencia (identidad nacional) mediante la
elaboración y difusión de sus trabajos como historiador. Para
tal acercamiento, tomamos la estructura expositiva propuesta
por Ernesto de la Torre Villar -conocedor, como pocos, de
aquella centuria- en su edición de las Obras Históricas del autor
chihuahuense: una parte dedicada a la “época prehispánica”, otra
a la “época colonial” y una más a la “época moderna”.
Ahora, ¿cómo afectó su postura político-ideológica en su
brega intelectual? ¿Es posible plantear que este autor difundió
una mexicanidad si apoyó la instauración de un régimen que
-supuestamente- se le impuso a México desde el exterior?
¿Encontraríamos en su obra algún rasgo “conservador”?
La tradición prehispánica
En nuestro país, el estudio científico de las etapas anteriores a
1521 fue un asunto que comenzó a reclamar la atención de eruditos en las últimas décadas de la centuria decimonónica. Sirvan
de referencia los siete tomos de unos Estudios sobre la historia
de América, sus ruinas y sus antigüedades, comparadas con lo
más notable que se conoce del otro continente, en los tiempos
más remotos, y sobre el origen de sus habitantes, del referido M.
Larráinzar publicados entre 1875 y 1878. Otro esfuerzo en esta
misma línea es el tomo primero del México a través de los siglos
(1884-89), cuya autoría se le debe a Alfredo Chavero donde aborda -débilmente- el periodo anterior a la Conquista encabezada por
Hernán Cortés. Es decir, para entonces no existía una tradición
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sólida respaldada con trabajos acuciosos sobre dicha etapa. Así
las cosas, ¿qué atrajo a Ramírez hacia los procesos -hoy diríamos
arqueológicos- del periodo prehispánico?
Un primer esbozo donde nuestro autor externa su
inquietud por este tipo de estudios, quedó pasmado un trabajo
intitulado Antigüedades mexicanas conservadas en el Museo
Nacional de México.23 Ignoramos el año en que fue escrito y/o
publicado, pero si se toma en cuenta que el personaje falleció en
1871, estaríamos ante un catálogo cuya elaboración antecede los
dos ejemplos citados. En dicha descripción, presenta de manera
detallada 42 piezas (destacan “objetos” y “figuras de barro”,
“cilindro de basalto”, “máscara de obsidiana”, “urna cineraria”,
vasos de “piedra y barro”, “silbato de barro cocido”, “hermoso
arco de serpentina”, entre otras cosas).
En el mismo sentido, el intelectual chihuahuense presta
atención al rescate de dos hombres fundamentales para entender la
herencia prehispánica mexicana: Bernardino de Sahagún y Lorenzo
Boturini Benaducci. Respecto al misionero franciscano, pretendió
ampliar y contextualizar la obra Calendario Matlaltzinca24 -de
marcado carácter etnográfico-, encontrada en el acervo del
mencionado Museo Nacional. El abogado no sólo pretendía
difundir dicho trabajo, sino que lo acompañaba con un aporte
(“observaciones” de distinta índole) que le diera “forma definitiva”.
Torre Villar, José Fernando Ramírez. Obras Históricas I. Época Prehispánica, 132–52.
24
Torre Villar, 155–203.
23

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En cuanto al valtellinese, pondera su propuesta cronológica y su
Historia general de la América septentrional;25 no se trata de una
mera relación lineal y continua (antes-después), sino que identifica
estaciones, tiempos, periodos, así como su simbolismo en la
tradición mesoamericana. Lo anterior llevará a Boturini -y, siglos
después, al propio Ramírez-, a interesarse por la historia mexica (en
especial, la Historia chichimeca de F. de Alva Ixtlilxóchitl) anterior
a la invasión europea. No es un dato menor, pues como hombre
público activo en los planos político e intelectual vivió un entorno
de permanente crisis e inestabilidad que impedía la constitución
del Estado, y entonces la única forma de unidad nacional parecía
provenir de identificar (¿o construir?) un pasado común (en este
caso, indígena y rescatado con posterioridad por europeos).
La herencia novohispana
Ignacio Ramírez (1818-1879), uno de los hombres públicos más
destacados de aquella centuria y cuya posición liberal se identifica como “radical”, escribió unas reflexiones bajo el título “La
desespañolización”. En este artículo, publicado por vez primera
en 1865 en La Estrella de Occidente de Ures y donde entró en polémica con el escritor español Emilio Castelar, “El Nigromante”
inicia sus argumentos así:
¡Mueran los gachupines! Fue el primer grito de mi patria: y
en esta fórmula terrible se encuentra la desespañolización de
México. ¿Hay algún mexicano que no haya preferido en su vida
25

Torre Villar, 205–38.

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�Iván Espinosa

esas palabras sacramentales? Yo, uno de los más culpados, debo
al señor Castelar, a quien admiro, una explicación razonada,
sobre por qué, en unión de mis conciudadanos, reniego de la
nación que, creyendo descubrir en la frente de Colón un camino
seguro para robar a los portugueses las Indias orientales,
tropezó con nosotros, y desde entonces se ha complacido en
devorarnos.26

La visceralidad de este Ramírez está en consonancia con la de
aquellos que veían en la gesta de independencia iniciada por “curas-guerrilleros” (primero Hidalgo y después Morelos, incluso
hacen propios preceptos de la Revolución Francesa), el punto de
partida para definir México y, por tanto, lo nacional. Para ellos,
la virgen de Guadalupe, Sigüenza y Góngora, Sor Juana, la arquitectura barroca y todo lo que hiciera reminiscencia a lo colonial,
era motivo de oprobio y -de plano- debía eliminarse. En contraste, la postura y argumentos de nuestro Ramírez -también liberal
como su par mencionado-, resultan atinadamente conciliadores
al ser capaces de reconocer e integrar la herencia del virreinato
novohispano a la conciencia histórica mexicana.
En tal sentido, ¿cómo entender que un liberal le otorgara
algún valor a una etapa considerada por los “radicales” de atraso?,
¿qué relevancia ponderó el intelectual chihuahuense de la historia
colonial desde un ámbito regional específico? Un primer aspecto
para responder a los planteamientos anteriores tiene que ver
Ignacio Ramírez, “La desespañolización”, en La misión del escritor. Ensayos mexicanos del siglo XIX, ed. Jorge Ruedas de la Serna (México, DF:
Universidad Nacional Autónoma de México, 1996), 189.
26

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con el rescate y estudio de su obra historiográfica. A partir de
dicho ejercicio, encontramos matices que nos permiten entender
la función social del historiador en México en la segunda mitad
del siglo XIX. Una de las tareas de esa función era -como ya se
planteó- construir un ser nacional capaz de reconocerse en él y de
distinguirse ante el mundo. Este postulado propio del romanticismo
impulsó a nuestro historiador a buscar los orígenes, en este caso,
en los procesos de conquista y colonización de una parte del
septentrión de la Nueva España. Así, cuestiones relativas a la
religión (catolicismo), la lengua (español) y lo étnico (mestizaje)
fraguados durante dicho periodo -en ocasiones a sangre y fuego,
y aun a costa de la destrucción de culturas enteras-, el autor los
identifica y presenta como pilares de ese ser nacional.
Revisemos de forma breve aquellos aspectos que, como
historiador, reclamaron la atención del chihuahuense. Algo
en lo que Ramírez enfocó su atención fue a la obra dejada por
viajeros de los siglos XVI y XVII que se internaron a lo que
configuraba como septentrión novohispano. Particular interés
le despierta Nuño de Guzmán a quien, de entrada, lo pone a la
altura de Hernán Cortés o Pedro de Alvarado; como aquellos dos
conquistadores de la legendaria México-Tenochtitlan, al oriundo
de Castilla le reconoce el coraje de empezar la integración a la
corona española de aquel vasto territorio.27 Si bien sobre la figura
Ernesto de la Torre Villar, ed., José Fernando Ramírez. Obras Históricas
II. Época Colonial (México, DF: Universidad Nacional Autónoma de México,
2001), 149.
27

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de Nuño de Guzmán existe hasta la fecha una “leyenda negra” que
le atribuye todo tipo de crímenes y atrocidades, Ramírez ve en él
a alguien con audacia y valentía, capaz de abrirse paso en tierras
extrañas e inhóspitas. Si Cortés puede considerarse el iniciador
de un proceso histórico que acabó por darle forma a lo que hoy es
México, Nuño de Guzmán hizo lo propio en esta enorme porción
del territorio nacional.
Otros personajes también aparecen en el elenco que el
historiador chihuahuense pareciera querer reivindicar. Así, para
Ramírez los religiosos merecen mención especial, pues si bien
los militares mediante las armas fueron la punta de lanza en las
campañas de conquista, las órdenes mendicantes tuvieron la
ardua tarea de convencer, persuadir a la población nativa hacia
el “verdadero Dios”. Por tanto, nuestro autor rescata la labor de
los padres Martín Pérez en Sinaloa, Horacio Polici en Sonora,
Juan Sedelan en Chihuahua, así como la infatigable incursión
de Kino y Salvatierra por llevar el evangelio a las Californias.28
Llegados a Nueva España hacia 1572, el predominio de los
jesuitas en este extremo geográfico del virreinato muestra que su
trabajo lo hicieron con todo en contra (lejanía de las principales
poblaciones, escasez de recursos económicos, territorios vastos,
geografía desconocida e inhóspita).
Pero el conocimiento y reconocimiento de una tradición
historiográfica por parte de Ramírez no se limitaba a la producción
28

Torre Villar, 245.

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nacional. Y es que en un país que tiene la extraña patología de
victimizarse, se vuelve toda una hazaña encontrar referentes más
allá de nuestros límites (no sólo geográficos). A nuestro historiador
chihuahuense (que no provinciano), activo en los planos político e
intelectual, le tocó experimentar el caos que para México fue todo
aquel siglo, cuya invasión del ejército estadounidense supuso el
punto más crucial de aquellas crisis crónicas.
Por lo anterior, es de destacar la ponderación que hace de
la obra de William Hickling Prescott. Estadounidense nativo de
Nueva Inglaterra (es decir, yankee), este historiador devino en
hispanista erudito y es su versión de The History of the conquest
of México la que escudriña. Publicada en medio de los conflictos
entre ambos países de cara a un conflicto que los redefinirá,
Ramírez alaba la solidez documental y un uso impecable de las
fuentes.29 Y como buen publicista (esto es, polemista) de su tiempo,
el nativo de Parral señala lo que considera “errores” respecto a la
“verdad histórica” (en particular, cuando estaría por repetirse un
episodio parecido: la dominación extranjera en México).
Otro asunto que indagó Ramírez, concerniente al
septentrión novohispano, tiene un rasgo más bien etnológico y
es el relativo a las lenguas alguna vez habladas por la población
nativa de la parte noroeste del territorio nacional. En especial,
presenta datos e información que encontró en el Archivo General
de la Nación sobre Sinaloa, Sonora, Nuevo México y California
29

Torre Villar, 227.

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cuya datación la ubica entre los siglos XVI y XVIII.30 Al leer
el rescate de dichas fuentes, me recuerda los esfuerzos de B.
de Sahagún y F. X. Clavigero quienes, en momentos distintos,
pero con preocupaciones parecidas, rescataron parte de la cultura
indígena que, en cierto modo, fue el presagio de una emancipación
espiritual e intelectual novohispana.
Reconocer el valor histórico y cultural del virreinato, así
como su impacto en la construcción del México republicano y
liberal, tiene para la escritura de la historia implicaciones de tipo
metodológico. En el caso de la propuesta historiográfica que nos
ocupa, nuestro personaje se muestra como un historiador moderno
al emplear el sentido de perspectiva: es decir, abordó ese pasado
de forma indirecta, lo que significa que reconstruyó desde su
presente (siglo XIX) la distancia temporal que lo separaba de su
objeto de estudio (siglos XVI-XVIII), mediante la búsqueda y
uso de distintos tipos de datos e información.
El siglo XIX (o cómo lidiar con el presente)
Para México, dicho periodo supuso un tránsito: abandonar las
condiciones de una herencia colonial y constituir las instituciones
de un Estado nacional moderno. El quehacer de nuestro personaje, tanto en el plano político como intelectual, es parte de ese ambiente. En tal sentido, fueron dos sucesos los que calaron hondo
en este liberal moderado y tienen que ver con las dos invasiones
30

Torre Villar, 275.

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que el país padeció en aquella centuria: la del ejército estadounidense entre 1846 y 1847, así como la del francés de 1862 a 1866.
Como sabemos, el desenlace de tales experiencias fue distinto;
mientras la primera acabó en una derrota que puso en entredicho
la viabilidad del máximo objetivo mencionado, la segunda, por
coyuntura si se quiere, terminó con un saldo que hasta la fecha se
considera favorable y positivo.
Desde el punto de vista de la escritura de la historia, ¿cómo
afectaron tales acontecimientos y cómo pueden ser identificados
en la historiografía mexicana de entonces? Para ello, tomamos la
premisa de Antonia Pi-Suñer, quien plantea:
Creemos que, desde el punto de vista de la historiografía, en
1867 se volvió a repetir en cierta manera lo que había sucedido
en 1848. Si bien en aquel año la derrota y la pérdida de más de
la mitad del territorio había trastocado al país y en cambio en
1867 se había logrado vencer al invasor, en ambas ocasiones la
intervención extranjera fue un acicate para la reafirmación del
nacionalismo. Entonces como ahora se hizo evidente que cabía
insistir en aquello que hacía de México una nación. Se quiso
mostrar que no sólo se compartía un ámbito geográfico común,
sino también un pasado histórico y unas tradiciones culturales de
las que se tenía que estar orgulloso. Se hizo un esfuerzo magno
para dar a conocer la geografía de nuestro país, retratar paisajes,
rehabilitar costumbres, tipos populares, etc. A la vez, el rescate
de nuestro devenir histórico se convirtió en una labor de primera
importancia, buscándose un discurso que articulase el pasado en
su conjunto y diese sentido al presente. En pocas palabras, se
estaba en busca de un discurso integrador de la nación.31
31

Antonia Pi-Suñer Llorens, “La generación de Vicente Riva Palacio y el

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�Iván Espinosa

Ramírez, como parte de aquellas generaciones de mexicanos
que vivieron y padecieron la dominación extranjera, echó
mano de su lucidez y de su vena de escritor para reflexionar
sobre lo que consideró una tragedia. Así, entre junio de 1846 y
septiembre de 1847, este abogado dejó por escrito sus impresiones diarias ciertamente angustiosas y cargadas de incertidumbre; desconfianza, desesperación, llamamientos políticos,
desorganización militar, levantamientos ante una autoridad incapaz de imponerse y hacer frente al invasor, son desglosados,
no sin pena y dolor, por el nativo de Parral.32 Los apuntamientos México durante su guerra con los Estados Unidos, resultan
un ejercicio cuyo impulso lo compartieron todas las personas
que habitaban el territorio nacional: ahora qué pasará con México. Otros trabajos colectivos también se hicieron y circularon entonces como los Apuntes para la historia de la guerra
entre México y los Estados Unidos, colaborando -entre otros-,
J. M. Iglesias, I. Ramírez, G. Prieto y M. Payno. Tras semejante colapso, el país pudo haberse fragmentado, dividido, dejado
de existir para configurar nuevos entes. Sin embargo y pese
al terrible final, México sobrevivió, no sin problemas, a esos
años aciagos.
quehacer historiográfico”, Secuencia. Revista de Historia y Ciencias Sociales,
núm. 35 (1996): 89.
32
Ernesto de la Torre Villar, ed., José Fernando Ramírez. Obras Históricas
III. Época Moderna (México, DF: Universidad Nacional Autónoma de México, 2001), 19–170.
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�José Fernando Ramírez

Ramírez ya no vivirá para ver a su país recuperado, con
relativa estabilidad y orden. Con la caída, quizá deba decirse
derrumbe, de la aventura imperial, el otrora distinguido ministro
se verá forzado al exilio del que ya no regresará con vida.
Esa aventura imperial también sirvió de acicate al hombre
público del que nos ocupamos. Tal vez sea necesario señalar
que, hasta la fecha, dicha etapa es considerada como una de las
páginas más oprobiosas de la historia nacional. En una centuria
caracterizada por la anarquía, la amenaza de potencias extranjeras,
el desmembramiento geográfico, las penurias económicas, los
desgarros provocados por las luchas intestinas y la aparición
de caudillos, la idea de un monarca europeo para que lleve las
riendas del maltrecho país sugería, para muchos, la posibilidad
apaciguar a una nación que parecía no decidirse a nacer.
Ya se mencionó la colaboración de don José Fernando
en el Segundo Imperio y viene a cuento advertir, a manera de
analogía, que si como liberal supo valorar la herencia virreinal,
sin dejar dicha condición político-ideológica, aceptó sumarse al
proyecto monárquico. En tal sentido, como “imperialista”, si vale
el término, de primera mano redactó unas Memorias para servir
a la historia del Segundo Imperio Mexicano.
Desde el “Plan del autor”, este abogado liberal inicia con
el siguiente argumento: “No quiero escribir la historia del Imperio,
ni justificar la administración imperial. Tampoco es mi intento
hacer inculpaciones constituyéndome en acusador. Francamente y
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sin ambages, me declaro defensor”.33 Lo dicho, como otras tantas
personalidades de aquel tiempo, Ramírez admite -sin empachohaber visto en el régimen encabezado por el emperador Habsburgo
una posibilidad de orden. Continúa con lo que denomina “Intentos”,
y expone: “Llamar la atención de mis compatriotas sobre ciertas
verdades: por eso hay digresiones de que pido excusas. Quiero
verdaderamente conseguir lo que el autor desea querer. Poca
esperanza de producir efecto: los órganos interesados y enemigos
son numerosos, europeos y yo en México sospechoso de parcialidad.
Dicen tu boca ladra. Ladremos y júzguese”.34
De manera adusta, el chihuahuense pone en claro su
situación al haber quedado en el bando derrotado (por tanto,
ubicado como “villano” y “traidor”). Así, este “vende patria”,
según la historiografía oficialista, trata en estas líneas de explicar
su actuar y, de hecho, el proyecto imperialista (por lo demás,
de acusada tendencia liberal al pretender adoptar las Leyes
de Reforma). Visto desde tal ángulo, el caso de Ramírez en lo
particular y del Segundo Imperio en general, son ejemplo -¿acaso
víctimas?- de las antinomias y contradicciones crónicas entre la
élite política e intelectual mexicana a lo largo del siglo XIX.35
Torre Villar, 183.
Torre Villar, 183.
35
Elías José Palti, “Lucas Alamán y la involución política del pueblo mexicano. ¿Las ideas conservadoras en ‘fuera de lugar’?”, en Conservadurismo y
derechas en la historia de México, Tomo I, ed. Erika Pani (México, DF: Fondo
de Cultura Económica; Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2010),
301.
33
34

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�José Fernando Ramírez

En esa línea argumentativa, nuestro autor retoma la
interpretación historiográfica de Alamán (símbolo del ala
conservadora durante la primera mitad de aquella centuria), para
quien la “anomalía histórica” de México fue la Independencia y su
intención de romper con la tradición novohispana. La pretensión de
dar la espalda a la cultura y costumbres como herencias implantadas
desde hacía más de trescientos años (entre ellas un gobierno
monárquico), “desnaturalizó” el devenir histórico de la nación a
lo largo de aquel siglo. No es gratuito, entonces, que un abogado
de postura liberal (en este caso, moderada) pida a sus compatriotas
“entender”, no sin escepticismo, las razones de sus actos.
Consideraciones finales
José Fernando Ramírez, activo en los planos intelectual y político desarrolló una veta particularmente acuciosa como historiador
(E. de la Torre Villar lo ubica como “bibliófilo, anticuario e historiógrafo”). Inmerso en el romanticismo (que devino en el rescate,
estudio y difusión de la cultura nacional) y en el liberalismo (esfuerzos dirigidos a constituir el Estado mexicano) de su tiempo,
entendió, como otros de aquellas generaciones, que los asuntos
de la cultura y la política debían complementarse para lograr el
objetivo máximo: la constitución del Estado moderno.
En tal sentido, destacan un par de aspectos en la obra
abordada de nuestro personaje: por una parte, le otorgó un lugar
de primer orden a la herencia precolombina (en este caso, a partir
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�Iván Espinosa

de la búsqueda y recopilación de la obra de autores clave de
la tradición novohispana); por otra, la organización de datos e
información sobre procesos relativos a lo que hoy identificamos
como el territorio noroeste nacional (en este caso, las actuales
entidades de Sinaloa, Sonora, así como los territorios de las
Californias). Por tanto, nos encontramos ante un profesionista
liberal que, desde una región del país aportó con su labor, tanto
a la administración pública como con sus investigaciones, a la
viabilidad y concreción del Estado nacional.
Lo anterior contrasta, como se señaló, con la etapa
profesional del oficio en México, cuya principal justificación
es construir conocimiento. Dicho planteamiento supone que la
disciplina logra su fin en sí misma (ya no es necesario exaltar a la
Patria o apelar al Estado para conseguir tal propósito). En contraste,
las generaciones de historiadores mexicanos (identificados en
ocasiones como “reputados literatos”) durante, prácticamente
todo el siglo XIX, asumieron su labor de forma estratégica como
parte de algo que consideraron un “objetivo supremo”: constituir
el Estado nacional en un país, ya se mencionó, convulsionado.
Por tanto, para ellos la Historia no era un fin, sino un medio
necesario y preciso para contribuir al logro de dicha meta. Así,
para nosotros el Estado mexicano, imperfecto si se quiere, en
ocasiones inoperante, es algo dado, ya sea contemplado como un
territorio delimitado, como un ente político o como la suma de
instituciones (legislativas, judiciales, educativas, electorales, de
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�José Fernando Ramírez

seguridad pública, de seguridad social, etc.) que regulan nuestra
vida diaria. En contraparte, ahora es necesario recordar que, para
aquellos hombres públicos de la entonces nueva nación, el Estado
fue algo que debieron constituir ante una multitud de amenazas
propiciadas desde el interior (luchas intestinas, guerras civiles,
caudillismos, desastre económico) y otras de origen externo
(dominación extranjera, invasiones).36
Asimismo, es relevante señalar que en la vasta zona que
quedó definida como norte de México a partir de 1848, otros
hombres públicos también contribuyeron con su quehacer a forjar
una cultura mexicana. Como referencia, mencionemos los casos de
José Eleuterio González (1813-1888) en Nuevo León, Esteban L.
Portillo (1860-1897) en Coahuila y Alejandro Prieto (1841-1921)
en Tamaulipas; si bien pertenecieron a distintas generaciones y
estuvieron activos en distintos momentos, su obra queda como
testimonio, y como objeto de estudio, para acercarnos a una época
en la cual la prioridad fue México. Sin embargo, dichos trabajos
también son evidencia de que esa apuesta impostergable por lo
Ruedas de la Serna, “Presentación”, 7 y 8. El autor plantea respecto a la
intensa y prolija producción escrita e impresa de aquel siglo -de la cual la
Historia formaba parte-, lo siguiente: “En conjunto, sin embargo, prueban que
la actividad literaria del siglo pasado estuvo acompañada de una amplia reflexión, o podríamos decir “autorreflexión”, de quienes ejercieron el oficio de
escritor y contribuyeron a darle una especial dimensión entre las actividades
humanas, mayormente resaltando su utilidad y su importancia para mejorar
a la sociedad, depurar sus costumbres, robustecer la moral pública, revalorar
nuestro patrimonio geográfico y cultural, afirmar nuestra identidad y, con todo
ello, fortalecer la conciencia nacional”.
36

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�Iván Espinosa

nacional también se llevó a cabo desde las distintas regiones que
integran nuestro país.
Un apunte final relacionado con el epígrafe de O´Gorman:
efectivamente, aquellos ilustrados mexicanos amaron la “verdad”
en sus múltiples expresiones (tanto en la ciencia como en el arte).
Pero esa verdad no resultó algo dado o acabado: la construyeron.
En el caso que nos ocupó, Ramírez la construyó a partir de la
recolección de ciertos datos e información, una buena pluma
propia de un escritor destacado y algo quizá menos tangible pero
igual de importante: su compromiso hacia un país que parecía irse
de las manos.
Referencias
Arenal, Jaime del. “El discurso en torno a la ley: el agotamiento
de lo privado como fuente del derecho en el México del
siglo XIX”. En Construcción de la legitimidad política
en México, editado por Brian Connaughton, Carlos Illadez, y Sonia Pérez Toledo. México, DF: El Colegio de
Michoacán; Universidad Autónoma Metropolitana; Universidad Nacional Autónoma de México; El Colegio de
México, 2008.
Brading, David. Los orígenes del nacionalismo mexicano. México, DF: Era, 2004.
Dosse, François. La historia. Conceptos y escrituras. Buenos
Aires: Nueva Visión, 2003.
Dosse, François. La historia en migajas. De Annales a la “nueva
historia”. México, DF: Universidad Iberoamericana, 2006.
Espinosa Martínez, Edgar Iván. “En busca de un método: la escritura de la historia en México, 1853-1889”. RelacioSillares, vol. 1, núm. 2, 2022
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275

�José Fernando Ramírez

nes. Estudios de historia y sociedad, núm. 123 (2010):
21–58.
Florescano, Enrique. La función social de la historia. México,
DF: Fondo de Cultura Económica, 2021.
González y González, Luis. Obras Completas. Tomo VI La ronda
de las generaciones. México, DF: Clío; El Colegio Nacional, 1997.
Hale, Charles. La transformación del liberalismo en México a
fines del siglo XIX. México, DF: Fondo de Cultura Económica, 2002.
Matute, Álvaro. La teoría de la historia en México. México, DF:
Secretaría de Educación Pública, 1974.
Novick, Peter. Ese noble sueño. La objetividad y la historia profesional norteamericana. México, DF: Instituto Mora, 1997.
Ortega y Medina, Juan A. Teoría y crítica de la historiografía
científico-idealista alemana. México, DF: Universidad
Nacional Autónoma de México - Instituto de Investigaciones Históricas, 1980.
Palti, Elías José. “Lucas Alamán y la involución política del pueblo mexicano. ¿Las ideas conservadoras en ‘fuera de lugar’?” En Conservadurismo y derechas en la historia de
México, Tomo I, editado por Erika Pani, 300–323. México, DF: Fondo de Cultura Económica; Consejo Nacional
para la Cultura y las Artes, 2010.
Palti, Elías José. La nación como problema. Los historiadores y
la “cuestión nacional”. Buenos Aires: Fondo de Cultura
Económica, 2009.
Palti, Elías José. La invención de una legitimidad. Razón y retórica en el pensamiento mexicano del siglo XIX (Un estudio
sobre las formas del discurso político). México, DF: Fondo de Cultura Económica, 2005.
Sillares, vol. 1, núm. 2, 2022
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�Iván Espinosa

Pani, Erika. Para mexicanizar el Segundo Imperio. El imaginario
político de los imperialistas. México, DF: El Colegio de
México; Instituto Mora, 2001.
Pérez-Maldonado, Carlos. Los Pérez-Maldonado. Genealogía y
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Pi-Suñer Llorens, Antonia. “La generación de Vicente Riva
Palacio y el quehacer historiográfico”. Secuencia. Revista de Historia y Ciencias Sociales, núm. 35 (1996):
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Pi-Suñer Llorens, Antonia. “Introducción”. En Historiografía
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Ramírez, Ignacio. “La desespañolización”. En La misión del escritor. Ensayos mexicanos del siglo XIX, editado por Jorge Ruedas de la Serna. México, DF: Universidad Nacional Autónoma de México, 1996.
Ruedas de la Serna, Jorge. “Presentación”. En La misión del escritor. Ensayos mexicanos del siglo XIX, editado por Jorge
Ruedas de la Serna. México, DF: Universidad Nacional
Autónoma de México, 1996.
Sepúlveda, César. “José Fernando Ramírez. Estancia y muerte
en Bonn, 1867-1871”. Secuencia. Revista de Historia y
Ciencias Sociales, núm. 8 (1987): 24–41.
Torre Villar, Ernesto de la, ed. José Fernando Ramírez. Obras
Históricas III. Época Moderna. México, DF: Universidad
Nacional Autónoma de México, 2001.
Torre Villar, Ernesto de la, ed. José Fernando Ramírez. Obras
Históricas II. Época Colonial. México, DF: Universidad
Nacional Autónoma de México, 2001.
Sillares, vol. 1, núm. 2, 2022
DOI: https://doi.org/10.29105/sillares1.2-6

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�José Fernando Ramírez

Torre Villar, Ernesto de la, ed. José Fernando Ramírez. Obras
Históricas V. Políantea. México, DF: Universidad Nacional Autónoma de México, 2001.
Torre Villar, Ernesto de la, ed. José Fernando Ramírez. Obras
Históricas I. Época Prehispánica. México, DF: Universidad Nacional Autónoma de México, 2001.
White, Hayden. Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX. México, DF: Fondo de Cultura Económica, 2001.
Zermeño, Guillermo. La cultura moderna de la historia. Una
aproximación teórica e historiográfica. México, DF: Fondo de Cultura Económica, 2001.

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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares1.2-6

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�Conservación, digitalización y difusión del acervo
Hemerográficos históricos de la Capilla Alfonsina
Biblioteca Universitaria
Oscar Abraham Rodríguez Castillo
Universidad Autónoma de Nuevo León
orcid.org/0000-0003-3040-7840

En 2007 el Sistema Integral de Bibliotecas de la Universidad Autónoma de Nuevo León (SIBUANL), consciente del valor histórico y patrimonial de sus acervos bibliográficos y documentales
(los más antiguos datan del siglo XVI), comenzó el proyecto Colección Digital UANL. Éste consistió básicamente en la digitalización de libros y publicaciones periódicas anteriores a 1916,
junto con los trabajos científicos y de divulgación (revistas, tesis,
libros) producidos en el seno de la universidad, en aras de garantizar su conservación y facilitar su consulta. Posteriormente,
dichos acervos -en su mayoría- se pusieron a disposición de la
comunidad universitaria y público en general en un portal web
del mismo nombre.
El proyecto de digitalización, en sus diferentes etapas,
incluyó acervos bajo resguardo de la Capilla Alfonsina Biblioteca
Universitaria (CABU). En la primera, se digitalizaron libros
279
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�Conservación, digitalización y difusión

anteriores a 1907, así como tesis de maestría y doctorado y libros
editados por la UANL -8,943 títulos en total- que posteriormente
fueron agregados a la Colección Digital. La segunda etapa
contempló la digitalización de 26,195 libros y 7,890 publicaciones
periódicas, que pertenecieran en vida al regiomontano universal,
Alfonso Reyes Ochoa. Entre las joyas bibliográficas de este
fondo, disponible por intranet en las instalaciones de la biblioteca,
tenemos el Libro della arte della guerra, de Nicolás Maquiavelo,
impreso en Florencia en 1529; el Manual de confessores y
penitentes, de Martín de Azpilcueta, impreso en Salamanca en
1556, por mencionar algunos.
La tercera y cuarta etapa del proyecto abarcan las
publicaciones periódicas y libros anteriores a 1916 que, en
conjunto, suman 1,838 títulos, y más de 20 mil fascículos, que
por diferentes circunstancias aún no están disponibles en la
Colección Digital UANL.
Gracias a ello hemos podido brindar acceso a dichos
materiales en formato digital, resguardando los originales en un
espacio con las condiciones óptimas para su conservación. La
digitalización ha sido benéfica especialmente para los periódicos
del siglo XIX y principios del XX, que tienen una alta demanda
por parte de estudiantes e investigadores, pero dada su fragilidad
constitutiva se había tomado la decisión de restringir su consulta
en físico con la finalidad de ralentizar su deterioro.
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�Óscar Rodríguez

Es precisamente del acervo Hemerográficos históricos,
como decidimos catalogarlos con base en su temporalidad y el
contexto de su publicación, a los que me referiré en las siguientes
líneas, centrándome principalmente en tres cosas: la cantidad
de títulos que lo integran, su importancia para comprender
diferentes periodos de la historia regional y nacional, y del sitio
web Hemeroteca Digital UANL, que albergará estos materiales,
el cual ya se encuentra disponible en la dirección web https://
hemerotecadigital.uanl.mx/ desde

finales del 2021.

Siguiendo el orden propuesto, comienzo por el primer
punto. El acervo Hemerográficos Históricos está conformado por
411 títulos y 12,496 fascículos, procedentes de diferentes salas
y fondos de la biblioteca: Carlos Pérez Maldonado, Fernando
Díaz Ramírez, Ricardo Covarrubias, Fondo Nuevo León, Fondo
Historia y Fondo Hemeroteca.
Cabe aclarar que los ejemplares físicos siguen resguardados
en sus respectivas salas –aunque en reserva, es decir, no se
prestan–, por lo que el acervo al que hacemos mención consiste
en su versión digital. Asimismo, el sitio web estará dividido en
fondos, respetando la procedencia de los materiales.
La temporalidad se extiende de 1803 hasta 1926, siendo la
Gazeta de México la publicación más antigua (1803-1809); en el extremo
opuesto está L’abc: Semanario humorístico y de caricaturas (1926). La
mayor parte fueron impresas en Nuevo León, aunque también las hay
de la Ciudad de México, Querétaro, España y Francia, entre otros.
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�Conservación, digitalización y difusión

Ahora bien, dependiendo del tipo de investigación, el
número de fascículos tendrá menor o mayor relevancia. Así, entre
los títulos que tuvieron una circulación constante podemos señalar
El Mundo Ilustrado (1894-1914), con 894 fascículos; La Voz de
Nuevo León (1888-1908), con 866; La Defensa del Pueblo (18841892) con 741; La Gazeta Constitucional de Nuevo León (18261835), con 451; y El Diario del Imperio (1865-1866), con 421.
La temática de las publicaciones es diversa. Por ejemplo,
títulos especializados como El Escolar Médico, El Economista
Mexicano y El Agricultor; literarios, La Revista de Monterrey
y La Tertulia; políticos, El Ahuizote: Semanario político de
caricaturas y El Radical: diario político de la tarde; informativos,
El Monitor: diario de la mañana y Monterrey News; religiosos, La
Luz: Periódico religioso de literatura, ciencias, artes y anuncios
y Liceo Católico de Ntra. Sra. de Guadalupe y S. Luis Gonzaga.
Lo dicho hasta aquí, y con ello paso al segundo punto,
muestra las distintas líneas de investigación que pueden
desarrollarse con base en este acervo. Claro está, esto se viene
haciendo desde tiempo atrás, ya que estudiantes e investigadores
han visto en las publicaciones periódicas una veta de inestimable
valor para sus trabajos académicos. Tal es el caso de Imprenta,
economía y cultura en el noreste de México: la empresa editorial
de Desiderio Lagrange, 1874-1887, del historiador Felipe
Bárcenas García; e Historia social del cine en Monterrey durante
el Porfiriato y la Revolución mexicana (1898-1927), de Kassandra
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�Óscar Rodríguez

D. Sifuentes. Ambos historiadores apoyaron sus investigaciones
en el acervo Hemerográficos históricos, y gracias a su talento
y calidad de sus obras obtuvieron el premio de Investigación
Histórica Israel Cavazos Garza 2016 y 2018, respectivamente.
Asimismo, el departamento de Edición de CABU ha
aprovechado la riqueza de este acervo para montar exposiciones
sobre imprentas, revistas literarias e ilustradores, etcétera. La
más reciente lleva por nombre Ilustradores Mexicanos de la
Literatura. Finales del siglo XIX-principios del XX. En ésta
se aborda el trabajo de artistas como Julio Ruelas, Roberto
Montenegro y Jorge Enciso, entre otros, que plasmaron su talento
gráfico en libros y revistas de esa época.
Por otro lado, algunas de estas publicaciones documentan
periodos importantes de la historia de México. Diario del Imperio
(1865-1866), por ejemplo, se imprimió durante la II Intervención
francesa, y fue el medio de comunicación oficial del emperador
Maximiliano de Habsburgo. Por su parte, Redención: Diario
Anti-reyista, liberal y de combate circuló durante las elecciones
estatales de 1903. Su nombre revela que no todo era miel sobre
hojuelas para el general Bernardo Reyes, gobernador del estado
de Nuevo León entre los años de 1885 y 1909, sino que había
voces disidentes que exigían la renovación de los cargos públicos
de elección popular.
En pocas palabras, para quienes estudian el siglo XIX y
principios del XX, Hemerográficos históricos de CABU es una
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�Conservación, digitalización y difusión

fuente riquísima de información en la que se pueden sustentar
investigaciones de diferente índole. Por consiguiente, estamos
seguros que el proyecto Hemeroteca Digital UANL será bien
recibido por la comunidad académica nacional e internacional.
Es importante señalar que la idea de crear un repositorio
virtual comenzó a finales de 2019, pero la contingencia sanitaria
derivada de la pandemia de SARS-CoV-2, aceleró las cosas. El
cierre de Ciudad Universitaria acrecentó la necesidad de subir a la
red el material digitalizado, libre de derechos de autor, para que la
actividad académica de la comunidad universitaria no se detuviera.
Esto no hubiese sido posible sin la iniciativa de la
maestra Leticia Garza Moreno, jefa de servicios al público y el
respaldo y gestiones del doctor José Javier Villarreal, director
de la biblioteca, así como la buena disposición del director de la
Dirección de Tecnologías de Información (DTI), Mario Alberto
González de León, y el coordinador de Sistemas de Bibliotecas
UANL, Dagoberto Salas.
Es así como ambas dependencias pusimos manos a la
obra. El personal de servicios al público y procesos técnicos nos
dimos a la tarea de elaborar registros por ejemplar y optimizar
el material digitalizado, agregando el reconocimiento óptico de
caracteres y comprimiendo su tamaño sin menguar su calidad.
Al mismo tiempo, DTI construyó el repositorio virtual, dándole
un diseño amigable e incorporando diferentes criterios de
búsqueda para facilitar la navegación. Es importante señalar que
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�Óscar Rodríguez

el repositorio será de libre acceso, sin necesidad de registrarse
o crear una cuenta. Asimismo, todas las publicaciones podrán
descargarse en una resolución aceptable de manera totalmente
gratuita y sin limitaciones.
Adicionalmente, la Hemeroteca Digital UANL pondrá
a disposición y en los mismos términos mencionados, 1,433
libros anteriores a 1916, y las publicaciones periódicas del
Fondo Universitario, memoria histórica de nuestra máxima casa
de estudios. Este último fondo cuenta con 209 títulos y 4,269
fascículos. Su temporalidad se extiende desde su fundación en
1931 hasta 2015. Entre las publicaciones a las que podrán acceder
los usuarios están Vida Universitaria, Humanitas, Armas y Letras,
y Ciencia, entre otras.
De tal manera que la comunidad universitaria y
público general podrán navegar entre 1,844 diferentes títulos.
Considerando la gran variedad de títulos disponibles, estamos
seguros que la Hemeroteca Digital UANL rápidamente estará
entre las preferidas de estudiantes y académicos de las Ciencias
Sociales y Humanidades, colocándose entre las más importantes
del país.

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�Reseñas

Sergio Padilla Moreno. La Iglesia posconciliar en
México. Claves para una comprensión. Guadalajara:
Sistema Universitario Jesuita, Fideicomiso Fernando
Bustos Barrena SJ, Cuadernos de Fe y Cultura,
Serie Realidad Religiosa, 2018, 51 pp.
ISBN: 978-607-8616-34-3
La historiografía sobre la Iglesia mexicana posconciliar se remonta a la obra de Edward Larry Mayer Delappe. En 1977, este
historiador defendió, en la Universidad Nacional Autónoma de
México, su tesis de maestría titulada La política social de la Iglesia católica en México a partir del Concilio Vaticano II, 19641974, obra paradigmática, que luego de más de cuatro décadas,
mantiene vigente sus planteamientos esenciales. La principal
aportación de Mayer consistió en trazar las que, desde su punto
de vista, han sido las tres principales corrientes del catolicismo
posconciliar: reformismo (que acepta el Concilio con ciertas reticencias), progresismo (que valora al Concilio como base para
combatir la desigualdad, la pobreza y la opresión) e integrismo
(que decididamente rechaza el Concilio).
Pues bien, el libro recientemente publicado por el maestro
Sergio Padilla Moreno, profesor del Departamento de Formación
Humana del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de
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�Reseñas

Occidente (ITESO), viene a contribuir a la discusión abierta por
Mayer, acerca de cuáles son las principales tendencias pastorales
e ideológicas que la Iglesia mexicana ha develado tras la clausura
del Concilio Vaticano II. La Iglesia posconciliar en México.
Claves para una comprensión es un ensayo que busca poner sobre
la mesa elementos para una interpretación sobre la actividad y
discurso eclesial durante la segunda mitad del siglo XX. Padilla
es Maestro en Política y Gestión Pública (por la propia ITESO),
por lo que no sorprende que su trabajo considere como aspectos
fundamentales la participación política de la Iglesia y su relación
histórica con el Estado. Consecuentemente, los ejes rectores del
ensayo son preguntas que tienen que ver con el lugar que la Iglesia
ha ocupado en el proceso democratizador del país, entre ellas:
“¿Qué fuerzas o tendencias dentro de la Iglesia se han constituido
como actores políticos, ya sea como cooperadoras del régimen o
como opositoras del mismo? ¿Será la Iglesia factor determinante
o no en el complejo proceso de consolidación democrática del
país?” (pp. 9-10).
La obra está dividida en dos grandes apartados. En el
primero de ellos, titulado “La Iglesia y el contexto político social
en México”, Padilla se dedica a esbozar la historia del catolicismo
en México desde la época novohispana hasta la década de 1960,
para posteriormente mostrar las implicaciones que el Concilio
tuvo en la vida de la Iglesia. En esta última parte, el autor se enfoca
exclusivamente en los contenidos de la constitución pastoral
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�Reseñas

Gaudium et Spes, por ser este el documento conciliar que renovó
la doctrina social católica, y que redefinió la relación de la Iglesia
con el mundo contemporáneo. Para Padilla, el hecho de que la
Gaudium et Spes haya planteado que la Iglesia tiene libertad de
opinar sobre asuntos políticos cuando la dignidad de las personas
se encuentra amenazada, supone “una clara afirmación y toma de
postura de la Iglesia como actor político” (p. 16).
El segundo apartado, titulado “Modelos de Iglesia
posconciliar en México”, inicia con un cuestionamiento hacia
la imagen simplista de homogeneidad del catolicismo, pues el
autor explica que en realidad convergen en su interior diversas
tendencias y fuerzas, como resultado del contraste entre dos
dimensiones de la Iglesia: la carismática y la institucional. En
este punto, y luego de repasar brevemente las conceptualizaciones
propuestas por el jesuita Héctor Acuña y por el historiador
Roberto Blancarte, Padilla se atreve a postular una tipología
propia. Según el autor, tres han sido los modelos eclesiales que
han caracterizado al catolicismo mexicano desde por lo menos
1968: la Iglesia centrada en la institución y la doctrina oficial, la
Iglesia centrada en el carisma y la praxis, y la Iglesia centrada en
el culto y la doctrina moral.
Padilla establece que el primer modelo enfatiza la
estructura jerárquica de la Iglesia, así como su autoridad para
enseñar e interpretar la revelación divina, por lo que su acción
pastoral estaría encaminada a perpetuar el clericalismo, es decir,
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�Reseñas

la subordinación de los feligreses ante el clero y ante el magisterio
de la Iglesia. Por otro lado, el segundo modelo estaría inspirado
en la Gaudium et Spes, así como en las primeras vicisitudes del
Consejo Episcopal Latinoamericano por aplicar el Concilio en
el continente, y se caracteriza por mostrarse comprometido con
las causas sociales “como los derechos humanos, el acercamiento
a las culturas indígenas, las cuestiones ecológicas y el diálogo
interreligioso e intercultural” (p. 34). Su acción pastoral, contrario
al primer modelo, resalta la importancia de los laicos, y su esencia
se encuentra en la llamada opción preferencial por los pobres. Por
último, el autor identifica un tercer modelo, que tiene que ver
con el modo en que muchos creyentes se interrelacionan con la
Iglesia: con gran presencia en el culto y en las asociaciones de
laicos, pero con relativa autonomía de la jerarquía eclesiástica.
La relevancia de este tipología consiste en que no se ciñe
exclusivamente al criterio de las formas en que la Iglesia interactúa
con el poder civil (como la propuesta clásica de Blancarte), sino
que se sustenta en la diversidad de aspectos que constituyen
la religión católica, y en la manera desigual en que éstos son
subrayados por los distintos agentes que la integran. Otro de
los méritos del autor, es haber correlacionado las tendencias del
episcopado mexicano con las líneas de los pontífices en turno,
pues Padilla plantea que Juan Pablo II y Benedicto XVI en cierto
sentido favorecieron el primer modelo eclesial, lo que se habría
traducido en retrocesos importantes con respecto a los avances
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�Reseñas

del Concilio. El autor concluye con una concisa reflexión acerca
del impacto que el pontificado del papa Francisco podría tener a
futuro en la Iglesia mexicana, institución que está atravesando por
una etapa de crisis. Para muestra, Padilla retoma los resultados del
censo del 2010, que reveló que el 83.9% de la población mexicana
es católica, un descenso con respecto a mediciones anteriores (el
censo del 2020, al que no tuvo acceso entonces el autor, muestra
un decrecimiento aún más dramático, al arrojar que del total de la
población del país, el 77.7% profesa el catolicismo).
En definitiva, La Iglesia posconciliar en México es una
aportación que deberá ser tomada en cuenta por los estudiosos
del catolicismo contemporáneo pues, se esté o no de acuerdo con
su propuesta conceptual, es indudable que ésta ha sido expuesta
en forma ordenada y coherente, entrelazando características,
fundamentos y líneas de acción. Asimismo, la obra cumple con el
objetivo de llevar a los lectores a reflexionar sobre el devenir del
catolicismo mexicano durante el último medio siglo, y sobre sus
perspectivas para los años posteriores.
Emilio Machuca Vega
Universidad Complutense de Madrid
orcid.org/0000-0002-9994-388X

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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares1.2-8

290

�Reseñas

Imre Szeman. On Petrocultures. Globalization,
Culture, and Energy. Morgantown: West
Virginia University Press, 2019, 298 pp.
ISBN: 978-1-946684-87-5
En medio del cada vez más alarmante calentamiento global, el
agotamiento de las reservas de energías fósiles y la inminente necesidad de una transición energética menos dañina con
el medio ambiente, científicos sociales –principalmente canadienses– han desarrollado las Energy Humanities, una corriente de estudio que propone analizar los paradigmas energéticos
desde la perspectiva de lo cultural, lo político y lo estético.1
Como parte de estas investigaciones, se ha acuñado el concepto “petrocultura” para señalar que la sociedad moderna está
condicionada psicológica y materialmente por el uso de energías fósiles, específicamente, por el petróleo. Aunado a ello,
este concepto también se utiliza para referirse a las narrativas,
representaciones y significados que se han hecho sobre este
hidrocarburo.2
Imre Szeman y Dominic Boyer, Energy Humanities. An Anthology (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 2017).
2
Sheena Wilson, Imre Szeman, y Adam Carlson, “On Petrocultures: Or,
Why We Need to Understand Oil to Understand Everything Else”, en Petrocultures. Oil, Politics and Cultures, ed. Sheena Wilson, Imre Szeman, y
1

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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares1.2-9

291

�Reseñas

On Petrocultures. Globalization, Culture, and Energy,
justamente pertenece a este campo de estudio. Es una obra
que reúne doce ensayos que parten de la premisa de que el
mundo moderno está moldeado por el uso de combustibles
fósiles, lo que obliga a pensar en una teoría crítica de los
energéticos que sea capaz de analizar las posibilidades y
límites sociales que éstos generan. De esta manera, el libro
aborda nuestras relaciones con los paradigmas energéticos y
con el capitalismo actual vistas desde lo cultural, lo político y
los temas ambientales.
El autor de la obra, Imre Szeman, es nada menos que uno de
los académicos que llevan la batuta en estudios de petroculturas.
Es investigador de temas culturales, filosóficos y ambientales en
la Universidad de Waterloo, además de ser teórico de las Energy
Humanities y cofundador del grupo de estudios Petrocultures
Research Group. Para una mejor explicación de los temas que
trata el libro, los menciono agrupándolos en lo que identifico
como los cuatro ejes vertebrales de la obra:
a. Estudios sobre globalización: la posibilidad de que cada
nación pueda generar un metacomentario o respuesta
crítica ante la globalización (capítulo 1); la idea de que
las humanidades estudien las profundas transformaciones
Adam Carlson (Montreal: McGill-Queen’s University Press, 2017), 1–19.;
Petrocultures Research Group, After Oil, Edmonton, University of Alberta,
2016, 9-10, 17.
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�Reseñas

culturales que sobrevinieron en el mundo globalizado
(capítulo 2); el papel de los estudios literarios en este
contexto global (capítulo 3).
b. Cultura e ideología en el capitalismo neoliberal: la
reinterpretación que teóricos del capitalismo han hecho
del concepto “creatividad” para presentar a este modo de
producción no como un sistema de explotación, sino como
el sistema que ofrece la “oportunidad” para que toda persona
sobresalga gracias a sus capacidades individuales (capítulo
5); la defensa de la figura del “emprendedor” como nuevo
sujeto del capitalismo y que se erige como idea que legitima
los valores neoliberales, el desmantelamiento de programas
sociales y el entendimiento de la pobreza como un “fracaso
personal” (capítulo 9).
c. Petrocultura: el estudio del petróleo considerando que
en torno a él hemos articulado relaciones políticas,
económicas, ambientales y culturales (capítulo 8); los
vínculos entre la literatura y la energía, toda vez que en la
modernidad toda cultura es petrocultura (capítulo 10); las
interpretaciones que han rodeado la política de oleoductos
en Canadá, mismos que tienen una importancia que
rebasa el simple transporte de combustible (capítulo 11);
políticas de infraestructura analizadas considerando las
múltiples variantes y consecuencias según la región en la
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�Reseñas

que se desarrollan, y entendiendo por región un abanico de
características físicas, ambientales, políticas y culturales
(capítulo 12).
d. El futuro sin combustibles fósiles: la expectativa de un
aotamiento de energías fósiles y cómo ello ha incentivado
la planeación de nuevos futuros geopolíticos, futuros
tecnológicos para búsqueda de nuevas energías, y futuros
apocalípticos en términos ambientales (capítulo 4);
representaciones fílmicas sobre el petróleo y potenciadoras
de nuevas narrativas sobre el futuro y sobre este energético
(capítulo 6); la forma en que algunos documentales han
mostrado el problema del petróleo y las posibles soluciones
a éste, y poniendo de relieve la contradicción entre, por
un lado, el conocimiento de los problemas sociales y
ambientales, y por el otro, la falta de acciones determinantes
para atender dichos problemas (capítulo 7).
Ahora bien, las perspectivas de lo político, lo económico y lo ambiental suelen estar presentes en los análisis que las ciencias sociales
han hecho sobre el capitalismo actual y los energéticos, pero poco
se ha utilizado la perspectiva cultural para estudiar estos temas. En
este sentido, destaco que Szeman invite a ocuparnos de los impactos
culturales de estos procesos: ver los efectos de la globalización en
la cultura y desentrañar el proyecto ideológico del neoliberalismo,
mismo que es capaz no solo de difundir sus valores, sino lograr que
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�Reseñas

éstos sean interiorizados hasta el punto de ser defendidos incluso por
los más afectados por la economía neoliberal.
Empero, considero que los principales temas a destacar
en este libro son la conceptualización sobre petroculturas y el
análisis de lo que será la transición energética que sustituya a
las energías fósiles. Szeman hace un llamado a estudiar las
culturas del petróleo de manera que entendamos las formas en
que los paradigmas energéticos también han influido en nuestra
imaginación social y nuestras expresiones culturales y artísticas
(pp. 221, 227-228).1 Se trata de comprender que el petróleo no
solo alimenta los motores e industrias, también ha moldeado
ideologías y conceptos clave del mundo moderno, tales como
“libertad”, “movilidad” o “crecimiento” (p. 175). No es fortuito
que Szeman ponga énfasis en el libro Carbon Democracy:
Political Power in the Age of Oil (Nueva York, Verso, 2011)
de Timothy Mitchell, por ser una obra obligada para entender
que por encima de la política dictando el manejo de la industria
energética, es el paradigma energético el que determina formas
más complejas de ordenamientos geopolíticos.
Si entendemos esto –deja ver Szeman– podremos
vislumbrar que las transiciones energéticas que necesitamos van
más allá que solo pensar en energía solar y campos eólicos, pues
una vez que no haya energías fósiles también se verán afectadas las
Sobre la relación entre los energéticos y el arte, una obra importante es: Barry Lord, Art &amp; Energy. How Culture Changes (Washington: American Alliance of Museums, 2014).
1

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�Reseñas

relaciones políticas, económicas, sociales y culturales vinculadas
a estos energéticos (pp. 195-196, 221).
Ahora bien, el libro de Szeman enfoca su análisis en
el contexto petrolero de Canadá, lo que en realidad no genera
sorpresa alguna dado que el autor es un académico canadiense.
Sin embargo, me parece que la obra bien pudo incluir reflexiones
sobre otros casos continentales, específicamente, sobre México y
Venezuela, países donde el petróleo ha sido determinante en sus
respectivas trayectorias históricas contemporáneas.
Esta debilidad, no obstante, puede ser una fortaleza para
los científicos sociales latinoamericanos, para quienes libros
como este abren un abanico de posibilidades para desarrollar
los temas de las Energy Humanities y sobre petroculturas en
nuestros contextos. Pensando en el caso mexicano, el momento
es adecuado: no solo contamos con una importante historia en
relación con el petróleo, también estamos en un presente donde
se debate sobre si debemos adoptar nuevas energías o seguir
apostando por los energéticos fósiles. En este contexto, es
preciso analizar cómo hemos pensado el petróleo; qué relaciones
políticas y culturales hemos articulado con este energético;
cuáles son las narrativas, valores y hábitos que hemos formado
a su alrededor; o de qué manera el petróleo ha tenido cabida
tanto en la cultura nacionalista como en las culturas regionales
de zonas petroleras. Esto solo por mencionar algunas líneas de
estudio.
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�Reseñas

Cabe mencionar que así como Szeman explora la
petrocultura en la literatura y el cine, el caso mexicano también
permite iniciarse en estos estudios, toda vez que contamos con
cintas sobre el tema petrolero, aunque quizá no tantas como obras
literarias, ya que el petróleo ha inspirado todo un género literario
no exento de denuncias y menciones a problemáticas sociales,
políticas y ambientales.2
Asimismo, es preciso que las ciencias sociales
latinoamericanas tomen lugar en las discusiones sobre cómo
será la futura transición energética y cómo ésta albergará nuevas
narrativas sobre los energéticos, nuevos ordenamientos políticos
y económicos, otros hábitos y valores, así como una renovada
ética sobre el uso y acceso a los energéticos.
En suma, para mí el mayor valor de On Petrocultures.
Globalization, Culture, and Energy es su invitación a incursionar
en este nuevo campo de estudio sobre las estructuras culturales y
políticas del pasado y presente de las energías fósiles y las formas
en que éstas cambiarán o serán reemplazadas en un futuro donde
habrá nuevos paradigmas energéticos.
Omar Fabián González Salinas
El Colegio de México
orcid.org/0000-0002-0709-6645

Para el estudio de la literatura mexicana sobre el petróleo, véase: Edith
Negrín, Letras sobre un dios mineral. El petróleo mexicano en la narrativa
(Ciudad de México: El Colegio de México; Universidad Nacional Autónoma
de México - Instituto de Investigaciones Filológicas, 2017).
2

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�Reseñas

Lucía Núñez. El género en la ley penal: crítica
feminista de la ilusión punitiva. México: Universidad
Nacional Autónoma de México, Centro de
Investigaciones y Estudios de Género, 2021, 210 pp.
ISBN: 978-607-30-4474-5.
https://doi.org/10.22201/CIEG.9786073044745E.2021

En algunos sectores de la sociedad se tiene la idea de que, por
tener leyes como la Ley General de Acceso de las Mujeres a una
Vida Libre de Violencia, o por contar con programas como “Puerta Violeta”, las condiciones patrimoniales, educativas, laborales
y sociales de las mujeres mexicanas han mejorado significativamente. No obstante, el alza de casos de violencia en los hogares
producto del confinamiento en meses recientes, las noticias sobre
la venta de niñas en Guerrero y la desaparición diaria de mujeres a lo largo del territorio nacional, prueban todo lo contario.
Por esto, hoy resulta más que necesario promover la reflexión
acerca de estos problemas desde distintos ángulos, incluyendo el
académico. El libro de Lucía Núñez, El género en la ley penal:
crítica feminista de la ilusión punitiva, contribuye sin duda a esta
urgente preocupación.
Lucía Núñez es doctora en Ciencias Sociales por la
Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, en
298
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�Reseñas

la línea de investigación mujer y relaciones de género, maestra
en Criminología y licenciada en Derecho. Actualmente es
investigadora del Centro de Investigaciones y Estudios de Género
de la UNAM.3 Su labor académica está motivada por su interés
en la teoría crítica jurídico-penal, los derechos humanos, los
feminismos, los feminismos jurídicos, la criminología crítica y la
victimología de corte crítico, todos estos aspectos abordados por
igual para conveniencia del marco teórico de este libro. Por otro
lado, no debe olvidarse que constantemente las investigadoras
y teóricas del feminismo encuentran especial afinidad entre
su labor pública como activistas y su vida académica. Debe
mencionarse, pues, la colaboración constante de Núñez en el
proyecto editorial “Red Feminismo(s) Cultura y Poder, Diálogos
desde el Sur”, así como su posicionamiento político ante los
innatismos de la sociedad y sus instituciones, sobre todo en
aquellos temas de materia jurídica. Según las integrantes de la
Red, estas tareas se vuelven imperativas dada “la vigencia de las
prácticas intelectuales cuyo principio y fin es la transformación
social, a las que consideramos inseparables de una perspectiva
descolonizadora en la academia.”4
De alguna forma, esta misma preocupación es indicada
en el prólogo del libro, a cargo de la jurista Tamar Pitch, quien
“Currículum Vitae Académico”, Lucía Núñez, consultado el 4 de octubre
de 2021, https://lucianunez.mx/cv-academico/.
4
“Sobre nosotras”, Red Feminismos, Cultura y Poder, consultado el 4 de
octubre de 2021, https://feminismosculturaypoder.net/nosotras/.
3

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�Reseñas

nos introduce al debate sobre la parcialidad y politización -la
postura política- de trabajos académicos. En un contexto donde el
feminismo jurídico toma fuerza, se han señalado contundentemente
los sesgos por sexo, clase y racialización5 que se manifiestan en
nuestro derecho penal. No obstante, según la crítica de Núñez, el
feminismo jurídico “cree poder usar el derecho, y en general el
sistema de justicia penal, para contrarrestar el daño y la violencia
que sufren las mujeres en una sociedad machista y patriarcal”
(en palabras de Pitch, p. 8). En este sentido, surge una tensión
entre reconocer los sesgos del derecho penal y las desigualdades
que refleja, y la necesidad de utilizarlo para combatirlas. Sobre
esto, comenta Pitch: “Naturalmente, no se puede prescindir de
la justicia y del derecho penal, pero, […] este derecho debe
ser mínimo. Y, con respecto a los sujetos sobre quienes no se
construyó el derecho penal (las mujeres, principalmente, pero no
solo ellas…), la precaución en su uso debe ser máxima” (p. 9).
Para comenzar a abordar este complejo problema, el libro
de Núñez parte de las siguientes preguntas: ¿qué es realmente
el sistema penal?, y ¿cómo opera este sistema en la realidad?,
mismas que aborda desde el método de la criminología crítica. En
el análisis de las circunstancias históricas que rodearon la creación
de las leyes, la autora encuentra esencial extender las herramientas
Entendiendo esta última como “un conjunto de prácticas de producción e
inscripción corporal de marcas o estigmas derivados del sistema colonial europeo.” Stuart Hall, “What Is This ‘Black’ in Black Popular Culture?”, Social
Justice 20, núm. 1/2 (1993): 104–14.
5

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�Reseñas

para el análisis del discurso penal, ya que no basta la mera crítica
al sexismo. Para esto, recurre al “uso de la categoría analítica de
género […] para conocer y postular la función del discurso penal
en la interpelación de sujetos de género” (p. 12). A partir de ese
análisis, señala que en el texto de la ley aparecen coordenadas
de subjetivación de género, que no son otra cosa más que “ejes
discursivos de comportamientos [...] en la visión heteronormativa
y binaria de la ley”. El resultado de la investigación a partir de
esta idea, dice la autora, “plantea que el discurso de la ley penal no
solo expresa, sino que también reproduce, las desigualdades” (p.
12). De aquí se desprende la necesidad de poner en consideración
las estrategias del “feminismo punitivo”, para ver en qué medida
éste contribuye a la búsqueda de justicia o refuerza esa violencia.
La propuesta de Núñez, en esa línea, es el minimalismo
penal. Para esto sus pilares teóricos se remiten a Teresa de
Lauretis, con la función del discurso penal y los sujetos de
género; Alessandro Baratta, entre la crítica del género y la crítica
del derecho penal, y Carol Smart, con la premisa de que la ley
produce género. De esta manera, los primeros capítulos versan
sobre el “Género y discurso del derecho”, tanto sexista como
ideológico. También aborda “El género en la construcción de los
sujetos delincuentes”, con distintas críticas al labelling approach.
Después de la crítica e introducción de conceptos básicos, es el
turno de capítulos como “La criminalización de género. Delitos
sexuales” y “Honor, sexo y sexualidad en el delito”, éstos últimos
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�Reseñas

diferentes a los anteriores porque en ellos radica el análisis y la
aplicación de la propuesta de estudio, además de un listado de
aquellos que se conocen como violación, rapto, estupro, adulterio,
por una parte; así como aborto, homicidio y lesiones, duelo,
feminicidio y prostitución, por otra. Puede decirse que el libro en
sí es un análisis historiográfico, pues en toda su extensión Núñez
aboga por el estudio histórico de la construcción de estos términos
jurídicos, así como de las leyes y sentencias que encasillan a las
mujeres como víctimas o victimarias en relación con sus cuerpos,
sexualidad y/o compañeros varones.
En su conclusión, Núñez reitera que la ley penal reproduce
las coordenadas de subjetivación de género, y que
de ahí proviene su función como tecnología de género que reproduce los emplazamientos del Hombre y de la Mujer. Esto
se debe también a la función de la ley penal como habilitadora
del sistema punitivo y medio de control para asegurar la reproducción de un sistema social en donde radica justamente
la desigualdad no solo de clase, sino también de género, entre
otras. [...], aunque se estén produciendo modificaciones en los
comportamientos tradicionales de hombres y mujeres, en tanto
no se alcance suficiente influencia en el poder político, el Estado no conocerá ni admitirá los fenómenos sociales reales de
una sociedad que cambia (p. 200).

Con esto, la autora evidencia que el derecho puede reflejar cambios y exigencias sociales, pero manteniéndose dentro de los parámetros de lo establecido. La solución, comenta Núñez, no es
sencilla, y aunque “hay que asumir, en el mejor de los casos, la
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�Reseñas

debilidad o insuficiencia de la vía reformadora en el marco de la
ley penal”, esto no implica que se tenga que “renunciar a estrategias que busquen cambios en el sistema punitivo imperante” (pp.
200-201).
En efecto, me parece que debe considerarse que hay familias
y víctimas que entienden la justicia como tradicionalmente se ha
impartido, con castigos severos y condenas largas, y que están
convencidas de que sólo así se compensarán los daños. En ese
sentido, podríamos decir que el feminismo jurídico responde a
situaciones críticas, apremiantes e inmediatas. Cynthia Galicia,
maestra en Estudios de Género por El Colegio de México y
feminista jurídica, sostiene que este activismo es útil pues
“le damos al patriarcado donde más le duele, en el Sistema
Judicial.”1 Dicho de otra forma, el feminismo jurídico ha velado
por responder a las condiciones materiales y simbólicas de las
injusticias en el Estado y Derecho mexicanos.
Por último, vale la pena señalar algo verdaderamente
llamativo sobre los trabajos de teorización y denuncia hechos por
académicas y activistas como Núñez. Esto es, que pareciera ser
la única problemática social donde, de forma deliberada, se pasan
por alto las capacidades y esfuerzos de las propias expertas. Basta
con analizar las leyes mal orientadas, los recortes presupuestales
a las pocas organizaciones y espacios de protección, la constante
Cynthia Galicia, “Derechos Humanos de las mujeres. Feminismo jurídico:
El activismo de las abogadas”, (curso, Museo de Memoria y Tolerancia, Centro Educativo Truper, 2021).
1

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�Reseñas

desinformación por los medios de comunicación y la incisiva
opinión pública sobre la violencia, la autonomía de los cuerpos de
las mujeres, su educación, etc. El trabajo de Núñez es clave para
comprender muchos de esos debates actuales -y pasados- sobre
el derecho punitivo y las propuestas desde el feminismo hacia la
verdadera emancipación de mujeres sometidas a opresiones por
sexo, clase y/o racialización. Al mismo tiempo, presenta ventanas
de oportunidad para estudios interdisciplinarios que continúen
trabajando en esa línea crítica, y que esperemos que pronto nos
sigan ofreciendo análisis tan fructíferos como el de esta autora.
Abril Ameyal Loyola Nuño
Universidad Autónoma de Nuevo León
orcid.org/0000-0002-2537-7942

Bibliografía
Galicia, Cynthia. “Derechos Humanos de las mujeres. Feminismo jurídico: El activismo de las abogadas”. Curso, Museo
de Memoria y Tolerancia, Centro Educativo Truper, 2021.
Hall, Stuart. What Is This ‘Black’ in Black Popular Culture? Social Justice 20, no. 1/2 (51-52) (1993): 104–14.
Núñez, Lucía. “Curriculum Vitae Académico”. Consultado el 4
de octubre de 2021. https://lucianunez.mx/cv-academico/
Red Feminismos, Cultura y Poder. “Sobre nosotras”. Consultado el
4 de octubre de 2021. https://feminismosculturaypoder.net/nosotras/

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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares1.2-10

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�La práctica farmacéutica en Monterrey 1852-1970: origen, regulación, profesionalización e integración
Mauricio González Álvarez
Universidad Autónoma de Nuevo León
orcid.org/0000-0001-6925-8817

Tesis de Licenciatura

Desde el inicio de la historia se tiene conciencia de que el cuidado
de la salud es importante para cada persona. Con el inicio de los
primeros chamanes, o inclusive con el método de deducción de Hipócrates, la experimentación por saber por qué el cuerpo sufre de
anomalías con el inmutable cambio del clima y del ambiente, ha sido
una constante interrogación en toda las culturas y civilizaciones.
Uno de los cambios más importantes ocurriría durante el
siglo XVII, con las bases de la higiene pública, promovida por
los países europeos para mejorar la salud de sus ciudadanos,
preocupados por la aparición de enfermedades o epidemias. Con
el apoyo del Estado, se creó “La Policía Médica” como un cuerpo
de inspectores de sanidad para promover los buenos valores de
higiene en la población, así como para controlar el trabajo de los
médicos. Esta fue considerada de suma importancia, incluso en
nuestro contexto nacional y estatal, que basaron sus propias leyes
en los organismos europeos de ese tiempo.
305
Sillares, vol. 1, núm. 2, 2022
DOI: https://doi.org/10.29105/sillares1.2-11

�La práctica farmacéutica

En México, desde la colonia, hubo fuertes problemas en el
control de la medicina. Si bien con la creación del “protomedicato”
se logró algo de estabilidad en el oficio del médico, los problemas
de enfermedades y epidemias siguieron en la sociedad durante
mucho tiempo. Sería durante el transcurso del siglo XIX cuando
comenzó una renovación en la medicina y en los remedios que se
preparaban en las boticas o droguerías.
Los problemas que persistían en todo el país también
eran comunes en esta región. Hasta principios del siglo XIX, es
incuestionable el aporte del doctor José Eleuterio González a la
medicina en el estado. Esto fue un precedente para las próximas
gestiones de gobernadores, quienes se preocupaban por el tema
de la salud estatal, creando nuevas leyes para mejorar el oficio del
médico, y como consecuencia para mejorar la vida común de los
ciudadanos.
Por ello, se establecieron las “Juntas de Sanidad”,
como un órgano administrativo para prevenir de enfermedades
a la población, y para dar disposiciones reglamentarias para
mercados, boticas, construcciones, panteones, etc. Con el paso
del tiempo se creó un “Consejo de Salubridad”, que, siguiendo
la teoría europea, creó las leyes para la venta de remedios,
incluyendo las instrucciones con los pasos a seguir para que las
personas pudieran fungir como médicos, boticarios, parteras,
además de los reglamentos de la Escuela de Medicina tanto para
sus maestros como alumnos.
Sillares, vol. 1, núm. 2, 2022
DOI: https://doi.org/10.29105/sillares1.2-11

306

�Mauricio González

Lamentablemente, hacia principios del siglo XX, cerró la
escuela de medicina debido a las disputas federales y estatales
sobre cuál de estas instituciones debía de dirigirla. Décadas
después, gracias a los esfuerzos de los médicos en el estado,
se establecieron diferentes escuelas para los oficios de médico,
farmacéutico y partera.
Por último, hay que destacar la formación de las empresas
farmacéuticas de la región, principalmente del caso de la familia
Benavides, que aprovechando los acontecimientos nacionales a
principios del siglo XX y su conexión comercial con la frontera
de Estados Unidos, logró acrecentar su negocio familiar de venta
de medicinas y convertirlo en una cadena de boticas en el estado
de Nuevo León, que, con el paso de los años, lograría convertirse
en una cadena de farmacias en el noreste de México.
Con ello, en la primera mitad del siglo XX la cadena de
Farmacias Benavides, debido a la gran inversión económica de
diferentes productos en sus tiendas, logró obtener el carácter
de una empresa farmacéutica, obteniendo contratos exclusivos
con empresas extranjeras, ganando prestigio como una de las
compañías más importantes de México.

Sillares, vol. 1, núm. 2, 2022
DOI: https://doi.org/10.29105/sillares1.2-11

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�El Elefante de acero frente a la crisis de los setenta:
el fin de Fundidora Monterrey como empresa privada y
su transición a paraestatal (1970-1979)
Abelardo Gerardo Guajardo Garza
Universidad Autónoma de Nuevo León
orcid.org/0000-0001-8348-5872

Tesis de Licenciatura

El fin de Fundidora como empresa privada durante la crisis de
la década de los setenta, se debió a una serie de desacertadas decisiones financieras por parte de los empresarios de la compañía, así como a la actuación de los obreros, que lejos de ayudar,
complicaron aún más la situación económica de la empresa. El
choque del gobierno de Echeverría con el empresariado mexicano había vuelto más difícil la situación, y cuando el gobierno de
López Portillo tomó la compañía en 1977, no se tomaron todas
las medidas necesarias para resolver los problemas, dando como
resultado el cierre definitivo de Fundidora en 1986.
El objetivo de esta tesis es analizar las decisiones tomadas
por los altos directivos de Fundidora, los obreros y el gobierno
mexicano durante las dificultades presentadas a lo largo de las
crisis de la década de los setenta. De forma particular, en esta
investigación se busca exponer las tendencias que llevaron al
Sillares, vol. 1, núm. 2, 2022
DOI: https://doi.org/10.29105/sillares1.2-12

308

�Abelardo Guajardo

endeudamiento de Fundidora en las décadas anteriores de 1970;
mostrar la desmoralización de la clase obrera durante esos
mismos años y cómo esto afectó negativamente al rendimiento
de la siderúrgica, y finalmente, identificar las razones por las que
el gobierno mexicano no pudo tomar de manera adecuada las
riendas de Fundidora.
Los archivos consultados para la realización de la tesis
fueron el Archivo Histórico Fundidora Monterrey y el Archivo
Digital de la Fototeca Nuevo León. El primero es relevante por
tratarse del repositorio documental de nuestro objeto de estudio,
y de él se obtuvo la mayoría de la información; el segundo fue
importante porque ahí se encuentra la historia fotográfica de
Fundidora, la cual complementa a los archivos documentales.
Tras el descalabro económico que vivió Fundidora en
1970, por el bloqueo del Cerro de Mercado, en 1972 empezaron
los preparativos para el Tercer Plan de Expansión, entrando el
gobierno mexicano y un grupo de industrias japonesas como
accionistas. Por su parte, los obreros de la Sección 67, tras el fatal
accidente de noviembre de 1971, sacaron a los charros en 1972 y
el ambiente laboral se volvió tenso.
En 1976, tras la devaluación del peso y por la enorme
deuda contraída en dólares, a los ejecutivos se les hizo imposible
pagar la deuda, pero el gobierno salió al rescate apoyando a
Fundidora a condición de que se volviera el accionista principal
de ésta, convirtiéndose en 1977 en el dueño de la empresa. El
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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares1.2-12

309

�El Elefante de acero

gobierno encontró que tenía algunos departamentos rezagados
frente a otros modernos, así como unos obreros radicalizados que
realizaban huelgas constantemente pero que llegaron a superar
los récords de producción.
También encontraron que parte de la maquinaria instalada
durante el Tercer Plan tenía errores de diseño que impedían que ésta
y el resto de la fábrica pudieran llegar a su máximo de capacidad,
ocasionando como resultado que los niveles de producción fueran
menores y que, sumado a los intereses de las deudas por pagar,
los dirigentes de la Fundidora llegaran a la conclusión, a fines de
1979, de que la empresa estaba condenada a descapitalizarse y
frenar su crecimiento.
En conclusión, los Prieto llevaron a Fundidora, en aras
de que se mantuviera actualizada, a un proceso de constante
endeudamiento millonario que llegó a su crisis en 1976, teniendo
la empresa que ser salvada por el gobierno mexicano un año
después. Éste se encontró con una Fundidora cuyo Tercer Plan
no había dado los resultados esperados y con unos trabajadores
radicalizados que, a pesar de todo, lograban aumentar los niveles
de producción, pero no al nivel suficiente para que la empresa
pudiera pagar sus deudas.

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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares1.2-12

310

�La Ilustración silenciosa: Implicaciones sociales de los
esfuerzos para el logro del carácter público de la educación en Monterrey 1824-1848
Claudia Melissa Rodríguez Rodríguez
Universidad Autónoma de Nuevo León
orcid.org/0000-0001-9365-1459

Tesis de Licenciatura

La investigación aborda la institucionalización de las escuelas de
primeras letras en la ciudad de Monterrey durante los primeros
años de la independencia de México, cuando estas escuelas destinadas a toda la población nacional se expandieron de manera distinta en cada región, de acuerdo con su capital económico y con
el contexto social existente después de la guerra. La delimitación
temporal culmina en los primeros años de la década de 1840, con
la llegada del sistema lancasteriano al estado de Nuevo León. Si
bien, geográficamente el área estudiada es Monterrey, se presenta
también el inicio de la educación de primeras letras gratuita en
todo el estado de Nuevo León.
Se estudian cuatro participantes del funcionamiento
y crecimiento de las escuelas de primeras letras en la ciudad:
ayuntamiento, maestros, niños y tutores. Se buscó rastrear los
basamentos históricos de esta cultura de la escolaridad, es decir,
311
Sillares, vol. 1, núm. 2, 2022
DOI: https://doi.org/10.29105/sillares1.2-13

�La Ilustración silenciosa

el que nos parezca tan normal y normativo ir a la escuela. Este
trabajo, asimismo, abarca la actuación y percepción de los
regiomontanos hacia la entonces nueva educación pública, sobre
todo de aquellos que eran objeto de estos esfuerzos: los niños
que pretendían ser educados, involucrando a los otros actores
que pueden brindar información como los maestros, los tutores y
desde luego el estado.
Se demostró que tanto maestros, tutores y alumnos –los
niños– fueron actores receptivos del cambio educativo, porque
no tomaron un papel de liderazgo o iniciativa en las acciones
a llevar a cabo, sino que acataron lo decidido y dictado por el
Ayuntamiento/Estado y fueron congratulados o castigados
conforme a su actuar. Los “buenos ciudadanos”, o integrantes
del Ayuntamiento, y propietarios que aportaron a los ingresos
del estado, fueron los únicos participantes interpretados como
activos. Además, se explica la importancia que estos ciudadanos
otorgaban a difundir la educación hacia los menos favorecidos:
no tenían fines idealistas o nacionalistas, sino que lo hacían para
controlar a la población en términos de vagancia, criminalidad y
desobediencia de la servidumbre.
La línea de investigación que se siguió es la historia social
de la educación. Los recursos consultados fueron el Archivo
General del Estado de Nuevo León, especialmente el Fondo
Estados de Escuelas; el Archivo Histórico Municipal de Monterrey,
principalmente la Gaceta Constitucional, y el Archivo Histórico
Sillares, vol. 1, núm. 2, 2022
DOI: https://doi.org/10.29105/sillares1.2-13

312

�Melissa Rodríguez

del H. Congreso del Estado. Al interpretar los documentos
históricos y tratar de explicar las posturas de los participantes
activos o receptivos de la institucionalización de la educación, se
ha recurrido a filósofos del siglo XIX como Jovellanos, Anastasio
Bustamante e incluso Jeremy Bentham, siendo el utilitarismo, la
Modernidad, la Ilustración y el liberalismo conceptos políticofilosóficos que han tratado de involucrarse cuidadosamente en el
análisis de las acciones tomadas en la región para el desarrollo del
sistema educativo.

Sillares, vol. 1, núm. 2, 2022
DOI: https://doi.org/10.29105/sillares1.2-13

313

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                <text>Sillares: Revista de Estudios Históricos, es una publicación semestral que busca la divulgación de investigaciones que representen un aporte significativo para conocer la historia de México y América Latina. Además de la publicación de artículos originales e inéditos, la revista procura la promoción, difusión y debate de investigaciones históricas a través del análisis de acervos documentales, documentos y reseñas. Todas las colaboraciones son sometidas a procesos de evaluación por pares. La revista Sillares es heredera de la sección de Historia del Anuario Humanitas, publicado por el Centro de Estudios Humanísticos de la Universidad Autónoma de Nuevo León entre 1960 y 2020. En línea con esta dependencia, que es el centro de investigación más antiguo de la UANL, la revista busca incentivar el diálogo entre la Historia y otras áreas de las ciencias sociales y las humanidades. Esta nueva era va con el ciclo de la transformación digital y sus estrategias, reestructurando sus procesos bajo el Open Journal Systems y siempre con las metas de la comunidad investigadora.</text>
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