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                  <text>�D.R. 2024 © Sillares Vol. 3, No. 6, enero-junio 2024, es una publicación
semestral editada por la Universidad Autónoma de Nuevo León, a través
del Centro de Estudios Humanísticos, Biblioteca Universitaria Raúl Rangel
Frías, Piso 1, Avenida Alfonso Reyes #4000 Norte, Colonia Regina,
Monterrey, Nuevo León, México. C.P. 64290. Tel.+52 (81)83-29-4000 Ext.
6533. https://sillares.uanl.mx. Editor Responsable: Reynaldo de los Reyes
Patiño. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo 04-2022-020313502900102, ISSN 2683-3239 ambos ante el Instituto Nacional del Derecho de
Autor. Responsable de la última actualización de este número: Centro de
Estudios Humanísticos de la UANL, Mtro. Juan José Muñoz Mendoza,
Biblioteca Universitaria Raúl Rangel Frías, Piso 1, Avenida Alfonso Reyes
#4000 Norte, Colonia Regina, Monterrey, Nuevo León, México. C.P.
64290. Fecha de última modificación de 15 enero de 2024.
Rector / Santos Guzmán López
Secretario de Extensión y Cultura / José Javier Villarreal
Director de Historia y Humanidades / Humberto Salazar Herrera
Titular del Centro de Estudios Humanísticos / César Morado Macías
Director de la Revista / Reynaldo de los Reyes Patiño
Autores
Massimo Gatta
Karen Elizabeth Flores Bonilla
Oscar Abraham Rodríguez Castillo
José Eugenio Lazo Freymann
Eliana Celeste Olguin Hernández
María Isabel Araujo Alvarado
Daniela Giacomina Quintanilla Merino
Allerim Callejas Guarneros
Ana Lilia Nieto Camacho
Pedro L. San Miguel

�Director Editorial / Reynaldo de los Reyes Patiño
Editor Técnico / Juan José Muñoz Mendoza
Corrección de Estilo / Francisco Ruiz Solís
Maquetación / Concepción Martínez Morales
Se permite la reproducción total o parcial sin fines comerciales, citando
la fuente. Las opiniones vertidas en este documento son responsabilidad
de sus autores y no reflejan, necesariamente, la opinión del Centro de
Estudios Humanísticos de la Universidad Autónoma de Nuevo Léon.
Este es un producto del Centro de Estudios Humanísticos de la Universidad
Autónoma de Nuevo Léon, Monterrey, Nuevo León. www.ceh.uanl.mx
Hecho en México.
Foto de portada: Eugenio Lazo, 2022.

�Sillares

Revista de Estudios Históricos
http://sillares.uanl.mx/

“Espolones y poder”. El juego de gallos como
espejo de control y desafío social en Durango
(1794-1851)
“Spurs and power”. The game of cockfighting
as a mirror of social control and challenge in
Durango (1794-1851)
Massimo Gatta
orcid.org/0000-0002-3291-9519
Universidad Juárez del Estado de Durango
Durango, México
Recibido: 31 de mayo de 2023
Aceptado: 3 de octubre de 2023

Editor: Reynaldo de los Reyes Patiño. Universidad Autónoma de Nuevo
León, Centro de Estudios Humanísticos, Monterrey, Nuevo León, México.
Copyright: © 22024, Gatta, Massimo. This is an open-access article distributed under the terms of Creative Commons Attribution License [CC BY
4.0], which permits unrestricted use, distribution, and reproduction in any
medium, provided the original author and source are credited.

DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-106
Email: actasdecabildoesm@gmail.com

�“Espolones y poder”. El juego de gallos como espejo
de control y desafío social en Durango (1794-1851)
“Spurs and power”. The game of cockfighting as a mirror of
social control and challenge in Durango (1794-1851)
Massimo Gatta
Universidad Juárez del Estado de Durango
Durango, México
orcid.org/0000-0002-3291-9519
Recibido: 31 de mayo de 2023
Aceptado: 3 de octubre de 2023

Resumen: Este artículo tiene como objetivo explorar los cambios y
continuidades en los usos y significados de la pelea de gallos en Durango
desde finales del siglo XVIII hasta mediados del XIX. La investigación
busca analizar cómo este fenómeno ha funcionado como un lente
para comprender las estrategias de control gubernamental y los usos
heterodoxos de la sociedad duranguense. Se utilizan fuentes históricas
estatales y municipales que incluyen concesiones del asiento de gallos,
incidentes en las galleras y normas de combate, lo que proporciona una
perspectiva sobre los valores éticos y morales de los representantes del
poder y sobre los usos heterodoxos de este juego. El análisis revela la
tensión entre las autoridades y los grupos populares en relación con el
juego de gallos e ilustra cómo la cultura persiste a pesar de los cambios
y conflictos; además, muestra que las expresiones tradicionales pueden
desafiar e influir en los sistemas de poder establecidos. Este estudio
contribuye a la comprensión del papel de la pelea de gallos en la cultura
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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-106

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e historia de Durango, y sienta las bases para futuras investigaciones
sobre el tema, resaltando la importancia de este fenómeno en la
formación de la identidad cultural y los espacios urbanos.
Palabras clave: pelea de gallos; Durango; asentista; poder; grupos
populares.
Abstract: This article aims to explore the changes and continuities in
the uses and meanings of cockfighting in Durango from the late 18th
century to the mid-19th century. The research seeks to analyze how this
phenomenon has functioned as a lens for understanding government
control strategies and heterodox uses of the Durango society. State
and municipal historical sources are used, including cockfighting
seat concessions, incidents in cockpits, and combat rules, providing a
perspective on the ethical and moral values of power representatives and
on the heterodox uses of this game. The analysis reveals the tensions
between authorities and popular groups in relation to cockfighting
and illustrates how culture persists despite changes and conflicts, and
how traditional expressions can challenge and influence established
power systems. This study contributes to understanding the role of
cockfighting in Durango’s culture and history, laying the groundwork
for future research on the subject, highlighting the importance of this
phenomenon in shaping cultural identity and urban spaces.
Keywords: cockfighting; Durango; leaseholder; power; popular groups.

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Introducción
La pelea de gallos ha sido una componente notable de la cultura de
Durango durante siglos. Históricamente, este juego ha generado
controversias en la opinión pública, al enfrentar a quienes defienden
su naturaleza tradicional con aquellos que buscan erradicarlo por
considerarlo una expresión de ocio incivilizado. Sin embargo, a
pesar de tales contradicciones, la afición por la lidia de gallos
persiste entre diversos grupos sociales, mayormente debido a
su intrínseco carácter de juego que combina la competencia y la
apuesta.1
Específicamente en Durango, el apego al juego de los
grupos populares, aun frente a la oferta recreativa moderna y pese
a las limitaciones impuestas por las autoridades, se manifiesta
en el hecho de que las peleas de gallos siguen realizándose en
arenas clandestinas en los barrios marginales. Por otro lado, ese
fenómeno representa las actitudes ambiguas de control estricto
y flexible de las autoridades estatales y municipales ante tal
fenómeno.
Dentro de este marco se encuentra la justificación de
este artículo, que se propone tratar la pelea de gallos como una
lente para analizar las estrategias de control ejercidas por el
gobierno y los usos sociales heterodoxos en torno al juego de
gallos en Durango desde finales del siglo XVIII hasta la primera
Roger Caillois, Los juegos y los hombres, la máscara y el vértigo (México:
Fondo de Cultura Económica, 1987), 8-10.

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mitad del XIX. Este periodo abarca desde la introducción de las
legislaciones borbónicas en el juego de gallos y el surgimiento de
un conflicto en 1794 entre los poderes del asentista de gallos y el
Intendente, hasta el refinamiento del juego y de su administración
en 1851.
Adicionalmente, dentro de la historiografía local de
Durango, la investigación respecto a la pelea de gallos es
relativamente limitada. Por ejemplo, Miguel Vallebueno,2 en
su análisis de la conformación histórica del espacio urbano de
Durango, ha brindado información pertinente respecto a la
ubicación de la plaza de gallos en el siglo XVIII y su posterior
reubicación hacia el sur de la traza urbana. A pesar de ello, la
explicación de la creación de este nuevo espacio dedicado a dicha
actividad se presenta de manera simplificada, omitiendo el análisis
de las negociaciones culturales y políticas que precipitaron tales
cambios.
En contraste, Pedro Raigosa Reyna3 aborda el fenómeno
cultural del juego de gallos en el siglo XIX como un elemento
constante en la identidad de los grupos populares de Durango
a lo largo de dicho siglo. Su trabajo supone un esfuerzo para
desentrañar cómo el juego de gallos fue catalizador en la
Miguel Vallebueno Garcinava, Civitas y Urbs - la conformación del
espacio urbano de Durango (Durango: UJED-IIH, 2005), 81-89.
3
Pedro Raigosa Reyna, “Romanticismo y modernidad. La vida cotidiana
en el Durango del siglo XIX”, en Historia de Durango-Siglo XIX, ed. Gloria
Estela Cano Cooley (Durango: UJED-IIH, 2013), 696-743.
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identificación de nuevos espacios de los grupos populares al sur
de la ciudad hacia la época porfiriana.
A un nivel historiográfico más extenso, en el tomo III de
la colección de Francisco de Fonseca y Urrutia4 se observa una
amplia referencia en cuanto a los cambios patentizados dentro
la estrategia borbónica de control, regulación y repercusiones
económicas y sociales de la Real Hacienda española en las
colonias. En particular, esta sección se enfoca en los juegos de
gallos no solamente como un medio de recaudación económica,
sino como una expresión del control económico y social. Este
estudio general, aunque proporciona un marco contextual
amplio y profundo sobre las estrategias y prácticas coloniales,
requiere ser contrastado y complementado con investigaciones
más localizadas para entender la diversidad y complejidad de las
respuestas y adaptaciones locales a dichas estrategias y prácticas
coloniales.
De manera complementaria, a partir del texto anteriormente
mencionado se desprenden otras dos lecturas que proporcionan
aspectos valiosos para esta investigación. El primero se refiere a la
obra de María Justina Sarabia Viejo5 que proporciona explicaciones
según un panorama amplio del contexto jurídico en torno a las
legislaciones de la pelea de gallos durante el periodo colonial.
Fabián Fonseca y Carlos de Urrutia, Historia general de Real
Hacienda (México: Impr. por V.G. Torres, 1845).
5
María Justina Sarabia Viejo, El juego de gallos en la Nueva España
(Sevilla: Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevillas, 1972).
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Para la etapa borbónica en particular, los datos aportados por
Sarabia ofrecen una base sólida para entender las razones políticas
que suscitaban conflicto entre los poderes locales y la figura del
asentista de gallos. El relato de la autora se apoya mayormente en
información recolectada tanto en los archivos españoles y de la
Ciudad de México. Mientras la obra de Sarabia proporciona una
base sólida y amplia sobre las peleas de gallos en la Nueva España,
es esencial complementarla ahora con indagaciones focalizadas y
específicas para entender completamente las dimensiones locales
y regionales del fenómeno. Así pues, las peleas de gallos, siendo
una práctica profundamente arraigada en la cultura y tradición,
ofrecen una ventana única para explorar la interacción entre lo
local y lo global, entre tradición y legislación, y entre resistencia
y acomodación en el contexto colonial.
Asimismo, Ernest Sánchez Santiró6 ofrece una exploración
en profundidad de las finanzas y estructuras fiscales de la Nueva
España durante el régimen borbónico, revelando una metodología
crítica y detallada para abordar las fuentes fiscales y contables
y derivando una reflexión inédita del funcionamiento de la Real
Hacienda. Entre los diferentes puntos, la obra destaca el papel del
control fiscal en la regulación de las diversiones públicas, como
las peleas de gallos, lo que implica una fuerte correspondencia
con componentes de control social y cultural en la Nueva
Ernest Sánchez Santiró, Corte de caja: la Real Hacienda de Nueva
España y el primer reformismo fiscal de los Borbones (1720-1755): alcances
y contradicciones (México: Instituto Mora, 2013).
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España. Por tanto, esto proporciona una base conceptual sólida
para explorar la tensión y dinámica entre las autoridades fiscales
y las prácticas culturales a nivel local. Por lo mismo es crucial
avanzar del plano general proporcionado por Sánchez Santiró
a un estudio particular y específico del espacio neovizcaíno.
Investigar cómo la administración y regulación de estos juegos
se aplicaron y experimentaron en este espacio específico permite
un entendimiento más matizado de las interacciones entre la
administración colonial y las comunidades locales, y de cómo
las estrategias de control fiscal se adaptaron o enfrentaron a las
prácticas y resistencias locales.
En cuanto al estudio regional del fenómeno de las
peleas de gallos, Martín Velázquez Rojas7 en su indagación
sobre la pelea de gallos en Monterrey en época contemporánea,
proporciona antecedentes históricos valiosos sobre este juego en
la Nueva España. Su aporte ofrece una perspectiva fascinante
respecto a la afinidad de los grupos populares hacia este juego
desde la provincia, presentándolo como un mecanismo de
resistencia cultural en la época moderna y contemporánea. Este
proceso de resistencia y contraposición ha brindado una serie de
argumentos útiles para este estudio, especialmente en relación
con la explicación de la creación de nuevos espacios urbanos
vinculados con las peleas de gallos.
Martín Velázquez Rojas, “Las peleas de gallos como forma de resistencia
en la cultura popular en Monterrey”, (Tesis de doctorado) (Monterrey:
Universidad Autónoma de Nuevo León, 2014).
7

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Para esta investigación, se ha utilizado un corpus de
diferentes fuentes históricas estatales y municipales que informan
sobre las concesiones del asiento de gallos, los incidentes en
las galleras, la gestión de los espacios dedicados al juego y las
normas del combate de las aves. Consecuentemente, el discurso
contenido en esos expedientes brinda una valiosa perspectiva
sobre los valores éticos y morales de los representantes del
poder en relación con el juego de gallos; de forma indirecta,
esos documentos informan sobre los consumos heterodoxos
del juego de gallos por parte de los grupos populares, así como
los conductos políticos que dieron pie al surgimiento de nuevos
espacios urbanos relacionados con esa diversión.
Para la interpretación de la información se partió de la
premisa de que la permisividad de la lucha de gallos representó
un proyecto hegemónico según el planteamiento de Gramsci;
es decir, esa relación se instaura en la ‘escucha’ de los grupos
gobernados por parte de los gobernantes que sugiere cómo
el dominio no se mantiene solo a través de la fuerza bruta o el
control político directo, sino también a través del control cultural
e ideológico. En este sentido, las ideas, valores y normas de
los grupos dominantes se convierten en ‘sentido común’ y son
aceptadas por los subalternos, a veces incluso en contra de sus
propios intereses.8 De una forma más fina, la pelea de gallos
Guillermo Miranda Camacho, “Gramsci y el proceso hegemónico
educativo”. Revista Electrónica Educare, 9(2) (2006), 17-18.
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representa acá una morigeración del poder, que consistió en el
aprovechamiento de esa tradición arraigada para imponerse sobre
los demás grupos sociales involucrando a éstos para la unidad
de fines políticos, económicos, intelectuales y morales.9 Dentro
de esa estrategia se tomó también en cuenta que el discurso, aun
representando la voz del estado, deja subyacente la presencia de
las expresiones de la cultura popular.10
Finalmente, el objetivo de este artículo será explicar
cambios y continuidades en los usos y significados de la pelea
de gallos desde finales del siglo XVIII hasta la primera mitad del
siglo XIX en Durango. El relato del presente estudio se articula
según un proceso histórico inmerso en las estructuras económicas,
políticas y sociales que abarca el juego de los gallos según los
espacios urbanos, la relación de poder entre agentes sociales
hegemónicos implicados en el control del juego, las expresiones
populares en las apuestas y el uso del juego como una estrategia
de enseñanza de buen gobierno. Este trabajo pretende contribuir
a la comprensión del papel de la pelea de gallos en la cultura y la
historia de Durango, y espera proporcionar una base sólida para
futuras investigaciones sobre el tema. A través de este análisis,
esperamos dar luz a las tensiones y los conflictos que han surgido
Urbina Chester Gaitán, “Homogeneizando culturas. Peleas de gallos,
corridas de toros y estado en Costa Rica (1870-1914)”. Revista de Ciencias
Sociales 3(89) (2000), 59.
10
Philip Corrigan, “La formación del estado”, En Aspectos cotidianos de
la formación del Estado, ed. Gilbert M. Joseph y Daniel Nugent (México:
Producciones Era, 2002), 25-27.
9

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en torno a la pelea de gallos, y explorar cómo estos han sido
mediados y negociados dentro de la sociedad duranguense.
Arenas para los gladiadores emplumados
Es posible que, desde los albores de la fundación de Durango en
el siglo XVI, el juego de la pelea de gallos haya tenido un papel
crucial en la configuración de los espacios urbanos, reflejando
las prácticas recreativas de sus habitantes. Estos espacios lúdicos
se originaron a partir de dinámicas de negociación y resistencia
política en el contexto de una relación cambiante entre esferas
públicas y privadas. Por lo tanto, se puede deducir que las
primeras arenas dedicadas a la pelea de gallos se ubicaban en
huertos y patios privados, o durante festividades de la catedral o
el gobierno civil, cerca de la plaza de armas.11
Desde el último cuarto del siglo XVIII, se produjo un ambiente crítico y reformista imbuido por la Ilustración, que influenció el ocio de las ciudades novohispanas, reflejando transformaciones en la percepción y utilización de estos, alineándose con las
ideas ilustradas de progreso y crítica de la época; estas críticas,
dirigidas a las administraciones políticas y religiosas, buscaban
impulsar cambios en la administración y en las condiciones de
vida de la población, marcando así una evolución tangible en la
organización social y urbana de la ciudad novohispana.12
José Ignacio Gallegos Caballero, Historia de Durango (1563-1910)
(México: Imprenta Gómez, 1952), 150-152.
12
Pedro Raigosa Reyna, “Romanticismo y modernidad. La vida cotidiana en
11

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Un momento histórico significativo en la creación de
los escenarios dedicados al juego de gallos coincidió con las
variaciones en las estructuras económicas y sociales de la Nueva
Vizcaya a fines del siglo XVIII, suscitadas por los efectos de un
auge minero en el sur de la entidad.13 Este escenario se amplificó
a causa de una situación prevalente en Nueva España. Aquí, un
emergente mercado e industrialización propiciaron el éxodo de las
comunidades agrarias y la proletarización, lo que, a su vez, generó
cambios en los comportamientos y actitudes de las personas.14 En el
caso de la Nueva Vizcaya, diversos actores sociales, enriquecidos
por la minería y motivados por la búsqueda de mejores condiciones
de vida, se desplazaron entre los centros mineros de Guarisamey,
Chihuahua y Parral y particularmente hacia la ciudad de Durango.15
Con esta pujanza económica, Durango experimentó un
subsiguiente aumento demográfico, una expansión de su traza
urbana y, por ende, adquirió un aspecto de “ciudad llena de vida
y arquitectónicamente encantadora”.16 También se incrementaron
el Durango del siglo XIX”, 706-707.
13
María Angélica Martínez Rodríguez, El momento del Durango barroco
(Durango: Amaroma Ediciones, 2013), 26.
14
Juan Pedro Viqueira Albán ¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicas
y vida social en la Ciudad de México durante el Siglo de las Luces (México:
Fonde de Cultura Económica, 1987), 12.
15
Miguel Vallebueno Garcinava, “Poblamiento y estructura social en
Durango”. En Historia de Durango-La Nueva Vizcaya. Coord. Gloria Estela
Cano Cooley (Durango: UJED-IIH, 2013), pp. 340-343.
16
María Angélica Martínez Rodríguez, El momento del Durango barroco
(Durango: Amaroma Ediciones, 2013), 26.
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los accidentes, que, si bien representaron nuevos desafíos para el
poder, también delineaban una sociedad vibrante con el deseo de
expresarse de manera heterodoxa.17
Los duranguenses disfrutaban de su amado juego de gallos
en un recinto similar a un corral de madera, fácil de desmontar
y trasladar, sin embargo, susceptible de ser destruido por un
incendio; ese escenario, por tanto, buscaba atraer a eventuales
jugadores locales y a los viajeros que se hospedaban cerca del
Mesón de Santa Ana.18
Un cambio significativo en cuanto a la utilización de los
espacios del juego de gallos se produjo a partir de 1794, momento
en el que en el área urbana de Durango se establecieron nuevas
infraestructuras que originaron nuevas lógicas de consumo del
espacio público por parte de los distintos grupos sociales. Un
ejemplo notorio de esta transformación urbana en la capital se
manifestó con la construcción en el centro urbano de un mercado
público, un teatro y un empedrado público.19
A raíz de estos cambios incitados por el gobierno, los
grupos populares, en contraposición, redefinieron áreas urbanas
Gatta, Massimo. “Sonoridades en la conformación del espacio urbano de
Durango (1620-1866)”. Revista de Historia de la UJED 11 (2019), 120.
18
Archivo Histórico del Estado de Durango (en adelante AHED). Expediente
sobre construcción de la plaza de gallos a orillas de la Acequia Grande”,
1794, Nueva Vizcaya, cajón 9, exp. 39, s/f (En adelante, “Expediente sobre
construcción de la plaza de gallos”, s/f).
19
Massimo Gatta, “El teatro coliseo y la capilla de música de la catedral:
tensión y sinergia en los espacios del ocio de Durango (1800-1802)”. Escripta
1(2) (2019), 223.
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adecuadas a sus gustos ociosos. En el sur de la ciudad, cerca de
la Acequia Grande, la población comenzó a identificar un paseo
público. Ante el aumento del tránsito de personas, el ayuntamiento
embelleció ese espacio promoviendo la construcción de un puente
de cal y canto y de baños públicos.20
Abriéndose nuevas oportunidades comerciales, el
encargado de la plaza de gallos optó por establecer ahí una nueva
arena en 1794. Esos cambios urbanos que ocurrieron en Durango
vinculados a la lid de gallos, reflejaban movimientos análogos a
otros centros importantes de la Nueva España, como la Ciudad
de México, Guadalajara y Guanajuato.21 En dichos lugares, los
distintos gobiernos estaban reubicando las lidias de gallos en
las afueras, en “suburbios y lugares cercanos, donde se juegan
gallos”.22 Este traslado suponía la reubicación de las plazas en
áreas adonde “la gente acude para disfrutar de corridas de toros
y otras diversiones y entretenimientos que el gobierno político
ofrece al público”.23
La construcción de la nueva plaza de gallos se alineó
también a la creciente afición por este juego que se observaba
en la zona aledaña del área del barrio de San Juan Bautista de
Analco, un área socialmente diversa donde todavía, para fines del
siglo XVIII e inicios del XIX había una sociedad étnicamente
Enrique Mijares Verdín, “El Coliseo de Durango, hoy Teatro Victoria”,
(1997). En http://cdigital.uv.mx (Fecha de consulta 25 de julio de 2016), 108.
21
AHED, “Expediente sobre construcción de la plaza de gallos”, 1794, s/f.
22
AHED, “Expediente sobre construcción de la plaza de gallos”, 1794, s/f.
23
AHED, “Expediente sobre construcción de la plaza de gallos”, 1794, s/f.
20

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heterogénea.24 En este lugar, desde tiempos anteriores -durante
el periodo que iba desde la Navidad hasta carnestolendas-, se
celebraban corridas de toros, lo que también contribuyó a la
afición del juego de gallos en plazas improvisadas en esa zona.
La nueva arena cerca de la acequia fue “diseñada para todo
tipo de vecinos”,25 resultando más segura frente a la posibilidad
de incendios por su ubicación cercana al cauce de agua de la
acequia y también debido a su composición de piedra y adobes.26
Según el empresario de gallos, el nuevo espacio contribuía al
ornato y la eficiencia de la vida urbana: mejoraba la calle y la
manzana de la ciudad, ya que estaba situada “frente a la Alameda
que disfrutaba el vecindario”.27 Esta ubicación brindaba la ventaja
de que aquellos que deseaban participar en el juego de gallos no
tenían que desplazarse hasta el centro de Analco, sino que podían
disfrutar de este entretenimiento con mínimas incomodidades en
el límite de la ciudad.
En resumen, la travesía de la evolución del juego de
gallos en Durango, de ser un pasatiempo realizado en espacios
privados y centros improvisados a tener su propio espacio
estable en la periferia de la ciudad, refleja un microcosmos de
los cambios socioeconómicos y culturales de finales del siglo
Miguel Vallebueno Garcinava, Civitas y Urbs - la conformación del
espacio urbano de Durango (Durango: UJED-IIH, 2005), 76.
25
AHED, “Expediente sobre construcción de la plaza de gallos”, 1794, s/f.
26
AHED, “Expediente sobre construcción de la plaza de gallos”, 1794, s/f.
27
AHED, “Expediente sobre construcción de la plaza de gallos”, 1794, s/f.
24

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XVIII. La emergente industrialización, la transformación urbana,
los cambios de actitud de la población y la redefinición de los
espacios de ocio son elementos intrínsecos de este relato.
“En la cancha se ven los gallos”: el asentista y el intendente
(1794-1796)
A partir de las nuevas ordenanzas novohispanas sugeridas al virrey
por el ministro José de Gálvez en 1789, se reformó la industria
de las peleas de gallos en la Nueva Vizcaya, generando un
notable incremento en los ingresos en esta rama; las nuevas leyes
centralizaron y precisaron las normativas de gobierno interno de
los palenques, las jurisdicciones y la fiscalización del juego.28
En esos años surgiría la figura del “asentista”, quien
debería encargarse de administrar el juego y la plaza de gallos en
la provincia asignada; ese agente buscaba un beneficio económico
personal y también dependía del control económico directo de la
Real Hacienda y de la supervisión del intendente local.29
Es necesario ahora, revisar el proceso de designación
del cargo del asentista, visto que el gobierno central tenía la
intención de filtrar sus intereses a través de una estrategia pública,
parecida a las licitaciones de hoy en día. La concesión del
“asiento de gallos” se otorgaba mediante subasta en la Real Casa
de Almonedas de la Ciudad de México. Se lanzaban campañas
publicitarias masivas para atraer a los mejores postores dentro de
28
29

Sarabia Viejo, El juego de gallos en la Nueva España, 73.
Sarabia Viejo, 67-73.

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los centros poblacionales más importantes de la Intendencia. La
concesión del asiento permitía al beneficiario administrar la plaza
durante cinco años, tras lo cual debía pagar periódicamente una
suma acordada en la Casa de Almonedas.30
Según las nuevas leyes, el asentista tenía amplios
poderes y responsabilidades, entre las cuales el mantenimiento
del orden en la plaza, la restricción de conductas inapropiadas
y la persecución de los infractores de la ley; por ello, podía
tomar medidas para detener a un infractor del juego en la plaza
y recurrir a la justicia ordinaria, si era necesario.31 A pesar de
ciertas restricciones en cuanto al establecimiento de los horarios
de las peleas y la participación femenina, el asentista gozaba de
cierto grado de autonomía para maximizar tanto sus beneficios
económicos como los de la Real Hacienda. Por ejemplo, tenía la
facultad de aumentar el costo de las entradas durante festividades
especiales cuando se esperaba una mayor afluencia de público;
además, podía transferir, ceder o arrendar el asiento; en caso
de su fallecimiento, sus poderes y responsabilidades pasaban
automáticamente a sus descendientes.32
Es evidente que la adquisición de estos poderes por
parte del asentista, actuando como agente del gobierno central
AHED, “Expediente de Remate de la plaza de gallos”, Nueva Vizcaya,
cajón 16, exp. 83, 1796, f. 34. (En adelante “Expediente de Remate de la plaza
de gallos”, 1796).
31
AHED, “Expediente sobre construcción de la plaza de gallos”, 1794, s/f.
32
AHED, “Expediente sobre construcción de la plaza de gallos”, 1794, s/f.
30

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y como empresario, coadyuvó a la generación de tensiones con
el gobierno local de la Intendencia de la Nueva Vizcaya, pues
el creciente poder económico y jurídico del asentista amenazaba
la autoridad del intendente como el tradicional recolector de
impuestos y administrador de ingresos.33
Las circunstancias empeoraron a partir de 1794, cuando
el intendente presentó al asentista unas quejas sobre desorden
público debido a apuestas descomunales, presencia excesiva de
gallos y conductas indecentes en las galleras:
El Señor Gobernador Intendente Interino de la Provincia
de la Nueva Vizcaya dijo que por cuanto con motivo del
desorden público que le advierte haber causado en ella y en sus
inmediaciones el crecido número de gentes de distantes partidos
y lugares que se ha presentado en este territorio ha traído del
exceso con que se jugaron el año anterior tapadas de gallos -con
expreso quebrantamiento de las condiciones con que se arrendó
por la Junta Superior el asiento de este juego y de otros órdenes
superiores expedidos en la materia-, se ha visto precisado
a examinar con puntualidad las reglas que prescribieron al
asentista para precaver tan sensibles consecuencias.34

El mandatario tachaba el asentista de “incurioso”35 dado que no
estaba cumpliendo con las cláusulas pactadas, entre las que se incluían: la tarifa de entrada a las tapadas, estipulada en medio real
por asistente en los días comunes del año, y el doble (es decir, un
33
34
35

Sarabia Viejo, El juego de gallos en la Nueva España, 72.
AHED, “Expediente sobre construcción de la plaza de gallos”, 1794, s/f.
AHED, “Expediente sobre construcción de la plaza de gallos”, 1794, s/f.

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real) en días de eventos especiales y funciones particulares;36 la
prohibición expresa de permitir el ingreso de mujeres a la plaza
en cualquier día y la obligación de no suspender el asiento de
Su Majestad en ningún momento.37 Esta última condición incluía
además la obligación del asentista de abonar a la Real Hacienda
“una cantidad equivalente a la que habría otorgado a su antecesor
por el cerco de xacal y otros incidentes relacionados con la plaza”.38 Finalmente, el intendente advertía al asentista que dichas
contravenciones implicarían una multa y la posibilidad de clausurar la plaza de gallos.
La respuesta del asentista no tardó en llegar. Con una
personalidad estratégica y atrevida, el empresario fue capaz de
identificar y explotar oportunidades en el contexto económico de
la región y la popularidad del juego de gallos en la gente de todos
los niveles sociales. Definiendo abiertamente el intendente como
una autoridad “miope”, el proveedor le hacía ver que:
en otras muchas poblaciones se lidian gallos tapados y careados
en ciertas temporadas del año, con apuestas de millares de
pesos, en cuya comparación es una miseria lo que aquí se juega
de dos años a esta parte, que se va aumentando la ciudad con la
prosperidad de las minas de Guarisamey.39

Su defensa de las peleas de gallos como una práctica cultural
aceptada en muchas ciudades de la Nueva España sugiere una
36
37
38
39

AHED, “Expediente sobre construcción de la plaza de gallos”, 1794, s/f.
AHED, “Expediente sobre construcción de la plaza de gallos”, 1794, s/f.
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conducta pragmática capaz de utilizar este conocimiento para
convertir la situación a su favor. Al señalar que los juegos se
practicaban según una visibilidad pública, el asentista subrayaba
la naturaleza abierta y visible de estas actividades, sugiriendo que
ocurren con el conocimiento y, posiblemente, la aprobación tácita
de las autoridades. Este punto refuerza la idea de que los juegos
de gallos eran una parte aceptada y reconocida de la cultura y las
actividades recreativas de la sociedad:
En el año pasado por Pascua de Navidad y con motivo de las
subsecuentes fiestas de toros y días de carnaval, tuvo bastante
incremento el juego de gallos y vinieron varias personas de
facultad a divertirse que trajeron gallos escogidos y muchas
ganas de jugar su dinero en esta permitida diversión. Así lo
verificaron y como se desparramó bastante plata en el público,
corrió la fama por las provincias inmediatas de donde nace
que ahora están viniendo gentes, forasteros con muchos gallos
para lidiarlos y buscar su vida por este medio que parece lícito
y se practica públicamente en toda tierra fuera a vista de los
tribunales y jefes superiores.40

Además, el asentista de gallos no perdió la oportunidad de restregar
en la cara al intendente que tanto él como sus representantes
legales no eran los responsables de los desórdenes en las galleras.
El control y la corrección de estas conductas inapropiadas fuera
de la arena recaían en la vigilancia del gobierno local y los
alcaldes, mientras que él era responsable de lo que sucedía dentro
de la plaza del juego, donde tenía la autoridad completa “para
40

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evitar y corregir lo que convenga con inhibición de la jurisdicción
ordinaria”.41
El asentista reiteraba su autoridad en cuanto representante
de una actividad legalizada, por ser una figura de negocios privada
y pública, y además representante de un juego que alcanzaba
la afición de toda la gente popular. Ahora, las restricciones y
reglas impuestas por el Intendente despojaban al administrador
de la plaza de gallos de su autoridad y respeto. Esta situación,
argumentaba el proveedor, desalentarían a futuros interesados en
arrendar plazas de gallos, perjudicando los intereses de la Real
Hacienda y levantando el descontento de la población que del
juego de gallos dependía su subsistencia:
Se hace notable a algunas personas la multitud de gallos que
con este motivo hay en el lugar; pero su introducción procede
de diversas causas, aunque todas conspiran a un mismo
fin: varios vecinos de aquí las compran y hacen traer para
pelearlos: algunos forasteros los traen escogidos y destinados
para apostar a ellos el dinero que juntamente conducen; y otros
se dedican a comprar estos animales en varias jurisdicciones y
los vienen a vender a mejor precio, procurando por este medio
ayudarse para su necesaria subsistencia: pero en resolución, la
muchedumbre de gallos es un inconveniente que [en] breve lo
verá Usted desaparecer, con la continuación de las peleas en
que casi todos ellos mueren.42

En cuanto a las tarifas de entrada para las peleas de gallos en la
plaza, el asentista puntualizaba que el costo era de medio real en
41
42

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días comunes, pero tenía el derecho de cobrarlo en un real en días
especiales, a saber, durante las Pascuas, las corridas de toros y las
carnestolendas.43 Frente a la prohibición de utilizar otros sitios para
el juego fuera de la plaza de Santa Anna, reclamaba que él tenía la
“facultad para poner y quitar las plazas que les parezcan oportunas
en las partes y lugares donde juzgue más conveniente”.44
En ese entorno social y cultural, las reglas estrictas
dictaban normas de conducta rigurosas que, a menudo, prohibían
la entrada de mujeres a ciertos espacios públicos, como aquellos
asociados con el juego de gallos. A pesar de tales prohibiciones,
el asentista, consciente de la realidad circundante y de los usos y
costumbres públicos, recurría a pedir flexibilidad en la aplicación
de las leyes. Este acto no solo revela la dinámica y tensiones
existentes entre normas formalizadas y prácticas sociales
concretas, sino también destaca el poder de influencia social del
asentista como mediador en la intersección de la legalidad y la
cotidianidad. Por otra parte, el hecho de que las mujeres, bajo
ciertas circunstancias y acompañamientos, fueran admitidas,
pone de manifiesto la permeabilidad y adaptabilidad de las
normas y leyes en función de las situaciones específicas y de los
agentes involucrados. Este fenómeno ilustra el carácter dinámico
y contextual de las prácticas y normativas sociales, así como del
juego constante entre reglas formalizadas y el flujo de la vida
diaria y las tradiciones de una comunidad.
43
44

AHED, “Expediente sobre construcción de la plaza de gallos”, 1794, s/f.
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Ha llegado noticia que, en ocasiones hayan entrado señoras
decentes y, a su ejemplo, otras sin haberlo impedido el
asentista, por parecerle demasiada inhabilidad negarle la
entrada a una señora de honor en presencia de su marido, padre
o hermano que lo acompaña; pues como Usted mejor sabe, aún
las leyes admiten temperamentos y modificaciones según las
circunstancias de los casos.45

Y, finalmente, llegaba la estocada final: sin el respaldo equitativo
del gobierno, el asentista renunciaría a su puesto debido a la
vergüenza y el descontento público.46
La actitud empoderada y amenazadora del asentista se endulzaba con la promesa de un buen manejo futuro del gobierno
interno de la arena de gallos. Por ello, reconocía la existencia de
reglas claras y estrictas para el comportamiento adecuado de los
espectadores dentro de la plaza. El asentista, por ser una figura
pública, debía preservar la imagen de respetabilidad dentro de
la plaza, y se consideraba fundamental el mantenimiento de las
normas de decencia y decoro. En este sentido, aquellos que se
comportaran de manera indecente, faltaran al respeto o causaran
disturbios, independientemente de su sexo, serían inmediatamente expulsados de la plaza.47 Por ello era importante la representatividad del asentista según una apariencia parecida al de un soberano “portando la insignia del bastón dentro de la plaza de gallos”.48
45
46
47
48

AHED, “Expediente sobre construcción de la plaza de gallos”, 1794, s/f.
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A pesar de que el negocio dependía en gran medida del
dinero que se jugaba en las peleas, el asentista buscaría evitar
los excesos que pudieran llevar a situaciones conflictivas o
problemáticas. De esta manera, exponía su compromiso al
intendente en mantener el equilibrio entre la búsqueda de
beneficios económicos y el mantenimiento de la armonía y la
buena conducta en la ciudad:
Efectivamente los asentistas siempre han recelado y cuidado
de que no haya desórdenes en la plaza de gallos, ni en su
circunferencia. Así lo haré en la presente ocasión y sucesivas
sin que sea obstáculo la mucha concurrencia de forasteros,
quienes además de cooperar al mayor corriente del juego, sabe
Usted muy bien que influyen con sus precisos consumos en el
aumento del comercio e industrias del vecindario en la utilidad
de los hacendados inmediatos que tiene ocupado mucho maíz y
trigo y le darán salida con estimación y finalmente contribuirán
todo esto a dar a la ciudad mayor población y nombre del que
ha tenido hasta ahora.49

El proveedor de la plaza de gallos enfrentó los obstáculos a
la recaudación de dinero interpuestos por la Intendencia, por
el aumento de los precios de las entradas en ciertas ocasiones
especiales, como la temporada de Pascua y el periodo de
carnaval. Aunque el incremento en los costos era una estrategia
para maximizar los ingresos en momentos de alta demanda,
también podía ser visto como una forma de explotación y abuso
por parte de la población. En respuesta a estas críticas, el asentista
argumentó que el precio de las entradas reflejaba el costo de
49

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organización y mantenimiento de las peleas y que la calidad del
espectáculo justificaba la inversión.50
Este debate sobre el papel del asentista y el funcionamiento
de la plaza de gallos en la Nueva Vizcaya representa una clara
manifestación de las tensiones y los conflictos inherentes a la
interacción entre tradición, economía y autoridad. A pesar de
las críticas y las controversias, el juego de gallos se mantuvo
como una práctica cultural significativa y una fuente importante
de ingresos para la Real Hacienda durante la época colonial,
resaltando su importancia en la configuración de la sociedad
duranguense de la época.
A medida que avanzaba el siglo XIX, el juego de
gallos y el papel del asentista continuaron evolucionando en
respuesta a los cambios sociales y económicos.51 Con el paso del
tiempo, el asentista se consolidó como una figura fundamental
en la organización y el mantenimiento del juego de gallos,
contribuyendo de manera significativa a la preservación y la
promoción de esta tradición en Durango. La relevancia histórica
de esta figura se evidencia no solo en su papel en la gestión de
la plaza de gallos, sino también en su contribución al desarrollo
económico de la región y en su influencia en la formación de la
identidad y la cultura de la región.
AHED, “Expediente sobre construcción de la plaza de gallos”, 1794, s/f.
Aimer Granados, “Las contratas en la ciudad de México. Redes sociales
y negocios: El caso de Manuel Barrera (1800-1845)”. Política y cultura 26,
(2006), 263-266.
50
51

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El doble filo de la navaja: los perjuicios económicos y
sociales del juego de gallos (1801-1830)
Como se ha venido diciendo, en Durango las peleas de gallos a
finales del siglo XVIII despertaron un fervor sin igual. Siendo ese
juego un entretenimiento considerado “libre de malicia, tanto moral
como social”,52 en todo el contexto novohispano ese espectáculo
capturaba la atención de la aristocracia y también de los diversos
grupos socioétnicos; atraídos por la emoción del espectáculo
del juego de gallos, los grupos populares veían en este juego una
oportunidad de incrementar su capital económico y mejorar su
posición social.53 En particular, en el periodo ubicado a finales del
siglo XVIII e inicios del XIX, las peleas de gallos alcanzaron una
popularidad sin precedentes, eclipsando a otros pasatiempos, como
el juego de naipes y las corridas de toros; este auge se debió a la
atracción irresistible que ejercía la posibilidad de apuestas, a veces
incluso más allá de las capacidades económicas de los apostadores.54
Las peleas de gallos, pese a su popularidad, fueron un foco
de múltiples problemas sociales y económicos para toda la primera
mitad del siglo XIX. La adicción al juego, los efectos perjudiciales
sobre la economía local y los problemas morales y de género
asociados a estas peleas representaron un desafío significativo
para las autoridades de la época. Hipólito de Villarroel a través de
Fabián Fonseca y Carlos de Urrutia, Historia general de Real
Hacienda (México: Impr. por V.G. Torres, 1845), 6.
53
Sarabia Viejo, El juego de gallos en la Nueva España, 10.
54
Sarabia Viejo, 12.
52

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una mirada ilustrada sobre la capital novohispana había alertado
la opinión pública sobre el impacto social negativo de estos
juegos, asociándolos con la miseria y la pobreza, viéndolos como
un reflejo de la moral y los valores contradictorios de la época;
los juegos de azar y la lid de gallos eran, entonces, espacios de
liberación y transgresión, pero también escenarios de represión
y violencia, reflejando las contradicciones y tensiones de una
sociedad que oscilaba entre la tradición y la apertura, entre el
control y la libertad, y entre la equidad y la desigualdad.55
Hay que destacar que, para mantener el orden y optimizar
la economía, los diferentes gobiernos del Antiguo Régimen
decidieron limitar el número de gallos tapados y el monto de dinero
apostado.56 Hasta ese momento la regulación de esta actividad
también permitía al gobierno establecer reglas que se consideraron
oportunas, para prevenir abusos y excesos, conteniendo posibles
repercusiones negativas en la estabilidad económica y social de
la colonia, evitando el endeudamiento extremo de los súbditos
y posibles daños, perjuicios y escándalos. Habrá que recordar,
que, durante el gobierno borbónico, más allá de los beneficios
económicos directos, permitir y regular el juego de gallos había
servido como una herramienta política para mantener el orden
Para más información véase Teresa Lozano Armendares, “Los juegos de
azar ¿Una pasión novohispana?” Estudios de Historia Novohispana 11.011
(1991), 109-111.
56
Martín Velázquez Rojas, “Las peleas de gallos como forma de resistencia
en la cultura popular en Monterrey”, 19.
55

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y aplacar el descontento social.57 A través de la integración y
adaptación de prácticas culturales locales, la autoridad había
logrado equilibrar la autoridad local con cierto grado de tolerancia
cultural, concediendo diversiones. Esta estrategia de adaptación
cultural también se enmarcaba en un intento más amplio de
incorporar y gestionar las prácticas y tradiciones locales dentro
del sistema colonial, fusionando intereses económicos y políticos
con una gestión cultural y social equilibrada en el vasto y diverso
territorio de la Nueva España.58
En el caso particular de Durango, fue desde principio
del siglo XIX, que los perjuicios en torno a la riña de gallos
despertaron serias preocupaciones. El deterioro de las arenas y la
mala organización para las tapadas,59 ponían en riesgo el negocio
del estado. El problema no se limitaba a estos detalles logísticos,
pues, el juego había calado tanto en la población que comenzaba
a amenazar la economía en general. José de Zambrano, rico
minero y alcalde mayor, fue testigo directo de esos perjuicios.
Observó cómo sus propios negocios se veían amenazados por
la inasistencia de sus trabajadores, quienes preferían asistir a las
peleas de gallos en lugar de cumplir con sus deberes laborales.
Fabián Fonseca y Carlos de Urrutia, Historia general de Real
Hacienda (México: Impr. por V.G. Torres, 1845), 5.
58
Fonseca y De Urrutia, 6-7.
59
AHED, NV, Copias del oficio, pasado a varios sujetos, y de sus
contestaciones sobre vicios y perjuicios observados en el juego de los gallos,
caja 2, exp. 197, 1801, f. 2. (en adelante, AHED, “Vicios y perjuicios …”,
1801).
57

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[…] la mayor parte que asiste a este juego son artesanos que,
dejando sus oficios, causan mucho daño a esta república y con
este motivo no se halla quien haga un par de zapato en ocasión;
los pocos maestros de sastres, plateros y carpinteros y otros
oficios necesarios se quejan y molestan a los jueces por las
fallas de los oficiales siguiéndose el grave perjuicio de que las
obras que ponen a su cargo los empeñan y venden y se recargan
de deudas que nunca llegan a pagarlas.60

La afición al juego de gallos, enlazada a los métodos de
producción locales, era algo más que un simple juego; se erigía
como un detrimento social, reflejo de un ocio que permeaba la
sociedad, desde adultos hasta jóvenes. Este fenómeno, enraizado
profundamente en la cotidianidad de la sociedad, se convertía
en un caldo de cultivo de ociosidad y desapego a los valores
tradicionales, especialmente los cristianos conservadores, que
promovían la diligencia, el trabajo y la moralidad como pilares
de la vida cotidiana.61 Los amarradores y cuidadores de gallos,
sumidos en esta perpetua inactividad, no solo se alejaban de
estos principios, sino que también contribuían al detrimento del
bienestar social y moral de la colectividad. La participación de
los jóvenes, bajo diversos pretextos, revelaba una desviación
temprana hacia el desinterés en actividades productivas y
moralmente enriquecedoras, erosionando los cimientos de una
sociedad basada en la doctrina cristiana conservadora, que veía
AHED, “Vicios y perjuicios …”, 1801, f. 1v.
Para más información véase Massimo Gatta, “Entre tradición y modernidad
- ocio y cultura en Durango durante la primera mitad del siglo XIX” (Tesis de
doctorado) (Culiacán: Universidad Autónoma de Sinaloa, 2019), 350.
60
61

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en estas prácticas una decadencia moral y un alejamiento de los
valores y principios que deben regir la vida y las acciones de los
individuos.
[…] muchos de los amarradores y pastores de gallos no
tienen otro ejercicio, ni otro modo de subsistir que esta
perpetua ociosidad en que están empleados y que no puede
serle útil ni a ellos ni al público y principalmente a los
muchachos que concurren o con el pretexto de vendimias o
de llevar gallos.62

Este panorama de abandono laboral no solo amenazaba el
tejido social, sino que también ponía en jaque los beneficios
económicos percibidos por el estado a través de estas prácticas
lúdicas. El juego de gallos se tornaba insostenible en la medida
en que eran los artesanos y jornaleros, cuyo sustento dependía
directamente de su labor diaria, que conformaban el grueso de
los concurrentes capaces de realizar apuestas. La presencia de
individuos ociosos que merodean en estos eventos con el único
propósito de beneficiarse del fruto del trabajo ajeno resultaría en
un conglomerado de individuos enfrascados en conversaciones
baldías y actividades infructuosas, que lejos de representar
un beneficio para el Real Erario, convertirían al asiento en un
hervidero de apuestas insustanciales y de diálogos carentes de
valor, contraviniendo los principios de productividad y beneficio
mutuo que deberían primar en las actividades económicas y
sociales del estado:
62

AHED, “Vicios y perjuicios …”, 1801, f. 1.

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El juego de gallos no puede sostenerse siempre que no
concurran a ella los artesanos y jornaleros que son los que
pueden hacer apuestas, porque sujetándose a aquellos ociosos
sin destino que asisten con el fin de buscar de los que trabajan,
sería una concurrencia de platicones, cuya conversación no
sería de provecho al Real Erario, ni tampoco habría que hiciera
postura el asiento.63

Como se puede apreciar, el negocio del juego de gallos dependía
de la participación de trabajadores, quienes aportaban las apuestas
que mantenían el negocio a flote. Sin embargo, la adicción al juego
llegó a tal punto que muchos apostaban más de lo que podían
permitirse, comprometiendo no solo su estabilidad económica,
sino también la de sus familias.
[…] que nadie podrá dudar que entre la multitud hay muchos
que abusan perjudicándose con la falta de asistencia a sus
trabajos jugando aquello que no les permiten sus facultades y
trabajo hasta llenarse de drogas que no podrían satisfacerse y
valerse de sus prendas.64

El juego de gallos también planteaba para las autoridades
un ulterior problema: la falta de pudor debido a la potencial
convivencia en el público de hombres y mujeres del “pueblo
inferior”.65 Además de violar las normas de decencia y decoro
establecidas en una sociedad de antigua raigambre colonial, el
duelo avícola siempre se relacionó con la amenaza de la violencia
sexual, atribuida desde siempre con la asociación del gallo con la
63
64
65

AHED, “Vicios y perjuicios …”, 1801, f. 3.
AHED, “Vicios y perjuicios …”, 1801, f. 3.
AHED, “Vicios y perjuicios …”, 1801, f. 5v.

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masculinidad dominante.66 Este discurso ubicado en el contexto
de Durango deja patente la presencia de una mentalidad ilustrada
que permeaba toda la Nueva España.
Un caso ejemplificador de esos perjuicios involucró a dos
mujeres, una soltera y una casada, que en 1801 fueron engañadas
y violadas por jugadores de gallos tras una tapada. En un giro
inesperado, el alcalde optó castigar a las mujeres por su supuesta
condescendencia con los agresores, mientras que los perpetradores
quedaron impunes:
Como quiera que suenen que los gallos están buenos en esta
ciudad vienen de las poblaciones de afuera muchos ociosos
y vagabundos; éstos han hecho frecuentes robos y cometido
maldades, pues no ha muchos días que dos de esta profesión
sacaron engañadas a una mujer doncella y una casada al campo,
las violaron e hicieron fuga, cuyas mujeres estoy castigando
por la condescendencia de haber salido con ellos.67

La adicción por las apuestas de gallos llevó a algunos a la
desesperación, poniendo en riesgo su sustento y el de sus familias
con tal de seguir jugando. Algunos incluso llegaron al extremo
de robar para poder apostar, especialmente los “vagamundos”
que venían de otras regiones y que “no tenían otra forma de
subsistir más que a través de las trampas que pueden surgir en
estos juegos”.68
Alan Dundes, “Gallus as Phallus: A Psychoanalytic Cross-cultural
Consideration of the Cockfight as Fowl Play”, en The Psychoanalytic Study of
Society, ed. L. Bryce Boyer (E.E.U.U.: Routledge, 2018), 310-311.
67
AHED, “Vicios y perjuicios …”, 1801, f. 2.
68
AHED, “Vicios y perjuicios …”, 1801, f. 3.
66

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�Espolones y poder

Problemáticas ulteriores surgieron en el ámbito de la tensión
entre las leyes formales y las costumbres arraigadas en los años
treinta del siglo XIX, siendo evidencia que las normas sociales y
las tradiciones tuvieron una influencia más poderosa que las leyes
promulgadas por las autoridades. Esta división se hizo evidente
cuando las leyes locales intentaron limitar las lidias de gallos, pero
se encontraron con resiliencias sociales, inclusive por parte de
figuras de autoridad religiosa. En 1833, el presbítero José María
Rodríguez, adicto al juego de gallos, desafiaba las restricciones
eclesiásticas y estatales que prohibían las apuestas de gallos durante
la Cuaresma. Por dicha situación, el alcalde ordinario se dirigía
escandalizado al Intendente con las siguientes palabras:
Supe por varias personas que en la tarde del mismo se habían
corrido en Cuaresma por algunos individuos y, entre ellos, por
el señor presbítero don José María Rodríguez: que, estando
presentes los señores alcaldes Don Ramón Mojica y don
Casimiro Briones trataron de impedir la corrida, y el dicho
señor presbítero se opuso diciendo que eso era capricho, que
lo que no prohibían las leyes no podían prohibir los jueces, y
tomando un gallo los corrió hasta entregarlo a otro individuo
para que lo continuara corriendo.69

A pesar de las amonestaciones por parte de las autoridades, el
sacerdote continuó jugando, amenazando la publicación de
pasquines irreverentes contra de la Iglesia y del gobierno estatal
en las calles de la ciudad.70
69
70

AHED, 1834, caja 8, exp. 59, f. 5.
AHED, 1834, caja 8, exp. 59, f. 5v.

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�Massimo Gatta

Gallos y ciudadanos: nuevas luchas y pactos
Tras la consumación de la Independencia, persistía vigorosa la
afición de los duranguenses por las peleas de gallos. Durante esta
época, el gobierno local continuaba administrando las peleas de
gallos mediante concesión y remate de asientos.71 En los años
cuarenta del siglo XIX, en particular, la pasión por las peleas de
gallos cautivó a los habitantes de Santiago Papasquiaro, San Juan
del Río y Nombre de Dios.72
Sin embargo, a partir de la tercera década del siglo XIX, se
produjeron cambios significativos vinculados a la consolidación
pública del espacio dedicado a las peleas de gallos. En esos años,
la gallera empezó a albergar otros tipos de entretenimientos
públicos. Una mayor relación de las peleas de gallos con el
espacio público se intensificó por la construcción, en 1820, de
una plaza de toros adyacente a la arena de gallos.73
Desde entonces, y durante todo el siglo XIX, ambas
plazas operaron en sinergia, proporcionando diversas formas de
entretenimiento para todo tipo de público. Este arreglo fomentó
la colaboración entre empresarios del entretenimiento locales,
forasteros y las autoridades locales. Éstos compartieron recursos
y experiencias en la gestión y promoción de los espectáculos;
AHED, 1840, caja 16, exp. 23, s/f.
AHED, 1840, caja 16, exp. 23, s/f.
73
Archivo General e Histórico del Municipio de Durango (En adelante,
AGHMD), Expediente de la creación de la plaza de toros, 1820, sala Capitular,
exp. 13, f. 1v.
71
72

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�Espolones y poder

todo esto fue un factor clave para el desarrollo económico de la
capital.74
La plaza de gallos y la de toros de Durango propiciaron,
durante la tercera década del siglo XIX, transformaciones
ulteriores en las relaciones sociales y culturales con el antiguo
barrio de Analco. Cabe destacar que el desarrollo de este barrio
durante las últimas tres décadas del siglo XVIII condujo a su
consolidación como parroquia y, en 1814, a la formalización
de sus calles, dotándole de un carácter más urbano. Con el
tiempo, Analco dejó de ser percibido como un pueblo indígena,
alineándose con los objetivos del naciente Estado nación, que
buscaba integrar a los grupos indígenas en la nación mexicana. De
esta forma, el poblado se transformó en un barrio de la ciudad de
Durango, a través de un decreto del legislativo local que también
ordenaba la disolución de su recién formado ayuntamiento.75
Sin embargo, los cambios no fueron recibidos de forma serena
por la élite de la ciudad, ya que, impregnados por modelos de
modernidad europea, veían con desdén las tradiciones rústicas y
religiosas de los habitantes del antiguo barrio.76
Más allá de ello, hay que contemplar que Analco
mantenía una población culturalmente activa, que promovía
Massimo Gatta, “Entre tradición y modernidad …”360-361.
Vallebueno Garcinava, Miguel. Civitas y Urbs, La conformación del
espacio urbano de Durango, 81-82.
76
AGHMD, Expediente de la creación de la plaza de toros, 1820, Sala
Capitular, exp. 13, f. 20.
74
75

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�Massimo Gatta

con entusiasmo sus diversiones públicas, incluyendo las peleas
de gallos y las corridas de toros.77 De hecho, a pesar del desaire
de las autoridades, esto generó una competencia de públicos,
amenazando los negocios de la ciudad cabecera. Como resultado,
en 1825 las autoridades municipales de Durango, presionadas por
los intereses del asentista de gallos decidieron limitar el número
de diversiones en Analco con la siguiente justificación:
porque aquel pueblo que por su situación está unido a esta ciudad
en donde disfruta de todos los establecimientos de comodidad,
utilidad y beneficencia, es cierto que jamás tomará empeño en
situarlos en su ceño; y pues que tendrá siempre que ocurrir para
su goce a esta capital, justo también será que contribuya por su
parte a engrosar los fondos públicos privándose de un arbitrio
que en realidad sólo puede pertenecer a la misma ciudad.78

A través de esas imposiciones, la ciudad de Durango logró
asegurarse la exclusividad del público a los gallos aumentando
la recaudación de esa rama y aumentando la concentración de
público en proximidad de la Alameda.
A partir de los años treinta del siglo XIX, y con un largo
periodo de luchas políticas entre centralistas y federalistas que
generaron accidentes al interior de capital,79 el gobierno trataba
de reconquistar el control social del área urbana. De esa manera,
AGHMD, Expediente de la creación de la plaza de toros, 1820, Sala
Capitular, exp. 13, f. 1v.
78
AHED, 1840, caja 16, exp. 23, s/f.
79
José de la Cruz Pacheco Rojas, Historia breve de Durango (México: El
Colegio de México, Fondo de Cultura Económica, 2013), 105.
77

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�Espolones y poder

vista la gran circulación de gente en la plaza de gallos, se
colocaron tropas dentro del recinto del juego, un juez censor y se
establecieron rondas en las calles aledañas.11
A partir de ese momento las peleas de gallos se hicieron
más organizadas y reguladas. En lugar de los duelos aleatorios de
la época previa, las riñas comenzaron a organizarse en torneos,
con reglas más definidas;80 estas normas buscaban cubrir aspectos
como el peso de los gallos, el tipo de espuelas utilizadas, y el
manejo de las apuestas.81 Los gallos también comenzaron a ser
criados y entrenados específicamente para las peleas.82
Llegando la primera mitad del siglo XIX, la regulación
de la lucha de gallos alcanzó una etapa interesante debido a su
introducción dentro de un sistema administrativo moderno, en el
cual el gobierno municipal adquirió un papel fundamental. Las
diferentes comisiones del ayuntamiento trataron el tema de las
peleas de gallos como una expresión popular ahora engarzada al
funcionamiento de las funciones dramáticas en el teatro, los paseos
musicales en los parques, la circulación ordenada de la ciudadanía
en las vías públicas, la organización de las nuevas fiestas patrias.83
Esta nueva mirada a las peleas de gallos se debió a
la “escucha” por parte de la hegemonía del pulso vital de las
AHED, 1840, caja 16, exp. 23, s/f.
AHED, 1840, caja 16, exp. 23, s/f.
82
AHED, 1840, caja 16, exp. 23, s/f.
83
María del Carmen Santa Cruz Bradley, “Historia de la estructura orgánica
del cabildo en el Municipio de Durango, 1848-1912” (Tesis de Maestría
inédita), Universidad Juárez del Estado de Durango, 2008], 78.
80
81

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�Massimo Gatta

diferentes capas sociales. Esto fue posible por la recopilación y
computación estadística de los crímenes.84 Esa actitud obsesiva
de las autoridades se manifestó en la discreción de la expedición
de licencias de diversiones públicas y la promulgación de varios
reglamentos. En esos procesos de revisión de los gustos del ocio
popular, los intelectuales al gobierno criticaban la barbaridad
de las corridas de toros, o lo “despreciable” de las funciones de
coloquio y de títeres que no aportaban ninguna instrucción al
pueblo.85
A diferencia de las diversiones mencionadas, las
autoridades no descalificaron la tradición del juego de gallos,
quizás por seguir controlando la masa de la población apegada
a una tradición inveterada y por reconocerla como una fuente
significativa de recaudación económica. De hecho, los impuestos
derivados de las peleas de gallos sirvieron a los gobiernos para la
activación de proyectos cívicos como el de educación pública.86
En 1851, el juego de gallos obtuvo un reglamento
específico, “tabla de gallos”, que establecía las condiciones técnicas
para la lucha de las aves y definía los roles de los participantes
y del público. Empero el discurso presente en las normas de ese
estatuto representa en sí un texto que, adecuadamente descifrado,
Gatta, “Entre tradición y modernidad - Cultura y ocio en Durango durante
la primera mitad del siglo XIX”, 345.
85
Massimo Gatta, “Entre tradición y modernidad - Cultura y ocio en Durango
durante la primera mitad del siglo XIX”, 281-282.
86
Luis Carlos Quiñones Hernández, Las escuelas de Primeras Letras en
Durango-Siglo XIX (Durango: UJED-IIH, 2017), 66-67.
84

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�Espolones y poder

puede esclarecer un determinado momento histórico según los
mecanismos de dominación, explotación y resistencia social más
allá de un simple juego.87
Las normas de la lidia de aves reflejaban valores éticos y
morales a través de una teatralización, proyectándose como un
modelo ideal de relación entre el gobierno y los gobernados. Las
cláusulas dejan entrever que la lucha de gallos y la convivencia
pública en la plaza se consideraron como una experiencia
pedagógica para el hombre como animal político y económico
dentro de una ciudad moderna.88
Según el reglamento, el poder del gobierno de la arena
ciudad estaba personificado en el asentista. Este, a su vez,
contaba con el respaldo del “veedor”, un juez y árbitro encargado
de asegurar peleas equitativas. Sin embargo, el veedor no era una
figura de un poder absoluto, dado que entrelazaba los intereses
del gobierno y los derechos del pueblo. Tal y como el gobierno
municipal establecía muros y cercas en la ciudad, y con el fin de
garantizar la seguridad y el orden público, al inicio de cada pelea,
el veedor señalaba el límite espacial del tablero de juego, con la
marcación “en el piso con las cuatro rayas de costumbre”.89
Eduardo Nivón Bolán, y Ana María Rosas Mantecón, “Para interpretar a
Clifford Geertz. Símbolos y metáforas en el análisis de la cultura”. Alteridades
1 (1991), 40-49.
88
Andrés Felipe Agudelo Zorrilla y Joel Isaac Román Negroni, “Reflexiones
en torno al concepto de participación ciudadana: consideraciones aristotélicas
y neoaristotélicas.” Revista Filosofía 17, no. 2 (2018), 66-67.
89
AHED, 1851, Tabla de gallos, s/f.
87

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�Massimo Gatta

El acto de presentación de las navajas de los gallos
reforzaba el valor de honorabilidad entre ciudadanos, como en
el duelo de dos caballeros que enseñan las superficies metálicas
de las espadas o de dos comerciantes estrechándose las manos a
principio de una negociación. Por ello, ese momento culminaba
con el ritual público de la “limpieza de las navajas con un lienzo
blanco mojado en agua”.90
Significados de vida y muerte, victoria o derrota dependían
de teatralizaciones humanas percibidas en los gallos al final de
cada embestida. La derrota se estipulaba por señales de cobardía,
fuga o rendición de una de las aves: “llamándose rendido el
gallo que lo esté de pie buche y pico”.91 Por otra parte, el triunfo
del gallo representaba la imagen del hombre fuerte, valeroso y
dominante:
Los gallos ganan con firmeza y con vida; y, de dos moribundos,
ganará el que viva más, o quede en una aptitud dominante; para
un lance dudoso, tomará el verdor por sí o acompañado por otra
persona los dos gallos y poniéndolos a corta distancia el que
primero rendirse, perderá.92

En la práctica del juego de gallos, se evidencia un marcado
énfasis en la visibilidad pública y en el seguimiento de reglas
claras y precisas, reflejando así la concepción de una sociedad
ideal basada en la transparencia y la justicia. El juego, violento y
90
91
92

AHED, 1851, Tabla de gallos, s/f.
AHED, 1851, Tabla de gallos, s/f.
AHED, 1851, Tabla de gallos, s/f.

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competitivo, prevé varias eventualidades, incluida la oportunidad
de un empate, una circunstancia que, como el resto de los posibles
resultados, debe anunciarse mediante un acto público ante todos
los asistentes. Esta necesidad de manifestación pública de los
resultados sugiere la importancia de la integridad y claridad en
la ejecución del juego como reflejo de un deseo de equidad y
transparencia en la sociedad más amplia.
El gallo que resulte muerto en manos del saltador, lo manifestará,
le fingirá golilla y si al contrario no golillase, no quisiere o se
fuere a fondo, ganará el muerto; no quisiere y el contrario se
fuere a fondo, sin haberse presentado por muerto será tablas la
pelea.93

En el intricado mundo de las peleas de gallos, la figura del árbitro o
“veedor”, emerge como un pilar central, un mediador indispensable
entre la cruda contienda de los gallos y la apasionada voluntad del
pueblo observante. En estos enfrentamientos, no son únicamente
los gallos los protagonistas de la lid; los veredictos del veedor
tienen un peso significativo y, en ocasiones, la participación del
público puede influir notablemente en sus decisiones.
Si bien el veedor posee una autoridad determinante,
su papel se tiñe de cierta democraticidad; pues, en caso de
desacuerdo con sus decisiones, cada saltador tiene la facultad
de nombrar a una persona entre los concurrentes para que, junto
con otra nombrada por la parte opuesta, formulen un fallo. La
introducción de terceros aporta una nueva dimensión al proceso
93

AHED, 1851, Tabla de gallos, s/f.

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de toma de decisiones, creando un sistema en el cual, en caso de
discrepancia entre las partes, estas podrán designar a un tercer
mediador, y será el veredicto respaldado por dos de las tres voces
el que determine la sentencia final.
Este proceso de mediación y decisión refleja un compromiso
con la equidad y la representatividad, donde el veedor, aunque
figura central, no es un ente autocrático, y la voluntad del pueblo,
manifestada por los individuos seleccionados, juega un rol
fundamental en la determinación de los resultados. La posibilidad
de disputar y reconfigurar las decisiones del veedor mediante un
sistema de votación y consenso resalta la importancia del diálogo
y la negociación en esta práctica, y, por extensión, subraya la
valorización de la voz del pueblo como entidad mediadora y justa
en la resolución de conflictos.
El veedor, en su rol de árbitro, se erige así como un
canalizador de la voluntad popular, un equilibrador de fuerzas
entre la contienda y la multitud, subrayando la relevancia de la
transparencia, la justicia y la participación colectiva en el universo
de las peleas de gallos. Este método, donde la autoridad y la voluntad
popular convergen y se entrelazan, refleja, en última instancia, un
ideal de comunidad unida por la legitimidad y el respeto mutuo, y
es este intrincado juego de poder y equidad lo que contribuye a la
fascinante complejidad de este ancestral rito de combate.
si las partes no se conformaren con el veedor, éste nombrará
cada saltador una persona de las concurrentes, para que ambas
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pronuncien sentencia, y en caso de discordia, éstas nombrarán
un tercero; el fallo que resalte por dos votos unidos de las tres
hará sentencia.94

De esta manera, el público tenía un papel importante
permitiéndole señalar irregularidades o problemas durante
el transcurso de la pelea. La intervención del público en los
aspectos del juego aseguraba de forma ideal un nivel adicional
de transparencia y justicia, al permitir a los observadores señalar
posibles infracciones, trampas o problemas con los gallos, como
“problemas con sus navajas, hilos o si un gallo tenía plumas en el
ojo”.95 Este nivel de participación del público podría haber servido
para mantener la integridad del juego y podría haber permitido
a los espectadores sentirse más involucrados e invertidos en el
resultado de la pelea, promoviendo un sentido de comunidad y
participación democrática entre los asistentes.
Como se puede observar, la participación del público en
el juego actuaba de facto como un contrapeso al gobierno del
asentista, quien, para mantener su posición privilegiada, debía
demostrar apertura a las propuestas de los consumidores del
juego. Así las cosas, los interesados podían presentar al asentista
condiciones y reglas adicionales si deseaban jugar bajo otros
términos de apuesta o diversión.
Como si fuera una ciudad, en la arena se consideraba
crucial manejar la seguridad y el orden público, así como vigilar
94
95

AHED, 1851, Tabla de gallos, s/f.
AHED, 1851, Tabla de gallos, s/f.

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el asentista del cumplimiento de las reglas y el mantenimiento
de la disciplina durante los combates de gallos. Por ello, se
mencionaba el uso de multas y sanciones para aquellos que no
cumplieran las normas establecidas.96 En época colonial era
importante que, para evitar fuga de recursos y el mantenimiento
del orden público, el asentista debía cerciorarse que las peleas de
gallos se jugasen únicamente en el recinto estipulado: “Ninguna
persona podrá jugar peleas fuera del local del asiento, y el que lo
hiciese, pagará al empresario de uno a cinco pesos de multa por
cada pelea según el interés con que los jugare”.97
El reglamento, por su parte, reconocía que las apuestas
constituían un elemento integral de las peleas de gallos, aclarando,
sin embargo, que el asentista no asumía responsabilidad sobre
las apuestas realizadas individualmente, permitiendo que cada
persona apostara por su cuenta o mediante intermediarios de
confianza. La libertad de apostar en las peleas de gallos y la
responsabilidad individual en las apuestas puede ser indicativo
de una sociedad en el cual la hegemonía estaba buscando los
mecanismos de diálogo con el pueblo. Estas normas se reflejaban
en la teoría de un reglamento formulado por las autoridades
No se ha podido encontrar datos sobre el tipo específico de castigo
mencionado en el reglamento del juego de gallos. Sin embargo, es posible
que, dependiendo de la gravedad, el gobierno local imponía multas en dinero,
prisión o inclusive con la pena de los azotes. Para más información, véase
Massimo Gatta “Entre tradición y modernidad - Cultura y ocio en Durango
durante la primera mitad del siglo XIX”, 266-267.
97
AHED, 1851, Tabla de gallos, s/f.
96

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gobernantes. Los gallos, emblemas de los hombres en eterno
conflicto, revelaban una cultura popular que destacaba la
importancia de la autonomía personal y de la toma de decisiones
individuales. Finalmente, los conflictos y las estrategias de
control social y político generadas entre fines del siglo XVIII y
la primera mitad del siglo XIX, fueran los que, eventualmente,
desembocaron en los próximos procesos y significados históricos
del juego en el periodo porfiriano y el postrevolucionario del siglo
XX. Aunque esta historia es inconclusa, las plumas y los picos de
los gallos en duelo siguen escribiendo el tiempo de Durango.
Conclusiones
Con este estudio, se ha explorado la tradición duranguense de
las peleas de gallos entre finales del XVIII y mediados del XIX,
intentando ilustrar tanto las evoluciones como las permanencias que
surgieron en aquel período. De manera precisa, se han examinado
las dinámicas gubernamentales del juego en el contexto de la
Intendencia y su relación con una sociedad y cultura en proceso
de transformación. Se ha enfatizado el impacto significativo de
la política centralista de los borbones en el gobierno local, que
experimentó presiones para revisar meticulosamente los ingresos
y manejar los desórdenes relacionados con el juego de gallos.
Se resaltaron las respuestas notables de estas situaciones,
especialmente de 1794 a 1801 con la lucha del asentista por
mantener los privilegios económicos y su papel como portavoz de
los intereses de la Corona, pese a los embates de la Intendencia.
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En esencia, la historia del juego de gallos en la Nueva Vizcaya,
y en especial el papel del asentista, ha proporcionado una
perspectiva única para entender la complejidad y dinámica de la
interacción entre la tradición, la economía y la sociedad durante
la era colonial.
El papel del asentista ha ilustrado también cómo las
costumbres culturales y tradiciones pudieron ser administradas y
adaptadas en respuesta a los cambios socioeconómicos que sufrió
Durango, tanto en la capital como en otros centros periféricos.
Pues, a pesar de las tensiones y desafíos inherentes a este papel,
el asentista logró mantener y preservar la tradición del juego de
gallos, asegurando su supervivencia y relevancia en el tejido
social. Empero, el papel del empresario no solo buscó preservar
una tradición cultural, sino que también intentaba encontrar el
equilibrio entre los intereses económicos y sociales en juego.
Con su habilidad para gestionar las tensiones y conflictos dentro
de la plaza de gallos, el proveedor del asiento de gallos jugó un
papel clave en el mantenimiento de la armonía y estabilidad en
la comunidad. A pesar de los desafíos y críticas a lo largo del
tiempo, el asentista se mantuvo firme en su papel, demostrando
su compromiso con la protección y promoción de esta práctica
cultural.
Dentro de ese relato fue también importante el papel de
Intendente. Su papel en la organización y gestión del juego de
gallos es un claro ejemplo de cómo los actores locales pueden
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desempeñar un papel activo y significativo en la interpretación
y adaptación de las políticas y prácticas impuestas por el poder
borbónico.
También se ha destacado la importancia del apoyo que
el juego de gallos recibió por parte de los grupos populares
que en aquellos años demostraron una afición inusitada por las
apuestas. En este sentido, se ha podido constatar que la pasión
por el juego por parte de artesanos y mineros condujo a mostrar
apreciaciones inéditas por aquellos individuos privilegiados que
presenciaban con desesperación una crisis en sus negocios. Esta
actitud hacia el juego de la riña de gallos evidencia el poder de
la cultura popular que, en estas circunstancias, pudo mostrar una
resiliencia significativa frente a las estrategias impuestas por
el gobierno local. De este modo, se ha enfatizado que el juego
de gallos representó una válvula de escape para las personas
que, frente a la restricción, provocaban incidentes y hacían un
uso indiscriminado de las apuestas. Estos aspectos tuvieron un
impacto en la definición de los espacios vitales y generaron una
atención al juego de gallos al sur de la ciudad. Esos procesos de
contraposición y negociación entre los distintos grupos sociales
llevaron a la construcción de un nuevo espacio apto y eficiente
para la lucha de gallos. Una nueva arena se instaló al sur de la
ciudad, cerca del antiguo barrio de Analco en 1794.
La lidia de gallos, como entretenimiento manifestado en la
empatía de las peleas de las aves y la euforia dada por la apuesta,
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�Massimo Gatta

se mantuvo a lo largo del periodo estudiado e incluso se retrotrajo
a los primeros tiempos de la colonia, y fue destinada a continuar
para todo el siglo XX. Se ha indicado que esta constancia de
la afición de la gente se derivó de la presencia en la sociedad
duranguense de rasgos conservadores, lo que se evidencia
en el reglamento de 1851 redactado por los representantes del
gobierno. Este documento representa en su discurso la esencia
de los juegos de gallos como clave de comprensión de las
negociaciones entre el gobierno y los gobernados en la historia
de ese juego y espacio. La técnica de lucha de las aves sirvió a los
duranguenses para definir una regla humana fundamental de las
relaciones sociales: el establecimiento de las reglas y los límites
del juego. Se ha postulado que los gallos, como definió Geertz, no
fueron simplemente animales, sino hombres, y que, por lo tanto,
desde la navaja del gallo hasta el cuadrante del juego marcado
en el piso, son un ejemplo de cómo las tradiciones y prácticas
culturales pueden desafiar o ser cooptadas por el poder estatal
en diferentes momentos históricos. La tabla de gallos de 1851 de
la plaza de gallos de Durango deja ver, más allá del espectáculo
sangriento de animales, cómo la élite y el pueblo encontraron
signos conscientes de la manifestación de las complejidades y
contradicciones de la sociedad de la época.
En la plaza de gallos, comparable a una ciudad, los gallos,
comparables a los humanos, participaban en la vida política y en
la pertenencia a una comunidad. La ciudad, como entidad natural,
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proporciona el marco en el cual los individuos pueden desarrollar
su potencial y cumplir con su propósito propio en armonía con el
bien común. Se destaca la importancia de la interdependencia y
la colaboración entre los miembros de la sociedad para alcanzar
el florecimiento individual y colectivo. Además, se subraya que el
ser humano es un ser social por naturaleza y que la autosuficiencia
individual es insatisfactoria y se equipara a una condición
bestial. En resumen, el mensaje utópico de ese reglamento es
que la participación y comprometida en la vida política y en la
comunidad es esencial para alcanzar la felicidad y la plenitud
como seres humanos.
Este artículo representa, por tanto, el esfuerzo inicial de
destacar la importancia de analizar estas prácticas culturales y
tradiciones como fuentes valiosas para comprender la historia
de una sociedad en su complejidad y diversidad. Todavía existen
muchas otras fuentes históricas por explorar que podrían ofrecer
nuevas perspectivas sobre este fenómeno cultural. En este sentido,
es fundamental seguir revisando otras fuentes históricas, como
crónicas, registros y diarios de la época, para encontrar nuevos
significados y matices sobre la pelea de gallos y su importancia
en la sociedad duranguense y mexicana en general. Los vestigios
documentales referentes a otros espacios de la intendencia como
en Chihuahua, Parral y Guarisamey invitan a la revisión de otros
repositorios que se han analizado aquí y que seguramente podrán
ofrecer una indagación más rica y amplia.
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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-106

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�Sillares

Revista de Estudios Históricos
http://sillares.uanl.mx/

El vocabulario ferroviario de México en los años
de 1850 a 1930: entre préstamos lingüísticos y
variación dialectal
The railway vocabulary of Mexico in the years
from 1850 to 1930: between linguistic loanwords
and dialectal variation
Karen Elizabeth Flores Bonilla
orcid.org/0000-0001-5591-6436
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla
Puebla, México
Recibido: 7 de noviembre de 2023
Aceptado: 15 de enero de 2024

Editor: Reynaldo de los Reyes Patiño. Universidad Autónoma de Nuevo
León, Centro de Estudios Humanísticos, Monterrey, Nuevo León, México.
Copyright: © 2024, Flores Bonilla, Karen Elizabeth. This is an open-access article distributed under the terms of Creative Commons Attribution
License [CC BY 4.0], which permits unrestricted use, distribution, and
reproduction in any medium, provided the original author and source are
credited.

DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-115
Email: floresbonillak@yahoo.com.mx

�El vocabulario ferroviario de México en los años
de 1850 a 1930: entre préstamos lingüísticos y
variación dialectal
The railway vocabulary of Mexico in the years from 1850 to
1930: between linguistic loanwords and dialectal variation
Karen Elizabeth Flores Bonilla
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla
Puebla, México
orcid.org/0000-0001-5591-6436

Recibido: 7 de noviembre de 2023
Aceptado: 15 de enero de 2024

Resumen: El presente artículo forma parte de un proyecto de
investigación más amplio cuyos objetivos son el rescate y análisis de
las palabras que conformaron el vocabulario ferroviario de México
entre los años de 1850 a 1930. Basado en los documentos resguardados
tanto en la biblioteca especializada como en el archivo histórico
pertenecientes al Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos, este
trabajo lleva a cabo una revisión histórica y lingüística que permite
comprender el proceso de constitución del vocabulario empleado por
todo el personal nacional durante las primeras décadas de construcción
y funcionamiento del ferrocarril en el país. Su principal aporte
radica en que, hasta ahora, no se han realizado estudios similares en
México que posibiliten conocer los distintos fenómenos lingüísticos
que se desencadenaron tras la llegada de este medio de transporte e,
incluso, existen periodos extensos de los que se ignoran los vocablos
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�El vocabulario ferroviario

utilizados entonces. Dada la importancia del ferrocarril en el desarrollo
económico y cultural del país, el análisis de su vocabulario proporciona
un acercamiento a la historia lingüística de México.
Palabras clave: vocabulario ferroviario, contacto entre lenguas,
variación dialectal, neologismos, especialización semántica.
Abstract: This article is part of a broader research project whose aims are
the rescue and analysis of the words that made up the railway vocabulary
in Mexico between the years of 1850 to 1930. Based on the documents
stored both in the specialized library and in the historical archive
belonging to the Nacional Museum of Mexican Railways, this work
carries out a linguistic historical review that allows us to understand the
process of constituting the vocabulary used by all the national personnel
during the first decades of construction and operation of the railway in
the country. Its main contribution lies in the fact that, until now, similar
studies have not been carried out in Mexico that makes it possible to
know the different linguistic phenomena that were unleashed after the
arrival of this means of transport and, even, there are extensive periods
of which the words used at the time are unknown. Given the importance
of the railway in the economic and cultural development of the country,
the analysis of its vocabulary provides an approach to the linguistic
history of Mexico.
Keywords: railway vocabulary, language contact, dialectal variation,
neologism, semantic narrowing.

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�Karen Flores

Introducción
La llegada del ferrocarril a México, en el siglo XIX, trajo
consigo transformaciones sociales, culturales, políticas y
hasta territoriales que dieron lugar a una serie de fenómenos
lingüísticos, los cuales se reflejaron directamente en el
vocabulario ferroviario del país. De hecho, la implantación
de este medio de transporte desencadenó un encuentro sin
precedentes entre distintas lenguas y variantes del español, ya
que la construcción de sus vías a lo largo de todo el territorio
mexicano concentró mano de obra de muy diverso origen, tanto
nacional como extranjera. Primero, debido a la participación de
técnicos especializados que arribaron de países como Estados
Unidos, Inglaterra, Francia, Bélgica, entre otros, con la intención
de involucrarse en el tendido de las vías y el funcionamiento
de los trenes. En segundo lugar, porque el proyecto ferroviario
requirió de personal en todas las regiones donde la fuerza de
trabajo nacional aún era escasa, lo que provocó desplazamientos
intensivos hacia diferentes áreas del país. En consecuencia,
dentro del vocabulario del ferrocarril de México se manifestó la
influencia de este contacto lingüístico.1
El término contacto lingüístico hace referencia a todos los procesos que se
dan cuando los hablantes interactúan con más de una lengua de manera constante. Dicha convivencia es tan frecuente que puede generar cambios internos
en cada uno de los sistemas lingüísticos involucrados, sea a nivel semántico, léxico, fonético-fonológico, entre otros. Klaus Zimmermann, “Disglosia y
otros usos diferenciados de lenguas y variedades en el México del siglo XX:
entre el desplazamiento y la revitalización de las lenguas indomexicanas”, en
1

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�El vocabulario ferroviario

A diferencia de lo que sucede con otros léxicos
especializados como el de la medicina o el de las matemáticas, el
vocabulario ferroviario de México no es estándar y esto significa
que presenta variaciones dialectales. Por ejemplo, ya desde la
década de 1880, en la península yucateca se optó por emplear
retranquero para nombrar al trabajador responsable de accionar
los frenos del tren; operario que, en cambio, se denominaba en el
centro del país a través del vocablo garrotero.2 En realidad, como
la migración interna y externa se multiplicó al ritmo en que se
extendieron las vías férreas, esta situación motivó al surgimiento
de centros urbanos contiguos a las estaciones *e, incluso, a la
concentración de gran parte del personal extranjero en las
localidades ahora conectadas mediante el ferrocarril.3 Por tanto,
Historia sociolingüística de México, vol II, ed. Rebeca Barriga Villanueva y
Pedro Martín Butragueño (México, DF: El Colegio de México, 2010), 889.
2
David Casares, “Informe relativo á las operaciones del Ferrocarril de Mérida a Calkiní, en el segundo semestre de 1884”, en Memoria presentada al
Congreso de la Unión por el Secretario de Estado y del Despacho de Fomento,
Colonización, Industria y Comercio de la República Mexicana, General Carlos
Pacheco, ed. Secretaría de Fomento (México: Oficina Tipológica de la Secretaría de Fomento, 1887), 885.
3
La transformación que sufrió el estado de San Luis con la llegada del
ferrocarril es una clara muestra del impacto que tuvo este medio de transporte: desde 1878 se registró un descenso en las cifras de los habitantes de la
huasteca potosina ya que, tras la puesta en marcha del Ferrocarril Mexicano,
cientos viajaron hacia el centro del país para trabajar en las reparaciones y el
funcionamiento de dicha línea. En su lugar, arribaron obreros extranjeros y de
diversas partes del territorio mexicano para continuar con el tendido de otros
dos ferrocarriles, el Central y el Nacional Mexicano. Luz Carregha Lamadrid
y Begoña Garay López, Un camino olvidado. Estaciones de ferrocarril en el
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�Karen Flores

su vocabulario registra la incorporación y adaptación de vocablos
procedentes de otras lenguas,4 así como la creación de nuevas
formas léxicas para designar objetos y actividades desconocidas
hasta entonces.5
No obstante, si bien el vocabulario ferroviario permite
estudiar una parte de la historia lingüística de México, en el país
se carecía de investigaciones que lo abordaran. A pesar de los
primeros avances que se han hecho respecto de los fenómenos
lingüísticos originados en los territorios por los que corrían los
trenes, existen periodos de los que todavía se desconocen los
vocablos utilizados debido a la falta de trabajos que busquen
estado de San Luis Potosí: Línea México-Laredo (Ferrocarril Nacional Mexicano) (San Luis Potosí: El Colegio de San Luis, 1999), 59.
4
Por ejemplo, el nombre dado a la ciudad de Empalme (Sonora) es una
traducción del vocablo inglés junction, que refiere a la unión de dos líneas
férreas. La selección de este topónimo se debe a que la ciudad se fundó hacia
1905, en el punto en que un ramal del Ferrocarril de Cananea se encontraba
con las vías del Ferrocarril de Sonora. Alfredo Nieves Medina, “Los ferrocarriles en Sonora”, Mirada Ferroviaria, núm. 7 (2009): 28–29.
5
Vale la pena aclarar, antes de avanzar, el empleo de vocablo en vez de
palabra para referir los datos lingüísticos obtenidos en el estudio: palabra es
un término que presenta dificultades al momento de ser definido lingüísticamente debido a su uso más coloquial, motivo por el que vocablo, una etiqueta
teórica bien delimitada, cumple con los requerimientos para su aplicación en
el análisis. Por vocablo se entiende al signo lingüístico que contiene, desde
un punto de vista morfológico, la menor cantidad de morfemas, razón por la
que representa a todos sus paradigmas de flexión, derivación y conjugación
posibles (por ejemplo, niño es el signo que, por convención, se impuso como
vocablo de su paradigma de flexión nominal: niña, niños, niñas, etc.). Luis
Fernando Lara, Curso de Lexicología (México, DF: El Colegio de México,
2006), 138–40.
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�El vocabulario ferroviario

retomarlos. En dicho sentido, el presente artículo forma parte
de un estudio más extenso sobre el vocabulario del ferrocarril
de México empleado específicamente entre los años de 1850 a
1930 y, por tanto, consiste tan sólo en un breve acercamiento
a los resultados obtenidos. La elección del periodo de análisis
(1850-1930) se fundamenta en el hecho de que este lapso
coincide con los trabajos de tendido y funcionamiento de las
primeras y más largas líneas férreas del país, lo que ocasionó
mayor movimiento migratorio que refleja gran riqueza y
diversidad lingüística.
Metodología
Antes de avanzar con los resultados del estudio, es pertinente
realizar especificaciones sobre el proceso de recolección y
análisis de los datos obtenidos. El corpus de la investigación
comprendió 166 documentos pertenecientes a las empresas que
construyeron y operaron sus ferrocarriles en México durante el
periodo de análisis: son textos que forman parte del acervo actual
tanto del archivo histórico como de la biblioteca especializada del
Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos, los cuales no se
habían utilizado previamente con el objetivo de rastrear formas
lingüísticas. No obstante, es importante resaltar que el estado de
conservación de algunos textos es delicado pues las compañías
tendían a emplear papel cebolla (un tipo de soporte delgado y
frágil) para registrar sus nóminas; material que, con el paso del
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�Karen Flores

tiempo, se rompe más fácil y comienza a borrar las letras. Esta
situación, junto con el poco cuidado que los archivos recibían
en los talleres ferroviarios antes de su resguardo definitivo en el
Museo de Ferrocarriles, apremiaba sin duda la recuperación de
los datos que ofrecen.
Ahora bien, las formas consideradas como integrantes
del vocabulario del ferrocarril de México fueron aquellas cuyo
significado se encontraba directamente relacionado con este
ámbito en particular (como piezas, actividades, materiales,
vehículos, etc.); motivo por el que la categoría gramatical de los
vocablos es diversa en el corpus. En sí, la revisión detallada de los
textos permitió la identificación de los términos especializados
pertenecientes al entorno ferroviario del país y, posteriormente,
se determinó su definición de acuerdo con el contexto lingüístico
en que se documentaban, mismo que era validado mediante la
confrontación con los demás escritos que conforman la muestra.
Por último, la ubicación temporal y geográfica de cada vocablo se
llevó a cabo con base en la información proporcionada en el texto
del que se extrajo o, en su caso, por la establecida en los registros
del propio Museo de Ferrocarriles; esto debido a que una parte de
los documentos no contiene una fecha exacta.
Hacia la constitución de un vocabulario ferroviario en
México: los préstamos léxicos
Para comprender en su totalidad los diversos fenómenos
lingüísticos presentes en el vocabulario ferroviario de
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�El vocabulario ferroviario

México, resulta crucial conocer las circunstancias particulares
que marcaron la llegada de este medio de transporte. Su
implantación, que inició desde mediados del siglo XIX, trajo
consigo un desarrollo sin precedentes en los distintos ámbitos
de la vida mexicana: antes de su aparición, no existía en el país
un medio de transporte que posibilitara el traslado dinámico
de sus pobladores dentro y fuera del territorio nacional, ni
que permitiera una movilización adecuada de productos,
herramientas y bienes. Dicha situación produjo un atraso
industrial, agrícola e, incluso, un debilitamiento del mercado
interno; condiciones que no fomentaron los desplazamientos
y, por consiguiente, tampoco el contacto lingüístico entre el
español y otras lenguas, indígenas o extranjeras. En realidad,
durante la época colonial, la Independencia y las primeras
décadas del siglo XIX, no se tenía una idea clara de la
geografía del país y se desconocía su número de habitantes, al
igual que datos específicos como la edad, la lengua materna, la
composición étnica, entre otros.6
La falta de caminos que conectaran las distintas zonas
del territorio nacional dificultó la comunicación, lo que ocasionó
que áreas de difícil acceso se mantuvieran aisladas del resto del
país durante siglos. Por ende, las comunidades indígenas poco
participaron en la creciente economía, ya que obtenían subsistencia
Sergio Ortiz Hernán, Los ferrocarriles de México. Una visión social y
económica. Vol. I. La luz de la locomotora (México: Ferrocarriles Nacionales
de México, 1987), 22.
6

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�Karen Flores

mediante el cultivo de tierras comunales: sembraban con el fin
de satisfacer sus necesidades y no encontraban ni los medios
ni los alicientes para llevar sus productos a los mercados de las
grandes ciudades. En consecuencia, estos pueblos continuaron
excluidos tanto económica como lingüísticamente hablando, sin
condiciones que facilitaran una interacción entre las diversas
lenguas originarias y el español de las capitales. Por ejemplo,
si bien antes de la llegada del ferrocarril ya se documentaban
intentos de mejorar las carreteras mediante el trabajo de los
indígenas (como ‘la carretera de la plata’, que cruzaba Zacatecas
para dirigirse al cerro de la Bufa con el objetivo de extraer sus
minerales), las obras solían detenerse sin terminar la construcción
o las reparaciones; 7 razón por la que el contacto lingüístico no era
constante.
Sin embargo, a mediados del siglo XIX, el gobierno
mexicano, al igual que el de otros países de la misma época, optó
por promover la instalación de empresas ferroviarias mediante
capitales extranjeros que fueron atraídos por amplias concesiones
sobre el territorio. Aunque esta medida propició la oposición de
diversos sectores, fue la inestabilidad política en que se encontraba
el país la causa principal por la que, a pesar de las iniciativas
propuestas desde la década de 1830, la expansión ferroviaria
comenzó durante el primer periodo presidencial de Porfirio Díaz
Sergio Ortiz Hernán, Los ferrocarriles de México. Una visión social y
económica, vol. I. La luz de la locomotora (México: Ferrocarriles Nacionales
de México, 1987), 47–54.
7

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�El vocabulario ferroviario

(que comprende los años de 1877 a 1880). Si bien para 1850 se
había concluido el tramo Veracruz-El Molino, precursor de lo
que sería la línea del Ferrocarril Mexicano, fue hasta 1880 que
se entregaron permisos a compañías constituidas en la Unión
Americana; por ejemplo, la del Ferrocarril Central Mexicano, que
correría de la capital hacia Ciudad Juárez.8
La mayor influencia de Estados Unidos en la construcción
de estas líneas se reflejó también en el aspecto lingüístico ya que,
de los 196 vocablos identificados en el estudio, 21% (41/196) son
formas provenientes de otras lenguas, de las cuales 66% (27/41)
proceden del inglés.9
Resulta necesario detenerse en este punto para explicar
algunos conceptos lingüísticos de vital importancia para
comprender la constitución del vocabulario ferroviario de la
época. La convivencia frecuente entre dos o más lenguas puede
ocasionar que una (o las dos) adopte formas y/o significados
procedentes de otra, los cuales reciben el nombre de préstamos.
Éstos van desde extranjerismos (es decir, vocablos que se
María Isabel Bonilla Galindo, “Los ferrocarriles en México: un recuento
de su desarrollo”, Glifos, núm. 26 (2021): 11.
9
Aunque también hubo inversión británica durante la construcción de los
ferrocarriles, la mayoría de los empleados, hablantes del inglés, que mantuvieron contacto frecuente con los operarios nacionales procedían de Estados
Unidos, motivo por el que los mexicanos tuvieron acceso a la variante del
inglés utilizada por ellos (y que, en algunos casos, difiere de la británica).
Al hablar de contacto entre lenguas deben tomarse en cuenta, principalmente,
factores como el grado de convivencia y cercanía entre los respectivos grupos
de hablantes de cada idioma.
8

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integran, en su forma nativa, a una lengua distinta sin presentar
modificaciones; como sucede con el uso en español de software
o jeans) hasta préstamos adaptados (en donde los vocablos se
integran tras presentar cambios que les permiten adecuarse a
las reglas de su nueva lengua; como en futbolista, creado tras
la anexión del sufijo español -ista a football para referir oficio
o profesión).10 Ambos tipos de préstamo se documentan en el
corpus, hecho que evidencia los distintos mecanismos utilizados
por los trabajadores mexicanos para la conformación de su
vocabulario.
Entre los extranjerismos del inglés identificados se
encuentra, por ejemplo, el vocablo brakeman (del inglés brake
‘freno’, man ‘hombre’), empleado en el norte para denominar al
encargado de accionar los frenos del tren, así como de examinar
el estado de las chumaceras y otros componentes. Sin embargo,
este préstamo es sólo una de las cuatro formas lingüísticas
documentadas entre las décadas de 1880 y 1890, que refieren al
mismo trabajador. Como se había adelantado en la introducción,
durante este lapso también se registra el uso de garrotero y
retranquero en el centro y sur del país, respectivamente; fenómeno
que refleja la existencia de variaciones dialectales dentro de este
vocabulario desde sus primeros años de constitución. Además,
se verifica el empleo de guardafrenos, vocablo proveniente
Gloria Guerrero Ramos, “El préstamo lingüístico, uno de los principales
procedimientos de creación neológica”, Quaderns de Filologia. Estudis lingüistics 28 (2013): 126.
10

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�El vocabulario ferroviario

de España utilizado, en menor grado, al norte del país. Estas
diferencias diatópicas se explican a través del hecho de que la
introducción de préstamos en una región particular puede, en
ocasiones, manifestarse como variaciones en un determinado
idioma; lo que esclarece el uso de brakeman en el norte de México
debido a su cercanía con los Estados Unidos y a la influencia de
dicho país en los ferrocarriles de la zona.11
Imagen 1.
Distribución geográfica de las formas brakeman, garrotero,
guardafrenos y retranquero durante la década de 1880

Centro de Documentación e Investigación Ferroviarias (en adelante CEDIF). Ferrocarril de Sonora. Nómina del departamento de servicio de trenes,
Tomo I, noviembre 1887.
11

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Otro ejemplo es el del extranjerismo bogie, proveniente de la
zona norte de Inglaterra, cuyo uso se extendió dentro del léxico
ferroviario francés, en donde se utilizó por encima del vocablo
truck que designa a la misma estructura de hierro diseñada para
soportar el peso de los vagones y las locomotoras. En sí, el empleo
de esta forma en México se explica mediante la presencia de
técnicos e ingenieros francófonos durante los años de inicio del
tendido férreo, ya que para la construcción del tramo Veracruz
a El Molino del Ferrocarril Mexicano (la que sería la primera
línea ferroviaria del país) se involucraron especialistas belgas,
motivo por el que, incluso, algunos de los textos se encuentran
escritos en francés.12 Aunado a lo anterior, en la década de 1860
tuvo lugar la segunda intervención francesa, a partir de la cual
el ejército invasor tomó posesión de este ferrocarril. Por tanto,
es en los años posteriores a 1880, tras la entrega de concesiones
a empresas norteamericanas, que se esclarece la gradual
desaparición de la forma bogie (ampliamente documentada en
el país hasta entonces) en favor del vocablo truck, utilizado
entre los operarios ferroviarios de Estados Unidos que arribaron
a México.
Aunque con anterioridad habían llegado trabajadores
extranjeros para laborar en otras industrias y empresas radicadas
en México, la proporción de dichas inmigraciones fue menor
John Greshman Chapman, La construcción del Ferrocarril Mexicano:
1837-1880 (México, DF: Secretaría de Educación Pública, 1975), 189.
12

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en comparación con la que trajo consigo la instalación del
ferrocarril.13 Como las compañías involucradas eran, en su
mayoría, de capital foráneo, los empleados especializados (como
los ingenieros, maquinistas y conductores, etc.) eran también
extranjeros y arribaron al territorio en número considerable ante
la falta de personal capacitado. Más aún, estas empresas optaron
por contratar mano de obra procedente de países como China,
Japón, Bélgica o Rusia, que a su vez se integró a las labores
de construcción en zonas donde escaseaba la fuerza de trabajo
nacional. Pero, en las décadas previas a la de 1910 (y, por tanto,
al estallido de la Revolución), el inglés fue la lengua privilegiada
dentro de las propias compañías ferroviarias establecidas en
México, las cuales incentivaban su empleo entre los operarios
nacionales;14 situación que contradecía lo estipulado en sus
reglamentos donde se exigía el uso oficial del español.15
Ortiz Hernán, Los ferrocarriles de México. Una visión social y económica,
vol. I. La luz de la locomotora, 59–59.
14
Un factor, poco considerado antes, que contribuyó a la desigualdad laboral
dentro de las compañías ferroviarias fue la lengua, ya que el sólo hecho de hablar inglés podía asegurar un lugar en los rangos más altos del escalafón. Esto
puede constatarse, por ejemplo, en una nota publicada el 30 de mayo de 1904
en El Ferrocarrilero, el periódico bisemanal de los trabajadores mexicanos:
“podríamos llenar las columnas de nuestro periódico comentando casos en los
que el mecánico mexicano es doblegado por un extranjero que, con la sola recomendación de hablar en inglés, se presenta como títere a quitarle el trabajo”.
“Redacción”, El Ferrocarrilero, el 30 de mayo de 1904.
15
Por ejemplo, desde el Reglamento para la construcción, conservación y
servicio de los ferrocarriles, publicado en 1883, ya se estipulaba el empleo
obligatorio del español dentro de las compañías. Todos los empleados en el
servicio de oficinas y trenes [...] hablarán español y emplearán con las perso13

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A pesar de la existencia de estos documentos, se tiene
registro de que, al menos hacia 1905, los maestros de las
denominadas casas redondas (traducción del inglés roundhouse,
de round ‘redondo’ y house ‘casa’) del Ferrocarril Nacional
sometían a fogoneros mexicanos a exámenes de orden en inglés
si éstos buscaban ascender a maquinistas. Lo mismo sucedía con
los empleados del Ferrocarril de Tehuantepec, en cuyo caso se les
impedía trabajar si no acreditaban las pruebas.16 Es más, algunos
de los textos correspondientes a la época presentan una edición
bilingüe inglés-español o se encuentran totalmente escritos en
inglés, lo que tuvo como consecuencia un menor acceso a los
documentos debido a que no todos los empleados nacionales
conocían esta lengua extranjera;17 aunado a los altos índices de
nas con quienes traten asuntos de servicio, el lenguaje y consideraciones que
al público son debidos. Todos los anuncios, libros de contabilidad, recibos
y demas (sic.) documentos que hubieren de darse al público ó presentarse á
las autoridades, agentes de fisco ó inspectores (sic.), deberán estar escritos
en el idioma español. Secretaría de Fomento, “Reglamento para la construcción, conservación y servicio de los ferrocarriles”, en Memoria presentada al
Congreso de la Unión por el Secretario de Estado y del Despacho de Fomento, Colonización, Industria y Comercio de la República Mexicana, General
Carlos Pacheco, ed. Secretaría de Fomento (México: Oficina Tipológica de la
Secretaría de Fomento, 1887), 554.
16
Guillermo Guajardo Soto, Trabajo y tecnología en los ferrocarriles de México: una visión histórica, 1850-1950 (México, DF: Consejo Nacional para la
Cultura y las Artes, 2010), 53.
17
La socióloga Shabot Askenazi ha estudiado la lucha de don Felipe Pescador, un antiguo trabajador mexicano que expuso la necesidad de cumplir
debidamente con el uso oficial del español ante la Junta Directiva de los Ferrocarriles Nacionales de México el 1° de julio de 1909. Esther Shabot Askenazi,
“La Gran Liga de Empleados de Ferrocarril y la huelga de 1908”, Estudios
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analfabetismo que entonces imperaban en el país. Para demostrar
lo dicho hasta ahora, se muestra a continuación una boleta de
despacho, en inglés, que se solía entregar a los conductores del ya
mencionado Ferrocarril de Tehuantepec para registrar la entrada
y salida de los trenes.
Imagen 2.
Boleta de despacho del Ferrocarril de Tehuantepec empleada
en 190818

Debido a este predominio del inglés, gran parte de los vocablos
provenientes de dicho sistema se incorporaron al español tras
presentar modificaciones para adecuarlos a las reglas de su nueva
lengua; esto dado a que el español constituía el idioma materno
Políticos, núm. 18–19 (1979): 242.
18
Compañía del Ferrocarril Nacional de Tehuantepec, Reglamento para el
Departamento de Transportes (México: Imprenta Lacaud, 1908), 43.
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de la mayoría de los trabajadores mexicanos.19 Tales préstamos
adaptados, a diferencia de los extranjerismos abordados en los
párrafos anteriores, documentan distintos tipos de cambio que
van desde lo fonológico hasta lo ortográfico. Entre los más
interesantes se encuentran las modificaciones registradas a
nivel morfológico; por ejemplo, mediante la anexión del sufijo
español -ero para referir a la persona que realiza la acción. Es
el caso de la forma donquero, usada para denotar al empleado
encargado de alimentar y dirigir a las mulas durante las labores de
terraplenado; vocablo creado en el país a partir de la forma inglesa
donkey ‘burro’.20 Como puede esperarse, el préstamo se utilizó
únicamente en la región del norte de México entre las décadas de
1890 y 1900, mientras que en el centro se optó, en su lugar, por el
vocablo mulero para denominarlo a causa de la menor influencia
ejercida por los Estados Unidos en la zona.
Por otra parte, también se documentaron préstamos que
sufrieron modificaciones al adaptarse, específicamente, a las
normas de formación de plural del español, las cuales dictan que,
Para poner un ejemplo, el Censo General de la República Mexicana de
1895 (el primero de su tipo en el país) registra que, en todo el territorio, los
hablantes de español alcanzaban los poco más de 10 millones, mientras que
los de náhuatl apenas 649 mil y los de maya 249 mil. Dirección General de
Estadística, Censo General de la República Mexicana verificado el 20 de octubre de 1895 (México: Oficina Tipológica de la Secretaría de Fomento, 1899),
91–116.
20
CEDIF. Ferrocarril de Sonora. Nómina del departamento de conservación
de vía, julio de 1905.
19

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si una palabra termina en vocal, su plural se crea al añadir el sufijo
-s (como mesa-s), en tanto que si finaliza en consonante se agrega
el alomorfo -es (por ejemplo, árbol-es). Algunos de los préstamos
siguieron la pauta de esta lengua: es decir, si el vocablo terminaba
con vocal se optó por el sufijo -s como en locomotivas (procedente
del inglés locomotive) y si finalizaba en consonante se anexó el
alomorfo -es, como sucede con furgones (en este caso, proveniente
del francés fourgon).21 No obstante, se registraron casos en los
que estos préstamos presentan formas alternantes, lo que significa
que un mismo vocablo aparece tanto con el sufijo -s como con
el alomorfo -es. Esto ocurre con la forma inglesa caboose, la
cual se mantuvo invariable en su estatus de extranjerismo (sin
sufrir cambios) hasta la década de 1890, momento a partir del
cual comenzó a documentar alternancia entre una forma singular
(caboose, cabús) y otras dos posibilidades de formas plurales,
una al agregar el sufijo -s al vocablo original (1a) y otra al anexar
el alomorfo -es al préstamo adaptado, como en (1b).
1a. En todas las terminales habrá una vía destinada solo para
cabooses y los empleados del patio los moverán solamente
para ponerlos en esa vía.22
Cabe aclarar que en esta investigación se analizaron todas las formas extranjeras, registradas en el corpus, que se integraron y emplearon dentro del
ámbito del ferrocarril de México, por lo que se toma en cuenta también aquellos préstamos que se introdujeron en España y se usaron sin modificaciones
entre los trabajadores del país.
22
Ferrocarriles Nacionales de México, Cédula de sueldos y reglamento para
los conductores y empleados de los Ferrocarriles Nacionales de México (México: The American Book and Printing Co., 1909), 15.
21

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1b. Los conductores de los trenes de carga deberán tener en sus
cabúses una provisión de palos de enganchar y cerciorarse de
que sus garroteros tienen de esos palos.23

El plural creado mediante el préstamo adaptado (es decir,
cabúses), que constituye el más integrado a las pautas del
español, es el que permanece dentro del vocabulario ferroviario
del país, pues el extranjerismo caboose comienza a desaparecer
paulatinamente en favor del vocablo modificado a fines del siglo
XIX.24 El fenómeno contrario ocurre con los préstamos truck
(en sus dos formas plurales trucks y truckes, identificadas en el
transcurso de la década de 1860) y ténder (con ténders y ténderes,
ambas registradas a inicios de la década de 1850), donde la forma
menos ajustada a las normas del español (trucks, ténders) fue la
que perduró.
Ahora bien, aunque los préstamos del inglés son los más
recurrentes (y, por tanto, los más citados de momento), también
se introdujeron algunos provenientes de otras lenguas con
menor prestigio en México. Al hablar de contacto entre lenguas
resulta vital tomar en cuenta el dominio social y el grado de
Camino de Fierro Nacional Mexicano, Reglamento para gobierno de los
empleados (México: Crawford Press, 1892), 25.
24
Cuando, en una lengua, se emplean dos elementos que designan al mismo
referente, al principio se utilizan ambos de manera alterna hasta que uno de
los dos restrinja o expanda su uso, o sea eliminado por completo. Esto depende, principalmente, de tres aspectos: su frecuencia de empleo, su integración
al sistema y la aceptabilidad que tenga entre los distintos hablantes. Yolanda
Lastra, Sociolingüística para hispanoamericanos (México, DF: El Colegio de
México, 1992), 189.
23

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estimación de cada idioma en el territorio, ya que determinan el
comportamiento de los actores implicados, así como el tipo de
influencia que el encuentro tiene en ambas lenguas.25 Por ende,
el predominio técnico de los países angloparlantes derivó en
una marcada preferencia por la incorporación de palabras del
inglés por sobre las que se habían originado en otros sistemas
lingüísticos. Con todo, la expansión ferroviaria en México
involucró, desde el tendido de sus primeras vías, la labor de
campesinos, obreros y jornaleros procedentes de ciudades y
comunidades cercanas a las nuevas vías e, incluso, el traslado
de personal a regiones en las que se carecía de mano de obra, lo
que dio lugar a desplazamientos intensivos que incentivaron el
contacto entre diferentes variantes del español y otros idiomas
nacionales. Como resultado de este fenómeno surge la forma
tlacualero, préstamo adaptado del náhuatl tlacualli ‘comida’ al
que se anexó el sufijo español -ero para designar al empleado
encargado de transportar y distribuir los alimentos entre las
cuadrillas. Sus primeros registros se limitan, a inicios del siglo
XX, al área del centro debido al mayor uso de esta lengua en
la zona, ya que al norte se denominó mediante el compuesto
portador de comidas.26
Para cerrar el apartado, vale la pena referir brevemente
un caso particular de préstamo que no se había abordado hasta
Lastra, 173.
CEDIF. Ferrocarril SudPacífico de México, división Tepic a la Quemada.
Nómina, noviembre de 1923.
25
26

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ahora: el calco, que consiste en la traducción exacta, miembro
por miembro, del compuesto extranjero (por ejemplo, perro
caliente es una reproducción fiel de la forma inglesa hot
dog, de hot ‘caliente’ y dog ‘perro’).27 En particular, dentro
del corpus investigado se registran dos calcos del francés;
primero, camino de hierro/fierro, proveniente del compuesto
chemins de fer (de chemin ‘camino’ y fer ‘hierro’), empleado
en España desde 1831 e introducido en el país durante la década
de 1850.28 En segundo lugar, material rodante que procede
a su vez del francés matériel roulant (de matériel ‘material’
y roulant ‘rodante’), utilizado para denotar al conjunto de
vagones y locomotoras que circulan sobre una vía férrea. No
obstante, también se documentan calcos del inglés como mesa
giratoria (de turntable, de turn ‘girar’ y table ‘mesa’), usado
para referir a la plancha circular que facilita la distribución de
las máquinas en los talleres; o derecho de vía ‘franja de terreno
dispuesta a cada lado de la vía para la óptima operación de los
trenes’, las cuales recibieron el nombre de servidumbres en
Juan Gómez Capuz, “El tratamiento del préstamo lingüístico y el calco en
los libros de texto de bachillerato y en las obras divulgativas”, Tonos. Revista
Electrónica de Estudios Filológicos, núm. 17 (2009), https://www.um.es/tonosdigital/znum17/secciones/tritonos-1-librosdetexto.htm.
28
La alternancia en el empleo de hierro y fierro dentro del compuesto se
registra más en el corpus de México en comparación con el de España, donde el lingüista Rodríguez Ortiz documenta camino de fierro en un sólo texto
publicado en 1844. Francisco Rodríguez Ortiz, Introducción y desarrollo del
léxico del ferrocarril en la lengua española [Tesis de Doctorado] (Barcelona:
Universitat de Barcelona, 1996), 229.
27

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España y cuya denominación en México resulta una traducción
del compuesto inglés right of way (de right ‘derecho’ y way
‘camino, vía’).
Mecanismos lingüísticos internos identificados en el
vocabulario ferroviario de México
Aunque el contacto lingüístico originado en México tras la
llegada del ferrocarril tuvo como consecuencia la introducción
de nuevos préstamos, los trabajadores mexicanos optaron por
recurrir también a otro tipo de mecanismos para conformar su
vocabulario. Esto no es un fenómeno nuevo ya que, en realidad,
las lenguas humanas evolucionan para adecuarse a las necesidades
comunicativas de sus hablantes, en ocasiones motivadas por la
serie de cambios que experimentan todas las sociedades a lo largo
del tiempo (como ejemplo de estos factores externos al sistema
se encuentran, justamente, los avances tecnológicos). Con la
implantación y funcionamiento de este medio de transporte en
el país se desencadenaron innovaciones que obligaron a los
operarios nacionales a crear formas léxicas (y a trasladar viejas
palabras a un uso especializado, como se verá más adelante). Esas
unidades de reciente creación se conocen como neologismos y
son el resultado de la manipulación, formal y/o semántica, de
elementos lingüísticos que existían previamente en la lengua
(como palabras y morfemas).29
Luis Alberto Hernando Cuadrado, “Sobre la formación de palabras en español”, en Lengua y cultura en la enseñanza del español a extranjeros: actas
29

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De hecho, algunas de las formas registradas durante el
periodo de estudio se crearon en México con vocablos que ya se
usaban antes en el español, debido a que esta lengua cuenta con
mecanismos que le permiten producir neologismos con base en
los elementos existentes en su sistema. Entre los más habituales
está la composición, que consiste en la unión estable de dos
unidades previas, lo que da lugar a un compuesto con significado
propio (por ejemplo, abrelatas y rompecabezas son resultado de
la combinación de dos palabras independientes). Sin embargo, se
reconocen varios tipos de composición, de acuerdo con la fusión
gráfica de sus constituyentes. En el corpus, la mayoría de las formas
se crearon por sinapsia; es decir, a partir de una unión dispuesta
mediante la preposición de, como en casa de máquinas: puesto
que la construcción de los talleres no siguió siempre la estructura
circular en sus edificios, se optó por formar el compuesto para
indicar el vehículo destinado a su uso, las locomotoras.30 Este
ejemplo se concibe como un compuesto (y no como dos palabras
separadas) dado a que, sólo en conjunto, ambos elementos
designan un referente único. En sí, la creación de dichas formas
del VII Congreso de ASELE (España: Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 1998), 257.
30
Cabe recordar que los talleres para locomotoras que mantuvieron una estructura redonda recibieron el nombre de casas redondas, una traducción del
inglés roundhouses. Por tanto, se creó el compuesto casa de máquinas para
diferenciar aquellas que no mantuvieron dicho patrón, aunque los trabajadores
decidieron retomar el primer elemento del calco (casas) al momento de su
formación.
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es de gran productividad en la terminología científica y técnica,
porque su estructura posibilita una especificación detallada del
objeto.31
Imagen 3.
Casa de máquinas de los talleres de Doña Cecilia en Tamaulipas,
1926.32

Entre los compuestos por sinapsia dignos de mención se
encuentran chapas de unión, placas de unión y planchuelas
de unión, los cuales son sinónimos que denominan a la misma
pieza de hierro rectangular, con cuatro tornillos, colocada en
cada extremo del riel para unirlo a su inmediato sucesivo; tal
como puede comprobarse en los ejemplos (2a), (2b) y (2c). Sin
Manuel Alvar Ezquera, La formación de palabras en español (México, DF:
Arco, 1995), 22.
32
Casa de máquinas de los talleres de Doña Cecilia en Tamaulipas, 1926.
Fondo FNM, Sección Comisión de Avalúo e Inventarios. Secretaría de Cultura,
CNPPCF, CEDIF.
31

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embargo, antes de la creación de estos neologismos, en el país
ya se documentan otras formas empleadas para designarla entre
las décadas de 1860 y 1870: eclisas (préstamo adaptado del
francés éclisses ‘tableta, tablilla’), bridas (procedente de España)
y orejetas (vocablo que, de acuerdo con el ingeniero Santiago
Méndez, proviene del alemán die lahese).33
2a. Desde entonces, esta vía ha sido notablemente mejorada,
construyéndose de nuevo con rieles ligados entre sí por chapas
de unión atornilladas.34
2b. Se ligarán entre sí los rieles por medio de placas de unión
aseguradas con tornillos, y se fijarán á (sic.) los durmientes con
clavos de hierro.35
2c. Cada junta o extremo del riel será asegurado con un par
de planchuelas de unión, con sus cuatro tornillos, rectas o de
ángulo y de tamaño uniforme.36
En el Manuscrito del ingeniero Santiago Méndez, de 1879, se explica que
este vocablo procede del compuesto alemán die lasehe. No obstante, su traducción actual no corresponde con la registrada en dicho documento: “el riel
tenía que vencer aun otra objeción: la dificultad de unir convenientemente las
extremidades. Se decía que no era posible unirlo por medio de chapas de unión
u orejetas (en franc. éclisses, tablillas. - fish plates en inglés; se dice en alemán
“die lasehe”, orejetas de zapato, que expresa bastante bien el objeto de estas
fuerzas)”. Santiago Méndez y Méndez, Manuscrito (México: Edición del autor, 1879), 17.
34
Generalidades sobre ferrocarriles de fuertes pendientes y sobre el sistema
de vía angosta (México: Imprenta de Ignacio Escalante, 1871), 10.
35
E. Velasco, “Capítulo III. Ferrocarriles. Informe del jefe de la sección 3a”,
en Memoria presentada al Congreso de la Unión por el Secretario de Estado
y del Despacho de Fomento, Colonización, Industria y Comercio de la República Mexicana, General Carlos Pacheco, ed. Secretaría de Fomento (México:
Oficina Tipológica de la Secretaría de Fomento, 1887), 280.
36
Camino de Fierro Nacional Mexicano, Reglamento para cabos de cuadri33

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Cuadro 1.
Variación dialectal de los sinónimos de planchuela durante la
década de 1880

Vocablo

Línea(s) férrea(s) en que se documenta

Chapas

Ferrocarril de Matamoros, Ferrocarril de
Veracruz

Chapas de unión

Ferrocarril Nacional Mexicano (división Al
Salto y Maravatío)

Fish plates

Ferrocarril Internacional Mexicano

Placas de unión

Ferrocarril Central (división Fresnillo a
Santa Rosalía)

Planchas

Ferrocarril de Mérida a Peto, Ferrocarril
Central (división San Luis Potosí a Tampico)

Planchas de
unión

Ferrocarril de Hidalgo, Ferrocarril de San
Marcos, Ferrocarril de Mérida a Calkiní,
Ferrocarril
Internacional,
Ferrocarril
Mexicano

Planchuela de
unión

Ferrocarril de Mérida a Peto

Pero, es durante la década de 1880 que se documentan hasta
siete sinónimos utilizados para designar esta misma pieza de
llas (México: Editorial Bouligny y Schmidt, 1892), 19.
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hierro, los cuales se incluyen en el siguiente cuadro. Como se
puede apreciar, los vocablos están repartidos a lo largo de todo el
territorio nacional y sólo uno, fish plates, constituye un préstamo
de otra lengua (en este caso, del inglés). Por su parte, el compuesto
planchas de unión, identificado en España desde 1862,37 es la
forma más usada en la década, con registros de su empleo en
ferrocarriles pertenecientes al centro, norte y sur del país. Incluso
en una línea férrea es posible reconocer sinónimos que alternan
entre sí; por ejemplo, planchas y planchuela de unión, ambas
utilizadas en el Ferrocarril de Mérida a Peto en el transcurso de la
década. Dichas formas competidoras desaparecieron de manera
gradual en favor del vocablo planchuela, que se documentó por
primera vez a mediados de la década de 1860 y que, a partir de la
de 1880 (cuando se comienza a registrar paulatinamente en textos
generales sobre ferrocarriles), constituirá la forma predominante
en México.
Otros de los neologismos identificados son los compuestos
aglutinados, que consisten en la completa fusión gráfica de los
elementos que los integran (como en la palabra telaraña). En un
inicio, muchas formas se encontraban enlazadas por un guion;
no obstante, algunas lo perdieron conforme su uso era cada vez
más recurrente. Por ejemplo, guarda-camino es un compuesto,
creado en México hacia la década de 1850, que se utilizó para
Rodríguez Ortiz, Introducción y desarrollo del léxico del ferrocarril en la
lengua española [Tesis de Doctorado], 267.
37

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referir al empleado destinado a la vigilancia de una vía (3a). Sin
embargo, a mediados de la década de 1860 surge también su
forma aglutinada, guardacamino (3b), con la que alterna hasta la
década de 1880. Además de los neologismos competidores, se
presentan otros dos sinónimos: la forma guarda camineros (3c) y
el compuesto guarda-vía, el cual se analiza a continuación.
3a El guarda-camino que, con algunos cuantos hombres,
reponga las descomposturas de los puentes y algunas otras
obras que amenazasen algun riesgo á los caminantes (sic.),
debe estar pendiente en su puesto.38
3b. Los guardacaminos no se separarán de sus tramos durante
todo el día, ni permitirán que caminantes a pie o a caballo
transiten por la vía.39
3c. Una bodega de ladrillo para combustible y seis casitas para
los guarda camineros fueron construidas en igual periodo
para el cuidado de la vía.40

Como se adelantó en el párrafo anterior, guarda-vía es la forma
predominante durante el periodo de estudio. Proveniente de
Empresa del Camino de Toluca a Morelia, Tercer informe de la junta directiva del camino de Toluca a Morelia (México: Imprenta de Ignacio Cumplido,
1852), 3.
39
Ferrocarril Nacional de Tehuacán a La Esperanza, Reglamento para el
servicio económico del Ferrocarril de Tehuacán a La Esperanza (México: Imprenta de Ignacio Escalante, 1879), 9.
40
I. Garfias, “Compañía Constructora Nacional Mexicana-Tramo de Matamoros a Monterrey. Inspección oficial”, en Memoria presentada al Congreso
de la Unión por el Secretario de Estado y del Despacho de Fomento, Colonización, Industria y Comercio de la República Mexicana, General Carlos Pacheco, ed. Secretaría de Fomento (México: Oficina Tipológica de la Secretaría de
Fomento, 1887), 800.
38

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España donde se creó, llegó al país como un compuesto separado
por guion a inicios de la década de 1880 (4a) y desde sus primeros
años alternó con las formas mencionadas; aunque es justamente, a
mediados de la década de 1880, que aparece aglutinado, tal como
se muestra en el ejemplo (4b). Cabe aclarar que la desaparición del
signo (-) es relevante dado que evidencia la completa integración
de ambas formas en una sola, así como el hecho de que los
hablantes ya la conciben como si fuera una misma palabra. Es
más, guardavía resulta el único compuesto registrado entre los
años de 1900 a 1930, pues el resto (guardacamino y guarda
camineros) deja de emplearse de manera paulatina a lo largo de
las últimas dos décadas del siglo XIX.
4a. Se ha sostenido constantemente sobre la vía en explotación,
además de los seis guarda-vías que incesantemente la
recorren, una cuadrilla de 20 hombres con un jefe inteligente
y práctico, que se ocupa en componer los desperfectos
ocasionados por el tráfico, reponiendo los durmientes que se
inutilizan.41
4b. Es también deber de los guardavías apagar los fuegos que
se originen por las chispas de las locomotoras en la vía y vigilar
las propiedades de los demás.42

Ahora bien, el uso excesivo del inglés durante los años de
inicio de tendido y servicio ferroviarios, junto con otros
Casares, “Informe relativo á las operaciones del Ferrocarril de Mérida a
Calkiní, en el segundo semestre de 1884”, 657.
42
Compañía Limitada del Ferrocarril Central Mexicano, Reglamento para el
Departamento de transportes (México: Imprenta de Hull, 1903), 40.
41

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fenómenos discriminatorios de los que eran objeto al interior
de las compañías, generaron descontento entre los empleados
mexicanos; a tal magnitud que se desencadenaron movimientos
que coincidirían con la adquisición de las líneas férreas más
importantes del país por parte del gobierno de Porfirio Díaz
(esto imprimió a la lucha un sello nacionalista al convertirse el
Estado, por primera vez, en dueño del 51% de las acciones de
las empresas ya establecidas en el territorio). Tras la creación de
Ferrocarriles Nacionales de México en 1908, empezó de manera
definitiva la mexicanización de este medio de transporte,
proceso que legitimó las demandas de sus trabajadores, quienes
exigían la mayor contratación de personal nacional, así como
la eliminación de todas las segregaciones que, hasta entonces,
habían prevalecido en estas compañías.43 Por supuesto, entre
las peticiones se encontraba el empleo del español para los
asuntos relacionados con la administración y funcionamiento
de los ferrocarriles, antes llevados a cabo en inglés (tal como se
explicó en el apartado previo).
Estos movimientos tuvieron un impacto directo en el
vocabulario ferroviario del país, pues el número de trabajadores
extranjeros comenzó a decaer en las siguientes décadas y, por
tanto, también el uso de otras lenguas no mexicanas. Además, el
constante crecimiento de la red ferroviaria se vio afectado por el
estallido de la Revolución, aunado a que la lucha armada permitió
Shabot Askenazi, “La Gran Liga de Empleados de Ferrocarril y la huelga
de 1908”, 217.
43

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al personal nacional asumir, por primera vez, puestos de control
y otros cargos altos dentro de las compañías en las que antes
habían tenido poca incidencia; esto debido a la salida paulatina
de aquellos empleados no nacionales que todavía quedaban
en México y que habían ocupado posiciones superiores en el
escalafón. Aunque ese ambiente de inestabilidad política afectó
la educación universitaria del país, a partir de 1917 sus alumnos
de ingeniería lograron realizar sus prácticas profesionales en
algunas de las empresas ferroviarias e integrarse a las tareas de
restauración de maquinaria y vías que se llevaron a cabo, así como
a la construcción de nuevas líneas y a la operación de trenes.44
Desde entonces, la lengua oficial del ferrocarril en el país sería el
español y sus actividades de servicio mantendrían el movimiento
migratorio que había iniciado con el tendido mismo de sus vías;
condición que incitó cambios frecuentes en los componentes de
su vocabulario.
A pesar del empleo obligatorio del español en las décadas
posteriores a la Revolución y, por tanto, del menor registro
Esta situación no siempre fue así. Por ejemplo, durante el mandato de Benito Juárez se modificó la organización del antiguo Colegio de Minería, creado
desde 1792, para establecer la Escuela Especial de Ingenieros, que después dio
origen a la Escuela Nacional de Ingenieros (ENI). Además, se intentó vincular
fuertemente esta profesión con el ferrocarril, por lo que se decretó, desde el 25
de marzo de 1867, que las compañías constructoras de líneas férreas estaban
obligadas a recibir a los estudiantes de ingeniería civil, de puentes y caminos
de la ENI para que realizaran sus prácticas. No obstante, la disposición encontró fuertes resistencias que dificultaron o imposibilitaron el aprendizaje de
muchos mexicanos. Guajardo Soto, Trabajo y tecnología en los ferrocarriles de
México: una visión histórica, 1850-1950, 31–32.
44

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�El vocabulario ferroviario

de préstamos léxicos en comparación con el periodo anterior,
el vocabulario ferroviario siguió documentando fenómenos
lingüísticos como la creación de neologismos y la variación dialectal.
Por ejemplo, las formas cambia-vía y agujita, utilizadas para referir
al empleado a cargo de accionar los cambios en la vía, se registran
sólo en la zona norte del país. Ambas aparecen en nóminas de la
década de 1910 a 1920,45 momento para el que los contactos entre
el español y otras lenguas extranjeras habían aminorado dentro de
las compañías ferroviarias. Además, durante el periodo en que se
documentan conviven también con otros sinónimos incluidos en
textos generales sobre el ferrocarril. Así entonces, las cuatro formas
léxicas alternantes reconocidas en la época son:
a) Las formas cambia-vía y agujita, empleadas al norte
de México.
b) El vocablo derivado cambiador (del verbo cambiar, al

que se agregó el sufijo –(a)dor para indicar el agente de la
acción), registrado en las zonas del centro y del sur.
El compuesto guarda-agujas, procedente de España,
el cual se documenta en las tres regiones (norte, centro y
sur del país).
c)

La zona dialectal que abarca el empleo de cada una de las cuatro
formas identificadas en el corpus se muestra en la siguiente
imagen.
CEDIF. Ferrocarriles Nacionales de México y anexos, división Torreón.
Nómina del departamento de transportes, diciembre de 1925.
45

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Imagen 4.
Distribución geográfica de las formas cambia-vía, agujita,
cambiador y guarda-agujas en la década de 1910

Finalmente, un fenómeno que se documenta, en menor grado,
desde los primeros años de tendido férreo es la especialización
semántica. Esta se da porque, a través del tiempo, una misma
palabra puede obtener más significados que alternan con el original:
entre los factores que producen esto se encuentra su empleo en
contextos distintos al primero en que se usó, lo que es posible
explicar debido a la necesidad de nombrar nuevos referentes
ante, por ejemplo, los avances científicos y tecnológicos, como
la aparición del ferrocarril. Entonces, al requerir de vocablos que
designen objetos, ideas o conceptos recientes, surgen tres opciones
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�El vocabulario ferroviario

(dos de las cuales han sido expuestas antes): 1) generar formas
a partir de elementos existentes en la lengua (neologismos), 2)
introducir vocablos procedentes de otra (préstamos) o 3) agregar
el nuevo significado a una palabra vieja. En sí, la especialización
semántica sucede cuando una forma adquiere un significado
particular que sólo es aplicable dentro de un ámbito específico.
En realidad, lo más frecuente es que posea un significado general
en la lengua común y otro sentido especializado en un contexto
restringido.46
Sin embargo, las especializaciones semánticas resultan
el fenómeno menos frecuente en el corpus, pues la mayoría de
los vocablos del español general que se trasladaron al ámbito
ferroviario adquirieron esos significados en España, sin registrar
modificaciones semánticas en México. Es el caso, por ejemplo,
del vocablo carril, el cual designó primero a la barra de hierro
utilizada para soportar y guiar a los trenes (5a); no obstante, en
el contexto ferroviario también se empleó como sinónimo de vía
(5b), debido a que ésta se conforma de varios rieles. En México,
el término carril llegó con ambos significados, por lo que no se
puede hablar de cambios semánticos llevados a cabo en el país.
5a. Las juntas están aseguradas con eclisas ahuecadas que
abrazan la cintura y cabeza inferior del carril, sugetas (sic.)
por medio de tornillos y tuercas.47
Stephen Ullman, Semántica. Introducción a la ciencia del significado (México, DF: Aguilar, 1976), 182–83.
47
Proyecto de un ferro carril de Veracruz a Mejico (México: Imprenta de Va
46

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5b. El asiento del ferro-carril se ha formado con la mayor
economía y para un carril solamente, con rieles de 25
kilogramos por metro de largo.48

Otro ejemplo de especialización semántica resulta el uso de
la forma plural empalmes a mediados de la década de 1860,
momento en el que recibió un significado particular dentro del
contexto ferroviario del país, ya que se comenzó a utilizar, como
sinónimo de planchuela, para denominar a la pieza de hierro
que une a un riel con otro (6a), la cual ha sido mencionada
previamente. Pero esta acepción (únicamente adjudicada al
plural de la forma) no se mantuvo en el corpus, pues el nominal
empalme (tanto singular como plural) sólo continuó denotando,
en el ámbito ferroviario, al punto en que convergen dos líneas
de ferrocarril, como en:
6a. Los empalmes (eclisses, fish-plates), tal es el nombre que
se da á (sic.) las placas que unen las extremidades de los rieles.49
6b. Cuando una línea tenga que enlazarse con otra, los
empalmes se harán únicamente en las estaciones designadas.50
Woutes, 1851), 11–12.
48
Proyecto de un ferro carril de Veracruz a Mejico, 11–12.
49
Pedro Almazán, Tratado sobre caminos comunes ferrocarriles y canales.
Construcción de puentes ordinarios, oblicuos de madera y suspendidos; teoría
del vapor y su aplicación a las locomotrices y navegación (México: Imprenta
Literani, 1865), 87.
50
Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, Reglamento para la construcción, conservación y servicio de los ferrocarriles expedido por decreto el
10 de julio de 1883 (México: Imprenta de la Oficina Impresora de Estampillas,
1892), 31.
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�El vocabulario ferroviario

Otro caso es el de la palabra garrote (que inicialmente refería al
palo grueso que puede emplearse a modo de un bastón), la cual
adquirió en México una nueva acepción en el ámbito ferroviario
al denominar al sistema que permite frenar el tren. Esta acepción,
registrada desde 1860, se debe al hecho de que en el país se
empezó a usar un palo que permitía hacer palanca para girar el
disco del freno; motivo por el que su empleo frecuente entre
los trabajadores del ferrocarril provocó que el vocablo garrote
designara entonces a todo el mecanismo, como se evidencia en
los ejemplos de (7a) y (7b). Dicho fenómeno semántico dio lugar
también a una locución verbal, dar garrote, creada en México
para denotar la acción de utilizar el garrote y accionar el freno,
como en (7c).
7a. De algunos años á esta parte, se ha ido generalizando
el empleo de unas locomotivas que los ingleses llaman
tank-engines y que llevan consigo su provision de agua y
combustible y el aparato que ayuda á contener su marcha (el
freno ó garrote).51
7b. Tanto los Jefes de Estacion (sic.) como los conductores de
trenes cuidarán de que el último carro de todo tren tenga buen
garrote antes de partir.52
7c. Las locomotivas mas (sic.) comunmente (sic.) utilizadas
llevan tras de sí, en otro vehículo llamado tender, su provisión
Santiago Méndez Echazarreta, Nociones prácticas sobre caminos de fierro
(México, 1864), 194.
52
Ferrocarril Mexicano, Recopilación de órdenes y circulares emitidas en
diversas fechas y relativas al servicio de este Ferrocarril (México: Tipografía
de Gonzalo A. Esteva, 1879), 19.
51

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de agua y combustible, y el aparato para dar garrote y contener
su marcha.53

Conclusiones
El análisis de los distintos términos permitió identificar
características particulares en el vocabulario ferroviario de
México, debido a que las condiciones de construcción y servicio
de los ferrocarriles en el territorio fueron únicas si se las compara
con otras regiones. El hecho de que las empresas a cargo eran,
en su mayoría, extranjeras se reflejó en la incorporación de
préstamos léxicos, ya que la influencia de los Estados Unidos en
el tendido y la operación de los ferrocarriles del país tuvo un fuerte
impacto sobre su vocabulario, lo que explica que gran parte de
los términos foráneos procedan del inglés. Mediante el recorrido
en el tiempo llevado a cabo antes, también se pudo apreciar la
incidencia de fenómenos históricos sobre la lengua al documentar
préstamos del francés ligados a la Intervención francesa. Además,
es llamativo haber encontrado vocablos del náhuatl, pues éstos
están ligados a los trabajadores, a su origen y a la vitalidad de su
lengua. No obstante, tanto la naturaleza multilingüe de México
como el contacto lingüístico que propició el tendido de sus vías
generaron, incluso, el surgimiento de variaciones dialectales. Si
se observa todo esto de manera general, es posible distinguir en
el vocabulario ferroviario de México, palabras que no pertenecen
a ningún otro vocabulario de su tipo.
53

Méndez Echazarreta, Nociones prácticas sobre caminos de fierro, 194.

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�El vocabulario ferroviario

La perspectiva diacrónica de la investigación permitió
comparar, además, las décadas de mayor afluencia de trabajadores
extranjeros con las posteriores a la Revolución; momento para
el que estos empleados se habían visto forzados a abandonar
el país. Los datos muestran más variación dialectal durante
la década de 1880, cuando inician las labores de construcción
de las grandes líneas del Ferrocarril Central y del Ferrocarril
Nacional que cruzaban desde la capital hasta la frontera norte,
las cuales importaron mano de obra procedente de regiones y
países muy diferentes. Es el caso, por ejemplo, de los sinónimos
de planchuela, ya que hacia esta época se documentan hasta siete
formas para denominar a la misma pieza de hierro. Pero, incluso
para la década de 1920, se registran variaciones con formas del
español, como lo son agujita y cambia-vía empleadas sólo en el
norte, lo que posibilita aventurar la existencia de este fenómeno
lingüístico en décadas posteriores.
Una vez que han sido evidenciadas estas diferencias entre
el vocabulario ferroviario de México y otros léxicos técnicoespecializados, resulta de vital importancia continuar con la
recuperación de la información lingüística contenida en los
escritos que aún se conservan en los archivos del Museo Nacional
de los Ferrocarriles Mexicanos y que no forman parte de la
investigación. Primero, debido a que el estado actual de algunos
de los textos apremia su rescate antes de la pérdida definitiva de
los datos que incluyen. En segundo lugar, porque el recuperarlos
permite también la reconstrucción tanto histórica como lingüística
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de los demás periodos de funcionamiento de los ferrocarriles,
los cuales presentan sus propios fenómenos particulares. Dada
la relevancia de este medio de transporte en el país, su estudio
posibilita rescatar una parte de la memoria colectiva de México.
Referencias
Archivo
Centro de Documentación e Investigación Ferroviarias (CEDIF)
Bibliografía
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�Sillares

Revista de Estudios Históricos
http://sillares.uanl.mx/

Marquesinas ferroviarias. Tipología arquitectónica
de las antiguas estaciones de pasajeros en
Nuevo León
Railways Portals. Architectural typology of the
old passenger stations in Nuevo León
Óscar Abraham Rodríguez Castillo
orcid.org/0000-0003-3040-7840
Universidad Autónoma de Zacatecas
Zacatecas, México
José Eugenio Lazo Freymann
orcid.org/0000-0003-2199-8044
Universidad Nacional Autónoma de México
Coyoacán, México

Recibido: 14 de noviembre de 2023
Aceptado: 15 de enero de 2024

Editor: Reynaldo de los Reyes Patiño. Universidad Autónoma
de Nuevo León, Centro de Estudios Humanísticos, Monterrey,
Nuevo León, México.
Copyright: © 2024, Rodríguez Castillo, Óscar Abraham / Lazo Freyman, José Eugenio. This is an open-access article distributed under
the terms of Creative Commons Attribution License [CC BY 4.0],
which permits unrestricted use, distribution, and reproduction in any
medium, provided the original author and source are credited.

DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-121
Email: orodriguez.cien@gmail.com jelazof@gmail.com

�Marquesinas ferroviarias. Tipología arquitectónica de las antiguas estaciones de pasajeros en
Nuevo León
Railways Portals. Architectural typology of the old passenger
stations in Nuevo León
Oscar Abraham Rodríguez Castillo
Universidad Autónoma de Zacatecas
Zacatecas, México
orcid.org/0000-0003-3040-7840

José Eugenio Lazo Freymann

Universidad Nacional Autónoma de México
Coyoacán, México
orcid.org/0000-0003-2199-8044
Recibido: 14 de noviembre de 2023
Aceptado: 15 de enero de 2024

Resumen: En este trabajo se propone una tipología de las estaciones
ferroviarias de pasajeros de Nuevo León, las cuales quedaron en
desuso tras la extinción de Ferrocarriles Nacionales de México, y
la concesión de las vías férreas a la iniciativa privada. Para ello, se
lleva a cabo una revisión de las particularidades arquitectónicas,
el contexto histórico en que se construyeron, así como el valor
patrimonial que le es conferido en la actualidad. Cabe mencionar
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�Óscar Rodríguez y Eugenio Lazo

que la tipología es producto de una investigación documental,
pero sobre todo de campo, la cual dio inicio hace más de cinco
años. En este sentido, el texto viene acompañado de fotografías
tomadas por los autores. El objetivo de la investigación es
visibilizar el potencial de las estaciones ferroviarias para formar
parte del patrimonio cultural del estado, especialmente para
las comunidades cercanas a estas. No hay que olvidar que las
estaciones fueron puntos neurálgicos de la actividad económica
y social de los pueblos. En este sentido, ocupan un lugar especial
en la memoria colectiva de las comunidades.
Palabras clave: Ferrocarriles Nacionales de México, Ferrocarriles,
México, Patrimonio, Estaciones ferroviarias
Abstract: This work proposes a typology of the passenger railway
stations of Nuevo León, which fell into disuse after the extinction
of Ferrocarriles Nacionales de México, and the concession
of the railway tracks to private initiative. To accomplish this,
we conducted a review of the architectural particularities, the
historical context in which they were built, as well as the heritage
value that is conferred on them today. It is worth mentioning that
the typology is the product of documentary research, but mainly
field research began more than five years ago. In this sense, the
text is accompanied by photographs taken by the authors. The
objective of the research is to make visible the potential of railway
stations to form part of the state’s cultural heritage, especially for
the communities near them. We must not forget that the stations
were nerve centers of the economic and social activity of the
towns. In this sense, they occupy a special place in the collective
memory of the communities.
Keywords: Ferrocarriles Nacionales de Mexico, Railways,
Mexico, Heritage, Railway stations
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�Marquesinas ferroviarias

Introducción
El presente trabajo tiene por objetivo presentar una tipología
arquitectónica de las estaciones de pasajeros que hay en Nuevo
León (México), considerando variables como los elementos
constructivos, contexto histórico y su valor como patrimonio
cultural material e inmaterial. Dicha tipología se basa
principalmente en el trabajo de campo, es decir, en el registro
fotográfico de las estaciones, así como información general de
las mismas. Para ello, dividimos el texto en dos apartados. En el
primero, recuperamos la tipología de elaborada por Lucina Rangel
y Juana María Rangel,1 que agruparon las estaciones en cuatro
categorías a decir: principales, provisionales, tipo y bandera. Con
base en lo apuntado por las autoras, identificamos las estaciones
en Nuevo León que entran en dichas categorías. Posteriormente
presentamos una propuesta tipológica de las estaciones de Nuevo
León con tres categorías: Estaciones Históricas, Estaciones
Contemporáneas y Las Estaciones.
La primera conformada con aquellas estaciones construidas
previo a la fusión de las dos grandes compañías ferroviarias El
Central y El Nacional; que se prolonga hasta la nacionalización
Lucina Rangel Vargas y Juana María Rangel Vargas, “Estaciones ferroviarias de México”, en Estaciones ferroviarias de México. Patrimonio histórico, cultural y artístico, ed. Teresa Márquez Martínez, Lucina Rangel Vargas, y Juana María Rangel Vargas (México, DF: Centro Nacional para la
Preservación del Patrimonio Cultural Ferrocarrilero; Instituto Nacional del
Antropología e Historia; Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2010),
55–116.
1

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�Óscar Rodríguez y Eugenio Lazo

de los Ferrocarriles Nacionales durante el periodo presidencial
del general Lázaro Cárdenas (1934-1940); la segunda, abarca el
periodo comprendido entre 1940 y la privatización del sistema
ferroviario a través de la figura de concesiones. En esta etapa
se observa la introducción de nuevos materiales y la tendencia
a la uniformidad de los edificios; la tercera es de carácter
transversal y la utilizamos para resaltar las singularidades de las
cuatro estaciones incluidas en esa categoría. En este sentido, la
variable a considerar no es la temporalidad sino los elementos
arquitectónicos que las hacen únicas en el contexto local o incluso
nacional.
1.
Tipología histórica de las estaciones
Las estaciones forman parte de la infraestructura ferroviaria, cuya
importancia no es mayor ni menor al resto de los activos materiales
y los miles de ferrocarrileros que hacen posible el funcionamiento
adecuado de este medio de transporte; no obstante, son las más
visibles dado que una de sus principales funciones es regular la
afluencia de carga y pasajeros.
Gracias a ello, el diseño arquitectónico de las estaciones,
además de orientarse a la funcionalidad, es decir, a una distribución
racional de los espacios, adquirieron una carga simbólica siendo
la carta de presentación de las compañías ferroviarias. En este
sentido, las dimensiones y los detalles ornamentales se asociaron
a la solidez empresarial, pero también a la pujanza de las ciudades
que formaban parte del itinerario. No es casual el esmero que las
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compañías pusieron en las estaciones terminales, regularmente
instaladas en las capitales de los estados, en contraste con las
ubicadas en poblaciones no estratégicas o de baja demografía,
donde el diseño arquitectónico fue generalmente modesto y hasta
cierto punto genérico.
Imagen 1.
Estación Villaldama

Asimismo, las estaciones estaban equipadas para abastecer a
los trenes de carbón y agua, brindar un mantenimiento básico y
proporcionar las instrucciones de ruta para el resto del trayecto.
Para ello, el interior del edificio se dividía en diferentes secciones
que albergaban al personal operativo como telegrafistas, jefe de
estación, ayudantes, entre otros. Bodegas de carga, cuarto de
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herramientas, viviendas de los trabajadores, vías secundarias, etc.
completaban el complejo ferroviario, cuyo tamaño variaba según
el tráfico de trenes en la región.
En México, la construcción y administración de las líneas
de ferrocarril estuvo, hasta antes de la nacionalización, a cargo
de compañías extranjeras, esto es británicas y estadounidenses
principalmente. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, las
segundas solicitaron la autorización del gobierno federal para
construir caminos de hierro que unieran la capital del país con
la frontera norte y, de esa forma, enlazarlas con las propias. Las
compañías ferrocarriles estadounidenses Central y Nacional fueron
las responsables de unir la capital del país con la frontera norte. La
primera estuvo a cargo de la construcción y administración de la
vía México-Paso del Norte (hoy Ciudad Juárez), y la segunda de la
vía México-Nuevo Laredo. Ambas tenían experiencia probada y
trajeron consigo el equipo, el personal y las técnicas constructivas,
así como los estilos arquitectónicos de las estaciones. La vía
troncal de El Ferrocarril Central entró en operaciones en 1882,
en donde en cuatro años construyeron casi dos mil kilómetros
de vía. Al Ferrocarril Nacional le tomó seis años la construcción
de 1352 kilómetros de vía, quedando concluidos los trabajos en
1888. Pero la celeridad en la construcción del tendido férreo no
fue la misma respecto a las estaciones. De acuerdo con una reseña
elaborada por Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas en
1902, citada por Ortiz Hernán2, las estaciones y paraderos en la
Sergio Ortiz Hernán, “De estaciones, trenes y paisajes”, en Estaciones
ferroviarias de México. Patrimonio histórico, cultural y artístico, ed. Teresa

2

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línea México-Laredo, “nada tienen de notable”. La prioridad era
la vía, pues entre más tardaran en abrir el servicio de trenes, más
tiempo les tomaría recuperar la inversión.
Pero aquí nos hacemos los primeros cuestionamientos:
¿había una norma oficial para ese tipo de edificios? ¿Cuál fue
el marco arquitectónico de referencia para la construcción de
estaciones? Una manera sencilla de responder a estas interrogantes
es: sí, en términos generales, pero no en lo particular. Ciertamente
una respuesta como la anterior no deja satisfecho a nadie, por lo
que es necesario ahondar en el tema. Veamos.
De acuerdo al reglamento ferroviario de 1883, las
compañías constructoras estaban obligadas a “establecer en ellas
[las estaciones] un local convenientemente resguardado en el que
pueda el público en general sin incomodidad ni inconveniente,
esperar la salida o llegada del tren”.3 Aunado a lo anterior, en la
fachada principal debía colocarse un letrero con el nombre de la
estación y de la localidad, así como un reloj en sincronía con el
movimiento de los trenes. Además, antes de construir cualquier
edificio para el servicio de pasajeros, las compañías estaban
Márquez Martínez, Lucina Rangel Vargas, y Juana María Rangel Vargas (México, DF: Centro Nacional para la Preservación del Patrimonio Cultural Ferrocarrilero; Instituto Nacional del Antropología e Historia; Consejo Nacional
para la Cultura y las Artes, 2010), 17–54.
3
Ortiz Hernán, Sergio, “De estaciones, trenes y paisajes”, en Estaciones
ferroviarias de México. Patrimonio histórico, cultural y artísticos, de Márquez Martínez, Teresa, Rangel Vargas, Lucina (México: Centro Nacional para
la Preservación del Patrimonio Cultural Ferrocarrilero, Instituto Nacional de
Antropología e Historia, Conaculta, 2010), 39.
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obligadas a presentar el proyecto a la Secretaría de Fomento para
su autorización. Como advierte Ortiz, quedaba implícito en el
reglamento que una estación, además de ser el lugar donde el tren
detenía su marcha, constaba de un edificio cuyas dimensiones
podían variar según la localidad. No obstante, el mismo reglamento
hacía mención de “paraderos”, aunque sin dar mayor información
al respecto. Esto lleva a inferir que las especificaciones señaladas
arriba aplicaban principalmente para las estaciones terminales o
las intermedias de importancia relativa, mientras aquellos puntos
marcados en el itinerario donde el servicio de carga y/o pasaje
tenían poca o nula demanda, lo estipulado en el reglamento
era pasado por alto. Cabe señalar que la tecnología de la época
aplicada al transporte ferroviario exigía grandes cantidades de
provisiones para su operación. Junto a las locomotoras de vapor
era enganchado un tender, vagón tipo góndola con las reservas de
combustible, aceite y agua necesarios para recorrer una distancia
determinada, el cual era reabastecido en cada estación o paradero.
Por consiguiente, el tren no solamente detenía su paso para
subir o bajar pasaje o mercancías, sino también por cuestiones
meramente operativas.
Ahora bien, tal vez parezca una obviedad la relación
estación-edificio; sin embargo, ya en el siglo XX, bajo la
administración de la paraestatal Ferrocarriles Nacionales de
México (FNM), el reglamento ferroviario de 1944 define a la
estación como “un lugar designado en el Horario con determinado
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nombre”. Así, FNM tomó distancia con el reglamento anterior,
rompiendo la relación estación-edificio. Entonces, con base en
lo dicho hasta aquí, respondemos la primera interrogante de
manera afirmativa, aunque la normativa aplicaba preferentemente
para la estaciones terminales e intermedias. En ambos casos,
la suntuosidad de la estación era proporcional a la dinámica
comercial de la localidad donde se ubicaba.
Respecto a la segunda interrogante, el estilo arquitectónico
de las estaciones no fue uniforme, sino variopinto según los
marcos de referencia de los propietarios de las líneas ferroviarias.
Como señalamos antes, las compañías extranjeras tenían una
experiencia previa construyendo caminos de hierro en sus países
de origen, en este sentido, el diseño de las estaciones se basó
en dicha experiencia. Para cuando se construyó la primera línea
de ferrocarril en México, había transcurrido prácticamente medio
siglo de la inauguración de la primera línea férrea en Gran
Bretaña. A lo largo de esos años surgieron principios básicos
sobre un diseño funcional de estación, más allá de los criterios
estéticos en fachadas e interiores.
Lora Ann Cunningham recupera la tipología realizada
por el arquitecto francés Cesar Daly en 1846, quien clasificó las
estaciones con base en su diseño arquitectónico, identificando
cinco tipos diferentes. Comienza señalando la estación tipo “T”,
donde el edificio es representado por la parte superior de la letra y
las vías por la parte más alargada, cubiertas por un cobertizo, algo
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típico de las estaciones europeas. Esta tipología tenía una variante
parecida a una doble “TT”, cuyo objetivo era separar los accesos a
los andenes de salida y llegada de los trenes. La segunda es quizá
la más común en edificios terminales, con dos cuerpos paralelos,
ambos con acceso al andén central y un par de vías para arribos y
salidas con su respectivo cobertizo. El tercer tipo tenía forma de L,
siendo la estación de Berlín (1838) su referente. Integrada por dos
vías paralelas bajo un cobertizo para salidas y entradas, donde la
primera giraba a la izquierda (dando la forma de L) hacia uno de
los edificios de la estación, mientras que la otra hacía lo propio,
pero en línea recta. La cuarta fue la más recurrida en estaciones
secundarias, ubicadas en ciudades con baja actividad comercial o
zonas rurales. La estación constaba de un edificio y anden lateral
para salidas y llegadas. Finalmente, el quinto tipo de estación,
parecido al anterior, consistió en un solo edificio, aunque de
mayores dimensiones, cuyos extremos daban acceso a los andenes.4
Como antecedentes en México, el ingeniero mexicano
Santiago Méndez publicó en 1864, Nociones prácticas sobre
caminos de fierro en el que aborda prácticamente todo lo
relacionado con las vías férreas, desde las obras de construcción
hasta el tipo de locomotoras más adecuadas a la geografía de
nuestro país. Respecto a las estaciones terminales, Méndez señaló
diez criterios5 básicos que debían cubrir:
Lora Ann Cunningham, “A Forgotten Typology: The Rediscovery of the
Train Stations on the Oldest Railroad in the Country”, 2011, 20–23.
5
Santiago Méndez, Nociones prácticas sobre caminos de fierro (México:
4

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1.

Un vestíbulo o pórtico cerrado [...] que forma la fachada del
frente.

2.

Las oficinas para la distribución de las boletas de pasaje,
inscripción del equipaje...

3.

Salas para depositar el equipaje y los efectos que salen y
para repartir los que llegan.

4.

Una oficina en donde se reclaman los objetos perdidos, y
una sala para depositarlos.

5.

Un local para el telégrafo.

6.

Otro para el despacho del correo, sillas de postas,
diligencias.

7.

Una o más salas de espera...

8.

Un local para los enseres del alumbrado.

9.

Meaderos y comunes.

10.

Un local para el despacho del jefe de la estación y otra para
los empleados, sobrestantes y peones de servicio.

Siguiendo a Lucina Rangel y Juana María Rangel6, el periodo
previo a la nacionalización de los ferrocarriles, esto es entre 1867
y 1940, se caracterizó por la diversidad de estilos arquitectónicos
en las estaciones principales, más no así en las intermedias o
paraderos. Las autoras proponen una tipología integrada por
Agustín Masse Editor, 1864), 160–61.
6
Rangel Vargas y Rangel Vargas, “Estaciones ferroviarias de México”, 58–
60.
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estaciones provisionales, estaciones urbanas (principales),
estaciones tipo y estaciones bandera. Las características de estas
fueron las siguientes:
Estación provisional, que eran construcciones de madera,
a decir por las autoras, similar a la vivienda rural austera y con
techo de dos aguas, aunque acondicionada con los elementos
propios de una estación como el mirador, telégrafo, sala de espera,
taquilla. Como señalamos con anterioridad, la prioridad era poner
en funcionamiento las líneas, por consiguiente, las compañías
levantaron tales edificaciones que luego, en su mayoría, fueron
reemplazadas por otras construidas con materiales duraderos.
Estación urbana: ubicadas en las ciudades principales de
México, siendo puntos neurálgicos de las relaciones comerciales
y sociales. Estos edificios, además de las características propias
de una estación, tenían un diseño exterior imponente, símbolo de
la modernidad y el progreso. Dadas las particularidades estéticas
de estas estaciones una parte importante de ellas han sobrevivido
al inexorable paso del tiempo y políticas urbanas.
Estación tipo: estas fueron las más común en las estaciones
intermedias, edificios generalmente de una planta carente de
elementos ornamentales, salvo algunas mínimas en puertas y
ventanas, techo de dos aguas de madera o zinc, y un cobertizo
lateral para proteger a los pasajeros de las inclemencias del
tiempo mientras esperaban el arribo del tren. Algunas contaban
con una segunda planta en el cuerpo central del edificio, el cual
era acondicionado como vivienda para el jefe de estación.
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Estación bandera: carecían de edificio, únicamente
constaban de una señal fijada al suelo con el nombre de la estación.
En algunos casos, había un escape destinado al encuentro de
trenes. Las locomotoras detenían su marcha en caso de tener
orden de hacerlo o si había personas que quisieran abordar, las
cuales esperaban junto a simples cobertizos improvisados, que
desconocemos si fueron levantados por la institución ferroviaria
o por los habitantes de dicho espacio.
Pero, ¿esta tipología es aplicable al contexto nuevoleonés?
Definitivamente sí. Pero antes de ampliar la respuesta, primero
un poco de historia. Como adelantamos, la Cía. El Ferrocarril
Nacional obtuvo la concesión del gobierno federal para enlazar la
capital del país con la frontera norte, específicamente con Nuevo
Laredo (1882-1888). El itinerario de El Nacional fue el primero
en incluir a Nuevo León. Proveniente de Saltillo, Coahuila, el
trazo de la vía enfiló hacia Monterrey enlazando a su paso los
actuales municipios de García y Santa Catarina. Posteriormente
siguió rumbo al norte a través de los municipios de San Nicolás,
Gral. Escobedo, Salinas Victoria, Villaldama y Lampazos de
Naranjo, para finalmente internarse en jurisdicción del vecino
estado de Tamaulipas.
El itinerario estableció 32 estaciones en Nuevo León,
trece de las cuales eran de bandera. De acuerdo con la publicación
De México a Chicago y Nueva York: Guía del Viajero7, además
7

Adalberto de Cardona, De México a Chicago. Guía para el viajero en la

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de Monterrey, otros puntos relevantes del trayecto fueron
Villaldama, Guadalupe y Lampazos, donde las principales
actividades económicas eran la agricultura, la ganadería y la
minería.
Al Ferrocarril Nacional le siguió la Compañía del
Ferrocarril Al Golfo, construido en pleno auge industrial de
Monterrey, entre 1888 y 1891, enlazando la capital regiomontana
con el puerto de Tampico. El trazado de esta vía incluyó catorce
estaciones en territorio nuevoleonés, partiendo de la emblemática
estación Del Golfo hacia el este por los municipios de Guadalupe,
Cadereyta, para luego hacer un arco hacia el sureste por los
municipios de Montemorelos y Linares. Partiendo de Monterrey,
también contó con un ramal hacia el norponiente, cuya terminal
fue la estación Treviño en territorio coahuilense, donde hacía
conexión con la zona carbonífera de ese estado, por medio de
la Cía. Ferrocarril Internacional, indispensable para satisfacer
la demanda industrial de combustible. En 1901, esta línea fue
absorbida por el Ferrocarril Central.
El Ferrocarril Internacional obtuvo en 1894 autorización
del gobierno federal para construir un ramal hacia Monterrey.
Con ello, la compañía buscó prescindir de intermediarios,
transportando ella misma los minerales del norte de Coahuila
hasta las puertas de las industrias regiomontanas. Para no
que se describen las principales ciudades y ferrocarriles de México y los Estados Unidos del Norte (Nueva York: Imprenta de Moss Engraving Co., 1892).
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discurrir de manera paralela con el Ferrocarril al Golfo, se internó
a Nuevo León por el cañón de El Delgado para luego seguir por
el valle de las Salinas (en su momento un fértil espacio dedicado
principalmente a la caña de azúcar), cruzando por los municipios
de García, Mina, Hidalgo, Abasolo, El Carmen y Gral. Escobedo
hasta llegar a Monterrey. Esta línea quedó concluida en 1898 y en
su itinerario incluyó apenas ocho estaciones. Años más tarde el
Ferrocarril Internacional y el Nacional se fusionaron, es por ello
que la estación principal de ambas compañías en Monterrey llevó
el nombre de Unión.
Por su parte, el ramal Monterrey-Matamoros fue el
último en terminarse pese a que comenzó a construirse en 1880.
Ante el incumplimiento de la compañía que obtuvo la concesión
del proyecto, el Ferrocarril Nacional adquirió los derechos de
esa vía que entró en operaciones en 1905. El trazo de la vía
se tendió rumbo al este de la ciudad de Monterrey, pasando
por los municipios de San Nicolás de los Garza, Apodaca y
Pesquería, luego se desvía ligeramente al sureste alcanzando el
municipio de Los Ramones para luego enfilar al noreste rumbo
a Matamoros no sin antes enlazar los municipios de los Herreras
y Los Aldamas.
Esta apretada síntesis de las vías férreas que a finales
del siglo XIX colocaron a Monterrey como una de las ciudades
mejor comunicadas en el país, da una idea de la fuerte herencia
ferrocarrilera no solo en la capital del estado sino en los diferentes
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municipios conectados por este medio de transporte. Asimismo,
evidencia el importante número de estaciones en la entidad, y
con ello la variedad de estilos arquitectónicos. Efectivamente, en
Nuevo León encontramos ejemplos de las cuatro variantes según
la tipología realizada por las autoras mencionadas líneas arriba. A
continuación presentamos ejemplos de cada una.
Los vestigios de estaciones provisionales son, por su
misma condición temporal, muy pocos. Ya sea que las mismas
compañías las derribaran una vez levantado otro edificio en su
lugar, fueran arrasadas durante la vorágine revolucionaria, o simplemente sus materiales se reutilizaran una vez finalizada su vida
útil. Afortunadamente, Nuevo León cuenta con una de ese tipo,
la estación Hidalgo, ubicada en el municipio de igual nombre. La
estación Hidalgo se ubica en la actual Línea M (Gómez Palacio/
Torreón-Tampico/Altamira), concesionada al Ferrocarril Mexicano, S.A. de C.V. (FERROMEX). La Línea M integró el ramal a
Monterrey construido por el Ferrocarril Internacional con la vía
del Ferrocarril al Golfo. Esto fue posible gracias a la fusión de las
principales compañías ferroviarias, bajo la rectoría de un organismo federal descentralizado Ferrocarriles Nacionales de México
(1908), haciendo innecesaria la duplicidad de vías.
El edificio de la estación Hidalgo es de una planta con
forma rectangular, construida con madera, con techo de dos
aguas de lámina galvanizada. Sobresaliendo de cuerpo central del
edificio se ubica el mirador, con ventas tipo bay windows y en la
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parte superior de la misma el letrero con el nombre de la estación,
destino, kilómetro en que se ubica y la altura respecto al nivel del
mar. El mirador estaba reservado para el telegrafista y su ayudante,
Asimismo, contaba con una palanca para manipular el sistema de
señales según las instrucciones del despachador. Salvo los marcos
y rejas de forja en ventanas y puertas, el edificio no cuenta con más
elementos ornamentales. El edificio contaba con una bodega, andén
lateral (sin cobertizo) y escape. Completan el conjunto ferroviario
el tanque de agua que descansa sobre una base de piedra, así como
vagones-vivienda para los trabajadores de vía.
Imagen 2.
Estación Hidalgo

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¿Por qué si era temporal no fue demolida por FNM? Seguramente
por su ubicación. El ramal del Ferrocarril Internacional fue
construido en el Valle de las Salinas, región semidesértica de baja
demografía y de poca relevancia económica en comparación con
otros espacios enlazados por el ferrocarril. La importancia de la
vía radicó en la transportación de minerales hacia las fundiciones
de Monterrey. Había pocas estaciones a su paso. Los trenes que
recorrían el trayecto eran mixtos, es decir, de carga y pasajeros.
Como no era una vía estratégica, probablemente FNM pasó por
alto reemplazar la estación.
Otra razón que pudo jugar a favor de su conservación:
la cementera Hidalgo. Ubicada a un costado de la estación cuya
producción requería de mil carros anualmente. Aunado a lo
anterior, en mayo de 1972 el gobierno federal publicó en el Diario
Oficial de la Federación la Ley Federal Sobre Monumentos y
Zonas Arqueológicas, que seguramente abonó a la conservación
de la estación considerando su valor histórico.
Las estaciones urbanas de Monterrey fueron dos: La estación Del Golfo, cuyo diseño arquitectónico fue elaborado por Isaac
S. Tylor y la obra estuvo a cargo del ingeniero W. W. Price; y la
Estación Unión de los Ferrocarriles Nacional e Internacional. De
acuerdo con el periódico local El Monterrey News, la construcción
de la estación comenzó en febrero de 1905 a cargo del ingeniero en
jefe del sistema Merger (fusión de la compañía Nacional e Internacional) R. T. Mc. Donald, mismo que años antes había construido
la estación Querétaro (1903-1904). Ambas estaciones tuvieron un
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gran parecido. Contrario a lo ocurrido en la capital queretana, la
estación Unión fue demolida en la década de los 60, al poco tiempo
de entrar en operación una nueva estación ubicada al poniente del
primer cuadro y con la infraestructura necesaria para satisfacer la
demanda de una ciudad industrial como Monterrey.
Imagen 3.
Estación Querétaro

Como mencionamos más atrás, la prensa local tuvo un trato
diferenciado con las compañías ferroviarias del Ferrocarril
al Golfo y del Ferrocarril Nacional a causa de la estación de
pasajeros. Esto a partir de que la primera adquiriera tres manzanas
sobre la calle de la Zona Norte donde construiría un edificio de
piedra destinado al servicio de carga y pasajeros. El periódico La
Defensa del Pueblo elogió la decisión del Ferrocarril al Golfo, y
destacó que ésta no escatimaría en gastos. Remató la nota de la
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siguiente manera: “Ojalá y la del Nacional imitara su ejemplo;
pero, por desgracia debemos estar desengañados ya por lo que
respecta a sus intenciones”. La crítica no era para menos, pues
la línea Monterrey al Golfo tenía menos tiempo de haberse
construido; no obstante, hay que considerar que dicha compañía
tenía como punto terminal la capital nuevoleonesa al norte, y
Tampico en su extremo sur; en cambio, la Cía. del Ferrocarril
Nacional unió la Ciudad de México con Nuevo Laredo, siendo
Monterrey un punto intermedio en el itinerario.
Retomando la obra del ingeniero Santiago Méndez, las
estaciones de pasajeros exigían para su operatividad un terreno
amplio, complicando su construcción en el interior de las ciudades
debido al costo de la tierra. Y así ocurrió para ambas estaciones,
que estuvieron ubicadas sobre la calle de la Zona, límite norte
del primer cuadro de Monterrey, donde dispusieron de un espacio
vasto para construir la infraestructura complementaria para las
operaciones ferroviarias.
¿Cuáles eran las dimensiones idóneas de una estación
terminal considerando el edificio como tal, pero también el terreno
para el resto de la infraestructura? Méndez sugirió tomar como
referencia las estaciones europeas, entre ellas la de París, cuya
extensión era de 50 mil metros cuadrados y la de mercancías de 260
mil. En el caso de La estación Del Golfo, la infraestructura llegó a
tener una extensión de 150 mil metros cuadrados. Probablemente,
la estación Unión tenía dimensiones similares, ya que los terrenos
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de la estación abarcaban de la avenida Cuauhtémoc hasta Calzada
Victoria, entre Miguel Nieto y Cuauhtémoc.8 En cuanto a las
dimensiones del edificio, la estación del Golfo ocupó un espacio
de más de 2 mil metros cuadrados, y 3 mil la estación Unión.
Por otro lado, siguiendo a Juan Antonio Casas, el lenguaje
arquitectónico de la Estación del Golfo fue neorrománico, sin
parangón en la ciudad en esa época. Incluso, Casas afirma que dicha
estación fue la única diseñada por el arquitecto estadounidense
Isaac S. Taylor, lo cual la vuelve todavía más especial. Con un
cuerpo central de cinco pisos y de dos en los cuerpos laterales, la
estación se construyó con ladrillo, algo poco usual en la región,
pero común en Estados Unidos. Para las columnas y torreones
centrales que custodian el cuerpo principal se utilizaron bloques
de piedra de las canteras del Topo Chico.
El techo a cuatro aguas y soportes decorados de madera
sosteniendo los aleros, así como las buhardillas le dan un toque
singular. Es por ello que el edificio fue visto con beneplácito por
los redactores de los periódicos locales, al mismo tiempo que
arremetían contra la austera estación de madera de El Nacional.
La crítica no paró hasta 1907, cuando finalmente se inaugura la
estación Unión.
Oscar Abraham Rodríguez Castillo y José Eugenio Lazo Freymann, “Los
patrimonios negativos. La estación Del Golfo y las identidades cartográficas
en el centro de Monterrey”, en Monterrey: Patrimonio e Industria. Seis estudios históricos, ed. Oscar Abraham Rodríguez Castillo (Ciudad de México:
Fides, 2021), 101.
8

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En la construcción de esta última se utilizaron materiales
de la localidad como la piedra de Los Ramones y ladrillo de una
fábrica de la localidad; el edificio era de dos plantas y, como
elemento diferenciador del resto de las estaciones en México,
contaría con un cobertizo para trenes de 152 metros de largo,
con el ancho suficiente para cubrir cuatro vías. Al inaugurarse en
mayo de 1907, la prensa local no escatimó en elogios:
En cuanto al edificio no es menos bello que su interior. Desde
el andén, alto, espacioso y con vías para todos los trenes que
en un mismo momento o a una misma hora puedan estar en
la estación, hasta la fachada principal del mismo edificio, son
hermosas todas sus partes. Es una estación, permítasenos la
orgullosa frase, como para Monterrey.9

Respecto a los interiores, ambas estaciones se ajustaron a las
recomendaciones del ingeniero Méndez, pues contaron con un
vestíbulo cerrado, oficina de boletaje, sala de equipaje, sala de
pasajeros, oficinas administrativas, etcétera.
Los redactores de El Renacimiento, que por años criticaron
a la Cía. del Ferrocarril Nacional, reseñaron sus impresiones sobre
La Estación Unión: “Sus magníficas oficinas tan bien montadas
como numerosas, la amplitud de todos los departamentos […]
hacen de nuestra Estación una de las mejores y más bien montadas
con todas las exigencias del despacho en la actualidad”.10
“Las estaciones de las líneas nacionales”, Semanario Renacimiento, el 12
de mayo de 1907.
10
“Las estaciones de las líneas nacionales”.
9

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Imagen 4.
Croquis de Estación Del Golfo

La tercera variante tipológica, estación tipo, fue la más común
fuera de la ciudad de Monterrey. Como señalamos, la principal
característica de esta era el edificio regularmente de un piso con
el andén lateral al descubierto, construido con materiales durables
regularmente de la misma región circundante. En las vías trazadas
por Nuevo León se construyeron estaciones tipo tanto de un piso
como de dos.
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Imagen 5.
Estación Cadereyta

Sobre la vía al Golfo predominó la estación de un piso, con un
diseño estandarizado, como se aprecia en el caso de las estaciones
Cadereyta,

Montemorelos

y

Linares.

Dichas

estaciones

prácticamente son replica una de la otra. Para la construcción,
se empleó una base de piedra laja, muros de piedra con aplanado
de cal, excepto en las columnas donde se aprecian los bloques
de piedra como elemento funcional, pero a la vez decorativo, ya
que también se utiliza en jambas y dinteles de puertas y ventanas.
Otros elementos que se observan son el techo de dos aguas, el
frontón de forma irregular, combinando líneas rectas y curvas en
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la parte central. Una ventana de ojo de buey en el aguilón del
frontón completa los elementos ornamentales de estos edificios.
De ahí se desprende un cobertizo lateral, que sirvió de abrigo a
las y los usuarios del transporte ferroviario. En la parte central del
cuerpo se puede observar el mirador y encima de éste un madero
en horizontal con el nombre de la estación.
Imagen 6.
Estación Linares

La distribución del espacio interior se resolvió de una manera
funcional; dividido en cuatro secciones, sala de espera, bodega de
Express, oficina, y equipaje. A excepción de la sección de oficina,
las otras tres tenían una puerta al frente y una posterior con acceso
al andén. También hubo estaciones tipo con un piso extra en el
cuerpo central del edificio, que era utilizado como vivienda del
jefe de estación. La distribución del espacio fue similar, salvo que
carecía de cobertizo lateral. Este tipo de estación se encuentra en
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la vía a Matamoros, siendo las de Pesquería o Los Herreras un
claro ejemplo de ello. En la estación Jarita, vía México-Laredo,
aunque sin el aplanado de cal en los muros exteriores.
Imagen 7.
Estación Los Herreras

Finalmente, las estaciones bandera, ubicadas en los puntos
del itinerario de baja demografía y poca o nula importancia
en la explotación económica y que carecieron de edificio,
identificándose por una estaca de fierro enterrada verticalmente
en la tierra que sostenía en la parte superior un letrero con el
nombre de la estación. En ellas, el tren detenía su marcha
solamente en caso de pasaje o por indicaciones del despachador
para introducirse al escape, cediendo el paso al tren que venía
en sentido contrario. A decir por antiguos ferrocarrileros, el
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reglamento estipulaba que las personas en una estación de este
tipo, debían agitar una bandera verde al aproximarse el convoy;
sin embargo, agrega, dicha cláusula del reglamento era muchas
de las veces ignorada.11
Imagen 8.
Estación Benítez

Cabe recordar que el número de estaciones incluidas en el
itinerario respondía no solo a la necesidad de integrar el
mercado nacional, sino a los continuos trabajos de conservación
y mantenimiento de las vías. Para ello, siguiendo a Méndez,
Óscar Abraham Rodríguez Castillo y José Eugenio Lazo Freymann, Oficio
y memoria ferroviaria. Divisiones Monterrey y Golfo (Benito Juárez: Editoria
An·Alfa·Beta, 2019).
11

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�Óscar Rodríguez y Eugenio Lazo

se conformaban cuadrillas de hasta 30 hombres, quienes tenían
a su cargo entre seis leguas de vías férreas, aproximadamente
29 kilómetros. Los materiales y herramientas utilizados por las
cuadrillas estaban almacenados en las estaciones o almacenes
distribuidos estratégicamente a lo largo del tendido férreo.
Considerando la baja demografía de la región norte del país,
es posible afirmar que las estaciones bandera daban servicio
principalmente a los trabajadores de vía que, por las exigencias
propias de su labor, acampaban en un punto intermedio del
tramo bajo su cuidado.
Recapitulando, las dimensiones y el diseño de las
estaciones estuvo influenciada por los patrones resultantes de la
experiencia acumulada desde los albores del siglo XIX hasta la
llegada del ferrocarril a México. En general, los edificios tuvieron
un diseño funcional con una distribución racional de los espacios,
con base en las exigencias del servicio de carga y pasajeros. En los
núcleos poblacionales más amplios las compañías ferroviarias,
antes de la fusión de las compañías Central y Nacional, a la que
se sumó el Estado mexicano, desembolsaron fuertes sumas de
dinero para la construcción de edificios, además de funcionales al
interior, estéticamente atrayentes al exterior. En este sentido, las
personas asociaban la bonanza de la ciudad con la estación y, por
ende, con la compañía constructora.
No obstante, las estaciones intermedias si bien fueron
más austeras, también sobresalieron en el paisaje arquitectónico
donde fueron instaladas. Las hubo con edificios de un piso y de
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dos, y en otros casos de ninguno. Paulatinamente las estaciones
intermedias fueron el punto estratégico de los intercambios
comerciales y culturales en su contexto geográfico inmediato.
Ciertamente, el papel de las estaciones ha ido cambiando
con el transcurrir de las décadas. Los avances tecnológicos
aplicados al transporte ferroviario y una mayor competencia
del transporte automotor fueron desplazando la importancia de
dichos inmuebles, que son parte de la historia del estado. La
desaparición del servicio de pasajeros, aunado a la modernización
de las locomotoras, que hoy en día recorren largos trayectos
sin necesidad de reabastecer provisiones, vuelve aún más
complejo el reciclaje de las estaciones intermedias. Algunas han
sido acondicionadas como albergue de la seguridad privada a
cargo de la vigilancia de los vagones, en otras por cuestiones
de seguridad, tapiaron sus accesos o en el peor de los casos,
simplemente fueron derruidas. El contraste es la nota dominante
entre las estaciones del ferrocarril, aunque mayormente inclinado
a las sombras.
Desafortunadamente, por encima del valor históricopatrimonial están la indolencia, la especulación o los negocios, lo
cual deriva en la paulatina e irremediable pérdida del patrimonio
arquitectónico de la región. De ahí la importancia de visibilizar
las estaciones que siguen en pie a pesar de la indiferencia de
las instancias de gobierno de los tres niveles, y sobre todo del
inexorable paso del tiempo.
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Imagen 9.
Nueva Estación Monterrey

2.
Hacia una tipología regional de las estaciones
ferroviarias
En esta segunda parte, proponemos una tipología propia, basada
en el universo de estaciones en territorio nuevoleonés. Con esto no
queremos decir que la elaborada por Lucina Rangel y Juana María
Rangel sea inaplicable al contexto regiomontano. Por el contrario,
como presentamos en el apartado anterior, Nuevo León cuenta con
ejemplos de cada uno de los tipos de estación identificados por las
autoras. En este sentido, la tipología que enseguida presentamos
no compite con la anterior, sino que la complementa, pues
presta atención a variables como la temporalidad, los materiales
constructivos y la singularidad de los diseños.
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Comenzamos por clasificar las estaciones con base
en una variable temporal: estaciones históricas y estaciones
contemporáneas. En esta primera categorización dividimos las
construidas durante el porfiriato hasta antes de la nacionalización
de los ferrocarriles; mientras las construidas a partir de 1937 en
adelante entran en la categoría de contemporáneas. Asimismo,
agregamos una variable adicional: Las Estaciones, donde incluimos
los edificios sin parangón, por lo menos en el contexto local.
Estaciones históricas
Aunque existe imprecisión o desconocimiento de las fechas de
construcción, proponemos un par de subcategorías de los edificios de
pasajeros, la cual responde a la lógica de las empresas propietarias.
Así tenemos que a lo largo del tendido de hierro construido por
el Ferrocarril Monterrey al Golfo (absorbido por el Ferrocarril
Central en 1901) las estaciones intermedias de los municipios de
Cadereyta, Montemorelos y Linares sean de un solo piso, y un estilo
arquitectónico que son una calca una de otra, y que se encuentra en
otros lugares de México, como en Iguala (Guerrero).
En cambio, en la vía a Matamoros, propiedad de El
Nacional, los edificios son de un cuerpo central de dos pisos,
mientras los cuerpos laterales son de uno. Hasta antes de 1908, las
líneas ferroviarias eran administradas por distintas compañías. Por
consiguiente, dichas compañías definieron el diseño arquitectónico.
Por lo menos parcialmente se observa tal diferenciación en la línea
Monterrey a Matamoros, donde El Nacional optó por un edificio
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principal de andén lateral, con un segundo piso en la parte central,
acondicionado como vivienda del jefe de estación; por su parte,
en la vía al Golfo se optó por el diseño de una planta y cobertizo
lateral. Ejemplo de lo anterior son las estaciones de Pesquería, y
los Herreras en la vía a Matamoros que, de acuerdo al catálogo
de estaciones ferroviarias, fueron construidas a principios del siglo
XX, caso similar a la estación Cadereyta en la vía al Golfo.
Imagen 10.
Estación Pesquería

Así, las estaciones en la vía a Matamoros, por lo menos en
el trazado por Nuevo León tuvieron un patrón homogéneo –
edificio rectangular con una planta adicional en el cuerpo central
y techo a dos aguas- y lo mismo ocurrió en la vía al Golfo –
edificios de una planta, techo de dos aguas y cobertizo lateral.
Considerando las características particulares de las estaciones
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década compañía, nos referiremos a ellas en adelante como
patrón nacional y patrón central.
Ahora bien, en la vía a Laredo convergen ambos patrones,
lo cual en un primer momento pudiera parecer un contrasentido,
pues dicha convergencia invalida la existencia de patrones
arquitectónicos de compañías competidoras. No obstante, es
importante recordar que los edificios de las estaciones fueron en
un principio de madera, sustituyéndose paulatinamente por otros
construidos por materiales más duraderos. Entonces, ¿qué motivó
la utilización de estaciones con distinto estilo arquitectónico en una
misma vía? La clave está en el año de construcción. A pesar de que
las fechas pueden ser imprecisas, para la estación Jarita, primera
en territorio nuevoleonés viniendo de la frontera, fue utilizado el
patrón nacional. A reserva de corroborar la fecha exacta de su
construcción, el edificio de Jarita fue levantado antes de 1908, es
decir, previo a la fusión de las empresas Central y Nacional, en la que
tuvo el Estado una participación mayoritaria de las acciones, que
a partir de ese año fue renombrada como Ferrocarriles Nacionales.
Pero ¿cómo se justifica que la estación Villaldama en
la misma vía a Laredo fuera levantada bajo el patrón central?
La respuesta es que dicha construcción se edificó después de
1908, una vez que las empresas fueron fusionadas por el Estado.
Siguiendo este razonamiento, podemos afirmar que Ferrocarriles
Nacionales se decantó por el patrón central, como ocurrió en
Villaldama y en la estación San Juan de la vía al Golfo, cuyo
edificio se construyó en 1925.
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Imagen 11.
Estación San Juan

Respecto a los materiales utilizado para su construcción de las
estaciones incluidas en esta categoría fueron los siguientes:
Estación

Vía

Muros

Puertas y
ventanas

Techo

Cadereyta

Golfo

Piedra

Madera
y fierro

Lámina

Linares

Golfo

Adobe y
concreto

Madera
y fierro

Lámina

Montemorelos

Golfo

Piedra

Madera
y fierro

Lámina

San Juan

Golfo

Piedra

Madera
y fierro

Lámina

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Golondrinas

Laredo

Piedra

Fierro

Lámina

Jarita

Laredo

Piedra

Madera

Lámina

Lampazos

Laredo

Ladrillo

Fierro

Lámina

Morales

Laredo

Piedra

Madera

Lámina

Villaldama

Laredo

Piedra

Madera

Lámina

Los Aldamas

Matamoros

Mampostería

Madera

Lámina

Herreras

Matamoros

Mampostería

Madera
y fierro

Lámina

Pesquería

Matamoros

Cantera

Lámina

Lámina

Ramones

Matamoros

Mampostería

Madera
y fierro

Lámina

La tabla muestra el uso generalizado de materiales como la lámina
para los techos regularmente de dos aguas, y el uso de madera y
fierro en puertas y ventanas. Donde vemos ciertas diferencias es
en los muros. Por ejemplo, en la vía a Laredo y Golfo predominó
el uso de piedra y aplanado de cal mientras en la de Matamoros,
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la mampostería. Tal particularidad responde a los materiales
constructivos disponibles en cada región. De acuerdo con Jimmie
L. King, en los Ramones abunda la cantera que es extraída del
río Pesquería, por lo que su uso se extiende a los municipios
aledaños como Los Herreras, Pesquería y Los Aldamas.12 Un
caso excepcional es la estación Lampazos construida con ladrillo
a finales de la década de los 20. Décadas más tarde, el uso de
tabique y columnas de concreto se extendió no solo en estaciones
contemporáneas, sino también en las casas de sección asignadas
a los trabajadores de vía y sus familias.
Imagen 12.
Estación Salinas Victoria, casa de la sección de tabique

Jimmie L. King, “La Arquitectura Vernácula del Noreste de México”, The
University of Texas at Austin: Texas Scholar Works, 2011, 1–23.
12

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Estaciones contemporáneas
Como adelantamos anteriormente, las estaciones contemporáneas
son aquellas que datan de la década de los 40, después de que
la compañía Ferrocarriles Nacionales pasara a manos del Estado
mexicano, bajo la figura de empresa paraestatal. Con el control
monopólico de la mayor parte del sistema ferroviario mexicano,
la paraestatal llevó a cabo planes de modernización, entre las
cuales incluyó las estaciones. A partir de ese momento, por lo
menos en el caso de Nuevo León, los diseños y materiales fueron
más homogéneos.
Los edificios incluidos en esta categoría son: estación
Lagrange y Apodaca en la vía a Matamoros, estación Álcali en
la Laredo, así como la nueva estación Monterrey. Son pocas las
estaciones en comparación con la categoría anterior, no obstante,
el patrón arquitectónico de dichas estaciones probablemente se
hubiese extendido en la región de no haber ocurrido la extinción
de Ferrocarriles Nacionales y la posterior concesión del sistema
ferroviario a la iniciativa privada.
Esta categoría la dividimos en tres: terminal, intermedias y
paraderos. Siguiendo ese orden comenzamos por la nueva estación
terminal Monterrey, inaugurada en 1960, tomando el lugar de la
estación Unión, que había operado el servicio de pasajeros por
espacio de 53 años. Al poco tiempo de caer en desuso la estación
Unión, esta fue demolida y sus terrenos adquiridos para la central
de autobuses, lotificaciones privadas, pero principalmente por
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una empresa de mueblera que recientemente cerró sus puertas por
malos manejos financieros.
El diseño arquitectónico era simple pero funcional. Para
su construcción se utilizó concreto armado, mármol y mosaico.
El edificio tiene forma de un prisma rectangular, de dos plantas, la
planta baja para la operación del servicio de pasajeros y la planta
alta para funciones administrativas.
Al igual que como ocurrió con la estación Colonia y
Unión (Ciudad de México y Monterrey respectivamente), la
estación terminal Monterrey fue prácticamente una réplica
de la estación Buenavista. Es probable que se utilizara como
referencia el mismo plano arquitectónico. Ferrocarriles
Nacionales tenía el monopolio de las vías, por lo que no tenía
caso derrochar recursos para dotar de singularidad a las distintas
estaciones terminales. Por el contrario, la tendencia apuntó a la
uniformidad de los edificios. Una de las características de las
estaciones intermedias fue el uso de materiales contemporáneos
como el ladrillo o block, techos planos de concreto, en lugar del
de dos aguas, típico de las estaciones históricas. La cornisa es
de tipo funcional y se extiende medio metro en horizontal del
cuerpo del edificio. No obstante, la estación Apodaca tiene una
cornisa es de igual tamaño del edificio con una inclinación hacia
arriba de 10 grados, aproximadamente, con lo cual alcanza a
cubrir el andén.
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Imagen 13.
Estación Apodaca

Entre los elementos característicos que fue posible identificar están
la bodega del Express con un desnivel superior al resto del edificio
con tal de facilitar el manejo de las mercancías; luego se observa
el mirador, y en seguida dos secciones más, posiblemente sala de
espera o viviendas para los trabajadores. Otra particularidad fue lo
alargado de sus ventanas que van de columna a columna.
Imagen 14.
Estación Lagrange

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Por otro lado, la subcategoría paraderos consiste en
construcciones cúbicas de hormigón de tres paredes y techo
de concreto, abiertas en dirección del andén y con una banca
de concreto en su interior. De esa manera, los pasajeros podían
resguardarse de las inclemencias del tiempo mientras esperaban
el tren.

Imagen 15.
Estación Naranjo

Estos paraderos podemos ubicarlos en las vías a Laredo,
Paredón y Golfo. Son construcciones sencillas que se levantaron
durante la segunda mitad del siglo XX. La única diferencia fue
su tamaño. Por ejemplo, la estación Huertas el paradero era
dos veces más grande que las otras. Probablemente, una de las
secciones era utilizada como almacén por los trabajadores de
vía.
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Imagen 16.
Estación Huertas

Finalmente, una categoría más que incluímos lleva por nombre
Las Estaciones. Esta se integra con los edificios singulares, sin
parecido alguno en Nuevo León e incluso en el resto del país. Me
refiero a las estaciones: Del Golfo, Candela, Arista y Anáhuac.
La estación Del Golfo, a la que nos hemos referido líneas
atrás, fue un edificio que rompió con la simetría arquitectónica de
la ciudad a finales del siglo XIX. De estilo victoriano, su fachada
contó con elementos ornamentales que contrastó con la austeridad
de la arquitectura norestense.
Por su parte, la forma de castillo medieval de la estación
Candela resulta fascinante a la vista. Si bien guarda los elementos
propios de una estación, como el mirador y un segundo piso en
el cuerpo central donde se alojaba el jefe de estación, la fachada
cuenta con un par de torreones a los extremos con aspilleras y
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pretil almenado, como si se preparara para la batalla. En efecto, su
construcción data del periodo revolucionario cuando Venustiano
Carranza ordenó su construcción y las fuerzas armadas se movían
en ferrocarril y los nodos férreos eran de importancia táctica y
estratégica. Los materiales de construcción son la mampostería,
aplanado de cemento.13
Imagen 17.
Estación Golfo

José Eugenio Lazo Freymann, Tren al Norte: estaciones ferroviarias en
Nuevo León: vía México-Laredo, Primera edición (México: Fides ediciones,
2022), 82.
13

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Imagen 18.
Estación Candela

Por otro lado, la estación Arista se distingue por ser la única
estación en ser totalmente vernácula. Ubicada en el Valle de las
Salinas, el material constructivo por excelencia en dicha región
es el adobe. En algún momento tuvo un aplanado de cemento que
paulatinamente se ha ido desprendiendo, dejando al descubierto
el adobe de los muros.
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Imagen 19.
Estación Arista

Finalmente, la estación Anáhuac se construyó en el municipio
de igual nombre, cuya creación tuvo lugar en 1935. La creación
del Distrito de Riego 004 “Don Martín” y la cercanía con la
frontera, favorecieron a la construcción de una estación moderna
para pasajeros y carro Express, y otro edificio a corta distancia
destinado a la carga. Si bien guarda parecido con el patrón de
El Nacional, el edificio tiene la particularidad de contar con tres
plantas y usar materiales modernos como el block. La planta
superior tiene amplios ventanales en sus cuatro caras, siendo
una especie de mirador extra. De hecho, actualmente el puesto
de vigilancia instalado ahí, revisa desde ahí que los carros del
ferrocarril no tengan rotos los sellos de las tapas superiores.14
14

José Eugenio Lazo Freymann, Tren al Norte. Estaciones ferroviarias en

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Imagen 20.
Estación Anáhuac

Comentarios finales
El ferrocarril tuvo un impacto significativo no sólo en el ámbito
económico, sino en el social. Gracias a este medio de transporte,
la migración interna se incrementó y con ello la interacción entre
grupos culturales. Las estaciones tuvieron un rol protagónico en
ese movimiento de personas, ideas y mercancías, siendo el punto
de encuentro de conocidos y desconocidos.
Por consiguiente, las estaciones de pasajeros son
repositorios de la historia y la memoria colectiva de las
Nuevo León: vía México-Laredo (Ciudad de México: Fides, 2022), 74.
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comunidades. Los materiales, ornamentos y diseños constructivos
nos hablan sobre la manera en que nos relacionamos con el medio
que nos rodea. Pero también son un ancla del tiempo que nos
transporta aun tiempo pretérito determinado y esto, a su vez, a la
resignificación de ese pasado.
En esta línea de ideas, las estaciones de pasajeros tienen
un valor patrimonial, que vale la pena luchar por él, cada quién
desde su trinchera, pero unidos, para establecer de abajo hacia
arriba los bienes culturales que son parte nuestra identidad. El
olvido es el principal enemigo del patrimonio cultural edificado.
De ahí que este breve texto sea un ejercicio modesto en aras de
visibilizar las estaciones ferroviarias, esperando con ello despertar
la curiosidad de quienes conviven con esas edificaciones y a partir
de esa provocación, comiencen a salir a flote los significados
contenidos en ellas.
Referencias
Bibliografía
Cardona, Adalberto de. De México a Chicago. Guía para el viajero en la que se describen las principales ciudades y
ferrocarriles de México y los Estados Unidos del Norte.
Nueva York: Imprenta de Moss Engraving Co., 1892.
King, Jimmie L. “La Arquitectura Vernácula del Noreste de México”. The University of Texas at Austin: Texas Scholar
Works, 2011, 1–23.
Sillares, vol. 3, núm. 6, 2024, 96-142
DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-121

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�Marquesinas ferroviarias

“Las estaciones de las líneas nacionales”. Semanario Renacimiento, el 12 de mayo de 1907.
Lazo Freymann, José Eugenio. Tren al Norte. Estaciones ferroviarias en Nuevo León: vía México-Laredo. Ciudad de
México: Fides, 2022.
Méndez, Santiago. Nociones prácticas sobre caminos de fierro.
México: Agustín Masse Editor, 1864.
Ortiz Hernán, Sergio. “De estaciones, trenes y paisajes”. En Estaciones ferroviarias de México. Patrimonio histórico,
cultural y artístico, editado por Teresa Márquez Martínez,
Lucina Rangel Vargas, y Juana María Rangel Vargas, 17–
54. México, DF: Centro Nacional para la Preservación del
Patrimonio Cultural Ferrocarrilero; Instituto Nacional del
Antropología e Historia; Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2010.
Rangel Vargas, Lucina, y Juana María Rangel Vargas. “Estaciones ferroviarias de México”. En Estaciones ferroviarias de
México. Patrimonio histórico, cultural y artístico, editado
por Teresa Márquez Martínez, Lucina Rangel Vargas, y
Juana María Rangel Vargas, 55–116. México, DF: Centro
Nacional para la Preservación del Patrimonio Cultural Ferrocarrilero; Instituto Nacional del Antropología e Historia;
Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2010.
Rodríguez Castillo, Oscar Abraham, y José Eugenio Lazo Freymann. “Los patrimonios negativos. La estación Del Golfo
y las identidades cartográficas en el centro de Monterrey”.
En Monterrey: Patrimonio e Industria. Seis estudios históricos, editado por Oscar Abraham Rodríguez Castillo,
97–110. Ciudad de México: Fides, 2021.
Rodríguez Castillo, Óscar Abraham, y José Eugenio Lazo Freymann. Oficio y memoria ferroviaria. Divisiones Monterrey y Golfo. Benito Juárez: Editoria An·Alfa·Beta, 2019.
Sillares, vol. 3, núm. 6, 2024, 96-142
DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-121

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�Sillares

Revista de Estudios Históricos
http://sillares.uanl.mx/
La formación y preservación de tejabanes en
Monterrey: el caso de la colonia Terminal, 19501970
The formation and preservation of tejabanes in
Monterrey: the case of the Colonia Terminal,
1950-1970
Eliana Celeste Olguin Hernández
orcid.org/0000-0003-3015-8450
El Colegio de San Luis
San Luis Potosí, México
Recibido: 21 de enero de 2022
Aceptado: 23 de octubre de 2023

Editor: Reynaldo de los Reyes Patiño. Universidad Autónoma de Nuevo
León, Centro de Estudios Humanísticos, Monterrey, Nuevo León, México.
Copyright: © 2024, Olguin Hernández, Eliana Celeste. This is an open-access article distributed under the terms of Creative Commons Attribution
License [CC BY 4.0], which permits unrestricted use, distribution, and
reproduction in any medium, provided the original author and source are
credited.

DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-26
Email: celeste_aazul@hotmail.com

�La formación y preservación de tejabanes en
Monterrey: el caso de la colonia Terminal, 1950-1970
The formation and preservation of tejabanes in Monterrey: the
case of the Colonia Terminal, 1950-1970
Eliana Celeste Olguin Hernández
El Colegio de San Luis
San Luis Potosí, México
orcid.org/0000-0003-3015-8450

Recibido: 21 de enero de 2022
Aceptado: 23 de octubre de 2023

Resumen: El crecimiento industrial de Monterrey durante los primeros
años del siglo XX, y su consecuente concentración demográfica,
provocaron una alta demanda de espacios habitacionales que excedieron
la infraestructura de la ciudad. Ante la necesidad inmediata de un lugar
para vivir, una parte de la población optó por construir sus propios
hogares, mismos que fueron denominados “tejabanes”. Este concepto
hace referencia a una vivienda autoconstruida por trabajadores, cuyos
materiales constructivos más recurrentes fueron la madera y la lámina
para el techo. Aunque estos se distribuyeron por diferentes zonas, un
asentamiento importante de tejabanes se conformó al norte del primer
cuadro de la ciudad, cerca de las principales industrias, avenidas y
medios de transporte. Privilegiando las fuentes orales, el objetivo de
este trabajo es analizar las circunstancias que dieron pie a la formación
y preservación de los tejabanes en un espacio de esa zona, la colonia
Terminal, entre 1950 y 1970.
Sillares, vol. 3, núm. 6, 2024, 143-178
DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-26

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�Tejabanes en Monterrey

Palabras clave: tejabanes; crecimiento urbano; preservación; memoria.
Abstract: The industrial growth of Monterrey during the first years of
the twentieth century, and its consequent demographic concentration,
caused a high demand for housing spaces that exceeded the city’s
infrastructure. Faced with the immediate need for a place to live, part
of the population opted to build their own homes, which were called
“tejabanes”. This concept refers to a self-built dwelling built by workers,
whose most common construction materials were wood and sheet
metal for the roof. Although these were distributed in different areas, an
important settlement of tejabanes was formed north of the first square of
the city, near the main industries, avenues, and means of transportation.
The objective of this paper is to analyze the circumstances that gave
rise to the formation and preservation of the tejabanes in a place in that
area, the Terminal neighborhood, between 1950 and 1970.
Keywords: tejabanes; urban growth; preservation; memory.

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Introducción1
El crecimiento industrial de Monterrey durante los primeros años del
siglo XX, y su consecuente concentración demográfica, provocaron
una alta demanda de espacios habitacionales que excedieron la
infraestructura de la ciudad. Ante la necesidad inmediata de un
lugar para vivir, una parte de la población optó por construir sus
propios hogares, mismos que fueron denominados “tejabanes”.
Este concepto hace referencia a una vivienda autoconstruida por
trabajadores, cuyos materiales constructivos más recurrentes fueron
la madera y la lámina para el techo.2 Aunque estos se distribuyeron
por diferentes zonas, un asentamiento importante de tejabanes se
conformó al norte del primer cuadro de la ciudad, cerca de las
principales industrias, avenidas y medios de transporte.3
Con el acelerado crecimiento poblacional y de la mancha
Agradezco a los editores de la revista Sillares, así como a quienes dictaminaron anónimamente este trabajo, por sus valiosas sugerencias y comentarios.
2
Para el arquitecto Barragán, en su estudio publicado en 1996, estas construcciones fueron comunes en la frontera norte de México, en parte como
consecuencia del intercambio cultural entre Estados Unidos y México tras la
instalación del ferrocarril. La afluencia de extranjeros norteamericanos trajo
consigo la adopción de materiales y acomodos en la vivienda al estilo chalet
californiano/viviendas obreras estadounidenses. Juan Barragán, 100 años de
vivienda en México: historia de la vivienda en una época económica y social
(Monterrey: URBIS Internacional, 1994).
3
Las delimitaciones del primer cuadro de la ciudad datan de 1888. “El primer cuadro de la ciudad de Monterrey se compone a partir de las siguientes delimitaciones: al Norte, hasta la calle del 15 de mayo, al Sur hasta la de Hidalgo
y San Francisco, al Oriente hasta la del Colegio de Niñas, y al Poniente hasta
la del Hospital Civil. Archivo Histórico Municipal de Monterrey (en adelante
AHMM), Fondo Monterrey contemporáneo/ actas/ 10/07/1888/ actas de cabildo vol. 999 exp. 1888/033.
1

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urbana registrado en el segundo tercio del siglo XX, estos antiguos
asentamientos del margen norte quedaron atrapados en el centro
de la ciudad. De esta forma, los asentamientos se vieron rodeados
de profundas transformaciones urbanas como la ampliación de
avenidas o el cambio de giro habitacional de algunos espacios, que
en ocasiones terminaron por expulsar a los vecinos. Hacia 1970,
importantes cambios en la legislación de construcción de vivienda
que tenían por objetivo modernizar la mancha urbana dejaron fuera
a los tejabanes por considerar que “afeaban” el paisaje de la ciudad,
además de promover su estigmatización al relacionarlos con
problemáticas sociales y de salubridad. A partir de esta década, el
número de tejabanes disminuyó considerablemente, y se pronunció
la transición a casas de material (concreto, en particular), marcando
así un declive en las prácticas antiguas de habitar los tejabanes, al
menos en las cercanías del centro de Monterrey (ver mapas 1 y 2).4
Esto no significó, sin embargo, la total desaparición de este
tipo vivienda. Por tal motivo, considero fundamental recuperar el
testimonio de otros partícipes, es decir, de aquellos que no transitaron
a casas de material y preservaron sus tejabanes. Para ello se eligió el
caso de la colonia Terminal, que en la actualidad se ha caracterizado
por ser un espacio que, aun y con la transformación urbana, mantiene
una comunidad activa que autogestiona la conmemoración de su
propio pasado relacionado con los tejabanes, a través de interacciones
sociales y actividades culturales bien definidas.5
COLEF, Reporte Barrio CONARTE. (Monterrey: CONARTE, 2019).
En COLEF, se menciona que esta colonia se conformó en un contexto
urbano importante por su cercanía al centro, a las principales industrias como
4
5

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El objetivo de este trabajo es analizar las circunstancias
que dieron pie a la formación y preservación de los tejabanes,
privilegiando fuentes orales para dar cuenta de una “identidad
en la que se entrega una visión propia”.6 El artículo se divide
en dos partes. En la primera, se presenta un panorama general
de la formación de colonias proletarias en el margen norte de la
ciudad —entre ellas la Terminal—, desde inicios del siglo XX
hasta 1970. En la segunda, se abordan las acciones de defensa en
pro del mantenimiento de los tejabanes como hogar, se exponen
los lazos comunitarios forjados en torno a ellos, y se muestra la
percepción de los habitantes sobre su pasado en estas viviendas.
Cabe mencionar que, lejos de ser un fenómeno local,
la autoconstrucción es un fenómeno que ha tenido una larga
historia en América Latina y que mantiene gran vigencia. Como
lo señalan investigadoras como Sandra Calvo, este tipo de
viviendas “erróneamente fueron llamadas ilegales e informales,
cuando en realidad eran la norma que sustentaba la vida de miles
de personas”.7 En este sentido, la relevancia de la investigación se
Vidriera Monterrey, Peñoles, ASARCO y a las estaciones del Ferrocarril Central Mexicano. Aunado a esto, la Terminal fue lotificada —en el marco de un
reordenamiento espacial urbano—, por empresarios y compañías importantes,
entre ellos Lorenzo Zambrano y la siderúrgica Fundidora de Monterrey.
6
Jorge E. Aceves, “Sobre los problemas y métodos de la historia oral”, en
La historia con micrófono: textos introductorios a la historia oral, ed. Graciela de Garay Arellano (México: Instituto Mora, 1994), 33–46.
7
Constanza Lambertucci, “‘Pagué hasta el último peso pero no me dieron
la escritura’: una obra de arte sobre construir y habitar fuera del mercado de
la vivienda en América Latina”, El País, el 4 de septiembre de 2021, https://
elpais.com/icon-design/2021-09-04/pague-hasta-el-ultimo-peso-pero-no-medieron-la-escritura-las-miserias-de-vivir-fuera-del-mercado-de-la-viviendaSillares, vol. 3, núm. 6, 2024, 143-178
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encuentra en que, a partir de las y los habitantes de estos espacios,
se intenta recrear el ambiente comunitario que se forjó en torno
a los tejabanes, que son recordados como hogares legítimos y
constituidos en contraste con la visión actual “de disgusto”
asociada “a la pobreza y carencias”.8 Por último, consideramos
que el tema es pertinente ya que desde la historiografía refuerza
la conexión entre historia y comunidad, debido a que concede un
carácter íntimo a los acontecimientos históricos y sociales.9
Mapa 1.
Mapa de las colonias en el margen norte de Monterrey

El espacio que ocupaban las colonias en el margen norte se delimitaba al
poniente por la avenida Alfonso Reyes, hasta la altura de la calle Manuel
Barragán, al oriente por la avenida Félix U. Gómez, y cerrando el rectángulo,
al sur, por la avenida Cristóbal Colón.
Fuente: Elaborado por G. Vázquez, COLEF, 2019.
en-america-latina-contadas-en-una-obra-de-arte.html.
8
Eduardo Guzmán, “El imaginario del barrio San Luisito” (Tesis de maestría, Monterrey, Universidad Autónoma de Nuevo León, 2012), 59.
9
Aceves, “Sobre los problemas y métodos de la historia oral”, 43.
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Mapa 2.
Mapa de los tejabanes que aún se conservan en la colonia
Terminal, 2019

Fuente: Elaboración propia en Microsoft BI, utilizando longitud y latitud de
Google Maps.

La formación de colonias en el margen norte del centro de
Monterrey, 1900-1970
Durante el siglo XX, según las fuentes oficiales de normativas
de la ciudad, los esfuerzos por erradicar viviendas “indignas” se
relacionaron con el crecimiento demográfico, la legislación y la
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extensión de la mancha urbana. Como se presenta en la Tabla
1, la injerencia de los reglamentos urbanos se fue extendiendo a
medida que creció el número de fábricas, habitantes y espacios
habitacionales. Así, el margen norte se convirtió en uno de los
principales destinos para familias de estratos sociales variados,
quienes, ante la dificultad de encontrar viviendas adecuadas,
se hacinaban en tejabanes alrededor de las fábricas como una
primera opción de vivienda.10
A partir de 1912, algunas fábricas y empresarios
inmobiliarios comenzaron el acondicionamiento de terrenos
que formalizaron la ubicación de colonias. Hacia el norte, por
ejemplo, Mariano Treviño construyó la colonia Hidalgo, y otros
casos fueron las colonias Estrella, Niño Artillero y General
Autores como Barragán, Guzmán, y Zavala, han propuesto un origen en el
estilo de estas casas de madera. Señalan que entre 1890 y 1930, los elementos
arquitectónicos que llegaron a través del ferrocarril le otorgaron a los tejabanes
un estatus diferente al de las casas de madera nativas y vernáculas, llamadas por los lugareños “jacales” Esto se debía al innovador uso de la lámina y
al tratamiento de la madera en aserraderos norteamericanos, que la convertía
en una casa autoconstruida con materiales procesados por la industria. Por
otra parte, consideramos que el término tejabán es complejo debido a que:
1) Barragán menciona que es un vocablo del noreste mexicano (regionalista) vinculado a procesos fronterizos, y porque 2) basándonos en Guzmán, a
lo largo de los años se ha venido distorsionando, cayendo en connotaciones
de estigma, pobreza y suciedad. Barragán, 100 años de vivienda en México;
Eduardo Guzmán, “El imaginario del barrio San Luisito” (Tesis de maestría,
Monterrey, Universidad Autónoma de Nuevo León, 2012), http://eprints.uanl.
mx/11069/; Juan Roberto Zavala, Diccionario biográfico de constructores de
Monterrey (Monterrey: CMIC, Delegación Nuevo León, 2003). Ver también
Andrés Montemayor, Historia de Monterrey, (Monterrey: Asociación de Editores Libreros de Monterrey, 1971), 343.
10

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Reyes. Al noreste, entre Cervecería Cuauhtémoc y la Fundición
no. 3 (ASARCO), se construyó la colonia Larralde. La Sarabia
se instaló en los terrenos de la Fundación de la Estrella, mientras
que ASARCO destinó su depósito de madera para formar su
propia colonia de obreros. Posteriormente, “a partir de 1928 se
inauguraron las colonias General Treviño, 15 de mayo, Terminal,
Moderna y Francisco I Madero”.11
En 1927, en el marco de la Ley de Planificación y
Construcciones Nuevas de la Ciudad de 1928, el director de obras
públicas otorgó los permisos correspondientes a la “Constructora
y colonizadora de Monterrey, S.A.” de Lorenzo Zambrano,12
para urbanizar y lotificar los terrenos de la comunidad Terminal,
por medio de la introducción de servicios, banquetas y tanques
sépticos. Según los archivos del municipio, en un principio
los terrenos debieron ser valuados en 0.5 centavos por metro
cuadrado. A pesar de que la zona estaba relativamente alejada del
centro de la ciudad, el lugar resultaba de provecho por estar cerca
de las principales fuentes de trabajo.13
César Salinas, “El anhelo de un hogar. El programa de vivienda de las
empresas del Grupo Industrial Monterrey”, en Libro de Oro de la Sociedad
Cuauhtémoc y Famosa (Monterrey: FAMOSA, 2018), 152.
12
Este empresario fue importante en los proyectos de modernización urbana
de la época: lotificó otras colonias en la ciudad como la residencial Mirador
(cerca del Obispado) y la Moderna. Además, formó parte del corporativo de
Cementos Mexicanos.
13
AHMM, Monterrey Contemporáneo, Actas de cabildo, vol. 999, exp. 1927
/046 diciembre 30, 1927. Al mismo tiempo que se realizaba este proyecto,
en el lado sur de la ciudad, la misma compañía construyó la colonia residen11

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Tabla I.
Antecedentes demográficos, legislativos y de extensión urbana en
Monterrey
Periodo

Población

Reglamento

Mancha urbana
En 1900 la periferia de la ciudad se extendió de la calle
Aramberri hasta Av. Fco. Madero y Colón. Hacia el noreste
Ley de planifica- se instalaron plantas industriación y construc- les y las colonias 15 de mayo
1920
98,305
ciones Nuevas de y la Moderna, mientras que al
la Ciudad (1928)
poniente se ubicaron las colonias Beldem, Armendáriz, y
Urdiales; todas ubicadas dentro del municipio de Monterrey.
Reglamento esta- Comenzó la formación de
tal de la ley mu- la Zona Metropolitana con
1950
339, 286
nicipal: Segunda la anexión del municipio de
Ley de urbaniza- Guadalupe y San Nicolás de
ción (1945)
los Garza
Plan Regulador de El área metropolitana de MonMonterrey y sus terrey se extendido a Apodaca,
1970
858, 107
municipios veci- Santa Catarina y General Esnos (1962)
cobedo
Fuente: Elaboración propia con base en Carlos Estuardo Aparicio Moreno,
María Estela Ortega Rubí, y Efrén Sandoval Hernández, “La segregación
socio-espacial en Monterrey a lo largo de su proceso de metropolización”,
Región y Sociedad XXIII, núm. 52 (2011): 173–207; INEGI, 1921; INEGI,
1970; y CDMT, s/f.

En 1929, al finalizar las actividades de construcción, dicha
compañía publicó en el periódico El Porvenir numerosos anuncios
cial Mirador, “para personas con sobrada capacidad económica y la Terminal
para quienes tenían menos recursos”. Zavala, Diccionario de constructores en
Monterrey, 348.
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publicitarios bajo el slogan “La colonia Terminal, la ventana por
donde se ventila Monterrey”, asegurando la prosperidad de las
fincas, la pavimentación de las calles y el equipamiento de todos
los servicios urbanos. Así, mientras el gobierno de Aaron Sáenz
mandó retirar todos los tejabanes que se ubicaban sobre la calzada
Francisco Madero (antes Unión), tan sólo dos cuadras al norte, la
colonia Terminal comenzó a poblarse a través de la compraventa
de lotes abiertos. En un principio, una característica importante
de esta colonia fue que, en comparación con los fraccionamientos
planificados por fábricas,14 la compra de lotes consistió en la
adquisición de un terreno a pagos mensuales en el cual las
familias autoconstruían sus viviendas según sus posibilidades.
Sin duda, esta característica fue importante, porque da cuenta de
la complejidad de clasificar a los tejabanes basándonos sólo en su
tipología constructiva.15
En los primeros años de operación (1910), Cervecería Cuauhtémoc acondicionó tejabanes para obreros. Sin embargo, ante la denuncia de condiciones insalubres, el sindicato impulsó proyectos habitacionales que estimularon
el ascenso social de ciertas familias, al trasladarlas de un tejabán a una casa
prefabricada. Posiblemente, esta movilización influyó en la formación de la
clase media, como fue en el caso de la colonia Hidalgo y Cuauhtémoc. (N. del
E.: Sobre esta última, ver por ejemplo Azucena Garza, Colonia Cuauhtémoc:
Vida cotidiana de una colonia obrera en Monterrey (1957-2020), (Monterrey:
Centro de Estudios Humanísticos, UANL, 2023), reseñado en este número de
Sillares por Isabel Araujo).
15
En el tiraje de los anuncios de venta en la Terminal se publicó la siguiente
lista: “Sección económica donde se admiten construcciones de madera: Sr.
Severo Stevis Talleres de los ferrocarrileros nacionales [..,] Sr. Lino Obregón
Talleres de los señores Salinas y Rocha Sr. Víctor Balboa Monterrey country
Club. Sr. E. Casas Propietario de pulquería Sr, Fernando Tijerina Propietario
14

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Sin embargo, y pese a lo establecido en la normativa y
a los anuncios de la compañía inmobiliaria de Zambrano, en
algunos casos la población de estas colonias se encontró con
proyectos inacabados y carentes de los servicios más vitales. Tal
era la necesidad de vivienda que, aunque los fraccionamientos no
estuvieran equipados, las familias se afincaban rápidamente con
tejabanes, mientras la mayor parte de los recursos se destinaba
a liquidar el financiamiento del terreno. Al respecto, Salinas
menciona que estas colonias, entre ellas la Terminal, “no eran
residenciales cómodas ni bien establecidas, y tenían que gestionar
constantemente la instalación de servicios básicos como luz
y agua, además de financiar junto con el gobierno municipal,
parques y mejoras”.16
Estas condiciones no impidieron que cinco años después
de haber concluido los trabajos en la colonia Terminal, en 1934,
Zambrano vendiera al municipio de Monterrey una parte de la
colonia con extensión de 48,468 metros cuadrados, con el objetivo
de construir viviendas prefabricadas de acero y cemento.17 Para
esto, el ayuntamiento pidió un crédito hipotecario de 100 mil
pesos y contrató a la Compañía Constructora Popular (empresa
de Fundidora Monterrey, una de las siderúrgicas más importantes
de Cantina Sr. Ignacio Bacaseguat y Sr, Pedro Luna Mecánico”. El Porvenir,
Monterrey, 25 de septiembre de 1928.
16
Salinas, “El anhelo de un hogar. El programa de vivienda de las empresas
del Grupo Industrial Monterrey”, 152.
17
Esta parte estaba ubicada al oriente cruzando la calle Félix U. Gómez,
detrás de la recién construida Escuela Industrial.
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de la ciudad). Al finalizar la obra en 1939, el municipio quedó con
una deuda de 120 mil pesos a favor de la Constructora Popular.18
Imagen 1
Anuncio publicitario de la colonia Terminal en El Porvenir, 1929

Fuente: Hemeroteca Digital de El Porvenir.

Ante problemas financieros, el ayuntamiento decidió ceder las 48
casas construidas a la Constructora Popular para pagar su deuda,
por lo que Fundidora se posicionó como dueña de una parte de la
colonia. Concretado el acuerdo, y en vista de que aún quedaba una
extensión de terreno, se pensó ofrecerlo a la empresa de muebles
Salinas y Rocha. Sin embargo, al final se vendió al empresario
AHMM, Monterrey contemporáneo, sección actas 12-09-1939, Colección
Actas de cabildo, vol. 999 expediente 1939/015.
18

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Ing. Esteban Rock, quien pagó más por el metro cuadrado. Según
se dijo, esa proposición resultaba “conveniente para los intereses
municipales, tomando en cuenta que son terrenos malos, pues
para la edificación necesitan cimentación especial”.19
Pese a que la Terminal fue lotificada por diversas
empresas y personalidades, desde sus inicios mantuvo un perfil
popular. Las diversas intervenciones no unificaron la instalación
de servicios, y en su lugar se introdujeron por iniciativa de los
propios habitantes hasta décadas posteriores, como veremos
más adelante. De esta forma, la colonia se pobló gradualmente
por vecinos que recurrieron a lotes para autoconstruir tejabanes,
mientras que otros se establecieron en casas prefabricadas.
En todo caso, la presencia de tejabanes sin duda
contrastaba con las aspiraciones de algunos sectores que veían en
Monterrey una gran capital industrial.20 A lo largo de las décadas
de 1930 y 1940, los tejabanes fueron objeto de críticas tanto
AHMM, Monterrey contemporáneo, sección actas 12-09-1939, Colección
Actas de cabildo, vol. 999 expediente 1939/015.
20
Si bien no estaban prohibidos, tal parece que se buscaba esconderlos. Al
respecto, sobre la construcción de tejabanes, en 1945 la Segunda Ley de Urbanización clasificó a las casas de madera como edificios tipo “D”, los cuales
solo podían edificarse en zonas industriales. A través de esta ley se estableció
que las viviendas debían de tener por lo menos dos ventanas amplias, una
puerta y árboles en las banquetas, además especificaban que “dentro de esta
clase habrá una subdivisión denominada E-1, a los que pertenecen los edificios de madera de una (1) o (2) dos piezas y de tipo provisional, solo pueden
levantarse únicamente una de estas construcciones en un lote de terreno que
no tenga otra construcción y que no dé frente a la calle”. Oscar Flores, Monterrey origen y destino. Tomo II: Monterrey, una ciudad industrial (1910-1980).
(Monterrey: Municipio de Monterrey, 2009), 295.
19

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en la prensa como en la opinión pública, ámbitos en los cuales
era común encontrar expresiones que aludían a estas viviendas
como “un horroroso adefesio para la presentación de la ciudad”.21
Igualmente, la construcción de nuevos edificios solía mostrarse
como oposición: durante la construcción del Hotel Genova, por
ejemplo, que se ubicaba en la avenida Madero en cruce con
Galeana, se indicó que se construía un “moderno edificio, en
donde anteriormente se levantaban sucios tejabanes”.22 Por otro
lado, en 1940, durante la construcción de la conexión de la calle
Guerrero-Carretera Nacional, el gobernador Bonifacio Salinas
(1939-1943) opinó “que se cambiara de lugar todos los tejabanes
de madera instalados en la calle, a fin de que no sean lunares entre
el embellecimiento que se esperaba llevar a cabo”.23
A partir de 1950, Monterrey entró en una segunda fase
de metropolización caracterizada por una expansión popular
y horizontal dispersa, en la que múltiples agentes urbanos
“accionaron para recuperar las áreas decadentes del primer cuadro
de la ciudad, enviando a sus pobladores a la periferia”.24 Como
Un tejabán a mitad de la calle”, El Porvenir, Monterrey, 3 de abril de
1948.
22
Se habla de utilizar la calle de Guerrero como eslabón de la carretera México-Laredo, El Porvenir, 3 de julio de 1940.
23
“
Monterrey cada día para recibir la corriente turística de los E.U.”, El Porvenir, Monterrey, 14 de noviembre de 1940.
24
Roberto García Ortega, “El área metropolitana de Monterrey (1930-1984):
Antecedentes y análisis de su problemática urbana”, en Monterrey: siete estudios contemporáneos, ed. Mario Cerutti (Monterrey: Facultad de Filosofía y
Letras, UANL, 1988), 104.
21

“

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en otras ciudades industriales, el espacio céntrico se convirtió
en la nueva veta capitalista, destinado para la instalación de
negocios y actividades políticas. En este tenor, algunos habitantes
recurrieron al amparo para defender la legitimidad de los tejabanes
y terrenos. Este amparo consistió en demostrar que el tejabán era
una vivienda familiar, que no obstruía el paso en alguna avenida
y que se encontraba en una colonia no urbanizada.25
Con una población de 858,107 habitantes, la normativa
y crecimiento demográfico siguieron modificando la forma
de habitar de la población regiomontana. De 1950 a 1970, la
concentración poblacional del municipio de Monterrey respecto
al resto del estado disminuyó del 86.4% al 63.3%.26 Además del
crecimiento demográfico en municipios aledaños, es posible que
dicha disminución se haya relacionado con la regeneración del
ambiente urbano, la ampliación de avenidas, la introducción de
servicios, y el cambio de zonas habitacionales por corredores
comerciales. Por mencionar un ejemplo, en 1972 se llevó a cabo
la ampliación de la calzada Madero, en la cual desaparecieron
numerosos hoteles y negocios. Por otro lado, a partir de 1970,
comenzaron a manifestarse los efectos del paracaidismo, así
como los movimientos masivos para obtener una vivienda, tales
como el Frente Popular Tierra y Libertad.
Retira el municipio un tejabán y al dueño lo ampara la Federación, dispone el juzgado de distrito se restituya el bien por considerarlo casa habitación”,
El Porvenir, Monterrey, 24 de abril de 1958.
26
Gustavo Garza, “La estructura socioespacial de Monterrey, 1970-1990”,
Estudios Demográficos y Urbanos 14, núm. 3 (42) (1999): 545–98.
25

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Como barrios históricos, las colonias Larralde, Obrerista,
Cantú, Treviño y Terminal siguieron desarrollando lazos
comunitarios particulares en medio de ambientes de inseguridad,
invasión de negocios, problemáticas de salud y cambio
generacional. Según el cronista López, el ambiente familiar
decayó en estas colonias cuando los negocios cercanos a la avenida
Colón y Francisco I. Madero fueron obligados a cambiar su giro
comercial, tras la apertura de clubs nocturnos y prostíbulos, que
en opinión de los vecinos se habían originado por el enorme flujo
de población masculina derivado del Programa Bracero.27
Otra situación importante ocurrió a finales de la década
de 1970, cuando la zona metropolitana se consolidó con cinco
municipios, integrándose por completo García, Santa Catarina y
General Escobedo. Según los datos oficiales de Garza, de toda la
población que habitaba en Monterrey en 1970, el 57.6% poseía
una vivienda con un solo dormitorio, el 64.7% con drenaje, y el
51.4% con un techo permanente.28 Estos datos, en particular el
último, nos indicaría que un alto porcentaje de las viviendas en la
ciudad coincidiría con las características de los tejabanes.
Gerardo López, “Barrio Nacional”, en Historia de nuestros barrios, ed.
Celso Garza (Monterrey: Gobierno del estado, 1985).
28
Gustavo Garza, “El proceso de metropolización de Monterrey / hay
que planear a largo plazo”, DemoS, núm. 007 (1994), 548. https://doi.
org/10.22201/%6634. En el documental “Tierra y Libertad” (1978), un participante declaró que Monterrey era un “engaño”: “No hay posibilidades de
adquirir una casa habitación decorosa”. D. Álvarez, “Tierra y Libertad”. Video
de YouTube publicado el 20 de enero 2020: https://www.youtube.com/watch?v=ExCbBcM-wX0.
27

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Con base en fuentes documentales, es posible inferir
que, ante la difusión en los medios de comunicación, no solo de
la prensa, sino de la televisión, se divulgó de forma masiva un
estigma de lo que implicaba vivir en un tejabán. Un claro ejemplo
de esta situación se documentó en el reportaje de la colonia “La
coyotera” (hoy Garza Nieto), en la cual, de nueva cuenta, los
tejabanes fueron vinculados a problemáticas sociales de “mala
fama” como la prostitución y drogadicción. En dicho reportaje, el
gobernador Alfonso Martínez Domínguez (1979-1985) expresó:
Representa un foco de vergüenza para la comunidad del
estado. El origen de La Coyotera está en […] que los señores
Garza Nieto primero alquilaban pedazos de tierra (6x10 o 6x6)
y la gente pagaba una renta y hacía allí su tejabán. Después se
fueron reduciendo los espacios para rentar y fueron espacios
de 3x4, mínimos, y se multiplicaron los tejabanes […] Llegó
un momento en el que estos arrendatarios se negaron a pagar
la renta reclamando servicios y atención. Este es el origen de
estas zonas. El gobierno ha estado impulsando el Programa
“Tierra Propia” […] para vender a [un] precio barato […] al
que los viejos y antiguos posesionarios puedan pagar […]
Estamos introduciendo algunos servicios […] Son fenómenos
dramáticos que se dan en las grandes concentraciones urbanas
como Monterrey y todas las ciudades, no sólo de México sino
del mundo […] Pero ahora estamos enérgicamente metiendo
la mano y vamos a reivindicar a toda el área metropolitana
que se encuentra en condiciones paupérrimas para que tengan
un mínimo decoroso de vida. La prostitución, el alcoholismo,
la drogadicción, que se concentran, se esconden o se
albergan generalmente en los medios de esta naturaleza va
desapareciendo, porque a medida que, por así decirlo, entra
la civilización, la gente adquiere conciencia de la ventaja de
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vivir mejor […] No son vicios o dramas que puedan resolverse
con acciones policiacas que reprimen, que sancionan. Esto
sería una aspirina, un parche. El problema de fondo es el de
crear un hábitat propicio para la vida decorosa y luego vigilar
que no se contamine esta vida decorosa, aunque sea modesta
[…]29

En suma, con una crisis de vivienda tanto en la zona metropolitana
como en las cercanías con el centro, los tejabanes siguieron
siendo el hogar de numerosas familias. La transición de los
tejabanes a casas de material ocurrió por factores como los planes
de desarrollo urbano de distintos gobiernos, la reestructuración
familiar, el cambio generacional y el crecimiento en la capacidad
adquisitiva.30 Aun así, en espacios como la colonia Terminal
estos cambios tuvieron otro ritmo. Ahí, como veremos en el
siguiente apartado a través de diversas entrevistas a profundidad,
la movilización de los vecinos y lazos comunitarios crearon un
sentido de arraigo que influyó en la permanencia de los tejabanes,
misma que se extiende incluso hasta hoy día.
Gilberto Marcos, “Reportaje de Gilberto Marcos para Foro en ‘La Coyotera’”, Vídeo de YouTube publicado en 2014: https://www.youtube.com/watch?v=BhBOa95nQmg&amp;t=770s
30
El proyecto de Barrio CONARTE consistió en una intervención cultural
que se realizó en las colonias Obrerista, Sarabia, Treviño y Terminal a través
de talleres, reuniones con vecinos, proyección de películas y elaboración de
murales. Los resultados del trabajo de campo se presentaron en la Casa de
la Cultura de Nuevo León, y posteriormente se publicaron en un informe en
el que se recopiló información histórica sobre el origen de las colonias, sus
festividades y viviendas, para la cual se consultó bibliografía y se recopilaron
testimonios orales de los vecinos con más antigüedad.
29

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Construcción y preservación de un espacio urbano: la
colonia Terminal a través de la memoria de sus habitantes
a)
Herencia y movilización
Como hemos visto, dentro de la colonia Terminal la venta de
terrenos y la autoconstrucción de tejabanes comenzó a finales de
la década de 1920. Estos espacios fueron valiosos para las familias
porque, a pesar de su perfil socioeconómico, pudieron comprar o
rentar terrenos a precios accesibles, en los que se les permitió
autoconstruir o montar sus casas de madera para instalarse.
Algunos testimonios tienen muy presente el momento en que sus
familias se instalaron en la colonia. Uno de sus habitantes, Óscar
Ortegón, recordó que su padre compró un terreno y construyó
un tejabán “a 50 pesos mensuales, […] en 1942”.31 Por su parte,
Angélica Sáenz señaló que sus padres llegaron de San Luis Potosí
“a unos tejabanes que están a un lado de las vías del ferrocarril
de la colonia Terminal, porque tenían ya la idea de que podían
salir a trabajar en el mismo centro”.32 Gloria Medellín, por
último, también expresó que su abuela se asentó en calidad de
posesionaria en “puro monte”, por la calle Platón Sánchez, donde
“hicieron su jacal y nacieron sus hijos”.33
Óscar Ortegón, entrevistado por Edurne García y Celeste Olguin, 21 de
octubre de 2021, audio, 01:38.
32
Angélica Sáenz, entrevistada por Celeste Olguin, y Crispin Alonso, 31 de
octubre de 2021, audio, 00:40.
33
Gloria Medellín, entrevistada por Celeste Olguin, 9 de noviembre de 2021,
audio 00:37.
31

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Como lo afirmó también esta última entrevistada,
aunque hacia las décadas 1960 y 1970 algunas familias habían
incrementado sus ingresos, éstas decidieron seguir habitando en
esos mismos espacios. Esto hizo que, con el tiempo, se fueran
desarrollando diferentes modalidades de residencia en tejabanes:
propietarios, posesionarios y arrendatarios. Los propietarios
se caracterizaron por tener un tejabán en un terreno fijo, por lo
que el cambio de materiales se dio a partir del ingreso paulatino
de recursos. Por otro lado, los posesionarios fueron dueños de
los tejabanes, pero no de los terrenos, por tanto, se movilizaron
constantemente a espacios disponibles para rentar. Es posible
que este tipo de tejabán arrendado se conservara por más tiempo,
debido a que era difícil encontrar un terreno a bajos precios
para fincar con material (cemento). Por último, los arrendatarios
residieron en pequeños cuartos de renta hechos de madera,
mismos que componían algunas vecindades como la ubicada en
una de las manzanas de la calle Héroes del 47, dentro de la cual se
compartía el patio, los lavadores, la regadera y el baño.
Estas modalidades dieron cuenta de que el espacio
comunitario se constituyó por la participación de escalas sociales
variadas, que en sus inicios habían compartido un estilo de
vivienda común. Sáenz, quien vivió en la vecindad entre 1976 y
1980, señaló:
Nosotros no completábamos a rentar ni siquiera un tejabán de
los que […] daban a la calle, eran más caros porque eran más
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grandes, […] tenían su puerta principal en la calle. Ya hacia el
fondo eran unos […] tejabancitos (sic), […] más económicos,
[…] a mi papá le rentaron un espacio […] muy pequeño. La
gente tenía buenos trabajos […] los que vivían en los [otros]
tejabanes, porque estaba Cristalería [Vidriera Monterrey], […]
Tenían una calidad de vida […] clase media baja y nosotros
una […] pobreza extrema […] Los tejabanes [de la vecindad]
prácticamente estaban cubiertos […] con plástico y periódico.34

Para los arrendatarios, los tejabanes fueron ideales debido a que
se les facilitaba movilizarse. Si por algún motivo necesitaban
dejar el terreno arrendado, se mudaban sin salir de la colonia.
Ortegón comenta que:
Podías tener tu tejabán, pero no ser dueño del piso, […] si
estaba un terreno solo, tú movías el tejabán y lo asentabas ahí,
y le pagabas renta de piso al dueño del terreno […] Allá a […]
mediados de los 50 pasaba una yunta de bueyes con dos rieles
atravesados en forma de equis, [y] una lanza muy larga, para
ir levantando los alambres [cables de electricidad], y subían el
tejabán allí a los rieles esos […] y [cobraban]. Pero y luego […]
a los bueyes los suplió un tractor.35

Este último caso lo ejemplificó otra de las entrevistadas, Medellín.
Ella relató que, cuando la dueña de la manzana, doña Rosaura,
aceptó venderles un pedazo de terreno en otro lugar, tuvieron que
mover su casa por “medio de un tractor que traía rieles”, y la
trasladaron “adonde estamos ahorita”.36
34
35
36

Sáenz (entrevista).
Ortegón (entrevista).
Medellín (entrevista).

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Por otro lado, pese a que la colonia fue lotificada,
también hubo presencia de posesionarios, que figuraron como
parte de un anexo que incrementó la delimitación territorial de
la comunidad. El parentesco sanguíneo unió varias casas para
un mejor alojamiento familiar, motivo por el cual las viviendas
se edificaron con patrones muy heterogéneos tanto en medidas
como en materiales.
Imagen 2
Foto de tejabán ubicado en la colonia Terminal, 2019

Fuente: Fotografía de la autora

La necesidad de regularizar la situación patrimonial de familias
que habitaban en tejabanes y la introducción de servicios urbanos
se debieron en gran parte a la movilización de los vecinos y a
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su participación en las Juntas de Mejoras. En el caso de la
Terminal, antes que los servicios urbanos, la primera tarea fue la
de regularizar la situación patrimonial de familias que habitaban
en tejabanes. Medellín recordó que entre 1955 y 1961, ella y
su abuela acudían a las reuniones, en las cuales se trataba “de
convencer a la dueña para que vendiera”, y que lo hiciera “a un
precio accesible” porque pedía mucho dinero de enganche; a
través de la junta, recuerda, “lograron que les dejara el terreno
con cien pesos, […] y los pagos eran (de) sesenta mensuales”.37
La resolución de estas situaciones no fue fácil, debido a
que en este proceso:
Las juntas [empezaban] a las ocho de la noche y a veces que
se alargaban hasta las doce o una de la mañana porque […]
no se ponían de acuerdo […] y había ocasiones en que […] se
calentaban los ánimos […], y ‘escóndete debajo de las bancas’,
porque […] ¡vuelan los palos! […] [Además] iban a Palacio
Federal a pedir audiencia, para que les ayudaran, hasta que
lograron que un gobernador, [fuera] intermediario para que
Doña Rosaura vendiera aquí los terrenos […] El que intervino
[…] [fue] […] Raúl Rangel Frías […], ya después la dueña
aceptó venderles, no precisamente donde estábamos nosotros,
sino a la vuelta de la cuadra donde estamos ahorita.38

Dentro de la colonia, la cantidad de posesionarios fue grande y
dispersa. Por el testimonio de Medellín se tiene conocimiento de
que en la calle Platón Sánchez estaba una parte, mientras que
37
38

Medellín (entrevista).
Medellín (entrevista).

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Ortegón comentó que el predio 16 de la colonia Terminal,39 que
estaba cerca de las vías de Vidriera Monterrey, se legalizó hasta
1985, y que por vía Tampico había una privada que le dicen
Bondojito, que también era de posesionarios”.40 En este proceso
conciliatorio los/las líderes vecinales y el clientelismo político
ejercieron un gran impacto, porque en algunos casos de ello
dependió la obtención de un terreno propio.41
Medellín expresó que su familia tenía preocupación por su
tejabán, debido a que escuchaban los casos de desalojo de otros
espacios. “Querían que les vendieran, o sea, no querían estar
viviendo de oquis [sic] […] pero no querían [venderles] y les
destruían las casas”.42 También se registraron otras incongruencias
por parte de los planes de regulación urbana y las empresas
inmobiliarias, porque la colonia creció sin parques recreativos, ni
mercados cercanos para abastecerse de alimentos.
Después de regularizar la vivienda, en 1960, los
propietarios y vecinos se movilizaron para introducir el drenaje
El predio 16 comprendía un gran polígono dentro de la colonia, el cual
partía de la avenida Colón hasta Zuazua a Manuel Doblado y de Doblado a
Jesús M Garza y de Zuazua a Dr. Coss por vía Tampico y por Dr. Coss a Jesús
M Garza.
40
Ortegón (entrevista).
41
Hilda Lara, entrevistada por Francisco Cortés y Celeste Olguin, 2021.
42
Medellín. Años más tarde, en 1970, surgiría el movimiento Tierra y Libertad, el cual dio otra interpretación a la figura del posesionario(a), admitiéndolo
con orgullo y expresando todas estas dificultades en un marco de injusticia
y explotación capitalista. Álvarez, “Tierra y Libertad”, video de YouTube
publicado el 20 de enero de 2020: https://www.youtube.com/watch?v=ExCbBcM-wX0.
39

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pluvial y pavimentación, lo que ocurrió hasta principios de
la siguiente década.43 Tal como se mencionó anteriormente,
en contraste con los anuncios publicitarios de la compañía de
Lorenzo Zambrano, la colonia era conocida como el barrio de la
Cañada Prieta porque “Cuando llovía […] pasaba el agua de lado
a lado […] y nos tirábamos, como si fuera un río, aunque fueran
aguas chocolatozas (sic) sucias, […] Por la escuela Primero de
Mayo, se juntaba una lagunita antes de que pavimentaran las
calles que vienen de sur a norte. Era un lodazal tremendo”.44
En cuanto al servicio de agua, cada calle o manzana contaba
con una sola toma, y a falta de drenaje pluvial, los excusados eran
de pozo. En estas condiciones, la junta promovió la introducción
gradual de la infraestructura urbana. Al respecto, Ortegón comentó:
“allá en una privada (Barragán) se puso el drenaje en cierto año”,
pero “no se generalizó la instalación, [sino que] fue por tramos”,
lo que en ocasiones dependía del trabajo de las lideresas.45 Por otra
parte, Palacios menciona que en ocasiones la Vidriera Monterrey
sirvió a la comunidad con tomas de agua cuando fallaba el servicio,
y lo mismo pasó con el sistema de alumbrado.46
Las calles pavimentadas eran las que corrían de norte a sur: Julián Villarreal, Álvaro Obregón y Héroes del 47. Mientras que las calles de Oriente
a Poniente eran de terracería. Los testimonios recolectados en el Reporte de
Barrio Conarte, 2019, confirmaron que fue hasta principios de los 70 cuando
pavimentaron por completo las calles.
44
Ortegón (entrevista).
45
Ortegón (entrevista).
46
Lylia Palacios, “Transformaciones en los usos de la calle en barrios de
origen obrero. El caso de la colonia Terminal”, en Monterrey a través de sus
43

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A falta de infraestructura urbana, los habitantes de la
Terminal encontraron la forma de adecuar sus tejabanes para
sobrevivir, y pese a las normativas y el estigma, éstos no se vieron
afectados por inspecciones ni por otro tipo de conflictos. Según
Ortegón: “en las colonias no se estableció esa regla” de destruir
tejabanes, y la prueba estaba en que “en cada manzana [hay] de
perdido un tejabán”.47
b)
Vínculos vecinales y el sentido de pertenencia
Además de la búsqueda de mejores condiciones de vida, que sin
duda contribuyó a la formación de fuertes vínculos vecinales,
los habitantes de la Terminal fomentaron otro tipo de soporte
mutuo y de convivencia generalizada. Las colonias se poblaron
de familias sanguíneas entre las cuales se afianzaron lazos
de apoyo, mismos que sirvieron para amortiguar carencias y
necesidades tales como el cuidado de los hijos/as, el alojamiento
para otros familiares, así como el suministro de recursos, comida,
dulces y juguetes. Entre la comunidad, los lazos se fortalecían
también tras el acompañamiento en el duelo y en la festividad,
eventos que muchas veces tenían como escenario principal los
tejabanes. Por lo que respecta a los duelos, uno de ellos mencionó
que “al ser gente pobre, [los muertos] se velaban en las casas.
Los vecinos guardaban el respeto bajando la música de radio y
calles. Una revisión desde las ciencias sociales, ed. Camilo Contreras (Monterrey: CONARTE, 2015).
47
Ortegón (entrevista).
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cooperando con comida o flores para el funeral”.48 En cuanto a
festividades, Lara mencionó que en bodas y fiestas de quince
años se invitaban a padrinos, que “los vecinos aportaban y [había]
mucha familiaridad”.49
Las fiestas colectivas estuvieron sin duda entre las
actividades que impulsaron la vinculación vecinal. En los
años 60, según recuerda una entrevistada, por la calle Héroes
del 47 y la calle Privada Quinta Avenida se tenía la costumbre
de celebrar Navidad realizando la pastorela y colocando un
Nacimiento, mientras que a los niños se les daba colaciones
(dulces) y pinole. En la fiesta de fin de año, por su parte, se
donaba mercancía, se realizaban rifas, tocadas de grupos de
rock y juegos de voleibol.50
La integración de propietarios, posesionarios y
arrendatarios en este tipo de celebraciones colectivas podría
verse como un indicio de que, dentro de la colonia, el estigma
social exterior no afectó la convivencia vecinal. Como hemos
observado a través de los testimonios, se evidencia una
participación incluyente en la festividad, el duelo y el juego
entre infantes, que contribuyó a una construcción identitaria en
torno a los tejabanes en el pleno centro industrial de Monterrey.
Esta construcción identitaria o sentido de pertenencia puede ser
también una manera de entender su permanencia, y el desarrollo
48
49
50

Ortegón (entrevista).
Lara (entrevista), 02:18.
Medellín (entrevista).

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de un hábitat comunitario que se aleja de los estigmas que la
rodean. En efecto, para algunos entrevistados habitar en un
tejabán “era de lo más natural”,51 lo que nos recuerda la frase
de Lefebvre respecto a que, al interior de una comunidad, las
prácticas se vuelven “naturales”, “comunes”, y escapan del
entendimiento de la lógica exterior.52
Si bien debe reconocerse que la persistencia de tejabanes
se debe sobre todo a la carencia de recursos económicos, también
es necesario mencionar que los tejabanes representaban ciertas
ventajas que pudieron contribuir a la creación de un fuerte
vínculo hacia ellos, como es el caso de la situación climática. En
una ciudad como Monterrey, con clima extremoso, el tejabán se
volvió también sinónimo de resguardo del frío y del calor. Uno de
sus habitantes, por ejemplo, dice tener “bien presente” la nevada
del 67, y recuerda que su padre hacía unas “tiritas” de periódico
para tapar las rendijas “para que no se chiflonara [sic] el aire
helado”. Por otro lado, el mismo entrevistado comenta que en
tiempos de calor se podía dormir con las puertas abiertas o sobre
banquetas para esperar el sereno. En su opinión, los tejabanes
incluso eran más frescos y térmicos que las casas de concreto, y
aunque el techo era de hierro, se ideaban aislantes con cubiertas
de palma para amortiguar el calor.53
A. Haros, entrevista realizada por E. Rangel, F. Cortes, y C. Olguín, 6 de
noviembre de 2021.
52
Henri Lefebvre, El derecho a la ciudad. (Madrid: Península, 1975), 42.
53
Ortegón (entrevista).
51

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Imagen 3
Angélica Sáez frente al tejabán de la vecindad donde vivió, 1978.

Fuente: Angelica Sáenz.

En general, las entrevistas realizadas dieron cuenta de que
generaciones de adultos/as que habitaron la colonia Terminal
después de 1950, y que hoy tienen entre 50 y 75 años, mantienen
en su memoria vivencias que se desarrollaron en torno a la
construcción y preservación de sus tejabanes. “[Tengo] grandes
recuerdos, carencias posiblemente ¡pero no las sentíamos!”.54
“Para nosotros [fue] una cosa muy natural, es pobreza, es humildad
54

Ortegón (entrevista).

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y todo eso nos ha gustado […] todos esos recuerdos, nunca me
dan a mí […] vergüenza, […] a mí me da mucho gusto”.55 Otro
testimonio menciona: “Recuerdos muy bonitos, nos salíamos
la güercada [sic]. [Mi] niñez […] fue muy bonita, con muchas
penurias, pero fue muy bonita”.56 También es posible que estos
testimonios den cuenta de la concepción de que la colonia fue un
espacio relativamente seguro para habitar en un tejabán.
En algunos casos, tal era la costumbre y arraigo, que
algunas personas no quisieron abandonar sus tejabanes. Así lo
expresó la señora Gloria, quien recordó que su madre y abuela
no cambiaron su tejaban a pesar de que ya tenían otra casa de
material. Lo mismo comentó Sáenz, quien sí experimentó el
cambio:
Aun en mi pobreza en el centro, yo sabía que había pavimento,
luz, agua, gas y […] [me movieron de] Félix U. Gómez hasta
llegar a Diego de Berlanga, acá a San Nicolás […] Me llevaron
a un mundo que no me gustó […] porque ya era la casa y era
estar sola […] [Experimenté] soledad, […] disgusto, […] enojo,
muchos sentimientos bien encontrados. Aun y que mis papás
llevaban un pensamiento de que ‘allá ya va a ser de nosotros,
ahí vamos a construir’. En cuanto a lo emocional y lo social, fue
[…] un cambio muy drástico. Pues acá ya no había vecinitos…
[…] era sal y [conoce] amigos, […] al vecino, experimenta ir
a tocar la puerta, tratar tantas cosas que yo las daba por hechas.
Entonces, pues fue un cambio muy difícil, muy difícil.57
55
56
57

Haros (entrevista).
Medellín (entrevista).
Sáenz (entrevista).

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Como podemos apreciar, en algunas ocasiones los testimonios
tienden a minimizar las carencias materiales, y en su lugar
enfatizan los lazos sociales que se forjaron en torno a los
tejabanes. Como concluye la misma Sáenz, “para mí vivir en
un tejaban significó muchísimo […] yo de ahí aprendí lo que
es la convivencia, a socializar, a no perder esperanza, a buscar
oportunidades […] porque aun con la carencia, yo aprendí […] a
vivir en comunidad”.58
Conclusiones
Las colonias ubicadas en el margen norte del centro de Monterrey
se desarrollaron en un marco de crecimiento urbano y de necesidad
de vivienda. Ante esta situación, numerosas familias ocuparon
los terrenos de la colonia Terminal sin que estos estuvieran
propiamente acondicionados, a partir de la autoconstrucción de
viviendas propias, comúnmente conocidas como “tejabanes”.
Éstos se multiplicaron a través de diversas modalidades de
tenencia, ya que sus habitantes eran tanto propietarios, como
posesionarios o arrendatarios. Sin embargo, la mayoría participó
en movilizaciones sociales para buscar mejores condiciones de
vida, en vinculaciones vecinales y en otras formas de interacción
social que tenían como punto en común el habitar en un tejabán.
Sáenz (entrevista). Véase también la imagen 3: Una foto que nos compartió Saénz, una participante de la investigación que mostró un gran ánimo de
cooperación, y que expresó su ánimo por el reconocimiento de los tejabanes al
recordar su niñez con emotividad.
58

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Por último, es importante mencionar que también se
desarrolló una valorización personal de los tejabanes entre los
habitantes de estas colonias. Entre las calles más estrechas de la
capital industrial de Nuevo León, sus vivencias promovieron un
pasado comunitario que tiene su punto de partida en su inicio
como familias trabajadoras. Compartieron la carencia de servicios
básicos y se apoyaron en procesos de mejora que han contribuido
a que su población conciba lazos comunitarios más profundos y
cercanos. Por tal motivo, consideramos que el tejabán tiene una
historia no solo como objeto, sino como un referente tangible a
través del cual se puede generar un acercamiento a la historia de
esos seres humanos que fueron vecinos del “progreso industrial”
en la ciudad de Monterrey.
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Lefebvre, Henri. El derecho a la ciudad. Madrid: Península, 1975.
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Sillares, vol. 3, núm. 6, 2024, 143-178
DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-26

177

�Tejabanes en Monterrey

Zavala, Juan Roberto. Diccionario biográfico de constructores de
Monterrey. Monterrey: CMIC, Delegación Nuevo León,
2003.
Fuentes orales
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Sillares, vol. 3, núm. 6, 2024, 143-178
DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-26

178

�Sillares

Revista de Estudios Históricos
http://sillares.uanl.mx/

Azucena Garza. Colonia Cuauhtémoc. Vida
cotidiana de una colonia obrera en Monterrey
(1957-2020)
María Isabel Araujo Alvarado
orcid.org/0000-0002-8416-9625
Archivo Municipal de San Pedro Garza García
San Pedro Garza García, México
Recibido: 25 de octubre de 2023
Aceptado: 14 de noviembre de 2023

Editor: Reynaldo de los Reyes Patiño. Universidad Autónoma de Nuevo
León, Centro de Estudios Humanísticos, Monterrey, Nuevo León, México.
Copyright: © 2024, Araujo Alvarado, María Isabel . This is an open-access article distributed under the terms of Creative Commons Attribution
License [CC BY 4.0], which permits unrestricted use, distribution, and
reproduction in any medium, provided the original author and source are
credited.

DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-122
Email: isabel.araujoal@outlook.com

�Azucena Garza. Colonia Cuauhtémoc. Vida cotidiana
de una colonia obrera en Monterrey (1957-2020).
Colección NortEstudios, no. 12. Monterrey: Centro de
Estudios Humanísticos, UANL, 2023, 186 pp.
ISBN 978-607-27-1991-0.
https://libros.uanl.mx/index.php/u/catalog/book/135
Recibido: 25 de octubre de 2023
Aceptado: 14 de noviembre de 2023

A través de este libro, resultado de una tesis de licenciatura que
obtuvo una mención honorífica en el Premio Nacional Luis
González y González, Azucena Garza nos da un recorrido por
la colonia Obrera de Monterrey, inaugurada en 1957 con la
intención de satisfacer las necesidades básicas de los trabajadores
de la Cervecería Cuauhtémoc. Por medio de testimonios orales —
principalmente de mujeres, que se convirtieron de alguna manera
en las impulsoras del habitar de la colonia—, la autora nos acerca
a la vida cotidiana de esos espacios y devela los sentimientos de
nostalgia y amor, en recuerdo de aquellos años de tranquilidad y
comunión, pero también de recelo ante el cambio y el desequilibrio
de su lugar seguro.
En el primer capítulo, Azucena nos muestra su propuesta
metodológica, retomando la microhistoria y la historia oral. Señala
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�Reseñas

también algunas desventajas de ésta, y el difícil papel que juega
quien investiga al tener que descartar ciertos testimonios orales,
ya que se enfrenta a los sentimientos y sesgos de las personas. Así
mismo, retoma puntos sobre la historia de bronce nuevoleonesa,
que enfatiza cómo los empresarios dieron paso al “progreso”,
mencionando en particular el caso Cervecería Cuauhtémoc,
fundada en 1890, con una historia que gira en torno a nombres
como José Calderón Penilla, Isaac Garza, José A. Muguerza, y
posteriormente José María Schneider.
En el siguiente capítulo, “Imagen de la Cuauhtémoc”, la
autora nos muestra un panorama complejo en donde las personas
rechazaban la idea de comprar una casa en la colonia fundada por
la empresa. Aunque el proyecto parecía prometedor, la lejanía de
las fábricas y un entorno rural provocaron la reticencia de los
trabajadores. Fueron sobre todo sus esposas, señala Garza, quienes
convencieron a sus maridos de aceptar las nuevas viviendas. Para
ellos, además, existía cierto temor de que la mudanza trajera
cambios en las dinámicas sociales y familiares. En uno de los
testimonios, por ejemplo, la entrevistada hace mención de que
su papá tenía miedo de “verse incompetente” al afrontar la nueva
distribución de las casas-habitación; considera que, de alguna
forma, implicaba que el “jefe de familia” perdiera control, pues
los nuevos espacios —una separación formal de la cocina, la sala
o las habitaciones— daban pie a una vida más privada al interior
del hogar.
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�Reseñas

Otro punto interesante que se menciona dentro del capítulo
es la poca percepción social sobre la desigualdad. Por supuesto,
había detalles que diferenciaban a unos habitantes de otros, como
las formas de caminar en pareja: mientras que un supervisor de
Cervecería y su esposa se dirigían a la iglesia tomados de la mano,
otras parejas iban uno delante del otro, él adelante y ella atrás,
cargando una red para llevar la fruta. Sin embargo, en general
casi todos recibían el mismo trato, recurrían a los mismos lugares
y sus hijos a los mismos colegios (aunque, eso sí, las casas sí
estaban distribuidas de manera diferente).
Dentro del capítulo “Las puertas cerradas”, la autora nos
habla de la colonia y las formas de ver lo que sucedía fuera de ésta.
Busca la relación entre la historia local y la nacional, y a partir
de ello nos habla de cómo los habitantes se encontraban dentro
de su propia burbuja, sumado a que los medios de comunicación
generaban prejuicios que iban adoptando los vecinos. Esto
quedó de manifiesto, por ejemplo, con el caso del movimiento
estudiantil y la lucha por la autonomía universitaria de la entonces
Universidad de Nuevo León. Durante esos mismos años tuvieron
lugar acontecimientos como la fundación de colonias como
Tierra y Libertad, o sucesos violentos como el “Halconazo”.
Garza menciona que a pesar de que hubo miedo, éste fue fugaz y
no afectó su visión de vida ideal dentro de la colonia; los vecinos
sentían que vivían en un ambiente de tranquilidad. Mucho de
esto tenía que ver con que estaban más “apegados” a los sucesos
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locales o relacionados con la empresa, ya que leían las revistas
publicadas por la misma. Esto propició la relevancia de ciertos
discursos, como el enaltecimiento de la figura de Eugenio Garza
Sada, el “culto al emprendedor”, así como todo lo que implicó su
muerte en 1973.
En el capítulo, “Buenas vecinas (2010-2020)”, la autora
nos adentra en los cambios ocurridos en los años más recientes.
Nos remite a los problemas de seguridad y de control que se
dieron de manera generalizada en el país; en el contexto de la
colonia, menciona el asesinato del dueño de uno de los primeros
restaurantes del lugar, y la restricción de ciertos espacios como
los centros recreativos. Todo eso provocó el sentimiento de que
ya nada era como antes, de que la tranquilidad de la que siempre
hablaban los vecinos se empezaba a desvanecer, convirtiéndose en
miedo e inseguridad, y dando paso también a la creación de redes
de apoyo y comunicación virtual con el fin de evitar robos, asaltos,
etc. En esta historia, el papel de la iglesia —principalmente de las
Misioneras Clarisas— también fue muy importante para tratar de
mantener vivos los lazos de la comunidad, pues se fomentaban
actividades para involucrar a las familias.
Por otra parte, el discurso de valores y cultura que se había
arraigado en la colonia dio paso a la formación de prejuicios hacia
las personas ajenas a las primeras generaciones de habitantes. Esto
llevó a que, de alguna manera, los vecinos se sintieran amenazados
con los recién llegados, y vieran al “otro” como malo, como si todo
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aquel que no fuera de Cervecería Cuauhtémoc o de Hylsa fuera
un extraño, o como si se tratara de personas que no contaban con
los mismos valores y educación. Esto causó, naturalmente, que
las personas “externas” o recién llegadas (trabajadores de otras
empresas, albañiles, etc.) se sintieran incómodas ante las miradas
de los viejos habitantes. Conforme avanzó el tiempo, también
surgieron otros prejuicios: que la mujer trabajara era mal visto,
pues hacía ver al hombre como un “mantenido”, y la llevaba a
la búsqueda de otras formas de ganar dinero (venta de comida,
costuras, lavado de ropa) para evitar la crítica.
Por último, el testimonio de la autora sobre la muerte de
su abuela y la de otros vecinos, o la forma en que los mismos se
mantenían al tanto de su salud por las rutinas marcadas/conocidas
que seguían, da pie para reflexionar sobre cómo va envejeciendo
la colonia. Se abordan temas bastante interesantes como la soledad
por falta de compañeros de vida, las amistades y los procesos de
cuidados por enfermedad o el acompañamiento entre mujeres. En
el cierre, la autora ofrece unas reflexiones finales donde apunta
que el fin de la colonia “ha sido lento, ambiguo y complejo” (p.
177). A explorarlo ayuda la fusión de su propio testimonio como
parte de la comunidad con el de los demás vecinos, además de
que la cercanía pudo contribuir a que las entrevistas resultaran
más abiertas y en un entorno de confianza. Sin embargo, como
señala la misma autora, no es difícil suponer que los testimonios
busquen preservar los buenos recuerdos, y que los abusos o las
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malas historias se omitan, fomentando visiones románticas y
enaltecedoras.
Colonia Cuauhtémoc. Vida cotidiana de una colonia
obrera en Monterrey (1957-2020) trata de ir más allá y complejizar
ese relato. El libro de Azucena Garza tiene la virtud de acercarnos
a la colonia y acompañarnos en el camino de su investigación,
lo que resulta muy valioso sobre todo porque retoma aspectos
que tienen que ver con el sentir de los habitantes ante diversas
situaciones de la vida cotidiana, mismos que suelen omitirse en
otras historias y que considero representan uno de los grandes
aportes de este libro.
María Isabel Araujo Alvarado
Archivo Municipal de San Pedro Garza García
San Pedro Garza García, México
orcid.org/0000-0002-8416-9625

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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-122

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Revista de Estudios Históricos
http://sillares.uanl.mx/

Carmen Ramírez Domínguez, Óscar Flores
Solano y José Antonio Ruíz Jarquín (Dir.).
Esperanza, las vendedoras del tren
Daniela Giacomina Quintanilla Merino
orcid.org/0009-0008-9803-7384
Universidad Autónoma de Nuevo León
Monterrey, México
Recibido: 25 de octubre de 2023
Aceptado: 14 de noviembre de 2023

Editor: Reynaldo de los Reyes Patiño. Universidad Autónoma de Nuevo
León, Centro de Estudios Humanísticos, Monterrey, Nuevo León, México.
Copyright: © 2024, Daniela Giacomina Quintanilla Merino. This is an
open-access article distributed under the terms of Creative Commons Attribution License [CC BY 4.0], which permits unrestricted use, distribution, and reproduction in any medium, provided the original author and
source are credited.

DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-120
Email: daniela.quintanillam@uanl.edu.mx

�Carmen Ramírez Domínguez, Óscar Flores Solano
y José Antonio Ruíz Jarquín (Dir.). Esperanza, las
vendedoras del tren. México: OCIBE, PACMyC &amp;
Mediátika producciones, 2021.
1 h. 09 m.
Recibido: 20 de octubre de 2023
Aceptado: 27 de noviembre de 2023

“Esperanza” es el nombre de una de las estaciones ferroviarias
establecidas en Puebla a finales del siglo XIX. También es
el nombre del pueblo que se fundó en su lugar cincuenta años
después a causa de la animada actividad que se generó en torno
al paso del tren. Esperanza, las vendedoras del tren (2021), es un
filme documental mexicano dirigido por Carmen Ramírez, José
Antonio Ruiz y Óscar Flores; un espacio audiovisual de 69 minutos
dedicado a la memoria de las vendedoras de Esperanza, un grupo
de mujeres incansables que hoy son patrimonio intangible de la
cultura ferrocarrilera en México.
La cámara sigue a las vendedoras que mantienen viva la
Esperanza aún tres décadas después de que la ruta El Mexicano
fuera inhabilitada y el tren dejara de hacer sus paradas usuales.
La memoria es la protagonista de esta historia, porque se
hila alrededor de las entrevistas que ofrecen los habitantes del
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pueblo, segundas y terceras generaciones de quienes fundaron
originalmente el municipio al separarse legalmente de sus vecinos
en Atzitzintla. Así, partiendo de distintas perspectivas, se conjuga
el panorama cultural de Esperanza en los días del tren.
No es noticia que las oportunidades en México están
terriblemente mal distribuidas. Las personas que viven alejadas
de los centros urbanos, en comunidades rurales, no dejan de
solventar sus necesidades cuando la pobre infraestructura de sus
contextos les impone trabas para hacerlo, sólo encuentran formas
de subsistir por cuenta propia; para las mujeres de Esperanza,
el tren fue la respuesta. Encontraron en él un medio accesible
y constante para el desarrollo de una actividad económica:
vendiendo comidas y bebidas típicas que ellas preparaban a
los pasajeros del tren, lograron sustentar a sus hermanos, hijos,
padres y madres, y generar aunadamente una economía estable
en su comunidad. En torno al pasaje del tren se construyó una
estación, algunos restaurantes, edificios de gobierno, tiendas de
suministros… pero más importante: una identidad.
Esta identidad otorgada por la acción colectiva que supuso
trabajar con lo que respectaba al tren envuelve diferentes aspectos
de la vida del habitante de Esperanza, ayer y hoy. Hay roles, por
supuesto; además de las vendedoras y sus familias, estaban los
conductores, los garroteros, los maquinistas, los empleados del
tren, los encargados de la estación, los inmigrantes propietarios
de negocios, el personal del restaurante, los comerciantes, los
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vendedores de suministros, y hasta los pasajeros del tren. Cada uno
de estos roles representaba los diferentes contextos de Esperanza,
donde aún era posible distinguir entre sí las particularidades de
los miembros de cada grupo.
La ruta del tren visibilizaba las costumbres locales.
La estación de Esperanza era un punto de convergencia con la
otredad. En ella, distintos grupos y clases sociales interactuaban
en lo cotidiano: los símbolos abundaban en cantidad y distinción
destacando como estandartes las identidades de sus portadores,
claros y reconocibles. La diferencia iniciaba desde las canastas,
con sus servilletas tejidas a mano, la sazón de su contenido, la
mujer que la cargaba, el lugar desde el cual se le permitía vender.
Tampoco era lo mismo viajar en un vagón de segunda que en
uno de primera clase, comprar comida a las vendedoras o en
algún restaurante; ni sentirse con la libertad, desde la cabina del
maquinista, de elegir entre las mujeres las que podían subir a
vender al tren y las que no.
Unidas por todo lo que compartían, pero únicas a su
manera, cada una aportaba significados valiosos al contexto
cultural de su comunidad, enriquecido por su calidez, esfuerzo y
resiliencia. Sin embargo, las vendedoras de Esperanza enfrentaron
terribles dificultades impuestas por la naturaleza, sus familias,
la sociedad y políticos locales, sometiéndose a programas
ineptos del gobierno (como siempre imprudente), caminatas de
kilómetros a pie descalzo, abundantes lluvias, heladas, un intento
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de uniformarlas, además de las ineludibles críticas y burlas;
que, como ellas, se levantaban todos los días con el sol y no se
detenían, tal como pasan las horas del día. Hasta que, de pronto,
el tren comenzó a desviarse, y después a no pasar para nada. De la
noche a la mañana se derrumbó la tradición; dejaron de pasar los
trenes, dejaron de pasar las vendedoras y la Esperanza se perdió.
Cuando comenzó la construcción de una nueva línea que
bajaba por Acultzingo, en el nuevo trazo del Nazareno, a nadie
en Esperanza le importó lo que sucedería con las vendedoras.
Ellas, como siempre, siguieron al tren y mudaron su actividad
a la estación más cercana que todavía recibiera pasajeros. Fue
un periodo muy difícil. El pueblo se apagó por completo en un
instante; entonces fue palpable el vacío que dejaron el tren y las
vendedoras en Esperanza.
Un sector que, como corazón, mantenía viva la comunidad,
se vio obligado a desplazarse y abandonar la costumbre, sin
oportunidad de hacer una transición a una nueva con la capacidad
de sustituir lo que ofrecía la anterior. Todo Esperanza padeció su
ausencia. Es así que un nuevo capítulo en la identidad del pueblo
y sus habitantes debe inaugurarse: sin tren, sin pasajeros, sin
calles concurridas inundadas de colores, olores y sabores; pero
con los vestigios de una rica historia que permea su esencia y
trasciende a través de su memoria. En su pasado se encuentra
el valioso patrimonio que les destaca y otorga terreno fértil para
fortalecer los lazos en la comunidad hacia el futuro.
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Ahora que sólo quedan recuerdos, los habitantes de
Esperanza se dedican a celebrar la identidad de las vendedoras en
el pueblo, traduciendo su experiencia en el presente y celebrando
su pasado. Hacen representaciones históricas en las que suena un
silbato de tren que no está ahí y ellas salen a vender sus antojitos
como hacían antes, entre aplausos y sonrisas. De esta forma se
recupera el patrimonio intangible que dejó el tren: narrando el
pasado a través de la experiencia vivida por las vendedoras. La
identidad construida en base a lo que ellas representaban dotó de
unidad a su comunidad porque supieron traducir los elementos de
su entorno en herramientas para la superación. El rescate que se
hace hoy en Esperanza conmemora a aquellas grandes mujeres.
Daniela Giacomina Quintanilla Merino
Universidad Autónoma de Nuevo León
Monterrey, México
orcid.org/0009-0008-9803-7384

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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-120

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Revista de Estudios Históricos
http://sillares.uanl.mx/

Silvia Federici. El patriarcado del salario.
Críticas feministas al marxismo
Allerim Callejas Guarneros
orcid.org/0009-0008-1029-7828
Universidad Autónoma de Nuevo León
Monterrey, México
Recibido: 16 de octubre de 2023
Aceptado: 26 de octubre de 2023

Editor: Reynaldo de los Reyes Patiño. Universidad Autónoma de Nuevo
León, Centro de Estudios Humanísticos, Monterrey, Nuevo León, México.
Copyright: © 2024, Allerim Callejas Guarneros . This is an open-access article distributed under the terms of Creative Commons Attribution License
[CC BY 4.0], which permits unrestricted use, distribution, and reproduction in any medium, provided the original author and source are credited.

DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-119
Email: allerimcg@gmail.com

�Silvia Federici. El patriarcado del salario. Críticas feministas al
marxismo. Madrid: Traficantes de Sueños, 2018, 121 pp.
ISBN: 978-84-948068-3-4
https://traficantes.net/libros/el-patriarcado-del-salario
Recibido: 16 de octubre de 2023
Aceptado: 26 de octubre de 2023

La innegable influencia del capitalismo sobre las problemáticas
a las que se enfrentan los movimientos sociales existentes ha
provocado el surgimiento de distintas corrientes dentro de cada
uno de éstos. Para el feminismo, la corriente marxista ha puesto
sobre la mesa una lucha por la libertad basada en la crítica al
sistema capitalista, tomando como punto de partida las ideas
que Karl Marx proponía en El Capital. Sin embargo, aun siendo
la fuente principal de esta rama, las feministas marxistas están
conscientes de que la obra de Marx no está en sí misma enfocada
en la mujer y la opresión que sufre en su entorno, lo que las ha
llevado a criticar también su perspectiva patriarcal.
En El patriarcado del salario. Críticas feministas al
marxismo (2018) Silvia Federici, una de las activistas feministas
más influyentes de la época, presenta un análisis crítico de la
teoría marxista, concentrándose en la nula consideración que
Marx tiene hacia la labor reproductiva de la mujer y la importancia
que ésta tiene para la producción del capital. Esta recopilación
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de cuatro ensayos aborda los diferentes aspectos que la autora
cree necesarios para que el feminismo marxista, e incluso el resto
de los movimientos socialistas, puedan fortalecerse y lograr un
verdadero cambio.
En su primer ensayo, “Contraatacando desde la cocina”,
Federici reprueba cómo la izquierda ha ido desplazando a las
personas no asalariadas del movimiento socialista. En específico,
señala que, al no ser considerada parte de la clase obrera,
cualquier trabajo no asalariado que realiza la mujer ama de casa
se ve reducido a un mero acto de amor, un aspecto natural de su
género. Esto quiere decir que la mujer no es merecedora de un
lugar dentro de la lucha por mejores condiciones hasta que no sea
parte activa del capitalismo.
Empero, Silvia Federici no duda en esclarecer uno de los
hechos más relevantes presentados en su libro:
Porque tan pronto como levantamos la mirada de los calcetines
que remendamos y de las comidas que preparamos, observamos
que, aunque no se traduce en un salario para nosotras,
producimos ni más ni menos que el producto más precioso que
puede aparecer en el mercado capitalista: la fuerza de trabajo
(p. 30).

Es a partir de aquí donde la idea que defiende Federici cobra
fuerza, pues es quizá el momento en el que las lectoras pueden
comenzar a verse reflejadas y por fin entender en su totalidad
lo que trata de decir: la mujer en el sistema capitalista está tan
involucrada que, en pocas palabras, éste depende completamente
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�Reseñas

de ella. Por supuesto, no recibe remuneración alguna por cargar
en brazos, por poner un plato de comida caliente en la mesa, por
criar de manera correcta, por asegurarse de que los actuales y
futuros miembros del capitalismo se mantengan dentro del mismo
sin inconvenientes desde la supuesta comodidad que representa
el hogar. Según la autora, reconocer a través de un salario la
importancia de las mujeres en el funcionamiento del capitalismo
no sólo las colocaría en una posición digna, sino que les permitiría
dar un gran paso hacia el objetivo final del feminismo de ser
individuos sin precio dentro o fuera de las fábricas.
El segundo ensayo, “El capital y el género”, toma un
rumbo mucho más teórico, aunque tiene tanta relevancia como
el resto de los ensayos para comprender la crítica que hace
Federici al marxismo. Durante la primera parte de este capítulo
la activista se dedica a presentar todas las ideas de Marx en las
que de alguna u otra manera la mujer se ve involucrada, incluso
si sólo es superficialmente. También incluye en sus comentarios
aquellas partes de El Capital en donde ella cree que hubiese sido
pertinente que Marx considerara a la mujer más allá de su papel
de madre o esposa, sin olvidar el contexto histórico en el que se
encontraba.
Si bien en la primera parte se muestran conceptos básicos
para el entendimiento del movimiento socialista, es en la segunda
sección donde se encuentra tanto la idea principal del ensayo
como la idea principal del feminismo marxista. Para Federici y el
resto de las feministas pertenecientes a esta corriente, encontrarse
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con la falta de consideración que Marx tiene para con las mujeres
no representa un obstáculo. Más bien, son capaces de adueñarse
de la idea y mejorarla luego de establecer el rol vital que ellas
tienen para mantener en pie al capitalismo. Tomando como
argumento principal la importancia que otorga Marx a la creación
de los productores de capital (en otras palabras, la reproducción
humana), las feministas convierten su teoría en un escalón más
para alcanzar su libertad dentro del sistema capitalista.
“La construcción del ama de casa a tiempo completo”,
el tercer ensayo de este libro, retoma en un inicio mucha de la
información planteada en el ensayo anterior, aunque ya no de
manera tan profunda. Así mismo, habla acerca de la división que el
capitalismo ha creado entre la clase obrera y la mujer y, aún peor,
entre la mujer ama de casa y la mujer prostituta. La exploración
que hace Federici sobre cuál es el factor que diferencia a ambas
y por qué esto las hace merecedoras o no de los derechos que el
resto goza es, probablemente, lo que vuelve este ensayo el más
interesante de los cuatro.
Este análisis es de suma importancia ya que en la
segmentación de las mujeres radica uno de los medios más
destructivos que tiene el capitalismo para dañar a nuestra sociedad
y demeritar el valor que tienen dentro del sistema. Porque, como
dice la autora, “la respetabilidad se convierte en la compensación
por el trabajo no remunerado y la dependencia del hombre”, por
lo que la mujer prefiere ser esclava del capitalismo antes que
dejar ser merecedora de respeto (p. 79). De esta manera, Federici
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�Reseñas

se asegura de quitar la venda de los ojos de las lectoras y les hace
ver que no sólo están en una lucha permanente contra el sistema,
sino también contra ellas mismas, lo que termina por debilitar aún
más a la mujer como conjunto y la retrasa en su camino hacia la
libertad.
Finalmente, en Marx, el feminismo y la construcción de
los comunes, la activista habla acerca de todo aquello dentro de
la teoría marxista que puede y debe redireccionarse para ser de
ayuda al movimiento feminista. A pesar de que una vez más se
retoman conceptos planteados en ensayos anteriores, este cuarto
ensayo involucra efectivamente la teoría ecofeminista para
fortificar la crítica hacia Marx, quien creía necesaria la existencia
del capitalismo para después lograr una liberación de la clase
trabajadora, esto considerando que sólo bajo el sistema capitalista
se podrían generar las condiciones que llevan a una vida productiva
y con todas las necesidades cubiertas. El argumento más relevante
de esta colaboración teórica podría ser que el capitalismo, aun
cuando vuelve más productivos a los trabajadores, destruye el
entorno y vuelve más difícil la tarea de la mujer de producir y
mantener aptos a los trabajadores que tanto necesita el sistema.
Es entonces que Federici invita al movimiento socialista
a alejarse un poco de las ideas de Marx que, al ser anticuadas
para el contexto social y político de la época, fallan en considerar
factores como las luchas sociales de las últimas décadas, las
nuevas condiciones bajo las que el trabajador es explotado, el
papel de la mujer, entre otras omisiones. En cambio, alienta a la
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comunidad a unirse, a compartir la lucha contra el capitalismo
porque, según Federici,
Oponerse a las divisiones basadas en la raza, el género o la
edad creadas por el capitalismo, reunir lo que se ha separado en
nuestras vidas y reconstituir un interés colectivo debe ser una
prioridad política para las feministas y para otros movimientos
por la justicia social (p. 108).

Esta cooperación social entre los distintos grupos
marginados es la fuente del vigor necesario para reconstruir
la sociedad, porque sólo de esta manera se podría asegurar la
extinción de la ideología capitalista que se ha internalizado a lo
largo de los años. Así, las feministas y el resto de los movimientos
involucrados podrán hacer frente al opresor que tienen en común
y alcanzar la libertad por la que tanto han luchado.
Mencionado todo lo anterior, es posible concluir que El
patriarcado del salario. Críticas feministas al marxismo es un libro
ideal para iniciar a explorar una de las batallas más importantes
a las que las mujeres y el resto de los individuos relegados en la
sociedad actual se enfrentan día con día. Sin duda ofrece una base
sólida de conceptos y teorías que permiten al lector involucrarse
más en el tema, sin dejar de lado una aportación significativa para
comenzar a formar un pensamiento propio en la materia. Incluso
cuando algunos de estos conceptos son explicados en demasía, y
otros tantos podrían haber sido evaluados con mayor profundidad,
Silvia Federici logra presentar correctamente las ideas cruciales
del feminismo marxista, lo que vuelve esta lectura fundamental
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para aquellas personas que quieran introducirse en esta corriente
feminista.
Los ensayos expuestos en el libro tienen gran valor
educativo y ciertamente podrían ser la primera piedra para
formar una generación de feministas, entre otros miembros de
movimientos sociales, capaces de identificar las problemáticas
que representa ser parte del sistema capitalista. Aún más allá,
estas mujeres podrán ser dueñas de las herramientas necesarias
para lograr un verdadero cambio, con la ventaja que representa la
fuerza de la comunidad que por tanto tiempo ha sido oprimida y
el conocimiento de que sólo unidas se puede derrotar al opresor.
Allerim Callejas Guarneros
Universidad Autónoma de Nuevo León
Monterrey, México
orcid.org/0009-0008-1029-7828

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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-119

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Revista de Estudios Históricos
http://sillares.uanl.mx/

Luis Alberto García García. Frontera armada.
Prácticas militares en el noreste histórico, siglos
XVII al XIX
José Eugenio Lazo Freymann
orcid.org/0000-0003-2199-8044
Universidad Nacional Autónoma de México
Coyoacán, México
Recibido: 8 de diciembre de 2023
Aceptado: 13 de diciembre de 2023

Editor: Reynaldo de los Reyes Patiño. Universidad Autónoma de Nuevo
León, Centro de Estudios Humanísticos, Monterrey, Nuevo León, México.
Copyright: © 2024, Lazo Freymann, José Eugenio . This is an open-access article distributed under the terms of Creative Commons Attribution
License [CC BY 4.0], which permits unrestricted use, distribution, and
reproduction in any medium, provided the original author and source are
credited.

DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-124
Email: jelazof@gmail.com

�Luis Alberto García García. Frontera armada. Prácticas
militares en el noreste histórico, siglos XVII al XIX.
Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica y
Centro de Investigación y Docencia Económicas, 2021,
279 pp. ISBN: 978-607-16-7065 (FCE),
978-607-8791-11-8 (CIDE).
Recibido: 8 de diciembre de 2023
Aceptado: 13 de diciembre de 2023

“¡Bárbaros, bárbaros, bárbaros…!”, fue un grito recurrente que
se escuchó en la frontera septentrional de la Nueva España y que
hizo eco hasta finales del siglo XIX en México. De las avanzadas
hispanas y francesas en Norteamérica, de los proyectos de frontera
mexicanos y estadounidenses, Luis García nos presenta Frontera
armada Prácticas militares en el noreste histórico, siglos XVII al
XIX como un retrato de las doctrinas militares y el ordenamiento
espacial español, y posteriormente mexicano, en ese noreste
histórico que alguna vez planteó Manuel Ceballos Ramírez.
Originalmente este libro fue la investigación doctoral
titulada A Medieval Frontier. Warfare and Military Culture in
Texas and Northeastern Mexico (1686-1845), defendida en 2015
en la Southern Methodist University (Estados Unidos). Dicha
investigación le hizo acreedor del premio Citibanamex “Atanasio
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G. Sarabia” de historia regional, en su 17° edición en el año
2018. Actualmente Luis García es profesor en la Universidad
de Monterrey (México). De forma conjunta el Fondo de Cultura
Económica y el Centro de Investigación y Docencia Económicas
nos edita esta profunda investigación que es tributaria de los
estudios de las borderlands de David J. Weber y que podríamos
rastrear hasta los inicios del siglo XX con Herbert Eugene
Bolton. Obligado decir que este libro es parte de esa corriente
historiográfica contemporánea que busca explicar procesos que
creíamos ya resueltos, pero que bajo novedosas concepciones
teórico-metodológicas nos arroja otras lecturas.
Como menciona el autor, este libro tiene sus orígenes en
sus primeras averiguaciones de grado que resultarían en Guerra
y frontera: el Ejército del Norte entre 1855 y 1858, que le editó
el Archivo General del Estado de Nuevo León en 2007. Para su
proyecto doctoral cuajó las ideas de una problemática fundamental
para entender las relaciones de una frontera actual, y sabiendo
aprovechar las posibilidades que se le brindaron en el rastreo
archivístico y una atenta supervisión académica, sin decirlo, nos
trae al presente la sentencia marxiana de la violencia como partera
de la historia. El argumento que defiende Luis García está en que
en la amplitud septentrional novohispana, que va desde el rosario
de misiones en el occidente, hasta el frágil andamiaje presidial,
misional y civil en el oriente, hay una serie de argumentos de
conformación que pueden ser exponenciados en 4 localidades
hispanas, y esto es por sus orígenes, sus redes y la plasticidad
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de sus funciones. En una abstracción conceptual, define los
límites ambiguos del imperio español y cómo tras una serie de
reformas y abandonos institucionales, las prácticas culturales de
los vecinos en una longue durée pervivieron a políticas impuestas
desde Madrid o la Ciudad de México.
Sus pesquisas archivísticas le llevaron por tres países,
en dos continentes: desde el Archivo General de Indias (Sevilla,
España), hasta el Archivo Municipal de Bustamante (Nuevo León,
México). Los retos para el acceso, consulta, trabajo paleográfico,
sistematización y etiquetado de ese universo de información de
instancias públicas y privadas, municipales, estatales y federales,
estadounidenses, españoles o mexicanos, fotografías propias,
repositorios digitales o microfilms, son un trabajo muchas veces
invisibilizado, que siempre merece ser mencionado y elogiado.
Pero todos esos andares y pesares parten de la pregunta “¿de qué
manera la organización militar española en la frontera formó
parte de una estrategia más antigua proveniente de la frontera
cristiano-musulmana de la Iberia medieval y cómo fue aplicada a
otras regiones fronterizas?” (p. 15). Pregunta que no está libre de
polémica y de un acalorado debate.
Siguiendo la formulación de Weber en sus textos sobre los
orígenes de la frontera sur estadounidense, por su construcción
española o mexicana, Frontera armada… podría dividirse en tres
apartados de estudio muy precisos: a) el choque e imposición en el
septentrión novohispano de un feudalismo tardío, una modernidad
mal intentada y la ilustración sui generis, b) la creación de ese
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ethos fronterizo precapitalista que se mantuvo al margen de las
dinámicas agromineras que se encontraban más al sur y que poseyó
conexiones atlánticas, y c) la explicación del fenómeno histórico
exclusivamente desde las élites en sus prácticas de la guerra. Si bien
la temática por su espacio, sujeto y tiempo puede presentar ciertas
dificultades en su abordaje por la precisión al objeto de estudio
planteado, la narrativa en que se van integrando las preguntas de
investigación, las evidencias de archivo y las explicaciones hacen
de este libro una lectura agradable y que motiva a la reflexión. No es
de tomar a la ligera que incursionar en un estudio sobre San Miguel
de Aguayo, la Punta de Lampazos, Laredo y los San Antonio de
Béxar y Valero, poblaciones que nacen con distintos propósitos y
orígenes, nos vaya a explicar toda la frontera, como alguna vez
intentó Weber, pero aporta una base a esa historiografía que ha sido
puesta en revisión.
En un primer sentido, desde un carácter diacrónico,
somos mudos testigos de las generaciones de vecinos que vieron
pasar modas y tendencias políticas sobre cómo debía ordenarse
y regirse las fronteras de los Austria o Borbón, que de ello está
la adaptación local para problemas locales. Para esto surge la
creación institucional de enemigos ciertos o inventados, que van
desde la Guerra Chichimeca (1550-1590) hasta esos que tras el
artículo XI del tratado Guadalupe Hidalgo (1848) son extranjeros
que cruzan la frontera. Por encima de ello están esos grupos
de poder que mediante símbolos, representaciones, rituales y
prácticas consiguen movilizar a los estamentos inferiores que
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sujetan bajo la idea de la defensa común de la tierra.
Algo a mencionar y que es parte de esa tradición
estadounidenses sobre construcción de su frontera sur, es el
carácter persuasivo que se encuentra a lo largo del texto para
afirmar los antecedentes medievales estrictamente ibéricos,
cuando bien estos contrastes se pueden encontrar en un carácter
extendido y endémico en toda la Edad Media europea, y previo
a ello, hasta los escitas. Más allá de la deshumanización que
sufrieron, ¿qué hay en común entre el jefe moro y el comanche?
A la “excepcionalidad” fronteriza eurocéntrica, que es garante
de un imperio con sus altas y bajas, depositaria de una tradición
militar que se remonta a ese invento historiográfico llamado La
Reconquista, haría falta una introspección decolonial que nos
sitúe en sus particularidades y en una discusión horizontal con
esas tendencias y narrativas históricas.
La obra de Luis García, el más reciente aporte
historiográfico para el noreste mexicano, es un invaluable libro
que merece y debe ser integrado en los espacios académicos y
de difusión, ya que nos invita a reflexionar sobre los distintos
procesos violentos por los que ha pasado este espacio y que
tienden a ser olvidados.
José Eugenio Lazo Freymann
Universidad Nacional Autónoma de México
Coyoacán, México
orcid.org/0000-0003-2199-8044

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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-124

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Revista de Estudios Históricos
http://sillares.uanl.mx/

Aarón Benjamín López Feldman. Resentimientos de la Nación. Regionalismo y
separatismo en Monterrey
Ana Lilia Nieto Camacho
orcid.org/0000-0001-7306-2323
El Colegio de la Frontera Norte
Tijuana, México
Recibido: 25 de octubre de 2023
Aceptado: 14 de noviembre de 2023

Editor: Reynaldo de los Reyes Patiño. Universidad Autónoma de Nuevo
León, Centro de Estudios Humanísticos, Monterrey, Nuevo León, México.
Copyright: © 2024, Nieto Camacho, Ana Lilia . This is an open-access article distributed under the terms of Creative Commons Attribution License
[CC BY 4.0], which permits unrestricted use, distribution, and reproduction in any medium, provided the original author and source are credited.

DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-117
Email: anieto@colef.mx

�Aarón Benjamín López Feldman. Re-sentimientos de
la Nación. Regionalismo y separatismo en Monterrey.
Cuaderno del Centro de Estudios Humanísticos, n. 3.
Monterrey: Centro de Estudios Humanísticos, UANL,
2020, 241 pp. ISBN: 978-607-27-1387-1
https://libros.uanl.mx/index.php/u/catalog/book/65
Recibido: 17 de septiembre de 2023
Aceptado: 26 de octubre de 2023

La obra de Aarón Benjamín López Feldman, titulada Resentimientos de la Nación. Regionalismo y separatismo en
Monterrey, no es propiamente historiográfica, pero considero
importante traerla a la atención de los historiadores porque
presenta asuntos que permiten reflexionar sobre nuestra disciplina.
A través de este estudio de caso, es posible observar diversos
puntos de interacción entre presente y pasado, los usos políticos
del pasado en la arena pública, así como la pertinencia de analizar
desde la historia los procesos de reconfiguración del pasado en la
sociedad contemporánea.
El objetivo del autor es estudiar la “formación cotidiana del
Estado-nación” a través de las tensiones entre la concentración de
poder económico, político y simbólico del Estado y los intereses
regionales. López Feldman plantea que en el caso de Nuevo
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León, estas tensiones se han expresado a través de una serie de
relatos que sustentan la identidad nuevoleonesa y que tienen su
origen en el siglo XIX, a las que ha denominado “narrativas de
excepcionalidad”. Estos relatos se encuentran en constante disputa
con las “narrativas centralistas y centralizantes del Estado-nación
mexicano” (p. 14) y constituyen “afirmaciones apologéticas,
reivindicatorias y nostálgicas” (p. 55) que se refieren al éxito de
Monterrey y su élite empresarial, a los valores sociales y aun a
las características étnicas que, de acuerdo a quienes las enuncian,
han sustentado ese desarrollo económico.
A lo largo de cinco capítulos el autor utiliza un corpus de
textos que han puesto en circulación estas narrativas para explicar
la forma en que representan las diferencias entre la sociedad
nuevoleonesa y el resto del país. López Feldman encuentra que la
oposición se articula en torno a la Ciudad de México y la herencia
indígena mexica frente a Monterrey y la herencia hispana. De
especial interés para el autor es el estudio de la radicalización en
estos puntos de vista y su expresión contemporánea a través de
los medios digitales. Los textos se estudian de forma temática
y se vinculan a una clasificación sobre tipos de regionalismo
elaborada por el autor, haciendo referencia en ciertos casos
a figuras retóricas (metonímico, sinecdótico, autonómico,
metafórico y separatismo) que señalan distintos niveles de
relación entre las narrativas locales y las nacionales. El conjunto
de textos analizados incluye libros, periódicos, revistas, heráldica
y publicaciones en Facebook.
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Los diversos soportes que transmiten las “narrativas
de excepcionalidad” permiten al autor observar dos espacios
sociales: los “gestores cívicos centrales” y los “gestores cívicos
periféricos”. Los gestores centrales son aquellos vinculados a las
élites que expresan sus ideas desde posiciones de autoridad, ya
sea política o académica. Los gestores periféricos son aquellos
que están al margen de esos ámbitos privilegiados de expresión
y recurren a la formación de espacios digitales de encuentro e
interacción, siendo además parte de los ánimos más radicales
que discuten sobre la posibilidad de Nuevo León como un
Estado independiente. El autor señala, aunque sin ahondar al
respecto, que esta división también permite considerar dos
temporalidades en el proceso social y discursivo de la formación
de la identidad nuevoleonesa. Los gestores centrales estuvieron
especialmente activos en el periodo 1938-1996, época también
de la consolidación del poder económico, político y social de
la élite empresarial regiomontana. Los gestores periféricos han
estado presentes particularmente desde los 2000, tiempo ya de
declive de la influencia de la empresa y los empresarios como
los articuladores hegemónicos de la vida social nuevoleonesa,
dando lugar a expresiones que López Feldman califica como
“nostálgicas”.
Dentro de los relatos producidos por los “gestores
centrales” se encuentran algunos textos clásicos de historia
de Nuevo León y otros que, partiendo de esas primeras
sistematizaciones históricas, han profundizado en algunos de los
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elementos que explican el desarrollo socioeconómico de Nuevo
León y Monterrey, notablemente la dimensión étnica expresada
en el “mestizo fronterizo”. Estos textos hacen referencia al
pasado histórico explicando el desarrollo nuevoleonés a partir
de su fundación por valerosos colonizadores españoles. El
elemento indígena, aunque presente, está subordinado al ejercicio
civilizatorio de la cultura hispánica. Otros temas históricos
recurrentes son Santiago Vidaurri y la República de Río Grande.
Las historias clásicas de la primera época son también punto de
partida para las posturas más radicales que difunden los gestores
periféricos, aunque esta relación intertextual no se haga explícita.
En todos los casos, la recuperación e integración de imágenes,
acontecimientos, personajes y paisajes del pasado es fundamental
para la construcción de las narrativas y su eficacia como elementos
de memoria colectiva.
Al ser un trabajo claramente enfocado en el estudio de
las estrategias discursivas y la reconstrucción de contextos
semánticos y tropológicos, se extraña una consideración más
consistente sobre el contexto sociopolítico que enmarca estos
procesos de formación y consolidación de relatos. El autor señala
que la dimensión lingüística está acompañada de una dimensión
sociohistórica y ésta se aborda a partir de la recapitulación de la
formación en el tiempo de “las narrativas de excepcionalidad”
y sus interacciones a nivel discursivo con las narrativas
“centralizantes” del Estado. Aunque el objetivo de la obra alude
a elementos con una dimensión política, no se presta atención
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a las transformaciones que en un lapso de más de 80 años han
sufrido conceptual, política y socialmente los otros elementos
de la investigación: el Estado, la nación, el regionalismo y el
nacionalismo. La escasa atención que se presta a los contextos y
realidades del Estado mexicano en sus relaciones con Nuevo León,
no permite considerar que los fundamentos del nacionalismo
mexicano han cambiado desde finales del siglo XX; en tanto que
durante el siglo XXI se han modificado los marcos de relación
del Estado y los integrantes de la federación, a pesar de que el
autor asegura que es de su interés explorar al regionalismo y al
separatismo como parte del “ejercicio del Estado-nación”. Así,
al seguir el objetivo de rastrear la construcción narrativa de la
alteridad regiomontana, el “otro” de esa alteridad, el Estado
mexicano, e incluso la mexicanidad o lo que eso ha significado a
lo largo del siglo XX y el siglo XXI, queda poco explorada.
Al respecto, un estudio reciente que también tiene su
origen en una investigación doctoral, elabora una revisión
del regionalismo desde la política y las coyunturas que han
fomentado expresiones a favor de la región no solamente en el
norte del país.1 Este estudio es un buen punto de contraste con el
trabajo de López Feldman que analiza minuciosamente el caso
nuevoleonés, pero no explica con suficiente amplitud los marcos
de referencia sociopolítica desde donde se presenta el separatismo
Jaime Villasana Dávila. “Regionalismo político en México en el periodo
2000-2007. ¿Un fenómeno que resurge?” (Tesis doctoral, Universidad del País
Vasco, 2011).
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de principios de siglo XXI, que corresponde tanto a cambios
políticos y económicos en México como a tendencias globales
sobre los derechos de las minorías a su historia e identidad.
Sin embargo, la perspectiva tan específica que privilegia
López Feldman, así como la estructura misma del trabajo,
permiten observar no sólo lo que él llama el continuum
regionalismo/centralismo, sino la recuperación de textos, hechos,
personajes e imágenes del pasado a lo largo del tiempo. En este
caso, la historiografía sentó los fundamentos y la legitimidad de
las “narrativas de excepcionalidad” que circulan entre diversas
comunidades de recuerdo que las retoman, modifican y mantienen
vigentes en una relación clara entre presente y pasado. Si bien el
punto de partida teórico de este trabajo es el análisis del discurso,
particularmente los tropos que articulan las narrativas y sus
lugares de enunciación, lo que hace este trabajo especialmente
interesante para los historiadores es que señala la relevancia de la
historiografía, profesional o no, para los procesos de formación
de identidad y para la movilización de grupos sociales al sentar
las bases para establecer relaciones explícitas entre pasado
y presente. En otras palabras, de la memoria histórica como
memoria colectiva de un grupo social.
Como muestra la obra de López Feldman, la diversidad
de lugares y actores que en la sociedad contemporánea reclaman
el derecho de producir historia, resulta de gran interés para los
historiadores profesionales, pues abre la posibilidad de indagar
sobre la relación de los actores con el entorno social y con el
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tiempo. De igual forma, historizar las reconfiguraciones que los
actores sociales elaboran sobre el pasado y señalar los objetivos e
intereses que se encuentran detrás de los eventos que se recuerdan,
dice mucho sobre cómo se han interpretado y rememorado esos
eventos y permite comprender las preocupaciones sociales,
políticas o económicas de un grupo, así como los valores que lo
articulan.
Re-sentimientos de la Nación es una obra que abre temas
de discusión sobre el Estado, la nación y la región en términos
históricos, pero también permite a los historiadores pensar
en nuevos objetos de estudio y en la relevancia de estudiar
las relaciones presente/pasado en una sociedad en la que la
preocupación por el pasado, reciente o remoto, forma parte de
acciones sociales concretas, ya sea en discusiones sobre derechos,
inclusión y justicia o, como preocupa a Aarón López Feldman, de
exclusión, racismo y violencia.
Ana Lilia Nieto Camacho
El Colegio de la Frontera Norte
Tijuana, México
orcid.org/0000-0001-7306-2323

Referencias
Villasana Dávila, Jaime. “Regionalismo político en México en el
periodo 2000-2007. ¿Un fenómeno que resurge?” (Tesis
doctoral, Universidad del País Vasco, 2011).
Sillares, vol. 3, núm. 6, 2024, 202-208
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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-117

�Sillares

Revista de Estudios Históricos
http://sillares.uanl.mx/

Lucrecia Solano Martino. El jardín de senderos
que se bifurcan: Escenario historiográfico
estadounidense del siglo XX sobre América
Latina
Pedro L. San Miguel
orcid.org/0000-0003-4298-571X
Universidad de Puerto Rico-Río Piedras
San Juan, Puerto Rico
Recibido: 25 de julio de 2023
Aceptado: 23 de octubre de 2023

Editor: Reynaldo de los Reyes Patiño. Universidad Autónoma de Nuevo
León, Centro de Estudios Humanísticos, Monterrey, Nuevo León, México.
Copyright: © 2024, San Miguel, Pedro L . This is an open-access article
distributed under the terms of Creative Commons Attribution License [CC
BY 4.0], which permits unrestricted use, distribution, and reproduction in
any medium, provided the original author and source are credited.

DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-111
Email: sanmiguelupr@hotmail.com

�Lucrecia Solano Martino. El jardín de senderos que
se bifurcan: Escenario historiográfico estadounidense
del siglo XX sobre América Latina. San Pedro Garza
García: Editorial 42 Líneas, 2022.
ISBN: 978-607-99984-2-4.
Recibido: 25 de julio de 2023
Aceptado: 23 de octubre de 2023

Apelando al famoso cuento “El jardín de senderos que se
bifurcan”, Lucrecia Solano Martino propone una aproximación
a la historiografía de Estados Unidos sobre México y América
Latina. En este cuento, Jorge Luis Borges efectúa una reflexión
acerca del transcurrir de los humanos en el tiempo, que concibe
no como un limitante destino predeterminado, sino como un
abanico de futuros posibles. Para las personas de mi generación,
lastradas por visiones que conciben el pasado como obligación,
servidumbre o mandato —ya debido al origen nacional, a la
pertenencia de clase social, o a la ubicación en el espectro de
identidades étnicas, raciales, de género o sexuales—, la propuesta
borgiana, a mi modo de ver, brinda la posibilidad de imaginar el
porvenir en base a ese principio señero de la modernidad que es
la idea de la libertad.
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Y esto entronca con la obra de Solano Martino, que
constituye una indagación que asume que en ese campo del saber
que es la historiografía de los Estados Unidos sobre América
Latina ha prevalecido una variedad de perspectivas temáticas,
conceptuales, teóricas, ideológicas y metodológicas, instituyendo
así un “jardín de senderos” historiográficos. Ese cúmulo de
miradas es tan amplio que resultaría dificultoso que una sola obra
pueda dar cuenta de la diversidad de tan abigarrado “escenario”.
De modo que la autora ha optado por concentrarse en dos de las
múltiples vertientes de las investigaciones históricas efectuadas
en los Estados Unidos sobre América Latina durante el siglo XX.
Por un lado, explora la historiografía sobre el periodo colonial y,
por el otro, la historiografía sobre las empresas multinacionales
que se establecieron en dicha región y cuyas repercusiones
trascendieron por mucho los ámbitos de la economía.
Con la intención de ubicar dicha producción historiográfica
en un contexto más abarcador, Solano Martino ofrece un
escenario que incluye las principales corrientes historiográficas
que, durante los siglos XIX y XX, marcaron la labor de los
clíonautas en el mundo occidental. Esta puesta en escena facilita
al lector —sobre todo al no iniciado en los laberínticos pasadizos
de la historiografía— ubicar en un contexto internacional la
producción histórica estadounidense dedicada a América Latina,
posibilitando incluso una comprensión comparatista de dicha
tradición intelectual. Vale indicar que esta producción también ha
estado marcada por los procesos políticos, económicos, sociales
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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-111

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y culturales que han vivido los mismos Estados Unidos a lo
largo del tiempo. Ello se patentiza tanto en sus énfasis temáticos
como en sus abordajes teóricos y metodológicos, signados por
las transformaciones que ha sufrido la sociedad estadounidense,
sobre todo en la centuria pasada, cuando, por un lado, llegó a
convertirse en una gran potencia mundial, y por el otro, cuando el
país pasó por profundas transformaciones sociales.
Pero incursionemos en el primer sendero de la
historiografía estadounidense que nos propone la autora.
Acertadamente, Solano Martino inicia su libro destacando esa
tradición que, en el siglo XIX, inaugura los estudios históricos
estadounidenses sobre América Latina, que casi naturalmente se
inclinó por las exploraciones y los descubrimientos geográficos y
la Conquista. En tal sentido, como atinadamente ha señalado el
historiador Mauricio Tenorio Trillo, el “padre historiográfico” de
los latinoamericanistas estadounidenses es William H. Prescott
en virtud de sus magnas obras acerca de las conquistas por
los españoles de los imperios azteca e inca (de 1843 y 1847,
respectivamente). Prescott perteneció a un cenáculo de hispanistas
de la Nueva Inglaterra que, en el siglo XIX, se interesaron por la
cultura y la historia de España (entre ellos el autor de los Cuentos
de La Alhambra, Washington Irving) y que, como derivado de ello,
fueron transitando hacia el mundo colonial hispanoamericano.
Más allá de consideraciones intelectuales y de la fascinación
que sintió tan selecto grupo por la cultura española, ese interés por
la expansión ibérica tuvo como trasfondo el crecimiento territorial
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DOI: https://doi.org/10.29105/sillares3.6-111

�Reseñas

de los Estados Unidos en esas décadas, que incluyó la guerra con
México en los 1840s, lo que conllevó un encuentro —o más bien
un “encontronazo”— con lo español y con sus ramificaciones en
América. Ese proceso de expansión geográfica y política propició
el surgimiento de una importante tradición historiográfica que tuvo
como eje central el estudio de esas regiones de los Estados Unidos
más próximas a lo ibérico: México, por un lado, y las Antillas
hispanas, por el otro. En este interés, por supuesto, también
primaron consideraciones geopolíticas. De ahí se desprendió ese
énfasis en los conceptos de “frontera”, borderlands y afines, asuntos
que fueron abordados, como resalta Solano Martino, por figuras
como Bernard Moses, Herbert Bolton y, ya en el siglo XX, Edward
G. Bourne. Las indagaciones de tales historiadores —ubicados
mayormente en las universidades del suroeste y el oeste de los
Estados Unidos— se enmarcaron en el crecimiento territorial del
país y en lo que conllevó el encuentro con la alteridad, que incluyó a
los nativoamericanos, pero también a esos territorios recientemente
incorporados a los Estados Unidos, donde México y lo mexicano
estaban presentes de formas muy palpables. Esas inquietudes en
torno a lo fronterizo fueron sintetizadas por Frederick Jackson
Turner en su archifamoso ensayo “The Significance of the Frontier
in American History” (1893), que pese a su brevedad es uno de los
textos más influyentes en la historiografía de los Estados Unidos.
Originalmente, esas indagaciones estadounidenses en
torno a la frontera respondieron a una concepción acerca de la
civilización y la barbarie, encarnada esta última por la alteridad.
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Desde tal óptica, la frontera se percibía ya como límite, como
demarcación entre lo civilizado y lo bárbaro, ya como espacio
vacío, inhabitado, por tanto, como salvaje o montaraz. Tanto en
un caso como en el otro, se concebía que los espacios fronterizos
requerían de la acción civilizadora, ejercida, por supuesto, por
los Estados Unidos. Mas eventualmente, como arguye Solano
Martino, esa visión se fue modificando: el concepto de frontera
fue cediendo para dar paso a la noción de borderlands —cuya más
cercana traducción al español sería “tierras o zonas fronterizas”—,
concepción que, amén de sus connotaciones territoriales, engloba
dimensiones sociales y culturales, y que resalta ante todo las
interacciones entre los humanos que ocupan y transitan por dicho
espacio. Connota, por ende, el reconocimiento de los Otros,
que en las concepciones previas eran obviados, estereotipados
o menospreciados como agentes históricos. El abandono de
estas posturas conllevó la ponderación de los borderlands como
ámbitos no sólo de tensiones y de conflictos, sino también
de convivencias, de imbricaciones, de transculturaciones, de
mixturas, mestizajes y aleaciones humanas. Y esto ha propiciado
el quiebre de los estereotipos y la alteración de las formas
tradicionales de representar el conflicto entre la civilización y la
barbarie.
En el ámbito de la historiografía estadounidense sobre
América Latina, ello ha entrañado una reconceptualización, que
desembocó en novedosas formas de concebir la historia colonial
del norte de la Nueva España. Entre otras cosas, estas nuevas
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visiones prestan mayor atención a los agentes sociales, por lo
que las determinaciones geopolíticas y las narraciones centradas
en los Estados nacionales son matizadas por los procesos
locales y regionales, signados intensamente por sus dimensiones
humanas. En los relatos históricos producidos desde estas nuevas
perspectivas, la frontera en cuanto límite, borde, término o margen
pierde relevancia, como han demostrado los “estudios chicanos”.
Actualmente, son estos los enfoques que, como apunta la autora
de esta obra, prevalecen en las indagaciones estadounidenses
sobre la región septentrional de México, tanto en las referentes
a la época colonial como en las centradas en épocas posteriores.
El segundo “sendero” historiográfico examinado en
esta obra se refiere a las multinacionales estadounidenses, cuya
presencia en los países de América Latina adquirió una dimensión
ominosa tanto por sus implicaciones económicas —como su
concentración de la tierra y de los recursos mineros, su explotación
de los trabajadores, sus trapacerías comerciales y financieras, sus
devastaciones ecológicas, etc.—, así como por sus desmanes
políticos y sociales —entre ellos, su apoyo a infames dictadores
y sus violencias contra trabajadores y campesinos. Basta recordar
esa ficcionalización que ofreció Gabriel García Márquez en Cien
años de soledad acerca de esas empresas multinacionales que
contribuyeron a imprimirle a varios países de América Latina el
despectivo rótulo de “repúblicas bananeras”. Tales empresas se
encuentran entre las primeras que se estudiaron en los Estados
Unidos, como evidencia el libro de Charles D. Kepner Social
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Aspects of the Banana Industry, de 1936, o The Banana Empire:
A Case Study in Economic Imperialism, obra colectiva en la que
participó este autor y que fue publicada en 1935 por Vanguard
Press, singular editorial estadounidense que publicó en los años
veinte y treinta del siglo pasado estudios sobre el “imperialismo
americano”, dedicando obras a varios países de América Latina
(República Dominicana, Cuba y Puerto Rico, entre ellos), y que
escrutó empresas latifundistas, mineras y bancarias.
En su rastreo, Solano Martino destaca las modificaciones
que con el correr del tiempo sufrió el estudio de las multinacionales
estadounidenses. Inicialmente, sus énfasis eran los temas
económicos, así como las repercusiones sociales y políticas del
establecimiento de tales empresas en América Latina. Hacia los
años cincuenta-setenta, las nuevas teorías económicas y políticas
—como la “escuela de la dependencia” o las “teorías de la
modernización”— comenzaron a irradiar dichas investigaciones.
Más recientemente, hacia los años ochenta y noventa del siglo XX,
hubo modificaciones adicionales, impulsadas por las corrientes
intelectuales e historiográficas que, en esas décadas, promovieron
tendencias como los Estudios Culturales y la Historia Cultural.
En tales trabajos se abordan, por ejemplo, las modificaciones que
esas empresas han inducido en las manifestaciones culturales de
los trabajadores, o los choques generados por las divergencias
entre la cultura popular local y los esquemas organizativos
impuestos por las empresas. Por otro lado, las aproximaciones a
las clases subalternas se ha complejizado ya que a las tradicionales
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miradas sustentadas en la categoría de “clase social” —criterio
eminentemente económico—, se han añadido variables de análisis
como el género, y la raza/ etnicidad. Asimismo, se han escrutado
las representaciones y los imaginarios culturales de esos sectores
sociales, lo que ha conllevado escudriñar sus “resistencias” a las
empresas multinacionales.
Así que estas nuevas investigaciones han imprimido un
nuevo sello a los trabajos históricos sobre las multinacionales
en América Latina. Asimismo, han contribuido a transformar las
metodologías, las técnicas de investigación y los fundamentos
conceptuales y heurísticos de los historiadores. Por ejemplo, dado
el caso de que las clases subalternas usualmente generan escasas
fuentes documentales, ello ha movido a los historiadores a explorar
otros tipos de fuentes. Entre las más promisorias se encuentran
los testimonios orales, que con frecuencia ofrecen información y
perspectivas ausentes en las fuentes más convencionales, como
las fuentes escritas. De igual modo, los esfuerzos por aquilatar
cabalmente las aportaciones de esas fuentes no convencionales
han llevado a los historiadores a acercarse a las técnicas y
las propuestas conceptuales de otras disciplinas, como la
Antropología, los Estudios Culturales o hasta la Literatura.
Y todo esto ha enriquecido de forma notable el trabajo de los
historiadores y sus investigaciones. Como evidencia de ello se
puede mencionar To Lead as Equals, de Jeffrey Gould, que estudia
las clases trabajadoras y campesinas en Nicaragua durante el
somozismo y cómo sus modestas luchas fueron transformando
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sus concepciones políticas. Obras como ésta son sintomáticas
de las transformaciones que, a lo largo de la centuria pasada,
sufrieron las investigaciones sobre las compañías multinacionales
efectuadas por los mismos historiadores estadounidenses.
Por restricciones de espacio, resulta imposible abordar
otros aspectos del libro comentado. Apenas querría señalar que la
autora tiene presente cómo las condiciones históricas particulares
incidieron sobre la evolución de la historiografía estadounidense
sobre América Latina. Entre tales factores sobresalen, por
supuesto, las posiciones que a lo largo del tiempo han desempeñado
los Estados Unidos en el entramado internacional. La época que
comprende las dos Guerras Mundiales, así como el periodo de
la Guerra Fría resultaron determinantes, por razones más que
comprensibles, en los temas, los enfoques, las teorías y hasta las
metodologías que signaron las obras históricas. En ello incidieron,
asimismo, los procesos internos de la sociedad estadounidense,
como las luchas por los derechos civiles de las minorías étnicoraciales, en las que desempeñaron papeles protagónicos los
afroamericanos. Como nota al calce, cabe señalar que durante
los años de auge de esas luchas ocurrió un verdadero “boom”
en las investigaciones sobre la esclavitud y sus repercusiones
sobre las relaciones raciales en las Américas. En esa eclosión,
los historiadores estadounidenses desempeñaron verdaderos roles
estelares. Asimismo, el auge de las luchas sociales en los países
del llamado Tercer Mundo —en las cuales los movimientos
agrarios fueron cruciales— explican en gran medida el interés
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que emergió en los Estados Unidos, en las décadas de 1960-1980,
en torno a la historia de los campesinos y los trabajadores del
campo. No en balde se publicó entonces la que, durante años,
fue posiblemente la obra histórica sobre América Latina más
nombrada en el mundo académico occidental. Me refiero, por
supuesto, a Zapata and the Mexican Revolution, del historiador
estadounidense John Womack. Esta obra, como he argumentado
en mi estudio sobre ella, encarna la paradoja de que, si bien
representa magistralmente un movimiento popular mexicano, por
otro lado, está arraigada en las realidades sociales de Oklahoma,
el estado natal de su autor, así como en la investigación previa
que había efectuado Womack en torno a los movimientos agrarios
en su lar nativo. En tal sentido, dicha obra es emblemática de
ese rasgo inherente a la historiografía estadounidense sobre
América Latina. Ella, ciertamente, contribuye decisivamente a
la comprensión de los países de esta región, pero eso no obsta
para que esta rica y compleja tradición intelectual también posea
sus “coartadas”, como el hecho de que, como toda historiografía,
también esté afincada en las realidades más inmediatas de sus
autores, respondiendo a los dilemas de sus sociedades, sus
culturas, sus tiempos; es decir, de sus respectivas “historicidades”.
Por su potencial de ofrecer reflexiones en torno a esa
intrincada relación entre el estudio del pasado y las inquietudes
del presente, considero crucial alentar las indagaciones críticas
sobre esa “mirada de miradas” que es el estudio teórico de la
historiografía. Es esta, precisamente, la cuestión central del
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libro de Solano Martino. Este tipo de aproximación, que cruza
fronteras y que sugiere perspectivas “transversales”, ajenas
a las sofocantes y, con frecuencia, simplificadoras visiones
nacionalistas, contribuyen a que veamos con otros ojos y con
miras más amplias el mundo contemporáneo, constituido por una,
cada vez más apretujada, “aldea global”.
Pedro L. San Miguel
Universidad de Puerto Rico-Río Piedras
San Juan, Puerto Rico
orcid.org/0000-0003-4298-571X

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          <name>Relation</name>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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