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                  <text>ISSN 3061-7545

Vol. 2, Núm. 2 (2025). enero-junio 2025 | dialecticaescenica.uanl.mx

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DIRECTORIO
Dr. Santos Guzmán López / Rector UANL
Dr. Juan Paura García / Secretario General UANL
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Dr. José Javier Villarreal Tostado / Secretario de Extensión y

Cultura

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Artes Escénicas

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EDITOR EN JEFE
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UANL, México

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EDITORES TÉCNICOS
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Nuevo León, México

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Autónoma de Nuevo León, México

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UANL, México

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cas, UANL, México

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CORRECTOR DE RESUMEN EN INGLÉS
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DISEÑO GRÁFICO
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IMAGEN DE LA PORTADA
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COMITÉ CIENTÍFICO NACIONAL
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ción e Información Teatral Rodolfo Usigli CITRU-INBAL, México
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Nuevo León, México
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COMITÉ CIENTÍFICO INTERNACIONAL
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Chile/EEUU

PhD. Lola Proaño Gómez. Universidad de California, Irvine, Ecuador/Argentina

Dr. Ezequiel Lozano. Universidad de Buenos Aires, Argentina
Dra. Daniela Alejandra Cápona Pérez. Universidad de Chile,

Chile

Dr. Gino Luque Bedregal. Pontificia Universidad Católica del
Perú, Perú

Árbol Roto de Sunny Savoy

Dialéctica Escénica. Revista de la Facultad de Artes Escénicas UANL, Vol. 2, Núm. 2 (2025). enero-junio 2025, es una publicación semestral de acceso
abierto editada por la Universidad Autónoma de Nuevo León, a través de la Facultad de Artes Escénicas UANL, Calle Praga y Trieste s/n, Fraccionamiento Las Torres, Campus Mederos, UANL. C. P. 64930, Monterrey, Nuevo León, México. Dialéctica Escénica. Revista de la Facultad de Artes Escénicas
UANL reserva del derecho exclusivo de uso del nombre bajo la licencia 04-2024-040817242200-102. ISSN 3061-7545. Correo electrónico: dialectica.
escenica@uanl.mx. Dirección web: https://dialecticaescenica.uanl.mx/index.php. Editor responsable: Dr. Jesús Eduardo Oliva Abarca. Responsable
de la última actualización de este número: Editores técnicos M.A.E. Bernardo Martínez Evaristo y M.A. Armandina Yarezi Salazar Díaz. Fecha de la
última modificación: 25 de enero de 2025.
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�Índice
Artículos científicos
5

El actor y el juego: Aportes de las teorías lúdicas y
deportivas para una perspectiva performativa del trabajo
actoral

The Actor and Play: Contributions of Play and Sports Theories to a
Performative Perspective on Acting Work
Laurent Berger

24

Tiempo y ausencia: Contradispositivo, cuerpo y violencia
en Quién baila mambo de Jesús González Dávila
Time and Abscense: Counter-device, Body and Violence in
Quién baila mambo by Jesús González Dávila
Isaac Pérez Calzada

41

Exhibir lo privado como acto de rebeldía: Narcisismo
performático en la escena contemporánea
Exhibiting the private as an act of rebellion:
performative narcissism in the contemporary scene
Larissa Loeza Goycochea

Artículo de reflexión
54

El Método González Caballero

The González Caballero Method
Enrique Armando Mijares Verdín

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�Artículos científicos

RECIBIDO: 07 de enero de 2025
ACEPTADO: 20 de enero de 2025
DOI: https://doi.org/10.29105/de.v2i2.15

Esta obra quedará registrada bajo la licencia de Creative Commons (CC BY 4.0) Internacional

El actor y el juego: Aportes de
las teorías lúdicas y deportivas
para una perspectiva performativa del trabajo actoral1

The Actor and Play: Contributions of Play and
Sports Theories to a Performative Perspective
on Acting Work
Laurent Berger1
Université Paul Valéry Montpellier 3 / Francia
Contacto: bergerlaurent@gmail.com
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-3352-6725

l1
r2

Este artículo fue realizado a partir de una investigación financiada por el Fondo National de Investigacion Suizo (FNS)
n°100016_188902 dentro del marco del proyecto Etre et jouer.

1

Laurent Berger: Département théâtre et spectacle vivant, Université Paul Valéry Montpellier 3, La Manufacture, Haute Ecole
des Arts de la Scène, Lausanne

2

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�Artículos científicos

El actor y el juego: Aportes de las teorías lúdicas y
deportivas para una perspectiva performativa del
trabajo actoral
The Actor and Play: Contributions of Play and Sports
Theories to a Performative Perspective on Acting Work

Resumen
A partir de la acepción lúdica del trabajo del actor presente lexicalmente en muchos idiomas, este
artículo propone encontrar en la teoría de los juegos conceptos y metodologías que permitan renovar
nuestra perspectiva sobre la labor actoral. Basándonos en los antropólogos del juego y aportes desde
las teorías del deporte, presentamos recursos teóricos y prácticos para justificar una crítica del carácter
recurrente e iterativo de la actuación y comprender qué beneficios podría aportar al actor al considerar
su trabajo como puro juego.
Palabras clave: Teoría del juego, deporte, performance, actor, ensayo
Abstract
Based on the playful connotation of the actor’s work found in numerous languages, this article proposes exploring concepts and methodologies from game theory to renew our perspective on acting. Drawing from anthropologists who study play and contributions from sports theories, we present theoretical
and practical resources to justify a critical reevaluation of the iterative and recurring nature of acting
work and to explore what the actor’s craft could gain by embracing it as pure game.
Keywords: Game theory, sports, performance, actor, rehearsal.

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Introducción
En el léxico francés del actor hay un término que, en definitiva, suscita algunas controversias, es el verbo jouer (que significa jugar y actuar), como si su uso fuera evidente o correspondiera
a una tautología, aunque ese jugar no sea exclusivo del actor. ¿Tiene algo que ver el deporte con los
otros juegos, con la actuación? ¿O será que la dimensión lúdica o deportiva que subsiste en la palabra
“juego”, cuando se refiere al actor, no es más que un residuo etimológico? Si bien la teoría del juego
(Huizinga,1972; Caillois, 1958/1992; o Descola, 2022) indaga en la relación entre el concepto de juego
y el deporte, la dimensión actoral del concepto de juego solo aparece de manera subliminal o periférica. Sin embargo, esta huella lexical también corre en el spiel alemán y aún más en el inglés, donde
la palabra play designa tanto la acción de jugar como la obra teatral. Aunque esta dimensión lúdica
esté ausente del léxico hispanohablante o lusófono del teatro, e incluso aunque la letra J esté ausente
del Diccionario de la performance y del teatro contemporáneo de Patrice Pavis (2018) que agrupa los
términos de la crítica profesional tanto como el lenguaje cotidiano de los practicantes o espectadores, el
juego sí parece estar presente en la escena performativa cuando pensamos en artistas como Gob Squad,
Forced Entertainment o Roger Bernat, entre otros. Tal vez el carácter lúdico y artificial que subyace en
la palabra hace desconfiar tanto a quienes creen en la verdad del personaje como a quienes pretenden
sustituirla por una verdad del intérprete, del performer, prefiriendo el no-actuar al actuar.
Para intentar desplegar un poco el término y ver en qué medida resulta esclarecedor para el
trabajo del actor, resulta útil recurrir a los antropólogos y sociólogos del juego, para hacer emerger lo
que nos pueden decir de manera latente sobre juego y actuación. Roberte Hamayon (2012, p. 87) señala, por ejemplo, una diferencia entre el hacer en el juego y el mismo hacer en la vida, “como si el verbo
tuviera en sí mismo una propiedad metafórica.” Roger Caillois (1958/1992), en Les jeux et les hommes
(Los juegos y los hombres), intenta una clasificación de los juegos en cuatro categorías principales: la
imitación (mimicry), el vértigo (ilinx), la competición (agôn) y el azar (alea). También identifica un
contraste entre dos actitudes presentes en la mayoría de los juegos: por un lado, el ludus, asociado a las
reglas y al desafío, por el otro, la paidia, asociada a la alegría de jugar y a la improvisación. Esta oposición también se encuentra en el inglés, que distingue game, término asociado con la noción de reglas
objetivas que estructuran el juego, y play, que resalta la experiencia subjetiva del jugador.
Esta superposición de enfoques sobre el juego, potenciales pero activados solo en ciertas
condiciones, no puede sino interesarnos desde una perspectiva contemporánea de la escena teatral, que
se caracteriza por una variedad de formas escénicas. A primera vista, parece que, entre estas categorías
del juego, la imitación —que para Caillois desaparece precisamente de las prácticas lúdicas a medida
que una civilización se desarrolla— es la que, por naturaleza, ha continuado dominando la práctica
teatral, mientras que las otras categorías parecen corresponder más a las prácticas deportivas, los juegos
de mesa y los juegos infantiles.
A partir de reflexiones teóricas y ejemplos de procesos creativos3, intentaremos aquí mos3
Si bien abordamos estas problemáticas desde teorías principalmente europeas, este artículo se basa en un proyecto de investigación cuyos terrenos prácticos tuvieron lugar en Suiza, Uruguay, Costa Rica, Francia, Alemania y Estados Unidos.

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trar cómo estas nociones cardinales de las teorías del juego —el vértigo, la competición o el azar—
contienen características susceptibles de esclarecer singularmente la práctica actoral en sus formas más
contemporáneas y cómo la aplicación de estas nociones a esa práctica actoral nos lleva a proponer una
superación del antagonismo entre el game y el play para ofrecer perspectivas de evolución al trabajo
del actor y del performer4.
Sin reglas no hay juego
Quizás el aspecto que más acerca el actor al jugador sea el hecho de jugar con reglas que
estructuran tanto el hecho teatral como los juegos en general. Aunque puedan parecer una fuerza a
priori opuesta a la libertad de actuar, son precisamente ellas las que establecen el marco que permite
que el juego florezca. Son también las que subyacen a toda convención teatral y las que permiten que
la relación entre actor/espectador se despliegue en un entendimiento común. La mayoría de los ejercicios y prácticas que enmarcan la formación de un actor o acompañan un proceso de creación también
requieren establecer reglas comunes para que la práctica colectiva pueda llevarse a cabo sin que a cada
momento uno se pregunte qué se está haciendo o qué se va a hacer. Nuestras obras, incluso si ciertas
prácticas performativas pretenden escapar de ellas, nos impulsan a realizar acciones que, por lo general, implican una diferencia con la realidad que debe estar organizada por esas convenciones para hacer
comprensible la representación5. Ya sea especificándolas o también tratando de evitarlas, definiéndolas
según vías negativas o afirmaciones positivas, más o menos circunstanciales o absolutas, nuestra relación con las reglas a menudo permite el desarrollo de nuestros procesos y disciplinas.
Para algunos artistas, estas reglas son incluso la clave de su teoría actoral. En Declan Donnellan (2004, p. 38-42), por ejemplo, la noción de regla aparece en el subtítulo de la primera edición de su
ensayo L’Acteur et la cible: Règles et outils pour le jeu (El actor y la diana, reglas y herramientas para
la actuación), ya que su teoría de la diana se funda por completo en las seis reglas que se le asocian:
1.- Siempre hay una diana.
2.- La diana siempre existe fuera y a una distancia medible.
3.- La diana siempre existe antes de que la necesites.
4.- La diana siempre es específica.
5.- La diana siempre está en transformación.
6.- La diana siempre está actuando.
4
El matiz entre los dos términos se refiere a las propuestas de Erica Fischer-Lichte (2004) que insiste sobre una relación más
estrecha a la realidad que ofrece el arte performativo en comparación con el arte teatral y también sobre una dinámica mucho
más reactiva e imprevisible de la acción escénica.
5
Entendemos aquí la convención teatral como el conjunto de códigos, sea culturales, sea contextuales, que comparten artistas
y audiencia y permiten a esta última acceder a un entendimiento suficiente de la representación.

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En este caso, su carácter invariable es lo que funda su poder, como el otkaz en Meyerhold o
el Jo-Ha-Kyu en la teoría del Nô. Ariane Mnouchkine (1993), sin ser esclava de las técnicas del teatro
oriental, se nutre de ellas para extraer reglas de trabajo: “precisión del gesto, nitidez del trazo, encuentro de una verdad extrema y un artificio extremo en el juego que podríamos llamar hiperrealista.”
Otros, como Jean-François Dusigne (2008), las destilan de manera más personal, casi íntima, como
hitos que orientan cada acto del actor. Pero las reglas también están ahí para ser creadas desde cero,
para establecer el marco conceptual o estético de una práctica dada o para formularse con el fin de identificar y consolidar una metodología existente. Así, observando el desarrollo de sus propios procesos
de creación, los miembros del colectivo Gob Squad terminan reconociendo a posteriori una especie de
patrón metodológico que pueden formular como regla y que consolida su trabajo:
Con la distancia, podemos decir que tenemos una regla de las ‘4R’: Reglas, Ritmo, Realidad
y Riesgo. Estos son cuatro ingredientes clave, ya sea en el teatro o en la calle. Siempre hay un
elemento de cada uno. También trabajamos con estructuras que combinan elementos visuales
coreografiados, elementos de improvisación y lo imprevisible. (Gob Squad, 2016, p. 109)
Para Gob Squad, las reglas son precisamente lo que permite luego la emergencia del riesgo.
Representan tanto el modo de funcionamiento de sus prácticas, delinean su marco estético y constituyen la base de su ética artística.
La mayoría de las veces, sin embargo, las reglas son menos globales y son inventadas para
acompañar de manera más contextual el desarrollo de un proceso, o bien, establecer un orden en una
dimensión del juego que permita canalizar las demás. Los cuadernos de notas de los ensayos de los
actores están llenos de estas pequeñas reglas que permiten plantear desafíos, incorporar gestos o ritmos,
cumplir con objetivos a más o menos largo plazo. Algunas reglas son exclusivas: “Nunca obedecer
al rol. No entrar en modo automático”; otras son positivas: “Mantener la distancia al principio de la
escena. Atacar fuerte la escena”. La mayoría son subjetivas, incluso íntimas, escritas a menudo en un
lenguaje que solo el actor puede comprender; ni el director ni el público podrán adivinar que son el
soporte de su expresión.
Estas emergen e imponen su existencia a más o menos largo plazo, como los motivos del juego, pero se expresan de manera más clara y consciente y ayudan a estructurar el esquema corporal del
actor para alcanzar el dominio del gesto. Yoshi Oida (1992) evoca así a un actor de Nô interpretando
el papel de una anciana:
El actor apareció, avanzó lentamente por el puente que lleva al escenario, y en ese lento caminar estaba toda el alma de la anciana, todos los sentimientos mezclados que agitaban su corazón, su soledad, su ira, su deseo de acabar con la vida. Fue una interpretación extraordinaria.
Después de la representación, fui a encontrar al actor en su camerino para preguntarle cómo
se había preparado. Pensé que tal vez se había servido del sistema de Stanislavski o de algo
parecido, apelando a la memoria afectiva. Me respondió que sus pensamientos habían sido

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los siguientes: ‘Es una anciana, así que debo dar pasos más cortos de lo normal. Aproximadamente un 70 % de la longitud normal. Y debo detenerme en el primer pino tras mi entrada.
Mientras camino, no pienso en nada más que eso’. (p.30)
Cada actor establece, por tanto, sus propias escalas energéticas, vocales o emocionales para
estructurar su partitura actoral, mientras responde también a reglas colectivas que, a su vez, estructuran
la puesta en escena. Aunque, desde una perspectiva externa, estas reglas parezcan muy relativas, para
el actor resultan concretas de manera subjetiva; regulan los flujos y reflujos entre el movimiento y la
voz, entre la acción y la intención. Especialmente, este sometimiento a las reglas permite mantener una
concentración constante y una tensión interior. Sin embargo, para evitar el automatismo o el formalismo, al buscar reglas de juego en la composición o la acción, se pueden construir a partir de principios
que no solo controlan el movimiento, sino que también lo permiten.
Por diferentes que sean estas prácticas, está claro que comparten con el arte del juego, y también con el deporte, la necesidad vital de reglas que estructuren la expresión escénica. Por tanto, resulta
lógico explorar más allá la analogía con la teoría del juego, intentando identificar si algunas características del juego, aparte de la imitación, son operativas en el motor del trabajo actoral.
¿El teatro, un arte del riesgo?
Entre las categorías del juego identificadas por Caillois (1958/1992) en la historia de las sociedades, hay una que aparentemente está muy alejada del universo teatral: el vértigo (ilinx, según
Caillois). Presente en los deportes extremos, el esquí free style o free ride, el MMA o el wingsuit, por
ejemplo, el vértigo también se aplica para Goudard (2010) a la estética del riesgo en las artes circenses,
donde el peligro físico de lesión o muerte se superpone con una belleza singular. Pero enfrentarse a los
límites de lo que el cuerpo y la destreza pueden lograr juntos, desafiar a los demás para superar estos
límites, estar en un desequilibrio permanente entre el impulso y la caída, puede conectar de manera
bastante natural, por analogía o literalmente, con el proyecto estético de un actor.
Una gran parte del arte performativo se despliega en este campo. Si consideramos la obra de
Marina Abramović, Thomas Lips, que Fischer-Lichte (2004, p. 17) toma como punto de anclaje para
su estética performativa, percibimos en ella la voluntad de hacer de su propio cuerpo el lugar de experimentación de los límites de resistencia del ser humano, tanto desde el punto de vista del sujeto de la
obra como de sus testigos. Huyendo tanto de la inercia de las artes plásticas como de la falsificación
de la realidad que opera el teatro, las formas surgidas de la performance han abierto una vía entre estos
dos continentes que permitió acercarlos. Cada vez más artistas, desde las vanguardias de los años 60,
como Jan Fabre en los años 80, o Angelica Liddell, Romeo Castelucci, Rodrigo Garcia, Antonija Livingstone o Florentina Holzinger desde los 2000, han tratado de reinyectar estos elementos en el teatro
para devolverle una dosis de realidad que ya no encuentran en él.
No obstante, rara vez se puede confundir el vértigo experimentado en estas prácticas con
el que nos ofrecen el circo o los deportes extremos, pues si bien la experiencia corporal es real, el
riesgo asumido pertenece, por lo general, a una expresión poética. Mientras que las acrobacias aéreas
y el esquí free style juegan con los límites de las capacidades psicofísicas de nuestra especie (fuerza,

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habilidad, sincronización) y su práctica está reservada a una élite restringida, la mayor parte de las
performances artísticas, incluso las más intensas, están físicamente al alcance de cualquier deportista
medianamente entrenado y, psíquicamente, al alcance de cualquier artista decidido.
La convicción de una mayor realidad en el arte performativo frente al teatro también es relativa, porque las fronteras entre estas dos disciplinas tienden a ser cada vez más borrosas y, aunque
Abramović afirme que el cuchillo que sostiene en su mano es más real que el de un actor interpretando a
Lady Macbeth, este hecho depende, ante todo, de la credulidad, consentida o provocada, del espectador
que observa la obra. Y también, un poco, de lo que cada artista realmente hace con su cuchillo.
Lo que nos aporta la teoría del juego desde este punto de vista es entender que la relación con
la realidad es, ante todo, una cuestión de distancia respecto a nuestra percepción subjetiva, más que
una cuestión absoluta. Sin duda, esta sensación de distancia entre lo real y lo ficticio es muy sensible al
tiempo, así como al contexto social y cultural. Y, por muy delgada que sea, una capa de ficción siempre
encubre la obra performativa. Reconocerla y conocerla es lo que permite jugar con ella. En este sentido, en la dimensión performativa del teatro, la cuestión para el actor no se reduce tanto a enfrentarse
al vértigo como a enfrentarse a su vértigo propio y encontrar la manera de compartir esta experiencia.
Así, en el espectáculo 4, de Rodrigo García, una secuencia emblemática del espectáculo muestra a los actores Nuria Lloansi y Juan Navarro peleándose o revolcándose, según la perspectiva, sobre
un bloque gigante de jabón de Marsella mientras son rociados con agua. Los ensayos de esta secuencia
consisten en ajustar uno a uno los parámetros controlables de la acción para que esta experiencia de
vértigo aparezca: duración del tiempo con ropa versus tiempo desnudos, mayor o menor cantidad de
agua proyectada, frecuencia de la proyección, cantidad de crema antiirritante, composición química
del jabón que recubre el artefacto escenográfico, tipo de acciones individuales y en dúo que pueden
realizarse, frecuencia, intensidad y duración de estas acciones, resistencia individual al dolor, control
del deslizamiento y de las caídas, etc. Como la partitura clásica de un actor, con sus pausas, inflexiones
de voz, movimientos internos y direcciones, la construcción de esta secuencia se realiza con minuciosidad para que este doble vértigo se manifieste en lo visible, aunque permanezca irresistiblemente
impredecible. El juego se desarrolla encuadrado por límites más que por verdaderas reglas. Porque
jugar aquí se realiza más en el play que en el game. Pero se requiere el compromiso de todo el cuerpo y
toda la concentración de los actores para llegar a límites inalcanzables, equilibrios imposibles, al final
de los cuales se encuentra el placer de jugar juntos. Cada ensayo y cada representación enriquecen el
esquema corporal de los actores con experiencias y nuevos motivos que les permiten enfrentarse a las
futuras representaciones, superando la fragilidad y el gozo de ese vértigo. Este no siempre se desarrolla
al margen de las reglas ni exclusivamente en el espacio de la sensación física. Para Tim Etchells, de
Forced Entertainment, son precisamente las reglas las que contienen en sí mismas la posibilidad de
experimentar el vértigo:
Siempre estamos muy interesados en las limitaciones y, de alguna manera, consideramos que
cada proyecto que hemos llevado a cabo opera dentro de un conjunto particular de limitaciones y restricciones. Estas limitaciones son lo que permite que un espectáculo sea realmente

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lo que es, lo que le da su sabor propio [...] Muy a menudo, cuando creamos un espectáculo,
intentamos descubrir hasta dónde podemos llegar dentro del lenguaje o de una condición
particular, hasta dónde podemos empujar los límites, hasta el punto de ruptura y, si es posible,
más allá. (Etchells, s.f., p. 4)
Porque el vértigo del actor no es algo que se domestique. Solo se pueden preparar las condiciones para su emergencia, pero aparece bajo una forma que no se había previsto. “Buscamos algo
diferente y esperamos… que aparezca el riesgo. Lo comprendemos cuando lo descubrimos, estoy seguro de eso. El riesgo nos sorprende, siempre esquivo [...] pero es demasiado raro y es lo único de lo
que deberíamos ocuparnos.” (Etchells, 2002, p. 49). Esto hace indispensable, para alcanzar este tipo
de intensidad en el juego, huir de los métodos probados y, sobre todo, salir de las zonas de control y
de confort del actor. De ahí el interés de las imposiciones externas y de reglas precisas y exigentes
cuyo cumplimiento permite lanzarse a la acción, ya sea verbal o física, sin límites. Este tipo de reglas
del juego, lejos de protegernos en la ficción, permiten proyectarnos fuera de nosotros mismos en una
especie de competición virtual sin otro adversario que las mismas reglas.
Algunas aproximaciones fenomenológicas de las prácticas deportivas (Recopé y Fache, 2010,
p. 285) muestran además cómo, para los atletas más comprometidos en su deporte, los verdaderos
campeones, la concentración en el objetivo del juego les permite olvidar incluso su propio cuerpo,
hasta ponerlo en peligro. ¿Como los actores? Para Claire Deutsch es una forma de inconsciencia ante
el peligro que defiende en su trabajo sobre Las cuatro mellizas de Copi:
El teatro es como saltar con cuerda elástica. Te preparas antes. Pero en el momento de saltar
tienes que olvidarlo todo, vaciarte y lanzarte sin pensar. Esto requiere una gran confianza, plena, en la cuerda elástica, el arnés, el mosquetón, tu corazón, la persona que te puso el arnés...
No debes tener problemas cardíacos. Hace falta valor. Para dar el paso. Se necesita creer. Todo
irá bien, todo estará bien. Sentirás que te lanzas a la muerte, pero todo estará bien. Hay que
soltarse, ser inconsciente. Tener una gran relajación, una gran flexibilidad mental. No ceder
al pánico. No puedes detenerte una vez que todo está en marcha. ¡Es jugar con los límites!
(Berger et al., 2022, nota 8751)
Aunque los paralelismos entre las prácticas deportivas y las performativas son numerosos y de
larga data (Meyerhold, Copeau, Lecoq), en particular la necesidad de un entrenamiento específico separado del proceso creativo, la importancia de la biomecánica y de la descomposición del movimiento,
la relación entre ritmo y movimiento, entre otros, los aspectos relacionados con el juego, en el sentido
de play, han sido mucho menos teorizados. Sin embargo, como se puede observar, no son menos ricos
y tienen el interés adicional de vincular estrechamente las dimensiones psíquicas, físicas, emocionales,
tácticas y lúdicas, ofreciendo a los actores múltiples planos en los que activar estas analogías para comprender los vértigos que experimenta un actor sobre el hilo de su partitura escénica.

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Jugar contra las reglas
Por el contrario, a primera vista, la idea de competencia, el agôn, categoría dominante del
juego según Caillois y tan importante en el deporte, parece relativamente ajena, o incluso repulsiva,
para las prácticas artísticas, salvo algunas excepciones como las competencias de improvisación, por
ejemplo. Sin embargo, el espíritu de compromiso y olvido de sí mismo que genera la competencia en
el deportista no se aleja tanto a la visión apasionada del juego que tienen algunos actores, dispuestos a
sacrificarlo todo, a “morir en escena”. Pero, si existe competencia, ¿cuál es su naturaleza? ¿Se puede
identificar un adversario? ¿El compañero? ¿El público? Ciertamente no. Y el agôn propio del drama
en sí mismo no lleva verdaderamente una dimensión competitiva. ¿No podríamos considerar que son
las propias reglas, esos límites que se crean para condicionar la acción performativa, las que mejor
explican esta noción de agôn (en el sentido de competencia) en un escenario teatral? Aquí, son sin
duda las teorías de los videojuegos, más que las competencias deportivas clásicas, las que nos ofrecen
las perspectivas más convincentes, y rara vez abordadas, en particular en la forma de integrar las cuestiones técnicas. Porque, en los videojuegos, cuando no hay un adversario humano en frente, es contra
las reglas algorítmicas, contra la propia técnica, contra lo que lucha el jugador:
El juego no es otra cosa que desestabilización, una puesta en juego del orden establecido. Esta
es la razón de las dificultades que encuentra la teoría cuando intenta definirlo y categorizarlo.
Por naturaleza, el juego no puede encajar en una concepción utilitarista de la técnica: ello
implicaría concebirla como un soporte ortésico, apto para pasar desapercibido. En cambio, lo
que busca el jugador en la técnica es precisamente lo contrario: no cardinalidades ni temporalidades que permitan orientarse, sino la desorientación, la experiencia del laberinto. (Roy,
2019, p. 18)
Los videojuegos, especialmente aquellos relacionados con la acción, están sometidos, más
que ningún otro, a reglas y protocolos informáticos que traducen en códigos las acciones del jugador
en el mando. Pero son precisamente su acumulación y su complejidad las que los hacen incontrolables,
es en esa desorientación donde reside el placer del jugador. Dicho placer y la dificultad que desafía la
virtuosidad son también los que podemos encontrar en la experiencia performativa.
En D. Quixote6, espectáculo performativo de flamenco, la alta tecnicidad de la disciplina
flamenca llevó los artistas a buscar maneras de desviarla para liberar un auténtico terreno de descubrimiento para los intérpretes; para crear las condiciones que les permitieran bailar de otra manera,
para encontrar ese estado de olvido de la técnica que posibilita el juego. Al inicio, fue una cuestión
puramente dramatúrgica la que los orientó hacia los dispositivos adecuados para alcanzar estos estados.
La imaginación del Quijote, completamente impregnada de novelas de caballería, no cesa de transformar su realidad banal y rural en una búsqueda épica que lo lleva a librar combates muy reales contra
hombres y animales.
6

D. Quixote, Teatro Nacional de Chaillot, Paris, 2017.

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Acordaron rápidamente que la imaginería del deporte ofrecía un contraste interesante, ya que
es ella la que hoy en día convierte a simples deportistas en héroes, además propone una variedad de tipos de incorporaciones capaces de cuestionar la técnica y la estética del baile. Se realizaron una serie de
pruebas con todo tipo de equipamiento deportivo para observar en qué medida cada uno condicionaba
el baile, lo llevaba a desplazarse, a reinventarse.
Los zapatos de futbol con tacos ofrecen una dureza en el impacto indispensable para la dinámica del flamenco, pero también una menor adherencia que provoca deslizamientos e imprecisiones,
en resumen, una inseguridad para los bailarines, privados de su habitual virtuosismo. Además, el sonido característico de los tacos metálicos renueva la sonoridad de los pasos.
En un registro más grave, se eligió el boxeo, que permitía trabajar dúos y destacar los aspectos más duros de la búsqueda del Quijote. Desde el punto de vista técnico, el peso de los guantes y la
posición fija de las manos que imponen a las bailarinas cambian por completo la gestualidad habitual
del flamenco. Estos guantes implican una serie de adaptaciones, tanto internas como externas: internamente, al reconfigurar los aspectos propioceptivos del baile e integrar una dimensión reactiva a la
actuación; externamente, al aportar un tipo de expresión mucho más pesada y torpe. No solo las manos
pierden su expresión, sino que los brazos, cargados, contribuyen a un flamenco más terrenal (Berger,
28 de marzo de 2021, min 51:20 a 54:20).
La última disciplina deportiva integrada al baile, la esgrima, permitió devolver la obra al ámbito de su modelo literario. Aparentemente más cercana a la ligereza del flamenco, el uso de zapatos
que chirrían (más que taconear) genera una sonoridad singular en el baile y una agilidad sorprendente
en las secuencias que involucran solo la parte inferior del cuerpo. Pero el manejo de los floretes contradice radicalmente los reflejos de los bailarines. Mientras que los guantes de boxeo simplemente anulaban la expresión de las manos y permitían a los performers concentrarse en el resto del cuerpo, los
floretes, al ser una extensión de la muñeca, amplifican considerablemente sus mínimos movimientos y
les confieren expresiones extrañas, ya que no están programadas en el esquema corporal de los performers (Berger, 28 de marzo de 2021, min. 1:06:40 a 1:08:40). Parecen verdaderos albatros varados en
la cubierta de un barco. Hay que jugar contra este límite, y surgen de manera incontrolada distinciones
entre secuencias puras de pies, con los floretes en posición de saludo; pasajes donde la gestualidad de
la esgrima domina la parte superior del cuerpo, al hacerlo, ordena también los miembros inferiores;
finalmente, secuencias anárquicas donde no emerge ningún orden. Una lucha entre orden y caos. Una
competencia entre dos espíritus encarnados en un mismo performer, el del esgrimista y el del bailarín.
Como si no lográramos reprogramar el esquema corporal para un nuevo tipo de composición que
sintetizara ambas lógicas psicomotrices, permitiendo que la performance mostrara su enfrentamiento
desordenado, una competencia feroz contra las reglas que no se logran dominar.
Nunca repetir
En esta trampa para la virtuosidad, en esta competencia construida para perderla, finalmente
aparece el azar, último componente esencial del juego identificado por Caillois con el término alea, que
nos sitúa ante dos actitudes contradictorias: una voluntad de controlarlo, de incorporarlo en un régimen

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de orden y un deseo de alimentarlo como energía vital del play. Esta voluntad perpetua de dejar espacio
al azar se opone frontalmente al concepto de repetición o, invirtiendo la proposición, podríamos decir
que el término nos ayuda a definir una voluntad afirmada de deshacerse de cualquier régimen de orden
en el desarrollo de un espectáculo. Para Antoine Vitez (1985), esta palabra que en francés describe el
marco en el que se despliega la creación, es significativa. Se trata de:
cercar la forma mediante la repetición; el término francés aquí cobra todo su sentido. Se trata
de repetir tantas veces que no se pueda fallar, no cometer errores. Es de la misma naturaleza
que la repetición musical: hay que establecer la partitura y reproducirla. (p. 27)
En la elección del modo de control del juego, el de la partitura musical es, sin duda, el más
rígido. A medida que las prácticas evolucionan, los términos técnicos pierden algo de su sustancia
original, pero el significado persiste de manera subyacente en la práctica. Y el de repetición merece
especialmente una discusión, ya que denota la pasividad del proceso y la rigidez del objetivo.
En inglés, el término rehearsal que lleva el mismo prefijo repetitivo completado con el radical
de origen francés herser (cavar) parece más activo. Se trata de explorar las profundidades de la obra
para hacer resurgir lo que está oculto en ella. Se refiere a la visión dual del teatro, donde el significado
de la obra constituye la referencia del espectáculo, aquello que debe ser encontrado. En alemán, el término probe connota una exploración más horizontal, una puesta a prueba o ensayo, como en español,
aunque en alemán también induce una variación adicional que fija un objetivo preciso, una “prueba”.
El italiano, con repetizione y prova, juega en ambos frentes.
¿Cómo pensar el azar, la indeterminación del texto, la incertidumbre fructífera del juego fuera
de estos esquemas que inducen una forma de domesticación del actor, un carácter programático del
proceso? ¿No deberíamos inventar principios contrarios a estos, que compensen en parte la inercia
determinista generada por los métodos históricos de creación actoral? Un punto de partida consiste,
justamente, en resistirse al principio de repetición y a su correlato técnico: la fijación de la partitura
escénica. Así, el vórtice que acompaña la dinámica de creación no se elimina por completo en una especie de embudo al acercarse el estreno, sacralizando una legibilidad demasiado unívoca o estable de las
acciones y de los signos del espectáculo. Se trata de dejar espacio para una elaboración más orgánica
de la composición, a partir de la experimentación por parte del actor en el escenario de las diferentes
posibilidades de interpretación, sin necesariamente fijarlas. Sobre todo, más allá del rechazo a concebir
el juego del actor de manera estable, también se rechaza que los contornos del personaje se instituyan
en un sentido unívoco.
En esta relación entre orden y desorden, el enfoque deportivo del juego, es decir las analogías
que podemos construir entre prácticas teatrales y prácticas deportivas, ofrece un horizonte de reflexión
estimulante para tejer vínculos entre la interpretación del personaje y el juego performativo, entre la
disciplina y la improvisación. Portadoras de una visión bastante reduccionista de la noción de performance, las disciplinas deportivas ofrecen en realidad un abanico mucho más amplio para considerar los
distintos enfoques del juego que hemos atravesado, incluso los más académicos. De hecho, las disci-

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plinas deportivas más técnicas se asemejan más a los procedimientos clásicos de creación del actor que
a las orientaciones performativas del juego. Por ejemplo, si consideramos disciplinas individuales sin
interacción física, como el salto de altura o las barras asimétricas, encontramos similitudes profundas
con la construcción controlada del personaje: una búsqueda inalterable de la forma perfecta, la pura
partitura escénica. Ya sea en gimnasia o en atletismo, la importancia de la repetición, la eliminación de
la emoción exterior a la tarea, la precisión en la preparación y la repetición de la ejecución son decisivas
para la performance final. El desafío de la prueba (o de la representación en el caso del teatro), así como
sus incertidumbres, generan tensiones y perturbaciones inevitables, pero estas deben ser minimizadas
para no cuestionar la naturaleza ni el desarrollo del evento, ya que este depende principalmente de una
acción previsible y conscientemente preparada.
Los jugadores, al igual que los actores, hablan en este caso de permanecer en su burbuja, de
evacuar las perturbaciones. En cambio, tan pronto como aparece la interacción aleatoria, ya sea en forma de confrontación física directa, en los deportes de combate, o indirecta, en los deportes de raqueta,
el lugar de la adaptación a las restricciones exteriores se vuelve predominante en el juego y obliga al
jugador a reaccionar ante un gran número de indeterminaciones, exigiéndole una capacidad de improvisación mucho mayor, reacciones instintivas, sin control racional.
Los deportes colectivos, en este sentido, parecen aún más cercanos, por su naturaleza y la
complejidad de las relaciones interpersonales, al acto teatral. La mayoría de ellos deben integrar una
forma aguda de desorden, la confrontación con lo inesperado, en particular con los objetos transicionales del juego, las pelotas, por ejemplo, que generan su propio régimen de azar. En este sentido la
pelota de rugby con su bote impredecible genera una dosis de improvisación y de riesgo indispensable
para el juego y fuente de placer. Nos ayudan a considerar el ensayo teatral no como una simulación
anticipada y reiterada de la acción real, sino como una preparación para una acción imprevisible, cuyas
reglas ofrecen un marco pero que solo predicen aproximadamente el desarrollo técnico y estético del
evento. Nos invitan, finalmente, a integrar los otros componentes del juego: el azar, el vértigo, el desafío e incluso la imitación, integrando nuevos parámetros al proceso de creación, no incompatibles
con aquellos que fundamentan la lógica de repetición, pero complementarios y que la modifican profundamente.
Esta integración induce estrategias radicalmente diferentes de aquellas de la construcción del
rol, que deben introducirse a través de nuevas prácticas en el proceso de creación. A los fenómenos de
aprendizaje y estabilización se deben añadir, y a menudo favorecer, las acciones de desaprendizaje y
variación. Así, una vez validada una opción con respecto a una secuencia de juego, en lugar de estabilizarla o profundizarla para automatizarla, se tiende a explorar posibilidades expresivas capaces de
rivalizar con ella para convertirlas en alternativas. De la misma manera, una habilidad o técnica integrada, adquirida en la formación o desarrollada durante el proceso, puede ser objeto de un desaprendizaje. Se trata de una especie de vía negativa que recuerda los principios de trabajo sobre el actor de
Grotowski (1968), pero que, en este caso, no se dirige únicamente a la eliminación de bloqueos, sino a
la exploración de diferentes opciones expresivas o emocionales para responder a situaciones similares
pero distintas. También es una oportunidad para tomar conciencia de los automatismos integrados en el
esquema corporal y que activamos sin ninguna consciencia. No se trata solo de combatir los clichés que

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generan los hábitos interpretativos, sino de situar estos automatismos en una percepción más amplia y
creativa de nuestro sistema propioceptivo. Este enfoque, bien descrito por los neurocientíficos, parece
en última instancia más adecuado para las disciplinas artísticas que la fijación de una partitura que se
repetirá idéntica ante cada público. Como aclara Shusterman (2010):
Es útil exponer los hábitos no reflexivos a una mayor conciencia explícita no solo para corregir malos hábitos, sino también para proporcionar oportunidades de desaprender y estimular
una nueva forma de pensar que, en términos generales, puede mejorar la flexibilidad y la
creatividad de la mente. Investigaciones recientes sugieren que estas cualidades estarían relacionadas, en parte, con la mejora de la plasticidad de las redes neuronales del cerebro. (p. 207)
En el proceso de Medida X Medida7, la propuesta actoral invita a los actores a presentar cada
escena y cada personaje sin representarlos, impidiendo que se usen las técnicas propias a ese elenco.
Esta estética del no-actuar, este desaprender la actuación, les obliga a construir su partitura en directo
como un juego donde la reacción del público contribuye a la construcción del juego y les obliga a una
creatividad añadida, ya que no solo se trata de crear la historia sino también la manera de contarla. El
hecho de integrar al espectáculo un juego, hace que la participación del público (Berger, 16 de marzo
de 2021, min. 32:00 a 42:00) genere el mismo tipo de interacción que puede tener un partido de futbol,
donde la influencia de su reacción influye profundamente en el estado y la performatividad de los
actores. El actor descubre un aspecto de su creatividad escénica que ni su experiencia ni su técnica le
pueden ofrecer.
En última instancia, la repetición se convierte en el lugar de la permanente no repetición, lo
que lleva a un mejor conocimiento de uno mismo y amplía nuestro espectro de reacciones ante las situaciones que el actor puede atravesar en la performance. O, siguiendo a Tine Damborg (2020), quien
propone una práctica que combina el método Meisner y el contact dance de Cunningham, encontrar la
variación dentro de la repetición. De hecho, no se inventa una técnica todos los días, por lo que la inyección de métodos o materiales exógenos, algo recurrente en el deporte, se convierte en un instrumento
muy eficaz para el desaprendizaje de técnicas y la actuación no repetitiva. Al reconocer la dimensión
heterótrofa del proceso de creación teatral, se amplía considerablemente el campo de la práctica y, en
consecuencia, también las posibilidades estéticas que el actor podrá desplegar en el proceso.
La obra del actor o de la intérprete, ya sea la construcción de un personaje, la creación de una
partitura o un conjunto de acciones realizadas en su propio nombre, es siempre la presentación de una
experiencia escénica. Sin prejuzgar el estado de presencia y conciencia en el que lo realiza, su dimensión ficticia, ya sea representación o performance, es ante todo un asunto de percepción por parte del
espectador. Pero la experiencia misma es un nacimiento que encuentra su fuente en el proceso. En este
sentido, las neurociencias del desarrollo, al igual que las que se interesan por los deportistas de alto
nivel, también nos ofrecen enseñanzas decisivas al indicarnos que el aprendizaje no es ni acumulativo
ni lineal.
7

Medida X Medida, producción Teatro el Galpón, Montevideo, Uruguay, 2019.

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Jouen y Molina (2007, pp. 85-105) describen cómo, circulando de una “cuenca de atracción” a
otra, de una imagen del cuerpo hacia una nueva, la propiocepción del niño se desarrolla desaprendiendo. Para volverse más hábil, debe pasar por etapas de torpeza. Aprende mejor por la variedad de experiencias que por su mera repetición. A medida que envejece, un tenista debe aceptar cambiar su técnica
de agarre de la raqueta para adaptarse a la evolución de su cuerpo y su fuerza, este cambio pasa necesariamente por un periodo de disminución en el rendimiento. Zeami (1960) también pide al actor una
evolución a lo largo de su vida, para pasar gradualmente de la “flor del momento” a la “flor auténtica”.
Claramente, no es el camino más fácil ni el más directo para afrontar el oficio de actor ni
para montar un espectáculo. Y, a menudo, las circunstancias del oficio obligan a recurrir a trucos que
funcionan; en términos neurocientíficos, a los mapas neuronales más estables o las “cuencas de atracción” más profundas. Pero precisamente porque son profundas, producen esta contradicción de tener,
al mismo tiempo, la sensación de dominar cada vez más los fundamentos del oficio, pero también de
ver cómo se reduce poco a poco nuestro ámbito de acción, nuestro campo de competencia. Un poco
como trabajador que obligan a hacer una sola tarea y no desarrolla sus competencias fuera de ese esquema. De alguna manera, Zeami percibe los mismos peligros en un sentido filosófico o metafísico,
y Stanislavski también encarna esa postura en su búsqueda del arte actoral perpetuamente inacabado.
Se reconoce de inmediato a un actor incapaz de este tipo de desarrollo: en cuanto se encuentra con una
práctica inesperada, la relaciona con su propia lógica, no puede desplazarse para percibir la diferencia
o directamente cuestiona la legitimidad artística de esa técnica que no domina.
Para permitir este tipo de desarrollo del personaje escénico, es indispensable enfrentarse a
una variedad de experiencias corporales para las cuales uno no está preparado. Estas enriquecen al
actor con cambios en sus mapas neuronales, que constituyen futuras posibilidades de reacción. Es la
flexibilidad de todo su aparato imaginativo y propioceptivo lo que está en juego. Y la caída, el fracaso,
no solo son inevitables sino también saludables para el conocimiento de la vida bajo sus aspectos más
insólitos. Pero no son menos dolorosos que para un esquiador o un trapecista. Este enfoque confiere,
evidentemente, un valor performativo al propio ensayo. Esto no significa que no se dibuje a veces un
camino dominante, un patrón probable de la actuación, una partitura latente, especialmente cuando la
figura ficticia del autor domina en la sombra el proceso de creación. Pero igual lleva a enriquecer este
patrón con otros, más aleatorios y también activos; al experimentar en el ensayo no solo lo que realiza
el personaje, sino también miles de otras cosas que podría haber realizado. Y también para permitir que
cada actor encuentre exactamente el alimento que necesita en este proceso preciso, para tomar en cuenta su singularidad. No se puede anticipar conceptualmente ni solo sobre la base de una metodología
analítica. La dimensión empírica es más valiosa; el azar se convierte en una energía creativa.
Hacia el puro juego
Las principales enseñanzas que se derivan de estas analogías con otros juegos, deportivos o
no, nos permiten avanzar un poco más en la comprensión de las posibles evoluciones del ensayo hacia este enfoque performativo. Primero, nos indican que el proceso no debe centrarse principalmente
en la ejecución, el resultado, es decir, que la proyección imaginada del espectáculo, que se fabrica

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inconscientemente con cada intento, no debe imponerse sobre la vitalidad y los vértigos del proceso.
Debe liberarse de las reglas. Además, la disciplina, a menudo necesaria, tiene todo por ganar al ejercerse bajo el régimen del desafío, del agôn, y de la superación de los límites más que como un marco
para delimitar el trabajo. En este sentido, no se opone a la improvisación, de hecho, es estimulada por
ella y por el desequilibrio que esta activa y preserva. La repetición debe ser literalmente transgresiva,
es decir, literalmente, interdisciplinaria.
De la misma manera que los deportistas integran prácticas venidas de otros deportes para
regenerar el desafío cotidiano y mantener la atención y la creatividad, el teatro integrando otras disciplinas (no solo artísticas, sino también deportivas y, por qué no, lúdicas) se permite desplazar el punto
de enfoque del actor de sus técnicas adquiridas, fomentar el desaprendizaje y enriquecer su capacidad
de reactividad a la acción escénica.
Luego, es bueno dar un lugar central a la iniciativa del jugador/actor, que debe prevalecer
sobre la visión programática del entrenador/director, ya que, al final, serán sus recursos los que estarán
en juego durante la función, como lo demuestra de manera radical el grupo TG STAN, por ejemplo.
Finalmente, estas reflexiones nos conducen a pensar que la preparación del espectáculo debe consistir
principalmente en una confrontación con una multitud de posibilidades, más que en una anticipación
ilusoria de lo probable. Es entrenamiento más que ensayo.
Concebir el ensayo como entrenamiento y el espectáculo como puesta en juego cambia significativamente la organización del proceso, así como la naturaleza y los objetivos de las prácticas que
se integran en él. Esto permite afirmar el carácter vital de la improvisación del actor y de los desafíos a
los que se enfrenta dentro del propio espectáculo como un factor de juego, y no solo como una técnica
de creación. Dado que no se sabe exactamente lo que el actor/jugador atravesará durante la función/el
partido, su calidad de indeterminación y adaptabilidad es valiosa para responder a la ejecución actoral
en tiempo real. El actor también nutre su imaginación con miles de motivos que le ayudan a moverse
libremente entre las capas de significado y acción mientras invierte en estados de presencia únicos
en cada representación, esto lo lleva a enfrentar el espectáculo como un momento de vida por crear y
no por recrear; hay una superposición contradictoria y una circulación permanente entre la experiencia personal del actor y la ficción, sin que una sea simplemente el reflejo de la otra. De este modo,
construye el juego como un desafío real que, preparado en la repetición, se pone nuevamente en juego
cada noche de representación; se desliza del proceso al espectáculo en un mismo estado inestable de jugador. Evidentemente, esta porosidad del proceso de repetición hacia el espacio de la representación es
reversible, y nuestro enfoque lleva a otorgarle a la repetición la tensión y el valor de una representación.
La preparación consiste en encontrar el ejercicio adecuado para revelar en el actor un tipo de
presencia singular, el dispositivo, tanto poético como técnico, que pone en tensión una resistencia motriz o psíquica particular. Aunque existen analogías con el deporte, en lo que respecta al compromiso,
a la preparación mental y corporal, no se encuentra la estandarización del esfuerzo propia de las disciplinas deportivas más uniformes (atletismo, gimnasia, etc.). La acción está más bien diseñada a medida
del actor, como un desafío personal, auténtico, único, donde la confrontación con la dificultad genera
efectivamente un juego para él, poniendo en tensión sus límites personales, únicos. En el deporte, la

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propia competición genera esta tensión, en el arte verdaderamente performativo este aspecto debe ser
un nuevo espacio de creatividad, un lugar donde la regla es un desafío a la imaginación.
El renovado desafío es la base de esta relación performativa con el ensayo. Para seguir suscitando el deseo de superación y de expresión personal, el valor otorgado por el actor a cada etapa de la
repetición debe mantenerse en un nivel elevado. Pero se trata menos de una rigurosidad para profundizar un principio preciso y recurrente, como para Grotowski (1968) o Barba (1990/2008), que de la
renovación de la dinámica de creación que pone en tensión el juego y despierta el deseo de exploración.
La energía debe circular entre la disciplina y la improvisación, entre el game y el play.
Por un lado, se trata de trabajar sobre la dinámica colectiva, la disciplina y la implicación del
grupo en las prácticas y la confrontación a los mismos ejercicios, para provocar voluntades de superación colectivas. Por otro lado, debido a la renovación constante de los ejercicios y las prácticas, debe
prestarse atención a la precisión para ejecutar, en cada ocasión, una dinámica de juego propia. Finalmente, hay que prestar especial atención a la adaptación de las prácticas a cada intérprete, inclinándolas hacia su sensibilidad o sus dificultades, generar desafíos singulares para cada uno. No se trata
de establecer invariantes, sino de saber inventar reglas que hagan que el juego propuesto sea jugable
(playable) hoy en día, que mantenga dificultades, que suscite el entusiasmo del «play», que convoque
desplazamientos de esquemas corporales en unos y otros. A veces hay que desarrollarlos en un plano
vertical, aumentando la dificultad técnica de una improvisación, en términos de rapidez, de elaboración
de un relato o de virtuosismo vocal. Otras veces, se trata de modificar el imaginario para suscitar más
bien una curiosidad física o intelectual, un cambio de paradigma que estimule otro aspecto del juego.
Nuestras luchas son, evidentemente, fruto de las circunstancias. Si hoy en día el desgaste del
personaje lo termina de transformar en un simple combustible para la creación, es necesario reconocer
que la presencia del performer como fuerza escénica supuestamente más real que la del personaje
también llega a su agotamiento. La lucha entre estas fuerzas antagónicas se está acabando, pero puede
aprovecharse su último vigor para abrir un nuevo horizonte al juego, que se emancipe definitivamente
de un autor ausente del escenario sin renunciar a la fuerza creativa de la ficción. Elevarse contra estos
modelos todavía poderosos no es, en primer lugar, una cuestión de renovación, sino más bien una
voluntad de reactivar nuestra ética artística, que es el nervio de la creación. La ética se entiende aquí
como un conjunto de reglas tanto estéticas como técnicas que consolidan nuestro arte y a las cuales nos
obligamos a obedecer y, sobre todo, a renovar. Porque, por exigente que sea una ética de trabajo, también se debilita con el tiempo y por la transmisión a la siguiente generación; acaba reduciéndose a esas
reglas y técnicas, y solo una redefinición permanente de esta ética nos permite seguir en el corazón de la
creación. Los deportistas tienen la medida eterna del tiempo, de la distancia, la ingeniosidad o la fuerza
del adversario como exigencia permanente. La evolución del juego exige esa perpetua renovación. En
futbol fue la defensa férrea de los 80 que hizo la gloria del AC Milán, la circulación eléctrica del juego
que impuso al Barça en los años 2010, o la presión tras pérdida que explica el dominio del Manchester
City en el futbol inglés en la actualidad. En los artistas, esa exigencia debe ser el producto de la investigación y de la imaginación. Las reglas permiten el juego, pero es solo su renovación constante lo que
convierte al juego en arte, en un puro juego, como dice Tim Etchells:

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Jugar como un estado en el que el sentido es un flujo, en el que las posibilidades se bifurcan,
en el que las versiones se multiplican, en el que las fronteras entre lo que es real y lo que no lo
es se desdibujan, se velan, se derrumban. Jugar como una transformación sin fin y sin descanso. ¿Sería eso el puro juego? (2002, p. 53)
Cuanto más avanza el aprendizaje, más nos desafía el arte a superar las mismas reglas que
hemos establecido para hacer funcionar la actuación, con el fin de sentir esa presencia que Zeami llama
la flor del presente eterno. En la creación, es luchando contra el resultado esperado, rechazando las
técnicas probadas, buscando una presencia insólita en el escenario, entre ser uno mismo y ser otro, que
el actor puede hoy perseguir una ética artística y compartir su percepción de la obra, con el riesgo permanente de perderse en el vértigo de esta búsqueda, pero con la posibilidad, si la enfrenta, de desafiarla
y de compartir al público ese vértigo.

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RECIBIDO: 23 de octubre de 2024
ACEPTADO: 11 de diciembre de 2024
DOI: https://doi.org/10.29105/de.v2i2.13

Esta obra quedará registrada bajo la licencia de Creative Commons (CC BY 4.0) Internacional

Tiempo y ausencia:
Contradispositivo, cuerpo y
violencia en Quién baila mambo
de Jesús González Dávila
Time and Abscense: Counter-device, Body
and Violence in Quién baila mambo by Jesús
González Dávila
Isaac Pérez Calzada1
Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Teatral
Rodolfo Usigli INBAL/ México
Contacto: isaacperezcalzada@gmail.com
ORCID: https://orcid.org/0009-0003-7006-5977

Isaac Pérez Calzada1
Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Teatral Rodolfo Usigli Instituto Nacional de Bellas Artes
y Literatura/ México
Contacto: isaacperezcalzada@gmail.com
ORCID: https://orcid.org/0009-0003-7006-5977

Maestrante en Investigación Teatral en el Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Teatral Rodolfo
Usigli del INBAL.

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Tiempo y ausencia:
Contradispositivo, cuerpo y violencia
en Quén baila mambo de Jesús González Dávila
Time and Abscense: Counter-device, Body and Violence in
Quién baila mambo by Jesús González Dávila

Resumen
La presente investigación examina los recursos de hipertextualidad empleados por Jesús González
Dávila en su texto dramático Quién baila mambo, para la creación de un contradispositivo que le permite abordar la presencia de los cuerpos desaparecidos y las violencias ejercidas en ellos. Se analiza
cómo el autor crea mecanismos dramatúrgicos que subvierten las dinámicas de poder. A través de un
análisis teórico y simbólico, se investiga la multifocalidad de la obra, destacando cómo las conexiones
hipertextuales y la reconfiguración de sus propias narrativas permiten al autor articular un discurso
crítico frente a los dispositivos de control y violencia tradicionales. La metodología incluye un análisis
textual detallado de una de las escenas de esta obra y una revisión teórica sobre la generación de dicho
contradispositivo desde los mecanismos de la hipertextualidad. Se busca demostrar cómo González
Dávila desafía y reinterpreta las relaciones de poder en torno al cuerpo y la violencia, proponiendo
nuevas lecturas sobre el control y la resistencia en el contexto social mexicano.
Palabras clave: cuerpo, violencias, hipertextualidad, multifocalidad, contradispositivo.
Abstract
This research examines the use of hypertextual resources employed by Jesús González Dávila in his
dramatic text Quién baila mambo for the creation of a counter-device, which enables him to address
the presence of disappeared bodies and the violence inflicted upon them. It analyzes how the author
devises dramaturgical mechanisms that subvert power dynamics. Through a theoretical and symbolic
analysis, the study investigates the multifocality of the play, highlighting how hypertextual connections
and the reconfiguration of its narratives allow the author to articulate a critical discourse against traditional mechanisms of control and violence. The methodology includes a detailed textual analysis of
one of the scenes of this work and a theoretical review on the generation of said counter-device from
the mechanisms of hypertextuality. The aim is to demonstrate how González Dávila challenges and reinterprets power relations surrounding the body and violence, proposing new interpretations of control
and resistance within the Mexican social context.
Keywords: Body, Violences, Hipertextuality, Multifocality, Counter-device.

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Introducción
Jesús González Dávila: Teatro y Violencia
Cuando el teatro asume una condición fronteriza lanza preguntas incómodas, violentas y vitales. Un teatro fronterizo no necesariamente hace referencia geográfica alguna, sino que busca las
formas que le sean necesarias para dotar de nuevos sentidos a la realidad que a veces nos sobrepasa.
Por lo tanto, mirar las formas de ese teatro es asistir a la desestructuración encaminada a nuevas formas
y nuevas identidades. Quién baila mambo del dramaturgo mexicano Jesús González Dávila es uno
de esos textos que se fragmentan, como lo han venido haciendo desde hace mucho tiempo diversas
dramaturgias, para contar historias desde otras estructuras dramáticas. Un teatro de estas características desplaza nuestra mirada de las formas convencionales hacia narrativas que no lo son en su forma.
En este caso, nos obliga a observar el manejo de la violencia y su relación con el cuerpo visto como
un objeto hipersexualizado y de consumo a través de una ficción que juega con distintos planos espacio-temporales. Dicha obra nos revela un claro conocimiento por parte del autor respecto a una
problemática particular de la frontera mexicana (el tráfico de personas) y en él observamos una fluidez
muy particular en el manejo del tiempo y el espacio rompiendo con los cánones convencionales de la
creación dramática de los noventa.
Podemos afirmar, a partir de lo anterior, que Jesús González Dávila es pionero en el manejo
de estos temas en la dramaturgia mexicana en un tiempo en el que en el teatro mexicano se vivía una
transición generacional entre quienes formaban parte del movimiento dramatúrgico de los ochenta,
algunos de ellos integrantes de la Nueva Dramaturgia Mexicana, y la generación de los noventa, representada claramente, entre otros, por autores como Luis Mario Moncada, Estela Leñero, David Olguín y
Gerardo Mancebo del Castillo. En próximas líneas haré mención de una diferencia notable entre ambas
generaciones.
“Cuando tú me preguntas qué porvenir le espera al teatro mexicano, yo formulo otra pregunta: ¿Qué le espera al país? El teatro es un consecuente.” (González Dávila, 2008, p. 76, Tomo I). Así
responde Jesús González Dávila a una pregunta realizada durante una entrevista concedida a Enrique
Mijares para el prólogo de la publicación de su antología dramática Diálogo incorrupto. Su dramaturgia no muestra concesiones para el espectador; él está consciente de que ese camino puede remover
los sentimientos de quien se acerca a su obra, para que desde ese lugar reflexione en torno a sí mismo
y al otro. Sus palabras nos resultan necesarias para un espectador que frente a la violencia cotidiana ha
dejado de sentir. A ese espectador habrá que llevarlo de vuelta a su origen para comenzar a trazar un
nuevo camino o, al menos, eso podemos pensar a partir de lo que este dramaturgo mexicano manifestó
a lo largo de varios documentos y entrevistas.
Al revisar el grueso de su obra nos daremos cuenta de que Jesús González Dávila hace un recorrido en torno a diversas caras de la violencia (la familia, la calle, las instituciones, la mente humana,
la marginación) como origen de muchos de los males que aquejan a la sociedad mexicana. Además de
lo anterior, su obra dramática pasa por diversas etapas que le permiten explorar múltiples posibilidades
estructurales que rompan con la idea de un drama convencional y que se coronan, a decir de Enrique

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Mijares, en textos como Las perlas de la virgen, a través de la hipertextualidad, una serie de recursos
y estructuras que el mismo Mijares observa como característica de ciertas dramaturgias mexicanas de
los años noventa y que conforman lo que él denomina realismo virtual: “oxímoron que establece la
tensión entre la realidad fáctica y la virtualización de un sinnúmero de opciones. La exposición, por
tanto, implica diversificación que deviene en el entendimiento de la complejidad” (Galicia, 2018, p.
24). Dichos recursos, descritos por Galicia en su texto Dramaturgias fronterizas permiten que estas
dramaturgias abran caminos diversos de entendimiento a través de la no linealidad, la fragmentación,
la multiplicidad de puntos de vista, la simultaneidad de mundos y realidades superpuestas o la coexistencia de varios significados (pp.28-36). Las características mencionadas figuran en el texto daviliano
que analizamos en el presente artículo.
A lo largo de este texto haremos un recorrido por una escena de la obra Quién baila mambo
de Jesús González Dávila. En dicha revisión observamos el manejo que el autor hace de la violencia y
su relación con el cuerpo femenino (usualmente visto como un objeto hipersexualizado y de consumo)
a través de una ficción que juega con distintos planos espacio-temporales desde la no linealidad y la
superposición de realidades para dar voces a cuerpos de mujeres desaparecidas. Nos interesa este texto en particular porque coloca sobre la mesa una problemática particular de la frontera mexicana (el
tráfico de personas) en un momento histórico en el que estos temas no aparecían contundentemente en
la dramaturgia nacional y porque observamos una fluidez muy particular en el manejo del tiempo y el
espacio rompiendo con los cánones convencionales de la creación dramática, lo cual curiosamente se
ha negado desde una suerte de visión generalizada que se tiene de nuestra dramaturgia de finales del
siglo XX, dándole un valor primordialmente como un ejercicio costumbrista. Así mismo, analizaremos
si el autor fue capaz de crear, a través de su obra, contradispositivos (partiendo de la idea foucaltiana
del dispositivo y las relaciones de saber y poder implícitas en el mismo) que fueran puestos a favor de
la disolución de los dispositivos teatrales imperantes en el teatro mexicano de su tiempo y revisaremos
qué elementos pone en juego el autor en su obra Quién baila mambo publicada en 1999, un año antes
de su fallecimiento.
Metodología
Para el desarrollo de la presente investigación, partimos de un enfoque cualitativo, utilizando
el análisis textual como principal herramienta para estudiar la hipertextualidad, el cuerpo y la violencia en Quién baila mambo. Examinaremos el contradispositivo que el autor emplea para subvertir las
dinámicas de poder asociadas a la representación del cuerpo y los actos de violencia a fin de dar voz
a un cuerpo ausente. Para ello echaremos mano de un análisis textual detallado: Realizaremos una
lectura cercana de la obra para identificar las estrategias narrativas, simbólicas y estilísticas a través de
las cuales Jesús González Dávila articula los temas de cuerpo y violencia. Este análisis también busca
rastrear las conexiones con otros contextos culturales que constituyen la hipertextualidad de la obra.
El marco teórico de la presente investigación parte del concepto de hipertextualidad aplicado
por los autores Enrique Mijares y Rocío Galicia al teatro de fronteras. Con lo anterior, se busca demostrar cómo la obra cuestiona y desafía los dispositivos de poder a través de recursos dramatúrgicos de hi-

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pertextualidad que visibilizan al cuerpo de dos mujeres desaparecidas como mecanismo de resistencia
frente a la violencia ejercida contra ellas. Es importante mencionar que pensamos un contradispositivo
desde la mirada de Giorgio Agamben. En ¿Qué es un dispositivo? (2015) el autor italiano define a un
dispositivo como “cualquier cosa que tenga la capacidad de capturar, orientar, determinar, interceptar,
modelar, controlar y asegurar los gestos, las conductas, las opiniones y los discursos de los seres vivos”
(p.26), concepto que le sirve para analizar y criticar las formas de poder y control que se ejercen sobre
los individuos en la sociedad contemporánea. Así mismo, plantea que un contradispositivo es una forma de resistencia y subversión a los dispositivos de poder y control (p.32). Desde esta perspectiva, un
contradispositivo podría provenir desde una mirada alternativa y disruptiva, desde las resistencias no
violentas o a través de la subversión de los lenguajes y los símbolos dominantes.
Desarrollo: Contradispositivos, cuerpo y violencia en González Dávila
Jesús González Dávila nace en la Ciudad de México el 5 de mayo de 1940 y fallece el 8 de
mayo de 2000 en la misma ciudad. Sus textos se caracterizan por plantear temas sobrecogedores y
crudos que muestran la descomposición social, ética e individual del México contemporáneo. Para algunos, un dramaturgo inquietante pero incómodo. Reflejo de ello es la poca programación de sus obras
en los espacios oficiales a pesar del paradójico reconocimiento de la comunidad teatral a la calidad
de sus trabajos. Prueba de ello son los premios obtenidos por este autor a lo largo de su vida: Premio
Celestino Gorostiza 1970 por La fábrica de los juguetes; Medalla Nezahualcóyotl de la SOGEM 1978
por Polo, pelota amarilla; Premio Rodolfo Usigli UNAM 1984 por De la calle; Premio El Heraldo de
México 1988 y Premio Rodolfo Usigli UNAM 1988 por Muchacha del alma; Premio SOGEM 1984
por El jardín de las delicias; Premio Nacional de Teatro INBA 1985 por Los desventurados; entre otros.
Su preocupación por los temas nacionales se ve reflejada en cada uno de sus textos. Para este autor, un
creador escénico no podía mantenerse al margen de los hechos ocurridos en un país cuya estructura de
poder es uno de los detonantes de la descomposición y la marginación:
El teatro hace a la gente sentir, y después pensar. Cómo no vivir para el teatro, para hacer cosas
que hagan reflexionar a la gente, pues las situaciones que ocurren en este país nos han quitado
la capacidad de sentir. (González Dávila, 2008, p. 51, Tomo I)
Su despertar social puede atribuirse a su experiencia como actor en los primeros años de su
ejercicio escénico (cursó estudios de actuación en la Escuela de Arte Teatral del INBA) al interpretar
algún personaje marginal y excluido; sin embargo, su interés por contar esas historias crece al trabajar
con niños marginados, violentados y en situación de calle en albergues del DIF (siglas del Sistema
Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia). En 1977 ingresó a los talleres de dramaturgia de
Hugo Argüelles, primero, y Vicente Leñero, después, y a partir de entonces escribió obras de teatro de
manera regular.
Antonio Escobar Delgado, estudioso de la obra de Jesús González Dávila, ubica ciertos periodos a lo largo del trabajo dramatúrgico de este autor: los niños como víctimas sociales, consolidación

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de su proyecto, teatro de cámara, teatro de frontera y la última etapa, que Escobar denomina “último
aliento”. Podemos observar, a partir de la visión de Escobar (2010), que el universo daviliano parte
fundamentalmente del tema de la violencia en diversos aspectos y en este orden: violencia infantil,
violencia familiar, violencia de género, ubicada esta última de manera primordial en el fenómeno de la
trata de personas y feminicidios perpetrados en la zona norte de nuestro país. Lo anterior no es asunto
menor, pues nos revela que desde los años 90 del siglo pasado algunos creadores escénicos retomaban
los temas fronterizos y de desaparición sistemática de mujeres para llevarlos a la reflexión desde el
escenario, de manera paralela a lo que denunciarán colectivos, organizaciones civiles y no gubernamentales a lo largo de los primeros años del nuevo siglo.
La mirada de González Dávila hacia el norte del país guarda relación con el trabajo que realizara desde 1991 como impulsor de talleres de escritura dramática en la zona fronteriza:
En cierta medida he estado los últimos tres años trabajando intensamente en provincia en
algunos talleres de dramaturgia en varios estados de la República y esto me ha permitido estar
cerca de creadores de teatro en Ciudad Juárez, en Culiacán, en Durango, en Mexicali y Hermosillo. (Partida, 2002, p. 212)
Conocer la robustez del teatro de la zona fronteriza, aunado a su compromiso de ver reflejado
en el escenario teatral aquello que aqueja al ser humano de nuestro tiempo, lleva a González Dávila a
profundizar en estos temas que para él no pueden quedar fuera del trabajo artístico.
Los primeros vestigios de los casos de lo que ahora podemos nombrar como feminicidios, que
sacudieron a diversos sectores sociales mexicanos en los primeros años de la década de los noventa en
Ciudad Juárez, Chihuahua, se dieron a conocer hacia 1993. Los números oficiales en su momento no
hacen justicia a la problemática que implica este tema. En los años comprendidos entre 1993 y 2003
se encuentran cerca de 300 cuerpos de mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. La versión oficial, según
datos mostrados por Jorge Alberto Álvarez Díaz, Médico Cirujano del Instituto de Ciencias Biomédicas de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, en su artículo Las muertas de Juárez: Bioética, género, poder e injusticia (Álvarez, 2003), menciona hasta 2003 aproximadamente 200 mujeres, aunque
distintas organizaciones no gubernamentales hablan hasta de 500. Específicamente en el año en que
González Dávila publica Quién baila mambo, se habla de 198 casos: 2.3 asesinatos por mes (p. 220).
Hacia finales de esa década, tal como mencionamos anteriormente, González Dávila inicia un
ciclo de escritura dramática enfocando la mirada al norte del país y su circunstancia. Sabemos que este
autor difícilmente evitará retratar las circunstancias sociales imperantes en su entorno a través de su
obra, pues comprende que un autor no puede dejar de testimoniar su momento histórico. Llama nuestra
atención que no escribe específicamente acerca de casos relacionados a Las muertas de Juárez, sino
que hace alusión a un hecho con un mayor alcance: da cuenta de que operan desde muchos años atrás
en distintas regiones del país redes nacionales e internacionales de trata de personas. Si bien es un tema
que aparece en su obra Son amores (1998), y le dará continuidad en Fiesta de invierno (2000), en Quién
baila mambo (1999) aborda la problemática directa de dos aspirantes a bailarinas que son reclutadas
por una de estas redes, y la del hermano de una de ellas que llega a un edificio de la Ciudad de México

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para buscarlas. Los alcances de estas redes planteados por el autor en sus obra dedicadas a la frontera
norte mexicana cobran mayor relevancia al observar que, según datos expuestos en el documento Una
mirada a las organizaciones de la sociedad civil a la trata de personas en México publicado por la red
transnacional Hispanics in Philanthropy (2017), las instituciones oficiales del país emiten el primer
marco legal para el estudio y la regulación judicial de este caso hasta 2007 a través de la Ley para Prevenir, Reprimir y Sancionar la Trata de Personas.
No es ociosa la revisión de los antecedentes de este autor, pues nos muestran con claridad
su compromiso con un teatro capaz de conmover y remover las fibras más sensibles del espectador a
través de obras que funjan como testigos de su propio tiempo. Finalmente, sus obras van dirigidas a
diversos aspectos profundamente humanos de quien las mira. Sus personajes, aunque violentos, rebasados por su circunstancia y su fatalidad, constantemente emiten demandas de amor. La imposibilidad
se asoma en cada uno de sus textos, claramente influenciados por el más puro existencialismo. No por
nada nos afirma: “Estas obras que he escrito van sobre todo con una carga de amor hacia ese niño que
hay en ustedes, ese niño golpeado, incomprendido, adolorido y traicionado” (González Dávila, 2008,
p. 41, Tomo I). El autor comprende que un texto que transite hacia la banalidad no aportará mucho a
aquello que para él resulta importante: devolver al espectador la capacidad de sentir frente a la atrocidad del mundo.
La década de los años noventa en nuestro país resulta convulsa y marcada por hechos que
propiciarían en el año 2000 la transición democrática y un cambio de régimen con la promesa de un
futuro más esperanzador para la clase media mexicana, luego de una crisis financiera que aun mantenía
sus consecuencias en los más diversos sectores sociales. Algunas instituciones que hoy se miran como
logros de la democracia apenas se habían conformado oficialmente al inicio de la década. Tal es el
caso del Instituto Federal Electoral y la Comisión Nacional de Derechos Humanos, fundados ambos en
1990. Hacia 1993 se aprueba la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, entrando
en vigor al año siguiente. En ese mismo 1993, año en el cual comienzan a aparecer los primeros casos
de mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, el narcotráfico causa revuelo al propiciar una balacera en las
inmediaciones del aeropuerto de Guadalajara, Jalisco, en donde perderá la vida el cardenal Juan Jesús
Posadas Ocampo, suceso que hasta la fecha hace pensar en las posibles relaciones entre ciertos sectores
de poder y las organizaciones delictivas. Estos hechos no deben ser vistos como fenómenos aislados,
pues justamente el crecimiento industrial de la zona norte del país y las amplias redes del narcotráfico
son aspectos que propiciarán el incremento de mujeres asesinadas en la región fronteriza. Entre 1995
y 1998 el número de trabajadores en maquiladoras aumenta de 150 a 230 mil (Álvarez Díaz, 2003.
p.221). Otros factores también crecen en la región: machismo, misoginia, consumo de drogas y violencia, caldo de cultivo suficiente que, junto con la corrupción e impunidad imperantes en el sistema
judicial mexicano, dan pie al incremento de mujeres asesinadas en la región.
Volviendo a lo que ocurre en el resto del país, en 1994 surge un movimiento indígena armado
a través del Ejército Zapatista de Liberación Naciona (EZLN) y meses después es asesinado Luis Donaldo Colosio, el candidato presidencial del Partido Revolucionario Institucional, el cual hasta entonces ha gobernado al país por décadas. Así mismo ocurre con el secretario general de dicho partido, José

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Francisco Ruiz Massieu. A pesar del escándalo, el partido en el poder logra la victoria en los comicios
presidenciales de la mano de su candidato emergente, Ernesto Zedillo Ponce de León, a quien toma por
sorpresa una de las peores crisis financieras de aquellos años, conocida como el Error de diciembre.
El resto de la década corre entre diversos altibajos que ponen en la mira de la ciudadanía al partido en
el poder. Una consecuencia de ello es el triunfo de la oposición en la primera elección democrática de
Jefe de Gobierno de la Ciudad de México en la que el líder opositor, Cuauhtémoc Cárdenas, obtiene
la victoria en 1997. Hacia 1999, año de la publicación de Quién baila mambo, la sociedad mexicana
reclama cambios necesarios con miras al nuevo siglo. Se vive una suerte de transición política. Como
ya he mencionado en un párrafo anterior, la dramaturgia mexicana vive también una transición en ese
momento, que si bien parece ser una transición formal en cuanto la manera de construir historias, también es en el fondo una transición política.
Aunque Jesús González Dávila suele ser relacionado a la generación conocida como la Nueva Dramaturgia, en realidad no forma parte de los autores que crecieron en ese contexto, pues dichos
autores fueron sobre todo discípulos del dramaturgo Emilio Carballido. Quizá la asociación se deba a
que González Dávila fue incluido en una de las antologías de Teatro Joven de México publicada por
Carballido en Editores Mexicanos Unidos con obras de quienes acudían a su taller de composición dramática. La obra de Jesús González Dávila compilada en dicha antología en 1972 fue La fábrica de los
juguetes, texto originalmente escrito en 1970. El impulso ganado por la obtención del premio Celestino
Gorostiza permite a González Dávila acercarse a los talleres de dramaturgia de Vicente Leñero y de
Hugo Argüelles. En ellos, el autor coincidirá con quienes podemos considerar sus verdaderos compañeros generacionales: Víctor Hugo Rascón Banda, Oscar Liera y Sabina Berman. La mención de ello
no es gratuita, pues los cuatro autores comparten visiones en torno al quehacer de la dramaturgia y del
teatro que se verán reflejadas claramente en el grueso de sus obras.
En sus declaraciones, es notorio el compromiso social vertido por González Dávila en su
ejercicio dramatúrgico a favor de una transformación del individuo que se acerca a sus obras. Afirma:
“… entonces para qué hacer teatro (sic), creo que el teatro también tiene un compromiso con lo social”
(Partida Tayzán, 2002, p. 207). Coincide en esta visión, al menos, con su compañero Víctor Hugo Rascón Banda, según mencionan ambos en entrevistas realizadas por separado a Armando Partida Tayzán
(2002). González Dávila lo apunta en un par de ocasiones durante dicha entrevista: “…entonces, ¿para
qué hacer teatro?, creo que el teatro también tiene un compromiso con lo social” (p. 207); “Yo creo
que el escritor de teatro es un poeta, que así como el poeta, expresa su mundo interior y personal, pero
además, el dramaturgo, al mismo tiempo intenta que esa expresión sea también un reflejo de lo social”
(p. 209). Por su parte, Víctor Hugo Rascón Banda menciona:
Yo no concibo un teatro hecho por interés personal, desde una torre de cristal, un muro, y un
teatro que no comunique y no conmueva, no me importa hacer un teatro que pretenda ser ensayo, o que pretenda satisfacer intereses personales… me aburriría. […] Si no es en función de
un público, si no decimos: -Sabes qué, queremos comunicar-, estamos inútilmente haciendo
una labor o una masturbación personal. (p. 306)

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Lo anterior genera discrepancias con algunos de los autores dramáticos de los años noventa
que afirman, al menos en algunas expresiones documentadas, que la generación anterior tiende totalmente al realismo. Aquí un ejemplo de ello: Luis Mario Moncada, entrevistado también por Partida
para su libro Se buscan dramaturgos, afirma categóricamente, refiriéndose a su propio trabajo:
En los aspectos formales también hablaría de una evolución: de partir primero de un tipo
de escritura dramática que desmantela al realismo. Yo cuando menos lo procuro, no sé si lo
logro. Finalmente hay una gran tradición realista; no en mí pero sí en todos los dramaturgos
mexicanos […] Diría que en mi estética hay mucha introspección de ir hacia dentro de uno
mismo y ya. (2002, p. 252)
Frente a esta postura, González Dávila y Rascón Banda consideran que un teatro tan introspectivo elude la realidad, por lo que convierte la experiencia dramatúrgica en un acto onanista (p.
206). No se trata aquí de establecer una dinámica relatoría en torno a los dichos de cada autor, sino de
establecer las posturas que podrían caracterizar a autores que fueron ninguneados por sus predecesores,
tachándoles de dramaturgos que tienden a un realismo caduco sin mayor argumento, aparentemente,
que la opinión personal tendiente a la generalización. Al menos se entiende de esa manera frente a expresiones que, en el caso de González Dávila, dejan de lado los elementos que dicho autor empleó para
poner en la mesa temas de discusión que estaban siendo dejados de lado por otros sectores sociales y
de poder. Me refiero a constantes herramientas que rompían los modelos dramáticos convencionales
en distintas obras. En el texto ya mencionado La fábrica de los juguetes el autor emplea un recurso de
alteración del espacio-tiempo para dar presencia al cuerpo de los personajes denominados Los expectantes, quienes habitan el edificio en el que ocurre la anécdota desde una realidad paralela. De igual
forma, con algunas obras que forman parte de la etapa en la que retrata constantemente las pesadillas
del abuso infantil (Polo pelota amarilla y El verdadero pájaro Caripocapote, ambas de 1978), juega
con estructuras abiertas y elementos claramente simbólicos para dotar de sentido a un universo brutal.
En Sótanos (1988) explora el absurdo en las relaciones de poder a través de la despersonalización de
los protagonistas, quienes se encuentran en un sótano esperando una señal para cometer su siguiente
crimen, para ello desdibuja la idea convencional del personaje y utiliza el mínimo de palabras para
transmitir una ausencia de sentido en las acciones repetitivas de los seres que habitan ese encierro.
En resumen, juega con la alteración del tiempo y del espacio, con realidades paralelas, con la descontextualización de la historia que nos narra y con la deconstrucción de la idea tradicional del personaje
dramático. Lo anterior, se entiende, no empata en modo alguno con una idea de realismo tradicional o
con un modelo unívoco de interpretación.
Es en ese contexto en el que Jesús González Dávila desarrolla su trabajo dramático. Con los
textos escritos hacia el final de su vida no encontramos una excepción, tal como ocurre con la obra que
nos convoca para el presente trabajo. Quisiera para ello ubicar los posibles elementos que conformarían
el dispositivo teatral de la dramaturgia mexicana de los años noventa del siglo XX. Retomo para ello la
idea planteada por Radice y DiSarli respecto al dispositivo teatral, que nos propone que los elementos

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que conforman dicho dispositivo son: lo material, el espectador y su contexto social (Radice y Di Sarli,
2011, p 2). A partir de lo anterior, entendemos que un dispositivo teatral será una red que involucre experiencias y saberes de instituciones, escuelas, modelos de producción, usos y costumbres de las y los
espectadores, espacios de representación y el amplio, diverso y complejo contexto social en el que se
lleve a cabo una representación. Si Jesús González Dávila apela a un teatro que conmueva al espectador
y le devuelva su capacidad de sentir, podemos intuir que no espera que sus textos dramáticos sucedan
en contextos que podríamos llamar convencionales o asociados a ciertos modelos de producción, entiéndase el teatro con un perfil comercial. Si esto es así, un dramaturgo escribe sus textos pensando en
que el espectador debe formar parte del dispositivo y que si se busca un movimiento emotivo o intelectual por parte suya, no se le puede pensar como un espectador estático sino como un elemento más
que dotará de sentido, a partir de su percepción, a la obra dramática; es decir, la obra será completada
por el espectador a partir de su respuesta ante lo que se le presenta. Si bien es cierto que un texto dramático pasa por la mirada del director de escena y de los demás integrantes del equipo de artístico, es
muy claro que estos elementos fungirán más como un puente entre el dramaturgo y el espectador. En
este caso, entonces, el texto dramático es un filtro con múltiples entradas que permite revelar aspectos
concretos de la realidad. Si esto es así, el espectador reconfigura lo planteado por dicho filtro. En el
caso de la obra que nos convoca, el texto es un mapa en torno a la violencia que se encuadra a través
del filtro del tráfico de mujeres.
Quién baila mambo es un texto publicado en 1999. El título de la obra fue publicado así, sin
signos de interrogación en la pregunta implícita que le da nombre al texto2. La premisa de la obra es la
siguiente: Dos chicas (Pati y Pina), aspirantes a bailarinas, son raptadas para ser enviadas a algún prostíbulo de Coahuila. Ulises, hermano de Pati, llega al edificio donde sabe que su hermana fue vista por
última vez para llevarla de regreso a casa. En su intento infructuoso se encontrará con Marcia y el Doc,
involucrados en esta red de trata de personas, quienes intentan por varias vías, violencia física incluida,
persuadirlo de que se olvide de su hermana pues ella no volverá. Escobar Delgado (2010) relaciona
este texto de manera directa con otros títulos de la obra daviliana correspondientes a la misma época:
Como continuación o como capítulo adjunto a Son amores, en Quién baila mambo se expone
la temática de las jovencitas aspirantes a bailarinas de burdel y los mecanismos de alistamiento para surtir la demanda de “nenas”, de “personal interesante” o de “palomitas” en los prostíbulos de una geografía cada vez más amplia: Tlaxcala, Distrito Federal, San Luis, Piedras
Negras o Ciudad Acuña, poblaciones mencionadas en Las perlas de la virgen, Talón del diablo
y Fiesta de invierno. (p. 286)
Hay que mencionar que existe una copia de una obra con el mismo nombre en la Biblioteca del Centro Nacional de las Artes,
sin embargo, dicho texto no corresponde al que finalmente se publica en la antología Diálogo Incorrupto, compilada y prologada
por Enrique Mijares en 2008 con ayuda del Instituto Coahuilense de Cultura. Esto no debe extrañarnos, pues González Dávila
revisaba continuamente sus textos aun ya habiéndose publicado alguna versión de manera preliminar, por lo que es común encontrar versiones con ciertas variantes. Del texto ubicado en el CENART queda muy poco en la edición final, salvo el rescate de
algunos personajes; podemos afirmar que se trata de una reelaboración del mismo, pues la anécdota cambia sustancialmente. Lo
anterior se plantea como una necesaria aclaración en caso de que algún interesado en el tema dé con la versión resguardada en
el Centro Nacional de las Artes.

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Lo anterior es un recurso muy común en la obra de este dramaturgo pues sus personajes y sus
anécdotas se desarrollan a lo largo de diversas obras, ampliando así de manera rizomática las posibilidades escénicas de sus textos y de sus personajes. De algún modo, González Dávila está abriendo
constantemente muchos universos interconectados e independientes a la vez entre sus textos. Se trata
de una suerte de teatro por entregas sin requerir conocer las precuelas o secuelas de sus obras. Tal fenómeno se advierte, por ejemplo, con la familia presentada como protagonista en Pastel de zarzamora,
pues cada integrante de la familia, aun los que son mencionados sin aparecer físicamente en escena,
verán a la luz sus propias historias en obras posteriores: Muchacha del alma, El jardín de las delicias,
Ámsterdam bulevar, Crónica de un desayuno y El mismo día por la noche. Esto se nos presenta como
una manera muy particular de este autor de desarrollar los temas que poderosamente llaman su atención
y nos revela también que la lectura y el conocimiento de su obra completa nos abre un entendimiento
más amplio del sentido del universo que dibuja a lo largo de su trabajo creador.
Volviendo al texto que nos ocupa, el espacio en el que se desarrolla la acción es sumamente
simbólico:
La acción ocurre en el interior de un edificio.
Es de noche. Una luz neón entra por la ventana; en el pasillo destaca la puerta de
un departamento. Al fondo, un fragmento de la escalera sube al piso superior y
otro lleva escaleras abajo (González Dávila, 2008, p. 172, Tomo IV).
Una puerta se destaca en un pasillo. ¿Qué puede ser una puerta? Un límite, una frontera, un
confín, una posibilidad, una separación entre uno u otro estado de conciencia, ocupar un lugar (dentro/
fuera), una comparación entre una situación u otra. Una puerta es estar adentro o afuera y ello implicará
siempre un rumbo completamente distinto para nuestras acciones, ya que
dentro y fuera constituyen una dialéctica de descuartizamiento y la geometría evidente de
dicha dialéctica nos ciega en cuanto la aplicamos a terrenos metafóricos. Tiene la claridad
afilada de la dialéctica del sí y del no que lo decide todo. (Bachelard, 2001, p. 250)
Para Ulises, esa puerta a lo largo de la obra significa estar con su hermana y verla o no tenerla
ahí. Ulises busca pero no se va de ahí; la puerta es fundamental para el encuentro o el desencuentro con
Pati. Por otro lado, fragmentos de escaleras que conducen a niveles distintos, aunque eso solo puede
intuirse, pues nunca sabremos qué hay en los otros niveles. Una vez más el simbolismo: escaleras
como niveles de conciencia, como posibilidades de cambiar de situación (aunque en el fondo intuimos
que arriba o abajo no hay salidas posibles, sino el encuentro con otras puertas, con otras fronteras).
Por otro lado, el nombre del personaje nos revela una condición abrumadora: una de las acepciones de
Ulises en griego es “de muchos senderos”. Este Ulises no posee las cualidades del Odiseo griego. Sus
senderos se han limitado ante la búsqueda de la ausente, de la desaparecida. A lo largo de la obra no
entenderemos con claridad si Pati está muerta, simplemente no está más, aunque está ahí (detrás de la
puerta) y en muchos otros sitios a la vez. El caso es que Pati no está para Ulises, al menos no durante
la mayor parte de esta historia.

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González Dávila plantea que Pati y Pina, las chicas desaparecidas, serán vistas vagando por
aquellos fragmentos de escaleras, pero siempre volverán a ocultarse detrás de la puerta. Su historia
no es lineal. Aparecerán tres veces: en la primera ocasión las vemos platicar acerca de su vida en el
encierro y de cómo a Pati le encantaría tatuarse todo el hombro, aunque duela porque “es el propósito,
sentir dolor y aguantárselo” (González Dávila, 2008, p.182, Tomo IV). La segunda vez vemos a Pati
intentando llamar por teléfono a Ulises, y en la tercera ocasión la puerta se abre para que se encuentren
con Ulises. De esta escena nos ocuparemos en breve. Las apariciones de Pati y Pina no corresponden
al plano temporal en el que se mueven los demás personajes. Quizá lo anterior se deba a que el ausente
está en todas partes y en ninguna a la vez, y su historia, al ser recordada para tratar de materializar su
presencia, no puede aparecer sino a través del recuerdo y la ensoñación, es decir, a través de la fragmentación de lo vivido. González Dávila se vale de esta fragmentación para insertar a las ausentes en el
intento por traerlas de vuelta. Fragmentación que simbólicamente tampoco es gratuita, pues al tratarse
de un cuerpo negociado y traficado bien puede ser vendido o regalado en partes.
Los códigos de lenguaje y las estructuras advertidas por Rocío Galicia en el teatro fronterizo
(Dramaturgias fronterizas: Ensayos, 2018) nos permiten comprender que González Dávila jugó con
diversos recursos que le permitieron imponerse sobre el modelo dramático unívoco convencional. Al
menos el grueso de su obra ya goza de una multifocalidad muy particular, pues desarrollar a los “mismos personajes” (por decirlo de algún modo) en distintas obras ofrece una multiplicidad de puntos de
vista en torno a una situación específica. En Quién baila mambo veremos también dicha multifocalidad
dado que no se cuenta una sola historia. La desaparición sistemática de mujeres en el norte del país
sirve como detonante de tres aristas claras: primero, se trata el seguimiento a los mecanismos del tráfico de personas por medio de redes perfectamente organizadas; después, las estructuras de poder como
un medio para el sometimiento de otras personas, misma que se muestra en la relación entre Marcia y
el Doc, integrantes de esta red; y finalmente, la lucha por el encuentro del ser desaparecido, el hueco
emocional y psicológico que se crea en aquel que espera. Por otro lado, el manejo estructural de la obra
plantea un rompimiento claro con la lógica del lugar y del tiempo. Si bien es cierto que aquello que
se nos cuenta ocurre en “un edificio”, también es cierto que poco importa qué edificio es y qué tanto
los personajes presentes y ausentes deambularán por este pasillo en el que solamente vislumbramos
fragmentos de escaleras, como si se tratara de un lugar cualquiera. Estas características abren nuevas
posibilidades de comunicación de una experiencia con el espectador pues
Los espectadores reconocen si no el cambio de paradigma, sí su cercanía con la nueva narrativa cinematográfica y las posibilidades inestables del internet, la ciencia y la tecnología.
Consecuentemente, las estructuras provocan que los espectadores construyan sentido sobre las
problemáticas expuestas. (Galicia, 2018, p. 37)
Aterrizando nuestro estudio a partir de lo anterior, retomo la escena del encuentro entre Pati
y Pina con Ulises, pues en ella se conjuga el no-tiempo que habitan las chicas con el tiempo-espacio
habitado por Ulises. Para ello planteo el contexto de la misma. Ulises habla nuevamente con Marcia,
quien todo el tiempo ha manifestado ser solamente una maestra de baile de las chicas que se acercan
a ese lugar. Marcia no puede irse del pasillo en el que se encuentran debido a que ha sido esposada al

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barandal de las escaleras por el Doc como resultado de una confrontación entre ellos. Ulises exige a
Marcia que revele el paradero de su hermana.
Ulises.- Usted maestrita de baile.
Marcia.- Yo sólo me encargo de los cursos de danza, de personalidad […]
Solicitaron desde Piedras un par de chicas nuevas y las mandamos para allá.
Ulises.- Piedras Negras.
Marcia.- Resulta que no han llegado; chance se las piratearon para otra plaza.
Como van recomendadas, ps esas valen más. […] Por aquellos desiertos,
luego las usan para tráfico pesado; lo que aguanten… hasta reventarlas. Después
las tiran y ya. Cuentan que hay gentes que nomás se dedican a eso, a desaparecer
cuerpos. (González Dávila 2008, p. 195, Tomo IV)
Ulises insiste en que las chicas se encuentran ahí y decide, sin éxito, derribar la puerta; al no
conseguirlo se derrumba en el piso, luego de ello la puerta se abre y aparece Pina cantando un fragmento de La rueda de San Miguel (canción popular infantil) y preguntando a Ulises quién es y qué hace
ahí. Ella incluso afirma: “te llamas como su hermano” (González Dávila, 2008, p.195, Tomo IV). Reproduzco fragmentos de la escena que resultan fundamentales para lo que hemos venido observando:
Ulises.- ¿Dónde la tienen; encerrada en un cuarto?
Pina.- Encerrada, no. Ya ni estamos aquí, ya nos fuimos nosotras.
Ulises.- ¿No están en el edificio? ¿Dónde están ahora?
Del interior ahora sale Pati.
Pati.- Yo aquí estoy.
Ulises.- Pati, manita.
Pati.- ¿Este quién será?
Ulises.- Soy Ulises, vengo por ti.
Pati.- Vienes de parte de Ulises, dirás.
Ulises.- Por ti vengo… porque me llamaste; tú me dijiste
[…]
Ulises.- Agarra tus cosas y vámonos.
Pina.- ¿Cuáles cosas, manis? Aquí ya no queda nada de nosotras.
Pati.- Nosotras ya, ¿verdad?, nosotras ya vamos muy lejos.
Pina.- Sí, cierto, lejísimos. Aquí nomás estás tú solito.
[…]
Pina.- Fuimos bolsas de sangre, una vez. Ahora somos bolsas desechables,
Bolsas que a nadie importan.
[…]
Ulises.- Te quiero cerca, conmigo.
Pati.- Ay, eres tú manito. Siempre sí pudiste venir.
Ulises.- Hermanita, vámonos.
Pina.- ¿Sabes qué, galán? Orita nosotras vamos viajando.

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Pati.- Mejor yo me comunico después, manito.
[…]
Pati.- Mira qué lindo el Ulises. Vino por mí, pero ya no se puede.
Pina.- llegaste tarde, galán. (González Dávila, p. 196-198, Tomo IV)
Como podemos notar, se han conjugado dos lugares y tres líneas de tiempo distintas. Nada de
lo planteado por González Dávila a lo largo de la obra nos hace suponer que este encuentro es resultado
de la imaginación de Ulises, sin embargo, dicho encuentro tiene múltiples posibilidades de resolución.
El autor permite que sea el espectador quien signifique lo que aquí se observa. Es así que encontramos
el no-tiempo habitado por Pati y Pina en un lugar no definido, pues podría tratarse de un punto en su
camino hacia Piedras Negras, un lugar desde la muerte, la ensoñación de Ulises o el departamento. Por
otro lado, el lugar habitado por Ulises, es decir, el pasillo del edificio. Finalmente, el mismo pasillo,
pero habitado por Marcia, quien no escucha la conversación de Ulises con las chicas y, por supuesto,
tampoco las mira. De igual forma, Pati y Pina transitan en una suerte de no-tiempo, pues constantemente hacen alusión a lo que fueron y a lo que son. En ambas determinaciones es difícil definir si lo
uno o lo otro significan la vida, la muerte, o una condición del encierro del que son presas. El tiempo
de Ulises en esta escena corre paralelo al de Pati y Pina pero no al tiempo de Marcia, para quien el
tiempo se detiene, de tal suerte que está ahí sin estar realmente, esto a partir del hecho de que el autor
no menciona nada sobre ella en el transcurso de la escena.
Esa manera de entablar una relación con el receptor de la obra, a quien González Dávila tiene
presente todo el tiempo, remueve también al espectador a nivel psicoanalítico. Tiene claro que el teatro
le puede servir para transformar al individuo y una manera de hacerlo es estableciendo contacto con
aquello que el espectador guarda en su inconsciente. Una vez más, hablando nuevamente con Armando
Partida Tayzán, (2002) argumenta:
El hecho surge del inconsciente; en donde todo es posible. Y por otra parte, nunca acabaremos
de entendernos ya que la misma anécdota la podemos abordar en una obra y en otra y en otra,
porque es inagotable esa parte inconsciente ( p. 210).
Ello explica también por qué su obra puede mostrar una suerte de multiverso, en el cual los
personajes, las familias y las anécdotas se repiten. Una misma herida puede ser una fuente inagotable
de historias y posibilidades resolutivas. En ellas interviene el espectador para tratar de comprender de
qué le están hablando con esa historia. No se requiere de un espectador pasivo para dialogar con estas
obras, sino de un espectador dispuesto a entrar a este mundo ficcional que guarda relación absoluta y
directa con la realidad que percibimos día con día. Este individuo transitará del territorio de lo escénico
al territorio social a través de una problematización de lo que mira en escena. Será un espectador que
guarda distancia de lo que mira una vez que ha sido conmocionado por lo que ve en escena; transita
hacia la interrogación de lo que mira y lo asocia con el mundo y el contexto que le rodea, confirmando
que este tipo de dispositivo teatral no puede estar desvinculado del entorno social en donde vive cada
sujeto que forma parte de esta representación.

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Conclusiones
El contradispositivo como herramienta para nombrar la ausencia
Estos recursos dramatúrgicos apelan a la convención y a que el espectador crea en lo que
ocurre ahí. El encuentro es real, la información vertida nos permite tomar una postura respecto a lo
ocurrido, sin embargo, dicha postura es multifocal. Todos percibiremos aspectos distintos de la realidad
a partir de esta escena aunque paradójicamente todos comprendamos que Pati no va a volver. Nos hace
sentido desde distintas perspectivas. Cada espectador será removido y conmocionado frente a la posibilidad de dar sentido a la multiplicidad de opciones que se abren delante suyo con textos dramáticos
construidos con estos recursos. Aquí mismo yo podría intentar dar diversas opciones sobre lo que ocurre a los personajes involucrados en la escena pero ello carece de sentido. Lo importante es incidir en
el hecho de que en un texto escrito en 1999 por un dramaturgo mexicano rompe con la mirada unívoca
del drama convencional tradicionalmente asociado al realismo y pone en la mesa a través de recursos
propios de su tiempo un tema que en su momento se ocultaba intencionalmente desde las altas esferas políticas y sociales de nuestro país. Ello resulta sumamente valioso, pues nos revela a un creador
congruente con su momento histórico. Algunos integrantes de esta generación de dramaturgos fueron
tachados de costumbristas, de propiciar un falso color de lo mexicano y de impedir con sus temáticas
que la dramaturgia mexicana gozara de universalidad. La mirada de la crítica y de ciertos creadores
escénicos fue puesta en el viejo continente creyendo que solo de ahí vendrían los rompimientos con
los viejos paradigmas, es decir, que un nutrido grupo de dramaturgos mexicanos fueron ninguneados,
a mi parecer, a causa del desconocimiento del grueso de su trabajo. Sin embargo, es importante volver
la mirada hacia nuestras latitudes:
Abrir entonces un espacio de reflexión sobre la constitución de las actuales teatralidades liminales de este continente no sólo implica desarrollar un análisis sobre su complejo hibridismo
artístico, sino también considerar sus articulaciones con el tejido social en el que se insertan.
(Diéguez, 2014, p. 25).
Es por eso que me atrevo a afirmar que Jesús González Dávila crea, a través de sus textos,
contradispositivos que horadan el sistema político social mexicano. No lo hace para alterar propiamente el dispositivo teatral, sino que, al comprender que el teatro forma parte de una red compleja en el
dispositivo social mexicano, usa al teatro como herramienta de desarticulación de esa relación de poder
y saber que el sistema, que conforma al Estado (ciertamente ello nos incluye a todos y cada uno de nosotros), pone en marcha para controlar a quienes están en los estratos más bajos de la estructura social.
Si un dispositivo asociado a una dramaturgia convencional nos orilla a pensar en una realidad única e
inamovible, el contradispositivo generado por González Dávila, en el caso de la obra que nos ocupa,
subvierte el lenguaje de la realidad para dotar de sentido a la ausencia de dos mujeres desaparecidas.

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Altera el orden establecido para que su cuerpo se muestre y puedan ocupar nuevamente un lugar desde
donde no sean olvidadas. Gracias a esta realidad paralela ellas existen, y ya nada puede trastocarlas.
Vayan estas líneas como una pequeña observación hacia la obra de un dramaturgo que sirve
como ejemplo de que en nuestro país desde hace muchos años se exploran nuevas maneras de contar
y mostrar experiencias desde la escena para un espectador que transita vertiginosamente por distintas
maneras de ver e interpretar el mundo.

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Referencias
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CITRU.
Galicia, R. (2018). Dramaturgias fronterizas: Ensayos. Ed. Secretaría de Cultura, INBA, CITRU.
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Partida Tayzán, A. (2002). Se buscan dramaturgos I: Entrevistas. CONACULTA-FONCA, INBA, CITRU.
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RECIBIDO: 01 de noviembre de 2024
ACEPTADO: 22 de diciembre de 2024
DOI: https://doi.org/10.29105/de.v2i2.10

Esta obra quedará registrada bajo la licencia de Creative Commons (CC BY 4.0) Internacional

Exhibir lo privado como acto de
rebeldía: Narcisismo performático en la escena contemporánea

Exhibiting the private as an act of rebellion:
performative narcissism in the contemporary
scene
Larissa Loeza Goycochea1
Universidad Nacional de las Artes/ Buenos Aires, Argentina
Contacto: larissa.goycochea@gmail.com
ORCID: https://orcid.org/0009-0002-8722-8499

Larissa Loeza Goycochea1

Actriz, creadora escénica y co-fundadora de la compañía Teatro Entre las Piedras. Egresada de la Facultad de Teatro
de la Universidad Veracruzana (2019) y de la London Academy of Music and Dramatics Arts (2018). Maestrante en
Teatro y Artes Performáticas en la Universidad Nacional de las Artes en Buenos Aires, Argentina.

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Exhibir lo privado como acto de
rebeldía: Narcisismo performático en
la escena contemporánea

Exhibiting the private as an act of rebellion:
performative narcissism in the contemporary scene
Resumen
Este artículo busca explorar las piezas escénico-digitales Escenas para Kill Me de la artista
Marina Otero (julio 2023, Museo Moderno de Buenos Aires, Maratón El borde de sí mismo) y
Lázaro de la compañía de teatro mexicano Lagartijas Tiradas al Sol (2020, Mis Documentos),
con el objetivo de reflexionar sobre el rol que juega la exposición de lo íntimo en la creación
de posrealidades, así como la develación del archivo personal y el narcisismo como ejes de
investigación artística en la escena contemporánea.
Palabras clave: teatro latinoamericano, teatro performático, escenarios de lo real, escena
digital, posverdad, escena contemporánea, artes escénicas.
Abstract
This essay aims to explore the scenic-digital pieces “Escenas para Kill Me” by the artist Marina Otero (July 2023, Museo Moderno de Buenos Aires, Maratón El borde de sí mismo) and
“Lázaro” by the Mexican theater company Lagartijas Tiradas al Sol (2020, Mis Documentos),
with the objective of reflecting on the role that intimate exposure plays in the creation of
post-realities, as well as the unveiling of personal archives and narcissism as core elements of
artistic research in contemporary performance art.
Keywords: Latin American theater, performative theater, stages of the real, digital stage,
post-truth, contemporary stage, performing arts.

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Introducción
Este artículo nace como parte de la creciente ola de obras, aparentemente desechables, que
buscan redundar sobre la experiencia aislada de un artista, una tendencia cuyo único fin parecería ser
fetichizar la propia intimidad, piezas digitales que más allá de presentar una investigación concreta,
manifiestan tener como objetivo la ilusión instagramera de likes y corazones que validan la tendencia
vital (y posiblemente viral) de una experiencia #aesthetic del #artista.
Así pues, en un inicio se pensó hacer de este texto un manifiesto ante el deseo contemporáneo
de saberse visto, enfatizando esta nueva necesidad de representarse (a uno mismo) a partir de parámetros estético-digitales planteados desde una supuesta hegemonía globalizada. Una serie de pautas que
parecieran retomar la idea del readymade2 y que han dejado en claro los patrones a seguir para que el
contenido que se produzca y publique sea reconocible por un público cada vez más complaciente ante
la enajenación digital (de sus dispositivos), todo esto en pro de validarnos como artistas. Bien lo dice
Paula Sibilia (2008) al hablar de lo que ella denomina El show del yo:
Calificadas en aquel entonces como enfermedades mentales o desvíos patológicos de la normalidad ejemplar, hoy la megalomanía y la excentricidad no parecen disfrutar de esa misma
demonización. En una atmósfera como la contemporánea, que estimula la hipertrofia del yo
hasta el paroxismo, que enaltece y premia el deseo de “ser distinto” y “querer siempre más”
son otros los desvaríos que nos hechizan. Otros son nuestros pesares porque también son otros
nuestros deleites, otras las presiones que se descargan cotidianamente sobre nuestros cuerpos,
y otras las potencias –e impotencias—que cultivamos. (pp. 10-11)
Nos encontramos, entonces, ante un arte como producto de la repetición de imágenes y gestos.
Un arte cuyo objetivo final es el consumo redituable de identidades estéticamente filtradas con el fin de
perpetuar una idea preestablecida de lo que es aceptable, deseable, fructífero y “real” para los cuerpos
en su cotidiano neoliberal y mediatizado digitalmente. Por ello, lo que inició como un intento de manifiesto, rápidamente se convirtió en una reflexión sobre el impacto visual, plástico y performático que
tiene lo privado, pensado desde las redes sociales, en la construcción de piezas escénicas que parten
del yo como espectáculo. Un narcisismo performático que habilita la creación de piezas artísticas que
inician desde el registro de lo íntimo hasta el archivo del cotidiano del artista en crisis y, eventualmente,
se convierten en obras escénicas.
Para este documento se propone revisitar las obras Lázaro de Lagartijas Tiradas al Sol y Escenas para Kill Me de Marina Otero3, dos piezas esceno-digitales que permiten ahondar en la idea de
intimidad como espectáculo, observar brevemente lo íntimo como político y, quizás, reflexionar las
Pensando el readymade de Michel Duchamp, que plantea preguntas fundamentales sobre qué constituye una obra de arte, anteponiendo el concepto y la intención del artista para alejarse del virtuosismo técnico. Posteriormente, al ser retomado por artistas
pop, el concepto de readymade abre la idea de una obra basada en imágenes reproducidas masivamente (como las latas de sopa
Campbell), y que permiten continuar explorando la relación entre arte y producción industrial: en el contexto de este texto, el
impacto de las redes sociales y los escenarios digitales que abren una nueva discusión sobre el impacto mediático y su relación
con la producción de piezas artísticas.
3
Dos piezas que, al ser expuestas desde la primera persona del singular, invitan a participar en el ejercicio de hacer visible el
proceso creativo como eje esencial del relato contemporáneo. Un proceso que devela el estado emocional y somático del cuerpo de quien produce arte en tiempo presente y primera persona.
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tendencias exhibicionistas como consecuencia de una larga tradición de hacer público lo privado como
acto de creación colectiva. En otras palabras: un narcisismo performático.
La performatividad continua del individuo digital
Si pensáramos en un posible marco teórico para analizar la performatividad en redes sociales
y su relación con el espectáculo del yo, sería pertinente considerar a Walter Benjamin y su texto La
obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. Según Benjamin (1936/2003) lo que con el
aura se pierde en la obra de arte se compensa mediante su reproductibilidad, que permite al público
apropiarse de ella en cualquier lugar y circunstancia. Si partimos de esta idea, podemos ver cómo en
el contexto actual dicha pérdida del “aura”, pensada como la característica de autenticidad de las obras
tradicionales (o pre-digitales), se transforma en un nuevo tipo de valor basado en la accesibilidad y la
circulación masiva.
Si resaltamos esta idea para pensarla desde el medio de las redes sociales, este fenómeno se
traduce en una performatividad continua del individuo al momento de autorregistrarse. Un performance permanente que no solo presenta al artista como creador de contenido, sino como pieza artística por
sí misma, editable en múltiples formatos, plataformas o escenarios. En este sentido, la reproducción de
pautas que determinan cómo debe verse y realizarse técnicamente un archivo para y desde las redes,
unido al estado de hiper accesibilidad que brinda el registro en vivo y la facilidad de recurrir a las herramientas digitales4 para la difusión de una pieza, permiten que la identidad personal se convierta en
1.

un objeto de consumo. El artista hace del yo un estatus de obra en un entorno donde la visibilidad y la
viralidad determinan el valor de su obra.
Lo que resulta interesante, en estas tendencias de likes y reposteos, es el rol central que toma el
espectador en el proceso creativo de las piezas, ya que es el público quien determina los patrones que le
funcionan para poder etiquetar y categorizar el contenido que se exhibe. Se establece un aparente diálogo que guía el comportamiento de las piezas, las tendencias en el proceso creativo y el criterio de la
edición en pro del potencial de consumo. Podríamos considerar que las exigencias actuales nos planean
dos elementos fundamentales para la producción de arte en la era digital: primero, que empecemos a
crear en tiempo real en pro de la demanda y expectativa del espectador. En una segunda instancia, y
quizás la más interesante para este texto, que el proceso creativo sea develado ante el espectador. Un
público que pide tener acceso al elemento íntimo de la construcción de una pieza y, por ende, del artista,
haciendo del proceso identitario la obra misma. En otras palabras, permitir que el espectador interactúe
en la constante reedición de la obra en pro de las expectativas que tiene el formato que se presenta.
Aparecen entonces formatos readymade o filtros que permiten crear estéticas que simulan un registro
no editado y, por ende, real, con el cual puede interactuar el espectador.
Retomando a Benjamín, podríamos pensar que las exigencias de los medios de producción
y su relación con los cambios de paradigmas en las distintas tendencias creativas en la historia del
arte fluctúan entre lo técnico y lo identitario para enmarcar su valor político5. Sin embargo, resulta
interesante en el marco de un contexto digital y de redes sociales entender cómo la idea de lo real y de
En el caso de las piezas ejemplificadas en este texto: el acto de registrar en dispositivos móviles y desde las redes sociales.
Un fenómeno que el autor anticipa al reflexionar sobre cómo la reproductibilidad técnica transforma la relación entre arte,
identidad y masas, permitiendo que las obras sean apropiadas no solo en lo estético, sino también en lo ideológico y colectivo.

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exhibir lo real ha complejizado la forma en la que se produce y aborda la creación de obras teatrales y
la necesidad de nuevos escenarios en pro de una estética predeterminada por los formatos de las redes
sociales y la inmediatez de la Internet.
Ahora, si conectamos la idea de lo real con el concepto lacaniano del Real, entendido como
aquello que irrumpe más allá de las representaciones simbólicas, Hal Foster nos dice que los artistas
contemporáneos buscan confrontar al espectador con experiencias inmediatas y viscerales, rompiendo
con la distancia tradicional del arte modernista (1996/ 2001). Este retorno de lo real se manifiesta en
prácticas artísticas que incorporan cuerpos, materiales y contextos reales para generar una experiencia
más directa y política. Por ejemplo, el uso del cuerpo como medio o la documentación de eventos específicos desplazan la estética hacia una posible ética que responde a las crisis sociales contemporáneas.
Para perder la forma humana
A lo largo de los distintos ensayos publicados por la Red Conceptualismos del Sur (RCS),
se analiza la importancia que el cuerpo tiene como espacio predilecto de creación artística, así como
territorio político cargado de signos y códigos que permiten analizar el contexto específico del artista
o comunidad, asumiendo el ejercicio de revisar lo exhibido y el porqué de su registro como la manera
predilecta de presentar la forma en la cual la realidad se construye colectivamente en un “ejercicio anacrónico de reenmarcar estas experiencias a la luz del presente” (Red Conceptualismos del Sur, 2012,
p.12).
Para la RCS, perder la forma humana se trata de una práctica de análisis que juega con la idea
de asumir el significado literal de los cuerpos, así como la construcción de subjetividades cuando el
accionar del cuerpo se ve en emergencia, ya sea ante los conflictos políticos que imposibilitan su existir en el espacio público, la reconfiguración misma del concepto de política (en pro de construir lazos
afectivos) o la disidencia propia del cuerpo en el contexto y norma.
2.

Situaciones políticas afines dan lugar a movimientos subterráneos asimilables (o “contagiosos”) en los que los artistas cambian de piel y de personaje en cada nuevo cuadro del drama:
entre el ciudadano y el guerrillero revolucionario, entre el terrorista urbano y el pensador; diversas formas, en suma, de presencia que testimonian y denuncian una pérdida, la de la forma
humana en su sentido más literal. (Red Conceptualismo del Sur, 2012, p.7).
Entonces, ¿por qué resulta interesante pensar en la pérdida de la forma humana en el contexto
escénico de redes sociales y escenarios digitales? Por otro lado, ¿qué elementos de este método de análisis (implementado por la RCS) aplican a las dos piezas que se analizan en este trabajo? Y, finalmente,
¿cómo la obra Lázaro y Escenas para Kill Me reflejan una mutación y desplazamiento en la identidad
de denuncia y disidencia en la escena contemporánea desde los espacios de micropolítica propuestos?6
6
Un cambio que, al igual que con los artistas de los ochenta, recurre al archivo como una forma de exponer lo privado en pro
de construir nuevas corporalidades o develar lo privado como espacio de investigación constante de las formas preestablecidas
de crear y producir arte.

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De la disidencia a la fetichización: exhibir lo privado
Para poder ahondar en esta reflexión, resulta preciso ampliar sobre una de las secciones que
se presentaron en la exhibición creada por la RCS: Desobediencia Sexual, una sección que presenta,
entre varias de sus piezas, una serie de fotografías y registros que muestran archivos creados durante
las dictaduras militares en distintos países de Latinoamérica. Más allá de ahondar en la exposición por
sí misma, nos interesa recalcar cómo estas fotos domésticas y registros fotográficos de instalaciones,
revistas o piezas (presentadas en distintas ciudades del continente) permiten establecer que la idea de
disidencia no solo enmarca la rebeldía de ocupar el espacio público sino la acción de visibilizar las
prácticas cotidianas y de celebración de lo privado, donde la idea de disfrute y libertad antepone al
cuerpo como territorio propiamente político e invita a reapropiar o crear plataformas y espacios propios
que reivindiquen lo disidente.
Es aquí donde el registro cotidiano se hace presente: la fotografía doméstica, el video, los diarios personales, los encuentros sexoafectivos se toman como materia favorita para la creación de piezas
artísticas que en muchas ocasiones dejan de lado los espacios convencionales de exhibición. Elementos
importantes para entender la propuesta de Marina Otero y de Lázaro Gabino con Lagartijas Tiradas al
Sol. Es desde esta reflexión que proponemos el concepto de narcisismos performáticos, tomando como
base el autorregistro para habilitar el exhibir del archivo personal como resistencia que visibiliza nuevas corporalidades que, a su vez, generan estrategias poético-políticas, las cuales posibilitan un diálogo
sobre nuevas realidades en un mundo en crisis. Al mismo tiempo, esta práctica apunta a movilizar nuevos procesos de subjetivación. Aunque no es la primera vez que en el arte sucede un fenómeno como
este, sí resulta importante para este trabajo enfatizar el gesto del registro y de la exhibición del yo como
métodos de simulacros públicos 7 de nuevas realidades, cumpliendo con ello un propósito que va de lo
micro a lo macro político y que resulta auténtico en las piezas.
Ahora bien, ¿qué sucede con este gesto (de registrarse y exhibirse) en la época de Instagram
y redes sociales, donde las ideas de inclusión, disidencia y diversidad se consideran obviedades dentro
de las mismas plataformas y el concepto de real se ve distorsionado en esta nueva economía de imágenes? En su libro La intimidad como espectáculo, Paula Sibilia (2008) hace referencia a los cambios
de paradigma en los que la sociedad digitalizada participa desde la llegada de las redes sociales y dice:
3.

Tanto en Internet como fuera de ella, hoy la capacidad de creación se ve capturada sistemáticamente por los tentáculos del mercado, que atizan como nunca esas fuerzas vitales, pero, al
mismo tiempo, no cesan de transformarlas en mercancía. Así, su potencia de invención suele
desactivarse, porque la creatividad se ha convertido en el combustible de lujo del capitalismo
contemporáneo: su protoplasma, como diría la autora brasileña Suely Rolnik. ( p.13)
Pensando en el contexto digitalizado que “la simulación no corresponde a un territorio, a una referencia, a una sustancia, sino
que es la generación por los modelos de algo real sin origen ni realidad: lo hiperreal”. (Baudrillard,1978, p.5), tomando lo que
nos presenta el filósofo francés, que toma a Debord como eje de partida para entender que
No se trata ya de imitación ni de reiteración, incluso ni de parodia, sino de una suplantación de lo real por los signos
de lo real, es decir, de una operación de disuasión de todo proceso real por su doble operativo, máquina de índole
reproductiva, programática, impecable, que ofrece todos los signos de lo real y, en cortocircuito, todas sus peripecias.
(Baudillard, 1978, p.7)

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Pareciera entonces que el deseo de inclusión se ha tornado en una hiperrealidad en la que la
resistencia comunitaria o la lucha por nuevas realidades políticas de convivencia en el espacio público
quedan subordinadas a imaginarios individuales de fantasías de éxito consumible, haciendo del gesto
de compartir lo íntimo una fetichización de lo privado, una práctica cotidiana que ha creado una nueva
estética y formato de consumo y producción de contenido8, una estética de la imagen cruda sin aparente
composición.
Ahora bien, retomando el perder la forma humana, se propone reflexionar sobre el píxel como
espacio de desaparición de lo humano en pro de una posverdad, habilitando un cuerpo (píxel) editable
en tiempo real, moldeable a las tendencias creativas en la concepción de nuevas piezas escénicas. En
el caso de Escenas para Kill Me (2023) y de Lázaro (2020), cuando una pieza salta permanentemente
de una disciplina a otra, se podría pensar en una disidencia técnica. Al ser dos piezas que se identifican
como un proceso abierto, generan un ecosistema artístico que involucra una migración constante entre
lo digital, lo plástico, lo real y lo ficticio. Esta transdisciplina brinda una maduración orgánica en pro
del escenario teatral, por lo que, para este trabajo, propongo estas dos obras como ejemplos que invitan
a indagar cómo el elemento documental lleva a la creación y construcción de relatos escénicos. Para
ello se propone asumir la idea de ficción como la decisión artística de editar la realidad para potencializar un discurso propio que vaya más allá del artista per se. Así mismo, pensar cómo, en ambas piezas,
el archivo como recurso narrativo habilita un estado de narcisismo performático que hace del exponer
lo privado un espacio de investigación de las micropolíticas9 actuales y mediado por lo digital10.
De lo digital a la escena teatral: nuevas formas de hacer teatro
La manera en la que se producen y consumen imágenes crea una serie de experiencias que
reflexionan sobre nuevas formas de corporizar al cuerpo artístico, así como develar los espacios liminales ante la creación y vinculación afectiva entre individuos –ya sea desde una pieza artística, un
espacio o una sensación, producida artificialmente por un ente programable y editado.
El mundo de las artes visuales, pionero en su interacción con lo digital, cuenta con una larga
tradición de explorar con el cuerpo propio y la identidad como formas legítimas de investigación. Sin
embargo, no sería hasta el 2020, en el contexto de la crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19, que
el teatro incursiona de manera explícita en investigaciones y exploraciones de un escenario
4.

Tanto en el caso de Lázaro como en el de Escenas para Kill Me, las dos obras que se analizan en este texto, resulta importante
explicar que es debido a este fenómeno que la idea de disidencia se ve modificada y ya no radica en corporalidad sino en el
soporte de las piezas.
9
Los cuerpos constituyen el territorio privilegiado de producción y control biopolíticos, de inscripción
y regulación de la norma social, pero a la vez operan como “potencias políticas”, territorios de
enunciación y resistencia críticas desde donde deconstruir e insubordinar las articulaciones
disciplinarias de dicho régimen de poder. (Red Conceptualismo del Sur, 2012, p. 92)
8

En uno de sus ensayos sobre el video arte y la relación que tiene en la construcción de nuevos paradigmas estéticos, Claudia
Gianetti (2002) apunta:
Después del abandono de los espacios convencionales de las galerías o museos, y la ocupación de los espacios públicos, las calles, la ciudad, el paisaje, etc. (Land Art, Performance, Happening...), es sin duda con el empleo de los
llamados nuevos medios, como los sistemas de telecomunicación, que esta dilatación espacio-temporal y material
asume los sentidos más amplios de ubicuidad (la posibilidad de estar en todas las partes en cualquier tiempo o simultáneamente), de desmaterialización (la independencia de la existencia física/matérica del objeto) y de participación la
utilización de los recursos interactivos que permite la red. (p.78)
10

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no físico sino digital. Una migración obligada ante la urgencia global y las imposiciones que, de un
día para otro, señalaron al fenómeno escénico como un atentado a la vida y salud de sus participantes.
El teatro se ve obligado a transmutarse, aunque momentáneamente, a un nuevo formato y
espacio para poder mantenerse vivo como industria, con ello obliga a sus partícipes a asumir las investigaciones previas de la performance art, el cine y la videodanza para poder migrar a un formato
no escénico y modifica modos de producción, así como metodologías de creación tanto de ficciones
como de proyectos teatrales. La imposición de una nueva lógica escénica, actoral y sensorial hizo de
las experiencias por la plataforma de video conferencias Zoom un semillero de nuevo conocimiento
que ha redefinido la forma en la que se hace y se concreta una obra de teatro, hacer del proceso abierto
una parte fundamental de la escena contemporánea. Este cambio entreteje elementos de la conferencia
performática (existente desde las vanguardias de los 60) y, consecuentemente, legitima al teatro documental y la autoficción como metodología de trabajo escénico.
Exponer lo íntimo para crear nuevas realidades
En 2020, Lola Arias presenta una nueva emisión de su ciclo de conferencia performáticas: Mis
documentos11, la curaduría se presenta como un ciclo de piezas digitales a la que llama Compartir tu
5.

pantalla, Versión Global (Share Your Screen), y quienes participan esta vez son invitados a profundizar
en sus archivos personales. En una versión global, artistas de diferentes partes del mundo interactúan
virtualmente desde un nuevo escenario al que Lola Arias denomina doméstico, mostrando su archivo en
una pantalla compartida con el público conectado desde la intimidad de sus hogares. Entre los artistas,
la compañía mexicana de teatro documental Lagartijas Tiradas al Sol presenta Lázaro, una pieza que
reconstruye la historia de uno de sus integrantes (Gabino, que ahora es Lázaro), quien decide cambiar
de cara y de nombre para convertirse en otra persona. La pieza desplegaba una serie de entrevistas y
testimonios pregrabados de los seres queridos, colaboradores, amigos y ex parejas de Gabino, ahora
Lázaro, que le cuentan al público quién fue Gabino. Mensajes intercalados con la voz guía de Luisa
Pardo, la cofundadora de la compañía, que va armando, a través de su narración en pasado, la vida de
un artista que ha dejado de ser. Una existencia cuya peculiaridad principal fue interpretar a personajes
con su mismo nombre: Gabino. La obra pareciera ser, entonces, un registro oral de quién habría sido
Gabino, como actor y personaje, creado a partir de las despedidas de quienes lo habían conocido.
A esta exposición de una vida que está por terminar o reiniciar se suman la proyección de
notas, programas de mano, fotos, videos y recuerdos del mismo Gabino, ahora Lázaro, un archivo que
incluye las selfies tomadas durante la operación de rostro y los cambios post operatorios a los que se
sometió, intervención que, como público, no tenemos forma de saber si es puramente estética o completamente médica, pero que detona una reflexión sobre cómo se construye una identidad en un mundo
cada vez más oculocentrista y cómo se define una vida actoral y creativa cuando el rostro es aquello
que se denomina herramienta y materialidad de trabajo.
11

Curaduría que realiza desde 2012, donde invita a artistas de distintas disciplinas a presentar, como ella lo indica:
una investigación personal, una experiencia radical, una historia que los obsesiona secretamente. El ciclo tiene un
formato mínimo: el artista en escena con sus documentos.” en un ejercicio de visibilizar aquellas investigaciones que
a veces se pierden en una carpeta sin nombre en el ordenador. Mis Documentos es un espacio que propone indagar
el género teatral, dancístico, cinematográfico o visual en búsqueda de un contagio entre el arte conceptual, la investigación, el teatro. Un espacio donde puedan convivir discursos, formatos y públicos de distintas disciplinas. (Arias,
s./f. párrs 1-3).

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Lázaro, por otro lado, aparece por primera vez como personaje no personaje que narra de
espaldas a la cámara (y en otras disfrazado con pelucas) la crisis identitaria y las exigencias de vivir
sin ser parte de la aparente belleza hegemónica. Lázaro toma la pantalla para practicar con el público
su nueva identidad que ahora antepone o remplaza a la de Gabino, haciendo caso omiso al destino
trágico que representa tomar el escenario doméstico. Una acción que lo fragmenta por primera vez,
convirtiéndolo en el Lázaro que habita la pantalla y aquel que vive fuera de ella, repitiendo, una vez
más, la tragedia de su existencia anterior. Un Gabino que solo interpretó a otros Gabino(s) en la pantalla
grande, con lo cual devela un posible narcisismo performático.
Tres años después de la aparición del escenario doméstico, en julio de 2023, la coreógrafa y
directora argentina Mariana Otero proyecta durante dos días la pieza digital Escenas para Kill Me, en
una especie de instalación audiovisual y fotográfica como parte del tercer ciclo Maratón El borde de
sí mismo en el Museo Moderno en la Ciudad de Buenos Aires, una pieza de apenas unos 25 minutos
que funciona, al igual que Lázaro, como un archivo abierto. Una recopilación de clips grabados con
el celular de la artista que van dando a entender la crisis creativa y mental que los artistas padecen al
momento de querer hacer arte. Sobre la utilización del registro de su cotidiano y de la utilización de su
propio archivo, Mariana Otero (s./f.) comparte:
Los videos son el diario de una crisis de esa época. Durante meses me filmé con el celular. Al
principio pensaba que filmaba para tener material para la siguiente obra, después empecé a
pensar que filmaba para tener pruebas. Hoy no sé muy bien a qué tipo de pruebas me refería
ni cuál era el verdadero motivo de filmar todo, todo el tiempo. (párr. 2)
La pieza audiovisual, acompañada de una serie de fotos exhibidas en la sala, juega con la idea
de exponer ante el espectador un proceso creativo en la espera de descubrir al artista y sus inseguridades como parte fundamental de lo que eventualmente será una pieza escénica. Al igual que con el ciclo
de Mis Documentos, el Maratón El borde de sí mismo presenta al espacio, en este caso museístico,
como laboratorio creativo, donde la curaduría de Alejandro Tantanián y Javier Villa propone también
gravitar entre disciplinas visuales y escénicas en pro de un tiempo escénico que devele, a la vez, tanto
el proceso como la construcción de la obra, asumiendo a esta como un ente en gestación que se escribe
en el espacio tensionado y compartido entre la mirada del artista y la del público. “Imaginar aquello
que no tiene forma aún, permitir el error y aceptar el fracaso, conviviendo con el público en un espacio
y tiempo al que no suele ser invitado” (Tantanian y Villa, 2023, p. 1).

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Conclusiones
La utilización del archivo personal y la documentación de la intimidad cotidiana se presentan
actualmente como base y metodología de trabajo y dramaturgia. Una decisión pautada por la pandemia,
como en el caso de Lázaro, o por la distancia geográfica, el caso de Escenas para Kill Me, parece invitar a los artistas a documentar lo íntimo en pro de crear simulacros para una nueva realidad, cuya finalidad pareciera ser la modificación de la percepción que el público tiene en tiempo presente de quienes
están siendo proyectados y, por ende, de la pieza que eventualmente verán en un escenario. Se genera
entonces una especie de hiperrealidad metateatral al insertar la edición en vivo del artista al espacio
real y documentar en pro de lo que más tarde se ensamblará como una nueva dramaturgia. Disponer
al cuerpo creativo en una aparente pasividad que, al ser ensamblada en la edición y proyectada en un
espacio convencionalmente no teatral permite en estos ejemplos encontrar una nueva forma de leer el
“presente”, que en realidad es el pasado registrado y enmarcado del artista.
Ese vaivén temporal entre el presente del ver y el presente de registrar permite que se establezca un cambio en la forma de leer y resignificar el contenido que como espectador estás recibiendo;
y es en el espacio liminal entre lo registrado, lo sugerido y lo editable que aparece una nueva ficción
que no busca reflexionar sobre algo en específico, sino mostrar desde la contemplación de lo exhibido
algo aparentemente oculto. Algo inherente a la acción misma de observarse y registrarse que pareciera
quitar intermediarios en la construcción de un relato, al exhibir (literalmente) el proceso de construcción y gestión artística.
Pero ¿qué sucede aquí con el actor o la actriz que, a diferencia de una obra clásica, ahora no
tiene personaje sino una existencia propia que es utilizada para escenificar la experiencia humana?
Sobre esto, Pavis (2016) nos dice:
En la auto performance el performer, además del hecho de estar en el instante presente de la
escena, actúa siempre al lado, a continuación, y en el lugar de su personaje; él es una persona,
la máscara de un otro, imaginario y extranjero, aunque más no sea que por fabricar a esta
persona que él ha sido y que el espectador reclama para poder hacerse una idea de ella […] El
performer entonces, continúa siendo, o más bien siempre vuelve un poco a ser actor, autor y
narrador. (p. 44-45)
Lo que sucede con estas dos piezas, al poner el proceso artístico al centro del discurso, es abrir
el espacio creativo al espectador para que sea este quien dictamine qué camino debe tomar la supuesta
realidad que como audiencias esperan del artista como personaje. Por otro lado, las migraciones disciplinares que los proyectos van dando de un formato a otro, de un espacio a otro, suman a la idea de
simulacros de lo hiperreal, una estrategia que es parte fundamental del entretejido e identidad de cómo
se ven las piezas, pero que habilita un constante reeditar de la obra en pro de asentar el imaginario de
lo que en colectividad se ha establecido como real. Pero, entonces, ¿qué sucede con el espectador en
esta nueva dinámica de crear verdad o ficción en tiempo real? ¿Afecta o modifica la forma en la que se
relaciona con un relato al saberse parte de la construcción de este? Porque, como se ha mencionado

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antes, si algo modifican estas experiencias de abrir el archivo de lo que eventualmente será una obra, es
la relación que el espectador tiene con la pieza en cuestión, desplazando la idea de construir en pro de
la audiencia para llevar a cabo un proceso completamente contrario: dejar que el espectador construya
el relato que más tarde verá en escena, donde el artista, al no ser personaje, se crucifica ante el público,
reconociéndose humano y lastimado por su inherente identidad de artista: un narcisismo performático.
Lo que ha cambiado, entonces, es el formato y el procedimiento con el cual los artistas han
decidido relatar sus respectivas obras, pero no la identidad misma de su accionar como entes en proceso
creativo. Asumir que insertar al espectador en el medio del ensayo afecta e instaura nuevas conductas
afectivas de quien recibe la pieza y ayuda, por así decirlo, a construirla, porque está siendo partícipe de
cómo se está llevando a cabo. En este caso, lo que resulta interesante de observar es la aparición de un
nuevo formato técnico que ahora enmarca lo que se percibe y lee como realidad. Una estética de simulacro de la verdad que juega con el aparente no artificio, pero que mantiene una tradición teatral de intuir ficciones, ya que, al tratarse de un proceso que ensaya y reproduce, se activa en el cuerpo de quien
está en escena (digital o no) una memoria del efecto emotivo y sensorial de la acción que representa,
por ende, un espacio de reinterpretación de la realidad en pro de una construcción estética de esta.
Este siglo ha visto un notable interés en la realidad como materia prima de la reflexión artística, ya sea en el auge que ha conseguido el cine documental, el relativo éxito de los productos
de la llamada no ficción en el ámbito narrativo y la exploración de la primera persona como
bastión de subjetividad que se muestra de cara hacia lo político. Dentro de su reflexión y práctica a lo largo del siglo XX, el teatro dista de encontrar este recurso como novedad, pero se ha
unido a la práctica bajo el interés de someter una verdad al contrato con la ficción dramática
en pos de una búsqueda reflexiva y estética. (Bujeiro, 2022, párr. 1)
Al desplazar y jugar con el procedimiento de producción en la construcción de relatos escénicos, lo que han logrado tanto Otero como Lagartijas es reactivar la colaboración del espectador en
la creación misma de sus piezas, apostando por la experiencia colectiva de ver, que nos invita a pensar
en la utilización del archivo personal en la creación de estéticas y relatos que dialogan con las distintas
dinámicas de ver colectivamente en el espacio público.
Finalmente, se considera que la aportación de los proyectos analizados comparte puntos clave
como lo personal, lo ficticio y el archivo con la aparición de narcisismo performático como concepto
creativo, que permea la producción de piezas contemporáneas y la construcción de nuevas dramaturgias, actorales y escénicos, temas clave que dialogan con las problemáticas actuales del arte contemporáneo y abonan a nuevas investigaciones como creadores escénicos.

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Villota Toyos, G. (1997). Narciso lee las instrucciones de uso. Luces, cámara, acción. Videoacción: El
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�Artículo de reflexión

Esta obra quedará registrada bajo la licencia de Creative Commons (CC BY 4.0) Internacional

RECIBIDO: 18 de octubre de 2024
ACEPTADO: 11 de diciembre de 2024
DOI: https://doi.org/10.29105/de.v2i2.14

El Método González Caballero
The González Caballero Method

Enrique Armando Mijares Verdín1
Universidad Autónoma de Durango / Durango, México
Contacto: enriquemijares44@gmail.com
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-9539-5345

Enrique Armando Mijares Verdín1
Universidad Autónoma de Durango / Durango, México
Contacto: enriquemijares44@gmail.com
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-9539-5345

Doctor en Letras Españolas por la Universidad de Valladolid, docente, investigador y escritor. Miembro de la Asociación
Mexicana de Investigación Teatral y ex presidente de la misma. Ganador de los premios Tirso de Molina (1997) y Juan Ruiz de
Alarcón (2020).

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El Método González Caballero
The González Caballero Method

Resumen
La propuesta de este artículo es reflexionar sobre una metodología de trabajo formulada para actrices
y actores mexicanos sobre el Método de Antonio González Caballero, el cual gira en torno a la identidad y el autoconocimiento, explorando, al mismo tiempo, la biografía del maestro, la creatividad del
estudiante y la identidad del personaje, aspectos que nutren el cuerpo y la voz para dar un resultado
escénico. Parte también de un cúmulo de saberes que no propone indagar de manera lineal, sino considerando los elementos importantes: imaginación, energía y sentimiento. El modelo de AGC divide el
cuerpo en seis zonas de estudio, haciendo así referencia modelos de actuación vigentes en la segunda
mitad del siglo XX, entre otras tantas referencias metodológicas (como la cabalística, la numerología,
el psicoanálisis y el psicodrama, por citar algunas).
Palabras clave: método actoral, González Caballero, modelos de actuación.
Abstract
The proposal of this article is to reflect on a work methodology tailored for Mexican actresses and
actors, based on the Antonio González Caballero Method. This method revolves around identity and
self-knowledge while simultaneously exploring the teacher’s biography, the student’s creativity, and
the character’s identity—elements that nourish the body and voice, resulting in a scenic outcome. It
also draws from a wealth of knowledge that does not advocate a linear inquiry but instead considers
essential elements: imagination, energy, and emotion.
The AGC model divides the body into six zones of study, thus referencing acting models prevalent in
the second half of the 20th century, along with various other methodological influences (such as Kabbalistic traditions, numerology, psychoanalysis, and psychodrama, among others).
Keywords: Acting Method, González Caballero, Acting Models.

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Memoria para una biografía del método
Trabajo de campo a más de medio siglo de distancia, la investigación acerca del método de
actuación de Antonio González Caballero reúne la memoria de más de una década de aprendizaje bajo
la invaluable conducción del maestro. Entré en el ámbito de su influencia formativa cuando nuestro
grupo de teatro Guadiana, de Durango, participó en Chihuahua, en el Festival de Primavera auspiciado
por el INBA, y Los biombos, texto de mi autoría, obtuvo el premio de mejor obra inédita. Durante la
breve conversación que sostuvimos al final de evento, el maestro preguntó acerca de mi interés por la
dramaturgia y si sabía que Jean Genet tenía una pieza con el mismo título, coincidencia que yo ignoraba. Entonces –yo desconocía todo lo que el conductor de ceremonias dijo al presentarlo como presidente del jurado al inicio del Festival–, al enterarse de que yo planeaba ir a vivir en la Ciudad de México el
año siguiente, 1967, me hizo prometerle que lo buscaría para hablar del oficio teatral. No cabía duda, el
magisterio formaba parte de su naturaleza: el mentor me había adoptado como su discípulo.
La coincidencia de habitar en edificios vecinos, el Tamaulipas y el Aguascalientes de la Unidad Tlatelolco, permitió un aleccionamiento cotidiano estrecho, un intensivo curso personalizado durante una década de conversaciones colmadas de información sobre diversos tópicos dramatúrgicos,
filosóficos, existenciales, personales –como el confiarme que él sabía desde siempre, sin atreverse a
revelarlo a sus padres adoptivos, que era adoptado– además de frecuentes y educativos viajes por los
centros arqueológicos, arquitectónicos, religiosos y culturales de Oaxaca, Michoacán, Guanajuato, y
la intensa colaboración en la elaboración de borradores para sus telenovelas en proceso o en proyecto;
y lo más alucinante de esa lección de vida profesional: me permitía acompañarlo a los ensayos y a los
estrenos de sus obras, asistir a sus clases en la ANDA y hasta impartir algunas sesiones físicas y vocales
de taller a sus alumnos.
Tardé en darme cuenta de que, al enseñarme, él aprendía. Era una máquina de exploración
acerca del ser, ese individuo que era él, ese sí mismo, ese humano que no se conforma con mirarse en el
espejo, porque sabe que la imagen externa oculta más que una máscara de hierro. Sabía que había que
ir a profundidad por diferentes rutas de exploración, multiplicando hasta el infinito sus innumerables
retratos introspectivos, que, simples exploraciones, no son sino señales furtivas, éxitos efímeros, de una
identidad en perpetua formación. Él estaba rastreándose, explorándose, conociéndose y rechazándose,
reconfigurándose constantemente. Y si esos procesos de auto-indagación le significaban la configuración, así fuera efímera, de su identidad desconocida, igual podían servir para convocar a la galería de
personajes insospechados que paulatinamente iban animándose, clarificándose y oscureciéndose, hasta
constituir un procedimiento de exploración: su propio método de creación para actores.
La curiosidad: innata investigación creadora2
El niño, que siente la urgente necesidad de conocer cómo funciona su juguete favorito, no
queda tranquilo hasta que lo desmonta, lo vacía y examina meticulosamente cada una de sus piezas,
aunque después tenga que pedirle a su papá que le ayude a armarlo. Desde pequeño, González CabaLa investigación apela a la memoria de una convivencia de trabajo colaborativo e invaluables conversaciones aleccionadoras
que estuvieron plasmados en la extensa proyección biográfica y profesional del prólogo que acompaña la edición de los tres
tomos de sus obras de vanguardia, en especial El estupendhombre. Pax, México, 2005.

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�Artículo de reflexión

llero jugó a armar y desarmar las piezas desconocidas, las coincidencias inconclusas, las estructuras
improbables de su origen, su presente y su destino.
Entre 1953 y 1958, redacta sus primeras obras de teatro. Coatlicue y Los sinos, a juzgar por
el empleo del coro y por el tono trágico, se basa en su investigación autodidacta, personalísima, de las
estructuras clásicas griegas e isabelinas, para tratar el mito de Quetzalcóatl, un tema caro para él que
muchos años después retomará en La ciudad de los carrizos.
El alquimista o Al juego ha entrado el colgado, inspirada en la indagación concienzuda del
esoterismo, la angelología y la meditación, es un laberinto inquisitorial digno del oscurantismo medieval, en ella hay evidentes alusiones al Tarot y a la inútil pesquisa de la piedra filosofal; cada uno de
los numerosos personajes representa a los elemento alquímicos: la sal, el vino, el fuego, el cuarzo, el
mercurio, el aceite, el vinagre, el agua, el salitre, el aire, el azufre, el alcohol, el vitriolo, el arsénico, el
hierro... en tanto que Leonardo, el protagonista, es el alquimista, el carbono que compone, multiplica,
añade y resta a la acción. Se trata de una estructura que muchos años después le servirá para crear, o,
mejor dicho, para hacer la vivisección de El estupendhombre, subtitulado viaje al centro del ombligo
del yo.
En La viuda da, que forma parte del aludido cuarteto dramatúrgico inicial, el novel autor se
muestra preocupado por la asiduidad de los actos injustos a consecuencia de la asimetría social y los juegos de poder: el sarcasmo, digno de Aristófanes campea desde el listado de los
personajes y en la acotación inicial:
un Milagro realizado a la vista del público […] la acción se desarrolla en la maravillosa ciudad de ‘Jamás podrá ser’, en las Lomas de Chapultepec, donde moran las opulentas divinidades cuyo principal alimento es el té con pastelillos y, sobre todo, el whisky solo... (González
Caballero, s.f.).
Son los albores de su dramaturgia de vanguardia y, si bien no han sido publicadas o estrenadas,
que el autor haya incluido los títulos de ellas en el currículum que proporcionó para el CD Rom Cien
Años de teatro Mexicano editado por SOGEM, proporciona argumentos para socavar la tesis costumbrista a ultranza de su primera época, y sustentar, en cambio, la convicción de que desde el inicio y a
lo largo de su vida productiva han estado presentes en su vena creativa, así temática como estructural,
los acicates de la audacia y el riesgo del explorador, descubridor, inventor, innovador, y la experiencia
del educador.
De identidad múltiple, Antonio González Caballero es evocado desde la perspectiva del hombre pentafásico3 –pintor, autor costumbrista, dramaturgo de vanguardia virtual, maestro de Física Mental, de artistas plásticos y de actores, novelista– un ser humano fuera de serie que intenta diseccionarlo
todo, desentrañar los móviles de su infatigable búsqueda del origen, hurgando entre los resortes de su
personalidad, compleja hasta el perfeccionismo, reposada, tranquila, nimbada por el arrobo del asceta,
que poco necesita porque se conforma con el regalo de la vida y en reciprocidad se dilapida, se obsequia por entero, hace donación de sí.
Obra mural del pintor José Clemente Orosco en el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara, Jalisco. También motivo de
investigación filosófica en la novela Érase un hombre pentafásico, de Emma Godoy. Jus. México, 1961.

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El maestro
Mentor innato, muy temprano, de acuerdo con el imperativo socrático, AGC se inicia en los
difíciles procesos del auto conocimiento y el auto didactismo, y, en cada etapa de su vida productiva,
acompaña su actividad preponderante con el correspondiente aspecto pedagógico: maestro de artes
plásticas en los 50, y de artes teatrales desde 1971 hasta el momento de su muerte. Incluso sus textos
dramatúrgicos pueden ser considerados un aula abierta desde la escena.
Impartió clases en la Academia Andrés Soler. Fue mentor en distintas instituciones; en el
INBA; con maestros normalistas; en la Secretaría de Salubridad y Asistencia; en la UNAM-Cuautitlán;
en varias escuelas de teatro de la zona metropolitana: la Academia Andrés Soler de la ANDA, a donde
regresó en varias oportunidades para capacitar al personal académico; el Instituto de Arte Escénico; el
Centro de Arte y Teatro de Emilia Carranza; el Foro Stanistablas de Patricia Reyes Espíndola. Dictó
cursos, coordinó laboratorios y dirigió talleres en prácticamente toda la república: el Instituto dramático de Manuel Reygadas en Puebla; el taller dramático de Ramón Montes Palomino en León; los Cómicos de la legua en Querétaro; el Centro de Investigaciones Artísticas de Alfredo Hernández Higuera en
Pachuca; el Taller de Teatro Espacio Vacío en Durango…
En el desempeño del magisterio de actuación, fue generando una serie de ejercicios, procesos
y prácticas para orientar el estudio de las posibilidades sonoras del actor, material que, reunido y sistematizado, publicó en formato de cuaderno, El moderno método de voz y dicción (1997) completamente
ilustrado por propia mano, a la manera de las tiras cómicas, lo que hace divertido y dinámico el aprendizaje del recurso vocal.
El más ambicioso proyecto pedagógico de su vida lo constituye, a partir de 1973, el Taller
Laboratorio para Profesionales de Teatro González Caballero, dedicado a la investigación y desarrollo
de su propio método de actuación, cuyo primordial antecedente lo constituye el manuscrito “Análisis
histórico dramático”, que, para la escuela Arte Escénico, fundada por Miguel Córcega, empezó a redactar unos tres años antes y que dejó inconcluso.
De índole itinerante, el taller de actuación en ciernes inició su proceso integral de enseñanza-aprendizaje estableciéndose temporalmente en una habitación de azotea en la colonia Lindavista,
cerca del Politécnico, luego se trasladó al gélido departamento de Pino Suárez y poco después al no menos incómodo y estrecho ubicado en la avenida 20 de noviembre, ambos cerca del zócalo de la CDMX.
Lo que hoy se conoce de su método son las versiones recogidas por sus discípulos más asiduos
Gustavo Thomas y Wilfrido Momox, y por Diana Ham, alumna de este último, quienes, con base en
los apuntes dictados por el maestro, las verbalizaciones emitidas por los participantes al cabo de cada
sesión, y en sus bitácoras y reflexiones personales, han dotado de organicidad a la experiencia vivida
en los talleres.
Método de métodos4
En 1973, el proyecto para la creación del Taller Laboratorio para Profesionales de Teatro
La redacción de los apartados correspondientes al Método González Caballero se sustenta en los apasionados y pormenorizados
registros digitales de Wilfrido Momox y Gustavo Thomas, discípulos directos de sus talleres, y en la sustantiva tesis sobre el
Método AGC, que elabora Diana Ham Pantoja, discípula de Momox, para obtener el grado de Licenciada en Literatura Dramática y Teatro.

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González Caballero estuvo integrado por la suma de dos exploraciones pedagógicas previas: El entrenamiento de la voz y la creación de personajes, así como por el manuscrito Análisis histórico dramático, que el maestro dejó inconcluso y tenía por objetivo prioritario la investigación y desarrollo de su
propio método de actuación, el cual, analizado en retrospectiva, tanto en la conceptualización como
en la praxis, constituye un cúmulo de saberes, un sistema educativo, un programa de estudios, una
suerte de memoria investigativa, un método de métodos en torno a la identidad y al autoconocimiento,
que comprende la biografía del maestro, la curiosidad creativa del alumno y la identidad del personaje
para hacer eclosión a medida que la imaginación, el sentimiento y la energía se absorban y fructifiquen
en el cuerpo y la voz del actor, para instalar en escena la convención creativa. “[El Método AGC] no
solo dota de habilidades y estrategias creativas, sino que favorece su desarrollo humano a partir de un
trabajo paralelo de autoconocimiento” (Ham, 2017, p. 83).
Cúmulo de referencias, El Método González Caballero no proporciona una síntesis, un
modelo, una receta o prescripción, una fórmula eficaz; tampoco simplifica la indagación de manera
lineal, mucho menos binaria, como cabría esperar de los planteamientos tradicionales, sino que invoca una ingente acumulación de saberes, de procesos creativos, de diversas indagaciones inducidas,
aleatorias o prescritas, y de electivas disciplinas de conocimiento, científicas, esotéricas, académicas
o intuitivas
Figura 1
Ejemplo de un modelo hipertextual o rizomático.

Nota. “Se trata de un sistema hipertextual o rizomático, de una estructura descentralizada en la
que cada punto esta provisto de su propia complejidad.” (Ham, 2017, p. 84). Imagen original
tomada de: https://proyectointegral1.wordpress.com/category/uncategorized/

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Principios básicos y zonas
El planteamiento metodológico inicial que en el Primer módulo hace González Caballero
revela el carácter integrador de su propuesta, de manera que esos principios básicos suyos:
•

Imaginación

•

Energía

•

Sentimiento

podemos relacionarlos con cada una de las seis zonas en que su método fragmenta o disecciona el cuerpo y la voz del actor y que a su vez hacen referencia a los tres modelos o metodologías de actuación
vigentes durante la segunda mitad del siglo XX.
Zonas
El Método González Caballero divide el cuerpo en seis zonas principales o de exploración
personal:
• Tres zonas claras o primarias:
1- Cerebral o fría: desde la coronilla hasta la barbilla. La razón, el pensamiento, la mente. (Piscator, Brecht).
2- Sentimental: pecho desde las clavículas hasta las tetillas. El afecto, la emoción, las vivencias.
(Stanislavski).
3- Sexual: desde el nacimiento del vello púbico hasta los genitales. Zona instintiva, dionisiaca.
(Grotowski).
• Tres zonas de conflicto, de dualidad, de lucha interna:
4- Cuello: de la mandíbula inferior a las clavículas. Zona de duda, de indecisión, de lucha: ‘un
nudo en la garganta’.
5- Visceral: de las tetillas hasta el vello púbico. Zona de coraje, de arrebato: ‘un hueco en el estómago’.
6- Piernas o de energía descendente, que, de acuerdo con el grado de depresión, de abandono o
abatimiento, se subdivide en…
a: de las ingles hasta arriba de las rodillas.
b: de las ingles hasta las rodillas.
c: de las ingles hasta los pies. Si la energía descendente llega hasta los pies, sentimos que
“nada nos importa”, que “la única salida es el suicidio”.
• Y, por último:
7- Una zona que no está en el cuerpo, se desprende de él, un aura por encima de la
cabeza:
asombro, sublimación, ensimismamiento.
(Momox, sf. -a).
Respecto a la localización anatómica de las siete zonas, son elocuentes las ilustraciones que
Diana Ham (2017) inserta en las páginas 95 y 96 de su tesis:

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�Artículo de reflexión

Figura 2
Imagen de zonas emocionales.

Figura 3
Imagen sobre la distribución de chacras.

Nota. Fuente original de imagen: despertando.com.ar

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Además de la sectorización anatómica y la distribución de los chacras orientales, es clara la
influencia metodológica de la cabalística, la numerología, la psiquiatría, el psicoanálisis y el psicodrama, amén de otras tantas referencias, visibles u ocultas, mediatas o inmediatas, no solo en la exposición
teórica de las seis zonas, sino especialmente en la zona séptima, donde se refleja la intensión exhaustiva
insondable, omniabarcante de “los talleres de exploración que el maestro, las pocas veces que los impartió, denominó: Alquimia para actores, El desarrollo del otro yo, Tarot aplicado al teatro (Momox,
s.f. -c).
Los 36 apoyos
En la búsqueda de los 36 apoyos, demos un vistazo a la tira de materias, su infinidad de estimulación teórico-práctica y su diversidad de características humanas:
• La pisada.
• Los elementos: Agua. Aire. Fuego. Tierra.
• Los sentidos: Gusto. Tacto. Oído. Olfato. Vista.
• Las edades: Cronológica. Mental. Clínica o física.
• Introversión y extroversión.
La pisada
Cuando Wilfrido Momox documenta las vehementes reflexiones del maestro: “Perdimos la
identidad… Durante la conquista fuimos abolidos, nos quemaron los pies como a Cuauhtémoc… Los
pies eran para el México antiguo la esencia misma del ser… Es necesario recobrar la orientación…”
(s.f. -b), nos damos cuenta de la necesidad que invadía la mente del ser humano desvalido que era Antonio González Caballero, y su necesidad recuperar el origen, de reafirmar la identidad; un propósito
similar a la búsqueda y localización del personaje a base de una minuciosa pesquisa metodológica.
“Es importante pensar que no es la planta de los pies en sí, sino un pequeño punto como en la
reflexología el que determina todo nuestro ser” (Momox, s.f. -b). Para ilustrar por medio de la pisada
esa búsqueda de la identidad, así propia como del personaje, Diana Ham recurre a una imagen de la
reflexología (2017, p. 88), cuyo colorido nos habla de la minuciosidad con que los neurotransmisores
ubicados en las plantas de los pies están relacionados con las diversas zonas del cuerpo humano.
Figura 4
Imagen de las zonas reflejas.
Nota. Fuente original de la imagen:
http://salud.biotecica.org/images/reflex7.gif
“Subir la pisada con cualquier parte del
cuerpo modifica el ritmo, la estabilidad,
el avance, la acción determinada, la mentalidad, el carácter, el ánimo, la personalidad” (Momox, s.f. -b).

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Tanto las zonas y la pisada, que abren el índice de materias, como los ejercicios teórico prácticos relacionados con los apoyos restantes: los elementos, los sentidos, las edades, la introversión y
la extroversión revelan la minuciosidad con que el Método González Caballero atiende la auto exploración integral del cuerpo y la voz del estudiante de actuación que aspira a crear al personaje por
medio del minucioso y diversificado proceso de autoconocimiento. “El Método AGC funciona a partir
de que el actor conecta hipertextualmente los estímulos psico-corporales generados por los 36 apoyos
o preceptos que lo constituyen, sus referencias y las múltiples resoluciones subjetivas e imaginarias”
(Ham, 2017, p. 175).
Los grandes paradigmas
Durante las sesiones teórico prácticas, el taller de González Caballero desarrolla la creatividad
a través de la aplicación de las enseñanzas que el maestro ha extraído del estudio de Chejov, Ibsen,
Strindberg y Pirandello, contrastándolas con algunos elementos de la psicología, complementándolas
más tarde con los parámetros creativos derivados del manuscrito: El desarrollo del ser humano, redactado por Caballero a partir de lo que los personajes del teatro clásico han aportado como fuente de
conocimiento, incluyendo entonces en la lista de materias el análisis de Shakespeare:
• Segundo módulo. Anton Chéjov/Yo; Carácter
• Tercer módulo. Henry Ibsen/No Yo; Personalidad
• Cuarto módulo. August Strindberg/Ello; Inconsciente
• Quinto módulo. Luigi Pirandello5/Súper yo; Ideales
• Sexto módulo. William Shakespeare/Praxis
Es pertinente hacer notar que, en sentido inverso a otras estrategias didácticas que reducen a
esquematizan modelos, fórmulas o paradigmas, en el Método González Caballero no caben las definiciones ni la simplificación, sino los sinónimos y los antónimos, los conceptos relacionados y los derivados, inclusive los opuestos y los contradictorios. En busca de diversificar y complejizar los procesos
en busca del personaje, los 36 apoyos que Gustavo Thomas estudia ampliamente en Técnica de apoyos
al actor de González Caballero (1999) le brindan al actor las infinitas posibilidades de exploración
exhaustiva en sucesivas disciplinas de auto exploración y auto conocimiento:
El método puede traducirse en un mapa o partitura hipertextual que reúne y conecta de forma
no jerarquizada, información y conocimientos provenientes de diversas culturas y épocas,
incluyendo propuestas artísticas y actorales desarrolladas por grandes creadores, así como la
subjetividad pisco-física de cada actor. (Ham, 2017, pág. 175).
Análisis histórico dramático
Refuerza la teoría de que González Caballero aspiraba a ser él mismo y su taller una escuela
del arte escénico, el Curso Análisis Histórico Dramático, cuya aplicación habría de realizarse de forma paralela al método, documento de más de 200 páginas que Momox rescata de entre el cúmulo de
manuscritos del maestro, y cuyo índice, virtual tira de materias o plan de estudios, consta de 20 ítems,
entre los que destacan:
5
Imposible evitar la referencia insoslayable entre los Seis personajes en busca de autor, donde la ruptura de la convención pirandelliana se torna revolución sucesiva de rupturas en la dramaturgia de la última época de González Caballero.

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�Artículo de reflexión

1. Autoanálisis del ser humano
5. La tragedia
6. El yo biológico, el psicológico y el sociológico
12. El estilo de la obra y del actor
15. El actor de cine y televisión
Por si el programa no fuera lo suficientemente abierto, el último ítem propone:
20. Conclusiones finales. Análisis de Jerzy Grotowski. Últimos ejercicios y escenas de obras
de diferentes géneros.
Efectividad metodológica
En cierta ocasión, al preguntarle a Antonio González Caballero si Guillermo Cabello, Wilfrido
Momox o Gustavo Thomas podrían considerarse sucesores suyos, es decir, suficientes conocedores de
su método, de forma que podían, a cabalidad y con plena autorización, aplicarlo a sus grupos respectivos o reunir sus experiencias en una suerte de manual, método o preceptiva, el maestro, cuya presencia
pedagógica es exaltada, difundida y puesta en práctica en sus respectivos talleres y a través de múltiples
entrevistas y testimonios en los manuscritos de Momox y Thomas, me respondió:
El taller evoluciona día a día y ellos, o cualquier otro de mis alumnos, habiendo permanecido
X (equis) lapso en el taller, tienen una visión parcial de un fenómeno en el que, de tanto en tanto, a veces de manera cotidiana, se presencian hallazgos espectaculares y avances prodigiosos.
(GC en Mijares, 2005, p. XXXVI).
Lo que sin duda el maestro quería significar es el hecho incontrovertible de que, no importa lo
rigurosa que sea la aplicación de un método cualquiera, el proceso creativo es un acontecer cotidiano
maleable, que, pese a ser deseado, cortejado, incluso acosado, resulta siempre deslumbrante e inesperado puesto que, arte escénico al fin, es inédito e irrepetible en cada ensayo y en cada función,
Un eslabón perdido
Diana Ham –uno de los primeros retos de su tesis– se propone sacar del parcial anonimato a
González Caballero, a quien considera “un eslabón perdido” (2017, p. 9), cuya dramaturgia y aportaciones a los procesos educativos de la actuación han sido prácticamente olvidados por la historia del
teatro.
Es aquí donde el análisis del Método González Caballero me lleva a redireccionar la mira para
justipreciar la labor de estos tres celosos y obstinados epígonos.
Wilfrido Momox conserva celosamente el meticuloso archivo de documentos dramatúrgicos,
teóricos, plásticos, personales del maestro, y ha recogido en un pormenorizado acopio de apuntes con
el registro de experiencias vividas en el taller y la sistematización de las enseñanzas del maestro, que,
entonces alumno, ahora preceptor, atesora y mantiene su vigencia práctica en el desempeño profesional
que realiza como tallerista, director de escena y actor, escenificando obras de González Caballero y de
otros dramaturgos, al frente del Centro Cultual El Foco.

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�Artículo de reflexión

Diana Ham, bajo la conducción de Momox, abreva del Método AGC y convierte su experiencia en una epopeya investigativa, tema y razón de su tesis de grado en la UNAM.
Gustavo Thomas, discípulo de González Caballero durante nueve años, crea el colectivo Esférica Lúdens para mantener en marcha su propia escuela siguiendo el Método de González Caballero, y, empeñado en sistematizar el Método, publica primero, por sus propios medios y la colaboración
pecuniaria de Gustavo Ávila, del grupo TADECO, Técnica de apoyos al actor de González Caballero
(1999), sustancial síntesis del estudio completo que, en 2012, con el título Método de Actuación de
Antonio González Caballero, expone los resultados de su extensa investigación sobre el taller. La
imagen con la que describe a su maestro es reveladora: “González Caballero no tuvo hijos biológicos,
pero fue un padre indiscriminado de artistas, nunca usó condón para enseñar, era un libertino del dar,
a todos, a quien fuera, no respetaba nada ni a nadie” (Thomas, 2003).
Reflexión final
Es verdad que Antonio González Caballero tuvo siempre el propósito de conformar un
método para estudiantes mexicanos de actuación, basado, sí, en la pisada reivindicadora del origen
prehispánico, y enseguida enriquecida sucesiva y, en ocasiones, simultáneamente por la acumulación
provechosa de procesos, disciplinas y desarrollos universales.

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Referencias
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66 |Vol. 2, Núm. 2 (2025). enero-junio 2025 | ISSN 3061-7545 | dialecticaescenica.uanl.mx

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