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                  <text>�D.R. 2023 © Sillares Vol. 3, No. 5, julio-diciembre 2023, es una publicación
semestral editada por la Universidad Autónoma de Nuevo León, a través
del Centro de Estudios Humanísticos, Biblioteca Universitaria Raúl
Rangel Frías, Piso 1, Avenida Alfonso Reyes #4000 Norte, Colonia
Regina, Monterrey, Nuevo León, México. C.P. 64290. Tel.+52 (81)8329- 4000 Ext. 6533. https://sillares.uanl.mx. Editor Responsable: José
Eugenio Lazo Freymann. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo 04-2022020313502900-102, ISSN 2683-3239 ambos ante el Instituto Nacional del
Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número:
Centro de Estudios Humanísticos de la UANL, Mtro. Juan José Muñoz
Mendoza, Biblioteca Universitaria Raúl Rangel Frías, Piso 1, Avenida
Alfonso Reyes #4000 Norte, Colonia Regina, Monterrey, Nuevo León,
México. C.P. 64290. Fecha de última modificación de 1 julio de 2023.
Rector / Santos Guzmán López
Secretario de Extensión y Cultura / José Javier Villarreal
Director de Historia y Humanidades / Humberto Salazar Herrera
Titular del Centro de Estudios Humanísticos / César Morado Macías
Director de la Revista / Reynaldo de los Reyes Patiño
Autores
Javier Rodríguez Cárdenas
Elsy Anahí Mendoza Moo
Nancy Selene Leyva Gutiérrez
Carolina Yeveth Aguilar García
David Felipe Gutiérrez Ugalde
Fernando Marco Calleros García
Camilo Zarza Valencia
Arnoldo David Diaz Tamez
Elsy Anahí Mendoza Moo
Patricia Quintana Lantigua
Rebeca Martínez-Tibbles

�Isla Citlalli Jiménez Pérez
Mónica Samantha Amezcua García
Jairo Eduardo Jiménez Sotero
Consejo Editorial
Alberto Barrera-Enderle, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social
Mario Italo Cerutti Pignat, Universidad Autónoma de Nuevo León
Camilo Contreras Delgado, El Colegio de la Frontera Norte
Diana Irina Córdoba Ramírez, Universidad Nacional Autónoma de México
Claudia Roxana Domínguez García, Universidad Autónoma de Nuevo León
Luis Alberto García García, Universidad de Monterrey
Eva Luisa Rivas Sada, Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey
Editor / José Eugenio Lazo Freymann
Editor Técnico / Juan José Muñoz Mendoza
Corrección de Estilo / Francisco Ruiz Solís
Asistencia Editorial / Concepción Martínez Morales
Se permite la reproducción total o parcial sin fines comerciales, citando la
fuente. Las opiniones vertidas en este documento son responsabilidad de
sus autores y no reflejan, necesariamente, la opinión de Centro de Estudios
Humanísticos de la Universidad Autónoma de Nuevo Léon.
Este es un producto del Centro de Estudios Humanísticos de la Universidad
Autónoma de Nuevo Léon, Monterrey, Nuevo León. www.ceh.uanl.mx
Hecho en México.
Foto de portada: Imagen generada por el programa de inteligencia
artificial Midjourney, utilizando palabras clave del dossier “Carreras
eclesiásticas en las Indias Occidentales durante el periodo Borbónico (1700-1821)”,
coordinado por Javier Rodríguez y Anahí Mendoza

�Sillares

Revista de Estudios Históricos
http://sillares.uanl.mx/

Un sevillano en las Indias Occidentales.
Trayectoria episcopal de fray Francisco de san
Buenaventura Martínez de Tejada Diez de Velasco:
espacios, gestiones y ámbitos de acción, 1729-1760
A Sevillen in the West Indies. Episcopal trajectory
of Fray Francisco de San Buenaventura Martínez
de Tejada Diez de Velasco: spaces, negotiations,
and scope of action, 1729-1760
Javier Rodríguez Cárdenas
orcid.org/0000-0001-7994-014X
El Colegio de Michoacán, Zamora, México
Recibido: 28 de febrero de 2023
Aceptado: 30 de abril de 2023

Editor: Reynaldo de los Reyes Patiño. Universidad Autónoma de Nuevo
León, Centro de Estudios Humanísticos, Monterrey, Nuevo León, México.
Copyright: © 2023, Rodríguez Cárdenas, Javier. This is an open-access article distributed under the terms of Creative Commons Attribution License
[CC BY 4.0], which permits unrestricted use, distribution, and reproduction in any medium, provided the original author and source are credited.

DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.5-87
Email: javier.rodriguezc@colmich.edu.mx

�Dossier
Carreras eclesiásticas en las Indias Occidentales
durante el periodo Borbónico (1700-1821)
Introducción
Church careers in the West Indies during the Bourbon
period (1700-1821)
Introduction
Javier Rodríguez Cárdenas
El Colegio de Michoacán,

Zamora, México
orcid.org/0000-0001-7994-014X

Elsy Anahí Mendoza Moo
El Colegio de Michoacán

Zamora, México
orcid.org/0000-0003-1433-8080

Tras la muerte de Carlos II, se produjo un cambio dinástico en
la monarquía española. Terminaba el reinado de los Austria y
Felipe de Borbón, duque de Anjou, fue el heredero a la Corona.
Este acontecimiento inició un enfrentamiento entre dos potencias
europeas que estaban interesadas en adquirir tan vasta territorialidad.
1
Sillares, vol. 3, núm. 5, 2023, 1-8
DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.5-110

�Carreras eclesiásticas

Los bandos estaban divididos entre quienes apoyaban la continuidad
de la dinastía Habsburgo, representados por José Fernando de
Baviera, apoyado por el emperador del Sacro Imperio Leopoldo I;
y quienes al mando del nieto del “rey sol”, Luis XIV de Francia,
apoyaban al mencionado duque de Anjou.
Esto puede contextualizarse dentro de una crisis europea
generalizada hacia finales del siglo XVII, ya señalada con Geoffrey
Parker, que se proyectó en la península ibérica con el inicio de la
guerra de sucesión española y que concluyó con la firma de los
Tratados de Utrecht (1701-1713).1 Como consecuencia, se modificó
la forma en la que el triunfante Felipe V dirigió sus políticas internas
y externas, al estar permeadas de sanciones a los reinos que apoyaron
la alianza antiborbónica y su simpatía al bando austriaco.2
Dentro de los reajustes administrativos emprendidos
por el nuevo monarca hispano-borbón estuvo la relación con la
Santa Sede a través la confirmación del Patronato Real. Desde
el Examen de Concordato de 1737 o un año después, con el
Dictamen en justicia sobre la jurisdicción de los señores de
Castilla y su supremo Consejo de Cámara para el conocimiento
de todos los negocios pertenecientes al Real Patronato de la
Corona, Felipe V buscó la manera de reafirmar sus derechos
Geoffrey Parker, Global Crisis. War, Climate Change and Catastrophe in
the Seventeenth Century (London: Yale University Press, 2013).
2
John Elliot, Imperial Spain, 1469-1716 (London: Penguin, 2002); John
Lynch, The Hispanic World in Crisis and Change, 1598-1700 (London: Blackwell, 1994); John Lynch, Bourbon Spain, 1700-1808 (London: Blackwell,
1994).
1

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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.5-110

2

�Javier Rodríguez y Anahí Mendoza

como patrón indiscutible de la Iglesia en la monarquía, de manera
que buscaba la sujeción total del poder espiritual al temporal en
decaimiento del Papado.
Hay que considerar que este regalismo borbónico no
fue instaurado ex abrupto, sino que obedeció a un proceso
enmarcado en un doble contexto. En primer lugar, dentro de los
reinados de Felipe V, Fernando VI y Carlos III, bajo una misma
visión administrativa del imperio; y en segundo, dentro de un
episcopalismo decadente caracterizado por una menor influencia
de los obispos en el Consejo de Indias y por su sujeción real dentro
de su misma función espiritual. De este modo, los eclesiásticos en
la monarquía tenían un objetivo muy claro: el servicio a ambas
majestades; como funcionarios reales, su formación, desempeño
y movilidad obedecieron a dicho propósito, pero como hombres
se vieron motivados a un ascenso social, prestigio y formación
de redes locales para su sobrevivencia en ámbitos desconocidos,
caminos a veces conseguidos y en ocasiones frustrados.
Así pues, el presente dossier titulado Carreras eclesiásticas
en las Indias Occidentales durante el periodo borbónico (17001821) tiene como objetivos demostrar –mediante casos concretos–
cómo los clérigos eran también sujetos presos de diversos
intereses, personales, familiares y de lealtad a la monarquía; y
cómo la “excepcionalidad” ayuda a explicar dinámicas más allá
de los ámbitos locales. Las diversas trayectorias que en esta
compilación se pretenden exponer, darán cuenta de lo complejo
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�Carreras eclesiásticas

que era ser un eclesiástico en un periodo transitorio como el
Borbónico, en un espacio que aún se encontraba en proceso de
poblamiento en el siglo XVIII, como las Indias Occidentales.
Más allá de las diversas demarcaciones espirituales –regulares o
seculares– los sujetos que aquí se presentan darán cuenta que su
ejercicio de movilidad, como cumplimiento a los dos ejes que se
han planteado, estaban en constante circulación a lo largo y ancho
de la monarquía, motivados por sus intereses, revelando así la
excepcionalidad que los caracterizaba.
A final de cuentas, la monarquía hispana, como entidad
planetaria, hace pensar que los esquemas de historia trasatlántica,
comparada y también la historia global, son paradigmas válidos
siempre y cuando se tengan en cuenta las realidades regionales.
De manera que, estas dos categorías de análisis –lo regional y lo
imperial– hacen que los procesos puedan ser comprendidos en
perspectivas complementarias.
Ante la vasta historiografía que antecede estos estudios,
la originalidad y pertinencia de este dossier radica en el énfasis
que se hace en torno a los conceptos de agencia, movilidad y
circulación de los eclesiásticos en las Indias Occidentales. Nuestra
propuesta radica en visualizar a los ministros de la fe como sujetos
con habilidad para conseguir el ascenso social en un mundo
donde parecía estar condicionado por la abnegada obediencia al
servicio de “ambas majestades”. Con esto, se demuestra que la
monarquía española fue un espacio conectado y que la lejanía
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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.5-110

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�Javier Rodríguez y Anahí Mendoza

de los principales centros de poder no fue impedimento para que
ciertos individuos lograran cumplir sus objetivos.
Las conexiones que cada uno de estos individuos fueron
tejiendo a lo largo de su carrera fueron evidencia de que, en
el servicio a ambas majestades, había que ir más allá del “mar
océano” para ejercer una vocación ministerial y un ejercicio real
como agentes del monarca. Fue el caso de la trayectoria episcopal
de fray Francisco de San Buenaventura Martínez de Tejada Diez de
Velasco, cuyo análisis estuvo a cargo de Javier Rodríguez Cárdenas.
Originario de Sevilla, su movilidad estuvo encauzada a administrar
obispados ubicados en zonas estratégicas de la monarquía, donde,
por un lado había que consolidar el cristianismo y la presencia
española por ser lugares de interacción tanto con indios no
hispanizados y extranjeros ingleses y franceses, y por otro lado
promover el poblamiento y garantizar la total sujeción al monarca
por parte de aquellas poblaciones que carecían del pasto espiritual,
lo mismo en el presidio de San Agustín en Florida (perteneciente al
obispado de Cuba), como en Yucatán y en Guadalajara.
También es importante considerar las implicaciones
que conllevó para un individuo que se decidiera por la carrera
eclesiástica, en un periodo histórico donde, al menos en el clero
secular, la vocación era un elemento secundario. Si bien el
sacerdocio era un medio para ganarse la vida de parte de muchos
naturales en las Indias, en la legislación estaba claramente
expresado que se necesitaba tener un sustento propio para poder
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�Carreras eclesiásticas

ser candidato a las órdenes sagradas. Desde un ámbito local,
Nancy Selene Leyva Gutiérrez analizó el caso de una familia
prominente del Nuevo Reino de León: los Cantú.
Los obispos no eran los únicos eclesiásticos con
circulación activa en las Indias. Hubo otros casos, de sumo
interés, que revelaron que las aspiraciones individuales estaban
por encima de los intereses familiares, como lo fue el caso de la
trayectoria de José Rodríguez Hurtado, analizado por Elsy Anahí
Mendoza Moo. Natural de La Habana, su circulación por distintos
espacios como Maracaibo, Puebla y la culminación de su carrera
en el obispado de Yucatán, mostraron que no necesariamente las
trayectorias eclesiásticas terminaban con éxito. Hubo quienes
intentaron congeniar con los clérigos naturales del lugar y, tras
diferencias políticas, terminaban marginados al no poder ingresar
en los espacios de poder ya consolidados. Bajo esta tónica de
la “historia del fracaso” se inserta el trabajo de Carolina Yeveth
Aguilar García, quien analizó las trayectorias clericales en el
arzobispado de México entre la finalización del siglo XVIII y
los inicios del siglo XIX. Al igual que Mendoza Moo, Aguilar
García mostró que no todas las carreras eclesiásticas son exitosas,
pues muchas de ellas, al ser un contexto complejo, tuvieron
que replantearse pues los puestos más importantes en la sede
episcopal eran muy competidos. Esta situación lo comprobó a
partir del análisis de concursos de oposición a curatos vacantes
en el arzobispado de México y demostró que algunos clérigos
mostraron frustración ante la necesidad de querer ser colocados
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�Javier Rodríguez y Anahí Mendoza

en un curato de grandes rentas.
Este dossier también está integrado por cinco reseñas
de libros, cuyos ejes temáticos versan sobre la movilidad, la
circulación y los espacios de las Indias. Elsy Anahí Mendoza Moo
analizó cómo las diversas interpretaciones que le dan al estudio de
los obispos durante la segunda mitad del siglo XVIII se interesan
por demostrar la “ilustración católica” dentro de la Iglesia
indiana. A diferencia de ello, el texto que reseñó, Los obispos
y las reformas eclesiásticas en la América hispánica borbónica
de Rodolfo Aguirre Salvador, Lucrecia Enríquez y Susan E.
Ramírez da una propuesta diferente, revelando el ejercicio de la
autoridad episcopal dentro de la cultura jurisdiccional de cambios
administrativos. También Patricia Quintana Lantigua, con el
texto de Juan Camilo Galeano Ramírez, Curas en la diócesis de
Popayán: la carrera eclesiástica y el regalismo borbónico, 17701808, da cuenta del acucioso trabajo documental del autor y su
rigor metodológico para analizar la carrera de los curas párrocos
en Popayán dentro de los reinados de Carlos III y Carlos IV.
Abonando a los conceptos de movilidad y circulación
durante el siglo XVIII, también el conocimiento tenía esta cualidad.
A partir de los juicios inquisitoriales, los propietarios de las
bibliotecas privadas –que estaban al margen de las institucionales,
mayormente de la Iglesia– demuestran la activa circulación del
conocimiento en las Indias. La complejidad de la cultura del libro
en la Nueva España durante el siglo XVIII y el minucioso abordaje
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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.5-110

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�Carreras eclesiásticas

que hizo Idalia García para su comprensión en su texto La vida
privada de las bibliotecas: rastros de colecciones novohispanas
(1700-1800), fue reseñado por Isla Citlalli Jiménez Pérez.
Finalmente, los procesos de poblamiento también
conciernen a los ejes planteados en este dossier. Rebeca MartínezTibbles con El imperio español en Oceanía de David Manzano y
Javier Rodríguez Cárdenas con “Coahuila” o Tierra Adentro, 15771722 de Chantal Cramaussel y Celso Carrillo Valdés, dan cuenta
de la manera en que se llevó a cabo los procesos de poblamiento
y cristianización de espacios considerados zonas de frontera: el
primero en un lugar considerado como puerta ante los imperios
asiáticos y el segundo en el septentrión de las Indias. En ambos
casos se demuestra un tránsito continuo de agentes y bienes, y
también la importante participación de la Iglesia en dichos eventos.

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�Un sevillano en las Indias Occidentales. Trayectoria
episcopal de fray Francisco de san Buenaventura Martínez de Tejada Diez de Velasco: espacios, gestiones y
ámbitos de acción, 1729-1760
A Sevillen in the West Indies. Episcopal trajectory of Fray Francisco de San Buenaventura Martínez de Tejada Diez de Velasco:
spaces, negotiations, and scope of action, 1729-1760
Javier Rodríguez Cárdenas
El Colegio de Michoacán

Zamora, México
orcid.org/0000-0001-7994-014X
Recibido: 28 de febrero de 2023
Aceptado: 30 de abril de 2023
Publicado: 1 de julio de 2023

Resumen: En este artículo se analiza la trayectoria episcopal de un
franciscano recoleto procedente de la Provincia Bética andaluza, fray
Francisco de San Buenaventura Martínez de Tejada, natural de Sevilla.
Muestra cómo la movilidad de este personaje dentro de espacios en
apariencia lejanos, pero bastante conectados de las Indias Occidentales,
fue reflejo de las políticas de territorialización que la monarquía española,
dirigida por los borbones, tenía para con sus posesiones ultramarinas. El
trabajo se sustenta con documentación del Archivo General de Indias,
en Sevilla, y se complementa con fuentes del Archivo del Convento de
Nuestra Señora de Loreto, lugar del cual este personaje fue ministro
guardián previo a su nombramiento episcopal.
Sillares, vol. 3, núm. 5, 2023, 9-67
DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.5-87

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�Un sevillano en las Indias Occidentales

Palabras clave: Sevilla, Martínez de Tejada, movilidad, Indias
Occidentales, frontera
Abstract: This article analyzes the episcopal trajectory of a Franciscan
Recollect from Andalusian Bética Province, Fray Francisco de San
Buenaventura Martínez de Tejada, native to Seville. It shows how the
mobility of this character within apparently distant spaces, but quite
connected in the West Indies, was a reflection of the territorialization
policies that the Spanish monarchy, led by the Bourbons, had towards
its overseas possessions. This work is supported by documentation from
the General Archive of the Indies in Seville, and is complemented by
sources from the Archive of the Convent of Nuestra Señora de Loreto,
where this character was a guardian minister prior to his episcopal
appointment.
Keywords: Sevilla, Martínez de Tejada, mobility, West Indies, frontier

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�Javier Rodríguez

Introducción
La movilidad de los diversos actores de la monarquía hispánica es
un aspecto que ha llamado la atención de los especialistas en los
últimos años. La circulación de agentes por los diversos espacios
es sin duda un aspecto de gran interés para quienes intentamos
comprender la dinámica espacial de las territorialidades en las
Indias Occidentales, acaso para atisbar si existe alguna lógica
dentro de las diversas trayectorias de individuos que, más allá de
ser agentes de la Corona, tenían un proyecto propio a raíz de sus
propias experiencias vividas.
El caso de los eclesiásticos es un tema sencillamente peculiar.
Eran personajes cuya labor era compleja pues –a diferencia de los
militares que forjaron su carácter en batallas y cuya experiencia era
de utilidad real para los espacios de difícil interacción– tenían que
lidiar con el hecho de que eran ajenos a la territorialidad que les era
asignada y la adaptación física, psicológica y hasta climatológica
podía ser determinante para considerar si hacían una gestión más o
menos larga en ese lugar o pedían al rey su traslado a un sitio mejor,
como sucedió en muchos casos.
Mucho se ha trabajado en el tema de las gestiones
episcopales.1 Pero en realidad, poco se ha abordado el tema
Óscar Mazín Gómez, Entre dos majestades. El obispo y la Iglesia del gran
Michoacán ante las reformas borbónicas, 1758-1772 (Zamora: El Colegio de
Michoacán, 1986); Richard E. Greenleaf, Zumárraga y la inquisición mexicana, 1536-1543 (Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 2017);
Stafford Poole, Pedro Moya de Contreras. Reforma católica y poder real en
la Nueva España, 1571-1591 (Zamora: El Colegio de Michoacán; Fideicomi1

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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.5-87

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�Un sevillano en las Indias Occidentales

de la movilidad en la monarquía con base en un personaje. El
presente estudio revela la trayectoria de un sevillano que fue
obispo auxiliar de Cuba con sede en San Agustín de Florida
(1734-1746), de Yucatán (1746-1751) y de Guadalajara (17531760): fray Francisco de San Buenaventura Martínez de Tejada
Diez de Velasco. El objetivo de este trabajo es demostrar el
perfil de un prelado y la configuración de una política episcopal
en su trayectoria en las Indias Occidentales. Aunque lo idóneo
para comprender en su totalidad esta movilidad en la monarquía
es la biografía del personaje, nos hemos de conformar con un
sucinto análisis que pueda dar cuenta de algunos indicios
iniciales en aras de definir metodológicamente lo que en un
futuro se pudiera convertir en una biografía. Consideramos tener
como punto de partida la comprensión contextual del lugar de
origen de nuestro personaje, es decir su natal Sevilla en torno a
1729. Posteriormente, se examinará su trayectoria en las Indias
Occidentales, tanto en Florida, Yucatán y Guadalajara. Finalmente,
se hará un análisis sobre la política episcopal, la gestión territorial
de sus jurisdicciones y la relación con las diversas autoridades
temporales para caracterizar semejanzas y diferencias.
Para finalizar, este trabajo se sustenta con documentación del
Archivo General de Indias, en Sevilla. Se revisaron particularmente
so “Felipe Teixidor y Monserrat Alfau de Teixidor”, 2012); Juvenal Jaramillo
Magaña, Hacia una iglesia beligerante: la gestión episcopal de Fray Antonio
de San Miguel en Michoacán, 1784-1804. Los proyectos ilustrados y las defensas canónicas (Zamora: El Colegio de Michoacán, 1996).
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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.5-87

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�Javier Rodríguez

los fondos Santo Domingo, México y Guadalajara, pero también
el fondo Contratación. Se complementará esta información con
fuentes documentales procedentes del Archivo del Convento de
Nuestra Señora de Loreto, lugar del cual nuestro personaje fue
ministro guardián previo a su nombramiento episcopal.
El Lustro Real en Sevilla (1729-1734)
En la historiografía, Sevilla siempre ha sido valorada como un
sitio que servía tanto para embarcar mercancías y personas al
Nuevo Mundo como para el desembarque de riquezas, bienes y,
de igual modo, personas que tenían algún asunto que tratar ya
fuese en el Consejo Real o en el Consejo de Indias. Para 1729,
este lugar era un simple punto de conexión en el cual llegaban
los avíos a la Península Ibérica para ser transportados a su lugar
de destino –alguna edificación real– o algún otro sitio. Tampoco
hay que dejar de lado que durante el periodo de reinado de
los Habsburgo había sido la sede de la Casa de Contratación,
en la cual se atendían muy importantes negocios, motivo por
el cual se habían establecido en la ciudad una gran cantidad
de agentes que trabajaban en la burocracia y que atendían
asuntos concernientes a las Indias. No obstante, tal como lo
señaló Francisco Fernández López, esta oficina de expedición
documental para el gobierno de las Indias en 1717 fue trasladada
a Cádiz ya que era una de las tareas del entonces nombrado
intendente general de Marina y súper intendente del reino de
Sevilla, José Patiño, en cuyo cargo recayó una serie de tareas que
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�Un sevillano en las Indias Occidentales

hasta ese momento habían sido competencias de la institución,
como la fabricación y carena de los avíos, el abasto de víveres,
compras de armas, administración de las cantidades entregadas
para ese efecto o para pagar a los marineros, entre otras cosas.
Y claramente, para evitar conflictos, se le nombró presidente de
la Casa de Contratación y como una de sus primeras misiones
se le adelantó el trasladar tanto la Casa de Contratación como el
Consulado a Cádiz, ciudad portuaria.2
El hecho de que doce años atrás el aparato burocráticoadministrativo de la monarquía y su vínculo con las Indias
cambiaran de lugar, no significó que Sevilla hubiese pasado a un
segundo plano, sino todo lo contrario. El espacio sevillano era
un lugar residente de gran tradición arraigada, pues no solamente
era la puerta de acceso a las Indias Occidentales, sino también
al norte de África. Debe recordarse que Sevilla había sido parte
fundamental por más de seis siglos del emirato de Córdoba, y
gran parte de su arquitectura, vestigios y urbanidad dataron de
los tiempos en que la mayor parte de la población era musulmana
hispanoárabe.3
Pero también, además de Córdoba y Granada, la lucha
por el espacio entre cristianos y musulmanes en Sevilla tuvo
episodios épicos. Una vez tomada la ciudad e incorporada a la
Francisco Fernández López, La casa de contratación. Una oficina de
expedición documental para el gobierno de las Indias (1503-1717) (Sevilla:
Universidad de Sevilla; El Colegio de Michoacán, 2018), 61.
3
Adeline Rucquoi, Historia medieval de la península ibérica (Zamora: El
Colegio de Michoacán, 2000), 200.
2

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�Javier Rodríguez

jurisdicción castellana –de forma paralela a la instauración del
aparato burocrático de las Indias–, de este lugar también se
organizaron importantes proyectos misionales con el objetivo de
convertir al cristianismo a todos los “infieles” del norte de África,
particularmente los que radicaban en el reino de Marruecos.
¿Cultura de la reconquista? Puede ser. Lo importante es que, desde
Sevilla se tenía una conexión privilegiada tanto con África como
con el Nuevo Mundo. En este sentido, la monarquía española no
demoró en hacer de esta ciudad –atravesada por el impresionante
río Guadalquivir– un sitio de contacto donde convergían todos los
que entraban y salían de Sevilla tanto a las Indias como al norte
de África a través del monopolio de la Casa de Contratación.
Así se convirtió Sevilla en el sitio multicultural por excelencia
de la monarquía. Múltiples agentes de distintas corporaciones,
ya fuesen reales, eclesiásticos, gremiales, universitarios, entre
otros, tenían en esta ciudad un lugar de interacción, atención de
negocios y cultivo fructífero de redes.
Sevilla, para 1729, estaba en proceso de conversión
simbólica para la monarquía hispano-borbónica: de ser el centro
de la administración burocrática para las Indias Occidentales a
ser un significativo emblema de la llamada reconquista española.
La conexión de Sevilla para con Madrid, Buen Retiro, Aranjuez
o Badajoz era eficiente a pesar de encontrarse al sur de la
península. Hay quienes afirman que la ubicación de Andalucía
era complicada, pero sin duda, el haber sido por casi 200 años la
puerta de entrada y salida al Nuevo Mundo hacían de este lugar
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�Un sevillano en las Indias Occidentales

el sitio adecuado para hacer negocios, tanto para los peninsulares
como para los indianos, incluso para asiáticos procedentes de las
islas Filipinas.
Para recapitular, la ciudad hispalense era uno de los
centros urbanos más populosos de Castilla, aunque había
sufrido las agresiones de las epidemias de peste, de los años de
sequía, de las hambrunas, de las frecuentes inundaciones del
río Guadalquivir, la pérdida de la cabecera del monopolio de la
Carrera de Indias y el consiguiente desarraigo de gran parte de la
floreciente colonia de comerciantes españoles y extranjeros, y de
los profesionales vinculados con las actividades económicas del
comercio con las Indias Occidentales (almacenistas, corredores
de comercio, consignatarios, aseguradores, prestamistas,
intermediarios, marineros, carpinteros de ribera, calafateadores,
transportistas, cesteros, toneleros, artesanos de las afamadas,
manufacturas sevillanas, etc. y una serie de estratos más humildes
de la sociedad sevillana dedicadas a las tareas más diversas
relacionadas con el microcosmos del tráfico ultramarino). Según
Carlos Martínez Shaw y Marina Alonso Mola, barrios enteros
habían quedado despoblados y algunas calles antaño llenas de
casas de comerciantes y talleres de artesanos “no mostraban más
que ruinas y solares cubiertos de maleza”.4 No obstante, pese
a la recurrente nostalgia por las grandezas pasadas, Sevilla era
Carlos Martínez Shaw y Marina Alonso Mola, Felipe V (Madrid: Arlanza,
2001), 141.
4

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�Javier Rodríguez

una ciudad que contaba con un arzobispado, una universidad
muy reconocida y uno de los tribunales superiores de Castilla,
“ingredientes todos para convertirse en la sede de la monarquía,
como lo había sido bajo Pedro I el Justiciero”.5
Ahora bien, hay algunas consideraciones de importancia
que debemos de tener al momento de caracterizar el reinado de
Felipe V en el contexto del lustro real sevillano. En primer lugar,
hay que tomar en cuenta que se encuentra inmerso dentro del
segundo periodo de reinado del duque de Anjou, que fue iniciado
en 1724. Este segundo momento de reinado coincidió con una de
las fases de mayor lucidez y buena salud del rey. Sin embargo,
en 1725 se vio ensombrecido por la devolución de María Teresa
Victoria seguido por la ruptura del compromiso del infante Carlos
con Mademoiselle de Beaujolais, con la consiguiente tensión en
las relaciones entre Francia y España. Al año siguiente (1726)
José Grimaldo fue sustituido por José Patiño y cayó en desgracia
el padre Bermúdez, su confesor.
Por otro lado, según Carlos Martínez-Shawn y Marina
Mola, una vez restablecida la normalidad tras la abdicación y
vuelta al trono, el rey inició una ruta viajera con destino a los
reales sitios que habían sido restaurados o que estaban en vías
de restauración, al experimentar la Hacienda un cierto desahogo
por la reducción de los gastos extra generados por los conflictos
bélicos, los cuales exigían un buen número de criados desplazados
5

Martínez Shaw y Alonso Mola, 141.

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�Un sevillano en las Indias Occidentales

para atender a los soberanos, así como para tener cuidado del
transporte de muebles, tapices y demás efectos personales de
cada uno de los miembros de la familia real.
También debe tomarse en cuenta la situación personal de
Felipe V, y cómo la relación con su entorno fue deteriorándose
con el paso del tiempo. Según algunos autores, entre 1727 y 1728
Felipe V tuvo presente todo el tiempo la idea de abdicar en favor
de su hijo Fernando, pero en realidad eso nunca se concretó.
Durante su estancia en Badajoz, un aspecto que hubiese podido
distraer al monarca pudo haber sido la boda precisamente de su
mencionado hijo con la infanta Ana María Victoria, que podía ser
un catalizador de esfuerzos para sacar al rey de su postración pues
“había que ocuparse de los preparativos y el tema de conversación
podía resultar atractivo como revulsivo a la apatía a la que de
nuevo estaba sumido el monarca”.6
Gran parte de la historiografía española que ha dado
cuenta del análisis de la gestión político-administrativa del
reinado de Felipe V afirma que su estancia en Badajoz no
llenó las expectativas de la familia real. El rey seguía teniendo
un estado de ánimo decadente y una profunda melancolía que
se apoderaba de él al momento de tomar decisiones, lo que le
dificultaba por mucho gobernar un extenso territorio como lo era
la monarquía española. Ante esto, Isabel de Farnesio organizó la
llamada Jornada en Andalucía, pues creyó conveniente que, ante
6

Martínez Shaw y Alonso Mola, 138.

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ese ánimo tan deprimente por el cual estaba pasando su marido,
sería oportuno buscarle un alivio en un prolongado viaje por el
soleado y polícromo Sur. Asimismo, cuando se confirmó la fecha
de llegada, en realidad la familia real no tenía idea de que la
estancia en Sevilla se prolongaría por casi un lustro, de modo que,
en una experiencia sin precedentes en la historia de la monarquía
española, la comitiva real iba a residir por un largo periodo fuera
de Madrid y de los Sitios Reales, aquellos que como ya hemos
mencionado, fueron visitados por el rey, su familia y todo su
comité antes de llegar a Sevilla.7
Otra variable que debe añadirse al análisis en el reinado
de Felipe V en el lustro real sevillano es la gran influencia que
tuvo Isabel de Farnesio, tanto en su esposo como en la dirección
política de la monarquía en este periodo. Había nacido el 25 de
octubre de 1692 en Parma y era hija tanto de Eduardo Farnesio
como de la duquesa de Baviera Dorotea Sofía de Neoburgo, VIII
duque de Parma y Piacenza.8 Tras regresar al trono en 1724, y ante
el constante desánimo y falta de dirección política de su esposo,
era la reina quien asumía el rol de tomar importantes decisiones y
en muchas ocasiones dirigir la política de la monarquía. Por este
mismo papel que asumió, era víctima de actitudes hostiles hacia su
persona y su actuación porque consideraban que estaba teniendo
mucho protagonismo. No obstante, no tomaba las decisiones de
7
8

Martínez Shaw y Alonso Mola, 140.
Martínez Shaw y Alonso Mola, 97.

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manera unilateral, pues en torno a ella se reunieron una serie
de personajes de influencia y personalidad muy interesante: el
marqués Annibale Scotti, el ministro José Patiño, el arzobispo
Amida (Domingo Guerra, confesor de la reina) y la camarista
Pellegrina.
Si alguien tenía que soportar los drásticos cambios de
humor de Felipe V, era Isabel de Farnesio, quien poniendo a
prueba toda su capacidad de resiliencia, logró poner resistencia
psicológica y mostró inteligencia emocional ante los embates que
sufría por causa de su marido. Según Martínez Shaw y Alonso
Mola, sufría las destemplanzas reales con paciencia, incluso
aquellas que al calor de las reyertas en privado incluían maltrato
de palabra (improperios subidos de tono) y de obra (agresiones
físicas) por parte del soberano.
Ahora bien, hasta este momento se ha delineado un perfil
político-administrativo de lo que fue el gobierno de Felipe V
durante el lustro real sevillano. Lo que hasta este momento hemos
prefigurado es una monarquía con un rey desgastado, enfermo y
en varias ocasiones incapaz de ejercer el gobierno porque estaba
imposibilitado para tomar decisiones, una reina que fungió
como una especie de regente ante las condiciones en las que se
encontraba su marido (y que no gobernaba de forma unilateral
sino que estaba aconsejada por un grupo de expertos, un círculo
selecto de amistades que el rey conocía perfectamente), una
familia real itinerante con el objetivo de buscar la manera de
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que el rey recobrase la salud para poder ejercer su cargo y una
sociedad sevillana que tuvo sus mejores momentos cuando era
gobernada por la dinastía anterior y que estaba en un proceso
de transición para convertirse en una ciudad de gran tradición
hispánica por haber sido parte del emirato de Córdoba, parte
importante en el proceso de readquisición del espacio por parte
del reino de Castilla y la puerta a las Indias Occidentales y el
norte de África.
Como parte de las decisiones que el monarca debía
tomar, estaba nombrar a las altas autoridades de las Indias tanto
del poder temporal como del espiritual: virreyes, gobernadores,
presidentes de las Audiencias y oidores dentro del primero; y
arzobispos, obispos, ministros provinciales, priores, abades,
rectores de universidades y miembros de los cabildos catedrales
por el otro. El nombramiento de los altos cargos eclesiásticos,
debemos recordar, se hacía por el derecho del real patronato, es
decir la regalía que el Papa Alejandro VI concedió a los reyes
católicos en 1493 de las bulas Intercaetera I y el breve menor, en
virtud de los procesos de exploración y encuentro con el Nuevo
Mundo, y a partir de allí, por la labor emprendida por la Corona
de Castilla en la conversión de sus naturales a la fe católica.9
Ma. de Lourdes Bejarano Almada, “Las bulas alejandrinas: detonantes de
la evangelización en el Nuevo Mundo”, Revista de El Colegio de San Luis 6,
núm. 12 (2016): 224–57. Véase también: Ibot León, La Iglesia y los eclesiásticos españoles en la empresa de Indias (Barcelona: Salvat, 1954); Juan Manuel
Pérez Collados, “En torno a las bulas alejandrinas: las bulas y el derecho censuario pontificio”, Anuario Mexicano de Historia del Derecho, núm. V (1993):
9

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¿Estaba el monarca en condiciones de efectuar tales
nombramientos? Esta pregunta es muy interesante, y más si nos
enfocamos a lo que a este artículo atañe: el nombramiento de
obispos, como parte del poder espiritual. Si hasta este momento
hemos reflexionado que Felipe V estaba prácticamente
imposibilitado para gobernar mientras se encontraba en Sevilla,
lo más seguro era que hubiese habido varias motivaciones
que hayan incidido en el nombramiento de los titulares de
diversas mitras en los episcopados indianos. Si bien, pudiera
ser que Isabel de Farnesio –aconsejada por su círculo más
cercano– hubiese estado detrás de tales nombramientos, son
aspectos que evidentemente no se van a encontrar expresos en
la documentación. Quizás, para indagar sobre la obtención de la
orden episcopal de fray Francisco de San Buenaventura Martínez
de Tejada Diez de Velasco, así como sobre su designación como
obispo titular de Tricali y auxiliar de Santiago de Cuba con sede
en el puerto de San Agustín de la Florida, debemos averiguar
en torno a las elecciones episcopales dadas por Felipe V en el
lustro real sevillano, tal vez para tener un panorama del tipo de
obispos que se estaban eligiendo, de cuáles eran sus trayectorias
antes de la obtención de la mitra y el báculo, y para saber sobre
sus destinos.
En el rastreo propuesto anteriormente encontramos que
entre el periodo de 1729 y 1734, ocho individuos fueron elegidos,
237–55.
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ordenados y designados obispos para algunas mitras vacantes en
las Indias Occidentales por Felipe V. En 1729, fray Francisco
Santiago y Calderón para el obispado de Antequera-Oaxaca en
la Nueva España. Dos en 1730: fray Gaspar de Molina y Oviedo,
regular agustino que tuvo como destino el obispado de Santiago
de Cuba y José Antonio Gutiérrez de Ceballos para el obispado
de Tucumán. En 1731 fray Juan Lazo de la Vega y Cansino
franciscano también para el obispado de Cuba (en sucesión del
obispo fray Molina y Oviedo) y fray Juan Ángel Rodríguez,
trinitario para el obispado de Manila. En 1732 fray Diego Fermín
de Vergara –agustino– que tuvo como destino el obispado de
Popayán; y en 1734 dos prelados más: Manuel Ocio y Campo que
fue designado obispo de Cebú y nuestro personaje fray Francisco
de San Buenaventura Martínez de Tejada, franciscano recoleto.
Para ilustrar mejor lo que acabamos de describir, se mostrará
en la siguiente tabla tomando en consideración las siguientes
variables: el nombre del obispo, el tipo de clero al que perteneció,
su origen, el año de nacimiento, su trayectoria antes de haber sido
elegido obispo por Felipe V (dentro del lustro real sevillano), el
año en que obtuvo el grado del episcopado y su primer obispado
de destino.
De los ocho individuos que fueron designados para
ocupar una mitra vacante en las Indias Occidentales, siete
fueron originarios de la Península Ibérica y solamente un obispo
novohispano. También hay que destacar, que seis formaban
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parte de las filas de las órdenes religiosas –tres franciscanos, un
agustino, un trinitario y un mercedario– y dos más pertenecientes
al clero secular. Además, sobre los destinos, hay que señalar que
tres fueron destinados al obispado de Cuba (dos como obispos
titulares y uno como auxiliar), dos a los obispados ubicados en
el archipiélago filipino, dos a las Indias meridionales y uno a una
mitra de la Nueva España.
No obstante, hay un elemento muy valioso de la tabla 1
que es de gran utilidad para nuestros intereses. Como se pudo
apreciar, hubo dos individuos de origen sevillano que ocuparon
una dignidad episcopal, como lo fueron fray Juan Lazo de la
Vega y Cansino como obispo titular de Santiago de Cuba en
1731 y fray Francisco de San Buenaventura Martínez de Tejada
Diez de Velasco en 1734 como obispo auxiliar de Santiago de
Cuba con sede en San Agustín de la Florida. Y dentro de este
mismo dato, otro aspecto de sumo interés es el hecho de que el
obispo fray Lazo de la Vega sustituyó a fray Gaspar de Molina y
Oviedo, quien antes de ser designado como obispo de esa misma
mitra era guardián del Colegio de San Acacio en Sevilla, prior de
la orden de San Agustín en Cádiz y asistente general de la orden.
Tampoco se puede dejar de lado a fray Juan Ángel Rodríguez,
quien dentro de su trayectoria por Sevilla estaba terminando
sus estudios en 1730 antes de embarcarse con rumbo a Lima
para ser el confesor del arzobispo fray Diego Morcillo Rubio de
Auñon y Robledo.
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Pareciera que hay un vínculo entre el lustro real sevillano
y la designación de obispos de origen o vinculados en trayectoria
con Sevilla por parte de Felipe V. Más aún, parece haber una
estrecha relación entre los prelados sevillanos con el espacio de
desenvolvimiento del mar Caribe de las Indias, más directamente
entre la ciudad hispalense y la isla de Cuba. Pero, en lo que concierne
a nuestro personaje –fray Francisco de San Buenaventura Martínez
de Tejada Diez de Velasco– su vínculo con los otros dos prelados
sevillanos de la isla fue un vínculo directo, pues mientras él era el
guardián del Convento de Nuestra Señora de Loreto en Espartinas,
Sevilla, fray Lazo de la Vega era el ministro provincial, es decir,
su superior; y resulta una obviedad que estos dos hayan conocido
a fray Gaspar de Molina y Oviedo, quien era prior en ese mismo
lugar, y aunque originario de Mérida, la mayor parte del tiempo
radicó tanto en Sevilla como en Cádiz. ¿Quién recomendó a fray
Gaspar de Molina y Oviedo y a fray Juan Lazo de la Vega a la
dignidad episcopal? ¿Habrá sido Felipe V o Isabel de Farnesio?
Por el momento resulta imposible determinar quién es el verdadero
responsable de la recomendación a la dignidad episcopal, pero si
esas mismas preguntas se plantean para nuestro personaje, el obispo
fray Martínez de Tejada Diez de Velasco, quizás también podamos
añadir a la lista de las posibles recomendaciones a fray Juan Lazo
de la Vega pues no cabe duda que tenían un lazo presente, quizás
habían trabajado juntos en alguna etapa de sus trayectorias en
Sevilla o sus familias estaban vinculadas.
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Francisco
de San
Buenaventura
Martínez
de Tejada

Regular
franciscano

Diego
Fermín de
Vergara

Regular
agustino

Sevilla

Sevilla

¿?

Destino

Regular
franciscano

Episcopado

Juan Lazo
de la Vega
y Cansino

Mérida

Trayectoria

Regular
agustino

Nacimiento

Gaspar de
Molina y
Oviedo

Origen

Tipo clero

Nombre

Tabla 1.
Eclesiásticos que obtuvieron la dignidad episcopal
por Felipe V de 1729-1734

1694

Guardián del Colegio San Acacio
(agustinos de Sevilla), prior de Cádiz
en 1712, asistente
general de la orden
en 1720.

1730

Cuba

1674

Definidor general de
la orden, guardián
de varios conventos
y ministro Provincial de Andalucía.

1731

Cuba

1693

Guardián del convento de Loreto, en
Sevilla.

1734

Auxiliar
de Cuba
con sede
en Tricali

1675

Definidor de la Provincia de Castilla,
prior de San Felipe,
examinador sinodal
del arzobispado de
Toledo.

1732

Popayán

Se desconoce

1729

Oaxaca

Francisco Regular
Santiago y merce- Torralva 1673
Calderón
dario

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José Antonio Gutiérrez de
Ceballos

Juan Ángel Rodríguez

Manuel
Ocío y
Campo

Secular

Regular
trinitario

Secular

Toledo

1682

Estudio en el Colegio real de Salamanca, pasó como inquisidor a Cartagena
de Indias de 1713 a
1718 y de Lima de
1718 a 1730.

1730

Tucumán

Medina
del
Campo

Se desempeñó como
canónico en varias
universidades de
España, entre ellas
1687
la de Sevilla. Al
nombramiento, era
confesor del arzobispo de Lima

1731

Manila

Celaya

Estudio en la Real
Universidad de
México donde también fue catedrático,
abogado de esa Real
Audiencia.

1734

Cebú

1688

La trayectoria episcopal en las Indias Occidentales
Nacido en Sevilla en 1686, Francisco de San Buenaventura
Martínez de Tejada Diez de Velasco fue hijo de don Juan Martínez
de Tejada y de doña Francisca de Velasco, ambos miembros de
familias nobiliarias de su ciudad natal. En la adolescencia tomó el
hábito de San Francisco –en la rama de los recoletos– y pronunció
los votos de profesión religiosa en el monasterio de San Pablo
de la Breña, ubicado en la misma ciudad. Se graduó de doctor
y maestro, y fue lector sucesivamente de filosofía y teología en
dicho monasterio. Fue guardián del convento de Nuestra Señora
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de Loreto en su ciudad natal de 1724 a 1731, y de 1732 a 1734,
año en que fue promovido a la dignidad episcopal enviándosele las
ejecutoriales correspondientes, que él aceptaría y que le obligarían
a dejar el cargo de guardián del convento y abandonar Sevilla.
Lo poco que se sabe de su personalidad, de acuerdo con algunas
crónicas, es que era un “varón de Dios, hombre de oración, estricto
y severo para consigo mismo pero amable, dulce y atento para
con los demás, austero, penitente, temeroso de Dios, pero siempre
dispuesto a socorrer a quien le pedía auxilio. Entregado en cuerpo
y alma a sus labores y al servicio de su prójimo”.10
Plantean las crónicas que fue el propio monarca español
Felipe V, quien promovió a la dignidad episcopal a Martínez
de Tejada al considerar en él esa personalidad de abnegación,
entrega y servicio a los demás, “a fin de que, realzada su frente
con el esplendor de la mitra, y colmado su espíritu con la gracia
sacerdotal en la dignidad suprema del episcopado, empuñase el
cayado pastoral y fuese más allá del mar océano a dirigir a su
grey”. Esto es, que fuese a las Indias Occidentales para que, entre
el mar de las Antillas y las inmediaciones del Seno Mexicano,
diera impulso a una de las Iglesias fundadas desde el siglo XVI.
Así, aprobado por el Papa Clemente XII para recibir la ordenación
episcopal, Fray Francisco de San Buenaventura Martínez de
Tejada fue nombrado obispo titular de Tricali y auxiliar de Cuba
con sede en Florida, todo esto dentro de la monarquía hispánica.
Archivo General de Indias (AGI). Santo Domingo 865, Despacho del rey
al obispo de Cuba, 29 de noviembre de 1733.
10

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Al llegar a Cuba, se planteó el problema de su consagración
episcopal y la entrega de su mitra. Ansioso de conseguir un nuevo
obispo auxiliar para la jurisdicción de San Agustín en Florida, el
rey Felipe V ordenó que la ceremonia fuera realizada en Cuba.11
Para ello, su majestad dispensó la ley que exigía que tres obispos
estuvieran presentes en la consagración episcopal de un clérigo,
y ordenó que sustituyese a los prelados. Cuando los sustitutos
llegaron, el fraile ya había partido rumbo a Veracruz, para ser
consagrado obispo en la Ciudad de México en julio de 1734, por
el arzobispo Juan Antonio Vizarrón Eguiarreta, según refieren
algunas crónicas.12
A pesar de haber sido ordenado obispo en América,
Fray Francisco de San Buenaventura sabía muy bien cuál era su
función: ser pastor y guía de la grey que su majestad le había
encomendado. Por lo tanto, salió a relucir inmediatamente su
relación para con el monarca español, pues desde que llegó
a tomar posesión de Cuba, de inmediato se lanzó a una visita
pastoral con rumbo al fuerte de San Agustín. Mientras realizaba
su visita, levantó un informe que envió a Felipe V en el que daba
fe del estado espiritual y material de la zona.
En lo material, ya no había casa decente para poder vivir.
Tampoco había iglesia ya que se estaba construyendo una, pero
John J. Tepaske, The governorship of Spanish Florida (1700-1763)
(Durham: Duke University Press, 1964), 182.
12
AGI. Santo Domingo 867, “Del obispo auxiliar al rey”, 29 de noviembre
de 1733.
11

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aún no estaba terminada; suplía a dicha iglesia una ermita de
tablas, arruinada y pequeña, en la que no cabía ni el tercio del
pueblo, careciendo de ornamentos para el santo sacrificio de
la Eucaristía. En lo espiritual, existía un olvido de las virtudes
y ninguna frecuencia de sacramentos. El número de personas
de la ciudad por el padrón de dicho año era de 1,428 personas
entre hombres, mujeres, niños y algunos esclavos.13

Su actitud como obispo regalista hizo que detallara grandes
informes directamente a la corona española, algo muy común en
los obispos de su época. En sus diez años como obispo de Tricali,
sacó a su grey de la apatía religiosa en que se encontraba. Por otro
lado, se vio inmiscuido en algunos conflictos entre el gobernador
de Florida y los franciscanos, pero supo mediarlos de hábil forma.
Promovió con fracaso rotundo la evangelización de la Florida,
pero sus ánimos nunca decayeron “en defensa de su majestad
y de la santa fe católica y apostólica”.14 Sin embargo, el 25 de
junio de 1745, el rey español Felipe V y el Papa Benedicto XIV
lo designaron obispo de Yucatán, tomando posesión de su nueva
diócesis el 15 de junio de 1746, pasando así de ser un obispo
in partibus infidelium de Tricali y auxiliar de Cuba con sede en
Florida, a ser titular de la diócesis yucateca.
De este modo, el 20 de noviembre de 1745, Fray Francisco
de San Buenaventura Martínez de Tejada llegó a Mérida y en
AGI. Santo Domingo 867, “Del obispo auxiliar al rey”, 15 de octubre de
1735.
14
AGI. Santo Domingo 864, “Del obispo auxiliar al rey”, 15 de octubre de
1735.
13

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su toma de posesión advirtió que saldría lo más pronto posible
en visita pastoral hacia Tabasco, pues le interesaba saber las
condiciones en que se encontraba dicho territorio por ciertos
rumores que le había comentado la tripulación del barco en el que
se trasladó.15 El prelado dio cuenta de haber confirmado a 10,814
almas, y de su recorrido por la zona afirmó haber:
Remediado algunos males espirituales y hallado los templos,
aunque muy humildes, así por la pobreza de los vecinos como
por la carencia que hay de materiales, aseados, pero viendo
quemada la Iglesia de Cunduacán, por ser como las demás de
madera, se quedaron previniendo materiales, así en este pueblo
como en el Villahermosa para reedificarlas de material.16

Además, visitó los ocho pueblos del río Usumacinta y treinta
de Chontalpa, los cuales encontró en buen estado de fe y salud
espiritual a pesar de ser muy pobres. En total realizó cinco visitas
pastorales durante su gestión en Yucatán desde su llegada en 1745
hasta 1749, año en que fue su quinta y última visita.17
Dentro de su labor pastoral en su segunda gestión
episcopal, se confirmaron 68,966 almas en 1,491 leguas
recorridas entre las cinco visitas. Y es que a pesar de no ser tan
extenso el territorio, da cuenta de que los caminos estaban en
pésimas condiciones, y que muchos de ellos estaban cubiertos
AGI. México 1030, “Cartas y expedientes de los obispos de Yucatán”, 20
de noviembre de 1745.
16
AGI. México 1030, “Cartas y expedientes de los obispos de Yucatán”, 20
de noviembre de 1745.
17
AGI. México 1030, “Cartas y expedientes de los obispos de Yucatán”, 1 de
octubre de 1749.
15

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por una excesiva cantidad de vegetación y el temperamento
de la tierra era bastante húmedo. Aun así, se reedificaron más
de 80 curatos, creó un Seminario Tridentino y un hospital para
pobres, visitó el presidio de Balcázar –que nunca había sido
visitado por ningún otro obispo–, intercedió por la gente caída
en desgracia dentro de su cabildo catedralicio, como asimismo
denunció que había lugares que “al estar alejados de los curatos e
imposible visitarlos, se practican incestos, cópulas entre mujeres
y diabólicas supersticiones que el común enemigo no escatima
en la gravedad de su pecado por no tener pasto espiritual”, como
también había denunciado mujeres por abandonar a sus esposos
queriendo llevar vida libertina, y que al igual que algunas solteras
españolas “se embriagan en tabernas y desatan sus bajas pasiones
para satisfacer el muy alto libido que tienen”, asunto que trató
con el gobernador de Yucatán y resolvieron crear un reformatorio
para que aprendieran la mesura y el control de sus instintos.18 Y
cuando se estaba en planes de erigir dicho reformatorio espiritual
en coordinación con su homólogo secular, Fernando VI tendría
planes diferentes para él, ya que el 28 de septiembre de 1751 lo
eligió para ocupar la sede vacante en la diócesis de Guadalajara.
Fue así como en su informe al Consejo de Indias, el R.P.
José Barbosa y Cabrera informó que Fray Francisco de San
Buenaventura Martínez de Tejada recibió las bulas pontificias en el
AGI. México 1030, “Cartas y expedientes de los obispos de Yucatán”, 15
de junio de 1749.
18

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puerto de Veracruz, que fueron transportadas hasta él por el navío
Bizarra.19 En su respuesta, el fiscal aclaró que, si el obispo no hacía
juramento debido ante el presidente, gobernador y capitán general
de la Audiencia de Guadalajara, José de Basarte, no podía tomar
posesión del obispado.20 De este modo, fue como el nuevo obispo
de Guadalajara entró en ejercicio episcopal el 24 de febrero de
1753 tras haber tomado el juramento cuatro días antes.
Este nuevo territorio eclesiástico representó para él un
nuevo reto en su tarea pastoral, pues aun teniendo 65 años de
vida, recibió un inmenso territorio bajo su resguardo. Era el
obispado más grande de toda la América hispánica septentrional,
una jurisdicción que iba de la costa del océano Pacífico a la costa
del Seno Mexicano, ya que fue obispo de Guadalajara, Nueva
Galicia, Nuevo Reino de León, provincias de Nayarit, Coahuila y
Texas, y las Californias; o lo que se conocía hasta ese momento.
Así, una de sus primeras acciones, fue recorrer la mayor magnitud
de su obispado, y para ello, en mayo de 1753, se aventuró en una
primera visita pastoral con rumbo al Nuevo Reino de León, para
reconocer la constitución mayoritaria de su obispado.
Era evidente que el obispo neogallego tenía un fuerte interés
por conocer la zona limítrofe de sus territorios. De antemano se
sabe que era una labor de los prelados diocesanos realizar visitas
AGI. Guadalajara 205, “Cartas y expedientes de los obispos de Guadalajara vistos por el consejo”, 12 de febrero de 1753.
20
AGI. Guadalajara 205, “Cartas y expedientes de los obispos de Guadalajara vistos por el consejo”, 12 de febrero de 1753.
19

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periódicas a todos los curatos bajo su administración, pues eso
era un mandato tanto del Concilio de Trento como del Tercer
Concilio Provincial Mexicano, pero, en la visita que hizo el
obispo de Guadalajara en 1753, hay un fuerte interés por conocer
la zona.21 Un primer indicio pudiera ser que se trata de una visita
de reconocimiento de territorio –y puede que haya sido así– pero,
por otro lado, la comprensión de las territorialidades eclesiásticas
implica aspectos que trascienden el simple reconocimiento
panóptico: la dinámica eclesiástica del territorio, la administración
de los sacramentos, el reconocimiento de su personal (o en este
caso los curas subordinados a su cargo), la religiosidad popular de
la feligresía, y un aspecto de suma importancia, el conocimiento
de la recaudación de los diezmos y las entradas monetarias que
tienen esos territorios tan lejanos de la sede episcopal.
Sin embargo, el obispo Martínez de Tejada Diez de
Velasco realizó una segunda visita pastoral en 1760. Tal pareciera
que su actividad pastoral fue muy intensa: tenía que cerciorarse
por sí mismo que las cosas en el obispado funcionaran de forma
correcta, ya que, a pesar de su avanzada edad, nunca envió un
representante suyo al ejercicio de dicha actividad, como lo habían
hecho sus antecesores en la zona. Esto es un indicador del fuerte
celo apostólico que sentía por su trabajo como dirigente diocesano.
Como gobernante eclesiástico, tenía que responder ante la Corona
por los habitantes dentro de su jurisdicción sin importar que ésta
AGI. Guadalajara 205, “Cartas y expedientes de los obispos de Guadalajara vistos por el consejo”, 12 de febrero de 1754.
21

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transgrediera los límites fronterizos entre la Nueva España y la
Nueva Galicia, pero como pastor y dirigente espiritual, tuvo que
velar con gran celo apostólico que los sacerdotes de su diócesis
cumplieran con su trabajo como debían de hacerlo. Por las demás
autoridades temporales, el obispo Martínez de Tejada debía
trabajar de forma conjunta para salvaguardar la espiritualidad de
todos los feligreses. Para esto, el obispo de Guadalajara mostró
una actitud de respeto y de buena disposición para el trabajo y la
cooperación tanto con el presidente de la audiencia de la Nueva
Galicia, como con los virreyes de la Nueva España, aunque éstos
no se llevaran bien.
Sin embargo, el Sr. Tejada fue muy claro desde un
principio: para él, al único que había que rendirle cuentas era a
su majestad, y los conflictos de intereses que los gobernadores de
los territorios tuvieran entre sí no eran de su incumbencia. Esto
fue realmente significativo porque evidenció que su principal
objetivo era la custodia y la salvación de las almas dentro de su
obispado, e incluso fuera de él, ya que estaba dispuesto a llegar
hasta los confines de su territorio para llevar a cabo esa labor.
Es obvio que, como franciscano, su mística espiritual hizo a su
personalidad preocuparse primero por las cosas eternas, es decir,
que los curas llevaran la liturgia de forma correcta, así como
tener todo lo necesario y en orden para el culto divino, además
de llevar de forma correcta la administración parroquial, y que
las condiciones materiales de los templos estuvieran en óptimas
condiciones para poder llevar los actos de culto.
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Tras haber realizado la visita pastoral de 1753, dio informe
al presidente de la Audiencia de Guadalajara sobre el estado
en el que se encontraban las tierras del Nuevo Reino de León,
enfatizando que las misiones se encontraban en un pésimo estado.22
Asimismo, reportó a su majestad, que las iglesias y los pueblos
del Nuevo Reino de León se hallaban sumamente deteriorados no
solo por haber padecido el incremento de temporales debido a las
constantes lluvias y culebrones de agua, sino por la gran falta de
vecinos que se habían pasado a las nuevas poblaciones.
Cabe recordar, que entre 1749 y 1753, José de Escandón
dirigió un asentamiento que –según se menciona– era de más de
seis mil personas para la colonia de Nuevo Santander, y fundó
veinte poblaciones, lo que provocó que el mapa del norte de la
Nueva España se completara con la fundación de este asentamiento
como un gobierno militar. Pero, por otra parte, si bien esta mejora
redundaba en bien para el Nuevo Reino de León porque le quitaba
la guerra contra los indios en el lado oriente, le ocasionó un grave
atraso de disminución de la población porque una buena parte de
sus moradores se pasaron a colonizar el territorio ya mencionado.
Este era uno de los males que el obispo de Guadalajara le reportó
a Fernando VI.
A su vez, José de Basarte –presidente de la Audiencia de
Nueva Galicia– mostró la mejor disposición para ayudar a corregir
AGI. Guadalajara 205, “Cartas y expedientes de los obispos de Guadalajara vistos por el Consejo”, 8 de febrero de 1754.
22

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el “mal de poblaciones” que aquejaba al Nuevo Reino de León, pues
después de haber hablado sobre el tema con su obispo, le hizo una
proposición a su majestad para ayudar a mejorar la situación social
de aquellas lejanas tierras. Lo primero fue que había que mantener
las misiones de Hualahuises, Gualeguas y Guadalupe en la mejor
situación que se pudiere, y prestar más atención a aquellas que se
encontraban descuidadas y desatendidas: Río Blanco, Purificación y
Concepción; en segundo lugar, que San Antonio de los Llanos fuera
anexada a Nuevo Santander, y que en tercer lugar los misioneros de
Charcas atendieran el Valle de Matehuala y las misiones descuidadas
del Nuevo Reino de León.23 Era evidente que los intereses de Basarte,
lejos de mejorar la situación social de aquellas tierras, eran hacer
méritos con el monarca español para después proponerle la anexión
del Nuevo Reino de León a la Audiencia de Nueva Galicia y así
arrebatarle aquel territorio al virrey de la Nueva España, debido a
que tenía intereses en ese territorio.
Además, también le propuso al rey hablar personalmente
con José de Escandón, para que, a largo plazo, “una vez
poblado el Nuevo Santander, hiciera devolución en número de
gentes que se había llevado por motivo de compensación”.24
Desafortunadamente para él, el fiscal le respondió en carta
fechada en 25 de octubre de 1755 que tomaría en cuenta sus
AGI. Guadalajara 205, “Cartas y expedientes de los obispos de Guadalajara vistos por el Consejo”, 8 de febrero de 1754.
24
AGI. Guadalajara 205, Cartas y expedientes de los obispos de Guadalajara vistos por el Consejo, 8 de febrero de 1754.
23

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sugerencias pero que no se metiera en los asuntos del Virrey de
la Nueva España.25 Asimismo, informó el obispo Martínez de
Tejada al fiscal del Consejo de Indias haber confirmado 64,987
personas, una cantidad que es indudablemente exagerada pues
la cantidad real –como se vio– ni siquiera llegaba a las 20,000
almas confirmadas.26 Sin duda alguna, era una buena táctica del
episcopado novohispano para evidenciar que hacían bien su
trabajo, pues lo mismo sucedía con el obispo Sánchez de Tagle
en Durango, quien afirmó haber confirmado como a 300,000
personas, cuando la cifra real era bastante menor.27
Así pues, entre 1754 y 1758, el obispo Fray Francisco de
San Buenaventura tuvo una intensa agenda por atender. Además
de resolver el conflicto que tuvo con el Virrey de Nueva España
por la jurisdicción del curato de Bolaños –que dicho sea de paso
el gobernador Basarte ganó su custodia de vice-patronato tras un
litigio de cuatro años–, realizó tres visitas pastorales más dentro
de su obispado: una con rumbo a la vereda de Tierra Caliente entre los curatos de Lagos de Moreno y la Villa de Aguascalientes,
otro camino a Zacatecas y de regreso a Guadalajara, y la tercera
rumbo a la provincia de Nayarit.28
AGI. Guadalajara 205, Cartas y expedientes de los obispos de Guadalajara vistos por el Consejo, 25 de octubre de 1755.
26
AGI. Guadalajara 205, Cartas y expedientes de los obispos de Guadalajara vistos por el Consejo, 8 de febrero de 1754.
27
AGI. Guadalajara 206, Cartas y expedientes del obispo de Durango, 30 de
diciembre de 1751.
28
El obispo Martínez de Tejada nunca hizo una visita pastoral hacia las
25

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No obstante, El 9 de mayo de 1759 en la catedral de
Guadalajara, el obispo Martínez de Tejada mandó un edicto
circular por la ruta cordillera del Nuevo Reino de León. En ella,
comunicaba su resolución de salir en visita pastoral para aquellas
regiones el último día del mes de junio que se aproximaba. En su
edicto, el obispo comunicaba a los curas que su comitiva estaría
compuesta por el Br. Mateo de Arteaga –cura beneficiado de la
villa de Aguascalientes– y cinco ayudantes más, y ordenaba que
a su llegada le fueran preparados una olla de frijoles, tres gallinas
cocidas, asadas, o en caldo con cinco tortillas y chocolate y agua
para beber, además de un no costoso postre. Asimismo, advertía a
los curas que no prepararan pompa o grandes celebraciones a su
llegada, mucho menos que se le dieran regalos de ningún tipo, pues
deseaba verse asistido de una decente pobreza. Solo se conformaba
con que también tuvieran preparado para su llegada agua y paja
para sus bestias de carga, y que tuvieran personas que los cepillaran
y atendieran en caso de sucederles algún inconveniente.29
Por otro lado, a los fieles, vecinos y moradores de los
pueblos y partidos ubicados en la vereda por recorrer, exhortaba
y requería que si alguno de ellos sabía si había eclesiásticos
Californias, pero los jesuitas que misionaban en aquellas zonas le mandaban
informes sobre la región, diciéndole que era una región “altamente cálida al
punto que el ganado mayor y algunas personas mueren de tabardillo”. AGI.
Guadalajara 205, “Cartas y expedientes de los obispos de Guadalajara vistos
por el Consejo”, 20 de mayo de 1756.
29
FamilySearch. Salinas Victoria, Nuestra Señora de Guadalupe, cofradías
1750-1854; m.19. www.familysearch.org/México-NuevoLeón-CatholicChurchRecords,1667-1981
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que hubiesen cometido pecados públicos, que lo declarasen al
momento de la visita, pues era una labor episcopal corregir la
disciplina de su clero para que pudieran ejercer su ministerio con
la mayor dignidad posible.
Asimismo, también pedía que pasaran a declarar si algún
vecino o feligrés se encontraba amancebado con alguna mujer,
si tuvieran negocios deshonestos, si hubiesen transgredido la
excomunión, si hubiese blasfemado, si decían palabras deshonestas,
si habían comido carne en cuaresma o vigilia de precepto, si no
hubiese cumplido con el precepto anual, si había sospechas de
sodomía, si había mujeres libidinosas o que imitaran o quieran ser
como hombres, si habían puesto a trabajar a sus esclavos en día de
fiesta, si conocían indios que jugaran juegos prohibidos, si conocían
a hechiceras o adivinas, personas que maltrataran animales o que
hubieran matado a alguno sin causa, o si conocían personas que
callaran todos los pecados anteriores incurriendo en la omisión; todo
esto para que las personas que resultaran implicadas fueran castigadas
bajo la pena de excomunión mayor latae sentenciae una potrina
canonica monitione, y aquellas que se hubiesen animado a confesar,
resultarían apremiadas con exenciones de pago en las obvenciones
parroquiales por cinco años a partir del día de la denuncia.30
Para la recepción del sacramento de la confirmación,
otorgó la indulgencia plenaria a todos los fieles que se confesaran,
FamilySearch. Salinas Victoria, Nuestra Señora de Guadalupe, cofradías
1750-1854; ms.20-21. www.familysearch.org/México-NuevoLeón-CatholicChurchRecords,1667-1981
30

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recibieran la comunión, e hicieren una oración en la parroquia
a la que pertenecieran por la Iglesia, el romano pontífice y los
progresos de la monarquía española delante de la custodia con
la hostia sacramentada expuesta.31 Esta indulgencia, estaba
enmarcada en el contexto de la muerte del monarca Fernando VI
y el ascenso de Carlos III, la muerte del Papa Benedicto XIV y el
ascenso de Clemente XIII, así como el decreto de jubileo hecho
por este último a raíz de “los estragos que padece la religión
católica y la santa sede vulnerada primero en la fe, y conociendo
que la relajación de costumbres y de la disciplina eclesiástica
son causa de graves daños y de las sangrientas guerras que se
experimentan junto con los constantes y repetidos temblores de la
tierra en muchos puntos de la monarquía española”,32 por lo cual
el Papa otorgaba la indulgencia plenaria, pero cada obispo tenía
la libertad de adaptarla a su diócesis.33
Así, las indicaciones del obispo Martínez de Tejada para
su visita pastoral en 1759 dejaban muy en claro que deseaba
realizarla con la mayor decencia y pobreza posible, pero que
FamilySearch. Salinas Victoria, Nuestra Señora de Guadalupe, cofradías
1750-1854; m. 21. www.familysearch.org/México-NuevoLeón-CatholicChurchRecords,1667-1981
32
Seguramente se refería al terremoto de Lisboa en 1755 cuyos efectos pudieron sentirse prácticamente por toda la Europa occidental (desde Andalucía
hasta Finlandia) y parte de Marruecos.
33
Este punto lo hemos de tocar en el siguiente capítulo de esta investigación. FamilySearch. Salinas Victoria, Nuestra Señora de Guadalupe, cofradías
1750-1854; ms.39-40. www.familysearch.org/México-NuevoLeón-CatholicChurchRecords,1667-1981.
31

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todos los actos de fe que se llevaran a cabo en el trascurso de
ella fueran realizados con la mayor piedad y contrición para la
enmienda espiritual que su grey esperaba. Sin embargo, además
de lo que hasta aquí hemos mencionado, había otros intereses
detrás de esa visita, ya que la ruta de ella había sido modificada,
pues ya no era el objetivo del obispo recorrer el Nuevo Reino de
León, sino una provincia que estaba ubicada más al norte y que
hasta el momento era un territorio desconocido para él, a donde
ningún obispo había llegado antes en visita pastoral.
Así pues, Fray Francisco de San Buenaventura salió
a los confines de su obispado por segunda ocasión, pero ahora
el destino indiscutible era la provincia texana. Su recorrido, en
primera instancia, era el que había hecho en la ruta anterior pues
llegó a los curatos del Santiago del Tonalá, San Francisco de
Tepatitlán, Sierra de Pinos, Venado, Charcas y Matehuala, entre
el 8 de junio y el 3 de octubre de 1759. Las visitas se realizaban
conforme al itinerario protocolario que el obispo había anunciado
en mayo de 1759, siendo la excepción Charcas, donde celebró
el otorgamiento de órdenes menores (de lectorado y acolitado)
y mayores (de presbiterado) a cinco frailes del Colegio de
Guadalupe de Zacatecas.34 Pero una vez terminado su paso por
Matehuala, su siguiente destino sería la Villa de Monclova el 22
de octubre, luego el pueblo de San Buenaventura dos días después,
FamilySearch. Charcas, San Francisco, Bautismos 1755-1768, m.129.
www.familysearch.com/Mexico,SanLuisPotosí,CatholicRecordsChurch
34

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continuando con el presidio de Santa Rosa el 30 de octubre y la
Villa de San Fernando el 5 de noviembre, para finalmente llegar
al presidio de San Antonio de Béjar el 10 de noviembre de 1759.35
Después fue al presidio de Los Adaes, bajó a la Bahía del Espíritu
Santo, para pasar a Río Grande y continuar para llegar al rancho
de Nuestra Señora de los Dolores en el Nuevo Santander.36
Lo anterior es interesante porque en este último sitio no
había parroquia o templo que visitar, ya que era una ranchería
perteneciente a don José Borrego de la que el obispo desconocía
su existencia. Apuntó que este sitio formaba parte de una de las
poblaciones fundadas por el general José de Escandón, llamada
la Villa de Laredo. Dicho lugar, estaba situado “en el camino
real que sale de la villa de Monclova, capital de la provincia de
En la Villa de Monclova el cura beneficiado era el Br. Miguel Sánchez
Navarro y su teniente el Br. José Miguel Molano; en el pueblo de San Buenaventura el doctrinero era fray Nicolás Salcedo de la provincia de Jalisco;
en el presidio de Santa Rosa el cura beneficiado era el Br. Carlos Sánchez de
Zamora; y en la Villa de San Fernando de Austria se encontraba fray Antonio
Aguilar religioso franciscano de la provincia de Jalisco. Cabe mencionar sobre
este último que era un curato informal pues el templo era de “paja y terrado”,
y el religioso que lo atendía solo contaba con permiso de su superior y no del
obispo de Guadalajara, por lo que el obispo Martínez de Tejada ordenó que se
le despacharan las licencias correspondientes para que pudiera celebrar, confesar y predicar en las doctrinas franciscanas de la provincia de Jalisco, y no
en otras ni mucho menos en curatos seculares, por lo que lo nombró párroco
y ministro de doctrina de ese lugar. FamilySearch. Zaragoza, San Fernando
de las Rosas, Bautismos 1754-1797, m.17. www.familysearch.com/Mexico,Coahuila,CatholicRecordsChurch
36
AHAG, otras diócesis, Monterrey, visita pastoral a Nuevo Santander en
1759, caja 2, exp.4, f.1, 13 de diciembre de 1759.
35

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Coahuila, para las misiones de San Juan Bautista del Río Grande
en el norte, y de la Villa de San Fernando y Real Presidio de
San Antonio de Béjar, y el que viene de las misiones y Real
Presidio de la provincia del Espíritu Santo, ambos de la provincia
de Texas”.37 Además, era un lugar estratégico pues se ubicaba
en las inmediaciones del camino que conducía al Pueblo de la
Punta de Lampazos, en lo que era la entrada al Nuevo Reino de
León. Era un sitio que constaba de 20 familias con un total de 150
personas. Sin embargo, había un problema con este sitio: no tenía
cura propio que les administrara los sacramentos: ni regular, ni
secular. Así, dichos habitantes reconocían que en lo conducente
a lo espiritual, a pesar de ser jurisdicción de la Villa de Laredo,
un religioso de la Villa de Revillagigedo –a doce leguas de ese
lugar y que los visitaba cada que podía (esto era, casi una vez al
año)– era quien les administraba los sacramentos a ellos y a las
rancherías circunvecinas, y que con la ayuda de este religioso
habían comenzado la construcción de una capilla para que se
pudiera celebrar el oficio divino.38
AHAG, otras diócesis, Monterrey, visita pastoral a Nuevo Santander en
1759, caja 2, exp.4, f.1, 13 de diciembre de 1759. No obstante, no se encontró
información detallada sobre el paso de Fray Francisco de San Buenaventura
por Texas. Lo único existente es lo que hay son los informes disponibles en el
Archivo General de Indias, pero que fueron cartas del obispo informando al
rey del estado de la provincia, aspecto que se retomará más adelante.
38
AHAG, otras diócesis, Monterrey, visita pastoral a Nuevo Santander en
1759, caja 2, exp.4, f.1, 13 de diciembre de 1759. Inmediatamente, el obispo
preguntó al dueño del rancho con qué licencias administraba los sacramentos,
pero él no supo responderle. Dicho misionero había sido enviado por José de
37

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Lo que más le preocupó al prelado neogallego, es que
los vecinos de esos lugares en ocasiones pasaban hasta un año
sin oír misa y que muchos vecinos habían muerto sin recibir los
sacramentos porque no había quién los confesara, además de
que los niños pasaban años sin recibir el bautismo.39 Esta era
la situación en una zona de frontera de la América hispánica
septentrional, donde la escasa población existente carecía del pasto
espiritual porque no había quién se los administrara. En lugares
poco poblados, con constantes ataques de los indios, la religión
era un aspecto de segundo plano pues lo primordial era sobrevivir
ante las adversidades. Esa era la situación del dueño del rancho de
Nuestra Señora de los Dolores, Joseph Borrego: un capitán que
se avecindó en la Villa de Laredo en 1755 y que tenía el mandato
de José de Escandón de poblar esa Villa.40 En un testimonio de
Tomás Sánchez –español vecino de ese rancho– declaró que las
personas de ese lugar morían sin recibir los sacramentos, y que
cuantos tenían salud y posibilidad de trasladarse, no les interesaba
acudir a misa. Además, mencionó la importante labor espiritual
que hacían las mujeres de la Villa de Laredo por preocuparse por
Escandón.
39
AHAG, otras diócesis, Monterrey, visita pastoral a Nuevo Santander en
1759, caja 2, 13 de diciembre de 1759. Se menciona que el religioso sólo fue
una vez a ese lugar –de forma extraordinaria– a confesar a la hija de don Tomás de Cuellar, y aprovechando su estancia, bautizó a todos los niños recién
nacidos. En esa ocasión el misionero tardó 9 meses en acudir.
40
AHAG, otras diócesis, Monterrey, visita pastoral a Nuevo Santander en
1759, caja 2, 13 de diciembre de 1759.
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la salvación de esposos, hijos y familia al ser ausente cura alguno.
Eran las mujeres quienes, en este lugar, enseñaban los puntos
básicos de la doctrina cristiana a sus seres queridos, sin embargo,
menciona el testimonio que las mujeres se esforzaban mucho
y que “a los hombres solo les interesa pelear y defenderse del
indio y no hacen caso alguno”.41 Así, eran las mujeres norteñas
las que con fervor religioso velaban por la salud espiritual de los
varones, quienes solo mostraban interés en la protección de sus
tierras ante amenazas de ataques de indios, e incluso de rumores
de invasiones francesas, y en sobrevivir ante las adversidades
como ya lo hemos referido.
Ante esto, el obispo Martínez de Tejada Diez de Velasco
ordenó que entre todos los vecinos pagaran 150 pesos anuales a
un ministro para que residiera en la Villa, celebrara misa y les
administrara los sacramentos, además de ayudarle a hacer los
ornamentos y conseguir lo preciso para la celebración del culto
divino, y porque “siendo todos unos pobres miserables que no
tienen facultades por sí solos para costearlo del todo”, el prelado les
ayudaría con cien pesos anuales que serían directamente puestos
en los fondos de fábrica de la capilla que estaban construyendo.42
Archivo Histórico Arquidiocesano de Guadalajara (AHAG). Otras diócesis, Monterrey, testimonio de Tomás Sánchez sobre el estado de la Villa de
Laredo en la visita pastoral por Nuevo Santander en 1759, caja 2, exp.5, f.2,
13 de diciembre de 1759.
42
AHAG. Otras diócesis, Monterrey, testimonio de Tomás Sánchez sobre
el estado de la Villa de Laredo en la visita pastoral por Nuevo Santander en
1759, caja 2, exp.5, f.2, 13 de diciembre de 1759.
41

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Así, cuando la situación lo ameritaba, el obispo también estuvo
dispuesto a mejorar las condiciones materiales para que se pudiera
administrar de mejor forma el pasto espiritual.43
Cabe señalar que esta fue la única parte del Nuevo
Santander por la que pasó el obispo de Guadalajara. A pesar de que
se le indicó que había un religioso en la Villa de Revillagigedo,
no tuvo la intención de dirigirse a ese lugar. Ante esto, tenemos
que recordar que era José de Escandón el encargado de poner
ministro en sus poblaciones para que hicieran su trabajo, pero
también tenemos que aclarar que eran curatos administrados
por regulares del Colegio de propaganda fide de la ciudad de
Querétaro, ya que habían sido ellos los que habían acompañado
a Escandón a establecerse en la costa del seno mexicano, aparte
de que para 1754 el virrey conde de Revillagigedo decidió que
se establecieran misiones en ese territorio porque retardaban
el crecimiento económico y territorial de la Nueva España.44
Dicha disposición iba de acuerdo con el impulso borbónico a
la secularización de las misiones que reflejaban el interés más
amplio de la Corona en reducir la riqueza y el poder de la Iglesia
católica en su ardua labor por someter la Iglesia al estado secular.
En cuanto el obispo llegó a la ciudad de Guadalajara, casi
de forma inmediata informó al rey sobre lo que encontró en su
Actualmente dicha capilla es la catedral de San Agustín de la diócesis de
Laredo Texas, en los Estados Unidos y fue concluida su construcción en 1778.
44
David J. Weber, The Spanish Frontier in North America (Los Angeles:
Yale University Press, 2009), 163.
43

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visita por el Nuevo Reino de León, habiendo primero visitado
la provincia de Texas, la cual encontró despoblada y sólo con
algunos presidios y fortificaciones militares. Uno de los aspectos
que informó a su Majestad, era que el presidio de San Antonio
de Béjar se encontraba sin fortaleza y deteriorado, añadiendo
que los indios que “infestaban” el presidio eran bárbaros y que
era habitado por 65 familias de isleños, urgiendo en la necesidad
de que se poblara y que fluyera el comercio; asimismo, informó
que en Los Adaes –cabecera de la provincia de Texas– los
indios que se habían puesto en misiones se habían retirado a los
establecimiento franceses, en donde pasaban desertores y herejes
que van por los pueblos, “sembrando su doctrina entre aquellas
cristianas gentes”, para lo que pidió ayuda al rey y al virrey para
que pusieran más atención en ese territorio.45
Por otro lado, informó el obispo que una vez concluida su
visita por la Bahía del Espíritu siguió su camino por Río Grande
en 80 leguas desiertas donde llegó a un rancho llamado Nuestra
Señora de los Dolores de un vecino de Coahuila llamado don José
Vázquez Borrego, que tenía cinco años establecido y donde se
criaban mulas y caballos.46 Allí se le juntó mucha gente de la Villa
de Laredo, ocho leguas al sur, y descubrió que la Villa estaba en
completo desamparo en lo espiritual y pidió ayuda al virrey para
AGI. Guadalajara 330, cartas y expedientes vistos por el consejo, 8 de
abril de 1760.
46
AGI. Guadalajara 330, cartas y expedientes vistos por el consejo, 26 de
diciembre de 1759.
45

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�Javier Rodríguez

que enviase apoyo “para que estos miserables reciban el pasto
espiritual”.47 En su respuesta, el fiscal señaló al obispo como
responsable que esas almas estuvieran en desamparo y le encargó
que averiguara sin mayor demora si en el seno mexicano hubiese
más poblaciones en esa misma condición de vulnerabilidad
espiritual.48
Fue muy evidente que el obispo de Guadalajara evitó por
completo pasar en visita hacia el Nuevo Santander. El conflicto
jurisdiccional con el arzobispado de México por el control espiritual
del seno mexicano provocó que la mitra neogallega pisara esas
tierras. Pero no solo fue eso, sino que quería evitar una confrontación
con José de Escandón, pues el colonizador, con empresa propia, se
estableció en la zona y con él llevó misioneros franciscanos del
Colegio de Querétaro. Sin embargo, eso no fue suficiente pues era
evidente que el estado en el que se encontraba el Nuevo Santander,
en términos espirituales, era deplorable. Por esta razón, estando en
Boca de Leones, informó al rey que él no tenía noticia del inmenso
territorio que ocupaba su obispado, ya que comprendía todo lo que
se miraba al subir San Antonio de Béjar, Bahía del Espíritu Santo
y Los Adaes, y eran territorios completamente despoblados debido
a que no había ni siquiera un rancho, por lo que pidió al rey que
ese territorio, junto con la Villa Revilla, Camargo y Reynosa –en
AGI. Guadalajara 330, cartas y expedientes vistos por el consejo, 26 de
diciembre de 1759.
48
AGI. Guadalajara 330, cartas y expedientes vistos por el consejo, 26 de
diciembre de 1759.

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donde había varios ranchos establecidos por curas de su obispado–
dejaran de pertenecer a la mitra de Guadalajara porque “me aquieta
la conciencia el que a esos pobres miserables no se les administren
los sacramentos o que muera un alma sin recibir la confesión”.49
Por esa razón, los curas de Boca de Leones y Cerralvo recibieron la
orden que en caso de ser necesario administrasen los sacramentos
y llevaran el viático a esas poblaciones con suma precaución para
evitar conflictos.
En el caso del Nuevo Reino de León, reconoció que tenía
cinco misiones: la Purificación y Concepción –que estaban junto
al Valle del Pilón– Gualeguas, Guadalupe y el Pueblo de Santo
Domingo de Hoyos. Además, también informó que había gran
deterioro en este reino pues la gente que habitaba en Nuevo
Santander fue sacada de ese reino, con lo que quedó desolado de
gente y de bienes.50
Hubo lugares donde dio lástima ver las casas por el suelo por
haberse ido sus habitantes y dejarlas desamparadas. A eso
les llevó la promesa que no habían de pagar obvenciones a
la Iglesia ni diezmos, de eso se ha seguido que los diezmos
han bajado cerca de la mitad de lo que producían las Iglesias
y las Iglesias de este reino a seis años de mi visita no se han
reparado; hice exhortación para que los vecinos las reparasen
sin mayor demora.51
AGI. Guadalajara 330, cartas y expedientes vistos por el consejo, 26 de
diciembre de 1759.
50
AGI. Guadalajara 330, cartas y expedientes vistos por el consejo, 12 de
mayo de 1760.
51
AGI. Guadalajara 330, cartas y expedientes vistos por el consejo, 12 de
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Algunas de las causas que señaló el obispo sobre la razón que
motivó a las familias a emigrar al Nuevo Santander, fue que éstas
se encontraban cargadas de deudas y allá no pagaban, que llevaban
mala vida y allá querían seguir llevándola, o ambas, añadiendo
que no estaban congregadas sino dispersas en ranchos y labores, y
para que tuvieran el pasto espiritual y oyeran misa había grandes
distancias en las capillas a las que iban los misioneros.52 Así, la
situación en la que se encontraba el Nuevo Reino de León era
crítica, pues una buena parte de su feligresía se había mudado
a las nuevas poblaciones. Desde la última visita pastoral del
obispo Juan Gómez de Parada –el 22 de diciembre de 1741– en el
padrón de la feligresía había registradas 4,307 personas tan solo
en el curato de Monterrey.53 En comparación con los padrones de
1753 y 1760 –donde se registraron 3,334 y 3,767– la población
había disminuido por lo menos en un 10% en la ciudad por esta
circunstancia, pero también se puede considerar que de forma
paulatina se iba recuperando.
Otro aspecto para señalar –y que es de suma importancia–
es la personalidad y el carácter del obispo. Su temperamento era
mayo de 1760.
52
AGI. Guadalajara 330, cartas y expedientes vistos por el consejo, 12 de
mayo de 1760.
53
FamilySearch. Monterrey, Catedral, Bautismos 1731-1768, m.181-182].
Debe de señalarse, que para ese momento el curato de Monterrey lo comprendía la feligresía de Monterrey, los Valles de las Salinas, Carrizal, y Huajuco, el
Valle de Pesquería Grande, y Valle de Santa Catarina. www.familysearch.org/
México-NuevoLeón-CatholicChurchRecords,1677-1981
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el de un padre guardián de la orden franciscana, pero ahora con
lealtad plena al rey y a la monarquía hispánica. Su carácter debía
de ser rígido en cuestión administrativa, pues estaba perdiendo
feligreses y era algo que debía preocuparle por descender la
cantidad de diezmos que entraban a la catedral de Guadalajara.
Sin embargo, como buen padre espiritual que cuida que a su
rebaño no le falte el pasto espiritual, cuidaba que a los feligreses
de su obispado no les faltara la administración de los sacramentos.
Aun cuando en su administración, su mitra y la del arzobispado
de México sostuvieron un conflicto por la posesión del curato
de Bolaños en la Nueva Galicia, fue un conflicto que terminó
asumiendo José de Basarte como Presidente de la Audiencia de
Guadalajara contra las autoridades de la capital del virreinato,
saliendo victorioso Basarte; sin embargo, el obispo Martínez de
Tejada Diez de Velasco estaba dispuesto a ceder el curato si se
le comprobaba que el arzobispado de México lo atendería de
mejor manera en lo espiritual.54 Él por su parte, en reiteradas
ocasiones cedió su cuarta episcopal para obras de beneficencia
en Guadalajara –como fue la construcción de un puente o la
fundación de un hospital–, ayuda a los pobres, e incluso en
acuerdo con el arzobispo de México, se llevó a cabo la fundación
de un convento de religiosas capuchinas del cual mostró gran
contento por llevarse a cabo esa obra.55 Incluso, a pesar de tener
AGI. Guadalajara 196, Expedientes sobre provisión de curatos, 15 de abril
de 1757.
55
AGI. Guadalajara 196, Expedientes sobre provisión de curatos, 15 de abril
54

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territorios con jurisdicciones seculares diferentes –y a pesar de
que José de Basarte siempre quiso usar los informes de su obispo
para mostrarle al Rey el descuido que el virrey tenía para con
sus territorios– el obispo Martínez de Tejada Diez de Velasco
siempre mostró buena disposición para la cooperación mutua con
los territorios que estaban bajo la potestad del virrey, como fue el
caso de los curatos de Bolaños, Xerez, Hostotipaquillo, Mojarras,
San Pedro de Analco, y –por supuesto– el Nuevo Reino de León
y Texas; prueba de ello fue el haberse puesto a las órdenes del
nuevo virrey, Agustín de Ahumada, marqués de Amarillas, tras
su toma de posesión de 1755 para las cuestiones concernientes al
vice-patronato.56
Además, dentro de sus políticas episcopales, siempre dio
prioridad a la instrucción de los jóvenes en el seminario, e incluso
permitió que mestizos ilegítimos fueran ordenados sacerdotes
en 1754.57 De este modo, mientras el obispo Juan Gómez de
de 1757; Guadalajara 205, “Expedientes y cartas de los obispos de Guadalajara
vistos por el consejo”, 20 de marzo de 1756; Calvo, Thomas. Poder, religión y
sociedad en Guadalajara del siglo XVII. México: Centro de estudios mexicanos y mesoamericanos, 1992; p.9.
56
AGI. Guadalajara 205, Expedientes y cartas de los obispos de Guadalajara vistos por el consejo, 15 de diciembre de 1755.
57
AGI. Guadalajara 196, Expedientes sobre provisión de curatos, 8 de mayo
de 1754. Cfr. Aguirre Salvador, Rodolfo. “Formación y ordenación de clérigos
ante la normativa conciliar. El caso del arzobispado de México, 1712-1748”,
en Martínez López Cano, María del Pilar (coord.). Los concilios provinciales
en Nueva España. Reflexiones e influencias (México, DF: Universidad Nacional Autónoma de México - Instituto de Investigaciones Históricas; Benemérita
Universidad Autónoma de Puebla; Instituto de Ciencias Sociales y HumanidaSillares, vol. 3, núm. 5, 2023, 9-67
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Parada pidió al padre provincial del colegio de Zacatecas 30
religiosos para el obispado, ante la escasez de clérigos, Fray
Francisco de San Buenaventura Martínez de Tejada exhortó
a que los clérigos dejaran su vida en el seminario –ya fuera el
diocesano o el de la Compañía de Jesús– para que participaran
en los concursos de oposición, pues había muchas parroquias y
muy pocos sacerdotes.58 Ante la falta de sacerdotes, muchos de
ellos se vieron obligados a salir de su jurisdicción parroquial a
celebrar y administrar sacramentos –como sucedió en el Nuevo
Reino de León con los curas de Boca de Leones, Cerralvo y el
Valle del Pilón– aun cuando no contaran con los objetos litúrgicos
y material necesario para el culto. Empero, muchos clérigos, al
concursar y ganar un curato en beneficio, tenían que cambiar
de residencia pues el Concilio de Trento obligó a los seculares
a residir en la parroquia a la que sirvieran. Aun así, en algunos
lugares recónditos del obispado, hubo clérigos que no tuvieron
la necesidad de ser cambiados de residencia pues, aunque no
tuvieran parroquia, había otros medios de ejercer el ministerio
sacerdotal sin salir de su tierra.

des, 2005), 337-362.
58
AGI. Guadalajara 207, Cartas y expedientes sobre personas eclesiásticas,
3 de febrero de 1753. Incluso, el gobernador del Nuevo Reino de León, Pedro
del Barrio Junco y Espriella, escribió en 1745 que las misiones de Guadalupe,
San Cristóbal y Gualeguas no tenían ministro regular que las atendiese, por lo
que le rogaba mandara tres, uno a cada misión. AGI, Guadalajara 207, Cartas
y expedientes sobre personas eclesiásticas, 4 de abril de 1745.
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�Javier Rodríguez

Elementos de análisis de una trayectoria episcopal
Al analizar la trayectoria de nuestro personaje sevillano por
las Indias Occidentales, se puede claramente visualizar que los
lugares recorridos, si bien parecieran ser espacios completamente
diferentes, en realidad compartían mucho en común.
Sin lugar a duda, desconfiamos de las crónicas que apuntan
que fray Francisco de San Buenaventura Martínez de Tejada Diez
de Velasco fue llamado a la dignidad episcopal directamente por
Felipe V, ya que como hemos visto, el monarca no estaba física
y psicológicamente en condiciones de hacer tales nombramientos
mientras estuvo en Sevilla. Tampoco es conveniente considerar
que la responsable fue Isabel de Farnesio o algún miembro de su
círculo más cercano debido a que los nombramientos episcopales
para las mitras de las Indias se dieron a individuos con trayectorias
destacables en España, ya sea por haber estudiado en alguna
universidad como Salamanca o Sevilla, haber ostentado alguna
canonjía en alguna catedral pingüe –como la de Toledo o la propia
ciudad hispalense–, y en el caso del único natural de las Indias que
fue promovido al obispado de Cebú en el archipiélago filipino, por
su destacable trayectoria en la Real Universidad de México.
Definitivamente, los mecanismos de promoción a la
dignidad episcopal están directamente relacionados con las redes
que los mismos individuos iban tejiendo en sus trayectorias
particulares. En esto influían las familias de los prelados. En
el caso del clero secular, influían mucho sus estudios y el tipo
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�Un sevillano en las Indias Occidentales

de vínculos que iban generando en las universidades, así como
la cercanía al Consejo Real; y en el caso del clero regular, la
corporación religiosa a la que estaban adheridos (franciscanos,
agustinos, dominicos, jesuitas, mercedarios, etc.), y los vínculos
que la orden religiosa tenía con el Consejo del Rey; esta misma
lógica funcionaba para las prebendas en las Indias y de hecho,
era más factible tener influencia en el Consejo Real que en el de
Indias.59
Dada la información que disponemos, es impreciso
determinar que la familia Martínez de Tejada Diez de Velasco
hubiese sido una familia influyente en el Consejo real, aunque
hubiese sido una familia que ostentara un título nobiliario
en Sevilla. Descartando el factor familiar, pareciera que el
mecanismo de promoción de nuestro personaje recae en la
Provincia Franciscana Bética y a la relación que fray Francisco
de San Buenaventura Martínez de Tejada tenía con su ministro
provincial fray Juan Lasso de la Vega, familia de alcurnia que
fue destacada por luchar en favor de la causa de Felipe de Anjou
en la guerra de sucesión española contra los Habsburgo de 1702
a 1715.60 No obstante, por la lista de pasajeros que solicitaron
permiso para pasar a las Indias con el ya electo obispo de Cuba
Juan Luis Castellano, Jean Pierre Dedieu, y Ma. Victoria López-Cordón,
eds., La pluma, la mitra y la espada. Estudios de historia institucional en la
edad moderna (Madrid: Marcial Pons, 2000), 156.
60
Archivo de la Real Chancillería de Granada, Archivo Lasso de la Vega-Cabrera (Granada: Archivo de la Real Chancillería de Granada, 2008).
59

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�Javier Rodríguez

fray Lasso de la Vega en 1732, uno de sus integrantes era el
obispo auxiliar de Cuba con sede en San Agustín de Florida, fray
Francisco de San Buenaventura Martínez de Tejada.61
Desde la designación episcopal de nuestro personaje hasta
su llegada a San Agustín de Florida pasaron dos años, pues la toma
de posesión fue en 1734. Al parecer, tuvo muy buena relación con
su superior el obispo de Cuba –fray Lasso de la Vega– pues como
su obispo auxiliar duró hasta que fue promovido al obispado de
Yucatán en 1746, es decir, doce años (fray Lasso de la Vega murió
en 1752). No obstante, en Florida, a juzgar por Isabel Arena Frutos,
la relación no fue buena con los dos gobernadores, aunque en un
principio el gobernador Francisco de Moral y Sánchez lo había
recibido cálidamente.62 El asunto fue que, en un conflicto interno
entre franciscanos peninsulares con naturales de las Indias de la
Custodia de Santa Elena, los segundos acusaban a los primeros
de malos tratos. Y cuando el gobernador Francisco de Moral y
Sánchez arrestó a los peninsulares, gracias a la intervención del
obispo auxiliar los liberó. Esto en realidad reveló que había buena
sinergia entre el gobernador y el obispo. Pero la discordancia vino
a raíz de que, a causa de las disputas entre los franciscanos, tenía
AGI. Contratación 5480, Expediente de información y licencia de pasajero
a Indias a Juan Lasso de la Vega, obispo de Santiago de Cuba, fraile franciscano natural de Carmona… 30 de julio de 1732.
62
Isabel Arenas Frutos, “De San Pablo de la Breña a San Agustín de la Florida. Fray Francisco de San Buenaventura obispo de Tricali” (Andalucía y América en el siglo XVIII. Actas de la IV jornadas de Andalucía y América, 1984),
316.
61

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la intención de solicitar que los jesuitas se hicieran cargo de las
misiones, a lo cual el obispo se negó.63
Como era natural, la gran mayoría de los conflictos que el
obispo fray Francisco de San Buenaventura Martínez de Tejada
tenía con los gobernadores fue por el choque –acaso natural–
de los proyectos que tenían. El obispo, como agente externo al
territorio, tenía una propia visión de la manera de emprender una
política episcopal de acuerdo con su propia experiencia, mientras
que los gobernadores, a pesar de ser también la gran mayoría de
ellos externos al lugar, tenían mayor tiempo residiendo en él.
Para el caso del obispado yucateco, a pesar de haber
gobernado esa mitra por cinco años, la cantidad de reformas y
proyectos emprendidos por el prelado tuvieron gran trascendencia.
Por su experiencia en Florida, tal pareciera que la relación con el
gobernador Antonio Benavides Bazán y Molina en Yucatán fue
muy buena, pues él había sido gobernador de Florida de 1718 a
1734. Tenían trayectorias similares y la experiencia del prelado en
aquellas tierras vinieron a ser de gran utilidad para emprender los
proyectos en Yucatán que fueron bien vistos por el gobernador, a
saber: salir en visita pastoral a lugares donde ningún otro obispo
había llegado (como el presidio de Bacalar), haber fundado un
hospital, y erigir un lugar propio donde se formara un clero local al
servicio de la feligresía yucateca, fundando en 1751 con anuencia
del gobernador Juan José de Clou el seminario conciliar de San
63

Arenas Frutos, 317.

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Ildelfonso, pues en 1750 Bazán y Molina había sido traslado a
Filipinas como gobernador en Manila.
Pero no todo fue tan sencillo para el obispo. Al ser
trasladado de Mérida, en Yucatán, a Guadalajara, en la Nueva
Galicia, tuvo que emprender la gestión episcopal de un territorio
jurisdiccionalmente más complejo pues, si Florida y Yucatán
únicamente tenían un gobernador (con funciones de vicepatrono),
en el obispado de Guadalajara tenía que lidiar con seis: el
gobernador y presidente de la Audiencia de Nueva Galicia, el
virrey de la Nueva España, y con los gobernadores del Nuevo
Reino de León, Nueva Vizcaya, Coahuila y Texas. La relación
con todos ellos fue cordial y de muy buena cooperación, hasta
que emprendió su visita pastoral en 1753 con rumbo al Nuevo
Reino de León cuando se enteró que había un nuevo territorio
fundado en 1748 denominado Nuevo Santander, y ante esto, tenía
que lidiar con un gobernador adicional.
El obispado de Guadalajara era el más extenso de los
tres que fray Francisco de San Buenaventura Martínez de Tejada
había gobernado. Si bien la capital episcopal en Guadalajara
estaba ubicada en una zona con gran accesibilidad tanto a la
Ciudad de México, la ciudad de Valladolid, el Bajío y las minas de
Zacatecas, gran parte de la política episcopal del mitrado estuvo
enfocada hacia las zonas de misión. Como se pudo apreciar, gran
parte de esta gestión estuvo dedicada a promover ante el Consejo
de Indias el poblamiento y comercio del Nuevo Reino de León,
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Coahuila y Texas, el fomento de las misiones en estos dos últimos
lugares –que eran administradas por los Colegios de Propaganda
Fide de la Santa Cruz de Querétaro y de Nuestra Señora de
Guadalupe de Zacatecas–, corregir vicios y malas costumbres
en su obispado, disciplinar al clero del cual se había percatado
que había relajado sus costumbres, ejecutar la secularización de
doctrinas pertenecientes a la Provincia franciscana de Santiago
de Xalisco en sus corredores de Guadalajara y de la Provincia
de san Francisco de los Zacatecas en el Nuevo Reino de León,
entre otras cosas. De hecho, a diferencia de otros obispados –
como en el de Michoacán o en el arzobispado de México– donde
el proceso de secularización conllevó fuertes litigios entre las
órdenes religiosas y los obispos, en el de Guadalajara dicha
transición se llevó a cabo sin mayor problema.
Sin embargo, el mayor problema que enfrentó, no
solamente en el obispado de Guadalajara, sino que pudo haber sido
el mayor problema de su carrera episcopal y como eclesiástico,
fue el asunto del poblamiento del Nuevo Santander que conllevaba
tres problemas insertos: un supuesto despoblamiento del Nuevo
Reino de León, prácticas matrimoniales ilícitas entre las familias,
la administración del pasto espiritual y el cobro de los diezmos;
todo esto claramente a las poblaciones cristianas viejas. El
gobernador del Nuevo Santander, José de Escandón, les había
prometido a los pobladores que, al emigrar a ese lugar, él como
gobernador la dispensaría del cobro de impuestos, incluyendo el
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pago del diezmo. Por supuesto que esto no fue del agrado ni del
obispo Martínez de Tejada ni de las autoridades catedralicias en
Guadalajara. Por lo tanto, toda la gestión episcopal del obispo de
1753 a 1760 fue un constante litigio con el gobernador Escandón
para que regularizara el asentamiento de cristianos viejos en su
territorio conforme a las Leyes de Indias y a la tradición de las
Iglesias en las Indias pertenecientes a la Corona de Castilla. Pero,
como se pudo apreciar, gran parte de su labor episcopal estuvo
enmarcada en los contextos de tierras de misión con gran cantidad
de población india en proceso de cristianización.
Conclusiones
Fray Francisco de San Buenaventura Martínez de Tejada Diez
de Velasco falleció el 23 de diciembre de 1760 en la ciudad de
Guadalajara. Sus restos fueron colocados en el altar mayor de
la catedral y no testó “por no tener con que testar”, según la
información de su partida de defunción.64 Su última visita pastoral
fue la que realizó entre septiembre de 1759 y abril de 1760 cuando
salió en dirección hacia el Nuevo Reino de León, Coahuila y
Texas, pero naturalmente que su objetivo también era realizar la
visita pastoral al Nuevo Santander, efectuándola solamente en
la Villa de Laredo y de Santo Domingo de Hoyos. Su vacante
en el obispado de Guadalajara fue ocupada por el obispo Diego
Rodríguez Rivas y Velasco, natural de Quito y anterior obispo de
FamilySearch. Guadalajara, Sagrario Metropolitano, Defunciones 17591782, m.45. www.familysearch.com/México_Jalisco_CatholicChurchRecords [
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�Un sevillano en las Indias Occidentales

Comayagua, Honduras. No obstante, el legado de litigio contra el
coronel José de Escandón de parte del obispo Martínez de Tejada
fue seguido tanto por el cabildo catedral y por el nuevo titular el
obispo Rodríguez Rivas y Velasco.
El estudio de la trayectoria episcopal de nuestro personaje
por los obispados de las Indias Occidentales ha revelado asuntos de
movilidad y política eclesiásticas interesantes que, considero, no
se habían vislumbrado por la historiografía. En primera instancia,
se mostraron los mecanismos de promoción al episcopado, la
labor pastoral en las Indias Occidentales, la política episcopal y
la relación con quienes ostentaban el vice-patronato; todo esto
contextualizado como una forma de movilidad muy particular de
un personaje que siempre estuvo vinculado a espacios en común,
aunque en apariencia parecieran ser escenarios distintos.
Sobre los mecanismos de promoción, si bien las familias
de los prelados jugaban un papel importante, también lo fueron
sus trayectorias y carreras individuales. Pero cuando se revisa con
detenimiento la manera en que se estaba llevando la política real bajo
el periodo de gobierno de Felipe V, se puede llegar a la conclusión
de que al generalizar mecanismos de promoción directa se pudiera
incurrir en un error. Y aunque a final de cuentas, redes son vínculos,
el estudio de caso que aquí hemos analizado demuestra que los
nexos corporativos como los que tenían las órdenes religiosas eran
tan grandes que una promoción episcopal podía ser obtenida sin
tener una relación directa con el monarca o su consejo. En el caso
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de nuestro prelado, su promoción fue dada por la relación que
tenía con fray Juan Lasso de la Vega, quien tenía estrechos lazos
con Felipe V y su comité debido a que su familia había luchado
en defensa de su legítimo reinado durante la guerra de sucesión
de 1702 a 1715, y tras su victoria, el rey coronó a su familia con
grandes privilegios. Esto prueba que el mecanismo de promoción
de fray Francisco de San Buenaventura Martínez de Tejada Diez de
Velasco fue indirecto, es decir, a través de un compañero suyo de la
orden franciscana de la Provincia Bética de Sevilla, tal vez porque
fray Lasso de la Vega como titular de Cuba necesitaba un ayudante
y la relación del Guardián del Convento de Nuestra Señora de
Loreto-Ministro Provincial había sido tan fructuosa y amigable que
se ganó la mitra episcopal y un trabajo de sinergia en las Indias,
aunque conservando una relación de subordinación y obediencia.
Ya en las Indias, fue evidente que su movilidad estuvo
basada en espacios de alta densidad de población india no
cristianizada. Como es bien sabido, tanto los obispados de Cuba,
Yucatán y Guadalajara tenían una gran cantidad de población en
proceso de cristianización, por lo que fue destinado a obispados
“frontera” donde el proceso misional estaba en auge y necesitaba
el impulso episcopal. En cierto modo, fue una coincidencia
que, en los tres obispados, la orden religiosa predominante
eran los franciscanos: la Custodia de Santa Elena dependiente
de la Provincia franciscana de la Santa Cruz de la española, en
Florida, la Provincia de san José en Yucatán y en el obispado de
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�Un sevillano en las Indias Occidentales

Guadalajara la Provincia de Santiago de Xalisco, San Francisco
de Zacatecas y los Colegios de Propaganda Fide de la Santa
Cruz de Querétaro y Nuestra Señora de Guadalupe de Zacatecas.
No obstante, el que hubiera jurisdicciones franciscanas dentro
de su territorio episcopal no significó que no ejecutara órdenes
reales que negoció en los diversos ámbitos locales, como lo fue
la secularización de doctrinas que ejecutó en el obispado de
Guadalajara a partir de 1755.
Su política episcopal fue muy clara: impulsar la
evangelización en los espacios de misión, consolidar los diversos
cleros locales, vigilar que el culto divino y las costumbres de la
Iglesia fueran las correctas y que no incurrieran en la desviación,
hacer valer la doble potestad episcopal (orden y jurisdicción) y
llevar una buena relación con los vice-patronos correspondientes.
Está claro que intentó llevarlo a cabo dentro del marco de
una visión propia de gobierno eclesiástico, y para reconocer
las condiciones en las cuales se encontraban su diócesis, tal y
como lo ordenaba el Concilio de Trento y los diversos concilios
provinciales, recurrió a las visitas pastorales. Empero, no todas
las relaciones fueron armoniosas, tal y como sucedió con José de
Escandón y el conflicto por la jurisdicción espiritual del Nuevo
Santander fundado en 1748, cuyo análisis dejaremos para otro
momento porque da para un estudio por sí mismo.
Por último, consideramos que el objetivo principal de
este artículo fue cumplido en la medida que se pudo analizar la
trayectoria eclesiástica de nuestro personaje. Reconocemos que de
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este ejercicio surgieron más dudas que pueden ser materia de otros
estudios, pues tanto el personaje como los procesos en los cuales se
vio involucrado dan para reflexionar sobre cómo se estaba dando la
política episcopal en las Indias Occidentales durante la transición
de reinado de Felipe V a Fernando VI y de éste a Carlos III: este
personaje es el ejemplo adecuado, pues su gestión episcopal fue
transversal a los tres reinados. Sin duda, una biografía de este
personaje sería un reto de gran envergadura y compromiso, pero el
producto sería fundamental y una gran aportación historiográfica
a cómo se daban los distintos mecanismos de promoción, redes,
movilidad, gestión episcopal y política eclesiástica en un personaje
que aparentemente era atípico en la forma en que delineaban sus
carreras otros prelados. Estamos en deuda con esa investigación,
pero, en algún momento, daremos cuenta de ello.
Referencias
Archivo
Archivo General de Indias (AGI)
Archivo Histórico Arquidiocesano de Guadalajara (AHAG)
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Bibliografía
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�Los Cantú. Sacerdotes y bienhechores del
Nuevo Reino de León1
The Cantú Family. Priests and Benefactors of the
Nuevo Reino de León
Nancy Selene Leyva Gutiérrez
El Colegio de Michoacán

Zamora, México
orcid.org/0000-0001-9553-6171

Resumen: En la época virreinal, las familias que quisieran contar con
un descendiente sacerdote debían, además de patrocinar su formación,
garantizar su sostenimiento. Con base en los protocolos notariales del
Archivo Histórico de Monterrey y en las solicitudes de ordenación
remitidas al obispado de Guadalajara, se estudian las estrategias que
realizaron estos grupos para sostener la educación de los jóvenes. En
este trabajo se toma como estudio de caso la familia Cantú originaria
del Nuevo Reino de León. Se muestra cómo las mujeres de este clan
familiar colaboraron no sólo en el incremento del prestigio familiar,
estableciendo buenas alianzas matrimoniales, sino como patrocinadoras
de las carreras de los jóvenes sacerdotes.
Palabras clave: Cantú, sacerdotes, patrocinio, mujeres, familia
Para este trabajo recurrí a información disponible en la tesis doctoral. Nancy Selene Leyva Gutiérrez, “Iglesia secular y oligarquía regional en el Noreste
de la Nueva España durante el siglo XVIII” (Tesis para obtener el grado de
doctora en Historia, Zamora, El Colegio de Michoacán, 2022), passim. Agradezco a los coordinadores de este dossier, Anahí Mendoza y Javier Rodríguez,
la invitación.
1

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�Nancy Leyva

Abstract: In the viceregal period, families who wanted to have a
relative in the priesthood had to guarantee their support, in addition
to sponsoring their education. Using notary protocols of the Historical
Archive of Monterrey, and requests for ordination referred to the
Bishopric of Guadalajara, I explore the strategies carried out by these
groups to support the education of these youths. This paper takes the
Cantú family, native to Nuevo Reino de León, as a case study. I show
how women in this family clan collaborated not only to increase family
prestige by establishing good marriage alliances, but also to sponsor the
careers of these young priests.
Keywords: Cantú, priests, patronage, women, family

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�Los Cantú

En el centro de la Nueva España el número de ministros se
incrementó desde finales del siglo XVII, 2 pues contar con un
buen número de sacerdotes resultaba importante para la atención
de la feligresía. En Nueva España las jurisdicciones parroquiales
fueron más extensas que las comprendidas en la península ibérica,3
por lo que era necesario que el párroco contará con asistencia. Sin
embargo, la llegada y permanencia de los curas en las parroquias
más alejadas dependió de diversos factores económicos y sociales
y no sólo de la designación episcopal. Con base en las solicitudes
de ordenación enviadas al obispado de Guadalajara, resguardadas
en su Archivo Histórico, y en los protocolos notariales disponibles
en el Archivo Histórico de Monterrey, se estudian las estrategias
seguidas por la familia Cantú para incorporarse al estamento
eclesiástico y mantenerse como un grupo potentado en el Nuevo
Reino de León. Se analizan las características de la clerecía que
se estableció en los márgenes del reino. Con base en el estudio
de caso, se mostrará que los curas a cargo de las iglesias de la
frontera se educaron en los colegios y seminarios más importantes
Para saber más sobre la clerecía establecida en el arzobispado de México:
John Frederick Schwaller, Origins of Church Wealth in Mexico: Ecclesiastical
Revenues and Church Finances, 1523-1600 (Albuquerque: University of New
Mexico Press, 1985); John Frederick Schwaller, The Church and Clergy in
Sixteenth-Century Mexico (Albuquerque: University of New Mexico Press,
1987).
3
Celina G. Becerra Jiménez y Rocío Castillo-Aja, “Reformas borbónicas
en el obispado de Guadalajara. División de curatos, negociación y discurso
cartográfico”, Nuevo Mundo Mundos Nuevos, 2020, https://doi.org/https://doi.
org/10.4000/nuevomundo.81272.
2

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�Nancy Leyva

del reino. Finalmente, se dará cuenta de la importancia que tuvo
la familia extensa, hombres y mujeres, en el patrocinio de las
carreras eclesiásticas en el Nuevo Mundo.
El Nuevo Reino de León se fundó como gobernación a
finales del siglo XVI. La población hispana que se asentó en la
naciente provincia se encontraba establecida en villas aledañas
como Mazapil o Saltillo. Se ha identificado que las campañas de
colonización emprendidas a título personal de los conquistadores
fueron determinantes en la consolidación de los hispanos en el
noreste.4 Los recién llegados fueron dotados de mercedes de tierra
e indios en encomienda como premio por los servicios prestados.
A pesar de que la capital de la gobernación reinera era Monterrey,
las concesiones de tierra entregadas alrededor de la jurisdicción
favorecieron el asentimiento de los vecinos en los valles de San
Gregorio y Extremadura.5 Conforme los hispanos tomaron posesión
de tierras, ya sea por fundación de alguna hacienda o localización
de minas, los territorios comenzaron a tomar nombre. Los parajes
fueron repartidos alrededor de la naciente gobernación norteña
antes de que se constituyeran las alcaldías. Se repartieron tierras en
los valles del Pilón y Salinas desde que comenzó la colonización
en el Nuevo Reino.6 En estas dos poblaciones abrieron los ojos los
Valentina Garza Martínez, Poblamiento y colonización en el Noreste novohispano, siglos XVI-XVII [Tesis de Doctorado] (México, DF: El Colegio de
México - Centro de Estudios Históricos, 2002), 50–168.
5
Garza Martínez, 37.
6
Raúl García Flores, El rancho en movimiento. La construcción sociodemográfica de un ámbito regional en el norte novohispano: San Felipe de Li4

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�Los Cantú

ministros que se estudian en este trabajo. El valle de las Salinas
tuvo su origen en las concesiones mineras entregadas a Bernabé de
las Casas. Recibió ese nombre por “los parajes salitrosos que hay
en su jurisdicción”,7 y contó con alcalde mayor desde 1646.8 Los
actuales municipios neoleoneses de El Carmen, Hidalgo, Abasolo,
Salinas Victoria, Ciénega de Flores, General Zuazua, Mina, Marín
e Higueras formaron parte de esa amplia jurisdicción donde abundó
el ganado cabrío. Por otro lado, el valle de Pilón fue alcaldía mayor
hasta 1716, se comenzó a poblar desde mediados del siglo XVII y
en él se fundaron haciendas agrícolas y ganaderas. Formaron parte
de esta demarcación China, Doctor Coss, General Bravo, General
Terán y Montemorelos del actual estado de Nuevo León (mapa 1).
La clerecía reinera
Los estudios sobre el clero que se estableció en regiones alejadas de
las sedes episcopales lo caracterizaron como un grupo carente de
educación y con pocas oportunidades para ascender socialmente.9
nares, 1712-1850 [Tesis de Doctorado] (Zamora: El Colegio de Michoacán,
2017).
7
Antonio Ladrón de Guevara, Noticias de los poblados del Nuevo Reino de
León (Monterrey: Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, 1969), 11.
8
Peter Gerhard, La frontera norte de la Nueva España (México, DF: Universidad Nacional Autónoma de México, 1996), 433.
9
William B. Taylor, Ministros de lo Sagrado. Sacerdotes y feligreses en el
México del siglo XVIII, vol. I (Zamora: El Colegio de Michoacán; Secretaría
de Gobernación; El Colegio de México, 1999), 148–50; Guillermo Porras Muñoz, Iglesia y Estado en Nueva Vizcaya (1562-1821) (Pamplona: Universidad
de Navarra, 1966), 253–56.
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Fuente: Elaboración propia con base en Peter Gerhard, La frontera norte.

Mapa 1
Los valles de las Salinas y el Pilón en el Nuevo Reino de León en la época colonial

Nancy Leyva

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�Los Cantú

Sobre estos curas párrocos pesó el lastre de haberse quedado a
cargo de una feligresía con rentas bajas. Se consideró que debido
a su falta de educación contaron con pocas oportunidades para
incorporarse a los altos niveles en la Iglesia, es decir, pasar a formar
parte del cuerpo de clérigos a cargo de una catedral. Pero, como
veremos a continuación algunos de los curas que conformaron
el denominado “bajo clero” fueron educados. Se regresaron
a sus tierras de origen donde hicieron carreras eclesiásticas y
fortalecieron el prestigio familiar. Algunos de estos sacerdotes no
alcanzaron la titularidad de un curato, pero su desempeño como
miembros de los estamentos eclesiásticos y letrados benefició al
sostenimiento de la monarquía.10
Las autoridades episcopales se preocuparon por la
formación de curas desde que se celebró el tercer concilio
provincial mexicano en 158511 para evitar que sacerdotes
mal instruidos atendieran a los naturales recién convertidos.12
Siguieron los lineamientos que se habían estipulado desde el
Concilio de Trento, donde se sistematizó la educación de los
Rodolfo Aguirre Salvador, Un clero en transición. Población clerical,
cambio parroquial y política eclesiástica en el arzobispado de México, 17001749 (México, DF: Universidad Nacional Autónoma de México - Instituto de
Investigaciones sobre la Universidad y la Educación, 2012).
11
Leticia Pérez Puente, Los cimientos de la Iglesia en la América española.
Los seminarios conciliares, siglo XVI Title (Ciudad de México: Universidad
Nacional Autónoma de México - Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación, 2017), 50–72.
12
Pilar Gonzalbo, Historia de la educación en la época colonial: el mundo
indígena (México, DF: El Colegio de México, 1990), 89–110.
10

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futuros ministros a través de los Seminarios y se asentó que para
la obtención de las órdenes sacerdotales los aspirantes debían
contar con una renta que garantizara su sostenimiento.13 Con
estos ingresos se pretendió que los ministros pusieran su atención
en la cura de almas. La formación de sacerdotes y sus ingresos
en el arzobispado de México ya han sido bien estudiados por
los historiadores.14 Tener un vástago sacerdote significaba un
gasto importante para las familias. Había que solventar el viaje
a alguna de las ciudades donde podían recibir instrucción, pagar
la estancia y cubrir el costo de los exámenes para acreditar la
ordenación; sobre todo, el joven debía avalar que contaba con una
renta fija para sostenerse. La fundación de capellanías colativas
o de patrimonios permitió acceder al sacerdocio. Estas dos vías
fueron a las que recurrieron la mayoría de los nacidos en el
noreste del obispado de Guadalajara para ordenarse sacerdotes.15
Entre los aspirantes al presbiterado que vieron la luz en el norte
han destacado los trece interesados que formaron parte de la
Rodolfo Aguirre Salvador, “Problemáticas parroquiales y escasez de ayudantes de cura en el arzobispado de México a fines del siglo XVIII”, Fronteras de la Historia 22, núm. 1 (2017): 110–34, https://doi.org/https://doi.
org/10.22380/20274688.15.
14
Rodolfo Aguirre Salvador, “El tercer concilio mexicano frente al sustento del clero parroquial”, Estudios de Historia Novohispana, núm. 51 (2014):
9–44, https://doi.org/https://doi.org/10.1016/S1870-9060(14)70263-8; Aguirre Salvador, Un clero en transición. Población clerical, cambio parroquial y
política eclesiástica en el arzobispado de México, 1700-1749.
15
Nancy Selene Leyva Gutiérrez, Iglesia secular y oligarquía regional en
el Noreste de la Nueva España durante el siglo XVIII [Tesis de Doctorado]
(Zamora: El Colegio de Michoacán, 2022), 73–82.
13

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familia Cantú. Estos jóvenes nacieron entre 1666 y 1783 en el
Nuevo Reino de León. Fueron más los nacidos en Salinas, Pilón
y Monterrey (cuadro 1).
Cuadro 1
Aspirantes al sacerdocio de la familia Cantú (1666-1783)
Aspirantes al sacerdocio

Lugar y fecha de su bautismo

Lorenzo Pérez de León [Cantú del Río] Pilón, 1666
Bernardo Cantú del Río

Pilón, 1679

Miguel Cantú de Villareal

Monterrey, 1685

José Miguel Cantú del Río y de la Cerda Salinas, 1690*
Carlos Sánchez Zamora [Cantú]

San Antonio de los Llanos, 1701

Francisco Tomás Alcántara Cantú [de la
Salinas, 1728*
Garza Falcón]
Pedro Alcántara Cantú [de la Garza
Salinas, 1733
Falcón]
Francisco Tomás Cantú del Río y de la
Salinas, 1720*
Cerda
Cipriano García Dávila [Cantú del Río] Pilón, 1728*
Francisco Antonio Larralde [Cantú del
Monterrey, 1732
Río]
Juan Bautista García Dávila [Cantú del
Pilón, 1746
Río]
Juan Nepomuceno Larralde [Cantú del
Monterrey, 1739
Río]
José Estanislao Cantú16
1783*
Fuente: AHAG, Gobierno, Sacerdotes y órdenes sacerdotales. *= Fecha
estimada.
Archivo Histórico del Arzobispado de Guadalajara (AHAG). Gobierno,
órdenes sacerdotales, XIX, caja 2, exp. 35, 1803, Canto [sic], José Estanislao
16

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No se sabe con certeza las conexiones familiares entre todos los
aspirantes al sacerdocio de apellido Cantú, pero este grupo parece
descender de los primeros migrantes de apellido Cantú del Río y
de la Cerda que arribaron a la villa de Cadereyta hacia 1636. El
miembro más famoso de este grupo fue Jusepe Miguel Cantú del
Río y de la Cerda quien contrajo nupcias con María de Treviño
(o Tremiño).17 En la segunda parte de este trabajo se presenta su
descendencia. Las familias del noreste fueron muy numerosas,
aunque lo más seguro es que muchos de los infantes fallecieran,
algo común en las sociedades de antiguo régimen; aun así, los
Cantú comenzaron a migrar desde mediados del siglo XVII con dos
rumbos: en dirección al norte se instalaron en valle de las Salinas
y hacia el sur en el Pilón. Un siglo después la parentela Cantú del
Río y de la Cerda había emparentado con algunos migrantes con
quienes conjuntaron sus riquezas. Las familias que alcanzaron
una mejor posición social pudieron instalarse en la capital de la
gobernación. No se han identificados todos los vínculos familiares
que conectaron a los trece ministros. Lo que sí queda claro es
que la línea familiar de los Cantú, originarios del valle del Pilón,
se distinguió por el uso de apellido simple y todos afirmaron
descender de los primeros pobladores hispanos en el Nuevo Reino.
En cambio, los originarios de Salinas utilizaron con frecuencia el
Alonso de León, Juan Bautista Chapa, y Fernando Sánchez de Zamora,
Historia de Nuevo León con noticias de Coahuila, Tamaulipas, Texas y Nuevo
México, ed. Israel Cavazos Garza (Monterrey: Fondo Editorial Nuevo León,
2005), XLVIII–XLIX.
17

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apellido compuesto: Cantú del Río y de la Cerda. Ambos grupos
provenían de los vecinos instalados en Cadereyta. Durante el siglo
XVIII el grupo de esta familia que permaneció en el seno de la
Iglesia descendió principalmente por vía materna; ninguno de ellos
eliminó el uso del apellido, lo que permite suponer que la familia
seguía siendo una de las más destacadas en la gobernación.
La educación y la carrera de los ministros
Los jóvenes interesados en el sacerdocio debían estudiar hasta
alcanzar los veinticinco años necesarios para ser examinados como
presbíteros. Los estudiantes recibían lección de gramática, retórica,
latín, canto, sagradas escrituras, entre otras materias. Los nacidos
en el noreste acudieron a varias ciudades y villas a recibir las
lecciones, entre las que destacaron la ciudad de México, la capital
de la Nueva Galicia, Querétaro, Michoacán, Durango y San Miguel
el Grande.18 Se conoce la formación eclesiástica de diez de los
aspirantes que formaron parte de la familia Cantú; siete acudieron
solamente a los colegios establecidos en Guadalajara; y tres de los
jóvenes, Lorenzo Pérez de León, Francisco Antonio Larralde y
Juan Bautista García Dávila, recibieron instrucción en la ciudad
de México, aunque sus exámenes de ordenación se realizaron en
el obispado de Guadalajara. Todos los estudiantes referidos en el
cuadro 1 obtuvieron el presbiterado. Se conoce también la vía de
ordenación de ocho de los interesados en el sacerdocio. Cuatro de
Leyva Gutiérrez, Iglesia secular y oligarquía regional en el Noreste de la
Nueva España durante el siglo XVIII [Tesis de Doctorado], 42–71.
18

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los jóvenes contaron con la fundación de un patrimonio para poder
conseguir el presbiterado: Bernardo Cantú de León, Cipriano
García Dávila [Cantú del Río], Juan Bautista García-Dávila [Cantú
del Río] y Francisco Antonio Larralde [Cantú del Río]. Esta vía
de ordenación fue muy poco frecuente entre los aspirantes al
sacerdocio del noreste,19 así como de toda la Nueva España.20 Para
conseguir la autorización episcopal y obtener las órdenes a título de
patrimonio los estudiantes tenían que comprobar que sus familias
poseían riqueza. Solamente Cipriano García Dávila y Francisco
Antonio de Larralde demostraron que contaban con el caudal
suficiente para ordenarse bajo esa condición.21
Francisco Antonio de Larralde tuvo el apoyo de su padre,
Francisco Ignacio, quien había sido gobernador del Nuevo Reino
de León. Este prominente hombre, además de miembro destacado
en el gobierno temporal, también fue síndico de los franciscanos,
colector del diezmo y mayordomo de fábrica de Nuestra Señora de
Monterrey. Francisco Ignacio logró formar un caudal importante que
le permitió establecer el principal de 4,000 pesos para la ordenación
de su hijo. Pero, la fortuna de Larralde resultó de su trabajo como
comerciante y de su buen lazo matrimonial. Larralde desposó a
Josefa Francisca Cantú del Río y de la Cerda (Árbol genealógico 1).
Leyva Gutiérrez, 86–88.
Aguirre Salvador, Un clero en transición. Población clerical, cambio
parroquial y política eclesiástica en el arzobispado de México, 1700-1749,
65–66.
21
Leyva Gutiérrez, Iglesia secular y oligarquía regional en el Noreste de la
Nueva España durante el siglo XVIII [Tesis de Doctorado], 86–88.
19
20

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Fuente: Elaboración propia con base en AHAG, órdenes sacerdotales
y Sacerdotes.

La familia Cantú de Río y Larralde del Nuevo Reino de León

Árbol genealógico 1

Los Cantú

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�Nancy Leyva

Josefa fue hija de Francisco Cantú del Río y de la Cerda, uno
de los propietarios más importantes en el valle de las Salinas y
Manuela de la Garza, otra mujer con parentela destacada en el
Nuevo Reino de León.22 Josefa Francisca Cantú del Río tuvo dos
hermanos que se formaron para sacerdotes como se puede ver en
el diagrama de arriba. El patrimonio para la ordenación de Francisco Antonio de Larralde se garantizó con propiedades que el
gobernador tenía en diferentes poblaciones del Nuevo Reino de
León: una casa en Monterrey donde se avalaron 1,000 pesos del
principal, y el resto, es decir 3,000 pesos, se respaldaron en tierras
y agostaderos en Cerralvo y Santiago de las Sabinas.23
Por otro lado, el patrimonio que avaló la ordenación de
Cipriano García Dávila se fundó en las propiedades que tenía la
familia de su madre Rosa María Cantú en “un paraje que llaman
de San Felipe de China”. Esta hacienda fue la garantía de los
4,000 pesos que se estipularon como principal en la escritura
de fundación del patrimonio de Cipriano García Dávila. Los
hermanos, cuñados y cuñadas de su madre validaron la fundación
del compromiso piadoso. A cambio la familia pidió que el
sacerdote celebrara cada año:
25 misas rezadas. [El] 2 de febrero que es la Purificación de
Nuestra Señora la Virgen María, 19 de marzo que es San José, 3
Leyva Gutiérrez, 87, 360–68.
Archivo Histórico de Monterrey (AHM). Protocolos, vol. 15, exp. 1, fl.
264, n° 124, 26 de febrero 1753. Escritura que constituye al Gral. Francisco
Ignacio de Larralde como tenedor de 4,000 pesos pertenecientes a su hijo.
22
23

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�Los Cantú

de mayo Santísima Cruz, 13 de junio de San Antonio de Padua,
25 de julio el de Santiago, 26 a Santa Ana, en agosto a los
Dolores de Nuestra Señora la Virgen María, el 8 de septiembre
a San Francisco, en noviembre cuando pueda, 12 de diciembre
a Guadalupe, el día de San Miguel y el día de Santa Gertrudis.
El resto los días que tuviere en la iglesia que menos afectara.24

Además de llevar a cabo las misas el bachiller García Dávila
debía tener siempre las tierras de San Felipe de China cultivadas
y beneficiadas. Lo anterior, escribieron los fundadores, con la
intención de que el valor de su propiedad “vayan en aumento y no en
disminución”.25 El ministro debía cumplir con esas tareas mientras
necesitara contar con los 200 pesos anuales que le brindaban su
patrimonio de renta, cuando obtuviera un mejor sustento él mismo
podía extinguir el compromiso piadoso de la propiedad. Cipriano
debió retirar la obligación de la hacienda de San Felipe, porque años
más tarde, cuando su hermano Juan Bautista solicitó las órdenes
mayores, afirmó disponer de un patrimonio con 2,000 pesos de
principal, es decir 100 pesos de renta anual, garantizados en una de
las propiedades de su hermano. Cuando aspiró al sacerdocio Juan
Bautista, Cipriano era el cura en Cadereyta. La posición del mayor
de los García Dávila le permitió ordenarse por las vías de patrimonio
y administración, además de la renta obtenida por el patrimonio que
era de 100 pesos anuales. Juan Bautista entregó a las autoridades
AHAG. Justicia, Capellanías, caja 69, exp. 2, 1753, Patrimonio de Cipriano García Dávila.
25
AHAG. Justicia, Capellanías, caja 69, exp. 2, 1753, Patrimonio de Cipriano García Dávila.
24

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episcopales una carta en la que su hermano, párroco de Cadereyta,
se comprometió a darle 350 pesos anuales por su asistencia.
Juan Bautista no fue el único de los Cantú que tuvo la dicha
de tener a un hermano párroco. Francisco Tomás Cantú del Río y
de la Cerda obtuvo el sacerdocio a título de administración en el
valle de las Salinas. Francisco Tomás se hizo cargo de la iglesia
que hasta antes de su ordenación en 1748 atendía su hermano José
Miguel (Árbol genealógico 1). En el expediente de ordenación no
se especificó la cantidad de renta que recibiría el menor de los Cantú
del Río y de la Cerda. Francisco Tomás arribó como el encargado
del curato del valle de las Salinas porque su hermano expiró un
poco antes de que éste recibiera el presbiterado. No sé sabe nada
sobre la vía de ordenación a la que recurrieron José Miguel, Pedro
Alcántara, Francisco Alcántara y José Bernardino Cantú. Lorenzo
Pérez de León y Juan Nepomuceno de Larralde se ordenaron a
título de capellanía. De la fundación piadosa para la obtención de
las órdenes mayores de Pérez de León se expondrá más adelante.
Juan Nepomuceno contó con una renta de 100 pesos anuales porque
el principal de su capellanía ascendió a 2,000 pesos.
Además, de cumplir con los requisitos de ordenación.
Los aspirantes a sacerdotes también debían contar con un grado
universitario. Obtener ese reconocimiento les permitió formar parte
de dos estamentos en la sociedad de antiguo régimen. Los clérigos
integraban el estamento eclesiástico, lo que les permitía además de
ser juzgados en su propio tribunal, exentar el pago de impuestos;26 y
26

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los sacerdotes que contaron con grado universitario se incorporaron
al grupo de letrados en el Nuevo Mundo. Los miembros de la
familia Cantú solamente obtuvieron el nivel de bachiller, grado
que era el más bajo dentro de la carrera universitaria, pues además
se podía ser maestro y doctor, como sigue vigente hasta nuestros
días. Sin embargo, los sacerdotes que tenían el bachillerato podían
aspirar a un beneficio parroquial. Todos los jóvenes interesados
en el sacerdocio debían demostrar su limpieza de sangre, es decir,
formar parte de una familia de cristianos viejos. Los jóvenes Cantú
afirmaron ser españoles, hijos legítimos y miembros de las estirpes
más destacadas del noreste. Incorporarse a la universidad sumaba
honor y prestigio para toda su parentela, de forma que estos jóvenes
reunían en su persona las virtudes de la ciencia, la conciencia y la
justicia.27 Además, contar con el grado universitario les permitía
desempeñar otras actividades de gobierno en beneficio de ambas
majestades. Estos miembros de la familia Cantú, además de ejercer
como eclesiásticos actuaron como testigos y fueron encomendados
a realizar diferentes tareas del gobierno temporal.
Los trece curas del cuadro 1 hicieron carrera eclesiástica:
diez estuvieron en alguna iglesia del Nuevo Reino de León, uno
en Coahuila, otro más en la villa novovizcaína de Saltillo y solo
un cura se instaló en la capital de la Nueva Galicia. Cinco fueron
tenientes de cura de la parroquia de Nuestra Señora de Monterrey,
Consejo Superior de Investigación Científica; Caja Sur, 2010), 15.
27
José Antonio Maravall, “La formación de la conciencia estamental de los
letrados”, Revista de Estudios Políticos, núm. 70 (1953): 72–74.
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que fue la más importante desde mediados del siglo XVII hasta la
primera mitad de la centuria siguiente.28 Los primeros tenientes a
cargo de otras iglesias alejadas de la ciudad capital del Nuevo Reino
de León fueron Lorenzo Pérez de León de 1691 a 1701 en el valle
del Pilón, seguido de José Miguel Cantú del Río, ministro encargado
en el valle de las Salinas desde 1711 hasta su fallecimiento en 1740.
Su hermano, Francisco Tomás, estuvo a cargo de la feligresía tras
su muerte. Esta iglesia se erigió en parroquia a mediados del siglo
XVIII, pero hubo que esperar hasta finales de la centuria para que
otro Cantú tomara el beneficio, ya que en 1799 Juan Nepomuceno
de Larralde Cantú del Río fue designado cura en encomienda del
valle de las Salinas.29 La carrera eclesiástica de Larralde evidencia
las diversas actividades que podía ejercer un eclesiástico en las
sociedades de antiguo régimen. Como se explicó arriba, Larralde
era el menor de los hijos del matrimonio de Francisco Ignacio de
Larralde y Josefa Francisca Cantú del Río y de la Cerda. Se ordenó
diácono en 1766 y lo más seguro es que al año siguiente obtuviera el
presbiterado, como lo marcaban las reglas del concilio tridentino.30
Celebró sacramentos en Monterrey y muy pronto se estableció
como clérigo domiciliado en el valle de las Sabinas. En ese real
Para más información sobre el sistema parroquial del noreste véase: Leyva Gutiérrez, Iglesia secular y oligarquía regional en el Noreste de la Nueva
España durante el siglo XVIII [Tesis de Doctorado].
29
AHM. Protocolos, vol. 24, exp. 1, fl. 239v, n° 104, fj. 3, 5 de octubre de
1799.
30
Pérez Puente, Los cimientos de la Iglesia en la América española. Los
seminarios conciliares, siglo XVI Title, 38–40.
28

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minero la familia Larralde había comprado la mitad de la hacienda
de San Francisco Javier, que hasta el día de hoy se conoce como
La Larraldeña.31 Este cura además tenía derechos de agua del río
Sabinas.32 Juan Nepomuceno se encargó de administrar los bienes
terrenales de la familia, y como miembro letrado fue consultado
por el gobernador del Nuevo Reino en 1783 sobre el desempeño
del alcalde mayor del Vallecillo, pueblo cercano a su hacienda.33
Larralde falleció como cura en encomienda del valle de las Sabinas.34
Cipriano García Dávila también falleció como cura,
vicario y juez eclesiástico de San Juan Bautista en 1782 después
de veintidós años de servir a la feligresía de Cadereyta. A este
ministro le tocó la fundación del obispado de Linares en 1777.
Cuando el obispo fray Rafael Verger envió su petición al Consejo
de Indias para fundar el cabildo catedral, consideró que Cipriano
podía ocupar una prebenda.35 Su hermano fue su teniente, pero
no tenemos certeza que haya tomado la titularidad del curato al
fallecimiento de Cipriano.
Isabel Ortega Ridaura y Israel Cavazos Garza, Nuevo León. Historia breve
(Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 2016).
32
AHM. Protocolos, vol. 19, exp. 1, fl. 20v, n° 10, 3 fjs. 16 de mayo de 1774.
El Bachiller Juan Nepomuceno de Larralde
33
AHM. Correspondencia, vol. 123, exp. 22, 1fj, 22 de noviembre de 1783.
Carta dirigida al Bachiller Juan Nepomuceno Larralde
34
AHM. Protocolos, vol. 24, exp. 1, fl. 239v, n° 104, fj. 3, 5 de octubre de
1799. Pedro Manuel de Llano, vecino y del comercio de esta Ciudad, otorga
fianza a favor del Bachiller Juan Nepomuceno Larralde.
35
José Gabino Castillo Flores, “El obispado y el cabildo eclesiástico de Linares, 1777-1808”, Hispania 80, núm. 265 (2020): 467–72, https://doi.org/
https://doi.org/doi.org/10.3989/hispania.2020.013.
31

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Los ministros que ejercieron en otra gobernación fueron
Carlos Sánchez de Zamora, quien pasó de ser interino a cura, vicario
y juez eclesiástico en Santa Rosa de Sacramento en Coahuila de
1738 a 1768. José Bernardino Cantú celebró sacramentos en Saltillo
en 1798. Pedro Alcántara Cantú, fue el único de los miembros de
esta familia que salió del noreste, y ocupó el cargo de prepósito del
oratorio de San Felipe Neri en Guadalajara.36
Las carreras de estos ministros brindaron prestigio a sus
familias, quienes formaban parte del grupo de poder local. La
oligarquía del noreste actuó como otros grupos en el Nuevo
Mundo.37 Recurrieron a diversas estrategias para mantener su
dominio, entre ellos buenos enlaces matrimoniales, diversidad
de actividades productivas, presencia en el gobierno temporal y
también injerencia en las actividades eclesiásticas. Como se verá
a continuación, no sólo las figuras masculinas destacaron para el
fortalecimiento del poderío familiar en el noreste.
Bienhechores de la familia Cantú
El patrocinio de las carreras eclesiásticas muestra la capacidad
que tenían las familias para formar a su grupo de ministros. En
este apartado se mostrará a través de los bienhechores como estos
miembros también aprovecharon sus conexiones con la Iglesia para
Leyva Gutiérrez, Iglesia secular y oligarquía regional en el Noreste de la
Nueva España durante el siglo XVIII [Tesis de Doctorado], 185–86.
37
Richard M. Lindley, “Criollos, peninsulares y oligarquía en la teoría de la
Independencia”, Primer Anuario, núm. 1 (1977): 92–126.
36

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mantener o incrementar su poder. Para que los jóvenes obtuvieran
el sacerdocio la familia cubría los gastos del traslado, hospedaje,
comida, cursos y las cuotas por las certificaciones. Se estimó que un
estudiante del noreste necesitaba más de 250 pesos anuales de renta
para vivir en Guadalajara.38 En esta suma no se consideraron los
compromisos piadosos. No se tiene la información sobre todos los
fundadores de los patrimonios y las capellanías que se utilizaron para
la ordenación de los sacerdotes Cantú. En el cuadro 2 se consignan
el nombre de la persona que constituyó la obra pía que sirvió para
que los jóvenes pudieran ser examinados para sacerdotes.
Hubo más fundadoras que bienhechores en la familia Cantú.
Llama la atención que los únicos progenitores que se encuentran
dentro del listado corresponden al matrimonio establecido entre
Francisco Ignacio Larralde y Josefina Francisca Cantú del Río.
El resto de los benefactores de las obras pías fueron parte de la
familia extensa de los jóvenes interesados en el presbiterado. En
el noreste casi siempre se designaron mujeres como patronas de
las capellanías, quienes podían “nombrar o remover a su voluntad
al capellán”.39 No ha quedado constancia de que se haya retirado
alguna de las manutenciones que garantizaban el sustento de los
Leyva Gutiérrez, Iglesia secular y oligarquía regional en el Noreste de la
Nueva España durante el siglo XVIII [Tesis de Doctorado], 62.
39
Para más información: Abelardo Levaggi, “Papel de los patronos en las
capellanías. Cuestiones suscitadas a su respecto en el Río de la Plata”, en Cofradías, capellanías y obras pías en la América colonial, ed. María del Pilar
Martínez López-Cano, Gisela von Wobeser, y Juan Guillermo Muñoz Correa
(México, DF: Universidad Nacional Autónoma de México, 1998), 143–44.
38

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Cuadro 2
Los aspirantes al sacerdocio y sus bienhechores en el Nuevo Reino
de León (s. XVII-XVIII)
Aspirantes al sacerdocio
Bienhechores
Lorenzo Pérez de León [Cantú del Alonso de León (capitán), fundador
Río]
Agustina Cantú, patrona de capellanía
Bernardo Cantú del Río
María de León fundadora del
patrimonio
Cipriano García Dávila [Cantú del María Rosa Cantú y sus hermanos,
Río]
fundadores del patrimonio.
Francisco Antonio Larralde [Cantú Francisco Ignacio de Larralde,
del Río]
fundador del patrimonio.
Juan Bautista García Dávila [Cantú Cipriano García Dávila
del Río]
Juan Nepomuceno Larralde [Cantú Josefa Francisca Cantú del Río y de
del Río]
la Cerda, fundadora y patrona de la
capellanía
Fuente: AHAG, Gobierno, Órdenes sacerdotales y Sacerdotes

ministros. En la sociedad novohispana las mujeres poseían bienes
recibidos como dote y en el caso de viudez actuaban como
administradoras de los caudales obtenidos durante el matrimonio.
Todas las fundadoras y patronas contrajeron nupcias con personajes
importantes en la gobernación reinera. A continuación, se muestra
brevemente cómo algunos de los miembros seglares de la familia
Cantú fundaron obras pías y también lograron beneficiarse al
mantener buenas relaciones con los miembros de la Iglesia.
En las únicas dos fundaciones que se realizaron durante la
segunda mitad del siglo XVII estuvo involucrada la familia Pérez
de León (Árbol genealógico 2).
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Fuente: AHAG, Gobierno, Órdenes sacerdotales y Sacerdotes

Árbol genealógico 2
Los sacerdotes de la familia Cantú del Río, Pérez de León y García Dávila (siglo
XVII-XVIII)

Los Cantú

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Esta parentela tuvo su origen en el matrimonio del cronista
Alonso [Pérez] de León y Josefa González Hidalgo. Ambos
personajes arribaron a Cadereyta como parte de un grupo más
amplio de ganaderos de Huichapan, municipio del actual estado
de Hidalgo, que recibieron mercedes de tierra para poblar el
norte.40 Entre los descendientes de Alonso de León y Josefa
González se encontraron el general Alonso, María y Lorenzo.
Los tres vástagos Pérez de León González Hidalgo contrajeron
nupcias con hijos de Jusepe Miguel Cantú del Río y de la
Cerda y María de Treviño. María se casó con Carlos; Alonso
con Agustina y Lorenzo con Ana María. Lorenzo y Ana María
fueron los padres del bachiller Lorenzo Pérez de León Cantú.
María y Carlos fueron los progenitores de Bernardo Cantú de
León. Ni duda cabe de que la familia provenía de la riqueza que
habían acumulado los Pérez de León. Al menos durante el siglo
XVII, los Cantú no garantizaron obras pías en sus bienes.
Alonso de León fue comisionado del gobierno reinero
en la ciudad de México y en España; realizó incursiones hacia el
Seno Mexicano; escribió una crónica sobre la historia del Nuevo
Reino de León y recibió mercedes de tierra y rancherías de indios
en la provincia norteña.41 Para la ordenación de ambos nietos del
capitán Alonso de León, se recurrió a sus bienes para garantizar las
obras pías. La escritura de la capellanía de Lorenzo fue realizada
Ortega Ridaura y Cavazos Garza, Nuevo León. Historia breve, VI–VIII.
León, Chapa, y Sánchez de Zamora, Historia de Nuevo León con noticias
de Coahuila, Tamaulipas, Texas y Nuevo México, V–XLV.
40
41

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por la albacea testamentaria del cronista. Alonso, el mozo, fundó la
donación piadosa y designó a su esposa Agustina como la patrona
de la capellanía. El general dispuso las condiciones de la obra pía,
solicitando que el capellán celebrara las misas en las fiestas de la
Encarnación y el día de Nuestra Señora de Guadalupe.42 Lo más
probable es que la familia Pérez de León patrocinara, en el valle
del Pilón, la capilla en la que sirvió Lorenzo como teniente de cura
de la parroquia de Nuestra Señora de Monterrey. La carrera de este
ministro fue corta, pues falleció en 1706;43 pero fue el antepasado
más enunciado por los aspirantes al sacerdocio de esta familia.
Lorenzo destacó por ser el primer sacerdote de su parentela en
regresar al septentrión. A la muerte del ministro, los franciscanos
que estaban en el valle se encargaron de atender a la feligresía.
La familia Pérez de León mantuvo estrecha relación con
otros miembros eclesiásticos como se constata en el proceso que
siguió Juan de León a nombre de su madre Agustina. En 1713
decidieron reclamar la titularidad de una congrega de indios a
Juan García de Pruneda. Los de León presentaron a cuatro testigos
para que comparecieran. De éstos, tres eran sacerdotes: Santiago
García Guerra, Domingo García Guerra e Ignacio Martínez.44 Los
tres ministros afirmaron que Agustina estaba muy preocupada por
AHM. Protocolos, vol. 4, exp. 1, fl. 145, n° 60, 27 de marzo de 1691. Se
dictan clausulas testamentarias.
43
La mención de su fallecimiento se encuentra en: AHAG, Gobierno, Sacerdotes, caja 6, exp. 19, Bernardo Cantú de León.
44
AHM. Protocolos, vol. 10, exp. 1, fl. 1, n° 1, 25 de abril de 1713. Querella
de congrega de indios.
42

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la atención de los indios. A decir de los curas, la nación de indios
pertenecía a la familia Pérez de León Cantú, pero el gobernador
Luis García de Pruneda se la había retirado de manera arbitraria.45
No se sabe si la ranchería volvió a sus antiguos dueños, solamente
que Agustina tenía al párroco de Monterrey y dos ministros más
de su lado.
Para la ordenación de Bernardo Cantú se usó como garantía
la dote que recibió la hija del general Alonso de León. Cuando
María contrajo matrimonio con el sargento mayor Carlos Cantú
recibió la labor de pan coger “San José”. Esta fue la propiedad
que utilizaron para fundar el patrimonio de su hijo, pero María
había llevado más bienes al matrimonio. Además, poseía unas
mercedes en Guadalupe, el agostadero del Copudo y cerro de
Santiago, tierras en las ciénegas de Caballero, otra más cercanas
a la villa Cadereyta y más de mil cabezas de ganado menor.46
Es probable que la riqueza de María superara los bienes de su
marido, por eso no resulta sorprendente que fuera la encargada de
patrocinar la carrera eclesiástica de su vástago.
Los otros tres benefactores consignados en el cuadro 2
solicitaron las escrituras de su fundación piadosa durante el siglo
XVIII. El patrimonio de Cipriano García Dávila quedó en tierras de
la familia de su madre Rosa María Cantú. Para el establecimiento
AHM. Protocolos, vol. 10, exp. 1, fl. 1, n° 1, 25 de abril de 1713. Querella
de congrega de indios.
46
AHM. Protocolos, vol. 8, exp. 1, fl. 62, n° 28, 9 de enero de 1706, Inventario por la muerte de María de León.
45

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de este compromiso se llamó a todos los hijos de Carlos Cantú
y Josefa González Hidalgo. Carlos era hermano del bachiller
Bernardo Cantú del Río y de la Cerda como se observa en el árbol
genealógico 2. Las tierras que se usaron como garantía estuvieron
en el valle del Pilón. No es posible saber cuántas fueron las obras
pías que establecieron esta generación de Cantú González Hidalgo
porque hubo bastantes homónimos. Una vez que Cipriano obtuvo
el beneficio de Cadereyta se encargó de patrocinar la carrera de su
hermano. Cuando murió el cura a cargo de la feligresía de San Juan
Bautista fue enterrado en la parroquia donde sirvió. Los vínculos
entre la oligarquía del noreste superaban los lazos familiares como
se evidencia en la designación que hizo Cipriano García Dávila
al bachiller Juan José Amato Arizpe Fernández, eclesiástico
originario de Saltillo y miembro de la oligarquía local, como su
albacea testamentaria.47 La obra pía de los García Dávila sirvió
para la graduación de al menos tres ministros más y fue redimida
hasta mediados del siglo XIX.48
Ocurrido en 1728, el matrimonio de Francisco Ignacio
de Larralde y Josefa Francisca Cantú de Río, como se mencionó
arriba, constituyó una gran fortuna. El gobernador del Nuevo Reino
murió en 1753 y su viuda le sobrevivió al menos unos veinte años.
Durante ese tiempo, Josefa Francisca fundó la capellanía colativa
Leyva Gutiérrez, Iglesia secular y oligarquía regional en el Noreste de la
Nueva España durante el siglo XVIII [Tesis de Doctorado], 86–89, 188.
48
AHM. Protocolos, vol. 40, exp. 243, 13 de mayo de 1841, ff. 1-2. Poder
legal otorgado al cura Juan José García.
47

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para la ordenación de su hijo menor Juan Nepomuceno Larralde
Cantú del Río. Ella administró los bienes familiares que incluían
como se explicó arriba una parte de la hacienda San Francisco
Javier, tierras en Cerralvo, Agualeguas y Salinas, así como una
casa en Monterrey y algunos esclavos, tomando varias de las
responsabilidades que tenía su marido. En 1754 se presentó ante
las autoridades episcopales y tomó las funciones como colectora
del diezmo en Monterrey, tareas que habían sido encomendadas a
su marido, por tres años más.49 Josefa Francisca debió ser buena
administradora porque obtuvo el cargo de mayordoma de fábrica
de la iglesia de Nuestra Señora de Monterrey por más de quince
años, y hasta ahora es la única mujer localizada, originaria del
noreste, que se encargó de recoger el diezmo y fue mayordoma
de fábrica en la región más alejada del obispado de Guadalajara.
Sin embargo, Josefa Francisca comenzó a tener diferencias
con el doctor José Antonio Martínez Benavides, párroco de
Monterrey, a finales de la década de los sesenta del siglo XVIII.
Este cura notó que la administradora no había realizado obras en
el templo parroquial, pero sí había recibido los más de 7,000 pesos
que dieron las autoridades diocesanas para la fábrica. El matrimonio
Larralde se encargó de las obras en la Iglesia parroquial desde 1747
hasta 1769, aunque no se sabe con precisión qué cambios hicieron.
Además, Josefa Francisca había recogido 1,080 pesos para fundar
AHM. Protocolos, vol. 15, exp. 1, fl. 305, n° 133, 15 de marzo de 1754, f.
1-2. Se obliga a la administración de los diezmos del Nuevo Reino.
49

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una escuela en Monterrey, de los cuales entregó la mitad a Agustín
de Acosta, párroco de Nuestra Señora entre 1748 y 1757; como
el cura Aguirre no supo qué hacer con los ingresos, los devolvió.
Josefa Francisca reconoció que debía a la Iglesia un poco más de
8,000 pesos, no obstante, al momento de aceptar su compromiso,
en 1769, se encontraba sin recursos, ya que la mayordoma ya había
heredado todos los bienes a sus hijos. A pesar de que ella había
recibido como dote algunas parcelas en el valle de las Salinas,
afirmó no disponer de los recursos suficientes para pagar.50 La
contaduría del obispado le dejó cubrir en parcialidades el saldo
pendiente, aunque no se tiene constancia que haya terminado de
cubrir su compromiso. Josefa Francisca no había mentido, sus
bienes habían sido repartidos entre sus vástagos; como se mencionó
arriba, el cura Juan Nepomuceno recibió la hacienda en Sabinas;51
y sus hijas, María Josefa y María Francisca, contaron con buenas
dotes matrimoniales porque ambas emparentaron con personajes
destacados en el norte. María Josefa de Larralde se casó en
primeras nupcias con Ignacio Ussel de Guimbarda, gobernador del
Nuevo Reino de León, quien falleció en 1772; su segundo marido
fue Cosme Damián de Arrese, administrador del tabaco y asentista
La dote se mantenía separada durante todo el matrimonio. En el reparto
que realizó de sus propiedades no se especificó qué tierras entregó a sus hijas.
AHM. Protocolos, vol. 22, exp. 1, fl. 169v, n° 92, 22 de febrero de 1794, ff.
1-2, Se confiere poder a José Nicolás de Ibarra para aclarar unas partes de tierra.
51
Leyva Gutiérrez, Iglesia secular y oligarquía regional en el Noreste de la
Nueva España durante el siglo XVIII [Tesis de Doctorado], 361–67.
50

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de pólvora y naipes.52 Por otro lado, María Francisca se desposó
con José Antonio de Urresti, sargento mayor de las compañías
milicianas y ayudante de su padre. Urresti, una vez que pasó a
formar parte de la familia Larralde, se convirtió en el principal
socio de su suegra, y además de ayudar en la administración de los
bienes familiares, se encargó de recolectar el diezmo en Monterrey
y fue alguacil mayor del Santo Tribunal de la Inquisición.53 Ambas
hijas tuvieron una relación cercana con la parroquia de Monterrey.
Bernardo Ussel de Larralde, hijo de María Josefa, tomó lecciones
en el seminario de Monterrey. Gracias a los negocios de la familia
y a su participación en el gobierno eclesiástico la familia Larralde
Cantú del Río de la Cerda, creó vínculos cercanos con los clérigos
establecidos en Boca de Leones, Salinas, Cadereyta y Saltillo, como
se deja ver en los compromisos protocolarios que se conservan en
el Archivo Municipal de Monterrey. Todos los miembros de la
familia Larralde fueron enterrados “con el privilegio debido” en la
iglesia parroquial de Nuestra Señora de Monterrey.
La familia Cantú se mantenía cercana a los miembros de
la Iglesia todavía a finales del siglo XVIII. José Miguel Cantú
del Río y de la Cerda, sobrino de los ministros Larralde y los
Jaanay Sibaja Nava et al., Colección de biografías. Vive la historia. Bernardo Ussel y Guimbarda Larralde (Monterrey: Coordinación Editorial del
Poder Judicial del Estado de Nuevo León, 2019), 1–5, https://www.pjenl.gob.
mx/Publicaciones/Libros/83/docs/83.pdf.
53
AHM. Protocolos, vol. 15, exp. 1, fl. 294, n° 129, 18 de enero de 1754.
Se otorga fianza a favor de doña Josefa Francisca Cantú del Río y la Cerda. fl.
295, n° 130, 21 de enero de 1754. Se confiere poder a don Antonio de Urresti.
52

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Cantú del Río y de la Cerda, comerciante del Nuevo Reino, había
obtenido beneficios de su relación cercana con la Iglesia. El
principal de 6,000 pesos que se estipuló en la capellanía colativa
que sirvió para la ordenación de Juan José Paulino Fernández de
Rumayor se garantizó en la hacienda de San Antonio en el valle
del Huajuco propiedad de José Miguel.54 Éste había contraído
matrimonio con Isabel María Gómez de Castro. Ambas familias,
los Cantú y los Gómez de Castro eran muy cercanas a la iglesia en
Monterrey. Isabel y Miguel mantuvieron una relación de amistad
con el bachiller Alejandro de la Garza, teniente en la parroquia de
Nuestra Señora. Isabel María le vendió una casa en Monterrey al
segundo obispo de Linares,55 fray Rafael José Verger, el mismo
prelado que había promovido el nombramiento de Cipriano
García Dávila como prebendado del cabildo de Linares. También
la hacienda de San Antonio fue adquirida por el obispo Verger,
quien redimió el censo en 1791.56 José Miguel y su esposa fueron
devotos de la imagen de Nuestra Señora de los Dolores que estaba
en la iglesia parroquial en Monterrey,57 que fue una de las más
veneradas por el grupo de poder local.58
AHAG. Gobierno, órdenes sacerdotales, caja 24, exp. 8. 1771, Fernández
de Ramayor[sic] Juan José Paulino.
55
AHM. Protocolos, vol. 20, exp. 1, fl. 161, n° 104, 8 de noviembre de 1784,
f.1. Venta de casa.
56
AHM. Protocolos, vol. 21, exp. 1, fl. 169, n° 91. 18 de julio de 1791, f. 2.
Obligación de pago.
57
AHM. Protocolos, vol. 24, exp.1, fl. 121, n° 48, 18 de diciembre de 1798,
f. 1-3. Testamento de doña Isabel María Gómez de Castro.
58
María Nicolasa de Treviño y María Antonia de Cossío legaron 700 pesos
54

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Conclusiones
Los primeros miembros de la familia Cantú del Río de la Cerda
se instalaron en la villa de Cadereyta a mediados del siglo
XVII. Desde la primera generación se vincularon con el grupo
de colonizadores más potentados en el Nuevo Reino de León,
entre los que destacaron los descendientes Pérez de León. Los
buenos lazos matrimoniales les permitieron constituir un buen
patrimonio, y como parte de la oligarquía buscaron posicionarse
también en la Iglesia secular. En el noreste fue común que los
grupos de poder enviaran a sus hijos a poblar en regiones cercanas
donde se instalaban y se convertían en parte de los propietarios
más acaudalados. Gracias a la formación de sacerdotes, quedó
constancia que la familia Cantú del Río mantuvo su posición
privilegiada en Cadereyta y logró posicionarse en el valle de las
Salinas y Monterrey. Los sacerdotes de este grupo familiar se
formaron en la ciudad de México y Guadalajara. A diferencia de
otros ministros que acudieron a más de una población, este grupo
no necesitó viajar tanto para completar su formación clerical.
Los Cantú aspiraron al sacerdocio por las vías de patrimonio,
capellanía y administración. Las primeras dos vías les permitieron
evidenciar su fortuna. La ordenación por administración fue
posible gracias a que uno de los vástagos ya estaba instalado en
las parroquias septentrionales del obispado de Guadalajara.
para celebrar en el altar de la virgen de los Dolores. AHM. Protocolos, vol.
18, exp. 1, fl. 138v, n° 74, 14 de septiembre de 1770, f. 2. Obligación de pago.
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�Los Cantú

Estos miembros privilegiados del noreste de la diócesis de
Nueva Galicia hicieron una carrera eclesiástica, y aunque no todos
fueron curas párrocos, realizaron tareas en el gobierno eclesiástico.
Los curas Cantú tuvieron un patrimonio por herencia y compra.
Pero, en el sostenimiento de la familia fueron importantes los
vínculos matrimoniales, los conquistadores, las carreras exitosas en
el gobierno temporal, los comerciantes y los hacendados a los que se
sumaron los miembros del clero. Fue posible rastrear por casi dos
siglos la permanencia de una parte de los miembros de la familia
Cantú en las esferas más altas del poder en el Nuevo Reino de León;
como vimos, esta familia logró mantener su posición de poder
incluso cuando la región fue segregada y formó parte de la diócesis
de Linares. Finalmente, como parte de un grupo privilegiado, no solo
patrocinaron carreras eclesiásticas, sino que también fomentaron
algunas devociones de las que todavía hace falta realizar estudios.
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Archivo
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�“Pero ellos señor ilustrísimo, han triunfado”.
Las escaramuzas de un habanero en el provisorato del
obispado de Yucatán a finales del siglo XVIII1
“Pero ellos señor ilustrísimo, han triunfado”.
The Habaneros’s skirmishes in the provisorato of the diocese of
Yucatan at the end of the 18th Century
Elsy Anahí Mendoza Moo
El Colegio de Michoacán

Zamora, México
orcid.org/0000-0003-1433-8080

Resumen: El objetivo de este artículo es comprender las relaciones
de poder dentro del obispado de Yucatán a partir de la trayectoria
eclesiástica de Manuel José Rodríguez Hurtado como vicario general y
provisor (1793-1794). A través de dos expedientes judiciales contenidos
en el Archivo Histórico del Arzobispado de Yucatán y en el Archivo
General de la Nación, me interesa conocer el contexto de la vicaría
general y provisorato antes de su llegada a dicha diócesis, entender
cómo se inserta este hombre en la dinámica eclesiástica regional, e
indicar los grupos de poder decisivos en el obispado y analizar sus
acciones dentro del obispado en pro de sus intereses.
Palabras clave: Yucatán, obispado, trayectoria eclesiástica, provisorato,
Manuel José Rodríguez Hurtado.
Agradezco los comentarios puntuales de los dictaminadores de este artículo; mi gratitud a la Dra. Carolina Aguilar por su lectura y comentarios al primer
manuscrito.
1

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�Anahí Mendoza

Abstract: The objective of this article is to understand the power
relationships in Yucatan bishopric from Manuel José Rodríguez
Hurtado’s ecclesiastical career as vicario general and provisor (17931794). Using two judicial files of the Archivo Histórico del Arzobispado
de Yucatán and the Archivo General de la Nación, I want to explore
the context of vicaria general and provisorato before his arrival at that
diocese to understand how this agent is involved in the dynamics of
the local church to show the crucial power groups in this bishopric and
analyze their actions in favor of their interests.
Keywords: Yucatan, Bishopric, ecclesiastical career, provisorato,
Manuel José Rodríguez Hurtado.

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�“Pero ellos señor…”

Introducción
Los obispos tenían doble potestad: de orden y jurisdicción. Para
llevar a cabo esto, estaban rodeados de un grupo de colaboradores
distribuidos en la curia de gobierno –encargada de funciones
administrativas– y en la curia de justicia –donde se ejerció la
jurisdicción contenciosa eclesiástica, es decir, todo en relación
con los asuntos legales en “los que estuviese involucrado el
clero diocesano y, en algunos casos, también el clero regular
en la medida que estuviera sujeto a su jurisdicción”–.2 Ambas
eran presididas por el vicario capitular o general3 y el provisor,
respectivamente. En el caso del obispado de Yucatán, los pocos
emolumentos del empleo y sobre todo la carga de actividades
que se desarrollaron tanto en la curia de gobierno y de justicia
de la diócesis, determinaron en muchas ocasiones que el
eclesiástico nombrado para el vicariato general también asumiera
la responsabilidad del provisorato para, de esta manera, abarcar
“casi” todo el ministerio episcopal. Por esta razón, el provisorato
y la vicaría general fueron percibidos como sinónimos.4
Jorge E. Traslosheros, “El Pecado y el delito. Notas para el estudio de la
justicia criminal eclesiástica en la Nueva España del siglo XVII”, Alegatos,
núm. 58 (2004): 372.
3
Aunque en la documentación de esta investigación se observa que los términos de “vicario general” y “vicario capitular” se utilizaban de manera indistinta, el primero se desempeñaba durante la sede plena y el segundo, en la sede
vacante.
4
Juvenal Jaramillo Magaña, Los capitulares y el Cabildo Catedral de
Valladolid-Morelia, 1790-1833. Auge y decadencia de una corporación
eclesiástica [Tesis de Doctorado] (Zamora: El Colegio de Michoacán,
2

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�Anahí Mendoza

Considerando que en las Indias Occidentales “gobernar
era hacer justicia”, estos cargos recayeron en “personas bastante capaces, prestigiadas y de toda la confianza del prelado o, en
caso de sede vacante, del cabildo catedralicio”. Para su poseedor
significaba tener una “carrera consolidada” o en vías de consolidación, puesto que también se configuró como un “trampolín que
proyectaban hacia una prebenda –si es que no contaban ya con
ella–, o inclusive hacia una silla episcopal”.5 Al conferir “enormes responsabilidades de carácter jurídico, poder” y jerarquía, su
nombramiento era “grandemente apetecido por varios hombres
de la Iglesia, ya de los propios cabildos catedralicios o ya fuera
2011), 536. Juvenal Jaramillo menciona que “durante los finales del siglo
XVIII y la primera mitad del siglo XIX, en la diócesis michoacana estuvieron unidos los cargos de vicario general y provisor, como parece que
sucedió en la mayoría de las catedrales españolas y americanas”. Esto tal
vez como resultado –y como señala el mismo autor – del Concilio III Provincial Mexicano que trató como de una misma persona al provisor y al vicario general a lo largo de los documentos que emanaron de él. Concilio III
Provincial Mexicano, celebrado en México en el año de 1585, confirmado
en Roma por el Papa Sixto V, y mandado observar por el gobierno español en diversas reales órdenes. Publicado con las licencias necesarias por
Mariano Galván Rivera, segunda edición en latín y castellano, (Barcelona:
Imprenta de Manuel Miró y D. Marsá, 1870), 77; citado en Jaramillo, Los
capitulares y el Cabildo Catedral, 536. Otros historiadores señalan que “el
cargo de vicario general iba unido generalmente al de provisor, aunque su
naturaleza y atribuciones tengan notables diferencias que la historiografía
no tiende a diferenciar”, provocando confusión en ambos cargos. Andoni
Artola Renedo, “El patrocinio intraclerical en el Antiguo Régimen: curias
y familias episcopales de los arzobispos de Toledo (1755-1823)”, REDESRevista hispana para el análisis de redes sociales, Vol. 21, Núm. 6, (2011),
284.
5
Jaramillo Magaña, 536.
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�“Pero ellos señor…”

de ellos”.6 Por otro lado, como menciona Aguilar García, además de permitir y coadyuvar en el gobierno de los prelados, estos
hombres contribuyeron con “el nacimiento, desarrollo y consolidación de las audiencias episcopales y sus estructuras burocráticas, convirtiéndose en un elemento de primer orden que ayudó a
expandir y asentar la jurisdicción episcopal”.7
Hasta ahora se sabe que la mayoría de los jueces provisores
llegaban a Indias en calidad de familiares de los obispos. Algunos
alcanzaban el cargo al ser miembros del cabildo catedral, corporación
conformada por los eclesiásticos más sobresalientes de la diócesis;
mientras que otros lo obtenían al conseguir la confianza y simpatía
del obispo en turno o por recomendación de otros prelados. Ejemplo
de esta última circunstancia fue Manuel José Rodríguez Hurtado,
quien a través de Salvador Biempica y Sotomayor, obispo de la
Puebla de los Ángeles, llegó a San Francisco de Campeche el 28
de junio de 1793 para servir a fray Luis de Piña y Mazo, obispo de
Yucatán.
Este artículo tiene por objetivo general comprender las
relaciones de poder dentro del obispado de Yucatán a partir de la
Mariano Galván Rivera, Concilio III Provincial Mexicano, celebrado en
México el año de 1585, confirmado en Roma por el Papa Sixto V y mandado
observar por el gobierno español en diversas reales órdenes (Barcelona: Imprenta de Manuel Miró y D. Marsá, 1870), 439.
7
Carolina Aguilar García, “El caso de Juan Cienfuegos, juez provisor y
vicario general del arzobispado de México (1788-1800)”, en Pastores, misioneros, inquisidores, jueces y administradores: el clero del antiguo régimen,
siglo XV-XIX, ed. Guillermo Nieva Ocampo y Henar Pizarro Llorente (Salta:
Editorial La Aparecida, 2021), 226–44.
6

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trayectoria eclesiástica de Manuel José Rodríguez Hurtado como
vicario general y provisor (1793-1794). A través de dos expedientes
judiciales contenidos en el Archivo Histórico del Arzobispado de
Yucatán y en el Archivo General de la Nación,8 de manera específica
se pretende conocer el contexto de la vicaría general y provisorato
antes de su llegada a dicha diócesis, entender cómo este letrado se
insertó en la dinámica eclesiástica de la región, indicar los grupos
de poder decisivos en el obispado y analizar sus acciones dentro del
mismo en pro de sus intereses. Es importante señalar que son muy
pocos los estudios sobre el provisorato en el obispado de Yucatán,
pero se pueden indicar tres directrices que siguen aquellos trabajos:
la primera tiene que ver con el juzgado del provisorato de indios;9
Esta documentación forma parte de un conflicto posterior. Su uso se debió
a la necesidad de los miembros del cabildo catedral de Yucatán de argumentar
la “imposibilidad” de considerar a Rodríguez Hurtado para el cargo de vicario capitular y provisor durante la sede vacante de 1795-1799. Este asunto
se aborda en la tesis de licenciatura: Elsy Anahí Mendoza Moo, El cabildo
eclesiástico yucateco en pugna por el provisorato durante la sede vacante de
1795-1802 [Tesis de Licenciatura] (Mérida: Universidad Autónoma de Yucatán, 2018). Pero particularmente en “¡Que es justicia, juro en forma y en la
necesario! El orden normativo en un ámbito de acefalia diocesana: el cabildo
catedralicio del obispado de Yucatán, 1795-1802”, en prensa. Consciente de
sus limitaciones, tanto esa documentación contenida en el Archivo Histórico
del Arzobispado de Yucatán como la respuesta de Rodríguez Hurtado resguardada en el Archivo General de la Nación, permiten una lectura “sensible” del
discurso eclesiástico y así, develar los posibles móviles de acción de una corporación eclesiástica.
9
Caroline Cunill, Los defensores de indios de Yucatán y el acceso de los
mayas a la justicia colonial, 1540-1600 (México, DF: Universidad Nacional
Autónoma de México; Centro Peninsular en Humanidades y Ciencias Sociales, 2012); John F. Chuchiak IV, El castigo y la reprensión: el Juzgado del
8

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la segunda, aunque de forma indirecta, se vincula con la necesidad
de relacionar a los provisores del siglo XVIII a la “ilustración
católica”10 y, por último, aquella centrada en el provisor capitular.11
Este último enfoque da luces sobre las dinámicas internas del cabildo
catedral y su movilización para controlar la designación del vicario
capitular y provisor del obispado durante la sede vacante; además,
nos lleva a preguntarnos sobre la actuación del cuerpo capitular y
sus estrategias en sede plena, y visibiliza a los provisores interinos
que, a pesar de su poca duración e injerencia en los empleos, eran
agentes que demostraban la homogeneidad de intereses del clero.12
Provisorato de Indios y la extirpación de la idolatría maya en el obispado de
Yucatán, 1563-1763 (Ciudad de México: Universidad Nacional Autónoma de
México - Instituto de Investigaciones Jurídicas, 2022).
10
Víctor Hugo Medina Suárez, “Utillaje y prebenda: las reformas del doctor
Rafael del Castillo y Sucre en el obispado de Yucatán, 1780-1783”, en Educación y prebenda: investigaciones sobre la formación y las carreras del alto
clero novohispano, ed. Leticia Pérez Puente y José Gabino Castillo Flores
(Ciudad de México: Universidad Nacional Autónoma de México - Instituto de
Investigaciones sobre la Universidad y la Educación, 2019).
11
Mendoza Moo, El cabildo eclesiástico yucateco en pugna por el provisorato durante la sede vacante de 1795-1802 [Tesis de Licenciatura].
12
Es importante mencionar que este trabajo se circunscribe en una línea de
investigación abierta por Rodolfo Aguirre Salvador, interesada en la historia sociopolítica del clero novohispano, “más allá de las gestiones arzobispales o de las
prosopografías de clérigos, y que ahonde en los juegos de poder y los mecanismos
internos en cada diócesis para su gobierno”. Rodolfo Aguirre Salvador, “La carrera
hacia el cabildo eclesiástico de México: méritos, estrategias y amistades, 16801730”, en Educación y prebenda: investigaciones sobre la formación y las carreras del alto clero novohispano, ed. Leticia Pérez Puente y José Gabino Castillo
Flores (Ciudad de México: Universidad Nacional Autónoma de México - Instituto
de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación, 2019), 118.
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�Anahí Mendoza

1. El problema de encontrar un provisor: la vicaría y
provisorato del obispado de Yucatán antes de Manuel José
Rodríguez Hurtado
Después de ser nombrado maestreescuela del cabildo catedral
del obispado de Yucatán, Rafael del Castillo y Sucre, miembro
de una noble familia de La Habana, partió a dicho destino en
1779.13 En el trayecto a su nuevo cargo se encontró con el recién
nombrado obispo, fray Luis de Piña y Mazo, quien logró hacerlo
su vicario general y provisor. Así, ambos eclesiásticos llegaron al
obispado de Yucatán en 1780; sin embargo, tres años más tarde,
Castillo y Sucre sucumbió ante el cólera, enfermedad que lo llevó
a la muerte el 9 de abril de 1783.
La muerte de este hombre enfrentó a Piña y Mazo a
una realidad de la región enmarcada, en primer lugar, en la
desarticulación del cabildo catedral provocada por la muerte de
sus miembros y por el agotamiento propio tanto por los achaques
de los cargos y del temperamento natural de la península; y en
segundo, en la ausencia de eclesiásticos y seglares facultativos
tanto en Derecho Civil como en Derecho Canónico,14 tal y como
lo expresó aquel obispo en un oficio dirigido al rey:
Acuerdos del Venerable Cabildo Metropolitano de Yucatán (AVCMY).
Acuerdos del Cabildo Eclesiástico, Libro 5, ff. 208-209.
14
Elsy Anahí Mendoza Moo, La estrategia letrada de José Nicolás de Lara
en el orden eclesiástico yucateco, 1768-1793 [Tesis de Maestría] (Mérida:
Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social,
2021), 131–35; Antonio Rubial García, ed., La Iglesia en el México colonial
(México, DF: Universidad Nacional Autónoma de México - Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación; Benemérita Universidad
Autónoma de Puebla, 2013), 130–34.
13

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Cuanta es la necesidad que padece esta catedral de prebendados
[de estudios en ambos derechos] por haber carecido, y carecer
casi siempre, especialmente de sujetos con quienes poder
consultar en los indispensables lances que ocurren, para
proceder con arreglo a sus dictamines sabios y discretos, no
sólo por lo que corresponde a los individuos de mi cabildo,
porque ninguno de ellos ha profesado ni profesa el Derecho,
sino también por lo que mira al común de esta ciudad, en donde
para los asuntos civiles y contenciosos no se encuentra un
letrado que dirija, defienda o instruya a las partes.15

Como bien señala, no había en el obispado a quién depositarle
un cargo tan importante como el que ostentaba el desaparecido
Castillo y Sucre, ni siquiera dentro de su propio senado. Por ello es
comprensible que, ante la situación anímica del venerable cuerpo,
el obispo insertara paulatinamente a hombres de su confianza,
es decir, sujetos a quienes podía consultar y disponer en lo
concerniente al gobierno del obispado y, sobre todo, desligados
a lo local. Por otro lado, aquella declaración del obispo también
lleva a repensar sobre la relación que algunos capitulares –sobre
todo los más jóvenes– guardaban con la cabeza de la diócesis.16
Así las cosas. El hombre facultativo que se necesitaba sólo
podía venir de fuera del obispado. Situación que no ignoraba Piña
Archivo Histórico del Arzobispado de Yucatán (AHAY). Sección Gobierno, Serie Mandatos, caja 399, exp. “Representaciones e informes del Ilustrísimo y Reverendo Señor don fray Luis de Piña y Mazo”, ff. 110- 110v. Rubial
García, La Iglesia en el México colonial, 130–34.
16
Mendoza Moo, La estrategia letrada de José Nicolás de Lara en el orden
eclesiástico yucateco, 1768-1793 [Tesis de Maestría], 131–35; Rubial García,
La Iglesia en el México colonial, 130–34.
15

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y Mazo y que fue un tema recurrente dentro de su correspondencia,
tanto con las altas autoridades como con sus conocidos. De hecho,
parece que durante la enfermedad de Castillo y Sucre, fueron
constantes las comunicaciones sobre el tema que el prelado de
Yucatán estableció con Santiago José Echeverría y Elguezua de
Villalobos, entonces obispo de Puebla de los Ángeles, ya que, a los
pocos días de la muerte del antes mencionado provisor, el obispo
de Yucatán mandó una carta cordillera firmada por su secretario,
Antonio Carvajal, estipulando el reconocimiento por parte de su
clero de Manuel de Zerquera y Ponciano de Escazena –cercano al
obispo Echeverría y Elguezua– como provisor y vicario general.17
Zerquera era natural de la ciudad de la Trinidad en la isla
de Cuba, e hijo de Benito de Zerquera y Rodríguez de Morejón,
bachiller en Medicina, profesor público de Medicina, y director
del Hospital de Caridad de Trinidad. Manuel cursó tres años de
Filosofía y cuatro de Teología; se graduó de bachiller en Cánones
y en Derecho Civil en la Universidad Real y Pontificia de San
Gerónimo de La Habana, y se recibió de abogado en la Real
Audiencia de la Nueva España en 1778. Posteriormente, continuó
su formación en la Real Audiencia de Santo Domingo, en el Real
Colegio de Abogados de la Corte de México y sirvió durante
cinco años en la secretaría y curia de Santiago José Echeverría y
Elguezua de Villalobos, obispo de Santiago de Cuba.18
AHAY. Sección Gobierno, Serie Mandatos, caja 251, exp. 8, s/f
Mendoza Moo, La estrategia letrada de José Nicolás de Lara en el orden
eclesiástico yucateco, 1768-1793 [Tesis de Maestría], 131–35; Rubial García,
17
18

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Es importante señalar dos cosas: la primera, tanto
Castillo y Sucre como Zerquera estaban vinculados a
Echeverría y Elguezua, eclesiástico natural de la isla de Cuba,
miembro de una poderosa familia y hombre de confianza de su
homólogo Pedro Agustín Morel de Santa Cruz (1753-1768).19
Probablemente, Echeverría y Elguezua siendo obispo de
Santiago de Cuba, inició una relación de amistad con el obispo
Piña y Mazo cuando éste llegó a La Habana para trasladarse
al obispado de Yucatán en 1780; su amistad, posiblemente,
continuó hasta el nombramiento de Echeverría y Elguezua
como obispo de Puebla de los Ángeles. La segunda, el fallecido
provisor y vicario general y Zerquera desempeñaron cargos
de confianza dentro del gobierno episcopal de Echeverría
y Elguezua: Castillo y Sucre, por ejemplo, fue nombrado
director del recién fundado Seminario Conciliar de San Carlos
y San Ambrosio en 1774, mientras que Zerquera –como se ha
mencionado– se vinculó dentro de la curia diocesana.20 Como
La Iglesia en el México colonial, 130–34.
19
Juan Bosco Amores y Consolación Fernández Mellén, “La iglesia en Cuba,
1760-1830”, en Tradición y reforma en la iglesia hispanoamericana, 17501840, ed. Javier Francisco Cervantes, Lucrecia Enríquez, y Rodolfo Aguirre
(Puebla: Benemérita Universidad Autónoma de Pueba - Casa Presno Instituto
de Ciencias Sociales y Humanidades; Universidad Nacional Autónoma de México - Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación; Centro
de Estudios Bicentenario, 2011), 349.
20
Por otro lado, es importante mencionar que la familia Zerquera y Ponciano estaba fuertemente vinculada a la administración colonial en la villa de
Trinidad. La información recopilada sobre Manuel de Zerquera y Ponciano
de Escazena pertenece a la Collection of Genealogies from Trinidad and Villa
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fuere, ese vínculo y la experiencia dentro de la administración
diocesana contribuyó a que Zerquera estableciera una relación
de confianza con el obispo Piña y Mazo, hasta el punto de que
este último lo proponga como arcediano en sus informes sobre
los eclesiásticos beneméritos del obispado de Yucatán.21
Sin embargo, a pesar de aquella relación de confianza
establecida entre el obispo y Zerquera, Piña y Mazo se limitó
a nombrarlo como “provisor auxiliar”. Este matiz es importante
porque la actuación del recién nombrado se suscribió únicamente
a involucrarse en los negocios pertenecientes al tribunal de justicia
mientras el obispo estuviera impedido por enfermedad o se viera
en la necesidad de abandonar la ciudad en cumplimiento a sus
obligaciones pastorales. En este sentido, la muerte de Castillo y
Sucre significó la consolidación del poder episcopal en un solo
hombre: el obispo, quien se dedicó a despachar todos los asuntos
judiciales y que, en casos extraordinarios, se apoyaba de alguien
para evitar que “el común no quedasen sin audiencia y sin curso
sus expedientes”. Las facultades de Zerquera como provisor
auxiliar cesaban cuando Piña y Mazo recuperaba su salud o se
restituía a la capital del obispado.22
Clara de Cuban Genealogy Club of Miami, Fl, Inc. https://www.cubangenclub.
org/wp-content/uploads/2022/05/Zerquera.pdf
21
AHAY. Sección Gobierno, Serie Mandatos, caja 399, exp. “Representaciones e informes del Ilustrísimo y Reverendo Señor don fray Luis de Piña y
Mazo”, ff. 109v-110.
22
A partir de la muerte de Castillo y Sucre, los provisores designados estarán
en calidad interina por decisión del prelado Piña y Mazo.
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Además de Echeverría y Elguezua, otro medio para
encontrar a un provisor fue Emeterio Cacho Calderón, oidor
de la Real Audiencia de México y pariente del obispo, quien
a través de las letras del prelado era testigo de las peripecias
que enfrentaba. Por esto, le recomendó a José Rafael Valdés de
Anaya, abogado del tribunal de la Real Audiencia; sin embargo,
el mismo Valdés de Anaya decidió rechazar aquella invitación
debido a que tenía bajo su protección a su madre, una mujer
anciana a la que no quería abandonar. Así, el provisorato en el
obispado de Yucatán estuvo vacante por dos años más, lo que
nos lleva a estimar que el periodo de Zerquera concluyó en 1791,
porque en 1793 llegaría a la provincia alguien decidido a ser ese
hombre que Piña y Mazo necesitaba: Manuel José Rodríguez
Hurtado.
En la siguiente tabla, se puede observar a los provisores
y vicarios generales durante el gobierno episcopal de fray Luis
de Piña y Mazo (ver cuadro 1). Aún falta comprender las razones
por las cuales el prelado decidió limitar el cargo de provisor
inmediatamente después de la muerte de Castillo y Sucre. Aunque
este tema está fuera del alcance de esta investigación, conocer los
motivos de aquel prelado nos brinda pautas para comprender las
dinámicas del clero en el obispado de Yucatán y, con ello, entender
la configuración del círculo de confianza de Piña y Mazo.23
23

so.

Este asunto forma parte de mi investigación doctoral actualmente en cur-

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Cuadro 1
Provisores y vicarios generales durante el gobierno episcopal
de fray Luis de Piña y Mazo (1780-1795)
Origen

Circunstancias

Provisor
/ provisor
auxiliar

Período
de
funciones

Rafael del
Castillo y Sucre

Maracaibo/
La Habana

Facultativo e
idóneo

Provisor

1780-1783

Manuel de
Zerquera y
Ponciano de
Escazena

Trinidad,
Isla de Cuba

Facultativo e
idóneo

Provisor
auxiliar

1783-1792

Manuel José
Rodríguez
Hurtado

San Cristóbal de La
Habana

Facultativo e
idóneo

Provisor
auxiliar

1793-1794

Luis Joaquín
de Aguilar

Mérida de
Yucatán

Idóneo

Provisor
auxiliar

1794-1795

Nombre

Fuente: Mendoza, La estrategia letrada, 131-135. AGI, Indiferente 247, “Méritos: Luís de Aguilar y Páez”, y AHAY, Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja
405, Exp. 1, f. 46v. Ismael Testé, Historia eclesiástica de Cuba. Vol. 2, parte
1. (La Habana: Editorial El Monte Carmelo, 1969), 128. Archivo General de
la Nación (más adelante AGN), clero secular y regular, vol. 206, f. 126-126v.
AHAY, Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja 405, Exp. 1, ff. 46-51.

2. Manuel José Rodríguez Hurtado y su movilidad
Rodríguez Hurtado nació en 1749 en la ciudad de San Cristóbal
de La Habana, Cuba, y sus padres fueron Lorenzo Rodríguez de
la Cruz y Juana Josefa Hurtado, oriundos de Castilla. Sus abuelos
por la línea paterna fueron Lorenzo Rodríguez de la Cruz y María
Blanca Gómez, y por línea materna Cristóbal Hurtado de Ximena
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y Feliciana de la Vega. Tuvo un hermano llamado José Agustín,
quien también se dedicó a la carrera eclesiástica, pero murió en
1785. Comenzó a construir su carrera eclesiástica cuando recibió
la primera tonsura en 1758 y después, las órdenes menores. El
subdiaconado lo obtuvo en 1763 y al año siguiente el diaconado.
Diez años después logró el presbiterado y con él, las licencias
generales de celebrar y predicar. Fue colegial de la Universidad
Real y Pontificia de San Gerónimo de La Habana. Ahí adquirió
conocimientos en lengua latina, y se convirtió en bachiller.
Posteriormente pasó a la Universidad Santo Tomás de Aquino
de Santo Domingo, en la cual se licenció, adquirió el doctorado
y, finalmente, facultades en Filosofía, Teología, Derecho Civil y
Canónico. Al regresar, obtuvo su licencia de confesar.
En las siguientes líneas se describirá el desarrollo de
su carrera eclesiástica a través de su movilidad por las Indias
Occidentales. En el mapa 1, podemos observar a simple vista
que el movimiento de Rodríguez Hurtado se suscribió en los
territorios que rodeaban el mar Caribe. Además, encontramos que
su carrera tuvo un auge dentro de la Isla de Cuba, es decir, en un
espacio eclesiástico local, y que su salida de dicha isla implicó
un desenvolvimiento dentro de materias contenciosas, y también
se observa una clara necesidad de adentrarse a un grupo clerical.
Sin embargo, como señala Aguirre Salvador, esto dependió de las
“relaciones previas” y de “la pertenencia o no a diferentes grupos
de origen familiar, de amistad o clientelares”.
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Mapa 1
Circulación vital y eclesiástica de José Manuel Rodríguez Hurtado

Fuente: AHAY, Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja 405, Exp. 1, f. 46v.
Archivo General de la Nación (más adelante AGN), clero secular y regular,
vol. 206, f. 126-126v. AHAY, Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja 405,
Exp. 1, ff. 46-51.

A. Diócesis de Santiago de Cuba
En la diócesis de Cuba, el obispo Pedro Agustín Morel de
Santa Cruz (1753- 1768) lo nombró catedrático de Latinidad en
el Seminario Conciliar de San Carlos y San Ambrosio cuando
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aún era un ordenante, y después fue catedrático de Filosofía,
Sagrados Cánones y Teología Moral –ésta última por mandato
del obispo Echeverría y Elguezua– en el Seminario Conciliar
de San Basilio Magno. En dicha diócesis se desarrolló como
promotor fiscal general y como promotor fiscal particular en los
tribunales de diezmos, cuentas de fábrica y visita de testamentos,
así como también se desempeñó como defensor de los derechos
del hospital de pobres de San Juan de Dios a cargo de la orden de
Nuestra Señora de Belén.24 En 1771 hizo oposición de la canonjía
doctoral de la Iglesia Catedral de La Habana.
Por un breve periodo de tiempo se trasladó a la Audiencia de
Santo Domingo y en 1775 regresó a Cuba y ahí se le destinó al curato
de monte25 de San Anselmo de los Tiguabos. Este curato formaba
parte de Guantánamo, un extenso partido territorial caracterizado
por una “política de abandono” de la metrópoli, principalmente por
“las condiciones fisiográficas y la no fortificación de la bahía de
Guantánamo”. Esto provocó que el poblamiento en esta zona fuera
“incipiente” y con ello, la necesidad de control del territorio, en un
contexto donde Tiguabos se configuró como un lugar estratégico
para las potencias, en especial la inglesa, puesto que este territorio
conectaba con Santiago de Cuba. En pocas palabras, mientras las
Adriam Camacho Domínguez, “De la iglesia a la plantación: tras la huella de los betlemitas en la Habana (1704-1842)”, Hispania Sacra, núm. 131
(2013): 239–74.
25
Entendemos al curato de monte como aquel espacio espiritual caracterizado por dispersión de población y con una estructura arquitectónica eclesiástica
carente o rudimentaria.
24

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fortificaciones protegían a la isla, la red parroquial establecida
cumplía con la misma función.26
En este curato de monte sólo estuvo dos meses, pues
Rodríguez Hurtado regresó a La Habana al ser nombrado por el
obispo Echeverría y Elguezua coadjutor del curato de San Felipe
y Santiago de Bejucal a consecuencia de las enfermedades de
Dionisio Manrique, cura propietario de dicho curato;27 en 1777,
fue nombrado capellán castrense del regimiento de infantería
de voluntarios blancos de La Habana y en julio del mismo
año, teniente de cura de la parroquia del Espíritu Santo. Estuvo
ejerciendo estos dos empleos hasta 1784.28
a. Diócesis de Mérida Maracaibo
El 6 de enero de 1784 salió de La Habana rumbo a Maracaibo en
compañía de franciscano Juan Ramos de Lora, el primer obispo
de la diócesis de Mérida de Maracaibo.29 Durante el gobierno de
Oscar Zanetti, Historia mínima de Cuba (México, DF: El Colegio de México, 2013), 61; Jorge Cerdá Crespo, La guerra de la oreja de Jenkins un
conflicto colonial (1739-1748) [Tesis de Doctorado] (Alicante: Universidad
de Alicante, 2008); Javier Alvarado Planas, ed., La Administración de Cuba en
los siglos XVIII y XIX (Madrid: Boletín Oficial del Estado; Centro de Estudios
Políticos y Constitucionales, 2017).
27
Dionisio Manrique sirvió en el curato de San Felipe y Santiago de Bejucal
de 1745 hasta su muerte en 1784. Jacobo de la Pezuela, Diccionario geográfico, estadístico, histórico de la Isla de Cuba. t. I (Madrid: Imprenta del establecimiento de Mellado a cargo de don Joaquín Bernat, 1863), 180.
28
AHAY. Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja 405, Exp. 1, ff. 46-51.
29
En este punto es importante mencionar que, aunque fray Ramos de Lora
mantuvo una estrecha amistad con José de Gálvez y con Joaquín de Eleta, confesor de Carlos III, fue su desempeño misional en la Sierra Gorda y California de
26

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Ramos de Lora, Rodríguez Hurtado se desempeñó como provisor,
juez de rentas decimales y colector del real subsidio hasta 1786,
año en el que por instrucciones del obispo abandonó Maracaibo
para restituirse a La Habana.30 Cabe señalar que Maracaibo no
era el destino final de fray Ramos de Lora, puesto que la silla
episcopal debía radicar en la ciudad de Mérida.31 Por ello, el 5
de febrero de 1785 decidió partir rumbo a dicha ciudad con toda
su comitiva; sin embargo, en un informe dirigido al rey Carlos
III, Ramos de Lora mencionó que Rodríguez Hurtado se negó
a abandonar Maracaibo, incluso ya cuando estaba posicionado
en la sede episcopal.32 Por esta razón, nombró a Luis Dionisio
de Villamizar33 como provisor interino, esperando la llegada
del eclesiástico habanero. No obstante, según el obispo, esto
la Nueva España, por 16 y 4 años respectivamente; y su procedencia del Colegio
Apostólico de Propaganda Fide de San Fernando de México, lo que lo puso en
las puertas de aquel nuevo obispado en las Indias Occidentales. María Dolores
Fuentes Bajo, “La justicia de un obispo. Los difíciles comienzos de la diócesis
de Mérida -Maracaibo, 1784-1790”, Procesos Históricos, núm. 7 (2005): 6–7.
30
Odolio Gómez Parente, “Segunda parte: El Ilustrísimo fray Juan Ramos
de Lora, obispo”, Revista Montalbán, núm. 50 (2017): 261–355; Odolio
Gómez Parente, “Tercera parte: Obispado en Mérida y fundación del Colegio
Seminario San Buenaventura”, Revista Montalbán, núm. 50 (2017): 356–465.
31
La diócesis de Mérida se conformó a partir de los “territorios desgajados
de los obispados de Caracas y Santa Fe”, poseía menos recursos y alicientes
que otras áreas, principalmente por estar en una zona periférica y caracterizada
por un aislamiento secular. Fuentes, “La justicia de un obispo”, 6-7.
32
Fuentes Bajo, “La justicia de un obispo. Los difíciles comienzos de la
diócesis de Mérida -Maracaibo, 1784-1790”, 3–4.
33
Lina Constanza Díaz Boada, “Alianzas de poder en una región histórica: el
caso de la élite pamplonesa en el Virreinato de la Nueva Granada, 1795-1808”,
HiSTOReLo. Revista de Historia Regional y Local 8, núm. 15 (2016): 90–128.
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no sucedió porque Rodríguez Hurtado “sólo quería quedarse en
Maracaibo”34 por “el partido que tenía con otros eclesiásticos a
los que se había adherido y con quienes iba trabando estrecha
unión que podría en lo sucesivo ser causa de más turbaciones”.35
Hay que señalar dos cosas; en primer lugar, la actitud
–aunada a la edad– de fray Ramos de Lora parece que fue
determinante para las relaciones un poco distantes que estableció
con su clero. Un segundo aspecto son las medidas “disciplinarias de
extraordinario rigor”36 que caracterizaron a su gobierno episcopal,
motivadas a romper con las diversas “presuntas corruptelas” que
En este periodo, la provincia de Maracaibo se configuró como una zona de
tráfico comercial, principalmente por la laguna de Maracaibo; no obstante, la
población en sus territorios se conservaba en los mismos números, la ganadería como la agricultura se mantenían en constante crisis, y los grupos indígenas
aún no estaban “plenamente hispanizados”. Es decir, que aún se encontraba en
un proceso de integración. Fuentes Bajo, “La justicia de un obispo. Los difíciles comienzos de la diócesis de Mérida -Maracaibo, 1784-1790”, 4.
35
Dentro de los obispados del Nuevo Reino de Granada en 1798, Maracaibo
era de las que menos ingresos decimales tenía: 1) Santa Fe, 2) Cartagena, 3)
Popayán, 4) Panamá, 5) Santa Marta, 6) Caracas, 7) Guayana, 8) Maracaibo,
9) Quito, 10) Cuenca. David Brading y Óscar Mazín Gómez, eds., El gran
Michoacán en 1791. Sociedad e ingresos eclesiásticos en una diócesis novohispana (Zamora: El Colegio de Michoacán; El Colegio de San Luis, 2009),
46. AGN, clero secular y regular, vol. 206, f. 125. Tulio Febres Cordero, Obras
completas. Tomo IV. Clave histórica de Mérida. Documentos para la historia
del Zulia en la época colonial. (Mérida: Comisión Editora de las Obras Completas del Doctor Tulio Febres Cordero, 1960), 193-194.
36
Entre aquellas medidas se encontraba la reclusión de los sacerdotes “remisos” a sus mandatos en los cuartos habilitados para ese fin en el hospital de
Mérida. María Dolores Fuentes Bajo. “Sobre la justicia en la etapa hispánica.
El caso de Maracaibo”, en Trocadero. Revista del Departamento de Historia
Moderna, Contemporánea, de América y el arte, núm. 14-15, 51-55.
34

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fue encontrando en su obispado. Por ello, considerando estos dos
aspectos de la personalidad de aquel mitrado, no es de extrañar que,
ante la negativa de Rodríguez Hurtado de acatar con su disposición
de seguirlo a Mérida –sin considerar los malos caminos que
unieron a aquellas regiones–, Ramos de Lora lo vinculara con otros
eclesiásticos con los que también había tenido fuertes diferencias y
una mala relación: Fernando Sanjust, Baltasar Rodríguez, Francisco
Villamil y Gabriel Salom.37
La situación eclesiástica que se vivía en Maracaibo en
este periodo evidenció, por un lado, la “resistencia” clerical
a cumplir todo lo que el obispo mandaba y por el otro, la
intervención secular en los asuntos eclesiásticos. Sobre lo
primero, el obispo señaló que aquellos eclesiásticos interpusieron
recursos de fuerza para impedir sus mandatos, sobre todo,
aquellos vinculados a la administración de los curatos vacantes.
Sanjust fue acusado de no cumplir las disposiciones del obispo con la
ayuda del teniente mayor de Mérida, Luis de Celis. Por otro lado, Rodríguez,
al igual que Sanjust, se negaba a ejercer su labor apostólica en el curato de
San Antonio de Ciruma, el cual era considerado como “un lugar olvidado”. El
cura Villamil fue perseguido por el prelado, y Salom fue suspendido debido a
su indisciplina. Las investigaciones indican que las disputas entre el obispo y
su clero tuvieron su origen en la política rigurosa para lograr un clero disciplinado y obediente. Esto se debía no sólo a que aquella diócesis era de reciente
creación, sino también a la necesidad de “domesticar a un clero que dependía del diocesano de Caracas y que había gozado de una total autonomía”.
María Dolores Fuentes Bajo, “Sobre la justicia en la etapa hispánica. El caso
de Maracaibo”, Trocadero. Revista del Departamento de Historia Moderna,
Contemporánea, de América y el arte, núm. 14–15 (s/f): 51–55; Fuentes Bajo,
“La justicia de un obispo. Los difíciles comienzos de la diócesis de Mérida
-Maracaibo, 1784-1790”, 8–9.
37

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En relación con lo segundo, Ramos de Lora vinculó a dichos
eclesiásticos con el brazo secular. En este sentido, este obispo
estaba seguro que las interacciones que los párrocos mantenían
con él, en sus palabras, eran producto del “demasiado asilo que
encontraban en el tribunal” de Francisco Arce, comandante
general de Maracaibo.38
Finalmente, la relación un tanto áspera de Rodríguez
Hurtado con el obispo de Mérida de Maracaibo justifica la
invisibilidad de aquel provisor dentro de la historiografía
eclesiástica venezolana. De hecho, por ello se alude que
“Ramos de Lora gobernó solo, sin provisor, sin vicario general
y sin cabildo”; 39 sin embargo, aunque en parte es verdad, es una
afirmación que esconde por completo a Rodríguez Hurtado dentro
de las dinámicas eclesiásticas de aquel obispado.
A. Diócesis de Puebla de los Ángeles
En la documentación sobre su carrera eclesiástica, Rodríguez
Hurtado menciona que después de terminar sus labores en dicho
territorio, de Mérida de Maracaibo pasó a Veracruz. Según sus
letras, en este puerto esperó hasta 1788, tiempo en el que llegó el
recién nombrado obispo de Puebla de los Ángeles: Santiago José
Tulio Febres Cordero, Clave histórica de Mérida. Documentos para la
historia del Zulia en la época colonial, t. IV (Mérida: Comisión Editora de las
Obras Completas del Doctor Tulio Febres Cordero, 1960), 193–94.
39
Baltazar Enrique Porras Cardozo, Diálogo con el presente: escritos 19831987 (Mérida: Universidad de Los Andes - Ediciones del Rectorado; Arquidiócesis de Mérida - Archivo Arquidiocesano de Mérida, 2004), 30.
38

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de Echavarría y Elguezúa, quien se convirtió en su protector. Sin
embargo, aquello no ocurrió de esa forma. Debido a sus roces
con el obispo Ramos de Lora, se le ordenó pasar de Maracaibo
a La Habana, lugar donde posiblemente aguardó para alcanzar
a Echavarría y Elguezúa en Veracruz. Como sea, a la muerte de
este último, se desempeñó como abogado en la Real Audiencia de
Santo Domingo y en la de México.40
Como podemos darnos cuenta, de nuevo salta a relucir el
nombre de Echavarría y Elguezúa como el enlace de los letrados
habaneros destinados al obispado de Yucatán durante las últimas
décadas del siglo XVIII.
B. Diócesis de Yucatán
En noviembre de 1792 se le propuso el provisorato del obispado
de Yucatán, el cuál aceptó, y el 15 de marzo de 1793 tomó rumbo
al mismo. De Puebla de los Ángeles pasó a Veracruz donde estuvo dos meses por falta de buques que lo condujeran a San Francisco de Campeche, donde arribó el 12 de junio. Llegó a la ciudad
de Mérida hasta el 28 de junio de 1793 y se instaló en el Palacio Episcopal. Hasta aquí podemos observar que la trayectoria
de Rodríguez y Hurtado implicó tanto una movilidad eclesiástica
(que involucró un desempeño en la administración institucional y
religiosa, así como dentro de las comisiones eclesiásticas que los
obispos dejaban en sus manos) como extraterritorial, que fue conAHAY. Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja 405, Exp. 1, ff. 46-51.
AGN, clero secular y regular, vol. 206, f. 125.
40

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jugando y desarrollando paulatinamente.41 Sin embargo, veremos
que aquella destitución significaría el fin de su movilidad y por lo
tanto, de su trayectoria.
Muy poco tiempo se desempeñó como provisor y vicario
general, puesto que fue cesado de su cargo a finales de enero
de 1794. No sólo fue la conclusión de éste lo que causó gran
sobresalto en él, si no la manera en la que ocurrió, ya que creyó
tener el respaldo del propio obispo debido a su instrucción y a las
buenas prendas que lo adornaban: “[…] (fray Luis Piña y Mazo)
tuvo a bien mandarme a decir [si] podía retirarme de su casa, por
no necesitar ya de mi persona, […] Ninguna otra cosa se me dijo
y ni se me ha notificado particular que lo motivase”.42
3. Los motivos de escándalo y murmuración…
Ahora bien, ¿qué motivó al obispo para tomar esa decisión? Para
responder a esta pregunta me enfocaré en los discursos emitidos
por eclesiásticos del obispado de Yucatán. Con esto pretendo, en
primer lugar, reconstruir la percepción que tenían del “otro”, en
este caso de Rodríguez Hurtado, en el obispado y, en segundo lugar,
comprender los intereses detrás de la necesidad de caracterizarlo para
sus fines. Cabe destacar que la decisión del prelado se fundamentó
en tres circunstancias. La primera fue por las “impresiones” que la
“conducta” del eclesiástico causó no sólo en los habitantes, sino
también dentro del clero, mismas que llegaron a oídos del obispo.
41
42

AGN. clero secular y regular, vol. 206, f. 73.
AHAY. Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja 405, Exp. 1, ff. 46-51.

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Entonces, ante un “descontento de la población en general” y a
pesar de que Piña y Mazo lo tenía en buena estima, éste comenzó
a pedir información de manera “secreta” de la conducta tanto en la
ciudad de Mérida como en el puerto de San Francisco de Campeche
del entonces provisor y vicario general.43
Estos informes se alimentaron de los testimonios del chantre
Pedro Faustino Brunet y del racionero Santiago Martínez de Peralta,
así como del presbítero Manuel Correa, cura beneficiado, vicario
y juez eclesiástico de la parroquia de Tecoh; del cura coadjutor
de la iglesia Catedral, Antonio Cavero; de José González, cura
beneficiado, vicario foráneo y juez eclesiástico de la parroquia
de Maxcanú; y de Lorenzo Mateo Caldera, cura beneficiado,
vicario foráneo y juez eclesiástico de la parroquia de Kopomá. Los
testimonios de estos eclesiásticos nos remiten a un provisor lleno
de “despotismo, altivez, soberbia y orgulloso” y cuyas acciones se
caracterizaban de “cavilosidad, de poca atención y de mala política
que le dominan”. Pedro Faustino Brunet mencionó que con malos
modos trataba a los sacerdotes, de cuya actuación “varios” se
habían quejado. El ejemplo que ilustra aquellos testimonios es el
“desprecio” con el que Rodríguez Hurtado trató al presbítero Manuel
Correa y a Antonio Solís, curas de Tecoh y Peto, respectivamente,
cuando fueron a visitarlo. Según los informes, Rodríguez Hurtado
recibió a los curas con “desprecio” y los despidió con “desaire”,
circunstancias que reflejaron fielmente su carácter “áspero y altivo”
43

AHAY. Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja 399, Exp. 11, ff. 400-407.

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y su “mal modo” de tratar a los eclesiásticos, y que justificaban el
disgusto que había provocado en el clero.44
Otro testimonio es el dado por Santiago Martínez de Peralta
quien, al darle la bienvenida a la diócesis, percibió que era poco
acomodado al mando de los eclesiásticos. Por su mala experiencia
decidió ya no volverlo a visitar. En contraparte, el testimonio que
nos refleja una opinión un tanto objetiva es el del cura coadjutor
de la catedral, Antonio Cavero, quien, conocedor de las noticias
de varios sujetos, comprende que tal vez los eclesiásticos de la
diócesis no están “acomodados” al genio de Rodríguez Hurtado.
De hecho, sobre el “genio dominante” de Rodríguez Hurtado,
el cura de Maxcanú difirió con los demás entrevistados, ya que
declaró tener una relación con él de “afabilidad, mucha urbanidad
y política”. Sea como sea, la caracterización áspera de aquel
eclesiástico hablaba de él por ser distinto “al espíritu de lenidad
que debe ser propio de un eclesiástico”.45
El carácter del eclesiástico no fue lo único que le
ocasionó problemas, porque también se hablaba del rumor
público provocado por una mujer. Parte del clero y de la mayor
parte de los habitantes de la ciudad no veían con buenos ojos
a la mujer y a la hija de ésta que habían llegado junto con
Rodríguez Hurtado desde Puebla, mucho menos que él las
hubiera colocado provisionalmente en la casa de María Ignacia
AHAY. Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja 399, Exp. 11, f. 403v.
AGN, clero secular y regular, vol. 206, ff. 74-76 y 136- 137.
45
AHAY. Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja 399, Exp. 11, ff. 403-404.
44

Sillares, vol. 3, núm. 5, 2023, 104-158
DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.5-95

129

�“Pero ellos señor…”

Cavero y Cárdenas, suegra del regidor José Rendón y Valdez,
para posteriormente darles casa propia. Fue tanto el escándalo
que desató esta “compañía”, que en el informe de Lorenzo
Mateo Caldera se menciona que:
Ha causado escándalo de tal modo [que] en Campeche […]
tuvo carta de un vecino de aquella ciudad en la que le dice
estas formales palabras: Ha llegado aquí un provisor casado
pues trae mujer y una hija de que todos están azorados por cosa
nunca antes vista […].46

Sin embargo, estas características “morales y temperamentales”,
no fueron lo único que afectó la permanencia de este juez
eclesiástico en el cargo. Según los informes, había tomado
posesión del provisorato sin haber hecho juramento, ni esperado
la aprobación del virrey para despachar, dar providencias y actuar
en las causas que no correspondían a su cargo. Tal fue el caso de
las diligencias matrimoniales de José María Ancona, vecino de
Campeche, para esposarse con Francisca Peralta. Su empeño “con
ardor en avocarse contra el mandato de su obispo [sobre] el curso
de un matrimonio cuya licencia en juicio contradictorio estaba
ya dada por el juez real”, y al manifestar “despotiquez y absoluto
imperio con que quería gobernar hasta con independencia” del
obispo, le provocó ciertos roces con Piña y Mazo. Sin embargo,
y a pesar de haber sido amonestado, según los testimonios, pasó
AHAY. Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja 399, Exp. 11, ff. 400-407 y
Exp. 11, f. 406. José María Valdés Acosta, A través de las centurias. Historia
genealógica de las familias yucatecas, vol. II (Mérida: Talleres Pluma y Lápiz,
1926), 345.
46

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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.5-95

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un oficio al intendente O’Neill solicitando auxilio para que el
escribano certificase si había apelado la parte que disentía el
matrimonio.47
Para agravar la situación, José María Ancona y su gente
comenzaron a intrigar al pueblo de San Francisco de Campeche,
evidenciando que la actuación de Rodríguez Hurtado se debía
a que un vecino de aquella ciudad, Sebastián Betancourt, el
cuñado de Francisca Peralta, “con cohechos y gratificaciones
se había granjeado la voluntad del provisor”48 para impedir
el matrimonio. Está situación llegó con el obispo, mismo que
decidió mandar al vicario y juez eclesiástico, José Estafor, para
recabar la información sobre el asunto. La relación que guardaba
el provisor con Santiago Betancourt era que éste había conducido
del puerto de Veracruz a la ciudad de Campeche al electo Provisor
aparentemente “sin interés ni paga alguna”, pero con el objeto,
según Estafor, de entorpecer las diligencias de Ancona, y según
el propio José María Ancona, con “la promesa” de un beneficio
económico para el provisor de parte de Betancourt.49 Lo cierto
es que probablemente, el eclesiástico se vio envuelto en un
enfrentamiento entre navieros de San Francisco de Campeche,
porque dentro de los testimonios también resaltan los de Juan
Nepomuceno Echave y Domingo Carvallo, ambos navieros, a
AHAY. Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja 399, Exp. 11, f. 415v.
AHAY, Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja 419, Exp. 1, f. 268.
48
AHAY. Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja 399, Exp. 11, f. 415v.
49
AHAY. Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja 399, Exp. 11, f. 415v.
47

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�“Pero ellos señor…”

favor de la causa de Ancona y en contra de Santiago Betancourt,
también naviero.50
Lo anterior, sobre todos los discursos que manifestaban la
“despotiquez y absoluto imperio con que quería gobernar hasta
con independencia” del obispo, dejaron en claro que Rodríguez
Hurtado intervenía en cuestiones más allá de justicia y que estaba
abarcando funciones fuera de su competencia. De hecho, como
juez eclesiástico, sólo le correspondía dar fe y legalidad a las
diligencias matrimoniales para la dispensa de matrimonio que
estaba solicitando José María Ancona y comunicarle al obispo
los resultados para que éste liberara la dispensa. Sin embargo, no
se sabrá realmente si Rodríguez Hurtado se dejó seducir por la
gratificación de 500 pesos que Sebastián Betancourt le prometía,51
puesto que el asunto se manejó de manera secreta y dentro del
círculo de eclesiásticos contrarios a Rodríguez.
Para evitar “posibles infortunios” y atendiendo a sus
cualidades contenciosas, el obispo Piña y Mazo dio por cerrado
el caso. Realmente no comprendía por qué el provisor ponía
tanto “ardor y empeño” en defender sus ideas, al menos que sus
motivaciones se guiarán por algún interés personal como una
“acepción de personas, una recompensa de servicios o alguna
promesa que pudo intervenir”. Además, ante estas circunstancias
resultaba escandaloso que alguien encargado de castigar, entre
otras cosas, la conducta con causas comprobadas y quien
50
51

AGN. Clero secular y regular, vol. 206, f. 130- 137.
AHAY. Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja 399, Exp. 11, f. 415v.

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ostentaba la “autoridad moral” de la sociedad estuviera envuelto
en asuntos de esa índole.52
Como consecuencia de aquellas informaciones que daban
muestra que aquel provisor no poseía lenidad,53 característica
propia del carácter sacerdotal, el obispo consideró que ya no
era idóneo para el cargo y decidió removerlo. Sin embargo, con
el afán de “no abochornar o desacreditarlo”, se le ocultaron
las causas de su remoción, y por medio de Diego Agustín de
Lorra, cura de San Cristóbal y de Bernardo Antonio de Solís,
prosecretario de cámara, se le informó que ya no tenía el
empleo. Por si fuera poco, Rodríguez Hurtado recibió por parte
del prelado la orden de abandonar en ocho días el obispado,
y si no acataba su mandato, recibiría la pena de supresión de
órdenes. Como era de esperarse, éste se rehusó en abandonar la
diócesis, provocando que la intimidación fuera aún más grave:
la excomunión.54 A pesar de las penas eclesiásticas, siguió con
la misma postura de no abandonar el obispado, por lo que el
promotor fiscal, Manuel José González, el obispo y su cabildo
Berenice Bravo Rubio y Marco Antonio Pérez Iturbe, Una Iglesia en busca de su independencia. El clero secular del Arzobispado de México 18031822 [Tesis de Licenciatura] (México, DF: Universidad Nacional Autónoma
de México, 2001), 42.
53
Lenidad. s. f. Suavidad o blandúra. Sale del Latino Lenitas, que significa
lo mismo. Diccionario de Autoridades - Tomo IV (1734). https://apps2.rae.es/
DA.html
54
AHAY. Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja 399, Exp. 11, f. 415.
AHAY, Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja 405 Exp. 1, ff. 46-51. AHAY,
Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja 399, Exp. 11, f. 409-410.
52

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�“Pero ellos señor…”

optaron por advertirle que solicitarían “el auxilio real” sino
cambiaba de parecer.55
Los principales obstáculos que tuvo este provisor, que al
final le costaron el cargo fueron provocados por su temperamento,
por relación con aquella mujer y por su vínculo con Betancourt,
porque fueron motivo de “voces y sospechas” del pueblo. Con
esto podemos observar cómo las acusaciones sobre las acciones de
Rodríguez Hurtado comenzaron con molestias personales para pasar
a asuntos de índole jurisdiccional; y también, cómo se basaron en la
“trasgresión de las normas más susceptibles de escándalo”, es decir:
“sexo, dinero y poder”.56 La ahora escandalosa figura del provisor ya
era percibida contraria al orden público. De hecho, el promotor fiscal
señaló que, aunque Rodríguez Hurtado se hubiera desempeñado
correctamente en el cargo y hubiera acatado las órdenes del obispo,
el problema era la existencia de aquellas acusaciones porque “tal
vez no haya realmente culpa [en él] pero sí sospecha y [eso] da
motivo de escándalo” por ser moralmente indignos.57
Manuel José Rodríguez Hurtado continuó residiendo en
la provincia de Yucatán hasta 1800, según consta al concurso que
emprendió por la canonjía penitenciaria entonces vacante. En
este concurso señalaba que era:
AHAY. Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja 399, Exp. 11, f. 417.
Natalia Silva Prada, Pasquines, cartas y enemigos. Cultura del lenguaje
infame en Nueva Granada y otros reinos. Siglo XVI y XVII (Bogotá: Editorial
Universidad del Rosario, 2021), 50 y 62.
57
Silva Prada, 62. AHAY. Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja 399, Exp.
11, f. 416.
55
56

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�Anahí Mendoza

Un pobre eclesiástico que no nació en el obispado. Que en él
se halla sin protección, sin acomodo, ni valimiento alguno pero
un hombre de bien que vino a él con ánimo recto a servir a la
causa pública y cuyos buenos deseos aún permanecen. Vuestra
Señoría y Muy Venerable que ha tenido a su cargo el gobierno
de la diócesis, en la mayor parte del tiempo de la larga sede
vacante sabe muy bien que no he dado el menor motivo de
disciplina o disgusto; ni que haya habido contra mi denuncia,
queja o demanda alguna. He vivido y vivo a su vista; y así no
dudo, le consta y sabe de mis operaciones […].58

Y a pesar del tiempo transcurrido, se declaraba víctima de
difamación –sin saberlo– con los que en el pasado declararon en
su contra. Al parecer, fue su última oportunidad para moverse
dentro de la jerarquía eclesiástica del obispado de Yucatán,
porque Santiago Martínez de Peralta –entonces vicario capitular
y provisor en sede vacante– accedió a esa silla. Así, Rodríguez
Hurtado ya no encontró modo de reanudar su carrera en el
obispado de Yucatán, y volver, ante el fracaso, al lugar donde
había partido era impensable.
Finalmente murió cinco años después, desterrado en las
sombras del obispado de Yucatán.
3.1 “La entrada a esta provincia el inicio de mis presares”:
La otra mirada.
Hasta aquí podemos comprender que el despojo de Rodríguez
Hurtado fue un asunto que se manejó con bastante hermetismo, y
como resultado de averiguaciones por parte del obispo. Rodríguez
58

AHAY. Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja 405 Exp. 1, ff. 1-52 y 49v.

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�“Pero ellos señor…”

Hurtado no supo de las causas, y tuvo poca oportunidad para
defenderse. Fue hasta recibir una carta del obispo Salvador
Biempica de Sotomayor, a quien seguramente mantenía
informado sobre su situación en el obispado, lo que ayudó a
entender lo que estaba ocurriendo. En esa carta, Biempica de
Sotomayor le comentó que Piña y Mazo no lo había aceptado
como provisor por “inutilidad”. Sin embargo, es claro que la
noticia no lo tranquilizaría. Aquellos informes, lograron atacar
su fama pública y con ello, pusieron en duda la honestidad de
su comportamiento.59 Aunque Rodríguez Hurtado respondió que
aceptaría la decisión del obispo Piña y Mazo, era consciente
que aquel despojo repercutiría negativamente en su carrera. De
manera que tenía dos opciones: irse o remendar su honor. Optó
por lo segundo, y con ello empezó armar una defensa no expresa:
señalar las acciones de algunos eclesiásticos del obispado de
Yucatán ante las más altas autoridades del virreinato.
En una representación enviada en 1794, Rodríguez
Hurtado expone su versión. Mencionó que desde el 2 de julio
de 1793 se le solicitó que pasara a la sala de la audiencia para
comenzar a despachar los asuntos pendientes. Ahí se encontró
con dos problemas: desconocía los términos en los que había de
servir en el tribunal eclesiástico –porque todavía no le habían
despachado el título de provisor– y no sabía si se le había dado el
Silva Prada, Pasquines, cartas y enemigos. Cultura del lenguaje infame en
Nueva Granada y otros reinos. Siglo XVI y XVII, 31.
59

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debido cumplimiento a la Real Cédula del 4 de agosto de 1790.60
La única respuesta que recibió del obispo fue que el título de
provisor se le despacharía luego y que en el próximo correo se
le notificaría al virrey de la decisión. Entonces, en contra de “su
voluntad”, ejerció el cargo en calidad de “interino” para atender
la necesidad del obispado de justicia mientras el virrey daba la
aprobación.61 Al ver que nada pasaba decidió escribirle al virrey
conde de Revillagigedo para entrar en el ejercicio del provisorato
y para que, además, se le diera cuenta de la elección al Consejo
de Cámara de las Indias. Pero el virrey ya estaba al tanto de su
situación. En una carta reservada el obispo le señaló que todos los
informes que le habían comunicado sobre la “conducta y buena
operación” de Rodríguez y Hurtado se “desvanecieron a primera
vista”, que en su desempeño en el provisorato no representaba el
“espíritu cristiano” que previene la antes citada cédula, y que le
falta lo más esencial: “gobernar en paz con acierto, sin alterar la
tranquilidad y sosiego de los diocesanos”.62
Para su sorpresa, el 23 de julio de 1793 le suspendieron
el derecho a despachar argumentando la poca validez de sus
AHAY. Sección Gobierno, Serie Cédulas Reales, Caja 40, Exp. 3, f.231233v. AGN, Bienes Nacionales, vol. 584, f. 3. En esta Real Cédula disponía
que sólo el obispo de cada diócesis se encargaba de seleccionar al individuo
facultativo o idóneo para ocupar el cargo y de enviar la propuesta a la secretaría de Cámara o al virrey de Nueva España, para la aprobación y después la
posesión del empleo.
61
AGN. Bienes Nacionales, vol. 584, f. 3.
62
AGN. Clero secular y regular, Vol. 206, ff. 74v-76.
60

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procedimientos, más aún sin haberle librado el título de provisor.
No obstante, Rodríguez Hurtado consideraba suficiente el
ejercicio del empleo acatando el mandato del obispo Fray Luis
Piña y Mazo, lo que –a su consideración– le daba legitimidad
de sus actos.63 Sin embargo, meses después, se le informó que el
obispo ni siquiera lo había propuesto como provisor y que, por
lo tanto, no existía a quien aprobar ni por qué dar cuenta al rey y
Consejo y Cámara de Indias.64
Con esta noticia, Rodríguez Hurtado asumió que las
“graves ocupaciones y la falta de salud” eran sólo pretextos para
aplazar el asunto de su interés, y producto de toda falsedad el
hecho de que su propuesta había sido firmada para ser enviada
en el correo ordinario, tal y como le aseguraba el obispo Piña y
Mazo. Ante esta situación totalmente desfavorable, encontramos
en sus letras a un eclesiástico desconsolado frente a una realidad
adversa. En definitiva, ante el fracaso, recalcaba que había llegado
desde el obispado de Puebla de los Ángeles, donde a su parecer,
era mucho “mejor país” y, desde luego, mejor “la comodidad” que
ahí disfrutaba. Que, aun así, no le molestó el largo camino y la
variación de clima que significaba migrar de obispado. Confiaba
en las palabras de Piña y Mazo, porque “el hombre ingenuo y
veraz mide el corazón ajeno por el suyo”. Cayó en cuenta que
las palabras del obispo de Yucatán eran para “entretenerlo” y
63
64

AGN. Bienes Nacionales, vol. 584, f. 3v.
AGN. Clero secular y regular, vol. 206, ff. 77- 78.

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así, retardar la verdad. Sin embargo, esta simulación y falta de
sinceridad no iba a ser el único problema.65
4. “El haber aceptado el provisorato de la diócesis se me abrió,
sin advertirlo, una gran puerta por donde entraron los enemigos”: Rodríguez Hurtado y los intereses de los eclesiásticos
de Yucatán.66
La pluma de Rodríguez Hurtado resulta interesante porque pone
en la superficie algunas cuestiones sobre la actuación de algunos
eclesiásticos de la diócesis, situaciones que iban más allá de las
irregularidades en el orden de enjuiciar.
Durante su desempeño como provisor su presencia en el
obispado se fue invisibilizando de manera que el obispo declaró
que “no tenían otro profesor de jurisprudencia a quien consultarle
sobre los expedientes de justicia”. Por otro lado, esta persona era
víctima de desaires, casos y expedientes que habían sido tratados
sin su presencia. Además, se le excluía completamente de los
sínodos para la ordenación o provisión de curatos. Ante estas
situaciones expresaba que:
AGN. Clero secular y regular, vol. 206, ff. 92-95.
Como parte de una honestidad intelectual, este texto matiza la participación de otros agentes más allá del cabildo catedral de Yucatán. En otra investigación se dotaba de preponderancia política a esta corporación y se negaba,
de manera indirecta, la negociación del obispo con su senado. Con esto, nos
acercamos poco a poco a una visión más integral de los actores sociales en
el obispado de Yucatán. Mendoza Moo, El cabildo eclesiástico yucateco en
pugna por el provisorato durante la sede vacante de 1795-1802 [Tesis de Licenciatura], 80–89.
65
66

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[…] no se me miraba con aquella estimación que parece exige
mi encargo, y el haber venido desde tan lejos a servirlo, se
recomienda; lo atribuí siempre a efecto de las sugestiones de los
que solo porque vine, me quieren mal: procuraba disimular lo
sensible que me era, esperanzando de que llegando la referida
aprobación y puesto de una vez en el ejercicio de mi encargo
mudaría de aspecto el teatro y buenos modales, [y] podría yo
contener a los que entre tanto me perseguían; pero ellos señor
ilustrísimo han triunfado, y yo no he llegado a ver el día de mi
pacífica posesión.67

Ante su despojo, su ánimo no mejoró ni con el ofrecimiento de
un curato vacante en “compensación” por su servicio.68 Aquí es
importante considerar que el traslado a dicho curato significaba
su alejamiento político de los espacios disputados por los grupos
inmiscuidos en la curia episcopal y dentro de la alta jerarquía
eclesiástica, situación de la que Rodríguez Hurtado era consciente.
Por eso, declaró que con su separación también se concretaron
las intenciones de un grupo para apoderarse del gobierno y de la
confianza del obispo. Según Rodríguez Hurtado, estos hombres
“dominaban el ánimo” de Piña y Mazo con la mayor frescura y sin
el menor remordimiento, y aprovechaban cualquier oportunidad
para “desgarrar” su buen nombre y opinión en el obispado. En
cierto modo, mencionaba que: “[…] hacían burla de que yo
AGN. Bienes Nacionales, vol. 584, f. 4.
Desconozco el nombre del curato, pero lo que es cierto es que, aceptar ese
ofrecimiento, también significaba un retroceso dentro de su carrera. Al menos,
podemos intuir sus aspiraciones a través del “sufrimiento” de sus letras causado por el fracaso que significó aquel despojo del provisorato.
67
68

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hubiese convenido en dejar mi residencia de Puebla y venir al
llamado del señor su prelado, que ciertamente me solicitó; porque
quiso, sin la menor intervención ni diligencia mía”.69
Consideraba que el empleo de provisor le trajo enemigos
que “lo han perseguido y persiguen” sólo porque llegó y por ser
contrario a sus ideas. Esta declaración es interesante porque el
seguimiento a su persona involucraba a todos con los que se
relacionaba. De hecho, estos hombres informaban al obispo
toda acción realizada por el negro, propiedad del provisor, con
el más mínimo detalle. Como menciona Salomón Pérez, la vida
de los hombres relacionados con la curia eclesiástica o con los
tribunales de justicia eran espacios cotidianos donde la cercanía
del vivir proporcionaba información del prójimo y derecho a
hablar de él, sobre todo, cuando tomamos en cuenta que aquellos
espacios estaban vinculados con el poder.70
Rodríguez Hurtado sabía que estaba en un lugar “extraño,
sin alianzas, ni conocimientos” y que era un “forastero”, por ello
decidió que para poder “obrar con más libertad en desempeño del
encargo”, vivir retirado y, así, evitar todo tipo de comunicaciones.
Sin embargo, en un ambiente hostil era casi imposible. Así que
no pudo evitar observar cómo el “triunvirato” divulgaba que lo
“iban a lanzar de la casa episcopal”. Pero “la distribución de
AGN. Bienes Nacionales, vol. Vol. 584, ff. 3-4.
AGN. Bienes Nacionales, vol. 206, f. 130. Rodrigo Salomón Pérez, “Porque palabras duelen más que puñadas. La injuria en Nueva España, siglos XVI
y XVII”, Fronteras de la Historia 13, núm. 2 (2008): 356–57 y 361.
69
70

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justicia y la generosidad del buen gobierno”, le mantenían la fe.
A pesar de que desde su primer pie en la provincia lo convirtió
en el “blanco de un crecido número de saeteros”, consideraba que
no era “vulnerable la inocencia sí le hace sombra a la justicia”.71
El triunvirato antes mencionado estaba conformado por
Antonio Carvajal, secretario del obispo; José Zavalegui, cura de la
parroquia de Santiago; y el chantre del cabildo catedral, Pedro Faustino Brunet. Estos hombres copaban las instancias de poder en el
obispado de Yucatán; por ejemplo, Zavalegui desempeñaba tres cargos: era consultor y fiscal de Cámara y, por si fuera poco, también
era “provisor auxiliar”.72 Por su parte, Carvajal y Zavalegui usaban
su influencia para intervenir en varias causas que mantenían ocultas,
situación que Rodríguez Hurtado veía con indiferencia para no chocar con aquellos hombres, a menos que la parte afectada acudiera
a su persona como intermediario. En una representación dirigida
al virrey, mencionaba: “Que hay entre nosotros hombres que aman
más a las tinieblas que a la luz; y que huyendo de ella, procuran no
les vean lo que hacen para evitar ser redargüidos de su torpeza”.73
Silva Prada, Pasquines, cartas y enemigos. Cultura del lenguaje infame
en Nueva Granada y otros reinos. Siglo XVI y XVII, 62. AGN. Clero secular y
regular, vol. 206, ff. 90-95.
72
AGN. Bienes Nacionales, vol. 206, ff. 80-87. Rodríguez Hurtado denunciaba que los primeros dos empleos de Zavalegui no podían recaer en su persona por las competencias que cada uno requería; y el tercero, porque no cumplía
con una de las disposiciones de la Real Cédula de agosto de 1790 al recaer en
una persona ajena a la jurisprudencia, y porque entró en el ejercicio sin tener
la aprobación del virrey.
73
AGN. Clero secular y regular, vol. 206, f. 95.
71

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�Anahí Mendoza

Con esto hizo referencia a la situación por la que
fue acusado de mantener alianzas con Betancourt para el
impedimento de un matrimonio y señala el empeño de Carvajal
por favorecer la causa de Ancona aun sabiendo que la justicia
no estaba de su parte. Esa no sería la única intervención del
secretario del obispo. Otra fue la provisión de la mayordomía
del Sagrario de la catedral, donde resultó beneficiado –pues era
uno de los opositores a la misma– a pesar de la decisión del
intendente Arturo O’Neill como vicepatrono. La tropelía con
la obraba era producto de su coalición con Zavalegui, quien
en ese momento tenía bajo sus manos todos los expedientes de
justicia. Por esta situación, el intendente O’Neill74 apoyaría el
testimonio de Rodríguez Hurtado. Con el asesinato de Lucas
de Gálvez, Arturo O’Neill fue nombrado su sucesor y llegó
a la provincia casi al mismo tiempo que dicho eclesiástico.
El intendente de origen irlandés consideraba que a pesar de
que Rodríguez Hurtado era un “buen abogado”, era una
Así como con O’Neill, Rodríguez Hurtado también se relacionó localmente con el coronel Alonso Manuel Peón y Valdés y con los Cavero y Cárdenas,
a través de Antonio Cavero, cura del Sagrario. Sin embargo, intuyo que la
relación entre estos últimos terminó con la vinculación de Antonio Carvajal -a
través del matrimonio- con María Francisca Cavero y Cárdenas. Por otro lado,
en ámbitos más amplios, se relacionó con Salvador Biempica y Sotomayor,
obispo de Puebla de los Ángeles; Alonso Núñez de Haro, arzobispo metropolitano; Francisco de Arce, gobernador y comandante general de la provincia
de Maracaibo; y con fray Antonio Acuña, guardián y con los doce religiosos
-cuyo nombre todavía es desconocido- del convento de San Francisco en Maracaibo.
74

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143

�“Pero ellos señor…”

“lástima que teniéndolo ahora no se aprovecha para todo de
él; sino que sigue oyendo a su secretario y otros que carecen
de inteligencia para dirigirle bien” en prejuicio de las regalías
del real patronato y de su relación con algunos miembros del
cabildo catedralicio.75
Otro testimonio, aunque tardío, es el de Juan Crisóstomo
Mimenza, alcalde ordinario de Yucatán. En una representación
enviada al virrey en 1798 –posterior a la muerte del obispo
y en plena sede vacante–, enfatiza que las actuaciones de los
principales eclesiásticos en Yucatán se caracterizan por la
“pasión y las intrigas”. Así pone a la vista las actuaciones de
Luis Joaquín de Aguilar y Páez, arcediano y de Pedro Faustino
Brunet que aprovechaban la suma ancianidad y decrepitud
de Agustín Carrillo Pimentel, deán del cabildo catedral, para
actuar a favor de sus intereses.76 La participación de estos dos
capitulares nos ayuda a repensar la importancia del cabildo
catedral para el gobierno de los prelados. Aunque Pérez Puente
menciona que:
[…] de forma tradicional algunos autores, antiguos y modernos, se han referido a los cabildos como a senados de los obispos, en realidad no lo eran, pues ni jurídicamente ni en la práctica se constituyeron como verdaderos órganos consultivos. El
AGN. Clero secular y regular, vol. 206, ff. 90-92. Ver más: Israel Cetina
Nahuat, Trayectoria militar y política de un irlandés al servicio de la monarquía hispánica: Arturo O’Neill, 1752-1814 [Tesis de Maestría] (Mérida: Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, 2020).
76
AGN. Archivo cofradías, caja 3340, exp. 5, f. 31.
75

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único gobernante de la Diócesis fue siempre el obispo, cuya
actuación no dependía del consejo ni del voto de los miembros
del Cabildo.77

Si bien esta situación pudo ser común, en la diócesis de Yucatán,
al parecer, el cabildo catedralicio (ver cuadro 2) tenía más peso
y, sobre todo, tomando en cuenta el contexto que envolvió la
situación de Rodríguez y Hurtado. En estos años, el obispo fray
Luis de Piña y Mazo estaba enfrentando el encarcelamiento de su
sobrino78 Toribio del Mazo por el asesinato del intendente Lucas
de Gálvez. La prisión de aquel familiar del obispo resultó ser un
catalizador para la movilización de sus relaciones con su senado,
principalmente con el arcediano y el chantre. Incluso, aquellos
eclesiásticos formaron parte de una de sus estrategias para hacer
uso de su poder y así, valerse de la localía de ambos miembros. Es
decir, que tanto la relación de estos dos capitulares con el obispo
fue de mutuo beneficio; mientras éstos, intentaban mediar con las
autoridades seglares a favor de la causa del prelado, Piña y Mazo
confiaba parte de su gobierno en ellos en tiempos donde no le
quedaba opción alguna.79
Leticia Pérez Puente, “Una difícil relación. obispos y cabildos en la creación de los seminarios tridentinos”, en Poder y privilegio: Cabildos Eclesiásticos en Nueva España, siglos XVI al XIX (Ciudad de México: Universidad
Nacional Autónoma de México - Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación, 2016), 74.
78
Toribio del Mazo era hijo de Vicente del Mazo Nieto, hijo de Pedro del
Mazo Villazán que, a su vez, era tío del obispo Piña y Mazo. Es decir, Toribio
era el hijo del primo del entonces prelado de Yucatán.
79
Archivo Histórico del Instituto Nacional de Antropología e Historia (AHI77

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Cuadro 2
Conformación y procedencia del cabildo catedral (1792 1795)

Arcediano

Luis Joaquín de Aguilar

Natural de San
Francisco de
Campeche
Natural de Mérida

Chantre

Pedro Faustino Brunet

Natural de Mérida

Maestreescuela

Lorenzo de Mendicuti

“Yucateco”

Canónigo de Merced

Manuel de Salazar

Peninsular

Canónigo Magistral

José Joaquín Chacón

“Yucateco”

Racionero primero

Bernardo Baamonde y
Puga

Peninsular (Galicia)

Racionero segundo

Santiago Martínez de
Peralta

Peninsular
(Segovia)

Dean

Agustín Carrillo Pimentel

Fuente: AHAY. Sección Gobierno, Serie Seminario, Caja 513 exp 33 f. 223;
AHAY. Sección Gobierno, Serie Seminario, Caja 519, Exp. 188, s/f; Boletín
del AGN segunda serie tomo IX número 1-2 1968 p.107-108; AHAY. Caja
242, Sección Gobierno, Serie Mandatos, Exp. 2, f. 36; AGI. INDIFERENTE,
246, N. 18, “Méritos: Lorenzo de Mendicute y Álvarez”. AHAY, Sección Gobierno, Serie Mandatos, caja 241, f 37. AHAY. Sección Gobierno, Serie Mandatos, Caja 245, Exp. 3, f. 20. AHAY. Sección Gobierno, Serie Seminario,
Caja 253, Exp. 11 f. 4. AHAY, Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja 405,
Exp. 1 Legajo 2 año de 1800. Autos creados para la provisión de la canonjía
penitenciaria en alternativa en la magistral de esta Santa Iglesia Catedral.
Juez el Muy Ilustre y Venerable señor Deán y Cabildo sede vacante, ff. 43-45,
citado en Mendoza Moo, El cabildo eclesiástico yucateco, 63.
NAH). Fondo: Ignacio Rubio Mañe, Sesión Conde de Revillagigedo, caja 3,
leg. 177, f. 39.
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Eso justificaba la visión de Rodríguez Hurtado sobre Piña y Mazo
frente aquellos hombres. Para él, Piña y Mazo era un prelado
que poseía “los más finos conocimientos, vasta erudición y una
singular sindéresis para discernir”, pero que no logró evitar caer
en “las intrigas de tres o cuatro que hay en esta diócesis, amantes
de la confusión y enredo y enemigos declarados del buen orden
y dirección de los negocios”.80 No importaba si las relaciones de
interdependencia del obispo Piña y Mazo con su cabildo fueron
determinantes para las relaciones establecidas con el brazo seglar
–ya que Rodríguez Hurtado los acusaba directamente de ser “los
que excitan la discordia entre la potestad real y el sacerdocio”
con la motivación de “sostener privilegios y facultades que no
se gozan”–,81 ya que en ellos, el obispo encontraba un espacio
ideal rodeado de hombres cercanos a su persona e intereses y
adentrados a la dinámica local.
De esta forma, el prelado evitaría cualquier oposición
a sus designios y fortalecer la figura episcopal denigrada por
el involucramiento de su familia en el asesinato del intendente
Gálvez. A decir verdad, esa no era la posición inicial del obispo a
su llegada a la diócesis. Se sabe que intentó combatir esa localía
para acotar el poder de la iglesia yucateca, y con ello, el poder de
AGN. Bienes Nacionales, vol. 584, f. 4v.
AGN. Bienes Nacionales, vol. 584, f. 4v. Mendoza Moo, Elsy Anahí. “Los
movimientos del afecto que produce el parentesco”: Fray Luis de Piña y Mazo
ante el homicidio de Lucas de Gálvez”, en Machuca Gallegos, Laura y Franco
Cáceres, Iván. Yucatán y los Gálvez. En prensa.
80
81

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los grupos familiares locales.82 De manera que el obispo adecuó su
política a su entorno, porque a estas alturas no resultaba positivo
combatir lo “local” del cabildo, no sólo para evitar enfrentarse a
un cabildo catedral fortalecido internamente sino por estrategia
política ante el encarcelamiento de su sobrino.83
En este contexto se encontraba inmerso Rodríguez Hurtado
quien, además, era objeto de “desaires y desprecios” por su “modo”
de pensar “muy contrario” de los hombres que rodeaban al obispo.
Aunque se acercó al intendente O’Neill, como vicepatrono no pudo
hacer nada, puesto que no era necesario su consentimiento para
la decisión que tomó el obispo. Por lo tanto, Rodríguez Hurtado
confió en la justicia del obispo metropolitano. Pensó que Alonso
Núñez de Haro podría impedir las disposiciones que Piña y Mazo,
“mal aconsejado”, resolvió con “poca consideración”.84 Sin
Mendoza Moo, La estrategia letrada de José Nicolás de Lara en el orden
eclesiástico yucateco, 1768-1793 [Tesis de Maestría], 131–35; Rubial García,
La Iglesia en el México colonial, 407.
83
En una investigación planteo que el cabildo catedral, en los primeros años
del gobierno episcopal de Piña y Mazo, se encontraba fortalecido y que había
adquirido poder por cuatro circunstancias: al reforzar lo local con el obispo
Caballero y Góngora por una política entre la negociación y consenso; por las
fortunas familiares o personales de sus miembros; por las sedes vacantes y, por
último, por sus extensas redes con autoridades eclesiásticas y civiles. Sin embargo, es una hipótesis que está por comprobarse. Por otro lado, también falta
probar cómo el obispo logró crear alianzas y demarcar los intereses que prevalecían entre lo “local”. Mendoza Moo, La estrategia letrada de José Nicolás
de Lara en el orden eclesiástico yucateco, 1768-1793 [Tesis de Maestría],
131–35; Rubial García, La Iglesia en el México colonial, 430.
84
AGN. Bienes Nacionales, vol. 584, f. 5. Nancy Farriss, La corona y el
clero en el México colonial, 1579-1821 (México, DF: Fondo de Cultura Eco82

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embargo, el virrey conde de Revillagigedo ya había establecido
que el obispo propusiese a alguien de manera interina. De manera
que, acatando el orden normativo establecido con Trento, Piña y
Mazo propuso al arcediano Luis Joaquín de Aguilar. Así, en marzo
de 1794, en cumplimiento del criterio de idoneidad, Aguilar era
nombrado provisor interino.85 Aunque Aguilar carecía de la facultad
de Derecho, el prelado lo consideraba “bien instruido en leyes
y cánones”, y porque durante el gobierno del intendente Lucas
de Gálvez, se le propuso para catedrático de prima en Sagrados
Cánones en el Seminario Conciliar, seguramente como parte del
proyecto educativo que finalmente no se concretó. Cabe señalar
que el criterio de idoneidad de Aguilar lo obligaba a consultar a un
asesor letrado en circunstancias que se ameriten según los casos.86
Ante la situación, Rodríguez Hurtado recurrió a otra
instancia: el tribunal de la Cámara de Indias. No obstante, a pesar
nómica, 1995), 33.
85
AHAY. Sección Gobierno, Serie Obispos, Caja 419, Exp. 1, ff. 268v- 269.
Sacrosanto, Ecuménico y General Concilio de Trento, Sesión XII. Cuáles deban ser los que se promuevan a las dignidades y canonicatos de las iglesias catedrales; y qué deban hacer los promovidos. Consultado en: https://web.archive.org/web/20070701235452/http://www.multimedios.org/docs2/d000436/
p000012.htm#h18
86
Por esta razón, Aguilar se hizo propietario de una colección de libros de
Derecho Canónico “R. P. F. Lucii Ferraris Prompta bibliotheca hodie etiam
juris hispani”, publicados en 1786. En aquellos libros podemos observar su rúbrica de propiedad: “Aguilar”; y actualmente se encuentran en la biblioteca del
Archivo Histórico del Arzobispado de Yucatán, cuyas ediciones concuerdan
con la temporalidad en que dicho prebendado ocupó el cargo. AHAY, Sección
Gobierno, Serie Obispos, Caja 419, Exp. 1, ff. 268v- 269.
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de que intentó sostener sus ideas, muy poco pudo hacer. Ellos
habían triunfado. El arcediano Aguilar siguió desempeñándose
como vicario general y provisor hasta la muerte de Piña y
Mazo, ocurrida en el mes noviembre de 1795, mientras que el
eclesiástico natural de La Habana observaba cómo su separación
del provisorato se convirtió en un “lunar” que oscureció su carrera
en el obispado de Yucatán.
Comentarios finales
El caso de Rodríguez Hurtado resulta fundamental para
comprender la dinámica del clero del obispado de Yucatán;
primero, ante el clero criollo no natural del obispado y, segundo,
en la disputa de los tribunales de justicia eclesiástica en la
diócesis. Resulta importante señalar que la discreción del caso,
podemos suponer, se debía a que su situación se entrelazó con
el encarcelamiento de Toribio del Mazo, sobrino del obispo.
Probablemente, el juicio por el asesinato de Lucas de Gálvez
ocupaba todas las energías de Piña y Mazo, y fue el contexto
idóneo para la consolidación de un grupo para coaptar espacios
de poder en el obispado de Yucatán. Debido a la rapidez y
discreción con la que se actuó, la situación de Rodríguez
Hurtado no había sido digna ni siquiera de ser mencionada a
pie de página en la historiografía de la iglesia en Yucatán, sin
embargo, como se ha visto son aquellos espacios pequeños y
“aparentemente” aislados donde es notoria la enunciación del
ejercicio del poder.
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Por otro lado, parece ser que Rodríguez Hurtado es el
único eclesiástico “fuereño” que ha enfrentado una situación de
destitución y, sobre todo, de invisibilización dentro del obispado.
Atentar contra el honor de Rodríguez Hurtado significó dos
cosas: sacar del juego y evitar de nuevo el ingreso a un agente
externo al universo eclesiástico de la región. El hecho de que la
injuria no se haya corroborado manifestó el dolo y premeditación
de ésta; no obstante, aunque era una práctica común en las
Indias Occidentales y no sólo de los eclesiásticos locales y de
aquellos que lograban “regionalizarse” con respaldo del prelado
en turno, visibilizó las pugnas, imposiciones y negociaciones,
así como también definió dinámicas imprescindibles para
comprender el ejercicio del poder.87 Sin embargo, la forma en
que fue depuesto de los ámbitos de poder más importantes no
fue un caso aislado, sino que posiblemente fue una práctica
común durante el gobierno de Piña y Mazo. Esta práctica solía
iniciarse con un discurso proveniente de algún grupo cercano
al obispo, en el cual se atacaba su honor vinculado a sus
prácticas administrativas o morales. El clima de desconfianza
que rodeaba al sujeto señalado era suficiente para dar lugar a
una investigación secreta, cuyo resultado casi siempre era la
destitución. En realidad, los implicados rara vez podían salir
indemnes y retomar sus carreras eclesiásticas. No obstante, hubo
casos como el de José Nicolás de Lara, un eclesiástico perseguido
por el obispo durante más de diez años, que logró limpiar su
87

Parte de una investigación más amplia actualmente en curso.

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honor y reiniciar su carrera como fraile agustino pero fuera del
obispado de Yucatán. A diferencia de Rodríguez Hurtado, Lara
pudo desafiar a un orden eclesiástico yucateco pero eso le valió
su desaparición del ámbito regional hasta el siglo XIX donde su
figura fue retomada por las plumas liberales.88
Sobre la carrera de Rodríguez Hurtado podemos señalar
tres características: la primera, su movilidad, que no terminó
de afianzarse en espacio determinado; la segunda, su campo de
acción dentro de la Isla de Cuba y su desempeño de letrado fuera
de la misma; y por último, su dependencia al obispo Echeverría y
Elguezua. Gracias a ese vínculo fue catedrático, obtuvo curatos,
se movió a Maracaibo y continuó moviéndose en espacios de
la Nueva España. A pesar de su mala experiencia con el obispo
Ramos de Lora, la existencia de su vínculo con Echeverría y
Elguezua (quien falleció en 1789) le garantizó posibilidades
de cambiar su trayectoria dentro de las dinámicas eclesiásticas.
Seguramente aquel prelado dejó favorables informes de Rodríguez
y Hurtado a su sucesor Salvador Biempica de Sotomayor, mismos
que lo acercaron al obispado de Yucatán. Sin embargo, ante la
desaparición de Echeverría y Elguezua, principal sostén de la
reputación –de manera directa– de Rodríguez y Hurtado, y su
aislamiento de las dinámicas en la región, posicionaron a aquel
letrado en una situación de desventaja ante el despojo de Piña y
Mazo de su cargo dentro del provisorato del obispado de Yucatán.
Mendoza Moo, La estrategia letrada de José Nicolás de Lara en el orden
eclesiástico yucateco, 1768-1793 [Tesis de Maestría].
88

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Finalmente, no podemos establecer la influencia de su
hermano José Agustín Rodríguez Hurtado dentro de su carrera
y qué papel jugaba su familia dentro de la misma, por carecer
de fuentes –hasta ahora– que sustenten esto. Pero este aspecto
puede ayudar a entender –más allá de la pena ante el fracaso–
las razones por las que decidió irse a la Puebla de los Ángeles e
insistir en permanecer en el obispado de Yucatán. Probablemente
se encontraba también solo en La Habana. En definitiva, la historia
del poder también se escribe con las trayectorias que poseen la
misma “suerte” que la de este eclesiástico habanero.
Referencias
Archivos
Archivo General de Indias (AGI)
Archivo General de la Nación (AGN)
Archivo Histórico del Arzobispado de Yucatán (AHAY)
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Bibliografía
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Silva Prada, Natalia. Pasquines, cartas y enemigos. Cultura del lenguaje infame en Nueva Granada y otros reinos. Siglo XVI y
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Traslosheros, Jorge E. “El Pecado y el delito. Notas para el estudio de la justicia criminal eclesiástica en la Nueva España
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Zanetti, Oscar. Historia mínima de Cuba. México, DF: El Colegio de México, 2013.

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�De fracasos, éxitos e inconformidades. Una trayectoria
clerical en una época de crisis y transición: el caso de
José Miguel Guridi y Alcocer (1795-1805)
Of failures, successes and disagreements. A clerical career in a
time of crisis and transition: the case of José Miguel Guridi y
Alcocer (1795-1805)
Carolina Yeveth Aguilar García
El Colegio Mexiquense

Zinacantepec, México
orcid.org/0000-0003-1400-5112

Resumen: El objetivo de este artículo es el de reflexionar en torno a las
trayectorias eclesiásticas entre los años 1795 y 1805 en el arzobispado de
México a partir de un estudio de caso: el del clérigo José Miguel Guridi y
Alcocer. Este acercamiento se hará a partir de contextualizar la situación
social del clero durante la segunda mitad del siglo XVIII y de cómo los
problemas señalados durante esos años dan cuenta de una profunda crisis
en el ámbito clerical urbano. Tal circunstancia intentó solucionarse a partir
de dos proyectos arzobispales de corrección y reforma del clero secular:
el Real Colegio Seminario de Instrucción, retiro voluntario y corrección
de Tepotzotlán, fundada en 1777 y la Congregación de Sacerdotes
Oblatos, establecida en 1803. Es en este contexto de crisis clerical en el
que podemos insertar una trayectoria singular, la del párroco José Miguel
Guridi y Alcocer, quien a partir de sus apuntes de vida y una representación
al rey nos proporciona el marco ideal para comprender cuáles fueron los
detonantes y las problemáticas más representativas y características de la
crisis del clero a finales del siglo XVIII e inicios del siglo XIX.
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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.5-88

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�Una trayectoria clerical

Palabras clave: crisis clerical, José Miguel Guridi y Alcocer, arzobispos,
trayectoria eclesiástica, corrección del clero.
Abstract: The objective of this article is to reflect on the ecclesiastical
trajectories between 1795 and 1805 in the archbishopric of Mexico
based on a case study of the clergyman José Miguel Guridi y Alcocer.
This approach is based on contextualizing the social situation of the
clergy during the second half of the eighteenth century and how the
problems that arose during those years reflect a profound crisis in the
urban clerical sphere. This circumstance tried to be solved by two
archbishops’ projects of correction and reform of the secular clergy:
the Royal Seminary College of Instruction, voluntary retirement and
correction of Tepotzotlán, founded in 1777, and the Congregation of
Oblate Priests, established in 1803. It is in this context of clerical crisis
in which we can insert a singular trajectory, that of the parish priest José
Miguel Guridi y Alcocer, who from his life notes and a representation
to the king provides us with an ideal framework to understand the
triggers and the most representative and characteristic problems of the
clergy crisis at the end of the 18th century and the beginning of the 19th
century.
Keywords: clerical crisis, José Miguel Guridi y Alcocer, archbishops,
ecclesiastical trajectory, correction of the clergy.

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Los años 1795-1805 constituyen un periodo de transición y
de cambio tanto en las políticas reales como arzobispales en
cuanto a la provisión de beneficios y trabajos eclesiásticos en la
arquidiócesis de México. Este momento de cambio es significativo
y estuvo vinculado con el deceso del arzobispo Alonso Núñez
de Haro y Peralta y la llegada de su sucesor, Francisco Xavier
de Lizana y Beaumont, así como de las rupturas y continuidades
en sus políticas pastorales. Del mismo modo podemos rastrear
algunos planteamientos y retos que pusieron en evidencia la
necesidad de redefinir la noción del clérigo ideal y esperado y las
manifestaciones en torno al éxito, el fracaso o las expectativas de
esas trayectorias eclesiásticas, así como las posibles soluciones
planteadas para contrarrestar la imagen que se tenía de un clero
con poca vocación y sí con muchos problemas, aspectos que será
posible rastrear a partir de un caso concreto.1
La historiografía en torno a las trayectorias del clero secular
nos ha proporcionado diversas luces: en primer lugar, se parte
de seguir trayectorias masivas –apoyadas en la prosopografía–
usualmente lineales y exitosas, reparando poco en los sinsabores
y dificultades de esas vidas particulares.2 Por ello es necesario el
Agradezco a la Dra. Nancy Leyva por los comentarios hechos a una primera versión de este texto.
2
Algunos de los trabajos más representativos que han abordado el tema
para el arzobispado de México son: John Frederick Schwaller, The Church and
Clergy in Sixteenth-Century Mexico (Albuquerque: University of New Mexico
Press, 1987); Rodolfo Aguirre Salvador, El mérito y la estrategia. Clérigos,
juristas y médicos en Nueva España (México, DF: Universidad Nacional Au1

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análisis y la reconstrucción de las trayectorias mismas, contadas
por sus artífices, así como con el estudio de los fracasos y los éxitos
en esas vidas tan dispares entre clérigos americanos y aquellos
llegados de la península que comenzaron a acaparar algunas
posiciones de importancia en el ámbito eclesiástico novohispano.
En este sentido, tal aproximación es posible a partir de las probanzas
de méritos y servicios, testimonios y ocursos de estos personajes
ante la provisión de beneficios y cargos, así como mediante la
reconstrucción de los concursos de oposición por canonjías y otros
beneficios y las dinámicas relacionales involucradas en ellos. Así,
proponemos acercarnos a esas trayectorias a partir de dos ejes
muy concretos: colocando en perspectiva dos proyectos de mejora
clerical, y mediante el análisis de los apuntes biográficos de un
clérigo del siglo XVIII, José Miguel Guridi y Alcocer.
La antesala a la sensación del fracaso
Según el Diccionario de Autoridades, el fracaso era aquel “precipicio, caída o ruina de alguna cosa, por lo regular con quiebra

tónoma de México - Centro de Estudios Sobre la Universidad, 2003); Rodolfo
Aguirre Salvador, Un clero en transición. Población clerical, cambio parroquial y política eclesiástica en el arzobispado de México, 1700-1749 (México,
DF: Universidad Nacional Autónoma de México - Instituto de Investigaciones
sobre la Universidad y la Educación, 2012). Para los siglos XVI y XVII es clave el trabajo de Antonio Cano Castillo, El clero secular en la diócesis de México (1519-1650). Estudio histórico-prosopográfico a la luz de la legislación
regia y tridentina (México: El Colegio de Michoacán, Universidad Pontificia
de México, 2017).
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y rompimiento”.3 También se definía como el “suceso lastimoso,
inopinado, lamentable y funesto”.4 Para la segunda mitad del siglo
XVIII podemos encontrar indicios de ese precipicio o caída en el
ámbito clerical en crónicas y testimonios sobre la tensa situación en
la que se encontraba el clero secular. Hipólito Villarroel argumentó
que existía un elevado número de clérigos en la ciudad de México,
que se resistían a salir a curatos alejados de la capital, “porque pretextando que no les es adaptable el temperamento de los pueblos,
quieren más bien estarse de míseros en México, que vivir con lo necesario fuera”.5 Luisa Zahino ha señalado que era más la cantidad de
clérigos disponibles que la cantidad de curatos ofertados y confirma
lo dicho por Villarroel respecto a que estos preferían quedarse en la
capital a pasar hambres o sujetos a alguna capellanía, que optar por
un curato lejano con un ingreso seguro pero menor.6
La preocupación por el bienestar del clero fue permanente
durante toda la época colonial. Ya desde la prelatura de fray Juan
de Zumárraga se visibilizaron grandes esfuerzos por procurar que
Real Academia Española. Diccionario de Autoridades, tomo III, 1732, https://apps2.rae.es/DA.html (consultado el 26 de diciembre de 2022)
4
Real Academia Española. Diccionario de Autoridades, tomo III, 1732, https://apps2.rae.es/DA.html (consultado el 26 de diciembre de 2022)
5
Hipólito Villaroel, Enfermedades políticas que padece la capital de esta
Nueva España en casi todos los cuerpos de que se compone y remedios que
se le deben y aplican para su curación si se requiere que sea útil al rey y al
público (México, DF: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1994), 54.
6
Luisa Zahino Peñafort, Iglesia y sociedad en México 1765-1800. Tradición, reforma y reacciones (México, DF: Universidad Nacional Autónoma de
México, 1996).
3

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llegase al virreinato un clero idóneo y apropiado para el gobierno
de las almas. Las quejas del primer obispo fueron constantes y
visibles en la variada correspondencia que mantuvo con el rey y la
emperatriz, pero destacó una preocupación especial: los clérigos
que arribaron en los primeros años del virreinato no eran del todo
idóneos, pues tenían “más aparejo para hacer males y perpetrar
pecados, de los cuales se escandalizan estos naturales más que
en Castilla”.7 Las acusaciones más frecuentes sobre ese primer
clero secular giraban en torno a la solicitación, maltratos a la
población indígena, el concubinato en el que vivían, la ignorancia
y su ambición de riquezas y de una mejor posición.8 Gran parte
de los primeros años de construcción del obispado de México
se dedicaron a tratar de sentar las bases de la Iglesia mexicana,
cosa harto dificultosa por la falta de clérigos bien preparados, con
vocación y leales a la jurisdicción eclesiástica.
La preocupación por contar con un clero idóneo no fue
exclusiva de la mitra mexicana. En 1540 Vasco de Quiroga
Joaquín García Icazbalceta, Don fray Juan de Zumárraga, primer obispo y
arzobispo de México. Estudio biográfico y bibliográfico/Apéndice documental
(México: Antigua librería de Andrade y Morales, 1881), 92. Núm. 21, Carta
de los ilustrísimos señores obispos de México, Oaxaca y Guatemala, sobre la
ida al Concilio General y piden sobre distintos puntos, así de diezmos como
otros para la buena planta y permanencia de la fe en este Nuevo Mundo, 10 de
noviembre de 1537.
8
Antonio Cano Castilllo, El clero secular en la diócesis de México (15191650). Estudio histórico-prosopográfico a la luz de la legislación regia y tridentina (Ciudad de México: El Colegio de Michoacán; Universidad Pontificia
de México, 2017), 165–74.
7

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estableció el Colegio de San Nicolás en el obispado de Michoacán,
dedicado a la formación del clero, proyecto que no tuvo mucho
eco y que no fue imitado por otros obispos.9 A raíz del Concilio
de Trento surgió la necesidad de crear seminarios conciliares para
la educación de sacerdotes, aspecto que se refrendó durante la
realización de los Concilios Provinciales Mexicanos del siglo
XVI, en los que uno de los temas puestos a discusión fue el de la
formación del clero. Bajo la influencia de Trento se hicieron varios
esfuerzos por establecer un seminario conciliar en el arzobispado
de México, mismos que no tuvieron un efecto inmediato. Mientras
tanto, la formación del futuro clero tendría lugar en la escuela
episcopal creada por Zumárraga, en los conventos de regulares,
en la Real Universidad de México, establecida en 1553, así como
en los colegios jesuitas que se fundarían a lo largo del siglo XVI
y la primera mitad del XVII, mismos que dominarían y serían
los predilectos de muchos aspirantes a clérigos, situación que
prevaleció hasta la expulsión de la orden.10
A pesar de que otros virreinatos ya contaban con seminarios
conciliares, en Nueva España fue hasta 1643 que se fundó el
primero. Se trató del seminario de San Pedro y San Juan, mismo que
fue establecido por el polémico obispo Juan de Palafox y Mendoza
Aguirre Salvador, Un clero en transición. Población clerical, cambio parroquial y política eclesiástica en el arzobispado de México, 1700-1749, 28.
10
Cano Castilllo, El clero secular en la diócesis de México (1519-1650).
Estudio histórico-prosopográfico a la luz de la legislación regia y tridentina,
319–21.
9

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en Puebla. El resto de los seminarios se fundaron en los obispados
de Oaxaca (1673), Guadalajara (1696) y el de México en 1697.
Otros tantos seminarios y colegios se fundarían a lo largo del siglo
XVIII.11 Más allá de su función educativa y formativa, los seminarios
conciliares tuvieron como función fortalecer a los obispos, sus
catedrales y reforzar la presencia del poder temporal del rey.12
Se pensó que el establecimiento de los seminarios conciliares
contribuiría a tener un clero no sólo muy bien formado en aspectos
teológicos y canónicos, sino también en los aspectos morales y
conductuales. Nada más lejos de la realidad, pues los problemas y
escándalos de algunos clérigos continuaron, manteniendo ocupados
así a la audiencia eclesiástica del arzobispado de México, en
especial al tribunal del provisorato, instancia encargada de procesar
a los clérigos que habían cometido algún delito. Incluso se tiene
registro de conductas licenciosas en los seminarios conciliares, en
donde los estudiantes galanteaban y se divertían con mujeres (cuya
presencia estaba prohibida al interior de estos recintos).13 A este
Aguirre Salvador, Un clero en transición. Población clerical, cambio parroquial y política eclesiástica en el arzobispado de México, 1700-1749, 31.
12
Leticia Pérez Puente, Los cimientos de la iglesia en la América española:
los seminarios conciliares, siglo XVI (Ciudad de México: Universidad Nacional Autónoma de México - Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y
la Educación, 2017), 14.
13
Rafael Castañeda García, “Unos jóvenes tan dedicados al galanteo, que
viven más entre el sexo blando, que en las aulas. La relajación de las costumbres en los seminarios conciliares de la Nueva España”, Los Reinos de las Indias, 2020, https://losreinosdelasindias.hypotheses.org/2017. Publicada el 22
de marzo de 2020, consultado el 5 de febrero de 2023.
11

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problema contribuía la eterna rivalidad con las órdenes regulares,
quienes a pesar de las quejas existentes contra ellos tenían detrás
de sí una imagen más que benigna, misma que se remontaba a los
primeros años de la evangelización, lo que les granjeó la simpatía de
los indios y de la feligresía, en contraparte a los clérigos seculares.
Como vemos, el establecimiento del seminario conciliar en
el arzobispado de México no logró resolver del todo los problemas
formativos y morales del clero secular. Pero sí fue determinante
en la conformación de nuevos mecanismos relacionales entre una
institución que estaba bajo el control y patrocinio del arzobispo
y los aspirantes a clérigos. Ingresar al seminario conciliar
constituyó no sólo una oportunidad de formación académica,
sino de socialización en la que se establecían lazos con otros
jóvenes seminaristas (que en un futuro ocuparían posiciones
privilegiadas) y personalidades importantes del ámbito clerical.
Es decir, se convirtió en un espacio en el que el talento y el buen
desempeño ayudaban a granjearse la amistad, el favor y el apoyo
de otros eclesiásticos mejor posicionados.14
De la tensa calma al reformismo eclesial
Con el ascenso borbón al trono español se dio un pronunciado
cambio en la relación Iglesia-corona, mismo que trastocó la
aparente calma con la que ambos poderes habían sobrevivido los
Antonio Rubial García, ed., La Iglesia en el México colonial (Ciudad de
México: Universidad Nacional Autónoma de México; Ediciones Educación y
Cultura; Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2020), 319–20.
14

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siglos anteriores. En busca de una mejor administración y de un
control más centralizado, la corona optó por reforzar la figura y
autoridad de los obispos, a quienes se les asignaron varias tareas,
como la secularización de doctrinas, un mayor control sobre el clero
regular, el cobro del subsidio eclesiástico, una mejor atención al
joven seminario conciliar y la mejora y corrección del clero llamado
“bajo”. 15 Todas estas políticas fueron continuas y gozaron de etapas
de mayor o menor intensidad, según la política seguida por los
arzobispos que gobernaron la mitra entre los años 1698 a 1765.
El recrudecimiento reformista dentro de la Iglesia
novohispana alcanzó su cúspide con la llegada de Francisco
Antonio de Lorenzana y Butrón en 1766. Su prelatura fue breve,
pero no por ello menos importante, pues fue en ella en donde
se gestaron importantes proyectos de mejora y cambio para la
mitra mexicana. Para el caso de Puebla, la presencia de Francisco
Fabián y Fuero fue también trascendente, siendo estos dos
prelados quienes sentarían las bases para un nuevo proyecto de
renovación eclesial en sus respectivas diócesis.16
Como bien ha señalado Mónica Hidalgo, una nueva oleada
de preocupación por el clero vendría a partir de la promoción
Rodolfo Aguirre Salvador, Cofradías y asociaciones de fieles en la mira
de la Iglesia y de la Corona: arzobispado de México, 1680-1750 (Ciudad de
México: Universidad Nacional Autónoma de México - Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación, 2018), 105.
16
Al respecto remitimos a la tesis: Teresa Yolanda Maya Sotomayor, Reconstruir la Iglesia: el modelo eclesial del episcopado novohispano, 1765-1804
[Tesis de Doctorado] (México, DF: El Colegio de México, 1997).
15

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del Tomo regio, mismo que proporcionó los fundamentos para
la celebración del IV Concilio Provincial Mexicano, que estuvo
a cargo del mismo Lorenzana. Este Tomo Regio incluyó varios
puntos relativos a las funciones del clero. Por ejemplo, el punto
IV indicaba atender los excesos y abusos en el cobro de derechos
parroquiales, o el XII que recomendaba atender la conducta del
clero, en especial aquellas actividades orientadas a las granjerías
y comercio, pues su labor debía ser “espiritual y encaminada a
conducir a los fieles en el camino de la virtud, renovando las
penas canónicas contra los infractores”.17
El punto XIV del Tomo Regio atizaba sobre un problema que
comenzaba a ser un verdadero dolor de cabeza para los prelados: el
número de sacerdotes en cada diócesis, “para que no se ordenen los
que no sean precisos o convenientes, pues la abundancia excesiva
les hace menos apreciables”. Siguiendo a Luisa Zahino, existían
estimaciones sobre la cantidad de clérigos, que rondaba los 1,000
presbíteros contra 1,357 frailes, oscilando incluso a un total de
3,000 religiosos de uno y otro tipo.18 El IV Concilio Provincial
Mexicano no fue aprobado por el rey ni por Roma, pero lo vertido
en él fue fundamental para las reformas y transformaciones que
sufriría la Iglesia novohispana en los años venideros.19
Mónica Hidalgo Pego, “El Colegio de Tepotzotlán y la disciplina del clero
secular en el arzobispado de México, 1777-1821”, Hispania Sacra LXVI,
núm. 134 (2014): 50–51.
18
Zahino Peñafort, Iglesia y sociedad en México 1765-1800. Tradición, reforma y reacciones, 45–46.
19
Maya Sotomayor, Reconstruir la Iglesia: el modelo eclesial del episcopa17

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Como producto del proceso mismo de instauración de la
Iglesia en Nueva España, se privilegió la erección de conventos y
doctrinas, antes que de parroquias seculares. Diversos intentos se
hicieron de secularizar las doctrinas de regulares, fenómeno que
alcanzó un singular éxito tan sólo en el obispado de Puebla. De
este modo, conforme se avanzó en el siglo XVIII, el arzobispado
de México inició una segunda etapa de secularizaciones, misma
que vio sus frutos durante las prelacías de Manuel Rubio y
Salinas, Francisco de Lorenzana y Alonso Núñez de Haro
y Peralta. A pesar de ello, los curatos existentes y disponibles
estaban alejados de la demanda de clérigos. La mayor apertura
del Seminario Conciliar y el incremento poblacional provocaron
una mayor inclinación a los estudios eclesiásticos, antes que la
dedicación a otras actividades más lucrativas. Así, el número de
clérigos disponibles era mucho mayor que el de curatos libres
y disponibles (incluidos los ya secularizados). Siguiendo a
Zahino, era común que ante la oferta de unos cuantos curatos
concurriesen por ellos más de 200 clérigos venidos de todo el
virreinato y también algunos provenientes de la península.20 Sobre
este último punto, comenzó a mostrarse otro conflicto, que fue el
antecedente de los problemas que se desencadenarían después de
1808: la dotación de curatos y beneficios eclesiásticos a clérigos
peninsulares, dejando de lado a los nacidos en Nueva España.
do novohispano, 1765-1804 [Tesis de Doctorado], 4.
20
Zahino Peñafort, Iglesia y sociedad en México 1765-1800. Tradición, reforma y reacciones, 45–46.
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Además de la competencia existente por ocupar esos
curatos, existían otro tipo de problemas, asociados a la práctica
clerical y parroquial. Tomando como base el Papel sobre el
arreglo de parroquias de la ciudad y arrabales de México
podemos anotar que estos problemas también influyeron en forjar
una mala opinión e imagen sobre el clero bajo. Por ejemplo, la
distinción de feligresía indígena y española se había difuminado
por completo, yendo unos y otros a distintas parroquias, mudando
de jurisdicción, lo que sin duda afectó la congrua de muchos
ministros y complicó el cobro correcto de aranceles parroquiales.
Este exceso y movilidad de feligreses dificultaba que el párroco
conociese bien a su grey. Los párrocos gastaban mucho en los
paramentos de sus iglesias, mientras otros echaban mano de sus
vicarios y sacristanes, esquivando sus obligaciones clericales.
Otros tantos se apoyaban en otros clérigos para gobernar sus
parroquias, pero dichos ayudantes se desentendían de todo
y acudían muy de vez en cuando a ellas. Algunos gustaban de
“ejercer su ministerio en iglesias en que hay diaria y lucida
concurrencia”.21 Las quejas y la inconformidad se extendían hacia
las parroquias en su sentido físico y a los llamados “monigotes”,
asistentes de clérigos, de los que se consideraba no tenían aptitud
ni aspiraciones, pues según la apreciación de la época “son de
aquellos pobres que meditan sus ascensos por alguno de los
Biblioteca Pública de Toledo. Fondo Antiguo, manuscrito 26. “Papel sobre
el arreglo de parroquias de la ciudad y arrabales de México. Breve introducción”, 1769.
21

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idiomas del país, en que se ejercitan con más lentitud que otros”.
Otras críticas se orientaron al relajado estilo de vida de los
eclesiásticos y al abuso en sus vestimentas. En el IV Concilio se
recomendaba que la sotana fuera de color negro, que se usara el
cabello corto, se prohibía el uso de capa, sombrero y joyas. Esto
sancionaba también la asistencia a diversiones públicas, ya fuera
como participante o como espectador.22
Si bien las situaciones arriba anotadas habían estado
presentes en épocas anteriores, fue a partir de 1765 que
recobraron un inusitado interés en los arzobispos reformadores.
Esto se insertó en lo que se ha dado a llamar la reforma de las
costumbres, que fue aquella tendencia de la ilustración católica
enfocada en “ajustar la vida y conducta de los fieles –clérigos y no
clérigos– a los mandatos episcopales y el adecuado desarrollo del
culto divino”.23 El arzobispo Lorenzana implementó así algunos
mecanismos que le permitiesen reformar esas costumbres, que
como vemos abarcaban a ambos cleros (regular y secular), a
las religiosas y a la feligresía. Uno de esos instrumentos fue la
visita pastoral, foro judicial que le permitió no sólo verificar el
estado de su diócesis, sino también conocer de manera cercana
Luisa Zahino Peñafort, El cardenal Lorenzana y el IV Concilio Provincial
Mexicano (México, DF: Universidad Nacional Autónoma de México, 1999),
201–6.
23
Clemente Cruz Peralta, Entre la disciplina eclesiástica y la reforma de
las costumbres: visitas pastorales de Francisco Antonio de Lorenzana a la
Arquidiócesis de México, 1767-1769 [Tesis de Maestría] (Ciudad de México:
Universidad Nacional Autónoma de México, 2016), 27 y 28.
22

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las condiciones de su clero. Estas visitas realizadas entre 1767 y
1769 fueron los primeros acercamientos a la realidad material y
espiritual del arzobispado de México, pues de ellas se obtendría
un primer balance de lo que era urgente corregir y reformar.24
A decir de Teresa Sotomayor, con la llegada de Lorenzana
y hasta la época de Lizana y Beaumont se dio un fenómeno
de reformulación del poder clerical, pues se proyectó que los
sacerdotes fuesen “el brazo derecho” de los obispos. Este clero
ideal debía dedicarse exclusivamente a su labor pastoral, lo que
significó el paulatino alejamiento de la feligresía. Así “el clero
tendría que convertirse en un auténtico profesional de la religión
para administrar adecuadamente una parroquia, para predicar
sermones persuasivos y para catequizar ortodoxamente”.25 Esta
nueva concepción del clero también se enfocó en los aspectos
exteriores como la vestimenta y por supuesto en los aspectos
morales y la buena conducta de este sector. Debían ser un ejemplo
para los feligreses, de ahí que la disciplina eclesiástica sería el
cauce para una reforma de los fieles.26 Pero para corregir a los
sacerdotes no bastaban los edictos y cartas pastorales, se requería
algo más.
A raíz de la expulsión jesuita, algunos de los espacios de
la orden como el Colegio de San Francisco Xavier de Tepotzotlán
Cruz Peralta, 48–52.
Maya Sotomayor, Reconstruir la Iglesia: el modelo eclesial del episcopado novohispano, 1765-1804 [Tesis de Doctorado], 317 y 318.
26
Maya Sotomayor, 325.
24
25

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se destinaron a usos similares, ya fuese para establecer seminarios
de misiones o casas correccionales para clérigos relajados. Estas
tareas y proyectos quedaron en el tintero del arzobispo Lorenzana,
ya que en 1772 fue llamado para ocupar el cargo arzobispal en
Toledo.27 Sería hasta 1777, en pleno pináculo de la crisis del clero en
el arzobispado de México, que se fundó el Real Colegio Seminario
de Instrucción, retiro voluntario y corrección de Tepotzotlán, bajo
el amparo y entusiasmo de Alonso Núñez de Haro y Peralta.28 Su
pertinencia anunciaba varias preocupaciones entre los clérigos del
arzobispado, siendo una de ellas la falta de vocaciones:
Que los jóvenes se resuelven a tomar estado, considerando
solo los respetos humanos, atendiendo a la impresión que en
la tierna edad hacen en el corazón las máximas interesadas y
las persuasiones de muchos padres poco piadosos o siguiendo
únicamente el impulso de sus pasiones…los que nos siguieron
la voluntad de Dios en su vocación, experimentarán los efectos
de su voluntad airada y justiciera.29

Tres eran los objetivos por seguir en dicho Colegio Seminario:
primero, el de instruir a todo aquel que quisiese ordenarse como
cura de almas; segunda, instruir y corregir a todos aquellos que
“se extraviaren e incurriesen en los vicios; o porque resfriado
Hidalgo Pego, “El Colegio de Tepotzotlán y la disciplina del clero secular
en el arzobispado de México, 1777-1821”, 604.
28
Hidalgo Pego, 604–7.
29
Alonso Núñez de Haro y Peralta, Carta pastoral dirigida a los directores
del Real Colegio Seminario de Instrucción y Corrección de Tepotzotlán y a
todos los sacerdotes y demás clérigos que aspiran al estado sacerdotal en
nuestro arzobispado (México, 1776), 8.
27

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el fervor de su vocación abandonaren el estudio necesario”.30
Tercero, funcionaría como centro de retiro para todo aquel clérigo
deseoso de pasar el resto de sus días en la soledad y tranquilidad
de Tepotzotlán.31 El colegio-seminario de corrección avanzó
de manera efectiva como uno de los remedios, si no que el
único, contra la indisciplina y mala imagen del clero. Según las
indagaciones de Mónica Hidalgo, para el año de 1796 habitaban
dicho colegio alrededor de 44 clérigos, cifra que bajó en 1806 a
41. Fue con el fin de la centuria que este colegio vino a menos,
pues la muerte de Alonso Núñez de Haro impactó en el ímpetu y
en los recursos con los que se sustentaba tal proyecto.32
Entre eclesiásticos beneméritos y de genio inquieto
Los arzobispos tenían obligación de informar al rey sobre los
eclesiásticos más beneméritos e idóneos de la diócesis. Estos
informes, muy reservados, también son una fuente documental
que nos permite acercarnos a las diversas miradas arzobispales
en torno al alto clero urbano. Una comparativa de los informes de
1790 y de 1797 nos arroja información interesante, pues vemos
que en un transcurso de siete años se incrementó la participación
de clérigos peninsulares o europeos, como los llamaba Alonso
Núñez de Haro y Peralta.
Núñez de Haro y Peralta, 24.
Núñez de Haro y Peralta, 25 y 26.
32
Hidalgo Pego, “El Colegio de Tepotzotlán y la disciplina del clero secular
en el arzobispado de México, 1777-1821”, 607.
30
31

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�Una trayectoria clerical

Cuadro 1
Informe de cien eclesiásticos beneméritos, 1790
Americanos

Europeos

No dice
/ otro
origen

Cabildo catedralicio

13

9

1

Cabildo de la Colegiata de Guadalupe

13

1

Familiares y dependientes del Arzobispado

7

8

Curas

29

1

Colegios

14

1

Eclesiásticos particulares

2

1

Corporación

Total
78
21
1
Fuente: Rodolfo Aguirre Salvador, “Cien clérigos beneméritos del arzobispado de México, 1790” en Leticia Pérez Puente y Rodolfo Aguirre Salvador
(Coords.), Voces de la clerecía novohispana. Documentos históricos y reflexiones sobre el México colonial (México: IISUE, 2009)203-226.

Cuadro 2
Informe de cien eclesiásticos beneméritos, 1797
Americanos

Europeos

No dice
/ otro
origen

Cabildo catedralicio

10

12

1

Cabildo de la Colegiata de Guadalupe

13

2

Familiares y dependientes del Arzobispado

10

10

Curas

23

3

Colegios

11

2

Eclesiásticos particulares

2

1

Corporación

Total
68
30
1
Fuente: Margarita Menegus B., Descripción del Arzobispado de México
de 1793 y el informe reservado del arzobispo de México de 1797 (México:
CESU, 2005)79-93; también en AGI, México 2556.
Sillares, vol. 3, núm. 5, 2023, 159-202
DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.5-88

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�Carolina Aguilar

Mientras en 1790 predominaban los americanos en el cabildo
catedralicio, para 1797 la situación se había equilibrado con
los peninsulares. Como ha señalado Rodolfo Aguirre, esta
comparativa demuestra que la cédula del 21 de febrero de 1776 se
había impuesto de forma paulatina, pues en tal disposición limitó
el número de criollos dentro del cuerpo catedralicio.33 El cabildo de
la Colegiata de Guadalupe contó con una mayoría de americanos,
simbolizando el fuerte vínculo entre el culto guadalupano y una
posible identidad como novohispanos. De manera aventurada,
observamos que para finales de 1797 se registró un ligero
incremento en la presencia de clérigos peninsulares respecto a los
nacidos en Nueva España.
Estos informes también respondían a la necesidad de la
corona de conocer mejor al clero que estaba en allende el mar,
por lo que instaba a los prelados a informar, cada fin de año y de
forma “secreta”, de la “idoneidad, costumbres y conductas de los
prebendados, curas y otros eclesiásticos”.34 En este informe se
daba un breve pormenor de sus méritos y del posible destino al
Rodolfo Aguirre Salvador, “Cien clérigos beneméritos del arzobispado de
México, 1790”, en Voces de la clerecía novohispana. Documentos históricos
y reflexiones sobre el México Colonial, ed. Leticia Pérez Puente y Rodolfo
Aguirre Salvador (México, DF: Universidad Nacional Autónoma de México Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación, 2009), 207.
34
Este informe fue publicado en: Margarita Menegus B., Descripción del
Arzobispado de México de 1793 y el informe reservado del arzobispo de México de 1797 (México, DF: Universidad Nacional Autónoma de México - Centro
de Estudios sobre la Universidad, 2005), 80. Si bien se menciona que se da información de 100 eclesiásticos, para dicho año estaban vacantes las canonjías
penitenciaria, magistral y de gracia del cabildo metropolitano.
33

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�Una trayectoria clerical

que podrían aspirar (según el arzobispo). El conteo comprendía
a los clérigos pertenecientes al cabildo metropolitano (23),
del Cabildo de Guadalupe (15), familiares y dependientes del
arzobispado (17), curas (26), colegiales y catedráticos (13) y
eclesiásticos particulares (3). Estos clérigos circularon en el
arzobispado ostentando diversos cargos. Algunos americanos,
otros peninsulares, la gran mayoría albergaba en sí una esperanza:
la de ser promovido a un nuevo beneficio, en calidad de sus
méritos y servicios.
De estas relaciones de clérigos destacan los comentarios
realizados por el arzobispo, caracterizados por adjetivos sobre el
carácter, desempeño y personalidad de los eclesiásticos. Analizar
este aspecto permite reconstruir la imagen del clérigo ideal, al
menos para finales del siglo XVIII: este debía ser buen teólogo,
buen predicador, de arreglada y ejemplar conducta y buen genio,
características más que deseables de todo aquel buen cura. Otras
características deseables eran el poseer un “amabilísimo genio”
o una “irreprensible conducta”, un “juicio sólido”, aspectos de la
personalidad que determinaban la recomendación que podía ser
la llave del ascenso en la jerarquía eclesiástica: “digno de mayor
ascenso” o “merece ascenso” podían marcar el destino futuro
y las carreras exitosas de estos clérigos. Llaman la atención las
máximas palabras de Núñez de Haro sobre ciertos casos: Don
Manuel Lino Guerra, europeo y cura juez eclesiástico de Actopan
era considerado “uno de los mejores curas de este arzobispado y
muy digno de cualquier prebenda, canonjía o dignidad, aunque
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juzgo que no la pretenderá porque es eclesiástico desengañado”.
No sólo congregaba en su persona las mejores características
(buen teólogo, de conducta ejemplar e irreprensible, gran celo y
genio amable), gozaba de dos más: humildad y poca ambición.35
Otros calificativos no eran del todo positivos, aunque eso
no influyó en que los adjudicatarios de estos quedasen fuera de
listado de beneméritos idóneos: “su genio lo hace poco sociable”,
característica atribuida a don Manuel Antonio de Sandoval, de
origen europeo y que ostentó el cargo de provisor de indios y
chinos; el peninsular Juan de Mier y Villar era considerado
“mediano en su facultad” pero capaz de servir cualquier dignidad.
Tales opiniones contrastan con las expresadas sobre los americanos
José Mariano Beristain, canónigo catedralicio tachado de “genio
entrometido, inquieto y demasiado vivo y su conducta poco
arreglada”, mientras que otro notable novohispano, don Francisco
Beye de Cisneros, canónigo de la Colegiata de Guadalupe, era
considerado “bullicioso y proyectista”.36
Otro aspecto mencionado en estos informes era la relación
salud-enfermedad. Para 1790 son constantes las alusiones a la
mala salud y enfermedad de algunos integrantes del cabildo
catedralicio: Don Leonardo José Terralla, europeo, contaba con
más de setenta años y era aquejado por la gota, lo que le impedía
Aguirre Salvador, “Cien clérigos beneméritos del arzobispado de México,
1790”, 218.
36
Menegus B., Descripción del Arzobispado de México de 1793 y el informe
reservado del arzobispo de México de 1797, 80–85.
35

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�Una trayectoria clerical

acudir a sus labores. Don Joaquín Serruto, americano, no asistía al
coro por su mala salud, y don Agustín Bechi, a pesar de tener más
de ochenta años y estar algo enfermo, merecía mayor ascenso.
Igualmente es usual encontrar expresiones como “está enfermo y
tan viejo” o “está tan inútil y enfermo”.37
Pero mientras había eclesiásticos ejemplares e idóneos,
dignos de toda prebenda, había otros cientos que no lo eran tanto.
El periodo que va de 1795 a 1805 se inserta en el momento de
quiebre y de transición de un gobierno episcopal caracterizado
por una larga estabilidad (28 años de la prelatura de Alonso Núñez
de Haro) y por una continuada política seguida por Xavier de
Lizana y Beaumont, un arzobispo cuyo nombramiento se había
dado en un contexto político particular, en el que comenzó una
preocupación por contar con súbditos fieles a la causa peninsular.
Por mencionar algo, entre 1805 y 1811 se contabilizaron
alrededor de 137 denuncias criminales y civiles contra clérigos.38
Los delitos a perseguir eran, en su mayoría, golpes, maltratos,
injurias, amistad ilícita, amancebamiento, excesos en el cobro
de derechos parroquiales, entre otros.39 Además, en medio se
Aguirre Salvador, “Cien clérigos beneméritos del arzobispado de México,
1790”, 212–15.
38
Berenise Bravo Rubio y Marco Antonio Pérez Iturbe, “Para vigilar la disciplina, sancionar a los clérigos y cuidad la dignidad clerical. El fuero eclesiástico en el arzobispado de México, 1803-1811”, en Iglesia, historiografía
e instituciones. Homenaje a Brian Connaughton, ed. Juan Pablo Ortiz Dávila,
Luz María Uhthoff López, y Norma Angélica Castillo Palma (Ciudad de México: Universidad Autónoma Metropolitana - Unidad Iztapalapa, 2018), 166–67.
39
Bravo Rubio y Pérez Iturbe, 169–168.
37

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�Carolina Aguilar

encontraba la discusión en torno a la inmunidad del clero, lo que
de alguna manera articuló otros mecanismos más de prevención
que de sanción para los clérigos faltantes.
La mala conducta del clero incentivó en Lizana y
Beaumont que en 1803 solicitase al rey la licencia correspondiente
para crear la Congregación de sacerdotes oblatos, establecida
por el arzobispo Lizana y que tuvo como fin primordial la
reeducación del clero secular a través de la salvación de sus
almas, la instrucción y su doctrina, todo ello mediante charlas,
reflexiones y la caridad ejercida con presos, enfermos, mujeres,
etc. El objetivo era más que claro: siguiendo el espíritu de la
iglesia, era más que necesario “apartar a sus hijos del camino de
la perdición a que les conducen las disoluciones del tiempo”.40
Las constituciones de esta congregación estaban inspiradas en las
de otra de mayor antigüedad, ya desaparecida: la congregación
de sacerdotes oblatos de Guadalajara, establecida en 1694.41 Esta
versión renovada de la congregación fue establecida finalmente
en 1804. Encabezada por el arzobispo, se integraba además por
dos consiliarios, un secretario y un tesorero. Todos los sacerdotes
oblatos se reunían el último día de cada mes para repartirse diversas
tareas espirituales y caritativas. Se designaban dos oblatos para
Archivo General de Indias (AGI). México 2544. Dictamen del Consejo
de Indias, sobre la petición del arzobispo Francisco Xavier de Lizana y Beaumont, sobre establecer una congregación de sacerdotes oblatos, Madrid, 22 de
marzo de 1804.
41
Thomas Calvo, Poder, religión y sociedad en la Guadalajara del siglo
XVII (México, DF: Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos, 1991).
40

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�Una trayectoria clerical

cada parroquia de la capital, mismos que debían instruir a los
jóvenes feligreses de ellas. Otros dos se enviaban a cada cárcel
existente, para confesar y asistir a presos y ajusticiados, mientras
que se disponían otros dos para visitar y consolar enfermos. Un
número similar se destinaba a visitar las casas de recogidas o a
hacer labores caritativas con los mendigos y gente desproveída.42
Estas acciones se llevaban a cabo a partir de la reflexión y
el ejercicio espiritual de los sacerdotes enlistados, quienes debían
acudir todos los domingos a alguna parroquia a reflexionar y a
escuchar las lecciones que algún otro clérigo exponía. De manera
general existían dos clases de oblatos: unos de obediencia, quienes
se sujetaban fielmente al destino que se les indicaba; y otros
voluntarios, que no se comprometían a la obediencia total pero
sí a determinadas acciones.43 La prelacía de Lizana y Beaumont
lidió desde un inicio con un clero que se sentía agraviado, en
particular por las políticas borbónicas que habían perjudicado en
gran medida a la Iglesia novohispana.44 Por ejemplo, el embate
AGI, México 2544. Dictamen del Consejo de Indias, sobre la petición del
arzobispo Francisco Xavier de Lizana y Beaumont, sobre establecer una congregación de sacerdotes oblatos, Madrid, 22 de marzo de 1804.
43
Joseph Julio García de Torres, Oración eucarística que en la solemnidad
con que la venerable congregación de eclesiásticos oblatos celebró el aniversario primero de su fundación (México: Imprenta de don Mariano de Zúñiga y
Ontiveros, 1806), 9.
44
Ana Carolina Ibarra, “De tareas ingrata y épocas difíciles. Francisco Xavier de Lizana y Beaumont, arzobispo de México, 1802-1811”, en Poder civil
y catolicismo en México, siglos XVI al XIX, ed. Francisco Javier Cervantes
Bello, Alicia Tecuanhuey Sandoval, y María del Pilar Martínez López-Cano
(México, DF: Universidad Nacional Autónoma de México; Benemérita Uni42

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�Carolina Aguilar

a la inmunidad eclesiástica fue un factor determinante para
generar en este sector el germen de una inconformidad y de la
incertidumbre, que encontraría formas de expresión bastante
peculiares. La corona determinó que el clero estuviese sometido
a la jurisdicción directa de los tribunales reales, no importando
si se trataba de un asunto civil o criminal.45 La vinculación entre
la jurisdicción real y la eclesiástica comenzó a ser más áspera y
problemática, pues en medio estaba un intento de delimitación
de fronteras jurisdiccionales, en afán de centralizar y concentrar
mayor poder en el brazo real.
Nunca tuve inclinación al empleo de párroco
Escasos son los testimonios personales o autobiográficos de
clérigos novohispanos.46 La excepción tal vez sea José Miguel
versidad Autónoma de Puebla, 2008), 341–42.
45
Nancy Farris, La corona y el clero en el México colonial, 1579-1821. La
crisis del privilegio eclesiástico (México, DF: Fondo de Cultura Económica,
1995).
46
Traemos a colación que otro testimonio de tipo autobiográfico es el del
clérigo Gregorio Pérez Cancio, quien legó una obra que retrata su labor como
párroco así como un excelente retrato del contexto religioso y eclesiástico de
la ciudad de México de finales del siglo XVIII. Véase Libro de fábrica del templo parroquial de la Santa Cruz y Soledad de Nuestra Señora (años de 1773
a 1784) (México, DF: Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1970).
Para el siglo XIX contamos con la edición realizada por Brian Connaughton
sobre el cura de Iztacalco, Manuel Espinosa de los Monteros, Miscelánea Curato de Iztacalco (1831-1832), Edición, estudio introductorio y notas de Brian
Connaughton (México, DF: Universidad Autónoma Metropolitana – Unidad
Iztapalapa; Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 2012); Ernesto de la Torre Villar también tuvo a bien editar Diario de un
cura de pueblo y relación de los señores curas que han servido la parroquia
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�Una trayectoria clerical

Guridi y Alcocer. De él se conocen varios escritos notables, a la
sazón sus Apuntes, que conforman su narrativa personal en torno
a las peripecias vivenciales y clericales hasta el año de 1802.
Pasarían tan sólo tres años para leer de nueva cuenta a Guridi,
en una representación del año 1805 que era la sólida muestra
de la crisis que se vivía en el clero de la capital arzobispal. Son
estos dos escritos los que nos ayudarán a apreciar, de manera más
cercana, una de las etapas más críticas para el clero secular del
arzobispado de México de la segunda mitad del siglo dieciocho y
su impacto en una trayectoria particular.47
de Nuestra Señora de la Asunción de Tlatlauqui, escrita por el señor cura don
Ramón Vargas López, (México, DF: Universidad Nacional Autónoma de México; Instituto Nacional de Antropología e Historia; Universidad de las Américas; Gobierno del Estado de Puebla, 2006).
47
Los Apuntes de José Miguel Guridi y Alcocer han sido poco tratados en la
historiografía mexicana, particularmente en la que se ha orientado a estudiar
las trayectorias clericales. Existen pocas referencias de dicho texto, siendo tal
vez uno de los trabajos más interesante el artículo de Beatriz de Alba-Koch,
“Los Apuntes de la vida de Guridi y Alcocer: lo privado y lo público en una autobiografía novohispana”, Bulletin of Hispanic Studies, vol. 76/4 (1999) 463486. Para este trabajo recurrimos a la edición realizada en 1984 y publicada
por SEP Cultura, versión que recupera aquella primera impresión hecha por
Luis García Pimentel en 1906. A la par, existe otra edición, más reciente, bajo
el cuidado de Willebaldo Herrera, El camaleón de viento. Escritos literarios
y políticos de José Miguel Guridi y Alcocer (1763-1828) (Tlaxcala: Gobierno
del Estado de Tlaxcala, 2007). Incluso la misma figura de nuestro clérigo ha
recibido poca atención, al menos para la etapa previa a su actuación como
diputado a cortes, siendo esta la que más ha cautivado la atención de los estudiosos, especialmente de aquellos dedicados al proceso de independencia.
Algunos de los trabajos que recuperan a Guridi y Alcocer son: Cristina Gómez Álvarez y Ana Carolina Ibarra, “El clero novohispano y la Independencia
mexicana: convergencias y divergencias de tres clérigos poblanos”, Álvaro
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�Carolina Aguilar

José Miguel Guridi y Alcocer, cuyo nombre completo era
José Miguel María Esteban de Jesús, nació el 26 de diciembre
de 1763 en San Felipe Ixtacuiztla, Tlaxcala. Hijo de padres
españoles, atribuye su llegada al mundo a un milagro y a una
promesa. Ante la imposibilidad de concebir, sus padres acudieron
al santuario de San Miguel del Milagro para pedir que el ángel
intercediera en tal concepción, y como tal les fue dado. De ahí en
parte el origen de su nombre.48
Su crecimiento y desarrollo infantil y juvenil coincidieron
con esos años de cambio y transformaciones políticas y
eclesiásticas que señalamos líneas arriba, además de intercalarse
con una estadía en San Martín Texmelucan. Si bien menciona
que su vocación no estaba muy del todo clara (pues tuvo algunos
contratiempos personales y amorosos, además de alegar que
nunca tuvo inclinación por el empleo de párroco), desde muy
Matute, Evelia Trejo y Briana Connaughton (Coords.), Estado, Iglesia y sociedad en México. Siglo XIX (México, DF: Miguel Ángel Porrúa Editor; Universidad Nacional Autónoma de México - Faculta de Filosofía y Letras, 1995),
137-173; Ana Carolina Ibarra, “Guridi y Alcocer, José Miguel”, Alfredo Ávila,
Virginia Guedea y Ana Carolina Ibarra, Diccionario de la Independencia de
México (México, DF: Universidad Nacional Autónoma de México, 2010), 6568; Rubén Jiménez Martínez, Entre la dependencia y la independencia: José
Miguel Guridi y Alcocer y Miguel de Lardizábal y Uribe [Tesis de Licenciatura] (México, DF: Facultad de Estudios Superiores - Acatlán, 2012); de manera
reciente José M. Portillo Valdés refiere brevemente a los hermanos Guridi y
Alcocer en Fuero indio. Tlaxcala y la identidad territorial entre la monarquía
imperial y la república nacional 1787-1824 (México, DF): El Colegio de México; Instituto de Investigaciones Doctor José María Luis Mora, 2015).
48
José Miguel Guridi y Alcocer, Apuntes. Discurso sobre los daños del juego (México, DF: Secretaría de Educación Pública; Cultura, 1984), 15 y 16.
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niño mostró cierta inclinación a la carrera de las letras –como se
decía en ese entonces– en la que gozó de buena fama y ayudas
para avanzar. Con una familia venida a menos, su padre se vio en
la necesidad de pedir al obispo poblano de aquel entonces, don
Victoriano López González –que casualmente se hallaba de visita
en el santuario mencionado– la oportunidad de ser admitido en el
seminario palafoxiano. Fue admitido como porcionista de capa,
con opción a obtener una beca de gracia o mérito. Cabe anotar lo
prodigioso del asunto, pues el milagro de San Miguel obró en la
buena voluntad del obispo, momento clave en la vida de Guridi
pues dice de sí mismo “de este modo tuvo su principio mi carrera
en el mismo sitio en donde comenzó mi ser”.49
Dando muestras de ser travieso, sus primeros años en
el colegio palafoxiano fueron sumamente provechosos. Guridi
vivió y conoció un colegio que ya había sufrido una importante
transformación entre 1765 y 1773 gracias al ímpetu reformista
del obispo Francisco Fabian y Fuero. Según Sergio Rosas, el
colegio era un grupo de colegios ligados y vinculados entre sí:
San Pedro, San Juan, San Pablo y San Pantaleón. En San Pedro
se aprendía gramática y retórica, mientras que en San Juan artes,
teología y cánones.50 Sin embargo, algunos vicios se mantuvieron
en su interior. Llama la atención la claridad del recuerdo en un
Guridi y Alcocer, 18.
Sergio Rosas Salas, La Iglesia mexicana en tiempos de la impiedad: Francisco Pablo Vázquez, 1769-1847 (Puebla: Ediciones Educación y Cultura; Benemérita Universidad Autónoma de Puebla; El Colegio de Michoacán, 2015),
37.
49
50

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episodio particular. Sus maestros, dignos catedráticos vestidos
de las mejores prendas, influyeron hasta cierto grado en esos
primeros años, excepto uno, del cual señaló no logró influir en su
persona, a raíz de “haber estado ausente casi todo el tiempo que
cursé su aula, presidiendo esta un sustituto. La causa fue haber
ido a recibir el grado mayor de teología y hecho oposición”.51
Siendo esta una de las primeras críticas a catedráticos y clérigos,
pues como hemos mencionado, estaban en permanente búsqueda
de la seguridad profesional y laboral que tanto se anhelaba en
aquella época, descuidando en ocasiones sus otras ocupaciones,
fuesen estas de catedráticos o de pastores de fieles.
Al punto de cumplir 13 años y terminando de estudiar
gramática, Guridi prosiguió con sus estudios de filosofía y artes.
El pupilo se recreaba en lecturas como el Teatro Crítico de Benito
Jerónimo Feijoo. Su calidad de becario de gracia le impedía
tomar el estudio de la jurisprudencia, por lo que nuestro joven
colegial tomó el camino de la teología. Solicitó otra beca para
estudiar jurisprudencia, especialmente en la rama canónica, en la
cual comenzó a especializarse.
Nuestro personaje se opuso a las becas del Colegio Mayor
de San Pablo, tarea poco fructífera, pues a decir de nuestro personaje hubo otros más que sí lograron, a pesar de ser considerados
de inferior mérito.52 Graduado ya de bachiller en teología, prosiguió con el estudio de la jurisprudencia, pero el contexto eclesiás51
52

Guridi y Alcocer, Apuntes. Discurso sobre los daños del juego, 20–21.
Guridi y Alcocer, 35.

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tico ejerció una primera preocupación. Pensando en ordenarse,
Guridi alude que “no tenía capellanía, si sabía idioma alguno a
cuyo título recibirlas. Me pesó entonces no haber empleado en los
del país el tiempo que invertí en aprender el francés”.53 Como vemos, se consideraba importante que un clérigo supiese alguna de
las lenguas, pues ello podía facilitar el camino hacia las becas o
la pronta colocación. Acto seguido, el siguiente paso en su formación académica era el licenciarse, para lo que recurrió a solicitar
el apoyo económico de su familia. Vendió algunas mantas en el
Parián de la ciudad de México y con un préstamo de una tía logró cubrir el gasto del examen, licenciándose. Para 1787, con 24
años, Guridi comenzó como catedrático de filosofía, dedicándose
a la docencia con gran fervor y entrega.54
A lo largo de sus Apuntes, Guridi destacó una y otra vez
las ventajas y la fortuna de contar con un protector o con alguna
persona de alta jerarquía e importancia dentro de determinadas
instituciones. Estos personajes podían agilizar el ascenso de un
clérigo a otros cargos de mayor rango en la jerarquía eclesiástica
o bien, entorpecerlos. Los concursos por beneficios y cargos
representaron el escenario ideal para la puesta en escena de los
vínculos entre protectores y protegidos. Guridi y Alcocer indica
que para 1797 se presentó a un concurso por una lectoral en
Puebla, misma que fue disputada por dos grandes eminencias
de aquel tiempo: José Joaquín España y Mariano Beristáin y
53
54

Guridi y Alcocer, 37.
Guridi y Alcocer, 42–44.

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Souza. De dicho concurso, que no ganó Guridi, se desprende
la utilidad de “contraer estrecha amistad” Guridi con Beristáin
y ganar también el “concepto” del prelado de Puebla Salvador
Biempica y Sotomayor, es decir, de hacerse conocer por este.55
El acercamiento funcionó para que el obispo lo destinase a un
curato en el pueblo de Acajete, cercano a Tepeaca. Guridi anota
que en franca conversación con Biempica éste reconocía que en
la promoción y ascenso clerical “el juego es el que vale” y no
tanto el mérito de los aspirantes.56
La mocedad de José Miguel Guridi y Alcocer alternó
entre momentos de amplia satisfacción y regocijo y otros de
nubarrones e incertidumbre. Ante las promesas no cumplidas
de hacerlo secretario de visita y de beneficiarse con otro cargo,
Guridi se entregó al vicio del juego, lo que motivaría la escritura
de Discurso sobre los daños del juego. Los diversos vicios del
clero se volvieron una preocupación mayor para los arzobispos.
La soledad era también otro reto para los clérigos, en especial
cuando se trataba de curatos lejanos de los centros urbanos,
en donde había poca población y la existente eran indios y no
hablantes de castellano. Algunos párrocos no encontraban
estimulantes sus curatos y mucho menos las pesadas labores
de visitar otros pueblos sujetos a las parroquias. De ahí que a
la menor oportunidad se enfrascaban en un sinfín de trámites y
55
56

Guridi y Alcocer, 63.
Guridi y Alcocer, 69.

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actividades –como las oposiciones a curatos– que los alejaban
por algún tiempo de la aburrida rutina parroquial, acercándolos
a las ciudades, como la de México, en donde encontraban una
boyante vida intelectual y política.
Otro frente que mantenía en vilo a los clérigos era el
de dar protección y sustento a su numerosa familia, de la cual
decía Guridi “eran unos grillos, una cadenas fuertísimas que
me embarazaban la empresa”.57 Ello implicaba que muchos de
ellos estaban siempre en busca de curatos urbanos y de canonjías
en los cabildos catedralicios. Guridi tuvo a bien concursar por
una canonjía magistral en el cabildo catedralicio de Oaxaca en
1796, que no ganó. Pasó después a la ciudad de México, para
concursar por otro cargo catedralicio que tampoco obtuvo, pero
a cambio logró granjearse el respeto y aprecio de otros clérigos
capitalinos. En resumen, Guridi y Alcocer ocupó tres curatos: uno
en Acajete, Puebla; Tacubaya (en los alrededores de la Ciudad
de México) y el Sagrario, la parroquia más importante de la
catedral; además, concursó alrededor de 14 ocasiones a diversas
canonjías: magistral, lectoral y doctoral (dos veces) en Puebla;
por la magistral de la Colegiata de Guadalupe y del obispado de
Oaxaca; y en la Catedral de México cuatro veces por la magistral,
dos por la lectoral y dos por la doctoral. Ocupó otros tantos
cargos de importancia, como promotor fiscal en Puebla, defensor
del Juzgado de Testamentos y Capellanías de ese obispado;
57

Guridi y Alcocer, 77.

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examinador sinodal del de México, provisor y vicario general,
además de los cargos políticos que ocupó a partir de 1810, como
el de diputado representante de Tlaxcala en las cortes generales y
extraordinarias de Cádiz.
“Quedar sin premio el mérito y tareas literarias”
Como hemos visto, el camino profesional de José Miguel Guridi
y Alcocer fue diverso e intenso. Contrario a lo que se piensa, era
muy común que los clérigos capitalinos desempeñaran diversas
actividades con el fin de asegurarse un modesto ingreso pero
sin dejar de buscar colocarse siempre en una mejor posición.58
Tal fue el caso de nuestro clérigo, que a pesar de encontrarse
muy ocupado en su curato de Tacubaya, no cejó en buscar una
mejor posición en la alta clerecía capitalina. Esta oportunidad se
dio en 1805 al queda vacante la canonjía magistral del cabildo
catedral por el deceso del doctor Gaspar González de Candamo.
Oriundo de Santiago de Pruvia, en Oviedo, González arribó a
Nueva España en 1787, en donde se desempeñó como canónigo
de merced en el cabildo catedral de Guadalajara, pasando después
a ser gobernador eclesiástico de la diócesis de Monterrey en el
Nuevo Reino de León (entre 1790 y 1792), para ingresar en 1799
al cabildo de la catedral de México.59
Aguirre Salvador, Un clero en transición. Población clerical, cambio parroquial y política eclesiástica en el arzobispado de México, 1700-1749, 116.
59
Antonio Astorgano Abajo, “El magistral González de Candamo en la Metropolitana de México (1799-1804)”, Trienio 62 (2013): 1–52.
58

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Como solía ocurrir, los decesos de los integrantes de
avanzada edad y enfermedad de los distintos cuerpos eclesiásticos
de la diócesis abrían la oportunidad a las nuevas generaciones para
concursar y obtener dichos beneficios. En este caso, la canonjía
de González de Candamo quedó disponible para aspirantes
y opositores, de los cuales Guridi y Alcocer era considerado
“sobresaliente”. En general se presentaron tres naturales de la
península, que no eran “los superiores en mérito y literatura”.60
A decir de un testigo, Don Joaquín Barrientos, escribano, los
hombres más sabios de la capital atestiguaron de los méritos y
la sobresaliente función literaria en dicha oposición. El público
esperaba que nuestro clérigo Guridi obtuviese el primer lugar
en dicho concurso.61 Otro testigo, don José María de Castro,
escribano y teniente de Cámara y Caja del juzgado general de
bienes de difuntos daba su opinión, misma que vale la pena leer:
Además de José Miguel Guridi y Alcocer los concursantes fueron: los doctores don Jacinto Moreno y Bazo, Pablo Feliciano Mendivil, don José María
Couto, don José Ignacio Couto, don José María Cos, Alejandro García Jove,
don Manuel Ignacio de Ramírez, don Jacinto Moreno, don José María Alcalá,
don Manuel de Burgos y don Gregorio González, sumándole los licenciados
Pedro Pascasio Herce y don José Ponce de León. Diana González Arias, “Los
prebendados del cabildo eclesiástico de México en el cambio de siglo. Provisión de canonjías y dinámicas corporativas, 1789-1808”, en Poder y privilegio: cabildos eclesiásticos en Nueva España, siglos XVI al XIX, ed. Leticia Pérez Puente y Gabino Castillo Flores (Ciudad de México: Universidad Nacional
Autónoma de México - Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la
Educación, 2016), 293.
61
AGI. México 2545. Certificación del escribano Joaquín Barrientos a favor
de José Miguel Guridi y Alcocer, Ciudad de México, 28 de mayo de 1805.
60

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Certifico y doy fe haber oído decir a muchas personas literatas y
de carácter que asistieron a la oposición de la canonjía magistral
vacante en esta Santa Iglesia Catedral, por muerte del Doctor
don Gaspar González de Candamo, que entre los opositores
se distinguió con especialidad en las respectivas funciones
literarias el Doctor Don José Miguel Guridi y Alcocer, cura de
la villa de Tacubaya, tanto que no dudaban obtendría el primer
lugar.62

Ante la derrota, José Miguel Guridi y Alcocer decidió enviar una
representación de su puño y letra, en que manifestó su enojo e
inconformidad ante lo que consideraba una injusticia. Su primer
argumento se destinó a exponer “las funestas consecuencias de
una votación desarreglada”.63 Guridi apelaba al clamor y enojo
popular ante las votaciones a la canonjía magistral por la que
había concursado. El pueblo veía con dolor “que la protección
no sólo suplanta el mérito sino que también reviste de su nombre
y apariencia a la mediocridad y aun a la ineptitud. Y que hemos
llegado al extremo antes de abrirse un concurso, ni saberse
los que salen a él se sabe ya quien ha de optar al canonicato,
sin atenderse a más que al juego y a los valedores”.64 Si bien
nuestro personaje conocía las reglas de la dinámica relacional
que influía en la designación de curatos y canonjías, eso no lo
exentó de sentir frustración ante lo que veía como un favoritismo
AGI. México 2545. Certificación de Don José María de Castro a favor de
José Miguel Guridi y Alcocer, Ciudad de México, 7 de agosto de 1805.
63
AGI, México 2545, 1v. Representación de José Miguel Guridi y Alcocer al
rey, México, 28 de mayo de 1805.
64
AGI, México 2545, Representación, fs. 1v. y 2.
62

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de la protección de algún otro clérigo influyente contra la justicia
de una oposición sin corruptelas. Hacía referencia a tramas e
intrigas, aspectos que conocía de sobra porque ya de tiempo atrás
se había visto involucrado en ellas: las promesas incumplidas de
una promotoría fiscal o de un provisorato en Puebla se vinieron
abajo justo por ese juego de ajedrez de tramas e intrigas, que
colocaban y quitaban clérigos de manera estratégica:
Lo peor es que la falta de mérito es la que más estimula a poner
en acción los resortes políticos; pues aquel ha descuidado al que
lo posee y lo que es más retrae en cierto modo a los valedores
del mismo cuerpo porque los deslumbra su brillo y excita
sus celos, siendo así que la mediocridad y aun la ineptitud,
encuentra con facilidad padrinos, porque el amor propio quiere
ahijados, pero ahijados que nunca puedan hacer sombra. A más
de que nadie ignora que la desgracia es compañera inseparable
del mérito.65

José Miguel Guridi y Alcocer denunció varias prácticas usuales,
como el que los familiares arzobispales tuviesen un favoritismo
en los concursos de oposición. El señalamiento fue claro y
directo: el protegido era el licenciado Pedro Pascacio Herce.
Guridi reconstruye, bajo su mirada y experiencia, las incidencias
del concurso de oposición: un arzobispo aquejado por sus
enfermedades, que prestó poco interés en los otros opositores
y cuyo poderío influyó en el resto de los votantes. A decir de
Guridi, Lizana “se declaró abiertamente por su familiar”,
hablándole a los vocales que tampoco pudieron presenciar los
65

AGI, México 2545, Representación, f. 2 v. y 3.

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actos de los demás concursantes, dando lugar a una votación
más que arreglada”, nadie votó por su voluntad o siguiendo a su
propio dictamen, sino cautivándolo en obsequio del prelado. Los
vocales también fueron severamente criticados por Guridi: “son
hombres; tienen hechuras y parientes eclesiásticos que quieren
colocar o adelantar en su carrera; no les faltan hermanas, sobrinas
o ahijadas que desean entren en los monasterios, o que adquieran
dotes y nombramientos”.66
Según Guridi el resultado de la votación tuvo una gran
repercusión entre la población, pues “ha levantado el grito más que
nunca, resonando sus voces por las calles y las plazas y formándose
una especie de conmoción”. La crítica de Guridi fue voraz: “si el
camino más breve para obtenerlos (los beneficios) es adscribirse
en la familia de un prelado, ¿para qué es emplear tantos años en el
estudio, ni derretirse los sesos sobre los libros? ¿Cuánto mejor es,
dirán los jóvenes, afanarse por lograr una familiatura, la que puede
conseguirse con menos trabajo que el de las tareas literarias? Ella
no solo facilita el premio, sino que también aparenta el mérito”.
Guridi apelaba a la idea de que los americanos pudiesen gozar
de los mismos honores y oportunidades que los peninsulares,
refrendada en la Real Orden del 2 de enero de 1778, algo que en
la realidad tuvo poca aplicación y sí mucho abuso. Una política
velada del régimen borbón eclesiástico fue la de dotar con cargos
y beneficios a clérigos peninsulares y no tanto a los locales. Cada
66

AGI, México 2545, Representación, f. 4

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arzobispo que arribó a la Nueva España venía acompañado de
un séquito de individuos conocidos como familiares, a los que
regularmente se procuraba colocar en los mejores cargos dentro
de la curia eclesiástica, el cabildo catedralicio o dentro de la red
de parroquias de la ciudad de México.
Decía Guridi de sí mismo:
He gastado toda mi vida desde mis más tiernos años en la carrera
de las letras y en el servicio de la Iglesia y del Público y aún no
logro un pan entero qué comer. He visto y estoy mirando cada
día elevarse sobre mí a mis inferiores. No solo huyen de mí
las gracias, sino que aun en materias de rigurosa justicia se me
desatiende y mi infausta suerte ha apurado las heces del amargo
cáliz que me ha dado a gustar siempre. En cualquier otro
destino a que me hubiera dedicado o en cualquiera otra carrera
que hubiera seguido, quizá habría avanzado más después de los
años que llevo de tareas, trabajos y servicios, pero los sucesos
no han correspondido a las esperanzas fundadas en los servicios
mismos.67

Conclusiones
Brian L. Price, en su estudio sobre la retórica del fracaso,
orientada hacia el contexto narrativo nacionalista que se formó en
el México del siglo XIX, señala que “la retórica del fracaso surge
con mayor fuerza en momentos de crisis”.68 Esta misma sentencia
puede enlazarse perfectamente con el problema aquí planteado.
AGI, México 2545, Representación, f. 15
Brian L Price, El culto a la derrota. Narrativas del fracaso en la novela
histórica mexicana (México, DF: Universidad Autónoma Metropolitana - Unidad Iztapalapa, 2015), 26.
67
68

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La crisis y etapa crítica del clero de finales del siglo XVIII es
notoria entre líneas y en los diversos escritos y testimonios de la
época. Aquí nos hemos centrado en primer lugar en la apreciación
de un clero en decadencia, que si bien siempre estuvo como una
tarea pendiente para los arzobispos, fue a partir de la presencia
de Francisco Antonio de Lorenzana que tal problema cobró
dimensiones imperiales. De ahí el abordaje de dos diferentes
proyectos, uno orientado a corregir al clero –el Colegio seminario
de Tepotzotlán– y otro enfocado en la prevención de malas
conductas y no tanto en el castigo o en el sentido punitivo, como
fue el caso de la congregación de sacerdotes oblatos.
Otro tanto de esa narrativa del fracaso, propicio de la
crisis clerical, aparece en los informes de clérigos beneméritos
realizados en 1790 y 1797, y cuyas amplias descripciones nos
permiten apreciar que el modelo de clérigo ideal distaba mucho
de la realidad y de la personalidad y aptitudes mostradas por los
eclesiásticos seculares del arzobispado. Entre las apreciaciones
institucionales y los proyectos lanzados para mejorar la situación
del clero, se entrecruza una trayectoria de vida particular. La
construcción discursiva realizada a partir de algunos puntos de
los Apuntes y de la Representación de José Miguel Guridi y
Alcocer compagina a su vez con la narrativa de los arzobispos en
torno al clero que gobernaban. No es casualidad que las mayores
faltas, señaladas a través de cartas pastorales, edictos, sermones y
en los informes de eclesiásticos beneméritos, destaquen aquellas
características consideradas poco idóneas y susceptibles de
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mejora. La falta de genio, de habilidades clericales, de la salud
y demás aptitudes predominaban por encima del buen genio
o de la amabilidad. Pero existía algo todavía más poderoso
que se imponía por sobre todo eso: los vínculos relacionales
y padrinazgos al interior de la jerarquía del alto clero. Queda
como tarea pendiente realizar estudios de trayectorias de vida en
perspectiva comparada, por ejemplo entre Guridi y otro notable
como Francisco Pablo Vázquez. Se invita también al análisis de
esas redes relacionales al interior del clero del arzobispado de
México, en especial de aquel que encontraba su razón de ser y
su vida en un entorno urbano, como lo fue la ciudad de México
y sus bulliciosos e inquietos clérigos, siempre en búsqueda de
conseguir un mejor cargo y adaptarse a un mundo que cambiaba
aceleradamente ante sus ojos.
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�Productividad agropecuaria de la hacienda Ajuchitlán
El Grande durante el Porfiriato
Agricultural productivity of the hacienda Ajuchitlán El Grande
during the Porfiriato
David Felipe Gutiérrez Ugalde
Universidad Autónoma de Querétaro
Querétaro, México
orcid.org/0000-0001-6365-7921

Resumen: La hacienda de Ajuchitlán El Grande, durante el Porfiriato,
atravesaba por una etapa de transición a la modernización, contando con
los medios físicos y sociales fundamentales, lo que permitió alcanzar
los mayores niveles de producción agropecuaria y la introducción de
cultivos novedosos en el Semidesierto de Querétaro. Este artículo
se centra en describir e interpretar los niveles productivos de esta
hacienda junto con sus anexas, evaluando su productividad dentro
de su distrito, para evidenciar la importancia que la institución de la
hacienda tuvo en la historia agraria queretana y mexicana. Las fuentes
primarias utilizadas fueron informes estadísticos productivos distritales
y estatales, así como artículos sustraídos de La Sombra de Arteaga,
periódico oficial del estado de Querétaro.
Palabras clave: Hacienda; Ajuchitlán; Porfiriato; productividad;
historia agraria.
Abstract: The Ajuchitlán El Grande hacienda, during the Porfiriato,
went through a stage of transition to modernization, having the
fundamental physical and social means, which allowed it to reached the
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203

�Productividad agropecuaria

highest levels of livestock and farming production and the introduction
of novel crops in the Semi-desert of Querétaro. This article describes
and interprets the productive levels of this hacienda together with
its annexes, evaluating its productivity within its district, to show
the importance of the hacienda institution in the agrarian history of
Querétaro and Mexico. The primary sources used were district and state
productive statistical reports, as well as articles from La Sombra de
Arteaga, the official newspaper of the state of Querétaro.
Keywords: Hacienda; Ajuchitlan; Porfiriato; productivity; agrarian
history.

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�David Gutiérrez

Introducción
El objetivo del presente artículo es descubrir la importancia de la
productividad agropecuaria de una hacienda ubicada en el distrito
de Tolimán, Querétaro, México, durante el Porfiriato, llamada
Ajuchitlán El Grande, y sus anexas, Panales y Zituní, a través de
la descripción, comparación e interpretación de los volúmenes de
productos agrícolas y pecuarios que estas haciendas aportaban al
total de la producción distrital.
La historiografía sobre la hacienda de Ajuchitlán
El Grande es limitada y ofrece aspectos generales sobre su
estructura y desarrollo, donde las dinámicas productivas y datos
que argumentan dichas investigaciones no suelen ser claros.
David Brading, en su libro Haciendas y Ranchos del Bajío,
León 1700-1860, se enfocó en las actividades productivas de
esta hacienda, e indagó en fuentes primarias para conocer la
producción agropecuaria. Si bien su estudio está enfocado en
el siglo XVIII, representa el antecedente específico de este
artículo.1
Juan José Gutiérrez Álvarez, a través de fuentes
hemerográficas y estadísticas, aborda la producción de las
haciendas queretanas a nivel distrital. Señala que Ajuchitlán,
junto con la hacienda de la Buena Esperanza, era un modelo de
productividad,2 mas no ofrece un estudio más específico sobre
David Brading, Haciendas y ranchos del Bajío. León 1700-1860 (México,
DF: Grijalbo, 1988).
2
Juan José Gutiérrez Álvarez, “Estado, haciendas y campesinos en el Que1

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�Productividad agropecuaria

los volúmenes de producción, aspectos laborales dentro de la
hacienda y dinámicas de distribución de los productos.
Por su parte, Marta Eugenia García Ugarte, basada en
fuentes orales, describe aspectos sociales y productivos de
Ajuchitlán El Grande durante el Porfiriato. Esta autora afirma
que en esta hacienda “la alta producción cerealera mantenía
las trojes llenas hasta arriba”;3 sin embargo, no proporciona
datos sobre las cantidades producidas para fundamentar su
importancia agrícola.
Otras obras sobre Ajuchitlán no fueron escritas por
historiadores, sino por los cronistas del municipio de Colón,
Querétaro. Esas crónicas describen aspectos generales de la
hacienda y realizan varios saltos cronológicos, ofreciendo datos
dispersos sobre su historia, y al igual que otros autores, no
demuestran cuán productiva era Ajuchitlán El Grande.4
Con base en este breve estado de la cuestión, es pertinente
señalar que la hacienda de Ajuchitlán no ha sido estudiada en
rétaro del Porfiriato”, en Historia de la Cuestión Agraria Mexicana. Estado de
Querétaro, vol. II, ed. Héctor Samperio Gutiérrez (México, DF: Juan Pablos
Editor; Gobierno del Estado de Querétaro; Universidad Autónoma de Querétaro; Centro de Estudios Históricos del Agrarismo en México, 1986), 269.
3
Marta Eugenia García Ugarte, Esplendor y poderío de las haciendas queretanas (Querétaro: Gobierno del Estado de Querétaro, 1991), 43.
4
Cristóbal Vega Prado, De Tolimanejo a Villa de Colón. Haciendas colonenses (Querétaro: Calygramma, 2015); Jesús Solís de la Torre, “Ajuchitlán,
El Grande, Colón, Querétaro”, en Vidas y haciendas de Querétaro y la Nueva
España, ed. Sonia Butze Aguilar (Querétaro: Consejo Nacional para la Cultura
y las Artes; Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2006).
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�David Gutiérrez

el aspecto productivo durante el Porfiriato, y es importante
responder dos cuestiones centrales: ¿Cuáles eran los volúmenes
de producción agropecuaria en el distrito de Tolimán, en
Ajuchitlán y sus haciendas anexas? ¿Qué tan productivas fueron
estas haciendas en relación a otras haciendas de la región y
cuáles eran las cantidades que aportaban a nivel distrital? Para
responder a estas interrogantes será pertinente indagar sobre los
datos productivos que las fuentes primarias aportan, y realizar su
descripción e interpretación.
Es importante señalar que los estudios que se realizaron
en la década de los noventa arrojaron que las haciendas “no eran
empresas mal organizadas e ineficientes, y que la concentración
de la propiedad de la tierra que representaban no causaba
despilfarro y mala distribución de los recursos”;5 en este sentido,
esta investigación quiere sumar a la postura positiva de la
producción y explotación de los recursos naturales y humanos
en las haciendas, sin por ello decir que no existieron aspectos
negativos en esta institución.
El concepto de hacienda al que se recurre aquí es el de
Herbert J. Nickel, quien la define como una Institución social y
económica cuya actividad productora se desarrolla en el sector
agrario.6 De la misma manera, Nickel menciona una serie de
John H. Coatsworth, Los orígenes del atraso. Nueve ensayos de historia
económica de México en los siglos XVIII y XIX (México, DF: Alianza Editorial Mexicana, 1990), 8.
6
Herbert Nickel, Morfología social de la hacienda mexicana (México, DF:
5

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�Productividad agropecuaria

elementos primarios constitutivos de esta institución, de los
cuales, para fines de esta investigación, se retomarán los de
elección del producto y volumen de producción.7
El presente artículo se inserta en los estudios de historia
económica agraria, debido a su objeto de estudio, al tratamiento
de las fuentes primarias y a la metodología que sigue. Para aportar
evidencia empírica sobre la descripción e interpretación que se
hace en este trabajo, se consultaron documentos encontrados
en el Archivo Histórico del Estado de Querétaro (AHEQ),
fondo “Ejecutivo”; y en el Archivo del Centro de Estudios de
Historia de México (ACEHM), fondo “CCCLXXIII-1 Hacienda
Ajuchitlán y Panales”, y fondo “CCCLLXXIII, Testamentaria
de Manuel María Gorozpe y Echeverría”. Asimismo, se consultó
La Sombra de Arteaga, periódico oficial de Querétaro, en su
parte no oficial y la sección de manifestaciones, años 1880 a
1912. El método utilizado es cuantitativo, teniendo en cuenta
los datos duros de producción de las haciendas y su pertinente
interpretación.
Esta investigación está estructurada en tres apartados:
el primero explora la producción agrícola que generaba el
distrito de Tolimán; en el segundo, se describen e interpretan los
volúmenes de la producción agrícola de la hacienda de Ajuchitlán
El Grande, haciendo énfasis en la producción de cereales; y en el
Fondo de Cultura Económica, 1996), 19–20.
7
Nickel, 20.
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�David Gutiérrez

tercer apartado, se describen algunos aspectos de la producción
pecuaria de Ajuchitlán y sus haciendas anexas.
1. Producción agrícola en el distrito de Tolimán, 1891-1912
1.1 Contexto
En México, a partir de 1880 se modificaron las condiciones
político-económicas y comunicativas del desarrollo de la
hacienda, así como un aumento de la población. Además,
el mercado ofreció mejores perspectivas y posibilidades de
transporte, se introdujeron maquinaria, semillas mejoradas y
nuevas técnicas de cultivo, que permitieron la profesionalización
de la actividad agraria.8 La política agraria de Porfirio Díaz
estaba encaminada al desarrollo de una agricultura de tipo
intensivo, forjando las condiciones para crear pequeñas
empresas agrícolas dirigidas por los hacendados, quienes eran
los sucesores del proceso de desamortización de bienes de la
Iglesia en algunos casos, y en otras, representantes de una larga
tradición de terratenientes latifundistas. 9
En Querétaro, a finales del siglo XIX, “la provincia empezó
a recuperar su viejo aliento productivo”.10 Marta Eugenia García
Ugarte refiere que la productividad en las haciendas queretanas se
Nickel, 105.
Gutiérrez Álvarez, “Estado, haciendas y campesinos en el Querétaro del
Porfiriato”, 238.
10
Marta Eugenia García Ugarte, Querétaro. Historia breve (México, DF: El
Colegio de México, 1999), 186.
8
9

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incrementó debido al control de los recursos hídricos, los cuales
se administraron en instalaciones e infraestructuras de regadío.
Por otra parte, las relaciones entre gobierno y rancheros y entre
minifundistas y grandes hacendados fue armónica, permitiendo el
desarrollo del sector primario en la entidad.11
La gubernatura en Querétaro, desde 1880 hasta 1911, con
un paréntesis de 4 años ocupados por Rafael Olvera, estuvo en
manos de Francisco González de Cosío, quien fue un poderoso
hacendado en el estado. González de Cosío comenzó a propiciar
el desarrollo de Querétaro con el antecedente de que la provincia
no sólo había sido agrícola sino también industrial.12
Una de las regiones del estado queretano es el
Semidesierto,13 donde durante el Porfiriato se encontraba el
distrito de Tolimán, conformado por las municipalidades de
Tolimán, Colón y Peñamiller.
García Ugarte, 186.
García Ugarte, 186–87.
13
Existen razones suficientes para llamarle Semidesierto o región seca a esta
zona, ya que la lluvia es exigua con una precipitación anual que fluctúa entre
370 y 470 mm, verificándose en los meses de junio a septiembre. Los ríos y
arroyos son escasos. El clima es seco semicálido, con temperatura media de
25°C; además este clima es extremoso, pues la variación de temperatura entre
estaciones es de 7°C. Regularmente, la altura de las montañas sobre el nivel
del mar oscila entre 1300 y 2000 metros, con algunas montañas excepcionales
que superan los 3000 metros. Ocasionalmente se ven paisajes con vegetación
exuberante y agricultura intensiva. Censo INEGI, 1986, citado en: Francisco
Javier Meyer Cosío, Querétaro árido en 1881. Una visita gubernamental a Tolimán, Colón y Peñamiller (Querétaro: Universidad Autónoma de Querétaro,
2001), 35–36.
11

12

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Mapa 1
Distrito de Tolimán

Fuente: Distrito de Tolimán, Ing. Pedro Moreno, 1895. Tomado de Mapoteca
Manuel Orozco y Berra, http://w2.siap.sagarpa.gob.mx/mapoteca/mapas/204OYB-7245-A.jpg
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Este distrito tenía una producción agrícola modesta, pues los
volúmenes de producción de cereales de esta región se encontraban
por debajo de lo producido en los distritos del Centro y San Juan
del Río; pese a esto, es necesario reconocer la productividad que
en Tolimán existió y los espacios específicos que fueron referentes
de la misma.
De acuerdo con Francisco Meyer, en el distrito de
Tolimán “la hacienda y el rancho agropecuarios eran las
principales formas de explotación de la tierra y de la gente. El
campo era el espacio vital de aproximadamente el 80% de los
habitantes de Tolimán”.14 En el año de 1892, se reportaban 11
haciendas, 2 fracciones de haciendas y 36 ranchos en el distrito
de Tolimán. Para 1904, aparecía en los informes la producción
de sólo 6 haciendas,15 pues algunas habían sido absorbidas por
otras, además de que algunas que en décadas anteriores habían
detentado la categoría de hacienda ahora las consideraban
ranchos; por otro lado, sólo 8 ranchos reportaban sus niveles de
producción.
El distrito de Tolimán, afirma Gutiérrez Álvarez, poseía
pocas haciendas de gran producción en comparación con otros
distritos como el del Centro y el de San Juan del Río: “Ajuchitlán y
Buena Esperanza –decía– son dos ejemplos de gran productividad
Meyer Cosío, 53.
Archivo Histórico del Estado de Querétaro (AHEQ). Graciano González,
Boleta para recoger datos sobre estadística agrícola, Tolimán, 28 de febrero de
1905. Fondo Ejecutivo, Sección 4ª. Fomento Estadística, caja 2, Exp. 156.
14
15

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en la zona del distrito tolimanense.”16 De igual manera, Aurora
Castillo refiere que estas haciendas estaban ubicadas en las
planicies del distrito, lo que permitió la explotación de cultivos
temporaleros.17 En el Semidesierto queretano era complicado
encontrar suficiente cantidad de agua para regar los cultivos, por
lo que sólo algunas haciendas, como las ya mencionadas, podían
producir de forma eficiente.
1.2 Disposición del agua
La producción agrícola de una hacienda está condicionada por los
factores naturales, pero como dice Luis Fernando Flores Olague,
“en mayor grado está condicionada a integración de unidades
productivas al entorno urbano en crecimiento y la adopción de
tecnologías para los procesos de producción.”18 Las cosechas de
cereales en el distrito de Tolimán se veían condicionadas tanto
por los años de buenas como malas lluvias, puesto que la mayor
parte de sus tierras eran de temporal; sólo aquellas haciendas con
obras hidráulicas como presas, pozos o norias tenían ventajas
Gutiérrez Álvarez, “Estado, haciendas y campesinos en el Querétaro del
Porfiriato”, 270.
17
Aurora Castillo Escalona, Tolimán. Entre el Imperio y la República (Querétaro: Universidad Marista de Querétaro, 2020), 64.
18
Luis Fernández Flores Olague, “Haciendas de Querétaro en el siglo XIX y
principios del XX: personajes y relaciones”, en Historia de la Cuestión Agraria Mexicana. Estado de Querétaro, v. II, ed. Héctor Samperio Gutiérrez (México, DF: Juan Pablos Editor; Gobierno del Estado de Querétaro; Universidad
Autónoma de Querétaro; Centro de Estudios Históricos del Agrarismo en México, 1986), 323.
16

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para almacenar el agua y regar sus cultivos, teniendo mejores
cosechas de cereales.
Varias de las haciendas del distrito de Tolimán tenían
desventaja con las de los distritos del Centro y de San Juan del
Río, tanto en el aspecto de la fertilidad de suelos y abundancia
de agua, como por la cercanía a las grandes urbes y el acceso
a los medios de comunicación, especialmente al ferrocarril. La
hacienda del distrito de Tolimán más cercana a una estación era
la Esperanza, seguida por la de Ajuchitlán, ubicada a 28 km de la
estación de la Noria donde embarcaba sus productos.19
En la municipalidad de Tolimán, la propiedad rural
más próspera, era la hacienda de Panales, a orillas del río San
Miguelito. Esta hacienda poseía obras hidráulicas para regar
las tierras planas de cultivo, donde se sembraba maíz dos veces
al año, y en algunas ocasiones se cultivaban cebada, jícama,
cacahuate y chile. En la vega del río San Miguelito, se llegaba a
sembrar caña de azúcar, y existían a lo largo de ésta varias huertas
donde se podían encontrar nogales, limones, aguacates, naranjos,
guayabos, duraznos y otros árboles frutales.20
Tanto Ajuchitlán y Buena Esperanza, ubicadas en la
municipalidad de Colón, debían su importancia productiva a la
existencia de obras hidráulicas que permitían una mayor irrigación
La Sombra de Arteaga. Año XLVI, Núm. 50, Querétaro, Cesáreo Barrera
y M. Vázquez, “Sección de Manifestaciones”. Diciembre 12 de 1912, p. 455.
20
Meyer Cosío, Querétaro árido en 1881. Una visita gubernamental a Tolimán, Colón y Peñamiller, 56.
19

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que en otras tierras del distrito. Antonio del Raso, encargado del
distrito de Tolimán, informaba a mediados del siglo XIX que “las
aguas depositadas en los bordos sirven para regar las siembras de
maíz y trigo y para el uso común del semoviente. La mejor obra
hidráulica en el distrito es la presa de La Compuerta en la hacienda
de Ajuchitlán.” Por 1854 había siete norias en todo el distrito,
mismas que se concentraban en los terrenos de las haciendas de
Ajuchitlán y Esperanza.21
Teniendo una idea de la disposición del agua en esta región
de Querétaro, ahora surge la pregunta: ¿Qué especies agrícolas se
cultivaban en el distrito de Tolimán?
1.3 Producción de cereales en el distrito de Tolimán
La base alimentaria se encontraba en los cereales, siendo los más
cultivados en las haciendas y ranchos del distrito. El maíz era la
semilla que más se cultivaba en el Bajío, en Querétaro y en el
distrito de Tolimán. Graciela Ayala Jiménez afirma que “durante
la primera parte del Porfiriato, el maíz no perdió su importancia
dentro de la producción y consumo de alimentos.”22
Se calculaba que el rendimiento del maíz era de 200
fanegas cosechadas23 por una sembrada, dependiendo de la
Graciela Ayala Jiménez, Bonanza y estabilidad económica. Precios, cotizaciones y salarios en la ciudad de Querétaro durante el Porfiriato, 1905-1911
(México, DF: Plaza y Valdés, 2010), 134.
22
Ayala Jiménez, 134.
23
La fanega para maíz equivale a 46.024 kg. Información tomada de Iris
E. Santacruz F. y Luis Giménez Cacho García, “pesas y medidas; las pesas y
21

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calidad del terreno. Dicho cereal se podía encontrar generalmente
en tres colores: encarnado, amarillo y blanco, siendo este
último el más preferido en uso doméstico como en las ventas de
mayoreo y menudeo.24 El maíz era, como en muchas regiones
de México, el principal cereal cultivado. Según datos de la
Secretaría de Fomento, dentro de la municipalidad de Tolimán,
se obtenían anualmente 10,900 hectolitros25 de maíz; sin embargo
esa cantidad sólo representaba la mitad de lo consumido por la
población tolimanense, que demandaba un estimado de 21,800
hectolitros anuales.26
Por su parte, Gutiérrez Álvarez afirma que Tolimán
era el tercer distrito en importancia productiva en Querétaro,
pues cosechaba anualmente en promedio 20,000 hectolitros de
maíz.27 Sin embargo, la cantidad referida por Gutiérrez Álvarez
resulta inverosímil, puesto que ésta apenas se acerca a la que
se producía en promedio en la municipalidad de Tolimán. Si el
distrito estaba conformado por tres municipalidades, y en Colón
estaban las haciendas más productivas, la cifra debió ser más
elevada.
medidas en la agricultura” en Enrique Semo (Coord.) Siete Ensayos sobre la
hacienda mexicana 1780-1880 (México: UNAM/INAH, 2012), 432.
24
La Sombra de Arteaga. Año XXI, Núm. 11, Querétaro, “La Agricultura en
Querétaro”, Parte no oficial. Marzo 18 de 1888, p. 117.
25
Un hectolitro equivale a 100 litros. Su abreviatura es hl.
26
Meyer Cosío, Querétaro árido en 1881. Una visita gubernamental a Tolimán, Colón y Peñamiller, 56.
27
Gutiérrez Álvarez, “Estado, haciendas y campesinos en el Querétaro del
Porfiriato”, 273.
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El otro cereal con amplia demanda era el trigo. El del
valle de Querétaro se consideraba como uno de los mejores de la
República Mexicana, siendo sólo superiores los trigos de Sonora
y los del Valle de San Martín Texmelucan, Puebla. El mejor trigo
en el distrito de Tolimán se podía encontrar en la hacienda de
Ajuchitlán; y en otros distritos las haciendas con buena calidad de
este cereal eran las de La Llave, Bravo, Chichimequillas, Atongo,
Juriquilla, Balvanera y El Batán.28
A diferencia del maíz, el trigo necesita que se riegue
frecuentemente, por ello “cuando en las fincas no hay agua
permanente, se deposita en presas y cajas construidas ad
hoc.”29 Lo anterior explica por qué en Ajuchitlán El Grande y
La Esperanza, a diferencia de otras haciendas del distrito de
Tolimán, eran importantes las presas, puesto que con el agua de
estos depósitos se irrigaba el trigal de dichas fincas. La cebada, el
otro cereal relevante en el distrito, se cultivaba en menor cantidad
y se destinaba en muchas de las ocasiones para alimentar a los
animales de tiro empleados en los trabajos agrícolas.
En la tabla 1 se muestran los volúmenes de cosecha de
los cereales del distrito de Tolimán, reportados por los prefectos
de distrito ante la Secretaría de Fomento entre los años 1889 y
1912.
La Sombra de Arteaga. Año XXV, Núm. 24, Querétaro, Alfonso Luis Velasco, “La riqueza agrícola del estado de Querétaro”, Parte no oficial. Junio 24
de 1891, 316.
29
La Sombra de Arteaga. “La Agricultura en Querétaro”, Parte no oficial,
118.
28

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Tabla 1
Producción de cereales en el distrito de Tolimán (1889-1912)
AÑO

CEBADA

MAÍZ

TRIGO

1889

3,620 hl

30,770 hl

36,200 kg

200,000 hl

36,200 kg
36,200 kg

1891
1892

1,086 hl

905 hl

1896

2,830 hl

9,176 hl

1897

1,400 hl

46,500 hl

59,300kg

1898

825 hl

42,732 hl

161,860 kg

1899

825 hl

40,980 hl

161,860 kg

1900

190 hl

17,939 hl

4,000 kg

1901

2,191 hl

164,580 hl

80,960 kg

1902

3,000 hl

151,598 hl

82,960 kg

1904

100 hl

80,842 hl

38,350 kg

1905

300 hl

33,865 hl

2,100 kg

1906

300 hl

80,842 hl

38,330 kg

80,842 hl

38,330 kg

1907
1908

150 hl

85,442 hl

38,330 kg

1909

100 hl

237,842 hl

38,330 kg

1912

1570 hl

26,000 hl

79,200 kg

Fuente: Elaboración del autor con base en fuentes primarias del AHEQ,
Fondo Ejecutivo, Sección 4ª Fomento, años 1889-1912.

Todas estas cantidades provienen de las cosechas que se
levantaron en las tres municipalidades que conformaban el
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distrito de Tolimán (Colón, Tolimán y Peñamiller), y eran la suma
de lo que reportaban tanto las haciendas como los ranchos del
distrito. Es de notar que el maíz era el cereal con mayor volumen
de cosecha llegando a los 237,842 hectolitros (hl) en 1909, cifra
lejana a la que refiere Gutiérrez Álvarez;30 mientras que el trigo
alcanzó su cúspide productiva en el año de 1899 con 161,860
hl. La producción de trigo que se reportaba en estos informes
dados a la Secretaría de Fomento provenían básicamente de dos
haciendas: Ajuchitlán El Grande y la Buena Esperanza. Los datos
para los años 1910 y 1911 no se reportaron porque hubo sequía
provocando un desastre en las cosechas.
1.4 Leguminosas, bebidas fermentadas y frutas
Otros productos que se cultivaban en el distrito eran las
leguminosas, siendo el frijol la más importante. Según una nota de
La Sombra de Arteaga, en 1888 se observaba que los rendimientos
de esta leguminosa en buenos terrenos eran que por cada fanega
sembrada se cosechaban 35.31 También era común que en todo
Querétaro y en el Bajío la siembra de frijol se intercalara con la
de maíz, obteniendo así dos productos a la vez, los cuales eran
básicos en la dieta de los habitantes de la región. Entre 1892 y
1912 se cosecharon anualmente un promedio de 2,612.13 hl de
Gutiérrez Álvarez, “Estado, haciendas y campesinos en el Querétaro del
Porfiriato”, 273.
31
La Sombra de Arteaga. “La Agricultura en Querétaro”, Parte no oficial,
118.
30

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frijol en el distrito de Tolimán.32 El arvejón, garbanzo y lenteja
se cultivaban en menor proporción, sobre todo en las grandes
haciendas, como Ajuchitlán y Esperanza, donde se contaba con
mejores tierras y disposición de obras hidráulicas que en las
labores de los pequeños productores en los pueblos del distrito.
Además de los cereales y leguminosas, se cultivaban
algunos tubérculos como el camote y la papa; asimismo, se
sembraban cacahuate y chile verde. Antes de 1888, el cultivo
de chile había estado monopolizado por los propietarios de las
grandes fincas rústicas; posteriormente esa situación cambió,
puesto que el chile fue cultivado por los pequeños agricultores
de la clase pobre, quienes lo sembraban en pequeñas huertas,
vendiendo su producto en los mercados de las ciudades, sin que
por este hecho los hacendados dejaran de cultivarlo en grandes
cantidades, pues éstos tenían agua suficiente para su producción.33
Por otra parte, es importante mencionar que los suelos
de la región del Semidesierto son ideales para el cultivo de
magueyes y en las haciendas del distrito de Tolimán era común
encontrar magueyeras. Ajuchitlán tenía una buena parte de su
tierra cultivada con estas plantas. La producción de aguamiel
para la elaboración de pulque fino y del llamado tlachique, era
importante para satisfacer la demanda de bebidas fermentadas que
AHEQ, Fondo Ejecutivo, Sección 4ª de Fomento. Dato fundamentado en
las boletas de producción agrícola del distrito de Tolimán, años 1892-1912.
33
La Sombra de Arteaga. “La Agricultura en Querétaro”, Parte no oficial,
118.
32

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consumía la población local de las haciendas y de los pueblos, y
en algunos casos para la venta en las grandes urbes.
La producción más importante de tlachique o pulque en
el estado provenía del distrito de Tolimán,34 donde en promedio,
entre los años 1892 y 1908, se produjeron anualmente 5,244 litros
de pulque tlachique. Según un informe del prefecto Francisco
de Vargas, en las municipalidades de Tolimán y en Colón se
elaboraba pulque, pero era en pequeñas cantidades, ya que no
existían tinacales.35 Lo anterior es verosímil, puesto que antes de
1897 no existen informes de producción a mediana y alta escala
de pulque en el distrito, pero en 1912, en la hacienda de Ajuchitlán
se refiere la existencia de un tinacal, que registró una ganancia
por $3,565.60;36 y hasta hace veinte años, en la hacienda de El
Zamorano se podía observar la estructura completa de su tinacal,
por lo que se presume que casi cada hacienda tenía estos espacios
de fermentación.
Otra de las bebidas fermentadas que se elaboraban en
la región era el aguardiente. En un punto de la Villa de Colón,
nombrado El Salto, existió una fábrica de aguardiente, su
Gutiérrez Álvarez, “Estado, haciendas y campesinos en el Querétaro del
Porfiriato”, 273.
35
AHEQ, Fondo Ejecutivo, Sección 4ª Fomento, Caja 1, Exp. 30. Francisco
de P. Vargas, “Cuestionario. Industria agrícola. Elaboración de pulque”, Tolimán, 23 de noviembre de 1888.
36
Archivo del Centro de Estudios de Historia de México (ACEHM). Fondo
CCCLXXIII Testamentaria de Manuel María Gorozpe y Familia. “Balance de
comprobación”, Hacienda de Ajuchitlán, 31 de diciembre de 1912. Carpeta 7,
Documento 162, f. 3.
34

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propietario era el señor Nicolás de la Torre, residente en Querétaro.
Dicho taller producía cincuenta barriles de aguardiente de 20
grados de fuerza alcohólica al año, empleando para ello tres cubas
y dos alambiques.37
Además de los productos citados, el distrito producía
diversidad de frutas entre las que se podían encontrar plátanos,
naranjas, limas, caña de Castilla, y guayabas, cultivados en las
huertas de las haciendas y en las de los pobladores indígenas de
las riberas del río San Miguelito.38 En 1900, el distrito de Tolimán
registró ante la Secretaría de Fomento la producción de 337,590
kg de fruta, cifra engrosada principalmente por la cosecha de
zapote blanco, aguacate, tunas, limas y naranjas.39 Incluso en
pleno siglo XXI, en los tradicionales tianguis de las principales
poblaciones de los municipios de Colón, Peñamiller y Tolimán
se pueden encontrar personas que comercializan sus frutas y
semillas cultivadas en sus huertas, lo que es un claro signo de las
prácticas productivas y económicas que vienen de siglos atrás.
A pesar de que el Semidesierto queretano es un espacio
geográfico donde no existen amplias planicies con tierras muy
AHEQ. Fondo Ejecutivo, Sección 4ª Fomento, Pedro de la Vega y José R.
Landaverde, “Cuestionario. Industria agrícola. Fábricas de aguardiente”, Villa
de Colón, 31 de octubre de 1888. Caja 1, Exp. 30.
38
La Sombra de Arteaga. Año XXV, Núm. 24, Querétaro. Alfonso Luis Velasco, “La riqueza agrícola del estado de Querétaro”, Parte no oficial. Junio 24
de 1891, 317.
39
AHEQ, Fondo Ejecutivo, Sección 4ª Fomento. Jesús Aguilar, “Producción
de frutas y legumbres. Distrito de Tolimán”, Tolimán, 21 de mayo de 1901.
Caja 2, año 1901, Exp. 132.
37

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nutritivas, ni la presencia de muchos cuerpos de agua, con lo
anteriormente expuesto se permite valorar un amplio espectro de
producción agrícola en el distrito de Tolimán, que abarca desde
los cereales hasta las frutas. Por eso resulta “sorprendente”40 la
producción agrícola de esta zona, como decía Juan José Gutiérrez,
porque con pocos recursos naturales se producían los alimentos
necesarios para el sustento de la población.
Una vez descrita la producción distrital, conoceremos
un poco de los antecedentes históricos de la hacienda. Además,
se dará a conocer lo que producía la hacienda de Ajuchitlán,
destacando sobre todo la producción de trigo y otros cultivos
innovadores en la región.
2. Producción agrícola en la Hacienda de Ajuchitlán El Grande
En 1547, el virrey Antonio de Mendoza otorgó una merced de
cuatro sitios mayores y ocho caballerías al oidor licenciado
Hernando Gómez de Santillán en el sitio llamado Juchitlán.41 Para
1572 se le dieron a este mismo personaje doce sitios más y nueve
caballerías.42 Después, Gómez de Santillán vendió todos esos
sitios a Gregorio Gómez que era vecino de Michoacán,43 quien
Gutiérrez Álvarez, “Estado, haciendas y campesinos en el Querétaro del
Porfiriato”, 273.
41
ACEHM, “Documentos sobre integridad de tierras de Ajuchitlán, Panales
y Zituní arreglada con el Gobierno General”, Fondo CCCLXXIII-Testamentaria Manuel María Gorozpe y familia, Carpeta 3, Documento 225, ff. 11-12,
México, Mayo-Noviembre, 1889.
42
Torre, “Ajuchitlán, El Grande, Colón, Querétaro”, 126.
43
Solís de la Torre refiere que a un tal Gonzalo Gómez, pero en realidad su
40

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tenía una hija llamada Catalina Gómez Corona la que casó con
Juan de Villaseñor Cervantes,44 mismos que vendieron la estancia
de Ajuchitlán en 1576 a Diego Alonso Larios, vecino de la
Ciudad de México.45 Sólo 20 años Ajuchitlán estuvo en posesión
de Diego, ya que para 1596 se remató y formalmente, quedó en
manos de Alonso Pérez de Bocanegra en 1600, quien la adquirió
en 12,000 pesos de oro común,46 pero que estaba condicionada
por un censo47 que debía ser pagado por el mismo Pérez de
nombre era Gregorio, lo cual se comprueba con el documento de la foja 74
del fondo CCCLLXXIII-1 Hacienda de Ajuchitlán y Panales, Querétaro, del
ACEHM, donde Juan de Villaseñor Cervantes le menciona con este nombre y
además declara que es su suegro.
44
Dicho personaje era vecino de Guanajuato y se dedicaba a la minería. En
el documento sobre la venta de la estancia de Ajuchitlán ubicado en el fondo
CCCLLXXIII-1, carpeta 12, foja 65 del ACEHM, se hace mención de algunas transacciones que Villaseñor Cervantes hacía en relación al azogue de las
minas que él tenía en Guanajuato. Al parecer las minas de Ajuchitlán aún no
habían sido descubiertas, Peter Gerhard apunta que éstas se descubrieron alrededor de 1700, pero no da dato exacto.
45
El documento que describe todos los sitios que le venden a Diego Alonso
Larios se ubica en ACEHM, Fondo CCCLLXXIII-1 Hacienda de Ajuchitlán y
Panales, Querétaro, Carpeta 12, Legajo1, f. 55 y ss.
46
ACEHM, Fondo CCCLXXIII-1 Hacienda de Ajuchitlán y Panales, Querétaro, carpeta 12, legajo 1, f. 111. Melchior Xuares, Ciudad de México, 24-31
de octubre de 1643.
47
El censo era un impuesto que era aplicado a la tenencia de la tierra. Aunque había distintos tipos de censos, consignativos, reservativos o vitalicios, los
más utilizados fueron especialmente los de tipo “consignativo” redimible, que
eran la adquisición de un capital bajo la garantía de una finca o un inmueble,
sujetándola al gravamen de una pensión anual. El censatario (aquel que solicitaba el préstamo) conservaba el pleno derecho sobre el bien inmueble y podía
venderlo, enajenarlo, si el comprador aceptaba el censo y las obligaciones que
se derivaban del mismo, y el censualista (quien otorgaba el censo) daba la
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Bocanegra.48 A los pocos años, Alonso falleció y la hacienda pasó
a manos de Pedro, su hijo, quien la administró junto con su madre
Beatriz Jaramillo.
Por el año de 1627 falleció Pedro Pérez de Bocanegra,
y a su viuda Elena, su cuñado Marcos le ofreció la cantidad de
14,000 pesos oro común por la hacienda de Juchitlán, en 1628;49
sin embargo, Elena no aceptó y dio en posesión la hacienda a
Juan López de Soto.50 El último heredero de los Bocanegra
también remató la hacienda Juchitlán en nombre propio y
de sus padres Alonso y Beatriz Jaramillo. Esta situación se
verificó en el año de 1674.51 En 1680 la Real Audiencia aprobó
el remate de Ajuchitlán en favor de Pedro de Solchaga,52
autorización. Las propiedades gravadas no podían ser divididas. El porcentaje
que se pagaba sobre la tierra puesta en censo era bajo. En el siglo XVI era
de poco más del 7% En el siglo XVII se redujo al 5%. A comienzos del siglo
XVIII sólo era del 3% de acuerdo con las cifras ordenadas por las pragmáticas
reales españolas.
48
Torre, “Ajuchitlán, El Grande, Colón, Querétaro”, 126. Solís de la Torre no
ofrece la cita, sin embargo podemos encontrar una referencia de ese remate en
ACEHM, Fondo CCCLLXXIII-1 Hacienda de Ajuchitlán y Panales, Querétaro, carpeta 12, legajo 1, ff. 82-83, y ff. 111-112.
49
ACEHM. Fondo CCCLXXIII-1 Hacienda de Ajuchitlán y Panales, Querétaro, carpeta 12, legajo 1, ff. 204 y ss. Domingo de Urquiza, Pueblo de Querétaro, 2 de mayo de 1628.
50
ACEHM. Fondo CCCLXXIII-1 Hacienda de Ajuchitlán y Panales, Querétaro, carpeta 12, legajo 1, ff. 212-214. Felipe de Santiago, Pueblo de Querétaro, 10 de mayo de 1628.
51
ACEHM. Fondo CCCLXXIII-1 Hacienda de Ajuchitlán y Panales, Querétaro, carpeta 12, legajo 1, f. 146. Lázaro de Vitorica y Solarte, Ciudad de
Santiago de Querétaro, 17 de octubre de 1689.
52
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�Productividad agropecuaria

personaje que pronto la vendió en 1691 a su sobrino, también
llamado Pedro de Solchaga.53 Para 1724, Pedro Solchaga
sobrino había muerto y su viuda doña Gerónima de Arteaga
Almaraz quedó como la dueña de la hacienda de Juchitlán,
pero además era propietaria de la hacienda de San Pedro y San
Pablo en la Villa de Cadereyta.54
Es prudente realizar una digresión para comentar que las
minas y ciudades son consideradas como polos de crecimiento
regional según los esquemas analíticos desarrollados por Pedro
Pérez Herrero. La minería considerada como “motor de arrastre” puede explicar la formación de cinturones de ranchos y haciendas55 en la región de Cadereyta, Tolimán y Tolimanejo en
el siglo XVIII, dentro de la cual aparece la hacienda Juchitlán o
Ajuchitlán. Por el año de 1700 se descubrieron yacimientos de
plata y oro en Juchitlán, lo que provocó que en poco tiempo se
estableciera el poblado de San Sebastián Bernal. Más hacia la
parte de Cadereyta se halló otro yacimiento en San Juan Nepotaro, carpeta 12, legajo 1, ff. 134-135. Francisco Sáenz de Segura, Ciudad de
Santiago de Querétaro, 11 de agosto de 1680.
53
ACEHM. Fondo CCCLXXIII-1 Hacienda de Ajuchitlán y Panales, Querétaro, carpeta 12, legajo 1, f. 150. Lázaro de Vitorica y Solarte, Ciudad de
Santiago de Querétaro, 31 de mayo de 1691.
54
ACEHM. Fondo CCCLXXIII-1 Hacienda de Ajuchitlán y Panales, Querétaro, carpeta 12, legajo 1, f. 257. Joseph Antonio de Anaya, Ciudad de México,
26 de mayo de 1724.
55
Pedro Pérez Herrero, “Los factores de la conformación regional en México
(1700-1850): Modelos existentes e hipótesis de investigación”, en Región e
historia en México (1700-1850), ed. Pedro Pérez Herrero (México, DF: Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 1997), 210.
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muceno, que propició la fundación del asentamiento nombrado
El Doctor.56
Para 1725, a doña María Gertrudis de Solchaga, hija de
don Pedro de Solchaga, se le embargó la hacienda y la mina
descubridora de Ajuchitlán,57 y en 1777, siendo ya propietario de
dicha hacienda don Pedro Romero de Terreros, conde de Regla,
habiendo realizado previa solicitud, recibió autorización para
adjudicarse un terreno para la mina.58 El conde de Regla vendió
la propiedad a Pedro José Miguel Echeverría, quien la poseyó de
1821 a 1830. Posteriormente su yerno Manuel María Gorozpe
es su propietario de 1866-1877, teniendo en cuenta que la gran
propiedad abarca tanto Ajuchitlán con sus anexas Panales y
Zituní. Para 1877, Pedro Miguel Gorozpe y Echeverría la recibe
en herencia, y es éste hacendado el que dirige la hacienda durante
el periodo del porfiriato y del que se menciona en este artículo.
Hasta el momento no conocemos los planos de la hacienda
de Ajuchitlán y sus anexas durante los siglos XVI, XVII y XVIII,
pero por la información referenciada anteriormente, sabemos de que
llegaba cerca de San Pedro Tolimán, casi el mismo territorio que tenía
Peter Gerhard, La frontera norte de la Nueva España (México, DF: Universidad Nacional Autónoma de México, 1996), 65.
57
Archivo General de la Nación (AGN). Instituciones Coloniales, Real Audiencia, Tierras (110), Contenedor 1090, Vol. 2646, Exp. 1, años 1725-1755;
Instituciones Coloniales, Real Audiencia, Tierras (110), Contenedor 1098, Vol.
2643, Exp. 1, años 1777-1790.
58
AGN. Instituciones Coloniales, Gobierno virreinal, Vol. 59, Exp. 31, año
1777.
56

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la hacienda en 1870, donde aparece la hacienda de Panales como
su anexa, además teniendo en cuenta que el sitio de Panales ya se
mencionaba desde la administración de Pedro Pérez Bocanegra, por
el año de 1621. En 1883, según una copia de la escritura de hipoteca
otorgada por Pedro Gorozpe a favor de José Lozano y Echeverría, la
hacienda de Ajuchitlán lindaba al norte con el pueblo de Tolimanejo,
Hacienda de Zamorano y Rancho de Ocotillos; al este con el Rancho
de don Francisco Verde, fracción de la Hacienda del Capulín, y
pueblos de San Pedro y San Miguel Tolimán; al sur con los pueblos
de San Antonio el Prelado y de Santillán; y al poniente con las
haciendas de la Laja y la Esperanza hasta Tolimanejo.59
Durante el Porfiriato, a 8 km de la cabecera de la
municipalidad de Colón, se encontraba la hacienda de Ajuchitlán
El Grande con una extensión de 30,702 ha, donde además de trigo
se cultivaban otros cereales, leguminosas, magueyes y frutas. Los
productos de esta hacienda eran embarcados en la estación de la
Noria, y llevados a México para su comercialización.60 Ajuchitlán
El Grande cultivaba sus distintos productos agrícolas en terrenos
de enlame que comprendían 84 ha, sin embargo la mayor extensión
de tierra era de temporal de segunda clase, que abarcaba 3,901 ha.61
Gil Mariano León, Copia de la escritura de la hipoteca otorgada por el Sr.
D. Pedro M. Gorozpe en favor del Sr. Lic. D. José Lozano y Echeverrí, en:
ACEHM. Fondo CCCLXXIII “Testamentaria Manuel María Gorozpe y Familia”, Carpeta 3, doc. 217, f. 7. México, 5 de junio de 1886.
60
La Sombra de Arteaga. Año XLVI, Núm. 50, Querétaro. Cesáreo Barrera
y M. Vázquez, “sección de manifestaciones”. Diciembre 12 de 1912, 455.
61
La Sombra de Arteaga. Cesáreo Barrera y M. Vázquez, “Sección de Mani59

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Fuente: Sección de la Carta general del estado de Querétaro de Pedro Moreno, año 1897.
Fuente: http://w2.siap.sagarpa.gob.mx/mapoteca/mapas/CINGVACA01-12-CGE-7244-A.jpg

Sección de la Carta general del estado de Querétaro

Mapa 2

David Gutiérrez

festaciones”, 454.

229

�Productividad agropecuaria

En Ajuchitlán, debido a la calidad de sus suelos y a la presencia
de manantiales, se lograban cosechas de cereales que cubrían
las necesidades tanto de la hacienda como del mercado local.62
Esta hacienda desde mediados del siglo XIX, tenía “renombre
nacional por la excelencia de sus trigos”.63 De esta calidad dan
testimonio las múltiples ocasiones en que don Pedro Gorozpe y
Echeverría, propietario de Ajuchitlán de 1877 a 1912, participó
en exposiciones internacionales y locales a donde llevó muestras
de sus productos. En 1882, en la Primera Exposición Industrial
de Querétaro, Gorozpe presentó su mejor trigo tanto de riego
como de temporal, algodón y queso de vaca,64 donde obtuvo el
primer lugar por la calidad de su trigo.65 Para la Exposición de
París en 1900, Gorozpe mandó sacos con trigo, maíz, arvejón y
frijol negro, que fueron recibidos por Carlos M. Loyola, uno de
los organizadores de las muestras que se enviaron a Francia por
parte de la Junta directiva.66
Durante el Porfiriato, el dueño de Ajuchitlán y sus
haciendas anexas Panales y Zituní, era Pedro Gorozpe Echeverría,
Juan José Gutiérrez Álvarez, “Estado, haciendas y campesinos en el Querétaro del Porfiriato”, 269.
63
García Ugarte, Esplendor y poderío de las haciendas queretanas, 40.
64
Celestino Díaz, Memoria de la Primera Exposición Industrial de Querétaro y lista de los objetos presentados en la misma (Querétaro: Imprenta de
Luciano Frías y Soto, 1882), 47–48.
65
Díaz, 101.
66
AHEQ, Fondo Ejecutivo, Sección 4ª Fomento, Caja 1, Exp. 14. Carlos M.
Loyola, Documento sobre las semillas que envía Pedro Gorozpe a la Exposición de París, Querétaro, 19 de agosto de 1899.
62

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reconocido agricultor en el estado de Querétaro, y quien además
fue presidente de la Sociedad Agrícola Mexicana,67 una importante
sociedad civil de agricultores que pretendía impulsar el desarrollo
tecnológico en el campo.68 Pedro recibió como herencia de su
padre Manuel Gorozpe las haciendas en 1877, pero tiempo antes
ya se había encargado de administrar la hacienda de la Gavia, en
el estado de México, por lo que ya tenía experiencia en fincas
rústicas.
Un elemento primario en el concepto de hacienda
mexicana de Herbert J. Nickel es el absentismo de los hacendados
en sus fincas,69 lo cual paulatinamente fue provocando que los
mayordomos o administradores tuvieran un papel protagónico
en la administración dentro de las haciendas. Pedro Gorozpe,
iniciando el siglo XX, era un dueño que se hallaba ausente en
sus fincas; la persona que atendía directamente los asuntos de
AHEQ, Fondo Ejecutivo, Sección 4ª Fomento, caja 3, Exp. 426. Sociedad
Agrícola Mexicana, “Informe sobre la conformación de la mesa directiva para
el año 1907”, México, 5 de abril de 1907. Existe un boletín de esta Sociedad
que muestran a Pedro Gorozpe como presidente en el año de 1898, mismo que
se puede consultar en AHEQ, Fondo Ejecutivo, Sección 4ª de Fomento, Caja
1, Exp. 166.
68
Marta Eugenia García Ugarte, Hacendados y rancheros queretanos, 17801920 (México, DF: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1992), 367.
Marta Eugenia considera a la Sociedad Agrícola Mexicana como un grupo
de hacendados que buscaban defender sus legítimos intereses y procurar el
progreso y adelanto de la agricultura nacional. Además de que los estatutos de
esta sociedad eran un reflejo del cambio de mentalidad de los propietarios de
las fincas rústicas.
69
Nickel, Morfología social de la hacienda mexicana, 19–20.
67

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administración y producción de las haciendas era su mayordomo
Cesáreo Barrera, quien por correspondencia mantenía informado a
Pedro Gorozpe que residía en la Ciudad de México.70 Sin embargo,
el señor Gorozpe solía visitar sus propiedades eventualmente, ya
fuera para despejarse de la bulliciosa ciudad o para arreglar algún
asunto de gran necesidad en las fincas.
2.1 Producción de cereales y otros productos agrícolas
Ya se ha mencionado que Ajuchitlán El Grande era reconocida
por su producción de trigo, grano de buena calidad que estaba a la
altura de lo producido en otras haciendas de los distritos queretanos
con mejores tierras y recursos hídricos como los del Centro y
San Juan del Río.71 Como el trigo requería suficiente agua, en
Ajuchitlán las obras hidráulicas eran sumamente importantes. En
la hacienda existían para el año de 1903, tres presas: La Vieja,
construida a fines del siglo XVIII; la llamada Nueva, que Pedro
Gorozpe mandó construir en 1903; y la de Pilares de donde se
regaban los campos de trigo: un aproximado de 84 ha donde se
cultivaban tanto de primera como de segunda clase. 72
ACEHM, Fondo CCCLLXXIII Hacienda Ajuchitlán y Panales, Querétaro,
Carpeta 7, Documento 158. Cesáreo Barrera, “correspondencia del administrador de Ajuchitlán a Pedro M. Gorozpe”, Hacienda Ajuchitlán, 1911.
71
La Sombra de Arteaga. Año XXV, Núm. 24, Querétaro. Alfonso Luis Velasco “La riqueza agrícola del estado de Querétaro”, Parte no oficial. Junio
24 de 1891, p. 316. También aparece referido en: Alfonso Luis Velasco, Geografía y estadística de la República Mexicana, t.VIII. Querétaro de Arteaga
(México: Oficina de la Secretaría de Fomento, 1891), 46.
72
García Ugarte, Esplendor y poderío de las haciendas queretanas, 42.
70

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La producción triguera en el distrito de Tolimán, según los
datos que nos proporcionan las boletas de estadística de producción
agrícola, oscilaba entre 16,500 y 50,000 kg por año, y de la cual
Ajuchitlán aportaba alrededor del 40%, con un promedio de 22,500
kg, el resto del trigo era producido en las haciendas de La Esperanza,
Galeras y el Blanco. Parte de este grano era molido en un molino de
harina ubicado en la Villa de Colón. Su dueño era el señor Cipriano
Obregón. Era un molino pequeño conformado por dos piedras, un
cernidor, y dos elevadores: uno para trigo y otro para harinas. Su
producción anual era: 600 arrobas harina flor,73 200 arrobas grano,
150 arrobas de semita y 300 arrobas de salvado.74 La hacienda de
Ajuchitlán molía parte de su grano en ese molino, pero la mayor
cantidad de su cosecha era embarcada en la estación de La Noria
con destino a la Ciudad de México para su venta.75
El maíz era el principal cereal en la producción al ser la
base alimenticia de los trabajadores de la hacienda, pero también
tenía como destino su venta en los mercados locales del distrito
de Tolimán, en la Ciudad de Querétaro y en México. La cantidad
cosechada de este cereal llegó a su cúspide en los años de 1904
a 1909, donde se almacenaban 30,000 hectolitros76 (tres millones
Se refiere a la harina de molido fino.
AHEQ, Fondo Ejecutivo, Sección 4ª Fomento, Caja 1, Exp. 30. Pedro de
la Vega y José R. Landaverde, “Cuestionario. Industria agrícola. Molinos de
trigo”, Villa de Colón, 31 de octubre de 1888.
75
García Ugarte, Esplendor y poderío de las haciendas queretanas, 43.
76
Información recabada según las boletas de producción agrícola años 18911909, AHEQ, Fondo Ejecutivo, Sección 4ª. Fomento. Los años de 1910 y
73
74

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�Productividad agropecuaria

de litros); éste era un volumen excepcional si tenemos en cuenta
que el maíz se cultivaba sobre todo en las tierras de temporal a
expensas de la lluvia.
Anterior a 1904, la producción de maíz en Ajuchitlán
oscilaba entre los 4,000 y 10,000 hectolitros, pero posteriormente
se triplicó debido a la construcción de la presa Nueva en 1903,
de donde se pudo regar una mayor extensión del cultivo de este
cereal. La tabla 2 concentra los volúmenes de producción de los
principales cultivos en la hacienda de Ajuchitlán.
Tabla 2
Principales productos agrícolas de la hacienda de Ajuchitlán el Grande
AÑO
1891
1892
1904
1905
1906
1907
1908
1909
1910
1911

Maíz
4, 000 hl
10,000 hl
30,000 hl
30,000 hl
30,000 hl
30,000 hl
30,000 hl
30,000 hl
Pérdida total
(p.t.)
p.t.

Trigo

Frijol

300 hl
500 hl
161 hl
21 hl
222.3 hl
222.3 hl
161 hl
222.3 hl

100 hl
1,000 hl
60 hl
60 hl
60 hl
120 hl
290 hl
186 hl

p.t

p.t.

p.t.

p.t.

Fuente: Elaboración del autor. AHEQ, Fondo Ejecutivo,

Sección 4ª Fomento, años 1891-1911.

1911, fueron de pérdida total (p.t.) debido a los malos temporales.
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Según lo informaba Cesáreo Barrera en 1912, los años de
1910 y 1911 habían sido de mal temporal, lo que provocó una
pérdida total en las cosechas de los cereales de la hacienda de
Ajuchitlán.
Para el almacenamiento del trigo, maíz y frijol, que eran
los granos básicos que se producían en Ajuchitlán, se usaban
las trojes de hasta dos niveles. Arnulfo Cabrera afirmaba que en
lo que hoy es la casa del hacendado, remodelada por el coronel
José García Valseca, “donde está el comedor, el antecomedor y
la cocina era una troje de dos naves”,77 lo que da una idea de los
grandes volúmenes que se cosechaban y almacenaban en estas
bodegas.
En los informes estatales de la Secretaría de Fomento
no aparece toda la gama de productos agrícolas cultivados en
Ajuchitlán El Grande; pero según un balance de comprobación de
esta hacienda, todavía para 1912 se seguía produciendo arvejón,
haba, lenteja, garbanzo, papa y chile,78 lo que denota que la finca
era productiva y seguía manteniendo la diversidad de cultivos
como en los años previos al Porfiriato, cuando el dueño era el
señor Manuel María Gorozpe, padre de Pedro.
Por otra parte, la producción de pulque fino y tlachique,
demandaba una superficie considerable de magueyes sembrados,
Vega Prado, De Tolimanejo a Villa de Colón. Haciendas colonenses, 61.
ACEHM, Fondo CCCLXXIII Testamentaria de Manuel María Gorozpe y
Familia, Carpeta 7, Documento 162. “Balance de comprobación”, Hacienda de
Ajuchitlán, 31 de diciembre de 1912.
77
78

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llegándose a registrar 21,500 plantas,79 y que en 1912 verificó un
ingreso por $41, 035.79. La huerta, era otro espacio de donde se
obtenían diversas frutas como el membrillo, durazno, chirimoyo,
granadas, entre otros; y que en ese mismo año reportó ganancias
por $2,252.91.80
A pesar del absentismo de algunos dueños, “hubo en
Querétaro haciendas que estuvieron hacia finales del siglo
XIX impulsando la introducción de productos hasta antes
insospechados en la zona como la caña de azúcar o el algodón”.81
Por ejemplo, Pedro Gorozpe introdujo cultivos nuevos en su
hacienda de Ajuchitlán; no sólo siguió con los clásicos cereales
y leguminosas, sino que se decidió a introducir linaza, algodón y
morera. La linaza se cultivaba con éxito en la finca de Ajuchitlán,
y su grano se vendía en Querétaro y México, pero no se explotaba
para desfibrarla, pues Gorozpe desconocía el procedimiento
químico o mecánico para tal efecto. El algodón se producía en un
lugar llamado la Salitrera donde había abundancia de agua.82 En
cuanto a las moreras, Gorozpe, en diciembre de 1882, solicitó un
La Sombra de Arteaga. Año XLVI, Núm. 50, Querétaro. Cesáreo Barrera
y M. Vázquez, “Sección de Manifestaciones”. Diciembre 12 de 1912, 455.
80
ACEHM, Fondo CCCLXXIII Testamentaria de Manuel María Gorozpe y
Familia, Carpeta 7, Documento 162, f.1. “Balance de comprobación”, Hacienda de Ajuchitlán, 31 de diciembre de 1912.
81
Flores Olague, “Haciendas de Querétaro en el siglo XIX y principios del
XX: personajes y relaciones”, 323.
82
AHEQ. Fondo Ejecutivo, Sección 4ª Fomento, Caja1, Exp. 3. Jesús Mota,
“Cuestionario sobre frutos susceptibles de exportación”, Villa de Colón, 17 de
octubre de 1882.
79

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número de plantas de morera blanca para “plantarlas y aclimatarlas
en su finca de Ajuchitlán”,83 y con ello impulsar la producción de
seda que el gobierno federal, a través de la Secretaría de Fomento
tenía planeado.
La agricultura era una actividad menor en las haciendas
anexas de Panales y Zituní, debido a la calidad y extensión de
sus terrenos inferiores a los Ajuchitlán. La hacienda de Panales,
ubicada en parte de los municipios de Tolimán y Colón, en 1912
poseía dos tipos de terrenos para la producción agrícola: 44 ha
de tierra de riego de segunda clase y 88 ha de tierras de temporal
de segunda clase.84 Zituní, en Cadereyta, explotaba 363 ha de
temporal de segunda clase.85
Las cosechas de maíz y frijol de Panales y Zituní eran
muy inferiores a las de la hacienda principal de Ajuchitlán. Por
ejemplo, en 1891, en Ajuchitlán se cosecharon 4,000 hectolitros
de maíz, mientras que en Panales, sólo se obtuvieron 200; y para
1892, en Ajuchitlán se levantaron 10,000 hectolitros de maíz, y
en Panales sólo 300.86 La producción agrícola en estas haciendas
AHEQ. Fondo Ejecutivo, Sección 4ª Fomento, Caja 1, Exp. 13. México, 23 de diciembre de 1882. Pedro Gorozpe, “Carta solicitud dirigida a José
María Esquivel, secretario del gobierno constitucional de Querétaro, 1882”,
México, 23 de diciembre de 1882.
84
La Sombra de Arteaga. Año XLVI, Núm. 37, Querétaro. Cesáreo Barrera
y M. Vázquez, “Sección de Manifestaciones”. Septiembre 12 de 1912, 352.
85
La Sombra de Arteaga. Año XLVI, Núm. 50, Querétaro. Cesáreo Barrera
y M. Vázquez, “Sección de Manifestaciones”. Diciembre 12 de 1912, 455.
86
AHEQ. Fondo Ejecutivo, Sección 4ª Fomento, Caja 2, Exp. 25. Jesús E.
Monsalve, “Noticia aproximada que manifiesta la cosecha media en el año
83

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�Productividad agropecuaria

anexas estaba más enfocada a la alimentación de la población
trabajadora que habitaba en ellas. Tanto la hacienda de Panales
como Zituní, se dedicaron más a la explotación de ganado mayor
y menor.
3. Haciendas anexas de Panales y Zituní: agostaderos
de Ajuchitlán El Grande
La mayor parte del territorio de las haciendas de Ajuchitlán,
Panales y Zituní, era de agostadero y no tanto de tierras de cultivo,
debido a que la topografía de la región del distrito de Tolimán
en la parte nororiental está conformada por cerros y montañas,
encontrándose pocas planicies. Los agostaderos son aquellos
terrenos de los cerros en donde pastan los ganados mayores y
menores. En las partes bajas corrían arroyos en donde abrevaban
los ganados.
La hacienda de Panales era considerada como el gran
agostadero de Ajuchitlán El Grande, pues en ella se criaban miles
de cabezas de ganado. Su extensión era de 29,702 ha, siendo
agostadero de segunda clase debido a la calidad de pastos y aguas.
Según cifras de la estadística del estado de Querétaro, elaborada
por Alfonso Luis Velasco, en 1891, en el distrito de Tolimán
había un total de 59,060 cabezas de ganado mayor y menor, con
un valor total de $242,840.
anterior comparada con la que se obtiene en años normales y la existencia de
ganados que tienen las fincas rústicas de este distrito”, 7 de enero de 1892.
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Fuente: Sección de la Carta general del estado de Querétaro (1897), ing. Pedro Moreno. Tomado de la mapoteca
“Manuel Orozco y Berra”. http://w2.siap.sagarpa.gob.mx/mapoteca/mapas/CINGVACA01-12-CGE-7244-A.jpg

Sección de la Carta general del estado de Querétaro (1897)

Mapa 3

David Gutiérrez

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�Productividad agropecuaria

Este ganado incluía el vacuno, caballar, mular, asnal, cabrío y
porcino.87 En ese mismo 1891, la hacienda de Panales reportó en su
haber 150 vacas, 80 caballos, 80 mulas, 50 asnos, 1,000 animales
de pelo88 y 200 ovejas.89 En 1912, el administrador Cesáreo Barrera
informaba al gobierno de Querétaro la existencia de 5,118 cabezas
de ganado mayor y menor, donde las cabras de vientre y chivos
eran los más numerosos. 90 Por su parte, Marta Eugenia García
Ugarte apuntaba que los agostaderos de Panales criaban alrededor
de ocho a diez mil cabezas de ganado menor y seiscientas reses,91
cifra de ganado menor que parece elevada al contrastarla con los
datos oficiales reportados ante las instancias gubernamentales de
fines del siglo XIX y comienzos del XX. En la época novohispana
sí se registraron en esta zona grandes rebaños de ovejas y cabras;
así, según lo investigado por David Brading, entre 1752-1763, la
hacienda de Panales mantenía un rebaño de 11,000 cabras.92 En
referencia al volumen de ganado menor en la zona del Semidesierto
queretano, Antonio Vera Soto indica que:
Velasco, Geografía y estadística de la República Mexicana, t.VIII. Querétaro de Arteaga, 82.
88
Se refiere a las cabras.
89
AHEQ, Fondo Ejecutivo, Sección 4ª Fomento, Caja 2, Exp. 25. Jesús Mota
y Jesús E. Monsalve, “Noticia aproximada que manifiesta la existencia de ganados que tienen las fincas rústicas de este distrito”, Tolimán, enero de 1892.
90
La Sombra de Arteaga. Año XLVI, Núm. 37, Querétaro. Reportado por
Cesáreo Barrera en la “Sección de manifestaciones”. Septiembre 12 de 1912,
352.
91
García Ugarte, Esplendor y poderío de las haciendas queretanas, 45.
92
Brading, Haciendas y ranchos del Bajío. León 1700-1860, 83.
87

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�David Gutiérrez

A lo largo del siglo XIX se registró el descenso en la crianza
de las ovejas y las cabras, práctica que tanta fama le diera a la
provincia queretana por más de 300 años. Gran parte de los
terrenos erosionados de los actuales municipios de Tolimán,
Colón y Peñamiller se debe, sin duda a la falta de carga de
ganado menor en la región, pues todavía a mediados del siglo
XX, el inventario de ganado debió ser incluso superior al actual
de todo el estado, en materia de ganado ovicaprino.93

Lo citado por Vera Soto permite dimensionar, aunque
parcialmente, la importancia ganadera en el distrito de Tolimán
en la época novohispana y su paulatino declive en el siglo XIX.
En el Porfiriato, Tolimán ya no era el distrito con mayor número
de cabezas de ganado mayor y menor en el estado, pues el primer
lugar lo tenía el distrito del Centro, seguido por San Juan del Río;
no obstante, Tolimán continuó siendo un distrito que criaba gran
cantidad de cabras, casi igual al Centro. En 1902, el distrito del
Centro reportó la existencia de 33,302 cabezas de ganado cabrío,
mientras Tolimán lo hizo con 27,510, cifras muy cercanas.
El volumen de producción ganadera en Tolimán debía
mucho a la crianza de ganado mayor y menor en la hacienda de
Panales. En esta finca, durante el periodo del hacendado Pedro
Gorozpe, había un mayordomo quien a su mando tenía la plantilla
de trabajadores que básicamente se dedicaba a la ganadería.
Ese conjunto laboral estaba integrado por un mayordomo de
campo, un sobresaliente de vacieros, un caporal, dos vaqueros,
Antonio Vera Soto, Historia de la ganadería en el estado de Querétaro
(Querétaro: Gobierno del Estado de Querétaro, 2003), 66.
93

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�Productividad agropecuaria

dos vacieros y quince pastores.94 Dicho grupo de trabajadores
sólo es una referencia, pues su cantidad en cada categoría con
seguridad fue variando año con año. Ajuchitlán El Grande era la
hacienda con más trabajadores en el distrito de Tolimán, llegando
a registrarse hasta 270 jornaleros, lo que es otro indicador de su
importancia; seguida por Extoraz con 80; La Esperanza, 70; y
Galeras, 72. Todos los trabajadores sin importar la hacienda en la
que laboraran ganaban 25 centavos.95
También es significativo que para 1902, en la hacienda de
Panales, los arrendatarios tenían más cabezas de ganado vacuno
que la misma hacienda, y un número de cabras nada despreciable;
las cifras apuntan a que dichos arrendatarios poseían 518 cabezas
bovinas con un valor de $8,845, en comparación de las 235
con valor de $2,590 registradas a nombre del administrador de
Panales, José María Peña.96
La Estadística Ganadera de la República Mexicana
que encabezó el Dr. Antonio Peñafiel en 1902, arrojó que en el
distrito de Tolimán existían 4,809 cabezas de ganado vacuno, de
las cuales 1,175 se encontraban en Tolimán. Recordemos que la
ACEHM. Fondo CCCLXXIII Testamentaria Manuel María Gorozpe y familia, carpeta 7, Documento 524, f. 1. “Sueldos de dependientes de la hacienda
de Ajuchitlán”, sin año.
95
AHQ. Fondo Ejecutivo, Sección 4ª Fomento. Graciano González, “Boleta
para recoger datos sobre estadística agrícola”, años 1900-1912.
96
AHEQ. Fondo Ejecutivo, Sección 4ª Fomento, Caja 3, Exp. 282.Benito
Morales, “Estadística ganadera. Distrito Tolimán”, Tolimán, 29 de octubre de
1902.
94

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�David Gutiérrez

hacienda de Panales estaba en esa municipalidad, y si sumamos las
cabezas de ganado de los arrendatarios de Panales con las cabezas
pertenecientes a la hacienda se contabilizan 753, lo que es más del
50% del total de cabezas de ganado vacuno en la municipalidad,
dejando ver la importancia que esta hacienda tenía en la zona.97
Por su parte, la hacienda de Ajuchitlán no estaba tan
dedicada a la producción pecuaria, como sí a la agrícola.
Las yeguas, caballos y burros eran la prioridad en esta finca,
seguramente porque las labores del campo exigían este tipo de
animales, al igual que el transporte de productos y leña. En ese
mismo año, Ajuchitlán reportaba de ganado: 307 yeguas, 79
caballos, 37 mulas, 41 machos y 200 asnos;98 sin embargo, en esta
finca también eran criados cerdos, vacas, toros y ovejas, tanto
para venta, como para pago a través de la carne y leche a algunos
trabajadores especiales de la hacienda.99
Según un informe de 1912 redactado en la sección de
manifestaciones de La Sombra de Arteaga, la finca de Ajuchitlán
Antonio Peñafiel, “Estado de Querétaro”, Estadística ganadera de la
República, 1902 (México: Oficina tipográfica de la Secretaría de Fomento,
1903). Consultado en AHEQ, Fondo Ejecutivo, Sección 4ª Fomento, Caja 3.
98
AHEQ. Fondo Ejecutivo, Sección 4ª Fomento Estadística, Caja 1, Exp. 28.
Jesús Mota y Jesús E. Monsalve, “Noticia que rinde esta oficina a la Secretaría
del Superior Gobierno del Estado, respecto de la cantidad de cabezas de ganado caballar, mular y asnal existentes en las haciendas y ranchos de este distrito
con expresión del número de machos y hembras de esas diferentes especies, su
precio medio y clase”, Tolimán, octubre 6 de 1890.
99
ACEHM. Fondo CCCLXXIII Testamentaria Manuel María Gorozpe y familia, carpeta 7, Documento 524, f. 1, “Sueldos de dependientes de la hacienda
de Ajuchitlán”, Sin año..
97

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�Productividad agropecuaria

poseía 26,716 ha de agostadero donde se criaban variedad de
ganados mayores y menores, donde los más numerosos eran las
borregas de vientre, borregos de arredro y las vacas de vientre.
Por su parte, los cerdos eran criados en zahúrdas o chiqueros en
las inmediaciones de la casa grande. En Ajuchitlán El Grande,
durante 1912 se reportó la cantidad de 3,218 cabezas de ganado,
donde los borregos eran los más numerosos.100
La hacienda de Zituní, en el distrito de Cadereyta,
colindante con el de Tolimán, era prácticamente una hacienda
ganadera, porque casi toda su extensión era un agostadero de
4,463 ha, donde en 1912, criaba a 383 cabezas de ganado vacuno,
ovino, equino y asnal, principalmente;101 a pesar de esto, la
producción ganadera era inferior a la de los Panales y Ajuchitlán.
La producción ganadera de Ajuchitlán El Grande era un
rubro que reportaba ganancias a la economía del hacendado, ya que
de otro modo no hubiera continuado Pedro Gorozpe con la crianza de
los distintos ganados en sus propiedades, sin embargo, representaba
sólo una de las tantas actividades para generar ingresos. En 1912,
por concepto de venta de ganado vacuno ingresaron a la economía
de la hacienda $24,799.96; de ganado caballar, $9,737.12; por
La Sombra de Arteaga. Año XLVI, Núm. 50, Querétaro, Reportado por
Cesáreo Barrera en la “Sección de manifestaciones”. Diciembre 12 de 1912,
455.
101
La Sombra de Arteaga. Año XLVI, Núm. 50, Querétaro, Reportado por
Cesáreo Barrera en la “Sección de manifestaciones”. Diciembre 12 de 1912,
455.
100

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�David Gutiérrez

boyada de tiro, $21,006.02; y por ganado lanar, $7,675.93.102 Estas
cifras sólo correspondían a la finca de Ajuchitlán; por su parte,
Panales y Zituní, en 1912, reportaron sus ingresos de forma global
sin desglosar el rubro de la producción ganadera.
La hacienda Ajuchitlán El Grande, junto con sus anexas,
por lo ya expuesto en los anteriores apartados, significaron para el
hacendado Pedro Gorozpe espacios de producción agropecuaria
que cubrían las necesidades de su población trabajadora, y por otra
parte, podía producir granos que posteriormente se embarcaban a
la Ciudad de México.
Resultados
Conforme a los elementos primarios de elección del producto
y volumen de producción en la definición de hacienda de
Herbert J. Nickel, Ajuchitlán El Grande era un espacio dedicado
primordialmente a la producción de trigo, maíz y frijol. Panales y
Zituní se habían especializado en la ganadería. Los volúmenes de
producción agropecuaria de estas haciendas son relevantes para
la historia económica regional al ser los mayores en la región y un
referente de productividad en el distrito de Tolimán.
Entre las haciendas más extensas del distrito de Tolimán
en los años 1891 y 1892, tales como la Esperanza, Extoraz,
Zamorano, Panales y Ajuchitlán El Grande, es relevante observar
ACEHM, Fondo CCCLXXIII Testamentaria de Manuel María Gorozpe
y Familia, Carpeta 7, Documento 162, fs. 1-3, “Balance de comprobación”,
Hacienda de Ajuchitlán, 31 de diciembre de 1912..
102

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�Productividad agropecuaria

cómo Ajuchitlán producía todos los cultivos de cereales y
leguminosas, y sus volúmenes eran superiores a las otras, sobre
todo en maíz y trigo. De maíz, Ajuchitlán producía hasta 10,000
hl, seguido por La Esperanza con 4,000 hl; y de trigo se reportó
500 hl. En el rubro ganadero, si bien la hacienda de Ajuchitlán
presentó buenas cantidades de cabezas de ganado menor y mayor,
las haciendas del Zamorano, Panales y Extoraz estaban dedicadas
a la ganadería y tenían la primacía en la producción ganadera,
donde el ganado de pelo era el más abundante.
Gutiérrez Álvarez afirmaba que Tolimán era el tercer
distrito en importancia productiva en Querétaro, pues cosechaba
anualmente en promedio 20,000 hectolitros de maíz,103 cantidad
engrosada por la producción de las haciendas y ranchos de las tres
municipalidades. No obstante, de acuerdo a los datos recuperados
de las boletas de producción agrícola para el distrito de Tolimán,
entre los años 1889 y 1912, este distrito cosechó anualmente un
promedio de 54,513.47 hl de maíz, cifra superior a la estimada
por Gutiérrez Álvarez.104
Entre 1904-1909, la producción de maíz en el distrito de
Tolimán ascendía a 80,842 hectolitros, de los cuales la hacienda
de Ajuchitlán aportaba 30,000 hectolitros, posicionándose como
la hacienda que más maíz producía; en segundo lugar, aparecía
Gutiérrez Álvarez, “Estado, haciendas y campesinos en el Querétaro del
Porfiriato”, 273.
104
AHEQ, Boletas de producción agrícola, años 1899-1912, Fondo Ejecutivo, Sección 4ª Fomento.
103

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�David Gutiérrez

la hacienda de la Esperanza con una producción de 18,129
hectolitros; seguida por la hacienda de Galeras con 15,000
hectolitros. Aunque la hacienda de Extoraz era muy extensa, la
mayor parte de ésta se destinaba a la ganadería, reportando sólo
800 hectolitros de maíz cosechado.105
Por otra parte la producción triguera en el distrito de
Tolimán oscilaba entre 16,500 y 50,000 kg, a la cual Ajuchitlán
aportaba alrededor del 40%, con un promedio de 22,500 kg
anuales. El otro 60% de las cosechas de trigo era aportado por las
haciendas de La Esperanza, Galeras y el Blanco.
A diferencia de otras haciendas del distrito, Ajuchitlán El
Grande buscó diversificar la producción de los cultivos, desde los
cereales, leguminosas, frutas y magueyeras, hasta la introducción
de cultivos como la morera, la linaza y el algodón, que no se veían
en muchas fincas de la región, con lo que la hacienda se convirtió
en modelo de nuevos procedimientos agrícolas. Este artículo no
exploró la introducción de maquinaria, ni las nuevas técnicas
de producción agropecuaria en las haciendas mencionadas, sin
embargo, al mencionar que el hacendado de Ajuchitlán se aventuró
a sembrar nuevos productos en la región se infiere que debió haber
adoptado nuevas formas de producción para su cultivo.
Ajuchitlán El Grande y sus anexas, en su estructura física
y organizativa-laboral, se encontraban en una fase de transición
Información extraída de las boletas de estadística de producción agrícola,
años 1904-1909, AHEQ, Fondo Ejecutivo, Sección 4ª Fomento.
105

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�Productividad agropecuaria

hacia la modernización, observada en la inversión en obras
hidráulicas, introducción de nuevos cultivos, el uso del mayor
número de fuerza laboral en la zona y aprovechamiento óptimo de
los recursos naturales, lo que le favoreció para tener los mejores
niveles de producción agropecuaria en el distrito de Tolimán.
Referencias
Archivos
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�La Sauceda de los Pérez Gavilán. Desintegración de la
hacienda y conformación del ejido en La Sauceda,
Durango (1883-1933)
La Sauceda of the Pérez Gavilán. Disintegration of the hacienda
and conformation of the ejido in Sauceda, Durango (1883-1933)
Fernando Marco Calleros García

Universidad Autónoma de Aguascalientes
Aguascalientes, México
orcid.org/0000-0003-1096-0075

Resumen: El presente trabajo aborda el proceso de desintegración
de la hacienda de La Sauceda y por consiguiente la conformación
del ejido en la misma comunidad, en la municipalidad de
Canatlán, Durango. Se ofrece de manera breve la trayectoria de la
finca en las manos de la familia Pérez Gavilán y la manera en que
éstos la administraron durante el tiempo que les perteneció; se
analizan las circunstancias particulares y ajenas que provocaron
la desarticulación de la hacienda, desde finales del siglo XIX hasta
la ejecución de la reforma agraria. Con ello, se pretende contribuir
a la historia regional a partir de la comprensión y análisis de
procesos que transformaron las estructuras políticas, económicas
y sociales. Las principales fuentes primarias utilizadas son
contratos de venta formalizados antes diversos notarios públicos,
el registro de las propiedades rurales, así como otros documentos
agrarios.
251
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�La Sauceda

Palabras clave: hacendados; ejido; tierra; conflicto; La Sauceda
Abstract: The present work exposes the process of disintegration
of the hacienda of the Sauceda and, therefore, the conformation of
the ejido in the same community in the municipality of Canatlán,
Durango. It briefly offers the trajectory of the estate in the hands
of the Pérez Gavilán family and the way in which they managed
it during the time that it belonged to them, and the particular
and foreign circumstances that caused the disarticulation of the
hacienda are analyzed from the end of the 19th century until the
implementation of the agrarian reform. The aim is to contribute
to regional history by understanding and analyzing processes
that transformed political, economic, and social structures. The
main primary sources used are contracts of sale formalized before
various public notaries, a register of rustic estate and various
agrarian documents.
Keywords: landowners; ejido; land; conflict; La Sauceda

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252

�Fernando Calleros

Introducción
Desde la época colonial hasta principios del siglo XX la hacienda
fue el centro de la vida rural en México. Su importancia radica
en que trascendió el ámbito económico, determinando también
aspectos sociales, políticos y culturales de la sociedad mexicana.
Sin embargo, a pesar de haber existido como unidad productiva
desde el período colonial, fue durante el siglo XIX cuando la
hacienda mexicana llevó a cabo su expansión y consolidación
como sistema productivo, debido particularmente a los efectos de
las leyes de reforma, la implementación de nuevos mecanismos
de producción y a la propia consolidación del Estado mexicano.1
De esta forma, durante el porfiriato, el desarrollo del sector
agropecuario resultó ser más evidente que en épocas anteriores,
en gran medida por las políticas económicas estimuladas por el
propio Estado, las cuales buscaban incentivar la inversión de
grandes capitales, y con ello lograr la modernización del sector
agrario. En el caso de Durango, las zonas con riqueza viable
fueron las que gradualmente incorporaron sus tierras hacia
la producción mercantil, por lo que el valor de la tierra estuvo
ligado directamente con el potencial productivo y la posibilidad
de irrigación que había para dichas tierras; los productos con
mayor importancia fueron aquellos ligados al mercado nacional
y exterior.2
Juan Felipe Leal, “Campesinado, haciendas y Estado en México: 18561914”, Secuencia. Revista de Historia y Ciencias Sociales, núm. 5 (1986): 8.
2
Gloria Cano Cooley y Miguel Vallebueno, “El campo y la tenencia de
1

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253

�La Sauceda

La hacienda de La Sauceda estaba ubicada en la
municipalidad de Canatlán, y desde la segunda mitad del siglo
XIX perteneció a la familia Pérez Gavilán, quienes gracias a sus
relaciones políticas y económicas lograron mantenerla como una
importante finca productora hasta principios del siglo XX. Fue
pionera en la transformación de las actividades agrícolas de la zona
y en su incorporación en la dinámica mercantil en la transición al
siglo XX. El objetivo del presente trabajo es abordar el proceso
histórico que llevó a la desintegración de la mayor parte de la
hacienda, para lo que en primera instancia se da cuenta de manera
breve de la trayectoria de la finca y de sus dueños; posteriormente
se pretende analizar el proceso de desintegración, que inició desde
el porfiriato con la separación de algunas fracciones por parte de
la misma familia, y se concluyó en el periodo posrevolucionario,
como resultado del propio movimiento.
Para esto, el texto se divide en los tres apartados siguientes:
“Concentración y fragmentación de las tierras de La Sauceda y sus
anexas”, donde se expone la trayectoria de la hacienda en las manos
de los Pérez Gavilán y la forma en la que dicha familia administró
la finca hasta los primeros años del siglo XX; igualmente, se aborda
el proceso de desintegración iniciado con la separación de bienes
llevada a cabo por una de las hermanas. Posteriormente, en “La
desarticulación de la hacienda de La Sauceda”, se estudia la manera
la tierra (1880-1910)”, en Durango (1840-1915) Banca, transportes, tierra
e industria, ed. Mario Cerutti (Monterrey: Universidad Juárez del Estado de
Durango; Universidad Autónoma de Nuevo León, 1995), 59–85.
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en que los dueños llevaron a cabo el fraccionamiento de la finca en
el contexto de la aplicación de la reforma agraria de acuerdo con
algunas etapas identificadas y diversas modalidades. Finalmente,
en “Reforma agraria y conformación del ejido de La Sauceda”
se expone el proceso de conformación del ejido de La Sauceda,
a partir de las dificultades que el propio trámite implicaba y las
estrategias que los campesinos llevaron a cabo para contrarrestar la
defensiva por parte de los hacendados, como la incorporación de
alianzas con agrupaciones políticas y sindicales que les brindaron
aparentes ventajas en el proceso de reparto.
1. Concentración y fragmentación de las tierras de
La Sauceda y sus anexas
Durante el porfiriato, en la municipalidad de Canatlán había un
total de 135 fincas rústicas de acuerdo con la información registrada
en el padrón de 1898,3 de las cuales once fueron registradas como
“haciendas”, veintiuna como “ranchos” y el resto no contiene
algún nombre que las clasifique (únicamente aparecen el nombre
del dueño y la localidad en la que se ubicaban). Sin embargo, a
pesar de que el tipo más numeroso era el de la pequeña propiedad,
la mayor parte de la zona estaba ocupada por grandes propiedades,
dentro de las cuales destacaban cinco latifundios y seis haciendas
cuya extensión era mayor a 10,000 hectáreas, asentadas en los
valles de Cacaria y Guatimapé, y que abarcaban casi la totalidad
Archivo Histórico del Estado de Durango (AHED), Registro de fincas rústicas para la municipalidad de Canatlán, 1898.
3

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de las llanuras y parte de la sierra de dicho territorio.4
La hacienda de La Sauceda era propiedad de los Pérez
Gavilán, familia que formó parte de la elite duranguense del siglo
XIX, cuyas características comunes fueron el haber conformado
un gran capital a lo largo de siglo, así como el establecimiento de
estrategias que les permitieron mantener y acrecentar su condición
de notabilidad por medio de sus relaciones de parentesco y
amistad con las demás familias prominentes. Además, siguieron
cánones tradicionales que identificaban la posesión de tierras con
estatus, prestigio y poder económico.5
Los Pérez Gavilán heredaron fincas rústicas por línea
paterna y materna, lo cual influyó considerablemente para que
aumentara su prestigio como terratenientes importantes y con
ello también su poder económico. De esta forma, en 1863, tras
la muerte de su tío Leandro Sánchez Manzanera y Salas, Manuel
Pérez Gavilán tomó posesión de la hacienda de La Sauceda,6
la cual estaba considerada como una de las fincas rústicas más
importantes del estado.
Estas propiedades fueron: Guatimapé con 86,400 ha; Santa Lucía, San
Bartolo y Anexas con 52,600 ha; La Sauceda 32,080 ha; Cacaria 86,440 ha;
De Los Ángeles 53,380 ha; Santa Isabel 22,724 ha; El Maguey 68,300 ha; San
Francisco del Sauz y Cañas 23,597 ha; Los Pinos 33,068 ha; La Magdalena
27,152 ha y Punta de Levario con 10,425 ha. AHED, Registro de fincas rústicas para la municipalidad de Canatlán, 1898.
5
Graziella Altamirano, “Los Pérez Gavilán, una familia de elite porfiriana
en Durango”, Transición, núm. 25 (2001): 87–112.
6
Archivo de Notarías del Estado de Durango (ANED), Felipe Villarreal, 8
de noviembre de 1889.
4

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Mapa 1
La Hacienda de La Sauceda y sus anexas

En ese momento, la finca abarcaba alrededor de 54,000 hectáreas,
además del casco con sus respectivos potreros y edificaciones.
También tenía anexados los ranchos de San Bartolo y Santa Cruz,
las estancias de Cosinas, Gogojito y Medina (véase mapa 1);
de manera general, la finca poseía tierras de buena calidad con
acceso a diferentes cuerpos de agua; por lo tanto, era importante
productora de maíz, frijol, trigo e incluso algunos frutales, como
el perón que en años posteriores le daría renombre; además,
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contaba con un amplio número de cabezas de ganado vacuno,
menor y caballar.
En la segunda mitad del siglo XIX, el arrendamiento
se había convertido en un sistema que se ajustaba a las nuevas
condiciones que se manifestaron en los mercados productivos,
muchos de los hacendados preferían sacrificar ganancias con
tal de disminuir los riegos de pérdidas.7 Por tal motivo, en el
año 1870, algunas fracciones de las estancias y potreros de La
Sauceda estaban arrendadas como tierras de cultivo. En total para
ese año, había ocho campesinos designados como arrendatarios,
los cuales también eran considerados como fuerza de la clase de
jornaleros del campo; asimismo, había un total de 238 individuos
que trabajan en las labores de la hacienda y sus estancias, la
mayor parte de los cuales aparecen registrados como labradores
de campo (no se sabe cuántos se pueden asumir como peones
acomodados o permanentes, pues recordemos que dicha figura
resulta ser un elemento fundamental para la compresión de la
hacienda como unidad productiva).8 En seguida estaban los
Jesús Gómez Serrano, Haciendas y ranchos de Aguascalientes. Estudio
regional sobre la tenencia de la tierra y el desarrollo agrícola en el siglo XIX
(México, DF: Universidad Autónoma de Aguascalientes; Fomento Cultural
Banamex, 2000), 65.
8
Jan Bazant considera como elemento fundamental de la hacienda a los
peones acomodados o permanentes, incluso afirma que ésta puede funcionar
sin la existencia de trabajadores temporales, medieros o arrendatarios, pero no
sin el grupo permanente de familias que gozan de ciertos derechos tradicionales y que contribuyen de manera permanente en las labores del campo. Jan
Bazant, “Peones, arrendatarios y aparceros en México: 1851-1853”, Historia
7

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vaqueros, después los pastores y por último los arrieros, quienes
por lo regular laboraban de manera temporal.9
El sistema de arrendamiento siguió utilizándose en décadas
posteriores en la hacienda de La Sauceda, e incluso se llegó a
arrendar la totalidad de la finca en 1882, probablemente debido a
la necesidad que tuvo el propietario de mantenerse ausente para
atender los demás negocios que poseía. Para ello contamos con
la inscripción del contrato protocolizado ante el notario Felipe
Villarreal el 20 de octubre de 1882, el cual, a pesar de ser breve,
permite revisar de manera precisa las condiciones generales bajo
las cuales se llevó a cabo dicho acuerdo.10
La hacienda, con sus edificaciones, potreros y ranchos
anexados, cabezas de ganado, usos y servidumbres, se le arrendó
al señor Felipe López Negrete, quien era propietario de la hacienda
de Santa Lucía;11 el plazo del contrato estipuló un periodo de
Mexicana, núm. 90 (1973): 330–57.
9
AHED. Lista de los campesinos que trabajan en la hacienda de la Sauceda
del municipio de Canatlán, 1870, documento sin clasificar.
10
ANED. Felipe Villarreal, Arrendamientos, 20 de octubre de 1882, 3-4.
11
La Familia López Negrete tuvo presencia en tierras duranguense desde
finales del siglo XVIII, al igual que los Pérez Gavilán, sus miembros establecieron lazos de parentesco y amistad con diversas ramas de la élite duranguense del siglo XIX, lo cual influyó para que ocuparan un lugar importante en la
alta sociedad. Por lo tanto, no es de extrañarse que ambas familias estuvieran
emparentadas, ello debido al lazo con los Sánchez Manzanera, familia de prestigiados terratenientes españoles de la época colonial vinculados con la iglesia
Católica y poseedores de una considerable fortuna. Felipe López Negrete era
hijo de Antonia Sánchez Manzanera y Salas, mientras que Miguel Pérez Gavilán lo era de Nicolasa Sánchez Manzanera y Salas, es decir, eran primos.
Altamirano, “Los Pérez Gavilán, una familia de elite porfiriana en Durango”,
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siete años, sin embargo, éste podía prolongarse un año más, si así
convenía a las partes involucradas. El precio del arrendamiento
fue de $7,500 pesos anuales y debía pagarse en mensualidades
vencidas. Asimismo, el contrato menciona la elaboración de dos
tantos del inventario, en los que se anotó de manera puntual lo que
se estaba entregando, dígase cabezas de ganado, herramientas y
todo aquello que iba incluido en la transacción; evidentemente,
la intención de dicho documento era que sirviera como base al
momento que se realizara la devolución por parte del señor López
Negrete.
Por último, se estipuló que había una fracción de la
hacienda que se excluía del arrendamiento, se trataba del potrero
denominado de los “Flojos”, situado a un par de kilómetros del
casco de la hacienda; dicho terreno estaba arrendado desde hacía
tiempo a los hijos de Francisco Saracho.12 Casi un año después
de haber protocolizado el referido contrato de arrendamiento,
Manuel Pérez Gavilán falleció; de esta forma, los cinco hijos
que procreó con Arcadia Centeno (Isabel, Diego, Petra, Ángel
y Nicolasa) heredaron la propiedad, lo cual, entre otras cosas,
implicó su fragmentación.
En 1883, la hacienda se dividió materialmente entre los
herederos. A Diego se le adjudicó la parte correspondiente al
rancho de San Bartolo y la estancia de Medina, ambas fracciones
18–20; Guadalupe Villa Guerrero, Elites y Revolución en Durango (México,
DF: Instituto de Cultura del Estado de Durango, 2010), 20.
12
ANED. Felipe Villarreal, Arrendamientos, 20 de octubre de 1882, 3-4.
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cercanas una de la otra, ubicándose en las inmediaciones del
bordo de San Bartolo. Para Isabel fue el rancho de Santa Cruz y la
estancia de Gogojito, también en las cercanías de San Bartolo y la
laguna de Santiaguillo. El resto de la propiedad, consistente en el
casco de la hacienda con sus respectivas edificaciones, la estancia
de Cosinas, tres sitios de ganado mayor y tres caballerías ubicadas
en la Sierra Madre, fue dividida en tres partes iguales y adjudicada
a los tres hijos menores, aunque en 1889 Petra le vendió a Nicolasa
su respectiva parte en la cantidad de $10,000 pesos.13
Un par de años después, Ángel Pérez Gavilán falleció
intestado y sin descendientes, por lo que los bienes que éste
poseía se dividieron entre sus hermanos; la mayor parte de
ellos correspondía a la tercera fracción de La Sauceda, la cual
no admitía división alguna de acuerdo con lo estipulado en el
testamento paterno, por lo que los involucrados convinieron que
se le adjudicara de manera íntegra a Nicolasa; a cambio, ésta les
pagaría en dinero lo correspondiente a la porción de cada uno,
además de que el resto de los bienes también quedarían en favor de
los otros tres herederos.14 De esta forma, Nicolasa Pérez Gavilán
fungió como la propietaria de la totalidad de la finca hasta su
desintegración en la primera mitad del siglo XX.
Respecto a la estancia de Gogojito y el rancho de Santa
Cruz, Isabel Pérez Gavilán los separó de la Sauceda para después
13
14

ANED. Felipe Villarreal, 08 de noviembre de 1889.
ANED. Alberto Lazalde, registro 34, 09 de octubre de 1902.

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conformar la hacienda de Santa Isabel. Dicha finca registró un
total de 22,724 hectáreas de extensión en el año 1898, de las que
destacaban las 900 de tierras de temporal y 24 de riego,15 aunque
desde que se tuvo posesión de dichos terrenos, la propietaria
comenzó a trabajar bajo el sistema de arrendamiento en algunas
fracciones. En 1883, por medio de su esposo Esteban Fernández,
se celebró un contrato de arrendamiento con Joaquín Gurrola, el
cual estipuló que el lote se encontraba en la parte de Gogojito
y tendría que ser por la extensión suficiente para que el señor
Gurrola sembrara y cultivara 150 fanegas de maíz; el periodo
establecido fue por un lapso de nueve años, de los cuales los
primeros cinco años no pagaría nada y por los cuatro restantes la
cantidad de $1,700 pesos anuales de manera anticipada.16
La razón por las que los primeros años no se pagó nada de
renta fue porque el arrendatario a cambio adquirió la obligación
de realizar algunas mejoras en la propiedad, las cuales fueron las
siguientes: una galera de cuatro naves, cada una de ellas con pisos
enladrillados y techo de hormigón; un aventadero para maíz; una
casa con siete u ocho piezas, zaguán, patio, corral y macheras;
así como cuatro o seis casas necesarias para la cuadrilla. Todas
las mejoras deberían ser entregadas al término del contrato y por
supuesto quedarían en favor de la finca, sin costo alguno para
AHED. Registro de fincas rústicas para la municipalidad de Canatlán,
1898.
16
ANED. Felipe Villarreal, Arrendamientos, inscripción 8, 30 de octubre de
1884.
15

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los propietarios.17 Como se puede observar, dejar en manos de
los arrendatarios las mejoras y adecuaciones de las propiedades,
traía bastantes beneficios futuros a la finca; al parecer, en la
parte arrendada a Joaquín Gurrola no había construcción alguna,
únicamente tierras de labor, por lo que una vez concluido el
arreglo, se proyectaba que la fracción pudiera seguir funcionando
de la misma manera.
Asimismo, en 1890 se firmó un contrato con Manuel
Castaños por la totalidad de la hacienda Santa Isabel con todos
su animales, herramientas, usos y servidumbres, exceptuando
únicamente la parte que seguía rentada a Joaquín Gurrola. El plazo
del arrendamiento fue de siete años y el precio se fijó en $3,000
pesos para el primer año y $2,200 para los seis restantes; además,
como era común en los contratos, se estableció como obligación
del arrendatario cuidar y respetar los linderos de la finca, con la
intención de evitar que en ellos se establecieran extraños o fueran
aprovechados por ellos. En este caso, las mejoras quedaron a
consideración del arrendatario, es decir, si así lo requería, podía
realizar las obras necesarias para la mejor y mayor recolección de
las aguas aprovechables, y así poder aumentar lo más posible la
labor de riego; sin embargo, en dado caso de hacerse, no habría
costo alguno para la dueña de la finca.18
ANED. Felipe Villarreal, Arrendamientos, inscripción 8, 30 de octubre de
1884.
18
ANED. Felipe Villarreal, Arrendamientos, inscripción 11, 24 de abril de
1890.
17

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Una vez terminado el contrato con Manuel Castaños, casi
de manera inmediata Isabel Pérez Gavilán dio en arrendamiento
la totalidad de la hacienda Santa Isabel y anexas, con un extensión
de aproximadamente 25,000 hectáreas, a Cayetano Oxandabaratz,
originario de Fresnillo, Zacatecas, para que éste la explotara
como finca agrícola durante un periodo de siete años. El precio
del arrendamiento se fijó en $6,000 pesos anuales, el cual debía
pagarse en anualidades anticipadas, ya que en caso contrario se
daría por rescindido el acuerdo.19
En este caso, en el contrato se incluyó un inventario que
de manera minuciosa estableció las condiciones en las que se
entregaba la finca, las cuales tendrían que respetarse al momento
de la devolución. En Santa Isabel había una casa principal, casas
de cuadrillas y una troje de tres naves; en San Esteban (Gogojito)
“veinticinco hoces, dos palas de fierro, treinta y tres rejas sin calzar,
talachos, diecinueve yugos”, además de una amplia cantidad de
ganado de los diferentes tipos, muebles y enseres como “una
carreta enllantada con eje de fierro”, “dos carabinas Winchester
y un rifle Remington”, “una prensa para quesos, una cuchara de
albañil”, etcétera; asimismo, se incluyó una descripción precisa
de la mercancía existente en la tienda de raya.20
Igualmente, Oxandabaratz se comprometió a hacer
un buen uso de la finca, lo cual implicaba realizar mejoras en
ANED. Felipe Villarreal, Arrendamientos, inscripción 15, 28 de noviembre de 1896.
20
ANED. Felipe Villarreal, Arrendamientos, inscripción 15, 28 de noviembre de 1896.
19

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beneficio de ésta y hacer que se respetaran los linderos para evitar
invasiones de algunos vecinos extraños que pudieran pretender
hacer derechos dentro de los terrenos.21 Esto último nos habla
de las medidas tomadas por los propietarios para prevenir las
posibles invasiones de extraños en las haciendas; probablemente
se trataba de campesinos pobres que buscaban hacer uso y
aprovechamiento de las tierras en las zonas periféricas, o incluso
también pudiera haberse tratado de la presencia de bandidos, tan
común en la época.22
A pesar de que el periodo del arrendamiento se había
establecido por siete años, en 1902, es decir, un año antes del
término, las partes involucradas decidieron dar por concluido
el contrato de arrendamiento de la hacienda de Santa Isabel,
por lo que celebraron un contrato de rescisión ante el notario
Alberto Lazalde, con el cual Isabel Pérez Gavilán quedó obligada
a devolver la suma de $7,000 pesos que se le había pagado de
manera previa; por su parte, Cayetano Oxandabaratz tuvo que
hacer entrega del ganado, enseres y semillas de acuerdo a lo
estipulado en el inventario que se elaboró en un principio, y en
cuanto al sobrante de uno y otros, la señora Pérez Gavilán se
comprometió a pagar a precios convencionales, es decir, a precio
de mercado.23 Se desconocen las razones por las que ambas partes
ANED. Felipe Villarreal, Arrendamientos, inscripción 15, 28 de noviembre de 1896.
22
La Evolución. Durango, 17 de febrero de 1898, tomo I, núm. 58,
23
ANED. Alberto Lazalde, registro 40, 01 de noviembre de 1902, 37-39.
21

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acordaron concluir con el arrendamiento de dicha finca de manera
anticipada; al menos en el documento elaborado por el notario
Lazalde no hay ninguna pista de ello, sin embargo, queda claro
que los involucrados estuvieron conformes con la conclusión a la
que se llegó.
Por otra parte, la hacienda de La Sauceda desde finales del
siglo XIX estaba en manos de Luis Pérez Gavilán, esposo y primo
de Nicolasa. Funcionaba bajo la firma social “Gavilán Hermanos”
y tenía una extensión de 32,080 hectáreas, de las cuales 1,000
eran de temporal, 80 de riego y el resto de agostadero y sierra;
de acuerdo con el censo de 1895, contaba con un total de 915
habitantes y registró un valor de $100,950 pesos.24
La Ley de Impuestos a los Capitales Rústico y Urbano
de 1897, además de establecer y regular el cobro de impuestos,
también pretendía incentivar el desarrollo económico del estado y
que las fincas se incorporaran de manera gradual a la dinámica de
producción mercantil, por lo que otorgaba ciertas exenciones en el
pago de impuestos a aquellos propietarios que hicieran mejoras en
las fincas por medio de obras de irrigación.25 De esta forma, aunado
a la apertura de tierras de labor que se manifestó en la segunda mitad
del siglo XIX, con la llegada del nuevo siglo, las haciendas más
ricas de la municipalidad de Canatlán también roturaron tierras para
AHED. Registro de fincas rústicas para la municipalidad de Canatlán,
1898.
25
Periódico Oficial del Estado de Durango (POED). Tomo XX, Durango,
jueves 23 de diciembre de 1897, núm. 102, 1.
24

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cultivarlas mediante el riego, principalmente para la producción
de trigo26 y frutales; por lo que fue necesaria la construcción de
sistemas de riego y diferentes obras para el almacenamiento de
agua que permitieron un mayor aprovechamiento.
Es por ello por lo que bajo la administración de Luis Pérez
Gavilán en la hacienda de La Sauceda se hicieron importantes
mejoras que trajeron grandes beneficios a la sociedad “Gavilán
Hermanos”, y en general a la producción agrícola de la región. En
1899 solicitó al gobierno del estado permiso para la reconstrucción
de la presa de Caboraca existente en el cauce del río de La Sauceda
frente al pueblo llamado el Presidio; la obra fue refabricada con
cal, arena y mampostería, y tuvo una altura de dos metros por 100
de extensión y contenía cinco compuertas.27 La inversión que se
hizo en obras de irrigación y de almacenamiento de aguas no solo
contribuyó a que la finca incrementara los cultivos de productos
tradicionales, sino también a que se diversificaran las actividades
agrícolas en los primeros años del siglo XX; particularmente, se
incentivó el desarrollo de la producción frutícola.
Debido a la necesidad que hubo por el incremento en la
plantación de árboles frutales, Luis Pérez Gavilán nuevamente
solicitó permiso para la construcción de otra presa, esta vez fue
Gloria Cano Cooley, “Las fincas rústicas del estado de Durango según los
padrones catastrales de 1898.Un recuento de la calidad de sus tierras, extensiones territoriales y valores catastrales”, en Historia de Durango, t. III, ed.
María Guadalupe Rodríguez López (Durango: Universidad Juárez del Estado
de Durango - Instituto de Investigaciones Históricas, 2013), 472–544.
27
La Evolución, Durango, domingo 30 de abril de 1899, Número 51, 2.
26

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ante el ayuntamiento de Canatlán; se trataba de un proyecto más
ambicioso que el anterior, con una altura de 25 metros y 220 de
extensión; además, el vaso podría contener 25 millones de metros
cúbicos, los cuales podrían regar algunos terrenos de 48 metros
cuadrados por minuto.28
Como se puede asumir, se trataba de una obra que
requería gran capital, por lo que Luis Pérez Gavilán solicitó al
ayuntamiento que a cambio se le cedieran “sin condición alguna”
y a “perpetuidad”, los derechos de aprovechamiento que tenía
sobre algunas corrientes y tomas en los márgenes del río de La
Sauceda; sin embargo, el ayuntamiento se opuso a la solicitud
porque consideró que con la obra, las corrientes y tomas de agua
que poseía el municipio resultarían afectadas. Por tanto, Pérez
Gavilán acudió con el gobernador Esteban Fernández, quien
era su concuño, para resolver el asunto; después de establecer
algunos acuerdos, el mandatario concedió personalmente el
permiso para la construcción de la nueva presa de Caboraca. No
obstante, la obra no logró concretarse, debido a que el asunto se
resolvió a finales de 1909, cuando el movimiento revolucionario
en la región estaba por iniciarse.29
A lo largo de la lucha armada, la gran propiedad en el
estado se vio afectada de diferentes maneras, no solo a través
Graziella Altamirano, De las buenas familias en Durango. Parentesco,
fortuna y poder (1880-1920) [Tesis de Doctorado] (México, DF: Universidad
Nacional Autónoma de México, 2008), 215–16.
29
Altamirano, 215–16.
28

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de las exigencias por parte de los pueblos que reclamaban sus
tierras despojadas, sino también por las intervenciones y/o
confiscaciones llevadas a cabo por los diferentes gobiernos
revolucionarios. De esta forma, desde los primeros años, la
propiedad de los Pérez Gavilán padeció los embates de estas
demostraciones de justicia, aunque en menor medida que otras
haciendas de la entidad que poseían problemas más arraigados;
en 1914, la hacienda de La Sauceda estuvo administrada por un
oficial villista30 y posteriormente, en 1916 fue la primera finca del
municipio que se afectó durante el proceso de reparto para dotar
de tierras al pueblo de San José de Gracia.
Ante el peligro que representó la Revolución y debido a la
inminente persecución que padecieron la mayoría de las familias
de terratenientes duranguenses, los Pérez Gavilán se fueron a vivir
a la ciudad de México y desde allá nombraron a un apoderado
legal para que administrara y explotara la hacienda. Una vez que
la revolución constitucionalista asumió el control del movimiento,
se ofreció a los antiguos dueños la devolución de sus propiedades,
de forma que comenzó el proceso de desintervención de las fincas
en la entidad, aunque al mismo tiempo Carranza también prometió
el reparto de tierras para los pueblos que las solicitaran,31 por
Graziella Altamirano, “Las confiscaciones revolucionarias”, en Historia
de Durango, t. IV, ed. María Guadalupe Rodríguez López (Durango: Universidad Juárez del Estado de Durango - Instituto de Investigaciones Históricas,
2013), 62–100.
31
Altamirano, “Los Pérez Gavilán, una familia de elite porfiriana en Durango”, 99–100.
30

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lo que fue inevitable la afectación de la propiedad de los Pérez
Gavilán.
2. La desarticulación de la hacienda de La Sauceda
La necesidad de reparto de tierras fue un elemento que se
mantuvo presente durante el tiempo que duró la lucha armada.
Una vez concluida ésta, la cuestión agraria se convirtió en una
preocupación primordial a resolver por parte de los gobiernos
revolucionarios. La solución a ese problema se materializó con la
promulgación de la Ley Agraria el 6 de enero de 1915, considerada
como la primera ley agraria a nivel nacional, con la que se inició
un largo proceso de reparto de tierras que concluyó en 1992.
Esta ley se basó en la idea de despojo sufrido por las
comunidades agrícolas con relación a sus tierras de propiedad
comunal, y buscaba asegurar la existencia de la clase indígena
que había sido desposeída de manera paulatina;32 pretendió
dar solución a estas cuestiones, esbozando la necesidad de una
repartición y distribución equitativa de las propiedades, mediante
la expropiación de las haciendas, como la única forma efectiva
de asegurar la paz y la mejor vía para garantizar el bienestar
de las clases populares que históricamente habían estado
desamparadas.33
Elena del Rosario Patiño y María de Jesús Espinoza Villela, Ley Agraria
del 6 de enero de 1915: semilla de la propiedad social y la institucionalidad
agraria en México (México, DF: Procuraduría Agraria, 2015), 18.
33
Entre los principales expositores de esta idea tenemos a: Andrés Molina
Enríquez, Los grandes problemas nacionales (Ciudad de México: Instituto
32

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Durante muchas décadas, la idea anterior gozó de
aceptación y fue dominante al momento de llevar a cabo una
interpretación sobre los resultados del movimiento revolucionario,
sin embargo, conforme fue avanzando el tiempo y gracias a
numerosos estudios regionales, se ha demostrado la debilidad
y carencia de sentido del argumento para muchas regiones del
país. Resultó que “la hacienda”, no fue la entidad estática que
se creía, ni tampoco que podían equipararse las condiciones y
características de unas con las otras, ni mucho menos eran las
responsables por el acaparamiento de tierra que había ocasionado
el empobrecimiento del campo; más bien, se trató en muchas
ocasiones de una institución dinámica que pudo adaptarse a
diferentes épocas y lugares.34 Asimismo, la reforma agraria pasó
de ser la herramienta a través de la cual se estaba haciendo justicia
a los despojos, para luego ser interpretada como una política de
incorporación y subordinación que se aprovechó de la situación
en la que se encontraban las poblaciones rurales.35
Fue un proyecto mediante el cual las élites revolucionarias
pretendieron ganar apoyo de las clases populares, lo que debía
Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 2016); George M
McBride, Los sistemas de propiedad rural en México, en Dos interpretaciones
del campo mexicano (México, DF: Consejo Nacional para la Cultura y las
Artes; Colección Cien de México, 1993).
34
Gómez Serrano, Haciendas y ranchos de Aguascalientes. Estudio regional
sobre la tenencia de la tierra y el desarrollo agrícola en el siglo XIX, 461.
35
Arturo Warman, El campo mexicano en el siglo XX (México, DF: Fondo
de Cultura Económica, 2015), 57–60.
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servirles para debilitar a sus enemigos y fortalecer el poder del
Estado revolucionario, a la vez que los pueblos se favorecían de
la lucha revolucionaria.36 Los beneficios ofrecidos por la reforma
agraria estaban fuertemente condicionados, lo que colocó a los
campesinos en una situación de desventaja y sujeción a merced de
los dirigentes revolucionarios. De esta manera, el reparto de tierras
no se dio de la noche a la mañana, ni tampoco de manera fácil, y
mucho menos de manera pacífica. El reparto de tierras fue un proceso
lento que implicó que los pueblos tuvieran que afrontar obstáculos
no solo violentos, como se habían estado experimentando desde el
estallido en 1910, sino también involucró una serie de dificultades
político-administrativas que las comunidades tuvieron que afrontar
y a las que se tuvieron que someter, como ocurrió con el surgimiento
y desarrollo del gran aparato de la legislación agraria con todas sus
implicaciones administrativas.
El trámite de dotación o restitución de tierras para un
pueblo podía durar varios años, desde que los vecinos hacían la
solicitud hasta que el gobierno emitía la resolución,37 aunado a
las implicaciones económicas que dicho trámite conllevaba y
Alan Knight, “Tierra y Sociedad en el México revolucionario: la destrucción de las grandes haciendas”, en Repensar la Revolución mexicana, ed. Alan
Knight (México, DF: El Colegio de México, 2013), 26.
37
“Entre 1915 y 1967 se requirieron en promedio 60 meses entre la solicitud
procedente y la entrega provisional de tierra, otros 30 meses entre la posesión
provisional y la firma de la resolución provisional, y 17 meses para la ejecución o posesión definitiva, de tal forma que podían pasar nueve años entre la
solicitud y la posesión definitiva.” Warman, El campo mexicano en el siglo XX,
59.
36

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al desconocimiento del mismo; sin dejar tampoco de lado los
retrasos provocados por los hacendados que recurrían de manera
inmediata al amparo agrario para alargar el litigio. Este fue el
caso, por ejemplo, de la dueña de la hacienda de la Sauceda,
Nicolasa Pérez Gavilán, quien en 1919 elaboró una carta dirigida
al gobernador aludiendo que su propiedad era el fruto del trabajo
de su difunto marido y que además se trataba del patrimonio de
sus hijos. Por ello, pedía que no le fuera expropiada la propiedad
y que, de no haber solución, entonces “suplicaba” al menos que
fueran pocas hectáreas las que se le expropiaran.38. Asimismo, los
hacendados recurrían a otras formas de sabotaje no tan legales,
como interceptar el correo de sus contrincantes o estropear sus
propiedades una vez que se aproximaba la expropiación,39 hasta
llegar a situaciones hostiles en donde los campesinos y sus familias
eran arrojados de sus casas quitándoles las tierras que poseían en
aparcería o arrendamiento y entregándoselas a incondicionales de
los terratenientes, creando así grupos contendientes en donde se
daban fuertes agresiones.40
Igualmente, se hizo presente la tendencia a fraccionar
las tierras, con la intención de adelantarse a la amenaza de
Archivo del Registro Agrario Nacional, Delegación Durango (ARAN).
Carpeta básica del ejido La Sauceda, exp. de dotación.
39
Knight, “Tierra y Sociedad en el México revolucionario: la destrucción de
las grandes haciendas”, 40.
40
AHED. Circular con motivo de la agresión de que son víctimas los campesinos que solicitan ejidos de parte de terratenientes. 1920, documento sin
clasificar.
38

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afectación agraria. En la mayoría de los casos, las partes fueron
vendidas a amigos, familiares y conocidos; resulta evidente
que sus trabajadores o demás campesinos pobres no estuvieron
contemplados en dicho proceso, probablemente por no tener el
recurso para pagar, aunque como se verá más adelante, tampoco
eso fue pretexto.
Se tiene registro que para 1917, los dueños de la hacienda
de La Sauceda ya habían empezado a fragmentar la propiedad.
Al parecer, la primera fracción que se dividió fue la referente
al denominado potrero de “Los Flojos”; recordemos que dicho
espacio estuvo arrendado desde finales del siglo XIX y se
encontraba a un par de kilómetros del casco de la hacienda,
pero también en colindancias con el pueblo de Canatlán y en
los márgenes del río de La Sauceda. En este caso, la evidencia
señala que la extensión de estos primeros lotes fue relativamente
pequeña. El contrato de compraventa entre Mariano Calderón y
Genaro Ochoa celebrado en 1919 hace referencia a una variedad
de manzanas existentes; la transacción fue por un lote de 1,290
metros cuadrados, cuyo valor se estableció en $400 pesos;
también en el documento se señala que dos años antes, Calderón
había adquirido dicha propiedad por compra directa a los dueños
de la hacienda.41
En 1918, Nicolasa Pérez Gavilán nombró a su primo
Miguel, también Pérez Gavilán, como su apoderado legal para
41

ANED. Rafael Favela y Peinbert, 07 de mayo de 1919.

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que se hiciera cargo del fraccionamiento de la hacienda que había
resuelto llevar a cabo, debido a que la dueña estaba persuadida
de que debía contribuir a la formación de la pequeña propiedad
“con arreglo a la ley a la justicia”. Es decir, se pretendía favorecer
a esta clase de compradores, pero respetando el derecho a la
propiedad. ¿A qué hacía referencia dicha cuestión?, ¿acaso a
eludir la obligación inminente de reparto para la conformación de
los ejidos? Tal y como se verá en el siguiente apartado, la primer
solicitud de tierras que se hizo en Canatlán fue en 1917, y entre
las fincas afectadas evidentemente se encontraba la Sauceda; por
lo que podemos asumir que esta “contribución a la formación
de la pequeña propiedad” en realidad se trató de una medida
desesperada por adelantarse a la expropiación.42
De no ser así, ¿qué caso tendría haber “vendido” lotes a
crédito a compradores sin recursos para pagar? Al menos así se
asienta en el formato de contrato que se hizo para llevar a cabo las
transacciones, en el que se agregó información general sobre el
procedimiento, datos sobre la propiedad y la manera en la que su
propietaria había adquirido la finca; únicamente quedó en blanco
el nombre del comprador, cantidad y número de lote, superficie,
colindancias y precio convenido en cinco anualidades. Por
ejemplo, en 1922, a Jesús Rodríguez González se le otorgaron
los lotes 1 y 2 con una superficie de ocho hectáreas cada uno
y un precio de venta de $375 pesos, el cual debía pagarse de la
42

ANED. Silvestre Piñera, 25 de marzo de 1922.

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siguiente manera: $25 pesos al firmar el contrato y el resto en
anualidades de $70 pesos durante cinco años.43 La idea era que
el mismo terreno fuera dando beneficio para pagarlo, por lo que
el comprador podía cultivar lo que más le conviniera. Asimismo,
en marzo de 1922 le vendió a Antonio Reyes una fracción de seis
hectáreas de temporal en $300 pesos; además, en julio de 1922
se le vendió a Candelario Ruiz los lotes 41 y 42 de la Sauceda,
consistentes en 16 hectáreas con un valor de $320 pesos en total,
y el 30 de junio de 1923, a Joaquín Rodríguez, el lote 17 con
extensión de ocho hectáreas y un valor fiscal de $160 pesos.44
A pesar de contar con dicho formato, no se puede establecer
con precisión el número total de lotes que se vendieron en décadas
posteriores hasta lograr su desarticulación, ni tampoco determinar
si fue el único que se hizo y si éste aplicó para todas las fracciones
vendidas. También se tienen localizados otros 15 contratos de
compraventa notariados que nos brindan información sobre 75
lotes vendidos. Si bien, asumimos que dicha cantidad de lotes
no representa la totalidad vendida; si podemos utilizarla para dar
cuenta de lo que aconteció de manera general en dicha hacienda
durante periodo posrevolucionario.
Como se refirió anteriormente, la mayoría de las primeras
ventas se hicieron en favor de gente cercana a los propietarios,
como fue el caso de la fracción que se le vendió a Leonardo Vázquez
ANED. Silvestre Piñera, 25 de marzo de 1922.
AHED. libro 3 de fincas rústicas de la municipalidad de Canatlán, 19091926, 38.
43
44

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Salcido en representación legal de sus cuatro hijos menores. Se
trataba del último administrador de la hacienda hasta antes del
movimiento revolucionario, y durante su gerencia se iniciaron los
negocios que posibilitaron el desarrollo de la producción frutícola
a escala comercial. El contrato celebrado el 22 de marzo de 1923
estableció que fueron cinco lotes que se le vendieron a Vázquez
Salcido, cuya extensión total fue de 283 hectáreas con un valor
de $16,100, cantidad que debería pagarse en abonos anuales en
un plazo convenido de 10 años para saldar la deuda; cada uno de
los lotes tuvo diferentes medidas y quedaron enajenados para él y
para cada uno de los hijos (véase tabla 1).45
Tabla 1
Fracción vendida a Leonardo Vázquez Salcido
Lote

Nombre

Labor de
temporal

Agostadero

ha

ha

Precio

1

Leonardo Vázquez Salcido

52

23

$4,500

2

Jesús Vázquez Salas

33

25

$3,500

3

Leonardo Vázquez Salas

30

20

$2,800

4

Ramón Vázquez Salas

25

25

$2,500

3

José María Vázquez Salas

30

20

$2,800

TOTAL
170
113
$16,100
Fuente: Elaboración propia con información del contrato celebrado entre
Miguel Pérez Gavilán y Leonardo Vázquez Salcido, ANED, Salvador
Fernández, 22 de marzo de 1923, 131-134.
45

ANED. Salvador Fernández, 22 de marzo de 1923, 131-134.

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Aunado a las ventas, también siguieron arrendando fracciones
de la finca, como fue el caso del contrato celebrado el 26 de
marzo de 1924 con Juan Losoya,46 quien fungió como gestor
oficioso de Manuel Castillón por un terreno ubicado en los
márgenes de la laguna de Santiaguillo con una extensión de 400
hectáreas y por un periodo de arrendamiento de tres años; sin
embargo, también existió la opción de venta. La intención era
explotarlo de manera agrícola, por lo que se tenía proyectada la
inversión en algunas obras de irrigación, en dado caso de que
no hubiese venta, las obras realizadas en los terrenos quedarían
en beneficio de Nicolasa Pérez Gavilán sin ningún costo para
ella.47 Finalmente, la compra de la fracción se llevó a cabo
en 1926, por medio de la empresa “Castillón y compañía”;
a la extensión original se le agregaron 197 hectáreas, por lo
que en total fueron 597 hectáreas con un precio de venta de
$4776.48 Resulta interesante que la adquisición fue realizada
para la Comisión Nacional de Irrigación; si bien en el contrato
no se especifica la utilidad que dicha institución pretendía
darle a los terrenos, se sabe que su objetivo era desarrollar
Juan Losoya era el propietario de la hacienda de Guatimapé ubicada en la
parte norte del municipio, igual que los dueños de La Sauceda también estaba
llevando a cabo un proceso de fraccionamiento de la finca, exactamente con
las mismas intenciones; lo interesante de la fragmentación de su propiedad es
que la mayoría de los lotes fueron vendidos a menonitas que llegaron a establecerse a la región en la década de 1920.
47
ANED. Salvador Fernández, 26 de marzo de 1924, 32-35.
48
ANED. Salvador Fernández, 28 de julio de 1926, 81-84.
46

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obras de irrigación, para lo que era necesario estudiar posibles
tierras irrigables, elaborar los proyectos, llegar a acuerdos con
propietarios de tierras y dar concesiones a aquellos particulares
que estuvieran dispuestos a financiar obras.49 En este caso,
la pretensión fue un proyecto de irrigación en La laguna de
Santiaguillo en Guatimapé, con el propósito de incrementar la
producción agrícola en la región.50
Nuevamente la familia se hizo presente en el proceso de
venta de fracciones, esta vez, en 1925, los hijos y sobrinos de
Nicolasa Pérez Gavilán figuraron como compradores; dos de
ellos ni siquiera vivían en el país. La compraventa se realizó por
cinco lotes, uno para cada uno de sus familiares, y en total fueron
1,296 hectáreas con un precio de $2,292 pesos (véase tabla 2).
Llama la atención el precio de las fracciones, y también que en
el mismo contrato se asentó que la vendedora declaraba que de
manera previa ya había recibido por parte de cada uno de los
compradores el pago correspondiente.51

Jean Meyer, “La nueva política y el campo”, en Historia de la Revolución
mexicana 1924-1928, la reconstrucción económica, ed. Por Enrique Krauze,
Jean Meyer y Cayetano Reyes (México: El colegio de México, 1981), 107182.
50
Archivo Histórico del Agua (AHA). Estudios y proyectos, Núm. 1 /Dgo/
Anaquel 15, Entrepaño A, 1926, 10
51
ANED. Salvador Fernández, 11 de mayo de 1925, 193-195.
49

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Tabla 2
Fracciones vendidas a los Pérez Gavilán
Lote

Nombre

Extensión ha

Precio

1

Joaquín Pérez Gavilán

240

$480

2

Ana María Pérez Gavilán

250

$500

3

Asunción Pérez Gavilán de
Navarro

255

$510

4

Rafael Pérez Gavilán

317

$334

5

Jorge Pérez Gavilán

234

$468

1,296

$2,292

TOTAL

Fuente: Elaboración propia con información del contrato celebrado entre
Nicolasa Pérez Gavilán y sus familiares, ANED, Salvador Fernández, 11 de
mayo de 1925, 193-195.

En agosto de 1930 se registró la venta de 10 lotes pertenecientes
al potrero denominado “El Chaparro” (véase tabla 3). Entre todos
tenían una extensión de 1,767.5 hectáreas y representaron un
ingreso de $23,771 pesos; el precio por hectárea osciló entre los
$10 y $15 pesos, y si lo comparamos con la fracción vendida a
los Pérez Gavilán en 1925, podemos decir que el precio estaba
elevado, si consideramos que ambas fracciones fueron calificadas
como tierras de agostadero; sin embargo, también es evidente que
en un lapso de cinco años la tierra aumentó su valor.52
AHED. Libro 4 de fincas rústicas de la municipalidad de Canatlán, 19301931, 74 y 76.
52

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Tabla 3
Lotes vendidos pertenecientes al potrero denominado “El Chaparro”
Lote

Nombre

Extensión ha

Precio

234.5

$3,752

1

Jesús R. Rodríguez

2

Juan Quiñones

170

$2,210

3

Heriberto Díaz

167.5

$2100

4

Raúl Rodríguez

225

$3,150

5

Antonio Sifuentes

118

$1,180

6

Rafael Diaz y Diaz

240

$3,600

7

Ismael García González

205

$2,665

8

Juan García

176

$2122

9

Miguel García

129

$1,762

10

Fidel Guerrero

102.5

$1,230

TOTAL
1767.5
$23,771
Fuente: Elaboración propia con información del AHED, libro 4 de fincas
rústicas de la municipalidad de Canatlán, 1930-1931, 74 y 76.

Igualmente, en noviembre de 1931 se vendió la fracción de terrenos
perteneciente al denominado “Llano de San Francisco”, ubicado
en la parte noreste de la finca en colindancias con la hacienda de
Santa Isabel (véase tabla 4). Nuevamente, se trató de 10 lotes con
extensiones variadas y un precio promedio por hectárea de $19.7
pesos; entre todos abarcaban 1,830 hectáreas y el valor total fue de
$35,020 pesos. Igualmente, las tierras estaban clasificadas como de
agostadero, sin embargo, en una de las porciones había un manantial
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al que algunos de los lotes tenían derecho, como se asentó en la
escritura pública elaborada por el notario López Portillo, lo cual
nos indica que en este llano había posibilidades de abrir campos de
cultivo de manera relativamente rápida.
Tabla 4
Parte de los lotes vendidos pertenecientes al “Llano de San Francisco”
Lote

Nombre

Extensión ha

Precio

11

Tomás Cortés

261

$4,230

12

Salvador Rosa

211

$3,390

13

Jerónimo Vázquez

177

$3,240

14

Porfirio Ruiz y Heriberto Ruiz

269

$6,210

15

Marcelo Rivas

55

$1,510

16

Manuel Nieves

263

$4,050

17

Jesús María Quintana

50

$1,000

18

Jerónimo Vázquez

177

$3,240

19

Porfirio Ruiz y Heriberto Ruiz

269

$6,210

20

Gregorio Valenzuela

98

$1,940

1830

$35,020

TOTAL

Fuente: Elaboración propia con información del AHED, libro 4 de fincas
rústicas de la municipalidad de Canatlán, 1930-1931, 177 y 178.

Se estima que en la década de 1930 fue cuando se registraron las
últimas ventas de la hacienda de La Sauceda, sin embargo, no se
puede determinar con exactitud cuál fracción fue la última vendida
ni tampoco el año preciso. Lo que sí podemos afirmar es que durante
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dicha década se dotaron la mayor parte de los ejidos de Canatlán, por
lo que se asume que fue cuando la propiedad perdió el mayor número
de hectáreas. Respecto a los adquirentes de los lotes, podemos decir
que los primeros eran personas cercanas a los propietarios, dígase
amigos, familia o gente de confianza como el caso de Leonardo
Vázquez Salcido o el de Jesús Rodríguez González. Sin embargo,
con el paso del tiempo también hubo interés por parte de pequeños
propietarios y rancheros vecinos de la zona, los cuales probablemente
no quisieron desaprovechar la oportunidad de comprar buenas tierras
para incorporarlas a las que ya poseían.
3. Reforma agraria y conformación del ejido de la Sauceda
Alan Knight caracterizó la historia de la reforma agraria en dos
maneras distintas. Por un lado, una reforma primaria realizada de
manera más o menos rápida, la cual tuvo un carácter institucional
y respondió de manera directa a los postulados de la Revolución
que se había llevado a cabo con anterioridad. Y por otro lado,
una reforma agraria secundaria o “de arriba hacia abajo”, con una
articulación no tan clara respecto a la movilización revolucionaria,
que además requirió de la organización y apoyo estatal, de forma
que las acciones de dotación que se realizaron durante este tiempo
obedecieron más a un carácter político que a causas populares.53
Debido a que la reforma primaria fue la que manifestó y
dio continuidad a la idea de despojos ocurridos de manera previa,
Knight, “Tierra y Sociedad en el México revolucionario: la destrucción de
las grandes haciendas”, 33.
53

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y además abanderó la redistribución equitativa de las tierras como
forma efectiva de garantizar la justicia, fue la que se instaló en
el imaginario político nacional y sirvió como herramienta para
explicar y justificar el movimiento revolucionario, aunque se trató
de un movimiento muy diverso. Sin embargo, lo definido como
reforma secundaria también resulta ser interesante para comprender
la historia del reparto de tierras en la primera mitad del siglo XX,
debido a que en algunos contextos fue la modalidad operante.
De manera tentativa, se plantea que el reparto de
tierras en la región de Canatlán puede incorporarse a la idea de
reforma secundaria propuesta por Alan Knight, debido a que
durante el proceso hubo manifestaciones que se ajustan a dicha
representación. Esto puede observarse, por ejemplo, con el apoyo
condicionado de líderes políticos a través de organizaciones
sindicales que beneficiaban a sus miembros, o con la fuerte
intromisión estatal por medio del impulso de proyectos, lo cual
permitió que para finales de la década de 1930 hubiera cincuenta
y cuatro ejidos agrícolas en el municipio.
Durante el proceso de reparto se establecieron alianzas con
agrupaciones políticas y sindicales que fueron surgiendo a nivel
nacional y también en el ámbito local cuya intención aparente
era encausar las demandas de los campesinos, fungiendo como
intermediarios entre los campesinos y el Estado. De tal manera
que en marzo de 1920 se constituyó en esta entidad el Sindicato
Agrario Confederado de Durango, agrupación que se integró por
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los comités particulares ejecutivos que por ley debían organizarse
en todos los núcleos de poblaciones como solicitantes de tierras.
Dicho sindicato se formó bajo la dirigencia de Alberto Terrones
Benítez54 y resultó ser la primera y más importante agrupación de
su tipo constituida en el estado.55
El objetivo de tal agrupación era luchar por la restitución y
dotación de tierras, enfrentando a las autoridades que obstaculizaran
o impidieran la aplicación de las nuevas leyes agrarias,56 para lo
cual era necesario congregar al mayor número de campesinos que
tuvieran dicha necesidad, además del establecimiento de alianzas
con otras agrupaciones a nivel nacional. En octubre de 1920, el
Sindicado encabezado por Alberto Terrones y Severino Ceniceros
decidió unirse al recién conformado Partido Nacional Agrario
(PNA) y de esta forma fortalecer las acciones que pretendían
llevar a cabo en materia agraria en el estado, y logrando convertir
a Severino Ceniceros en un importante líder del PNA.57
Aunque la actividad del sindicato se desarrolló con mayor
amplitud en la zona oriente del estado, también tuvo una fuerte
presencia en la región de valles, dentro de las cuales se pueden
Pedro Salmerón Sanginés, “Lucha agraria y revolución en el oriente de
Durango (1900-1929)”, Historia Mexicana 6, núm. 1 (2006): 117–73.
55
Pavel Leonardo Navarro Valdez, El cardenismo en Durango: Historia política regional 1934-1940 (Durango: Instituto de Cultura del Estado de Durango, 2005), 29.
56
Salmerón Sanginés, “Lucha agraria y revolución en el oriente de Durango
(1900-1929)”, 164.
57
Salmerón Sanginés, 164.
54

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mencionar: Nombre de Dios, Durango, Canatlán, San Juan del Río,
Pánuco de Coronado y Peñón Blanco, zonas en las que el reparto de
tierra tenía que darse de manera urgente, debido principalmente a la
presión ejercida por la alta densidad de la población y la existencia
de grandes latifundios que se habían establecido en las llanuras,
acaparando la tierra y por ende la actividad agrícola.58
En la zona de la Sauceda en Canatlán, en 1929, se
conformó el Comité Particular Ejecutivo de La Sauceda, el cual
estaba encabezado por Juan Soto, Apolinar Reyes, Aniceto Martel,
Emiliano Talamantes, Anacleto Vela y Amalio Hernández, quienes
eran vecinos de la hacienda. Dicha agrupación presentó ante la
Comisión Local Agraria una solicitud de tierras correspondiente,
donde se estableció la apremiante necesidad que tenían de tierras
ejidales, debido a que se trataba de un pueblo agricultor que no
poseía tierras propias, lo cual los había obligado a malbaratar su
trabajo con los dueños de la hacienda de la Sauceda, con lo que
habían descuidado la educación de sus hijos.59
La solicitud elaborada por los campesinos estaba dirigida
al gobernador del estado, quien a su vez la remitía a la Comisión
Local Agraria para que se iniciara el trámite y recabara los datos
necesarios de cada pueblo o congregación y así darle continuidad
a lo solicitado. El pueblo debía contar con un mínimo de 25
Navarro Valdez, El cardenismo en Durango: Historia política regional
1934-1940, 30.
59
Periódico Oficial del Gobierno del Estado de Durango (POGED). Tomo
LXII, Durango, Domingo 19 de mayo de 1929, Núm. 40, 530. Solicitud de los
vecinos de La Sauceda Canatlán pidiendo tierras ejidales.
58

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capacitados o campesinos sin tierra, siendo jefes de familia o
varones solteros mayores de 18 años sin capital y dedicados al
cultivo de la tierra. Una vez reunida toda la información de cada
pueblo o congregación, se procedía a dictar resolución de los casos
por parte de la Comisión Local Agraria, quien regresaba el trámite
al gobernador para que lo ratificara de manera provisional y después
la Comisión Nacional Agraria pudiera someter los expedientes a la
resolución definitiva por parte del presidente de la república.60
En 1930, en el pueblo de La Sauceda se constituyó el
“Sindicato Ignacio Altamirano” conformado por un grupo de
campesinos que estuvieron impulsando el derecho a obtener la
dotación ejidal en conjunto con el Comité particular, liderados por
Anacleto Vela, Ángel Reyes, Eraclio Nieves y Juan Castañeda.
Evidentemente, su objetivo fue establecer alianzas con las demás
agrupaciones estatales para poder tener ventaja en el proceso
burocrático en que se encontraban inmersos. Sin embargo,
también tuvieron que enfrentar las estrategias emprendidas por
los dueños de la hacienda para retrasar o entorpecer los trámites.
Con base en la Ley de Dotaciones y Restituciones de Tierras y Aguas publicada el 23 de abril de 1927, se consideraba que todos los pueblos que carecieran de tierra y agua eran sujetos de derecho ejidal, cada uno de los poblados
que quisieran ejercer dicho derecho tenían que con al menos 25 campesinos
capacitados, asimismo, se estableció la capacidad agraria individual, y parar
ello habría que ser mexicano varón mayor de 18 años o mujer soltera o viuda
con familia a su cargo, ser vecino del pueblo solicitante, ser agricultor y no
tener bienes con valor mayor a mil pesos. Jorge Gómez de Silva Cano, El derecho agrario mexicano y la Constitución de 1917 (Ciudad de México: Instituto
Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, 2017).
60

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�La Sauceda

A los pocos meses de haberse creado, el sindicato interpuso una
queja ante la Comisión Local Agraria, en la cual se mencionó
que un grupo de setenta vecinos que eran incondicionales a los
dueños de la finca habían sido incluidos en el padrón ejidal, por
lo que también resultarían beneficiados con la dotación, lo que
no tendría que haber sucedido ya que ellos contaban con tierras.61
De acuerdo con el censo de población de 1930,62 en
La Sauceda había un total de 476 habitantes, es decir, treinta
y siete personas más que en 1910. Si bien el aumento pudiera
considerarse como mínimo, no lo es tanto si pensamos que durante
el movimiento revolucionario en la mayoría de las comunidades
la tendencia fue a la baja; por lo tanto, es probable que el aumento
registrado esté vinculado con el hecho de un año antes se iniciaron
los trámites para conformar el ejido, lo cual influyó para que
llegaran campesinos con la pretensión de obtener tierras ejidales.
Durante las averiguaciones del proceso para la
conformación del ejido, la dueña de la hacienda compareció
para defender su predio de la solicitud de dotación de tierras, e
hizo objeciones al censo con el argumento de que 14 solicitantes
no tenían derecho a recibir parcela ejidal. Además, señaló que
la finca solo contaba con 210 hectáreas de terrenos de temporal
de segunda y por lo tanto no podía ser afectada, y exhibió un
AHED. Queja interpuesta ante la Comisión Local Agraria por parte del
Sindicato Ignacio Altamirano de “La Sauceda”, 1930. Agrario del siglo XX,
documento sin clasificar.
62
Secretaría de la Economía Nacional, Censo General de la República Mexicana (Dirección General de Estadística, 1930).
61

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escrito firmado por 84 vecinos que rechazaban recibir tierras. No
obstante, el procedimiento continuó y el 4 de diciembre de 1933
la Comisión Local Agraria publicó la resolución que le otorgó a
los vecinos del poblado de la Sauceda 2,736 hectáreas de tierras
(véase mapa 2), después de haber comprobado la existencia de 130
individuos capacitados para recibir parcelas ejidales, afectando
únicamente a la hacienda de la Sauceda debido a que era la única
que había en un radio de siete kilómetros. En esta zona había
terrenos de humedad, de temporal de segunda, por la cercanía
del río de La Sauceda, así como una gran cantidad de tierras de
agostadero para la cría de ganado y una huerta.63
Sin embargo, ante la necesidad de más tierras, los habitantes
de La Sauceda tramitaron la solicitud de ampliación al año
siguiente, y se les dotó por resolución presidencial el 13 de octubre
de 1937 con una superficie de 2,874 hectáreas para beneficiar a 122
solicitantes; la extensión total también se tomó de manera íntegra
de la misma hacienda, de las cuales 296 eran de temporal y 2,578
de agostadero, que se ubicaban en los Potreros del Zorrillo y El
Bosque.64 Además de la dotación del referido pueblo, la hacienda
de los Pérez Gavilán también resultó afectada por las dotaciones y
ampliaciones del pueblo de San José de Gracia iniciadas en 1919;
Canatlán, Presidio y la Cañada en 1926; Donato Guerra y Bruno
Martínez en 1930 y Rancho Seco en 1932.
63
64

ARAN. Expediente 42/638, municipio Canatlán, núcleo agrario La Sauceda.
Diario Oficial de la Federación. 8 de noviembre de 1937, 1.

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Mapa 2
Dotación y ampliación del ejido de La Sauceda

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Tres décadas después de haberse iniciado el reparto agrario, la
mayor parte de la hacienda de la Sauceda estaba desarticulada.
De las 29,730 hectáreas con las que contaba en 1903,65 para la
década de 1940 solo contaba con dos huertas de poco menos 20
hectáreas cada una y el casco con una extensión de 10 hectáreas.66
Después de haber sido una de las fincas más importantes de
la región desde tiempos coloniales, y haber permanecido por
más de ochenta años en las manos de la familia Pérez Gavilán,
quienes supieron usufructuar el vasto territorio, con el paso del
tiempo La Sauceda quedó reducida a un conjunto de edificaciones
abandonadas.
Consideraciones finales
La desintegración de la hacienda de La Sauceda fue un proceso
complejo en el que intervinieron diversos elementos a lo largo
del tiempo. De lo que sí se está seguro es de que, en la última
etapa, fue resultado del movimiento revolucionario que se había
propuesto acabar con el régimen de Porfirio Díaz y todo lo que
éste representaba; desde luego, la tenencia de la tierra figuró
como un componente primordial.
Como se pudo observar, la desintegración de hacienda de la
Sauceda se dio a partir de dos formas distintas: el fraccionamiento
AHED. Registro de fincas rústicas para la municipalidad de Canatlán,
1898.
66
AHA. Testamento de la Sra. Nicolasa Pérez Gavilán, Aguas Nacionales,
Caja 784, Exp. 9461, Legajo 1
65

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y la dotación ejidal. En el caso del fraccionamiento, se manifestó
desde el porfiriato, quizás en menor escala que durante el
periodo posrevolucionario, pero encontramos evidencia de dicha
fragmentación. Por una parte, la separación que hizo Isabel Pérez
Gavilán, la cual dio origen a la hacienda Santa Isabel; y por
la otra, la venta del Rancho de San Bartolo a la familia López
Negrete; de las 32,080 hectáreas que abarcaba la finca en 1898,
pasó a poseer 29,730 hectáreas en 1903, es decir, en tan solo cinco
años hubo una reducción de 2,350 hectáreas. Esto demuestra, de
manera contraria a lo que tradicionalmente se cree, que durante
el porfiriato, al menos en esta finca, hubo una tendencia a la
disminución de su tamaño.
La Revolución Mexicana iniciada en 1910 fue un proceso
de gran importancia que dio paso a la transformación de las
estructuras económicas, políticas y sociales del país, y estableció
las bases para una nueva etapa de desarrollo de la nación mexicana,
debido entre otras cosas a que posibilitó el debilitamiento del
viejo orden agrario que había imperado hasta el momento. Por lo
tanto, una vez concluida la lucha, hubo necesidad de redistribuir
la tierra y beneficiar a las clases rurales. Sin embargo, este fue un
proceso que implicó una serie de conflictos entre los diferentes
grupos o fracciones de la sociedad mexicana, en donde cada
uno de ellos luchó para defender su posición. Por una parte,
los campesinos exigían ser dotados de tierras, y por la otra, los
hacendados buscaban diferentes alternativas para retrasar o evitar
la expropiación de sus fincas.
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Es por ello por lo que Nicolasa Pérez Gavilán resolvió
iniciar con el fraccionamiento de su hacienda, para lo cual
nombró a su primo Miguel como su apoderado legal para que se
hiciera cargo de dicha encomienda. Si bien en el discurso se hacía
referencia a las buenas intenciones por parte de la dueña para
contribuir a la formación de la pequeña propiedad, es evidente
que su intención fue contrarrestar los efectos de la reforma en su
propiedad. De esta manera, el proceso de fragmentación se dio en
diferentes etapas y modalidades. En un primer momento fueron
fracciones pequeñas que medían aproximadamente mil metros
cuadrados; después, hubo algunas ventas que favorecieron a
familiares y gente cercana, por lo que las extensiones fueron
mayores y en algunos casos los precios fueron mínimos; en la
última etapa, se logró estandarizar tanto las medidas de las
fracciones como los precios en los que se vendieron. Además, los
compradores fueron propietarios de la zona que ya poseían tierras
con anterioridad, es decir, el campesino sin tierras no figuró en el
proceso de fragmentación.
Respecto a la dotación ejidal, podemos decir que fue
un proceso en el que ambas partes lucharon para conseguir sus
propósitos. Los hacendados buscaron a toda costa mantener su
estabilidad y predominio, sin embargo, las circunstancias políticas
del periodo posrevolucionario no les fueron favorables. A pesar
de los intentos de eludir el proceso de reparto, como se vio en el
último apartado, la hacienda fue afectada para la constitución de
siete ejidos, entre ellos el del poblado de la Sauceda que atañe al
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presente trabajo. Por su parte, los campesinos no sólo tuvieron que
enfrentar las dificultades político-administrativas del gran aparato
de la legislación agraria, sino también los mecanismos legales y
de represión que el hacendado emprendió como dispositivo de
defensa. Fue durante la década de 1930 cuando la reforma agraria
se ejecutó de manera más amplia y sistemática, lo cual constituyó
la mayor pérdida de tierra de las haciendas, y por consiguiente del
poder de los hacendados que hasta ese momento habían tenido el
control del territorio.
Referencias
Archivo
Archivo Histórico del Estado de Durango (AHED)
Archivo de Notarías del Estado de Durango (ANED)
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Hemerografía
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Periódico Oficial del Estado de Durango (Durango)
Periódico Oficial del Gobierno del Estado de Durango (Durango)

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�Documentos para la historia social del catolicismo
rioplatense: La visita episcopal de Benito Lué y Riega
(1803-05)
Camilo Zarza Valencia
Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”
(UBA-CONICET), Buenos Aires, Argentina
orcid.org/0009-0006-5361-2053

Introducción
El documento que vamos a introducir en este texto es la “Santa y
General visita pastoral del Ilustrísimo Señor Obispo Don Benito
Lué y Riega Obispo de la Santísima Trinidad Puerto de Santa
María de Buenos Aires”. Visita pastoral que fue llevada adelante
entre 1803 y 1805 por quien era en aquel entonces obispo de
Buenos Aires, Benito Lué y Riega. El documento cuenta con el
valor excepcional de ser el único registro disponible de una visita
episcopal para el periodo colonial en el Río de la Plata. A su vez,
posee una riqueza particular porque también nos permite conocer
el estado del despliegue de dispositivos religiosos en el espacio
diocesano para el trienio que abarcó y que incluyó en su itinerario
a los pueblos de indios y parroquias de Corrientes, Entre Ríos,
Santa Fe, Buenos Aires (provincias del actual territorio nacional
argentino) y los dispositivos religiosos de la Banda Oriental del
río Uruguay (Uruguay).
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�Documentos para la historia

Trabajamos en este apartado con la versión que editó
Prohistoria Ediciones en el año 2021. El libro, coordinado por
la Dra. María Elena Barral,1 presenta una versión transcripta y
comentada de la visita episcopal por un grupo de investigadores
formados y en formación. La publicación forma parte de los
resultados de un proyecto de investigación radicado en el
Departamento de Cs. Sociales de la Universidad Nacional de
Luján, titulado “El gobierno de territorios y poblaciones rurales
en el espacio litoral rioplatense: disputas y conflictos, 17561810” (2016-2019) dirigido por la Dra. María Elena Barral, el
Prof. Raúl O. Fradkin y el Dr. Oscar Trujillo.
El libro presenta además de la transcripción comentada,
un glosario de términos eclesiásticos y unas cartografías de los
sitios de culto. Estos capítulos son importantes porque brindar
una información complementaria que acerca el documento a
lectores no especializados en la historia religiosa tanto como
para los lectores que no estén familiarizados con la geografía
rioplatense o con los términos vinculados a la ritualidad
cristiana. Otros de los trabajos que acompañan la edición fue
escrito por Fernando Heinzen, responsable del Archivo Histórico
del Arzobispado de Santa Fe de la Vera Cruz, y presenta un
aporte valioso para contextualizar el hallazgo del documento y
María Elena Barral, coord., La visita del obispo Lué y Riega: transcripción
y edición de la Santa y General Visita Pastoral del Ilustrísimo Señor Obispo
Dn Benito Benito Lué y Riega Obispo de la Santísima Trinidad Puerto de Santa María de Buenos Aires (1803-1805) (Rosario: Prohistoria, 2021).
1

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su preservación. Un último texto acompaña el documento que
nos brinda un estudio introductorio sobre mundo social que nos
permite conocer la visita escrito por el Prof. Raúl O. Fradkin
y la Dra. María Elena Barral. No me detendré específicamente
en los artículos que acompañan la visita, ya que el propósito
de este texto es el de brindar al lector ejemplos y referencias
del documento que nos permitan dimensionar algunos de los
posibles aportes que brinda la fuente para la historia social del
catolicismo rioplatense.
1. Un archivo fragmentado o el derrotero de una
fuente primaria
Los documentos para la historia de la iglesia en el Río de la
Plata, o al menos para la histórica diócesis de Buenos Aires, se
encuentran dispersos y fragmentados. Esto se debe a que en 1955
se incendió el archivo de la Curia Metropolitana perdiéndose
un valioso repositorio que sin embargo está presente para otras
latitudes como la diócesis de Córdoba del Tucumán, en el centro
del actual territorio nacional argentino. De aquel incendio de
la catedral de Buenos Aires, sobrevivió algo de los papeles
vinculados al cabildo eclesiástico y algunas colecciones de
documentos editados previamente al incendio. Como resultado de
aquella ausencia, por lo general, los trabajos y las investigaciones
que se llevan adelante en el marco de la historia social del
catolicismo rioplatense, entonces, deben recurrir a las salas del
Archivo General de la Nación Argentina o bien a los diferentes
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�Documentos para la historia

archivos eclesiásticos que se pueden encontrar en las antiguas
iglesias matrices de la diócesis.2
Previamente a la edición que se refiere en este apartado,
circuló una versión que compiló el presbítero e historiador Edgar
Stoffel en el año 1992 bajo el nombre “Documentos inéditos de la
santa visita pastoral del obispado del Río de la Plata”. En ella se
reproducían en copia facsimilar el original de la visita y contaba
con una introducción histórica al documento.
El manuscrito original de la visita pastoral fue encontrado
en el Archivo Histórico del Arzobispado de Santa Fe de la Vera
Cruz. El texto se divide en dos apartados, como veremos, el
primero llamado “cuaderno de la visita”, que incluye 84 folios
en su mayoría de 21 cm de ancho por 31 cm de largo, mientras
que el “registro de las licencias” incluye 29 folios.3 En cuanto
al contenido de cada uno de estos apartados, mientras que uno
trabaja sobre la recorrida y visita de los dispositivos religiosos
desplegados por el espacio diocesano, el otro versa sobre las
licencias que otorgó en el transcurso de su recorrida el obispo
Lué y Riega.

Roberto Di Stefano y José Zanca, “Iglesia y catolicismo en la Argentina.
Medio siglo de historiografía.” En Anuario de Historia de la Iglesia, no. 24
(2015), https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=35542301002.
3
Fernando Heinzen, “Hallazgo de los escritos de la Santa Visita Pastoral del
Obispado del Río de la Plata por el Obispo Lué y Riega 1803-1805” en La visita del obispo Lué y Riega… coord. María Elena Barral (Rosario: Prohistoria,
2021).
2

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�Camilo Zarza

2. El obispo y sus secretarios
El obispo Benito Lué y Riega nació en Asturias, el 12 de marzo
de 1753, se doctoró en sagrada teología y arribó al obispado de
Buenos Aires a los 50 años de edad, luego de una trayectoria
eclesiástica en la península. El último cargo que detentó allí fue el
de deán, en la catedral de Lugo, Galicia. Desembarcó en América
un 22 de abril y luego de que el obispo Mariano Moscoso, de la
diócesis de Córdoba del Tucumán, lo ungiera –a principios de
junio– partió a Santa Fe de la Vera Cruz para llevar adelante la
visita episcopal. A grandes rasgos, se sabe que la visita pastoral
constituyó una obligación para los prelados establecida por el
concilio de Trento (1545-1563) y que estas permitían recoger y
recopilar información sobre las diferentes realidades sociales y
religiosas que se encontraban en el espacio diocesano que les toca
gobernar.
Su gobierno episcopal en Buenos Aires, se extendió
desde 1803 hasta 1812 y estuvo signado por un agitado clima
político en la ciudad de la Trinidad, si tenemos en cuenta que una
vez terminada la visita, la ciudad se vio conmocionada por las
invasiones inglesas en dos oportunidades, primero en 1806 y casi
un año después en 1807. Luego, años más tarde, el obispo fue
testigo de otros acontecimientos que tuvieron un fuerte impacto
político, como la asonada de Martín de Álzaga en 1809 y después,
en mayo de 1810, el establecimiento del cabildo abierto y la
primera junta de gobierno. El obispo mostró, por aquellos días,
sus convicciones realistas frente al movimiento independentista.
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�Documentos para la historia

Falleció en 1812 dejando el obispado en sede vacante que el
contexto revolucionario prolongó durante décadas. 4
Es más que probable que también el obispo no haya
realizado el recorrido en soledad. Del texto se desprenden en
general la presencia de, al menos, dos secretarios de la visita los
cuales llevaron adelante la escritura del documento en distintos
momentos. Fue el primer secretario de la visita, el Licenciado
Don Mariano Ruiz de Navamuel, quien aparece mencionado al
comienzo de la visita en la ciudad de Santa Fe, el 13 de junio
de 1803. Según consta en su relación de méritos y servicios
presentada en el obispado de La Paz en septiembre de 1803 –
ya luego de la visita–, era natural de la Villa Paredes de Nava
en Palencia y tenía 27 años y de “estado noble”. Arribó a este
continente en la comitiva que llegó junto al prelado Benito Lué
y Riega. Navamuel contaba entre sus méritos con una trayectoria
en la administración eclesiástica en la península que incluían,
entre otras cosas, haber sido visitador general, abogado de
cámara y secretario al servicio del difunto obispo Buenaventura
Moyano, en su efímero obispado en Palencia. A finales de 1803,
el secretario abandonó al prelado porteño para concursar en la
canonjía doctoral en la catedral de La Paz.5
En reemplazo del anterior encontramos a José Francisco
de la Riestra, quien ocupó el rol desde el segundo tramo iniciado
Vicente Cutolo, Nuevo Diccionario biográfico argentino (1750-1930),
Tomo Cuarto. (Buenos Aires: Editorial Elche, 1983)
5
Archivo General de la Nación Argentina (AGN). Sala IX 2747 Exp. 1394.
4

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el 8 de mayo de 1804 hasta la finalización de la visita pastoral, el 1
de noviembre de 1805. De la Riestra, natural de Gijón, sacerdote,
se graduó de doctor en ambos derechos. Luego de su trabajo como
secretario de la visita, fue director del Convento de las Catalinas
en Buenos Aires y a su vez, rector del Seminario Conciliar entre
1807 y 1810. Al momento de la independencia, fue enviado a las
provincias por su “fervor a la causa realista”.6
Es posible que el obispo recién llegado a la diócesis de
Buenos Aires haya elegido personas de su confianza para ser sus
secretarios. En este sentido, no es llamativo que ambos secretarios
hayan sido naturales de la península ibérica y de comprobada
trayectoria en el Viejo Mundo e incluso, que hayan tenido
conocimientos en derecho. Sería interesante seguir indagando sobre
el rol de secretario de la visita en futuros trabajos de investigación,
para poder pensar en si además de registrar los acontecimientos,
quizás, haya podido intervenir frente a algunas situaciones
aconsejando o asesorando en la toma de decisión al prelado.
3. El cuaderno de la visita
De manera general, este primer apartado de la visita presenta un
formato más o menos estandarizado. Encontramos que se informa
sobre el nombre de la parroquia o capilla que se está visitando –
incluyendo muchas veces un listado de oratorios dependientes–,
el cura vicario que la tiene a su cargo, el teniente si lo hubiese, el
Vicente Cutolo, Nuevo Diccionario biográfico argentino (1750-1930),
Tomo Sexto. (Buenos Aires: Editorial Elche, 1975)
6

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�Documentos para la historia

capellán o mayordomo, el notario y se comienza con la visita de la
iglesia. Tomaremos en las páginas que siguen algunos ejemplos de
este registro de la visita, referidos a las instancias administrativas
parroquiales, la materialidad de los sitios de culto y el registro en
los pueblos de misión. Luego de esta somera revisión del itinerario
episcopal podremos observar más detenidamente la información
que se brinda el registro de Licencias.
La revisión de las instancias administrativas parroquiales:
Cuando pensamos en las instancias administrativas parroquiales
lo hacemos principalmente a partir de los libros de partidas –
bautismos, matrimonios, entierros– y las cuentas de fábrica.
Ambos registros guardan relación con la recaudación que lleva
adelante cada dispositivo religioso, no sólo para su subsistencia
y la del cura sino también el sustento de toda la diócesis y sus
agentes religiosos (obispo, cabildo eclesiástico, beneficiados).
En primera instancia, el obispo solía revisar los libros de
partidas en el que se registraban los bautismos, los casamientos
y las defunciones. Esta revisión podía generar obligaciones
y compromisos del cura vicario con el prelado en términos
administrativos, vinculados a la omisión de alguna nota, como por
ejemplo en la Parroquia de Santa María del Puerto de Las Conchas:
Se comisionó al sobredicho Cura actual para que enmendase
varias partidas que se hallan con defectos notables como son
falta de firmas, omisión de nombres de bautizados y sus padres.
Y a fin de que averigüe si viven los que han incurrido en estos
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defectos, y repararlos del mejor modo, anotando al margen la
causa de ellos y firmándolo.7

Estas omisiones llamaron la atención al obispo, pues una
adulteración en estas entradas redundaba en un menor ingreso a
las cajas de la fábrica de la iglesia local, por un lado, pero también
en una reducción en los ingresos a nivel general del obispado, por
ejemplo, en las “cuartas episcopales” que recibía el prelado por
cada nacimiento, casamiento o defunción.
Es por esto que, de la misma manera, se llevaba adelante
una revisión de los libros de cuentas de fábrica. Era una tarea de
los mayordomos o tenientes de cura mantener estos libros en los
que se registraban ingresos y egresos de la fábrica de la iglesia,
pudiendo esta quedar con saldo a favor o registrando alguna
deuda, por ejemplo, en la Capilla de Mercedes ayuda parroquia
de la de Santo Domingo Soriano en la Banda Oriental del Río
Uruguay encontramos la siguiente anotación:
Cuentas. Se han aprobado con caudal existente en deudas de 46
pesos corrientes: se ha comisionado en forma al actual teniente
y a sus sucesores para el ajuste de las futuras, como para el
recobro de las deudas: igualmente se le previno que de los
matrimonios de españoles exija dos pesos para la fábrica y uno
de los de Naturales (Barral, 2021: 103).

Conocemos que algunas parroquias contaban con unidades
productivas anexadas a las iglesias. Conocidas con la
denominación de “Estancias de la Virgen”, el prelado en la
7

Barral, La visita del obispo Lué y Riega, 100.

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medida que se encontraba con alguna pretendía conocer su
estado general. Así encontramos que, en la parroquia de Santo
Domingo Soriano, por ejemplo, frente al vencimiento próximo
del contrato de arrendamiento de dicha estancia con Don Pedo
Manuel García el prelado “…les ha prohibido celebrar contrato
alguno, enajenarla, y empeñarla sin intervención, y aprobación de
Su Señoría Ilustrísima…”.8
De esta manera la visita nos da la posibilidad de observar la
gestión de curas y tenientes de cura desde la revisión de los libros
que hacen a las administraciones parroquiales. Los ejemplos que
se traen aquí no agotan las situaciones que se presentaron en los
años de recorrida pero sí nos sirven para dimensionar una forma
posible de intervención episcopal en dichas gestiones locales.
La materialidad de los sitios de culto:
Otra cuestión interesante que aparece en esta visita episcopal es
el estado material de los dispositivos religiosos.
Muchas veces categorizados a partir del binomio “decente/
indecente” el prelado guarda una preocupación sobre el aspecto y
el mantenimiento de los sitios de culto. Así, por ejemplo, para la
Capilla de Nuestra Señora de la Concepción de la Isla de Martín
García, el mandato episcopal fue que
[…] en vista de su indecencia para celebrar en ella los divinos
oficios por el reducido espacio de su construcción y por estar
contigua a la habitación de los presidiarios se destine para
8

Barral, La visita del obispo Lué y Riega, 104.

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sacristía el terreno necesario; que se compren crismeras de
plata, que se cierre cementerio de pared con puerta y llave; y
una Cruz en el medio…9

El ejemplo nos permite pensar entonces que la materialidad del
lugar de culto no estaba ligada solamente al estado de las paredes,
techos o puertas sino también por el estado material de los objetos
litúrgicos o sagrados. Esta atención episcopal estuvo presente en
otros puntos que visitó el prelado en la diócesis. Así, cuando visitó
la “Capilla de Nogoia, vice parroquia del Gualeguai”, actualmente
situada en la provincia argentina de Entre Rios, el obispo mandó:
[…] que de las existencias, y limosnas, que se recojan se
compre un Cáliz y patena decentes, beneficiando al efecto
que actualmente sirve, por estar indecente: que se encarguen
unas crismeras de plata con su caja de madera: que se haga
pila bautismal con su cubierta y cerradura para conservar el
agua consagrada, según lo previene el Ritual: que se haga un
incensario y naveta aunque sea de bronce: un porta viatico
dorado por lo interior: que se compre un Misal, y un Ritual…10

La observación sobre los objetos sagrados también era extensiva
a la indumentaria que se debía utilizar para la liturgia, como
podemos encontrar en la Capilla de Nuestra Señora del Pilar de
la Guardia del Cerro Largo en la Villa de Melo (actual Uruguay),
donde se registró que:
[…] con consideración a la extremada pobreza de esta Iglesia,
tanto en su construcción, por ser un rancho cubierto de paja sin
9
10

Barral, La visita del obispo Lué y Riega, 107.
Barral, La visita del obispo Lué y Riega, 129.

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sacristía ni otro adorno exterior, que la distinga, como por los
ornamentos y vasos sagrados, reducidos aquellos a una casulla
vieja, que sirve para los tres colores, blanco, encarnado y verde
y otra mejor acondicionada, que hace a negro y morado…11

Este ejemplo de Cerro Largo nos muestra cómo se integraban
realmente los ítems que venimos enumerando. Es decir, de qué
manera se vinculaban en torno a la sacralidad del espacio tanto
la materialidad del sitio de culto como el estado material de
los objetos, alhajas y vestimentas rituales para garantizar cierta
“decencia” o “solemnidad” del culto.
Otra información que nos permite recuperar el documento
que estamos introduciendo es el de los emplazamientos o
erecciones de los sitios. En la visita el obispo llevaba adelante una
actualización de las jurisdicciones. Por ejemplo, llevó adelante
la erección de nuevos dispositivos en atención a la necesidad
que presentaban las feligresías, en la Parroquia de Concepción
del Uruguay (parroquia que hemos mencionado más arriba) nos
encontramos que el prelado dio lugar a la erección de oratorios:
En consideración a la larga distancia de esta Parroquia encargo
Su Señoría Ilustrísima al Cura Vicario que en las dos Poblaciones
de Guayquiraro, y Villaguai proporcione la erección de dos
oratorios públicos para el pasto espiritual de aquellas Almas
exigiendo en estos vecinos el correspondiente allanamiento de
mantener en ellos Sacerdote Secular, o Regular con aprobación
de Su Ilustrísima…12
11
12

Barral, La visita del obispo Lué y Riega, 112.
Barral, La visita del obispo Lué y Riega, 102.

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Lo que nos encontramos en este tipo de situaciones es otra manera
de afirmar el poder episcopal que tiene el prelado. Tomando parte
y haciendo tomar parte a párrocos y vecinos en el establecimiento
de nuevos dispositivos tanto como en la manutención de los sitios
sagrados que en ese momento se encuentran en actividad.
Los pueblos de indios:
En 1767 la expulsión de los Jesuitas implicó que las reducciones
que éstos instalaron y administraron en la jurisdicción de Buenos
Aires fueran ocupadas por sacerdotes pertenecientes a otras órdenes
religiosas como los Franciscanos. Llevada adelante entre abril y
noviembre de 1805, la visita constituye un documento de valor
histórico inestimable para conocer la administración de los pueblos
luego de cuatro décadas de la expulsión. La información recabada
por la comitiva episcopal no se refiere sólo a las cuestiones ya
mencionadas como los objetos vinculados a liturgia, las cuentas de
fábrica o el estado material de los sitios de culto, sino que aparecen
otras problemáticas que han llamado la atención del prelado y nos
parece importante poder mencionar aquí.
A modo de ejemplo, en el pueblo de Santa Lucia de
los Astos, pueblo fundado en 1615 y ubicado actualmente en
la provincia de Corrientes, Argentina, el prelado registró la
estructura gubernamental del pueblo al destacar que:
En él reside un subdelegado, que tiene jurisdicción en lo civil,
criminal y Real Hacienda, la que ejerce igualmente en los
Pueblos de Garzas e Itatí; un administrador de temporalidades,
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con un cabildo compuesto de un Corregidor, dos alcaldes
reales, otro de la Santa Hermandad, un regidor, procurador y
alférez real.13

El administrador tenía la función como enviado de la Corona
de poner límites a la administración religiosa de los frailes que
vivían en los pueblos y a la vez limitar el uso y abuso sobre los
indios, que aún estaban en el régimen de encomienda conocido
como régimen de comunidad por parte de los vecinos.
La preocupación por la situación de los indios bajo el
régimen de comunidad se puede observar cuando se lee que la
comitiva buscó registrar a las familias que habitaban en aquellas
jurisdicciones e identificar cuáles de éstas aún pertenecían a esta
forma de encomienda. En el cuaderno de la vista se anotó que
Santa Lucia de los Astos, “comprende el número de 31 familias,
de las cuales 13 están libres de Comunidad y las restantes viven
bajo su yugo”. Esta información es relevante no sólo porque
nos habla de la pervivencia del régimen de comunidad a pesar
de la ofensiva de la Corona por su supresión definitiva desde
1804 sino que también nos permite saber, cuándo el número está
registrado, cuántas son efectivamente las que aparecen aún bajo
esa modalidad de explotación económica.
Un elemento que también se destaca en la visita de
los pueblos de indios es la corrección de las costumbres. Esta
“corrección” estaba fuertemente relacionada con la cuestión
13

Barral, La visita del obispo Lué y Riega, 133.

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moral y la vigilancia de los cuerpos. Siguiendo con Santa Lucía,
el prelado recomendó en sus mandatos generales que:
Advertida asimismo por Su Ilustrísima la desnudez con que
se presentan en público las mujeres ordinarias y el abuso de
traer los niños desnudos, previno al cura que en las pláticas
dominicales reprenda esto y privadamente encargue a los padres
de familia se moderen en el disimulo con que han procedido
hasta ahora en tolerarlo.14

Resulta interesante el ejemplo que mencionamos anteriormente
para ponderar las posibles intersecciones entre género y raza en
el contexto de los pueblos de indios. La visita aparece como un
documento plausible de ser abordado desde diversas perspectivas
historiográficas y la información que brinda puede resultar útil
para resolver diferentes problemas.
Encontramos entonces que el “cuaderno de la visita” registró
situaciones de la más diversa índole. Desde aquellas cuestiones
vinculadas a la “decencia” del culto y sus sitios hasta la “corrección
de las costumbres”, pasando por la reformulación de jurisdicciones y
erección de dispositivos religiosos. Veamos ahora cómo además de
la “vigilancia” sobre los sitios de culto y las feligresías se extiende a
los agentes religiosos que pueblan la diócesis.
4. Las licencias
El segundo apartado de la edición anotada y comentada que
introducimos en este texto se trata del registro de la visita que el
14

Barral, La visita del obispo Lué y Riega, 133.

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obispo llevó adelante sobre los agentes religiosos de la diócesis.
Instancia privilegiada para pensar la relación interpersonal entre
el prelado y los frailes, capellanes, curas, tenientes de curas y
mayordomos que hacían al personal de la diócesis. El apartado
es variado y no guarda un formato necesariamente estandarizado
como el primero de las visitas a las iglesias. A modo de ejemplo
veamos algunas de las situaciones de los frailes franciscanos del
convento de San Pedro, localidad ubicada al norte de la actual
provincia de Buenos Aires, Argentina, el cuaderno de la visita
registró el paso del obispo y el vínculo con los frailes así en:
Agosto 15, el Padre Fraile Rafael Sainz Orden Franciscano
Recoleto residente en la Estancia de doña Josefa Rodríguez sita
en la Parroquia de San Pedro para celebrar y confesar ambos
sexos en el obispado por dos meses solamente y concluidos se
retirará a su convento de Buenos Aires.15

El sacerdote residía extra muros y prestaba servicios religiosos
en una estancia, con lo cual el prelado extendía esta licencia
por un tiempo concreto y solicitaba que el regular vuelva a su
convento. Sin embargo, no siempre se extendían las licencias sin
más. Para dimensionar por completo el encuentro del prelado con
estos frailes podemos citar una suspensión y sus condiciones, por
ejemplo, el 7 de agosto de 1803 ordenó al “Padre Fraile Francisco
Cuesta del mismo convento suspensas las licencias que tenía
hasta que se presente a examen en la Capital”.16 El “examen”
15
16

Barral, La visita del obispo Lué y Riega, 183.
Barral, La visita del obispo Lué y Riega, 182.

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expresaba entonces el vínculo interpersonal entre el obispo y los
agentes que se encontraban desplegados por el espacio diocesano
y de alguna manera, se presentaba como un ámbito propicio para
ejercer la “corrección” de algunas “fallas” o para reafirmar así
control sobre éstos.
Vemos entonces que el documento registra la fecha de
contacto, junto con el examen de los curas, es decir, la renovación
o revocación de las licencias para celebrar, predicar y confesar
tanto hombres como mujeres o llegado el caso, sólo hombres.
Estas entradas también indican en la mayoría de los casos las
condiciones de esa renovación y el tiempo estipulado para ella.
Existen algunas renovaciones que podríamos llamar “especiales”
que implicaban la habilitación para absolver un tipo específico
de pecados o habilitar matrimonios según sea necesario. El
apartado de las licencias en general puede ser útil a los fines de
reconstruir la red de agentes. Porque brinda al lector una especie
de radiografía del clero secular y regular que se encontraba activo
en la diócesis realmente existente y sus áreas de actuación.
A modo de cierre me gustaría proponer que esta es solo una
lectura posible de la información que nos brinda un documento
que como explicamos más arriba puede considerarse excepcional.
Es importante valorar el trabajo en conjunto y la necesidad de
integrar los repositorios documentales eclesiásticos con el trabajo
de instituciones públicas como son las universidades para su
mayor difusión y visibilidad. Estos documentos, y a esto apuntó la
edición comentada de la visita, no son excluyentes para la historia
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del mundo religioso. Son fuentes que también nos arrojan datos
sobre la sociedad que contribuyó y dio forma a los dispositivos
religiosos, así como a las prácticas de religiosidad. Es decir, una
visita y su registro de licencias, nos son de utilidad para pensar
el despliegue diocesano y sus agentes, pero también contribuye
a aproximarse a las relaciones sociales interétnicas, de género y
clase de un mundo social más vasto. Espero que esta introducción
sirva para contribuir a que otros lectores de otras latitudes se
aproximen a estas fuentes con otros (y nuevos) interrogantes y
trabajos de investigación.
Referencias
Archivo
Archivos General de la Nación Argentina (AGNA)
Fuentes editas
Barral, María Elena, coord., La visita del obispo Lué y Riega: transcripción y edición de la Santa y General Visita Pastoral
del Ilustrísimo Señor Obispo Dn Benito Benito Lué y Riega
Obispo de la Santísima Trinidad Puerto de Santa María de
Buenos Aires (1803-1805). Rosario: Prohistoria, 2021
Bibliografía
Cutolo, Vicente, Nuevo Diccionario biográfico argentino (17501930), Tomo Cuarto. Buenos Aires: Editorial Elche, 1983.
Cutolo, Vicente, Nuevo Diccionario biográfico argentino (17501930), Tomo Sexto. Buenos Aires: Editorial Elche, 1975.
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�Camilo Zarza

Di Stefano, Roberto y Zanca, José “Iglesia y catolicismo en la
Argentina. Medio siglo de historiografía.” En Anuario de
Historia de la Iglesia, no. 24 (2015)
Heinzen, Fernando, “Hallazgo de los escritos de la Santa Visita
Pastoral del Obispado del Río de la Plata por el Obispo
Lué y Riega 1803-1805” en La visita del obispo Lué y
Riega: transcripción y edición de la Santa y General Visita Pastoral del Ilustrísimo Señor Obispo Dn Benito Benito Lué y Riega Obispo de la Santísima Trinidad Puerto de
Santa María de Buenos Aires (1803-1805). coord. María
Elena Barral, Rosario: Prohistoria, 2021. 21-27.

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�La conservación del patrimonio bibliográfico:
colecciones especiales de la Biblioteca UDEM
Arnoldo David Diaz Tamez
Universidad de Monterrey

San Pedro Garza García, México
orcid.org/0000-0002-2341-9248

Introducción
Las bibliotecas han sido reconocidas como guardianas
del patrimonio escrito de la humanidad. Dicha labor debe
desempeñarse bajo el equilibrio entre la protección y conservación
del documento y las facilidades para su consulta y acceso al público
en general.1 Con este texto pretendo mostrar las colecciones de la
Biblioteca UDEM, en la Universidad de Monterrey, en las que
se desarrollan estas actividades y su potencial para la generación
de nuevas investigaciones en los campos de las humanidades, las
artes y las ciencias sociales.
Primero definamos algunos puntos sobre la importancia
de la conservación del patrimonio bibliográfico en la labor de la
investigación histórica. Para ello debemos tener en claro el papel
que juega la escritura en la historia de la humanidad:
Francisca Hernández, El patrimonio cultural: la memoria recuperada (Gijón: Trea, 2002).

1

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�David Díaz

Con este instrumento [la escritura] la memoria humana se
vuelve física y permanece. La escritura sirvió para transmitir
los acontecimientos de la historia humana, pero también pasó
a formar parte del proceso creativo del pensamiento humano.2

Regularmente, historiadores e historiadoras consideramos los
archivos como el recinto clave para obtener información original,
es decir, fuentes primarias en forma de reportes, estadísticas,
mapas y un sinfín de documentos que nos permiten acercarnos
a los pensamientos de quienes vivieron la época que nos
encontremos estudiando.
Sin embargo, las bibliotecas, y la Biblioteca UDEM en
particular, nos proveen de una enorme cantidad de materiales
escritos que pueden considerarse en sí mismos fuentes primarias.
Y en sí mismos, los libros son considerados patrimonio por el
conjunto de valores que representan y su papel como generador
de nuevo conocimiento.3
Ante el crecimiento de la escritura en línea, la conservación
de los materiales bibliográficos se hace una tarea cada vez más
ardua y necesaria pues los libros creados tras la industrialización
del oficio editorial que normalmente no eran incluidos en los
Idalia García Aguilar, Idalia, Miradas aisladas, visiones conjuntas: defensa del patrimonio documental mexicano (México: Sistemas Bibliotecarios de
Información y Sociedad, Centro Universitario de Investigaciones Bibliotecológicas, UNAM, 2001) , 66.
3
Olaia Fontal Merillas, La educación patrimonial: teoría y práctica para el
aula, el museo e Internet. Biblioteconomía y administración cultural (Gijón:
Trea, 2003).
2

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�La conservación del patrimonio

programas de conservación y restauración, hoy son revalorados
y pasan a formar parte de las colecciones históricas de diversas
bibliotecas, entre ellas la biblioteca central de la UDEM.
Pasaremos a mostrar las diferentes colecciones especiales
que se resguardan en esta universidad, su valor, la historia
de algunos de sus creadores, las posibilidades de su uso y las
maneras en la que la comunidad puede sacar provecho de las
mismas. Como biblioteca consideramos que nuestra labor es
principalmente la de custodios, siendo el conocimiento y la
creatividad el objeto de nuestra protección. Pero creemos que la
función de una biblioteca no termina en la simple custodia, sino
que debemos impulsar el uso del patrimonio bibliográfico con
miras a crear nuevos conocimientos.
1. Colecciones especiales en la Biblioteca UDEM
En la Biblioteca UDEM se consideran colecciones especiales a
aquellas que han sido donadas y conservadas íntegramente por
personalidades relevantes en la historia académica, artística
o política de México, así como a aquellos tomos con más de
cien años de antigüedad que se encuentran en nuestra colección
general pero que ahora necesitan de una conservación más ardua.
Actualmente contamos con tres colecciones especiales.
1.1 Colección histórica
Nuestra colección histórica se conforma de aquellos tomos que
pertenecieron a nuestra colección general y que poco a poco
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�David Díaz

cumplen con los cien años de antigüedad. Una vez cumplido este
tiempo, se hace necesario conservarlos en una estantería especial
para mantenerlos alejados del polvo y del maltrato físico por parte
de los usuarios inexpertos.
Ya que hablamos de ejemplares que pertenecieron a la
colección general, en la colección histórica se cuenta con las más
variadas temáticas. Aunque en ella podemos encontrar manuales
escolares de filosofía, textos clásicos de derecho, primeras
ediciones de diversos tomos sobre medicina y ciencias naturales,
se trata de un fondo especialmente rico en literatura e historia.
La mayoría de los tomos están fechados entre los finales
del siglo XIX y el principio del XX, sin embargo, contamos con
libros aún más antiguos, por ejemplo, el libro Vida maravillosa
de la venerable virgen Doña Marina de Escobar, natural de
Valladolid: sacada de lo que ella misma escrivio de orden de sus
padres espirituales, y de lo que sucedio en su muerte, que data de
1665, donado por la familia Moyssén Lechuga.
Esta colección se destaca por ser rica en fuentes
documentales sobre el porfiriato y la revolución mexicana,
contando con varias primeras ediciones de textos clave para el
periodo como la Sucesión Presidencial de Francisco I. Madero,
así como diversos testimonios de militares y civiles de la época.
Otros temas provechosos para la investigación histórica es la rica
colección de textos históricos sobre Monterrey y Nuevo León,
donados principalmente por la familia del cronista José P. Saldaña.
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�La conservación del patrimonio

Actualmente la colección se encuentra en una
reestructuración en la que será evaluada la pertinencia de conservar
cada ejemplar, así como se plantea su expansión con el rescate de
diversos tomos que cumplieron los cien años durante la pandemia
y de ser posible expandirlo hasta 1939 para lograr incluir leyes,
diarios y testimonios fundamentales para comprender el desarrollo
del Estado mexicano antes de las Segunda Guerra Mundial.
1.2 Colección Xavier Moyssén Echeverría
Xavier Moyssén (1924-2001) es reconocido como uno de los
principales críticos e historiadores del arte en México. Para
Louise Noelle, fue una de las figuras centrales de la Academia
de las Artes en nuestro país y como profesor formó y asesoró
a un sinfín de generaciones tanto a nivel preparatoria como en
licenciatura y posgrado.4 Desde el 2004, la Biblioteca Central
UDEM cuenta con su biblioteca personal, acervo que contiene
libros sobre múltiples áreas del conocimiento como filosofía, arte,
literatura, historia e incluso música. En sus libros se conserva su
espíritu curioso y el legado de sus muchos años como profesor.
Pero la colección Xavier Moyssén (XM) se distingue
por su especialidad en historia y teoría del arte, un fondo sin
comparación a nivel local. Su extenso acervo sobre pintura
y arquitectura, así como de muchas otras disciplinas del arte
Louise Noelle, “Xavier Moyssén; una presencia asidua”, en Anales del
Instituto de Investigaciones Estéticas, vol. XXIII, núm. 78, primavera, 2001,
pp. 7-13
4

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�David Díaz

mexicano, son ventanas para investigadores del arte que de otra
manera no podrían acceder a dichos acervos en la ciudad.
Como mencionamos, sus libros son reflejo de su
dedicación como profesor, por lo que abundan ejemplares de
literatura mexicana e iberoamericana, materia que impartió en la
Escuela Nacional Preparatoria. De igual manera, su bibliografía
sobre arte moderno y contemporáneo en México abarca buena
parte de la colección, cuya materia impartió en la UNAM.5
Desde su ingreso a la Academia de las Artes, se dedicó al
estudio del arte virreinal y decimonónico en México, produciendo
una enorme cantidad de libros, catálogos y ponencias sobre
dichos temas, algunos de los cuales se encuentran dentro de esta
colección. Pero, así como menciona Noelle en el obituario a su
maestro, fueron las relaciones personales de Xavier Moyssén las
que hicieron que su carrera fuera tan fructífera, como se demuestra
hasta el día de hoy.
Aquí hago referencia a que el mayor recurso que se
consulta en esta colección es el llamado “Archivo Vertical”, el
cual consiste en folletos y programas de diversas exposiciones a
las que asistió y que suelen complementarse con algún catálogo
de las obras expuestas. Estas son las fuentes que las casas de
subastas y galerías suelen consultar en esta biblioteca, donde
hemos recibido peticiones de este tipo de nivel local, nacional e
internacional. Otro motivo común de uso de esta colección es la
5

Noelle, “Xavier Moyssén; una presencia asidua”.

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�La conservación del patrimonio

cantidad y calidad de libros sobre teoría del arte, crítica del arte y
teoría de la arquitectura; desde los clásicos hasta los rebeldes de
cada una de estas disciplinas, todos están presentes en la colección
de Xavier Moyssén.
1.3 Colección “Luis M. Farías”
La colección “Luis M. Farías” es la última que se ha integrado a
las colecciones especiales. Luis M. Farías fue un locutor y político
mexicano originario de Monterrey. En Nuevo León se desempeñó
primero como gobernador interino y después como alcalde de la
ciudad de Monterrey. A lo largo de su vida fue construyendo su
biblioteca personal que ahora se resguarda en la UDEM.
El enfoque de esta colección es el derecho y las ciencias
sociales, y en ella se pueden encontrar los clásicos del pensamiento
político de México y el mundo. Dentro de su biblioteca se pueden
encontrar tratados, constituciones y estudios legales del siglo
XVIII y XIX, principalmente de México, España y Francia.
Destacan ejemplares facsimilares de la Constitución de Cádiz y
del Acta de Independencia del Imperio Mexicano, reproducciones
contemporáneas a la publicación de los documentos originales.
Cuenta con un importante acervo de libros sobre la
revolución mexicana, muchos de ellos editados al calor del
movimiento, como son los libros editados por el Grupo Cultural
Ricardo Flores Magón, y junto con ellos podemos encontrar
algunas ediciones del periodo revolucionario de los textos que
se debatían en los clubes liberales, entre los que destacan los
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libros de pensadores revolucionarios como Kropotkin, Bakunin
y Trotsky.
Adentrándonos más hacia el siglo XX, la colección de
Luis M. Farías cuenta con un rico acervo de investigaciones
históricas, textos de diversos líderes sociales y políticos de
gran relevancia en este siglo, donde podemos encontrar textos
de personajes como Stalin, Churchill, Kim Il-Sung y muchos
más. En el caso de México, la colección contiene diversas
investigaciones sobre los movimientos campesinos y obreros, así
como diversos documentos internos del Partido Revolucionario
Institucional, informes de gobierno y diversas fuentes primarias
que corresponden a los puestos que Luis M. Farías ocupó en los
diferentes momentos de su vida.
Conclusiones
Como biblioteca se ha comprendido y practicado la importancia
de la conservación, no solo de los ejemplares más antiguos que
suelen priorizarse en los archivos, sino también aquellos creados
en la época de la publicación industrial, respondiendo al contexto
de la ciudad en la que se encuentra el acervo.6
La labor de conservación de estas colecciones no responde
únicamente al almacenamiento, sino que nuestro propósito es que
sean utilizadas por la comunidad como fuente de información e
inspiración para generar nuevos proyectos tanto de investigación
6

Hernández, El patrimonio cultural: la memoria recuperada.

Sillares, vol. 3, núm. 5, 2023, 316-324
DOI: https://doi.org/10.29105/3.5-101

323

�La conservación del patrimonio

como de creación. Como dice García, el libro “No enlaza
únicamente con el pasado, sino que logra jugar con los tres
momentos del tiempo: pasado, presente y futuro se entremezclan
mostrando la complejidad del espíritu humano”.7
Cabe aclarar que con comunidad no nos referimos
únicamente a la comunidad UDEM. La biblioteca mantiene una
política de puertas abiertas a pesar de pertenecer a una institución
privada. Cualquier persona dedicada a la investigación puede
recurrir a nuestro catálogo en línea y si existen ejemplares que sean
de su interés pueden consultarlo en nuestras instalaciones enviando
un correo a la siguiente dirección: biblioteca@udem.edu.mx.
Referencias
Fontal Merillas, Olaia. La educación patrimonial: teoría y práctica para el aula, el museo e Internet. Biblioteconomía
y administración cultural, editado por Trea. Gijón, 2003.
García Aguilar, Idalia. Miradas aisladas, visiones conjuntas: defensa del patrimonio documental mexicano. Sistemas Bibliotecarios de Información y Sociedad, editado por Centro Universitario de Investigaciones Bibliotecológicas.
México: UNAM, 2001.
Hernández Hernández, Francisca. El patrimonio cultural: la memoria recuperada. Gijón: Trea, 2002.
Noelle, Louise, “Xavier Moyssén; una presencia asidua”, en Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, vol. XXIII,
núm. 78, primavera, 2001, pp. 7-13
7

García, Miradas aisladas, visiones conjuntas, 68.

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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.5-101

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�Rodolfo Aguirre Salvador, Lucrecia Enríquez y Susan
E. Ramírez. Los obispos y las reformas eclesiásticas
en la América hispana borbónica (coords.). Ciudad de
México: Universidad Nacional Autónoma de México,
Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la
Educación; 2022, 315 pp. ISBN: 978-607-30-6430-9;
ISBN (PDF): 978-607-30-7132-1

https://www.iisue.unam.mx/publicaciones/libros/los-obispos-y-las-reformas-eclesiasticas-en-la-america-hispana-borbonica
Recibido: 10 de mayo de 2023
Publicado: 1 de julio de 2023

En la historiografía de la Iglesia católica en México, la biografía
episcopal es el género por excelencia para entender dicha institución
en determinadas coyunturas. Aunque se han privilegiado regiones
y sujetos de trascendencia en la historia nacional, sería deshonesto
negar la existencia de un enfoque más plural en la actualidad.
Varios trabajos son prueba de ello: algunos se han interesado por
las expresiones de la “ilustración católica” dentro de los proyectos
episcopales, otros por los diversos discursos que giran en torno
a los obispos, algunos por el empuje de políticas eclesiásticas en
determinados espacios, así como por el entendimiento de la cultura
jurisdiccional y la convivencia entre las potestades temporal
325
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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.5-104

�Reseñas

y espiritual. Otros han utilizado las visitas pastorales como un
dispositivo para entender tanto los cambios de tipo administrativo
y religioso como la “realidad” de la vida cotidiana.
No obstante, pocos son los trabajos que permiten
comprender y comparar dichos procesos a nivel más amplio, es
decir, en el contexto de las Indias Occidentales. Entre estos trabajos
se encuentra la obra que nos interesa en esta reseña: Los obispos y
las reformas eclesiásticas en la América hispana borbónica. Esta
obra, editada por el Instituto de Investigaciones sobre la Universidad
y la Educación de la Universidad Nacional Autónoma de México
y coordinada por Rodolfo Aguirre, Lucrecia Enríquez y Susan E.
Ramírez, tiene como objetivo entender el papel de los obispos en
sus respectivos espacios de poder y en sus propias particularidades
durante el siglo XVIII. Asimismo, invita al lector a reflexionar
sobre el periodo conocido como “reformismo borbónico”.
El libro se conforma de un estudio introductorio y cuatro
secciones. El estudio introductorio es fundamental, ya que es
una crítica conceptual y a su vez, justifica la pertinencia de la
obra. Está constituido por dos artículos: el primero es un análisis
elaborado por Lucrecia Enríquez, en el que pone en discusión
dos elementos. En primer lugar, si las reformas eclesiásticas
fueron en sí mismas una más de las reformas borbónicas o si se
fundamentaron en el ejercicio del real patronato; y en segundo,
la categoría de obispo reformista y su sumisión a la Corona
determinada por las interpretaciones de la normativa, del contexto
diocesano y político, o por la resistencia al cambio. Miriam
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�Reseñas

Moriconi se encarga del segundo, cuyo interés es entender
otras posibilidades de problematizar las reformas eclesiásticas
durante este periodo. Por esta razón, propone revisar el uso de
las categorías “obispos reformistas” y “obispos borbónicos”,
cuestionar ciertas temporalidades que terminaron enmarcando el
proceso borbónico, discutir la excepcionalidad de las “reformas
borbónicas” dentro de una larga experiencia reformista en la
Iglesia, y finalmente, entender aquel periodo a través de la noción
“reformismo eclesiástico borbónico”.
Una vez que se han cubierto los aspectos conceptuales y
metodológicos, la obra se divide en cuatro partes que llevan por
título: “Obispos receptores de las reformas eclesiásticas borbónicas”,
“El reformismo eclesiástico borbónico cuestionado”, “La defensa
de la jurisdicción eclesiástica frente a la Monarquía y la sociedad” y
“Proyectos singulares y realidades irresolubles”. Cada una de estas
partes contiene artículos que abordan diferentes diócesis de las Indias
Occidentales. Así, al leer esta compilación, se podrá observar que
reúne las experiencias reformistas en los obispados y arzobispados
de México, Trujillo, Buenos Aires, Asunción, Santiago de Chile,
Santa Fe de Bogotá, Lima, Caracas, Puebla y Quito. Con esto, el
lector podrá entender la diversidad de posturas de los obispos dentro
de sus espacios y plantearse las mismas preguntas que los autores se
hacen, pero en sus propios ámbitos de interés.
Lo valioso de este texto, además de sus dos textos
introductorios -necesarios para los estudiantes interesados en el
periodo y en la historia política de la iglesia- es que a través de
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�Reseñas

una lectura comparativa, la obra permite visualizar el ejercicio
de la autoridad episcopal en un espacio y periodo específico, así
como la manera en que sus conflictos influyeron en el desarrollo
de diferentes proyectos reformistas, la defensa de la jurisdicción
eclesiástica y la dependencia de las reformas borbónicas de la
conducta de los obispos. La pluralidad de la agencia episcopal
es perceptible a través de cómo algunos historiadores han
interpretado a los obispos como “observadores etnográficos”
que, a través de sus “sensibilidades”, construyeron proyectos
acordes a las circunstancias, aunque éstas fueran lejanas a las
normas eclesiásticas y justificaron medios de control social. Es
decir, cómo las reformas borbónicas se convirtieron en pretexto
y catalizador de la manera en la que las autoridades diocesanas
miraban los males sociales.
En las páginas de este texto, la tinta de las historiadoras e
historiadores colaboradores devela al lector la manera en la que
los hombres receptores de las “reformas eclesiásticas borbónicas”
permiten comprender la sintonía de intereses entre el poder seglar
y el poder eclesiástico. Asimismo, se presentan las expectativas,
frustraciones y otras respuestas que las reformas podían generar
en el ámbito eclesiástico, como, por ejemplo, la disidencia que
perjudicaba a diversos grupos. También se muestra la importancia
de las gestiones episcopales para fortalecerse como la máxima
autoridad de las corporaciones religiosas en la diócesis y su apoyo
a las reformas borbónicas cuando coincidían con sus propios
intereses.
Sillares, vol. 3, núm. 5, 2023, 325-329
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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.5-104

�Reseñas

Otra aportación de la obra es que, a través de los
resultados de los proyectos episcopales, estos estudios plantean
el “fracaso” del reformismo eclesiástico. En primer lugar, porque
sus efectos estuvieron lejos de las expectativas que se tenían en
Madrid y, en segundo lugar, por la resistencia discursiva de los
obispos a la figura del rey, motivada principalmente por vínculos
“antagónicos” a los intereses de la corona.
Para finalizar, podemos decir que esta obra ofrece una
valiosa contribución al campo de la historiografía de la Iglesia
durante el siglo XVIII. Al abordar las reformas eclesiásticas desde
la perspectiva de los obispos y su papel en las particularidades de
sus espacios de poder, se nos ofrece una mirada más completa
y matizada de este periodo histórico. Además, los artículos que
conforman esta compilación abordan temas y problemáticas
diversas que enriquecen aún más la reflexión sobre el reformismo
borbónico y su impacto en lo “sagrado”.
Elsy Anahí Mendoza Moo

El Colegio de Michoacán
Zamora, México

orcid.org/0000-0003-1433-8080

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DOI: https://doi.org/10.29105/3.5-104

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�Juan Camilo Galeano Ramírez. Curas en la diócesis
de Popayán. La carrera eclesiástica y el regalismo
borbónico, 1770-1808. Bogotá: Instituto Colombiano
de Antropología e Historia ICANH, 2021, 152 pp.
ISBN: 978-958-8852-94-2
Recibido: 14 de febrero de 2023
Publicado: 1 de julio de 2023

Los “ministros de lo sagrado”, aquellos seres “apartados, pero
en el mundo” que describió William Taylor,1 articulan desde
su constreñido espacio redes de movilidad que exponen el
complejo entramado de un mundo que, si no fuera por los
acercamientos como el que nos ocupa en esta reseña, ignoraríamos
completamente. Curas en la diócesis de Popayán. La carrera
eclesiástica y el regalismo borbónico, 1770-1808 nos revela algo
que podría tomarse como una verdad apodíctica: La historia de
los curas está íntimamente relacionada con los asuntos relativos
al poder y la autoridad. Sin embargo, las complejidades en que se
fundamenta esa relación llevan a Juan Camilo Galeano Ramírez a
indagar por las intersecciones críticas donde confluyeron el oficial
clerical con las corporaciones eclesiásticas y civiles, la feligresía
William B. Taylor, Ministros de lo sagrado: sacerdotes y feligreses en el
México del siglo XVIII (México: El Colegio de México, 1999).
1

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�Reseñas

seglar y las dinámicas políticas de la monarquía española, para
presentar cómo estos sujetos (los curas) operan y se mueven en
esos espacios, donde su oficio y adscripción a una institución
trascendió el ámbito aparentemente doctrinal del sacerdocio.
Curas en la diócesis de Popayán… analiza las carreras
eclesiásticas de los clérigos que desempeñaron la “cura de almas”
en la diócesis de Popayán en un contexto definido por el avance
de la política regalista de la Corona borbónica en América, a
fines del siglo XVIII, para demostrar que ese ejercicio definió
la promoción eclesiástica en el citado espacio. Galeano Ramírez
va hilvanando la historia del clero secular a partir del efecto que
tuvieron sobre el clero las iniciativas regalistas y mediante el
estudio de las características de las estrategias de promoción de
los clérigos en sus carreras eclesiásticas. Con ello, hace aflorar
las relaciones, procesos y expectativas que tuvieron los clérigos
encargados de la cura de almas a finales del siglo XVIII en varias
provincias colombianas, logrando una profundidad de análisis
que salva el texto de ser una crónica más que salva del anonimato
al clero secular.
Para abordar un espacio tan amplio como Popayán,
Antioquia, Chocó y Pasto, el autor se sumergió en varios fondos
documentales de archivos dentro y fuera de Colombia, entre ellos,
Archivo Histórico Eclesiástico de la Arquidiócesis de Popayán,
Archivo General de la Nación, en Bogotá, y el Archivo General
de Indias, sito en Sevilla. Las fuentes primarias recabadas le
permitieron identificar la posición de los párrocos dentro de la
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�Reseñas

jurisdicción del obispado y analizar a partir de los testimonios
de los propios curas un fenómeno de proyección universal, en
un proceso que requiere de una ardua persistencia y búsqueda de
información a partir de los rastros de la presencia de los clérigos
en los archivos. Concursos, cédulas reales, nombramientos,
expedientes episcopales, correspondencia, testamentos, visitas
eclesiásticas, intervienen en la construcción y determinación de
las carreras eclesiásticas presentes en el libro.
En consonancia con su propuesta de explicar las
características del ministerio parroquial desde el análisis de
la carrera eclesiástica de sus integrantes y su relación con
las autoridades reales, y sustentado en los postulados de
William Taylor, entre otros, se despliegan tres capítulos que,
aunque sucintos, conducen a la conformación de los proyectos
particulares (y políticos) de los curas. Un primer capítulo titulado
“El servicio de las almas. Aspirantes al ministerio parroquial”,
expone un componente medular como punto de partida para
comprender la carrera eclesiástica: la movilidad. En este primer
momento nos sumergimos al ámbito de los estudios de los
clérigos y a un acercamiento a su nivel de estudios, así como a
las particularidades de los concursos de oposición, asistiendo a
una porción del mundo desde donde perfilaban su carrera. Las
formulaciones de este capítulo se bifurcan en dos direcciones. En
primer lugar, se orienta a una horizontalidad donde se revelan la
formación clerical y las cuestiones relativas al aprendizaje. De
esta forma, y en un loable desmenuzamiento de datos a partir de
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las relaciones de méritos y servicios, se nos ofrecen los detalles
más reveladores sobre la formación de los clérigos. Su nivel iba
a estudios menores a “títulos superiores”, algunos con doctorado;
otros, incluso, no tenían grado alguno de formación.
En segundo lugar, se despliega en esta parte del libro un
desplazamiento vertical donde se estructuran los mecanismos
de la movilidad en la jerarquía eclesiástica. Los concursos de
oposición son un pasaje a los intersticios en la vida parroquial de
los curas que aspiraban a ascender en su carrera y le posibilitan
al autor encontrar anomalías, o casos salidos de la norma en la
aspiración a vacantes de parroquias en las diócesis estudiadas.
Para dimensionar la posición de los clérigos en conexión
con la política eclesiástica monárquica y las gestiones episcopales
de los prelados, un segundo capítulo se detiene en las dicotómicas
relaciones entre curas y justicias reales. El autor, en su atinada
definición de las competencias entre la jurisdicción civil y
eclesiástica a fines del siglo XVIII en Popayán, determina que el
regalismo borbónico definió la aplicación de la autoridad real en
asuntos eclesiásticos y procuró la jerarquización y uniformidad
de la Iglesia. Los curas parroquiales, insertos en este contexto
político, no escaparon a las tensiones fronterizas entre una y otra
autoridad y se buscó limitar sus funciones y equilibrar sus rentas,
para resultar en jurisdicciones mixtas, autoridades traslapadas y
una creciente pugna entre autoridades civiles y eclesiásticas.
El mayor acierto del libro está, quizás, en su tercer y
último capítulo, cuando las dos primeras partes de la investigación
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confluyen en la reconstrucción de la carrera eclesiástica de Juan
Mariano de Grijalba, como análisis de caso que deviene un
modelo para acercarse a fenómenos particulares que, inscritos
en un espacio geográfico puntual de las Indias meridionales,
dialoga y es consecuencia de las políticas instauradas en el otro
lado del Atlántico. La movilidad de Juan Mariano de Grijalba
es el punto de concurrencia de actantes aparentemente aislados
como el Consejo de Indias, las reales audiencias, las autoridades
virreinales y provinciales, los cabildos seculares y eclesiásticos,
obispos y arzobispos. Su estudio visibiliza las características y los
escenarios en que los clérigos persiguieron comenzar, afianzar y
culminar su carrera en la extensa jurisdicción de la diócesis de
Popayán. El recorrido de Grijalba, adscrito al servicio del gobierno
diocesano como secretario episcopal y posteriormente, al círculo
del obispo; nombrado cura de catedral y por último, rector del
Real Colegio Seminario de San Francisco de Asís, evidencia,
además, que “la cura de almas” fue la labor que marcó las carreras
eclesiásticas de los clérigos en las demarcaciones de Popayán que
apostaron por la educación como solución a los vicios, el ocio y la
ignorancia. En este valioso análisis, sin embargo, se echa en falta
una profundización mayor en el ejercicio de la “cura de almas” y
su vínculo con la feligresía, que esperamos sea objeto de estudio
de siguientes entregas del autor.
Legitimado ya como un certero aporte a la historiografía
novohispana, Curas en la diócesis de Popayán. La carrera
eclesiástica y el regalismo borbónico, 1770-1808 se suma a una
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�Reseñas

tradición de investigaciones que cada vez con mayor frecuencia
claman por acercar la mirada a otros ámbitos de la Monarquía
Hispánica en América. El estudio de Galeano Ramírez, concebido
en función de la metodología esbozada por William Taylor en
Ministros de lo Sagrado, no es un simple calco ni un trabajo
escueto de pregrado, tampoco es una descripción y contabilidad
de casos, sino el análisis detenido de un fenómeno complejo y un
entramado de relaciones que son producto de un proceso político
y religioso que permeó las diócesis de los territorios virreinales.
Patricia Quintana Lantigua
El Colegio de San Luis
San Luis Potosí, México

orcid.org/0000-0002-7879-4010

Referencias
William B. Taylor. Ministros de lo sagrado: sacerdotes y feligreses en el México del siglo XVIII, México: El Colegio de
México, 1999.

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�David Manzano Cosano. El Imperio español en
Oceanía. Córdoba: Almuzara, 2020, 512 pp.
ISBN 978-84-18089-14-5
Recibido: 10 de febrero de 2023
Publicado: 1 de julio de 2023

En el libro de David Manzano, El Imperio español en Oceanía
(2020), el autor cuenta la larga historia de las islas Filipinas, las
Marianas y las Carolinas bajo el imperio español. Una historia
normalmente olvidada o designada menos importante en la
historiografía española, Manzano propone muy claramente cómo
esta esquina del mundo fue importante económica y políticamente
para España y para el globo entero. El libro también subraya los
aliados y enemigos europeos y estadounidenses que resultaron a
causa de tener poder de estos territorios.
Manzano escribe su libro cronológicamente, empezando
su historia en el siglo XV y terminando en el XIX. El autor
empieza con los viajes del periodo, cuando el afán de las
monarquías ibéricas era crear sus rutas hacia las Indias —el
hallazgo de América por Colón, el viaje a la India por Vasco de
Gama, la circunnavegación del mundo entero por MagallanesElcano—, todos siendo momentos que poco a poco agrandaron el
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�Reseñas

territorio que los españoles intentaban dominar. El libro después
entra en una discusión sobre los conflictos en las diferentes islas,
comenzando con los primeros intentos de colonización. Como
Manzano subraya, el interés por las islas subió y bajó para los
europeos por razones variadas. Esto normalmente dependía de
cuáles colonias españolas generaban ganancias económicas. Las
batallas contra otros países igualmente afectaban los intereses de
los españoles en esta área del mundo. La obra dedica tiempo, en
particular, para explicar el conflicto en el área de Joló-Borneo,
que probó ser importante en mostrar la necesidad de buenos
aliados (p. 169). Los franceses, los alemanes, los ingleses, los
estadounidenses y otros más lucharon por tener su propio control
en el área, mostrando la gran importancia de las islas en una
escena internacional.
El libro destaca dentro de la historiografía del imperio
español por señalar cómo las islas fueron una conexión importante
para los hispanos, una suerte de portal en el gran océano que unía
al imperio globalmente. La historiografía del imperio español,
que es profunda y extensa, ha producido bastantes estudios sobre
la península y las colonias en el Caribe y las Américas. Ambas
investigaciones de las islas Filipinas han mostrado la historia del
comercio español en el océano Pacífico, pero rara vez incluyen
las islas Marianas y Carolinas en el mismo proyecto. En esta obra
podemos ver como las islas fueron desde un principio mucho
más que unos puertos con industria y movimiento de gente. Las
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337

�Reseñas

islas Filipinas, Marianas, y Carolinas tienen una historia distinta
de colonización, vida social, política y economía que aquí se
revela por primera vez en un libro bien cohesionado. La tesis
más importante del libro se concentra en el siglo XIX, cuando
el imperio español empezó perder el control sobre sus territorios
en Oceanía, terminando con la última venta de las islas a los
alemanes en 1899.
Este trabajo es innovador principalmente por el uso de
nuevas fuentes. Manzano utiliza mapas, diarios de misioneros y
capitanes, órdenes reales de España y de otros países, así como
muchos otros recursos que contribuyen a iluminar la importancia
de las islas. El manejo que hace de ellos muestra su buena
capacidad como historiador, misma que le permite navegar entre
documentos de cuatro siglos. La técnica requerida para leer
diarios de misioneros del siglo XV, en comparación con la técnica
necesaria para entender revistas y su propaganda y fotografía del
siglo XIX, son bastante distintas y reflejan esas habilidades.
Los documentos también presentan una considerable
información sobre lo que pensaban los poderes europeos y
estadounidenses de la gente nativa y sus culturas. Con similitud
a la perspectiva de los españoles hacia los nativos de las Indias,
ciertos misioneros españoles en las islas Filipinas promovieron
la paz y la amistad entre los españoles y la gente local, aunque
también existió la violencia y discriminación, como muestra
Manzano en su obra. “Teniendo presente a que sea la tierra sana
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�Reseñas

y fértil…que se reparta a los pobladores no ocupando ni timando
cosa particular de los indios…”, decía la Real Instrucción del 28
de agosto de 1569 (p. 38). Como éste, Manzano usa ejemplos
muy reveladores en su libro, asegurándose de acompañarlos de
profundas aclaraciones cuando resulte necesario.
Por otro lado, merecería más atención una comparación
entre las instrucciones reales del imperio español en las islas
Filipinas, las Marianas y las Carolinas, con las de Nueva
España o el Virreinato del Perú. Mucho del idioma y los tropos
que los españoles usaron tienen mucho en común con ciertas
instrucciones, leyes y eventos que sucedieron en las colonias
americanas. Por ejemplo, los españoles llevaron gente nativa de
las islas Filipinas a la capital en Madrid durante el siglo XIX, y los
pusieron en exhibición para que los “madrileños acudiesen a sus
inmediaciones para conocer a los nativos de la Oceanía traídos a
la península” (p. 410). Algo parecido pasó cuando los españoles
llevaron a nobles indígenas a la corte en España durante los siglos
XV y XVI. Semejanzas de este estilo aparecen varias veces dentro
del libro, pero no están suficientemente elaboradas. Una pequeña
discusión entre las diferencias ideológicas de los españoles hacia
la gente en América y la gente en las islas Filipinas, las Marianas
y las Carolinas beneficiaría esta historia y la haría resaltar más en
la historiografía.
Finalmente, el libro de Manzano es un gran logro
historiográfico que provocará tanto conversaciones intelectuales
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�Reseñas

como preguntas históricas acerca del imperio español y las islas
Filipinas, Marianas y Carolinas. Este libro cubre casi todo lo que
hay que saber sobre España y sus éxitos y desastres políticos y
económicos en Oceanía. Los protagonistas de esas aventuras
sobresalen en la historia, y Manzano explica bien los conflictos
internacionales que se presentan. Además, es una nueva
perspectiva sobre la historia de las Filipinas, que no solamente
se concentra en el galeón. La obra utiliza archivos de los tres
continentes, Europa, Asia y las Américas, y crea una historia
económica, política, social y cultural bien realizada. El Imperio
español en Oceanía sirve como un excelente ejemplo del quehacer
historiográfico y metodológico, y será útil no solamente para la
enseñanza del imperio español, sino también para trabajos que se
centren en el estudio de las islas por largos periodos de tiempo.
Rebeca Martínez-Tibbles

University of California Los Angeles,
Los Ángeles, Estados Unidos de América
orcid.org/0009-0009-5706-6880

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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.5-80

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�Idalia García. La vida privada de las bibliotecas:
Rastros de colecciones Novohispanas (1700-1800).
Bogotá: Tierra Firme, Universidad del Rosario,
Universidad Autónoma Metropolitana, 2020, 603 pp.
ISBN 9786072817982
Recibido: 30 de abril de 2023
Publicado: 1 de julio de 2023

En 2020, en Bogotá, Colombia, vio la luz La vida privada de las
bibliotecas: Rastros de colecciones Novohispanas (1700-1800),
de la pluma de Idalia García, bajo el sello editorial de Tierra
Firme, la Universidad del Rosario y la Autónoma Metropolitana.
Esta obra se une a los diferentes textos que la autora ha dedicado
al estudio de la historia del libro en la Nueva España, línea
de investigación en la que la autora es especialista y que ha
abordado desde diferentes perspectivas, como la del patrimonio
bibliográfico, el papel de la Inquisición en la circulación de obras
y las fuentes. En esta obra, García nos presenta un análisis de las
bibliotecas privadas novohispanas de 1700 a 1800. El objetivo
principal de este texto, tal como se hace explícito, es ampliar esta
problemática de investigación mediante el estudio de bibliotecas
privadas que no aparecen en los estudios previos, para mostrar las
lecturas a las que pudieron tener acceso algunos novohispanos.
341
Sillares, vol. 3, núm. 5, 2023, 341-345
DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.5-100

�Reseñas

La fuente principal con la que la autora construye su trabajo
son las “memorias de libros” que ha localizado, sobre todo, en el
Archivo General de la Nación, lo que resulta innovador, ya que
la mayoría de los estudios de historia del libro han considerado
a los inventarios post mortem como la fuente principal. Debido a
esto, este texto nos muestra que es posible acercarnos a estos temas
desde otras fuentes, lo cual es enriquecedor. Estas memorias eran
generadas debido a que, por normativa, los poseedores de libros
debían informar a las autoridades cuáles libros tenían, su traslado,
o también se hacían tras su deceso para así poderlos vender. Esto se
relaciona con la cuestión institucional y los diferentes mecanismos
de la corona española y de la Iglesia católica para controlar la
circulación de textos. En este renglón, la Inquisición tenía un
papel de gran relevancia, debido a que pedía esa información a los
tratantes de libros a manera de inventario o memorial, para evitar
la herejía. Así, esta obra nos acerca al interés de esta institución en
esas listas y a sus procedimientos en el escrutinio de los textos.
De este modo, las memorias utilizadas por Idalia García
son las que se hacían a la muerte de los lectores, ya que su interés
está en las bibliotecas ya consolidadas. Estas eran hechas por
familiares, albaceas o libreros, siendo estos últimos compradores
de ese libro usado dándole nueva vida. Además, otro punto a
resaltar es que la autora estudia las amplias bibliotecas como las
más modestas, lo cual es un aporte relevante ya que no solo toma
en cuenta las grandes colecciones de libros que son las que más
se han estudiado en la historiografía. En esto se muestra su gran
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conocimiento de las fuentes de archivo que están debidamente
referenciadas y que pueden ser una guía muy útil. Lo mismo
sucede con las fuentes secundarias, ya que se nos brinda un
panorama completo de lo que se ha escrito hasta ese momento
sobre el tema, los principales autores y enfoques, lo que resulta
muy esclarecedor. Asimismo, se analiza desde una perspectiva
crítica ciertos conceptos, metodología y las fuentes, de las que
presenta su potencial, pero también los retos que enfrenta el
investigador al trabajar con ellas.
Uno de esos retos es la reconstrucción bibliográfica de
las listas de libros de las memorias, por los escasos datos que
regularmente ofrecen ese tipo de fuentes acerca de cuál edición se
trata. Sin embargo, esto es más que necesario para mostrar las obras
circulantes para ese momento, ya que no es lo mismo que haya sido
una u otra, pues tiene un impacto. Esto tiene todo el sentido, ya que
otro de los objetivos de esta investigación es mostrar la presencia
o circulación de los libros y sus ediciones correspondientes, mas
no de asegurar su lectura, lo cual, acertadamente, se señala por
Idalia García como un terreno complejo de analizar, además de
que esta actividad tenía un significado diferente entonces. En este
punto, la autora nos comparte una útil guía metodológica para la
identificación de las obras con casos y ejemplos concretos, como
cuando se carece de lugar de impresión, inexactitud de datos
sobre los libros y la ambigüedad de información. Así, el enfoque
de la autora son las ediciones, no los lectores, de una manera
general y no individualizada.
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Otro punto importante es que García aboga por no tildar
peyorativamente esas fuentes de archivos, a pesar de lo que se
ha dicho en la historiografía, ya que son muy importantes para
entender la cultura de los libros. Al contrario, nos exhorta a
reconocer su potencial y los valiosos datos que brindan para el
análisis de una colección concreta en un momento específico,
conocer las colecciones por profesión, las temáticas que contenían
las bibliotecas y el gusto lector. Además, nos aproximan al libro
usado, las ediciones del siglo XVI y XVII circulantes en la centuria
dieciochesca, varias ediciones de un mismo autor, el estado de
los libros al momento de su venta como “viejo” o “apolillado” y
las ediciones antiguas que han desaparecido. En añadidura, Idalia
García incluye una reflexión muy importante sobre el precio de
los libros que influye en la circulación de estos, invitándonos a no
dejarlo de lado.
Para finalizar, y no menos importante, en el texto se
nos ofrecen diversas tablas que concentran información sobre
las bibliotecas localizadas con el nombre del poseedor con
su profesión, número de títulos y las ediciones por ciudades
tipográficas. Además, al final de la obra se ofrece la reconstrucción
completa de las memorias utilizadas por la autora ordenadas
alfabéticamente, lo cual puede ayudar a otros interesados en la
ubicación de ediciones y a saber cuáles obras circulaban en ese
momento.
Así, la obra de Idalia García llegó en un importante
momento en el que la historia del libro ha tenido un auge
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�Reseñas

importante, lo cual resulta más que necesario para conocer nuestro
patrimonio bibliográfico, las ediciones circulantes, el gusto lector
y los temas y autores que encontraron un espacio en los estantes
de las bibliotecas institucionales y privadas. Aún falta mucho por
hacer al respecto, pero, sin duda, este texto abona a esta causa.
Isla Citlalli Jiménez Pérez
El Colegio de Michoacán
Zamora, México

orcid.org/0000-0001-8464-0555

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�Chantal Cramaussel Vallet y Celso Carrillo Valdés.
“Coahuila” o Tierra Adentro, 1577-1723.
Un valle transformado en gobernación. Zamora:
El Colegio de Michoacán, 2021. 511 pp.
ISBN 9786075441603
Recibido: 25 de abril de 2023
Publicado: 1 de julio de 2023

Este es un texto donde se analiza la formación de la gubernatura
de Coahuila entre los siglos XVI y XVIII. Consta de cuatro
capítulos: el primero abarca de 1585 a 1673, que abarcó desde el
descubrimiento del valle donde se fundó el Nuevo Almadén hasta
que se reconoció provincia; el segundo es de 1673 a 1678, cuando
el virrey de la Nueva España ordenó la fundación del presidio; en
el tercero se analizó la vida en torno al presidio de 1679 a 1686 y
en el cuarto se dio cuenta a partir de 1687, año en que Coahuila
se convirtió en una gobernación, hasta 1721 cuando se segregó
el espacio norte para dar nacimiento a Texas. La temporalidad
que los autores tomaron fue válida para comprender la evolución
estatalista del territorio.
Los autores no renunciaron a la perspectiva colonialista
que tiene la historiografía sobre Coahuila, pero reconocieron que
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las corporaciones españolas tuvieron un papel determinante en la
conformación de la gobernación. Demostraron que las empresas
de avanzada española no fueron únicas y que los intereses por
ocupar el espacio dependieron de los cuerpos de avanzada que
lo llevaron a cabo. Revelar las instancias jurisdiccionales del
poder y cómo éste fue negociado por los diversos actores, es un
argumento poderoso sin lugar a duda.
Cramaussel Vallet y Carrillo Valdés sostienen que
una razón para fundar Coahuila fue la amenaza francesa y
las exploraciones dadas por el río Mississippi. Teniendo en
cuenta la amenaza francesa y Coahuila como el baluarte más
septentrional, la Corona reactivó la línea de presidios que
ya se habían fundado desde la Guerra del Mixtón en 1542 al
establecerlos como líneas defensivas al norte de Coahuila. Se
demostró en esta obra que, más allá de ser un espacio disputado
antagónica y colonialmente, Coahuila formaba parte de la
avanzada hispana por territorializar el espacio y contener las
amenazas que afectaban el orden social hispano, como lo fueron
los franceses y los ingleses. A ello respondió la fundación de
San Antonio de Béjar en 1717 y de la gobernación de Texas en
1723, año de finalización de este trabajo.
En su argumento, la obra guarda distancia de la
configuración de

misiones

franciscanas destacándose la

importancia de los presidios. Reconoce el trabajo realizado por
fray Juan de Larios de la Provincia de Xalisco. Pero afirman que
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el personaje está sobrevalorado. Ante esto, debe considerarse
el impacto que tuvieron los establecimientos franciscanos de la
segunda mitad del siglo XVII, partiendo de las cuatro misiones
que dieron origen a la Provincia de Coahuila.
También, se debe sopesar la posición estatalista que
manejan los autores. En el apartado intitulado pleitos internos de
la Iglesia, se hace referencia a la visita pastoral del obispo Juan
Santiago de León Garabito y su disgusto con los franciscanos
de la Provincia de Xalisco. Cabe señalar que, en la época
hispánica, la iglesia formaba parte del poder espiritual. Pero esto
no implicaba que, como institución, todas sus ramificaciones
tuvieran un proyecto en común. La diversidad de corporaciones
religiosas que conformaban a la Iglesia en las Indias hizo que
cada una de ellas tuviera sus propios intereses. Finalmente,
quien sancionaba todo era el virrey como su vicepatrono, pero,
entre el clero secular y la gran variedad de órdenes religiosas,
provocaban enfrentamientos por el choque de intereses que
tenían.
Vale la pena hacer una aclaración. En la página 122 del
apartado ya referido –cuando se refiere a las luchas internas
dentro de los franciscanos de Provincia de Xalisco con los que
estaban asentados en Nueva Vizcaya– los autores afirman que se
trataba del Colegio de Propaganda Fide de Zacatecas, cuando
en realidad era el de la Provincia de San Francisco de Zacatecas,
una confusión común porque ambas corporaciones son de la
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misma ciudad, con la diferencia de que las misiones del Colegio
de Zacatecas se orientaron hacia Texas y el Nuevo Santander y
nunca estuvieron en la Nueva Vizcaya.
Sobre el apéndice documental, es interesante cómo este
apartado es incluso mayor que la propia investigación. Los
autores consultaron el Archivo Franciscano de la Biblioteca
Nacional de México de la Universidad Nacional Autónoma de
México, la Biblioteca Pública del Estado de Jalisco, el Archivo
General del Estado de Coahuila, el Archivo Histórico de Saltillo,
el Archivo Histórico de Parral y el Archivo Histórico Municipal
de Monterrey. No obstante, hubiera sido de provecho incluir en
su consulta el Archivo Histórico Franciscano de la Provincia de
San Pedro y San Pablo de Michoacán en Celaya, pues contiene
documentación muy valiosa sobre el Colegio de Propaganda
Fide de la Santa Cruz de Querétaro, instituto que desarrolló las
misiones del norte de Coahuila. Pero a juzgar por el manejo de
fuentes en su interpretación y crítica, los autores de “Coahuila”
o Tierra Adentro, 1577-1723 hicieron un magistral trabajo tanto
en lo cualitativo como en lo cuantitativo.
A final de cuentas, este texto es una referencia obligada.
Primeramente, porque ayuda a problematizar el espacio en el
contexto de la disputa jurisdiccional de varias corporaciones por
poseerlo, esto es, la producción de una territorialidad. La dinámica
del conflicto es indispensable para comprender el papel de la
sociedad hispano-nueva máxime en lugares considerados zonas
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de frontera. En segundo lugar, la importancia del poder espiritual
en la formación de nuevos espacios. Si de modo estatalista se
quiere comprender todo desde la perspectiva del poder temporal,
se estaría incurriendo en un grave error de interpretación por
menospreciar a la Iglesia como una corporación determinante
para estos procesos.
Javier Rodríguez Cárdenas

El Colegio de Michoacán
Zamora, México
orcid.org/0000-0001-7994-014X

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�Carlos Manuel Valdés. Los bárbaros, el rey, la Iglesia.
Los nómadas del noreste novohispano frente al Estado
español. México: Fondo de Cultura Económica, 2022,
356 pp. ISBN 9786071674036
Recibido: 2 de febrero de 2023
Publicado: 1 de julio de 2023

La historia del virreinato de la Nueva España está marcada por
profundos contrastes regionales que, a su vez, se expresaron en
una notable variabilidad cultural e histórica en cada territorio.
Más allá de los intentos de la Monarquía Católica por crear y
consolidar un poder centralizado y de la preeminente importancia
de la capital virreinal como centro político en el mundo hispánico,
las regiones como construcciones histórico-sociales marcaron en
muchos sentidos sus rumbos en función de sus propias dinámicas
internas de desarrollo. Por su lejanía respecto al poder central y
por la composición social y características de los pueblos nómadas
que allí existieron previamente y durante la época colonial, este
espacio tendió en muchos sentidos a construirse desde su interior.
Uno de los libros pioneros en los estudios del noreste novohispano es La Guerra Chichimeca (1550-1600) de Philip W.
Powell1 en el cual se analizaron los cambios y transformaciones
1

Philip Powell, La Guerra Chichimeca (1550-1600) (México: Fondo de

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en las estrategias creadas por los españoles para intentar que las
naciones de indios aceptaran las normas impuestas por la Monarquía, sin encontrar una solución duradera. También existen
autores que han escrito sobre la participación de los indios en las
diversas instituciones como lo es la misión y el presidio.2
Dentro de esta tradición historiográfica se encuentra el
libro Los bárbaros, el rey, la Iglesia. Los nómadas del noreste
novohispano frente al Estado español de Carlos Manuel
Valdés Dávila. Este trabajo constituye un valioso aporte para
el entendimiento de los procesos históricos y sociales que
emergieron en la región noreste de México desde el siglo XVI.
Se considera que este libro ayuda a ampliar el conocimiento sobre
las integración pacífica y obligada de los indios norteños en la
vida occidental desde la historia regional
A partir de una notable capacidad de análisis y una precisa
rigurosidad en la lectura de las fuentes, Valdés Dávila genera un
aporte para el entendimiento y comprensión de los pueblos indios
de Coahuila y la región, específicamente situados y culturalmente
definidos. En todo momento, evita el uso de etnónimos
generalizadores y que homogenizan a los antiguos habitantes
Cultura Económica, 1996).
2
Martín González de la Vara, “Historiografía norteamericana sobre las instituciones militares en la frontera norte de Nueva España”, Iztapalapa: Revista
de Ciencias Sociales y Humanidades, no. 51 (julio-diciembre 2001): 69-90;
y Arnoldo Hernández Torres, “Las misiones y presidios del Nuevo Reino de
León y de la Colonia del Nuevo Santander”, Equilibrio Económico, vol. 5 no.
1 (agosto-diciembre 2009): 69-98.
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del noreste mexicano, como lo fueron chichimeca y bárbaro.
De la lectura del libro se desprende que, para el historiador, es
de suma importancia despojar del anonimato a esas sociedades
y entenderlas como grupos diferenciados y con características
culturales específicas.
Entonces, dichas sociedades debieron de afrontar la
instauración de un nuevo orden social en el siglo XVI. Aquellos
que no estuvieran dispuestos a someterse a las nuevas normas
estipuladas serían exterminados de la sociedad norestense. De ahí
que el autor se propone analizar cómo esas poblaciones “llegaron
a instalarse entre los límites de la subordinación y la inobediencia
desafiando a menudo a sus opresores y calculando las posibilidades
de su autonomía” (p. 26). Por tal razón, el historiador se enfocó
tanto en los grupos que padecieron el orden social represivo de
matriz hispánica como en aquellos que ejercieron y configuraron
esa misma imposición.
Para conocer a los diferentes grupos que habitaron el
noreste, el autor se cuestiona “¿quiénes eran ellos?” y “¿cómo
reconstruir esa época, sus instituciones y acontecimientos?” (p.
24). Para responder estas preguntas, el libro se compone de tres
secciones o capítulos titulados: I. Los aborígenes, II. Los indios
frente a la Corona y III. Los indios y la Iglesia.
En el primero de los capítulos, Los aborígenes, Carlos
Valdés hizo una caracterización cultural. Por tal razón, define, en
la medida de los posible, las diferentes identidades étnicas de los
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indios que habitaron el estado de Coahuila y la región desde antes
de la conquista. Continúa posteriormente con lo sucedido en este
mismo aspecto en el periodo colonial. A partir de la utilización
de evidencias de tipo arqueológico y fuentes históricas, el
historiador analizó diversos temas, entre los que se encuentra el
parentesco y la sexualidad, la guerra y la alimentación. Además,
propuso la existencia de cuatro grandes familias lingüísticas:
coahuilteco, zacateco, concho-salinero y cuachichil (p. 88).
Con esta información pudo entender la noción de territorio, que
desde su enfoque constituye “un espacio de vida relacional entre
el hombre, la naturaleza y el pasado, dígase religioso, mítico
o simplemente, dónde han tenido lugar su ascendencia y la
descendencia familiares” (p. 107).
El capítulo dos, Los indios frente a la Corona, tuvo como
objetivo exponer el papel de la Monarquía hispánica frente a los
indios nómadas del noreste (p. 157). El apartado comienza con una
importante y pertinente reflexión sobre la naturaleza política del
virreinato para entender las interacciones entre la Corona, la Iglesia
y los indios. Para Valdés, las estructuras de gobiernos, instituciones
políticas y funcionarios al servicio de la Monarquía no surgen en
abstracto ni a partir de realidades genéricas de la teoría política de la
época, sino que deben ser entendidas como sujetos históricamente
determinados y que se expresan en una Monarquía que propició en
las Indias “un estado corporativo con privilegios complementarios
y administrativamente paternalista” (p. 164).
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Este Estado, con todas las características que el autor
enumera, existió y se configuró en muchos sentidos, a partir de
un referente cultural y social que debía de ser dominado mediante
el uso de la violencia o a través de estrategias más sutiles como la
asimilación cultural con otras sociedades: ese enemigo y referente
identitario fueron los indios nómadas del noreste. De ahí que,
como se señala en el escrito, “los españoles debieron de crear una
imagen del indio que les impidiera sentir lástima” (p. 202).
El último capítulo del libro se titula Los indios y la
Iglesia. En éste, Carlos Manuel Valdés analizó la manera en
que las instituciones del Estado y la Iglesia funcionaban en
sus interrelaciones con los indios del noreste. A través de
las fuentes utilizadas, buscó darle palabra a los indios para
entender a la misión y a la parroquia como espacios en los que
salvaguardaron su identidad (p. 246). La Iglesia virreinal, con
su naturaleza jerárquica y su visión integradora del mundo, se
proponía asimilar a la mayor cantidad de personas a la fe católica.
Este largo y complejo proceso la llevó a enfrentar en muchas
ocasiones múltiples dificultades en su labor. Éstas relaciones se
hicieron patentes en la continua instalación de instituciones entre
las que se encuentran la misión y el presidio en la región noreste
de Nueva España (p. 281). Proceso que alude a las complejas
dinámicas de poblamiento y colonización de estos territorios y la
persistente resistencia de los indios nómadas por aceptar el nuevo
orden social impuesto.
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La historia contada en este texto buscó comprender la vida
de los indios del noreste a partir de sus particularidades, analizando
las transformaciones de su actuar desde antes de la llegada de los
conquistadores hasta el intento del Estado por implementar las
normas occidentales en estas personas. Esta historia se construyó a
través de documentos realizados por aquellos individuos que sabían
leer y escribir, pero que no necesariamente querían comprender a
los indios, ya que sólo se dedicaban a realizar su labor. A pesar de
esto, es a través de estas voces que se puede tener un acercamiento
a la vida de las diferentes naciones indias, las cuales crearon y
transformaron su identidad y cultura a través de nuevos sujetos e
instituciones que se iban asentando en el territorio norestense, hasta
su exterminio a manos de los nuevos pobladores.
Mónica Samantha Amezcua García

Escuela Nacional de Antropología e Historia
Tlalpan, México
orcid.org/ 0000-0001-7773-9936

Jairo Eduardo Jiménez Sotero

Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro
Saltillo, México
orcid.org/0000-0002- 6168-8027

Referencias
González de la Vara, Martín. “Historiografía norteamericana sobre las instituciones militares en la frontera norte de NueSillares, vol. 3, núm. 5, 2023, 351-357
DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.5-79

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�Reseñas

va España”. Iztapalapa: Revista de Ciencias Sociales y
Humanidades, no. 51 (2001): 69-90. https://revistaiztapalapa.
izt.uam.mx/index.php/izt/article/view/503/656

Hernández Torres, Arnoldo. “Las misiones y presidios del Nuevo Reino de León y de la Colonia del Nuevo Santander”
Equilibrio Económico, vol. 5 no. 1 (agosto-diciembre
2009): 69-98. http://www.equilibrioeconomico.uadec.
mx/descargas/Rev2009/Rev09Sem1Art3.pdf
Powel, Philip. La Guerra Chichimeca (1550-1600). México:
Fondo de Cultura Económica, 1996.

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                <text>Sillares: Revista de Estudios Históricos, es una publicación semestral que busca la divulgación de investigaciones que representen un aporte significativo para conocer la historia de México y América Latina. Además de la publicación de artículos originales e inéditos, la revista procura la promoción, difusión y debate de investigaciones históricas a través del análisis de acervos documentales, documentos y reseñas. Todas las colaboraciones son sometidas a procesos de evaluación por pares. La revista Sillares es heredera de la sección de Historia del Anuario Humanitas, publicado por el Centro de Estudios Humanísticos de la Universidad Autónoma de Nuevo León entre 1960 y 2020. En línea con esta dependencia, que es el centro de investigación más antiguo de la UANL, la revista busca incentivar el diálogo entre la Historia y otras áreas de las ciencias sociales y las humanidades. Esta nueva era va con el ciclo de la transformación digital y sus estrategias, reestructurando sus procesos bajo el Open Journal Systems y siempre con las metas de la comunidad investigadora.</text>
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      <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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              <text>Sillares Revista de Estudios Históricos, 2023, Vol 3, No. 5, Julio-Diciembre</text>
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              <text>Sillares: Revista de Estudios Históricos, es una publicación semestral que busca la divulgación de investigaciones que representen un aporte significativo para conocer la historia de México y América Latina. Además de la publicación de artículos originales e inéditos, la revista procura la promoción, difusión y debate de investigaciones históricas a través del análisis de acervos documentales, documentos y reseñas. Todas las colaboraciones son sometidas a procesos de evaluación por pares. La revista Sillares es heredera de la sección de Historia del Anuario Humanitas, publicado por el Centro de Estudios Humanísticos de la Universidad Autónoma de Nuevo León entre 1960 y 2020. En línea con esta dependencia, que es el centro de investigación más antiguo de la UANL, la revista busca incentivar el diálogo entre la Historia y otras áreas de las ciencias sociales y las humanidades. Esta nueva era va con el ciclo de la transformación digital y sus estrategias, reestructurando sus procesos bajo el Open Journal Systems y siempre con las metas de la comunidad investigadora.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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