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24 N OVIBMBRE, 1895.

EL ~IUNlJO.

erca. En vano era que ella recordase á su ma1·ido el solemne juramento de no dejarlo atavesar el dintel de su alcoba. Mientras mayor era la resistencia de una,
mayor el apasionamiento del otro. Lo m.ís que podía esperar aquella imprudente
mujer1 era un plazo que permitiera al otro galán eYadirse.
-Escuche usted, Félix, dijo ella ca.i:i con ternura; déjeme ustéd reflexiona.r y consultar. Me ha conmovido usted, le ruego que se vaya., ....
Un beso otorgado de buena volmltad, lé valió ganar el pleito: Félix entró en su habitación.
Inmediatamente la joYen corrió el cerrojo y dirigiéndose al diván, levantó la cubierta, ansiosa por saber si Robrochón respiraba aún~
Sí, todavía respiraba, pero presentaba una cara más fea!
-Ah, señora, exc)amó, saliendo penosamente de su estrecho encierro; ¡tiene usted
UDa saugre fría!
-¡Chist! replicó Angela. Ya hablaremos otra vez, ubermano mío,n pues siempre
existirá ula unión de laa ahnas,n (&lt;Un mundo mejor,u y «ese amor puro quen ...... ¿eh?
-Todo lo que usted guste 1 respondió Hugo, impaciente por marcharse. Pero por
ahora, le confieso á usted que he perdido algo la cabeza. '
-¡Chist! repitió la joven, escuchando con atención cierto ruido que se oía por la
escalera.
Reconoció en breve la voz de Catalina que rent-gaba contra los perros ú. quienes
trataba de sujetar. Ni manera de salir por allí¡ pero una vez sujetos los perros, Robra•
chón, que había escalado el balcón, podría irse por el mismo camino.
Haciendo de trip!l.S corazón, se dirigía ya él hacia la ventana., cuando ¡Santo cielo!
una cuerda con nudos cayó á través de ella de arriba para abajo.
Félix, obstinándose en el deseo de una reconciliación completa é inmediata, sal•
tando el cerrojo, se había encaramado ai piso superior y ur.ilizandlJ los andamios y
utensilios que habían dejado por allí los albañiles, se propuso sorprender á su mujer
cuando estuviese ya dormida. El también se transformabu en Romeo, á riesgo de romperse la cabeza. Esto era halagadvr y debía agradecerlo Angela, sin duda; pero ese
exceso de galantería complicaba espantosamente la situación. El bueno de Rugo, no
lo desconocía, y lívido, tembloroso, como perro mojado, ofrecía un aspecto que inspiraba piedad.
·
No había modo de escapar.
-Entre usted en mi alcoba, dijo vivamente A.ngelu, empuj;í.ndolo de las espaldas.

¡Era tiempo! Félbc ten fa ya medio cuerpo adentro, y un momeHto dl;!spué8, cafa de
rodillas á los piés de su mujer.

-Qué quieres, le dijo: los remordimientos me agobiaban. Es preciso que me perdones ...... formalmente.
'Ella pensaba: Caso más original. A. mi galanteador voy á deberle que me devueÍva á µii marido.
Sin embargo, como Félix la devoraba-á besos, queriendo llevá.rsela á su cuarto, se
vió precisada á decirle:
-No, amigo 1nío, no¡ he jurado que no entraría.a en mi alcoba. Pero, agregó sonriendo graciosamente: no he jurado no atravesar el dintel de tu cámara, de la tuya ..... .
}'(lyi,.,,,,_

extraordinari1,.q.

Jl01'111'G0 l~DE DICIEMBRE DE 1895.

Entretanto, Cati que, no logrando sujetar á. los perros, los había, al fin, dejado en
paz, subía á su habitación renegando en grande, Llegada al primer priso distinguió
un rayo de luz que salía bajo la puerta del saloncito. Creyó que sería una lámpara olvidada y cuando entraba para apagarla, tropezó con el amigo Robrochón, que se disponía ;t bajar.
Por la actitud de Hugo, Cati compr~ndió todo.
-¡Ah! exclamó haciendo una mueca significativa. Esto es indecoroso. Pero no
salga usted, porque los perros van á destrozarlo.
-¿Qué hago? Preguntó él con desesperación.
Lo contempló un instante la recamarera. Después alzando los hombros.-Vamos,
dijo; le tengo compasión. AqllÍ está la llave de mi cuarto; escóndase usted allí hasta
el amanecer., .... Es el tercero á. la izquierda.
Muy desconcertado, Robrochón tor•6 la llave que le ofrecía aquella joven, y se re.
tiró preguntándose vagamente si no tendría ella la intención de reunírsele.
-¡Oh! reflexionó profundamente humillado ...... ¡la doncella!

*
••
Largo rato permaueció Cati pensati

"ª· No era ella fea; al contrario, de muy buenas

formas y de modales distinguidos .
¡Tengo mis diplomas! se dijo. ¿Sería él. ..... agradecido?
Después decidiéndose ¡Ay, no! murmuró. ¡Sería indecoroso!
Y se extendió sobre e1 canapi, á fin de dormir un poco.
'I'raducci6n del francés por J uuo Pouu.T.

!la cuna t,acía.
CGADRO POR 'll'ANGEL OCAHA.XZA.

(Fot. rropo1cionada por el Ing. Fernando Ferrari Perez.)

/

Tomo T1.-~W,mero f!l

�1? Drcmm1RE, LS\l'i.

EL MUNDO.

170

19 Drn1mrn1rn, 18\J5.
-Pog..índole, por qué no ..... .

Fáginas i!.Heraria~.
COINCIDENCIAS.
(RIGUJlOSAMliN7~ H/STORICO,)

I

S que lean esto que YO.Y ,í contarles, me sumndr:í.n vulgar ú loco, f..•111bustero ú Yisionari~,
}Cl'O juro por mi .ínirna. qne es cierto y que viven n1nchostestigos honorables que pueden re-

-¿Qué va usted it hacer, Vicenie?-preguntó el güero

Un :újimrnc11 11~rnl.

Medhrn?

-Nada! que c:=e Salmerón, al mirar agotada la. leña del
qnemaden&gt;, ee ofreci6 ,t lle,·ar toda la que tení:.i en su
casa para. que tosturan con tila,¡ hi pobre sentenciada.
-E~tá bueno.
-¿'\ole parece tt usted que da golpe?
- Y:\ lo cn•o.
-Escrib,i u~t('d-agn·gú Riva Pc1l:1cio-...... tan fan:itico y tan malo, que notando qne ~e había consl1tniUo gran
parte de la leila tlc ];l hoguer.l. y que la qne aún quedaba
no alcanzaría para el castigo, OÍl't:!ci6 llevar la leña. que
guardaba en su c:1:-:;a, oferta que fué aceptada con placer

por los vertl11g1J!I.
petirlo.
Se acabó el capítulo; se llevaron el original á la im
El hecho e~ sobrenatural y raro; pero tantos hay as( en
el mundo, &lt;1ue nos conforma.1110.:l con llamarlos casua- prenta; se publicó en el día señalado la. entrega de la
lidades, coincidenci.~ ú fenú111e11os mi::iteriosos, sin in- 110vela y corrieron los nños.
Un dia, el mumorable D. Joaquln Cardoso, que fué Di·
quirir las causas, porque no nus importan, ni referírsdos
rector
de la Biblioteca Nacional; em•ió al General Riva
á nadie para que no se uos rían en las barbas.
Y vamos al caso, que bien merece contarse sin preám- Palacio dos cajones cerr'Jdos y sellados por el Santo Oficio,
conteniendo ign01ados documentos 1t fin de que los revi•
bulos.
A raíz del triunfo de la Rep:lblica en 18G7, lo.:, poeta, ease el General, á quien tanto gustan, entretienen é in·
y los escritores que habian combatido por la causa de teresari esos papeles.
Riva Palacio por sus mlÍltiples negocios dejó abandonaJuárer., dejaron en paz las armas y sacudienJo sus liras
6 &amp;us pefiola8, que por citm epítetos inl1til.::s no hemos dos por algunos meses aquellos nntiguos cajones, pero
de qm·dar11os atnís de nudie, con gran entusia.c-mo can- llegó el día en que se resolvió ú. abrirlos, y algunos de
taron, como las a,·es i:i hl aurora, el renacimiento de la sus amigos le ncompañaron en la tarea.
Registró uno por uno los documentos y se encontró al
libertad y Ud progreso de su patria.
El General .H.iw.~ Pal:\cio, que no bien entr0 triunfante fin con algo que lo sorprendió agradablemente: la causa
el Ejérci1,o Republicano, pilliú, como Aureliano Rivera, de una de las Carnbajales; la müuna de que se había ocuCosía P,mtune::! y Rosalío Flores, su licencia absolnta, pado en la novela.
Aquí fué 'l roya, dijo el General, vamos á. comparar lo
pues ya no les qued,1ba, co1uo soldado~, ninguna misión
pent.liente, dando así pruebas de desinteresado patriotis- real con lo imaginario y á reir de buena gana.
Leyó algtrnas páginas, y al llegar á la acta de In ejecumo, se puso{~ e!:cribir esa serie de novela:; q11e por su floción, se encontró con esto que nos hizo leer sorprendido:
rido estilo1 lue hechos que eu ellas se de:::criben y las épo
uE aconteció que llegando al Quemadero é habiéndose
cas antiguas en que acontecen, son tod1wfa la delicia de
consomido la leña, acercóse un home llamado Baltasar
muchos lectores.
Juan A. l\Iateos, con esa volc,ínica imaginación que Rodríguez de Salmeron, ofreciendo traer m(IB lefia de la
Dios le ha dado, por m1is que se la atribuyan al diablo que guardaba en su aposento ......... ,1
cuantos se espantan de en energía liberal y de sus avanY no puedo describir la sorpresa de todos, que no puzadas convicciones, escribió tt la vez novelas históricas dimos, ó más bien dicho, que no quisimos explicar el ca•
que corrían &lt;le mano en mano, como que en sus páginas so y le llamamos una casual coincidencia.
El General, riéndose con la naturalidad de un niño,
hervía el interés de los mtis recientes sucesos.
Los dos escritores historiaron lo que más gustaba al nos decía: Pues de estas ocurrencias tan chistosas, ya me
pueblo. Hi va Palacio en ul\fonja y Casada,,1 Martín Gara- han pasado varias en la vida.
-Los espiritistas lo explican facilmente, exclamó uno
tuza,,, y uLas dos emparedadas,,, retrató ti b Inqusición
con todos los más ignorados pormenores, y en (1Calvario de los amigm~ del General.
La tarde estaba húmeda, e0menzaba á obscurecer y oíy Taborn pintó con mano maestra los sufrimieJJtos1 las
luchas y las esperanzas de los guerrillero!:! liberales en la mos todos un ruido extraño por un ángulo de la biblio·
épica guerra de la intervención francesa. En uDon Gui- teca del actual Ministro de México en España.
Allf, en un caballete de madt!ra1 estaba la silla vaquera
llem de Larnpartu (Memorias de un Impostor) enarró el
loco ensueño de un visionario que quiso ser rey de Méxi- que el príncipe Maximiliano usó en Querétaro.
co hace algunos siglo::1, y en ((La Vuelta de los Muertos"
-Sí, agregó el General, los espiritistas todo lo explidescribió la expedición de Cortés á las Hibueras.
can así; aquel fuste se est,t contrayendo por la humedad
El pueblo esperaba ansioso cada entrega de esas nove• de la atmósíera, y ellos dirían que lo está gineteando el
las y las devoraba con gusto.
espíritu de Maximiliano.
Una carcajada unánime respondió Ji esa frase, y ya naEn todas partes uEl C,erro Je la.e Campanas,n de Mateas,
obligaba á. conversar sobre secretos amores del infortu- die vol v,ió :t tratar de encontrarle explicacion á tan raras
nMo l\.1aximiliano; uEl Sol de l\.layo" popularizaba la glo- casualidades.
JUAN DE Dios PxzA.
riosa jornada que inmortalizó á. Zaragoza, y uSacerdote y
Caudillo era el libro en que se aprendía ú. amar ú. Hidalgo y á sus gloriosos compafieros los insurgentes.
CICLON.
Pero vamos al caso y no divaguemos. Riva Palacio ha
Rasga el rayo la sombrn!. ..... un sólo instante
tenido siempre la costumbre de dictar sus creaciones, y
De la noche ilumina. el vacuo seno,
el seis de Enero de 186 ...... rodeado de varios amigos en su
Y en los desiertos ámbitos el trueno
biblioteca, dictaba á. un amanuense el capítulo pendienSuelta su voz horrísona y vibrante.
te que esperaban con impaciencia en la imprenta para
De la siniestra b6vedt1. gigante,
que saliera en la entrega que se debía ú los suscritores.
Del oscuro infinito, antes sereno,
No recuerdo de que novela se trataba1 pero en ella se
Salta la lluvia y se convierte en cieno
describía por inventiva, pue.a no existían constancias
Todo!. ..... hasta el río undoso y palpitante.
ciertas, el auto de fe de una de las Carabajales, que seBate el ala Aquilón, la selva umbría
gún es sabido de todos fueron quemadas por herejes en
Doblégase Ji su impulso, cii-n ciudades
el primero 6 segundo siglo de la dominación española.
Vacilan sobreel polvo de la tierra:
-Quiero un nombre para este personaje-dijo Riva
Tempestad! ...... eres ciega, eres sombría ..... .
Palacio.
Mas con todas tus lúgubres maldades,
-Pues hoves día de los Reyes-le respondió alguno,
No eres más espantosa que la guerra!
y se le puede poner Melchor, Gaspar 6 Baltaear, los tres
JULIO FLORES.
son armoniosos.
-Baltasar le pondremos; pero hay que darle apellido.

-Póngale usted, General, el de aquel gigante cuyo retrato tie conseva en el Museo y que salía en las procesiones llamando la atención de todos por su elevadísima
estatura.
-Salmerón!
-Eso es, Salmerón; fué muy conocido del General
Guerrero.
-Como que era del Sur. M:e gusta el apellido, pero hay
cacofo11ía en esto de Baltasar Salmerón; el sar, sal, disuena mucho.
-Inmortalice usted el apellido de este flaco Rodrlguez, é intercúleselo para mayor prosapia.
-Ponga usted-dijo el general á. su amanuense-que
al llegar la hereje al quemadero se presentó un hombre
llamado Baltasar Rodríguez ue Salmerón, tan fanático
y tan malo .. ... .

LA GOTA DE SANGRE.

Sentados en la gótica ventana.
Estábamos tú y yo, mi antigua amante:
Tú, de hermosura y de placer radiante
Yo, absorto en tu belleza soberana.
Al ver tu fresca juventud lozana.
Una abeja lasciva y susurrante
Clavó su oculto dardo penetrante
En tu seno gentil de nieve y grana.
Viva gota de sangre transparente
Sobre tu piel rosada y hechicera
Brilló como un rubí resplandeciente.
Mi ansioso labio en la pequeña herida
Estampé con afán .. .... ¡Nunca lo hiciera,
Que aquella gota envenenó mi vida!
MANUEL REINA.

I
!ESTO, lluvit1, nieve, bruma, días muy cortos,
un cieln plomizo y triste, el campo desnudo, el
río l'ngro:--1ado, rodando sus aguns tembloro:-:as,
el mc-sde los dolores: ¡Diciemb,·e!
En los árboles negros, ramns nrgra~, donde ondula,
tiembla, se agita, \llHL hoj;l postrera; campo:i húmedos,
con granfü,~ ch1rcnR r¡nietn&lt;i. e-\ c:1.inino lodo,;io; en t&gt;I horizoutc mo.;,ancolíJ., en el t:'-'razón, uiebla.
Solo, cerca de mi fnego solitario, mesientom,is ai:.larlo
que nuncn. La voz del viento, el ruido monótono de la
lluvia que golpea mi vidriera, el crnjimiento le\'e de la.
madera dilatada por la humedad, el parpadeo de las Ju.
ces ......... todo me impresiona. Fijo inconscientemente
los ojos en las bra~as, como buscando un refugio ~1.1 mi
soledad! Y, sueño, fanta.sfa, espejismo, visión de mi imaginación loca, un extraño himeneo surgió ante mi ,•istu,
del fino encaje de las cenizas grises que la llama aniontonaba al rededor de los c:,rbones enrojecidos!. ..... ....... .... .

·································································•·"············
En una ciudnd desconocida, una ciltdndpequeña, lejos
de aquí, demasiado lejos, :t la distancia 11ecesari:l, un~ jo•
ven, una niña aún, que toca apenas la eµad del Hll.Ül"IIUOnio quince años acaso, acaso meno2.
Tiene la eterna historia. de los niños desventurado3. Su
madre ha muerto; su padre se ca,;ó de nuevo, su maJr:tS·
trae~ dura p;.\ra con ella. Desde la mafíana hasta la t~rde, la niña snfre; por la noche, después de sn plegarm,
llom antes de dormirse durante largas hora!&gt;, ocultando
su pequeña cab.ecit.a rubia, inocente, c:indida, en hl tibia
alruoliada.
-Cómo la he visto? No lo sé.
Mas no he podido verla sin compadecerla, y compade·
cerla sin amarla.
Tomo informes.
-¡Oh, sí, es verdad señor; ,mfre .mucho-me dicen lo~
vecinos¡ siempre mortific:Lda, humillada., acard:nalaJa a.
golpes y sobrecargada de quehacer. Todo qmeren que
lo haga ella. Apenas la alimentan. Ah! llora mucho Y
á. fe que tiene razón para llorar.
..,....Pero, acabarán por matarla?
-Eso es justamente lo que quieren; su madrastra haría todo lo posible por desembarazarse de ella¡ hay gen·
tes que no temen al buen Dios.
Yo no pregunto m,~s .
En el aqut::l momento la joven pasa delante de mf. Es
pálida y sus ojos están cercados de azul; ha l.lorado segu•
ramente. Eleva la mirada y viendo la mía fiJa en su ros~
tro se ruboriza un poco. Y yo pienso:
lié aquí, un pobre ser, que es tan desgracia~o cuanto
puede serse¡ que morirú. tal \·ez de Dena.. Y, sm embargo, es una de las más deliciosas criaturas q~e pueden verse, la imagen más verdadera de la belleza inocente y delicada ·1 la mujer hecha más que todas para ser adorada.. •
Ah! si yo pudiese hacerla pasar de ese extremo sufrimiento á la extrema felicidad!. .. ... Y pienso aún:
Para qué? ... ...... per?, sí, sí. .... :Xo estoy solo ~n el mundo y mi soledad es tr1zte? Soy r1co ..... .... supon1endo que
.........Por lo demás, ha enrojecido al verme. Y ironrío ante la hermosa idea1 loca, romancesca, q~e atraviesa mi
espíritu ......

III

En casa del padre y de la madrastra de Berta,-este es
el nombre de la infortunada niña rubia,-un hombre, cu~
ya edad no podría precisarse, cuyo aspecto no podría '1.e:finirse pero que parece má.a bien viejo que joven, con
una e;presión más bien inquietante que tranqui!izadora,
está de pie cerca de la chimenea.
Habla largamente, y lo que dice parece ser en extremo
interesante, porque el sefior y la señora de la casa, se~tados frente á él, abre!!, escuchándole, los grandes 010s,
redondos y se miran el uno al otro á. cada instante, con
aire de profunda sorpresa:
-Pero-dice por fin el marido-ella no tiene aún bedad.
-La tendrá. dentro de un mes.
-Pero usted ......
-Yo? qué debo hacer yo? se opone acaso la ley?
-De ninguna manera.
-Qué nos falta entonces? Mi última palabra e:; estu:
10,000 pesos para usted si ella consiente.
-Consentirá.
-Y usted no la verá. mú.s. Ella seguirá para usteJ, como si hubiese muerto.
-Absolutamente.
-Bien!--dijo el desconocido.
Y la compra-porque aquello em una compra-se redondeó con estas palabras:
-El juez civil es pariente de usted, ¿podemos contar
con é!?

-Se le pagará.
-Entonces, quedamos entendidos, yo respondo de todo; la cusa, se hará. á. gusto de usted.
El hombre habla aún largamente, y el amo y el ama
de la casa, parecen más y más asombrados de lo que dice;
nbrl..'n, siempre más grandes y más redondos, los ojos, en
qm• brilla una llama de avaricia.
- _Qniere usted que la haga venir aqul?
-Sí-dice el hombre.
-B~rta!-llama la madrastra.
-Berta,-le dice su padre-héaquí un señor que te pide en matrimonio¡ te casarás dentro de un mes.
L:1 ni1ia tiembla, mira al hombre que quieren darle por
marido. Ante la expresión dura de lá mirada que se cruza entonces con la suya, palidece, retrocede, oculta su cabl'cita. entre sus manos y sC echa tt llorar.
-Bestiecilla! estllpida!-grulle su madrastra, acercándm,c ll ella y aplic;.índoleun cachete; eres aún muy tonta,
110 lo mereces. Largo de aquí!
Y la empuja bacia la puerta, y la niña vuelye á su pieza y llora mucho tiempo sobre su labor, ni recuerdo de
aquella cara roja, barbuda, de gruesas cejas erizadas, de
boca torcida, de expresión maligna qne le aterrorizó.
¿No \'aldría m{ts morir que ser la esposa de un hombre
tal? Muerta! oh! qué dichosa sería así! Dormiría allá abajo, en calma, junto á su madre, bajo las dnlces flores del
.cementerio!
Pero no, es muy débil, muy tímida para darse la muerte. Se casaní. con aquel desconocido, cuya expresión era
-0ad:i yez más inquietante. La ye11ta se ha terminado.
Aquel viejo será. el espose, de aquella niila: aquella aurora tímida, será. sacrificada .'Leste crepúsculo siniestro.
La rn bita ino~cnte, será torturada, martirizada, hasta
que ha.rn dicho Si.
E-s un matrimonio extrailo el qne se celebra mrs y medio clespués. El esposo no tiene cerca de sí ni un pariente ni un amigo. Hay súlo dos testigos al lado de la des·
posada. El juez lee á los iutnros cónyuges el artícnlo de
la ley, llem á cab0 las formalidades de estilo. Habla de
pris;i como si quisiera acabar, y no ha podido oírse la
edad del marido.
FLJeron cuarenta y cinco, cincuenta y cinco, sesenta y
cinco ó m1l8? no se supo; nadie se cuidó de saberlo.
En todo caso, es \ iejo decididamente y lo siniestro d~
su nspl'cto se acentúa m,ís y más.
8o11rfo con sonrisita cxtralla el Yiejo espoSo, porq11e todo se l1a realizado; el viejo esposo de la pequeña rubia!
Y en la misma nochc,-extraño! oh! cada vez más extraño!-parte. Su suegro le acompaña á la estación:
-Ella tomará el tren á las ocho, dice él; llegarJ. 11 eso
de las diez de la noche; la esperará.a; que haga el trayecto sola; me ha comprendido usted?
-Pcrfectame11te.
Y el recién casado, á pesar de su edad, sube con ligereza al wagón, sin añadir una palabra.
1

IV
Los campos que el tren recorre :t todo ,•apor1 esMn cubiertos de nieve. En un departamento, sola, una joYencita rubia, una niOa de quince años apenas, delicada y
pálida, llora silenciosamente, y nadie supone que es una
nueva esposa que va á reunirse á su viejo marido, marido á quien por lo demás ella no ha visto sino dos veces,
al cual no ha oido decir otra cosa que el sísolemneé inexorable que ha ligado para siempre sus dos existencias.
El día triste y gris ha corrido con el tren; la noche ha
llrgado después, cuando el tren se detiene en la estación
donde la niña debe quedarae. Iba la pobrecilla dormida;
había dejado ya de llorar! Eran las diez de la noche y
la locomotora se detuvo.
La pequeña rubia deecendi6.
En la puerta de la estaci6n 1 un hombre vestido con amplia blusa esperaba.
-L'\ sefiora A ...... ?-dijo.
No añadió más; le designó con un gesto un coche rústico en que ella montó y los dos emprendieron el camino
por una senda llena de quebraduras en que el carruaje
saltaba á cada paso.
Después de más de dos horas de penosa marcha, el
hombre detuvo su caballo, deecendió, ayudó á la joven
Ji bajar y le indicó una luz que se veía al extremo de un
patio.
-Ahí es, dijo, buenas noches!
Azotó su caballo, y la pequeña rubia quedó sola, asustada, en medio del camino lleno de nieve.
Que frío! que miedo! Los árboles del campo permanecían inmóviles y escuetos¡ parecían soldados gigantescos;
los leyes ruidos furtivos, corrían por la llanura y la luz,
cuyos rayos llegaban hasta la nii.1a, parecía decirle:
-Aqul hay calor y no habitan los temores. Ven,
llega!
.
Pero, ¿no estaba ahí acaso el hombre de aspecto maligno del cual era ella la esposa? Y vacilaba entre dos temores.
.
El frío la entumecía. Avanzó co~ !&gt;aso debil hacia la
habitación, levantó el llamador é hu16 la puerta con un
golpecito, dulce, muy dulcelllente.

EL ~lU~lJü.
Bastó, sin embargo, efe levísimo golp~ para que la
puerta se abriese de par en par.
V

Com0! tiene.usted frío, pobre pequeñita! exclamó una
Yoz Yiril, pero llena de bondad. Y dos brazos condujeron
á h pequefla rubia :1 un reducido salón donde había una
gran estufa en la qne llameaba un tronco, y una mesita
donde humeaba el té y se veían algunas viandas.
Abrumada por el frío, por la fatiga y el terror, la pequeña rubia cerró los ojos y se abandonó á los cuidados
del hombre que la había llevado·ahi y que la acercó pro~
gresi va mente al fuego, le quitó sus za patitos hórnedos,
calentó con sus manos los le,·es pies helados, le hizo to·
mar un brevaje caliente á. pequefíos tragos y le habló con
una voz enérgica, pero con tal ternura, que lia despecho
de tod,1s las lágrimas vertidas, la. pequeña rubia ee echó
á llorar.
Por fin se tranquilizó, osó mirar al hombre que fa había recibido. Era aun muy feo: su color rojo, sus cejas
erizadas, su boca torcida, pero ya no tenía aquella expresión maligna que tanto la. había asustado. En sus ojos
había una mirada dulce, muy dulce, infinitamente triste
y melancólica; y en tanto que de pie ni lado de ella, le
prodjgaba sus cuidados, pll!mse :í. hablar con acento conmovido é inseguro, que la turbó y htconmo\'16 también.
El le pedía perdón, casi en voz b'lja, de haber unido su
infancia á su vejez. La. vió tan de~graciada que quizo sacarla del infierno en que se se encontraba.
No esperaba hacerse amar ...... em muy feo ...... siempre solitario, pero sí quería un poco de carifio¡ y siguió
hablando, y su voz t·ra cada vez m{Ls dulce, más
tierna:
Ella quedaría li\.Jre después de s11 muerte,. ..... y rica-él
sería para ella un pa&lt;lre ...... nada más que un 1mdre..... .
Y decía esto con tanta resignación y á la vez con tanta
pena! con una inflexión tan dolorosamente melancólica,
que la pequeña rubia sentía el corazón oprimido!
Y e;¡ tanto que hablaba, parecíale á ella menos feo. La
boca no era tan repugnante; el color, menos rojo que al
principio; los ojos,. bajo sns cejas espesas y erizadas, tenían una expresión tan dulce, tan llena de bondnd ......
No tenía el aspecto de un viejo, más bien el dé un infortunado.
Explicóle él lo que había hecho por obtenerla y lo que
haría por hacerla feliz.
Y advirtió ella tal bo .. dad, tal trist('za en su rniradahabfa. sufrido tanto la pobrecilla; se le proporcionaba algún arrimo-que se ;:rodujo un mi lag:- : Ya no era viejo
á. sus ojos¡
Colocó su pequeña mano de reina sobre la espalda del
hombre y bajito, bajito, le dijo:
-Oh! JO os pido que no estéis tl'iste; si lo dc-f&lt;.mis .... ..
yo ...... yo ...... os amaré!
El la. miró; permaueció un momento inmóvil y e&gt;lla le
contempló con estupor: La barba cayó así'como las espesas
cejas¡ ~nía él en la mano upa peluca gris, que arrojó lejos
de sí; su color se esclareció, y su boca, perfecta y son•
riente, dejaba ver dientes blanquísimos. Sus cabellos eran
negros; ¡era joven!
-Perdonadme, queriJa Berta1 os he engañado, dijo.
¿Me qnerriais lo mismo si fuese menos feo y :;:enos
viejo de lo que habéis creido?
-,-Os amé tal cual erais, por gratitud, dijo ella ruborizándose. Os amaré ahora también ......
-Por amor!-concluy6 él sonriendo y recibiéndola en
sus brazos:-pequefiita mía: idolatrada! Princesfü• de mi
alma! .. ... .

···········································"•···································

Pero qué es esto'? Mis ojos se abren y me encuentro de
nuevo solo, cerca de la chimenea, en que las cenizas ya
frias, lanzan de vez en cuando extrafias chispas que la
sombra engulle una á una, como la realidad triste, una á.
una también, las ilusiones de mi ensueño! Dormía! ..... .
(AMADO NERVO, TRADUJO.)

EL ESPEJO.

171
á sus colibríes, ha encendido su sol amarillo, y se ha vestido de verano para recibirlos ......... La criolla se engaña:
ha creído que aquel calor brutal y pesado del Norte hade
ser un calor duradero, y tomando aquel eterno wrdor obscuro por el Yerdor de la prima vera, ha colgado su hamaca en el fondo del parque, entre dos abetos, y se pasa
todo el día abanicándase y meciéndose.
-¡Pues hace mucho calor en el Norte!.;_excbma entre
risas.
Sin embargo, una cosa la inquieta, ¿Por qué las cllsas
no tiene!1 azotear,; en este extraño país? ¿Parn qné esos
gruesos muros, esas alfombras, esas pesadas colo-aduras?
¿De qué eerviritn esos grandes hornillos de loza, e;íls enormes pilas de leña que amontonan en los patios, esa~ pie·
les de zorro azul, esas mantellinas con forros dobles, esos
abrigos de peletería que duermen en el fonUo ele los armarios? ......... ¡Pobre adolescente, pronto lo sabr:í!
Una mañana, al despertarse, se siente la criolla presa
de un gran calosfrío. Ha desaparecido el sol, y &lt;lel cielo
obscuro y cubierto, que parece haberse acercado t'L la. tie•
rra entre tinieblas, caen unos copos ele felpilla blanca y
silenciosa, como la de los algodoneros. i El irl\'ierno, aquí
esttt el inYierno! El vlento silba, zumban las estufas.
Dentro de sn jaulón de doradas celosías ya. no gorjean
los colibríes. Permanecen inmóviles sus alitas azule~, rosadas1 de rubí, Yerdemat\ y da pena Yerlos arri111nrse unos
á otros, aletargados por el frío, con sus ngudos picos y sus
ojuelos como cabezas de nlfi!er. Allá abajo, en el fondo
del parque, la hamaca llena de escarcha, y las·1·nmas de
los pinabetes son de cristal hilado ...... La criolla siente
frio y no quiere salir.
Hecha un ovillo delante del fuego como uno de sus p.Í.·
jaros, pasad tiempo m;rando la ila.ma, y evoca al su! con
sus recuerdos. Dentro de la gran chimenea lu111inrii-::a y
ardiente, vueh•e :í. ver todo su país: !os anchos 1nnelles
bañado~ por el sol, con la parda melaza que rei-::nma y
fluye de las caña¡:: de azúcar, y los granos do maíz flotantes entre un polvo dorado; luego, las siestas d1.:l mediodía, las claras cortinas, las esteras de paja; d~~pnés, las
noches estrelladas, las brillantes luciérnagus y nii!loues
de al itas que zumban entre las flores y en las rnalh1s" de
tul de los mosquiteros.
Y mientras que suefla así ante fo. lumbre, sucédense los
días de invierno, cada vez mlls cortos, cada vez más ob3·
euros. Todas las mañanas hay que saca.r de la jaula un
colibrí muerto1 y ya no quedan más que ~os: un TIªr de
vedijas de plumas verdes, qlle se erizan una junta á otra
en un rincón.
Aquella maiiana no ha podido le,·antarse la criolla. El
frío la agarrota 1 la paraliza. como á una bala11dr;1 111aho•
nesa encerrada entre los helados témpnnos del X111te. El
día ~t;Í. obscuro; fa estancia triste. Laescarcli-.:i. ha extendido sobre lus vidrieras una gruesa corLinade ~c&lt;la mate.
La ciudad parece muert:L. y por las silellcio!-ns calles silba con lamentos el barr~nieves del vapor ...... Dentro de
su lecho la criolla hace relucir las lentejuelas de su abanico para distraerse, y pasa el tiemvo mirándose enespej9s de su tierra, guarnecidos con grandes plnmns indias.
Sucédeuse los días de invierno cada vez nd~ cortos
cada vez más ohscuros. La criol;a languidece desolad~
entre sus colgaduras deencajee. Lo que la e11tristece, so·
bre todo, es que desde su lecho no puede ver la lumbre.
Parécele que ha dejado su patria por segunda vez ..... . De
cuando en cuando pregu.ntn: u¿Hny !uego eu la habita•
ción?-Sí, lo hay: la chimenea está.echando llamas. ¿Oyes
chisporrotear la leña y estallar las pifias?-¡Oh, yearnoe,
veamosh1 Pero por más que se inclina, la llaurn est:i demasiado lejos: no puede verla y esto la desespera.
Pues bien. Una noche que esta-pensativa y pálida, con
la cabeza al borde de In almo bada y los ojos yueltos constantemente hacia aquella hermosa llama invisible, aproxímase á ella su amado y coge uno de los espt·jos que están sobre la cama. ({¿Quieres ,·er el fuego, mouina? ....... ..
¡Bueno! Espera ......... n Y, arrodillándose dt:lante &lt;le la
chimenea, trata de en,·iarla con su espejo un reflejo dé
la mágica luz: i(¿Lo , es'?-¡Ko!No veonada-¿A.hora'! ......
-¡No! Tampoco ..... ,n .Luego, al recibir de pronto en pleno
rostro un rayo de luz que lo rodea con un uimbo, u¡Oh! ¡Ya
lo veo!u exclama gozosa la criolla.
Y muere sonriéndose, con dos llamitas en el fondo Ue
los ojos.
ALFONSO DAUDEr.
1

~\

l~

L Norte, á las m1frgenes del Niemen, llPga una
tierna criolla de quince años1 blanca y sonro.sa, . ~ da :::omo la flor del almendro. Yiene del país de
los colibríes, la conduce el viento del nrnor ......... Los de
su isla" la decían: uNo te vayas ...... Hace frío e11 el continente ...... El invierno te matará ..... .,, Pero la criolla no
creía en la existencia del invierno y no conocfa el frío
más que por haber tomado sorbete:s; ademt1s estaba enamorada y no temía la nmerte ......... Héte aquí que desembarca ahora allá, entre las nieblas del Niemcn, con sus
abanicos, su hamaca, sus mosquiteros y una jauln de doradas celosías llena de pájaros de su país.
Cuando el viejo Norte ha visto llegar aquella flor de las
islas et1Yiada por el l\fediodía en un rayo sol, su corazón
se h~ conmovido de lástima, y pensando con acierto que
el frío i,p hnhrÍfl. de trng::ir de 11n hnc:1.rln :i h r1 n11í'"l 1itn r

EN LA AUSENCIA.
Cuaudo niño á mi padre le decía:
Dime, ¿por qué vuestro cabello es blancu?
Y el anciano muy triste resrondfa:
.Es la. nieve que engendra e desengafi.o.
Ahora le digo triste y pensatiYo,
En medio de suspiros y de llanto:
Tú que sabes mis penas, padre mfo,
¿Por qué no tengo los ca.bellos blancos?
G" smEr, Düz GUERRA.

�EL ~JUNJHJ.

172

J~ Drcrn11uRE. 1/i!J,5.

19 DICIEMBRE, 1895.

EL MUNDO.

"'7
LJOraJ·d a, ,,

cuadro d~ h)enjamín @:onstant.
(Gmbll.dr, e11 los talleres de J:.1 .lhw,u,.)

1/ie+'el.
/
del ba1•ie , cL1adro por l.:',
R'onrado
ua cron1ca
·1
"f\
I'

1

(Grabado en los talleres de El .llu11do. )

,

173

�19

EL :\IUNDO.

174

}e)áginas ~,i{eraria5.

Woemas del sislo.
IYPLAC.-\.BLE . . ,

I
Quién te trajo? Qué im_pulso mist~rioso
Te acercó á. mi camino? Qué potencia.
Infernal, te mostró mi, irnmilde yida
y te dijo: iiAhí está; tomala y hté~ela?
¿Qué destino invencib)e, q_ué de,st~no
Encadenó ú la tuya ~m ex1steJ1C\ª·
Yo fuí cual arbol Joven, en m1s ramas
Cantaban los zenzontles sus endechas
y formaban su nido las ah~ndras
Y sus ricos panales las abeJas.
El eol me acariciaba con _sus rayos,

La luna con sus luces macilentas,
Plateab~ mis frondas r°:m?rosas,
El viento balanceaba mi cimera.
.
¡Yprendiste:i. mis piés 1 gérmen maldito!
¡Y creciste :i. rn1 ~ombra, mfam1: yedra.!

Y enredaste á nH tronco tus ~eJucos,
Y colgaste festones por doqmera...... ... .
Yo dije: uEs una hermana, que se acoJa
A mí. que se difunda, que florezca.n
...... Y después, con tus tallo~ trepadores:
Tentáculos floridos de faméhco. 1
¡Agotaste la savia de mi vi~a!
Exprimiste la sangre de mis venas!
II
¡Maldita! Y lo peor es que t~ am~ba!.
Que aunque la fi rme YOZ de m1 conciencia:
-Arrójala de tí!-me repetíaArrójala por Dios, que te envene)1a!,
No la quise atender; est.a.~a solo
y tu me acompañaste; m1 ~!!na era
Ignorante y sencilla, y le d1J1ste
Como el numen al bardo: (~()anta .Y .crea.n
¿Porqué te había de n.tToJar? V1mste
Con sonrisns y mimos y tern.í'zas,
Y con sonrisas y ternura y munos,
Alcanzaste mi íe, ruda y sincera.
Despue~ era imposible abandonarte;
Me suby;gaba tt,1 pasión d~ histérica,
Me atraían tus OJOS, esos OJOS
Dilatados, cual mares sin riberas,
Esos ojos tan negros y tan grandes,
Con pestañas tan grandes _Y tan neg~s!
Porqué te había de arroJar? ¡Tan Joven!
Tan pálida! tan debi~! ta!1 enfei:ma!:······ ··
y hablaban mi conc1en~ia y ~i ca_riño,
Diciendo mi cariño y m1 conc1encrn:
La ses:unda: «Te mata si la sigues!i1
E l primero: uLa matas si la dejas!&gt;,
Y te seguí; mi corazón vencía:
.
Siempre ha yencido en mí! Vana es la idea
Cuando al alma que va buscando otra alma,
El destino le dice: uMira! es ella!n
Te segu! por ve~eles y desier.tcis,
En busca de un retiro que nos diera,
Un poquito de sombras en. e~ día,
Un poquito de luz en las trnieblas.

IlI.
Mas ¡qué pronto creciste! Tú, la débil,
¡Cuán'presto te rnlviste corpulm;rtal
Yo, que por sierva te ami,aré P.r1mero1
Tuve después que confesarte rema!
Una tarde, Uegastes ú mi lado;
Yo roírab:i. los montes y las selv~,
y con voz armoniosa y melancóhca,
Preguntaste:--;-.Qué miras, en qué pie!)sas?
-Pienso, te d1Je, en la bondad del Cielo,
Que la vida creó tan dulce y bella!
-La vida-replicaste-es un engaño;
La muerte es un ensueOo y una tregua;
Para morir se 11acc, y en la tumba,
Se duerme un solo instante, y se despierta.
-Se despierta! y porqué!
-Porque nos llaman
Otra vez las angustias, la contienda,
Y es preciso acudir.
-En buena hora¡
Mas, después?
-Otra muerte nos espera
Y otra vid.a más tarde .... .. .. .
- Y cuando acaba,
Respóndeme por Dios, esa cadena?
-Su postrer eslabón está muy lejos!
-Pero, ¿donde se halla?.
-Es tan rnmen~a
La escala del progreso, '.J.quella esc1_1la
Que el patriarca Jacob en su~üos nera!
-Ten pieda&lt;l de mi duda! dilo pl'onto:
Esa grada postrer ¿á donde llega?
-El espíritu humano 1 a\·rmza, ayanza ... .. .
-Y al fin?
. . E
.
-Se funde á. la D1vma senc1a.
-Seremos Dioses pues .... . .
-Seremos Dioses.
-Y porqué recorrer tan dura senda
De torturas y anhelos y pesares,
Para llegar allá?

--Calla y espera,
Que un día lo sabrás.
...... Sentí al oirte,
La fatiga del bólido. que brega .
En medio del espae10 y hueca lhmte
Que delenga i::u giro y no lo encuentra¡
La fatiga que sienten, de seguro,
En su ronda febril, Paolo y Franceses.;
La fatiga. de tautos esl.abone.s,
La fatiga de tantas existencias!
Y se hizo en mi espíritu la noche,
U na noche infinita, sin estrellas,
Semejante Atus ojos, esos ojos
Dilatados cual mares sin riberas,
Esos ojos tan negros y tan grandes,
Con pestañas tan grandes y tan negras!
IY
Pasaron muchas horas, y un dia
En que el campo teñido por el alba 1
Era. rico joyero, que mis ojos
Con sus nítidas perlas cautirnba,
De nuevo te acercaste misteriosa,
Y dijiste:-Qué piensas! qué mirabas?
-1\liro-te respondí-la hermosa \ ega
Y pienso en las tristezas de mi alma.
-Tu alma! y si tn alma fuera un mito?
-Impósib1f': no Yes que piensa y ama 1
Que t.iene idea de su !!er?
-Y aca~o
No la tienen las bestias y las plantas?
Lo que tu llamas alma, es una fuerza,
Por la Fuerza suprema, desLi nada
A 1111 fin, el cual cumplido 1 se disuelve,
Y tu Cllerpo, que fuera sn mora~la,
Es perfume y es luz, color y n11do,
Gas en el cter y en el tallo savia!
1

Y.
Aun no 1::aciabas tu ~rueldad impía!
Otra vez.me dijist&amp;--¿Qué deseas?
¿Porqué c~tudiasJ porqué trabajas tanto?
Pensador \' filósofo y poeta,
¿De qué t..e" st•rvir:ín esos afanes
Si eres polvo y bien f:S que al polrn. vuelvas?
-Trabajo por cumplir con 1m destmo.
Tu dijiste que mi alma es 11na fuerza,
Y concurn: al progreso de los otrns,
Por w•r si haciendo l'l bien, ella progresa!
-Y qué te irnporta que adeh1.nt.e el ~undo
Si sieoopre lia de penar! 011! de1a, deJa
Que reine la ignora~lCia, que :t lo menos
El que ignor::i. es feliz, porqne ~o anhela!
Saber, es padecer! ¿I?e qn~ te si.rve
Suprimir la ignorancia.? S1_ pudieras
Supri111ir los d?lo_res ....... ~1 alcauzaras
A eYilar una lagrima s1qmera .... . .
-Entonce á qué vivir! :t qué la lucha!
A qué el at'norl á qué l.1. in~eligencia!
.
A qué sembrar el cam.po! a qué la máquma
Mover sobre los mares y la tierra.!
Lanzaste una estridente carcajada,
Y con voz cavernosa me contestas:
-A nada! La creación, es del fastidio
De un Dios, la hechura inútil é inconexa.
.. .... y'hundiste tus miradas en las mías
Y la noche tornó callada y fiera ... .. .
Tus ojos la traía~! esos ~jos.
Dilatados 1 cual mares sm riberas,
Esos ojos tan negros y tan grandes,
Con pestañas tau grandes y tan negras!

VI
Y me dijiste aún:-Tn Dios no existe!
Es un fantasma que forj? el proscrito ..... .
Dios es el orbe, ~a materia, el co~mos.
La impalpable molécula, en su giro
A través del espacio y de los ti~rn.pos,
Desenvolvió su sér: fué gas lumínico,
Fué sístema 1 fué mundo, y en Sl! seno
Surgió el invertebrado¡ el organismo
Perfeccionóse al fin, y yino el l!0mbre,
Microcosmos hermoso, y los abismos
No pueden responder á. su pregunta)
Su pregunta se pierde en el Yacío ... .. .
······ ·········•·························· ··············· ······· ·· ········ ····
Ya no más inquirir! Chupa. mi sangre
Si en mis venas, ya lívidas, aun queda!
Oprímanme tus brazos y ah6game
Contra tu seno con furor de histérica.
Y Uesénme tus'labios incoloros,
Y hiéleme tu cutis de culebra!
Chupa chupa la savia de mi vi&lt;la,
Si es que'puedes c~n~parla, ~i es que re3ta!
¡Oh frebre de anáhs1s maldita!
Enfermedad terrible de mi época,
Amada de los hombres de mi siglo,
Neurosis ton·a, excítaciún perYerrm]
Haz la noche en redor con esos OJOS
Dilatados, cual mares sin riberas)
Esos ojos tan negros y tan grandes,
Con pest.aílas tan grandes y tan negras!. .....
Vll
Espíritu sublin~e! he,rm~sa imaien
Del Eterno Principio, a qme1~ la tierra
Detiene preso, desolado y triste, .
A quien rinde el dolor, la áuda lnela
Y el hambre de saber lo incognoscible
Devora. sin clemencia:
¿Para qué inYestigar si natln alcanzas?
Para qué analizar sí .nada encuentras?
Si después de una \'Ida ele preguntas,
La muert-é sólo te darit respuesta?
Trabaja y cr&lt;-e; si la labor es dura,

DICIEMBRE,

1895.

¡?

Si el dolor te persigue por doquierai
Si, filósofo y sabio, e~M pr~sc.r1to.
Que camines en n~edio de t1meblas,
Cierra los ojos fatigados; busca. .
.
A Uios, Eterno Bien, en tu conciencrn,
Alúrgale tu mano temblorosa
.
y marcha1 con 9} alma siempre abierta
rara todo dolor que busque amparo_, 1
Difundiendo tu amor por donde qt~iera.
Así la triste la implacable Novia,
De tu'camino ~partará su huelh1 1
Y la novia dirin~: la Esperanza,
Te dar1t con sus ojos luz y fuerza.:
Unos ojos muy bellos y muy grandes, 1
Con pestañas muy grandes y muy bellas.
A1fAD0 NER\'0.
Noviembre de 1895.

];)ICIEMBRE,
EN

EL

1895.

Al.BUM DE LA SE~ORA

(!ánaida rooaelo

ae

Zaragoza.

. Ya que- has vi!'to estn tierra en que se entrana
De tu patria el amor, h~ fe y la. gloria,
Lleva de ella recuerdos Atu Espaiia
Como el que tú le dejas por memoria.
Bella, gentil, graciosa, inteligente
Has sido aquí admirada. y aplaudida
Y hasta el sol indio expléndido y ardiente
Ve'rtió más luz para alumbrar tu vida
Pronto vas á. partir! Dí en tierra hispana
Que entre mis l.11.0~ y Rilve:-itrr.;;, fhrPS
G·tarila :u11u 11,· la i·•1't'a H1\·Aie.,1u
L.i. ¡;lu11.~ y el liuuu1· &lt;lu sus mayores.

---~---

JUAN DE

Dros PEZA .

Noviembre de 1895.
Mucho silencio bajo los pinos;
La luz apl!nas ~e atreYe ll emrar
En í'S:\ c;1!1e de Yerdes tull~s,
Donde i:;e enreda hobscuridad.
·()n·í.ntos •uni,,.os en los sepulcros
D~ bl;nco' 11·1:hn~ol ú piedra g1 is! .
¡Cuántas alfombras de ((110 we olv1desu
Hay oh,idadas en el jardín!
Abajo, sicmbnu-=, 1,~cl10s y torres;
El p,wonuna de la crndaJ; . , .
El ancho h,go, que dut&gt;rmé mmov1l,
Lfl cara,·amt qtw lenla ni.
.
Y en este cerro, lli's1mdo y triste,
El alta reja 1 la íérrNt crnz,
Y un jardinero que indiferente
Mira el cortvjo y el ataúd.
Hemo~ llegado: ya abre )a fosa;
Suenan los golpl'S tle_l a~aU.ün,
Y t-1 sacerdote, brenal'io en mano,
Rí'za las prCCl'S ú media. voz.
Los cin.nmstantes, formando grupos,
Mny pensativos I:\ tierra yen,
Y ~e prerrnntan
dentro del alma:
0
¿Cuándo en su rnno repo~aré'?
OLro!I- recorren las aye111clas,
Los epitafios leyendo van,
.
Hablan de aquellos que ya no existen,
De la que l\eyan ,i sepultar.
.
¡Cu:1ntos semblantes que nada dicen!
¡Cu.í.ntos dolientes de mal h.mnor,
Porque se tarda la ceremoma,
Corren las horas y quema el sol!
Unos se burlan de lo3 Fepulcros,
Otros contemplan con ansiedad
La tierra obscnra, la blanca tumba
Donde sus padres durmiendo están!
Sobre la fosa. recién abierta
J)escani:a inrn6,·il el ataúd ... ..... .
¡ Y en esa _caja negra y angos~a
Ya para sieuipre descansas tu!
l\IAKUEL GUTlÉRREZ NÁJERA .

La muñeca de la abuela.
{C.\:il MO:-:ÓLOUO.)

l

Siempre en el arte han sido .
temibles las rarezas ele los gcmos,
porque sm'.ge del caos una nube
de aficionados ú. imitar defectos.
Las licencias poéticas que ;i veces
se permiten los vates de altn vuelo
han hecho mucho daño :i la. R1pública1
sirviendó de disculpa :i los copleros;
porque hay mucho melón que no distingue
lo blanco de lo negro
y cita defendiendo sus dislates,
á CaldRrón, a Lópu y 1i. Mon~to.
Por si A lo dicho h~ faltaran pruebas,
ayer, sin ir má~ lejos,
.
ha llegado á mis ~numos una especie
de poema pequeno
que se titula El Anibre, en que el poeta
se queja de la falta ele alimentos
con tal sinceridad, que se conoce
que le sale de dentro.
No tiene novedad, porque es achaque
de los que sientan plaza de bohemios
conmover al lector con el relato
de la. miseria que consume el cuerpo.
Lo gracioso del caso, lo que llama
la atención por lo nuevo,
es que al pie del poema hay unas lineas
que dicen sobre poco más ó menos:
e.No dejo de saber quC..\ 1 de seguro,
les chocará {l. los necios
que escriba AMBRE sin hache. P11e~ ... .lo escribo
porque me d11. la gana y por..¡ue qmer.o.
¿No pone HALMA con hache Don Benito
Pérez Galdós? Pues juro que me. siento
con corazón para :Sl'guir las huellas
ele aquel f0cundo y poderoso ingenio.
Y hasta, si bien·se mira,
tenl.Y'O vo más razón,, fundamento
par~ b urlarme así dél Diccionario 1
que ya ha dicho Valbuena qlie no es buen?·
¿Qué es lo que canto :rn? ¿No es la carencia
de carne sana y panecillos tiernos?
¡Pues estoy en caracter si del titulo
me como guapa.mente lo que puedo!
S1NESJO DElLOADO ,

:o puede menos de ser así, pues mi buena sefio-

ra dofia Trinidad TúYares, viuda &lt;le Fuentes Mazarredo e:3 mujer que, ni úe cortc~Í:l, cede el uso
de la palabra ¡t los que la vii;itan, que son muchos; porque su esposu, progre:::;ista y conspirador terribll•, vivió en )Iadrid 1:rny bien rclacionndo, y en la e~gración que precedió á la Gloriosa aún acrecentó sus amistades de importancia.

•••

-Usted siempre tan amable. Interes,in&lt;lo!'e en la salud
de tas buenas amigas comq yo, y visit:í.n&lt;lolas ...... ¡A.h pícaro, no con la frecuencia que merecernos por ac,í. Sí, sefior. Como que el tmto lH) es de ayer. ¡Pues ,1:;i levantara
la c.~beza mi Uiiun~o! ¡Ay! entonces sí que estal'iamos
visitadas y agasajadas. No lo digo por usted; pero si Fuentes hubiera vivido estab,~ yo cansaúa de Sl!l' miubtra á
estas fechas; y, claro, no faltarían en cat!a enLra.nte.s y preteu&lt;lientes. En 611 1 Dios lo Ji~puso Ue otru modo. No es
por vanidad si me qut_&gt;jo¡ soy modesta, y uoson la~ pompas y adulaciones las que echo de menos, sino el amparo
y la sombra de aquel bendito, que gloria haya, que cuantos más años pasan de su muerte 111ás lo lloro.
(Saca del holsillo el pañuelo que llet a á loa ojos, y con.fiando yo en la pausa indicada, inlento decir alguna vulgaridad,
pero la viuda me ataja en seguida.)
-Sé Jo que me va usted á &lt;lecir ...... No, 8i los ochavos
me importan poco tambien. ¿Que e11Lonces me pudo dejar
Fuentes una pensión más crecida? Pues crea usted que
ni pienso en ello. La que cubru ló!S curta¡ pero usted sabe
que en Extremadura tenemm, una dehesa y varios terruños. Poca cosa, aunque lo bastaJJte para vivir si no con
Jujo con holgura¡ se entiem.l.e habiendo economía. Esto
sobre todo. Ni li1s minas Jel P1Jtos( b.1st,U1 cuando en la
corte Sl:l vive sin an·l:lglu. Y yo tengl\ qul:l mirar al día de
mañana. Y:1. u:;tel compreml.er.i que me refiero ú Lolita.
A mí todo me ha &lt;le ~ulm.\r, pern mi nieta 110 e~ lo mismo. Ha. cumplido dieciéetc años¡ 110 me dirá usted que
r-in provecho. ¡Qué anchurn de hombros, qué salud y vigor, y luego qué boca&lt;leclavt:ll;!s y qué ujillo.:1 aquellos tan
encandilados y traviei:loS! Pue1:1 hijo, ya usted debe de saber cómo est.tn ahora lrn; hombres. ¡Cómo se dan á valer! Antes con poco garabato que tu vier;.\ una muchacha
les llevaba como á corJ.erito.:i ca1ui110 de b \'icarfa. Ahb ra ...... sí, sí.
( Quiero protestar en favor de mi sexo, pero adivinando doña
Trinidad mi intención, me deja petrificado tras del furioso
golpe que me descarga en el muslo con su abanico, que está á
pique de romperse. )
-Tendría gracia que los quisiera usted defender. A mi
con esas, que el domingo antes del Corpus cumplo los seseuta y cinco. Vivir para ver. ¡Ay! ojalá no hubiera yo
visto tanto. Y en esto de la picardía de los hombres ¿qué
me dejó por enseñar aquel endiablado de mi yerno? ¡Jesós! ¡Jesús! ¡Dios me tenga de su mano y no permita que
se me desn.te la lengua! P~ro ¿qué le tengo que dedr, usted, que amigo antiguo de ver.u:! 1 de memoria 1:abe las
desventuras de mi pobre Anita? ¡Qué mártir de mujer!
Cierto que empltmdu le estuvo por de8obl!diente, que ni á
su padre ui 1t mí nos engañó el galancete con las estrellas
de capitán y su carita rubia tla hipócrita redomado. No
llevaba un aiio de matrimonio cuando Re j11gó los fondos
de la caja. De aquella vergüenza. murió mi pobre Fuente:,;, y sobrevino ii. Anita la enfermeJ.ad que !a. lle\'Ú al sepulcro. l'ue:-:, ¿y hiúlti111ac:d:n-&lt;&gt;radadel maldito? Suble-VUl'i:ilj en .ll.1J;1józ p;.Lra !.!migrar ,t Francia, y no volverse
:í. acorJar tl~l pilllpollo de su hija, que no ser por esta pobre abuela1 andaría pidiendo por medio del arroyo, 6 la
lmUrfan encerrado en San Bernardino.
( .1.Yuevas lagrimitas de dolía 1'rínidad y nuevo intento por
m.i parte de interrumpirla para consolarla. )
1

EL EJEMPLO.

0

'

175

EL l\IUNDO.
-¡Lola de mi alma! no la h,\ lle faltar en lo que yo viva quien se mire en ella, y si mucN, y,i !t.1 qucJ.:1r.i un
modesto pasar, así no se c,IBe; que 1:erfa lo mejor de hacerlo con la mala suerte de Anita. Y no ser.í, que para
eso tiene en ~u abuela alma y sentidos, y anda siempre
ojo avizor. Digo si estoy escarmentada para que otra vez
me la peguen. ¡Nada de Ursulinas! ¿Usted enbe? estas
muchachas son unos diablejos cuando se juntan unas
con otras. Ahí estuvo mi error; gastar muy buenos duros para que mi hijt1. se de!ó!pavilara en picardigüelas mucho más que en labore~. Yino á casa con loa ojo:: bajos
que parecía una monjita, y á los pocos días tuve que
echará la doncella por'-!ue tomaba cartas al tenientillo.
¿Cree usted que la correspondencia tf'rn1in6? Pues los
billetes iban y venían peg.ulos con oblca.::1 á la cuba del
aguador. Cuando sorprendí el depósito en el forro del
corsé de Arrita, ya era tarde, porqnl! el perdulario ya la
había depositado judicialmente la vlspern. Con mi nieta
he ensayado otro cantar, en buena hora lo diga. Profesores viejos y en casa; nada de colegios ni &lt;le amiguitas¡
eiempre á. mi lado, hasta en la alcoba; así la vigilo con
cien ojos. Como que nunca se acuesta sin qnc disimuladamente palpe las ropas, reg istre sns bolsillos. Es inocentona como una corderilla, pero crea usted q11e tod1\ precaución no est:t demá..s. Dos veces al día regi~tro el costurero y deshago lod carretes. He quitado de la i-;ala los
jarrones, y me privu de tener macetma, qne en todos e.c,..
tos sitios se suelen ocultar papeles. En fin, con dL•cirle á
usted que ni de nifüt la he consentido muilecas tle cartón
sino de porcela11a ó de madera maciza ..... .
-¡Un juguete t;m sencillo!
-Tan peligroso debiera usted decir. ¿Xo \,e sobre la
consola debajo de aquel fanal? Pues es la. ún ica muñeca
de trapo y cartón que ha habido en casa, y Lolita nunca la ha tocado. Es tosca y ordinaria como las que se
vendían en las Covachuelas siendo yo niíla. ¿No vemted
las cocas abultadas y las sortijillas? El peinado que hacía
furor cuando la rí'gencia de Espartero. A sus piés están
las charreteras que 11s6 mi marido en la milicia nacional
de 54. ¡Qué recuerdos! ¡Ay, qué recuerdo,z! Y no vaya
usted á figurarse que los del juguete difieren tanto de los
de las insignias. Y1\ yerá cuando le cuente, como pudo
esa muñeca. sal ,·ai· 1t mj marido de l:1. deportación en tiempo de Narváez, y por qué desde entóncef', con tenerles
tanto que agradecer, desconfío de esos jnruetes ahuecados, y por nada en el mundo entregnrfa uno de ellos á
Lolita. Pues el ca8o fué, y no era. 1mevo, como usted sabe, que mi marirlu co11spiraba y teníamos en casa nn rollo
de papeles, que á. encontrarlos Don Francisco Et Chico,
el terrible policiaco, el pobre Fuent.es no par:1 ha¡;t.a Filipinas. Llaman una noche á. deshora, entran 1L registrar,
yo cojo mi muñeca, lo abro con la.stijera8 por cierto sitio,
la. desocupo el cerrfn y en el hueco introtlnzco los papeles. Todo lo husmean, todo lo revuelven, hasta las s,tbanas y almohadas de la cama de mi hija, pero la \'en dormiditb, abrazando á In muñeca, y al lin se van persuadidos de que fué inmotivada la denuncia. Dígame ahora
si el juguete tiene menos historia políLica que la charretera. Además comprende_rú. por qué no he querido comprará Lola mnñecas como esa. Para un:i pollita 110 puede haber estafeta. mejor disimulada. ¡ )1ire u-,ted, mire
usted!
(Se ltL'anla do1la Trinidad, quita el fanal, coJe la mu,i-eca,
y, acercándose (Í mt, m:: la pone en la., manos.)
-Por lo que advierto, señora, tambien ha tenido la
curiosidad de conservar aqní, los compro111etedores documentos.
-¡Pero qué dice mted! ¡Ave María Purísima! Si hace
mú.s de cuarenta años que de ellos no dejé ni las ceniza:..
Sin embargo, tiene usted razón, aquí suenan papele........ .
y este bulto ......
( Extrae del iriterior de la mulieca un jCJ,jo de cartas. )
-¡Dirigidas ú. miLola! ¡Dios rnf,1 qué Cli esto! ¿l:'ero
cómo están aquí; y ese Arturo, quién es?
( Toca precipitadamente el timbre y aparece la doncella.)
-A la señorita que se presente en seguida. ¡Jesús! hay
para volverse loca. Mayo del 93 .. .... Un año hace que se
escriben, y yo ...... ¡Ah! ¡'la corderilla inocente!..., ..Pero
¿qué hace que no viene? ¡Dios me tenga de su mano, y
usted me dispense; creo que la voy á dtsollar..... .
( Reaparece la doncella.. )
-¿Que no estú? ¿Que ne se la encuentra en ninguna
habitación de la cusa'! ¡lrse! ...... Pcro ¿cómo y adónde?
¡Ah! Si ese Arturito ... .. .
(La angw¡liada abuela que se convence del rapto, leyendo
una carla fechada la vfapera, agota el repertorio de las inl-erjecciones de dolor, y se considera en el caso de dejarse caer
desvanecida. )

•*• mas para buscarlo trasEl monólogo está terminado¡
cendencia, antes de retirarme en definitiva, asomo la cabeza entre las cortinas del foro, y explico al público la
moraleja; pro1:edimiento directo que recomiendo ú. los
autores de obras con tesis, para e,·itar equiYoc.ida.'l interpretacio11es.
Y he aquí la tesis dt·l casi monólogo:
uContra. las tretns é intrigas de chicuelas con amoríos
de nada vale la. experiencia y la vigilancia &lt;le la madre
más avisada ni aún de la. más ducha abuela.
( Telón rápido.)
R. BLA:-.CO AsENJO.

$1 amor bajo los tejados.

1

gentes mal humoracfo;::, :1qnellas ,t quienes enjece y molei-ta nnest11:~ juventud, aseguran ques rosas de sn tienpo eettin ajadas y que ~ólo nosquectan lae espin¡\S.
Van por ahí diciendo á la. nueva gener:tci(m con alegría mala: 11La griseta urnere, ia griseta ha lllUt"l't0.u
Y yo les afirmo,¡ u-stedea qno mienten, que el a.mor y
el trabajo no pueden morir, que los alegres p;ij.iros de la,.
buhardilla no han podiJ.o echar á voln1·.
Conozco á uno de esos p.1jaros. Marta. tiene rni nte a.nos~
Un día 1:e encvntrJ soln en la vida. Er.i hija de la gran
ciudad que ofrcct: ,t sus hijas nn dedal b joyaJ. Escogió el
dedal, y se hizo gri~eta.
El oficio es se11cilJ.J. s:110 requiere un c,irnz\Jn y una
aguja. Consiste en a111:1r mucho y en no tr:tbajar poco.
Aquí el tmb;ijo salm.al amor, los dt'dOR aseguran la independencia del corazón.
Marta, en la mañan:i &lt;le la vida., f!e cogi\J l:1. frente entre sus manecitas y se huudiü resuelt:unent~ cu las má.e
graves reflexiones.
-Soy juveu, soy bonita y sólo de 111í lh•pende el llevar
vestidos &lt;le seda, encajes y joy,1s. Vi\·iría anchamente
comiendo m:u1jare~ delicado~, 110 saliendo ~mu en coche,
ociosa y eeritad,i tvdo el santo &lt;lfa. Pcru había de llegar
uno en que, Jespué::1 de haber verd&lt;lo tod:t~ las l.igrimas
de mi cuerpo y dominado tudm, mis repnguanciali, me
despertaría en el cieno y oiría 10::1 quej1dv~ tle nii corazón.
Prefiero obedecerlo cles&lt;le hoy mismo; quie1\J que sen mi
ónico guía par.i poder escuch.u·lo en paz; llev,u·J \·cst.idos
ae indiana, le consultaré en voz- baja duran le mis largas
horas de costura. Quiero ser libre de a.mar á quien ame
mi corazón.
Y hihermosa niñ:i se constituyü ciuJndnn:i Uc la república de las muchacha.d trab,~jacluras y carifü),,ias.
:Qesde aquel tlia, .Jlart;~ lmbiLa bajv los tt•j,1dvt1 un cuar•
tito lleno d~ sol.
Ya conocen ustedes ese nido descrito por los poetae.
El único lujo de la casa es una limpieza exquisita y una
alegría inagotable. Allí, ha.sta los mueblc::1 1mís viejos
caman la canciün do 10::1 ,•einte años.
La cama. es pequeiia, toda blanca como la de uua colegiala; únicamente en la extremidad de b lh.,--cha sobre
que descansa la cortina, se balancea un amor Je yeso dorado, con las alas y los brazos abiertos. En la cnbecera
del lecho sonríe un busto de Beranger. el poeta de los
desvanes; contra las Paredes hay pegadas litografías, loros amarillos y azules, grabados copiados del viaje de
Dumont D1 Urvil1e; sobre una estantería osténtase todo
un mundo de porcelanas y de objetos de vidrio ganados
en las ferias.
Luego hay una cómoda 1 un aparador, una mesa y cuatro sillas. El cuartito está demasiado a.mueblado. El nido está. triste cuando no está. allí el pájaro. En cuanto
Marta entra, todo el desvú.n le sonrfe. Es ella el alma de
aquel Unirerso, y 1:5egún rie 6 llora entra el eol 6 se queda fuera.
Est1i sentada delante de una mesita. Cose cantando, y
los gorriones del tejado contestan á. sus gorjeos. Tiene
prisa por acabar su tarea: sabe que le eRperan, pues al día
siguiente ha &lt;le subir á las alturas umbrosos de Verriéres.
Sn corazón ha hablado, si hemos de decirlo todo, y
ella hi\ oído muy bien lo que le decía. Hace dos meses
que le ha obedecido. Ya no está. eola en el mundo. Como
es bneña niñn., se ha dejado amar, y también ha·amado.
Vefolaen la calle, con su lahor en la mano. Salta ligeramente los charquitos cogiendo sus enaguas, descubriendo pies delicados. Tiene á. la vez el andar atrevido
y asustado, el descaro y el miedo de los gorriones del
Luxemburgo.
E,,i pllja1•\1 dvaracho del suelo parisiense; aquél es su
terreno, su patria. En ninguna otra parte se encuentra
esa sonri!'.!a tierna, ese paso decidido, ~ elegancia innata. La niña, senci1l,1. y alegre, tiene el plumaje modesto
y la alegría ruidosa de la alondra.
Al día siguiente, ¡qué felicidad en los bosques de Verriéres! Hay allí fresas y flores, grandes alfombras de
hierba y u1ubrías profundas.
Marta hace acopio de alegría para toda la semana. Se
embriaga. de aire y de liberiad, conmovida hasta laa lágrimas por el azul claro de los cielos y el verde oscuro
de las hojas.
Después, por la noche, vuélvese lentamente, con un
ra.mo Lle lila en la mano y m,ís ánimo en el corazón.
Así es cJ11HJ se ha arreglado u11a vida de trabajo y de
ternura. Ifa ~abido ganar su pan y conservarse para quien
bien le parece.
¿Quién se aLrevería á reílir á esa niña? D:1. rnús que recibe. Su vi&lt;fa tiene la dignidad de la pasión verdadera,
tod,\ h\ moralidad d {Ji trabajo incesante.
¡Cánta1 he1·mosa alondrn de nuestros veinte afias, canta
para nosotros, así como has cantado para nuestro.:! padres
como cantar.ía para. nuestros hijos! Eres eterna, pues ere11
la juventud y el amor.
E1,nuo Zod.,

�176

19

EL MUNDO.

DICIEMBRE,

1895.

PRENSA MEXICANA

UNIVERSAL
To•u•,11-·'IJ&lt;&gt; IEPOO.&amp;,-Nll'I ~ó\t

!ll~~H'O DOMl~GO 10 ffF l\O\IE'111RE DI-: JlJ93.

, .. &lt;1••··· . .••100•1,•••1-••····

Páginas extrMrdiwzrifl.~.

DO~,II.\'GO 8 DE DICIEMBRE DE 1895.

l!IIDfc!'OR Ell IIFB: &amp; PBRBZ iOfilO.
•dmfnbtrador Antonio Enr, ..11n,
Ul¡S.f'ONO 1,818'

PRfWIO: 3 ().ENl'.t.l'OH

r... "'. ;~.r.,.:.,.,:~.•-,:~-::I_i..-,~ ~ ...,..:~"""""" ,·,
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&amp;oncepc¡;112
!l;intura famooa de fJ76uáLLo.
(De fot, de los Hnos. Torres, (~ de Plateros núm. 2. ) tomada. dtl original eu d Lnnn&lt;•, di· r:ir::-&gt;.

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              <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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