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                  <text>�D.R. 2022 © Humanitas Vol. 1, No. 2, enero-junio 2022, es una publicación semestral editada por
la Universidad Autónoma de Nuevo León, a través del Centro de Estudios Humanísticos,
Biblioteca Universitaria Raúl Rangel Frías, Piso 1, Avenida Alfonso Reyes #4000 Norte,
Colonia Regina, Monterrey, Nuevo León, México. C.P. 64290. Tel.+52 (81)83-29- 4000
Ext. 6533. https://revhumanitas.uanl.mx Editor Responsable: Víctor Barrera Enderle. Reserva
de Derechos al Uso Exclusivo 04-2022-020212344100-102, ISSN en trámite, ambos ante el
Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este
número: Centro de Estudios Humanísticos de la UANL, Mtro. Juan José Muñoz Mendoza,
Biblioteca Universitaria Raúl Rangel Frías, Piso 1, Avenida Alfonso Reyes #4000 Norte, Colonia
Regina, Monterrey, Nuevo León, México. C.P. 64290. Fecha de última modificación de
22 marzo de 2022.
Rector / Santos Guzmán López
Secretario de Extensión y Cultura / Celso José Garza Acuña
Director de Historia y Humanidades / Humberto Salazar Herrera
Titular del Centro de Estudios Humanísticos / César Morado Macías
Director de la Revista / Víctor Barrera Enderle

Autores
Mario César Islas Flores
Gonzalo Rojas Canouet
Michelle Monter Arauz
Lluvia Olvera
Omar Armando Paredes
Joseph Amauri Cardona Mora
Valeria Vazquez Elizaldi
Magdalena López
Isabel Alcántara Carbajal, Álvaro Ernesto Uribe Hernández
Francisco Gerardo Tijerina Martínez
Adbeel Darío Duarte Hernández
Roberto Kaput González Santos
Carlos Rutilo Aguilar
Esnedy Zuluaga
Leonardo Pérez Díaz
Editor Técnico / Juan José Muñoz Mendoza
Corrección de Estilo / Francisco Ruiz Solís
Maquetación / Concepción Martínez Morales

Se permite la reproducción total o parcial sin fines comerciales, citando la fuente. Las opiniones
vertidas en este documento son responsabilidad de sus autores y no reflejan, necesariamente, la
opinión de Centro de Estudios Humanísticos de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
Este es un producto del Centro de Estudios Humanísticos de la Universidad Autónoma de Nuevo
Léon. www.ceh.uanl.mx
Hecho en México

�Humanitas
Revista de Teoría, Crítica y EstudiosLiterarios
http://humanitas.uanl.mx/
Espacialidad e itinerarios en la cuentística de
Mario Levrero
Spatiality and itineraries in the short stories of
Mario Levrero
Mario César Islas Flores
Universidad Autónoma de Sinaloa

https://orcid.org/0000-0002-8076-6529
Fecha entrega: 06-11-2021 Fecha aceptación: 11-2-2022

Editor: Víctor Barrera Enderle. Universidad Autónoma de Nuevo
León, Centro de Estudios Humanísticos, Monterrey, Nuevo
León, México.
Copyright: © 2022, Islas Flores, Mario César. This is an openaccess article distributed under the terms of Creative Commons
Attribution License [CC BY 4.0], which permits unrestricted
use, distribution, and reproduction in any medium, provided the
original author and source are credited.

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-1
Email: islas_flores@hotmail.com

�Artículos
Humanitas, vol. 1, núm. 2, 2022

Espacialidad e itinerarios en la cuentística de Mario
Levrero
Spatiality and itineraries in the short stories of Mario
Levrero
Mario César Islas Flores
Universidad Autónoma de Sinaloa
Fecha de entrega: 6-11/-2021 / Fecha de aceptación: 11-2-2022

Resumen. En una significativa cantidad de cuentos de Mario Levrero los
desplazamientos son frecuentes y cruciales. Se trata de itinerarios emprendidos de forma voluntaria o, por el contrario, forzados por alguna circunstancia que los torna imperativos, incluso, al grado que de su concreción
depende la pervivencia personal o colectiva. Pero, sea que el trayecto tenga
un carácter iniciático o una finalidad tan precisa, como supervisar la disposición del mobiliario de la propia vivienda o la obtención de un refugio,
los pueblos o ciudades que fungen como punto de partida o arribo desempeñan un rol protagónico. Es decir, no son meras escenografías en las que
están enmarcados los acontecimientos, sino que en buena medida tornan
inteligibles a estos. El objetivo del presente ensayo es explicitar la importancia cardinal jugada por la espacialidad en la cuentística levreriana a la par
que se profundiza en los problemas derivados de su reciente compilación,
pero también, trazar ese desplazamiento nada infrecuente entre la cuentística
y la ensayística autobiográfica del escritor uruguayo.
Palabras claves: espacialidad, cuento, autobiografía, biografía, ensayística

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�Mario César Islas Flores / Espacialidad e itinerarios

Abstract: In a significant number of Mario Levrero’s stories, displacements are frequent and crucial. These are itineraries undertaken voluntarily or, on the contrary, forced by some circumstance that makes them imperative, even to the extent that personal
or collective survival depends on their realization. However, the
towns or cities that serve as a starting or arrival point play a leading role, whether the journey has an initiatory character or a precise purpose -such as supervising the arrangement of the furniture
in one’s home or obtaining a shelter-. That is to say, they are not
mere scenographic frames in which events take place, but to a large extent, they make them intelligible. The objective of this essay
is to make explicit the cardinal importance played by spatiality in
the Levrerian short story while delving into the problems derived
from its recent compilation, but also to trace that not uncommon
displacement between the short story and the autobiographical
essay of the writer Uruguayan.
Keywords: spatiality, short story, autobiography, biography, essay

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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-1

�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

Punto de partida
La de Mario Levrero es una obra que, a partir de la publicación
póstuma de La novela luminosa (2008) ha sido objeto de una
creciente atención. La aparición de sus Cuentos completos (2019)
se inscribe en esta revaloración editorial y crítica hacia los
múltiples registros del literato y ensayista uruguayo, quien, sin
duda, ha devenido en una de las figuras emblemáticas de las letras
hispanoamericanas de entresiglos. La compilación aludida perfila
de entrada la problemática de su propia articulación, es decir, invita
a preguntarnos acerca de la validez del criterio empleado para
decidir cuáles textos dentro del corpus levreriano son susceptibles
de ser considerados literarios y cuántos de ellos, a su vez, podrían
ser clasificados como cuentos. Esta cuestión, como espero ilustrar,
no es en modo alguno menor y considero necesario su abordaje
para adentrarnos en los matices de una escritura que oscila
entre la autobiografía y la parapsicología, entre lo ensayístico y
una imaginación desbordante y regida, además, por una peculiar
dinámica editorial. El protagonismo de la espacialidad en algunas
piezas cuentísticas levrerianas es la otra temática que me propongo
explorar en este ensayo. ¿Cuál es el significado de los recurrentes
y decisivos itinerarios emprendidos por los personajes de esas
narraciones no pocas veces disímiles en contenido y extensión?
Esta interrogante será mi guía en esta geografía compuesta por
lugares tanto enigmáticos como familiares en su rotundidad
genérica (un jardín, una vivienda, una pequeña estación de tren) y
quizás dicho recorrido nos permita ampliar nuestro entendimiento
sobre los móviles de la cuentística levreriana.
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-1

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�Mario César Islas Flores / Espacialidad e itinerarios

Una antología de antologías
El cariz autobiográfico fue enfatizándose hasta volverse definitorio
en algunas de las últimas obras de Levrero y, muy especialmente,
en “Diario de la beca”, que inaugura y abarca la mayor parte de
La novela luminosa (2008). El antecedente más importante de esta
inflexión escritural es Diario de un canalla; texto redactado durante
su prolongada estancia en la capital argentina, por tal motivo, no
deja de causarme extrañeza advertir la presencia de estas páginas
íntimas en el volumen compilado por Nicolas Varlotta (Levrero,
2019: 553-583). No obstante, su decisión de respetar, por una parte,
la voluntad de su padre Jorge Mario Varlotta Levrero, quien en
vida incluyera su diario bonaerense en las páginas de El portero y el
otro (1992) y, por otra, de observar escrupulosamente la trayectoria
cronológica de esas antologías preparadas por el propio escritor
montevideano, me parece positiva en la medida que edificó una
rúa por la que pueden transitar tanto los nuevos lectores como los
especialistas en la obra levreriana, pero el problema reside en que
algunos de los destinos que figuran en ella no se corresponden con
las señaléticas.
Lo anterior, creo, torna pertinente plantear un ejercicio de
aliento contrafactual: y, si El discurso vacío (2019) -por mencionar
otro texto de primer orden inscrito, a mi juicio, en la ensayística
autobiográfica de Levrero- hubiera sido seleccionado por el escritor
rioplatense como parte constitutiva de una antología, ¿acaso también
habría figurado en la obra integrada por Varlotta? En función
del enfoque, a un tiempo, pragmático y didáctico que empleó
resulta del todo probable; empero, cabe resaltar, que la dimensión
autobiográfica ha sido infravalorada u obviada en la mayoría de las
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�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

aproximaciones investigativas a la producción textual de Levrero al
calificar como literarios sus textos autobiográficos (Polleri, 2013;
Bértolo 2010; Gandolfo, 2015; Ricciardi; 2015; Cosse, 2015)1 y, por
tanto, no resulta tan sorpresivo que Cuentos completos refracte tal punto
de vista. Además, el itinerario irregular y accidentado de muchos de
los libros de Levrero representó, sin duda, un reto mayúsculo en la
preparación de este texto que, como los de su especie, tienen como
vocación constitutiva la totalidad, aunque algunos lectores habríamos
agradecido que, en el caso puntual de Diario de un canalla (uno de los
escritos más extensos que figuran en la selección de Varlotta, por
cierto)2 se hubiera especificado, por lo menos -como Varlotta si lo
observó en otros casos-, la problemática de la clasificación textual:
Hemos agregado dos piezas poco conocidas, que no encajan
nítidamente en la categoría de “cuento” y que tampoco figuran
en ninguna de las principales antologías personales del autor:
nos referimos a “Tres aproximaciones ligeramente erróneas al
problema de la Nueva lógica” y “Ya que estamos”. En ambos casos,
los motivos para incorporarlas fueron varios, pero especialmente
dos: por considerar que poseen un gran interés y valor literario y
por tratarse de obras casi desconocidas (Levrero, 2019: 11).

El desconocimiento en el caso de Diario de un canalla no aplica,
en virtud de que se trata de uno de los textos de Levrero que alcanzó
mayor difusión en vida del autor y también de forma póstuma (2015).
La raíz de la cuestión se encuentra en todo caso en la ponderación de
1 Una excepción notable es el estudio de Helena Corbellini (2018).
2 “Diario de un canalla” es el segundo texto más extenso que figura en
Cuentos completos (Levrero, 2019: 553_583) sólo superado por “La cinta de
Moebius” (Levrero, 2019: 149-191).
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�Mario César Islas Flores / Espacialidad e itinerarios

su valor literario porque en el caso que nos ocupa es ahí, justamente,
donde queda subsumido su potencial valor autobiográfico. Al respecto,
en el prólogo que Fabian Casas preparó para Cuentos completos, se lee:
Encuentro en la obra de Levrero dos grandes trancos. Uno
influenciado por Kafka y los cuentos infantiles, siempre bordeando
lo siniestro, relatos de peripecias, que dan la impresión de que el
escritor inventa a medida que narra. Y el otro, el Levrero realista,
el último Levrero, más cercano a Jorge Varlotta -su identidad real, que dejó por lo menos dos libros maravillosos: El discurso vacío
y La novela luminosa. Este último lo consagró a otro tipo de lector
que hasta entonces no lo conocía, rompió la valla de los lectores
de culto. En los cuentos que acá se prologan está el Levrero más
secreto y el que, de alguna manera, tiene el ochenta por ciento del
ADN que lo hizo un escritor extraordinario (Levrero, 2019: 7-8).

¿Cómo interpretar esa valía, ese porcentaje asignado a la
cuentística de Levrero? Es lícito tener una preferencia como lector
por una de las facetas de un autor, e inclusive, considerar que ese
registro es el más importante desde el punto de vista literario.
No me parece válida, en cambio, la ambigüedad implícita en el
planteamiento: ¿Levrero devino entonces en un escritor extraordinario
por mediación de sus cuentos? La interrogante, entre muchas otras
posibles, se torna pertinente ante la naturaleza de la afirmación de
Casas. Sin embargo, conviene recordar que los diferentes géneros
escriturales frecuentados por Levrero se entrecruzan de un modo
incesante3 y, por tal motivo, la producción cuentística del autor
3 Por tal motivo, me parece que el empleo de una categoría como trilogía,
aunque se encuentre vinculada con el juicio de Mario Levrero acerca de sus
primeras novelas (Gandolfo: 2013:21 y la revelación de un anhelo editorial
relacionado con su prosa autobiográfica (Levrero, 2008:19) está definitivamente
sobreestimada como elemento explicativo (Rosso, 2013:141_163; Libertella,

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�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

montevideano no puede fungir como un antecedente literario
general (con independencia de su potencial preeminencia estética).
Esta sincronicidad tiene, por supuesto, bemoles y permea a todas
las antologías que sirvieron de base a la obra reunida por Varlotta:
Escribía lo que surgía, y eso podía ser un relato, o una novela
corta, o una novela un poco más larga, o un artículo humorístico,
o un poema que jamás habría de mostrar a nadie. Y otras cosas
que salían sin otra finalidad que la de nacer, como por ejemplo,
dibujitos. Con el tiempo se juntaban unos cuantos relatos, y cada
tanto (generalmente cada tantos años), cuando venía alguien a
preguntarme si tenía algo para publicar, podía ofrecerle un libro
con esos relatos que se habían ido acumulado, o alguna de esas
novelas que quedaban inéditas durante años (Levrero, 2013: 29).

Este modus operandi escritural caracterizado por la ralentización
y reciclaje editorial es el responsable de los textos que se repiten
en la media docena de antologías que Levrero entregara a distintas
editoriales rioplatenses. Sobre este asunto, Varlotta indica que Los
muertos fue excluida de Cuentos completos “dado que consta de sus solo
cuatro relatos, todos ellos recogidos al año siguiente en Espacios libres”
(Levrero, 2019: 11). Con esa decisión, sin duda, se evitó una absurda
duplicación textual, pero tan loable como ello hubiera sido evitar la
inclusión de piezas que, en definitiva y por mucho que se extienda
el rasero literario, no se inscriben dentro del género cuentístico,
por tal razón, considero que estamos no ante la reunión total de
2010:41), e incluso, editorialmente, pues, DeBolsillo empezó a comercializar
La ciudad, París y El lugar en un estuche con el título general de Trilogía
involuntaria (Levrero, 2010) y, posteriormente, las tres novelas fueron
conjuntadas en un solo volumen (modificando el orden de aparición original
por el de redacción) con el título global ya referido (Levrero, 2016).
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-1

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�Mario César Islas Flores / Espacialidad e itinerarios

los cuentos levrerianos, sino ante una antología de antologías (y, una
de dimensiones injustificadamente extendidas). No obstante, este
volumen allana el camino, insisto, para quienes deseen iniciarse en
la lectura de uno de los más relevantes narradores latinoamericanos
descubiertos en el siglo XXI, pero también para aquellos que tenemos
la intención de encontrar en este conjunto temática y estilísticamente
diverso algunas afinidades que contribuyan a la comprensión de la
cuentística levreriana. En este sentido, la espacialidad en su acepción
más amplia, es decir, no sólo como el escenario en que se desarrolla
la trama, sino como un factor que, en sus múltiples manifestaciones,
sea como un entorno natural o de factura humana, como punto de
partida o destino, como un lugar regido por una lógica extratextual
reconocible o pautado, por el contrario, por leyes autorreferenciales
fungirá como nuestra brújula por este universo textual.
Puertas y máquinas
“Entro al ropero y cierro la puerta desde dentro” se lee en “La
máquina de pensar en Gladys (negativo)” (Levrero, 2019, 110);
relato final del primer libro de cuentos de Levrero intitulado
La máquina de pensar en Gladys (1970). Éste último también es el
título de la narración inaugural que de forma simplista pudiera
ser interpretada como la versión positiva de una historia que,
en ambos casos, resulta breve y extraña: una suerte de pase de
revista efectuado a la disposición del mobiliario y al orden de
los elementos constitutivos de la vivienda del protagonista antes
de dormir. Levrero consigna con toda naturalidad “la máquina
de pensar en Gladys” que, en ese instante, “estaba enchufada y
producía el suave ronroneo habitual” (Levrero, 2019: 19). Esta
poderosa irrupción en un horizonte doméstico anodino me remite
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�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

a ese tipo de enunciados que Michel Foucault alude (citando a
Borges) en el prefacio de Las palabras y las cosas (1968) en la medida
que no es posible representarnos esa máquina de una forma precisa,
concreta, a diferencia de esa casa cuyos componentes nos resultan,
sin mayor esfuerzo, imaginables.
Empero, esa inconcebible máquina de pensar y la puerta más
común en los cuentos de Levrero están separados por una frontera
mucho más estrecha de lo que pudiera suponerse. ¿Qué nos aguarda
tras la fachada más simple de lo cotidiano? ¿qué acontecimientos se
concatenarán tras la acción mínima de girar una perilla para franquear
un umbral metálico o de madera? Realidades de distinto signo
coexisten en ese desplazamiento mínimo que lleva al personaje a la
recámara y/o al ropero una noche cualquiera con la única finalidad
de conciliar el sueño. Puertas que se cierran tras o frente a él, pero
al fin de cuentas, la colisión entre los dos órdenes se puede suscitar
en cualquier momento:
Por la madrugada desperté inquieto, un ruido desacostumbrado
me había producido un sobresalto; me ovillé en la cama y me
cubrí con las almohadas y me puse las manos en la nuca y esperé
el final de todo aquello con los nervios en tensión: la casa se
estaba derrumbando (Levrero, 2019: 19).

Por su parte, el desenlace en “La máquina de pensar en
Gladys (negativo)” también es calamitoso:
Por la madrugada me despierto tiritando, alguien ha abierto la
ventanita del ropero y tengo fiebre, estoy bañado en sudor y me
duele el ojo izquierdo, pido a gritos un médico o una ambulancia,
pero estoy en medio de un campo desolado y no hay quien escuche
mis gritos (Levrero, 2019: 110).
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-1

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�Mario César Islas Flores / Espacialidad e itinerarios

La realidad externa puede ser avasallante, no sólo en su
manifestación ostentosa y violenta, sino también en su indiferencia
y trastocar con la misma fuerza el mundo preexistente y, además,
toda tentativa ulterior. “En mi dormitorio” -se lee en “La máquina
de pensar en Gladys”- “le di cuerda al despertador, comprobando
que la hora que indicaba coincidía con la del reloj de pulsera en mi
muñeca, y lo puse para que sonara media hora más tarde a la mañana
siguiente (porque había decidido suprimir el baño; me sentía un
poco resfriado)” (Levrero, 2019: 19) y, en la versión adjetivada como
negativa el protagonista refiere: “entro al dormitorio y encuentro en
mi cama a la mujer, desnuda; promete despertarme mañana a la hora
de siempre” (Levrero, 2019: 110).
En “La casa abandonada” se resalta la importancia que
también juega en los cuentos de Levrero la espacialidad urbana y no
sólo la rural que se enseñorea en su vastedad inmutable:
En una calle céntrica, poblada en general por edificios modernos,
se ve, sin embargo, una vieja casa abandonada. Al frente hay un
jardín, separado de la vereda por una verja; en el jardín, una fuente
muy blanca, con angelitos; la verja parece una sucesión de lanzas
oxidadas, unidas entre sí por dos barras horizontales; de afuera,
se ve de la casa un ex-rosado, actualmente muy sucio y verdoso,
que corresponde al frente, y algo de una persiana muy oscura.
Esta casa interesa solamente a algunas personas que caen bajo su
influjo; estas personas, entre las que me incluyo, saben de algunas
cosas que allí suceden (2019: 26).

En strictu sensu, no sólo personas coinciden en esa propiedad,
porque en dicho relato también se alternan el registro realista y otro
decididamente fantástico. Estas transiciones en la cuentística de
Levrero pueden ser graduales o súbitas, pues, como ya he apuntado,
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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-1

�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

con frecuencia la distancia entre ambas está simbolizada apenas por una
puerta, así sea una puerta secreta como acaece en “El sótano” (Levrero,
2019: 38-65). Abro un paréntesis para resaltar la coetaneidad entre
esta última narración y La ciudad (1970), porque con independencia de
que el libro de cuentos en que se incluye y la opera prima novelística de
Levrero fueron publicados originalmente el mismo año, la redacción
de ambas se sitúa en torno a 1966, es decir, en la etapa formativa de
Levrero como escritor; época en la que, en palabras del propio autor
uruguayo, su literatura era una simple “traducción” (Matus, 2013:
197), e inclusive, un “plagio” (Bruno, Galione y Bonino, 2013: 138)
de la de Kafka.4 Resalto esto porque ese inmenso espacio vegetal que
figura en “El sótano” y al que Carlitos accede por la referida puerta
está poblado por jardineros con infinitas gradaciones y por insectos
que son únicos en su género. (Levrero, 2019: 50). Esas presencias, a
mi juicio, se asemejan a esos representantes de la ley que figuran en
la literatura kafkiana (Kafka, 2004: 237-239) y, particularmente, el
insecto Titus (figura clave en la narración en la medida que revela la
estrategia que el niño debe seguir ante el jefe de jardineros para poder
retornar a su mundo) podría formar parte de ese bestiario compuesto
4 Y con ello, no quiero insinuar que en algún momento dicha influencia
desapareció por completo, sino que sí es perceptible su modulación en la
medida en que Levrero fue encontrando un registro propio que, a mi juicio,
marcará su distancia más significativa con Kafka en lo concerniente a la
falta de solemnidad en el registro autobiográfico. Antonio Muñoz Molina, en
cambio, advierte desde ese libro inaugural un deslinde entre ambos escritores:
“En Mario Levrero yo intuyo un fondo más denso de amargura: la mujer
rozada y casi ofrecida y de pronto inalcanzable, la búsqueda por un laberinto de
pasillos y puertas cerradas y escaleras sumergidas en la oscuridad, los campos
desolados sin huella de presencia humana, la carretera que no parece que lleve
a ninguna parte, el tren con las puertas cerradas” (Muñoz Molina, 1999:14).
En cualquier caso, lo cierto es que Levrero infravalora en términos absolutos
la originalidad de su aporte frente a una obra que admiraba intensamente.
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-1

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�Mario César Islas Flores / Espacialidad e itinerarios

por especies únicas, como aquella que figura en el breve relato de
Kafka titulado “Un cruce” (2004: 430-431).
Pero, así como los itinerarios programados pueden frustrarse
a causa de una fuerza enteramente exógena e ineludible, o suscitarse
a causa de ésta, otras veces son los propios personajes levrerianos los
que buscan dinamitar el orden existente al erigirse como agentes de
un cambio definitivo, sin embargo, en estos casos la referencialidad
a un espacio así sea uno indefinido, anhelado, también tiene lugar,
así como las motivaciones de índole pragmática relacionadas con la
pervivencia que orientan algunos desplazamientos. Ahondaré sobre
estas temáticas en lo sucesivo.
Éxodos y fugas
El protagonista de “Nuestro iglú en el Ártico” encarna la
fuga programada y, aunque el sitio de arribo aún esté indeterminado
su intención de desplazarse es firme y está alentada por una
motivación afectiva, pero el destino último, insisto, es incierto y
hasta intercambiable en su morfología:
-Vamos- le dije a la mujer, tomándola del brazo. Vamos a
descolgarnos por una ventana y a correr por los tejados, hacia
los parques -le dije-. Vamos a huir de esta casa, de esta ciudad, de
este país, vamos a donde nadie jamás pueda hallarnos, una choza
perdida en las islas tropicales, o al nevado pico de la montaña,
vamos a navegar por mares desconocidos, a enfrentar los vientos,
guiados por las estrellas, busquemos un lugar en el mundo,
nuestro iglú en el Ártico, una caverna próxima a un volcán, ese
lugar donde a nadie se le ocurra buscarnos (Levrero, 2019: 301).

En otras ocasiones, los itinerarios en los cuentos de Levrero
son de carácter fortuito y, por ende, el destino al que se arriba es
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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-1

�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

inesperado, aunque no por ello necesariamente desconocido. A partir
de la manipulación del mecanismo interno de un encendedor, en
“La calle de los mendigos”, el protagonista arriba a una rúa familiar:
“Es la calle de los mendigos -pienso-, y doy vuelta la esquina y veo
la fuente de luz -un farol-, y por encima las estrellas. En efecto,
hay mendigos suplicantes y con ulceraciones en brazos y piernas,
la calle es empedrada, y empinada; los comercios están cerrados,
las cortinas metálicas bajas” (Levrero, 2019: 24). ¿Es el encendedor
una metáfora de la positividad y negatividad comprimidas hasta el
máximo dentro del ser humano y, que aguardan una fisura mínima,
para emerger y recobrar su dimensión genuina? ¿Esa pretendida
“solidez” del yo es el verdadero “desafío” que Levrero encara a pesar
de saber que la “falla” permanecerá oculta (Levrero, 2019: 21)? Es
probable que, en ambos casos, la respuesta sea positiva:
A esta altura, pienso que me va a ser muy difícil volver a armar
el encendedor; quizás ya no pueda volver a usarlo. Pero no me
importa; la curiosidad por el mecanismo me impulsa a seguir
trabajando; ya no me interesa averiguar la causa (y creo que ya no
estoy en condiciones de darme cuenta de dónde está esa falla), sino
llegar a tener una idea de la estructura de ciertos encendedores
(Levrero, 2019: 22).

¿Cómo puede verificarse una traslación verosímil desde la
interioridad del encendedor hasta la calle de los mendigos? Esa
es la gracia de buena parte de la cuentística levreriana: conjugar
una descripción meticulosa que torna fácilmente asequible una
experiencia rebosante de cotidianidad con acontecimientos rayanos
en el absurdo y lo parapsicológico y con finales que recuerdan a esa
matemática de las soluciones singulares ambicionada por Robert Musil,
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a juicio, de Italo Calvino (2005: 75),5 es decir, repelentes a una
seriación, a un parámetro que permita entreverlos y vincularlos de
forma definitiva a otros ceses de la continuidad narrativa que Levrero
ha juzgado pertinentes una vez que la incertidumbre y complejidad
que atañen a lo genuinamente humano ya ha sido consignada y, por
ello, creo que viene al caso retomar nuevamente a Muñoz Molina,
pues, lo que señala en relación a La ciudad tiene resonancias en buena
parte de la cuentística levreriana: “e intuimos que posee una lógica
oculta, pero en apariencia los hechos y los lugares no se organizan
en un sentido previsible” (1999: 12).
Con Levrero ahondamos, pues, en el misterio de lo humano
y por una vía de doble sentido en el que no pocas veces se dan cita
autobiografía y ficción. En “Historia sin retorno N° 2”, el protagonista
se empecina en deshacerse una vez tras otra de un perro que insiste
en convertirse en su mascota. La primera de esas tentativas fracasadas
consistió en que el animal fue llevado a un bosque y “atado con una
piola que pudiera romper con un poco de perseverancia” (Levrero,
2019: 25). Décadas después, en El discurso vacío, Levrero consigna que
5 Cabe indicar, que el comentario de Calvino tiene su origen en el deslinde
que realiza entre las obras de Carlo Emilio Gadda y Robert Musil; no obstante,
la propia visión de Robert Musil acerca de la orientación que debía observar
la crítica literaria respecto a la estética autoral, me parece que abona a la
comprensión de la problemática planteada respecto a Levrero: “Una mejor
manera de contemplar la literatura sería no sintetizarlo todo en función de lo
que ya existe… Sino desplegar unas junto a otras tan sistemáticamente como
fuera posible las singularidades –aquello en lo que el autor no se repita diez
veces, ni la época mil-. Se obtendría como perfil la curva límite de nuestros
sentimientos e ideas, la línea de conexión de los puntos finales de todos los
caminos, donde se cortan frente a los que aún no se han dado. De esa forma
habría desplazamientos en diversas escalas de rangos, y me parece que en
conjunto se alcanzaría el único modo de observación cuya sistemática es
verdaderamente instrumento de una voluntad de progreso” (1992:322).

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abrió de forma gradual un pequeño orificio en la cerca de su casa en
Colonia del Sacramento, de tal modo, que el perro Pongo “conquistara
por sí mismo su libertad” (2019: 54). Para Levrero no pasó inadvertida
la semejanza entre esta última acción y la búsqueda de su propia
libertad (2019: 56-57), pero, en cambio, no existe constancia de que
hubiera rememorado el parecido entre aquella acción que apelaba a la
voluntad de la entonces mascota familiar con aquella otra consignada
en una de sus primeras ficciones. La coincidencia, creo, le hubiera
divertido en grado sumo.
Otras veces, el desplazamiento es apremiante, e involucra a
una colectividad, como en “Las sombrillas”. El éxodo emprendido
por los habitantes de una pequeña localidad costera está determinado
por la extraña y súbita retirada del mar. Es sugerente la referencia
espacial a Buenos Aires (Levrero, 2019: 214), porque enfatiza el
contraste referido entre la vida citadina y la que se desarrollaba en
esa remota espacialidad:
Cuando alguno de nosotros tiene que ir a la ciudad, por algún
trámite administrativo, no puede resistir allí mucho tiempo. En un
par de horas se va poniendo pálido, demacrado; sus movimientos
son torpes y algo convulsos. A la hora de la puesta de sol, se torna
melancólico; la infelicidad lo envuelve y lo estrangula. Todas las
cosas de la ciudad cobran una hostilidad insospechada, y quien ha
debido pasar la noche en un hotel de la ciudad, si logra conciliar el
sueño es acometido por horrendas pesadillas (Levrero, 2019: 213).

Esta aguda metamorfosis física y anímica se contrarrestaba
paulatinamente una vez que se regresaba a ese pueblo regido por un
destino marino. En “Las sombrillas” la partida está, pues, motivada
por el repliegue del mar, en cambio, en “Gelatina” los constantes
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desplazamientos a lo largo de una ciudad que tiene como referente a
la capital uruguaya, están motivados por el incesante avance de una
masa informe que inmovilizaba y asfixiaba a sus habitantes y, a causa
de ello, se ensayaban intervenciones constantes en el espacio urbano
para advertir de su posible arribo (Levrero, 2019: 95). La vacuidad
o la saturación del espacio son, en la misma medida, factores para
que una comunidad decida movilizarse o para que los habitantes
de una ciudad entera se mantengan en constante tránsito dentro de
ella o “en busca de nuevos horizontes” (Levrero, 2019: 104), de una
ciudad que, por ejemplo, no sólo tenga la apariencia de estar viva,
como la que figura en “Los muertos”:
Así, llegué impensadamente a la calle principal, donde de
pronto todo cambiaba de color y de ritmo. La ciudad muerta
o dormida parecía concentrar en ese puñado de cuadras
todo el empeño por disfrazarse de vida; letreros luminosos
relampagueantes, lucecitas de colores que corrían siempre en
el mismo sitio, vidrieras exuberantes de mercaderías novedosas
y gente, gente, gente caminando con dificultad entre gente,
gente que uno no sabía que existe hasta verla allí, con esas
caras extrañas, producto de quien sabe qué sucesión de
disparatados mestizajes; la gente de los sábados a la noche y
los domingos a la tarde, los que trabajan quién sabe dónde
durante toda la semana y aparecen los fines de semana por el
centro; hay búsquedas febriles en los ojos saltones, aindiados,
siempre como con hambre – y yo sentía un envaramiento en
los músculos de la espalda, una presión de terror sobre la nuca,
y trataba de dejarme llevar entre la gente sin tenerla en cuenta,
sin asimilar el horror de esas vidas maquilladas, pero aunque no
las mirara las sentía, las olía, era invadido por vahos pegajosos
de perfumes con olores sexuales concentrados, olores que
trataban de tapar otros olores (Levrero, 2019: 442).

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La gelatina invisible e informe, aunque no inolora, condensada
en esa multitud fatigada, emancipada sólo de forma provisoria de
su extenuante rutina laboral y que se moviliza con fines lúdicos el
fin de semana en el corazón comercial de la urbe donde hay otros
empleados que no corren con la misma suerte, pues, el imperativo
económico termina por absorberlos y hacerlos partícipes de una
geografía deshumanizada:
Y habían quitado todos los árboles de la calle principal y rellenado
los huecos con baldosas, y los carteles publicitarios se apilaban sobre
los carteles publicitarios, la luz artificial corría y relampagueaba
por circuitos cerrados repitiendo mecánicamente, absurdamente
sus triviales mensajes, y la gente se paseaba, mezclándose, desde
una punta a la otra de la calle, mirando y exhibiéndose, exhibiendo
sus ropas y sus radios y toda la extravagancia que por fin se había
hecho popular y colectiva (Levrero, 2019: 442).

Décadas después, ya instalado nuevamente en Montevideo,
Levrero criticará explícita y sistemáticamente en sus colaboraciones
para la revista montevideana Posdata a la publicidad como el rasgo
distintivo y omnipresente en la cotidianidad de una urbe que
transitaba hacia el siglo XXI:
Entro a una carnicería como parte de mi engorrosa exploración
del barrio, porque ya es inútil que intente una vez más en los
supermercados: llego hasta la puerta y allí mismo la publicidad
estúpida y machacona vociferada por los parlantes me pone una
mano en el pecho y me empuja hacia la calle. Como muchos otros
comercios, en los últimos tiempos los supermercados se han
transformado en una máquina de picar cerebros (Levrero, 2013: 59).

La violencia visual y auditiva devino por esta vía en motor
involuntario de reflexiones, e inclusive de formulación de hipótesis de
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aliento existencial: “Ese ruido que invade la ciudad, cada día con mayor
fuerza, esos altoparlantes, esa violencia sonora que hay por todos lados,
¿no obedecerá a razones parecidas? ¿No se estará tratando de tapar
algún dolor intolerable?” (Levrero, 2013: 156). Esta dimensión política
hace acto de presencia de una forma mucho más sugestiva en algunos
de sus cuentos, por ejemplo, en la persistencia de localidades aisladas,
comunicadas apenas por un único e irregular medio de transporte de
largo alcance como el ferrocarril: “Hace varios días que estoy en ese
pueblo, esperando el tren. Es como un pueblo perdido, olvidado, como
un pueblo fantasma del lejano oeste. Parece estar a miles de kilómetros
de cualquier otro lugar habitado, parece enclavado en medio de un
desierto; un pueblo que nace por accidente, por azar, o por la voluntad
de un solo hombre”. (Levrero, 2019: 338). Se tiene claro cuál es la meta
(Siukville), pero los medios parecieran confabularse para hacer de una
escala el destino último, aunque en otras narraciones, más que de un
itinerario suspendido pareciera tratarse de un eterno retorno.
El mito de Sísifo
En “El inspector”, Levrero consigna el fracaso de un viaje que, no
obstante, reemprende siempre:
Hablo de esa lenta y tortuosa aproximación a mi verdadero
yo; aproximación que, sin embargo, en los últimos tiempos
no encuentro real; veo todos los ajustes y afirmaciones como
revestimientos caprichosos de las mismas vueltas en torno a un
eje central, pero que siempre esquivan a ese eje, y que con el
paso de los años no me voy aproximando a ninguna otra cosa
que al fin de mi ciclo vital y que, si por momentos obtengo la
ilusión de una proximidad, o quizás se trata de una proximidad
real, ella no se debe a los ajustes o correcciones nacidos del
pensamiento o de la discusión, sino a determinados estados

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ánimo independientes de toda relación con otras cosas interiores
o exteriores (2019: 467-468).

Esta circularidad incesante, esta travesía imposible de coronar
que deviene en fuente continua de desencanto para el personaje nos
coloca de lleno ante una posible proyección autobiográfica:
El inspector insiste en cosas concretas y explicaciones lógicas,
quiere un itinerario exacto de mis pasos, cosa que yo no puedo
darle, aunque quizás podría si quisiera hacerlo; pero me niego
íntimamente a concederle a este hombre el derecho a fijarme
una norma de vida, a utilizar una memoria que no quiero utilizar;
y darle una respuesta significaría sentar un precedente para el
futuro, crearme la obligación de anotar cada uno de mis actos y
el momento preciso en que los realizo, porque de nuevo puedo
verme envuelto en un procedimiento policial y no se aceptaría
que presentara una imagen de mí mismo distinta de la actual.
Es curioso cómo los demás nos exigen una persistencia irreal
de la identidad, nos adjudican ideas inamovibles a causa de un
pensamiento casual, que a la hora o al día siguiente es destruido
por otro contradictorio, o se utiliza una frase desafortunada o
dicha sin convicción o por una convicción momentánea para
atribuirnos todo un sistema de ideas que no poseemos; incluso se
utiliza una verdad dicha en un instante, que al instante siguiente
pasa a ser una mentira (Levrero, 2019: 468).

¿Es Levrero quien habla por boca de ese acusado que
enfrenta una exigencia de rememoración veraz que, a su vez, tendría
que manifestarse en un orden discursivo sin fisuras que reflejara una
continuidad espacial y temporal exenta de puntos ciegos? No se debe
ignorar la crítica a la ilusión biográfica (Bourdieu, 2011)6 contenida en
6 En “Entrevista Imaginaria” (Gandolfo, 2013: 91-105), valiéndose del recurso
literario de devenir en su propio interlocutor, Levrero satiriza, entre otras
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-1

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�Mario César Islas Flores / Espacialidad e itinerarios

estas líneas, pero tampoco habría que reducirlas a una dimensión
estrictamente programática, pues, la del autor uruguayo no es una
literatura de tesis, pienso que, más bien nos encontramos ante otro
cruzamiento entre ficción y autobiografía y en este sentido, me
parece certera una observación de Arthur Koestler que considero
extrapolable a toda escritura del yo: “puede haber tanto ritmo y tanta
armonía en las oscilaciones de un péndulo como en la rotación de
una rueda sobre un eje pulido” (Koestler, 1973: 65): la cuentística
de Levrero gira con frecuencia sobre ese eje pulido por el roce de
la cotidianidad, pero cada tanto, se patentiza también el deseo de
interrumpir súbitamente esa rotación (o de consignar, por el contrario,
un anhelo que ya se ha verificado): “Estoy harto -repetí- Voy a juntar
dinero para irme a París. Merezco morir en un lugar más hermoso
que éste” (Levrero, 2019: 201), se lee en “Todo el tiempo”. Un par
de años antes, el Levrero de carne y hueso había partido hacia la
capital francesa, pero de los detalles de esa odisea amorosa nos
enteraríamos sólo de forma póstuma con la publicación de Burdeos,
1972 (2015).
A propósito del aludido “Todo el tiempo” habría que resaltar
ese mantra que abre y concluye el relato, pues, me parece ilustrativo
de esa circularidad incesante a la que puede llegar a reducirse la
existencia humana “Cuando creía que todo había terminado, todo
recién comenzaba” (Levrero, 2019: 192); “pero, cuando creíamos
que todo había terminado, todo estaba recién por comenzar”
(Levrero, 2019: 208). Lo cierto es que bajo ese imperativo la vida
cosas, el desmedido interés biográfico observado por algunos de sus críticos
y, particularmente, la tentativa de que su obra se corresponda a cabalidad con
su itinerario vital.

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transcurre como si se estuviera “en medio de un largo proceso de
mudanza” (Levrero, 2019: 196) y para trascenderlo a veces basta
un poco de arrojo y que la suerte nos sonría, o al menos eso es
lo que se sugiere en “Novela geométrica”: “Visité muchas figuras
ya transitadas, regresé muchas veces al círculo, y luego experimenté
saltar hacia figuras desconocidas, inventadas, que dibujaba con
prolijidad, previamente, en mi imaginación. También así funcionaba
el sistema” (Levrero, 2019: 486).
Las aventuras del ingeniero Levrero (a manera de conclusión)
La cuentística de Levrero está, como espero haber ilustrado, marcada
por múltiples itinerarios que, a su vez, se entrecruzan de forma
constante con su ensayística autobiográfica y también con su escritura
novelística. Estas intersecciones nos permiten repensar los límites de
la fabulación o la congruencia de los desenlaces en su escritura, así
como la fundamental importancia que la espacialidad tiene en ella y que
se patentiza, precisamente, en esa necesidad que sus personajes tienen
de estar en perpetuo desplazamiento hacia destinos planeados o aún
por definir; viajes iniciáticos o vitales en términos de pervivencia hacia
esas ciudades o pueblos cuya extrañeza y fantasmagoría se asemejan
a la obra inconclusa de un ingeniero. Levrero, por cierto, es el autor
de, entre otras, una historieta intitulada Las aventuras del ingeniero
Strúdel. Sobre ella, rememora:
Esta serie se inició en Burdeos, no sé bien por qué. Sé que no
podía escribir; apenas empezaba algo, el teclado de la máquina
francesa me irritaba porque era apretar una tecla y aparecer el
acento circunflejo, el punto y coma y no sé qué más, y no había
forma de poner una tilde decente (claro que esta razón no es la
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-1

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�Mario César Islas Flores / Espacialidad e itinerarios

única; había muchas otras, como por ejemplo el desconcierto
que siento siempre que no estoy en mi casa). El hecho es que
me puse a dibujar, y por suerte (porque dibujar es terapéutico) el
impulso continuó al regreso, al menos durante un tiempo bastante
largo. Quería hacer una historieta que más bien pudiera verse
como un todo, de un solo golpe de vista; que en ese golpe de
vista se captara todo el sentido (o sin sentido) de la historieta. Es
decir, estaba pensando en términos plásticos; quería que pudiera
mirarse como un cuadro. No lo conseguí del todo, al menos en
este primer capítulo. También quería que los globitos formaran
parte del dibujo casi como personajes, y no que se limitaran a
encerrar las palabras que alguien pronunciaba o pensaba (Levrero,
2016: 73).

La organización de la textualidad en Las aventuras del
ingeniero Strúdel está supeditada a la imagen. La parte gráfica llega
deliberadamente a subsumir, fragmentar o invisibilizar el texto, es
decir, las líneas que, teóricamente, deberían explicar la narración.
Y, con independencia de si esta propuesta estética consigue o no
el efecto visual ambicionado por Levrero, lo que resulta indudable
es que nos exige una lectura multidireccional: vertical horizontal y,
sobre todo, transversal. La espacialidad en la cuentística levreriana
puede ser leída también de forma múltiple y es lo que he intentado
en este ensayo a partir de los tópicos recurrentes y las afinidades
entre ella y su ensayística autobiográfica y sus novelas. Sin embargo,
cabe precisar que ni el registro más personal de Levrero podría
explicarse sólo en función de una horizontalidad consuetudinaria ni
la más elemental de sus ficciones como un mero artificio estético
que desciende desde una verticalidad imaginativa, en virtud de que
el ingeniero Levrero evitó siempre los elementos prefabricados en la
construcción de su edificio escritural.
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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-1

�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

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�Mario César Islas Flores / Espacialidad e itinerarios

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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-1

�Artículos
Humanitas, vol. 1, núm. 2, 2022

El signo poético y su desplazamiento performático:
la poesía de Carmen Berenguer
The poetic sign and its performative displacement:
the poetry of Carmen Berenguer
Gonzalo Rojas Canouet
Universidad San Sebastián (Chile)
grcanouet@gmail.com

Fecha de entrega: 24-11/-2021 / Fecha de aceptación: 11-2-2022

Resumen. Este trabajo analizará cuatro obras de Carmen Berenguer

(Bobby Sands desfallece en el muro, Huellas de siglo, A media asta y Sayal
de pieles) como un corpus que representan un momento fronterizo
en la historia política y cultural en Chile: la dictadura y el retorno
a la democracia, esto es, el paso de la instalación y continuidad del
modelo neoliberal y de la globalización. Por lo anterior, Carmen
Berenguer, experimenta desde la escritura poética la crisis de estos
momentos de la historia nacional, “roba” las imágenes del paisaje
neoliberal y las devuelve críticamente, desobedeciendo al lenguaje,
descomponiendo su uso y llevándolo hasta los límites confusos entre lo semántico y lo fónico. Para dar cuenta de este proceso, se utilizarán elementos teóricos de la diferencia de Deleuze y repertorio
y archivo de Taylor.
Palabras clave: Poesía chilena- Performance- Poesía experimental

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�Gonzalo Rojas Canuet / El signo poético

Abstrac. This work will analyze four works by Carmen Berenguer (Bobby
Sands desfallece en el muro, Huellas de siglo, A media asta y Sayal de pieles) as a corpus that represent a border moment in the political and cultural history in
Chile: the dictatorship and the return to democracy, that is, the step of the
installation and continuity of the neoliberal model and of globalization.
Therefore, Carmen Berenguer, from poetic writing, experiences the crisis
of these moments in national history, “steals” the images of the neoliberal
landscape and returns them critically, disobeying language, decomposing
its use and taking it to the confusing limits between semantic and phonic.
To account for this process, theoretical elements of the difference in Deleuze and Taylor’s repertoire and archive will be used.
Keywords: Chilean poetry- Performance- Experimental poetry

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DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-2

�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

La escritura de Carmen Berenguer es y ha sido una irrupción en
la tradición poética chilena. Sobrepasa y problematiza el formato
poema: su narratología excede y disloca, siendo ésta de un flujo
experimental constante. Su apuesta consiste en que, entre poema,
contexto, política y escrituras, el signo se desplaza: el lenguaje es
una herramienta que convoca a decir algo y, a la vez, es destituido y
agotado en su uso, en su acto comunicativo. Estira el elástico hasta
deformarlo. El signo se desplaza para construir imágenes desde
el “robo” que esta poeta realiza: sustrae del mundo neoliberal sus
palabras, gestualidades y apropiaciones culturales para desplazarlas
en el poema. La venganza es ésa.
Su escritura es amplia, desde el ensayo (Escribir, 2019) hasta
discursos (“Discurso Premio Iberoamericano de Poesía Pablo
Neruda” [2008], 2009) y su propia producción poética que habla por
sí sola. En estas páginas revisaré los libros: Bobby Sands desfallece en el
muro (2018), Huellas de siglo (1986), A media asta (1988) y Sayal de pieles
(1993). A partir de lo antes mencionado, abordaré estas obras desde
las nociones de diferencia (Deleuze, 2017), repertorio y archivo
(Diane Taylor, 2010), esto es, como un modo de contextualización
cultural y su debido rebote con la performance del signo poético
en la dictadura y la posdictadura. Desde la perspectiva de Deleuze,
es en la diferencia donde la comprensión del mundo adquiere una
potencia en el lenguaje que genera ambigüedad: tal será el objetivo
de este ensayo.
Propongo lo siguiente: el signo poético (desde la diferencia
[Deleuze] que se presenta en las imágenes, los giros y la suspensión
del lenguaje en el contexto de dictadura y posdictadura) insta a que
la poesía de Carmen Berenguer sea un acto de performance (Taylor),
entendido esto como una poesía construida desde la ambigüedad.
DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-2

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�Gonzalo Rojas Canuet / El signo poético

Giles Deleuze, en su libro Diferencia y repetición (2017),
complejiza un problema estético, el de la representación estética desde
lo epistemológico, y lo suma al acontecer en la historia. Esto es: invertir
lo inmanente del platonismo como modo de concebir el mundo. La
diferencia es múltiple. Es decir, funciona a priori desde el interior de un
modelo para resignificar se sentido causal. La diferencia es una potencia,
no busca un resultado, una verdad, persigue un proceso, su función. Es
lo que más tarde, Deleuze sistematizará como rizoma. La “diferencia”
tiene dos rostros (423), los cuales son distintos en grados y niveles: “una,
en extensión; la otra intensiva […] Una es una repetición de exactitud y
de mecanismo, la otra, de relación y de libertad” (423).
La diferencia existe en tanto potencia su función en lo que
desea representar: invierte la representación, liberando la potencia
del pensamiento: “la diferencia no se reconquista, no se libera sino al
cabo de su potencia, es decir, por la repetición en el eterno retorno
[…] Lo que elimina es lo Mismo y lo Semejante, lo análogo y lo
negativo, como presupuesto de la representación” (441).
Con lo anterior, la diferencia es el dispositivo que fisura la
mónada entre una parte con otra, creando imágenes abreviadas del
mundo: un “pliegue” que se potencia y desterritorializa lo uno con
lo otro sin ninguna intención dialéctica.
En Carmen Berenguer, el signo se desplaza desde la diferencia
del material del lenguaje y no de lo que quiere representar. Su poesía
es una espuma que está en la superficie del lenguaje: pertenece al
oleaje, pero emerge. Entonces, qué diferencia quiere elaborar, es la
idea de este ensayo.
En el texto Usted está aquí: el ADN del performance (2010), Diane
Taylor estudia la performance desde el uso de rescate y transgresión
de la memoria. En especial, en un contexto del trauma histórico de
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la dictadura argentina. Estudia la performance desde la ritualidad de
las Madres de Mayo. La tesis principal del vínculo entre protesta y
performance es la de su naturaleza reiterativa, enfatizando el aquí y
el ahora: “Dar testimonio es un proceso vivo, un hacer, un acto que
tiene lugar en tiempo real, en la presencia de un oyente que llega a
ser partícipe y copropietario del suceso traumático” (6). Desde ahí,
Taylor propone una semejanza entre la performance con la ciencia.
La noción de archivo es muy importante para el caso de este trabajo:
“Este archivo hecho por el ser humano mantiene lo que se percibe
como el núcleo duradero –registros, documentos, fotografías, textos
literarios, expedientes policiacos, huellas dactilares y evidencia de
ADN, materiales digitales, restos arqueológicos, huesos – que se
piensa como resistente a los cambios y, la manipulación política. Lo
que cambia con el tiempo, según el archivo, es el valor, pertinencia
o significado de los restos: la manera en que se les interpreta o
incluso como se los encarna” (12). Por otro lado, Taylor, propone
la noción de repertorio, la cual puede almacenarse en el archivo y,
con esto, da continuidad en el tiempo de los límites de lo “vivo”:
“Almacena y recrea la memoria “encarnada” (…) todos los actos
que suelen considerarse de conocimiento o “en vivo”, efímero, no
reproducible” (14).
La bibliografía crítica sobre Carmen Berenguer es bastante
extensa. Sobre todo de libros sobre poesía chilena, Berenguer ocupa
un espacio importante. Es una suerte de bisagra entre el Chile
moderno y posmoderno. El Chile de la dictadura y de la transición
democrática. El Chile cooperativista y neoliberal. En ese entre es
donde Berenguer ha dado en el blanco: el lenguaje, sobre todo desde
la poesía, es y será lo que representa y critique a una sociedad como
la chilena. Es el lenguaje que tendrá la función de robar las imágenes
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del país y donaría a sus lectores. Es un acto de mano a mano. Nos
roban nuestras utopías y Berenguer les roba con su mirada sus
paisajes y reconstruye para todos nosotros.
Hay dos textos críticos que proponen una suerte de poética
escritural de Berenguer: Representación de Santiago en Huellas de siglo
(2008) de Magda Sepúlveda y en Caja de herramientas (2000) de Julio
Ortega. En el primero se destaca la imagen del prostíbulo en la
ciudad de Santiago, específicamente, desde el poema Santiago Tango:
es una huella del ingreso del neoliberalismo en donde se anuló la
industrialización nacional por el ingreso de las importaciones. El
mercado atomizó todo modo de producción. Todo se “empiela”,
se ablanda y se limpió. Como dice Magda Sepúlveda: “El mercado
ofrece tranquilidad, no hay religión o etnia subversiva, en la medida
que participan desde el interior o mirando la vitrina. Por ello, una
vez instalado el neoliberalismo no será necesaria la dictadura. Según
Berenguer, la ciudad neoliberal, tal como el burdel, no repara en la
ideología política, la religión o la etnia de los clientes” (119).
Por lo tanto, la ciudad es una vitrina del neoliberalismo. Es
el prostíbulo y sus prostitutas (quien los vende), ambos están hechos
para ser vendidos y adornados.
Julio Ortega hace un recorrido de su escritura. Su análisis se
da desde el inicio de un poema de Berenguer, Santiago Punk. Habla
de las mitologías del consumo. El nuevo orden del Chile entre el
mercado y la violencia, lo prostibular y la mercancía: “La poesía sin
embargo es consciente de su andadura civil, y al final se vuelve sobre
sí misma, exigiendo al lenguaje su mejor paisaje (31). Es una tesis
posible que afirma Ortega con respecto a Huellas de siglo. Con el libro
A media asta, Ortega plantea una madurez escritural en Berenguer.
Consciente de su devenir histórico y poético. Hay una consciencia del
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papel de la poesía en una sociedad de consumo: “Emerge ahora una
voz fresca y episódica, y a la vez poseída por el fervor de su relato,
que se mueve entre la vía civil herida y el diálogo erótico, la saga
materna, la ironía popular, y el placer de la escritura que dice tanto
como calla” (32). Para Sayal de pieles, Ortega plantea a la escritura de
Berenguer desde su uso del lenguaje hasta sus últimas consecuencias.
Dado esto desde lo experimental: una forma de hurto del lenguaje
para hacerlo acabar en sí mismo. Una vuelta de mano que Ortega lo
plantea así: “Haciendo el desenfado lúdico el eje del libro, la poeta
traza la huella del poema, sus ecos y gestos gráficos, entre blancos
y cortes que escamotean o expulsan al significado, y lo convierten
en un significante sospechoso, inquietado por su experimento sin
retorno […] La marca de la piel como tatuaje del origen, tanto
como la enfermedad, son otras instancias de un referente esquivo y
oblicuo. Al final, el lenguaje es revelado como la piel de un cuerpo de
asociaciones que pueden ser tan subvertoras como restitutivas” (3234). Finalmente, el planteamiento más decidor por parte de Ortega, es
la síntesis de la poética de Berenguer, en donde orienta a su escritura
como un acto dual “escribe desescribiendo”, “un robo del fuego
civil”. En acuerdo absoluto de esta figura del robo a lo que Ortega
relata de esta manera: “Se levanta un relato alternativo en la obra de
Berenguer, a través de sus fragmentos, elipsis y desplazamientos. Un
relato del horror moral y pasión vital, de subjetividad liberadora y
reafirmaciones materiales. Un canto de la tribu convocada por sus
nombres más propios. Por lo tanto, si esta poesía se levanta desde
un espacio que construye como alterno a los lugares socializados
del discurso, se anuncia allí en tanto habla henchida de otras voces.
Así comunica la textura de la intimidad del presente (…) Por eso,
empieza borrando al lenguaje en el mismo momento en que lo
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enuncia. Carmen Berenguer escribe describiendo. Su escritura es un
arrebato, un robo del fuego civil” (35- 36).
Performance, diferencia, repertorio y archivo
Bobby Sands desfallece en el muro (2018) tiene un formato de diario de
vida. Son cuarenta y dos días anotados de sesenta y seis días que
fueron en realidad. Son días de la huelga de hambre de Bobby en la
cárcel, condenado por terrorista y miembro del IRA.
De los días vividos en la huelga a los relatados es el tipo
de discurso que este libro contiene: no es continuo, orgánico. Está
elaborado a saltos. Por lo tanto, este formato es pura enunciación
poética desde otro, la voz de la poeta Berenguer. Resignifica editando
la voz de Bobby Sands. Sus enunciados que a su vez van tejiendo
relatos, están cargados de angustia asociada a la huelga de hambre.
Palabras como pan, fermento, saliva, maíz, estómago y hambre
connotan un tono decidor en la puesta en escena del relato:
“El absoluto rigor del hambre” (16)

Lo anterior, se une a una conciencia de la muerte. Lo que
está vivenciando en su relato es el accionar del fascismo (los “negros
cuervos”) que silencian la libertad (“alondra que en primavera, lo
es todo para nosotros”, 9). Morir es el relato del acto agónico del
mismo Bobby Sands, de Irlanda, del mundo y la libertad:
		
“Día 44
Entrego mi vida como una acción de amor
Me entrego a una agonía lenta
Como único modo de cambiar
La pólvora por jardines de paz
Como única forma de esperar la alondra

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Y nuevas primaveras
Como único sostén para limpiar
Las heridas de Cristo torturado” (26)

Este libro, desde la lógica de la performance, es una puesta
en escena del repertorio, el diario de vida hablando de la muerte, el
cual archiva el acto de libertad frente a la injusticia. Vivifica en el
acto poético un hecho referencial que connota el relato poético
desde lo performático. Como ya se ha dicho, Berenguer “edita” a
Sands, enunciando su relato como tribulación hacia Sands. Dicha
aflicción es un archivo de la situación adversa de Bobby Sands.
Berenguer, experimenta performáticamente la aflicción de Sands
como un modo de liberación a través de la poesía:
“Mañana es el undécimo día
Y hay un largo camino que recorrer
Alguien podría escribir un poema
De las tribulaciones del hombre
Yo podría, pero ¿cómo terminarlo?” (33)

Berenguer ocupa el repertorio referencial de Sands y lo
transforma en un archivo vivo desde la poesía. Escenifica el dolor,
cargándolo de poesía, cruzándolo con enunciados políticos. Esto es:
ambos poetas, Sands y Berenguer, se cruzan y se desplazan entre el
repertorio y el archivo performático. Berenguer se hace parte de la
tribulación. “¿Cómo terminarlo?”, la poeta continúa y pone en escena
el trabajo y la causa de este poeta condenado. La tribulación es la
continuación y resignificación: vivifica el testimonio de Sands y le da
una nueva presencia. Resignificar es la acción poética performática. Es
la diferencia de Deleuze que se da en el texto. La tribulación es el acto
de la diferencia. Sands es resignificado por Berenguer, es una extensión
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de libertad y la poesía es la que enmarca el desplazamiento del signo
aflictivo. Invierte el acto representativo del dolor, convirtiéndola, desde
la diferencia, una nueva potencia creadora. La performance escritural
crea una nueva representación. No la análoga como presupuesto de lo
representado. “¿Cómo terminarlo?”, es un desplazamiento de la poesía
hacia la libertad. La poesía en su función escritural toma y continúa
hechos traumáticos y los renueva: Berenguer desterritorializa la muerte
de Sands en un canto de homenaje libertario. La poesía tendría, por lo
tanto, una función política: contrasta lo referencial, connotando en lo
poético como hecho vivificado. Actualiza el archivo desde la poesía.
Berenguer hace consciente la muerte de Sands, revitalizándolo en la
poesía. Expande lo ficcional como un hecho vivo. No reduce la ficción
la ficción como un acto representativo. La tribulación es la continuación
de la tarea de la poesía: resignificar el dolor humano. El testimonio desde
la poesía toma un sentido y un valor político: la denuncia y la esperanza
desde el dolor. El lenguaje como acto comunicativo, lo reduciría solo
a un dato o a un hecho referencial. La poesía disloca lo anterior desde
la subjetividad: toma posición de una voz martirizada a lo colectivo. El
acto poético es la verbalización hacia un dolor colectivo. El fascismo en
Sands es el fascismo en todos nosotros.
La poesía permea una acción singular en un acto colectivo. El
intermediario poético, en este caso Berenguer, lo concreta en la poesía.
El poeta debe ser consciente de su presente histórico y, su tarea, es la de
crear una nueva imagen, una diferencia, ha de ser leída en ese presente
y en el futuro. Crea un archivo que se almacena en la subjetividad hacia
un sentir colectivo: la poesía como acto político de redención del dolor,
lo resignifica en múltiples voces en el devenir histórico.
En el libro Huellas de siglo (1986) el poema “Santiago Punk” y
–quizás como título, ya que está ubicado al final del poema- “Plan de
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conquista en el café Haití” (34) del libro A media asta (1988). Ambos
poemas tratan de algo fundamental en una etapa de la poesía de
Berenguer: la dictadura política no fue solo desde el símbolo de
poder represivo, sino una dictadura del consumo que se extiende
hasta nuestros días.
El Chile del consumo, está expuesto en las imágenes que
Berenguer experimenta en su escritura: es una poeta que habla como
flâneur, pero no se queda en ese papel, experimenta en el extremo
del lenguaje –sus sonidos- las posibilidades de su habla. El flâneur
de Benjamin indica a un artista en la ciudad, dando identidades o
resignificando el paisaje citadino. Berenguer hace lo mismo, solo
que su escritura es performática. Condensa su mirada crítica al
cambio de paradigma chileno: el de la producción nacional a la
transnacional, el paisaje neoliberal de consumo como reducto de
formas de vida citadina. Desde ahí, experimenta con el lenguaje: se
detiene en la subjetividad como modo de resistencia, entendiendo
que el lenguaje se está neoliberalizando, esto es, pasa por el cedazo
de una globalización de estética. El único espacio de resistencia es
un modo de lenguaje personal que el trabajo de la poesía entrega.
Contra el mundo global es donde todos hablan igual: la captura del
otro y la administración de la paranoia social, Berenguer apuesta en
estos dos libros a lo dicho: la propia subjetividad se experimenta
desde su lenguaje homogenizado por el neoliberalismo es la lucha
que Berenguer, al ser consciente de esto, lo experimenta. Ejemplo
de esto es este fragmento de Santiago Punk:
“un autito por cabeza
Y una cabeza por autito (…)
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Sudoroso mormón en bicicleta
Aleluya la paz (...)
La alameda Bernardo O’Higgins en el exilio
Alameda de las delicias, caramelos Candy (…)
Topless cuchufletos, silicona
Rapa Nui en botellas
Colchones de agua en la cúpula
Coito colectivo” (¿)

Anteriormente, se ha dicho sobre la función del poeta y la
poesía hoy en día. Berenguer desde Bobby Sands hasta hoy, demuestra
una conciencia del presente histórico. Y el poder de su poesía está en
plasmarlo, avizorando el futuro. Descomponiendo el yo, va creando
una subjetividad que pone como primer punto crítico al lenguaje.
La poesía es resistencia política y estética de la homogenización del
lenguaje. Después se verá con Sayal de pieles (1993), que es un proyecto
que extrema lo aquí dicho. En el poema “Plan de conquista en el
café Haití” de A media asta, es el rito de la seducción modelada
como intercambio mercantil. Son los ojos y sus miradas los que van
transando, “espejeando” la transa del consumo y simulacro erótico:
“La patria querida es una boquiabierta muralla donde se
puede pintar en las periféricas zonas no soñadas por labio alguno no
mencionada por voz alguna pulsada por cuerdas que nadie mueve al
interior una sangre fresca capaz de seguir hasta que encuentre salida
por un cauce que nadie sabe gota sobre gota rozando los labios
boquilla dulce de patria fundada por quizás quienes.
Señora fundadora de pie pequeño por los pasos de los
acueductos sobre la hierba amada amante de tu señor viejo zorro
olfatero de faldeos poblados confiscando a las musas doña señora
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ayer paseabas en Ahumada pintada en tus mejillas y dos aletas de
rimmel tus ojos parpadeando al color de una cama de hotel barato
despojada doña y fundándola de nuevo por quizás quiénes.
En la tímida yerba de los faldeos el deseo bravo amantes
la ráfaga dulce de la flora fluorescentes encandilan los candiles de
los cerros en las cruces espejee la mirada de los cafecitos ojos de
la pérfida y ojos sobre ojos van flameando los nuevos valles señor
amor mío señora eres mía eres mía donde estamos en el mundillo
nuevo todo de mirra y sangre de oveja:
“Plan de conquista en el café Haití” (14)

Berenguer le “roba” al poder y a su diseño de ciudad, su
paisaje y se las devuelve inexpresivas para el propio poder. Su poesía
es el triunfo personal y con ello, el de la poesía, esto es, un colectivo.
Roba y ocupa sus diseños, pulsiones y vociferaciones de la ciudad
y lo transforma en un nuevo canto de triunfo: la libertad de la
subjetividad, el lenguaje desplazándose como quiere en un poema.
La subjetividad por la subjetividad en sí no tiene sentido.
Berenguer experimenta en su escritura performática y rizomática
para un receptor que comulgará con sus imágenes: se creará una
“comunidad” discursiva. La poesía es el acto político en donde nos
verbalizamos. Ese ejercicio fue inaugurado por las Vanguardias
Históricas. Berenguer en el espacio poético, agrega, el desecho
del lenguaje, en otra recepción. Ahonda en la performance, en
la tensión del lenguaje como acto de habla, como propaganda
neoliberal, una salida, la ambigüedad. Y con ello, las posibilidades
de constatar hechos denotativos en la historia reciente de Chile: una
fisura de representación, la voz que transa esos robos de imágenes
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de la depredación neoliberal en un canto colectivo. La poesía como
renovación del mundo.
Un libro que cierra y abre lo experimental en la escritura
de Carmen Berenguer es Sayal de pieles (1993), libro cúspide de un
proyecto poético.
La escritura de este libro se podría caracterizar como
barroca. Se inscribe desde la ambigüedad. El material fónico tiene
un protagonismo que circula en la performance; es un devenir
de la diferencia (Deleuze): tiene dos rostros, son niveles y grados
distintos de expresión. No hay simetría entre el material fónico
con el semántico (ni sintáctico). Esa es su complejidad y su
riqueza. Julio Ortega, plantea lo siguiente: “Esta poesía resuena
como el aparato vocálico de la subjetividad nacional. Viene
de su bronca garganta, vibra en su lengua sedienta. Sibilante y
explosiva, reverbera como voz desenrraizada en la plaza pública
de este día siguiente de la taciturna civilidad chilena. Sería la voz
que despertaría para siempre a los pasajeros que, en el metro de
Santiago, guardan silencio” (35).
El “sayal”, un objeto de tela sencilla, una prenda de vestir
(de uso en el medioevo, religioso) de valor menor, rústica. “Pieles”,
es un tema central asociado a la imagen del cuerpo. El cruce de estas
dos palabras es el rizoma interno de este libro. El cuerpo rizomático
pivotea con otros elementos para “exudar” palabras. La piel de este
cuerpo discursivo se sostiene o lo cubre un sayal, una tela pobre: es
el o los cuerpos (individuales o colectivos) sostenidos en la fragilidad
de un manto precario, es el resultado del despojo y la marginalidad
del habla. El “sayal de pieles” es la membrana del habla que parlotea,
que no tiene cabida al discurso completo, por lo tanto, su relato son
frases intempestivas: es el residuo del habla en donde lo que destaca
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es el plano fónico, quedando el acto de habla incompleto, creando
pura ambigüedad performática:
“Confundidos en la microscopía electrónica
Por el ojo natural quedo.
Signo Zeta quedo
Roncha ceda
Cuelga de jeringas
Algodón moro
Esposos de plástico
Mudoso y azul.
PELLEJO DE MANCHAS
CECA DE PIELES EN EL BAJO
AMAPOLAS Y MAGNOLIAS ORMESI
Una línea cruza la pira” (38)

Se pueden unir otros textos, como TATUAJE (41), Hija
natural (43) y Mala piel (47), en donde el cuerpo territorializa y
desterritorializa con otros flujos de elementos: la “mala piel” es la
“mal hablada”, la “hija natural” a la que se le tatuó (“TATUAJE”)
un nombre, BERENGUER. Pero la escritura no queda solo en
ese desciframiento. Los cuerpos se cruzan con otros cuerpos: todo
es texto. Esta frase posmoderna, antiesencialista, corrobora que
el sujeto ilustrado, el que busca desde su valor racional e íntegro,
la verdad de las cosas: la búsqueda del ser humano está en la
contradicción y, sobre todo, en la ambigüedad. Sayal de pieles, es
también, desde la política del texto, un crujir del lenguaje, el cual
muestra sus fisuras, sus sonidos. Aquí es donde este texto hace un
festín: resiste el acotamiento neoliberal, el encapsulamiento del
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lenguaje. Sayal de pieles es un exceso de algo no medido, está en
contra del acto coaptativo, es el placer del lenguaje por el lenguaje.
Berenguer, nuevamente, roba sonidos, frases y palabras sueltas y las
reorganiza. Al hacerlo descompone y performatiza el lenguaje.
Giorgo Agamben, en su libro Profanaciones (2005), plantea
que el capitalismo ha invadido y coaptado prácticas del ser humano
que eran parte de su deseo y búsqueda: el viaje, a través de lo él
plantea como “museificación”, esto es, el turista es un consumidor
de imágenes del mundo, como un gran museo; y el erotismo, a través
de la industria de la pornografía, el deseo queda encapsulado en un
simulacro de lo erótico.
El placer del lenguaje es una resistencia en el libro de Carmen
Berenguer. Crea un intento profanatorio: no encapsula al lenguaje
en una función de acto de habla. Lo desborda y carnavaliza (Bajtín)
solo como un rizoma escritural infinito. El lenguaje se sostiene solo
en el devenir, es como la hoja del árbol que la mueve el viento.
Carmen Berenguer asalta al lenguaje, lo detona, organiza
su desastre, crea un sayal de pieles, escribiendo devenires y pivotes
resistentes al propio lenguaje.
El resultado es una función de la poesía: rescatar al lenguaje
muerto y hacerlo poema. Por lo tanto, el objeto poema es la fricción
del lenguaje. La poesía cruje: no interesa proponer qué fisura
muestra el crujido, sino más bien su sonido que representa a un
lenguaje que fue. Son “sayales” o membranas de tejidos que van
cruzándose infinitamente. La sintaxis es un estorbo. Es una frontera
de la comunicabilidad.
Desde lo contextual, Héctor Hernández, plantea algo similar
a lo dicho: “ensuciar” el discurso higiénico de los ’90 (el neoliberal),
sobre todo en poesía: “De este modo, Sayal de pieles, viene a ensuciar
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las discursividades poéticas de la década de los ’90, es decir, a
blanquear la misma transición, a macular e inquietar la factura del
propio libro y, sin proponérselo, a visibilizar un futuro a mediano
plazo que hoy, más de diez años después, podemos padecer como si
fuera un presente, como si algo hubiese cambiado de fondo” (2006).
Como se ha estado diciendo en este trabajo, Carmen
Berenguer es una poeta que roba del paisaje construido por el
neoliberalismo y lo devuelve en escritura (performática, barroca,
experimental) con otras imágenes. Son testimonios de procesos
vivos. Es lo que Diane Taylor denomina como archivo. Esos
procesos vivos, enmarcan una política del texto de esta poeta: no
recurre al preciosismo ni menos a la inmanencia. Archiva imágenes
de la dictadura y del ingreso del neoliberalismo e invierte su valor,
agudizando las fronteras del lenguaje y su economía (Sayal de pieles),
utiliza a la tribulación para hablar del proceso de la muerte de un
preso (Bobby Sands desfallece en el muro), los gestos eróticos como
intercambio de consumo (A media asta) y la cuidad de Santiago de
Chile como un gran prostíbulo (Huellas de siglo).
Por lo tanto, el “repertorio” de la poesía de Berenguer es lo
que va recreando la memoria de una ciudad y sus habitantes. Memoria
como acto efímero de estos habitantes desde sus gestualidades y sus
palabras pronunciadas en el cotidiano: privilegia el gesto, ese acto
efímero, de los seres humanos como formas de intercambio erótico,
sus carencias, sus deseos y, sobre todo, sus miradas e histrionismos.
Desde ese repertorio, Berenguer evalúa los síntomas del poder
en los cuerpos. Esto se podría entender con mayor proyección
desde Foucault con su texto Microfísica del poder (2019). Esto es: en
los pequeños gestos del cuerpo, el poder ha inoculado su acción.
Berenguer recrea, en un repertorio escritural un archivo vivo de
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movimientos corporales y de la ciudad. La memoria actúa como
filtro de esta operación. La mirada de Berenguer es la de una cámara
fotográfica, un ojo portátil, que va retratando la crisis. Bien vendría
revisar esta idea desde Barthes a través de La cámara lúcida (2014).
Habrá momento para eso.
Este archivo de memoria es la de la desobediencia civil en la
escritura. Es la exaltación de las fronteras del lenguaje: por ejemplo,
en Sayal de pieles, se exagera su semántica hasta transformarla en
sonido.
La memoria escritural de Carmen Berenguer esta
“encarnada” en los gestos de operaciones corporales que habitan
la ciudad de Santiago. Los vivifica desde un encuentro crítico con
el paradigma económico (neoliberalismo) y cultural (globalización)
instalado en dictadura y perpetuado como modelo político hasta el
día de hoy. Los pequeños gestos del poder que Foucault nos presenta
es lo que Berenguer nos devuelve en su escritura: es la venganza
que hace desde la poesía –y que Lemebel hizo en sus crónicas-,
mostrar las aberraciones del poder y devolverles su incomodidad;
resignificar el bienestar de su modelo político como un malestar en
las motivaciones profundas del ser humano. Cierra y abre –como un
obturador de la cámara fotográfica- otros horizontes de expectativas.

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BIBLIOGRAFÍA
Agamben, G. (2005): Profanaciones. Buenos Aires: Adriana Hidalgo
Editora.
Barthes, R. (2014): La cámara lúcida. México: Paidós.
Berenguer, C. (1986): Huellas de siglo. Santiago: Ediciones Maniaristas.
___, (1988): A media asta. Santiago: Cuarto Propio.
___, (1993): Sayal de pieles. Santiago: Francisco Zegers Editor.
___, (2009): Chiiit, son las ventajas de la escritura. Santiago: LOM.
___, (2018): Bobby Sands desfallece en el muro. Santiago: Quimantú.
___, (2019): Poesía sobre poesía. Santiago: Ediciones UAHC.
Deleuze, G. (2017): Diferencia y repetición. Buenos Aires: Amorrortu/
editores
Foucault, M. (2019): Microfísica del poder. Buenos Aires: Siglo XXI.
Hernández, H. (2006): Sarcoma piel paginal. http://www.letras.mysite.
com/hh040906.htm
Ortega, J. (2000): Caja de herramientas. Santiago: LOM.
Sepúlveda, M. (2008): “Representaciones de Santiago en Huellas de
Siglo de Carmen Berenguer: La ciudad burdel”. Literatura y
lingüística, N°19. Santiago: Ediciones UCSH.
Taylor, D. (2010) “Usted está aquí”, el ADN de la performance. México:
Siglo XXI.
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�Dosier
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Escritoras Latinoamericanas: miradas críticas
desde el siglo XXI
Toda genealogía acusa con obviedad la preocupación por conocer
el origen, en un intento de filiación
individual. Descubrir diversas historias, definir las diferencias individuales contrarresta el efecto de
mitificación, absuelve la traición.
Margo Glantz

A mediados del 2021 me encontré moderando una mesa titulada
“Periodismo y literatura: fronteras de la hibridación narrativa” en un
evento organizado por mi colega Magdalena López. La mesa estuvo
conformada por Lorena Amaro de la Universidad de Chile, Liliana
Chávez de la Universidad Libre de Berlín y Montserrat Mera de la
Universidad Complutense de Madrid; es decir, todas mujeres. Antes
de comenzar la transmisión, Chávez nos preguntó si la mesa giraría
en torno a la escritura de las mujeres, a lo cual respondimos que
no habíamos pensando en ello como el tema central, sin embargo,
mentiría si dijera que no teníamos cierta certeza de que la discusión
derivaría hacia ese tema. Y lo hizo.
El cuestionamiento sobre si ser escritoras e investigadoras
nos obliga a hablar de la escritura de las mujeres puso en evidencia
varias aristas en torno al panorama actual no solo de la literatura
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�Michel Monter / Presentación

sino también de la investigación y crítica literarias. ¿Acaso hemos
construido un mandato en el que cuando las lectoras, escritoras e
investigadoras se reúnen es solo para discutir sobre la producción
literaria de las mujeres? Aún más, ¿acaso la categoría de “escritura
de las mujeres” alcanza a cubrir toda la diversidad de producciones
literarias? Me parece que, en principio, continúa siendo estratégico
utilizarla en orden de mostrar las ausencias, pero me preocupa
caer en los esencialismos que sitúan estas producciones casi como
un género en sí mismo, homogeneizando así las manifestaciones
literarias, sobre todo cuando se encuentran acompañadas de una
narrativa en la que se plantea que tales obras surgieron de forma
espontánea.
En el 2017, el diario español El País publicó un artículo
sobre las narradoras latinoamericanas en el que ponía la producción
de Laia Jufresa, Mariana Enríquez, Samanta Schweblin, Fernanda
Melchor, Ariana Harwicz, Gabriela Jáuregui, Liliana Colanzi, Brenda
Lozano y demás autoras en relación con aquel movimiento literarioeditorial latinoamericano de la segunda mitad del siglo pasado:
“Después de los Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Julio
Cortázar, entre otros, de hace más de cinco décadas, ¿hay un boom
latinoamericano en femenino?” Elipsis a la Feria Internacional del
Libro del 2021 en Guayaquil durante la cual las escritoras Mónica
Ojeda, Fernanda Trías y Giovanna Rivero mantuvieron una
discusión en la que criticaron la ligereza con la que se usa el término
boom, pues es una forma de guetización,1 una nueva categorización de
1 Peter Marcuse escribe que un ghetto es “un territorio que concentra
personas que han sido segregadas por el resto de la sociedad, ya sea por su
condición étnico-racial, socioeconómica o por su nacionalidad; a su vez, este
grupo a su vez es tratado por las clases dominantes como inferior” (1997, p. 4).

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�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

la escritura de la mujeres y, en palabras de Fernanda Trías, mientras
que “el tema de los hombres es el mundo, los temas de las mujeres
son los temas de las mujeres”.
En 1983, Joanna Russ publicó Cómo acabar con la escritura de
mujeres, libro en el que explica que, en una sociedad que se define
como igualitaria y en la que gozamos de una supuesta libertad,
históricamente se han conformado estrategias para “ignorar,
condenar o minusvalorar” las obras de quienes son consideradas
inadecuadas para la literatura. Estas estrategias fueron condensadas
en la portada de la primera edición del libro en 1983, en la que se
lee lo siguiente:
Ella no lo escribió. (PERO si es evidente que lo hizo…) Ella
lo escribió, PERO no debió hacerlo. (Si es político, sexual,
masculino, feminista.) Ella lo escribió, PERO mira sobre lo que
escribió. (El cuarto, la cocina, su familia. ¡Otras mujeres!) Ella lo
escribió, PERO solo escribió uno (Nellie Campobello solo publicó
Cartucho [1931]) Ella lo escribió, PERO no es realmente una
artista, así que esto no es arte (Es un thriller, una novela rosa,
un libro para niños, ciencia ficción…) Ella lo escribió, PERO
la ayudaron (el papel de Octavio Paz en la publicación de Los
recuerdos del porvenir de Elena Garro) Ella lo escribió, PERO es
una anomalía (La figura de Rosario Castellanos). Ella lo escribió,
PERO…2
Disponible en: http://www.urbancenter.utoronto.ca/pdfs/curp/Marcuse_
Segregationandthe.pdf
En los términos de nuestra discusión, el término de guetización se refiere al
proceso en el que un grupo de escritoras se margina en un espacio separado
dentro del sistema literario, entendido como la red de mercado, editoriales,
ferias del libro, etc.
2 Traducción propia de la portada de la primera edición de How to suppress
women’s writing (1983) de Joanna Russ en la que modifiqué los ejemplos del
original para adaptarlos a los casos de la historia literaria mexicana.
DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-13

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�Michel Monter / Presentación

Estos PEROS, no son más que estrategias de guetización,
en términos de Trías, que terminan por obliterar las producciones
literarias escritas por mujeres, pero no solo eso, sino que desvanecen
el camino andado al implantar una narrativa de falsa espontaneidad.
En una adenda a la mesa de la FIL Guayaquil, citada anteriormente,
Giovana Rivero escribió en Twitter que “el término [boom] (de
profunda raigambre economicista y nuclear) anula todo camino
anterior, borra genealogías” (Rivero, 2021). Al hablar de un “boom
femenino” la estrategia utilizada parece ser “Ella lo escribió…pero
es mujer”. Incluso aunque nos conciliáramos con el concepto de
boom, no estamos ante una novedad. Liliana Pedroza menciona en
su libro Historia secreta del cuento mexicano que, durante la década de
1980 y gracias a los movimientos feministas de la época “surge un
boom de literatura escrita por mujeres”, aunque, al igual que en la
actualidad “no es que las mujeres comenzaran a escribir recién, sino
que las editoriales supieron rentabilizar los movimientos sociales
feministas y crearon en el mercado lectores de libros de mujeres para
mujeres” (Pedroza, p. 30). Ciertamente, los booms son mediáticos y
van acompañados de una maquinaria publicitaria estruendosa. En
medio del fragor, es posible interpretar como novedad fenómenos
que han permanecido oculto bajo ciertas estrategias, pero una vez
que entrenemos nuestra mirada nos encontraremos ante un tejido
vivo.
Abro con el recuento de estos episodios porque, en principio,
este dossier nació de la idea de establecer vasos comunicantes entre
las autoras latinoamericanas del siglo XX y XXI. Los artículos aquí
reunidos trazan, a muy grandes rasgos, una panorama literario en el
que los relieves, las similitudes y las diferencias se vuelven evidentes
a través de las múltiples miradas de quienes se dedican a investigar
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DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-13

�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

el vasto campo literario con la consigna primordial de investigar a
las escritoras latinoamericanas. Así, este compendio trabaja diversos
géneros: desde el ensayo de María Elena Bermúdez pasando por los
cuentos de Mónica Ojeda, Rosario Castellanos y Guadalupe Nettel,
hasta las novelas de Clarice Lispector y Orfa Alarcón.
El recorrido inicia con el primer apartado titulado
“Identidad” en el que Lluvia Olvera realiza un rescate de la obra
ensayística de María Elena Bermúdez. En la autora que la crítica
literaria reconoce como la “Agatha Christie mexicana”, Olvera
encuentra a una gran ensayista que en su época dialogó con
Octavio Paz y Samuel Ramos al tratar de desentrañar la condición
del ser mexicano. Siguiendo con los rescates, Omar Paredes se
concentra en un elemento poco estudiado dentro de la amplia obra
de Rosario Castellanos: sus cuentos. Para ello realiza un análisis
desde la concepción del espacio y la construcción de la identidad.
En el segundo apartado “Anomalías”, Joseph Cardona estudia La
hora de la estrella de Clarice Lispector desde la idea de lo abyecto, así
como Valeria Vazquez trabaja la mirada voyeur, la incomodidad y el
erotismo del cuerpo enfermo en el cuento “Hongos” de Guadalupe
Nettel. Por último, en el apartado “Violencias”, Magdalena López
analiza la irrupción de Perra Brava como una resignificación del rol
femenino en la literatura sobre el narcotráfico; mientras que Isabel
Alcántara y Álvaro Uribe presentan un trabajo sobre el sistema
literario de Mónica Ojeda a través de la experiencia de la violencia,
el trauma y del dolor como artefactos para provocar horror; y, para
cerrar el apartado y el dosier, Francisco Tijerina se hace cargo del
proceso de territorialización del cuerpo, realizado por un grupo de
narradoras mexicanas.
DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-13

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�Michel Monter / Presentación

En suma, el dossier “Escritoras Latinoamericanas: miradas
críticas desde el siglo XXI” que presenta la revista Humanitas es un
esfuerzo más por continuar un diálogo con las diversas personas
que se dedican a la investigación y crítica literarias, pero, ante todo,
un diálogo con lectoras y lectores de las letras latinoamericanas.
Michelle Monter Arauz

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�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

Referencias
Corroto, P. (14 de agosto de 2017). “El otro ‘boom’ latinoamericano
es femenino”. El País. Disponible en: https://elpais.com/
cultura/2017/08/13/actualidad/1502641791_807871.
html [Fecha de consulta: 02/12/2021].
Pedroza, L. (2018). Historia secreta del cuento mexicano. Monterrey:
UANL.
Rivero, G. [giovannarivero1]. (16 de septiembre de 2021). Estuve de
moderadora en la charla entre @trias_fernanda y @MonaOjedaF.
Sobre lo “espontáneo” del “boom” quiero completar algo que planteé
y la nota no registra [Tweet]. Twitter. https://twitter.com/
giovannarivero1/status/1438553120984948744
Russ, J. (1983). How to suppress women’s writing. Austin: University of
Texas Press.

DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-13

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�Dosier
Humanitas, vol. 1, núm. 2, 2022

El ensayo de identidad en México: la perspectiva
de María Elvira Bermúdez en La vida familiar del
mexicano (1955)
The identity essay in Mexico: María Elvira
Bermúdez’ point of view in La vida familiar del
mexicano (1955)
Lluvia Georgina Olvera Coxtinica
Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa
lluvia.olveracox@gmail.com

Fecha entrega: 03-1-2021 Fecha aceptación: 11-2-2022

Resumen. En este artículo se analiza la obra La vida familiar del mexicano
(1955) de María Elvira Bermúdez (1916-1988) a través de la categoría de
ensayo de identidad. En esta obra se configuran los rasgos que conforman
la identidad del mexicano y cómo esta se constituye en el inconsciente colectivo de la sociedad y de los sujetos que a ella pertenecen: mujer y hombre.
Ante las diversas situaciones que la autora analiza y que identifica como
problemas propone una solución que contribuiría a la formación de una
sociedad más justa y equitativa que acabe con los estereotipos de género
impuestos a la sociedad mexicana por la ideología patriarcal gestada durante
años. La vida familiar del mexicano es una obra de un enorme valor literario
que contribuye a la actualización no sólo del ensayo en México sino también
brinda nuevos enfoques respecto a la identidad de las y los mexicanos.

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�Lluvia Georgina Olvera Coxtinica / El ensayo de identidad en México

Palabras clave: ensayo mexicano, ensayo de identidad, escritura femenina, familia mexicana, mujer y sociedad.
Abstract. This article analyses La vida familiar del mexicano (1955) by María Elvira Bermúdez (1916-1988) through the category of identity essay.
Bermudez’ essay analyzes the configuration of the features that set up
the Mexican identity and how this is constituted in the collective unconscious of society and the subjects belonged to it: woman and man. The
writer dialogues with the tradition that also raised questions regarding the
Mexican identity, such as Octavio Paz and Samuel Ramos. In addition, it
observes from different points of view the role of women in public and
private spaces of family dynamics, both in the countryside and in the city.
It also determines that parenting of children influences ideologically for
the construction of machismo in Mexican society. La vida familiar del mexicano is a work of enormous literary value that contributes to the updating
not only of the essay in Mexico but also provides new approaches to the
Mexican identity.
Keywords: Mexican essay, identity essay, female writing, Mexican family,
woman and society.

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�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

Introducción
La vida familiar del mexicano fue escrito en 1955 por María Elvira
Bermúdez (Durango 1916- Ciudad de México 1988)1. Este ensayo,
tanto en el tratamiento de los temas como en extensión y complejidad,
se trata de una obra sin precedentes. Se publicó como parte de la
colección México y lo mexicano editada por la antigua librería Robredo
en 1955, bajo la coordinación editorial de Leopoldo Zea, quien, a
partir de su participación en el llamado grupo Hiperión,2 se inclinó
fuertemente hacia los estudios sobre lo mexicano. Los títulos que
pertenecieron a esa colección son: La emancipación literaria de México
de José Luis Martínez, Tres poetas de la soledad (José Gorostiza, Xavier
Villaurrutia y Octavio Paz) de Ramón Xirau, Crónica de México de Alfredo
1 María Elvira Bermúdez nació en Durango donde vivió gran parte de
su niñez. Durante su juventud viajó a la Ciudad de México para estudiar en
la Escuela Libre de Derecho y fue la primera mujer en obtener su título como
abogada en esa institución. Es probable que al ejercer su profesión se haya
sentido influenciada en su proceso creativo para incursionar en la novela y
cuento policíaco. Ha sido llamada “la Agatha Christie mexicana” por el escritor
y crítico literario Juan José Reyes y también se le ha considerado como la
primera mujer en México y América Latina en incursionar en el género policial.
Sus obras narrativas publicadas son: Soliloquio de un muerto (1951), Diferentes
razones tiene la muerte (1953), Alegoría presuntuosa y otros cuentos (1971),
Cuentos herejes (1984), Detente, sombra (1984), Muerte a la zaga (1986) y
Encono de hormigas (1987). Algunas de sus obras han sido antologadas en Los
mejores cuentos policíacos mexicanos (1955) y Antología del cuento policíaco
mexicano (1987). También escribió en varios suplementos culturales en diarios
de circulación nacional como en Novedades, El Nacional, Excélsior y México en
la cultura.
2 El grupo Hiperión se fundó en la Facultad de Filosofía y Letras de
la Universidad Nacional Autónoma de México, conformado por Emilio
Uranga, Leopoldo Zea, Ricardo Guerra, Jorge Portilla, Luis Villoro, Fausto
Vega y Salvador Reyes Nevares, quienes tuvieron como objetivo estudiar lo
mexicano para fundar una filosofía nacional creada en México. Su principal
cuestionamiento fue la existencia de lo mexicano.
DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-3

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�Lluvia Georgina Olvera Coxtinica / El ensayo de identidad en México

Cardona Peña y La vida familiar del mexicano de María Elvira Bermúdez.
La obra en cuestión se centra en analizar los aspectos
patriarcales y machistas que configuran la función de la mujer en la
sociedad. Bermúdez también rastrea los orígenes de la estructura
patriarcal y los evidencia como una problemática nacional que limita el
progreso de la sociedad mexicana. Para ello analiza de qué forma incide
el machismo en las dinámicas sociales y de qué manera se expresa en
la cultura popular, además de proponer una solución ante el problema
del machismo en México. Esas características construyen una obra de
gran solidez argumentativa que refuta textos canónicos de la tradición
ensayística en México como El laberinto de la soledad (1950) y El perfil del
hombre y la cultura en México (1934), cuya temática abordada —la identidad
del mexicano— convergen en una misma categoría.
La aceptación y recepción de una obra no sólo radica en
publicarla y difundirla, sino en que sea leída de manera crítica, sea
citada y poco a poco se convierta en un marco de referencia de
nuevas formas de pensamiento. De igual manera, se espera que
al incorporarse tangiblemente a la historia literaria de un país se
generen nuevos espacios para el conocimiento y la reflexión, de tal
modo que la sociedad actualice la visión y perspectiva respecto a un
campo específico. Desafortunadamente, no ha sido el destino de La
vida familiar del mexicano, pues al ser un texto que no ha sido valorado
por la crítica no se ha incorporado al canon nacional.
La vida familiar del mexicano como ensayo de identidad
de género
El ensayo de Bermúdez, a pesar de no ser tomado en cuenta
como parte de la tradición ensayística en México, participa dentro
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de las discusiones sobre el tema de la identidad. Por lo tanto,
debe catalogarse como un ensayo de identidad, porque bajo esa
estirpe analizan el ser de las personas que tienen rasgos culturales
en común, como el lugar de origen, la lengua y las tradiciones,
lo anterior con el propósito de caracterizar y explicar la llamada
identidad nacional. De acuerdo con las categorías de Mary Louise
Pratt, el ensayo de identidad fue escrito por hombres privilegiados
que después de la independencia de sus naciones construyeron los
ideales que representaran a un pueblo. Empero, deben considerarse
estos ensayos como una perspectiva o visión incompleta, pues falta
la otra cara de la moneda: la visión femenina. Ante ello, Pratt sugiere
que gran parte de los ensayos que escribieron las mujeres durante
los siglos XIX y XX tienen un sentido contestatario hacia lo que
escribieron sus contemporáneos varones, como se puede apreciar
en la siguiente cita:
Empleo el término “Ensayo de género” para referirme a una serie
de textos escritos por mujeres latinoamericanas a lo largo de los
últimos ciento ochenta años, enfocados al estatuto de las mujeres
en la sociedad. Es una literatura contestataria que propone
“interrumpir el monologo masculino” —por decirlo en palabras
de Victoria Ocampo— o al menos confrontar la pretensión
masculina de monopolizar la cultura, la historia y la autoridad
intelectual, como sucede con el ensayo de identidad (2000:76).

La vida familiar del mexicano se adhiere a esos principios, no
sólo por abordar el tema de la identidad desde la perspectiva de una
mujer latinoamericana, sino porque es evidente que en sus páginas
irrumpe el monólogo masculino de sus coetáneos, en este caso de
El laberinto de la soledad y El perfil del hombre y la cultura en México. De
esta manera, para los estudiosos tanto del género ensayístico como
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�Lluvia Georgina Olvera Coxtinica / El ensayo de identidad en México

de la temática de la identidad en México en la primera mitad del
siglo XX, resulta de gran utilidad tener distintas focalizaciones que
ayuden a construir un mapa más diversificado sobre los ensayos de
identidad y género en México.
El objetivo de este artículo es dar a conocer La vida familiar
del mexicano como un ensayo de género que no ha sido estudiado
con anterioridad, analizar su singularidad como ensayo de identidad
y de género, y recuperarlo para el corpus y la historiografía del
ensayo mexicano, pues forma parte de una recuperación de textos
olvidados. Asimismo, examino el tratamiento de los temas en
torno a la mujer, la problematización del machismo en México y la
propuesta final que plantea la ensayista para solucionar el problema
del machismo. Tres cualidades que quiero destacar de esta obra son:
el propósito de María Elvira Bermúdez de publicar su escrito como
libro, que además se trata de un ensayo comparado pues no aborda el
problema de la mujer de forma aislada sino en permanente diálogo
con el otro, y que abordó por primera vez con gran profundidad las
dinámicas familiares de México. La autora fue una mujer adelantada
a su época por las observaciones, la problematización, el rastreo y
solución que propuso en su obra.
La vida familiar del mexicano: aproximaciones al tema de la
identidad
Entre la década de los veinte y los treinta acontece una de las disputas
más interesantes en la historia literaria nacional que influyó, en cierta
medida, en la configuración del deber ser del mexicano. Me refiero a la
polémica nacionalista que se desarrolló en un ambiente de pugna por el
afán de conformar los rasgos que caracterizarían a los connacionales.
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Los principales grupos de intelectuales, pensadores y artistas de ese
momento histórico no lograron ponerse de acuerdo. Por un lado,
se apelaba a los valores posrevolucionarios de fuerza y virilidad,
defendidos por Ermilo Abreu Gómez, Héctor Pérez Martínez, Julio
Jiménez Rueda y Francisco Monterde, respaldados bajo los ideales
vasconcelistas representados en la novela de Mariano Azuela, Los de
abajo (1915). Mientras que el otro grupo en disputa correspondía a una
nueva generación de jóvenes: los llamados Contemporáneos, quienes
aludían a un tipo de literatura esteticista, universal y pura.3
Durante el periodo de la polémica surgieron varias obras que
abordaron el tema de la identidad del mexicano, tema que también
atraviesa el ensayo hispanoamericano. Sin embargo, gran parte de lo
que se conoce hoy en día deriva de estudios sobre la mexicanidad
centrados exclusivamente en el varón. Por lo tanto, la presencia
de la mujer como parte de la sociedad mexicana queda sesgada o
se aborda desde una perspectiva completamente masculina. María
Elvira Bermúdez no sólo fue testigo de las polémicas sobre la
identidad del mexicano, sino que, como escritora e intelectual, leyó
con atención las principales obras y estudios en torno a lo mexicano,
y participó en esa reflexión general.
Desde diferentes aristas la ensayista analizó y observó las
estructuras sociales y la organización de la sociedad mexicana de
la primera mitad del siglo XX. En su ensayo cuestiona la noción
de mexicanidad y su constitución en el inconsciente colectivo de
la sociedad y de los sujetos que a ella pertenecen: mujer y hombre.
3 Al respecto del tema de la polémica nacionalista sirvan de consulta
Arciniega, V. (2010). Querella por la cultura “revolucionaria”. México:
Fondo de Cultura Económica y Sheridan, G. (2001). México en 1992 la
polémica nacionalista. México: educal.
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�Lluvia Georgina Olvera Coxtinica / El ensayo de identidad en México

En el primer capítulo de La vida familiar del mexicano, la autora hace
explícita su intención de hacer un estudio sobre la condición de las
familias mexicanas, su impacto en la sociedad, clase social, ubicación
geográfica para visibilizar la condición de la mujer mexicana como
sujeto activo en la sociedad:
Los mexicanos son absolutamente diferentes entre sí y es
imposible verificar una suma de sus virtudes y defectos;
los estudios sobre el mexicano son absurdos e inútiles y
sólo tienen como corolario la autodenigración. […] SE
PERSIGUE TAN SÓLO EL CONOCIMIENTO DE LOS
DEFECTOS NACIONALES QUE CONDUZCA, NO A
UNA MASOQUISTA Y ESTÉRIL CONTEMPLACIÓN
DE NUESTRAS DEFICIENCIAS SINO AL PROPÓSITO
FIRME DE ENMENDARLAS. El autoconocimiento conduce
a la superación. […] Resulta pues necesario, si se pretende hacer
del mexicano un ser más feliz y mejor, averiguar qué es lo que
le impide progresar o, al menos estar conforme con su destino
(Bermúdez, 1955:17-17).4

Aunado a esto, María Elvira Bermúdez inicia La vida familiar
del mexicano con un frase de Octavio Paz: “Por primera vez en nuestra
historia somos contemporáneos de todos los hombres”.5 Desde
luego no es una casualidad, pues Paz concluye El laberinto de la soledad
con esa frase. Se puede inferir que a la ensayista le pareció necesario
complementar y actualizar lo que el autor ya había concluido. Va más
4 Las mayúsculas se transcriben tal como aparecen en la edición
consultada.
5 Véase en “VII Nuestros días” en Paz, O. (1950). El laberinto de la soledad.
Madrid: Cátedra. Cfr. “I. Directrices de la investigación” en Bermúdez, M. E.
(1955). La vida familiar del mexicano. México: Antigua Librería Robredo.
Colección México y lo mexicano, p. 13.

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�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

allá de Paz al discutir las propias palabras del escritor, redefinirlas y
notar que hay elementos no explícitos que necesitan explicarse.
Para la ensayista, El laberinto de la soledad es un texto que
aborda el tema de la identidad desde un sentido general. Las
afirmaciones ahí planteadas parten desde la subjetividad del autor y
por ende no revela investigaciones o datos certeros, debido a que no
se analizan a detalle las características y peculiaridades de cada uno
de los mexicanos:
la pretensión de marcar a todos los mexicanos con un marbete
estrecho e insalvable es peligrosa […] que los investigadores
lo único que logran es verter inconscientemente sus propios y
peculiares defectos en ese imaginario y sufrido mexicano… que
las investigaciones mexicanistas, en suma, son falsas e inútiles
y que su resultado total es la denigración de los compatriotas
(1955:14).

En este sentido, María Elvira Bermúdez comienza su
escrito con plena intención de dialogar con lo ya fijado y conocido,
emanado de una voz de autoridad. Lo anterior —en esa época—
debe considerarse como un acto disruptivo, en el sentido de que una
obra como La vida familiar del mexicano tuviera la “osadía” de dialogar
con El laberinto de la soledad.
Los rasgos del yo a lo largo del ensayo de María Elvira
Bermúdez serán casi imperceptibles, oscilando entre la primera
persona del plural y la primera persona del singular. Cuando enuncia
ciertas características del mexicano hay un distanciamiento, como si
se tratase de una mirada externa. En este caso, la autora observa y
cuestiona como mudo testigo (hasta este momento no ha emitido,
todavía, juicio alguno y se mantiene en la tercera persona): “Este
modo de vivir del mexicano”, “¿qué es el mexicano?, “el mexicano es
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�Lluvia Georgina Olvera Coxtinica / El ensayo de identidad en México

un ente irreal”. Conforme avanza el ensayo, María Elvira Bermúdez
cambia de sujeto narrativo a la primera persona y hace explícitos los
objetivos a donde pretende llegar:
[…] no me incumbe zanjar cuestiones que conciernen a filosofías
o investigadores en particular. Respeto la impronta personal y soy
incapaz de juzgar a Tirios y troyanos. Me interesa, empero, dar
una respuesta a las objeciones que tienen apariencia de verdad
(1955:14).

Aquellos vacíos en los que Paz no profundiza, la ensayista
los toma como una oportunidad para reflexionar sobre las
circunstancias sociales de la mujer mexicana. Queda claro que la
exclusión de la mujer se manifiesta en su nula categorización en
las formas culturales. La ensayista no sólo debate el sentido de
generalizar al mexicano, también es interesante la manera en que
no se presume como una entidad fuera del objeto de estudio, no
se refiere a “el mexicano” desde una mirada externa. No habla
de él en tercera persona, se asume a sí misma como parte de esa
generalización empleando el término “compatriota”. Bermúdez
también usa la proposición “el mexicano” en sentido retórico, “es
una sinécdoque que toma el singular por el plural. Nada más, y nada
menos” (1955).
En la sinécdoque del término “el mexicano”, la autora
engloba hombres, mujeres y niños, mientras que Paz emplea,
únicamente, sustantivos referentes al género masculino: “El
hombre, el adolescente, el viejo”. En los momentos en que Paz
llega a reflexionar sobre la mujer lo hace con el distanciamiento
no sólo discursivo, sino ideológico, porque distancia su “yo” de la
configuración colectiva:
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Y por eso la virtud que más estimamos en las mujeres es el recato,
como en los hombres la reserva. Sin duda en nuestra concepción
del recato femenino interviene la vanidad masculina del señor […]
como casi todos los pueblos, los mexicanos consideran a la mujer
como un instrumento, ya de los deseos del hombre, ya de los fines
que le asignan la ley, la sociedad o la moral. Fines, hay que decirlo,
sobre los que nunca se ha pedido su consentimiento y en cuya
realización participa sólo pasivamente, en tanto que “depositaria”
de ciertos valores. (Paz, 1950:170-171).

Bermúdez juega con la retórica y la generalización originada
por la sinécdoque, sugiere que dentro de ese gran todo que es el
mexicano, las mujeres se hallan presentes: “Entendido el mexicano
como el conjunto de todos los mexicanos, es fácilmente identificable
con la nación mexicana” (1955: 20). En este caso, al referirse a México
como nación, le atribuye una personificación femenina; aunque,
no olvidemos que este fue un recurso común, en Latinoamérica y
algunos países europeos: personificar a la patria con las cualidades
de lo que debería ser una mujer.
La autora sostiene que los estudios que intentan definir
quién es el mexicano, al ser muy generales, caen en reduccionismos
y el lector puede tomar en cuenta sólo los aspectos negativos. Por
ejemplificar tal caso, Bermúdez ironiza una posibilidad de lectura de
El perfil del hombre y la cultura en México: “¿Hemos de padecer, todos
los mexicanos, un complejo de inferioridad, únicamente porque el
filósofo N así lo afirma?” (1955: 15). Sin duda, esta aseveración debe
de interpretarse con todos sus matices, analizar en qué circunstancias
se dijo y desde qué posición el filósofo lo está enunciando; no
obstante, lo que la autora pretende demostrar es que obras como las
de Ramos y Paz, canónicas y ampliamente referenciadas por otros
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�Lluvia Georgina Olvera Coxtinica / El ensayo de identidad en México

estudiosos, suelen considerarse como una verdad absoluta, en pocas
ocasiones cuestionada.
La ensayista explora a la mujer y su función dentro de la familia
mexicana en correspondencia con la clase social a la que pertenece. En
ese orden de ideas, hace un análisis de cómo ha sido la participación
de la mujer en las familias de las clases sociales más bajas, tanto en el
campo como en la ciudad, capítulo al que ha denominado “Gente
del pueblo”. El primer aspecto que se aborda en “Gente de pueblo”
es la familia del campo y, en segundo orden, la familia en la ciudad.
La ensayista busca evidenciar los principales escenarios, vicisitudes,
problemáticas, penas y demás circunstancias que aquejan la vida
familiar en el campo y la ciudad. También se examina, en ambos tipos
de familia, la dinámica cotidiana y de qué forma se constituyen los
ejes patriarcales que las rigen como: el trabajo no remunerado de las
mujeres y las relaciones sociales entre los miembros de la comunidad.
Otro de los tópicos que destaca María Elvira Bermúdez es
la pasividad femenina respecto a la elección de marido. En muchas
ocasiones “la novia ni siquiera es consultada por el pretendiente; este
se vale de sus padres para pedirla; si los presuntos suegros aceptan las
dádivas que aquél otorga periódica y progresivamente, la muchacha
se ve comprometida, guste o no del pretendiente” (Bermúdez, 1955:
32). Esto ocurre en el mejor de los casos, puesto que el rapto también
era una forma común de celebrar un matrimonio. La mujer fuera del
hogar paterno se convierte en propiedad de la nueva familia a la
que se integra. El trabajo en el campo, la comida, el cuidado de los
animales y los hijos son el pan de cada día de las mujeres campesinas.
Ni siquiera sus propios hijos le pertenecen, la autoridad recae en el
padre o el abuelo paterno, destaca Bermúdez en la siguiente cita:
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El hombre, en efecto, valido quizá de las dádivas y de los riesgos
que su mujer le ha costado, la considera como una cosa de su
propiedad a quien es preciso sacar el mayor partido posible. Por
ello le exige un trabajo ininterrumpido y una obediencia muda,
y le niega la mínima iniciativa. Por ello también le pega y la
maltrata. La mujer indígena y la campesina aceptan por lo general
esta situación con ciego fatalismo. Consideran, incluso, como un
síntoma de desamor la ausencia de malos tratos (1955: 35).

Para la mujer citadina la vida de opresión no es muy diferente.
Al asentarse en viviendas irregulares, carentes de los servicios básicos
y en pleno contacto con mendigos, prostitutas y delincuentes,
las familias que ahí se originan viven en un ambiente marginal y
promiscuo. Un cuarto malhecho o de azotea es el escenario donde un
padre desobligado y alcohólico violenta a su mujer y a sus hijos. Es
común que además de cuidar a los hijos y realizar las tareas propias,
estas mujeres laven ropa ajena o se desempeñen como costureras
para poder alimentar a sus hijos o completar para el gasto: “Estas
mujeres […] desempeñan en sus hogares la tarea de los hombres,
pero conservan, como casi todas las que en México son los hombres
de la casa, la pasividad tradicional de la abnegada y sufrida mexicana”
(Bermúdez, 1955: 35).
Bermúdez también analiza el fenómeno migratorio del
campo a la ciudad6 y de qué forma estos cambios de residencia han
6 Las grandes migraciones del campo a la ciudad se dieron principalmente
por la pérdida del derecho agrario, ver: Iturriaga, J. E. (2012). La estructura
social y cultural de México. Sociología, economía y política nacional. México:
Miguel Ángel Porrúa, Serie Las Ciencias Sociales, tercera década. En él explica
por qué hay migraciones, no sólo por el proceso de industrialización del país
que comienza en la década de los treinta sino por la pérdida considerable del
trabajo en el campo.
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impactado en la vida de las familias mexicanas siendo uno de los
principales motivos de su debilitamiento. Este tema es desarrollado
por la autora al tomar como punto de partida los estudios sociales del
reconocido historiador José Ezequiel Iturriaga. La ensayista plantea
que las migraciones del campo a la ciudad otorgan un sentido de
liberación, una manera de desapego a los usos y costumbres de
la provincia mexicana. La estructura propia de la creciente ciudad
de México y el modo de vida tan agitado hacen que la mirada
fiscalizadora de las prácticas morales pase de largo ante las nuevas
formas en que se relaciona la gente.
Hontanares del machismo en México en la educación familiar
Un aspecto que distingue La vida familiar del mexicano es la atención
que la ensayista mexicana brinda a la niñez y a los jóvenes. La
focalización que ofrece de ellos visibiliza la educación que recibían,
permite conocer cómo se gesta la clase media en México durante
los años cincuenta y cómo se incuba el machismo en los futuros
hombres de México. Es en el seno del hogar donde se les inculca
reprimir toda muestra de sentimentalismo, de modo que “el niño
crece en un ambiente en el cual su misma madre y hermanas
contribuyen a formar esa dicotomía áspera entre lo femenino y lo
masculino” (Bermúdez, 1955: 51). Esta reflexión que hace la autora
es muy importante pues demuestra que las actitudes machistas del
adulto son una conducta aprendida de la niñez. Lo más irónico es
que la mujer vive en una dicotomía de la que no puede salir: es quien
educa a sus hijos bajo una visión machista que al mismo tiempo la
oprime.
María Elvira Bermúdez examina de qué forma la estructura
patriarcal en la que eran educadas las mujeres las hacía entrar en
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un círculo de opresión que se reflejaba en la educación de los
hijos: mientras los maridos violentaban y reprimían a la mujer,
esta replicaba estas actitudes hacia los niños y adolescentes. La
violencia contra la niñez se encontraba normalizada en las familias
mexicanas, símbolo de disciplina y respeto a los mayores. Bermúdez
pone en evidencia este tipo de comportamientos, que, si bien los
enuncia para la clase media, era una situación generalizada en casi
todas las familias:
Entre muchas familias de la clase media mexicana es
perfectamente normal la bárbara costumbre de pegarles a los
niños; se les ajusticia con la parsimonia y la rutina con la que,
por ejemplo, se les enseña a rezar. Ello no obstante, muchas
reprimendas maternales que van rubricadas por latigazos
salvajes y gritos histéricos, no son sino el desfogue instintivo
de la hembra despreciada o maltratada por el macho; en la
imposibilidad de devolver los golpes al más fuerte, la mujer
insatisfecha y amargada los vierte sobre los hijos (1955: 62).

El binomio Madre-Hijo atravesó como paradigma todos
los estratos de la sociedad mexicana durante las décadas de los
cuarentas y cincuentas. Sin duda, el cine y la televisión reforzaban
la idea de que la educación de los hijos era un asunto de las madres,
mientras que los padres se limitaban solo a proveer alimento, casa
y vestido. Martha Santillán comenta que: “[..] se refleja claramente
en la imagen de la madre abnegada y amorosa, la cual también
era ampliamente difundida por el cine y la prensa. Estereotipo a
su vez concordante con el esquema de la maternidad promovido
por la doctrina católica, que circunscribía las conductas femeninas
sexuales y amorosas a su familia, esposo e hijos” (2019:123).
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Es evidente la importancia que tienen los estudios de
la psique humana para María Elvira Bermúdez, y para todo el
pensamiento y el arte del siglo XX, pues con estas teorías explica,
o busca comprender las actitudes, complejos y conflictos que
se expresan en la vida adulta. Con lo anterior también queda
demostrada la relevancia de la educación infantil, cuya valoración
no sólo es escasa, sino nula. Dentro del panorama general de la
ensayística mexicana escrita por varones, no se advierte ninguna
preocupación por la infancia. Por un lado, se ha soslayado porque
no se considera importante y, por otra parte, porque se vincula
directamente con lo femenino. La educación de la niñez es
exclusividad de las madres.
La ensayista toma como eje principal de su análisis ―y
como principio para configurar el concepto de macho― el
conflicto del hombre mexicano originado en la niñez respecto a
las mujeres. Ya de adulto, la mujer para el mexicano es el centro de
todas sus pláticas y atenciones, ya sea para exaltar o para denigrar,
en palabras de Bermúdez (1955:85): “desprecia a la mujer, pero
vive obsesionado por las mujeres”. No obstante, el interés del
mexicano hacia la mujer es solamente físico y esto se da en dos
dimensiones: la primera de ellas, en que el interés por las mujeres
surge a partir de sus atributos corporales, al varón no le interesan
las virtudes intelectuales de la mujer que le gusta. La segunda radica
en que el hombre se esfuerza en hacer notar los rasgos físicos que
denoten su fuerza y virilidad. Tampoco le interesa mostrar dotes de
intelectualismo. El hombre en México se esfuerza en que la mujer
vea en él una figura de valentía y poder, alguien que no le teme a
nada y que en cualquier momento está dispuesto a demostrar su
fuerza bruta.
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A pesar de todas las características que, en suma, caracterizan
al macho mexicano, María Elvira Bermúdez no considera, de forma
concluyente, que el machismo sea del todo un complejo psicoafectivo
derivado de los traumas de la niñez, aunque es una forma de rastrear
los orígenes del machismo y su gesta, debe considerarse que el
machismo es un desfogue, una liberación. ¿En qué sentido la autora
considera al machismo como un acto de liberación? Habría de tomar
en cuenta que, en gran medida, la represión acumulada es ocasionada
por la misma estructura patriarcal que se ejerce sobre los varones
y cómo a partir de ese orden, el macho mexicano encuentra una
forma de justificar sus acciones: virilidad, fuerza y poder. Desdeña
cualquier actitud que se le parezca a lo femenino, por ejemplo: el
sentimentalismo, la debilidad y la delicadeza. Atributos que, por
cierto, él mismo ha considerado inherentes a la mujer.
Construcción de los prejuicios y paradigmas de género:
machismo y hembrismo
En el capítulo V “Machismo y hembrismo”, María Elvira Bermúdez
sintetiza las características que constituyen la imagen del macho
mexicano. Asimismo, propone el término hembrismo para designar
al conjunto de actitudes adoptadas por las mujeres que legitiman el
orden patriarcal establecido. En primera instancia, la autora hace la
siguiente aclaración: el hombre mexicano no es el único varón que
se siente con ventaja sobre las mujeres. Aunque no ahonda mucho
en esta afirmación, es importante dicha sentencia pues se interpreta
que la superioridad del hombre ―la creencia de la superioridad del
hombre― no es específica de alguna nacionalidad. Ni tampoco es
exclusividad de la mujer mexicana padecer los infortunios y opresión
de una sociedad regida por un orden patriarcal determinado desde
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tiempos remotos. Estas circunstancias se dan en distintas partes del
mundo y en diversas culturas. Para una mujer intelectual como María
Elvira Bermúdez es relevante reflexionar sobre la paradigmática
superioridad del hombre mexicano, cuya materialidad se encarna en
la típica figura del macho y cómo en este arquetipo se justifica la
opresión de la mujer mexicana en cualquiera de los estratos sociales
y regiones en donde viva. Dicha figura está vinculada con la noción
de identidad nacional, por lo que la reflexión de Bermúdez se
inserta en el proceso de cuestionamiento de la identidad americana
y nacional que parte del quiénes somos y cómo nos diferenciamos
de otros. María Elvira Bermúdez entra en discusión con textos que
se configuran como el canon de esa identidad, a la vez que revela
la ausencia de la mujer mexicana de ese canon. Su ensayo la hace
presente al elaborar la reflexión desde el ámbito de lo privado a
lo público y, por otra parte, la conciencia de la mujer mexicana se
revela como ausencia en la identidad nacional.
Quiero destacar la acuñación del término hembrismo por
parte de María Elvira Bermúdez, porque entiende y justifica esta
denominación como una actitud que legitima el discurso y actitudes
machistas de los varones, comportándose bajo la moral e ideas
regidas por una estructura patriarcal de sometimiento y presión para
las mujeres. La ensayista lo define así:
Llamo hembrismo a esa actitud porque, además de corresponder
exactamente a la
equivocada conducta del hombre, es
una amplificación artificial de las características que comúnmente
han sido consideradas femeninas y que, a causa de que se
limitan a un punto de vista estrictamente somático, invaden
terrenos zoológicos: debilidad, actitud pasiva ante el macho,
e inercia. […] Contribuye, en cambio, de manera tristemente
eficaz a fomentar el machismo de su compatriota. Porque sus

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legendarias abnegación y fidelidad, más que auténticas virtudes,
son el producto de su ineptitud y de su egoísmo (Bermúdez,
1955:93).

Entre las características que reconoce en la mujer mexicana,
la autora arguye que son actitudes aprendidas de la niñez. Por
ejemplo, si se crece y educa a una niña en un entorno donde todo el
tiempo se repite el discurso que la mujer está destinada para realizar
labores de escasa importancia, la niña crece con esa idea y normaliza
el hecho de que le digan que no puede o debe realizar cierto tipo
de actividades. Esto puede desencadenar poco interés en el estudio
y la superación intelectual de sí misma. No obstante, aunque las
niñas y jóvenes tuvieran ciertos destellos y ápices de independencia,
la sociedad les marcaba pautas de conducta irrevocables y se
encargaba de difundir ―en el cine y la literatura, principalmente― la
idea de que las mujeres que deseaban vivir una vida diferente eran
castigadas moral y socialmente. Por lo tanto, de forma inherente, a las
mujeres se les atribuían como virtudes la adaptación, la obediencia
y la humildad. Estas actitudes son las que Bermúdez califica como
hembrismo.
Finalmente, Bermúdez le atribuye a la mujer mexicana una
actitud de “exagerada sumisión al hombre”, a causa de ello llega
a aceptar maltrato psicológico y físico, infidelidades y violencia
económica. La mujer al sentirse violentada y humillada no le queda
más que aceptar su inexorable destino con el que fue educada.
Acepta la fatalidad como un estilo de vida y replica el maltrato del
que es objeto en sus propios hijos o en la envidia y recelo hacia otras
mujeres. Bermúdez resalta cómo gran parte de las mujeres de la época
estaban convencidas de que su papel era guardar obediencia al varón
y que además se legitimaba en el catolicismo como un eje rector de
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conducta. Durante años este modelo de actuar y de sentir, sigue
reproduciéndose en las familias mexicanas. Desafortunadamente
bajo este tipo de vínculos familiares quien se encarga de la crianza y
educación de los hijos continúa siendo la mujer.
Una de las interrogantes que María Elvira Bermúdez se
plantea en su ensayo se enuncia de la siguiente forma: ¿de qué manera
afectan los falsos estereotipos de lo masculino y lo femenino a las
futuras generaciones? La autora tiene muy presente que no se puede
categorizar al mexicano a base de generalizaciones. Si bien, hay ciertos
rasgos en común relacionados con el género, existen hombres y
mujeres que ni son el típico macho mexicano, ni la mujer abnegada
que reproduce y acepta los valores patriarcales de la época. Aunque en
menor medida ―y es un tema en el que la autora no profundiza― hay
hombres y mujeres que sí construyen a partir de lazos afectivos sólidos
un matrimonio, en donde ambos padres participan activamente en
la crianza y educación de sus hijos. Además, estas mujeres ven en
su pareja un compañero, no un proveedor. Llama la atención, en la
siguente cita que su concepción de la identidad no es fatal, ni esencial,
de ahí su preocupación por el futuro. Su análisis tiene una voluntad
de transformación del mexicano, lo que me parece muy destacable,
porque proyecta esa necesidad de cambio: “a aquellos que aspiran a
ser hombres cabales y verdaderas mujeres, y a la sociedad en conjunto,
a quienes dichas consecuencias afectan ostensiblemente” (1955:101).
Como ya lo ha afirmado y sentenciado la ensayista en La vida familiar
del mexicano, es en la niñez donde se aprenden e imitan las actitudes
que estereotipan los roles de género. Por lo tanto, si hay familias que
modifican la forma en que se educa a los niños, esto les permitirá
crecer en un ambiente diferente y desarrollarse bajo principios más
igualitarios y equitativos cuando sean adultos.
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El machismo en México ante una posible solución
Para responder la cuestión de si el machismo es superable, la ensayista
recurre a la observación y análisis del temperamento mexicano. Tal
sentimiento o actitud son consideradas formas de reacción ante una
circunstancia o hecho determinado. El carácter temperamental de las
y los mexicanos propicia y favorece actitudes como el machismo y el
hembrismo. Sin embargo, esas actitudes son conductas aprendidas
y resultado de una influencia colectiva: se adopta lo que se ve. La
autora sostiene que pese al carácter reaccionario e imitativo de las y
los mexicanos, es posible proponer una solución a este problema.
De acuerdo con Bermúdez, el remedio para destruir los prejuicios
e ideologías que inducen al machismo y al hembrismo radica en su
siguiente postulado:
[…] substituir la falsa noción de valentía con el concepto de

valor auténtico y en reemplazar la leyenda de la abnegación
femenina con el anhelo de la dignidad. Sería saludable también
que el mexicano cesara su jactancia cotidiana de responder a
ciertos estímulos rígidos de la moral autoritaria (especialmente la
religiosa), ya que parece incapaz de ajustar su comportamiento a
ellos. Es urgente persuadir al mexicano y a la mexicana, de que la
armonía y la colaboración entre los sexos es posible. […] no me
propongo construir alegatos políticos que en este ensayo están
fuera de lugar; me limitaré a señalar ciertas transformaciones que
en mi opinión son erróneas (1955:123).

Es oportuno mencionar que en el capítulo “V Machismo y
hembrismo” la autora ya había establecido que la valentía es una de
las principales y más evidentes características del macho mexicano.
El hombre en México, a raíz de sus inseguridades y complejos,
intenta demostrar, en cada ocasión que se le presente, su valentía.
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No puede, ni debe mostrarse débil ante una sociedad que exige de
él hacer frente a todo, a responder por su hogar y sobre todo por
su hombría. En este mismo orden de ideas, cuando se refiere a la
mujer mexicana bajo la leyenda de abnegación, también la considera
de manera generalizada como una de las principales actitudes de las
mujeres en México. A pesar del contexto en el que se encuentren, las
mujeres mexicanas difícilmente se atreven a cuestionar lo que sucede
a su alrededor. Se acepta con benevolencia y sigilo tanto su inexorable
destino como los mandatos que los hombres les imponen. Por lo
tanto, si ambas características se reducen a una generalización de lo
que es el hombre y la mujer en México, sí es posible reemplazarlas
por una escala de modelos de comportamiento menos exigentes
para el varón y menos rígidos para la mujer.
Uno de los términos que la autora de La vida familiar del mexicano
utiliza para definir a lo que se refiere con hombría, es el término
‘cabalidad’, el cual se asocia con la integridad y rectitud que posee un
varón, pero principalmente lo relaciona con la fidelidad a una mujer.
Este peculiar rasgo se enfoca en dos aspectos fundamentales: ante el
engaño o ante el abandono. El hombre cabal es aquel que reacciona
de forma justa. La autora lo describe de la siguiente manera:
Su reacción ante el engaño o el abandono de una mujer va desde
el perdón generoso hasta la retirada digna; pero jamás se cubre de
alharacas ridículas ni se satisface con venganzas ruines. […] ve en
la mujer lo que ella en realidad es: un simple ser humano; no la
idealiza innecesariamente como a una santa ni como a perversa la
vitupera (1955:131).

Se hace indiscutible la idea de que el hombre que es capaz de
dominar sus pasiones y respetar a las mujeres de su entorno pueda
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considerarse como un hombre cabal. Además, ofrece un modelo de
hombre al mexicano y esto es parte de la intención transformadora
de su ensayo, de su propósito de brindar soluciones.
En la mayoría de las expresiones colectivas las canciones
y películas señalan a las mujeres como las responsables del actuar
reaccionario de los varones. Lo que evidencia la escritora es que
el único responsable de regular sus emociones, cabalmente, es
y deber ser el varón. El hombre cabal también es denominado
por la ensayista como un hombre verdadero, aquel que: “no padece
complejos de inferioridad, ni necesita de racionalizaciones forzadas
para justificar su conducta” (Bermúdez, 1955:131). Considero
interesante apuntar que llamar de esa forma a los hombres
cabales, confirma que el estereotipo del macho mexicano es una
construcción artificial sin ninguna justificación en su naturaleza
intrínseca y que el verdadero yo del varón en México permanece
latente en la personalidad de gran parte de los mexicanos.
Paradójicamente son las construcciones sociales patriarcales que
él mismo edificó, las que le impiden mostrar al hombre verdadero que
puede habitar en ellos.
En contraparte, María Elvira Bermúdez hace referencia al
hembrismo como una forma paralela al machismo que reproduce
el orden patriarcal y acepta los estereotipos impuestos por los
varones. Por tal motivo, propone la feminidad como una conducta
en reciprocidad a la hombría. La cabalidad también cabe en la
etiqueta de feminidad. Al igual que la construcción de los términos
hombría y hombre verdadero, la noción de feminidad está concebida
en la forma en que las mujeres eligen a su pareja. La ensayista
considera que una mujer cabal no soportaría un hombre machista
a su lado.
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Para Bermúdez es preciso subrayar que, a pesar de los
valores que se han construido alrededor del deber ser del hombre
y la mujer y la adaptación que cada cultura ha hecho de ellos, los
cambios son posibles. Transitar del machismo a la hombría y del
hembrismo a la feminidad es un camino viable al considerar formas
más saludables para relacionarse amorosamente. El matrimonio
es una de las principales instituciones que tiene que modificar su
origen. Las relaciones que lo constituyen deben fundamentarse en
el amor y la amistad entre un hombre y una mujer cabales, que sean
capaces de reconocer en uno y otro el apoyo y la colaboración para
progresar. De ese tipo de matrimonios se conformarán familias que
brinden a los hijos otro tipo de educación, de valores, de visiones: la
formación de jóvenes que muestren un claro rechazo al machismo
y el hembrismo. Mujeres independientes que no sientan su instinto
maternal únicamente destinado a la crianza y que puedan enfocarse
en otras actividades como el trabajo o el estudio. Estos hombres y
mujeres son para Bermúdez, “atisbos del ser mexicano y esquemas
de una solución” (1955:140).
Consideraciones finales
Por sus características, puedo afirmar que el ensayo de María Elvira
Bermúdez entra en la categoría de ensayo de identidad. Empero, de
acuerdo con los postulados de Mary Louise Pratt, al ser escrito por
una mujer y a su carácter contestatario se puede clasificar también
como ensayo de género. En La vida familiar del mexicano, Bermúdez
dialoga con la tradición ensayística en México, al mismo tiempo que
visibiliza otros sujetos sociales excluidos de los discursos acerca de
la identidad nacional, como la mujer, el niño, el joven y el campesino.
Además, la ensayista destaca la figura de la familia como un núcleo
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importante donde se gestan gran parte de los valores sociales que
imperan en la sociedad mexicana y que por ende constituyen una
facción significativa de la identidad nacional.
Bermúdez clasifica las formas de vida de las familias que
integran nuestro país. Con la intención de comparar las dinámicas
familiares en México, realiza una clasificación de los principales
niveles socioeconómicos que observa en la sociedad mexicana:
“gente del pueblo” que se refiere a la clase social más baja, y “gente
decente” la cual divide en “clase media” y “clase adinerada”. Estudia
a esas clases sociales en los dos principales espacios donde habitan
las familias en México: el campo y la ciudad. De estas investigaciones
que hace sobre las familias mexicanas concluye que, sin importar el
estamento social al que se pertenezca, ni el espacio donde se habite,
la mujer vive en un estado de continua opresión, cuyo sustento
se valida en una estructura patriarcal, donde el varón es quien
determina y juzga cómo debe ser el comportamiento de las mujeres.
Lo anterior hace visible la violencia real, que se ejerce en la mujer
mexicana desde el seno familiar.
Es importante subrayar que, a pesar de los valores y
estereotipos configurados alrededor del deber ser del hombre y
la mujer, así como la adaptación que cada cultura ha hecho de
ellos, los cambios son posibles. Ante todas las problemáticas que
Bermúdez expuso y analizó en La vida familiar del mexicano, propone
una solución. Lo anterior, enfatiza el carácter transformador del
ensayo y coloca a la autora en una posición activa y propositiva
respecto al problema del machismo y los roles sociales impuestos
en México. Para tal efecto, la ensayista desarrolla los conceptos
de hombría y feminidad, como modelos de conducta ejemplares.
Transitar del machismo a la hombría y del hembrismo a la feminidad
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es un camino viable al considerar formas más saludables para
relacionarse. Bermúdez concluye en su ensayo que el camino
hacia el bien común y el progreso de la sociedad mexicana es la
solidaridad y la cooperación entre ambos sexos.
El estudio, reflexión, análisis e interpretación de La vida
familiar del mexicano de María Elvira Bermúdez me ha permitido
constatar que es un ensayo que parte de un cuestionamiento muy
general: la idea que se tiene sobre la familia en México. Sin embargo, la
ensayista al conjuntar sus observaciones con sus saberes individuales
convierte la experiencia particular en un ensayo con un sólido aparato
argumentativo repleto de referencias científicas y culturales. Bermúdez
demuestra que, a pesar de las clases sociales y la educación, las familias
en México comparten bastantes semejanzas, todas ellas legitimadas
en una estructura patriarcal que oprime a las mujeres al mismo
tiempo que evidencia la normalización del machismo. El trabajo de
la ensayista es una primicia en cuanto al tratamiento del tema de la
identidad, pues analiza diferentes elementos y a todos los actores que
conforman la sociedad mexicana. Por un lado, los ensayistas mexicanos
varones soslayaron a la mujer de sus estudios y, por otra parte, no
hay un ensayo, próximo en temporalidad —de escritor o escritora en
México— que se le compare en profundidad, dimensión, enfoque y
alcances a lo escrito por María Elvira Bermúdez. Este artículo servirá
como referente para el estudio de la obra de María Elvira Bermúdez
como ensayista y el análisis de La vida familiar del mexicano en futuros
trabajos de investigación, ya sea con otros enfoques teóricos o en
trabajos interdisciplinarios entre los estudios literarios, de género,
antropológicos, sociológicos y filosóficos.

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�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

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�Dosier
Humanitas, vol. 1, núm. 2, 2022

Entre sitios y marginalidades: identidades de lugar
y feminidad en “Las amistades efímeras” y “Vals
‘Capricho’” de Rosario Castellanos
Between places and marginalities: identities of
space and femininity in “Las amistades efímeras”
and “Vals ‘Capricho’”, by Rosario Castellanos
Omar Armando Paredes Crespo
Universidad Autónoma Metropolitana – Azcapotzalco
omararmandoparedescrespo@gmail.com

Fecha entrega: 23-12-2021 Fecha aceptación: 11-2-2022

Resumen. El presente artículo analiza las identidades de lugar y feminidad en dos cuentos poco revisados de Rosario Castellanos: “Las amistades
efímeras” y “Vals ‘Capricho’”, ambos incluidos en Los convidados de agosto
publicado en 1964. Este estudio se apoya en las ideas de Marc Augé respecto a los no lugares y de las reflexiones de Yuri Lotman sobre el problema
del personaje para analizar algunas construcciones espaciales y de personaje
empleadas por la autora, las cuales son fundamentales para configurar ciertas identidades de la feminidad y los destinos trágicos de sus protagonistas.
Palabras clave: Rosario Castellanos, Las amistades efímeras, Vals “Capricho”, identidades de lugar, feminidad.

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Abstract: This article analyzes the identities of place and femininity in two
little-reviewed stories by Rosario Castellanos: “Las amistades efímeras”
and “Vals ‘Capricho’” (Los convidados de agosto, Era, 1964). This study relies
on Marc Augé’s ideas regarding non-places and Yuri Lotman´s reflections
on the problem of the character to analyze some spatial and character
constructions used by the author, which are fundamental to configure certain identities of feminity and the tragic destinies of her protagonists.
Keywords: Rosario Castellanos, Las amistades efímeras, Vals “Capricho”,
place identities, femininity.

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Introducción
Ya desde su poesía, Castellanos manifestó interés sobre la
exploración literaria de determinados sitios y de los elementos
que los habitan. El paisaje es una de sus marcas distintivas en su
obra poética. No obstante, su obra narrativa no queda excluida de
mencionado interés: en sus novelas y cuentos existen determinados
sitios que establecen una relación de sentido con el destino trágico de
sus personajes. Específicamente en su narrativa breve, Castellanos
construye con minucia contextos espaciales que se constituyen como
escenarios de la fatalidad, tal es el caso de la casa de la niña Nides
en “Cuarta vigilia” (Ciudad Real, 1960), la plaza en “Los convidados
de agosto” o el consultorio de Carlos Román en “El viudo Román”
(estos dos últimos en Los convidados de agosto, 1964), por mencionar
algunos. Parto así de las ideas de Marc Augé sobre la revisión de
determinados espacios llamados no-lugares para analizar el cuento
de “Las amistades efímeras”, y de las reflexiones de Yuri Lotman
sobre el problema del personaje para abordar la construcción de la
feminidad en “Vals ‘Capricho’”.
“Las amistades efímeras”: la tienda como un no lugar
A inicios de los años noventa, y como resultado de estudios
previos, Marc Augé (Francia, 1935) encontró que la relación
entre la disposición espacial y la disposición social está atravesada
por la aceleración de los factores que constituyen el proceso
de la modernidad y se definen en conjunto bajo el nombre de
sobremodernidad. Así, acuñó este concepto no como fin del primero,
sino como una extensión de éste, el cual da origen a lugares sin
sentido histórico o antropológico; a sitios transitorios que no
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juegan en contraposición a aquellos configurados como lugares
de memoria. No obstante, Augé rechaza una polarización entre
los sitios de memoria y los transitorios, y explica que en conjunto
conforman una espacialidad que da cuenta sobre la convivencia
entre lo relacional y lo anónimo. A estos lugares desprendidos de
simbolismo e identidad histórica los llamó no-lugares.
Antes de indagar en la identidad del espacio en “Las
amistades efímeras”, hay que señalar que Augé establece una
aclaración respecto a la utilización del término lugar y no el de
espacio: espacio —de acuerdo con el antropólogo francés— se
vuelve más abstracto en medida que lo utilizamos para referir
“al menos a un acontecimiento (que ha tenido lugar), a un
mito (lugar dicho) o a una historia (elevado lugar)” (2000: 87).
Además, engloba a menudo características no estrictamente
espaciales, pues a través de él se pueden expresar separaciones
de temporalidad. Por el contrario, al decir lugar damos cuenta de
que la noción se reduce al marco de lo espacial y de todo aquello
que lo habita de forma física. Michel de Certeau también hace
una descripción del espacio como “un lugar practicado […] un
cruzamiento de movilidades […] A diferencia del lugar, carece
pues de la univocidad y de la estabilidad de un sitio ‘propio’”
(2000: 129). Asimismo, también explica que los nombres propios
le confieren al lugar una historia y
abren reservas de significaciones ocultas y familiares. “Tienen
sentido”; dicho de otra forma, impulsan movimientos, como
vocaciones y llamados que cambian y modifican el itinerario
al darle sentidos (o direcciones) hasta ahí imprevisibles. Estos
nombres crean un no lugar en los lugares; los transforman en
pasos (De Certeau, 2000:116).

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La definición de espacio hecha por De Certeau pudiera
considerar al no lugar como un aspecto negativo del lugar; no
obstante, apoya a rechazar tal oposición entre la simbolización de
uno y del otro porque entabla una relación de coexistencia en la cual
el lugar —dice Augé— no se borra totalmente y el no lugar no se
cumple de manera absoluta: “son palimpsestos donde se reinscribe
sin cesar el juego intrincado de la identidad y de la relación” (2000:
84). Los no-lugares son productos de esa sobremodernidad de la
que habla Augé, son circuitos destinados a la circulación de bienes y
a la transitoriedad; sitios de paso.
En “Las amistades efímeras” Gertrudis es la hija mayor de don
Estanislao Córdova, un hombre viudo que se muda a La Concordia,
poblado cercano a Comitán, con la intención de no dar de qué hablar
al pueblo con su acelerada vida de soltero. La joven, tras escaparse
y pasar la noche con el desconocido Juan Bautista, es obligada a
“casarse” con él en una ceremonia improvisada y sin mediar el cortejo
protocolario que precede al matrimonio en estos contextos. La unión,
como era de esperarse, está destinada al fracaso. Todo esto es narrado
por la amiga de Gertrudis, quien a través de cartas le cuenta cómo va
la vida en Comitán y la mantiene al tanto sobre Óscar, aquel novio
que Gertrudis deja cuando se va del pueblo. Lo fundamental de este
cuento en términos de conformación espacial no es el desenlace
de la historia, sino el comienzo: ¿dónde se conocen Juan Bautista
y Gertrudis? La tienda que poseía don Estanislao Córdova en La
Concordia, y que era la mejor surtida de la región y sus alrededores, es
el sitio donde Juan Bautista convence a la joven de fugarse con él.
Dentro de una comunidad, la tienda tiene una función
específica: es el centro del comercio local. Además de que en ella
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se ofrecen todo tipo de productos relacionados con el consumo
diario, en la tienda el cruce de voces no tiene mayor relevancia que
la del trato y la suposición. Por su naturaleza transitoria, como sitio
de paso, también es un lugar idóneo para todo tipo de chismes y
rumores. La tienda es una extensión de la casa del señor Córdova,
sin embargo, en su dimensión simbólica, no pertenece a ella porque
el ingreso a la tienda no significa estar dentro de la casa. La tienda
tiene sus propias dinámicas de interacción y la casa tiene otro sentido
dado por la convivencia.
Sin habitantes, en la tienda los clientes y el dependiente
establecen una relación solo contractual, de relación de mercancías.
La interacción del cliente no es interpersonal pues esta mediación
se da con los textos —y con apenas algunas palabras— que el sitio
dispone para anunciar el costo de las conservas. Noelia Zussa escribe
—parafraseando a Augé— que el espacio de un no lugar:
no crea ni entidad singular, ni relación, sino soledad y similitud.
Tampoco le da lugar a la historia, eventualmente transformada
en elemento espectáculo. Allí reinan la actualidad y la urgencia
del momento presente. En suma, es como si el espacio estuviese
atrapado en el tiempo, como si cada historia individual agotara sus
motivos, sus palabras y sus imágenes en el stock inagotable de una
inacabable historia en el presente (2018: 6).

La tienda es un sitio contradictorio porque si bien se halla
dentro de una ciudad, de un espacio geográfico específico, se
encuentra apartada al mismo tiempo de todo interés interior de la
comunidad; es decir, no significa para los ciudadanos algo más que
el lugar (no lugar) donde pueden proveerse de determinadas cosas
y tener un trato cotidiano sin mayor interés que especular sobre
la vida de la gente. La celeridad y el movimiento son sus mayores
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rasgos, la sustitución también. Mucha gente entra a la tienda, pero
nadie permanece ahí, nadie la impregna con su personalidad ni toma
atención sobre los cambios. Tal como se ingresa, también se sale.
Por otro lado, respecto a la sustitución, cuando apenas se agota algo,
debe ser remplazado por otro objeto igual con la finalidad de no
evidenciar la ausencia del elemento que estaba allí. Esta indistinción
aminora el cambio, el desequilibrio.
En “Los convidados de agosto”, por ejemplo, la plaza de
toros tiene una función identitaria: permitir a los espectadores
tomarse ciertas licencias eróticas y sexuales y, además, es el evento
más importante de la festividad. La tienda, por su parte, es la ventana
desde donde se mira el exterior sin reparar en lo que sucede adentro,
porque nada ocurre al interior. Así, Gertrudis observa los detalles
de la naturaleza menos perceptibles, como mirar a las moscas
sobre los dulces. Destinada a pasar las horas detrás del mostrador,
pierde sorpresa cuando lo escandaloso cobra regularidad: deja de
sorprenderse por la muerte de uno que otro hombre:
También se servía licores y Gertrudis gritó la primera vez que un
parroquiano cayó redondo al suelo, con la copa vacía entre los dedos
crispados. Ninguno de los asistentes se inmutó. Las autoridades
llegaron con su parsimonia habitual, redactaron el acta y sometieron
al interrogatorio a los testigos. Gertrudis se aplacó al saber que un
percance así era común. Si se trataba de una venganza privada nadie
tenía derecho a intervenir. Si era efecto del aguardiente fabricado
por el monopolio (que aceleraba la fermentación con el empleo
de sustancias químicas cuya toxicidad no se tomaba en cuenta), no
había a quien quejarse (Castellanos, 1964: 13).

Las muertes de algunos clientes por consumo excesivo de
alcohol se vuelven hechos anunciados y dejan de tener interés para las
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personas del pueblo, para las autoridades y para la misma Gertrudis.
En este sentido, la permanencia aquí, en este no lugar1, tiene una
vigencia y como las mercancías también es perecedera. Ahora, ¿qué
implica que la tienda de don Estanislao sea la más surtida de la
región? Para los habitantes ésta es un vínculo con la economía del
mundo, un nexo con el exterior y con los productos que vienen de la
ciudad. La tienda pone un puente entre dos dinámicas de consumo
porque “la clientela es variada. Desde el arriero, que requería bultos
de sal, de panela, piezas de manta, hasta el indio que meditaba horas
enteras antes de decidirse a adquirir un paliacate de yerbiya o un
machete nuevo” (Castellanos, 1964: 13).
La costumbre y el aburrimiento vuelven a Gertrudis un
objeto más de consumo en la tienda, mientras que la intrusión de
Juan Bautista, el forajido, trasmuta el sitio a un no lugar. ¿Cómo
ocurre esto? El viaje del sujeto configura diversos espacios como
lugares transitorios, lo cuales le brindan una visión apenas parcial
de los sitios a los que llega. Para él, los lugares son solo de paso.
Juan Bautista llega a la tienda para saciar su sed, calmar el calor
y malestar de su travesía llevándose algo más. Gertrudis accede a
fugarse sin que entre ellos medie la insistencia —por parte de él—,
ni la resistencia —por ella—.
La conversación es escasa. Apenas unas palabras para no
descubrir sus reales intenciones. Recordemos que Augé escribe que
el usuario del no lugar “siempre está obligado a probar su inocencia
[…] Las palabras ya no cuentan” (2000: 106). De esta manera,
Gertrudis es extraída de la tienda como mercancía para saciar otras
1 Las tiendas en algunos poblados alejados de las grandes urbes suelen
ser sitios de reunión y apego. Aquí es evidente la intención por construir un
espacio de circulación, transitorio, en donde nada podría ocurrir.

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necesidades, también físicas, de Juan Bautista. Ambos abandonarán
la tienda dejando en ella esa atmósfera transitoria e impersonal tan
propia de los no lugares.
El contrato de la virginidad
Este relato está contado por un narrador en primera persona,2 a
través de una voz femenina que abre —y cierra— el relato focalizando
la narración en un solo personaje con el que comparte el tiempo y el
espacio. Se trata de un narrador testigo de características epistolares
porque parece reconstruir la historia mediante el intercambio de
cartas con Gertrudis. Si bien, en la narración epistolar cada personaje
se convierte en narrador y la historia se modula por una focalización
de alternancia que es clara y explícita, en “Las amistades efímeras”
es posible dar cuenta que, en menor medida, ocurre esto: Gertrudis
también cuenta sobre sí misma al responder de forma escueta las
misivas de su amiga. De alguna manera, su vida es contada por ella,
sin embargo, en la narración se presenta a través de los ojos y las
palabras de una observadora.
La voz narrativa modula la intensidad de la narración por la
intercalación de algunos registros de relato: la epístola, el testimonio
y la memoria. Por ejemplo, en las cartas nuestra experiencia se
condensa en la expresión pura de las palabras, las cuales propician
imágenes que caben solo en la imaginación; es decir, lo que uno
2 Este tipo de narrador es muy común en obras de carácter autobiográfico.
Si bien no hay dato que compruebe si la narradora tiene relación con Rosario
Castellanos, es posible encontrar ciertos elementos que pueden establecer
vínculos entre la voz narrativa y la autora: una jovencita comiteca con
sensibilidad y talento para la poesía, la cual se traslada posteriormente a la
ciudad de México con su familia.
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escribe en una carta jamás se mostrará frente al receptor bajo
las mismas imágenes que los emisores, aunque la escritura sea la
misma para ambos. Entonces, las palabras contenidas en las cartas
se transforman en poesía porque abren la mente a todo tipo de
posibilidades, porque todo cabe en ellas: imágenes, figuras, paisajes
y emociones quedan contenidas en las líneas de una misiva. Escribir
una carta es en muchos casos también un acto de soledad y añoranza.
Se escribe a quien se tiene lejos. La narradora cuenta: “Me gustaba
escribir estas cartas: ir dibujando la figura imprecisa de Oscar, la
ambigüedad de su carácter, de sus sentimientos, de sus intenciones.
Fue gracias a ellas —y a mi falta de auditorio— que descubrí mi
verdadera vocación” (Castellanos, 1964: 14).
La redacción de una carta no sería posible sin cosas que
contar y escribir. Ser testigo es colocarse ante una realidad con o sin
posibilidad de participar en ella, legitimar un momento con el solo
acto de la presencia. Para dar un testimonio no es necesario haber
protagonizado el hecho —como sí ocurre con la experiencia—, basta
a veces solo ser consciente de que sucedió y que eso ha provocado
algo en quienes ha tenido un efecto:
Era yo quien la mantenía [a Gertrudis] al tanto de los
acontecimientos. Oscar había empezado a quebrantar su luto. Con
la antigua palomilla jugaba billar, iba a la vespertina los domingos
y a las serenatas los martes y los jueves. Permanecía fiel. No se le
había visto acompañado de ninguna muchacha, ni siquiera por
quitarle el mal tercio a sus amigos. Asistía a los bailes, y a otras
diversiones, con un aire de tristeza muy apropiado y decente. Pero
se rumoraba que no estaba invirtiendo sus ahorros, como era
de esperarse, en los materiales para montar el taller, sino en los
preparativos de un viaje a México, cuyas causas no parecían claras
(Castellanos, 1964: 14).

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En este sentido, la experiencia de la narradora no radica en
hacer visible el distanciamiento entre Gertrudis y Oscar, sino en una
dimensión más general: la de las estructuras y dinámicas sociales —
pero sobre todo familiares— en las comunidades chiapanecas de La
Concordia y Comitán. La narradora, como habitante de ese espacio,
descubre los prejuicios que operan en la conformación de los roles de la
sociedad y de la familia, los cuales colocan en una posición desfavorable
y de invalidación absoluta a las mujeres. Es posible encontrar en el
personaje de Gertrudis una actitud desinteresada, desapegada de
cualquier afecto, una personalidad que evidencia mayor resignación que
conformidad. La idea de que la resignación es una característica exclusiva
del ser mujer está sostenida por prácticas machistas, y más que tratarse
de una posición únicamente de género, tiene una arraigada relación con
el ejercicio del poder ideológico, político, social y económico.
Gracias a estos mecanismos de poder que operan en la
narración es posible dar cuenta de la posición asignada a Gertrudis. A
partir de la orfandad materna —cuenta la narradora— quedó al frente
de los quehaceres domésticos y del cuidado de sus hermanos, en
especial de la menor, la Picha, quien la sigue a todos lados. Gertrudis
“nunca alarmó a nadie con la más mínima disposición para el estudio.
Su asistencia en el colegio obedecía a otros motivos. Su padre don
Evaristo Córdova, viudo en la plenitud de la edad, llevaba una vida
que no era conveniente que presenciaran sus hijos” (Castellanos, 1964:
12). Así, es introducida a todos los aparatos e instituciones sociales:
la escuela, el empleo y el matrimonio, y no para su beneficio sino
para responder a un interés externo, el de su padre, el cual también
responde y se adecúa con estricto apego a las demandas y normas
conservadoras, aunque no sea practicante de ellas.
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Si en la tienda todo es perecedero y está destinado a
terminarse tras el uso, el “romance” entre Juan Bautista y Gertrudis
no es una excepción. Condenada al fracaso por la premura con que se
llevó a cabo, la fuga con el forajido trae consecuencias perjudiciales
para la joven, quien es expulsada del núcleo familiar y obligada a
casarse después de mantener relaciones sexuales con Bautista. Las
estructuras de poder social se erigen desde la familia, restringiendo
la experiencia de la sexualidad para las hijas, asunto que no sucede a
los varones. Ellas permanecen en abstinencia y se les inculca como
obligación conservar la virginidad a toda costa, pues esta será dada
como prenda de garantía al hombre que se fije en ellas y las elija. En
este sentido, la mujer joven queda reducida a una mercancía donde
la virginidad será el parámetro que mida su valor como persona
y el derecho del varón para efectuar la devolución,3 en caso de
comprobar que ya no la posee.
Con la preservación de la virginidad femenina el cuerpo se
normaliza y privatiza, se construye como una especie de territorio
sobre el cual es preciso efectuar un contrato y una marca. La
virginidad se constituye como mecanismo de control, pero ese no lo
ostentan las mujeres sino quien resguarda celosamente su virginidad
con la intención de convertirla en algo que a corto o largo plazo
brinde privilegios de carácter social y económico. En todas las
sociedades, sea de forma abierta o clandestina, los padres, tutores e,
incluso, los proxenetas ponen etiqueta de precio a la virginidad de
las jóvenes. Una virgen se cotizará con mayor valor económico.
Don Evaristo decide no correr el riesgo y obliga a su hija a
casarse con quien ya ha hecho uso de esa garantía, la cual él, como
3 Esto sí ocurre en la novela corta de Castellanos titulada El viudo Román.

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padre, ya no podrá presumir frente a cualquier sujeto que manifieste
interés por su ella. Menciono “obtener” porque Gertrudis es
concebida como un producto, como una conserva. La relación que
comenzó con premura dentro de la tienda descubre su fugacidad
una vez que Juan Bautista es encarcelado a consecuencia de sus
prácticas delictivas en la región. Para Gertrudis, la virginidad es una
característica biológica; para su padre no.
Hacia final del relato, la voz narrativa recupera la presencia
que le había cedido al diálogo de los personajes y cuenta que
Gertrudis, tras algún tiempo en el que visitaba a Juan Bautista en
la cárcel sin que entre ellos existiera una mínima conversación,
viaja a la Ciudad de México para encontrase con ella, quien vive allí
desde hace varios años. La recién llegada a la capital es rechazada
por los padres de la narradora a consecuencia de su apresurada
unión con el ladrón:
Bien que mal, Gertrudis fue saliendo adelante. Nos veíamos a
escondidas los domingos. Ahora yo me había vuelto un poco
más silenciosa y ella más comunicativa. Nuestra conversación
era agradable, equilibrada. Estábamos contentas, como si no
supiéramos que pertenecíamos a especies diferentes.
Un domingo encontré a Gertrudis vestida de negro y desecha
de llanto.

—¿Qué te pasa?
—Mataron a Juan Bautista. Mira, aquí lo dice el telegrama.
Yo sonreí, aliviada.
—Me asustaste. Creí que te había sucedido algo grave.
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Gertrudis me miró interrogativamente.
—¿No es grave quedarse viuda?
—Pero tú no eres viuda. Ni siquiera te casaste.
Abatió la cabeza con resignación (Castellanos, 1964: 27).

Gertrudis descubre una dolorosa realidad: no es viuda. Si no
es viuda, ¿entonces qué fue? Su presente repercute ahora en todo
aquello que conformó su pasado. Su personalidad continúa sujeta a
ciertos prejuicios que resultan inalterables y que la hacen adoptar un
comportamiento que no debe corresponderle pero que descubren
su necesidad de obtener una identidad. En este sentido, si no es una
viuda, entonces no es ni ha sido nadie.
Gertrudis y su amiga narradora son una oposición de
personalidades que marca el posible límite con el que el espacio del
texto queda dividido. Son dos caminos opuestos que se encuentran
en las palabras de sus cartas porque cada una pertenece a un espacio
que no corresponde con el otro. En ocasiones se enfatiza en aquellas
características que las hacen diferentes, no solo en aspectos sociales,
sino también los personales, como la vocación. Mientras hay una
narradora con inquietudes por la escritura, por el otro lado tenemos
un personaje como Gertrudis, sin ningún tipo de interés y siempre a
merced de las circunstancias y las casualidades.
Yuri Lotman escribe que hay textos en donde a cada personaje
le corresponde una parte, pues un mismo mundo dentro de un texto
puede encontrarse fragmentando de distinta forma y de acuerdo
con las diferencias entre estos personajes. Entonces —señala—
nace una polifonía del espacio, “un juego con las diversas formas
de segmentación” (1982: 282). Un día simplemente la narradora y
Gertrudis jamás se vuelven a ver.
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“Vals ‘Capricho’”: La palabra señorita es un título honroso
Lucien Goldman precisa que el personaje literario es “reflejo
de estructuras sociales e ideológicas, como sujeto de acciones y
pensamientos que han de enfrentarse a un sistema social cuyos
valores deben ser profundamente transformados” (citado en G.
Maestro, 1994: 460). En su crítica, el personaje se articula en el
texto literario bajo las mismas estructuras con las que un individuo
configura su personalidad en una sociedad. En este sentido, se
establece una homología entre ambos con la cual habrá que ir con
cautela a fin de evitar que el análisis literario quede cooptado por la
sociología. La sociocrítica, al ser una perspectiva teórica naciente de
la necesidad por revisar cuáles presupuestos críticos —no solo los
de carácter sociológico— median en el análisis de un texto, establece
relación con otras disciplinas como la semiótica, misma que da
oportunidad para un estudio con diversos niveles de sentido.
Yuri Lotman complementa la visión de Lucien Goldmann
respecto al personaje cuando explica que éste no solamente es
una construcción de la realización de los esquemas culturales,
sino también “un sistema de desviaciones significantes que se
crean a expensas de las ordenaciones parciales” (1982: 307). Estas
desviaciones hacen una importante revelación al dar origen a un
tipo de separación entre el personaje, específicamente su conducta,
y cualquier interpretación que no sea de carácter literario o artístico.
Así, el personaje literario, además de mantener vínculo con
el espacio social representado (podemos decir también configurado,
puesto que es una invención del autor), es una entidad sígnica, una
construcción ficcional que funciona en relación con otros signos,
tales como el lenguaje, el espacio, el tiempo y otros personajes.
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Reinerie se presenta en el relato como una unidad de sentido puesto
que la construcción de su personalidad se encuentra atravesada por
el hacer de otros personajes, como sus tías, las hermanas Natalia y
Julia Trujillo. A partir de las ideas de Lotman sobre el problema del
personaje y el carácter, revisaré cómo ocurre la degradación que
finalmente la conduce a Reinerie a la locura.
En “Vals ‘Capricho’”, Germán Trujillo encomienda a sus
hermanas Natalia y Julia, dos solteronas, la tarea de instruir a su
hija Reinerie en los menesteres femeninos. La joven, quien es
consecuencia del amorío que tuvo su padre con una mujer indígena
de la región, enseguida es señalada y relegada por la comunidad,
incluso por las tías, a consecuencia de su desinterés e indisposición
por aprender buenos modales y adoptar un comportamiento dócil.
Reinerie queda sumida en una profunda locura que da prueba
sobre el poder destructivo que ciertos prejuicios tienen en las
sociedades.
Cuando Lotman aborda el problema del personaje señala
que en la obra literaria es posible la existencia de “personajes
opuestos que pueden tener un parecido exterior, quedar incluidos
en situaciones similares, etc.” (1982: 309). Natalia y Julia Trujillo
avanzan en oposición a Reinerie; mejor dicho, esta última lo hace
en contraste con sus tías. No obstante, si revisamos su entorno es
posible dar cuenta de que las mujeres solteronas, pese a ser la estricta
personificación de la moral y de las buenas costumbres, tampoco
quedan excluidas de la marginación por su condición. A ellas se les
adjudica el cuidado de los ancianos, los enfermos y los locos; así, les
corresponde la de inicio fracasada empresa de “educar” a Reinerie,
joven estigmatizada desde su nacimiento.
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La oposición de caracteres va más allá al develar una
arraigada confrontación entre dos grupos, la cual establece un
vínculo entre los conceptos “dominación” y “resistencia”. Natalia
y Julia Trujillo se presentan como dos damas educadas y de buena
familia. La primera, virtuosa del piano, solía amenizar las reuniones
con la impecable ejecución “de la pieza suprema de su repertorio:
el vals ‘Capricho’ de Ricardo Castro” (Castellanos, 1964: 31); Julia,
por su parte, se dedicaba a la confección de las prendas, hechas con
telas muy finas traídas de ciudad de México, Guatemala y París, que
vestían las señoras de Comitán. La construcción de estas dos figuras
se da en un entorno “educado”, en donde tienen cabida las más
refinadas artes y la posibilidad de una economía desahogada.
Reinerie representa la otra cara de la sociedad comiteca,
aquella que debe permanecer oculta dado que se encuentra en
un estado salvaje. Se trata de un personaje sin identidad porque
se halla en medio de dos grupos: no termina por ser mestiza
ni tampoco indígena. Es posible hablar entonces de personajes
“varados”, pues recordemos que las hermanas Trujillo habitan esa
zona gris que divide todo lo que su apellido significó antes de la
Revolución y el agrarismo y de lo que se ha convertido después
de las reformas cardenistas. El concepto “salvaje” de inmediato
plantea y se desplaza ante la presencia de otro, el de “civilización”,
y su anulación ocurre por los estrictos códigos que conforman al
último, como los que determinan el derecho a la identidad social,
como por ejemplo los códigos de apariencia y lenguaje. Sobre
Reinerie, el narrador cuenta:
Si se examinaba su belleza era para hacer resaltar su falta de apego
a los cánones. Ni pelo ondulado, ni ojos grandes, ni piel blanca,
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ni boca diminuta, ni nariz recta. La suma de leves defectos y
asimetrías no resultaba atractiva para los hombres ni envidiable
para las mujeres (Castellanos, 1964: 48).

La descripción prosopográfica del personaje expone
también condiciones de carácter social y cultural al constituirse la
apariencia como factor determinante para la asignación de lugares
y roles. Lo que se describe como asimétrico en el físico de Reinerie,
en su rostro específicamente, es la carencia de armonía, la negación
rotunda de la naturaleza para dar a una joven ya sea la belleza exacta
o la fealdad suficiente. Reinerie está relacionada no con lo feo,
sino con lo “insignificante”, lo “invisible” y lo “desapercibido”.
En este cuento, cuando el narrador hace la descripción física
del personaje establece una comparación inmediata con otros
personajes; sin embargo, no hay necesidad de esclarecer a estos
últimos en una descripción también prosopográfica porque la
realizada sobre el primero descubre determinadas características
que se individualizan y potencian como rasgos negativos. Estos
rasgos están determinados por la contemplación del otro; por lo
tanto, están sujetos a su aprobación.
Respecto a su lenguaje, no existe parte que refiera
explícitamente a su forma o registro, porque en los diálogos
no se presenta la voz de Reinerie; de hecho, pareciera que
el narrador le niega su condición de hablante. Esta puede
inferirse gracias a lo que Lotman describe como interacción de
estructuras paradigmáticas (de posibilidades y funciones) en el
personaje. El semiólogo explica que la construcción del carácter
a nivel de estructura ideológica está relacionada con “el hecho
de que el texto se desarrolla sobre el eje sintagmático” (1982:
310), esto quiere decir que el lenguaje es algo no acabado puesto
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que “termina de construirse por inducción a partir de nuevos
fragmentos del texto” (1982: 310).
La caracterización de lenguaje del personaje es posible a
partir de lo que otros, en otro momento, dicen sobre ella. Se narra que
Reinerie, además de hablar la lengua de su madre —motivo suficiente
para prejuicios lingüísticos—, es poseedora de conocimientos que
la ponen en posición superior con respecto a las otras chicas de su
edad, pero que a la vez la aleja de lo socialmente constituido como
“femenino” al conocer cosas que cualquier jovencita honorable
debería mejor ignorar:
Porque Reinerie poseía unos secretos que colocaban a las
comitecas en un nivel de subordinación. Estos secretos se
referían a la vida sexual de los animales y también ¿por qué no?
de las personas. Reinerie describía con vivacidad y abundancia
de detalles, el cortejo de los pájaros, el apareamiento de los
cuadrúpedos, el cruzamiento de las razas, el parto de las bestias de
labor, la violación de las núbiles, la iniciación de los adolescentes
y las tentativas de seducción de los viejos […] La fama de la
corrupción de Reinerie llegó hasta las tertulias de los hombres para
provocarles un movimiento de repugnancia. En sus relaciones con
las mujeres contaban, como un ingrediente indispensable, con su
ignorancia de la vida. De ellos dependía prolongarla o destruirla.
En el primer caso tenían segura la sumisión. En el segundo, la
gratitud (Castellanos, 1964: 43).

El anterior fragmento alude al lenguaje de Reinerie y al
mismo tiempo hace referencia sobre su conciencia del mundo, una
que no corresponde a la estipulada por las convenciones sociales.
De esta manera, cuando el personaje coloca a otras jóvenes en
un nivel inferior a consecuencia de su conocimiento sobre la vida
sexual, tal supremacía tiene efectos paradójicos en ella porque al
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efectuarse esta especie de ventaja sobre otras jóvenes entonces se
maximizan sus aspectos negativos y se propicia aquella “mala fama”
del personaje.
Reinerie es presentada a través de las palabras de otro, de
tal manera que la descripción también caracteriza a ese otro que
observa y habla. El enjuiciamiento es evidente para quien conoce
lo que no debería. El personaje se configura en oposición —
resistencia— a las formas sutiles de dominación empleadas por sus
tías y el coadjutor, y que pretenden ceñir su personalidad al título
de “señorita”. ¿Qué implica ser o convertirse en una señorita?
La palabra puede cancelar lo mismo que exalta: en su dimensión
halagadora, el término destaca aquellas características que se han
estipulado como reglas previamente: juventud, comportamiento
(deberá ser recatado y sumiso), lenguaje (deberá ser silencioso y
oculto), expresión (discreta), e ignorancia sobre ciertos temas; en
su dimensión despectiva, bastará con darle un tono, una marca de
lenguaje que excluya al personaje de mencionadas características.
Entonces la palabra “señorita” se vuelve tan castigadora como
honrosa puesto que indica un estado de espera (que además deberá
ser corto) para pasar pronto al de “señora” casada, respetable y con
hijos. Cuando la designación se prolonga implica ya una tragedia, un
estado que empeora con la edad.
Reinerie-Claudia-Gladys-María-Alicia:
un personaje sin nombre
Yuri Lotman señala que “es probable que la más aguda manifestación
de la naturaleza humana sea el uso de los nombres propios” (1999:
52). Por otro lado, cuando Roland Barthes escribe acerca de esto,
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dice que el nombre es un signo que no puede ser aplastado por
ningún uso gracias a su densidad de sentido (1972: 125). Y es que
el nombre propio funcione como un signo verbal que designe una
multiplicidad de elementos de carácter histórico, cultural, político
y social: son la marca identitaria por antonomasia. Quien carece de
nombre prácticamente no tiene identidad; por lo tanto, no tiene una
historia.
A los nombres propios les corresponden estructuras
sintácticas, semánticas y pragmáticas que llevan a cabo una función
lingüística dentro de la cultura, una función de sentido y designación
que se caracteriza por la variabilidad de semas que lo cruzan.
Barthes señala que cuando estos semas se fijan en el nombre surge
el personaje, pues este “funciona como el campo de imantación de
los semas” (1980: 74). El personaje cobra una identidad plena y se
individualiza para distinguirse de otros elementos que poseen la
misma naturaleza, se ubica en el grado esencial de la caracterización.
Pero, ¿qué ocurre cuando el nombre propio despersonaliza? En
“Vals ‘Capricho’”, a Reinerie se le asignan diferentes nombres
porque sus tías creen que el suyo es agresivo y poco ortodoxo:
Julia se adelantaba a las condenaciones que temía. El Coadjutor
esbozó un gesto ambiguo.

—Y en el barrio de la Pila, exponiéndose a que le faltara al
respeto cualquier burrero.
—¡San Caralampio bendito!
—Pues allí, fingiendo negocios, tenemos a la sobrina de ustedes,
Reinerie…
—Gladys, señor.
—Claudia, su reverencia.
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—María, de acuerdo con las costumbres de nuestra Santa Madre
(Castellanos, 1964: 40).

Julia le da el nombre de Gladys, Natalia el del Claudia,
el Coadjutor el de María y Reinerie se nombra a sí misma Alicia.
Estos cuatro apelativos nos insertan en un contexto permeado por
algunos prejuicios que desembocan en el rechazo rotundo hacia
un sujeto, porque no llamar a alguien por su nombre es una forma
de violentar y de anular. Esta animadversión se manifiesta desde
el nivel más elemental, el de la marca identitaria y repercute en la
autodenominación provocando que Reinerie también renuncie a
su nombre. Gladys, Claudia, María y Alicia intentan suplantar una
identidad que ha sido degradada ya; sin embargo, lo que realmente
hacen es fragmentar la personalidad hasta reducirla a la nada, porque
no importa cuántos nombres le den sus tías o el coadjutor, Reinerie
nunca será alguien más que la joven salvaje y la hija que German
Trujillo tuvo con una india.
Entre las reprobables características de Reinerie se habla de
un comportamiento masculino, pues es “capaz de cinchar una mula,
de atravesar a nado un río y de lazar a un becerro” (Castellanos,
1964: 44). En este sentido, se observa una arbitraria relación entre
comportamiento y sexualidad —esta última como una construcción
social en función del aprendizaje cultural y de lo normativo—, en
la cual se fijan también distintos rasgos semánticos. Por ejemplo,
si revisamos el término masculino en este contexto, daremos las
siguientes significaciones: 1) ser un hombre, 2) realizar trabajo
duro y 3) poseer fuerza (tanto física como mental). Ahora veamos
las significaciones de feminidad: 1) ser una mujer, 2) ser dócil y 3)
sumisa. Si partimos de que la identidad sexual es una construcción
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social acotada por determinados comportamientos y códigos
sociales, entonces Reinerie está desplazada de ambos extremos, pues
su sexualidad biológica la excluye de todo menester masculino y su
tosca personalidad la aparta de lo establecido como femenino. Está
varada en los márgenes de la sexualidad social.
Aun cuando Reinerie busca la redención con la práctica de un
comportamiento aceptable, mejor dicho, femenino —ensaya recetas
de cocina, deshila manteles, marca sábanas y adopta el nombre de
Alicia—, su origen e historia ya habrán pesado sobre ella. Y es que
la historia es inherente al nombre, por eso también es irrenunciable,
y ambas se constituyen en una relación dialógica en donde la historia
da sentido al nombre y el nombre la construye. Cuando el boicot
cobra dimensiones catastróficas y la marginación se recrudece con
sobrenombres y evasiones expresas, de las que ni siquiera el padre
ni las tías pueden salvarla, las identidades suplantadas se derrumban:
“Gladys, Claudia, se sentía aplastada por aquel cariño como por la
losa de una tumba. María experimentaba las torturas del Purgatorio;
y en cuanto a Alicia se había borrado como si nunca hubiera nacido”
(Castellanos, 1964: 56).
Qué mayor remedio le queda a Reinerie que escapar. Sin
embargo, esta no puede ser física, pues en los contextos creados
por nuestra autora las mujeres no tienen permitida la huida; están
condenadas a la permanencia, al ocultamiento y a la reclusión.
Entonces la locura es la forma de la fuga, de desprendimiento ante
la hostilidad de una sociedad y una civilización que —como se
narra— todo lo destruye. Este tipo de fuga pudiera ser interpretada
como un destino ineludible, el regreso a su estado salvaje del cual
intentaron desprenderla a través de mecanismos agresivos como la
despersonalización y la anulación. Es la misma Rosario Castellanos
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quien afirma que en los contextos provincianos de sus novelas y
cuentos las mujeres no tienen más opción que estos: “la fuga, la locura,
y la muerte como espacios alternativos que no son propiamente
cauces de vida, sino formas de muerte” (1975: 229), a la que se suman
la muerte social, el enclaustramiento y el desprecio de la comunidad,
como le ocurre a todos los personajes de estos relatos.
Conclusiones
En “Las amistades efímeras” y “Vals ‘Capricho’” la conformación
espacial e identitaria de los personajes femeninos se encuentra
a merced de determinados prejuicios que tienen funciones
particularmente destructivas. Los prejuicios se transforman en
violencia cuando obligan a los personajes a renunciar a su voluntad
o los orillan a la destrucción social y personal. En el primer cuento
que ocupó esta revisión, la virginidad es una característica de la
feminidad que tiene el valor de las mercancías y como tal se tiene
acceso a ella en un sitio de comercio. En esta historia la virginidad
tiene un simbolismo contractual al constituirse como prenda que
sostiene el honor familiar y masculino. En temas de espacio, la
tienda atendida por Gertrudis es un sitio transitorio, de circulación
y celeridad. No de permanencia.
El ejemplo más evidente de la degradación de un personaje
por prejuicios relacionados con lo que debería ser la correcta
feminidad ocurre en “Vals ‘Capricho’”, relato donde se exhiben
las similitudes de personajes aparentemente opuestos cuando la
personalidad debe ceñirse a las exigencias de títulos honorables. En
este cuento la anulación, como consecuencia de diversas formas de
violencia, es una constante que descubre la histórica confrontación
entre “lo civilizado” y “lo salvaje”. Por otro lado, los personajes se
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hallan varados en una zona que alejada de cualquier posibilidad de
identidad. A Reinerie, por ejemplo, se le quita el nombre para que
sus tías, el coadjutor, y hasta ella misma asignen otro que la ponga
a distancia de su naturaleza salvaje. Sin embargo, esta multiplicidad
de nombres termina por violentarla más. Lo que no tiene armonía,
lo irrelevante, invisible e insignificante está encarnado en Reinerie.
Como se ha podido advertir, en estas dos narrativas Rosario
Castellanos plantea temáticas a partir de la articulación literaria de
sitios, prácticas sociales, discursivas y culturales. Al partir de esa
realidad que le ha sido cercana, dota a su obra de un carácter crítico
y personal. La provincia de Castellanos transfigurada por el lenguaje
literario no excluye ninguna dimensión de la vida pública y privada:
la intimidad, la charla, la fuga y la locura son tratados con el mismo
empeño crítico y estético para observar aquellas problemáticas
expuestas en sus cuentos. La estructuración del espacio se da en
relación con el interés por lograr sitios donde la insatisfacción, la
sexualidad y la búsqueda de la libertad ocurran como escándalo,
exhibición y oprobio; lugares donde los prejuicios sean dinámicas
de convivencia irrenunciables.

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�Omar Armando Paredes Crespo / Entre sitios y marignalidades

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�Dosier
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Representaciones de lo abyecto en La hora de la
estrella de Clarice Lispector
Representations of the abject in Clarice Lispector’s
The Hour of the Star
Joseph Amauri Cardona Mora
Universidad Nacional Autónoma de México
gusdck@gmail.com

Fecha entrega: 22-12-2021 Fecha aceptación: 11-2-2022

Resumen. En este artículo se aborda a Macabéa, personaje principal de
la novela La hora de la estrella de la autora brasileña Clarice Lispector, a
partir de la teoría psicoanalítica de Julia Kristeva postulada principalmente
dentro de su obra: Poderes de la perversión: ensayo sobre Louis-Ferdinand Céline,
donde expone la idea de lo abyecto como objeto de análisis literario por
sus representaciones dentro de la literatura contemporánea. Propongo los
postulados de Kristeva en el análisis de este personaje con el objetivo de
aportar un punto de vista en donde Macabea es configurada a partir del
desarrollo y deterioro de su identidad, derivado de su relación con los elementos sociales que dominan y reprimen su espacio, su corporalidad y su
fe para convertirla finalmente en un ser abyecto.
Palabras clave: literatura brasileña, literatura latinoamericana, psicoanálisis, abyección, espacio, corporalidad, Clarice Lispector
Abstract. This article addresses Macabea, the main character of the novel
The hour of the star by the Brazilian author Clarice Lispector based on

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the psychoanalytic theory of Julia Kristeva postulated mainly within her
work: Powers of Horror: An Essay on Abjection where he exposes the
idea of the abject as an object of literary analysis due to its representations within contemporary literature. I propose Kristeva’s postulates in
the analysis of this character with the aim of providing a point of view
where Macabea is configured from the development and deterioration of
her identity, derived from her relationship with the social elements that
dominate and repress her space, her corporeality and her faith to finally
turn her into an abject being.
Keywords: Brazilian literature, Latin American Literature, psychoanalysis,
abjection, space, corporeality, Clarice Lispector.

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Introducción
Primeramente, es indispensable hacer un breve recorrido por
la vida y obra de Clarice Lispector y del panorama literario de su
época para tener una perspectiva amplia del estilo de esta autora
y de su influencia dentro de la literatura latinoamericana. Esto
resulta indispensable debido a que la obra no sólo novelística sino
también cuentística de Lispector guarda relación entre sí por los
temas presentes dentro de ella, las características que comparten
sus personajes y el tratamiento de los espacios, por mencionar
algunos aspectos de su obra. Aunado a esto, este recorrido muestra
la evolución de Lispector como autora y a la evidente relevancia que
tenía su vida misma dentro de su literatura.
Clarice Lispector es una de las escritoras más reconocidas de
la literatura brasileña. En palabras de Rosario Castellanos: “¿Quién
es Clarice Lispector? Es, junto con Dinah Silveira de Queiroz una
de las grandes narradoras en lengua portuguesa de nuestros días”
(Castellanos, 2017: 99). Lispector ha sido muchas veces comparada
con Virginia Woolf por su estilo narrativo, por los temas en los que
se envuelven sus personajes literarios, por la forma en la que su obra
se centra en lo femenino y su relación con el mundo.
Lispector pertenecía a una familia ucraniana refugiada y,
aunque ella nació en dicho país, siempre se consideró brasileña. Su
obra es bastante amplia: escribió gran cantidad de novelas, cuentos,
ensayos, poesía, cartas de viaje e incluso una obra teatral publicada
en 1964 dentro de A Legião estrangeira; pero, sin duda alguna, es más
conocida por su trabajo como novelista y cuentista debido a su
manejo del simbolismo, sus particulares temáticas, el tratamiento
de la sociedad brasileña de su tiempo, sus impactantes imágenes
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�Joseph Amauri Cardona Mora / Represetnaciones de los abyecto

y la construcción literaria de los espacios. Aunque su primera
publicación fue en el año de 1943 con Perto do coração selvagem, llegó
a declarar en algunas entrevistas que comenzó a escribir cuentos y
obras teatrales a muy temprana edad e incluso llegó a trabajar en
varios periódicos. En el año de 1940 comenzó a redactar columnas
en el Vamos Lêr!, por lo que su trabajo como escritora empezó unos
años antes de haber mostrado su primer novela al mundo. En una
entrevista que dio el 20 de octubre de 1976 al Museu da Imagem e do
Som de Río de Janeiro, Lispector habla sobre sus obras y su estilo
literario, además cuenta que en un principio estudió la licenciatura
en Derecho debido a su intención de cambiar las cárceles en su país,
pero nunca ejerció debido a su atracción hacia el periodismo y la
creación literaria.
La hora de la estrella fue publicada en octubre de 1977 y es
la última novela de la escritora brasileña debido a que Lispector
sufría las primeras secuelas de un cáncer de ovario que finalmente la
vencería la mañana del 9 de diciembre del mismo año. Para algunos,
la última novela de Lispector es la que aglutina en mayor medida su
estilo y le consolida como una de las grandes autoras de su tiempo:
Gran parte de la posterior fama de Clarice Lispector, su
imperecedera popularidad entre un amplio público, se debe a
este breve libro, en el cual consigue conjurar todas las facetas de
su escritura y de su vida. Explícitamente judío y explícitamente
brasileño, enlazando el noreste de su infancia con el Río de
Janeiro de su vida adulta, «lo social» y lo abstracto, lo trágico con
lo cómico, combinando sus cuestiones religiosas y lingüísticas con
el impulso narrativo de sus mejores historias, La hora de la estrella
es el monumento más emblemático del «genio insoportable» de su
autora (Moser, 2017: 423) .

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La trama de la novela se centra en Macabéa y en el monólogo
que tiene su narrador en el transcurso de las primeras páginas por
la dificultad que le resulta narrar la historia de la norestina. Desde
el principio se nos advierte como lectores sobre las características
físicas y psicológicas de Macabéa, las que se conocen poco a poco
conforme se adentra en las acciones narrativas, el lugar en el mundo
que le fue asignado como mecanógrafa en una oficina y el espacio
que habita en las afueras de la ciudad de Río de Janeiro, algo que será
crucial en el transcurso de la historia y en el trágico final que tiene la
protagonista: “La persona de la que voy a hablar es tan tonta que a
veces les sonríe a los demás en la calle. Nadie responde a su sonrisa
porque ni siquiera la miran” (Lispector, 2018:15).
Además de que la misma Lispector hace alusión a sí misma
al introducirse en la voz del narrador de su historia, pues la premisa
de la novela parte como una suerte de viaje espiritual por encontrar
la identidad del narrador (masculino) que funge como avatar de
Lispector a la par que construye la de Macabéa y justifica el haber
escogido a un ser marginal y sin una muestra de carisma, pues podría
haber narrado la historia de un ser que contuviera cada una de las
características normativas de su tiempo como algunos escritores de su
época. Lo anterior forma parte del estilo literario propio de Lispector
y una de las principales razones por las cuales su obra no fue aclamada
en gran medida a nivel nacional sino hasta después de su muerte:
¿Por qué escribir sobre una joven que no tiene ni siquiera una
pobreza ornamentada? Tal vez porque en ella haya un recogimiento
y también porque en la pobreza de cuerpo y espíritu yo toco la
santidad, yo que quiero sentir el soplo de mi más allá. Para ser más
que yo, pues soy tan poco (Lispector, 2018:18).
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El que Lispector haya elegido relatar la historia de Macabéa
en su última novela y no la de un personaje pensado para generar
fascinación o heroísmo tiene mucho que ver no sólo con la situación
en la que se encontraba ─casi en su lecho de muerte y en la etapa final
de su carrera como escritora─. Después de escribir sobre personajes
como G.H., que encuentra una nueva identidad al final de la novela
después de haber emprendido un viaje onírico al entrar en contacto
con una cucaracha dentro del ropero de su antigua sirvienta, o Martim,
en La manzana en la oscuridad, novela en la que cuestiona la moralidad y
crea una identidad a través del pecado y la redención, tiene relevancia
en específico el cuestionamiento sobre los seres marginales como
Macabéa, quienes son controlados y dominados por las normas
establecidas de su tiempo, un aspecto de su obra un tanto olvidado
por la crítica. Sin embargo, este cuestionamiento guarda suma relación
con los postulados de filósofos como Bourdieu, Foucault, Butler o la
misma Kristeva, que cuestionan el poder que ejercen las instituciones
sobre los individuos acerca de sus cuerpos, creencias religiosas y el
desarrollo de su psique, pero este es un tema que abordaremos con
mayor profundidad más adelante.
Abyección y literatura
Ahora que nos hemos introducido dentro de la vida y obra de
Lispector y que hemos hablado, a grandes rasgos, sobre La hora
de la estrella, es momento de introducirnos dentro de la teoría de
la abyección de Julia Kristeva y su relación con el desarrollo de
Macabea como personaje abyecto a lo largo de la novela. Para
Kristeva, la abyección no se define como un objeto tangible
o visible, puesto que el ser que lo padece no es capaz de crear
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autoconsciencia de ello para curarse y continuar con su vida
como antes de estar abyecto. Este es un padecimiento ambiguo y
subjetivo que perturba y deteriora a todo aquel que libra una lucha
interna por rechazarlo; sin embargo, lo abyecto tiene la cualidad
de oponerse al Yo y de atraerlo para intentar ser asimilado en el
interior de la psique humana:
Hay en la abyección una de esas violentas y oscuras rebeliones
del ser contra aquello que lo amenaza y que le parece venir de
un afuera o de un adentro exorbitante, arrojado al lado de lo
posible y de lo tolerable, de lo pensable. Allí está, muy cerca,
pero inasimilable. Eso solicita, inquieta, fascina el deseo que sin
embargo no se deja seducir. Asustado, se aparta. Repugnado,
rechaza, un absoluto lo protege del oprobio, está orgulloso de ello
y lo mantiene (Kristeva, 1988: 7).

Asimismo, lo abyecto tiene la cualidad de violentar de
distintas formas, no sólo mentales, si no que se manifiesta en el
plano físico del ser y en su entorno. Esto es evidente en el personaje
de Macabéa, pues no se trata únicamente de algo que se origina en el
interior del ser, sino que también se origina en el exterior:
Lo abyecto no es mi correlato que, al ofrecerme un apoyo sobre
alguien o sobre algo distinto, me permitiría ser, más o menos
diferenciada y autónoma. Del objeto, lo abyecto no tiene más que
una cualidad, la de oponerse al yo. Pero si el objeto, al oponerse,
me equilibra en la trama frágil de un deseo experimentado que, de
hecho, me homologa indefinidamente, infinitamente a él, por el
contrario, lo abyecto, objeto caído, es radicalmente un excluido, y
me atrae hacia allí donde el sentido se desploma (Kristeva, 1988:8)

Kristeva propone la abyección como una categoría de análisis
no sólo dentro del plano de la psicología, sino que lo emparenta
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con la literatura, específicamente con la contemporánea con autores
como Dostoievski, Proust, Joyce, Artaud y Borges, ya sea por el
cuestionamiento de la fe, el deseo del cuerpo femenino o de la muerte
dentro de sus obras. Además, realizar un recorrido por las características
que relacionan a la abyección con la literatura contemporánea, ya que
esta se vale del uso de algunas dicotomías que competen al paradigma
de lo abyecto. En palabras de Kristeva, “En consecuencia, se podría
decir que con esta literatura se realiza una travesía de las categorías
dicotómicas de lo puro y lo impuro, de lo interdicto y del pecado, de
la moral y de lo inmoral” (Kristeva, 1988:26).
Macabéa y el cuerpo abyecto
A partir de este punto realizaré el análisis de Macabéa como
personaje de La hora de la estrella desde la perspectiva de la
abyección de Kristeva que vimos anteriormente y de las categorías
que forman parte de ella como lo son: la construcción de un
cuerpo y un espacio abyectos, además del tiempo de la abyección,
apoyándome en otros autores que han trabajado la abyección
dentro de lo social, la literatura y otras expresiones artísticas como
el cine.
Dentro de la novela, el narrador describe a Macabéa
físicamente poco a poco conforme se adentra en la narrativa y nos
muestra breves pistas de cómo se conforma la corporalidad del
personaje relacionando algunas veces con la niñez de ésta: “La joven
tenía hombros curvos como los de una zurcidora. De pequeña
había aprendido a zurcir” (Lispector, 2018: 21); en como la miran
las personas cuando camina por las calles: “Cuiden de ella porque
mi poder consiste sólo en mostrarla para que ustedes la reconozcan
en la calle, andando levemente a causa de su flacura revoloteante”
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(Lispector, 2018:17); o en cómo pasaba la noches dentro del
departamento que habitaba con sus compañeras:
“Joven —y veo que ya estoy casi en la historia—, joven que dormía
con una enagua de mezclilla con manchas bastante sospechosas de
sangre pálida. Para dormirse, en las heladas noches de invierno se
enroscaba en sí misma, recibiéndose y dándose su propio y parco
calor. Dormía con la boca abierta porque tenía la nariz tapada,
dormía exhausta, dormía hasta nunca” (Lispector, 2018: 20).

Agregando a las condiciones corpóreas que la conforman,
su condición anémica y principios de tuberculosis se intuyen
cuando Gloria, compañera y nueva novia de la expareja de Macabéa
le recomienda visitar a un médico de pobres por unos síntomas
estomacales que tenía desde hace días después de visitar la casa de la
misma Gloria y tomar ahí un chocolate con galletas:
“Al día siguiente, un lunes, no sé si por causa de que el hígado fue
afectado por el chocolate o por causa del nerviosismo por haber
bebido cosas de ricos, la pasó mal. Pero terca no vomitó para no
desperdiciar el lujo del chocolate. Días después, al recibir su salario,
tuvo la audacia, por primera vez en su vida (explosión), de buscar
al médico barato que le había aconsejado Gloria. La examinó, la
examinó y una vez más la examinó” (Lispector, 2018:73).

Para Julia Kristeva, el cuerpo abyecto se constituye a partir
de lo que las leyes proclamadas por las instituciones (gobiernos)
dictaminan para con o los individuos, lo que causa como la sociedad
visibiliza y aquello que reprime como con Macabéa: “Este gobierno,
esta mirada, esta voz, este gesto, que hacen la ley para mi cuerpo
aterrado, constituyen y provocan un afecto y no todavía un signo”
(Kristeva, 1988: 18).
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�Joseph Amauri Cardona Mora / Represetnaciones de los abyecto

Otros autores concuerdan con Kristeva respecto al cuerpo
abyecto, pues la constitución de este está íntimamente ligada con
lo colectivo y no con lo individual en el que el propio sujeto fija
sus propios límites o los desplaza a voluntad. Para este punto, la
abyección está instaurada desde lo más alto de los sistemas que
rigen a los individuos sobre a aquellos que no tienen acceso a la
educación ni a la información y que no tienen forma de oponerse,
pues veremos más adelante que ni si quiera el placer y el goce logran
eyectar1 al objeto abyecto por completo:
La transversalidad deviene trabajo de lo inconsciente en el sujeto
y sus instituciones porque introduce la finitud, nos confrontan
con la precariedad cuando con el otro buscamos alternativas al
agobio y la precariedad de la vida, cuando la norma ya no puede
contener la producción de las formas de subjetivación se produce
lo abyecto. Quizá hay en el cuerpo demasiado de abyecto, ahí se
produce un real que se desplaza a los umbrales de los imaginarios,
insiste, se reitera en una desobjetivación. El cuerpo es un abyecto
de lo imaginario colectivo (Brito y Guerrero, 2009:121).

Uno de los principales síntomas corpóreos y uno de los más
arcaicos de la abyección son las náuseas o el asco por la comida que
Kristeva describe como:
Quizá el asco por la comida es la forma más elemental y más
arcaica de la abyección. Cuando la nata, esa piel de superficie
lechosa, inofensiva, delgada como una hoja de papel de cigarrillo,
1 El término psicoanalítico eyección proviene del latín eiectio (expulsión,
destierro), y será usado en el presente artículo para especificar la acción del
sujeto (en este caso Macabéa) por intentar excluir, expulsar o arrojar el objeto
abyecto de su psique y de su cuerpo (organismo) hacia el exterior como una
forma de liberación.

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tan despreciable como el resto cortado de las uñas, se presenta
ante los ojos, o toca los labios, entonces un espasmo de la glotis y
aun de más abajo, del estómago, del vientre, de todas las vísceras,
crispa el cuerpo, acucia las lágrimas y la bilis, hace latir el corazón
y cubre de sudor la frente y las manos. Con el vértigo que nubla
la mirada, la náusea me retuerce contra esa nata y me separa de la
madre, del padre que me la presentan (Kristeva, 1988:9).

Dentro de La hora de la estrella se encuentra un pasaje en el que
la mecanógrafa, al ser descrita por su narrador, nos presenta otro de
los padecimientos de su protagonista, pues además de ser delgada,
terminar sus días exhausta y tener síntomas de una tuberculosis y
de anemia, los ascos la perturban a la hora de la comida como una
forma de repulsión que Macabéa tiene hacia sí misma y hacia un
trauma de su niñez que la sigue en su presente, conformando así
uno de los elementos más fundamentales de su cuerpo abyecto:
Me olvidé de decir que a veces la dactilógrafa tenía náuseas al
comer. Eso le venía desde pequeña cuando supo que había
comido gato frito. Esto la asustó para siempre. Perdió el apetito
y sólo sentía el gran hambre. Le parecía que había cometido un
crimen y que había comido ángel frito, las alas crujiendo entre
los dientes. Ella creía en ángeles y, porque creía, ellos existían
(Lispector, 2018:30).

Pero en la abyección no sólo existe el dolor, sino que el placer
y el goce también son fundamentales dentro de un ser abyecto, ya
que la abyección actúa en dos polos para librar una disputa en el
interior del ser por ser asimilado y no eyectado:
Frontera sin duda, la abyección es ante todo ambigüedad, porque
aun cuando se aleja, separa al sujeto de aquello que lo amenaza - al
contrario, lo denuncia en continuo peligro- . Pero también porque

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�Joseph Amauri Cardona Mora / Represetnaciones de los abyecto

la abyección misma es un mixto de juicio y de afecto, de condena
y de efusión, de signos y de pulsiones (Kristeva, 1988:18).

Macabéa presenta a lo largo de la obra casi la misma cantidad
de placeres que de dolencias, producto de esta característica polar
de su propia abyección de sí, ya que encuentra en algunos actos
relacionados a la lectura de anuncios y a las cosas que se imaginaba
que haría con los productos que se anunciaban ahí:
Pero se daba sus gustos. En las noches frígidas, ella, toda
estremecida bajo las sábanas de brin, solía leer a la luz de la vela
los anuncios que recortaba de los periódicos viejos de la oficina.
Coleccionaba anuncios y los pegaba en un álbum. Había un
anuncio, el que más apreciaba, que mostraba en colores el pote
abierto de una crema para piel de mujeres que simplemente no
eran ella. Ejecutando el tic fatal que había aprendido de pestañear,
imaginaba con deleite: la crema era tan apetitosa que, si tuviese
dinero para comprarla, no sería boba. Qué piel ni nada, ella se
la comería, sí, a cucharadas y del pote mismo. Es que le faltaban
grasas y su organismo estaba seco como bolsa medio vacía de
tostadas despedazadas (Lispector, 2018:29).

Otro de los placeres de los que la norestina goza está
relacionado con el ámbito del deseo sexual, aunque contrario a los
anteriores, ella misma se encarga de reprimirlo inmediatamente a
causa de las normativas dominantes a las que está sujeto su cuerpo
por ser un individuo marginal, una mujer pobre y poco atractiva, con
dolencias, sin intelecto aparente y el mayor de todos que compete
con el pecado2:
2 El deseo y la consumación sexual son excluidas y prohibidas dentro de
las sociedades latinoamericanas con el catolicismo como religión dominante,
específicamente para las mujeres a quienes se les impone una normativa de

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Ella sabía lo que era el deseo —aunque no supiera que sabía.
Era así: se quedaba hambrienta pero no de comida, era un gusto
medio doloroso que subía desde el bajo vientre y le erizaba las
puntas de los senos y los brazos vacíos sin abrazos. Ella se volvía
toda dramática y vivir dolía. Terminaba entonces medio nerviosa
y Gloria le daba agua con azúcar (Lispector, 2018:33).

Río de Janeiro: una ciudad abyecta
La relación que existe entre un cuerpo y un espacio abyecto, en este
caso el cuerpo de Macabéa y la ciudad de Río de Janeiro resulta
relevante para entender el cómo influye el segundo sobre el primero,
ya que un cuerpo abyecto necesita de una ciudad abyecta para
existir: “El estar fuera de lo social determina no solo unos contextos
de miseria, en tanto no se tiene acceso a unos bienes de consumo,
pero, además, se es confinado a unos espacios abyectos. El cuerpo
abyecto, así, se mueve en una ciudad abyecta” (Montoya, 2012:17).
En La hora de la estrella los espacios están construidos desde
una perspectiva en la que Macabéa siempre está en constante
perturbación por ser violentada de forma simbólica:3“Me limito
humildemente —aunque sin hacer ostentación de mi humildad que
ya no sería humildad—, me limito a contar las pobres aventuras de
virginidad: “La abyección persiste como exclusión o tabú (alimentario u otro)
en las religiones monoteístas, particularmente en el judaísmo, pero deslizándose
hacia formas más ‘secundarias’ como transgresión (de la Ley) en la misma
economía monoteísta. Finalmente, con el pecado cristiano encuentra una
elaboración dialéctica, integrándose como alteridad amenazadora pero siempre
nombrable, siempre totalizable, en el Verbo cristiano” (Kristeva, 1988: 27).
3 “Esta veridicción y naturalización de las relaciones de dominación en
tanto sólo pueden ser aprehendidas mediante categorías que son construidas
en esas mismas relaciones dominación, es llamada por Bourdieu violencia
simbólica” (Grandinetti, 2011: 4).
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una chica en una ciudad toda hecha contra ella” (Lispector, 2018:15).
Este espacio conforma una parte de la ciudad en específico donde
abunda la pobreza, la prostitución4y la suciedad: “Calle del Acre.
Pero qué lugar. Las gordas ratas de la calle del Acre”(Lispector,
2018:33), los cuales son elementos fundamentales dentro de lo
perverso del paradigma abyecto y se convierten en espacios idóneos
para que el cuerpo de la protagonista comience a sublimarse. El
primero y más importante de éstos, por ser el espacio habitado,
es donde Macabéa vive con otras cuatro compañeras: “El cuarto
estaba en un viejo caserón colonial de la áspera calle del Acre, entre
las prostitutas que servían a los marineros, depósitos de carbón y de
bolsas de cemento, no lejos de los muelles del puerto” (Lispector,
2018:32).
Otro de los espacios abyectos pertenecientes a la ciudad
abyecta de Río de Janeiro es la carnicería que la norestina visita junto
a Olímpico, su pareja que posteriormente la abandona por una de
sus compañeras de trabajo, que a su vez se presenta como otro ser
abyecto, pero que, a diferencia de Macabéa, su abyección consiste en
que tiene una fijación por la sangre y la violencia que implica cortar
la carne:
Al final terminó por volver a ella. Por motivos diferentes entraron
en una carnicería. Para ella el olor de la carne cruda era un perfume
que la hacía levitar toda como si hubiese comido. En cuanto a él,
lo que quería era ver al carnicero y su cuchillo afilado. Le tenía
envidia y también quería ser carnicero. Meter el cuchillo en la
carne lo excitaba. Ambos salieron de la carnicería satisfechos. Ella
4 “Lo abyecto encierra formas de comportamiento que la sociedad tiende
a rechazar; prácticas sobre todo de tipo sexual, que transgreden el orden
establecido, haciendo de la prohibición su mejor aliado” (González, 2010: 147).

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se preguntaba: ¿qué gusto tendrá esta carne? Y él, en cambio, se
preguntaba: ¿cómo es que una persona logra ser carnicero? ¿Cuál
era el secreto? (El padre de Gloria trabajaba en una carnicería
bellísima) (Lispector, 2018: 38).

El último espacio abyecto que la mecanógrafa de Alagoas
visita es un lugar en donde una vidente de nombre Madame Carlota
lee las cartas, lugar que había buscado como última esperanza por
encontrar su identidad dentro de esta ciudad, después de haber
terminado su noviazgo con Olímpico y de haber perdido su lugar
dentro de la oficina en la que trabajaba, agregando además que era
una huérfana que vivía con su tía que la maltrataba hasta que esta
finalmente murió, lo que a su vez se traduce como el último intento
de Lispector por salvar a su protagonista de un destino funesto:
No le fue difícil encontrar la dirección de Madame Carlota y esa
facilidad le pareció una buena señal. El departamento era una
planta baja que quedaba en la esquina de un callejón donde entre
las piedras del suelo crecía hierba; ella lo notó porque siempre
notaba lo que era pequeño e insignificante (Lispector, 2018:79).

El interior de la casa de Madame Carlota contrasta con el
exterior de la ciudad, pues este no se compone de los elementos de
suciedad, violencia, pobreza, sino que está compuesto desde el lujo
y la artificiosidad: “Mientras hacía esto miraba con admiración y
respeto el cuarto en donde estaba. Ahí todo era de lujo. Material de
plástico amarillo en las sillas y sofás. Y hasta las flores eran de plástico.
El plástico era lo máximo. Estaba boquiabierta” (Lispector, 2018:80).
El encuentro con Madame Carlota tiene un efecto
transgresor dentro de la personalidad de Macabéa porque la lectura
le augura un futuro prometedor y hasta imposible de lograr dentro
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de su realidad, ya que parece una especie de relato completamente
ajeno a la vida de Macabéa:
Sentía en sí una esperanza tan violenta como jamás había sentido
una desesperación tan grande. Si ella ya no era más ella misma,
eso significaba una pérdida que valía como una ganancia. Así
como había sentencia de muerte, la cartomante le había decretado
sentencia de vida. Todo de repente era abundante y abundante
y tan amplio que sintió ganas de llorar. Pero no lloró: sus ojos
resplandecían como el sol que moría. (Lispector, 2018: 54)

Esto, desde la perspectiva de la abyección se encuentra dentro
del tiempo abyecto que se configura más allá de las convicciones
del tiempo cronológico, en el que las acciones de los seres o los
personajes en este caso suceden con normalidad, ya que la brecha
temporal y espacial de La hora de la estrella se rompe gracias al poder
que el esoterismo tiene sobre la percepción de la norestina:
El tiempo de la abyección no es periódico o cronológico, es un
tiempo brujo alternado en ritmos que no pueden ser pensables
con la razón, y los espacios, son producción de texturas de goce
de un más allá del principio del placer, en una economía del goce
del cuerpo para ese sujeto que recibe la injuria y los efectos de la
abyección (Brito y Guerrero, 2009:129).

Finalmente, Lispector no es capaz de romper con el destino
fatuo de su protagonista que al igual que ella estaba destinada a perecer,
lo que pudo haber originado que esta, su última novela haya trascendido
más allá de cualquier otra obra de su autoría. Cuando Macabéa sale de
su tiempo abyecto contenido en casa de la vidente, termina fascinada
por la lectura de sus cartas con una pulsión de vida como nunca sintió,
pero el mismo Río de Janeiro termina por atropellarla. Macabéa termina
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�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

su historia sin ser consciente de su propia muerte en las calles de la
ciudad que, como al principio de la novela, ni si quiera se percató de que
la norestina agonizaba en el pavimento:
Si un día Dios viene a la tierra habrá un silencio enorme. El
silencio es tal que ni el pensamiento piensa. ¿El final fue demasiado
grandilocuente para las necesidades de ustedes? Al morir, ella se
volvió aire. ¿Aire enérgico? No lo sé. Murió en un instante. El
instante es aquel momento de tiempo en que el neumático del auto
corriendo a alta velocidad toca el suelo, después no toca y después
vuelve a tocar. Etc., etc., etc. En el fondo ella no había pasado de ser
una cajita de música medio desafinada (Lispector, 2018:59).

La muerte de Macabéa significa dentro de su propia
abyección una liberación que sólo se alcanza en la fascinación por lo
sublime que implica la muerte,5 ya que ésta es la única forma en la
que un ser es capaz de liberarse de ella, pues no hay escape cuando
esta logra asimilarse y la eyección se vuelve imposible. Es por esto
que Macabéa no sufre ni se lamenta cuando muere y su narrador
que encarna a Lispector dentro de la obra al fin se siente librado de
terminar con la historia de una norestina pobre, flaca, huérfana y sin
haber encontrado su lugar dentro de un mundo abyecto dominado
por los poderes de la perversión:
El placer desubjetiza, suelta amarres de pulsiones y
representaciones en el cuerpo, entonces en el sujeto se atreverá
5 Kristeva usa el concepto de lo sublime para definir el momento en el
que un ser arrojado a lo abyecto logra el placer y la fascinación a través de
la percepción: “No más acá, sino siempre y a través de la percepción y de las
palabras, lo sublime es un además que nos infla, nos excede y nos hace estar a
la vez aquí, arrojados, y allí distintos y brillantes. Desvío, clausura imposible.
Todo fallido, alegría: fascinación” (Kristeva, 1988: 21).
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a soltar nudos, para entonces, la identidad se desdibuja. Con
el placer salimos de la abyección, o mejor nos desplazamos
construyendo sentido y nuevos vínculos. La abyección produce
singularidades, quizá exista ahí una transversalidad, una manera
de apropiarse de las formaciones del inconsciente, pero deberá
ser un inconsciente que sí contempla lo transitorio, la existencia
de la muerte, de tiempos muertos que rechazan el olvido (Brito y
Guerrero, 2009:130).

Conclusiones
Es importante que dentro del panorama de la literatura de lo
abyecto que Kristeva plantea al realizar su análisis de autores como
Dostoievski, Proust, Joyce, Borges y Artaud, se inicie una búsqueda
por encontrar realidades en las que los personajes de esta literatura
sean capaces de librarse de su abyección de sí por medios que no
impliquen únicamente la muerte. como ocurre con la protagonista
de la novela que analizamos en este ensayo, para así crear identidades
abyectas sostenibles:
Si toda identificación supone la exclusión de algo -la producción
de lo abyecto- se plantea la paradoja de cómo hacer vivible la vida
de los seres abyectos sin provocar un nuevo campo de abyección
al constituir de lo abyecto una identidad (Grandinetti, 2011:8).

Ahora bien, psicoanalíticamente se sabe que no hay una cura
directa para la abyección, ya que esta actúa dentro de los límites
de la subjetividad y de lo ambiguo, por lo que incluso identificarla
se convierte en una ardua tarea para los psicoanalistas, pero tiene
un papel fundamental para comprender el discurso analítico entre
analizando y analista y averiguar sobre aquello que lo origina:
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�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

Esta abyección, que de la modernidad ha aprendido a reprimir, a
esquivar o a maquillar, se manifiesta como fundamental a partir
de la posición analítica. Lacan lo dice cuando asocia esta palabra a
la santidad del analista, acoplamiento que, del humor, sólo deja lo
negro (Kristeva, 1988: 40).

Las identidades abyectas son productos de la modernidad y
de las relaciones de dominación6 que esta promueve al dictaminar
aquello que es aceptado o rechazado para con sus individuos. La
canonización de algunos cuerpos, la imposición de creencias, o
la creación de espacios abyectos invisibilizan las distintas caras
de la violencia, como ocurre con Macabéa, a la que las mismas
instituciones y cada uno de los individuos con los que interactúa
a lo largo de toda la obra violentan, ya sea la tía, el médico, su jefe
de oficina o su pareja, Olímpico, personaje que tal vez sea el que se
encuentre más arriba dentro de la jerarquía de la abyección perversa
en la obra, aunque eso sería un tema para otro artículo.
De esta manera es posible indicar que Macabéa no sólo se
convierte en un ser abyecto que constantemente es perturbado por
su propio entorno y los seres abyectos que lo habitan, sino que es en
sí misma un producto de las relaciones de poder y una representación
de la sociedad brasileña de su tiempo.

6 “Las relaciones de dominación producen habitus –esquemas de
percepción, visión y división que funcionan como disposiciones para la
práctica- que se inscriben en el cuerpo. Estas relaciones de dominación (en
este caso, de dominación masculina) se fijan en lo más profundo del cuerpo,
en las mismas emociones corporales – vergüenza, humillación, timidez-, en los
modos de relacionarse con el cuerpo propio y del otro”(Grandinetti, 2011, p. ).
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�Joseph Amauri Cardona Mora / Represetnaciones de los abyecto

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DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-5

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�Dosier
Humanitas, vol. 1, núm. 2, 2022

“Hongos”: un erotismo del cuerpo enfermo
“Hongos”: an ill-body’s eroticism
Valeria Vazquez Elizaldi
Universidad Autónoma de Nuevo León
valevazqueze14@gmail.com

Fecha entrega: 22-12-2021 Fecha aceptación: 11-2-2022

Resumen. En este artículo me propongo analizar uno de los cuentos más
renombrados de la escritora mexicana Guadalupe Nettel, titulado “Hongos”. Se parte de la conceptualización del erotismo, del cuerpo y de la
enfermedad, para plantear un análisis del erotismo del cuerpo enfermo,
atravesado por las nociones de la belleza, lo incómodo y la mirada voyeur
que propone la prosa netteliana.
Palabras claves: enfermedad, cuerpo, erotismo, hongos, Guadalupe Nettel
Abstract. The aim of this article is to study “Hongos”, one of the most
renown short stories of the Mexican writer Guadalupe Nettel, through
the concepts of eroticism, body and illness. My proposal is that the notion
of the eroticism of the sick body is a constant in the nettelian prose, as
also the idea of the beauty, the voyeur and the uneasy.
Keywords: illness, body, eroticism, desire, Guadalupe Nettel

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�Valeria Vázquez Elizaldi/ Erotismo del cuerpo enfermo

Introducción
El erotismo da miedo porque
se lleva las palma en el exceso,
se abre en la superabundancia
y en lo ilimitado. Eleva el instinto a categoría de un arte de
amor, y por lo tanto de vivir.
Sophie Chauveau

“Paso muchas horas tocando la cavidad de mi sexo —esa mascota
tullida que vislumbré en la infancia—, donde mis dedos despiertan
las notas que Laval ha dejado en él” (Nettel, 2019: 102). Esta cita
proviene de “Hongos”, uno de los cuentos poco convencionales de
la escritora mexicana Guadalupe Nettel. Como se puede observar en
este extracto, una de las características de la cuentística de la autora es la
incomodidad. Con su pluma, esta escritora logra exponer las pequeñas
anormalidades del ser humano. El sentimiento inquietante que produce
en sus lectores tiene que ver con el paseo exótico que recorre quien la
lee. Sin duda alguna, su escritura exhibe los aspectos más peculiares de
los seres; en sus cuentos muestra las extrañas pasiones y manías de las
personas (Hernández, 2013). El cuento a tratar en este trabajo no es
una excepción de estos rasgos singulares y únicos, sino que es una obra
esencial para entender la la prosa de esta literata.
La intranquilidad que produce Nettel en sus lectores no sólo
se debe al tono sorprendentemente crudo de los textos que presenta,
sino también al papel voyeurista que le impone (Hernández, 2013).
En el caso de “Hongos”, al igual que en la mayoría de sus cuentos,
la escritora coloca a quienes leen su prosa en un rol de mirón. Es
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�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

decir, el lector se convierte en una especie de entrometido —en
contra de su voluntad— de los aspectos más privados de la vida de
la protagonista de esta historia de amor grotesco.
Con respecto a lo anterior, resulta oportuno destacar que
mucho de lo que expone Nettel en su narrativa se exhibe a partir de
la mirada. Pardo Garduño (2018: 4) sostiene que “la mirada guía los
relatos. Hay un continuo mirar, e incluso en algunos, la práctica del
voyeurismo”. A lo largo de la narración de “Hongos”, la protagonista
comparte con el lector —de forma involuntaria y en contra de su
conocimiento— su interés por los hongos y Laval. Estas amplias
descripciones tienen la función de transformarse en imágenes
explícitas que cautivan al lector o lectora. Aunque, por otro lado,
en la prosa de Nettel también es evidente “la voz del narrador, que,
desde su voluntario aislamiento describe los espacios y las vidas tanto
de los demás como la propia” (Hernández, 2013). La protagonista
de “Hongos”, quien es una violinista y maestra de música, permite
que el lector conozca sus más profundos pensamientos —asimismo,
accede a un vistazo hacia la vida de quienes la rodean—, y entre más
avanza la narración es posible notar la soledad y el abandono que
siente. En este sentido,
Ferrero y Escobar (2017: 8) establecen que “Guadalupe
Nettel construye protagonistas que tienen como base una conducta
marginal y una relación corporal anómala”. Esto es precisamente lo
que ocurre en el cuento a tratar; el vínculo entre la protagonista y la
micosis presente en su cuerpo parece ser lo único que la acompaña
en su retraimiento de la sociedad.
Quienes han leído esta historia habrán notado que se
trata de un cuento romántico, inusual y diferente pero soñador y
apasionante. Como en otras obras, dos personas se encuentran en un
DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-6

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�Valeria Vázquez Elizaldi/ Erotismo del cuerpo enfermo

viaje de trabajo, se enamoran y deciden comenzar un amorío oculto
de sus respectivas parejas. Sin embargo, lo que Nettel presenta no
es la típica narración de una aventura adúltera. La narración va más
allá de lo esperado, aborda desde una sensibilidad poco habitual un
romance que engloba los aspectos anormales y desagradables del
ser humano. A grandes rasgos, el cuento presenta la historia de un
romance que destroza la vida y el cuerpo de una mujer. Una violinista
viaja a Copenhague para impartir clases de música; ahí conoce a
Philippe Laval —violinista y director de prestigio—, y comienza una
relación romántica que la consume hasta dejarla sin una verdadera
identidad. Debido a la conexión de dependencia que surge entre la
protagonista y Laval, la protagonista permite el crecimiento de una
micosis en el área más íntima de su cuerpo.
En ese sentido, la autora lleva al lector por un viaje literario en
el que puede conocer el exotismo de las pequeñas anormalidades del
ser humano. En el caso de “Hongos”, con el fin de llenar el vacío que
dejó su amante en su cuerpo, la protagonista propicia el crecimiento
de una micosis en el área de su cuerpo donde más extraña a su amado.
Estos hongos sirven como un parche que sella su orificio abandonado,
ya que la unen más a Laval. La narración dota de una sensualidad
inusual pero exótica al crecimiento de los microorganismos en la
vulva de la protagonista. En este cuento se presenta un fenómeno
poco usual en la literatura: el erotismo del cuerpo enfermo puesto que
existe una clara vinculación entre la escritura de Nettel y el deseo de
las extrañezas de la figura humana; a partir de la prosa se manifiesta un
tipo de lujuria humana velada: el deseo del cuerpo enfermo.
En lo esencial, en la narrativa de “Hongos” se reclama el
espacio del cuerpo vulnerable en la literatura del siglo XXI. No sólo
se establece una presencia propia de las enfermedades, sino que
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�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

se manifiesta un deseo hacia la preservación de éstas. La micosis
presente en el cuerpo de la violinista parece ser para ella una especie
de refugio; los hongos llenan un espacio en su cuerpo que le dejó
de pertenecer, y eso la reconforta. En palabras de la protagonista:
“la felicidad [puede] encontrarse fuera de lo convencional” (Nettel,
2019: 94).
Con el fin de profundizar sobre el erotismo del cuerpo
enfermo presente en esta obra, resulta pertinente definir el término
de ‘cuerpo’. Borrero destaca que “el cuerpo no es un recipiente
ni un vehículo de transmisión, es un medio en sí mismo. Se va
construyendo en un proceso evolutivo de interacción con el
entorno” (2012: 54). En ese contexto, cabe resaltar que el cuerpo es
el recurso principal de la narrativa de este cuento netteliano. Para la
protagonista su cuerpo se vuelve una extensión de ella misma; no
cabe en la narración la típica separación de mente y cuerpo. Más
bien, se muestra una expansión de la psique que llega al cuerpo sano,
que a la vez es alterado con el fin de mostrar el estado emocional en
el que realmente se encuentra la maestra de música.
Tras ser separada de Laval y regresar a su matrimonio, la
violinista informa que “la forma de estar en mi casa y en todos los
espacios, incluido mi propio cuerpo, se había transformado y, aunque
entonces no fuera consciente de ello, resultaba imposible dar vuelta
atrás” (Nettel, 2019: 90). El amorío que tuvo con el director de
música la afecta tanto hasta llegar al punto que opta por transmutar
su cuerpo, aunque éste se vuelva irreconocible. Así, la definición de
Borrero ayuda a posicionar al cuerpo como un espacio, un medio
que se construye y se deconstruye a partir de las experiencias de
la protagonista. Sin duda alguna, los cambios físicos que ocurren
en su cuerpo están íntimamente ligados a Laval. En palabras de
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�Valeria Vázquez Elizaldi/ Erotismo del cuerpo enfermo

la violinista: “sentía mi sexo y hacerlo implicaba inevitablemente
pensar también en el de Philippe” (Nettel, 2019:96).
En ese mismo contexto, resulta oportuno establecer a qué se
hace referencia cuando se trata del término ‘cuerpo enfermo’. Ante
todo, se trata de aquellos aspectos físicos que se desvían de la norma.
De acuerdo con Vivero Marín: “el cuerpo enfermo representaría lo
opuesto a los ideales enmarcados en la independencia del sujeto [...] estos
cuerpos experimentan el espacio social de una manera distinta” (2013:
43), puesto que sufren de cierto rechazo, segregación y menosprecio.
Cabe agregar que son vistos como entes que deben de ser corregidos y
en muchas ocasiones son atribuidos con el adjetivo ‘feo’.
En “Hongos” se pone en primer plano un cuerpo que se
aleja del estándar. Desde el principio de la obra es claro el interés de
la protagonista por la micosis y, conforme avanza la historia, el eje
central de la narrativa gira en torno a la parte anómala de su cuerpo.
Existe un evidente discurso sobre el cuerpo vulnerable en la prosa y,
a diferencia de muchas otras obras, se aborda una enfermedad que
produce un sentimiento protector en la narradora. Cabe agregar que
desde que la violinista era una niña, sentía curiosidad por los hongos
—especialmente por el que creció en la uña de la piel de su mamá—.
La protagonista señala al principio de la obra que “no me inspiraba
la misma aversión que le tenía mi madre, más bien todo lo contrario.
Esa uña pintada de yodo que yo veía vulnerable me causaba una
simpatía protectora” (Nettel, 2019: 85). Sin duda, su actitud hacia
estas criaturas que invaden el cuerpo humano difiere del modelo
establecido por el canon de la belleza.
Es evidente que, en sus historias, Nettel, dota al cuerpo con
un significado que va más allá de la corporalidad. Las marcas enfermas
que adornan los cuerpos presentes en la narrativa de esta escritora
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mexicana sirven para distinguir a los individuos de la colectividad.
Ante todo, sus historias contienen personajes cuyos rasgos y
características se alejan de cualquier tipo de noción convencional
sobre el comportamiento humano. En sus historias se describe “el
cuerpo que suele ser marginado, alejado del statu quo, es el centro de
[estas narrativas], revalorizando y dotándolo de un valor intrínseco a
aquello que lo diferencia de los demás” (Ferrero y Escobar, 2017: 8).
En el cuento “Hongos” el cuerpo es el recurso principal
de la narración para retratar lo que le ocurre a la protagonista —
no solo como un ser aislado sino también como un parásito que
habita indebidamente la vida de alguien más—. Los hongos que
crecen en la vulva de la violinista ejemplifican el incremento de su
dependencia y obsesión por Laval; es una micosis que ella mantiene
oculta y que simboliza el estado en el que se encuentra. Al final
de la obra, la maestra de música deja claro que se asimila con los
hongos que se hospedan en su área íntima al establecer que: “los
parásitos —ahora lo sé— somos seres insatisfechos por naturaleza.
Nunca son suficientes ni el alimento ni la atención que recibimos
[...] vivimos en un estado de constante de tristeza” (Nettel, 2019:
100). De esta manera, es evidente que el cuerpo no solo es una
extensión del ser humano, más bien es el ser en sí —el medio por
el cual es posible percibir el tipo de persona que se es—. En la piel
de la protagonista residen pequeñas criaturas que se presentaron en
contra de su voluntad; pero, al contrario de lo que haría la mayoría,
ella decide quedárselos, dado que existen razones de peso detrás
de su decisión: además de que se identifica con ellas, le recuerdan a
Laval y la mantienen acompañada en momentos de soledad.
Por otro lado, es clave indicar que la violinista encuentra
placer en lo monstruoso, en lo diferente. Umberto Eco sostiene
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que “los monstruos […] son [seres] contrarios a la naturaleza a la
que estamos habituados” (Eco, 2017: 147). En otras palabras, se
considera monstruoso a todo aquello fuera de lo habitual, así, el
monstruo se aleja del ideal de la belleza humana. No obstante, existe
una inversión en la significación que le brinda la protagonista puesto
que los parásitos presentes en su piel representan algo sumamente
bello: su amor por Laval. Que el cuerpo humano presente bultos de
membranas mucosas sea algo mal visto por la sociedad, está fuera de
los intereses de la violinista. Su situación es antitética: es un romance
diferente a cualquier tipo de amor ordinario. En efecto, en esta obra
se presenta una pasión que consume al ser humano; una obsesión
fuera del control de la protagonista. Pero a veces de eso trata el
amor, ¿cierto? De caer tan profundamente por alguien que todo lo
demás, hasta uno mismo, cesa de ser importante. En palabras de la
protagonista, “los enamoramientos muchas veces nacen también de
forma imprevista, por generación espontánea” (Nettel, 2019: 98).
En efecto, hay amores y atracciones incomprensibles para
muchas personas, como el caso que se narra en este cuento. Se trata
de un amorío difícil de comprender a pesar de que está repleto de
aspectos naturales. En ese sentido, resulta oportuno destacar que la
micosis no es algo ajeno a los seres humanos, pero decidir mantenerlos
por amor es, sin duda alguna, diferente a lo habitual. Con respecto
a los hongos que crecen en la piel, en la sociedad actual existe un
claro desprecio hacia estas criaturas que, por diversas razones, llegan
a hospedarse en el cuerpo humano. Este menosprecio es muchas
veces acompañado por un gran sentimiento de vergüenza. Respecto
al hongo que tuvo su mamá en la uña, la protagonista desarrolla que
“más que el aspecto incierto y movedizo, más que su tenacidad y su
aferramiento al dedo invadido, lo que [recuerda] particularmente en
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todo ese asunto fue el asco y el rechazo que el parásito provocaba
en ella” (Nettel, 2019: 84).
No obstante, la actitud de la protagonista, como previamente
se había mencionado, radica en el polo opuesto al de su madre.
Desde la infancia ve a los hongos con ojos curiosos, y tras crecer
y conocer a Laval, esos seres extraños que se hospedan en su vulva
representan su pasión por el violinista. Por lo tanto, al contrario de
su madre, ella está decidida de hacer lo posible para conservarlos:
Los hongos me unieron más a Philippe. Aunque al principio
apliqué puntualmente y con diligencia la medicina prescrita, no
tarde en interrumpir el tratamiento: había desarrollado apego
por el hongo compartido y un sentido de pertenencia. Seguir
envenenándolo era mutilar una parte de mí misma [...] decidí no
sólo a conservarlos sino a cuidar de ellos de la misma manera en
que otras personas cultivan un pequeño huerto (Nettel, 2019: 97).

La anomalía en “Hongos” es vista como una categoría estética.
Sin duda, existe cierta belleza en la micosis que cubre la piel de la
violinista. Asimismo, es claro que su actitud hacia las enfermedades
difiere de la convencional. Por consiguiente, no es inoportuno
destacar que el erotismo presente en la narrativa de este cuento rodea
las descripciones del parásito que habita la vagina de la protagonista.
Con el fin de comprender más a fondo el fenómeno
literario que se manifiesta en el erotismo del cuerpo enfermo, es
pertinente establecer a qué se hace referencia cuando se trata el tema
de lo erótico. De acuerdo con Bataille, “el erotismo, tal como la
inteligencia lo toma en consideración como cosa, es [...] un objeto
monstruoso” (1997: 41). Hablar de lo erótico conlleva hablar
del monstruo que todos llevan dentro. Es un aspecto de la vida,
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completamente natural, que se centra en los impulsos que sufren
los seres humanos. No obstante, existen impulsos menos juzgados
que otros. En el caso de “Hongos”, la sensualidad presente cae bajo
el ojo crítico de aquellos que siguen y honran lo tradicional. Así, el
que la protagonista del cuento mantenga y cuide la enfermedad que
brota entre sus piernas es, no cabe duda, un acto erótico. La razón
detrás es evidente, la violinista quiere mantener un lazo con Laval:
“pensar que algo vivo se había establecido entre nuestros cuerpos,
justo ahí donde la ausencia del otro era más evidente, me dejaba
estupefacta y conmovida” (Nettel, 2019: 97).
En “Hongos” también se transgrede lo prohibido —acto
particular del erótico según Bataille—. Ante todo, el erotismo causa
que una persona se cuestione a sí misma, y a la vez que también sea
cuestionada. Se trata de un acto natural —cabe decir que puede ser
inusual— que en muchas ocasiones está fuera del control del ser. Es
ese estado que protagonista de este cuento pierde el control total de sí
misma. Su libido causa una ceguera extrema de sus acciones hasta que
se encuentra atrapada en un callejón sin salida y lo único que le queda
es aceptar su estado parasitario. No tiene ni oportunidad de detener
aquello que la impulsa; hace todo lo que puede para permanecer en
la vida de Laval y aquello que la llena —aunque sea un poco— es su
cuerpo enfermo. La maestra de música se pierde en sí misma, sufre
de una libido que causa que transgreda todo tipo de límite establecido
por la sociedad con respecto a lo sexual. Resulta pertinente destacar
que de acuerdo con Bataille (1997: 45) “la colectividad humana [...] se
define en las prohibiciones”. Quizás no sea tan sorprendente que al
final del cuento la violinista cesa de formar parte de esa colectividad
—su mundo está compuesto de los rastros de Laval.
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De acuerdo con Pérez (2015: 131) “el erotismo se concibe
como la puerta de entrada a lo desconocido”. Ese es el mundo que
describe Nettel, un lugar inimaginable, surreal, ajeno. Se puede concebir
al lector de este cuento como un forastero que sin saberlo explora las
tierras desconocidas del erotismo anómalo. Cabe agregar que, como
dice Bataille (1997: 51), “la prohibición no previene necesariamente
el deseo”. Para la protagonista de este cuento es imposible resistirse
al sentimiento sexual que siente tras conocer a Laval. Sufre un placer
intenso que llega a angustiar y alejarla de todo lo que conoce —hasta
de su música—: “sigo haciendo música, pero todo lo que toco se
parece a Laval, suena a él, como una copia distorsionada que nadie
interesa” (Nettel, 2019: 101). De eso trata el erotismo ligado al cuerpo
enfermo que se expone en esta obra. Más aún, para Hermosilla:
El erotismo constituye una desviación, una perversión que
invierte, que desvía los fines propios del acto sexual, y de aquella
sobreabundancia y exceso de energía que afecta a los cuerpos [...]
es una perversión que puede llevar nuestra vida a la ruina, debido
a que la despreocupación y desinterés en el cuidado que solemos
mantener en conservar los límites de una persona, en la mesura
de nuestro comportamiento social, y por el descuido o incluso de
las ocupaciones y preocupaciones que llenan nuestra existencia
(2008: 28).

Lo anterior también define el erotismo presente en la obra
de Nettel, ya que, como previamente se ha evidenciado, en la historia
elaborada por esta escritora mexicana se describe una sensualidad
anormal que aleja a la protagonista de todo aquello que una vez le
fue importante. Al final, la narrativa ya no se centra en una mujer
libre que se enfocaba en su carrera musical sino en un ser que vive y
se alimenta de la existencia de alguien más:
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Hace más de dos años que asumí esta condición de ser invisible,
con apenas vida propia, que se alimenta de recuerdos, de
encuentros fugaces en cualquier lugar del mundo, o de lo que
consigo robar a un organismo ajeno que se me antoja como mío
y que de ninguna manera lo es (Nettel, 2019: 101).

Lo que la protagonista experimenta es un amor ardiente
que incendia su vida hasta dejar rastros de polvo y micosis. Como
informa ella misma, ya no se trata de un cuerpo que le pertenece,
sino de una figura humana cubierta de hongos que adora a Laval. De
esta manera, “Hongos” describe el placer gratificante que surge en
las relaciones y cuerpos fuera de la norma. No cabe duda que este
cuento de Nettel aborda la trama del amor obsesivo y para ello se
sirve de las descripciones de los seres parasitarios que viven por los
demás. Sin embargo, puede que la protagonista esté encarcelada en su
propia vida, pero su sexualidad es completamente libre. A través del
monólogo a se expresa la libertad sexual enfocada en el atesoramiento
del cuerpo enfermo. Además, es evidente que la relación que tiene la
protagonista, tanto con Laval como con su cuerpo, no es indeseada:
Los enamoramientos muchas veces nacen también de forma
imprevista, por generación espontánea. Una tarde sospechamos
de su existencia por escozor apenas perceptible, y al día siguiente
nos damos cuenta de que ya se han instalado de una manera que,
si no es definitiva, al menos lo parece. Erradicar un hongo puede
ser tan complicado como acabar con una relación indeseada. Mi
madre sabe de ello. Su hongo amaba su cuerpo y lo necesitaba de
la misma manera en que el organismo que había brotado entre
Laval y yo reclamaba el territorio faltante (Nettel, 2019: 98).

Es la micosis que se hospeda en la vagina de la protagonista
que llena el hueco que dejó el violinista en el cuerpo de la maestra
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de música. No obstante, es ella quien decidió mantenerlos; los
hongos son su fuente de erotismo, así como su forma de expresarse
sexualmente. Resulta pertinente informar que la actividad sexual de
la violinista es guiada por el deseo, en el cual una persona puede
“experimentar y descubrir lo más noble y perverso de [sí misma]”
(Hermosilla, 2008: 32). Cuidar de una micosis que crece en el cuerpo
humano es un acto irracional y violento en contra de la salud propia;
sin embargo, la protagonista no se detiene mucho tiempo en pensar
sobre ello puesto que está cegada por su anhelo por Laval.
Por otro lado, se podría destacar que “la repugnancia, que
el horror, es el principio de [su] deseo” (Bataille, 1997: 63). En
lugar de ignorar o rechazar aquello que la impulsa, la protagonista
de “Hongos” abraza lo prohibido. Transgrede todas las normas
establecidas por el mundo de la razón y cae en el acto de violentar
su propio cuerpo, pero, como ya se había dicho, puede que de eso
vaya la pasión humana. Es evidente que la violinista es consumida
por el amor fuera de lo convencional que le tiene a Laval, porque
como menciona Bataille: “[El deseo] nos arroja fuera de nosotros
[...] exigiría que nosotros nos quebrásemos. Pero puesto que el
objeto del deseo nos desborda, nos liga a la vida desbordada por el
deseo” (1997: 147). Así, no cabe duda que en lugar de ignorar o de
rehusarse a seguir sus impulsos, prefiere quedarse a lado de Laval
mínimo como un parásito. No puede desprenderse de las migajas
de “amor” que supuestamente le da su amante a pesar de que en
la vida de su amado ella solamente es un aspecto invisible y pocas
veces recordado:
Mi necesidad sigue siendo insondable [...] permaneceré así hasta
que él me lo permita, acotada siempre a un pedazo de su vida o
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hasta que logre dar con la medicina que por fin, y de una vez por
todas, nos libere a ambos (Nettel, 2019: 101-102).

Es posible afirmar que el erotismo siempre va acompañado
de lo extraño, así, lo erótico causa que el amor sea impredecible
e irregular. Esto lo demuestran perfectamente los personajes de
“Hongos” en el momento que permiten que su obsesión se traslade
de su mente a su cuerpo.
En ese sentido, resulta pertinente resaltar que al principio
de la obra se informa que Laval tiene una fobia de todo tipo de
enfermedades y contagios. Por consiguiente, cuando ambos
padecieron lo mismo —sus respectivas micosis— la violinista pensó
que Laval haría todo lo posible para deshacerse de los hongos, y,
no obstante, poco después de tener un diagnosis la protagonista
descubre que se había equivocado tras recibir un correo electrónico
en el que Laval expresó: “Mi hongo no desea más que una cosa:
volver a verte” (Nettel, 2019: 98). En efecto, el actuar impropio de
tanto Laval como la protagonista se debe al erotismo que los azota.
Se encuentran perdidos en su deseo sexual. Se trata de un anhelo
que sobrepasa los límites de su psique. En la narración no queda
claro si al final Laval decide cuidar de sus hongos al igual que la
violinista, pero no cabe duda que él reconoció lo erótico que puede
llegar a ser el cuerpo enfermo.
Sobre la actividad sexual de los seres humanos, Bataille
sostiene que “en el trance de la fiebre sexual nos comportamos de
manera opuesta [a la convencional]: gastamos nuestras fuerzas sin
mesura y a veces, en la violencia de la pasión, dilapidamos sin provecho
ingentes recursos” (1997: 176). Este es el caso de los personajes de
Hongos, su fervor por su amorío causa que actúe de forma errática.
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En cierta medida, de eso trata el amor verdaderamente obsesivo.
Queda claro que en “Hongos” se narra la historia de un romance
que se refleja no solo en el sentir de los personajes sino también
en su actuar. Sin duda alguna, es el amor que se manifiesta en sus
cuerpos y cambia sus vidas. Cabe agregar que la protagonista es la
que más se ve afectada ya que se convierte en una reclusa que sólo
vive para Laval:
En su vida, soy un fantasma que puede invocar infaliblemente.
Él, en la mía, es un espectro que a veces se manifiesta sin
ningún compromiso [...]. A nadie le gusta vivir invadido. Ya
suficiente presión tiene en su casa como para tolerar a esa
mujer asustada y adolorida en la que me he convertido (Nettel,
2019: 100-101).

Por otro lado, la vida de Laval parece haber cambiado en
lo más mínimo. Él se asoma en la vida de la violinista cuando se le
antoja. El resto del tiempo la protagonista se queda sola, acompañada
solamente por su micosis. Todos los días despierta en un mundo
violento creado por lo dejó en ella Laval. En definitiva, la narrativa
describe un ambiente violento, puesto que los personajes transgreden
lo prohibido. Cabe recordar que, de acuerdo con Bataille (1997),
son las restricciones las que eliminan la violencia e impiden —en
la mayoría de los casos— que los seres humanos actúen a partir de
sus impulsos. Tanto la protagonista como Laval viven un erotismo
ardiente que causa que actúen de forma peculiar y desmesurada.
Esto probablemente se debe a que existe “en la naturaleza, y subsiste
en el hombre, un impulso que siempre excede los límites y que sólo
en partes puede ser reducido. [...] El exceso se pone de manifiesto
allí donde la violencia supera a la razón” (Bataille, 1997: 44-45). En
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otras palabras, los personajes de este cuento representan la esencia
del ser humano que no puede rechazar sus pulsiones sexuales.
Dicho todo lo anterior, al final del cuento la vida de la
protagonista es un desastre. Ha perdido su sustancia, aquello que
la hacía ser ella: su música, su pasión, su libertad… su todo. Tras
el desenlace del cuento parece que solo existe por Laval; vive en
la melancolía y la nostalgia, y desea sólo refugiarse en su amante.
Philippe Laval, al contrario, demuestra haberse desencantado con
la relación:
Philippe no soporta esta demanda [...] Él también está asustado.
Le pesa su responsabilidad en mi nueva vida y lee, hasta en mis
comentarios más inocuos, la exigencia de que deje a su esposa
para vivir conmigo [...] A veces me parece notar en su rostro o
en su tono de su voz cierto fastidio semejante al rechazo que mi
madre sentía por su uña amarillenta (Nettel, 2019: 101).

Es claro al final de la historia que la maestra de música ha
dejado de vivir una vida propia. Lo único que le queda es su micosis.
Los momentos en los que no pasa tiempo con su amante, los dedica
a tocar o pensar en sus hongos. Su deseo erótico, como señalaría
Bataille (1997), la ha llevado a una vida disoluta.
Conclusiones
Podría interpretarse que tras el desenlace del cuento la protagonista
ha cesado de ser en sí un ser humano; también se ha convertido
en un hongo. Lo único que realmente le queda es su deseo de ser
rescatada. Sin embargo, no se describe a ningún posible héroe y es
evidente que no puede liberarse a sí misma de la triste situación en
la que se encuentra. Tras conocer a Laval, parece que su destino
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es el de un eterno aislamiento, lo cual es paradójico, puesto que es
evidente que a la protagonista no le gusta estar sola. Al leer la historia
es posible que el lector tenga que detenerse varias veces a pensar en
qué tan inconcebible es un amor que llegue a tales extremos. Pero
de un lugar tiene que surgir esa incomodidad. En “Hongos” no se
describe un amor contra natura; al contrario, se narra la historia de
una mujer que se sucumbió ante el deseo erótico.
Al final, no cabe duda que haya cierta belleza en la libertad
sexual; existe una gran tentación por parte de los seres humanos de
la transgresión de lo prohibido. El cuerpo enfermo puede llegar a
ser fascinante, y la obsesión puede verse muy atractiva. Nettel es de
las pocas escritoras que pueden ejemplificar la verdadera naturaleza
de las personas.

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�Dosier
Humanitas, vol. 1, núm. 2, 2022

Perra Brava: una mujer frente al narcomundo
Perra Brava: a woman against the drug world

Magdalena López Hernández
Universidad Autónoma Metropolitana
09.magdalo.49@gmail.com

Fecha entrega: 26-12-2021 Fecha aceptación: 11-2-2022

Resumen. Durante el año 2010, en medio de un México aún atravesado por el Calderonato, la escritora Orfa Alarcón debutó en el campo
literario con su novela Perra Brava. Un trabajo ficcional que destacó por
explorar el rol femenino en el mundo del narcotráfico. Si bien, un punto
señalado por la crítica es que dicha exploración, más que una transgresión o un cuestionamiento crítico, resulta ser una reafirmación de los
estereotipos comercializados en las pantallas, el presente artículo busca
ahondar en el cliché y la cultura pop como un recurso narrativo que le
permite a la autora posicionarse al interior de los imaginarios para, desde
ahí, resignificarlos.
Palabras clave: Orfa Alarcón, narcoliteratura, mujer y violencia, narcocultura, cultura pop
Abstract. During the year 2010, in the middle of the period known as
“Calderonato”, the writer Orfa Alarcón published her first novel Perra
brava. This fictional work stood out foe exploring a feminine role in the

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�Magdalena López Hernández / Una mujer frente al narcomundo

drug traficking world. Nevertheless, the critics pointed out that such exploration reinforced the stereotypes sold in the media. The present article
establishes that the writer re-signifies cliche and pop culture by using
them as a narrative resource.
Keywords: Orfa Alarcón, narcoliteratura, mujer y violencia, narcocultura,
cultura pop

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La posición femenina en los tiempos del narco
Desde que Lola “La Chata” e Ignacia Jasso “La Nacha” —a quien
se le conoce por ser la primera líder criminal en Ciudad Juárez—
comenzaron a hacer presencia en la prensa amarillista durante los
años 30, quedó demostrado el rol activo que las mujeres podían
tener en el mundo, esencialmente masculino, del narcotráfico. No
obstante, pese al protagonismo que comenzaban a adquirir estas
figuras dentro de las estructuras y jerarquías del tráfico de enervantes,
sus roles no fueron visibilizados ni interiorizados por la cultura
popular hasta que, en los años 70, apareció el corrido “Pancha La
Contrabandista”, de Cornelio Reyna y, posteriormente, en 1974, el
tema estelar de Los Tigres del Norte “Contrabando y Traición”, que
convirtió a Camelia “La Texana” en uno de los primeros personajes
mediáticos, masivos y trasnacionales de la narcocultura.
La importancia de recuperar estos referentes radica
en que si bien los relatos en que participan —la prensa y el
corrido— pertenecen a dos terrenos diferentes, el real y el ficticio
respectivamente, resulta indiscutible que las historias de La Chata,
Jasso, Pancha y Camelia marcan el punto de partida de los modelos
de representación femenina de la narcocultura, razón por la cual se
dibujan en ellos algunos elementos que vertebran el imaginario que
se recuperará en las narrativas femeninas ulteriores, tales como la
subordinación a una figura masculina que ejerce el control total sobre
la plaza; el compañerismo romantizado, y finalmente, la apropiación
paulatina del negocio, en el caso de Lola “La Chata” e Ignacia Jasso,
y del poder de ejercer la violencia, en el caso de Pancha y Camelia.
Estos últimos obtendrán especial importancia en tanto plantean una
desestructuración del ideal normativo de la mujer sumisa, pasiva, fiel y
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recatada, para proponer figuras femeninas que se construyen desde el
otro extremo: la acción, el riesgo, la traición y, sobre todo, el ejercicio de
la violencia y la agresividad como medio para agenciarse y construirse
dentro de un mundo regido por hombres. Sin embargo, es importante
mencionar que, como pudo constatarse a lo largo del primer capítulo,
la construcción de estos modelos no genera imágenes estacionarias,
sino dinámicas que se transforman con el pasar del tiempo.
De este modo, si la primera mitad del siglo XX fue
propicia para la aparición de mujeres que buscaron definirse a
partir de la violencia, la segunda mitad del siglo XX y el inicio del
XXI atestiguaron la aparición de nuevos roles en los que, para las
mujeres, la corporalidad se volvió un medio de vital importancia
para sobrevivir la decadencia económica y el exceso de inseguridad.
Por un lado, el cuerpo devino en fuerza de trabajo, como puede
observarse en el aumento de casos de “mulas” del narcotráfico1,
tema denunciado por el director Joshua Marston en la película
María, llena eres de gracia (2004); mientras que, por otro, también se
convirtió en un capital simbólico muy codiciado, tal y como describe
el autor colombiano Gustavo Bolívar en Sin tetas no hay paraíso
(2005), novela que tematiza las intervenciones quirúrgicas a las que
se someten las mujeres para ser del gusto de los jefes de plaza.
Asimismo, cabe mencionar que, si bien la explotación del
cuerpo y la afirmación identitaria por medio de la violencia ya
habían sido tematizadas en múltiples novelas y productos culturales,
en México no habían obtenido un auge significativo hasta que,
durante La Guerra contra el Narcotráfico declarada por Felipe
1 Mujeres que transportan varios kilos de droga en el interior de sus
organismos.

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Calderón en el 2006, las mujeres comenzaron a participar de los
escándalos mediáticos: la captura de Sandra Avilés Beltrán, “La
Reina del Pacífico”, en el 2007; la aprehensión de Laura Zúñiga,
Miss Sinaloa 2008, quien fue arrestada ese mismo año en compañía
de Ángel Orlando García, operador del Cártel de Juárez; y el ascenso
de Eréndira Arellano Félix, quien en 2009 pasó a convertirse en
una de las cabecillas más importantes del Cártel de Tijuana. Las
imágenes que, hasta entonces, sólo pertenecían al imaginario de la
narcocultura y su producción, comenzaron a encontrar referentes
en la realidad inmediata y, en este desplazamiento, surgió un nuevo
interés por ahondar en la posición que ocupan las mujeres dentro de
las organizaciones delictivas o cómo son afectadas por ellas.
Ante esta curiosidad, el poder, la astucia y la belleza fueron
las áreas más exploradas y explotadas, sobre todo, por la producción
periodística, como puede evidenciarse en obras como “Las damas del
narco” (2004) de Mónica Lavín, La Reina del Pacífico y otras mujeres del
narco (2009) de Víctor Ronquillo o Miss Narco: belleza, poder y violencia
(2009) de Javier Valdés. No obstante, el centralismo que obtienen
estos “valores” en las representaciones femeninas del narcotráfico,
desemboca en una exotización que, más que problematizar la condición
de estas mujeres, capitaliza su notoriedad mediática (Herrera Bórquez,
2018: 52). De este modo, se fortalecen los prejuicios colectivos y se
generan una amplia variedad de retratos unidimensionales que, a su
vez, acentúan los estereotipos de narco mujer que, para el 2002, ya
habían sido categorizados en mujer-objeto, mujer-trofeo y mujer-jefa
(Valenzuela, 2002: 164), modelos que seguirían reafirmándose en
telenovelas o series de gran éxito comercial como Breaking Bad (2008),
Rosario Tijeras (2010) y La Reina del Sur (2011).
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Aunado a todo lo anterior, las representaciones de la mujer
en el mundo del narco se enfrentaban a un problema capital: la
apropiación de la experiencia femenina, pues ésta, hasta entonces
y como se ha evidenciado en este texto, sólo había sido escrita por
hombres, y es justo desde ese vacío desde el cual toma posición, y
aparte obtiene notoriedad, la escritora Orfa Alarcón.
Planeta: la visibilización editorial
Con la publicación de la novela Perra Brava, quedó de manifiesto que,
dentro del campo literario, las tomas de posición no corresponden
únicamente a perspectivas estéticas o líneas temáticas, ni tampoco
se debaten, en los términos expuestos durante el debate de la
llamada narcoliteratura, entre lo realmente literario y lo puramente
comercial, pues la toma de posición, a decir del sociólogo Pierre
Bourdieu, “está definida por su relación objetiva con las demás
posiciones” (Bourdieu, 2002: 342); en este sentido, frente a un
campo de producción cultural regido por una masculinidad que,
hasta el momento, se había apropiado de la visión femenina
frente a la violencia, la obra de Orfa Alarcón marca un cambio
en el paradigma imperante a partir del cual se elabora su proyecto
artístico —el cual se reafirma tras la publicación de su novela
Loba (2019)— , a la par que se determina su valor distintivo al
interior del campo. Sin embargo, es importante señalar que la toma
de posición de la autora no se gesta tan sólo como una elección
contestataria ni un impulso creacionista ante una producción
cimentada en valores patriarcales, ya que la toma de posición
siempre está estrechamente ligada a las relaciones de cooperación
e interacción que los productores mantienen con el campo de
poder imperante.
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En el contexto de producción de Perra Brava, este último está
representado, en primer lugar, por las instituciones encargadas de
impulsar y gestionar la producción cultural en México, y en segundo,
por los discursos mediáticos que, como afirma el investigador
Oswaldo Zavala, tan sólo reproducen la agenda hegemónica y las
estrategias de representación del poder oficial en torno al fenómeno
del narcotráfico (Zavala, 2018:79). A partir de esto, resulta significativo
apuntar que, en el 2007, la autora Orfa Alarcón recibe el apoyo anual
del Programa Jóvenes Creadores del FONCA para la elaboración
de su novela debut2, lo cual deja entrever cómo este mecanismo
institucional opera, a su vez, bajo criterios políticos: a un año del
inicio de La Guerra contra el Narcotráfico, que para entonces ya
había dejado un aproximado de 3,000 muertos de acuerdo a datos del
Semáforo Delictivo Nacional, es apoyado un proyecto que pretende
dar voz a los acontecimientos violentos que se viven al norte del
país. De esta forma, subyacen también procesos de apropiación e
institucionalización de obras de carácter sintomático —los cuales ya
habían tenido lugar en la década de los 90 con obras como Cada respiro
que tomas (1992) de Élmer Mendoza, y Tierra Blanca (1998) de Leónidas
Alfaro, ambos escritas con el apoyo del DIFOCUR—, los cuales
facilitan la circulación de productos literarios que no necesariamente
cuestionan ni critican la realidad mediatizada de la narcoguerra, sino
que reproducen y participan de su visión espectacular.
2 La participación de la autora en el FONCA resulta interesante, no sólo
por la temporalidad, sino por el capital simbólico que implica. Al ser incluida
en el listado de becarios, la autora obtiene, de forma casi automática, cierto
prestigio y credibilidad autoral, debido a que el objetivo de esta institución
es, precisamente, visibilizar las jóvenes promesas del campo artístico
mexicano, razón por la cual también resulta significativo en tanto aumenta sus
posibilidades de consagración.
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Así, la adopción de una perspectiva centrada más en la
exaltación de la violencia que en su problematización, es otra toma
de posición que interactúa con la illusio, con el juego que la autora
mantiene con los campos de poder. Bajo este supuesto, es posible
pensar la reproducción de las convenciones y los estereotipos del
mundo del narcotráfico —que, para el 2007, ya inundaba gran parte
del imaginario mexicano del siglo XXI— en Perra Brava, junto con
la integración de elementos de la cultura popular — las canciones
de Cártel de Santa y los referentes del cine masivo—, como
componentes clave para el posicionamiento de la novela frente a
otro participante importante del campo de poder: el mercado,
constituido por la industria editorial, las reseñas, la crítica literaria,
etc.
Dicho esto, es posible especular que la combinación de
temática, recursos narrativos, apropiación de lo popular, sumado
al hecho de ser la primera narconovela que aborda la posición
femenina en el mundo del narcotráfico y que, además, fue escrita
por una mujer, pudo haber conformado un producto atractivo
para Grupo Planeta, sello bajo el cual se publicaría la obra en el
año 2010 y que, sin duda, aceleraría el proceso de consagración
de la joven autora. De este modo, bajo el sello comercial de la
editorial española y tras la crítica de autores que también han
sido publicado por ella3, la historia de Fernanda Salas, una joven
universitaria de clase media que se ve arrastrada al violento
mundo del narcotráfico por amor, logra visibilizarse tras obtener
el reconocimiento de autores como Cristina Rivera Garza, quien
3 Cristina Rivera Garza y Élmer Mendoza son autores asiduamente
publicados por Tusquets, editorial asociada a Grupo Planeta.

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aplaude la historia de “una mujer que ha tomado las riendas de
sus aspectos más psicológicos” (Rivera Garza, 2010: 44); Élmer
Mendoza, para quien la obra es “sorprendente y vivaz, dura y
propositiva” (Mendoza, 2010); Diego Enrique Osorno quien
afirma que “Fernanda Salas es una mujer que parece no haber sido
inventada antes por la literatura que aborda el tema del narco”
(Osorno, 2010: 26), y finalmente la academia desde donde se le
ha incluido en artículos, trabajos de investigación o compilaciones
como Camelia La Texana y otras mujeres de la narcocultura (2016), libro
compilado por Juan Carlos Ramírez-Pimienta y María Socorro
Tabuerna; “La cabrona aquí soy yo”. Cuerpos y subjetividades femeninas
en la narcocultura (2018), tesis doctoral de la investigadora Kenya
Herrera Bórquez; “De perras bravas y perros falderos: para leer un
thriller de narcoviolencia”, artículo del doctor Christian Sperling,
entre otros.
El género, la edad y la vida de la protagonista de Alarcón
parecen ser los atractivos emblemáticos de una novela que pretende
revelar que el narco no es sólo un asunto de hombres, tanto en el
mundo editorial como en el social, sino que también hay mujeres
implicadas. Ahora, si bien lo descrito al momento representa una
estrategia interesante en cuanto a la toma de posición de la autora
frente a todo un campo de producción, la siguiente pregunta es ¿cómo
logra posicionarse en la mente de lectores que están habituados a
este tipo de mercancías? La estética de la recepción permite esbozar
una respuesta, ya que, al centrar su atención en la relación que el
texto mantiene con los marcos referenciales de la realidad, y por
tanto, con el acto de lectura, facilita el estudio de la revalorización de
los primeros y el impacto en el segundo al momento de que el autor
crea y estructura una obra literaria. De esta manera, la respuesta
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puede encontrarse, no sólo en la novela en sí, sino también en los
elementos que la vertebran, pues, para los teóricos de la recepción,
la obra no es concebida como un todo aislado, ya que el proceso de
ficcionalización forma parte de una red interactiva entre el autor, el
texto, el lector y otros sistemas extraliterarios —sociales, políticos,
culturales, etc.— (Hermosilla Álvarez, 2014: 142), a partir de los
cuales la literatura genera sentido.
A partir de esto, y con base en la multiplicidad de productos
e imaginarios culturales que giran en torno al narcotráfico, resulta
cada vez más difícil e inoperante pensar y analizar estas narrativas
a partir de la oposición realidad - ficción, pues, a decir del teórico
alemán Wolfgang Iser, “the literary text is a mixture of reality and fiction,
and as such it brings about an interaction between the given and the imagined”
(Iser, 1992: 1). Esta interacción entre lo dado y lo imaginado permea,
desde sus orígenes y como se ha evidenciado hasta el momento,
gran parte de estos relatos y es a partir de esta capacidad intertextual
e interrelacional que se gestan sus mecanismos de funcionamiento,
tal y como puede verse en el caso de Perra Brava.
El cártel trae el mando: análisis literario
En su trabajo The Fictive and the Imaginary: Charting Literary Anthropology
(1992), Wolfgang Iser propone tres actos de ficcionalización: la
selección, la combinación y la autoexposición. Aunque los tres
obedecen a funciones específicas y generan distintos tipos de
ficción, no son mutuamente excluyentes; al contrario, se encuentran
en una interacción constante cuyo resultado es la fusión entre lo real
y lo imaginario. A partir de esto pueden conformarse otros mundos
posibles, y, en consecuencia, nuevos horizontes de sentido para el
lector. En el caso de la obra novel de Orfa Alarcón, esta selección
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no genera ficción únicamente por extraer ciertos elementos sociales,
históricos y culturales —en este caso concreto, la realidad contextual
de La Guerra contra el Narco y la Narcocultura— de los sistemas en
los que cumplen funciones específicas (Iser, 1992: 5), sino también
por las tomas de posición estilística a partir de las cuales se acentúa
la transgresión a lo real y se estructuran los marcos referenciales
previamente seleccionados.
Los señalamientos geográficos y locales —como la ciudad
de Monterrey, Linares, McAllen y la Universidad Autónoma de
Nuevo León—, por ejemplo, constituyen la normalidad de Fernanda
y, por su capacidad referencial, también la del lector, genera todo
un marco espacial y político desde el cual la autora construye lo
real, ilusión que es transgredida por la inserción de elementos
claramente ficcionales, como las letras del Cártel de Santa, la alusión
a imaginarios cinematográficos de amplio alcance —que van
del mundo universitario de películas como Mean Girls (2004) a la
violencia explícita del rape and revenge (Sperling,2015: 165) — y la
alusión a estereotipos femeninos de gran popularidad, como Camelia
La Tejana, Regina George, Teresa Mendoza, la buchona, entre otras.
No obstante, estos elementos no anulan lo real, sino que, a partir de
la intencionalidad autoral, lo reafirman, ya que su inclusión activa el
imaginario de un público que ha normalizado e interiorizado estas
narrativas, lo cual le permite a la novela posicionarse frente a un
lector que participa de la misma cotidianidad mediatizada desde
la que Alarcón se enuncia, facilitando la transición de lo real a lo
imaginario y fortaleciendo las formas de éste.
En este punto comienza a desenvolverse el segundo acto
de ficcionalización propuesto por Iser: la combinación. En él todos
los referentes, reales o ficticios, se unen en una amplia variedad de
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lenguajes y puntos de vista que, en otros discursos, podrían resultar
contradictorios (Iser, 1992: 9). Así, los elementos extratextuales
comienzan a estructurar patrones en la organización y las acciones
de los personajes a nivel intratextual, de tal modo que lo ficticio ya
no sólo activa, sino que también se vuelve el medio a través del cual
lo imaginario se reformula. Un ejemplo de esto puede encontrarse
en la alusión a los referentes cinematográficos que, desde la primera
página, trazan la historia y la personalidad de Fernanda Salas:
Supe que con una mano podría matarme. Me había sujetado
del cuello, su cuerpo me oprimía en la oscuridad. (...) No pude
preguntar. Él comenzó a morderme los senos y me sujetó ambos
brazos, como si yo fuera a resistirme.

—Para que no me vuelvas a salir con que te da asco.
(...) Entonces entendí las palabras de Julio: me descubrí frente
al espejo con la cara llena de sangre. Los senos, las manos, la
entrepierna. (Alarcón, 2010: 11)

La violación en medio de la oscuridad, sucedida por el
encuentro con el propio reflejo ensangrentado, que evoca la
icónica imagen de la Carrie (1976) de Kimberly Peirce, muestran
la primera faceta de la protagonista: la sumisión y el victimismo
de una joven que, a lo largo de su vida, se ha visto involucrada en
diversas situaciones de violencia: desde el despojo de la posición
económica familiar, pasando por el bullying escolar en el baile de
graduación, hasta el asesinato de su madre. Situaciones que, por
cierto, pretenden, como se habló anteriormente, apuntalar sobre el
vacío de la perspectiva femenina en las narconarrativas. No obstante,
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la vulnerabilidad de esta posición será subvertida a lo largo de los
capítulos posteriores, donde opera la fantasía universitaria típica de
las películas norteamericanas, a partir de la cual la vida de Fernanda
Salas se apropia del ideal de empoderamiento de las basic bitches o
perras básicas que se alcanza, solamente, a través del atractivo físico,
el cuerpo y el status socioeconómico.
Así, la construcción de una historia de violencia, que además
gira en torno a la vida de y con un grupo de narcos nuevoleoneses,
en conjunción con los referentes cinematográficos, le permite
a la novela construir un puente hacia lo Narcopop, es decir,
hacia el espacio en donde los estereotipos y las convenciones se
interelacionan para resignificar o readaptar lo narco. De este modo,
la convención de mujeres que oscilan entre el empoderamiento
escolar (Regina George y Cady Heron) y la letalidad (Carrie y Beatrix
Kiddo) se conecta con los estereotipos de la narcomujer —sobre
todo, los propuestos por Valenzuela Arce: mujer-acompañante,
mujer-trofeo, mujer- objeto— para delinear a Fernanda Salas y sus
transformaciones a lo largo de la novela. Esta serie de elecciones,
que comienzan a tener lugar al inicio de la obra y que se extienden
hasta su fin, reafirman la cualidad clave del acto de combinación
iseriana; es decir, la de potenciar y evidenciar la intencionalidad
del texto a partir de sus procesos de interrelación. Ante esto, cabe
plantear la pregunta, ¿cuál es la intencionalidad de una obra que se
cimienta, innegable e invariablemente, en imaginarios y estereotipos
de alcance masivo y cómo esto repercute en su construcción literaria?
La unión de los referentes musicales, cinematográficos y
femeninos que predominan en la producción y el imaginario cultural,
marca la dirección de una novela que, en palabras del escritor Élmer
Mendoza, es sólo “un ejercicio no politizante” (Mendoza, 2010) que
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no pretende desenvolverse dentro de los parámetros de la estética,
el valor o la trascendencia literaria, sino dentro de los dispositivos
de enunciación de la cultura de masas, los cuales, como afirma
Martín-Barbero, son reducidos por la crítica culta “a su ‘fórmula’,
a su agotamiento del esquematismo, la repetición y la transparencia
de la convención” (Martín-Barbero, 2002: 155). Por esta razón,
revisar Perra Brava bajo un lente político o de profundo compromiso
social, sólo arrojaría resultados estériles, pues, claramente, la obra de
Alarcón no busca alterar o desenmascarar los estereotipos en boga,
ni generar ningún tipo de impacto social, político o estético. Frente
a esto, cabe plantear una pregunta, ¿desde dónde analizar una novela
que parece apoyarse en los valores y las realidades comerciales de las
mercancías de moda? Ante un mundo en el que los noticieros y el
streaming se construyen desde y para el espectáculo y, en ese sentido,
sólo responden a la inercia del consumo indiscriminado que termina
por vaciar la violencia de significación, el arte —y en este caso, la
novela—, de acuerdo a la investigadora mexicana Rosa Beltrán,
sólo puede expresar este hecho de una sola manera: “hablando de
la superficie desde la superficie” (Beltrán, 2010:16), reafirmando el
estereotipo para orillar a los lectores a pensar si, en una realidad
mediatizada, es posible acercarse al narcotráfico más allá de los
imaginarios y las convenciones que se consumen a diario. Así, Perra
Brava, apoyada en las convenciones formuladas por la industrias de
masas, logra resignificar el narcoimaginario desde el interior.
La novela presenta personajes y escenarios que parten de los
clichés de la cotidianidad del día a día y del mass media: lanzar una tanga
a mitad del concierto; el amigo gay perfecto, ocurrente y dramático;
la relación codependiente con un hombre peligroso, pero irresistible;
la llegada a bares donde las mujeres se pasean como un trofeo. Cada
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uno de los escenarios que se presentan a lo largo de los setenta y
nueve capítulos que conforman la obra, parten y se mueven desde el
cliché, lo cual facilita que la protagonista también se desenvuelva en
esta dinámica: joven, universitaria, atractiva y con un oscuro pasado.
No obstante, la relación que se establece no se mantiene sólo entre
los elementos que impulsan la historia, sino también con el lector, ya
que son estas convenciones los que aluden y establecen conexiones
con la experiencia extratextual, pues, al aludir a lo massmediático
como dispositivo de reconocimiento (Barbero, 1991:147), la
autora emplea los estereotipos para transgredir las demarcaciones
sociohistóricas, meramente referenciales, y aprehender el imaginario,
con el propósito de posibilitar el reconocimiento del mundo narrado
con el mundo del lector popular que pretende resignificar.
Aunado a lo anterior, y como parte de este proceso de
resignificación y readaptación, se encuentra también la inclusión
de la música del Cártel de Santa, lo cual, por un lado, acentúa las
dimensiones de la cultura masiva al interior de la novela, mientras
que, por otro, establece un fuerte diálogo con la tradición musical de
las narconarrativas del siglo XX. Al rescatar las canciones de dicho
grupo que, además, poseen una fuerte carga misógina que afirma
—tal y como lo hacían los corridos a inicios del siglo pasado— el
cliché de la identidad y el poderío masculino hegemónico, así como
sus valores dominantes, la autora explora un camino que le permite
reformular y actualizar el legado del narcocorrido y la estética
norteña para visibilizar cómo “en el medio de la literatura, las
estructuras existentes pueden enriquecerse con elementos nuevos
o interpretarse de manera diferente”(Erll, 2012:209). Aunado
a esto, la interrelación entre la tradición previa y los referentes
extratextuales, permiten el desplazamiento del imaginario hacia un
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nuevo público: la joven clase media que es, precisamente, donde
habita la protagonista de Perra Brava.
Así, con la voz de Babo apoderándose del soundtrack de la
obra, Alarcón musicaliza la inversión que vivirá Fernanda —visible
desde el apellido palindromático Salas—, a la par que refuerza
la imposibilidad del personaje —y quizá también del autor y los
lectores— de significar la violencia más allá de los clichés y las
mediaciones. Desde su vida universitaria estereotipada, cruza hacia
el narcotráfico de la mano de Julio, quien, como representante
convencional de una masculinidad omnipotente, da sentido a la
experiencia de Fernanda al interior de aquel mundo; sin embargo,
el encuentro de ambas realidades —convención y violencia— no
puede darse nunca de forma directa. El encuentro sexual, que alude
a una violación, se da en medio de la oscuridad; el primer encuentro
con la sangre, frente a un espejo-pantalla que introduce las múltiples
veces que la protagonista conoció a Julio narradas, siempre, desde
la superficialidad de diversos clichés que se suceden unos a otros
como por obra del zapping: el niño fresa transformado en hombre
durante el baile de graduación; el novio de su rival universitaria que
cae seducido y rendido a sus encantos en el baño de un antro; el
compañero de secundaria que, años después, la reconoce vuelta otra
en la terminal de autobuses; el acosador callejero que, al final, se
disculpa y se presenta en un acto de ternura. Todo como sacado
de “la típica broma de película gringa” (Alarcón, 2010: 13), porque,
para poder participar de un mundo violento que parece rebasarla,
Fernanda Salas no conoce otra forma más que la de la convención.
De esta manera, a lo largo de la novela, la protagonista
comienza a encarnar las diversas imágenes femeninas, y situaciones,
de la cultura masiva del narco que, para el 2010, ya eran altamente
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comercializadas y consumidas. Aunado a esto, tal como en la realidad
extra literaria, la violencia también comienza a tomar las formas de
lo convencionalizado, es decir, de aquello familiar y rentable que
contribuye a hacer de la obra un hecho social “en tanto establece
formas compartidas de cooperación y comprensión” (Canclini,
1990: 39) con sus receptores. Así, tras entrar en su Atos a mitad de
la madrugada para perseguir a uno de Los Cabrones, Fernanda se
ve envuelta en una escena fílmica típica de las narcoseries: a mitad
de la carretera y con “Santa Muerte”, de Cártel de Santa, a modo
de banda sonora, la novia de Julio Cortés se ve perseguida por una
Suburban del lado izquierdo y por una patrulla del lado derecho,
hasta que finalmente:
(Los policías) me pararon en plena Constitución (…) No sabía
si tenerle más miedo a los de la Suburban o a los policías. Iban
llegando más y más patrullas. El oficial de los lentes oscuros me
preguntó:

— ¿Cuánto ganas? (…) Te pregunto porque ya agarraron a los
putos de la Suburban: eran cinco y estaban todos armados. Iban
a secuestrarte.

Me agaché sobre el volante, no sabía qué hacer ni qué decir. Sentí
que se me desvanecían los brazos y las piernas. Seguramente me
habían asociado con Julio y por eso me buscaban. Justo ahora que
él me había dejado sola. (Alarcón, 2010: 70-71)

El drama de la escena se desarrolla in crescendo cuando el
comandante Ramiro Silva, en primer plano, extiende la mano a
través de la ventana para presentarse, mientras que, en segundo
plano, un perro policía dirige sus ladridos furiosos al Atos. La tensión
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aumenta: un rifle señala la frente de Fernanda; el perro, de un salto,
entra a la parte trasera del auto para señalar la presencia de una
sospechosa bolsa negra; finalmente, “como si fuera una película de
terror” (Alarcón, 2010: 73), el comandante Silva saca el contenido
de la bolsa:
De los cabellos, el policía sostenía una cabeza que aún tenía los
ojos abiertos. De inmediato todas las armas fueron apuntadas
hacia mí.

—Date vuelta, manos arriba. ¿Este carro es tuyo?
— De mi esposo.
— Nombre.
— Fernanda Salas.
— De él, no te hagas pendeja.
— Julio Cortés.
— ¿Y este muerto se lo cargamos a Cortés?
—Fui yo.
(Alarcón, 2010: 74)

A poco menos de la mitad de la novela, Fernanda Salas se
confronta —quizá por primera vez— con la violencia del submundo
del narcotráfico que no había conocido más que indirectamente por
los Cabrones, Julio y las noticias transmitidas en vivo y en directo por
la televisión; sin embargo, su presencia actúa como la mano de Midas,
convirtiendo todo lo que toca en convención. Así, nuevamente,
el encuentro no puede operar sino desde la superficialidad de un
lenguaje cinematográfico que lo vuelva reconocible, por lo que
la violencia atestiguada por Fernanda adquiere la forma de las
representaciones masivas para, desde ahí, construir su sentido.
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Desde el gesto de su entrega a la policía, comienza a
operar en Fernanda, y en su transformación, una reafirmación
del estereotipo de la mujer en el hampa. Al salir de la pesadilla
narcotelevisiva en brazos de Julio, por primera vez se dirige a él
de forma desafiante “No me digas princesa” (Alarcón, 2010: 83),
pues su salida de la casa del alcalde regiomontano es también su
salida de la convención universitaria, de la femme fragile, y su entrada
al mundo masculino de la violencia. Fernanda Salas se reintroduce
al protagonismo de la novela vuelta otra: menos ingenua, más
desafiante, más seductora, más poderosa, pero siempre bajo el
espectro de lo pop como un acceso engañoso a la realidad aludida.
La protagonista de Perra Brava no se sale del estereotipo, sino que
se introduce a otro que alude a las figuras heróicas de Rosario
Tijeras y La Reina del Sur, por mencionar algunas; esto puede
evidenciarse en la aceptación de su condición de mujer-trofeo que
la lleva a cambiar el Atos por una Nitro, la cual anteriormente
consideraba de mal gusto, y su amor incondicional por dinero. De
igual manera, comienza a interiorizar la música de Cártel de Santa,
que antes consideraba machista y misógina, y con ello un discurso
masculino a partir del cual se afirma y se desenvuelve como una
femme fatale en tiempos del narco:
Alcé la pistola con la izquierda nada más para que la tipa la viera.
En cuanto volteó, gritó, perdió el control y se subió a la banqueta.
(…) No estuvo nada estrepitoso, como que coleó, le dio al árbol
con el lado derecho, con la puerta de atrás y ahí quedó estrellada.
(…) Todavía frené junto a ella y le grité:
—¡Para que aprendas a no jorobarme, pendeja! (Alarcón,
2010: 108)
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�Magdalena López Hernández / Una mujer frente al narcomundo

Asimismo, mientras Fernanda Salas descubre el atractivo
de ostentar su poder a partir de la violencia, de forma simultánea
tiene lugar la inversión de Julio, quien, desde la perspectiva de
Fernanda, pasa de macho alfa a perro sumiso, transición que
se efectúa tras la propuesta de matrimonio en la finca de Villa
Santiago. Es en ese momento cuando el sentido de la violencia,
que era representado por Julio, queda subvertido para revelarse
como falso, pues se muestra como “toda una penosa y estúpida
farsa (…) [Julio] no era mío, y cuando comenzó a serlo, dejó de ser
él” (Alarcón, 2010: 118).
Al verse inmersa dentro de esta realidad fársica, Fernanda
decide fingir un viaje a Japón para huir del mundo de Julio y encontrar
su esencia auténtica. De este modo, la protagonista, sentada en el
aeropuerto con botas y accesorios Gucci, se pregunta por primera
vez “¿Quién eres?”. La respuesta comienza a plantearse en una
serie de lugares comunes que van desde esconder marihuana en
los baños del aeropuerto y vivir la fantasía del empezar de cero,
hasta mantener una relación clandestina con el guarda espaldas
de su marido. A lo largo de sus dos semanas de retiro, Fernanda
no hace más que “lo que había visto en las películas” (Alarcón,
2010: 140), herencia que, desde la primera página, estructura toda
su visión respecto al mundo violento que vive y experimenta. Así,
a través de un encadenamiento de imágenes o situaciones cliché,
Fernanda Salas, paradójicamente, emprende la búsqueda hacia
algo que le sea real y genuino, que pueda trascender el mundo
de Julio y Los Cabrones. Es aquí donde la autora pretende que
Fernanda encuentre su potencia, la cual sólo encuentra no sólo en
relación con los clichés, sino en su camino por reafirmarlos. No
es gratuito que, al regreso de su viaje a “Japón”, la protagonista
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�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

comience a formar parte del engranaje del Cártel y a repetir sus
conductas violentas. Al salir a patrullar y usar el arranque agresivo
como medio para dejar en claro su posición de poder, tanto con
la mujer embarazada como con la amante de Julio, se refuerza su
posición de mujer mortífera, la cual encuentra su punto cumbre en
su último encuentro con su antagonista.
En él la autora vuelve a hacer uso del imaginario pop del
narco: la traición, el ajuste de cuentas, el plomo. Tras enterarse
de que su hijo ha sido asesinado por Fernanda, Julio va a
encontrarse con ella con un objetivo específico: “ojo por ojo,
injusticia por injusticia” (Alarcón, 2010: 201), vida por vida. No
obstante, envuelto en un drama amoroso y subyugado por su
cariño a Fernanda, confronta su incapacidad para matarla y, en
consecuencia, se dispara. Más allá de una secuencia melodramática,
el cierre pone en manifiesto cómo la violencia —representada en la
novela por Julio— se diluye y vacía de sentido ante la convención.
En consecuencia, frente a representaciones cuyo objetivo es la
espectacularidad, la realidad fáctica de la violencia no puede ceder
más que al colapso, pues se presenta a un público que se forja y
existe sólo a través de los imaginarios que adopta de los medios
masivos y que en ellos encuentra, tal como evidencia la autora
con esta novela, sus nuevos centros de verdad. De este modo, la
imagen final de Fernanda Salas bebiendo la sangre de su amado
muerto no es más que parte de un espectáculo lleno de sangre,
sexo y drogas, a la par que representa el carácter vampírico de las
realidades mediatizadas que sólo absorben y seleccionan, los trozos
de vitalidad de los fenómenos referenciales para recodificarlos
y transmitirlos a través de convenciones y estereotipos que no
ponen en riesgo ni transgreden el sentimiento de seguridad de
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�Magdalena López Hernández / Una mujer frente al narcomundo

los lectores. No obstante, también queda en manifiesto que, en
un mundo en el cual la imagen ha devenido en realidad (Beltrán,
2010:41) es probable que, así como Fernanda Salas, nosotros como
lectores tampoco podamos aproximarnos a la violencia si no es a
partir de la reafirmación de las convenciones, pues sólo así, a decir
del teórico Wolfgang Iser, “the diffuseness of the imaginary is controlled
and called into form” (Iser, 1993: 3).

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DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-7

�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

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�Dosier
Humanitas, vol. 1, núm. 2, 2022

Quien escucha, tiembla. El uso del sonido en Las
voladoras de Mónica Ojeda
Who listens, trembles. The use of sound in Las
voladoras by Mónica Ojeda
Isabel Alcántara Carbajal
AM-Azcapotzalco
isanami7@gmail.com

Álvaro Ernesto Uribe
UAM-Azcapotzalco
aeuh@azc.uam.mx

Fecha entrega: 22-12-2021 Fecha aceptación: 11-2-2022

Resumen. El presente artículo analiza el papel del sonido dentro del
libro Las voladoras de Mónica Ojeda. El punto de partida, y eje principal,
es el cuento “Slasher”, a partir del cual se estudia el lugar que ocupan el
sonido y el grito. Proponemos que es posible observar el vínculo de estos elementos con una serie de referencias intertextuales e intermediales
ordenadas alrededor de un dispositivo literario diseñado para generar
horror.
Palabras clave: sonido, grito, literatura latinoamericana, Mónica Ojeda.

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�Isabel Alcántara Carbajal y Álvaro Érnesto Uribe / Quien escucha, tiembla

Abstract. This article analyzes the role of sound within the book Las
voladoras by Mónica Ojeda. For that purpose, the place occupied by sound
and scream is studied in the story “Slasher”. We propose that it is possible
to observe how these elements are linked to a series of intertextual and intermedial references ordered around a device designed to generate horror.
Keywords: Sound, Scream, Latin American Literature, Mónica Ojeda.

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DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-8

�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

Introducción
Los estudios literarios paulatinamente han dado cuenta de la manera
como la literatura se vincula con otros sistemas, del mismo modo
que otras disciplinas le han prestado atención como fuente de
estudio. Más allá de la emergencia de nuevas fuentes y objetos de
investigación, conviene destacar que, tal vez, lo anterior se vincule
con la manera como un conjunto de plumas ha posicionado su obra
como iconoclasta. Entre ellas está la de Mónica Ojeda (Ecuador,
1988), quien ha desarrollado una narrativa inquietante, peculiar por
la manera como el horror vertebra un sistema literario que le permite
explorar temas como la violencia en la familia, ser mujer, el cuerpo,
la oralidad andina y fenómenos contemporáneos: los videojuegos,
la Deep web o las Creepypastas. Narradora y poeta, Ojeda ha publicado
tres novelas, dos poemarios y recientemente un libro de cuentos.1
Dos publicaciones de Ojeda, Mandíbula y Nefando, han motivado
sendos análisis que permiten identificar los temas recurrentes
de su producción (Ortega Caicedo, 2018; León, 2019; Jiménez,
2021), además recientes trabajos han caracterizados algunos de sus
dispositivos narrativos (Meza, 2016; Sánchez-Aparicio, 2019; Pezzè,
2020). Con esto en cuenta, nos proponemos abonar al estudio
de los hilos que sostienen la obra narrativa de Ojeda a partir del
uso del sonido en su prosa, elemento temático que cobra especial
dimensión en su más reciente libro de cuentos, Las voladoras (Páginas
de Espuma, 2020). Consideramos que la presencia de lo sonoro en
esta colección de relatos no es gratuita, sino que responde a una
1 Ojeda ha publicado las novelas La desfiguración Silva (2015), Nefando
(2016), Mandíbula (2018); los libros de poesía El ciclo de las piedras (2015) e
Historia de la leche (2019); la colección de cuentos Las voladoras (2020).
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�Isabel Alcántara Carbajal y Álvaro Érnesto Uribe / Quien escucha, tiembla

búsqueda temática que en el camino logra articular un original
sistema literario que no ha hecho más que anunciar sus posibles
alcances.
El papel del sonido en la narrativa de Ojeda
La atención por lo sonoro en soportes considerados silentes ha sido
objeto de debate desde los estudios literarios y los estudios del sonido,
estos últimos más jóvenes que los primeros. La crítica literaria, con énfasis
en la poesía, ha prestado atención a la representación de la escucha, su
descripción y la manera como se hace presente a través de distintos
tropos; también ha resaltado el uso recurrente de sonidos y silencios
como formas de explorar aquello que la lengua no puede nombrar.
Por otra parte, Igor Reyner (2018) sostiene que desde los estudios del
sonoros podemos observar que a la literatura se le consideró en un
principio fuente para ejemplificar propuestas teóricas; con el paso de
tiempo se transformó en fuente documental para reconstruir los sonidos
de épocas en las que no existían otros soportes de almacenamiento y,
recientemente, como base para la existencia de teorías autónomas como
el unseen sound de Brian Kanel y su investigación sobre el la escucha
acusmática en la narrativa de Kafka.2
2 Reyner se refiere al trabajo de Brian Kane (2014), Sound Unseen:
Acousmatic Sound in Theory and Practice, publicado por Oxford University
Press. Kane analiza el cuento “La madriguera” y el papel que juegan los
sonidos para inquietar al lector con la finalidad de conceptualizar desde la
literatura el sonido acusmático:
[…] to show how literature engenders its own productive, informative, and
thought-provoking accounts of sound and listening. It not only offers a solution
to problems of sound and listening, but also presents puzzles to be solved. What
Kane’s reading of Kafka reveals is that while key theoretical categories related to
sound and listening seem to be always already given – such as the dichotomies
listed above –, literature, in dislocating the reader’s attention from sound and

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�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

En el caso de Las voladoras advertimos que el sonido adquiere
vital relevancia como mecanismo para transgredir el lenguaje y
hacerlo llegar a lo que está fuera de él. Esta búsqueda descansa en un
sistema literario cuidadosamente integrado a través de un inventario
de referencias extratextuales y literarias; en palabras de Andrea
Pezzè, una biblioteca, la cual está ordenada para develar un secreto,
lo terrorífico (Pezzè, 2020: 49). Ese terror que se busca alcanzar se
vincula generalmente con historias familiares (madres e hijas, infancia,
el padre) y se manifiesta a través de cuerpos monstruosos. Pezzè
enmarca la producción de Ojeda y de otras escritoras latinoamericanas
dentro del Weird; es decir, obras que dependen de la mezcla de
elementos que ocupan espacios no heterodoxos y producen un
efecto perturbador. Al mismo tiempo, la lectura de Ojeda exige
un sistema de referencias distinto al anidado en el sentido común.
Por tanto, el resultado consiste en: “la exhibición de una biblioteca,
en la que lo literario no depende de un canon o de una definición
académica de literatura, sino de la posibilidad de combinar entre
ellos elementos heterogéneos” (Pezzè, 2020: 53). Siguiendo a Pezzè,
Nefando y Mandíbula recurren a la narración polifónica y fragmentaria
para esconder un artefacto literario, un secreto.3 Del mismo modo,
la puesta en marcha de este artefacto narrativo exige por parte del
lector la resolución del misterio planteado en la narración, del cual se
desprenden todas las interrogantes sobre los personajes.
listening to other subjects at the very moment it speaks of sound and listening,
invites the reader to reassess what they know about what they read, to rethink
in novel terms auditory experiences and aural-related concepts that seem far too
common or familiar. As regards research methodology, literature can be thought
of, therefore, as the written equivalent of sound […] (Reyner, 2018:139).
3 Pezzè recurre al concepto de secreto acuñado por Piglia para estudiar la
narrativa de Onetti, particularmente sus nouvelles (Ver Piglia, 2019).
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�Isabel Alcántara Carbajal y Álvaro Érnesto Uribe / Quien escucha, tiembla

Escarbar en los fragmentos del secreto no lleva, como en el
policial, a la resolución de los hechos, al contrario, el artefacto está
diseñado para perturbar. Dice Pezzè que “la búsqueda del horror
es una constante y, de hecho, una aporía” (Pezzè, 2020: 49). El
resultado, por ello, es una diégesis cuyo mundo está estructurado
alrededor de un secreto disruptivo e incómodo, una subversión
heterodoxa e incluso criminal. Y como resultado, en palabras de
Pezzè, el secreto pone en escena “la idea de que en todo género
dicho ‘popular’ se podrían encontrar los elementos literarios que
justificarían su inserción en el mundo del canon de la literatura, o,
desde otra perspectiva, que toda literatura de masas constituiría un
canon en sí misma” (Pezzè, 2020: 60).
Con esto presente conviene preguntarnos qué elementos
conforman dicha biblioteca en Las voladoras y de qué manera se
vinculan para transgredir el canon a través de la construcción del
secreto. Es posible considerar a los elementos del sistema literario
de Ojeda como mecanismos narratológicos: biblioteca, secreto y una
tercera categoría que denominaremos cruce. La biblioteca consiste en
el conjunto de recursos intertextuales e intermediales que construye
a los personajes, el espacio y el conflicto de la historia. Una estrategia
narrativa muy usual es el empleo de mecanismos de fragmentación
de la información discursiva y reiteraciones. Una diversa gama de
temas conforma dicha biblioteca: tradiciones y relatos orales, música,
cine, literatura, leyendas urbanas, internet. La oralidad andina,
secundaria en sus novelas, cobra mayor protagonismo en algunos
de sus cuentos: voladoras, brujas, cóndores y otros imaginarios de la
región se manifiestan como formas de la alteridad que rodean a los
personajes y, al mismo tiempo, permiten resignificar el espacio: la
montaña, el campo y la ciudad. Los recursos provenientes de otros
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soportes (como la música, el cine y los videojuegos), además de
funcionar como referentes intertextuales, reordenan el lenguaje en
un sentido intermedial, es decir, la prosa emula sonidos, murmullos,
ruidos, gritos, recurre a sinestesias con el fin de descolocar al
lector. Cuando hablamos del secreto, segundo elemento del sistema
literario de Ojeda, nos referimos a la construcción de un artefacto
cuyo fin es subvertir y descolocar la realidad de los personajes, lo
entendemos como un componente que reemplaza aquello imposible
de asir con el sistema de la lengua, el horror. El cruce, entonces, es
la instancia donde la narración ordena todas las piezas del secreto y
este se despliega; es el momento cuando los personajes transitan a
la otredad. Tras el cruce, los elementos del sistema literario quedan
subvertidos y se articula un nuevo código de intercambio donde la
inteligibilidad se manifiesta a través del dolor y el horror.
En suma, el sistema literario de Ojeda es uno que pretende
descarnar la palabra para llevar la experiencia lectora hasta los
huesos. Las capas de sentido que crea la lengua sobre la experiencia,
según Ojeda, incomunican a los sujetos; resulta necesario buscar en
la experiencia del trauma y del dolor la posibilidad de abrir vasos
comunicantes.
En una entrevista virtual realizada en marzo de 2021, Ojeda
recalcó que Las voladoras constituyen una exploración de lo que
ella considera el gótico andino: “Entiendo el gótico andino como
una literatura que aborda la violencia y los miedos particulares de
ese territorio, con toda su historia y su contexto” (Ojeda en Pina,
2021: s/p). En esta colección de ocho cuentos, el entorno físico
y cultural de Ecuador nutre con mayor intensidad las ficciones. Y
para explorar el miedo a través de la violencia, Ojeda crea historias
habitadas en su mayoría por mujeres: un mundo femenino que se
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reestructura por y contra la violencia para resistirla o ejercerla. Si
entendemos a ésta como una relación social caracterizada por la
negación de una subjetividad (Wieviorka, 2001), podemos especular
que sus historias son las de aquellas subjetividades, cuya incapacidad
de agencia moldea su persona y su entorno bajo nuevas reglas.
Aquella imposibilidad de ser agentes no se traduce en pasividad. No
es así, puesto que las protagonistas de Ojeda gestionan y resisten
una violencia estructural y simbólica (Segato, 2003). Podemos
aseverar que diversos recursos sonoros en estos cuentos dan cuenta
de las tensiones generadas por dichas violencias: en Las voladoras
escuchamos zumbidos, vibraciones, estruendos y ruidos telúricos:
siempre hay una disonancia inquietante.
En este libro de cuentos apreciamos un menor uso de
la polifonía (salvo la empleada en el cuento “Soroche”) y un
aprovechamiento constante de mecanismos que fragmentan los
relatos a través de analepsis y elipsis. Por ejemplo, el tiempo de la
historia de relatos como “Caninos”, “Slasher” y “Terremoto” resulta
extremadamente breve: algunos momentos de visita por parte de
una madre a su hija, la ejecución de un performance en público
o el encuentro sexual de dos hermanas durante un cataclismo. El
resultado, entonces, es un proceso de búsqueda por parte de los
personajes a través del recuerdo.
Al atender los elementos de la oralidad andina, observamos
que en “Las voladoras”, cuento que le da nombre a la colección, la
autora explora las posibilidades narrativas del relato oral protagonizado
por mujeres aladas en la zona rural de Ecuador. A estas mujeres les
agrega como característica adicional el tener un solo ojo, detalle que
las vincula con los cíclopes homéricos. Consideramos que el vínculo
voladora-cíclope configura una narrativa que pretende subvertir la
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asociación semiótica entre Ulises/Polifemo. En la Odisea, Ulises ciega
a Polifemo con una lanza del Cíclope y se esconde entre su ganado
para huir, arrebatándole a la criatura la única cualidad que le daba
civilización, el ganado, porque ya antes se le había caracterizado como
un monstruo sin ninguna ley, que no come pan y vive al descubierto
(Calame, 1986). Al contrario, las voladoras arrebatan a la narradora
y su madre del espacio regido por reglas masculinas de civilización,
orientadas por un miedo y odio hacia lo femenino.
El uso del recurso oral también resulta evidente en “Sangre
coagulada”, donde también se presenta un cruce a la otredad, en
este caso la narradora aprende a ser bruja bajo la tutela de su abuela:
es capaz de sanar o de matar, además realiza abortos clandestinos
para las habitantes de una comunidad que la desprecia. Al cruce y
resignificación podemos agregarle la manera como la protagonista
resignifica la sangre como bella y placentera, acaso un símil que narra
un tránsito de la violencia recibida a la violencia que se puede ejercer.
En palabras de Claudia Salazar: “en Sangre coagulada’ aparece el
saber de la bruja que le confiere agencia y capacidad de responder
o de vengarse frente a estas violencias, así como de permitir a sus
clientas recuperar el control de su capacidad reproductiva” (2021: 15).
Aunado a la compleja relación de las protagonistas de los dos
anteriores cuentos con la alteridad y la manera como la encarnan,
consideramos que un factor de vital importancia en las historias
de Ojeda es el apego como el motivo que lleva a los personajes a
subvertir las reglas del mundo. Lo último resulta más evidente en
“El mundo de arriba y de abajo”, donde el único narrador hombre
de entre todas las historias crea un conjuro espurio que le permite
revivir temporalmente a su hija y nos adelanta una premisa: lo
masculino no puede acceder a este secreto.
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Estos rituales heterodoxos culminan en cuerpos
monstruosos, por ejemplo, el de la hija en “El mundo de arriba y de
abajo”, quien despierta en estado de putrefacción. Lo mismo ocurre
con la necesidad de llevar la experiencia de la violencia al organismo
de sus protagonistas. El cuerpo de las voladoras, la sangre, la cabeza
decapitada de una niña, una lengua cercenada o el cadáver podrido
de una hija, todos ellos son parte medular del secreto: para construir
el sentido abrevan de intertextualidades cultivadas en el horror,
como las brujas, el cuerpo zombi o a las tradiciones orales. Otro
recurso recurrente es el empleo de símbolos animales: las voladoras
y las abejas, el padre-perro en “Caninos”, los cóndores en Soroche
o un lobo-chamán en “El mundo de arriba y de abajo”.
Los elementos de las bibliotecas perfilan la ruta de una
transferencia semiótica, mientras develan atisbos del artefacto
que sostiene la narración (el secreto de Piglia en Pezzé, 2020). La
revelación se completa a través de cruces, momentos climáticos que
narran la transición de las protagonistas y muestran la última pieza
del secreto. El cruce traza la dirección que debe seguir la transferencia
de los elementos de la biblioteca y, al mismo tiempo, devela el orden
del mundo narrado. Para lo primero, la simbología puede parecer
elemental: caídas y ascensos; es decir, en “Las voladoras” la narradora
se une al vuelo de las criaturas que dan nombre a la historia, en
“Cabeza voladora” se eleva con las Umas hasta el momento en
el que describe como su cabeza logra desprenderse de su cuerpo,
“Slasher” describe un escenario desde donde las protagonistas
montarán su acto final. Por otra parte, “Soroche” emplea la figura
de un cóndor arrojándose al vacío como preludio de la decisión de
su protagonista, “Terremoto” juega de nuevo con la idea de elevarse
y caer, en este caso un edificio durante un terremoto apocalíptico y,
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finalmente, “El mundo de arriba y de abajo” aprovecha el descenso
a la muerte y el ascenso a la resurrección como eje de sentido para
la narración, en particular cuando después del ascenso a la montaña
llega la muerte. Todas estas direcciones se construyen sonoramente:
Las Umas murmuran, las voladoras vienen acompañadas del
zumbido de las abejas, las vibraciones de una pieza sonora en
“Slasher” funcionan de manera similar al estruendo del apocalipsis
que viven las hermanas en “Terremoto”, sin olvidar que la montaña
y su fauna crean un ambiente que descoloca a los personajes.
En suma, hasta aquí hemos descrito algunos recursos
recurrentes de Ojeda y la resignificación de sus referencias
intertextuales a través un momento de cruce que reordena el sentido
del mundo narrado. Conviene ahora detenernos en el cuento
“Slasher”.
“Slasher” como texto programático
“Slasher” narra la historia de Bárbara y Paula, hermanas gemelas
que forman un grupo de música noise underground. El relato narrado
desde la perspectiva de Bárbara relata cómo ellas están por presentar
un performance en cuyo clímax Bárbara mutilará la lengua de Paula.
El cuento recurre a la analepsis para introducirnos al mundo de las
hermanas y la razón de la mutilación de Paula: ella es sordomuda
y eso les impide compartir algunas vivencias con su gemela, en
especial el trauma de haber escuchado durante la infancia las crisis
depresivas de su madre.
Resulta posible interpretar “Slasher” como una lectura
programática dentro de la colección de cuentos. El hecho de que la
historia explora la incesante búsqueda de dos artistas sonoras por
transmitir la experiencia del horror y el trauma puede servir como
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guía narrativa para el resto de las historias. Podemos organizar la
biblioteca de esta narración alrededor de tres ejes: la mutilación del
cuerpo (lengua, slasher, giallo, John y Lorena Bobbit), las gemelas
(la doble) como recurso para explorar la comunicación con el
otro y, por último, la reflexión sobre el sonido como forma de
entendimiento previa y paralela al lenguaje. El sentido de estos
elementos logra configurarse a través del secreto que moviliza la
trama, el performance de las hermanas, el cual anticipa un cruce:
lograr que Paula y el público vivan el mismo horror que Bárbara es
incapaz de comunicar por otro medio.
Mutilar la babosa carnívora
Los elementos de la biblioteca necesitan transmutarse para completar
el cruce. Este consiste en transferir las cualidades de un objeto a
otro, transitar, escindir o fusionar, y en el camino revelar un secreto
que ordena el mundo narrado. En “Slasher” el primer elemento
enunciado es la referencia al subgénero cinematográfico de horror,
el cual se complementa con la primera frase dicha por la narradora:
“Bárbara quería cortarle la lengua a su hermana gemela con un
estilete” (Ojeda, 2020: 59).4 Un tercer elemento que dimensiona
sonoramente esta idea es cuando se asevera que a ambas les gustaba
imaginarse a sí mismas componiendo la banda sonora de una
película giallo: “Reproducían el sonido de los cuchillos./Apuñalaban
frutas en bosques fluorescentes” (62). La referencia cinematográfica
perfila la imagen del cuerpo mutilado de una mujer, pero esta cede
a las metáforas sonoras: pasamos de la descripción de una lengua al
sonido de los cuchillos y las puñaladas. Incluso Bárbara caracteriza
4 De ahora en adelante indicaremos solamente las páginas del cuento.

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los gritos de su madre durante sus crisis depresivas, “Mamá suena
por las noches como las mujeres que mueren en los slashers” (73).
Por otro lado, cortar la lengua prefigura también un segundo
nivel de interpretación: rasgar y subvertir los significantes. En suma,
tenemos dos elementos de la biblioteca: referencias de la cultura
popular y cuerpos monstruosos; sin embargo, por sí mismas no
revelan el secreto, necesitan subvertirse a través de un cruce que la
narración se encargará de perfilar. En este caso, a la sonoridad de
los cuerpos mutilados de mujeres se contraponen las referencias a
la historia de Lorena Bobbit y la mutilación de John Wayne Bobbit.
Durante una digresión la voz narrativa nos indica que las hermanas
improvisaron un performance inspirado en el caso de Lorena Bobbit,
una mujer que en 1993 cortó el pene de su maltratador. Después
del incidente ella, estigmatizada, fundó una organización para
apoyar mujeres víctimas de violencia de género y él se convirtió en
actor porno. Una operación de resignificación se perfila durante
la analepsis: “«Nuestra madre se llama Lorena», mentían en sus
presentaciones. «No tenemos padre»” (71). Estos dos elementos
permiten perfilar una morfología: el sentido transita del sonido de
mujeres mutiladas a las hijas de quien mutiló a su abusador, las hijas
sin padre.
La transición de un hombre que mutila a mujeres, propio del
género cinematográfico, hacía una mujer que mutila a su abusador
incorpora una capa más de sentido en el momento en que las
hermanas plantean la posibilidad de explorar con consentimiento
lo extremo. Este giro se perfila cuando las ellas miran la película
porno de John Wayne Bobbit: “Cuando la vieron juntas Paula le
preguntó: «¿A qué suena el sexo?», y Bárbara le contestó: «A selva, a
sudor, a sed». /Le respondió: «El sonido del dolor es muy parecido
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al del deleite»” (71). La similitud entre ambos sonidos perfila ahora
sí una dirección, la exploración consensuada del dolor resignifica
los elementos de la biblioteca al instrumentalizarlos como una
forma de compartir, experimentar y apropiarse la experiencia
extrema del dolor: “las llamaran bárbaras por explorar entre ellas,
de forma consensuada, algo que era parte de la experiencia de tener
un cuerpo” (68). Sin embargo, eso no impedía que Bárbara tuviera
miedo de lastimar a su hermana:
Decirle a Paula lo que había en su cabeza, pronunciárselo aunque
ella no la oyera, le daba a Bárbara la ilusión de tener el control,
pero a veces temía perderlo igual que las personas que salían en
los noticieros y en el Diario Extra; personas normales que, en
cuestión de segundos, lastimaban a sus parejas, a sus hijas, a sus
hermanas o a sus madres. Se enfermaba de miedo en la cama,
boca abajo, y Paula volvía a decirle, con pereza, que no tenía razón
alguna para sentirse culpable.

Que si un día le cortaba la lengua, ella la perdonaría.

Que si un día se hacían daño sería por amor. (72)

La compleja relación con el dolor y las mutilaciones que
la historia quiere explorar nos lleva a aventurar una interpretación
a partir del ensayo de Lucía Guerra-Cunningham titulado “El
personaje femenino y otras manipulaciones” (1986). En su trabajo,
Guerra-Cunningham sostiene que la imaginación masculina
construye relatos de mujeres mutiladas, es decir, que refuerzan el
mito cultural de lo femenino como aquello subversivo que debe de
ser conquistado por la cultura y que en las obras analizadas por ella
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se traduce en la castración erótica, la pasividad y otros elementos
de un Deber-ser (buena mujer y potencial víctima pasiva) (GuerraCunningham, 1986: 12). Algo que Humbelina Loyden caracterizó
como el fantasma femenino imaginado por los hombres para
modelizar la conducta (1998: 40-42). En consecuencia, frente a
personajes femeninos entendidos como sujetos mutilados por un
Deber-ser podemos anteponer la manera como Ojeda desarrolla
en “Slasher” (y en su narrativa en general) mujeres que resisten
esos imaginarios y exploran comportamientos subversivos para
el imaginario masculino, por ejemplo: la búsqueda del placer e
infligir dolor. Se trata de algo más que resignificar a los personajes
femeninos; a veces el afán es mutilar y destruir los relatos nacidos
desde la imaginación masculina.
Gemelas, ecos, reverberaciones
“Slasher” explora la figura de las gemelas en tres niveles. En primer
lugar, dentro de la diégesis las protagonistas (particularmente Paula)
explotan de manera performática su imagen para perturbar a quienes
les rodean: “a su público le daba miedo oír cualquier cosa viniendo
de una gemela” (59). Paula interpreta el juego de dobles y pretende
construir una imagen de gemela malvada. Para René Girard, el otro
(manifestado en este caso en una gemela malvada) representa una
fuerza que elimina la diferencia y mimetiza el deseo. Esto quiere decir
que aquello que se desea es lo que mimetiza a los sujetos. Deseamos
lo que el otro tiene y lo que carecemos; en suma, se abre la puerta “al
reino de la violencia” (Girard, 1995: 150-172). Paula actúa como la
doble que enfrenta a los otros, que les recuerda la existencia del reino
de la violencia y les atormenta. Sin embargo, este es solo un papel
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representado por ella; Bárbara revelará una morfología diferente entre
las hermanas que no es el conflicto, sino la búsqueda de la fusión.
Un segundo nivel es el juego de dobles construido por la voz
narrativa a través de dos mecanismos: en un principio, como sujetas
que guardan una relación estrecha de entendimiento y, después, por
el miedo a perder ese vínculo. Lo primero se manifiesta en la historia
mediante la composición de sus piezas sonoras, Paula improvisa una
serie de sonidos a partir de los cuales Bárbara construye; “su objetivo,
sin embargo, era crear a partir del interior de Paula” (65). La comunión
entre las hermanas se manifiesta a través del sonido y del cuerpo.
Paula es “una anguila nadándole en la sangre [como si] estuvieran
muy adentro una de la otra” (65), aquella que puede leerle los labios
“como si le leyera la mente”. Cabe destacar que la comunión entre
ellas se describe a través del movimiento: nadar, “pelar las palabras y
comer la pulpa”. Bárbara reconoce que es más sencillo comunicarse
con Paula porque “a ellas las unía el pelo, las vértebras, la pelvis. Eran
iguales en cuerpo y sus huesos respondían a una gramática superior”
(72). El empleo de las dobles en la narración pretende explorar las
posibilidades de entender al otro y, por tanto, el motor de las acciones
de las hermanas es salvar un abismo que las separa: “Sus palabras, en
cambio, eran distintas e incompatibles” (72).
Al respecto, Juan Bargalló propuso una morfología del doble
en la literatura. Algunos tienden a la fusión (la mutua aproximación
de dos sujetos, como en Willian Wilson o El Horla), otros a la fisión
(la separación del sujeto en dos personificaciones, como en La
nariz de Gogol) y otro grupo a la metamorfosis (la transformación
reversible o irreversible de un sujeto, como El extraño caso de Dr. Jekyll
y Mr. Hyde o La metamorfosis) (Bargalló, 1994: 7). En “Slasher” las
hermanas tienden a la fusión, procuran salvar cualquier abismo que
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las separa hasta llegar a la reconciliación a través del terror. Tengamos
presente que el yo no se ve a sí mismo, por ello debe desdoblarse, y
esos reflejos son formas invertidas de sí, figuras del otro. Además,
en la historia las gemelas requerían compartir el terror de la madre
para evitar lo que Carl Jung denomina abdicar de sí mismas. Según
Jung el doble se manifiesta por la excesiva influencia que ejercen
determinados esquemas procedentes de los arquetipos ancestrales y
socioculturales propios del inconsciente colectivo (Jung en Herrero
Cecilia, 2011: 18-19). En consecuencia, la persona (imagen social)
somete al ánima. Bárbara y Paula como dobles buscan encontrar en
la otra aquello que les permita liberarse de los padres monstruosos.
Finalmente, un tercer nivel es programático, la historia se
puede leer como una pieza musical en canon donde se intercalan,
por un lado, párrafos con analepsis y narración sincrónica y, por
el otro, pasajes líricos ordenados en verso. La forma de las partes
líricas no solo reitera lo narrado, ofrece variaciones que desplazan el
sentido. En las variaciones, a modo de ecos, localizamos referencias
sonoras que configuran la comprensión del otro:
[prosa] Su objetivo, sin embargo, era crear a partir del interior
de Paula:
[canon] un fracaso, un océano negro en Saturno. (63)
[…] como si el cliché fuera cierto, una verdad mística en la
placenta, y estuvieran muy adentro la una de la otra.
[Canon] Inseparables. Indistinguibles.
Latiendo al mismo ritmo de la mente.
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El sonido como hechizo
El cuento plantea la cercanía del sonido con la animalidad. En algún
momento la lengua es una babosa carnívora; en otro, el chasqueo de
la lengua consistía en el sonido “acuático de la saliva y el músculo
que, como un delfín, se hundía en la carne golpeando el paladar”.
En la historia no interesa el uso del sonido para generar palabras;
importan más los gritos de ballena tráquea y su animalidad. Además,
la exploración sonora de las protagonistas buscaba el efecto de estos
sonidos en el cuerpo: “le gustaba la gente que temía y ver lo que
les pasaba en los ojos, el estado acuático de sus pieles, la tensión
muscular, la cabalgata abierta de los pulmones” (61).
El cuento muestra a las protagonistas en una constante
búsqueda estética. El recorrido permite observar los hilos del
dispositivo narrativo de Ojeda. “¿A qué suena el verdadero fondo de
las cosas?” (62), se preguntaban las hermanas, y esa misma cuestión se
abre al lector cuando los recuerdos de Bárbara anticipan una posible
respuesta: “Había sonidos que revelaban sucesos anteriores al lenguaje”.
La frase la enuncia Paula cuando recuerda su nacimiento a partir de
un concierto de piedras y agua en la licuadora. Más allá de creerle
al personaje, caracterizada en la historia por sus artificios, conviene
reflexionar cómo las protagonistas están convencidas de llegar a las
cosas a través del sonido y no de las palabras. A propósito, conviene
mencionar como Benveniste indicó que el sistema lingüístico está por
fuera del ser humano, los sujetos estamos separados del sistema de
signos y, en consecuencia, lo que el sistema permite expresar es algo
diferente de lo que la persona siente en realidad (Benveniste, 1999).
En “Slasher”, Bárbara y su hermana están moldeadas por un lenguaje
que les resulta insuficiente, externo y ajeno.
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Este planteamiento desplaza la búsqueda de lo lingüístico
y humano a lo sonoro de los objetos, “«El sonido es la poesía de
los objetos», «Yo saco poemas de las cosas»” (63). Esta búsqueda
sonora se manifiesta en el texto a través de metáforas que semejaban
el sonido con lo telúrico: “como una fractura de tierra”, “Un
descubrimiento de lo telúrico de la mente a través de lo que resuena,
vibra y retumba” (64). Para las gemelas, explorar los sonidos
extremos era el único camino para encontrar un “regreso a la vida
previa del lenguaje. Un recuerdo” (64). En este tenor, la búsqueda
de experiencias no mediadas por la realidad lingüística únicamente
resulta posible a través del grito: “«Yo quiero enseñarte lo que
es gritar», le confesó Bárbara a su hermana luego de decirle que
fantaseaba con cortarle la lengua. «Yo quiero enseñarte el verdadero
tamaño de un grito»” (64).
La reflexión de Bárbara entiende al grito como la instancia
anterior al lenguaje, capaz de mostrar aquello que éste enmascara.
Paula, en consonancia con la idea de animalidad, vincula al grito
con la amígdala, el miedo y el afán de supervivencia más primitivo
posible: “Sé que [los gritos] deforman el rostro de la gente, que
hacen temblar la materia, que activan una señal en la amígdala que
genera el miedo y que la naturaleza del miedo es la supervivencia”
(65). Su carácter no mimético se manifiesta cuando Bárbara expresa
que un grito es una “explosión de palabras”, no es un discurso
compuesto por proposiciones, su forma desordena cualquier
semántica: “Cuando alguien grita, las letras se disparan sin ningún
orden y atraviesan el tórax de las personas” (65).
Si el grito es algo que dinamita el lenguaje, una experiencia
que lo atraviesa y destruye, entonces es posible considerar que su uso
y apropiación requiere estructuras culturales que permitan asirlo e
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instrumentalizarlo. Una de ellas es la magia: “«Un grito es una emoción
que se contagia como un hechizo», «Un sonido es una emoción que
se conjura como magia»” (65). En la historia, Paula crea alrededor de
sí una imagen de bruja ante los otros, alguien que manipula el sonido,
“«La magia es que algo invisible pueda enfermarte», le dijo Paula
alguna vez. «Para mí lo sonoro es una deidad imposible»” (66). Este
performance las habilita como demiurgas ante los ojos de su público,
pues se saben conscientes del efecto de este sobre los cuerpos: “Un
sonido era capaz de hacer que los pulmones estallaran, provocar
ansiedad, náuseas, tristeza, migrañas, percepción de movimientos
fantasmagóricos a los costados del campo visual que muchos
confundían con apariciones” (67).
El sonido permite hechizar; abre canales de comunicación
entorpecidos por el lenguaje. Los recuerdos de Bárbara y Paula nos
permiten comprender el rumbo que tendrá el uso de la experiencia
sonora en la historia: Bárbara desea utilizar el performance para salvar
el único abismo entre ella y su hermana: “Su hermana ignoraba la
violencia real del sonido. En cambio, Bárbara se agarraba a la cama
poseída por los ruidos del otro lado de la puerta: golpes, cajones
abriéndose y cerrándose, sollozos, reptares, uñas afilándose contra
las cosas” (68). La revelación del secreto permite conjuntar las
piezas: el horror sonoro de la mutilación será el único puente para
comunicar a las hermanas entre sí y con su público. Esto a través
del montaje de un dispositivo al interior de la historia, que anuncia
la estructura narrativa del cuento: “«Hagamos algo diferente»,
le dijo a su gemela. «Algo que nos una la piel y el pulso» / Una
investigación de lo primigenio/ Un estudio del grito” (69). Bárbara
y Paula preparan las piezas de un hechizo, el secreto (Pezzè, 2020),
ese dispositivo que permitirá que Paula:
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[…] comprendiera las noches de los cajones y de los pies [las camas
separadas son metáfora de su separación en el abismo, la madre
llorando en los pasillos], lo que se sentía estar aterrada oyendo los
alaridos salvajes pero incapaz de moverse fuera del colchón, incapaz
de quitarse la sábana que ardía y se le pegaba como una piel enferma
y viscosa. Pensaba que era su deber enseñarle a su hermana lo que
un sonido era capaz de hacerle a la imaginación (69).

El grito puede equipararse con el hechizo en la manera como
lo intangible tiene efectos reales, en este caso el miedo y, al igual
que los hechizos, algunos refieren a temores antiguos: “El ruido
más alto que Bárbara había escuchado era el de su madre gritando
toda la noche después de haberse roto la cabeza contra el váter.
«Un grito es un cráneo mordido»” (69). La narración explora las
posibilidades que el sonido tiene para representar e insinuar hechos.
El terror está en la sugestión. Los sonidos entonces se construyen
como representaciones de lo que insinúan o a través del efecto que
generan en quien los escucha: “Es un fantasma orinándose encima
de todos los tímpanos” (69)
A partir de la revelación del trauma que se pretende
transmitir a través del secreto, el cuento recurre a las repeticiones.
Bárbara reitera la carencia de Paula, la necesidad de compartirle el
efecto del sonido en la imaginación y el terror de haber escuchado a
su madre durante sus crisis. Reverberar estas ideas semeja un ritual
que condensa los tres elementos que identificamos (mutilaciones,
hermanas, sonido): “Por eso a Bárbara le gustaba imaginar a su
hermana mutilada: para que en verdad lo conociera. Para que a través
de la pérdida entendiera lo que un sonido era capaz de hacerle a la
imaginación” (70). Para expresarlo con mayor claridad compartimos
la siguiente cita:
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[…] estar juntas en el sonido de los rasguños que la madre se
hacía a sí misma, en el de los cajones de las pastillas abriéndose
y cerrándose, en el del agua de los grifos saliendo a toda presión,
en el del llanto pesado. Quería comunicarse con su igual, que el
amor las juntara en el miedo y en el espectáculo de los ruidos de
la noche de la madre.
Paula no sabía cómo sonaba una madre sufriendo de insomnio
crónico y de depresión. Tampoco sabía lo que era levantarse en
medio de la oscuridad y que las rótulas saltaran fuera del cuerpo
como ranas óseas. «Mami está enferma de la mente» (72-73).

Lo que aterroriza a Bárbara es un sonido acusmático.
Proveniente del griego ακουσματικός, la palabra refiere a aquello que
se oye sin ser visto, algo inaccesible para Paula, quien requiere de
otros sentidos o de las descripciones de su hermana para activar su
escucha; sin embargo, estas últimas resultan insuficientes, porque la
lengua también lo es. Otra razón se encuentra en la ambigüedad de las
palabras que podemos apreciar tras la confesión de aquello que oculta
el secreto: “Años atrás su madre les contó algo sobre el padre: que era
un mal hombre, un puño, una cuchara, una aguja. Que se fue antes
de que ellas nacieran. Que era culpa de él que Bárbara hubiera nacido
mala” (70). En el canal de la palabra los significados enmascaran, callan
y en el mejor de los casos insinúan, “Una vez un niño les dijo: «Mami
dice que su papá es su abuelo»” (71). Incluso, Bárbara reconoce que
“Sus palabras […] eran distintas e incompatibles”. En cambio, los
sonidos y el efecto que provocan son más certeros, resultan imposibles
de ocultar, porque “los oídos no tenían párpados” (74).
En consecuencia, ellas diseñan un performance que recurre
nuevamente a la acusmática, pero esta vez definida por Pierre
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Schaeffer como un conjunto de sonidos reproducidos por medios
electroacústicos, cuyo fin es el ocultar las causas del sonido para
llevar al espectador a preguntarse qué está escuchando con la
intención de que el sujeto describa su percepción como tal y no las
referencias externas del sonido (Schaeffer en Reyner, 2018: 132).
En el cuento los sonidos que salen de los altoparlantes incomodan
a los oyentes, algunas personas piden a gritos que se interrumpa,
otros se retiran, unos cuantos permanecen, “Nadie en el público
podría evitar escucharlas y, si decidían hacerlo, tendrían que correr”
(74). El sentido de la escucha acusmática es reiterado cuando
Bárbara describe para su hermana lo que escucha: “Suena a abetos
derribados./ A montañas que hieden. / A campos y llanos de
costillas. /A Dios pudriéndose sobre el mar. /A futuro.” (75). Y este
mecanismo es el que recrea el horror, en este caso, la madre:
Había ruidos que hablaban de un tiempo antiguo de la carne.
Cuando Bárbara escuchaba golpes huecos y repetidos, por
ejemplo, los confundía con el de un cráneo pegándose contra la
pared. Algunos rumores la devolvían a las puertas arañadas de las
habitaciones y de los baños de su casa. Los crujidos y los chirridos,
a los cajones con las pastillas de su madre (75).

“Todo el que escucha tiembla”, repite Bárbara. En el
clímax de la historia, el hechizo del sonido se transmuta en una
violación; es imparable, y quienes prestan su escucha (voluntaria o
involuntariamente) se transforman en “templos donde cabalgar” o
“una gruta que demostraba lo que un sonido era capaz de hacerle
a la imaginación” (75). La disposición de las gemelas durante este
momento de la narración es importante, constituye el cruce que
reordenará el sentido de todo lo referido en la biblioteca del relato.
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Las hermanas se elevan en el escenario y están por encima de su
auditorio. Tras encender los altoparlantes, Paula se arrodilla para
tocar el suelo y las paredes; sin embargo, Bárbara conjura el umbral,
enuncia el sentido del cruce: “Pero aunque se arrodillara y palpara
el cuerpo sudoroso de la madre, solo una de las dos llevaba consigo
el territorio sonoro: el que no se podía contemplar” (76). La pieza
sonora es su madre llenando el espacio y el cruce solo es posible
con esa pieza-hechizo de por medio. Nuevamente la narración
recurre al espacio: las gemelas ascienden, Paula se hinca, el público
se encoge y después se abre, Bárbara levanta y purifica el estilete.
Las contraposiciones anuncian la transferencia: subir-bajar, cerrarabrir, penetrar (con el sonido)-sacar la lengua. Todas estas acciones
se leen como movimientos controlados por el sonido para llegar a
“la verdad y no su simulacro”.
Conclusiones
Para realizar este estudio resultó pertinente caracterizar el lugar que
ocupan el sonido y el grito en la escritura de Mónica Ojeda. Como
resultado, fue posible observar que estos elementos se vinculan
con una serie de referencias intertextuales e intermediales que se
ordenan alrededor de un dispositivo que genera el horror. Para
esto retomamos los conceptos de biblioteca y secreto, además de
proponer el cruce como la instancia ritual que marca la dirección de
las transferencias semióticas en los relatos. De entre ellos, elegimos
analizar el cuento “Slasher” por dos razones: primero, por ser un
texto que tiene como hilo temático el sonido, el grito y la escucha
y, segundo, por ser un texto protagonizado por dos personajes en
una búsqueda estética del horror: un texto programático. De él
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pudimos apreciar que la dimensión sonora permitió caracterizar
intertextualidades relacionadas con la mutilación, el doble y el grito
como forma de comunicación paralela al lenguaje.
En el centro de la obra de Ojeda está la búsqueda de una
forma de comunicar el trauma de la violencia. Para ello sus historias
recurren a una diversidad de elementos heterodoxos. Los ruidos y
los gritos, entonces, forman parte de estos recursos necesarios para
revelarse contra el lenguaje, y con ello contra realidades normalizadas
por éste: la violencia en la familia y contra las mujeres.

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�Isabel Alcántara Carbajal y Álvaro Érnesto Uribe / Quien escucha, tiembla

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�Dosier
Humanitas, vol. 1, núm. 2, 2022

La narrativa contemporánea mexicana frente a la
territorialización del cuerpo: mujeres narradoras
de un cuerpo-territorio
The Mexican contemporary narrative against the
territorialization of the body: women narrators of a
body-territory
Francisco Tijerina
Washington University in St. Louis
paqotj@gmail.com

Fecha entrega: 26-12-2021 Fecha aceptación: 11-2-2022
Resumen. Este artículo explora los procesos de colonización y conquista
del cuerpo de las mujeres
Que la violencia en el cuerpo
de las mujeres no tiene un afuera y un adentro, un origen definido, aún menos un lugar estable. La violencia se mete por
puertas y ventanas. Entra en
nuestras casas, en nuestras habitaciones, en nuestros cuerpos.
Daniela Rea

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�Francisco Tijerina / Mujeres narradoras

El proceso de colonización latinoamericano situó al cuerpo de las
mujeres como un territorio de conquista a través de estrategias
de dominación y control que van desde las políticas públicas
hasta la perpetración de actos violentos. Estas prácticas hoy en
día pueden observarse en distintas latitudes y extrapolaciones que
abarcan otras formas de vida regularmente alterizadas, cuerpxs
y sujetxs feminizadxs, y seres no-humanxs, en distintos cruces
espaciotemporales, también llamados deícticos. En particular, es
evidente que los conflictos bélicos modernos, las guerras contra
el narcotráfico en Latinoamérica y en especial en México y los
sitios emergentes para actividades de extractivismo mineral y
de hidrocarburos han sido parajes para la visualización de este
fenómeno. Esta asociación ha generado un cúmulo de violencias
irreparables de las que hoy numerosos colectivos feministas,
escritoras y activistas dan cuenta diariamente.
El texto que aquí busco esbozar es un ejercicio cartográfico
de obras literarias contemporáneas publicadas en México que
responden al entendimiento hegemónico de los cuerpos como
territorios en disputa, siempre a la espera de quien los ‘descubra’ y
les dé sentido bajo sistemas de explotación capitalista y patriarcal.
Vale la pena detenerme aquí en dos cuestiones. En primer lugar,
quisiera aclarar que entiendo la noción de cuerpo como aquel
referente a seres humanxs y no-humanxs, pero también como
el que es habitado por dichos seres. ¿Qué significa habitar un
cuerpo? Somos cuerpos que habitan otros cuerpos, ya sea a través
de afectos o efectos. Repensar nuestro planeta como un cuerpo
habitado y conformado por cuerpos es también un ejercicio de
decentralización. De esta forma, la idea es cartografiar un cuerpo
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habitado por cuerpos múltiples; un mapa de mapas. Es por eso
que, entrando a la segunda cuestión, me gustaría hacer hincapié
en la no fijeza de este mapeo. Si bien yo propongo la lectura de
algunas obras, pretender una mirada oblicua es entender la siempre
incompletitud de esta tarea. No existen, pues, fronteras estáticas,
ni se busca crearlas.
Tomando en cuenta la importancia que ha tenido el campo
literario para la construcción de conocimiento y la reificación
de narrativas y discursos que se alinean con las exigencias de un
mercado dominado por dichos sistemas, me dispongo a traer a
colación distintos textos que, más allá de su contenido, nos invitan a
repensar la estructura dominante. Entonces, lo que propongo aquí
es una mirada con otras lentes a objetos literarios que hacen otras
cosas más allá de ser novelas, cuentos, ensayos o poemas. Se trata
de que nos adentremos a observar algo que ya existía, pero que
ociosamente, en favor de la preservación del orden determinado, se
veía oscurecido. No es que no hubiesen escritoras mexicanas o que
ahora exista una moda entre las mujeres por escribir y adherirse al
fenómeno literario, sino que ahora existen más oportunidades desde
el mercado y quiénes lo operan para que sus voces sean escuchadas y
visibilizadas. Las razones para escribir pueden ser diversas y algunas
pueden estar o no a favor de un proyecto revisionista y contestario
al status quo. Lo cierto es que sin duda es un cambio de paradigma
que nos obliga a replantearnos nuestros patrones de consumo:
revitalizamos nuestra mirada, discurrimos entre otras narrativas y
discusiones y nos planteamos una cosmovisión compleja que asume
sus huecos en lugar de pretender una respuesta totalizante a aquello
que nos acontece.
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El cuerpo-territorio vs. la territorialización del cuerpo: la
respuesta a la colonización epistémica y física sobre los cuerpos
¿Qué significa territorializar el cuerpo? María Lugones retrata en
Colonialidad y género, en primer lugar, el espacio de distinción que
se generó para las mujeres de color en oposición a las mujeres
europeas. Lugones califica a este espacio como binomial y maniqueo
entre la pasividad y la agresividad; lo educado y lo bestial. Más tarde,
Lugones también explora otra veta donde expone la tradición de la
territorialización del cuerpo femenino cuando explica cómo en el
imaginario de Colón la tierra era retratada como un pecho de mujer,
dando lugar así, también, a una imagen clara: el cuerpo, celeste y
humano, a la mira del ente colonizador, es uno mismo para la tarea
de conquista y explotación. Esta violencia queda evidenciada, tal
como menciona Lugones, cuando tomamos en cuenta la forma en
la que se consideraba a las mujeres no blancas. Menciona Lugones
que “las hembras no-blancas eran consideradas animales en el
sentido profundo de ser seres ‘sin género’, marcadas sexualmente
como hembras, pero sin las características de la femineidad” (94).
Esta categorización, leída desde el trato que se les otorga a los
animales, permite asimilar el potencial de explotación bajo el cual se
observaba a estas mujeres.
El cuerpo, entonces, pasa a ser parte de un panorama
disponible para el ente colonizador. Carecer de género es carecer
de facultades sociales. La dicotomía sexo-género posibilita una
dominación sobre las mujeres y sujetxs disidentes. Pero la exclusión
de esta etiqueta produce una segregación todavía más evidente y
agresiva. Es, en gran medida, calificarles de menos-que-humanos.
Por tanto, esta dominación se caracteriza por no traer a colación
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cuestionamientos éticos que permitirían poner en entredicho las
suposiciones y tratos que se les brindan a estas personas.
La relevancia de esta discusión, a pesar de la distancia temporal
con la que contamos hoy en día, es que en mucha medida estas ideas han
permeado la construcción de este presente. Tal como expone Yásnaya
Elena A. Gil en Tres veces tres. En clave Malintzin: Nueve aproximaciones
a su figura, “contrario a lo que nos muestra la historia oficial, la
Independencia no supuso la suspensión de ese orden colonial” (22).
En lugar de ello, la Independencia posibilitó que el deseo de Estado,
inducido por ideales europeos, permeara en la conformación social
del México moderno. Una vez determinada una jerarquía de orden
patriarcal, donde las mujeres blancas, a pesar de su posicionalidad con
respecto a mujeres indígenas o negras, también estaban expuestas a
ser colocadas por debajo de sus pares hombres, este ideal se mantuvo
y mantiene vigente hasta nuestros días. Esto se refuerza a través de
discursos maniqueos que establecen peyorativamente una inferioridad
ficticia de la mujer con respecto al hombre y justifican su preservación
con ánimos paternalistas y abusivos.
Pero los esquemas de control son mucho más violentos. Rita
Segato, tras su larga investigación sobre los feminicidos en Ciudad
Juárez, establece en La guerra contra las mujeres que “[e]n la lengua
del feminicidio, cuerpo femenino también significa territorio y su
etimología es tan arcaica como recientes son sus transformaciones”
(Segato 47). De esta forma, lo que retrata inicialmente Lugones es
retomado por Segato. Si bien, antes esta inferioridad estaba mucho
más marcada por el esquema racial, ahora podemos extrapolarlo
dentro del locus poscolonial. Lejos de tener una discusión sobre
el fin o la permanencia de lo colonial, lo que demuestran Segato
y Lugones es que la estructura por sí misma no ha dejado de
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funcionar, sino que ha mutado y se ha disfrazado de otras formas
para mantenerse vigente dentro del entramado social.
Una de las consecuencias más evidentes de la territorialización
del cuerpo de las mujeres a las que hace referencia Segato es la
violación. A través de ella determina que “[l]a víctima es expropiada
del control sobre su espacio-cuerpo. Es por eso que podría decirse
que la violación es el acto alegórico por excelencia de la definición
schmittiana de la soberanía: control legislador sobre un territorio y
sobre el cuerpo del otro como anexo a ese territorio” (La guerra contra
las mujeres 38). Este control sobre los cuerpos posibilita el ejercicio
del control patriarcal principalmente sobre los cuerpos de las
mujeres, pero también sobre los cuerpos culturalmente feminizados.
El mecanismo de control, además, se ve magnificado por lo que
Sayak Valencia, en Capitalismo gore, considera como “sociedad del
espectáculo”, que se refiere a aquella que brinda “publicidad y
legitimación, gratuitas, poder medio de la espectacularización de la
violencia” a formas de “propagación de su poder y control sobre
el territorio” (Valencia 115). Con esto, la dominación no sólo se
mantiene en un nivel pragmático sobre los cuerpos, sino que se
inserta en el imaginario social a través del permeado gradual y
constante de la mediatización del terror.
En ese mismo entronque y a manera de síntesis, Julieta
Paredes en “El feminismo comunitario: la creación de un
pensamiento propio” afirma que:
Dos palabras que describen la realidad que pretendemos mostrar.
Penetración nos plantea la acción de introducir un elemento en
otro. Colonial como la invasión y posterior dominación de un
territorio ajeno, empezando por el territorio del cuerpo. Como las
palabras y los discursos son formas auditivas que toman posición

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ante las hegemonías discursivas del poder, podemos decir que la
penetración colonial nos puede evocar la penetración coital, como
la imagen de violencia sexual, de la invasión colonial. No decimos
con esto que toda penetración coital o penetración sexual en
general sea necesariamente violenta, no lo es cuando se la desea,
pero la violación de nuestros cuerpos, ninguna mujer la desea, y la
invasión colonial, ningún pueblo la quiere. (7)

En este sentido, la alegoría del cuerpo como un territorio
de conquista y la penetración no consensuada, como acto político,
social y sexual, forman parte de un imaginario social que se incrusta
en el panorama poscolonial latinoamericano; un pasado vivo al que
aún se le debe hacer frente.
Ahora bien, ¿qué significa responder a todo esto desde el
cuerpo-territorio? Tanto Julieta Paredes como Lorena Cabnal, según
recogen Sofia Zaragocin y Martina Angela Caretta, sostienen que el
cuerpo-territorio opera dentro de un marco de referencia feminista
que le permite evolucionar apoyado en la afirmación de que no
existe una diferencia ontológica entre el cuerpo y el territorio. En
ese caso, lo que le sucede al cuerpo también le sucede al territorio
y viceversa (6). Por su parte, Delmy Tania Cruz Hernández destaca
que la propuesta de un acercamiento a través del concepto de
cuerpo-territorio implica:
mirar a los cuerpos como territorios vivos e históricos que aluden
a una interpretación cosmogónica y política, donde en él habitan
nuestras heridas, memorias, saberes, deseos, sueños individuales y
comunes, y a su vez, invita a mirar a los territorios como cuerpos
sociales que están integrados a la red de la vida y por tanto, nuestra
relación con ellos debe ser concebida como ‘acontecimiento ético’
entendido como una irrupción frente a lo ‘otro’ desde la posibilidad
de contrato, dominación y poder no tienen cabida. Donde existe
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la acogida comprendida como la co-responsabilidad y la única
propuesta viable para mirar el territorio y entonces para mirarnos a
nosotras-nosotros-nosotres mismxs. (44, énfasis en el original)

Entonces, queda en evidencia tras esta comparativa entre
ambas operaciones que la formulación de la territorialización del
cuerpo funciona de manera unilateral. Se coloca al cuerpo en el
terreno del objeto de conquista. Del cuerpo se podrán extraer bienes
que satisfacen las necesidades del colonizador o el sujeto patriarcal en
este caso. La respuesta a esta operación desde una mirada feminista
decolonial responde a replantear estos términos bajo los cuales se
coloca, más allá del cuerpo, al territorio. Entonces, el cuerpo-territorio
es una doble operación dialógica: tanto el cuerpo como el territorio
son espacios que no deben encontrarse en disputa, sino entenderse
como dos cuerpos que se comparten. El giro afectivo al que se sujeta
el binomio cuerpo-territorio permite entretejer las necesidades de
todxs aquellxs que coexisten, sin importar la categoría nominal que se
les asigna. Descentralizar y desjerarquizar es entonces una pieza clave
del ejercicio de imaginar otros mundos posibles.
En esta veta, el objetivo del siguiente apartado es hacer
visibles los hilos que se entretejen entre las autorías contemporáneas
que responden, algunas en mayor medida que otras, a las narrativas
coloniales y capitalistas hegemónicas.
Cartografías críticas: miradas especulativas contra el andro
y antropocentrismo
La literatura latinoamericana, así como el fenómeno literario
internacional, ha sido dominada históricamente por hombres.
Recientemente se habla de un boom de mujeres escritoras, pues
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ahora circulan con una mayor facilidad dentro del mercado
literario. La etiqueta, tal como critican autoras como María
Fernanda Ampuero, Fernanda Melchor, Mariana Enríquez y
Samatha Schweblin, no corresponde con lo que sucede realmente.
El fenómeno editorial del boom latinoamericano poco tiene
que ver con la facilidad en la circulación de textos y artefactos
literarios producidos por mujeres contemporáneas más allá de su
éxito de venta (Scherer). Pretender que esta nueva configuración
simula una repetición en los patrones de consumo es ignorar que
las mujeres no han tenido “sitio en la historia ni en la cultura
porque la historia y la cultura se ven desde un lugar en el que ellas
no han podido estar y al que muy rara vez han tenido acceso”
(Sefchovich 10).
Los textos y proyectos que aquí se exploran de forma
superficial no son más que una forma de entre miles de trazar un
mapa de escrituras que se adentran a estos mercados. Si los textos
subvierten o no ciertas normas y estructuras, no corresponde a
esta discusión. Lo que busco a través de estas líneas es plantear la
posibilidad de otras miradas que a su vez replantean lo canónico de
ciertos textos con respecto a otros; de mantener en silencio y tras
una pantalla oscura otras formas de escritura y pensamiento que ya
estaban presentes, pero ignorábamos con facilidad.
La selección de estos textos responde a la capacidad de
cuestionar ciertas posturas sobre hechos sociales y afrentas que se
viven en el México contemporáneo. A pesar de tener una amplia
variedad de opciones para analizar, me centraré aquí en Temporada
de huracanes (2017) de Fernanda Melchor, La compañía (2019) de
Verónica Gerber Bicecci y Ya no somos las mismas y aquí sigue la guerra
(2020) editado por Daniela Rea Gómez.
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Uno de los puntos clave que tienen en común estas
escrituras es que develan la puntual relación que mantiene el capital
con el patriarcado. Esta hace presente cómo se articula una serie de
configuraciones sociales a las que Rita Segato llama pedagogías de la
crueldad, a las cuales define como “todos los actos y prácticas que
enseñan, habitúan y programan a los sujetos a transmutar lo vivo y
la vitalidad en cosas” (“Manifiesto en cuatro temas” 223). De esta
forma, Segato encuentra relación entre las actividades extractivistas
de explotación y la explotación sexual:
La trata y la explotación sexual son los más perfectos ejemplos
y alegorías de lo que quiero decir con pedagogía de la crueldad. Es
posible que eso explique el hecho de que toda empresa extractivista
que se establece en los campos y pequeños pueblos de América Latina
para producir commodities destinadas al mercado global al instalarse
llega junto o es inclusive precedido por burdeles y el cuerpo-cosa de
las mujeres que allí se ofrecen. (“Manifiesto en cuatro temas” 223)
Pareciera que esto ha resultado de gran interés para algunas
de las autoras mexicanas contemporáneas, pues es notorio cómo
ciertas obras recientes expanden nuestra visión sobre el extractivismo
mineral y de hidrocarburos, así como la explotación medioambiental
y las consecuencias directas sobre los cuerpos que habitan los
espacios periféricos a ellas. Estas autoras dibujan un paisaje que
también se constituye a través del comercio de los cuerpos del que
habla Segato. Prueba de ello son textos como Temporada de huracanes
de Melchor o La compañía de Gerber Bicecci donde la extracción
de petróleo o mercurio, respectivamente, ayuda a la constitución de
espacios para la explotación en los cuales la instalación de zonas
de tolerancia o zonas rojas es una de las primeras edificaciones
en los asentamientos poblacionales. Pero es el componente de
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verosimilitud de ambos textos el que permite puntualizar una crítica
a la configuración que posibilitan las tareas extractivas.
En el caso de Temporada de huracanes, Melchor crea una ficción
alrededor del asesinato de Raúl Platas Hernández, “El Brujo” (Tijerina
14). Su narración, ilustrada de violencia física, psicológica y estructural,
ilumina las prioridades de un Estado negligente y de actores de
instituciones privadas cuyo único interés reside en su propio beneficio.
La novela cuenta con ocho capítulos, entre los cuales siete mantienen
una estructura similar: un párrafo continuo que simula una historia
contada a largo aliento; una narración popular o un chisme (215-218).
El séptimo capítulo, por su parte, se asemeja a esto en un espacio más
reducido: presenta algunas versiones sobre el destino de un tesoro que
presuntamente tenía guardado La Bruja y lo que se vive en La Matosa
tras su muerte. De esta forma, Melchor nos adentra a un espacio vivo.
La Matosa, aunque ficcional, mantiene anclajes puntuales con nuestra
realidad. Se comparten referentes musicales como Daddy Yankee,
Yuri y Luis Miguel; se observan prácticas políticas clientelares donde
se prometen más y más proyectos progresistas y desarrollistas que
alimentan una falsa idea de un futuro prometedor (Araoz); y se nos
provee de la frase “Algunos de los acontecimientos que aquí se narran
son reales. Todos los personajes son imaginarios”, a modo de epígrafe
que abre la novela, de Las muertas de Jorge Ibargüengoitia, texto en el
que, de igual forma, se ficcionaliza el caso de “Las Poquianchis”, un
grupo de asesinas seriales que operó entre 1945 y 1964 en el estado
de Guanajuato, en México. Bajo esta línea, la estrategia narrativa de
Melchor posibilita una lectura crítica de un evento que, sin los matices
que proveen los personajes que habitan el universo que construye,
fácilmente podría catalogarse como un ‘crimen pasional’ o ‘un caso
más de abuso de sustancias y violencia irracional’. De esta forma,
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Temporada de huracanes funciona como un vehículo narrativo no sólo
para cuestionar, sino para además prestar mayor atención a aquellas
historias que diariamente aparecen en los diarios y que terminan
siendo parte de una estadística gubernamental. Detrás de cada muertx
hay una vorágine de voces que ayudan a profundizar en su historia de
vida.
Por su parte, La compañía de Verónica Gerber Bicecci consta
de dos partes: la reescritura de “El huésped” de Amparo Dávila,
en la cual se presenta un futuro postapocalíptico más cercano de lo
aparente, y una serie de 100 viñetas que recopilan, a manera de archivo,
documentos sobre la adquisición de derecho para extraer en Nuevo
Mercurio por parte de la Compañía Mercurio Mexicano (más tarde
Compañía Minera Veta Rica, S.A.), testimonios, estudios geológicos,
informes sobre afectaciones en la salud de los pobladores y trabajadores
de Nuevo Mercurio, mapas de los túneles, planos de la maquinaria y
documentos de investigaciones variadas a cargo de académicos e
instancias gubernamentales. En la primera parte de este objeto literario,
al intercambiar al personaje de Guadalupe por “la máquina” y al huésped
por “la Compañía”, Gerber Bicecci cuestiona la posición maquinal en
la que comúnmente se mantiene a las mujeres, en específico a las que
se encargan a las tareas del cuidado, mientras que brinda agencia a esta
figura tecnológica para rebelarse contra el sistema o, como se plantea
en el texto, a la compañía extractivista. Mientras que, en la segunda
parte, brinda herramientas críticas a sus lectores para profundizar en
las implicaciones que tiene la práctica extractiva y la participación de
actores públicos para facilitar estas empresas.
Ambos textos dejan en evidencia que la satisfacción del deseo
masculino es su prioridad, tanto en la generación de un mayor capital
económico como en la dominación sobre los cuerpos: en Temporada de
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huracanes podemos observarlo principalmente con los variados casos
de violencia sexual, pero ambos textos nos presentan, como ya se
había mencionado anteriormente, la instalación de zonas de tolerancia,
habilitando un mercado sexual para la satisfacción masculina, y una
empresa extractiva que invariablemente daña al cuerpo de la Tierra.
Pero esto no es todo, también en ambos casos se discute una forma de
dominación sobre seres no humanos. En Temporada de huracanes sucede
desde el plano sexual: Brando, mientras ve una película pornográfica,
se encuentra con un clip donde un perro es captado dándole sexo
oral a una chica (Melchor 164). Mientras que en La compañía sucede
desde el plano económico: una vez que la contaminación producida
de la extracción de mercurio es tanta que se precisa clausurar el sitio,
se identifican a los Tadarida brasilensis Tadarida brasilensis y a los Plecotus
mexicanus, un par de especies de murciélagos a los que se les pretendía
usar como parte de un sitio ecoturístico (Gerber Bicecci 182). Aunque
de distintas formas, en ambas instancias es evidente que estos seres
pasan a funcionar como elementos que dan servicio a las necesidades
del deseo patriarcal-capitalista. El perro, al igual que los murciélagos,
es incapaz de consentir a formar parte de la actividad a la que lo
someten.
Por tanto, vale la pena traer a colación lo que establece
Rita Segato sobre la expresión patriarcal-colonial-modernidad, la
cual “describe adecuadamente la prioridad del patriarcado como
apropiador del cuerpo de las mujeres y de éste como primera
colonia” (Segato, “Manifiesto en cuatro temas” 214). Aquí, me
parece pertinente expandir, más allá del cuerpo de las mujeres al
que hace referencia Segato, hacia el sintagma cuerpo-territorio.
Volvemos, entonces, al ejercicio dialógico al que apuntan Julieta
Paredes y Lorena Cabnal para entender el ejercicio violento al
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que se somete no sólo el cuerpo de las mujeres sino también al
planeta y demás cuerpos no-humanxs que le habitan. Entonces, el
patriarcado, inseparable integrante de la tripartición patriarcadocolonia-modernidad, se apropia de los cuerpos de las mujeres, los
feminizados y los no humanxs para conformar su colonia en su
ejercicio de poder y dominio.
Ahora bien, en 2020 se publicó un conjunto de crónicas
titulado Ya no somos las mismas y aquí sigue la guerra. Este libro reúne
los trabajos de periodistas como Verónica Gargo, Daniela Pastrana,
Celia Guerrero, Paula Mónaco, José Ignacio de Alba, Lydiette
Carrión, Emanuela Borzacchiello, Raquel Gutiérrez, Sara Uribe,
Marina Azhua, Daliri Oropeza, Marcela Turati y Erika Lozano.
A lo largo de los distintos textos presentados en la compilación,
las autoras dan cuenta de los estragos de los sujetos endriagos,
aquellos que “utilizan la violencia como medio de supervivencia,
mecanismo de autoafirmación y herramienta de trabajo” (Valencia
10) que han reconfigurado el imaginario y la praxis social del
México contemporáneo. A través de la llamada “guerra contra el
narcotráfico”, México entró en un Estado de excepción donde
el terror no se limitaba a las figuras paraestatales. Por igual, los
representantes de la ley como los representantes de lo ilegal
convirtieron el espacio público, el territorio, en plazas en disputas.
Estas plazas, a su vez, también incluían los cuerpos de las mujeres,
tal como destaca Segato.
Uno de los textos más desgarradores de la compilación es el
de Paula Mónaco. En él, titulado “Dos mil días robados”, Mónaco
narra las vivencias de Denise Blanco y Korina Utrera, dos mujeres
detenidas por miembros de la Marina mexicana en lo que parecía ser
un operativo armado para la detención de miembros sospechosos
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del crimen organizado. Denise y Korina no sólo se encontraron ‘en
el lugar equivocado, a la hora equivocada’, sino que incumplieron
con una norma social no escrita: eran pareja. La sexualidad de
estas mujeres las convirtió en un terreno de conquista alterizado,
pues ahora los agentes que las detuvieron consideraban que era su
deber convertir a estas mujeres a la heteronorma. Con frases como:
“ahorita te vamos a enseñar lo que es la verga para que pruebes,
maldita machorra” (62) y “—Tú estás bien bonita, tú te puedes
buscar a un hombre que te haga algo bien. No has probado, ven que
te voy a enseñar [...] ¿A poco no te gusta esto? ¡Mira, te va a gustar
más que tu novia!” (66), estos hombres utilizan su investidura como
símbolo de poder de conquista. Bajo el manto de la protección de la
ley, no hay acto ilegal que no puedan cometer.
La narración no escatima en los detalles explícitos y más
descarnados de la violencia desplegada sobre estos cuerpos: “Uno de
los marinos le toca violentamente sus genitales [...] le pellizca fuerte
sus pezones y sus pechos bajo una delgada blusa de tirantes” (63).
La violación se da de manera continua, “[l]a mano-objeto lastima
su cuerpo sin pausa” (63), y no parece tener como objetivo otra
cosa más allá del simple control y la dominación, pues es notoria
la intención de lastimar su cuerpo y quebrar su espíritu, pues “la
violación se dirige al aniquilamiento de la voluntad de la víctima,
cuya reducción es justamente significada por la pérdida de control
sobre su cuerpo” (Segato, La guerra contra las mujeres 38). Es aquí
donde se instaura un Estado paralelo a las leyes, pero indisoluble del
que se desprende.
El territorio de conquista, ahora bajo el conflicto armado
que posibilita la violencia sin repercusiones, es un campo abierto
para los uniformados. Mónaco destaca dos elementos particulares:
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el silencio de quienes no las lastiman, “—Me violaron, me lastimaron
—le cuenta en el instante de paz pero él no responde” (65) y la
voz de las mujeres que defienden esas acciones: la llevan con una
enfermera. Intenta contarle todo lo que le hicieron, pero la mujer la
interrumpe:
“¡Cállate, pendeja! Te has de haber lastimado cuando te aventaron
a la camioneta. No digas esas pendejadas de que te violaron porque
aquí no se hace eso. Yo trabajo aquí y te puedo decir que a eso no
le hacemos”. [...] “Son mis amigos y son buenas personas”. (68)

Es así que el pacto patriarcal se exhibe en dos formatos:
a través del silencio de los hombres y a través de la complicidad
de las mujeres, facilitadoras de un sistema que les usa mucho y
beneficia poco.
En términos discursivos, la narrativa de seguridad provee
un marco que blinda a los agentes del Estado para cometer actos
violentos en/a los cuerpos de las mujeres. Pero, tal como destaca
también Paula Mónaco, estos discursos carecen de validez práctica
cuando se toma en cuenta que “de 100 mujeres arrestadas por
policías y militares en México 97 sufrieron violencia física y 72
violencia sexual” y que “sólo el 0.89% del total de detenidos estaban
‘plenamente identificados’ con alguna organización criminal o cártel
del narcotráfico” (73). La yuxtaposición de ambos datos nos provee
de herramientas suficientes para destacar el acto de la detención
como uno arbitrario que les posibilita el control, posteriormente
exacerbado por la acción violenta que suele acompañarlo.
Estas expresiones de violencia no se limitan a la vía pública; lo
que ocurrió es que, tras la declaración de guerra por parte del Estado
mexicano a ese enemigo invisible que representa el narcotráfico, la
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violencia en lo público aumentó con mucha notoriedad. Estefanía
Barba Vela describe en su ensayo titulado “Desigualdad de género:
más allá de los síntomas y del castigo”, que
[e]l porcentaje de mujeres que eran asesinadas en la vivienda solía
ser mayor. Entre 2004 y 2007, por ejemplo, los porcentajes oscilan
entre el 41% y el 46%. Los números empezaron a bajar porque la
cifra de mujeres asesinadas en la vía pública comenzó a aumentar.
En 2004 el 25% fueron asesinadas en la vía pública (contra el 47%
que lo fue en la vivienda). En 2016, el 41% de las mujeres fueron
asesinadas en la vía pública (contra el 31.4% que fue asesinada en
la vivienda). (44)

Es con esto que no se pretende considerar que la problemática
existe sólo en relación con las figuras paraestatales del Segundo
Estado descrito por Segato (La guerra contra las mujeres), sino también
en los espacios parasociales.
Contrastar el texto de Mónaco a lo que se narra en artefactos
literarios como Temporada de huracanes y La compañía hace evidente que
la idea de la dominación no existe sólo en términos de poder social,
sino también de poder económico. Se coloniza el cuerpo (humanx,
no humanx y celeste) y se empaqueta como producto comercializable
para el consumo patriarcal masculino que lo vuelve herramienta
para saciar sus necesidades alimentadas por el mismo capital. Y en
respuesta a ello, los textos de las autoras que aparecen en Ya no
somos las mismas…, el de Fernanda Melchor y el de Verónica Gerber
Bicecci se nos anticipan las voces de “[l]as mujeres cuyos territorios
y cuerpos están bajo amenaza de despojos vinculados a proyectos
petroleros, mineros, agroindustriales o urbanos [y que] se están
uniendo para convertirse en un río de resistencia transcontinental
(García-Torres, Vázquez, Cruz y Bayón Jiménez 39).
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Cartografías móviles y contradictorias
Me permito, pues, aceptar que la cartografía que presento aquí
es totalmente fragmentada. Que, en un esfuerzo inicial, tenía una
lista más amplia de obras y esfuerzos editoriales entre los que
destaco: Tsunami I (2018) y Tsunami II (2020) editados por Gabriela
Jauregui, Su cuerpo dejarán (2019) de Alejandra Eme Vázquez,
lamaquinadistopica.xyz (2018) de Verónica Gerber Bicecci, Permanente
obra negra (2020) de Vivian Abenshushan y las colecciones Vindictas
de la Universidad Nacional Autónoma de México y A golpe
de linterna: más de 100 años de cuento mexicano editado por Liliana
Pedroza. A esta lista le hacen falta muchísimos otros textos, otro
más que escapan los límites geográficos a los que elegí ceñirme
para efectos de este trabajo. Lo cierto es que este esfuerzo ha sido
alimentado por sus lecturas, conversaciones alrededor de los textos
y esos nuevos mapas que he logrado trazar gracias a las nuevas y
múltiples miradas que proveen.
Finalmente, para cerrar, hilo aquí un pequeño esbozo
de aquello a lo que responde, desde mi perspectiva, el cuerpoterritorio. Retomando a Silvia Federici en El patriarcado del
salario:
El neoliberalismo es un ataque feroz, en su común denominador,
a las formas de reproducción a nivel global; empieza con el
extractivismo, la privatización de la tierra, los ajustes estructurales,
el ataque al sistema de bienestar, a las pensiones, a los derechos
laborales […] Y cada vez más, a la cabeza de estas luchas,
encontramos mujeres que comprenden que hoy no se puede
separar la lucha por una sociedad más justa, sin jerarquías,
no capitalista —no fundada sobre la explotación del trabajo
humano—, de la lucha por la recuperación de la naturaleza y la

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lucha antipatriarcal: son una misma lucha que no se puede separar.
(Federici 20-21)

Es por ello que me gustaría hacer todavía un mayor hincapié
en el gran esfuerzo que escritoras, activistas, madres, trabajadoras
y estudiantes realizan. A través de marchas, publicaciones y la
resistencia continua, estas mujeres han respondido al silencio del
pacto patriarcal y a sus abusos ejercidos sobre los cuerpos. De esta
forma responden a la necesidad de
desbordar el conteo necropolítico que es, lamentablemente,
muchas veces a-significativo, para concentrarnos en construir explicaciones
y contribuir a que, entre muchas, logremos organizar la experiencia colectiva de
estar viviendo en medio de esta guerra que nos ha despedazado, también, como
sociedad. (Gutiérrez Aguilar 120, cursivas en el original)

Pero esto no quiere decir que la tarea es fácil o exenta
de contradicciones. Tal es el caso de La compañía. En una de las
presentaciones del libro, Gerber Bicecci profundizó sobre el hecho
de que la parte A de su texto, la fotonovela con la reescritura del
cuento de Amparo Dávila, fuese financiada por FEMSA a través
de su Bienal de Arte (Lata Peinada). Pensando también en la
publicación de Temporada de huracanes o de Ya no somos las mismas
y aquí sigue la guerra bajo sellos del conglomerado editorial de
Penguin Random House, hay una pregunta necesaria que debemos
plantearnos: ¿qué exigimos a las demostraciones de resistencia? ¿A
qué estándares deben de responder estas autoras? ¿Deben eludir
al capital, como si fuese posible, y hacer una crítica vivencial o
es injusto pedírselos desde nuestra propia comodidad? ¿Serviría
de algo realmente? ¿Nos llegarían sus mensajes sin estos móviles?
Probablemente la respuesta sea negativa.
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�Francisco Tijerina / Mujeres narradoras

“Frente a la globalización neoliberal, social y ecológicamente
devastadora, numerosas personas se esfuerzan hoy por lograr un
viraje que posibilite un presente sostenible y un futuro aceptable
para la humanidad y los demás seres vivos” (Puleo 73) y siguiendo
los preceptos del cuerpo-territorio, es en sus contradicciones,
indeterminaciones, huecos, telas cortas o deshilachadas, donde se
puede construir otro futuro posible.

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�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

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Ya no somos las mismas y aquí sigue la guerra, Grijalbo, 2020,
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Sefchovich, Sara. Del silencio al estruendo: Cambios en la escritura de las
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�Notas
Humanitas, vol. 1, núm. 2, 2022

Gilgamesh, superhéroe cultural
Adbeel Darío Duarte Hernández
Universidad Autónoma de San Luis Potosí
Fecha entrega: 21-11-2021 / Fecha aceptación: 28-2-2022

“Creemos, tal y como ha dicho
Jack (Kirby), que no necesitamos
ser tan exactos, porque nos consideramos capaces de mejorarlos.
Después de todo, la mitología es
mitología, ¿y quién es nadie para
decir que no podemos adaptar
nuestros propios mitos? Eso es
justo lo que estamos haciendo
al basarnos en el pasado, y disfrutamos muchísimo al hacerlo”.
–Stan Lee1

A guisa de introducción
La figura del protosuperhéroe es comúnmente relacionado con la
obra La pimpinela escarlata de Emma Orczy antes de la aparición en
las historietas de Superman en el Action Comics #1 en 1938, donde
encontramos al último hijo de Krypton, quien en la Tierra posee
1 Escritor y editor de Marvel Comics.

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�Abdeel Darío Duarte Hernández / Gilgamesh, súper héroe cultural

habilidades metahumanas. En su primera publicación se presenta
como “el campeón de los oprimidos. ¡la maravilla física que juró
dedicar su existencia a cualquiera que necesite ayuda!” (Action
Comics, no. 1, 1938).
Sin embargo, desde la literatura y el mito nos hemos topado con
seres que superan los límites de lo humano, como la figura de los dioses
y su descendencia con los humanos, cuyo referente desde la tradición
helenística está el semidios Heracles (conocido en el panteón romano
como Hércules), hijo de Zeus con una fuerza descomunal innata.
Marc Bloch (1982: 52) describe que las fuentes narrativas, es
decir, los relatos deliberadamente dedicados a la información de los
lectores, no han dejado de prestar ayuda al investigador, ya que son
las únicas que proporcionan un encuadre cronológico casi normal
y seguido. Sin embargo, Fernand Braudel (1970: 77) ha expresado
una desconfianza respecto a una historia que se limite simplemente
al relato de los acontecimientos y sucesos.
Jesús de la Torre sostiene que la tradición iberoamericana de
derechos humanos tiene como elemento esencial su teoría y praxis
desde el pobre, con su raigambre bíblica entendiendo lo jurídico como
Mispat: la justicia al oprimido. Porfirio Miranda nos enseña que Mispat
viene de la raíz spt que significa salvar de la injusticia a los oprimidos
(1971:111); y según de la Torre: “ha sido traducido como derecho ley,
acto judicial, justicia, intervención justiciera extrajudicial, y algunos
términos análogos” (2007: 111). Esta palabra posee en la tradición
bíblica y profética un sentido de liberación de la opresión al débil, es
“velar por los derechos de los pobres, de los oprimidos, de los débiles”
(2007:53). Juan Alfaro valida la interpretación que Porfirio desarrolla
sobre el Mispat: “Que yo sepa, nadie hasta ahora había puesto de
relieve la importancia primordial que en todo mensaje bíblico tiene la
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justicia liberadora de Dios (liberación de los oprimidos) y la exigencia
divina de justicia entre los hombres” (1973: 17).
Mispat “no es dar a cada quien lo suyo en el sentido de la
justicia conservadora, de derechos adquiridos, sino que implica,
especialmente, velar por los derechos de los pobres, de los oprimidos,
de los débiles. Esto también en virtud del paralelismo sinonímico
entre las raíces spt y sdq, derivándose de esta última sedaqa, que se
traduce como justicia” (De la Torre, 2007: 11).
Todo esto lleva a Porfirio Miranda a la siguiente afirmación:
“El mispat es la defensa de los débiles, la liberación de los oprimidos”,
el hacerle justicia a los pobres. El hecho de que las leyes originalmente
sean llamadas mispatim constituye un dato de importancia incalculable,
indicando cuál era la intención y el sentido original de la legislación,
dando así el criterio que permite discernir cuándo los legisladores
posteriores acertaron realmente con la voluntad de Dios, y cuándo,
por el contrario, mitizaron la ley y la autoridad erigiéndolos en entidaden-sí que en peor de los casos se torna en instrumento de opresión y
de injusticia (Miranda, 1971: 129).
Los dos creadores de Superman, el escritor Jerry Siegel y el
dibujante Joel Shuster; el primero nacido en Ohio y el segundo en
Toronto, ambos son hijos de inmigrantes judios. La formación de
los dos artistas se dio viviendo en la sociedad estadounidense (Joel
Shuster se muda con su familia a Ohio, donde conoce a Siegel) pero
cuya formación en casa arraiga los valores de la cultura semita, entre
los que destaca la justicia.
Cultura babilónica
El concepto de derecho y de justicia en la Biblia tiene una de sus
raíces en la antigua cultura de Mesopotamia (De la Torre, 2014: 28),
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�Abdeel Darío Duarte Hernández / Gilgamesh, súper héroe cultural

es en esta cultura donde encontramos la primera obra maestra de
imaginación de la literatura universal: El poema de Gilgamesh, o “aquel
que ha visto todo hasta los confines del mundo” (2020), como
lo describe la primera línea del poema. George Roux tiene casi la
certeza de que Gilgamesh gobernó en Uruk hacia el año 2900 a.
C., por lo que sugiere que algunos de los episodios de esta epopeya
estén inspirados en hechos reales.
Jim Sharpe nos comenta que la historia se ha contemplado
tradicionalmente como un relato de los hechos de las grandes
personalidades, y a pesar de que en el siglo XIX se procedió con
un interés por una historia social y económica de mayor alcance, su
principal tema siguió siendo la exposición de la política de las élites
(en Burke, 1996: 39). El poema nos indica la naturaleza divina del
rey Gilgamesh:
047 Desde el día que nació se le puso el nombre de Gilgamesh.
048 Dos tercios de él eran dios, su otro tercio era condición
humana (2020: 107)

Tal como dice Peter Watson (88), una de las tareas del rey
de Mesopotamia era la de administrar justicia, y que, en las primeras
ciudades, la injusticia era considerada una afrenta a los dioses. Los
jueces trabajaban en los templos o en sus puertas, en particular
aquéllos dedicados al dios de la justicia, Shamash. Sin embargo, el rey
era siempre el tribunal de apelaciones e intervenía cada vez que quería
hacerlo. Los babilonios estaban menos interesados en una teoría
abstracta de la justicia que en encontrar soluciones aceptables que
no trastornaran a la sociedad. Esto lo podemos ver claramente en el
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�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

Código de Hammurabi: “para que yo mostrase la equidad al país, para
que yo destruyese al malvado y al inicuo, para que el prepotente no
oprimiese al débil, para que yo, como el divino Shamash, apareciera
sobre los «Cabezas Negras» e iluminara la tierra, para que promoviese
el bienestar de la gente, me impusieron el nombre.
Al igual que los reyes de Mesopotamia, el discurso de los
profetas del Antiguo Testamento tiene como tema central la justicia,
ya que se presenta como punto de partida para una crítica de la
realidad social existente y como punto de término de la sociedad por
vivir; no defienden la justicia en abstracto, sino que la concretizan en
su opción por la defensa del pobre, del oprimido, del indigente, que
es el que padece la justicia.
Gilgamesh, de tirano a héroe
Felix Morales Luna describe que la imagen de un superhéroe que
opta decididamente en luchar por la justicia está tan asumida que
siguiendo sus historias pasamos por alto el hecho que no hay nada
que impida al superhéroe emplear sus poderes para fines egoístas o
incluso malignos. Jeff Brenzel (2010), sin embargo, menciona que,
si un personaje dotado de poderes fuera de lo normal no hiciera
el bien y luchase contra el mal de algún modo reconocible por el
lector medio, es de suponer que no aparecería como protagonista
de una historia de superhéroes y encarnaría el papel de personaje
supermalvado.
En la primera tablilla nos hablan del gran rey de Uruk-el
Redil, sin embargo, los dioses intervienen al ver el comportamiento
déspota de este con los jóvenes, en especial con una joven prometida
a la que Gilgamesh piensa someter al ius primae noctis:
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�Abdeel Darío Duarte Hernández / Gilgamesh, súper héroe cultural

075 [–«Sumamente poderoso, ilustre, experto […]
076 No deja libre [Gilgamesh] a jovencita alguna [a su novio.»]
077 De la hija del guerrero, de la prometida del joven]
078 sus lamentos [estaban escuchando] las diosas.
079 Los dioses de los cielos, poseedores del mando,
080 (ellos acudieron/ dirigieron su palabra al dios Anu:)
081 –«Tú has hecho que haya un búfalo impetuoso en Uruk-el
Redil.
082 Él no tiene rival y en [hiestas] están sus armas,
083 En el juego de la bola son alzados sus compañeros.
084 Aterró [a los jóvenes de Uruk] sin razón.
085 No deja libre Gilgamesh hijo alguno a su padre.
086 Día y noche se muestra arrogante y violento.
087 ¡Él es el pastor de Uruk-el Redil! (2020: 112)

Max Weber define el poder como “la probabilidad que tiene un
hombre o una agrupación de hombres, de imponer su propia voluntad
en una acción comunitaria, inclusive contra la oposición de los demás
miembros” (2002: 682). Gilgamesh al no tener un rival puede dominar
la ciudad a placer, es hasta que encuentra un igual con Enkidu.
094 (Los dioses convocaron a Aruru la Grande (diciéndole:)
095 –«Tú, Aruru, creaste [al hombre.]
096 Crea ahora una réplica suya,
097 para que pueda enfrentarse al ímpetu arrollador de su corazón,
098 y continuamente contiendan entre sí y Uruk descanse».

Al enterarse del comportamiento tiránico del rey con su
pueblo, Enkidu se llena de furia y decide confrontar a Gilgamesh
en tan equilibrada batalla, lo que los lleva a entablar una fraternal
amistad. Enkidu sirve como el asistente de Gilgamesh, así como
Patroclo a Aquiles, Yolao e Hilas a Heracles, y Robin para Batman.
Enkidu representa el dominio del hombre sobre la naturaleza
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a través de la civilización, los rasgos de comer pan y beber cerveza
lo convierten en hombre, en un ciudadano sujeto de derecho como
varón gracias a la vida sexual activa:
090 No sabía Enkidu/ 091 comer el pan
092 ni a beber cerveza/ tampoco había sido enseñado.
094 La prostituta abrió su boca y/ 095 así habló a Enkidu:
096 –«Come el pan, Enkidu/ 097 bien imprescindible para vivir,
098 bebe la cerveza, destino del país. (2020: 136)

Más adelante, vemos cómo concluye su transformación:
106 Acicaló el barbero/ 107 su velludo cuerpo
108 se ungió el aceite y/ se convirtió en un hombre.
110 Se puso él un vestido,/ 111 era todo un guerrero. (136)

Gilgamesh le comenta a Enkidu la idea de buscar la gloria al
enfrentarse a Humbaba, un monstruo gigante y guardián del Bosque
de los Cedros. Sin embargo, enfrentar a Humbaba es ponerse en
contra de los designios de los dioses, tal como se lo comenta Enkidu:
217 –«¿Cómo vamos [a ir, amigo mío, al Bosque del Cedro]
218a Con el fin de proteger los cedros
219a como terror de la gente lo destinó Enlil.
218b Esta misión n[o debe ser emprendida,] (146-147)

Gilgamesh, sin embargo, convencido de la petición que
su madre Ninsun le rezó a Samash, el dios de la justicia, y ante el
consejo de los ancianos de no continuar su aventura, el rey de Urukel Redil se mantiene firme en su empeño de pelear con el monstruo
para erradicar todo mal:
202 Hasta los días en que, tras partir, regresemos,
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�Abdeel Darío Duarte Hernández / Gilgamesh, súper héroe cultural

203 hasta que lleguemos al bosque del Cedro,
204 hasta que al feroz Humbaba demos muerte
205 y todo el mal que Shamash detesta, hayamos erradicado del
país. (168)

Antes de partir al Bosque de los Cedros, Gilgamesh se dirige
a los jóvenes para pedirles su bendición durante el camino y poder
contemplar sus rostros de nuevo, franquear las puertas de Uruk-el
Redil y celebrar las fiestas de Akitu dos veces al año. Todo indica
que enfrentar a Humbaba significa atentar contra la naturaleza, sin
embargo, la revelación del segundo sueño premonitorio de Gilgamesh
y su interpretación por parte de Enkidu parece significar lo contrario.
020’ Enkidu se dirige a él.
021’ así dice a Gilgamesh: [–«Iremos hacia él, él no es la
montaña]
022’ Él es un ser muy extraño: Huwawa, [iremos hacia él,]
023’ Él no es la montaña. Es un ser muy extraño.

El diluvio y la injusticia arcana de los dioses
Tras la muerte de Humbaba y el toro celeste, Enkidu le comenta a
Gilgamesh el fatídico sueño que tuvo, donde los dioses se pusieron a
deliberar sobre las acciones de los dos héroes, condenando a uno de
ellos a morir, solicitando que fuera Enkidu en vez de Gilgamesh quien
pereciera. Shamash, el dios solar, le reclama a Enlil por la inocencia
de Enkidu al ser una orden de este dios de la justicia la muerte de los
monstruos. Después de un segundo sueño Enkidu fallece.
Ante la muerte de su amigo, Gilgamesh cuestiona su mortal
destino y decide ir a buscar la inmortalidad, con lo que emprende un
viaje al lugar donde mora Utanapishti, quien ha sido el único que ha
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logrado la inmortalidad entre los humanos. Nuestro héroe atraviesa
la senda del Sol para llegar al bosque encantado donde reside el
barquero Shiduri, quien lo conduce por las aguas de la muerte que
lo llevan con el héroe del diluvio, quien le cuenta cómo los dioses
orquestaron la masacre. El Noé babilonio logró escuchar el plan de
los dioses por designio de Ea, para construir una barca y salvarse de
la tragedia. Una vez iniciado el diluvio, los dioses contemplaron el
horror como si de una batalla se tratase:
114 ¡Hasta los dioses sintieron pavor del diluvio!
115 Se retiraron, subieron al cielo del dios Anu.
116 Los dioses se acurrucaron como perros y se echaron
en la parte exterior de las murallas. (321)

Impacta más la reacción de la diosa madre quien muestra
una actitud de arrepentimiento:
117 Gritaba Ishtar como una parturienta,
118 gimió Belet-ili, la de la dulce voz, diciendo:
119–«En verdad aquel día se trocó en barro,
120 porque yo en la asamblea de los dioses aprobé el mal.
121 ¿Cómo pude yo aprobar en la asamblea de los dioses el mal
122 (y) declarar la guerra para aniquilar a mis gentes?
123 ¡Yo misma los parí! Son gente mía y
124 ahora como peces llenan el mar». (322)

Vemos en este pasaje la angustia de los dioses al ver el
holocausto al que condenaron a la raza humana. Utanapishti, siendo
el único sobreviviente junto con su esposa, recibió el regalo de la
vida eterna por parte de los dioses. Gilgamesh, al saber que no podía
recibir ese don, regresa a Uruk-el Redil devastado; sin embargo,
regresa como un héroe y recordado eternamente por su hazaña de
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�Abdeel Darío Duarte Hernández / Gilgamesh, súper héroe cultural

contemplar el Abismo, enfrentar a las dos terribles bestias y por
revelar las noticias antes del Diluvio.
Jesús de la Torre nos habla sobre la relación de la búsqueda
de la justicia con el derecho al describirnos la matanza de Acteal
ocurrida en Chiapas el 22 de diciembre de 1994, que constituye la
negación más clara de todo derecho:
Estos acontecimientos, como tantos otros que desgraciadamente
son frecuentes en nuestro mundo de hoy –como la muerte
por hambre de tantos seres humanos, por citar sólo uno–,
estos acontecimientos, decimos, nos muestran la injusticia en
su desnudez, y, por lo tanto, nos llevan a pensar en lo jurídico,
nos invitan a reflexionar en eso que se llama Derecho[sic]. Esto
porque una corriente iusfilosófica sigue relacionando la justicia
con el Derecho[sic], y la ausencia de Derecho[sic] con la injusticia,
se trata del iusnaturalismo. (1999: 148)

Tanto el Diluvio como la masacre de Acteal muestran un
mundo lleno de injusticias, ya sea perpetrado por los dioses o por
las élites del poder, que a través del iusnaturalismo a la presencia del
derecho como justicia.
Elementos de Gilgamesh en los cómics de superhéroes
En el poema de Gilgamesh vemos que los principales antagonistas
son creaturas fantásticas, como el guardián del bosque Humbaba y
el toro celeste; son los monstruos los primeros supervillanos que
se enfrentan a los héroes. Lo mismo podemos encontrar en la era
Marvel de los cómics de 1961 a 1978, donde surgen figuras como
los Cuatro Fantásticos tal y como se describe en su primera portada
del primero de noviembre:
Lo primero que ves es el enorme monstruo.

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Una especie de Gargantúa con una piel llena de púas y correosa
como una coraza, unos ojos vacíos de extraño brillo blanco y una
boca que parece la tobera de una aspiradora de tamaño colosal.
Además… ¡es verde! ¿Y he mencionado ya que surge dando
terribles zarpazos del subsuelo de la calzada de una gran ciudad?
Solo después te fijas en las otras personas que aparecen en la
portada del cómic. Pero no en el policía, ni tampoco en los civiles
que se encogen aterrorizados en la acera.
Sino en los otros cuatro tipos. (2020: 5)

Ivan Gaskbell (en Burke: 209) menciona que los historiadores
están mal adaptados para tratar el material visual, utilizando las imágenes
de manera meramente ilustrativa, y apenas se tiene en cuenta cuando se
analizan imágenes en un contexto más amplio. Sin embargo, Roland
Barthes (2016: 7) dice que los relatos existentes son innumerables con
una variedad prodigiosa de géneros, con lo que el relato puede ser
soportado por el lenguaje articulado, oral y escrito, por la imagen fija
o móvil; está presente en el mito, la leyenda, la historia, el cine, las tiras
cómicas, entre otras. Vemos cómo los elementos narrativos del poema
de Gilgamesh los podemos encontrar miles de años después en nuevos
géneros y formatos como los son los cómics de superhéroes.
A manera de conclusión
Podemos encontrar en Gilgamesh un primer precedente histórico para
el análisis de superhéroes y las nociones de justicia, dándonos el elemento
de poder con el que dominaba a su pueblo y cómo pasó de cruel tirano
a héroe cultural de Mesopotamia, todo esto antes de Heracles en la
mitología helénica, de la Pimpinela Escarlata de Emma Orczy y de los
superhéroes que continuaron después del Action Comics #1.
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�Abdeel Darío Duarte Hernández / Gilgamesh, súper héroe cultural

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257

�Notas
Humanitas, vol. 1, núm. 2, 2022

El mundo alucinante de Ezra Pound. Un artículo de
aventuras
Roberto Kaput González Santos
Universidad Autónoma de Nuevo León
Fecha entrega: 21-11-2021 / Fecha aceptación: 11-2-2022
I make truce with you, Walt
Whitman—
I have detested you long enough.
Ezra Pound

La risa de Ford Madox Ford
Ford Madox Ford no sólo escribió la historia más triste jamás
contada, la risotada que produjo en él la lectura de Canzoni (1911)
le ahorró a su autor, Ezra Pound (1885-1972), años de búsqueda
poética. El problema no eran las ideas, maduras desde 1909, era
el lenguaje hinchado del romanticismo académico que tornó
ilegibles muchas de las antologías de poesía norteamericana
finiseculares. El mago de Idaho, territorio estadounidense de
1863 a 1890, abandonó la Unión en 1908, destino Gibraltar, pero
no sus artificios. La carcajada de Ford lo arrancó del más allá
de Yeats, arrojándolo al más acá de los poetas modernos: el uso
259

�Roberto Kaput González Santos / El mundo alucinante de Ezra Pound

de una lengua viva, el lenguaje de los expatriados. Para lograrlo,
echó mano de la crítica.
Las descalificaciones en torno a la crítica de Pound arrancan
en los 30, en pleno fascismo. En 1936 el poeta norteamericano Allen
Tate declaraba: “Probablemente llegará a ser uno de los dos o tres
autores estadounidenses recordados como poetas de primer orden.
Sin embargo, más allá de su oficio, no hay razón para creer que el
Sr. Pound sepa lo que está haciendo o diciendo” (Russell, 1950: 72).
En 1943, el crítico inglés F. R. Leavis dedica unas palabras a How to
read (1931): “Es difícil creer que el Sr. Pound sea igual de ingenuo
que su panfleto” (1943: 114). En 1955 William Carlos Williams, el
más íntimo de sus colegas, abogó por él en los siguientes términos.
“No debemos reconocer su genio en el ámbito de las cosas generales,
donde se pavonea y revela como un tonto, sino en su lenguaje” (1955:
3). Tonto, ingenuo o ignorante, el engreído Pound creía que la crítica
mejoraba la poesía, llegándola a clasificar en cinco tipos: 1) discusiones,
lo mismo en reseñas que en la formulación de principios generales; 2)
traducciones, llamadas a mediar entre culturas; 3) imitaciones, donde
la prueba final del poeta dependía de su capacidad para reconocer y
recrear estilos esenciales, medio para renovar el pasado y nombrar el
presente; 4) melopoeia, dirección musical del significado de las palabras;
5) nuevas composiciones, su forma más alta. Esos cinco tipos, dentro
o fuera, están presentes en la edición de Personae de 1909. Lo que no
aparece hasta 1912 es el lenguaje.
Fantasmas del Érebo
Los dioses siguen con nosotros, o eso creía Pound. Por supuesto, sus
dioses eran literarios. Pero si no nos apuramos a sacar conclusiones,
notaremos en seguida que su idea de literatura es mucho más rica que la
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�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

de sus contemporáneos. Bastaría hojear la versión de The cantos (19171970) para probarlo. Pero detengámonos en la evolución de personae:
en la recopilación de 1926, el término se revela como algo más que una
mera máscara, transformándose en sensibilidad verbal, traducciones
contemporáneas de antiguos fantasmas. Ese ethos trasciende o cuando
menos curva las ansiedades modernas de la poesía en el siglo XX.
Aquí la tradición es el inframundo del poeta popular posodisiaco.
Superposiciones presentes en el Canto I: fábula homérica,
traducción latina, rasgos estilísticos anglosajones.
Dos &amp; don’ts en el tratamiento de la cosa
según un imagista transitorio
Réplicas, estocadas, no refutaciones, así traduciría el libro que
marca un antes y un después en su obra, Ripostes (1912): respuestas
ingeniosas, a bote pronto, emitidas tras los efectos curativos de
la crítica en la propia escritura. Y con ello hundiría en el olvido
la traducción entera. Pero lograría acercarme –¿acaso menos
torpemente si me decidiera por ripostas?– a la sintaxis conversacional,
la cadencia desatada, la economía verbal de sus mejores poemas. O
no. Lo importante en todo caso son los hallazgos de las tres reglas
originales del imagismo: tratamiento directo de la cosa, objetiva o
subjetiva; economía en el uso de palabras; crear frases musicales, no
secuencias de metrónomo. O crowd of foolish people!
Con la publicación de la antología Des imagistes en 1914
(Aldington, H.D., Flint, Cannell, Amy Lowell, William Carlos
Williams, Joyce, Pound, Ford, Upward, Cournos), Ezra abandona
el once de la poesía moderna en inglés, adentrándose en las
fantasmagorías orientalistas de Ernest Fenollosa.
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261

�Roberto Kaput González Santos / El mundo alucinante de Ezra Pound

Ideogramas
Fenollosa muere con siete u ocho títulos del imperio nipón pero sin
terminar The Chinese written character as a medium for poetry, manuscrito
con el que esperaba instalarse en Occidente. El americano parece
haber sido esa clase de académico. Pero el valor de su trabajo no fue
menor: durante sus diferentes estadías en Japón, reunió notas sobre
el teatro Noh y el arte chino con base en testimonios de maestros
locales. Pound escuchó la oferta de la viuda, Mary McNeill, autora
de romances ambientados en la guerra rusojaponesa: completar y
editar los papeles de su marido, ese tarambana delicioso, el cual murió
sin ocurrírsele que el arte del futuro era el cine. Ella ya negociaba
con Universal-Jewel los derechos de The breath of the gods (1905). La
curiosidad moderna del mercado estadounidense era insaciable.
Pound dijo sí, el viejo zorro. ¿Hay algo más americano
que las creaciones de frontera americana? Pound estaba a punto
de entrar en contacto con la cosa más nativista desde Whitman:
el ideograma de Fenollosa, un método para organizar imágenes en
patrones largos sin las pesadas transiciones de los poemas de gran
aliento. Iba a extraer de ahí la idea de montaje: la yuxtaposición
de episodios narrativos o dramáticos, imágenes tradicionales
opuestas, unificadas en la sensibilidad del letrado de frontera, en el
lenguaje del expatriado moderno, rigiendo ambas presencias sobre
los materiales chinos. El fascismo de Pound, el sedimento que le
reclaman a menudo sus compatriotas, es estadounidense. Eliot lo
nombró inventor de la poesía china de su tiempo. Pero como a Tom
nunca le sienta mal la manita de un editor, me detendré en el apunte:
Pound se declara vorticista en el 14, en el 15 publica Cathay.
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Il miglior fabbro
Tres ángulos de The cantos bastarían para llamar la atención sobre sus
patrones geométricos: odisea homérica, metamorfosis ovídica, ética
confuciana. No sé si la palabra sea ángulos. La crítica suele relacionar
el conjunto con los entramados del Tempio Malatestiano de Rimini,
Italia. Hablo en cualquier caso de las superposiciones de motivos
paganos, cristianos, humanistas en la catedral. O para traducirlo
a la jerga del día: hablo de tres reconstrucciones ideogramáticas,
sobrepuestas en una doble serie temporal, interpretadas desde el
presente como un todo, generando nuevos sentidos. Eso son los
cantares: el ideograma pagano, inspirado en una catedral inacabada,
soñada por un renacentista moderno. Obra concebida primero
como borrador, después como notas, finalmente como palimpsesto.
Era el regreso al origen de la poesía del siglo XX.
El artífice de esa “desintegración monstruosa, producto de
un espíritu que carece de verdades centrales” (1984: 189), según
Agustí Bartra, dedicó a la obra poco más de 50 años.
Usura
El 26 de febrero de 1987 The New York Times publicó la esquela del
traductor mexicano de Los cantares completos (1975): “El profesor
José Vázquez Amaral, crítico de literatura española y profesor de la
Universidad de Rutgers, murió el martes en el Hospital Overlook,
Summit, NJ. Tenía 73 años y una afección cardíaca. Vivía en
Warren. De 1947 a 1982 dirigió el departamento de Español y
Portugués en Rutgers. Nació en Los Reyes, Jalisco. Fue alumno
de la Universidad Nacional Autónoma de México, de la cual se
licenció también en Derecho”. Lo sobrevivía la familia de siempre
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�Roberto Kaput González Santos / El mundo alucinante de Ezra Pound

y ese bellísimo tomo editado por Joaquín Mortiz, el cual ponía
punto final a una ardua traducción de 23 años: pasta dura, forro
de tela, camisa plastificada, estuche de cartón, viñeta del perfil de
Pound en el lomo, autoría de Gaudier-Brzeska, el mesías salvaje.
Ya no hay editores como esos.
Por algún tiempo ese volumen fue la caja de seguridad
de mi padre, le parecía el escondite perfecto. Ese fue mi primer
contacto comercial con la obra de Ezra: sacar un billete de viejos
pesos, regresar la moneda de los cigarros. Así conocí el canto
XLV. Después leí sobre su bel espirit en el libro de memorias de
Hemingway; conocí los pormenores de la dedicatoria de Eliot,
la correspondencia de Pound con Williams; hace no mucho
pude escuchar una de sus transmisiones en Radio Roma. La
imagen del poeta en el Centro de Entrenamiento Disciplinario
del ejército norteamericano en Pisa, encerrado en la jaula de los
incorregibles, es la traducción al inglés americano de la Apología
de Sócrates. Las secuelas de esa superproducción siempre se leerán
como transiciones menores de un poema largo: colapso mental,
arresto hospitalario en el psiquiátrico de Washington, escándalo
alrededor de la entrega del premio Bollingen. Pero el vórtice de
aquel mundo alucinado está en The Pisan cantos: el buey blanco en
la ruta de la ciudad italiana, como enfrentando la torre inclinada,
entrevisto desde un campo de maniobras nublado, bajo la lluvia de
los puestos de guardia del canto LXXIV.
Esas primeras líneas de la poesía de la segunda posguerra
aparecieron en 1948, Adorno escribe Cultural criticism and society en
1949. En 1951 el quiebre parecía definitivo, pero no fue así. Más
allá de su influencia en Eliot, Lowell, Williams, el mismo Yeats,
expatriaciones como la de los Bowles, experimentos como los de
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DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-13

�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

Burroughs, salmos como los de Cardenal deben mucho a la estela
de su obra. En 2014, el dibujante y ensayista francés Frédéric Pajak
entregó el tercer volumen de su serie de ensayos gráficos Manifiesto
incierto, titulada La muerte de Walter Benjamin y la jaula de Ezra
Pound. Ensayo gráfico. Yuxtaposición crítica. La literatura del XXI
parece estar llegando a ciertas conclusiones. Let there be commerce
between us.

DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-13

265

�Roberto Kaput González Santos / El mundo alucinante de Ezra Pound

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�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

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267

�Notas
Humanitas, vol. 1, núm. 2, 2022

Aura: un emblemático fantasma de la
tradición literaria
Carlos Rutilo
Universidad Autónoma de Nuevo León
Fecha entrega: 23-1-2022 / Fecha aceptación: 11-2-2022

Me detengo delante de la pared en blanco, me tomo la famosa
píldora de Luis Buñuel, pero en lugar de ver la película de mi vida o
la de mi primer encuentro con Aura (Ediciones Era, 1962), termino
por imaginar a un joven Carlos Fuentes (1928-2012) dialogando con
Julio Cortázar (1914-1984) en alguna calle de París y a principios de
la década de los años sesenta, tal vez Alfonso Reyes reaparezca como
otro fantasma en medio de la conversación, y el escritor argentino
le hablará con entusiasmo sobre la cinta japonesa que acaba de
ver: Ugetsu Monogatari (1954) del director Kenji Mizoguchi (18981956), y que está ligeramente basada en algunos cuentos del mismo
título, pero del escritor japonés Ueda Akinari (1734-1809) y a la vez
dichas narraciones estarían inspiradas en varios cuentos populares
de la China medieval. ¿Qué habrá visto Cortázar en Fuentes para
recomendarle con entusiasmo la película? o ¿Se habrá acordado del
fantasma del cuento “Tlactocatzine del jardín de flandes” que aparece
en Los días enmascarados (1954)?
269

�Carlos Rutilo / Aura: un emblemático fantasma

En la película hay dos historias de las cuales solamente me
interesa resumir una, la principal: en medio de las guerras de su
tiempo un comerciante japonés en uno de sus viajes se encuentra
seducido bajo los encantos de una enigmática mujer que siempre
estará acompañada de una anciana. Ambas lo invitan a pasar la
noche en su templo y bajo los encantos del deseo nuestro personaje
principal pierde la noción del tiempo y no sospecha de las ruinas
en las que vive ni de los espíritus que lo cautivan y “aprisionan”,
como si quedara atrapado en los espejos de un sueño. Dicho espejo
poético es probable que también sea el mismo que nos termina
seduciendo en Aura. La novela de Fuentes está contada en segunda
persona e inicia dirigiéndose a un personaje, a Felipe Montero, que
podríamos ser todos nosotros, sus lectores: “Lees ese anuncio: una
oferta de esa naturaleza no se hace todos los días. Lees y relees el
aviso. Parece dirigido a ti, a nadie más…”
La narración de Fuentes nos lleva a una antigua casona de la
Calle Doncelles 815, donde viven exiliadas del espacio y del tiempo
la anciana Consuelo junto con su joven sobrina Aura, cuyos ojos
“fluyen, se transforman, como si te ofrecieran un paisaje que sólo
tú puedes adivinar y desear…”, quienes atraen con el anuncio del
periódico a Felipe Montero, historiador joven, con la idea de ordenar
las memorias del General Llorente, otro fantasma de la ocupación
francesa.
La estructura parece ser la misma que siguen “La dama de
picas” (1834) de Alexander Pushkin (1799-1837) o la de Los papeles
de Aspern (1888) de Henry James (1843-1916), donde encontramos
a dos mujeres (una anciana y la otra joven) resguardando algo
importante y a la vez seducidas por un hombre joven que busca
obtener dicho objeto de deseo; pero desde “La cena” (1912) de
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�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

Alfonso Reyes (1898-1959) y pasando por “La noche de Margaret
Rose” (1943) de Francisco Tario (1911-1977) hasta Aura esta
estructura da un giro de tuerca agregando el elemento de lo fantástico
dentro de la narración misma; pues Aura parecer ser algo más que
una simple muñeca de Consuelo, es un avatar que solo responde a
los movimientos de la anciana y Consuelo es la viva imagen de la
bruja oriental que parece evocar desde el más allá a su juventud, le
da forma y la mueve como a un vampiro para atraer a sus víctimas
y conseguir así su propio objeto de deseo: “Sí, sí, sí, he podido: la
he encarnado; puedo convocarla, puedo darle vida con mi vida…”
El tiempo parece detenerse y solamente existe en los
momentos de encarnar los deseos de nuestro protagonista y a la
vez nos lleva a ese otro abismo con que se caracteriza el misterio y
el silencio, la vida y la muerte, en ese otro espejo manchado entre
la soledad y el deseo de encarnar a los fantasmas del pasado: “Aura
encerrada como un espejo, como un ícono más de ese muro religioso,
cuajado de milagros, corazones preservados, demonios y santos
imaginados”. Aura es un canto a la vida de la muerte, su estructura
prácticamente con tonalidades poéticas no es para nada gratuita y
prueba de ello es el tiempo con el que se ha mantenido vigente hasta
la fecha, cumpliendo 60 años desde su primera aparición junto con
La muerte de Artemio Cruz, que es un canto desesperado de la muerte
de la vida.

DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-12

271

�Reseñas
Humanitas, vol. 1, núm. 2, 2022

Diego Alejandro Zuluaga Quintero y
Luis Fernando Quiroz Jiménez (eds.):
Ensayos de historia intelectual. Incursiones metodológicas,
Medellín: FOCO, 2021, 161 páginas.
Fecha entrega: 28-5-2021 / Fecha aceptación: 11-2-2022

El Fondo Editorial de la Facultad de Comunicaciones y Filología
de la Universidad de Antioquia (FOCO) acaba de publicar este
libro, ganador de la convocatoria 2019-2020 en la categoría de
investigación colectiva como producto académico del Grupo
de Estudios de Literatura y Cultura Intelectual Latinoamericana
(GELCIL). Algunos de sus integrantes fueron invitados a responder
entre otras cuestiones: “¿cómo se definió la investigación en la
historia intelectual?, ¿cómo se delimitó la búsqueda de las fuentes?,
¿cómo se analizó la información?”. Las respuestas muestran las
particularidades de sus investigaciones y la formación de cada
integrante con diferente grado de participación en el grupo.
Dos mujeres y cinco hombres están a cargo de los siete
capítulos. Es notoria la claridad del contenido que introduce al lector
en cuestiones como: ¿qué es la historia intelectual?, ¿cómo producir
un trabajo académico en este campo de estudio?, ¿cuáles son las
metodologías? En esta dirección, los editores, bajo el título “Hacia la
construcción del objeto de estudio”, hacen una breve introducción
275

�Esnedy Zuluaga / Sobre Ensayos de historia intelectual

señalando que el propósito del libro son las formas que tiene la
historia intelectual de abordar el objeto de estudio: pensado como
el resultado de la presencia e interacción del creador con otros
creadores, lectores e instituciones.
Juliana Vasco Acosta utiliza los conceptos de sociabilidad
y prosopografía para adentrarse en la conformación de la
literatura como institución en la Colombia de finales del XIX. La
sociabilidad, formas en las que se asocian e interactúan los grupos
sociales, es empleada como herramienta de la historia intelectual
y la prosopografía, entendida desde la historia como el estudio de
un conjunto de biografías de los integrantes de un grupo que da
lugar a una biografía colectiva, como metodología para agrupar y
estudiar las asociaciones y las formas de sociabilidad. El problema
particular que trata es el de la profesionalización de los escritores
mediante el estudio de publicaciones seriadas (se abordan como
sociabilidades) entre la segunda mitad del XIX y principios del
XX, que visibilizan tanto prácticas literarias particulares como a
un grupo de escritores.
En un marco sociológico están también las propuestas
de Zuluaga Quintero y Sandra Jaramillo Restrepo, incluso en la
introducción estos tres trabajos se agrupan en un enfoque de
“carácter social de la producción intelectual”. Zuluaga Quintero
emplea los conceptos de rituales de interacción intelectual y campo
intelectual para el estudio de la correspondencia de Rafael Gutiérrez
Girardot con Alfonso Reyes, Ángel Rama, Eduardo Mallea y R.
H. Moreno-Durán. Eventos académicos, publicaciones, relaciones
amistosas y enemistades que legitiman autores, lectores, críticos,
editores, directores de revistas y toda figura de la cultura tenga
visibilidad y alcance entre remitente y destinatario, determinados
276

DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-13

�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

por jerarquías y protocolos mediados por una carta que va de unas
manos a otras con emociones y marcas de elementos rituales que
sellan la relación. La carta se convierte de esta manera en un producto
material cargado de un contenido sentimental que se conserva
como memoria de ese vínculo afectivo. Sin duda el estudio de esta
correspondencia, desde la historia intelectual, revela la dinámica de
la vida cultural de la época antes del correo electrónico. El autor
tiene acceso al objeto de estudio, producto de un esfuerzo colectivo
que describe en detalle como integrante del equipo de trabajo del
archivo epistolar en construcción de Gutiérrez Girardot.
Por su parte Jaramillo Restrepo utiliza los conceptos de
afinidades electivas y sociabilidad para estudiar la vida intelectual de
Medellín en las décadas del sesenta y setenta, a partir de los casos de
los antioqueños Mario Arrubla y Estanislao Zuleta. Dos intelectuales
autodidactas provenientes de familias con estatus socioeconómicos
disímiles, que tienen como primer lugar de encuentro el Liceo de la
Universidad de Antioquia, los centros literarios y las revistas en las
que participan. Años después se reencuentran en Bogotá y fundan la
revista Estrategia. Sus afinidades electivas determinadas por su apoyo
al pensamiento de izquierda les permiten emprender un proyecto
simpatizante con las ideas socialistas y marxistas. Las revistas como
fuente de sociabilidades políticas e intelectuales son documentos
que le permiten configurar a Jaramillo Restrepo los itinerarios no
solo de Arrubla y Zuleta, sino perfilar modelos intelectuales que
dan cuenta de la vida política. Además, La infancia legendaria de Ramiro
Cruz (1967), novela autobiográfica de Arrubla, le posibilita también
adentrarse en la dinámica urbana de la Medellín de la época que
alimentan testimonios, documentos personales, cartas, diarios y
demás material de archivo.
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277

�Esnedy Zuluaga / Sobre Ensayos de historia intelectual

La segunda parte del libro está más ligada a la historia.
Con la pregunta ¿Qué es una biografía intelectual?, Gómez García
introduce la figura del crítico colombiano Gutiérrez Girardot, que
trabaja desde hace décadas. El autor apunta a la moda de la biografía
ligada al tratamiento de la persona (objeto de estudio) como héroe o
genio, a la que ya no es posible pensar en esos términos por acción
de la ruptura definitiva entre vida, obra y nación. De modo que
la metodología biográfica está dada por “un horizonte enrarecido
en el plano de la filosofía de la historia”, alejada de esa utopía. La
biografía en el marco de la historia intelectual conjuga los postulados
intelectuales (contenido de pensamiento) con la praxis (dinámicas
sociales, políticas y culturales) porque los contenidos no pueden ser
entendidos en su totalidad por sí mismos sino solo en relación con
los soportes en los que se originan. Desde la metodología, la biografía
intelectual “es un ejercicio que busca enlazar pensamiento y vida,
forma de pensar y praxis de producción”. A esta discusión teórica
se enfrenta el autor antes de describir el proceso de consolidación
del extenso archivo de Gutiérrez Girardot, la fuente de su proyecto
de investigación histórica en el marco de la historia intelectual y bajo
la consideración de la biografía intelectual como ciencia empírica.
En esta misma línea, Gildardo Castaño Duque se enfrenta a
la ausencia de un archivo familiar, personal o municipal, que lo obliga
a reflexionar sobre la diversificación de las fuentes que incluyan
“cualquier indicio del pensar”, como las orales, los objetos, entre
otras. De ahí la importancia de que el biógrafo construya su archivo
de acuerdo a sus propias necesidades y posibilidades, porque en un
laberinto documental sin hipótesis de investigación claras lo más
seguro es que el biógrafo se pierda. El objeto de estudio de Castaño
Duque es Baldomero Sanín Cano, intelectual de la provincia de
278

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�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

Rionegro, específicamente sus años de formación, que comprenden
el periodo poco conocido de su niñez y primera juventud. Su apuesta
es pensar la biografía intelectual como estrategia metodológica de
investigación, que no está desligada de la invención de un origen ni
de un archivo diverso para sustentar esa creación del biógrafo.
Aunque en la mayoría de capítulos los autores emplean
en alguna medida la autobiografía, de tipo intelectual porque la
narración de la experiencia personal está direccionada al proceso
de investigación, para Rafael Rubiano Muñoz es la herramienta de
su abordaje. “Autobiografía de un viaje intelectual con Baldomero
Sanín Cano” es la descripción honesta de su formación intelectual,
primero como lector de biografías desde su faceta de estudiante de
sociología hasta sus tropiezos en el doctorado, que lo encaminaron
a la historia intelectual. En ese replantearse como investigador se
encuentra con Sanín Cano, de la misma manera que se enfrenta a
la “pérdida de su biblioteca, epistolario y archivo personal”. Como
parte de sus publicaciones las hizo en periódicos y revistas, una de
sus tareas consistió en reunir ese material, epístolas, documentos
diplomáticos, conferencias y todo cuanto pudo recabar creando
su archivo. En 2019 Rubiano Muñoz presenta su tesis doctoral
enfatizando en las ideas de izquierda en el ámbito social y político
de este intelectual liberal. Lo interesante de este recuento de su
vida académica es la confesión de que entra al doctorado en 2010
con un proyecto diferente al que se gradúa. El autor enfatiza en
los tropiezos a los que puede enfrentarse cualquier estudiante,
porque la investigación no escapa a la complejidad de lo que somos,
a nuestra formación, fortalezas y limitaciones, problemáticas
personales, sociales y académicas que están de telón de fondo de
toda investigación.
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279

�Esnedy Zuluaga / Sobre Ensayos de historia intelectual

El último capítulo, a cargo de Andrés Alejandro Londoño
Tamayo, estudia desde la historia intelectual un expediente criminal
contra el impresor liberal Manuel Antonio Balcázar por delito de
imprenta en la Medellín de 1846. El expediente criminal es una
fuente poco estudiada en las ciencias sociales, pero la apertura
disciplinaria a la que se abre la historia intelectual le permite al
autor explorar en la construcción de perfiles (de las ideas de un
intelectual) e indaga en la actividad y práctica judicial de la época.
El carácter ideológico de los operadores de la justicia, la descripción
del hecho delictivo, las estrategias de defensa, la opinión pública, la
libertad de prensa, la incriminación son algunos de los elementos
que evidencian la cultura judicial que dan cuenta de la tensión entre
el mundo editorial, la política y la religión.
No es gratuito que el capítulo de Londoño Tamayo cierre
el libro. Dentro de los planteamientos de este proyecto colectivo es
el aporte diferenciado en tanto es el único que emplea un archivo
judicial como fuente para la historia intelectual. De igual manera
el volumen en conjunto es de una singularidad única en el ámbito
nacional, si bien existen importantes trabajos en este campo de
estudios en construcción es el primero en términos colectivos que
reflexiona en las metodologías. Es un material invaluable para que
un estudiante lea ejemplos tangibles que le sirvan como modelo e
inspiración de sus trabajos. Sin embargo, es importante mencionar
por lo menos los libros de Gilberto Loaiza Cano (Manuel Ancízar
y su época (1811-1882) (2004) y El poder letrado en Colombia (2014),
Renán Silva (Los ilustrados de la Nueva Granada, 1760-1908 (2002)),
Ricardo Arias Trujillo (Los Leopardos una historia intelectual de los
años 1920 (2013)) y Juan Guillermo Gómez (Cultura intelectual de
resistencia (2005)).
280

DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-13

�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

Enhorabuena aparece una propuesta que reflexiona en
las metodologías de la historia intelectual en consonancia con
una dinámica grupal. Una de las pruebas es la manera orgánica
como referencian las investigaciones de los otros en sus propios
capítulos. Comparten el interés por consultar archivos de todo tipo,
que les permiten acceder a cartas, diarios, periódicos, entrevistas,
manuscritos, actas de nacimiento, partidas de bautismo, testimonios,
publicaciones y hasta expedientes criminales como fuentes para el
estudio intelectual. Pero la ausencia de un archivo físico tampoco
es impedimento para el investigador. Parte de la concepción de la
historia intelectual permite ampliar el espectro a fuentes de otra
naturaleza como las orales, el canto, la danza, los objetos y de un
sinnúmero de elementos que solo tienen sentido en la forma como
se trate la hipótesis de investigación. Finalmente, el investigador es
el que da sentido al material al que puede acceder, es él quien crea
el archivo en la medida que lo consulta, descubre, copia, conserva,
estudia y difunde en el marco de su trabajo.
Esnedy Zuluaga

DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-13

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�Reseñas
Humanitas, vol. 1, núm. 2, 2022

Edwidge Danticat: crear peligrosamente
Edwidge Danticat: Crear en peligro: el trabajo
del artista migrante, traducción de Lucía Stecher
y Thomas Rothe, Santiago de Chile: Editorial
Banda Propia 2019, 199 páginas.
Edwidge Danticat: Claire de Luz Marina,
traducción de Lucía Stecher y Thomas Rothe,
Santiago de Chile: Editorial Banda Propia
2021, 254 páginas.
Fecha entrega: 31-01-2022 / Fecha aceptación: 11-2-2022

La madrugada del 07 julio del 2021, Jovenel Moïse, el presidente de
Haití, fue asesinado a tiros en su residencia privada. El magnicidio
conmovió al mundo entero y, por unas semanas, el país caribeño
estuvo en el ojo del huracán. Luego, el olvido se cerniría nuevamente
sobre aquella porción de isla de la cual tenemos noticias de tanto
en tanto, a propósito de sus desastres naturales, sus convulsiones
políticas, su compleja realidad social y económica o sus migraciones
(recuérdense las brutales imágenes de agentes fronterizos
persiguiendo a caballo a migrantes haitianos en la frontera del Río
283

�Leonardo Pérez Díaz / Edwidge Danticat: crear peligrosamente

Grande en EEUU, difundidas en septiembre de 2021 por los medios
de comunicación). ¿Pero estas mediáticas imágenes contribuyen al
conocimiento profundo del país que hace 218 años se transformó
en la primera nación independiente de América Latina, cuya
revolución fue tanto o más gloriosa -y radical- que la francesa? ¿Qué
expresiones culturales y artísticas ha producido esta tierra dolorosa
desde ese simbólico momento? ¿Qué genealogía de intelectuales,
escritores y escritoras se ha gestado en su suelo? Como miembros
de una comunidad de habla hispana, tendemos a centrar nuestra
atención en aquellas obras y creadores/as que comparten nuestra
lengua, excluyendo o dando un tratamiento más ocasional a otras
literaturas (no hegemónicas) que, sin embargo, tienen en común con
la nuestra bastante más de lo que creemos. La literatura haitiana es
un ejemplo de aquello.
En estas líneas acometo un doble propósito: dar cuenta de
dos obras de la escritora haitiano-estadounidense Edwidge Danticat
(Puerto Príncipe, 1969). Por un lado, el libro de ensayos Crear en
peligro: el trabajo del artista migrante (2019) y, por otro, la novela Claire
de Luz Marina (2021). Ambas han sido recientemente editadas en
Chile. No es menor señalar que el empeño editorial de Banda Propia
es pionero, dado que por vez primera estas dos obras son traducidas
para el público de habla hispana. No obstante, la trayectoria
literaria de Danticat tiene larga data: se inicia con la publicación
de la novela Palabras, Ojos, Memoria (1994) y continúa a lo largo de
casi tres décadas con una producción que incluye novelas, varias
colecciones de cuentos, relatos para jóvenes, poemas, artículos de
prensa, ensayos, inclusiones en antologías, importantes premios
(National Book Awards, National Critics Circle Award, Neustadt
International Prize, entre otros) y apariciones públicas en diversos
284

DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-12

�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

medios de comunicación. Nacida y educada en su primera infancia
en Haití, Danticat emigra hacia EE. UU. a los doce años y comienza
a escribir en lengua inglesa, aunque con un sustrato latente de creol
y francés, lo cual da cuenta de la multiculturalidad de su perspectiva.
Su trabajo está estrechamente vinculado a la realidad haitiana; los
problemas de la isla, su herencia histórica (americana, francesa,
africana), sus tradiciones (la oralidad aparece una y otra vez en sus
relatos), su naturaleza feraz y accidentada, la migración y la diáspora
en EE. UU., las relaciones marcadas por la violencia (a nivel político,
social, familiar) son tópicos recurrentes en su obra.
En Crear en peligro: el trabajo del artista migrante Danticat
reflexiona largamente sobre la creación artística en momentos de
crisis, violencia y diáspora: “Crear en peligro para gente que lee en
peligro. Siempre pensé que eso era lo que significaba ser escritor.
Escribir sabiendo que, sin importar cuán triviales parezcan tus
palabras, algún día, en algún lugar, alguien podría arriesgar su vida
para leerlas” (20). A través de los 12 ensayos que componen el libro,
la autora nos va presentando una verdadera galería de personajes
(haitianos en su mayoría, activistas, escritores/as, pintores,
fotógrafos) que han creado peligrosamente. El ensayo que inaugura
el libro —y le da título– trata acerca de lo que Danticat considera
su propio “mito de creación”: la ejecución de dos jóvenes haitianos
exiliados (Marcel Numa y Louis Drouin) que en 1964 dejaron su
vida en EE. UU. para convertirse en guerrilleros y luchar contra el
dictador François Duvalier. A partir de ese hecho, la autora reflexiona
sobre la vida y la muerte, la patria y el exilio, la migración y el destino
de Haití en aquellos años en los que “Papa Doc” Duvalier y su
cuerpo privado de seguridad, los tonton macoutes, sembraron el horror
en la sociedad haitiana. Desde luego en aquellos años la literatura
DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-12

285

�Leonardo Pérez Díaz / Edwidge Danticat: crear peligrosamente

jugó un rol esencial como forma de resistencia y de humanización,
ante la barbarie imperante. A pesar de los arrestos, las ejecuciones
y la vigilancia, tanto los/las lectores/as como los/as autores/as
pudieron “encontrar el coraje”, la valentía de leer o escribir una obra
prohibida. Según Danticat, se trata de “crear rebelándose contra el
silencio”, aun cuando la lectura y la escritura se vuelvan actividades
peligrosas porque desafían un mandato.
Una de las líneas de reflexión desarrolladas en los ensayos
tiene que ver con la propia autora y su biografía como artista
migrante. Así, en “Camina derecho” narra su viaje a las montañas
a ver a su tía Tante Ilyana, una campesina que a su manera la honra
como escritora llamándola jounalis, periodista. En la misma ocasión,
Danticat reflexiona sobre su oficio escritural y le escribe una
carta a Sophie, la protagonista de su primera novela (fuertemente
cuestionada en Haití por ciertos sectores). Y en “Hijas de la
memoria”, la autora rememora sus primeras lecturas realizadas en
la Biblioteca de Brooklyn, EE. UU., buscando un contacto con sus
orígenes, su tierra natal: Jacques Roumain, Jan J. Dominique y Marie
Vieux-Chauvet se convierten así en sus parientes literarios y ella se
inserta en una genealogía de escritoras haitianas.
Otra de las líneas se relaciona con las biografías de artistas
migrantes que crearon en peligro, en las circunstancias más adversas.
En “Vuelo a casa”, Danticat vincula el ataque terrorista a las torres
gemelas con la vida y obra del escultor Michael Richards, nacido en
Kingston (Jamaica) y fallecido en ese atentado. La obra de Richards
representa a hombres alienados y que no son reconocidos, lo que
expresa sus propios sentimientos existenciales como hombre negro,
artista e inmigrante. Otros artistas que Danticat cita y homenajea en
similares términos son los pintores Héctor Hyppolite y Jean-Michel
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DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-12

�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

Basquiat (“Fantasmas acogedores”) o el fotógrafo Daniel Morel
(“Acheiropoietos”), todos de procedencia haitiana.
En estos ensayos, tampoco está exenta la discusión sobre
Haití y sus vicisitudes. En “No soy periodista”, se problematiza el
exilio y la violencia política a través de la narración del asesinato
de Jean Dominique, un destacado periodista radial y comentarista
político de Haití, además de amigo de Danticat. Estos temas se
tratan también en “Alzo la voz”, ensayo que expone el desgarrador
testimonio de Alérte Betance, una mujer mutilada por un grupo
paramilitar que debe refugiarse en Brooklyn. En “Bicentenario”,
se reflexiona sobre la Revolución Haitiana y, a partir de ella, se
realiza un balance tras el aniversario de los 200 años de aquella
rebelión negra que fue pionera en el mundo entero y que marcó
el destino y la identidad de la joven nación. El libro finaliza con
el ensayo “Nuestra Guernica”, en donde la autora viaja a Haití,
luego del terremoto de 2010, para cooperar en la búsqueda de su
primo Maxo que ha sido sepultado por un derrumbe. Un texto
emotivo atravesado por la muerte (“la vida, como la muerte, solo
dura yon ti noman, un breve momento”), la vulnerabilidad de la isla
(“el país puede tener estabilidad en un momento y derrumbarse en
otro”), el replanteamiento de su misión como escritora (“ser una
caja de resonancia, que juntaba y luego reproducía las voces de la
devastación”) o la denuncia del racismo de Estados Unidos ante
una posible avalancha migratoria (“mar adentro hay barcos de la
Guardia Costera estadounidense, cuyo rol es interceptar a cualquier
haitiano que trate de tomar una lancha hacia Estados Unidos”).
Por su parte, Claire de Luz Marina es una novela que aborda
el drama de un padre, un humilde pescador que se ve obligado a
entregar a su hija –Claire— a Madame Gaëlle. Este hecho refleja
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287

�Leonardo Pérez Díaz / Edwidge Danticat: crear peligrosamente

una práctica real, que está enraizada en ciertos sectores rurales de
Haití: las familias pobres entregan a sus hijos a familias de mejor
situación económica, con la esperanza de que tengan un mejor
futuro. Son los restavek, niños de entre 5 y 17 años que –al contrario
de la intención original de sus padres– ocupan habitualmente un rol
de servidumbre al llegar a una nueva familia: la mayoría no asiste a
la escuela, realizan tareas peligrosas y están expuestos a todo tipo de
abusos físicos, sicológicos y sexuales (Unicef).
La noche que Nozias, el padre de Claire, toma la difícil
decisión de entregar a la niña, esta huye por la playa en dirección
desconocida. Este hecho constituye el nudo central del relato. A
partir de esta circunstancia, la voz narrativa va asumiendo distintas
perspectivas, de acuerdo a cada uno de los personajes que nos
presenta: el pescador Nozias, atormentado por los recuerdos de su
esposa (muerta en el parto) y por la culpa de entregar a Claire;
Madame Gaëlle, comerciante acaudalada que ha sufrido la pérdida
de su esposo e hija; Bernard, un joven pobre que sin quererlo se
ve involucrado con las pandillas o quimeras de Cité Pendue; Max
Ardin jr., joven rico que, apoyado por su familia, sigue las lógicas
abusivas propias de la clase alta; Louise George, insigne locutora de
radio de una emisora local, en cuyo programa se escuchan historias
y se revelan verdades; Flore Voltaire, una joven que en su pasado de
restavek fue violada y se convirtió en madre y ahora debe proteger a
su hijo; y Claire, una niña de siete años, cuya madre muerta solo es
un recuerdo en los labios de otros y que, cada año que pasa, teme ser
entregada por su padre a otra familia.
Todos estos personajes entrecruzan sus destinos en Ville
Rose, un pueblo ficticio (como el Macondo de García Márquez, la
Comala de Juan Rulfo o la Santa Teresa de Bolaño) cuyo perímetro,
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DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-12

�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

visto desde las alturas, se asemeja a una rosa tropical. “En Villa Rose
vivían aproximadamente once mil personas, de las cuales un cinco por
ciento era rico o acomodado. El resto era pobre, algunos pobrísimos.
Muchos no tenían trabajo, otros eran campesinos o pescadores
(algunos eran ambas cosas) o temporeros en las plantaciones de caña”
(17). Trasunto, imagen vívida, metáfora de Haití creada por Danticat y
que aparece también en otros de sus relatos.
El eje central de la novela es la relación padre-hija en un
contexto de precariedad y violencia. Si bien Nozias ama a su hija
y busca su bienestar, son las circunstancias sociales, la miseria
imperante, las que lo llevan a tomar la dolorosa decisión de regalarla
a otra familia. Hay una crítica soterrada, una denuncia implícita hacia
la violencia institucional de un Estado que abandona a las familias
a su suerte y estas, en su desesperación, convierten a sus niños en
restavek con el objetivo (aparente) de darles una mejor vida.
A la vez que el tema central se desarrolla, van apareciendo en
la novela otros asuntos que dan cuenta de la realidad de Haití, pero que
tienen la virtud de traspasar el ámbito local para hacerse universales
(o a lo menos, muy atingentes a la realidad latinoamericana): la
maternidad y sus complejidades; la pérdida y el posterior trauma;
el problema de las pandillas de las barriadas pobres, sus causas y
los efectos que provocan en el tejido social; la imposibilidad de
obtener justicia en una sociedad corrupta; la extrema pobreza y la
desesperada lucha por la sobrevivencia en el gueto; las elites y sus
lógicas abusivas; la sumisión de los pobres ante los poderosos; la
migración a Estados Unidos y la vida en la diáspora. Pero también
la exuberante y magnífica naturaleza, la fuerza y belleza del mar, las
tradiciones orales de los pescadores, la solidaridad de los humildes,
la importancia de la radio como medio de comunicación en Haití.
DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-12

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�Leonardo Pérez Díaz / Edwidge Danticat: crear peligrosamente

Claire de Luz Marina es una novela con oficio: elaborada con
una sabia arquitectura, la voz narrativa va tejiendo (en el sentido
etimológico de la palabra texto: textum, tejido) las existencias
de los habitantes de Villa Rose, anudando de manera magistral
los diferentes destinos de los personajes del relato. La capacidad
de la narradora de abordar una misma situación desde distintas
perspectivas genera un efecto muy sugestivo: la realidad tiene
distintas capas y la narración penetra en cada una de ellas, en un
movimiento concéntrico que posibilita comprender las situaciones
y emociones en toda su complejidad. Como lectores, asistimos al
drama íntimo de la existencia humana que se gesta en el pequeño
poblado de Ville Rose.
Otro elemento para destacar en la obra es la delicada poesía
de la prosa de Danticat. Las imágenes marinas son recurrentes:
“Remó hacia ella y su rostro se relajó cuando vio lo que había
llamado su atención. Estaba rodeada por un brillo deslumbrante.
Era como si en ese lugar el mar se iluminara desde la profundidad
(…) En ese momento era su Lasirèn, su diosa marina de cuerpo
largo y oscuro, de cabellos largos” (45). El mismo nombre de la
niña, Claire Limyè Lanmè: “…era el tipo de nombre que se puede
encontrar en poemas o en cartas de amor, o en canciones. Era un
nombre de amor, no de venganza. Era el tipo de nombre que tenía
el poder de controlar la salida del sol” (129). El estilo de Danticat
alcanza, en ocasiones como éstas, una gran fuerza lírica.
Por último, es destacable el formidable trabajo de traducción
al español de esta novela, ya que, si bien Danticat escribió la versión
original en inglés, el texto contiene abundantes expresiones,
canciones y poemas en creol y francés, reflejo de la visión de
mundo y la cultura representada en la obra. Frente a estos rasgos
290

DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-12

�Humanitas, vol. 1, núm. 2, enero-junio, 2022

plurilingües de la escritura de Danticat, la edición comentada respeta
la propuesta estética de la autora y para el lector de habla hispana no
existe dificultad alguna con relación a la comprensión.
En suma, ambas obras constituyen una magnífica
oportunidad para quienes deseen acercarse al universo cultural
de Haití y a la producción de una de las escritoras haitianas más
celebradas en los últimos años. A su vez, no me cabe duda de que
la lectura de Danticat contribuirá a la comprensión e integración
de la creciente comunidad haitiana que, en los últimos años, ha
migrado a diferentes países de Latinoamérica en busca de nuevas
oportunidades de vida.
Leonardo Pérez Díaz

DOI https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.2-12

291

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              <text>Crítica Literaria</text>
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              <text>Heredera del Anuario Humanitas, publicación emblemática del Centro de Estudios Humanísticos de la UANL creada en 1960, Humanitas. Revista de Teoría, Crítica y Estudios Literarios responde ahora a la necesidad de la diversificación de enfoques y acercamiento a la literatura en y desde el ámbito latinoamericano.</text>
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              <text>Barrera Enderle, Víctor, Director de la Revista</text>
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              <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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      <name>Sonidos Mónica Ojeda</name>
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