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                  <text>HU M A N I TA S
ISSN: 2683-3247

R E V I S TA D E T E O R Í A , C R Í T I C A Y E S T U D I O S L I T E R A R I O S

VOL. 2 NÚM. 4
JULIO-DICIEMBRE
2023

CENTRO
ESTUDIOS
HUMANÍSTICOS

�Humanitas
Revista de Teoría, Crítica y Estudios Literarios
http://humanitas.uanl.mx/
El espacio del cuerpo a través de la escritura del
diario: una aproximación al Yo fragmentado en
Diario del dolor, de María Luisa Puga
The body’s space through the diary’s writing: an
approach to split self on Diario del dolor, by
María Luisa Puga
Jonathan Gutiérrez Hibler
Universidad Autónoma de Nuevo León
Monterrey, México
orcid.org/0000-0002-7686-7896

Fecha entrega: 18-1-2023 Fecha aceptación: 22-2-2023

Editor: Víctor Barrera Enderle. Universidad Autónoma de Nuevo
León, Centro de Estudios Humanísticos, Monterrey, Nuevo León,
México.
Copyright: © 2023, Jonathan Gutiérrez Hibler. This is an openaccess article distributed under the terms of Creative Commons
Attribution License [CC BY 4.0], which permits unrestricted
use, distribution, and reproduction in any medium, provided the
original author and source are credited.

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-45
Email: jonathan.gutierrezhr@uanl.edu.mx

�P re s e n t a c i ó n
Humanitas, vol. 2, núm. 4, 2023

Con la publicación de este cuarto número, Humanitas. Revista de
Teoría, Crítica y Estudios Literarios confirma su vocación plural, su
sentido crítico y su ánimo exploratorio del universo literario. Ante la
fluidez y fragmentación permanentes de los tiempos actuales, y sus
heteróclitas manifestaciones artísticas y culturales, la mirada reflexiva
se aguza y ajusta sus lentes, ensayando diversas y variadas formas de
aproximación. La tabla de contenidos de este número así lo atestigua.
En la sección de “Artículos” presentamos tres agudas reflexiones
sobre autores latinoamericanos y temas literarios. Jonathan Gutíérrez
Hibler aborda, desde el amplio abanico de la narratología, el Diario del
dolor de la desaparecida escritora mexicana María Luisa Puga; Jorge
Saucedo analiza a profundidad la sacralidad en la poesía del peruano
José Watanabe; y Ricardo Damián Aguirre Garza se hace cargo del
tema de la lectura y la reflexión vía la hermenéutica literaria.
En esta ocasión contamos con el dossier “Perspectivas
críticas de los géneros de la literatura popular: policiaco y literatura
especulativa en Hispanoamérica”, coordinado por los académicos
y escritores Francesco Di Bernardo y Luis Miguel Estrada de la
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. El dossier cuenta con
siete ensayos que exploran y explican la implantación, el desarrollo
y las particularidades de estos géneros otrora considerados como
“expresiones menores” de la literatura y ahora reivindicados
unánimemente. Creadoras y autores como Fernanda Melchor,
Claudia Piñero y Fernando del Paso y antologías emblemáticas
como Más allá de lo imaginado, de Federico Schaffler, son puestos
bajo la lupa en este apartado.
11

�Víctor Barrera Enderle / Presentación

En la sección de “Notas” publicamos dos ensayos escritos
por jóvenes investigadoras. El primer trabajo es una reflexión crítica
del pensamiento de Charlotte Brunsdon, a través de la traducción de
un fragmento de su célebre ensayo Screen Tastes: Soap Opera to Satellite
Dishes (1997), realizada por Karime Anguiano, Jessica Polina y Sandy
Santos; y Ángeles Serna estudia el tema de la violencia patriarcal a
través de su lectura de la novela Las Violetas son flores del deseo, de Ana
Clavel.
Finalmente, en la sección de “Reseñas”, Ignacio Ballester
nos informa de la aparición del libro Primer infolio de las vidas reunidas
de Almería Smarck, de la poeta Diana Garza Islas.
El espectro de la publicación es, como hemos podido
comprobar, amplio y diverso, lo que nos revela, por una parte,
la vitalidad de la literatura latinoamericana (en la era de las
incertidumbres, de las variables de formato y de soporte, de
los cambios de la función literaria, y de la hegemonía de la
postautonomía), y, por otra, de la riqueza de enfoques críticos que
ha estimulado.
Víctor Barrera Enderle

12

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas1.1-1

�Artículos
Humanitas, vol. 2, núm. 4, 2023

El espacio del cuerpo a través de la escritura del
diario: una aproximación al Yo fragmentado en
Diario del dolor, de María Luisa Puga
The body’s space through the diary’s writing: an
approach to split self on Diario del dolor, by María
Luisa Puga
Jonathan Gutiérrez Hibler
Universidad Autónoma de Nuevo León
Monterrey, México
ORCID: 0000-0002-7686-7896
jonathan.gutierrezhr@uanl.edu.mx

Fecha de entrega: 18-01-2023 / Fecha de aceptación: 22-02-2023
Resumen: Este artículo analiza las dimensiones y representación del
cuerpo a partir del espacio de la ficción. El diálogo con la enfermedad,
por medio de la escritura, se convierte en un fenómeno de expansión
textual a lo largo de Diario del dolor (2004), de la autora María Luisa Puga.
La consciencia del acto de escritura por parte de la narradora permite
una metaforización del cuerpo donde las emociones ponen en contacto
el dolor individual como un punto de partida para entender el dolor
de la cultura. En el presente trabajo se parte del concepto de espacio
literario, de Mauricio Blanchot, concretamente sus reflexiones en torno al
fenómeno del diario. Este punto de partida se complementa con el discurso
representado desde la perspectiva de Luz Aurora Pimentel, respecto

15

�Jonathan Gutiérrez Hibler / El espacio del cuerpo a través de la escritura del diario

al pantónimo como un elemento clave en la descripción. El corpus de
análisis consiste en diferentes fragmentos de esta obra donde el acto de
escribir aparece de forma explícita y cómo éste afecta la construcción del
espacio del diario a partir del diálogo con Dolor (narratario de la obra).
Palabras clave: Diario, María Luisa Puga, espacio literario, descripción,
dolor, emoción.
Abstract: The following paper analyses the dimensions and representation
of the body through the space of fiction. The dialogue in the book
between the narrator and the disease, with the use of writing, becomes a
textual expansion phenomenon in Diario del dolor (2004), by María Luisa
Puga. The narrator’s consciousness of writing allows a metaphorization
of the body in which the emotions allow individual pain to be a way to
understand culture’s pain. The following paper takes Maurice Blanchot’s
point of view of literary space, specifically his reflections on the diary
as a phenomenon of the writer. This approach will be supplemented
with represented discourse from the perspective of Luz Aurora Pimentel
about pantonime as a key element in description. The fragments that are
analyzed in this work are the ones in which writing is an explicit action:
writing, as an act, will have consequences on the built of fictional space by
the dialogue with Dolor (receptor in the novel).
Key words: Diary, María Luisa Puga, literary space , description, pain,
emotion.

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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-45

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

El presente trabajo analiza el cuerpo como un espacio de emociones
que parten de una enfermedad: la artritis reumatoide. Diario del dolor
(2004), de María Luisa Puga, sigue un género clínico de diarios que
registran el dolor y las emociones de pacientes médicos por medio
de la escritura. Sin embargo, en el caso de Puga, hay una consciencia
acerca del acto de escribir en diferentes dimensiones, desde lo
instrumental hasta lo artístico-reflexivo. El dolor es representado por
una propuesta del espacio literario a través del cuerpo y las emociones.
Para efectos de este análisis, se tendrá como base el concepto de
diario, por parte de Maurice Blanchot, en El espacio literario, y en
el pantónimo, según la teoría de la descripción propuesta por Luz
Aurora Pimentel en El espacio de la ficción. Las emociones, en el texto
de María Luisa Puga, se convierten en un fenómeno de expansión
textual en torno al diálogo de la escritura con la enfermedad, creando
especies de órbitas en torno a la narradora del diario.
Con base en esto, se compara y contrasta este marco teórico
con fragmentos del texto de Puga, específicamente aquellos donde la
escritura aparece de forma explícita, como sucede con los fragmentos
64, 89, 90 y 94. El objetivo de este trabajo consiste en describir
cómo la escritura metaforiza el espacio del cuerpo y lo lleva a otros
fenómenos: la expansión de las emociones va más allá de éste, pues su
percepción es una síntesis de la interpretación del dolor en la cultura.
El diario como espacio literario: escribir lo interminable
El espacio literario se considera como la escritura, a partir de Blanchot,
distinto al espacio de la ficción—desde la teoría de la descripción—,
tal como se verá más adelante en el apartado dedicado a este segundo
fenómeno. Partiendo de lo anterior, escribir lo interminable, cuando
se trata de una enfermedad como la artritis reumatoide, parece algo
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-45

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�Jonathan Gutiérrez Hibler / El espacio del cuerpo a través de la escritura del diario

irónico cuando se conoce el desenlace de la vida de María Luisa Puga—
todavía más si atendemos a los fragmentos donde Dolor todavía no
tiene nombre, justo como sucede en su obra Diario del dolor—.
La soledad está en la escritura y ese mismo acto es el que
parece incesante, interminable, de acuerdo con Blanchot. En lugar
de crear un vínculo con la palabra, parece que lo rompe porque ésta
crea una fijación de algo y es la escritura la que entra como un corte,
algo similar a la enfermedad que demarca la percepción de un Yo
dentro de la continuidad de su vida. Para Blanchot, el escribir agrega
algo a esa ruptura del vínculo entre la palabra y el acto mismo:
Además, es retirar el lenguaje del curso del mundo, despojarlo de
lo que hace de él un poder por el cual, si hablo, es el mundo que se
habla, es el día que se edifica por el trabajo, la acción y el tiempo.
(1994: 20)

Mediante la escritura se renuncia a decir Yo, pero esto no es
algo absoluto, no es un corte de enajenación, sino que se trata de un
acto de alteridad. Al escribir se entra en el plano de la duplicidad, el
de los desdoblamientos desde el Yo: en Diario del dolor, de María Luisa
Puga, éstos se darán en diferentes relaciones, ya sea con Dolor, los
espacios físicos de espera, los espacios de la escritura o los objetos
como espacio de diálogo con el cuerpo. Incluso Dolor (narratario)
tendrá sentimientos en el espacio literario de este diario.
Sin embargo, lo interminable en la escritura se refiere a lo
que no se puede dejar de hablar. Frente a ese curso del mundo que
menciona Blanchot, la estridencia de que nos escribe, se propone el
silencio de la escritura como un espacio donde quien escribe se vuelve
sensible. En una enfermedad, el cuerpo se sumerge en aparatos
discursivos y espacios de producción discursiva: el estigma, la
18

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-45

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

intervención del cuerpo por parte de otros, instituciones nombrando
la enfermedad en medio de una burocracia, los sentimientos de los
familiares, entre otros tantos elementos que se asemejan a un ruido
intenso que no permite que se escuche la voz de la emoción. Para
Blanchot, este silencio “…es el recurso de su dominio, ese derecho
de intervenir que conserva la mano que no escribe, la parte de
sí mismo que siempre puede decir no y que cuando es necesario
recurre al tiempo y restaura el porvenir” (1994: 21). La desaparición
de sí, por parte de quien escribe, en la hoja en blanco (material o
digital), es una forma de recuperar ese dominio. La fragmentación
del Yo no es una destrucción de sí, en la escritura literaria, sino una
estrategia para regresar a ese dominio: el Yo es múltiple y comienza
a hablar cuando se elige este silencio de la escritura.
Sin embargo, es muy interesante cómo Blanchot plantea
que el escritor—concretamente los artistas franceses—sacrifican la
palabra individual para llegar a lo universal, como si lo individual
fuese una especie de capricho y no un punto de partida para su
relación con la verdad, pues ésta parece estar más allá del tiempo
presente y de quien vive. La escritura involucra la razón, pero sobre
todo un tipo de razón que se desplaza como orden. Para Blanchot
parece que la literatura satisface a una parte de la sociedad que lo
concentra todo y se mantiene alejada y encima de lo que la hace vivir.
La escritura, como acto de alteridad, aunque tenga un Yo
explícito, se trata de diferentes versiones de un Yo disuelto en un Él
implícito o a veces explícito, según las marcas que vayan brotando
en la hoja en blanco. Escribir: “No va hacia un mundo más seguro,
más hermoso, mejor justificado, donde todo se ordenaría según la
claridad de un día justo. No descubre el hermoso lenguaje que habla
honorablemente para todos” (Blanchot, 1994: 22). Ese Él en el que
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-45

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�Jonathan Gutiérrez Hibler / El espacio del cuerpo a través de la escritura del diario

se convierte el Yo es una alteridad: la fragmentación es parte del
proceso de escritura.
Lo interesante es cuando aparece un soporte de la escritura
como espacio literario y es el concepto de diario, lo que Blanchot
llama “El recurso al diario”. El diario es visto como una forma de
mantener la relación de quien escribe consigo, como si las ficciones
más visibilizadas disolvieran el Yo y mediante éste fuera posible
encontrar un espacio donde la alteridad no devore esta imagen o
certeza de quién es:
El Diario no es esencialmente confesión, relato de sí mismo. Es
un Memorial ¿Qué debe recordar el escritor? Debe recordarse a sí
mismo, al que es cuando no escribe, cuando vive la vida cotidiana,
cuando está vivo y verdadero y no moribundo y sin verdad. Pero
el medio que utiliza para recordarse a sí mismo es, cosa extraña, el
elemento mismo del olvido: escribir. (1994: 22)

La verdad de quien escribe estará, para Blanchot, en las
cosas insignificantes. Lo importante en el Diario es la construcción
de puntos de referencia frente “a la peligrosa metamorfosis a la que
está expuesto” (22).
En el Diario hay una serie de elementos existenciales frente
a la estridencia del discurso que termina escribiéndonos como
personas. Para Blanchot, se trata de un libro solitario, sólo en
apariencia, pues la escritura es efecto de la angustia y el miedo a
esta condición llamada soledad. Parece ser que ésta sólo se crea a
partir de la obra, pero no es así, única, pues la enfermedad aparece
dentro de esa angustia, pero en forma de escritura. “El Diario
arraiga el movimiento de escribir en el tiempo, en la humildad de lo
20

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-45

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

cotidiano fechado y preservado por su fecha” (23). En sí, Blanchot
señala que lo que se escribe tiene otra dinámica, a diferencia de
otras ficciones, porque la preocupación por lo verdadero parece no
ser una preocupación central: “…quien escribe ya no es capaz de
pertenecer al tiempo por la firmeza ordinario de la acción, por la
comunidad del trabajo, del oficio, por la simplicidad de la palabra
íntima, la fuerza de la irreflexión” (22). En el Diario descrito por
Blanchot está la preocupación de los días, de lo cotidiano de quien
se dedica a escribir. La construcción del tiempo o la ausencia de
éste señalada será un poco distinta a lo que se observa en Diario del
dolor, de María Luisa Puga, por diferentes detalles: 1) no hay fechas
explícitas, sólo fragmentos, y 2) la percepción del tiempo aparece
dentro de los fragmentos, no como una cronología (algo lineal), sino
como una palabra íntima frente al presente y el tiempo del dolor: un
tiempo compartido con Dolor (narratario), la voz de la narradora y
quienes aparecen en su espacio literario.
Sin embargo, Blanchot comenta todo lo anterior con base
en el diario como un espacio que pertenece a un grupo selecto: los
escritores, como artistas, por su oficio. Este concepto se limita a una
apreciación del diario como espacio universal, con una definición
de la escritura como extensión de la mirada de Orfeo: escribir es
un descenso al inframundo, con un aprendizaje dantesco en esta
especie de viaje, pues involucra una mirada. Con base en lo anterior,
a la definición de Blanchot habría que agregarle el concepto de
un diario del dolor, entendido como un instrumento terapéutico
en el tratamiento de las emociones frente a enfermedades por
parte de alguien. El Pain Diary o diario del dolor tiene una gama
de seguimiento en el registro de las molestias de una persona que
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-45

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�Jonathan Gutiérrez Hibler / El espacio del cuerpo a través de la escritura del diario

padece una enfermedad: existen los que registran escalas de dolor y
otros la experiencia de las emociones, en sus diferentes variaciones
y propuestas. Por ejemplo:
Esta modalidad de documento terapéutico permite aliviar la
carga emocional del paciente y dar paso al proceso reflexivo.
Los eventos desestabilizadores generan emociones fuertes que
dominan la conciencia e impiden la reflexión. La razón y la
emoción deben encontrarse en el mismo nivel de conciencia para
que pueda darse la reflexión, ya que es la razón la que organiza a
las emociones y hace viable su expresión a través de una conducta
ética. De esta forma, cuando un paciente refiere una historia
saturada de dolor, miedo, sufrimiento, ansiedad, etcétera, le
solicito que todos los días se tome el tiempo de escribir en torno
a las emociones que lo acompañaron durante el día, qué eventos
sucedieron y qué emociones le generaron. Esto permite no solo
la expresión de la emoción, sino la introducción paulatina de la
razón, que va ordenando los eventos y emociones del día y con
esto transformando los significados, lo cual genera el proceso de
reflexión. (Reyes-Iraola, 2014: 508)

Los diarios del dolor, en sus diferentes representaciones,
sirven como un instrumento enfocado a este fenómeno y,
dependiendo el tipo, puede observarse una intencionalidad del
registro. Los hay como el de la definición citada anteriormente y
otros que sólo toman escaladas de lo que siente el paciente, dónde
y qué tan intenso es.
A la perspectiva de Blanchot es necesario agregarle este
concepto de diario debido a que se enfoca en una vivencia personal
por parte de quien padece una enfermedad: un fenómeno universal
que puede manifestarse desde lo individual. En el caso de Diario del
dolor, se encuentra este espacio donde las emociones se plantean
a partir de la reflexión, es decir, razón y emoción conviven en
22

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-45

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

Ejemplo de diario del dolor, Pain diary (American Cancer Society)

diferentes niveles por medio de un instrumento que registra esta
experiencia. La enfermedad no siempre permite que la percepción
del tiempo sea la misma que la de un diario como el que plantea
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-45

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�Jonathan Gutiérrez Hibler / El espacio del cuerpo a través de la escritura del diario

Blanchot. Lo segundo más es importante es tomar en cuenta de que
se trata, en el caso de María Luisa Puga, de una paciente con artritis
ordenando su experiencia desde la consciencia de la escritura como
un acto de alteridad frente a lo interrumpible. El dolor existe y se
ordena a través de otro espacio: el del discurso representado.
El espacio de la ficción: descripción como fenómeno de expansión
Una vez entendido el espacio literario como la escritura, en el
sentido del acto y lo literario, es necesario observar cómo el discurso
narrativo tiene un comportamiento distinto, que complementa el
tratamiento de Blanchot en torno al Diario y el acto de escribir. Si se
mencionó que el diario del dolor, en su vertiente de las emociones,
permite ordenar de manera reflexiva la experiencia del paciente, nos
encontramos frente a una experiencia de mundo donde narración y
descripción entran en contacto.
La descripción, de acuerdo con Luz Aurora Pimentel (2001),
experimenta tres factores para producir coherencia y cohesión en
la construcción de su identidad: 1) su modelo la organiza con el
fin de eliminar todo lo que no concuerde con éste y, por lo tanto,
encontraremos reiteraciones en torno suyo; 2) se establece una
relación dinámica entre el todo y las partes, y de esta manera se evita
la pérdida del conjunto; 3) finalmente, se encuentra el pantónimo
“definido como la permanencia implícita de la nomenclatura a lo
largo de todo el desarrollo descriptivo” (26). En consecuencia, la
descripción se comporta, en un texto literario, como un fenómeno de
expansión textual. Por esta razón, la nomenclatura de una emoción
puede observarse en diferentes objetos, espacios y personas, a
partir del momento en el que nos encontremos de la lectura de un
texto. Para observar esto en Diario del dolor, de María Luisa Puga, es
24

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-45

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

importante tomar nota de estas nomenclaturas y cómo se expanden
y reiteran a lo largo del texto.
La definición que comparte Luz Aurora Pimentel (2001) de
pantónimo proviene de las aportaciones de Phillipe Hamon para
explicar que ésta da cohesión léxica y semántica en todo el texto. En
éste se impone la reiteración de un término y sus extensiones. Esto
quiere decir que, si la narradora de Diario del dolor describe a Dolor
con ciertas extensiones, al humanizarlo (como una prosopopeya con
estilos indirecto y directo), este término, a manera de nombre, puede
extender sus cualidades en otros objetos de la escritura del diario
como espacio literario. Sin embargo, la cohesión no sólo estará en
función de volver legible el texto, sino en el proceso de escritura: las
emociones se metaforizan y es posible ver la extensión semántica de
un objeto A en uno B. Por lo tanto, se rompe con el orden de afuera
y el diario se convierte en una representación del cuerpo a través de
la alteridad: ser otra en el texto, la otra a la que le duele, pero cuya
experiencia es ensordecida por los discursos fuera del texto, lejos
de un objeto representado, que es el cuaderno de la narradora, así
como sus extensiones: computadora o escritorio.
A partir de lo anterior, en torno al pantónimo, Pimentel
toma la siguiente aportación de Phillipe Hamon:
El pantónimo, a la vez que subraya el modelo configurativo del
enunciado descriptivo (tiende a ocupar los márgenes, del inicio
o final de la descripción), focaliza el sentido global del sistema,
desencadena las estrategias de retrospección y de prospección
de la lectura y asegura, por su memorización permanente y su
función anafórica, la legibilidad del texto. (Hamon, 1991: 156)

A esto se le debe agregar las observaciones de Hamon
(1991) sobre la memoria intra-descriptiva en un texto. Es decir,
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-45

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�Jonathan Gutiérrez Hibler / El espacio del cuerpo a través de la escritura del diario

en el caso de Diario del dolor debe observarse cómo se construye la
persistencia de un lexema, como el caso de Dolor, y su persistencia
en la pluralidad de otros lexemas como el enojo, la tristeza, el humor
y la compasión. De esta manera se crean campos próximos y lejanos
dentro de una obra narrativa por medio de la descripción.
Con base en este concepto del pantónimo, Luz Aurora
Pimental agrega a esta equivalencia entre nomenclatura y predicado
las operaciones tonales y las articulaciones ideológicas-simbólicas
de este fenómeno de expansión textual, como sucede con los
calificativos:
Este tipo de calificativos cumple con una importante función tonal;
textualmente, actúan como operadores tonales, cuya redundancia
semántica - porque habrá de notarse que no es exactamente el
mismo lexema el que se repite, sino el mismo campo semántico
al que se afilian todos los diversos lexemas- genera una isotopía
tonal disfórica y desvalorizante. Es esta isotopía tonal la que no
permite, por ejemplo, leer el adjetivo “ilustre” en su sentido literal,
sino que obliga a interpretarlo como una significación irónica, ya
que es el único lexema que apuntaría hacia una isotopía tonal
eufórica - y por lo tanto hacia una valoración- que el resto del
texto desautoriza. (2001: 27)

Aunque Luz Aurora Pimentel parte de un ejemplo de
Balzac, citado al inicio del primer capítulo de El espacio de la ficción,
esta lógica puede trasladarse a otros textos literarios donde las
operaciones tonales cambian el sentido de una palabra que en otros
campos semánticos puedan leerse diferente, esto dependiendo de la
relación con la extensión del lexema. Aunque Dolor y la narradora
comparten el mismo cuerpo, sólo los conocemos por el espacio
literario en juego: el de la escritura.
26

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-45

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

Los elementos citados son la base para entender la proyección
de un texto narrativo a través de sus diferentes sistemas descriptivos.
Lo que ocurre con los nombres comunes en el espacio de la ficción es
un tema de discurso representado. Por esta razón, lo extratextual se ve
desplazado, detalle similar al que señala Blanchot cuando la escritura
corta el movimiento del afuera. Mientras en éste se encuentra una
definición general del acto de escritura, con base en la aportación de
Pimentel se cuenta con un mecanismo particular que tiene relación
con las alteridades. En sí: “…el texto va construyendo su propia
referencia, desplazando así al referente extratextual” (Pimentel, 2001,
p. 38). Lo que para el lector puede significar la palabra dolor, en el libro
de María Luisa Puga se configurara una autorreferencia de Dolorpersonaje y narratario: no pierde en contacto con lo que conocemos
como dolor y crea, al mismo tiempo, un particular con consistencias
individuales en las emociones de la narradora.
Los nombres tendrán un juego, por su construcción y
desplazamiento de referentes reales, a partir de lo intratextual
y lo extratextual. Pimentel señala las diferencias entre el nombre
propio y el nombre común. Sin embargo, los ejemplos citados se
refieren a ciudades y no a sensaciones que pasan por el filtro de la
imaginación, concretamente el de las figuras retóricas. Por tal motivo,
Dolor-personaje debe ser analizado desde estas dos directrices: si
las descripciones de Dolor tienen un referente extratextual, deberá
leerse en función de esta dinámica con el fin de comprender cómo
desplaza esos referentes, pues “La función que cumplen los adjetivos
es precisamente la de particularizar al nombre” (56). Aunque los
adjetivos no tengan referente, como el caso de los nombres, éstos,
en función del pantónimo, podrán expandir el referente interno que
se construye dentro del diario.
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-45

27

�Jonathan Gutiérrez Hibler / El espacio del cuerpo a través de la escritura del diario

Finalmente, para configurar la descripción en un texto
literario, es indispensable observar un elemento en juego: la
repetición. En arte, la repetición no es lo mismo que redundancia,
en el sentido de copia, sino en el de una reiteración que permite la
cohesión y coherencia de la propuesta de mundo. Diario del dolor, de
María Luisa Puga, es una propuesta de un cuerpo en forma de texto,
el Yo se fragmenta, con base en una temporalidad del antes y después
de la enfermedad, para acceder a un espacio que la estridencia de lo
extratextual no permite la reflexión de las emociones, cosa que lo
que está en el texto sí.
Si la descripción, al inicio en su forma de catálogo o
enumeración, aísla los objetos representados, no es con el fin de
excluir otros fenómenos, sino para poder observarlos y reconocerlos
en objetos que han sido construidos por otra experiencia discursiva.
En este sentido, la repetición se presenta por la extensión de los
nombres y la expansión de los adjetivos en diferentes momentos
del proceso de escritura frente a la enfermedad, esto para el caso del
texto de María Luisa Puga:
Es importante subrayar que la configuración descriptiva es una
construcción abstraída de las variaciones que puedan darse en
el nivel de la manifestación lingüística o en el del contenido de
la descripción. Esto quiere decir que objetos diferentes pueden
describirse utilizando una misma configuración, lo cual puede
establecer entre ambas descripciones relaciones significantes de
diversos tipos. (Pimentel, 2001: 74)

La escritura, como espacio literario, construye diferentes
alteridades de un Yo a partir de las mismas configuraciones de la
descripción. En Diario del dolor, se construyen relaciones significantes
28

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-45

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

entre objetos, emociones y sujetos que parecen no tener algo qué
ver fuera de ese espacio ficcional.
En consecuencia, a partir de la repetición, se crean
relaciones de analogía entre objetos, emociones y sujetos distintos.
Por esta razón, éstas “…tienden a articularse de manera metafórica
para reunir diferentes segmentos del relato y conferirles una
dimensión de significado simbólico o ideológico que cada uno
de los segmentos aislados no contiene” (Pimentel, 2001: 87). La
metáfora permitirá la aglutinación de lo que el pantónimo fijó
en los modelos descriptivos presentes en la narración, ésta “…
introduce una imagen estereoscópica, un espacio bi-isotópico
imposible, aunque no por ello menos vívido, ni menos iconizable”
(2001: 90). ¿Qué tienen en común un bastón, una silla con ruedas,
una silla de ruedas, la sala de Nutrición, el escritorio, el cuaderno,
la cabaña y la descripción de Dolor y la imagen que la narradora
tiene de sí? Esto sólo puede explicarse por medio de la metáfora
y ésta se encuentra en la consciencia del acto de escritura además
del instrumento terapéutico de un diario del dolor. El espacio del
cuerpo se proyecta en otros objetos y los objetos se proyectan en
el cuerpo.
Es importante identificar, además de la configuración del
resto de los objetos y emociones, la dinámica que tiene la escritura
en Diario del dolor cuando esta se vuelve explícita dentro del texto.
Por ejemplo, cuando hay una novela en la cabeza (fragmento 17), la
diferencia entre palabras sin sentido y la escritura (fragmento 19),
la escritura como un agente extraño, que supuestamente da orden a
las emociones (fragmento 20) o las preguntas sobre el ser escritora
(fragmento 42), por mencionar sólo algunos de los varios ejemplos
que aparecen en este libro.
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�Jonathan Gutiérrez Hibler / El espacio del cuerpo a través de la escritura del diario

La escritura: metáfora del cuerpo cuando se vuelve
consciente del antes y el porvenir
Para el fragmento 64 el acto de escritura comienza a tomar un
rumbo distinto del que le precede en los anteriores. En realidad,
ésta aparece desde el 17: “La escritura aparece en el pasaje 17 y
tiene dos funciones: evidenciar nuevamente los sentimientos de
desposesión de Puga, y reforzar la función de Dolor como referente
vacío” (Cejudo, 2014: 175). Sin embargo, para el 64 la narradora
ya estableció una descripción clara de Dolor, a quien se refiere en
segunda persona y le ha cuestionado si tiene una especie de fuero
porque no necesita consciencia de su presencia: la paciente-escritora
registra a Dolor, pero éste no tiene la necesidad de registrarla a ella.
Las lágrimas y las risas comienzan a disolver sus fronteras. En el
fragmento 64, se lee lo siguiente:
Cuando voy a escribir algo nuevo, Dolor, merodeo la idea. La trato
de ver desde todos los ángulos que pueda tener. Tú estás haciendo
lo mismo conmigo, ¿no es cierto? Me andas merodeando para ver
cómo me llegas. Ahora te cuesta más trabajo que antes. Era tan
fácil agarrarme desprevenida. (Puga, 2004: 64)

El diálogo con Dolor continúa con la crítica de su nueva
estrategia: la somnolencia, el cansancio de las medicinas y el mismo
dolor prolongándose en el cuerpo de la narradora. En este punto,
puede observarse cómo Dolor se asoma en la escritura asimilando el
mismo proceso: la configuración planteada por el pantónimo en el
fragmento 34, donde aparece el cuaderno como cuerpo y la actitud
misógina de Dolor frente a la escritura, toma un sentido similar al de
la división Yo/Dolor: el Yo se adelgaza, mientras el Dolor engorda
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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

(fragmento 11). Mientras más se repite el dolor y se expande en
el cuaderno como prolongación del cuerpo, el Yo se cuestiona si
Dolor es parte de una naturaleza o si engorda, como si bailara, sólo
para divertirse: “…te juro que si me llego a enterar de que sólo lo
haces para divertirte, VOY A TOMAR MEDIDAS” (64). Como
puede observarse, la tipografía cambia drásticamente, a manera
de mayúsculas, una motivación paralela a la engorda de Dolor: la
escritura actúa como un acto consciente sobre el registro del dolor
en el cuerpo, un acto de libertad en medio de las fronteras que Dolor
está borrando (risa/lágrimas). Curiosamente, este comportamiento
de copia, por parte de Dolor, ya aparece en el fragmento 17 cuando
se menciona que éste “Simplemente está junto a mí, copia todos mis
movimientos” (p. 20)
Más tarde, en el fragmento 89 se toma la escritura en relación
con el cuerpo y la depresión posparto, donde la configuración
establecida en el fragmento 27, acerca de la diferencia entre desánimo
y depresión, adquiere un sentido donde se cuestiona la narradora si
Dolor es capaz de entrar en el plano de este estado:
No importa que tu género no sea femenino, Dolor, también se
siente al terminar de escribir un libro. Pérate. Ya sé que no sé
si has escrito libros, de eso no estamos hablando ahorita, pero
sí estoy segura de que has leído sobre estas depresiones, tú, un
especialista en antesalas de médicos; la de revistas que habrás
leído. (Puga, 2004: 84)

La narradora está plateando la depresión posvacacional: las
vacaciones como corte del trabajo, lo que se conoce como descanso,
no agregan descanso, sino que intensifican lo que está fuera de ese
paréntesis. Cuando Dolor se toma vacaciones, parece que regresa
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�Jonathan Gutiérrez Hibler / El espacio del cuerpo a través de la escritura del diario

con más potencia porque la depresión “… se encuentra en otra
latitud, pero desde donde ésta puede envolverlo todo”. (26). Dolor
comienza a tener más características de movimiento, como deseo
de la narradora, aunque éste decide invadir y abarcar su espacio de
escritura y cuerpo: le sugiere que se ponga a leer, que se salga a
caminar o cocinar. Sin embargo, dolor se queda quieto en el espacio
del cuerpo-texto.
En el fragmento 90 la narradora señala cómo ha cambiado
la percepción del tiempo, en cuanto ritmo, las cosas parecen ir más
lentas y esta lentitud permite ver la conexión de las manos con otros
objetos y las actividades que se llevan a cabo con ellas:
A mí siempre me ha gustado escribir a mano y ver cómo voy
llenando los renglones al mismo tiempo que cuento lo que quiero
contar, pero ahora que lo hago en cámara lenta me fijo que el
trazo de la t es sumamente placentero, igual que picar cebolla muy
finita o lavar un suéter con agua tibia. (Puga, 2004: 86)

La escritura es un acto de contemplación y corte que deja
varios testimonios: se merodean ideas como en el fragmento 64,
escribir un libro es como tener un parte (deja una depresión) y
permite darle otro ritmo, uno lento a la realidad. También, en
relación con este Yo fragmentado, hay una relación fluctuante de
identidad: “La voz que narra materializa en su reflexión arte/vida
las concepciones de la autora referentes a la escritura como un tapiz
que descifra, revierte y sostiene, una identidad siempre fluctuante
y resbaladiza” (López, 2006: 244). No se trata sólo de contenido
en el acto, sino su corporalidad fluyendo en diferentes espacios.
Las manos escriben una ‘t’ como también cortan cebolla y lavan
un suéter. Por esta razón, la narradora invita a Dolor a ponerse a
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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

barrer: “Pruébalo y verás que la consciencia se te limpia, se vuelve
tersa y dispuesta para lo que venga” (Puga, 2004: 86). Las manos
tienen diferentes cuadernos donde escribir, tanto que se olvida el
desamparo por parte de la narradora, tan sólo por recordar que al
día siguiente barrerá.
Finalmente, en el fragmento 94 se observa el pantónimo
relacionado con el desánimo establecido desde el fragmento 27. La
tolerancia, ese diálogo amistoso registrado por la escritura, se rompe:
Si nos supiéramos armonizar, equilibrar, mesurar, otra cosa sería,
y bien aburrida. De manera que no queda más que registrar el
hecho, mano: ayer nos peleamos. ¿Qué nos dijimos? Lo que uno
se dice en las peleas, para qué escribirlo en detalle. Sólo diré ... ah,
bueno, diremos, que el diálogo iba así: Es que tú/ No, pero tú/
Pero porque tú/Ah, ¿sí? ¿Y tú ...?
Da náusea. (Puga, 2004: 89)

El desánimo ya había sido descrito antes como el “tufo”
(26) que Dolor deja a su paso. En este pasaje, el tufo se expande a
manera de náusea, tanto así que “engorda” ese desánimo al punto
de mostrar la flaqueza que poco a poco va mermando al acto de
escribir. En el fragmento 17 cuando se señala que “La escritura en
cambio, no pierde detalle” (20). En el caso del fragmento 94, se
registra el hecho del disgusto, la ausencia de diálogo con Dolor: no
hay necesidad de registrado con detalle de acuerdo con la narradora.
La escritura, como espacio-cuerpo, comienza a desanimarse.
Todo esto traerá consigo una pregunta que surge desde los
primeros fragmentos de Diario del dolor: “Es la escritura que me
pregunta: ¿Te vas a curar? / Ni idea. No sé qué es lo que significa
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�Jonathan Gutiérrez Hibler / El espacio del cuerpo a través de la escritura del diario

estar curada” (Puga, 2004: 20). La narradora es consciente de los
límites de la escritura en el espacio donde registra su diálogo con
Dolor, pues ella no encuentra palabras para “…hablar de una
posible realidad curada” (20). En esta dimensión, la palabra cura
está relacionada con un silencio (el de Dolor), con lo incontrolable
(47), la imposibilidad de los viajes para llevarla a cabo (76) y espacio
de las contradicciones:
Eso es lo que le estoy haciendo a mi escritura, querido y venerable
amigo: la actualizo, y en esta versión, la que contiene operaciones,
tú resultas obsoleto porque, por un lado, todo va a doler, y por
el otro, el dolor va a ser síntoma de curación, no de enfermedad.
Queremos creer eso, pero nos reservamos el derecho a la
contradicción. (91)

Poco a poco la narración, a través de la consciencia del
acto mismo de escribir desembocará en el final de Dolor, crearle
un espacio de alteridad en el cuaderno mediante el acto de dejar de
escribir. Ya en el fragmento 95 se establece la necesidad de terminar
con el Diario, Dolor se ha vuelto repetitivo y se le ha subido la
actitud como protagonista. Pasará a la computadora, aunque
éste sea más independiente, posee las mismas características en
cuanto a lo impredecibles que son: no se sabe lo que harán con
uno. Nuevamente, observamos esa configuración fragmentando en
espacio de escritura, desde el dolor: la computadora, el cuaderno,
las actividades de las manos, la oralidad a manera de diálogo escrito
con las cosas, por mencionar algunos de los citados anteriormente.
En contraste con lo que presenta Blanchot acerca del diario
como recurso, éste mantiene la relación que tiene consigo mismo,
distinto de lo que ocurre con las ficciones donde el Yo se disuelve en
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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

otros Él. En el caso de Diario de dolor, concretamente los fragmentos
comentados hasta ahora, no es un ejercicio de recordar quién es
vivo y verdadero: la enfermedad es un corte, otra escritura que se
impone y, por lo tanto, el diario ficcionaliza el dolor al darle una
personalidad y convertirlo en narratario donde el Yo de la narradora
se fragmenta, según este Memorial. No se trata de lo vivo, contrario
a lo moribundo señalado por Blanchot, sino el cuestionamiento de
lo que es vivir con un ente que copia todo lo que hace la narradora,
incluso el acto de escribir.
La carga emocional que racionalizan y ponen en perspectiva
los diarios del dolor funcionan de manera singular, de acuerdo con
el proceso de escritura de quien padece la enfermedad. Diario de
dolor, como puede observarse en los fragmentos citados, plantea una
metáfora del cuerpo como espacio de escritura donde conviven la
narradora y, su a veces compañero, Dolor. La escritura habla (fr. 18),
pero se vuelve extraña (fr. 20) y, en el fragmento 35, se metaforiza la
imagen del cuaderno:
Dolor siempre se ha mostrado escéptico ante el cuaderno. Doble
esfuerzo, parece decir con la mirada. O peor aún: Esfuerzo inútil.
Se podría decir que ante la escritura Dolor esgrime una actitud
misógina. En ese terreno ambos nos damos la espalda. Yo me
encorvo ante el cuaderno; él, sepa qué hace. El cuaderno sirve para
inventar las palabras con las que voy a decir o a decirme. O sea,
sirve para ensayarlas. Hágase de cuenta que practico ante un espejo.
¿Se ha visto algo más tangible, más concreto, más sabroso que la
escritura manuscrita? No, hasta donde yo sé. (Puga, 2004: 45)

Dolor se muestra escéptico frente al cuaderno de la
narradora, similar a la posibilidad de encontrar una cura mediante
las palabras. Ese espejo-cuerpo es lo concreto: el acto mismo de
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-45

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�Jonathan Gutiérrez Hibler / El espacio del cuerpo a través de la escritura del diario

escribir es tangible y concreto; en este sentido, el recurso del diario
desde la perspectiva de Blanchot permite ese recuerdo de sí por parte
de quien escribe, pero en este caso mediante la ficcionalización del
Dolor, como prosopopeya y los diálogos que entabla la narradora
con su narratario.
En Diario del dolor está presente una isotopía tonal en torno
al acto de escritura: se expande en el movimiento de las manos en
otros actos y desaparecen emociones relacionadas con la desolación
y el desánimo y éstas son registradas en algunos fragmentos, pero
para que esto se lleve a cabo primero se registra el espejo de Dolor
al imitar las acciones de la narradora. En ese diálogo retórico, la
narradora supera los límites de su narratario (por momentos) con
el fin de presenciar otro tufo antes de que éste lo invada. En esta
isotopía tonal, la escritura es cuerpo a manera de parto, limpieza y
espacio de reconocimiento. El dominio de sí consiste en la praxis:
se registra lo inevitable de Dolor, su presencia constante (incluso
tomándose vacaciones) y una dimensión personal de éste con
la escritura. Lo interesante es cómo la computadora se describe
como un apéndice de la arquitectura interna de la narradora:
escritorio, cuaderno y libro (fr. 35). Cerca del final de Diario de
dolor la computadora toma el lugar de Dolor: se está alerta con ella,
como con él, no se puede bajar la guardia, pero a ella la acaricia
más que a él. Los objetos poseen cualidades del narratario y tienen
relaciones parecidas a partir de esta configuración. Sin embargo,
como apéndice de la escritura, del acto de escribir, se llega al final
de la novela donde, a propósito del desánimo, su tufo presente:
“Así es esto del dolor diario” (Puga, 2004: 92). Como a escritura
que señala Blanchot, se habla de lo interminable y para captarlo
hay que darle un final al diario.
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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

Conclusiones
La escritura en Diario del dolor metaforiza el cuerpo y se convierte
en un espacio donde las emociones se expanden en el texto a partir
de sus descripciones. La isotopía tonal de la escritura en relación
con la enfermedad inicia su configuración, a través del pantónimo,
desde los primeros fragmentos de su mención consciente (del acto
de escribir).
Sin embargo, esta isotopía tonal del acto consciente de
escribir, desde la enfermedad, adquiere variaciones de significación
en la fragmentación del Yo mediante este acto de alteridad. Es decir,
sus variaciones descriptivas se darán en relación a los estados de
ánimo y la cercanía semántica con los objetos que se repiten en el
espacio literario de la narradora. De igual manera, la personificación
de su narratario (Dolor) determina la expansión textual de esta
isotopía tonal. El desánimo y la depresión quedan fijados por las
certezas e incertidumbres de la narradora mientras su narratario
copia sus comportamientos.
La escritura, en relación con el cuerpo, es consciente de
cómo Dolor la invade porque el desánimo es como bruma, una
laguna (Fr. 19); las palabras en el desánimo no tienen sentido y la
escritura busca ser un espacio que sí lo tenga, pero su mirada (a la
manera del Orfeo de Blanchot) se vuelve extraña. Sin embargo, esta
isotopía tonal es importante describirla y analizarla en relación con
las emociones, pues por momentos en el diario el llorar es parecido
al estornudar (Fr. 28) y esto puede reconfigurarse después cuando
la narradora reflexiona sobre ser escritora (Fr. 42). En resumen, la
metaforización del cuerpo da una mirada estereotópica al acto de
escribir y sus alteridades motoras: barrer, lavar, estornudar, moverse,
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�Jonathan Gutiérrez Hibler / El espacio del cuerpo a través de la escritura del diario

entendidas como otro espacio de alteridad que se vuelve consciente
en el cuaderno, el acto manuscrito, antes de llegar a su apéndice: la
computadora.

Referencias bibliográficas
Blanchot, M. (1994). El espacio literario. Trad. Vicky Palant y Jorge
Jinkis. Paidós.
Cejudo, S. (2014). Escritura, cuerpo y voz en Diario del dolor de
María Luisa Puga. Interdisciplina, Vol. 2, No. 3, pp. 163-187.
Diario sobre el dolor (2022). American Cancer Society. 22 de marzo
de 2022. https://www.cancer.org/content/dam/cancer-org/cancercontrol/es/worksheets/pain-diary.pdf.
Hamon, P. (1991). Introducción al análisis de lo descriptivo. Edicial.
López, I. (2006). (Re)composición del cuerpo/ texto en “Diario del
dolor”. Anuario de Letras. Vol. 44, 2006, pp. 233-253
Pimentel, L. A. (2001). El espacio en la ficción. Siglo XXI.
Puga, M. L. (2004). Diario de dolor. Alfaguara.
Reyes-Iraola, A. (2014). El uso de la escritura terapéutica en un
contexto institucional. Revista Médica del Instituto Mexicano
del Seguro Social. Vol. 52, No. 5, pp. 502-509.

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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-45

�Artículos
Humanitas, vol. 2, núm. 4, 2023

Hubo otro mundo: José Watanabe, poesía y sacralidad
There was another world: José Watanabe, poetry
and sacredness
Jorge Saucedo
Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey
Montwerrey, México
ORCID: 0000-0001-5500-8438
jasaucedomontoya@uh.edu
jorgesaucedo14@gmail.com

Fecha de entrega: 04-12-2022 / Fecha de aceptación: 21-02-2023
Resumen: A partir de la identificación de sus afinidades con Robert Frost,
Rubén Darío y elementos centrales de la poesía romántica, propongo leer
la poesía de José Watanabe como una obra en que la integración de ideas y
mitos provenientes de diversas tradiciones espirituales revela una concepción
de la poesía como tentativa de preservar la experiencia de lo sagrado.
Palabras clave: poesía peruana, romanticismo, espiritualidad, mito,
naturaleza
Abstract: Parting from the identification of affinities with Robert Frost,
Rubén Darío and central elements of Romantic poetry, I propose reading
José Watanabe’s poetry as a work in which the integration of ideas and
myths from diverse spiritual traditions reveals a conception of poetry as
an attempt to preserve the experience of sacredness.
Keywords: Peruvian poetry, Romanticism, spirituality, myth, nature

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�Jorge Saucedo / Hubo otro mundo: José Watanabe, poesía y sacralidad

Los ejes de la poética de José Watanabe, a quien Eduardo Chirinos
identificó a principios de siglo como “el más importante punto
de referencia para los jóvenes poetas del Perú” (2004: 88), han
sido descritos por diversos académicos, creadores y críticos. Se
mencionan, por ejemplo, el deseo comunión que subyace a sus
descripciones del paisaje y la naturaleza (Jara, 2001), la valoración
del imaginario de su natal Laredo, rica tradición oral andina, y la
implícita reivindicación de valores relativos al pensamiento mítico
(Sbárbaro, 2005; Fernández Cozman, 2008), la afinidad con el haikú
y el budismo zen (Tsurumi, 2012; Muth, 2014). También se subraya
la singularidad de la obra del peruano en su contexto literario:
“Compañero de ruta de ruta de los jóvenes airados de los setenta,
José Watanabe (Laredo, 1946) mantuvo siempre una independencia
estética que lo convirtió desde su primer libro en un poeta insular”.
(Chirinos, 2004: 87) En palabras de Camilo Fernández Cozman:
La de [Antonio] Cisneros es una perspectiva urbana. [Luis]
Hernández es un desmitificador de íconos occidentales. [Marco]
Martos es un poeta migrante, pero que critica –con sutil ironía– la
rutina de las relaciones familiares y la desintegración del hogar.
En ninguno de estos tres poetas hay un influjo poderoso del mito.
Watanabe sí bebe de las fuentes de una visión mágico-religiosa:
me refiero a la que inunda las calles de Laredo. Su poesía de
carácter conversacional se fusiona con el mito y deja que el haiku
nos transmita una sabiduría, sin duda, legendaria. (Fernández
Cozman, 2008: 72)

En el presente artículo mostraré cómo esa singularidad que
aleja a Watanabe de sus contemporáneos se sustenta en una afinidad
que le acerca a otros proyectos poéticos y referentes culturales,
a la luz de los cuales es posible una más profunda comprensión
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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-47

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

de su poética. Propongo la lectura de su poesía, y en particular
la representación de la naturaleza, a la luz de la obra de Robert
Frost, poeta con cuya obra se reconoce una marcada afinidad. El
reconocimiento de esta afinidad y de la resonancia de elementos
clave de la poesía romántica en la obra del peruano, nos permitirán
identificar el que probablemente sea el elemento central de la poética
de Watanabe: la concepción de la poesía como tentativa de preservar
la experiencia de lo sagrado.
José Watanabe y Robert Frost: las extrañas simpatías
de la naturaleza
La afinidad que Watanabe declaró haber sentido con la poesía del
norteamericano (Pajares Cruzado, 2006) puede constatarse en la
coincidencia en ambas obras de una serie de motivos que conforman
una particular concepción de la naturaleza. Según George F. Bagby,
la obra de Frost se caracteriza por desarrollarse alrededor de la
metáfora de “la lectura del libro de la naturaleza”. Esta metáfora
se manifiesta a través de “poemas-emblema” (emblem poems) que
describen un objeto o escena natural para luego realizar una especie
de traducción, en la que se hace explícito su significado o se descifra
una lección. El término emblem es aquí altamente significativo, pues
Bagby lo toma de Ralph Waldo Emerson, cuya obra considera el
sustento intelectual sobre el cual se desarrollan las ideas sobre la
naturaleza de la poesía de Frost. Emblem, tal como lo usa Emerson,
es equivalente de símbolo, vocablo que Bagby prefirió evitar por
la variedad de asociaciones que suscita, entre ellas, con la poesía
simbolista (Bagby, 1993: ix-x). La metáfora del libro de la naturaleza
es inseparable, en esta lectura de la obra de Frost, de otra que
aparece en su poema “A lone striker”, donde un trabajador siente la
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�Jorge Saucedo / Hubo otro mundo: José Watanabe, poesía y sacralidad

necesidad de dejar su labor en un molino para buscar un lugar y una
actividad más elevados, subir a un risco
among the tops of trees,
their upper branches round him wreathing,
their breathing mingled with his breathing

Esta identificación (que es también una comunión) con la
naturaleza sugiere que ésta es más que su existencia material: Nature,
by implication, is not merely physical; like humans, it is inspirited. Esta es
una poesía animista, en la que los objetos, seres y procesos son en
realidad presencias, y en la que la naturaleza y el ser humano pueden
conspirar (con-spire) para que éste sea capaz de encontrar sentido en
el mundo físico (Bagby, 1993: 1-2).
Esta concepción de la naturaleza llega a Frost como herencia
de la cultura inglesa del siglo XVII. A partir de la obra de Emanuel
Swedenborg, Frost recibiría las nociones de “extrañas simpatías”,
“relaciones ocultas” entre el ser humano y los procesos naturales
(a su vez inspiradas en la antigua concepción del ser humano como
microcosmos que corresponde al macrocosmos del universo)
principalmente a través de la obra de Ralph Waldo Emerson y Henry
David Thoreau. Frost recibió muy temprano, por parte de su madre,
las ideas de Swedenborg y Emerson1, por lo que no es extraño que
1 Para el tiempo en que nace su hijo, Isabelle Moodie Frost se había
convertido a la iglesia swedenborgiana, en la que Robert fue bautizado. Sobre
ella, el biógrafo Lawrence Thompson escribe: “Mrs. Frost herself wrote
browningesque poetry; she was also an optimistic visionary with a very keen
imagination of her own (…) With the aid of Swedenborg’s writings she found
in her own religious visions ample consolation for the difficulties of her
sorrowful life. Her son, thus encouraged by his mother’s ways, soon began
to make his own self-protective retreats into sanctuaries created by his own

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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-47

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

en su poesía se encuentren ecos de la doctrina de aquél sobre las
correspondencias. Entre las ideas generales que Emerson extrae de
Swedenborg está la de que hay un “paralelismo perfecto” entre las
leyes de la naturaleza y las del pensamiento. Y la consecuencia de
esto es que, si materia y mente se reflejan mutuamente, no son en
realidad entidades separadas, sino que existe intercambio entre ellas
y por ello, señala Bagby, los sentidos pueden ser una vía de acceso a
verdades que van más allá del ámbito sensorial (1993: 2-4).
El interés de Watanabe en la manera en que se representa
la naturaleza en la poesía de Frost resulta evidente en las siguientes
palabras: “Estoy seguro de que si la naturaleza pudiera crear a alguien
para que escribiera sobre ella, escogería a Robert Frost, pues a
través de una flor, de una piedra se puede revelar la verdad” (Pajares
Cruzado, 2006). “Tree at my window” sería un excelente ejemplo
del influjo de estas ideas: la imagen paralela de hombre y árbol,
separados por la transparencia de un vidrio, se realiza mediante una
construcción simétrica entre versos e incluso dentro de un mismo
verso. Se habla del árbol como una presencia que el poeta no sólo
observa, sino con la que se identifica. Se encuentran cada uno a un
lado del vidrio (como en un espejo), y enfáticamente se expresa la
necesidad de que, aunque separados, no dejen de reflejarse. (Bagby,
1993: 5-6)
Tree at my window, window tree,
My sash is lowered when night comes on;
But let there never be curtain drawn
Between you and me.

imagination.” (Thompson, 1966: xv-xvi)
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�Jorge Saucedo / Hubo otro mundo: José Watanabe, poesía y sacralidad

Bagby señala dos aspectos clave del poema: la inteligibilidad
del mundo natural sugerida por la asimilación de las hojas del árbol
con lenguas (“Not all your light tongues talking aloud / Could be
profound” [6]) y el hecho de que se trata de un poema sobre “los
trabajos de la imaginación”.
If there is any doubt that the poem is about the workings of
the imagination, we need only note the introduction in the last
stanza of a third force, which is credited with having arranged the
symmetry of tree and poet: “Fate” and “her imagination.” That
fated imagination is both the agency and the ultimate goal of the
conspiracy between the natural and the human; imagination sees
self and tree as “putting their heads together” and “conspiring”
precisely in order to imagine –to make the images that constitute–
the world we live in. (7)

Entre los ejemplos de la afinidad de la obra poética de José
Watanabe con los aspectos de la poesía de Frost que he mencionado (el
procedimiento de los poemas-emblema, la representación de los objetos
y procesos naturales como presencias, la idea de “correspondencias”,
la naturaleza como libro) citaré en primer lugar uno que resulta
especialmente interesante en relación con “Tree at the window”. Se
trata del poema “De la poesía”, publicado en Historia natural.
En este poema (que, significativamente, y tal como lo
sugiere el título, puede leerse como una poética) existe, como en
el de Frost, un paralelismo entre poeta y árbol, que se resuelve en
una identificación profunda. En él se narra el momento en que un
niño descubre la poesía al observar el nacimiento de una planta en
la tierra junto a un árbol donde normalmente defeca. Aparte del
título, en el poema no aparece la palabra poesía sino hasta el final
(es la última palabra). La narración se centra en la anécdota del niño
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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

que observa la planta e imagina el viaje de una semilla por su cuerpo
hasta plantarse en la tierra.
El niño entró en la sombra de su árbol extramuros
donde dejaba diariamente sus quehaceres de intestino.
Y si otro niño en árbol vecino se acuclillaba
y se aliviaba
brotaba entre ambos
la honrosa complicidad en la depuración
del buen animal. (Watanabe, 2008: 183)

Aquí es central la idea de verticalidad: el niño mira una
plantita e imagina el recorrido de la semilla por su cuerpo hasta
llegar a la tierra, para luego surgir en movimiento ascendente. La
plantita permite al niño identificarse con el árbol; el niño descubre
que vive (en su interior) el mismo orden que reina en la naturaleza
(el movimiento hacia arriba y hacia abajo). Y es precisamente la
imaginación el mecanismo que revela esta identidad: “Y lo estremeció
la imaginación del viaje / de la pequeña menestra”. Si el poema inicia
subrayando la animalidad del ser humano, lo que de común tiene con
otros animales, en el cierre una nueva e inesperada identificación
ocurre: la de un vegetal y la poesía.
Y en la memoria del niño,
con difícil contento,
comenzó a elevarse para siempre
la planta mínima, tu principio, tu verde banderita,
poesía. (183)

Si las hojas del árbol de Frost son lenguas que a veces dicen
cosas profundas, esta plantita es una bandera. No un libro y no una
lengua, sino una bandera, como es comprensible en un poeta que
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�Jorge Saucedo / Hubo otro mundo: José Watanabe, poesía y sacralidad

insiste en el valor del símbolo, su poder evocativo y su naturaleza no
lingüística.2 Sin embargo, nos encontramos aquí, como en el poema
de Frost, ante una naturaleza que puede ser leída, que mediante la
imaginación resulta inteligible.
Si Frost le habla a su árbol directamente, y da así una
dimensión más profunda a su relación, en el poema de Watanabe
los paralelismos e identificaciones se expresan también de una
manera apostrofada, aunque de modo más complejo. El poema está
escrito en tercera persona, lo que crea una distancia entre el poeta y
el personaje que representa al mismo poeta como niño.3 Este niño
es situado en el poema dentro de la narración, en la que también
aparecen el árbol y otro niño casual, con quien surgía “la honrosa
complicidad en la depuración / del buen animal”. La segunda
persona es empleada sólo al final del poema, cuando se apostrofa a
la poesía. A aquella complicidad inocente, animal, corresponde esta
otra, que nace de “una visión” (“esta vez, sin embargo, / una visión
suspende al niño”) y que por medio de la imaginación reúne, en el
último verso, la existencia vegetal, el mundo interior y sus heraldos
simbólico y lingüístico: planta, banderita, poesía.
2 En numerosos poemas de Watanabe es evidente la inclusión de elementos
naturales con un valor simbólico. Por mencionar sólo unos ejemplos: el sol en
“Refulge otra vez el sol” (del libro El huso de la palabra) y en “El guardián  
del hielo” (Cosas del cuerpo), la montaña en “Animal de invierno” (Cosas del
cuerpo) y el árbol, como en el poema que nos ocupa ahora, en “El árbol” (La
piedra alada). Edmundo Sbárbaro (2005) ha señalado el valor simbólico que
tienen ciertos elementos como la piedra y la montaña en la poesía de Watanabe.
3 El desdoblamiento del yo poético (un personaje conformado a lo largo de
la obra de Watanabe por numerosos datos que lo identifican con el propio autor)
es un recurso frecuente en la poesía del peruano, como ya ha señalado Luis
Fernando Jara (2006: 11). En este sentido es significativo el uso de la segunda
persona en poemas como “El inocente” que se comentará en este artículo.

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En la poesía de Frost, los eventos naturales no son
exclusivamente físicos ni casuales. Las presencias de la naturaleza se
encuentran con la intención de revelar al observador un aspecto oculto
del mundo en el que vive. En “Design” una araña, una palomilla y una
flor coinciden, al parecer, para enseñarle al observador el lado oscuro
de la naturaleza (Bagby, 1993: 7). Estos seres, “Assorted characters of
death and blight”, llevan al poeta a preguntarse
What brought the kindred spider to that height,
Then steered the white moth thither in the night?
What but design of darkness to appall?-If design govern in a thing so small.

El vocablo design, que evoca las nociones de diseño, plan
y propósito, insinúa aquí un destino trazado a gran escala en la
naturaleza, que sin embargo alcanza los procesos y seres minúsculos
que aparecen a la vista del observador. Este encuentro de presencias
de la naturaleza, descrito como una especie de fatalidad, se observa
en el insólito modo en que Watanabe introduce el sol como tercer
personaje, después de que se presentan el yo poético y el heladero
en los primeros versos de “El guardián del hielo”, de Cosas del cuerpo:
Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol. (Watanabe, 2008: 228)

A continuación, el breve poema termina con dos estrofas en
las que, al derretir el hielo, el sol le enseña al yo poético una lección
fundamental: la importancia de conocer la fugacidad de la propia vida
en un universo en permanente proceso de creación y destrucción.
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�Jorge Saucedo / Hubo otro mundo: José Watanabe, poesía y sacralidad

Así que también aquí nos encontramos con una naturaleza animada
que en su coincidencia con el ser humano le permite a éste descubrir
un aspecto antes oculto del mundo en que vive.
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol. (228)

En “Design”, un misterioso plan lleva a las presencias de la
naturaleza a encontrarse y revelar algo de la dinámica del cosmos
al poeta. Acaso la afinidad con las ideas sobre la naturaleza y la
creación poética aquí implicadas es más evidente en el “Poema del
inocente”, de El huso de la palabra, en el que se subraya el hecho de
que es el paisaje el que da una lección al individuo interpelado por la
voz poética. Ese individuo aprende que incluso un gesto casual, una
ocurrencia de su parte, tiene un peso y un sentido en la escala mayor
de los sucesos de la naturaleza, y que sus propios actos no pueden
explicarse como meras ejecuciones de su voluntad. El enigmático
orden detrás de los encuentros entre los seres es el que determina
los eventos, incluidos los que él considera actos voluntarios.
Fija en tu memoria esa enseñanza del paisaje,
y esta otra:
de cuando acercaste al árbol reseco un fosforito trivial

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y ardió demasiado súbito y desmedidocomo si fuera de pólvora.
No te culpes, quién iba a calcular tamaño estropicio!Y acepta: el
fuego ya estaba allí,
tenso y contenido bajo la corteza,
esperando tu gesto trivial, tu mataperrada. (Watanabe, 2008: 90)

Existen significativas alusiones a la escritura en la
representación de la naturaleza en los poemas de Frost. En la
descripción de los espacios a los que los poemas se refieren hay una
intencionada mención de letras, así como otros signos e ideas afines:
huellas, impresiones, hojas. En el ya mencionado “Design”, donde
el poeta llama a la flor, la araña y la palomilla “Assorted characters
of death and blight”,
“Characters” is doubly metaphorical: it sees these three things not
only as living presences, dramatis personae, but also as letters in
a message that the poet must decipher. Or again, echoing one of
Whitman’s favorite wordplays, “leaves” in the sense of foliage are
also pages in the vegetable text: fossilized remains, which Frost
callas “leaves of stone”, are “The picture book of the trilobite”,
an age-old natural encyclopedia. (Bagby, 1993: 9)

La gracia con que Watanabe relaciona los eventos, lugares y
seres puede ocasionar que en una primera instancia no sea evidente
su insistencia en describir una naturaleza que puede leerse y que
habla. En la que los personajes son caracteres. En “La mantis religiosa”
(también de El huso de la palabra), después de describir su encuentro
con los restos de una mantis muerta “a 50 cm. de mis ojos”, el
yo poético interpreta el hallazgo: se trata del cadáver de un macho
después de la violenta cópula característica de su especie. El poema
continúa hasta el final manteniendo el zoom en el microcosmos del
insecto; sin embargo, la interpretación ha sido posible gracias a otra
presencia introducida tras una elipsis.
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�Jorge Saucedo / Hubo otro mundo: José Watanabe, poesía y sacralidad

Quise atraparla, demostrarle que un ojo siempre nos descubre,
pero se desintegró entre mis dedos como una fina y quebradiza
cáscara.

Una enciclopedia casual me explica ahora que yo había destruido
a un macho
vacío. (Watanabe, 2008: 66)

Así como “también coincidió el sol” en “El guardián del
hielo”, esta enciclopedia (nótese que está personificada) aparece en
la narración de una manera que se describe irónicamente como una
casualidad. El indicio con que inicia el poema, el cadáver de la mantis
(cuyo carácter sígnico no debe dejar de subrayarse, pues el animal
muerto estaba “confiando excesivamente en su imitación de ramita
o palito seco”) se alía con otra fuente de signos, la enciclopedia, para
revelar al observador algo sobre un pequeño mundo, un sentido que
explica también su propio mundo humano. Al final del poema, el
observador, al reflexionar sobre esta afinidad de los seres diversos,
pertenecientes a diferentes escalas de existencia, en su inevitable
vulnerabilidad ante las fuerzas creadoras y destructoras (el sexo y la
muerte), insinúa la necesidad de saber lo que la naturaleza tiene que
decir sobre esto. La lectura que el poeta hace de un momento en
el acontecer del mundo (ese cadáver que algo dice al disfrazarse de
palito seco) no descarta la lectura de las hojas de una enciclopedia;
ambas son la misma lectura: la mirada de la imaginación, el
desciframiento de los símbolos de la naturaleza. Con la animación de
la enciclopedia, el poema deja claro que el poeta lee un libro como
si fuera una planta, un animal o una persona, y a un animal como si
fuera un libro.
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Las enciclopedias no conjeturan. Ésta tampoco supone qué
última palabra
queda fijada para siempre en la boca abierta y muerta del macho.
Nosotros no debemos negar la posibilidad de una palabra de
agradecimiento. (67)

El conocimiento al que se alude aquí, si bien se conforma
con la experiencia sensible (la observación del entorno, el estar
en la naturaleza) y la lectura, va más allá de la mera recepción de
información; requiere de la acción de la imaginación, que le permite
al poeta, al identificarse con las presencias que le rodean, percibir su
calidad de caracteres y leer en ellos tanto la dinámica del mundo como
su propio drama.
En ciertos poemas de La piedra alada, puede leerse un
procedimiento análogo a la alusión que Frost hace al libro de la
naturaleza mediante imágenes de impresiones, huellas y fósiles (a los
que llama “hojas de piedra”). El libro de Watanabe presenta como
motivo central la piedra en su calidad de símbolo de duración, y
alrededor de este motivo se expresan ideas e inquietudes relativas
al tiempo: la dureza de la piedra en contraste con la fragilidad de
la carne, el lugar de la vida humana en los ciclos de la naturaleza,
la presencia de la muerte y los muertos en el día a día. En “El
fósil”, el poeta le habla a un pez fosilizado que se exhibe en un
museo. La lectura que hace del fósil, desarrollada en forma de
monólogo dirigido a él, contraviene la lógica del espacio museístico,
que implica un tipo de lectura radicalmente distinto. Si el museo
ofrece información en forma de texto y recursos audiovisuales,
esta información se presentará normalmente con la intención de
situar el objeto exhibido en su contexto espaciotemporal, por lo que
en el marco de una muy subrayada relación sujeto-objeto, el fósil
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será reconocido por el visitante al museo en su calidad de realidad
extraña, distinta a él y lejana. El poema alude a otra forma de lectura,
que no presupone la radical diferencia entre el fósil y el observador.
Por el contrario, la mirada imaginativa del poeta le permite suponer
la existencia de un plano de realidad en que ambos son idénticos.
La vida en ti fue un pez de 20 centímetros.
Tu remoto latido, hoy petrificado,
vive ahora en mi cuerpo
tan inverosímil como el tuyo. (Watanabe, 2008: 351)

Se alude aquí a una naturaleza cobrando conciencia de sí
a través del poeta, pues éste no sólo le explica su condición al pez
fosilizado, la relación entre ambos, la manera en que están unidos
y se identifican, sino que además lo hace en el contexto de una
intuición cosmogónica. Al igual que en “El guardián del hielo”, el
universo es imaginado como un ciclo infinito de transformaciones.
Tú ya no puedes mirarte ni mirarme, no sabes
lo extraño que es ser pez u hombre.
Somos, te digo, inverosímiles, caprichos
de una madre delirante
que cuaja infinitas e insensatas formas en el mar
y la tierra. (351)

El poema termina con una reflexión optimista que se
produce a partir del choque entre la serenidad especulativa evocada
en las primeras dos estrofas y la ruidosa irrupción de un grupo de
niños. Como se ha dicho de la poesía de Frost, aquí se sugiere que
la naturaleza y el ser humano pueden conspirar para que éste sea
capaz de encontrar sentido en el mundo físico, y aunque no hay una
respuesta clara a esta cuestión, el optimismo de este poema consiste
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en la convicción de que hay un sentido, si bien no se llega a dilucidar:
“después de todo, pescadito, / tal vez alguna razón existe.”
Sincretismo y deseo de unidad
Lo que resulta característico en Watanabe es la integración de estas
ideas en su propia obra, en la que, como se sabe, recurre a diversas
tradiciones espirituales para tomar elementos con los que crear su
propio imaginario: si en sus poemas puede percibirse la idea de las
“correspondencias” (de gran importancia para la poesía romántica
y simbolista, así como para el modernismo hispanoamericano, y
cuya influencia en el siglo XX puede ejemplificarse, como hemos
visto, con la obra de Frost), esa idea está en consonancia con los
aspectos que el peruano retoma del budismo zen, el catolicismo y de
los mitos provenientes del imaginario de Laredo, las tres tradiciones
que recibió en el seno familiar.
Lo que une esa diversidad de visiones espirituales es el hecho
de que, siendo un individuo que no profesaba ninguna de ellas (no
era cristiano, ni budista, ni practicaba el catolicismo sincrético de su
madre),4 pero en cuyo desarrollo personal influyeron profundamente,
Watanabe fue también un poeta interesado en particular por el
tema de lo sagrado, y por la pérdida que supone el abandono de
las nociones de misterio y sacralidad en el mundo contemporáneo,
abandono que con claridad de asocia en su poesía con la vida
urbana. Por ello, su obra podría situarse en la línea de poetas que,
como parte de un impulso originado en la poesía romántica, piensan
el lugar de lo sagrado en un mundo donde la idea de sacralidad
4 Sobre las convicciones religiosas de Watanabe véase Tsurumi (2012:
164).
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parece no tener sentido. Un segundo elemento liga las tradiciones
espirituales cuyos mitos, ideas y símbolos incluye Watanabe en sus
poemas: una añoranza de unidad.
Como afirmó Meyer Howard Abrams, el romanticismo
representó un viraje tan decisivo en la cultura occidental, que aún
a lo largo del siglo XX muchos autores prominentes definieron su
propio proyecto creativo conscientemente en relación, positiva o
negativa, con las formas y el “ethos” romántico (Abrams, 1973:
13). Se puede decir que lo que caracteriza al romanticismo es “una
especie de experiencia devocional secularizada” (65), y entre los
elementos cristianos y esotéricos (específicamente de la tradición
hermética) que sus autores recuperaron para sus propios propósitos
artísticos, tiene un lugar central un símbolo de origen neoplatónico:
el cosmos como círculo.
Here, in formal rendering, is the radical image of a tenacious
metaphysical (and metaphorical) vision of man and the cosmos.
For convenience of discussion, let us call it “the great circle”:
the course of all things is a circuit whose end is its beginning, of
which the movement is from unity out to the increasingly many
and back to unity, and in which this movement into and out of
division is identified with the falling away from good to evil and
the return to good. (Abrams, 1973: 150)

Como ejemplo de la continuidad en la tarea típicamente
romántica de rescatar valores tradicionales adaptándolos a un
presente que les resulta hostil, Abrams cita el poema “Of modern
poetry” de Wallace Stevens:
Stevens expressly identified the aim “of modern poetry” as
the attempt to convert the setting and agents and language of

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Scripture into
The poem of the mind in the act of finding
What will suffice. It has not always had
To find: the scene was set; it repeated what
Was in the script.
Then the theatre was changed
To something else. Its past was a souvenir.
It has to be living, to learn the speech of the place. (69)

En nota a pie agrega otra cita, un texto en prosa donde
Stevens reflexiona sobre el mismo tema:
The major poetic idea in the world is and always has been the idea of
God. One of the visible movements of the modern imagination is
the movement away from the idea of God. The poetry that created
the idea of God will either adapt it to our different intelligence, or
create a substitute for it, or make it unnecessary. These alternatives
probably mean the same thing.” (69)5

Las afirmaciones de Abrams se refieren al ámbito de la
literatura de lengua inglesa principalmente. En el contexto de la poesía
latinoamericana, se pueden reconocer en la obra de Rubén Darío una
actitud análoga a la que Abrams ejemplifica con las citas de Stevens.
Como es sabido, el vínculo de Darío, y de la poesía modernista en
general, con el espíritu romántico ha sido descrito por Octavio Paz.
El modernismo fue la respuesta al positivismo, la crítica de la
sensibilidad y el corazón –también de los nervios– al empirismo
y el cientismo positivista. En este sentido su función histórica
5 Las citas provienen de “Modern poetry”, en The Collect ed Poems
of Wallace Stevens. New York, 1961, pp. 239- 40 y Opus posthumous, Ed.
Samuel French Morse. New York, 1957, p. xv.
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fue semejante a la de la reacción romántica en el alba del siglo
XIX. El modernismo fue nuestro verdadero romanticismo y,
como en el caso del simbolismo francés, su versión no fue una
repetición, sino una metáfora: otro romanticismo. Se corre el riesgo
de no entender en qué consiste esa relación si se olvida que el
positivismo latinoamericano, más que un método científico, fue
una ideología, una creencia. (Paz, 1974: 126-127)

A pesar de que Rubén Darío podría no ser en primera
instancia una referencia obvia en la poesía de Watanabe, algunos
elementos cardinales de su obra permiten establecer un paralelismo
entre ambos. Coinciden en la concepción de la tríada símbolo, mito
y poesía como un conjunto con el que el poeta está íntimamente
relacionado. Por otro lado, en ambos el interés por la comunicación
simbólica se vincula con una valoración de la experiencia sensorial y
un sentimiento que podemos calificar de panteísta. Parecen ambos
intentar recuperar –cada uno en el umbral del cambio de siglo en
que vive–, aquella idea que la modernidad ha hecho cada vez más
difícil de comprender, la de –empleando la expresión de Mircea
Eliade– “lo sagrado en sus relaciones con la Materia”.6
En Darío esta perspectiva se sintetiza, en el célebre poema
inicial de Cantos de vida y esperanza,7 en la imagen de la estatua que
6 “El laboreo de las tierras o la cocción de la arcilla, como un poco más
adelante los trabajos mineros y metalúrgicos, situaban al hombre arcaico
en un Universo saturado de sacralidad. Sería vano pretender reconstituir
sus experiencias: hace ya demasiado tiempo que el Cosmos ha perdido
esa sacralidad, como consecuencia sobre todo del triunfo de las ciencias
experimentales. Los modernos somos incapaces de comprender lo sagrado
en sus relaciones con la Materia; todo lo más podemos tener una experiencia
‘estética’, y lo más frecuente es conocer la Materia en tanto que ‘fenómeno
natural’” (Eliade, 1989: 126)
7 Como señala De la Fuente Ballesteros, este célebre poem a, cuyo primer
verso es “Yo soy aquel que ayer no más decía”, “es un poema clave en la poesía

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se convierte en el dios Pan y los versos en que desemboca dicha
transformación: “y así juntaba a la pasión divina / una sensual
hiperestesia humana” (Darío, 2018: 505). La afinidad de Watanabe
con esta poesía que plantea la posibilidad de encontrar en la
experiencia del cuerpo un conocimiento espiritual se manifiesta
en poemas como “La cura”, de Historia natural, en el que el uso
cotidiano de la magia en el ámbito familiar de la infancia produce la
inesperada conclusión de que “la vida es física”.
Eso vi:

una mujer más elemental que tú
espantando a la muerte con ritos caseros, cantando
con un huevo en la mano, sacerdotisa
más modesta no he visto (Watanabe, 2008: 145)

El poema presenta una escena rural cotidiana, con actividades
y personajes que, en su calidad de hechos comunes, ordinarios,
intensifican el asombro que el yo lírico transmite ante la naturalidad
de la relación de la comunidad con lo sobrenatural. Dos planos
de realidad entran en tensión (“con ese convencimiento frotaba el
huevo”) en la reflexión del poeta, pero la madre sacerdotisa encarna
la convicción de que no existe tal tensión, pues en el discurso del
poema la irónica aseveración “la vida es física” deja claro que ella
ve, sin percibir en ello contradicción, cualidades espirituales en la
materia.
Las nubes pasaban por la claraboya
y las gallinas alineaban en su vientre sus santas ovas
y mi madre esperaba nuevamente el más fresco huevo
de Rubén Darío como autorretrato interior”. (Darío, 2018: 505)
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con un convencimiento:
la vida es física.
Y con ese convencimiento frotaba el huevo contra mi cuerpo
y así podía vencer.
En ese mundo quieto y seguro fui curado para siempre.
En mí se harán todos los milagros. Eso vi,
qué no habré visto. (145-156)

Hay una repetición intercalada de las locuciones “eso vi” y “he
visto” que culmina en el final del poema. Este juego de repeticiones
ejemplifica un nuevo aspecto en que la poesía del peruano presenta una
afinidad con la de Darío: la figura del poeta visionario. Ambos poetas
representan su propia labor como la de un observador e intérprete
entre dos planos de realidad: la efímera vida cotidiana y lo intemporal,
la realidad física de la naturaleza y un significado oculto en ella. En
este caso, la cualidad visionaria se presenta vinculada a la madresacerdotisa, quien representa la conservación de un conocimiento
tradicional al que el poeta se sentiría atraído intuitivamente.
La figura del poeta visionario puede entenderse, tanto en el
inicio del siglo XX como en la entrada del XXI, como una tentativa
de recuperar el misterio de la vida, negado por una mentalidad
dominante en la que la misma noción de misterio carece de sentido.
Así, las ideas de Darío sobre lo Real y la Verdad responden a una
noción de verdad necesariamente vinculada a la razón y a los hechos
demostrables propia del pensamiento positivista. Como explica
Cathy Login Jrade en su estudio sobre Darío, la crisis provocada en
los países hispanoamericanos por la crítica positivista a la religión
establecida se intensificó hacia finales del siglo XIX.
The imperial expansion of the European industrial powers that
restructured the countries of Spanish America along the lines of

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the economic and social order of their own capitalist organization
compounded this upheaval. Prosperity and a growing faith in
science had transformed widely held assumptions about life.
According to the evangelists of the day, the society of the future
would be organized upon a more rational basis than ever before,
and humanity would find itself living in a world without problems.
Messianism was intrinsically present in the attitude of scientists
who thought of themselves as the bearers of a demonstrable
truth, that is, of the “Truth,” and trustees of the future. (Jrade,
1983: 5)

Sin embargo, el misterio no se anuló, sólo quedó fuera de
este modo de pensamiento, y Darío veía en esta incompatibilidad
de mentalidades un problema en el que el poeta estaba íntimamente
implicado.
…as Dario himself would write: “El progreso moderno es enemigo
del ensueño y del misterio en cuanto a que se ha circunscrito a la
idea de la utilidad. Mas, no habiéndose todavía dado un solo paso
en lo que se refiere al origen de la vida y a nuestra desaparición en
la inevitable muerte, el ensueño y el misterio permanecen con su
eterna atracción.” (Jrade, 1983: 5)8

En su entrevista con Silvia Sauter, queda de manifiesto que
Watanabe no es ajeno a esta preocupación, y que una tensión análoga
existe en su labor creativa. Como lo menciona en el siguiente pasaje,
en el que alude al poema “La cura” antes citado, para el peruano la
pérdida del misterio está claramente representada por la vida urbana,
lo cual se manifiesta a su vez en su poesía, en la que la recuperación
del misterio del mundo y la sacralidad de la naturaleza se imagina
como un retorno a la vida rural de su natal Laredo.
8 La cita de Darío proviene de “El pueblo del Polo”, Letras, Obras completas,

I, p. 545.

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JW: El pueblo en que he vivido es muy místico, está lleno de
fantasmas, de muertos, de aparecidos, de chamanes. Enfermedades
infantiles en que uno se pone pálido y adelgaza, por ejemplo,
fueron curadas por chamanes. Tengo un poema sobre una cura
del huevo porque de niños nos pasaban el huevo para curarnos
de las enfermedades, es un ritual que siempre lo hacían muy
placentero. Yo creo que en los pueblos como el que yo he vivido
hay un equilibrio perfecto entre los terrores y la protección ante
esos terrores. (…) En las ciudades ese hecho no se produce,
tienen la amenaza y no tienen la parte compensatoria que se ha
perdido, más bien las amenazas han crecido y hay una reacción de
defensa por la violencia.

SS: ¿A qué atribuyes esta reacción, será porque se ha perdido
el sentido de lo sagrado?
JW: Claro, se ha perdido la naturaleza sagrada de las cosas y vivimos
muy desorientados. La poesía puede servir para orientar a las
personas, para decirles que hay, que hubo otro mundo, y hay que
seguir deseándolo. Que hay un mundo sagrado y que si se lo perdió
hay que volver a desearlo, recuperarlo. (Sauter, 2006: 196-197)

En el universo de la poesía del peruano, en que una polaridad
se percibe entre la compleja y en ocasiones asfixiante vida urbana y
una añoranza de retorno y reintegración a la naturaleza, trasluce un
deseo de recuperar una unidad perdida en el proceso de acelerada
transformación material y espiritual del mundo moderno. El poetavisionario en Watanabe, que puede leer el misterioso libro de la
naturaleza y escuchar su voz, presenta, sin embargo, un rasgo que
lo distingue del modelo presente en la obra de Darío. En lugar de
resaltar su excepcionalidad, muestra su tendencia a identificarse
con los otros. En esta identificación se manifiesta nuevamente el
recurrente sentimiento de añoranza de unidad. Si en “El guardián
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del hielo” el astro le habla al poeta para indicarle su lugar y su misión,
en “Envío”, de El huso de la palabra, es la sangre de la especie la que
le habla, para revelarle la hermandad de todos los seres humanos.
Una transfusión de sangre es relatada en este poema en prosa. El yo
poético se pregunta a quién le debe esa sangre anónima, y aunque
“iba para misántropo” y no quiere tener esa deuda, la sangre misma
le hace ver que tal deuda no existe.
Sin embargo, la sangre que está entrando en mi cuerpo me
corrige. Habla, sin retórica, de una fraternidad más vasta. Dice
que viene de parte de todos, que la reciba como un envío de la
especie. (Watanabe, 2088: 107)

En la obra de Watanabe la unidad con la naturaleza se expresa
a través de una sensibilidad budista (Tsurumi, 2012: 164-168) y de la
magia y los mitos de Laredo; la unidad entre los humanos se expresa
en términos cristianos. Eduardo Chirinos ha llamado la atención
sobre la importancia del libro inspirado en la vida de Jesús titulado
Habitó entre nosotros.
Es en este libro excéntrico donde hallamos el sustento ideológico
de las parábolas que recorren de norte a sur la obra de Watanabe.
Lejos de una recreación piadosa de la pasión de Cristo, estos
poemas proponen una reflexión poética (y por lo mismo más
popular y más humana) que se solidariza con su mayor deseo: el
que la palabra poética sea la palabra de todos:
La Palabra
siendo como es, divina, se pronuncia
con lengua de hombres
lengua efímera, pero tocada
por una gracia: la parábola,
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�Jorge Saucedo / Hubo otro mundo: José Watanabe, poesía y sacralidad

aquella pequeña historia
que guarda una serena ansia: ser de todos. (Chirinos, 2004: 89)

Sin embargo, de acuerdo con la lectura que he propuesto,
si pensamos en el mito de la Caída como idea central romántica
y post-romántica, su origen religioso y la manera en que ha sido
reinterpretada en relación con Jesús, estos versos de “Razón de las
parábolas” muestran que no se trata de un libro excéntrico dentro
de la obra de Watanabe. Así, por ejemplo, en un poeta como William
Blake, “As the fall of man is ‘his fall into Division’ and death, so
his redemption, reversing the process, is ‘his Resurrection to Unity.’
The unifying principle is Jesus, who in Blake’s myth of mind is
identified with the human imagination” (Abrams, 1973: 258). Desde
este punto de vista, en la poesía de Watanabe, en la que la idea de
fragmentación y necesidad de retorno a la unidad es central, resulta
natural la existencia de un libro como Habitó entre nosotros, y también
que Jesús se presente como figura unificante.
Olvidé otra ansia de la parábola:
durar. Recordadas sean por siempre
todas
porque todas son una, La Palabra,
que por ahora soy yo. (Watanabe, 2008: 311)

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�Artículos
Humanitas, vol. 2, núm. 4, 2023

Lectura y reflexión: una estrategia hermenéutica
para la interpretación literaria
Reading and reflection: a hermeneutic strategy for
literary interpretation
Ricardo Damián Aguirre Garza
Universidad Autónoma de Nuevo León
Monterrey, México
Orcid: 0000-0001-5249-0556
ricardodamian595@gmail.com

Fecha de entrega: 25-10-2022 / Fecha de aceptación: 21-02-2023
Resumen: El presente artículo propone la explicación de una posible
estrategia hermenéutica, para la interpretación de los textos literarios,
entendiendo a los documentos como totalidades, los cuales pueden
contener los cuatro sentidos hermenéuticos propuestos por los escolásticos
y nombrados por Dante Alighieri y Boccaccio. En primera instancia
se parte de la concepción histórica de la disciplina y una breve visión a
los autores más reconocidos (Schleiermacher, 2008; Heidegger, 1997;
Ricoeur, 1997; Gadamer, 1998; Schökel, 1994; Beuchot, 2013) hasta llegar
a la rama de la hermenéutica literaria nombrada por Szondi (1975), para
posteriormente explicar cómo es posible identificar los cuatro sentidos
hermenéuticos.
Palabras clave: hermenéutica, literatura, sentidos hermenéuticos,
interpretación, exégesis

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�Ricardo Damián Aguirre Garza / Lectura y reflexión

Abstrac. This article proposes the explanation of a possible hermeneutic
strategy, for the interpretation of literary texts, understanding the
documents as totalities, which can contain the four hermeneutical senses
proposed by the scholastics and named by Dante Alighieri and Boccaccio.
In the first instance, it starts from the historical conception of the discipline
and a brief overview of the most recognized authors (Schleiermacher,
2008; Heidegger, 1997; Ricoeur, 1997; Gadamer, 1998; Schökel, 1994;
Beuchot, 2013) until reaching the branch of literary hermeneutics named
by Szondi (1975), to later explain how it is possible to identify the four
hermeneutic senses
Keywords: Hermeneutics, Literature, Hermeneutic senses, Interpretation,
Exegesis

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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

La hermenéutica es un término proveniente del griego hermeneutiqué
correspondiente en latín a interpretâri: el arte de interpretar los textos
(especialmente los sagrados) para fijar su verdadero sentido, según
se señala en el Diccionario Hispánico Universal. Sobre esta etimología,
Jean Grodin comenta que:
El término hermenéutica vio la luz por vez primera en el siglo XVII
cuando el teólogo de Estrasburgo Johann Conrad Dannhauer
lo inventó para denominar lo que anteriormente se llamaba
Auslegungslehre (Auslegekunst) o arte de la interpretación. (Grodin,
2008: 22).

En la actualidad se le considera como la disciplina encargada
de la interpretación de los textos; y su actividad consiste en:
comprender toda la obra, cada una de sus partes y los elementos que
la componen. Para esto es preciso que el texto y el sujeto encuentren
una relación para entablar un diálogo.
El filósofo canadiense Jean

Grodin (2008) realiza una

clasificación sobre tres estadios históricos y los ejes principales
sobre lo que fue esta disciplina: a) El sentido clásico que se
designa como el arte de interpretar los textos. “La hermenéutica
gozaba entonces de una función auxiliar en cuanto colaboraba en
una práctica de la interpretación.” (17). San Agustín fue uno de
los autores que manejan esta visión; b) La segunda concepción se
empieza a desarrollar con los últimos trabajos de Schleiermacher,
después atribuida a Dilthey, quien percibe a la disciplina con una
nueva función: “estudia las reglas y los métodos de las ciencias de la
comprensión, puede servir también de fundamento metodológico
para todas las ciencias del espíritu” (18); y c) su tercera visión donde
figura “que la comprensión y la interpretación no son únicamente
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�Ricardo Damián Aguirre Garza / Lectura y reflexión

métodos que es posible encontrar en las ciencias del espíritu, sino
procesos fundamentales que hallamos en el corazón de la vida
misma.” (18-19).
Aquí es donde Heidegger (1927) busca romper con las
visiones y “pasa así de una ‘hermenéutica de los textos’ a una
‘hermenéutica de la existencia’” (19), es decir, que “Cambiará
primero de objeto al no remitirse ya a los textos o a las ciencias
interpretativas, sino a la existencia misma.” (45). En El ser y el tiempo
realiza un giro en la importancia del análisis donde refiere que la
hermenéutica no sólo debe realizar exégesis e interpretación de
los textos literarios, sino que este proceso está relacionado con el
ámbito histórico del intérprete, el cual debe reflexionar a través de
su Dasein, o su existencia, como un ente histórico, social y cultural.
A grandes rasgos refiere a la contextualización del emisor y receptor
y los signos lingüísticos que se encuentran en el entorno, como una
reflexión del contexto y nuestro “ser ahí” de mismo, para, partiendo
de ahí, estudiar las “ciencias históricas del espíritu”.
la hermenéutica cobra, en cuanto interpretación del ser del Dasein,
un tercer sentido específico, filosóficamente hablando el primario:
el sentido de una analítica de la existencialidad de la existencia. En
cuanto esta hermenéutica elabora ontológicamente la historicidad
del Dasein como condición óntica de la posibilidad del saber
histórico, ella sirve, en seguida, de terreno de arraigo para aquello
que sólo derivadamente puede ser llamada “hermenéutica”: la
metodología de las ciencias históricas del espíritu. (Heidegger,
1997: 47)

A través del desarrollo de la disciplina han existido un
gran número de autores que, desde su perspectiva sobre el tema
buscan definir lo que es. Aquí se presentará un breve muestreo del
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término de autores contemporáneos, debido a que son ellos quienes
estudiaron la disciplina y la adaptan al presente:
Schleiermacher: “la tarea de la hermenéutica consiste en
reconfigurar de la manera más completa todo el proceso interior
del acto de composición del autor” (citado por Grodin, 2008:
33)
Heidegger: “en la significación originaria de la palabra, significación
en la que designa el quehacer de la interpretación.” (1997: 46)
Ricoeur: “La tarea de la hermenéutica consiste, pues, en
aproximarse a esa supuesta identidad semántica con los únicos
recursos de la descontextualización y de la recontextualización del
sentido.” (1997: 86)
Gadamer: “Hermenéutica es el arte del entendimiento” (1998:
243)1
Schökel: “es la teoría sobre la comprensión e interpretación de
textos literarios. Se diferencia del método exegético (el modo
sistemático de proceder en la comprensión) y de la exégesis (el
ejercicio de la comprensión e interpretación).” (1994: 18)
Beuchot: “La hermenéutica es la disciplina de la interpretación;
trata de comprender textos, lo cual es —dicho de manera muy
amplia— colocarlos en sus contextos respectivos” (2013: 7).

1 Aunque esta cita pareciera simple y demasiado ambigua es necesario
entender que para Gadamer la relación entre emisor y receptor, y su “fusión de
horizontes”, parte, o debe partir, de la phronesis para llegar a ese entendimiento;
es decir, la “prudencia” en la asimilación de las ideas que se comunican, para
de ahí, realizar una comprensión lingüística. El hecho de que lo manifieste en
una frase tan corta alude al mismo principio que ahí plantea.
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�Ricardo Damián Aguirre Garza / Lectura y reflexión

Ahora bien, este breve recorrido histórico, así como las
definiciones de la disciplina, muestra la clara relación entre el receptor
y lo que pretende ser interpretado; no obstante, desde sus inicios,
la hermenéutica se emparentaba con los textos sagrados, bíblicos,
las escrituras. Peter Szondi (1975) parte desde esta concepción para
ensayar su propia definición de la hermenéutica literaria: “es la teoría
de la interpretación, interpretatio, de los trabajos literarios”2. (Szondi,
2012: 17) Añade también que esta rama hermenéutica sí está sustentada
en toda la disciplina filosófica que se desarrolló desde los griegos,
pero que no es necesario realizar una retrospectiva para entender la
parte literaria, sino que “las reglas tradicionales y los criterios de la
interpretación filológica se deben revisar con lo que hoy se entiende
como literatura.” (20) Habla, así, de una contextualización, tanto
para entender qué es la hermenéutica literaria como para hacer una
exégesis. Sobre esto existen dos formas de resolver el problema que
plantea el envejecimiento del texto, aunque sean contraria entre sí:
Interpretación gramatical apunta a lo que alguna vez significó
y quiere preservarlo, ya que remplazar la expresión verbal (para
decirlo lingüísticamente, el signo) que se ha vuelto históricamente
ajeno y se ha cambiado por uno reciente, que ahora le permite
sustituido por uno nuevo. […] Por otro lado, la interpretación
alegórica se aluza con el signo que ha sido modificado, a quien le
da un nuevo significado que no nace del mundo conceptual del
texto, sino que pertenece al de su intérprete”3 (24).

Estos dos intentos deben estar presentes para el hermeneuta,
pues la contextualización de un texto literario debe estar enfocada
en el texto, es éste el que apunta a planos de lo real, no al revés.
2 La traducción es propia.
3 La traducción es propia.

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En cuanto al proceso de lectura, el receptor realiza una serie
de mecanismos cognitivos relacionados con las ideas. Al decodificar
estas informaciones, conocidas como isotopías, el lector construye
diferentes hipótesis sobre el posible mensaje que se busca transmitir.
Este proceso es el denominado como interpretación debido a que
es el lector quien, basado en sus conocimientos, crea los puentes de
relación con las “pistas” que se manifiestan en la lectura.; la siguiente
figura ejemplifica ese proceso de comunicación:
Para entender la cuestión de los ‘horizontes’ es necesario
comprender qué es para Gadamer la “fusión de horizonte”. Grodin
(2008) explica esta visión desde el punto historicista del filósofo,
hasta llegar a su raíz interpretativa:
Comprender el pasado, no es salirse del horizonte del presente,
y de sus prejuicios, para situarse en el horizonte del pasado. Es
más bien traducir el pasado en el lenguaje del presente, donde
se fusionan los horizontes de pasado y presente. […] Pero esta
fusión del presente con el pasado es también, incluso de un modo
más fundamental, la fusión del intérprete con lo que él mismo
comprende. […] la comprensión no es sino la aplicación de un
sentido al presente. (83-84)

Este proceso de comunicación, a través de un texto
literario, busca que los horizontes de conocimiento se acerquen
lo mayor posible para que las ideas se logren transmitir de la
forma más completa. O como se mostró en la definición según
Beuchot: “colocarlos en sus contextos respectivos” (2013: 7)
y comprenderlos desde el nuestro. Es aquí donde se identifica la
Teoría de la Comunicación, propuesta por Jackobson (1963) “En
la lectura literaria, como ya se planteó anteriormente, el proceso se
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establece así: autor - texto literario - lector.” (Simbaña y Carbajal,
2013: 175).
Desde la perspectiva de Schleiermacher “la tarea de la
hermenéutica consiste en reproducir lo más perfectamente posible
todo el proceso de la actividad de componer del escritor” (citado
por Grodin, 2008: 34). Reconstruir el texto a partir de sus elementos
y lograr entender la razón de su producción. Ese punto de relación
entre los horizontes ayuda al receptor a comprender la lectura del
texto. Para lograr re-producir esa experiencia creadora “La actividad
del lector consistirá en contemplar lo que el texto dice, en formular
preguntas, en modificar o confirmar sus expectativas, en reconstruir
su significación.” (Simbaña y Carbajal, 2013: 82).
Hablar de una lectura hermenéutica es entender las teorías
de la interpretación y realizar una exégesis de los niveles presentes
en los textos literarios. Estos escalones de la interpretación fueron
expuestos por los escolásticos al trabajar los textos sagrados y dos
de los autores más importantes del Renacimiento: Dante Alighieri y
Giovanni Boccaccio, mostraron esas lecturas. El primero lo expone
de la siguiente manera:
Llámase el uno literal, y es este aquel que no va más allá de la
letra propia de la narración adecuada a la cosa de que se trata.
[…] Llámase el otro alegórico, y éste es aquel que se esconde bajo
el manto de estas fábulas, y es una verdad escondida bajo bella
mentira. […] El tercer sentido se llama moral; y éste es el que los
lectores deben intentar descubrir en los escritos, para utilidad suya
y de sus descendientes […] Llámase el cuarto sentido anagógico,
es decir, superior al sentido, y es éste cuando espiritualmente se
expone un escrito, el cual, más que en el sentido literal por las
cosas significadas, significa cosas sublimes de la gloria eterna.
(Alighieri, cap. 2, párr. 2 – 4)

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Con esta descripción el poeta alude a los niveles que se
encuentran dentro de los textos literarios, así como su función y, dentro
del texto original, se encuentra una breve explicación, relacionado a la
cuestión religiosa por su formación. Por otro lado, en la Genealogía de
los dioses paganos (2018), Boccaccio busca comentar el mito de Perseo
y la muerte de la Gorgona, con los niveles aprendidos de su maestro:
Se debe entender que no hay un solo significado en estas historias,
a esto se le conoce como polisemum (polisemia), refiere a muchos
significados. El primero sentido que se debe considerar se
encuentra en la superficie del texto, llamado literal sense (sentido
literal). Los otros son aquellos que se encuentra bajo la superficie
y se les conoce como allegorial (allegóricos) […] Para clarificar mi
punto lo ejemplificaré con la historia de Perseo, quien fue hijo de
Zeus y mató a la Gorgona, para posteriormente volar a través del
cielo. Mientras este breve resume muestra una lectura literal, el
sentido histórico aparece. Si lo buscamos desde el sentido moral
se puede interpretar como la victoria de la sabiduría sobre el
vicio y el acercamiento a una virtud real. Pero si queremos ver
el sentido alegórico, significa el ascenso de una mente piadosa
hacia las alturas celestiales después de rechazar todos los placeres
mundanos. Más allá, una interpretación anagógica sería la
representación del ascenso de Cristo hacia Dios padre después de
vencer al gobernante de este mundo.4 (Erik, 2018, párr. 1)

Es importante observar cómo desde 1304 y 1307 (exilio de
Dante donde escribió El convivio); 1360 y 1375 (la fecha de muerte
de Boccaccio) la interpretación de un texto ya buscaba dilucidar
los diferentes significados que este podría traer consigo. Es en la
época medieval donde toma auge esta disciplina, pues los teólogos
buscan los diferentes sentidos en las escrituras sagradas, partiendo
4 La traducción es propia.
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de sus conocimientos religiosos y con la intención de transmitir esos
saberes a los creyentes.
En la época moderna, pasa a segundo plano los niveles
interpretativos y los teóricos se enfocan en la reflexión en sí misma, a
lo que después, se le conocería como “Círculo Hermenéutico”, pero
fue Schleiermacher (1829) quien, en Sobre el concepto de hermenéutica
en relación a las observaciones de F.A. Wolf y al Manual de Ast (1999),
rescata las ideas de Friedrich Ast sobre la unión de la figura circular,
y propone que se deben comprender las partes por el todo y el todo
por las partes.
Fue en la segunda mitad del siglo XX donde Hans-George
Gadamer retoma el círculo, sus niveles y características para darle un
vuelco enfocado en la totalidad del fenómeno. A esto se le suma la
reflexión de algunas ideas de Schleiermacher, Dilthey y Heidegger,
cuestiones como la visión romántica retórica, la percepción
metodológica o la “hermenéutica de la existencia”:
el giro hermenéutico de la fenomenología se abre en primer lugar
hacia aquello que se transmite a través del lenguaje, por lo cual yo
puse en un primer plano el carácter conversacional del lenguaje.
En una conversación algo pasa a ser lenguaje, y no un interlocutor
o el otro. (Gadamer, 1995: 67)

El enfoque comunicativo que toma el círculo hermenéutico
es comparado con el giro lingüístico donde todos los procesos son
signos lingüísticos que merecen una decodificación, la cual se realiza
a través de otros signos. Por lo tanto, el “nuevo” enfoque de la
hermenéutica es una decodificación e interpretación del contexto,
poniendo como base el momento histórico, los pre textos del
intérprete y el fenómeno en sí mismo.
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Sobre la interpretación de una totalidad, ya sea de una obra
literaria o de la existencia misma, es necesario remarcar el común
error que cualquiera podemos cometer: la sobreinterpretación.
Cada fenómeno tiene sus distintas lexías, isotopías, leit motivs, y
demás elementos claves que apuntan a otros perceptibles dentro de
sí mismo.
Por ende, es fácil que el receptor agregue símbolos que
asemejan a lo mostrado para sustentar sus hipótesis, es aquí donde
se pierde la singularidad del objeto y se cae en el error. “Toda
interpretación correcta debe guardarse de la arbitrariedad de las
ocurrencias y de la limitación de los hábitos mentales inadvertidos, y
se fijará ‘en las cosas mismas’” (Gadamer, 1995: 65) Es posible que
existan ciertos vasos comunicantes entre el aspecto a interpretar y
pretextos o aspectos del entorno del receptor, aquí es necesario que
el hermeneuta observe cómo el fenómeno apunta a esos elementos
y no al revés, él no realiza la adición de estos.
Ahora bien, para realizar el proceso de la exégesis literaria es
necesario tomar en cuenta los cuatro niveles de profundidad a los
que refiere Dante y Boccaccio: a) sentido literal; b) sentido alegórico;
c) sentido moral; d) sentido anagógico. Con base en estos escalones,
así como su contenido, el hermeneuta debe realizar una serie de
procesos cognitivos que lo guiarán a una interpretación literaria.
En primera instancia hay que hablar del ‘nivel literal’ el cual
comprende lo que está a nivel discurso, la historia que leemos “y es
este aquel que no va más allá de la letra propia de la narración adecuada
a la cosa de que se trata.” (Alighieri, cap. 2, párr. 2) Aquí se habla de lo
escrito y de lo que es necesario entender a través de prestar atención a
los sustantivos, los adjetivos, los verbos y las aliteraciones de cada uno
de estos, así como otras aplicaciones retóricas.
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Después se llegará al siguiente escalón, el ‘nivel alegórico’
“es aquel que se esconde bajo el manto de estas fábulas, y es una
verdad escondida bajo bella mentira.” (Alighieri, cap. 2, párr. 2)
A diferencia del anterior, en este caso el lector realizará una serie
de decodificaciones simbólicas para entender cuál es la alegoría5.
Gadamer en su ensayo Lenguaje y comprensión apunta sobre la intención
de las palabras en un sistema y en un contexto, demostrando el
funcionamiento del nivel alegórico:
El sentido literal que corresponde a la palabra en el discurso
concreto no es sólo lo que está presente. Hay algo más que está
co-presente, y la presencia de ese elemento co-presente constituye
la fuerza evolutiva que reside en el discurso vivo. Por eso, cabe
afirmar que el lenguaje apunta siempre al espacio abierto de su
continuación. (2013: 114)

Debemos entender que ese ‘espacio abierto’ son los
recovecos por donde se llega a la interpretación de los distintos
sentidos. Con base en lo expuesto por los autores renacentistas, y
el mecanismo que apunta Gadamer, es posible reconocer que dicho
nivel cabalga entre dos discursos, donde el literal sirve como un
símbolo de la alegoría a la que se alude; ahora es trabajo del receptor
identificar y reconocer dicho signo.
Para una decodificación de los símbolos que existen
dentro de los textos literarios se requiere de un análisis que parte
de lo general a lo específico. Es posible decir que un camino de
5 Conjunto de elementos figurativos usados con valor translaticio y que
guarda paralelismo con un sistema de conceptos o realidades, lo que permite
que haya un sentido aparente o literal que se borra y deja lugar a otro sentido
más profundo, que es el único que funciona y que es el alegórico. (Beristáin,
2010: 25)

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decodificación simbólica sería: 1) identificar el signo; 2) diferenciar
el significado del significante, “toda relación sígnica es triádica,
y este es un principio esencial de su semiótica, que involucra al
hablante […] Este signo creado es el interpretante del primer signo,
y desempeña la función mediadora entre el objeto y el intérprete.”
(Beristain, 2010: 464); 3) entender la relación entre ambas partes “si
un signo es distinto de su objeto, debe existir alguna explicación, o
argumento, u otro contexto que revele por qué razones, y fundado en
qué sistema, tal signo representa al objeto al que se refiere” (464); 4)
interpretar el signo lo más completo posible “El signo peirciano —
dice Floyd Merrell— es algo que representa algo para alguien. Nada
es un signo para sí mismo. Para ser un signo se requiere que alguien
lo entienda como tal: el signo requiere su interpretante” (464); 5)
contextualizarlo en un sistema “un signo sólo significa dentro de
un sistema de signos y sólo en virtud de que los demás signos del
sistema también significan” (p. 464); y 6) formular las hipótesis en
relación con los otros símbolos
El interpretante, que es el signo interpretativo creado en la relación
[…] es determinado por el signo, y se da dentro de un cuarto
elemento que es el intérprete (el que emite o recibe el signo) (464).

El proceso de decodificación sígnica es esencial para realizar
una lectura hermenéutica, pues descifrar los significados que
esconde el sentido literal muestran al lector que el siguiente nivel
alude a una idea más profunda, que, poco a poco, se concretarán
para interpretar el texto en su totalidad.
El siguiente sentido hermenéutico se denomina “moral”,
el cual muestra un conocimiento que servirá al lector. Boccaccio lo
expresa como la superioridad de la sabiduría sobre los vicios; a su
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vez, Dante lo ejemplifica con un pasaje Evangélico (Cristo subiendo
al monte con tres apóstoles), al cual interpreta que debe haber poca
compañía en aspectos secretos. Beristáin define este nivel como
“aquel que el receptor va descubriendo como una enseñanza útil
para su propia formación” (2010: 25). Con base en esta idea, es
necesario que el intérprete sea capaz de encontrar pasajes o frases
que transmitan un conocimiento moral, las cuales se pueden
denominar como gnomes6 debido a su relación con el nivel y la
utilidad para la vida del receptor; tal como lo describe Alighieri
“es el que los lectores deben intentar descubrir en los escritos, para
utilidad suya y de sus descendientes”. (Cap. 2, párr. 3).
Para comprender las gnomes y su intención dentro de los
discursos basta con acercarse a Gadamer y a sus estudios sobre
hermenéutica relacionados con la comprensión, la estética y la
interpretación. Primero, sin embargo, debe quedar en claro el
concepto de “enunciado” que maneja el filósofo: “Este modo
expresivo que nos es familiar se remonta a […] la construcción
de la lógica partiendo de la enunciación.” (Gadamer, 2013: 108)
Entiéndase como aquellas frases, como súplica, petición, maldición o
mandato, que por el simple hecho de estar ya refiere a la importancia
de su aparición, pues existe una motivación por la cual se presentan;
son de un valor gnoseológico.
Con base en el concepto de “enunciado” es pertinente
preguntarse por su función dentro del texto literario, aunque la
6 Del griego: “γνώμη ης ή facultad de conocer, entendimiento, razón;
conocimiento…” (Vox, 1967: 121) La utilización de este término se remonta la

explicación que Gadamer sobre un poema de Hölderlin, así como a algunas clases del
Mtro. Eliseo Carranza en la Licenciatura en Letras Mexicanas de la UANL y en su Café
literario, de las cuales nació la necesidad por ahondar en el tema y la propuesta de este
proyecto.

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manifestación de dicha frase ya apunte a una intención por su sola
aparición, es necesario contextualizarla dentro del discurso en el que
fue expresada, pues “la interpretación del texto como un conjunto
es lo que hace visible su significado” (Gadamer, 2013: 164). No
se debe olvidar que la intención hermenéutica es comprender la
totalidad.
En cuanto a la forma de la interpretación y sus escalones,
Gadamer retoma el círculo hermenéutico propuesto por
Scheleiermacher y realiza ciertas modificaciones conceptuales,
apoyadas en el giro ontológico de Heidegger. Para el autor de
Verdad y método existen tres categorías que fungen como partes de la
exégesis:
Comprensión. Se debe entender como el proceso de apertura por
parte del receptor. “El que intenta comprender un texto está
dispuesto a dejar que el texto le diga algo.” (1998: 66) Para esto
se utiliza la información dada por el mensaje, en conjunto con los
pre-juicios, para generar las hipótesis, éstas deben ser sustentadas
en el mismo mensaje. El proceso de la comprensión se basa en
que las ideas creadas por el lector, sobre el sentido de la obra,
las cuales deben estar apoyadas en la misma. “La comprensión
empieza cuando algo nos llama la atención. Esta es la principal
de las condiciones hermenéuticas.” (69). Aquí es donde se
manifiestan las gnomés, por su carácter enunciativo.

Interpretación. Se plantea como la integración de la información
recolectada, en donde el lector debe sopesar los datos para conocer
la relevancia de su hipótesis con relación al texto. “Solo a la luz
de la interpretación algo se convierte en ‘hecho’ y una observación
posee carácter informativo.” (2013: 195) Aquí, al momento de
contextualizar las gnomés, por ejemplo, la correspondencia entre
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�Ricardo Damián Aguirre Garza / Lectura y reflexión

dichas frases y la totalidad del discurso debe tener un sustento,
modificando así su carácter de frase individual, a elemento
referente para la comprensión de la obra. “Esta indagación podrá
tener siempre una respuesta […] pues el que pregunta busca una
confirmación directa de sus hipótesis.” (196) El aspecto clave de
este segundo punto, es la formulación de la cuestión idónea, la cual
confirme la hipótesis.
Aplicación (o fijación). Es necesario recordar que la
hermenéutica gadameriana busca la comprensión del ser, es por
eso por lo que esta categoría apunta a una praxis. Pero, dentro
del ámbito literario, la utilización de este último punto refiere
a la triangulación de la información para generar una teoría, o
aplicación, sobre los hechos puestos en el escrito. “En todo caso el
escritor […] intenta comunicar lo que piensa […] El otro se atiene
al significado de lo dicho, es decir, lo entiende completándolo y
concretándolo”. (200) Es necesario que el receptor pueda fijar
las gnomés dentro del contexto de la obra con la intención de
comprender el mensaje velado del sentido literal. No obstante,
esos saberes tienen la función de hacer eco en el conocimiento
del lector: “para utilidad suya y de sus descendientes.” (Alighieri,
Cap. 2, párr. 3).
Como ya se mostró, estas categorías tienen la intención de
que el lector aprehenda los hechos que se encuentran en los textos
literarios, para construir su propia interpretación y elucidar el sentido
de la obra. Este tercer nivel de interpretación hermenéutica se puede
mostrar como una advertencia o una frase de conocimiento moral, las
cuales sirven en la práctica de la “frónesis” descrita por Aristóteles y
retomada por Gadamer como punto clave del trabajo hermenéutico.
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Ya explicados los mecanismos de los ‘enunciados’, así como
su proceso de contextualización en la obra de arte, es pertinente
mostrar cómo Gadamer describe dichas frases con relación a la
significación del texto completo. Para esto utiliza un poema titulado
Auf eine Lampe (“En una lámpara”) del alemán Mörike, enfocado en
el último verso “Was aber schön ist, selig scheint es in ihm selbst.”
(“Mas lo bello resplandece en sí mismo.”)
Ahora bien, la posición que ocupa este verso en el poema, la de
su conclusión, le confiere un peso gnómico especial. Y el poema
ilustra en efecto con su propio enunciado por qué […] posee su
propio valor. […] De ese modo nuestra mente no sólo conoce lo
que se dice sobre lo bello y lo que expresa la autonomía de la obra
de arte, independientemente de cualquier relación de uso, sino
que, nuestro oído oye y nuestra comprensión percibe el brillo de
lo bello como su ser verdadero. (2013: 218)

Aquí se aprecia sólo una parte de la interpretación del
filósofo, sin embargo, dentro del texto completo es posible observar
cómo el mismo Gadamer utiliza las categorías relacionadas al círculo
hermenéutico para la interpretación del texto, partiendo desde el
reconocimiento de la gnomé, su relación en la unidad del poema y la
aplicación dentro del texto y el lector. “La verdad que buscamos en
el enunciado del arte es la verdad asequible en la ejecución.” (246)
El cuarto y último sentido se denomina “anagógico”, que
para Dante y Boccaccio refiere al conocimiento superior del espíritu
“significa cosas sublimes de la gloria eterna.” (Alighieri, Cap. 2, párr.
4) Aunque esta definición está medida por los estudios escolásticos
de los autores, es necesario aclarar el término “gloria”. Para la RAE:
“En la doctrina cristiana, estado de los bienaventurados en el cielo,
definido por la contemplación de Dios”. Basándose en ese sentido,
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los personajes del texto son motivados por la bienaventuranza, o la
falta de ella, la cual se presenta en el nivel literal como parte de la
trama. Por otro lado, Beristáin define a lo anagógico como:
Exégesis o explicación e interpretación simbólica de un texto
bíblico o poético […] Algunos identifican el sentido anagógico
con el sentido alegórico que tiende a manifestar la dualidad de
lo material y lo anímico en la vida humana. […] Para Rastier
la anagoge es la conjunción de isotopías en lo poético y en lo
místico, que produce un efecto anagógico pues sugiere una
istopía jerárquicamente superior en la que las otras isotopías se
confunden.” (2010: 42)

Se debe entender que el sentido anagógico es aquel que está
metaforizado por la obra completa, es decir que el texto literario que
se lee es una alusión sobre ese sentido, pues dentro del documento
existen ciertos indicios que llevan a la interpretación de esa idea.
Al recordar la teoría de la comunicación de Jackobson, este último
nivel refiere al mensaje, el cual debe ser decodificado por el receptor,
para esto se necesita, en primera instancia, la observación de los tres
niveles anteriores.
Como se ha presentado a lo largo de este apartado, las obras
literarias suelen cabalgar entre dos sentidos y para comprender que
se busca mostrar en este nivel es necesario recurrir a los trabajos de
Paul Ricoeur en torno a la metáfora y la interpretación, esto debido
a su intención de mostrar cómo dicha figura tiende a una doble
significación, tanto en el literal como al que alude.
La utilización de la metáfora, para develar la idea que se
encuentre en el último sentido, parte del mecanismo de esta figura
retórica, pues al utilizarse para construir una imagen y/o idea, debe
separarse del aspecto descriptivo de las palabras, para dar paso a
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una (re)configuración de la relación entre los campos semánticos,
es decir, una fusión de los sentidos, con la intención de mostrar la
cuestión subyacente.
Partiendo de la definición acuñada por Aristóteles: “La
metáfora consiste en trasladar a una cosa un nombre que designa
otra” (Ricoeur, 2001: 21), es posible entender, en un primer
momento, cómo sirve dicho movimiento. No obstante, Ricoeur la
analiza, no solamente en su nivel lingüístico, sino que trabaja bajo las
teorías de la tensión y la sustitución, para explicar su funcionalidad.
La metáfora debe ser entendida como una figura que ‘hace
ver’ una imagen y que consta de dos partes: 1) “foco” la palabra que
es sustituida; y 2) “marco” la frase completa donde se contextualiza el
trabajo retórico7. El “foco” suele ser una característica de alguna otra
palabra que tiene una relación por semejanza de la frase a contextualizar.
Uno de los ejemplos que se muestra en La metáfora viva es
“Aquiles es un león”, donde la palabra que ha sustituido es ‘león’, aquí
la significación de dicho término debe estar emparentada, de cierta
forma, con la frase completa. Posiblemente las palabras que fueron
sustituidas son: fuerte, valiente, indomable; características que se le
atribuyen al animal. Pero al momento de contextualizar, es decir, de
unir “foco” y “marco”, se presenta una imagen y un significado.
La palabra metafórica está en lugar de una palabra no metafórica
que se habría podido emplear (si es que existe); la metáfora es
entonces doblemente extraña: porque hace presente una palabra
tomada de otro campo, y porque sustituye a una palabra posible,
pero ausente. (Ricoeur, 2001: 31)

7 De las definiciones que utiliza Ricoeur se optó por la propuesta de Max
Black, debido a la facilidad de su explicación.
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La tensión y sustitución manifestadas en la figura retórica
no solamente funcionan en el nivel semiótico, pues al momento
de tomar prestados aspectos de otro campo semántico, algunas
veces, ese lugar aludido se encuentra velado; ahí empieza el trabajo
de interpretación. El hecho de que exista una relación entre el
tema principal y el “subsidiario” confirma que las características
que generalmente se aplican al segundo son trasladas al primero.
(Ricoeur, 2001: 122)
Este juego de referencias, vinculado con las obras literarias, ya
muestra un trabajo de exégesis más consciente, pues “La integración
de estos complejos metafóricos a una obra se realiza por mediación
de una estructura narrativa, o, más sencillamente, por mediación de un
amplio campo semántico metafóricamente detallado.” (Ricoeur, 2001:
272) En este punto los valores de “foco” y “marco” pasan a otro nivel,
siendo el primero los elementos claves (que inclusive pueden ser las
mismas metáforas) y los segundo el documento completo. El trabajo
del lector sería encontrar los “focos” así como su lugar de origen.
En otra instancia, el sentido velado pertenece a un campo
que no se manifiesta de forma directa; es decir, lo que se mantiene
en el nivel anagógico, se intenta mostrar pero de otra forma. Sobre
esta oscilación entre los sentidos y su intención, Ricoeur apunta
que: “Al simbolizar una situación por medio de otra, la metáfora
‘infunde’ en el corazón de la situación simbolizada los sentimientos
vinculados a las situaciones que simboliza.” (Ricoeur, 2001: 254)
¿Por qué se plantea la metáfora como el mecanismo idóneo
para la interpretación de los textos literarios? Debido a dos aspectos
elementales dentro de cualquier obra: a) que lo contado es una “redescripción de la realidad”, en cuanto a que opera como un espejo
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de los sucesos; y b) el lenguaje poético de dichos documentos es
capaz de ahondar en la reflexión sobre el suceso, o la “mímesis”
planteada por Aristóteles (Ricoeur, 2002: 108)
La literatura debe ser entendida como una creación artística
que parte de la observación sobre los sucesos del contexto de
quien busca comunicar una idea. Por ende, la transmisión de la
información no puede ser de una forma directa, como si fuese un
simple comentario, sino a través de la representación de la realidad,
vista por los ojos del emisor y (re)estructurada con un estilo o
lenguaje poético, con la intención de resaltar su idea. “Por eso lo que
queremos comprender no es algo oculto detrás del texto, sino algo
expuesto frente a él.” (Ricoeur, 2002: 192) Se pretende interpretar
esa referencia a la que alude.
Ya entendida la función y los mecanismos de la metáfora
dentro de la obra literaria, no solo como figura retórica, sino como
totalidad semántica, es pertinente cuestionar el origen de la metáfora
y su relación con los distintos campos de significación, los cuales
pueden ayudar a dilucidar el sentido anagógico de la obra. “Para
interpretar la metáfora, es preciso eliminar del sentido propio los
rasgos incompatibles con el contexto.” (Ricoeur, 2001: 245)
Entiéndase la eliminación de los rasgos incompatibles como
aquellos elementos del texto literario que llaman la atención, los
cuales, al momento de la lectura, pareciera que su colocación puede
ser un error o algo extra sobre el camino que marca el documento
(Ricoeur, 2006:63). Por ejemplo: las gnomes vistas por Gadamer, o
algunos signos a decodificar. Todos esos aspectos, “extra-literales”
en su acepción hermenéutica del sentido literal, son los rasgos
que apuntan al nivel anagógico de la obra; el contexto es un mero
vehículo para llevar esos elementos.
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La metaforicidad no es sólo un rasgo de la lexis, sino del mismo
mythos, y esta metaforicidad consiste, como la de los modelos, en
describir un campo menos conocido —la realidad humana— en
función de las relaciones de otro campo de ficción pero mejor
conocido —la trama trágica—, empleando todas las virtualidades
de ‘desplegabilidad sistemática’ contenidas en esta trama. (Ricoeur,
2001: 323)

Ahora bien, existe un trabajo posterior a la identificación
de los aspectos que nos pueden ayudar a construir los sentidos
hermenéuticos. Como la metáfora utiliza un aspecto binario, es
necesario realizar un proceso de identificación “polisémica”; es decir,
encontrar aquellos elementos que puedan modificar su sentido en
pos de una relación con las ideas veladas.
Ricoeur apunta que existe un “conflicto” de distinciones
entre las interpretaciones, donde “la primera [literal], al no
utilizar más que valores lexicalizados, sucumbe a la impertinencia
semántica”. (385) Entendida esta idea como la lectura tal y como se
muestra ante el lector, donde el sentido de las palabras solamente
se adecua el descrito por el nivel literal. Mientras que “la segunda
[metafórico], al instaurar una nueva pertinencia semántica, exige a la
palabra una torsión que desplaza su sentido”. (385) Aquí se plantea
la modificación de los elementos, partiendo de la relación de sentido
o la polisemia, lo cual será capaz de modificar su sentido “literal” y
mostrar esa “torsión” hacia un sentido metafórico.
Todo este proceso de interpretación y sus niveles (literal,
alegórico, moral y anagógico) busca conocer el significado de la obra
literaria, pues son los clásicos, por ejemplo, que permanecen a través
de los contextos por esa parte elemental del documento, ese sentido
que merece ser descubierto. El mismo Ricoeur se pregunta sobre
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la importancia de interpretar el significado y se responde aludiendo
a que “el lenguaje es metafórico y porque el doble significado del
lenguaje metafórico requiere un arte de descifrar para desplegar la
pluralidad de estratos del significado.” (2002: 184) Entiéndase que
refiere a la pluralidad de los sentidos hermenéuticos, pues ellos están
colocados de cierta forma para que el receptor perspicaz pueda
observarlo, a la par que realiza la lectura. Porque el texto literario
se puede entender como un fenómeno completo, no solamente la
sucesión de oraciones, sino como una totalidad.

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�Ricardo Damián Aguirre Garza / Lectura y reflexión

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�Dosier
Humanitas, vol. 2, núm. 4, 2023

Perspectivas críticas de los géneros de la literatura
popular: policiaco y literatura especulativa en
Hispanoamérica
Introducción
En Hispanoamérica existe una larga tradición de literatura policiaca
y de literatura especulativa. Su origen puede rastrearse a finales
del siglo XIX como resultado de la expansión de los canales
transnacionales y transatlánticos de transmisión cultural que
favorecieron la difusión de obras en traducción y las consiguientes
asimilaciones y reformulaciones locales de nuevas tendencias
literarias procedentes de Estados Unidos y Europa (Close, 2008: 4).
Ya en 1877, aparecen ejemplos de novelas policíacas en Argentina,
tales como La huella del crimen y Clemencia, ambas escritas por
Luis V. Varela (Schmidt-Cruz, 2019: xviii). Paralelamente, la obra
de autores tales como Eduardo Ladislao Holmberg, Amado Nervo
y Horacio Quiroga se configura como precursora de la tradición
de la literatura especulativa en la región. No obstante, a pesar de
sus raíces históricas y que la experimentación con dichas formas
fuera empleada por reconocidos/as autores/as, tales como Borges y
Bioy Casares, estos géneros narrativos han sido marginalizados por
la crítica literaria. Si por un lado la asociación con géneros a menudo
considerados populares y menores ha desincentivado a los/as
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�Francesco Di Bernardo y Luis Miguel Estrada Orozco / Introducción
autores/as a reivindicar su obra como parte de estas tradiciones, por
otro lado, la crítica ha concedido mayor atención a las formas del
realismo mágico asociadas con el Boom y sus fortunas editoriales
(Ginway y Brown, 2012: 1; Casanova Vizcaíno y Ordiz, 2018: 2).
Sin embargo, en las últimas décadas, la aparición de
textos que reclaman el lugar de estos géneros en la literatura
hispanoamericana y la mirada retrospectiva puesta sobre obras
anteriores para crear una nueva tradición a través del diálogo entre
pasado y presente, ha estado acompañada de una renovada atención
por parte de la crítica. Sin pretender ofrecer una revisión exhaustiva
del estado actual de la producción literaria sobre estos géneros, el
presente dossier propone establecer un diálogo con la recientes
aproximaciones críticas y teóricas a través de lecturas que abordan
el género policiaco y especulativo a través de un amplio espectro de
perspectivas, centrándose en obras de autores/as que reivindican su
posicionamiento en las tradiciones de las narrativas policíaca y de la
literatura especulativa.
En el caso de la narrativa policíaca, su origen viene de la
mano con los cambios propiciados por la revolución industrial
como el crecimiento poblacional urbano. Ramón Setton destaca
además cambios en los sistemas judiciales: “la supresión de la
tortura y, paralelamente, el desarrollo del paradigma indiciario”
(2013: 10), es decir, la impartición de justicia bajo el supuesto de
investigación y evidencia, y no de confesión obtenida por cualquier
medio. Habría que añadir también la nueva importancia de la prensa
escrita y las “causas célebres”, crímenes verdaderos que acaparaban
la imaginación popular (Flores 2005), pues como demuestra “El
misterio de Marie Rogêt”, de Poe, el crimen real y la literatura del
género tienen nexos profundos. Francisca Noguerol explica que
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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-49

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

los pioneros del género en América Latina en el siglo XIX “fueron
conscientes de la escasa consideración literaria del género, lo que
los llevó a ocultarse bajo seudónimo” (2006, 115). En el Cono
Sur, el escritor y político argentino Luis Vicente Valera disfraza su
identidad bajo el seudónimo Raúl Weiss para publicar la primera
novela del género en Latinoamérica (la ya mencionada, Las huellas
del crimen, de 1877), la cual, como también lo hicieron las novelas de
Eduardo L. Holmberg y Paul Groussac, siguió el modelo dominante
anglosajón del “whodunit”, la novela de enigma. Este formato gozó
de predilección entre el final del XIX y el inicio del siglo XX como
lo muestran las narrativas breves de los uruguayos Horacio Quiroga
(“El crimen del otro”, de 1904) y Vicente Rossi (en su colección
de relatos Casos policiales, de 1912), además del chileno Alberto
Edwards (Noguerol, 2006: 114-115). En el avance del siglo, la figura
de Jorge Luis Borges se nos presenta en una doble calidad: como
reformulador y como difusor. Como reformulador, en “La muerte y
la brújula” y “El jardín de los senderos que se bifurcan” (ambos en
Ficciones), Borges parodia motivos familiares a los lectores del género
para plantear problemas estéticos. Como difusor, Borges, junto a
Bioy Casares, es responsable de la colección “Séptimo Círculo”, que
llevó autores del género a Latinoamérica desde 1945 (paralelamente,
desde 1946, Santiago Helú, en México, funda la revista Selecciones
policiacas y de Misterio). En la década de 1970 surge un hito en la
narrativa policiaca latinoamericana que seguirá influyendo la
producción del siglo XXI: el “neopolicial”, como se llamó a novelas
alimentadas del hard-boiled estadounidense, pero que aguzaron su
crítica social respondiendo a los problemas políticos de la época
marcados notablemente por Estados latinoamericanos opresores.
Paco Ignacio Taibo II definió algunas características del género: “la
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�Francesco Di Bernardo y Luis Miguel Estrada Orozco / Introducción
policía como fuerza del caos” y el “hecho criminal como un accidente
social”; además de ambientes urbanos y de la marginalidad de sus
personajes centrales. El neopolicial avivó el interés por el potencial
crítico y estético de la narrativa policiaca, y consolidó su lugar en los
estudios literarios, como ejemplifica el clásico Crimes against the State,
crimes against Persons: Detective Fiction in Cuba and Mexico (2004), de
Persephone Braham. Recientemente, el interés por los orígenes del
género entre los siglos XIX y XX han llevado a compilaciones como
la de Ramón Setton, El candado de oro: 12 cuentos policiales argentinos
(1860-1910). Además, estudios como Hispanic and Luso-brazilian
Detective Fiction: Essays on the Genero Negro Tradition (2006, editado por
Renée W. Craig-Odders, Jacky Collins y Glen S. Close) o Contemporary
Hispanic crime fiction: a transatlantic discourse on urban violence, de Glen
S. Close (2008), ponen de relieve tanto las conexiones entre este
género y otras narrativas vinculadas a la violencia social, como la
relevancia de sus conexiones transatlánticas. Durante el siglo XXI,
la novela policiaca ha encontrado formas de volver hacia el pasado
y vincular distintos tipos de violencia como parte de la estructura
de la trama criminal (como guerrillas, terrorismo y violencia política
y de Estado), como ha sido revisado por Gustavo Forero Quintero
en La novela de crímenes en América Latina: un espacio de anomia social
(2017). Igualmente, revisiones panorámicas del género han llamado
la atención de la crítica, como en Crime scenes: Latin American crime
fiction from the 1960s to the 2010s (2019, editado por Charlotte Lange
y Alisa Peate). Recientemente, libros de no-ficción como Chicas
muertas (2014), de Selva Amada, o El invencible verano de Liliana, de
Cristina Rivera Garza, ponen nuevos énfasis en las exploraciones
estéticas y críticas de la literatura latinoamericana sobre crimen que
usa recursos de los géneros policiacos. Como en 1955 hizo Rodolfo
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Walsh con Operación Masacre (otro pilar del género en América
Latina), los recursos de una narrativa identificada con medios
masivos y entretenimiento pueden ofrecer recursos discursivos para
adentrarse en problemáticas sociales.
Por otro lado, como observa Kurlat Ares, un primer
periodo de desarrollo de la ciencia ficción en Hispanoamérica
coincide con la difusión del pensamiento positivista en la región en
la mitad del siglo XIX, mientras que un segundo periodo emerge
en los años treinta con las reflexiones en torno a la modernidad.
Esta coincidencia, añade la crítica, es una de las causas por las que
erróneamente se considera que la ciencia ficción no emerge en la
región antes de los años sesenta (2021: 7), década en la cual el género
empieza a recibir un primer reconocimiento en el mercado editorial
y entre el público. Por otro lado, la crítica literaria ha asociado a
menudo la literatura especulativa a la categoría más amplia de
literatura fantástica, a pesar de que ya en los años sesenta aparecen
los primeros intentos de definición y teorización del género con la
publicación de volúmenes tales como El sentido de la ciencia ficción
(1966) de Pablo Capanna, La ciencia ficción: Breve antología del género
(1966) de René Rebetez e Introducción a la ciencia ficción (1971) de
Oscar Hurtado (Kurlat Ares, 2021: 11). Por esta razón, es sólo a
partir de los primeros años del siglo XXI que el estudio de este
género se consolida como un campo legítimo de la crítica académica
(Haywood Ferreira, 2008: 359; Ginway y Brown, 2012: 3). Esta se
ha centrado inicialmente en un proceso de retrocategorización
(retro-labeling). A través de una mirada retrospectiva se ha buscado
establecer las coordenadas de una genealogía de estos géneros
literarios (Haywood Ferreira, 2011; Ginway y Brown, 2012). Este
proceso se ha desarrollado paralelamente a la reedición de obras
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�Francesco Di Bernardo y Luis Miguel Estrada Orozco / Introducción
fundacionales de la ciencia ficción en la región (Haywood Ferreira,
2008: 359). Entre los estudios que aparecen en la primera década del
siglo XXI, se pueden mencionar Biografías del futuro: la ciencia ficción
mexicana y sus autores (2000) de Gabriel Trujillo Muñoz, el cual analiza
el trabajo de cuatro autores; Expedición a la ciencia ficción mexicana
(2001) de Ramón López Castro, que se centra en una historia del
género y una discusión de la producción de literatura especulativa
en México; y Ciencia ficción en español: una mitología ante el cambio (2002)
de Molina-Gavilán. Paralelamente se publica un manual titulado
Latin American SF Writers: An A-Z Guide, (2004), coordinado por
Darrell B. Lockhart. Test Tube Envy (2005) de J. Andrew Brown,
por otro lado, analiza el discurso científico en la literatura argentina
desde Facundo de Sarmiento hasta Cortázar, Gorodischer y
Giardinelli (Ginway y Brown, 2012: 4-5). Asimismo, en una más
reciente fase de la crítica académica de la literatura especulativa, que
Brown y Ginway definen como de la fase de teorización, emergen
estudios que a través de diferentes aproximaciones abordan no
sólo una reformulación de la literatura del pasado sino también
de la producción reciente. Si The Emergence of Latin American
Fiction (2011) de Rachel Haywood Ferreira estudia la literatura
especulativa fundacional del siglo XIX, volúmenes tales como, entre
otros, Cyborgs in Latin America (2010) de J. Andrew Brown, Latin
American Science Fiction, Theory and Practice (2012), coordinado por
M. Elizabeth Ginway y J. Andrew Brown y Peter Lang Companion to
Latin American Science Fiction (2021), coordinado por Silvia G. Kurlat
Ares y Ezequiel De Rosso, ofrecen una combinación de revisión
crítica histórica y teorización. Es precisamente en este espíritu en
el cual se inscriben las contribuciones de la sección de este dossier
dedicada a la literatura especulativa.
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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-49

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

El dossier se divide en dos secciones, la primera dedicada a
la narrativa policiaca y la segunda a la literatura especulativa. Si, en
primera instancia, el género policiaco y especulativo parecen divergir,
con el primero preocupado por la revelación de la realidad factual y
el segundo aparentemente centrado en imaginaciones de mundos y
tecnologías posibles, estos géneros no sólo comparten una inquietud
por aproximarse a la realidad social de la región sino algunos aspectos
históricos de su evolución. Es la ideología positivista que sienta las
bases del policiaco fundacional, centrada en detectives cuyo método
de trabajo se basa en principios científicos y racionales (Close
2008: 141). Asimismo, es la difusión del Positivismo en los estadonaciones independientes del siglo XIX que influencia el imaginario
tecnológico y científico de las primeras obras de la especulación
en Hispanoamérica. Asimismo, el neopolicial y el ciberpunk de
los años ochenta y noventa comparten el imaginario y la crítica
social del hard-boiled estadounidense para expresar desconfianza
hacía los aparatos del estado y el sistema capitalista, así como para
denunciar la institucionalización de la represión y de la violencia y la
descomposición social. Efectivamente, las tendencias más recientes
evidencian una creciente hibridez y combinación de las formas del
policíaco, del horror y de la ciencia ficción, como se señala también
en las contribuciones de este dossier. El presente dossier, asimismo,
se configura no sólo como una contribución a y diálogo con los
recientes debates sobre estos géneros, sino también como una
propuesta de teorización de la literatura policiaca y especulativa de
la región y del mundo hispanohablante desde Hispanoamérica.
La primera sección, dedicada al policiaco, comienza con el
análisis de Samantha Escobar Fuentes de Tuya, de Claudia Piñero.
Para Francisca Noguerol (2006), uno de los cambios en la narrativa
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�Francesco Di Bernardo y Luis Miguel Estrada Orozco / Introducción
policiaca latinoamericana, además del giro político implícito en
el neopolicial, fue el “triunfo del asesino”, es decir, el interés por
el personaje criminal. En su artículo “Tuya de Claudia Piñeiro:
de esposa perfecta a asesina calculadora”, Escobar Fuentes, el
personaje de la novela es analizado en las implicaciones que el crimen
tiene en las construcciones de los roles de género y las relaciones
interpersonales. Por su parte, Lya Morales Hernández nos acerca al
cruce entre la literatura policiaca y el periodismo sobre crímenes en
“Crimen, acumulación salvaje y el trópico veracruzano: las tramas de
la ‘NAFTAficación’ en las crónicas negras de Fernanda Melchor”.
En un análisis que sigue algunas de las premisas del neopolicial, las
narrativas sobre crímenes de Aquí no es Miami (2013) son revisadas
desde su la afectación que la lógica extractivista del capital tiene sobre
su periferia. Destaca además el modo en que se analizan los espacios
fuera de la capital mexicana, centrándose en Veracruz, continuando
así con la ampliación de las geografías del crimen en México. En
“Idealización y cliché en el narcopolicial mexicano: la saga de Édgar
‘el Zurdo’ Mendieta”, Gerardo Castillo analiza la vinculación de uno
de los personajes clave de la narrativa mexicana policiaca reciente
con los modelos de la literatura del género. Mendieta, en este
análisis, es al mismo tiempo un contrapunto honesto e íntegro al
caos violento del crimen, pero igualmente un heredero de los clichés
de sus predecesores. Finalmente, Luis Miguel Estrada Orozco, en
“Colapsos y crímenes cosmopolitas en Linda 67, de Fernando del
Paso” revisa la única novela policiaca del escritor mexicano desde
una perspectiva doble: el diálogo con los repertorios de la novela
policiaca y los artículos de lujo, así como la implicación de la
ambición cosmopolita tergiversada de David Sorensen, el asesino
y personaje central de la novela, en tanto que representa el reverso
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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

criminal y consumista de las ambiciones de pertenencia al mundo en
el cosmopolitismo latinoamericano.
La segunda parte del dossier se centra en aproximaciones
críticas de la literatura especulativa. Si en su volumen Ginway
y Brown ponen de manifiesto la importancia de las antologías
como vitrina para la producción especulativa en Hispanoamérica
(2012: 10), el artículo de Alejandro Ramírez Lámbarry que abre
esta sección del dossier, titulada “La ciencia ficción mexicana: del
margen a un centro que es muchos centros”, propone un análisis de
cuatro antologías de ciencia ficción publicadas en México a través de
la teoría de los campos de Bourdieu. Si las primeras dos, publicadas
en 1991, afirma Ramírez Lámbarry, llenan un vacío en el campo
literario mexicano, generado por el controversial posicionamiento
crítico de la literatura especulativa como género menor o popular,
las siguientes dos antologías se asumen en esta lucha desde el
margen para adquirir mayor capital literario. Esto ocurre a través
de una cercanía y apropiación de tradición literaria más canónica,
la del género de la literatura fantástica, de una reivindicación de su
posicionamiento en la periferia del campo literario mexicano, o a
través de la centralidad de los temas nacionales y de un lenguaje
coloquial. La segunda contribución, “Cuando se finge que es ficción:
aproximación deíctica a La piel del vigilante de Raúl Quinto, un caso
de poesía especulativa” de Gustavo Osorio De Ita, propone llenar
un vacío en la crítica sobre la especulación, a menudo centrada en la
narrativa o en el cine, a través de un análisis de poesía especulativa.
Centrándose en la lectura del poemario distópico La piel del vigilante
(2014) del poeta español Raúl Quinto, poemario circunscrito al
universo paralelo y distópico creado por Alan Moore en la serie
de novelas gráficas Watchmen (1986), Osorio De Ita discute cómo
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�Francesco Di Bernardo y Luis Miguel Estrada Orozco / Introducción
se construye una poesía especulativa desde el posicionamiento
del sujeto y la recuperación de espacios y tiempos a partir de la
narrativa de Moore. Finalmente, si el artículo anterior evoca las
novelas gráficas del británico Alan Moore, el artículo de Francesco
Di Bernardo, “Figuraciones distópicas y civilizaciones perdidas en
la Colombia post-acuerdo: Liborina de Luis Echavarría Uribe”, se
enfoca en la novela gráfica especulativa colombiana, discutiendo
la novela gráfica Liborina (2020) de Luis Echavarría Uribe,
contextualizando el análisis en el marco del “giro rural” (Ospina,
2017) en la cultura colombiana. Por ende, el artículo de Di Bernardo
discute la emergencia de una novela gráfica especulativa que se aleja
de las ambientaciones urbanas que han dominado el imaginario del
comic colombiano y analiza Liborina a través de su relación con los
tropos utópicos de la civilización perdida y la distopía orwelliana.
Francesco Di Bernardo y Luis Miguel Estrada Orozco

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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

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�Dosier
Humanitas, vol. 2, núm. 4, 2023

Tuya de Claudia Piñeiro: de esposa perfecta a
asesina calculadora
Claudia Piñeiro’s Tuya: from Perfect Wife to
Coldblooded Killer
Samantha Escobar Fuentes
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla
Puebla, México
Orcid: 0000-0001-5123-0437
samantha.escobar@correo.buap.mx

Fecha de entrega: 14-12-2022 / Fecha de aceptación: 20-02-2023
Resumen: Inés, hija, esposa, madre y ama de casa lleva una rutinaria vida
matrimonial con Ernesto Pereyra a quien conoce desde hace veinte años
y con quien tiene una hija adolescente: Laura, Lali como cariñosamente
la llaman. Su aparente estabilidad se ve trastocada cuando descubre
accidentalmente que su marido está teniendo una aventura con otra mujer,
una desconocida que firma notitas de amor a su marido, como “Tuya”.
Ese es el detonante que revelará una nueva e inesperada faceta de Inés,
que Claudia Piñeiro va develando poco a poco en Tuya (2005). Esta breve
novela dividida en dos partes –“Primera parte” del capítulo 1 al 18 y “Cinco
meses después” del 19 al 39– acerca al lector, por un lado, al interior del
mundo femenino de su protagonista, sus recuerdos de infancia, la relación
con su madre –que marca en parte la que ahora, ella como madre tiene con
su hija–, su papel como esposa; y por otro al de su actuación criminal. Este
trabajo pretende abordar a su protagonista desde la perspectiva del discurso
prescriptivo que la lleva de una mujer que justifica y solapa una infidelidad

105

�Samantha Escobar Fuentes / Tuya de Claudia Piñeiro

a la asesina que con cuadros sinópticos, recortes de periódicos y revistas
forenses planea el asesinato de la amante de su marido con un detalle y
cuidado inusitado, al tiempo que ignora por completo las dificultades por
las que atraviesa su hija, quien critica duramente el modelo de sumisión y
permisividad que observa en la relación de sus padres.
Palabras clave: novela policiaca, Claudia Piñeiro, Tuya, asesinas, narrativa
argentina
Abstract: After twenty years of marriage and with an adolescent daughter,
Ines sees her seemingly perfect life with Ernesto revolted by the discovery
of her husband’s affair with a woman who signs love letters under the
name “Tuya” (“Yours”). This will be the trigger of Ines’ future course of
action, taking her from model wife to coldblooded killer, an unexpected
facet of her personality. In this novel, divided into two main parts –Primera
parte (First Part) and Cinco meses después (Five months later)–, Claudia
Piñeiro, by using three different narrators (Ines, Lali and a third person
narrator), shows both, the life of an average Latin American woman and
her development as a criminal. Thus, we intend to show in the following
pages, the way in which Ines transforms herself from a perfect housewife
who justifies her husband’s infidelities, into a coldblooded killer who takes
time in studying about forensic sciences in order to commit a perfect
crime; ignoring, meanwhile, the problems of her adolescent daughter Lali
who is pregnant. By doing so, we want to show the importance of the
prescriptive female speech (as proposed by Margarita Dalton Palomo),
as a requirement of excellence for women in all of the roles they have to
fulfill in Latin American society.
Keywords: police novel, Claudia Piñeiro, Tuya, female murderers,
Argentinian narrative

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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-54

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

“Con el delito se construyen
conciencias culpables y fábulas
de fundación y de identidad
cultural”
Josefina Ludmer

Desde la génesis de las ciencias forenses en el siglo XIX1 el interés
por definir y determinar la conducta criminal no ha hecho sino
multiplicarse. El origen de la violencia, sus posibles detonadores
y atenuantes han sido objeto de investigación de ciencias como la
biología, la psicología, el derecho y la sociología, que han contribuido
a la comprensión de la mente y las motivaciones criminales. Aunque
las posturas más actuales apuntan hacia la conjunción de una serie
de factores diversos, el del género no siempre fue atendido. Según
Islam, Banarjee, y Khatun “in the early periods of the classical
theories, any types of crime and criminality were treated as male
crime” (2014: 2) otorgando un carácter masculino a la comisión
de delitos2. Esto no es casual considerando que hasta hace muy
poco el término “hombre” era equivalente a género humano y es
que si revisamos la historia escrita de la humanidad, desde Caín,
1 Si bien el interés por la muerte y el conocimiento de sus causas han
estado presentes en la humanidad desde que esta existe, se considera que
es hasta el siglo XIX que la participación de los médicos en el auxilio de la
determinación de las causas de muerte violenta toma relevancia a partir de la
participación de los mismos en procesos judiciales.
2 El primer acercamiento a la criminalidad femenina tenía que ver
con determinar similitudes de las delincuentes con las de sus contrapartes
masculinas: “Female criminals are more ‘masculine’ than non-criminals
females, biologically, psychologically, and socially. In social psychological
terms, female criminal behavior is a concomitant of role reversal (Weis,
1976).” (Islam, Banarjee, Khatun, 2014: 2)
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�Samantha Escobar Fuentes / Tuya de Claudia Piñeiro

encontramos una constante masculina predominante, a pesar de
que, como bien apunta Sandra Clark, “women as perpetrators of
disorderly, evil or criminal acts go back to the very beginnings of
Western mythologies” (2003: IX)3. Así, la abundancia textual de
crímenes masculinos evidencia una documentación centrada, como
acabamos de mencionar, en el hombre como epítome de la raza
humana; como recuperan Kottow y Traverso de Amícola, el universal
freudiano de lo siniestro resultó capital al dar “por sentado que lo
masculino era el representante absoluto del género humano. A los
varones del psicoanálisis no les interesó demasiado cuáles podían
ser los miedos femeninos, puesto que la mujer no era el universal
como patrón de medida de la humanidad” (74).
El interés del presente trabajo, si bien no consiste en una
apología de la criminalidad femenina equiparándola en términos
de recurrencia o crueldad con la masculina, sí requiere de dicha
puntualización en tanto que utiliza la idea de discurso sexuado
como relevante en la caracterización del ser y el actuar masculino y
femenino. Dado que la historia de la humanidad está construida por
discursos –predominantemente los verbales, sean estos científicos,
noticiosos o literarios–, no resulta ocioso abordar el tema desde el
punto de vista literario. Baste recordar que ni Sherlock Holmes ni
Hercules Poirot –por hablar de dos de los detectives fundacionales
más conocidos de ficción– se enfrentaron a mujeres criminales,
aunque las existieran desde siempre.
¿Son las asesinas de ficción diferentes en métodos y
motivaciones a sus contrapartes masculinas? ¿es la proliferación de
3 Lo que no significa que no haya menciones bíblicas a mujeres criminales
como Salomé y Dalila por citar dos de las más conocidas.

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asesinas ficcionales un correlato de la criminalidad femenina en la
sociedad occidental? ¿nos muestra una situación desfavorecida –que,
aunque ficcional, es real– en la que el género femenino expresa su
imposibilidad de equidad? Las respuestas son diversas en el tiempo
y el espacio.
Desde las ciencias forenses, uno de los primeros intentos
serios de sistematizar la conducta criminal femenina, fue The
Criminal Offender de Cesar Lombroso quien en 1895 recurriría a la
anatomía como principal explicación de la delincuencia femenina.
Para Lobroso existen anormalidades fisiológicas que podrían ayudar
a la determinación de una naturaleza criminal: el tamaño del cráneo,
características faciales y algunos padecimientos mentales estarían
en la base de la conducta violenta. Dichos razonamientos fueron
polémicos desde su momento de origen y cuestionados por su
reduccionismo centrado en el predominio de la biología sobre el
comportamiento humano sin distinción de género:
historically, criminologists ignored female criminality. The little
attention that was given to female offenders usually was limited to
three contexts: (i). comparison that understood women’s lack of
involvement in crime related to men; (ii). studies of prostitution;
and (iii) analyses of the depravity of violent women, the rational
being that since normal women are passive, the few women who
do commit violent crime must be sick (Curran and Ranzetti,
2001)”. (Islam, Banarjee, Khatun, 2014: 1)

Actualmente, según Islam et al., las diferentes posturas de
estudio pueden ser agrupadas en “four theoretical traditions of
female criminality and its causation: (i) Masculinity Theories, (ii)
Opportunity theories, (iii) Marginalization theories, and (iv) Chivalry
theory” (2013: 3) consecuentes todas de contextos específicos de
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pensamiento de género. Así, se pasa de asociar a la violencia con
la masculinidad (Masculinity Theories), a que, con el advenimiento
de las luchas por los derechos femeninos y un rol más activo de
las mujeres en la sociedad, estas se ven más expuestas a cometer
delitos (Opportunity theories); o a que, su situación desfavorable
y de marginación las llevan a ejercer la violencia como medio de
supervivencia y/o liberación (Marginalization theories); y finalmente
a considerar que el sistema legislativo juzga y castiga con mayor
condescendencia a las mujeres, lo que las llevaría a delinquir con
mayor facilidad y menores consecuencias (Chivalry theories).
En el ámbito literario, Josefina Ludmer señala la importancia
del tratamiento del tema pues “en las ficciones literarias ‘el delito’
podría leerse como una constelación que articula delincuente y
víctima, y esto quiere decir que articula sujetos: voces, palabras,
culturas, creencias y cuerpos determinados. Y que también articula
la ley, la justicia, la verdad y el estado con esos sujetos” (1999: 14).
Así, el discurso literario no opera en el vacío sino dentro de un
marco de referencia conocido para el lector. Esto es, aunque los
delitos y delincuentes sean ficcionales, el entramado social, moral,
legal, emocional, etc. que reviste al crimen no lo es; en palabras
de la estudiosa argentina “el delito es un instrumento conceptual
particular; no es abstracto sino visible, representable, cuantificable,
personalizable, subejtivizable; no se somete a regímenes binarios;
tiene historicidad, y se abre a una constelación de relaciones y
series” (Ludmer, 1999: 12)4 el de género entre ellos de ahí que se
4 Queremos entender por “regímenes binarios” a las categorías de “bueno”
y “malo”; “correcto” o “incorrecto” que estarían detrás del juicio de un crimen
pero que, como Ludmer apunta, encierra muchas más variables que las de una
dicotomía ramplona.

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recurra aquí al concepto de discurso sexuado como generador de las
características literarias de las mujeres (y de las asesinas).
En Mujeres, diosas y musas, tejedoras de la memoria Margarita
Dalton Palomo, al estudiar los orígenes del discurso de lo
femenino5 en textos fundacionales de la cultura occidental, define
discurso sexuado como aquel “que se construye a partir de la
diferenciación entre la mujer y el varón. A partir del sexo del sujeto
se crea el discurso que lo acompañará y deberá determinarlo en
su modalización. Se trata al sujeto de forma distinta si pertenece
a un sexo o al otro” (1996: 18) afirmación que no por obvia
resulta siempre evidente. Así, las categorías de hombre y mujer
en Occidente van acompañadas por un cúmulo de características,
valores y valoraciones que impactan en lo que Greimas ha definido
para el ámbito de la literatura, como competencia modal. La misma
está dividida en seis categorías o niveles de actuación; la del saber,
querer, deber, poder, hacer y ser6. Esto se refleja en que, por ejemplo,
se asume que por nacer hombre o mujer ya se “es” fuerte, valiente,
delicada, etc.; se “sabe” de asuntos domésticos, de negocios, etc.; o
se “hacen” naturalmente cosas como construir, reparar, alimentar,
cuidar, etc. Cabe recordar que aunque “el discurso sexuado es sólo
el reflejo de una realidad social, se intenta en ocasiones presentarlo
5 Discurso que Dalton Palomo define como “todo lo que se refiere a la
categoría mujer: alusiones directas o indirectas a la naturaleza de la hembra
de la especie humana, formas de clasificación sexuada en el pensamiento
abstracto, asociaciones figurativas, metáforas, formas o modos de expresión
que excluyen a la mujer” (1996: 21).
6 Cfr. “Les actants, les acteurs et les figures” de Greimas. Tomamos dichas
categorías de análisis que nos parecen útiles, pero no hacemos un análisis
greimasciano, sino que nos inclinamos hacía lo sociológico que nos permite,
a través de dichas esferas, mostrar cómo se construye al sujeto femenino
discursivamente.
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�Samantha Escobar Fuentes / Tuya de Claudia Piñeiro

como una verdad de naturaleza física y/o biológica, y por tanto
inalterable” (Dalton, 1996: 22; las cursivas son del original). Así, la
literatura como discurso social no escapa a estas consideraciones y, a
su vez, repercute en lo extraliterario: “la constelación del ‘delito’ en
literatura no sólo nos sirve para marcar líneas y tiempo, sino que nos
lleva a leer en las ficciones la correlación tensa y contradictoria de
los sujetos, las creencias, la cultura y el estado” (Ludmer, 1999: 15).
Ya hemos señalado como ejemplo de esto que la abundancia
de documentación sobre criminales hombres ha llevado a asociar
dicha condición como propia de tal género y no de su contraparte
femenina. Es así que “tanto lo masculino como lo femenino
evocan un marco de referencia convencional que presupone ciertas
aptitudes según el sexo, pero no se detiene ahí, sino que encierra
concepciones de prestigio, poder, dominio, etc., y sus opuestos”
(Dalton, 1996: 23) por lo que cabría preguntarse por las asesinas
ficcionales, sus razones y métodos.
En El cuerpo del delito. Un manual, Josefina Ludmer revisa
algunos casos de mujeres asesinas en la narrativa argentina y
aunque no es ese su objetivo, a pie de página nos hace una breve
pero sustancial recapitulación de la figura de la femme fatale como
precursora de la asesina, notando que sería en la Inglaterra de
finales del siglo XIX, “en un período de incesante clasificación y
denominación, cuando se define la sexualidad normal, la anormal
y las perversiones” (1999: 376) cuando apareciera esta mujer fatal.
En dicho trabajo, la crítica argentina, estudia lo que ella llama “los
cuentos de delitos” en la narrativa de su país a partir del siglo XIX
para concluir que “las que matan en las ficciones están hechas de
‘signos femeninos’: todas matan por pasión, por amor o celos o
venganza, y sus crímenes son domésticos; matan a ex amantes o
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maridos que no han cumplido con su palabra o mienten”7 (794),
lo que de alguna forma justificaría sus actos al no estar motivados
por la simple sed de violencia sino por una especie de búsqueda de
resarcimiento de algún daño causado a su persona.
Godsland por su parte, enfocada en autoras españolas del
siglo XX, propone que las mujeres criminales adoptan papeles más
“masculinos” que los que le son adjudicados por la sociedad quizá
buscando “demostrar que la mujer no puede alcanzar sus metas
siguiendo las reglas del juego establecidas para ella por la sociedad
patriarcal” (2002: 21), afirmación que compartiría parcialmente la
justificación de la delincuente que sostiene Ludmer.
En el mismo tono encontramos las ideas de Jimena
Bracamonte quien dice que “el asesinato se vuelve instrumento
desnaturalizante de la protagonista femenina teniendo en cuenta las
imposiciones simbólicas de ‘lo esperable’ para ella y el hecho de que
trastocan o deconstruyen el rol social que la mujer tradicionalmente
debe asumir, quizás con el objetivo de recuperar sus cuerpos”
(Bracamonte, 2).
Diversificando un poco estas posturas pero más o menos
en concordancia con lo anteriormente dicho, Kottow y Traverso
agrupan la obra de autoras como Marta Brunet, María Luisa
Bombal y Silvina Ocampo en tres categorías: una en la que las
mujeres se rebelarían contra un mundo masculino en el que se
encuentran aprisionadas; otra en la que el ejercicio de la violencia
no fuera explicable y; una tercera y última en “donde lo femenino
encuentra inusitadas formas de acogida” (2021: 58). La primera
7 En cuanto a la domesticidad de los delitos femeninos véase Godsland,
quien expone, en una nota al pie, varias posturas sobre el asunto para el caso
de España, mostrando que no existe un consenso al respecto.
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de estas categorías sería básicamente coincidente con lo que se ha
venido diciendo sobre la criminalidad femenina como medio de
liberación del régimen patriarcal. La segunda tendría un cariz más
bien experimental en el que “el asesinato ya no aparece como un
efecto más o menos comprensible de múltiples injusticias vividas,
sino como un ente extraño, de imposible absorción” (Kottow et al,
58-59). Finalmente, la tercera categoría comprende textos “donde
la violencia se esconde detrás de máscaras que ostentan una cierta
inocencia, una falta de conciencia, que apunta hacia lo infantil” (59).
El eje rector violento que Kottow y Traverso encuentran en estas
tres categorías muestra a mujeres que “parecen contradecir una serie
de características asociadas tradicionalmente a la femineidad. Por
ello, se pueden leer todas las obras, en mayor o menor medida, como
textos que resisten prejuicios y estereotipos, poniendo en juego
imágenes que impulsan otros imaginarios” (81). Como podemos
ver, la mayoría de los estudios sobre narrativa de mujeres asesinas
sostiene, de un modo u otro que la violencia por estas ejercida
es el resultado de condiciones de marginalidad o agresividad que
requieren de tal tipo de respuesta para poder subsistir y liberarse,
un poco como los estudios de criminalidad femenina que hemos
revisado sostienen.
En el caso que nos ocupa Inés, la protagonista de Tuya
(2005) de Claudia Piñeiro, se nos va revelando poco a poco como
pasional sí, pero no arrebatada, sino pensante y calculadora, reflejo
quizá del papel que como mujer y esposa se espera que cumpla.
Inés no se puede permitir fallar y si bien el asesinato, no pareciera
algo que tuviera contemplado en primera instancia, no dejará que
la infidelidad de su esposo termine con su matrimonio y su familia
por lo que hará lo “necesario” para salir triunfante de dicho bache.
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Esta “necesidad” de perfección está estrechamente vinculada a un
discurso sexuado que define el rol de la mujer como madre y esposa
como nos hace notar, la ya mencionada, Dalton Palomo para el caso
del discurso femenino:
hay dos formas primarias de presentar las ideas que se tengan de la
mujer: una de forma descriptiva y otra prescriptiva. Lo descriptivo
como su nombre indica, presenta una semblanza exterior y
aparentemente objetiva de la mujer. Lo prescriptivo señala cómo
debe o no ser la mujer, todo lo que pretende establecer normas
de comportamiento ideas y que, de forma abierta o encubierta,
amenaza con castigo o exclusión social a quien no las cumple. (16)

En adelante nos centraremos en este discurso prescriptivo en
Tuya desde dos ángulos, el de las características de Inés como esposa
y mujer perfectas; y el de la asesina documentada y competente.
La novela cuenta la historia de Inés, una ama de casa
bonaerense de clase media casada con Ernesto que la engaña con
una mujer que le escribe notas firmadas como “Tuya” con lápiz labial
rojo. Cuando Ernesto recibe una llamada de Alicia, su secretaria, Inés
lo sigue (asumiendo que es ella la amante) y es testigo de la muerte
accidental de Alicia, al desnucarse como resultado de un empujón de
Ernesto. Inés espera la confesión de su marido y cuando esto sucede,
ella urde un plan para ayudarlo a no ser detenido por la policía. Con
este objetivo, Inés prepara una coartada e investiga sobre asesinatos,
evidencias y ciencias forenses. Mientras todo esto sucede, Lali, la
hija de ambos se enfrenta a un embarazo adolescente que sus padres
ignoran y que la hace retraerse de la escena familiar y sus complots
particulares para intentar solucionar sus propios problemas.
La faceta más calculadora de Inés se presenta cuando
descubre, tiempo después que Ernesto sigue viendo a su amante
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que no era Alicia, sino Charo, la sobrina de esta. Para vengarse, Inés
alerta a la policía sobre el paradero de Alicia que sólo esta reportada
como desaparecida. Descubierto el cuerpo, Ernesto se encuentra
nuevamente en peligro de ir a la cárcel por lo que el matrimonio
urde un plan para librar a Ernesto de la cárcel. La idea principal es
inculpar a alguien más; Inés piensa en Charo pero Ernesto utiliza
la estratagema pensando en Inés. Cuando esta última lo descubre,
mata a Charo haciendo parecer culpable a Ernesto. Lali por su parte,
ajena a todo este enredo ha dado a luz a una niña a la que llamará
Guillermina. La novela, de treinta y nueve capítulos divididos en dos
partes (“Primera parte” y “Cinco meses después”) está contada por
tres voces alternadas: Inés (diecisiete capítulos), Lali (trece capítulos,
todos en forma de diálogo) y un narrador omnisciente (nueve
capítulos) que a ratos parece ser un personaje más (una especie de
detective) y a ratos estar dentro de la cabeza de la protagonista y
conocer sus pensamientos. La voz preponderante, no obstante, es
la de Inés, que tanto como mujer, ama de casa y asesina se muestra
bajo la óptica de lo que se espera que sea, haga o sepa; es decir a
través de un discurso femenino prescriptivo de ella como mujer y
como asesina.
Discurso femenino prescriptivo
Este tipo de discurso sexuado está relacionado con las esferas de
acción mencionadas anteriormente, pero principal y evidentemente
desde la óptica del “deber”, mediado por la relación de Inés con
diferentes personas en su vida; Ernesto su marido, Lali su hija, su
madre y “la sociedad”. Así, el ser, hacer, querer, saber, y poder se
establecen a partir del parámetro de lo “correcto” o “conveniente”
en su rol de mujer, esposa y madre. Veamos algunos ejemplos.
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Como esposa Inés, tiene claro que, en el ámbito del hacer, su
tarea principal consiste en cumplir con las labores domésticas con
creces: “Yo llego a la noche muy cansada. Parece que no, pero las
tareas de la casa, cuando una quiere tener todo perfecto, te agotan.”
(Piñeiro 1, las cursivas son nuestras). Ese hacer no es producto de la
nada sino de una conciencia de género transmitida por generaciones
y presente en la sociedad occidental que dictamina, además de su
hacer, su ser: “Yo siempre tapo todos los silencios, cubro los baches
cuando una conversación no está bien armadita. Es como un don
que tengo” (Piñero, 2005: 1; de nuevo las cursivas son nuestras).
Inés siente que la familia que ha formado con Ernesto es perfecta,
“Y lo que veía era que teníamos una familia bárbara, una hija a punto
de terminar la secundaria, una casa que más de uno envidiaría. Y
que Ernesto me quería, eso nadie lo podía negar. Él nunca me hizo
faltar nada” (1), en contraste con aquella de la que proviene pues
su padre se fue, dejando su crianza a cargo de su madre, con quien
Inés se compara constantemente a veces en busca de la aprobación
materna: “Me hubiera gustado que mamá me viera. Ella siempre me
critica lo que me pongo. Dice que no me pinto, que no me arreglo.
Es que ella es tan chabacana, tan de departamento.” (8); a veces
como referente: “Mamá siempre fue una intuitiva para estas cosas.
Un poco pesimista para mi gusto, pero intuitiva.” (19) Su madre
entonces, juega un rol definitorio en la vida de Inés, su historia ha
marcado fuertemente su desempeño vital pues reconoce algunas de
las virtudes de su progenitora, pero trata de no caer en sus errores,
como si en el fondo, la responsabilizara por el abandono de su padre.
En este deber ser y hacer de Inés encontramos también el
papel de la mirada ajena, la de la sociedad que, dado su estatus, la
juzga, “una no se puede presentar en la oficina del marido en jeans
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y zapatillas. Por más que sean de marca. Es una cuestión de imagen.
Una tiene que ser coherente con la imagen que los demás se van
formando de la mujer de un ejecutivo.” (8), sobre todo si el ejecutivo
es el prototipo de hombre exitoso que plantea la sociedad como
ideal, como es Ernesto. Según Inés: “mi marido siempre se viste
muy bien, se combina la corbata con el color de las medias, me
mata si la camisa que se quiere poner tiene una arruga o sus zapatos
no están recién lustrados. Es muy detallista” (8). Eso no quita,
que nuestra protagonista reconozca que su marido puede resultar
bastante inexperto para ciertas cosas “Porque en el fondo Ernesto,
y ése es su grave problema, es un chico. No termina de crecer nunca.
Y yo a veces me canso de hacerle de madre. Porque por más que una
quiera a un hombre, una tiene sus límites, y hay momentos en que,
francamente, le pegaría un tiro.” (7) Esta conciencia de tener que
tomar la sartén por el mago es la que impulsa a cometer el asesinato
de Tuya con premeditación, como veremos a continuación.
Discurso prescriptivo criminal
Para Kottow y Traverso “poner la atención sobre mujeres
asesinas, mujeres que hacen suya la violencia, implica posar la
mirada sobre algo que, en primer lugar, golpea como paradoja: la
premisa de que las mujeres no serían violentas queda entredicha
por las homicidas. De débiles y vìctimas a fuertes y vitimarias; de
ser quienes reciben los golpes se transforman en quienes los dan.”
(57) Si bien el discurso sexuado colabora en la “naturalización” y
generalización de características femeninas y masculinas, en Tuya
el discurso femenino prescriptivo muestra a una asesina, que,
a diferencia de otras nos parece, no utiliza el asesinato como
medio de liberación de una situación de violencia doméstica sino
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como reafirmación del nivel de perfección que debe tener una
esposa para la sociedad.
Desde el primer momento Inés se muestra pensante:
descubre los mensajes con labial rojo y no le reclama a su marido
nada; después del asesinato accidental cometido por Ernesto, lava
su coche sin decir nada. Cuando su marido le confiesa el crimen,
ella elabora la coartada que sostendrán frente a la policía al tiempo
que se documenta sobre el rigor mortis y los procesos y métodos
criminológicos que podrían poner a su marido en riesgo. Llegado
el momento, y con todo lo aprendido, planea el asesinato de la
verdadera amante de su marido de forma que éste parezca culpable.
Se nota entonces en Inés una proeficiencia y perfeccionamiento que
ya fueron palpables en su faceta de esposa y ama de casa.
En lo que al hacer se refiere, aún sin haber cometido el
crimen, Inés es precavida; cuando va al departamento de Alicia, a la
que cree la amante de su marido toma sus precauciones: “antes de
entrar, me coloqué unos guantes de goma que compré en el camino.
A esa altura de mi vida llevaba vistas demasiadas series policiales
como para andar dejando mis huellas por cualquier lado.” (2005: 10)
Su conocimiento, no obstante, no es sólo empírico, los capítulos
6, 13, 17 y 36 son en realidad las transcripciones de documentos
forenses tomados de libros o revistas sobre psicología, criminología
o medicina legal encontrados en su poder –algunos de ellos con
anotaciones–. Inés sabe que debe conservar la calma y actuar con
naturalidad pues “el punto número uno del decálogo del asesino
perfecto es ser fiel a sus rutinas diarias. Si no es como estar llamando
a la policía. ‘Eh chicos, miren, acá estoy yo, con la vista perdida, la
cara desencajada, el café chorreando porque no le emboco a la boca
¿no les parece que debo estar metido en algo extraño?’” (7)
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Lo conducente ahora es analizar sus posibilidades fríamente:
Entonces se me ocurrió hacer un cuadro sinóptico. En la escuela,
cuando había que estudiar algo muy complicado, yo me armaba
un cuadrito sinóptico, con muchas flechas, muchas llaves, todo
bien chiquitito, bien ordenado, cosa que si no me ayudaba para
clarificarme el pensamiento, por lo menos me servía de machete.
Yo nunca fui muy buena en el colegio. No me interesaba, me la
pasaba pensando en otras cosas. (23)

Esto no quiere decir que Inés sea tonta, no, es inteligente y lo
sabe “mi inteligencia es de bajo perfil, es inteligencia en las sombras,
sin alharaca, sin muy bien diez felicitado. Inteligencia práctica, la que
sirve para las cosas de todos los días.” (7) Con esa inteligencia es que
urde el asesinato de Charo, la verdadera amante de Ernesto. Para
actuar hace un cuadro sinóptico como en sus tiempos de escuela: 1.
Va al banco a sacar el dinero de la cuenta de su marido; 2. Se compra
unos jeans y una campera, que se pone deshaciéndose de su ropa;
3. adquiere una peluca castaña (que paga en efectivo como la ropa
para no dejar rastros); 4. Renta un coche (para el que sí tuvo que
usar la tarjeta ¡qué contrariedad!); 5. Sigue a los amantes en el coche
rentado usando la peluca y lentes oscuros; 6 y 7. utilizando la pistola
que encontró en casa de Alicia y que tiene las huellas de su marido,
le dispara a Charo incriminando a Ernesto.
Conseguido su objetivo, Inés, habla con su madre para
contarle todo. Le pide, además, en un último acto de responsabilidad
materna –que choca un poco con su desempeño materno mostrado
durante toda la narración en la que se ha mostrado celosa,
incomprensiva y desinteresada hacia Lali–, que se ocupe de su hija
(quien, por cierto, tuvo una niña a la que llamará Guillermina): “Le
hago prometer que se va a ocupar de Lali. Era lo único que me
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quedaba pendiente. Fue un gran alivio para mí. De alguna manera yo
sé que mamá con todos sus defectos, le va a hacer sentir que sigue
teniendo una familia” (39). De lo que extraemos la importancia
concedida por Inés a la familia en congruencia con su rol de madre,
más que por convicción profunda.
En cuanto a su papel como esposa, a pesar de que ella hizo
lo posible por mantener su matrimonio, le resultó imposible sacarlo a
flote. Quizá porque ese matrimonio “perfecto” nunca lo fue, estuvo
basado siempre en el discurso prescriptivo de Inés como mujer que
debe formar una familia y de Ernesto como proveedor de la misma:
se casaron cuando ella se embaraza para hacer “avanzar” la relación de
tres años que tenían. Ernesto en algún momento consideró que Inés
abortara, pero no se atrevió a pedírselo. El matrimonio entonces parte
de expectativas distintas de cada uno, siempre mediadas por lo que
la sociedad espera de ambos. Ese discurso prescriptivo y su historia
familiar “fallida” llevan a nuestra protagonista a mentirse a sí misma y
al resto del mundo con un matrimonio “perfecto” que sólo existe en
su cabeza justificando las mentiras e infidelidades de Ernesto:
Porque era claro que Ernesto sí me estaba mintiendo. Pero lo
importante no era eso, sino por qué lo hacía. Ernesto me mentía
porque me quería, tan simple y fundamental como eso. ¿Para qué
contarme de una aventura extramatrimonial que ya era historia del
pasado? «Ernesto es un hombre maravilloso», pensé. No como
esos que se sacan la calentura afuera y después vienen a sacarse la
culpa en casa. (12)

El discurso prescriptivo ha modelado la conducta de Inés
como mujer para hacerla vivir en un matrimonio que cuando deja
de cumplir con los estándares de la sociedad, la motiva a enfocar
sus habilidades en la comisión de un delito. Inés, a diferencia de
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�Samantha Escobar Fuentes / Tuya de Claudia Piñeiro

otras asesinas de ficción, se centra en la planeación y ejecución de
un delito como respuesta al nivel de expectativas que la sociedad a
través del discurso prescriptivo ha depositado en ella.
A manera de conclusión
Al inicio de este trabajo nos preguntábamos por las
características particulares de la criminalidad femenina. Nos parece
que hombres y mujeres, esposos y esposas, parejas, amantes, parecen
albergar todos por igual, celos, sentimientos de resentimiento, odio,
humillación y muchas aflicciones mentales más que pueden detonar
un evento violento, inusitado.
En Tuya, Claudia Piñeiro muestra a una mujer con la
sangre fría necesaria para calcular con tiempo y premeditación los
movimientos a seguir para la consecución de un asesinato. Inés
no muestra rasgos de violencia o ira incontrolable, como los que
esperaríamos de alguien capaz de terminar con la vida de un ser
humano. Nuestra protagonista no se deja llevar por los arrebatos
de la visceralidad, sino que posee la capacidad de raciocinio y
autocontrol de emociones que desembocan en una actuación
planeada.
Las ciencias forenses, comenzábamos diciendo, han
intentado determinar los rasgos o características de la personalidad
y la crianza que podrían ser causantes del ejercicio de la violencia
contra otro. Piñeiro reflexiona sobre esto mismo y nos dice que:
no sólo quienes trabajan en la práctica forense sino también la
gente común, muchos, siguen intentando encontrar un patrón
que pueda indicar quiénes podrían, y quiénes no, ser delincuentes
en potencia. O asesinos. Tal vez, lo más asombroso sea que esta

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inquietud no se deba tanto a poder definir esa posibilidad en el
otro, sino en uno mismo. La garantía de que uno nunca podrá
convertirse en un pequeño monstruo (36).

Garantía que, por supuesto, ni Inés ni nadie tiene. El
desempeño vital de nuestra protagonista se ve mediado por el
discurso prescriptivo que pone altas expectativas en una mujer.
La obra muestra dicho discurso de una manera crítica, es decir,
lo denuncia. A través de los pensamientos y acciones de Inés
vamos percibiendo la exigencia de comportamiento que la
sociedad impone sobre la mujer. Así, Claudia Piñero, a través
de sus personajes nos acerca a la realidad de una familia como
cualquier otra pero que toma un camino inesperado. Motivada por
los deseos de perfección y estabilidad, Inés encubre un crimen
y posteriormente comete otro al percatarse de la falsedad de su
relación de pareja. Con toda la paciencia, inteligencia y contención
que ha desarrollado como mujer y esposa, se desempeña ahora
como asesina.
Frente a la pregunta inicial sobre las motivaciones y métodos
de una asesina de ficción frente a los de un asesino, Piñeiro nos
aventura su respuesta personal en el cierre de la novela:
¿Pero acaso todos los seres humanos no somos igual? ¿no valemos
lo mismo? Un clearing. El día de nuestro juicio. Ernesto y yo nos
podremos quejar de que no cometimos el crimen que se nos
imputa, pero no vamos a poder decir que somos inocentes. En
el fondo, nadie es inocente. Aunque todos seamos animalitos de
Dios. Alicia, Charo, Ernesto, yo. Matar a uno o a otro no cambia
mayormente la pena o el castigo. Sí la culpa. Yo no me hubiera
permitido matar a Alicia. Mucho menos a Ernesto que es el padre
de mi hija. A Tuya sí. Tuya es otra cosa. (39)
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�Samantha Escobar Fuentes / Tuya de Claudia Piñeiro

De lo que extraemos que, aunque la posibilidad de matar estaría
presente en todo ser humano por igual, el papel que ocupamos en
la sociedad tiene incidencia en el sentido que cobra dicho asesinato,
como si el valor de la vida dependiera de nuestra circunstancia social
en ignorancia de la dignidad humana intrínseca que iguala o debería
igualar a todos los miembros de nuestra especie. No creemos
entonces, que la conducta de Inés responda al cliché de la mujer
violenta por naturaleza, la femme fatale ni a la concepción común de
que cuando la mujer comete un delito, lo hace con mayor virulencia
y agresividad. Nos parece más bien que Claudia Piñero muestra el
panorama de una mujer que ha construido una vida y una familia
a partir del discurso prescriptivo femenino; se mueve dentro de
una escala de valores y valoraciones en las que no ve el divorcio, el
abandono o el fracaso como una opción viable: “la sociedad es muy
machista, hay que aceptarlo” (Piñeiro, 2005: 14) nos dice Inés.
Tuya, nos presenta así una asesina que, aunque insospechada
en un principio, se ocupa de cubrir las expectativas que de una mujer
se tiene en todo lo que esta desarrolle, aún si de matar se trata,
señalando así la importancia del discurso sexuado que permea no
sólo las obras de ficción sino el devenir cotidiano de la sociedad en
general. Al mismo tiempo vemos una reflexión sobre el potencial
latente en cualquier ser humano de cometer el mal que no distingue
entre géneros y que, bien mirado, nos equipara como raza y podría
ser desestimado para, desde esa equidad, comprometernos con el
bien y la solidaridad comunes.

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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

Referencias
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de la cultura en narrativas argentinas. De pedagogías, políticas y
subjetividades: recorridos y resistecias. VI Coloquio Interdisciplinario
internaciona “Educación sexualidades y relaciones de género”, 4º Congreso
género y sociedad. (Consultado en https://docplayer.es/84919938Mujeres-asesinas-una-reflexion-desde-la-semiotica-de-lacultura-en-narrativas-argentinas.html, en 2022)
Clark S. (2003). Women and Crime in the Street Literature of Early Modern
England. Palgrave Macmillan.
Dalton P. M. (1996). Mujeres, diosas y musas. Tejedoras de la memoria. El
Colegio de México.
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transgresión social en la novela criminal femenina española.
España contemporánea. Revista de literatura y cultura 15 (2),
7-22.
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Criminality: A criminological analysis. International Journal
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Mujeres asesinas en la literatura latinoamericana. Revista de
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Lombroso, C., &amp; Ferrero W. (1895). The Female Offender. D. Appleton
and Company.
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Piñeiro, C. (2005). Tuya. epublibre.
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�Dosier
Humanitas, vol. 2, núm. 4, 2023

Crimen, acumulación salvaje y el trópico
veracruzano: las tramas de la “NAFTAficación” en
las crónicas negras de Fernanda Melchor
Crime, feral accumulation and the Veracruzean
tropic: the plots of “NAFTAfication” in Fernanda
Melchor’s noir crónicas
Lya Morales Hernández
King’s College London
Londres, Inglaterra
Orcid: 0000-0002-4055-8362
lya.morales_hernandez@kcl.ac.uk

Fecha de entrega: 14-12-2022 / Fecha de aceptación: 20-02-2023
Resumen: El presente artículo explora las formas en las que los
aniquilamientos y despojos del capitalismo extractivo que asedian al
territorio veracruzano—una región históricamente marcada por la
infraestructura extraccionista de la industria petrolera—encuentran
expresión en los textos no-ficcionales compilados en Aquí no es Miami
(2013) de Fernanda Melchor. A través de una lectura de las condiciones
materiales que estructuran la crónicas de crimen de Melchor—
particularmente los fracasos y crudos residuos de la “petrolización” y la
fiebre de privatización neoliberal que han dejado huella sobre los paisajes
del trópico veracruzano—el artículo sugiere que el uso y reformulación
de los rasgos característicos género negro (sobre todo el emplazamiento

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�Lya Morales Hernández / Crimen, acumulación salvaje y el trópico veracruzano

portuario y las icónicas expresiones de oscuridad urbana), permite dar
cuenta de los nexos entre la acumulación capitalista y las depredaciones
territoriales en la era post-NAFTA. Asimismo, el artículo rastrea nuevas
direcciones en la crónica de crimen, particularmente, su desplazamiento
de la muy discutida capital mexicana hacia los terrenos provinciales
del sur de México, los cuales, reconfigurados como zonas económicas
especiales o corredores logísticos, aparecen en estos textos como espacios
fragmentados por una desigualdad concentrada, así como por la violenta
desposesión y explotación autorizada por la reconversión neoliberal.
Al enmarcar este giro de perspectiva en la crónica contemporánea en
relación con los violentos asaltos del NAFTA sobre el espacio provincial
veracruzano, el artículo sugiere cómo la desestabilización de los registros y
domicilios geográficos del noir dentro de la escritura no-ficcional sobre el
crimen, permiten escudriñar el brutal control sobre la vida, el territorio y la
mano de obra en las periferias extractivas del capitalismo, y de esta forma,
revelar las operaciones ocultas del capital que han llevado a la ciudad
portuaria de Veracruz a erguirse como sitio privilegiado de violencia y
depredación neoliberal.
Palabras clave: Fernanda Melchor; Crónica mexicana contemporánea;
Noir; Capitalismo extractivo; NAFTA
Abstract: The present article explores the ways in which the annihilations
and overall spoils of extractive capitalism upon the territories of
Veracruz—a region historically marked by the extractive infrastructures
of oil—are given expression in the non-fictional pieces compiled in
Fernanda Melchor’s Aquí no es Miami (2013). Through a close reading
of the material conditions that structure Melchor’s crime crónicas –
mainly, the failures and crude residues of “la petrolización” and the
spoilation of agricultural terrains in the landscapes of the Veracruzean
tropic– this article suggests that the use of noir environments and devices
reconfigured (such as the port city setting and the expressions of urban
darkness), attempts to reveal the nexus between energy-driven interests
and the territorial predations of the post-NAFTA era. Furthermore, the
article seeks to map new directions in the crime crónica, and especially
its turn towards the Mexican southern provinces, which, functioning
predominantly as special economic zones or logistical corridors, appear in
these texts as spaces ruptured by the concentrated unevenness, traumatic
dispossession and exploitation enabled by neoliberal structural adjustment
programs. Framing this perspectival shift at work in recent crónicas in

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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

correlation to the extractive thrusts of NAFTA, the article suggest that
the destabilizing of the generic tropes and settings of noir within crime
non-fictional writing allows the crónica to lay bare the brutal management
of nature and labour in capitalism’s extractive peripheries, and, in this
way, render visible the hidden operations of capital that have led to the
catastrophic transformation of the port city of Veracruz into one of the
ground zeroes of violence and neoliberal predation.
Key words: Fernanda Melchor; Contemporary Mexican Chronicle; Noir;
Extractive capitalism; NAFTA

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�Lya Morales Hernández / Crimen, acumulación salvaje y el trópico veracruzano

Los crudos residuos del desarrollismo petrolero que subyacen a
los devastadores procesos neoliberalizantes que asedian al trópico
veracruzano, una región históricamente marcada por la infraestructura
extractivista de la industria de hidrocarburos, si bien pueden rastrearse
en novelas negras tales como La cabeza de la hidra (1978) de Carlos
Fuentes, Morir en el Golfo (1985) de Héctor Aguilar Camín o Sombra
de la sombra de Paco Ignacio Taibo II (1986), se manifiestan de forma
legible en la obra ficcional y no-ficcional de la escritora veracruzana
Fernanda Melchor. Desde el lanzamiento de su obra más celebrada,
Temporada de huracanes (2017), una “Gulf Coast noir” (Lucas 2020)
que toma como centro el asesinato de una figura marginal—conocida
sólo como “la Bruja”—en una empobrecida zona rural de Veracruz
trastocada de forma violenta por la bonanza petrolera, la escritura de
Melchor ha sido leída como inexorablemente atada a la experiencia del
capitalismo extractivo en el Golfo mexicano. Como diversos críticos
han notado, más allá de ser un whodunit en el sentido estricto del género,
Temporada de huracanes utiliza la misteriosa muerte de la Bruja como
una entrada hacía la historia reciente del territorio veracruzano “hit
by rampant violence and economic austerity” (Sánchez Prado, 2020).
Bailey Trela, por ejemplo, arguye que el texto, lejos de asentarse en un
tipo de violencia arcaica o atemporal, vincula las muertes, la violencia
sexual, misoginia, pobreza y el abuso de drogas que azotan al pueblo,
con “the precarities of life in the 21st century [….] where the primary
forces of destruction are, more often than not, economic” (2020). En
efecto, los males sociales que aquejan al “trópico negro”—como la
escritora misma se refiere a dicha geografía—materializan en la obra
de Melchor el oscuro legado petrolero y los impactos económicos y
socio-políticos que los embates del capitalismo extractivo han tenido
sobre la vida y el territorio en el Golfo de México.
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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

No es casualidad que, en las primeras páginas de la novela,
Melchor salte del descubrimiento del cadáver putrefacto de la Bruja
a una alusión histórica al periodo de apogeo petrolero en la región—
“la petrolización” (1978-1982). La escritora lleva al lector a finales
de los años setenta, cuando el paisaje de “cañas, pastos y carrizos
que tupían la tierra” (2017: 25) es drásticamente reemplazado por la
infraestructura logística que permitiría conectar a la región con los
yacimientos de crudo descubiertos al norte del pueblo, creando una
ilusión de progreso sustentada en la exportación de hidrocarburos.
Sin embargo, este espejismo de desarrollo, prosperidad y progreso
nacional se desvanece cuando los precios del petróleo caen a inicios
de los años ochenta (la llamada “década perdida”), dejando atrás
una serie de “cantinas, posadas, congales y puteros” (ibid.) que
sólo servirían para satisfacer a los ingenieros y narcotraficantes que
fueron atraídos a la zona por la riqueza petrolífera. La crisis del
petróleo y las políticas de shock económico impuestas tras ésta, por
lo tanto, allanarían el camino para el depredador despojo neoliberal y
el brutal ascenso del narcotráfico en la región en la década siguiente,
una restructuración tan radical que, como alegoriza Melchor, es
atribuida por sus pobladores a fuerzas ocultas y sobrenaturales. A
través de estas resonancias góticas, Temporada de huracanes cifra las
ansiedades surgidas por el catastrófico fracaso del desarrollismo
petrolero en las zonas costeras del sur de Veracruz y las oscuras
manipulaciones del poder que hicieron del territorio veracruzano
un espacio donde la neoliberalización alcanzó grotescos extremos.
Recurriendo a estas diferentes tradiciones (desde la novela negra al
gótico), Temporada de huracanes, tal como afirma Gorica Majstorovic,
abre nuevos contextos para una literatura y cultura contemporánea
basada en los “failures of the oil-fueled neoliberal economies” (2021:
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-54

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�Lya Morales Hernández / Crimen, acumulación salvaje y el trópico veracruzano

19), usando esta región periferalizada como un sitio privilegiado
desde donde desentrañar el amenazante control que el capitalismo
ejerce sobre la vida, el territorio y la mano de obra en el México del
neoliberalismo tardío.
No obstante, si bien con Temporada de huracanes Melchor
muestra el pleno florecimiento de la crisis mexicana contemporánea,
sus métodos, como apunta Will Noah (2020), pueden rastrearse
en sus primeras crónicas. Su primer libro, Aquí no es Miami (2013;
reeditado en 2018), compila varias piezas no-ficcionales sobre
violencia y precariedad en Veracruz, haciendo uso del canónico
género latinoamericano de la crónica que, combinando aspectos del
cuento, el ensayo y el relato etnográfico con un abierto rechazo a
nociones tradicionales de objetividad periodística (Jörgensen, 2011:
391), ha estado “historcially commited to documenting political
change in the Americas at lage” (Aguirre, 2017: 9). Poniendo así en
primer plano el terror que ha asediado el trópico veracruzano, de
manera similar a su novela, las crónicas de Melchor hacen uso de
símbolos ocultistas para reflejar el malestar social que experimenta
la región. En una de las primeras crónicas, por ejemplo, Melchor
narra la fiebre extraterrestre que atrapó la atención del país en los
años noventa y su propio avistamiento de un ovni sobre el puerto de
Veracruz, que resultó ser nada menos que aeronaves colombianas
cargadas de cocaína siendo traficadas al país en complicidad con
el ejército mexicano. En otra (“La casa del Estero”), que funciona
casi como una alegoría del capitalismo-patriarcal, la incursión a una
casa abandonada que los locales creen embrujada—contada por una
tercera persona conocida por Melchor—deja a una mujer poseída
por un espíritu maligno, que reclamará el cuerpo de la mujer y los
terrenos de la propiedad como suyos (2017: 104). Como Guillermo
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Espinosa Estrada observa en una reseña titulada “Un ovni como
excusa de lo real”: “como si supier[a] que para tomar el mejor pulso
de este país tuviéramos que examinar, antes que nada, sus márgenes,
[Melchor] rodea y se detiene en lugares excéntricos”(2013). Su
novela, por ejemplo, fue originalmente concebida como una
investigación periodística sobre un asesinato, cometido en un pueblo
marginalizado cercano a su ciudad natal, que apareció en la nota roja
con una desconcertante explicación: la víctima era conocida en el
pueblo como una bruja y el motivo atribuido a actos de brujería.
No obstante, los espacios oscuros que Melchor rastrea en su novela
se encuentran también en sus textos no-ficcionales, ya que, como
Patricia Poblete Alday observa en su expansivo estudio del género, “la
crónica narrativa que se escribe y publica hoy en América Latina …
revela aquellas aristas más oscuras de la realidad que nos esforzamos
por mantener ocultas” (2019: 103). En sus crónicas, Melchor usa la
hibridez intrínseca al género para investigar las fuerzas oscuras que
han tomado control del “trópico negro”.
Estudios recientes sobre la crónica latinoamericana
contemporánea (Poblete Alday, 2020; Miklos, 2020; Aguirre 2016),
un género que alcanzó su auge en los convulsivos años setenta para
dar sentido a los nuevos contornos de las megalópolis, reconocen
en la mayoría de los textos que toman la violencia como eje central,
un giro de perspectiva que ha llevado a una gran parte de estos
a mudar tanto de domicilio geográfico como de registro. Por
ejemplo, mientras que críticas como Gabriela Polit-Dueñas (2019)
han subrayado la crónica contemporánea en su encarnación urbana
como el género que ha definido la expansión neoliberal en América
Latina, Juan Carlos Aguirre propone a la “crónica provincial”
como la forma que mejor captura las disrupciones derivadas de la
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compleja estructura transnacional moldeada por los flujos de bienes
y mano de obra bajo la agenda neoliberal global (2016: 11). De
acuerdo con Aguirre, los estudios críticos sobre la crónica mexicana
han privilegiado ampliamente las representaciones de la capital del
país dentro del género, pasando por alto “the highly visible efforts
to narrate the violence that a binational anti-narcotics initiative has
inflicted on Mexico’s provinces” (2016: 10). Los diversos territorios
administrados fuera de Ciudad de México, Aguirre subraya, se han
caracterizado por siglos por su marginalidad económica y por el
saqueo de sus recursos en beneficio de la federación, volviéndolos
la zona cero de la crisis política actual en el país. Para Aguirre, la
provincia mexicana—un término usado para designar el vasto
interior del país—representa ahora el ‘‘lens through which a new,
transnational reality must be understood” (ibid.). Dado que, como
Aguirre argumenta, las crónicas recientes exploran las rutas de
contrabando que marcan a estos territorios, convirtiéndolos en la
otra cara del “formal licit market whose nodal points are in the
great metropolises”, dichos textos abren la posibilidad de redefinir
la crisis nacional en términos que sean “emphatically inclusive of
“provincial” space” (2016: 32).
El análisis de Aguirre —centrado en la colección de crónicas
El hombre sin cabeza (2009) escrita por Sergio González Rodríguez—
no obstante, deja intacto el nexo entre los ámbitos legales e ilegales
en los paisajes provinciales retratados en estas crónicas (situados
sobre todo en Michoacán, Tabasco y Veracruz). La mayoría de estos
territorios no sólo han sido trastocados por la industria ilícita de
tráfico de narcóticos sino, sobre todo, por una regulación diferencial
dada las tecnologías de zonificación que han transformado estos
espacios en zonas de libre comercio o bien, en zonas económica
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especiales (ZES). Como Sandro Mezzadra y Brett Neilson señalan,
puertos, corredores, zonas económicas especiales y otras formas
de espacio logístico operan como las nuevas geografías del capital
global, áreas que brindan a corporaciones excepciones a ley y
diferentes regímenes normativos (2019: 213). De tal forma, en
estos sitios, “el acceso al mercado laboral, los estándares de salud
y seguridad, las relaciones industriales, las políticas ambientales…
son reguladas según la lógica impulsada por el mercado de
la gubernamentalidad neoliberal” (Mezzadra y Neilson, 2017:
250), autorizando así la degradación ambiental, la explotación
laboral y el dominio del mercado sobre los derechos territoriales.
Funcionando bajo ordenamientos jurídicos y normativas especiales,
sin embargo, estas operaciones extractivas frecuentemente aparecen
desvinculadas de la violencia militar y paramilitar (por ejemplo, las
decapitaciones narradas por las crónicas de González Rodríguez
que Aguirre analiza) conectadas a la militarización de la guerra
contra las drogas. No obstante, la formación de una “gobernanza
necropolítica” alrededor de corredores, zonas especiales y nodos
logísticos en México, Colombia y Centroamérica sugiere en cambio
una nociva colaboración entre el estado, paramilitares, carteles de
droga y caciques locales en la producción de estos espacios (Peregalli
2020). En consecuencia, zonas extractivas y logísticas representan,
siguiendo a Mezzadra y Neilson, “lugares paradigmáticos que hacen
visibles conexiones complejas entre patrones de desposesión y
explotación” (2017: 44). En las crónicas de Melchor, estos caóticos,
pero increíblemente opacos patrones de despojo aparecen entonces
codificados en los paisajes provinciales ilustrados, que se presentan
como espacios usurpados, extraños y hostiles, permeados por una
latente violencia.
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Si bien, al dar cuenta de la violenta y oscura reestructuración
del espacio provincial veracruzano, la colección de crónicas de
Fernanda Melchor emerge como ejemplo del reciente giro hacia
la provincia como locus de la catástrofe política, la codificación
de esos alienados espacios como sitios saturados de intriga y
amenaza sugiere además un rasgo distintivo dentro de la crónica
contemporánea. Como Poblete Alday identifica en su estudio de la
crónica mexicana reciente, “México aparece en estos textos como
un espacio ominoso, lleno de peligros y emboscadas tanto para los
migrantes que cruzan de manera ilegal camino a Estados Unidos,
como para el ciudadano de a pie, que vive expuesto a índices de
violencia crecientes” (2020: 141). Para Poblete Alday, los cronistas
contemporáneos invocan los rasgos característicos del horror, el
gótico y lo fantástico para representar al territorio mexicano como
un “purgatorio secularizado”, así como para emplear el clásico
arquetipo del monstruo para representar un vasto número de actores:
narcos, coyotes, migrantes, la policía y el ejército. Estas crónicas,
Poblete Alday concluye, revelan la fragilidad de las fronteras entre
“el bien y el mal” en un contexto plagado de violencia abyecta. No
obstante, si bien las crónicas del Melchor pueden leerse a partir de
este giro de la no-ficción hacia el horror, el enfoque del presente
artículo, moviéndose dentro y más allá del alcance de este dominio,
se centra en cómo estos “espacios del mal” son representados a
través del registro del noir y su “generic investment into investigations
of legality an power” (Pitt-Scott, 2020: 1), un registro que permite
revelar las ocultas condiciones materiales que han llevado a la
ciudad portuaria del trópico veracruzano a erguirse como sitio en
donde se concentran los descartes de la trayectoria predatoria del
neoliberalismo.
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De manera similar a la crónica, el género negro ha utilizado
comúnmente la imagen de la metrópolis como locus terribilis dado
que este comenzó a proliferar por todo el continente a la par de la
arquitectura de la gubermentalidad neoliberal global. Las provincias,
sin embargo, transformadas vorazmente por la infraestructura
capitalista que aceleró la pauperización de su campesinado,
constituyen el sitio ideal para interrogar las fuerzas ocultas detrás
de las zonas de cercamiento y de influencia del capital transnacional.
Dada la tendencia del noir por explorar el paisaje material de las
ciudades “left to the anarchy of market forces” (Davis 1990: 23),
lecturas del género tales como la realizada por críticos marxistas
como Mike Davis, han señalado el arraigado desprecio que el noir
insinúa por una “deprived business culture” (21) como un rasgo
distintivo, caracterizando a la tradición como una “critique of savage
capitalism” (2002: viii). Es por ello que, aunque los orígenes del género
se encuentren en el malestar socio-económico experimentado en los
Estados Unidos durante los años treinta, su oscuridad formalista
y su apolítica visión de la ciudad moderna siguen permitiendo las
representaciones “of capitalism’s unsavory undercurrents” (Palmer
1997:60). La novela negra latinoamericana adopta y transforma
esta tradición, desplazándose de una concepción del crimen como
desviación o anomalía dentro de un orden social que fue respaldada
por la novela policiaca clásica a un reconocimiento de que “it is
not so much the system is broken, but rather that the system itself
in its ordinary functioning produces violence and injustice in the
form of perpetual underdevelopment” (Dove, 2012: 22). De esta
manera, los terrenos hostiles del género negro son adoptados como
un importante vehículo para registrar las contradicciones de la
modernidad en el México post-68 (donde la masacre de Tlatelolco
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en Ciudad de México operó como su símbolo más visible) y
luego, con la rápida neoliberalización de la economía, la violenta
experiencia de fronterización capitalista que vio a las trabajadoras
de maquilas en Ciudad Juárez transformarse en el desecho humano
del comercio global.
Aquí no es Miami—que ya desde su título prefigura una
asimetría respecto a una de las metrópolis globales por excelencia—
sin embargo, se desplaza de la muy discutida capital mexicana y la
zona fronteriza para seguir los rastros del crimen en el oscuro y
violento trópico veracruzano. Asimismo, como ocurre tanto en la
ficción como en la no-ficción mexicana, la figura del “detective duro”
queda suplantada por la figura del periodista que, enfrentándose
al vacío dejado por la retirada del Estado, realiza gran parte de la
investigación policial (Ramírez Pimienta y Villalobos, 2010: 378).
Dado que las guerras territoriales, las masacres, las ejecuciones
sumarias, las desapariciones masivas, la exhibición cuerpos
mutilados, y las respuestas de un gobierno altamente militarizado al
incremento de la violencia empezaron a ocupar los encabezados, la
crónica experimentó un boom que llevó a una diseminación regional
del género, buscando poner de manifesto el contexto estructural
del narcotráfico. La óptica del género negro, “oppos[ing] light and
dark, hiding faces, rooms, urban landscapes —and, by extension
motivations and true character—in shadow and darkness which
carry connotations of the mysterious and the unknown” (Place and
Peterson, 1996: 66), parecen entonces vincularse a los esfuerzos de
la crónica por iluminar las oscuridades alrededor de las tendencias
mistificadoras del discurso periodístico dominante sobre la violencia.
Sin embargo, la mayoría de estos esfuerzos permanecen
aún atados a la zona fronteriza del norte y rara vez dan cuenta de
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las poderosas fuerzas que organizan los territorios despojados del
sur de México. Dada su posición estratégica en el comercio global
(funcionando como corredores logísticos o zonas extractivas), estos
territorios han sido moldeados por lo que Deborah Cowen ve como
una paralela intensificación de la circulación del capital y del crimen
organizado “in ways that might be difficult to recognize” (2014: 11).
La referencialidad de las crónicas que conforman Aquí no es Miami
a lo oscuro y lo laberíntico parecen entonces participar en aquel
desciframiento, mostrando estos espacios como marcados por un
especifica sensación de malestar y una atmósfera sofocante en un
afán de codificar y registrar las amplias ramificaciones de la intensa
violencia en la región. Centrándose en el secreto abierto que subyace
a los espacios económicos del capitalismo, como este artículo intenta
explorar, permite a Melchor tener un mayor alcance de las tensiones
sociales y las constelaciones de poder que permanecen ocultas en
el discurso hegemónico sobre la violencia. El sostenido interés del
género negro por las entrañas de la sociedad permite analizar los
espacios abandonados y amenazantes que figuran en las crónicas de
Aquí no es Miami, y que, al estar dotadas de una fuerte sensación de
alienación, dan evidencia del generalizado capitalismo beligerante
que ahora devora el territorio mexicano.
El trópico negro y las huellas de la “NAFTAficación”
Dada su reciente consolidación como zona cero de la fragmentación
social y material en el país, no es de extrañar que el paisaje provincial
de Veracruz aparezca en la producción cultural reciente como una
escena de crimen e intromisión. Como la fotógrafa veracruzana
Koral Carballo señala en la descripción de su obra Mala hora
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(2019)—una serie fotográfica que captura las silenciosas calles de
la ciudad petrolera de Poza Rica durante los años más intensos
de militarización en el estado—la violencia que ha imperado en el
país desde hace diez años invita a buscar “signos” y “pistas” en el
devastado paisaje del puerto, el cual se presenta como “un espacio
clandestino donde ocurren los actos más violentos y terribles” (2019).
Mediante esta óptica noir, los mundanos escenarios capturados por
Carballo, un deshuesadero lleno de carros policiacos, un desolado
campo de beisbol, una camioneta abandonada en el camellón de una
carretera, departamentos de interés social al borde del derrumbe–
los cuales están inevitablemente ligados a los programas de
inversión social financiados por la petromodernidad– son exhibidos
como sórdidas huellas de la violencia. Mostrando así la decadente
infraestructura de la ciudad de Poza Rica—una ciudad portuaria que
floreció durante el auge petrolero —como una escena de crimen, las
fotografías de Carballo muestran las posibilidades que el noir ofrece
para visibilizar no sólo los rastros de una violencia arraigada en un
territorio atrapado por las dinámicas de la militarización sino además
su capacidad para exponer los perversos costos del desarrollismo
petrolero y evidenciar el resultado de un “oil miracle turned oil
nightmare” (Meyer cit. en Sheridan and McGuire, 219: 18).
Aunque la experiencia de transición neoliberal en México
ha sido ampliamente documentada y debatida, con un consenso
generalmente construido alrededor de la idea de que las políticas de
privatización, medidas de austeridad y la apertura del mercado han
marcado el punto de inflexión de la crisis en el país, recientes estudios
sugieren rastrear en el terreno inmediatamente previo a la consolidación
del NAFTA las pistas de la presente catástrofe. Notablemente, Amy
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Sara Caroll, en un reciente estudio sobre la “era-NAFTA”, propone
el término “NAFTAficación”—jugando con la equivalencia entre los
términos nafta y petróleo—, para denotar la forma en que el periodo
de la petrolización “energiza” la implementación de las políticas
neoliberales. Como Carroll traza, durante el boom petrolero, el afán
del Partido Revolucionario Institucional (PRI) por absorber los
excedentes del capital surgidos de la riqueza petrolífera en la región
en un esfuerzo por reestablecer su legitimidad, llevó a un aumento
de la inversión extranjera y un gasto monumental en la industria
financiado, en su mayoría, a través de préstamos otorgados por bancos
estadounidenses. Una vez que los intereses se dispararon y el precio
del petróleo se desplomó, la economía mexicana se encontró al borde
del colapso y, para 1982, el país alcanzó el dudoso logro de convertirse
en la primera nación latinoamericana en declarar una moratoria al
pago de la deuda externa (ibid.). Mientras que el Banco Mundial y el
Fondo Monetario Internacional llegaron a acuerdos con el gobierno
mexicano para otorgar préstamos de emergencia, el presidente
Miguel de la Madrid ejecutó sus demandas y “privatized many of the
smaller state-run industries, cut investment in infrastructure, reduced
tariffs, refrained from taxing the elite, encouraged foreign investment
[and] slashed government subsidies to the agrarian sector” (Wallace
and Boullosa, 2016: 45). La primera ronda de choque económico
se sintió con particular dureza en los estados del Golfo mexicano,
quedando fuertemente presionados por una profunda crisis agrícola y
las decantes ruinas dejadas por la bonanza petrolera.
Las crónicas compiladas en Aquí no es Miami de Fernanda
Melchor, aunque escritas entre el 2002 y el 2011, parten de este momento
histórico para interrogar los contornos de la actual catástrofe. Como
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Melchor misma ha comentado en entrevistas, nacida en el año de la
peor crisis económica, y, por ende, de cierta forma, biográficamente
marcada por la crisis petrolera, sus experiencias parecen teñidas por
“una sensación de “devaluación perpetua”, una sensación de haber
nacido al principio del fin… puras catástrofes en escalada” (cit.
en Ortuño 2020: 129). Partiendo de esta sensación de ruptura, su
colección de crónicas establece los temas ya característicos que unen
su obra periodística y su obra ficcional: los procesos socio-económicos
que subyacen al violento paisaje de la asolada región. Registrando este
constante declive, sus crónicas—de manera similar a las fotografías
de Carballo—se aproximan a la región como una escena de crimen
y peligro inminente. Sin embargo, mientras que la mayoría de las
crónicas que analizan la violencia que permea estos territorios a través
de un ejercicio periodístico que busca determinar hechos y desde una
mirada externa, las crónicas de Melchor trazan estos procesos a través
de las supersticiones, rumores y las mitologías locales de su tierra
natal. Haciendo uso de las ansiedades locales que surgen en espacios
depredados, el enfoque geográfico de las crónicas de Melchor es
utilizado para registrar la creciente alienación producida en espacios
provinciales al ser abiertos a formas predatorias de acumulación y
trasformados en terreno fértil para lo que David Harvey denuncia
como un capitalismo “salvaje” [feral], en el cual “talar o quemar” [slash
and burn] se ha convertido en la consigna (2013: 227). En este sentido,
la intensificación de “una economía de desposesión masiva y prácticas
depredadoras, en particular de los más pobres y vulnerables” (226)
diagnosticada por Harvey, es registrada por el retrato que Melchor
hace de un espacio gradualmente alienado de sus habitantes, quienes
comienzan a experimentar la amenaza sistemática de un capitalismo
salvaje desatado sobre las abandonadas provincias. De manera más
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contundente, este proceso es sintetizado por los propios recuerdos
de alienación experimentados por Melchor, remontándose a los años
de infancia en Veracruz—los cuales coinciden con las primeras etapas
de la reconversión neoliberal —en la crónica con la que abre el libro.
Describiendo una sociedad en vísperas de un profundo caos
socio-político, “Luces en el cielo” (publicada previamente como “El
ovni, la playa y los muertos”) sitúa al lector en un umbral tanto
espacial (un estuario ubicado en los límites del antiguo pueblo
pesquero de Boca del Río– la ciudad natal de Melchor– y el caótico
puerto de Veracruz) como temporal (la violencia de las últimas
décadas y la infancia tranquila de antaño). Aunque teñida con un aire
de melancolía, la topografía de este territorio descrita por Melchor
está lejos de denotar un paraíso, pues la descripción de la playa que
rodea a su pueblo natal se presenta como un agreste paisaje “replet[o]
de matorrales llenos de espinas en las que quedaban atrapadas las
ramas podridas y botellas de plástico que el río arrastraba” (2018:
15). A pesar de eso, aún lejos de la delirante urbanización capitalista
que reestructurará completamente este pueblo y transformará sus
playas en “un hervidero de turistas” (Melchor, 2018: 24), los detalles
que Melchor describe con cierto sentimentalismo (los letreros mal
escritos advirtiendo del peligro de la corriente con el burdo dibujo
de una calavera) escenifican la nostalgia de Melchor por un mundo
provincial que poco a poco empieza a desintegrarse.
Es en este contexto que Melchor narra su extraordinario
encuentro con un misterioso fenómeno aéreo que su yo de nueve
años está convencido puede ser sólo una señal de vida extraterrestre.
Melchor explica esta profunda creencia en objetos extraterrestres
como ligada a la penetración de la cultura popular estadounidense
y la serie de tabloides sensacionalistas y programas de noticias
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que comenzaron a aparecer en el país, uno que inclusive dedicó
el tiempo récord de once horas con diez minutos a una discusión
sobre la supuesta presencia de vida extraterrestre en la tierra (17).
La sensación de fatalidad que críticos observan en el inusitado auge
de tal cobertura sensacionalista y de narrativas del desastre durante
la crisis económica mexicana (Cabañas Tovar 2009; Anderson
2016), que, como Melchor menciona, mantenían los ojos del país
fijos en el cielo—“¿Los campesinos morían de tifoidea y dengue
al sur del país? Nada de eso resultaba importante” (2013: 16))—
es experimentado como alivio por su yo de nueve años, viendo
en la presencia alienígena una via de escape para una crisis que
había asumido dimensiones catastróficas —“guerras estúpidas que
mataban gente y chorreaban de petróleo a los pobres pelícanos”
(19). Esta improbable esperanza de rescate, que no sólo refleja la
experiencia de un contexto global de creciente militarización sino
además cómo el cambio social ‘has only become imaginable via
the apocalyptic threat” (Anderson, 2016: 103), es inevitablemente
destruida cuando la joven Melchor escucha una conversación entre
adultos que revela que las luces que vio aquel verano no pertenecen
a ovnis sino a aeronaves colombianas transportando cocaína en una
pista de aterrizaje clandestina supervisada por el ejército mexicano.
Este momento revelador encapsula la estructura general de
las narrativas en las crónicas de Melchor: encuentros sobrenaturales
y relatos populares son utilizados como el núcleo narrativo desde
donde se examina la elusiva violencia que comienza a ejercer presión
sobre el mundo provincial. Dado que la violencia suele mistificar
sus propios orígenes, la pesquisa hecha por Melchor parte de una
renuencia a dialogar con “la Historia con mayúsculas” (Melchor, 2018:
9), nutriéndose en vez de una memoria colectiva que da cuenta de esta
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brutal realidad frente a las mitologías del crimen organizado que los
medios masivos comienzan a enarbolar. Por ende, aunque la primera
crónica salta del avistamiento extraterrestre a una macro-historia
del narcotráfico en la región, la exposición periodística es también
utilizada para señalar los inestables cimientos de estas narrativas.
Melchor narra uno de los episodios criminales más notorios
del estado: el asesinato de policías federales en el pasaje “La Víbora”
en el pueblo de Tlalixcoyan durante una fallida redada en 1991, la
cual puso en evidencia la corrupción del ejército que abrió fuego para
proteger el cargamento de cocaína. La masacre alcanzó cobertura
nacional e internacional y, sumada a las horribles fotografías de los
cuerpos baleados de los policías, sirvió para acelerar el discurso
antinarcótico y reforzar la tendencia hacia la militarización (MacielPadilla, 2012: 193). No obstante, como Melchor reporta utilizando
rumores y una cronología extra-oficial de los hechos, reportes de
actividad aeronáutica irregular en aquella base militar se remontan a
los años ochenta, pues los pobladores de la zona que rodea al pasaje
estaban al tanto de los vínculos entre los cargamentos, el ejército
y los agentes de la policía federal (muchos de los cuales estaban al
servicio de los caciques locales) apostada en esa región. Por lo tanto,
los oficiales armados que “supuestamente”, como Melchor señala
con sospecha, llegaron a este sitio clandestino para detener a los
traficantes colombianos, habían estado ya implicados en disputas
territoriales y contrabando con el pleno conocimiento de las
autoridades–como fue ampliamente documentado por periodistas
locales.1 No obstante, el escándalo generado en Tlalixcoyan a inicios
1 Una investigación periodística sobre las relaciones entre grupos
criminales y disputas territoriales, contrabando y caciquismo en relación con
este episodio fue publicada en 1993 bajo el título Todos están dentro por el
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de los noventa junto con otros que rápidamente le procedieron,
fueron convenientemente utilizados para señalar al narcotráfico
como la amenaza número uno para la seguridad de México, llevando
al presidente Ernesto Zedillo a anunciar, a petición de Washington, la
necesidad de “measures never seen in the country to stop it” (cit. en
Andreas, 2000: p. 68). Lo que presenciaron las poblaciones locales,
sin embargo, no fue mayor seguridad, sino un saqueo turístico e
inmobiliario que llevó a la dramática transformación de aquella
región costera, alterando incluso la localmente conocida “Playa del
Muerto” a favor de un nombre con “un apelativo más turístico y
mucho menos tétrico” (Melchor, 2018: 23). Deshaciendo así las
prácticas y formas de organizar el espacio de sus habitantes, como
concluye nostálgicamente Melchor “[t]odo era pura mentira” y
desde ese momento, la escritora agrega, “ni siquiera Dios se salvaría
de mi incredulidad” ( 24).
La reconfiguración del espacio que Melchor investiga en esta
crónica es vinculada, más que a la hiper-violencia de narcotraficantes
y sus sangrientas disputas, al histórico rol de América Latina como
un sitio moldeado, como Eduardo Galeano ha ya diagnosticado,
“siempre en beneficio del desarrollo de la metrópoli extranjera
en turno” (1971: 16). Las presiones que el capitalismo global
comenzaron a ejercer sobre el territorio mexicano transformando
“familiar vistas into newly uncanny scenes” (Shaw, 2016: 62), son
por lo tanto articuladas en las crónicas de Melchor a través de
un registro que ha siempre tomado como núcleo la sensación de
dislocación geográfica y temporal. En efecto, lo que los encuentros
entonces editor del periódico local Notiver, Miguel Ángel López Velasco (Milo
Vela). Aunque Melchor no hace referencia explícita a este reporte, el asesinato
de Milo Vela es mencionado en una de las crónicas del libro.

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de Melchor en las playas de Veracruz evidencian, como ya ha
expuesto la novela negra latinoamericana, es un contexto en el cual
“the promise of modernity has been found empty” (Dove, 2012:
22), resultando en una sensación de crisis y desorientación. Melchor,
por lo tanto, sitúa sus indagaciones en los márgenes de la ciudad
provincial moderna, recurriendo a la atmósfera de criminalidad,
decadencia e inestabilidad propia de los géneros tanto literarios
como periodísticos del crimen, para representar la catástrofe
desatada por la modernidad capitalista. Dado que la integración la
economía mexicana con la estadounidense terminó por despojar las
riquezas restantes que dejó la petrolización y el paisaje provincial
quedó deshecho por la fiebre de la privatización, la inscripción de
estas nuevas relaciones basadas en la depredación y el saqueo son
registradas de forma estética en las crónicas de Melchor como una
trama criminal que se ha convertido en la regla más que la excepción.
Si, siguiendo a Harvey, el mundo neoliberalizado es un dominio en el
que “feral politicians cheat on their expenses, feral bankers plunder
the public purse for all its worth, CEOs, hedge fund operators and
private equity geniuses loot the world of wealth” (2012: 157) las
indagaciones de Melchor se centran en las fraudulentas operaciones
del capitalismo que han llevado al violento colapso de la región.
Sin embargo, de forma similar a los titanes de la
novela provincial del siglo veinte, los cuales daban cuenta de la
desruralización y la pobreza urbana que caracterizaría los años
del “Milagro mexicano”, Melchor registra la pauperización que
acompañó el desplome de las ilusiones impulsadas por el petróleo
al aproximarse a un paisaje provincial similarmente poblado, como
Kerstin Oloff observa en su crítica de Rulfo, por los atrapados ecos
de campesinos desposeídos y asesinados y los espectrales gritos de
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�Lya Morales Hernández / Crimen, acumulación salvaje y el trópico veracruzano

mujeres violadas, abusadas y comodificadas (2016: 84). Como en
otros textos que forman su tríptico dedicado al “trópico negro”,
figuras sobrenaturales son invocadas en sus crónicas para excavar
las tóxicas raíces que dan cuenta de la brutalidad de la existencia en
el trópico mexicano. Haciendo uso del registro informal y colectivo
del rumor, así como del género de la nota roja que históricamente ha
dado cuenta de estos horrores, Melchor investiga los orígenes y los
fines de la actual violencia. Por ejemplo, en la crónica “Reina, esclava
y mujer”, la cual investiga las góticas apariciones en las abandonadas
casonas del centro histórico del puerto de Veracruz, Melchor se
enfoca en un antiguo crimen cometido en estos edificios ahora en
ruinas: el presunto asesinato y desmembramiento de dos niños a
manos de su joven madre, Evangelina Tejera, una mujer que tan sólo
unos años atrás, había sido coronada reina del carnaval de Veracruz.
El crimen, ocurrido en 1989, fue reportado en los periódicos
locales y muy discutido entre los pobladores, volviéndose objeto de
leyendas urbanas y cuentos fantasmales. Más cercana a un cuento de
fantasmas que a un relato de misterio, si uno concuerda con Avery
Gordon que los cuentos de fantasmas son “stories concerning
exclusion and invisibilities” (2008: 17), la crónica hace uso de figuras
espectrales como evidencia esotérica de las condiciones explotativas
que han reconfigurado la geografía del puerto.
Desde sus primeras páginas, la crónica es situada por Melchor
en un ambiente post-urbano espectral que, siguiendo a Marta Sierra,
puede entenderse como una “geography of darkness that engulfs
the dreams of the modern city” (2017: 63), dado que el espacio físico
del centro de la ciudad que rodea al puerto es descrito como: “una
ruina llena de escombros, hogar de dipsómanos y felinos sarnosos,
espectros que penan entre la basura y entre la maleza que espantan
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de vez en cuando las buenas conciencias del puerto” (2018: 43). En
el mismo paisaje y arquitectura del lugar, el cual se nos ofrece como
un “escenario fantasmal” poblado por “casonas abandonadas que
se desmigajan sin prisa en las calles” (44), Melchor lee las marcas
dejadas por la desposesión y la desigualdad derivada de los procesos
de desregularización y privatización, los cuales aceleraron, sobre
todo, la expulsión y alienación de los trabajadores de los centros
urbanos. Así, la crónica se desplaza al deteriorado “laberinto
de apartamentos” en los que un puñado de viejos inquilinos
viven precariamente “a la luz de las velas […] sin agua potable ni
electricidad” (ibid.), retratando el sentimiento de inestabilidad que
experimentan al verse atrapados en las injustas geografías de la
regeneración urbana. Como narra un antiguo residente, después de
un incendio al fin de los años setenta, en un afán por remodelar los
edificios, pero aún restringidos por “las antiguas leyes del inquilinato
[…] los dueños nos cortaron la luz y el agua y nos fueron corriendo a
todos” (ibid.). No obstante, aunque logró resistir así por varios años,
no fueron las precarias condiciones impuestas por los dueños las
que finalmente lo orillaron a desplazarse de su hogar. Según narra,
su eventual salida del edificio se debió a una agobiante sensación
de extrañamiento, a una “mala vibra” (45) en el ambiente, pues los
llantos y quejidos—que presuntamente venían de los hijos mutilados
por Evangelina Tejera—comenzaron a atormentar a los residentes
por las noches. Intentando rastrear el origen de estos miedos, dado
que, siguiendo a Anthony Vidler, las ansiedades producidas por los
espacios laberínticos de ciudad moderna son al fin de cuentas lo
que da lugar a la novela de detective (1992: x), el resto de la crónica
ofrece un exhaustivo relato de las relaciones sociales y económicas
que giran alrededor de este lugar de ruina y tenebrosas apariciones.
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Debido al estatus del puerto de Veracruz como antiguo
ícono tanto del tropicalismo como del desarrollo petrolero
mexicano, su devastadora transformación de floreciente ambiente
tropical a una “distopía tropicalista” (Bencomo, 2016: 34) encuentra
una apta representación en la historia de ascenso y caída de la reina
del Carnaval de Veracruz que la crónica narra. Si como argumenta
Bencomo, en menos de un siglo hemos presenciado el nacimiento y
muerte de las paradisiacas imágenes postales del país, plagadas ahora
por la corrupción, la devastación ambiental y la violencia urbana
(25), el brutal destino de una de las “mercancías” más visibles de
esta fantasía tropicalista es presentada por Melchor como espejo del
brutal deterioro de la región. No arbitrariamente, la cronología que
Melchor traza en la crónica da cuenta de la vida de la joven en un
periodo que va de la crisis económica de 1982 al ascenso del “grupo
delictivo de Los Zetas, recién separados del Cártel del Golfo”, dado
que la vida de esta mujer se desarrolla y termina ineludiblemente
determinada por estas devastadoras transformaciones. Por ejemplo,
como Melchor logra reconstruir, salida de las filas de la clase
media mexicana, una surgida del volátil auge económico petrolero,
Evangelina se ve afectada por “una crisis económica que se recrudece
al iniciar la década de los ochenta” (50), la cual pone en marcha una
fuerte restructuración de clase que empuja a su familia a la ruina y la
obliga a abandonar sus estudios. No obstante, en consonancia con
los discursos neoliberales de superación personal que florecieron
en aquel periodo, el título de Reina de Carnaval, “una distinción
que incluso a la fecha suele considerarse “la máxima aspiración”
de cualquier muchacha de “buena familia” del puerto” (45), ofrece
a la joven una salida de su precaria situación económica. La fiesta
de carnaval y su reina, cabe observar, remontándose a los años del
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periodo post-revolucionario, ha beneficiado por años la percepción
de Veracruz como un atractivo destino turístico, consolidando
una imagen de “charm and tropical hedonism” (Rinaudo 2014,
p. 6) que permite atraer inversionistas hoteleros e inmobiliarios y
promocionar su desarrollo urbano ante el mercado global. En el
contexto de recesión económica, “la alegre disposición” de Evangelina
“para representar la alegría del pueblo jarocho”–como se menciona en la
sección de sociales de la cual se nutre la crónica– señala más bien
una disposición a satisfacer las demandas de mercado, ofreciendo
una distracción a “la baja del precio del petróleo” y “la bárbara
inflación que pulveriza los salarios” (Melchor 2018: 51). Asimismo,
la joven Evangelina se convierte en objeto de deseo de “la prole” de
empresarios inmobiliarios y hoteleros que “antes de su coronación
la despreciaban” (ibid.), y es introducida en su desenfrenado mundo
de fiestas, consumo de drogas y actos ilegales, a menudo ignorados
“pues la policía estaba ahí para protegerlos” (50).
Sin embargo, la comodificación de la joven por estos “hijos
de papi” (ibid.), representativos de la expansión del capitalismo
financiero y su dominio sobre el puerto, pone en evidencia una serie
de rumores que exhiben la problemática respuesta de los habitantes
a la fragmentada realidad social. Rumores de la participación de la
joven en orgías, consumo de cocaína y vínculos sentimentales con
narcotraficantes, convierten a la exreina en un chivo expiatorio
contra el cual los residentes de Veracruz pueden dirigir su ira.
Cayendo en desagracia “con una sociedad que se pretende en
enclave de sensualismo tropical, pero en el fondo es profundamente
clasista y misógina” (60), Evangelina termina descartada viviendo
en los edificios en ruinas del centro, donde eventualmente será
inculpada del asesinato de sus hijos en 1989. Aunque la pobreza
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abyecta de Evangelina, su precaria salud mental y documentada
historia de abuso son expuestas como causa de la muerte de sus hijos
(declarada como muerte por inanición), los medios locales, como
la crónica rastrea, no perdieron tiempo en promover un discurso
patologizante, vilificando los supuestos excesos de la joven (las
especulaciones sobre sus motivaciones incluyen venganza contra su
expareja, homicidio inducido por drogas o abuso infantil). El relato
construido por Melchor traza así una perturbadora contigüidad entre
el vertiginoso declive del puerto durante y después de la “década
perdida” y “la ascensión de la joven al estatuto de reina, emblema
viviente de la alegría, la lozanía y la fecundidad de un pueblo y
su posterior envilecimiento como filicida, villana mítica, bruja de
cuento de hadas” (ibid.). A través del arco narrativo de Evangelina,
Melchor no sólo cristaliza la movilidad descendente experimentada
por la mayoría de la población (sobre todo por las mujeres) como
parte de los ciclos de auge y caída propios del capitalismo sino,
además, una narrativa en la que los riesgos y estragos económicos
que los mismos capitalistas crearon son imputados a los individuos
considerados como “guilty of poor management” (Lazzarato, 2013:
60). De tal forma, con su cuerpo “convertido en un guiñapo de ojos
vacuos” y ya no representando la fecundidad del pueblo jarocho
sino su oscuro reverso, Evangelina termina siendo deshumanizada y
convertida en repositorio de los males que aquejan la ciudad. Al final
de la crónica, no es de extrañar entonces que Melchor invoque el
conocido mito de la Llorona—la egoísta y perversa mujer condenada
a vagar eternamente por sus pecados—para trazar un paralelismo
con el trágico destino de Evangelina: “igual que sus hijos, la antigua
reina del carnaval condenada por homicidio…ha sido obligada a
convertirse en un fantasma” (Melchor 2018:60).
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No sería entonces injustificado en el uso de este léxico
espectral una cierta convergencia con el corpus cronístico
contemporáneo en México y Centroamérica donde “el fantasma pasa
a ser expresión mermada de una humanidad frágil, abandonada por
Estados que se doblegan ante la soberanía de un sistema económico
feroz” (Poblete Alday, 2018: 222). De acuerdo con Poblete Alday,
aunque previamente confinados al campo de lo fantástico, los
espectros, ante la intensificación de fenómenos tales como pobreza
extrema, migración forzada y narcotráfico, deambulan más allá de
los límites del género para ‘‘para instalarse en lo real/referencial”
(ibid.) y señalar la fracturada realidad provocada por las políticas
económicas de los últimos años. De tal manera, si bien la crónica
retiene el tono y textura de una crónica de crimen, Melchor utiliza esta
figura espectral —que en muchos aspectos recuerda a las figuras de
monstruosidad femenina del gótico—para registrar, como el tropo
que evoca, las causas ocultas del horror que se esconden detrás de
esta figura. Lejos de limitar la crítica social, esta figura monstruosa,
que en modo gótico latinoamericano está profundamente ligada a
los encubiertos fracasos de proyectos nacionales que han dado lugar
a la violencia social y la desigualdad (Casanova-Vizcaíno and Ordíz,
2020: 32), permite a la crónica transcender la crítica localizada y
hablar en su lugar de los asediantes legados de la desinversión social
(precariedad, feminización de la pobreza, desempleo y “el fracaso
del sistema de seguridad social” (Melchor, 2018:59)) que fueron
prerrequisito para la ascensión del capitalismo global. Tomando
esta resonancia gótica de la tradición literaria de la región, donde lo
monstruoso y espectral ha sido invocado para expresar “the deadly
consequences of raw capitalist enterprise for the disadvantaged”
(Casanova-Vizcaíno and Ordíz, 2020: 34), la crónica avala “un
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grado de implicación que resulta imposible dentro de la economía
informativa de la nota roja” (Poblete Alday, 2019, 138). De tal forma,
renunciado al desenlace revelatorio que caracteriza a este género de
crimen, que como Melchor misma concluye, usualmente presenta
“los asuntos de su “literatura” como sucesos excepcionales, únicos
e irrepetibles” (60), la crónica traza estos asuntos como producto
de un ensamblaje más complejo (la crisis económica, la violencia de
género y los fracasos del sistema de bienestar) y dirige la atención a
las fragmentaciones sociales experimentadas en la región durante el
proceso de “Naftaficación”.
Crónica de un despojo anunciado: la requisa del puerto
como trama criminal
Mientras que en “Reina, esclava y mujer”, la invocación del fantasma
de la exreina del Carnaval traduce al lector el alto costo social que
trajo la transición neoliberal en México, en ‘‘El Cinturón del Vicio”,
los procesos de explotación y desposesión que marcan el periodo
son trazados a través de las tribulaciones de un descampenizado
estibador portuario conocido como El Ojón en el histórico puerto
de Veracruz. Construyendo un arco narrativo más amplio que el
presentado en la crónica de la vida de Evangelina, sin embargo, el
estibador es caracterizado por Melchor como producto de la larga
duración de desposesión capitalista en la región, dado que la crónica
da cuenta del “nested, rather than linear and sequential, quality of
the roughly post-1970s period” (Deckard and Shapiro, 2016: 5):
El Ojón nació a las orillas del Barrio El Huaco, uno de los
asentamientos populares más antiguos del puerto de Veracruz.
Habitado durante el periodo colonial por libertos de origen

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africano que levantaron sus viviendas en los márgenes del río
Tenoya con los maderos provenientes de los naufragios, El Barrio
(a secas) fue durante muchos siglos el único hogar posible para los
miles de personas que arribaban al puerto huyendo del hambre y
miseria de las zonas rurales, para invariablemente pasar a engrosar
la nómina del muelle, el comercio y el contrabando. (24)

Enmarcando una larga espiral de saqueo, ya que esta
descripción enlaza las temporalidades de explotación colonial con
la expropiación del campesinado mexicano como mano de obra
excedente producida por la industrialización agraria (un periodo que
coincide con el nacimiento de El Ojón), Melchor presenta el puerto
y los barrios del centro que lo rodean como un objeto laberíntico que
demanda la pesquisa del cronista. Más aún, dado que la ingeniería
social de los programas de regeneración urbana busca transformar
este barrio en un lugar “lleno de terrazas y cafés “europeos”’ (31),
Melchor hace uso de la evidencia anecdótica de El Ojón para tejer
una historia de los múltiples ciclos de explotación que han dejado su
huella en estos asentamientos.
Para analizar estos rastros, la investigación de Melchor
se enfoca en la fracturada cartografía del centro histórico en los
años setenta, restringiendo la mirada a la ahora deteriorada serie de
cantinas (conocida localmente como el “cinturón del vicio”) que
forman sus oscuros callejones y que alguna vez fueron “escenario
principal de la vida social de las clases trabajadoras del puerto” (26).
Este espacio, como traza Melchor a través de los recuerdos del Ojón,
“contrario a los refinados clubes, que calles arriba sólo admitían
(y admiten aún) a caballeretes que se las dan de peninsulares”, era
frecuentado por obreros portuarios, cuijes, marineros y pescadores
“que buscaban un respiro de media mañana para sus respectivas
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ocupaciones” (26-27). Por lo tanto, incluso si los recuerdos de El
Ojón sobre aquellos tiempos señalan un espacio caracterizado por
una profunda desigualdad (así como por el legado del colonialismo),
antecediendo al torbellino de la desregulación y la privatización
que debilitará a la fuerza laboral del puerto, estos recuerdos están
inevitablemente teñidos por una cierta nostalgia por el pasado.
Reveladoramente, Melchor narra el orgullo que El Ojón siente por
su musculoso cuerpo— “hasta tensa los músculos de los brazos y
luego los flexiona a los costados para mostrarme la fibra que aún
le queda”—que, aunque claramente resultado de años de trabajo
extenuante como estibador portuario, es contrastado con el “cuerpo
ñengo” de sesenta kilos con el que llegó buscando trabajo al puerto
(27). Además, uniéndose a las filas de este proletariado urbanizado,
El Ojón pudo acceder a artículos de consumo tales como jeans de
marca así como “varias camisas españolas que a él le gustaba dejarse
desabotonadas para que las mujeres del Cinturón del Vicio vieran
los músculos de su pecho” (28).
La coyuntura de finales de los setenta es crucial para
entender la postura de El Ojón. Este era el momento en el que el
PRI, lleno de petrodólares “expanded spending and made rhetorical
gestures towards the radical reforms carried out under Lázaro
Cárdenas in the 1930s” (Wood, 2021). Los petrodólares fueron
un “godsend to Mexican corporatism”, asegurando los recursos
necesarios para engrasar la maquinaria de patronazgo dentro de
los sindicatos afiliados al partido, permitiendo así a sus líderes
repartir recompensas tales como préstamos, becas y aumentos
salariales entre sus filas (Grayson, 2004: 246). Por lo tanto, como
Melchor describe en la crónica, a estas cantinas a menudo llegaban
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trabajadores empobrecidos pidiendo empleo a los líderes sindicales,
quienes concedían trabajos temporales a cambio de apoyo político:
“hombres gordos, cargados de cadenas de oro, que se pasaban el
día entero bebiendo coñac mientras sus cuijes, muchachos fuertes y
ganosos como El Ojón se rompían el lomo en los rústicos muelles
del puerto” (27). No obstante, estos arreglos se vieron pronto
interrumpidos con el recrudecimiento de la crisis, volviendo al
contrabando y al robo de cargas en las alternativas más viables
para la fuerza laboral del puerto. En consecuencia, estas mismas
cantinas empezaron a operar más como un eje estratégico del
comercio extralegal (sobre todo hurto de mercancía importada),
el centro neurálgico para los trabajadores del puerto cuya falta de
conocimientos técnicos era compensada por su “ingenio, el hambre
y las ganas de chingar” (30).
Como el apelativo de este lugar (y título de la crónica)
sugeriría, este espacio marginal es interpretado desde la perspectiva
de la norma social dominante como indicador de la decadencia y
corrupción moral de la ciudad portuaria. Las intricadas descripciones
que realiza Melchor, desde la caracterización del aire que se respira
en este espacio como saturado por “la fragancia de los negocios
clandestinos”, a las referencias de estas cantinas como envueltas por
las penumbras (27), podrían sugerir de igual forma este sitio como
un locus terribilis, un escenario urbano que comunica “a dystopian
view of the modern city, in which chaos, alienation and discord
prevail” (Braham, 2004: xiii). La evocación de la metrópolis del
Golfo mexicano como agobiada por la criminadad, por lo tanto,
comparte una marcada similitud con las atmósferas del hard-boiled,
particularmente por el emplazamiento en una ciudad portuaria
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y las icónicas expresiones de oscuridad urbana. Sin embargo,
la representación que Melchor hace de este entorno social, la
cual se basa en la memoria colectiva más que en el lenguaje del
oficialismo, exhibe esta turbidez no como rasgo distintivo de los
económicamente marginalizados sino como huella de la explotación
de las clases trabajadoras por “los güeritos…gente dizque de bien
que por acá salen en las páginas de sociales […], y por acá son unos
malandros” (30). Como denuncia el El Ojón, fue en realidad “esta
gente riquilla […] de ojos verdes, con sus hijos güeros” (una clara
referencia a las prevalentes jerarquías coloniales que existen aún en
Veracruz) quienes se beneficiarían directamente de las actividades
extralegales del puerto. Al igual que los capitalistas salvajes que Harvey
denuncia, es decir, aquellos que “pontifica[n] empalagosamente
sobre la perdida de sentido moral, el declive del civismo y el triste
deterioro de los valores familiares y la disciplina” (2013: 226), las
elites veracruzanas harían uso de esta misma retórica para legitimar
la disolución del sindicato de trabajadores portuarios, la cual les
permitirá reforzar su poder y acceso a los recursos del puerto. De
esta manera, en 1991, el gobierno de Carlos Salinas de Gortari—
promoviendo un “nuevo México” de “transición democrática”—
acuerda la requisa del puerto (sólo avalado constitucionalmente en
caso de guerra internacional, de grave alteración del orden público o
cuando se tema algún peligro inminente para la paz interior del país)
citando la corrupción, el robo, la ineficacia y la explotación del puerto
(Hiskey, 2003: 112). Con la requisa de los muelles de Veracruz y la
privatización de las maniobras portuarias, como recuerda el Ojón:
El Cinturón del Vicio se vino pa’ abajo […] Chingo de gente
perdió su chamba, su hueso en el sindicato, y de chupar Napoleón

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etiqueta azul todos los días se volvieron franeleros y acabaron
viviendo en la calle o pidiendo limosna afuera de los bancos y el
mundo entero se les vino abajo con la movida del pelón culero
este. (31)

La descripción que hace El Ojón del desastroso despojo
del puerto—o al menos desastroso para las clases trabajadoras—
captura perfectamente las proporciones distópicas alcanzadas
durante el sexenio salinista. De 1988 a 1994, más de 150 empresas
paraestatales fueron privatizadas y los remanentes del desarrollismo
fueron desviados hacia una clase emergente de oligarcas,
arrastrando consigo una disparidad socio-económica “comparable
only to the post-independent period” (Carroll, 2016: 12). En el
caso de las antiguas elites veracruzanas, como señalan Arroyo
Fonseca y Rebolledo Flores, el giro neoliberal en México y su
violenta economía de desposesión les garantizó no sólo contratos
multimillonarios a través de la transferencia masiva de la riqueza
por varios canales ocultos sino, particularmente, los beneficios
derivados de grandes proyectos de infraestructura y megaproyectos
que serían brutalmente implementados en la región (4435). Estos
proyectos, ciertamente, fueron promovidos a través de discursos
que resaltaban “technological and infrastructural development
and economic growth as a way to help societies with […] poverty
alleviation and pro-poor development” (Córdoba Azcárate, 2020,
286). En línea con este discurso y casi ventrilocuando el lenguaje
de gobermentalidad neoliberal, al final de crónica, Melchor expresa
los esfuerzos del gobierno para transformar el puerto de Veracruz y
reactivar su economía, principalmente a través de un nuevo malecón
que mejorará esta área para el consumo turístico, creando empleos,
brindando seguridad y estabilidad a sus habitantes. No obstante, en la
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devastadora intervención de El Ojón que Melchor introduce al final
de la crónica, este gesto de restructuración espacial es comparado
más bien con una apropiación de tierras neocolonial, llevando al
lector de vuelta al espacio desigual del Barrio con el que la crónica
abre, y por ende, presentándolo como parte de la trayectoria cíclica
de la acumulación capitalista:
Esos pinches españoles lo único que quieren es chingar al pueblo
y que al centro se lo lleve la chingada. Quieren que el puerto se
parezca a Miami o no sé qué pedo pero yo te digo que uno de estos
días el pueblo se va a cansar. En aquel entonces también vivíamos
bien jodidos, pa’ que te miento, pero al menos vivíamos contentos
y teníamos dónde chingarlos nuestras chelas a toda madre y
cotorrear sin que nadie nos hiciera menos por ser obreros. (31)

La profética visión del cercano futuro de Veracruz del El
Ojón que se articula en la crónica, aludiendo al “ajuste espacial”
(en inglés spatial fix2) por venir, registra las desastrosas condiciones
del presente como parte de un largo continuo de depredación que,
aunque enarbolada por una nueva casta de conquistadores, abrirá el
paso a desposesión de las clases populares de la tierra y el acceso a sus
recursos. Presentando así un aplanado horizonte en donde el saqueo
histórico (representado por los españoles) y las desregulaciones
económicas del neoliberalismo coexisten para otorgar al capitalismo
2 El “ajuste espacial” se refiere al proceso a través del cual las recurrentes
crisis de sobreacumulación del capitalismo son resueltas, al menos por un
tiempo, a través de la reorganización espacial y la expansión geográfica
(Harvey 1982), es decir, a través de la incorporación de más territorio del
planeta al ámbito del capital; la transformación de relaciones de producción
y formas de vida en una escala planetaria; y la creación de un expandido y
mejorado entorno construido que permita sostener y mejorar la habilidad del
sistema para acumular riqueza (Schoenberger, 2004, p. 429).

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global con nuevas reservas de materias primas (la reserva del
turismo aún por explotar), el pasaje final de la crónica prefigura la
destrucción presente y futura como determinada por estas viejas/
nuevas lógicas extractivas. Sólo unos años más tarde, al momento de
la publicación del libro, la portentosa acusación del El Ojón será vista
en pleno vigor con el malecón de Veracruz convertido en una fosa
común y el sector de hidrocarburos finalmente abierto a la inversión
extranjera—una revolución en el sector notablemente denominada
“Salvando a México”. No obstante, señalando ya la violencia que
pronto lo consumiría todo y abriría el territorio a una nueva clase
de empresarios—encapsulada con el título de la crónica que cierra
la colección “Veracruz se escribe con Z”—la crónica de Melchor
pone la atención sobre estos negocios criminales (en el sitio original
del colonialismo de conquistadores) como siempre ya inscritos en, y
necesarios para, la trayectoria predatoria del capitalismo.
Las crónicas de Melchor ponen en manifiesto no sólo por
qué este emplazamiento geográfico ha sido recalibrado como el
epicentro de los males que aquejan la nación sino, particularmente,
porqué este terreno ha sido un sitio privilegiado para trazar las
profundas fallas del capitalismo global. Como argumenta Charlotte
Whittle en una reseña reciente de la novela Morir en el Golfo (1985)
de Héctor Aguilar Camín—un texto centrado en el criminal fracaso
de un estado post-revolucionario sostenido por el petróleo—el
título de este thriller policiaco sugiere que el asesinato se encuentra
ya impreso sobre el paisaje del Golfo y está destinado a repetirse
(2016). Las cicatrices dejadas por la petrolización mexicana en los
paisajes de la costa y la magnitud de la crisis actual, como Whittle
sugiere, muestran que el noir continúa siendo un género productivo
para explorar el “intricate maze of links between crime and power”
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-54

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�Lya Morales Hernández / Crimen, acumulación salvaje y el trópico veracruzano

(2016). Las preocupaciones formales que surgieron durante un
periodo específico de la historia literaria de América Latina,
principalmente, cómo representar el caos que la violencia estaba
causando en todo el hemisferio más allá de la “tyranny of breaking
news that trivializes criminal violence” (Castellanos Moya cit. en
Luna Sellés, 2020), son por lo tanto entretejidas en las crónicas negras
de Melchor para ofrecer una perspectiva escéptica sobre crisis del
presente. En Aquí no es Miami, por lo tanto, se observa un esfuerzo
consciente por exponer los impulsos económicos del capitalismo
como causa oculta de la restructuración catastrófica y radical de estos
territorios, los cuales, al momento de publicación, se desplegaban
con brutalidad bajo el engañoso término de “guerra contra el
narcotráfico”. Enfocándose en estos ambientes peri-urbanos en
dónde los procesos de acumulación capitalista son implementados
por medio la coerción y el saqueo, las crónicas permiten al lector
vislumbrar las capas de misterio que cubren la extendida explotación
que se ejerce en estos espacios. Por lo tanto, contrario a la puesta en
escena de una violencia inhumana y deshumanizante hecha por los
medios de comunicación dominantes, los paisajes trazados en las
crónicas negras de Melchor registran productivamente los instintos
criminales del capitalismo que se ocultan detrás del espectro del
narcotráfico, usualmente invocado como único culpable.

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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-54

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�Dosier
Humanitas, vol. 2, núm. 4, 2023

Idealización y cliché en el narcopolicial mexicano:
la saga de Edgar “el Zurdo” Mendieta
Idealization and cliché in the Mexican narco-police:
the saga of Edgar “el Zurdo” Mendieta
Gerardo Castillo Carrillo
Universidad Iberoamericana de Puebla
Puebla, México
Orcid: 0000-0002-8167-1169
gerardocastilloc@hotmail.com

Fecha de entrega: 14-12-2022 / Fecha de aceptación: 21-02-2023
Resumen: En el presente artículo nos disponemos a revisar la
caracterización que la narrativa mexicana con temática narco ha realizado
sobre el detective. Este tipo de personaje se ha vuelto emblemático, por
ejemplo, en la obra literaria de escritores como Paco Ignacio Taibo II,
Rafael Ramírez Heredia, Élmer Mendoza, Gonzalo Martré, Bernardo
Fernández, entre otros. La mayor parte de estos autores han publicado de
manera frecuente sagas novelísticas con el mismo protagonista-detective
(como Héctor Belascoarán Shayne, Edgar el “Zurdo” Mendieta o Andrea
Mijangos), quienes ante un sistema de justicia inoperante e impune tratarán
de hacer prevalecer el orden social pese a los obstáculos y el peligro que
representa el crimen organizado. De este modo, detectives como Edgar
“el Zurdo” Mendieta desempeña su labor, dentro de la corparación
policiaca, en un contexto de extrema violencia causada por los carteles del
narcotráfico. Pese a esta realidad caótica, el personaje estará caracterizado,
por parte de su autor, bajo una visión romántica e idealista basada en

169

�Gerardo Castillo Carrillo / Idealización y cliché en el narcopolicial mexicano

el estereotipo de agente honesto, íntegro e infalibles ante un sistema
judicial extremadamente corrupto. A partir de estos planteamientos, se
defenderá como premisa central que esta saga literaria, escrita por Élmer
Mendoza, solo reproduce una perspectiva cerrada, utópica y tradicional de
la narrativa policiaca.
Palabras clave: Literatura policiaca, Narcopolicial, Detective, Perdedor,
Cliché
Abstract: In this article we are about to review the characterization that
the Mexican narrative with a drug theme has made about the detective.
This type of character has become emblematic, for example, in the literary
work of writers such as Paco Ignacio Taibo II, Rafael Ramírez Heredia,
Élmer Mendoza, Gonzalo Martré, Bernardo Fernández, among others.
Most of these authors have frequently published novelistic sagas with the
same protagonist-detective (such as Héctor Belascoarán Shayne, Edgar el
“Zurdo” Mendieta or Andrea Mijangos), who, faced with an inoperative
and unpunished justice system, will try to make the law prevail. social
order despite the obstacles and the danger posed by organized crime.
Detectives like Edgar el “Zurdo” Mendieta carry out their work, within
the police corporation, in a context of extreme violence caused by drug
cartels. Despite this chaotic reality, the character will be characterized, by
its author, under a romantic and idealistic vision based on the stereotype
of an honest, upright and infallible agent before an extremely corrupt
judicial system. Based on these approaches, it will be defended as a central
premise that this literary saga, written by Élmer Mendoza, only reproduces
a closed, utopian and traditional perspective of detective fiction.
Keywords: Police Literature, Narcopolice, Detective, Loser, Cliché

170

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-53

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

I.

Precursores de la literatura policiaca en México

Sin duda, uno de los referentes iniciales de la narrativa policiaca
mexicana es la revista Selecciones Policiacas y de Misterio (1946- 1961),
en ella se agrupó una generación de escritores que difundió y
posicionó el género en las letras nacionales. Entre los autores que
conformaron este grupo destacan Antonio Helú, Juan Bustillo Oro,
Enrique F. Gual, Rafael Bernal, Antonio Castro Leal, María Elvira
Bermúdez, Ramiro Gómez Kemp, José Martínez de la Vega, Rubén
Salazar Mallén, entre otros. Muchos de ellos además participaron
como guionistas y directores en nuestra industria cinematográfica.
Justo durante la década de los años cuarenta se publican novelas
como Ensayo de un crimen (1944) de Rodolfo Usigli, El crimen de tres
bandas (1945) de Rafael Solana, Un muerto en su tumba, así como Tres
novelas policiacas (1946) de Rafael Bernal y el volumen de cuentos La
obligación de asesinar (1946) de Antonio Helú; en conjunto estos textos
se centrarán en uno de los rasgos característicos y tradicionales del
género policiaco: la solución del enigma (generalmente un asesinato)
del cuarto cerrado.
La popularidad de esta vertiente literaria permitirá que
precisamente, el detective, personaje y elemento fundamental de la
narrativa de corte policial, tenga gran aceptación entre los lectores;
de esta manera, Máximo Roldán será el investigador recurrente en los
relatos de Antonio Helú1; al igual que Peter Pérez, creado por José
1 Máximo Roldán compartirá características semejantes a los personajes
de Edgar Allan Poe: lógica deductiva, sagacidad matemática y una destacada
inteligencia. Otros de los personajes creados por Helú será el ladrón Carlos
Miranda, protagonista del relato “La obligación de asesinar”, además en
algunos cuentos fungirá como compañero de andanzas de Roldán. En el año de
1937 Antonio Helú escribe y dirige la versión cinematográfica de La obligación
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-53

171

�Gerardo Castillo Carrillo / Idealización y cliché en el narcopolicial mexicano

Martínez de la Vega, quien será trasladado incluso al cine. Décadas
posteriores, en la narrativa mexicana surgirán detectives con una
mayor complejidad psicológica, acorde con el contexto sociohistórico
que relatan, tal es el caso de Filiberto García, protagonista de la novela
El complot mongol (1969), y por supuesto Héctor Belascoarán Shayne,
personaje central de las obras Días de combate (1976), Cosa fácil (1977),
Algunas nubes (1980), No habrá final feliz (1981), Amorosos fantasmas
(1989), Sueños de frontera (1990), entre otras.
La crítica considera a Ensayo de un crimen, novela escrita por el
dramaturgo Rodolfo Usigli, como un referente de la literatura policiaca
mexicana, además de su calidad estética, se aleja de los parámetros
tradicionales de este género; su protagonista, Roberto de la Cruz, está
obsesionado con cometer el asesinato perfecto y cobrar notoriedad
como criminal; más allá de este objetivo por parte del personaje
central, el texto realiza una radiografía de la sociedad mexicana
posrevolucionaria, analizando de manera particular la frivolidad,
ambición e inmoralidad de las clases sociales adineradas, quienes para
de la Cruz no merecen vivir debido a su comportamiento disipado, al
respecto Laura Navarrete Maya (2000) asevera:
Las víctimas elegidas por él son seres «despreciables» que no
merecen vivir, decía él. Patricia era estrafalaria, escandalosa,
pervertida; el conde, además de todo eso era homosexual.
de asesinar. A partir de este año comienza a trabajar como coguionista con
Juan Bustillo Oro, ambos tratarán de impulsar el cine policiaco en la industria
mexicana. Entre los argumentos que escribe destacan las películas: La honradez
es un estorbo (1937), Ave sin nido (1947) El Asesino X (1955), El medallón
del crimen (1956), El último mexicano (1956), entre otras. Véase Ortiz BulléGoyri, A. (2020). Antonio Helú y sus aportaciones al género policiaco, en la
literatura, el cine y el teatro. Tema y variaciones de Literatura, número 54,
semestre I, pp. 29-39.

172

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-53

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

El mismo Herrera le advirtió: aléjese de ellos porque sólo le
acarrearán problemas; más Roberto de la Cruz lo ignora y dedica
mucho tiempo a planear e intentar cumplir su obsesión: librar a la
sociedad de seres como ellos, apartados totalmente de la norma.
(p. 475)

Estos elementos permiten considerar a la novela Ensayo de
un crimen más próxima al género negro que a la narrativa policíaca
tradicional, debido a que en las tres partes que conforman la obra se
expone la transformación sociocultural de la metrópoli, así como el
desarrollo de la modernidad en el país. Roberto de la Cruz transita
por la ciudad añorando el espacio y la época anterior a estos cambios,
pues considera que hay una degradación tanto en la urbe como en
sus habitantes; por tal motivo, es necesario restablecer el orden a
través del asesinato; puesto que sus víctimas (Patricia Terrazas, el
conde Schwartzemberg, Carlota Cervantes) son todos aquellas que
alteran sus valores e identidad. Su deseo de matar está asociado
más por un principio ontológico que por razones pragmáticas. En
consecuencia, cuando Roberto de la Cruz es acusado de homicidio
pasional, al asesinar a su esposa accidentalmente, prefiere perder la
cordura, antes que ser juzgado como un criminal común y corriente.
Ensayo de un crimen se aleja de los parámetros de la novela
de enigma, debido a que tanto los asesinatos como el hallazgo del
homicida son relatos secundarios, pues en el texto se priorizan,
a través de la voz de Roberto de la Cruz, los cambios sociales,
culturales y económicos que se producen en la Ciudad de México
con la llegada de la modernidad. Ante esta nueva época, el narrador
observa que las transformaciones arquitectónicas de la metrópoli
son signo de una nueva etapa:
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�Gerardo Castillo Carrillo / Idealización y cliché en el narcopolicial mexicano

Había una fiebre de construcciones en la ciudad, por ser la única
inversión segura, que pronto el solar devastado se confundió con
los otros mil solares que había. Pronto, también, arquitectos y
albañiles empezaron a trabajar con una especie de mecánica
pasión, y una nueva estructura y nuevos bloques de piedra
reemplazaron a los anteriores (Usigli, 1994, p. 57).

En consecuencia, el imaginario urbano se ve alterado por
estas nuevas edificaciones, las cuales para Roberto de la Cruz
significan la pérdida de la identidad en el plano espacial y también
personal. Asimismo, se registran una serie de transiciones culturales
en la vida nocturna de la ciudad: cabarés, salas de juego exclusivos,
espectáculos de medianoche que generarán un sinfín de nuevas
experiencias y prácticas en los habitantes citadinos. Estas dinámicas
de reciente orden provocarán paulatinamente una corrupción tanto
política como social que agudizará la violencia y el crimen en los
distintos sectores sociales. Estos cambios evidencian una estructura
delictiva diferente en el espacio público de la metrópoli.
Este conjunto de transformaciones socioculturales,
así como la presencia de los sectores sórdidos y marginales de
la ciudad, estarán recreados en otro referente de la literatura
mexicana del siglo XX: El complot mongol (1969) de Rafael Bernal.
La novela está conformada por la mezcla de voces narrativas
(tercera y primera persona) su protagonista, Filiberto García,
realizará largos monólogos en los que develará su personalidad
y las deducciones para desarticular el plan ideado por China para
asesinar al presidente de los Estados Unidos; el FBI y la KGB
sospechan que esta intriga se maquina desde el Barrio Chino de
la Ciudad de México, espacio por el que transitará García para
investigar los intríngulis de tal objetivo:
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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

México, con cierta timidez, le llama a la calle de Dolores, su barrio
chino. Un barrio de una sola calle de casas viejas con un pobre
callejón ansioso de misterios. Hay algunas tiendas olorosas a
Cantón y Fukien, algunos restaurantes. Pero todo sin el color, las
luces y banderolas, las linternas y el ambiente que se ve en otros
barrios chinos, como el de San Francisco o Manila. Más que un
barrio chino, da el aspecto de una calle vieja donde han anclado
algunos chinos, huérfanos de dragones imperiales, de recetas
milenarias y de misterios. (Bernal, 2011, p. 25)

Como se observa en la cita anterior, la descripción del Barrio
Chino, de acuerdo con la percepción del narrador, es decadente y
marginal. De hecho, resulta paradójico que desde estas calles se pueda
urdir un complot de corte internacional. No obstante, conforme
Filiberto García investiga los secretos de la conspiración, descubre
que el corrupto sistema político mexicano es el artífice de esta
confabulación; precisamente, el hombre que lo contrata, Rosendo
del Valle, para investigar los orígenes de tal intriga es el principal
responsable de esta trama porque su ambición es convertirse en
presidente de la república al generar una atmósfera de inestabilidad en
el país. Por consiguiente, Filiberto García al descubrir las verdaderas
intenciones detrás de este plan, en su condición de sicario, terminará
asesinando al exgobernador del Valle y sus cómplices.
El complot mongol está enmarcada como una novela negra de
espionaje, en la que se realiza una crítica social a los estamentos que
produjo la Revolución Mexicana, en particular, a la clase política
y a la corrupción sistemática de los aparatos estatales. De hecho,
su protagonista, Filiberto García, es producto de ese caudillismo
revolucionario: altanero, utilitario, deshonesto. La novela evidencia
la escasa capacidad de los cuerpos policiacos, así como el fracaso de
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�Gerardo Castillo Carrillo / Idealización y cliché en el narcopolicial mexicano

las instituciones de justicia, aspectos que en la literatura neopolicial
reciente y en la situación política actual se agudizan sin posibilidad
de cambio. Por consiguiente, el Estado como un agente corruptor
será una constante en la narrativa mexicana coetánea, elementos,
por ejemplo, que tanto Paco Ignacio Taibo II como Élmer Mendoza
tendrán presentes en sus sagas literarias.
Sin duda, Ensayo de un crimen y El complot mongol son novelas de
corte policiaco precursoras en la crítica sociopolítica de México de
la primera mitad del siglo XX. Por supuesto, ambos textos apegados
a la tradición literaria del hardboiled norteamericano, develaron un
submundo criminal y marginado que traspasó el clásico asesinato
del cuarto cerrado. Asimismo, quizá propiciaron que escritores
como Paco Ignacio Taibo II, Juan Hernández Luna, Rafael Ramírez
Heredia, entre otros, explorarán en sus narrativa espacios sórdidos
y decadentes de la frontera norte del país, así como de distintas
ciudades de provincia. No obstante, la inoperancia del sistema
político será un rasgo que de manera consuetudinaria tratarán en
sus textos estos autores.
Precisamente Paco Ignacio Taibo II acuñará el término
neopolicial para referirse a una realidad sociopolítica corrompida
de manera sistemática, así como a un aparato de justicia omiso y
cómplice de la delincuencia organizada. En este nuevo contexto, la
policía estará subordinada a los intereses de los grupos criminales,
quienes operarán como agentes represores de la población civil.
Cabe precisar que en conjunto estos elementos serán característicos
de los países latinoamericanos, los cuales, además de tener en común
el retraso económico, producirán lugares de alta marginación y
pobreza. Ante este panorama, los ideales de justicia del personajedetective estarán determinados por factores absolutamente ajenos
176

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a su voluntad; de este modo, la incertidumbre, la ambigüedad y la
soledad también formarán parte de su psique. En esta dirección
García Talaván (2014) asevera que
la fórmula del detective como superhombre es sustituida por la
del detective duro, marginal y de moralidad ambigua cuyo cinismo
e ironía se oponen a la sociedad en la que vive. Al contrario
del detective clásico, el nuevo es vulnerable, se mete de lleno
en la acción y sufre físicamente sus consecuencias. Para él la
investigación no es un puro juego intelectual sino una toma de
postura ética. (p. 66)

En consecuencia, el detective apegado a los principios de
la novela negra2, ahora estará motivado por un código ético de
carácter personal, el cual tratará de preservar el orden social, pese
a su marginación y vulnerabilidad. Ante un contexto sociohistórico
crítico, en el que la vida urbana produce una masa poblacional
anónima, la complejidad criminal será uno de los rasgos distintivos
del hardboiled. No obstante, el detective de la narrativa neopolicial
también se caracterizará, dependiendo de las circunstancias, por
una indeterminación moral, motivada en muchas ocasiones por la
corrupción y la ineptitud de las instituciones públicas.
Invariablemente el detective o agente policiaco en la narrativa
mexicana tiene en contra el abuso de poder de los aparatos políticos,
2 El escritor argentino Ricardo Piglia considera que en la literatura el
detective policiaco debe atender, en principio, a la tradición y tener como
rasgos elementales la razón y la experiencia. Para Piglia estos personajes
deben dialogar con su realidad histórica y política. Precisamente estos
elementos se pueden observar en Los casos del comisario Croce.  Para Piglia,
la combinación de verdad, conocimiento e imaginación son esenciales para
descifrar los misterios de la realidad. Véase Bueno, M. (2018). “El Comisario
Croce: la forma del policial de Ricardo Piglia”, en  Alea: Estudios Neolatinos,
vol. 20, núm. 1, pp. 90-109.
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�Gerardo Castillo Carrillo / Idealización y cliché en el narcopolicial mexicano

la incompetencia burocrática, la decadencia moral de la sociedad,
etcétera. Así personajes como Filiberto García, Héctor Belascoarán
Shayne, Ifigenio Clausel, Malverde Chandler, Edgar “el Zurdo”
Mendieta o Andrea Mijangos3, siempre desarrollan su labor de
manera adversa, bajo escenarios violentos y caóticos, pese a estos
inconvenientes, con todas las complicaciones que se presentan para
resolver una investigación criminal o particular, todos ellos logran
resolver sus casos. Esta constante más allá de su valoración estética
evidencia una idealización que contrasta con la realidad extraliteraria.
Por supuesto, todo texto literario contiene un sentido interno que no
necesariamente debe tener correspondencia con el plano de lo real.
Para escritores como Paco Ignacio Taibo II, Rafael Ramírez
Heredia o el propio Élmer Mendoza, el detective se asume como un
perdedor e incluso como antihéroe que, pese a todas las adversidades,
se sostiene a partir de la resistencia y en la paradójica aceptación de
la derrota. Esta posición por parte de este tipo de personajes es
consecuencia de un inoperante sistema político, de la desigualdad
social y de los fracasos personales o afectivos. Por orden general
es un ser solitario que suele tener un pasado traumático, aunado al
escepticismo y al desencanto de los aparatos estatales. Su ethos reside
3 El escritor mexicano Bernardo Fernández ha publicado cinco novelas
bajo la temática narco: Tiempo de alacranes (2005), Hielo negro (2011),
Cuello blanco (2013), Azul Cobalto (2016) y Esta bestia que habitamos: Un
caso del Járcor (2021); en las primeras cuatro obras de esta serie, el personaje
central es la detective policiaca Andrea Mijangos, quien estará obsesionada en
capturar a la jefa del Cártel de Constanza, Lizzy Zubiaga. Esta saga literaria
comparte características semejantes con la de “el Zurdo” Mendieta: a su modo
son agentes honestos, están obsesionados con la justicia y se suelen enfrentar
a criminales poderosos. Esta visión maniqueísta contrasta con la realidad
corrupta e impune de las dependencias de seguridad y de la comprobada
complicidad de las corporaciones policiacas con la delincuencia organizada.

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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

en su condición marginal y en la acción de investigar, de descubrir
los intríngulis de criminalidad y corrupción del poder. En todos
estos detectives literarios existe un profundo pesimismo, así como
una evidente desconfianza por las leyes, la justicia y las verdades
absolutas.
Finalmente es importante subrayar que tanto la marginación
como el fracaso, además de ser características claves en la psique
personal del detective literario moderno, también se constituyen
como elementos distintivos del género neopolicial. Este rasgo está
asociado con una realidad política y social desfavorable, en la que
permea un pasado trágico y negativo en la memoria individual de
este tipo de personajes (García Talaván, 2011). Es así como Edgar
“el Zurdo” Mendieta, protagonista de una serie de seis novelas
escritas por Élmer Mendoza, manifiesta como principal mecanismo
de defensa la integridad ética y el deber de justicia. En contraste, con
detectives que presentan una posición más cínica o descarada, tal es
el caso de personajes como Jesús Malverde Chandler o Celia Cruz,
alías la Rompecocos, investigadores creados por el escritor Gonzalo
Martré, o el descarado y corrupto policía Luis Manuel Salcido, de la
novela El Sinaloa, de Guillermo Rubio.
II.

Edgar “el Zurdo” Mendieta, el detective héroe

Tal como se mencionó con anterioridad, el detective de la narrativa
neopolicial generalmente está representado como un perdedor. Esta
característica también se observa en la saga literaria del personaje
Édgar “el Zurdo” Mendieta, protagonista de Balas de plata (2008),
La prueba del ácido (2010), Nombre de perro (2012), Besar al detective
(2015), Asesinato en el Parque Sinaloa (2017) y Ella entró por la ventana
del baño (2022), novelas pertenecientes al escritor mexicano Élmer
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�Gerardo Castillo Carrillo / Idealización y cliché en el narcopolicial mexicano

Mendoza (Culiacán, 1949). “El Zurdo” es un policía Ministerial de
Culiacán, Sinaloa, quien siempre estará una posición contracorriente
ante el denominado Cártel del Pacífico, pues como agente del
estado no tendrá los alcances suficientes para combatirlo; por
tal razón, en repetidas ocasiones tendrá que negociar con la jefa
de este grupo delictivo, Samantha Valdés, para poder encerrar o
castigar a criminales que de manera circunstancial aparecen para
asesinar personas cercanas afectivamente a Mendieta, por alterar
violentamente el orden público, o bien porque afectan los intereses
del Cártel. El escritor y crítico literario Eduardo Antonio Parra
(2017) reflexiona a propósito del personaje:
¿Un detective en México? Preguntan todavía ciertos lectores
incrédulos. Sí, en nuestro país también lo hay, aunque no gocen de
mucho prestigio al pertenecer a la Policía Judicial o Ministerial. ¿Un
judicial es el héroe de estas historias? ... pero habrá que añadir que
Edgar “el Zurdo” Mendieta no es un judicial como aquellos cuya
imagen permanece tenebrosamente grabada en el imaginario de la
gente. Tampoco trabaja para el crimen organizado, aunque tenga
amigos muy poderosos entre los dirigentes de la mafia. (p. 62)

Si observamos la cita anterior, Eduardo Antonio Parra parte
de una idealización para describir la personalidad del detective. De
igual manera, justifica la supuesta amistad que sostiene el personaje
con capos del crimen organizado, pero en términos pragmáticos este
tipo de relaciones están fincadas en la conveniencia de ambas partes
más que en el respeto; de hecho, en la práctica es incongruente que
un policía y un criminal puedan ser amigos desinteresadamente. Por
consiguiente, si “el Zurdo” Mendieta realiza alianzas con el Cártel
del Pacífico para terminar con un enemigo en común, solo evidencia
una actitud permisible ante estos grupos delictivos.
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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

En el presente estudio no tenemos como objetivo llevar
a cabo un análisis puntual de cada novela, nuestra finalidad es
demostrar que de manera indistinta el personaje a través de la saga
no tiene evolución ni un arco dramático verosímil; por ejemplo,
aunque proviene de una colonia popular tiene gustos literarios
selectos, le gusta el rock clásico, no es misógino con sus compañeras;
por supuesto que estos atributos en un policía mexicano promedio
son irreales, considerando que esto tipo de agentes están expuesto a
contextos de violencia y exclusión, resulta poco probable que Edgar
Mendieta, como agente ministerial, manifieste gustos sensibles en
un entorno de absoluta masculinidad hegemónica, pero resulta
un tanto absurdo que como simple policía tenga el respeto de los
criminales y sea incorruptible, así se observa en la obra Nombre de
perro (2012), cuando “el Zurdo” Mendieta se reúne con Samantha
Valdés, la jefa del Cártel del Pacífico, quien le solicita un favor:
Quiero que encuentres al asesino y me lo entregues. Samantha,
respeto tu dolor, me consta que Mariana era buena persona,
pero no soy detective privado, soy placa y como me dijiste una
vez: de los más pendejos…Ya una vez te invité a estar cerca
de nosotros y quedaste en pensarlo. Silencio. Te lo pido como
un favor personal…Me está cargando la chingada y sé que con
mis métodos no voy a avanzar; así que te necesito…Dame
una camioneta blanca con vidrios blancos y dinero para llevar
técnicos a Mazatlán. Cuenta con ello. Una cosa más: suspende las
carnicerías. (Mendoza, 2012, pp.112-113)

Otras características que presenta el personaje de Edgar “el
Zurdo” Mendieta están relacionadas con su carácter depresivo y
solitario, motivado por una agresión sexual que sufrió en la infancia
por parte de un sacerdote, estos hechos le causarán en cierto momento
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-53

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�Gerardo Castillo Carrillo / Idealización y cliché en el narcopolicial mexicano

un alcoholismo crónico. Además, las relaciones amorosas que sostiene
son intermitentes y poco estables, el único hijo que tiene lo conoce
veinte años después; todos estos antecedentes son compatibles con la
representación del detective perdedor que explicamos líneas arriba, y
que si bien es cierto estos rasgos se apegan a la narrativa neopolicial, la
saga escrita por Élmer Mendoza generalmente está planteada a partir
de investigar un asesinato que afecta de manera directa a amigos o
conocidos del “Zurdo” Mendieta, quien pese a todos los obstáculos
siempre descubrirá el móvil y al homicida, aproximándose más a la
clásica novela policiaca deductiva.
Estas particularidades, mencionadas en el párrafo anterior,
se presentan en la quinta novela de la saga, Asesinato en el Parque
Sinaloa (2017). Mendieta es cuestionado por distintas corporaciones
de estar coludido con el Cártel del Pacífico, tras no comprobársele
esta acusación, decide retirarse y dedicar su tiempo a embriagarse;
sin embargo, resuelve integrarse nuevamente a la policía ministerial
para investigar el homicidio del abogado Pedro Sánchez Morán, hijo
de su mentor y amigo, el ex policía Abel Sánchez: “Voy a volver pero
con una condición…mataron al hijo de Abel Sánchez en Los Mochis
y quiero encargarme de la investigación, ésa es mi condición. Voy
a llevarme al grupo” (Mendoza, 2017, p. 43). Con este propósito
se trasladará a Los Mochis para indagar el crimen. Una vez más
el personaje se centrará en resolver el asesinato, tomándose el
compromiso, al igual que en otros textos, como un deber de justicia.
De igual manera que en otras obras de esta saga, habrá dos
relatos paralelos como parte de la diégesis; por un lado, los intríngulis
y pistas sobre el asesinato del abogado; por otro, la fuga de la prisión
de un alto cabecilla del Cártel del Pacífico: el Perro Laveaga, quien
está obsesionado con Daniela Katz, una conocida locutora de la
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región, que le ha prometido al narco realizar una serie radiofónica
sobre su vida, a cambio de ser entrevistado. Por supuesto que este
relato alterno del capo fugitivo tendrá una evidente semejanza
con la historia de Joaquín el “Chapo” Guzmán, quien también fue
capturado en la ciudad de Los Mochis bajo las mismas circunstancias.
De nueva cuenta “el Zurdo” Mendieta se enfrentará con
distintos obstáculos: policías corruptos, sicarios asesinando civiles,
capos del narcotráfico encondiéndose de las fuerzas armadas, el
ejército sitiando la ciudad; bajo este escenario, será capturado por
confrontarse con agentes ministeriales de Los Mochis, pero a pesar
de haber transgredido las leyes, de manera un tanto inverosímil se le
ofrecerá un trato:
Edgar Mendieta, violaste once leyes y todos los códigos de honor
de la Policía mexicana, además de faltar al respeto al Ejército,
[…]; estás acusado de colaborar en la fuga de Samantha Valdés
y te señalan en Estados Unidos como el asesino de la agente
especial de FBI Win Morrison, estás enterado? […]. Además, cae
sobre tus espaldas haber provocado la muerte del teniente de la
Policía Federal César Obregón, conocido como el Trokas. […]. Si
colaboras con nosotros te dejaremos libre al terminar el operativo
(Mendoza, 2017, p. 202).

El acuerdo propuesto por el ejército, muy al estilo de la
industria cinematográfica holliwoodense, consiste en ayudar a la captura
de Samantha Valdés, trato que no aceptará el agente Mendieta debido a
la amistad que sostiene con la jefa del Cártel del Pacífico. No obstante,
una vez más observamos la sobreestimación que con la que delinea
el personaje, pues no importa que violente las leyes, sea acusado
de asesinato o sostenga relaciones con la delincuencia organizada,
siempre saldrá avante pese a los inconvenientes que se presenten.
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�Gerardo Castillo Carrillo / Idealización y cliché en el narcopolicial mexicano

Este carácter infalible resulta incongruente con la realidad política y
criminal que se vive en el país, pero además alejado del ethos crítico y
contestario del detective de la novela negra hispanoamericana.
Pese a estos clichés, Asesinato en el Parque Sinaloa es quizá
el texto de toda la saga que mejor aborda las redes criminales del
narcotráfico y expone la evidente subordinación a la que están sujetas
las corporaciones policiacas a manos de los carteles de la droga. Cabe
destacar que, en las primeras novelas, la acción narrativa solo se centra
en resolver el enigma del asesinato. Por ejemplo, en Balas de plata, el
agente Mendieta se dedica a investigar el homicidio de Bruno Canizales,
hijo del exministro de Agricultura, quien lleva una doble vida y es
ejecutado con una bala de plata, aspecto que obsesionará al detective
pero que no podrá esclarecer. En esta primera entrega el personaje
estará más vinculado con un perfil de perdedor (característico de
la narrativa neopolicial): fue abandonado por su mujer, acude con
el psicoanalista, tiene recuerdos poco gratos de su infancia en el
seminario; no obstante, se debe apuntar que es un asiduo lector de
Shakespeare, Capote, Munch, Kerouac, Fromm, entre otros.
En La prueba del ácido, en cambio, el detective resolverá el
asesinato de la prostituta brasileña Mayra Cabral de Melo, con la
que “el Zurdo” Mendieta tendrá encuentros sexuales fortuitos.
Nuevamente el punto narrativo de la novela se centrará en investigar
el homicidio, para cumplir tal propósito tendrá que negociar con
diferentes redes criminales, entre ellas se encuentra la nueva jefa y
heredera del Cártel Pacífico, Samantha Valdés, quien le facilitará los
medios y los hombres para descubrir al asesino. Justo en este texto
se origina la relación de complicidad entre ambos personajes, Valdés
invitará a Mendieta a trabajar para el grupo criminal, supuestamente
por el aprecio y respeto que su padre sentía por el policía: “Necesito
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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

hablar contigo comandante. No soy tu hombre Samantha, soy
demasiado pendejo y todavía un poco honesto. Precisamente por
eso me interesas, Zurdo Mendieta, ¿crees que no necesitamos
gente honrada en nuestras filas? Aunque no lo creas o no lo hayas
pensado, este negocio no funcionaría sin grandes dosis de fidelidad
y honradez” (Mendoza, 2012, p. 239). Esta lectura que realiza Élmer
Mendoza sobre los convenios entre narcotraficantes y policías
resulta ingenua y poco informada. El crimen organizado más allá
de fidelidad y honradez exige pragmatismo, beneficios personales
y dividendos económicos, aspectos que en esta serie narrativa se
soslayan o pasan desapercibido. Por tal razón, sustentamos que en
conjunto estas novelas replican una visión idealizada y superficial del
tráfico de drogas, reproducida no solo literariamente, sino también
en la música, el cine y la televisión.
En Ella entró por la ventana del baño, la última novela publicada
sobre el detective Edgar Mendieta, titulada a partir de una canción
de The Beatles [“She Came in Through The Bathroom Window”],
el agente ministerial Mendieta tendrá nuevamente una doble
misión; por una parte, Ricardo Favela, un anciano moribundo, le
solicitará como último deseo encontrar a la mujer con la que hace
más de veinte años sostuvo una apasionada aventura amorosa; por
otra, capturar a Sebastián Salcido, alias “el Siciliano”, un peligroso
exmilitar dedicado al narcotráfico, quien ahora que está libre,
después de dos décadas de prisión, ha comenzado a asesinar a
aquellos policías que lo capturaron. Una vez más Samantha Valdés
decide ayudar al “Zurdo” Mendieta a capturar al exmilitar Salcido,
pues es un enemigo en común para ambas partes; por supuesto, una
vez más hacia el final de la novela estos obstáculos se resuelven a
favor del agente policiaco.
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�Gerardo Castillo Carrillo / Idealización y cliché en el narcopolicial mexicano

Este tipo de historias paralelas son la misma premisa con las
que invariablemente Élmer Mendoza estructura las novelas de esta
saga. De manera recurrente se recrean muchas escenas efectistas,
llenas de balaceras y bazucazos, pero en el último capítulo se resuelve
el enigma y se asesina al sujeto que pone en peligro la estabilidad y
vida de los personajes. Debido a estas características creemos que
en conjunto la serie narrativa de Edgar el “Zurdo” Mendieta está
orientada a la clásica novela policiaca del enigma, recurriendo a una
visión romántica y poco crítica del narcotráfico y del sistema político
mexicano, creando en muchas ocasiones personajes maniqueos
o estereotipos criminales. Por supuesto no se debe minimizar las
cualidades narrativas de su autor, pues la publicación de seis novelas
con el mismo protagonista requiere de oficio literario y disciplina.
No obstante, el Zurdo Mendieta no evoluciona como personajes y
mantiene los mismos rasgos que en la primera obra.
III.

Pistas finales

El detective en la narrativa policiaca mexicana contemporánea
manifiesta un particular interés por la investigación deductiva, muy
apegado quizá a la tradición de la novela de enigma. En otros casos,
la búsqueda o indagación es un detonante para denunciar y hacer
público escándalos de corrupción de índole político, también se
exploran hechos criminales sensibles socialmente, por ejemplo, el
texto Un asesino solitario (1999) del propio Élmer Mendoza, examina
los intríngulis conspirativos para matar al candidato presidencial
del Partido Revolucionario Institucional (PRI); durante el relato,
Mendoza sostiene la misma premisa oficial que se propagó tras
el homicidio de Luis Donaldo Colosio: la ausencia de un autor
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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

intelectual. Narrada en primera persona por un matón a sueldo, “el
Yorch”, la historia se centra en exhibir la decadencia y podredumbre
del sistema político mexicano.
Precisamente la crítica al régimen mexicano corrupto y
decadente, tal como se plantea en Un asesino solitario, lo realizan años
antes escritores de corte policiaco como Rafael Ramírez Heredia,
Gerardo Cornejo o Juan Hernández Luna, estos autores toman como
núcleo narrativo de sus obras el punto de vista del criminal, explorando
con más profundidad el perfil psicológico, las zonas citadinas de la
periferia y la exclusión social producto de un nuevo orden económico.
Estos antecedentes son necesarios para comprender el surgimiento,
justo en la década de los noventa, de una problemática que pronto
perturbaría el espacio público: el narcotráfico. Es así como las novelas
con temática narcopolicial comienzan a tener resonancia en el campo
literario y editorial de nuestras letras.
La dinámica del mercado editorial, sin duda, fue determinante
para que sagas narcopoliciacas como la del “Zurdo” Mendieta
tuvieran una destacada recepción, bajo el contexto, por supuesto,
mediático y político de la guerra contra el narco emprendida en
el sexenio calderonista. Al igual que Élmer Mendoza, escritores
como Bernardo Fernández, Alejandro Almazán, Víctor Ronquillo,
Guillermo Rubio o César López Cuadras, centraron sus intereses
literarios en la temática narco. Algunos de ellos, reprodujeron en
sus textos la misma retórica maniquea difundida por el gobierno de
buenos y malos; en cambio, autores como Rubio y López Cuadras
trataron de romper con esta inercia discursiva a través de la parodia,
el humor y el cinismo de sus personajes, características más apegadas
a nuestra compleja y absurda realidad criminal.
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-53

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�Gerardo Castillo Carrillo / Idealización y cliché en el narcopolicial mexicano

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Usigli, R. (1994). Ensayo de un crimen. México: Cal y Arena.

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-53

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�Dosier
Humanitas, vol. 2, núm. 4, 2023

Colapsos y crímenes cosmopolitas en Linda 67, de
Fernando del Paso
Collapses and cosmopolitan crimes in Fernado del
Paso’s Linda 67
Luis Miguel Estrada Orozco
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla
Puebla, México
Orcid: 0000-0002-3268-7658
luis.estradaorozco@viep.com.mx

Fecha de entrega: 07-12-2022 / Fecha de aceptación: 20-02-2023
Resumen: Desde su publicación en 1995, Linda 67. Historia de un crimen,
la recepción de esta novela policiaca ha sido ambigua, en buena parte
condicionada por la naturaleza de la obra precedente de Fernando del
Paso. En el presente artículo, propongo una lectura en Linda 67 varios
niveles: primero, como una novela que dialoga con el género venido de la
cultura de masas a través de la apropiación latinoamericana de que Amar
Sánchez identificaba como estrategias de “seducción y traición”. Por otro
lado, en Linda 67 existe una búsqueda estética fuera de los márgenes del
neopoliciaco hispanoamericano dominante a finales del siglo XX. La
estética de Linda 67 entrelaza elementos de cultura de masas y alta cultura,
tanto en las referencias directas como en trabajos de estructura profunda
o construcción psicológica de David Sorensen, el asesino que es su
personaje central. A través de los referentes de la publicidad, los productos
de lujo, conflictos sociales y hechos criminales de contemporaneidad, la
novela reaviva las críticas de Adorno y Horkheimer sobre la industria

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�Luis Miguel Estrada Orozco / Colapsos y crímenes cosmopolitas en Linda 67

cultural, al tiempo que expone una suerte de reverso de los deseos
cosmopolitas latinoamericanos, concebidos por Mariano Siskind como un
“deseo de mundo”, una forma de aspirar a la universalidad (articulada
en discursos hegemónicos mundiales) desde la marginalidad geopolítica.
Este cosmopolitismo ha sido revisado por Siskind dadas las coyunturas
políticas del siglo XXI, en el que es patente el colapso de la función
imaginaria asignada a la noción de “mundo” en la concepción inicial del
cosmopolitismo. En el presente trabajo, argumento también que David
Sorensen, encarna ya algunos de los derrumbes del cosmopolitismo
latinoamericano a finales del siglo XX.
Palabras clave: Fernando del Paso, novela policiaca, cultura de masas.
Abstrac. Since its publication in 1995, Linda 67. Historia de un crimen, the
reception of this police novel has been ambiguous, largely conditioned by
the nature of Fernando del Paso’s previous work. In this article, I propose
a reading of Linda 67 on several levels: first, as a novel that dialogues
with the genre that came from mass culture through the Latin American
appropriation that Amar Sánchez identified as strategies of “seduction
and betrayal”. On the other hand, in Linda 67 there is an aesthetic search
outside the margins of the dominant Spanish-American neo-police at the
end of the 20th century. Linda 67’s aesthetic interweaves elements of mass
culture and high culture, both in direct references and in deep structure
or psychological construction works by David Sorensen, the murderer
who is its central character. Through the referents of advertising, luxury
products, social conflicts and contemporary criminal acts, the novel
revives Adorno and Horkheimer’s criticisms of the cultural industry,
while exposing a kind of reverse of Latin American cosmopolitan
desires, conceived by Mariano Siskind as a “desire for the world”, a way
of aspiring to universality (articulated in global hegemonic discourses)
from geopolitical marginality. This cosmopolitanism has been reviewed by
Siskind given the political conjunctures of the 21st century, in which the
collapse of the imaginary function assigned to the notion of “world” in
the initial conception of cosmopolitanism is evident. In this paper, I also
argue that David Sorensen already embodies some of the collapses of
Latin American cosmopolitanism at the end of the 20th century.
Keywords: Fernando del Paso, detective novel, mass culture.

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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-50

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

Fernando del Paso recuerda en entrevista cómo concibió la idea
de Linda 67. Historia de un crimen. Después de leer varios libros de
la colección “El Séptimo Círculo”, dirigida por Jorge Luis Borges
y Adolfo Bioy Casares, le aseguró a Álvaro Mutis que él también
escribiría una novela policiaca. “No, no puedes, porque hay que
tener una vocación especial para eso”, respondió Mutis. “Veinte años
después recogí el reto y viajé a San Francisco para situarla ahí porque
hay que escoger un buen escenario también” (Domínguez, 2018).
La anécdota recoge, desde su germen, algunas de las dudas
en torno a la relación entre el libro y el autor. ¿Podía el escritor de
José Trigo (1966), Palinuro de México (1977) y Noticias del Imperio (1987)
ceñirse a las expectativas de la fórmula policial? Una vez terminado
el libro, ¿cómo se lee en relación con sus obras anteriores y con el
resto de los trabajos de corte similar en América Latina?
Linda 67 narra la historia del crimen cometido por David
Sorensen Armendáriz, mexicano cosmopolita hijo de un diplomático
de antepasados daneses, quien asesina a su esposa Linda Lagrange,
estadounidense, hija de un magnate texano y luego urde una estafa
para fingir su secuestro, cobrar millones de dólares y huir con su
amante, Olivia. La novela rompe con algunos elementos formulaicos
del género al descubrir al asesino desde el primer capítulo y dedicarse
a reconstruir los motivos que lo llevaron hacia el crimen, así como
los detalles de su planeación y ejecución. Posteriormente, David
Sorensen buscará quedar libre de culpa y fugarse con el dinero de la
estafa. Sin embargo, su plan se verá interrumpido por un chantajista
que busca hacerse con el dinero del supuesto rescate. Al mismo
tiempo, el caso es investigado por un policía mexicano-americano y
Sorensen es puesto contra la pared por una estratagema urdida por
su suegro, el viejo Lagrange, quien lo detesta profundamente.
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-50

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�Luis Miguel Estrada Orozco / Colapsos y crímenes cosmopolitas en Linda 67

En el presente artículo, propongo una lectura de Linda
67, primero, desde una distancia doble tanto con las expectativas
de las fórmulas tradicionales del género, como con el resto de la
producción latinoamericana del “neopolicial” de finales del siglo
XX. En principio, Linda 67 participa de lo que Amar Sánchez
identificaba como estrategias de “seducción y traición”: literatura
que seduce con los recursos conocidos de los géneros venidos
de la cultura de masas y luego los traiciona para hacer su propia
propuesta estética. Por otro lado, Linda 67 escapa de las perspectivas
políticas del neopolicial hispanoamericano dominante a finales del
siglo XX, donde los Estados y sus aparatos de justicia son el centro
de la crítica del neopolicial. Así, Linda 67 es una narrativa que al
“traicionar” las fórmulas de sus referentes y las expectativas de la
producción de su momento gana autonomía. Finalmente, al usar
una serie amplia de referentes del mundo de la publicidad y artículos
de lujo que vincula con el crimen, la novela reaviva las críticas sobre
la industria cultural. Más aún, al contextualizar la narración con
temas en torno a migración, salud, derechos humanos y hechos
criminales de su contemporaneidad, expone un reverso siniestro
de los “deseos cosmopolitas”. Para Mariano Siskind, el “deseo de
mundo” identificado en algunos intelectuales latinoamericanos
desde la década de 1870 fue una forma de aspirar a la universalidad,
identificada en discursos hegemónicos mundiales en el Occidente,
desarrollada desde la marginalidad geopolítica. La idea de
cosmopolitismo, revisada y revisitada por el mismo autor dadas las
coyunturas políticas del siglo XXI, nota el patente colapso de la
función imaginaria asignada a la noción de “mundo”, un mundo
concebido como la estructura simbólica que sostenía imaginarios
humanísticos de emancipación, igualdad y justicia universales.
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Como detallaré, el asesino David Sorensen encarna ya algunos de
los derrumbes del cosmopolitismo latinoamericano a finales del
siglo XX.
Novela policiaca: géneros bajo sospecha.
Las obras literarias que se apegan a géneros masivos llaman a la
duda. Es decir, juzgar su calidad artística es difícil. En especial, si la
novela se encuentra inserta en la obra de un autor como Del Paso:
Llegué a este título con recelo … Mi desconfianza fue tristemente
justificada: encontré una historia plagada de lugares comunes (a veces
salpicada de cursilería), la ejecución más básica de la novela negra. ¿Por
qué alguien como Fernando del Paso, reconocido por su audaz uso
del lenguaje, escogería un género que exige al escritor apegarse a
una serie de normas estrictas? (Cruz, 2018, mis cursivas).

Es posible que opiniones como la anterior tengan que ver
con cierta distancia con el género usado como punto de partida:
el policial. Si para Cruz hay “lugares comunes” y una “ejecución
básica”, para Amelia Castilla, por el contrario, Del Paso no sólo
ignoró las dudas de Álvaro Mutis, sino que “Tampoco hizo caso
Del Paso de los maestros del género y empezó Linda 67: historia de
un crimen descubriendo al asesino en la primera página” (Castilla,
1996). Operar en contra de ciertas expectativas, en opinión de
Martín Solares, al prologar la novela, revela la elección de un camino
estético. Del Paso no optó por el “detective hiperracional”, ni por
“la relación de una lucha entre dos grupos criminales”; al contrario,
“optó por una vía más estrecha y exigente, que surgió a finales de
los años treinta y acaso es una de las que han dado mayores logros
literarios: la confesión del hombre que comete un crimen por pasión
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y lucha por escapar a la justicia” como algunos personajes de James
McCain y Patricia Highsmith (Del Paso, 2017, Prólogo:13).
La idea, por otro lado, de que se trata de un género con un
puñado estable de modelos, es rebatible. Como detecta Rosa María
Ávila (2005), “Desde el surgimiento de los detectives clásicos o
‘duros’, varios críticos han tratado de definir algunos términos como
‘policial’, ‘policiaco’, ‘duro’, ‘criminal’, ‘detectivesco’, ‘negro’, o –en
su caso– ‘neopoliciaco’” (145). Los distintos acentos presentan
variedades formales y estilísticas, además de que están vinculados al
momento de evolución y lugares de producción.
En la literatura moderna, Edgar Allan Poe inaugura el
género detectivesco a mediados del siglo XIX. La línea analítica de
su personaje Auguste Dupin será la dominante durante el fin del
XIX y el inicio del siglo XX, encontrando representantes no sólo en
Europa y los Estados Unidos, sino también en América Latina. De
hecho, es esta línea analítica la que Jorge Luis Borges retrabaja en
“La muerte y la brújula” (de 1942). Además de sus propios aportes
como autor, Borges junto a Bioy Casares también hacen labor
de difusión del género a través de la serie de libros “El Séptimo
Círculo” publicada por Emecé a partir de 1945.
Para este momento, el género en América Latina ya tiene
seguidores entre un público variado. Un año antes del lanzamiento
de “El Séptimo Círculo”, el mexicano Rodolfo Usigli ha publicado
ya Ensayo de un crimen. En México, el “Círculo de la Calle Morgue”,
conformado por escritores e intelectuales reunidos en torno a
Santiago Helú, pondrá en contacto al gran público lector con las
tendencias clásicas y actuales (en su tiempo) de esta literatura a través
de “la revista Selecciones Policiacas y de Misterio, la versión mexicana del
Ellery Queen’s Mistery Magazine” (Negrín, 2005: 39), fundada en 1946.
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Si bien la línea analítica es de gran relevancia en el ingreso
del género a Latinoamérica, la literatura estadounidense hard-boiled
destaca en su evolución posterior. La estética hard-boiled, de orígenes
en la década de 1920, combina la búsqueda heroica con la violencia
sensacionalizada (Braham, 2004: xiii) en ambientes llenos de bajos
fondos urbanos, así como detectives privados con un pie fuera de
la ley y con una clara desconfianza hacia ella (Stavans, 1993: 49;
Noguerol, 2006: 122). Esta última razón es un motivo por el que su
influencia se ha dejado sentir en América Latina, particularmente en
el “neopolicial”.
El término surge a final de la década de 1970 en medio de
sacudimientos sociales en Latinoamérica que Francisca Noguerol
(2006) identifica con un ambiente extendido de caos, violencia
y desencanto político (118). Paco Ignacio Taibo II, uno de sus
principales promotores, discute las condiciones que rigen al
neopolicial:
Caracterización de la policía como una fuerza del caos, del sistema
bárbaro, dispuesta a ahogar a los ciudadanos; presentación
de un hecho criminal como un accidente social, envuelto en la
cotidianidad de las grandes nuevas ciudades; énfasis en el diálogo
como conductor de la narración; gran calidad en el lenguaje,
sobre todo en la construcción de ambientes; personajes centrales
marginales por decisión (Taibo II, citado en Noguerol, 2006: 120).

En esta descripción emergen algunas diferencias que separan
al neopolicial del hard-boiled estadounidense. Principalmente, la veta
en castellano es más política que su contraparte estadounidense
(Braham, 2004: xiii). En efecto, la principal preocupación del
neopolicial no es el misterio, sino el crimen y con él, “el reflejo del
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contexto social” (Noguerol, 2006: 121). Como revisa Persephone
Braham al hacer un detallado recuento de la producción literaria
del género que nos ocupa entre los años 1968 y 2012, para el año
de publicación de Linda 67, la estética dominante en México es
el neopolicial con fuertes cargas de denuncia social y elementos
políticos anclados en las circunstancias latinoamericanas donde se
desarrollan las narrativas (Braham, 2019: 277-285). La manera en
que Linda 67 dialoga con los modelos narrativos clásicos y responde
en sus propios términos a la estética dominante debe analizarse
detenidamente.
Linda 67: seducción, traición y el universo referencial.
Incluso en un género que hace crítica social a través del crimen,
existe un halo de lectura placentera. Para Ana María Amar Sánchez
(2017), el placer implica tanto el enigma, como el cumplimiento de
ciertos elementos de la fórmula además los giros e innovaciones
que un buen escritor pueda encontrar (47-48). Para la argentina,
cualquier obra “policial en América Latina se define por su trabajo
de ‘deformación’ y explotación de las variantes implícitas en las
fórmulas” (49). Más aún, es un género que tiene una inevitable
carga de “complicidades con el lector de policiales” (56) en donde
los autores explotan el atractivo de la autorreflexividad, los guiños,
referencias y diversas intertextualidades con obras canónicas (pp.
55-58). En suma: “Pensar el género y pensar cómo distanciarse
de sus orígenes forman parte del mismo movimiento [en América
Latina]” (59).
Linda 67 está lleno de recursos de esta naturaleza. Las
opiniones que oscilan entre un libro hecho de lugares comunes y
la de lectores que “extrañan el misterio prometido por el género
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policial” (Corral Peña, 2005, p. 126) se deben a la versatilidad con
que Del Paso usa elementos de la novela policiaca, ambientes noir,
tropos del hard-boiled e incluso una crítica social que, sin ser la del
neopolicial, evoca sus perspectivas.
Durante la primera parte de la novela, dado que las primeras
páginas explican que David Sorensen mató a su esposa, la millonaria
Linda Lagrange, el enigma no es el crimen, sino sus razones. El
ocultamiento de ciertos datos por el narrador heterodiegético genera
un misterio para el lector (González, 2017ª: 93). Este narrador
mantiene durante buena parte de la novela una tercera persona que
sigue la perspectiva y los pensamientos de David Sorensen, y que
crea un efecto de subjetividad similar al de la primera persona. En la
segunda parte, este narrador adquirirá un dinamismo distinto.
Las largas analepsis de la primera parte tienen dos líneas
concurrentes intercaladas caprichosamente que no respeta una
cronología estricta, sino que dejan un reguerillo de información
que el lector reconstruye. La primera línea abarca un espacio
temporal más largo a pesar de estar presentada con mayor brevedad:
los orígenes y las ambiciones de David Sorensen. Hijo de un
diplomático mexicano, David nació en Londres y vivió durante un
tiempo en París, Canadá, México y de nuevo en Londres, donde
estudió economía por dos años. Gracias a esta vida es un políglota,
mantiene doble nacionalidad (mexicana y británica). Además, conoce
de primera mano todo lo referente al buen gusto y ropa, accesorios,
cocina y vino de la mejor calidad. Una breve vida de estudiante sin
recursos en Londres lo enfrenta a la existencia dentro de los límites
de su poder adquisitivo. En este punto, David decide que la vida sin
lujos es imposible para él y abandona los estudios para, luego de
encontrarse con su amigo de la infancia, el irlandés Chuck O’Brien,
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dedicarse a varios trabajos en San Francisco que este le consigue,
entre ellos, la agencia de publicidad de Bob Morrison, donde el
lector lo encuentra cuando comienza la historia.
En una entrevista poco antes de la muerte de su padre,
retirado en su lujosa casa en Cuernavaca, David descubre que Papá
Sorensen no ahorró nada, dilapidando todo su sueldo para dar una
buena impresión de México en el extranjero, y que incluso la casa de
Cuernavaca fue vendida a su tío para pagar el tratamiento del cáncer
que mató a su madre. Así, David entiende que no tiene dinero ni
herencia y que la vida que mantiene como pareja de Linda Lagrange
es imposible de pagar con sus propios recursos.
La segunda línea narrativa de la primera parte nos cuenta
la infatuación de David con Linda, a quien conoce al chocar el
exclusivo Daimler Majestic 1967 de ella y ajustar la placa que ha
averiado con su propio automóvil, una placa personalizada con el
rótulo “Linda 67”, el nombre y año de nacimiento de la heredera. Su
veloz relación lleva a un matrimonio que se deteriora rápidamente
tras la amenaza del viejo Lagrange de desheredar a Linda si sigue
casada con Sorensen, a quien Lagrange considera un oportunista.
Ni el dinero ni ninguna de las propiedades, incluida la casa en el
exclusivo barrio Nob Hill, y el lujoso BMW que maneja Sorensen,
están a nombre de Linda, sino de su padre. Esta línea concluye con
la declaración de que Linda se divorciará de David pues acepta que
su jefe en la compañía de decoración donde trabaja por gusto, Jim
Harris, es su amante; admite también que se ha hartado de Sorensen
y que no piensa perder su vida de lujos por él.
En esta primera parte existen dos capítulos cruciales. El
capítulo quinto, “Los dos mosqueteros”, que describe su relación con
su amigo de la infancia, Chuck O’Brien, y que también termina con
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las analepsis mayores de la primera línea: en este punto el pasado de
Sorensen se ha construido ya. A partir de este capítulo, las analepsis
se centrarán en la concepción y planeación del asesinato de Linda
y su falso secuestro, hasta su ejecución e inicio de la investigación
del inspector Gálvez. El otro capítulo central, como señala Corral
Peña (2005), es el octavo, “Fiesta en casa de los Harris”, donde las
frustraciones de David estallan (p. 117). El capítulo enfatiza el entorno
adinerado y snob de los personajes además de referencias reales que
el lector puede rastrear en la conversación entre David y Sheila, un
personaje secundario cuya importancia sólo se comprende al final de
la novela: se habla del crimen de Susan Smith, quien ahogó a sus dos
hijos en el lago John D. Long; se comenta el problema de la propuesta
de ley 187 y la intolerancia hacia la migración ilegal mayormente
hispana en California; a raíz de un personaje “cuya presencia da pie
a que se hable del sida”, se aborda la “enfermedad ineludible en una
conversación como la que sostienen los personajes” (Corral Peña,
2005: 122) y finalmente el crimen de O. J. Simpson.
A raíz de la discusión del veredicto de inocencia de Simpson,
Sheila le hace notar a David que ahí hay dos lecciones sobre el arte de
matar: no ser estúpido y obtener algún beneficio de la muerte. Luego
de esta conversación, de la confesión de Linda de su amorío con Jim
Harris y del aviso de que el divorcio está en camino, David decide
matar a Linda y beneficiarse con su muerte. Los siguientes capítulos
abundarán en la planeación y ejecución del crimen, incluido el plan
para hacerlo parecer un secuestro, cobrar quince millones de dólares
y escapar a una vida de lujos con su amante mexicana, la aeromoza
Olivia a quien desconoce la verdadera naturaleza de Sorensen.
Guillermo Núñez Jáuregui (2017) nota la efectividad con que
Del Paso ataca las convenciones del género, desde su ambientación.
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Es el San Francisco de Dashiell Hammett, donde Sorensen bebe
en el mismo bar donde lo hacía el autor de The Maltese Falcon (Del
Paso, 2017: 156). Además del espacio, está el modo en que Sorensen
concibe el crimen: “Más grotesco aún le pareció que, a una velocidad
pasmosa, desfilasen por su mente los recuerdos de los crímenes,
imaginarios o reales, que había leído o visto en novelas y películas, o
visto y leído en los periódicos y la televisión…” (100, mis cursivas). A
esta mezcla de cultura pop y nota roja se suman los guiños para el
conocedor del policial: “arrojarla en su automóvil a un barranco,
después de pegarle en la cabeza con la llave, así como lo habían
hecho, ¿cómo se llamaban?, ¿Cora y Frank?, con el griego” (p.
100, mis cursivas). En este caso, la referencia es a The Postman Always
Rings Twice, de James M. Cain, publicada en 1934 y adaptada al cine
en 1946. Igualmente, sabemos que Sorensen acostumbra comprar
novelas de segunda mano de los autores Patricia Highsmith y Rex
Stout (Del Paso, 2017: 163). De Highsmith, además del inevitable
parecido entre Sorensen y Mr. Ripley, cuya primera aparición fue
en The Talented Mr. Ripley, de 1955, está el homenaje identificado
por Guillermo Núñez (2017) a la adaptación francesa del libro de
Highsmith (hecha en 1960) en el título de un capítulo nombrado en
español igual que el filme francés Plein Soleil: “A pleno sol”.
Además de los guiños, espacios y referentes, existe también
una actitud irónica hacia los lugares comunes. El inspector Gálvez,
fuma pipa y tanto David como él mismo bromean sobre el cliché
(Del Paso, 2017: 167). En la misma conversación, Gálvez nota
varios pisapapeles en la casa de Nob Hill y sugiere que pueden ser
un arma mortal, aludiendo a Hickory Dickory Dock (1955) de Agatha
Christie (177). Cuando el segundo de Gálvez, el sargento Kirby
hace una deducción sobre el lado y ángulo del golpe que mata a
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Linda, el inspector ironiza: “esa clase de conclusiones elementales
perteneces al mundo de Sherlock Holmes o al de Alfred Hitchcock,
no al mundo real…” (274). La combinación de libros, películas y
noticias periodísticas establece una serie de referentes de la cultura
de masas constituyéndola en uno de los múltiples archivos con los
que la novela trabajará1.
El juego de referentes y homenajes no se restringe al mundo
europeo y estadounidense. José Espinosa-Jácome (2006) nota los
puntos de contacto entre David Sorensen y Roberto de la Cruz,
el dandi aristócrata venido a menos que protagoniza Ensayo de un
crimen, de Rodolfo Usigli (171). Más aún, este juego de referentes
aborda también la “alta literatura”. Por ejemplo, hay varias líneas que
conectan a David Sorensen con el Raskólnikov de Crimen y castigo, de
Fiódor Dostoievsky. En principio, ambos son jóvenes que matan a
una mujer movidos para quedarse con su dinero. Las escenas de la
muerte de la vieja usurera y el golpe con que David deja inconsciente
a Linda en su carro antes de lanzarla por una barranca hacia el mar
dialogan a través de las dudas que ambos tienen antes del golpe
final. Igualmente, hay una similitud entre la rumiación del plan de los
personajes y la precipitación de los acontecimientos por el azar o un
aparente destino que favorece al asesino. En el caso de Raskólnikov,
por la conversación escuchada al pasar, que revela que la sobrina que
vive con la usurera, no estará en casa, dejando a la potencial víctima
sola. En el caso de Sorensen, los hechos narrados en el capítulo
“Coincidencias”, en donde una gripe le permite quedarse en casa a
1 Para un análisis detallado de las intertextualidades de Linda 67 con el
género, recomiendo el capítulo “2.3 Intertextualidad en la novela”, de la tesis
de maestría de Natali González Fernández (2016), De lo criminal a lo poético:
una aproximación al carácter ambivalente de Linda 67. Historia de un crimen
de Fernando del Paso.
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planear, dejarse crecer la barba para hacerse irreconocible, además
de encontrar una tarjeta de crédito de Jim Harris a quien pretende
inculpar del crimen en caso de que se descubra el cuerpo de Linda.
Por otro lado, el tratamiento psicológico del personaje justo
después del homicidio también tiene puntos de contacto. Tanto en la
novela de Del Paso como la de Dostoievsky, el asesino experimenta
un estado mental febril justo después del crimen fresco. En Crimen
y castigo, esto se traduce en una somatización delirante. Raskólnikov,
una y otra vez, teme haberse delatado entre sus balbuceos afiebrados
frente a Razumijin. En Linda 67, Sorensen tiene una borrachera
babilónica que recorre San Francisco en clave noir, en la que Sorensen
está a punto de delatarse al hablar con Chuck. La borrachera de
Sorensen cierra con lo que Corral Peña (2005) identifica como el
rechazo a sentir incluso la culpa de Raskólnikov (126) dado lo que
Sorensen percibe como la diferencia entre las víctimas, además
de exponer la misoginia de su crimen: “El presente era él, David
Sorensen, un asesino, un criminal sin remordimientos, ¿o no era
verdad?, porque él no había dado muerte a una vieja prestamista
infeliz, ¿no es cierto?, sino a una gringa cabrona, ¿no es cierto?,
cabrona y puta” (Del Paso, 2017: 164). El móvil de ambos, el dinero,
está visto desde perspectivas diferentes: para uno, se trata de un
asunto narcisista de superioridad moral en la Rusia zarista; para otro,
es un acto de egoísmo para no privarse de los lujos de la cultura de
consumo que lo define2.
Volviendo a Linda 67, estructuralmente, la segunda parte
tiene cambios notables. Las analepsis dan paso a los sueños y las
2 Natali González (2017a), además, reconoce un eco del Mersault de
L’Étranger de Albert Camus (95).

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alucinaciones de David que recrean la muerte de Linda y a veces la
confunden con su amante, Olivia3. Por otra parte, el narrador que
ha seguido exclusivamente la perspectiva de Sorensen tiene escenas
en las que acompaña al investigador Gálvez, quien trabaja el caso por
encargo del magnate Lagrange, padre de Linda. En su primera visita
a Sorensen el investigador es informado por el asesino que recibió
una llamada anónima diciéndole que Linda estaba secuestrada (Del
Paso, 2017: 178). Apenas Gálvez deja la casa, Sorensen le informa
acaba de llegar una supuesta carta anónima de los secuestradores
que exige quince millones de dólares por el rescate de Linda. El
lector sabe que David la ha manufacturado recortando letras de
The National Enquirer y The National Examiner, donde abundan las
noticias sensacionalistas: “Era, pensó Dave, como si la muerte de
Linda estuviera formada por pequeños suicidios, por asesinatos
minúsculos, por alevosías y traiciones diminutas” (Del Paso, 2017:
121). Del Paso, como Sorensen, manufactura el crimen no sólo con
los referentes a libros y cine, sino con la misma materia violenta de
la sociedad. Y no únicamente la estadounidense.
Durante la planeación del secuestro, Sorensen duda sobre
la cantidad a pedir y sobre la factibilidad de salirse con la suya;
sin embargo, recupera la confianza cuando recuerda la ola de
secuestros a empresarios mexicanos. Esta ola: “demostraba que,
cada vez con mayor frecuencia, la policía dejaba que la familia se
las arreglara directamente con los secuestradores: su intervención
podía provocar, como había sucedido en muchos casos, el sacrificio
de la víctima” (Del Paso, 2017: 109). Se refiere, probablemente, a
3 Los trabajos “Los sueños y el inconsciente en Linda 67”, de Natali
González (2017b) y “Sobre la estructura de Linda 67” de José T. EspinosaJácome (2006) abundan sobre el aspecto onírico y psicológico de la novela.
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casos como los de Joaquín Vargas Guajardo, por quien se pidió un
rescate de 50 millones de dólares; o José Espinosa Mireles, dueño y
fundador de la extinta Printaform, cuyo rescate fue de 15 millones
de dólares (Orgambides, 1992). Formar una nota de secuestro con
letras arrancadas de la nota roja, como se ve, va más allá de un gesto
del personaje.
Con el nuevo dinamismo del narrador, el lector accede a
diálogos entre Galvéz y el sargento Kirby en donde se discuten el
caso y posibles sospechosos, o a entrevistas con el viejo Lagrange,
quien sospecha que David ha secuestrado y asesinado a su hija.
Además, existen capítulos que recuerdan la experimentación formal
del Fernando Del Paso de sus novelas más celebradas, como
“Llamadas cruzadas”, en el que una serie de llamadas entre varios
personajes (David Sorensen, Chuck O’Brien, el inspector Gálvez, el
viejo Lagrange y un reportero que hace pública la nota del secuestro
y el monto del rescate) se entrelazan de modo que el lector puede
seguir pistas, dudas, mentiras, sospechas, cálculos y actitudes de
varios de los personajes. Más complicado aún es el tratamiento de
la voz del viejo “hippie”, veterano de Vietnam que en la segunda
parte revela a David mediante una carta anónima que Linda ha
sobrevivido y que David debe entregarle los quince millones a él
bajo pena de descubrir a David Sorensen como responsable del
fallido intento de homicidio. En el capítulo “Una forma distinta de
morir”, la verbosidad obscena de la carta del “hippie” interrumpe la
escena donde se desarrolla la reunión para una campaña publicitaria
en la que David es la pieza clave: los cosméticos “Olivia”, pensados
para la mujer latina en los Estados Unidos. En el siguiente capítulo,
“Escucha, pendejo…” la voz inunda por completo la narrativa al
convertirse en un monólogo a través de dos llamadas a teléfonos
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públicos en las que da indicaciones a David y al viejo Lagrange de
cómo entregarle el dinero.
Este capítulo ofrece un discurso que revela a un personaje
poco fiable, pues repetidamente hace dudar a David de haberlo
visto cometer el crimen para luego dar detalles del mismo. Las
interpelaciones de la voz permiten suponer las otras partes del diálogo
y las acciones que lo interrumpen, de las que nos enteramos en el
siguiente capítulo “La gallina ciega”, cuando Sorensen comunica a
la policía y a Lagrange las demandas del “hippie” (sin delatarse). El
efecto de este juego de voces y de información poco confiable es
que genera desazón: por primera vez, tanto el lector como Sorensen
no lo saben todo sobre lo que ha pasado con Linda.
En el desarrollo, el “hippie” convierte a Sorensen en rehén
y se apropia del dinero que entrega el viejo Lagrange, para luego
golpear a David, confirmar que Linda siempre estuvo muerta,
y dejarlo libre. Sorensen parece quedar libre de sospecha. En el
hospital, se entera de que la agencia publicitaria lo ha despedido y
su amigo Chuck O’Brien le ofrece conseguirle un nuevo empleo. Al
salir del hospital, David Sorensen es contactado por Eric Beckhart,
supuesto agente de la aristocracia suiza que pretende lanzar una
prestigiosa marca de relojes y que ha pensado en David Sorensen
para dirigir el “Proyecto Andrómeda”, que da título al capítulo
donde transcurre la suntuosa cena en la que se discuten los detalles
de la campaña publicitaria. David viaja a Suiza, se entrevista con el
conde de Agasti y se inserta de nuevo, en apariencia, en el mundo de
lujo y placer que tanto desea.
Al concluir su viaje a Berna, Sorensen se encuentra en la casa
de Cuernavaca con Olivia, quien lamenta haber dudado de él. Al
volver a San Francisco, David Sorensen se entera de que la policía ha
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encontrado el automóvil y el cuerpo de Linda. El desenlace de Linda
67, regresa a una fórmula de género: el Proyecto Andrómeda ha
sido un montaje del viejo Lagrange para atrapar a David. Sorensen
espera un depósito de quince mil dólares para echar a andar las
supuestas operaciones del Proyecto, pero recibe en su lugar quince
millones. El inspector Gálvez es notificado y sus sospechas sobre
Sorensen se reactivan. Su pesquisa revela el descubrimiento de un
error del asesino: ha mantenido el juego de llaves originales del
Damlier en el bolsillo del saco que usó la noche del homicidio. Si
bien el viejo Lagrange ha manipulado a Sorensen y al inspector,
también es claro que este camino lo acerca a algo que se asemeja a la
justicia, al menos, al castigo del asesino de su hija.
En este juego entre referentes cultos y masivos, fórmulas
y su vulneración además de una actitud irónica y un uso altamente
técnico del narrador, ocurre lo que para Amar Sánchez es la respuesta
literaria que resuelve las posturas en el debate entre “apocalípticos”
e “integrados”. La nomenclatura popularizada por Umberto Eco
hunde sus raíces en las primeras discusiones sobre la presencia de
los medios masivos y la emergencia de la industria cultural. Sus
protagonistas tuvieron posturas críticas afines a Theodor Adorno
y Max Horkheimer, por un lado, o más esperanzadas como la de
Walter Benjamin o Hans Magnos Enzensberger, por otro (Amar,
2017: 17-19). Si bien estas posturas parecen irresolubles, algunos
ejercicios literarios, entre los que destaca la literatura policiaca y su
apropiación latinoamericana, sugieren una vía estética que pone a
los dos campos en tensión productiva.
Las ideas de Amar Sánchez (2017) en torno al uso literario
de elementos de la cultura de masas parten de una división de
múltiples etiquetas: cultura alta y baja, la cultura de élite y la popular,
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binarismos que establecen jerarquías (12). Lo interesante, para ella,
es la visión posmoderna según la cual trabajar literariamente sobre
estos materiales da oportunidad para su transformación además de
generar otros pactos con el lector más allá del entretenimiento; el
lector, después de todo, conoce los clichés a los que se les buscan
salidas novedosas ( 29-30). Esto es a lo que Amar Sánchez se refiere
con los movimientos de “seducción y traición”. Amar Sánchez
entiende la seducción como un juego estratégico de atracción
que pospone el cumplimiento del deseo; los textos que Amar
Sánchez analiza seducen con las fórmulas de la cultura de masas y
decepcionan con su incumplimiento: en esta expectativa frustrada
está la diferencia de las formas mediáticas alienantes y complacientes
(32-33). Linda 67 opera con una plena conciencia de la tensión y
provecho estético de estos movimientos. Más aún, parece invertir
deliberadamente la forma que Amar Sánchez sugiere, poniendo
en primer término la traición (pues revela al asesino y el misterio
se construye de un modo distinto) y luego la seducción (guiños,
referentes, ironías además del giro con la irrupción del “hippie”).
En lo que toca al archivo de literatura neopolicial, la novela
de Linda 67 tiene un movimiento similar. Francisca Noguerol (2006)
identifica al libro como uno de los materiales que se enfocan en una
lección aprendida del hard-boiled y llevada al neopolicial:
Si el hard boiled nos enseñó que el motor del delito es el dinero, el
neopolicial considera las diferencias sociales como su motivación
esencial. … Linda 67. Historia de un crimen (1995) -del mexicano
Fernando del Paso- [contrapone] el american dream a la realidad
del subcontinente, demostrando los extremos de violencia a los
que se puede llegar por conseguir una vida mejor al otro lado de
la frontera (122).
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Antes hablaba de cómo la politización del neopolicial duda
del sistema político y judicial al tiempo que condena los crímenes de
Estado. Linda 67 logra elementos críticos. Sin embargo, no apunto a
un Estado latinoamericano o su sistema judicial corrupto. A través
del trabajo de otro de sus archivos (el de las marcas y los productos)
y de su personaje central es donde vemos más claramente a dónde
apunta su arsenal.
Industria cultural, consumo y cosmopolitismo para
el fin del mundo
El mundo de sofisticación de Linda 67 tiene un espíritu cosmopolita.
Al decir esto me refiero en parte a la actitud de los intelectuales
latinoamericanos, identificada por Mariano Siskind (2014), cuyo
“deseo de mundo” los hace mirar más allá de sus fronteras para
insertarse en una universalidad imaginada y al mismo tiempo escapar
de las opresiones de culturas nacionalistas (3). El “mundo”, aquí,
no es un conjunto de lugares, sino un constructo imaginado desde
América Latina: “a strategic, voluntaristic fantasy that is nonetheless
very effective in opening a cosmopolitan discoursive space where
it is posible to imagine a non-nationalistic, nonanthropocentric
path to a modernization that is set against the horizon of abstract
universality” que es legible desde la década de 1870 (7). Para Siskind,
el cosmopolitismo como estrategia literaria latinoamericana tiene un
resultado doble: por un lado, denuncia las estructuras hegemónicas de
formas europeas de exclusión, y por otro, los patrones nacionalistas de
auto-marginalización (6). Siskind parte de una idea de cosmopolitismo
en la que se presupone en esta universalidad un deber de ético de
preocuparse por el Otro y una obligación hacia el género humano
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que sobrepasa a la comunidad inmediata (8). Ese Otro es el habitante
de los márgenes geopolíticos. Siskind no es ajeno a la contradicción
que presenta el deseo de mundo y la ambición cosmopolita para el
intelectual latinoamericano, pues parece estar siempre condenado a
la insatisfacción en su búsqueda de universalidad, pero esa búsqueda
es parte constitutiva de su identidad (9). El mundo es una especie de
fantasmagoría imaginada que está siempre en otro sitio, es un espacio
universal de implicaciones éticas en donde inscribir la subjetividad
(10). Esta subjetividad, por ello, está siempre en tensión y búsqueda.
Como he mencionado, la relación de la novela de Fernando
del Paso con las apropiaciones latinoamericanas del género sugiere
un potencial crítico. Dado que la novela escapa de la tendencia
neopolicial, me interesa analizar algunas de las particularidades
de Linda 67 a la luz de las ideas de Siskind para discutir este
potencial. David Sorensen no sólo presenta algunos de los deseos y
contradicciones del cosmopolitismo, sino que tiene una artista que
lo hace notable: mientras que el intelectual que analiza Siskind busca
su camino de entrada a la universalidad por vía de la alta cultura, el
personaje de Fernando del Paso lo intenta hacer desde la capacidad
de consumir los más selecto del mercado. En este sentido, la actitud
de David Sorensen personifica el reverso oscuro de este deseo
cosmopolita, mismo que el propio Siskind (2019) identificará en
una revisión a sus conceptos iniciales como el colapso de la idea
de mundo, y que discutirá en lo que llamará un cosmopolitismo
para el “fin del mundo” (206). El consumo como principio rector
del personaje de Fernando del Paso evoca algunas de las críticas al
capitalismo en “La industria cultural”, de Thedor Adorno y Max
Horkheimer (2013), que parecen anticipar los colapsos cosmopolitas
que preocupan a Siskind y que Sorensen encarna en cierta medida.
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Antes, mencionaba la relevancia del archivo de la literatura
policial, el cine y la nota roja. En el análisis que me interesa ahora,
destacaré el mundo de Sorensen como un catálogo de lujos. La
novela es prolija en marcas de ropa, vino, accesorios, automóviles
y descripciones de alta cocina y maridajes. La primera página, de
hecho, describe el clóset de David, donde hay:
una impresionante colección de trajes y combinaciones de los
casimires y materiales más finos, la mayor parte hechos a la medida
por los mejores sastres de Milán y de Savile Row … Corbatas
de seda acanalada … compradas en Jermyn Street. Corbatas de
brocado de la Place Vendôme, corbatas de regimiento de Harrods
y Pierre Cardin. Corbatas Bernini y Van Laack … [camisas] hechas
a su medida por el camisero de The Custom Shop, de Grand
Avenue, y eran del mejor algodón egipcio. (Del Paso, 2017: 25)

En cuanto a su primer encuentro con Linda, destaca el
automóvil de colección que David choca sin causar daño real. Para
congraciarse, cenan juntos en el restaurante francés “Fleur de Lys”,
donde: “después de la botella del soberbio Château La Fleur-Petrus
82 que eligió David para acompañar la terrine de cordero, la ensalada
perigourdine, la cocotte de ternera aux fines herbes y los quesos —reblochon,
roquefort, brie de Meaux—, Linda ordenó una botella de Bollinger R.
D., también del 82, para rociar el postre” (45), una descripción que
pide al lector actualizar sus conocimientos de cocina y vinos.
La casa de Linda, a donde David se muda al casarse, está
en el exclusivo barrio de Nob Hill. Sus interiores se encuentran
adornados con litografías originales de Vasarely, emplomados
inspirados en Frank Lloyd Wright, sillones Chesterfield, figurillas de
Murano y un incensario hindú, óleos de Saura, Leonora Carrington,
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Tamayo, Botero, Richard Estes y Keith Haring (Del Paso, 2017:
52-56). Como antes el homicidio y el estado mental del criminal
evocaban la novela rusa, estos catálogos de lujo tiene sus propios
ecos. La descripción del apartamento evoca la tienda de curiosidades
junto al Sena donde Raphaël de Valentin encuentra la piel de zapa en
la novela La peau de chagrin, de Honoré de Balzac. Además del lujo, se
trata de lo exquisito y exótico. Los catálogos de prendas y accesorios
de Sorensen desperdigan en la novela lo que en el capítulo 11 de El
retrato de Dorian Gray podemos ver condensado en un sumario de
placeres en los que se dilapida el joven dandi. En ambos casos, un
objeto mágico les permite a Valentin y Gray cumplir con sus deseos:
el lujo y la capacidad de obrar sin consecuencias.
David Sorensen carece de objetos mágicos, pero tiene encanto,
un gran amigo y una esposa millonaria. Su propio empleo tiene una
evidente consonancia con el mundo que desea: es un publicista. Para
los lectores de Fernando del Paso, el uso de la publicidad como un
elemento crítico es familiar. Sólo basta recordar “Viaje de Palinuro
por las agencias de publicidad y otras islas imaginarias”, en Palinuro
de México. La crítica al mundo de la publicidad que en Palinuro ocurre
en clave paródica a través de una hipérbole desaforada, en Linda 67
se lee como una crítica de consecuencias más violentas. A leer, por
ejemplo, el segmento “Palinuro en Productolandia” (Del Paso, 2013:
248-257), y notar la forma de catálogo de productos que adquiere el
discurso, es inevitable notar la relación con Linda 67. Para Palinuro,
el producto común y el de alta gama se entrecruzan: es imposible
vivir un día sin tropezar con algo emergido del mercado. Esto es lo
que lo hace al mismo tiempo terrible e inevitable. Para Sorensen no
se trata de evitar el mercado, sino de acceder a sus bienes y servicios
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�Luis Miguel Estrada Orozco / Colapsos y crímenes cosmopolitas en Linda 67

más exclusivos a como dé lugar, tanto si esto es haciendo publicidad
o incurriendo en el femicidio y la estafa.
Las constantes referencias a bienes de lujo abundan en la
novela y, del mismo modo que los guiños a la novela y el cine policial
mantienen una actitud cómplice con el conocedor de estos productos,
el catálogo de marcas, lujos y placeres da una idea acabada de una
universalidad deseada que se manifiesta en la capacidad de consumir
productos de alta gama. A pesar de que David es un hombre culto,
su interés principal no radica en insertarse en la universalidad del
“mundo” por la vía de esa cultura, sino de su capacidad como
consumidor. La cultura es un indicador de su mérito al mundo del
lujo, pero Sorensen no la valora por sí misma. La contradicción, para
Sorensen, es múltiple: creció como un dandi, pero su ingreso real es
moderado; ambiciona la alta gama, pero trabaja en campañas para
productos comunes.
A diferencia de los intelectuales que analiza Siskind, Sorensen
no tiene un mundo de opresión nacionalista del que busca escapar.
Su nacionalidad, es apenas un dato curioso: “el desarraigo, la ausencia
de nexo orgánico con un país y una cultura, convierten el origen del
personaje en uno de los muchos engaños de su vida, a la vez que
apuntalan sus comportamientos y decisiones” (Corral Peña, 2005:
116). Este desarraigo se vuelve conflicto al chocar una y otra vez con
los prejuicios sobre la mexicanidad que David Sorensen incumple:
desde la ausencia de la piel morena hasta la exquisitez de sus hábitos.
Esto es fuente de tensión tanto en su círculo social como en su trabajo.
Así se lo hace notar Chuck O’Brien cuando David le comenta que no
es popular en la agencia de publicidad. Además de su vestimenta, con
un aliño muy por encima que la de cualquier agente de publicidad:
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La otra cosa es el inglés que hablas … Tienes que darte cuenta
que los gringos no pueden tragar a un mexicano que habla un inglés tan
elegante y perfecto como el del profesor Higgins de My Fair Lady,
¿me explico? Aunque tal vez lo mejor es que representes a una
empresa europea y que no digas que eres mexicano sino un
príncipe húngaro (Del Paso, 2017: 92, mis cursivas)4.

En la misma fiesta de los Harris donde los amigos tienen
la conversación, David habla de la reforma 187 con Sheila, quien
se pregunta si a él le afecta. David responde con un chiste mordaz:
—Por supuesto que sí —dijo Dave—, yo soy indocumentado.
Sheila casi se atraganta con la champaña.
—Indocumentado, ¿usted? Está bromeando.
—No es broma. Soy un mexicano que hace casi tres años trabaja
en California sin permiso. Pero nunca me han pedido papeles…
—Claro, con ese color de piel, de cabello, de ojos, y su acento de
Chelsea, quién va a pensar que usted es mexicano… ( 85-86)

A diferencia de su padre, perfectamente aceptado en el mundo
de la diplomacia, Sorensen nunca logra pertenecer por completo
al mundo de los acaudalados. En la novela, la marginalización es
compensada con la lógica de consumo. Para Elizabeth Corral Peña
(2005), esta lógica es fundamental:
4 Elizabeth Corral Peña (2005) nota el juego de Del Paso en la alusión a
My Fair Lady, donde “la aristocracia londinense toma a la plebeya Elisa por
una princesa húngara” (p. 125).
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En Linda 67, como en el pop, la proyección hiperbólica
a primer plano de los objetos comprables y vendibles funciona
como propuesta estética, a la vez que se convierte en un poderoso
instrumento de crítica social. Los personajes de la novela no se
cuestionan la pertinencia de asumir la vida en términos mercantiles,
porque es la que les interesa: incluso parece ser la única manera que
conocen para relacionarse con el mundo. De ahí que David trate a
Linda como otro bien canjeable por dólares (121).
Natali González (2017a) reconoce en la estructura de novela
policiaca un pretexto para criticar a la sociedad consumista sin
moralizar, sino cuestionar las tensiones constantes de esta lógica en
la relación México-Estados Unidos (114).
La lógica de una vida asumida en términos estrictamente
mercantiles que menciona Corral recuerda la línea crítica de Adorno
y Horkheimer en “La industria cultural”. No es una casualidad
que Sorensen, quien encarna a ultranza la lógica de objetualizar la
humanidad, sea un publicista, una labor que Del Paso practicó y
que ha sido blanco de sus críticas por ser un trabajo que utiliza el
lenguaje de un modo especial para fines espurios (Figueroa, 2018;
Beltrán, 2021). Sorensen lleva al extremo su trabajo publicitario al
utilizarlo como la base para planear su crimen:
Cómo, dónde, cuándo: esto le recordaba lo que Bob Morrison le
dijo el primer día de trabajo en la agencia: cada vez que tengas un
producto que hay que vender por medio de la publicidad hazte las
siguientes preguntas, Dave: qué, a quién, dónde, cuándo y cómo
…. ¿Cómo? Ah, esto es lo más difícil de todo: cómo. Cómo vender
un producto. Cómo convencer a una joven chicana que con este
lápiz de labios se verá más bella. Cómo convencer a Lagrange
y a la prensa, a todo el mundo de que Linda fue secuestrada …

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Cómo hacerle creer … a todo el mundo, que si el viejo Lagrange
no entrega los diez, los quince millones de dólares, van a matar a
Linda (Del Paso, 2017: 108).

Espinosa-Jácome (2006) identifica tres proyectos
publicitarios en la armazón de la novela: el proyecto de cosméticos
“Olivia”, el homicidio y cobro de rescate millonario, y el Proyecto
Andrómeda (170-171). Los dos primeros son concurrentes y se
reatroalimentan. El último es un proyecto sólo en apariencia porque
es una celada del viejo Lagrange, quien voltea las tablas a Sorensen
atrapándolo con lo que más lo tienta: el acceso al mundo del lujo.
Para Adorno y Horkheimer (2013) el problema de la
“industria cultural” era que detrás de ella se encontraba la lógica
impositiva del capital. En esta, la experiencia humana queda reducida
a dos posibilidades: productor o consumidor; durante el tiempo
de trabajo se produce y durante el ocio se consume, pero nunca
estamos fuera de la lógica del mercado (8). Los medios masivos
establecen un gran lenguaje que el consumidor entiende y que marca
la pauta de quien lo produce ( 21). La publicidad es clave, pues es un
ejercicio costoso que garantiza que sólo los productos que la pueden
pagar hagan llegar su mensaje; condensa los vicios de la industria
cultural al ser una de sus fuentes principales de ingreso y también al
convertirse en su “arte por excelencia”; al promover sus productos,
construye y perpetúa su lenguaje ideológico (75-77). Para Sorensen,
es claro el impacto de los medios y de la narrativa de la pertenencia al
mundo, como es notable en las estrategias que el equipo publicitario
desarrolla en torno a la línea de cosméticos para mujeres latinas
descritas en el capítulo “Una forma distinta de morir”. Cuando a
su equipo se le cuestiona por qué piensan anunciar el producto en
horarios televisivos entre las nueve y las once de la mañana, cuando
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nadie ve la televisión, la respuesta hace evidente el constante ruido
de fondo de la publicidad en medios masivos en la experiencia del
target de mercado:
Nadie la ve, pero muchos la oyen … un estudio que revela que las
mujeres que trabajan en su casa oyen no sólo la radio: muchas …
oyen la televisión mientras cocinan o lavan la ropa. Y todavía hay
un alto porcentaje de mujeres chicanas e ilegales sin empleo. Por
otra parte, muchas ayudan en la limpieza de otras casas, mientras
las dueñas están fuera, y también oyen la televisión. (Del Paso,
2017: 198-199)

Como Adorno y Horkheimer (2013) anticipaban: “Reducidos
a material estadístico, los consumidores son distribuidos sobre el
mapa geográficos de las oficinas de investigación de mercado, que
ya no se diferencian en nada de las de propaganda, en grupos según
ingresos” (12). Esta lógica de mercado utiliza la narrativa del éxito
uno y otra vez para establecer una relación inmediata: triunfar es
ser capaz de participar del mundo del consumo ( 28). El equipo de
Sorensen no es ajeno a esto.
Bob Morrison le muestra un comercial que han desarrollado
cambiando el eslogan original de David, “El orgullo de ser latina”,
por: “el orgullo de ser distinta… A las hispánicas, a las chicanas, no
les gusta que las llamen así. Todas están ansiosas de ser consideradas
ciudadanas norteamericanas… Aunque paradójicamente, al mismo
tiempo, quieren ser distintas…” (Del Paso, 2017: 204). El comercial
en blanco y negro muestra una mujer latina de piel oscura abrazando
a un hombre de piel clara. Sólo las uñas rojas tienen color: “Lo
abrazaban, lo apretaban, lo arañaban. Era evidente que se trataba
del apogeo de un coito … Aparecía el logotipo de Olivia y, debajo
de él, la primera parte del eslogan, leído al mismo tiempo por el
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locutor: Olivia… una forma distinta de ser” (205, cursivas en el
original). La crítica de los alcances de la publicidad, el uso particular
de su lenguaje es clara en este capítulo. Mientras en la reunión se han
discutido las estrategias, Sorensen lee para sí, en fragmentos cada
vez más grandes, el mensaje que el “hippie” ha dejado en su casa
diciéndole que él atestiguo el ataque de David a Linda, que la mujer
no ha muerto y que Sorensen debe entregarle los quince millones
del rescate. Lado a lado, dos formas de mensaje con la intención de
conseguir un beneficio económico.
El ideal del “deseo de mundo” cumplido, en la narrativa
del comercial descrito, es especular con la experiencia de Sorensen
y su fallido matrimonio con Linda. Como recuerdan Adorno y
Horkheimer (2013), la industria cultural defrauda constantemente
postergando siempre el placer o la consecución de ese supuesto
éxito (8). La forma en que la publicidad funciona como discurso que
condensa en el caso de Sorensen, se vuelve entonces transparente: si
todo el mundo está en la lógica del mercado, el diseño de la campaña
publicitaria también puede funcionar como base para el diseño de
un crimen pues su fin es el mismo: la ganancia económica, el sueño
del éxito, vivir en el mundo del consumo y fracasar.
Mariano Siskind, al revisar algunos de sus planteamientos
sobre el cosmopolitismo de cara a los retos del siglo XXI, discute
la crisis en la idea de “mundo”. Se trata de reconceptualizar la
idea de cosmopolitismo “during a historical juncture defined by
the total collapse of the imaginary function assigned to the world
by the experience of the that was central to the discourse of
cosmopolitanism” (Siskind, 2019: 206); esto es, el mundo como la
estructura simbólica que apoyaba los imaginarios de emancipación,
igualdad y justicia (206). Entre los mayores síntomas que Siskind
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identifica en este “fin del mundo”, se encuentran las crisis de
desplazamiento de refugiados y migrantes, la intensificación del
militarismo y la violencia, además de una radicalización de las formas
de dominación y explotación capitalista que han incrementado
las desigualdades socioeconómicas (209). Este fin del mundo ha
alcanzado al propio capitalismo: “And even Capital articulates its
own structuring function in direct relation to it, simultaneously as
causing and being endangered by the end of the world” (212-213). Desde
esta perspectiva, lo que Siskind ya observa en 2019 como colapso ya
se encuentra en formación durante la década de los noventa en que
se ubica la novela.
Antes, discutía las referencias, muchas de ellas originadas en
la nota roja: los crímenes de O. J. Simpson y Susan Smith, actos de
terrorismo, como el bombardeo de Oklahoma, que opaca parcialmente
las noticias sobre el desenlace del secuestro de Linda (Del Paso, 2017:
223 y 232), la epidemia global de VIH/SIDA, la hostilidad contra
las comunidades migrantes en los Estados Unidos, además de las
sucesivas crisis mexicanas posteriores a 1994: los magnicidios y el error
de diciembre, entre otros. Todas ellas, señales del “fin del mundo”.
Algunos de los problemas mexicanos tienen incluso repercusiones en
el mundo estadounidense. Si el inspector Gálvez llega a sospechar de
Jim Harris como posible secuestrador es porque sabe que su compañía
de decoración ha sufrido reveses económicos por la insolvencia de
sus clientes hoteleros mexicanos luego de la crisis del 94 (Del Paso,
2017: 192), una evidencia de que los márgenes geopolíticos nunca
están tan lejos de los centros cosmopolitas.
El cosmopolitismo de la pérdida, que Siskind asegura que
puede aún tener funcionalidad en un estado de cosas donde la idea de
“mundo” ha colapsado, es analizado a través del cuento de Roberto
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Bolaño, “El Ojo Silva”. Sin entrar en los detalles de la trama, Siskind
(2019) nota que los personajes hablan de la India de un modo vago,
una geografía imprecisa en donde ocurre un episodio de tráfico
y explotación sexual infantil. Para Siskind, “It is the intentionally
unspecified name of an elsewhere that requires a lack of geocultural
specificity in order to fulfill its narrative purposes – to underscore
the universality of violence as the unifying constitutive condition of the end
of the world” (220-221, mis cursivas). El movimiento de Bolaño,
para Siskind, coloca a ese mundo colapsado en un allá periférico.
Fernando del Paso, adelantándose al colapso del mundo en una
época particularmente violenta y de crisis, coloca el fin del mundo
en el centro del Occidente desarrollado: San Francisco. En Linda 67,
el fin del mundo no viene desde la periferia hacia el centro, sino que
se gesta en el corazón de las sociedades que alguna vez fueron el
centro del deseo de mundo.
El trabajo que Fernando del Paso realiza con las expectativas y
referentes del género policial es un primer movimiento introductorio
para un entramado referencial mayor. La obra reta los elementos de
las fórmulas conocidas, ironiza y hace guiños, mientras entrelaza
este archivo con el de la alta literatura, los referentes al mercado y las
señales del colapso cosmopolita. Con ello, la obra seduce al lector al
tiempo que lo reta. Por otro lado, amplía las posibilidades de lectura
de los géneros venidos de la cultura de masas al emplearlos como
base estructural de un desarrollo estético que escapa a las expectativas
del neopolicial, mayormente utilizado en Latinoamérica. Sobre esta
base estructural y este desarrollo estético, Fernando del Paso nos
abre al abismo del crimen que se respira cerca del fin del mundo
como deseo universalidad y concebido mayormente como mercado.
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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-50

225

�Dosier
Humanitas, vol. 2, núm. 4, 2023

La ciencia ficción mexicana: del margen a un centro
que es muchos centros
Mexican science fiction: from the margin to a center
that is many centers
Alejandro Ramírez Lámbarry
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla
Puebla, México
Orcid: 0000-0003-3299-5914
alambarry.ffyl@gmail.com

Fecha de entrega: 08-12-2022 / Fecha de aceptación: 20-02-2023
Resumen: Este artículo analiza cuatro antologías de ciencia ficción
publicadas en México. La primera, de 1991, se sitúa desde el margen del
campo literario y justifica su importancia con la apropiación regional que
los autores antologados han hecho del nuevo género de origen anglosajón.
Las siguientes antologías de 1997 y 2001 emprenden una disputa contra
el centro del campo con el fin de obtener mayor capital. Sus tomas de
posición implican la apropiación de la tradición literaria canónica, la
cercanía del género de la ciencia ficción con la fantástica (del cono Sur) y,
de nuevo, la originalidad de la apropiación de este género en México. Por
último, la antología de 2018, de Libia Brenda, se presenta desde un centro
dual o bicultural que modifica la dinámica de margen y centro. Una de sus
mayores aportaciones es ser la primera antología que incluye un número
considerable de escritoras.
Palabras clave: Ciencia ficción, antologías, Bourdieu, margen, centro.

227

�Alejandro Ramírez Lámbarry / La ciencia ficción mexicana

Abstract: We analyze in this article four science fiction anthologies that
were published in Mexico. The first one, published in 1991, occupied the
margins of the literary field and argued its importance with the fact that
English science fiction was assimilated –and not only copied– by Mexican
authors. The following anthologies, 1997 and 2001, tried to destabilize the
center with the aimed of obtaining more literary capital. Their strategies
were aligning science fiction with canonical literature and with fantastic
literature (from the Southern Cone) and arguing again that Mexican writers
had successfully assimilated this genre. Finally, Libia Brenda’s anthology
from 2018 situated itself in a dual or bicultural center changing the margin
and center dynamics. Brenda’s main achievement was the addition for the
first time of an important number of female writers.
Keywords: Science fiction, anthologies, Bourdieu, margin, center.

228

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-51

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

En este artículo estudiaremos cuatro antologías de ciencia ficción
publicadas en México. Nos interesa evaluar las tomas de posición
que estas antologías realizaron en su momento y su contribución
para cambiar el sistema literario mexicano en lo que respecta, en
específico, a la relación entre el margen y el centro. Las cuatro
antologías son Más allá de lo imaginado (1991),5 El futuro en llamas (1997),
Visiones Periféricas (2001) y Una realidad más amplia. Historias desde la
periferia bicultural (2018). Los antologadores son, respectivamente,
Federico Schaffler, Gabriel Trujillo Muñoz, Miguel Ángel Fernández
Delgado y Libia Brenda.6
Nuestra tesis es que la primera antología colma un vacío en el
campo literario mexicano que nace debido a la original controversia
entre los supuestos géneros menores y el género mayor o canónico.
Estos géneros menores fueron –como lo indica Gabriel Trujillo en la
primera antología– la narrativa policiaca, la novela histórica y la ciencia
ficción, mientras que el canónico fue el realismo histórico y épico con
prácticas de vanguardia. Al referirse a este periodo, Sánchez Prado
5 Se publicó en tres tomos. Los dos primeros son de 1991 y el tercero de
1994.
6 No estudiamos las antologías del cuento fantástico por tratarse de un
género que, si bien cercano a la ciencia ficción, se propone desde otra tradición.
Algunos ejemplos de estas antologías son: Cuentos fantásticos mexicanos,
compilada y prologada en 1986 por María Elvira Bermúdez y Agonía de un
instante. Antología del cuento fantástico mexicano, de Frida Varinia. Tampoco
estudiamos las antologías que compilaron a los ganadores del premio Puebla
de Ciencia Ficción porque su único criterio de selección fue que sus autores
hubieran obtenido el premio. No hay un proyecto teórico-histórico-poético
en su estructura. Algo similar argumenta el mismo Federico Schaffler en la
primera antología de ciencia ficción: “una antología de un concurso no es
representativo (sic) de lo que se está produciendo a nivel nacional” (21). Estas
antologías son Principios de incertidumbre. Premio Puebla de Ciencia Ficción
1984-1991, Auroras y horizontes y El acto y el destino.
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-51

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�Alejandro Ramírez Lámbarry / La ciencia ficción mexicana

define el canon desde dos prácticas novelescas: “‘fiction of totality’
(which in itself is a variation of narrative modes such as ‘foundational
fiction’, and ‘national allegory’) and the transnational ‘modern epics’”
(2018: 64). Las siguientes dos antologías se asumen en esta lucha desde
el margen, pero optan por estrategias distintas para obtener mayor
prestigio y relevancia. Mientras que la antología de Trujillo incluye
la ciencia ficción en la tradición literaria más canónica; se aprovecha,
así, la cercanía que tiene ésta con el género de la literatura fantástica;
la de Ángel Fernández apela al empoderamiento desde el margen,
la periferia o lo que Beatriz Sarlo llamó las orillas.7 Esta creación
marginal que renueva y empodera se concreta en Visiones Periféricas
con una muestra de ciencia ficción con temas nacionales y un lenguaje
coloquial. Sin embargo, en las tres primeras antologías la posición
marginal que buscaba ser trascendida no les permitió ver que, a su
vez, habían silenciado a otro grupo. La antología de Libia Brenda
carece de una justificación crítica, pero representa en su selección
una ciencia ficción más diversa, ya que incluye por primera vez a un
número importante de escritoras. Se trata, además, de una antología
escrita en diálogo con el país con mayor capital literario en cuanto a la
ciencia ficción: los Estados Unidos de América.
Pierre Bourdieu señala que un campo es un “conjunto de
posiciones distintas y coexistentes, externas unas a otras, definidas
7 En Borges, un escritor en las orillas, Sarlo refiere que parte de la
originalidad de Borges ocurre gracias a su posición marginal: “la soltura de
un marginal que hace libre uso de todas las culturas” (2003: 14-15); asimismo:
“La trama de la literatura argentina se teje con los hilos de todas las culturas;
nuestra situación marginal es la fuente de una originalidad verdadera, que no
se basa en el color local... sino en la aceptación libre de la influencia; donde los
escritores europeos se angustian por el peso de sus antecesores, los rioplatenses
se siente libres de parentesco obligado” (2003: 63).

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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-51

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

en relación unas de otras, por su exterioridad mutua y por relaciones
de proximidad, de vecindad o de alejamiento y asimismo por
relaciones de orden, como por encima, por debajo y entre” (1999:
16). El campo se activa cuando dos polos entran en conflicto: el
grupo dominante, que desea preservarse en el poder, y el grupo
que lo desafía. El capital literario está en juego; con éste es posible
emitir juicios sobre el valor estético de una obra, de un género
literario y de un grupo de escritores: consolidar a unos en demérito
de otros. El capital configura el espacio del campo; asocia a aquellos
que lo poseen y margina a quienes carecen de él. Según Bourdieu
nuestros criterios estéticos y el valor que otorgamos a una tradición
están determinados por las luchas del campo literario.8 Nuestras
definiciones de margen y centro, de género menor y canónico
responden a su teoría: se trata de las obras, los géneros literarios
y los autores consagrados por la tradición; son el resultado de las
luchas y los conflictos dentro del propio campo por obtener capital
literario.
Es claro que existen diversas instancias de consagración
acompañadas de diversas estrategias para obtener capital. Bourdieu
escribe que la producción del valor de la obra depende:
no sólo a los productores directos de la obra en su materialidad
(artista, escritor, etc.), sino también al conjunto de los agentes y
de las instituciones que participan en la producción del valor de
8 Bourdieu escribe: “La definición más estricta y más restringida del
escritor (etc.), que aceptamos en la actualidad como evidente, es fruto de una
larga serie de exclusiones o de excomuniones destinadas a negar la existencia
como escritores dignos de este nombre a todo tipo de productores que podían
percibir su propia existencia como escritores en nombre de una definición más
amplia y más laxa de la profesión (1998: 331)
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-51

231

�Alejandro Ramírez Lámbarry / La ciencia ficción mexicana

la obra a través de la producción de la creencia en el valor de la
obra de arte en general y en el valor distintivo de tal o cual obra de
arte, críticos, historiadores del arte, editores, directores de galerías,
marchantes, conservadores de museos, mecenas, coleccionistas,
miembros de las instancias de consagración, academias, salones,
jurados, etc. (1998: 339)

Las antologías que analizaremos en este artículo son tomas
de posición9 con el fin de adquirir mayor capital literario. Con este
capital buscan salir del margen para ocupar el centro. Si la apuesta
es exitosa se volverán, a su vez, en instancias de consagración. Son
famosas las antologías de poesía en México como Poesía en movimiento
y Antología de la poesía mexicana moderna porque consolidaron a un
grupo y a una poética en demérito de otros. Nuestro objetivo es
estudiar este mismo suceso con la ciencia ficción.
El surgimiento del margen
La primera antología de ciencia ficción en México cuenta con
un prólogo de Gabriel Trujillo y tres Introducciones de Federico
Schaffler. Se publicó en la editorial del Consejo Nacional para la
Culturas y las Artes, en su colección de Tierra Adentro: un proyecto
gubernamental que tenía como objetivo descentralizar el poder
literario de la capital y desarrollarlo en los estados de la República. Su
misión busca desafiar el orden y la jerarquía existentes: la literatura
hasta entonces se leía, difundía y consagraba únicamente en la
9 De acuerdo con Bourdieu: “Las tomas de posición (obras, manifiestos
o manifestaciones políticas, etc.), que se pueden y deben tratar como un
‘sistema’ de posiciones para las necesidades del análisis, no son el resultado de
una forma cualquiera de acuerdo objetivo, sino el producto y el envite de un
conflicto permanente. Dicho de otro modo, el principio generador y unificador
de este ‘sistema’ es la propia lucha” (1998: 345)

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Ciudad de México. Una antología de ciencia ficción adquiere mayor
sentido al tratarse de un género marginal que busca reconocimiento.
Schaffler reconoce la situación y, entonces, presenta en los tres
tomos las listas de los escritores con sus nombres y su estado de
origen. Refiere que la selección es una: “muestra representativa”,
de “autores de varias partes del país” (1991, I: 19). Se cumple así el
objetivo de Tierra Adentro.
Este proyecto descentralizador se acompaña con el
posicionamiento marginal de la ciencia ficción. En esta misma página
inicial, Schaffler lamenta que este género “ha sido menospreciado y
muchos escritores lo rehúyen por considerar que puede dañar la
imagen que de ellos se tiene o encasillarlos en un nicho literario poco
productivo” (1991, I: 19). El antagonista es la “gran literatura” (1991,
I: 20). Schaffler no aclara a qué se refiere con este concepto. Serán
los otros antologadores quienes lo hagan. Por ahora solo tenemos la
afirmación del margen.10 Trujillo agrega en este espacio marginal a
los géneros de la narrativa policiaca y la narrativa histórica.
De esta manera, la primera antología colma lo que
Bourdieu llama una laguna estructural: un vacío cuyos bordes
están delimitados por la estructura: un vacío en potencia.11 Trujillo
nos revela la temporalidad de esta laguna estructural: “En este
momento, el clima intelectual ya es otro: los ‘subgéneros’ literarios,
10 Trujillo refuerza esta concepción al escribir en su prólogo: “la ciencia
ficción ha sido una literatura al margen” (en Schaffler, 1991, I: 11).
11 Bourdieu define la laguna estructural de la siguiente manera: “Para que
las osadías de la búsqueda innovadora o revolucionaria tengan posibilidades
de ser concebidas, tienen que existir en estado potencial en el seno del sistema
de posibilidades ya realizadas, en forma de lagunas estructurales que parecen
estar esperando y pidiendo ser colmadas, en forma de direcciones potenciales
de desarrollo, en forma de vías posibles de búsqueda” (1998: 349).
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-51

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�Alejandro Ramírez Lámbarry / La ciencia ficción mexicana

como la ciencia ficción, empiezan a ser considerados como formas
expresivas válidas para percibir las nuevas realidades” (en Schaffler,
1991, I: 13). Este cambio no sucede de manera natural, se provoca;
Schaffler afirma que para continuar con este proceso de cambio
deben intervenir “autoridades culturales, editoriales, autores
y lectores” (1991, I: 22). El orden de la lista revela mucho de la
constitución del campo literario mexicano. En él se sueña primero
con la consagración de los premios y reconocimientos literarios
(autoridades culturales), después la publicación en las editoriales de
mayor prestigio, y le sigue el reconocimiento de otros autores ya sea
por medio de reseñas y comentarios. Nuestros bestsellers –las obras
que han consumido masivamente los lectores– suelen excluirse del
canon (Federico Gamboa, Luis Spota, Jorge Ibargüengoitia). Este
orden es más revelador todavía si consideramos que la ciencia
ficción en el mundo anglosajón surgió como un género de consumo
masivo. Vemos que Schaffler descarta esta posibilidad en México:
los lectores aparecen al final de la lista.
Una vez colmada la laguna estructural del margen y descrito
de manera muy vaga el rival (la gran literatura), la primera antología
describe la originalidad de este nuevo género. Trujillo lo relaciona con
la ciencia y propone una genealogía –que veremos con más detalle
en el siguiente apartado– que abarca a los griegos, los romanos,
la creación de universidades, el Renacimiento, el racionalismo, el
romanticismo y la literatura de terror. Los nombres que acompañan
estas culturas y escuelas son, entre otros, Thomas Moro, Platón,
Shelley, Julio Verne, Darwin y Einstein. Si bien la ciencia ficción
se encuentra en el margen, la tradición de la que abreva es la más
importante de occidente; esto nos dice Trujillo.
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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-51

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Para Schaffler, la importancia está en la adaptación regional
del género. En el primer tomo escribe: “Esta ciencia ficción muy
propia de nosotros y difícilmente encontrable en la producción
comercial mundial, es lo que puede caracterizar y darle validez al
autor mexicano” (1991, I: 19). En el segundo tomo, vuelve al mismo
argumento y afirma que los escritores: “utilizan temas y aspectos
propios de nuestra cultura e historia” (1991, II: 9). Se trata de un
diálogo entre particularidad histórica y universalidad; la apropiación
creativa de un género foráneo. En este sentido, cabe decir, el género
de la ciencia ficción no se distingue de ningún otro en México ni
en Latinoamérica. La literatura que se ha escrito en nuestro país
ha tenido siempre en su origen una influencia extranjera. Antonio
Candido llama a este fenómeno una “relación de placenta”, de “país
nuevo”, y afirma que: “Una etapa fundamental en la superación de
la dependencia es la capacidad de producir obras de primer rango,
influidas, no por modelos extranjeros, sino por ejemplos nacionales
anteriores. Esto significa el establecimiento de una causalidad
interna, que hace incluso más fecundos los préstamos tomados a
otras culturas”. (2000: 346). Schaffler propone algo similar en su
antología: el inicio de una causalidad interna que le dé validez a la
ciencia ficción mexicana.
Además de esta causalidad interna que consolida el campo
literario nacional, la preocupación de Schaffler al destacar la unicidad
de la ciencia ficción mexicana responde a otro tema, presente en todas
las antologías: la relación del campo nacional con el internacional.
Los mercados anglosajón y europeo son desproporcionalmente
mayores al nuestro. De esta manera podemos hablar de lo que
Víctor Carrancá define como una doble marginación: “la primera, en
cuanto a su comparación inevitable con la ciencia ficción canónica,
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-51

235

�Alejandro Ramírez Lámbarry / La ciencia ficción mexicana

es decir, la estadounidense y europea; la segunda, que determina que
la producción literaria interna se encuentra supeditada a sistemas
clasificadores hegemónicos que priorizan otros temas que pueden
considerarse de ‘alta literatura’” (2020: 95). Desde el primer tomo
hay una clara conciencia de la desigualdad de capital y el intento
de Schaffler por obtenerlo; por ende, celebra que su nombre se
haya incluido como miembro activo de la Science Fiction Writers of
America.12 En el tercer tomo vuelve al tema, cuando celebra como “la
máxima exposición que nuestro movimiento ha recibido” (1994, III:
10), la inclusión de un artículo de Mauricio-José Schwartz publicado
en The Encyclopedia of Science Fiction de Inglaterra. Estos primeros
pasos de lo que Pascale Casanova llamó la República Mundial de
las Letras –un campo literario mundial regido por un marcador
temporal de las prácticas escriturales que se validan en el centro
(Meridiano de Greenwich literario), para ser después asimiladas en
las periferias– cobrarán una gran importancia en la última antología
de Libia Brenda. 13
En busca del antecedente canónico
La antología El futuro en llamas realiza un cambio en el
posicionamiento del género de la ciencia ficción al alinearlo con
12 Este hecho: “permite que la ciencia ficción de México esté ya presente
en el mundo y en el mercado más grande del planeta, como punta de lanza de
un movimiento que deberá consolidarse en los próximos años” (1991, I: 23).
13 Pascale Casanova escribe: “what might be called the Greenwich
meridian of literature makes it possible to estimate the relative aesthetic
distance from the center of the world of letters of all those who belong to it.
This aesthetic distance is also measured in temporal terms, since the prime
meridian determines the present of literary creation, which is to say modernity”
(2004: 88).

236

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-51

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

otros géneros y autores más canónicos. La introducción de Gabriel
Trujillo retoma el trabajo que ya había presentado en Más allá de lo
imaginado. Tenemos la mención de los primeros utopistas: Platón,
San Agustín, Luciano de Samosata y Tomás Moro. A ellos les siguen
“la ciencia renacentista” y “el enciclopedismo ilustrado” (1997: 7),
y una serie de nombres como Newton, Diderot, Voltaire, Jefferson
y Humboldt. Después de este recorrido universal, Trujillo llega a
México. “La ciencia ficción, hasta donde hoy lo sabemos, comienza
a practicarse desde 1773, cuando todavía éramos colonia española”
(1997: 10).
El primer autor mexicano es el fraile franciscano Manuel
Antonio de Rivas, cuyo texto relata un viaje a la luna. En el siglo
XIX destaca los nombres de Fernández de Lizardi, Pedro Castera
y Amado Nervo; de comienzos del XX: Julio Torri y Martín Luis
Guzmán; después a Juan José Arreola y Carlos Fuentes; por último,
de la Generación de Medio Siglo menciona a Salvador Elizondo,
José Agustín y José Emilio Pacheco. Ningún autor de esta lista
puede considerarse marginal. Son ellos quienes, en realidad, han
impuesto las figuras autorales consagradas y las modas literarias
de su momento. De hecho, es posible resumir este recorrido con
las siguientes escuelas: Costumbrismo, Modernismo, Ateneístas,
Escrituras de Vanguardia y Generación de Medio Siglo. El espacio
del margen, que había ocupado Schaffler, se viste con las vestimentas
del centro.
Al llegar al siglo XX Trujillo aborda el género de la ciencia
ficción sin aclarar si se refiere al mundo anglosajón o al mexicano.
Escribe, por ejemplo: “Al principio, para muchos lectores y críticos
literarios, la ciencia ficción no pasaba de ser una literatura cuasi
aventuresca, exclusiva para niños y adolescentes con intereses
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-51

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�Alejandro Ramírez Lámbarry / La ciencia ficción mexicana

científicos”. (1997: 9) A diferencia del mundo anglosajón, en el
campo literario mexicano la etiqueta de la literatura infantil y juvenil
no fue explotada sino hasta bien entrado el siglo XXI. Todavía en
la década de los noventa autores como Julio Verne y H.G. Wells
eran publicados en la misma colección de Sepan Cuantos (Porrúa)
junto con Dostoievski, Shakespeare y Flaubert. En los Estados
Unidos la ciencia ficción se difundió en la serie de revistas pulp, que
como su nombre indica, se publicaba en un papel de baja calidad.
Las publicaciones solían ir acompañadas de imágenes llamativas
y cumplían una demanda de un gran mercado naciente. Estas
publicaciones fueron atacadas como literatura comercial y barata,
pero en México no hubo revistas de pulp ni publicaciones de éxito
comercial de ciencia ficción.
Víctor Carrancá muestra en su investigación doctoral que
la génesis del género en el país se dio en la década de los sesenta
con la primera revista publicada en México, Crononauta, dirigida por
Alejandro Jodorowsky y René Rebetez. A pesar de su nulo éxito
comercial –publicaron solo dos números–, la revista tuvo una buena
estrategia de consolidación ya que sirvió de plataforma para la
creación del Club de Ciencia-Ficción, en el que había que enviar un
formulario y se recibía una credencial oficial del Club. Este hecho,
de acuerdo con Carrancá: “implica una manifestación literaria
de mayor complejidad, que comienza a instaurar los mercados e
instituciones del sistema” (2020: 60). Una vez desaparecida la revista,
la editorial Novaro siguió publicando a autores de ese Club en sus
diversas colecciones. La segunda gran revista del género fue Ciencia y
Desarrollo, financiada por el CONACYT. Esta revista publicaba sobre
todo artículos de divulgación científica. Podemos decir entonces
que la génesis de la ciencia ficción en México es muy distinta a la
238

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-51

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

del mundo anglosajón: allá la mayor fuerza se dio en el mercado
de lectores masivos, mientras que en nuestro caso el impulso lo
dieron las instituciones gubernamentales y personas aisladas en el
medio. De esta manera, Trujillo combina las tradiciones anglosajona
y mexicana (habla del Premio Puebla y de asociaciones de escritores)
para referir una tradición que fue en ocasiones relegada y en otras
promocionada por instituciones y escritores de gran valía.
De igual modo, Trujillo aborda de manera alternativa los
nombres de literatura fantástica y de ciencia ficción. Cuando el
género cae en una posición de subordinación o de género comercial,
Trujillo lo alza a la posición más fuerte y de mayor capital literario de
la literatura fantástica. Cuando el género aprovecha su marginalidad
para subvertir las formas convencionales, entonces retoma la posición
periférica de la ciencia ficción. De esta manera, al tratar el siglo XX
Schaffler lamenta que el género de mayor prestigio en México sea
el realismo histórico. “La ciencia ficción mexicana ha padecido…
una marginación parecida. Su discurso, a medio camino entre el
texto de divulgación científica y el relato fantástico de aventuras, no
parece tener cabida en los temas caros (y prestigiados) de la literatura
nacional” (20). Para contrarrestar esta idea, menciona a Borges, Bioy
Casares, Horacio Quiroga y Julio Cortázar como ejemplos de autores
que conjuntan un escritura experimental, lúdica y compleja en el
género de la fantasía. Esta misma escritura es la que suponemos en los
autores antologados por Trujillo. La lista que presenta a continuación
es de autores muy poco conocidos en su momento: René Rebetez,
Bernardo Ruiz, Mariano Martínez, Edmundo Domínguez Aragonés,
Federico Schaffler, Mauricio-José Schwarz y Arturo César Rojas. La
originalidad de estos autores de ciencia ficción depende de la distancia
con el género canónico del realismo histórico. Trujillo señala:
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-51

239

�Alejandro Ramírez Lámbarry / La ciencia ficción mexicana

En buena medida, la marginalidad inherente a este género ha
contribuido a que sus autores ejerzan una mayor libertad creadora.
Al no estar sujetos a las modas literarias y a las mitologías
predominantes de la literatura nacional, los escritores de ciencia
ficción se han permitido cometer sus propios errores y aciertos
sin temor al ridículo y al ostracismo (1997: 27).

La mención de “ridículo” y “ostracismo” va ligada a su
posición de marginación en el campo: no tienen el poder de decidir
aquello que es estético ni literario; sus obras pueden entenderse, por
lo mismo, como ingenuas y hasta ridículas. Cuentan, eso sí, con la
tradición de la literatura fantástica (Borges, Cortázar) que Trujillo
ensalza. Y también con esta antología que es una toma de posición
para que las cosas cambien.
En suma, Trujillo enfrenta la doble marginación que vimos
en el apartado anterior construyendo un argumento en el que la
generación de autores jóvenes que practican la ciencia ficción se
integra de manera natural a la tradición humanista occidental, y al
canon literario del país (aunque este canon a veces no los reconozca),
además de continuar la tradición de la literatura fantástica de autores
del cono Sur. Estos escritores son renovadores y experimentales
porque pueden ocupar y dejar a conveniencia su marginalidad.
La dejan para consolidar su tradición y la ocupan para definir su
originalidad subversiva e irrespetuosa. Eventualmente, el objetivo
es convertirse en centro; prueba de ello es que el escritor con el que
termina la introducción es nada menos y nada más que Juan Rulfo,
“otro vidente del árido corazón del México contemporáneo” (1997:
28). Se requiere de un tour de force para concluir una antología de
ciencia ficción con Rulfo, pero vale la pena el esfuerzo si los textos
que forman parte del libro se leen en diálogo con lo que Rulfo
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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

representa: el canon de la literatura mexicana. Por si había alguna
duda sobre la intención del antologador, este nos recuerda que el
título del libro El futuro en llamas establece una relación intertextual
con El Llano en llamas.14
La mexicanización de la ciencia ficción
Al igual que con Trujillo, Miguel Ángel Fernández inicia con la
búsqueda del antecedente canónico; entre más remoto mejor: el fraile
ilustrado Manuel Antonio de Rivas que escribió en el siglo XVIII
un viaje a la luna. A diferencia de Trujillo, Fernández desarrolla la
creación institucional de la ciencia ficción en México. Su trabajo nos
aporta una radiografía muy interesante del campo literario mexicano
de esa época. Vemos que, después de las revistas de Crononauta y
Ciencia y Desarrollo, surge en 1984 el premio Puebla de “Cuento de
Ciencia Ficción”. A falta de un gran público consumidor, de nueva
cuenta el Estado –en específico el Consejo Estatal de Ciencia y
Tecnología de Puebla dirigido por Celine Armenta– interviene
para impulsar la producción y el consumo literario.15 El mismo
procedimiento se llevó cabo –por medio del Instituto Nacional de
14 Es tan sorprendente el tour de force que el mismo Trujillo escribió en
la primera antología de ciencia ficción que este género no era reconocido en
México porque: “El panorama de la literatura nacional, que entonces oscilaba
entre el relato rural a lo Juan Rulfo y a la cosmovisión urbana a lo Carlos
Fuentes” (1997: 12).
15 Víctor Carrancá, al respecto, observa: “En el caso del Premio Puebla, al
ser un factor de prestigio entregado inicialmente por quienes conformaban ese
incipiente movimiento de consumidores/productores de CF, la jerarquización
de productores tenía un doble juego, ya que no solo ayudaba al grado
de consagración entre quienes lo recibían, sino que sacó a la CF de las
publicaciones especializadas para darla a conocer a un público más amplio”
(2020: 71).
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-51

241

�Alejandro Ramírez Lámbarry / La ciencia ficción mexicana

Bellas Artes– para promover la creación del ensayo, la novela y el
cuento. Pero el hecho de que surja un premio con una temática tan
precisa indica la importancia que se le dio en su momento a la ciencia
ficción. Y el concurso “Puebla” tuvo éxito. Fernández enumera una
gran cantidad de revistas, fanzines, publicaciones y asociaciones que
surgieron a la postre del premio (entre ellas quizá la más importante
es la Asociación Mexicana de Ciencia Ficción y Fantasía). Esta parte
histórica, concluye con un ataque a la crítica mexicana: “la poca
difusión que la CF mexicana tuvo desde sus inicios, o algún otro
propósito, ha ocasionado que algunos críticos literarios mexicanos
sostengan que la CF mexicana no existe, que está en decadencia,
o que es tan mala que más vale no tomarla en cuenta” (2001: 14).
Fernández no refiere un solo nombre de estos críticos; entonces,
podemos entender su frase más como una estrategia que como un
argumento preciso. Los críticos, como sabemos, son instancias de
consagración y el objetivo de Fernández es llamar la atención para
aumentar el capital literario de la ciencia ficción con las figuras que
podrían lograrlo. Se trata de una falta que, al enunciarla, busca una
reparación.
Esta misma idea se refuerza en el apartado siguiente donde
se expresa de manera más palpable el objetivo de la antología:
Visiones periféricas nace de un doble intento de reivindicación de la
comúnmente ignorada o, en el mejor de los casos, menospreciada
CF escrita en México. Por un lado, pretende ser una especie de
“visión de los vencidos”, sin tratar de significar la crónica de una derrota,
sino el entuerto de una conquista, recogiendo la voz y los relatos de
quienes eran considerados incapaces de escribir con ideas originales
y posturas propia sus reacciones y extrapolaciones acerca de lo que
sucedería o podría suceder en una época de cambios vertiginosos,

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siendo capaces de ofrecerlo con calidad a su país y al mundo entero,
sin ser guiados por el malinchismo que podría suponerse en los
cultivadores de una corriente literaria que vino de fuera, pero que
siempre han demostrado que al escribir, como se verá después, lo
hacen desde dentro (del corazón). (2001: 14)

Entendemos que la primera parte de la cita refiere a la condena
que se le hizo a la ciencia ficción por sus orígenes comerciales. A
pesar de que, como vimos con Trujillo, México no tuvo esta tradición
(las revistas de pulp y la literatura juvenil o infantil), los autores de
la ciencia ficción se reclaman herederos de ella. De ahí que cargan
también con el estigma que podríamos ejemplificar con la dicotomía
entre el autor autónomo y el heterónomo; Bourdieu observa que el
primero escribe una obra sin importarle otro beneficio que no sea
el literario, mientras que el segundo busca y se granjea un capital
económico, además del político.16 Un claro ejemplo del primero
sería en la literatura francesa, Baudelaire, y del segundo, Balzac. Los
autores de la ciencia ficción tienen un evidente origen heterónomo,
por su vocación al mercado, al conseguirse ganancias económicas. A
pesar de que en México no hubo autores heterónomos –no tuvieron
ganancias económicas–, estos escritores asumen este papel porque
su posición marginal se explica con los ataques de la “gran cultura”
(Schaffler), de los “géneros mayores” (Trujillo). El margen se vuelve
16 “Por muy liberados que puedan estar de las imposiciones y de las
exigencias externas –señala Bourdieu–, están sometidos a la necesidad de los
campos englobantes, la del beneficio, económico o político. De ello resulta
que son, en cada momento, la sede de una lucha entre los dos principios de
jerarquización, el principio heterónomo, propicio para quienes dominan el
campo económica y políticamente (por ejemplo, el ‘arte burgués’), y el principio
autónomo (por ejemplo, el ‘arte por el arte’), que impulsa a sus defensores más
radicales a convertir el fracaso temporal en un signo de elección y el éxito en
un signo de compromiso con el mundo” (1998: 321).
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-51

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�Alejandro Ramírez Lámbarry / La ciencia ficción mexicana

de nueva cuenta importante porque se presenta como un espacio de
creación más libre. Fernández continúa el argumento de Schaffler:
apoya la originalidad de la ciencia ficción mexicana gracias a su
apropiación regional.
El índice de la antología nos lleva por un recorrido crítico muy
sugerente. La primera parte lleva como título “Nuevos mundos para
una literatura maravillosa”, y aborda la manera en que las invenciones
tecnológicas afectan la vida cotidiana; la segunda se centra en la
Guerra Fría y la tercera lleva como título: “El localismo de la ciencia
ficción”. Al respecto, Fernández escribe: “Cuatro relatos en los que
se logran colocar satisfactoriamente las premisas de a CF dentro de
problemáticas del presente, el pasado o el porvenir mexicanos” (2001:
16). Cuando revisamos este último apartado, nos encontramos con el
cuento de Héctor Chavarría “De cómo el Roñas y su mamá salvaron
al mundo”. Es un cuento, en particular, ocurrente: narra la llegada
de un OVNI a Tepito. El artefacto es deshuesado y vendido en el
mercado negro. Los extraterrestres huyen de nuestro planeta y lo
califican nocivo en extremo. El cuento de Roberto López Moreno
“El secreto” utiliza la cuenta larga maya para asignar las fechas de
la historia, mientras que el de Arturo César Rojas desarrolla un
espacio azteca futurista: la Pirámide de Guadalupetonantzin. En la
última sección, el cuento de Pepe Rojo “Conversaciones con Yoni
Rey” es muy original por la recreación de la oralidad del talk show. Los
autores recrean en el primer y cuarto cuentos el lenguaje coloquial y la
oralidad mexicana en un ambiente popular. Mientras que en los otros
dos se combina el mundo prehispánico con el futuro. En todos los
casos tenemos espacio, lenguaje y trama nacionales o de color local.
Estos elementos, en conjunto, son para Fernández la prueba de que
el género ha sido asimilado en México y que sus autores han dejado
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de ser epígonos de sus contrapartes anglosajonas. En este mismo
sentido es revelador analizar la portada del libro, en la que destacan
dos imágenes: una diosa prehispánica –que alude a la Coatlicue– con
una mujer voluptuosa en un traje especial en sus palmas abiertas.
Tenemos a la diosa, representante de lo mexicano, y a la mujer de la
ciencia ficción conviviendo en un talante armónico, casi divino.
Al final de la introducción, Fernández utilizará una vez más
el leitmotiv del desprecio de la crítica mexicana –sin mencionar
nombres– y ahora se agrega el malinchismo. Afirma que los
autores antologados por él han sido reconocidos en el extranjero y
despreciados en México: “no obstante la calidad de sus trabajos y el
haber obtenido reconocimientos nacionales e internacionales, siendo
considerados como periféricos aun dentro del a periferia” (2001: 15).
Esta postura es normal en un país marginal que recibe su capital, su
prestigio, del centro (Europa y Estados Unidos). Y adquiere mayor
significado en Fernández porque los autores mexicanos de ciencia
ficción han logrado vencer la relación de subordinación que existía
con el mundo anglosajón. Invitaría entonces a los críticos a hacer lo
mismo.
El margen que excluye
Las antologías de ciencia ficción lograron el reconocimiento
de la crítica y la adquisición, por ende, de mayor capital literario.
Carrancá afirma que en la década de los noventa: “La CF dejó de
ser considerada un subgénero, un repertorio popular o un simple
tópico narrativo sobre futuros distópicos o viajes interplanetarios,
para conformarse como una red articulada de relaciones entre
productores, consumidores, instituciones y mercados” (2020: 87DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-51

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�Alejandro Ramírez Lámbarry / La ciencia ficción mexicana

88). Es muy significativo que tuvieran que transcurrir dos décadas
para que una nueva antología reparara otro problema: la ausencia
de escritoras. En el primer tomo de Más allá de lo imaginado hay once
escritores y dos escritoras; en el segundo tomo son trece escritores.
En el libro de Trujillo no hay una sola escritora entre los dieciocho
antologados. En la de Fernández tenemos a una escritora entre
los veintidós antologados. En estos casos la respuesta suele ser:
no había autoras, aunque el propio Fernández desmiente el aserto
al escribir en su introducción: “A principios del siglo XX también
irían apareciendo las primeras autoras de CF mexicana” (2001:
48); menciona a María Elvira Bermúdez; habría que agregar –de
acuerdo con Fernández y Carrancá– a Marcela del Río, Gabriela
Rábago Palafox, Olga Fresnillo y Manú Dornbierer (esta última sí
fue antologada). El problema, en consecuencia, es otro y tiene que
ver con un asunto más sencillo y grave: la marginalización de las
escritoras por el solo hecho de ser mujeres. Un género como el de
la ciencia ficción, que luchó por ser reconocido, reprodujo la misma
exclusión de la que fue víctima.17
De ahí la importancia de la antología Una realidad más amplia:
Historias desde la periferia bicultural, publicada en 2018, cuyo trabajo
editorial estuvo a cargo de Libia Brenda Castro. La antología
incluye a ocho escritoras de trece en total. Brenda no presenta
una teoría de género ni desarrolla una historia del campo literario
mexicano desde una postura feminista. Se posiciona, en cambio,
17 La portada de la antología Visiones periféricas adquiere así una nueva
significación problemática, ya que representa a las mujeres como objetos
sexuales y diosas prehispánicas. Las mujeres no tienen voz, no son autoras,
son solamente objetos de admiración y veneración.

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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-51

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en la periferia bicultural y aprovecha con ello dos temáticas que
fueron claves para los antologadores previos: el canon y el margen,
lo extranjero y lo local.
La introducción de Brenda está escrita con un estilo coloquial
y con una temática personal. El criterio de selección de las autoras
parece haber sido la cercanía que estas tenían con la antologadora,
además de su disposición a publicar.18 “Todo empezó con unos
mensajes privados y unos correos que decían: ‘¿Y si hacemos un
libro con nuestros cuentos?’” (2018: 6). Es posible que la periferia del
título se refiera al género de la ciencia ficción, pero es más probable
que se trate del lugar de escritura. Este lugar ya no es solo México;
al agregar el adjetivo “bicultural” nos enfrentamos al México de
la frontera y al México relacionado con los Estados Unidos. Cabe
destacar que el libro se publicó originalmente en inglés, además de
incluir a escritoras mexicanas y mexicoamericanas. En lugar de una
lógica antagónica o subordinada, la antologadora aprovechó la fuerza
del mercado anglosajón para establecer un puente que empoderara
también a México. En esta apuesta fue clave la acción del tejano
John Picacio, y su organización Mexicanx Initiative. Ambos, Picacio
y Brenda proponen una poética del “diálogo bicultural, internacional
y, sobre todo, amistoso” (7), aunque no la desarrollen ni la expliquen
con mayor detalle.
18 Al respecto, Carrancá escribe: “la labor de grupos y círculos como el
Cúmulo de Tesla, que integran a plumas feministas como Libia Brenda Castro
o Gabriela Damián, no solo impulsan el trabajo de autoras canónicas y foráneas
como Ursula K. Le Guin, sino que también han creado espacios de divulgación
y fortalecimiento para escritoras mexicanas. La agrupación de autoras
consagradas y emergentes tales como Iliana Vargas, Lola Ancira, Atenea Cruz
o Andrea Chapela, además de contribuir al pensamiento feminista, fortalecen
la crítica de la ciencia ficción mexicana en su conjunto” (2020: 159-160).
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-51

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�Alejandro Ramírez Lámbarry / La ciencia ficción mexicana

La única escritora mencionada en la introducción es la
estadounidense Ursula K. Le Guin. Recordemos que Trujillo le da una
gran importancia a Juan Rulfo, mientras que Schaffler y Fernández
a la apropiación nacional del género. Con su antología, Brenda entra
de lleno a la República Mundial de las Letras. Sus autoras son en
algunos casos binacionales y sus cuentos se publicaron en inglés y
en español; su apuesta conceptual es de rebeldía y resistencia ante
los peligros del mercado y de la literatura comercial. Para luchar
contra esta última, retoma la frase de Le Guin sobre la necesidad
de escritoras “realistas de una realidad más amplia” (7). A diferencia
de un realismo incapaz de trascender su entorno, la ciencia ficción
nos permite recrear mundos que revelen opciones y soluciones
a la catástrofe ecológica y humanitaria. Se busca una literatura
entretenida sin ser superficial; una literatura contemporánea que no
caiga en las temáticas de moda.
En cuanto a los problemas del mercado, Brenda anuncia en
su introducción que su antología: “no se vende, el ebook se va a
liberar en septiembre y se podrá leer de manera gratuita en todo el
mundo, no está pensado para perseguir una ganancia ni para que
a nadie se le considere importante o con más valor que alguien
más” (2018: 7). Si bien la manera de publicación en versión digital
y accesible (Creative Commons) es revolucionaria, es erróneo asumir
que al no recibir capital económico tampoco recibirá capital cultural,
es decir, que los ahí antologados no se sentirán “importantes”, más
o menos “valiosos”. Bourdieu sugiere, incluso, que es justamente
lo contrario: negar el interés económico es una buena estrategia –
en muchos casos la mejor– para obtener capital literario. Bourdieu
define esto como “acto puro”: mostrar un desinterés en lo
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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

económico para obtener, en cambio, un mayor capital cultural.19
Como hemos visto en este artículo, las antologías son una instancia
legitimadora sumamente importante, donde la inclusión o exclusión
cambian de manera significativa la posición del autor y un género
en el campo literario. Una antología como Una realidad más amplia
es, en ese sentido, idéntica a las precedentes. Salvo que ahora utiliza
el internet20 para su mayor difusión y la estrategia de “acto puro”.
Prueba del éxito de la apuesta de Brenda es que fue la primera mujer
mexicana en ser nominada a un Premio Hugo en el mismo año en
que se publicó la antología Una realidad más amplia: Historias desde la
periferia cultural.
Las antologías en la ciencia ficción
La primera antología de ciencia ficción en México se publicó en
1991 y la última hace cinco años. Durante este tiempo el género
modificó su posición marginal por otra central en un nuevo
campo literario mexicano que, a diferencia del siglo pasado, ya
no es cósmico, sino cuántico.21 Es decir, ya no cuenta con un
19 Bourdieu señaka: “La ruptura herética con las tradiciones artísticas
vigentes encuentra su criterio de autenticidad en el desinterés. Ello no significa
que no haya una lógica económica de esta economía carismática basada en una
especie de milagro social que es el acto puro de cualquier otra determinación
que no sea el propósito estético” (1998: 320).
20 El uso del Internet para difundir la obra de autores de ciencia ficción
inició en 1999 con la creación de la página La langosta se ha posado 2.0 que
dirigía Gerardo Horacio Porcayo. Desde 2009, la página se convirtió en el blog
La langosta se ha posteado.
21 Carrancá observa: “la CF incorpora fenómenos culturales muy variados
y, por ende, debe replantearse la aproximación crítica hacia ella. No podemos
seguir analizándola en términos de textos canónicos y periféricos, defendiendo
si ciertas obras pueden o no pertenecer a la alta literatura de un país, a lo
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-51

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�Alejandro Ramírez Lámbarry / La ciencia ficción mexicana

solo centro, sino con varios. Las escuelas que mencionamos
con Trujillo (Costumbristas, Ateneístas, Medio Siglo), apuestas
ganadas en la lucha por la consolidación, se multiplican en la
actualidad. Tenemos un campo con varios centros y un cambio
significativo en las instancias de consagración. Donde antes
estaba la crítica, las editoriales, las antologías, los grupos y
escritores consolidados, ahora tenemos, sobre todo, al mercado.
Si la intromisión de un capital en otro es fuerte la frontera entre
los campos se desvanece, lo que Bourdieu llamó el “grado de
autonomía”.22 El que antes era un campo autónomo se convierte
en un satélite del que ahora lo domina. ¿Es esto lo que vivimos
ahora en México (y posiblemente el mundo) con el campo
económico dominando al literario?
Podemos afirmar que las antologías de la ciencia ficción en
México cuestionaron y acompañaron este cambio. En su búsqueda
por salir del margen cuestionaron la importancia y el valor del
centro y propusieron un nuevo modelo. Schaffler fue el primero
que ocupó el margen, y lo hizo desde una colección editorial que
cuestionaba el centro hegemónico del país: Tierra Adentro. Su
popular o a lo culto... Ese discurso ya se ha agotado. Como plantea EvenZohar, al encontrarnos ante un sistema dinámico, encontramos muchos centros
y periferias que se complementan entre sí, fortaleciendo y renovando sus
repertorios por las actividades que surgen en torno a sus componentes” (2020:
425).
22 De acuerdo con Bourdieu: “El grado de autonomía de un campo
de producción cultural se manifiesta en el grado en que el principio
de jerarquización externa está subordinado dentro de él al principio de
jerarquización interna: cuanto mayor es la autonomía, más favorable es la
relación de fuerzas simbólica para los productores más independientes de la
demanda y más tiende a quedar marcada la división entre los dos polos del
campo” (1998: 322)  

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movimiento inicial marcó el recorrido posterior en al menos dos
sentidos: 1) la particularidad regional del género de la ciencia ficción
y el diálogo con el extranjero, en específico el mercado anglosajón.
Trujillo, por su parte, fue muy consciente del papel de la tradición y
la necesidad de que la ciencia ficción se integrara de manera orgánica
en ella. El futuro en llamas era la continuación de El Llano en llamas.
En el caso de Fernández tuvimos el recuento de la creación literaria
acompañada de las instituciones estatales, que se concretó en una
ciencia ficción adaptada a los intereses e idiosincrasia regional. El
apoyo gubernamental (el premio Puebla) fue clave para encender la
flama que se extendió después en un fuego de autores, asociaciones
y editoriales –no tanto lectores– de la ciencia ficción. Por último,
en un campo que niega su propio capital tenemos, por un lado, la
diversidad de centros y, por el otro, la ausencia de una jerarquización
propia. Brenda afirma que su libro “no está pensado… para que a
nadie se le considere importante o con más valor que a alguien más”
(2018: 7). No es el campo literario quien decide ya sobre su propia
tradición, el que asigna sus jerarquías; son las editoriales comerciales
con sus premios las que dan ahora el capital económico y, por
defecto, el literario. Brenda se opone a esta dinámica sin encontrar
el aparato crítico que la respalde. Cuenta por ahora con el discurso
de entrega del premio del National Book Award a Ursula K. Le Guin,
y con una práctica editorial y de antologadora que se presenta como
espontánea y alternativa.23
23 El premio se entregó en 2014. Brenda incluye el enlace del video en
su Prólogo; en éste, la escritora estadounidense rechaza la jerarquía entre
los supuestos géneros menores de la ciencia ficción y el género mayor del
realismo, además de criticar la pérdida de autonomía del campo literario que
se ha supeditado cada vez más al campo económico.
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-51

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�Alejandro Ramírez Lámbarry / La ciencia ficción mexicana

Obras citadas
Bourdieu, Pierre. Les règles de l’art. Genèse et structure du champ littéraire.
París: Éditions du Seuil, 1998.
Bourdieu, Pierre. Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción. Barcelona:
Anagrama, 1999.
Brenda, Libia (ed). Una realidad más amplia. Historias desde la periferia
bicultural. México:
Cúmulo de Tesla, 2018.
Candido, Antonio. “Literatura y subdesarrollo”.Top of
Latina en su literatura. Fernández,

Form

América

Moreno C. (editor) México, D.F. Siglo Veintiuno Editores, 2000.
Carrancá de la Mora, Víctor Roberto. Ciencia ficción mexicana: modelos,
repertorios y
dimensiones discursivo-simbólicas. Tesis Doctorado. Benemérita
Universidad Autónoma de Puebla, octubre 2020.
Casanova, Pascale. The World Republic of Letters. Cambridge, Mass:
Harvard UP, 2004.
Fernández Delgado, Miguel Ángel (comp). Visiones periféricas.
Antología de la ciencia ficción
mexicana. México: Grupo Editorial Lumen, 2001.
Le Guin, Ursula. Discurso de entrega del 65th National Book
Award. 19 de noviembre 2014.
252

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-51

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

Internet
Sánchez Prado, Ignacio. Strategic Occidentalism. On Mexican Fiction, the
Neoliberal Book
Market, and the Question of World Literature. Illinois: Northwestern
University Press, 2018.
Sarlo, Beatriz. Borges, un escritor en las orillas. Barcelona: Seix Barral,
2003.
Schaffler, Federico (comp). Más allá de lo imaginado I. México: Fondo
Editorial Tierra Adentro, 1991.
Schaffer, Federico (comp.). Más allá de lo imaginado II. México: Fondo
Editorial Tierra Adentro, 1991.
Schaffer, Federico (comp.). Más allá de lo imaginado III. México:
Fondo Editorial Tierra Adentro, 1994.
Trujillo Muñoz, Gabriel (comp). El futuro en llamas. México: Grupo
Editorial Vi

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-51

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�Dosier
Humanitas, vol. 2, núm. 4, 2023

Cuando se finge que es ficción: aproximación
deíctica a La piel del vigilante de Raúl Quinto, un
caso de poesía especulativa
When the fact is fiction: a deictic approach to
La piel del vigilante by Raúl Quinto, a case of
speculative poetry
Gustavo Osorio de Ita
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla
Puebla, México
Orcid: 0000-0002-0975-0030
gustavo.osoriodeita@correo.buap.mx

Fecha de entrega: 13-12-2022 / Fecha de aceptación: 21-02-2023
Resumen: Si bien la poesía ha sido tradicionalmente uno de los géneros
que más complejiza y tensa la relación entre lo fictivo y lo empíricosituacional, existe un subgénero de ésta, denominado poesía especulativa,
la cual es definida por Suzette Haden Elgin como aquella poesía que
da tratamiento a una realidad que es, de cierta manera, distinta de la
realidad existente, es decir, una especificidad del género lírico que se
sustenta no en lo real-empírico, sino en un constructo de ya ficticio. En
este tipo de poesía, que podría aproximarse tanto a la literatura fantástica
como a la de ciencia ficción, sostengo existe una constitución discursiva
y pragmática particular de lo lírico que bien puede ser abordada desde
el reconocimiento analítico de la deixis poética la cual, formalmente,

255

�Gustavo Osorio de Ita / Cuando se finge que es ficción

implica un mecanismo discursivo que tiende a posicionar al sujeto lírico
(y por consiguiente al sujeto lector) en un espacio-tiempo imposibles
más verosímiles o en todo caso construidos desde la idea de un “campo
vivencial” (Kate Hamburger) que es a priori falso mas cohesivo; lo anterior
resulta en un mecanismo que, a mi parecer, se torna un discurso lírico
que se sostiene en ese “fingir que es ficción”, reformulando la célebre
sentencia de “Autopsicografía” de Fernando Pessoa. A fin de corroborar
esta hipótesis de trabajo y reconocer dónde y cómo se construye ese “fingir
lo que es ficción”, me detendré en el poemario titulado La piel del vigilante
(Premio Andalucía de Poesía Joven 2014) del poeta español Raúl Quinto,
poemario circunscrito al universo paralelo y distópico creado por Alan
Moore en la serie de novelas gráficas Watchmen (1986), en donde mostraré
cómo se construye una poesía especulativa desde el posicionamiento del
sujeto y la recuperación de espacios y tiempos a partir de la narrativa de
Moore, pero también cómo el poema plantea un desprendimiento de lo
empírico apuntalando una configuración deíctica autónoma; un universo
autosustentable e inverosímil en relación con el contexto real-empírico
pero que, ultimadamente, deviene un constructo autónomo y un caso
prototípico de aquello que se ha denominado, desde la crítica literaria
reciente, poesía especulativa.
Palabras clave: poesía especulativa, poesía de ciencia ficción, pragmática
poética
Abstrac. Although poetry has traditionally been one of the genres that
makes the relationship between the fictional and the empirical-situational
more complex and tense, there is a subgenre of it, called speculative
poetry, which is defined by Suzette Haden Elgin as poetry that gives
treatment of a reality that is, in a certain way, different from the existing
reality, that is, a specificity of the lyrical genre that is based not on the realempirical, but on a construct of already fictitious. In this type of poetry,
which could come close to both fantastic literature and science fiction, I
maintain that there is a particular discursive and pragmatic constitution
of the lyrical that can well be approached from the analytical recognition
of the poetic deixis which, formally, implies a discursive mechanism that
tends to position the lyrical subject (and therefore the reading subject) in
a more plausible impossible space-time or in any case built from the idea
of an “experiential field” (Kate Hamburger) that is a priori false, however
cohesive; the foregoing results in a mechanism that, in my opinion,
becomes a lyrical discourse that is sustained in that “pretend it is fiction”,

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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

reformulating the famous sentence of “Autopsychography” by Fernando
Pessoa. In order to corroborate this working hypothesis and recognize
where and how this “pretend what is fiction” is built, I will dwell on the
collection of poems entitled La piel del vigilante (Andalucía Youth Poetry
Award 2014) by the Spanish poet Raúl Quinto, a circumscribed collection
of poems to the parallel and dystopian universe created by Alan Moore
in the Watchmen series of graphic novels (1986), where I will show how
a speculative poetry is built from the positioning of the subject and the
recovery of spaces and times from Moore’s narrative, but also how the
poem poses a detachment from the empirical propping up an autonomous
deictic configuration; a self-sustaining and improbable universe in
relation to the real-empirical context but which, ultimately, becomes an
autonomous construct and a prototypical case of what has been called,
from recent literary criticism, speculative poetry.
Keywords: speculative poetry, scifi poetry, poetic pragmatics

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-52

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�Gustavo Osorio de Ita / Cuando se finge que es ficción

En el Brazo de Orión, en un sistema solar conformado por ocho
planetas, un planeta enano, centenares de miles de cuerpos menores
entre el Cinturón de Kuiper y la Nube de Oort, asediado por
asteroides centauros y troyanos, circundado por la geocorona y la
línea de Kármán yace un planeta donde se escribe poesía.
Y la poesía es ficción. Muy a pesar del vínculo tan caro
para el Romanticismo, el cual establecía que aquel que escribe y
quien se hace presente en los poemas coinciden plenamente, yo
sostengo que el yo lírico es una construcción, es decir, que aquel
vínculo entre el sujeto empírico que redacta unas líneas sobre una
pulpa de celulosa o en una pantalla compuesta por miles de pixeles,
ya sea con tintas de pigmentos vegetales o minerales o a través de
un código activado por un teclado como el que ahora se encuentra
siendo impulsado por mis dedos, que entre eso que se escribe y
aquél que ahí deja algo escrito se encuentra una distancia mediada
por la composición, la selección, la invención: el sujeto lírico es
un invento y es fictivo.
Tomemos esto por cierto, que la poesía es ficción1. ¿Qué
ocurriría entonces con una ficción que acepta su circunstancia
fenomenológica y ontológica de serlo? ¿Qué hay con aquella poesía
que finge que es ficción –retomando y reformulando la célebre
“Autopsicografía” de Fernando Pessoa?– ¿Qué con la poesía
1 Hay múltiples discusiones al respecto, las cuales van de la poesía
automática a la autoficción, pasando por la idea de la disolución del “yo” en
la vanguardia y la recuperación del “yo” empírico en la poesía testimonial, las
cuales retoman incluso aportes con miles de años de antigüedad, como es la
misma Poética de Aristóteles. Sin embargo, no considero aquí sea oportuno
retomar u abonar dichas discusiones puesto que no es el eje central de este
trabajo de investigación y, de cualquier manera, considero que la propuesta de
análisis deíctico podrá arrojar, tangencialmente, cierta luz sobre esta idea del
sujeto lírico como una composición y, ergo, como un sujeto fictivo.

258

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-52

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

especulativa o de ciencia ficción? Aquí divisamos un punto. Aquí
nos aproximamos.
I. ¿Poesía especulativa?
Habrá que comenzar por acercar el ojo a la lente, por detenerse
en un solo objeto, hipotetizar sobre su distancia, sobre su forma
sobre sus características; como si ocupáramos el telescopio espacial
Hubble –orbitando a cientos de kilómetros en la estratósfera–, así
nos acercamos al fenómeno mismo, explorando el espacio de la
poesía especulativa. Es, por principio, un objeto que “parece poema”
y que gravita en torno a la masa de otro objeto mayor –enorme– que
es el de la tradición lírica; es, por consiguiente, otro tipo de poesía,
salvo una que, a diferencia de lo que comúnmente se da en llamar “la
Poesía”, tiende a aceptar declarativamente su circunstancia ficticia.
Es a partir de este reconocimiento que la poesía especulativa, a
mi parecer, construye una relación específica entre lo fictivo y lo
empírico-situacional, una especulación.
De acuerdo a Suzette Haden Elgin, una de las escritoras
más reconocidas en el panorama anglófono de la poesía de ciencia
ficción2, este género se remite a aquella poesía que da tratamiento a
una realidad que es, de cierta manera, distinta de la realidad existente,
es decir, una especificidad del género lírico que se sustenta no en lo
2 Si bien existe un amplio debate sobre la nomenclatura de este tipo de
poesía –dando cabida a “poesía sci-fi”, “poesía fictocientítica”, “poesía de
ciencia ficción” o “poesía especulativa”– por el momento no entraremos
en tal debate. He preferido retomar el concepto de “poesía especulativa” ya
que, discursivamente, el adjetivo “especulativo” advierte la configuración o
propuesta misma de este tipo de poema, es decir, que lo que se puede notar a
partir de una aproximación deíctica a este tipo de poesía es que se especula con
la subjetividad, el tiempo y el espacio hacia la constitución de mundos posibles
en y a través de los poemas.
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�Gustavo Osorio de Ita / Cuando se finge que es ficción

real-empírico, sino en un constructo de ya ficticio (1975: 77). En este
sentido, coincide con la definición de Kingsley Amis, para quien:
[La] ciencia ficción es aquella forma de narrativa que versa sobre
situaciones que no podrían darse en el mundo que conocemos,
pero cuya existencia se funda en cualquier innovación, de origen
humano o extraterrestre, planteada en el terreno de la ciencia o
de la técnica, o incluso en el de la pseudociencia o pseudotécnica.
[...] Muchas historias están basadas o incidentalmente implicadas
en dimensiones plausibles o en el desarrollo de una teoría o una
técnica ya existente (1966: 14-15).

O también, en el sentido de una realidad existente ajena, se
aproxima al crítico Darko Suvin, quien en el libro Metamorphose of
Science Fiction: On the Poetics and History of a Literary Genre sostiene:
Science fiction is literature of cognitive estrangement [...] a literary
genre whose necessary and sufficient conditions are the presence
and interaction of estrangement and cognition, and whose main
formal device is an imaginative framework alternative to the
author’s empirical environment (2016: 8-9).

Además, Suvin acuñará en la misma obra el término de
novum para referirse a un constructo donde se hace manifiesto
algo tanto nuevo como extraño, pero el cual tiende a mantener un
margen alto de probabilidad en su ocurrencia; es decir, se trataría de
algo que puede pasar por verosímil, que se ostenta como factible y
posible, pero que no por ello deja de extrañar3. En este sentido, el
3 Aquí, por supuesto, se podría vincular la propuesta de Suvin con
las ideas formalistas rusas del ostranenie, partiendo de la idea de un doble
extrañamiento (o quizás un extrañamiento paralelo por vías distintas) como
componencial de la literatura especulativa. Sin embargo, puesto que desborda
mis objetivos de investigación, dejo esto para el futuro.

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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

croata coincide con varios otros autores, para quienes la idea de lo
“especulativo” recae en ese constructo subjetivo, espacial y temporal
que raya en las posibilidades, en lo probable, en lo “quizás-futuro”
–de cierta manera en ese novum–. Por ejemplo, Judith Merril, quien
antologase durante más de una década a mediados del siglo XX la
célebre serie The Year’s Greatest Science Fiction and Fantasy, apuntaba la
siguiente definición en torno a la “ficción especulativa”:
Speculative fiction: stories whose objective is to explore, to
discover, to learn, by means of projection, extrapolation,
analogue, hypothesis-and-paper-experimentation, something
about the nature of the universe, of man, or ‘reality’ ... I use
the term ‘speculative fiction’ here specifically to describe the
mode which makes use of the traditional ‘scientific method’
(observation, hypothesis, experiment) to examine some postulated
approximation of reality, by introducing a given set of changes
– imaginary or inventive – into the common background of
‘known facts’, creating an environment in which the responses
and perceptions of the characters will reveal something about the
inventions, the characters, or both. (1957: 7-8)

Consiguientemente, la especulación –o más precisamente
“lo especulativo”– para Merril tiene que ver con una suerte de
propuesta metodológica, con un acercamiento a la idea del método
científico que permite una aproximación distinta a la realidad. Esto
también se puede ver reiterado en la propuesta de Robert Scholes,
quien, en torno al concepto que acuña como “structural fabulation”,
señala:
[…] the tradition of speculative fiction is modified by an awareness
of the universe as a system of systems, a structure of structures,
and the insights of the past century of science are accepted as
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�Gustavo Osorio de Ita / Cuando se finge que es ficción

fictional points of departure. Yet structural fabulation is neither
scientific in its methods nor a substitute for actual science. It is a
fictional exploration of human situations made perceptible by the
implications of recent science. Its favourite themes involve the
impact of developments or revelations derived from the human
or physical sciences upon the people who must live with those
revelations or developments. (1995: 311)

Yo así quisiera aproximarme al concepto: entender la “poesía
especulativa” como una exploración fictiva de las situaciones
humanas, con parámetros de control, afincada en las ciencias y
temas preexistentes (sin ser la exploración misma sustituto para
la ciencia o el tema, sino aventura inventiva); una poesía donde
se ficcionaliza declarativamente desde la ficción misma, donde,
a partir de cambios propuestos por la imaginación o la inventiva
–procedimientos fictivos– se pueda crear un “environment”; un
ambiente, una dimensión, una realidad. ¿Y cómo se construye una
realidad? Con un alguien, un tiempo y un espacio.
Los tres elementos antes mencionados forman parte de la
idea básica de la deixis, aquel procedimiento de demostración ya
referido por Aristóteles que, concretizado en palabras, señala y
demarca a “alguien” en un espacio y tiempo concretos. Si la poesía
especulativa –de acuerdo a las diversas definiciones y críticas
existentes tales como las que aquí he recuperado– busca construir
una realidad divergente pero a partir de aquella empírica en la que
existe el autor, considero que la deixis puede arrojar cierta luz en el
análisis de un caso concreto de la poesía especular el cual, en esta
ocasión, he elegido sea el poemario La piel del vigilante (DVD, 2014)
del autor español Raúl Quinto (Premio Andalucía de Poesía Joven
2014), poemario circunscrito al universo paralelo y distópico creado
por Alan Moore en la serie de novelas gráficas Watchmen (1986).
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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

En otras palabras, mi hipótesis es que, de manera general,
en este tipo de poesía, y particularmente en el poemario de Quinto,
existe una constitución discursiva y pragmática particular de lo lírico
que bien puede ser abordada desde el reconocimiento analítico de
la deixis poética ya que ésta, formalmente, implica un mecanismo
discursivo que tiende a posicionar al sujeto lírico (y por consiguiente
al sujeto lector) en un espacio-tiempo imposibles más verosímiles
–en un novum– los cuales en todo caso yacen construidos desde
la idea de un “campo vivencial” (retomando a Kate Hamburger)
que es a priori falso mas cohesivo. En suma, que estos son poemas
que plantean un desprendimiento de lo empírico apuntalando una
configuración deíctica autónoma; un universo autosustentable
e inverosímil en relación con el contexto real-empírico pero que,
ultimadamente, deviene un constructo autogestivo y un poema
especulativo.
II. La deixis del poema
Tal y como he señalado, mi hipótesis es que resulta tanto posible
como viable reconocer en un componente formal –la deixis– uno
de los lugares en donde el poema especulativo tiende a construir,
formalmente, un mecanismo discursivo (posicionar al sujeto lector
en un “lugar imposible”) el cual es específico; el “fingir que es
ficción” equivale entonces a construir ese lugar y tiempo imposibles
y posicionar ahí al sujeto, donde se posicionará el lector también,
creando un “environment” sujeto a especificidades subjetivas,
temporales y espaciales. A continuación presento someramente
sólo algunas de las posibles rutas de lectura a partir de la deixis,
enfocándome en conceptos clave que considero que, ocupados
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�Gustavo Osorio de Ita / Cuando se finge que es ficción

simultáneamente en el análisis poético, permitirán comprender de
mejor manera cómo se construye la deixis en un caso concreto de la
poesía especulativa.
Podemos comenzar por ciertas certezas terminológicas.
Kerbrat Orecchioni en “La subjetividad en el lenguaje: lugares en
que se inscribe” sostiene que los deícticos se refieren a:
[…] unidades lingüísticas cuyo funcionamiento semánticoreferencial implica tomar en cuenta algunos de los elementos
constitutivos de la situación de comunicación, a saber el papel
que desempeñan los actantes del enunciado en el proceso de la
enunciación, y también la situación espacio-temporal del locutor
y, eventualmente, del alocutario (1997: 48)

Así mismo, revela que la importancia de los deícticos recae en
que estos proporcionan algo semejante a un sistema de localización,
el cual se efectúa con relación a la situación de comunicación. Así,
en tanto las unidades deícticas convierten a la lengua (sistema) en
habla (caso), y a su vez configuran al poema como una situación de
comunicación y, por ende, como acto de habla, podemos develar
dónde y cómo se está efectuando dicha situación de comunicación.
En el caso de la poesía especulativa, podría darnos cuenta de la
constitución misma del poema en tanto situación comunicativa
autónoma.
Por otra parte, Käte Hamburger en La lógica de la literatura,
sostiene que, de manera subyacente, a todo acontecimiento verbal
–a todo lenguaje– existe una lógica determinada, producto de su
configuración enunciativa4. Así, para Hamburger hay una relación
4 Existen profundos y múltiples vínculos entre el estudio de la deíxis y
el de la enunciación lírica. Aquí, por cuestiones de espacio y extensión, me

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compleja entre los géneros literarios y el sistema enunciativo del
lenguaje: si la literatura es en cierta medida un arte figurativo, tiene
que implicar la tendencia a crear apariencia de realidad (1995: 49).
Y esa apariencia de realidad será consubstancial, a mi parecer, en la
poesía especulativa. La autora alemana prosigue: “El género lírico
queda constituido por la voluntad expresa del sujeto enunciativo de
proponerse como yo lírico, lo que quiere decir mediante el contexto
en que encontramos el poema” (1995: 163).
Donde, para nuestros propósitos de investigación, el
contexto de la poesía especulativa sería el de la ficción misma; pero
además, aquello que Hamburger denomina como la “hechura del
yo lírico” (1995: 186), nos interpela, pues ahí radica la propensión a
reconocer el poema como una forma de enunciación en donde se vive
lo enunciado como parte del campo vivencial del sujeto enunciativo.
Debido a lo anterior es que el marco general de enunciación de un
poema buscará formularse desde un aquí y ahora y que, en la poesía
especulativa, lo que se construye sea esa posibilidad imposible –ese
novum– a través de una deixis específica. En suma, considero las
ideas de Hamburger resultan convenientes en esta aproximación
a partir de la deixis pues nos permite evidenciar, en los poemas
de La piel del vigilante, dónde y cómo se construye la “sensación
de campo vivencial” (1995: 192) que produce el poema; en otras
palabras, nos posibilita reconstruir un vasto campo de procesos de
conciencia presentes en el poemario, tendiendo un puente directo
entre la enunciación y el receptor empírico de ésta.

remitiré únicamente a recuperar algunos conceptos de diversas teorías de la
enunciación que funcionen en el análisis deíctico del poema, dando por sentada
su comprensión.
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�Gustavo Osorio de Ita / Cuando se finge que es ficción

Juan Antonio Vicente Mateu en La deíxis: egocentrismo y
subjetividad en el lenguaje, retomando la Teoría del lenguaje de 1934
de Karl Bühler, apela al concepto de la deixis ad phantasma. Al
hacerlo, Mateu señala que el hablante, en un mensaje cualquiera,
puede llevar al oyente al reino de lo ausente o al reino de la
fantasía a través de los mismos demostrativos de la deixis común
y corriente (aquella denominada como ad oculos por el mismo
Bühler) (1994: 35). A partir de ello, Mateu postula la idea de los
“mundos posibles”, es decir, constructos donde el significado de
una oración depende no del mundo tal cual es, sino de la forma
posible en que puede ser o debió haber sido5 (1994, p. 38). Esto
me resulta de interés pues coincide con la idea de Hamburger en
torno al campo vivencial: en ambos casos lo que se propone es
que, a través de ciertas características propias de la deixis, lo que se
hace posible es la constitución de una situación de comunicación
discursiva particular; en el caso de la poesía especulativa, sería la de
un “mundo especulativo”, en el del poemario de Quinto, el de un
Estados Unidos distópico en donde los vigilantes viven y hablan,
un Estados Unidos ya preconfigurado en la novela gráfica de
Moore, pero aquí reinterpretada y reformulada para que, a través
de su deixis, permita deslizar una suerte de crítica de la crítica de
la modernidad.
Para abonar sobre esta ruta crítica, considero que las
aportaciones6 de Daniele Monticelli, en “Introduction: the many
5 Haciendo aquí una clara referencia a la idea aristotélica de la poiesis,
claro.
6 Me refiero, de manera particular, a la idea en torno a la subjetividad
como un “efecto ilusorio” (19), en donde retoma las propuestas de Bénveniste
y de Greimas.

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places of deixis in language and theory”, pueden contribuir a
encontrar asideros en la interpretación de los distintos sistemas
deícticos en el texto, los cuales dependen de posiciones enunciativas
(puntos de referencia). En la teoría de Monticelli, las “instancias
supremas” coinciden con la proyección del autor y lector dentro del
texto, las cuales son responsables de la (re) construcción de todo el
simulacro textual de posiciones enunciativas (2005: 24). Con ello,
podemos notar que la deixis es también una configuración que apela
a lo extratextual, es decir, que lo que se propone en el poemario de
Quinto, por ejemplo, no sólo construye un mundo, sino que también
apela a ser leído por otro sujeto (el lector), espacio (el mundo del
lector) y tiempo (el tiempo del ahora).
Este mínimo recorrido sobre la idea del análisis deíctico,
aunado a otras posturas sobre la enunciación, lo he sintetizado
en el siguiente esquema. En él he retomado las tres instancias de
la polifonía de Oswald Ducrot (emisor, locutor, enunciador) y
las he contrastado con posibilidades de realización o formas de
presentación en torno a los tres elementos de la deixis (sujeto,
tiempo, espacio); pretendo que el esquema resulte funcional no sólo
como un modelo de comprensión de la poesía especulativa, sino
también para el reconocimiento de ciertas pautas en la comprensión
deíctica de los textos poéticos (especulativos o no)7.
7 Para el esquema he recuperado también teorías como las de Barbara
Pihler, José María Pozuelo Yvancos, Henri Meschonnic, Antonio Rodriguez,
Anthony Easthope, Viviana Cárdenas, Émile Benveniste, entre otros. Por
cuestiones de espacio no me detengo a revisar dichas teorías, las cuales
forman parte de otro trabajo investigativo más amplio, el cual se ha publicado
recientemente (cfr. Osorio de Ita, Gustavo. Voces del XIX. Estrategias de
enunciación en el Romanticismo y Modernismo Hispanoamericanos. Del
Lirio, 2022).
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�Gustavo Osorio de Ita / Cuando se finge que es ficción
SUJETO

Nivel del
enunciado
(Enunciador-Enunciatario
/
dimensión
homopática
/ referencia
cotextual)

Nivel de la
enunciación
( L o c u tor-Alocutario
/
dimensión
heteropática
/ referencia
cotextual)

268

TIEMPO

ESPACIO

• Sujeto
enunciado • Tiempo enunciado • Espacio enun(de quien se habla y
(real o ficticio).
ciado (real o
cómo se caracteriza • Presencia de adverficticio).
o define).
bios
temporales: • Demostrati• Puede tratarse de
un antes, un ahora
vos de lugar
una autodefinición
o un después que
(aquí
/allá,
o construcción del
posicionan al sujeto
cerca / lejos,
yo (autoficción) en
enunciado con resjunto).
donde el sujeto del
pecto a un suceso.
• Espacios con
nivel del enunciado • Temporalidad veruna determiparticulariza o sinbal como construcnada función
gulariza al sujeto del
to de sucesos y vecsimbólica.
nivel de la enunciatores que dirigen las • D e s p l a z a ción (en una forma
acciones (Barbara
mientos del
retóricamente partiPihler).
sujeto enuncular).
ciado a través
• Construcción decladel espacio.
rativa del yo, el “yoque-se-muestra” (incluidos fenómenos
como el monólogo
dramático).
• Sujeto de enuncia- • Transformación del • Presentación
ción, el cual coincilocutor a través del
de la voz en
de con aquello que
poema (el poema
la página, así
Oswald Ducrot concomo tiempo/sucecomo también
figura en la instancia
so que transforma
la dinámica
del locutor, mientras
al sujeto de la enuncomunicativa
que para Émile Benciación).
dentro de la
veniste es, desde un • Fenómenos partizona visuoenfoque pragmático,
culares del poema,
gráfica
(de
el “nombre propio
como metro y ritacuerdo a Viinstantáneo de todo
mo, que marcan la
viana Cárdehablante” (145).
enunciación (esto
nas).
• Instancia y posición
de acuerdo con la • Espacio conque tomará el lector
idea de ritmo y subcreto desde
de un poema.
jetividad de Henri
donde
se
• Lugar en donde ocuMeschonnic).
configura el
rre la “presentez”
locutor
(el
del poema (en tércual puede ser
minos de José María
indefinido en
Pozuelo Yvancos) o
ciertos casos).
también el “circunstancial egocéntrico”
(de acuerdo a Anthony Easthope).

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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023
SUJETO

TIEMPO

ESPACIO

• Sujeto empírico (au- • Momento histórico • Espacio geoNivel
del
tora o autor).
social y cultural en
gráfico
socontexto
• Filiación ideológica
que es escrita y recio-cultural en
o grupos culturales
cibida la obra.
que es escrita
(Emisor-Aucon
los
que
se
ve
y recibida la
ditor/Coenvuelta
la
autora
o
obra.
munidad
autor.
poética / referencia con- • Posicionamientos en
el campo cultural
textual)
(Pierre Bourdieu).

Esquema 1. Análisis de la deixis en el discurso poético (Creación propia)

III.

La piel del vigilante de Raúl Quinto

El poemario de Quinto está adscrito a aquello que sede nomina como
poesía especulativa puesto que incluso parte, transtextualmente, de
una obra de ciencia ficción canónica del siglo XX: un poemario
circunscrito al universo paralelo y distópico creado por Alan Moore
en la serie de novelas gráficas Watchmen (1986).
El poemario se encuentra dividido en 5 partes. Para poder
observar cabalmente la deixis me circunscribiré por lo pronto a
dos poemas: uno de la primera parte del libro, “El comediante”,
y uno de la cuarta, “El lector de cómics”. Esta decisión, además
de optar por la brevedad, obedece a que considero que incluso
atendiendo únicamente a estos poemas podemos notar no sólo
la configuración de una deixis propia del poema especulativo,
sino incluso la fractura con la misma y el replanteamiento de
la situación subjetiva, comunicativa y discursiva del poemario
entero.
La primera parte del poemario –compuesta, además del
poema que aquí retomo, por los de “El búho nocturno”, “El juez de
toda la tierra”, “Rorscharch”, “El espectro de seda”, “Ozymandias”,
y “Moloch”– apela, desde los títulos, a la caracterización de los
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�Gustavo Osorio de Ita / Cuando se finge que es ficción

personajes de la segunda generación de los Watchmen, aquellos
que incluso llegaron a conseguir una galardonada adaptación
cinematográfica en 2009 de la mano del director Zack Snyder. Esto
implica ya –incluso desde una perspectiva paratextual– la primera
clave para la conformación de un modelo deíctico: la subjetividad
está referida hacia un constructo ajeno, a otra situación de
comunicación –la de Watchmen de Alan Moore– y, por consiguiente
y a través de un monólogo dramático, da pie a que, deícticamente, lo
que encontremos sea una subjetividad desprendida.
El primer poema, aquel al que he decidido aproximarme que
es también con el que abre el poemario mismo, es el siguiente:
El comediante
Un sudario manchado, un traje de segunda mano
de harapos y de sedas, un disfraz.
(The Velvet Underground)
Es cierto que los hombres se disfrazan
para acercarse más a la verdad.
Vi la piel del incendio derramarse
como un río de algas,
y supe que los cuerpos calcinados
conservan su sonrisa en la ceniza.
Siempre recuerdo las miradas huecas,
los gestos delatores, el perfume
que renuncia a los párpados
para volverse sólido y antiguo.
La condición humana es una mueca.

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Yo vi cómo unas manos escarbaron la tierra
para encontrar un agua del color de su alma,y vi cómo se
hundían bajo su propia arena.
Soporté la mirada de este mundo
y rompí a carcajadas cada velo.
Había comprendido la broma de la vida

En la página de fandom “Wiki Watchmen” se define de la
siguiente manera al comediante:
Edward Morgan Blake (1924-1985), mejor conocido por el público
como The Comedian es un personaje principal en Watchmen.
Es uno de los únicos aventureros enmascarados (junto con Captain
Metropolis) que fue miembro de los Minutemen y Crimebusters, y ha
estado activo durante cuarenta y cinco años con la ayuda de actividades
patrocinadas por el gobierno estadounidense y la prensa que lo
conjuró en un Símbolo patriótico de guerra y victoria. Blake es un
vigilante fumador de cigarros que se convierte en agente paramilitar.
Se le describe de diversas maneras como “deliberadamente amoral”
con un “cinismo practicado”, lo que significa que generalmente tiene
poca consideración por las convenciones sociales o la vida humana.
Siempre en la identidad del Comedian, describe el mundo como una
broma sádica que solo él entiende, pero al final su cinismo practicado
se hace añicos cuando descubre un complot que considera una
“broma pesada” que incluso él no puede creer que alguien se atrevería
a hacer. (“The Comedian”, 2019)

Ahora, notemos cómo se configura la deíxis de este poema.
Podemos comenzar por el sujeto enunciado, el cual se encuentra
constituido por una primera persona del singular –un yo– que
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�Gustavo Osorio de Ita / Cuando se finge que es ficción

aparece autorreferido de manera textual hasta el tercer verso: “Vi
la piel del incendio derramarse”. Este verso contribuye a afincar la
definición del sujeto propuesta por el título del poema, puesto que
tanto en el universo gráfico de Moore como en el poema de Quinto
tenemos a un sujeto próximo a los incendios, los cuales nos llevan
a pensar en sujeto enunciado coincidente con ese combatiente
de Vietnam cuyo punto focal es el asedio por el Napalm durante
los años 60 al país del sureste asiático. Además, esta subjetividad
está configurada, también a partir de ese tercer verso, como un
sujeto enunciado que nos informa sobre aquello que conformaba
su mundo en ese tiempo pasado (el tiempo enunciado): la piel del
incendio, sonrisas de los cuerpos calcinados, miradas huecas, gestos
delatores, manos (que) escarbaron la tierra, la mirada de este mundo.
Este mundo percibido –el del sujeto enunciado– concuerda con el
tiempo y espacio de El Comediante: la guerra, al dolor de los pueblos,
el incendio, el desastre. Es también un tiempo y espacio enunciados
que se vinculan con el pasado, lo cual implica que el segundo caso
de constitución de la deixis, el del sujeto de enunciación, sea otro: un
yo presente en el mismo mundo.
¿Desde dónde habla el locutor del poema? Desde los
primeros dos versos: “Es cierto que los hombres se disfrazan / para
acercarse más a la verdad.” Esta locución caracteriza tanto al sujeto
enunciado que aparecerá posteriormente en el poema, como a la
subjetividad que inaugura el poema en tanto discurso comunicativo.
Este “yo”, que se encuentre posicionado temporalmente en el futuro
de aquel sujeto enunciado que caracteriza preponderantemente el
poema y espacialmente en un lugar distinto a donde ocurre esa
guerra de incendios pero aún en “este mundo”, es también un
alguien más allá de la decepción. El sujeto de enunciación es alguien
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que mira hacia el pasado siempre, que se posiciona en la decadencia
y, desde un futuro hecho de retazos del pasado, asevera que “la
condición humana es una mueca”: lo que permanece entonces
es su cualidad subjetiva que ha cambiado de tiempos, que se ha
mantenido en el mismo espacio –el mundo– y que, al percibir la
degradación de su circunstancia, apuesta por la burla, por la sonrisa
quebrada; deícticamente, lo que notamos en este primer poema es
la aproximación a un “después” de los sujetos referidos8: el novum
y la sensación de campo vivencial que presenta deícticamente el
poema es aquella de un presente posterior a “haber comprendido la
broma de la vida” que nos hace preguntar qué queda después de la
risa satírica; una disforia posterior a la carcajada, nada salvo un tibio
arrepentimiento, el de un sujeto que rio y que, después del fuego, no
sabe qué hacer con ello. En suma, un sujeto moderno en y desde el
arrepentimiento, el cual es tanto el Comediante como el habitante
promedio de la modernidad, un sujeto tipificante de las maneras
distópicas de la poesía especulativa.
El segundo poema al que quiero aproximarme se titula “El
lector de cómics” y pertenece a la cuarta parte9 del poemario. He
8 Cuestión que no ocurre únicamente con el poema de “El comediante”,
sino también con casi todos aquellos que forman parte tanto la primera como
la segunda parte de La piel del vigilante.
9 Considero interesante recuperar la composición por poemas de
las cinco partes aquí muy brevemente: la segunda parte, que remite a la
primera generación de Watchmen, se compone por los poemas “El primer
encapuchado”, “El tábano”, “Metrópolis”, “Dólar”, “Júpiter en Venus”,
“La silueta” y “El viejo búho”; la tercera parte, donde se hace alusión a la
configuración de distintos arquetipos vinculados con la novela gráfica, por
los poemas “La madre”, “El comerciante”, “La amante” y “La gran figura”;
la cuarta parte, donde se hacen presentes caracterizaciones mundanas, de lo
cotidiano o personajes “de relleno”, se compone por los poemas titulados “El
vendedor de periódicos”, “La enamorada”, “El buen hombre”, “El informador”
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tomado en cuenta este poema puesto que, a mi parecer, en él se inscribe
una situación deíctica particular que toca la situación de comunicación
tanto intra como extratextualmente, es decir, que tiende a configurar
una situación de lectura que aborda tanto a lo referido en las primeras
tres partes del poemario y a la situación comunicativa que compete
tanto al emisor como al lector empírico. Aquí el poema en cuestión:
El lector de comics
Siendo muchos los signos en el mundo, muchos los prodigios
(Scardanelli)
Voy pasando las páginas,
observando los trazos,
descifrando los signos;
y no comprendo nada,
puede que la verdad
flote bajo la tinta,
o puede ser un trucopara tenerme aquí,
amarrado al asfalto,
hasta que me conviertaen una sombra más.
Sin embargo la historia
debe acabar un día,
y para entonces puede
y “El lector de cómics”; y, finalmente, la quinta parte se compone por dos
poemas, que resultan dos tipos de caracterizaciones que desbordan el mundo
construido por el poemario, apuntalando una suerte de metareferencia tanto en
el poema “El náufrago”, como en “El escritor”. Si bien aquí sólo he decidido
retomar dos de los poemas del poemario (aquellos que pienso resultan más
convenientes para evidenciar la deixis y su composición), un análisis crítico
ulterior podría abordar el poemario en su totalidad para demostrar matices de
dicha composición deíctica, comunicativa, subjetiva y poética.

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que ya me haya olvidado
de mi propia existencia.
Pero tendré los ojos
pintados de colores.
Os veré las entrañas.

El locutor del poema es nuevamente uno en la primera
persona del singular, marcado de manera más contundente en
este poema desde la primera palabra del primer verso; es ese “yo”
que “voy pasando las páginas”, que “observando los trazos”, que
“descifrando los signos”. La acción continúa marcada por las
temporalidades verbales permite considerar un espacio que no se
modifica, y un tiempo que avanza lentamente en tanto el “yo-lector
de comics” prosigue con la lectura.
Podemos

entonces

constatar

que,

a

lo

menos

deícticamente, hay cierta uniformidad y claridad con respecto
a este poema. Sin embargo, cuando interpelamos al nivel del
contexto, notamos que el ese yo configurado textualmente puede
rebasar la situación comunicativa y referir al “yo” empírico en
situación de lector de los poemas de Quinto; es decir que, por un
momento, estamos también intentando descifrar lo signos (esos
signos-poemas de Quinto que preexistían en el mundo a través
de la narrativa de Moore y que aquí se encuentran modificados),
y que, al igual que el lector de cómics, formamos parte de esa
situación pragmática comunicativa, la cual nos invita a tener –en
un futuro, el futuro deíctico del aquí y ahora de la lectura–los
ojos pintados de colores.
Esto que aquí he resumido –lo cual José María Pozuelo
Yvancos denomina como “presentez”– construye, a nivel del
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-52

275

�Gustavo Osorio de Ita / Cuando se finge que es ficción

poemario entero, también nuevas posibilidades dentro de la
esfera comunicativa-deíctica: si podemos ser el lector de cómics,
podemos ser también El Viejo Búho, o La Silueta, o La amante, o El
Comediante. Lo que permite este poema es marcar de manera más
señera las posibilidades de ser co-partícipes de ese campo vivencial
en cada uno de los poemas y, de entrar en dicha dinámica, podemos
entonces fingir que es ficción, ser parte de las especulaciones de
cada uno de los poemas del poemario.
IV. Conclusión
Existe una amplia nota del autor que prologa a La piel del vigilante.
Considero que es pertinente recuperarla pues, de cierta manera,
anuncia algunas de las conclusiones que pienso he podido demostrar
a partir de la aplicación de una lectura desde la deíxis a ciertos
poemas del poemario. La nota dice así:
Nota del autor: La piel del vigilante toma como punto de partida
los personajes y la trama del clásico del cómic Watchmen, escrito
por Alan Moore y dibujado por Dave Gibbons a mediados de
los 80; construyendo un juego de máscaras en el que cada poema
se corresponde con un monólogo dramático de uno de los
personajes (el Comediante, Ozymandias, el Náufrago, etc.) que
deben ser vistos como arquetipos de interpretación abierta y no
como referencias culturales cerradas. La máscara que cubre a los
protagonistas de Watchmen es la misma que desfigura el rostro
de la literatura, también la que nos hace conscientes de la carga
teatral del discurso poético. Mi voz se diluye tras el disfraz de esas
miradas ficticias al igual que las suyas bajo mis palabras o las de
los autores que encabezan los poemas. No soy yo, ni Watchmen,
ni las citas, quien configura el sentido de La piel del vigilante; es
la realidad la que se filtra por los poros de esta máscara que ahora
deberá cubrir el rostro y las pupilas del lector (2014: 4).

276

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-52

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

A mi parecer ese “No soy yo…” es donde el autor –o bien la
voz/construcción por la cual ha optado al redactar esa nota– marca
declarativamente la idea de una ficción que finge ser tal. Aquí lo que
he pretendido no es dar un recuento extenso sobre los varios casos
y propuestas de la poesía especulativa10, sino más bien intentar dar
una clave de acceso –la deíxis en la poesía– que permite reconocer
una configuración particular de un caso específico del poema
especulativo11; lo que encontramos es que, a partir de una situación
de comunicación anterior (aquí el texto de Moore), se perfila la
composición (usualmente a través del monólogo dramático, aunque
también a través de otras propuestas, como la metarreferencia, por
ejemplo) de un campo vivencial que permite crear desprendimientos a
partir de dicha situación de comunicación anterior pero también crear
puentes con una nueva: la del hic et nunc del momento de la lectura.
Así, esta poesía especulativa –fingiendo que es ficción–
lo que consigue, a mi parecer, es no sólo posibilitar la creación
de mundos, sino también proponer algo semejante a un “código
abierto” mediante el cual entra en un proceso constante de búsqueda
de significación. Pero no hay que olvidar que se trata de un vasto
territorio, a penas cartografiado y a años luz de distancia; por ahora
nos aproximamos, vemos el espacio que parece hueco en el cosmos,
pero al mirar más detenidamente encontramos luz, luego una forma,
luego un alguien que aquí y ahora nos devuelve la mirada.
10 Para ello sugiero consultar el fantástico trabajo que propone Xaime
Martínez titulado “Poesía 1900-2015”, en el cual construye un recorrido
crítico por las múltiples rutas que han transitado las varias y divergentes
manifestaciones de la poesía de ciencia ficción o especulativa.
11 Si bien considero que esta clave de acceso bien puede resultar útil
en la comprensión de otros casos de la poesía especulativa y de otros tipos,
puesto que permite revisar la composición de un universo textual y sus varias
imbricaciones con situaciones de comunicación extratextuales.
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-52

277

�Gustavo Osorio de Ita / Cuando se finge que es ficción

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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-52

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�Dosier
Humanitas, vol. 2, núm. 4, 2023

Figuraciones distópicas y civilizaciones perdidas
en la Colombia post-acuerdo: Liborina de Luis
Echavarría Uribe
Dystopian Figurations and Lost Civilizations in
Post-Acord Colombia: Luis Echavarría Uribe’s
Liborina
Francesco Di Bernardo
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla
Puebla, México
Orcid: 0000-0002-9972-4003
Francesco.dibernardo@outlook.com

Fecha de entrega: 08-12-2022 / Fecha de aceptación: 20-02-2023
Resumen: Situada en el año 2040, la novela gráfica Liborina (2020), de
Luis Echavarría Uribe, aborda las problemáticas del conflicto colombiano
a través de tropos de la ciencia ficción, representando una Colombia
ucrónica en la cual el conflicto armado ha terminado en 1990 y la memoria
de este ha sido cancelada del discurso histórico oficial. Sin embargo,
centrándose en una expedición de un grupo de jóvenes antioqueños a un
área rural destinada a proyectos de conservación y turismo, la novela revela
el corazón de tinieblas oculto detrás de una aparente utopía. Escondida en
la selva vive una comunidad utópica que, simulando ideales igualitarios,
realiza rituales sangrientos que evocan las prácticas y la simbología del
terror empleadas por los paramilitares en las zonas rurales del país,

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�Francesco Di Bernardo / Figuraciones distópicas
epicentro del conflicto colombiano. El artículo contextualiza el análisis de
la novela en el marco de lo que María Ospina define como “rural turn”
(2017) en la cultura colombiana, es decir, una renovada atención en las
obras culturales a las dinámicas sociopolíticas y económicas que se viven
en las zonas rurales del país, y discute la emergencia de una novela gráfica
que se aleja de las ambientaciones urbanas que han dominado el imaginario
del comic colombiano. Siguiendo estas dos líneas, el artículo sostiene que
Liborina, más allá de su premisa ucrónica, emplea y subvierte los tropos
utópicos de la civilización perdida, y su variante inspirada por El corazón de
las tinieblas de Joseph Conrad, y el tropo orwelliano de una distopía que se
genera de la aplicación práctica de un proyecto utópico.
Palabras claves:Liborina; Echavarría Uribe; Novela Gráfica colombiana;
Distopía; Utopía; Ficción especulativa
Abstract: Set in the year 2040, Luis Echavarría Uribe’s graphic novel
Liborina (2020) deals with the issues of the Colombian conflict through
science fiction tropes, representing an uchronic Colombia in which the
armed conflict has ended in 1990 and in which the memory of it has
been erased from the official historical discourse. However, focusing on
an expedition by a group of young people from Antioquia to a rural area
destined to conservation and tourism projects, the novel reveals the heart
of darkness hidden behind an apparent utopia. A utopian community
that lives hidden in the jungle and that feigns egalitarian ideals, is, in fact,
devoted to bloody rituals that evoke the practices and symbols of terror
used by the paramilitaries in the rural areas of the country, which is the
epicenter of the Colombian conflict. The article frames the analysis of
the novel in the context of what María Ospina defines as “rural turn”
(2017) in Colombian culture, that is, a renewed attention in cultural works
to the socio-political and economic dynamics that are experienced in rural
areas of the country, and discusses the emergence of a graphic novel that
moves away from the urban settings that have dominated the imaginary of
Colombian comics. Following this framework, the present article argues
that Liborina, beyond its uchronic premise, employs and subverts utopian
tropes of the lost civilization, and its variant inspired by Joseph Conrad’s
Heart of Darkness, as well as the Orwellian trope of a dystopia resulting
from the practical application of a utopian project.
Keywords: Liborina; Echavarría Uribe; Colombian Graphic Novel;
Dystopia; Utopia; Speculative Fiction

282

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-49

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

La primera novela gráfica del ilustrador y escritor colombiano
Luis Echavarría Uribe, Liborina (2020), se centra en una premisa
ucrónica: Colombia ha ganado el mundial de futbol Italia 1990 y,
como consecuencia, el país atraviesa una ola de cohesión social
que permite el fin del conflicto armado. Con el paso de los años, el
conflicto desaparece de los discursos oficiales e históricos e incluso
se desvanece de la memoria colectiva e individual de la población
colombiana. Cinco décadas después de los eventos de 1990, en
la mitad de los años 40 del siglo XXI, un grupo de tres jóvenes
antioqueños, Martín, Raúl y Juliana, inspirados por la lectura de
un libro que revela la existencia de un conflicto armado en el país,
emprende una expedición a un área rural remota que el gobierno
había destinado a proyectos de conservación y turismo. Sin
embargo, según se relata en el volumen encontrado por los jóvenes,
este territorio había sido, en realidad, unos de los epicentros del
conflicto. Si bien, por un lado, el uso de la ucronía en la obra de
Echavarría resulta “extraño para la literatura colombiana”, dado que
“[e]xceptuando algunas obras que sitúan sus tramas ucrónicas por
fuera de Colombia, en el país solo se encuentra un par de cuentos de
este género” (Bastidas Pérez, 2021), por otro lado, dada su temática,
la novela se escribe en una reciente tendencia del cómic colombiano
de abordar la cuestión del conflicto armado.
En los últimos años diversos comics han enfrentado la tarea
de lidiar con los acontecimientos traumáticos relacionados con
la guerra interna. Entre las obras más destacadas se encuentran:
Ciervos de bronce (2014) de Camilo Aguirre, centrado en la violencia
contras las organizaciones sindicalistas por parte del Estado y de
los paramilitares; Los Once (2014) de Miguel Jiménez, José Jiménez
y Andrés Cruz Barrera, que relata la toma al Palacio de Justicia por
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-49

283

�Francesco Di Bernardo / Figuraciones distópicas
parte del organización guerrillera M19 en 1985; Caminos condenados
(2016) de Pablo Guerra, Camilo Aguirre y Henry Díaz y Diana
Ojeda, que aborda la violencia, el despojo de tierras y el cercamiento
de aguas en la región de los Montes de María; Estado fallido (2018) de
Daniel Collazos que trata el tema del caso de los “falsos positivos”,
las ejecuciones extrajudiciales disfrazadas de muertes en combate
de inocentes injustamente acusados de ser guerrilleros por parte de
integrantes del ejército colombiano. Estas publicaciones comparten
no sólo el afán de denuncia de la violencia perpetrada por parte
del Estado y de los paramilitares, sino también una forma narrativa
inscrita en la tradición del comic de no ficción (Rodríguez-Blanco y
Andrade, 2020: 121). Definida también como comic periodístico o
documental, esta tradición se centra sobre todo en “the presentation
of evidence” de un evento histórico violento y/o traumático,
particularmente en contextos de conflictos armados (Chute, 2016:
2). Asimismo, el cómic documental, popularizado por autores tales
como Art Spiegelman y Joe Sacco, reivindica el valor “of inventive
textual practice [to] express trauma ethically” (Chute, 2016: 4).
A estas novelas se han sumado otros cómics patrocinados
por instituciones estatales de justicia transicional, tales como el
Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), establecidas en
el marco de la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras 1448 de
2011​, durante la presidencia de Juan Manuel Santos, con el papel de
contribuir a perpetuación de la memoria histórica del conflicto y de
la visibilización de las víctimas. Entre las publicaciones patrocinadas
por el CNMH, destacan La Palizúa: ustedes no saben cómo ha sido
esta lucha (2018) (con guion de Pablo Guerra y dibujos de Camilo
Aguirre) y Sin mascar palabra: por los caminos de Tulapa (2018) (con
guion de Pablo Guerra y dibujos de Camilo Vieco) que abordan
284

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-49

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

el desplazamiento forzoso de comunidades campesinas por parte
de grupos paramilitares a través de la forma del cómic documental
y del enfoque en el testimonio de las víctimas. Tales obras son
“realizadas para cumplir las medidas de reparación simbólica con
las comunidades que han sido catalogadas como víctimas por la Ley
1448” (Rodríguez-Blanco y Andrade, 2020: 128).
El respaldo de instituciones culturales del Estado a obras que
abordan la temática del conflicto a menudo se inscribe en el marco de los
discursos públicos alrededor del contestado concepto de posconflicto,
término utilizado para señalar un parteaguas en la historia reciente
de Colombia por efecto de la ratificación del acuerdo de paz entre el
Estado y las FARC firmado en 2016. Este término, sin embargo, ha
sido objeto de crítica, ya que, según la perspectiva de sus detractores,
“desactiva el significante “conflicto” del nuevo régimen hegemónico,
lo que borra de la ecuación a otros actores armados que aún están
activos en el territorio” (Rodríguez-Blanco y Andrade, 2020: 121) y
oculta la continuación de las prácticas de violencia y desposesión por
parte del conglomerado de intereses corporativos y paramilitares que
afectan particularmente a las regiones rurales del país.
Liborina aborda específicamente los intentos de encubrimiento,
en el debate público alrededor del posconflicto en Colombia, de
las persistentes dinámicas del conflicto armado en las zonas rurales
del país. Sin embargo, alejándose de la forma documental, la novela
gráfica de Echavarría Uribe experimenta con los tropos de la
narrativa de ciencia ficción, tales como ucronía, utopía y distopía.
De esta manera, enmarcando el análisis de la novela en el reciente
giro rural en la cultura colombiana, el presente artículo afirma que
la novela propone una perspectiva crítica sobre el ocultamiento de
las discusiones alrededor de las causas sociales del conflicto a través
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-49

285

�Francesco Di Bernardo / Figuraciones distópicas
de una reformulación de tropos de la narrativa de especulación. En
lo específico, en el presente artículo se sostiene que la novela, más
allá de su premisa ucrónica, emplea y subvierte los tropos utópicos
de la civilización perdida, y su variante inspirada por El corazón de las
tinieblas (1899) del escritor anglo-polaco Joseph Conrad, y el tropo
orwelliano de una distopía que se genera de la aplicación práctica
de un proyecto utópico. De igual manera, se afirma que Liborina
expande el enfoque del cómic especulativo, normalmente focalizado
en la ciudad, al situar la historia en un contexto rural, poniendo así
en tela de juicio los discursos del conflicto que buscan ocultar las
dinámicas de desposesión que continúan causando estragos sobre el
territorio colombiano en el escenario de “post-acuerdo”.
La ciudad, el campo y el imaginario distópico
Si bien el cómic posee una larga tradición en Colombia, es a partir de
los años 80 y 90 con el surgimiento de publicaciones especializadas
y fanzines, que el mundo del cómic colombiano “witnesses the
replacement of nationalistic undertones by new themes such as
urban protest, innovative treatments like science fiction, and the
publication of theoretical and critical studies on comics” (Gómez
Gutiérrez, 2017: 50-51). El conflicto interno, el narcotráfico y las
desigualdades sociales comienzan a volverse temas centrales en
el cómic y se empieza a experimentar con formas narrativas para
intentar abordarlos. Entre estas, la distopía juega un papel crucial.
Una gran parte de las figuraciones distópicas en el cómic colombiano
tiene como enfoque la ciudad de Bogotá, como es evidenciado por
Roncallo-Dow, Aguilar-Rodríguez y Uribe-Jongbloed (2019: 29)
en su exhaustivo análisis y categorización de las diversas tipologías
distópicas presentes en los recientes cómics colombianos:
286

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-49

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

quince de los cómics exponen un presente distópico […] en los
que los elementos característicos de la organización y la estructura
social colapsan o se encuentran en estado de vulnerabilidad ante
algún tipo de amenaza. En estos presentes, el caos generado por
algún detonante plantea la situación conflicto que rige la historia
que se enuncia. […] De los documentos restantes, doce suceden
en futuros en los que prima el caos y el conflicto […]. Nueve de los
veintiocho documentos gráficos revisados representan un modelo
de distopía de fallo tecnológico, dando cuenta de escenarios en
los que los principios de la organización y la estructura social se
diluyen, dando paso a contextos en donde el conflicto se evade
por medio de dispositivos represivos. El elemento fundamental
del presente distópico en los cómics en que aparece la ciudad de
Bogotá se basa en contextos en los que la disparidad social es la
norma, la pobreza es marcada y la sociedad fragmentada (2019:
43-44).

El cómic distópico colombiano, en la manera tradicional de
la narrativa de este subgénero de la ficción especulativa, se configura
como un “prophetic vehicle […] for writers with an ethical and
political concern for warning us of terrible sociopolitical tendencies
that could, if continued, turn our contemporary world into the iron
cages” (Baccolini y Moylan, 2003: 2). Asimismo, la imaginación
distópica dibuja un “mapa del infierno”, para parafrasear el uso que
Baccolini y Moylan hacen de la expresión de Kingsley Amis (2003:
1), de la realidad sociopolítica colombiana. Liborina extiende dicho
mapa del infierno tomando como eje central los espacios rurales del
país, en donde se presenta con mayor intensidad una “interrelation of
current wars[…], state policing, and the expansion of global capital”
(Ospina, 2017: 250). Moviendo el enfoque de escenarios urbanos
a un entorno rural y utilizando una representación naturalista del
paisaje, la novela gráfica de Echavarría Uribe podría enmarcarse
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-49

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�Francesco Di Bernardo / Figuraciones distópicas
en el creciente “giro rural” en las producciones colombianas de los
últimos diez años.
Si bien el concepto de “rural turn” es acuñado por María
Ospina con respecto a la tendencia del cine colombiano reciente,
el enfoque hacía el mundo rural se puede rastrear también en otras
formas culturales y se vincula a los fenómenos sociales, económicos
y políticos que afectan áreas periféricas país. En estas zonas, la
expansión del capital global en áreas rurales, a través de las prácticas
del monocultivo, del extractivismo y del turismo, se ha cruzado con
las dinámicas del conflicto, lo cual ha producido un crecimiento de
la violencia militar y paramilitar (Ospina, 2017: 250).
En Liborina, este desplazamiento hacia los espacios rurales y
la aproximación hacia la naturaleza es evidenciada desde las primeras
páginas. Las viñetas iniciales, saturadas por ilustraciones del paisaje
natural, relatan un viaje en autobús de los protagonistas hacía una
zona rural de Antioquia. Durante una parada, los protagonistas
deciden abandonar el viaje en autobús y adentrarse en la selva, por
lo que en viñetas posteriores se relata el progresivo descenso de los
protagonistas a un lugar selvático y misterioso. Si bien inicialmente
aún se pueden percibir signos de “civilización”, tales como una
granja de vacas y unos pillares de la autopista, la vegetación ilustrada
en las viñetas se vuelve más densa e impenetrable y la tensión
acerca de las intenciones y del destino final de los jóvenes crece. Es
cuando los protagonistas se encuentran en el medio de la selva que
el personaje que lidera la expedición, Martín, extrae de su mochila
un libro con el título en francés de La République des sables1 y afirma
1 El título parece evocar un libro homónimo de Sophie Caratini (2003)
sobre las luchas para la autodeterminación de una población del Sahara
occidental en 1976, después del fin de la dominación española. Sin embargo,

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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-49

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

que “[p]ara nadie es un secreto que Colombia pasó por una crisis
social y política […] [q]ue desencadenó una guerra a la que algunos
llamaron conflicto armado, y otros, acciones antiterroristas” (17).
De esta manera se aclara que el objetivo del viaje es la búsqueda
de un pueblo que presenta rastros de la efectiva existencia de este
conflicto, dado que, como afirma Martín en las viñetas sucesivas,
“[…] para no perder el control político […] taparon la cagada que
hicieron en este pueblo, montaron mera película y atribuyeron la
mitad a los terroristas y la otra, al invierno” (18).
La ubicación evoca dos cuestiones principales relacionadas
con el conflicto. Por un lado, en línea con ficciones recientes sobre
la violencia, por ejemplo, Los ejércitos (2007) de Evelio Rosero
o Viaje al interior de una gota de sangre (2011) de Daniel Ferreira, el
pueblo rural epitomiza los espacios arrasados por las prácticas de
terror de los grupos armados, por otra parte, el hecho de que los
protagonistas se encuentren en un entorno natural designado por el
Estado colombiano como parque turístico, evoca el encubrimiento
de la violencia en las zonas rurales para garantizar inversiones
capitalistas en estas áreas. De acuerdo con Ospina, los discursos
entorno al posconflicto están en directa relación con “[…] official
and investment tourism campaigns that promote rural regions for
travel and development” (2017: 248). Por otro lado, el tema del
viaje a un lugar remoto en búsqueda de una realidad desconocida
reproduce además el tropo, inspirado por Utopía de Thomas More,
de la expedición de un observador de nuestro mundo a un lugar
desconocido que encarna la perfección utópica, o la pesadilla
distópica, según la declinación del tropo.
en la novela gráfica de Echavarría Uribe no se aclara la referencia a este título.  
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-49

289

�Francesco Di Bernardo / Figuraciones distópicas
El tropo de la civilización perdida y el mito de El Dorado
El tropo de la búsqueda/exploración de una civilización
perdida e/o utópica se hace aún más explícito cuando los protagonistas
llegan a un pueblo abandonado, cuyas infraestructuras se encuentran
totalmente devoradas por la selva. Efectivamente, uno de los
personajes, Juliana, compara el pueblo deshabitado a “ruinas de una
civilización perdida” (37). Asimismo, la evocación de este tropo es
reforzada cuando los protagonistas se adentran en las criptas de una
iglesia situada en el centro del pueblo olvidado y encuentran pinturas
rupestres, las cuales son interpretadas por Martín como “algo de una
tradición indígena perdida” (53). Si bien el tema de la civilización
perdida2 que se populariza en la ciencia ficción del siglo XIX, ha sido
sin duda inspirado por las interpretaciones antropológicas de esta
época y por el imaginario de exploración de los voyages extraordinaires
de Jules Verne, no obstante, también “inevitably referred to […]
colonial and imperial situations” (Rieder, 2008: 35). En el contexto
colombiano, el tropo de la civilización perdida llama a la memoria
el mito de El Dorado –aquella tierra prometida en algún lugar de
Sudamérica–, intrínsecamente vinculado al proceso de conquista en
América Latina y las “promises of immediate enrichment, either at
individual, corporate or state level” a través del control imperialista
y colonialista de una región rica en recursos (Varnava, 2015: 1).
Asimismo, después de los procesos de independización del estadonación colombiano, el mito de El Dorado sirvió como justificación
para las prácticas extractivas del capitalismo durante la era del boom
de exportación del siglo XIX (Mutis y Pettinaroli, 2016: 413-417).
2 Llamado también de la “raza perdida”. Sin embargo, en el presente
articulo se referirá a este como “civilización perdida”.

290

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-49

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

El mito de El Dorado es, asimismo, [r]elated to [..] utopias and
dystopias”, dado que la utopía se vincula a la idea de “finding a
space that can be converted into a paradise for its inhabitants (for
both settlers and indigenous peoples)”, mientras que la declinación
distópica se relaciona con “what results when such expectations go
horribly wrong”. El Dorado, en otras palabras, se configura como
una justificación para continuar las ‘imperial or settlement policies
by arguing that with hard work the place will become valuable if
not idyllic” (Varnava, 2015: 2). Es este ideal eldoradista que subyace
a los discursos post-conflicto y a “official and investments tourism
campaings”, ocultando las nuevas prácticas de violencia contra
comunidades rurales y defensores sociales en favor de un imaginario
idílico de una nueva Colombia posconflicto que promueve las
zonas rurales ‘for travel and development” (Ospina, 2017: 248). La
contradicción entre el discurso oficial en el cual las zonas rurales se
presentan como un nuevo “Dorado” para la inversión y la realidad
de violencia y despojo, es capturada por la respuesta de Martín al
enterarse de los planes del gobierno de permitir a los pobladores
desplazados por el conflicto de volver a su pueblo: “la idea era
devolver a la gente, pero después de la cagada que les conté, no
dejaron volver a nadie para taparlo todo” (37). De esta manera las
palabras del protagonista evidencian el fracaso de un “Dorado”
fundado en el silenciamiento de la persistente violencia en estas áreas
del país. Sin embargo, el uso del tropo utópico eldoradista contiene
una subversión de este mismo ya que, de manera opuesta al mito de
la rica ciudad perdida, el uso de este tropo en Liborina produce una
crítica de las prácticas neocoloniales que se ocultan detrás del discurso
oficial del posconflicto y de la retórica capitalista del progreso social
y económico. De la misma manera, las imágenes rupestres que
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-49

291

�Francesco Di Bernardo / Figuraciones distópicas
los protagonistas descubren en unos túneles debajo de la iglesia
del pueblo, en vez de representar escenas de progreso utópico, se
centran en acontecimientos desconcertantes: uniformados armados,
fosas comunes, cadáveres, personas que descuartizan cuerpos con
machetes, etc. Las imágenes representan escenas reales de cualquier
etapa del conflicto interno en Colombia dado que este se caracteriza,
de acuerdo con María Victoria Uribe, “por actos de extrema barbarie
entre los cuales se pueden mencionar las masacres, las mutilaciones
corporales, las violaciones y la tortura” (2004: 56). Las ilustraciones
rupestres, por ende, se relacionan con “símbolos y signos” que han
caracterizado la expresión de violencia entre las partes beligerantes
(Uribe, 2004: 43). No obstante, para los protagonistas de Liborina,
que han crecido en un periodo de olvido forzado sobre el conflicto,
la realidad de la violencia se traslada de la memoria colectiva a un
nivel subconsciente, tal como evidencian las palabras de Raúl que
afirma que “los patrones se me hacen familiares, pero no sé…” (53).
Así como el tropo de la civilización perdida de la ciencia ficción
del siglo XIX producía la irrupción del inconsciente colonial de
esta época, su uso en Liborina produce una irrupción de los signos
de la violencia todavía presentes a pesar de los discursos oficiales
respecto al posconflicto. En la novela, el tropo de la civilización
perdida como instrumento narrativo para confrontar la realidad del
conflicto se vuelve aún más evidente cuando los protagonistas se
encuentran con los pobladores de una comunidad desconocida y
alejada que vive en el lugar que están explorando. La parte de la
novela dedicada al encuentro con esta población se presenta como
una reformulación de los temas e imaginarios de El corazón de las
tinieblas de Conrad, novela que, de acuerdo con Lavender, puede
leerse como una ciencia ficción debido su imaginario directamente
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influenciado por narrativa de “alien encounters, evolutionary themes,
strange landscapes, lost races, and technology” (2015: 16-17).
El corazón de las tinieblas
Mientras exploran los túneles debajo de la iglesia del pueblo, los
protagonistas son raptados, interrogados y drogados con burundanga
por miembros de esta comunidad desconocida, en la cual un personaje
llamado Albeiro parece jugar el papel de líder. Al despertarse descubren
no sólo que han sido liberados, sino que las personas de esta comunidad
han cambiado su actitud hacía ellos, tratándolos como huéspedes,
ofreciéndoles comida y familiarizándolos con las costumbres y las
actividades de la comunidad y sus valores aparentemente utópicos
de igualdad y autosuficiencia. Superado el momento de desconfianza
inicial, en una segunda fase el encuentro con la “civilización perdida”
se desarrolla según del topos utópico del descubrimiento de una
“[…] ‘perfect’ and ‘ideal’ society” (Varnava, 2015: 9) por parte de
observadores externos. Si por un lado, “observation […]is one of
the ubiquitous […] features of lost-race and lost-world fictions”
(Rieder, 2008: 34), aquí la novela reproduce también la temática de
Utopía de More, en el cual los exploradores se encuentran con una
civilización utópica y perfectamente organizada según principios
de igualdad. De esta manera, se presenta una subversión del tropo
de la raza/civilización perdida, debido a que no es la conquista por
parte de los exploradores que produce el resultado utópico. Por el
contrario, cuando los protagonistas son traídos en presencia de
una mujer que parece fungir un rol de responsabilidad dentro de la
comunidad, es ella quien invita a los huéspedes quedarse en la aldea,
sugiriéndoles integrarse en la comunidad. Sin embargo, en las viñetas
sucesivas, en las cuales se ilustran el almuerzo y la conversación entre
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293

�Francesco Di Bernardo / Figuraciones distópicas
los protagonistas, la mujer y otros miembros de la comunidad, se
siembran las primeras señales de un posible desenlace distópico de
la historia. La novela emplea la dimensión pictórica para señalar un
posible nuevo giro de eventos: mientras la conversación prosigue, las
imágenes se centran en primeros planos de los utensilios para comer,
particularmente los cuchillos, en detalles de los pedazos sangrientos
del lechón que los comensales están comiendo y de la mujer que
se prepara a llevar a la boca un pedazo de la carne. Dichos detalles
aparecen ominosos y generan una atmósfera de tensión y misterio.
El clímax de la tensión quizás se produce cuando la mujer afirma
que, aunque espera que se queden en la aldea, están libres de irse en
cualquier momento. Las palabras de la mujer se sitúan en un globo
que se sobrepone a la imagen de una máscara tribal demoniaca y
amenazadora. Esta viñeta es un preludio a lo que los protagonistas
descubrirán durante una fiesta organizada en su honor. Mientras
que los pobladores están concentrados en las celebraciones, Raúl y
Juliana se alejan y, adentrándose en la selva, se enfrentan a una escena
horrorosa: unos hombres uniformados están atados y unas mujeres
de la comunidad los obligan a actos sexuales con ellas. Sucesivamente,
los hombres son descuartizados por otros miembros de la comunidad.
Efectivamente, los pobladores capturan a hombres externos a
la comunidad, los obligan a relaciones sexuales con las mujeres
para asegurar la reproducción y continuación de la comunidad, y
sucesivamente son asesinados. De esta manera, los protagonistas no
tardan a darse cuenta del corazón de las tinieblas que se esconde detrás
de la aparente utopía a la cual aspiran los miembros de este grupo.
La comunidad, en realidad, se funda en el ejercicio de violencia y en
rituales horrorosos que evocan las prácticas y los rituales macabros de
los grupos armados durante el conflicto. Es en este momento que la
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novela emplea los tema conradiano en el cual “‘Eldorado Exploring
Expedition’ journeys […] meet an untimely demise” (Varnava, 2015:
7). En El corazón de las tinieblas el desenlace distópico se centra en
“Kurtz’s degeneration […] whose obscene craving for wealth and
power by any means dehumanizes the Africans, rendering them into
savages, primitives, and cannibals as well as servants, prisoners, and
slaves—alien to humanity” (Lavender, 2015: 29-30). Si Kurtz es una
metáfora del colonialismo y su voluntad de expansión basada en la
alterización del sujeto colonizado, en Liborina Albeiro, el líder de la
comunidad, el cual domina sobre los demás pobladores a través de la
imposición del terror, es una metáfora de las formas neocoloniales
que se imponen en las áreas rurales de Colombia y que se manifiesta
también a través del borramiento de las persistentes formas del
conflicto. Igualmente, de forma similar a la novela de Conrad en
donde el personaje de Marlow se vuelve consciente de que la supuesta
civilización se basa en el deseo colonialista de sujeción del Otro, los
protagonistas de Liborina comprenden que la comunidad utópica en
realidad se asienta sobre la violencia y, por ende, que el discurso del
posconflicto en realidad se basa en el encubrimiento de las injusticias
sociales y de continuación de las dinámicas del conflicto.
Al escapar de este reino de terror, los protagonistas se
encaminan a través de los túneles desde los cuales habían alcanzado
al pueblo. Sin embargo, su fuga parece llegar a su fin cuando se
encuentran con una mujer desnuda y armada con un machete, la
cual los amenaza con “mocharles las patas” (126) y sucesivamente
añade ilustraciones a las pinturas rupestres que dejan ver un macabro
ritual de violencia que pone fin a la vida de los protagonistas. No
obstante, en un giro de eventos, la mujer revela el dominio de terror
de Albeiro y que ella y su amante, otra mujer, desearían escapar de la
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�Francesco Di Bernardo / Figuraciones distópicas
aldea para “[…] empezar una nueva vida allá afuera” (135) y no tener
que someterse al dominio de Albeiro que impone una forma de
esclavitud a las mujeres, obligadas a reproducirse para la expansión
y continuación de la comunidad. Así como Kurtz, en la novela de
Conrad, impone a los nativos africanos la idolatría de la civilización
occidental, Albeiro ha impuesto también la idolatría de las formas
de violencia del conflicto como única forma de organización de la
sociedad. De igual forma, en El corazón de las tinieblas, los contactos
entre el colonizador (Kurtz) y los nativos colonizados “reads as a
series of alien encounters” (Lavender, 2015: 28). Concibiendo la
representación de la relación entre colonizador y colonizados
como inspirado por el imaginario de la ciencia ficción del siglo
XIX, Lavender afirma que lo que particularmente enmarca a los
colonizados como “alienígenas” es su estatus de sin voz (2015: 29).
Asimismo, en Liborina los que están sujetos al dominio de Albeiro
aparecen a los ojos de los tres protagonistas como alienígenas
exactamente por la falta de su voz. El silencio de los pobladores
metaforiza el olvido de las víctimas silenciadas del conflicto y de los
debates sobre la continuación de las prácticas de violencia y despojo
en las zonas rurales de Colombia. Si la “historia nacional pre-1990
está ya olvidada […] los protagonistas descubren que, bajo la tierra,
como un subterfugio del lenguaje, quedan víctimas a quienes solo
les ha quedado la violencia y el olvido estatal como estructuras de
comunidad y como formas narrativas” (Bastidas Pérez, 2021). La
parte final de la novela relata la persecución de los protagonistas por
parte de Albeiro. Aunque los tres logran escapar, Albeiro mutila con
el machete un brazo de Raúl. La parte final de la novela que ilustra
la fuga y la persecución “toma la estructura de un slasher” (Bastidas
Pérez, 2021), con las viñetas que se centran en detalles sangrientos.
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Por ejemplo, la viñeta que ilustra la mutilación de la mano de Raúl
por parte de Albeiro utiliza un fondo color rojizo con las siluetas de
Albeiro blandiendo el machete que mutila a Raúl y otro personaje en
el piso mirando, impotente, la escena. La viñeta sucesiva muestra un
primer plano de la mano flotando en el aire y un chorro de sangre.
El énfasis en detalles gore se configura como “sedimentos de un
conflicto que reaparece como síntoma” (Bastidas Pérez, 2021). En
este sentido, a pesar del éxito de la fuga de los protagonistas, el
cuerpo mutilado de Raúl cristaliza la herida que cuestiones sociales
no resueltas dejan en el cuerpo social de Colombia, una extremidad
que todavía no ha dejado de sangrar a pesar de la firma del acuerdo
de paz y de la inauguración de la época posconflicto.
El tropo orwelliano
Sin embargo, las partes de la novela que se centran en el encuentro
entre los protagonistas y la comunidad perdida no sólo reconfiguran
el tropo especulativo de la civilización perdida sino que, al presentar
el surgimiento de esta comunidad como el resultado de un proyecto
“posconflicto” del gobierno, la crítica social de la novela se produce
también a través del uso y reformulación de otro tropo clásico de
la narrativa especulativa, en este caso de la ciencia ficción de la
primera mitad del siglo XX: el tema orwelliano del proyecto utópico
que sienta las bases de una sociedad autoritaria y de una realidad
distópica. Efectivamente, la referencia al tropo orwelliano había sido
ya evocada por Martín cuando comenta que el libro que ha inspirado
la expedición reporta el fracaso del proyecto de repoblación forzada
de esta área rural de Colombia como demostración de la pacificación
del país. Martín describe el proyecto del gobierno en términos de
“progreso orweliano [sic]” (38). Sin embargo, es específicamente
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con el encuentro entre los protagonistas y la comunidad perdida que
el tropo inspirado en la narrativa del escritor inglés es introducido de
forma más directa ya que es la parte de la novela que se compromete
concretamente con las formas de la distopía. En primera instancia,
una de las actividades principales de la comunidad es la gestión
de una granja de cerdos que evoca la clásica novela anti-totalitaria
orwelliana Rebelión en la granja (1945). Sin embargo, la reformulación
del tropo orwelliano se basa en la utilización de algunos temas
derivados de 19843, tales como el borramiento del pasado, los hechos
alternativos y el control social. En primera instancia, la novela se
basa en una premisa orwelliana: la modificación y el borramiento de
la historia. El conflicto ha sido borrado de la historia de Colombia
y de la experiencia colectiva de sus habitantes tal como el pasado
precedente a la instauración del INGSOC en 1984, como recuerda el
protagonista Winston al afirmar que: “[t]he past […] had not merely
been altered, it had been actually destroyed” (2013: 45). En realidad,
el borramiento del pasado parece aún más profundo en Liborina. Si
en el clásico distópico de Orwell, Winston retiene por lo menos la
memoria, dado que confirma que “[f]or how could you establish
even the most obvious fact when there existed no record outside
your own memory?” (2013: 45), como mencionado anteriormente,
enfrentando a la representación de las prácticas de guerra del
conflicto en las pinturas rupestres, Raúl no logra asociarla, en su
memoria, con un acontecimiento específico. Asimismo, Liborina
recupera el tema orwelliano de los hechos alternativos. Cuando, en
las fases iniciales del encuentro con la comunidad, los protagonistas
3 En el presente artículo se usa la versión en inglés en la edición de 2013
de Penguin.

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son llevados a conocer la vida en la aldea por dos mujeres (las
mismas que en el final de la novela los ayudarán a escapar), al ser
cuestionadas sobre si alguna vez salen de su comunidad, una de las
mujeres contesta “acá lo tenemos todo, acá nos casamos, criamos
y nos morimos. La mayoría son felices” (73). Presionada respecto
a su desconocimiento del mundo exterior, la mujer añade “los
titos nos contaron que afuera la gente solo vive corrupta por las
cosas que dan plata y lo que puedan comprar con esa plata” (73).
La afirmación del personaje refleja la construcción totalitaria de la
validación del interior (del estado totalitario) con la invalidación de
la experiencia exterior, como sugerido por Winston en 1984 cuando,
reflexionando sobre los instrumentos ideológicos de coerción del
Big Brother menciona que “[n]ot merely the validity of experience,
but the very existence of external reality, was tacitly denied by their
philosophy” (2013: 102). Otro elemento inspirado por 1984 que se
emplea en Liborina es el de la construcción de un ideal societario
basado la homologación y la construcción de una perfecta máquina
de reproducción ideológica. En la distopía orwelliana
[t]he ideal set up by the Party was something huge, terrible, and
glittering—a world of steel and concrete, of monstrous machines
and terrifying weapons—a nation of warriors and fanatics,
marching forward in perfect unity, all thinking the same thoughts
and shouting the same slogans, perpetually working, fighting
triumphing, persecuting—three hundred million people all with
the same face.

En Liborina el uso de máscaras rituales evoca la homologación
impuesta por el INGSOC en 1984. Efectivamente, cuando los
protagonistas de la novela de Echavarría Uribe se encuentran por
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299

�Francesco Di Bernardo / Figuraciones distópicas
primera vez con los miembros de la comunidad en la oscuridad
de las criptas de la iglesia, los pobladores portan máscaras que no
sólo cubren sus verdaderos rostros sino los hace parecer iguales e
indistinguibles entre ellos. Asimismo, Albeiro, tal como el Partido
en 1984, ha creado un sistema perfecto bajo el cual cada uno de los
miembros de la comunidad sigue su rol que tiene como objetivo la
reproducción de la comunidad. De esta manera, la reproducción
sexual a la que Albeiro obliga las mujeres de su comunidad epitomiza
la idea de reproducción ideológica.
Otro elemento orwelliano utilizado en la novela es la
subversión de la verdad. El hecho de que la comunidad igualitaria,
pacífica y utópica sea fundada sobre la reproducción de la guerra y de
las prácticas violentas del conflicto evoca directamente la “verdad”
del Ministerio de la Verdad orwelliana y su lema “WAR IS PEACE,
FREEDOM IS SLAVERY, IGNORANCE IS STRENGTH”
(2013:34). Finalmente, la crítica social expresada por la novela se
basa en unos de los puntos fundantes de la crítica de Orwell, es
decir, el control social a través de la manipulación de los discursos
oficiales. En la novela de Orwell, el eslogan del Partido es “[w]
ho controls the past controls the future: who controls the present
controls the past” (2013: 313). De la misma manera, a través de su
perspectiva de crítica social, Liborina sugiere que la modificación de
la historia reciente y la obliteración del conflicto en los discursos
oficiales tiene como objetivo el control del destino del país. El olvido
de la continuación de la violencia estatal y paramilitar en las zonas
rurales, el asesinato de los líderes sociales y sindicales, así como los
desplazamientos forzados, son el preludio a la expansión del capital
y de los megaproyectos extractivos en las áreas rurales de Colombia.
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Conclusión
Inscrita en la reciente tendencia de la narrativa colombiana
de volver la mirada al espacio rural, la novela de Echavarría
Uribe comparte con el cómic contemporáneo colombiano una
preocupación por la historia del conflicto armado interno y sus
ramificaciones en el presente. Concretamente, Liborina produce
una crítica de los discursos del posconflicto y del borramiento de
las discusiones oficiales de las causas sociales de la violencia y de
cómo estas persisten, particularmente en las zonas rurales, en la
Colombia del presente. Sin embargo, alejándose de la forma del
cómic periodístico que ha caracterizado la larga mayoría de las
novelas gráficas sobre el conflicto, la novela gráfica de Echavarría
experimenta con las formas de la especulación, reformulando los
tropos de la civilización perdida (y su variante conradiana) y de
la crítica anti-totalitaria de Orwell. Si bien Liborina comparte con
el cómic documental el compromiso con la complejidad de la
historia reciente del país sudamericano, contrariamente al cómic
periodístico, el énfasis de esta no se encuentra en la presentación
de las pruebas de acontecimientos traumáticos específicos, un
rasgo fundamental del cómic documental (Chute, 2016: 2). Por el
contrario, optando por el uso de la especulación, Liborina propone
una reflexión crítica que va más allá del caso específico de Colombia
y se posiciona como una crítica de las formas en las cuales el poder
produce hegemonía a través del control y de la manipulación del
discurso oficial como premisa para la implementación de una
específica perspectiva ideológica. En el caso de la Colombia actual,
los discursos del posconflicto se configuran como una premisa no
sólo para presentar el país como libre de conflicto social para atraer
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301

�Francesco Di Bernardo / Figuraciones distópicas
inversión extranjera sino como un borramiento de la persistencia
de las mismas condiciones causantes de los conflictos sociales
y armados. Mientras que el cómic documental se enfoca en la
visibilización de los traumas del pasado y/o en el presente, el futuro
oscuro prospectado en Liborina a través de la forma de la distopía se
configura, de acuerdo con la propia tradición de la narrativa distópica,
como una crítica radical de la dirección que la sociedad colombiana
podría tomar si las causas sociales del conflicto no son resueltas. De
esta manera, Liborina expande el enfoque del cómic y de la narrativa
colombiana, a menudo centrado en la reevaluación histórica y en la
cuestión todavía no solucionada del trauma histórico del conflicto,
al poner el énfasis en las problemáticas socioeconómicas actuales
y sus posibles ramificaciones en el futuro. Por ende, el tropo de la
civilización perdida es empleado para confrontar la alterización de las
víctimas del conflicto armado interno en la Colombia posconflicto.
Por otro lado, el tropo orwelliano es empleado para producir una
crítica de la manipulación del discurso oficial que pretende producir
una hegemonía ideológica y cultural que permita abrir las puertas a
la expansión del capital en las zonas rurales de Colombia.

302

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305

�Notas
Humanitas, vol. 2, núm. 4, 2023

Feministas y telenovelas: un acercamiento
crítico desde una traducción libre de un fragmento
de Screen Tastes: Soap Opera to Satellite Dishes,
de Charlotte Brunsdon
Karime Aylen Anguiano Treviño
Universidad Autónoma de Nuevo León
karime.aylen@gmail.com

Jessica Yesenia Polina Guajardo
Universidad Autónoma de Nuevo León
jessica.polina.00@gmail.com

Sandy Santos Alanís
Universidad Autónoma de Nuevo León
sandy.santosln@gmail.com

Charlotte Brunsdon estudió la licenciatura en Inglés en la
Universidad de Londres (University College London) y un doctorado
de Birmingham. Realizó su primera investigación en el Centro de
Estudios Culturales Contemporáneos en 1970; así, sentó las bases
que fundamentan sus posteriores trabajos, los cuales destacan por
realizar un análisis cultural al contenido audiovisual, como películas
o series. A partir de ejemplos políticos y sociales de la época,
presenta un recorrido histórico que enriquece la base de datos sobre
309

�Karime A. Anguiano, Jessica Y. Polina y Sandy Santos / Feministas y telenovelas

la información de las representaciones de género en los medios de
comunicación y permiten dimensionar un contexto sociocultural de
los televidentes.
En medio de una cultura expuesta a los mensajes
audiovisuales, las representaciones cinematográficas, televisivas e
informáticas forman parte del día a día del ciudadano; desde una
perspectiva psicosocial influyen en las personalidades y, por ende,
en las relaciones de los individuos. Es por eso que el análisis con
perspectiva de género corresponde a una demanda de la realidad
social que permite esbozar una versión metodológica de lo que
sucede a nuestro alrededor. El análisis de los roles de género en las
telenovelas nos ayuda a entender cómo los medios, y no solo los de
comunicación, ayudan a su reproducción, limitando tanto a mujeres,
hombres y en especial aquellos que no se ven identificados en lo que
la sociedad espera de ellos.
Para los aportes feministas la ampliación del contenido en
la literatura al respecto representa un avance en los estudios de
género que se vienen gestando desde 1990. Expandir los contenidos
a las diferentes lenguas, en especial las propias de aquellos países
cuyos índices de violencia contra la mujer son alarmantes, significa
un argumento más para la importancia del tema. Las traducciones
promueven la visibilización de este problema desde una perspectiva
que no se limita por su entorno de producción, visto así, aportan a
la lucha por contrarrestar la violencia de género y fundamenta parte
del discurso político actual. El derecho a la información, sobre todo
fidedigna y de calidad, forma parte de la agenda discursiva social
actual.
Debido a lo anterior, el presente artículo realiza una
traducción del capítulo “El rol de las telenovelas en el desarrollo de
310

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-48

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

la crítica feminista a la televisión”, del libro Screen tastes: soap opera to
satellite dishes que, mediante un análisis de la representación femenina
en las telenovelas, problematiza la situación de manera eficaz y desde
un panorama general.
El rol de las telenovelas en el desarrollo de la crítica
feminista a la televisión
En años recientes, más de una vez les he planteado una pregunta de
examen a estudiantes de 13 años acerca de porqué creen que las críticas
feministas están tan interesadas en estudiar las telenovelas. Para mi
constante decepción, ningún estudiante ha intentado responder
a esta cuestión, lo que creo que se atribuye al poco interés que
tienen sobre las intenciones ocultas de los profesores para plantear
preguntas sin respuesta. Existe una manera obvia de responder a
esto: “porque las telenovelas son programas para mujeres”, lo que
sería poco interesante en un contexto tan competitivo como lo es un
examen. Este ensayo es un intento de responder a la pregunta, pero
debo aclarar que esta simple y escueta respuesta es, en el Occidente,
en el punto clave del interés feminista, fundamentalmente correcta,
y lo que podría lograr es hacer las cosas un poco más complicadas.
Esto lo haré de dos maneras distintas. Inicialmente, haré un bosquejo
general del contexto semihistórico de los análisis feministas a la
telenovela —un “cuándo” para este interés—, y después, a través de
un rastreo de distintas modalidades de este —un “cómo”—. En este
proceso, espero demostrar la importancia del rol de las telenovelas
en los estudios feministas. Antes de empezar, creo que me tomaré
un tiempo para explicar por qué la pregunta es interesante en sí
misma.
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-48

311

�Karime A. Anguiano, Jessica Y. Polina y Sandy Santos / Feministas y telenovelas

En primer lugar, a pesar de lo que describiré después en
este ensayo, creo que existe aún una interesante yuxtaposición entre
“feministas” y “telenovelas”. Cada palabra tiene una connotación
de compromiso diferente con la feminidad. La definición en el
sentido común del término “feminista”, que es mucho más
problemática que la de “telenovela”, se construye a partir de la
negación de las maneras más reconocibles de la feminidad. En el
imaginario popular, las feministas son mujeres que no se depilan
las piernas, no aprueban los desnudos femeninos en medios
masivos y no les gustan las telenovelas. Dados los alcances de los
estudios feministas sobre telenovelas en los 1980, estos resultados
son aún intrigantes. ¿Cuál es la relación que tienen las feministas
y las telenovelas?
En segundo lugar, el alcance mismo de los recientes estudios
sobre telenovelas, mucho de este inducido por —o influenciado
por— los paradigmas feministas, incitan a la refracción. Ann
Kaplan, en su reseña crítica feminista a la televisión de 1987, señala
que el punto focal de los trabajos feministas sobre telenovelas ha
incrementado la atención sobre este género desde mediados de
1970. Robert Allen traza los marcos de investigación sobre las
telenovelas en su libro de 1985 Speaking of Soap Operas, esbozando
el crecimiento de este género en las investigaciones de ciencias
sociales entre 1972 y 1982. Es a mediados de este periodo que los
trabajos feministas empezaron a ser publicados, como mencioné
anteriormente. El estatus de las telenovelas, como un objeto
de estudio académico, ha cambiado en los últimos veinte años.
En pocas palabras, esto significa que las telenovelas ahora son
estudiadas en amplios rangos de disciplinas —algo inconcebible en
1970—. La colección bibliográfica de Allen, para la cual se escribió
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este capítulo en primer lugar, desde su preciso planteamiento
y financiamiento, apoya este punto. Las telenovelas han sido
particularmente significativas para el desarrollo de la crítica
feminista televisiva, y creo que es discutible que por su estudio es
que esta crítica ha sido expuesta a las masas.
Para remarcar mi pregunta acerca de porqué las feministas
han estado interesadas en las telenovelas es por la paradoja de
que, por un lado, hay una preconcebida incompatibilidad entre las
feministas y las telenovelas, pero, por otro lado, es posiblemente a
que las feministas interesadas en ello las han transformado en un
campo novedoso para la investigación académica.
El contexto general de la investigación televisiva feminista
Muchos analistas han puntuado lo significativo que es lo usualmente
denominado “medios” para el feminismo posterior a 1960. Los
textos más relevantes de la segunda ola occidental feminista, como
The femenine Mystique de Betty Friedan de 1963, The Female Eunuch
de Germaine Greer de 1971 o Woman’s Consciousness, Man’s World de
Sheila Rowbotham de 1973, tienen preocupaciones centrales en el
repertorio de imágenes de la feminidad, con la manera en que las
mujeres son representadas. Este movimiento feminista fue, desde
su inicio, creyente de la real importancia de las imágenes. Los veinte
años o más desde que estos textos fundamentales fueron escritos
han sucedido notorios cambios en el análisis de la imagen de las
mujeres. Para nuestros propósitos, quizás lo más importante es
que este tipo de análisis ha evolucionado de ser primordialmente
político (en su mayoría: proyectos extraacadémicos), a tener una
sustancial existencia académica. Incontables cursos, en materias
como Lengua, Historia del Arte, Comunicación y Estudios de los
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Medios, ofrecen unidades temáticas como “la representación de las
mujeres” o “imágenes de las mujeres”. Con la filtración de las ideas
feministas en la Academia, lo que ha sucedido diferencialmente a
través de las disciplinas, ha suscitado debates claves que han tomado
lugar en diferentes maneras según la disciplina. En un nivel general,
uno de los más significativos puede ser visto como uno en el que se
discuten paradigmas realistas.
Antiguas feministas se acercaron a lo mediático, como King
y Stott (1977), a través de un paradigma realista comparan mujeres
reales o la realidad de la vida de las mujeres con las imágenes que
muestran. Las mujeres reales fueron vistas como imperfectas,
trabajadoras, eran de distintas etnias y extremadamente variadas a
comparación de cómo mayoritariamente se les representaba. Esto
fue un aspecto importante para la crítica, el cual todavía mantiene su
relevancia, ha sido desafiado teóricamente por feministas que desean
romper con los paradigmas realistas y que ellas ven como una falsa
distinción entre “mujeres reales” e “imágenes de mujeres”. Estas
feministas esperan debatir que lo que entendemos como mujeres
reales, de hecho, cómo nosotras nos desempeñamos como tales, que
está estrechamente ligado con estas imágenes de feminidad. Esto
es, ellas argumentan que no está claro qué es una “mujer”, excepto
a través de la representación. (Véase Cowie, et.al. [1981] para una
definición previa.)
Estos argumentos teóricos, y lo relativo al debate acerca
de “esencialismo”, estructuran los esfuerzos de la academia
feminista en distintos campos. De hecho, Michèle Barrett y
Anne Phillips (1992) recientemente han discutido que nosotras
podemos hacer una distinción periodística entre feminismo de
1970 “modernista”, con su optimismo de descubrir la causa de
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la opresión femenina, y el feminismo de 1990 “posmoderno”,
con su sentido de fragmentación de la categoría “mujer”, y su
insistencia en el significado de sus diferencias. Con relación al
estudio de los medios, nosotras podemos remarcar el alejamiento
del estudio de las imágenes de las mujeres a un estudio de la
construcción de la feminidad, o una inscripción de la diferencia
sexual. Así que, si el terreno teórico general envuelve la
afirmación de la presencia de “mujer” en el 1970 para cuestionar
sobre la validez de esta categoría en 1980, ahí también hay
cambios notorios en las actitudes en la feminidad convencional/
tradicional. El reconocimiento de que quizá las mujeres estaban
más comprometidas con los discursos disponibles sobre
feminidad y estaban más constituidas por ellos de lo que el
feminismo de la segunda ola había insistido inicialmente, cambia
fundamentalmente los objetos y propósitos de los análisis
feministas de los medios. Esto lo podemos observar claramente
en las cambiantes actitudes de los medios masivos dirigidos a
público femenino: ficción romántica, películas melodramáticas y
emocionales, revistas femeninas y telenovelas. Libros feministas
clave para los inicios de 1980 son Female Desire de Rosalind
Coward (1984) y Reading the Romance de Janice Radway (1984),
estos articularon un lazo más empático con las feminidades de
los medios masivos, incluso escritoras como Bell Hooks desafían
el racismo de estas feminidades y feminismos. Son estos cambios
los cuales hacen más relevante la construcción de las telenovelas
como un objeto central de los estudios televisivos feministas,
y que hacen más interesante para responder mi pregunta: ¿por
qué las feministas están tan interesadas en las telenovelas? Antes
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de proceder con esta problemática es necesario esbozar algunas
distinciones en este creciente campo de las investigaciones
televisivas feministas.
Investigaciones feministas en televisión
Estudios feministas sobre contenidos televisivos pueden ser
encontrados en diversas disciplinas académicas: Estudios
Cinematográficos, Estudios de Comunicación, Comunicación
Masiva, Estudios culturales, Sociología, Lengua, Estudios
Femeninos. Estos distintos contextos disciplinarios gobiernan la
construcción del objeto de estudio y las metodologías empleadas.
En lo que los investigadores están interesados es en cómo ellos
deben proceder para explorarlo, tiene que ser parcialmente
entendido en cada contexto disciplinario. De esta manera, por
ejemplo, un trabajo sociológico tiende a interesarse más en los
patrones laborales femeninos a través de la industria televisiva
que los de Lingüística, quienes se enfocan en la estructura
narrativa de programas particulares. Sin embargo, muchas
de las disciplinas que se han demostrado más permeables a
las preocupaciones feministas son las de estudios culturales o
mediáticos, que son en sí mismas semi-institucionalizadas —
sólo parcialmente reconocidas como materias formales—. Este
hecho, en combinación con los relativamente nuevos estudios
feministas sobre televisión, y los comúnmente orígenes políticos
de muchos de los estudios, significa que hay un alto grado de
interdisciplinariedad y una tendencia a quebrantar las fronteras
disciplinarias. Se han citado ampliamente los trabajos de Ien
Ang (1985), Ann Kaplan (1983b), Tania Modleski (1982) o
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Michele Wallace (1990), en los cuales se integran distintos niveles
directamente relacionados con la televisión, que no pueden ser
abarcados por una sola disciplina.
Así que, a través de este marco en el que inicialmente
entendemos los estudios feministas sobre la televisión para que
sean tanto interdisciplinarios como difundidos entre las disciplinas
académicas, podemos distinguir cuatro categorías principales de
estudio.
Las mujeres del mundo real trabajando en televisión
Los estudios en esta área investigan los patrones de empleo,
promoción y poder de las mujeres en televisión. Aquí se presentan
dos problemas. Primero, la exploración y documentación de la
manifiesta y continua discriminación hacia las mujeres en casi
cada nivel de elaboración de programas televisivos, excepto en el
trabajo secretarial. Este fue un enfoque particular para el trabajo
feminista en 1970, por ejemplo, Gallagher (1981) y Beasley y Silver
(1977); en algunos países coincide con el periodo anterior a que
la discriminación por motivos de sexo se volviera ilegal. A menos
que se especifique lo contrario, “mujeres” aquí es usado como una
categoría unitaria, como fue característico en la antigua segunda ola
feminista. Margaret Gallagher ha continuado produciendo datos
extensos para la UNESCO (Gallagher, 1987) y “Gender and Mass
Media” de Abrahamsson y Kleberg, boletín que continuamente
reporta sobre Nueva York en el área. Esto es, sin embargo,
sorpresivamente difícil de obtener información reciente para otras
profesiones y países, lo que podría ser visto como lo que Margaret
Gallagher (1992) identificó como un retiro general de la arena
pública en las investigaciones feministas mediáticas.
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En un segundo lugar, más teórico, existe un problema en
el alcance para lo que el género de los productores determina en la
producción mediática. La noción de la “predominancia masculina”
en los medios fue un factor explicativo popular en la actualidad,
pero ha decaído notoriedad. Existe una carencia casi total de lo que
se podía denominar economía política feminista, que quizá señala
las dificultades de usar al género, en sí mismo, como una categoría
explicativa. Tampoco ha habido suficientes discusiones teóricas
sobre esta cuestión, aunque Liesbet van Zoonen reseña las que hay
en su libro Feminist Media Studies de 1994.
En cambio, a pesar de la relativa falta de documentación
en las fuentes académicas, hay incontables informes hechos por
mujeres y grupos de ellas que intentan adentrarse en la industria y
hacer sus propios programas. Estos reportes tienen distintas formas
y enfoques, que en parte dependen de la dirección que tomen.
Por ejemplo, Annette Kuhn (1984b) a manera de carta utiliza un
periódico feminista para publicar sus reflexiones sobre el trabajo
en el colectivo Pictures of Women; mientras que Karen Alexander es
entrevistada en su video trabajo en la misma publicación (Nava,
1984). Helen Baehr y Angela Spindler-Brown (1987) discuten
su involucramiento en Broadside (una compañía feminista que
produce noticieros y programas de actualidad para el Canal 4 de la
mañana) en un artículo de una colección académica, mientras que
ahora hay diversos artículos de encuestas, como los de Marilyn
Crafton Smith (1989) y Linda Steiner (1992), los cuales incluyen
trabajos televisivos por mujeres a cuenta de (mayoritariamente
estadounidenses) los trabajos de mujeres en los diversos medios
masivos.
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Para nuestros propósitos, debe ser esclarecido que
“telenovelas” no es un término adecuado para un trabajo de esta
categoría. Con algunas excepciones, como la telenovela lésbica Two in
Twenty, las feministas no se han sentido atraídas en crear alternativas
o telenovelas feministas, ni se han relacionado más con este género
que con la desigualdad de oportunidades o discriminación laboral
en que se han mostrado más extremas. Ha sido en relación con
las noticias y temas de actualidad donde se han demostrado las
aspiraciones y la exclusión.
Análisis del contenido de la presencia de las mujeres
en la televisión
A pesar de que la primera crítica feminista generalmente había
implicado alguna noción de contabilizar cuántas mujeres aparecían en
la televisión para leer las noticias, qué tipo de roles tenían las mujeres
generalmente, cuáles mujeres... ha sido principalmente dentro de la
disciplina de comunicación de masas que preguntas sobre el género
han sido incluidas en la variedad de proyectos cuantificadores. La
formación de 1978 de Gaye Tuchman de “la aniquilación simbólica
de las mujeres” proporcionó la vívida hipótesis acerca de la ausencia
de las mujeres en la televisión, especificando su presencia genérica:
“con excepción de la telenovela, donde los hombres constituyen
la ‘mera mayoría’ de la población ficticia, la televisión ha mostrado
y continúa mostrando, dos hombres por cada mujer.” (Tuchman,
1978:10) Ha habido series de estudios enfocados en las telenovelas,
en la investigación del tipo de mujeres ideales para realizarlos desde
el artículo de Tuchman, y la pieza inicial sobre la heroína de la
serie diurna de Downing (1974) como Life on Daytime Television de
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Cassata y Skill (1983) o Soap Opera Evolution de Matelski (1988). La
extensa colección de estadísticas sobre género no es, por supuesto,
necesariamente informada por un proyecto feminista.
Junto a este tipo de análisis, el cual queda muy dentro de
los paradigmas de la comunicación de masas, ha habido una fuerte
corriente crítica que moviliza la argumentación feminista para
apoyar un metodológico, y a veces epistemológico, ataque a las
prácticas de investigación de la comunicación de masas. Los textos
clave aquí serían el ataque de 1977 de Noreene Janu a los supuestos
de la metodología cuantitativa, publicado, indicativamente, en
el Insurgent Sociologist, trabajo de Lana Rakow (1986), y una serie
de números especiales de revistas, como la edición de 1986 de
Communication, editada por Paula Treichler y Ellen. Este ataque
feminista a los paradigmas disciplinarios dominantes se ha asociado
frecuentemente con un fermento más general en el campo y el
aumento de la influencia de las metodologías de estudios críticos
o culturales. Entonces, dentro de esta categoría de investigación,
la telenovela es un sitio significativo, pero metodológicamente
cuestionado.
Estudios textuales o de programas: “heroína de televisión”
El análisis detallado de los programas de televisión como “textos”
es una práctica relativamente nueva y generalmente ha sido realizada
por académicos cuya primera formación es en una disciplina basada
en textos, como la literatura inglesa o los estudios cinematográficos.
El análisis textual feminista se ha dirigido principalmente a dos tipos
de programas de ficción: los dirigidos a mujeres y los centrados en
personajes femeninos. Quizás no sea sorprendente que la telenovela
tenga tanta presencia en esta categoría de investigación. Los otros
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dos géneros principales que han atraído el interés feminista son las
sitcoms con comediantes distinguidas, como los programas de Lucy
y Mary Tyler Moore, y, curiosamente, uno de los principales sitios
de “imágenes positivas”, la serie policíaca, más significativamente
Cagney y Lacey. Ambos géneros, dado el tipo de interés feminista que
se ha manifestado, podrían subsumirse en una categoría más amplia
de “heroína televisiva” que incluye todos los programas de ficción
posteriores que han sido atractivos para las feministas como Kate y
Allie, The Golden Girls, Designing Women y Murphy Brown. La “heroína
de la televisión” se trata principalmente de personajes femeninos que
viven sus vidas, generalmente trabajando tanto dentro como fuera
del hogar, usualmente sin relaciones permanentes con hombres, a
veces con niños, y tratando de sobrellevar la situación. Es el “tratar
de hacer frente” lo que es crítico. Todos estos programas, de alguna
manera fundamental, abordan el feminismo o abordan la agenda que
el feminismo ha hecho pública sobre las demandas contradictorias
sobre las mujeres. Las sitcoms parecen ser la forma dominante, la
comedia irresistible de ser una mujer moderna, pero ciertamente en
Gran Bretaña ha habido una exploración considerable de las series
policíacas, sobre todo a través de Prime Suspect y el trabajo de Lynda
La Plante.
La telenovela no es exactamente una “heroína de la
televisión”, pero era principalmente atractiva para las feministas
como objeto de análisis porque se percibía que era tanto para y
sobre las mujeres. Discuto esto con más detalle a continuación,
al igual que hago con las referencias múltiples del acrónimo
“telenovela”. Aquí es importante notar que los primeros estudios
sobre telenovelas tendieron a surgir de trabajos relacionados a un
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nivel más general con medios dirigidos a audiencias femeninas. Así,
Carole Lopate escribió sobre la televisión diurna estadounidense en
general en 1976. Dorothy Hobson (1980) comenzó su investigación
con un estudio sobre la escucha radiofónica de las mujeres durante
el día. Tania Modleski (1982) analizó las telenovelas junto con otras
ficciones de producción masiva dirigidas a las mujeres. También es
históricamente significativo que 1978 vio el lanzamiento y posterior
éxito internacional de Dallas. Así, el interés mostrado por las críticas
feministas por los programas de televisión dirigidos a mujeres o amas
de casa coincide con el melodrama serial popular como fenómeno
mundial. El trabajo feminista sobre la telenovela se desarrolla junto
a los estudios sobre la recepción internacional de Dallas (Liebes and
Katz, 1990).

Estudios de audiencia
Como se desprende del apartado anterior, el interés feminista
por los programas de televisión se formuló desde un principio a
través de ideas sobre la audiencia. Varios análisis iniciales de las
telenovelas formulan hipótesis sobre cómo responden las mujeres a
las telenovelas, y muchos estudios posteriores intentan probar estas
ideas. Así, el estudio de Tübingen/Volkswagen (Seiter et al., 1989)
prueba explícitamente algunas de las formulaciones de Modleski, y
Andrea Press (1991) hace preguntas extraídas de una variedad de
trabajos de estudios culturales. Ien Ang (1985 y 1990) ofrece tanto
una lectura extensa de Dallas como un estudio de audiencia. Este
trabajo, también, necesita ser visto en un contexto más amplio. Así,
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mientras que las investigadoras feministas estaban particularmente
preocupadas por la forma en que las mujeres “leían” o disfrutaban
los programas de televisión, hubo una nueva atención a la
“descodificación” de la audiencia en general, como indica cualquier
informe de revisión de la investigación de los medios en la década
de 1980 (ver Corner, 1991b: 267-84).
Podemos notar rápidamente dos tendencias en estudios
recientes, en las cuales la investigación feminista es relevante. En
primer lugar, ha habido un mayor énfasis en el entorno doméstico
y las relaciones familiares en el mismo. El trabajo de Ann Gray de
1992 sobre el uso de la grabadora de video ofrece un ejemplo de
esto, mientras que la investigación de Lynn Spigel de 1992 sobre
“hacer espacio para la televisión” es otro. En segundo lugar, existe
una literatura cada vez mayor sobre las audiencias como fans y la
identidad de los fans como tal, que incluiría el trabajo de Constance
Penley de 1992 sobre los fans de Star Trek y el de Lisa Lewis (1990)
sobre videos musicales.
Al igual que con el análisis textual de los programas, creo
que podemos observar un patrón en el que el trabajo feminista se
agrupa inicialmente en torno a la telenovela, pero luego comienza a
alejarse a partir de mediados de la década de 1980.
Dentro del contexto de este breve mapeo, ahora puedo
ofrecer una cronología del trabajo feminista en las telenovelas. Esto
no pretende ser exhaustivo, una tarea que, dada la interdisciplinariedad
de la investigación indicada anteriormente, sería muy difícil, pero
pretende señalar cuándo se escribieron artículos y libros clave en
relación unos con otros.
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Investigación feminista en telenovelas: cronología1
1974

*Helen Butcher, Ros Coward, Marcella Evaristi, Jenny Garber, Rae
Harrison and Janice Winship, Images of Women in the Media (University of Birmingham, CCCS Stencilled Occasional Paper no. 31).

1976

Carol Lopate, ‘Daytime television: you’ll never want to leave home’,
Feminist Studies 3, 3-4 (spring/summer): 69-82.
+ Horace Newcomb (ed.), Television: The Critical View, 1era ed.
(Oxford: Oxford University Press). Includes: Renata Adler, ‘Afternoon television: unhappiness enough and time’, New Yorker, 12
February 1972.

1977

Richard Dyer, Terry Lovell and Jean McCrindle, ‘Soap opera and
women’, Edinburgh International Television Festival Official Programme:
24-8.

1978

Lesley Stern, ‘Oedipal opera: The Restless Years’, Australian Journal of
Screen Theory 4: 39-48.
*Gaye Tuchman, A.K. Daniels and J. Benét (eds), Hearth and Home:
Images of Women in the Mass Media (New York: Oxford University
Press).

1979

Tania Modleski, ‘The search for tomorrow in today’s soap operas’,
Fil Quarterly, 33, 1:12-21.

1981

Richard Dyer, Christine Geraghty, Marion Jordan, Terry Lovell, Richard Paterson and John Stewart, Coronation Street (London: BFI
Television Monograph no. 13).
Charlotte Brunsdon, ‘Crossroads: notes on soap opera’, Screen, 22,
4:52-7.
Michéle Mattelart, ‘Women and the cultural industries’, Media, Culture
and Society 4, 4: 133-51.
Gillian Swanson, ‘Dallas’, Framework 14:32-5.

1 Las investigaciones marcadas con “*” denotan que el trabajo es
importante en los acercamientos feministas a los medios, pero solo trata
tangencialmente las telenovelas. En contraste, las investigaciones marcadas
con   “+” denotan que el trabajo es acerca de las telenovelas, pero no está
fuertemente informado (o en absoluto) por enfoques feministas.

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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

1982

Dorothy Hobson, Crossroads: The Drama of a Soap Opera (London:
Methuen).
Ellen Seiter, ‘The role of the woman reader: Eco’s narrative theory
and soap opera,’ Tabloid 6:35-43.
Ellen Seiter, ‘Promise and contradiction: the daytime television serials’, Film Reader 5 (Evanston, III.: Northwestern University).
Ien Ang, Het Geval Dallas (Amsterdam: Eitgeverij SUA).
Tania Modleski, Loving With a Vengeance (Hamden, Conn.: Shoe
String Press).

1983

E. Ann Kaplan (ed.), Regarding Television (essays by Allen, Flitterman,
Modleski) (Los Angeles, Calif.: American Film Institute).
Muriel Cantor and Suzanne Pingree, The Soap Opera (Beverly Hills: Sage).

1984

Jane Feuer, ‘Melodrama, serial form and television today’, Screen, 25,
1:4-16.
Annette Kuhn, ‘Women’s genres’, Screen, 25, 1:18-28. Later reprinted in Christine Gledhill (ed.), Home Is Where the Heart Is (London:
British Film Institute, 1987).

1985

Ien Ang, Watching Dallas, trans. and rewritten (London: Methuen).
Robert C. Allen, Speaking of Soap Operas (Chapel Hill, NC: University
of North Carolina Press).
+ Elihu Katz and Tamar Liebes, ‘Mutual aid in the decoding of Dallas’, in Philip Drummond and Richard Paterson (eds), Television in
Transition (London: British Film Institute).

1986

Mary Ellen Brown, ‘The politics of soaps’, Australian Journal of Cultural Studies 42: 1-25.
Jane Root, Open the Box (London: Comedia), chapter on soaps.
+ John Tulloch and Albert Moran, A Country Practice: Quality Soap
(Sydney: Currency).

1987

*Helen Baehr and Gillian Dyer (eds), Boxed In: Women and Television
(London: Pandora).
+ David Buckingham, Public Secrets: EastEnders and its Audience (London: British Film Institute).
E. Ann Kaplan, ‘Feminist criticism and television’, in Robert C. Allen
(ed.), Channels of Discourse (Chapel Hill: University of North Carolina Press).

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-48

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1988

Sandy Flitterman-Lewis ‘All’s well that doesn’t end’, Camera Obscura
16:119-29.

1989

+ Sonia Livingstone, Making Sense of Television: The Psychology of Audience Interpretation (Oxford: Pergamon).
Ellen Seiter, Hans Borchers, Gabriele Kreutzner and Eva-Maria Warth (eds), Remote Control (London: Routledge).

1990

Mary Ellen Brown (ed.), Television and Women’s Culture (London and
Newbury Park: Sage).
Prabha Krishnan and Anita Dighe, Affirmation and Denial: The Construction of Femininity on Indian Television (New Delhi: Sage).
Tamar Liebes and Elihu Katz, The Export of Meaning: Dallas (Oxford:
Oxford University Press).

1991

Andrea Press, Women Watching Television (Philadelphia, Pa.: University
of Pennsylvannia Press).
Christine Geraghty, Women and Soap Opera (Cambridge: Polity Press)
*Ien Ang and Joke Hermes, ‘Gender and/in media consumption’, in
James Curran and Michael Gurevitch (eds), Mass Media and Society
(Savenoaks: Edward Arnold).
*Liesbet van Zoonen, ‘Feminist perspectives on the media’, in ibid.

1992

*Margaret Gallagher, ‘Women and men in the media’, Communication
Research Trends 12, 1:1-15.
Christine Geraghty, ‘British soaps in the 1980s’, in D. Strinati and
S. Wagg (eds), Popular Media Culture in Post-War Britain (London:
Routledge).
Christine Gledhill, ‘Speculations on the relationship between soap
opera and melodrama’, Quarterly Review of Film and Video 14,
1-2:103-24.
+ Richard Kilborn, Television Soaps (London: Batsford).

¿Por qué y cómo las feministas se interesaron por las telenovelas?
Una vez establecido cierto sentido de la distribución de la
investigación feminista sobre la telenovela —que las feministas
sí se han interesado por el género— y que algunas de las críticas
televisivas feministas más conocidas, como la de Ang, Hobson y
Modleski, tratan sobre este tema, finalmente quiero avanzar hacia
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una respuesta a mi pregunta motivadora. Entonces, ¿por qué las
feministas estaban interesadas en las telenovelas?
Porque la telenovela es un género de mujeres
Desde sus orígenes en las series de radio estadounidenses patrocinadas
directamente por los fabricantes de detergentes, las telenovelas
han estado dirigidas específicamente al público femenino. Esto es
menos cierto ahora que en cualquier momento anterior, pero la
feminidad connotativa del género sigue siendo abrumadora. Las
primeras investigaciones sobre radionovelas realizadas por Herta
Herzog (1944), Rudolf Arnheim (1944) y Helen Kauffman (1944)
bajo la égida de la Oficina de Investigación de Radio investigaron
solo audiencias femeninas. Thelma McCormack (1983) ha analizado
los supuestos sobre la audiencia femenina en otra literatura de
investigación estadounidense sobre el género. Ellen Seiter (1989)
ha revelado el compromiso de Irna Phillips, principal promotora
de muchas radionovelas estadounidenses, de educar a las mujeres
y exhortarlas a comprar. Christine Gledhill (1992) ha examinado el
género de la telenovela en el contexto de una discusión del modo
melodramático en general. En resumen, las mujeres han sido el
objetivo de los creadores de telenovelas, las mujeres han sido
investigadas como espectadores de telenovelas, y el género se cree
amplia y popularmente como femenino, a pesar de la evidencia
obstinada de que no son sólo las mujeres las que miran.
Los primeros escritos feministas sobre los medios, que
dependían en gran medida de la idea de los “estereotipos”,
caracterizaban la representación de las mujeres como dominadas
por dos figuras: el objeto sexual y el ama de casa. Si el primero
se encontraba en concursos de belleza y anuncios de autos; el
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segundo vivía en telenovelas y anuncios de detergente en polvo. Así
que una de las primeras respuestas feministas a la telenovela fue
simplemente hostil. Los programas fueron un ejemplo del proyecto
de lavado de cerebro de los medios de comunicación, el proyecto
para mantener a las mujeres pensando que todo lo que podían hacer
era ser amas de casa. Las mujeres que veían telenovelas, en este tipo
de análisis, necesitaban concienciación, mientras que las mujeres
retratadas carecían de interés. Las feministas estaban interesadas en
las telenovelas sólo en la medida en que transmitían ideologías de
feminidad y familia frente a las cuales el feminismo se definía a sí
mismo. Era un interés combativo, un compromiso de conocer a tu
enemigo.
Pero también fue más complicado que eso.
Porque “lo personal es político”
“Lo personal es político” es la demanda más popular que se sonaba
en el feminismo de occidente en los años de 1970. Esta consigna nos
recuerda a los movimientos feministas anglosajones que surgieron
de los levantamientos políticos y sociales de 1960, con su voraz
fe en el significado de las experiencias individuales y su absoluta
determinación por entender esta experiencia desde lo social. Así
mismo, evoca un movimiento político en específico que nos indica
su directa influencia al movimiento feminista. La definición radical
de lo personal es política, que está asociada con el feminismo de
1970, afectó un gran rango de campos, entre ellos, la investigación
de los medios. Quiero sugerir aquí que es en parte el desafío político
directo de “lo personal es político” lo que contribuye a cambiar
el énfasis de la investigación de medios en las décadas de 1970 y
1980, alejándose de las noticias duras y los asuntos de actualidad
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hacia programadores más suaves. Más allá, quiero sugerir que las
telenovelas, y la influencia del análisis feminista de las mismas, es
primordial para entender la estructura del cambio en el campo de
la multimedia. De este modo, no podemos entender el impacto del
libro escrito por John Fiske en 1987 titulado Television Culture, con
su radical diferencia de los discursos canónicos sin notar la atención
prestada a la agenda feminista. Pues es la crítica feminista lo que le da
significado y no alguna influencia mística de una una determinación
económica de otra parte.
En argumento con el significante histórico de la aseveración
“lo personal es político” para entender las partes de la investigación
mediática no pongo en duda la deconstrucción de lo personal/
político en oposición en específico a las mujeres clase medieras
que han sido educadas con escuelas como las de Aida Hurtado
(1989). Jacqueline Bobo y Ellen Seiter (1991) mapean algunas de
las implicaciones de este argumento en la investigación mediática,
particularmente en las etnografías domésticas, en su artículo The
Women of Brewster Place. El punto de la idea es precisamente que
aquellas mujeres que no son sujeto de la vigilancia o cuidado del
Estado en el hostigamiento dentro de sus hogares y vidas personales
que no solo argumentan con lo personal es político, pero quienes
también ponen su atención en las representaciones de la vida
de las mujeres en la media. Es en el mismo momento, el mismo
movimiento, que declara que lo personal es político, y que ve por
cambiar el significado de las telenovelas en un análisis radical de los
medios de comunicación.
Sí, lo personal es político; sí, está en casa, en las relaciones,
en las familias de las mujeres, en la opresión íntima de las mujeres
—o la opresión a la mujer por ser mujer— es mayormente asegurada,
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�Karime A. Anguiano, Jessica Y. Polina y Sandy Santos / Feministas y telenovelas

entonces la construcción mediática de la representación de la vida
personal se convierte en un fascinante objeto de estudio. Si la crítica
tradicional izquierdista de los medios de comunicación, que está
construida en el sentido del conflicto de clase, se sintió atraída por la
información del mundo público —por las disputas industriales, por
las interacciones del estado y las instituciones de radiodifusión, por
los patrones internacionales de propiedad y control— la erudición
feminista emergente tenía bastante enfoque. El impulso teórico del
feminismo empujó a los académicos no a lo excepcional sino a lo
cotidiano. Como se discutió anteriormente, hubo una investigación
sobre los patrones de empleo de las mujeres en los medios de
comunicación, pero en realidad la preocupación por observar la
representación de las mujeres por necesidad se alejó de las noticias
duras y los asuntos de actualidad. Entonces la convicción teórica de
que había una política en la vida cotidiana y que el trabajo oculto de
las mujeres en el hogar era esencial para el capitalismo coincide con
la distribución genérica real de las mujeres (blancas) en la televisión.
Si el proyecto consistía en analizar la representación de las mujeres
en la televisión, era necesario centrarse en géneros distintos de
los objetos tradicionales de análisis crítico porque, en general, las
mujeres ni leen ni aparecen en temas nuevos y actuales.
Porque las “telenovelas” tienen un significado metafórico
Es evidente que a fines de la década de 1970 y durante la década
de 1980, el término “novela” se usaba para programas que, de
hecho, son bastante distintos: desde telenovelas sudamericanas,
series diurnas de EE. UU., series británicas de realismo social,
programas de horario estelar de Estados Unidos. ¿Qué tienen en
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común que atrae a las académicas feministas hacia todas ellas? Aquí
la respuesta es, de nuevo, la feminidad percibida de los programas,
pero aquí en un sentido bastante más metafórico: lo femenino como
despreciable, como banal, como objeto de una seria atención crítica.
Así, la unidad de estos diferentes programas —la razón por la cual,
en cierto sentido, era correcto llamarlos a todos “novela” en un
período particular— reside en su lugar compartido en el fondo de
la jerarquía estética. Fue a esta generalización del juicio estético a lo
que se dirigieron en parte las críticas feministas, como vemos en este
comentario de 1981 de Terry Lovell: “Sin embargo, dentro de esta
denigración casi universal, la telenovela proporciona los placeres de
la validación y de la autoafirmación, que seguramente debe alejarse
un poco de su popularidad duradera con las mujeres (Lovell, 1981:
51, énfasis agregado).
Porque ellos no deberían ser: ambivalencia feminista
Los primeros trabajos feministas sobre las telenovelas están marcados
por la ambivalencia. Por una parte, está el repudio al género del que
he hablado. Por otro lado, en este sentido de que estos programas
son algo que ven “otras mujeres” —no feministas— ofrece una
justificación política para un compromiso con el género. El trabajo
aquí es hacer una política regresiva. Sin embargo, a veces, debajo de
esta estructura de repudio/reenganche explícitamente feminista, hay
una presencia más evasiva, un fantasma de las feminidades pasadas.
Para muchas feministas, escribir sobre telenovelas —y, diría yo, sobre
géneros y medios comparables como la dicción romántica y las
revistas femeninas— supuso una investigación de las feminidades de
las que sentían, o nos hacían sentir, una distancia muy contradictoria.
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�Karime A. Anguiano, Jessica Y. Polina y Sandy Santos / Feministas y telenovelas

Ien Ang discutió esto directamente en su proyecto de Dallas,
donde inscribió un sentido de actitudes condenatorias hacia ver
telenovelas en su anuncio original: “Creo que estoy viendo la serie
de televisión Dallas, pero a menudo tengo reacciones extrañas”
(Ang, 1985: 10). Ella está, en primera instancia, preocupada por
investigar lo que llama la “ideología de la cultura de masas”, pero
más adelante en el libro critica explícitamente una tendencia hacia
“la sobrepolitización del placer” presente en muchos trabajos
feministas sobre ficción popular. Janice Winship ha escrito sobre
esto vívidamente en la introducción de su libro sobre un género
relacionado, las revistas femeninas, publicado en 1987:
Admitir dentro de los círculos feministas que estaba investigando
—entre todas las cosas— las revistas femeninas solían hacerme
sentir igual de cómoda cuando murmuraba apresuradamente una
explicación de mi “estudio” a los amigos de mis padres que me
preguntaban cortésmente... Si eran amistades feministas lo dijera
o no, sentí que estaban pensando que si realmente tenía que
investigar... debería hacerlo en algo más importante políticamente…
Sin embargo, seguí creyendo que era igual de importante entender
cómo operaba la discriminación sexual en el lugar de trabajo. Sentí
que simplemente descartar las revistas femeninas era también
descartar la vida de millones de mujeres que las leían y disfrutaban
cada semana. Más que eso, todavía los disfruté, los encontré útiles y
escapé con ellos. Y sabía que no podía ser la única feminista que era
lectora de armario. (Winship,1987: xiii)

El uso consciente de “closet” aquí apunta a la forma en
que las primeras feministas, que realizaron estudios académicos de
estas formas populares, realmente enfrentaron oposición no solo
de la Academia, sino también dentro del feminismo. Algunas partes
del feminismo de la década de 1970 estaban muy interesadas en
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construir una distancia entre la identidad feminista y las formas
más convencionales de feminidad. Volvemos a ver estas tensiones
cuando, escribiendo cinco años antes, Terry Lovell defiende tanto
la observación como el estudio de la telenovela británica Coronation
Street en estos términos:
Coronation Street ofrece a sus espectadoras ciertas “estructuras
de sentimiento” que prevalecen en nuestra sociedad, y que son
sólo parcialmente reconocidas en el orden patriarcal normativo.
Ofrece a las mujeres una validación y celebración de aquellos
intereses y preocupaciones que son vistos como propios dentro
del mundo social en el que habitan. La telenovela puede ser el
opio de las masas de mujeres, pero al igual que la religión, también
puede ser, si no “el canto de los oprimidos”, un contexto en el que
las mujeres pueden expresar ambiguamente tanto la aceptación
con buen humor de su opresión como el reconocimiento de esa
opresión y algunos igualmente de buen humor protestan en su
contra. (Lovell, 1981; 51)

Esta leve defensa de la telenovela se produce después de
nueve páginas de escritos teóricos estrechamente argumentados
sobre por qué el género es digno de atención.
Es esta última razón “por qué” lo que nos lleva de vuelta
al punto de partida, el de la picardía percibida en la relación entre
el feminismo y la telenovela. Debido a la sedimentada clasificación
de género en este tipo de programas, no había manera de que un
movimiento político que desafiara la definición de género pudiera
ignorar la telenovela.
Pero tampoco podría, finalmente, repudiar estos placeres e
identificaciones, ni simplemente celebrarlos. Las feministas estaban
interesadas en las telenovelas porque eran programas de mujeres,
pero cada uno de estos términos resulta inestable en una inspección
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�Karime A. Anguiano, Jessica Y. Polina y Sandy Santos / Feministas y telenovelas

más cercana. Lo que se denominó “telenovela” a menudo tenía poco
más que serialidad y falta de presentación poco común. “Mujeres”,
como he encontrado repetidamente al rastrear esta historia, ha
demostrado ser una categoría muy engañosa para el feminismo,
tanto necesaria como imposible, que a menudo excluye a más
personas de las que incluye.
Conclusión
Mediante el rastreo de un conjunto de historias entretejidas, hemos
tratado de sugerir cuál fue el encuentro más significativo entre las
feministas y las telenovelas. El tiempo es importante, porque creo
que podemos fechar el período clave de este encuentro entre 1976 y
1984, y es en estos años cuando vemos que tanto el feminismo como
las telenovelas se establecen por primera vez en sus identidades
académicas tan discutidas y a menudo ridiculizadas. En crisis en la
arena política, el feminismo comenzó a establecer algunos puntos
de apoyo en la Academia, a veces en “su propia” disciplina, los
Estudios de la Mujer, a veces en las disciplinas más nuevas como los
Estudios Culturales o de los Medios, y ocasionalmente en campos
más establecidos. El estudio de la televisión también cambió, y el
interés por los géneros populares, quizás en parte centrado por el
éxito internacional de Dallas, se enriqueció y feminizó explícitamente
a través de la telenovela de atención.
En segundo lugar, el estudio de la telenovela proporcionó un
sitio genérico particular en un nuevo medio para la investigación del
espectador femenino. La cuestión de la mujer lectora/espectadora/
observadora/audiencia ha sido un tema recurrente que ha
ocupado a las académicas feministas en una variedad de disciplinas
tanto a nivel teórico como empírico. Las telenovelas, percibidas
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como evidentemente de género, aunque también muy populares
internacionalmente, proporcionaron un excelente sitio para el
análisis de esta figura, cuando se teorizó como una construcción
textual o se investigó como un hecho sociológico.
Finalmente, creo que podríamos decir que la academia
feminista de medios explora y se define un poco en el encuentro.
Tomando la telenovela en serio -y tal vez. lo que es más importante,
tomarse en serio a las fanáticas de las telenovelas- como comenzó
a hacer este trabajo feminista temprano- también implicó tomarse
las habilidades, las virtudes y los placeres de las feminidades
convencionales bastante más en serio. Hacer investigación con
“personas reales” plantea cuestiones éticas complejas y difíciles. Ha
sido en parte a través de la exploración de este “género femenino”
y sus audiencias que algunas de las simplicidades y cegueras de la
segunda. Las oleadas de feminismo han sido cuestionadas. Entonces,
si el feminismo ha sido importante en la producción de un contexto
en el que la telenovela puede tomarse en serio, entonces la telenovela
ha sido significativa como un sitio en el que el feminismo puede
aprender a tratar a los demás con respeto.

Bibliografía
Brunsdon, C. (1997). Screen tastes: soap opera to satellite dishes. Routledge.

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�Notas
Humanitas, vol. 2, núm. 4, 2023

La violencia comienza con la mirada. Acercamiento
a la novela Las Violetas son flores del deseo (2015) de
Ana Clavel
Ángeles Stefanya Serna Moreno
Universidad Autónoma de Nuevo León
annstmoreno9930@gmail.com

Monterrey, México

“Me gusta cuando callas porque estás como ausente”.
–Pablo Neruda.

Durante mucho tiempo se han visto en la ciudad panorámicos
sexualizando a la mujer al anunciar un producto, así como canciones
donde narran que el único interés de la mujer es tener relaciones
sexuales. Sin embargo, el poder patriarcal y la violencia, que son
el medio de sometimiento para las mujeres, son muy diversos y se
encuentran en espacios donde no se esperan, como en las fábricas de
juguetes. En este ensayo estudio la novela corta Las Violetas son flores del
deseo (2015) de la escritora contemporánea Ana Clavel, ganadora del
Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen y acreedora a la medalla
de plata de la Société Académique Arts-Sciencies-Lettres de Francia.
337

�Ángeles Stefanya Serna Moreno / La violencia comienza con la mirada

Me interesa demostrar la presencia de la figura del pedófilo
en la literatura de Ana Clavel para exponer el acto del consumo de
muñecas sexuales como muestra del poder simbólico patriarcal.
Por tal motivo, he dividido el ensayo en cuatro partes; la primera
consiste en los antecedentes, donde narro la presencia de estas
nuevas figuras que presenta Clavel en el libro y la concepción
de la figura del pedófilo en la sociedad, así como algunos de sus
argumentos y redes de consumo. Después, expongo el marco
teórico que he utilizado, el cual se construye bajo cuatro conceptos
que delimitan mi lectura: perversión, poder simbólico, violencia simbólica
y deseo.
En el tercer y cuarto apartado realizo la aplicación de los
elementos previamente investigados, los cuales se dividen en “La
corporeidad plástica del objeto de deseo” y “Las figuras violentas
dentro del valor literario de la obra”. La perspectiva con la que
expongo los argumentos es de género, no obstante, en el apartado
de la violencia a la infancia incluyo ambos sexos, debido a que
las referencias mencionan que la pedofilia es practicada tanto por
hombres como por mujeres, y sus víctimas son niños y niñas
de diferentes edades, pero menores de 18 años. Incluso, existen
categorías para clasificar a los tipos de pedófilos porque no todos se
centran en niños de cierta edad o condición.
Además, analizo, dentro de la perspectiva de género, la
conducta o preferencia de hombres –en su mayoría– hacía muñecas
que son replicas exactas de niñas o mujeres, ya que estos grupos
han construido en la actualidad sus espacios para ese consumo
comercial, especialmente dirigido a cierto público. Este enfoque
se relaciona con la narrativa de Clavel debido a que por medio
de recursos estilísticos y estructuras de narrador-protagonista, se
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�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

representa una realidad social que es ahistórica, si se toma el siglo
XX como punto de partida.
Antecedentes
La literatura contemporánea aborda gran cantidad de temas que
representan distintas preocupaciones sociales y van desde el
feminismo, hasta la presencia de las nuevas tecnologías en la vida
cotidiana. Esto se debe a que se proponen nuevos espacios ficticios
que no habían sido explorados con anterioridad por los autores
del boom o, incluso, antes. En este ensayo estudio brevemente las
condiciones sociales en México, debido a que la autora estudiada es
originaria del país; sin embargo, se mencionan algunas referencias
latinoamericanas sobre literatura que presenta la figura del pedófilo.
Asimismo, Clavel destaca por exponer dos dimensiones con
distintas manifestaciones en la narrativa mexicana, que son: el deseo
y la sexualidad (Plaza, 2016). En una entrevista de su más reciente
obra describe el proceso creativo y de investigación que realiza, lo
que ella busca es presentar la resignificación de figuras literarias que,
por lo general, los lectores tienen identificadas de otra manera más
puritana, dejando de lado, la existencia de la perversión que habita
en la sexualidad y la transgresión que propician los deseos. Además,
en la obra de Clavel es muy común encontrarse con esta propuesta
moderna del cuerpo como un artefacto carnal, debido a que es
donde se desarrolla la tensión y el objetivo de sus obras, en especial,
Las Violetas son flores del deseo (2015).
Dentro de la novela, como también sucede en Cuerpo náufrago
(2005) y en El amor es hambre (2015), se expone el deseo desde
los fetiches que son ocultos para la sociedad; aquellos que no se
mencionan, pero de una u otra manera la sociedad participa en ese
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�Ángeles Stefanya Serna Moreno / La violencia comienza con la mirada

encubrimiento de deseos compartidos, debido a represión colectiva
que se genera gracias a las estructuras sociales que cada comunidad
comparte. Clavel retrata esas imágenes o realiza un acercamiento a
ciertos sucesos sociales que solo cuentan una parte de la realidad.
Otro punto para destacar de la obra es que en ella convergen
los estudios literarios con los psicoanalíticos: “La crítica literaria y
el psicoanálisis se focalizan en el inconsciente del texto que puede
proporcionar lecturas, interpretaciones y maneras de apreciar un
universo interno que se desprende hacia el exterior gracias al lenguaje”
(Plaza, 2016: 9). En la presente obra, se encuentra un narrador
protagonista que, a través de sus vivencias pasadas y presentes, permite
conocer la historia de una fábrica de juguetes, que además de vender
los tradicionales para niños, también ofrecían muñecas, las Violetas,
destinada para los adultos debido a su finalidad sexual.
En la historia se perciben varios elementos psicoanalíticos
como síntomas de la neurosis del narrador-protagonista, la represión
y el desplazamiento de pulsiones sexuales hacia el objeto de deseo,
que el primero da como resultado a las Violetas, debido a que su
interés sexual es hacía su hija, Violeta. Incluso es mencionada en la
historia como la Violeta original.
La pedofilia, la relación con la obra y la tecnología del género
Desde la etimología, la palabra pedofilia significa ‘amistad con un
niño’ (en griego “pais” significa niño y “philia” amistad) y uno de
los pioneros en tratar el tema desde la psiquiatría fue el alemán
Richard von Krafft-Ebing en el año 1890. Incluso, publica una
obra1 donde describe los distintos modelos psicopatológicos que
1 Psychopathia sexualis

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derivan las variadas preferencias sexuales. Entonces, desde mucho
antes, existe un registro de interés por parte de los adultos a sostener
relaciones con niños. Claramente, esto se observa en las diferentes
culturas donde las niñas son casadas tiempo después de presentar
su menstruación, sin embargo, los trastornos o psicopatologías,
menciona Paul Preciado en uno de sus ensayos, que son resultados
de sus entornos.
En este contexto, existe una confusión entre pedofilia como
sinónimo de pederastia. Para fines prácticos, el que se utiliza en este
trabajo es el primer concepto, el cual se estudia desde su inclusión
a “todo tipo de relaciones con menores, tanto homosexuales y
heterosexuales, la pederastia se refiere a la atracción homosexual
por prepúberes o jovencitos” (Oliveiro y Graziosi, citado en Plaza,
2016: 204). Así que, el sujeto pedófilo emplea varias prácticas para
someter a su víctima u obtener lo que quiere de ella, que van desde
caricias hacia órganos sexuales, hasta la penetración, muchos de ellos
se excusan con el argumento de que los niños disfrutan o que ellos
ya tienen la libre decisión de saber qué les gusta. Sin embargo, en
estos temas entran muchos factores sociales, culturales y políticos
que no se tocarán en este trabajo.
Por otra parte, la violencia presentada por Clavel consiste
una violencia pasiva que no afecta ni física ni mentalmente a las
víctimas, ya que el victimario satisface su deseo con sólo observarlas.
En ese punto comienza el análisis de la novela de Clavel, ya que
no se reprime a la hija del protagonista o a cualquier otra víctima,
sino que se crean muñecas idénticas a mujeres y niñas reales para
violentar a esa representación de personas específicas. A su vez,
se relaciona la tecnología del género, debido a que no son simples
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�Ángeles Stefanya Serna Moreno / La violencia comienza con la mirada

muñecas de plástico, sino que son muñecas, casi robots, que regulan
su temperatura parecida a la de un ser humano normal, y que los dos
dueños de las fábricas de muñecas utilizan métodos diferentes para
ofrecer ese proceso.
Asimismo, en el libro Feminismo digital. Violencia contra las mujeres
y brecha sexista en internet se encuentra un análisis que argumentan la
existencia de grupos en redes sociales y comunidades digitales que
se reúnen para intercambiar muñecas o hablar sobre las mujeres que
les atraen en la vida real, pero no pueden dominar. Un ejemplo de
esto son las investigaciones de campo de Belinda Middleweek (2020)
que estudia por medio de los hilos de conversaciones de Harmony
en The Doll Forum que los hombres disfrutan entablar conversiones
donde puedan expresar comentarios y perspectivas misóginas
sobre las mujeres en general o de su alrededor: “Observa que los
hombres se sienten seguros reuniéndose en dicho espacio y que su
prioridad temática gira en torno a sus preferencias sexuales, además
de ser frecuentes las alusiones estereotipadas y misóginas hacia las
mujeres” (Delicado-Moratalla, 2021: 492).
En resumen, la narrativa de Clavel destaca

por la

resignificación de la doble manifestación de la sexualidad y el
deseo, donde propone una mirada reflexiva y cruda a nuevos
espacios cotidianos, como lo son las fábricas de juguetes y el
uso de la tecnología con diversas finalidades, donde tal vez sí
se propicie la industria de la pornografía, pero también se están
vinculando otras formas de violentar a mujeres y niños a través
de su imagen y de sus representaciones plásticas. Lo anterior se
justifica en los siguientes apartados donde se aplica la teoría de
la figura del pedófilo como parte del poder simbólico y actor
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principal del consumo de muñecas sexuales como medio de la
violencia simbólica patriarcal.
Metodología
Los conceptos que he identificado y analizado en la novela son:
perversión, violencia simbólica, poder simbólico y deseo. En primera instancia,
éstos son usados para identificar la figura del pedófilo, ya que se
centran en la violación y la reproducción de muñecas sexuales con
el fin de satisfacer los deseos que representa el protagonista. No
obstante, las prácticas a las que estos sujetos recurren son variadas
y muchas de ellas llegan al contacto físico con sus víctimas reales.
Así que, para el concepto de perversión recurrí a los
teóricos Francisco Javier de Santiago Herrero, Alejandra Lin Ku
y Montfragüe García-Mateos y a su ensayo Erotismo y perversión:
un diálogo entre psicoanálisis y filosofía (2019). En este texto se plantea
la definición de erotismos desde las dos vertientes estudiadas: la
filosofía y la psicología. Incluso, hay un punto donde los autores
relacionan estas dos disciplinas en la pulsión de muerte que genera
el erotismo. Además, lo relacionan con la prohibición y transgresión
de los cuerpos violentados.
Por eso, un concepto secundario que empleé fue el de violación,
tomado de un estudio sociológico que realizó Rita Laura Segato
en Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la
antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos (2003). Segato expone
el odio y repulsión de los violadores hacia el género femenino y
esto se relaciona con lo que se menciona en el libro Feminismo digital.
Violencia contra las mujeres y brecha sexista en internet, donde DelicadoMoratalla investiga sobre la finalidad de estos grupos de pedófilos
y acosadores viendo y transgrediendo representaciones plásticas
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�Ángeles Stefanya Serna Moreno / La violencia comienza con la mirada

de mujeres y niños verdaderos, debido a que en ambos casos que
presentan las autoras hay odio hacia las mujeres.
Los otros conceptos que se entrelacé fueron el poder y la
violencia simbólica desde la perspectiva del sociólogo Pierre Bourdieu,
interpretado a su vez por J. Manuel Fernández en el ensayo La noción
de violencia simbólica en la obra de Pierre Bourdieu: una aproximación crítica
(2005). En este texto se explican los conceptos antes mencionados
y las características que se deben de tener para aplicarlos. Además,
se puede relacionar la violencia simbólica con la violencia pasiva, ya
que, Bourdieu define a la primera como “esa violencia que arranca
sumisiones que ni siquiera se perciben como tales apoyándose
en unas expectativas colectivas, en unas creencias socialmente
inculcadas, transforma las relaciones de dominación y de sumisión
en relaciones afectivas, el poder en carisma” (Fernández, 2005: 9).
Así como resume Fernández, la violencia simbólica es más difícil de
percibir debido a que las comunidades están acostumbradas a verla
en todo momento. Por eso, dentro de esta comunidad de pedófilos,
ellos justifican que no le hacen daño a nadie por estar con una
muñeca o, simplemente, tomar la imagen de alguien para recrearla2.
Por último, abordé el concepto de deseo desde el texto de
Pio Eduardo Sanmiguel Deseo: deseo del otro. Plantear el problema de la
constitución del deseo como deseo del otro (1992). Ahí se define al deseo
como construcción de la relación con el otro por medio de “los
efectos del lenguaje en el viviente” (Sanmiguel, 1992: 59). Esto se
plantea en la novela de Clavel con la mirada desde el lenguaje familiar,
2 Además, la sexualización también está presente en los juguetes para
niñas, ya que se producen muñecas, en su mayoría, con cuerpos estilizados y
alejados de la realidad, en algunos casos se busca que las niñas quieran verse
como la muñeca.

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ya que el protagonista narra que el negocio de las muñecas sexuales
lo habían comenzado su padre y Klaus, un personaje secundario,
debido a que él es su mano derecha en el negocio de las Violetas y
lo alienta continuar con esos tipos de gustos.
La corporeidad plástica del objeto de deseo
Las Violetas son flores del deseo es una narración que se aleja de la
oralidad, en comparación de la novela Páradais (2021) de Fernanda
Melchor y de la estructura epistolar de Liliana Blum con El
monstruo pentápodo (2016). La voz narrativa conduce a sus lectores
al inconsciente de un victimario, pero al mismo tiempo víctima de
sus impulsos y deseos. La obra comienza con una analepsis, donde
el protagonista, Julián Mercader, aparece en la fábrica de juguetes
de su padre observando la entrepierna de una muñeca, desde ese
momento el lector se encuentra inmerso en el pensamiento del
narrador, donde él se pregunta las razones por las que las niñas
tienen diferentes sus órganos sexuales en comparación con los
órganos sexuales de los niños.
La mirada y la estética pornográficas están presentes en otras
muchas industrias asociadas al entretenimiento o a la cultura
[…] La representación de chicas y mujeres con actitudes híper
sexualizadas dentro de la publicidad, así como en las coreografías,
los espectáculos, los videoclips o la imagen turística de diversos
destinos, es cotidiana y masiva en todo el ciber espacio, la televisión
y los paisajes urbanos (Delicado- Moratalla, 2021: 496).

Desde esta primera imagen, aparte de resaltar las narraciones
y que en cada capítulo del libro haya una acción específica que
crea un suspenso, vinculándose así al capítulo siguiente, se expone
la presencia del cuerpo violentado por una mirada, aún sin crear
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�Ángeles Stefanya Serna Moreno / La violencia comienza con la mirada

representaciones gráficas de mujeres o niñas, sino que, con ver
detenidamente su objeto de deseo, que en ese momento de la obra
era una muñeca cualquiera, los indicios de perversión se hicieron
presentes. Clavel inicia la novela con la siguiente línea: “La violación
comienza con la mirada. Cualquiera que se haya asomado al pozo de
sus deseos lo sabe” (2015: 9). Es clara aquí la referencia a Freud y su
Ensayo sobre las aberraciones sexuales de 1905, donde aborda los deseos
más “oscuros” del ser humano3; sin embargo, Clavel transforma
este discurso en un problema social atemporal, estrechamente
vinculado a la perspectivas sociales que se presentan en cada época.
Segato describe las leyes latinoamericanas que protegen al
violador bajo la justificación de ser “costumbres”. No obstante,
la perspectiva cambia cuando pasa a otros medios como el digital o
el plástico. Estas dos situaciones las presenta Clavel en la novela, ya
que, mientras crecía el negocio de las Violetas, Klaus era la conexión
entre el mundo de la pedofilia digital y el narrador protagonista,
Julián Mercader, para ampliar el negocio y como resultado de la
fascinación de los consumidores que estaban presentes en internet
con el disfraz de la fábrica de juguetes tradicionales, para adquirir
una muñeca sexual tenían que solicitar que querían una Violeta
especial; tenían variedades de representaciones como colegialas,
princesas, etc.
Lo anterior se puede relacionar con el capítulo de Delicado
Moratalla (2021) donde explica el perfil de los consumidores de este
tipo de juguetes. Es similar a lo que representa Clavel en la obra:
en el plano de lo real son personas normales, sin ningún tipo de
característica que los diferencie de los demás. Así pasa en la novela;
3 Ensayo sobre las aberraciones sexuales (1905).

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Klaus y Julián no tienen marcas o comportamiento extraños que
los exilien de la sociedad ficticia. También, Delicado Moratalla
menciona que los hombres inmersos en estos comercios suelen
tener más de una muñeca y les ponen apodos como “mi chica” o
“mi esposa”4, como Mercader, y es debido a este tipo de acciones
por las que comenzó la venta de las Violetas, porque él no podía
satisfacerlas a todas.
Además, dentro de la novela se puede interpretar la
representación de la realidad a través de esta dualidad de perspectivas,
donde por un lado el narrador protagonista tiene una ruptura de
sentimientos por no poder poseer a la verdadera Violeta, y por el
otro lado, continuar pervirtiendo la imagen de su hija y de otras niñas
al crear las muñecas y distribuirlas. Esta situación se puede estudiar
desde la transgresión a la imagen de su hija y el desarrollo del poder
simbólico patriarcal. En el primer aspecto, se toma en cuenta que la
transgresión y la perversión las alimenta la misma sociedad. “Hasta
la transgresión está regulada por el cuerpo social: parece que nada
escapa de su atenta mirada […] rechazar la violencia del impulso
natural no significa romper del todo con nuestra animalidad, sino
acordar un pacto con nuestras bestias” (Santiago, Lin &amp; García,
2019: 6).
En este caso, el primer acercamiento al fomento de esta
acción es Klaus, él fue quien apertura el cuerpo social. Además, que
disfrazan esta acción con la fábrica de muñecas tradicionales. Cabe
mencionar, que la regulación del cuerpo social, en este caso, está
4 Incluso, existen burdeles que son de muñecas, un ejemplo es el que
menciona Delicado Moratalla en su texto: Aura Doll, donde aseguran que las
muñecas tienen una imagen infantil, esto lo expone Delicado Moratalla (2021)  
en el capítulo del libro.
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�Ángeles Stefanya Serna Moreno / La violencia comienza con la mirada

también representadas por los consumidores. Son como las reglas
del comercio, si hay demanda es por existen consumidores. Por lo
que, el cuerpo social que acepta o denigra estas acciones es la misma
sociedad, como lo muestra Delicado Moratalla con el ejemplo de
los blogs en internet. “El blog Amor de Plástico tiene más de 1.300
seguidores en Twitter y RealDoll más de 11.4 millones. En esos
espacios virtuales, los consumidores tejen una vinculación afectiva
entre ellos al mismo tiempo que se distancian de las mujeres”
(Middleweek, citado en Delicado-Moratalla, 2021: 492).
Esa vinculación afectiva es la crea los lazos entre individuos
para cubrir los deseos que tienen y la relación en la vida cotidiana
dentro de sus grupos sociales. Ahora bien, en el segundo aspecto,
hay un desarrollo del poder simbólico patriarcal desde el hecho en
que son imágenes o figuras plásticas de personas reales, Bourdieu
menciona lo siguiente.
La violencia simbólica, violencia amortiguada, insensible, e
invisible para sus propias víctimas, que se ejerce esencialmente a
través de los caminos puramente simbólicos de la comunicación
del conocimiento o, más exactamente del desconocimiento, del
reconocimiento o, en último término del sentimiento (Fernández,
2005: 23).

El poder simbólico es el resultado de la violencia simbólica,
debido a que ésta es el medio por el cual se oprime a las víctimas y
debido la inmersión de estas prácticas violentas dentro de cualquier
tipo de institución (laboral, familiar, religiosa, etc.) las normaliza
porque es lo que observamos todos los días. Además, un punto
importante es el análisis es lo simbólico del sentimiento, ya que
está entrelazado al deseo de un individuo. Este se ve afectado por
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pulsiones que lo llevan a depositar su deseo a un objeto prohibido
para su grupo cultural, debido a que los miembros de una cultura
abandonan una parte de sí mismos para convivir en la sociedad y
ser parte de ella. Así que, esto le comienza a parecer atractivo al ser
humano. “Lo vetado es también lo más deseado por la humanidad;
si no fuera así no habría necesidad de dictar prohibición alguna”
(Santiago, Lin &amp;Garcia, 2019: 7).
Asimismo, en la obra de Clavel se crean grupos virtuales
de muchas partes del mundo para consumir a las Violetas, grupos
privados en los que solamente la figura pedófila entra porque
comparte el sentimiento y el grupo guarda el secreto por continuar
generándose más placer con imágenes y figuras de sus víctimas.
Además, en una parte de la novela, se presenta el orgullo de Julián
por la gran demanda que están teniendo sus chicas y la cantidad de
pedidos especiales que les llegaban con fotos de niñas, las cuales las
muñecas debían ser a su imagen y semejanza: “Entonces, por fin,
entendí su petición secreta: debía compartirlas, asignarles un padre y
un hombre para cada una de ellas” (Clavel, 2015: 95).
Para finalizar el apartado es importante retomar el aspecto
de la regulación de la sociedad ante estas prácticas, ya que en el
texto La pedofilia: un problema clínico, legal y social de Victoria Trabazo
Arias y Fernando Azor Lafarga (2019) exponen que la ilegalidad de
la pedofilia se continúa cuestionando, ya sea por costumbres, o por
los argumentos bien construidos de las comunidades de pedófilos,
que defienden la capacidad de los niños para decidir qué es lo que
quiere hacer con su cuerpo. “Los pedófilos defienden su derecho a
amar a los niños y su derecho de expresión alegando que cuando no
hay violencia, explosión o prostitución, su preferencia sexual debe
ser respetada” (Trabazo y Azor, 2019: 207).
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�Ángeles Stefanya Serna Moreno / La violencia comienza con la mirada

Las figuras violentas dentro del valor literario de la obra
Ahora bien, para demostrar el resultado del objetivo planteado para
este ensayo, es necesario mencionar que se observa el poder simbólico
desde la ejecución de Julián al hacer las muñecas para “satisfacerlas”,
pero capítulos después, se da cuenta que está formando parte una
comunidad delictiva –en el mundo ficcional de la obra– y es él
quien metafóricamente se ha convertido en una muñeca presa de
sus propios deseos. Así que, en relación con la trama construida
con analepsis y prolepsis, como también presentar una narración
activa en el sentido que lleva al lector al dinamismo literario, lo que
lo aleja de meras descripciones, sino que nos presenta la acción en
los verbos: mirar y violar. “He dicho que la violación comienza con
la mirada. ¿Cuándo empecé yo a torturar a mis Violetas y a dejarme
torturar por ellas?” (Clavel, 2015: 97).
Otro aspecto estilístico de la obra son las estructuras de cada
capítulo, ya que combinan la simbología del sueño por medio del
deseo sexual que solamente se llena con el Otro –las Violetas–: “La
importancia de la simbología del sueño en la novela, que nos remite
al aspecto sexual, nos lleva a analizar los elementos oníricos para así
comprender la fuerza del deseo transgresivo en el personaje de la
ficción” (Plaza, 2016, p. 13). Asimismo, esa transgresión se relaciona
a través del resultado de la violencia simbólica hacia su propia hija
que representa la víctima de una gran cantidad de pedófilos. Lo que
nos lleva a tener como resultado general, el poder simbólico, que
se genera desde la proyección de Julián con las muñecas hasta la
regularización del grupo social.
Los capítulos van adentrando al lector desde ese espacio,
donde se encuentra el grupo social, como las conversaciones con su
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padre, Klaus o su esposa hasta su propio inconsciente, donde deja
ver sus deseos hacia su hija y a las muñecas que la representaban,
como también a las características femeninas que le parecían
atractivas de Clara, un personaje terciario en la obra que simboliza
la pureza femenina en la juventud, pero que mantenía una imagen
de niña, aun siendo adulta. Por otra parte, existe cierta complicidad
entre las figuras que representan los personajes, ya que a lo largo de
la novela se dieron referencias de obras literarias que tocan el tema
de la pedofilia o lo incitan. Un ejemplo es la mención de la novela
Las hortensias (1940) de Felisberto Hernández, ya que es una obra
clasificada como literatura erótica por los juegos sexuales que realiza
el protagonista por medio de la muñequización de las mujeres que
le atraen.
Por otra parte, también se analiza el deseo desde la
transgresión del cuerpo, ya que las figuras pedófilas de la novela
veían a las figuras femeninas como alfo roto por la naturaleza de su
órgano sexual: “El placer que en esos dominios de la sombra puede
producir el que unas manos desconocidas serruchen nuestra carne
en una operación silenciosa y sin dolor” (Clavel, 2015: 35). Debido
a que el deseo es relacionarse con el Otro por medio del lenguaje,
este último es quien define a institución natural del hombre, ya que
es su medio de comunicación con el exterior. Por lo que, existe una
regulación de este, pero cuando no se llega a controlar, aparece la
perversión. “La perversión implica por ello la suspensión de las
funciones vitales y sociales” (Santiago, Lin &amp; García, 2019: 10).
En resumen, he revisado la propuesta literaria de Clavel
desde las figuras violentas, los pedófilos, en el simbolismo que crea
en la novela. Además, traté de complementar mi argumentación
con la exposición de los conceptos de violencia y poder simbólico
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aplicados a algunas situaciones de la obra, para tal propósito presenté
las figuras literarias externas a la trama, pero que Clavel menciona
la referencia. Asimismo, la presencia del deseo durante toda la obra
crea la tensión con los verbos de acción que pude identificar.
Discusión
El principal objetivo de este análisis es demostrar la presencia de
la figura del pedófilo en la literatura de Ana Clavel para exponer
el acto de consumo de muñecas sexuales como muestra del poder
simbólico patriarcal. Durante un largo tiempo, las estructuras sociales
cimentadas en el poder simbólico se han percibido en varias áreas
de la vida cotidiana y del estudio de disciplinas, la literatura no es la
excepción. Sin embargo, el cambio que conlleva cada época realiza
un avance para la erradicación de esta violencia que la presentan
como costumbres.
La literatura también resiente esos cambios porque no es
ajena a su entorno. Desde la llegada del boom latinoamericano han
surgido obras que son históricas, atemporales con sus tramas y la
una estética que construye la propia poética del autor. Por eso, esa
época está marcada con clásicos latinoamericanos y basados en esas
novelas se construye el canon literario. No obstante, el tiempo pasa
y la llegada de nuevos escritores con estructuras narrativas distintas,
pero con un enfoque social que se destaca en la oralidad de las obras
vuelve a marcar la época denominándola el postboom.
La responsabilidad social que asumieron los escritores de
este último período se basa en exponer las situaciones críticas de sus
países, pero retomando el sentimentalismo del ser humano, como
el amor, el anhelo y la añoranza. Actualmente, la propuesta literaria
de Clavel contiene ese sentimiento que es exponente del deseo de
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las pasiones, sin embargo, la autora presenta un tema que, aparte de
haber sido tratado por hombres como Felisberto Hernández, Pablo
Neruda y a un nivel internacional Vladimir Nabokov con su obra
Lolita (1995), ella lo retoma y construye un personaje masculino
desde el inconsciente.
Además, la diferencia que establece Clavel ante otras obras
literarias es el manejo del objeto de deseo de Julián, ya que expone
una incomodidad colectiva que sufren las mujeres e infantes que son
las miradas lascivas, pero lo metaforiza y extra pone un tema más
con el comercio de muñecas sexuales. Si bien, la literatura de Clavel
abre el diálogo sobre el deseo y la sexualidad prohibida, desde la
represión de las pulsiones sexuales de Julián hacia su hija, hasta la
posesión del deseo del mismo protagonista.
Otro aspecto que renueva la novela es la concepción del
cuerpo femenino, ya que en la obra de Clavel muestra la imagen –ya
sea de la muñeca, una niña o una mujer– como un cuerpo que ha
sido roto por el deseo del Otro. Sin embargo, se crea un diálogo con
algunas obras del boom latinoamericano como La Fiesta del Chivo
(2000) del escritor peruano Mario Vargas Llosa y El Señor presidente
(1946) de Miguel Ángel Asturias, donde la imagen del cuerpo
femenino es violentada por simbolizar el poder que se ejerce sobre
otro hombre o sobre una comunidad.
En cambio, con la obra Las Violetas son flores del deseo también
se presenta una materialización hacia el cuerpo de la mujer, pero
ahora desde una figura plástica que expone la misoginia, la perversión
y transgresión no de un grupo político, como ocurre en las novelas
del boom, sino de toda una sociedad que resguarda a los victimarios
de estas acciones y no se identifica a una víctima tal cual, debido
a que es un juguete, pero esa es la denuncia que también expone
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�Ángeles Stefanya Serna Moreno / La violencia comienza con la mirada

Clavel, las miradas lascivas o con deseo no consentido sobre otro
cuerpo es parte de la violencia simbólica que viven las mujeres.
Conclusión
Para la presente investigación se estableció el objetivo principal de
demostrar la presencia de la figura del pedófilo en la literatura de
Ana Clavel para exponer el acto de consumo de muñecas sexuales
como muestra del poder simbólico patriarcal. Se considera que
los resultados obtenidos son congruentes al objetivo establecido,
debido a que se justifican los conceptos de perversión y transgresión,
como también presentamos la realidad actual de algunos grupos en
internet donde se fomenta el consumo de muñecas sexuales e ideas
misóginas que fungen como respuesta al poder simbólico patriarcal
en el que vivimos.
Asimismo, la obra Las Violetas son flores del deseo (2015) de
Clavel, ha sido una obra que dialoga con textos psicoanalíticos,
pero también con un problema de interés social, ya que, como se
contempla en este trabajo, la violencia simbólica y el poder están
relacionados como causa-consecuencia. Por lo que, la presencia
de una novela contemporánea que cuestione estas prácticas como
también aborde obras clásicas como los poemas de Neruda o la
literatura erótica de Hernández, comienza una conversación no solo
con el entorno social, sino con el histórico-literario, aunque estos
problemas no sean sólo de una época.
En la parte estética de la obra, se exhibe una novela breve,
pero con una narrativa que se centra en la acción del verbo y la
creación de imágenes dinámicas que acompañan a la estructura y
delimita la poética de Clavel. Además, las relaciones que entreteje
con los personajes ayudan a continuar alimentando la tensión que
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se extiende en cada capítulo. Se considera que los cierres de los
apartados de Clavel van dando piezas al rompecabezas que presenta,
debido a que todo el tiempo nos dice que la violación empieza en
la mirada, pero es hasta finalizar el primer capítulo, donde, como
lectores, se reconoce el hecho de contemplar la perspectiva del
victimario.
Por otro lado, la justificación del objetivo principal antes
mencionado queda planteada en el análisis de la regulación del grupo
social, ya que se muestra que existen grupos en internet actuales
que continúan cosificando la imagen de la mujer por medio de
comentarios e insultos; sin embargo, como menciona Clavel en su
obra, “comienza por la mirada”. La estética de la obra se entrelaza
con el discurso social-literario que maneja Clavel por medio de sus
estructuras narrativas que simbolizan la intimidad con el propio
inconsciente del narrador-protagonista.
Es preciso concluir que el diálogo que plantea Clavel con
su entorno por medio de la novela abarca situaciones y espacios
más lejanos que Latinoamérica, e incluso Occidente, ya que al inicio
de la venta de muñecas comenta que le están llegando pedidos de
algunos países orientales. Se puede afirmar que la obra de Clavel
es ahistórica, sin embargo, trata de el tema de la pedofilia desde el
inconsciente y lo mezcla con una práctica asidua en la vida cotidiana,
pero se encuentra disfrazada por continuar sosteniendo el cuidado y
protecciones de los grupos sociales a los que pertenecemos.
Además, nos gustaría mencionar los limites presentado en
la investigación; en primera instancia, se encuentra la actualidad de
la obra y de la autora, lo que se resulta tener sus puntos a favor
y en contra. Un punto que contribuye al trabajo es la revisión
de entrevistas recientes de la autora, lo que ayuda a ampliar la
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�Ángeles Stefanya Serna Moreno / La violencia comienza con la mirada

perspectiva de su obra por ella misma. En cambio, el punto negativo
es la escasez de artículos y críticas que contrapongan la poética de
Clavel, así como pasa con los autores clásicos y modernos. Por lo
que, se recurre a la interdisciplinariedad dentro de la investigación,
debido a que así se analiza, de manera más objetiva, la presencia de
la pedofilia en la sociedad, pero también en la literatura que, algunas
veces, funge como reflejo de la misma sociedad.

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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-44

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Referencias
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Academia Española.
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Clavel, Ana. (2015). Las Violetas son flores del deseo. México: Debolsillo.
De Santiago Herrero, Francisco Javier, Lin Ku, Alejandra &amp; GarciaMateos, Montfragë. (2019). “Erotismo y perversión:
un diálogo entre psicoanálisis y filosofía”. Revista
Interdisciplinaria de Filosofía y Psicología, 1, pp. 1-14.
Delicado Moratalla, Lydia. (2021). “Los discursos y las prácticas de
cosificación de las mujeres en la era de internet: las muñecas
sexuales en el ciberespacio.” Francisco Anaya Benítez (e.d),
Feminismo digital. Violencia contra las mujeres y brecha sexista en
internet, pp. 486-503.
Fernández, Manuel J. (2005). “La noción de violencia simbólica en
la obra de Pierre
Bourdieu: una aproximación crítica”. Cuadernos de Trabajo Social, 18,
pp. 7-31.
Hernández, Felisberto. (1940). Las hortensias. México: Universidad
Nacional Autónoma de México.
Melchor, Fernanda. (2021). Páradais. México: Penguin Radom
House.
Nabokov, Vladimir. (1995). Lolita. Barcelona: Anagrama.
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�Ángeles Stefanya Serna Moreno / La violencia comienza con la mirada

Plaza Morales, Natalia. (2016). “Una lectura de los sueños diurnos
y del inconsciente onírico del personaje de Las Violetas son
flores del deseo de Ana Clavel”. OGIGIA, 19, pp. 5-19.
Preciado, Paul B. (2020). Yo soy el monstruo que os habla. Informe para una
academia de psicoanalistas. Barcelona: Anagrama
Sanmiguel, Pio Eduardo. (1992). Deseo: deseo del otro. Plantear el
problema de la
constitución del deseo como deseo del otro. Bogotá: Universidad Nacional
de Colombia.
Segato, Rita. (2003). Las estructuras elementales de violencia. Quilmes:
Universidad Nacional de Quilmes.
Trabazo Arias, V. &amp; Azor Lafaga F. (2009): “La pedofilia: un problema
clínico, legal y social”. Revista de psicología y psicopedagogía, 8,
pp. 195-219.
Vargas Llosa, Mario. (2000). La Fiesta del Chivo. Madrid: DeBolsillo.

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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-44

�Reseñas
Humanitas, vol. 2, núm. 4, 2023

Primer infolio de las vidas reunidas de Almería
Smarck, de Diana Garza Islas
Ignacio Ballester
Universidad Autónoma
del Estado de México
México
A principios del mes de junio de 2021 vi en la página de Facebook de
Luis Eduardo García que Diana Garza Islas (Santiago, Nuevo León,
1985) había publicado Primer infolio de las vidas reunidas de Almería
Smarck (Universidad Autónoma del Estado de México, 2021);
disponible en la web de Grafógrafxs.
No pongan Almería Smarck en ningún buscador. Puede que
les salga algún coche pequeño de alquiler, en el sureste de Andalucía,
pero nada tiene que ver (a priori, al menos) con la ristra de sueños en
los que nos introduce el sujeto poético a lo largo de la treintena de
breves poemas en prosa sin título.
El formato de diario de sueños que cultivaron Homero
Aridjis, Maricela Guerrero o Pierre Herrera, recientemente, es
tratado por la poeta que experimenta en obras que van de Caja negra
que se llame como a mí (Bonobos, 2015) y Adiós y buenas tardes, Condesita
Quitanieve (El Palacio de la Fatalidad, 2015) a En el fondo todo poema es
yo de niña mirándola (La Cleta Cartonera, 2018): algunas de los cuales
se encuentran disponibles en Poesía Mexa o Hastrolabia.
361

�Ignacio Ballester / Primer infolio de las vidas reunidas de Almería Smarck

El yo lírico arranca el texto narrativo: «Yo era una gambusina
italiana y tenía a mi patiño» (4). Como partes del poema largo que
estudia Alejandro Higashi se integran diálogos, preguntas retóricas,
reflexiones cercanas al ensayo (demostrando así la hibridez genérica
que caracteriza a la poesía mexicana) y, en todo momento, una sintaxis
precisa que, no por ello, deja de enroscar el lenguaje cotidiano, el
habla, en cada vez más capas profundas y abruptas del todo que
conforma el proyecto que nos presenta aquí Garza Islas.
En pasado, mas sin respetar el orden cronológico, pero sí
algunos elementos como el queso, los acontecimientos se suceden en la
vida de la artista. El plano onírico permite la entrada de referentes que
en los últimos años han tratado poetas como Christian Peña en Me llamo
Hokusai (2014). Los sueños de Kurosawa, presentes en Raúl Zurita, avanzan
como «hormigas que ya empezaban a visitar mi cabeza muerta» (5).
El doppelgänger facilta la distancia. Hace verosímil el relato.
Debido al desdoblamiento del personaje que da título a la obra,
al estilo de Francisco Hernández ‒que continúa Peña‒, la historia
engarza las diferentes escenas descritas, como decíamos, en la
narración nuclear. Esta viene, explícita, en la parte central del Infolio.
Quien escribe lo hace por lo siguiente; con total seguridad, todavía
en la cama o en el sofá, justo al despertar:
Leo un poema sobre vasos de vidrio. Aparece el nombre Almería
Smarck en una línea viuda y el resto de las palabras se difuminan.
Una voz me dice que debo encontrarla. ¿Armaría o Almería? No
sé si se trata de un libro o de una persona, pero sé que debo hacer
lo que me dicen. (19)

El personaje unamuniano dominado por el interés
calderoniano que lleva al debate de la realidad. Construye una voz
362

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-57

�Humanitas, vol. 2, núm. 4, enero-junio, 2023

onírica que actualiza el tópico para hacerlo reversible. Se vale del
lenguaje, no tan próximo a la ciencia como Gerardo Deniz; sin
embargo, logra aliteraciones que estimulan la lectura como la del
verso suelto que cierra uno de los últimos episodios (próximo, dicho
término, a la experiencia psicoanalítica del Infolio): «En la vereda, si
postiza, que caliente se avizora» (33).
Las numerosas referencias se alimentan más adelante de
imágenes y diferentes registros propios de la artista conceptualista.
Su experimentalismo radica en la relación de motivos o experiencias
aparentemente inconexas. Se acerca por ello al sugerente atrevimiento
que opera en parte de la poesía mexicana, entre la que podríamos
mencionar a los ya citados Luis Eduardo García o Maricela Guerrero.
Veremos de qué manera continúa este Infolio de Diana Garza Islas.

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas2.4-57

363

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                <text>Humanitas : Revista de Teoría, Crítica y Estudios Literarios</text>
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                <text>Heredera del Anuario Humanitas, publicación emblemática del Centro de Estudios Humanísticos de la UANL creada en 1960, Humanitas. Revista de Teoría, Crítica y Estudios Literarios responde ahora a la necesidad de la diversificación de enfoques y acercamiento a la literatura en y desde el ámbito latinoamericano.</text>
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                <text>Centro de Estudios Humanísticos, UANL&#13;
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              <text>Humanitas: Revista de Teoría Crítica y Estudios Literarios, 2023, Vol. 2, No. 4, Julio-Diciembre</text>
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              <text>Heredera del Anuario Humanitas, publicación emblemática del Centro de Estudios Humanísticos de la UANL creada en 1960, Humanitas. Revista de Teoría, Crítica y Estudios Literarios responde ahora a la necesidad de la diversificación de enfoques y acercamiento a la literatura en y desde el ámbito latinoamericano.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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