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                  <text>Enero - junio 2026 | No. 3

�Santos Guzmán López
Rector
Mario Alberto Garza Castillo
Secretario General
José Javier Villarreal
Secretario de Extensión y Cultura
Víctor Barrera Enderle
Director de la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria
Lizbet García Rodríguez
Roberto Kaput González Santos
Editores Responsables
María Villagómez
Diseño Editorial
Valentina Moreno Chávez
Izamar Gómez Reza
Corrección
Luis Fidel Camacho Pérez
Ángel H. Candelaria
Lázaro Izael
Nancy Elizabeth Lucio López
María Fernanda Ramos
Carlos Rutilo
Reyna Alejandra Vera Colunga
Verónica Zúñiga
Equipo Editorial
En portada:
Obra derivada de la fotografía de la Casa y Museo de José Lezama Lima.
Fotografía: “Casa José Lezama Lima 9488 Habana Cuba” por Christian Pirkl (24 de marzo de 2026), (Wikimedia Commons: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Casa_José_Lezama_Lima_9488_Habana_Cuba.jpg).
Estilización por María Villagómez
Licencia: CC BY-SA 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0/legalcode)

Interfolia, año 2, no. 3, enero-junio 2026, es una publicación semestral editada por la Universidad Autónoma
de Nuevo León, a través de la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria, calle Pedro de Alba s/n, Ciudad
Universitaria, San Nicolás de los Garza, C. P. 66451, Nuevo León, México. Teléfono 8183294015
Página electrónica de la revista:
https://interfolia.uanl.mx/
Correo electrónico: revista.calfonsina@uanl.mx.
Editores responsables: Lizbet García Rodríguez y Roberto Kaput González Santos. Reserva de Derechos al
Uso Exclusivo No. 04-2023-121911450000-102, ISSN: EN TRÁMITE — ambos otorgados por el Instituto
Nacional de Derecho de Autor.
Responsable de la última actualización de este número, Ing. Juan José Pérez Chávez, Unidad de Informática
INDAUTOR, calle Puebla, 143, Col. Roma,
Delegación Cuauhtémoc, C.P. 06700. Fecha de última modificación: 04/06/2023 . Tamaño del archivo: 8.3MB
Prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin previa autorización
de los editores.

��ÍNDICE
editorial
grata compañía
José Lezama Lima

cortesía
Muerte de Narciso
José Lezama Lima

10

repaso poético
cuteheroine.mp4

13

Estudios de un Papa en el Infierno

14

Esteban López Arciga

ancorajes
Perdurar lo imperdurable: El Coloquio sobre el Patrimonio
Hemerográfico del Noreste

18

Oscar Rodríguez

calendario
“Lezama repletó sus libros de yagrumas, manatíes, centifolias
e imágenes que solo pueden extraerse del paisaje cubano”:
Michael H. Miranda

22

Inicio y escape de José Lezama Lima. El primer poemario
del escritor José Lezama Lima, escrito entre 1927 y 1932,
permaneció inédito hasta después de su muerte

28

Imaginar el pasado, recordar el futuro: A cuarenta años de La
edad del tiempo (1985-2012) y la búsqueda de la novela total

31

Lizbet García Rodríguez

Emilio de Armas

Carlos Rutilo

el oro de los tigres
Curiosidades del ingenio poético Los cinquains de
Adelaide Crapsey

Eduardo Zambrano

40

el deslinde
Apuntes en torno al poema en prosa moderno
Manuel Parra Aguilar

45

�La transgresión y lo abyecto en la escritura de lo nuevo
sagrado en Sombra entre sombras, de Inés Arredondo

50

Cómo narra una hija: clandestinidad, militancia y exilio en
La casa de los conejos de Laura Alcoba y Los eufemismos
de Ana Negri

57

La ciudad en línea: los espejos digitales de Monterrey

64

La Luz: un periódico católico del Monterrey decimonónico

69

“Antes de aparecer en las bibliotecas, soñamos con ser
eternos”. Periodismo cultural y formación literaria en el
suplemento “Aquí Vamos” de El Porvenir (1982-1992)

76

Nadia Posada Reyes

Verónica Zúñiga

Marco Andrés Miller Espinoza
Luis Fidel Camacho Pérez

Ivonne Acosta Neira

briznas
La última escala del Tramp Steamer, novela lírica

82

Agustín García Gil

retratos reales e imaginarios
Vivir en casa de Lezama

88

Alberto Lauro

ojos de reyes
Las mujeres del Volcán

94

Gabriela Eugenia Ríos Infante

primeras letras
Poesía autorizada, anuario y tradición

102

Cristina Rodríguez

entre libros
Relato de dos náufragos. Descubrimiento de
testigos de Alfonso Reyes

nuevos

108

Víctor Barrera Enderle

Adquisiciones recientes de la Capilla Alfonsina
Biblioteca Universitaria

112

�6

e di t or i a l
Como prolongación de los festejos por el 45 aniversario de la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria,
este nuevo número de Interfolia reúne textos que, desde perspectivas diversas, exploran una pregunta
compartida: ¿de qué manera la literatura y sus soportes materiales (casas, acervos, anuarios, archivos,
bibliotecas) construyen memoria, legitiman tradiciones y abren espacios de resistencia cultural? Para
intentar responder, diseñamos dos ejes argumentativos que cruzan todo el tercer número de Interfolia.
Un primer eje agrupa los trabajos sobre el archivo como forma de poder y preservación. En la sección
“Entre libros”, Víctor Barrera Enderle examina dos manuscritos inéditos de Alfonso Reyes hallados en la
Capilla Alfonsina y demuestra que su práctica traductora constituye una metodología intelectual poco
explorada. Cristina Rodríguez analiza, para “Primeras letras”, el Anuario de Poesía Mexicana de 1955 desde
el materialismo cultural de Raymond Williams y muestra cómo el INBAL convirtió la producción poética
dispersa en tradición autorizada, reproduciendo desigualdades de género y centralismo. Oscar Rodríguez documenta, dentro de la sección “Ancorajes”, las tres primeras ediciones del Coloquio de Patrimonio
Hemerográfico del Noreste, iniciativa de la CABU-UANL que articula conservación y difusión como política cultural integral.
Un segundo eje reúne reflexiones sobre la forma literaria y sus posibilidades híbridas. En “Briznas”,
Agustín García Gil estudia La última escala del Tramp Steamer, de Álvaro Mutis, como novela lírica que
funde géneros y fusiona hombre y mundo en un lenguaje de igual densidad poética. Eduardo Zambrano
introduce y traduce, para “El oro de los tigres”, los cinquains de Adelaide Crapsey, recuperando una forma
breve de la tradición norteamericana para lectores hispanohablantes. Y Carlos Rutilo reflexiona, en “Calendario”, sobre La edad del tiempo de Carlos Fuentes como proyecto narrativo en espiral que organiza
toda su obra en torno al tiempo, la memoria y la identidad nacional.
La sección “La experiencia literaria” concentra, como ya es tradición, los ensayos de mayor aliento.
Manuel Parra Aguilar reflexiona en torno al poema en prosa; mientras que Nadia Posada Reyes se hace
cargo de dos conceptos claves (la transgresión y lo abyecto) en el cuento “Sombra entre sombras”, de Inés
Arredondo. A través de la pregunta “¿Cómo narra una hija el terror dictatorial?”, Verónica Zúñiga analiza
dos novelas de las escritoras argentinas Laura Alcoba y Ana Negri. La transformación de la subjetividad

�interfolia
y la identidad, potenciada por la hiperconectividad de dispositivos como las redes sociales, es
abordada por Marco Andrés Miller, delimitando su estudio al área metropolitana de Monterrey.
Luis Fidel Camacho, en contraste, se adentra al pasado decimonónico de la urbe al analizar el
periódico católico La Luz (publicado entre 1872 y 1881). En esa misma línea de investigación,
relativa a la cultura impresa, Ivonne Acosta aborda el periodismo cultural en el suplemento regiomontano Aquí Vamos (1982-1992), del periódico El Porvenir.
Este 2026 se cumplen 50 años de la muerte de José Lezama Lima y quisimos recordarlo
también en esta entrega: para tal fin, reproducimos, en “Grata compañía”, las dedicatorias que el
escritor cubano ofreció a Alfonso Reyes; y en “Cortesía” se publica su poema “Muerte de narciso”. Sumado a lo anterior, Lizbet García entrevista, para la sección “Calendario”, al crítico Michael
H. Miranda y recoge, dentro de “Retratos reales e imaginarios”, el testimonio de Alberto Lauro
sobre Trocadero No. 162, dirección de la famosa casa del poeta en La Habana. Ambas piezas, la
entrevista y el testimonio, ofrecen, desde la crítica literaria y la memoria personal, una aproximación al peso cultural del poeta cubano y al riesgo patrimonial que su legado enfrentó bajo el
régimen castrista.
“Ojos de Reyes” presenta el ensayo fotográfico de Gabriela Eugenia Ríos Infante sobre las
aficionadas de la Liga MX Femenil, que amplía el concepto de espacio simbólico más allá del
texto escrito.
De múltiples maneras, Interfolia responde, en esta tercera entrega, a las demandas de
la hora actual: el trabajo con los archivos y la memoria; la creación y defensa de lugares de
enunciación para la creación y la reflexión; la consolidación de la biblioteca pública como
espacio para la formación lectora y ciudadana; y el diálogo con las nuevas generaciones de
artistas e intelectuales.

Víctor Barrera Enderle

7

�g r ata c om pa ñ í a

José Lezama Lima. Muerte de Narciso. La Habana, Ucar, García y Cía, 1937.
Dedicatoria:
Para Alfonso Reyes, en reconocimiento a su gran labor humanística, dedica
J Lezama Lima
Dcbre, 1937
Trocadero 22, bajos.
La Habana
Cuba
¿Ha recibido Ud. tres números de la revista “Verbum” que le he enviado?
Le ruego me envíe colaboración para ella.
Valedero,
J.L.L.

8

�interfolia

José Lezama Lima. Tratados en La Habana. La Habana, Universidad
Central de Las Villas. Departamento de Relaciones Culturales, 1958.
Dedicatoria:
Para Don Alfonso Reyes, por la sentencia de su poesía esencial, por la nobleza de su
escritura.
De su devoto amigo,
J. Lezama Lima
Junio, 1958
Trocadero 162, bajos
La Habana
Cuba

9

�c or t e s í a

Muerte de Narciso
José Lezama Lima

Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo
envolviendo los labios que pasaban
entre labios y vuelos desligados.
La mano o el labio o el pájaro nevaban.
Era el círculo en nieve que se abría.
Mano era sin sangre la seda que borraba
la perfección que muere de rodillas
y en su celo se esconde y se divierte.
Vertical desde el mármol no miraba
la frente que se abría en loto húmedo.
En chillido sin fin se abría la floresta
al airado redoble en flecha y muerte.
¿No se apresura tal vez su fría mirada
sobre la garza real y el frío tan débil
del poniente, grito que ayuda la fuga
del dormir, llama fría y lengua alfilereada?
Rastro absoluto, firmeza mentida del espejo.
El espejo se olvida del sonido y de la noche
y su puerta al cambiante pontífice entreabre.
Máscara y río, grifo de los sueños.
Frío muerto y cabellera desterrada del aire
que la crea, del aire que le miente son
de vida arrastrada a la nube y a la abierta
boca negada en sangre que se mueve.
Ascendiendo en el pecho solo blanda,
olvidada por un aliento que olvida y desentraña.
Olvidado papel, fresco agujero al corazón
saltante se apresura y la sonrisa al caracol.
La mano que por el aire líneas impulsaba
seca, sonrisas caminando por la nieve.
Ahora llevaba el oído al caracol, el caracol
enterrando firme oído en la seda del estanque.
Granizados toronjiles y ríos de velamen congelados,
aguardan la señal de una mustia hoja de oro,

10

�alzada en espiral, sobre el otoño de aguas tan hirvientes.
Dócil rubí queda suspirando en su fuga ya ascendiendo.
Ya el otoño recorre las islas no cuidadas, guarnecidas
islas y aislada paloma muda entre dos hojas enterradas.
El río en la suma de sus ojos anunciaba
lo que pesa la luna en sus espaldas y el aliento que en halo convertía.
Antorchas como peces, flaco garzón trabaja noche y cielo,
arco y cestillo y sierpes encendidos, carámbano y lebrel.
Pluma morada, no mojada, pez mirándome, sepulcro.
Ecuestres faisanes ya no advierten mano sin eco, pulso desdoblado:
los dedos en inmóvil calendario y el hastío en su trono cejijunto.
Lenta se forma ola en la marmórea cavidad que mira
por espaldas que nunca me preguntan, en veneno
que nunca se pervierte y en su escudo ni potros ni faisanes.
Como se derrama la ausencia en la flecha que se aísla
y como la fresa respira hilando su cristal,
así el otoño que en su labio muere, así el granizo
en blando espejo destroza la mirada que le ciñe,
que le miente la pluma por los labios, laberinto y halago
le recorre junto a la fuente que humedece el sueño.
La ausencia, el espejo ya en el cabello que en la playa
extiende y al aislado cabello pregunta y se divierte.
Fronda leve vierte la ascensión que asume.
¿No es la curva corintia traición de confitados mirabeles,
que el espejo reúne o navega, ciego desterrado?
¿Ya se siente temblar el pájaro en mano terrenal?
Ya sólo cae el pájaro, la mano que la cárcel mueve,
los dioses hundidos entre la piedra, el carbunclo y la doncella.
Si la ausencia pregunta con la nieve desmayada,
forma en la pluma, no círculo que la pulpa abandona sumergida.
Triste recorre –curva ceñida en ceniciento airón–
el espacio que manos desalojan, timbre ausente
y avivado azafrán, tiernos redobles sus extremos.
Convocados se agitan los durmientes, fruncen las olas
batiendo en torno de ajedrez dormido, su insepulta tiara.
Su insepulta madera blanda el frío pico del hirviente cisne.
Reluce muelle: falsos diamantes; pluma cambiante: terso atlas.
Verdes chillidos: juegan las olas, blanda muerte el relámpago en sus venas.

Fragmento cortesía de Radamés Molina Montes, Linkgua Ediciones, Barcelona, España; editorial especializada en la publicación de títulos clásicos en español.

�12

r e pa so p oé t ico
Esteban López Arciga (Mexicali, 1994) es poeta, traductor y crítico literario. Es egresado de la licenciatura en Lengua y Literatura Modernas Inglesas por parte de la UNAM, así como de la Fundación para las
Letras Mexicanas, donde se formó en el área de poesía. Ha sido acreedor del estímulo “Jóvenes Creadores”
del FONCA.
Más cerca de una tradición del norte, donde canto y territorio enmarcan la palabra, Esteban López
Arciga se instala en una zona donde la experiencia dialoga con el mito y sus fisuras. En esta selección, el
autor de Nowhere Zen New Jersey (Instituto de Cultura de Baja California) y Cempoal (Ediciones Camelot)
trabaja con la máscara y figura de Francis Bacon para ensayar otra clase de mirada: aquella que, desde
el detalle, revela un cuerpo total atravesado por lo terrible y lo humano. Su poesía recuerda que el oficio,
incluso en su nobleza, es también un asunto de tinieblas, y que la inteligencia, lejos de ser sólo una virtud,
puede convertirse en uno de los materiales más peligrosos.

Angel H. Candelaria

�interfolia

cuteheroine.mp4
un video de dos mujeres sin nombre
tomando sus cabezas
tiernas
apenas
pudiendo sostener ese peso entre sus manos.
imagina a una diciéndole a la otra:
en mis venas
corre una canción
que jamás escuché
imagina a la otra respondiendo:
lalalá
lalá
imagina que ellas viven en ese circuito:
toman sus cabellos
susurran algo que no se escucha en el video.
imagínalas felices y sin rodar una roca por la ciudad.
ahora, es cierto, no puedo ignorar ni los moretones
ni las claras marcas de pinchazos
de aguja
pero
¿son mis propios recuerdos felices
tan verosímiles?
¿no me invento constante ficciones
para sostener mi cabeza ante el viento?
se acaba el video y elijo ensayar
el concepto de amor.
elijo pensar que ellas siguen cantándose una canción
que quedará entre ellas.
elijo creer que es el relato que ellas se cuentan.

13

�interfolia

Estudios de un Papa en
el Infierno
Sobre Francis Bacon
I
Ruptura en la piel. Primer síntoma. Una luz enferma rasca bajo la epidermis. Esto es: antes de la
putrefacción. Una combinación de larvas de distinta especie, sólo algo en común: hambre. Es
preciso congelar el movimiento para que no se nos escape la primera mueca de dolor. Todavía
no sospecha la sensación amarilla que vendrá cuando se rompa la… se rompió, muy tarde, pintor, perdiste el instante, ¿lo viste? Recréalo, es fundamental que no se pierda ese primer gesto,
como ya perdimos el parto y el primer orgasmo. La luz enferma aprovecha los poros frescos, es
la hora dorada. Poca luz, pero preciosa, áurea como su piel antes de llegar aquí, antes de romperse como se nos rompe a todos. Otro umbral que se marca con sangre. Más bien seca. Qué
daría porque pudieras retratarlo virgen haciendo exactamente la misma mueca.
II
Yo fui Inocencio. Salé la tierra en la que me paré. Ofrecí los cuerpos de Castro a deidades que
no entendía. Absolví la guerra como mero pecado venial. Nací Giovanni Battista Pamphili, hijo
de los incestos de los Borgia. Lleno de sangre fornicadora, procuré sembrar mi semilla donde
pude. Comí carne tras carne hasta que el ácido y la bilis se apoderaron de mis huesos, hasta que
caminar llenó de cardos mis pies. La sangre que derramé ahora la regurgito. Se ha apoderado
de mi esófago como una lumbre siempre viva. Tengo por siempre el cuerpo moribundo, tengo
en mis oídos los gritos de seres tibios. Ni ángeles ni demonios. Sólo cobardes.
III
Debo olvidar la imagen viva. Es el movimiento natural. La foto quitó toda urgencia de capturarla,
pero es insuficiente para guardar la muerte. Un Inocencio vivo no me sirve, contamina mi labor.
Debo verlo muerto, naciendo muerto, viviendo muerto, muriendo muerto. Los viejos maestros
tampoco sirven vivos. Tiziano, Rembrandt, Goya, Velázquez. A todos lo tengo y los guardo en un
mausoleo de formol. La silla con la que pintan cuerpos debe ser una jaula que atraviese la carne
tenue del cadáver. La luz no debe iluminar, debe penetrar, hacer nuevos orificios. Es preciso
crear un salón de morados. Un espacio dedicado al más puro y exquisito dolor que puede sentir
un hombre: ¿lo ves como lo veo? Está ahora más presente que si lo pintara vivo.
IV
Pintor. Crees que inventas el infierno, cuando sólo lo ves en vislumbres.

14

�interfolia
V
Yo fui Inocencio. No debo olvidar mi nombre. Pensé que en mí habitaban las llaves del paraíso,
cuando nunca alcé la cabeza hacia los astros. Ahora una extraña metalurgia me atraviesa. Pone
mis nervios en marcha. Refleja en mis irises los rostros de pecadores a quien exterminé. Pensándome superior a ellos. Pensándome absuelto de compartir la misma geografía. De pisar el
mismo suelo purpúreo de lamentaciones. En otro tiempo no hubo placer que me fuera ajeno, ni
vino que no fuera descorchado. Fulminé mis culpas derrochando armas y oro en Irlanda. Justifiqué el eterno deseo de piel joven con folios de almas salvadas. Llené de belleza los palacios
de Cristo. Busqué la propia y sólo encontré un gesto huraño. Troppo vero, pintor, troppo vero. Ten
piedad de este anciano.
VI
No puedo ver al Maestro de frente. La imagen debe correr independiente de su materia. En eso
son superiores los muertos. Pierden toda voluntad. Sólo carne. Materia moldeable. Mirar la pintura del Maestro es enfrentar su voluntad. Sé mi cuerpo débil, mi mente aún más. Lo más erótico: el ejercicio de los deseos de mi padre sobre mí. Mi padre, un ente tan patético, ¿qué sumisión
encontraría el Maestro de enfrentarlo? Debo verlo en espejos. Debo tener a mi modelo velado.
Puedo hacerlo mío sin mirarlo de frente. Sólo puedo someter a la distancia. Borrando mi propio
rostro. Más no mis ojos. Quizá también mis ojos. Pero aún no.
VII
Es el rigor mortis lo que lo sella para ti, es una tensión como la que no has visto. Espasmos
combinados con la solidez de la piedra, ¿has visto este movimiento?, ¿este libre fluir de la
electricidad dentro de un cuerpo? Te puedo dar mis ojos. Sus ojos. Mira como los morados son
rojos, los gritos derraman dorados. Explosión de todas las potencias del cuerpo. Hiriéndose y
sanándose simultáneo. La piel que se rasga y se cierra. Los dientes que se arrancan y renacen.
Las córneas vueltas agua. El rostro que asciende. Aquí puedes traducir el grito a imagen. La
otra música.
VIII
Yo fui Inocencio. No borrarán mi nombre las plagas que inundan mi garganta. Ahora que mis
manos se fundieron al bronce. Ahora que mi cráneo ha tomado la forma del llanto. Ahora que
mi pecho se llena de dedos invisibles, declaro: fui la voz de Dios, me mascó, escupió y olvidó. Lo
mismo se hace con la materia del arte. Toma lo que desees, pintor, este es tu cuerpo. Lo mismo
sucederá contigo.
IX
He visto la muerte que deseo. Una anciana con su lente perforado. No es una muerte instantánea. Apenas restan unos segundos para reconocer el final de la vida. Un instante de perfecta
angustia. Sentir cómo se va el soplo. Sentir los miembros perdiendo movimiento. Mi modelo
debe hacer eternos esos segundos. Debe vivir ahí. Esperando que acabe. Nunca lo hará.

15

�interfolia
X
Se rompe. Se tuerce. Se lamenta. Grita. Se abre. Se derrama. Se pudre. Sana. Se vuelve a abrir.
Supura. Tensa. Duele. Hay siempre nuevas maneras de dolerse. Grita. Sus dientes. Las líneas
que dividen su cuerpo no contienen todas las ablaciones en su carne. Sus dientes. Grita. El instante es fugaz, pero se repite. Sana su cuello. Lo volvemos a abrir, ¿lo captaste o hay que volver
a degollar al anciano?
XI
Yo también fui el niño Giovanni. Conocí el miedo en los golpes de mi padre. Tuve huesos suaves. Se rompieron tan pronto como la inocencia. En esto nos une el calcio, pintor. Reconozco
las cicatrices en tu piel. Píntame como al padre a quien no mataste. Búscalo quemando y no
siendo olvidado.
XII
Lo que debo hacer es imaginar un espacio donde también a mí me pintan sufriendo.

16

�Cortesía del autor

�a nc or a j e s

18

Perdurar lo imperdurable:

El Coloquio sobre el Patrimonio
Hemerográfico del Noreste
Oscar Rodríguez

Las publicaciones periódicas impresas fueron,
durante el siglo XIX y buena parte del XX, el medio más eficaz para conocer los acontecimientos
recientes de relevancia local, nacional e internacional. Desde un crimen que conmocionó a los
regiomontanos en las calles del centro de Monterrey, hasta la movilización nacional provocada
por la expropiación petrolera o la caída del Muro
de Berlín y la reunificación alemana, los periódicos difundieron con notable celeridad los sucesos que marcaron su tiempo.
Su amplia circulación y bajo costo explican
en gran medida su popularidad, pero también la
fuerza de sus titulares: impresos en grandes caracteres y exhibidos en los puestos de esquina, o
anunciados por el voceador que, a todo pulmón,
adelantaba las noticias del día, despertando la
curiosidad del transeúnte ante una contienda
electoral o el ajustado triunfo de los Tigres en el
Clásico Regiomontano.

Por lo anterior, la Capilla Alfonsina Biblioteca
Universitaria (CABU) de la Universidad Autónoma
de Nuevo León, institución que resguarda una de
las colecciones hemerográficas más numerosas
y diversas del país, asumió el compromiso de organizar un coloquio dedicado al estudio, la preservación y la difusión de las publicaciones periódicas en el Noreste mexicano.
El Primer Coloquio de Patrimonio Hemerográfico del Noreste se celebró los días 2 y 3 de mayo
de 2023 en las instalaciones de la CABU, corazón
de Ciudad Universitaria. Concebido como un espacio de encuentro entre responsables de acervos, bibliotecarios e investigadores, tuvo como
propósito difundir el trabajo de especialistas en
el estudio de la prensa escrita, así como las colecciones hemerográficas resguardadas por las
instituciones participantes y las acciones emprendidas para su preservación.
Desde su planteamiento, el coloquio persiguió
objetivos claros: compartir experiencias en torno
al manejo de este tipo de materiales, crear lazos
con otras instituciones responsables de fondos
con valor histórico y patrimonial, y fomentar tanto
el uso como la preservación del material bibliohemerográfico. Más que visibilizar colecciones,
buscó propiciar un intercambio que fortaleciera
las prácticas técnicas y académicas en torno a la
prensa histórica.

Lo que en su momento fue un soporte de
información inmediata, destinada al consumo
cotidiano y a su reciclaje al día siguiente, se ha
transformado con el paso del tiempo en una
fuente imprescindible para la investigación
histórica. La prensa periódica, concebida para
registrar la actualidad, terminó por convertirse
en testimonio privilegiado de procesos sociales,
políticos y culturales, siendo su conservación y
difusión una tarea titánica pero necesaria, pues
El programa incluyó dos conferencias maforma parte de nuestra memoria colectiva. Es
en esta dimensión donde radica su carácter de gistrales. La primera fue impartida por Felipe
Bárcenas García, adscrito al Instituto de Invespatrimonio hemerográfico.
tigaciones Bibliográficas-UNAM, y se tituló “La

�interfolia
hemerografía y la historia: propuestas para el
estudio del patrimonio impreso”; la segunda
estuvo a cargo de Ana Laura Ceballos Martínez, con la ponencia “La prensa revolucionaria
fronteriza como fuente y objeto de estudio”.

ron cita al evento estuvieron responsables de
archivos públicos y privados, bibliotecarios e
investigadores, docentes y estudiantes de diferentes facultades, especialmente de la Facultad de Filosofía y Letras.

Ambos especialistas subrayaron la relevancia de las fuentes hemerográficas como materia prima en las distintas disciplinas de las
Ciencias Sociales, y compartieron estrategias
metodológicas para dialogar con los periódicos. Sus intervenciones tuvieron el propósito
de alentar a estudiantes e investigadores a visitar los acervos hemerográficos, fuentes inagotables para la investigación académica.

Gracias al éxito obtenido, al año siguiente
se organizó la segunda edición del coloquio,
cuya temática principal fue La riqueza documental de Nuevo León. El evento se celebró el 7
de mayo y formó parte de Preludios Alfonsinos,
programa que integra una serie de actividades
culturales previas al tradicional y prestigioso
Festival Alfonsino, organizado por la Secretaría
de Extensión y Cultura de la Universidad Autónoma de Nuevo León.

Además de las conferencias magistrales,
el programa contempló dos mesas de trabajo.
La primera estuvo dedicada a los acervos hemerográficos de la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria, y contó con la participación
de Leticia Garza Moreno, Oscar Rodríguez y
Moisés Domínguez, adscritos a la dependencia anfitriona. Las intervenciones abordaron
la Hemeroteca Digital UANL, las publicaciones
del Fondo Reservado Carlos Pérez Maldonado,
así como el diagnóstico y los procesos de preservación de los periódicos que actualmente
sigue la biblioteca.
La segunda mesa tuvo como propósito dar
a conocer los acervos y el trabajo que se realiza en otras hemerotecas del Noreste. Participaron Citlallin Melo Fernández, de la Biblioteca
Pública Estatal de Zacatecas “Mauricio Magdaleno”; Ernesto Alonso Terry Carrillo, responsable de la Hemeroteca del Archivo Municipal de
Saltillo; y José Rafael Sáenz Rangel, director
del Archivo General del Estado de Tamaulipas.
Sus exposiciones permitieron reconocer problemáticas compartidas y, al mismo tiempo,
las particularidades de cada institución en el
resguardo y difusión de sus colecciones.
El coloquio tuvo gran aceptación en la comunidad universitaria, registrando a lo largo
de los dos días la asistencia de poco más de
200 personas. Entre las personas que se die-

Asimismo, el coloquio se enmarcó en la
conmemoración del Bicentenario de Nuevo
León, circunstancia que otorgó especial pertinencia a la reflexión sobre la diversidad, riqueza y relevancia del patrimonio documental
resguardado en la entidad. En este contexto,
los objetivos del encuentro fueron poner en
relieve dicho acervo, propiciar el intercambio
de experiencias entre especialistas y responsables de archivos históricos, y fortalecer la
colaboración interinstitucional en favor de su
preservación y difusión.
En este sentido, las actividades iniciaron
con la conferencia magistral “Los archivos
del noreste en México. Un estado del arte”,
impartida por César Salinas Márquez, director
del Centro del Desarrollo Económico y Social.
Salinas Márquez disertó sobre la tradición
archivística en México y destacó la expansión
hemerográfica experimentada durante el siglo
XX a partir del desarrollo y consolidación de la
imprenta. En la parte final de su intervención
abordó los nuevos soportes para el resguardo
documental, los cuales han transformado de
manera significativa la gestión archivística.
Si bien estas innovaciones han representado
avances sustanciales, también han planteado
desafíos inéditos, particularmente en lo
relativo a la vigencia y obsolescencia de los
formatos digitales.

19

�interfolia
El coloquio cerró con un conversatorio en
torno al patrimonio documental de Nuevo León,
en el que participaron Edmundo Derbez García,
coordinador del Centro de Documentación
y Archivo Histórico de la UANL; José Manuel
Hernández Zamora, coordinador del Archivo
Municipal de Cadereyta Jiménez; Erika Flor
Escalona Ontiveros, coordinadora del Archivo
Histórico de la Preparatoria Técnica Pablo
Livas; y Leonardo Marrufo Lara, encargado de
la Unidad de Investigación y Difusión Histórica
del Poder Judicial del Estado de Nuevo León.

En este marco, el programa inició con la
conferencia magistral titulada “Los suplementos culturales y literarios en Monterrey,
1950-1990”, impartida por el escritor Genero
Saúl Reyes. El también periodista y promotor
cultural expuso los orígenes del suplemento
Aquí Vamos, publicado en El Porvenir durante la década de 1980 y los primeros años de
la de 1990, considerado pionero en su tipo en
Monterrey. De igual forma, compartió su experiencia como editor y destacó la relevancia
que el suplemento tuvo para escritores noveles, quienes encontraron en sus páginas
A partir de la experiencia y trayectoria de un espacio legitimado para dar a conocer sus
las y los participantes, se entabló un diálogo primeros textos.
ameno y sustantivo sobre el robusto y valioso
acervo documental resguardado en los archiLa segunda parte del coloquio consistió en
vos públicos de la entidad. No obstante, tam- la mesa de diálogo “Revistas literarias de Nuebién se advirtió sobre los retos compartidos vo León: memoria, transgresión y resistencia”,
en materia de conservación, así como las es- en la que participaron las estudiantes de litrategias que cada institución ha implementa- cenciatura Ivonne Acosta, Alondra Sifuentes y
do para garantizar la preservación y adecuada Guadalupe García, bajo la moderación de Cargestión de sus fondos documentales.
los Rutilio. Acosta presentó avances de su investigación de tesis sobre el suplemento culCon la realización de los dos primeros co- tural Aquí Vamos; García abordó la trayectoria
loquios se sentó un precedente en el estado y de Interfolia, revista cultural de la CABU; miense fortalecieron los vínculos con instituciones tras que Sifuentes compartió su experiencia en
públicas y privadas que, al igual que la CABU, la creación de la revista M de Morras, de la cual
resguardan y estudian el patrimonio hemero- es cofundadora. Las participantes reflexionagráfico. Asimismo, el intercambio suscitado ron en torno a los desafíos estructurales que
entre panelistas y asistentes permitió identi- enfrentan este tipo de publicaciones, las taficar intereses, problemáticas y líneas de re- reas pendientes para su consolidación y perflexión compartidas en este ámbito.
manencia, así como la necesidad de sostener
estos proyectos como espacios de expresión,
Sobre esta base, la tercera edición se intitu- crítica y construcción de comunidad cultural.
ló Publicaciones literarias: diferentes orígenes,
desafíos compartidos, orientando su atención
Ambas actividades fueron bien recibidas
hacia las revistas y los suplementos culturales por el público que prácticamente llenó la
como objetos de estudio y espacios de pro- Sala Minerva Margarita Villarreal, lo que
ducción simbólica.
evidenció el interés que suscita el estudio
y la preservación de las publicaciones
Tal como lo indica el subtítulo, el coloquio literarias en el ámbito local. En este sentido,
tuvo como propósito analizar el contexto de el coloquio permitió subrayar que las revistas
surgimiento de publicaciones con una temá- y suplementos culturales no constituyen
tica específica, diferenciadas de la prensa in- únicamente productos editoriales efímeros,
formativa tradicional, y dedicadas a la difusión sino dispositivos de mediación cultural que
literaria y a la promoción de la vida cultural en articulan comunidades de escritores y lectores,
la ciudad.
promueven la crítica literaria y abren espacios

20

�interfolia
para nuevas propuestas estéticas, y dejan
huellas documentales indispensables para
comprender la vida intelectual de su tiempo.
Gracias al respaldo del director de la CABU,
el Dr. Víctor Barrera Enderle, y a la amplia
aceptación del público, ávido por conocer y
dialogar en torno a estos acervos, el Coloquio
de Patrimonio Hemerográfico del Noreste en
México se ha integrado a las actividades culturales anuales de la dependencia. Lo anterior en
concordancia con la Visión 2040 de la Universidad Autónoma de Nuevo León, que plantea
el fortalecimiento de la extensión y la difusión
cultural como ejes estratégicos para consolidar su compromiso social, promover el acceso
al conocimiento y contribuir a la preservación
y puesta en valor del patrimonio cultural.
En este 2026 se prepara la cuarta edición
del coloquio, cuya temática principal serán las
estrategias de conservación y difusión de los
acervos hemerográficos. Acciones que, si bien
responden a propósitos distintos, resultan
complementarias, pues no se valora aquello
que no se conoce; en consecuencia, al visibilizar revistas y periódicos se fortalece la conciencia sobre su resguardo y se incentiva la
asignación de recursos para su preservación.
Así, conservación y difusión se articulan como
una política cultural integral orientada no solo
a proteger la memoria documental, sino a garantizar su apropiación social y su transmisión
a las generaciones futuras, reafirmando el papel de la universidad como custodio activo y
dinamizador del patrimonio cultural.

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�c a l e n da r io

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“Lezama repletó sus libros de yagrumas,
manatíes, centifolias e imágenes que solo
pueden extraerse del paisaje cubano”:

Michael H. Miranda

En el 50 aniversario luctuoso del narrador, poeta, ensayista y editor cubano José
Lezama Lima (1910–1976), una manera de dimensionar el peso de su obra es reconociéndola en la significación que entraña para sus lectores. Entre los cinco mil
volúmenes de la biblioteca del poeta, ensayista y crítico Michael H. Miranda en
Houston, Lezama es un poco ancla, origen e identidad.
Lizbet García Rodríguez
Fotos: Martha María Montejo

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¿Cuándo y cómo se dieron tus primeros
No creo que haya sido fácil o sencillo
acercamientos con la obra de Lezama? ¿Fue desde un inicio y sería absurdo pensar que
fácil “digerir” de inicio esta estética exube- no hay dificultad en casi todo lo que Lezama
rante, monumental?
escribió, pero leer —sobre todo poesía— es la
inmersión en un plexo que a veces puede ser
Nací dos años antes de la muerte de Lezama y muy complejo. Saber que ahí también puede
no llegué a sus libros hasta 1992. Ese año fue estar el placer o cerrarlo y largarse es lo que
un parteaguas importante en mi vida porque nos define como lectores.
ingresé a la universidad en Santiago de Cuba.
Significó la transformación de mis lecturas, Hay una nostalgia latente en su obra,
el cambio en la mirada como una afirmación ¿consideras que puede atribuirse a la
hacia un mundo, el de la literatura, que sería condición humana o a la insular? (Esta
mi destino cubano y sobre todo la iniciación circunstancia del agua por todas partes, que
de un largo camino hacia la vocación, poner aludió Piñera)...
los libros en primer lugar. Interactuar con
otros estudiantes que más o menos compar- Hay rasgos de cierta nostalgia en el último Letían esa vocación fue decisivo, a pesar de que, zama que pueden rastrearse en sus cartas fade todos aquellos, solo dos o tres mantuvie- miliares y a amigos como María Zambrano, un
ron esos intereses y sé que continúan leyendo Lezama ya desolado, con la familia ausente, su
madre muerta, los amigos dispersos y temey escribiendo.
rosos y aquella Habana, la ciudad que tanto lo
Hasta ese entonces yo había sido un lec- nutrió, en vías de destrucción. Pero si bien es
tor novelesco con intereses muy desiguales. A cierto que, sobre todo en Paradiso, hay la reveces me vienen a la memoria cosas dispares construcción de un entorno cerrado, de hogar
que no recordaba haber leído en mis años pre- de familia entre finales del siglo XIX y princiuniversitarios, como una ladrillosa biografía pios del xx donde florece el lenguaje, y de que
de Albert Einstein que estaba en casa en edi- muestra un linaje que se afincó en la épica inción soviética de la que no debí entender nada. dependentista de los abuelos y luego el orden
Pero sí recuerdo mi fascinación con Homero, militar de su padre Coronel, no he creído que
yo debía tener unos once o doce años cuando sea uno de sus principales asuntos.
leí primero la Odisea y luego la Ilíada, que me
Otra cosa es la mirada sobre la isla como
hicieron lanzarme a buscar información sobre
una supuesta condición o una ontología que la
los mitos griegos.
destinaba a la poesía por el hecho mismo de su
Antes de 1992, yo no era un lector de poesía. condición insular. Véase el Coloquio con Juan
La universidad me puso en ese camino, diga- Ramón Jiménez, en el que Lezama menciona a
mos que corrigió ese rumbo. Y en esos años Frobenius y las “culturas del litoral”, pero creo
estuvo Lezama como centro, apareció su nom- que este es un asunto ya demasiado extempobre, busqué sus libros y hasta el sol invernal ráneo para volver sobre él.
de hoy aquí en Tejas me siguen acompañando, con estaciones de mayor cercanía, como ¿Crees que el sincretismo presente en su
en la que ahora estoy, pues releo Paradiso. Uno obra ayuda a comprender la identidad cubade mis proyectos actuales de escritura tiene na y latinoamericana, o nos confunde más?
que ver con Dador, su gran libro interminable:
quiero poner a Corvus ante ese artefacto ani- En Lezama el sincretismo se da desde las forquilador y que sea otra vez devorado por un mas del barroco hasta la mirada de un poeta de ascendencia española que creció en un
cetáceo blanco vengador e implacable.
entorno criollo. Me resultan cómicos los que

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siempre lo acusaron de extranjerizante cuando era sencillamente exuberante. Lezama es
un cubano rellollo que repletó sus libros de yagrumas, manatíes, centifolias e imágenes que
solamente pueden extraerse del paisaje cubano, pero también podía tener muchísimas zonas donde el humor es desbordante, tanto en
su poesía como en Paradiso.
Sus exploraciones de lenguaje no tienen
comparación en la poesía moderna y por suerte jamás le han faltado buenos lectores y críticos que han sabido abundar sobre sus importantes hitos expresivos. Creo que para su
recepción entre cierto movimiento de poetas
latinoamericanos fue muy relevante que Néstor Perlongher lo considerara una especie de
Dios tutelar y lo pusiera a la cabeza del denominado “neobarroso” rioplatense, como también lo fueron en su momento Julio Cortázar,
Emir Rodríguez Monegal y Vargas Llosa en el
entorno del “Boom” de la novela, y, sobre todo
en el entorno parisino, Severo Sarduy.
Como lector, ¿qué has disfrutado más, el Le- impresor habanero y me volvió a revelar su
sensibilidad despierta, la de un hombre capaz
zama poeta, el ensayista o el narrador?
de dejar páginas espléndidas sobre Góngora
He disfrutado esa trinidad. En un principio fui y el barroco de Indias, Goethe, Mann, Pascal,
más de su poesía y tras algún intento de avan- Nietzsche, Rimbaud, Mallarmé y Martí, y
zar con Paradiso, siendo un lector todavía de- también sobre un impresor en quien nadie va
masiado imberbe —aquel segundo capítulo a detenerse.
donde introduce el extenso relato de un sueño
y aparecen con gran anarquía unos personajes Como escritor, ¿existe resonancia -consmúsicos sin desarrollar parecía un imposible ciente o inconsciente- de la obra lezamiana
ochomil lector—, es imposible no disfrutar- en tus propios textos?
lo. Paradiso es uno de los libros sobre los que
Escribo porque he leído. Y las lecturas son
he vuelto recientemente y que más estoy discomo un magma donde abundan unos refefrutando, es la mayor fiesta de lenguaje que
rentes que no siempre quieren ser reconocialguien pueda disponerse a leer. Si tiene pados o admitidos. Si dijera que en una página
ciencia, claro, pero lo que soy yo, no concibo la
“la vaca conversa con la espalda del obispo”, y
lectura impaciente.
hablara de “la serpiente engarabitada espiraRecientemente, escribiendo un texto lando el caduceo”, o que “El agua fresca, espesobre mi padre, que fue impresor y supo lidiar jo del fisóstomo, llega hasta la gaita del heno
dignamente con tipos de imprenta en aquel sexonutricio”, estaría demasiado claro a quién
ambiente pueblerino del Oriente cubano, estoy imitando, no precisamente “robando”.
vine a dar con un breve ensayo de Lezama
en Tratados en La Habana dedicado a un

Lezama fue un poeta cuya imantación operó más en el terreno de la admiración y la lectu-

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ra sin que necesariamente haya creado epígonos. Es un “agón” demasiado fuerte que invita
a leer la tradición de otra forma, a lanzarse a
surfear a Góngora y a establecer una genealogía privada que va de los herméticos antiguos
hasta La muerte de Virgilio y a poetas cubanos
como José Kozer, el primer Hernández Novás, Heriberto Hernández, el Ángel Escobar de
Abuso de confianza, Carlos Augusto Alfonso,
Javier Marimón, Pablo de Cuba y Javier Mora.
A nuestra generación intentaron silenciarle
a Lezama, verlo como una especie de componente subversivo (incluso esto está presente en la película Fresa y chocolate, a través del personaje de Diego), ¿qué crees que
le ha aportado su figura a los escritores y artistas cubanos formados en la segunda mitad del siglo XX?
Es cierto que tuvo un coqueteo iniciático
con algunos símbolos del castrismo, pero
estos a nivel textual quedan reducidos a sus
breves ensayos sobre el Che Guevara y el 26
de julio recogidos en Imagen y posibilidad,
y un poema al Che Guevara que muy
malintencionadamente cierra la antología de
su poesía que, por intermedio del poeta César
López, hizo la editorial Sexto Piso no hace
mucho. El Cintio Vitier diputado, y funcionarios
como Abel Prieto y Fernández Retamar
intentaron desdibujar el hondo descontento
que Lezama acabó sintiendo a medida que
la nueva institucionalidad despótica se iba
apoderando de cada resquicio y expulsando
toda vía democrática de la isla. No olvidemos
nunca que Lezama era profundamente católico
y muy apegado a la idea de la familia, y el
castrismo le planteó la guerra a la Iglesia casi
de inmediato y su familia acabó disgregada.
Pero sobre todo la gran barrera que se erigió en torno a su obra es el intento de establecer desde los inicios mismos de los años 60 un
modo de hacer en la cultura que estaba demasiado reñido con los presupuestos estéticos del
grupo origenista y de Lezama en particular: el
canto a las glorias revolucionarias, las luchas

obreras, y el realismo socialista que expulsara
toda crítica a la gestión partidista militante. La
triste realidad de las prácticas culturales totalitarias y su impulso por conducir y corregir los
rumbos y las dinámicas del campo literario es
que estemos ahora hablando de Lezama, pensando en que pronto se cumplirán cincuenta
años de su muerte en La Habana, y no de Nicolás Guillén ni ninguno de aquellos que forman parte de los libros escolares por razones
casi siempre ajenas a lo literario. De modo que
el problema no es plantearse el falso dilema
de si Dador y Paradiso eran para una élite que
quedaba expulsada del taller mecánico de un
Regino Pedroso, sino que el nuevo status quo
que decretó el régimen instrumentalizó esa
bastante absurda división. Ahí no era ya posible que cupiera un poeta que “pellizca la tinta
del calamar”.
Hablábamos antes de exuberancia o monumentalidad de sus escritos, pero encontramos también, por ejemplo, en Paradiso:
el yarey, el guarapo, la hoja de malanga, el
cuerpo, el erotismo, el Caribe... ¿Cómo sitúa
esta novela a Cuba ante el panorama de la
narrativa de Hispanoamérica?
Paradiso es la cumbre de la novelística en un
país cuya tradición novelística cubana es mediocre, como si fuera la que corresponde a un
país al que le ha costado mucho “establecerse”. Y es curioso que esa novela cumbre sea
Paradiso, una novela de culto, una novela de
la extrañeza, de degustación lenta, de lectores ciertamente escasos porque la mayoría la
abandona en cuanto da vuelta a las primeras
páginas por la dificultad que entraña.
Habría que decir que es falso que Lezama
no supiera narrar. El primer capítulo de la novela está extraordinariamente bien escrito, así
como la mayoría de los pasajes decisivos de la
trama, como la muerte del Coronel en Fort Barrancas (Florida) donde aparece Oppiano Licario, todo es de una gran belleza. Siempre tengo presente que a una novela ni le sobran ni le
faltan páginas: la novela es esa que lees y es

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buena o mala debido a eso. Paradiso puede ser
un caso aparte: de muy pocos autores podemos hablar de la construcción de un universo,
de la consecución de una cosmogonía basada
más en el lenguaje que, por ejemplo, en el caso
proustiano, en la memoria, aunque haya mucho de ella en el libro.
Durante la presentación de tu libro de ensayos Cuba diluida (Hypermedia, 2021) abordabas esta especie de disolución de la isla
que ocurre con los escritores de la diáspora, pero también con autores como Lezama.
¿Qué representa su escritura para el contexto –no solo literario– sino también político
y social de la Cuba transcurrida en estos 50
años sin Lezama Lima?
Lo mencioné en aquella ocasión a propósito
de ciertas lecturas cubanas que había venido
realizando en las que la noción Cuba se estaba
transformando en otra cosa, algo así como un
cuerpo regido o devorado por el monstruo de
la enfermedad y al margen de, digamos, toda
moral, pero está claro que es apenas una impresión que merecería un mayor desarrollo. La
“disolución” cubana opera mucho en el campo
exiliado y no estoy tan seguro de que Lezama
no lo fuera en la última década de su vida. En
casa hay casi siempre música cubana sonando, pero en cuanto a libros he perdido el nexo
con lo que allá se edita. La gran epopeya de las
comidas y las bebidas se ha diversificado tanto que el quimbombó colinda con el muhammara y el arroz congrí acompaña al ossobuco.
Cuba está ahí, la apuro en casi cada cosa
que me rodea, y la posiblidad del regreso, aunque no me quita el sueño, la imagino en un
escenario futuro donde no quede ni rastro del
rampante despotismo de hoy.

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DATOS DEL AUTOR:
Michael H. Miranda es poeta, ensayista y crítico. Nació en Cuba en 1974.
Estudió Periodismo en la Universidad de Oriente (Santiago de Cuba).
Trabajó en su país de origen como
periodista, guionista de radio, editor
de libros y colaborador de varias de
las principales revistas literarias cubanas, incluyendo algunas del exilio,
desde finales de los años 90 hasta
su salida hacia Estados Unidos en el
2008. Fue cofundador de la revista literaria independiente Bifronte (2005),
censurada por las autoridades, y dirigió otras como Diéresis, Dos Mundos y Cocuyo. En Estados Unidos obtuvo un doctorado por la Texas A&amp;M
University (2016) y trabajó como profesor en la Universidad de Arkansas
en Fayetteville. Reside en Houston,
donde labora como profesor, co-dirige las revistas digitales Parva Forma y Bookish &amp; Company. Algunos
de sus libros publicados son: En país
extraño (poesía, Miami FL, 2014), Asilo en Brazos Valley (poesía, Bokeh
Press, Leiden, Holanda, 2017), Diario
de Olympia Heights (diario, Editorial
Casa Vacía, Richmond VA, 2017), Cuba
diluida (ensayos, Editorial Hypermedia, Miami FL, 2021), Venecia inactual
(libro de viaje, Editorial Casa Vacía,
2022), Hilachas (apuntes, Editorial
Casa Vacía, 2024) y Deserta (poesía,
Bokeh Press, Gainsville FL, 2026).

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Inicio y escape de
José Lezama Lima

El primer poemario del escritor José Lezama
Lima, escrito entre 1927 y 1932, permaneció
inédito hasta después de su muerte
Emilio de Armas
La copiosa papelería de José Lezama Lima basta para colmar las más desmesuradas apetencias
de un investigador. Como en uno de sus poemas, «allí se ven, ilustres restos,/ cien cabezas, cornetas, mil funciones/ abren su cielo, su girasol callando»: los manuscritos originales de Paradiso y de Oppiano Licario, en apretada escritura; los poemas de Fragmentos a su imán, copiados a
doble página en una libreta estrecha y larga, donde el poeta ha querido recordar el nombre de
un amigo; los borradores de sus ensayos; sus apuntes llenos de sorpresas; un millar de cartas,
firmadas muchas de ellas por descollantes figuras de las letras en nuestro siglo. Todo un momento de la cultura cubana está en esos papeles, entre los cuales fueron guardadas las «Poesías
de su autor José Lezama» —o de José Andrés Lezama, como se lee en alguna página—, testimonio inapreciable de la formación literaria del escritor, cuando todavía éste no había escogido
su mejor nombre. Dichos textos, cuya esmerada letra hace pensar en los verdaderos originales
—seguramente destruidos—, se encuentran en una libreta rayada, con tapas de color rojo oscuro. En la primera página aparece el año inicial: 1927, seguido de un breve guion junto al cual se
yergue un signo interrogante. La última fecha anotada en el cuaderno es junio de 1932, aunque
hay después varios borradores y apuntes, en prosa y en verso, que permiten suponer momentos ulteriores. En cualquier caso, la libreta de «Compositions» —según prometen las modestas
letras encerradas en un rectángulo de motivos vegetales que adornan la portada— contiene,
como parte principal, el primer libro de un joven poeta: Inicio y escape, título que agrupa veintiún poemas designados en un índice, en la penúltima hoja del manuscrito. Este fue numerado
en sus hojas impares, desde la «1» hasta la «43», y en el resto -que constituye poco más de la mitad del volumen— aparecen borradores fragmentarios de poemas en verso y en prosa; apuntes
y notas; un texto, posiblemente inconcluso, cuyo título remite a la futura plenitud: «Noche insular»; una décima para Juan Ramón Jiménez, tres veces escrita y abandonada; y un largo poema
en torno a la bahía de La Habana, al pie del cual José Andrés Lezama, aparentemente satisfecho,
consignó su nombre y la fecha de composición.
Una breve y afortunada visita a la papelería del escritor, me ha permitido conocer y transcribir
este cuaderno, cuya lectura nos acerca a la adolescencia del poeta. No estamos aquí ante la
voz definitivamente propia, alcanzada ya en Muerte de Narciso y Enemigo rumor, publicados,
respectivamente, en 1937 y 1941, sino en medio de la búsqueda que conduciría al encuentro de
esa voz, que por momentos se escucha en los versos de Inicio y escape, entre las inevitables
ráfagas de vanguardismo y poesía «pura», lunas tan «luneras» como las de García Lorca y, bajo
ellas, algún que otro bostezo de trasnochado intimismo, de todo lo cual escapan, en sus mejores

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momentos, estos poemas. Pero, como el propio Lezama apunta en su libreta refiriéndose a Valéry,
«clásico es el escritor que lleva un crítico consigo y que lo asocia íntimamente a sus trabajos».
Y Lezama, en este sentido, quiso ser un clásico; es decir, entregó Inicio y escape al crítico
que llevaba consigo, y éste condenó el libro a permanecer ignorado en un rincón de la casa de
Trocadero 162.
Hoy, sin embargo, Inicio y escape se une a la Poesía completa de su autor, para ocupar dentro
de ella, en compañía de otros textos iniciales igualmente abandonados, el sitio que le corresponde: el de los orígenes.

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Emilio de Armas (Camagüey, Cuba, 1946) se graduó de Licenciado en Lengua y Literatura Española en 1972 por la Universidad de La Habana. Su primer libro de poesía,
«La extraña fiesta», fue premiado por dicha universidad en 1979 y editado en 1981.
Seguidamente publicó «Reclamos y presencias» (1983), «La frente bajo el sol» (1988)
y «Junto al álamo de los sinsontes» (Premio Casa de las Américas, 1988). Después
de residir en Argentina, se estableció en los Estados Unidos, donde cursó un doctorado en Lengua Española en la Universidad Internacional de la Florida. Ha publicado «Blanco sobre blanco» (1993), «Sólo ardiendo» (1995), «Sobre la brevedad de
la ceniza» (2005), que recibió el premio de poesía «Eugenio Florit», convocado en
Miami en 2002, y «Con la fidelidad del peregrino» (2014). Ha trabajado como editor,
traductor, periodista y profesor de español y de inglés. Prologó la edición 1992 de
poesía de José Lezama Lima con la editorial Cátedra, de España; y, en colaboración
con el escritor cubano Alberto Lauro Pino, nos comparte el presente texto, escrito
tras encontrar el cuaderno con los poemas de adolescencia que, en vida, Lezama
nunca publicó.

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Imaginar el pasado, recordar el futuro:

A cuarenta años de La edad
del tiempo (1985-2012) y la
búsqueda de la novela total
Carlos Rutilo
La novela hace caer la máscara de la epopeya y le impone las marcas del tiempo,
de la renovación, de la crítica, de la duda.
Carlos Fuentes

El novelista no demuestra ni cuenta: recrea un mundo.
Octavio Paz

La edad del tiempo
2025 fue un año en el que conmemoramos las
primeras apariciones de ciertas obras que terminaron marcando el rumbo de la literatura
escrita en lengua española, en especial la que
terminó definiendo y mostrando el amplio
abanico de narraciones que se gestaron en la
literatura mexicana de la segunda mitad del
siglo XX: 70 años de Pedro Páramo (Fondo de
Cultura Económica, 1955), de Juan Rulfo (19171986); 60 años de Farebeuf (Joaquín Mortiz,
1965), de Salvador Elizondo (1932-2006); y los
50 años de Terra Nostra (Joaquín Mortiz, 1975),
de Carlos Fuentes (1928-2012). Dentro de todos

estos aniversarios, mi atención recae en un
proyecto que no pudo ser terminado, pero que
fue varias veces anunciado, publicado por primera ocasión en la novela Gringo viejo (Fondo
de Cultura Económica, 1985), modificado a lo
largo de las décadas mientras su autor permanecía activo en el mundo terrenal: La edad del
tiempo (1985-2012).1
Dicho título apareció en la novela de mediados de los 80 a manera de listado que abarcaba y/o clasificaba gran parte de las obras
que, hasta ese entonces, el autor de La región
más transparente (1958) y La muerte de Artemio Cruz (1962) había publicado, junto con títulos nunca antes mencionados, más que en

1 De los títulos que aparecen listados solo 28 (entre novela y volúmenes de cuentos) fueron publicados, quedando seis permanecen inéditos, excepto Aquiles o el guerrillero y el asesino, el cual aparecerá en 2016: La novia muerta, El baile del centenario, Emiliano en Chinameca,
El camino de Texas, Aquiles o el guerrillero y el asesino, y Prometeo o el precio de la libertad. Además, cabe mencionar que dos libros de
cuentos fueron excluidos dentro de la “versión final” de este enorme proyecto narrativo: Agua quemada (1981) e Inquieta compañía (2004);
el primero sí llegó a aparecer en las primeras versiones de La edad del tiempo, hasta principios de los años 2000; el segundo jamás ha sido
incluido, aunque podría tener lugar en el capítulo 10: Los días enmascarados, pues ahí es donde se concentran la mayoría de volúmenes de
cuentos y/o novelas breves que tienden hacia lo fantástico.

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algunas entrevistas hechas al escritor durante
los 80 y 90,2 como si en su conjunto estuviese contando una misma historia que entraba
en constante movimiento sin importar el orden cronológico de sus primeras apariciones.
Pero esto no quiere decir que antes de La edad
del tiempo Carlos Fuentes no haya pensado en
el concepto de la novela total, o quizá en una
narrativa en general donde se pudiese abarcar todo, pues tan solo en su primer libro, Los
días enmascarados (Los presentes, 1954), ya
sería un muestrario de los temas con los que
trabajaría a lo largo de toda su trayectoria literaria: la búsqueda de una identidad nacional
a través del lenguaje, la sátira y crítica de los
conflictos políticos de su tiempo, la tradición y
coexistencia de lo fantástico a través del mito
prehispánico y de otras culturas, y la indagación de la historia que se mira constantemente

ante un espejo fragmentado y deformado por
el tiempo, entre otros más (sin dejar de lado el
diálogo constante con la literatura misma).
Después, con la publicación de La región
más transparente en 1958, cimentará las bases
para que sus temas y personajes sigan apareciendo en futuros proyectos, como es el caso
de Jaime Ceballos, quien es presentado en la
novela como un prototipo de la nueva burguesía mexicana en constante ascenso hacia el
poder, pero no veríamos sus orígenes hasta en
la novela Las buenas conciencias (FCE, 1959), en
cuya primera edición ya muestra un listado y
orden similar al que aparecerán años después
en La edad del tiempo:
Los Nuevos3
1. Las buenas conciencias
2. La patria de nadie
3. Guadalupe Villegas
4. Los grandes intereses
Dicho listado sería una muestra de lo que
más adelante será La edad del tiempo, pues la
forma en que parecen estar acomodados nos
revela cuáles pudieron haber sido las intenciones principales del entonces joven novelista;
mas no aparecería tres años después en Aura
(Ediciones Era, 1962) y La muerte de Artemio
Cruz (FCE, 1962); tampoco lo harían en Cantar
de ciegos (Joaquín Mortiz, 1964), Zona sagrada (Siglo XXI Editores, 1967),4 Cambio de piel
(Joaquín Mortiz, 1967) y Cumpleaños (Joaquín
Mortiz, 1969). ¿Qué fue del listado propuesto
en 1959? ¿Qué nos quiso decir Fuentes al enumerar Las buenas conciencias como el principio de una saga contada en cuatro obras, de
las cuales tres permanecen inéditas? Las pre-

2 Jorge F. Hernández, Carlos Fuentes: Territorios del tiempo/Antología de entrevistas (Fondo de Cultura Económica, 1999).
3 En el texto de la solapa de la primera edición se dice lo siguiente del listado: “En esta novela, primera de un ciclo que llevará como título
original Los nuevos, Carlos Fuentes ahonda la exploración de la vida de México que parece constituir su programa de novelista. Ya en La región más transparente –título no exento de ironía-, intentó una exposición al fresco de la vida de la ciudad de México en la que esa supuesta
transparencia aparece enturbiada por un hervidero de contradicciones.”
4 Este título sería el que más veces estaría relacionada con Las buenas conciencias, bajo el capítulo de “Dos educaciones”.

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guntas quedan en el aire, las respuestas quizá el propio Fuentes las haya extraído de sus
novelas, de la forma de ir hilando las tramas e
historias de cada uno de sus personajes a través del tiempo que transcurre dentro de ellas,
en la mirada de quien narre ese preciso instante.5 Será hasta la publicación de Terra Nostra donde pareciera que todo lo que Fuentes
quiso contar se concentrara en una misma novela, recuperando tramas o complementándose con el universo narrativo de otras historias
y estructuras, como Aura, donde el tiempo es
a la vez muchos tiempos que se miran entre sí
y la historia se puede reimaginar en la medida
en que los espacios y los archivos lo permitan.
Aunque Fuentes no da una lista que acompañe a la primera publicación de Terra Nostra,
sí intenta cerrar los cabos sueltos que había dejado desde Los días enmascarados (1954) hasta
Cumpleaños (1969); pero también abre nuevas
interrogantes y nuevas posibilidades de contar historias sin tener que cerrar el círculo en
que orbitan y dialogan, recreando la memoria
del pasado mientras se recuerda el futuro. La
obra de Fuentes es una pregunta constante del
hombre contra el hombre y ante el tiempo, y
al concepto mismo de novela, la cual es capaz
de dialogar con otras tradiciones y de renovarse a sí misma al incorporar nuevas técnicas o
géneros tan distintos entre sí como la poesía,
el teatro, el ensayo, la historia y la crónica; además de tener grandes modelos en otros proyectos de enorme calibre de la literatura universal: la Divina comedia de Dante, La comedia
humana de Balzac, En busca del tiempo perdido
de Proust

círculos del tiempo (1993),6 y con él la primera
modificación de varias del listado que conforma La edad del tiempo, intentó publicar en varios volúmenes el proyecto narrativo de Carlos
Fuentes, reagrupando su obra de acuerdo con
la tercera versión del listado:

En 1994 la editorial Alfaguara, misma que
un año atrás había publicado El naranjo, o los

El mal del tiempo
Volumen 1
1. Aura
2. Cumpleaños
3. Una familia lejana

5 Un par de ejemplos se encuentran en La muerte de Artemio Cruz y en Cambio de piel: en la primera nos encontramos todavía con un joven Jaime Ceballos en conversaciones con Artemio Cruz, simbolizando el cambio de generación dentro de las élites del país; en la segunda
ya se encuentra instalado en la nueva élite mexicana: “Vi pasar frente a mí a algunas personas conocidas, de esas que ocupan las páginas
de sociales de los periódicos, ofrecen tés, reciben showers o aparecen en un velero en Acapulco. Jaime Ceballos y su esposa la hija del
banquero Régules, que fueron los que seleccionaron los discos y apagaron las luces para bailar… Nuestro anfitrión, Reynaldo Padilla, el
heredero de los negocios de Artemio Cruz, ¿recuerdas?, cuando el viejo aquel murió hace seis o siete años y los periódicos sólo hablaron
de él durante quince días o un mes, ¿recuerdas cómo nos reímos leyendo esos elogios postmortem? Cualquiera hubiera dicho que aquel
viejito millonario era un héroe de la nación y una figura mundial”, Cambio de piel, Joaquín Mortiz, 1967, págs. 242-243.
6 En ediciones posteriores el título sería modificado a El naranjo.

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Volumen 2
1. Constancia y otras novelas para
vírgenes
La siguiente y última entrega en este formato,
fue el séptimo capítulo de la entonces última
versión de La edad del tiempo:
Dos educaciones
1. Las buenas conciencias
2. Zona sagrada

lector quien le da presencia a una novela en el acto mismo de la lectura. La
escritura de un libro es finita, su lectura puede ser infinita. Y en la lectura se
cumplen en verdad las premisas de La
edad del tiempo: todo sucede hoy, el
pasado es la memoria hoy, el futuro es
el deseo hoy. Tres momentos poéticos
podrían, así, presidir esta obra. Uno es
de Blake: La eternidad está enamorada de las obras del tiempo. Otro el de
Quevedo: Sólo lo fugitivo permanece y
dura. Pero el pensamiento que lo corona todo es, quizás, este de Platón:
Cuando la eternidad se mueve, la llamamos tiempo.8

Tanto el primer volumen que conforma El mal
del tiempo como el correspondiente a Dos educaciones incluía una nota7 en la que el propio
Fuentes cuenta los orígenes e intenciones de Sin embargo, tales volúmenes quedarían solamente en tres tomos, y la editorial optaría por
su proyecto narrativo:
seguir mostrando cada una de las modificaA partir de 1981, le concedí al conjun- ciones, los cuales Fuentes seguiría realizando
to de mis obras narrativas el derecho hasta el 2012, dentro de sus libros individuales
de organizarse, como ellas me lo re- dedicados a la narrativa y al ensayo.9 Cuando
clamaban, en un solo ciclo de acentos se publicó de manera póstuma la novela Aquidiversos, espirales, círculos y retornos. les o el guerrillero y el asesino en 2016, en coeEl tiempo se impuso como eje de esta dición entre el Fondo de Cultura Económica y
tierra de ficciones; el lenguaje, como Alfaguara, La edad del tiempo no apareció en
sus polos. Del combate entre tempora- ninguna parte del libro, siendo que dicha obra
lidad sucesiva y lenguajes rebeldes, a mantenía una fuerte resonancia con Diana o la
la mera linealidad, nace un posible or- cazadora solitaria (1994) y La voluntad y la fordenamiento de estas novelas. Del que tuna (2008), al compartir temas e inquietudes
opone la naturaleza discreta y sucesi- políticas latinoamericanas contemporáneas, y
va de las palabras a la imaginación del a ciertos personajes que transitaban entre una
tiempo, otra. De allí que el orden, y has- novela a la otra, como son los casos del padre
ta los títulos de estas narraciones, sean Filopáter o del narrador-personaje y alter ego
provisionales, mutantes y, aun, nona- del propio Fuentes, por poner algunos ejemtos. El desplazamiento, físico o psíqui- plos. Esta omisión llama la atención porque el
co, es el primer movimiento de la lite- crítico y ensayista Julio Ortega fue el encargaratura. Pero ésta, si es fiel a sí misma, do de reconstruir dicha novela a partir de los
no sólo se dirige hacia un futuro nove- distintos manuscritos, notas y fichas que Cardoso. Descubre, también, la novedad los Fuentes había dejado archivadas; además
del pasado. Y, en última instancia, es el de haber sido el encargado de reacomodar y

7 Además de un dossier con la génesis de cada una de las obras recopiladas y notas críticas o cartas de otros autores sobre las obras seleccionadas.
8 Carlos Fuentes, nota de La edad del tiempo en El mal del tiempo. Volumen 1 (Alfaguara, 1994), pág. 9.
9 Las cuales comenzaron a aparecer en la segunda solapa de cada libro publicado por Alfaguara.

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reunir las obras completas del escritor mexicano para el Fondo de Cultura Económica.10
Aunque en el prólogo sí menciona el lugar que
le corresponde dentro de La edad del tiempo
y a la temática que pertenece,11 no deja de ser
una omisión resaltable al tomar en cuenta la
apuesta de Fuentes por una lectura crítica de
su obra.
No obstante, es cierto que el concepto mismo de La edad del tiempo resulta ser un proyecto arriesgado, tomando en cuenta que
existen obras del propio autor que no se pueden comprender del todo sin antes estar enterados del universo o tiempo narrativo en el
que se mueven o aparentan pertenecer para
comprenderlas en su totalidad, como es el
caso de La voluntad y la fortuna, novela que
concentra y reúne a gran parte de los personajes y temáticas fuentianas, pero sin cerrarlas

del todo en ella misma, dando espacio a una
posible continuación en otros títulos posibles:
los finales abiertos tienden a nunca cerrar los
círculos y dar vueltas en forma de espiral. Por
lo tanto, queda como una cabeza flotante, tal y
como su narrador-personaje, faltándole el resto del cuerpo para dimensionar la importancia
de su presencia dentro de la narrativa de Carlos Fuentes.
Obras como La región más transparente,
Aura y La muerte de Artemio Cruz ya tienen un
lugar importante tanto en la literatura escrita
en lengua española como en el panorama
nacional, mientras Cambio de piel y Terra Nostra
tienen sus respectivos lectores, dejándonos
ver versiones más ambiciosas, pues el
mexicano, hasta el final de sus días, no dejó de
experimentar con la narrativa, en especial con
la novela.

10 Desde el 2007 Julio Ortega fue el editor de las Obras reunidas de Carlos Fuentes, publicadas en el Fondo de Cultura Económica, donde
decidió reagrupar las obras del escritor mexicano de una manera distinta a lo propuesto por La edad del tiempo, pero quedando también
como un proyecto inconcluso desde el año 2016, publicando tan solo seis tomos: Tomo I. Fundaciones mexicanas: La muerte de Artemio
Cruz/Los años con Laura Díaz (2007); Tomo II. Capital mexicana: La región más transparente/Agua quemada (2007); Tomo III. Imaginaciones mexicanas: Aura/Cumpleaños/Constancia y otras novelas para vírgenes/Instinto de Inez/Inquieta compañía (2008); Tomo IV. Fronteras mexicanas: Una familia lejana/Gringo viejo/La campaña/La frontera de cristal (2012); Tomo V. Fabulaciones transatlánticas: Cristóbal
Nonato/Zona sagrada/El naranjo (2012); Tomo VI: Terra Nostra (2016).
11 “En el archivo de Aquiles (que he manejado para esta edición gracias a Silvia Lemus de Fuentes), en una página fechada en 2003, Fuentes advierte que estas tres novelas son crónicas porque ‘(me) limito al testimonio de sucesos contemporáneos que me han tocado de cerca’. La primera está dedicada a las ‘ilusiones y desilusiones de los 60s’. La segunda, a un estudiante de Chiloé que sufrió ‘tortura y muerte’
cuando el golpe de estado de Pinochet. Y la tercera está dedicada a ‘mi relación con Colombia’, y parte de ‘un dramático episodio violento’,
la historia de Carlos Pizarro Leogómez (1951-1990), jefe guerrillero del M-19, quien abandonó las armas, se propuso como candidato a la
presidencia de la república y fue asesinado por un joven sicario a bordo de un vuelo de Avianca el 26 de abril de 1990”, Julio Ortega, “Entre
la crónica y la ficción” en Aquiles o el guerrillero y el asesino (FCE/Alfaguara, 2016). Pág. 13.

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desplegará ante nuestros ojos su interrogación, siempre la misma y siempre distinta. Se
pregunta ¿qué es la novela y qué significa escribir novela? Y la novela le responde con otra
pregunta: ¿Qué son los hombres, esas criatuLa novela comparte la generosidad de ser un
ras que sólo alcanzan plena realidad cuando
género literario bastante flexible ante los camse transforman en imágenes?”13
bios que el espíritu de nuestros tiempos necesite manifestar para poder contar algo, su
La imagen que Carlos Fuentes construye
propia visión de reescribir o re-imaginar al con su proyecto narrativo sin lugar a dudas
tiempo como al mundo, al recuerdo de un río está vinculada a un enorme mural, tal como
o de alguna ola en constante movimiento, nos lo propone la académica Georgina García
permite estar atentos a las novedades que se Gutiérrez Vélez en su ensayo “El mural infinito
presentan donde quiera que se escriba, en la de Carlos Fuentes. La edad del tiempo”,14 donde
lengua que sea. Su sola presencia es una ima- todos sus personajes, historias, culturas
gen única e irrepetible, cargada de cautivado- e inquietudes conviven al mismo tiempo
ras promesas y de renovación constante del mientras interrogan al mundo como quien se
lenguaje mismo; pero siempre acompañada mira ante un espejo deformado y fragmentado
de una tradición que la respalda y la sostiene, por una máscara transparente cargada de
con la mirada puesta hacia el futuro horizonte. poderosas palabras: ¿qué es el tiempo dentro
Su estructura es moldeable y es raro que per- de la narrativa?, o, ¿qué es el hombre dentro
manezca estática por tanto tiempo, quizá la de la narrativa del tiempo?, y, ¿por qué darle
imagen del caracol que Octavio Paz (1914-1998) una edad al tiempo? Pienso en la estructura
construye en El arco y la lira (Fondo de Cultura de La muerte de Artemio Cruz, donde todos
Económica, 1956) para referirse al poema, tam- los tiempos se involucran, se fragmentan
bién sea aplicable para la narrativa de largo y se mezclan con la primera, segunda y
aliento;12 sobre todo en obras de gran calibre tercera persona; al final, más que la imagen
como la de Carlos Fuentes, pues en ninguna del exrevolucionario corrupto, termina por
de sus novelas se repiten las estructuras que entregarnos un encuentro valioso y crítico de la
tanto caracterizan a cada una de ellas; por más historia de México y de América Latina a través
que compartan el tema, estas se distinguen por de la vida y muerte de su personaje principal.
sí solas y se aprovechan de la generosidad de Una imagen fragmentada y deformada por
la narrativa para poder compartir, o poner en el tiempo, pero necesaria para imaginar el
tensión, conflictos que rara vez nos dejan en pasado y recordar el futuro, como si la idea del
la orilla de la indiferencia: la vida, la soledad, la tiempo consistiese en prestar atención a los
muerte, el hombre ante el tiempo, el mundo y ecos de un caracol que aguarda la tradición del
sus semejantes, o ante un destino oculto y tra- mundo o el de la serpiente emplumada que va
zado en las paredes de algún milenario labe- mordiéndose la cola hasta volver a empezar
rinto, etcétera. El propio Paz, al hablar del autor el ciclo, y nosotros como lectores nos vemos
de La cabeza de la hidra (Joaquín Mortiz, 1978),
se referirá de la siguiente manera: “Fuentes

La novela como
territorio poético

12 “El poema es un caracol en donde resuena la música del mundo y metros y rimas no son sino correspondencias, ecos, de la armonía
universal.” (pág. 13).
13 Octavio Paz, “Presentación” en Palabras iniciales. Discurso de ingreso de Carlos Fuentes (El Colegio Nacional, 2013).
14 Georgina García Gutiérrez Vélez, “El mural infinito de Carlos Fuentes. La edad del tiempo”: “‘La edad del tiempo’ rompe con los dictados
de la cronología –de la medida humana del tiempo- por tener otro ordenamiento de las obras, pues no considera el orden de su aparición.
Observado desde el punto de vista de la preocupación de Fuentes por el tiempo, de su lucha para enfrentarse a su amenaza, el mural extenso no es sino el tiempo en todas sus manifestaciones, atrapado por el arte literario en el tejido complejo de cada novela.” En Revista de
la Universidad, Nueva Época, Número 151, septiembre 2016, Universidad Nacional Autónoma de México, págs. 66-75.

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obligados a renovar la lectura mirando a través
de algún espejo enterrado.
Se puede decir que hay dos formas de leer
toda la obra narrativa de Carlos Fuentes: la primera sería hacerlo de manera lineal y cronológica, de acuerdo con el orden de apariciones
de cada uno de sus libros de cuentos y novelas, es decir: desde Los días enmascarados
hasta Federico en su balcón (Alfaguara, 2012); la
segunda sería seguir el listado que aparece en
la última versión de La edad del tiempo, el cual
acompaña a la novela Federico en su balcón,
con el riesgo de tener una lectura incompleta
(un mural incompleto) por la ausencia de varios títulos que no alcanzaron a materializarse;
pero también puede existir una tercera forma,
en la que el lector mismo sea quien decida y
juegue con las estructuras de cada obra, y renueve cada narración en el acto mismo de la
lectura y relectura, sin importarle ni el peso ni
la distancia del tiempo entre cada una de ellas:
hallándose en el espejo de la imaginación,
donde otros encuentran un poema en blanco.

Referencias:
Barrera Enderle, Víctor. “Increíble el primer novelista que
soñó con la novela total.” El Ventanillo: Suplemento Cultural de Interfolia. Revista de la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria, elventanillo.uanl.mx/
expediciones-barbaras/increible-el-primer-novelista-que-sono-con-la-novela-total
Fuentes, Carlos. Las buenas conciencias. Fondo de
Cultura Económica, 1959.
---. Cambio de piel. Fondo de Cultura Económica, 1967.
---. Gringo viejo. Fondo de Cultura Económica, 1985.
---. El naranjo, o los círculos del tiempo. Alfaguara, 1993.
---. Diana o la cazadora solitaria. Alfaguara, 1994.
---. “La edad del tiempo.” El mal del tiempo. Alfaguara,
1994.
---. Instinto de Inez. Alfaguara, 2001.
---. La voluntad y la fortuna. Alfaguara, 2008.
---. Federico en su balcón. Alfaguara, 2012.
---. Carlos Fuentes: territorios del tiempo/Antología de
entrevistas. Compilación e introducción de Jorge F.
Hernández. Fondo de Cultura Económica, 1999.
García Gutiérrez Vélez, Georgina. “El mural infinito de
Carlos Fuentes: La edad del tiempo.” Revista de la
Universidad de México, nueva época, núm. 151, septiembre de 2016, pp. 66-75.
Ortega, Julio. Prólogo. Aquiles o el guerrillero y el asesino, de Carlos Fuentes. Fondo de Cultura Económica
/ Alfaguara, 2016.
Paz, Octavio. El arco y la lira. 21.ª reimpr., Fondo de Cultura Económica, 2014.
---. “Presentación.” Palabras iniciales, de Carlos Fuentes. El Colegio Nacional, 2013.
Sánchez Prado, Ignacio. “Tres notas en la estela de Carlos Fuentes.” Tierra Adentro, núm. 176, junio-julio de
2012.
Williams, Raymond Leslie. Los escritos de Carlos Fuentes. Traducido por Marco Antonio Pulido Rull. Fondo
de Cultura Económica, 1998.

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LA OBRA NARRATIVA DE CARLOS FUENTES:
LA EDAD DEL TIEMPO (1985-1987)
I. EL MAL DEL TIEMPO

X. EL TIEMPO POLÍTICO

1. Aura

1. La cabeza de la hidra

2. Cumpleaños

2. El rey de México,

3. Una familia lejana

o El que se mueva no sale en la foto

II. TERRA NOSTRA
(Tiempo de fundaciones)

XI. CAMBIO DE PIEL
XII. CRISTÓBAL NONATO

III. EL TIEMPO ROMÁNTICO
1. La campaña
2. La novia muerta
3. El baile del Centenario
IV. EL TIEMPO REVOLUCIONARIO
1. Gringo viejo
2. Emiliano en Chinameca
V. LA REGIÓN MÁS TRANSPARENTE
VI. LA MUERTE DE ARTEMIO CRUZ
VII. LOS AÑOS CON LAURA DÍAZ
VIII. DOS EDUCACIONES
1. Las buenas conciencias
2. Zona sagrada
IX. LOS DÍAS ENMASCARADOS
1. Los días enmascarados
2. Cantar de ciegos
3. Agua quemada
4. Constancia

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LA EDAD DEL TIEMPO (2012)
I. EL MAL DEL TIEMPO

4. Carolina Grau
XI. FRONTERAS DEL TIEMPO

1. Aura
2. Cumpleaños

1. Cantar de ciegos

3. Una familia lejana

2. La frontera de cristal

II. TIEMPO DE FUNDACIONES

3. Todas las familias felices
XII. EL TIEMPO POLÍTICO

1. Terra Nostra
2. El naranjo

1. La cabeza de la hidra

III. EL TIEMPO ROMÁNTICO

2. La silla del Águila

1. La campaña

3. El camino de Texas

2. La novia muerta

4. Adán en Edén
XIII. CAMBIO DE PIEL

3. El baile del Centenario
IV. EL TIEMPO REVOLUCIONARIO

XIV. CRISTÓBAL NONATO
XV. CRÓNICAS DE NUESTRO TIEMPO

1. Gringo viejo
2. Emiliano en Chinameca

1. Diana o la cazadora solitaria

V. LA REGIÓN MÁS TRANSPARENTE

2. Aquiles o el guerrillero y el asesino

VI. LA MUERTE DE ARTEMIO CRUZ

3. Prometeo o el precio de la libertad

VII. LOS AÑOS CON LAURA DÍAZ

XVI. FEDERICO EN SU BALCÓN

VIII. LA VOLUNTAD Y LA FORTUNA
IX. DOS EDUCACIONES
1. Las buenas conciencias
2. Zona sagrada
X. LOS DÍAS ENMASCARADOS
1. Los días enmascarados
2. Constancia
3. Instinto de Inez

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�e l oro de l o s t ig r e s

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Curiosidades del ingenio poético
Los cinquains de Adelaide Crapsey
Eduardo Zambrano

Dentro de la revalorada tradición poética que se sustenta en la brevedad, están los cinquains, una de esas
inventivas y formatos que enraizaron y que aún se celebran en una cultura, en este caso en la literatura
norteamericana, pero que no terminaron de trascender en otros horizontes.
A principios del siglo pasado la poeta Adelaide Crapsey (1878-1914), inspirada en la forma tradicional
poética japonesa (el tanka), comenzó a escribir poemas de cinco versos que seguían una secuencia muy
específica. Esta forma poética pronto pasó a conocerse como “cinquain estadounidense” (aunque a veces
también se la denomina “cinquain crapseiano”, en honor a su creadora).
La estructura o el armado del cinquain se basa en cinco líneas sin rima, mismas que se definen por el
número de sílabas de cada verso: el primero tiene dos sílabas, el segundo cuatro, el tercero seis, el cuarto
ocho y el quinto dos (2-4-6-8-2). En todas las traducciones que ofrezco a continuación, dejo de lado el rigor de la métrica, pero intento conservar el formato de los cinco versos que van creciendo en el número
de sílabas, para cerrar con la contundencia y la brevedad del último verso:
NOVEMBER NIGHT
Listen…
With faint dry sound,
Like steps of passing ghosts,
The leaves, frost-crisp’d, break from the trees
And fall.
NOCHE DE NOVIEMBRE
Escucha…
Apenas un susurro perceptible
como los pasos de fantasmas que pasan,
las hojas, crujen heladas desde los árboles
y caen.
RELEASE
With swift
Great sweep of her

�interfolia
Magnificent arm my pain
Clanged back the doors that shut my soul
From life.
LIBERACIÓN
De súbito
en un gran movimiento
el glorioso brazo de mi dolor
abrió de golpe las puertas que cerraban mi alma
a la vida.
La corta y trunca trayectoria de Adelaide Crapsey, quien muere a los 36 años, dejó una secuela de
críticas marcada por los contrastes; entre el sensible reconocimiento y el descrédito (ignorada
en muchas antologías), la poeta permanece ahora visible por su obsesión y su ingenio poético.
De la página Poetry Foundation entresaco algunos comentarios relevantes: “Crapsey publicó en 1915 un pequeño cuaderno titulado Verse, el cual contenía unos 63 poemas, todos privilegiando la brevedad. Dos colecciones posteriores y más completas fueron editadas por un
colega del Smith College, y publicadas con el mismo título en 1922 y 1934 respectivamente”. Un
crítico de Independent escribió: “A su genuina habilidad poética, la señorita Crapsey añadió un
considerable conocimiento técnico de la métrica. En la forma de verso que ella inventó y llamó
cinquain ha hecho algunos de sus mejores trabajos: ideas claras y bien enfocadas, impresiones
individuales grabadas en unas pocas líneas de alto significado”. Otro crítico calificó los poemas
de “joyas maravillosamente cinceladas”.
BLUE HYACINTHS
In your
Curled petals what ghosts
Of blue headlands and seas,
What perfumed immortal breath sighing
Of Greece.
JACINTOS AZULES
Qué espíritus
en tus enrizados pétalos,
con aliento eterno perfuman
los mares azules y las colinas de Grecia,
suspirando.
En contraste al entusiasmo de estos comentarios, Susan Sutton Smith en el Dictionary of Literary
Biography, consideraba algunos de sus versos “meros subproductos” de sus estudios sobre métrica. De hecho, además de su poesía, Crapsey también hizo un cuidadoso y detallado estudio
(reconocible por la crítica), investigando sobre la métrica inglesa.

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A causa de una prolongada enfermedad, el trabajo de Crapsey apuntó principalmente a su
dura batalla con la vida; el tema de la muerte adquirió entonces un significado más importante
de lo habitual para una joven poeta que sabía tener ‘los días contados’:
YOUTH
But me
They cannot touch,
Old Age and death…the strange
And ignominious end of old
Dead folk!
JUVENTUD
A mí
no me ha de tocar
morir envejeciendo… esa extraña
ignominia de gente vieja que son aun en vida
gente muerta.
TRIAD
These be
Three silent things:
The falling snow…the hour
Before the dawn…the mouth of one
Just dead.
TRIADA
Son
tres formas de silencio:
la nieve que cae… la hora antes
del amanecer… la boca de alguien que
acaba de morir.
Adelaide Crapsey muere el 8 de octubre de 1914 en Rochester, Nueva York (fue oriunda de
Brooklyn), y tras su fallecimiento se despertaron apuntes y notas, que ahora mismo utilizo para
rendirle este pequeño homenaje:
La emotividad de Crapsey era verdadera y conmovedora, su arte exigente, su espíritu
el de una artista. Debería ser considerada y apreciada con interés genuino como poeta.
(New Republic, dentro del contexto de una reseña a su reedición de Verse en 1916)

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Termino con otras tres versiones y visiones nocturnas de estas curiosidades poéticas, unos cinquains que (a todas luces) trascienden el juego y su inventiva, para dejarnos a las puertas del
arte literario:
FATE DEFIED
As it
Were tissue of silver
I’ll wear, O fate, thy grey,
And go mistily radiant, clad
Like the moon.
DESAFIANDO AL DESTINO
Vestiré
como argentino tisú
oh destino, tus sombras grises,
e iré radiante entre la niebla, tal va
la luna.
THE WARNING
Just now,
Out of the strange
Still dusk…as strange, as still…
A white moth flew. Why am I grown
So cold?
LA ADVERTENCIA
Justo ahora,
más allá del extraño y quieto
anochecer… tan extraño, tan quieto…
voló una palomilla blanca. ¿Por qué me he vuelto
tan lejana?
NIGHT WINDS
The old
Old winds that blew
When chaos was, what do
They tell the clattered trees that I
Should weep?

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�interfolia
VIENTOS NOCTURNOS
Inmemoriales,
los vientos inmemoriales
que todo lo agitaban desde el caos,
¿qué le dicen ahora con tal estrépito a los árboles?
¿Debo llorar?

44

�e l de s l i n de

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Apuntes en torno al poema
en prosa moderno
Manuel Parra Aguilar1

Resumen: La dificultad para delimitar el poema en prosa como forma literaria autónoma —diferenciada
de la prosa poética, el microrrelato y otros géneros fronterizos— constituye el problema central de este
ensayo teórico. El corpus comprende textos fundacionales y contemporáneos del género, con especial
atención a Los pequeños poemas en prosa de Charles Baudelaire como punto de origen del poema en prosa
moderno, junto a ejemplos de Vicente Huidobro, Julio Torri, Octavio Paz y Daniel Bencomo. El estudio
dialoga con las propuestas de Suzanne Bernard, Margueritte Murphy, Jeremy Noel-Tod, Paul Hetherington
y Cassandra Artherton en el ámbito anglosajón, y con los aportes de Helena Beristáin y Octavio Paz en
lengua española. A partir de ese recorrido crítico, el trabajo propone una definición operativa: el poema
en prosa pertenece al género lírico, se apropia de elementos narrativos sin cederles la primacía, y define
su singularidad mediante la tensión del signo lingüístico —símbolos, juegos verbales y acumulación
semántica— en oraciones que avanzan sin ruptura sintáctica hacia el margen de la hoja, lo que lo distingue
tanto de la prosa narrativa como de la prosa poética.
Palabras clave: hibridez genérica, Baudelaire, teoría del género lírico, prosa poética, autonomía poética

Partiré de cuatro ideas de una carta de Charles Baudelaire dirigida al novelista
Arsène Houssaye y publicada en el periódico La presse en 1862. Esta carta (incluida en varias ediciones de Los pequeños poemas en prosa) es significativa, pues
en ella encontramos los orígenes de lo que caracterizará a este tipo de escritura
en su modernidad: 1) la autonomía (“todo es en ella pies y cabeza”, “podemos cortar por donde queramos”); 2) las relaciones intertextuales (el libro de Bertrand,
las menciones a los grabados y al arte plástico con la escuela flamenca de pintura); 3) la intención explícita de hacer poemas en prosa y no otra manifestación
literaria (“se me ocurrió intentar algo parecido”); 4) el resaltar los acontecimientos de la época (“una vida moderna y más abstracta”, además de las frecuentes
visitas a las enormes ciudades) con una forma de ruptura de lo que se entendía
por poesía, si pensamos en la poesía con cierta estructura métrica, por ejemplo
el verso alejandrino.
Ahora bien, ¿qué entendemos por poesía en prosa? Definir a esta forma de escritura poética en párrafo ha sido el trabajo de Suzanne Bernard, Margueritte Murphy, David Lehman, Jeremy Noel-Tod, Paul
Hetherington y Cassandra Artherton, mientras que en español destacan los aportes que han hecho Benigno León Felipe, Pedro Aullón de Haro, María Victoria Utrera Torremocha, Fredy Yezzed, entre otros. Por
1 Universidad de Sonora.

�interfolia
ejemplo, Bernard menciona que este tipo de escritura poética en párrafo “se basa en la unión de
opuestos” (p. 434), es decir en lo considerado como poesía y prosa; además resalta los “elementos
extraños” (p. 144) que se encuentran en el poema, como el utilizar una extensa línea a lo largo de
la hoja, ello con fines poéticos dentro de una apuesta narrativa, ya que “puede utilizar elementos narrativos y descriptivos a condición de trascenderlos y hacerlos funcionar en su conjunto
con fines puramente poéticos” (p. 15). Bernard no nos menciona cómo es que un texto con fines
narrativos trasciende hacia la poesía, lo cual es interesante cuando sucede lo contrario, es decir,
cuando descubrimos textos narrativos que incluyen fragmentos poéticos en su contenido. Por
otro lado, el utilizar la descripción como base de esta forma de escritura supondría que textos
narrativos no resaltan lo poético.
Para Murphy, el poema en prosa “puede parecer una fachada para el nihilismo genérico:
todo está permitido en un poema en prosa, ya que el poema en prosa rechaza todas las convenciones” (p. 63). La autora nos plantea que el poema en párrafo carece de un modelo definitorio,
aunque después propone que “un poema en prosa es un texto en prosa que parece ser algo que
no es” (pp. 82-83), lo cual nos deja abierta la posibilidad de que textos con fines narrativos podamos considerarlos como poemas en prosa, incluso aquellos que de modo incidental incluyen
poesía en su contenido. Para Murphy esta forma de escritura rompe el género de la poesía, ya
que “su concepción como género rompedor hace que la tarea de definición sea un tanto problemática” (p. 61). Así, pensemos por un momento que el poema en prosa sustituye la idea del verso
por las oraciones dentro de un conjunto de líneas que cuestionan la idea exclusiva del verso.
Por ejemplo, al hablar de su escritura poética en párrafo, Molly Peacock refiere que el poema
en prosa aún es poesía: “abandonaba la doble música del verso más la oración por la flecha
individual de la oración. A ese respecto, el género mezclado había emigrado a la prosa. Pero la
poesía era absolutamente la fuente, la tierra natal” (s/p), con lo cual los límites de las escrituras
en tanto géneros literarios se difuminan, no son tan evidentes, pues se utiliza otro vehículo para
trasmitir una idea: la oración sin ruptura sintáctica. Regresemos a Murphy, quien añade que
la prosa convencional es sublevada por la poesía; sin embargo, la autora no nos propone una
definición como tal, aunque rescata que es necesario ver qué funciones narrativas pueden ser
usadas por el poema en prosa, como ciertas “estructuras que utiliza de una manera que lo distingue como un género individual, separado de la prosa narrativa, como la anécdota, el cuento,
la novela condensada o la parábola” (p. 70). En esto último entraría cualquier texto más o menos
poético, por lo que es necesario otro acercamiento, sin olvidar ciertas distinciones que existen
en el poema en prosa con otras formas de escritura literaria.
Jeremy Noel-Tod nos propone ver al poema en prosa como un tipo de poemas de líneas
continuas: “Después de leer tantos, solo puedo ofrecer el denominador común más simple: un
poema en prosa es un poema sin saltos de línea” (p. 28), y más adelante señala una “libertad”
creadora en términos de expansividad de la línea: “es en esta libertad donde podemos ubicar
el sentimiento distintivo al que da forma el poema en prosa: la expansividad” (p. 39). Noel-Tod
parte del uso de los márgenes de la hoja, además de la ruptura en el uso del verso, como si este
último no llegara a tocar el margen opuesto desde su punto de partida. Esto no quiere decir
que no existan poemas en prosa únicamente de líneas, pues también los hay versificados; por
ejemplo, pensemos un poco en las últimas líneas del canto IV de Altazor (1931), de Vicente Huidobro, las cuales cierran distintos juegos fonológicos previos, hasta culminar en un balbuceo
onomatopéyico en el significado que se le puede dar: “Uiu uiui / Tralalí tralalá / Aia ai ai aaia i i”
(p. 74). Por ende, la propuesta de ver a este tipo de escritura como líneas no es del todo satisfactoria; más viable es la tensión de la idea poética en su sugerencia y evocación, por los símbolos

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y juegos verbales que existan, es decir por la idea flexible en la horizontalidad, sin tener que
cortar el pensamiento, el vuelo de este.
Paul Hetherington y Cassandra Artherton mencionan que al poema en prosa “se le ha llamado contradictorio, oximorónico o genérico cruzado, o se ha definido tan ampliamente que casi
cualquier tipo de prosa poética moderna ha recibido su nombre” (p. 244), lo cual es común, pues
se debe a la confusión que existe con cierta terminología de poema y prosa. Por ello, sin que sea
a rajatabla, veamos de manera breve ambos términos, apoyándonos en un par de autores.
Según Helena Beristáin, la prosa plantea una secuencia sintáctica lógica (p. 401), lo mismo
que un desarrollo narrativo de avanzar e informar sin esperar que exista la ambigüedad. Así,
para Beristáin “el poema en prosa desarrolla un asunto propio de la lírica y ofrece un conjunto
armónico que proviene de la combinación de frases de ritmos variados que, sin embargo,
generalmente se subordinan a la estructuración semántica y sintáctica del discurso” (p. 395),
con lo cual esta autora ofrece un acercamiento propio de la poesía, más allá de la disposición
del verso o la oración. En este último sentido, en el poema en prosa lo que se destaca es lo
poético que se encuentra en las oraciones sin ruptura alguna por cuestiones estructurales, es
decir la expresión de emociones y sensaciones cargadas de poesía por medio de oraciones que
buscan transmitir una serie de ideas a lo extenso de la línea, como observamos en el siguiente
poema de Daniel Bencomo:
_*_ _ _ _ _ _ CON ESCAMAS _ _ _*_ _ _ _ _ LAGO NESS_ _ _ _ _
*_ _ _ QUIMERA: _ _ _ _ _ _ _*_ vulcanizados_* _ _ _ _ _ en
simulacro de alarma _ _ _* _ _ _ _ en grados Richter _ _ _ _ _* _ _
_ sublunares _ _ _ _ _ _ _* _ con bóxers tatuados_* _ _ _ _ _ _ con
bótox _ _ _* _ _ _ _ _ comedia _ _ _ _ _ * _ _ _ pipa de la paz _ _ _
_ _ _ _*_cigarros en la lengua (p. 51).
A los códigos lingüísticos de los guiones y asteriscos, la intensidad destaca en la elipsis, donde,
como lectores, llenamos los huecos reestructurando el mensaje, el cual activa la parte sensible
mediante la experiencia del lenguaje.
En este sentido, para Octavio Paz, en la prosa el lenguaje busca la
rectitud, limita, pues intenta adherir el significado a uno de los tantos
posibles al no admitir ambigüedad; la poesía abre las posibilidades
a distintos sentidos, es lo polivalente: “La palabra, al fin en libertad,
muestra todas sus entrañas, todos sus sentidos y alusiones. […] El
poeta pone en libertad su materia. El prosista la aprisiona” (El arco
27), señala. Así, lo que se halla en la poesía escrita en párrafos es eso
ambiguo que no se encuentra en la prosa, es tensar el lenguaje por
medio de imágenes, símbolos, formas, ritmo, todos esos elementos
que componen al poema, el cual es una construcción verbal de
signos y sonidos. El mismo Octavio Paz, en Las peras del olmo, se
refiere al poema como “una indivisible constelación de imágenes,
mundo verbal poblado de visiones heterogéneas o contrarias y que
resuelven su discordancia en un sistema solar de correspondencias”
(p. 25). Estos signos y sonidos, ese mundo verbal, no se emite de modo

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exclusivo en líneas cortadas, sino en líneas poéticas que llegan al margen de la hoja. Esto es lo
que se propone el poeta desde la concepción moderna del poema en prosa, iniciada con la
publicación póstuma de los Pequeños poemas en prosa (1869), de Charles Baudelaire, ya que en
esta obra se encuentra, además de una teoría, una intención crítica de no emplear el verso como
vehículo de expresión poética, además de una relación del ser con la ciudad, el ritmo que pide
esta, de aquí se desprende cierto aspecto descriptivo de este tipo de escritura.
Convengamos en que el poema en prosa de Baudelaire es un tipo de poesía que rompe con
los patrones métricos y rítmicos neoclásicos, basado no solo en una inspiración, sino también
en la consciencia del trabajo, en el conocimiento de los alcances de esta forma de escritura
poética, nos recuerda José A. Millán (p. 20).2 Para ello, Baudelaire utiliza el tema del París de
la segunda mitad del siglo XIX, la ciudad y su reconstrucción a cargo de Georges Eugène
Haussmann, además de cómo el individuo se encuentra dentro de la urbe, en una estrecha
relación con los nuevos cambios, tanto sociales como políticos, por lo que se transforma o se
ve inmerso en los cambios. En este sentido, una obra como Le Gâteau des rois (1847), de Jules
Janin, cobra relevancia como antecedente a los Pequeños poemas en prosa; Le Gâteau des rois,
libro poco mencionado por Baudelaire.
Por otro lado, el poema en prosa comparte lo narrativo, la poesía y la brevedad con la llamada
prosa poética. Sin embargo, mientras que el poema en prosa es una meditación fugaz, la
prosa poética ofrece una apertura más amplia de lo que se busca expresar. En cierto sentido,
Jean-Michel Maulpoix señala una idea semejante: “Al lado del ya clásico, pero siempre mal
definido “poema en prosa”, vimos desarrollarse, desde hace medio siglo, todo tipo de textos
inclasificables” (s/p). Mal definido, menciona, y es que, a diferencia de otras definiciones
canónicas y comúnmente aceptadas, la definición del poema en prosa cae en clasificaciones
generales. Por lo tanto, proponemos acercarnos al poema en prosa al género que le pertenece:
al de la poesía, un tipo de poesía que se apropia de elementos narrativos, como el narrador y
los personajes dentro de una trama, por lo que es común encontrar textos con límites genéricos
demasiado ambiguos3 en los que predomina el aspecto narrativo sobre el poético, cuando lo
usual es el predominio de lo poético. Esta es, pues, un tipo de escritura poética en donde se
aprovecha más el decir sin tener que fragmentarlo por el encabalgamiento.
El poema en prosa moderno nace con la idea de las ciudades modernas, con resaltar
actividades urbanas, como lo menciona Baudelaire al enfatizar en “una vida moderna y
más abstracta”, por lo que acude a la escritura de un tipo de poesía que rompe el verso. Para
nuestros fines, proponemos ver al poema en prosa como un tipo de escritura breve que busca
la condensación alrededor de una o varias ideas en donde predomina lo poético a través de la
tensión del signo lingüístico, ello por medio de ciertos símbolos, juegos verbales y acumulación
2 Para la idea de inspiración en el contexto anterior a Baudelaire pensemos en algunos postulados del Prefacio de Cromwell, de Víctor
Hugo, pues Baudelaire parte del Romanticismo francés para su obra. En este prefacio, entre otros apuntes que proponen el drama dentro
del movimiento romántico, Víctor Hugo resalta la libertad de creación motivada por la inspiración: “[la libertad] tiene por costumbre seguir a
la ventura el asunto que escoge por inspiración y cambiar de molde cada vez que cambia de composición”, y más adelante añade: “Insistimos en que el poeta solo debe seguir los consejos de la naturaleza, de la verdad y de la inspiración, que esta es también una verdad y una
naturaleza” (s/p). En sus poemas en prosa, Baudelaire conservará esa inspiración, sin dejar de lado la consciencia de los alcances de este
tipo de escritura poética en párrafo.
3 En este mismo punto, Arnaud Schmitt se plantea que en ocasiones a los géneros literarios se le suelen clasificar por cierta cantidad de
contenido que hay en ellos (p. 10), pero al cabo lo que cambia es la experiencia frente al objeto: “el impulso de contar permanece constante;
lo único que cambia son las modas culturales (la percepción pública del género), las formas de las memorias y la experiencia de leerlas” (p.
12). Dentro de esta nueva experiencia de lectura es que se aborda al propio Baudelaire y sus poemas en prosa, los cuales, en ocasiones, se
acercan al cuento costumbrista francés, como en “El crepúsculo” o “Las vocaciones”. En México vemos a Julio Torri, con Ensayos y poemas
(1917), e incluso a Octavio Paz, con ¿Águila o sol? (1951), con algunos textos que limitan con el microrrelato.

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semántica que utilice el autor. El poema en prosa es una escritura poética que utiliza una serie de
encadenamientos metafóricos e incluso metonímicos con la finalidad de resaltar la connotación
en el lenguaje. Al emplear el poema en prosa, el poeta busca hacer poesía mediante la tensión de
su idea, por lo que se ocupa más en el decir, en el avanzar de su pensamiento que en la ruptura.

Bibliografía:
Baudelaire, Charles. Pequeños poemas en prosa – Los paraísos artificiales. Ed. José A. Millán Alba. Cátedra, 2010.
Beristáin, Helena. Diccionario de retórica y poética. Porrúa, 1995.
Bencomo, Daniel. Mutación de Lo en Lo. Cuadrivio, 2018.
Bernard, Suzanne. Le poème en prose de Baudelaire jusqu’à nos jours. Librairie Nizet, 1959.
Hetherington, Paul, y Cassandra Artherton. Prose Poetry: An Introduction. Princeton University Press, 2020.
Huidobro, Vicente. Altazor. Palabra sur, 1988.
Maulpoix, Jean-Michel. “La poesía francesa desde 1950: diversidad y perspectivas”. Círculo de poesía. Noviembre
de 2020. https://circulodepoesia.com/2020/11/la-poesia-francesa-desde-1950-diversidad-y-perspectivas/
Murphy, Margueritte S. A Tradition of Subversion: The Prose Poem in English From Wilde to Ashbery. University of
Massachusetts Press, 1992.
Paz, Octavio. El arco y la lira. Fondo de Cultura Económica, 1973.
- - -. Las peras del olmo. Booket, 2018.
Peacock, Molly, “La ecuación del poema en prosa”. Círculo de Poesía. Febrero de 2020. https://circulodepoesia.
com/2020/02/molly-peacock-la-ecuacion-del-poema-en-prosa/
Schmitt, Arnaud. The Phenomenology of Autobiography: Making it Real. Routledge, 2017.
Tod, Jeremy Noel. The Penguin Book of the Prose Poem. From Baudelaire to Anne Carson. Penguin Books, Limited, 2018.
Víctor Hugo. Prefacio de Cromwell. Cervantes virtual. S.F. http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/cromwell--0/
html/feff3796-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html#I_1_.

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La transgresión y lo abyecto en la
escritura de lo nuevo sagrado en Sombra
entre sombras, de Inés Arredondo
Nadia Posada Reyes1

Resumen: La relación entre abyección, transgresión y transformación ontológica en la narrativa de Inés Arredondo motiva este análisis del cuento “Sombra entre sombras”, incluido en la
antología Los espejos (1984). El estudio examina cómo la voz narrativa de Laura —protagonista
que rememora su vida a los setenta y dos años— construye una trayectoria desde el desconocimiento del deseo propio hasta la aceptación de la ignominia como nuevo modo de existir. El
análisis se apoya en la teoría de lo abyecto de Julia Kristeva (Poderes de la perversión), que permite leer el espasmo entre repulsión y atracción que experimenta la narradora, y en la noción
de transgresión de Georges Bataille (El erotismo), que ilumina la dimensión erótica y ritual del
adulterio de Laura como violación consciente de la prohibición patriarcal. Los planteamientos
críticos de Martínez-Zalce, Corral y Albarrán sobre la dialéctica de lo sagrado en la escritura de
Arredondo sirven de base para argumentar que la transformación de Laura no constituye una
caída moral, sino el descenso a un infierno simbólico que ella resignifica como espacio sagrado; mediante dichos mecanismos, la protagonista configura lo nuevo sagrado y reafirma su
modo de ser frente al orden patriarcal que la condena al exilio social.
Palabras clave: abyección, erotismo transgresor, orden patriarcal, cuento mexicano, transformación ontológica
Perder la pureza y aceptar que el modo de ser se ha transformado de manera irremediable exige una reconfiguración del mundo conocido. Para una mujer forzada a unirse en matrimonio
en la juventud, experimentar el placer por primera vez es ver salir una faceta que desconoce de
ella misma y que, no obstante, ha estado siempre presente en su interior. Además, avanzar a
este nuevo modo de ser implica desafiar al orden social de tal manera que es imposible volver
a regirse por sus normas. Esta es la historia de Laura en el cuento “Sombra entre sombras”, de
Inés Arredondo (1928-1989), parte de la antología Los espejos (1984). En este texto, Laura narra
en primera persona cómo es ofrecida en matrimonio por su madre a un hombre con fama de
pervertido, Ermilo Paredes, quien le triplica la edad. Desde su primera noche juntos, la narradora es arrastrada a participar en las violentas fantasías sexuales de su esposo. Aunque a la joven
le repugnan las prácticas eróticas de Ermilo, consiente en formar parte de ellas durante algunos años. Sin embargo, tras conocer al personaje de Samuel Simpson, Laura experimenta un
despertar sexual que la lleva por el camino del adulterio y las bacanales, cuyas consecuencias
llevan a la mujer a aceptar la ignominia como una nueva manera de habitarse.
1 Georgetown University.

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Narrar la transformación de una cotidianidad común a otra extraordinaria y aterradora es un
tema recurrente en la escritura de Arredondo. A propósito de lo anterior, Graciela Martínez-Zalce sugiere que este viaje escritural pretende explorar “las regiones ignoradas del ser” (86) de los
personajes, cuyos rasgos ocultos de la personalidad acaban por manifestarse con una potencia
destructiva en el desenlace: “en los relatos [de Arredondo] se crea el clima necesario para la
instauración de un paraíso, [...] un reino moral superior, [...] transitado por seres mitad humanos
mitad bestias” (87). Entonces, ocurre un proceso de transmutación de la
realidad en el que los personajes descubren en ellos cualidades monstruosas, tras lo cual avanzan a otra dimensión moral donde pueden afirmarse también como seres bestiales. Así, los personajes de Arredondo se
enfrentan a la necesidad “de encontrar un nuevo sagrado, en tanto permite modificar la monotonía de la existencia” (88). De modo que el punto
de partida para el “yo” que se enuncia en la historia es reconocer sus características monstruosas; al aceptarlas y mostrarlas sin pudor ante los
ojos del “otro”, los personajes logran conjurar lo nuevo sagrado, entendido como un espacio simbólico donde pueden resignificar aquello que
encarnan para poder convivir con su nuevo modo de ser.
En el caso concreto de los personajes femeninos en la escritura de
Arredondo, Rose Corral identifica que reciben una señal que representa “el tránsito de orden ontológico de un modo de ser a otro” (58) en el
transcurso de la narración. De manera similar a Corral, Claudia Albarrán
comenta sobre la transformación de las protagonistas en los cuentos de
Arredondo que “pasan de la inocencia o la mediocridad que las caracterizaba, a la maldad o al éxtasis como si no mediaran fronteras. [...] Por eso
uno de los leitmotiv [...] de los cuentos es la necesidad de ser, de existir, aunque sea en la ignominia” (96). De cara a las propuestas de Corral y Albarrán, argumentaría que la transformación
de Laura es representada en el cuento como el descenso a un infierno simbólico que ella resignifica como un espacio sagrado. Para la narradora, vivir en vergüenza a causa de sus acciones
carece de significado con tal de yacer con Samuel. Aunque la mirada ajena condena la perversión de sus actos, Laura decide adoptar la perversión como su manera de ser en el mundo, lo
cual revisaré a continuación en un diálogo con lo abyecto, de Julia Kristeva, y la transgresión,
de Georges Bataille.

Lo abyecto
En el presente de la narración, Laura es una mujer de setenta y dos años. En un pueblo sin
nombre y un tiempo incierto, la mujer rememora sobre el rumbo que toma su vida a partir del
momento en el que Ermilo empieza a cortejarla y su consecuente matrimonio, hasta la llegada
de Samuel, quien aparentemente la lleva a una ruina de orden moral. En la primera línea del
cuento, Laura se cuestiona: “Antes de conocer a Samuel yo era una mujer inocente, pero ¿pura?
No lo sé” (Arredondo 14). Estar indecisa sobre la pureza en su interior es la primera indicación de
lo abyecto en la narradora, pues apunta a la existencia de lo que Kristeva define como un adentro exorbitante donde se detonan las “violentas y oscuras rebeliones del ser” (7). Por un lado,
Laura distingue entre ser inocente, es decir, libre de maldad por no saber algo y, por otro lado,
ser pura, un término asociado a la religión que nos remite a una conducta virtuosa. Una mujer
sucia es aquella que peca con sus actos; en el caso de Laura, con su cuerpo.

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A propósito, Kristeva revisa el concepto de la suciedad y se aproxima a ella mediante el concepto del espasmo, entendido como un mecanismo que aleja al “yo” de lo abyecto y, de manera
simultánea, lo arrastra a la inmundicia: “Repulsión, arcada que me separa y me desvía de la
impureza, de la cloaca. [...] Sobresalto fascinado que hacia allí me conduce y de allí me separa” (9). Diría que este espasmo se materializa cuando la narradora afirma que “una pasión insensata” (Arredondo 14) la tienta y la atrae hacia Samuel, a pesar de estar unida a Ermilo por la
institución del matrimonio. De manera que el deseo representa “otra parte tan tentadora como
condenada” (Kristeva 7) dentro de Laura y, en este sentido, actúa como un espasmo. Además, la
narradora reflexiona que “de [haber] sido [pura] nunca hubiera brotado en [ella]” (Arredondo 14)
esa pasión. Entonces, al remarcar la ausencia de su pureza, Laura reconoce que la contraparte
de esta cualidad habita en su interior, es decir, la perversión que constituye lo abyecto en ella.
Finalmente, Laura prefigura en el primer párrafo el descenso al infierno simbólico al decir: “Si
[Samuel] vino y despertó al demonio que todos llevamos dentro, no es culpa suya” (14). Sugeriría
que la metáfora del demonio alude potencialmente al deseo de la carne.
Como se casa a los quince años, Laura no tiene la oportunidad de desarrollar deseos carnales
por cuenta propia. A esta edad, su personaje no ha recibido siquiera educación sexual básica de
parte de su madre, pues poco antes de la noche de bodas sucede esta conversación entre ellas:
Mi madre me arrastró tras unos arbustos:
—¿Tienes miedo?— me preguntó.
—¿Miedo de qué?
Pareció muy turbada. Al fin dijo: —de quedarte a solas con Ermilo.
—¿Por qué? Él llevará la conversación y yo lo seguiré. (Arredondo 15)
Por un lado, la madre de Laura es incapaz de nombrar el acto sexual en el que participará su
hija después de la celebración. Por otro lado, la joven asume con inocencia que su madre está
consternada porque la cree incapaz de mantener una conversación con Ermilo. De este modo,
el pasaje refleja la ignorancia de Laura con respecto a cuestiones sexuales en el pasado de la
narración, lo cual agudiza la severidad de su transformación en el presente, años después de
conocer a Samuel Simpson, un joven de veinte años que ayuda a Ermilo a regresar a casa cuando queda convaleciente tras una bacanal de varios días.
El encuentro entre Laura y Samuel es la señal, en el sentido que otorga Corral a la palabra, que
detona la transformación del modo de ser de la protagonista, de su “yo” pura a su “yo” abyecta.
A partir de este momento, cobra mayor relevancia la terminología religiosa, pues, en primera
instancia, Samuel es descrito como un ángel: “fuerte, rubio, ágil [...] con un dejo desdeñoso en la
cabeza que me recordó el grabado de alguien. ¡Aquiles! Era lo más bello que había visto” (Arredondo 20). Afirmaría que la comparación con Aquiles tiene el propósito de mitificar la figura de
Simpson. Además, Laura lo ve por primera vez en un punto elevado, “en lo alto de la escalera”
(20), como si estuviera descendiendo del cielo. Tan pronto los ojos azules de Samuel se cruzan
con los suyos, Laura menciona que llenan su “alma de luminosidad” (20), con lo cual le atribuye
otra cualidad angelical. Si bien la narradora reconoce su deseo por Samuel, inicialmente se rehúsa a actuar: “Pero, ¿qué era aquello? Aquellas ganas de reírme y de ser feliz ¿era pecado? Más
sabía en el fondo de mí que era Simpson, Simpson, el que me sacaba de mi manera de ser” (20).

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Es en este momento de la historia cuando se detona el proceso de transmutación de la realidad
que propone Martínez-Zalce: tras conocer a Samuel, la perversión contenida en lo abyecto es lo
que arrastra a Laura hacia lo prohibido, sobre lo cual reflexionaré en el siguiente apartado.

La transgresión
Mantener el orden exige que los miembros de una sociedad acaten los mandamientos creados
en conjunto, por más ilusorios o frágiles que pudieran parecer. Por ello, Bataille se pregunta si
acaso no estaremos predispuestos a quebrantar el orden, es decir, transgredirlo infinitamente:
“a menudo, la transgresión es algo admitido, o incluso prescrito” (“La transgresión” 67). El autor
incluso habla sobre la posibilidad de una “transgresión ilimitada” (70). Para Bataille, transgredir
implica desobedecer una prohibición social, sinónimo del tabú (“La prohibición vinculada a la
muerte” 51). Según el autor, una sociedad se adhiere a las normas de lo prohibido porque romperlas provoca temor. Cuando el “yo” realiza algo prohibido con una emoción positiva, ocurre
la transgresión: “Bajo el impacto de la emoción negativa, debemos obedecer la prohibición. La
violamos si la emoción es positiva” (“La transgresión” 68). Entonces, afirmaría que Laura es atravesada por el tabú del adulterio, pues la narradora elige tomar el cuerpo prohibido de Samuel
de manera consciente. Sin embargo, la transgresión no ocurre cuando Laura comienza a desear al joven, pues al principio se resiste. La primera vez que él la toca, cuando la toma por la
cintura para ayudarla a bajar de su caballo, ella le ordena con rudeza: “No vuelva a hacer eso”
(Arredondo 20). A pesar del anhelo que se gesta en su interior, Laura prohíbe el contacto físico
entre sus cuerpos. Así mismo, aunque ella contrata a Samuel para que cuide de una de las propiedades de Ermilo, decide no volver a verlo. No obstante, al enterarse de las conexiones y los
conocimientos del joven tras sus años en “la marina mercante inglesa” (21), Ermilo lo traslada a
su propio almacén y lo aloja en la misma parte de la casa en la que se encuentran los lechos del
matrimonio (21). Por ello, al saberlo tan cerca, Laura sucumbe ante la tentación una noche:
La luna está sucia de nubes negras. Enciendo la vela y las sombras de las cosas se me
echan encima causándome más miedo. Todo me acusa por lo que sufro, comprendo
que mi miedo no es más que un remordimiento disfrazado: que mis cosas queridas me
rechazan por sentir el amor que siento. (Arredondo 22)
Bataille explica que el tabú “es un estremecimiento que no se impone a la inteligencia, sino a la
sensibilidad” (“La transgresión” 68). Entonces, la lógica de la prohibición es que está atada a lo
sensorial y lo sentimental: “las prohibiciones, en las que se sostiene el mundo de la razón, no
son, con todo, racionales” (67). Aunque Laura es indiferente a Ermilo en lo carnal y lo emocional,
destaco el desasosiego de la narradora al amor que siente por Samuel: su erotismo transgresor sólo puede despertar bajo la luna, en las tinieblas. Laura no ama a su esposo, pero no deja
de sentir remordimiento ante la idea de engañarlo. Sin embargo, tal es la sorpresa de la mujer
cuando abre la puerta de la alcoba de Samuel y lo encuentra manteniendo relaciones sexuales
con Ermilo (Arredondo 22). Al verla, su esposo la arrastra hacia ellos, le arranca la ropa y, bajo su
propia mirada e instrucciones, Laura transgrede el orden patriarcal predominante al cometer
adulterio con el joven:
Simpson me recorre con sus manos, con su boca abierta. [...] Parecía que los dos habíamos esperado desde siempre este encuentro. Descansamos un poco para mirarnos

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con un amor sin fronteras y volvemos a acariciarnos como si para eso fuera hecha la
eternidad. (Arredondo 22)
Aquí, resalto cuánto se ha transmutado la realidad de la protagonista. A excepción de la primera
vez que mantiene relaciones sexuales con Ermilo, cuando dice sentirse “poseída por una sombra” (Arredondo 15), la reacción inicial de Laura ante las caricias de su esposo es el rechazo; la
sola cercanía de Ermilo le produce ganas de vomitar: “Trató de echarse sobre mí, pero un asco
feroz me hizo incorporarme en arcadas repetidas, hasta que me soltó” (16). Así también, cuando
Ermilo aparece en el lecho de Laura vestido de Enrique VIII e intenta recrear una fantasía sexual
carnavalesca, ella le rompe un tibor chino sobre la cabeza con tal de resistirse a su toque. Entonces, la pareja queda inmersa en una persecución violenta hasta que la protagonista pierde la
lucha: “metió su enorme lengua en mi boca y su saliva espesa me inundó. Sentí un asco mayor
que el miedo a la muerte” (18). No obstante, con tal de experimentar la pasión junto a Samuel,
Laura accede a participar en el acto sexual con el hombre que la asquea y el joven que ama: “el
placer con Samuel, y las caricias disimuladas pero llenas de amor que recibí de él mientras estábamos con Ermilo… mi carne vuelve a encenderse de deseo y siento que lo volvería a hacer mil
veces” (23). Así, la mujer encarna las fantasías sexuales a las cuales se opone al principio de la
historia sólo para estar con su amante. Afirmaría que este es el momento en el cual Laura avanza a un nuevo modo de ser. Bataille, este es el sentido de la transgresión: “en tal momento y en
tal punto, esto es posible” (“La prohibición” 48). Entonces, esta noción alude al acto de violar las
normas sociales predominantes de manera consciente en circunstancias concretas. Aunque el
tiempo de la narración es incierto, detecto la prevalencia de una razón patriarcal en el espacio
en el que sucede la historia o, al menos, un orden que favorece a los hombres. Para comenzar,
a pesar de su fama de “sátiro y depravado” (Arredondo 14), Ermilo es una figura privilegiada
debido a su capital cultural, pues es un hombre que ha “corrido mundo” (14) y goza de una buena posición económica, misma que utiliza a su favor para que la madre de Laura ceda ante su
deseo de casarse con su hija: “hablaba con mamá de cosechas, viejas historias, parentescos y,
sobre todo, de sus propiedades y su bien provisto almacén” (14). Sin embargo, una vez que los
criados se enteran de que Ermilo, Laura y Samuel participan en encuentros sexuales al mismo
tiempo, sólo la protagonista está forzada a rendir cuentas:
La servidumbre no calló, como había supuesto Ermilo que lo haría dándoles sueldos
fabulosos. Todo el pueblo supo que algo raro pasaba en nuestra casa, y todos sospechaban de qué se trataba. Como suele suceder en estas cosas, mi madre fue la última que
se enteró de las murmuraciones, [...] comenzó a adelgazar, a palidecer y pronto murió.
[...] En el momento en que su cadáver descendía por la fosa, alguien gritó:
—¡Asesina!
Y a continuación una piedra me abrió la frente. (Arredondo 24)
Así, el peso de la muerte de la narradora recae enteramente sobre ella. Argumentaría que, al
estar sujetos los habitantes del pueblo al capital económico de Ermilo, el hombre se erige como
su patriarca. Entonces, si bien él participa activamente en las bacanales, su posición le concede permiso para transgredir el orden sin enfrentarse a las consecuencias. Ermilo incluso hace
alarde de su poderío económico para castigar a la mujer que ataca a Laura y amenazar al resto
de los espectadores: “¡Alto! Ya te vi, Ascensión Rodríguez, arrojar la piedra. Esta misma tarde
te verás con mis abogados, y a todo aquel que de algún modo u otro ofenda a mi esposa, se le

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cobrará el adeudo total de su cuenta en el almacén” (Arredondo 24). En contraste, Laura debe
enfrentar el desprecio de la sociedad que le recuerda su transgresión: “ellos sí saben quién soy
y por eso me tratan como lo hacen si intento salir aunque sea a comprar una cebolla, para oler
a calle, a aire” (14). Entonces, transgredir el mandato patriarcal de la fidelidad en el matrimonio
adquiere relevancia únicamente en el caso de Laura. Aunque los habitantes del pueblo también
son conscientes de las prácticas sexuales de Ermilo, las cuales se desarrollan incluso antes de
su matrimonio, sólo la narradora adquiere la condición de depravada y, por ello, recibe el trato
de una paria. La cicatriz que se incrusta en su frente tras la pedrada de Ascensión, similar a la
de Caín, refuerza mi lectura de su exilio de la sociedad. Cabe destacar que el nombre de la mujer
que ataca a Laura nos remite a las nociones de elevación o subida, es decir, al cielo, de modo
que Ascensión representa la justicia divina que llega a castigar a Laura por dar rienda suelta al
demonio en su interior.
A propósito de las referencias religiosas, Bataille propone que existe una conexión entre el
temor y la divinidad: “el horror religioso, reflejado, como sabemos, en el sacrificio, se vincula
al abismo del erotismo, a los últimos sollozos que sólo el erotismo ilumina” (“A modo de conclusión” 570-571). Diría que el temor de Laura surge cuando se percata del punto al cual la ha
arrojado su pasión transgresora: “Fueron días largos y noches ardientes. Yo pasaba de la cama
al baño y del baño al diván lentamente. [...] ¿Cuánto duró el encantamiento? ¿Semanas? ¿Meses? No lo sé porque no me ocupé de medir el tiempo, pues vivía en la eternidad, una eternidad
relampagueante” (Arredondo 25). De manera que Laura se recluye en el espacio doméstico y, a
la vez, es excluida del exterior, pues el pueblo la repudia por violar sus prohibiciones. Aunque
la narradora intenta resistir a la tentación representada en Samuel, ella descubre en su primer
encuentro sexual que tiene el poder de quebrantar las normas cuantas veces lo desee. De manera que el deseo de la narradora saca a relucir su lado bestial, el “yo” abyecto. Al verse exiliada
en lo que describe como “un círculo infernal y glorioso” (23), Laura no
muestra arrepentimiento de sus acciones, sino que resignifica
su espacio, pues lo despoja de su cualidad aberrante y lo transforma en un reino moral superior. Las noches junto a Samuel
Simpson adquieren el carácter de rituales sagrados y compartir
el lecho a su lado se convierte en un santuario donde el tiempo
se distorsiona. Así, mediante los mecanismos de la transgresión
y lo abyecto, la narradora configura lo nuevo sagrado.

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Índice de Obras Citadas:
Albarrán, Claudia. “Las mujeres de los cuentos de Inés
Arredondo”. Debate Feminista, vol. 15, Metis Productos Culturales S.A. de C.V., Centro de Investigaciones y Estudios de Género (CIEG) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), 1997,
pp. 93–99, http://www.jstor.org/stable/42624406
Arredondo, Inés. “Sombra entre sombras”. Diálogos: Artes, Letras, Ciencias Humanas, vol. 20, no. 1 (115), El
Colegio de México, 1984, pp. 14–25, http://www.jstor.
org/stable/27934845
Bataille, Georges. “A modo de conclusión”. Las lágrimas
de Eros, de Bataille. Traducción de David Fernández,
Titivillus, 2016, pp. 486–595.
---. “La prohibición vinculada a la muerte”. El erotismo,
de Bataille. Tusquets, 2008, pp. 44–52.
---. “La transgresión”. El erotismo, de Bataille. Tusquets,
2008, pp. 67–74.
Corral, Rose. “Inés Arredondo: la dialéctica de lo sagrado”. Mujer y literatura mexicana y chicana: culturas
en contacto 2, editado por Aralia López González et
al., 1ra reimpresión, El Colegio de México, 1990, pp.
57–62, https://doi.org/10.2307/j.ctvhn09nt.10
Kristeva, Julia. Sobre la abyección. Poderes de la perversión, de Kristeva. Siglo XXI Editores, 1988,
pp. 7–46, https://kupdf.net/download/julia-kristeva-poderes-de-la-perversionpdf_5960f963dc0d60a2062be30d_pdf
Martínez-Zalce, Graciela. “Una poética de lo subterráneo: la narrativa de Inés Arredondo”. Debate Feminista, vol. 15, Metis Productos Culturales S.A. de
C.V., Centro de Investigaciones y Estudios de Género (CIEG) de la Universidad Nacional Autónoma de
México (UNAM), 1997, pp. 85–92, http://www.jstor.
org/stable/42624405

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Cómo narra una hija:

clandestinidad, militancia y exilio
en La casa de los conejos de Laura
Alcoba y Los eufemismos de Ana Negri
Verónica Zúñiga1
Resumen: La pregunta de cómo narra una hija el terror dictatorial articula este estudio comparativo, que examina de qué modo la voz narrativa de las hijas configura la experiencia de
clandestinidad, militancia y exilio a partir del vínculo materno-filial. El corpus comprende dos
novelas: La casa de los conejos (2008), de Laura Alcoba, y Los eufemismos (2020), de Ana Negri,
obras que abordan la última dictadura cívico-militar argentina (1976-1983) desde perspectivas
generacionales distintas: la infancia vivida en la clandestinidad y la identidad forjada en el exilio. El análisis se inscribe en el marco de la “narrativa de los hijos” (Basile, 2019) y dialoga con los
estudios de Casali, Argañaraz y Valderrama Abad sobre el exilio heredado, la identidad argenmex y la lengua migrante. El estudio demuestra que ambas protagonistas construyen su identidad desde el silencio como mecanismo de protección, que el vínculo con la madre se fractura
bajo el peso de la militancia y el trauma, y que sus voces funcionan como archivos vivos que
resguardan el pasado y cuestionan el presente; aunque parten de experiencias individuales, se
integran a una memoria colectiva dentro de la tradición literaria hispanoamericana.
Palabras clave: narrativa de los hijos, dictadura cívico-militar argentina, exilio heredado, vínculo materno-filial, posmemoria
¿Qué pasó con esa niña?, ¿qué pasó con tanta felicidad?,
¿cómo una guerra puede deshacer todo hasta tal punto?
María Luisa Elío

Introducción o dos hijas que viven un
dolor extraño
Uno de los temas de mayor interés dentro de la literatura hispanoamericana actual es la memoria, recuperar historias, temas y personajes para darles visibilidad y poner al lector ante un
pasado que parece cada vez más lejano. Son diversas las obras donde esta memoria juega un
papel central y que sirve como detonante para narrar acontecimientos vinculados a territorios
y momentos específicos. Uno de ellos son las dictaduras que afligieron a Hispanoamérica durante el siglo XX, específicamente la última dictadura cívico militar argentina (1976-1983), la cual
tuvo repercusiones tanto sociales como culturales.
1 Escuela de Humanidades y Educación del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey.

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Dos de las autoras contemporáneas que abordan la dictadura argentina, la clandestinidad y
el exilio, son Laura Alcoba en su novela La casa de los conejos (2008) y Ana Negri en Los eufemismos (2020). Si bien cada una expone los efectos de este conflicto bélico en contextos geográficos y temporales distintos, ambos textos comparten una idea central: la voz de las hijas como
hilo narrativo de la trama, aquellas que vivieron de manera directa o indirecta el horror de la
persecución por parte de un gobierno totalitarista.
La casa de los conejos nos presenta a Laura, una mujer que recuerda de manera dolorosa
su infancia en La Plata como hija de montoneros, en algún momento la niña debe pasar a la
clandestinidad junto a su madre, ocultándose en una casa donde habita con una pareja, donde
su progenitora se encarga de manera secreta de la imprenta que publica Evita Montonera, una
revista que funciona como el órgano principal del movimiento. El título hace referencia a los
múltiples conejos que habitan en jaulas dentro de este hogar, que funcionan como fachada
para protegerse de los militares.
En Los eufemismos, Ana Negri nos introduce al personaje de Clara, una mujer que enfrenta
una crisis tanto personal como familiar a partir de la enfermedad de su madre, una mujer que
llegó exiliada a México a causa de la dictadura. Aunque la protagonista nació en un territorio
seguro y alejada del terror, a través de sus recuerdos y los de su madre experimenta un dolor
que trastoca su identidad y la relación con sus seres queridos.
Estas novelas representan lo que se denomina por investigadores y críticos literarios como
“la narrativa de los hijos” (Basile, 2019), un corpus de autorxs y obras donde se reconstruye la
memoria de este periodo oscuro y doloroso de Hispanoamérica desde distintas vertientes. En
este ensayo se pretende analizar cómo la voz narrativa de las hijas en ambas novelas configura
la experiencia de clandestinidad, militancia y exilio a partir del vínculo madre e hija, demostrando de qué manera las protagonistas intentan romper con el silencio y dolor. Trabajar con
dos repertorios distintos de manera comparativa permite exponer, al menos de manera exploratoria, las semejanzas y diferencias entre las infancias que vivieron el conflicto y aquellas que
nacieron en el exilio, muchas veces ante el desconocimiento de cómo la dictadura afectó a sus
familias, pero que si bien parten de una narrativa individual, se transforman en algo colectivo.

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La voz de una hija: entre silencios y secretos
¿Cómo narra una hija el terror? En ambas novelas se nos presenta a dos hijas cuya cotidianidad
se trastoca a partir de los efectos de la última dictadura cívico-militar argentina, estas
consecuencias se manejan de manera distinta a partir de dos ejes: la clandestinidad de Laura
en La casa de los conejos y el exilio de Clara en Los eufemismos. Estas hijas funcionan como
narradoras-protagonistas que relatan a partir de sus experiencias la violencia, el miedo y el
dolor de sus contextos.
En el caso de Laura, la protagonista en la novela de Alcoba, nos encontramos ante una voz
infantil y fragmentada. Su niñez es arrebatada en el momento en el que sus padres comienzan
a ser perseguidos por el gobierno, por lo que abruptamente tiene que crecer: “Yo ya soy grande,
tengo siete años pero todo el mundo dice que hablo y razono como una persona mayor” (Alcoba, 2008, p. 11). Sin embargo, aunque trata de llevar con madurez la situación de clandestinidad,
hay momentos donde no puede evitar la inocencia. Por otro lado nos encontramos ante Clara,
una hija que relata desde la adultez, con una voz crítica y reflexiva. En su caso la niñez no le es
arrebatada por la clandestinidad, pero sí por el exilio. Parece no pertenecer a ningún lugar y
constantemente lucha por alejarse del pasado de sus padres.
Uno de los aspectos que las novelas comparten es el silencio, ambas protagonistas se enfrentan a los secretos y las omisiones que se forman o formaron durante la represión militar en
sus familias. Si bien estos se asocian a la protección y bienestar de las hijas, en algún momento
se convierten en algo difícil de sostener y que afectan directamente a las personajes al cargar
con el dolor de lo no dicho.
Por una parte, la clandestinidad de Laura es en sí un secreto que la afecta de manera directa, pasa de vivir con sus abuelos, a ocultarse con su madre en una casa de la que no tiene idea
cómo llegar, ya que durante el trayecto es obligada a tener los ojos cerrados por seguridad.
Esto causa en la protagonista un sentimiento de pérdida, al dejar atrás su cotidianidad, a sus
abuelos, su antiguo hogar, amigos, escuela e inclusive la infancia. Esta trama muestra cómo ella
misma se transforma en un secreto, debe desaparecer para protegerse y proteger a sus padres
de la violencia.

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A diferencia de Laura, Clara se enfrenta al silencio a partir del exilio heredado (Casali, 2023),
como se mencionó anteriormente, a pesar de no haber experimentado el terror en carne propia, su historia familiar se ve envuelta en eufemismos y omisiones. Uno de ellos se observa de
manera particular en un recuerdo de la infancia de la protagonista, cuando su padre de manera
inconsciente la golpeó una noche:
Supongo, no sé. A lo mejor estaba alerta, como cuando estuvo detenido, y se sintió amenazado. Así me lo expliqué yo después. A lo mejor sintió que en vez de estar en la casa
estaba en el centro, secuestrado, y tardó en darse cuenta de que era yo. No sé. (Negri,
2020, p. 52)
Este momento de la novela evidencia la incapacidad de los padres para explicar el dolor y la violencia a la que se enfrentaron, prefieren guardar silencio, dando como resultado que los hijos
se formulen sus propias explicaciones, terminando afectados de manera directa por el trauma
(Argañaraz y Valderrama Abad, 2024).
Otro silencio se relaciona con la pérdida de identidad, por una parte Laura se enfrenta a
cambiar de nombre en su nuevo colegio, ha sido instruida por su madre para adoptar uno nuevo, sin embargo en algún momento se enfrenta a la incertidumbre sobre quién es realmente.
En una escena fundamental, Laura es invitada por una vecina a visitar su casa, la conversación
se torna cada vez más personal hasta que le preguntan cuál es su apellido, a lo que contesta, de
manera inconsciente, con un “no sé”.
Este acontecimiento se transforma en un momento crítico, Laura es reprendida por su madre, la situación parece calmarse por la intervención de Diana, la mujer que vive con ellas, sin
embargo deja en la protagonista un sentimiento de culpa y desarraigo: “¿Pero qué podría responder, entonces? ¿Cuál es, al fin y al cabo, mi nombre?” (Alcoba, 2008, p. 44), sentirse ajena a un
entorno donde su vida no puede transcurrir con normalidad y está en constante peligro.
Clara, por otra parte, se enfrenta a una identidad “argenmex” (Argañaraz y Valderrama Abad,
2024), creada a partir de las omisiones y un sentimiento de desarraigo. En su caso no existe pérdida porque tenga que ocultarse, sino por el resultado de crecer en dos culturas: la mexicana y
la argentina. Para la protagonista es difícil formar una relación con sus padres porque adquiere
otros hábitos a partir de su entorno exterior, y al mismo tiempo, le es difícil vincularse con sus
compañeros que no comprenden su ámbito doméstico.
Argañaraz y Valderrama Abad (2024) señalan que dentro de la novela la lengua funciona
como un elemento identitario, si bien ellos señalan que Clara “optará por mostrarse tal cual es y
creará sus propios neologismos” (p. 241), también es cierto que en algún momento esta lengua
la enfrenta a momentos de angustia acerca de quién es, puesto que durante la narración, los
lectores somos testigos de cómo, sobre todo en la infancia, le era difícil relacionarse con sus
amigos mexicanos por sus expresiones argentinas, e igualmente no pudo crear una relación
con el resto de su familia, dado que su lengua migrante (Argañaraz y Valderrama Abad, 2024)
les resultaba extraña.
Los silencios de Laura no sólo se vuelven un método de protección, sino que también se
convierten en un acto de orgullo y solidaridad militante. En una escena de la novela, la protagonista sale junto a Diana a entregar un paquete a una mujer, cuando se retiran, ésta le remarca
los silencios como un acto de heroísmo:

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–¿Viste esa mujer? La torturaron, pero no cantó. Le hicieron cosas horribles, sabés, cosas que no son para contarle a una nena como vos. Pero no abrió la boca. Aguantó todo
sin decir una palabra.
Yo no insistí en saber en qué consistían esas “cosas”. Yo también sé callarme, sí.
E imaginé cosas que causan mucho dolor, mucho daño, con clavos oxidados o un montón de cuchillitos ahí adentro, bien profundo. Y a ella, que no había dicho nada. Entonces pensé, sin decirlo, que aquello era ser una mujer fuerte. Sí, eso era. (pp. 73-74)
En este fragmento se observan distintos tipos de silencios, el primero relacionado con el acto
de callar para proteger al movimiento, sin importar la tortura a la que se enfrentan. Por otra
parte también se encuentran las omisiones, ocultarle a las infancias cierta información sobre el
contexto de terror en el que viven. Finalmente se encuentra el silencio de Laura, como un pacto
de fortaleza, de proteger a su madre y al movimiento montonero.
En el caso de Los eufemismos, los silencios como un método de protección se ven reflejados
de dos maneras. El primero a partir de Clara y sus padres, quienes, como se mencionó anteriormente, deciden callar las torturas que vivieron durante la dictadura, pensando que omitir el pasado la ayudarían en su futuro, sin embargo esto sólo provoca un dolor heredado (Casali, 2023),
el cual destruye su cotidianidad. Por otra parte, está el silencio de la protagonista, aquel que ella
misma construye para evitar hablar del pasado de su familia, cuando su madre quiere abrirse
con ella o tiene ataques de pánico, para Clara es mejor separarse, cortar de tajo la conversación
y evitar el tema.

Una voz quebrada: la relación madre e hija
¿Qué significa ser una hija? ¿Cómo se construye la relación con una madre a partir del miedo, el
dolor y el cariño, en contextos de represión y violencia? Blanca Lacasa explica que “la relación
entre madres e hijas está marcada, con frecuencia sospechosa, por la dificultad, el desencuentro o el dolor. Madres e hijas parecemos estar condenadas a no entendernos” (2023, p. 2), este
vínculo fracturado se convierte en un elemento clave en la narrativa de ambas autoras, puesto
que tanto Laura como Clara son expuestas a las repercusiones que implican las militancias de
sus progenitores.
Las hijas de estas novelas atraviesan períodos de dificultad con sus madres, cada una debe
lidiar con acciones y sentimientos que parecen ajenos a ellas, y que en cierta medida se vuelven incomprensibles. Durante la historia, los vínculos van atravesando distintas etapas que van
desde la decepción, los reclamos, la confusión y el cariño que transforman la percepción de las
personajes acerca de sus progenitoras, esta relación se presenta de manera distinta en cada
una de las novelas.
En primer lugar está Alcoba, que evidencia este vínculo a través de Laura y su madre, una
militante de la que se sabe muy poco, salvo que estudió historia en la universidad y viene de
una familia cuyo padre es un peronista tradicional y posee influencias importantes en el país.
Por otro lado, Negri muestra a la madre de Clara, una mujer rota que estudió medicina y cuyo
primer esposo fue militante. Al exiliarse a México se divorció y se casó nuevamente con el padre
de la protagonista.

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En ambos textos, las voces de las hijas funcionan como mediadoras para comprender el
papel de las madres en contextos de violencia. Casali (2023) tomando como ejemplo las obras
de Negri y Gerber Bicecci, señala que uno de los efectos de la fractura de este vínculo es el sentimiento de culpa, esto se manifiesta en distintos momentos de las novelas. Por una parte, en
La casa de los conejos, la madre de Laura manifiesta dicho sentimiento cada vez que se separa
de su hija por motivo de sus actividades militantes: “como cada vez que me reencuentro con mi
madre después de una larga ausencia, tengo derecho a una muñeca” (Alcoba, 2008, p. 20), aunque la hija lo ve como un momento de alegría, la madre lo percibe como una manera de reparar
el abandono.
No obstante, a medida que avanza la historia, la figura de la madre se va volviendo cada vez
más difusa. Casali (2023) expresa que dentro de las narrativas del exilio, las madres van desapareciendo, se vuelven fantasmas. Esto se evidencia de igual manera en la obra de Alcoba, donde
poco a poco la figura de la madre de Laura parece esfumarse, debido a sus actividades militantes, lo primero que desaparece es lo que podríamos denominar su identidad, dada la persecución que vive es obligada a cambiar de color de cabello para evitar ser identificada, posteriormente ya no ejerce la labor de crianza con su hija, puesto que dedica su tiempo a las labores de
imprenta, hasta llegar a un punto donde ya no tienen una relación: “Mi madre, por su lado, ya ni
asoma la nariz a la vereda. Salvo a la hora de comer, ni yo misma me la cruzo por la casa.” (p. 73)
Esta desaparición de la madre termina en la búsqueda de un contacto materno por parte de
la protagonista, primero tiene un acercamiento con su vecina que termina en consecuencias
catastróficas, para posteriormente dirigir sus afectos a Diana, quien ejerce los cuidados al alimentarla, educarla y protegerla en momentos difíciles.
En el caso de Los eufemismos, Casali (2023) expone que el abandono de la madre es consecuencia del dolor del exilio, en su caso no desaparece de manera física pero sí de manera
simbólica, pues su enfermedad poco a poco la hace perder el sentido de la realidad, llegando a
delirios de persecución, el pasado que dejó atrás parece alcanzarla, es aquí donde se fractura el
vínculo con su hija, puesto que ahora Clara debe de ejercer una labor de cuidados.
En esta novela también existe un sentimiento de culpa, puesto que se observa cómo la madre de Clara, a partir de sus eufemismos, trató de proteger a su hija, sin embargo hubo momentos donde se sintió incapaz, lo que provocó un deterioro en su relación. Sin embargo, este
sentimiento parece recíproco, ya que igualmente Clara manifiesta que se siente culpable por
querer abandonar a su mamá en la enfermedad, expresando cómo ese dolor no le pertenece,
sin embargo afecta su vida.
La relación madre e hija en ambas novelas evidencia cómo los sentimientos de desarraigo
y exilio forman un dolor que fractura el vínculo. Las madres se pueden entender como mujeres rotas (Casali, 2023) que se enfrentaron a la contradicción de luchar por su país pero dejaron atrás a sus hijas. Esto demuestra también cómo la militancia configura la narrativa de las
hijas como sujetas que heredaron no sólo dolores, sino memorias y sentimientos que parecen
ajenos a ellas.

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Conclusiones
La lectura y comparación de estas dos obras pone de manifiesto cómo la narrativa de la segunda generación, específicamente de las hijas, configura la trama de las denominadas literaturas
del exilio. En primer lugar se observa cómo estas obras se construyen a partir de los silencios,
el ocultar para protegerse de un pasado que parece no pertenecerles; y por otro lado lo que
significa ser hija y madre en estos contextos de violencia y de qué manera fracturan el vínculo.
En las dos obras, las voces de las hijas funcionan como archivos vivos que permiten no sólo
resguardar el pasado, sino cuestionar el presente. Habiendo revisado estos tres apartados, algunos de los vacíos que quedaron en este texto son las figuras ausentes de los padres, así como
la relación memoria-posmemoria que configura parte de la narrativa actual. Si bien ambas novelas parten de experiencias individuales, sus semejanzas y diferencias se convierten en algo
colectivo, integrado a la tradición literaria hispanoamericana.

Obras Citadas:
Alcoba, L. (2008). La casa de los conejos. Edhasa.
Argañaraz, E. y Valderrama Abad, U. (2024). “Ser hijo/a argenmex: un recorrido por dos novelas del exilio argentino
en México”. En T. Basile y C. González (Coords.), Los trabajos del exilio en les hijes. Narrativas argentinas extraterritoriales (pp. 217-252). Editorial Universitaria Villa María.
Basile, T. (2019). Infancias. La narrativa de HIJOS. EDUVIM.
Casali, S. M. (2023). “Cargar con el peso de algo que ni siquiera viviste. Un estudio del efecto exiliar en el vínculo
madre-hija en las novelas argenmex Conjunto vacío y Los eufemismos”. Boletín e iteratura omparada, 1(48),
75–108. https://doi.org/10.48162/rev.54.022
Lacasa Carralón, B. (2023). Las hijas horribles. Libros del K.O.
Negri, A. (2020). Los eufemismos. Ediciones Antílope.

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La ciudad en línea:

los espejos digitales de
Monterrey
Marco Andrés Miller Espinoza1

Resumen: La transformación de la subjetividad y la identidad en el contexto de la hiperconectividad digital constituye el eje que articula este ensayo, cuya pregunta central es de qué modo
las redes sociales reconfiguran los modos de ser, relacionarse y habitar la ciudad contemporánea. El corpus es Monterrey como caso cultural específico: sus prácticas digitales cotidianas, su
historia industrial y su ética productivista, que el autor examina como condiciones que intensifican los efectos del capitalismo algorítmico. El estudio se apoya en un entramado filosófico
y sociológico que articula la crítica de Byung-Chul Han a la sociedad de la transparencia y el
cansancio, la microfísica del poder foucaultiana, la teoría del simulacro de Baudrillard, las sociedades de control de Deleuze y el capitalismo de la vigilancia de Shoshana Zuboff. El análisis
demuestra que Monterrey, educada en la productividad y la competencia, extiende esa lógica
al plano digital: el “éxito” muta en visibilidad, el sujeto se convierte en productor involuntario de
valor simbólico y la identidad se construye en la retroalimentación algorítmica. Frente a ello, el
ensayo identifica formas de resistencia poética —proyectos digitales disidentes, gestos de silencio y lentitud— que abren la posibilidad de habitar las redes desde una sensibilidad crítica.
Palabras clave: subjetividad digital, capitalismo de la vigilancia, autoexplotación, identidad
urbana, resistencia simbólica
Hay una generación —o quizás varias— que despierta dentro de una pantalla. Una generación
que, antes de ver el amanecer real, mira el resplandor artificial de su teléfono. El día en Monterrey no comienza con la luz sobre las montañas; comienza con el brillo de un dispositivo encendido. La ciudad industrial, acostumbrada al humo, al metal y al ruido, ahora resplandece en
otra materia: la del dato, el algoritmo, la imagen. Las personas que caminan por sus avenidas
no sólo habitan el espacio físico de las calles; habitan también un territorio inmaterial, un ecosistema simbólico que las contiene, las mide, las reproduce y las disuelve. Monterrey ya no se
describe únicamente por sus avenidas o su clima, también por la red invisible que la sostiene:
una metrópolis algorítmica.
El tiempo digital ha trastocado el pulso vital de quienes viven conectados. En la mirada que
sostienen frente a sus teléfonos se condensa una nueva forma de existencia: la simultaneidad
entre lo íntimo y lo público, entre el deseo y la exposición. Como sugiere el filósofo Byung-Chul
Han, la transparencia se ha convertido en mandato moral; ya no se oculta lo que se es, más bien
se teme no ser visto. En los barrios altos y en las colonias populares, en los cafés o en las ofici1 Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León.

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nas, se repite un mismo gesto: la búsqueda de reconocimiento, la producción constante del yo
como mercancía simbólica. Las redes sociales han transformado el viejo anhelo de identidad
en un bucle de autoexhibición, un espectáculo de sí que sustituye la palabra por el gesto, la experiencia por su registro.
Pero Monterrey no es cualquier ciudad. Su historia de modernización, su orgullo empresarial y su ética del esfuerzo imprimen un carácter peculiar a este fenómeno. La autoexplotación,
de la que habla Han, encuentra aquí terreno fértil: los regiomontanos, educados en la productividad y la competencia, extienden esa lógica al ámbito digital. El cuerpo ya no se agota en la
fábrica o la oficina; ahora se desgasta en la producción incesante de contenido, en la vigilancia
interiorizada de su propio rendimiento social. El “éxito” ha mutado en visibilidad. La industria,
antes material, se ha desplazado al plano simbólico: hoy parece que se fabrican apariencias.
En ese territorio, la identidad es un proyecto sin descanso. Las redes son el laboratorio de
esa construcción. Allí opera, como bien denominó décadas atrás Michel Foucault en su análisis
del poder, toda una microfísica de control que ya no se impone desde fuera, sino que se ejerce
desde dentro. Cada usuario es su propio vigilante. Cada notificación refuerza la jaula de la atención. La libertad, tan proclamada por las tecnologías digitales, se convierte en una trampa dulce: la posibilidad de elegir se transforma en la obligación de mostrarse, de participar, de existir
en el flujo. La red no reprime; seduce. No impone; persuade. Su violencia es estética.
En Monterrey, esa lógica alcanza a todos. Los estudiantes universitarios, los empleados de
oficina, los ejecutivos, los maestros y las madres jóvenes experimentan la misma ansiedad de
conexión. Un padre que revisa obsesivamente los grupos de WhatsApp del trabajo, una docente que siente la necesidad de documentar cada actividad escolar, una abuela que convierte la
vida familiar en un relato visual: todos participan del mismo impulso de visibilidad. La conexión ya no es una herramienta; es toda una atmósfera.
La paradoja de esta época es evidente. Por un lado, las personas están hiperconectadas: cada
gesto, cada pensamiento, cada instante puede transmitirse de inmediato. Por otro, esa conexión genera una soledad cada vez más profunda. Las amistades, los amores y las comunidades
que emergen en las redes no siempre alcanzan la densidad afectiva del encuentro físico. La mirada del otro, sustituida por una publicación, sticker o reel pierde su espesor ético. Lo que antes
implicaba presencia y vulnerabilidad se ha transformado en mera interfaz. El algoritmo filtra la
emoción, la administra, la dosifica. En el fondo, la experiencia de estar en red es la experiencia
de estar rodeado de todos y, al mismo tiempo, de nadie.
Baudrillard ya lo había anticipado: vivimos entre simulacros. En las redes, la realidad se convierte en su propia sombra, en una copia sin original. Los regios fotografían su desayuno, su
ropa, su rostro, su paisaje urbano, y en ese gesto buscan afirmar la existencia de algo que, paradójicamente, se vuelve más frágil cuanto más se exhibe. La imagen devora lo que representa. La
vida se convierte en contenido. Y sin embargo, esa producción incesante de imágenes genera
una ilusión de comunidad: una red de espejos donde cada quien se refleja en los demás. Monterrey queda transformado, así, en un mosaico de pantallas: un espacio donde los cuerpos se
desdibujan, pero las apariencias se multiplican.
Hay una dimensión poética en esta transformación. El deseo de ser visto, de compartir, de
permanecer, revela también un impulso profundamente humano: la necesidad de sentido. En
cada historia de Instagram o en cada video de TikTok hay un intento de narrarse, de dejar una

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huella, de decir “aquí estoy”. El problema no está en la exposición, sino en la forma en que esa
exposición ha sido capturada por una economía de la atención. Como advierte la socióloga
Shoshana Zuboff, el capitalismo de la vigilancia que opera en las redes convierte cada gesto en
dato, cada emoción en materia prima. Lo íntimo se vuelve extractivo. El yo, cuantificable. Y así,
las personas se convierten en productoras involuntarias de valor, trabajando sin salario para
alimentar la maquinaria del algoritmo.
Roland Barthes, en su libro Fragmentos de un discurso amoroso, escribió que el lenguaje es
una piel: uno se frota con él contra los otros. Las redes sociales, en cambio, parecen haber convertido esa piel en una superficie luminosa y fría. El contacto se ha estetizado. Las palabras se
reducen a hashtags; las emociones, a filtros. El cuerpo, que antes se desplegaba en el espacio
público de la ciudad, ahora se condensa en una imagen vertical. En Monterrey, donde el calor
sofoca y las calles se llenan de ruido, esa digitalización del cuerpo produce un nuevo tipo de
sensibilidad: una mezcla de distancia y ansiedad, de presencia y ausencia. El tacto se sustituye
por el scroll, el rostro por el perfil.
La sociedad regiomontana, marcada por sus contrastes, entre la opulencia y la precariedad,
la tradición y la modernidad, la fe y el consumo, encuentra en las redes un espejo de sus propias tensiones, reproduciendo, a través del algoritmo, las jerarquías que la ciudad ya conoce:
la estética del poder, la aspiración de clase, la distinción simbólica. Las redes, que prometieron
democratizar la voz, terminaron amplificando los privilegios. La visibilidad se distribuye con
la misma desigualdad que los recursos. El algoritmo no es neutral: privilegia la forma sobre el
contenido, la intensidad sobre la reflexión, la cantidad sobre el sentido. En un entorno así, pensar se vuelve un acto subversivo.
A pesar de ello, surgen resistencias. Entre la gente aparecen gestos de disidencia, pequeñas fugas poéticas que desobedecen la lógica del rendimiento. Páginas que comparten poesía,
proyectos audiovisuales que cuestionan la homogeneidad de la imagen, colectivos que usan
las redes para tejer comunidad o denunciar injusticias. En esas grietas se filtra la posibilidad de
otro uso del espacio digital: uno que recupere la lentitud, la escucha, la fragilidad. En medio del
ruido, algunas personas eligen callar. En medio de la saturación, algunas prefieren desaparecer.
Esa renuncia se convierte, paradójicamente, en una forma de resistencia simbólica.
Podría pensarse que las redes son un nuevo teatro barroco. Monterrey, con su conservadurismo y su modernidad contradictoria, entiende bien esa teatralidad. El perfil digital funciona
como un retablo personal, donde cada usuario dispone sus pequeñas imágenes sagradas: la
selfie, el viaje, la cita inspiradora. En ese altar se oficia el culto del yo. Pero, como advertiría
Bruno Latour, en todo culto hay un fetiche: el objeto que creemos adorar por su poder propio,
cuando en realidad lo hemos fabricado nosotros mismos. Así, el perfil que construimos termina
exigiendo nuestra devoción. Lo que antes era una forma de expresión se vuelve una forma de
presión: hay que publicar, hay que reaccionar, hay que estar. La red exige presencia continua. El
silencio se penaliza con la invisibilidad. Y en ese exceso de representación, el sujeto se disuelve
en la superficie de sus propios signos.
El filósofo David Le Breton ha dicho que el rostro es la más humana de las superficies. En las
redes, esa superficie se convierte en interfaz, en filtro, en máscara. Las personas, obsesionadas
con su imagen, han aprendido a gestionar su rostro como una marca. El rostro deja de ser el
umbral del alma y se transforma en un producto comunicacional. Pero bajo esa máscara digital

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persiste un deseo arcaico: el deseo de reconocimiento, de amor, de comunidad. La pantalla no
lo cancela, aunque lo desplace. Y quizás ahí radique nuestra tragedia contemporánea: en la imposibilidad de satisfacer ese deseo dentro del mismo sistema que lo alimenta.
Deleuze imaginó la sociedad del control como una sucesión de “modulaciones” infinitas,
donde los individuos ya no son confinados, sino conducidos. Monterrey vive esa transición:
del control disciplinario al control algorítmico. Las redes no prohíben; orientan, recomiendan,
sugieren, condicionan. La autoridad se vuelve amable, el poder invisible. La dominación se disfraza de opción. Y las personas, fascinadas por la promesa de autonomía, participan activamente en su propia captura. La libertad se confunde con la conectividad. Pero estar conectado no
siempre significa estar libre.
En las universidades y en las empresas, quienes se relacionan a través de pantallas hablan
de estrategias digitales, de engagement, de identidad de marca. Pocos se detienen a pensar qué
ocurre con su subjetividad mientras producen contenido. Las redes se han naturalizado como
el medio inevitable de la existencia contemporánea. Pero todo medio transforma. No sólo comunica: modela. Configura los modos de sentir, de amar, de pensar. Y en esta configuración se
juega una batalla silenciosa: la del sentido contra el cálculo, la del alma contra el algoritmo.
Quizás la pregunta no sea cómo salir de las redes, sino cómo habitarlas de otro modo. Cómo
convertir ese espacio saturado en un territorio de pensamiento, de arte, de resistencia. Monterrey, ciudad de grandes contrastes y de energía inagotable, podría ser también el laboratorio
de esa reinvención. En sus habitantes hay una interesante potencia que el algoritmo aún no
captura del todo: una suerte de creatividad que se filtra entre los códigos, una ironía particular
que subvierte la lógica de la eficiencia. En cada meme, en cada gesto de humor, se esconde una
crítica latente a la seriedad del sistema. Bien sabemos que la risa puede ser también un modo
de sabotaje.
Pero el riesgo persiste: el de confundir la expresión con la emancipación, la visibilidad con el
poder. Las redes ofrecen espejos infinitos, aunque pocos reflejan lo que realmente somos. Como
en el mito de Narciso, el reflejo nos atrae y nos ahoga. Las personas, seducidas por la promesa
de pertenecer, se sumergen en un océano de imágenes donde cada ola lleva su nombre. Sin
embargo, al intentar afirmarse, se diluyen. La identidad se vuelve líquida, cambiante, efímera.
La subjetividad, que antes se construía en el diálogo, se produce ahora en la retroalimentación
algorítmica. El yo deja de ser una narración y se convierte en métrica.
En este contexto, pensar se vuelve un acto de resistencia poética. Pensar, sentir, escribir,
incluso aburrirse, son gestos que desafían la lógica de la inmediatez. Frente al imperativo de
producir y compartir, el silencio puede ser una forma de libertad. Tal vez el porvenir dependa
de reaprender a mirar sin la mediación del dispositivo, a escuchar sin la interferencia del feed,
a habitar la ciudad sin traducirla en contenido. Tal vez Monterrey necesite recuperar su montaña no como paisaje de fondo para la selfie, más bien como símbolo de permanencia: algo que
resiste al flujo.
La red, como toda construcción humana, es ambivalente. Puede oprimir, aunque también
liberar. Puede aislar, aunque también conectar de un modo más profundo si se usa con
conciencia. En última instancia, lo que está en juego no es la tecnología, sino la sensibilidad. Y
esa sensibilidad se forma en los cuerpos, en las miradas, en las conversaciones que aún escapan
al control del algoritmo. Aquellos hijos de la era digital, podrían ser también sus primeros

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críticos. Si logran ver en el espejo no sólo su reflejo, sino la estructura que lo produce, tal
vez puedan romperlo.
Porque detrás de cada pantalla, aún hay una ciudad. Una ciudad que respira bajo la lluvia,
que se enciende al atardecer, que sueña con sus propias luces. Monterrey sigue ahí, más allá
del cristal: en el calor que no se puede filtrar, en las montañas que observan sin decir palabra,
en los gestos que escapan al registro. Quizá el desafío no sea desconectarse, sino recordar que
toda conexión comienza en el cuerpo, en la presencia que tiembla, en el silencio que escucha.
Entonces, el dedo se detiene. La pantalla queda en negro y, por un instante, todo vuelve a su ritmo natural. Afuera, las montañas permanecen, antiguas y pacientes. El aire entra, la vida sigue.
Y en ese respiro, mínimo, casi invisible, la ciudad de las montañas recupera su misterio.

Bibliografía:
Barthes, Roland. Fragmentos de un discurso amoroso. Siglo XXI Editores, 2024.
Baudrillard, Jean. Cultura y simulacro. Kairós, 2020.
Deleuze, Gilles. “Post-scriptum sobre las sociedades de control.” Conversaciones, Pre-Textos, 1990, pp. 277-286.
Foucault, Michel. Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores, 2002.
Han, Byung-Chul. La sociedad del cansancio. Herder, 2012.
---. La sociedad de la transparencia. Herder, 2013.
Latour, Bruno. Nunca fuimos modernos: Ensayo de antropología simétrica. Siglo XXI Editores, 2022.
Le Breton, David. Antropología del cuerpo y modernidad. Prometeo Libros, 2021.
Zuboff, Shoshana. La era del capitalismo de la vigilancia: La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder. Paidós, 2019.

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La Luz:

un periódico católico del Monterrey
decimonónico
Luis Fidel Camacho Pérez1

Resumen: La escasa atención historiográfica dedicada a la prensa confesional mexicana del
siglo XIX motiva el examen de La Luz. Periódico religioso de literatura, ciencias, artes y anuncios,
publicación católica que circuló en Monterrey, Nuevo León, entre 1872 y 1881. El corpus comprende los ejemplares del periódico conservados en la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria de la UANL, así como la bibliografía especializada en historia de la prensa decimonónica.
El estudio se inscribe en la historia cultural y religiosa, y se apoya en los aportes de Toussaint
Alcaraz, Espinosa Blas y Ceballos Ramírez para contextualizar la prensa confesional en el marco
del proceso de secularización desencadenado por el triunfo liberal de 1857. El análisis demuestra que La Luz no operó únicamente como medio de difusión religiosa, sino como actor social y
político que legitimó las prácticas caritativas de asociaciones católicas, denunció las Leyes de
Reforma y constituyó una plataforma de resistencia simbólica frente al proyecto liberal del Estado mexicano. Su estudio abre nuevas líneas de investigación para comprender las estrategias
discursivas de la Iglesia ante la modernidad y el papel de la prensa confesional en la construcción del espacio público regional.
Palabras clave: prensa católica, secularización, relaciones Iglesia-Estado, historia de la prensa
regional, siglo XIX mexicano.
La Iglesia católica históricamente ha mantenido su influencia en la sociedad mexicana, por
tal motivo su estudio está vigente entre los investigadores. Por ello es pertinente analizar sus
prácticas litúrgicas, su doctrina e influencia política y social, así como sus relaciones frente al
Estado y otros sistemas de creencias, con quienes comparte intereses mutuos o tiene conflictos. De modo que, el presente texto tiene como objetivo traer a colación el caso de La Luz. Periódico religioso de literatura, ciencias, artes y anuncios, que circuló en Monterrey, Nuevo León,
entre los años 1872 y 1881. Este breve análisis es una invitación para que otros investigadores
se interesen en el fenómeno religioso e historia de la iglesia; de modo que se abra una brecha
para los estudios sobre la prensa católica y otras publicaciones de carácter confesional en los
siglos XIX y XX.
Si bien, ya existen publicaciones, tesis y libros sobre los medios impresos, es poca la investigación sobre los periódicos religiosos, por lo que resulta pertinente reflexionar sobre la importancia de dicha publicación, ya que no fue el único periódico religioso del siglo XIX que se
1 Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria de la UANL.

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editó en el estado.2 En su obra Los orígenes de la industrialización de Monterrey: una historia económica y social desde la caída del segundo imperio hasta el fin de la Revolución (1867-1920), Isidro
Vizcaya menciona otros tres periódicos católicos además de La Luz, que circularon en el estado
durante el último cuarto del siglo XIX: Semanario Religioso, Libertad Católica y La Defensa del
Pueblo, este último dirigido por Abraham P. de la Garza. Los tres tenían, como objetivo adicional
al quehacer informativo, la defensa de la fe católica. Cabe mencionar que las publicaciones periódicas reflejaban, y en ocasiones sobredimensionaban, los patrones de conducta y las formas
de vida que tenían las sociedades en que operaban, en este caso la sociedad nuevoleonesa.

La prensa católica en México y Nuevo León a
fines de siglo XIX
A fines de siglo XIX, la sociedad mexicana entró en un proceso de modernización que se venía gestando desde mediados de siglo. Dicha modernización permitió el avance económico,
social y cultural del país. Un ejemplo de esto fue la prensa, ésta revolucionó las comunicaciones, convirtiéndose en un aparato que expresó y transmitió los idearios políticos, sociales,
religiosos, culturales y económicos de algunos grupos que buscaron legitimarse por medio
del discurso impreso.
No obstante, en dicho periodo en México existía un alto grado de analfabetismo, el censo de
1895 indicó que en el país habitaban 12, 632, 247 personas, de los cuales sólo el catorce por ciento sabía leer y escribir y, únicamente un diez por ciento podía comprar los periódicos.3 De modo
que este medio comunicativo sólo podía ser leído por una minoría compuesta por las clases
media4 y alta. Pese a esta limitante, fue a través del periódico que se “polemizaron regímenes
gubernamentales, se justificaron o reprobaron guerras, y asimismo fue el conductor de la cultura al difundir el quehacer científico, literario o religioso”.5 De acuerdo con Margarita Espinosa,
la mayoría de los periódicos de fines de siglo XIX eran semanarios, ya que en México no se tenía
la tecnología ni los recursos humanos para editar diariamente una publicación.6
Ahora bien, a partir del triunfo de la Constitución de 1857 y del programa liberal, la Iglesia
tuvo que tomar medidas concretas que le permitieran mantener su influencia en una sociedad
que transitaba de lo tradicional a lo moderno, ya que los católicos mexicanos tuvieron que enfrentarse (hasta ese momento) al proceso de secularización más importante del país. Es decir,
los católicos echaron mano de instrumentos propios de la modernidad como la prensa para
transmitir su mensaje, registrar sus acciones e influir en la vida pública.

2 Isidro Vizcaya Canales, Los orígenes de la industrialización de Monterrey: una historia económica y social desde la caída del segundo
imperio hasta el fin de la Revolución (1867-1920), Monterrey, N.L., Archivo General del Estado de Nuevo León, 2001, pp. 68 y 69.
3 Florence Toussaint Alcaraz, Escenario de la prensa en el Porfiriato, México, Universidad de Colima/ Fundación Manuel Buendía, 1989,
pp.67-68.
4 Por clase media entendemos a un sector de pequeños propietarios y profesionistas, como médicos, maestros, abogados, etc.
5 Ma. Margarita Espinosa Blas, El Nacional y el Hijo del Ahuizote: dos visiones de la independencia de Cuba, 1895-1898, Michoacán, Instituto de Investigaciones Históricas/Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo, 1998, p. 63.
6 Ibid., 1998, p. 70.

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Algunos de los primeros periódicos confesionales creados en México durante la segunda
mitad del siglo XIX fueron: El Semanario Católico, La Sociedad Católica, El Pueblo, entre otros.7
Estos periódicos surgieron como una respuesta al triunfo liberal y estuvieron dirigidos por la
Sociedad Católica, agrupación civil que tenía entre sus comisiones una dedicada a las “publicaciones”, aunque, su periódico más destacado fue La Voz de México que circuló de 1870 a 1908.8
En Nuevo León circularon una serie de periódicos que, como era común, tenían el objetivo
primordial de ser órganos informativos de los principales clubes políticos de la época, liberales
y conservadores. Algunos fueron muy efímeros y otros se establecieron por años o décadas,
sobre todos los que eran adictos a los regímenes en turno y que a menudo recibían financiamiento oficial. Algunos ejemplos son: La Voz de Nuevo León, La Revista de Monterrey, El Escolar
Médico, El Pueblo, El Eco Fronterizo, El Lampacence (publicado en Lampazos de Naranjo), El Trueno (originario de la villa de Linares); los editados en inglés eran The Times, The Monterrey Globe,
The Monterrey Era y The Monterrey News, entre otros.9 Al mismo tiempo se distribuyeron publicaciones periódicas de carácter confesional que tenían como objetivo, adicional al informativo,
la defensa de la fe católica.

La Luz, 1872-1881
Fue en 1872 que comenzó a circular en el estado una publicación religiosa titulada La Luz. Periódico religioso, de literatura, ciencias, artes y anuncios. Publicado y editado en Monterrey por Julio
Chávez,10 se dedicaba a reproducir notas de otros periódicos nacionales e internacionales, así
como los discursos y cartas del Papa y de los obispos, dirigidas a los fieles, entre otras noticias
de carácter religioso del obispado. Empero, es poca e imprecisa la historiografía acerca de La
Luz. Algunos autores como Plinio D. Ordoñez, Héctor González e Isidro Vizcaya coinciden en
que se difundió a partir de 1870. Además, tanto González como Vizcaya, refieren que era un órgano del clero, y aseguran que estuvo dirigido por el Obispo Ignacio Montes de Oca hacia 1880.11
Por su parte, el investigador Erasmo Torres López publicó un artículo donde analiza el periodo
de vida de dicha publicación (1872-1881), así como las temáticas publicadas regularmente; esclarece además que La Luz no fue un órgano oficial del obispado.12
En cuanto a la composición del periódico, La Luz contaba con una sección religiosa donde se
publicaban las actividades del mes en curso, las festividades y santorales del día, también pu7 Manuel Ceballos Ramírez, Historia de Rerum Novarum en México, (1867-1931), T.1, México, Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana, 2004, p.162.
8 Idem.
9 Todos estos periódicos incluidos los católicos, son parte del Fondo Nuevo León de la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria y pueden ser consultados en la Hemeroteca Digital de la Universidad Autónoma de Nuevo León en el siguiente enlace: https://hemerotecadigital.uanl.mx/
10 Julio Chávez fue un educador de la villa de Marín (hoy municipio), ahí instaló una escuela particular, donde enseñó las materias de gramática castellana, geografía de Roa Bárcena, principios de aritmética y álgebra, así como el catecismo histórico y el del padre Ripalda. En
1864 el ayuntamiento de Monterrey lo nombró director de la escuela del barrio de la Purísima. En Israel Cavazos Garza, Diccionario biográfico de Nuevo León, T. I y II, Monterrey, N.L., Universidad Autónoma de Nuevo León, 1984, p. 113.
11 Plinio D. Ordoñez, Bibliografía del estado de Nuevo León, 1820-1946, Monterrey, N.L., Impresora Monterrey, 1946, p. 55.; Héctor González, Siglo y medio de cultura nuevoleonesa, Monterrey, N.L., Gobierno del Estado de Nuevo León, 1993, p. 71.; Isidro Vizcaya Canales,
Orígenes, p.67.
12 Erasmo Torres López, “La Luz el primer periódico religioso de Monterrey, (1872-1881)”, en La Gazeta del Saltillo, año V, núm. 11, noviembre, 2003, p. 5. Esto también puede comprobarse al revisar detenidamente el periódico, pues en ningún momento se reconoce como un
órgano oficial del clero, sino más bien como publicación de una imprenta privada.

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blicaba notas editoriales, donde se opinaba sobre los temas más relevantes de la época, como
la masonería, el espiritismo y el protestantismo; además de temas religiosos, se divulgaban
noticias internacionales, nacionales y locales. Para 1872, año en que comenzó a circular, se publicaba los días 1, 10 y 20 de cada mes. Su suscripción tenía un costo mensual de dos reales para
los suscriptores locales y de dos y medio para los foráneos, pues tenían corresponsalías en las
villas de Abasolo, Bustamante, Linares, Dr. Arroyo, General Terán, Montemorelos, Villaldama y
Parras (Coahuila). Por otro lado, los números sueltos tenían un costo de 10 centavos,13 manteniendo de esta forma su permanencia entre las publicaciones periódicas de la década.
Otro de los aspectos que caracterizó a la prensa moderna de finales de siglo XIX fue la difusión que dio a anuncios comerciales, lo que permitió que los diarios tuvieran una importante
fuente de ingresos.14 La prensa católica no estuvo alejada de esto. En el caso de La Luz, además
de notas religiosas, en sus páginas aparecieron anuncios de particulares y de establecimientos
comerciales importantes, como la Botica del Progreso, ubicada en la calle del Comercio (hoy
calle Morelos), que ofrecía medicamentos, perfumes, pinturas, etcétera.15
En cuanto a su función social, La Luz tenía claro su papel como órgano comunicador e informativo. En sus propias palabras, consideraba que el periodismo era “un arma terrible que el
impío empleaba para descatolizar al pueblo fiel”. Sin embargo, comprendieron que la prensa
podía ser un medio por el cual se predicara su doctrina: “si el periodismo es, en nuestro siglo,
la formidable palanca de los enemigos de la Iglesia; ¿no deberá ser también un arma defensiva
para los católicos?” En este sentido, los editores consideraron que el periódico se clasificaba
como “un semanario católico- piadoso o catequístico”, pues estaba orientado al pueblo, “tanto a
grandes como a pequeños, a los de perversas costumbres como a los que practican las virtudes
cristianas”.16 De esta manera, el catolicismo acogió una herramienta de la modernidad para criticar a la modernidad misma, contrarrestando las lecturas de carácter liberal, políticas, masónicas y protestantes, las cuales juzgaban nocivas para el pueblo cristiano, con mayor circulación
que los “buenos escritos”.
En ese sentido, La Luz fungió como una plataforma de difusión que legitimó las prácticas
caritativas y sociales que llevaban a cabo las asociaciones católicas de orientación filantrópica,
como las Hijas y las Hermanas de la Caridad de la Conferencia San Vicente de Paul, las Sociedades Católicas de mujeres y hombres, portadoras de una cultura religiosa y de un conjunto
de valores conservadores, con base en la caridad, la piedad, la fe y la moral, que sentaron las
bases de la acción social católica en el espacio público. En repetidas ocasiones, el periódico
cuestionó las disposiciones liberales del gobierno. Sus páginas hicieron eco de los acontecimientos anticlericales practicados por el gobierno federal y estatal cuando se elevaron a rango
constitucional las Leyes de Reforma en 1873, lo que desencadenó una serie de protestas y manifestaciones por parte de los fieles en todo el país.17 También podemos mencionar el apoyo que
manifestó hacia las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul, que fueron expulsadas del
13 El periódico tenía corresponsales que lo distribuían en los municipios de Linares, Parras, Dr. Arroyo, General Terán, Montemorelos,
Villaldama, Bustamante, Abasolo y Lampazos, véase La Luz, 1 de julio de 1873, no. 21, p. 1 y 4.; de acuerdo con Erasmo López Torres, el
primer número de La Luz salió el martes 10 de diciembre de 1872 y el último el 30 de enero de 1881.
14 Arno Burkholder de la Rosa, “El periódico que llegó a la vida nacional. Los primeros años del diario Excelsior, (1916-1932)”, en Historia
Mexicana, vol. 232, no. 4, abril-junio 2009, pp. 1377.
15 La Luz. Periódico religioso de literatura, ciencias, artes y anuncios, 10 de noviembre de 1873, no. 34, p. 4.
16 Ibid, 29 de enero de 1876, p. 2.
17 La Luz, 1 de mayo de 1875, no. 21, p. 2.

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país en 1874. Todo esto tuvo resonancia en La Luz, que siguió de cerca las acciones de los fieles:
por ejemplo, la manifestación del 19 de diciembre de 1874, donde miembros de la sociedad exigieron al Congreso del Estado la revocación de las leyes, por considerarlas persecutorias de la
religión católica:
Nos limitamos por ahora a dos observaciones de sentido común: primero, que es una
ley de persecución abierta a la religión católica que profesa una inmensa mayoría de
la República […] y está en la conciencia de todos los mexicanos y aun de los extranjeros, que si se consultare el voto público, se hallaría el más enérgico reproche, pues la
ley ejerce presión sobre la libertad de conciencia del culto […] y lastima de una manera
dolorosa el sentimiento general de la Nación, suprimiendo una de las instituciones más
benéficas que abriga como fruto natural el catolicismo: las Hermanas de la Caridad.18
En suma, este periódico ayudó a conformar una representación social en torno a las prácticas
culturales, económicas y políticas de los católicos nuevoleoneses de finales del siglo XIX. A
través de sus páginas, La Luz no solo funcionó como un medio de comunicación religiosa,
sino como un actor social y político que reflejó las tensiones entre Iglesia y Estado, así como
las preocupaciones morales y espirituales de una parte significativa de la sociedad nuevoleonesa. Su discurso evidenció la intención de orientar a los fieles, legitimar las acciones caritativas de las asociaciones católicas y denunciar aquellas disposiciones gubernamentales
percibidas como una amenaza a la fe y a la libertad religiosa. En este sentido, el periódico se
constituyó en una plataforma de resistencia simbólica y cultural frente a los proyectos liberales del Estado mexicano.
Explorar esta clase de publicaciones permitirá profundizar en el conocimiento de las estrategias discursivas de la Iglesia, su adaptación a la modernidad y su papel en la construcción
del espacio público, abriendo nuevas líneas de investigación dentro de la historia religiosa y
cultural de la región.

18 Ibid, 13 de febrero de 1875, no. 10, p. 2. Las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul, fue una orden religiosa de origen francés
que se establecieron en la diócesis de Linares hacia 1850.

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Hemerografía:
La Luz. Periódico religioso de literatura, ciencias, artes y
anuncios (1872-1881).

Bibliografía:
Burkholder de la Rosa, Arno, “El periódico que llegó a la
vida nacional. Los primeros años del diario Excelsior,
(1916-1932)”, en Historia Mexicana, vol. 232, no. 4,
abril-junio 2009, pp. 1369-1419.
Cavazos Garza, Israel, Diccionario biográfico de Nuevo
León, T. I y II, Monterrey, N.L., Universidad Autónoma
de Nuevo León, 1984, p. 113.
Ceballos Ramírez, Manuel, Historia de Rerum Novarum
en México, (1867-1931), T.1, México, Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana, 2004.
Espinosa Blas, Ma. Margarita, El Nacional y el Hijo del
Ahuizote: dos visiones de la independencia de Cuba,
1895-1898, Michoacán, Instituto de Investigaciones
Históricas/Universidad Michoacana de San Nicolás
Hidalgo, 1998.
González, Héctor, Siglo y medio de cultura nuevoleonesa, Monterrey, N.L., Gobierno del Estado de Nuevo
León, 1993.
Ordoñez, Plinio D., Bibliografía del estado de Nuevo
León, 1820-1946, Monterrey, N.L., Impresora Monterrey, 1946.
Torres López, Erasmo, “La Luz el primer periódico religioso de Monterrey, (1872-1881)”, en La Gazeta del
Saltillo, año V, núm. 11, noviembre, 2003, p. 5.
Toussaint Alcaraz, Florence, Escenario de la prensa en
el Porfiriato, México, Universidad de Colima/ Fundación Manuel Buendía, 1989.
Vizcaya Canales, Isidro, Los orígenes de la industrialización de Monterrey: una historia económica y social
desde la caída del segundo imperio hasta el fin de
la Revolución (1867-1920), Monterrey, N.L., Archivo
General del Estado de Nuevo León, 2001.

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“Antes de aparecer en las bibliotecas,
soñamos con ser eternos”.
Periodismo cultural y formación literaria en el
suplemento “Aquí Vamos” de El Porvenir (1982-1992)
Ivonne Acosta Neira1
Resumen: El artículo examina la función de los suplementos culturales como espacios de formación literaria y profesionalización de escritores, a partir del caso del suplemento “Aquí Vamos” del periódico El Porvenir de Monterrey (1982-1992). La pregunta que orienta el estudio es si
estas publicaciones periódicas pueden constituir, más allá de su carácter efímero, rutas propias
de cultura regional y vías de democratización del discurso literario fuera de los centros hegemónicos. El corpus comprende el archivo del suplemento, los testimonios de sus colaboradores
y el recuento historiográfico de Escrito en el noreste, de Sergio Cordero. El estudio se apoya en
conceptos del campo cultural de Bourdieu y en los planteamientos de Sheridan y Bravo Aduna
sobre las funciones diferenciales entre periódicos, revistas y suplementos. El trabajo demuestra que “Aquí Vamos”, bajo la dirección de Jorge Cantú de la Garza, superó el sectarismo intelectual y convirtió la retribución económica en mecanismo de profesionalización que transformó
la escritura en oficio; su existencia reafirma que la cultura regiomontana se articula también
desde proyectos editoriales capaces de registrar, impulsar y dar sentido al quehacer artístico de
la región.
Palabras clave: suplemento cultural, periodismo cultural regiomontano, formación literaria,
descentralización cultural, campo intelectual
Literatura y periodismo representan dos maneras de entablar
relaciones entre la escritura y la vida.
La literatura ha perseguido la trascendencia;
el periodismo, dar cuenta de la realidad inmediata.
Víctor Barrera Enderle

Las revistas y suplementos culturales han sido una plataforma para encaminar a nuevos escritores en su trayectoria como futuros críticos, narradores, ensayistas o poetas, forjando así
la escritura de quien apenas lanza sus primeros textos a sus lectores. Son espacios polifónicos
donde se incuba la voz de nuevas generaciones y un lugar de democratización de la palabra.
Sin embargo, no todas las publicaciones periódicas son iguales: cada una responde a enfoques
y temas distintos. Es necesario, entonces, distinguir entre las secciones culturales de los periódicos, las revistas y los suplementos culturales.
1 Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León.

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Sheridan sostiene que las revistas deben llenar brechas generacionales o, en su defecto,
acortar la distancia entre el aficionado y el profesional. Conectan los libros con los lectores
mediante su valoración dentro de una tradición literaria y funcionan como mediadoras entre
el lector especializado y el público general. En definitiva, una revista tiene un objetivo muy
distinto al de un libro: no busca el placer estético ni pretende perdurar; se genera para ser leída
en el momento. Lejos de ser efímera o reemplazable por el número siguiente, funciona como
registro de la recepción de la obra y da cuenta de lo que hacía el escritor cuando no estaba
publicando un libro.
Los contenidos varían entre publicaciones periódicas. En palabras de Bravo Aduna, “en periodismo cultural cabe la reseña de las actividades artísticas, las presentaciones de libros —que
sería producto de intelectuales—, cabe todo eso y cabe también, me parece, fijarse en los calcetines del pianista2, porque el periodismo se alimenta de lo nuevo y lo diferente.”
Los temas culturales que tocan las páginas del periódico se ven dispersos hasta la sección
de sociales y espectáculos. De ahí la dura crítica de Zaid hacia el periodismo cultural, donde
señala la falta de una aproximación crítica. El enfoque de un periódico, sin embargo, no es replicar el acercamiento que tiene una revista o suplemento cultural hacia determinado evento,
sino contextualizar el trabajo artístico, ofrecer información que otros medios no proporcionan y
atender lo que Bourdieu denomina sociología del arte.
En cuanto a revistas y suplementos culturales, ambos comparten una manera similar de
presentar un producto o evento artístico. En sus páginas se encuentran incluso textos de creación propia —cuentos, poemas y ensayos— que abordan temas de interés tanto para el autor
como para un público general. De este modo, revistas y suplementos parecen entregarnos el
mismo contenido que invita al lector a reflexionar sobre el arte y la cultura. El panorama artístico se ve complementado, así, con estas dos aproximaciones: una informativa y otra reflexiva.
Bravo Aduna lo explica con precisión:
Hay un periodismo cultural diario, digamos cotidiano, sobre todo a partir de los años
setenta para acá, que es un periodismo noticioso sobre el movimiento cultural. En tanto
que los suplementos se encargan de la reflexión de los fenómenos culturales y publican también obra de creación. Son dos funciones diferentes la de la página cultural diaria y las del suplemento. La función básica de las páginas culturales, o de las secciones
culturales, es la información, en tanto que los suplementos son más de reflexión sobre
los fenómenos que se siguen día a día. (23)
En México, la cultura se asentó en las páginas de los diarios de manera regular con la Revista
Moderna, fundada por Bernardo Couto Castillo y Jesús E. Valenzuela, que apareció de 1898 a
1903. Fue sucesora de la Revista Azul (1894-1896), fundada por Manuel Gutiérrez Nájera y Carlos
Díaz Dufoo. Estas revistas trazaron la trayectoria del modernismo en México y acompañaron la
política de modernización iniciada por Porfirio Díaz. Desde sus orígenes, cultura y política estuvieron fuertemente ligadas en las páginas de los diarios.

2 Se refiere al artículo “Periodismo cultural” que Gabriel Zaid publicó en el 2006 para Letras Libres. Donde critica el tipo de contenido cultural que abordan los periódicos, dando énfasis a elementos situacionales en lugar de enfocarse en la reflexión crítica sobre el producto
cultural que el artista presenta.

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Del vínculo entre instituciones educativas y
el periodismo cultural
Los conflictos armados que atravesaron a México a principios del siglo XX repercutieron en la
vida cultural. Una vez terminado el conflicto revolucionario y estabilizado el país, se dio prioridad a la educación. En Monterrey, Alfonso Reyes emitiría Voto por la Universidad del Norte desde
Petrópolis en enero de 1933, mientras cumplía sus funciones como diplomático en Brasil:
No penséis que basta añadir una escuela de ingenieros y otra de bellas artes a la de
médicos y a la de abogados, y envolverlas todas en cierto tejido conjuntivo, para crear
una Universidad. Entiendo más bien que la creación de nuestra Universidad significa
un cambio de acento a la atención pública: –la cultura, que antes crecía como al lado,
pasará a constituir el núcleo, el meollo. (Reyes 453)
Una década después se fundaría la UANL, institución pública que crecería al lado de una privada: el Tec de Monterrey. Durante sus inicios nacieron varios órganos de difusión vinculados
a estas instituciones: el anuario Universidad (1942-1961) y el boletín Armas y Letras (1944-1977),
acompañados de Interfolia (1953). El Tec de Monterrey, por su parte, publicó su revista Trivium
(1948). Dos años después, en 1950, se fundó la Facultad de Filosofía y Letras y, al año siguiente,
el semanario Vida Universitaria (1951).
El surgimiento de las universidades y de los estudios de Humanidades patrocinó la
aparición de revistas académicas dedicadas a la literatura, el siguiente paso lo darían
los grupos de artistas y escritores. Ellos empezarían, primero, con la publicación por su
cuenta de revistas literarias con un nivel de calidad más exigente, pero también con un
intento de liberarse de los rígidos parámetros de los estudios académicos y, más tarde,
buscando apoderarse de los primeros, modestos espacios dentro de la prensa de gran
tiraje. (Cordero 64)
Se iniciaron proyectos como La brújula, Kátharsis (1955-1960) y Apolodionis (1959-1967), llevados
a cabo por estudiantes de preparatoria y universitarios. Con el tiempo, estos proyectos auspiciados por las instituciones se independizaron para continuar como iniciativas más cercanas
al periodismo cultural que al trabajo editorial académico. Ejemplo de ello es “El grillo
verde” (1962-1963), suplemento cultural de El Porvenir que antecedió al “Aquí
Vamos” (1982-1992). Si bien no todas estas publicaciones tuvieron una vida
longeva, su práctica entrenó a los jóvenes en el ejercicio del periodismo
cultural, y su legado se tradujo, en décadas posteriores, en la proliferación
de suplementos culturales.
En la capital del país, después de que se levantara el silencio por la masacre de Tlatelolco en 1968, los jóvenes buscaron hacerse de una voz en las páginas de las publicaciones periódicas. Estaban en juego el sistema político, la
libertad de expresión y la revolución sexual. Los canales tradicionales de comunicación ya no bastaban y surgieron publicaciones marginales que se convirtieron en las voces más escuchadas: las de Carmen Boullosa, Carlos Montemayor,
Ricardo Yáñez, Elsa Cross, Coral Bracho, María Luisa Puga, Marco Antonio Campos,
José Luis Rivas y Verónica Volkow, entre muchas otras.

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Si bien a partir de los setenta los suplementos tuvieron un repunte, otros ya existían desde
antes del 68. El primer gran suplemento cultural de México fue la “Revista Mexicana de Cultura”
(1947-1957), dirigida por Juan Rejano bajo las instrucciones de Fernando Benítez, que era director de El Nacional y conocía los suplementos culturales que se publicaban en Argentina. El gran
suplemento de los años cincuenta fue “México en la Cultura” (1949-1961), propuesto y dirigido
también por Fernando Benítez.

Latitud norte
El panorama regiomontano de la década de los ochenta parecía presentar un rezago respecto
a lo que sucedía en la capital. Había mucho material artístico que no lograba distribuirse por
toda la república, incluidos los libros. Lo que llegaba al norte era gracias a los viajes de amigos
o colegas a la Ciudad de México, quienes aprovechaban para traer discos o libros que no encontraban en provincia. Ese material circulaba entre conocidos y era la manera en que la cultura
viajaba más allá del centro del país.
Lo que sucedía en la capital fue replicándose poco a poco en el norte. Jorge Cantú de la
Garza formó el Centro de Escritores de Nuevo León después de recibir la beca del CME en 1960.
El “Aquí Vamos” se vio acompañado de otros suplementos culturales de la época: “El Volantín”
(1981-1989), de El Diario de Monterrey, dirigido por Luis Martín; “Ensayo” (1982), de El Norte, y
“Atril” (1985), de Tribuna de Monterrey.
Lo que distinguió al “Aquí Vamos” desde sus inicios fue su voluntad de transformar un panorama cultural al que tachaban de desértico. La nota editorial del primer número lo expresa con
claridad: “Desde nuestras diversas posiciones, quienes hemos advertido del desierto cultural
por el que transitoriamente atravesamos, queremos contribuir a informar y dar a conocer las
manifestaciones culturales que ocurren en nuestro ámbito y también las que ocurren en otras
latitudes” (Aquí Vamos, núm. 1).
Aunque Monterrey ya contaba con una vida cultural activa, las manifestaciones estaban
dispersas y necesitaban de un medio que reuniera a escritores y artistas para presentarlos
ante un público masivo. El suplemento tuvo, además, la iniciativa de dejar de lado el
chauvinismo con el que las publicaciones locales suelen resguardarse,
apostando por descentralizar la cultura y dar visibilidad a lo que
sucedía en provincia.
En Escrito en el noreste, Sergio Cordero narra el fenómeno que
representó el “Aquí Vamos” en el panorama cultural regiomontano y
cómo logró sobrevivir una década de emisión ininterrumpida en un
ambiente aparentemente hostil para la cultura. El suplemento logró
superar, explica, dos grandes obstáculos que enfrenta cualquier publicación de este tipo: el sectarismo intelectual —la tendencia de los
grupos cerrados a construir revistas o suplementos con las mismas
convicciones ideológicas— y la disciplina necesaria para sostener la
publicación semana a semana.
El director del “Aquí Vamos”, Jorge Cantú de la Garza, reunió a un
grupo diverso de escritores —poetas, críticos, cronistas, artistas plás-

79

�interfolia
ticos y filósofos— para dar vida al suplemento. Entre sus páginas se formaron las plumas de
Mario Anteo, José Alvarado, Rosaura Barahona, Nazario Sepúlveda, Roberto Escamilla, Sergio
Cordero, Dulce María González, Eligio Coronado, Arnulfo Vigil, Eduardo Zambrano, Héctor Alvarado y Humberto Salazar, entre muchos otros. Algunos colaboraban semanalmente; otros,
de forma esporádica. El incentivo para mantener la constancia era una retribución económica.
Ese pago convirtió a los escritores en profesionales: su escritura les aportaba ingresos, y
gracias a eso, muchos comenzaron a verla más como un oficio que como un pasatiempo. Ganar
dinero a través de la escritura los obligó a ser más cuidadosos al elegir los temas y el modo de
abordarlos, pues su trabajo dependía también de sus lectores.
En los primeros números del suplemento no había secciones definidas; cada quien colaboraba cuando podía. Con el tiempo se delimitaron columnas fijas. La crónica y la crítica cinematográfica las consolidaron principalmente Nazario Sepúlveda y Roberto Escamilla; la cobertura
teatral estuvo a cargo de Dulce María González y Clara Eugenia Flores. José Francisco Villarreal
formó su columna “Decíamos ayer...” y José Jaime Ruiz editorializaba en “Las palabras y los días”.
La crítica literaria tuvo también un espacio destacado. Sergio Cordero firmó bajo el seudónimo Omar Aurelio Araxis —y otras veces con su propio nombre— en la columna “Taller literario”.
Creó además la columna de crítica “Bitácora”, firmada como Bartleby, e inició con José Jaime
Ruiz la columna “Poesía adentro”, donde se añadía un comentario crítico a piezas de los mejores
poetas de cualquier época y latitud.
También se trabajó la traducción. Jorge Cantú de la Garza, Héctor Alvarado y Margarito Cuéllar traducían del portugués; Miguel Covarrubias, del alemán y el francés; Humberto Salazar,
Gerardo Mejía y Daniel Cassini, del inglés, y Sergio Cordero, del latín y el inglés. Un acuerdo con
agencias de periodismo y revistas de prestigio como Vuelta, Proceso y La Jornada permitió reproducir en las páginas del “Aquí Vamos” a grandes firmas de la literatura y el periodismo, tanto
nacionales como extranjeras.

Una cartografía cultural en renovación
El periodismo cultural exige una gran vocación, pues no es un producto de consumo masivo.
Se ve constantemente amenazado por cuestiones logísticas y económicas: crear y mantener
la continuidad de una publicación demanda muchos recursos y, sin la experiencia para sostenerla, termina por desaparecer. Pero que una publicación deje de circular no significa que haya
fracasado. Los suplementos, como observa Humberto Musacchio, cumplen con vidas cíclicas.
La cita que recoge Bravo Aduna es elocuente al respecto:
Siento que a veces con el suplemento llegamos a eso. Si siempre escriben los mismos,
de veras no da para tanto. Se pierde una esencia. Ni modo, el periodismo es para agarrar, leerlo un día con mucho interés y al día siguiente tirarlo a la basura y agarrar el
nuevo. (Bravo, 2015)
La cultura es un concepto móvil y, por lo tanto, el periodismo cultural debe estar en evolución
constante. Lo que entendía por suplemento cultural la generación de los cincuenta es muy diferente de lo que entendió la de los ochenta. Los colaboradores del “Aquí Vamos”, en su mayoría

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�interfolia
jóvenes universitarios que aún no llegaban a los treinta años, hicieron de su escritura un oficio
que les permitiera vivir de ella. Algunos de sus textos, aparecidos por primera vez en papel
revolución, terminaron décadas más tarde en el catálogo de una biblioteca. Antes de que sus
nombres figuraran en los anaqueles, aparecieron en ese medio efímero y muchas veces injusto
para quien hace de la escritura su forma de vida.
El suplemento cultural como vínculo entre el lector especializado y
el público general ya no tiene la misma fuerza que en el siglo XX. Sin
embargo, eso no significa que los temas que abordó hayan desaparecido: simplemente son otras plataformas las que albergan ahora esas
voces nuevas. Los suplementos culturales siguen existiendo y en muchos de ellos se encuentran muestras de nuevos talentos; promotores
y gestores han encontrado, además, en la tecnología un nuevo aliado,
pues la distribución digital puede llegar más lejos y a menor costo.
La diferencia en la cantidad de publicaciones periódicas entre el
centro y el norte del país sigue siendo considerable. Pero la existencia de revistas y suplementos que aún permean en la región norte da
muestra de los esfuerzos por descentralizar el discurso cultural. Leer
lo que se escribió en otras latitudes del país significa poner énfasis en
diversificar la identidad cultural y generar nuevos espacios de diálogo.
Analizar el fenómeno que fue el “Aquí Vamos” no solo permite dimensionar su aporte cultural, sino reconocer la diversidad expresiva que
ya existía en el norte y demostrar que se crearon rutas propias, hechas
para dialogar con el entorno social y artístico de la región. Su existencia reafirma que la cultura en Monterrey no solo se articula desde las
instituciones educativas, sino también desde proyectos editoriales
que, como este, registran, impulsan y dan sentido al quehacer cultural
de la región.

Referencias:
Bravo Aduna, Raúl. Ya somos todo aquello contra lo que luchábamos a los veinte años: una breve estampa sobre el
estado de los suplementos culturales mexicanos. CIDE, 2015, hdl.handle.net/11651/566.
Cordero, Sergio. Escrito en el noreste y otros textos de literatura regional. CONARTE, 2008.
Covarrubias, Miguel. “Jorge Cantú de la Garza.” Desde el cerro de la silla, UANL, 1992.
---. “Sergio Cordero.” Biblioteca de las Artes de Nuevo León, tomo I, CONARTE, 2013.
Reyes, Alfonso. Voto por la Universidad del Norte. FCE, 1996.
Sheridan, Guillermo. Los contemporáneos ayer. FCE, 1993.
Torres García, Odilia. “Fernando Benítez y la edición de los primeros suplementos culturales de México en el siglo
XX.” Ciencia Nicolaita, no. 72, 2018, doi.org/10.35830/cn.v0i72.350.

81

�br izna s

82

La última escala del Tramp
Steamer, novela lírica
Agustín García Gil
El presente trabajo intenta explicar qué elementos y Jamaica, México, Canadá, etcétera), y a la vez que
procedimientos de composición hacen de La última recorren las variadas geografías, también trazan un
escala del Tramp Steamer una novela lírica.
recorrido espiritual. La aventura es interior. Al inicio
de la novela, el poeta que narra la historia observa a
La novela lírica moderna es un género híbrido la distancia San Petersburgo, desde Finlandia. Con
(fusión de géneros y discursos narrativos), que se el espectáculo vive una emoción y algo imprevisto
desarrolla a partir del Romanticismo. No todas las también, una alianza con el Tramp Steamer.
novelas líricas de los siglos XIX y XX lo son del mis- Así, el suceso externo provoca una aventura de
mo modo, ni por las mismas razones. Se trata de un la sensibilidad, y pone de manifiesto una zona
género en proceso de desarrollo, como lo es en tér- inexplorada de la propia geografía interior. “El
minos generales toda la novela moderna. Así, este Tramp Steamer me había dejado en una realidad
trabajo no consiste en identificar en la novela de tan ajena a este presente escandinavo y báltico, que
Álvaro Mutis los recursos, métodos y elementos lí- más valía callar.”1
ricos enlistados previamente en algún manual, sino
en poner de relieve, apoyado en los ensayos y estuLa aventura del poeta iniciada ahí, con el encuendios señalados en la bibliografía, el lirismo propio tro del Tramp Steamer en Finlandia, termina con la
de esta novela.
lectura que nosotros, lectores reales, hacemos de la
novela La última escala del Tramp Steamer; ya que el
El trabajo se divide en cinco partes, que abordan poeta narrador sobrevive a la aventura para contardiferentes aspectos de La última escala del Tramp la. Y aunque está dedicada a su amigo G.G.M., al ser
Steamer. La primera y la segunda partes destacan la editada, sus destinatarios también somos nosotros.
naturaleza de la historia narrada y su conexión con
el acto comunicativo de La última escala del Tramp
La aventura que termina siendo un acto de coSteamer, en su funcionamiento social como novela municación literaria (escritura-lectura), se compoeditada. La tercera, establece los diversos niveles de ne a partir de encuentros:
este acto de comunicación. La cuarta señala algua) Encuentro del poeta con el mundo. “Le conté
nos elementos del universo representado. La quinmis encuentros con el Alción y lo que significata y última presenta las conclusiones del trabajo. Se
ron para mí, como también la solidaridad feranexa, además, una bibliografía.
viente que acabó despertándome.”2
b) Encuentro del poeta con el Tramp Steamer.
c) Encuentro del poeta con Jon Iturri.
d) Encuentro de Jon Iturri con Warda.
La última escala del Tramp Steamer es una novela de
e) Encuentro del poeta con cada uno de nosotros
la errancia. Sus personajes van de una parte a otra
(lectores reales).
(Finlandia, Costa Rica, Portugal, Líbano, Panamá,

I. La errancia

1 La última escala del Tramp Steamer, p. 17.
2 Ibid., p. 46.

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II. El orden secreto
del mundo
El narrador de La última escala del Tramp Steamer tiene una vida cotidiana: es poeta y trabaja
en una empresa petrolera. Esta zona de su vida
tiene un orden. En ella, él decide y dispone. Va
a Finlandia a una reunión de expertos en publicaciones internas de las compañías petroleras, y ahí decide contemplar San Petersburgo.
En esa aventura, emocionante sin duda pero
prevista, se le aparece el Tramp Steamer, que le
libera sus fantasmas interiores. Este incidente
nos descubre otras zonas de su vida, en las que
él no dispone, y a las que asiste sorprendido.
El mundo es un territorio virgen que constantemente sorprende al viajero. Está hecho de
mar y aire y selva y ríos y ciudades transitables.
Se puede viajar en avión, barco o automóvil, el
resultado es el mismo: siempre se desemboca
en el prodigio.
Al encontrarse el poeta con Jon Iturri, capitán del Tramp Steamer, éste también ha
vivido aventuras interiores. Al igual que el
poeta, Iturri en su errancia se ha reconocido
y encontrado a sí mismo. Hay diferencias entre ambos, sin embargo. Al encontrarse, Jon
Iturri ha concluido sus aventuras. En su peligroso encuentro con el otro (caracterizado por
una mujer joven, guapa y libre), ha sucumbido. Para él sólo queda la errancia. El poeta, en
cambio, al encontrarse con Iturri enriquece su
aventura y va más lejos. El poeta sobrevivirá
a este encuentro para narrarlo y darle así un
sentido a la errancia.
Se vaga sin meta aparente, pero la errancia
algunas veces, cuando menos en esta novela,
obedece a un diseño secreto, y cuando este diseño se pone de manifiesto, su destino último
es ser expuesta en forma de relato.

El poeta en su encuentro con el mundo está
expuesto a otras aventuras que él no diseña. El
mundo le ofrece misteriosamente un itinerario
secreto. El no fue a Finlandia solamente a una
reunión de empleados de compañías petroleras, sino a encontrarse con el Tramp Steamer y
cumplir con su destino.
Transitar por el mundo es reconocer el milagro, dar fe de la maravilla. Tener conciencia
del mundo es intuir un sentido más hondo
que el práctico que le da a nuestro intelecto.
“El azar me depararía aún dos encuentros con
el itinerante carguero hondureño. Pero ya con
los dos primeros, su derrumbada presencia
había entrado a formar parte de esa familia de
visitaciones obsesivas, detrás de las cuales se
esconden, palpitan y fluyen los resortes del
impreciso juego cuyas reglas cambian a cada
instante y que hemos dado en llamar destino.”3

3 Ibid., p. 24.

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El encuentro con el mundo produce el en2) Novelas de confesión. Estas parten de
cuentro con uno mismo. El poeta, al contemalgo que no es novela: las Confesiones de
plar el mundo, adquiere conciencia del mundo
San Agustín. Es en el siglo XVIII cuando
interior, que también está hecho de misterio.
este tipo de novelas alcanza su madurez.
El poeta habita resignado el misterio. No se
El género se justifica en la necesidad que
angustia, se sitúa en él como espectador privila vida tiene de expresarse. Su forma es
legiado, habituado a ser seducido y hechizado
siempre el relato de un sujeto que se revela
por el mundo. El poeta al narrar su encuentro
a sí mismo.
con Jon Iturri, reflexiona acerca del orden se3) Novelas de la errancia. Estas provienen
creto del mundo: “Hay coincidencias que, al
de la edad clásica latina. Sus modelos son
violar toda previsión posible, pueden llegar a
Satiricón de Petronio y El asno de oro de
ser intolerables porque proponen un mundo
Apuleyo. Su elemento esencial es el camidonde rigen leyes que ni conocemos ni perte4
no. Al camino salieron los personajes de esnecen a nuestro orden habitual.” También Jon
tas novelas latinas y también los héroes de
Iturri tiene conciencia de este orden, que no es
las novelas caballerescas medievales, y el
el habitual: “Tengo que asimilar un poco esta
pícaro de la novela española del siglo XVI.
obra del azar que nos une de repente por encima del circunstancial encuentro en este reEs necesario señalar que estos tres géneros
molcador. Venimos juntos desde mucho tiemse formaron en parte utilizando y refundienpo atrás, de mucho más lejos.”5
do en su estructura numerosos géneros narrativos más antiguos. En La última escala del
Tramp Steamer, estos tres géneros señalados
están fusionados de tal manera en armonía,
La novela La última escala del Tramp Stea- que uno da pie a los otros y sólo se explica a
mer puede ser entendida como una suma partir de ellos.
de diálogos.
b) Diálogo de La última escala del Tramp
a) Diálogo entre géneros. Esta novela de Ál- Steamer con otras obras de Álvaro Mutis.
varo Mutis está organizada a partir de tres gé1) En esta novela también aparecen el Ganeros novelísticos. Veamos los elementos que
viero y Abdul Bashur.
los componen y de qué manera están fusionados en La última escala del Tramp Steamer.
2) Warda, como figura de una mujer independiente está próxima a las mujeres de
1) Novelas de aventuras. Las primeras nootras novelas de Mutis (Flor Estévez, Ilona,
velas de aventuras son griegas (Las etiópiAmparo María).
cas, de Heliodoro; Dafnis y Cloe, de Longo,
etcétera). En ellas, las acciones de la histo3) La desesperanza, notable en toda la obra
ria se desarrollan en un espacio geográfico
de Mutis, aparece en Jon Iturri.
muy amplio y variado, generalmente en varios países separados por el mar. Y en ellas,
4) La errancia, que aparece en toda la prolo importante es la acción por la acción
ducción de Mutis, caracteriza a los persomisma (búsquedas, raptos, batallas, naunajes de esta novela.
fragios, cautiverios, ataques de piratas…).
Toda la novela parece responder a la pregunta “¿qué sigue?”.

III. Dialogismo

4 Ibid., p. 46.
5 Ibid., p. 47.

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5) El paisaje (el mar, el trópico) presente en
otras novelas del autor, también compone
el mundo representado en esta novela.

IV. Imágenes
La última escala del Tramp Steamer ofrece
un conjunto de imágenes de objetos con los
que el narrador va poblando el mundo representado. No todos los objetos son materiales
y algunos que sí lo son, les corresponde una
imagen espiritual. A continuación se enlistan
algunas de las imágenes más notables que
presenta la novela.

c) Diálogo del Yo narrador y el mundo.
Cuando el poeta va a Finlandia para asistir a la
reunión ya citada en este trabajo, no es la reunión lo que narra, sino su encuentro con el paisaje helado. “Me senté en el borde del parapeto
de granito que protegía la cinta asfáltica y, con
los pies colgando sobre el espejo de acera de
las aguas, quedé embebido en la contemplaa) Imagen del Yo. El poeta habla en primera
ción de un milagro que estaba seguro de que
persona. De sus rasgos físicos nada sabemos.
nunca más se repetiría en mi vida.”6
Tampoco nos habla de su pasado. Nos dice en
d) Diálogo del Yo con el Otro. El poeta se cambio que viaja gracias a su trabajo en una
reconoce en Jon y gracias a esto su aventura compañía petrolera y a que lo invitan a leer su
con el Tramp Steamer se define con claridad. poesía. Sabemos de su afición a la buena co“Hay algo que me pasa a mí primero y después cina y a las bebidas alcohólicas. Sabemos que
algo que me narra y encaja con lo que me cree en el azar y en el destino, y que le gusta
extasiarse en el paisaje. Es buen interlocutor y
sucedió a mí.”7
sabe contar ordenadamente las aventuras que
Jon Iturri al encontrarse con Abdul Bashur vive. Es culto, emotivo y confiable.
y el Gaviero se convierte en capitán del Tramp
b) Imagen del cuerpo. Los cuerpos descriSteamer, y posteriormente en amante de Warda. El no sobrevive a esa aventura. “Jon Itu- tos con mayor detalle son los cuerpos femenirri en verdad dejó de existir. A la sombra que nos. La mujer del yate en Punta Arenas posee
anda por el mundo con su nombre nada puede un cuerpo perfecto. Warda también posee una
belleza completa. Ambas son altas, de piernas
afectarle ya.”8
largas. Además de los cuerpos se representan
e) Diálogo entre La última escala del Tramp la risa y la voz de ambas, así como el vestuario
Steamer y el lector. “Tuve la resuelta intención que las cubre.
de contársela a alguien que, en esto de narrar
c) Imagen del mundo. Dijimos que el
las cosas que le pasan a la gente, se ha mani9
mundo en La última escala del Tramp Steamer
festado como un maestro.”
está formado por agua (puertos, ríos), selvas y
Según lo expresa el mismo texto de la no- ciudades. Del agua se presenta solamente la
vela, ésta fue escrita para G.G.M., quien resul- superficie. Refiriéndose al delta de Amacuro,
ta el lector ideal de la novela. Pero dado que el narrador dice: “El familiarizarse con tan
Álvaro Mutis la entregó para su publicación a espléndido laberinto puede tomar varios
Ediciones del Equilibrista, el poeta-narrador años.”10 El mundo ofrece rutas que a menudo
dialoga con los diversos lectores reales.
6 Ibid., pp. 14-15.
7 Jaramillo, Ana María. “Entrevista con Álvaro Mutis. Las mujeres del Gaviero”, p. 18.
8 Mutis, Álvaro. Op. cit., p. 51.
9 Ibid., p. 11.
10 Ibid., p. 32.

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se cierran, o rutas que sólo pueden transitarse
El lenguaje que sirve al narrador para reuna vez.
presentar un mundo, es así mismo objeto de
representación. Lo mismo que el oral. Con el
d) Imágenes del lenguaje. Están represen- lenguaje se crean juegos de imágenes y el lentados varios lenguajes. El lenguaje literario del guaje en sí es una imagen. Otras imágenes que
poeta, narrador de la historia, y de los diversos conviene destacar de la novela son: la imagen
lenguajes orales (el de la mujer del yate, el de del alma, la imagen de la cultura (ciudades, veJon Iturri).
hículos, comida, bebida, costumbres) y la imagen de la errancia.
La prosa del poeta es lírica. Sirvan de ejemplo las siguientes frases:

V. Conclusiones

Los pies colgando sobre el espejo de acero
de las aguas.11
Hay lirismo en el lenguaje utilizado por Álvaro
Mutis en esta novela, como pudo comprobarse
Recostado en un muelle, como un perro en en el apartado IV. Sin embargo, este lenguael umbral de una puerta tras una noche de je poético es una representación del lenguaje
hambre y fatiga.12
del poeta, el narrador de La última escala del
Tramp Steamer. Es la manera en que un persoEl pelo negro, azulado, de una densidad naje de la novela se expresa.
de miel.13
“Más allá de lo real y del culto a lo real,
Helsinki estaba, en efecto, como paralizada una fiebre, no obstante, se apodera a veces
dentro de un translúcido e inviolable cris- del relato, lo arranca de la trivialidad, le da un
tal, a cuarenta grados bajo cero.14
aliento que ya no es el de la transcripción hábil
y fiel. Se hablará entonces de ‘novela lírica’.”16
Con lentitud de un saurio malherido.15
Este caso expuesto por Albéres es también el
Otro aspecto destacable de este lenguaje, de la La última escala del Tramp Steamer. En
es su abundantísima adjetivación. Tómese efecto, la novela de Álvaro Mutis no contiene
como ejemplo la adjetivación presente en la pintura fiel y objetiva de un mundo ante el
una sola página, la 12: severo juicio, publica- cual reaccionan los personajes. La novela de
ciones internas, compañías petroleras, pági- Álvaro Mutis, por el contrario, fusiona hombre
nas inolvidables, razones suficientes, mirí- y mundo.
fica aparición, doradas cúpulas, imponente
Si la novela La última escala del Tramp Steamaravilla, argumentos suficientes, terrible
mer es lírica por su lenguaje, también lo es por
perspectiva, translúcido e inviolable cristal,
la aventura interior de sus personajes; por la
parques sepultados, nieve marmórea, mocorrespondencia entre los objetos del munnumentos públicos.
do y el yo más íntimo. “De la ambigua relación
entre narración y lirismo podemos obtener un
significado general para la novela: el desafío
11 Ibid., p. 14.
12 Ibid., p. 27.
13 Ibid., p. 58.
14 Ibid., p. 12.
15 Ibid., p. 15.
16 Albéres, R.-M. Historia de la novela moderna, p. 267.

86

�interfolia
de reconciliar lo ‘interior’ y lo ‘exterior’ entre
sí y esto con las exigencias del arte.”17 Es, dice
Álvaro Mutis, “de todo lo que yo he escrito en
prosa, lo que más me satisface: Precisamente
por esa armonía entre el fondo y la forma.”18 Dicho en otras palabras, en La última escala del
Tramp Steamer, un tema lírico es comunicado
con un lenguaje lírico.
Maestría en Letras Españolas, 1991.

17 Freedman, Ralph. La novela lírica. Hermann Hesse, André Gide,
Virginia Woolf, p. 31.
18 Jaramillo, Ana María. Op. cit., p. 18.

Bibliografía:
Albéres, René-Marie. Historia de la novela moderna, primera edición, UTEHA, México, 1996.
---. Metamorfosis de la novela, primera edición, Taurus
Ediciones, España, 1971.
Cohen, Jean. Estructura del lenguaje poético, primera
edición, Editorial Gredos, España, 1996.
Freedman, Ralph. La novela lírica. Hermann Hesse, André Gide, Virginia Woolf, primera edición, Barral Editores, España, 1972.
Jaramillo, Ana María. “Entrevista con Álvaro Mutis. Las
mujeres del Gaviero”, en La Jornada Semanal, México, número 10, nueva época, agosto 20, 1989, pp.
13-19.
La última escala del Tramp Steamer, segunda edición,
Ediciones del Equilibrista, México, 1990.

87

Nota de los
editores:
Este artículo fue publicado
originalmente en Deslinde.
Revista de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo
León, vol. 11, núms. 35-36,
enero-junio de 1992. Agustín García Gil fue docente
y coordinador de carrera
en la Facultad de Filosofía
y Letras de la UANL entre
1987 y 2007. El texto se reproduce con autorización
del autor como parte de
una iniciativa de rescate
editorial orientada a devolver a la circulación trabajos
de artistas e intelectuales
que, desde su labor universitaria, fomentaron el pensamiento crítico.

�r e t r at o s r e a l e s e i m ag i n a r io s

88

Vivir en casa de Lezama
Alberto Lauro

En dos ocasiones fui huésped en la casa de Lezama.
Su viuda, María Luisa Bautista Treviño, conocía a mi
familia paterna. Lo descubrimos cuando el Padre
Gaztelu nos presentó. En La Habana se llamaba María Luisa Bautista, para las familias holguineras era
simplemente “Cachita”. Su madre, María Treviño, fue
una misionera cuáquera mexicana que llegó a Cuba
con diecinueve años por el puerto de Gibara, el 14 de
noviembre de 1900. Allí, a principios del siglo pasado, fundó el Colegio “Los Amigos”. Cuando en 1902,
Estrada Palma regresó a la isla después de su destierro, ya investido como Presidente de la naciente
República de Cuba, desembarca por la bahía de Gibara –por ese mismo lugar había salido al exilio-, y
la joven maestra religiosa, junto a la población de la
pequeña localidad, con su coro de niños, lo recibe.
Un año después fundaría el mismo colegio en Banes, se casaría con don Elpidio Bautista y tendrían a
Joaquín, Andrea y a “Cachita”.

Al cabo de los años, la hija de la misionera, ya
como profesora de Literatura y amiga de Eloísa Lezama Lima, terminará casándose con Lezama (el 5
de diciembre de 1964), a quien admira y cuya obra
conoce bien. Lo hace a petición de la madre del
poeta, doña Rosa Lima, en su lecho de muerte. Para
doña Rosa, María Luisa era como una hija y no quería que su hijo quedara desamparado. Sus otras hijas, Eloísa y Rosita, se habían marchado ya al exilio.
A Trocadero No. 162 se mudaron en 1929, cuando
Lezama tenía diecinueve años. Antes habían vivido
muy cerca de allí, en una inmensa casona en el Paseo del Prado No. 9, que Lezama recrea en las primeras páginas de Paradiso. Diez años antes, en 1909,
había muerto el Coronel Lezama, en Fort Barrancas,
Pensacola, y la viuda y sus huérfanos se trasladaron
con sus muebles a otra casa más modesta.

�interfolia
En 1977 me fui de Holguín a estudiar a La
Habana. Vivía en una enorme mansión en el
exclusivo barrio de El Laguito, en el Country
Club. Apenas conocía a nadie en la capital salvo a un compañero de estudios y al Padre Gaztelu. Él fue quien me presentó a Cachita y como
yo asistía a la misa dominical del mediodía de
la parroquia del Espíritu Santo, me presentó
allí a sus amigos. En dos ocasiones, por falta
de monaguillo, me tocó asistirle en oficios dedicados a Lezama cuando se cumplía un aniversario de su muerte. Fue así como de pronto
formé parte del círculo íntimo de amigos del
autor de Muerte de Narciso.
Pero en una ocasión, habiendo regresado
ya a Holguín y de visita en La Habana, el Padre Gaztelu me invitó a alojarme en su iglesia,
cuando el techo de la parte destinada a vivienda se derrumbó a consecuencia de un fuerte
aguacero. Fue entonces cuando pidió a María
Luisa, a quien todo el mundo llamaba por su
nombre y también yo en público, que me hospedara. Y ella accedió con gusto al saber por
mí mismo que era el nieto de su amigo de adolescencia, Aurelio Pino, juez de Cañadón, un
poblado del término de Banes, en la carretera
hacia la playa de Guardalavaca.
La casa de Lezama permanecía como él la
había vivido. En la primera ocasión me alojé
allí cinco días y apenas dormí, poseído como
estaba por el hechizo del lugar, consciente
del privilegio que para cualquiera representaba estar en aquel “templo de la imagen”.
Todo estaba imantado por la energía de aquel
alquimista de palabras que la habitara. Allí,
más que imaginarlo, lo veía como si estuviera vivo, oficiando en sus vigilias, fabulando,
hechizado como un gurú en su cripta. Demiurgo en su pequeño cuarto, al que llamaban sus familiares la “Gruta de Delfos”. Siempre escribiendo a mano con una caligrafía
muy peculiar. Yo no había cumplido veinte
años y ya me fascinaba su mundo, aunque
apenas lo entendiera. Sin embargo, leía embrujado por la música de sus palabras y me

dejaba llevar por lo que Gaztelu había definido como una “rauda cetrería de metáforas”.
Pintada la fachada con un gris ensombrecido por el hollín, cubierta de polvo, se accede a
la casa por una entrada custodiada por dos columnas semisalomónicas. Los enormes muebles apenas dejaban espacio en una sala que
reducían aún más, presidida por el enorme
retrato del Coronel Lezama en traje de gala y
empuñando un sable. Además, enmarcados se
veían los retratos de Góngora, Mallarmé y Martí. Las paredes despintadas estaban cubiertas
de cuadros, algunos adquiridos por Lezama
y otros recuperados de las colecciones de su
hermana Eloísa y su cuñado Orlando. Entre
los lienzos, los que recuerdo eran Los novios
de Arístides Fernández; Retrato de Eloísa, pintado por Mario Carreño, otro de Lezama realizado por Arche; unos gallos de Mariano; un
dibujo de Lozano representando a un hombre
desnudo, un San Francisco y algunas esculturas como peces de este mismo artista; El coche musical, de Cleva Solís; un óleo inconcluso
de una mujer, de Víctor Manuel; un galleguito
que había cortejado a una pariente de Lezama,
pintado por Cundo Bermúdez y, entre los más
jóvenes, sin espacio donde colgarlos, varios
grabados de Umberto Peña y unas piezas de
Martínez Pedro, Clara Morera y Sandú Darié.
Todas las habitaciones estaban llenas de
estanterías con filas dobles de libros, algunos
muy valiosos, como el firmado por Martí. Otros
exhibían las firmas de sus autores: Octavio
Paz, Wallace Stevens, Vargas Llosa, Goytisolo...
En total más de diez mil volúmenes y casi ninguno de obras teatrales.
Había mesas repletas de pirámides de papeles en donde se mezclaban cajas que contenían tabacos, llaves, lápices, plumas, aerosoles
contra el asma, botones, abridores de cartas,
estilográficas, bolígrafos con la tinta reseca,
carreteles de hilos, agujas, tarjetas de visitas
y cientos de cartas sin clasificar, escritas por
Juan Ramón Jiménez, María Zambrano, Adolfo Salazar, Julián Orbón, Cernuda, Zenobia

89

�interfolia
Camprubí, Carlos Fuentes, Vicente Aleixandre, Octavio Paz, Cortázar, y muchos autores
cubanos. Por supuesto, también de los poetas
de Orígenes, Loló de la Torriente, Eugenio Florit, Lydia Cabrera y una lista interminable. Los
resquicios que quedaban libres lo ocupaban
estatuillas, ceniceros, pequeñas tallas, miniaturas, piezas en jade de Buda y de Lao Tsé, un
dragón de marfil tallado que tenía una bola en
la boca y que era como un sonajero, piezas de
decoración chinas, indias, tibetanas, caracoles,
monedas... Todo ello, en un abigarramiento al
que se sumaba la humedad de las paredes y
un olor a gas de la calle que hacía la atmósfera
irrespirable. Me preguntaba cómo había podido vivir Lezama allí tantos años con su obesidad, el asma, la disnea y la depresión en la que
se sumió desde la separación de la familia, la
muerte de su madre y, luego, el juicio contra
Heberto Padilla.
Lezama escribía en una pequeña habitación
que daba a un cuartito de desahogo. Contigua
quedaba la cocina donde guardaba cientos de
cuadernos de recetas, muchas apuntadas a
mano, aunque no supiera ni hacerse un café.
En el cuartico del final, con su cama de adolescente, era donde yo dormía. En éste y en la habitación principal había unos mastodónticos
armarios repletos de ropa del escritor y la de
doña Rosa. Cuando la casa fue definitivamente
intervenida por el Estado, no se sabe a dónde
fueron a parar todas estas cosas.
No tenían televisión. Sólo un viejo radio por
donde escuchaban a veces música clásica y
emisoras internacionales como Radio Nacional de España, Radio Francia Internacional y,
muy bajo, para que los vecinos –que de día les
hacían la vida imposible con ruidos y la basura
que arrojaban al patio central– no los oyeran:
La Voz de los Estados Unidos de América y su
programa “Cita con Cuba”.
A Cachita le pedí que me dejara ayudarla a
organizar un poco durante los días que me iba
a quedar allí. Y accedió. Lo primero que hice
fue, en el primer patio interior, donde no había

ni una sola planta, montar numerosas tendederas con cordeles y colgar de ellos, como si
fueran ropa lavada, los cuadernos manuscritos de Paradiso, totalmente humedecidos y
algunos enmohecidos. Ella ni siquiera se imaginaba el estado en el que estaban. El primer
capítulo lo había pasado a máquina Antonia
Soler, los otros, Cachita y la vecina de enfrente,
la simpática Emilia. De noche, me ponía a revisar, a hurgar, a leer. No dormía. Salvo “secar”
la novela, casi nada se podía hacer. Cuando el
padre Gaztelu vino a verme para ir a tomar el té
con las hermanas de la pintora Amelia Peláez
y le respondí que prefería quedarme haciendo
lo que había comenzado, le oí decir algo que
repetía hasta el cansancio: “En este país tenemos que ser émulos de Job”.
En otro de mis viajes a La Habana, Cachita
me regaló el primer libro de ensayos de Lezama, Analecta del reloj, dedicado de su puño y
letra por el autor a su madre. Me lo ofreció con
la foto del día en que se casó, en donde aparecían Cintio Vitier, Fina y Bella García Marrúz,
Eliseo Diego, Octavio Smith que fue el notario
de la boda, los esposos Fernández de Castro,
Alejo Carpentier y su esposa Lilia Esteban, las
hermanas Peláez, entre otros. También me regaló unas plumas, un cenicero que es un cisne
con un baño de plata, varios abrecartas y algunas corbatas de Lezama que quedaban pues
casi todas se las había dado a Umberto Peña,
que las utilizó en sus Trapices. Me dio también
una foto de Lezama en todo ese ambiente, reinando como un monarca en un océano de papeles, realizada por Chinolope. Cosas que aún
conservo. Cuando le conté a Cintio y a Fina
lo generosa que había sido conmigo Cachita,
se quedaron demudados. Ellos querían tener
algo de Lezama. Fue entonces que les regalé el marcador que usó mientras estuvo en el
hospital y leía El acoso, de Alejo Carpentier, y
un libro de poemas de Cristina Peri Rossi. Yo
me negaba a aceptar aquellos objetos, pero
Cachita me obligaba diciéndome que ella
estaba enferma del corazón, que moriría en
cualquier momento y no estaba segura de que
alguien quisiera conservarlos luego. Son ob-

90

�interfolia
jetos que no considero como propiedad sino con el membrete del Museo de la Ciudad y
como simple depositario.
yo hice el índice –cuando organicé el archivo
de la Oficina del Historiador–, del inventario
A Cachita le ayudó en la clasificación otro completo de objetos, libros y cuadros que
joven que admiraba a Lezama, Roberto Pérez ellos encontraron. Ya para esa fecha faltaban
León. El empeño quedó a medias porque objetos y libros.
Roberto apenas tenía tiempo libre debido
Con nuestros poemas, Emilio y yo le hicia sus estudios; y poco después ella falleció,
no sin antes haberle prometido el entonces mos un homenaje a Lezama delante de la masMinistro de Cultura, Armando Hart, conservar carilla de su rostro y sus manos, pintados con
tal cual la vivienda y hacer de ella una Casa- un barniz verdoso muy desagradable pues
Museo. El caso fue que estuvo cerrada durante parecía putrefacto. Al principio me daba pavor
años, hasta que después de litigios, gestiones pasar de madrugada, a oscuras, cerca de ella,
desagradables e incomprensibles, la llave le pero después la compasión me hizo vencer el
fue entregada, con el aval de los Vitier, a Emilio miedo. Como había mucho incienso de rosas
de Armas, quien junto a su esposa, Lourdes –Lourdes era rosacruz, ocultista y bautista, leía
Marrero, se mudaron allí con la tarea de hacer lo mismo La Biblia que a Madame Blavatski o
un inventario exhaustivo. Como yo había Krishnamurti–, lo encendimos junto a unos cisido padrino de la boda de ambos y conocía rios. Cuando Lourdes limpió la casa tuvo que
perfectamente el lugar, vine con ellos a pasar echar montones de basura, y hasta en las gaunas semanas en la casa y por puro azar, me vi vetas de los muebles de la sala encontraba obdurmiendo, de nuevo, en la cama del Lezama jetos inútiles mezclados con cenizas de tabaco.
adolescente. Lourdes hizo un sistema de folios

91
Cortesía del autor

�interfolia
A finales de 1970, Lezama se había encerra______
do prácticamente en la casa. Allí se protegía
Texto cortesía de su autor, publicado origidel acoso de las autoridades y de los que le ennalmente en el libro Aldabonazo en Trocadero
viaban anónimos y le llamaban por teléfono a
162, William Navarrete, Regina Ávila (editores).
altas horas de la noche para amenazarle, insulEditorial Aduana Vieja, 2008.
tarle o darle noticias de falsas muertes de personas queridas. Hasta de día tenía que tener
las luces encendidas porque en su casa nunca
daba el sol. En diciembre era una nevera y en
verano un infierno. El suelo de la sala se hundía y el del baño, también. De día, los gritos de
los vecinos eran insoportables, y de noche, los
pleitos impedían dormir.
Durante la limpieza de Lourdes recuerdo
que rompí unas planillas de la Embajada de
Estados Unidos a medio llenar. Aunque Lezama no se fue de Cuba, creo que en sus horas de
desolación estuvo tentado a hacerlo. El pasaporte lo destruimos Emilio y yo. Antes de irme
yo de Cuba, con la aprobación familiar, reparé
y pinté con unos albañiles amigos a quienes
pagué en dólares –estaban prohibidos en esa
fecha– el panteón de la familia pues estaba rajado y el agua se le colaba dentro.
Ahora recuerdo cuando Cachita me decía
que, si quería que la policía se enterara de algo,
bastaba con llamarla y decírselo por teléfono.
Una vez hicimos la prueba. Ella me llamaría a
Holguín y me diría que haría una reunión muy
importante donde habría extranjeros, y que yo
debía asistir. Tenía que contestarle que traería
carne de res de contrabando, y le precisaba el
día y la hora en que llegaría a su casa. Pusimos
el plan en marcha y cuando venía yo doblando
por Prado para coger Trocadero, dos policías se
bajaron de un coche de patrulla, me detuvieron
y registraron todo lo que llevaba. Buscaban la
carne de res que era delito penado. Lo que encontraron fue una caja llena de guanábanas y
anones de los árboles del patio de mi abuela.
Cuando se lo conté, Cachita con una infinita
tristeza en sus ojos desgastados, me dijo: “Te
lo advertí. ¿Tenía razón o no?”

92

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Alberto Lauro Pino
Alberto Lauro es escritor, poeta y periodista cubano nacido en 1959. Tiene
estudios en Filología Hispánica por la Universidad de La Habana y la Autónoma de Madrid. Ha publicado numerosos libros de poesía y ensayos,
algunos de ellos premiados como el Premio Odisea 2004 por su novela En
Brazos de Caín. En 2011 obtuvo el XVI Premio Internacional de Poesía Luys
Santamarina “Ciudad de Cieza” con el poemario Hijos de Mortales. Residió
en Madrid desde 1993 y actualmente vive en los Estados Unidos.

93

�94

ojos de r e y e s
Las mujeres del Volcán
La llegada de la Liga MX Femenil al Estadio Universitario no transformó solo las gradas: abrió un espacio donde la efervescencia colectiva encontró una forma nueva, alimentada por el afecto singular que
genera el futbol jugado por mujeres.
Así como el desempeño en la cancha se nutre del respaldo de la afición, la fotografía no depende
únicamente de la visión de quien está detrás de la cámara: estas imágenes recogen los sentires y experiencias de quienes se reúnen cada dos semana para devolverle a las futbolistas la vitalidad que ellas les
inyectan desde el campo.
La atmósfera del futbol femenil tiene un tinte singular: las mujeres del Volcán no solo transforman el
espacio que habitan, sino también lo que significan más allá de la cancha.

Gabriela Eugenia Ríos Infante

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102

Poesía autorizada, anuario
y tradición
Cristina Rodríguez
Nombrar era fundar; publicar, existir. En el siglo XX,
la memoria simbólica de México no se constituyó únicamente a partir de discursos políticos, sino
también a través del uso de papel, tinta y tipografías. La nación fue imprimiéndose. No solo fueron
vehículos las antologías, los anuarios, las revistas
y los suplementos, fueron espacios para dar sentido. No solo compilaron textos relevantes de una
era; también definieron límites, establecieron jerarquías y enseñaron a leer. La literatura no se reflejaba en ellos, sino que era fabricada.

escaparate: es una interpretación. El anuario, supuestamente, desempeña otra función. Su retórica
es la de la balanza, recopilar lo que sucedió en un
año, archivar el presente y sintetizar. Su temporalidad lo fuerza a considerar el año como una unidad
de significado. Pero en el caso del Anuario de Poesía
Mexicana de 1955 esa modestia es engañosa. Bajo la
forma del recuento, opera una lógica antológica. No
se limita a registrar: elige, ordena, jerarquiza. Y al
hacerlo, propone una imagen estable de la poesía
mexicana. El anuario se disfraza de cronista, pero
actúa como legislador. No sólo dice qué hubo, dice
Las estructuras culturales y políticas se organi- qué cuenta.
zaron de manera significativa durante la modernización del país. El Estado comprendió que la cultuDesde el punto de vista institucional, el anuario
ra no era un simple ornamento, sino una tecnología cumple una función normativa. Establece qué se
para la cohesión en términos simbólicos. Esa per- considera relevante, a quién se le concede visibilicepción se convirtió en política pública cuando, en dad y a quién se deja en la penumbra. Si la revista
1946, fue establecido el Instituto Nacional de Bellas encarna el conflicto del presente y la antología fija
Artes y Literatura. El INBAL no solo impulsaba a los la memoria de una sensibilidad, el anuario articula
artistas, sino que también gestionaba la imagen ambos movimientos, selecciona, organiza y archiva
nacional. Se instó a las artes y a la literatura a con- la producción poética dentro de un relato histórico
tar acerca de un país estable, moderno y en recon- autorizado. No describe el campo literario, lo ordeciliación consigo mismo. El propósito del proyecto na. Y al ordenarlo, lo vuelve legible según los valocultural del Estado no era silenciar, sino estructurar. res del centro.
Desde ese punto, es importante considerar la
distinción y el contraste entre anuario y antología. Para Alfonso Reyes, la antología era un medio
para descubrir “los cambios en el gusto”, una manera de concentrar la energía estética de una época. Anthony Stanton fue más allá, demostró que
las antologías no solo contienen poemas, sino que
también median entre la continuidad y la ruptura,
crean genealogías y proponen nuevas lecturas de la
tradición. Por lo tanto, la antología no es un simple

El Anuario de Poesía Mexicana no fue concebido
para el debate público ni para una circulación amplia, ni siquiera para la polémica literaria. Su tiraje,
apenas sesenta ejemplares, lo colocó desde el inicio
en una zona ambigua, demasiado pocos para intervenir en la conversación cultural, pero suficientes
para instalarse en bibliotecas, archivos y oficinas
institucionales. Su destino no era el lector común,
sino el tiempo. El anuario del INBAL no buscaba
lectores, buscaba posteridad.

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Esa paradoja, visibilidad mínima, efectos
máximos, define con precisión su función histórica. El volumen, de cubiertas rosas, tipografía sobria y una composición casi monástica,
se presenta como un objeto discreto, un artefacto institucional que no busca seducir al
lector sino imponerse al tiempo. Circula poco,
pero pesa mucho. En esas páginas de acceso
restringido, el Estado mexicano ensayó una
operación decisiva, no registrar la poesía, sino
convertirla en archivo autorizado. No mirar el
presente, fijarlo.
Publicar, en ese contexto, no era sólo difundir, era existir dentro de un orden. El Anuario
de Poesía Mexicana fue uno de los instrumentos mediante los cuales el INBAL transformó
una producción poética dispersa, regional,
fragmentaria, a menudo frágil, en una narrativa coherente de una nación moderna. Lo que
estaba suelto fue reunido; lo que circulaba en
los márgenes fue alineado con un eje central.
El archivo no conserva el mundo, lo reescribe.
Al hacerse cargo de la coordinación de los
anuarios de poesía y cuento desde el Departamento de Literatura del INBAL, Andrés Henestrosa no actuaba como un antologador solitario guiado por su preferencia personal, sino
como un mediador institucional. En su famosa
“Advertencia”, menciona “ríos grandes y pequeños” y “cosecha” en lugar de “selección”. La
metáfora agrícola no es inocente, sugiere continuidad, abundancia y naturalidad. La retórica
es simple, casi pastoral, y tiene una función específica, neutralizar la sospecha crítica. El discurso sobre inclusión es un medio para hacer
que la autoridad del que decide sea invisible.

Portada del libro sin sobrecubierta

políticos y estéticos de su época. El Anuario no
documenta, sino que representa. Al seleccionar y organizar, se ejerce una forma de poder
cultural, ya sea consciente o inconsciente, que
determina qué voces deben perdurar y cuáles
serán excluidas del relato.
La idea de tradición selectiva es esclarecedora en este caso. Como argumenta Williams,
lo que se hereda no es el pasado, sino la organización de este. Algunos componentes se
convierten en herencia legítima, mientras que
otros caen en la penumbra. Esta operación no
se produce de manera abstracta, sino en el
contexto de relaciones específicas de poder.
El INBAL fue la entidad que determinó, en la
década de 1950, qué obras debían ser recordadas como literatura mexicana y cuáles podían
desaparecer sin dejar rastro. El Anuario no crea
esa tradición, sino que la convierte en norma.

Desde la mirada de Raymond Williams, el
Anuario tiene la posibilidad de ser leído como
un dispositivo cultural que no solo reúne textos, sino que también genera significados
acerca de lo que considera tradición literaria.
Henestrosa se presenta como un intermediario entre una diversa poesía diseminada y la
demanda institucional de elaborar una meLa materia prima del Anuario no fueron limoria que sea coherente con los principios bros consagrados, sino revistas literarias. Y

103

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aquí conviene detenerse. Las revistas culturales fueron los espacios más intensos de intercambio, discusión y riesgo estético durante
buena parte del siglo XX. Su proliferación respondió a una necesidad vital, crear foros donde los autores pudieran probar lenguajes, discutir ideas y formar comunidad. Como señala
Schmidt, en estos espacios “todos participan
en procesos de comunicación que incluyen
manifestaciones culturales, canonización e intertextualidad” (pp. 429-441). Ahí se cruzaban
trayectorias, se ensayaban estéticas, se imaginaban genealogías. Y también se dibujaban,
ya entonces, los centros y las periferias del
campo literario.

Cada revista encarnaba una idea distinta
de la poesía y de la cultura. Letras Potosinas,
desde San Luis Potosí, buscaba sacar a la provincia del aislamiento e inscribirla en el mapa
nacional de las humanidades. Metáfora, nacida como proyecto independiente, se atrevió a
cuestionar figuras tutelares como Alfonso Reyes y a apostar por una poesía crítica antes de
ser absorbida por el campo institucional. Ábside, con su orientación católica y humanista,
sostuvo durante décadas una tradición moral
e intelectual donde escribieron Concha Urquiza, Dolores Castro, Rosario Castellanos, Emma
Godoy. Cada revista era una toma de posición,
no sólo publicaban poemas, proponían una
manera de entender la literatura y su función
A lo largo de las páginas del Anuario apa- en el país.
rece la huella de una red amplia y desigual de
revistas, suplementos y periódicos culturales:
Siguiendo la perspectiva del materialisPrimavera, Sueño de la tierra mía, Ábside, El mo cultural de Williams, estas publicaciones
Nacional, El Dictamen, Letras Potosinas, Metá- no deben ser consideradas únicamente como
fora, El Caracol Marino, Novedades, La Nación, medios de difusión, sino como productos deEl Universal, Poesía de América, El Libro y el rivados de situaciones materiales específicas:
Pueblo, Revista Mexicana de Literatura, Huytla- tiradas pequeñas, economías débiles y redes
le, Xilitle, Orbe, Contrapunto de la fe, Nocturna locales que brindan apoyo. No solo la calidad
suma, Letras de Sinaloa, Universidad de Méxi- estética de una voz determinaba su permaco, Diario de Yucatán, entre muchas otras. Ese nencia, sino también los recursos que apoyarepertorio no es decorativo. Es la cartografía ban su difusión. El INBAL traduce estos mavisible de una vida literaria que no se concen- teriales cuando los añade al Anuario, en lugar
traba en un solo punto, sino que se ramificaba de reproducirlos. Lo fugaz se transforma en
en talleres, grupos y proyectos regionales. La archivo; lo precario se torna estable. La instipoesía mexicana de los cincuenta no era una tución configura el panorama literario y translínea recta, era una constelación desigual de forma las desigualdades materiales en jeraresfuerzos, deseos y disputas.
quías simbólicas.
Las revistas no solo servían como espacios
para hacerse visible, sino también como filtros.
En sus páginas cohabitan autores ya establecidos con voces que apenas están empezando
a encontrar su lugar. La tensión entre lo legitimado y lo emergente, así como entre el centro
y los márgenes, se encuentra documentada en
la obra coordinada por Henestrosa. No todos
los nombres tenían el mismo peso. La literatura no se formaba únicamente con poemas,
sino también con posturas dentro de una red
en la que algunos hablaban desde el foco de
luz y otros desde la penumbra.

Por lo tanto, el Anuario tiene la posibilidad
de ser leído como un nodo crucial en la red cultural de la nación. No solo une autores, revistas
e instituciones, sino que también los reordena
de acuerdo a un principio de legitimación. En
ese gesto, determina qué cosas son dignas de
ser recordadas y cuáles pueden perderse sin
que esto cause escándalo. La tradición no surge como una herencia espontánea, sino que se
trata de una construcción política. Y, a pesar
de que el archivo pueda parecer muy sobrio,
siempre está ejerciendo poder.

104

�interfolia
Las revistas no solo publicaban poesía,
sino que también fomentaban la sociabilidad.
Se generaban afinidades, lealtades y debates ideológicos en sus páginas. Se ensayaban
lenguas y se imaginaban tradiciones posibles
allí. No obstante, el centro no solo era un punto
geográfico, sino también una noción simbólica.Desde ese punto se repartía el prestigio.
El Anuario funcionaba como uno de los filtros
fundamentales, tomaba materiales periféricos,
los traducía al lenguaje del archivo y decidía si
eran incluidos o no en la historia literaria.

centro que reúne recursos, atención crítica y
memoria. La literatura mexicana de los años
cincuenta no se encontraba repartida de manera equitativa, sino que estaba organizada en
una jerarquía.

Además, esa jerarquía también se expresa con un enfoque de género. Del total de 92
autores que aparecen, 74 son varones y sólo 18
son mujeres. Más del ochenta por ciento de las
voces son de un único género. Esa cifra no es
un dato frío; es la huella numérica de una desigualdad estructural que el archivo no denunPensado así, el Anuario no es sólo un libro, cia, sino que perpetúa.
es un sistema de ordenamiento. Cada poeta
El Anuario de Poesía Mexicana de 1955, más
aparece ligado a revistas; cada revista, a trayectorias compartidas; y el INBAL se sitúa en allá de su formato editorial, opera como un
el punto donde todas esas líneas convergen. instrumento para legitimar la cultura. No solo
No es un actor más, es el eje que reorganiza compila poemas, sino que también organiza el
el campo literario. Desde ese centro se distri- campo literario según los valores predominanbuye el prestigio. Estar en Ábside, El Nacional, tes. Determina qué voces, sensibilidades y esUniversidad de México no significaba lo mis- tilos pueden estar en el centro de la escena. En
mo que publicar en una revista regional. Había representación de la “poesía del año”, prioriza
plataformas de irradiación simbólica y había lo que puede considerarse como literatura nacional. Su acto no es inocente; al escoger, crea
periferias de visibilidad frágil.
una representación consistente de la poesía
Así, el Distrito Federal surge como centro mexicana en la que las disparidades de génede gravedad. Las provincias sí están conec- ro, tono o región son supeditadas a un conceptadas, pero subordinadas; giran en torno a un to de unidad cultural y estética. En este lugar,

Mujeres
19,6%

Hombres
80,4%

105

Tabla de porcentajes de los géneros que se hacen presente en la antología

�interfolia
la nación se representa como un coro afinado, bana, centralista y masculina. La nación poétien el que las disonancias son aceptadas siem- ca que se imagina aquí es moderna, sí, aunque
pre que no interrumpan la partitura.
también angosta.
Dicha operación sigue una lógica hegemónica. La hegemonía, como advierte Raymond
Williams, no es impuesta solamente desde
arriba, sino que se experimenta de manera
natural. El anuario no excluye de manera estridente, sino que incluye. No obstante, lo integra
bajo un principio de continuidad controlada.
Los poetas consagrados coexisten con voces
jóvenes, sí, sin embargo todos se encuentran
alineados dentro de una misma perspectiva
institucional. La pluralidad se presenta administrada. A pesar de que el prólogo hace hincapié en la amplitud de criterio, la selección
reafirma los valores establecidos y refleja lo
esencial de ciertos nombres, estilos y maneras
de comprender la poesía. La diversidad no se
extingue, sino que se organiza.
El trabajo del compilador, desde la idea de
“tradición selectiva”, no es grabar un presente,
sino estructurar una imagen del pasado que
valide un orden cultural actual. Toda tradición
es activa; decide qué hereda, qué exalta y qué
excluye. Henestrosa, en el Anuario, favorece
voces y estilos que interactúan con el proyecto
cultural de INBAL. La interpretación del pasado
que se sugiere promueve una continuidad
armónica, equilibrada y universal. Lo que no
está incluido en “esa imagen” indica que la
tradición no es un depósito neutral, sino una
construcción política.
Las ausencias comunican tanto como las
presencias. No existen poetas en lenguas indígenas; la representación de las mujeres es
escasa. Esta configuración no es solamente el
resultado de decisiones editoriales aisladas,
sino que también refleja un marco dominante
de representación que reproduce las fronteras
de la cultura oficial. El Anuario no solamente documenta la poesía contemporánea, sino
que también genera una representación del
país en la que lo diverso y lo distinto quedan
supeditados a un ideal de unidad nacional, ur-

No obstante, algo se mueve dentro de esa
estructura controlada. Siguiendo la idea de
“estructura del sentir” de Williams, los poemas
presentan registros emocionales que aún no
han sido organizados en un programa estético, pero que ya muestran fisuras. En los escritores jóvenes surge una modernidad quebrada, no triunfalista. Se filtran las quejas sobre el
desarrollo estatal, la ambigüedad de la urbanización, la intimidad conflictiva y las voces de
regiones que no encajan completamente en el
relato central. Son indicios de una sensibilidad
que aún no tiene nombre, pero que ya molesta
al archivo.
En el trabajo editorial del Anuario, la “creación de precursores” se lleva a cabo mediante
un gesto que parece sencillo, la cercanía. Al
colocar en páginas contiguas poemas de un
autor consagrado y de una voz emergente, el
volumen sugiere filiaciones estéticas, tutelas simbólicas, continuidades que no siempre
existieron en la realidad. Así se manufacturan
genealogías, se confirman o se inventan linajes, se otorga a ciertos nombres la condición
de antecedentes legítimos y, al mismo tiempo,
se incorpora a los jóvenes dentro de una narrativa histórica coherente con los valores institucionales. La tradición no se hereda, se edita.
En este sentido, el Anuario y la antología
comparten una operación fundamental: el proceso de escoger y organizar textos para construir una representación de la sensibilidad predominante. Decidir qué voces deben aparecer
en el “balance del año” supone, de por sí, una
postura política y estética. Sin embargo, a diferencia de la antología firmada por un poeta o
un crítico, en este caso esa actividad no se presenta como una lectura individual, sino como
una elección institucional. La diversidad poética se convierte en un repertorio autorizado.
La función archivística y normativa del Estado
prevalece sobre cualquier acto antológico.

106

�interfolia
El Anuario de Poesía Mexicana de 1955, en
retrospectiva, no es solamente una compilación; es además una tecnología para hacer visible la cultura.
Selecciona, ordena, jerarquiza. Concentra
el poder mientras promete pluralidad. Con
medios analógicos, predice la lógica de los
dispositivos actuales; no censura, sino que
delega; no prohíbe, sino que distribuye. Lo que
antes realizaban índices, anuarios y prólogos,
ahora lo llevan a cabo algoritmos, comités y
métricas. Se sustituyeron las máquinas, pero
la operación se mantuvo.
A partir de la perspectiva de Williams, en
este caso se hace evidente que la cultura actúa
como un proceso histórico donde lo dominante, lo emergente y lo residual chocan y se reestructuran. El olvido o la consolidación de los
escritores no fue un suceso natural; fue causado por decisiones editoriales, economías de
legitimación y redes de poder que decidieron
qué sensibilidades serían consideradas como
literatura mexicana y cuáles no.
De este modo, el Anuario es un instrumento de memoria institucional que organiza la
literatura desde una perspectiva centralista y
también deja rastros de aquello que no se acomoda completamente a dicha organización.
Leerlo hoy no es un ejercicio de arqueología,
sino una crítica actual. Nos obliga a observar
cómo se realiza la tradición, cómo se gestiona
la visibilidad y cómo se determina repetidamente quién merece seguir y quién puede irse
sin hacer ruido.
Y tal vez lo más alarmante no sea el contenido del Anuario, sino que nos demostró que la
literatura requiere guardianes, filtros y mediadores. Este trabajo tiene como objetivo abrir
una discusión en lugar de cerrarla, en contraste con esa educación. Ya que la tradición, si se
edita, tiene la posibilidad de ser reescrita. Y si
el archivo ejerce poder, también puede ser leído a contrapelo.

107

Referencias:
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del INBA. 2007. ru.dgb.unam.mx/items/7edc77dd-2b20-415f-8f94-7b375f723dfe.
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Reyes, Alfonso. Obras completas de Alfonso
Reyes: Tres puntos de exegética literaria;
Páginas adicionales. La experiencia literaria.
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Stanton, Anthony. Inventores de tradición: Ensayos sobre poesía mexicana moderna. Colegio de México, 1998.
Williams, Raymond. Marxismo y literatura. Península, 2009.

�e n t r e l i b ro s

108

Relato de dos náufragos.

Descubrimiento de nuevos testigos de
Alfonso Reyes
Víctor Barrera Enderle
Los libros dejan huellas simbólicas y físicas en nuestras vidas. Nosotros también imprimimos nuestras huellas en ellos. De los rastros simbólicos se ha escrito mucho; de
las marcas materiales, no tanto. La biblioteca de Alfonso Reyes es, entre muchas otras
cosas, el registro de sus conductas literarias. A lo largo de casi cinco décadas de existencia, la Capilla Alfonsina Biblioteca Universitaria, repositorio de su acervo bibliográfico,
ha abierto una gigantesca ventana para adentrarnos en el universo literario del escritor
regiomontano. Estos volúmenes, además de ser la bitácora de sus búsquedas e inquietudes, fueron caja de caudales de sus ideas e impresiones: sus páginas guardaron subrayados, apuntes y también borradores. Algunos de ellos fueron recogidos en ensayos
o creaciones, otros, sin embargo, se quedaron en permanente reposo.
En 2008 se encontró, dentro de las páginas de un libro
sobre Goethe, un testigo, el cual resultó ser un poema
inédito. Posteriormente fue transcrito y publicado bajo el
título “El buen paño en el arca se vende”. Recientemente,
en diciembre de 2025, mientras se realizaba un nuevo
inventario de su acervo, acontecieron dos hallazgos
notables: sendos manuscritos del escritor regiomontano,
náufragos durante décadas en el océano de volúmenes,
han sido rescatados y ahora nos han contado sus
aventuras. Sus relatos son fascinantes.
El primero fue encontrado dentro de las páginas
de Ancient Times: A History of the Early World (segunda
edición, revisada y aumentada de 1935), de James Henry
Breasted; se trata del borrador de una traducción o, mejor
dicho, de una adaptación, hecha por Reyes, de algunos
fragmentos de la tercera parte de este libro, titulada “Los
griegos”. El segundo estaba intercalado en las páginas
del ejemplar How Greek Science Passed to the Arabs (1948-

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1949), de De Lacy O’Leary, y es, en rigor, la traducción del segundo capítulo de dicho ensayo:
“Helenismo en Asia”, en concreto del apartado: “La helenización de Siria”.
Pero, antes de seguir, sería oportuno preguntarnos: ¿qué es un testigo? La acepción
más técnica lo describe como alguien o algo que certifica la veracidad o el conocimiento
de un hecho relevante. En nuestro caso, el testigo es un elemento material que da fe de un
acto de lectura, pues se encuentra al interior de los libros, y puede tratarse, por tanto, de
notas, papeles, apuntes, subrayados, fotografías, y un variado etcétera.
En el caso de estos nuevos testigos estamos hablando, como ya he adelantado, de borradores, esto es, de manuscritos surgidos como respuesta inmediata a la lectura de los libros en cuyas páginas quedaron alojados. Herramientas de trabajo abandonadas una vez
concluida la tarea. En conjunto no sobrepasan el medio centenar de papeles. Las hojas,
blancas y sin rayas, en formato francés (14 cm × 20 cm aprox.), escritas por una sola cara,
son también características de los manuscritos del escritor regiomontano, quien seguramente adquiría las resmas en alguna imprenta o papelería cercana a su domicilio (o tal vez
las tomaba de las prensas de El Colegio de México).
Surgen ahora las preguntas: ¿Reyes publicó o difundió estos manuscritos? Hasta donde sé: no. Las traducciones alfonsinas de asuntos griegos más conocidas son: Introducción al estudio de Grecia, de Alexander Petrie, de 1946; Historia de la Literatura Griega, de
C. M. Bowra, de 1948; y Eurípides y su tiempo, de Gilbert Murray, de 1949. Las tres fueron
publicadas por el Fondo de Cultura Económica. Prosigo con el cuestionario: ¿se trata entonces de traducciones y adaptaciones para uso personal? Es posible, porque, en el caso
del libro de Breasted el contenido general es el mundo antiguo; y en el de O’Leary el tema

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principal es el traslado de la ciencia helénica al mundo árabe. Estos datos nos orillan a
cuestionarnos: ¿quiénes fueron James Henry Breasted y De Lacy O’Leary? Ambos eran,
básicamente, orientalistas. El primero, de origen norteamericano, se especializó en arqueología y en la cultura egipcia (fue el fundador del Instituto Oriental de Chicago); el
segundo, inglés de nacimiento, aunque descendiente de irlandeses, fue un experto en el
mundo árabe.
Esto nos conduce a otra interrogación: ¿en dónde utilizó Reyes estos manuscritos? La
única cita que he encontrado de Breasted pertenece a los trabajos tardíos sobre el tema
helénico: La jornada aquea de 1958; en el primer capítulo, titulado “Tierra y cielo”, dice: “Si
la gente empapa su pan en vino, como hoy en el té y el café, si unta como mantequilla el
aceite, no hay que creer que ello se conseguía sin fatiga, ni que el trigo, la cebada, las uvas
y las aceitunas se daban solas, como lo afirmaba nada menos que Breasted”. Hasta ahora
no he encontrado ninguna mención, en los ensayos alfonsinos, de O’Leary.
El primer testigo constituye en realidad un “paquete” de
22 páginas: hojas sueltas, sin renglones, escritas por una sola
cara. La portadilla dice solamente, y de manera subrayada: “J.
H. B. Los griegos”. La primera página presenta una descripción más detallada: “Parte III y fragmentos de la IV de la obra
Ancient Times: A History of the Early World. Adaptación de A.
R.” Y enseguida una advertencia: “Los ejemplares son de distribución privada, no venales y su publicación queda estrictamente prohibida”. ¿Llegó a distribuir Reyes este texto? No
existe noticia de ello en ninguna de las dos Capillas. Javier
Garciadiego me informa que las únicas traducciones al espa-

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ñol que circulaban, por aquellos días, de la obra de Breasted pertenecían al duque de
Alba, quien editó la versión castellana de La conquista de la civilización, publicada por
Espasa-Calpe en Madrid alrededor de 1926-1934, colaborando con el traductor G. Sans
Huelín. Cabe advertir que esta versión no se encuentra entre los volúmenes de la biblioteca del escritor regiomontano.
El segundo testigo no presenta ninguna portadilla: es la traducción, de forma directa,
del capítulo mencionado. Es probable que Reyes realizara esta versión para apoyar algún
trabajo mayor; sin embargo, a la hora final no fue requerida, y el borrador se quedó “preso” entre las páginas del libro. Estoy conjeturando, desde luego, pues el ensayista no dejó
ninguna noticia en sus diarios ni en sus cuadernos de trabajo.
Estos testigos se convierten ahora en piezas de la arqueología alfonsina y nos revelan
un poco de la metodología de trabajo del escritor regiomontano. Sorprende, de inmediato,
el rigor de su rutina: en lugar de tomar una nota breve o esbozar algún apunte al vuelo, Reyes traducía o adaptaba capítulos enteros para su posterior consulta; peculiar manera de
acercamiento intelectual a las “autoridades bibliográficas” de los temas clásicos. De igual
forma, estos manuscritos confirman el grado de erudición y dominio sobre tales materias
por parte de Reyes. El primer paso: la lectura cercana y su traslación a la prosa ensayística
del autor del Deslinde; posteriormente, estos borradores eran asimilados a trabajos mayores: libros, ensayos, artículos, poemas o apuntes de clase (no olvidemos que, durante la
década de los cuarenta, Reyes impartió cátedra sobre asuntos helénicos en diversas instituciones de educación superior).
Quedan ahora esos papeles como fósiles que permiten dimensionar la osamenta de
una naturaleza literaria que sigue transformándose y renovándose con cada nueva lectura.

111

�e n t r e l i b ro s

Adquisiciones recientes de la
Capilla Alfonsina Biblioteca
Universitaria
Alemán Velasco, Miguel. Copilli: Corona real. 2nd ed., Diana, 1981.
Alvarado Segovia, Francisco Javier. Testimonios y vestigios de las primeras fundaciones en el
Nuevo Reino de León, por el capitán Luis Carvajal de la Cueva, Ciudad de León, hoy Cerralvo, y
Villa de San Luis, hoy Monterrey. SNTE, 2025.
Ancet, Jacques. Puesto que él es este silencio. Siglo XXI, 2009.
Cadenas, Rafael. En torno a Basho y otros asuntos. Pre-Textos, 2016.
Casar, Eduardo. Parva natura. Universidad Autónoma Metropolitana, 2023.
Cervantes Saavedra, Miguel de. Don Quijote de la Mancha. Museo Iconográfico del Quijote, 2018.
Colegio de México. Naranja dulce, limón partido: Antología de la lírica infantil mexicana. Colegio
de México, 1979.
Cuenca, Luis Alberto de. Ala de cisne. Visor Libros, 2025.
Darwish, Mahmud. Entre Rita y mis ojos, un fusil. Penguin Random House, 2024.
Departamento de Asuntos Indígenas. Primer álbum de música indígena. Departamento de Asuntos Indígenas, 1940.
Dodge, Jim. Lluvia sobre el río. Salto de Página, 2017.
Follett, Ken. Umbral de la eternidad. Penguin Random House, 2014.
Freud, Sigmund. A general introduction to psychoanalysis. Boni &amp; Liveright, 1924.
Gobierno del Estado de México. Libro del pueblo que canta. 3rd ed., Gobierno del Estado de México, 1980.
González Esteva, Orlando. Voces de los muertos. Isla de Siltolá, 2016.
Huerta, Andrés. Avivando el fuego. Fonda de Andrés, 1981.
Izael, Lázaro. Mamá, el campo. UANL, 2023.

112

�interfolia
Jaccottet, Philippe. El paseo bajo los árboles. Cuatro, 2011.
Johansson K., Patrick. Ahuicuicatl. IPN, 2018.
---. Aztlán a Tenochtitlán. SEP, 2024.
---. Machiotlahtolli: La palabra-modelo. McGraw-Hill, 2004.
---. Miccacuicatl. Círculos de Historia, 2016.
---. Palabra florida de los aztecas. Trillas, 2020.
---. Xochimiquiztli: La muerte florida. 2nd ed., UANL, 2024.
Juarroz, Roberto. Poesía vertical. 10th ed., Cátedra, 2023.
Kocijancic, Gorazd. Combate espiritual. Vaso Roto, 2021.
León Portilla, Miguel, and Patrick Johansson K. Ángel María Garibay K.: La rueda y el río. 2nd ed.,
UNAM, 2013.
López Mills, Tedi. No contiene armonías. Almadía, 2024.
Lugo de los Santos, Janeth Guadalupe. Eficiencia del control interno de los municipios del estado
de Nuevo León a partir de las observaciones que la auditoría superior del estado de Nuevo León
detecta en la cuenta pública de los periodos del 2018 al 2022. UANL, 2025.
Majed, Moëz. Luz de verano sobre los párpados. Vaso Roto, 2024.
Méndez Ortiz, Zoé. Iluminados. UANL, 2019.
Montemayor, Blanca. Haikus o No, reflexiones para sobrevivir en primavera. UANL, 2024.
Morábito, Fabio. Canción segunda. Visor Libros, 2025.
Navarro, Julia. Tú no matarás. Random House, 2018.
Prada, Amancio. Emboscados. Vaso Roto, 2010.
Rossing, Thomas D. The Science of Sound. 2nd ed., Addison-Wesley, 1990.
Ruibal, Javier. Coraza de barro. Penguin Random House, 2020.
Salazar Marroquín, Patricia. El secreto está en mi casa. UANL, 2023.
Sánchez, José Eugenio. Un incesante caer de estrellas en la nada. Vaso Roto, 2024.
Santos, Gonzalo N. Memorias. Grijalbo, 1984.
Uceda, Julia. Poesía completa. Fundación José Manuel Lara, 2023.
Villoro, Carmen. Liquidámbar. Mantis, 2017.

113

��Ilustración de Arnaldo Orfila Reynal en Cuadernillo de homenaje a Alfonso Reyes (1948), extraída de Alfonso Reyes. Iconografía (1989).

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              <text>García Rodríguez, Lizbet, Editor Responsable</text>
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