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                  <text>�D.R. 2026 © Humanitas. Revista de Teoría Crítica y Estudios Literarios,
Vol. 6, No. 11, julio-diciembre 2026, es una publicación semestral
editada por la Universidad Autónoma de Nuevo León, a través del Centro
de Estudios Humanísticos, Biblioteca Universitaria Raúl Rangel Frías, Piso
1, Avenida Alfonso Reyes #4000 Norte, Colonia Regina, Monterrey, Nuevo
León, México. C.P. 64290. Tel.+52 (81)83-29- 4000 Ext. 6533. https://
revhumanitas.uanl.mx Editor Responsable: Roberto Kaput González
Santos. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo 04-2022-020212344100102, ISSN 2683-3247, ambos ante el Instituto Nacional del Derecho de
Autor. Responsable de la última actualización de este número: Centro de
Estudios Humanísticos de la UANL, Dr. Roberto Kaput González Santos,
Biblioteca Universitaria Raúl Rangel Frías, Piso 1, Avenida Alfonso Reyes
#4000 Norte, Colonia Regina, Monterrey, Nuevo León, México. C.P.
64290. Fecha de última modificación de 15 de julio de 2026.
Rector / Santos Guzmán López
Secretario de Extensión y Cultura / José Javier Villarreal
Director de Historia y Humanidades / César Morado Macías
Titular del Centro de Estudios Humanísticos / Beatriz Liliana De Ita Rubio
Director de la Revista / Roberto Kaput González Santos
Autores
Edith Ibarra
Miguel Ángel Vásquez Meléndez
Tomás Speziale
Óscar Ortega Arango
Jesús Alberto Leyva Ortiz
Mónica Cázares Castillo
Natalie Marlene Martínez Colorado
Ramón Ramírez Ibarra

�Ander Urteaga Silva
Manuel Santiago Herrera Martínez
Editor Técnico / Juan José Muñoz Mendoza
Corrección de Estilo / Roberto Kaput González Santos
Maquetación / Concepción Martínez Morales
Se permite la reproducción total o parcial sin fines comerciales, citando la
fuente. Las opiniones vertidas en este documento son responsabilidad de
sus autores y no reflejan, necesariamente, la opinión de Centro de Estudios
Humanísticos de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
Este es un producto del Centro de Estudios Humanísticos de la Universidad
Autónoma de Nuevo Léon. www.ceh.uanl.mx
Hecho en México

�Artículos
Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

Mujeres, espacios domésticos y maternidad
simbólica en la dramaturgia mexicana: dos
momentos de reconfiguración social, la restauración
republicana y el periodo posrevolucionario
Women, Domestic Spaces and Symbolic
Motherhood in Mexican Dramaturgy: Two
Moments of Social Reconfiguration, Republican
Restoration and the Post-Revolutionary Period
Edith Ibarra
Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura
Ciudad de México, México
eibarra.citru@inba.edu.mx

Miguel Ángel Vásquez Meléndez
Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura
Ciudad de México, México
mvasquez.citru@inba.edu.mx

Resumen: Este ensayo analiza de manera comparativa dos textos
dramáticos en los que se busca destacar ciertos paralelismos, como son
el deseo de las clases dominantes por establecer alianzas entre las partes
comprometidas dentro de movimientos armados, así como la presencia
de un hijo que pudiera encarnar el futuro de estas clases, y la casa, espacio
doméstico, como sinécdoque. En un primer tiempo, se estudia La catarata
del Niágara de Vicente Riva Palacio y Juan Antonio Mateos, y después

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�Edith Ibarra y Miguel Ángel Vásquez Meléndez (CITRU/INBAL) / Mujeres, espacios

se analiza El tercer personaje, de Concepción Sada. El propósito es
encontrar ciertas coincidencias en dos momentos de la historia en México:
el conflicto entre conservadores y liberales, y el acomodo de las clases
dominantes en el periodo posrevolucionario; en ambos casos, las clases
desplazadas intentan imponer un modelo de reorganización del país para
conservar sus privilegios.
Palabras clave: dramaturgia mexicana, República Restaurada,
posrevolución mexicana, Concepción Sada, Vicente Riva Palacio y Juan
Antonio Mateos, ficciones políticas.
Abstract: This essay analyzes two dramatic texts, seeking to highlight
certain parallels, such as the desire of the ruling classes to establish
alliances among the parties involved in armed movements, as well as the
presence of a son who could embody the future of these classes; and the
house, as a domestic space, as a synecdoche. First, Vicente Riva Palacio
and Juan Antonio Mateos’s La catarata del Niágara is studied, followed
by an analysis of Concepción Sada’s El tercer personaje. The purpose
is to identify certain coincidences in two moments in Mexican history:
the conflict between conservatives and liberals, and the accommodation
of the ruling classes in the post-revolutionary period. In both cases, the
displaced classes attempt to impose a model for the reorganization of the
country to preserve their privileges.
Keywords: Mexican Dramaturgy, Restored Republic, Post-revolutionary
Mexico, Concepción Sada, Vicente Riva Palacio and Juan Antonio Mateos,
Political Fictions.

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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-150

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Introducción
Entre las coyunturas de la historiografía teatral mexicana se
encuentra el periodo entre 1862-1869, caracterizado por el auge de
la dramaturgia patriótica impulsada por los escritores liberales. Otro
es el de 1917-1946, marcado por un grupo de escritoras y escritores
que intenta posicionar a la dramaturgia escrita en el país. Dos
textralidades, es decir “textualidad accionada o acción textualizada”
(Alcántara 10), que buscan imponer un modelo escénico en el
que se reflejen los valores, problemas y anhelos de una Patria en
construcción, delimitada desde una cúspide intelectual.
La construcción de la nacionalidad mexicana, a través de la literatura,
se remonta a los primeros años de la época independiente, cuando
los periodistas republicanos comenzaron a formular el supuesto de
la riqueza natural del territorio junto con las cualidades artísticas
de sus pobladores. A partir de entonces se inició la exaltación de
las letras criollas y de sus autores en periódicos y compendios, un
proceso en auge luego de la restauración republicana, evidente en
las páginas del periódico literario El Renacimiento en 1869, donde
se informó de la publicación de obras teatrales, poesías y novelas
debidas al talento de creadores de distintas regiones del país.
En tales obras se distingue el trazo de un perfil de los mexicanos
anhelado por la intelectualidad liberal: mujeres abnegadas, dispuestas
a servir a la patria, lo mismo que hombres valerosos, patriotas fieles
con espíritu de sacrificio, como es el caso de La catarata del Niágara
de Vicente Riva Palacio y Juan Antonio Mateos, estrenada en 1862.
Dentro de este modelo ideal de la mexicanidad se encuentra un
viejo combatiente independentista que logra “limpiar” la honra
mancillada de una joven seducida por un soldado norteamericano.
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-150

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En este drama aparecen de igual manera los ambiciosos, egoístas,
antipatriotas, dispuestos a entregar el territorio y perder la soberanía:
son la fracción que mira con nostalgia un pasado de dominación
extranjera.
Por otro lado, las condiciones materiales que produce la Tercera
Modernidad podrían explicar la razón del surgimiento de una
dramaturgia en la que la mujer representada altera los márgenes
normativos de su representación; es decir, textos como Señorita Julia,
Casa de muñecas, que acontecen a finales del siglo XIX, muestran
otros modos de existencia para las mujeres. Esto supuso mirar en
escena a mujeres rompiendo el esquema de su cotidianidad para
tomar a su cargo nuevas tareas, nuevas responsabilidades, nuevas
formas de relacionarse con el mundo, diseñado y administrado por
los hombres.
Tal es el caso de las mujeres representadas en El tercer personaje de
Concepción Sada, estrenada por la Compañía de María Teresa
Montoya en 1936, en la que una mujer médica compra a un marido,
un ex hacendado del Porfiriato, para cumplir con la función de
madresposa, categoría de análisis que refiere Marcela Lagarde:
Todas las mujeres por el solo hecho de serlo son madres y
esposas. Desde el nacimiento y aun antes, las mujeres forman
parte de una historia que las conforma como madres y esposas. La
maternidad y la conyugalidad son las esferas vitales que organizan
y conforman los modos de vida femeninos, independientemente
de la edad, de la clase social, de la definición nacional, religiosa o
política de las mujeres. (280)

Si bien Adriana Pradel, personaje principal, busca casarse, lo
hace a partir de sus propias necesidades y de sus propias reglas. Para
ella ha dejado de ser obvia la manera en la que el sistema patriarcal
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le enseñó a comportarse y a lo largo del texto presenciaremos el
modo en el que lo pone en duda, en un México posrevolucionario
en el que la nueva clase dominante busca congraciarse con la clase
desplazada por el movimiento armado.
De ahí que el análisis comparativo de las obras citadas
permita destacar ciertos paralelismos que a continuación se sugieren:
1. En los textos propuestos se puede notar el deseo de las
clases dominantes por establecer alianzas entre las partes
comprometidas dentro de movimientos armados; es decir,
por un lado, en La catarata del Niágara, un sector de la burguesía
del siglo XIX necesita aliarse con los invasores extranjeros,
tanto norteamericanos como franceses, para sobrevivir; por
otro, en El tercer personaje, Adriana, nueva rica, salva de la ruina
económica al ex hacendado del Porfiriato al que le fueron
embargados los bienes, en un gesto que permite la reunión de
ambas clases dominantes en una Patria convulsa.
2. En ambas obras se hace evidente la presencia de un hijo
que pudiera encarnar el futuro de estas clases; a saber, en
La catarata del Niágara el fruto del matrimonio entre la mujer
mexicana y el oficial invasor simbolizaría a un México con las
cualidades de la sociedad norteamericana y de la burguesía
nacional con aspiraciones cosmopolitas. En el caso de El tercer
personaje, el hijo representa la posible recuperación del modelo
latifundista, sostenido por el capital de la nueva burguesía.
De acuerdo con la anécdota de ambos textos, el hijo no se
materializa, pues, por una parte, el soldado norteamericano
asesina a la madre arrojándola a la catarata, con ellos se
desvanece simbólicamente la posibilidad de conformar un
país sometido a los intereses expansionistas, y al morir el padre
a manos del veterano insurgente, renace el deseo de instaurar
un régimen soberano; por otra, Adriana nunca le confiesa a
Alfredo que quiere un descendiente, si bien ese era su plan
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inicial, en el momento de consumarse el matrimonio el ex
hacendado le recrimina la humillación por la que ha pasado
durante la celebración del mismo, y la acusa de vanidosa y
cruel, por lo que Adriana no puede hacerle saber el fin de ese
matrimonio: concebir un hijo, símbolo de la continuidad de
los privilegios de los antiguos hacendados y sus herederos.
3. Tanto en La catarata del Niágara como en El tercer personaje, parte
de la acción dramática se desarrolla en el espacio doméstico
que habitan los personajes principales: la casa tiene la función
de la sinécdoque, es la parte por el todo, la nación convulsa,
en el primer caso, debido a las amenazas intervencionistas,
norteamericana y luego francesa, y en el segundo, es el punto
de encuentro de la burguesía, el espacio de la consulta privada
y el lugar en el que se guardan las apariencias.

De acuerdo con estos tres puntos, se presentará el análisis de
ambos textos para hacer evidentes estos cruces.
La catarata del Niágara, la alianza ante el territorio
amenazado
Este drama fue representado cuando el ejército francés avanzaba
hacia la capital de la república, de ahí que los autores aludan a la
invasión norteamericana de 1847 para alertar a los espectadores
acerca de las consecuencias del intervencionismo.
Según el argumento, Rosa y Magdalena, madre e hija, viven
en una mansión. La segunda espera la llegada de su prometido,
Andrés, apostado en el frente de batalla en defensa del país ante
la invasión norteamericana. Con ellas se encuentra un amigo de
la familia, Serafín, admirador de la sociedad estadounidense y, en
consecuencia, partidario del intervencionismo y de la adopción
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de modelos foráneos en la conformación del país. El soldado
vuelve mal herido del combate y se refugia en el hogar de las
mujeres, pero debe salir intempestivamente debido al arribo de
Gustavo, un oficial norteamericano a quien se ha asignado la
ocupación de la casa, mientras las tropas invasoras permanezcan
en la ciudad:
MARTÍN: Señora, en este momento,
llega un jefe americano.
(Aparte.) (¡Dios nos tenga de su mano!)
a pedir alojamiento.
SERAFÍN: ¿Un yanqui? ¡Bravo!
MAGDALENA: ¡Qué susto!
ROSA: ¡Ya se acerca!
MARTÍN: ¡Tal ultraje!
ROSA: Martín, a mudar de traje,
quiero evitar un disgusto.
MARTÍN: Tal humillación, señora ...
ROSA: Obedece. (Riva Palacio y Mateos 401-402)

En un principio, Magdalena es parte de la población que
confía en el ejército nacional, patente por su relación amorosa con
el combatiente Andrés; de ahí que aguarde la llegada victoriosa
de su prometido, hasta el momento en que aparece el oficial1
norteamericano de quien se enamora de manera instantánea,
olvidando el compromiso con el militar mexicano.
MAGDALENA: Confieso que aquel halago
fue la ilusión pasajera,
y que al alma en su carrera
no causó menor estrago.
1

En el texto no se especifica el grado, solo se menciona “jefe”.

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Amaba a Andrés, lo confieso,
y en mi delirio creía,
que a no amarle moriría
de mi pasión al exceso.
Yo pensé que en mi camino
pasaran esos amores
como viento entre las flores,
como el albor vespertino.
El alma no se desvela
por pasados devaneos,
que ni agitan los deseos
ni el corazón los anhela.
De Gustavo en el cariño
encuentro dulce reposo,
que es el amor del esposo
tan puro como el armiño.
Y no quiero en la memoria
recuerdo vago y perdido;
echó su manto el olvido
sobre esa luz transitoria.
Porque yo adoro a Gustavo,
y encuentro en mi fe querida
mi pasión correspondida
y él de mi pasión esclavo.
Esclavo de mis antojos
ser muy feliz se imagina,
pues que mi amor adivina
en el brillo de mis ojos. (Riva Palacio y Mateos 409)

Como se puede notar en este diálogo, Magdalena se enamora
rápidamente del oficial invasor y olvida de la misma manera el amor
ferviente que sentía por Andrés, el soldado patriota. Es de notar que
las dos mujeres establecen una alianza con el invasor por distintas
vías; por un lado, la madre admite dócilmente alojar al invasor, y por
otro, la hija se vincula de manera afectiva con el hombre que altera
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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-150

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la vida de la nación. De esta forma y por distintas vías establecen
una alianza contraria a la facción liberal. En concordancia con ellas,
Serafín declara abiertamente su conservadurismo, como se aprecia
en los siguientes versos:
SERAFÍN: Ser patriota
no es de gusto ni buen tono.
La política ¡qué horror!
El que tiene que perder,
¿para qué se ha de meter?,
estarse en casa es mejor.
No es la patria para mí,
no quiero tener influjo:
tener patria es mucho lujo,
yo prefiero el pastchulí [sic].
Dicen con gran parsimonia:
“Mis arterias tienen fuego”.
Y yo les respondo luego:
“Las mías solo colonia”.
La política se usa
entre abogados ramplones,
médicos ignorantes,
en fin, solo en la gentuza. (Riva Palacio y Mateos 389)

Así, Serafín representa al sector de la población que ante la
inestabilidad política y el peligro de perder su estatus es partidario del
regreso al pasado, con el territorio nacional sometido por una potencia
extranjera. Una postura contraria al anhelo patriótico de construir un
país soberano, sintetizada en la frase “¿Qué más da que la bandera /
tenga águila o tenga estrellas?” (Riva Palacio y Mateos 395).
De modo contrario, el sirviente de la casa, un excombatiente
de la lucha independentista, que se distingue por su carácter radical
republicano, recrimina a Serafín por su postura antipatriótica:
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Martín: ¿Nada es la patria?, ¿nada la bandera?
Es un necio el que muere, usted lo ha dicho,
defender el país una quimera,
luchar por el honor torpe capricho.
Vosotros, sí, los que en mentido alarde
despreciando valor y patriotismo,
la frente al invasor dobláis cobarde.
¡Entre el inmundo cieno de egoísmo! (Riva Palacio y Mateos
397)

A partir de lo expresado por Martín, se deduce que la
alianza con el invasor evidencia la satisfacción de los intereses
individuales sobre los colectivos, mientras el heroísmo de los
milicianos insurgentes y republicanos adquiere mayor trascendencia
al encauzarse hacia la búsqueda del bien común.
La construcción de un país soberano, un anhelo en peligro
Vicente Riva Palacio y Juan A. Mateos recurren a la metáfora de los
lazos filiales para trazar un conflicto, la definición del modelo político
nacional, en La catarata del Niágara. En primer término, el padre
de Magdalena, un oficial participante en la gesta independentista,
muere y ella queda bajo el resguardo de Martín, excombatiente de la
misma causa. De ahí que el origen de la niña remita a los inicios de
la república independiente, es decir, el país se debe al heroísmo de
los insurgentes, reconocidos en la parafernalia nacionalista como los
“padres de la patria”. Así lo relata Martín:
Al morir mi general
sobre el campo, allí me dijo:
“Va a venir al mundo un hijo,
ya huérfano por su mal.

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Siento en mis hijos la muerte,
ya no le podré mirar
tú vives para cuidar
de su existencia y su suerte”.
Murió, niña, entre mis brazos
y en mi triste desconsuelo,
corrí a buscarte en mi anhelo
con el alma hecha pedazos. (Riva Palacio y Mateos 391-392)

De acuerdo con este diálogo, Magdalena creció en la
orfandad, una condición asociada con el sacrificio del mártir
independentista que la procreó, y ha permanecido al cuidado de un
combatiente de menor rango, Martín, cuyo cuerpo lisiado remite
al debilitamiento de los ideales de unión, libertad e independencia,
indispensables para la preservación de la soberanía.
En 1847 y en 1862 eran evidentes las divergencias internas
que favorecían los atentados contra la integridad del territorio
nacional y la imposición de un gobierno extranjero (Florescano 138146). Por lo tanto, la niña-patria soberana, encarnada en Magdalena,
creció “tan bella y tan pura” –advierte Martín- hasta que “vino a
turbar” su tranquilidad “la cruda guerra” (Riva Palacio y Mateos
392) en sus dos vertientes: tanto los enfrentamientos internos entre
las facciones partidistas como las confrontaciones con los ejércitos
de las potencias expansionistas.
Años más tarde, la joven madura. Ante la opción de definir su
futuro, admite la trascendencia de su relación con Andrés, el soldado
republicano, su protector “natural”: valeroso defensor de su soberanía
y pareja ideal para reencauzar el anhelo de erigir un país soberano.
¿No sabes tú que mi vida
a la suya eslabona,
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y que mi llanto pregona
lo profundo de esta herida?
Sabes que mi porvenir
pendiente está de ese hombre:
su nombre va ser mi nombre
¡si el muere voy a morir! (Riva Palacio y Mateos 391)

Sin embargo, la incertidumbre por la suerte del militar, debido
a la amenaza de una invasión, genera en Magdalena apasionados
arranques de angustia que comparte con Martín.
Es importante señalar que los personajes no están
construidos desde una profundidad psicológica; más bien funcionan
como alegorías que representan las posturas de los mexicanos ante
la invasión norteamericana. De ahí que desde el inicio del drama,
la madre de Magdalena sugiera la posibilidad de una fractura en la
relación de su hija con el soldado patriota.
Rosa: Me importuna, Magdalena
ver ese pesar doliente.
Oscureciendo tu frente
antes tan pura y serena.
Dale tregua a tu quebranto.
Magdalena: imposible madre mía,
es que la desgracia impía
arranca a mis ojos llanto.
Rosa: Siempre a tu edad, el olvido
es del amor recompensa. (Riva Palacio y Mateos 388)

Como presagio de la alianza con el invasor, la madre de
Magdalena la insta a silenciar su amor por el patriota. Consumada la
invasión, Gustavo se aloja en la casa de Rosa, seduce a Magdalena y
se casan. En apego a las costumbres y al fin socialmente impuesto
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�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

a la unión tradicional, se deja entrever la procreación de un hijo. Sin
embargo, el militar norteamericano se marcha hacia Niágara una
vez firmados los acuerdos de paz, y vuelve a contraer matrimonio
interesado en recibir una cuantiosa dote. Sin sospechar el engaño,
Magdalena va en búsqueda de su esposo, en compañía de Martín, y
en su compañía afronta las dificultades de la búsqueda:
Martín: No hay, hija, que desmayar,
en encontrarle confío.
Magdalena: Yo también, amigo mío,
más ya comienzo a dudar.
Ha preferido al ultraje
de mi abandono profundo,
caminar por todo el mundo.
Martín: Cerca está el fin del viaje.
Magdalena: Y al encontrarle doquiera,
aunque mi pecho es sensible,
se alzará mi voz terrible
¡Ay! cuando menos lo espera.
No lo veré con encono,
le pediré angustiada,
cuenta de mi fe burlada,
de mi llanto y mi abandono. (Riva Palacio y Mateos 438-439)

Siguiendo con la idea de la encarnación de Magdalena como
la Patria, ahora se encuentra ultrajada por un oficial norteamericano.
Ella lo busca en un intento por recuperar su estatus perdido y volver
a tener el lugar que detentaba.
Siguiendo con la anécdota, Gustavo se entera de la llegada
de Magdalena y de Martín. Tras encontrarlos se encaminan hacia la
catarata del Niágara, donde pretende arrojarla para no contravenir
con su nuevo matrimonio; un evento indicativo de la mezquindad
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de los extranjeros, caracterizados por el interés de satisfacer sus
intereses individuales.
De pronto, mientras Martín descansa, reaparece Andrés, el
prometido original, el soldado republicano, dispuesto a enfrentar
nuevamente al oficial norteamericano:
Ya contenerme es en vano,
mi suerte está decidida.
Aunque en la lucha sucumba,
he de batirme con él,
porque este rencor cruel
solo le apaga la tumba. (Riva Palacio y Mateos 445)

Después de esto, Martín prosigue su camino y alcanza a ver
como Gustavo arroja a Magdalena a la catarata:
Es ella que se derrumba,
él la impulsó, yo he visto:
a creerlo me resisto,
¡él improvisó su tumba! (Riva Palacio y Mateos 450)

Testigo del asesinato de Magdalena, símbolo de la patria,
el veterano insurgente apuñala al oficial norteamericano y marca
el reinicio del ciclo de conformación de una república libre de la
presencia extranjera. Martín y Andrés, sobrevivientes del drama,
indican la preservación de los principios independentistas y liberales
cuando peligra el anhelo de la construcción de un país soberano
ante la intervención francesa en 1862, cuando se estrenó el drama.
La casa: territorio nacional
Rosa, en tanto propietaria del inmueble que habita, además de su
rango social reconocido, es considerada para alojar a un oficial
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norteamericano en su mansión, en la que viven ella, que es viuda, y
su hija; Martín, el soldado, y Andrés, el patriota.
Ella dócilmente acepta hospedar al invasor quien se presenta
ante ella como una caballero de modales exquisitos, contradiciendo
su carácter violento que atenta contra la paz de la nación:
Gustavo: Beso los pies.
Rosa: Adelante.
¿Que se ofrece?
Gustavo: He recibido
la dirección, y he venido
a la casa: terminante
era la orden, señora,
aunque me cause pena,
de mi carácter ajena
tal molestia y a tal hora.
Se me señala esta casa
para ser mi alojamiento.
Rosa: Pues disponed al momento.
es la orden… (Riva Palacio y Mateos 402)

Al ocupar la casa, símbolo de la invasión del territorio
nacional, el oficial muestra cierta caballerosidad que le permitirá
ganarse la confianza de la propietaria. Ante esta disposición, Andrés,
el patriota herido en combate, decide abandonar la misma casa que
había representado un refugio en su vida, pero que ahora habitada
por el enemigo lo hacen imposible.
Convencido de los perjuicios provocados por los intereses
expansionistas, sale del lugar tras advertir:
¡Imposible!, un mismo techo
no nos cubrirá a los dos:
me voy sin decirle adiós,
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aunque se rompa mi pecho.
De mi patria al enemigo
nunca tenderé la mano
ni de su victoria ufano
ha de gloriarse conmigo.
Se cierne sobre esta casa
una maldición del cielo,
una tormenta de duelo
sobre sus hogares pasa.
No lo he soñado, ¡ay de mí!,
¡amistad al invasor!
Esta casa me da horror ...
¡Huyamos pronto de aquí! (Riva Palacio y Mateos 405)

Pese a estar malherido, Andrés sale de la residencia para
reincorporarse a su contingente y regresa tiempo después para
sorprenderse ante el enlace matrimonial de su prometida-patria con
el soldado-invasor.
Ante la ocupación, no solo el soldado patriota abandona
el espacio invadido; también lo hace Serafín, símbolo del
conservadurismo, quien no encuentra razón para estar ahí por lo
que decide salir del país:
Magdalena: ¿De viaje?
Serafín: Con mucho gusto
dejando los patrios lares,
me voy a cruzar los mares:
tengo dinero y es justo.
Los tiempos están perdidos
y mamá mucho se aflige.
Magdalena: ¿Y hacia dónde se dirige?
Serafín: A los Estados Unidos.
No hay necesidad, no quiero…
aunque mi franqueza notes,

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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-150

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éste es país de hotentotes:
yo nací para extranjero.
Busco civilización,
no bella naturaleza:
aquí juegan la cabeza
cual si fuera diversión. (Riva Palacio y Mateos 410-411)

No sorprende esta mirada racista y clasista de quien
encarna los valores de conservadurismo del siglo XIX mexicano
que sostenía que lo anglosajón, en este caso, representaba lo
civilizatorio, la transformación de la Naturaleza en cultura, la salida
del estado primigenio. Para Serafín, Estados Unidos cumple con sus
aspiraciones de un país modernizado por el paso del capital.
Semejante declaración provoca el enojo de Martín, el
veterano insurgente que le responde:
Puede usted marchar de aquí:
la patria no necesita
del auxilio de un cobarde;
hay sangre noble que arde
y en otros pechos se agita.
Hijos bastardos, la gloria
es para quien la comprende:
para vosotros no enciende
nunca su antorcha la historia. (Riva Palacio y Mateos 419)

Esta división existe hasta nuestros días; basta con abrir los
periódicos para saber qué tipo de prensa apoya la intervención
extranjera en nuestro país y quiénes siguen pensando en una patria
que necesita ser defendida.
En la casa, como en el territorio nacional, confluyen diversos
personajes cuyos caracteres hacen evidente las distintas posturas
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que surgen ante la amenaza expansionista de un país invasor, en este
caso los Estados Unidos: Rosa muestra la opción de una alianza con
los invasores; Magdalena comprometida con el soldado patriota,
luego burlada por el oficial norteamericano, muestra las desventajas
de la invasión pues las mujeres, en tanto botín de guerra, serán las
jóvenes mancilladas; Serafín encarna la oposición al ideario liberal;
al contrario de este, Andrés simboliza al patriota valeroso defensor
de la soberanía y Martín, el luchador independentista. Cinco
posturas en tiempos de invasión, cinco maneras de reaccionar ante
la ocupación del ejército norteamericano.
Es necesario subrayar el papel de Martín en el texto, pues
no solo es el reflejo de la tradición combativa del pueblo mexicano,
sino que encarna la experiencia de la soberanía en peligro. Él es
el héroe vencedor de esta trama: sale de la casa-territorio nacional
para derrotar al enemigo en su propio país, en Niágara. Este acto
adquiere mayor relevancia ante la situación de emergencia por la
inminente invasión francesa y la imposición de un régimen ajeno
a los proyectos nacionalistas liberales. En suma, la casa alude
al territorio nacional y sus ocupantes los distintos proyectos que
conformaban a la nación.
El tercer personaje, la alianza entre pares
Desde el primer acto de este texto dramático, nos encontramos con
representaciones anómalas de lo femenino, pues Adriana Pradel,
personaje principal, convoca a su amiga Magda para confesarle que
ha puesto un anuncio en el periódico para comprar un marido: en
este, ella ofrece dinero a cambio de matrimonio.
Adriana representa a la nueva clase en el poder, una burguesía
que se adapta al régimen posrevolucionario y que puede, porque tiene
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los medios, romper con ciertos esquemas morales del Porfiriato. Ella,
siendo una treintañera sin familia, busca en un esposo comprado la
posibilidad de tener un hijo dentro del marco de la unión conyugal.
Lo que sorprende en el texto es que la mencionada ruptura se dé
dentro del ámbito del contrato marital, es decir, que sea ella la figura
dominante, la que toma el lugar del hombre para elegir y poner las
condiciones del matrimonio.
Como se puede notar, esta disposición produce un
desacomodo en las formas habituales de ser mujer, pero gracias
a esta ruptura es que Adriana puede articular una mediación
con la clase desplazada por la Revolución mexicana, es decir, los
hacendados, a través de un hijo que imagina con uno de ellos.
En esta mediación, ella se sitúa en un lugar casi heroico, pues
su objetivo tiene el fin de servir, de “encontrar la finalidad que
justifique su vida” (Sada 11).
Siguiendo con la anécdota, ella pone un anuncio en varios
periódicos en el que ofrece dinero a cambio de matrimonio; ante
cincuenta respuestas, ella elige a tres candidatos para entrevistar:
un antropólogo inglés, Mr. Sheprers, un panadero español, Juanico
Quesadas, y Alfredo Noriega, hijo de un hacendado que ha perdido
su riqueza y sus propiedades por causa de la Revolución. Sin que sea
consciente de su elección, cada uno de ellos encarna un periodo de
la historia de México: así, el inglés representa no solo al impacto que
la antropología foránea tuvo en la local, sino también al auge de las
excavaciones realizadas durante el periodo posrevolucionario, con
el propósito de establecer el origen del país a partir de los hallazgos
en los sitios arqueológicos. El panadero español, un hombre que
representa un colonialismo español debilitado, necesitado de capital
para invertirlo en su negocio, a diferencia de sus antecesores que
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lo obtuvieron del saqueo continental. Y finalmente, el hijo de un
ex hacendado, digno representante del latifundismo de la época
porfirista, que busca recuperar su fortuna confiscada durante el
movimiento revolucionario.
Cabe apuntar que Adriana Pradel forma parte de una clase
emergente, no solo por la estabilidad económica que ostenta, sino
porque además es profesionista médica con consulta privada,
lo que amplía su margen de representación en tanto mujer de su
época. Al elegir al ex hacendado, en un gesto entre pares, lo rescata
financieramente para que pueda recuperar sus propiedades y su
lugar en la sociedad. De esta forma, en los siguientes diálogos
entre Adriana y Alfredo, se revela cómo la clase dominante que fue
desplazada busca recuperar sus privilegios, a partir de recobrar su
capital, con la expectativa de incrementarlo, y cómo recibe apoyo de
la nueva clase dominante:
ALFREDO. — Entonces solo diré lo indispensable para que sepa
usted por qué circunstancia me veo obligado a aceptar su ayuda
[…] Quiero que sepa […] quien soy. […] usted que “compra”
debe saber la clase de mercancía que recibe a cambio de su dinero.
ADRIANA. — Habíamos convenido en suprimir los sarcasmos…
ALFREDO. — Lo diré de otro modo. Estoy en el escaparate por
el que pasaron y pasarán otros varios. Quiero que vea lo meritorio
o defectuoso de mí… permítame que haga mi propia propaganda,
que alabe el producto. (Sada 25)

Quizá este afán por apersonarse es lo que permite que
Adriana lo reconozca como un par caído en desgracia, como un
igual que necesita su apoyo. No se puede dejar de señalar la serie
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de alianzas que ha hecho la nobleza con la burguesía en un afán
por mezclar un pasado nobiliario con un presente adinerado. De
este modo, es notoria la serie de alianzas que las clases dominantes
establecen para su sobrevivencia, como es el caso de esta, entre el ex
hacendado del Porfiriato y una mujer de la época posrevolucionaria
con la capacidad económica para rescatarlo:
ALFREDO. — Fue mi padre un rico hacendado, la revolución
nos obligó a expatriarnos, a dejar nuestras tierras, nuestro hogar,
nuestra fortuna. Inmensos sembrados de trigo y caña fueron
destruidos, los ranchos asolados, las casas confiscadas. (Sada 26)

Si toda clase social se levanta sobre una base económica,
para Alfredo es imperante señalar esa base en la que descansaba
su lugar en la sociedad; propiedades agrícolas y ganaderas, con una
considerable fuerza de trabajo que sobrevivía en condiciones de
esclavitud como era costumbre en las haciendas porfirianas.
Nos refugiamos en España, allí murió mi padre; poco tiempo
después, en Estados Unidos, mi madre enfermó; estábamos sin
recursos… y ella se fué [sic] también. Quedé al frente de la familia;
no en la ruina, pero muy cerca de ella, tanto que luego nos atrapó.
Fuí [sic] entonces mesero, lavaplatos, cargador. Pasé junto al
hambre, a todos los vicios, a las peores miserias. (Sada 26)

Mendieta afirma que a causa de Revolución y de la aparición
de la Reforma Agraria “Muchos aristócratas se vieron arruinados,
[…] emigraron a Europa y a los Estados Unidos donde siguieron
viviendo de las rentas de sus propiedades” (525). Tal parece ser el
caso de la familia Noriega que se refugia en estos países; no sorprende
notar que la clase dominante a lo largo de la historia mexicana tienda
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a exiliarse en España, como si este espacio les devolviera la paz del
origen y/o a los Estados Unidos donde podrían construir un futuro
anhelado, que no solo lo imaginan los hombres que emigran de sus
pueblos azotados por la pobreza extrema.
Es importante señalar que la mayoría de los mexicanos de
la clase acomodada aspira a tener una vida dentro de los modelos
económicos, sociales y culturales como el español y el norteamericano;
sin embargo, la serie de trabajos por los que pasa Alfredo no entran
en esta aspiración a una mejor vida y sí forman parte del repertorio
de trabajos mal pagados por los que pasa cualquier compatriota que
busca ganarse la vida en el país del norte:
Regresamos al país de caridad. Desde entonces mi vida fue un
vagar de oficina en oficina; puedo jurar que mis pantalones
quedaron gastados de estar sentado, horas interminables, en las
antesalas de los ministerios. Conseguí que me devolviesen algunas
propiedades. Intenté vender una sin lograrlo. Perdí dinero, nadie
quiso prestar sobre haciendas en ruinas y gravadas con enormes
contribuciones sin pagar. Todo se cerraba a mi derredor, me
estrellaba en una inmensa muralla infranqueable; la miseria me
estrujaba más cada día… leí su anuncio, decidí por medio del
matrimonio salvar la situación.
[…]
ALFREDO. — Necesito $25,000; 5,000 para contribuciones,
$10,000 para regalos “voluntarios” que forzosamente debo hacer,
y el resto para volver a empezar (Sada 26)

Conviene subrayar que en Alfredo no hay un acto de
conciencia sobre su responsabilidad de la situación en la que
se encuentra. No se reconoce como la clase que oprimía y que
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desconocía los derechos fundamentales de los trabajadores de sus
haciendas; lo único que registra es su propia desgracia, es decir,
perder los medios de producción así como la fuerza que podía
ejercer en el ambiente legal y político.
Sin estos privilegios, su vida parecía desmoronarse hasta que
encontró un anuncio en el periódico en el que se ofrecía dinero a
cambio de matrimonio. Por primera vez en su vida, las circunstancias
los sobrepasan porque es evidente que ha perdido su lugar de amo
para convertirse en esclavo, encadenado a una deuda que le tomará
tiempo pagar.
Siguiendo con la anécdota, Adriana le asegura que puede
contar con tal cantidad, y Alfredo, como acota Concepción Sada,
“bajo una mezcla de emociones contradictorias, no sabe si agradecer
o rechazar” (26), ya que el mandato social de los varones es el de ser
proveedores y no receptores de la riqueza de la pareja. Valga señalar
que la cantidad mencionada representaba el valor de una casa de la
clase acomodada de esa época.
Como se nota en los siguientes diálogos, llega el momento
de formalizar el contrato, a partir de una serie de condiciones,
obligaciones, características de una transacción comercial:
ALFREDO. — Resultó un artículo bastante caro. (Dice con
amargura) Debo ahora hacer una aclaración. Los acepto a título
de préstamo, en el término de un año, contando desde la fecha
de nuestro matrimonio, los pagaré a usted… de una manera o de
otra…
ADRIANA. —¿Qué quiere usted decir?...
ALFREDO. —¿Debo repetir en voz alta lo que usted ha
adivinado? (Adriana se dirige al escritorio para ocultar su
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turbación. Toma un talonario y extiende un cheque. Él no se
atreve a mirarla.)
ADRIANA. — Aquí tiene usted.
ALFREDO. — (Ve el cheque detenidamente, luego con lentitud
lo dobla y lo guarda. Escribe un pagaré que entrega a Adriana)
Aquí está el certificado de mi deuda, mi dirección, mi firma.
¿Necesita alguna otra garantía?
ADRIANA. — No… no hace falta. (lee el pagaré) ¡Pero aquí ha
puesto usted otra cantidad!...
ALFREDO. — Los gastos de la boda corren por mi cuenta. ¿No
se estila así? (Pausa) ¿Cuándo desea usted que vuelva para fijar la
fecha en que debe realizarse este… este negocio? (Sada 26-27)

La protagonista de El tercer personaje refleja los logros de las
mujeres profesionistas, empeñadas en romper las limitaciones de la
investidura femenina socialmente impuesta, pues cuenta con una
profesión y un capital suficiente para librarse del estereotipo de la mujer
sujeta al hombre proveedor. Al mismo tiempo, conserva aspiraciones
propias de la tradición patriarcal, como la de casarse y convertirse
en madre, aunque para conseguirlo se valga de su fortuna y signe
un contrato mercantil, contrario a la idea romántica del matrimonio.
Esta ambivalencia también se hace presente en dos modelos de lo
femenino que aparecen en el texto, encarnados en sus amigas; por un
lado, Magda, encargada de un negocio familiar, signo de la presencia
de las mujeres en los negocios, quien considera que el bienestar de
una mujer no descansa en la vida matrimonial y en el cuidado de los
hijos, lo que marca cambios en los roles preestablecidos. Por otro,
Rosario, cuya vida depende de su relación matrimonial, se aferra a los
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supuestos beneficios de la sujeción económica, a las “ventajas” de la
vida pública de las casadas y se resigna a los rasgos “naturales” de los
hombres, es decir, a su tendencia al adulterio, aunque esto la lleve a
espiar a su esposo todos los días.
Dentro de estas posturas opuestas se encuentra Adriana:
con una posibilidad de estar en el mundo de otra manera y con el
deseo de preservar los roles asignados a su género.
La regeneración de la clase dominante
De acuerdo con el texto, después de la muerte de la madre de
Adriana, ella se consagró al cuidado de su tío. Al fallecer este, siente
un vacío en su vida que piensa llenar con un hijo, otro ser a quien
cuidar, pero sin que medie una relación afectiva con un hombre,
pues considera que ya no está en edad de pasar por el ritual social
del noviazgo, pero sí requiere de un matrimonio a modo, pues no
está dispuesta a contener las habladurías que se desatarían si optara
por tener un hijo sin padre:
MAGDA. — Y bien.: has decidido enamorarte de una manera
“muy especial”.
ADRIANA. — No. He decidido solamente buscar un hombre
para mí.
MAGDA. — ¡Adriana!… ¿Estás loca?... ¿Cómo, si no te enamoras?
ADRIANA. — Es que... no quiero amor del que supones. No
quiero al hombre por sí mismo. ¡oh! ... ¡es tan difícil de explicarlo...!
¡Quiero... quiero un hijo!
MAGDA. — ¡Un hijo!
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ADRIANA. — Sí, trata de comprenderme. Un hijo mío... mío...
enteramente mío; de mi carne, de mi sangre...para depositar mi
alma en su vida; para desenvolver su espíritu con mis propias
manos. ¡Lo deseo... lo necesito!... (Sada 13-14)

Es interesante notar como esta posibilidad, de experimentar
la maternidad sin la conyugalidad, aparece en un texto dramático
de 1936, en que advertimos cómo las reglas que establecen la
constitución de una familia se ven trastocadas por el deseo de
Adriana, pues, en palabras de su amiga Magda, va a tener un hijo sin
enamorarse.
Este hijo, imaginado por Adriana, es una pieza única que será
creada por ella, una especie de escultura que sus manos revelarían.
Aún más, al decidirse por Alfredo, su pieza será intervenida con
valores que ella considera invaluables para la creación de este hijo,
como se lo hace saber a la citada amiga:
ADRIANA. — Ese hombre, Alfredo Noriega, es el hombre que
necesito… Fuerte, sano, equilibrado, altivo, orgullosos, decidido
a la vez. Yo… soy un poco inteligente, me has hecho el honor
de declararlo así; de los dos surgirá un ser ideal: fuerza, cerebro;
inteligencia y energía. Él y yo frente a frente. Los dos para construir
el porvenir… los dos personajes de una farsa única. (Sada 28)

En esta clasificación binaria que describe Adriana se hace
evidente que la mayor parte de las cualidades las posee el hombre
y que ella solo admite la capacidad que su amiga le reconoce.
De este modo, a pesar de que ella, en un principio vislumbraba
un hijo con su alma, su sangre, su carne, el producto que puede
materializar estará constituido mayormente con los valores o
atributos paternos.
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Alfredo
Fuerte
Sano
Equilibrado
Altivo
Orgulloso
Decidido

Adriana
Un poco inteligente

Llama la atención que estos valores denoten la salud física y mental
del futuro padre, quizá porque Alfredo, en tanto representante el
Porfiriato, encarna el proyecto de erradicar los vicios morales y físicos
que supuestamente condenaban al atraso a la población nacional.
Con este pasado superado, se agrega la capacidad financiera de la
madre que permitiría la tan deseada aparición de un nuevo hijo de la
nación, que más que mantener la distancia entre la clase dominante
desplazada por el movimiento armado, procuraría la convivencia
con la nueva elite.
Cómo hacer posible al hijo
MAGDA. — Díme [sic], y.… ¿el bebé ideal?... (Sada 35)
A dos meses de la boda, Magda regresa a visitar a Adriana y se
entera de que al final del festejo, Adriana se enfrenta con un
Alfredo avergonzado que reniega nuevamente por haber accedido
a la propuesta de ella:
ALFREDO. — ¿Ha quedado también conforme con el efecto
de la comedia?... ¿He representado mi papel según sus deseos?...
¿Fui el esposo enamorado que llega al fin al logro de su ilusión
más grata?
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ADRIANA. — ¡Oh! ¿esas preguntas?...
ALFREDO. — Son necesarias, son indispensables; quiero saber
si cumplí con mi deber ... o si estoy estafando su dinero... (Sada
36)

Ante el desplazamiento de Alfredo, de su papel de proveedor,
se convierte en alguien pasivo, carente de acción pues es el que
recibe y no el que genera riqueza. Esta circunstancia lo devalúa ante
sí mismo porque parte de la identidad masculina descansa en sus
posibilidades económicas y no en ser objetualizados como sucede
en esta relación; de ahí que de manera sarcástica intente verificar si
él, en tanto producto, ha cumplido con las expectativas de Adriana:
ALFREDO. — Ya está usted satisfecha, lo que de mí compró lo
ha obtenido: el derecho a dejar desde hoy el título de “solterona”,
para pasar a figurar entre las “señoras”. Ahora sí, puede usted
lazar con orgullo “¡Ved, ved, me he casado... también yo tengo un
marido!”... ¡Vanalidad [sic]!... ¡Vanalidad [sic] estúpida!... (Adriana
indignada quiere detenerlo, él prosigue con mal contenido rencor) Capricho
trivial de una mujer ociosa, soberbia, con dinero fácil, con afán
dominador... (Sada 36)

La acusación de Alfredo reduce a Adriana a una mujer que
solo buscaba ser reconocida entre la sociedad como una mujer
que se ha apropiado de un hombre. Como señala Lagarde, “con
la adquisición de la esposa el hombre se allega un territorio y un
espacio de vida privado para ejercer su dominio, eje de su virilidad,
de su condición masculina patriarcal” (336). Sin la posibilidad de
ejercer este dominio, para Alfredo la vida se hace insostenible,
incomprensible, pues por un lado ya existe un espacio que le fue
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arrebatado por la Revolución, el lugar del señor hacendado, y a
este se agrega uno más; su lugar como esposo, en el que no puede
figurar como dicta la norma ante su incapacidad financiera. Incapaz
de sostener esos lugares, Alfredo desata la violencia en contra de
Adriana, al grado en que esta enmudece y es incapaz de pedir lo que
esperaba de esta relación: un hijo, y queda como una simple mujer
vana y arrogante ante su nuevo esposo:
ADRIANA. — ¡No... no se trata de eso! ... ¿No lo comprende
usted? … Se trata... yo pretendía tener... (Pero al ir a decirlo un
pudor instintivo la hace retroceder, cubrirse la boca con mano temblorosa y
balbucir) ¡Oh!... usted no lo comprendería…no lo comprendería...!
(Sada 36)

La vergüenza de Adriana en el momento de hacer presente
su deseo impide que “el bebé ideal” se produzca. Ninguno de
los dos cuenta con los elementos necesarios para que ese niño
exista. Por el momento, hay una imposibilidad que impide que
esas clases se fundan para regenerarse, para que el Porfiriato sea
capaz de reconstruirse a partir de su clase dominante dañada, y sea
maternada, cuidada por una clase ociosa, “con dinero fácil, con afán
dominador” en palabras del ex hacendado.
El espacio doméstico en El tercer personaje
Históricamente, el espacio doméstico ha sido designado como
el lugar que deben habitar las mujeres; en este, desde esta visión
misógina, no hay actividades productivas, es decir, labores que
produzcan riqueza, sino tareas de cuidado de la progenie. En este
sentido, resulta paradójico que la casa de Adriana sea el escenario en
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el que diversas formas de la llamada condición femenina se sucedan:
a saber, por un lado, es el espacio de la consulta médica de Adriana,
su espacio laboral en el que conviven otras mujeres que trabajan,
como Zoila, su asistente. No es en vano que la primera escena
del primer acto se haga referencia a ello, que antes de presentarse
como una mujer que busca un hijo, sea una mujer que ha estudiado
medicina, que da consulta y que cuida de sus pacientes. Por otro, es
una zona segura en el que comparte su intimidad con sus amigas,
donde sus secretos son revelados, como el de elegir un hombre
para tener un hijo que anhela; área en el que la vulnerabilidad de las
mujeres de esta nueva clase aparece, con sus decepciones ante un
mundo romantizado en el que el matrimonio no es lo que esperaban:
MAGDA. —Yo soñaba con un escritor, con un poeta... ¡ja,...[sic]
ja...ja! y vine a casar con un maderero.
[…]
ROSARIO. — Estoy convertida en detective. Siempre alerta sin
comer ni dormir. Paso horas y horas en persecución de mi
marido. Sé... que me engaña. (Sada 15-16)

De esta forma, la casa es un espacio de cuidados para los
enfermos que llegan a consulta así como para la escucha. No es el
espacio de la conyugalidad, pues Andrés, después de la boda, se va
al norte a trabajar en sus ranchos, y cuando llega a regresar duermen
en cuartos separados y hacen vida social para guardar las apariencias:
ADRIANA. — Desde entonces, él va, vienes de sus ranchos, está
aquí algunos días; entonces cuida escrupulosamente de guardar

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las apariencias ante los criados. A veces es gentil, me toma del
brazo para hacerme subir al coche. Insiste en que vayamos al
teatro, a donde hay gente, donde podamos exhibirnos y me trata
ante todos con estudiada galantería... en el fondo permanece
extraño, hostil como un enemigo. (Sada 39)

Sin vida conyugal real, con una división sexual del trabajo
no tradicional, pues Adriana trabaja como profesional de la salud
en su casa, además de ser la dueña de los recursos económicos,
la configuración de este espacio anuncia una nueva relación
mujer-espacio doméstico, así como un cambio en la construcción
imaginaria de este.
A manera de conclusión
Como lo anunciábamos en la introducción, notamos ciertos
paralelismos en ambos textos: primero, el establecimiento de alianzas
entre las clases dominantes comprometidas en la reorganización
del país, en periodos de crisis política. Es decir, en La catarata del
Niágara un sector de la burguesía conservadora acepta aliarse con
los invasores norteamericanos y franceses, respectivamente, para
preservar sus privilegios. Mientras en El tercer personaje, una fracción
de la oligarquía porfiriana procura recuperar su status económico a
través de un “matrimonio” con la nueva burguesía posrevolucionaria.
Segundo, en lo que respecta al hijo, como proyecto de país
deseado, en ambos textos se concibe dentro del marco regulatorio
de las relaciones de pareja; en otras palabras, en La catarata del
Niágara la esposa mexicana hace el viaje hasta las cataratas por
el marido norteamericano, pues deben vivir juntos para procrear
dentro de una familia nuclear. En concordancia, en El tercer personaje,
Adriana simula un matrimonio con un ex hacendado arruinado para
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tener un hijo. Es importante resaltar que en ambos textos, el hijo
no se materializa: por un lado, el oficial norteamericano asesina a la
madre gestante, arrojándola a la catarata, y con ellos se desvanece,
metafóricamente, la posibilidad de conformar un país sometido a los
intereses expansionistas y, por otro, Adriana es incapaz de confesar
a Andrés que el objetivo del simulacro matrimonial es tener un hijo.
Quizá lo que estos dramaturgos nos proponen es la imposibilidad
histórica de esta nueva regeneración social; es decir, que no hay
espacio para un México con cualidades del modelo norteamericano y
las propias de la burguesía mexicana con aspiraciones cosmopolitas,
y que si bien el modelo latifundista se puede recuperar, sostenido
por el capital de la nueva burguesía mexicana, hay una hostilidad
entre ambas partes que impiden una fusión real.
Tercero, si bien se encuentra un espacio doméstico en el que
se desarrolla la acción dramática, en el caso de La catarata del Niágara
la casa representa a la nación convulsa, debido a las amenazas
intervencionistas, norteamericana y luego francesa, y en El tercer
personaje, el cambio de paradigma sobre el espacio que habitan las
mujeres.

Obras citadas
Alcántara, José Ramón. Textralidad: Textualidad y teatralidad en México.
UIA, 2010.
Florescano, Enrique. Imágenes de la patria a través de los siglos. Taurus,
2015.
Lagarde y de los Ríos, Marcela. Los cautiverios de las mujeres: madresposas,
monjas, putas, presas y locas. UNAM, 2015.
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�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

Mendieta y Núñez, Lucio. Las clases sociales. Porrúa, 1980.
Riva Palacio, Vicente, y Juan Antonio Mateos. Liras hermanas (obra
dramática). UNAM/Instituto Mexiquense de Cultura/
CNCA/Instituto Mora, 1997.
Sada, Concepción. El tercer personaje. Sociedad General de Autores
de México, [s. f.].

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�Artículos
Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

The Mystery of Death in Elias Canetti’s Notes and
Aphorisms
El misterio de la muerte en los apuntes y aforismos
de Elias Canetti
Tomás Speziale
Universidad Nacional Autónoma de México
Ciudad de México, México
tomasspeziale@gmail.com

Resumen: En este artículo proponemos una revisión exhaustiva y
sistemática de los apuntes y aforismos de Elias Canetti, basada en la
hipótesis de que la muerte aparece en ellos como lo que denominamos
un “misterio” o “dato radical”. Esta lectura se distancia deliberadamente
de las interpretaciones hegemónicas que han prevalecido en las últimas
décadas, que tienden a tratar la muerte como un instrumento de la política
o como un elemento que opera dentro de su propio campo, en lugar de
como el misterio irreducible e irresoluble que necesariamente la rodea.
En contra de estos enfoques, argumentamos que la naturaleza radical
de la muerte en los Apuntes de Canetti —que se resiste explícitamente
a las interpretaciones biológicas, sociológicas, psicoanalíticas e incluso
filosóficas— obliga a la política a confrontar una serie de cuestiones éticas.
Estas se refieren a la pérdida absoluta que implica la muerte, la exigencia
de la salvación del otro y la primacía ética de la muerte del otro.
Palabras clave: Canetti, muerte, ética, apuntes, política.
Abstract: In this article, we propose a thorough and systematic revision of
Elias Canetti’s Notes grounded in the hypothesis that death appears there

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as what we call a “mystery” or “radical fact”. This reading deliberately
distances itself from the hegemonic interpretations that have prevailed
over recent decades, which tend to treat death as an instrument of politics
or as one element operating within its own field, rather than as the
irreducible and unsolvable mystery that necessarily surrounds it. Against
these approaches, we argue that the radical nature of death in Canetti’s
Notes—which explicitly resists biological, sociological, psychoanalytical,
and even philosophical interpretations—forces politics to confront a
series of ethical questions. These concern the absolute loss implied by
death, the demand for the salvation of the other, and the ethical primacy
of the other’s death.
Keywords: Canetti, Death, Ethics, Notes, Politics.

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Introduction
Death is one of the major themes of Canetti’s work, a concern
that runs through almost all of his texts. Indeed, from his three
plays (1982), each of which placed death at the center of the
stage, through the centrality of survival and the question of the
invisible masses of the dead and the unborn in Crowds and Power
(1987), to the frequent mentions of his relationship with death
in his autobiography (2006, 2011) and his reflections in his Notes
(2008), the grim reaper never ceases to haunt Canetti’s writing.
How can we understand the heterogeneity of meanings in which
it emerges, where it is linked, in an apparently dispersed series of
writing genres, to diverse anthropological, historical, philosophical,
and psychoanalytical realities and concepts? What can we say about
Canetti’s general conception of death? In this article, we would
like to outline a possible answer to these last questions: in Canetti’s
Notes, death appears as mystery, a radical fact.1
The radical fact of death, associated with the “mystery”
and opposed to the “problem”, will allow us to separate our
interpretation from the hegemonic reading of his texts, which, as we
shall see, has governed the state of the art since the last decades of
the twentieth century. For a number of commentators have, in fact,
seen in death a mere instrument of politics—or of power, which
is, for these works, a synonym of politics. Thus, death appears in
them as one more element of political life, as one more problem
1 We will analyze here only the notes, since we have taken care to dwell
on his fictional work (the novel, Auto de fe, and the aforementioned plays),
essayistic (The Consciousness of Words), autobiographical, and theoretical
(Crowds and Power) elsewhere (“Anonymising Identifying Information”).

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with which politics has to deal, or which it has to channel as one of
its tools. In contrast, our recovery of death as a radical fact, and not
as a problem or an instrument, allows us to think of it as something
that politics is always facing, not as an obstacle that stands before it,
but as the mystery that necessarily envelops it, and which throws it
into a set of ethical questions with which it has to coexist, without a
definitive answer. A series of perennial interrogations linked, as we
shall see, to the mystery of death, to the absolute loss of the other,
and to the ethical demand for his salvation.
To achieve our objective, we will begin by reviewing various
interpretations that see in Canetti a thinker critical of power, who
opposes death by denouncing it as the fundamental instrument by
which politics undermines the metamorphic capacity of subjects.
Secondly, we will argue from our reading of Canetti the specificity
of the idea of death as a radical fact, to then find it, finally, from
three questions that make it manifest: one regarding its mysterious
dimension, another pointing to the absolute of loss—to the terrible
dead’s waste without return—and, with it, to the question for the
ethical primacy of the death of the other.
The State of the Art. Death as an Instrument of Power
It could be said that the field of readings on Canetti’s work is
mainly governed by the interpretations that have been labelled
(“Anonymising Identifying Information”) “Deleuzian-vitalist”.
This body of work emphasizes the idea of metamorphosis as an
expansion of the possibilities of the human being (Brighenti 2010,
2023; Campillo 2006; Cerruti 2024; Marramao 2008; Martínez 2006;
Vázquez Tamayo 2020; Ishaghpour 1990). If power for Canetti is
constituted, in large part, by the triumph over the death of the other,
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by the possibility that the other dies in my place or, in any case, that
he accepts the order I give him —an order that always in the last
instance is a threat of death (Masa y poder)— then metamorphosis
would reside unequivocally on the side of life. If power, we say,
is thus linked to a certain giving-death, or to a power-giving-death
surviving the other, then metamorphosis would be the capacity
by which, transforming himself into others and remembering
the deceased, man welcomes otherness within himself, becoming
something other than himself by rejecting death. The disadvantage
of these views is not only that by homologizing power and politics
they renounce the latter, but also that they tend to reposition the
quest for the universal for which Canetti advocates solely on the
level of an individual literary wager in opposition to death and, with
it, in opposition to a series of ethical-political problems linked to
death, to which we shall return.
Another type of approach, which could be called
“eschatological”, is found in the work of Figuier (2006), who, while
also underlining a certain continuity between survival, death of the
other, and power—“The moment of survival is the moment of
power” (Canetti, Masa y poder 223)2—also says that there are two
forms of innocent survival. The first is linked with the “surviving
at a temporal distance” (245), a Canettian notion present in the
section “The Forms of Survival” of Crowds and Power, of which we
will speak in detail, since it is central to our own argument. This is,
according to Figuier, an innocent modality of survival insofar as one
cannot have put to death those who lived long before oneself. And
2 From here, all translations of texts from Spanish into English will be our
authorship.

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it would be innocent even though Canetti does admit that there is,
with respect to it, a power relation between the living and the dead.
The second form of innocent survival would be one that brings his
reading closer to the Deleuzian-vitalist interpretation: immortality
through the work of art, since, in writing, the writer’s will is not
to kill, but, on the contrary, to expand life. However, we call this
interpretation “eschatological” since its specific emphasis lies neither
in surviving at a temporal distance nor in that metamorphosis and
“life in expansion”, but almost on the opposite, in a third way of
trying to escape power. In a dying with the dead: Figuier interprets
the funeral or lamentation packs analyzed by Canetti (1987) by
highlighting the idea that, before the deceased flees to the world
of the dead, the living seek to retain him. “And they would like”,
says Figuier, “animated by guilt, to die with him” (6). This reading
cancels the radicality of Canetti’s position, whose own mark, as we
will see, is the tearing in the face of death understood as an absolute
loss of the other and of the self and, therefore, as a datum whose
radicality is unacceptable and unbearable.
Another type of interpretation of the place of death in Canetti’s
political analyses is the one that could be called “post-foundationalist”
(Mouffe, 1999; Agard, 2017), as it tends to emphasize the process by
which Canetti shows in Crowds and Power that, although no political
regime can finally expel all possibility of the appearance of death
within it, some nevertheless manage to conjure it, by transforming,
as Chantal Mouffe (1999) says, antagonistic relations into agonistic
relations. According to the latter, Canetti would have shown, in the
section “The essence of the parliamentary system” of the chapter
Crowd and History, that English parliamentary democracy succeeds in
reducing to a minimum the presence of death in human relations,
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insofar as parliament would stage for him a combat in which one
renounces killing in order to adopt the opinion of the majority. And
then, from this point of view, the “elimination of death from the
political scene is for Canetti an achievement, even if it is precarious”
(Agard 283). Therefore, around 1960, England would have been the
country that contributed most to the political codification of violence.
This analysis tends to see in the political world, as described
in Crowds and Power, two heterogeneous levels, the instituting
and the instituted, the political and politics. Politics would thus
appear, Agard tells us, as a channeling of the infinite power of
human metamorphosis, a power that singles us out from other
species—since humanity, although it is part of the vital flow of the
world, of the continuum of the natural world, at the same time
necessarily breaks with it, always introduces a break with respect
to that continuity because it does not have a finished essence, an
identity with itself. The power of metamorphosis is ambivalent for
him, since it can both help men to escape death and to kill others.
Metamorphic politics would thus consist in channeling death as a
negativity that lies outside of it, that is, as an exteriority from which
we should remain distant. As we will argue in detail, this position
that sees death as a “problem” ignores its mysterious character,
whereby politics can never abandon the tragedy of the unsolvable
questions it must face, beyond any appeal to the given forms of
death —as murder, extermination, war, threat, and so on.
Thus, unlike the three positions we have just reviewed,
we are about to postulate that for Canetti, death is a radical fact,
irreducible to the evasive adventure of metamorphosis, to the
eschatological celebration of its unacceptable absolute negativity,
and to the institutional channeling of its instituting power.
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The Mystery of Death
It is undeniable that Canetti problematizes death. In his reflections
on the link between power and survival, in his alarming diagnosis
of the nuclear scenario as a universal extension of the imminent
possibility of death, in his analysis of the paranoia of various
characters such as Schreber and Hitler, in his dense descriptions
of the cultural modalities of lamentation or mourning, in his
profound attention to the question of war;3 we could almost
say, at all times, there is in his texts a concern for thinking
about death as a problem, for thinking about the concrete ways
in which, in our societies, death is experienced and death is
given. Notwithstanding this, in Canetti’s texts, death is first and
foremost a mystery. Death is not only that question before which
we stand, that object that is constantly in front of us, susceptible
to our historical, cultural, ethnological, linguistic, sociological,
or political analysis. It is, rather, a mystery in which political
communities and the subjects that live in them are already always
immersed, an envelope of absolute darkness within which
we exist. All knowledge about ourselves and about the world
contains within it this inextinguishable mystery4.
3 All these are main themes that Canetti works on throughout Crowds and
Power.
4 “No matter how clear and thorough the rest of our self-understanding
is, the incomprehensibility of death will remain folded within itself, silently
gnawing at each of our certainties. All knowledge, whether about the world or
about ourselves, contains within it an inextinguishable mystery. No matter how
wonderfully we may have constructed our schemes of thought, it is a fact that
each of us will fade into final obscurity along with our own thinking” (Carse
11-12).
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If the problem by definition is illuminated, approached
from the outside, the mystery, on the contrary, blurs the distinction
between the outside and the inside, between what is before me and
what is in me, and that is why with it I am immersed, submerged in
an infinite opacity (Marcel, 1969; Jankélévitch, 2002; 2017)5. For the
demographer, the biologist, the anthropologist, the sociologist, or
the political scientist, death is often a problem. For Canetti, it is both
a problem and a mystery:
I want death to be grave and serious, I want death to be terrible,
and even more terrible where there is nothing to fear but
nothingness. [Death] still seems to me as useless and perverse as
ever, the fundamental evil of all that exists, the unresolved and
incomprehensible. (El libro contra la muerte 39, 70).

The seriousness of death is in Canetti absolute, unresolvable,
radically incomprehensible, and unacceptable. It is commonplace to
situate his various texts on the horizon of a certain culturology of
death: the Canetti whether sociologist, anthropologist or historian
of death, would be the one who studies the cultural manifestations
of death and dying, who embarks on long studies of ancient peoples
to review in detail the different responses of humanity to the grim
reaper, who critically denounces the social and technical modalities
of murder. If the reading of his work is reduced to this gesture, the
degradation of death from mystery to problem is fatal, for it greatly
5 Canetti quotes in a note, by the way, Gabriel Marcel, a French
philosopher who elaborated in his Metaphysical Diaries (1969) this distinction
between problem and mystery. “To love a person means to say: you will not
die... Since I cannot love without desiring the immortality of the one I love... I
cannot accept death” (El libro contra la muerte 220).

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impoverishes one of the most singular features of his reflection. We
believe, on the contrary, that culture certainly appears in his texts
as a response to death —not only in the sense of specific “cultures
of death”, but, as Jacques Derrida says in Aporias (1993), as Ernest
Becker claims in The Denial of Death (1973), and also at a certain
point as Sigmund Freud states in Civilization and its Discontents (1992),
in the general sense that every culture is a way of responding to
death (and this is but another way of speaking of mystery)—, but
his reflection can never be reduced to a “cultural study”. Canetti,
during the Second World War, points out:
Culture is manufactured by the vanities of all its promoters. It is
a dangerous filter that distracts us from death. The most genuine
manifestation of culture is an Egyptian tomb, where everything
there is futile: utensils, ornaments, food, paintings, sculptures,
prayers, and yet the dead man is not alive. (El libro contra la muerte
33)

The various “cultures”, those that certainly demarcate the
borders between the different ways of facing death, are grouped and
exceeded by this radical datum: the tremendous fact that the dead
is dead anyway, whatever the utensil, the sculpture, the painting, the
prayer, the biographical or collective history. All the dead are dead,
we could say, radically dead. And on this point, death knows no
borders. Death, which is the impassable edge of all life, death, which
is that phenomenon whose forms change as it moves from culture to
culture, is at the same time, and would be for Canetti if we are right,
that which by definition has no frontier, that whose radical negation
threatens the human throughout the earth and at every historical
moment, in any culture and beyond any symbolic mediation: “all
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death breaks the cohesion of the intricate network that is the world”
(El libro contra la muerte 177). Indeed, if the anthropological incursions
of Crowds and Power seem to contradict us—for reasons of length,
we cannot dwell on them here—the notes and interviews do not fail
to mark rather a disciplinary counterpoint with those perspectives
that annul the mystery of death as such: “It is almost inconceivable
to me [Canetti says in a 1983 interview on which we will insist later]
that people who experience the death of their closest relatives are
reluctant to see death as such” (Arrebatos verbales 850).
It is an expression, we will be told. But there are many times
he speaks of “death as such” or of “death in general”. To show that
this is not a mere idiom, let us dwell on his explicit contrast with
the different disciplinary ways of facing death. Canetti repeatedly
questions the idea of natural death: for no death is natural (El libro
contra la muerte 105). Nor is the belief in the naturalness of death
eternal: for some ancient peoples, every death was a crime (Arrebatos
verbales 793). That is why, in his notes, he goes, again and again,
against the various cancellations of his radicality:
First, against medicine, which claims to explain and justify
the naturalness and inevitability of death (El libro contra la muerte 131).
For Canetti, biology can in no way define the boundary between life
and death, nor what it means to be human. As Jankélévitch (2017)
says, death is simultaneously an empirical phenomenon, which we
experience on a daily basis, and at the same time the meta-empirical
par excellence, since a clot in a vein—which is not death—is enough
for the transit between the here and the hereafter to be realized in an
instant. Death, in Canetti, always exceeds the physical.
With this and, secondly, he points against psychoanalysis
and the notion of death drive, which “is a descendant of ancient
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and obscure philosophical doctrines, but is more dangerous than
these because it is clothed with biological terms, which have the
prestige of modernity” (155)6.
Third, against the idea of justice associated with the
punishment or punishment of murderers, which would distance
him, as he tells us, from men like Simon Wiesenthal, and also from
historiography and the search for reparation by way of memory,
because for Canetti it is not enough “to lead one of those butchers,
the most terrible of the most terrible, to his punishment” but,
ultimately, what human beings need is “to understand what death
has done to them and [must] put an end once and for all to this ‘fact
of nature’” (El libro contra la muerte 138).
Nor, fourthly, is Canetti convinced by the “sociological
jargon” that dumbs down death, determining it historically,
by redirecting it to its supposed social causality: “Since I have
experienced how death is conceived in sociological jargon, I no
longer likes to think about it. It is not the same since then. Death
has become dumbed down” (145).
Fifth, the critique of medicine, psychoanalysis, and
sociology does not lead him to identify himself as a philosopher,
much less as a dialectical philosopher —we will insist on this later.
The Hegelian dialectic cannot, according to him, come up in any
real way against the fundamental and irreversible fact which is the
basis of everything: “There is nothing to be done, nothing at all,
6 On his rejection of the death drive, which he considered his fundamental
theoretical difference with Freudian psychoanalysis, interviews with Joachim
Schickel and Rupprecht Slavko Baur can also be consulted (Arrebatos verbales
791, 806), as well as some passages from his autobiography (La antorcha 148;
El juego de ojos 303).
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with dialectics as Hegel understands it. After all, this has to do with
a fundamental and irreversible fact that is the basis of everything:
death” (147).
Sixth, with the philosophies of language, “which leave death
aside as if it were something ‘metaphysical’, [which] does not alter in
any way the fact that it is the oldest factum, older and more decisive
than any language” (155). This relationship between death and
language points, once again, to the radicality of that which “cannot
be narrated” (150). There is something ambivalent in this last idea:
on the one hand it is the end of narration, death as the most ancient,
an anteriority to language that cannot be told, narrated; but, at the
same time, to narrate death is always to narrate its social forms,
its political modalities, its biographical figurations, and at this point
the unacceptability of death as an experience of the irruption of
nonmeaning reappears. In Canetti, every significant narrative seems
like a house of cards that this final fact demolishes.
Seventh, and finally, if the idea of a factum more ancient
and decisive than any language led him to discard the “analytical”
approach of the philosophy of language, this does not mean that
Canetti takes sides with the “continental” side of philosophy:
I read what the various philosophers have written about death
and I am ashamed […] The philosophers who would like to give
us death as something we must bear, as if from the beginning
it had been in us [...] They cannot bear to see it only at the end,
they prefer to prolong it backwards, to the beginning, making
it the most intimate companion of all life, and thus, under this
attenuated and familiar form, it is tolerable for them [...] They
prevent the only combat for which it would be worth fighting.
(154)

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Inadmissible, in fact, and at the limits of meaning, death is for
Canetti what breaks the cohesion of the world; it is the incomprehensible fact that humans have always faced and to which no valid solution has yet been found. Neither biological, nor cultural, nor political,
nor social. Death is often characterized in his notes as that which,
being unreal, is the most specific or the most concrete, as the false
and the always unworthy, as the most ancient and timeless fact, as the
arcane that his contemporaneity does not understand at all. And its
abyssal dimension, the idea of an uncrossable frontier between life
and death, leads Canetti to seek to separate himself, as we have just
seen, from the Hegelian dialectic. In the 1983 interview with Uwe
Schweikert, the latter questions him on whether his mortuary inquiries were aimed at denouncing the epochal negation of death, that is,
the absolute separation of death and life by those who simply deny or
omit it, the “eclipse of death” in the culture of a contemporary world
that indefinitely lengthens life by obliterating death (Ariès, 1975; Becker, 1973; Redeker, 2018). Canetti answers with a categorical “no”; he
claims, in fact, his “struggle against death” is sustained in postulating
the radical nature of that frontier, in pointing out death as an injustice
that has nothing to do with life and that can teach us nothing about
it, in rejecting the idea of natural death. Something similar to the conversation with Joachim Schickel in 1972, where, when asked about the
possibility of a dialectical reading of his work, Canetti answers:
-[Canetti]: I have a particular reason that explains my distrust
of dialectical language [...] I distrust pairs of oppositions [...] In
many dialectical writings they become something very simple and
accepted in the most incredible way, without a previous analysis:
day and night, good and evil, life and death.
-[Schickel]: But this is a vulgar dialectic.
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-[Canetti]: Undoubtedly. But the separation between life and death
is decisive for me. And it seems to me extremely important that
no one should be able to see life as death or to suppose that there
is a superior synthesis between the two. (Arrebatos verbales 793)

Life and death are not susceptible to dialectics. The second
is in Canetti, the absolute negation of life. His intransigence knows
no synthesis because it tears the human being out of existence and
takes him nowhere, destroying an existence that is lost forever,
that can never ever return. Canetti’s torn consciousness of death
is therefore the result of the rejection of a dialectic that, in his
opinion, hides the very serious component that lies in every
mourning, in every visit to the cemetery, in every war, or simply
in every apparently “natural” cardiac arrest: life, every life, is lost
forever. The disciplinary questions just reviewed were, from this
last point of view, a critique of the problematic blindness —in the
double sense, because blindness is problematic, but also because
it reduces the mystery to a problem— that sociology, biology,
psychoanalysis, anthropology, historiography or philosophy have
regarding the scandal, the unacceptability of the loss that shatters,
tears apart, annihilates or makes our loved ones disappear forever.
Canetti will say: everyone, all humanity, even our enemies, for death
is always unworthy. The mystery of death thus leads us, then, to the
dark depths of the eternally lost.
Absolute Loss
In the epilogue of the book Política y Tragedia, Eduardo Rinesi
contrasts dialectics with tragedy, adding that each contains the
other, though in different ways. Far from what might be believed,
dialectics implies tragedy; it is tragedy plus a “but”: at the end of
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tragedies, several lives are lost or ruined, “But humanity has learned
a lesson. For dialectics, the tragedies of history leave a lesson to
men, and therein lies its transcendent meaning” (255). Rinesi thus
shows us that tragedy is a moment of dialectics, but only a moment,
since the negative is assimilated in the dialectical movement that
synthesizes it into a new and surpassing positivity. Conversely,
for tragic thought dialectics is a part of history, but only a part,
because tragedy illuminates that which “remains unrecoverable,
non-integrable” (255). Thus, the tragic experience leaves nothing in
its wake: no synthesis, no lesson, no progress will give life back to
those who have gone.
Following this way of understanding tragedy, we could call
“tragic humanism” to Canetti’s bet, where “humanism” would be
on account of a universalism on which previous works have already
stopped (“Anonymising Identifying Information”), while “tragic”
would point to the remarkable sensitivity for what leaves to never
return. A sensibility that appears repeatedly in the notes, not only
in the form of mourning, guilt, and responsibility for the death of
the other.
First of all, it appears as an absence of meaning, because for
those who leave, there is no real return or symbolic compensation
possible: the expense of dying is total and without counterpart: “I
still await the meaning-filled death of a person I know, and I know
that this death does not exist, that it is always meaningless” (El libro
contra la muerte 80). If we said above that language fails to name and
bring back the dead, now it is the field of meaning in general that has
no solution in the face of the mystery of death. Inexpressible and
unexpressed in language, the death of the other and, with it, death as
such, defy all meaning: neither rituals, nor beliefs, nor the evolution
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of history, nor future generations, nor any revolution will be able to
redeem this disappearance that awaits us all, this unconditional and
non-stop erasure of our presence on the map. If anything remains
or will remain of us, it will always be, for Canetti, too little:
We will never know if there is an intention behind that which we
call death; but, if there is, it can only be the following: to lower
and degrade the living to a mere futile object, to a trace that is not
even a millionth part of what the living could have been (El libro
contra la muerte 86-87).

Absolute negativity: this is what death seems to be for
Canetti. Nothing will remain, since there is no real compensation
possible. “You never know what will be the most valuable of what
is left of you; perhaps someone will take to his lips a pair of your
old shoes, old and worn out, when all your papers have long since
burned” (88). The paper, this reiterated Canettian metaphor of the
human being, at least a metaphor of what is left of each one after the
final departure, is now shown, in these coordinates, as too little, too
burnable, as a sort of bottle thrown into a sea without destination,
with the frequent suspicion that it will be of no use:
What will become of everything accumulated in you, so much,
so much, an intense store of memories and habits, of postponed
questions, of shivering answers, of doubts, emotions, tenderness,
hardness, all there, all there, what will become of it all when life
is extinguished in you?
The disproportion of this accumulation, and all for nothing? (191)

All for nothing: taking these notes very seriously, those
who read Canetti might suspect that there is something of the
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“forms of survival” that are crucial to the argument of Crowds
and Power, that there is something of his permanent questioning
about survival, we say, that is central, but central not because the
dead returns, but precisely because he knows that it is not possible
to survive. In other words, it is exactly because he is tormented
by the disproportionate nature of life in relation to death, which
in a single instant takes away everything and forever, forever and
for nothing, that Canetti devotes several decades to studying the
cultural, social, anthropological, and political ways of confronting
this departure. Indeed, those configurations of survival are
imaginary modalities of living men and women, and by no means
effective returns from beyond the grave, resurrections from the
cemeteries, or rebirths from the tombs. As James Carse says in
Death and Existence, “if one survives, one does not die [...] anything
that dies is completely extinguished and does not continue in any
form” (18).
For this impossibility of the return of those who have gone
forever, which is also and above all the impossibility —social and
political— of restoring the meaning of their existence, also displaces
any reduction of the question of the mysterium tremendum of death
to the search for the restitution of the past. Frequently, when an
attempt is made to develop a political reading of a given author, the
following applies to Canetti, but not only —it is about asking for
his philosophy of history or his position in the face of history. Very
well: with Canetti, the terrible factum of death is not immediately
directed to the historical reparation for those who have gone, nor
to the constitution of a future sense that can counterbalance what
has happened. Because its size is such that it is a “combat lost
beforehand” (Masa y poder 62).
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In his beautiful essay entitled Mientras no cambien los dioses,
nada ha cambiado, Sánchez Ferlosio critically exposes the discursive
and political effects of the Challenger tragedy, when on Tuesday,
January 28, 1986, its seven crew members died suddenly after
the disintegration of the famous American shuttle. An ABC
correspondent in New York—Sánchez Ferlosio tells us—called for
the continuation of space progress after the accident: “Underneath
the tears is the American determination to continue the space
program [...] because [space] is also the future, and to leave it now
would be a betrayal of those who have died to conquer it” (21).
Sánchez Ferlosio, suggesting that, strictly speaking, one never really
dies “for something”; suggesting, let us say, that all death is a kind
of absolute waste, that no Cause nor any future will be able to
compensate for the life of one who departed for all eternity, replies:
respect for the dead is not respect for their deaths and their causes,
but respect for the lives they lost; to make their deaths serve for
something is to deny the lives they have lost the right to have
served for nothing, the privilege of being an end in themselves.
(21)

As if what had to be safeguarded when seeking to do
justice to a dead person was the uselessness of his life, the very
meaninglessness of his existence that vanished without a trace,
or leaving it, but perhaps every trace is a temptation, precisely to
reestablish the concatenation of a meaning that erases the singularity
of that nihilation. Sánchez Ferlosio thus questions the sacralization
of death as a form of capitalization, pointing to the paradox that
it is not the Cause that drove the sacrifice of our dead, but rather,
conversely, it is the deceased who retroactively legitimize, for the
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living, the Causes for which they supposedly died. This inversion is
tricky, above all, because the accident in its gratuitousness is always
subtracted, like life itself, from that cause-effect relationship that
one tries to establish with the Cause, with History, with Progress
or with the Future. And in this line, Ferlosio dwells on nothing less
than the Falkland Islands War, a deadly war about which Canetti also
had something to say. That mythical investment was deployed —the
Spanish essayist comments again— by Jeremy Moore, one of the
victorious British generals in the war, in replying to an argument
typical of the logic by which blood creates law, and not only law
creates blood: “Now the Falklands [Moore sentenced] are ours
because we have paid for them with the lives of young British men,
and any attempt to question this right is, without more, an offense
to the dead” (Mientras no cambien 21).
On the contrary, the true opprobrium of the dead is, for
Ferlosio and for Canetti, the mere fact of having died, of never
being able to return, and thus not having the possibility of refuting
the discursive operation that takes away from the end of his life the
status of having been an unreserved expense. From this point of
view, the Malvinas was an atrocious war, first of all, because innocent
people died, because they died for nothing, and because they died
forever. In his posthumous autobiography about the English years,
an irate Canetti exclaims with Margaret Thatcher:
The “small” Malvinas war, which was accepted by the majority, is
like a last memory of power, it costs lives, even if they are counted
[...] It is difficult to calculate how many memories about this miniwar have proliferated along the ocean. Automatic dreams of the
past in people who have never fought: useless for military service,
women, peaceful men, everyone, people of all kinds, not only
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�Tomás Speziale (Universidad Nacional Autónoma de México) / The Mystery of Death

those who had combat experience [...] I could never get over the
shame of this mini-war: the coliseum in England, the oceanic
naval games. (Fiesta bajo las bombas 42-43)

Death, Evil, and Ethics
Canetti’s general anti-war sentiment is based, in effect, on the
costliness of the loss that he judges, universally and by definition,
inadmissible. Including, as we shall see again, that of the enemy.
Even with the suspicion of the impolitic detour in which our
author may at times incur with the denial of all war (“Anonymising
Identifying Information”), our reading should also perceive that the
undergrowth of war derives from an ontology of evil, the source
of which is death. And so, all “negative anthropology”, indeed, all
“negative political anthropology”, where in fact the morality of men
and women is frighteningly led —for Canetti and almost always—
to the darkness of reciprocal murder, internal to the human race
and not strictly derivable from nature, all this negative anthropology,
we were saying, is not self-contained. It depends, rather, on the very
existence of death, the source of all evil: “Death and evil are for
me the same thing” (Arrebatos verbales 808). In other words, man
is evil because he dies, or more precisely, because death is evil and
inescapable, and not the other way around: it is not that he dies
because he is evil. The great question of his time, a social and political
question —that which never ceases to be contained in every analysis
of the phenomena that were contemporary to Canetti: world wars,
genocides, nuclear threat, and so on— is that men kill each other,
fight, wage war, and exterminate each other. And fascism was for
him the ultimate and paranoid consummation of that logic of
power. But this immense political problematic ultimately derives
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from a general acceptance of the “original situation” (829) that
confronts us with our impotence in the face of death as such.
Thus, death, which is “the most concrete” (851), constitutes
the source of evil, and as long as men die, they will never be good.
Subjective evil falls within an ontology of evil that, as we have seen,
does not allow “dialectization” between good and evil or between life
and death. So that at times it would seem that even Canetti’s gloomy
diagnoses of twentieth-century societies do not even depend on the
act of killing, but that murder is rather the result of the ontological
status of this terrible fact: “The effect of death is the most terrible,
the one that has done the most harm to men” (860). The negativity
that one might constantly trace in the social and political analyses of
Crowds and Power, according to this logic, leads back to the ultimate
problem: the terrible dagger of death in human existence in general.
For example, “Someday it will become evident that with all death,
men become worse” (El libro contra la muerte 37).. Or: “How could
there be no murderers as long as man agrees to die, as long as he
is not ashamed to do so, as long as he incorporates death into his
institutions as his surest, best, and most significant foundation?”
(66). Or, finally:
It is nothing shameful or egocentric, it is something just, good
and well-founded that, just now, nothing fills one more than the
idea of immortality. Do we not see how there are people who are
sent in wagons to death? Do they not laugh, joke and boast to
falsely give value to each other? And then there are those who fly
overhead in flocks of twenty, thirty, a hundred planes loaded with
bombs [...] We can no longer say “God”; he is marked forever,
he has on his forehead the Cainite stigma of wars, we can only
think of one thing, the only savior: immortality! If it were ours,
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�Tomás Speziale (Universidad Nacional Autónoma de México) / The Mystery of Death

if it were already in force, how different everything would be!
Immortality! Who would want to go on killing? Who could think
of killing if there was nothing left to kill? (45)

That is why the Canettian syntagm to name something like
an ethic would be “Thou shalt not die (the first commandment)”
(El libro contra la muerte 28), an impossible dream of immortality
that, formulated as a commandment, would be incumbent
upon everyone. For the torn conscience —once the death that
condemns the departed, as we have seen, to inconsequence has
taken place— is that of the living, who thus faces —we were
about to say “without mediations”, but the truth is that war,
technology, fascism, murder, and even the most “natural” death
are all mediations between the subject and this original situation—
guilt and responsibility for the one who has been lost forever. And
for whose rescue the surviving individual could do nothing. This
is the fundamental core of the ethics deployed in Canetti’s texts,
and also of his own life trajectory, from the death of his father in
1912 to his last days and notes of 1994. The guilt is total, because
we will never be able to revive those who have departed: “Since
we no longer have them, we feel a unique and immeasurable guilt
towards the dead: the guilt of not being able to bring them back.
This guilt reaches its maximum intensity on the days when we feel
most alive and happy” (El libro contra la muerte 93).
For not having been able to prevent his death, we are guilty.
All of us. All of us, and for all of us. In each particular death, for
Canetti, a universal component of responsibility for those who
leave. For the human race in general. It is a combat lost beforehand:
as Canetti states throughout Crowds and Power, the confrontation
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between the living and the dead, between all the living and all the
dead, is already decided. Defeat expresses the unbreakable frontier
that Canetti finds so mortifying:
I find despicable the priests of all religions who cannot bring
back the dead. They do nothing but consolidate a frontier that
no one can cross. They administer what is lost in such a way that
it remains lost. They promise a pilgrimage to an unknown place
to conceal their impotence. They are happy that the dead do not
return. They keep them on the other side. (El libro contra la muerte
94)

Rejection of religion as a field of acceptance of death, of
a death that Canetti cannot accept because of the stigma of being
on this side of here, with the guilt that those who reside in the
hereafter will never return. Perennial guilt of the survivor before
the unbreakable boundary that separates life and death, preventing
any dialectical synthesis, any real recovery of the deceased: “This
unshakable sensation of enduring, not diminished by any death
[...] How many dead is one capable of enduring when one has
definitively refused to accept the abjection of survival?” (179, 200).
In Hegel, Death and Sacrifice, George Bataille takes up
Alexandre Kojève’s renowned interpretation of The Phenomenology
of Spirit, stressing that in it the negativity of death, which “is
the most dreadful thing”, acquires a fundamental place in the
unfolding of consciousness and of the real: “The spirit [says
Hegel] only conquers its truth when it is capable of finding itself
in the absolute tearing apart” (21). But Hegel did not know to what
extent he was right, for if indeed death is the source of meaning,
of objectivity and of history —let us remember: knowledge is
placed on a par with death precisely where the master triumphs by
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�Tomás Speziale (Universidad Nacional Autónoma de México) / The Mystery of Death

enduring the anguish of looking it in the face, and it is thus, torn,
confronting the negative, that an economy of life, a conservation,
is established; it is, thus, that history begins—; if death is therefore
the source of meaning, it constitutes at the same time the ultimate
threat to the field of meaning. Or, as Derrida says, commenting
on Bataille’s essay:
The blind task of Hegelianism, around which the representation
of meaning can be organized, is that point at which destruction,
suppression, death, sacrifice, constitute such an irreversible
expenditure, such a radical negativity —it must be said without
reservation— that they can no longer even be determined in
terms of negativity in a process or in a system: the point at which
there is no longer either process or system. (355)

We believe, as we have been suggesting, that Canetti in
his notes displays a particular sensibility for death as an expense
without return, for a certain impossibility—which was already
implicit in the key notion of “survival at a temporal distance” in
Masa y poder (245) —of making the dead return, of giving their
death a meaning that counteracts, in a certain way, the density
of their departure. The critique of dialectics is directed, as we
anticipated, in this direction:
There is nothing to do, nothing at all, with dialectics as Hegel
understands it.
After all, this has to do with a fundamental and irreversible fact
that is the basis of everything: death.
A philosophy that is oriented in a real and not only apparent way
by death cannot only be dialectical.

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Death does not contain life, it does not become life. It is clear,
definite, infertile and does not allow itself to be persuaded by
anything. The lower life does not point to death, does not know
it, does not lead to it. (El libro contra la muerte 147)

And if from this fundamental error of being “apparently”
oriented by death, of not knowing to what extent it is a fundamental
and irreversible fact, political theories are derived, then the latter
should return, rethink that which is the basis of everything:
I am more and more convinced that the political theories of
the 19th century -I mean all its political theories- are wrong and
false. And this does not mean, by any means, that they should
be improved or supplemented: they are false at their roots. It is
evident in the theories of the greatest significance for the future,
namely, those derived from Hegel (146-147).

The Death of the Other
Canetti undoubtedly shows, in the notes, a primacy of the death of
the other, to which the guilty survivor has always felt indebted, long
before his own death. A series of his reflections thus points to the
priority of the death of others over one’s own:
I swear that even my life is indifferent to me. I swear to be willing
to disappear on the spot and without leaving a trace, so that no
one will know about it, if in return a war does not break out, I
am willing to make this deal. I am ready for such a deal. To what
instance shall I turn? Is there no god for it? (66)

There is a tension in Canetti between the centrality of
the death of the other and the death of the self (“Anonymising
Identifying Information”), for in truth all Canetti’s writing is
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�Tomás Speziale (Universidad Nacional Autónoma de México) / The Mystery of Death

mobilized by the ethical question of the salvation of others: “And
although it must come to me soon [Canetti confesses], what outrages
me most is that others suffer death” (218).
Closeness, thus, with Emmanuel Levinas (1993, 2005) in his
critique of Martin Heidegger, where death as such always appears,
first, as the death of the other—and not as one’s own (Derrida,
2006). This is, indeed, the interpretation of Byung-Chul Han:
“Canetti will emphasize without further ado Levinas’ thesis that
primary death is the death of the other, that death means being for
the other [...] The death spoken of here is not my death, but the
death of others” (250). Canetti actively and innocently seeks not to
be associated with any philosophical tradition, but in Han’s favor,
it must be said that, in a note written two years before his death,
Canetti confesses to having been surprised when reading Levinas,
identifying almost completely with his phrase:
In the book that was just brought to me from Paris I find this
sentence that could be mine: “The fear of the death of the other
is undoubtedly the basis of the responsibility for him”.
I know nothing about Levinas, I know nothing more than his
appearance. To this day, his coming from Heidegger has haunted
me. Then, in the last dialogue of the book I find the sentence I
have just quoted. (El libro contra la muerte 306-307)

The discussion on the primacy of one’s own death or the
death of others, in which Canetti now seems to lean towards the
latter, is at the most intimate fibers of the theoretical-political
question about the relationship that every community establishes
with death. Because the end of the other, where it always comes first,
makes the enigma of death as such the possibility of questioning
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this impossible bond: what binds me to the other who is gone or
will be gone forever, and whom I will never see again? Like Judith
Butler (2010), who in Frames of War finds in the anterior future of
mourning the foundation of the humanity of the other, is not the
radical fact of death always at stake here as the one that constitutes
beforehand the very temporal framework of any community, in a
time that, by definition, never arrives?
Implicitly and explicitly, Canetti has separated himself, in all
his notes and writings, from his vision of Heidegger and all that
Kriegsideologie that prioritized —and to a certain extent magnified—
the acceptance of death itself (Losurdo, 2003). Consent of death
that he knew very well, not only for having been a contemporary
of the great wars of the last century, but also for being a great
connoisseur of the German language in which he always wrote.
Canetti’s preoccupation with death always seems to start from the
subject’s heartbreak at the death of others, and even, with it, at the
death of everyone and everyone else, at the friend’s or the enemy’s.
Resistance against death conveys the impression that it is only
about death itself. That would be too little. It would be nothing.
How to make it evident, beyond any doubt, that it is about death
in general and perhaps less about the very short duration of life
than about the effect of death, which is toxic? (231)

Honest and true nobility of an unreserved ethics: Canetti
would give his life, even to the detriment of his dreams of
immortality, to save that of any other: “I would rather give up my
own life entirely than give up, even if only hypothetically, that of any
other” (El libro contra la muerte 61). One of the powers of Canetti’s
reflection on death is precisely this link between the singular and
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the universal, for the radical fact of death implies that every other is
radically other; every death embodies the problem of death as such,
or, to put it in his terms, of death in general.
Conclusions
Throughout this article, we have focused on the ways in which,
in Canetti’s notes and aphorisms, death appears as what we call
“radical fact”. Thus, we first presented a limited series of previous
interpretations which, emphasizing the idea of metamorphosis
as the vital emancipatory capacity of the subject, celebrating the
eschatological “dying with the dead”, or underlying the politicalinstitutional channeling of the negativity of death, canceled from
our point of view the mysterious dimension of death in Canetti
and, with it, a series of fundamental questions of his thought. Thus,
in critical opposition to these latter positions, we studied various
passages of Canetti’s Notes, to see how in them the radicality of
death appeared successively linked to a certain notion of mystery
(which, in opposition to the “problem”, explicitly counterposes its
approach to other kinds of disciplinary approaches) and, with it, to
a series of questions revolving around the absolute loss of the other,
the responsibility for his death and for his salvation, and, ultimately,
the ethical primacy of his death over the death of the self.
In short, by virtue of what has been exposed, it could be
argued that, throughout Canetti’s work, death reveals itself as a
political issue, not so much because it is an instrument of politics,
but because it is linked to that set of interrogations that, insofar as
they emerge from its radical negativity, from the non-return waste
of the subjects that belong to a given political community, challenge
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the closure of meaning —historical, political, cultural— and thus
determine the ethical need to place the question of the death of the
other at the very heart of life in common.

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�Artículos
Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

Violencia sobre los cuerpos. El suicidio
Violence against bodies. Suicide
Óscar Ortega Arango
Universidad Autónoma de Yucatán
Mérida, México
orarango@correo.uady.mx

Resumen: El presente texto tiene como intención observar las formas
y campos semántico/simbólicos que involucran la violencia autoinfligida
del suicidio en tres registros como son el pictórico, el literario e histórico,
en asociación a los suicidios realizados desde cascadas. El ejemplo central
de dicha elaboración se encontrará en algunos aspectos relacionados con
los suicidios llevados a cabo en el llamado Salto del Tequendama, ubicado
en el municipio de Soacha en Colombia. A partir de ello se evidencia una
participación colectiva que, expresada en el acto suicida, deja ver que
la violencia autoinfligida pone en acción simbólica a todos los actores
involucrados (incluyendo el suicida) en coadyuvantes de violencia sobre
el cuerpo.
Palabras clave: violencia, suicidio, cataratas, Colombia, Gustavo Bolívar.
Abstract: The purpose of this text is to examine the forms and semantic/
symbolic fields involved in self-inflicted violence of suicide across three
registers: pictorial, literary, and historical, in relation to suicides committed
from waterfalls. The central example for this analysis will focus on
certain aspects related to suicides carried out at the so-called Salto del
Tequendama, located in the municipality of Soacha in Colombia. From
this, a collective participation becomes evident, which, expressed in the
suicidal act, shows that self-inflicted violence symbolically involves all the
actors engaged (including the person committing suicide) as contributors
to violence upon the body.
Keywords: violence, suicide, waterfalls, Colombia, Gustavo Bolívar.

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�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

Definiendo la violencia
La Organización Mundial de la Salud asegura que la violencia
“es un fenómeno sumamente difuso y complejo cuya definición
no puede tener exactitud científica, ya que es una cuestión de
apreciación” (OMS 4). Con ello se señala, de entrada, la gran
dificultad de realizar una definición de violencia debido a su
profunda dependencia en asociación a la cultura y la sociedad
(con sus cargas éticas y/o morales respectivas) de la cual se haga
referencia. Esto debido a que, no debe olvidarse, las diversas
culturas del mundo rigen sus conductas con base en su propia
percepción de lo bueno/permitido malo/no permitido. Un
ejemplo moderno de lo anterior resulta ser el ritual de la pena de
muerte en algunos códigos penales alrededor del mundo. Dicha
sentencia, más allá de generar horror en las “mentes civilizadas del
siglo XXI”, propone generar una especie de liberación/catarsis de
las sociedades en cuestión. El condenado a muerte es quien recibe
un odio producto de la extrema polarización de los sentimientos,
mientras que su muerte (supuestamente) purifica a la comunidad.
Con esto se evidencia que el par justicia/violencia depende de la
perspectiva desde la cual se observe.
Esto último no es exclusivo de las situaciones asociadas a
la llamada justicia, sino también, aquellas que se relacionan con el
tratamiento del cuerpo, en general, y en particular con el cuerpo
enfermo. Un ejemplo de lo anterior puede verse en los tratamientos
contra el crecimiento/multiplicación de células cancerígenas, que se
realiza por medio de quimioterapias o radioterapias en el paciente.
La menos usada hoy por hoy, la quimioterapia, es un tratamiento
que utiliza fármacos para destruir células cancerosas por medio de la
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introducción al cuerpo de dichos químicos por vía intravenosa, oral
o intraperitoneal (directo a la cavidad abdominal). Sus efectos son
múltiples y pueden asociarse a caída del cabello (alopecia), náuseas,
vómitos, fatiga, anemia, infecciones en general, mucositis (llagas en la
boca) y, a largo plazo, cardiopatías o daño en los nervios. Por su parte,
la radioterapia (la más usada actualmente) es un tratamiento basado
en el disparo de dosis de radiación controladas a determinadas zonas
con el fin de destruir células cancerosas. Los efectos secundarios
pueden ser agudos y tardíos relacionándose con fatiga, alteración
de la piel, pérdida de cabello, alteraciones digestivas, inflamación,
disminución/pérdida de la fertilidad, entre otras. Como se observa,
el cuerpo se interviene/violenta con radiación o con sustancias
químicas con el fin de eliminar un tipo de células (las cancerosas)
pero destruye/afecta una serie de desarrollos/comportamientos del
cuerpo sano.
Esto deja ver que el contexto de una cultura y su ubicación
situacional son factores importantes para determinar lo que es un
simple procedimiento de curación/sanación o un cruento acto de
violencia. Lo importante, en suma, es que no se puede pensar la
historia sin reconocer la presencia de la violencia en las sociedades
humanas. Ahora, es muy posible que su gran fuerza e impacto
queden invisibilizados ante la mirada de los individuos, pues
ignorar lo que le acontece al otro no provoca un juicio sobre quien
lo observa. Este aspecto permite a Slavoj Žižek señalar que las
personas están acostumbradas a percibir la violencia meramente
como actos de horror y crimen, tales como disturbios civiles y
conflictos internacionales a los que se asocian guerras y agresiones
físicas. Sin embargo, el autor esloveno apunta que la violencia
debe observarse más allá de lo obvio, la violencia subjetiva es lo
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más visible que se puede encontrar a pequeña escala de lo que
realmente es la violencia (10).
Por otra parte, Judith Butler, en Vida precaria. El poder del duelo
y la violencia, afirma que la violencia está ligada a la vulnerabilidad que
poseen los humanos y su relación con los otros:
La violencia es seguramente una pequeña muestra del peor orden
posible, un modo terrorífico de exponer el carácter originalmente
vulnerable del hombre con respecto a otros seres humanos, un
modo por el que nos entregamos sin control a la voluntad de otro,
un modo por el que la vida misma puede ser eliminada por la acción
deliberada de otro. En la medida en que caemos en la violencia
actuamos sobre otro, poniendo al otro en peligro, causándole
daño, amenazando con eliminarlo. De algún modo, todos
vivimos con esta particular vulnerabilidad, una vulnerabilidad
ante el otro que es parte de la vida corporal, una vulnerabilidad
ante esos súbitos accesos venidos de otra parte que no podemos
prevenir. Sin embargo, esta vulnerabilidad se exacerba bajo ciertas
condiciones sociales y políticas, especialmente cuando la violencia
es una forma de vida y los medios de autodefensa son limitados.
(2006: 55)

A partir de los anteriores planteamientos es importante
mencionar la clasificación que ofreció la Organización Mundial de
la Salud en su Informe mundial sobre la violencia y la salud. En él se pueden
identificar tres grandes bloques de violencia: la interpersonal, la
colectiva y la autoinfligida. La violencia interpersonal se divide
en dos subcategorías en las que se encuentran la violencia
intrafamiliar y la violencia comunitaria. La violencia intrafamiliar
o de pareja comprende el atentado en contra de la integridad
física y psicológica hacia miembros de la familia o compañeros
sentimentales dentro y fuera de casa. La violencia comunitaria, en
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cambio, se trata de las agresiones que se pueden sufrir fuera del
hogar por personas extrañas o ajenas al ámbito del hogar, como
son los conflictos callejeros, las agresiones sexuales y violaciones
por parte de extraños y la violencia en instituciones. Por su parte,
la violencia colectiva “es el uso instrumental de la violencia por
personas que se identifican a sí mismas como miembros de un
grupo frente a otro grupo o conjunto de individuos, con objeto de
lograr objetivos políticos, económicos o sociales” (OMS 6). A este
tipo de violencia se atribuyen los genocidios, represiones y crimen
organizado.
Finalmente, la violencia autoinfligida es: “La violencia dirigida
contra uno mismo [que] comprende los comportamientos suicidas y
las autolesiones, como la automutilación. El comportamiento suicida
va desde el mero pensamiento de quitarse la vida al planeamiento,
la búsqueda de medios para llevarlo a cabo, el intento de matarse y
la consumación del acto” (6). Como bien dice la OMS, este tipo de
violencia puede subdividirse en comportamientos suicidas mortales
y no mortales. Siendo los primeros aquellos en los que las personas
realizan el acto de quitarse la vida deliberadamente, mientras que
en los segundos solo se realizan autolesiones o automutilaciones.
Ambos, según la OMS, son actos que atentan físicamente en contra
del cuerpo. Cabe añadir que, debido a las implicaciones psicológicas
de la violencia autoinfligida, también debe mirarse que las violencias
del lenguaje, cuando son dirigidas hacia sí mismos (auto insultarse),
pueden ser observadas en un nivel de desprecio hacia la propia
persona, dependiendo del contexto en el que se aprecie dicha
situación. Por lo que los datos semánticos que se evidencien acerca
de la autopercepción serán útiles para entender las violencias que se
generan de manera autoinfligida.
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Desde el anterior marco, el presente texto tiene como
intención observar las formas y campos semántico/simbólicos que
involucran la violencia autoinfligida del suicidio en tres registros
como son el pictórico, el literario e histórico en asociación a los
suicidios realizados desde cascadas, en particular (y para el presente
texto) nos centraremos en el llamado Salto del Tequendama,
ubicado en el municipio en Colombia. Esta flexibilidad de análisis
se permite debido a que la violencia trasciende el campo físico y de
las ideas, para dirigirse hacia un plano básicamente simbólico. Esto
es de primera importancia pues, como menciona Pierre Bourdieu,
la violencia simbólica se asocia a un proceso de dominación
invisible e imperceptible para sus propias víctimas, tanto así que
la violencia parece no estar presente en esta relación dominantevíctima pues el nivel al que se apela para subyugar al otro
deambula en los discursos. Esto le permite afirmar que este tipo
de sometimiento “se ejerce esencialmente a través de los caminos
puramente simbólicos de la comunicación y del conocimiento
o, más exactamente, del desconocimiento, del reconocimiento
o, en último término, del sentimiento” (5). Esta conversión de
la violencia en un sentimiento logra filtrarse al receptor hasta la
normalización de los actos violentos que borran el proceso mismo
de dominación y, con ello, no permiten sospechar de tales actos
como evidencia de ella: tanto la víctima (que deja de reconocerse
como tal) como los visualizadores del suicidio dejamos de verlo
como un acto de violencia y le imponemos silencios y respuestas
metafísicas a él. Para observar el desarrollo y los matices de tal
situación, es importante iniciar recordando una crónica que nos
permite iniciar el recorrido dirección al mencionado Salto del
Tequendama.
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El suicidio: violencias con ramos de amor
Los suicidas del Sisga

El 12 de junio de 1965, el jardinero Antonio María Martínez
Bonza, de 25 años, y su joven novia, Tulia Vargas, empleada
doméstica de 20 años, deciden quitarse la vida arrojándose de lo alto
del puente sobre la represa del Sisga, a unos 75 kilómetros al noreste
de la capital de Colombia, Bogotá. Debido a que solo una semana
después los cuerpos flotaron y la policía logró identificarlos, se
conoció que el joven hombre ocupaba una habitación en el popular
barrio de Las Ferias, en donde dejó algunas cartas de despedida que,
según la crónica del periódico El tiempo del 26 de ese mes, eran:
“cartas cuya calamidad caligráfica las deja difícilmente legibles, [ y en
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ellas] se aprecia una obsesión morbosa y extrañamente mística. En
el enrevesado manuscrito, Martínez da a entender que desde meses
antes “Dios le reveló el destino que debía seguir, y estima la fecha
escogida para su propia muerte y la de su novia, como la más feliz”
(4c). Además, se encuentra la foto de los enamorados, tomada unos
meses antes, en la que posan fuertemente unidos, con un ramo de
flores en sus manos, elegantemente vestidos.
El impacto de la historia, unido a la publicación de la
imagen, conmociona a toda la sociedad, incluyendo al campo de las
artes visuales. Así, la joven pintora Beatriz González (1932-2026)
decide crear una pintura a partir de esta fotografía, y con ella se hace
acreedora del Segundo Premio especial de pintura en el XVII Salón
Nacional de Artistas de Colombia, con su famosa obra Los suicidas
del Sisga (1965).
Los suicidas del Sisga (1965) de Beatriz González

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El cuadro tiene tal impacto que la propia artista lo pinta en
dos ocasiones más, formando un tríptico de los suicidas del Sisga:
una en un museo de Cali (Colombia), otro en una colección privada
y otro el Museo Nacional de Colombia en Bogotá.
Tres pinturas de Beatriz González sobre los suicidas del Sisga

El suicidiario del Monte Venir (2006) de Gustavo Bolívar

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Aunque esta relación entre pintura y suicidio permite una
dirección autónoma, queremos dirigir la mirada hacia algo que se
encuentra en la historia de la mencionada pareja, la cual no pareciera
más que un aspecto colateral en el suicidio: la represa del Sisga. Con
una altura total de 156 metros, la represa es un embalse que surte de
agua a la cercana ciudad Bogotá, sobre la cual se construyó un puente
que es un lugar de concurrencia turística, y, desafortunadamente,
de algunos suicidios desde su inauguración en los años cincuenta
del siglo XX. Esta conexión, la del suicidio arrojándose al vacío en
medio de una masa de agua, la encontramos en una obra literaria
contemporánea: El suicidiario del Monte Venir (2006) de Gustavo
Bolívar.
Desde la portada podemos observar a la pareja de
enamorados, quienes, tras saltar al vacío, se pierden en su viaje de amor
y muerte, en una repetición que simula una cinta cinematográfica.
La historia de la novela, que aquí no repetiremos, se inicia con un
narrador testigo que nos habla de un lugar donde muerte y erotismo
se encuentran:
Sé de un lugar con nubes eternas, donde los muertos nos
quedamos a vivir en espera del milagro del amor. Es un monte
muy alto y empinado desde el cual nos hemos lanzado al vacío
miles de hombre y mujeres que alguna vez nos confabulamos con
la muerte para poner fin a los días aciagos de nuestras malogradas
existencias.
Sé que, en lo alto de esa montaña encallada por el dios del olvido
en un valle triste y escondido, se levanta una casona antigua y
blanca, atiborrada de secretos […] Ahora habitan la casona sus
biznietas, cuatro hermanas de insuperable belleza, sensualidad e
insensatez que, por no haber asistido al colegio ni a la iglesia, aún
mantienen su inteligencia intacta y la moral neutra.
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Con esas hembras de apariencia exótica y belleza superlativa que
derrochan lujuria al respirar y culpa al caminar, nos tenemos que
entender los suicidas, para bien o para mal, la víspera de nuestro
salto a lo desconocido. (11)

Aunque la voz narrativa se posiciona desde un perfil
masculinista y patriarcal, llama la atención la conexión con la idea
del amor de pareja desde la misma portada, su relación con el
cuadro de Beatriz González y la historia de los suicidas del Sisga.
Así, la primera violencia ejercida sobre el cuerpo del suicida, en
esta tradición cultural, podríamos asociarla simbólicamente a un
desplazamiento de arriba hacia abajo, desde una altura considerable,
con antecedentes claros de relación amor/trascendencia. Este
último aspecto es confirmado con el mapa que nos ofrece el autor
apenas abrimos el libro.
Mapa de Moravia en El suicidiario del Monte Venir

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Para los conocedores de la geografía de Macondo, saltará a la
vista su parecido con Gratamira, ubicada en medio de los Caminos
Mentirosos (Cenégales), las cordilleras andinas a la derecha e
izquierda y el mar del norte como salida casi necesaria. Sin embargo,
en este se adiciona la presencia de la Casa de Miramar (Vista al agua,
podríamos decir), que se encuentra al borde lineal de una caída
desde la cual se arrojan los suicidas.
Casa de Miramar y lugar del salto

Viaje a la paz: entre el ruido atronador y el olor putrefacto
Esta geografía simbólica resulta de lo más insinuante cuando
observamos que, en gran medida, dicha representación se repite en
las praxis reales de los suicidas. Es decir, desde un espacio superior
desde donde supuestamente se observa el agua, “Miramar”, y
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luego de una relación sentida como místico/amorosa, se arroja al
vacío en un valle de montañas tristes. Esta geografía de la violencia
autoinfligida no termina con la secuencia accional/discursiva que
da termino a la vida del suicida, sino que se extiende en nuevas
formas de violencia sobre el cuerpo del mismo. Para observar esto
tendremos que dirigirnos a un lugar que, imaginado en la ficción
de Gustavo Bolívar, aparece como real en medio de los Andes: nos
referimos al Salto del Tequendama.
Salto del Tequendama

Con una altura de 170 metros desde la parte superior hasta
la base de la caída, el Salto del Tequendama es una de las cataratas
más impresionantes de Sudamérica. Debe su imponencia al sistema
andino del cual forma parte. El río en que se precipita tiene por
nombre Río Bogotá, y el salto se encuentra a solo 35 kilómetros
de la mencionada ciudad en el municipio de Soacha. La tradición
Muisca, el mayor pueblo originario de la región, señala que la catarata
se formó por la acción de Bochica (el dios mensajero), pues las
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constantes inundaciones provocadas por el dios Chibchacum en el
valle superior traían gran cantidad de desgracias sobre la población.
Así, menciona Fray Pedro Simón en 1882 en sus Noticias Historiales
de las Conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales, que Bochica,
quien aparece y desparece en forma de arcoíris, “arrojó la vara de
oro al Tequendama y abrió las peñas por donde ahora pasa el río.
Como era vara delgada no hizo tanta abertura y así todavía rebalsa”
(380).
Lo importante es que muy pronto se mencionan unos
posibles primeros suicidas dentro de la población Muisca. En
efecto, un cacique de Tunja o Zaque (lugares relativamente cercanos
a la zona) de nombre Hunzahúa, se enamoró de su propia hermana,
Noncetá. Expulsados por su madre Farativa y tras peregrinar por
diferentes zonas de la región, llegan al salto donde se ven separados.
Este suceso es particularmente interesante y es narrado por Julio
Roberto Galindo en su libro Boyacá en su leyenda indígena:
Cerca del abismo que hoy forma el Tequendama más estrechamente
se abrazaron los hermanos en un impulso de terror y espanto y
cuando creyeron que aparecería Bochica, surgió de la niebla el
arcoíris, Cuchavira, el dios de la maternidad y los castigos, quien
los convirtió en dos inmensas piedras que encajonan las aguas de
Tequendama. (34)

Luego de este momento, es solo con la aparición de las
expediciones de principios del siglo XIX, y en el marco de los nuevos
intentos ilustrados, que el interés por las cascadas renace. Ahora, lo
interesante de esta cuestión es que muy rápidamente aparece una
asociación entre la cascada y el pensamiento romántico. En efecto, en
la descripción de su lámina VI de las Vistas de las cordillera y monumentos
de los pueblos indígenas de América, Alexander Von Humboldt menciona:
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“La soledad del lugar, la riqueza de la vegetación y el ruido aterrador
que ahí se escucha, hacen del pie de la cascada del Tequendama uno
de los sitios más salvajes de las cordilleras” (40). Este aspecto, ruido
ensordecedor de la cascada al precipitarse y la paz reflexiva ante
la naturaleza del pensamiento romántico, hace, como lo menciona
Verónica Uribe en su artículo “Pintar el ruido con silencio:
descripciones sonoras y representaciones visuales decimonónicas
del Salto del Tequendama” (2019), que “las representaciones de las
cascadas naturales enmudecen el ruido y convierten un accidente
geográfico famoso por su estruendo en una experiencia visual del
silencio” (14).
Surge entonces la pregunta: ¿qué significa ese silencio?, ¿de
qué habla?, ¿cómo se llega a él? La respuesta, asociada a la mentalidad
romántica, la ofrece el poeta y estudioso José María Vergara en su
texto “El agua”, del libro Artículos literarios (1885):
Una catarata, salto o cascada, es un suicidio. El agua desesperada
por alguna causa que no está en mi librito, en lugar de darse un
pistoletazo se bota de cabeza y se mata. ¿Es este un hecho punible?
No sé qué haya moralista que lo haya criticado. Este suicidio se
ve de una manera evidente en el grande y abominable Salto de
Tequendama, que tanto admiran lo que no comprenden las cosas.
Allí se ve el río claro que se precipita, y abajo se ve un río negro
que sigue rodando: es su cadáver. El Bogotá, abajo del Salto, es un
cadáver renegrido como tizón del infierno. (112)

Un salto de lo intrascendente a lo continuo, del ruido al
flujo, de lo atronador del momento a la suavidad de la continuidad:
todas sensaciones que el suicida supone que encontrará tras el salto.
Lo cierto es que los registros de suicidas son incompletos, y lo
único que se puede fechar es la aparición del famoso Hotel El Salto.
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Construido en 1923 por el arquitecto Carlos Arturo Tapia, en el
marco de las expresiones neoclásicas de las clases altas, asociado a la
fama de las cataratas y su belleza natural, rápidamente se convierte
en uno de los lugares preferidos por las aristocracias locales para
alojarse.
Hotel del Salto

Sin embargo, el hotel rápidamente sufre dos inconvenientes.
El primero es que el olor nauseabundo va apoderándose poco a
poco de todo el sector. Esto se debió a la creciente industrialización
de la próxima ciudad de Bogotá, que vertía toda su contaminación
al río homónimo, así como los desechos de las aguas negras, hasta
convertirlo en uno de los lugares más insalubres de toda la zona.
A esto se le sumó una creciente inseguridad del sector y la falta de
mantenimiento a las vías de acceso desde la cercana población de
Soacha, haciendo que se convirtiera en un lugar poco visitado por el
turista común. La consecuencia es que el hotel fue abandonado en
1940.
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Cerca del fin: los mensajes suicidas como mercancía
El segundo inconveniente es más importante para nuestra revisión
en torno a la violencia sobre el cuerpo de los suicidas, y es que,
desde el momento en que el Hotel el Salto abre sus puertas, el
lugar comienza a incrementar el número de personas que buscan
suicidarse. El triángulo formado por la transcendencia romántica del
espacio, el deseo de cambio de situación emocional y los despechos
amorosos, parecen ser los principales detonantes. Así se suceden
muchos de estos suicidios.
María Prieto antes de arrojarse al Salto

Solo por comentar uno de ellos, tenemos el caso de María
Prieto, quien se suicidó en el Salto, pero, antes de ello, se tomó una
foto, esperó que se revelara e imprimiera, y escribió en dicha copia:
“Por la ingratitud me confundo en la profundidad del misterioso
Salto de Tequendama, María Prieto, 4 de noviembre de 1935”. Con
este aspecto se llega a la última violencia que sufren estas personas:
su suicidio se convirtió en mercancía.
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Grupo posando desde la “Piedra de los suicidas”

Con la creciente violencia y desequilibrio social de los
años 40 en Bogotá, se presentaron muchas rupturas amorosas o
escapes (algunos incluso simulan lanzarse desde el Salto, pero se
ocultan en otras zonas o países) que sirvieron de motivación/
explicación epistemológica para el suicidio. Ello atrajo una nueva
población turística a la zona: el turismo de suicidas. Fue tal la
presencia de personas que intentaron ver a los suicidas que, a pesar
de los nauseabundos olores, la policía tuvo que nombrar un grupo
de agentes para que controlaran a los turistas e impidieran que la
personas se quitaran la vida. Algunos incluso se tomaban fotos del
recuerdo desde la llamada “Piedra de los suicidas”.
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Turistas desde la “Piedra de los suicidas”.
Virgen de los Suicidas en la otra orilla.

El suicidio se convierte en una atracción turística, al
suicida se le violenta, una vez más, con la exigencia de entregar el
mensaje final. Esto último se convierte en una verdadera industria
periodística. Cronistas de la época visitaban el sitio a la caza de
suicidas que pudieran obsequiarle la posibilidad de escribir una
buena historia (gracias a la carta suicida o la entrevista final), lo
bastante interesante para que algún periódico la comprara. El caso
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más emblemático es el de Adolfo Neuta y Carlina Garibello. Él era
cronista para el periódico El tiempo; ella, inicialmente, se dedicaba a
la venta de morcillas y fritangas para los turistas en las inmediaciones
del Salto. En el negocio de Carlina se hicieron amigos: Adolfo le
refería el pago por las cartas de suicidas que lograba obtener, para
publicarlas en su periódico. Carlina vio que esto podría ser un buen
ingreso extra y se fue al periódico de la competencia, El espectador.
Ofreció sus servicios. A partir de allí se inició una guerra entre ellos
dos por identificar rápidamente al suicida llegado al Salto, hablar
con él/ella, hacerse de la carta o mensaje casi póstumo. La situación,
por supuesto, rápidamente entró en crisis. En 1963 se enfrascaron
en una pelea por la carta que un suicida acababa de dejar en el piso
y, accidentalmente, en medio de la furia violenta por la tenencia del
mensaje, rodaron hasta el fondo del Salto.
Si lo anterior pareciera la máxima violencia sobre los
suicidas, es importante recordar que, durante mucho tiempo y
debido a la dificultad de acceso a la parte inferior del Salto, muchas
de las familias no intentaban rescatar los cuerpos. Arrojarse del
Salto del Tequendama era, en realidad, desaparecer. A este respecto
menciona Felipe González Toledo en su crónica de 1941: “Gracias a
esta forma de suicidio, las familias de los desdichados se ahorraban
los costos del entierro, pues la caída garantizaba una desaparición
total” (139). Así, ejerciendo una última violencia, el suicida lograba
una unión con la prometida niebla eterna de su base, que liberaba a
sus familiares de cualquier responsabilidad sobre él y su acto.
Como vemos, es evidente una participación colectiva que,
expresada en el suicidio, deja ver que la violencia autoinfligida pone
en acción simbólica a todos los actores involucrados, incluyendo el
suicida, como coadyuvantes de violencia sobre el cuerpo. Difiere
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de otros sitios de saltos suicidas, como el famoso Golden Gate
de San Francisco, en la constitución/mezcla de dicho lugar como
espacio turístico abierto. Como tal, incorpora en su dinámica
factores de violencias comunitarias, evidenciados en el reclamo ante
el incumplimiento del contrato suicida, la falta del ritual preliminar
o la inexistencia del mensaje póstumo. Esta dinámica, centrada en
una persona que, al momento de su intento de suicidio, presenta “al
menos un trastorno mental” (Vera-Romero 363), hace que el caso
de los suicidios llevados a cabo desde cascadas en zonas turísticas
deba ser visto de una manera diferente, pues concentra, como lo
vemos, procesos de violencia sobre el cuerpo que van más allá de la
triste y penosa realidad del suicidio.

Obras citadas
Bolívar, Gustavo. El suicidiario del Monte Venir. Oveja Negra, 2006.
Bourdieu, Pierre. La dominación masculina. Anagrama, 2000.
Butler, Judith. Vida precaria. El poder del duelo y la violencia. Paidós,
2006.
Galindo, Julio Roberto. Boyacá en su leyenda indígena. Dirección del
Departamento de Turismo, Gobierno del Departamento
de Boyacá, 1965.
González Toledo, Felipe. 20 crónicas policíacas: las memorias de un gran
reportero sobre medio siglo de crímenes en Bogotá. Planeta, 1994.
Humboldt, Alexander von. Vistas de las cordilleras y monumentos de los
pueblos indígenas de América. Siglo XXI, 1995.
Organización Mundial de la Salud. Informe mundial sobre la violencia y la
salud. OMS, 2002, iris.who.int/handle/10665/43431.
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�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

El Tiempo. «El día de su santo, escogido por Martínez para la
tragedia.» El Tiempo, 26 jun. 1965, p. 4c.
Simón, Fray Pedro. Noticias historiales de las Conquistas de Tierra Firme
en las Indias Occidentales. Imprenta de Medardo Rivas, 1882.
Obra original de 1626.
Uribe Hanabergh, Verónica. “Pintar el ruido con silencio:
descripciones sonoras y representaciones visuales
decimonónicas del Salto del Tequendama.” Anales del
Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM, 2019, pp. 9-60.
Vera-Romero, Óscar, y Cristian Díaz-Vélez. “Suicidio en adolescentes
de Sudamérica: un problema creciente.” Salud Pública, vol.
54, núm. 4, Instituto Nacional de Salud Pública, 2012, pp.
363-364.
Vergara, José María. Artículos literarios. Juan M. Fonnegra, 1885.
Žižek, Slavoj. Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales. Paidós, 2009.

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�Artículos
Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

El vicio social de la moda en personajes
literarios femeninos
The Social Vice of Fashion in Female
Literary Characters
Jesús Alberto Leyva Ortiz
Benemérita y Centenaria Escuela Normal del
Estado de San Luis Potosí
San Luis Potosí, México
jleyva@beceneslp.edu.mx

Mónica Cázares Castillo
Benemérita y Centenaria Escuela Normal del
Estado de San Luis Potosí
San Luis Potosí, México
mcazares@beceneslp.edu.mx

Resumen: Este trabajo introduce al lector en la vida cotidiana del pasado
y muestra percepciones y aspectos del imaginario del mundo femenino. A
través de la novela latinoamericana de finales del siglo XIX —tanto mexicana
como sudamericana—, se aporta al estudio de la historia cultural, en
particular de aquellas obras que nos acercan a las costumbres y las prácticas
de una época; mediante ellas es posible obtener información que da cuenta
de la realidad abstracta de una sociedad, es decir, de aquella dimensión
que representa sus pensamientos, creencias, opiniones, preocupaciones,
valores y actitudes. Las novelas realistas con detalles costumbristas de las
que se ocupa este texto —fieles muestras literarias de las últimas décadas
decimonónicas— se caracterizan por observar la realidad con minuciosidad
y captar de ella momentos precisos: retratos de tradiciones y modos de
vida como el habla, la vestimenta y las costumbres en general. De su
legado literario es posible también acercarse a la vida privada de familias

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y personajes que emulan referentes reales, y obtener así una noción del
acontecer cotidiano en el ámbito íntimo. Para aproximarse a esa intimidad
cotidiana y a la realidad abstracta que la sustenta, este trabajo emplea la
metodología de las representaciones. El mundo de las representaciones se
materializa en objetos, expresiones, artefactos, acciones y acontecimientos
que contienen un significado denominado formas simbólicas. “Todo
puede servir como soporte simbólico de significados culturales: no solo la
cadena fónica o la escritura, sino también los modos de comportamiento,
prácticas sociales, usos y costumbres, vestido, alimentación” (Giménez
68). El escritor literario va más allá de las palabras que describen cosas o
sujetos: emplea similitudes y analogías de la realidad abstracta para que las
palabras adquieran una dimensión simbólica que articule un lenguaje, un
conocimiento y, en suma, la realidad humana.
Palabras clave: moda, mujeres, realidad, novelas, cuerpo.
Abstract: This work introduces the reader to the everyday life of the past
and reveals perceptions and aspects of the imaginary of the feminine
world. Through the Latin American novel of the late nineteenth century
—both Mexican and South American—, it contributes to the study of
cultural history, particularly those works that bring us closer to the customs
and practices of an era; through them, it is possible to obtain information
that reflects the abstract reality of a society, that is, the dimension that
represents its thoughts, beliefs, opinions, concerns, values, and attitudes.
The realist novels with costumbrista detail examined in this text —faithful
literary expressions of the final decades of the nineteenth century— are
characterized by their meticulous observation of reality and their capacity
to capture precise moments from it: portraits of traditions and ways of life
such as speech, dress, and customs in general. From their literary legacy, it is
also possible to gain insight into the private lives of families and characters
that emulate real-world referents, thus offering a glimpse into everyday life
in its most intimate sphere. To approach that everyday intimacy and the
abstract reality that underlies it, this work employs the methodology of
representations. The world of representations is materialized in objects,
expressions, artifacts, actions, and events that contain a meaning known as
symbolic forms. “Everything can serve as a symbolic support for cultural
meanings: not only the phonetic chain or writing, but also modes of
behavior, social practices, customs, dress, and food” (Giménez 68). The
literary writer goes beyond words that merely describe things or subjects:
he or she employs similarities and analogies drawn from abstract reality
so that words acquire a symbolic dimension that articulates a language, a
body of knowledge, and, ultimately, human reality.
Keywords: fashion, women, reality, novels, body.
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Cinco novelas decimonónicas y la teoría de las
representaciones
Este documento pretende, a través de las representaciones, identificar
una constante preocupación entre la sociedad decimonónica del
último tercio del siglo XIX: la fragilidad del cuerpo femenino ante
la presión social por alcanzar los estilos de vida que demandaban el
consumo de la moda y que identificaban como un vicio social cuyas
consecuencias atraían los riesgos morales que arruinarían sus vidas.
El

ejercicio

interpretativo

para

evidenciar

estas

representaciones, se hizo a partir de tres novelas mexicanas: La
Calandria (1891) de Rafael Delgado, Los fuereños (1883) de José Tomás
de Cuéllar, Luisa o San Luis Potosí desde 1858 hasta 1860 (1865) de
Francisco de Paula Palomo; y dos novelas sudamericanas: Memorias
póstumas de Brás Cubas (1881) del brasileño Joaquim Maria Machado
de Assis y Blanca Sol (1889) de la peruana Mercedes Cabello de
Carbonera.
La selección responde a que en esas obras existen personajes
femeninos que —motivadas por escalar socialmente, movidas por
el deseo de pertenecer a una clase social acomodada, atraídas por la
moda, la elegancia y el nivel adquisitivo que satisfaga su vanidad—
se ven envueltas en una serie de malas decisiones que afectan sus
propias vidas. Sufren desamor, desprestigio, deshonra, despilfarro;
y, a causa de ello, taras sociales como pobreza, prostitución,
enfermedad y suicidio.
La idea de abordar el estudio de sus personajes femeninos,
se plantea con la finalidad de identificar el vicio social de vestir a la
moda, relacionado con el cuerpo y los medios de los que se valen
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para conseguirlo, atentando incluso contra su propio bienestar y el de
sus cercanos. Esta manera de actuar se presenta como un fenómeno
coincidente en las narrativas que comprenden toda la segunda mitad
del siglo XIX; además, no es privativo de un país en específico, sino
que se extiende por el continente latinoamericano y es expresado en
las historias contadas.
El interés por cuerpo como paradigma teórico, en la
literatura, responde a la relevancia que éste ha tenido como precepto
cultural que contiene connotaciones: por un lado, físicas, que lo
relaciona con un espacio y con otros individuos, pues es el objeto
con el que se experimenta la vida misma; por otro, lo envuelve un
manto de simbolismo ligado a las ideas, discursos, pensamientos,
sentimientos, pasiones y deseos. El cuerpo en efecto, materializa los
deseos, manifiesta la pasión y el amor, es el medio de comunicación
no verbal con el mundo, es un modo de expresión que conecta con
los sentidos y se expresa con la otredad (Vivero 23-43).
Los personajes femeninos: sus cuerpos, un prototipo
de deseos
Cándida Vivero (2010) sostiene que el cuerpo se erige como un
concepto teórico-metodológico que explica las estructuras, el
lenguaje y los temas presentes en los textos escritos principalmente
por mujeres. Para lograr dicho objetivo, se debe tomar en
cuenta “las dimensiones sociales y los factores que determinan
el uso del lenguaje, y los ideales culturales que dan forma a los
comportamientos lingüísticos” (29); es decir, que el espacio cultural
del autor determina la forma en que se aborda el tema del cuerpo
desde distintos enfoques. Según la autora, aun cuando sea la voz de
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una escritora la que se expresa, siempre se evidenciará detrás de ella
la tradición masculina, simultáneamente con la femenina:
La diferencia de la escritura femenina solo puede ser entendida
en términos de la relación cultural compleja que está enraizada en
la historia. La estructura dominante, por lo tanto, determina en
muchas ocasiones las estructuras silenciadas; sin embargo, aún por
medio de las primeras, las segundas pueden manifestar de manera
directa su experiencia tanto política como social y económica.
Para Showalter, la teoría literaria feminista debe entonces enfocar
su interés en el estudio de esa relación entre la identidad literaria
femenina y el campo cultural en donde se insertan las autoras.
(Vivero 30)

De tal forma, se debe entender entonces un contexto
cultural donde se sabe que la época decimonónica se caracterizó por
una influencia patriarcal, donde la figura relevante en los ámbitos
públicos y privados, era la masculina. Sin embargo, la percepción
de que en un texto literario siempre existirá la voz masculina
detrás de la femenina, es una aseveración que debiera tomarse
con cuidado; puesto que, si bien se entiende como una sociedad
predominantemente patriarcal, es también, en la segunda mitad
del siglo XIX donde las mujeres comienzan a participar más en el
ámbito público, es decir, comienzan a deslindarse de alguna forma,
del yugo patriarcal. La investigadora Ana Lidia García lo explica de
este modo:
Sin embargo, a este intento de dominación sobre la mujer
se oponen todas las fuerzas que desencadena la modernidad
porfiriana; prueba de ello son los inicios del feminismo mexicano
y la apertura educativa, profesional y laboral para muchas mujeres,
pero también la sobreexplotación de muchas otras. A todos estos

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problemas hay que añadir las diferencias de clase y de región que
existen en el México decimonónico. (217)

Sobre lo anterior, se pueden citar algunos datos que
argumentan la progresiva participación femenina en México: en
1886 se graduó la primera mujer dentista; a partir de este suceso,
varias mujeres más se inscribieron en diversas facultades (Juvenal,
“Charla de los Domingos”, 24 ene. 1886). Asimismo, las mujeres
incursionaron en manifestaciones políticas a partir de la gran
controversia que generaron las negociaciones de la reestructuración
de la deuda inglesa que intentó hacer el presidente Manuel González
en 1884 (Juvenal, “Charla de los Domingos”, 11 ene. 1885). A su
vez, ocurrieron movimientos sindicales donde surgieron las primeras
organizaciones femeninas entre costureras y tabacaleras.
Los ejemplos anteriores son una pequeña muestra de un
fenómeno cultural que se irá replicando en toda Latinoamérica.
La mujer buscaba un espacio donde ser reconocida, no igualarse
al hombre, pero sí pertenecer activamente en la comunidad y ser
valorada en una sociedad que buscaba la modernidad y el desarrollo.
En el ámbito literario, Mercedes Cabello de Carbonera
ejemplifica esta progresiva participación femenina en el espacio
público. Para este texto, representa la única muestra de una autora
en contraste con los demás autores; sin embargo, su caso da
cuenta de la incursión de la mujer en ámbitos fuera del privado,
en convertirse en una mujer escritora y novelista, lo que la llevó a
ser duramente criticada, sancionada, vejada, por la forma en que
señala los vicios sociales que practicaron las mujeres de la época
en Blanca Sol. Condenada por “pintar el mal con lodo y no con
nieblas”, Cabello expresa su voz sin estar detrás de ella alguna voz
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masculina, ni veladamente, ya que desde el prólogo, señala cómo la
sociedad se encuentra sumida en vicios que son más admitidos, “y
con frecuencia objeto de admiración y de estima” que sancionados.
Sobre esos llamados vicios, la autora Mercedes Cabello da
relevancia al lujo, la adulación y la vanidad. Declara que este tipo de
novelas, la novela social, tiene más importancia que las pasionales,
ya que manifiesta una preocupación por la sociedad y la intención
es moralizarla. Para la investigadora Ana Luisa García, en América
Latina existe una versión de la moral en la segunda mitad del siglo
XIX que argumenta así:
Para el análisis de la segunda mitad del siglo XIX Arron y
Verena Radkau proponen el interesante concepto de marianismo
(derivado de la Virgen María), versión latinoamericana de la moral
victoriana que establece un culto a la domesticidad de la mujer y
a la superioridad espiritual de la “naturaleza femenina”. A través
del nuevo culto a la mujer se trata de justificar la separación del
trabajo asalariado del doméstico y la subordinación de ésta. Es
decir, tras el proceso de la Revolución Industrial, la ideología
burguesa establece una clara diferenciación entre los mundos
privado y público, entre el hogar y el lugar de trabajo, por lo que a
la esfera doméstica se la convierte en un dominio femenino
idealizado. (217)

El aporte de Mercedes Cabello de Carbonera viene a bien en
el argumento de la coincidencia de las cinco novelas aquí presentadas,
puesto que, separada de los autores masculinos, ofrece una historia
similar a los demás, pues su protagonista está totalmente vinculada
con el vicio del vestir a la moda, servirse de los hombres, quienes
conscientemente acceden a cumplir sus deseos de bienes caros
como alhajas, vestuarios, proveyéndola de lo que necesita y más.
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Los personajes femeninos, protagonistas del vicio
social de la moda
La novela de Cabello de Carbonera refiere a su personaje con el
nombre de Blanca Sol, una mujer que sin tener una vida acaudalada,
desde niña su madre le enseñó a vivir ostentosamente, sin importar
las consecuencias para el capital empeñado. Le mostró artimañas
para que hombres acaudalados le pudieran costear una vida lujosa.
Sin ser promiscua, Blanca supo llevar al extremo su coquetería
para conseguir de los hombres, lo que más deseaba. “El objetivo de
sus ambiciones de mujer a la moda [era] lucir, deslumbrar, ostentar,
la única aspiración de su alma”. Pero no solo la mujer era la que
manipulaba estas situaciones, los hombres se sabían utilizados,
o bien, sabían que era necesario pagar con vestidos “todo lo que
ella da en amor”. Un personaje varón de esta novela reflexionará:
“nosotros rendimos homenaje más que a las virtudes, al lujo de las
mujeres, y luego queremos que no sacrifiquen la virtud para alcanzar
el lujo” (48).
Blanca vivía una continua ambivalencia de valores, unas
veces compasiva y fiel, otras pérfidas y coqueta; con una moral
elástica. Mercedes Cabello hace énfasis en esta doble moral que vivía
la sociedad de su época. Blanca, con el fin de alcanzar los estilos
de vida basados en la ostentación y el derroche, se casó con un
hombre que, con base en el esfuerzo del padre de éste, tenía una
considerable fortuna; suficiente razón para que Blanca viviera con
él, pues era alguien que la llenaría de lujo, y así podría adornar su
cuerpo y acrecentaría su belleza. Sin embargo, una vida de constante
derroche tendría límites para las arcas que heredó su esposo.
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Cuando llega, al fin, la ruina total del esposo, Blanca Sol
siente una profunda desesperación, entre otras cosas, porque ya sin
sirvientas ni nodrizas, ella debería servir, cuidar y amamantar a sus
hijos. Sin tener ya de qué valerse económicamente —pues había
perdido no solo los bienes materiales sino también a su esposo, quien
había terminado en la locura—, Blanca Sol empeñaba su honor y su
reputación: su coquetería había alimentado los malos juicios de la
opinión pública. Al final doña Sol decidiría salir de la ruina y vivir a
costa de su mayor tesoro, su propio cuerpo.
En Los fuereños, novela por entregas de José Tomás de Cuéllar,
publicada en El Diario del Hogar entre mayo y junio de 1883, la
familia Ramírez —compuesta por el padre, don Trinidad, la madre,
Candelaria, y sus tres hijos, Gumersindo, Clara y Guadalupe— viaja
a la capital de México en plena modernización. El estilo de vida de
la gran ciudad los seduce y los desborda: Gumersindo y su hermana
Clara quedan atrapados por los vicios urbanos; él se relaciona con
prostitutas y ella se deja deslumbrar por la moda como vía de acceso
a la alta sociedad. Así se expresa la autora Claudia Canales de los dos
hermanos, en la presentación de la obra en la versión publicada por
la UNAM:
Bastaron 3 o 4 días para que los jóvenes Ramírez perdieran el
capital moral que habían acumulado durante su crianza en
el campo [...] Así, mientras Gumersindo sucumbe a la carne
perfumada y blanca (sobre todo blanca) de las prostitutas caras,
Clara se transmuta en una mujer irreconocible con solo calzarse
unos tacones franceses de cabritilla abrozada. (9)

Clara es el personaje femenino cuyo cuerpo quedará
comprometido por la seducción del lujo y la moda. Ella se muestra
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deseosa de una vida elegante y de formar parte de los círculos más
altos de la sociedad mexicana. Esos sentimientos sobre la joven los
explicita el narrador omnisciente, en un fragmento de la obra:
Cuando supo de los misterios del tocador y de la moda y desde
que empezó a usar tacones altos y vestido angosto se imaginaba
tener derecho a ingresar en el número de las mujeres elegantes de
México, de quienes se había formado una idea casi novelesca, y
era tal y tan viva esta tendencia que, desde que en el pueblo pudo
formar parte de las pocas jóvenes que se vestían bien, comenzó a
ser desdeñosa con su novio, que era uno de los charritos más
apuestos de los alrededores (48).

Durante la incursión de Clara en la capital mexicana, al
verse vestida a la moda como las otras mujeres capitalinas, llena de
candidez, creería pertenecer ya a ese ámbito social; además, los tratos
con el joven Manuelito, quien sería un personaje que formaría parte
de la élite capitalina, le permitiría entender que estaría muy cerca de
alcanzar un estatus privilegiado en dicha sociedad, cuando lo único
que pretendía el joven varón era seducir a la incauta pueblerina,
lo que el autor Tomás de Cuéllar hace entender que consiguió,
aprovechándose de la inocencia de la fuereña.
Al final de la historia, la familia Ramírez regresará a su
pueblo. Con ellos la joven Clara, entre lloros, también lo hará, pues
ha perdido algo más que la oportunidad de convertirse en una
dama de alta sociedad en la capital, ha perdido su candidez y la
inocencia.
Quien no era nada inocente, como Clara, era Marcela, aquella
mujer que Brás Cubas amó fervorosamente. En la novela Memorias
póstumas de Brás Cubas, Machado de Assis la describe como una mujer
“que no poseía ninguna inocencia rústica y apenas entendía la moral
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de las normas” (63). Entre las principales aficiones de Marcela se
encontraban el dinero y los jóvenes. Brás le demostró su ardiente
amor al colmarla de lujosos y regalos que le pedía a cambio, “verla
vestida de determinada manera, con tales y cuales adornos, este
vestido y no aquél” (67); quería disfrutar de ese cuerpo que tanto
deseaba; Marcela correspondió a su pasión “durante quince meses y
once mil reales” (73).
La historia da un giro al final de corte naturalista, el
infortunio aparece en ella y diezma la condición de salud como
causa de un castigo divino. Marcela pagaría su pérfida vanidad e
interés en lo material con una horrorosa enfermedad, cuyo mal
destruiría su hermosura: le vino la viruela, lo que además le dio
un aspecto de vejez precoz, destruyendo hasta las últimas de sus
gracias físicas.
Perdidos los atributos físicos no había modo de lucir al
parejo de los estándares de la sociedad, exigente y presuntuosa, ya
no resultaría atractivo vestir elegante ni se obtendría notoriedad ni
distinción. La preeminencia que la sociedad daba a la vestimenta
tenía que ver con la forma en que la persona era tratada, ésta era una
herramienta para escalar categorías sociales y para tener un buen
matrimonio; ese cuerpo había que lucirlo, exhibirlo en su mayor
esplendidez para conseguir un buen partido para el casamiento, que
costeara un elevado estilo de vida.
A propósito de esta búsqueda afanosa de las mujeres para
conseguir un buen prospecto matrimonial, le sucedería a Carmen,
mejor conocida como la Calandria, que sabiéndose atractiva y de
buen porte se atrevió a desdeñar un pretendiente modesto tan solo
por creer alcanzar a otro perteneciente a la alta sociedad. Calandria,
en edad casadera, se entera que es hija ilegítima de un militar, hombre
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adinerado de nombre Eduardo Ortiz, quien en su matrimonio
también tiene una hija de su misma edad, y por azares del destino
muy parecidas físicamente, eso la alienta a sentirse merecedora de
un mejor estilo de vida.
La Calandria siempre añoraba tener la posición de su
hermana para lucir igual que ella, elegante y distinguida; así en la
historia que cuenta Rafael Delgado rechaza a un pretendiente
de la clase trabajadora de nombre Gabriel, hijo de doña Pancha,
hombre de oficio carpintero y honrado. En cambio, fija su atención
y entusiasmo en un hombre de clase alta de nombre Alberto Rosas.
En el siguiente fragmento de la obra, la protagonista reflexionará
sobre su condición económica y la posibilidad de ascender en el
estatus social:
Carmen contestó que sí, orgullosa de verse preferida por aquel
joven tan elegante [que la invitaba a bailar].
—Esto es lo más natural —pensaba; no hay desigualdad entre
nosotros; soy tan decente como él. Cuántas veces no habrá bailado
con mi hermana Lola en las tertulias ruidosas del Círculo Mercantil.
¿Qué tengo yo de menos? ¡La ropa! ¡La ropa nada más! ¡No es
justicia que solo por eso, es decir, por el dinero, ella aparezca
superior a mí! (XXX)

Calandria en su afán de subir de estatus social, cree en las
promesas de amor del supuesto pretendiente rico. Al final, se da
cuenta del engaño de Alberto Rosas, pues sus pretensiones solo
fueron aprovecharse de ella y disfrutar de su cuerpo; así que,
cuando obtiene lo que quería, la abandona como si fuera un objeto
inservible; entonces Carmen, al verse sola y sin ningún amor,
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termina sobreviviendo como costurera y viviendo miserablemente.
En su desesperación, se quita la vida.
La incapacidad en Carmen de conocer y aceptar los límites
impuestos por su nacimiento, heredados por la vía materna, es decir,
su aspiración de movilidad social, es una de las razones que, desde
la perspectiva del autor, provocan el desenlace trágico y fatal de la
novela (Sandoval 19-20).
Otra novela que da cuenta de la importancia que se le daba
al atuendo, a embellecer el cuerpo y a tener un estilo de vida lleno
de lujo y derroche, es Luisa o San Luis Potosí. En ésta se describe un
suntuoso baile que se lleva a cabo en la ciudad de México, en la casa
de uno de los hombres más opulentos de la sociedad. Un diálogo
entre damas que asistían al baile, permite conocer cuáles eran sus
intereses y preferencias:
—Querida, dijo Enriqueta a Hortensia, temí que no vinieras,
porque te suponía apesadumbrada por la muerte de tu pequeño
Anastasio; pero me alegro mucho de verte.
—¡Afligirme por la muerte de mi hijo! De ninguna manera.
Antes me alegro que Dios se acordara de él y de mí, llevándole
al cielo.
—No puedes figurarte las congojas que dan los chicos, las
privaciones que causan; luego, cuando saben todos que alguna
mujer tienen hijos, la creen vieja y no hacen caso de ella. Me
moriría de rabia si un hijo me privara de mis diversiones y sobre
todo de bailar, porque el baile es la única felicidad que hay en el
mundo.
—Eso mismo digo, contestó Amalia, y si no me he resuelto a
casar, es por temor que me infunden los hijos, aunque hay muchas
muchachas que se casan y no los tienen.

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—Yo, contestó Hortensia, no soy estéril pues ya he tenido un hijo
que por fortuna se ha muerto; si vuelvo a tener otro he de llorar
sin consuelo.
—Pues yo no quiero lidiar con muchachos, dijo Enriqueta, no me
he decidido a casar hasta que encuentre marido a mi gusto, el cual
debe ser como un Adonis; ha de tener quince años para lucirle, y
a causar envidia con él a mis amigas y a las que no lo sean; ha de
ser mansito y sufrido para que me deje ir a misa temprano y él se
quede acostado; para que cuando haga mis visitas no me pregunte
a donde voy, y para que cuando yo esté dormida tome al niño en
brazos y le duerma paseándole. Debe también ser rico para que
me traiga a moda y varíe de carruaje cada dos meses; para que
me permita jugar en San Agustín de las Cuevas, y pasear en San
Ángel; y finalmente para que sostenga tertulia en mi casa cada
ocho días. (242-243)

Parecerían extremas e inverosímiles las aseveraciones de
estas damas distinguidas de la alta sociedad; sin embargo, podríamos
matizarlas con algunos textos moralistas publicados en la época, que a
propósito de estas prácticas aluden a las buenas costumbres y externa
esta preocupación por los valores sociales que tendían al consumo de
la moda, fenómeno que fomenta el derroche, el endeudamiento, las
malas costumbres y los sentimientos frívolos en las mujeres.
Algunos de estos textos hacen referencia al cómo las mujeres
bellas, pero además banales, les interesaba poseer las prendas que
las hicieran aún más bellas; no así las mujeres feas, quienes eran
las ideales para el matrimonio, ya que entre sus aspiraciones no era
cargar el cuerpo con suntuosidad, ni pedrerías ni costosos adornos.
Otras ventajas de las mujeres feas, dicen los textos, era no tener que
celar, ni tampoco tendrían que invertir mucho dinero en su atuendo.
Por el contrario, la mujer bella:
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Está en continuo toilette; quiebra veinte espejos a la semana,
suscribe al marido a todos los periódicos de modas; no pega
un botón, […] aprende todas las lenguas sin saber las reglas de
ninguna, desconoce la existencia de la aguja, pero va a lo teatros
y baile, en donde malgasta la fortuna, y apenas es feliz cuando
la modista le trae el vestido de baile y el marido el abono de los
espectáculos de noche. (Quezada)
El lujo del día es excesivo, la moda todo lo absorbe, la vanidad
de las mujeres es la ruina del matrimonio, hoy no se piensan más
que en vestirse, no se parece a las de mi tiempo que se hacían
un traje que les duraba toda la vida, por eso no se casan, porque
no hay quien quiera cargar con esos gastos enormes de modista,
zapatero, joyero; […] hoy la moda es una monstruosidad, todo
cuesta un sentido; la variedad de los trajes es una vorágine. (El
Monitor Republicano, 26 ago. 1877)

Más allá de los textos
Estas obras y sus historias dan cuenta de la preocupación social en
la época de finales del siglo XIX ante el consumo que ejercen las
damas de élite, se sanciona como un vicio, como si los intereses de
la mujer estuvieran vinculadas solo en su físico y no les importara
el patrimonio familiar. Al leer estas líneas publicadas en El Monitor
Republicano que demandan a la mujer tener control sobre la frivolidad
del consumo de la moda, podemos interpretar que, en efecto, fue
una constante de la sociedad decimonónica los escenarios donde la
mujer exige un gran gasto a la economía familiar.
Por su parte, la novela nos permite identificar los valores
y las preocupaciones morales que permeaban en la época. Dan
cuenta de la vida privada, cómo se vivía en el interior de un hogar
los sobresaltos económicos que ocasionaron la presión social por
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el buen gusto, los estilos de vida ostentosos, que replicaban las
sociedades latinoamericanas de los países europeos, en específico,
de Francia; sobre todo, y muy en especial, en el consumo de la moda,
que mantuvo a las mujeres en una continua guerra de vanidades, ya
sea por distinguirse más, resaltar de entre varias o ser la mejor.
En las publicaciones periódicas, las crónicas de sociales
alentaban este estilo de vida caracterizado por el afán de atender a
la moda y su consumo, al ocasionar explícitamente con su adulante
crónica sobre atuendos y escenarios de fiesta, la confrontación entre
las damas, porque implícitamente estas narraciones generaban una
competencia entre ellas. Al mismo tiempo, al destacar ellas en la
publicación, también se distinguían los capitales de los esposos que
de forma indirecta se veían reflejados en la vestimenta de la esposa
halagada.
Blanca Sol es una dama de élite que invitaba a los cronistas de
moda para que escribieran sobre sus eventos sociales, era una forma
de acrecentar su fama de dama distinguida, hermosa, poderosa y a
la moda. Si se realiza el ejercicio de comparar la narración de estos
eventos en el contexto limeño de la novela con alguna crónica social
de la ciudad de México de la misma época, se puede corroborar
no únicamente el realismo de la obra, sino la identificación de la
realidad que se vivía sobre este llamado vicio social.
Con el fin de ejemplificar lo anterior, este documento hace
referencia al caso de un baile de fantasía —lo que era un baile de
disfraces— que ofreció el ministro inglés Sir Spencer Saint John a la
élite política de la ciudad de México en 1886 (Cázares 121-130). Este
baile en específico se convirtió en un gran suceso, ya que la crónica
social de los principales diarios, incluso diarios de otros estados de la
República, lo describieron como “un antes y después” del baile en la
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embajada inglesa, como un acontecimiento insólito. Algunos de los
principales cronistas como Juvenal o Titania, narraron el baile en varias
ediciones dominicales. Las crónicas describen el gran derroche de
lujo y ostentación del baile; las damas que más sobresalieron fueron
aquellas que encargaron sus disfraces a Francia con el diseñador más
prestigiado de la época, Charles Frederick Worth.
En esas narraciones, se hace evidente la polémica que
generaba la crónica social al describir más a una mujer que a otra, ya
que las mismas crónicas deben hacer aclaraciones o justificaciones
en las publicaciones posteriores. Por lo tanto, los textos publicados
en los diarios como las referidas crónicas de sociales, refuerzan estos
discursos de preocupación por los valores superfluos, pero a la vez,
la incitación al consumo; generan una confrontación de valores
morales en el que la moda se coloca en altísima estima.
Este discurso que permea en la época, consumo versus valores;
exhibicionismo versus moral, lo representan en la narrativa realista
literaria, en la crónica costumbrista y en los escritos periodísticos;
también podríamos ubicarlo en otro tipo de fuentes, como los
anuncios publicitarios. En éstos aparecen imágenes femeninas
promoviendo productos para que crecieran los senos o adelgazar
la figura, porque, “de nada servía un lindo rostro con un cuerpo
engrosado o con senos pequeños” aludía la alocución persuasiva
publicitaria.
En este trabajo se identifica la representación simbólica en
los personajes femeninos contenidos en las cinco novelas referidas
mediante el vestido como el vehículo que transforma el cuerpo, lo
exhibe, lo hace atractivo para seducir. El vestido es el que tiene el
poder, es el que vale, porque el cuerpo sin él no es nada, puede ser
el cuerpo de cualquiera, sin ningún estatus ni jerarquía; es el vestido
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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-142

�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

de moda el que amenaza, que transgrede el orden social; el cuerpo,
por su parte, se ve expuesto y condicionado a los efectos que ambos
en su conjunto provocan.
Blanca Sol, a pesar de ser coqueta, nunca entregó su cuerpo,
solo lo hizo cuando necesitó subir de estatus, el día que se casó. Pero
después, ya con todo el lujo que tuvo a través de su indumentaria,
tenía el poder de provocar y burlarse de todos aquellos que morían de
amor por ella, que se veían seducidos por la encantadora mujer que
vestía con suntuosidad. Ella tenía el control. Cuando el exceso por la
demanda de consumir más vestuario que estuviera a la moda la llevó
a la ruina, comenzó a sobrevivir de la venta de sus lujosos vestidos
y, cuando ya no hubo uno para vender, no tuvo más remedio que
entregar lo que detrás de la ostentación se encontraba, su cuerpo.
El caso de Carmen o Calandria es muy similar al de Blanca
Sol: pensó que solo necesitaría de vestir elegantemente a la moda
para alcanzar el reconocimiento de un hombre de élite; ya que en
sus genes existía el abolengo, herencia del padre rico que no la
reconoció. A diferencia de Blanca, que solo logró llamar la atención
de un hombre cuya única pretensión era convertirla en su amante
con la deshonra social que conllevaba. Calandria, al verse sin pareja,
tuvo que sobrevivir con el oficio de costurera y, como esa ocupación
laboral en la época era muy mal pagada, la miseria se instaura pronto
en su vida; por ello, decidió envenenarse y acabar con ese cuerpo
que tanto deseaba verse envuelto en el lujo de la moda.
Al igual que Calandria, Clara tenía un origen digno. Sus
padres eran personas adineradas que vivían en un pueblo. Creía
que el hecho de estar informada sobre las tendencias de la moda y
consumirlas al llegar a la Ciudad de México estaría a la altura de las
grandes damas capitalinas, podría escalar de estatus social casándose
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-142

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�Jesús Alberto Leyva y Mónica Cázares (BECENE) / El vicio social de la moda

con un hombre adinerado. Se preparó para recibir la visita de este
pretendiente, acicaló cada uno de sus prendas con esmero, se decoró
el rostro, en especial, se calzó con esos botines de cabritilla que la
hacían verse más alta, más distinguida. De tal forma quiso deslindarse
de sus orígenes indígenas al usar los artificios de la moda. Al igual
que Calandria, lo único que alcanzó fue ver manchada su honra
y regresar junto con su familia a su pueblo, entre inconsolables
sollozos, con un cuerpo mancillado.
El caso de Marcela, la bella prostituta de la novela de
Machado de Assis, es totalmente inverso a los otros casos; ella sí
vivía de su cuerpo, lo utilizaba para conseguir un estilo de vida que
la llenara de lujo. Sin embargo, la vida le dio un revés: la horrible
enfermedad de la viruela desfiguraba su rostro y le provocaba en
su piel una apariencia avejentada. La enseñanza de esta novela
refleja que la mujeres inmersas en la vida material desembocaban
en la decadencia moral. Sus cuerpos tarde o temprano pagaban las
consecuencias de su codicia.
Conclusiones
La literatura, a través de los personajes femeninos, es capaz de
revelar las aspiraciones sociales de mujeres como Clara, Calandria,
Marcela y Blanca Sol, satisfacer sus deseos, consumir la moda de
su época. Manifiesta cómo se les representa ancladas en un “vicio
social” que las deslumbra.
Estos personajes comparten sus pretensiones en un contexto
que las vuelve artífices de su propio destino y, al mismo tiempo,
víctimas de falsos valores heredados de una sociedad que promueve
el consumo de la suntuosidad y la vestimenta de moda, misma que
solo se consigue teniendo altos recursos económicos. De tal modo
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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-142

�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

que, los hombres pudientes serán sus objetivos matrimoniales,
medios para una vida de lujo y glamour.
Las prácticas de consumo reflejadas en estas mujeres de
novela, replicadas en las fuentes históricas —ostentación, frivolidad,
egoísmo—, constituyen las representaciones simbólicas de una
época, inmersa en un discurso ambivalente entre la moral y el vicio
social que significaba el derroche por el fenómeno de la moda. En
esta confrontación entre moral y vicio, el cuerpo fue el que se vio
beneficiado o victimizado, ya que fue adornado, adorado, sublimado;
pero también padeció los efectos de la desesperación por no alcanzar
los estilos de vida que demandaba la época y, a la postre, terminó
siendo vejado, enfermo, prostituido y envenenado.
La moda, en tanto objeto cultural, genera un vínculo con
la sociedad decimonónica que no es unidireccional: es el sujeto
—individual o colectivo— quien le otorga valor y la reconfigura
como representación de una realidad abstracta. Ese valor, por tanto,
varía según los valores, las prácticas, las ideas y el contexto social de
cada individuo o grupo. La teoría de las representaciones resulta así
funcional para conferir sentido a las conductas y comprender una
realidad desde su propio sistema de referencias; no implica solo ver
un reflejo de la realidad, sino descifrar el conjunto de significantes
que estructuran el contexto social e ideológico de una sociedad.
Obras citadas
Cabello de Carbonera, Mercedes. Blanca Sol, novela social. Imprenta
y Librería del Universo de Carlos Prince, 1889. Biblioteca
Virtual Miguel de Cervantes, www.cervantesvirtual.com/
obra-visor/blanca-sol--0/html/ff1c3698-82b1-11df-acc7002185ce6064_2.html.
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-142

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�Jesús Alberto Leyva y Mónica Cázares (BECENE) / El vicio social de la moda

Cázares Castillo, Mónica. Prácticas de intercambio y sociabilidad en las
ciudades de México y San Luis Potosí a través de la moda femenina,
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110

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�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-142

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�Artículos
Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

Hibridación de géneros y metatextualidad:
una propuesta innovadora de El fondo del cielo
en el panorama literario
Genre hybridization and metatextuality:
an innovative proposal of El fondo del cielo in
the literary landscape
Natalie Marlene Martínez Colorado
Universidad Autónoma de Nuevo León
San Nicolás de los Garza, México
nmartinezsdm@gmail.com

Resumen: El presente artículo explora la novela El fondo del cielo (2009),
de Rodrigo Fresán, destacando su innovadora fusión de ciencia-ficción,
lo fantástico y lo neofantástico. El objetivo es examinar de qué manera
Fresán utiliza la hibridación de géneros y la metatextualidad para crear
una narrativa que, aunque se inscribe en la ciencia-ficción, explora temas
más complejos y genera un efecto de inquietud y desasosiego en el lector.
Fresán aborda conceptos como el tiempo, la memoria y el fin del mundo
desde una perspectiva filosófica y metafísica.
Palabras clave: ciencia-ficción, fantástico, neofantástico, hibridación,
metatextualidad, tiempo, memoria, fin del mundo.
Abstract: The present article explores Rodrigo Fresán’s novel El fondo
del cielo (2009), highlighting its innovative fusion of science fiction, the
fantastic, and the neofantastic. The objective is to examine how Fresán
uses the hybridization of genres and metatextuality to create a narrative
that, while rooted in science fiction, explores more complex themes

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�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

and generates an effect of unease and disquiet in the reader. Fresán
addresses concepts such as time, memory, and the end of the world from
a philosophical and metaphysical perspective.
Keywords: science fiction, fantasy, neofantastic,
metatextuality, time, memory, end of the world.

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-133

hybridization,

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�Natalie Marlene Martínez (UANL) / Hibridación de géneros y metatextualidad

Sobre las convenciones tradicionales del género
ciencia-ficción
En la literatura hispanoamericana contemporánea, la ciencia-ficción,
lo fantástico y lo neofantástico han emergido como géneros literarios
que exploran las complejidades de la realidad y la imaginación de
manera única. Sin embargo, a pesar de su creciente relevancia,1
persiste la incógnita acerca de cómo estos géneros han evolucionado
en el siglo XXI, influidos por cambios culturales, literarios e incluso
sociales en la región.
En ese sentido, El fondo del cielo (2009), de Rodrigo Fresán,
se erige como una obra clave, ya que propone la actualización
de un modelo hegemónico representado por la gran novela del
boom hispanoamericano, mientras incorpora elementos de la
ciencia-ficción, lo fantástico y neofantástico desde una perspectiva
híbrida. Asimismo, la obra se enriquece con una amplia red de
referencias metatextuales, desde la literatura decimonónica hasta la
contemporánea. A través de esta estrategia, Fresán no sólo redefine
los géneros literarios que aborda, sino que también cuestiona
la relevancia de las prácticas culturales actuales y las tradiciones
literarias establecidas.
Dicho lo anterior, Rodrigo Fresán aprovecha la ambigüedad
de los géneros literarios para crear una obra que no se ajusta
estrictamente a las convenciones clásicas de la ciencia-ficción,
especialmente desde el planteamiento y lectura de los personajes. Si
1 Ejemplos de obras recientes que tratan la combinación de dos géneros
son: Fever Dream (2014), de Samanta Schweblin; La uruguaya (2016), de
Pedro Mairal; y La invención del tren fantasma (2009), de Andrés Neuman.

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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-133

�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

bien incorpora elementos característicos del género, como los viajes
en el espacio-tiempo, lo hace de un modo que diluye los límites
entre la especulación científica y una narrativa más introspectiva.
En el primer capítulo, Isaac Goldman se sorprende al recibir una
caja con piedras grises y una tarjeta de su primo Ezra Leventhal. La
tarjeta sugiere que Ezra ha estado en un lugar imposible de alcanzar
por medios convencionales, lo que despierta la idea de que podría
estar viajando a través del tiempo y el espacio, involucrándose en
distintos momentos históricos:
Y yo me decía que no, que no podía ser, que Ezra no podía estar
en todas partes, involucrado en todo momento histórico. Pero
entonces, un par de semanas después, alguien llamaba a la puerta
y era un correo especial que me traía una caja con mi dirección
escrita en la inconfundible letra de Ezra y, ahí dentro, varias
piedras grises y una tarjeta donde se leía “Adivina de dónde son
estas rocas, Isaac. Sí, adivinaste”.(99)

Sin embargo, Fresán no presenta estos elementos con
una explicación científica tradicional ni como parte de un mundo
gobernado por reglas estrictas, sino que los introduce con un aire
de misterio y extrañamiento que evoca más a la literatura fantástica
o incluso a la narrativa posmoderna. Así, la figura de Ezra se vuelve
ambivalente: ¿es un viajero del tiempo en el sentido clásico de la
ciencia-ficción, o un constructo narrativo que desafía la linealidad
temporal desde una perspectiva simbólica y literaria?
El relato, por tanto, subvierte y reinterpreta las convenciones
del género, generando una lectura en la que los límites entre la
realidad, la memoria y la ficción se desdibujan. Los viajes temporales
se convierten en una herramienta para explorar la naturaleza del
relato y la percepción del tiempo en la literatura. En ese sentido,
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-133

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�Natalie Marlene Martínez (UANL) / Hibridación de géneros y metatextualidad

la memoria adquiere un papel central. Isaac la describe como una
máquina del tiempo, lo cual permite una reinterpretación del viaje
temporal desde una dimensión más íntima y filosófica: “La memoria
como esa inexplicable máquina del tiempo y el pasado como cuarta
dimensión y planeta alternativo con vida un poco más inteligente
que aquella que lo habita en el presente” (22).
El planteamiento se refuerza más adelante cuando el narrador
afirma: “La memoria es una máquina del tiempo en reversa tan
potente como lo es –siempre hacia delante, o en múltiples direcciones
alternativas– esa otra máquina del tiempo que es la imaginación”
(57). Ambas herramientas —memoria e imaginación— permiten a
los personajes trascender el tiempo, aunque lo hacen en direcciones
distintas: una hacia el pasado, la otra hacia el futuro o realidades
alternativas. Fresán las emplea no sólo como recursos narrativos,
sino como dispositivos metafísicos que amplían el alcance reflexivo
de la obra.
Por otra parte, la obra introduce el tema del amor desde
una perspectiva que contrasta con la ciencia-ficción clásica. Isaac
reflexiona sobre la rareza de esta emoción dentro del género:
Puedo maravillarme por mi jamás sospechada habilidad para, al
menos, intentar comprender y describir el funcionamiento del
amor siendo el amor una de las emociones menos frecuentes en
la ciencia-ficción clásica, porque el amor ocupa demasiado lugar
dentro de los trajes espaciales y en las bodegas de los cohetes. (85)

La metáfora crítica señala cómo la ciencia-ficción tradicional
ha marginado las emociones complejas, priorizando lo tecnológico
sobre lo humano. Fresán, por el contrario, convierte al amor en eje
de su narrativa, utilizándolo para problematizar normas sociales y
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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-133

�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

emocionales. Mediante escenas simbólicas —como la imagen de
una nevada o muñecos de nieve— el autor introduce una poética
del amor que desafía las estructuras del género y expande sus
posibilidades filosóficas.
En esa línea, Isaac propone que un relato de ciencia-ficción
puede aspirar a ser algo más que lo que el género prescribe: “Un
relato de ciencia-ficción que quiere ser otra cosa –que habla otro
idioma que no es el idioma del género– pero que no puede dejar de
ser lo que es” (56).
La tensión entre la identidad genérica y la aspiración a
trascenderla da lugar a una ambigüedad productiva, en la que la
narrativa se ancla en la ciencia-ficción, pero explora simultáneamente
temas filosóficos, metafísicos y estéticos. El propio Isaac
reflexiona sobre la evolución del género, contrastándola con los
misterios policiales. Mientras que la ciencia-ficción clásica tenía la
responsabilidad de explicar, aunque fuese inverosímil, el universo
narrativo, Fresán propone una ruptura: “La ciencia-ficción, por fin,
se desprendía de las obligaciones de los misterios policiales. Porque,
aunque las explicaciones fueran inverosímiles, en la ciencia-ficción
siempre se tenía la responsabilidad de darlas, de justificar lo que
había sucedido con lo que iba a suceder algún día. Aquí no. Aquí
terminaba todo tal como lo habíamos conocido hasta entonces. Aquí
empezaba el final” (88). El cambio marca un punto de inflexión; la
trama ya no está obligada a justificar o explicar, sino que se orienta
hacia una exploración más libre del tiempo, la narrativa y la identidad.
En dicha ambigüedad genérica resuena la reflexión de
Judith Merril (1966) sobre las múltiples acepciones de las siglas S-F
(science, speculation, fiction, fantasy o facts), lo cual permite que
El fondo del cielo dialogue con múltiples géneros y discursos. Fresán
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�Natalie Marlene Martínez (UANL) / Hibridación de géneros y metatextualidad

no solo se sirve del andamiaje temático de la ciencia-ficción clásica
—los viajes espaciales, la referencia a autores como Isaac Asimov o
Philip K. Dick—, sino que lo subvierte para incorporar lo fantástico,
lo emocional y lo introspectivo.
Así, la novela no busca ajustarse al canon, sino abrirlo. En
lugar de construir un universo cerrado y coherente, propone un
relato fragmentado, simbólico y profundamente humano. Fresán
demuestra que la ciencia-ficción puede hablar del amor, la memoria
y la imaginación, sin dejar de ser ciencia-ficción, pero expandiendo
sus fronteras hacia territorios más amplios y reflexivos.
La ciencia-ficción reconfigurada por la metatextualidad
Partiendo de la perspectiva de Fernando Moreno (2010), la cienciaficción trasciende la mera acumulación de tropos como robots y
naves espaciales, radicando su singularidad en el enfoque distintivo
del autor y en las particulares normas que rigen su universo narrativo
(56). En esta línea, Rodrigo Fresán se distingue por un uso abundante
de la metatextualidad, un recurso que le permite establecer un diálogo
implícito y profundo con las obras fundacionales del género y con
otras voces significativas de la literatura universal. Tal como define
Gérard Genette (1989), la metatextualidad se manifiesta como un
comentario que vincula un texto con otro, incluso sin recurrir a la
cita directa o a la mención explícita (13). De esta manera, Fresán,
a través de estas resonancias textuales no evidentes, construye
un entramado de referencias que enriquecen su propia propuesta
de ciencia-ficción, al tiempo que rinde un sutil homenaje a sus
predecesores literarios.
A través de estos recursos metatextuales, Fresán articula su
propia visión sobre la redefinición de la ciencia-ficción, estableciendo
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�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

así sus particulares cláusulas ficcionales. Un ejemplo paradigmático
de este diálogo literario se encuentra en la metatextualidad empleada
por el autor al evocar la figura del monstruo de Frankenstein:
Y enseguida descubren que no pueden desactivarse entre ellos
y que ambos se han convertido en una suerte de monstruo de
Frankenstein para el otro. Así, el hombre cree en Dios para poder
hacer lo que le plazca en su nombre y Dios cree en el hombre para
poder echarle la culpa de todos sus errores. (47)

Mediante la presente alusión, Fresán explora la clásica
relación entre creador y criatura, así como las imprevistas y, a
menudo, nefastas consecuencias de sus actos. Las palabras del
monstruo, clamando por el odio y el rechazo de su creador, Víctor
Frankenstein, resuenan con la angustia de una existencia no deseada
y la amenaza de una venganza ineludible. La concepción se alinea
con la novela de Mary Shelley, donde la criatura se convierte en una
entidad autónoma que desafía y destruye a su progenitor. Entonces,
Fresán establece un vínculo entre ambas obras, sugiriendo una
dinámica donde creador y creación se entrelazan en un destino fatal.
La hibridación textual, entendida por Alejandro HerreroOlaizola como la fusión de géneros (Garrido 4), emerge como una
herramienta clave para enriquecer la interpretación de las obras
literarias. Frankenstein (1818), al combinar elementos del gótico y
la ciencia-ficción, ilustra esta mezcla, y Fresán, al referirse a ella,
participa en un diálogo con ambas tradiciones. La evocación del
monstruo no solamente remite a la trama de Shelley, sino que
también invoca temas centrales de lo siniestro y lo sobrenatural
propios del gótico, entrelazándolos con la especulación científica de
la ciencia-ficción.
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�Natalie Marlene Martínez (UANL) / Hibridación de géneros y metatextualidad

Otro ejemplo es la alusión a las “Navidades pasadas”, que
inevitablemente nos remite al inmortal Cuento de Navidad (1843), de
Charles Dickens. La transformación de Ebenezer Scrooge a través de
las visitas de los fantasmas del pasado, presente y futuro se contrapone,
en la obra de Fresán, a una sensación fantasmal y fugaz de recuerdos
literarios, como esporas viajando desde una lejana galaxia: “¿Por qué
lo sentí como una fantasmal visión de Navidades pasadas, como las
esporas fugitivas que se han colado por una grieta en las paredes con
manchas de humedad de una galaxia tan lejana?” (33). La imagen,
aunque evocadora de la ciencia-ficción, sirve para conectar el presente
de la narración con el peso de la tradición literaria. Fresán resignifica
estos fantasmas del pasado en un contexto de ciencia-ficción, creando
un puente entre el realismo social y elementos fantásticos, y entre el
pasado literario y los tropos del género.
Por otra parte, en la obra de Fresán, el personaje Ella,
conocida como mujer misteriosa se convierte en un símbolo, un
monolito para Ezra e Isaac, evocando la icónica obra 2001: Una odisea
del espacio (1968), de Arthur C. Clarke: “Yo soy apenas un humilde
astronauta descendiente del mono soñado con volver a evolucionar,
Ezra es una computadora desordenada y confundida intentando
comprender los misterios del universo. Ella es nuestro monolito”
(93). El monolito, en la novela de Clarke, es un catalizador de la
evolución humana, y en la obra de Fresán, simboliza un objeto de
reflexión y avance para sus personajes.
Asimismo, la descripción de Ezra como una computadora
desordenada y confundida hace eco del personaje de HAL 9000, la
inteligencia artificial de la nave en la novela de Clarke, aunque con
una perspectiva diferente: el caos existencial frente a la tragedia de la
perfección fallida. Fresán utiliza el presente símbolo para fusionar la
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�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

ciencia-ficción con el discurso filosófico sobre el conocimiento y la
evolución. La referencia al humilde astronauta descendiente del mono
también remite a la temática evolutiva central en la obra de Clarke.
Ahora bien, la descripción de Grynarya en El fondo del cielo
como “espejismo y oasis al mismo tiempo y nosotros avanzamos o
retrocedemos, quién sabe, cantando esa canción de aquella película
sobre el fino arte de marchar sobre un camino de ladrillos color
amarillo” (160), transportan al lector al universo de El Mago de Oz
(1900), de L. Frank Baum. Lo que en Baum representa un viaje mágico
y lleno de esperanza, en Fresán se transforma en una metáfora de
una búsqueda desoladora. La identificación de los personajes con el
hombre de hojalata sin corazón, el león cobarde y el espantapájaros
sin cerebro subraya una visión más sombría de la condición humana.
Incluso la figura del Mago de Oz es reinterpretada, pasando de ser
un mago omnipotente en la imaginación de los personajes a una
fuerza destructora y aterradora, en contraste con la realidad del
personaje de Baum como un hombre detrás de una cortina: “El
Mago de Oz viene por nosotros y El Mago de Oz es todopoderoso,
inmenso, inconmensurable. Oz es grande. Oz es más grande que
Alá y –a diferencia del Mago de Oz– es alguien con poderes de
verdad. Oz es El Deshacedor” (161). Dicha referencia ejemplifica la
hibridación textual al mezclar la fantasía infantil con una perspectiva
más oscura y compleja.
Finalmente, la mención de una película basada en la idea del
viaje en el tiempo evoca la novela La máquina del tiempo (1895), de
H.G. Wells:
Noches atrás, volví a ver aquella mediocre película basada en uno
de los clásicos del género: la historia de un viajero proyectándose
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�Natalie Marlene Martínez (UANL) / Hibridación de géneros y metatextualidad

hacia un lejano futuro sin que ello signifique moverse demasiado
de su laboratorio. Ya saben: el lugar era siempre el mismo, el
tiempo era el que cambiaba. (100)

La descripción del viajero proyectándose hacia el futuro sin
moverse de su laboratorio resuena con la propia experiencia del
protagonista de Wells. Fresán utiliza la referencia para explorar la
maleabilidad del tiempo y la memoria, creando un diálogo intertextual
que va más allá de la simple alusión, utilizando los mecanismos de la
ciencia-ficción para profundizar en temas psicológicos y metafísicos.
En definitiva, la metatextualidad de El fondo del cielo no solo
rinde homenaje a obras seminales de la literatura y el cine, sino
que también las reinterpreta y las pone en diálogo para construir
una reflexión profunda sobre la naturaleza de la ciencia-ficción, la
condición humana y el poder de la narración.
Interpretaciones del fin del mundo
La novela presenta una visión del fin del mundo, lo cual refleja la
naturaleza multifacética de su obra. Fresán menciona diferentes fines
del mundo y no ocurren como normalmente aparecen en obras de
ciencia-ficción, como choques entre planetas, ataques alienígenas
y demás, en el libro este acontecimiento apocalíptico ha ocurrido
innumerables veces:
Interrumpo aquí para aclarar que no todos los fines del mundo
acerca de los que he oído son tan espectaculares o histriónicos.
Hay otros fines del mundo –¿o debería decir finales, aunque toda
finalidad lleve implícita la voluntad y destino de alcanzar y de tener
un fin? – que son casi secretos: accidentes, torpezas, tropiezos en
los escalones de la Historia. (209)

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�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

El público lector, al llegar en el tercer capítulo de la obra,
donde se narran estos eventos apocalípticos, también llamados fines
del mundo, puede sorprenderse y reflexionar sobre ello. Relacionando
al fragmento con la interpretación del fin del mundo, se puede
decir que el autor propone una visión más amplia y compleja de lo
que significa el fin. En lugar de verlo únicamente como un evento
cataclísmico, se sugiere que el fin del mundo puede ser algo más
cotidiano y menos perceptible, algo que ocurre de manera silenciosa
y gradual en lugar de abruptamente. Dicha idea se alinea con una
interpretación más filosófica del fin del mundo, donde el fin no es
un solo evento apocalíptico, sino una serie de pequeños eventos
que, acumulados, también marcan el fin de algo.
Por consiguiente, el siguiente fragmento ofrece otra
interpretación simbólica del fin del mundo a través de una
narrativa que mezcla lo divino con lo humano, lo místico con lo
trágico. Solomon Goldman, padre de Isaac, representa la búsqueda
desesperada y obsesiva del ser humano por restablecer un orden
divino, un intento por reparar lo irreparable:
En otro de ellos, un rabino enloquecido, internado en un hospital
psiquiátrico de Manhattan, descubre, después de tantos años de
investigaciones, el modo exacto de reunir todos los fragmentos
sueltos y rotos del recipiente que alguna vez contuvo la presencia
divina de Dios y comienza a elevarse, a flotar hacia los cielos y…
No sé muy bien qué es lo que ocurre después. Pierdo su imagen.
Solo sé que su historia no termina bien, que dicen que se suicidó,
que cae desde las alturas, o que lo arrojaron desde una ventana,
quién sabe. (210)

Solomon, al ser incapaz de soportar la carga de su misión, se
convierte en un personaje extremo porque es una representación del
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�Natalie Marlene Martínez (UANL) / Hibridación de géneros y metatextualidad

fracaso humano frente a lo sublime, puesto que busca lo absoluto
y lo divino, enfrentándose a una tarea que claramente está fuera
del alcance humano. Esto lo coloca en un terreno narrativo límite
donde la ciencia-ficción y lo metafísico se encuentran.
Por otro lado, la “reunión de todos los fragmentos sueltos
y rotos del recipiente que alguna vez contuvo la presencia divina
de Dios” es una referencia clara al concepto cabalístico del Shevirat
Hakelim o la “ruptura de los recipientes”, una metáfora de la fractura
del cosmos en el momento de la creación (Macías 33). En un nivel
más amplio, el relato puede verse como una metáfora del fin del
mundo, no como una catástrofe externa, sino como un colapso
interno, una implosión de la psique y el alma al confrontar lo
inalcanzable. El mundo no termina en un evento apocalíptico, sino
en la fractura final de un ser que intentó unir lo fragmentado, pero
que en el proceso se pierde a sí mismo.
En la novela se hace énfasis al 11 de septiembre de 2001,
la caída de las Torres Gemelas en Nueva York, un evento que Ella
clasifica como otro fin del mundo:
…a Isaac Goldman mirándome. Y él y yo somos las únicas dos
personas que no miran a las alturas, a las torres en llamas y a la
gente que se arroja al vacío y que cae a nuestro alrededor, en esta
esquina de una ciudad llamada Manhattan, el 11 de septiembre del
año 2001. Otro fin del mundo. Éste es, en realidad, el principio de
un final más que un final en sí mismo. Es lo que pone en marcha
a la pesada y lenta maquinaria de este Apocalipsis. (224)

La escena describe a Isaac Goldman y a Ella como las únicas
dos personas que no dirigen su mirada hacia las alturas, donde las
torres están en llamas y la gente cae al vacío. En lugar de un final
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�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

absoluto, se sugiere que el evento es el principio de un final, el inicio de
una secuencia que desencadena un Apocalipsis más amplio y gradual.
El fin del mundo, en este caso, se interpreta no como un
cataclismo instantáneo, sino como un proceso que se pone en marcha
a partir de un evento traumático, con un significado profundo en
términos de la fragilidad de la civilización y la humanidad. La mirada
que no se dirige hacia las alturas podría simbolizar la incapacidad o
la negativa a enfrentar la devastación completa de manera directa,
sugiriendo una forma de alienación o desconexión del horror
inmediato. El apocalipsis no se refiere únicamente a la destrucción
física, sino a una transformación más profunda en la conciencia
colectiva, una ruptura con la realidad tal como se conocía antes.
Desde la perspectiva teórica, según lo planteado por Yuli
Kagarlitski (1974), el fin del mundo deja de ser un concepto único,
anclado en eventos catastróficos externos, como destrucciones
físicas, invasiones alienígenas, o desastres cósmicos, pues el
apocalipsis en la ciencia-ficción moderna puede representar no
solo la destrucción, sino también transformaciones profundas de
carácter social, psicológico, o existencial (307). En lugar de limitarse
a los típicos choques de planetas o invasiones alienígenas, la obra
explora finales más cotidianos y sutiles, mostrando cómo la cienciaficción puede abarcar interpretaciones filosóficas o existenciales,
demostrando la ambigüedad y flexibilidad del género propuesta por
Judith Merril y Fernando Moreno.
Explorando lo natural y lo no-natural en la ficción
La novela presenta una estructura narrativa donde los límites
entre lo natural y lo sobrenatural se desdibujan constantemente,
construyendo un universo que desafía las convenciones de la
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�Natalie Marlene Martínez (UANL) / Hibridación de géneros y metatextualidad

realidad y la fantasía. Al aplicar la teoría de Ana Barrenechea (1972)
sobre lo fantástico2, se identifican dos categorías principales en la
obra: el orden natural y el orden no-natural.
En el orden natural, la narración se desarrolla dentro de los
parámetros de lo posible y verosímil en nuestro mundo. Aquí, las
historias de amor y los conflictos personales de los personajes se
presentan como experiencias humanas reconocibles. Sin embargo,
Fresán emplea un tono nostálgico y melancólico, buscando conectar
con la memoria y la percepción del tiempo del lector. Un ejemplo
clave de esto se encuentra en la descripción del amor juvenil, donde
Isaac reflexiona:
Recuerda. Tú y yo en la nieve y ella contemplándonos desde
la ventana. Es una imagen decididamente romántica: la bella
prisionera en la torre más alta del castillo y los dedicados caballeros
que no se atreven a rescatarla. No saben cómo hacerlo. Son tan
jóvenes e inexpertos. Y la novedad del amor compartido –los
hermanos de sangre y de secta son ahora, también, hermanos de
amor– les hace sentirse invulnerables, sí, pero no saben qué hacer
con toda esa fuerza. Hay momentos en que piensan que van a
estallar. Combustión espontánea. Fulminados por la pasión que
generan sus cuerpos y sus mentes. (120)

Se resalta la intensidad y la confusión del primer amor, donde
la pasión desborda a los jóvenes inexpertos, a pesar de su sensación
de invencibilidad. Por otro lado, el orden no-natural abarca aquellos
elementos que transgreden las leyes de la física y la lógica. En el relato,
2 Al discrepar con Todorov, Barrenechea amplía la definición de lo
fantástico proponiendo una división tripartita que incluye tres categorías: la
primera categoría dice que lo narrado entra en el orden de lo natural; la segunda
menciona que lo narrado entra en el orden no-natural; y la tercera presenta la
mezcla de ambos elementos.

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esto se manifiesta a través de la inclusión de elementos de cienciaficción, como la presencia de seres extraterrestres, que irrumpen
en la realidad cotidiana y añaden una dimensión de misterio y lo
fantástico. Un pasaje que ilustra esto es la identificación del soldado
con un ser de otro planeta: “Aquí estoy, en alguna parte de ninguna
parte, hablando solo, como si fuera ese último extraterrestre que
se esfuma en las páginas de mi novela favorita” (153). La imagen
de un ser perdido en un espacio indefinido evoca una sensación de
alienación y cuestiona las estructuras lógicas del mundo.
A pesar de la distinción entre estos órdenes, Fresán logra una
integración fluida entre ellos, difuminando las fronteras hasta que lo
natural y lo no-natural se vuelven casi indistinguibles en el contexto
de la narración. Dicha coexistencia se sustenta en el pacto de ficción
que el lector establece al aceptar la realidad textual (Moreno 236),
incluso cuando se incorporan eventos históricos reales con un giro
fantástico. Un ejemplo de esta fusión se observa en la descripción de
Isaac durante los atentados del 11 de septiembre, donde la realidad
se percibe a través de una lente fantástica:
Me han metido dentro de un cilindro de metal. La asistente
me dejó aquí dentro y se ha marchado al otro lado de un panel
transparente [...] Después, con cierto esfuerzo, me arrastro como
una serpiente y salgo del cilindro de metal como si dejara atrás la
funda de una piel y salgo de esa oficina. El edificio parece estar
completamente vacío. Subo al ascensor y –el tipo de cosas que
uno piensa cuando no quiere pensar en lo que está pasando–
bajo hacia la calle preguntándome por qué se llama ascensor y no
descensor. (130-132).

La experiencia de un evento real y traumático se filtra a
través de una imaginería que evoca elementos de la ciencia-ficción
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�Natalie Marlene Martínez (UANL) / Hibridación de géneros y metatextualidad

y lo onírico, resaltando la desorientación y el extrañamiento ante
lo inconcebible. En definitiva, la habilidad de Fresán radica en
esta constante interacción entre lo cotidiano y lo extraordinario,
desafiando al lector a navegar por múltiples capas de realidad y a
cuestionar la naturaleza misma de la existencia y cómo lo real y
lo irreal impactan nuestra percepción del mundo. La obra utiliza
elementos fantásticos que se nutren de lo natural para subvertirlo,
creando un espacio donde las reglas convencionales se desdibujan y
se invita a una reflexión profunda sobre la realidad y la ficción.
Entre lo real y lo fantástico: inquietud y ruptura
Rodrigo Fresán explora en su obra la inquietud y el desasosiego
inherentes al neofantástico, un género que, apartándose de las
convenciones de la literatura fantástica tradicional, se aventura en
territorios experimentales y contemporáneos. Según Jaime Alazraki
(1983), el neofantástico se distingue por su habilidad para cuestionar
la realidad y jugar con la percepción del lector, creando un ambiente
de incertidumbre y extrañeza (248). Fresán construye un universo
donde los límites entre lo real y lo fantástico se difuminan, sembrando
una constante desorientación en el lector.
La inquietud se intensifica mediante la exploración de
la identidad y el tiempo, generando una atmósfera de perpetua
transformación y reinterpretación de personajes y eventos. El
desasosiego, por su parte, emerge del encuentro directo con lo
desconocido e inasible, en un entorno donde los límites entre
lo real y lo imaginario se desdibujan y los personajes confrontan
situaciones que desafían su comprensión del mundo. La quiebra de
lo real conduce a una profunda sensación de malestar, confrontando
tanto a personajes como a lectores con la posibilidad de que la
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�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

realidad misma sea una ilusión o una construcción inestable. Por
ello, el desasosiego se ve amplificado por la alienación y la confusión
al intentar navegar una narrativa que constantemente desafía
expectativas y normas.
De esta forma, el relato manifiesta lo fantástico a través
de sucesos y personajes que transgreden las leyes de la lógica y
la naturaleza. En la esfera del neofantástico, Fresán manipula la
percepción de la realidad insertando elementos extraños y surrealistas
en contextos aparentemente ordinarios. La trama, ambientada en
un entorno familiar y urbano, se ve alterada por acontecimientos
y personajes que desafían las leyes naturales. Los protagonistas
experimentan sucesos imposibles en el mundo real, como viajes
en el tiempo y encuentros con entidades extraterrestres, generando
una extrañeza característica del género fantástico al confrontar al
lector con lo inexplicable y sobrenatural. En consecuencia, Fresán
rompe con una narrativa lineal y coherente, fragmentando tiempo
y espacio, y desplegando la historia en múltiples planos temporales
y realidades alternas, lo que provoca un efecto de dislocación en el
lector.
La ruptura no solo altera la percepción de los personajes
dentro de la historia, sino que también juega con la del lector, quien
debe reconstruir el sentido a partir de fragmentos dispersos. La
inclusión de personajes míticos y sobrenaturales, como los seres del
planeta Urkh 24, introduce un elemento de asombro y sirve como
catalizador para la exploración de temas como la crítica cultural y la
invasión:
Nuestras naves –como las naves flotantes en sus películas– posando
siempre junto a monumentos históricos y santuarios turísticos.
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�Natalie Marlene Martínez (UANL) / Hibridación de géneros y metatextualidad

Teníamos tantas ganas de hacer realidad todas vuestras fantasías...
Habíamos hecho tantos planes: adquirir un aspecto amenazante o
absurdo. O todos al mismo tiempo. Tentáculos, cráneos enormes
funcionando como cajas de megacerebros, mujeres hermosas
envueltas en calientes trajes tejidos con metales vaporosos... Como
si se tratara de un baile de disfraces. Y hasta pensamos en destruir
algo valiéndonos de armas ridículas. Después, enseguida, nos
mostraríamos tal cual somos y revelaríamos nuestras verdaderas
intenciones. Invadirlos, sí. Conquistarlos, también. Someterlos, de
acuerdo. Pero, también, hacerlos partícipes de nuestra perfección
que, con vuestra ayuda, ya no sería aburrida. (194)

La perspectiva del narrador extraterrestre, quien desea
mostrarse a la humanidad, ilustra esta ruptura de la realidad
aceptada, donde eventos fantásticos son narrados como hechos
para el lector, aunque desconocidos para los personajes humanos.
La focalización externa3 y no humana exige al lector una ampliación
del pacto de ficción, aceptando una perspectiva ajena que cuestiona
la comprensión humana de lo absoluto.
La llegada de los extraterrestres pasa inadvertida para los
personajes, pero el lector es partícipe de esta realidad alterna. En
términos teóricos, la narración neofantástica crea una nueva realidad
a partir de un hecho inverosímil que se transforma en verosímil al ser
aceptado e integrado por el lector. En una entrevista elaborada por el
periodista Antonio Martínez Ron, Rodrigo Fresán, influenciado por
la tradición fantástica argentina de autores como Jorge Luis Borges
y Julio Cortázar, menciona que “la idea de lo fantástico siempre está
presente y no nos hace sentir ningún pudor en ese sentido’’ (2009).
3   Luz Aurora Pimentel (2002) describe una perspectiva narrativa donde
el narrador relata los hechos desde una posición distante, sin acceder a la
conciencia o pensamientos de los personajes (100).

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En El fondo del cielo, la presencia de extraterrestres, personajes
inverosímiles en la lógica del mundo real, genera una nueva realidad
dentro de la novela, donde estos seres fantásticos son aceptados por
el lector como parte de la verosimilitud de la historia, aunque no
sean percibidos por los personajes humanos. La dinámica es central
en el neofantástico, donde lo imposible se vuelve plausible mediante
la integración de elementos fantásticos en la narrativa, provocando
inquietud y desasosiego al desdibujar los límites entre lo real y lo
imaginario.
Otro ejemplo de la ruptura de la realidad se presenta en la
reflexión de Ezra sobre el tiempo y la memoria:
Recuerda. Ahí es cuando todo empieza. Desde entonces hemos
vivido en un eterno final. Recuerda. Es una noche como ninguna
otra. Es una noche como la que puedes ver en ciertos cuadros.
Ella. Y tú y yo. Los dos ponemos a construir muñecos de nieve.
(121)

Dicho inicio, que es a la vez un final, sugiere una alteración
en la percepción del tiempo, un estado de angustia donde la realidad
parece desmoronarse. La referencia a “una noche como ninguna
otra’’ y la imagen de construir muñecos de nieve en ese contexto
crean una atmósfera de inquietud donde lo inverosímil se torna
verosímil a través de la experiencia emocional de los personajes.
De manera similar, Isaac experimenta una extraña nevada
dentro de una torre en un día soleado, un evento que simboliza una
disonancia emocional y una profunda introspección:
Entonces sucede algo extraño. Y no es que lo que ha sucedido
hasta ahora no sea extraño; pero lo que sucede ahora es todavía
más extraño. Entonces, ahí dentro, en la torre, sin importar el día
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�Natalie Marlene Martínez (UANL) / Hibridación de géneros y metatextualidad

soleado que crece ahí afuera, comienza a nevar. Y miro a Ezra y
Ezra es el Ezra que alguna vez fue y no me hace falta mirarme –
siento una vibración en todo mi rostro, como si alguien corrigiera
líneas, retocara detalles– para darme cuenta de que yo también soy
ahora el que fui. (123)

Al observar a Ezra y sentir una ‘vibración’ en su rostro, Isaac
percibe su propia transformación, manteniendo a la vez la conexión
con su pasado: “para darme cuenta de que yo también soy ahora el
que fui’’. Este suceso, que desafía la lógica del entorno, representa
la ruptura entre lo real y lo fantástico, generando desasosiego y
explorando identidades fragmentadas.
En conclusión, Rodrigo Fresán fusiona las características
del fantástico y el neofantástico, entrelazando lo cotidiano con lo
inexplicable para generar una atmósfera de inquietud y desasosiego.
Mediante la interacción entre un orden natural y uno no natural, la
obra desdibuja las fronteras entre lo real y lo imaginario. A diferencia
del fantástico, que introduce lo extraño generando ambigüedad, el
neofantástico integra lo insólito de forma orgánica en la realidad
narrativa, transformando lo inverosímil en verosímil. En síntesis,
Fresán crea un universo literario donde la realidad se percibe como
inestable y permeable a lo imposible, invitando a la reflexión sobre
la fragilidad de la identidad, la memoria y la naturaleza misma de la
realidad.
Conclusiones
El fondo del cielo (2009), de Rodrigo Fresán, se presenta como una
propuesta literaria que desafía activamente las convenciones
establecidas por los géneros tradicionales. Particularmente, este
texto redefine los límites de la ciencia-ficción al entrelazarla con
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�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

elementos propios de lo fantástico y lo neofantástico, creando así
una fusión innovadora. Fresán emplea la hibridación de géneros y la
metatextualidad como herramientas fundamentales para construir
una narrativa compleja. A través de estas técnicas, se establece un
diálogo profundo con textos y autores provenientes de diversas
tradiciones literarias y cinematográficas, enriqueciendo así el tejido
de su propia creación.
La novela se sumerge en la exploración de temas trascendentales
como el tiempo, la memoria, el amor y el fin del mundo, pero lo hace
desde una perspectiva que se aleja significativamente de los enfoques
clásicos de la ciencia-ficción. En su lugar, incorpora una dimensión más
íntima, filosófica y metafísica, invitando a una reflexión más profunda
sobre la condición humana. Asimismo, la composición se distingue por
su atmósfera de ambigüedad e inquietud, donde las fronteras entre lo
real y lo fantástico, lo natural y lo sobrenatural, se vuelven difusas. Esta
característica genera en el lector una sensación constante de extrañeza
y desasosiego, desafiando su percepción de la realidad.

Obras citadas
Alazraki, Jaime. En busca del unicornio: los cuentos de Julio Cortázar.
Elementos para una poética de lo neofantástico. Gredos, 1983.
Barrenechea, Ana María. “Ensayo de una tipología de la literatura
fantástica”. Revista Iberoamericana, vol. 38, núm. 80, 1972,
pp. 391-403.
Fresán, Rodrigo. El fondo del cielo. Mondadori, 2009.
Garrido Gallardo, Miguel Ángel. Diccionario Español de Términos
Literarios Internacionales. Consejo Superior de Investigaciones
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-133

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�Natalie Marlene Martínez (UANL) / Hibridación de géneros y metatextualidad

Científicas, 2015, www.proyectos.cchs.csic.es/detli/sites/
default/files/Híbrido.pdf.
Genette, Gérard. Palimpsestos: la literatura en segundo grado. Taurus,
1989.
Kagarlitski, Yuli. ¿Qué es la ciencia-ficción? Labor, 1974.
Macías, Mario. “Shevirat Ha-Kelim: el misticismo judío y la matriz
catalana para el diálogo y el conflicto”. Journal of Catalan
Intellectual History, 2021, journalofcatalanintellectualhistory.
org/index.php/jocih/article/view/24/49.
Merril, Judith. “Straight Thinker”. The Magazine of Fantasy and Science
Fiction, vol. 30, núm. 2, feb. 1966, pp. 68-77.
Moreno, Fernando. Teoría de la literatura de ciencia-ficción: poética y retórica
de lo prospectivo. Portal Editions, 2010.

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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-133

�Artículos
Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

Arquitectura y reflexión: lugares, cuerpos
y máquinas en clave prospectiva
Architecture and Reflection: Places, Bodies,
and Machines in a Prospective Framework
Ramón Ramírez Ibarra
Universidad Autónoma de Nuevo León
San Nicolás de los Garza, México
rramib44@gmail.com

Resumen: En el ámbito reflexivo de la arquitectura en los últimos
veinte años se ha presentado un notable incremento en la producción
de publicaciones y la discusión sobre el lugar como un concepto capaz
de potenciar una nueva visión, tanto en términos de diseño como de
apreciación de la obra arquitectónica. Ante la creciente conciencia de
la fragilidad medioambiental y la necesidad de repensar los entornos
urbanos, la noción de lugar involucra un corpus multidisciplinario que va
de filósofos y sociólogos hasta historiadores, antropólogos y geógrafos
que desarrollan su análisis desde la comprensión del habitar humano.
Pensar la arquitectura en términos de lugar permite observar el paso de una
autonomía objetivista a la contingencia del hecho productivo; facultando
el encuadre de su imaginario, regido actualmente por nuevos impulsos
tecnológicos y una cultura digital. Así, en este ensayo propongo la reflexión
de tres elementos de construcción significativa del campo arquitectónico
a través de las categorías de orden, proyección y prospectiva implícitas
en las nociones de espacio, valoración del proyecto y práctica del saber
arquitectural como prospección multidisciplinar para el habitar humano
del siglo XXI.
Palabras clave: lugar, arquitectura, modernidad, posmodernidad, cuerpos,
máquinas.

135

�Ramón Ramírez (UANL) / Arquitectura y reflexión

Abstract: In the reflective field of architecture, over the last twenty years
there has been a notable increase in the production of publications and the
discussion about place as a concept capable of promoting a new vision,
both in terms of design and appreciation of architectural work. Emerging
from the growing awareness of environmental instability and its need to
rethink urban environments, place involves a multidisciplinary corpus that
ranges from philosophers and sociologists to historians, anthropologists
and geographers who develop their analysis from the understanding of
human habitation. Thinking about architecture in terms of place allows us
to observe the transition from an objective autonomy to the contingency
of the productive fact; enabling the framing of its imaginary, currently
governed by new technological impulses and a digital culture. Thus, in this
essay I propose the reflection of three elements of significant construction
of the architectural field through the categories of order, projection and
prospective implicit in the notions of space, assessment of the project and
practice of architectural knowledge as a multidisciplinary prospection for
human habitation in the 21st century.
Keywords: place, architecture, modernity, posmodernity, bodies, machines.

136

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-127

�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

Una pobreza del todo nueva ha
caído sobre el hombre al mismo
tiempo que un enorme desarrollo
de la técnica. Y el reverso de esa
pobreza es la sofocante riqueza de
ideas que se dio entre la gente... O
más bien que se les vino encima.
Walter Benjamin

Punto de partida: del espacio al lugar
La noción de lugar se remonta a la Antigüedad griega, cuando
Demócrito (460-360 a. C.) la refería a la separación entre continente
y contenido. Para el presocrático y atomista de la antigüedad, el
espacio no coincidía en extensión con la materia y, por lo tanto,
era una especie de contenedor de cosas y objetos (2008). Por lo
tanto, se definía en su función continente, que entre otras cuestiones
coincidía con su teoría del vacío, ya que el ser estaría en la materia,
y habría un no-ser que sería el vacío. Al mismo tiempo, el universo
se entendía como una realidad homogénea, con leyes universales y
en un espacio infinito, por lo cual la extensión espacial no coincide
con la materia y, por ende, ese contenedor es independiente de los
cuerpos que en él residan.
Este concepto de espacio adquiriría una dimensión nueva
con Aristóteles (384-322 a. C.), quien buscó unificar el lugar como
categoría filosófica autónoma (Física IV). El espacio-lugar del
estagirita coincidía con la materia contenida, por ello, el vacío no
existiría sin cuerpos que lo definan, y un lugar sería todo aquello
que abarca la propia cosa espacialmente. Así, esta sería una especie
de envolvente, una delimitación en términos de superficie, que al
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-127

137

�Ramón Ramírez (UANL) / Arquitectura y reflexión

remitirse a un objeto no es una de sus partes o sus elementos, sino
lo que abarca. Espacio es lo espaciado, lo introducido como límite
tramado y localizable pero diferenciado en su capacidad de influir en
los cuerpos que lo ocupan.
Para nuestros fines, lo más importante de este concepto,
fuera de las ya tradicionales objeciones de Lucrecio y su evidente
alejamiento de lo que en el helenismo será la geometría euclidiana,
se encuentra en el entendimiento del espacio como lugar, es decir,
como una estructura diversa y dinámica, diferenciada en su interior,
capaz de elegir e influir sobre lo contenido. A diferencia de la salida
a las paradojas de Zenón (1985) por medio del vacuum (vacío) de
los atomistas, para Aristóteles (2015) la solución es indicio de una
reflexión implícita en la relación que une al espacio con el tiempo.
Hay tres pensadores muy importantes en la caracterización
de la filosofía del lugar, los cuales que sus raíces en esta noción
aristotélica, a pesar de haber surgido en un momento en el que la
tradición escolástica recibió los primeros embates del empirismo:
Spinoza (2009), con su idea del lugar-límite en función de la
proporción, pensamiento aún ligado al ideal antropocéntrico del
Renacimiento (XV-XVI), los órdenes de coexistencia de Leibniz
(2022) y las ideas–esquema de Descartes (1966), representantes
de una postura racionalista en torno al espacio. En todos ellos se
expresaban ya tres problemas básicos de la vía moderna de la filosofía
del lugar, abiertos desde el posicionamiento aristotélico: la duda
acerca del límite, un relativismo en vista de la noción de devenir y la
apelación al orden legado por el pensamiento geométrico antiguo.
Si bien examinar las tres ideas de cada autor en sus respectivos
sistemas excedería los objetivos de este trabajo, pues hay muestras
recientes muy importantes en cada uno como el trabajo de Cápona
138

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-127

�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

González (2020) sobre la conexión entre Spinoza y Lefebvre,
o la interesante polémica epistemológica entre los artículos de
Raffo Quintana (2017) y Camilo Silva (2019) acerca de Leibniz y
el concepto de lugar, es posible identificar que estas posturas en
torno a la reflexión espacio-lugar, terminarían concretándose en la
modernidad en dos importantes pensadores: Kant (1724-1804) y
Hegel (1770-1831).
Para Kant (2009), la noción de espacio toca el punto clave del
entendimiento moderno en el sentido de que cuestiona la existencia
de dicha categoría a través de una entidad factual, es decir, el espacio
y, de la misma manera, el tiempo, retomando la idea de Aristóteles,
son categorías unificadas, pero, extendiendo la idea de espacio-lugar,
habla del papel activo de la mente, de una coordinación subjetiva de
las sensaciones, las cuales no provienen del objeto-materia, sino de
su sentido formal en términos de juicios sintéticos a priori. En Kant
el lugar caracterizaría aquellas formas espacio temporales percibidas
por medio de intuiciones (categoriales), las cuales exceden la realidad
material de la forma (en este tema, por ejemplo, los conceptos de
territorio, ciudad, asentamiento) permitiendo la inserción activa
de las subjetividades que preexisten a dichas formas (orden, leyes,
estructuras, habitabilidad). La diferencia con la ciencia moderna aquí
es notable, ya que es posible advertir cómo las categorías de espacio
tiempo son trascendentales, en el sentido de que son compartidas
por todos de la misma manera en un plano subjetivo:
El espacio no es algo objetivo y real; ni sustancia ni accidente ni
relación; sino algo objetivo ideal, y proviene de la naturaleza de
la mente según ley estable, cual esquema para coordinar para sí
absolutamente todo lo externamente sensible. Quienes defienden
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-127

139

�Ramón Ramírez (UANL) / Arquitectura y reflexión

la realidad del espacio y lo conciben cual receptáculo absoluto
e inmenso de cosas posibles —sentencia que, siguiendo a los
ingleses, place muchísimo a los geómetras— o sostienen que
es la relación misma entre las cosas existentes, que, quitadas las
cosas se desvanece enteramente y solo es pensable respecto de
las actuales —como siguiendo a Leibniz muchísimos maestros lo
establecen. (Kant 41-42)

Por esta razón, en Kant espacio y tiempo no son dimensiones
objetivas de la realidad sino formas a priori, esquemas mentales que
preexisten, condicionan y estructuran nuestra percepción del mundo
externo. Desde esta perspectiva, Hegel (1984) recupera también
la fusión espacio-lugar, pero a través de una lógica de relaciones.
Mientras que Kant resalta la subjetividad de las formas, Hegel, en
su visión dialéctica, propone una visión del tiempo coordinada por
el movimiento y transición hacia el espacio, es decir un movimiento
de lo abstracto a lo concreto. Una búsqueda básica de la pureza
del tiempo desde la unidad matemática–geométrica, en la cual el
punto, por ejemplo, será un elemento fundamental, dando pie a un
razonamiento en torno a la abstracción del espacio por medio de
planos y líneas.
La diferencia más notable con la reflexión kantiana es que
Hegel, si bien desarrolla su planteamiento en torno al espaciotiempo, al primero le asigna una función objetiva a partir de su pura
exterioridad, es decir, en su papel de representación, como sucede
con la definición de una línea como punto en movimiento (8). El
punto es un instante en el espacio que al ser inscrito ya no es tiempo,
sino que deviene espacio. Los deícticos del lenguaje, por ejemplo
aquí-ahí, pasan a designar las funciones que cumple el espacio–
tiempo; como consecuencia, un lugar en Hegel será espacio en
cuanto sea tiempo. Su importancia consiste en identificar la relación
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entre ambos conceptos como interdependientes, e involucrar esta
relación desde una noción racional absoluta (abstracción), pues
la pura cantidad o la cantidad de espacio acusa ahora diferencias;
pero estas diferencias no pertenecen al espacio como tal, sino al
entender o a la mismidad del sujeto: “el espacio es esencia de sí
implícitamente, íntimamente, en su idea” (6).
Por lo tanto, todo espacio será tal para un sujeto cognoscente,
adoptando un punto de vista moderno en sincronía con Descartes y
Kant, pero a diferencia de éstos, la subjetividad desempeña el papel de
unidad simple y formal, que es un estado o momento transitorio en vía
de transformación constante (devenir), hacia una concreción positiva,
dialéctica, un resultado. No es difícil reconocer como las conclusiones
de Hegel abren la puerta a la sistematización enciclopédica y al
positivismo a partir de la noción de progreso y la reducción de los
saberes, pues si bien reconoce el papel de la abstracción, esta será
valiosa en la medida en que someta su propia historicidad a la exigencia
práctica del presente y su producto, un objeto.
El orden de lo divino para la arquitectura
Tanto Platón (427-347 a. C.) como Aristóteles (384-322 a. C.)
distinguían la asociación entre belleza y placer, haciendo énfasis
entre lo construido y lo natural, pero la belleza no fue considerada
la esencia del arte en ninguno de los dos, ya que Platón, en “Filebo”
(2012), considera al objeto, la pintura o el arte visual como parte
de una apreciación relativa. Para este la belleza no existe en este
mundo en su sentido esencial, solo se encuentra verdaderamente en
un mundo ideal o suprasensible de las ideas.
Aristóteles (2005), por su parte, emprendió también
la reflexión sobre la belleza desde aspectos que consideraban
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proporción, simetría y límites de lo que la propia expresión del
objeto invocaba. El estagirita, si bien se planteaba desde el problema
de las proporciones, la relación entre el sistema de medidas con su
utilidad, y, por ende, con la belleza, esta se impone mediante una
deducción lógica, imponiendo lo general a lo particular, subrayando
la superioridad de la naturaleza sobre el arte (Venturi). Es decir, de
acuerdo con su postura hilemórfica, la natura se encuentra en mayor
cercanía de las causas, derivando que, por ejemplo, en el cuerpo
humano su valoración de lo bello provenga de la correcta proporción
de sus miembros. El espacio era un todo vinculado orgánicamente,
de tal manera que la relación entre las partes y su realidad proyectada
de manera armónica e integral puede apreciarse en la organización
de la ciudad griega como infería Martienssen hace algunas décadas
(1967).
La ciudad como expresión humanizada de la naturaleza
surgió en la arquitectura griega como una creación orgánica, un
todo que sintetiza lo ideal y absoluto. Da forma a la abstracción
por medio de una plástica, siguiendo esa unidad: de la ciudad y su
ágora, al templo con su complejo sistema de columnas, hasta la
casa y su peristilo. Unidad visual tendiente a la creación modular,
proyección praxeológica. En su Política, precisamente, Aristóteles
(2015) se pronuncia por la enseñanza del dibujo como una manera
de juzgar la belleza del cuerpo humano y no un perfeccionamiento
del conocimiento del acto de dibujar, subrayando la valoración
moral de la creación, la cual, en la ciencia, representaba el hacer
del pensar, razonamiento que volvía a las artes objeto de una
relación jerárquica intelectiva entre creación e imitación, situación
que luego posicionaría a las llamadas artes imitativas en inferioridad
cognoscitiva por su conexión con los oficios durante la Edad Media.
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Con Vitruvio (1955) encontramos una referencia
documental de esta arqueología específica, sus libros son la
propedéutica que sentó las bases de una comprensión disciplinaria
para la arquitectura, donde la piedra y la geometría son ordenadas
bajo un sistema de medidas y proporciones que trataban de reflejar
armónicamente la naturaleza. El orden clásico es una expresión de
la figura y su proporción desde un esquema análogo, que pretende
inducir una tectónica más allá de la idea de un repertorio formal
como en el historicismo moderno, proponiéndose la dotación de
un determinado carácter para la edificación (Oyarzun &amp; Aravena
2022).
La asociación entre orden y figuración es clave para entender
por qué desde Vitruvio a su posterior rescate en el Renacimiento, sea
una visión intelectual o práctica de la arquitectura como sucede con
las teorías de Alberti (1992) o Palladio (2015), el impacto asociado a
la visión de lo edificado como una extensión progresiva de elementos
articulados orgánicamente, provoca una continuidad entre la escala
humana, el material pétreo y su impacto para el observador. En
los términos que ha enunciado Umberto Eco (1987), si la obra es
una construcción de sentido cuyo ordenamiento se concreta en un
lector modelo, la obra clásica es un soporte que busca concretarse
en el disfrute del espacio entendido como una continuidad abstracta
entre percepción, ritmo y sentido de la forma partiendo de una
elongación naturalista.
La arquitectura clásica es un objeto ideal, erigido con la
finalidad de imitar un orden natural de los dioses a los hombres y
de éstos a las ciudades. Por ende, la continuidad entre el exterior y
lo interior pretende una expresión fluida desde la contemplación, el
tránsito y el acceso al templo, lugar de la divinidad, como sucedió en
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el Partenón de Atenea de la época clásica (510-323 a. C). La morada
de los dioses es la sede del alma humana, ergo el cuerpo del usuario
de la arquitectura participa en un ciclo simbólico entre lo terrenal y
lo cósmico.
La construcción en el objeto arquitectónico hace posible la
imitación (mímesis), pero su búsqueda de la esencia, que sería el
vínculo de lo natural, descansaba en una forma abstracta eterna: la
geometría, es decir, principios de valor ligados a la justa medida de las
cosas. Heidegger (1997), aludiendo a los dos sentidos de la palabra
construcción en latín —colere (cultivar, cuidar) y aedificare (erigir
edificios)—, señalaba que la segunda efectuaba un ocultamiento del
hecho arquitectónico como estructuración visible del acto de habitar
bajo un sentido esencial de la actividad humana. De ahí que, en la
expresión clásica de la teoría arquitectónica, a pesar de su esfuerzo
por responder al reto biunívoco entre lo construido y lo visible,
con un tercer elemento, el habitable, se presenta una superación
de la acepción de la construcción como un mero levantamiento
o erección de un objeto, lo edificado. La geometría era un saber
comparable y perceptible activamente mediante el reconocimiento
de un lugar.
La arquitectura, desde estas épocas remotas, se entendía ya
como un todo que es más que sus partes, superando en cierta forma el
reduccionismo del punto de vista teórico del mecanismo compositivo,
como le llamaba Durand (2012), cuando el academicismo de inicios
del siglo XIX impone gradualmente la representación a través
del plano y la retícula sobre la obra construida, efecto del nuevo
sistema de enseñanza en el aula regido por elementos utilitarios.
Recordemos que, hasta ese momento, la educación arquitectónica
se efectuaba en la práctica y su relación con la obra se entendía
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como una actualización temporal, es decir, la responsabilidad del
arquitecto no se consumaba en la proyección de un plano, sino en
un espacio específico como una especie de materia viva a la cual
se vinculaba desde ideas y talleres (Pérez-Gómez 2017). Así, cobra
especial importancia la serie de acontecimientos en los cuales la
cultura antigua cede gradualmente su particular forma de entender
el ciclo antropológico de la creación arquitectónica.
La máquina: de la antigüedad a la teoría moderna de la
arquitectura
La arquitectura griega sentó las bases de la técnica en su sentido de
develamiento o aclaración del acto de producir, como medio es una
tecné (τέχνη) para hacer o crear (ποίησις). En la Ética Nicomáquea,
Aristóteles (2013) asocia la técnica a una episteme (ἐπιστήμη), pero
no indica como su característica la aplicación o la manipulación de
medios. La técnica en los antiguos es ante todo una forma de llegar
a la verdad. Como mencionaba Heidegger:
Frente a esta determinación del ámbito esencial de la técnica, se
puede objetar que vale, ciertamente, para el pensar griego y que
conviene, en el mejor de los casos a la técnica manual, pero que no
puede aplicarse a la moderna técnica de máquinas (122).

Desde el antiguo y célebre tratado romano de Vitruvio
(1955), la máquina en la arquitectura ocupa un espacio limítrofe
de la experiencia, destacando, inclusive, la construcción de éstas en
el décimo capítulo de su obra. En aquella escritura aún resuena la
forma arcaica que impregnó la relación humana con la tecnología
desde el Paleolítico. En esa relación, una piedra, una palanca o una
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polea son herramientas, que si bien eran extensiones de la anatomía
humana, ofrecían una separación nítida entre uno y otro lado, pues
baste recordar el concepto de medida en la antigüedad griega, que
hacía una referencia a un tipo de intuición entre lo interno y externo,
donde el cuerpo humano es el medio para una conexión entre
significado y proporción (Harvey 2015).
La connotación vitruviana de las máquinas (del latín machina)
reflejaba esta noción clásica de la experiencia humana a través de lo
corpóreo, pues según su lectura era posible considerar como una
máquina desde la relojería hasta los andamios o un edificio. Por ende,
el significado moderno de esta palabra es más reciente y comienza a
denotarse apenas a finales del siglo XV y comienzos del XVI, en los
tratados de arquitectura de León Battista Alberti (1992) o Georgius
Agricola (2014), entendidos como mecanismos a base de poleas o
engranes; aunque su sentido antiguo permaneció incluso hasta el
siglo XVIII, por ejemplo, en la Enciclopedia de D’Alembert o los
inicios de la Revolución Industrial. En este sentido, para la teoría
arquitectónica es bastante sólida la afirmación de Stalder y Gleich
(2018) de que el concepto de máquina se incorpora a plenitud de
forma tardía hasta mediados del siglo XIX.
Antes, la noción antigua de máquina designaba tanto objetos
inertes como mecanizados por un sistema de poleas o engranajes. El
manto de lo sagrado cubría su significado, por ende, filósofos como
Heidegger (1997) señalaron que construir y habitar presuponían los
medios necesarios para el cuidado del hombre o su resguardo, siendo
las máquinas un complemento a una necesidad humana intrínseca,
es decir motivada por el encuentro con la verdad del habitar. Eran
medios materiales para el cumplimiento de una necesidad externa. A
contracorriente de esta idea, la máquina emergente de la modernidad
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arquitectónica es más bien un dispositivo utilitario dentro de una
lógica de medios y fines, un objeto que promueve la racionalidad
desde la forma misma del objeto.
Surgida de los tratados que en resonancia del utilitarismo
dieran a la ingeniería civil su propósito práctico, orientado a la
producción, la arquitectura abandona ese significado de cruzamiento
entre lo cósmico-terrestre; se orienta a la demostración, en un
sentido específico, de la tectónica. La piedra se abandona en su
unidad plástica y escultórica, cuya belleza tiene un origen natural,
para ser sometida a las fuerzas del espacio material que provee una
máquina estructural como totalidad en lo interno y su uso.
En el siglo XIX arquitectónico, el racionalismo se funde con
el ciclo técnico de la economía bajo el industrialismo. Construir es el
signo privilegiado que viene de la emergencia de nuevos materiales
y principios de estructuración. Todo es sujetable a este propósito,
y el concepto de espacio que más se adapta para esta noción será
sin duda el proveniente de la separación decidida entre naturaleza y
naturaleza humana, es decir, una episteme en la cual la racionalidad
se determina por las capacidades de intervención tanto en las formas
de conocimiento como en el medio natural. Dado que la arquitectura
experimentó el mismo proceso epistémico de vinculación a una
sociedad industrial que diversas disciplinas enfrentaron respecto a la
constitución de su objeto, pronto nos encontramos con reacciones
específicas en el ámbito teórico, por un lado la conservación en
términos formales tratada con ideas restaurativas, como en William
Morris (1834-1896) y Viollet Le-Duc (2008); o contemplativas,
como en John Ruskin (2014), que generaron una plástica de motivos
orgánicos o historicistas, visibles en movimientos como el art nouveau
o el simbolismo. Movimientos artísticos que, si bien apelaban a
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elementos orgánicos, florales u ornamentales, compartieron los
postulados instrumentales de estructuración técnica centrados en la
obra como objeto de estilo o proyección.
Las primeras décadas del siglo veinte atestiguan la aparición
de esta separación entre lo natural y lo humano también en la
arquitectura desde tres factores, la vindicación del industrialismo por
el trabajo, la centralización urbana y la internalización del formalismo
proveniente de los ismos de vanguardia. En esta experiencia de
interpretación moderna, la arquitectura se va transformando en una
máquina de habitar en el sentido de Le Corbusier (1972), formando
parte de un todo tecnológico que finaliza en la ciudad articulada
y reticulada. Promesa del cumplimiento de un ethos colectivo y
abstracto, porque el orden emergente de la planeación sería el sujeto
liberal disciplinado. La forma es el medio a través del cual se articula
un programa funcional, cuya organización por niveles responde a la
visión de progreso que la Ilustración consolidó: el dominio racional
de la naturaleza como fundamento del orden social. Hasta la línea
curva y el trazo orgánico tienen un papel asignado en la utopía
moderna del ensamblaje por medio de secuencias, sean productos
en líneas industriales, viviendas modulares o condominios.
En esta versión moderna de la arquitectura, el propio cuerpo
del hombre tiene un rol teleológico determinado por el trabajo, se
puede ser un liberal partidario del mercado con una estética formada
en los cinco puntos lecorbuserianos o un socialista entusiasta de la
producción colectiva y el brutalismo soviético. Empero, en ambas
visiones de lo moderno resulta indispensable el esfuerzo activo
del cuerpo en la consecución tanto del sustento económico como
del propio disfrute estético del espacio vivido. El cuerpo en la
arquitectura es el móvil disciplinario del capital: el ascensor facilita el
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acceso a edificios de acero, concreto y cristal, pero la imagen colectiva
de la arquitectura moderna, sea americana o europea, supone la
participación del sujeto en lo público y lo privado, distinguiendo
con nitidez el paso entre interior y exterior.
La arquitectura es un objeto que se habilita y su andamiaje es
dependiente de una situación específica: para dominar la naturaleza
por medio de la máquina de habitar es necesario participar en la
construcción de ese hecho como una partícula en un contenedor.
Recuperando el racionalismo abstracto, uno de los teóricos y
propagandistas clave de la arquitectura moderna, Bruno Zevi (19182000), reivindicaba enfáticamente una propedéutica de la observación
limítrofe (interior/exterior) proveniente de las vanguardias artísticas
formales:
en todo hecho corpóreo, aparte de la forma externa, existe el
organismo interno; aparte de la piel existen los músculos y el
esqueleto, la constitución interna. Y he aquí que sus pinturas
representan simultáneamente, no solo los diversos aspectos
externos de un objeto, digamos una caja, sino también la caja
abierta, la caja en planta, la caja rasgada (24).

Por ende, pronunciándose por la movilidad del observador
en el espacio interno del objeto arquitectónico, imaginado como
una caja, vinculaba una realidad integral y esencial de la arquitectura
(espacio) con el tiempo, aludiendo la trascendencia de lo material
(mecánico) en contacto con una intuición lírica (subjetiva). La
arquitectura en Zevi es una expresión biomecánica caracterizada por
delimitar vacíos, módulos donde el juicio arquitectónico representa
un juicio acerca del espacio interno de los edificios (31). Los planos
concretan la experiencia vivenciando las instrucciones y los límites
percibidos por el usuario y programados por el arquitecto.
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Esa expresión mecánica de la edificación regida por una
organización interna con una serie de límites en los cuales hay
una situación adentro/afuera, constantemente enmarcada entre
ciudades, edificios y cuerpos, apela al sujeto perceptivo. Mientras en
la relación ciudad y arquitectura propuesta en otros movimientos
racionalistas como los CIAM se perseguía una proyección deductiva
del juicio arquitectónico, Zevi (1981) hablaba de una inducción
referida al papel del observador concreto de la arquitectura en su
faceta corpórea desde el espacio interno, la sensorialidad desde un
espacio articulado y programático.
Estructuras, muros o colores forman parte de una táctica
sensorial individualizada. Lo privado marca claramente el punto de
contacto de esta proyección. El plan del arquitecto moderno sería
la motivación emocional en el disfrute de una máquina de habitar
que va de lo interno psicológico a la externalidad colectiva. Por lo
tanto, aquí se abre una discusión acerca de una de las nociones más
reductivas de la enseñanza de la arquitectura actual: la creencia de que
el objeto arquitectónico es una expresión contemplativa sometida
inexorablemente a la técnica y las fuerzas del mercado.
De la máquina corpórea a las máquinas de simulación
Si bien la reflexión arquitectónica actual ha dado cuenta del
agotamiento del proyecto racionalista en su forma mecanicista —
mediante la inclusión de referentes cognitivos y ambientales cada
vez más centrados en la experiencia sensorial y significativa de
las personas—, es preciso destacar un fenómeno que aún parece
situarse en los márgenes de la disciplina: la gradual transformación
de la expresión arquitectónica. Esta transición abandona la metáfora
maquinal —aquella forma que cifra su síntesis conceptual en la
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fórmula función-economía de la modernidad, con la fusión entre
ciencia, técnica y artefacto como dispositivos estructurales al
servicio de una función— y se orienta hacia una expresión blanda u
organicista en el diseño, cuya meta no es ya la creación de máquinas
sólidas y directivas, sino la seducción hacia un nuevo objeto
destinado a la emoción y al estímulo sensorial puro: las máquinas
de simulación. Rem Koolhaas (1944) ha caracterizado esta mutación
del fenómeno arquitectónico moderno en sus transiciones irónicas:
En la construcción anterior, la materialidad se basaba en un estado
final que solo podía modificarse a costa de una destrucción parcial.
En el mismo momento en que nuestra cultura ha abandonado la
repetición y la regularidad como algo represivo, los materiales de
construcción se han vuelto cada vez más modulares, unitarios y
estandarizados; la materia viene pre digitalizada a medida que el
módulo se va haciendo cada vez más pequeño, su condición llega
a ser la de un cripto píxel. (15)

El pragmatismo de la nueva crítica arquitectónica
anglosajona de Koolhaas a Joan Ockman (2000) o William Saunders
(2007) enfatiza la complejidad de la arquitectura en correlación
con la ciudad, donde si bien hay un genuino interés por pasar de la
simple actividad física de la construcción a un entramado mental y
ecológico donde los constructos teóricos dejen de ser entidades fijas
deterministas, también hay un creciente retraimiento de la actividad
reflexiva que desestima la investigación teórica de la arquitectura
por una revaloración inductiva que toma como punto de partida al
proyecto y el plan.
El mundo abandona el movimiento de interacción campo–
ciudad por un solo lado de la relación, la ciudad es la totalidad. La
automatización del campo implica un destino. Los movimientos
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de trabajo se ven trastocados por un escenario de creciente
tensión, donde las fronteras abiertas se disipan en virtud del
simulacro digital que revive las valijas de la hegemonía en forma
de nación o etnias con tal de obtener una legitimidad política
para ser expuestas como una expresión democrática. Empero,
la solución económica y libertaria no serán los trabajadores
manuales, reconocidos en la producción de los sistemas básicos
hasta el día de hoy, vistos como un flujo necesario proveedor de
bajos salarios y condiciones necesarias para la externalización
corporativa, sino una vía de riesgos aún mayores introducidos y
defendidos como industria 4.0 a una escala planetaria. Amplios
espacios de producción cuyo objetivo de diseño ha mutado de
las personas confinadas en espacios monótonos regidos por un
programa vertical ─capitalismo disciplinario─ a un procesamiento
automatizado sin individuos dentro de escenografías tecnológicas.
Esta mutación gradual informática de la asociación moderna
entre arquitectura e industria resulta bastante lejana a los intereses del
racionalismo arquitectónico y sus primeros manifiestos constructivos
legibles en fábricas como las de Behrens (1909) o Gropius (1911).
El trabajo aún se asumía dentro de una lógica de ocupación por
medio de cuerpos en presencia del espacio productivo. La utopía del
diseño moderno es muy clara incluso en el socialismo militante de
Hannes Meyer (1889-1954):
Construir es un proceso biológico. Construir no es un proceso
estético. La nueva vivienda, en su forma elemental, se convierte
no solo en una máquina para habitar, sino también en un aparato
biológico que satisface las necesidades del cuerpo y de la mente.
Para la nueva construcción, los tiempos modernos ponen a
disposición nuevos materiales de construcción. (96)

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El programa arquitectónico y su expresión de referencias
claras entre lo interno y externo, donde las máquinas son aún
referentes utilitarios para una intervención tectónica regulada por
recursos estructurales, pierde cada día su potencia creativa. En
este contexto, la naturaleza especulativa del capital ha estimulado
la generación de arquitecturas masivas desprovistas de identidad,
estímulo o significado a pesar de los intentos de revaloración del
usuario en la línea de Zevi a Venturi, Brown e Izenour (2015), pocas
salidas se presentan más allá del deseo de materialización objetiva
del conocimiento arquitectónico en términos de planeación y
proyecto.
Figura.1.
Comparativa de las fábricas Fagus (1911), Turbinas AEG (1909) y la fábrica Tesla (2010).

Fuente: Elaboración personal

Dicho fenómeno es heredero de la llamada racionalidad
instrumental emergente del siglo XIX, analizada por la teoría
crítica frankfurtiana; esta ahondó en una versión decantada del
industrialismo que ha sido analizada por Habermas (2002) como
signo de una correspondencia sistémica no configurable, es decir,
la irresuelta alineación entre mercado y arquitectura por medio
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del binomio ciudad y tecnología. Y es que mientras arquitectura y
ciudad se proyectan en un espacio de presencia por la modernidad,
el capitalismo muta como todo sistema complejo y adaptativo a un
organismo de base informacional cuyo centro no es la alineación entre
sociedad y adaptación tecnológica, como pensaron economistas neo
o ultraliberales, sino un proceso irregular desintegrativo de mercados,
derechos de propiedad y relaciones trabajo–salario, conocido como
poscapitalismo (Mason 2019).
Uno de los fenómenos asociados a este proceso del
poscapitalismo centrado en la tecnología es la incorporación
de un nuevo tipo de máquinas en la arquitectura, no basadas en
la materialización constructiva sino en la fabricación de entornos
simulados destinados al embellecimiento o la promoción de
ideales estéticos meramente visuales. En este fenómeno hay una
ficcionalización arquitectónica cuya base es el desarrollo técnico
de la producción imagológica y, por otro, un tipo de imaginario
arquitectónico asociado muy limitado al ejercicio gráfico y la
estimulación del consumo.
Byung-Chul Han (2016), en su reflexión sobre el sentido
de la belleza en la cultura digital, se interroga por este imaginario
en específico, partiendo de lo que llama razón higiénica, una
representación estética motivada por la transparencia y la
información, en la cual lo pulido y lo terso se convierten en nuevos
vectores de separación de aquello que la estética de la modernidad
disoció entre lo bello y lo sublime. En la arquitectura, por ejemplo,
vemos específicamente esta sustitución perceptiva en la apreciación
de lo arquitectónico a través de las ideas positivadas por renders y
publicidad inmobiliaria como productos económicos frente a la
negatividad de lo sublime, encarnada como una forma de alteridad,
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lo improductivo del pasado patrimonial. La cultura antigua hacía
evidente la creación arquitectónica como un medio para encontrar
una forma de realizar una expresión cósmica o existencial
necesaria. De ahí que en la recuperación tratadística de la cultura
clásica por el Quattrocento, uno de sus primeros referentes, León
Battista Alberti (1992), dedicara amplias reflexiones también a la
valoración de las ruinas del pasado como una forma pedagógica
indispensable para el conocimiento de la disciplina en su décimo
libro Operitium instauratio.
Desde esta vía de recuperación de la memoria como parte de
la producción arquitectural, Juhani Pallasmaa (1936) hace explícita
la ausencia moderna de esta conexión entre lo imaginario unido
por los impulsos de creación y transgresión, frente a emergentes
ontológicos de la arquitectura:
La autenticidad y la fuerza poética de un encuentro arquitectónico
se basa en el lenguaje tectónico de la construcción y en la capacidad
de comprensión del acto constructivo por nuestros sentidos. A la
vez que un edificio nos habla del mundo a través de su metáfora
corporeizada, nos cuenta también la historia de su construcción
y de su origen, y entabla un diálogo con toda la historia de la
arquitectura (159).

En esta perspectiva, elementos como suelo, techos, paredes,
puertas, ventanas, escaleras, mesas, baños y la vivienda misma son
apelativos de acción y no entidades formales del diseño, obtienen
su sentido del acto corporal de realización que sería cruzar un
límite, un umbral, mirar con atención desde un punto específico
que contacta presente y pasado de lo edificado. La positividad
absoluta de lo bello arquitectónico moderno —resuelta en la
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contemplación reflexiva que Kant (1724-1804) instauró al separar
lo sublime como alteridad negativa y erigir la razón como refugio
interior— no opera de manera universal, sino que responde a
formas particulares de subjetividad que es necesario contextualizar
históricamente.
La cultura clásica no distinguía esta separación, ya que
para Platón (2012) lo bello es el resultado de unir tanto lo divino
como lo prodigioso bajo una conmoción, resultante de una
apreciación ideal, sí, pero corporeizada. La belleza clásica busca
una integración entre naturaleza y razón por medio de un arrebato
o momento corpóreo en su relación con la naturaleza en forma
divina. Lo bello se objetiva en la verdad captada en su cercanía a
los dioses, mientras que la modernidad termina por transformar
lo sublime en una alteridad por su papel conservativo frente a la
fuerza omnipotente de la razón tecnológica. La reflexividad como
forma de interrogar la naturaleza cede su potencia y entra en un
ciclo de significado restaurativo o introspectivo. Por ello, Han
(2016) define la subjetividad estética de lo moderno desde Kant
como una gradual autoerotización, es decir, como una tendencia
del sujeto al agrado sobre sí mismo (narcisismo) dado que lo
bello como sentimiento no se enfoca en el objeto sublimado y
corporeizado, sino en una expresión volcada hacia el interior de su
racionalidad. ¿Cómo se constituye esta experiencia subjetivada en
el fondo actual del imaginario arquitectónico?
Desde la antigüedad al modernismo, la arquitectura ha
buscado en la naturaleza tanto modelos formales o normas límite
procedentes de la geometría o la proporción como fuentes de
inspiración narrativa que representarían su dimensión mítica. Sin
embargo, el lugar ilustra un aspecto que poco ha preocupado a la
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disciplina en términos prácticos, la existencia de la naturaleza más
allá de sus fines interventivos en el objeto como la manipulación
del suelo o el aseguramiento del aire o la luz interior en los edificios
(Ruy 2017).
La naturaleza enfrenta ahora el reto de ser pensada
en relación con la arquitectura desde una conciencia cada
vez más aguda del lugar y sus implicaciones para el habitar. El
objeto arquitectónico cede su centralidad al imaginario, y en los
ambientes más proclives a abrazar la tecnología digital emerge
un nuevo artefacto de belleza positivada; con él se anuncia el
abandono de la ontología racionalista —legible en la historicidad
del movimiento moderno— ante la crisis de la verdad y su deriva
hacia el relativismo ético. Por ello, la simulación toma el relevo
de la realidad arquitectónica que aspiraba a enfatizar los límites
del objeto por una orientación en lo relacional. Pero, desde la
simulación digital como ha señalado Han (2021), emerge el reto
de la omnipresencia de la información y sus variantes de anulación
de lo humano ¿Cómo puede responder la arquitectura a este reto
emergente del simulacro y la contingencia?
El habitar frente al reto de lo posthumano
Richard Neutra (1958), desde la plena confianza en el proyecto
moderno, proponía superar la paradoja entre lo estético y lo utilitario
en arquitectura mediante un retorno a la naturaleza humana:
su realismo biológico postulaba que el diseño debía partir de las
condiciones innatas del organismo para restituir el vínculo entre
cuerpo, espacio y bienestar. Sus pilares eran la autonomía, la técnica
y la conciencia del arquitecto en el camino a un nuevo renacimiento,
es decir, un humanismo en sentido estricto.
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-127

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�Ramón Ramírez (UANL) / Arquitectura y reflexión

El humanismo en su faceta teórica es un concepto que
representa tanto capacidades morales y racionales como biológicas
del hombre en términos teleológicos, orientados por un progreso
constante basado en un modelo de civilización.
En esta historia conceptual la razón crítica y autorreflexiva
es parte indispensable del sujeto, su conciencia es positivada
mientras su alteridad, lo irracional o sensualizado (sublimado) es
representado por lo inhumano e inferior. Esta separación espacial
intrínseca del humanismo, partiendo de límites específicos, posee
una expresión territorial en todos los campos, sean geográficos,
políticos o artísticos imponiéndose, en términos preconstituidos,
como maquinaria dentro de una jerarquía apelativa a la autoridad y
la acción en todo el espacio social (Hardt &amp; Negri 2012).
En arquitectura, esta lógica se traduce espacialmente en la
convención centro-periferia: una estructura destinada a evidenciar
la existencia de polos de producción hegemónica —Europa o
ciudades globales— como fuentes activas de ideas y técnicas que
se imponen como universales, frente a un tercer mundo reducido a
receptor pasivo de las fuerzas globales de innovación extractiva. En
esa línea hegemónica la arquitectura sería un mero objeto replicante
de soluciones trazadas desde los centros globales y financieros a
través de marcas e ideales de planeación, tal como la FIFA impone
a los países aspirantes a ser sedes de los mundiales de futbol sus
convenciones económicas, estéticas y estilísticas en forma monológica frente al entorno político, social y ambiental de los lugares.
La línea reflexiva fenomenológica, al menos en el sentido
proveniente del idealismo alemán a Husserl (2008), no parece
aportar ya una solución visible desde la pura internalización subjetiva
frente a la objetividad de lo perceptible, agotada en la limitación
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�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

del racionalismo universalista que este autor defendiera con pasión
como un atributo esencial del humanismo europeo. Un nuevo reto
de la intersubjetividad proviene del entendimiento social y político
de la arquitectura y su práctica, este reto se articula como desafío en
dos frentes: el de la experiencia social y política del arquitecto, por
un lado, la constitución de una episteme en un sentido relacional
y dinámico que potencie la importancia de la teoría más allá del
reduccionismo lógico entre sujeto y objeto, por otro.
En primera instancia, la reflexión fenomenológica aún tiene
mucho que aportar si esa lectura se enmarca no desde el aspecto
individual y abstracto de la subjetividad pura. Tal esfuerzo puede
partir de una dosis adecuada de anti humanismo, permítanme aclarar
esta expresión, enfatizando lo que la filósofa ítalo australiana Rosi
Braidotti (2015) entiende como desconexión del agente humano
desde una posición hegemónica, caracterizada por una antropología
universalista, visible en el ideal del hombre vitruviano, desde la cual
se instaura una convención normativa de lo humano, que sin ser
negativa en su totalidad, termina privilegiando lamentablemente
procesos instrumentales de exclusión y discriminación.
En este ejercicio, el pensamiento posestructuralista —tanto
la biopolítica foucaultiana y sus límites históricamente constituidos
por el campo epistémico (Foucault, 1991), como el agenciamiento
deleuziano en tanto capacidad de acción en marcos heterogéneos y
diversos (Deleuze y Guattari, 2020)— plantea el reto de transformar
la arquitectura a partir del reconocimiento de una antinomia
constitutiva: la tensión entre humanismo y antihumanismo que
cristaliza en lo posthumano como factor de emergencia. En este
factor, quedan caracterizados tres grandes retos reflexivos crecientes
que no debemos olvidar porque son el campo de una lucha por
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-127

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�Ramón Ramírez (UANL) / Arquitectura y reflexión

demás actual (Braidotti 52): una filosofía moral de corte reactivo
que busca la restauración del humanismo subjetivista, la tendencia
analítica positivista análoga a los estudios empíricos estrictamente
científico-tecnológicos y un posthumanismo crítico.
Para fines del presente argumento, en arquitectura, estas
posiciones serían representadas políticamente en figuras muy
precisas: en la primera el pensamiento restaurativo y patrimonial
que tiene su base en el universalismo abstracto, donde el centro se
expone partiendo de identidades fijas, lugares esenciales y vínculos
morales irrenunciables en torno a lo edificado. Para la segunda,
desde el enfoque analítico y empirista bastante desarrollado en
torno a una agenda política liberal, resalta el propósito de conexión
entre sujeto humano y artefacto tecnológico positivado, de manera
que se defiende una especie de panhumanidad, en la cual hay una
invisibilización de la ciencia y la técnica como producción ideológica.
Esta posición se encuentra representada en las mal llamadas
arquitecturas inteligentes y los espacios coordinados en torno a
sistemas artificiales. Esta postura no guarda ningún tipo de reacción
frente a la especulación inmobiliaria y es un antagónico directo del
subjetivismo restaurativo de la primera posición.
Por último, el enfoque crítico del posthumanismo que trato de
presentar como argumento reflexivo, partiendo del reconocimiento
del fenómeno micro político en la arquitectura. En esta variante hay
un conocimiento local de lo universal que se encuentra mediado
por formas parciales de responsabilidad encarnadas, arraigadas e
integradas colectivamente. En esta perspectiva, experiencia y acción
se vuelven parte de complicidades nómadas en cada contexto o
acciones específicas surgidas del lugar como infiere con mucho
acierto Josep María Montaner (2014). El reto de lo posthumano en
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�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

la arquitectura, por ende, parte del reconocimiento de su expresión
más básica: el habitar como relación individual y colectiva del lugar
con sus habitantes.
La crítica posthumana de la filósofa Braidotti (2015), por
ejemplo, es profundamente consciente de su conexión con el
habitar más allá de la posición heredada por el positivismo o el
romanticismo en términos de liberalismo o revolución, caracterizada
por conservaciones y rupturas radicales, abogando por una firme
exposición en términos de localización y presencia. Traduciendo
estas implicaciones al ámbito arquitectónico, podemos visibilizar
a la cultura en particular como un puente hacia lo material de la
técnica, pues la percepción empírica del objeto no se agota solo en
el presente como inflaciona imaginariamente la utopía tecnológica
administrativa. En la antropología de Radkowski (2002), el habitar
humano y la presencia, articulados culturalmente, apuntan a una
concienciación del tiempo. Esta conciencia se expresa mediante
experiencias de ubicación, ordenamiento e interpretación activa que
oscilan entre lo desconocido y la domesticidad. Dicha oscilación
trasciende la mera distinción disciplinar entre interioridad y
exterioridad del objeto arquitectónico —con su dinámica centroperiferia— para abrirse a un campo de transición en el que lo
perdurable y lo transitorio coexisten como dimensiones simultáneas
del significado.
En sincronía con un concepto de transición significativa,
la antropóloga Angela Giglia conecta el habitar con la espacialidad
metropolitana, traduciendo al lugar como plurales “geográficamente
delimitados, materialmente reconocibles y provistos de significados
compartidos” (19). Compartir es precisamente una de las cuestiones
medulares de la arquitectura, disciplina en la que la justificación
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-127

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�Ramón Ramírez (UANL) / Arquitectura y reflexión

de su práctica ha oscilado entre concebirla como instrumento de
transformación colectiva —tal como sostenía Meyer (1972)— y
reducirla a un sustituto tecnocrático de la acción política, postura
que Le Corbusier sintetizó en la célebre disyuntiva “Arquitectura o
revolución” (2006).
Más allá de este panorama previo a la irrupción urbana radical
de la posguerra, se desarrolla ahora un escenario en otra dirección a
estas vías disociadas: metrópolis y multitud, como ha inferido Antonio
Negri (2020), son el nuevo escenario de la expresión arquitectónica
ante racionalismos y funcionalismos que se volvieron blandos y una
reforma posmoderna que privilegia el mercantilismo. Los impulsos
y flujos entre multitud y soledad, entre trabajo regulado y éxodo
marginal, configuran el rostro y el reto de la realidad urbana actual:
una realidad que se enfrenta a una imaginería de la transparencia
—cristal y publicidad— que se concreta crecientemente en una
psicoesfera regida por la compensación emocional tecnológica..
Ideales de lo pulido y terso explotan la condición imaginaria
de entornos aislados bajo regulaciones de temperatura interior, muros
de contención y sistemas de aislamiento sensitivo con programas
de embellecimiento, donde se crea una recarga significativa del
racionalismo maquinal a través de un nuevo mito minimalista. Las
arquitecturas se vuelven réplicas de las líneas suaves del smartphone,
donde Apple consuma el deseo de superficies ingrávidas y brillantes
al tacto, mientras un Tesla dicta la apariencia análoga de una
movilidad individualizada y electrónica pulimentada. La fantasía
de interioridad sumergida que imaginó Don DeLillo en su novela
Cosmópolis y plasmó en el cine David Cronenberg son la metáfora
arquitectónica de una realidad sellada atómicamente en un espacio
donde el diseño transforma un imperativo moral en una estética de
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lo reconocible, es decir, la transformación de ideales ascéticos de lo
moderno como voluntad y autocontrol subjetivo devenidos en una
ideología vacía y una atmósfera de austeridad fingida a través de
nuevas celebraciones arquitectónicas minimales como las obras de
John Pawson o Peter Zumthor (Aureli, 2016).
Empero, no hay que olvidar que cuando una metáfora se
vuelve narrativa de aceptación unánime, adviene como expresión
hegemónica del gusto. Hasta los narcotraficantes, otrora símbolos
del mito rural, representado arquitectónicamente por su clasicismo
descontextuado, han mutado a valoraciones autoperceptivas del buen
gusto higiénico promovido por la tecnología. Ideales aspiracionales
de un confort individualista que además se vuelve introspectivo y
negado a enfrentar la necesidad de reconocer que en el habitar hay
toda una realidad ambiental y social necesitada de un vínculo común,
pues más que nunca la arquitectura se desarrolla en la emergente
necesidad de autoconciencia de los territorios políticos, culturales,
económicos, ambientales y hasta corporales que la entrecruzan.

Obras citadas
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�Ramón Ramírez (UANL) / Arquitectura y reflexión

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�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

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como lugar universal de las cosas después de 1671?
Observaciones críticas al artículo de Federico Raffo
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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-127

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�Artículos
Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

El futbol como performatividad en Fiebre en las
gradas de Nick Hornby: la importancia social
del deporte en la cultura de masas
Football as Performativity in Nick Hornby’s Fever
Pitch: The Social Importance of Sport in
Mass Culture
Ander Urteaga Silva
Universidad Autónoma de Nuevo León
San Nicolás de los Garza, México
anderurteaga@gmail.com

Resumen: El futbol es un escenario de prácticas culturales cuyo sentido
radica únicamente en el fenómeno del deporte, y estas prácticas son
atravesadas por una serie de dimensiones culturales, políticas, económicas
y sociales que determinan la configuración de discursos que la afición
toma como propios a través de roles performativos. Este artículo explora
el modo en que estos roles son abrazados y mantenidos, así como las
narrativas que impulsan esta transmisión en la obra Fiebre en las gradas, de
Nick Hornby, la cual describe la afición de su protagonista por el Arsenal
Football Club y la forma en que el futbol ha permeado sus vínculos
personales.
Palabras clave: futbol, performatividad, cultura, consumo, afición.
Abstract: Football is a scenario of cultural practices whose meaning
lies solely in the phenomenon of sport, and these practices are crossed
by a series of cultural, political, economic and social dimensions that

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�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

determine the configuration of discourses that the fans take as their
own through performative roles. This article explores the way in which
these roles are embraced and maintained, as well as the narratives that
drive this transmission in Nick Hornby’s Fever Pitch, which describes its
protagonist’s penchant for the Arsenal Football Club and the way in which
football has permeated his personal ties.
Keywords:football, performativity, culture, consumption, fans.

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-132

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�Ander Urteaga (UANL) / El futbol como performatividad

La relación entre el futbol y la literatura históricamente ha tenido su
cancha en la crónica, mediante la cual las acciones de los jugadores,
que en tiempo real toman apenas unos segundos, se enmarcan en la
mente social a la par que estos se convierten en mitologías populares.
El escritor mexicano Juan Villoro (2019) describe que “la sustancia
del presente es difusa, transitoria; muchas veces se nos escapa lo
que está pasando, pero al evocarlo por escrito podemos lograr una
captación del sentido poderosa”. De esta manera, la narrativa del
deporte trae al presente el pasado y le atribuye nuevos significados.
Del mismo modo, al volverse social el deporte es adquirido por las
audiencias, lo reclaman como suyo, generan narrativas y adoptan
roles que tienen validez dentro de ese espacio.
En este sentido, la obra Fiebre en las gradas, del escritor inglés
Nick Hornby, tiene grandes semejanzas con la crónica que caracteriza
la escritura del deporte, pues en ella un narrador autobiográfico
relata su íntima relación con el futbol, que más que un juego pasa a
ser un modo de convivencia entre los hinchas del Arsenal Football
Club. La novela, que entrelaza su género con la crónica deportiva y
la memoria, fue publicada originalmente en inglés en el año de 1992
por Victor Gollancz Ltd. En esta obra el autor prolonga su relación
con el futbol y la extiende hacia los diferentes aspectos de su vida
privada, por lo que el balompié llega a convertirse en la atmósfera
que impregna los hechos que relata Hornby.
La estructura del libro es similar a una autobiografía, aunque
al tratarse de un ejercicio más literario que testimonial se le ha
relacionado con la novela y la autoficción, como señala el académico
polaco Michał Mazurkiewicz (2022). Estos aspectos literarios
son claramente visibles desde el momento en que la vida de este
protagonista sin nombre se narra, moldeado por la vida del propio
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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-132

�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

Nick Hornby, a partir de episodios relacionados con el Arsenal FC,
involucrando aspectos como sus amigos de la infancia, su vínculo con
su padre, quien lo introdujo al futbol, los boy scouts, la separación de
sus padres, sus novias, etc. El detalle que une a toda esta vida es la
pasión por el futbol y la experiencia de la afición como forma de vida.
Desde su lanzamiento, el libro ha trascendido la recepción
esperada por las audiencias y los críticos, y representa uno de los
éxitos más grandes de su autor. El año de su lanzamiento ganó el
premio William Hill Sports Book of the Year e inspiró una película del
mismo nombre, estrenada en 1997, con el actor británico Colin Firth
en el rol protagónico. Desde entonces ha vendido más de un millón
de copias en el Reino Unido, al punto en que la editorial Penguin
lo reconoció como uno de los clásicos modernos de la editorial en
2012. No obstante, el análisis de esta obra no solo corresponde a su
popularidad y su vigencia, sino que mediante una interpretación de
los elementos que la componen se visualiza un carácter casi universal
en la cultura del deporte, al mismo tiempo que todos los países lo
proclaman como propio de su identidad, hasta el punto en que los
equipos se vuelven representantes de sus naciones.
En parte la literatura futbolística ha quedado relegada a este
género dado el prejuicio académico que tiene la literaturización del
deporte. Sin embargo, en Hispanoamérica obras como El futbol a
sol y sombra (1995), de Eduardo Galeano; Dios es redondo (2006), de
Juan Villoro; la saga infantil de Sara y las goleadoras, de Laura Gallego
García y Laia López; y la novela 13 (2021), de Andrea Menéndez
Faya, entre otras, demuestran un interés por capturar esta experiencia
mediante la escritura, muchas veces empleando una voz íntima que
habla del futbol como una forma de relacionarse con el mundo, o
bien, como un espacio donde convergen las relaciones sociales.
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-132

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�Ander Urteaga (UANL) / El futbol como performatividad

Asimismo, es imposible omitir que la pertenencia del
deporte en una cultura de masas ha afectado la recepción de este
tema dentro de los círculos intelectuales. Desde esta perspectiva, se
demerita el deporte por los mecanismos de donde procede, el modo
en que los medios han propagado una cultura en torno a él y su
aceptación entre la gente; sin embargo, son estos mismos factores
los que deberían generar un interés académico en esta literatura. Tal
como la obra de Hornby, la narración del futbol se convierte en una
crónica de las identidades y cómo estas llegan a configurarse.
Dentro de este esquema, se entiende al deporte como
una “sociedad” que establece sus propias reglas, roles y modos
de convivencia, es decir, que quienes forman parte de esta red
deben adaptarse a una actuación que los clasifica como hinchas u
opositores, al mismo tiempo que esta cultura valida los discursos
que transitan fuera de ella. Para explicar esta conceptualización, el
análisis retoma la teoría de Pierre Bourdieu (2015), en particular su
noción del habitus, ya que explica cómo gente de entornos sociales
similares, como el trabajo o la educación, comparte perspectivas
parecidas del mundo, la cultura, la belleza, o en este caso, el deporte.
De igual manera, el concepto sirve para indicar cómo todo aquello
que es diferente, la otredad, puede recaer en una sola figura, sobre la
cual la afición puede ceñirse por completo.
Por otro lado, figuras como Umberto Eco y José Ortega
y Gasset se han expresado al respecto; sin embargo, dentro de los
autores que más sirven para los propósitos de este análisis está el
sociólogo Pierre Bourdieu (2015) en su planteamiento el habitus y
visión del deporte, así como la antropóloga Claudia Briones (2007),
quien habla de la performatividad de las identidades sociales,
mientras que Fernando Carrión Mena (2006) habla del futbol como
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�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

un proceso en el que se construyen identidades y se trata de uno
de los mayores expertos en el rol social que cumple el deporte y la
configuración de sus hinchas.
Asimismo, otros autores como Luis Alejandro Díaz Zuluaga
(2014), Roberto Deniz Machín (2003) y Santiago Flores ÁlvarezOssorio (2015) también mencionan las dinámicas sociales del
futbol y su relación particular con la literatura. Estas perspectivas
sirven para ubicar la posición de la novela dentro de un conjunto
de textos internacionales que, a pesar de compartir un mismo tema,
parecen proceder de tradiciones y memorias culturales diferentes,
aunque el modo de expresarlas sea similar (véase la mitificación de
los jugadores o la importancia del futbol para generar espacios de
encuentro social).
Para una puntualización previa del concepto de
performatividad aquí analizado, se toma como base la perspectiva
de la antropóloga argentina Claudia Briones (2007). De acuerdo
con la investigadora, la performatividad es un modo de actuar y
desenvolverse en el mundo desde una condición contextual, un rol
o una dinámica que debe cumplirse para formar parte del grupo,
y en el proceso, el individuo deberá aceptar como suyos una
base de lineamientos que delimitan la extensión y modo de dicho
desenvolvimiento, por lo general, a partir de una serie de prácticas
ajenas de significación que se vuelven propias. Para la autora,
esta articulación de la identidad dentro de los sujetos se da bajo
circunstancias impuestas.
En resumidas cuentas, el propósito de este trabajo es
analizar la manera en que los sujetos de la novela Fiebre en las gradas
se adaptan a la sociedad del futbol y aprehenden sus conceptos para
generar nuevas identidades performativas, que existen dentro de los
DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-132

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�Ander Urteaga (UANL) / El futbol como performatividad

parámetros de esta convivencia. Para realizar este objetivo se recurre
al enfoque cualitativo que, de acuerdo con Roberto Hernández
Sampieri, Carlos Fernández Collado y Pilar Baptista Lucio (2010),
implica una valoración constante de la información que surge en
el proceso de análisis e investigación, a la vez que los datos que se
disponen son susceptibles a una diversidad de interpretaciones, pues
describen realidad que escapan de la materialidad.
De esta manera, las tres fases del trabajo abarcan,
respectivamente, la función del futbol como espacio discursivo
y el concepto que este análisis introduce —el de la “sociedad
del futbol”— para explicar el entorno donde se desenvuelve la
fanaticada; posteriormente se plantea el impacto de las barras en
la constitución de los hinchas del deporte, y, finalmente, la noción
del futbol como cultura de masas, sin omitir la presencia de estos
aspectos en la obra de Nick Hornby y la interpretación que hace el
protagonista del mundo futbolístico.
El futbol como sociedad y espacio discursivo
Fiebre en las gradas es un libro que describe la relación entre el
futbol y las relaciones humanas desde la perspectiva de su narrador
intradiegético, pero también puntualiza cómo se dan estas relaciones
en el contexto del futbol. Se genera una “sociedad del futbol” en
tanto las personas comparten identidades y discursos que guardan
similitudes a pesar de la multitud de sus contextos. En la obra, los
hinchas suelen tener ocupaciones distintas, el propio narrador es
un profesor; sin embargo, no solo comparten un mismo espacio al
momento de hablar del futbol o de asistir a los estadios, sino que
quedan liberados de los filtros lingüísticos y psicológicos por los que
pasan los aficionados en sus contextos normales.
174

DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-132

�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

En el primer capítulo, “Debut en casa”, el narrador se
sorprende de que la afición sea más interesante que el juego en sí,
pues es esta quien difunde la narrativa del juego, que es el verdadero
espectáculo del deporte. La cancha es un cruce mutuo entre la
dinámica de “nosotros” contra “los otros”, es decir, hay un proceso
de identificación e interpretación de la realidad al generar conceptos
con base en grupos y llevarlos a los equipos en disputa.
De todos modos, no fue la nutrida multitud lo que más me
impresionó, ni tampoco fue que los adultos gozasen de absoluta
libertad para gritar insultos como “¡SOPLAPOLLAS!” a voz en
cuello y sin llamar demasiado la atención de los demás. Lo que
más me impresionó fue sin duda que muchos de los hombres que
estaban a mi alrededor detestaban, odiaban de veras estar allí. (7)

Desde la postura del libro, la convivencia en el deporte se
maneja por medio de una serie de interacciones en que las personas
realizan un acto performativo, es decir, una actuación consecuente
a un rol asignado a la vez que estas actuaciones son validadas por
los interlocutores, como apunta Briones (2007). De esta manera, los
fanáticos parece ser quienes más desprecian el futbol, pero esto se
debe a que este desprecio es la forma en que ellos más lo disfrutan
y su modo predeterminado de convivencia.
El futbol vivido desde la afición es una exaltación de las
emociones que no suelen reflejarse en el diario vivir, por lo que
los insultos se vuelven expresiones frecuentes e incluso esperadas
al ver a los jugadores. Es parte de la narrativa del deporte, ya que
esta exaltación hace que el juego trascienda el hecho y se convierta
en una experiencia compartida. A su vez, al acuñar el término
aquí introducido de “sociedad del futbol” se implica una noción
del balompié como un entorno paralelo al de la comunidad, su
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propia dimensión generadora y difusora de discursos, que pueden
entenderse desde la identidad de sus aficionados, sobre todo al
señalar a los equipos de futbol como entes representativos de un
bando o sector poblacional específico.
En este sentido, tan solo el Atlante en México tiene como
apodo “el equipo del pueblo”, mientras que el Cruz Azul es “la
máquina cementera” porque nació de los trabajadores de una
compañía fabricante de cemento, misma razón por la que los
jugadores del Necaxa son “los electricistas”. Del mismo modo,
el equipo inglés de la obra también apela a su origen obrero con
el sobrenombre “The Gunners”, pues sus primeros jugadores
trabajaban en la fábrica de armas Royal Arsenal de Woolwich. Más
allá del dinero invertido en el fenómeno global que es el futbol, los
equipos no han dejado de buscar a los sujetos que les han dado
sentido, por lo que no solo buscan identificarse con la clase social
de sus hinchas, sino que estos a su vez se identifican en sus héroes
de la cancha.
Asimismo, esta forma de convivencia tiene sus propias reglas,
las cuales todos los aficionados siguen, como nota el protagonista
luego de una pequeña victoria del Arsenal: “¿Cómo podían celebrar
los jugadores un gol, después del modo en que se habían humillado
(y me habían humillado a mí), tan solo siete días antes?” (15). La
respuesta está en el carácter performativo de la afición, que el narrador
parece no entender en otros momentos de la obra: “Durante mi
primera temporada como hincha del Arsenal, me habían traicionado
mi madre, mi padre, los jugadores y los hinchas del equipo” (15). Lo
cierto es que en la novela esta sociedad del futbol es universalmente
compartida y las reacciones de los aficionados son colectivas, pero
es tan efímera como las enardecidas emociones de los hinchas.
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Las victorias son triunfos absolutos sin importar qué tan
pequeñas sean o en qué condiciones se den, como se queja el
protagonista, y todas las derrotas son humillantes y por lo general
desencadenan un pesimismo que poco después se convierte en
esperanza. La identificación personal de los hinchas con el juego
es vital para que se den estas reacciones, pues mientras dure la
experiencia del futbol el aficionado vuelca todo su ser en quienes lo
representan en la cancha, que de acuerdo con Xavier Brito Alvarado
y Santiago Vayas Castro (2022) se convierte en un campo de batalla
donde se liberan las tensiones de los fanáticos, mientras que estos
reaccionan como si pelearan al lado de sus ídolos futbolísticos y los
comandaran hacia una hipotética victoria. Durante el juego, el hincha
se siente uno más en las filas del equipo, pero como espectador
reconoce su propia impotencia ante el resultado del partido, lo que
aumenta el peso de la derrota.
En este sentido, Fernando Carrión Mena (2006) describe al
futbol como un hecho total, es decir, que atraviesa cada uno de los
componentes de las relaciones humanas en todas sus dimensiones,
como la economía, la cultura o la política. En la obra, el contexto de
los aficionados y su nivel educativo no determinan su lugar, porque
no se manejan bajo la jerarquía social tradicional, sino por aquella
que exige el deporte en tanto se abre paso a la interacción social con
el futbol como tema principal.
Por su parte, Santiago Flores Álvarez-Ossorio (2015)
argumenta que el futbol es una gloria ficticia a la que las personas
dedican su tiempo de ocio ante la necesidad de fe. En los jugadores
se refleja una esperanza imposible fuera de los márgenes del deporte,
pero simbólicamente estos conglomeran una serie de valores y
aspiraciones de triunfo que pueden vincularse a las prácticas fuera
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del ocio, en pocas palabras, se vuelven verdaderos héroes populares.
El libro de Nick Hornby tampoco evita esta noción nostálgica de los
jugadores históricos, por lo que además de jugadores contemporáneos
para el narrador, como Ian Wright o Nigel Williams, descritos con
menor esperanza, se mencionan los goles y juegos legendarios de
figuras como Tom Finney, Kevin Keegan, Gordon Banks, e incluso
a Gus Caesar, a quien defiende de su caída, así como a los irlandeses
David O’Leary y Theo Foley, entre otros, a quienes describe con
metáforas que extienden su fuerza, lo que los convierte en héroes
más allá de los límites humanos:
Jugadores fenomenales, como Waddle y Gascoigne, Hoddle
y Marsh, Currie y Bowles, George y Hudson, futbolistas cuyas
virtudes son tal vez delicadas, difíciles de encarrilar, pero mucho
más valiosas que las de un par de caballos trotones dispuestos a
correr sin parar. (17).

En los jugadores convergen narrativas generadas y
fomentadas por distintos grupos afines al equipo, como las barras
bravas en Latinoamérica (grupos organizados de hinchas, como
Libres y Lokos para Tigres, La Sangre Azul en el caso del Cruz Azul,
La Adicción para Rayados o La Masakr3 que sigue a los equipos
de Tijuana). El personaje principal de Fiebre en las gradas reconoce
al hincha que fomenta estas ideas como un ser contradictorio,
pero también lo defiende como un ser comprometido en busca de
significado, el cual se halla en la victoria que justifica las penas del
camino.
Bajo las narrativas de los jugadores, como señala ÁlvarezOssorio (2015), los delanteros son protagonistas indiscutidos, la
ofensiva en quienes depende la victoria activa enmarcada por un
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gol gritado a todo pulmón, mientras que los jugadores defensivos
son héroes secundarios, el soporte que hace más grandes a los
guerreros de la cancha. Por otro lado, figuras internacionales aunque
periféricas en el protagonismo en la cancha, como Pierluigi Collina
u Oliver Kahn, destacan y se vuelven memorables por evocar la
narrativa del juego justo, la disciplina perfeccionista y la dedicación
absoluta al juego. Este seguimiento a los jugadores es más diverso,
pero sus historias y discursos forman parte del todo que se refleja
en la identidad del equipo.
Desde esta narrativa destacan las palabras de Roberto Deniz
(2003), en cuyo análisis alude al carácter mítico de los discursos del
futbol. Para el periodista venezolano, el futbol tiene la capacidad
de evocar las sensaciones más recónditas en su afición a través
de una expresividad considerable en todos sus aspectos, de esta
manera, “la puesta en escena de un juego puede resultar o resumir
los sentimientos más hondos del ser humano como la esperanza,
la lucha, el miedo de enfrentar un destino incierto, la victoria y el
dolor por la derrota” (51-52). Este compromiso del hincha con
el equipo se ve puesto a prueba durante la obra de Nick Hornby,
especialmente una vez que al optimismo de las victorias le sigue
la decepción de las derrotas y la apatía del equipo en sí: “En la
experiencia de ser del Arsenal desempeña un papel importante el
hecho de ser detestado por el resto del mundo” (191). No obstante,
la pasión del protagonista hacia el Arsenal contempla que todavía
quede mucho camino para la luz al final del túnel, y a pesar de sus
críticas al equipo, estas vienen de la noción de que podría ser mejor.
Por otro lado, Carrión Mena (2006) traslada la cuestión
identitaria a un enfoque sociocultural. La institución en sí de un
equipo nacional es el fortalecimiento de un símbolo patrio que se
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defiende en el extranjero con cada partido. Cada victoria tiene un
impacto en la moral colectiva de un país y lo mismo sucede con
cada derrota. También en Fiebre en las gradas el futbol es un espacio
simbólico. Un ejemplo de esta noción es cómo el descubrimiento del
juego en los primeros capítulos es también el inicio de un vínculo
estrecho del protagonista con su padre, y cuando en la madurez esta
relación empieza a pasar por complicaciones, como el divorcio y la
introducción de una figura ajena que reemplaza a la madre como
es la madrastra en la obra, el narrador discute sobre el propósito
del juego y la serie de derrotas que empieza a sufrir el Arsenal. De
cualquier modo, el futbol se convierte para el personaje principal
en una firma de despejarse de su realidad, pero también el deporte
refleja la vida personal del aficionado.
Desde esta perspectiva, los roles que se establecen respecto
al fenómeno futbolístico atraviesan múltiples jerarquías basadas en
la interacción social. Las formas en que los hinchas de un equipo se
tratan entre sí y vituperan a los otros son prácticas culturales con
repercusiones sociales. El fanatismo hacia un equipo se vuelve un
modo de valorar al otro, se refuerza su alteridad. El investigador
describe, de modo muy general, la configuración de las identidades
en la sociedad del futbol:
El futbol es un sistema de relaciones y representaciones que
produce una integración simbólica de la población alrededor de
los múltiples componentes que contiene, produce o atrae; sea a
partir de la práctica deportiva como de las esferas que le rodean
directa o indirectamente. La integración simbólica se construye
a través de las prácticas y mensajes que genera el futbol en el
contexto de una pluralidad de ámbitos cambiantes. (117).

El fanatismo surge de un sentido de pertenencia a través
de múltiples narrativas, las del jugador (como se ha mencionado)
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o las que se basan, metonímicamente, en las instituciones que
promocionan el deporte, como sucede al trasladarse la identidad
universitaria a sus equipos y selecciones particulares, entre otros
tipos de relaciones que estudia Carrión Mena (2006). Asimismo,
esta identificación es colectiva, pues sus elementos son plurales y
simultáneos, al mismo tiempo que están representados dentro de un
espacio público, lo que genera una relativa homogeneización. Así
como en la obra de Hornby los hinchas del Arsenal pueden tener
vidas diferentes, aunque todos son de la clase trabajadora, pero
mirando un partido de futbol pueden actuar al unísono en enormes
estallidos fluctuantes de emoción.
Ser hincha en el contexto futbolístico
El aspecto que une todos los capítulos que conforman la vida del
protagonista es el futbol, pero más que el deporte es la afición al
Arsenal FC. El origen del equipo, cuya franquicia busca recalcar, liga
a sus hinchas a identificarse con él, pero también genera expectativas
sobre estos aficionados, lo que a su vez crea estereotipos de una
afición. En el futbol, tomando como base la obra de Nick Hornby,
la gente adopta el espectáculo y lo reclama como suyo; sin embargo,
a esta relación entre los hinchas y el juego la atraviesan dimensiones
históricas, económicas y culturales que sobrepasan a los mismos
sujetos implicados, sean los aficionados o los jugadores.
Para explicar este punto es necesario discutir la relación del
concepto de habitus con el desarrollo de la afición, pues para Pierre
Bourdieu (2015) este término no solo determina la raíz del conflicto
en las clases sociales, sino que reconoce la presencia de mecanismos
perpetuados en los procesos de identificación por los cuales los
sujetos pasan a formar parte de un colectivo. Desde su formulación,
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el habitus sirve para estudiar la relación de los sujetos con su entorno
y el modo en que este vínculo determina la aceptación de un
esquema de conducta y pensamiento. Así, en la afición se implica
que la pasión de los hinchas corresponde a un contexto compartido.
Es por el habitus que gente de entornos sociales similares,
como el trabajo o la educación, comparte perspectivas parecidas del
mundo, la cultura y la belleza. En el deporte, como señala Bourdieu,
el concepto de fair play es una regla de acuerdo común, vinculada
a las asociaciones juveniles, en gran parte aristocráticas, que se
apropiaron del deporte y lo reglamentaron y le dieron forma hasta
que volvieron a ser populares. Este fue el momento en que, además
de lograr que el deporte se volviera un espectáculo para las masas,
también nacieron los hinchas.
En palabras de Pierre Bourdieu: “el deporte, nacido de
verdaderos juegos populares, es decir, juegos producidos por el
pueblo, que retornan al pueblo, como la ‘música popular’, en forma
de espectáculos producidos para el pueblo” (174). De este modo, la
identificación de los aficionados del Arsenal FC y su carácter obrero
pasa de lado todas las estructuras económicas que devienen en la
composición de un equipo de alto valor financiero (2.6 mil millones
de dólares según Forbes en 2024), con presencia internacional y
productos fabricados en masa para su uso y colección por miles de
aficionados no solo en Inglaterra, sino en todo el mundo.
En la obra, el protagonista lidia constantemente con la
aparente banalidad de su dedicación al futbol, por lo que en sus
monólogos este personaje revela una universalidad en la convivencia
del futbol: “El futbol tiene fama de ser el deporte del pueblo llano,
y por eso mismo está expuesto a toda clase de personas que no
son, por así decir, del pueblo llano” (72). Es decir, los hinchas de
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un equipo no corresponden necesariamente a un mismo sector
social, si bien se identifican en el origen obrero del equipo, pues los
aficionados pueden provenir de contextos distintos o tener diferentes
motivaciones para portar los colores de su equipo. Sin embargo,
a pesar de que la pasión por el futbol tenga una gran relevancia
personal, el actuar de los hinchas en el juego no suele representar
cómo se desenvuelven en otros ámbitos de su vida cotidiana:
A unos les gusta porque en el fondo son unos socialistas
sentimentales, platónicos; a otros, porque fueron a un colegio
privado y lo lamentan; a otros, porque su oficio —escritor, locutor
de radio, ejecutivo de una agencia publicitaria— los ha llevado
muy lejos del lugar al que están convencidos de pertenecer, o
bien del que proceden, y así el futbol les parece una vía rápida e
indolora de volver allí (72).

No obstante, al hablar de futbol hay un habitus que se rompe
al ser una pasión compartida, como si todos los hablantes, a pesar
de las condiciones particulares de su discurso y desenvolvimiento
social, se hallaran dentro de un mismo contexto al hablar de futbol.
De este modo, las personas que se vuelven hinchas no deberían tener
este interés bajo el concepto del habitus, pero lo que sucede en Fiebre
en las gradas es que estos sujetos, al convertirse en hinchas dentro de
la sociedad del futbol y el discurso deportivo, se identifican con un
mismo contexto, el que les presenta la narrativa de su equipo.
Por otro lado, a pesar de la enorme cantidad de mujeres
fanáticas del deporte, el futbol conserva un matiz discursivo que lo
acerca a la masculinidad tradicional. Los equipos femeniles tienden
a ser contemplados como agrupaciones afiliadas a los varoniles, que
son los más populares y reciben mayor financiamiento y apoyo, del
mismo modo que esta masculinidad entra dentro de las expectativas
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de cómo se comporta la afición. Los insultos, las amenazas y la
posibilidad constante de un acto de violencia son algunos de los
elementos que componen el rol del aficionado, de hecho, adquieren
sentido y validez cuando se hace dentro del contexto de esta sociedad
del futbol.
De alguna forma, la masculinidad ha adquirido un sentido más
específico, menos abstracto que la feminidad. Muchas personas
parece que contemplan la feminidad como una cualidad; en
cambio, según gran número de hombres y mujeres por igual, la
masculinidad es un conjunto común de suposiciones y de valores
que los hombres pueden aceptar o rechazar. ¿Te gusta el futbol?
Entonces también te tiene que gustar la música soul, la cerveza,
soltarle un sopapo a otro, sobarle las tetas a las mujeres, el dinero.
(56).

Así, el rol que se espera del hincha es una serie de gustos,
acciones y conductas asociadas a la masculinidad hegemónica.
Principalmente, son valoraciones que no tendrían lugar en otros
espacios sociales compartidos salvo en el futbol.
Desde otra perspectiva, la antes mencionada cualidad
totalizadora de las identidades colectivas puede verse en el futbol
por medio de las barras, como las define Ortiz Brizuela (2013),
aficionados patrocinados por clubes deportivos y empresas,
de tal modo que las prácticas sociales de los fanáticos quedan
condicionadas por ejes controlados desde la propia industria,
lo cual remite tanto a la visión bourdiana del deporte como un
fenómeno tomado y devuelto a las clases populares como a la
definición ya mencionada de cultura popular, fortaleciendo la
idea del espectáculo deportivo como un aparato atravesado por
condiciones y discursos sociales.
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La representación a la que lleva la performatividad es otro
tema de interés, pues requiere de un aprendizaje que el ser cultural
adopta como propio. En este aparato de representación social se
vinculan entre sí una serie de conceptos, actitudes, perspectivas,
imágenes y modos valorativos de entender el mundo que son
compartidas por un grupo autodefinido como tal y reconocido por
los otros, mayormente como adversarios. Así, las representaciones
sociales se comparten, y para una unión entre las partes se requiere
de un significante en el cual los individuos puedan identificarse a
sí mismos (Plaza Martín &amp; Larrauri Olguín). Para el narrador de la
obra, el contrincante no es más que el obstáculo que enfrentará el
Arsenal para llegar a una cifra que permita su ascenso, pero reconoce
que para el hincha las derrotas tienen un valor personal, como si a
través del equipo se humillara a sí mismo, y en muchos casos refleja
su frustración en una furia conflictiva:
Es una extraña paradoja: así como la tristeza del hincha (y es
una tristeza de verdad) es privada —todos tenemos una relación
individual con nuestro equipo, y creo que en secreto pensamos
que ningún otro hincha entiende a fondo por qué hemos sido
golpeados con más dureza que cualquier otro—, estamos sin
embargo obligados a dolemos en público, rodeados por personas
cuyas heridas se expresan de manera distinta que las nuestras.
Muchos hinchas dan rienda suelta a su cólera, ya sea contra su
equipo o contra los hinchas del adversario: es una manifestación
de furia auténticamente malsonante, que a mí me fastidia y me
apena. (82)

Finalmente, la performatividad del balompié está en los roles
que los individuos, en calidad de actantes, deben cumplir como parte
de la sociedad del futbol y las actitudes que internalizan y expresan
en los espacios particulares del deporte, que pueden estar dentro y
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fuera de los estadios. El mismo protagonista señala la importancia
de los bares, las conversaciones casuales, la radio y la televisión como
espacios que propician el debate futbolístico. De este modo, en este
circuito las identidades son las narrativas que dan lugar al performance
que realizan los sujetos, convertidos en hinchas, y justifican los
discursos de sus equipos: el Arsenal, siendo el décimo equipo con
mayor valor económico en el mundo, mantiene su identidad obrera,
porque son obreros quienes lo siguen y portan sus colores en todos
sus partidos.
La sociedad del futbol como cultura de masas
Por su carácter popular, el futbol, tanto en México como en el
mundo, ha representado la expresión más común de una cultura
de entretenimiento de masas. El concepto de la “cultura de masas”
ha sido abordado desde distintas corrientes de pensamiento, como
la Escuela de Frankfurt, el estructuralismo comunicativo o la
semiología de Charles Sanders Peirce, como afirma la investigadora
española Blanca Muñoz (2004), las cuales coinciden en un mismo
punto, que es la importancia del consumo.
Esta cultura de masas corresponde a la expresión semiótica
de una sociedad que ha centrado su actividad en el consumo
constante, y sus imágenes corresponden a la dirección de los mass
media. Tal relación, a su vez, genera una paradoja que la misma
autora menciona: “la latencia de lo primitivo y de los mitológico
bajo estructuras tecnológicas y colectivas sofisticadas” (12). Es
decir, expresa valores irracionales, pero requiere de instrumentos
racionales para comprenderse. Desde su narrador, Hornby admite
que el hincha promedio que participa en las barras es de clase
trabajadora y su educación es precaria, pero para existir depende de
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un complejo sistema de relaciones capitalistas, como la exclusividad
contractual para transmitir eventos deportivos, estrategias de
marketing establecidas a partir de minuciosos análisis de datos e
innovaciones tecnológicas que permitan ver el partido en tiempo
real bajo programas de pago.
Detrás del carácter popular del deporte y su ideología,
hay una fuerte maquinaria mercantil que busca perpetuar esta
popularidad. Asimismo, el planteamiento que se desarrolla aquí
genera una pregunta secundaria, ¿de qué manera el futbol genera
cultura? Bourdieu (2015) señala que desde la escuela se genera una
disposición particular hacia el mundo social y el lenguaje, ahí las
personas se distancian de la realidad y generan una propia. Para el
sociólogo francés, esta situación explicaba el desarrollo del fair play
como concepto que surgió dentro de las academias burguesas, pero
también da una idea sobre cómo desde la educación se conciben
modos de convivencia particulares que se reflejarán en la vida adulta.
En la obra de Hornby, la escuela ya es un sitio donde el futbol
aparece como norma de convivencia, es un tema de conversación
recurrente, compartido por alumnos y maestros:
Los beneficios que tenía en el colegio el ser aficionado al futbol
eran sencillamente incalculables (aunque el profesor de educación
física fuera un galés que intentó en una memorable ocasión
prohibirnos dar patadas a un balón redondo incluso en casa):
puede que la mitad de mis compañeros, y posiblemente una
cuarta parte del personal docente, fueran entusiastas aficionados
al futbol. (10)

Por otro lado, este carácter distante del deporte con el
mundo fuera de él permitió que el juego se racionalizara, adquiriera
reglas específicas y pudiera institucionalizarse, e incluso con mayor
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intención, volverse un producto comercial. En este aspecto, vale
la pena resaltar nuevamente el papel que han tenido los medios
masivos, tomando como consideración lo que hace el sistema de
consumo con los jugadores.
Para Francisco Salazar Sotelo (1991), la cultura es el resultado
de una dinámica que responde a las necesidades de un colectivo,
por lo que está vinculada a la organización política y al modelo
económico imperante. De esta manera, una cultura de consumo
es el producto de un sistema económico basado en el consumo,
por lo que elementos populares y comerciales como el futbol, así
como toda la cultura generada en torno a los ídolos de la cancha
(o del Arsenal), proceden de la estrategia mercantil. Regresando a
jugadores como Tom Finney, Theo Foley o Gordon Banks, estos se
presentan como parte de la memoria popular, pero su valor se mide
en el dinero. Toda su figura es un producto de mercado.
No obstante, esta noción no deja que pierdan su carácter
popular incluso ante el conocimiento de esta dinámica, ya que incluso
si surgen del pueblo y regresan a él, el pueblo sigue apropiándose
de su imagen. Los siguen utilizando. No solo los consumen, sino
que los han interpretado como héroes populares y, como tales, sus
hazañas pasan de generación en generación. El protagonista de
Fiebre en las gradas nunca vio los partidos de Bobby Charlton, Denis
Law o George Best, pero a través de la memoria de sus padres y la
pasión inculcada por el futbol no desafía sus hazañas en la década
de 1960, las cuales son recordados como la Santísima Trinidad del
futbol británico.
De modo similar, como señala Pablo Alabarces (2014)
en Héroes, machos y patriotas: el futbol entre la violencia y los medios, los
acontecimientos de la cancha se transforman en triunfos o derrotas
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de la historia local. A pesar de que el autor se refiere al relato de los
pueblos latinoamericanos, la misma percepción histórica se maneja
en Fiebre en las gradas cuando, por ejemplo, el protagonista habla
del annus mirabilis de los Gunners en 1971: “la mejor temporada de
Arsenal en lo que va de siglo” (28). Por la forma en que estos partidos
son recordados, su resultado ya no es solo una interpretación del
desempeño del equipo o de la capacidad de los jugadores, sino un
hecho fáctico por sí mismo e invaluable para los fanáticos:
Charlie George marcó el único gol de la tarde y el Arsenal se puso
en cabeza de la clasificación por vez primera en toda la temporada.
El regalo que recibí aquella tarde no tenía precio: era como la paz
en el mundo o el fin de la pobreza en el Tercer Mundo, algo que
nadie podría comprar ni siquiera con un millón de libras; a menos
que mi padre hubiese untado al árbitro de aquel partido en campo
del Leeds por un millón de libras, que es la única explicación que
me cuadra si pretendo entender algunas de las decisiones que
tomó aquella tarde. (29).

La exageración es parte del consumo de los aficionados.
Autores como Juan Villoro (2024) han reconocido el valor narrativo
del deporte, en gran medida gracias a la inventiva de cronistas,
comentaristas y los propios aficionados, quienes reproducen el
viaje del balón no solo como un hecho informativo, sino como una
historia que busca reproducir las emociones de la cancha. Dentro
de sus labores performativas, el hincha debe además contribuir a
la mitología de su consumo. Asimismo, el valor económico de los
jugadores se esconde en la reapropiación popular del fenómeno
futbolístico, pero para que estos regresen al pueblo debe justificarse
su heroísmo en una narrativa superior a la del hecho real. De esta
manera, para los aficionados, los jugadores son representaciones de
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un ideal narrativo en la cancha, mientras que para las empresas que
patrocinan el deporte se han convertido en verdaderas marcas.
Tan solo en 2023 el Arsenal FC, un equipo orgulloso de
su origen obrero, fichó al londinense Declan Rice por más de 120
millones de euros, el más caro en la historia de la Premier League
(Mayone). Así, la cultura de consumo consigue, por medio del
deporte, presentarse como un elemento legítimo de la identidad
social, a la vez que el espacio por el que pasan estas relaciones es la
sociedad performativa del futbol que define este trabajo.
Finalmente, queda por resolver cómo se sostiene la relación
entre esta cultura de masas que se ha creado en torno al deporte y el
pensamiento intelectual que continúa debatiéndose su relación con
este fenómeno. Es un encuentro entre lo racional y lo irracional que
atraviesa distintas dimensiones, como la relación entre la sociedad
del futbol y la realidad del entorno, o bien, los propios vínculos que
unen al protagonista sin nombre de Hornby con la fanaticada. El
personaje de Fiebre en las gradas es diferente al del resto de aficionados
del Arsenal FC, pues desde su perspectiva como intelectual posee
los medios tanto para defender como para criticar el conjunto de
dinámicas sociales que es la sociedad del futbol.
Autores como Alabarces (2014) mencionan la analogía
intelectual del futbol como opio del pueblo, en reemplazo de la
religión que postulaba Marx. Para el sociólogo argentino, el deporte
y el juego son áreas de desarrollo y recreación popular libres del
control institucional e intelectual, por lo que ante la falta de dominio
estos agentes culturales reaccionan en rechazo. Lo cierto, es que
este conjunto de dinámicas son un hecho real con un impacto
observable tanto en los fenómenos sociales contemporáneos como
en sus representaciones artísticas y literarias.
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Conclusiones
Fiebre en las gradas es una obra hecha a representación de las distintas
relaciones que conforman el fenómeno futbolístico. El relato de
Nick Hornby, aunque ubicado en Reino Unido y con la descripción
de un equipo extranjero, no es muy distinto al estado del deporte
en Latinoamérica. Los prejuicios hacia los hinchas, la manera en
que estos generan narraciones superiores a los eventos de la cancha
y la cultura de consumo en torno al deporte son fenómenos que
han sido descritos por autores más locales, fuera de las páginas
del escritor inglés. Esta comparación permite leer su obra no solo
como la historia de un vínculo personal con el Arsenal FC, sino del
aficionado con su equipo favorito, así como las acciones y roles que
desempeña para demostrar su pasión.
El concepto de la sociedad del futbol, aquí desarrollado,
posiciona al deporte como una dimensión enunciativa a la altura
de la política y la religión. Se trata de un actuar performativo, ya
que dentro del contexto futbolístico se adoptan comportamientos y
reacciones particulares, mismos que de ser reproducidos en cualquier
otro ambiente no serían aceptados. El carácter de la obra hace que
se hable de esta sociedad con relación al balompié, pero en realidad
se trata de una característica común de todo deporte protegido por
una fanaticada que, por distintos motivos personales, comparte una
identidad común bajo los colores del equipo.
Para los hinchas la camiseta, como se han referido a su
afición, es una cuestión de identidad casi inalterable. La experiencia
del aficionado, como se demuestra en la obra de Hornby a través de
los pensamientos de su protagonista sin nombre, implica relaciones
de amor-odio y momentos de pesimismo; sin embargo, a pesar de
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�Ander Urteaga (UANL) / El futbol como performatividad

la derrota, el hincha no desistirá de su apego, porque el equipo es
parte de su persona.
Desde conceptos como el habitus de Bourdieu, se aprecia que el
futbol es un fenómeno transformador de identidades y percepciones
sociales. Asimismo, hay una fuerte connotación masculina en los
comportamientos que reproducen los hinchas, movidos por las barras
y las instituciones detrás de ellas, pero en estas prácticas los fanáticos
encuentran un efecto liberador y llegan a identificarse como parte
del grupo. Esta dinámica ha originado un rechazo del futbol dentro
de los círculos académicos, quienes demeritan el carácter popular y a
la vez mercantil del deporte. No obstante, el narrador de Fiebre en las
gradas tiene la particularidad de que reconoce este esquema y es capaz
de mantener una postura crítica sobre las acciones de los hinchas,
pero mantiene su conexión con el Arsenal.
Por otro lado, otro aspecto destacable es el modo en que los
aficionados reciben a sus jugadores. El relato de sus hazañas supera
con creces el hecho deportivo, pues extiende el impacto del juego y
lo reproduce no según la realidad, sino la interpretación de esta. Esta
narrativa es esencial para el desarrollo de la sociedad del futbol, ya
que tiene como función social perpetuar la leyenda del jugador, pero,
además, ayuda a que los aficionados se sientan identificados con
los logros y derrotas de sus equipos y favorece la construcción de
una cultura del deporte. Esta cultura, a su vez, tiene ramificaciones
económicas en tanto los equipos, sus miembros y la imagen popular
que desvelan sus colores (como el origen obrero de los Gunners) siguen
formando parte de un sistema económico basado en el consumo.
En este sentido, la historia del deporte marca el origen del
futbol en las prácticas populares, las cuales fueron institucionalizadas y
posteriormente volvieron al pueblo por medio del modelo consumista
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�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

que persiste hoy en día. De este modo, al convertir a los jugadores en
piezas de la memoria colectiva el modelo se justifica, pues es retomado
y apropiado por las masas. Sin embargo, esta circunstancia no hace
que la identidad de los fanáticos sea falsa, pues como se resalta en la
obra de Hornby desde la mirada autobiográfica de su protagonista, el
futbol se ha convertido en un medio de convivencia, y los lazos que
surgen de esta experiencia continúan sobreviviendo.

Obras citadas
Alabarces, Pablo. Héroes, machos y patriotas: el fútbol entre la violencia y los
medios. Aguilar, 2014.
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performatividad de las teorías”. Tabula Rasa, núm. 6, 2007,
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DOI: https://doi.org/10.29105/revistahumanitas6.11-132

�Artículos
Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

La semiosis en la literatura infantil sobre el cáncer
Semiosis in children’s literature on cancer
Manuel Santiago Herrera Martínez
Universidad Autónoma de Nuevo León
San Nicolás de los Garza, México
manuel.herreramr@uanl.edu.mx

Resumen: Este trabajo aborda el cáncer en la literatura infantil a través de
la semiótica del espacio y del tiempo. Este mal es considerado la segunda
causa de muerte en México. La literatura gestada al respecto no menciona
el nombre de la enfermedad y es producida para motivar a la niñez a
soportarla con valentía. Se analizará la obra Raro: Un encuentro con
Furia, escrita por Elizabeth García Guerra. Libro derivado de los relatos
de dos niños con este padecimiento durante las sesiones de arte terapia
en el área de oncología de un hospital en la Ciudad de Monterrey, Nuevo
León, México. A través del realismo mágico se pretende mostrar cómo la
fusión de estos elementos otorga a la niñez la utopía y la identidad para
afrontar cualquier adversidad. Por medio de la semiótica del espacio y del
tiempo se revisarán los tipos de recuerdos y aspectos de los lugares para
vencer sus miedos y pasar por diversas pruebas para fortalecer su espíritu
de lucha. Por medio de la metodología cualitativa de tipo exploratoria y
descriptiva se revisará cómo el espacio y el tiempo confinan una identidad
en el infante y le infunden valores para afrontar, desde la fantasía, los
peligros. El aporte de este estudio es la creación del libro terapia donde
se incluyen actividades de comprensión de lectura y cuentos para darle al
niño energías y confrontar los riesgos.
Palabras clave: semiosis, literatura, realismo mágico, cáncer, espacio,
tiempo e identidad.

195

�Manuel Santiago Herrera (UANL) / La semiosis en la literatura infantil

Abstract: This work addresses cancer in children’s literature through the
semiotics of space and time. This disease is considered the second leading
cause of death in Mexico. The literature produced on this topic does not
mention the name of the disease and is intended to motivate children
to face it bravely. The work Raro: Un encuentro con Furia (Strange:
An Encounter with Fury), written by Elizabeth García Guerra, will be
analyzed. This book is derived from the stories of two children with this
condition during art therapy sessions in the oncology ward of a hospital in
Monterrey, Nuevo León, Mexico. Through magical realism, the aim is to
show how the fusion of these elements grants children a sense of utopia
and identity to confront any adversity. Through the semiotics of space
and time, the types of memories and aspects of places will be examined
to help them overcome their fears and pass through various trials to
strengthen their fighting spirit. Through an exploratory and descriptive
qualitative methodology, this study will examine how space and time shape
an infant’s identity and instill values that enable them to confront dangers
through fantasy. The contribution of this study is the creation of a therapy
book that includes reading comprehension activities and stories designed
to energize the child and help them face risks.
Keywords: semiosis, literature, magical realism, cancer, space, time and
identity.

196

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�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

Introducción
La literatura infantil nos adentra al mundo fantástico de la niñez, un
lugar lleno de deseos y temores donde por medio de la magia se trata
de dar explicación y una aparente solución a situaciones difíciles de
comprender. Esta literatura se caracteriza por la creatividad tanto en
el lenguaje como en los diversos recursos narrativos para mostrar el
sentir y pensar de los niños y niñas.
El cuento es el género literario que se emplea con más
naturalidad para acercar a los infantes a este tipo de literatura
porque recuenta y al hacerlo recuerda las acciones vitales. Los
cuentos infantiles son conocidos también como “cuentos de hadas”
por la presencia de estos seres fantásticos que tejen las acciones
de los personajes. Bajo la apariencia de rostros nobles y vestimenta
clara, inspiran ternura y simbolizan valores en la infancia. Esto les
permite configurar su entorno, proyectar sus emociones y asociar
sus inquietudes con estas personalidades.
Bamberger (1975) define cinco fases de lectura que van
definidas por edades. Para este trabajo, solo nos centraremos en la
etapa del realismo mágico.
Tabla 1. Edad del realismo mágico
Denominación

Edad del
realismo mágico

Edad

5 a 8 años

Características e intereses
La edad de los cuentos de hadas. Es un periodo
donde el niño se deja llevar por la fantasía. Esto
se debe a que está aprendiendo nuevas materias
en la escuela como la geografía y la ciencia, lo
que lo hace imaginar nuevos escenarios.
Sigue sintiendo agrado por el ritmo y las rimas, el
amor a la poesía.

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�Manuel Santiago Herrera (UANL) / La semiosis en la literatura infantil

La obra que se analizará en este trabajo está ubicada para
niños de ocho años. Así que nos centraremos en el realismo mágico
para abordar sus características y cómo influye en la literatura infantil
sobre el cáncer.
El realismo mágico es un movimiento literario surgido
aproximadamente en la década de los sesenta. Conjunta dos
términos en apariencia contradictorios: realidad y magia. Se
entendería a primera instancia como una existencia llena de
fantasía donde prevalece la armonía. Sin embargo, de acuerdo
con Bautista Ramírez (2014), este tipo de literatura surge a raíz de
la fuerte presión política que anida en Latinoamérica y estalla de
diferentes formas. Bautista señala diversos temas como: la utopía,
la ideología, la denuncia, las ideas revolucionarias, el sentimiento
de independencia, las raíces, la identidad, el exilio y la dictadura.
De los puntos antes mencionados, sobresale la identidad; según la
definición sugerida por Hall (2003)
las identidades se constituyen dentro de la representación y nunca
fuera de ella. No puede considerarse como un objeto acabado, sino
que se va construyendo a partir de múltiples discursos, prácticas
y posiciones diferentes, a menudo cruzados y antagónicos. (17)

En esa búsqueda por la identidad el individuo vive una
utopía, una idealización de sus proyecciones y aspiraciones. Este
realismo mágico se integra de dos vocablos que al fusionarse dan
paso a otra denominación. Según Bautista Ramírez, esta tendencia
literaria muestra variantes en su consolidación.
Esta idea se complementa con las palabras de Gómez
Redondo, quien afirma con respecto al proceso de creación:
198

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�Humanitas, vol. 6, núm. 11, 2026

El creador literario se ve obligado a reproducir en su obra el
esquema de relaciones (conceptuales, filosóficas, religiosas, etc.)
existentes en su interior y el tiempo en el que habita [...] la literatura
de ficción, más que cualquier otra, permitirá reconstruir la imagen
completa y total de una sociedad en un momento determinado. Y
ello porque la ficción resulta el ámbito imprescindible que el ser
humano debe conquistar para poder existir. (149)

Se observa el proceso de creación de la palabra como la
articulación de la realidad a través de su vehículo de recreación:
la ficción; e, igualmente, se nota cómo, por medio del proceso de
estructuración del discurso ficcional, se produce el vínculo con el
lector y la realidad que a este concierne.
Tanto en la postura de Bautista Ramírez como en la de
Gómez Redondo, se aprecia la búsqueda de la identidad por parte
del escritor en los procesos de escritura; esto conlleva a gestar una
generación de autores (as) que, según este último, son “capa[ces]
de crear una nueva realidad, sustentada en una nueva estructura
de pensamiento, que es la base de una nueva imagen de la ficción,
ámbito por el que penetra el recepto en la obra literaria”. (131)
Dentro de las variadas definiciones de utopía, retomaremos
la descrita por Ortiz Moyano, quien la explica como:
El lugar que no existe, pero que pudiera existir, se convierte en una
categoría del pensamiento dentro de la literatura. Históricamente,
la utopía está relacionada con la posibilidad de coexistencia feliz
entre los seres humanos. Pensar la ciudad como un lugar de
convivencia armónica entre sus habitantes, aparte de convertirse
en una idealización, es negar la existencia de la violencia como
sustancia de la cultura y cerrar los ojos frente a realidades
socioculturales y económicas. (7)
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�Manuel Santiago Herrera (UANL) / La semiosis en la literatura infantil

La utopía es ese otro espacio donde convergen la realidad
y la magia. De aquí la importancia de examinarla dentro de esta
obra: se entrecruzan los tiempos para escudriñar la identidad y darle
sentido a la existencia. Por su parte, Bautista Ramírez (2014) aclara
que la utopía tiene múltiples funciones; dentro de este estudio,
seleccionaremos solo la siguiente: “Función crítica: de hecho, la
utopía está construida a partir de elementos del presente, ya sea
para evitarlos (desigualdades, injusticias…) o para potenciarlos
(adelantos técnicos, libertades…)” (7). Esta función crítica en el
relato se aprecia al tratar de buscar una equidad e igualdad entre
los niños y niñas por conservar la salud e integrarse a la sociedad.
Reconocerse entre ellos y erradicar las diferencias.
Finalmente, Bautista Ramírez (2014) refiere los rasgos
prototípicos del realismo mágico, entre los cuales destaca:
•
•
•
•
•
•

las barreras entre la vida y la muerte son tenues
un espacio particular
temáticas realistas con elementos irrealistas
búsqueda de la identidad y la sensibilidad
personajes excéntricos
el tiempo cíclico o aparece distorsionado. (69)
Estas características, vistas también en la literatura infantil,

constituyen la mirada de estos pequeños lectores, quienes tratan de
comprender su mundo y encontrase a sí mismo. Mantuano (2023)
refiere que el realismo mágico se empleó como un recurso pedagógico
para estimular la creatividad, la imaginación y la reflexión cultural
en las escuelas. Esta fusión de la realidad y la fantasía ocasiona en
el niño que visualice su entorno como algo natural. Sandro Abate
200

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(1997) remarca que los temas más recurrentes del realismo mágico
se encuentran en la importancia del destino; la vida, la muerte; las
enfermedades y sus curaciones inauditas; la paternidad desconocida
y la venganza. Estos temas en la infancia se asocian con evasiones a
otros espacios y convivencia con diversos personajes para tratar de
afrontar el dolor.
Taylor (1989) señala en este punto que:
Para mostrar la construcción sociohistórica del dolor, Bourke
recurre al análisis del lenguaje figurativo: el uso de diversas
metáforas para nombrar la experiencia dolorosa da cuenta de
modos distintos de concebir el dolor como algo ajeno al cuerpo,
que existe con independencia de él y que lo rompe, desgarra,
quema o quiebra. (65)

Así que por medio de los recursos retóricos y las estrategias
narrativas, la literatura infantil se acerca para mostrar un rostro
oculto y poco abordado: el cáncer.
Marco teórico
En la Escuela de Tartu, Lotman (1996) plantea la importancia de la
semiótica de la cultura como una interdisciplina que abraza a otros
textos. Define a la cultura como un texto complejo por los diversos
entretejidos que la conforman; de ahí el compromiso de ser capaces
de traducir ese entorno cultural.
Para Lotman, la memoria del hombre es “considerada como
un texto complejo, ya que al entrar en contacto con el texto produce
cambios creadores dentro de la cadena informacional. Lo paradójico
es que al texto debe precederle otro texto, la cultura” (Semiosfera I
90). De acuerdo con lo anterior, define al texto como un “espacio
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�Manuel Santiago Herrera (UANL) / La semiosis en la literatura infantil

semiótico en que interactúan, se interfieren y se autoorganizan
jerárquicamente los lenguajes” (“Acerca” 9).
Ese espacio semiótico, Lotman lo define como semiosfera.
Señala que el texto es un espacio donde surgen nuevas comunicaciones
e interpretaciones. Dentro de los rasgos sobresalientes de la
semiosfera, se encuentra el de la frontera, vista como los puntos
internos y externos pertenecientes a este espacio.
De acuerdo con Lotman, los textos permanecen en la
memoria de la cultura mediante tres mecanismos: (a) aumenta de
manera significativa el volumen de conocimiento, es decir, la cultura
va tomando de la realidad que la rodea los elementos que necesita
para sobrevivir, (b) reorganiza de manera constante los contenidos
culturales, y (c) utiliza el “olvido” para mantener los textos dentro
de una cultura; es decir, permite que unos textos tomen el lugar de
otros. (Semiosfera III 174).
Lotman, al hacer una analogía entre el paralelismo estructural
de las caracterizaciones semióticas y las personales, define el texto de
cualquier nivel como una persona semiótica, y considera asimismo
como texto a la persona en cualquier nivel sociocultural. Esta
definición refleja la interacción que tienen, para Lotman, el hombre
y todos los sistemas semióticos (o textos) “como manifestaciones de
una cultura y dentro de esa misma cultura, de manera que interactúan
no solo como depósito de información, sino también como textos
con capacidad de crear nuevos textos o mensajes” (Semiosfera III
197).
Uno de los aportes de la semiótica de la cultura es generar
nuevos sentidos. Lotman propone la participación de los traductores
o filtros bilingües que expliquen la finalidad de los textos a los demás.
De acuerdo con lo anterior, define al texto como:
202

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A la luz de lo dicho, el texto se presenta ante nosotros no como
la realización de un mensaje en un solo lenguaje cualquiera, sino
como un complejo dispositivo que guarda variados códigos,
capaz de transformar los mensajes recibidos y de generar nuevos
mensajes, un generador informacional. (Semiosfera III 125).

En esta producción de sentidos, el texto pasa por una serie
de diversos procesos socio-comunicativos, entre los cuales Lotman
(2000) refiere:
1. El trato entre el remitente y el destinatario. El texto cumple la
función de un mensaje dirigido del portador de la información
al auditorio.
2. El trato entre el auditorio y la tradición cultural. El texto cumple
la función de memoria cultural colectiva.
3. El trato del lector consigo mismo. El texto interviene en el papel
de mediador que ayuda a la reestructuración de la personalidad
del lector.
4. El trato del lector con el texto. Deviene un interlocutor de
iguales derechos que posee un alto grado de autonomía.
Tanto para el autor (el remitente) como para el lector (el
destinatario), puede actuar como una formación intelectual
independiente que desempeña un papel activo e independiente
en el diálogo.
5. El trato entre el texto y el contexto cultural. Los textos, como
formaciones más estables y delimitadas, tienden a pasar de
un contexto a otro. Al trasladarse a otro contexto cultural, se
comportan como un informante trasladado a una nueva situación
comunicativa: actualizan aspectos antes ocultos de su sistema
codificante. Tal ‘recodificación de sí mismo’ en correspondencia
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�Manuel Santiago Herrera (UANL) / La semiosis en la literatura infantil

con la situación pone al descubierto la analogía entre la conducta
sígnica de la persona y el texto. (54)
Lotman plantea la semiótica de la cultura como la disciplina
que estudia la interacción de los diferentes sistemas semióticos
dentro de una cultura (259). En esta interacción es relevante la
semiosfera, porque “es definida como el espacio semiótico cerrado
necesario para la existencia y el funcionamiento de los distintos
lenguajes” (“Acerca” 22).
Esta semiosfera presenta una serie de rasgos característicos,
siendo el más sobresaliente la frontera, por su carácter espacial.
Para Lotman, la frontera es el conjunto de puntos pertenecientes a
un espacio a la vez interno y externo. Como frontera semiótica, la
semiosfera es la suma de traductores o filtros bilingües, por medio
de los cuales un texto se traduce a otro lenguaje. La frontera general
de la semiosfera se intersecta con las fronteras de los espacios
culturales particulares.
En este aspecto, son vitales los espacios culturales. Por ello,
Lotman puntualiza que la cultura es “el conjunto de información
no genética como memoria de la humanidad o de los colectivos
más restringidos nacionales o sociales, dichos colectivos históricosociales [que] crean o reinterpretan los textos de acuerdo con su
modelo de mundo” (“Problema” 41-42).
Lotman expresa que “la memoria no es para la cultura un
depósito pasivo, sino que constituye una parte de su mecanismo formador de textos” (Semiosfera I 161). Es decir, “genera sentidos y define
a la identidad como una unidad. Así que propone que las leyes de la
memoria sufren una selección y una compleja codificación para, en
determinadas condiciones, de nuevo manifestarse” (Semiosfera I 109).
204

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De acuerdo con Bal (1987), dentro de la narratología, el
espacio es el lugar en el cual los personajes se desenvuelven. La
autora externa que “el lugar se relaciona con la forma física, medible
matemáticamente, de las dimensiones espaciales. Por supuesto solo
en la ficción; esos lugares no existen verdaderamente tal como lo
hacen en la realidad” (101).
Los espacios dentro del texto Raro: Un encuentro con Furia
son esenciales debido a que se construyen los lugares físicos y
mitológicos. En este sentido, la semiótica del espacio proporciona
los elementos para abordarla y descifrar los sentidos en el relato.
Esta semiótica del espacio, estudiada por Finol, asevera que:
el espacio en los estudios semióticos representa una estructura
que juega un rol importante en la organización social, a través
de él se da sentido a una organización social, pero también a
una serie de valores culturales que soportan ese orden social. El
espacio se convierte en instrumento simbólico, capaz de articular
los contenidos de la cultura misma en una sintaxis particular. (38)

En este trabajo, se plantean las diversas vertientes sobre el
lugar, propuestas por la semiótica del espacio, y su visualización en el
cuento a analizar: la semiótica del espacio, el espacio sociogeográfico
y el espacio vivido.
El apartado del espacio sociodemográfico se basa en la
propuesta de Losada, quien menciona que este lugar es:
el intermedio entre el objetual y el cosmológico. Mientras el
primero abarcaría todos aquellos fenómenos que los seres
humanos pueden manipular en su totalidad (como, por ejemplo,
un palo de madera o una cuchara); el último comprende todos
los fenómenos de rango de magnitud más grande (como, por
ejemplo, el sol, el universo y similares). (272)
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En el relato de García Guerra, los personajes entran y salen
de estos espacios sociodemográficos para mantener un orden. De
acuerdo con Losada, el espacio “también implica el comportamiento
y un significado para quienes habitan en él” (272); esto es visible
cuando Furia cruza el umbral cosmológico para estar en el lugar
objetual, conocer a Raro y juntos unirse para vencer sus temores.
Continuando con la postura de Losada, también reflexiona
sobre el espacio vivido y lo establece como “la influencia del espacio
no solo interviene sobre el comportamiento y los significados,
sino que también los individuos/grupos realizan interpretaciones
sobre y acerca de él desde temprana edad; mostrándose así el
aspecto discursivo-simbólico del espacio” (274). Estos espacios, en
los actantes, son centrales, porque construyen la identidad de los
personajes. Esto le permite al niño conformar su identidad cultural,
el saberse pertenecer a un grupo o comunidad y que conlleva a una
serie de valores y acciones que debe desempeñar.
Morales (1998) aborda el concepto de “habitante” como
aquel que mora en diversos espacios simbólicos y reales. Este autor
los llama “burbujas espaciales” tanto en el ámbito privado como
público. Define “burbuja privada” como “Es el tipo de burbuja
cerrada dentro de la cual pueden interactuar solamente ciertas
personas, según determinados requisitos” (89). En esta clase de
burbuja entra el hospital como un lugar reservado para personas
que requieren recuperar la salud e integrarse a la sociedad. De
acuerdo con Oppliger et al (2016), el hospital constituye un entorno
desconocido que conlleva cambios biopsicosociales y en el que una
persona debe enfrentarse a técnicas dolorosas llevadas a cabo por
personas ajenas a ella. Todo ello puede producir miedo, angustia,
estrés e incluso sentimientos de abandono. La literatura en la infancia
206

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se fomenta en los hospitales como una forma de motivar y atenuar
el dolor.
Losada, al argumentar sobre las relaciones de los grupos
con el espacio, desde el enfoque proxémico de Edwar Hall (1966),
explica:
Para Hall […] las normas proxémicas consolidan al grupo al
mismo tiempo que lo aíslan de los demás. Es decir que se refuerza
la identidad intragrupal y se dificulta la comunicación intergrupal
merced al empleo que el hombre hace de su espacio, tanto el que
mantiene entre sí y sus congéneres, como el que construye en
torno suyo (273).

Estas relaciones de espacio los niños la viven en lo físico
y en lo fantástico para inventarse un mundo donde encuentren
respuestas a sus inquietudes.
Metodología
Se diseñó bajo un enfoque cualitativo de tipo exploratorio y
descriptiva. Exploratorio debido a que no hay investigaciones
alusivas a este objeto de estudio, así que lo presentado en este
trabajo es un primer acercamiento. Y descriptiva porque se revisarán
la semiótica del espacio y del tiempo contenidas en la narración para
visualizar cómo a través de la ficción los personajes enfrentan la
enfermedad y de qué recursos literarios se vale para fortalecer este
entretejido semiótico.
Se analizará el libro Raro: Un encuentro con Furia de Elizabeth
García Guerra. La autora es voluntaria en el área de oncología
infantil en un hospital de la Ciudad de Monterrey, Nuevo León,
México. Por medio del arte terapia con dos niños internados, obtuvo
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�Manuel Santiago Herrera (UANL) / La semiosis en la literatura infantil

sus testimonios y escribió este texto: narra la vida de Raro, niño con
cáncer, que lucha por entender su estancia en el “lugar de blanco”
(hospital) y de Furia, un dragón que migra en busca de ayuda para
salvar a su reino.
Resultado y análisis
Toporov (1983) externa que, en el pensamiento mitológico, el
espacio es concreto, discontinuo, cargado de valores y de actitudes
emocionales. El espacio mitológico está construido “a modo de
mosaico” y se manifiesta, por ejemplo, “en la distinción de posiciones,
lugares y direcciones cualitativamente diferentes: sagrados y profanos,
favorables y desfavorables, propios y ajenos, etc” (15).
Toporov (1983) propone las fronteras-pasajes como una
línea divisoria entre los lugares y los que sirven de acceso, entrada
o comunicación. Un espacio central en el relato es la puerta. De
acuerdo con Eliade (1972), la puerta es una frontera que separa el
espacio interior, protegido, propio, sagrado, del espacio exterior,
peligroso, ajeno y profano.
Toporov describe a la encrucijada como “el paso de un reino a
otro” (13). En esta bifurcación se percibe cómo el protagonista traspasa
el umbral del mundo mitológico, lleva consigo un encargo y regresa
con su gente. Esta encrucijada se asemeja a los lugares fronterizos
postulados por Lotman, llama a las puertas y tumbas “lugares
fronterizos y mágicamente activos del espacio cultural: regiones del
choque de las fuerzas terrenales [...] y las infernales” (Semiósfera I 20).
Estas fronteras-pasajes son la puerta, la esquina, la plaza y el
límite del pueblo o la ciudad. Sirven dentro del espacio para transitar
de un lugar a otro y vincular lo mágico con lo real. En el relato se
aprecian así:
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“La puerta es una frontera que separa el espacio interior,
protegido, propio, sagrado, etc., del espacio exterior, peligroso,
ajeno y profano” (Eliade 339). En el cuento se observa cuando:
“escuchaba que abrían la puerta, sabía que era él, y me emocionaba.
Me enseñó a jugar algunos juegos de mesa” (García Guerra 71). La
puerta es un umbral donde conviven los personajes y les permiten
unir sus fuerzas para sobrellevar con valentía sus penas.
En el caso de la esquina, “es un punto de inflexión en el
camino, el lugar en que éste se interrumpe, y por tanto marca la
división entre dos subespacios” (17). En el relato Furia observa
con detenimiento, desde una arista, la manera de cómo ingresar
al hospital (García Guerra). Las esquinas funcionan como punto
intermedio para ingresar y salir de los espacios de acuerdo con las
necesidades de los personajes.
Por su parte, la plaza “es el sitio en que confluyen los
caminos y uno de los parajes por excelencia en que chocan lo
propio y lo ajeno (en virtud de los forasteros que aquí arriban)”
(17). En la historia, Furia emigra de su reino y llega a una plaza:
“Comencé a buscar un lugar seguro. Los habitantes de este
Reino dormían, así que nadie podía verme” (García Guerra 81).
La plaza es un lugar abierto donde el personaje trata de buscar
ayuda y alojamiento. Asimismo, son travesías donde se refieren
los diversos tropiezos y estados de ánimo para llegar a un espacio
seguro.
Por último, está la ciudad, “es una imagen del cosmos, se
encuentra en el centro del universo, y por lo tanto se opone a la
periferia que la rodea” (Eliade 17). En Raro: un encuentro con Furia”
sobresale: “Le señalé con mi dedo un Reino al final de un camino,
y le hice entender con señas, que ese era mi hogar, el lugar donde
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�Manuel Santiago Herrera (UANL) / La semiosis en la literatura infantil

podía ser libre y donde nadie se asustaba al verme” (García Guerra
73). Tanto la ciudad como el reino hacen alusión a la identificación
de los personajes como parte de una comunidad en busca de un
apoyo.
El tiempo en el enfoque semiótico-cultural de la historia
resalta la reconstrucción de los motivos subjetivos de los participantes
para determinadas acciones (que de uno u otro modo determinan
el curso de los acontecimientos). Dentro de “esta visión semióticacultural de la historia, los vínculos de causa y efecto aluden al nivel
de los acontecimientos (accional)” (Uspenski 162).
De acuerdo con Uspenski (2003), se muestran tres tipos de
presentes. El primero es el presente del pasado (el recuerdo). Un ejemplo
en la historia es:
De ahora en adelante… vas a vivir el momento. Dejarás de estar
triste pensando en volver a casa y, al contrario, harás todo lo que
esté de tu parte para regresar, pero aprovecharás cada momento
en este lugar, de tal manera que cuando sea el día de regresar a
casa, el tiempo habrá pasado muy rápido y no te habrás dado
cuenta (García Guerra 92).

El recuerdo fortalece la memoria y le infunde ánimos al
personaje a luchar ante su situación. De un estado contemplativo
pasa al valorativo. En este punto, la evocación le proyecta una energía
para afrontar sus miedos y vencer las dificultades ocasionadas por
la enfermedad.
La segunda clase es el presente del presente (la contemplación del
recuerdo). En la obra se visualiza de la siguiente manera:
- Sabes, Furia, a mí no me gustaba este lugar, odiaba tener que
estar aquí. No sé cuándo me iré a casa ni cuándo volveré al colegio

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–dijo pensativo-, pero desde que empezamos a transformar este
lugar estoy contento, y solo espero el momento de venir aquí y
dibujar contigo. Te has convertido en mi mejor amigo, y aunque
no hablas, sé que me entiendes. Estoy muy feliz de haberte
encontrado… tú haces que mis días aquí sean diferentes (García
Guerra 138).

En esta muestra se aprecia cómo el personaje reflexiona,
adquiere una entereza que le permita resistir y apoyar a otros
compañeros en su misma situación. Mientras llega el momento de
salir, busca la manera de sacar sus inquietudes por medio del arte.
El tercero es el presente del futuro (la espera del recuerdo). En el
libro se observa de la siguiente forma:
- No pierdas la esperanza, Raro, todo esto es temporal, y un día
estaremos cruzando juntos la puerta de salida de este lugar, y
seremos más fuertes por todas las pruebas que hemos enfrentado
aquí (García Guerra 275).

Alude al regreso al hogar y a su incorporación de la sociedad
para seguir con la vida familiar y sus respectivas actividades.
Susan Sontag (2005) en su ensayo sobre La enfermedad y sus
metáforas refería que:
La enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía
más cara. A todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía, la
del reino de los sanos y la del reino de los enfermos. Y aunque
preferimos usar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de
nosotros se ve obligado a identificarse, al menos por un tiempo,
como ciudadano de aquel otro lugar. (11)

En este sentido, la semiótica del espacio le brinda a la niñez
una oportunidad de recrear su entorno para llevar con imaginación
el dolor y la desesperanza y tener la fuerza para luchar por vivir.
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El tiempo, desde el enfoque semiótico cultural de la historia, le
brinda a la niñez una identidad llena de ilusión y heroicidad para
afrontar los males de la enfermedad.

Conclusiones
La semiótica del espacio traspasa los límites entre lo real y lo
imaginario con la intención de fusionarlos en uno solo para que
los niños vean en la ficción una esperanza de luchar contra las
adversidades, sentirse parte de un proceso y que les permita manejar
sus emociones con cautela para regresar con valentía a su lugar de
origen. Por su parte, el tiempo influye en la semiótica cultural de la
historia para que los infantes puedan edificar una identidad capaz de
afrontar sus retos. Por medio del presente del pasado, el presente del
presente y el presente del futuro se busca que el infante se sumerja
en el recuerdo para repasar su línea de tiempo, revalorar los nuevos
escenarios y oportunidades que se le brindan para sobrellevar con
una nueva energía las afecciones.
Un aporte del trabajo es cómo el espacio y el tiempo en la
narración dieron paso al libro terapia, debido a que se emplearon
diversos recursos literarios para fortalecer la mirada de los pequeños
lectores. La importancia del texto como un espacio brindado a los
infantes para ambientar sus situaciones y hallar un equilibrio entre lo
que viven y cómo localizar algún medio para solventarla.
Raro: Un encuentro con Furia termina con una carta titulada
“Carta de Raro para ti”. En ella la voz poética busca la empatía con
los niños que padecen esta enfermedad y los motiva a salir avante:
“Los lugares de blanco están ahí para que luches y le pongas color…
para que niños como yo, y niños de corazón que necesitan estar ahí
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por alguna enfermedad, pasen su tiempo imaginando y creando”
(García Guerra 329).
Al final del libro, viene un cuaderno de actividades para
comprobar el análisis y la interpretación del texto. Asimismo, la
inclusión de dibujar para que plasmen sus sentimientos. De ahí se
propone el término de libro terapia, porque no solo es narrar una
historia, sino proporcionar diversos recursos para que los infantes
se expresen e interioricen sus inquietudes. Un ejemplo es:
Actividades. Aquí puedes tomar hojas de papel en blanco, lápiz y
colores, para realizar las siguientes actividades:
Raro tenía muchos amigos… Si fueras su amigo, ¿cómo serías?
Dibújate como una caricatura (García Guerra 333).

En esta actividad se puede apreciar cómo a través del diálogo
se intenta buscar la cercanía con el niño lector para que forme parte
de la aventura literaria y atenúe sus miedos.
Un aporte más son los intertextos. La inclusión de los
cuentos en el relato mostró cómo el espacio vivido y las fronteras
en la semiótica del espacio brindan al infante un acto de heroicidad
para resistir la enfermedad. Un ejemplo es el cuento “La víbora de
la selva”, donde el niño es mordido por este reptil y debe evitar que
el veneno le haga efecto en su cuerpo (aquí es la similitud con la
quimioterapia: cuando le es inyectada y poco a poco le llegan los
efectos). O el cuento de “El barco pirata”, donde los personajes
navegan por el mar y se enfrentan a animales peligrosos para llegar a
una isla, ingresar a una cueva y pedir sus deseos. Aquí cada personaje
solicita en secreto el poder regresar sanos a sus hogares.
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�Manuel Santiago Herrera (UANL) / La semiosis en la literatura infantil

Un último aporte son los valores que le promueven al niño
(a través del espacio y del tiempo), como la osadía, la fortaleza y la
fe para superar sus temores y vencer el mal.
A través del realismo mágico, la literatura infantil sobre el
cáncer construye espacios reales y fantásticos que circunscriben al
niño a un lugar y un tiempo determinados, con el fin de prepararlo
para sanar física y emocionalmente e integrarse a la sociedad.

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              <text>Humanitas: Revista de Teoría, Crítica y Estudios Literarios, 2026, Vol 6, Núm 11, Julio-Diciembre</text>
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              <text>	Heredera del Anuario Humanitas, publicación emblemática del Centro de Estudios Humanísticos de la UANL creada en 1960, Humanitas. Revista de Teoría, Crítica y Estudios Literarios responde ahora a la necesidad de la diversificación de enfoques y acercamiento a la literatura en y desde el ámbito latinoamericano.</text>
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              <text>2026-07-22</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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