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                  <text>186

EL MUNDO.

27 ÜCTtraRE, 1895.

PRENSA MEX-1CANA:
DOMINGO a DE NOVIEMBRE DE 1895.

·21&gt;o,o

IL-'--IMIMto 11

•

(!oslumbres ael a1a ae muertos.-roé1dco.
( Dibujo de D. Leaudro Izaguine.)

�3

EL MUNDO.

138

NovIEMBRE,

1895.

I
I
otofio ostentaba todas sus gnlas; l_os matizados
pámpanos cubrían en P?-rtc fos l1\C1mos de mo~catel, 8emejantes tí. l1ígrmlfiR de oro, y más arriba en In moutaiin, á travC:s de los árboles, veía51e
uou cosecha' menos rica, pero igualm~nte benfficn, 1~castaña ese pan de 1n. Córceg:i tan aprecmdo de sus hab1tan1
t~s. nesde las gruesas ramas de los ,írboles las cáscaras
abiertas dejaban caer sobre la, hierba rojiza los frutos p~rduscos y las cúpulas vellosas. Agachado e~tre el follaJe,
Guido Arrigo Rosoli, con las mangas recogidas sobre sus
brazOS musculosos, curtidos por los rayos de un sol bené.fico acl1p.í.base en varear 10:, troncos, haciendo ca~ l~s
frutos 1 que cubrían el s11elo. De pronto se detuYo, hmp16
con el dorso de la mano su frente inundada lle sudor, Y
blandiendo otra vez su palo, ~egó las hojas de un vigoroso golpe.
Las hojas, altas rotas, cubriéronle en su caída, y como
eco de su queja, un grito doloroso detuvo su brazo, leva11•
tado para golpear de nue\'O.
A sus pies, una joven oprimía. con la man.o su mejilla
herida¡ Guido la reconoció á tra,·és del ramn)e.
-¡Ana. Dea!
.
Se de1ilizó por el tronco lacení.ndose las rod1llasi, y al
punto Re acercó á la joven; después, balbucean~o algunas
paln.bra~, separó suavemente la mano de la henda. En la
fresca tez de la mejilla en flor veíanse algunas gotas en·
carnadas. Guido se afligió y sonrióse la joven.
-No es nada, Guido1 dijo ésta; debí haber tenido más
cuidado.
Pero él se lamentaba y acusábase de torpe por haberla
herido.
Ante aquel pesar de Guido tan desproporcionado con
el mal que había hecho, Ana se entregó á. un acceso de
hilaridad. Desconcertado al principio el joven imitóla;
.
.
.
pero la mejilla estaba r?ja, y com? cerca había una fuen•
.
.
te, Guido quiso conducir allí á la Joven.
-~
Los dos penetraron bajo la espesu~, hablaron co?1o pa•
jarillos que gorjean alegremente, otvulando el obJeto d~
su excursión en la embriaguez de las soledades; maqm·
nalmente se extraviaron, y cuando más distraídos ~iban
vieron que les cerraba el paso un torrente que por la opue~·
-No es nnda.. Guido; deb1a. ha.her tenido más cuidado.
ta orilla lindaba con un pequeño estanque donde se prec1•
pitaba una graciosa cascada.
IIl
nacionales: gorro largo y puntiagudo de lana parduzca y
-¡F..spera! gritó Guido.
.
Guido
Arrigo
Rosoli
había
llegado de Quenza para
y cogiéndose á. una rama, saltó á. lacornente¡ solamen- peluda, caído sobre la espalda; chaqueta de terciopelo de
vender cerdos en Sartene; Lovinchi y Seinetro habían
te su cabeza sobresalía del ribazo¡ después abrió los bra• color castaño; faja encarnada que ceñía el calzón, ruya
trabado conocimientos con él, y condujéronle después á la
parte inferior se perdía dentro de unas polainas altas de
zoil:, y con el pecho dilatado volvió á. gritar :
ta.OOrna donde le propusieron jugar una partida. de scopa
cuero
leonado.
En
el
bolsillo
interior
de
la
chaqueta
aso-¡Salta ahora!
Vaciló la joven, confusa y vergonzosa; pero después se maba la extremidad del mango de un puf'i.al, á punto de ese juego corto en que sólo se emplean las figuras Y las
cartas bajas. Bien fuera porque ~os dos compadres se en·
ser cogido por la mano izquierda para que la derecha pn·
ag~chó para deslizarse á lo largo del declive pedregoso.
tendían, ó por mala suerte, el caso es que el dinero de
Guido dió un salto, la cogió, condújola á la orilla opuest~ diera desembninarle más pronto.
Rosoli pasó de su escarcela ú. las bolsas de los otros.
El montañés levantóse de improviso, y con brusco adey sentóla sobre la hierba, lentamente y como con senh·
Sa.rtene es unt1. ciudad singular, muy pequeña1 encl~va·
miento. Con las mejillas encendidas, Ana ocultó el rostro mán barrió la mesa.
da en una estribación de Incndine 1 ú. la cual comumcan
-¡Eh!, exclamaron los otros. ¿Qué quiere decir eso,
entre las manos. Sobre el corazón del hombre despertóse
alegre aspecto los oli\'Os que la rodean1 formando como
el suyo, y el amor naciente se desbordó en pesadas hi• Gnido ..d.rrigo Rosoli?
-Esto quiere decir, balbuceó Rosoli con los dientes un jardín.
grimas.
En su parte auperior1 las rocas de color gris parecen ~s·
apretados y los lábios temblorosos, que vais ó devolver•
-¿Lloras? preguntó Guido.
tar suspendidas 1 y los desnudos peñascos agrietados tiey se arrodilló ansioso ante la joven1 que moviendo la me mis cien pesetas.
nen un aspecto amenazador¡ á sus piés se extiende el
-¿Devolvértelas?
frente dejó ver por entre sus dedos desunidos su mirada
verde valle de Rizzanese, que se prolonga, desarrolland?
-Sf, mis cien pesetas. ¿Me oís? Y las pido porque tú,
conmovida y su sonrisa feliz, y abandonó sus manos en·
su curso sinuoso, hasta el golfo de Valinco, donde el l~·
tre las que las solicitaban 1 quedando. unidos en estrec~o Lovinchi, te entiendes con Juan Bautista Scinetro para
roo de sus ondas se pierde en el azul de aguas del Medi·
abrazo aquellos dos jóvenes cuyas miradas se confund1e- robarme mis escudes.
-¡Hola!, replicó Antonio. Reprime esa lengua; por
terráneo.
. .
ron en un rayo de amor.
La región de Sartene ha conservado en todo su pnmi•
esta vez t.e perdonamos, porque la pérdida y el vino te
-¡Te amo! exclamó Guido. ¿Quieres ser mía?
-Mi padre te aprecia, y yo quiero ser tuya. Ven con• trastornan sin duda .... .. pero no digas más ó de lo contra• tivo sal~ajismo las antiguas costumbres corsas; la pólvo·
ra habla con frecuencia, y los puf\a.les parecen salir de su
rio saldrán á relucir los puñales.
migo para que nos bendiga.
vaina por si mismos. Allí no se acata. mas que una ley:
El tabernero se interpuso; no quería escándalos en su
y la bendición del padre los desposó ... ..... .
la
ley de Lynch.
casa.
Seilalóse el día para la boda; Guido apresuró los prepaSi una pendencia termina por una muerte, el heredero
-Has perdido, Guido Arrigo, dijo al montafi.és; estos
rativos, y marohó á. Sartene á fin de evacuar algunaR di·
de-la víctima declara la 1,•endetta al homicida, y desde en•
juegan lealmente, y son antiguos conocidos míos. Vamos
liacncias y elegir el' anillo nupcial.
tonces va no hay para éste último un momento de repodales la mano sin rencor, y yo traeré una botella de mi
º
II
so. Le és preciso vivir alerta, con el ojo a.visor y at.ento
En la pesada hora del mediodía; la. sala parece tener Ta.llano rancio para que brindéis por la paz.
el oído¡ pensar que en un recodo del camino, que detrá:5
-¡Quiero
mis
escudos!,
gritó
Rosoli,
golpeando
lame•
más prolongado su rectá.ngulo1 aplanado por el techo bajo
1
de vigas ahumadas; á. través de la penumbra las mesas sa inmediata.1 con tal violencia que las botellas acumula• de una espesura de jengibres, le espía tal vez un enem •
go con su arma preparada ......Ni aun se puede creer segudesmanteladas destacan sus aristas geométricas, y sus das allí rodaron por el suelo con estrépito, rompiénro en su casa aunque todo esté cerrado¡ si un ruido insódose en mil pedazos. Por última vez1 ¿queréis ñevolvér·
pies se confunden vagamente con los travesailos confusos
lito, si el deseo de aspirar un poco de aire le inducen á
de las sillas a.lineadas. A través de los postigos cerrados
melas?
dirigirse á. la ventana ... ... 1 se oye silvar una bala Y·········
-No!
se desliza acá. y allá un rayo de sol, cuyas estrechas fajas
«Guárdate, que yo me guardo.,,
-Pues ya. nos veremos, dijo Rosoli con tono amenazaluminosas se reflejan alegremente en el enjambre zumba-IV
dor saliendo de la taberna.
dar de las moscas y en la danza de los átomos.
Los gananciosos no tardaron en seguir le, después de
Guido Arrigo Rorwli hab(a ido á. la gendarmería para
Cerca del mostrador, en el ángulo más apartado de la
dar queja contra aquellos de quienes se crefa enga~ado;
taberna, tres hombres están apoyados sobre una mesa, Y haber pagado el gasto.
-Idos, hijos míos, murmuró el tabernero mientras ba·
el individuo á quien expuso el caso le envió al ofici al, Y
en la inmediata se ven numerosas botellas vacías. Uno de
rría los restos de las botellas rotas: batíos si os place1 ma• éste le dijo que pod(a presentarse al cuart.el maestre. Des·
ellos Antonio Lovinchi, baraja con pesada mano un jue•
pués de retorcerse larga tiempo el bigote, el jefe contestó
go d~ naipes grasientos ... ... , y la partida continúa en si- táos; pero no en mi casa. Mejor estaréis en la calle ó en
como por vía de fallo, que Rosoli estaba en un error,
el
campo
raso.
lencio.
Y filosóficamente guardó en su mostrador el ingreso puesto que el juego era una contravención de las leyes Y
Uno de los jugadores perdía de continuo. Reconociase
que debía darse por contento con que no se formara con•
bajo la forma de tres buenos duros.
n él al montaflés por su traje fiel á las antiguas modas

~-

~

.s..,,~

~~

•

. 3 NOVIEMBRE, 1895.
tra él un proceso verbal; afladió que más Je hubiera valí•
do no jugar, pero que ésto le serviría de Jección 1 ense-f'iándole tí. emplear mejor su peculio. En vano protestó
Guido, pues solamete consiguió que le pusieran á la
puerta.
Una vez en la. calle, su sangre enardecida se abrazó en
la sed de venganza; dirigióse il la hostería donde había
esta.do, cogió su escopeta y examinó su gatillo¡ pero de
pronto pensó en uua joven morena, n Ana Dea1 la pro-metida ~e hoy, la deeiyos~~ de manan~, y por primera
vez la vida errante de cnmmal perseguido le atemorizó.
Hizo un esfuerzo para dominar su c6lera, y resolvió mar•
cbar al punto á Quenza.
Cruzaba por la ciudad :t largos pasos, cuando de impro•
viso vió en un estanco :t sus dos adversarios que le seña•
laban con el dedo y se reían á sus expensas. Un aceeflo
de ira enardeció su cerebro dominándole completamente;
desvi6se de su camino y entró en la tienda.
-¡Por última vez, dijo it los dos hombres, devolvedme
mi dinero!
-¡No!
E l cañón de la escopeta se inclinó1 reflejando en la pa,.
red las ondas luminosas que su arco despedía herido por
el sol 1 y oyóse resonar una doble detonación. cuyos ecos
se repitieron en los desfiladnos de la montafla. En el
suelo, entre el humo de la pólvora, yacían dos hombres:
Scinetro con el hombro destrozado1 y Antonio Lovinchi
muerto de un balazo entre los ojos.
Los transeuntes obstruían ya la puerta. Rosoli saltó so•
bre los cuerpos de sus yfctimas para buscar una salida
por la puerta posterior de la casa.
El estanquero1 &lt;letras desu mostrador, se mantenía en
la más estricta neutralidad.
Guido Arrigo cruzó por dos habitaciones; abrió una
ventana y retrocedió ...... El muro se elevaba á pico sobre
una roca :í rn,ís de ocho metros del suelo.
Entónces volvió atrás 1 y empuñando el puñal con la
mano derecha, mientras que con la otra hacía el moline•
te con su escopeta descargada á. guisa de maza, t-0mó im•
pulso y quiso atravesar entre la multitud; pero encon•
tróse cara ,t cara con José Lovincbi, her.mano del muert,o.
La impetuosidad de su carrera le hizo tropesar con este
enemigo, en adelante mortal, y cuyo primer tiro silbó
entónces á sus oídos; mas al fin salió tí. la calle y pudo
huir. Al punto resonó otra detonación ... ... Guido Arrigo
si.ntió una sacudida en el hombro y tropezó¡ pero reu•
mendo sus fuerzas franqueó la rampa del camino en íor•
roa de cornisa y ganó las montañas.
J osé le siguió, pero se detuvo en el parapeto, y arrodi•
llándose, con los codos apoyados en el reborde de granito, apuntó detenidamente al fllgitivo é hizo fuego ........ .
Otra vez estremecióse el desgraciado. Alrededor de
Lovinchi resonaron algunos aplausos.
-¡Tocado!, gritaron algunos.
- Pero aún está en pie, contestaron otros.
J osé volvió á cargar apresuradamente su arma. Lapo-.
blación, anciosa y agrupada, seguía con la vista atenta al
fugitiY01 que vacilaba perdiendo si1 sangre por dos
heridas. Aquella casa al hombre excitaba á todos, y Lo·
vinchi apuntó otra vez.
- ¡Demasiado corto!, exclamó.
La bala había rebotado en unos guijarros que se baila•
banal paso de Guido, el cual muy pronto iba á estar
fuera del alcance de los disparos, y la multitud murmuró
descontenta. Rosoli debilitábase en sus esfuerzos supremos; un pequeño muro de piedras le cerraba el camino;
al otro lado estaba la Ealvnción, y en todo caso podría
cargar allí su arma y esperará la deíemiva ú. Lovinchi 1
si se atrevfa á perseguirle. Hizo un esfuerzo para fran quear el obstáculo, volvió {t. caer, trepó de nuevo, y otro
proyectil se aplastó á su Indo.
Por último, reuniendo toda su energía, cogióse desesM
peradamente al reborde del muro y montó en el; más
cuando se hallaba á punto de escapar y c:iientras allá
arriba resonaba un grito de rabia, Guido vaciló y cayó en
tierra con los rifiones atr.wcsados de un. balazo.
Un grito de triunfo saludaba á José, cuando de improviso resonó otro:
-¡Los gendarmes!
La multitud refluyó y agolpóse para formar entre la
fu erza armada y el asesino nna compacta barrera. Lovin•
chi emprendió la carrera hacia el bosque.
Los gendarmes llegaban sin aliento, pues su cuartel
estaba situado en la otra estremidad de la población,
atravesada por una calle única. Dos it~dividuos se lanza•
ron en persecución del fugitivo; pero antes de que pu•
diesen vencer la resistencia pasiva de la multitud que
obstruía el cami1101 el hombre había deeaparecido, siu
dejar indicio de la dirección que seguía. Los soldados de
guarnición que volvían de las maniobras habían sido tes•
tigos, desde lejos, de aquel sangriento drama; corrieron
á fin de prestar auxilio y no ll~aron á tiempo más que
para levantar del suelo á Rosoli moribundo. Improvisaron rápidamente unas angarillas, y votvieron á tomar el
camino de la ciudad, escoltando el fúnebre convoy.
A su encuentro salió el padre Lovinclli, blandiendo
una pistola. La agonía del mfeliz Guido no mitigó su
sed de venganza, y vociferó:
- ¡Vas á morir¡ pero antes de que espires quiero que
lleves mis señal~s!
Y al decir esto, inclinó su pistola.
Los soldados se interpusieron.
.-¿Qué os importa puesto que ha de morir?1 gritaba el
v1ejo. ¿Qué tenéis que ver con nuestros ódios? ¡Quiero
l~var mis manos en la sangre del asesino de mi primogé•
mto, de mi Antonio!
Se desarmó al furioso fanátiCll 1 el lúgubre cortejo entró
en la villa, y el moribundo fué conducido al hospital,
donde espi ró á la noche siguiente.
Al otro día se efectuaron los dobles funerales. Toda la
población de Sarkne seguía el ataúd de Lovinchi. Las
mu~res proferían roncas exclamaciones, desesperadas
queJas, imprecaciones salvajes; mientras que loe hom•
bres caminaban mudos y sombrios.
·
Setenta parientes y amigos de Guido Arrigo Rosoli ha•

EL.MUNDO.

139

•
bían bajado de la montafia todos en armas, y escoltaban
S?, convoy con la eara~ina preparada y el dedo en el gatillo. El cadáver, que iba descubierto, se tambaleaba en
el ataúd, y el movimiento había entreabierto loa pá1ya•
dos, que dejaban ver las órbitas vidriosas1 y los labios
que dejaban asomar una siniestra sonrisa.
'
Los dos cortejos se cruzaron¡ un estremecimiento agitó
á los hombres .de ambos partidos, y una sang1ientalucha
flotó en el aire ...... . pero los gendarmes estaban allí revól•
ver en mano y la carabina al hombro mientras que detrás de ellos brillaban las bayonetas d~ la infanter(a1 y ca•
da cortejo se alejó lentamente, no ein dirigirse una mira•
da. de sangriento reto'! una promesa de inextiguible odio.
y
A la rojiza luz del sol poniente destacábanse en el ca.•
mino polvoriento las formas sombrías de los montañeses
que ya llegaban á Quenza.
Entonces salió del pueblo una mujer deseabellada1 que
~on los brazos levantados se dirigia hacia el convoy. Ba·
JO sus párpados marmóreos, los ojos negros, de mirada
profunda1 parecían más brillantes, y el color mate de
aquel rostro joven hacía más aterradora la llama de ren•
corosa desesperación que brotaba de las pupilas. Al acer•
carse la.mujer, el cortejo se detuvo.
Pasando entre los hombres, que se descubrían al verla
avanzó directnml"nte hacia el ataúd, donde yacía el cuer:
pode Guido Arrigo cubierto de polvo é hinchado por el
calor de la canícula. La mujer iba ácontemplar· al novio
que al morir se había llevado consigo su amor.
Miró los tristes despojos sin horror, secos los ojoa 1 y con
ademán resuelto cogió una mano que pendía del ataúd.
Y volviéndo~e de~pués, fijó la mirada en los hombres
y su voz resonó vibrante.
'
-¿Cuántos han pagado? preguntó.
Sigui6se un silencio profundo: los hombres retorcían
entre sus dedos febriles el gorro peludo é inclinaban sus
cabezas. Ana Dea, después de contemplarlos lentamente,
continuó:
-Os pregunto que cuántos duelos hay hoy en Sartene
que venguen el mío, ee decir, el nuestro. ¿Sois mudos'?
¿Sois hombres? ... .. .¿IIabéis quemarlo Yalerosamente vues•
tra pólvora?
Ana se erguía estremeciéndose, con la mirada fija y el
oído atento. Nadie contestaba ......
10h1 cobardes, que no habían venga.do á su novio, á su
compatriota, á su r-migo!
-¿Soís montañeses corsos, exclamó, ó viejas charlata•
nas? ¡Ah! ya pueden matar 1í los vuestros, deshonrar á
vuestras esposas, é hijas; presentáis la frente 1i la injuria
como los bueyes la cabeza al yugo .. .... , y los ciudadanos
de Quenza men..&gt;cerán hasta el desprecio de los de Luca !
Orlando Rhineti, primo de Rosoli y de Ana Dea Pon•
severo, se acercó para hablar.
-Prima, dijo1 nos juzgas mal. Los montañeses de Quenza son hombre."l, y perdonan la injuria que tu desesperación les ha inferido sin ofenderlos. Hubiéramos hecho á
Guido sangrientos funerales, dignos ele él, si entre los de

Sartene y los nuestros no hubiésemos tenido los gendar•
mes y los soldados.
-¿Qué me importa á mí eso Orlanducio?, replicó la im•
petuosa joven.
Pero la fuerza nerviosa faltó á Ana Dea1 que se arrojó
sollozando sobre el cnerpo de su prometido, cubriendo de
besos su frent.e helada y sus ojos inanimados ... .. .
-¡Oh, Guido mío!, exclamó. ¿Y no habrá quién te
vengue?
Después, como avergonzada de sus lágrimas1 irguióse,
y sobreponiéndose á su dolor, hizo un ademán para que
el corteJo continuase su marcha. Ana le siguió grave y
con expresión lúgubre.

Al día siguiente1 Guido Arrigo Rosoli yacía con sus
miembros rígidos sobre la larga mesa colocada rlelante
del umbral de su casa. La caOOza, echada hacia atrás, te-nía puesto el ~orro puntiagudo, y la tirantez del cuello
hacía sobresalir el tiroide, cuya punta tomaba por el jue•
go de la luz los tonos pulimentados por el uso en el color
amarillento de la piel 1 as! corno en una antigua estatua
de bronce una prominencia á veces des~astada deja ver
desnudo el cobre, luciente cual una herida fresca.
Al recibir noticia de la muerte de Guido Arrigo, juntá•
ronse en Quenza todos sus parientes y amigos de Sorbo-llano, de Serra di Scopamene, de Mala y de LieYe.
Los más robustos habían ido á Sartene á recoger los des•
pojos mortales; mientras los otroi; permanecían en el pue•
blo para nsh,:tir tt los funerales. Todos se agrupaban ahora
alrededor del estrado mortuorio, en plena calle, á la luz
de un sol brillante, inmóviles y silenciosos.
Abrióse la puerta de la casa; la madre y la prometida
del muerto se adelantaron con la frente inclinada bajo el
velo de luto1 y arrodilláronse junto al cada.ver, reprodu•
ciéndose los sollozos. Ana Dea, levantándose de pronto,
apartó el velo negro que ocultaba su semblante, y apoyando la diestra en la mano helada del muerto, con la
izquierda impuso silencio á. la multitud.
Todos callaron, y entonces de sus labios inspirados ex
halóse con acento gutural el canto fúnebre que se desarrir
Haba en melopea, prolongándose en acordes dolorm.os y
lamentables: la virgen improvisaba su 1:ocero.
11El relámpago ha brillado, seguido del rayoi-el altivo
montai1és vacila y cae¡--el suelo ha retemblado bajo el
peso de su cuerpo,-y el rccío de la noche ha vertido sus
lágrimna sobre el bravo que yJ no existe.
11Así él soplo abrasador de Libeccio quema. la flor y lima el alerce en su savia;-la vieja muerte guarda sus be,.
sos para 188 frentes jóvenes.
uYa no oirás el canto de los mirloa,-la voz majestuosa
de nuestros torrentes espumosos,-ni en la espesura las
esquilas cuyo sonido te guiaba hacia la que te ama y que
te espera siempre.

(Sigue en la página 1#.)

�140

EL MUNDO.

3 NovIEMllRE, 1895.

3 NOVIEMBRE, 1895.

EL MUNDO.

Plegaria, cuaaro ae Gabriel roa~.
(Grabado en los tnllcres de El Mundo.)

$cm (!osme, íb)é¡dco.

@zita. 86Lanca é/Gofald, en tzaje de 2itonÍóa::&gt;.
(Fot. de O. Mora.-2~ de San Francisco.)

141

�3

EL MUNDO.

142

3 NOVIEMBRE, 1895.

(Sigue de la pdgina 199.)

»¡Ah! Aquel que segó tu vida debió herirme 6. mf también.-¿No teme mi venganza?
-Al tocar tu corazón puso en el mío el odio inexornble.-¡Y no estás vengado!.. .... n
Orlando se adelantó; con su robusta mano estrechó las del muerto y de Ana Dea, Y
su voz varonil continuó la cantinela.
cc¡Muerto!. ..... ¡Salnd á todos!-Dt:tn raza P.igo siendo.-DemMiado joven, _no tienes
hijos para la sangrienta herencia;-máa por Cristo y la Madona, yo, tu pariente próximo te Yengaré.-Duerme contento; la sangre la,·ará tu saugre.»
ReSonaron 1us Yociferaciones mezcladas con quejas H~i;uidas; las mujeres se laceraron
con sus uñas las mejillas, y en -el colmo de la desesperacion, desga!raron sus corsés; las
manos arañaron los hombros y los senos formando estrías saugumolentas, y desp 11és
sacudieron sobre el cad,tver aquella lll'lpcrsi6n sah'aje.
Allí estaba el sacerdote· t!l cadáver fué colocado en un ataúd descubierto y el triste
cortejo encaminóse á tra{·és de los jengibres, hacia el panteón de la familia, edificado
en el campo de la muerte. Al bord; d.t! hi_fosa 1 _y ªf!tesqne .la tierra .cubriera. el cuerpo,
una descarga irregular saludó por ultima wz a Guido Arr1go Rosoh, el asesino, que esperaba en la eternida.d al que le mató á él.
VII

Han transcurrido los días las semana.3 y los meses. Ana Dea se mantiene rígida bajo
el due10 de las viudas talla' la virgen consagrada. ,·olunt.ariamente al celibato. Su aima
no conoce más que el ~dio/ y el rocío que pudiera hacer florecer de nuevo su corazón
sería tan sólo una lluvia de sangra: )(oda, casi feroz, rec?rre ~l país como un fant.asma cubierto de negro sudario. ¡Ay! Fuera desu alma, ~as1 nadie se acuerda yade Gu.:.do
Arrigo.
Orlando Rhineti, fiel á los deberes de la sangre, se había puesto al punto en campaña; á \·eces pasaban lagunas días sin que se le viera, y despt~é~ regresaba. para dar ?uenta á Ana Dea, siempre impaciente, del resultado de su exped1c1ón. Escuch.ábale fa Joyen
y sus ojos brillaban cuando algún indicio le parecía bueno para descubrir al asesino;
pero entristec!3:se á cada decepción. Poco á p'&gt;C? creyó desc.u~rir qu~ O_rlando esta~a
celoso del cultornmutableqne ella profesaba al dtfu~to; .su ~c~1Y1dad d1smmuyó; hub1~rase dicho que se cansaba de ¡,ersegmr á un enemigo mvis1ble, y aseguraba que nadie
sabía qué había eido de José Lovinchi. Tal vez había abandonado la isla, trasladándose á Cerdefia. Pero Ana Dea movía la cabeza ante esta suposición, diciendo que
presentfa que estaba allí, cerca de ella, al alcance de su venganza.
.
OrlanQ.o anunció un día 1n. muerte del padre Loviuchi, cuyos pasos espiaba1 añadiendo que con él se perdía el único hilo conductor que hubiera podido conducirle á descubrir al bandido, por lo cual renunciaba desde luego á una persecnción inútil. ,
Ana Dea le miró, segura ahora del rencor celoso que inducia á Orlando á desistir de su
venganza, comprendióle: fijó en él sus ojos y le dijo:
-Xunca se pondnl mi mano sino en aque1Ia que haya vengado la injuria. Tenlo por
entendido Orlando; ignoro si mi corazón puede amar aún; pero es segu ro que no podré
pertenecer á ningtí.n hombre mientras que GuidoArrigo pida venganza desde su tumba.
Sé que me amas; haz méritos para obtener mi mano.
-;,Serás mía si te vengo?
.
.
-1fo te prometo mi amor; pero obedeceré tu voluntad, consagrándote mi agradecimiento y mi vida. Te doy mi palabra.

VIII
Ana Dea habitaba con su anciano padre en una casa de campo. Cierto dfa1 hallándose
sola, á causa de haberse ausentado aquél por algunos días, un hombre bañado en sudor y
sin aliento se precipitó en la primera habitación de la entrada.
-¡Por la :\Iadona, exclamó con acento suplicante, e,ílveme usted!

l

j

i

y cogiendo entre sus manos la cabeza del bandido, le besó amorosamenre.

-;Quién eres?
-Ún desgraciado perseguido por los gendar1:1es.
-Estás en casa de corsos¡ nada temas; eres m1 huésped.. .
Y abriendo una l)Uerta, empujó al hombre en una habitación.
·
Apenas había vuelto al primer aposento, dos gendarmes franquearon el !,lmbral.
.
-Dispense usted, señorita, dijo el oficial, retorci~ndose el most:1,cho y ~Jando en la )Oven una mirada conquistadora. ¿No habrá usted visto á un bandido á quien damos caza
dos horas hace? Seguramente ha pasado por aquí.
-No he visto á nadie, contestó cencillamente Ana Dea..
. . .
.
-Ruego 11 usted de nuevo que me dispense1 hermosa mña, rns1st1ó el ofic1~l; mas no
puedo creerla bajo su palabra, á pei&gt;ar de la galanteríf!, francesa, que rn~ preci,? de _Prac•
ticar. Nuestro hombre no ha podido tomar otro cammo1 y me veo obligado a registrar
la casa.
-Hiigalo usted, contestó Ana con tono d~deñoso y altivo. .
.
A una señal de su jefe, el ~endarme subió ~• .gra~ero; ~1en~ras que aquM fiJa~do
su vista en la -puertecilla de la cueva.1 levantóla e 1jumm~ .el. mter101: con uu ~IZÓ): cogido
en el hogar. Nada vió sospechoso, y soltando el anillo, dmg1óse hacia la habitación donde Ana Dea había ocultado al fugitivo.
-Esa es mi alcoba, caballero, dijo la joven.
. .
.
Y pronunció estas palabras con tal acento de ~asta d1gmd,!id, gue el oficial s~ ~~tuvo,
con la mano en el pestillo de la puerta ent~ab1.erta ya. No luzo más que dmg1r una
furtiva mirada al interior, y cerró después, rnchnándose cortésmente.
El bandido estaba salvado.
Ana no pudo disimular la expresión de content? que ilm~1ll~ó s.us ojos, haciendo con
ellos renacer la desconfianza en el oficial; pero la Joven le mtumdaba· no ee atrevía á
mirarla de frente, y se valió de una estratagema.
-Dispense usted señorita, dijo, ahora nos iremos; pe~o estamos muy cansados_y nos
morimos de sed. ¿Podría usted darnos una botella de vmo fresco, pagando, se entiende,
lo que valga?
-No se paga la bebida en nuestra casa_, re¡;iuso. la joven,po;que esto no es una hostería· pero tampoco negamos un vaso de vmo a. qmen nos lo pide.
Y levantando la trampa, bajó á la cueva.
.
Apenas hubo desaparecido el oficial abrió silenciosamente la puerta de la habitación y penetró dentro. Registró un armario, donde se veían colgadas varias prendas
de vestir de la joyen, cuyo olor aspiró sensualmente, y asercándose después al lecho
se inclinó para mirar detrás de las cortinas.
-¡Caballero ...... , exclamó una Yoz indignada, que le hizo erguirse, confuso y con la
mano en la visera como un soldado á quien su jefe sorprende en falta. Desconfía usted de mí cuando' le trato como ·huésped, dijo Ana Dea con acento despreci.ativo.
El ofici~l se excusó, y siguió á la jóven, balbucia1;td.o. algunas palabra~; mientras que
Ana ponía sobre la mesa un jarro y dos vasos, y dmg1óle después vanas frases benévolas.
-¡Beban ustedes!, dijo Ana después de llenar los vasos.
-A la salud de la compañía, contestó cortésmente el oficial.
Los dos gendarmes E.aludaron con sus vasos, chocáronlos, se limpiaron los bigotes con
el dorso de la mano y salieron.
A. los pocos pasos el oficial dijo al gendarme:
-Quédate aquí emboscado, mientras yo voy á buscar refuerzos porque el hombre debe
de estar aquí.
Y se alejó apresuradamente.
.
.
. .
Desde la ventana, Ana Dea le había visto baJar. solo por la cuesta; presrnt1ó la emboscada, y fué á. prevenir al fugitivo. Encontról.e pálido y tembloroso: creyó el laque era por
el peligro que había corrido¡pero la turbación de aquel hombre provenía de una causa
que la joven no podía sospechar.
.
-Le espían á nsted, dijo; el oficial ha marchado solo, y seguramente volverá antes de
la noche para cercar la casa. Obedézcame y le salvaré.
-¿Qué he de hacer?
.
-He aquí la navaja de afeitar de mi padre; cór~ese el bigote; usted es delgado, apenas mal alto que yo, y mis vestidos le sentarán bien¡ tómelos usted, y apresúrese. Le
esperaré en la cocina ...... ¡Ah!, añadió. ¡Cuidado con que le vean por la ventana!
Un instante después el bandido reapareció transformado: estaba encantaaor,. con su
rostro moreno é imberbe, su talle bien ceñido por el corsé de Ana Deaqu~ le oprimía w1
poco. La joven corsa, impasible hacía un año, no pudo menos de sonreir.
Quiso ponerle ella misma en la cabeza la toca de paño negro, y después le &lt;lió pan,
jamón y una calabaza llena de vino ..
-Oculte usted todo eso debajo del vestido, dijo, y ahora vállase pronto.
-¿Y mi carabina?

NOVIEMBRE,

1895.

EL MUNDO.

Ana Dea se despertó, lánguida, pero casi alegre. Las
horas fueron lentas para ella
sin tener nada que hacer
incapaz de entregarse á u~
trabajo cnalquiera, vagaba
por la casa, atraída siempre
como por un encanto hacia
el echo 1 sobre el cual apoyaba su frente pensativa.
En un rincón vi6 de :pronto la carabina del fng1tivo
cogióla y la examinó comÓ
persona experta.
Después descargó los cañones, y esforzó~e para borrar
de elJos nlgunos puntos de
orín que deshonraban el arma; vol\'iÓ á cargarla con
pólvora fresca de la que tenía su padre, descubrió las
chimeneas y renovó los pistones.
El eol declinó por fin lentamente para irá el::tingnir
en la capa húmeda del Mediterráneo, y detnis de él la
noche victoriosa tendió los
crespones impalpables del
crepúsculo sobre el luto del
dfa, que había desaparecido
entre fulgores de color rojizo.
La p:Uida estrella del pastor pareció nnimnrse y udquirir mayores dimensiones á
medida que el azul del firmamento comenzaba á ser
más sombrío ... ... Con la carabina debajo del mantón y
nna cesta de provisiones en
el brazo, Ana Dea se dirigió
alpuntodelacita. Avanzaba
111
de prisa, como si la hubiesen
llamado para una diligencia
Ana cogió las manos del cadáver, levnnt6 su cabeza y palpó su coraríin.
urgente, cortando de través
la espesura de arbustos car-Mafíana por la noche la depositaré en el hueco de gados de rojas bayaa de mirtos olorosos y de verde~
BAJ.Uellu encina de la montaña que desde aquí se ve. No lentiscos.
vaya usted ú. buscarla antes de las doce, y hasta entonces
l\Iuy pronto se divisó la encina, que se agrandaba cada
oc últese en la espesura, porque estará más $eguro que aquí.
Yez ni:ís, y Ana redohló el paso.
¡V:tmos, en marcha, y que üios le guard~!
La nocl 10 había CPrrado del todo cuando la joven llegó
-¡Que la Madona bendiga los amores de usted!, contee- á la cima de la cuesta: en el risueño horizonte veíase ya
tó el bandido con emoción.
la lunaemre su cortejo de estrellas. Una sombra. se 1r.
Salió de la casa y alejóse á paso natural por el camino guió de repente delame de Ana Dea, ofreciéndole las madel pueblo¡ mas apenas hubo andado un trl:'cho, dirigióse nos, y la joven abandonó en ellas lns suyas. Sintió que se
hacia el bosque y se perdió en su espesura.
estremecían bajo la presión firme del hombre, y se tranA la hora del crepúsculo, cuando el oficial Yolvió con quilizó, como la yegua bajo la ruda caricia de su amo.
su refuerzo, el gendarme emboscado le llamó.
El bandido la hizo sentar. suayemente sobre el musgo,
- He aquí el momento oportuno, dijo; la joven ha ido y se
recostó á su lado, conservando una mano entre los
al pueblo, y podemos registrar con toda comodidad.
mientras que con un brazo sostenía su talle. Ana
El oficial mandó cercar la casa, y después entrét brusca- dedos,
Dea se abandonó, como perdida eu un sueño.
mente en ella, revólver en mano.
Los dos guardaban silencio, prolongándose así el en-¿Otra vez?, preguntó Ana Dea levantiíndose,
-¡Voto á tal!, exclamó el jefe, volviéndose hacia el gen- cnnto de su éxtasi8; -pero la sangre del joven se enardecía, y de pronto, inchmindose hacia la mujer amada dedarme, te has dejadc, engafiar como un chino.
-¡Pero si yo he visto ealir á esa joven hace una hora!, positó un beso en su frente.
La joven dejó escapar un ligero grito é irguióse con los
exclamó el subordinado, poseído de asombro.
-¡Al diablo las mujeres!, murmuró el oficial, adivinan- brazos extendidos, desviando de sí al amante embriagado
do la sustitución. Nos han burlado, y ya ¡odemos irnos, por el filtro que acababa de probar. Aturdida, sin palaporque nada más hay que hacer aquí. Nuestro hombre bra, retrocedía ante su perseguidor; pero tropezó,, y apoestli lejos, y no tenemos pruebas suficjentes para prender yóse en el tronco de la encina. Entonces, la altiva y enér11 la joven. lnbeci1, añadió, ¿no has adi\'inado que era el gica doncella tuvo un desvanecimiento, sus piernas flaotro el que bufa d isfrazado con la ropa de esa sirena? No quearon, y dejóse caer en tierra.
Pero en seguida se puso en pie, y dijo con solemne grallegarás jamás á oficial 1 concluyó, con cierto aire de supevedad:
rioridad, mirando desdefiosamente al sulbarteno confuso.
-¿Eres tú hombre capaz de atentar contra el honor de
IX
la que te ama?
E l proscrito cayó de rodillas.
Después de vagar por la man taña, el bandido encontró
-8oy tuyo, contestó; dispón de mí.
detrás de una espesura de lentiscos y de brezos arbores-Yo creía, repuso Ana Dea, exhalando un suspiro,
centes una gruta natural que escogió parasn refugio. Allí1 que mi corazón había muerto para el amor; mas ahora
des~ués de haberse despojado lentamente, y como con sen- late junto al tuyo. ¡Ay de mí! No puedo pertenecerte
timiento, del vestido de la virgen corsa, púsose su ropa,
porque ya he dispuesto de mi vida ........ .
que llevaba sujeta á la cintura. Después1 como el cuerpo
Ana le reveló entonces el compromiso que tenía con
exhaust.o reclamara sus derechos, el pan yel jamón desaparecieron muy prouto, vacióse la calabaza de vino y el Orlando; y el joven, después de escuchar atentamente,
Joven se hechó sobre unu capa de helechos, poniendo por profirió una exclamación de triunfo.
-¡Nos hemos salvado! dijo. ¿Cómo se llama tu enemialmohada la ropa de Ana Dea.
A pesar de la fatiga, el sueño huía de sus párpados ce- go? ....... .. Yo te vengaré dá.ndole la muerte; te Jo juro, y
rrados; sutiles aromas hacían temblar sus labios, y subo- entonces podrás ser mía sin faltar á tu palabra.
-¡Ah, exclamó Ana, eres todo un hombre!
ca se entreabría como ansiosa de un perfumado beso. Un
Y cogiendo entre sus manos la cabeza del bandido, le
ligero fantasma flotaba sobre el joven, que no acertaba á
e:!:plicarae si aquello era una evocación ó un suefio; pero besó amorosamente ....... .... ........ ..... .... ....... ...... .. ......... .
lo cierto eA que no dormía. Haciendo un esfuerzo, entreaCuando se separaron, después de haberse hecho mil
bió los ojos, incorporóse, salió de la gruta, y aspiró con protestas amorosas, el bandido gritó á. Ana Dea, que se
fuerza el aire tranquilo de la noche. ~n el puro cielo pa- alejaba:
recía que las estrellas hormigueaban y en la espesura oía-¡Díme cómo se llama el hombre!
se el canto de un ruiaefior.
-!Ah! exclamó Ana. ¿Quién eres ttí. para haberme heEl bandido volvió á echarse, apoyando siempre la cabe- cho olvidar mi odio? ¿Qué pasión es la tuya, que me reza en el vestido de la que le había salvado ...... ; pero de vela que yo no había amado aún? Soy ahora tan feliz,
improviso apareciósele la virgen con su belleza sombría, que perdono al hombre.
aunque Huminada con la dulce sonrisa con que le consoló
-¿Y tu juramento? ¿Y el mío?
al marchar ...... Y entonces, sintiendo que su corazón pal~
-¡Oh! murmuró Ana Deacon expresión de terror, he
pitaba ante aquella sonrisa, bendijo á Dios por haber per- faltado, y tú eres quien debe reparar el mal, para que
mitido que en él naciera un inmenso amor.
Dfos nos perdone. El matador es natural de Sartene, y
Y al lá abajo, en su lecho virginal, Ana Dea sentía vagar se llama José Lovinchi.
e_ntre las cortinas el hálito del hombre á quien había ofreAl oír este nombre, el bandido vaciló; pero reponiéncido un refugio¡ la rica sangre de su naturaleza meridio- dose en el mismo instante, repuso:
nal coloreaba eus mejillas ardientes, dilatando su gargan-Cumpliré mi palabra, Ana Dea.
ta al pensar en el hombre que había dejado su presencia
Y contempló á la joven mientras se alejaba, mirándoen loe pliegues de las cortinas; después, la turbación que la como si quisiese incrustar su imagen en sus ojos.
angustiaba su pudor se calmó¡ y vió pasar ante sus ojos
Cuando se dejó de ofr el rumor de sus pasos, el joven
deslumbrados el esbelto pedi de una hermana, con su cayó de rodillas murmurando:.
.
vestido negro. Este recuerdo la hizo sonreir por segunda
-¡Era la futura de ese Rosoh! ¡Desgraciados de nosvez ..... .
otros, le he prometido mi muerte!

143
X
-Prima mía, dijo Orlando al entrar en la casa de Ana
Dea, &lt;;tu~do .A.rrigo está. vengado, y ese asesino ha dejado
de existir.
-¿Quién le ha dado rnueite? preguntó la joven.
-¡Yo!
-Ana agitó los brazos y cayó en el suelo sin sentido
Orlando corrió hacia ella, levantóla y la condujo á au lecl.10. Mientras que 1 ayuda.do del padre Ponsevero le prodigaba sus cuidados, dijo el anciano:
-Esto sed. efecto de la alegría.
Ana.oyó estas palabras al recobrar los sentidos.
-Sí, la alegría1 dijo. Tienes mi palabrn.1 Orlando; pero
antes de darte mi mano quiero ~aberlo todo.
-Pues hélo aquí, contestó orgullosamente Rhineti.
¿Creerás tú que ese Lo\'inchi ha osado ,·enir :1 rondar
por estos alrededores? Le han visto los mismos gendarmes de Levie, que le persignieron hasta el territorio de
Quenza, conducidos por-el capit,1.n Bolbounne un francés; pero se espapó; se necesita un corso para ~oger ii un
corso. Yo estaba ayer en Levie, en el café 1 cuando un
gendarme refirió la aventura; acerquéme á él v le interrogué. Era l\Iariani, un hijo de Zicavo. Cmindo supo
que entre 1~?sotros había 1·mddt11, quiso hablarme á solas, Y. me d1Jo: c&lt;Tenemos orden de aprehenderá ese hombre vivo ó muerto. Al buen entendedor con ntedia palabra basta.11
-¿Qué más? preguntó Ana con angustia.
-Volvía yo por la montafia esta noche pasada, continuó Orlando, cuando al acercarme á. la encina grande que
se eleva en la altura, dominando el pueblo, divisé ima
eombra que al parecer trataba de ocultarse: «¡Eh, Lovinchi!,, grité al punto. El hombre se volvió bruscamente;
yo no podía dudar1 y como ya tenía el arma preparada,
disparé mis dos tiros. Lovinchi cayó entonces, soltando
su carabina, que rodó á pocos pasos; mas temiendo un
ardid, no me acerqué sin desenvainar el puñal. Lovinchi
vivía aún, y me preguntó: ((¿Quién eres? Dímelo antes de
rematarme.n
-Soy, dije, Orlando Rhineti, primo de Guido Arrigo
Rosoli. uPues dirás que he cumplido mi juramento, y que
José Lovinchi ha muerto en ... ... 11 El estertor de la muert-e le impidió concluir ........ .
Ana Dea, que acababa de levantarse con el rostro desencajado, interrumpió á su ¡_..rimo:
-¡Quiero verlo; condúceme á donde está.!
-Pues vamo!, pronto.
No tardaron en l!ega: 1.í la en 1.üna.
Tendido, con el pecho agujereado por dos balazos, los
ojos muy abiertos y fijos en el cielo azul, el amante parecía esper.tr á su adorada en el lecho nupcial con los brazos extendidoi para estrecharla por última vez.
Rígida por su dolor, Ana. cogió las manos del cada ver,
levantó su cabeza y palp6 su corazón.
-¡Oh! Esttí bien ri:rnerto, dijo Orlando.
Ana desvió la ,·ista de su fatal vengador, y como viera
el pulla! de José que asomaba por la abertura de la casaca, cogióle y le ocultó en su corsé.
-Déjame, dijo después á Orlando.
Cuando estuvo sola, Ana Dea se inclinó otra vez sobre
la cabeza del muerto, levántóla entre sus manos, la acercó á. la suya, y depositó en sus labios inertes el ú ltimo
beso de amor.
Después sacó el puñal de su corsé de~abrochado, descubrió su garganta y blandió el arma ...... ... Pero de pronto se detuvo, guardóla otra vez en su seno, y murmuró:
-¡Aún no es hora!
XI
Luciendo el blanco traje de las desposadas, Ana Dea
penetró en la habitación nupcial cogida del brazo de Orlando. Embriagado de amor el joven, quiso estrecharla
entre sus brazos; pero ella le detuvo.
Inquieto al ver la trágica expresión de su fisonomía,
Orlando dirigió la palabra á su esposa.
-¿Qué tienes, adorada mía? preguntóle. Ya estamos
solos; ha llegado por fin la hora tan esperada, la hora de
la recompensa á tu vengador.
-¡Te odio! murmuró Ana Dea.
-¡Estás loca!
-¡Sí1 te odio porque has matado á mi amante, á mi
único esposo! Sábelo ahora¡ sin conocer su nombre, he
amado á tu víctima, que me amaba á mí también. Nuestro pabellón nupcial ha sido la encina que tu mano ha
convertido en un dosel fúnebre. Te odio porque le amaba, porque le amo a.tí.u demasiado para ser tuya y lobastante para irá reunirme con él.
Al pronunciar esta:! palabra!:!, rasgó su vestido con rápido movimiento, dejando ver entre las blancuras vi vientes del seno el acero brillante de un puñal.
-Esta arma es la emya, Orlando, dijo la joven, profiriendo una carcajada estridente, ven á tornarla.
La hoja de; puñal brilló en el aire, y Ana Dea cayó en
tierra, envuelta en sus blancos velos y con la sonrisa
en lo.., labios, mientras que en su seno se veia una mancha sangrienta.
Y como fuera de sí, Orlando cayó de rodillas junto á
la joven, murmurando:
-¡Los dos hemos cumplido nueetra palabra!
JoRGEDE LYS.

�3 NoVIEM:BRE, 1895.

EL MUNDO.

144

PRENSA MEXICANA

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N'um..

TEROElR.ll RPOOJJi.

DO
Págónas extraordinarias.

DOMINGO 10 DE NOVIEMBRE DE 1805.

~o es l/iva ....

cu
lIBRE

RO COJIBA'l'E
Y OTRA
CTORIA.

LEA USTED
número de. mañana.
(Zuai!ro del l!ic.'. l!uis ¡'l)Jonrov.•• l"remiai!o en la (lcai!emia ae t;lellas (lrtes iie ¡'l)lé¡dco.

•
(FQt. proporcionada por el Sr. Ing. Fernando Ferrari Pérez. )
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Tomo IL-Número 18.

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                <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El Mundo Páginas extraordinarias, 1895, Tomo 2, No 17, Noviembre 8</text>
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              <text>Reyes Spíndola, Rafael, 1860-1922</text>
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              <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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